Harto del camino Beleg había cogido ritmo. Iba al trote recto y sin parar, más acostumbrado ahora a la oscuridad de la vía terrible que seguía. De vez en cuando agachaba la cabeza, iluminando el rastro que perseguía. Y durante mucho ya lo perseguía.
El túnel había ido virando hacia abajo lenta pero constantemente y si después de esto tenía llevarse a rastras a Mim, pues no se sentía con fuerzas. Hace tiempo que el valor le flaqueaba, cada paso tendría que volver a darlo a la vuelta, y ya le había entrado un flato de los que te podrían derrotar aun siendo el mayor héroe de leyenda.
“Ni siquiera voy armado” inició. “Ni siquiera valdría de nada ir armado, pues no se usar ninguna herramienta mas que la jarra de cerveza” desarrolló. “Cómo me gustaría ahora una jarra, bien llena del frío amarillo” concluyó.
Mientras terminaba de culparse a si mismo por este último pensamiento se agachó para sentarse, derrotado por el dolor de falto en su costado, la marca de quien no ejercita nunca y ahora quiere forzar su cuerpo. Qué bien la conozco.
“Maldita sea Mim, como no estés cerca ya me temo que lo único que acabaré haciendo es un ejercicio de cobardía, ya el espíritu me falla más que el cuerpo”, esto lo dijo en voz baja, haciéndose compa?ía en la oscuridad. Finalmente se apoyó sobre un codo y luego se tumbó completamente, boca arriba, debatiendo aún que hacer.
Se preguntaba si abandonar a su compa?ero no sería un crimen aún mayor que el que se planteó perpetrar hacía unas horas, cuando aún miraban hacia abajo en la grieta, la grieta en la que nunca pensó que descendería.
Se giró hacia los lados, retozando en el polvoriento túnel, donde las diminutas rocas se le clavaban por todo el cuerpo y el polvo arruinaba el color de su casta?o ropaje. Se movía como quien se gira de un lado a otro en el camastro, tratando de hallar el nirvana de la comodidad, a sabiendas de que era una sensación fugaz.
Pero, en un vuelco de su cuerpo, su ojo izquierdo captó un reflejo, un punto brillante en la oscuridad que aún le aguardaba en el camino inexplorado.
Nada más avanzar un metro, aún agachas y con el flato incidiendo, le permitió iluminar con su vela las puertas dobles de lo que seguro era una mansión cavernaria, su objetivo y el hogar de la bestia que a Mim le había arrebatado. Ahora era cuestión de abrirlas, o dar unos toques educados.
Mientras tanto, como ya os será habitual, retornemos a la conversación entre enano y horror. Allí en la silla quedó Mim sentado, aguardando su destino sin muchas esperanzas, las cuales ahora tampoco albergaba por Beleg su hermano, amigo y rival, pues la bestia, seguro mediante su mordaz percepción, ya le aguardaba. Ahora era cuestión de a cuál le aguardaba un destino peor.
“Espero que te guste el salón y disfrutes de su opulencia, no parece, amigo, que tu labor te reporte pingües beneficios, seguro que jamás habías visto tal colección de gemas” dijo la cosa tras su espalda. “Ahora, zagal, me voy revelar a tus ojos para aumentar tu asombro; sea aquí la gloria del Averno”.
A penas haciendo ruido, algo se deslizó tras de si. La tensión y dureza en el cuello de Mim habrían servido ahora para tallar diamantes, y n pudo girar la cabeza mientras aquello procedía se desfile de gala al centro de su visión.
Era negro, todo ello de ónice tallado y anguloso, no pulido y bello como las gemas negras de su hogar. En efecto, como a Mim le relataban los agujeros y desgarres que sufría su ropa en la zona de los hombros, sus garras acababan en pinchos tan puntiagudos que podrían atravesar su garganta sin esfuerzo.
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Sus patas eran horribles, pues, aunque parecía caminar erguido como los enanos, sus rodillas quedaban invertidas y las piernas no acababan en un pie, como el de todas las razas buenas, sino que finalizaban en un único y grueso pincho cada una, sobre los que se posaba con gran equilibrio.
En efecto, sus ojos eran dos grandes ópalos azules y la única cosa que emitía luz en su fino y opaco cuerpo, sobre el que se consumía la luz reflejada por la geoda que llamaba su hogar. Cuando Mim se atrevió a estudiar bien la cabeza de la bestia se sorprendió por no ver en ella replicados los ángulos del resto de su cuerpo, sino que era un rostro redondo.
En esa testa parecían faltar elementos, pues, aunque distinguía labios y cejas de ónice, de la nariz sólo quedaba el fundamento, como si el resto hubiese sido tallado. Lo mismo ocurría con las orejas, ambas, aunque presentes, parecían acabar en una punta larga que había sido cercenada, en ambos casos por un golpe brutal seguro.
En la cima de lo que podría llamarse su frente portaba un símbolo, tallado a modo de hendidura, por lo que era difícil distinguirlo del resto del cuerpo, sólo algunos reflejos dentro de la geoda delataban su presencia e inducían a pensar que continuaba subiendo por su frente hasta la cima de la cabeza.
Cuando el demonio pareció percatarse de que Mim en su marca se fijaba, decidió ponerse a parlar.
“Amigo, espero que te agrade lo que ves, aunque no lo espero. He decirte que estoy deseando que nos conozcamos mejor. Usted, yo y el menudo de pelo negro que se nos aproxima a cada momento, tenemos mucho de que hablar. Quizás ahora te preguntes por tu futuro, como debería hacer cualquiera que se diga sensato, pero os aseguro que no tenéis de qué preocuparos.”
“Amigo, tomadme por un embajador, pues lo único que deseo es parlamentar con usted y con los suyos. Por favor, hemos de conocernos bien y establecer relaciones en beneficio mutuo, es todo por el bien del progreso económico y la estabilidad, sin duda."
“Ahora, amigo, dejadme el privilegio de establecer diálogo empezando por compartir mi nombre. Me llamo Gimno, ni más ni menos, y estoy seguro…”
“Eso es un nombre enano, DEMONIO” gritó Mim, desde luego sorprendiendo a la criatura, cuyo rostro de pocas facetas se quedó trastornado. “Desde luego, y estoy seguro de…” dijo el demonio tratando de salvar el ritmo del monólogo.
“No tenemos nada de lo que hablar y bien lo sabéis, no me enga?areis con vuestros ópalos de nuevo, gracias al Padre jamás me había topado con una bestia semejante, pero se lo suficiente como para no fiarme de cualquier trato ni artima?a.” Respondió Mim, más seguro que nunca y recobrando la moral al ver que las cosas no salían como la bestia pensaba.
Mientras hablaba en tan desafiantes términos, comenzó a elevarse de la silla, haciendo acopio de las escasas fuerzas de las que dispone el recién despierto. “Dad gracias de que no me encuentro armado, pues entonces libraría al subsuelo se vuestra horrible presencia aquí y ahora”.
Entonces la luz dentro de la geoda comenzó a apagarse: los azules, amarillos y rojos empezaron a desvanecerse, haciéndose cada vez más difícil distinguir el cuerpo negro de la criatura con el fondo oscuro que la envolvía.
“?ESCUCHAME MENUDO, tu cala?a es una raza de avariciosos de corta vida, viviendo un patético ciclo de acumulación. Derrocháis la riqueza del suelo, que acaba siempre en las manos de quien no sabe de su verdadero valor. Tu vida no será más que un suspiro en la mía, suspiro que malgastarás trabajando para quien tiene más dinero que tú, porque tiene más dinero que tú”.
Mim se encogía de nuevo en la silla de obsidiana, con la boca peque?a y pensando cada vez con más seguridad que el demonio le iba a arrancar la cabeza de cuajo con un único paso de su mano.
“Perdonadme, perdonadme…” dijo mientras la luz volvía a recuperar su poder. “Amigo, sé que os encontráis en un lugar extra?o y que la situación que os atiende no os permite ver el beneficio que mi persona os reportará. Además, andáis en busca de la joven que cayó hace un rato… la doncella rubia que parece haber decidido descender a toda prisa por el foso sin alas ni herramientas de escalada.”
Al mencionar esta información, la cara de Mim obviamente se iluminó, y, al ver plasmada en la faz del enano la traición de sus emociones, el rostro del demonio se alegró gratamente.
“Amigo, parece que he dado con la tecla que buscaba, quizás deberíamos entonces dialogar, justos, con todos los involucrados presentes como es de justicia” en seguida se oyó una puerta de piedra fina, seguro la entrada a la geoda, empezar a abrirse hacia adentro.
“Veo que ya llega el último invitado, le había dejado la puerta abierta y veo que ha sido acertado, ?discúlpame!”