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De Enanos 5. Horror antediluviano

    Muchos pies arriba su fortaleza natal ya estaría despertándose. La actividad empezaba algo antes de que el tenue Sol se hiciera ver, con la impotencia de los últimos siglos. Ahora los panaderos trabajarían con su escasa materia prima y las patrullas estarían deseosas del relevo.


    Si encontrara, aunque sea un ínfimo agujero que conectara con el suelo que antes llamaba su mundo, trataría de en avisar a los demás, ya no importaban el trabajo y la vergüenza, pero no era tal su suerte.


    El camino seguía y seguía, sólo la vela en su frente le daba esperanzas, sólo ella le permitía seguir el rastro de Mim. Claramente le habían seguido arrastrando, hasta un fondo desconocido y sin nombre.


    Como se diluía el valor, como fallaba la esperanza, pero la inercia de sus decisiones, impelía Beleg a no parar, al menos hasta saber el paradero de Mim el alba?il. No sabía exactamente en qué dirección se movería aquel funesto pasadizo, pero quizás, pensó, ya estaría bajo la ciudad, no demasiado por debajo de sus pétreas fundaciones.


    En todo aquel viaje solitario sólo le llamaba la atención un elemento, algo que no encajaba demasiado. A veces, sobre las marcas que había dejado el cuerpo arrastrado de Mim, había un brillante polvo, como esparcido o rascado de alguna superficie, quizás derramado por una bolsa, pero muy irregular, hallado sólo esporádicamente.


    Pensó entonces el probable ex-camarero: “Un rastro dejado por mi amigo quizás, aunque no recuerdo que llevase una bolsa con él, mucho menos una cargando tan precioso y diminuto tesoro. Parece diamante en polvo, quizás los restos de otra piedra singular”.


    Más allá de que Mim hubiese decidido hacerse rico, comprar el polvo brillante más caro que encontrase y llevárselo a esas profundidades en el lapso de tiempo en que cogió los materiales para el descenso nefasto, no se le ocurrían muchas posibilidades. “Dijo algo sobre unos ópalos, gemas preciosas en la oscuridad”.


    Para bien de la espalda de Beleg el camino comenzó a alzarse y ensancharse, y al fin pudo caminar erguido, como si hubiera realizado una evolución exprés, de serpiente a enano.  Sin embargo, el rastro de Mim seguía como antes, por lo que era deducible que el pobre no se habría levantado ni en este tramo, arrastrado seguro por la bestia secuestradora.


    Allí quedó Beleg, siguiendo el polvo brillante y la grava removida, sintiendo ahora nostalgia por la seguridad que le daba el estrecho camino superado, pues ya no podía ver bien las paredes a sus lados y seguía algo agachado para que su vela iluminara la única pista del paradero de su compa?ero.


    Mientras tanto creo que será mejor un cambio de escena, pasemos a ver que hacía su hermano de aventuras, después de que dos garras, duras como la roca y negras como el abismo que habían pretendido descender, le cogiera por los sobacos y le tirara sin piedad.


    Aquel monstruo abisal tiraba de él, pero los ópalos azules que había visto, gemelos simétricos seguían siempre a la misma distancia de él. Si eran sus ojos no los despegaba de su persona y por ende estaba galopando a toda velocidad sin mirar por donde, quizás se sabía de memoria el camino o tenía más ojos.


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    Para cuando habían alcanzado el ensanchamiento Mim tenía los ojos cerrados con fuerza, casi tanta como los dientes, resignado al destino que le aguardase.


    Después de todo le había perdido a ella, justo cuando iba a perder su alma en un crimen indecente, seguro que lo que pasara era un justo final, quizás incluso ordenado por el Padre de Todos por sus transgresiones morales. Definitivamente aquel demonio de las profundidades, cuyo cuerpo no pudo descifrar en la penumbra, no le tendría nada bueno reservado.


    Por un rato, que Mim no podía determinar, había quedado incapacitado, perdiendo toda perspectiva del tiempo y el espacio, quizás tras quedarse inconsciente mientras debatía sus escasas alternativas. El negror del averno no tuvo dificultades en fundirse con el negror de las pesadillas y pronto despertó el trabajador dentro de una escena inesperada.


    Lo primero que vio fueron todos los colores del arcoíris, difuminados en infinidad de puntos y desaminados al azar en todo su campo de visión. Después agachó la cabeza, que se aquejaba de su propio peso y, entonces, vio su cuerpo, del que empezaba a retomar el control, sentado en una silla, con los brazos sobre las piernas, las cuales no llegaban al resplandeciente suelo.


    Cuando la vista se ajustó a los colores que recibía, pudo entender mejor donde se hallaba: nada más ni nada menos que una geoda enorme, del tama?o de un hogar o una guarida, según su inquilino. Su asiento no era menos particular, pues era como una piedra negra, obsidiana seguro, pero tallada muy finamente y sin dejarla demasiado afilada.


    Miró a diestra y siniestra y no había más que gemas en las paredes emitiendo luces hipnotizantes. Pudo ver algunos muebles, también oscuros y de refinado acabado. Incluso un reloj de torre, con su péndulo bamboleando y emitiendo su particular y monótono sonido, salvo que en la parte redonda relucían un titánico rubí.


    Tales observaciones confirmaron las peores suposiciones, estaba sentado en el hogar de un demonio. Los primos, en la superficie, hablaban en muchas ocasiones de los demonios, pero ellos se referían a los de su estrato, seres de cola, ojos y garras puntiagudas.


    Los demonios del estrato inferior no tenían alas, ni la piel roja. Eran de roca negra pura, como todo enano que hubiese recibido una educación decente sabría. Sí que coincidían en algunos aspectos, vivían de la corrupción, la obsesión y el vicio. Pero quizás lo más importante es que eran seres antiguos, puede que inmortales.


    Aunque Mim jamás fue muy devoto de la lectura, en la biblioteca principal de la fortaleza había algunos documentos donde se hablaba de estos seres. Os interesará conocer las hipótesis de Nimoth el Joven: “…el horror antediluviano de la monta?a, criatura hura?a y cruel, bien podría ser la progenie de la monta?a misma, creada en un intento sangriento, pero por suerte hasta ahora inútil, de acabar con nuestra raza”.


    Si así fuere ya cada uno decidirá si son aberraciones negras o los ángeles guardianes de la propia piedra. Un último dato del mismo autor, que de valor os será sin duda: “…pasan sus vidas sin tiempo, en las cavernas bajo las cavernas, donde más abunda la riqueza de la tierra, planeando la corrupción individual de cada enano sobre la faz de la existencia”.


    El único alivio del alba?il era este, no veía ni oía a nadie más haciéndole compa?ía. Pero no podía evitar pensar que su secuestrador estaba atrás, en el punto ciego de su visión, y que no hacía ni el más mínimo ruido porque no respiraba, pues no tenía pulmones sino piedra en interior.


    “Buenos días que ya amanece” oyó detrás, confirmando de nuevo la peor posibilidad. La voz era melodiosa y de buena entonación, podría pertenecer a cualquier enano de buen ver, de todo más bien grave y apacible.


    “Amigo, no sabes lo mucho que llevo esperando una visita en este yermo vecindario, he estado a punto de ponerme a hablar con las rocas, ?yo!”, Mim prestaba mucha atención a las palabras de la bestia de buenos modales, aunque no podía verla todavía y estaba empezando a pensar que valdría la pena comenzar a rezar por su alma inmortal. “Ahora, porqué no nos presentamos mientras llega tu amigo”
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