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De Enanos 7. Cruzada corruptora

    De Enanos 7. Cruzada corruptora


    “Pase caballero” fueron las primeras palabras que escuchó Beleg, nada más terminar de abrir las puertas dobles lo suficiente como para dejar el hueco perfecto para un enano de su grosor. Venían de un demonio, cuyo aspecto superaba con creces el horror que ya venía imaginando en su cabeza en el camino al rescate de Mim, el alba?il.


    Sin embargo, los modales, chocantes y rimbombantes donde los haya, fueron tal sorpresa que no permitieron al ex-camarero reaccionar de la manera natural por la que clamaba su cuerpo, correr por patas sin mirar atrás.


    “Disculpe, su amigo de brazos recios le espera en el salón, justo detrás de esta bella pared de pirita y gemas. Ustedes dos y yo debemos tener una discusión, como ya le venía contando a él. Si me hace el favor de entrar…” dijo, mientras hincaba los pinchos negros que tenía por patas un poco a su izquierda, dejando espacio para Beleg.


    Un Beleg atontado por los azules ópalos del rostro imposible de un ser de piedra negra entró sin rechistar y sin dejar de mirar al demonio. Cuando Mim oyó unos pasos, claramente no dados por los pinchos terribles del demonio “Gimno”, imaginó que Beleg ya era presente en la geoda deslumbrante y decidió actuar en acción, aunque resignándose a la silla de obsidiana aún.


    “?Por lo que más quieras corre Beleg, corre por tu vida!” gritó sentado, esperando que el demonio se contentara con un prisionero.


    Beleg giró la cabeza en la dirección del sonido, imaginando que, tras la pared, se encontraba su compa?ero.


    “No te preocupes pues tu amigo está alterado por el viaje y la tragedia que le sucedió a vuestra amiga. ?Por favor, acompá?ame, tú delante!” expuso la criatura.


    En un momento fugaz, en un instante cerebral, Beleg aceptó que el demonio negro sabía algo importante sobre Finna, quizás incluso estaba involucrado en el fatal accidente. Impasible todavía, anduvo lentamente hasta la abertura de la pared, que dividía las estancias de la geoda.


    “Hermano, ?por qué no corres? ?Te ha atrapado la bestia demoníaca? No le oigas o acabarás cayendo en su embrujo” dijo agitado Mim cuando vio aparecer a Beleg por la estancia.


    “No hay porque insistir más amigo, es hora del parlamento, ahora que ya estamos todos presentes. Por favor, caballero, siéntese” decía la bestia de ónice sacando un taburete de obsidiana de debajo de la mesa principal del salón. Y, como antes, así lo hacía Beleg, sin pausa pero sin movimientos bruscos.


    “No le obedezcas, maldita sea, ?qué te pasa?” exigía saber el enano pelirrojo. “?Has visto sus garras o las estacas que porta por piernas? ?A dónde corro, Mim, en este agujero, del que no tengo ni fuerzas para salir?” razonó el moreno.


    Ambos quedaron en silencio ante la mirada paciente del demonio, que esperaba educadamente a que se quedaran callados.


    “?Mim! Tenéis un nombre al fin, y que gusto saberlo, ?puedo preguntar el vuestro, buen se?or?” comentó mirando a Beleg, con las zarpas juntas.


    “Beleg es mi nombre, ?nos dejarás marchar?” respondió, ahora tranquilo, el ex-camarero.


    “Antes de disponer ese asunto querría tratar otros temas, permitídmelo al ser el anfitrión de este encuentro" dijo el demonio mientras empezaba a rondar la habitación, seguro de que sus invitados no huirían.


    “En efecto maese enano, mi nombre no es Gimno, aunque lo haya utilizado por muchos a?os. Me llamo Gog, que en mi lengua natal sería algo así como -de la tierra- y esto no por nada como claramente veis. Para empezar, y conocernos mejor, dejadme relataros mi situación y qué requiero de ustedes, buenos invitados”.


    Al tiempo que hablaba empezaba a hacer círculos clavando las patas en el suelo, que estaba lleno de grava negra.


    “Y luego podemos hablar también de vuestra rubia amiga”, dijo el ónice andante antes de comenzar su relato, para captar la atención decisivamente.


    “Mim, Beleg, esta es mi casa ya por largo tiempo. Y en esta geoda preciosa resido por una razón muy sencilla, temo regresar con las manos vacías. Vine con una misión, de notable importancia, y, veréis, esto es un poco difícil de contar, pero… vine a corromper vuestra ciudad.”


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    Ambos enanos se quedaron boquiabiertos, pensando si ahora, de paso, se habían topado con una amenaza existencial para la fortaleza.


    “Pero no os preocupéis!” continuó el demonio, intentado apaciguar los ánimos. “Ya no voy a hacerlo, es más, os juro que no voy a hacerlo, por una sencilla y muy humilde razón: ?no puedo!”


    Entonces Mim interrumpió: “?La férrea voluntad de nuestro pueblo os hizo imposible la tarea, seguro!”


    Pero incluso Beleg a?adió: “Yo pienso más bien que entrasteis en razón, seguro os apiadasteis cuando visteis que no merecíamos tal destino”.


    “Qué originales hipótesis amigos, seguro sois respetados por vuestra sabiduría allá de donde venís. Sin embargo, os alejáis de la verdad aquí, pero yo os iluminaré, gustoso.”


    “Cuando aún podía, hace muchísimos a?os, solía salir a realizar mi labor. Os ahorraré los detalles, pero que conste que jamás arrebaté una vida, ni robé, aunque pude.”


    “Pero, un día, al amanecer el Sol en vuestra ciudadela y entrar resquicios de luz por las aberturas, que era el momento en el que yo me ocultaba aquí mismo en mi geoda, pues… dejémoslo en que las cosas no volvieron a ser las mismas”.


    “Estaba regocijándome en mi mayor tesoro, Sebastián, el enorme diamante que me otorgaron como pago adelantado por esta misma labor de corrupción de la que os hablo, cuando por todos los túneles entraron cientos de los de vuestra raza. No puede defenderme, pues todos era soldados y con ellos iba su rey, Golmen”.


    Ambos enanos se miraron, conocían el nombre, como todos, pero les sorprendió oírlo de la boca de ónice que les aleccionaba hoy.


    “El rey sabía de mi propósito en este estrato y, para que no pudiera seguir con mi arduo trabajo, me dejó arruinado como me veis.”


    Entonces intercedió Beleg, preguntándose ahora: “?es que este no es tu aspecto habitual?”


    El demonio pétreo bajó la cabeza, derrotado.


    “Amigo, os avergonzaríais ahora de esa pregunta si me hubierais visto en mi verdadera gloria y esplendor. Mi cuerpo era de ónice suave, más bien tallado como veis ahora mi cabeza redondeada. Mis manos y mis pies, aunque siempre ágiles y mortíferos eran finos y de aspecto delicado."


    "Mi nariz y mis orejas eran comentadas en la corte de donde procedo, mas me las arrebataron tres golpes crueles sobre la faz. Y con la forma verdadera de mi cuerpo y mi rosto, se fue mi poder verdadero. Ya a nadie pude convencer de mis verdades, y, así, el nefasto monarca enano cumplió su propósito.”


    “Pero, ?por qué no me mató, ahí cuando estaba a su merced? Os preguntareis” asintieron ambos invitados, ahora más interesados por la continuación de lo que realmente era una pieza de su historia desconocida, que por sus vidas.


    “Porque le era útil aún, por lo que se firmó un pacto, a la vieja usanza” aseguró Gog.


    “No mucho más abajo, por túneles que aún nunca habéis visitado, empiezan a verse salir de la roca hermosos cristales de cuarzo, muchos. Poco después, en el descenso, os topareis con que la totalidad del suelo es de este mismo cuarzo blanco".


    "Y luego, no podréis descender, pues la inmensidad de esta capa de brillante cristal rodea el mundo por completo, y es muy gruesa y es muy dura. Incluso los vuestros tardarían décadas, quizás siglos en taladrar un ínfimo hueco para descender.”


    “Y tú sabes una manera pasar mas fácilmente, ?verdad?” preguntó Beleg, sin miedo, pero pensando que trato nefasto habría hecho el rey de sus ancestros con un demonio de esta cala?a.


    “En efecto, o, más bien, tengo la única llave para la única puerta en… probablemente incontables millas” respondió la criatura Gog. “Y la tengo aquí mismo, por cierto” continuó se?alando la marca de su cabeza, que agachó para que todos la vieran bien.


    La hendidura de su frente continuaba hacia arriba, revelándose ahora que era la representación de una espada. Dicha arma estaba superpuesta a otra hendidura que hacía un círculo perfecto en la cabeza redonda del ser de ónice.


    “Por si os lo preguntáis os lo diré: representa mi conquista del mundo, o la de mi príncipe, mejor dicho. Aunque tranquilos, ahora de ese sue?o no queda nada, lo cual nos lleva al quid de la cuestión”


    “?Cuánto diríais que ha pasado, desde que entre los vuestros reinaba este Golmen, que tan maltrecho me dejó?”.


    Cuando preguntó el demonio Mim miró a Beleg, pues él no tenía ni idea y sabía que su compa?ero era algo más conocedor de la historia de la fortaleza. “Fue algo antes de que el Sol redujera su calor sobre el mundo, por ende, habrán pasado algo más de tres siglos, quizá cuatro”, respondió Beleg, un poco orgulloso acertar esta pregunta de trivia.


    “Pues ya está, ahí lo tenemos, en todo ese tiempo no he hecho absolutamente nada, y está claro que se me ha pasado volando” continuó Gog.


    “He estado esperando a gente como vosotros. Vosotros queréis bajar, está claro, y yo también, pues ya no deseo continuar con esta misión. Mas tango un problema que vosotros podéis solucionarme: he de volver con la certeza de que he dejado vuestra elegante y robusta fortaleza, total y absolutamente corrupta, presa de la codicia, de la avaricia, de la obsesión por la acumulación, o si no me príncipe no estará contento, es muy importante para él. Así que… por qué no os venís conmigo y… os hacéis los corruptos, como prueba.”


    Gog comprobó la mirada impasible de los enanos, que estaban empezando a desconectar de la realidad hacía ya un rato: “Pero luego os ayudaré, podréis ir donde queráis en el Averno o incluso ir más abajo, que imagino es lo que querréis”


    “ESPERA, espera… dices demasiadas cosas demonio” interrumpió Mim, harto ya de la que aquella bestia pétrea le contara sus problemas.


    “Has dicho que para seguir descendiendo hay que atravesar una gran capa de cuarzo, entonces, ?qué hay al fondo del foso por el que hemos descendido, por el que cayó Finna? ?Y, por qué íbamos a querer seguir bajando más allá del reino negro del que salgas?” duras pero acertadas preguntas por parte del alba?il.


    “Claro, querido Mim, qué preguntas más buenas que estaré encantado de aclararte…”
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