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Cuando la Vela se Apaga (1)

    Tras exprimir hasta la última gota de información de la grabación borrada en la escuela St. Patrick, Gómez retiró el pendrive con un gesto mecánico, su mente aún atrapada en las revelaciones inquietantes que acababa de escuchar. Inspiró hondo, intentando apartar el cansancio de un día ya estirado hasta el hartazgo, y deslizó un segundo dispositivo en la terminal. Este contenía la copia escaneada del libro de Thomas Smith. El cual, según sus conjeturas, había sido la chispa que desencadenó la caída de Parker en la desesperación.


    El archivo se abrió con un zumbido apenas perceptible en la vieja terminal, su pantalla azulada parpadeó un instante antes de estabilizar la imagen de la portada digitalizada.  Era un libro ajado por el tiempo, de esos que parecían haber pasado por demasiadas manos y demasiadas décadas. La tipografía, ennegrecida y desgastada, se resistía a ser descifrada. Gómez entrecerró los ojos y leyó con cautela:


    <blockquote>


    “Alessandro Piero DeAngelis.”


    </blockquote>


    Gómez frunció el ce?o. Aquello no era lo que esperaba. Suponía que el libro tendría un título esotérico, algo pretencioso, como “Los Manuscritos de la Noche” o “El Testamento de las Sombras”. Pero no. Solo un nombre. Y eso lo inquietaba más de lo que quería admitir. No era común que un libro de carácter místico o esotérico llevara el nombre de una persona. La mayoría de estos textos jugaban con símbolos crípticos o frases enrevesadas que prometían verdades ocultas.


    Deslizó la mirada por la portada envejecida. No solo el paso del tiempo había dejado su marca en el libro. El cuero del forro estaba desgastado hasta la suavidad, pulido por incontables manos que lo habían sostenido, leído, hojeado una y otra vez. No era un tomo olvidado en una biblioteca oscura. Había sido utilizado, quizás obsesivamente. Alguien había vuelto a sus páginas una y otra vez, como si allí dentro hubiera respuestas imposibles de abandonar.


    Antes de continuar, el exagente decidió recurrir a la vieja terminal para hacer una búsqueda rápida. Movió los dedos sobre el teclado mecánico, sus teclas amarillentas hacían un leve clic con cada presión. Ingresó el nombre de Alessandro Piero DeAngelis en el viejo motor de búsqueda, su sistema era anticuado, pero seguro, dise?ado para operar fuera del alcance de las inteligencias artificiales.


    Los resultados tardaron en mostrarse, pero tras un brusco parpadeó en la pantalla, un sinfín de resultados comenzaron a aparecer: cientos de miles de personas con el mismo nombre, pero ninguna de ellas particularmente relevante o relacionada con el mundo paranormal. Nada que pudiera captar su atención. Nada que se destacara sobre la avalancha de nombres. Solo un pu?ado de datos de ciudadanos comunes y corrientes, nombres sin rostro.


    Gómez chasqueó la lengua.


    Recordó que tras la muerte de Jonathan Parker, los analistas que examinaron el libro lo habían datado como un texto preindustrial, anterior incluso a la consolidación de la era espacial. Un artefacto de otra época, un fósil de papel en un mundo donde la información se había digitalizado hacía siglos. Libros físicos de aquella antigüedad no circulaban libremente; los pocos que quedaban estaban en museos, en bóvedas de coleccionistas privados o en archivos gubernamentales. Y, sin embargo, este ejemplar había terminado en las manos de Thomas Smith.


    Resopló y volvió a teclear, refinando la búsqueda. Esta vez intentó algo más concreto: “Alessandro Piero DeAngelis + ocultismo + era preindustrial”.


    Los resultados fueron decepcionantes. Apenas unas menciones dispersas, ninguna lo bastante sólida como para vincular aquel nombre con el mundo del esoterismo. Ni rastros de un tratado, un estudio, o siquiera un rumor persistente en los círculos de lo paranormal.


    El problema no era solo la falta de información, sino la época. La cantidad de documentos digitalizados de aquellos tiempos era escasa y fragmentada. Archivos incompletos, referencias cruzadas que llevaban a callejones sin salida. Como si la historia misma se hubiera encargado de enterrar cualquier prueba de su existencia.


    Pero había algo rescatable de todo esto. Este libro no pertenecía a una imprenta comercial ni a una colección de textos místicos ampliamente difundidos. Era algo más íntimo. Algo más peligroso. Un diario personal. El testimonio de alguien que había visto demasiado.


    Gómez se recostó en su silla, pensativo. Si el libro había sido un diario que le perteneció a un don nadie, las pistas y su valor debían estar entre sus páginas. Con un clic, pasó a la primera página, y el texto desgastado comenzó a desplegarse frente a sus ojos. En cuanto se terminó de cargar, notó que el texto estaba en un espa?ol arcaico, con tintes de lenguaje antiguo que parecían mezclarse en ocasiones con símbolos casi místicos. El cambio de idioma no lo afectó en lo más mínimo, ya que la copia venía con las traducciones hechas por los investigadores que lo habían leído con anterioridad.


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    La primera página del libro parecía una especie de manual introductorio, como si el autor estuviera convencido de que el lector debía iniciarse poco a poco en los misterios que buscaba revelar. En los márgenes DeAngelis había anotado sus observaciones personales. Al principio, una caligrafía pulcra, casi elegante, detallaba cada ritual con precisión meticulosa. Las instrucciones parecían genuinamente prácticas, escritas con la seguridad de alguien que las había llevado a cabo más de una vez. Sin embargo, a medida que las páginas avanzaban, la escritura comenzaba a cambiar. Las líneas se volvían irregulares, las letras más apresuradas, torcidas, como si el autor hubiera ido perdiendo el cuidado… o la cordura. Hacia el final, la caligrafía era casi un delirio de tinta, desesperada y temblorosa, como si cada palabra se hubiera escrito bajo el peso de una urgencia incontrolable.


    La siguiente sección a la introducción contenía los rituales más básicos: trazos de símbolos en el suelo, contactos con entidades desconocidas, y fórmulas que parecían dirigidas a criaturas tan extra?as que apenas podían entenderse en la lógica moderna. Pero estos rituales, como Marcus le había dicho, eran comunes. Gómez los reconocía de manuales y textos de consulta de la fundación, aunque muchos podrían obtenerse en internet con solo buscarlos.


    No pudo evitar sentirse atraído por el primer ritual “peligroso” que se desvelaba ante él. Su simplicidad era enga?osa, pero también provocadora, como si desafiara al lector a subestimarlo.  Se titulaba simplemente “El Espejo”. No requería círculos de sal, invocaciones complicadas ni preparativos laboriosos. Solo un espejo, una vela y la oscuridad. Según el texto, todo lo que debía hacer el practicante era colocarse frente a un espejo en completa oscuridad, asegurándose de que una vela estuviera situada detrás de su hombro izquierdo. Nada más. Salvo un peque?o detalle. El ritual debía realizarse exactamente a la medianoche. Y para activarlo, había que susurrar una frase:


    <blockquote>


    “Muéstrame lo que no se puede ver.”


    </blockquote>


    Las instrucciones eran básicas, lo de siempre: una puesta en escena barata dise?ada para inducir sugestión, la cual luego sería usada por el practicante como combustible para forjar un evento paranormal. Pero lo interesante venía después, en los márgenes del libro. El autor había escrito múltiples anotaciones, algunas con un tono didáctico, otras con un aire de advertencia genuina, como si hablara desde la experiencia.


    <blockquote>


    “No todos están listos para ver lo que el espejo revela. Solo los practicantes que guardan preguntas y desconfianza en su corazón deberían intentarlo.”


    </blockquote>


    Gómez frunció el ce?o, sintió una ligera incomodidad al leer aquello. No era raro que estos textos tuvieran advertencias como esa, una forma de sembrar duda y expectativa. Pero lo que seguía era más interesante.


    <blockquote>


    “Si no ocurre nada, prueba cambiar de lugar. El sitio donde estoy podría no ser sensible a lo paranormal… o tal vez eres tú quien no quiere ver lo paranormal...”


    </blockquote>


    Eso llamó su atención. No tanto por la frase en sí, sino por la forma en que estaba construida. Esa ligera sorna, ese aire de superioridad, como si el fracaso del lector no fuera más que una prueba de su propia incompetencia. Era un patrón común en textos antiguos de ocultismo: si el ritual no funcionaba, el problema no estaba en el ritual, sino en el practicante.


    Ese estilo prepotente era un sello de autenticidad, un vestigio de otra época. Hoy en día podía encontrarse este mismo ritual explicado de manera meticulosa y sin margen de error en internet. Las instrucciones modernas no dejaban espacio para el fracaso, ni siquiera lo contemplaban. Todo estaba estructurado para que funcionara. Los rituales básicos como este no dependían de ingredientes raros ni de conocimientos esotéricos, solo de una cosa: convicción. Y en los tiempos actuales, la convicción se daba por sentada. Gómez se inclinó más sobre la pantalla, las palabras del autor continuaban en los márgenes.


    <blockquote>


    “Es probable que solo me vea a mí mismo. En ese caso, insiste hasta que sientas que tu reflejo no te pertenece realmente.”


    </blockquote>


    Gómez deslizó un dedo sobre la página, notando que el autor no sólo explicaba cómo realizar el ritual, sino que insinuaba qué debía sentir el lector. No decía “espera a que algo pase”, sino “insiste hasta que sientas que algo pasó”. Una diferencia sutil, pero clave. Un rastro de experiencia.


    Las siguientes notas de advertencia reforzaban la misma idea:


    <blockquote>


    “Si te ves a ti mismo hablando, NO leas los labios. Los rituales que murmura tu reflejo suelen ser peligrosos.”


    “Si sientes que algo sale del espejo, NO te asustes. No es nada malo… solo una entidad de menor importancia.”


    “Si ves que tu reflejo te observa fijamente, pero no imita tus movimientos, retrocede tu nuca. Es fácil terminar mareado. Si parpadea en distinto tiempo que tú, cierra los ojos. No pasará nada si sigues viendo, pero me será incómodo”


    </blockquote>


    Gómez exhaló con cansancio. Nada de esto era nuevo. Había visto rituales similares en otros textos, en foros, en documentos incautados por la Fundación. Pero lo que más le interesaba era la forma en que el autor estructuraba la información. No se limitaba a describir un fenómeno, sino que sembraba expectativas muy específicas en el lector.


    Cerró los ojos un segundo, intentando visualizar la escena: alguien parado frente a un espejo, en una habitación a oscuras, con una vela ardiendo. Al principio, nada. Sólo su propio reflejo. Pero luego, con cada segundo que pasaba, con cada palabra leída en este libro, comenzaba la duda. ?Realmente el reflejo estaba copiando cada movimiento a la perfección? ?O había un ligero retraso? ?Acaso parpadeó en el momento correcto? Finalmente el evento paranormal se manifestaba y el practicante sentía como avanzaba en el ocultismo.
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