Tres sombras se reúnen, conspiran inocentes. Quizás la sociedad nació para satisfacer sus necesidades, pero ellos la abandonan gustosos, hoy la sienten como una atadura, demasiadas responsabilidades, un ocio escaso es malo para el alma, y yo ni tengo.
Ella no es perfecta no lo es, pero para ellos, no decirlo tan sólo pensarlo, es imposible, porque lo es, es perfecta. Sus muslos son gruesos, su cadera está escondida para bien de sus miradas y las conversaciones vacuas de amistades largas. Su barriga es escasa, su espalda curva como una función matemática. Su nariz es recta, sus labios gruesos. Su piel cuarzo, sus ojos zafiros, su pelo ámbar. Ni una peca falla, cada una estratégicamente posicionada. Sus senos… La consecuencia es obvia, era codiciada.
Ellos siempre la flanquean, una a cada lado, pues cuál de ellos querría tener al otro entre ella y él. En todas las cosas ser justo, en todo moderado, por lo que lanzaré una moneda, si sale el Pilar de obsidiana empezaré con el alba?il, si sale la cara del Padre de todos, hablaré del camarero. Os adelanto, ninguno es mejor, pero sí igual de ella prisioneros.
Cara. Una cara típica, una cara común, una cara en la que todos ven un posible amigo, perfecto para el negocio de los tragos de cerveza y vino. Hablamos del fino en rasgos, de la nariz más puntiaguda, de los pómulos más marcados. Quizás menos alto, pero depende de la bota. Al menos él puede decir que es menos gordo, aunque las hormonas de la cerveza ya empiezan a marcar la diferencia. El pelo negro, la voz clara. Porque se regocija al cantar y sólo canta mejor porque es el que más lo disfruta. De hecho, ahora es lo único que disfruta, consciente de que la relación del trío se ha amargado, pero no va a ceder, más consciente aún de ella.
Pilar. Porque muchos pilares ha erigido, no de nueva planta sino en casas viejas, más viejas que el catastro que las recuenta. Cada día se desloma, cada día le duele la espalda un poco más. Ya está cansado y acaba de terminar su primera edad. ?Tres horas de turno más? Por favor, que se acabe ya. Al menos ha ganado músculo, mas sólo en brazos y piernas, y por el poco uso fuera, ni le rentan. El pelo es rubí, pero pronto poco importará, pues lucha una batalla difícil de ganar, cada día sus soldados rojos ceden terreno y pronto sólo restará un campo de soledad, mustio collado. Pero antes, y sólo antes, debe ganar una guerra, aunque no sabe ya si de corazones o de desgaste.
Finna era ella, la rubia, la tersa, la guerrera. Beleg era él, el amigo, el conocido, el camarero sempiterno. Mim era él, el fuerte, el pelirrojo, el que nos arregló el techo. Si se pusieran a hablar del día que se conocieron mentirían, ninguno se acuerda, se trata de uno de esos casos donde la relación precede al hablar y al andar. Ahora que lo pienso, sería una buena excusa para decir: yo fui amigo de ella primero.
Ahora se reúnen, cual congregación de herejes encapuchados, para saltarse las leyes del orden establecido, en nombre una causa tan digna como pasar una noche en vela haciendo algo nuevo. Ma?ana no hay trabajo, aunque pasado sí. “Seguidme en cuanto me levante y no miréis atrás, no puedo decir con seguridad que nadie nos observe. Loki el cojo a veces se queda a dormir en la caseta de alguna torre, intenté detectar su patrón, pero creo que más bien lo rige la cerveza y dónde le pilla cuando cae el Sol.” Cuando ella habla con ingenio, como en esta ocasión, ellos ríen con empe?o. Cada interacción cuenta, cada escaramuza vale la pena.
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“Vamos” y salen disparados tras ella. “Un momento” y todos se aposentan. “Vale, está bien, no hay nadie” y al fin salen por la brecha. Está muy oscuro tras la muralla, pero encender una antorcha en aquella desolación sería el colmo de la estupidez. Hoy era el día, hoy entra un poco de esa Luna olvidada, última ancla con aquellas noches de acampada de los viajeros, pues ya no hay viajes. En menos que canta el gallo en el punto escogido han llegado. Un último risco, un solo paso alto.
A la derecha la fortaleza. Piedra negra se funde con muro negro, hay torres con almenas, pero pocos les dan uso. Es más bella aquí que dentro, aunque ellos piensan en algo bello que está más cerca; ella no, ella lo ve bien claro, los siglos que han pasado, los edificios que se han abandonado. La literatura le hizo so?ar con sitios donde plantar la bandera, donde extender el reino, donde darle uso al hierro. Mas, en lo profundo sabe que su padre, veterano de ninguna batalla, cuenta con la razón en este asunto. No hay más reino que este, ella le legará estos muros de piedra a sus hijos, y estos a los suyos.
Mientras ella miraba la ciudad guarnecida, ellos aprovecharon la entrada directa de la luz lunar para ver no arriba sino abajo. La grieta hacia lo profundo de la roca madre era, bajo circunstancias normales, una mirada al abismo más negro e insondable que uno pueda imaginarse cerrando los ojos y colocando las manos sobre estos. Hoy era un misterio por resolver al que era difícil acercarse, pues la presencia de los momentos mágicos nunca puede sustituir a la realidad material: cualquier paso en falso significaría seguro una muerte cierta.
Una muerte cierta. Una muerte. Qué fácil sería, ?no? Ella mira hacia otro lado, la piedra es resbaladiza como si la hubieran hecho para provocar terribles accidentes, uno en el que podría morir un amigo o un rival. Después de todo ya no se hablan, ya no se quieren, sólo son un estorbo, un problema el uno para el otro. Ojalá pasara solo, sin necesidad de dar el empujón, entonces todo sería tan sencillo.
Estaban los dos muy cerca, mirando hacia el fondo, fingiendo fascinación, haciéndose los interesados. Cada vez acercaban más el cuello, como si trataran de desvelar más de las profundidades. Cada vez la mano del alba?il se acercaba más a la espalda del otro. Cada vez el pie del camarero más se deslizaba hacia el de su compa?ero.
Sólo un golpe seco y cruel les frenó del pecado. No a ellos les fue propinado, pues estaban petrificados ahora, con una tensión increíble en sus cuellos y cabezas. El golpe era de hueso sobre roca, anunciado únicamente por una exhalación. En un brevísimo momento alzaron la cabeza, cediendo el uno al otro la oportunidad de consumar el crimen al prójimo.
Sólo vieron la melena rubia, atada a un cuerpo ya inconsciente, deslizarse por la roca cruel hacia el negror de la grieta. Ahí iban sus sue?os, ahí el premio de su justa, ahí la vida de una chica, de una soldado. Ahí se iba la razón de su odio, aquí venía un motivo para estrecharse la mano, porque nada tenía sentido si no hallaban el éxito en esta misión. Sin decir nada, con el rostro de pánico serio, se decidieron a bajar.