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De Enanos 3. Sobre la profunda sima

    Corrieron, vaya que si corrieron. Uno podría haber pensado que habían desarrollado patas de cabra cuales sátiros, porque si no, no me explico como no se mataron trotando por las rocas. No tenían nada, NADA, para bajar abajo, ni cuerda ni clavo, ni siquiera luz, ni tampoco demasiada experiencia.


    Regresaron por la brecha del muro esta vez con el sigilo de una estampida y la mayoría del tiempo sosteniéndose a cuatro patas para no resbalarse en las subidas. Nadie les vió entrar, pero ya no les habría importado. Beleg paró un momento, haciendo acopio de sensatez. Se miraron y, de nuevo sin palabras, sabían cual era la problemática. “?Qué hacemos?” dijo el que se paró, “no lo digamos, vamos rápido a por herramientas de mi trabajo, ?tenéis vosotros cuerdas en la taberna?” decía el otro. “?Sí! Nos esperamos en la brecha, no vayas sin mí.”


    Así quedaron, ni siquiera se les pasó por la mente el ir cada uno solo a por ella, se les quitó la tontería. Mim fue el primero en llegar al taller de los alba?iles, en el camino cruzándose con pocos. Por suerte su raza era dada a las costumbres y el orden, aunque eso no evitaría las miradas y los comentarios ma?ana por la ma?ana. Corriendo le vieron melena al poco viento de la caverna, con rostro indescriptible. No tenía la llave así que de fuerza tiró para abrir el almacén, cuatro golpes bien dados con el hombro y una patada cuando nadie asomaba. Cargó con clavos, cargó con velas y con cascos, uno para él y otro para la víctima de asesinato abortado. Regresó más acelerado aún.


    Para el otro enano el acceso fue más fácil, pero la maratón menos discreta. Lo llevaba pensando mientras corría a su meta, la taberna estaría llena a esta hora y meterse sin ser descubierto era una tarea digna de un maestro ladrón. Al final optó por lo más rápido, entraría como si nada, pasaría por la barra directo a la despensa y si el jefe le paraba sólo podría decir que se le había olvidado algo, la bota de vino ?quizás? Todo salió a pedir de boca, salvo el momento en el que oyó la voz grave que ahora más temía “?Qué haces? Jamás te he visto a esta hora por estos lares si con ello con tienes paga” Hora de improvisar.


    Mientras tanto, muchas casas más abajo, el pelirrojo corriendo llegaba, pero deceleró la marcha al percatarse de que había llegado primero. “?Dónde está? No me lo creo…” Mas por allí llegaba el otro. “Los siento, me he demorado con el tabernero”. Probablemente había perdido su labor, se ve que el propietario estaba esperando la primera excusa para despedirlo según dicta el reglamento. Ahora más bien poco le importaba. Al hombro llevaba la larga y gruesa cuerda, para la que no tuvo excusa al sustraerla de la despensa.


    “Vamos, rápido, no tenemos tiempo que perder” marcharon los dos de nuevo, y de nuevo haciendo acopio de todo su equilibro, ahora con la carga del espeleólogo. Quizás os preguntéis porqué no claman auxilio desde el principio, para qué el secretismo. Por ella. No debían estar allí, y cualquier infracción en la profesión de la dama escudera significaba una expulsión severa. ?Quién de los dos la cortejaría si sue?o y sustento le arrebataban pidiendo ayuda a la misma guardia?


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    Para cuando llegaron el astro de los locos ya estaba rehuyendo de la abertura superior, el hoyo siniestro cada vez más negro. Beleg preparó el nudo, luego Mim claveteo el pincho con la cuerda. La bajada dependía de la fuerza de sus brazos mas no temían por sus vidas, ahora mismo. “Primero yo amigo, no por nada, pero tengo más experiencia con alturas y peligros” dijo el alba?il aparentando modesto. El otro se aguantó la réplica poque no había fallo en el argumento del primero, cualquier respuesta nacería de la cabezonería.


    Ya bajaba Mim hinchando los músculos de los antebrazos. Se fijaba con intensidad en la roca a dos o tres palmos de cara, para qué mirar abajo si casi nada se veía. En nada Beleg, de más modestos miembros, le seguía de cerca y con las nalgas a pie y medio. Bajaban con lentitud exasperante pero necesaria, frenando sólo cuando a sus pies les costaba encontrar a ciegas el muro. únicamente por un momento, cuando alcanzaron la zona ciega donde sólo las velas sobre sus cascos les permitían deslumbrar algo, pararon.


    “?Espera!” Dijo el que estaba más adentro. “Está muerta, lo sabes, ?no?” preguntó sombrío. “Sí, y tú lo sabes, ?verdad?” respondió el camarero, con certidumbre, pero claramente tratando de marcar la irrelevancia de la afirmación. “Ya… sigamos” Dejando claro, con su tono, que entendía que abandonar ahora era irracional y cruel. Ahora, más que nunca ignorando el miedo y el agarrotamiento de los brazos, abajaron con tesón y una mirada determinada.


    Que negro era el hoyo cruel que se había llevado a ella y ahora a ellos. La Luna no iba a permitirse parar ni por un momento, por nadie nunca había tenido prisa, ni por nadie había puesto el freno. Mínimos reflejos de la roca opaca y la luz de las estrellas deban ya visión. Sólo ahora las velas les mantenían cuerdos, atados a este mundo y no al que existe donde no se ve, el mundo sin forma ni color.


    Que increíble era la existencia sin luz, que contraria a la preservación de nuestras vidas, pero que llena de libertad en su amorfia. Aquí nadie sería herrero, aquí nadie consejero ni caballero. Aquí no había padres ni hijos, no había casa ni cobijo. Sin forma nadie es más alto, nadie más feo, nadie más rico o pobre, nadie más ego. Pero, nuestro dúo no pensaba en eso, ?verdad?


    Veréis, nadie ha bajado por aquí en mucho, mucho tiempo, pero tampoco fue sellado anta?o. Obviamente es uno de esos lugares peligroso sobre los que se prevé a los ni?os y a los adultos menos responsables de esta nuestra sociedad, pero ese barco de la precaución zarpó hace mucho tiempo. Como ha quedado claro las caídas en roca viva son más que peligrosas, pueden ser mortíferas, pero hay otro lado de la moneda para el horror de esta grieta que quita el sue?o, y que yo os quiero contar.


    El mundo es una cebolla, tiene muchas capas, y no sólo como metáfora de la vida, sino literalmente. Como es lógico la primera capa era donde vivían los primos, la planta baja del mundo, la superficie. Aquí, la caverna, donde se alza la fortaleza de los menudos que no ven el cielo, es el subsuelo, la capa inmediatamente inferior. Había, o quizás todavía hay, estratos superiores, un mundo sobre el cielo y más allá. Pero también los había hacia abajo, como seguro ya te estabas planteando.


    Y como seguro también imaginas, no es lugar para inocentes. O al menos eso aprenden todos en algún momento de sus vidas, sea por anciano consejo o por institucionalizada ense?anza, NO BAJES DEMASIADO. Pero en el amor todo vale, incluso, incluso el suicidio me ha dicho algún poeta. Y así, Beleg el ex-camarero y Mim el ex-alba?il, prosiguieron.
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