Diez veces creyeron haber llegado al suelo, diez veces erraron, los reflejos les traicionaron. Definitivamente, si no había agua profunda al final de vertical camino no habría ninguna posibilidad para ella. Y quizás ni en ese caso la habría, quizás a esta altura el agua poco se diferenciaba del cemento armado. Habría tirado algo antes de emprender la marcha abajo, intentar escuchar un ruido al final de la caída, pero temieron que si estaba al fondo sobre encima de ella lo que tiraran caería, además pretendían bajar pasara lo que pasara.
Mim seguía primero en el descenso, ahora con más distancia entre uno y otro, ya que los brazos de Beleg requerían de más descanso. Con la mirada fija aún en la roca del frente sintió que los pies fallaban en encontrar roca, algo que ya había pasado antes en la irregular fisura.
Siguió bajando, sostenido ahora sólo por la fuerza hercúlea de sus manos, hasta que la vela sobre sus ojos le reveló al hueco que le impedía apoyar los pies. Era una grieta ancha, la grieta en la grieta, capaz de albergar a un enano, si este estaba dispuesto a arrastrarse.
“?Espera!” Ordenó, aunque no demasiado alto, no iba a tentar la posibilidad de un derrumbe con la vibración de su voz. “?Qué pasa?” respondió Beleg, al fin acortando distancias. “Es que hay un hueco aquí… apóyate ahora en la roca con los pies y descansa un minuto los brazos, si bajas un poco más tendrás que sostenerte sólo con las manos” afirmó el pelirrojo.
“… De acuerdo, me paro un minuto” respondió el otro, intentando no hacer demasiado obvio su alivio por el descanso. “No tiene sentido que ella… vamos, no debería estar aquí, pero voy a intentar tumbarme dentro, aunque sólo sea para descansar”, mientras lo decía y se balanceaba un poco para pisar la abertura en la roca. “Vale” dijo el otro, “lo que tú veas” respondió Beleg sin ganas de discutirlo.
Ya con las piernas firmes dio un último balanceo con los brazos, para traspasar el peso de su torso adentro. Con gran pericia soltó la cuerda, y sostuvo con fuerza el techo de la grieta. Ahora, con agacharse un poco, pudo apoyar la cadera y descansar al fin. Una peque?a onda formada en la cuerda por su oscilación siguió bajando hasta perderse en la profundidad, cuánto faltaba para llegar al fondo, lo desconocían. Ahora Mim aprovechó el escaso espacio para tumbar la espalda, sólo entonces se percató de que esta abertura horizontal llegaba mucho más al fondo. De hecho, no tenía ni idea de dónde acababa.
Mientras, Beleg se preguntaba si la cuerda sería suficiente o si este riesgo era más bien en balde. “Dime algo, no te veo desde aquí, amigo” comentó tosiendo un poco “?me oyes, amigo?”. “Sí, perdona… es que… tú no has oído nada desde que llegamos, ?verdad?” respondió al fin el artesano de la construcción. “No, nada salvo a ti y las corrientes de aire, que poco ruido ya hacen” devolvió Beleg. “Ya… creo que la corriente de aire de este agujero lleva sonidos, quizás una voz” reiteró el pelirrojo.
Tras unos segundos de silencio tenso volvió a hablar Beleg “creo que voy a seguir bajando, déjame descansar en ese hueco tuyo un rato”, esperó un instante a la respuesta del otro, pero no la hubo. “?Estás ahí?” comenzó de nuevo, “Shhhhhhhh” oyó al momento.
Haciendo el esfuerzo psicológico de mirar abajo, Beleg podía ver los pies de Mim descansando en el vacío, el resto de su ser dentro de la abertura. “Hay dos gemas azules aquí dentro, las veo brillar al fondo de este hueco” explicó al fin el alba?il, “?Y?” se preguntaba el otro, “No lo sé, podríamos cogerlas... no me parecen piedras comunes, ópalos muy puros quizás, ESPERA, ?Los he visto agrandarse! Oh no, no, acercarse más bien. Diantres, ayuda, ?tira de mis piernas, por lo que más quieras!”
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Decir “?voy, voy, voy!” es lo único a lo que le dio tiempo a Beleg antes de observar cómo los pies de su compa?ero desaparecían dentro de la estrecha caverna. Cuando lo vio y oyó el grito, rápidamente ahogado, del atrapado Mim, no pudo salvo comenzar a dudar si bajar por la cuerda y ponerse cara a cara con el hoyo horrible sería un movimiento inteligente.
El miedo le había dejado paralizado, tanto que ahora se alegraba de que nadie pudiera verlo, nadie pudiera juzgarle por acobardarse. Pero que explicaciones daría si volvía ahora, sólo. Sería aceptable decir -salimos de paseo los tres, pero los otros han muerto, buenas noches-, yo creo que no.
Aunó fuerzas y comenzó a atajar los dos metros de descenso hasta la boca del lobo, ahora con las patas bien alejadas de la roca, rodeando la cuerda y estrechando los tobillos. “Los dioses santos no quieran que mi padre o mi abuelo me vean así”, pensó, pero no dijo, no queriendo tentar ahora a lo que sea que había raptado a su compinche. Cuando al fin logró ver bien adentro, sintió un alivio culpable. No había nada ni nadie. Nada más quedaban unas marcas de arrastre en la gravilla sobre la que hubiere estado tumbado Mim hacía un momento. No se veía nada, no se oía nada.
Ahora se planteaba un importante dilema. Había bajado para salvar a alguien acompa?ado y ahora le tocaba arriesgar su vida en una dirección u otra, solo. Abajo sólo se veía el abismo continuar, con una cuerda que, bajando, se fundía con lo negro del hoyo, invitando poco a la esperanza.
Arriba apenas quedaba un resquicio de luz, porque, en varios puntos, la grieta donde se habían sumergido se estrechaba, dejando ver aún menos donde estaba ahora. Luego estaba el abisal horizonte frente a su rostro, donde había desaparecido el hombre que se había planteado asesinar no hace demasiado. La decisión estaba clara, al contrario que el hoyo negro donde Beleg se hallaba.
Cogió un mínimo impulso y se apoyó con las piernas tal y como había hecho Mim previamente. En nada tenía también los brazos firmes dentro de la grieta estrecha, poco después apoyó el cuerpo, cabeza adentro, sobre el suelo de la grieta, pero en su caso cabeza abajo, para arrastrarse bien hacia adentro.
“Está muerta” afirmó para sus adentros “se habrá abierto la cabeza al fondo del abismo, lo sé. Nunca hubo esperanza, sólo el pánico del momento, lo he aceptado, ahora lo único digno es intentar redimir mi pecado”. “Maldita sea, por qué no sellaron este monstruoso agujero y por qué fuimos tan estúpidos” prosiguió con su monologo interno, ganando tiempo mientras decidía si tenía el valor de verdad o no.
Finalmente, Beleg fue capaz de acallar su cabeza pensante y la racional, que le decía que saliera por patas antes de que fuera demasiado tarde, también. Allí no había espacio para extender los brazos, como tras un buen bostezo, sólo para arrastrarse hacia dentro con ligeros movimientos de hombros. Algo había tirado de Mim por la cabeza, seguro, llevándolo a alguna profunda madriguera en este infierno subterráneo.
Antes, cuando el mundo no había perdido la cabeza y la esperanza, la corteza de la tierra, el nivel justo por debajo de la superficie, había sido el reino de su raza, compartida claro está con una considerable cantidad de primos, invitados por los enanos de buena fe, y enemigos, que plagaban las cavernas y construían sus propias ciudadelas bajo la monta?a. Más abajo era el reino de otras criaturas, en su inmensa mayoría desconocidas incluso para el más erudito de los menudos, o cualquier otro pueblo conocido.
Se hablaba de diablos, se hablaba de otros enanos, hermanos que vivían muchos más profundo, se hablaba de los enemigos, expulsado anta?o por ancestros iracundos. “Quizás incluso volveré habiendo resuelto parte del misterio” pensó Beleg, ahora con los nervios más tranquilos a pesar de la situación, “seguro que me hacen una estatua”.