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Pero lo que m¨¢s llamaba la atenci¨®n de la oficina, aparte de la decoraci¨®n as¨¦ptica y las pantallas flotantes que emit¨ªan suaves destellos de informaci¨®n, era una peque?a criatura que se encontraba acurrucada en un rinc¨®n, junto a una especie de almohadilla levitante. La mascota de Mendelson era una criatura alien¨ªgena llamada Silarus, una especie nativa de alg¨²n planeta distante cuya existencia hab¨ªa provocado una revoluci¨®n tecnol¨®gica sin precedentes por parte de la humanidad. Se trataba del primer planeta con vida inteligente descubierto por la raza humana, por tanto, hab¨ªa causado un antes y despu¨¦s en su ¨¦poca. Aunque eso hab¨ªa pasado hace casi un milenio, y en estos tiempos ya se comercializaban las especies de ese planeta distante.
Silarus era similar a un zorro de pelaje suave y brillante, de un tono morado iridiscente que cambiaba seg¨²n la luz. Sus grandes ojos rojos y brillantes, llenos de una curiosidad infantil, segu¨ªan cada movimiento de G¨®mez con atenci¨®n. Ten¨ªa una peque?a boca que se curvaba en algo parecido a una sonrisa, y cuando se mov¨ªa, lo hac¨ªa flotando a unos pocos cent¨ªmetros del suelo, emitiendo un leve zumbido. Su cuerpo, redondo y compacto, ten¨ªa peque?os tent¨¢culos que se agitaban suavemente, como si estuvieran explorando el aire a su alrededor. A pesar de su apariencia alien¨ªgena, la criatura exudaba una calma y ternura inesperadas, y era evidente que Mendelson le ten¨ªa un cierto cari?o.
La mascota parec¨ªa fuera de lugar en la oficina, al menos para aquellos que se fijaban solo en la est¨¦tica. Pero el verdadero significado iba m¨¢s all¨¢ de lo que pod¨ªa percibirse a simple vista. Coleccionar animales ex¨®ticos era el ¨²nico lujo que Mendelson se permit¨ªa en su vida, un capricho que dejaba entrever algo de su humanidad bajo la r¨ªgida fachada de disciplina y perfeccionismo. Llevar una parte de su ¡°hogar¡± a la oficina no era solo una cuesti¨®n de comodidad, sino una tendencia que se estaba imponiendo en los pisos superiores del laboratorio, algo que reflejaba el estilo de vida de las ¨¦lites de este mundo. Con su mascota presente, Mendelson no solo romp¨ªa la frialdad del entorno, sino que tambi¨¦n transmit¨ªa un mensaje claro: ¨¦l estaba alineado con la visi¨®n del ¡°nuevo orden¡±. Su decisi¨®n de traer a una de sus tantas criaturas al trabajo no era un acto casual, sino una declaraci¨®n de poder y control, una sutil forma de marcar su territorio en el estricto mundo corporativo que reg¨ªa los pisos inferiores del laboratorio.
¡ªSiempre fingiendo¡ ¡ªPens¨® G¨®mez mientras recorr¨ªa la oficina con la mirada, observando el impecable orden de cada objeto. Era casi irritante c¨®mo todo estaba meticulosamente en su lugar, sin un solo detalle fuera de sitio. Le parec¨ªa una iron¨ªa que Mendelson, un hombre que tanto predicaba sobre el control absoluto y la disciplina, tuviera una criatura tan alegre y despreocupada como Silarus por mascota. El contraste entre la fr¨ªa perfecci¨®n del entorno y la energ¨ªa juguetona del animal resaltaba la dualidad del jefe.
G¨®mez record¨® las palabras de Jonathan: ¡°En este laboratorio todo el mundo tiene unos cuantos muertos en el armario¡±. Y eso tambi¨¦n lo inclu¨ªa a ¨¦l. Aunque G¨®mez siempre hab¨ªa sido muy reservado con sus caprichos, ocult¨¢ndolos en el rinc¨®n m¨¢s oscuro de su armario, Mendelson parec¨ªa hacer lo contrario. A pesar de su fachada calculadora y fr¨ªa, era alguien que no pod¨ªa resistir ciertos caprichos infantiles. Su colecci¨®n de ex¨®ticas criaturas no era solo una extravagancia; era una grieta en la armadura de perfecci¨®n que intentaba proyectar.
Pocos conoc¨ªan al verdadero Arthur Mendelson, solo aquellos veteranos que hab¨ªan trabajado codo a codo con ¨¦l durante a?os. Para la mayor¨ªa, el jefe era un modelo de perfecci¨®n corporativa, alguien que no se dejaba afectar por nada. Pero G¨®mez conoc¨ªa la otra cara de Mendelson, la que se refugiaba en esos peque?os lujos para aliviar el peso de tanta responsabilidad y presi¨®n. A pesar de todo, Mendelson tambi¨¦n era humano, solo que lo disfrazaba mejor que la mayor¨ªa.
Mientras observaba la criatura alien¨ªgena, G¨®mez no pudo evitar sentirse inc¨®modo. No por la presencia del ser, sino por lo que significaba estar en esa oficina, frente a Mendelson, despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa pasado. La suspensi¨®n a¨²n le dol¨ªa, y aunque trataba de mantenerse calmado, no pod¨ªa evitar sentir una punzada de traici¨®n. Si bien Mendelson no lo hab¨ªa obligado a realizar el interrogatorio de Thomas Smith, desde la perspectiva de G¨®mez era su ¡°deber¡± como jefe hacer la vista gorda ante los problemas que podr¨ªan surgir por ignorar las tonter¨ªas protocolares. Sin embargo, eso no ocurri¨® y G¨®mez termin¨® pagando el precio.
¡ªSi¨¦ntate, G¨®mez¡ª Dijo Mendelson, su voz tan firme y controlada como siempre.
G¨®mez obedeci¨®, pero no pudo evitar sentir que el aire en la oficina se volv¨ªa m¨¢s denso con cada segundo que pasaba. Mendelson lo mir¨® por un momento, y aunque su rostro no lo mostraba, G¨®mez pudo percibir una leve incomodidad en sus ojos. Como si incluso ¨¦l, con todo su autocontrol y profesionalismo, estuviera lidiando con algo que lo superaba.
Mendelson apoy¨® los brazos sobre el escritorio y entrelaz¨® las manos, dejando que el silencio llenara el espacio durante unos segundos m¨¢s antes de hablar. G¨®mez lo observaba, tratando de descifrar lo que estaba por venir. Sab¨ªa que esta no era una simple reuni¨®n para informarle sobre su suspensi¨®n; hab¨ªa algo m¨¢s, algo que Mendelson a¨²n no hab¨ªa revelado.
¡°Silarus siempre ha sido un buen oyente¡± Pens¨® G¨®mez con una pizca de sarcasmo, mirando de reojo a la peque?a criatura que ahora lo observaba con curiosidad. Por un momento, dese¨® poder intercambiar lugares con el alien¨ªgena, flotando sin preocupaciones, lejos de la burocracia de la fundaci¨®n. Pero esa no era una opci¨®n, y G¨®mez lo sab¨ªa bien.
Mendelson exhal¨® suavemente, dejando que el silencio entre ambos se asentara, como una cortina que separaba la profesionalidad del v¨ªnculo personal que hab¨ªa entre ellos. G¨®mez se mantuvo inm¨®vil en el sill¨®n, observando la postura r¨ªgida de su jefe. Pod¨ªa sentir que lo que estaba a punto de escuchar no iba a ser sencillo. Mendelson, por su parte, parec¨ªa medir cada palabra antes de dejarla salir, consciente de las implicaciones de lo que estaba a punto de decir.
¡ªG¨®mez¡ ¡ªEmpez¨®, su voz m¨¢s suave de lo habitual¡ª No es que no conf¨ªe en ti, ni que no aprecie tu servicio. Llevas a?os trabajando para este laboratorio, y tus resultados han sido incuestionables en muchos sentidos¡ªHizo una pausa, como si luchara por encontrar la forma adecuada de decir lo que segu¨ªa¡ª Pero los tiempos han cambiado, y con ellos, las prioridades de la fundaci¨®n.
G¨®mez sinti¨® un nudo formarse en su est¨®mago. Ya hab¨ªa escuchado variaciones de ese discurso antes, pero el hecho de que viniera de Mendelson, alguien que siempre hab¨ªa respaldado sus m¨¦todos, lo hac¨ªa m¨¢s dif¨ªcil de digerir. Se inclin¨® un poco hacia adelante, tratando de mostrarse calmado, aunque por dentro bull¨ªa de frustraci¨®n.
¡ª?Prioridades? ¡ªRepiti¨®, casi con incredulidad¡ª ?Qu¨¦ prioridades son esas que hacen que suspendan a un agente por hacer su trabajo?
Mendelson dej¨® escapar un suspiro y se inclin¨® hacia atr¨¢s en su sill¨®n, frot¨¢ndose el puente de la nariz. Silarus emiti¨® un suave zumbido, como si sintiera la tensi¨®n en la sala.
¡ªNo me malinterpretes ¡ªRespondi¨® Mendelson¡ª S¨¦ que lo que hiciste en ese interrogatorio fue, desde tu perspectiva, necesario. Y cr¨¦eme, entiendo la presi¨®n. Thomas Smith promet¨ªa tener informaci¨®n que val¨ªa el presupuesto de una d¨¦cada de trabajo del laboratorio 32, es comprensible tratar de extraer esa informaci¨®n con un interrogatorio y lo que ocurri¨® no es algo que cualquiera pueda manejar. Pero¡ ¡ªHizo una pausa, levantando una mano para detener la inminente respuesta de G¨®mez¡ª Ya no estamos en la ¨¦poca en la que esos m¨¦todos son aceptables.
El Observador (6)
G¨®mez frunci¨® el ce?o. ?M¨¦todos aceptables? ?Desde cu¨¢ndo resolver los casos y revelar secretos hab¨ªa dejado de ser el objetivo principal de la fundaci¨®n? Record¨® todos los casos que hab¨ªa cerrado, todos los momentos en los que la eficiencia y la rapidez hab¨ªan sido valoradas por encima de las normas burocr¨¢ticas. Se hab¨ªa saltado reglas, s¨ª, pero siempre hab¨ªa sido por el bien mayor, o al menos, as¨ª lo ve¨ªa ¨¦l.
¡ªMira, G¨®mez ¡ªContinu¨® Mendelson, notando la tensi¨®n en el rostro de su agente¡ª Este no es el mismo lugar donde empezamos como reclutas. Antes, la fundaci¨®n operaba en las sombras, luchando contra lo que el p¨²blico jam¨¢s deb¨ªa conocer. Ten¨ªamos carta blanca para hacer lo que fuera necesario. Pero ahora somos una instituci¨®n p¨²blica. El mundo sabe que existimos, sabe lo que hacemos, sabe lo que pensamos, sabe lo que decimos y eso significa que ya no podemos operar de la misma manera. Estamos bajo un escrutinio constante por parte de una ¨¦lite exigente, una ciudadan¨ªa inconsistente y una prensa morbosa. Cada acci¨®n que tomamos es analizada, evaluada, estudiada, comparada y condenada si no encaja con los est¨¢ndares actuales.
¡ª??Est¨¢ndares?! ¡ªG¨®mez casi escupi¨® la palabra¡ª ?Quieres decir que ahora el criterio que define nuestro buen actuar es no molestar a los pol¨ªticos o mantenerse lejos de la mirada de los medios, m¨¢s que resolver lo que est¨¢ realmente ocurriendo ah¨ª fuera?
Mendelson neg¨® con la cabeza, aunque sus ojos revelaban que parte de ¨¦l compart¨ªa la frustraci¨®n de G¨®mez.
¡ªNo se trata solamente de pol¨ªtica, aunque s¨ª, claro que eso juega un papel no menor en esta fundaci¨®n, puesto que la misma siempre ha representado los intereses de la ¨¦lite de nuestra sociedad, por tanto, una de nuestras tantas prioridades siempre fue contentar a los pol¨ªticos de turno ¡ªLevant¨® un dedo, como si quisiera subrayar su punto¡ª Pero estos pol¨ªticos son reflejo de la sociedad y la sociedad ha cambiado. Estamos en una ¨¦poca donde el hedonismo, el exceso, la liberaci¨®n y la transparencia son las banderas que la gente espera que levantemos. Ya no somos un pu?ado de veteranos duros dispuestos a hacer lo que sea necesario. Ahora somos¡ ¡ªBusc¨® la palabra adecuada¡ª Exploradores, en lugar de soldados. Investigadores, en lugar de detectives.
G¨®mez permaneci¨® en silencio, masticando las palabras de su jefe. Sab¨ªa que lo que dec¨ªa ten¨ªa un punto de verdad. Durante los ¨²ltimos a?os, la fundaci¨®n hab¨ªa mutado. Lo hab¨ªa notado en los nuevos reclutas, en sus m¨¦todos, en su forma de trabajar. Ya no eran los tipos endurecidos por las luchas secretas y las operaciones clandestinas. Ahora los reci¨¦n llegados eran m¨¢s cautelosos, m¨¢s burocr¨¢ticos, preocupados por la ¡°moralidad¡± de sus acciones. Mostraban resultados m¨¢s acordes con lo que el mundo esperaba de una organizaci¨®n p¨²blica, pero para G¨®mez, todo eso sonaba vac¨ªo frente a los resultados.
¡ªLos veteranos como t¨², G¨®mez¡ ¡ªMendelson hizo una pausa, como si le costara pronunciar lo que ven¨ªa¡ª Ya no encajan en esta nueva sociedad. No es solo una cuesti¨®n de tus m¨¦todos, que, aunque eficientes, nos han tra¨ªdo m¨¢s problemas legales de los que puedo contar. Tambi¨¦n est¨¢n los sobornos, chantajes, justicia por mano propia, operaciones turbias¡ ¡ªSacudi¨® la cabeza¡ª Nos pasamos m¨¢s tiempo gastando el presupuesto en lidiar con las consecuencias de tus ¨¦xitos que en celebrar los mismos. Y eso, en esta era, ya no es sostenible.
G¨®mez apret¨® los pu?os, sintiendo la traici¨®n arder en su interior. Sab¨ªa que hab¨ªa cruzado l¨ªneas antes, pero siempre lo hab¨ªa hecho por el bien mayor, por resolver los casos, por salvar vidas. Y ahora, ese mismo celo, esa misma dedicaci¨®n, se estaba volviendo en su contra.
¡ª?Y los novatos? ¡ªPregunt¨® G¨®mez con su voz baja, pero cargada de resentimiento¡ª ?Quieres decirme que ellos lo est¨¢n haciendo mejor que yo? Que con su ¡°moralidad¡± y su apego a las normas est¨¢n logrando m¨¢s que nosotros, los veteranos, que fuimos los que construimos la fama de este laboratorio con nuestras propias l¨¢grimas, sudor y sangre.
Mendelson lo mir¨® fijamente, y por un momento, G¨®mez vio un destello de compasi¨®n en sus ojos.
¡ªNo es que lo est¨¦n haciendo mejor, G¨®mez ¡ªHizo una pausa¡ª Simplemente est¨¢n haciendo lo que se espera de ellos. Y eso, en estos tiempos, es suficiente. Adem¨¢s¡ ¡ªSe inclin¨® hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio¡ªNo es solo una cuesti¨®n de tus cuestionables m¨¦todos. El presupuesto para mantener a agentes veteranos como t¨² es insostenible. Los novatos cuestan menos, son m¨¢s f¨¢ciles de manejar, y, en ¨²ltima instancia, son el futuro de esta fundaci¨®n.
G¨®mez sinti¨® c¨®mo su est¨®mago se retorc¨ªa. No pod¨ªa negar que el costo de mantenerlo a ¨¦l y a los suyos era mucho m¨¢s alto que lo destinado a los nuevos reclutas.
¡ªMira, G¨®mez¡ ¡ªMendelson adopt¨® un tono m¨¢s suave¡ª Te respeto, m¨¢s de lo que piensas. Pero tarde o temprano, la fundaci¨®n iba a desprenderse de los veteranos. Las demandas legales, la presi¨®n p¨²blica, los recortes de presupuesto, todo apunta a una sola direcci¨®n. Y no eres el ¨²nico. Eventualmente, todos los que sirvieron durante la dictadura militar ser¨¢n retirados. Tu mentalidad, la forma en que ves el mundo, ya no encaja con esta era.
G¨®mez sinti¨® una punzada de dolor. Hab¨ªa dado todo por la fundaci¨®n, y ahora se lo estaban cobrando de la peor manera. Para G¨®mez, cada frase era como una estocada lenta y precisa, abriendo viejas heridas y sembrando nuevas dudas. Lo que alguna vez hab¨ªa sido un basti¨®n de camarader¨ªa y prop¨®sito, ahora se sent¨ªa como una fr¨ªa m¨¢quina burocr¨¢tica que lo masticaba y escup¨ªa cuando ya no era ¨²til.
¡ªNo encajo¡ ¡ªG¨®mez repiti¨® en voz baja, como si esas palabras fueran dif¨ªciles de procesar. Levant¨® la vista y mir¨® directamente a Mendelson¡ª ?Qu¨¦ me est¨¢s diciendo? ?Que todo lo que hice, todo lo que sacrificamos, no tiene valor alguno ahora? ?Tambi¨¦n le dir¨ªas eso a nuestros compa?eros que dieron su vida por defender nuestro mundo de lo paranormal?
Mendelson suspir¨® pesadamente, entrelazando los dedos frente a ¨¦l. La luz blanca y fr¨ªa del panel hologr¨¢fico sobre el escritorio hac¨ªa que su rostro se viera a¨²n m¨¢s severo, casi inhumano.
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¡ªNo es que no tenga valor ¡ªRespondi¨® con tono moderado¡ª Pero el mundo cambi¨®, y con ¨¦l, la fundaci¨®n. Lo que hiciste antes, tu modo de operar, funcionaba en otro contexto, en otra ¨¦poca. Pero la realidad de ahora es distinta. Ya no se trata solo de cazar monstruos en la oscuridad, sino de entenderlos, de integrarlos en el marco legal de lo que es aceptable, de explotarlos econ¨®micamente y de abusar de ellos para satisfacer los fetiches de la ¨¦lite de nuestra sociedad.
¡ª?Aceptable? ¡ªG¨®mez apenas pod¨ªa contener su incredulidad¡ª ?Est¨¢s hablando de lo paranormal como si fuera un mal menor que simplemente hay que integrar en nuestro mundo?
Mendelson lo mir¨® fijamente, sin inmutarse ante la evidente frustraci¨®n del agente. Sab¨ªa que G¨®mez no lo ver¨ªa de otra manera, que para ¨¦l el deber siempre hab¨ªa sido blanco o negro, vida o muerte, una guerra que no permit¨ªa zonas grises. Pero ese mundo, el de los agentes veteranos forjados por la violencia social de la dictadura militar y las sombras de la clandestinidad, ya no exist¨ªa.
¡ªEscucha, G¨®mez, no lo digo porque crea que tus esfuerzos fueron en vano ¡ªContinu¨® Mendelson¡ª Al contrario, la fundaci¨®n nunca habr¨ªa llegado a donde est¨¢ hoy sin hombres como t¨². Pero si sigues insistiendo en que las cosas deben ser como antes, te estar¨¢s aferrando a algo que ya no existe. ?De qu¨¦ te sirve luchar contra una realidad que ya cambi¨®? Nadie puede detener el mundo, as¨ª que mejor gira con ¨¦l.
El ambiente de la sala permanec¨ªa en un tenso silencio mientras G¨®mez diger¨ªa las palabras de Mendelson. Silarus flotaba a un lado, movi¨¦ndose perezosamente en el aire, observando con sus grandes ojos curiosos. Aunque su apariencia fr¨¢gil contrastaba con el ambiente austero de la oficina, su sola presencia representaba el cambio profundo que hab¨ªa sacudido la fundaci¨®n en los ¨²ltimos a?os. No solo por la naturaleza ex¨®tica de su existencia, sino por lo que simbolizaba: El dominio sobre la naturaleza y el aprovechamiento de ella.
¡ªLa fundaci¨®n ya no es lo que era ¡ªDijo Mendelson, rompiendo el silencio. Su voz era serena, pero cargada de una verdad que G¨®mez odiaba escuchar¡ª Ya no es un campo de batalla donde solo sobreviven los m¨¢s fuertes. Ya no estamos solos en esto. El gobierno, las organizaciones privadas y las multinacionales se han sumado a la causa. Ya no somos una entidad que opera en la oscuridad, ahora somos parte de un ecosistema que estudia lo paranormal, y el ¨¦xito ya no se mide solo por la eficiencia de nuestra instituci¨®n.
G¨®mez frunci¨® el ce?o, incapaz de ocultar su desagrado. Para ¨¦l, todo aquello sonaba como una justificaci¨®n barata para la ineficacia y la complacencia de estos tiempos.
¡ª?Y qu¨¦ se supone que signifique eso? ¡ªPregunt¨®, con un tono ¨¢spero¡ª ?Qu¨¦ ahora lo m¨¢s importante es complacer a la gente, a la ¨¦lite? ?Qu¨¦ el objetivo ya no es proteger al mundo de las amenazas, sino asegurarnos de que todos se sientan bien consigo mismos mientras trabajan en comprender lo paranormal?
¡ªEso es exactamente lo que significa ¡ªRespondi¨® Mendelson sin rodeos¡ª La fundaci¨®n ya no se enfoca en las mismas prioridades que antes. Hoy en d¨ªa, lo importante es mantener felices a nuestros empleados, satisfacer los caprichos de los nuevos reclutas, que son parte de una ¨¦lite social que espera resultados, pero m¨¢s a¨²n, espera cumplir sus sue?os. La fundaci¨®n ya no es un campo de batalla, G¨®mez. Ahora es un lugar donde la gente viene a explorar el otro mundo, a aprender, a vivir experiencias emocionantes, no a sacrificarse por una causa mayor.
¡ªT¨² me est¨¢s diciendo que los novatos ?Vienen aqu¨ª a jugar, Arthur? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, intentando mantener la compostura ¡ª Porque eso es lo que parece.
Mendelson apoy¨® los codos sobre el escritorio y entrelaz¨® los dedos, su rostro permanec¨ªa sereno, pero hab¨ªa un dejo de cansancio en sus ojos.
¡ªLos j¨®venes de hoy ya no vienen aqu¨ª con la misma mentalidad que t¨² o yo ten¨ªamos en su momento. No est¨¢n dispuestos a dar su vida por la humanidad. No est¨¢n dispuestos a soportar maltratos, humillaciones, ni a vivir en un ambiente laboral t¨®xico como lo hicimos nosotros. Para ellos, esto no es un sacrificio, sino una oportunidad para cumplir sus fantas¨ªas. Vienen aqu¨ª buscando algo m¨¢s que el honor y gloria de la raza humana, y nosotros tenemos que adaptarnos a eso. No los puedes culpar por querer m¨¢s que un trabajo agotador y peligroso.
G¨®mez record¨® los d¨ªas de su juventud, cuando los novatos como ¨¦l llegaban a la fundaci¨®n llenos de adrenalina y temor. Era una prueba de fuego, donde los m¨¢s fuertes se quedaban y los d¨¦biles se iban en bolsas para cad¨¢veres. Las ¨®rdenes eran claras, y aunque hab¨ªa una sensaci¨®n constante de peligro, eso mismo era lo que los un¨ªa. Las luchas internas, las peleas, las venganzas entre compa?eros que compet¨ªan por demostrar su val¨ªa. Todo eso era parte del sistema, una tradici¨®n no escrita. Era cruel, s¨ª, pero en cierto modo, efectivo. Eso forjaba agentes capaces de enfrentar lo peor del otro mundo.
¡ªLos abusos, las prepotencias, las peleas, todo eso qued¨® en un pasado que nadie mira con buenos ojos¡ªDijo Mendelson, como si leyera los pensamientos de G¨®mez¡ªYa no es necesario crear un ambiente donde solo los m¨¢s duros sobreviven. Hoy se busca que todos est¨¦n c¨®modos, que sientan que su trabajo es la forma de satisfacer sus deseos. Que lo disfruten. No podemos permitirnos seguir con esa mentalidad de guerra constante, porque lo que hacemos ahora es m¨¢s diplom¨¢tico. No todo se trata de pelear contra monstruos, sino de lograr el apoyo de una ¨¦lite social interesada por nuestro trabajo y patentes. Y para eso no hay que matar criaturas paranormales, hay que comprender y explotarlas econ¨®micamente.
¡ª?¡°Hay que comprender y explotarlos econ¨®micamente¡±? ¡ªG¨®mez¡ª No me jodas. Los monstruos son monstruos, no hay nada que entender m¨¢s que como matarlos y sacarlos a patadas de nuestra realidad.
¡ªEse es tu problema, G¨®mez ¡ªMendelson lo mir¨® directamente a los ojos¡ª Sigues viendo esto como una guerra. Pero la fundaci¨®n ya no es una fuerza militar encubierta. Ahora somos una instituci¨®n p¨²blica que se dedica a la investigaci¨®n de lo paranormal, y eso significa que tenemos que jugar bajo nuevas reglas. No podemos permitir que la eficiencia sea lo ¨²nico que importe. La colaboraci¨®n entre instituciones es clave, y si no somos lo suficientemente fuertes o r¨¢pidos, entonces otros lo ser¨¢n. Porque ya no estamos solos en esto. Deja que el gobierno y otras compa?¨ªas privadas se encarguen de matar a los monstruos, nosotros ya no estamos para derrochar recursos en ese campo.
¡ª?De verdad conf¨ªas en que ellos har¨¢n lo correcto? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, con la voz baja pero cargada de resentimiento¡ª ?Realmente conf¨ªas en las empresas privadas? ?En las corporaciones? ?En el gobierno? ?Acaso no est¨¢n todos metidos hasta el cuello en la corrupci¨®n? Solo hace falta una sola criatura que aprenda como sobornarlos, y todo el sistema de defensa de la humanidad se derrumba, Arthur.
Mendelson suspir¨® profundamente.
¡ªNo seas extremista, G¨®mez. Lo que planteas es imposible. La corrupci¨®n ha existido siempre, y siempre existir¨¢, eso lo sabes. A pesar de eso, la humanidad ha progresado. Puede que no te guste el nuevo sistema, pero no tienes m¨¢s opci¨®n que aceptarlo. La fundaci¨®n ya no puede sostenerse sola como lo hac¨ªa antes. Dependemos de la colaboraci¨®n con otras organizaciones, empresas, y el gobierno. S¨ª, algunas de estas entidades tienen sus propios intereses y los mismos no son muy ¡°nobles¡± que digamos, pero es parte del juego. Si no jugamos, nos quedamos fuera, y eso no es una opci¨®n.
El Observador (7)
Con el ce?o fruncido y los ojos llenos de convicci¨®n, G¨®mez se inclin¨® hacia adelante, plantando ambos codos sobre la mesa mientras su mirada se clavaba en la de Mendelson. No era simplemente la rabia lo que lo mov¨ªa, sino una profunda creencia que hab¨ªa sido parte de su vida desde el primer d¨ªa que entr¨® en la fundaci¨®n.
¡ªEscucha bien, Mendelson: ?La fundaci¨®n nunca ser¨¢ una corporaci¨®n! ¡ªDijo G¨®mez, su voz firme y cargada de determinaci¨®n¡ªNo hemos sobrevivido hasta ahora enfrentando lo desconocido simplemente porque somos los reclutas que seguimos el protocolo. ?Eso es mierda burocr¨¢tica! Lo que hace que la fundaci¨®n sea lo que es hoy en d¨ªa, lo que nos ha permitido vencer a lo paranormal hasta estos tiempos, es que nuestra causa est¨¢ arraigada en algo m¨¢s grande. Nuestra lucha es por el honor, es por la gloria, es por algo que trasciende cualquier tipo de motivaci¨®n superficial. No estamos aqu¨ª por el dinero ni por el poder. Eso no deber¨ªa ser lo que impulse a ning¨²n miembro de esta fundaci¨®n. Ni mucho menos lo que impulse a la fundaci¨®n misma.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en el aire antes de continuar, su tono cada vez m¨¢s intenso.
¡ªNosotros no le vendimos nuestro tiempo a la fundaci¨®n a cambio de idioteces. Le entregamos nuestro esp¨ªritu, nuestra sangre y nuestra vida porque creemos en lo que hacemos en este laboratorio. Esto es m¨¢s que un trabajo. Se trata de algo sagrado, algo que no puedes medir en t¨¦rminos de beneficio corporativo o indicadores burocr¨¢ticos. Aqu¨ª uno dona su trabajo, su tiempo y su vida. Porque enfrentamos cosas que ning¨²n otro ser humano deber¨ªa enfrentar, y lo hacemos no por dinero, sino porque es lo correcto, porque es una causa por la que vale la pena morir.
Sus palabras resonaban en la oficina, como si el eco de su fervor rebotara en las paredes.
¡ªLos que vienen aqu¨ª buscando poder, prestigio o una oportunidad para cumplir sus fantas¨ªas no deber¨ªan tener un lugar entre nosotros. ?Esto no es un juego! Es una batalla continua, una lucha que pocos entienden, pero que todos deber¨ªan respetar. Y cualquiera que olvide eso, cualquiera que piense que puede tratar lo paranormal como una simple mercanc¨ªa o una forma de entretenimiento, est¨¢ condenando al olvido la misi¨®n misma que dio origen a la fundaci¨®n.
G¨®mez se recost¨® en su silla, su pecho subiendo y bajando de manera pesada, agotado por la intensidad de sus propias palabras. Sab¨ªa que su visi¨®n del mundo estaba en peligro de extinci¨®n, pero tambi¨¦n sab¨ªa que alguien ten¨ªa que defenderla, aunque fuera hasta el ¨²ltimo aliento.
¡ªLa fundaci¨®n no es lo que es por haber sido rentable en el pasado ¡ªConcluy¨® G¨®mez, su tono m¨¢s calmado, pero no menos firme¡ª Es lo que es por aquellos que la han defendido, por esas personas que cre¨ªan que hab¨ªa algo m¨¢s grande en juego. Algo por lo que val¨ªa la pena luchar, incluso si eso significaba sacrificarlo todo.
Silarus flotaba en silencio, su mirada fija en G¨®mez. Parec¨ªa entender, en alg¨²n nivel profundo, la frustraci¨®n del agente, pero tambi¨¦n estaba ajeno a la complejidad de los problemas humanos. Para ¨¦l, este mundo no era m¨¢s que una curiosidad. Pero para G¨®mez ese discurso era su vida.
¡ªComprendo y valoro tus ideales, G¨®mez ¡ªDijo Mendelson, su tono m¨¢s suave y pol¨ªtico¡ª Pero los j¨®venes de hoy no est¨¢n dispuestos a sacrificarse por una causa mayor, s¨ª lo est¨¢n por sus propios sue?os. Y la fundaci¨®n les ofrece una plataforma para cumplir esos sue?os. Si bien no somos la misma organizaci¨®n que alguna vez fuimos, darle a la juventud las herramientas para cumplir sus sue?os es una causa muy noble. Eso es algo que tienes que aceptar, G¨®mez.
G¨®mez se qued¨® en silencio, su mirada fija en Silarus. Por primera vez en su vida, se sinti¨® realmente perdido, como si el mundo que hab¨ªa conocido y defendido durante tantos a?os ya no tuviera un lugar para ¨¦l. Se reclin¨® en el sill¨®n, cruzando los brazos sobre su pecho mientras sent¨ªa c¨®mo el calor sub¨ªa por su cuello. Quer¨ªa replicar, gritar, decirle a Mendelson que se equivocaba, que las amenazas eran reales, que el peligro no se deten¨ªa por un marco legal o por la opini¨®n p¨²blica. Pero algo dentro de ¨¦l lo fren¨®. Una parte de ¨¦l, por m¨¢s peque?a que fuera, sab¨ªa que Mendelson ten¨ªa algo de raz¨®n. Y eso era lo que m¨¢s dol¨ªa.
Mendelson hizo una pausa, inclin¨¢ndose ligeramente hacia atr¨¢s en su silla y exhalando, como si tratara de aligerar la tensi¨®n que hab¨ªa crecido en la sala. Sab¨ªa que esta discusi¨®n se estaba tornando en una batalla contra los ideales G¨®mez, una lucha de principios que no se iba a ganar de ninguna forma. Pero hab¨ªa algo que s¨ª pod¨ªa usar para hacer entrar al agente en raz¨®n: el fr¨ªo y crudo argumento del dinero.
¡ªY ni hablemos de los presupuestos¡ ¡ªRecord¨® Mendelson con un tono m¨¢s relajado, casi como si intentara desviar la conversaci¨®n hacia un territorio menos emocional¡ª Mira, no quiero que pienses que esto es algo personal, G¨®mez. De verdad, no lo es ¡ªEntrelaz¨® los dedos frente a ¨¦l, adoptando una postura m¨¢s conciliadora¡ª Como te dije, la fundaci¨®n ha cambiado. Nuestro enfoque ya no es tanto la lucha como lo era antes. Ahora nos centramos en la investigaci¨®n, en la exploraci¨®n, en desentra?ar los misterios de lo paranormal, no en eliminar amenazas de manera directa.
Hizo una breve pausa, observando cuidadosamente las reacciones de G¨®mez, tratando de medir c¨®mo sus palabras afectaban al agente.
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¡ªEso significa que nuestra ¨¢rea de trabajo ha perdido una porci¨®n considerable de su presupuesto. Y eso, lamentablemente, me lleva a decisiones dif¨ªciles. El coste de mantener agentes veteranos como t¨² es francamente algo que ya no puedo justificar en estos tiempos. No es que no te quiera en el equipo, G¨®mez. T¨² has sido una parte invaluable de este lugar durante muchos a?os y eres un grandioso agente.
¡ªPero el problema est¨¢ en que el costo de mantenerte es insostenible ¡ªContinu¨® Mendelson, inclin¨¢ndose ligeramente hacia adelante, como si tratara de transmitir una especie de empat¨ªa forzada¡ª Suspenderte no fue una decisi¨®n f¨¢cil. Pero fue una medida necesaria para mejorar los recursos que tengo a mi disposici¨®n para los nuevos agentes. Fue un sacrificio dif¨ªcil, te lo aseguro, pero absolutamente necesario para proteger el futuro de esos j¨®venes.
Mendelson hizo una pausa m¨¢s larga esta vez, como si buscara validar sus palabras a trav¨¦s del silencio. Parec¨ªa querer transmitir que hab¨ªa sufrido por tomar esa decisi¨®n, aunque su expresi¨®n, calculada y fr¨ªa, no reflejaba el m¨¢s m¨ªnimo atisbo de verdadera incomodidad. Arthur Mendelson era un agente veterano y tambi¨¦n un excelente mentiroso. G¨®mez lo sab¨ªa, pero prefer¨ªa aceptar esta mentira y no vivir con el sentimiento de ser apu?alado por un ¡°hermano¡± de sangre y guerra.
¡ªEntiendo lo que este lugar representa para ti y valoro lo que has hecho por nosotros, pero el mundo ha cambiado¡¡ªContinu¨® Mendelson, buscando neutralizar la confrontaci¨®n y convertir el asunto en una cuesti¨®n de simple pragmatismo¡ª Lo que hicimos en el pasado, los m¨¦todos que us¨¢bamos funcionaron, claro. Pero ya no vivimos en ese tiempo. Los nuevos agentes vienen mejor preparados, m¨¢s alineados con lo que la fundaci¨®n necesita ahora. Y s¨ª, es cierto, no tienen la experiencia que t¨² tienes, pero ya no operamos como antes.
Mendelson se recost¨®, como si quisiera que G¨®mez absorbiera la verdad cruda detr¨¢s de su discurso. Sab¨ªa que no hab¨ªa una forma f¨¢cil de decir lo que ten¨ªa que decir, pero al menos pod¨ªa intentar presentarlo de manera racional, casi como un mal necesario.
¡ªEl enfoque de la fundaci¨®n ya no es solo detener lo paranormal, sino entenderlo, integrarlo en el tejido de la sociedad. Ya no estamos solos en esto, G¨®mez. Ahora el gobierno, las organizaciones privadas, incluso corporaciones multinacionales, est¨¢n metidas en la misma lucha. No necesitamos ser los mejores o los m¨¢s eficientes en cada ¨¢rea porque ahora hay colaboraci¨®n mutua. Lo que no cubrimos nosotros, lo cubren ellos. Lo que importa es que todos, desde los agentes hasta los que financian nuestras operaciones, est¨¦n satisfechos con su parte en este ecosistema.
El tono de Mendelson se volvi¨® casi filos¨®fico, como si estuviera compartiendo una nueva visi¨®n del mundo, una que claramente no compart¨ªa con el viejo sistema del que G¨®mez proven¨ªa.
¡ªHoy, lo que prima es complacer. Complacer a la ¨¦lite que financia nuestras investigaciones y de la cual formamos parte, complacer a los trabajadores que sienten que forman parte de algo grande, algo emocionante ¡ªLevant¨® una mano, haciendo un gesto hacia el aire que impidi¨® que Gomez lo interrumpiera¡ª Ya no se trata de sacrificio ni de hero¨ªsmo. La gente joven que viene aqu¨ª lo hace para cumplir sus sue?os, no para entregarse a una causa. No est¨¢n dispuestos a sacrificarse por una misi¨®n, pero s¨ª lo est¨¢n para alcanzar sus aspiraciones personales. Y eso, G¨®mez, es algo que los veteranos hemos tenido que aceptar. Por mucho que a nosotros dos no nos agrade este nuevo enfoque, tenemos que hacer lo que la fundaci¨®n espera de nosotros de la mejor forma que podamos hacerlo.
Mendelson le lanz¨® una mirada r¨¢pida a la mascota antes de volver a enfocarse en G¨®mez, quien ahora ten¨ªa la mand¨ªbula apretada, resistiendo cada palabra que su superior dec¨ªa. La aceptaci¨®n de la tragedia, mezclada con la traici¨®n, herv¨ªa en su interior. Pero Mendelson continu¨®, impasible, seguro de su razonamiento.
¡ªA largo plazo, seguir operando bajo el viejo paradigma de miedo y sacrificio es el fin de esta fundaci¨®n, G¨®mez. Los chicos de hoy ya no van a aceptar eso, no van a trabajar en condiciones que los empujen al borde del suicidio por algo que no les da nada a cambio. Lo que esperan encontrarse en este laboratorio es un lugar de trabajo donde ellos puedan explorar, entender y disfrutar del misterio que rodea lo paranormal. Si para lograr ese clima de trabajo es necesario dejar de lado a los veteranos que ven esto como una guerra, bueno, es el precio a pagar por adaptarse a los nuevos tiempos.
Mendelson baj¨® el tono de voz, tratando de hacer que sus palabras parecieran m¨¢s comprensivas, como si estuviera hablando con un viejo amigo en lugar de un subordinado al que estaba ¡°expulsando¡± del sistema.
¡ªNo puedes culpar a estos chicos por querer algo diferente. Ellos son parte de una generaci¨®n que tiene opciones, muchas m¨¢s opciones que la que tuvimos t¨² y yo cuando comenzamos como reclutas en este laboratorio. Si quieren trabajar en lo paranormal tienen ciento de lugares donde elegir. Eso significa que la fundaci¨®n tiene que competir por su atenci¨®n.
Mendelson se inclin¨® hacia adelante ligeramente, buscando transmitir empat¨ªa, pero sin perder de vista el punto central.
¡ªEs natural que ante este nuevo paradigma todo el sistema haya cambiado para satisfacer sus caprichos. Era adaptarse al cambio o cerrar todas las instalaciones de la fundaci¨®n. Ya no estamos en un tiempo donde se pide sacrificio a cambio de gloria. Ahora, se trata de atraer a esos j¨®venes brillantes con lo que ellos quieren: oportunidades, satisfacci¨®n personal, y, s¨ª, un poco de diversi¨®n.
¡ª?Y qu¨¦ se supone que haga ahora, Arthur? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, su voz llena de una amargura que ya no se molestaba en ocultar¡ª ?Me retiro? ?Me siento a esperar a que los nuevos reclutas se encarguen del trabajo que nosotros comenzamos, aunque sepa que fracasaran miserablemente en el intento?
Mendelson mantuvo su mirada, y aunque su expresi¨®n segu¨ªa siendo severa, hab¨ªa un rastro de empat¨ªa en sus ojos.
¡ªNo estoy diciendo que te retires, G¨®mez. Pero tu suspensi¨®n no es solo un castigo, es una oportunidad para que reconsideres tu papel en todo esto. La fundaci¨®n est¨¢ cambiando, y t¨² tienes dos opciones: o te adaptas a ese cambio, o te apartas del camino.
El Observador (8)
G¨®mez sinti¨® que esas palabras golpeaban m¨¢s fuerte que cualquier reprimenda o castigo. Adaptarse o apartarse. Era una elecci¨®n que jam¨¢s hab¨ªa pensado tener que hacer. Para ¨¦l, la fundaci¨®n siempre hab¨ªa sido su hogar, su vida. No se ve¨ªa en otro lugar, y mucho menos siguiendo otro camino.
¡ªY s¨¦ que te sientes traicionado, viejo amigo ¡ªA?adi¨® Mendelson, casi como si leyera los pensamientos del agente¡ª S¨¦ que piensas que te estoy abandonando. Pero cr¨¦eme cuando te digo que esto no es algo que desee hacer. He luchado por mantener a cada uno de los veteranos aqu¨ª el mayor tiempo posible, pero hay presiones m¨¢s grandes de las que yo pueda contener. La fundaci¨®n est¨¢ bajo una nueva direcci¨®n, y ellos ven el futuro de una manera muy distinta a como lo ve¨ªamos nosotros.
G¨®mez mir¨® al suelo, sus pensamientos enredados en la mara?a de emociones que sent¨ªa. ?Qu¨¦ significaba todo esto? ?Ya no hab¨ªa lugar para ¨¦l en la Fundaci¨®n? ?Los a?os que hab¨ªa dedicado, las veces que hab¨ªa puesto su vida en la l¨ªnea, ya no importaban? Se sent¨ªa como un soldado al que se le hab¨ªa quitado su espada y se le hab¨ªa pedido que tomara una pala en su lugar.
¡ªLos nuevos reclutas¡ ¡ªMurmur¨® G¨®mez, su tono cargado de desd¨¦n¡ª No saben lo que hacen. Siguen las reglas, claro, pero no tienen idea de lo que realmente est¨¢ en juego.
Mendelson asinti¨®, pero no compart¨ªa el resentimiento de G¨®mez.
¡ªTal vez no lo sepan a¨²n. Pero lo aprender¨¢n. Como nosotros lo hicimos. Cada generaci¨®n tiene su forma de enfrentar las cosas, y ellos encontrar¨¢n la suya. Y no me malinterpretes, no estoy diciendo que sus m¨¦todos sean mejores o peores que los nuestros, solo son diferentes.
¡ªEntonces, ?por qu¨¦ me llamaste a tu oficina? ?Para darme este discurso? ¡ªPregunt¨® G¨®mez secamente, su voz apagada por todo lo que hab¨ªa tenido que escuchar.
Mendelson se recost¨® en su asiento, como si el peso de la conversaci¨®n tambi¨¦n le afectara.
¡ªQuer¨ªa invitarte a que pienses, G¨®mez. Que uses estos ocho meses de suspensi¨®n para reflexionar sobre lo que realmente quieres hacer con tu vida. Si decides volver, tendr¨¢s que adaptarte a los nuevos tiempos. A las nuevas reglas. Pero si decides que no es para ti, entonces tal vez sea hora de buscar otro camino.
G¨®mez sinti¨® que las palabras se quedaban flotando en el aire, como una sentencia.
¡ªNo es una decisi¨®n que debas tomar hoy ¡ªDijo Mendelson suavemente¡ª Pero es una decisi¨®n que tendr¨¢s que tomar en estos ocho meses.
G¨®mez se qued¨® en silencio, dejando que las palabras de Mendelson se perdieran en la sala como un eco lejano. La realidad de su situaci¨®n, tan dura como inevitable, segu¨ªa retumbando en su mente. El sentimiento de derrota se estaba transformando en una amarga aceptaci¨®n.
¡ªArthur¡¡ªComenz¨® G¨®mez con un tono medido, intentando ocultar la tensi¨®n que sent¨ªa¡ª Acepto que esto es parte de un proceso inevitable. La fundaci¨®n est¨¢ evolucionando, y yo no encajo en su lucha por adaptarse a los nuevos tiempos.
Se detuvo un momento, buscando las palabras correctas para hacer el siguiente giro en la conversaci¨®n, sin delatar la obviedad de sus intenciones.
¡ªPero antes de irme, me gustar¨ªa despedirme de todos los veteranos. Al menos de los que pasen por el laboratorio hoy. No vi a Parker ni a Kr¨¹ger en la sala de control, y dado que no los ver¨¦ en muchos meses, me gustar¨ªa hablar con ellos un momento. Ellos han sido buenos compa?eros y creo que merezco una buena despedida por parte del equipo.
Mendelson, que hab¨ªa estado observando a Silarus con la misma atenci¨®n distra¨ªda que uno pone en una mascota para evitar miradas inc¨®modas, de repente endureci¨® el rostro. Los movimientos lentos y r¨ªtmicos de la criatura contrastaban con la s¨²bita tensi¨®n que invadi¨® a su due?o. Mendelson apart¨® la vista de su mascota y cruz¨® los brazos sobre el pecho, como si buscara una forma de protegerse de la conversaci¨®n que se avecinaba.
¡ªLamentablemente, Kr¨¹ger est¨¢ de vacaciones, por lo que no podr¨¢s despedirte personalmente. Se fue a Marte con su familia para celebrar el cumplea?os de su tatarabuelo. No volver¨¢ hasta dentro de unas semanas. Mientras que Parker¡
G¨®mez not¨® el cambio. La leve incomodidad en el ambiente que hab¨ªa sentido cuando entr¨® en la oficina, ahora parec¨ªa haberse transformado en una pared de hielo invisible entre ellos. Su intuici¨®n, afilada por a?os de trabajo, le dec¨ªa que algo no estaba bien.
¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, frunciendo el ce?o¡ª ?D¨®nde est¨¢ Jonathan?
Mendelson suspir¨®, un suspiro largo y pesado, como si llevara horas prepar¨¢ndose para este momento. Sus ojos, normalmente fr¨ªos y calculadores, ahora mostraban una mezcla de pena y cansancio. Se tom¨® un segundo antes de hablar, como si estuviera buscando las palabras adecuadas, pero la verdad era que no hab¨ªa una forma suave de decir lo que ven¨ªa a continuaci¨®n.
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¡ªJonathan¡ ¡ªEmpez¨® Mendelson, su voz quebr¨¢ndose ligeramente al pronunciar el nombre¡ª Ya no est¨¢ con nosotros, G¨®mez.
La declaraci¨®n cay¨® como un balde de agua fr¨ªa. Por un momento, G¨®mez no comprendi¨® lo que acababa de escuchar.
¡ª?Qu¨¦ quieres decir con eso? ¡ªG¨®mez lo mir¨® con incredulidad, tratando de procesar lo que acababa de o¨ªr. Su coraz¨®n lat¨ªa m¨¢s r¨¢pido ahora, y pod¨ªa sentir una presi¨®n creciente en el pecho¡ª ?Se fue de vacaciones? ?Se jubil¨®? ?Qu¨¦ est¨¢s tratando de decir, Mendelson?
Mendelson se frot¨® las sienes, visiblemente inc¨®modo, y finalmente dej¨® caer la bomba.
¡ªJonathan se suicid¨® hace un par de d¨ªas, G¨®mez. Lo encontramos en su apartamento. ¨¦l activ¨® el protocolo de suicidio asistido. Lo hizo de manera voluntaria y en calma. Los androides de su casa confirmaron que lo ayudaron a llevar a cabo el procedimiento. Las grabaciones muestran todo el proceso, desde su solicitud, su testamento, sus ¨²ltimas palabras, hasta el momento en que fue asistido por el androide para asegurarse de que no hubiera errores. Todo est¨¢ registrado y documento.
El est¨®mago de G¨®mez se hundi¨®, una sensaci¨®n fr¨ªa y densa que parec¨ªa apoderarse de cada rinc¨®n de su cuerpo. La oficina de Mendelson comenz¨® a girar lentamente a su alrededor. Cada palabra de Mendelson golpeaba su conciencia como una avalancha implacable, aplastando todo a su paso. Jonathan, su amigo cercano y compa?ero leal en innumerables casos, estaba muerto. ?C¨®mo era posible? Hab¨ªa hablado con Jonathan la semana pasada. La imagen de Jonathan, con su sonrisa alegre y sus ojos llenos de una chispa inagotable de entusiasmo, se proyectaba como una pel¨ªcula grabada en su memoria. En ese momento, no hab¨ªa indicios de tristeza o desesperaci¨®n. Jonathan parec¨ªa estar tan vivo y comprometido como siempre, con planes y sue?os para el futuro. ?C¨®mo pod¨ªa una persona que irradiaba tanta vitalidad y esperanza terminar con su vida de manera tan abrupta?
G¨®mez se acord¨® de las largas noches de trabajo en el laboratorio, de las bromas y las risas que hab¨ªan intercalado entre casos. Jonathan siempre hab¨ªa sido el compa?ero que manten¨ªa la calma y te alegraba el d¨ªa incluso cuando todo alrededor parec¨ªa desmoronarse.
Se supon¨ªa que Jonathan le iba a proporcionar informaci¨®n crucial, las piezas que faltaban en el rompecabezas del caso m¨¢s complicado que hab¨ªa enfrentado en su carrera. G¨®mez se hab¨ªa ilusionado con resolver el caso juntos, como en los viejos tiempos, como hab¨ªan hecho tantas veces en el pasado cuando eran unos reclutas inexpertos. Otro caso privado resuelto por los dos. Dos amigos tratando de resolver el misterio m¨¢s grande que hab¨ªa visto el laboratorio 32. Mientras estuvieran juntos, nada era imposible. Pero ahora Jonathan Parker estaba muerto y G¨®mez se sent¨ªa como si le hubieran arrancado una parte de su ser. ?C¨®mo hab¨ªa podido Jonathan tomar una decisi¨®n tan dr¨¢stica? ?C¨®mo pudo ocultar su dolor tan bien? ?C¨®mo pudo llevar a cabo una acci¨®n tan definitiva y aterradora mientras todos los que lo rodeaban ignoraban sus verdaderos pensamientos? Era imposible, G¨®mez no pod¨ªa creerlo. Su mente no pod¨ªa procesar esa verdad y se repet¨ªa una y otra vez:
¡ªNo¡ ¡ªSusurr¨® G¨®mez, m¨¢s para s¨ª mismo que para Mendelson¡ª No puede ser. Jonathan no har¨ªa algo as¨ª. No sin decirme nada, no sin¡
G¨®mez se qued¨® en silencio, observando c¨®mo el jefe sacaba un peque?o dispositivo de su escritorio. Activ¨® una proyecci¨®n hologr¨¢fica que mostraba im¨¢genes capturadas por los sistemas de seguridad de la casa de Jonathan. A pesar de la naturaleza fr¨ªa y mec¨¢nica de las im¨¢genes, la verdad detr¨¢s de ellas era innegable: Jonathan, sentado en una silla frente a una ventana, hablando calmadamente con su androide personal mientras este le sosten¨ªa una m¨¢scara conectada a un tubo rojo. No hab¨ªa signos de lucha, de desesperaci¨®n. Solo alegr¨ªa, calma, hasta podr¨ªa haber rastros de una ligera esperanza. Sus ojos brillaban como si lo peor ya hubiera pasado y ahora lo que estaba por venir era un mundo de infinitas posibilidades. Como si el dolor y la tristeza fueran terrenales, pero las alegr¨ªas y placeres lo acompa?ar¨ªan al m¨¢s all¨¢ por toda la eternidad.
Sinti¨® que el piso bajo sus pies se tambaleaba. Su mente se llen¨® de preguntas sin respuesta, pero ninguna de ellas hac¨ªa que el dolor fuera m¨¢s llevadero. Como todo agente, Jonathan siempre hab¨ªa sido el tipo de persona que pod¨ªa ocultar bien sus problemas, alguien que sab¨ªa c¨®mo separar el trabajo de su vida personal. Pero esto era demasiado oscuro para creerse esta versi¨®n de la historia solo por un simple v¨ªdeo como prueba
¡ª?Por qu¨¦ no me lo dijiste antes? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, tratando de mantener su voz estable, aunque estaba claro que estaba al borde del colapso¡ª ?Por qu¨¦ nadie me lo mencion¨® en la sala de control?
Mendelson lo mir¨® con una tristeza genuina en sus ojos, pero tambi¨¦n con una frialdad que solo alguien acostumbrado a las malas noticias pod¨ªa ofrecer.
¡ªNo quer¨ªamos cargarte con eso, especialmente ahora que est¨¢s lidiando con tu suspensi¨®n. Jonathan tambi¨¦n estaba lidiando con lo suyo. Parece que despu¨¦s de enterarse de que te iban a suspender, no pudo soportar la presi¨®n de pensar que ser¨ªa el siguiente. Se volvi¨® cada vez m¨¢s nervioso y retra¨ªdo, y la situaci¨®n empeor¨® a medida que pasaban los d¨ªas.
¡ª?Por qu¨¦? ¡ªMurmur¨® G¨®mez, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Jonathan no parec¨ªa un hombre al borde del colapso, no en las ¨²ltimas veces que hab¨ªan hablado los dos. Pero entonces record¨® las palabras que Jonathan le hab¨ªa dejado en el mensaje. El tono de alerta, de paranoia. Algo no encajaba.
Mendelson apag¨® la proyecci¨®n y mir¨® a G¨®mez con seriedad.
¡ªLo que sabemos es que Jonathan hab¨ªa estado muy deprimido ¨²ltimamente. La noticia de tu suspensi¨®n lo afect¨® profundamente y se proyectaba como el siguiente en la lista. Ya lo hab¨ªamos notado antes, durante la ¨²ltima semana estaba nervioso, preocupado, la inteligencia artificial del laboratorio dio varias se?ales de advertencia sobre ¨¦l y cat¨¢logo su suicidio como un hecho posible. Tras la advertencia lo mantuve vigilado y segu¨ª el protocolo est¨¢ndar. Ocultaba muy bien sus emociones, pero desde las c¨¢maras del laboratorio lo estuve observando toda la semana. Lo vi perderse en s¨ª mismo. Intent¨¦ hablar con ¨¦l, pero se cerr¨® completamente.
El Observador (9)
G¨®mez baj¨® la mirada, sinti¨¦ndose culpable. Como todos los agentes, Jonathan siempre hab¨ªa sido reservado. Era dif¨ªcil entender la mentalidad de un agente si uno no pasaba varios a?os enfrent¨¢ndose a tragedia tras tragedia. Pero nunca pens¨® que algo as¨ª pudiera estar gest¨¢ndose tras esa fachada tranquila. Para G¨®mez, la idea de un asesinato segu¨ªa siendo mas que posible.
¡ª?No se encontr¨® nada extra?o en la investigaci¨®n de su muerte?
El jefe tambale¨® con la cabeza, como si estuviera considerando la mejor forma de decirlo.
¡ªAlgunas cosas. Jonathan ten¨ªa problemas financieros graves. Y no me refiero a simples gastos o pagos pendientes. Estoy hablando de deudas impagadas, gastos desmedidos y apuestas incumplidas. Su cuenta bancaria estaba al borde del colapso y era cuesti¨®n de d¨ªas antes de que lo perdiera todo. Era un derrochador compulsivo, y aunque lo ocult¨® bastante bien en el trabajo, muchos agentes veteranos sab¨ªan que ten¨ªa un mal manejo del dinero. Le pregunt¨¦ a Ortega si sab¨ªa algo, ya sabes que esos dos son m¨¢s que amigos, ¨¦l me cont¨® que era muy probable que Jonathan tuviera que gastar un ¡°poco de m¨¢s¡± en atender sus caprichos. Ellos dos comparten los mismos gustos, pero no pienso hablarte de los detalles de nuestra conversaci¨®n. Si quieres saber m¨¢s sobre el tema, deber¨ªas preguntarle a Ortega; por la historia que ¨¦l me cont¨®, estoy muy seguro de que Jonathan se suicid¨®.
G¨®mez lo mir¨® incr¨¦dulo. Nunca hab¨ªa notado que Jonathan tuviera problemas tan serios. Hab¨ªa escuchado rumores, pero Jonathan siempre hab¨ªa proyectado una imagen de ¨¦xito, de alguien que ten¨ªa su vida bajo control. Claro, hab¨ªa hablado de deudas menores en conversaciones informales y G¨®mez lo hab¨ªa ayudado a resolver algunos cuantos casos privados que promet¨ªan una fortuna desmedida, pero nada que sugiriera una cat¨¢strofe como la que el jefe estaba describiendo.
¡ª?Y eso explica por qu¨¦ se mat¨®? ?Est¨¢s seguro de que no lo mataron? Estando tan endeudado, es muy probable que¡¡ªComenz¨® G¨®mez, pero el jefe lo interrumpi¨®.
¡ªEs posible que eso haya sido una de las tantas cosas que lo llevaron a tomar la decisi¨®n que tom¨®¡ªDijo Mendelson¡ª Entre tu suspensi¨®n y la presi¨®n financiera, puede que Jonathan no viera otra salida. Incluso si se retirara, sab¨ªa que su situaci¨®n financiera era imposible de mantener con su jubilaci¨®n. Derrocho todo el dinero que hered¨® de sus padres en satisfacer sus gustos, y cuando no qued¨® m¨¢s que gastar, no me sorprende que haya querido tomar esa decisi¨®n. Simplemente, la vida no le causaba m¨¢s emoci¨®n. Era demasiado orgulloso como para pedir mi ayuda o reconocer que no pod¨ªa controlarse a s¨ª mismo. Pero si se lo dijo a Ortega, incluso firmaron un acuerdo privado antes de que se suicidara. Las pruebas son muchas, G¨®mez. Esto fue un suicidio.
G¨®mez sacudi¨® la cabeza, en shock por lo que escuchaba. No quer¨ªa creer que Jonathan hubiera llegado a tal extremo sin decir una palabra, sin dejar entrever su sufrimiento en el ¨²ltimo mensaje que le hab¨ªa grabado. Pero habiendo tantas pruebas le era complicado negar la realidad, por m¨¢s absurda que esta le pareciera. No obstante, la conspiraci¨®n que Jonathan hab¨ªa mencionado, los rumores, las pistas fragmentadas que hab¨ªa dejado. Todo apuntaba a que hab¨ªa algo mucho m¨¢s profundo detr¨¢s de su muerte. Tan profundo como para ¡°simular¡± todas estas pruebas que eran pr¨¢cticamente contundentes.
El jefe lo mir¨® fijamente, con una mezcla de empat¨ªa y frustraci¨®n.
¡ªYo tambi¨¦n pens¨¦ que lo mataron, de solo mirar su cuenta bancaria cualquier agente veterano opinar¨ªa lo mismo ¡ªAdmiti¨® el jefe¡ª Por eso investigu¨¦ m¨¢s a fondo. Busqu¨¦ cualquier cosa que pudiera haber sido manipulada, alg¨²n indicio de que algo o alguien lo hab¨ªa presionado m¨¢s all¨¢ de sus l¨ªmites. Pero no encontr¨¦ nada. Incluso llegu¨¦ a investigar a Ortega, y nada. Los androides confirmaron que todo fue voluntario, y las grabaciones respaldan esa versi¨®n. No hay se?ales de que estuviera siendo controlado o influenciado por factores paranormales. Pese a todo ello encontr¨¦ sus ¨²ltimas palabras un tanto extra?as, dime t¨² qu¨¦ opinas de las mismas.
G¨®mez se qued¨® en silencio, observando c¨®mo el jefe interactuaba con el peque?o dispositivo que hab¨ªa sacado de su escritorio. Tras unas pocas interacciones, activ¨® otra proyecci¨®n hologr¨¢fica que mostraba una grabaci¨®n hecha por unos de los androides de Jonathan Parker.
| Transcripci¨®n de audio recuperado (¨²ltimas palabras del Agente Jonathan Parker) - Grabadora del androide N.o13 |
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00:00:01 - La grabaci¨®n comenz¨® con un leve zumbido, el tipo de sonido sutil que hacen los androides al activarse. Luego, la voz de Jonathan llen¨® el aire. No hab¨ªa tensi¨®n en ella, no hab¨ªa miedo ni p¨¢nico. Era una voz tranquila, casi casual, como si estuviera comentando sobre el clima o sobre una pel¨ªcula que acababa de ver. Pero esta vez, estaba hablando de su propia muerte. Su rostro transmit¨ªa una serenidad inaudita, pese a que la mitad de su rostro estaba escondida tras una m¨¢scara que lo conectaba al gas letal que le sacar¨ªa la vida en unos pocos minutos.
Agente Jonathan Parker:
(Calmado) ¡°Si est¨¢s escuchando esto, entonces ya sabes lo que pas¨®. No hace falta que te lo explique, ya habr¨¢s conectado los puntos, o al menos eso espero. Y si no lo has hecho, bueno... supongo que no importa demasiado ahora. Cuando escuches esto, estar¨¦ muy, muy lejos. Demasiado lejos como para andar preocup¨¢ndome por esas trivialidades humanas¡±
00:00:25 - Se oye una suave risa amortiguada por la m¨¢scara de gas que cubre su rostro. La risa parece cargada de una iron¨ªa ¨ªntima.
Agente Jonathan Parker:
(Riendo suavemente) ¡°Quiz¨¢s te est¨¦s preguntando por qu¨¦ lo hice, por qu¨¦ tom¨¦ esta decisi¨®n. Si me conoc¨ªas¡ Si de verdad me conoc¨ªas¡ sabr¨¢s que nunca fui del tipo que se deja vencer por la tristeza o la soledad. Siempre encontr¨¦ la manera de seguir adelante, ?no? Pero esta vez es diferente¡ Y no porque no pudiera seguir escapando de la soledad, sino porque eleg¨ª no hacerlo¡±
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00:00:45 - Su voz disminuye de intensidad, adoptando un tono reflexivo.
Agente Jonathan Parker:
(Susurrando para s¨ª mismo) ¡°Ver¨¢s, en alg¨²n punto, todo comenz¨® a perder sentido. No de la manera en que la gente lo dice cuando est¨¢ deprimida o cansada. No era eso. Al contrario, me sent¨ªa incre¨ªblemente vivo. Las misiones, las investigaciones¡ cada descubrimiento me hac¨ªa sentir m¨¢s conectado al mundo, como si formara parte de algo m¨¢s grande. Pero entonces, empec¨¦ a ver. Empec¨¦ a observar¡±
00:01:05 - La palabra ¡°observar¡± resuena con fuerza en la grabaci¨®n, cargada de un significado que va m¨¢s all¨¢ de lo aparente.
Agente Jonathan Parker:
(En un susurro enigm¨¢tico) ¡°No s¨¦ c¨®mo explicarlo, pero creo que t¨², si est¨¢s escuchando esto, lo entender¨¢s eventualmente. Todos lo hacemos. Hay un punto en el que ya no puedes seguir ignorando las cosas, en el que empiezas a ver lo que realmente est¨¢ sucediendo en nuestro mundo. Y cuando eso pasa, no hay vuelta atr¨¢s. No puedes cerrar los ojos otra vez. Todo lo que cre¨ªas que era importante... desaparece¡±
00:01:30 - Se produce un silencio profundo en la grabaci¨®n, interrumpido solo por el zumbido sutil del androide en el fondo.
Agente Jonathan Parker:
(Nost¨¢lgico) ¡°Al principio, fue aterrador. Ver m¨¢s all¨¢, ver las conexiones, las verdades ocultas¡ te consume, te cambia. Pero luego¡ luego te das cuenta de que no es malo. Al contrario, te libera. Todas las normas, las reglas, las imposiciones, los recuerdos, las tristezas, el dolor¡ todo eso es tan peque?o en comparaci¨®n con lo que est¨¢ all¨¢ afuera. Lo que he observado en estos ¨²ltimos d¨ªas es mucho m¨¢s grande de lo que cualquiera de nosotros podr¨ªa imaginar¡±
00:02:00 - La grabaci¨®n continuaba con una tranquilidad inquietante. Jonathan no hablaba como alguien desesperado por huir, ni como alguien que estaba acorralado por sus propios demonios. Su voz estaba impregnada de una calma soberbia, casi como si hubiera alcanzado un entendimiento m¨¢s profundo, una iluminaci¨®n de su propia humanidad, un entendimiento de su existencia, algo que los dem¨¢s no pod¨ªan ni empezar a concebir.
Agente Jonathan Parker:
(Hablando con una paz profunda) ¡°Supongo que este es el punto donde deber¨ªa decir que lo siento. Qu¨¦ lamento dejar mi vida atr¨¢s, dejarte atr¨¢s, dejar a todos atr¨¢s. Pero la verdad es que no lo lamento. No hay culpa en esto. Hay alivio, paz. La gente siempre habla del m¨¢s all¨¢ como si fuera algo incierto, algo que debemos temer. Pero, ?sabes? Ya lo he visto. He visto lo que hay m¨¢s all¨¢ de este velo que llamamos realidad. Y d¨¦jame decirte que lo que hay all¨¢ es mucho m¨¢s hermoso de lo que podr¨ªas imaginar¡±
00:02:30 - Una ligera sonrisa se percibe en su voz, casi como si estuviera compartiendo un secreto que solo ¨¦l comprende.
Agente Jonathan Parker:
(Sonriendo apenas) ¡°S¨ª, esto es un adi¨®s, pero no en el sentido que crees. No es una despedida amarga ni tr¨¢gica. Es m¨¢s como cerrar una puerta para abrir otra. Una nueva etapa. Y esa nueva etapa¡ bueno, no s¨¦ exactamente c¨®mo ser¨¢, pero estoy emocionado. Es extra?o, ?verdad? Estar emocionado por el final de la vida. Pero es as¨ª. Me siento lleno de posibilidades, como si lo peor ya hubiera pasado, y lo que queda es libertad¡±
00:02:55 - El zumbido de su androide se intensific¨® ligeramente en la grabaci¨®n, como si Jonathan estuviera haciendo algo en segundo plano, quiz¨¢s preparando todo para lo inevitable. Se estaba quedando sin fuerzas.
Agente Jonathan Parker:
(Reflexivo, casi melanc¨®lico) ¡°He observado tantas cosas¡ cosas que no podr¨ªa compartir con nadie porque simplemente no las entender¨ªan. Y no los culpo. A veces, el peso de esa verdad era demasiado incluso para m¨ª. Pero ya no m¨¢s. Al dar este paso, dejo atr¨¢s todo ese peso, toda esa oscuridad. Ahora soy parte de algo m¨¢s grande, algo que va m¨¢s all¨¢ de lo que la humanidad puede entender¡±
00:03:25 - La calma en su voz era casi desconcertante. No hab¨ªa signos de arrepentimiento, no hab¨ªa rastro de duda. Su mirada era amistosa y su perpetua sonrisa estaba dibujada en su rostro como el s¨ªmbolo que hab¨ªa cargado toda su vida hasta ese momento.
Agente Jonathan Parker:
(Con una serenidad firme) ¡°Esto no es una derrota, amigo. Esto es una elecci¨®n. Mi elecci¨®n. Me llevo todo lo que he visto, todo lo que he aprendido, y lo dejo aqu¨ª, en estas palabras. Si quieres entenderlo, si alguna vez llegas al punto al cual yo llegu¨¦, sabr¨¢s lo que significa. Y si no, bueno, tampoco pasa nada. Cada uno tiene su propio camino, ?no? Pero el destino de todos es el mismo. Es abrir esa ¨²ltima puerta hacia el m¨¢s all¨¢¡±
00:03:55 - Jonathan hace una pausa, un silencio cargado de significado. Parece considerar si decir algo m¨¢s antes de concluir.
Agente Jonathan Parker:
(Susurrando con intensidad) ¡°Lo ¨²nico que te pido, si es que me permites pedirte algo, es que no busques m¨¢s. No hay nada que encontrar. Mi historia termina aqu¨ª, pero la tuya contin¨²a. Sigue adelante, vive la vida que quieras vivir. No te quedes atrapado en esto, porque lo que he observado no es para todos. Y est¨¢ bien que as¨ª sea¡±
00:04:20 - La grabaci¨®n se detiene. Un sonido sordo indica que la cabeza de Jonathan cae hacia adelante, y el silencio que sigue es casi ensordecedor.
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G¨®mez sinti¨® un nudo en el est¨®mago, incapaz de procesar por completo lo que acababa de ver. Hab¨ªa una certeza inquietante en las palabras de Jonathan, una paz que bordeaba lo surrealista. ?C¨®mo pod¨ªa alguien tomar una decisi¨®n tan dr¨¢stica? Era como si el Jonathan que conoc¨ªa hubiera desaparecido mucho antes de lo que G¨®mez hab¨ªa cre¨ªdo.
Tal y como se hab¨ªa visto en las grabaciones de la c¨¢mara de seguridad de la casa: No hab¨ªa signos de lucha, de desesperaci¨®n. Solo alegr¨ªa, calma, y s¨ª, quiz¨¢s, una pizca de esperanza. Como si Jonathan hubiera encontrado algo m¨¢s all¨¢ de lo terrenal, algo que lo hab¨ªa convencido de que su tiempo aqu¨ª hab¨ªa terminado. Para ¨¦l, se hab¨ªa cerrado una puerta, pero se hab¨ªa abierto otra, una que lo llevaba lejos, muy lejos de todo lo que hab¨ªa observado.
El Observador (10)
G¨®mez se hundi¨® en su silla, incapaz de procesar todo lo que estaba pasando. Sab¨ªa que su jefe no le estaba mintiendo, esto no pod¨ªa ser una grabaci¨®n hecha por inteligencia artificial, pero tambi¨¦n sab¨ªa que Jonathan no pod¨ªa irse de forma tan abrupta. Si hubiera algo m¨¢s detr¨¢s de su muerte, no lo descubrir¨ªa tan f¨¢cilmente.
¡ªAlgo no me cuadra... ¡ªDijo G¨®mez, rompiendo el silencio¡ª Quiz¨¢s no lo ¡°mataron¡± de una manera evidente, ni fue afectado por un fen¨®meno paranormal, pero lo llevaron al l¨ªmite. Ponte en mi lugar, Arthur. ?C¨®mo es posible que salga de la enfermer¨ªa y me encuentre con esta noticia? Es rid¨ªculo. ¨¦l no se suicid¨®, lo mataron.
Mendelson lo observ¨® detenidamente, evaluando cada palabra. Sab¨ªa que la opini¨®n de G¨®mez, el mejor agente del laboratorio 32, no pod¨ªa tomarse a la ligera.
¡ªSi realmente crees eso, G¨®mez, vas a necesitar pruebas ¡ªDijo finalmente Mendelson¡ª Pruebas m¨¢s contundentes que una simple corazonada. Mi opini¨®n es que se mat¨®. Ten¨ªa motivos. Dej¨® grabaciones, hizo un testamento¡ Nos proporcion¨® demasiada evidencia de que fue su propia decisi¨®n, para que la encontr¨¢ramos. Evidentemente, ¨¦l estaba preocupado de que no pudi¨¦ramos dormir porque pens¨¢ramos que algo o alguien lo mat¨®. Pero con todas estas pruebas a la vista, es dif¨ªcil creer que alguien haya logrado encubrir su muerte de forma tan impecable solo por unas deudas bancarias.
G¨®mez apret¨® los dientes, sabiendo que Mendelson ten¨ªa raz¨®n. Necesitaba pruebas. Y eso significaba que tendr¨ªa que ir a preguntarle al resto de los veteranos su opini¨®n del asunto o no encontrar¨ªa nada.
¡ªEntonces ir¨¦ a buscarlas ¡ªMurmur¨®, decidido.
Mendelson suspir¨® profundamente, apoyando las manos sobre el escritorio como si estuviera cargando un peso invisible. Sab¨ªa que G¨®mez ten¨ªa motivos de sobra para sentirse inconforme con los resultados de la investigaci¨®n. ¨¦l acababa de despertar y no hab¨ªa visto lo mal que estuvo Jonathan durante toda la ¨²ltima semana, pero si hasta la inteligencia artificial del laboratorio lo hab¨ªa catalogado como posible suicida, era dif¨ªcil opinar otra cosa sin pruebas.
¡ªCr¨¦eme cuando te digo que hicimos todo lo que estaba en nuestras manos ¡ªRespondi¨® Mendelson con tono solemne¡ª Jonathan era uno de los nuestros, y si hubi¨¦ramos visto alguna se?al de algo paranormal, habr¨ªamos intervenido. Pero no podemos salvar a alguien que no quiere ser salvado, y eso es lo m¨¢s dif¨ªcil de aceptar.
G¨®mez se inclin¨® hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas y cubri¨¦ndose el rostro con las manos. La frustraci¨®n segu¨ªa ah¨ª, pero la tristeza comenzaba a apoderarse de todo. Se sent¨ªa impotente, incapaz de procesar el hecho de que Jonathan, alguien con quien hab¨ªa compartido tantos momentos, se hubiera ido de esa manera tan abrupta.
Despu¨¦s de un largo silencio, G¨®mez alz¨® la vista y pregunt¨® lo que hab¨ªa estado rondando en su cabeza desde que Mendelson mencion¨® el suicidio.
¡ª?Qu¨¦ va a pasar ahora con ¨¦l? ?Qu¨¦ har¨¢n con su cuerpo? ¡ªLa pregunta sali¨® con dificultad, como si hablar de ello hiciera todo m¨¢s real.
Mendelson lo mir¨® con una mezcla de compasi¨®n y gravedad en los ojos; su tono reflejaba la delicadeza con la que estaba a punto de abordar el tema.
¡ªYa sabes c¨®mo son estas cosas, G¨®mez. Cuando un agente de la fundaci¨®n muere en circunstancias como estas, su cuerpo es sometido a un an¨¢lisis exhaustivo. Se investig¨® cualquier posible rastro de anomal¨ªas, alg¨²n indicio de algo paranormal que pudiera haber influido en su decisi¨®n. Revisaron todo, desde su estado f¨ªsico hasta su historial psicol¨®gico reciente, y no encontraron nada fuera de lo com¨²n ¡ªMendelson hizo una pausa, permitiendo que la informaci¨®n se asentara antes de continuar¡ª Al no haber hallado nada sospechoso, el siguiente paso ser¨¢ el funeral.
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La palabra ¡°funeral¡± pareci¨® golpear a G¨®mez como una piedra, y Mendelson lo not¨®, pero sigui¨® adelante, aunque con m¨¢s cautela.
¡ªJonathan firm¨® un acuerdo hace unos d¨ªas que estipula que, en caso de fallecimiento, Ortega ser¨ªa el responsable de organizar su funeral. Sin embargo, cuando intent¨¦ obtener m¨¢s detalles de Ortega sobre el funeral, fue bastante evasivo. Se mostr¨® reacio a darme informaci¨®n, lo cual me result¨® extra?o.
G¨®mez frunci¨® el ce?o, y Mendelson, previendo su reacci¨®n, se inclin¨® hacia adelante, tratando de aclarar la situaci¨®n.
¡ªIndagu¨¦ un poco m¨¢s, y resulta que Jonathan eligi¨® un tipo de funeral un tanto inusual. Al parecer, se hab¨ªa adherido a una religi¨®n o creencia no muy com¨²n en estos tiempos, algo que no muchos conoc¨ªamos. Ortega est¨¢ teniendo dificultades para cumplir con todas las exigencias de ese rito. Parece que la log¨ªstica es complicada, y eso es lo que ha estado causando su incomodidad. Pero¡ ¡ªMendelson suspir¨®, como si intentara aliviar la tensi¨®n que se hab¨ªa acumulado en la conversaci¨®n¡ª Ortega se encargar¨¢ de todo. Cuando tenga todo listo, enviar¨¢ las invitaciones a los veteranos. Nosotros ¨¦ramos lo m¨¢s cercano a una familia para Jonathan, as¨ª que seremos los primeros en ser notificados.
Mendelson hizo una pausa y lo mir¨® con una expresi¨®n m¨¢s suave, casi paternal.
¡ªS¨¦ que es mucho para procesar, pero no te preocupes tanto por esas cuestiones. Lo que puedas necesitar saber te llegar¨¢ a su debido tiempo. Y si tienes preguntas, Ortega tendr¨¢ que aclararlas tarde o temprano.
G¨®mez mir¨® al alien¨ªgena flotante, que ahora lo observaba desde la comodidad de su rinc¨®n con sus ojos inusuales y brillantes. Una criatura completamente ajena a la tragedia humana que se desplegaba en esa habitaci¨®n. Se sinti¨® extra?amente identificado con la criatura, atrapado en un mundo que no entend¨ªa del todo, observando desde el otro lado mientras todo lo que conoc¨ªa se desmoronaba.
Mendelson lo observaba en silencio. Sab¨ªa que no hab¨ªa nada que pudiera decir para aliviar el dolor que G¨®mez sent¨ªa, pero tampoco era su papel hacerlo. Mendelson no estaba ah¨ª para consolar; estaba ah¨ª para asegurar que las decisiones dif¨ªciles se tomaran y que el laboratorio siguiera funcionando. Esa era la realidad de liderar una organizaci¨®n tan oscura y cruel como la fundaci¨®n.
Finalmente, G¨®mez se levant¨® de la silla, sin mirar directamente a Mendelson. Su mente estaba en otro lugar, en todos los recuerdos que ten¨ªa de Jonathan, en todas las veces que hab¨ªan bromeado sobre retirarse de la fundaci¨®n y empezar una nueva vida lejos de todo lo paranormal. Nunca pensaron que el destino los llevar¨ªa a esto.
¡ªTengo que irme ¡ªDijo G¨®mez, su voz carente de emoci¨®n¡ª Necesito tiempo para procesar todo esto.
Mendelson asinti¨®, levant¨¢ndose tambi¨¦n de su silla.
¡ªLo entiendo, G¨®mez. T¨®mate todo el tiempo que necesites. Sabes que puedes volver si decides quedarte con nosotros, aunque las circunstancias sean complicadas. No hay prisa para tomar una decisi¨®n ahora mismo.
G¨®mez asinti¨®, sin decir nada m¨¢s. Mientras se dirig¨ªa hacia la puerta, Mendelson lo llam¨® una vez m¨¢s.
¡ªG¨®mez¡ ¡ªDijo, con una leve suavidad en su tono¡ª Te deseo lo mejor. Siempre has sido un buen agente. Si decides no regresar, quiero que sepas que respeto tu decisi¨®n y te deseo ¨¦xito en lo que sea que decidas hacer a partir de ahora.
G¨®mez se detuvo por un breve instante en la puerta, pero no se dio la vuelta. Simplemente asinti¨® en silencio y sali¨® de la oficina, dejando atr¨¢s el aire pesado de la conversaci¨®n y todo lo que hab¨ªa perdido en el proceso. Mendelson se qued¨® observando la puerta cerrarse, volviendo a su escritorio en silencio. Silarus flotaba tranquilamente, ajeno a todo lo que acababa de suceder, mientras la oficina recuperaba su calma.
Jonathan Parker (1)
Mientras caminaba por los pasillos fr¨ªos y silenciosos del edificio, G¨®mez sent¨ªa una mezcla de ira, confusi¨®n y una profunda tristeza que le oprim¨ªa el pecho. La noticia de Jonathan lo hab¨ªa dejado en shock. Algo dentro de ¨¦l le dec¨ªa que no todo era lo que parec¨ªa. Sab¨ªa, o m¨¢s bien intu¨ªa, que Jonathan no se hab¨ªa quitado la vida por voluntad propia. Jonathan hab¨ªa descubierto algo, algo grande, y ahora estaba muerto.
El edificio de la fundaci¨®n parec¨ªa extra?amente opresivo mientras G¨®mez avanzaba hacia la sala de control. Sab¨ªa que ah¨ª encontrar¨ªa a los pocos veteranos que a¨²n quedaban en la fundaci¨®n, personas con las que hab¨ªa compartido innumerables misiones, con quienes hab¨ªa sobrevivido a lo imposible. Quiz¨¢s entre ellos podr¨ªa encontrar respuestas, o al menos alguien que compartiera sus sospechas sobre la muerte de Jonathan.
Al llegar a la sala de control, la atm¨®sfera segu¨ªa siendo deplorable. Las grandes pantallas de vigilancia mostraban una actividad constante, los hologramas estaban saturados con un torbellino de informaci¨®n y los agentes m¨¢s j¨®venes se mov¨ªan de un lado a otro, inmersos en sus tareas. Pero entre ellos, en las esquinas m¨¢s oscuras de la sala, estaban los veteranos, esos hombres y mujeres que llevaban a?os trabajando en la fundaci¨®n, algunos de ellos incluso antes de que G¨®mez se uniera. Se pod¨ªa ver en sus caras el cansancio, pero tambi¨¦n la experiencia. Eran los que sab¨ªan demasiado, los que hab¨ªan sobrevivido a situaciones que la mayor¨ªa ni siquiera pod¨ªa imaginar.
¡ªG¨®mez ¡ªDijo una voz familiar al verlo entrar.
Era Rivas, un agente de casi setenta a?os que hab¨ªa estado en este laboratorio desde que ten¨ªan que operar con equipo obsoleto y sin los recursos tecnol¨®gicos actuales. Su rostro curtido por los a?os mostraba las arrugas profundas de alguien que hab¨ªa lidiado con horrores m¨¢s all¨¢ de la comprensi¨®n humana. Su cabello, completamente gris, y su postura ligeramente encorvada no le restaban ni un ¨¢pice de autoridad. A pesar de los a?os, sus ojos a¨²n conservaban un brillo de astucia y dureza, el de un hombre que hab¨ªa sobrevivido por pura determinaci¨®n.
| Tarjeta del personal |
|
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Nombre |
Ra¨²l Rivas |
| C¨®digo de Identificaci¨®n |
742678 |
| Ocupaci¨®n |
Agente de Campo |
| Especializaci¨®n |
Tr¨¢fico ilegal de entidades paranormales |
| Ubicaci¨®n |
Piso 3, Sala de control |
| Rango |
Eventos de clase D |
¡ªEsperaba despedirte antes de que te fueras. Escuch¨¦ lo de tu suspensi¨®n y lo de tu posesi¨®n. Me alegro de que te hayas curado, pero me temo que los de recursos humanos est¨¢n emputecidos con echar a todas las personas con talento ¡ªContinu¨® Rivas, con esa dureza que lo caracterizaba, aunque G¨®mez not¨® un dejo de amargura en su tono.
¡ªS¨ª, me tomaron por sorpresa ¡ªRespondi¨® G¨®mez, con una sonrisa forzada¡ª Me alegra haberte encontrado antes de que los robots me saquen a patadas, Ra¨²l. No s¨¦ si regresar¨¦, me dieron ocho meses de suspensi¨®n por un simple interrogatorio.
Rivas resopl¨®, su rostro se endureci¨® a¨²n m¨¢s.
¡ª?Ocho meses? Maldita sea, como si deshacerse de los veteranos fuera a solucionar algo. Estos idiotas no tienen ni idea de lo que est¨¢n haciendo, G¨®mez. Pero bueno, espero que disfrutes tu tiempo fuera de las instalaciones. Aunque no lo creas, esa suspensi¨®n podr¨ªa ser lo mejor que te haya pasado. Con tan poca gente tom¨¢ndose en serio este trabajo, es solo cuesti¨®n de tiempo antes de que todo esto se vaya al carajo.
¡ªCada vez somos menos los que sabemos c¨®mo trabajar de verdad¡¡ª Afirm¨® G¨®mez, sacando a relucir su frustraci¨®n.
Rivas lo mir¨® con una expresi¨®n de comprensi¨®n, pero tambi¨¦n de tristeza. Sab¨ªa que la fundaci¨®n ya no era lo que hab¨ªa sido en sus mejores a?os. Ahora era un lugar donde los agentes como ¨¦l eran cada vez menos necesarios, mientras que los j¨®venes exploradores se convert¨ªan en el centro de atenci¨®n.
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¡ªTienes raz¨®n, G¨®mez, siempre es duro perder a uno de los nuestros ¡ªDijo Rivas¡ª Y hablando de eso¡ Lo de Jonathan. Es un golpe muy fuerte para todos nosotros. Nadie se lo esperaba.
G¨®mez sinti¨® c¨®mo el nudo en su est¨®mago se apretaba al escuchar el nombre de su amigo. Decidi¨® no perder tiempo y fue directo al grano.
¡ª?Qu¨¦ crees que pas¨® realmente con Jonathan? ¡ªPregunt¨®, manteniendo la voz baja para que los agentes m¨¢s j¨®venes no pudieran escuchar¡ª ?T¨² tambi¨¦n crees que se suicid¨®?
Rivas suspir¨® profundamente, una sombra de cansancio cruzaba su rostro. Era un hombre que hab¨ªa visto demasiadas cosas. Ten¨ªa el porte de alguien que hab¨ªa sobrevivido a innumerables batallas, tanto f¨ªsicas como mentales, pero algunas cicatrices eran m¨¢s profundas de lo que se pod¨ªa ver a simple vista. G¨®mez lo observ¨® mientras el veterano se frotaba la frente con los dedos, como si intentara reunir la energ¨ªa para seguir hablando de un tema que, claramente, le pesaba en el alma.
¡ªLo que te digo, G¨®mez ¡ªEmpez¨® Rivas¡ª Es que al principio no lo cre¨ªa. A Jonathan lo conoc¨ªamos bien. No era de los que se dejaban caer, siempre buscaba una soluci¨®n a cualquier problema, no importaba lo dif¨ªcil que fuera. Pero la ¨²ltima semana, algo cambi¨®.
G¨®mez asinti¨®, invitando a Rivas a seguir. Sab¨ªa que no iba a ser f¨¢cil escuchar lo que ven¨ªa, pero ten¨ªa que entender qu¨¦ hab¨ªa pasado con su amigo.
¡ªEstaba nervioso, intranquilo ¡ªContinu¨® Rivas¡ª Se notaba en la forma en que hablaba, en c¨®mo se mov¨ªa. Al principio pens¨¦ que solo estaba cansado, que el caso en el que estaba trabajando lo estaban sobrepasando. Eso nos pasa a todos en alg¨²n momento. Pero despu¨¦s de un par de d¨ªas, cambi¨®, y fue como si hubiera tomado una decisi¨®n. Fue como si algo dentro de ¨¦l se resolviera de la noche a la ma?ana.
¡ª?Una decisi¨®n? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, arqueando una ceja. Se le hac¨ªa dif¨ªcil de creer, pero no era imposible.
Rivas asinti¨® lentamente, como si las palabras le pesaran.
¡ªS¨ª. Me dijo que ya no aguantaba m¨¢s, que estaba cansado de todo esto, de la fundaci¨®n, de los casos, del constante peligro. Los primeros d¨ªas estaba tan nervioso, como si no pudiera sostenerse en pie, pero luego empez¨® a calmarse, como si al decidir acabar con todo eso, hubiera encontrado paz. Esa maldita calma me tom¨® por sorpresa.
G¨®mez lo mir¨® en silencio, procesando lo que Rivas le estaba contando.
¡ªLo que m¨¢s me preocup¨® ¡ªDijo Rivas, bajando un poco la voz como si no quisiera que otros escucharan¡ª Fue que los ¨²ltimos dos d¨ªas antes que se matara, Jonathan se mostraba muy optimista. Sonre¨ªa, incluso. Era como si todo su miedo y ansiedad hubieran desaparecido. Y en ese momento, te juro que pens¨¦ que lo hab¨ªa superado, que hab¨ªa encontrado una soluci¨®n a lo que fuera que le estaba molestando. Nunca imagin¨¦ que estaba por mandar al carajo su vida.
El silencio cay¨® entre los dos hombres, denso y opresivo. G¨®mez intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Las piezas empezaban a encajar de una manera inquietante. Jonathan hab¨ªa mostrado se?ales de estar quebr¨¢ndose mientras investigaba el caso del ¡°Observador¡±, pero los otros agentes lo hab¨ªan atribuido al estr¨¦s o al cansancio del trabajo. Hasta ese punto todo manten¨ªa cierta l¨®gica, debido a que Jonathan realmente hab¨ªa estado estresado por ese caso. Sin embargo, algo cambi¨® en sus ¨²ltimos d¨ªas. Rivas y los dem¨¢s lo hab¨ªan visto optimista, y eso los hizo bajar la guardia. Al poco tiempo Jonathan estaba muerto.
¡ª?T¨² crees que ¨¦l estaba planeando todo esto desde hace mucho antes? ¡ªPregunt¨® G¨®mez.
Rivas lo mir¨®, su expresi¨®n cansada pero determinada.
¡ªNo lo s¨¦, G¨®mez. La verdad es que no tengo ni puta idea de lo que estaba pensando Jonathan. Tal vez s¨ª estaba planeando su suicidio desde antes. Tal vez solo se rindi¨®. Pero, te digo algo, su muerte fue tan dr¨¢stica que nunca la vi venir, nadie la vio venir. No hasta que fue demasiado tarde.
Con una mezcla de frustraci¨®n y tristeza, G¨®mez respondi¨® lo siguiente:
¡ªNo puedo aceptarlo, Ra¨²l. No puedo aceptar que simplemente se quitara la vida sin m¨¢s. No despu¨¦s de todo lo que hemos visto, lo que hemos vivido. Esto no tiene sentido para m¨ª. Algo se nos est¨¢ escapando y necesito entenderlo.
Rivas lo mir¨® con comprensi¨®n.
¡ªComprendo tus sentimientos, G¨®mez. A todos nos cuesta aceptar estas cosas. Pero cr¨¦eme, lo que vi en Jonathan los ¨²ltimos d¨ªas me convenci¨®. Se lo notaba diferente, como si ya no estuviera preocupado por nada.
G¨®mez apret¨® los dientes, sintiendo la frustraci¨®n crecer en su interior. La posibilidad de que Jonathan hubiera planeado todo desde el principio le resultaba perturbadora, pero lo que m¨¢s lo desconcertaba era el hecho de que nadie, ni siquiera los que lo conoc¨ªan bien, lo vieron venir.
¡ªMaldita sea¡ ¡ªG¨®mez murmur¨®, con el peso de la culpa hundi¨¦ndose en el pecho¡ªTal vez yo podr¨ªa haber hecho algo si no hubiera estado inconsciente¡
Rivas coloc¨® una mano pesada sobre su hombro.
¡ªNo te tortures con eso, G¨®mez. No es tu culpa. Jonathan tom¨® su propia decisi¨®n. A veces, por m¨¢s que queramos ayudar, simplemente no podemos salvar a todos.
G¨®mez no respondi¨® de inmediato. Sab¨ªa que Rivas ten¨ªa raz¨®n, pero no pod¨ªa sacudirse la sensaci¨®n de que algo m¨¢s estaba pasando. Jonathan no hab¨ªa sido del tipo que se rend¨ªa. Algo hab¨ªa cambiado. ¡°Ellos¡± lo hab¨ªan cambiado, ?pero c¨®mo?
¡ª?T¨² realmente crees que ¨¦l encontr¨® la paz con su muerte? ¡ªPregunt¨® finalmente.
Rivas lo mir¨®, sus ojos llenos de a?os de dolor y experiencia.
¡ªQuiero creerlo, G¨®mez. Quiero creer que, donde sea que est¨¦ ahora, finalmente dej¨® sus demonios atr¨¢s.
Ambos hombres permanecieron en silencio durante un largo momento, las palabras de Rivas flotando entre ellos. G¨®mez frunci¨® el ce?o. Aquella semana en la que hab¨ªa estado fuera parec¨ªa haber sido crucial. Jonathan hab¨ªa cambiado de una manera tan dr¨¢stica que ahora todo lo que Rivas le contaba sonaba surrealista. Necesitaba m¨¢s respuestas. Y aunque Rivas no lo dec¨ªa abiertamente, G¨®mez sab¨ªa que el veterano tambi¨¦n estaba luchando por entender lo que hab¨ªa sucedido.
Jonathan Parker (2)
Rivas, con su gesto cansado, respir¨® profundo. Sab¨ªa lo que G¨®mez estaba buscando, sab¨ªa que este agente no iba a detenerse hasta comprenderlo todo. Y, aunque no pod¨ªa darle todas las respuestas, a¨²n ten¨ªa m¨¢s que contar.
¡ªTe puedo decir con m¨¢s detalle c¨®mo fueron sus ¨²ltimos d¨ªas¡ ¡ªDijo Rivas con voz grave, mir¨¢ndolo a los ojos¡ª Jonathan empez¨® a actuar diferente, como si ya supiera cu¨¢l ser¨ªa su destino, pero en ning¨²n momento me lo dijo de manera expl¨ªcita.
G¨®mez ajust¨® su postura, d¨¢ndose cuenta de que estaba a punto de escuchar algo importante.
¡ªEl primer cambio notable ¡ªContinu¨® Rivas¡ª fue el siguiente d¨ªa tras que se anunciara tu suspensi¨®n, cuando dej¨® de acudir a las reuniones de equipo. Al principio, cre¨ªmos que estaba agotado, que simplemente necesitaba un tiempo para recargarse. Los casos que tenemos encima son pesados, no lo voy a negar. Pero luego comenz¨® a evitar cualquier contacto con los dem¨¢s, incluso con aquellos que eran m¨¢s cercanos a ¨¦l. No parec¨ªa confiar en nadie, se lo notaba un poco paranoico.
Rivas hizo una pausa, pensando en los momentos exactos en que todo empez¨® a desmoronarse. No era f¨¢cil recordar esos detalles, no porque fueran insignificantes, sino porque, en su momento, hab¨ªan parecido cosas peque?as, aisladas.
¡ªHab¨ªa algo en sus ojos ¡ªDijo Rivas finalmente, su voz baja, como si el recuerdo mismo le doliera¡ª Algo hab¨ªa cambiado en la manera en que nos miraba. No era miedo ni tristeza. Era resignaci¨®n, pero no la clase de resignaci¨®n que ves en alguien derrotado. No, Jonathan no estaba derrotado. Era m¨¢s como si ya hubiera visto el final del camino y aceptara lo que ven¨ªa. Se hab¨ªa adelantado a todos nosotros, pero no lo compart¨ªa con nadie.
G¨®mez asinti¨® lentamente, comenzando a entender un poco m¨¢s, aunque segu¨ªa sintiendo un nudo de incertidumbre en el pecho.
¡ª?Y qu¨¦ pas¨® despu¨¦s? ¡ªPregunt¨®, con un tono que apenas conten¨ªa la urgencia.
Rivas resopl¨® suavemente, frot¨¢ndose la frente. Recordar no le estaba resultando f¨¢cil. Hab¨ªa sido su amigo tambi¨¦n. Verlo desmoronarse sin poder hacer nada al respecto era una carga pesada.
¡ªJonathan empez¨® a ausentarse por per¨ªodos m¨¢s largos, dec¨ªa que estaba trabajando en algo ¡°importante¡±, pero no nos daba m¨¢s detalles. Estaba obsesionado con lo que fuera que estaba investigando, o eso pens¨¢bamos. Luego, vino la parte m¨¢s extra?a.
¡ª?Extra?a? ¡ªRepiti¨® G¨®mez, arqueando una ceja.
¡ªS¨ª, muy extra?a. Un d¨ªa apareci¨® en la oficina, con una sonrisa en el rostro, como si hubiera encontrado una soluci¨®n a todo lo que lo agobiaba. Esa calma que mostr¨® era perturbadora. Te juro que parec¨ªa que nada en el mundo le molestaba, como si hubiera alcanzado una especie de paz interna que los dem¨¢s no pod¨ªamos comprender.
¡ª?Y qu¨¦ hizo? ¡ªInsisti¨® G¨®mez, inquieto.
¡ªNos invit¨® a tomar un caf¨¦ en los pisos de arriba, pero no a todos ¡ªRivas frunci¨® el ce?o al recordarlo¡ª Solo a unos pocos, los que ¨¦l consideraba m¨¢s cercanos. Nos sentamos y nos ofreci¨® unos bocadillos, algo que en Jonathan era normal, pero el ambiente en la sala no lo era. Se sent¨ªa raro, demasiado tranquilo. Empez¨® a hablar de cosas que, en su momento, no parec¨ªan tener mucho sentido. Nos recordaba an¨¦cdotas, momentos alegres y otros un tanto tristes. Nos hablaba sobre lo que ¨¦l hab¨ªa observado a lo largo de su vida trabajando en el laboratorio, pero lo hac¨ªa como si ya hubiera cruzado esa l¨ªnea.
¡ª?Y nadie comprendi¨® que necesitaba ayuda? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, confundido¡ª ?Nadie se dio cuenta de que algo andaba mal?
Rivas neg¨® con la cabeza, sus labios se apretaron en una fina l¨ªnea.
¡ªNo. Todos lo vimos como un buen signo. Durante esa charla se mostr¨® m¨¢s calmado, incluso bromista. Nadie sospechaba que detr¨¢s de esa calma hab¨ªa algo m¨¢s. Todos pens¨¢bamos que estaba agotado, que quiz¨¢s hab¨ªa encontrado una especie de revelaci¨®n personal. Hace poco te hab¨ªan suspendido y pensamos que estaba por retirarse, que esa era su ¡°despedida¡± de la fundaci¨®n, no de la vida. No se ve¨ªa triste, ni desesperado. Al contrario, parec¨ªa feliz, m¨¢s relajado que en meses, ni hablar que en los ¨²ltimos d¨ªas. Cuando pas¨® lo que pas¨®, todos nos quedamos devastados, pregunt¨¢ndonos c¨®mo lo hab¨ªamos dejado llegar hasta ah¨ª.
G¨®mez lo mir¨®, boquiabierto. La situaci¨®n resonaba como una se?al de advertencia, pero en ese momento nadie lo hab¨ªa visto as¨ª. Se hab¨ªan dejado llevar por su aparente serenidad, por su extra?a paz. ?C¨®mo pod¨ªan haber sido tan ciegos?
¡ªLa ¨²ltima vez que lo vi ¡ªContinu¨® Rivas¡ª Estaba caminando solo por los pasillos, mirando hacia la nada, pero con una expresi¨®n de satisfacci¨®n. Me acerqu¨¦ a ¨¦l, le pregunt¨¦ c¨®mo estaba, y me sonri¨®. Dijo que estaba mejor que nunca, que finalmente lo hab¨ªa entendido todo.
¡ª?Entendido qu¨¦? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, ahora m¨¢s intrigado que nunca.
Rivas hizo una pausa, como si estuviera eligiendo sus palabras cuidadosamente.
¡ªDijo que hab¨ªa entendido el prop¨®sito de todo esto, de la vida, de la muerte, de lo que hac¨ªamos en la fundaci¨®n. Me habl¨® sobre el ¡°velo de la realidad¡±, como lo llam¨®, y c¨®mo hab¨ªa comenzado a ver m¨¢s all¨¢ de ¨¦l. Hablaba de una manera casi filos¨®fica, como si estuviera en paz con algo que los dem¨¢s no pod¨ªamos comprender. Y entonces me solt¨® la frase que todav¨ªa me persigue.
G¨®mez se inclin¨® hacia adelante, expectante.
¡ªMe dijo: ¡°He observado lo que hay m¨¢s all¨¢, y es hermoso. M¨¢s de lo que jam¨¢s podr¨¢s imaginar¡±.
El silencio que sigui¨® fue pesado, cargado de una incertidumbre que se sent¨ªa opresiva. G¨®mez intent¨® procesar esas palabras, pero cuanto m¨¢s pensaba en ellas, m¨¢s desconcertantes se volv¨ªan. Sus ¨²ltimos d¨ªas, Jonathan no hab¨ªa estado actuando como alguien que estaba al borde de una crisis, al menos no de la manera que la mayor¨ªa de agentes actuaba cuando estaban al borde del suicidio. Hab¨ªa encontrado una calma perturbadora, una aceptaci¨®n casi sobrenatural de su destino. Pero para el agente G¨®mez no hab¨ªa dudas: No era ¡°casi¡± sobrenatural, era definitivamente sobrenatural. Algo lo estaba manipulando. Algo lo estaba seduciendo a tomar el camino del suicidio.
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¡ª?Crees que vio algo ¡°real¡±? ?O era una expresi¨®n filos¨®fica? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, casi sin querer hacerlo.
Rivas se encogi¨® de hombros, su mirada se perdi¨® por un momento en el suelo antes de volver a encontrarse con la de G¨®mez.
¡ªNo lo s¨¦, G¨®mez. De verdad no lo s¨¦. Jonathan siempre fue el tipo de hombre que necesitaba respuestas, que no pod¨ªa quedarse con dudas. Todos los agentes tenemos esa misma naturaleza. Si encontr¨® algo, nunca lo comparti¨® con nosotros, al menos no de manera que lo entendi¨¦ramos.
G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrerle la espalda. El mensaje secreto, las ¨²ltimas palabras de Jonathan, el testimonio de Rivas, todo empezaba a tener un sentido mucho m¨¢s oscuro. No era que Jonathan hubiera perdido la cordura ni que hubiera sido atacado por una criatura desconocida y estuviera pose¨ªdo. Hab¨ªa elegido un camino, uno que le parec¨ªa m¨¢s brillante, m¨¢s claro que la realidad en la que ellos segu¨ªan atrapados. Sonaban a una inducci¨®n de pensamientos o a un control mental muy sofisticado, algo poco frecuente de ver incluso en este campo de trabajo.
¡ªYo no creo que esto sea un suicidio ¡ªOpin¨® G¨®mez en voz baja¡ª Creo que Jonathan vio algo, algo que lo cambi¨® por completo. Y lo peor es que lo que vio le pareci¨® mejor que todo lo que la vida ten¨ªa para ofrecerle. Eso lo mat¨®.
Rivas lo mir¨® con gravedad.
¡ªEs una conclusi¨®n aterradora, G¨®mez, pero s¨ª, parece que eso fue lo que pas¨®. Desde una perspectiva filos¨®fica, Jonathan logr¨® encontrar algo que estaba buscando desde hace mucho tiempo. Algo que provoc¨® que ya no estuviera con nosotros en los ¨²ltimos d¨ªas, al menos no de la manera en que sol¨ªa estar.
¡ª?Crees que hay alguien o algo detr¨¢s de todo esto? ¡ªInquiri¨® G¨®mez con severidad.
Rivas lo mir¨® fijamente, con una seriedad que hablaba de los a?os de experiencia que llevaba cargando.
¡ªNo, G¨®mez. Lo dudo. La gran mayor¨ªa de casos de agentes muertos por suicidio son en efecto suicidios hechos voluntariamente. Es parte del costo de vivir demasiado tiempo entre estas fr¨ªas paredes de metal.
G¨®mez permaneci¨® en silencio. Por su parte, Rivas exhal¨® profundamente antes de continuar, como si estuviera luchando con sus propios pensamientos, buscando una manera de encajar su perspectiva en palabras m¨¢s comprensibles.
¡ªMira, G¨®mez ¡ªDijo finalmente¡ªNo quiero sonar como si estuviera descartando algo sobrenatural por completo, pero no se encontr¨® ninguna evidencia de eso en la muerte de Jonathan. No hab¨ªa se?ales de posesi¨®n, ni nada fuera de lo com¨²n en su cuerpo. Lo revisaron todo a fondo. Se siguieron todos los protocolos al pie de la letra.
G¨®mez asinti¨®, escuchando con atenci¨®n.
¡ªLo que s¨ª encontraron¡ ¡ªProsigui¨® Rivas¡ª Fue que Jonathan hab¨ªa perdido todo su dinero. La fortuna que hab¨ªa heredado se desvaneci¨®. Malas inversiones, decisiones arriesgadas y fetiches caros, un c¨®ctel perfecto para mandar toda su riqueza al carajo. Ya no ten¨ªa los recursos que sol¨ªa tener para mantener su estilo de vida. Y Jonathan ten¨ªa fama de darse ciertos lujos no muy saludables.
G¨®mez lo mir¨® con curiosidad.
¡ª?¡°Su estilo de vida¡±? ¡ªPregunt¨®, sabiendo que la pregunta era innecesaria, pues ya hab¨ªa o¨ªdo rumores sobre Jonathan antes.
¡ªS¨ª ¡ªAsinti¨® Rivas, tras una breve pausa¡ª Los rumores eran bien conocidos. Jonathan llevaba una vida de excesos, pero no cualquier clase de exceso, sino los m¨¢s oscuros, esos que hoy se pregonan a los cuatro vientos, pero que en mis tiempos se escond¨ªan bajo llave. Como suele pasar con los j¨®venes, el dinero de sus padres le permit¨ªa vivir sin preocuparse por el d¨ªa siguiente. Beb¨ªa lo que quer¨ªa, compraba lo que se le antojaba, y si algo le llamaba la atenci¨®n, lo consegu¨ªa sin pensarlo dos veces. Hasta ah¨ª, todo normal, es parte de la juventud. El problema era que sus gustos eran caros, y la herencia que recibi¨® no era tan grande como para sostener ese ritmo de vida.
Rivas hizo una pausa para dejar que las palabras calaran en G¨®mez, quien lo escuchaba en silencio.
¡ªTodo cambi¨® cuando el dinero desapareci¨® ¡ªContinu¨® Rivas¡ª Perdi¨® el ¡°ritmo¡± en su vida. Vendi¨® sus coches y todos los ¡°tesoros¡± que hab¨ªa heredado, todo para tratar de mantener lo que le daba sabor a su vida. Todo fue ef¨ªmero, y para un hombre que viv¨ªa por y para satisfacer sus caprichos quedarse sin nada debi¨® ser devastador.
G¨®mez not¨® la seriedad en la voz de Rivas y entendi¨® que esto no era solo un detalle sin importancia. Jonathan hab¨ªa pasado de ser un hombre satisfecho, a uno sin nada. Y eso, m¨¢s que cualquier cosa, pod¨ªa haber sido lo que lo llev¨® a replantearse su vida al punto de suicidio. Era una coartada perfecta.
¡ªEntonces, ?crees que fue eso lo que lo empuj¨® al l¨ªmite? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, tratando de conectar las piezas.
Rivas asinti¨® lentamente, como si esa fuera la ¨²nica conclusi¨®n a la que pudiera llegar.
¡ªNo estoy diciendo que sea la ¨²nica raz¨®n, nunca hay una sola raz¨®n para algo tan dram¨¢tico, pero tiene sentido. Jonathan siempre fue un hombre que buscaba el prop¨®sito en todo lo que hac¨ªa, incluso en su vida personal. Cuando ten¨ªa dinero, encontraba significado en sus lujos, en sus excesos. Pero cuando lo perdi¨® todo, no le qued¨® m¨¢s remedio que enfrentar su realidad. Comenz¨® a hacerse preguntas m¨¢s profundas, a cuestionarse la vida de una manera que nunca antes hab¨ªa hecho. Era como si hubiera despertado de un sue?o y se diera cuenta de que vivir por vivir ya no ten¨ªa sentido.
G¨®mez entend¨ªa el punto del agente Rivas. Pod¨ªa imaginarse que, tarde o temprano, Jonathan habr¨ªa terminado en esa situaci¨®n, incluso si nada sobrenatural hubiera ocurrido durante la semana en la que estuvo en la enfermer¨ªa.
¡ª?Crees que fue todo por dinero? ?Que simplemente se dio cuenta de que su vida no ten¨ªa sentido sin dinero para satisfacer sus deseos y decidi¨® que lo mejor era terminarla?¡ªPregunt¨® el agente G¨®mez.
Rivas murmur¨® algo para s¨ª mismo, pensando detenidamente antes de responder.
¡ªS¨ª¡ y no¡ Tuvo que haber un detonante. Su comportamiento fue extra?o en sus ¨²ltimos d¨ªas. Algo lo hizo empezar a cuestionarse todo de una manera que no hab¨ªamos visto antes. Podr¨ªa haber sido tu suspensi¨®n, pero eso no lo tengo del todo claro. La verdad es que yo opino que todo concuerda con un suicidio. Las grabaciones que dej¨®, las conversaciones que tuvo con nosotros, incluso su actitud hacia el final, parec¨ªa que hab¨ªa llegado a una conclusi¨®n l¨®gica, al menos desde su punto de vista. Para ¨¦l, terminar con su vida era el siguiente paso l¨®gico. En una larga cadena de eventos l¨®gicos. Como suele ocurrir en todos los suicidios de los hombres ¡°inteligentes¡±.
G¨®mez se qued¨® pensando en lo que Rivas dec¨ªa. Todo sonaba razonable, pero hab¨ªa una parte de ¨¦l que no pod¨ªa sacudirse la sensaci¨®n de que algo m¨¢s hab¨ªa detr¨¢s. La calma perturbadora de Jonathan, la manera en que hablaba del ¡°velo de la realidad¡±, como si hubiera visto algo que nadie m¨¢s pod¨ªa ver. Todo eso le segu¨ªa sonando a algo m¨¢s grande que un simple suicidio impulsado por la p¨¦rdida de dinero.
Jonathan Parker (3)
¡ª?Qu¨¦ opinas de las cosas que dijo sobre el ¡°velo de la realidad¡±? Palabras muy cr¨ªpticas para su gusto, ?no te parece? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, intentando desentra?ar ese aspecto.
Rivas lo mir¨® con una expresi¨®n pensativa.
¡ªTe soy sincero, no s¨¦ qu¨¦ pensar de eso. Jonathan siempre tuvo una mente anal¨ªtica, pero la cercan¨ªa con la muerte te transforma. Puede que esas palabras fueran solo met¨¢foras, formas en las que ¨¦l expresaba c¨®mo ve¨ªa su vida despu¨¦s de perderlo todo. Es posible que, al quedarse sin nada, comenzara a cuestionarse cosas que antes simplemente ignoraba.
¡ª?Y crees que lo encontr¨®? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, tratando de entender lo que eso significaba.
Rivas se encogi¨® de hombros, pero la tristeza que asomaba en su mirada era innegable, como si en lo m¨¢s profundo de su ser ya hubiera hecho las paces con la imposibilidad de encontrar una respuesta concreta.
¡ªNo lo s¨¦, G¨®mez. Quiz¨¢s, en su mente, Jonathan encontr¨® las respuestas que hab¨ªa estado buscando, esas que lo llevaron a hacer lo que hizo. Tal vez lleg¨® a la conclusi¨®n de que la vida ya no le ofrec¨ªa nada, que hab¨ªa llegado al final de su camino. Y en ese sentido, podr¨ªa ser que lo que mencion¨® sobre ¡°el velo¡± fuera su manera de decir que estaba listo para dejar este mundo atr¨¢s. Pero, al mismo tiempo, no puedo sacarme de la cabeza lo extra?o que fue su comportamiento. Algo no encaja. Quiero creer que hubo una raz¨®n, un detonante claro para ese cambio radical, pero sigo sin verlo. ?Falta de dinero? No lo s¨¦. Sabemos que siempre tuvo problemas financieros, pero esa no es la clase de cosa que te empuja al abismo de la noche a la ma?ana. No, lo suyo fue diferente. Fue como si algo lo consumiera de adentro hacia afuera, lentamente, pero tambi¨¦n contenido. No obstante, algo hizo que eso se liberara y ya no pudo seguir soport¨¢ndolo. ?Qu¨¦ fue lo que lo llev¨® a eso?
Rivas se qued¨® en silencio, reflexionando, mientras la pregunta flotaba en el aire, cargada de una incertidumbre que ambos compart¨ªan. Esa era la gran interrogante, la que envolv¨ªa todo el caso: ?Qu¨¦ hab¨ªa derrumbado la mente de Jonathan? ?Qu¨¦ hab¨ªa sido lo suficientemente poderoso como para empujarlo al borde del abismo?
G¨®mez sab¨ªa que si lograban encontrar esa respuesta, descubrir¨ªan la llave para desentra?ar el misterio por completo. Todo giraba en torno a ese momento, ese detonante invisible que hab¨ªa pasado desapercibido, pero que sin duda exist¨ªa. Pese a ello, lamentablemente, ninguno de los dos agentes sab¨ªa cu¨¢l era la respuesta.
¡ª?Se sabe algo m¨¢s sobre lo que estuvo investigando en sus ¨²ltimos d¨ªas? ¡ªPregunt¨® G¨®mez de repente, rompiendo el silencio como quien arroja una piedra a un lago en calma, esperando ver las ondas que se forman.
Rivas levant¨® la cabeza lentamente, como si la pregunta lo hubiera sacado de un trance. Apret¨® los labios, pensando.
¡ªSu ¨²ltimo caso fue el de unos historiadores desaparecidos. Nada relacionado con suicidios. No hubo ning¨²n indicio de que estuviera metido en algo m¨¢s profundo que esas desapariciones o peligroso. Si te soy sincero, creo que el trabajo era lo ¨²ltimo que pasaba por la mente de Jonathan durante sus ¨²ltimos d¨ªas. Parec¨ªa m¨¢s enfocado en realizar una b¨²squeda personal, como si estuviera tratando de entender su lugar en el mundo. Nos cont¨® que hab¨ªa estado leyendo sobre filosof¨ªa, cultura, religi¨®n, sobre la naturaleza de la existencia, pero no hab¨ªa nada en sus palabras que nos hiciera pensar que hab¨ªa algo peligroso en juego.
G¨®mez no estaba seguro de si eso lo tranquilizaba o lo inquietaba m¨¢s. Jonathan, un hombre que hab¨ªa pasado toda su vida persiguiendo placeres y lujos, ahora se encontraba inmerso en preguntas profundas sobre la existencia y el prop¨®sito de la vida. El contraste era demasiado brusco, demasiado repentino.
¡ªEs extra?o ¡ªDijo finalmente G¨®mez, mirando a Rivas¡ª Jonathan era el ¨²ltimo hombre al que hubiera imaginado metido en una crisis existencial.
Rivas asinti¨® lentamente.
¡ªLo s¨¦. Todos pensamos lo mismo. Jonathan siempre parec¨ªa imperturbable, casi invulnerable. Pero, al final, nadie est¨¢ a salvo de eso. La vida, el trabajo, todo lo que nos rodea puede desmoronarse sin que nos demos cuenta, y cuando pierdes aquello que le daba sentido a tu existencia, lo que te manten¨ªa en pie, es f¨¢cil empezar a cuestionar todo. El porqu¨¦ de lo que hacemos, el prop¨®sito de quemar nuestra vida entre estos solitarios pasillos.
Rivas hizo una pausa, sus ojos opacos como pozos insondables.
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¡ªA nosotros, los agentes, nos pasa m¨¢s de lo que la gente cree. Nadie llega a la veteran¨ªa sin haber escondido un par de traumas en alg¨²n rinc¨®n oscuro de su subconsciente. Todos llevamos fantasmas con nosotros, incluso si tratamos de negarlo. El problema surge cuando esos fantasmas encuentran una oportunidad de materializarse.
Rivas suspir¨® profundamente antes de continuar, su voz cargada de la pesadez de los recuerdos que parec¨ªan agolparse en su mente. Se frot¨® la frente, como si intentara aliviar el peso de las palabras que estaba a punto de decir.
¡ª G¨®mez¡ ¡ªComenz¨®, con una seriedad que raramente mostraba¡ª He visto a muchos veteranos como Jonathan a lo largo de los a?os. Este trabajo te destruye de maneras que no puedes imaginar. Luchamos contra lo desconocido, contra lo imposible, y eso deja cicatrices. No solo en la piel, sino en el alma.
G¨®mez lo mir¨® en silencio, digiriendo esas palabras. Sab¨ªa que lo que Rivas dec¨ªa ten¨ªa mucho de verdad. Lo hab¨ªa visto en sus compa?eros, en los agentes m¨¢s antiguos, esos que cargaban con varias d¨¦cadas de servicio en la fundaci¨®n. Hab¨ªa algo en sus miradas, en la forma en que actuaban, que no pod¨ªa ser explicado simplemente por el cansancio f¨ªsico. Incluso aquellos que parec¨ªan m¨¢s duros que el acero, se hab¨ªan derrumbado de la noche a la ma?ana. No importaba cu¨¢n fuertes parecieran, cu¨¢nto aparentaran controlar sus emociones o cu¨¢n fr¨ªos pudieran ser en el campo. El trabajo acababa alcanz¨¢ndolos a todos, tarde o temprano. Porque no se trataba solo de enfrentarse a lo paranormal o a los fen¨®menos inexplicables que investigaban, sino tambi¨¦n de enfrentarse a uno mismo, a los miedos m¨¢s profundos, a las dudas que crec¨ªan en la oscuridad de la mente.
¡ªJonathan no fue el primer agente que conozco en suicidarse, y me temo que no ser¨¢ el ¨²ltimo¡ ¡ªContinu¨® Rivas, bajando la voz casi hasta un susurro, evitando que lo escuchara cualquier novato que anduviera por la sala de control¡ª Este trabajo nos empuja al l¨ªmite. He visto a demasiados buenos hombres terminar sus d¨ªas de un disparo en la cabeza. ?T¨² recuerdas cu¨¢ntos agentes se han quitado la vida en las ¨²ltimas d¨¦cadas? Yo ya perd¨ª la cuenta.
G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrerle la espalda, esa sensaci¨®n helada que se apoderaba de la piel cuando algo que prefer¨ªas ignorar se volv¨ªa innegablemente real. No era algo de lo que se hablara abiertamente, pero todos sab¨ªan que el personal operativo de la fundaci¨®n llevaba una carga emocional enorme. El suicidio no era un tema ajeno, pero siempre parec¨ªa una tragedia distante, algo que le ocurr¨ªa a otros. Hasta que alguien cercano, como Jonathan, ca¨ªa v¨ªctima de esa misma desesperaci¨®n.
¡ªLo que me preocupa de Jonathan¡ ¡ªIntent¨® expresar G¨®mez, su voz cargada de una tensi¨®n que apenas pod¨ªa contener. Pero justo cuando estaba a punto de desahogar lo que le quemaba por dentro, Rivas lo interrumpi¨®, con un tono que reflejaba un sombr¨ªo entendimiento.
¡ªG¨®mez¡ ¡ªLa voz de Rivas era grave, casi apagada, como si estuviera arrastrando el peso de todas las verdades inc¨®modas que ambos sab¨ªan, pero rara vez discut¨ªan¡ª Luchar contra lo paranormal nos marca, nos consume por dentro. Muchos agentes pierden su sentido de la realidad despu¨¦s de a?os estando ¡°sanos¡±. No es tan raro que alguien como Jonathan, despu¨¦s de todo lo que ha visto, de todo lo que ha tenido que soportar, simplemente se derrumbara. Pero, ?de verdad podemos culparlo? ¡ªRivas hizo una pausa, su mirada penetrante, oscura, contempl¨® el caos controlado que se desataba en la sala de control¡ª No es raro perder la esperanza en la ¡°causa¡±, no cuando ves que todo por lo que has luchado parece desmoronarse frente a tus ojos.
¡ª?Qu¨¦ quieres decir? ¡ªG¨®mez lo mir¨®, tratando de seguir el hilo de sus palabras, pero tem¨ªa conocer la respuesta.
¡ªMe refiero a que lo que Jonathan ¡°vio¡± fue c¨®mo el sistema que juramos proteger se corrompe desde dentro. ¨¦l supo que te suspendieron, G¨®mez, y una semana despu¨¦s se mat¨® ¡ªRivas dej¨® caer la bomba con una frialdad resignada¡ª Eso no es una casualidad. ?Nada es una casualidad para un agente! Te lo advert¨ª cuando eras un novato que no ten¨ªa idea de en qu¨¦ se estaba metiendo, solo andabas siguiendo los pasos de tu madre como un pollito sigue a la gallina. Te lo repito hoy, cuando s¨¦ que probablemente est¨¦s considerando renunciar. Aunque no me lo digas, s¨¦ que esto tambi¨¦n te est¨¢ afectando. ?Para qu¨¦ luchamos, G¨®mez?¡ªSu voz se volvi¨® m¨¢s grave, m¨¢s ¨ªntima, como si estuviera confesando algo que hab¨ªa estado reprimiendo durante mucho tiempo¡ª ?Para qu¨¦ nos sacrificamos? Cada misi¨®n, cada caso que tomamos, cada anomal¨ªa que contenemos... Al final del d¨ªa, ?de qu¨¦ sirve todo si el sistema que nos sostiene se est¨¢ pudriendo por dentro?
Las palabras de Rivas resonaron como un eco en la mente de G¨®mez. Sab¨ªa que Rivas hablaba desde la experiencia, ¨¦l hab¨ªa visto m¨¢s de lo que cualquier persona deber¨ªa en una vida. Y aunque no quer¨ªa admitirlo, comenzaba a creer que Jonathan hab¨ªa llegado a ese mismo punto de quiebre. ?Y si todo lo que hac¨ªan era en vano? ?Si sus sacrificios no llevaban a ning¨²n lugar, m¨¢s que a ser desechados? Quiz¨¢s, solo quiz¨¢s, ese fue el detonante por el cual Jonathan Parker se dio cuenta de que ya no val¨ªa la pena seguir levantando los brazos para seguir luchando.
¡ªSi quieres saber m¨¢s, deber¨ªas hablar con Ortega ¡ªSugiri¨® Rivas¡ª Era el mejor amigo de Jonathan. De hecho, le dej¨® toda su fortuna cuando se fue. Se rumorea que Ortega puso dinero de su propio bolsillo para evitar tener que vender las pertenencias de Jonathan para saldar las innumerables deudas que ten¨ªa. Eso dice mucho sobre lo cercanos que eran esos dos. Como te imaginar¨¢s, Ortega estuvo con ¨¦l en sus ¨²ltimos d¨ªas. Y, seg¨²n cuentan, Jonathan le confes¨® que estaba pensando en suicidarse.
G¨®mez levant¨® la vista, sorprendido por esa revelaci¨®n.
¡ª?¡°Le dej¨® toda su fortuna¡±?¡ªPregunt¨® G¨®mez¡ª No sab¨ªa que eran tan cercanos.
¡ªLo eran ¡ªConfirm¨® Rivas¡ª Ortega fue el ¨²nico con quien Jonathan comparti¨® sus pensamientos m¨¢s oscuros. Si alguien tiene las respuestas, es ¨¦l.
Jonathan Parker (4)
La realidad era que el nombre de Ortega no sorprendi¨® a G¨®mez, pero hacer preguntas redundantes era el trabajo de todo buen agente. De las respuestas a las preguntas redundantes a veces se extra¨ªa informaci¨®n para nada redundante. G¨®mez sab¨ªa que si alguien ten¨ªa informaci¨®n privilegiada, ser¨ªa Ortega. Busc¨® al agente con la mirada y lo vio en una de las estaciones de control, hablando con un nuevo recluta. Se despidi¨® brevemente de Rivas y se acerc¨® a Ortega, quien al verlo se levant¨® y lo salud¨® con una sonrisa amarga.
Ortega, cerca de los cincuenta a?os, hab¨ªa logrado mantener su energ¨ªa a lo largo de los a?os, pero las tensiones recientes hab¨ªan comenzado a cobrarle factura. De estatura alta y con el cabello oscuro salpicado de algunas canas en las sienes, Ortega siempre hab¨ªa tenido una presencia tranquila y met¨®dica. Aunque su rostro ten¨ªa l¨ªneas de preocupaci¨®n, era m¨¢s accesible que otros veteranos. Su postura y mirada lo hab¨ªan convertido en una especie de mediador entre los viejos de la fundaci¨®n y los j¨®venes reclutas. Hab¨ªa visto su buena parte de acci¨®n, pero tambi¨¦n sab¨ªa cu¨¢ndo era momento de ser diplom¨¢tico. A diferencia de Rivas, Ortega entend¨ªa que la fundaci¨®n estaba cambiando, aunque compart¨ªa la preocupaci¨®n de muchos sobre el rumbo que estaba tomando.
| Tarjeta del personal |
|
|
Nombre |
Alexander Ortega |
| C¨®digo de Identificaci¨®n |
834449 |
| Ocupaci¨®n |
Agente de Campo |
| Especializaci¨®n |
Tr¨¢fico ilegal de objetos paranormales |
| Ubicaci¨®n |
Piso 3, Sala de control |
| Rango |
Eventos de clase D |
¡ªG¨®mez¡ me imaginaba que vendr¨ªas a despedirte ¡ªDijo Ortega, su voz apagada, como si la tragedia reciente hubiera drenado su energ¨ªa.
¡ªS¨ª, bueno, supongo que este es el final para m¨ª ¡ªContest¨® G¨®mez con una calma fingida, intentando sonar casual mientras avanzaba un poco m¨¢s hacia el veterano¡ª La suspensi¨®n es de ocho meses, demasiado tiempo para pensar algo que no deber¨ªa pensar tanto. Quiz¨¢s es hora de colgar el uniforme, aceptar la jubilaci¨®n, retirarme de todo esto y rearmar mi vida de otra forma.
Ortega asinti¨® con una leve inclinaci¨®n de cabeza, pero su mirada parec¨ªa distante. No hab¨ªa consuelo en sus ojos, solo una resignaci¨®n callada que se hab¨ªa instalado desde la tragedia.
¡ªNo es f¨¢cil, G¨®mez ¡ªRespondi¨® despu¨¦s de unos momentos¡ª La vida se va volviendo m¨¢s pesada con los a?os. El cuerpo envejece, pero el alma lo siente m¨¢s. Tal vez jubilarte sea lo mejor. Yo mismo he pensado en hacerlo. Cada vez es m¨¢s dif¨ªcil seguir adelante, ?sabes?
G¨®mez se acerc¨® un poco m¨¢s, mirando a Ortega con empat¨ªa. Sab¨ªa que ambos estaban luchando con los mismos demonios, las mismas dudas. Pero no estaba all¨ª solo para hablar de ese asunto.
¡ªS¨ª, el retiro suena cada vez mejor¡ªDijo, con una risa ligera que no alcanz¨® a sus ojos¡ª Pero no quiero irme sin antes entender algunas cosas.
Ortega lo mir¨®, levantando ligeramente una ceja, y G¨®mez supo que era el momento de dirigir la conversaci¨®n hacia lo que realmente le preocupaba.
¡ªSobre Jonathan¡ ¡ªG¨®mez dej¨® caer el nombre con cuidado, como si no quisiera perturbar algo fr¨¢gil¡ª No he podido dejar de pensar en ¨¦l desde que me enter¨¦ de lo que pas¨®.
Ortega apart¨® la mirada, inc¨®modo, como si el nombre de su amigo lo hiriera de alguna manera. Por un instante, el silencio se hizo pesado, casi insoportable.
¡ªJonathan¡ ¡ªRepiti¨® Ortega, frot¨¢ndose las sienes como si tratar de procesar la idea lo cansara a¨²n m¨¢s¡ª Todav¨ªa no puedo creerlo. Fue todo muy repentino, de una semana para la otra. Sab¨ªa que cargaba con mucho, su infancia fue muy dura, pero nunca pens¨¦ que llegar¨ªa a este punto.
G¨®mez not¨® el dolor en la voz de Ortega, pero tambi¨¦n percibi¨® algo m¨¢s: una evasi¨®n, una resistencia a hablar del tema. Lo conoc¨ªa lo suficiente como para saber cu¨¢ndo estaba ocultando algo.
¡ªAlgo no me cuadra, Ortega ¡ªDijo G¨®mez, su tono sereno, pero firme¡ª Jonathan era muchas cosas, pero no era alguien con ese perfil. S¨¦ que algo m¨¢s est¨¢ pasando aqu¨ª. T¨² lo conoc¨ªas bien, mejor que yo. ?Qu¨¦ me puedes contar sobre los ¨²ltimos d¨ªas?
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Ortega guard¨® silencio durante unos segundos, mirando hacia la nada misma, como si estuviera buscando las palabras correctas en alg¨²n lugar lejano.
¡ªJonathan estaba en un estado delicado, G¨®mez¡ ¡ªDijo finalmente, su voz cansada¡ª Algo en ¨¦l hab¨ªa comenzado a desmoronarse antes de su muerte. Siempre fue un tipo introspectivo, ya sabes, alguien que pensaba demasiado en todo. Pero estos ¨²ltimos meses, parec¨ªa diferente, m¨¢s ?c¨®mo decirlo? M¨¢s desesperado por encontrar respuestas y salir de la monoton¨ªa de la rutina. Estaba insatisfecho con su vida y su situaci¨®n actual.
¡ª?¨²ltimos meses? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, sus cejas levantadas reflejando la incredulidad¡ª Yo¡ yo pensaba que Jonathan hab¨ªa estado mal solo en la ¨²ltima semana. Siempre lo vi estable, quiz¨¢s un poco m¨¢s ¡°activo¡± de lo habitual, pero nada que me hiciera pensar que estaba¡ que estaba¡ as¨ª de mal.
Ortega suspir¨® profundamente y se gir¨® hacia G¨®mez, sus ojos reflejando una tristeza que parec¨ªa m¨¢s all¨¢ de las palabras.
¡ªJonathan ocultaba muy bien su vida privada, G¨®mez. Como todo buen agente lo hace. Estaba en una especie de descenso gradual que empez¨® hace a?os, pero en los ¨²ltimos meses, todo empeor¨® significativamente. La ¨²ltima semana fue terrible. Los ¨²ltimos d¨ªas de su vida fueron los m¨¢s extra?os, probablemente porque acept¨® su muerte.
G¨®mez sinti¨® un nudo en el est¨®mago. La revelaci¨®n le impact¨® de manera brutal, como si una cortina se hubiera levantado de golpe, mostrando un panorama oscuro que hab¨ªa estado escondido tras la apariencia de normalidad que hab¨ªa percibido durante d¨¦cadas.
¡ª?C¨®mo es posible? ¡ªMurmur¨®, casi para s¨ª mismo¡ª Nunca lo not¨¦. Pens¨¦ que hab¨ªa estado lidiando con todo esto solo en el ¨²ltimo momento.
Ortega se acerc¨® un poco m¨¢s, su mirada se endureci¨®, pero manten¨ªa la empat¨ªa en su tono.
¡ªNo solo en las ¨²ltimas semanas, G¨®mez. Jonathan llevaba a?os luchando con una soledad que lo carcom¨ªa por dentro. Desde su infancia dir¨ªa yo. Era experto en esconder sus problemas, siempre daba la impresi¨®n de tener la situaci¨®n bajo control. Su perpetua sonrisa est¨²pida era una excelente m¨¢scara. Desde joven la ven¨ªa usando para esconder lo triste que era su vida. Pero a medida que el tiempo pas¨®, esa fachada comenz¨® a agrietarse. La presi¨®n de este trabajo, el peso de las cosas que hab¨ªa visto, el creciente aumento de problemas financieros y el hecho de que no pod¨ªa rearmar la familia que hab¨ªa perdido, todo eso lo consumi¨®. Los ¨²ltimos meses fueron un reflejo de ese deterioro. Cuanto m¨¢s sonre¨ªa, m¨¢s estaba sufriendo por dentro, aunque muy pocos sab¨ªan eso.
G¨®mez se hundi¨® en una silla cercana, tratando de asimilar la triste realidad planteada por Ortega. Sus pensamientos se entrelazaban con recuerdos de Jonathan, tratando de reconciliar la imagen del hombre s¨®lido y confiable con la de alguien que estaba al borde del colapso. Le era imposible.
¡ªSiempre pens¨¦ que era feliz, que llevaba una vida mucho m¨¢s alegre que la m¨ªa. Hasta te admitir¨ªa que, en varios momentos, envidiaba su vida. Siempre rodeado de personas, compartiendo an¨¦cdotas fascinantes. Mi vida, en comparaci¨®n, se reduce a este trabajo. Te lo juro, Ortega, lo ve¨ªa en las reuniones, escuchaba sus ideas. No hab¨ªa indicios de que estuviera tan mal.
Ortega asinti¨® lentamente, entendiendo la confusi¨®n de G¨®mez.
¡ªY esa era la idea, ?no? Que no se notara. Para ¨¦l, admitir que estaba en problemas era como una derrota, algo que no pod¨ªa permitir. Pero con el tiempo, la presi¨®n lo super¨®. La ¨²ltima semana, especialmente, fue un caos total para ¨¦l. Estaba irritable, parec¨ªa estar en constante estado de alerta, y sus pensamientos estaban desordenados. De alguna manera, en esos d¨ªas finales, la realidad de su vida y la obsesi¨®n por encontrar una respuesta que resolviera el misterio del ¨²ltimo caso en el cual estaba trabajando se entrelazaron peligrosamente. Era una excusa, usaba ese caso para no pensar en otras cosas. Jonathan necesitaba respuestas y yo lo not¨¦.
G¨®mez inclin¨® la cabeza, observando con atenci¨®n. Sent¨ªa que Ortega estaba a punto de decir algo importante, algo que tal vez hab¨ªa estado guardando para s¨ª mismo.
¡ª?Respuestas? ?Respuestas sobre su ¨²ltimo caso? ?Crees que su ¨²ltimo caso fue el responsable de su muerte?
Ortega baj¨® la vista al suelo por un momento, como si estuviera luchando con las palabras correctas. Finalmente, se rasc¨® la nuca y se encogi¨® de hombros.
¡ªNo es f¨¢cil, G¨®mez. La verdad es que Jonathan estaba raro, s¨ª, lo notamos todos. Pero todo el mundo act¨²a raro aqu¨ª, ?no? ¡ªDijo Ortega, con una sonrisa amarga, pero la tristeza estaba grabada en sus ojos¡ª Se ve¨ªa m¨¢s nervioso de lo usual, parec¨ªa que se le hab¨ªa asignado un caso peligroso. No pidi¨® mi ayuda para ese caso, as¨ª que no puedo contarte mucho sobre el mismo.
G¨®mez lo mir¨® intensamente, tratando de captar cualquier se?al en las palabras de Ortega.
¡ª?Y crees que todo eso lo llev¨® a suicidarse?
¡ªEs dif¨ªcil de aceptar, lo s¨¦ ¡ªRespondi¨® Ortega¡ª Pero te aseguro que lo investigamos bien. Jonathan estaba en una situaci¨®n mental muy delicada. No era solo el trabajo o el estr¨¦s, estaba cargando con un peso que no pod¨ªa compartir con nadie. Yo sab¨ªa que era su soledad, por eso fui a su casa muy seguido los ¨²ltimos d¨ªas y ¨¦l tambi¨¦n vino a la m¨ªa con m¨¢s frecuencia de lo habitual. Ni con eso logr¨¦ salvarlo. En los ¨²ltimos d¨ªas, antes de su muerte, comenz¨® a hablar de que quer¨ªa dejar la fundaci¨®n, de que ya no pod¨ªa seguir trabajando en este lugar. Incluso me traspas¨® a sus hijos, como si ya supiera que no iba a estar m¨¢s aqu¨ª para cuidarlos.
¡ªNo sab¨ªa que Jonathan ten¨ªa hijos ¡ªComent¨® G¨®mez con cautela; aparentemente el tema era algo muy delicado, en caso contrario se hubiera enterado de su existencia.
Ortega solt¨® una leve risa ir¨®nica, como si aquella declaraci¨®n hubiera sido un malentendido com¨²n.
¡ªNo en el sentido que imaginas ¡ªDijo, reclin¨¢ndose en su silla¡ª No eran ni?os reales. Ninguno tiene ¡°alma¡±, al menos. Pero s¨ª, tuvo muchos ¡°hijos¡±. Los tuvo con criaturas, androides, y otras m¨¢quinas. ¨¦l viv¨ªa con muchos robots, cosas, trabajadores y algunas otras ¡°criaturas¡± ex¨®ticas, por as¨ª decirlo. Jonathan siempre fue alguien a quien le incomodaba profundamente la soledad. Desde muy joven. Todo comenz¨® despu¨¦s de que sus padres murieran cuando ¨¦l a¨²n estaba en la escuela primaria, tras eso empez¨® a rodearse de compa?¨ªa para llenar ese vac¨ªo.
G¨®mez frunci¨® el ce?o, tratando de imaginar a un ni?o con mucho dinero, lidiando con la p¨¦rdida de sus padres a tan corta edad.
¡ª?As¨ª que esa necesidad de compa?¨ªa lo acompa?¨® toda su vida? ¡ªPregunt¨®, buscando entender mejor el trasfondo de la vida de Jonathan.
Ortega asinti¨® lentamente, sus ojos recorriendo la superficie de la mesa, como si en su mente estuviera recordando detalles que no hab¨ªa revivido en mucho tiempo.
¡ªS¨ª. Desde muy joven empez¨® a rodearse de personas, o al menos, lo m¨¢s cercano a ellas. Al principio eran amigos, compa?eros de la escuela. Despu¨¦s, cuando entr¨® a trabajar en la fundaci¨®n, empez¨® a coleccionar m¨¢s ¡°personas¡±, cosas, criaturas, animales. Cuando los androides se le hicieron m¨¢s accesibles, no tard¨® en empezar a comprar los nuevos modelos. Y finalmente llen¨® su casa con ¡°hijos¡±. Cualquier cosa que lo ayudara a combatir esa soledad que lo carcom¨ªa desde que perdi¨® a sus padres. Curiosamente, nunca se busc¨® una esposa de ¡°verdad¡±, me parece que siempre tuvo el temor de morir trabajando como agente, dejando a sus hijos sin padre.
Jonathan Parker (5)
G¨®mez se inclin¨® hacia adelante, interesado en la ¡°verdadera¡± historia de Jonathan, que hasta ahora hab¨ªa sido un misterio.
¡ª?Crees que esa necesidad de no estar solo fue lo que lo llev¨® a tener problemas econ¨®micos? ¡ªPregunt¨® con sinceridad¡ª Su falta de dinero siempre fue algo de lo que se hablaba, pero nunca imagin¨¦ que fuera tan grave. Yo lo ayud¨¦ en varios casos no muy legales que digamos y ciertamente se lo notaba un poco desesperado por el dinero. Pero reci¨¦n ahora me entero de que estaba pr¨¢cticamente en bancarrota cuando muri¨®.
Ortega suspir¨®, como si la pregunta lo hubiera transportado a un lugar inc¨®modo en su memoria.
¡ªS¨ª, probablemente esa fue una de las principales razones. A Jonathan le gustaba que todos a su alrededor estuvieran ¡°felices¡±. No pod¨ªa soportar ver a alguien en su c¨ªrculo infeliz o insatisfecho. Disfrutaba satisfaciendo los caprichos de la gente con la que conviv¨ªa. Y claro, eso ten¨ªa un costo. Compartimos ese mismo gusto, pero mientras yo siempre he podido costear mis propios caprichos, Jonathan siempre estaba al borde de la quiebra.
G¨®mez observ¨® a Ortega, quien parec¨ªa reflexionar sobre las diferencias entre su estilo de vida y el de Jonathan.
¡ª?Entonces ¨¦l gastaba su dinero en mantener contentos a otros? ¡ªPropuso G¨®mez en un tono neutral, pero la sorpresa era evidente en su mirada. Los rumores dec¨ªan todo lo contrario, aunque no mencionar¨ªa ese asunto con Ortega. Si el veterano lo quer¨ªa enga?ar, deb¨ªa tragarse la mentira o no obtendr¨ªa m¨¢s informaci¨®n de su parte.
Ortega sonri¨® con amargura, como si la pregunta lo golpeara en lo m¨¢s profundo.
¡ªAs¨ª es. Le gustaba rodearse de gente, de cosas, de cualquier cosa que lo hiciera sentir que no estaba solo en este mundo. Y para mantener esa ilusi¨®n, estaba dispuesto a gastar lo que fuera necesario. Cuando la herencia se fue, empez¨® a aceptar cualquier trabajo que le ofrecieran. De hecho, uno de los motivos por los que se convirti¨® en agente fue porque la paga era muy buena.
Ortega suspir¨® y se acomod¨® en su silla, su mirada se perdi¨® en el vac¨ªo mientras recordaba tiempos pasados. La luz de la sala de control proyectaba un brillo tenue en sus facciones envejecidas, resaltando la preocupaci¨®n y la nostalgia que cargaba consigo.
¡ªCuando Jonathan y yo ¨¦ramos j¨®venes, la fundaci¨®n no era como es ahora. En aquel entonces, entrar en la fundaci¨®n era casi un privilegio reservado para unos pocos selectos. No era cuesti¨®n de m¨¦rito o de trabajo duro ¨²nicamente; era una cuesti¨®n de contactos y de riqueza. Las puertas estaban cerradas para la mayor¨ªa, y era una lucha constante para aquellos que intentaban entrar sin los recursos adecuados.
G¨®mez asinti¨®, ¨¦l consigui¨® este trabajo por su madre, por lo que le fue muy f¨¢cil hacerlo. Pero antiguamente esta era una organizaci¨®n secreta y uno deb¨ªa ser muy rico para entrar sin los contactos adecuados.
¡ªJonathan no ten¨ªa los contactos ni la fortuna necesaria para abrirse camino en aquel entonces ¡ªProsigui¨® Ortega¡ª Era un joven brillante y con una pasi¨®n genuina por la investigaci¨®n, pero eso no siempre era suficiente. La fundaci¨®n era un mundo elitista, y para alguien como Jonathan, que no contaba con ese nacimiento, el camino era a¨²n m¨¢s arduo.
Ortega se inclin¨® hacia adelante, como si quisiera enfatizar la importancia de sus palabras.
¡ªSin embargo, Jonathan y yo ten¨ªamos una historia juntos. Ambos fuimos compa?eros de colegio en la escuela secundaria St. Patrick. Fue all¨ª donde nuestra amistad comenz¨®, y tambi¨¦n donde Jonathan demostr¨® su excepcional talento y su dedicaci¨®n por resolver misterios.
G¨®mez escuchaba atentamente, notando el cambio en el tono de Ortega. La historia personal que estaba compartiendo parec¨ªa te?ida de una mezcla de orgullo y melancol¨ªa.
¡ªCuando comenc¨¦ a trabajar en la fundaci¨®n, ya estaba bien posicionado para ayudar a personas con potencial. As¨ª que cuando me enter¨¦ de que Jonathan estaba luchando para encontrar su lugar en el mundo, decid¨ª hacer algo al respecto. A pesar de que mi posici¨®n en la fundaci¨®n no era la de un alto ejecutivo, ten¨ªa algo de influencia y contactos que pod¨ªa utilizar para abrir algunas puertas.
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Ortega se qued¨® en silencio por un momento, recordando esos d¨ªas de esfuerzo y dedicaci¨®n.
¡ªLo que hice fue utilizar mis conexiones para recomendar a Jonathan. No era un camino f¨¢cil, pero logr¨¦ que lo consideraran como un recluta con buen potencial. Al final, pude hacer que lo aceptaran. Recuerdo que estaba ansioso mientras esper¨¢bamos la respuesta, pero cuando finalmente le dieron la oportunidad, fue un gran alivio para ambos.
Ortega sonri¨® d¨¦bilmente al recordar el momento, pero su expresi¨®n pronto se torn¨® m¨¢s seria. El peso de los ¨²ltimos meses que Jonathan hab¨ªa vivido parec¨ªa presionar sobre ¨¦l.
¡ªSabes ¡ªComenz¨® Ortega, con un suspiro que parec¨ªa m¨¢s una liberaci¨®n de peso que de palabras¡ª Jonathan no era el mismo desde hace mucho tiempo. Lo not¨¦ antes que nadie, pero al principio no le di demasiada importancia. Todos en este trabajo llegamos a ese punto en el que algo se nos rompe por dentro. Ese punto de quiebre. En donde nos invade esa sensaci¨®n de que todo est¨¢ mal, de que no importa lo que hagas, no puedes salvar a nadie. Pero lo de Jonathan era distinto. Era como un mal cr¨®nico que estall¨® de golpe.
Ortega hizo una pausa, como si las palabras pesaran m¨¢s de lo que quer¨ªa admitir. G¨®mez no lo interrumpi¨®. Sab¨ªa que estas conversaciones no deb¨ªan forzarse.
¡ªLa ¨²ltima semana se lo notaba muy nervioso, tenso todo el tiempo. Recuerdo c¨®mo su mano temblaba cuando sosten¨ªa su caf¨¦, o c¨®mo evitaba el contacto visual cuando le preguntabas si todo estaba bien. Era como si estuviera viviendo una constante lucha interna, pero no ten¨ªa el valor para decirlo en voz alta. Y luego, de repente, todo cambi¨®. Ah¨ª es donde comienza lo raro. Lo que probablemente te llame la atenci¨®n, G¨®mez.
Ortega movi¨® la cabeza, tratando de recordar el momento exacto en que not¨® el cambio en Jonathan. Como agentes enfrentados a lo desconocido, su forma de abordar una tragedia era muy distinta a la de una persona com¨²n. En su mundo, el primer impulso era descartar cualquier posible evento paranormal, un proceso que a menudo se volv¨ªa una especie de ritual para encontrar culpables que en realidad no exist¨ªan. Este tipo de duelo era una tortura. Para ellos, era necesario repasar cada conversaci¨®n y cada detalle, en busca de signos de que algo extra?o hab¨ªa ocurrido. Sin embargo, lo que sol¨ªan encontrar era una mezcla entre lo vago y lo imaginario. M¨¢s que pruebas reales, encontraban excusas para convencerse de que algo hab¨ªa sido diferente, algo que justificara el dolor que sent¨ªan. Pero al final, las pruebas concretas las recogieron los cient¨ªficos que examinaron el cad¨¢ver de Jonathan, y ellos no encontraron nada fuera de lo normal.
G¨®mez se inclin¨® hacia adelante, su curiosidad evidente en cada l¨ªnea de su rostro. La historia de Jonathan y los cambios que hab¨ªa experimentado antes de su tr¨¢gico final lo intrigaban profundamente.
¡ª?Qu¨¦ fue lo que notaste? ¡ªInquiri¨® G¨®mez.
Ortega suspir¨®, su expresi¨®n reflejando una mezcla de frustraci¨®n y decepci¨®n. Mir¨® al suelo por un momento, como si buscara en su propio camino una respuesta que pudiera darle sentido a todo. Luego levant¨® la vista, encontr¨¢ndose los ojos de G¨®mez.
¡ªLo que m¨¢s me preocupa es c¨®mo Jonathan cambi¨® despu¨¦s de una misi¨®n en la que estaba investigando las desapariciones que ven¨ªa siguiendo hace un tiempo ¡ªDijo Ortega, con un tono que denotaba tanto cansancio como un toque de resignaci¨®n¡ª Algo ocurri¨® durante ese tiempo fuera del laboratorio, algo que no se puede explicar f¨¢cilmente. Ni siquiera yo puedo decir con certeza qu¨¦ fue, pero desde su regreso, se le notaba diferente.
¡ªEntonces, ?qu¨¦ fue lo que pas¨® en esa misi¨®n? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, intentando obtener m¨¢s detalles sobre la naturaleza de la misi¨®n y el impacto que tuvo en Jonathan.
¡ªNada, y eso es lo complicado ¡ªRespondi¨® Ortega ¡ª Pero mi intuici¨®n profesional me dice que algo ocurri¨®. Cuando est¨¢s en este trabajo tantas d¨¦cadas aprendes a confiar en tus instintos, y mi instinto me dice que durante esa misi¨®n ocurri¨® algo que no podemos ver con los equipos o las pruebas convencionales.
¡ª?Qu¨¦ piensas que pudo haber sucedido? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, con su voz baja, casi como si temiera que el simple hecho de preguntar pudiera invocar un fantasma.
¡ªHe hablado con Marcus sobre esto, ¨¦l fue el cient¨ªfico a cargo de estudiar esas desapariciones¡ªRespondi¨® Ortega¡ª Dado que no se encontr¨® nada extra?o, llegamos a la conclusi¨®n de que tal vez Jonathan necesitaba esa misi¨®n fuera del laboratorio para replantearse su vida. El viaje, el tiempo fuera del entorno habitual, podr¨ªa haberle dado la oportunidad de reflexionar y escapar de la rutina que le estaba afectando. La misi¨®n en s¨ª no implicaba riesgos significativos, era una tarea relativamente sencilla. Solo ten¨ªa que hacer una entrevista protocolar a una familia com¨²n y corriente. Sin embargo, parece que ese tiempo fuera del laboratorio, ese cambio de entorno, le permiti¨® afrontar su situaci¨®n interna de una manera diferente.
¡ªEntonces, crees que la misi¨®n no fue el factor determinante en el cambio, sino m¨¢s bien el tiempo de tranquilidad que tuvo ¡ªDijo G¨®mez, tratando de clarificar la teor¨ªa¡ª ?C¨®mo encaja eso con el hecho de que su comportamiento se volvi¨® m¨¢s err¨¢tico despu¨¦s de regresar?
Ortega frunci¨® el ce?o, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos.
¡ªNo se volvi¨® m¨¢s err¨¢tico, todo lo contrario ¡ªNeg¨® Ortega¡ª Jonathan volvi¨® de la misi¨®n con una calma que era contagiosa, como si el tiempo fuera del laboratorio le hubiera hecho bien. Parec¨ªa estar m¨¢s relajado y sus nervios hab¨ªan desaparecido. Sin embargo, esa calma fue ef¨ªmera. En realidad, lo que sucedi¨® despu¨¦s de su regreso fue que su comportamiento se volvi¨® cada vez m¨¢s filos¨®fico y meditativo.
Jonathan Parker (6)
¡ª?Crees que hay alguna manera de entender mejor qu¨¦ pudo haber desencadenado ese cambio? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, su tono denotando una mezcla de curiosidad y desesperaci¨®n por encontrar respuestas.
Ortega lo mir¨® fijamente, su expresi¨®n reflejando una mezcla de resignaci¨®n y cansancio.
¡ªSi quieres obtener m¨¢s informaci¨®n al respecto de esa misi¨®n, deber¨ªas hablar con Marcus. ¨¦l puede tener una perspectiva diferente sobre lo que ocurri¨®. Lo ¨²nico que puedo decirte, es que al regresar hab¨ªa algo diferente en su mirada, en su manera de hablar. Ya no era el tipo que caminaba con prisa o que se preocupaba por cada peque?o detalle. Al contrario, empez¨® a tomarse las cosas con una serenidad que no parec¨ªa natural.
¡ª?Qu¨¦ tipo de serenidad? ¡ªRebusc¨® G¨®mez, con la esperanza de que Ortega pudiera dar m¨¢s detalles que explicaran aquel estado. Rivas tambi¨¦n lo hab¨ªa notado, pero ¨¦l no era alguien que lo hubiera conocido tan bien como Ortega.
¡ªNo s¨¦ c¨®mo explicarlo ¡ªContest¨® Ortega, consternado¡ª Era como si de repente todo hubiera cobrado sentido para ¨¦l, pero no del modo en que t¨² o yo encontrar¨ªamos claridad. Hab¨ªa algo en su forma de ser, algo en su manera de ver el mundo que cambi¨® radicalmente. Los ¨²ltimos d¨ªas sol¨ªa pasar horas, y cuando digo horas, te lo digo en serio, meditando, o al menos eso parec¨ªa. Lo encontrabas sentado, mirando el vac¨ªo, sin decir una palabra durante largos per¨ªodos de tiempo. Y si le preguntabas en qu¨¦ pensaba, te daba respuestas que sonaban casi como acertijos.
¡ª?Qu¨¦ te dec¨ªa? ¡ªInquiri¨® G¨®mez, inclin¨¢ndose hacia adelante, interesado en comprender mejor esa transformaci¨®n.
Ortega se rasc¨® la cabeza, como si intentar recordar las palabras exactas de Jonathan lo agotara mentalmente.
¡ªLo recuerdo bien porque me dej¨® desconcertado en m¨¢s de una ocasi¨®n. Me dec¨ªa cosas como: ¡°Ortega, ?alguna vez te has detenido a pensar que tal vez no somos m¨¢s que observadores? No actores, solo testigos de lo que est¨¢ m¨¢s all¨¢ de nuestra comprensi¨®n¡±. Al principio pens¨¦ que era solo una forma po¨¦tica de expresar lo agotado que estaba, pero cuanto m¨¢s habl¨¢bamos, m¨¢s me daba cuenta de que hablaba en serio. Jonathan estaba empezando a cuestionarse todo, como si hubiera visto algo que lo oblig¨® a replantearse la realidad misma.
¡ª?Crees que estaba siendo afectado por un fen¨®meno paranormal? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, casi en un susurro.
Ortega lo mir¨® y neg¨® con resignaci¨®n.
¡ªG¨®mez, cr¨¦eme, investigu¨¦ todo lo que pude por mi cuenta. Revis¨¦ las c¨¢maras, habl¨¦ con los pocos que estuvieron con ¨¦l esa ¨²ltima semana. No hay nada. Ninguna se?al de que alguien lo haya obligado o de que hubiera algo paranormal. Jonathan estaba mal, eso lo sab¨ªamos todos. Solo que ninguno vio venir el desenlace de su historia. A¨²n no acept¨® que se haya matado. Nunca lo vi alucinar o hablar de algo concreto. Era m¨¢s como si despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto a lo largo de su vida, despu¨¦s todo lo que hab¨ªa enfrentado, hubiera hecho clic en su cabeza de una manera que ninguno de nosotros pod¨ªa entender. Me hablaba de ¡°conexiones¡± entre las cosas, de c¨®mo todo estaba entrelazado de una forma que no pod¨ªamos percibir a simple vista. Lo describ¨ªa como si hubiera alcanzado alg¨²n tipo de iluminaci¨®n, esa claridad lo hizo m¨¢s feliz. Nadie la ve¨ªa como algo malo.
Ortega se pas¨® las manos por la cara, y G¨®mez not¨® que el tema lo estaba afectando m¨¢s de lo que parec¨ªa.
¡ªA veces pienso que todo esto ¡ªOrtega hizo un gesto vago alrededor de la sala¡ª Todo lo que hacemos, tiene un costo. No necesariamente uno f¨ªsico, sino uno mental. Un costo que Jonathan, por alguna raz¨®n, no pudo seguir ignorando. Pero en lugar de quebrarse, como muchos de nosotros lo hemos hecho en alg¨²n momento, ¨¦l simplemente acept¨® todo y se mat¨®. As¨ª de brusco y r¨¢pido. Si te pones a pensar, la gran mayor¨ªa de agentes tiene muchas excusas para saltar de un rascacielos luego de trabajar tantas d¨¦cadas en este matadero.
G¨®mez levant¨® una ceja, curioso por esa elecci¨®n de palabras.
¡ª?Acept¨® qu¨¦ cosa? ¡ªIndag¨®.
¡ªAcept¨® que nada de lo que hacemos aqu¨ª importa en el gran esquema de las cosas. Al menos, eso fue lo que me dio a entender. Para ¨¦l, todo comenz¨® a perder significado porque empez¨® a ver lo insignificantes que ¨¦ramos en comparaci¨®n con las fuerzas a las que nos enfrentamos. Y no me malinterpretes, no era como si estuviera deprimido o desesperado por ello. Al contrario, era como si hubiera hecho las paces con esos fantasmas. Ya no ten¨ªa miedo, ya no se preocupaba. Pero esa paz que encontr¨® no era la que cualquiera de nosotros querr¨ªa.
Ortega hizo una pausa, sus ojos fijos en el suelo, antes de a?adir:
¡ªEn sus ¨²ltimos d¨ªas, Jonathan hablaba como si ya estuviera a medio camino de otro lugar. Como si este mundo y lo que hab¨ªa aqu¨ª ya no le interesara en absoluto. Lo vi pasar de ser alguien consumido por la tensi¨®n a alguien que estaba completamente relajado. Aunque era m¨¢s bien como si hubiera dejado de pertenecer a este mundo.
¡ªY luego, simplemente, decidi¨® irse, matarse ¡ªContinu¨® Ortega, su voz baja¡ª Nos dio se?ales confusas de lo que planeaba hacer, supongo que ya lo hab¨ªa meditado desde hace tiempo. Su muerte no fue una huida desesperada, fue una elecci¨®n muy planificada. Una elecci¨®n que ¨¦l hab¨ªa hecho mucho antes de que nosotros siquiera nos di¨¦ramos cuenta. Podr¨ªa haber estado meditando el asunto a?os, pero nadie lo sabe, nunca habl¨® abiertamente sobre c¨®mo la soledad lo consum¨ªa por dentro.
Ortega respir¨® hondo, se acomod¨®, muchos reclutas se hab¨ªan puesto a escuchar a escondidas, aparentemente el chisme les era interesante. La incomodidad en el ambiente era pesada, y G¨®mez se dio cuenta de que lo que el veterano estaba por decir ser¨ªa a¨²n m¨¢s perturbador que lo que ya hab¨ªa revelado.
¡ªHace unos d¨ªas revis¨¦ los registros en las memorias de los androides de la familia de Jonathan ¡ªDijo Ortega finalmente, sin mirarlo directamente a los ojos¡ª No es algo muy correcto revisar cosas tan ¨ªntimas, pero no pod¨ªa quitarme la sensaci¨®n de que el suicidio de Jonathan fue inducido por algo mas haya de sus propios pensamientos.
¡ª?Y qu¨¦ encontraste? ¡ªInvestig¨® G¨®mez, intentando que su tono fuera lo m¨¢s neutral posible, aunque sab¨ªa que la respuesta lo afectar¨ªa m¨¢s de lo que pod¨ªa prever.
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¡ªJonathan me cont¨® muy poco de su infancia ¡ªComenz¨® Ortega, su voz apenas un susurro¡ª Sab¨ªa lo b¨¢sico: que sus padres hab¨ªan muerto cuando ¨¦l era joven y que hab¨ªa sido criado por sus androides hasta que fue lo suficientemente mayor para valerse por s¨ª mismo.
¡ªSeg¨²n lo que me hab¨ªa contado Jonathan, sus padres hab¨ªan muerto en un accidente dom¨¦stico. Eso es lo que yo supe hasta su muerte, pero despu¨¦s de revisar las grabaciones de los androides que lo hab¨ªan criado, me di cuenta de que no fue un accidente en absoluto.
El coraz¨®n de G¨®mez dio un vuelco. No pod¨ªa imaginar lo que ven¨ªa despu¨¦s, pero sab¨ªa que no ser¨ªa bueno. Ortega lo mir¨® por un momento, sus ojos reflejando una mezcla de confusi¨®n y pena.
¡ªSus padres no murieron por accidente, G¨®mez. Se suicidaron.
El impacto de las palabras reson¨® en la habitaci¨®n.
¡ª?C¨®mo es posible? ¡ªInquiri¨® G¨®mez, con incredulidad¡ª ?Ambos se suicidaron? No puedo creerlo, mucho menos teniendo un hijo tan joven¡
Ortega asinti¨® lentamente, como si cada movimiento de su cabeza fuera una afirmaci¨®n dolorosa de una verdad que hab¨ªa estado enterrada durante demasiado tiempo.
¡ªS¨ª. Lo m¨¢s perturbador es que lo hicieron de la misma manera en que Jonathan termin¨® quit¨¢ndose la vida. Usaron la misma m¨¢scara, siguieron el mismo ritual y usaron el mismo androide para asistirlos. Es como si hubieran trazado el camino que Jonathan seguir¨ªa a?os despu¨¦s, sin siquiera darse cuenta.
G¨®mez frunci¨® el ce?o, sintiendo que hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de esa revelaci¨®n. Si se pon¨ªa a meditar que el suicidio de Jonathan en realidad fue un asesinato, entonces esta coartada era un jaque mate. Jonathan ten¨ªa los motivos, la actitud y hab¨ªa hecho todos los preparativos pertinentes para dejar bien en claro que se hab¨ªa suicidado, pero ahora tambi¨¦n se le sumaba que ten¨ªa toda una historia que lo llev¨® a este punto. Con semejantes pruebas, ni siquiera G¨®mez podr¨ªa dudar que esto no fue un suicidio. No era que alguien planific¨® una simple coartada para encubrir su muerte, su vida entera era la coartada.
¡ª?Por qu¨¦ lo hicieron? ¡ªIndag¨®, finalmente, su tono bajo, pero firme¡ª ?Qu¨¦ los llev¨® a eso?
Ortega respir¨® profundamente, como si lo que estaba a punto de decir lo estuviera ahogando desde dentro.
¡ªLa madre de Jonathan estaba siendo enga?ada por su esposo. Cuando ella se enter¨®, fue como si algo en su interior se rompiera. No pudo soportar la traici¨®n, y en un acto de desesperaci¨®n, decidi¨® quitarse la vida.
G¨®mez se qued¨® en silencio, no quer¨ªa insinuar que no entend¨ªa los motivos, pero era la primera vez que escuchaba que alguien se suicidara por una relaci¨®n sexual fuera el matrimonio. Hoy en d¨ªa tal pr¨¢ctica era la cosa m¨¢s com¨²n del mundo. No obstante, decidi¨® permanecer en silencio, sabiendo que Ortega le terminar¨ªa explicando la situaci¨®n.
¡ªY el padre¡ ¡ªContinu¨® Ortega, su voz quebr¨¢ndose ligeramente¡ª Cuando encontr¨® el cuerpo de su esposa, no pudo soportarlo. La culpa lo consumi¨®. No pod¨ªa procesar lo que hab¨ªa hecho, el enga?o, el dolor que hab¨ªa causado. Y se quit¨® la vida tambi¨¦n, de la misma forma que ella. Fue como si no pudiera vivir con lo que sus acciones hab¨ªan desencadenado.
G¨®mez apret¨® los labios, el suicidio del padre estaba mas justificado, hoy en d¨ªa muchas parejas terminan su vida si su c¨®nyuge muere; en estos tiempos la vida es muy larga, demasiado artificialmente larga. Para muchas personas no ten¨ªa sentido seguir viviendo sin alguien a quien amar y eso hab¨ªa popularizado el suicidio cuando uno de los dos c¨®nyuges moria. No obstante, G¨®mez no habl¨®, no era el momento de hablar, era el momento de escuchar. Sent¨ªa que la historia que Ortega estaba revelando era solo la punta de un iceberg mucho m¨¢s grande y oscuro.
¡ªEl problema real era una cuesti¨®n de estatus ¡ªA?adi¨® Ortega, y esta vez su voz adquiri¨® un tono m¨¢s grave¡ª La madre de Jonathan era una ¡°cosa¡±. Una cosa de ¡°abajo¡±, por la cual el padre de Jonathan se hab¨ªa encaprichado hasta tal punto de matarse al perderla.
Como si le tiraran un balde fr¨ªo de agua, G¨®mez comprendi¨® la trama de esta tr¨¢gica historia. En este distante futuro, aquellos que viv¨ªan ¡°abajo¡± no eran considerados personas como los que viv¨ªan ¡°arriba¡±. No era tan simple como parec¨ªa, no solo era ¡°estatus¡±, ni ¡°poder¡±, ni ¡°dinero¡±. Hab¨ªa un motivo mucho m¨¢s profundo para que surgiera esa separaci¨®n social. Aunque explicar eso quedar¨¢ para despu¨¦s, el punto clave para entender esta subtrama es que las ¡°cosas¡± de ¡°abajo¡± eran ciudadanos de segunda clase, sin derechos ni privilegios. Gente marcada por la pobreza, el aislamiento y la desesperanza. Y lo peor de todo, no ten¨ªan ning¨²n poder legal sobre los de ¡°arriba¡±. Sobre ¡°Ellos¡±. Sobre gente como Ortega, Gomez, Marcus, Rivas, Jonathan o cualquier otro trabajador de este laboratorio.
La expresi¨®n de G¨®mez se endureci¨®, pero decidi¨® mantenerse en silencio. Ortega estaba llegando al punto crucial de la historia, y G¨®mez quer¨ªa escuchar cada detalle antes de sacar sus propias conclusiones.
¡ªPor ley ¡ªContinu¨® Ortega¡ªLa madre de Jonathan no ten¨ªa derechos sobre su hijo. Era responsabilidad de su esposo. Desde su perspectiva como ¡°cosa¡±, el hecho de que ¨¦l la estuviera enga?ando significaba que estaba por ser descartada, reemplazada por otra ¡°cosa¡±. Es complicado que personas como nosotros entendamos ese sentimiento, pero hay que recordar que las ¡°cosas¡± no reciben una educaci¨®n como la nuestra y es probable que entender un concepto tan simple como ¡°libertad sexual¡± le fuera imposible.
G¨®mez asinti¨® con la cabeza de acuerdo con esa postura.
¡ªEso la destroz¨® ¡ªProsigui¨® Ortega¡ª Ver c¨®mo su familia se desmoronaba, sin poder hacer nada al respecto, la llev¨® a la desesperaci¨®n m¨¢s absoluta. Fue entonces cuando decidi¨® acabar con su vida, creyendo que al menos en la muerte tendr¨ªa alg¨²n tipo de control, alguna libertad que le fue negada en su nacimiento.
El silencio que sigui¨® fue abrumador. G¨®mez dej¨® que el eco de la historia golpeara su mente, comprendiendo ahora la magnitud de lo que Jonathan hab¨ªa heredado. No era solo una tragedia familiar; era un ciclo de desesperaci¨®n, traici¨®n y dolor que se hab¨ªa transmitido de una generaci¨®n a otra, hasta que finalmente se cobr¨® la vida de Jonathan tambi¨¦n.
¡ª?Y Jonathan sab¨ªa todo esto? ¡ªEscudri?¨® G¨®mez, rompiendo el silencio.
Ortega asinti¨® lentamente.
¡ªNo estoy seguro de cu¨¢nto sab¨ªa exactamente, pero debi¨® haber tenido alguna idea. Cuando empec¨¦ a revisar los archivos, encontr¨¦ fragmentos de conversaciones que tuvo con los androides de la familia, y parec¨ªa que durante su adolescencia comenz¨® a buscar respuestas sobre su pasado. Es muy probable que su amor por resolver misterios haya nacido tras descubrir c¨®mo ocurri¨® la tr¨¢gica muerte de sus padres.
Ortega se pas¨® una mano por el rostro, como si con ese simple gesto intentara aliviar el peso de la tragedia que estaba desenterrando. G¨®mez, por su parte, manten¨ªa la mirada fija en el veterano, observando c¨®mo cada palabra parec¨ªa drenarle la energ¨ªa vital. Sab¨ªa que Ortega no se hab¨ªa sumergido en el pasado de Jonathan por curiosidad, sino porque hab¨ªa algo en su muerte que no le encajaba, algo que lo atormentaba desde el suicidio de su amigo.
¡ªEl padre de Jonathan¡ ¡ªReanud¨® Ortega¡ª Cuando encontr¨® a su esposa muerta, fue como si el mundo entero se derrumbara sobre ¨¦l. No lo soport¨®. Sab¨ªa que hab¨ªa causado ese sufrimiento, que su infidelidad fue la gota que colm¨® el vaso en la vida de su esposa.
¡ªEs comprensible que haya querido matarse, ¨¦l nunca entendi¨® el da?o que hab¨ªa causado hasta que vio lo que provoc¨® ¡ªContinu¨® Ortega, pensativo¡ª Para ¨¦l, su infidelidad no significaba tanto, pero para su esposa era volver ¡°abajo¡±. El remordimiento lo aplast¨®. Se sinti¨® culpable no solo por haberla enga?ado, sino tambi¨¦n por no haber comprendido lo que eso significaba para ella. Tal vez si hubiera pensado m¨¢s en su hijo, habr¨ªa seguido adelante, pero eso no ocurri¨®. En su desesperaci¨®n, opt¨® por seguirla. Se quit¨® la vida ah¨ª mismo, sin pensarlo dos veces, y dej¨® a Jonathan completamente solo.
Jonathan Parker (7)
G¨®mez apret¨® los pu?os, sintiendo un nudo en el est¨®mago. Pod¨ªa imaginarse la escena con claridad: un ni?o peque?o, apenas capaz de entender lo que hab¨ªa sucedido, encontr¨¢ndose con los cuerpos sin vida de sus padres. La m¨¢scara que Jonathan us¨® al final de su vida era la misma que hab¨ªan usado sus padres, un s¨ªmbolo de desesperaci¨®n compartida, un ciclo interminable de dolor que lo acompa?¨® toda su vida.
¡ªJonathan no entendi¨® lo que hab¨ªa sucedido ¡ªProsigui¨® Ortega, su voz temblando levemente¡ª Al menos no al principio. Cuando era ni?o, pens¨® que sus padres hab¨ªan muerto en un accidente, que algo horrible hab¨ªa pasado sin motivo. Fue m¨¢s tarde, cuando comenz¨® a investigar su pasado, que descubri¨® la verdad. Pero en esos primeros a?os, fueron los androides quienes lo criaron. Parte del drama de su vida era que sus niveles de inhibici¨®n eran casi nulos. Por lo que eran m¨¢quinas dise?adas para cuidar, s¨ª, pero que carec¨ªan de cualquier capacidad real para ofrecerle consuelo emocional.
¡ªLos androides hicieron lo que pudieron, pero nunca fue suficiente ¡ªExplic¨® Ortega, retomando su relato¡ª A medida que crec¨ªa, comenz¨® a darse cuenta de lo diferente que era su vida en comparaci¨®n de la vida de los otros ni?os, de lo marginado que estaba, incluso en medio de una sociedad que lo cuidaba. Y esa soledad lo marc¨® para siempre.
¡ªSu suicidio fue real¡ Creo que en el fondo Jonathan siempre tuvo la idea de que estaba destinado a seguir el mismo camino que sus padres ¡ªDijo Ortega, con un suspiro pesado¡ª Creci¨® con la idea de que el suicidio era una opci¨®n, una salida que sus padres hab¨ªan tomado y que ¨¦l tambi¨¦n podr¨ªa tomar si todo se volv¨ªa demasiado insoportable. Y as¨ª fue como termin¨® todo, G¨®mez¡. Jonathan repiti¨® la tragedia de su familia, y nosotros seguimos buscando justificaciones paranormales donde posiblemente no las hay.
Ortega tom¨® aire antes de continuar, cruzando los brazos como si intentara ordenar sus pensamientos antes de exponerlos. G¨®mez sent¨ªa una presi¨®n en el pecho, la necesidad de interrumpir, de preguntar directamente por qu¨¦ Jonathan hab¨ªa cambiado tanto en los ¨²ltimos d¨ªas. C¨®mo Rivas le hab¨ªa advertido: Tuvo que haber un detonante. Jonathan era una bomba, con tal pasado no hab¨ªa dudas de ello, pero ?qu¨¦ o qui¨¦n deton¨® esta bomba? Se contuvo. Sab¨ªa que Ortega no era del tipo que se apresuraba a soltar informaci¨®n, y si lo interrump¨ªa en el momento equivocado, podr¨ªa perderse de algo importante.
¡ªLo que m¨¢s me sorprendi¨® ¡ªDijo Ortega, tras una pausa cargada de reflexi¨®n¡ª Fue descubrir tantas cosas nuevas de Jonathan despu¨¦s de su muerte. He pensado mucho en ello y no dejo de sorprenderme. Nunca me di cuenta en su momento, pero ahora, organizando su funeral, me top¨¦ con una sorpresa que me dej¨® desconcertado. Resulta que ¨¦l era de esos ingenuos que cre¨ªan en la religi¨®n. Y no cualquier religi¨®n, sino una que apenas se menciona entre los de nuestra clase. Es raro, ?sabes? Jonathan nunca fue el tipo de persona que asociar¨ªa con la fe. Como todo agente, era un hombre que buscaba respuestas, s¨ª, pero siempre desde una perspectiva mucho m¨¢s racional.
Ortega hizo una pausa, y G¨®mez vio el desconcierto en su rostro antes de que continuara.
¡ª¨¦l filosofaba a menudo, claro, sobre la vida, la muerte, el universo, pero lo hac¨ªa de un modo casi burl¨®n. Con esa sonrisa est¨²pida que lo caracterizaba. Nunca fue el tipo que se refugiara en la fe para encontrar consuelo. La droga, el alcohol, esos s¨ª que lo hac¨ªan divagar, lo hac¨ªan abrirse y especular sobre el sentido de la existencia, pero siempre desde un punto de vista m¨¢s distante, casi existencialista. Y de pronto, en esos ¨²ltimos d¨ªas, lo vi cambiar. Empez¨® a interesarse por algo que nunca antes le hab¨ªa atra¨ªdo: la religi¨®n. Me hab¨ªa dejado perplejo: ?C¨®mo un hombre de raz¨®n, pas¨® a abrazar creencias que jam¨¢s habr¨ªa pensado que existir¨ªan? Ahora lo comprendo, en la muerte todos estamos desnudos y Jonathan antes de suicidarse se paseaba ¡°desnud¨®¡± por el laboratorio.
G¨®mez sinti¨® un nudo en el est¨®mago al escuchar esas palabras. ?Jonathan? ?Religi¨®n? Era algo que no encajaba en absoluto con el hombre que hab¨ªa conocido, o al menos con la versi¨®n que ¨¦l hab¨ªa tenido de Jonathan en la cabeza. Pero decidi¨® no decir nada, dejando que Ortega continuara desarrollando sus pensamientos.
¡ªEs curioso ¡ªContinu¨® Ortega¡ª Porque, como te dije, Jonathan nunca hab¨ªa sido el tipo de persona que buscara respuestas en la fe. Era m¨¢s bien todo lo contrario. Siempre se burlaba de las creencias religiosas de las ¡°cosas¡± de abajo, lo ve¨ªa como un escape f¨¢cil. Probablemente, era una mentira, no me sorprender¨ªa que su madre le haya inculcado algo de esa fe y el haya vivido ocult¨¢ndolo por temor a quedar solo por sus creencias.
¡ª?Cu¨¢nto conoces de la religi¨®n que Jonathan segu¨ªa? ¡ªInquiri¨® G¨®mez.
¡ªMuy poco, casi nada ¡ªContest¨® Ortega¡ª Todav¨ªa estoy intentando averiguarlo. He hecho algunas investigaciones por mi cuenta, tratando de encontrar pistas en las cosas que me dijo, en los libros que estaba leyendo, en las conversaciones que tuvimos. Pero a¨²n no tengo una respuesta clara.
G¨®mez se qued¨® mirando a Ortega, midiendo cada una de sus palabras. Sab¨ªa que hab¨ªa tocado un punto delicado. Ortega no quer¨ªa hablar m¨¢s del tema, eso estaba claro, pero la incomodidad con la que hab¨ªa respondido despert¨® en G¨®mez una necesidad de indagar m¨¢s. Sin embargo, decidi¨® dejarlo por el momento. No iba a presionar, todav¨ªa.
¡ªBueno, supongo que me voy entonces ¡ªDijo G¨®mez con un suspiro, bajando la mirada como si estuviera aceptando su suspensi¨®n, su inevitable retiro ¡ª Quiz¨¢s sea el momento de dejarlo todo atr¨¢s, ya sabes. Tal vez ya no encajo en este lugar. Demasiados fantasmas del pasado me est¨¢n advirtiendo que es momento de bajar los brazos. Pero antes de irme hablar¨¦ con Marcus. Tal vez ¨¦l pueda darme algunas pistas m¨¢s sobre lo que pudo haber pasado en la ¨²ltima misi¨®n de Jonathan. Te informar¨¦ si hago alg¨²n descubrimiento.
En se?al de despedida, Ortega asinti¨® lentamente. G¨®mez comenz¨® a caminar hacia la puerta de la sala de control, sus pasos resonando en el espacio agitado. Justo antes de salir, se detuvo, como si algo lo empujara a no irse a¨²n. Gir¨® lentamente sobre sus talones, sus ojos volviendo a encontrar la figura de Ortega, que ya hab¨ªa regresado a sus hologramas y archivos.
¡ª Alexander ¡ªLlam¨®, casi en un susurro, pero lo suficientemente fuerte como para que su compa?ero levantara la mirada de nuevo¡ª ?Qu¨¦ hay del funeral de Jonathan? ?Ya hay alguna fecha?
Ortega alz¨® la cabeza con una expresi¨®n de molestia. Sus ojos cansados y su ce?o fruncido reflejaban su incomodidad.
¡ªS¨ª¡ sobre eso ¡ªRespondi¨® Ortega, dejando escapar un suspiro pesado antes de continuar¡ª Es complicado, G¨®mez. Muy complicado.
¡ª?Complicado? ¡ªRepiti¨® G¨®mez, con incredulidad¡ª ?Por qu¨¦?
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Ortega apoy¨® los codos sobre la mesa, frot¨¢ndose las sienes con los dedos, como si el simple acto de hablar sobre el tema le resultara agotador.
¡ªMira, Jonathan¡ ¡ªComenz¨®, eligiendo sus palabras con cautela.
¡ª?Es por su religi¨®n? ¡ªInterrumpi¨® G¨®mez bruscamente.
Ortega asinti¨® con un gesto de amargura.
¡ªExacto. La religi¨®n¡ Es que... bueno, el tema es la religi¨®n de Jonathan. Es una especie de¡ culto, por llamarlo de alguna manera. Es algo relativamente nuevo, nada tradicional. Algo que solo esas ¡°cosas¡± entienden, y francamente, muchos veteranos consideran una locura que me plante¨¦ seriamente celebrar su funeral en ese culto.
¡ª?Un culto? ¡ªResalt¨® G¨®mez, frunciendo el ce?o.
Ortega solt¨® una risa amarga, como si la situaci¨®n que estaba describiendo lo superara, o lo irritara m¨¢s de lo que dejaba ver.
¡ªEso pens¨¦ yo tambi¨¦n ¡ªRespondi¨®, con un leve gesto de resignaci¨®n¡ª Jonathan fue una persona respetable. ¨¦l nunca creer¨ªa en esas creencias de ignorantes, mucho menos creer¨ªa en algo tan est¨²pido como un culto desconocido para nuestra gente. Pero est¨¢ en su testamento y su ¨²ltima voluntad me es innegable.
¡ª?Y de qu¨¦ tipo de culto estamos hablando? ¡ªInvestig¨® G¨®mez, finalmente, sin poder contener su curiosidad.
Ortega se qued¨® en silencio por un momento, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para describir algo que ni siquiera ¨¦l entend¨ªa por completo.
¡ªLa cuesti¨®n es m¨¢s espiritual de lo que puedes estar pensando, G¨®mez ¡ªRevel¨® Ortega en un tono evasivo¡ª No es como esas sectas religiosas que nosotros conocemos, ni una corriente hedonista que sigue la moda moderna. Es algo m¨¢s inocente. Algo que ha estado ganando fuerza entre esas ¡°cosas¡± de abajo. Los m¨¢s vulnerables siempre caen en estas trampas, especialmente los que no le encuentran el placer a la vida. El culto se llama ¡°El Despertar¡±. Y seg¨²n lo que he podido averiguar en estos pocos d¨ªas es una religi¨®n que solo siguen los de ¡°abajo¡±, por eso cre¨ªa que su madre se la ense?o. Otra explicaci¨®n no encuentro.
¡ª?El Despertar? ¡ªInsisti¨® G¨®mez¡ª Nunca he o¨ªdo hablar de esa secta. ?De qu¨¦ se trata exactamente?
Ortega solt¨® un suspiro y se cruz¨® de brazos, mirando al suelo como si estuviera revisando mentalmente toda la informaci¨®n que hab¨ªa reunido.
¡ªComo ocurre con todas las religiones nuevas, este culto ofrece respuestas f¨¢ciles ¡ªexplic¨® Ortega, dejando traslucir su desd¨¦n¡ª. Venden la idea de que la vida no acaba con la muerte, que hay algo m¨¢s all¨¢, un ¡°despertar¡± hacia una existencia mejor. Te aseguran que, si sigues sus ense?anzas y haces las ofrendas adecuadas, te liberar¨¢s del sufrimiento en esta vida y comenzar¨¢s con m¨¢s fortuna en la pr¨®xima. Es la misma basura de siempre, ?no? Esa promesa de una vida mejor que nunca llega, pero que est¨¢ dise?ada para seducir a los desesperados, a los que ya no tienen otra opci¨®n.
¡ª?Y crees que eso fue lo que atrajo a Jonathan? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, tratando de encajar las piezas del rompecabezas¡ª ?Las promesas de una vida mejor? Me recuerda mucho a sus ¨²ltimas palabras si te soy sincero.
Ortega se encogi¨® de hombros, intentando mantener una expresi¨®n neutral, aunque era evidente un leve resentimiento por lo que estaba a punto de admitir.
¡ªHonestamente, creo que s¨ª ¡ªConfes¨® al fin, mientras una sombra oscurec¨ªa su mirada¡ª No me gusta decir que Jonathan fuera el tipo de persona que se dejar¨ªa enga?ar tan f¨¢cilmente. Era demasiado racional para eso. Pero, seg¨²n lo que he podido deducir, esta religi¨®n estaba profundamente vinculada a su madre. Para ¨¦l, no eran simplemente ¡°tonter¨ªas¡±, ?me entiendes? Probablemente no se tragaba todo el discurso barato que le venden a los ingenuos de ¡°abajo¡±, pero era su manera de reconectar con su madre, incluso despu¨¦s de su muerte. Y no puedo culparlo por eso. En estos tiempos, pocos mantienen esa rectitud moral, esa necesidad de honrar a sus antepasados o a sus seres queridos.
G¨®mez asinti¨®, sin interrumpir. Era cierto. En esta ¨¦poca la religi¨®n hab¨ªa perdido casi todo su peso e importancia, m¨¢s bien hab¨ªa sido relegada a una curiosidad arcaica o a algo que la gente simplemente mencionaba como una moda del pasado. La fe no era m¨¢s que una reliquia, algo que, en el mejor de los casos, inspiraba ternura por su inutilidad en un mundo donde la ciencia, las armas, la econom¨ªa y lo paranormal lo dominaban todo. Sin embargo, la historia de Jonathan desafiaba las creencias populares de estos tiempos.
Ortega continu¨® hablando, aunque ahora baj¨® la voz, como si temiera que alg¨²n recluta pudiera escucharlo.
¡ªMira, no creo que Jonathan fuera un fan¨¢tico. Ni mucho menos. ¡°El Despertar¡± es diferente a lo que tienes en mente, G¨®mez. Te conozco bien y d¨¦jame adelantarte que este culto no es como esas sectas sospechosamente peligrosas que prometen un acceso exclusivo al otro mundo, rozando los l¨ªmites de lo legal y romantizando lo paranormal como cuesti¨®n divina. Esas sectas tienen iglesias de lujo en la zona ¡°alta¡±. Cr¨¦eme, me ser¨ªa mucho m¨¢s f¨¢cil organizar un funeral como la gente si ¡°El Despertar¡± fuera uno de esos cultos para ricos que se creen una mezcla entre ocultistas y conspiranoicos.
Ortega hizo una pausa, lanzando una mirada a su alrededor, como si el aire se hubiera vuelto de repente m¨¢s pesado.
¡ª¡°El Despertar¡± es diferente... Debe ser una de las pocas religiones que sigue sin incorporar al otro mundo en sus creencias, ?puedes creerlo? No venden falsas promesas de contactar con entidades sobrenaturales ni ofrecen acceso a poderes m¨ªsticos reservados para los elegidos. Aunque eso es coherente con sus principios, considerando que apuntan a los de ¡°abajo¡±.
¡ªLo que m¨¢s me impact¨® es que esta religi¨®n es la ¨²nica que no incluye la tecnolog¨ªa en sus creencias. Es... profundamente humana, y al mismo tiempo, eso la hace casi absurda. Se basa en valores que hace siglos quiz¨¢s hubieran tenido sentido, pero hoy en d¨ªa parecen completamente desfasados con nuestra ¨¦poca. Me recuerda a las antiguas religiones, pero muy antiguas, las que surgieron en la ¨¦poca primitiva, cuando se escrib¨ªa con l¨¢piz y papel, y el dominio de la electricidad era algo reservado a las tormentas. Es como si estuvieran atrapados en un tiempo que ya no existe, aferr¨¢ndose a ideales que hoy parecen in¨²tiles.
Ortega frunci¨® el ce?o, como si el pensamiento lo incomodara.
¡ªHablan de una vida eterna, pero no a trav¨¦s del otro mundo ni de la robotizaci¨®n. No, sus explicaciones bordan lo inexistente. Lo imaginario. Seg¨²n ellos, la clave est¨¢ en alcanzar el despertar, el cual se logra gracias a la muerte. A mi gusto, se enfocan demasiado en resaltar la miseria de la vida humana y lo ef¨ªmera que es nuestra existencia. Supongo que por eso no tiene seguidores entre la ¨¦lite. Muy pocas religiones pesimistas lograron sobrevivir al paso de los tiempos.
G¨®mez observ¨® a Ortega con atenci¨®n, asintiendo lentamente cada palabra con una confusi¨®n innegable dibujada en su rostro. Cre¨ªa haber encontrado finalmente la clave que explicaba el suicidio de Jonathan, pero al parecer se hab¨ªa equivocado. Si ¡°El Despertar¡± negaba la existencia del otro mundo, resultaba dif¨ªcil usar esa creencia como justificaci¨®n para explicar que alguien indujo el suicidio de su amigo. Claro, pod¨ªa haber sido que esta secta le inculcara ideas demasiado pesimistas, algo peligroso para alguien ya destrozado por la vida. Pero sin el factor paranormal involucrado, resultaba dif¨ªcil imaginar que alguien hubiera orquestado la muerte de Jonathan para enterrar el secreto que hab¨ªa descubierto.
¡ªPor desgracia, esas ¡°cosas¡± tienen poca memoria ¡ªContinu¨® Ortega, su tono te?ido de un cinismo cada vez m¨¢s evidente¡ª No viven lo suficiente como para que estas creencias se afiancen en la sociedad. Y mientras tanto, nosotros nunca nos sentir¨ªamos atra¨ªdos por ideas tan sombr¨ªas o negativas. La verdadera ¨¦lite, los de ¡°arriba¡±, no necesitan la promesa de una vida eterna porque ya viven lo suficientemente largo como para sentirse pr¨¢cticamente inmortales. Y los que realmente podr¨ªan beneficiarse de creer en algo as¨ª, los de ¡°abajo¡±, simplemente no tienen tiempo. Est¨¢n demasiado ocupados tratando de sobrevivir d¨ªa a d¨ªa como para pensar en algo tan lejano como la vida despu¨¦s de la muerte.
Jonathan Parker (8)
¡ª?Crees que alguien dentro de esta secta lo convenci¨® de suicidarse? ¡ªIndag¨® G¨®mez de repente, su voz cortando el aire con la precisi¨®n de una navaja, como si con esa pregunta pudiera atravesar la niebla que envolv¨ªa la verdad.
Ortega guard¨® silencio, su rostro reflejando un esfuerzo por organizar las ideas que le rondaban la cabeza. Era una pregunta compleja, cargada de implicaciones que no se pod¨ªan responder a la ligera. Despu¨¦s de unos segundos de reflexi¨®n, finalmente habl¨®.
¡ªNo, lo dudo. El Despertar no tiene influencia en los niveles superiores. Toda su actividad se limita a unas pocas iglesias en las zonas m¨¢s pobres. Por lo que es imposible que alg¨²n miembro de esa secta haya entrado en contacto directo con Jonathan. Lo ¨²nico plausible es que ¨¦l mismo haya bajado a buscarlos, que haya cruzado la l¨ªnea que nos separa de esas ¡°cosas¡±. Si esa fue su voluntad, no hay nada que podamos hacer. Los pol¨ªticos aman estas sectas de mierda que dan estabilidad a los niveles inferiores, y eso incluye a los cultos que honran a la muerte.
¡ªNo descarto que El Despertar haya sido clave para que Jonathan tomara la decisi¨®n que tom¨® ¡ªProsigui¨® Ortega, cruzando los brazos mientras reflexionaba¡ª Pero fue algo que ¨¦l busc¨®. Nadie lo oblig¨®, nadie lo forz¨®. Cuando uno est¨¢ roto por dentro, cuando la soledad te consume hasta los huesos, empiezas a buscar respuestas en lugares que antes habr¨ªas considerado rid¨ªculos, absurdos. Y eso es lo que creo que le pas¨® a Jonathan. No creo que alguien lo haya manipulado directamente, estoy convencido de que ¨¦l mismo encontr¨® consuelo en las palabras de esa secta. Si alguien le hizo pensar que El Despertar ten¨ªa las respuestas que ¨¦l hab¨ªa estado buscando, probablemente haya sido su madre.
¡ªEs que... ¡ªIntent¨® decir G¨®mez, pero Ortega no se detuvo, su voz resonando en la habitaci¨®n como un eco de desesperanza.
¡ªMira, he visto estos cultos antes. Prometen mentiras a los que ya no tienen esperanza. Y la mayor¨ªa de las veces, son puras estafas. Venden falsas promesas, recogen dinero y cuando todo se derrumba, los l¨ªderes desaparecen y los seguidores se quedan peor de lo que estaban. Es lo mismo con ¡°El Despertar¡±. He estado investigando un poco, y no es m¨¢s que otro de esos montajes dise?ados para explotar a la gente pobre. Les venden la idea de que la muerte no es el final, sino el ¡°despertar¡±, el comienzo de algo mejor. Y por supuesto, para asegurar tu ¡°despertar¡±, tienes que pagar un buen funeral.
¡ªAlexander, espera un momento... ¡ªInsisti¨® G¨®mez, sinti¨¦ndose atrapado en la mara?a de palabras que su compa?ero lanzaba sin descanso. Pero Ortega continu¨® sin dejarle espacio.
¡ª... Y ah¨ª est¨¢ el truco. Convencen a la gente de que todo su sufrimiento tiene un prop¨®sito, de que su sacrificio, su dolor, es parte de un plan divino. Pero lo que realmente hacen es despojar a esos individuos de su dignidad, dej¨¢ndolos con promesas vac¨ªas y, al final, sin nada que ofrecer. Jonathan se convirti¨® en un blanco f¨¢cil para estas manipulaciones. La desesperaci¨®n es un caldo de cultivo perfecto para la explotaci¨®n de las mentes inocentes.
G¨®mez escuch¨® todo hasta el final, sintiendo una mezcla intensa de rabia y desconcierto. ?C¨®mo era posible que alguien como Jonathan, con una mente tan aguda y una capacidad inigualable para ver m¨¢s all¨¢ de las mentiras, hubiera ca¨ªdo en algo tan burdo como una secta? La idea le resultaba casi insultante, como si la imagen que ten¨ªa de su amigo se desmoronara ante sus propios ojos. Jonathan, el hombre que siempre hab¨ªa cuestionado todo, que hab¨ªa mantenido una actitud esc¨¦ptica ante cualquier cosa que no pudiera verificar con pruebas, ?c¨®mo hab¨ªa terminado sucumbiendo a una fantas¨ªa tan banal?
Por mucho que quisiera aferrarse a esa indignaci¨®n, G¨®mez no pod¨ªa negar una realidad que ¨¦l mismo hab¨ªa visto en m¨¢s de una ocasi¨®n: la mente humana es fr¨¢gil. Incluso las mentes m¨¢s brillantes, sometidas a un dolor constante, pod¨ªan quebrarse. Jonathan hab¨ªa soportado una carga emocional que hubiera destruido a cualquiera. Las evidencias apuntaban a que su suicidio no hab¨ªa sido impulsivo; hab¨ªa sido una decisi¨®n meditada, calculada. Sin embargo, exist¨ªa esa otra posibilidad, m¨¢s oscura y perturbadora, la de que Jonathan hubiera descubierto algo tan terrible que no quiso compartirlo, algo que lo hab¨ªa llevado a elegir la muerte antes que enfrentar la verdad.
Pero entonces estaba la paradoja que lo atormentaba: el mensaje secreto que hab¨ªa dejado grabado. ?Por qu¨¦ lo hizo? Si su intenci¨®n era que nadie descubriera nada, ?por qu¨¦ dejar pistas? Y si se hab¨ªa arrepentido de su decisi¨®n, ?por qu¨¦ no lo elimin¨®? Esa contradicci¨®n mord¨ªa en lo m¨¢s profundo de G¨®mez, haci¨¦ndole sentir que, aunque todo parec¨ªa claro en la superficie, algo crucial escapaba de su comprensi¨®n, algo que no lograba encajar del todo.
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¡ª?Y Jonathan de verdad cre¨ªa en ese ¡°despertar¡± que has mencionado? ¡ªInquiri¨® G¨®mez
Ortega lo mir¨® directamente a los ojos, y por un momento, hubo una chispa de tristeza en su mirada.
¡ªLo suficiente como para dejarme en su testamento la obligaci¨®n de que pagara el funeral ¡ªAdmiti¨® Ortega¡ª Podr¨ªa no haber cre¨ªdo en todas las tonter¨ªas que ese culto vend¨ªa sobre el ¡°despertar¡±, pero estaba buscando algo que le diera paz, algo que llenara ese vac¨ªo que lo carcom¨ªa por dentro. Y esta religi¨®n... no era cualquier religi¨®n para ¨¦l. Era un v¨ªnculo, un recuerdo de su madre. Quiz¨¢s, reencontrarse con esos recuerdos de su infancia, con esa parte de ¨¦l que hab¨ªa dejado atr¨¢s, le dio algo de consuelo. Tal vez esa fue la causa de la extra?a calma antes de su muerte.
El silencio entre los dos hombres se volvi¨® inc¨®modo, como si las palabras de Ortega hubieran marcado una conclusi¨®n dolorosa, pero ineludible.
¡ªNo quiero seguir d¨¢ndole vueltas al asunto, G¨®mez¡¡ªReconoci¨® Ortega, su voz m¨¢s suave¡ª A veces me sorprendo a m¨ª mismo pensando que tal vez deber¨ªa haber hecho algo m¨¢s, haber estado m¨¢s presente. Este duelo me est¨¢ sacando a?os de vida. Jonathan era uno de los pocos amigos de verdad que ten¨ªa, y ahora que se fue, me siento tan solo como ¨¦l lo estaba en sus ¨²ltimos d¨ªas. No puedo evitar sentirme responsable de alguna manera.
¡ªGracias por tu tiempo, Alexander ¡ªAgradeci¨® G¨®mez, terminado la conversaci¨®n con un suspiro pesado¡ª Te mantendr¨¦ informado si encuentro algo nuevo. Hasta entonces, cu¨ªdate. Y sobre el funeral... ?Hay algo que necesites? Mencionaste que hab¨ªa que pagar un funeral, ?necesitas que te ayudemos a pagarlo?
Ortega lo mir¨® por un momento, su expresi¨®n un poco m¨¢s serena, aunque el peso de la situaci¨®n segu¨ªa claramente sobre sus hombros.
¡ªNo, para nosotros es pr¨¢cticamente gratis. Es caro para esas ¡°cosas¡± ¡ªRespondi¨® Ortega. Luego hizo una pausa antes de a?adir¡ª Pero necesito que vayas y no me dejes solo en ese funeral.
¡ªEs obvio que ir¨¦ ¡ªAsegur¨® G¨®mez con rapidez.
¡ªSe realizar¨¢ en los pisos inferiores¡ªManifest¨® Ortega.
¡ª??Donde?! ¡ªExclam¨® G¨®mez, su rostro distorsionado por el asco que le invadi¨® de inmediato. Los pisos inferiores eran la parte m¨¢s inhumana del mundo, un lugar al que nadie de su posici¨®n jam¨¢s querr¨ªa poner un pie. La sola idea de tener que ir all¨ª para despedir a Jonathan lo hac¨ªa sentir inc¨®modo, su est¨®mago se revolv¨ªa ante el pensamiento de todo lo que ese lugar representaba.
¡ªTe mencion¨¦ que no hay iglesias de este culto en los pisos superiores. No hay muchos sitios que sigan esta creencia ¡ªExplic¨® Ortega, con un tono casi resignado¡ª Y los que existen, bueno, est¨¢n m¨¢s bien en zonas inseguras. No quiero meterme con esas ¡°cosas¡±, y mucho menos llevar el cuerpo de Jonathan a uno de esos sitios. Pero no tengo otra opci¨®n.
¡ª?Y cu¨¢nto tiempo tienes para resolver esto? ¡ªIndag¨® G¨®mez, su voz te?ida de preocupaci¨®n.
Ortega suspir¨® de nuevo, mirando el reloj en la pantalla frente a ¨¦l.
¡ªUna semana, como m¨¢ximo. Si no lo organizo pronto, las autoridades de la fundaci¨®n seguir¨¢n el protocolo y lo enviar¨¢n a un crematorio. Francamente, esa es la ¨²ltima opci¨®n que quiero para ¨¦l¡
¡ªEl problema es el operativo de seguridad, pero no te preocupes, lo arreglar¨¦. Por lo dem¨¢s, ya habl¨¦ con algunos de los miembros de ese culto y ellos preparar¨¢n todo seg¨²n las normas de su creencia. Parece que el cuerpo de Jonathan tiene que pasar por unos ¡°rituales¡± o algo as¨ª.
G¨®mez apenas escuchaba las ¨²ltimas palabras de Ortega. Lo que m¨¢s le atormentaba era la idea de tener que bajar a los pisos inferiores. Los pisos inferiores eran una cloaca, un lugar lleno de miseria, violencia y enfermedades, donde la vida era ef¨ªmera y la muerte una compa?¨ªa constante.
¡ªG¨®mez¡ ¡ªContinu¨® Ortega, atrayendo su atenci¨®n de nuevo¡ª Te prometo una cosa: el funeral de Jonathan ser¨¢ esta semana. No importa lo que tenga que hacer, no voy a dejar que esto se quede as¨ª. Tendr¨¢ su despedida, a como d¨¦ lugar.
¡ªA como d¨¦ lugar... ¡ªRepiti¨® G¨®mez para s¨ª mismo, sus palabras cargadas de una incredulidad amarga¡ªBueno, gracias, Alexander. No te preocupes, estar¨¦ ah¨ª. No te dejar¨¦ solo en esto.
Ortega asinti¨® y no dijo nada m¨¢s. Su mirada volvi¨® a la pantalla frente a ¨¦l, y G¨®mez supo que era momento de irse. Mientras sal¨ªa de la sala de control, G¨®mez no pudo evitar pensar en lo abrupto que era todo este asunto. La muerte de Jonathan estaba envuelta en misterio, igual que su ¨²ltima semana de vida. No solo hab¨ªa dejado preguntas sin respuesta, sino que su funeral estaba rodeado de caos y complicaciones. Todo parec¨ªa estar mal, desordenado, como si algo en el universo se hubiera torcido cuando Jonathan muri¨®.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (1)
Tras salir de la sala de control, en el camino del corredor principal, G¨®mez se cruz¨® con varios rostros conocidos, veteranos que hab¨ªa visto durante a?os, colegas que hab¨ªan compartido con ¨¦l misiones peligrosas y que hab¨ªan sobrevivido a lo peor del otro mundo. Algunos lo saludaron con una sonrisa triste, otros con un discurso m¨¢s apasionado. G¨®mez se despidi¨® de cada uno, intercambiando breves palabras, rememorando momentos pasados.
¡ªCu¨ªdate, G¨®mez ¡ªLe dijo Garc¨ªa, uno de los agentes de campo que hab¨ªa estado con ¨¦l desde el inicio¡ª Nos vemos en el funeral de Jonathan.
¡ªClaro, ah¨ª estar¨¦. T¨² tambi¨¦n cu¨ªdate, Garc¨ªa ¡ªRespondi¨® G¨®mez, d¨¢ndole un apret¨®n de manos¡ª Y mantente alerta. Nunca se sabe que nos espera en la pr¨®xima misi¨®n.
Sigui¨® avanzando, y entre los rostros conocidos, tambi¨¦n estaban los nuevos reclutas, esos j¨®venes que hab¨ªan llegado a la fundaci¨®n buscando un trabajo bien remunerado y aventurarse en lo paranormal. A lo largo de los a?os, G¨®mez hab¨ªa desarrollado un cierto cari?o por ellos, aunque su relaci¨®n nunca hab¨ªa sido tan cercana como con los veteranos. Sin embargo, se sorprendi¨® al ver que algunos de los reclutas tambi¨¦n parec¨ªan afectados por su partida.
¡ªG¨®mez, no te vayas sin despedirte de nosotros ¡ªDijo uno de los chicos, un muchacho llamado Ricardo, que apenas llevaba seis meses en la fundaci¨®n.
G¨®mez sonri¨®, sabiendo que, aunque esos j¨®venes todav¨ªa ten¨ªan mucho por aprender, eran el futuro de la fundaci¨®n.
¡ªNo me olvido de ustedes, Ricardo ¡ªRespondi¨®, d¨¢ndole una palmada en la espalda¡ª Sigan trabajando duro, y nunca subestimen lo que hay all¨¢ afuera. No conf¨ªen en esos videos que les prepara recursos humanos, esos tipos no saben un carajo de este negocio.
Los chicos asintieron solemnemente, y G¨®mez continu¨® su camino. Con cada paso que daba, sent¨ªa que dejaba atr¨¢s no solo la fundaci¨®n, sino una parte de s¨ª mismo. Los recuerdos, las misiones, los compa?eros ca¨ªdos, todo lo que hab¨ªa vivido en esos a?os estaba grabado en las paredes del laboratorio. Ahora, con su partida, era como si una etapa entera de su vida llegara a su fin.
Finalmente, lleg¨® al pasillo principal, el ¨²ltimo tramo antes de llegar al ascensor. Se detuvo por un momento, mirando hacia atr¨¢s. Ya lo hab¨ªa decidido. No hab¨ªa cabida para ¨¦l en la fundaci¨®n, y si no renunciaba pronto, sab¨ªa que ser¨ªa el siguiente en ¡°suicidarse¡±. G¨®mez no tem¨ªa a la muerte. Lo que realmente le aterraba era la idea de que si llegaba a aparecer muerto, no ser¨ªan pocos los amigos que investigar¨ªan su caso solo para terminar atrapados en la misma tragedia. Sab¨ªa que cualquiera que intentara desenterrar la verdad correr¨ªa el mismo destino, cayendo uno tras otro como piezas de un domin¨® imparable. Alguien deb¨ªa asumir la responsabilidad de detener ese ciclo antes de que todos pagaran las consecuencias de meterse en una lucha donde los enemigos eran demasiado poderosos.
Con un ¨²ltimo suspiro, G¨®mez gir¨® sobre sus talones y se adentr¨® en el ascensor. Las puertas se cerraron con una lentitud melanc¨®lica, como si le ofrecieran un ¨²ltimo vistazo a lo que alguna vez consider¨® su segundo hogar. Los recuerdos de casos pasados, de momentos alegres y de un prop¨®sito que alguna vez tuvo claridad, ahora se sent¨ªan ajenos.
G¨®mez se dirigi¨® al piso 9, donde se encontraba el departamento de investigaciones especiales. Era all¨ª donde Marcus se ocupaba de atender los casos relacionados con desapariciones. Mientras ascend¨ªa en el ascensor, G¨®mez no pod¨ªa evitar repasar en su mente todas las piezas que a¨²n no encajaban. El suicidio de Jonathan parec¨ªa un hecho irrefutable para muchos, respaldado por testimonios y pruebas que confirmaban su comportamiento err¨¢tico en sus ¨²ltimos d¨ªas. Sin embargo, algo dentro de ¨¦l segu¨ªa grit¨¢ndole que no todo estaba claro, que hab¨ªa sombras que todav¨ªa deb¨ªan ser iluminadas. Y Marcus, aunque insoportable, pod¨ªa tener informaci¨®n crucial que lo ayudara a cerrar este cap¨ªtulo.
Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro mec¨¢nico, revelando el noveno piso del laboratorio. La secci¨®n de investigaciones especiales lo recibi¨® con su habitual ambiente cl¨ªnico y deshumanizado. G¨®mez avanz¨®, con sus pasos resonando sobre el piso met¨¢lico, mientras las luces blancas de los paneles en el techo ba?aban todo a su alrededor en una claridad inc¨®moda. Aqu¨ª, el fr¨ªo no solo proven¨ªa del implacable aire acondicionado que manten¨ªa la temperatura bajo control, sino tambi¨¦n de la atm¨®sfera sombr¨ªa que se filtraba de los prisioneros. Ellos vagaban de una sala a otra, con miradas vac¨ªas, ojos opacos que ya no reflejaban esperanza ni miedo, como si todo lo que los hac¨ªa humanos hubiera quedado atr¨¢s.
Los robots de seguridad patrullaban los pasillos de forma rutinaria, emitiendo zumbidos mec¨¢nicos que solo acentuaban su ausencia de vida. Los pocos cient¨ªficos que se encontraban all¨ª parec¨ªan sombras, figuras encorvadas sobre sus estaciones de trabajo, absortos en los monitores y las pantallas t¨¢ctiles que proyectaban diagramas y gr¨¢ficos de lo que solo podr¨ªa describirse como ¡°inexplicable¡±. No se molestaron en levantar la vista cuando G¨®mez pas¨® a su lado. Eran tan indiferentes a su presencia como los propios objetos que estudiaban. Y es que, en este piso, la ciencia se mezclaba con lo desconocido de una forma que desafiaba cualquier l¨®gica. No eran simples pruebas; eran an¨¢lisis de fen¨®menos y entidades que ni siquiera deber¨ªan existir en nuestro mundo.
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A medida que caminaba, sus ojos se mov¨ªan hacia los cristales que delimitaban los laboratorios en cuesti¨®n. G¨®mez vio un grupo de cient¨ªficos trabajando alrededor de lo que solo pod¨ªa describirse como una esfera negra flotando en el aire, rodeada de una ligera distorsi¨®n que hac¨ªa temblar el espacio a su alrededor. No proyectaba luz ni sombra, era simplemente una presencia inquietante que desafiaba cualquier intento de comprender su naturaleza. Algunos dentro de la fundaci¨®n afirmaban que aquel objeto era capaz de desintegrar todo lo que tocara, llev¨¢ndolo a alg¨²n lugar desconocido. Otros, m¨¢s pragm¨¢ticos, lo ve¨ªan como una oportunidad, sugiriendo que pod¨ªa ser utilizado como un destructor de residuos industriales, una soluci¨®n eficiente para un problema de escala global. Aunque sus l¨ªmites a¨²n no estaban claros y todav¨ªa no pod¨ªa ser explotado comercialmente, el potencial era inmenso. Hab¨ªa una creciente sensaci¨®n de que esta esfera, una vez domesticada, podr¨ªa convertirse en la pr¨®xima gran patente del laboratorio 32.
Mientras segu¨ªa caminando por el pasillo, G¨®mez pas¨® junto a un laboratorio donde estudiaban lo que a simple vista parec¨ªa una simple silla de madera. Pero ¨¦l sab¨ªa que no lo era. Recordaba haber o¨ªdo rumores perturbadores sobre esa silla. Los primeros informes hablaban de que cualquiera que se sentara en ella desaparec¨ªa sin dejar rastro. Nadie sab¨ªa a d¨®nde iban o si segu¨ªan existiendo en alg¨²n lugar, pero los pocos que hab¨ªan logrado regresar lo hac¨ªan completamente desquiciados, incapaces de pronunciar una palabra coherente. Los cient¨ªficos trabajaban sin descanso para desentra?ar los secretos de ese objeto. Estaban convencidos de que esa silla conten¨ªa un portal, una puerta hacia un lugar desconocido que ofrec¨ªa un potencial ilimitado para la exploraci¨®n. A pesar de las teor¨ªas que surg¨ªan sobre el destino de los desaparecidos, las respuestas segu¨ªan siendo elusivas, como si la propia silla se burlara de los intentos de comprensi¨®n.
M¨¢s adelante, una c¨¢psula de contenci¨®n albergaba lo que parec¨ªa ser un simple trozo de tela, pero G¨®mez sab¨ªa que esa apariencia insignificante ocultaba algo mucho m¨¢s peligroso. Esa tela hab¨ªa sido encontrada en los niveles m¨¢s profundos e inexplorados del ¡°otro mundo¡±, en una zona donde los peligros acechaban a cada paso. De todo el equipo que hab¨ªa viajado a esas zonas, solo un explorador hab¨ªa vuelto con vida trayendo consigo ese trozo de tela.
A simple vista no parec¨ªa m¨¢s que un pedazo de tela ordinaria, pero los rumores que hab¨ªa tra¨ªdo el explorador dec¨ªan que esa insignificante pieza conten¨ªa la clave para adentrarse en niveles que a¨²n no hab¨ªan sido alcanzados por la humanidad. Si esos rumores eran ciertos, la posibilidad de continuar con la exploraci¨®n y la promesa de nuevas revelaciones podr¨ªan valer una fortuna incalculable.
Conforme avanzaba, el nudo en el est¨®mago de G¨®mez se apretaba con m¨¢s fuerza. Este lugar siempre le hab¨ªa resultado perturbador, pero en esta ocasi¨®n algo se sent¨ªa diferente, m¨¢s inquietante. Todo lo que ve¨ªa a su alrededor le recordaba el cambio que hab¨ªa sufrido la fundaci¨®n. Lo que antes era un centro de estudio de objetos mundanos corrompidos por fuerzas paranormales, ahora se hab¨ªa convertido en una entidad obsesionada con los artefactos tra¨ªdos de ese misterioso otro mundo. Y m¨¢s all¨¢ de sus pensamientos, los efectos de esos objetos se percib¨ªan en su propia carne y huesos. Las paredes de cristal vibraban levemente, un fen¨®meno que G¨®mez hab¨ªa aprendido a ignorar, causado por los complejos sistemas de energ¨ªa que manten¨ªan aislados los peligros de este piso. Sin embargo, ese constante zumbido le produc¨ªa la inquietante sensaci¨®n de que en cualquier momento algo podr¨ªa salir terriblemente mal, como si el delicado equilibrio que manten¨ªa la seguridad de este lugar estuviera a punto de desmoronarse.
Los pasos de G¨®mez finalmente lo llevaron a una intersecci¨®n en el pasillo, donde varios robots armados vigilaban lo que parec¨ªa ser una celda de contenci¨®n reforzada. G¨®mez se detuvo frente a la vitrina de cristal reforzado que albergaba una esfera luminosa suspendida en el aire. Era un ¡°fuego fatuo¡±, una misteriosa esfera encontrada en una expedici¨®n reciente al otro mundo. Los primeros informes indicaban que estas esferas flotaban sin rumbo fijo por aquel extra?o lugar, atrayendo a los incautos que las segu¨ªan sin cuestionar su naturaleza. El problema era que los fuegos fatuos pod¨ªan guiar tanto hac¨ªa descubrimientos incre¨ªbles como hac¨ªa trampas mortales. Descifrar ese enigma, entender el patr¨®n detr¨¢s de su comportamiento aparentemente aleatorio, podr¨ªa traducirse en otro gran avance para estar m¨¢s cerca de dominar la exploraci¨®n segura del otro mundo. La fundaci¨®n hab¨ªa logrado capturar uno de estos fuegos fatuos, pero no sin pagar un alto precio. Varios exploradores hab¨ªan desaparecido para siempre tras seguir esta esfera de luz, consumidos por su promesa ambigua de descubrimiento o destrucci¨®n.
G¨®mez apart¨® la vista y continu¨® su camino. Al fondo del pasillo, la peque?a sala donde Marcus se encontraba estaba iluminada por una combinaci¨®n de luces c¨¢lidas y la iluminaci¨®n azulada que proven¨ªa de los hologramas llenos de datos y gr¨¢ficos incomprensibles que abarrotaban el entorno. Los muebles esparcidos por la sala le daban al ambiente un aire anacr¨®nico, predominando el gusto por lo antiguo, pero con un toque de desorden que tra¨ªa reminiscencias de la oficina de un detective de la vieja escuela. Eran viejos y desgastados, como si hubieran sido reutilizados por varias generaciones de cient¨ªficos. Hab¨ªa una silla de cuero agrietada, una mesa con papeles esparcidos por todos lados, y una l¨¢mpara de escritorio que parec¨ªa haber sido comprada en una tienda de segunda mano. La estanter¨ªa estaba llena de informes apilados de forma ca¨®tica y de libros con t¨ªtulos oscuros, la mayor¨ªa relacionados con f¨ªsica cu¨¢ntica, teor¨ªas del tiempo y espacio, y estudios interdimensionales.
Marcus se inclinaba sobre su mesa de trabajo, examinando lo que parec¨ªa ser la autopsia de un animal extra?o, posiblemente una de esas criaturas tra¨ªdas del ¡°otro mundo¡±. Llevaba gafas tan grandes que parec¨ªan un accesorio innecesario para su gran rostro, y sus ojos, ocultos tras esos gruesos cristales, se mov¨ªan r¨¢pidamente de un lado a otro, siguiendo las l¨ªneas del informe t¨¦cnico. Su cabello, enredado y con aspecto grasiento, se mov¨ªa ligeramente cuando emit¨ªa alg¨²n sonido de desaprobaci¨®n hacia lo que fuera que estuviera estudiando.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (2)
A¨²n dudando de si deb¨ªa interrumpir, G¨®mez decidi¨® avanzar de todas formas. No hab¨ªa llegado hasta aqu¨ª para marcharse sin la informaci¨®n que necesitaba.
¡ªMarcus ¡ªSalud¨® G¨®mez con tono serio, pero manteniendo la distancia.
El cient¨ªfico ni siquiera se molest¨® en levantar la vista. Sus dedos tamborileaban sobre la superficie de la mesa, y por un momento pareci¨® que ni siquiera hab¨ªa escuchado la llegada de G¨®mez.
¡ª?Qu¨¦ quieres? ¡ªRespondi¨® Marcus de mala gana, sin molestarse en disimular el desprecio que sent¨ªa por la interrupci¨®n.
¡ªNecesito hablar contigo ¡ªDijo G¨®mez, firme, pero con una ligera tensi¨®n en la voz¡ª Supongo que te habr¨¢s enterado de que me suspendieron por ocho meses.
Finalmente, Marcus levant¨® la vista, ajust¨¢ndose las gafas de manera innecesaria, como si estuviera evaluando a G¨®mez como se eval¨²a una criatura que no se logra descifrar del todo. Con un suspiro irritado, se enderez¨® y se cruz¨® de brazos.
¡ª?Ocho meses? ¡ªReplic¨®, sin molestarse en mostrar simpat¨ªa alguna¡ª Si fuera por m¨ª, te habr¨ªan dado m¨¢s tiempo.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. Sab¨ªa que Marcus no era del tipo amable, pero su actitud fr¨ªa y despectiva siempre le resultaba irritante. Especialmente considerando que hab¨ªa sido Marcus quien organiz¨® el interrogatorio en primer lugar.
¡ªT¨² organizaste esa operaci¨®n¡ªInquiri¨® G¨®mez, dejando que una ligera incredulidad se deslizara en su voz¡ª ?No te sorprende que me hayan suspendido tanto tiempo? ?A ti ni siquiera te han dado una semana por lo que se ve!
Marcus se encogi¨® de hombros, como si la pregunta no tuviera importancia.
¡ªNo me sorprende en absoluto ¡ªContest¨® con indiferencia¡ª T¨² cometiste el error de ser un estorbo para los directivos. Por el contrario, yo soy valioso para la fundaci¨®n. Mi trabajo, mis descubrimientos¡ ¡ªSe detuvo por un segundo y, en un tono condescendiente, agreg¨®¡ª Lo que yo hago en este cuarto vale varias veces tu salario. De hecho, vale varias veces el de cualquiera en este maldito edificio.
La franqueza de Marcus lo golpe¨® como un cubo de agua fr¨ªa. G¨®mez siempre hab¨ªa sabido que el cient¨ªfico ten¨ªa un ego descomunal, pero esta vez su comentario rozaba lo insultante. No obstante, sab¨ªa que Marcus no estaba mintiendo. Su trabajo, aunque incomprensible para muchos, hab¨ªa tra¨ªdo avances significativos a la fundaci¨®n. Por algo le hab¨ªan dado una oficina propia y a ¨¦l no.
¡ª?Todav¨ªa los directivos est¨¢n interesados en estudiar casos de desapariciones? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, genuinamente sorprendido de que la fundaci¨®n siguiera invirtiendo en algo que parec¨ªa tan ¡°poco¡± rentable como el bienestar ciudadano. Hace unos minutos su jefe por poco lo echaba con la excusa de que ya no hab¨ªa presupuesto para esas cosas.
Marcus solt¨® una carcajada breve y seca, como si la pregunta le resultara pat¨¦ticamente ingenua.
¡ª?Desapariciones? ¡ªRepiti¨®, con una burla evidente en su tono¡ª A la fundaci¨®n no le importa un carajo eso. Lo que les interesa son los viajes interdimensionales, los portales entre realidades ¡ªSe acerc¨® un poco m¨¢s a G¨®mez, como si fuera a compartir un gran secreto, aunque con la misma mirada despectiva¡ª Ver¨¢s, todas las invasiones del otro mundo al nuestro no les importan a los superiores. Para los de arriba, lo que hacemos aqu¨ª es mucho m¨¢s importante que lo que hacen hoy en d¨ªa las compa?¨ªas de seguridad privada. Ellos est¨¢n obsesionados con los accesos a otros niveles, con el viaje entre realidades. Y todo eso est¨¢ relacionado con las desapariciones. Las cosas ya no son como antes, G¨®mez. Ahora solo puedo investigar esos casos cuando encuentro un poco de tiempo libre.
G¨®mez asimil¨® lo que Marcus estaba diciendo, sorprendido pero tambi¨¦n intrigado por la confesi¨®n.
¡ªEntonces, ?por qu¨¦ siguen llam¨¢ndote ¡°experto en desapariciones¡±? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, sin poder ocultar su curiosidad.
Marcus resopl¨®, una mezcla de desprecio y resignaci¨®n retorciendo su expresi¨®n mientras su actitud t¨®xica volv¨ªa a aflorar con fuerza. Alz¨® la mirada, cargada de desd¨¦n, como si toda la situaci¨®n le pareciera un chiste de mal gusto:
¡ªPorque eso es lo ¨²nico que me ata a este trabajo de mierda.
¡ªSi te soy sincero ¡ªContinu¨® Marcus, bajando la voz, pero manteniendo ese tono venenoso¡ª Yo tambi¨¦n me he hecho esa pregunta m¨¢s veces de las que puedo contar. Pero lo que m¨¢s me pregunto es por qu¨¦ sigo trabajando para estos idiotas ¡ªSolt¨® una risa seca, una carcajada que carec¨ªa de cualquier traza de alegr¨ªa o vida. Era casi mec¨¢nica, como si se obligara a re¨ªr para seguir funcionando
¡ªMira estos informes de mierda que me entregaron los novatos ¡ªProsigui¨® Marcus, se?alando con desd¨¦n las hojas dispersas sobre su escritorio. La pila de papeles parec¨ªa tan ca¨®tica como su mente en ese momento¡ªCada d¨ªa tengo que lidiar con este tipo de inutilidad. Es como si estuvieran compitiendo por ver qui¨¦n es m¨¢s incompetente. Son tan idiotas que les tengo que pedir los informes por escrito, me dar¨ªa verg¨¹enza que quedaran registros de sus comentarios imb¨¦ciles dentro del sistema. Te juro que lidiar con tanta mediocridad te saca las ganas de trabajar; te quita la vida, G¨®mez.
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G¨®mez lo escuchaba con atenci¨®n, observando c¨®mo la frustraci¨®n se acumulaba en la voz de Marcus. No era la primera vez que lo ve¨ªa as¨ª, pero hab¨ªa algo m¨¢s profundo en esta ocasi¨®n. Algo m¨¢s melanc¨®lico.
¡ªY lo cierto es que, a estas alturas de la vida, podr¨ªa largarme de aqu¨ª y vivir una vida asquerosamente buena en alg¨²n planeta lejano, lejos de la miseria que abunda en el desordenado planeta Tierra y de la corrupta pol¨ªtica de unos mocosos malcriados que se creen due?os de la humanidad. Podr¨ªa retirarme, disfrutar de mis patentes, de las regal¨ªas que me generan... ¡ªMarcus hizo una pausa, sonriendo con una amargura que casi pod¨ªa saborearse en el aire¡ªSoy tan rico para vivir la vida m¨¢s est¨²pida que te puedas imaginar. Para colmo, ni siquiera tendr¨ªa que preocuparme por satisfacer los caprichos de alg¨²n mocoso malcriado o complacer a una esposa exigente que me pida comprarle vestidos cada vez que salimos de casa.
¡ªEsto es lo que soy ahora ¡ªManifest¨® Marcus, se?al¨¢ndose a s¨ª mismo, un hombre rodeado de informes, notas y pantallas que reflejaban su imagen desali?ada¡ª A?os de sacrificio y descubrimientos para morir solo. Completamente solo. T¨² entiendes perfectamente mis sentimientos, ?verdad, G¨®mez?
¡ªLos dos somos asquerosamente ricos ¡ªContinu¨® Marcus, su voz ahora te?ida de un cinismo m¨¢s sombr¨ªo¡ª Sin embargo, estamos tan solos que nuestra ¨²nica compa?¨ªa son nuestras malditas sombras.
El cient¨ªfico se qued¨® un momento en silencio, como si las palabras hubieran agotado el poco aliento de su interior, pero enseguida retom¨® con un tono m¨¢s bajo, casi reflexivo, aunque a¨²n cargado de su habitual desd¨¦n.
¡ª?Por qu¨¦ sigo aceptando esos casos que a nadie le importan? ¡ªMurmur¨® Marcus, con una mezcla de cansancio y frustraci¨®n en la voz. Baj¨® la mirada, clav¨¢ndola en la mesa frente a ¨¦l, como si las respuestas estuvieran inscritas en la madera gastada¡ª ?Por qu¨¦ siguen llam¨¢ndome experto en desapariciones?
El silencio en la habitaci¨®n pesaba, roto solo por el eco de sus propias palabras. Se qued¨® all¨ª, mirando el vac¨ªo, como si la mesa pudiera ofrecerle una respuesta que ¨¦l mismo no era capaz de encontrar. Despu¨¦s de un momento, suspir¨®, su expresi¨®n amarga endureci¨¦ndose.
¡ªPorque a eso me dedico. Ese es mi maldito trabajo.
Una risa escap¨® de sus labios, una carcajada forzada y vac¨ªa que apenas rompi¨® la tensi¨®n en su rostro. Era una risa hueca, sin vida, como sus ojos. Los dedos tamborilearon sobre la superficie de la mesa, un tic nervioso que ni siquiera parec¨ªa notar.
¡ªEs lo ¨²nico que me queda ¡ªConfes¨®, m¨¢s para s¨ª mismo que para nadie m¨¢s. Las palabras cayeron como un susurro seco, desprovisto de esperanza¡ª Lo dem¨¢s... lo dem¨¢s es solo para hacerme olvidar lo miserable que es mi vida desde que lo perd¨ª todo.
Se hundi¨® en el silencio otra vez, como si cada palabra lo hubiera agotado. La habitaci¨®n parec¨ªa hacerse m¨¢s peque?a a su alrededor, mientras la desesperaci¨®n latente se instalaba en el aire.
G¨®mez se tambale¨® ligeramente, sinti¨¦ndose inc¨®modo ante la figura desmoronada de Marcus. Hab¨ªa esperado encontrarse con el malhumorado cient¨ªfico de siempre, arisco y distante, pero lo que ten¨ªa frente a ¨¦l ahora era una sombra de ese hombre. Algo en la atm¨®sfera de la habitaci¨®n lo hac¨ªa sentir fuera de lugar. El aire estaba pesado, cargado de una tristeza que le resultaba dif¨ªcil de procesar. No estaba acostumbrado a ver a Marcus en ese estado tan melanc¨®lico.
¡ªPerdiste mucho, Marcus. Eso es evidente ¡ªConsider¨® G¨®mez, su voz tranquila y medida, sin buscar hurgar m¨¢s de lo necesario, solo reconociendo el dolor palpable que flotaba en el ambiente.
Marcus lo mir¨® de reojo, con los ojos hundidos y apagados. Durante unos largos segundos no dijo nada, como si estuviera debati¨¦ndose entre responder o simplemente dejar el silencio hablar por ¨¦l. La sombra en su mirada se hizo m¨¢s densa, una mezcla de dolor y amargura que hab¨ªa arraigado en lo profundo de su ser. G¨®mez lo supo al instante; esa oscuridad llevaba tiempo creciendo, consumi¨¦ndolo poco a poco.
Finalmente, Marcus rompi¨® el silencio con una voz que sonaba casi rota.
¡ªLo perd¨ª todo, G¨®mez.
No hab¨ªa dramatismo en su afirmaci¨®n, solo una cruda verdad que se dejaba caer entre ellos como una gota de lluvia en el agua. La confesi¨®n era m¨¢s un hecho que una queja, una rendici¨®n a una realidad que lo hab¨ªa arrastrado a ese abismo en el que ahora se encontraba. G¨®mez sinti¨® un nudo en el est¨®mago al verlo as¨ª, incapaz de ofrecer algo m¨¢s que su presencia, inc¨®modo por no saber qu¨¦ decir o hacer para aliviar, aunque fuera por un segundo, ese peso que aplastaba al hombre frente a ¨¦l.
El silencio que sigui¨® fue como un abismo entre ambos. El cient¨ªfico, como si hubiera terminado la conversaci¨®n, volvi¨® a su trabajo, expulsando a G¨®mez de su oficina.
¡ªSi no tienes m¨¢s preguntas, puedes irte a disfrutar tu jubilaci¨®n, G¨®mez
Pero G¨®mez no se movi¨®. En lugar de marcharse, se plant¨® con firmeza en su lugar, sin intenci¨®n alguna de dejar que Marcus lo despachara con tanta facilidad.
¡ªNo he venido a hablar del interrogatorio, Marcus ¡ªDijo G¨®mez, con voz calmada, pero firme¡ª Quiero obtener m¨¢s informaci¨®n sobre la muerte de Jonathan.
El nombre de Jonathan pareci¨® desatar algo en Marcus. Por un segundo, una sombra de incomodidad pas¨® por su rostro, apenas perceptible, pero all¨ª estaba. El cient¨ªfico, siempre tan fr¨ªo y distante, pareci¨® por un momento recordar que hab¨ªa sido humano alguna vez.
G¨®mez aprovech¨® esa peque?a grieta en la coraza de Marcus para continuar.
¡ªJonathan se encontraba ayud¨¢ndote con un caso de desapariciones. Unos historiadores que continuaban desapareciendo sin motivo aparente. Seg¨²n entiendo eso fue lo ¨²ltimo que hizo antes de que decidiera matarse.
Marcus no respondi¨® de inmediato. Volvi¨® a ajustar sus gafas, un gesto nervioso que G¨®mez reconoc¨ªa como un signo de incomodidad, no de irritaci¨®n. El cient¨ªfico dej¨® escapar un suspiro, visiblemente molesto por la direcci¨®n que hab¨ªa tomado la conversaci¨®n, pero al mismo tiempo resignado. No pod¨ªa ignorar lo que hab¨ªa ocurrido con Jonathan, ni tampoco pod¨ªa fingir que la menci¨®n de su nombre no le afectaba.
¡ªJonathan¡ ¡ªComenz¨® Marcus, la dureza en su tono disminuyendo ligeramente¡ª Ese pobre idiota. Es una gran pena que se haya suicidado. Est¨¢bamos muy cerca de encontrar al culpable detr¨¢s de las desapariciones de esos historiadores.
Por un instante, la sala qued¨® en silencio, salvo por el zumbido de los equipos y el parpadeo de las pantallas. Marcus se frot¨® el puente de la nariz, como si el simple hecho de recordar a Jonathan le trajera un dolor de cabeza que prefer¨ªa evitar.
¡ªSi¨¦ntate, G¨®mez ¡ªLarg¨®, finalmente, con una voz que hab¨ªa perdido gran parte de su aspereza¡ª Supongo que hay cosas que debes saber.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (3)
Un tanto sorprendido por el cambio de actitud de Marcus, G¨®mez acept¨® la oferta. Se sent¨® en el gastado sill¨®n de cuero frente a la mesa desordenada del cient¨ªfico. Marcus apoy¨® las manos en la mesa, como si estuviera tratando de reunir sus pensamientos antes de hablar.
¡ªNo te voy a mentir, G¨®mez. Lo de Jonathan me tom¨® por sorpresa, aunque no tanto como deber¨ªa haberme tomado. Ya los ¨²ltimos d¨ªas se le ve¨ªa raro; era como si no le importara el trabajo. Hasta inventaba excusas para pasearse por el laboratorio, como si buscara cualquier pretexto para no seguir trabajando en lo que est¨¢bamos investigando.
¡ª?Excusas? ¡ªInvestig¨® G¨®mez ¡ª ?A qu¨¦ te refieres?
¡ªTonter¨ªas, cosas sin sentido. Se quejaba de dolores, de problemas que no ten¨ªan ni pies ni cabeza. Un d¨ªa me dijo que la luz en la oficina estaba demasiado fuerte y no pod¨ªa concentrarse. Otro, que el caf¨¦ de la m¨¢quina sab¨ªa a metal. Bobadas. Peque?as cosas que claramente no eran el problema real, pero que serv¨ªan como excusas para alejarse de este piso.
¡ª?Qu¨¦ crees que le pasaba? ¡ªInquiri¨® G¨®mez, esperando que Marcus tuviera alguna teor¨ªa.
El cient¨ªfico solt¨® un suspiro profundo, como si estuviera cansado solo de pensar en ello.
¡ªNo lo s¨¦. Al principio pens¨¦ que estaba agotado de no encontrar nada interesante. En ese caso siempre est¨¢bamos cerca de encontrar algo, pero al mismo tiempo muy lejos de la verdad. Era frustrante. Trabajar aqu¨ª no es f¨¢cil, lo sabes. Pero con el tiempo, me di cuenta de que no era solo el cansancio. Era como si Jonathan hubiera perdido algo m¨¢s, algo que no pod¨ªa recuperar. Su sentido del prop¨®sito, tal vez. Ya no ve¨ªa el punto en lo que est¨¢bamos investigando. Incluso me lleg¨® a decir que todo esto¡ ¡ªMarcus se?al¨® el equipo, las pantallas, la oficina a su alrededor¡ª... no val¨ªa la pena. Que no est¨¢bamos logrando nada.
G¨®mez se recost¨® en el sill¨®n, procesando lo que Marcus le estaba diciendo. Hab¨ªa conocido a Jonathan, lo hab¨ªa visto trabajar incansablemente por la fundaci¨®n, siempre creyendo en lo que hac¨ªan. Escuchar que hab¨ªa perdido la fe en todo ello le resultaba devastador.
¡ª?Crees que esa repentina falta de esperanza ten¨ªa algo que ver con el caso de los historiadores? ¡ªRebusc¨® G¨®mez ¡ª Antes de perder las ganas de vivir, ¨¦l estaba investigando ese caso de desapariciones, ?no es as¨ª?
Marcus asinti¨® con gravedad, pero su mirada endurecida dejaba claro que no iba a revelar todo de inmediato. Se inclin¨® hacia G¨®mez, como si la conversaci¨®n que iban a tener fuera un secreto demasiado peligroso para ser escuchado por cualquiera.
¡ªS¨ª ¡ªMurmur¨®¡ª Jonathan Parker estaba investigando a esos malditos historiadores. Todo apuntaba a una banda de fan¨¢ticos que cre¨ªan que pod¨ªan descubrir secretos del pasado que nunca debieron ser revelados. Jonathan, al principio, se lo tom¨® muy en serio. Pero algo cambi¨® en los ¨²ltimos d¨ªas ¡ªHizo una pausa, sus ojos se oscurecieron como si estuviera recordando algo particularmente perturbador¡ª No s¨¦ qu¨¦ pas¨® exactamente, pero dej¨® de importarle. Ya no buscaba respuestas, solo quer¨ªa escapar de ese caso como si ¨¦l mismo fuera una plaga.
¡ª?Llegaron a descubrir qu¨¦ secretos buscaban entender estos historiadores? ¡ªInvestig¨® G¨®mez.
¡ªInformaci¨®n secreta y peligrosa sobre la dictadura militar. Para ser exactos, la relaci¨®n entre ese fen¨®meno pol¨ªtico con el ¡°destape¡± del otro mundo. Un tema muy delicado que f¨¢cilmente puede costarte la vida si no la manejas con cuidado, y estos idiotas buscaban dejar escrito toda la verdad en sus libros de historia¡ªRespondi¨® Marcus con tono seco, como si fuera una obviedad, pero su expresi¨®n se tens¨® m¨¢s, como si hablara de algo prohibido.
¡ª?Hasta qu¨¦ punto crees que estos historiadores sab¨ªan lo que ocurri¨® en realidad durante la dictadura? ¡ª Indag¨® G¨®mez, inclin¨¢ndose hacia adelante, queriendo ahondar m¨¢s en el tema.
Marcus se removi¨® en su asiento, su expresi¨®n cada vez m¨¢s endurecida mientras hablaba. La paranoia se filtraba en su tono, como si todo lo que estaba a punto de decirle a G¨®mez pudiera costarle la vida. Aunque se manten¨ªa erguido, su cuerpo denotaba una extra?a mezcla de orgullo y cautela, como si manejar esa informaci¨®n privilegiada fuera tanto una bendici¨®n como una maldici¨®n.
¡ªSab¨ªan mucho, G¨®mez, mucho m¨¢s de lo que crees ¡ªEmpez¨®, inclin¨¢ndose hacia adelante y bajando la voz¡ª Mucho antes del ¡°destape¡±, el c¨ªrculo de intelectuales ya estaba al tanto de la existencia del otro mundo. Sab¨ªan sobre las criaturas aberrantes, los rituales oscuros, los objetos malditos, los portales extra?os. Estaban informados de las constantes desapariciones, las torturas inimaginables, los asesinatos tr¨¢gicos y los burdos encubrimientos.
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¡ªY lo peor de todo ¡ªAgreg¨®, mirando a G¨®mez directamente a los ojos¡ªSab¨ªan qui¨¦nes estaban detr¨¢s de todo ese silencio. Sab¨ªan demasiado, lo suficiente para darse cuenta de que ¡°alguien¡±, desde muy arriba, estaba intentando monopolizar el acceso a este nuevo poder. Lo paranormal, G¨®mez, estaba a punto de convertirse en la nueva normalidad, algo que la humanidad podr¨ªa controlar.
G¨®mez apenas se movi¨®, pero sus ojos reflejaban el impacto de lo que estaba oyendo.
¡ªEstos intelectuales entend¨ªan lo que eso significaba ¡ªContinu¨® Marcus, como si estuviera desenterrando un secreto largamente guardado¡ª Sab¨ªan lo que ocurre cuando la humanidad se da cuenta de que puede controlar una nueva forma de poder. Porque al final, G¨®mez, no se trata de descubrir algo nuevo. Se trata de dominarlo. De usarlo. Y el problema es que, en ese proceso, lo m¨¢s probable es que terminemos devor¨¢ndonos los unos a los otros antes de que podamos siquiera terminar de comprenderlo.
G¨®mez lo miraba fijamente, notando la tensi¨®n creciente en el rostro de Marcus. Este ¨²ltimo se pas¨® la mano por el ment¨®n, con una sonrisa amarga, casi despectiva.
¡ªPara los intelectuales de la ¨¦poca ¡ªContinu¨® Marcus, con un aire de suficiencia¡ª Todo el circo que se estaba montando la dictadura era una obviedad. Toda esa gente poderosa que se presentaba como defensores de la humanidad, en realidad ocultaba estos secretos para su propio beneficio. Era evidente. Pero claro, nadie pod¨ªa decirlo en voz alta.
¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªG¨®mez no pod¨ªa ocultar su incredulidad.
¡ªYo mismo fui parte de ese c¨ªrculo de intelectuales, imb¨¦cil ¡ªReplic¨® Marcus con una sonrisa torcida y un brillo malicioso en sus ojos¡ª En aquellos tiempos, m¨¢s que cient¨ªficos e investigadores, una buena parte de los trabajadores de esta fundaci¨®n ¨¦ramos informadores, esp¨ªas al servicio de una ¨¦lite silenciosa que siempre vel¨® por mantener el ¡°orden y progreso¡± de la humanidad. La dictadura era un caos para aquellos que realmente ten¨ªan poder, especialmente los magnates industriales y los l¨ªderes de las megacorporaciones. La corrupci¨®n militar y pol¨ªtica asfixiaba todo. Cada negocio requer¨ªa su coima; tu vida no val¨ªa nada si te met¨ªas en los negocios del pol¨ªtico equivocado, y la industria del ocio, por ejemplo, estaba en ruinas. Eran tiempos nefastos para los negocios y peores a¨²n para la humanidad.
Marcus hizo una pausa, como si saboreara haber vivido esos tiempos. G¨®mez permaneci¨® en silencio, sin apartar los ojos de ¨¦l, intentando asimilar la gravedad de lo que dec¨ªa.
¡ªComo te imaginar¨¢s, enemigos no les faltaban a esos pol¨ªticos y militares corruptos que se cre¨ªan intocables ¡ªAfirm¨® Marcus, casi con desprecio¡ª Y puedo confirmar todo lo que te estoy diciendo porque yo mismo filtr¨¦ una buena parte de la base de datos de este laboratorio. Todo era parte de un plan m¨¢s grande, uno que, en su momento, no pod¨ªa ver con claridad. Pero ahora est¨¢ m¨¢s claro que el agua: era la ¨²nica forma de derrumbar esa dictadura de mierda.
Marcus se inclin¨® hacia adelante, como si estuviera revelando un oscuro secreto que le hab¨ªa pesado por a?os. La intensidad en su mirada era arrolladora, y G¨®mez empez¨® a comprender que lo que Marcus ten¨ªa era un orgullo retorcido por haber sido parte de ese complot.
¡ªSe tardaron d¨¦cadas ¡ªContinu¨® Marcus ¡ª Pero tras a?os de filtrar informaci¨®n, la alta sociedad comprendi¨® que hab¨ªa un peque?o grupo de imb¨¦ciles que intentaban monopolizar el acceso a esas realidades paralelas. Una vez que lo entendieron, les hicieron pedazos. Fue como ver caer una torre de cartas. En un solo a?o, todo ese sistema que parec¨ªa inquebrantable se desmoron¨®.
El orgullo en la voz de Marcus era contagioso, como si fuera el h¨¦roe oculto de una historia que nadie recordaba. Hizo una pausa dram¨¢tica, observando la expresi¨®n de G¨®mez, evaluando si captaba la magnitud de lo que estaba revelando.
¡ª Se decapitaron a las familias de los que se pasaron de listos y se les confiscaron todos los bienes ¡ªContinu¨® Marcus, con una risa seca¡ª Era tan obvio que ese iba a ser su final, esos idiotas nunca leyeron un maldito libro de historia en sus vidas. ?C¨®mo pod¨ªan pensar que algo tan inestable puede durar para siempre? Nadie puede imponerse a la alta sociedad y pensar que no habr¨¢ consecuencias. Era solo cuesti¨®n de tiempo para que los mataran todos.
¡ªA estas alturas de la historia comprender¨¢s que los historiadores desaparecidos no eran unos simples acad¨¦micos que manten¨ªan charlas sobre teor¨ªas conspiranoicas en los pasillos de la universidad. No, algunos de esos intelectuales sab¨ªan tanto como la fundaci¨®n sabe hoy en d¨ªa sobre el otro mundo.
¡ª?Tienes alg¨²n indicio sobre qu¨¦ descubrieron exactamente?¡ªInvestig¨® G¨®mez, buscando llenar el inc¨®modo silencio que se hab¨ªa formado.
Marcus asinti¨® lentamente, pero su rostro se oscureci¨® a¨²n m¨¢s. Se inclin¨® hacia adelante, como si las paredes mismas pudieran tener o¨ªdos.
¡ªSolo tengo algunas teor¨ªas, G¨®mez ¡ªSusurr¨®, con una sonrisa torcida¡ª Probablemente estos historiadores quer¨ªan revelar la gran ¡°verdad¡±. Aunque la dictadura ha ca¨ªdo, algunos miembros de la ¨¦lite que se beneficiaron de ella siguen entre nosotros. Muchos de ellos a¨²n est¨¢n metidos en la pol¨ªtica. Los m¨¢s discretos se mantienen en las sombras, moviendo los hilos de los influencers de turno.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (4)
G¨®mez estaba at¨®nito. Todo esto iba mucho m¨¢s all¨¢ de simples desapariciones; lo que Marcus revelaba era una conspiraci¨®n de proporciones inimaginables. Jam¨¢s hubiera cre¨ªdo que Marcus sab¨ªa tanto. No solo estaba hablando de desapariciones inexplicables, sino de una red de mentiras y encubrimientos que se extend¨ªa hasta los rincones m¨¢s altos del poder, una manipulaci¨®n oculta desde lo m¨¢s profundo del sistema.
¡ª?Y por qu¨¦ ahora? ¡ªCuestion¨® G¨®mez, sintiendo c¨®mo una presi¨®n le crec¨ªa en el pecho¡ª?Por qu¨¦ destapar todo esto justo ahora y no antes?
¡ªPorque la gente ya empieza a olvidarse de la dictadura ¡ªRespondi¨® Marcus, con una calma g¨¦lida que contrastaba con la gravedad de sus palabras¡ª Y la verdad siempre encuentra una manera de salir a la luz. Adem¨¢s, hay mucha gente que sigue molesta con esos idiotas. Y cr¨¦eme, G¨®mez ¡ªSus ojos se entrecerraron ligeramente, cargados de una intensidad inesperada¡ª Algunos de esos historiadores estaban muy cerca de descubrir algo realmente grande. Algo que ni siquiera nosotros conocemos por completo.
¡ª?Algo grande? ¡ªRepiti¨® G¨®mez
¡ªS¨ª, algo que podr¨ªa cambiarlo todo ¡ªMarcus baj¨® la voz a¨²n m¨¢s¡ª Pero, aparentemente, alguien en lo m¨¢s alto no est¨¢ dispuesto a que la verdad vea la luz.
¡ª?Crees que hay una persona detr¨¢s de las desapariciones? ¡ªInvestig¨® G¨®mez en un tono confidencial, como si estuviera temiendo la respuesta.
Marcus lo mir¨® directamente a los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, G¨®mez vio en ¨¦l algo m¨¢s que arrogancia. Vio miedo. Un miedo profundo, arraigado.
¡ªPor el modus operandi, no tengo ninguna duda¡ Esto no es obra de las criaturas del otro mundo. No. Esto es obra de alguien de nuestro mundo, una persona. Alguien que sabe c¨®mo jugar con la oscuridad, c¨®mo manipular los hilos del otro mundo, c¨®mo hacer que la verdad desaparezca antes de que siquiera tenga la oportunidad de salir a la luz.
G¨®mez lo mir¨® con escepticismo, pero Marcus se adelant¨®, con una sonrisa llena de arrogancia.
¡ªSoy un experto en desapariciones, G¨®mez. Si alguien en este laboratorio iba a lograr identificar al responsable detr¨¢s de estas desapariciones, ese alguien iba a ser yo. Jonathan y yo lo sab¨ªamos desde el principio, pero decidimos mantenerlo en secreto. Hay un patr¨®n oculto que no hemos revelado a nadie m¨¢s.
G¨®mez sinti¨® c¨®mo su coraz¨®n se aceleraba, sus nervios tensos por la creciente incertidumbre. No pudo evitar preguntar, su voz casi ahogada por la ansiedad
¡ª?Cu¨¢l es ese patr¨®n?
Marcus no perdi¨® tiempo.
¡ªTodas las desapariciones son de manual, G¨®mez. Muchas est¨¢n encubiertas para disimularlo, otras usan m¨¦todos muy confidenciales, pero para un experto en desapariciones es evidente que hay una tendencia clara. Estos historiadores no desaparecen por eventos paranormales, sino por m¨¦todos que la humanidad ya conoce y domina ¡ªSu voz se volvi¨® a¨²n m¨¢s baja, como si la habitaci¨®n misma pudiera traicionar su confidencia¡ª Esto deja claro que no estamos tratando con sucesos sobrenaturales, sino con alguien que quiera que la ¡°verdad¡± no salga a la luz.
¡ªD¨¦jame darte una buena advertencia: Si sigues tirando de este hilo, puede que termines siendo la pr¨®xima persona en desaparecer¡ Lo que estas personas est¨¢n tratando de ocultar es algo que nadie quiere que salga a la luz. Ni siquiera t¨². Yo ya he abandonado este caso, no hay nada interesante en descubrir algo que ya sabemos que es inevitable.
¡ªY si deseas continuar investigando, debes tener cuidado, G¨®mez ¡ªIndic¨® Marcus, con una mirada seria, m¨¢s intensa de lo normal¡ª Igual que yo lo tuve cuando filtraba informaci¨®n de este laboratorio para los c¨ªrculos de intelectuales durante la dictadura. En cuanto das un paso en falso, te conviertes en el pr¨®ximo objetivo. Esta gente es buena, muy buena en seguir las huellas. Nunca conf¨ªes en la tecnolog¨ªa. Si quieres sobrevivir a este caso, usa l¨¢piz, papel y, sobre todo, una buena memoria. Porque si te atrapan, no habr¨¢ vuelta atr¨¢s.
Un sudor fr¨ªo resbalaba por la frente de G¨®mez mientras trataba de procesar todo lo que Marcus acababa de revelarle. La complejidad de la situaci¨®n lo aplastaba, como si cada nueva pieza de informaci¨®n a?adiera peso sobre sus hombros. Esto no eran simples teor¨ªas conspiranoicas o especulaciones absurdas. Hab¨ªa demasiadas coincidencias, demasiados detalles inquietantes. Las desapariciones inexplicables y los nombres poderosos que parec¨ªan moverse entre las sombras no dejaban espacio para la duda. Todo estaba entrelazado en una red de secretos meticulosamente guardados, y cada hilo suelto que encontraba solo hac¨ªa que el panorama resultara m¨¢s oscuro, m¨¢s peligroso.
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¡ª?Crees que a Jonathan lo mataron por investigar este caso? ¡ªRebusc¨® G¨®mez, frunciendo el ce?o, tratando de desentra?ar algo m¨¢s en los ojos de Marcus. Sab¨ªa que la pregunta era delicada, pero necesitaba una confirmaci¨®n, una pista que le permitiera avanzar en ese laberinto de intrigas.
Marcus lo mir¨® en silencio durante unos instantes, con una expresi¨®n dif¨ªcil de descifrar. Cuando al fin respondi¨®, lo hizo con una indiferencia casi despectiva, como si la pregunta le pareciera irrelevante en comparaci¨®n con la magnitud del secreto que hab¨ªan desenterrado.
¡ªNo lo s¨¦ ¡ªContest¨® secamente¡ª Esa pregunta deber¨ªa hac¨¦rtela yo a ti. Por algo te cont¨¦ todos estos secretos. T¨², que siempre has sido uno de los mejores agentes en este maldito laboratorio, ?crees que lo mataron o que realmente se suicid¨®?
G¨®mez vacil¨®. Esa pregunta lo dej¨® desnudo. No iba a decir lo que pensaba, ni mucho menos iba a contar lo que sab¨ªa. Decidi¨® ir por lo seguro, lo que era incuestionable en este punto de la historia: Nadie ten¨ªa una respuesta clara. La situaci¨®n era demasiado enrevesada, cada pieza del rompecabezas parec¨ªa encajar de manera distinta dependiendo de la perspectiva de quien le contaba esta historia.
Seg¨²n Mendelson, la IA del laboratorio hab¨ªa dado advertencias sobre el inminente suicidio de Jonathan, como si lo hubiera anticipado antes que cualquiera. Por su parte, Rivas sosten¨ªa que Jonathan hab¨ªa perdido toda esperanza en la ¡°causa¡±, y que esa desesperaci¨®n hab¨ªa detonado su suicidio. Y luego estaba Ortega, quien aseguraba que los motivos estaban profundamente enterrados en la oscura y dura infancia de Jonathan, en traumas que jam¨¢s hab¨ªa superado. Cada versi¨®n parec¨ªa tener algo de verdad, pero ninguna ofrec¨ªa una explicaci¨®n completa. A pesar de que todos deseaban llegar a la verdad, la realidad era que nadie ten¨ªa la respuesta definitiva. Y eso, pens¨® G¨®mez, era lo m¨¢s aterrador de todo.
¡ªTampoco lo s¨¦, Marcus ¡ªAsegur¨®, finalmente, soltando un suspiro cargado de frustraci¨®n¡ª Este caso plantea demasiadas preguntas. Pero si te sirve de algo, te puedo decir que por ahora mi teor¨ªa es que Jonathan hizo todo lo posible para que su muerte pareciera un suicidio. Todas las pruebas apuntan en esa direcci¨®n. Incluso su mejor amigo y heredero est¨¢ convencido de esa versi¨®n. Y si alguien que lo conoc¨ªa mejor que nadie cree eso, ?qui¨¦nes somos nosotros para ponerlo en duda?
¡ªExactamente ¡ªCoincidi¨® Marcus, mientras se recostaba en su asiento, su tono reflejando una mezcla de frustraci¨®n y resignaci¨®n¡ª Ese es el maldito problema, G¨®mez. Jonathan ten¨ªa suficientes razones para quitarse la vida. Incluso me enter¨¦ de que estaba ahogado en deudas. Y para colmo, casi todos los agentes que lo conoc¨ªan piensan lo mismo: que se suicid¨®. Hasta ahora, no ha aparecido ni una sola prueba que sugiera lo contrario.
¡ªPese a todo, es innegable que nuestro ¨²ltimo caso daba motivos de sobra para que alguien quisiera ver a Jonathan muerto... ¡ªContinu¨® Marcus, su voz volvi¨¦ndose m¨¢s sombr¨ªa, cargada de un pesar oculto¡ª Pero hay algo que no me deja en paz. Este sujeto, el que est¨¢ haciendo desaparecer a los historiadores, no hubiera mandado a ¡°suicidar¡± a Jonathan. Ese no es su estilo, no es su modus operandi. El suicidio genera demasiada atenci¨®n.
¡ªContin¨²a elaborando tu idea ¡ªPidi¨® G¨®mez, d¨¢ndole vueltas a las palabras de Marcus.
¡ªAl final de la dictadura, ¡°nosotros¡± fuimos los ganadores ¡ªComenz¨® el cient¨ªfico, enderez¨¢ndose en su asiento y mir¨¢ndolo fijamente¡ª Fuimos los que cortamos las cabezas de aquellos que pensaron que pod¨ªan dominarnos. Cre¨ªan que pod¨ªan controlarnos como si fu¨¦ramos ganados, criados para ir al matadero. Pero se equivocaron, y muchos de ellos terminaron muertos. Los pocos que sobrevivieron est¨¢n escondidos, viviendo con las colas entre las piernas, aterrorizados de que alg¨²n d¨ªa se descubra la verdad sobre lo que hicieron durante la dictadura. Entonces, dime, ?por qu¨¦ un sujeto tan desesperado por no llamar la atenci¨®n ir¨ªa a orquestar el suicidio de un agente de la fundaci¨®n? Es como lanzarle una piedra a un avispero, sabiendo que las avispas van a salir y te van a picar.
¡ªTodo eso me lleva a pensar que Jonathan realmente se suicid¨® ¡ªRevel¨® Marcus finalmente, su voz cargada de un matiz sombr¨ªo, como si estuviera confesando una derrota interna¡ª Pero lo cierto es que preferir¨ªa creer que lo mataron. De alguna forma, eso ser¨ªa menos tr¨¢gico que aceptar que el destino final de todos los miembros de la fundaci¨®n es el suicidio.
¡ªNada puede descartarse todav¨ªa ¡ªObjet¨® G¨®mez, intentando infundir algo de energ¨ªa en la conversaci¨®n¡ª ?Y si consideramos la posibilidad de que haya otro grupo involucrado? Alguien que quer¨ªa matar a Jonathan, pero no directamente, sino induci¨¦ndolo a tomar esa decisi¨®n para evitar que revelara a los verdaderos culpables. Tal vez haya una figura poderosa que desea mantener en funcionamiento a este grupo que est¨¢ haciendo desaparecer a los historiadores. Alguien que, en lugar de acabar con ellos uno por uno, los mantiene vigilados para trazar una lista completa de traidores con el fin de posteriormente eliminarlos a todos a la vez.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (5)
Marcus levant¨® una ceja, visiblemente sorprendido por la l¨ªnea de pensamiento de G¨®mez.
¡ªEsa es una idea muy rebuscada, G¨®mez ¡ªContest¨® Marcus, rasc¨¢ndose la cabeza con una expresi¨®n que denotaba escepticismo¡ª Supongo que solamente un agente de tu calibre podr¨ªa llegar a pensar algo as¨ª. Considerar que hay otro grupo involucrado es dif¨ªcil de creer, pero no es imposible¡
Marcus dej¨® escapar un largo suspiro antes de continuar contando lo que sab¨ªa.
¡ªAl final de la dictadura se estableci¨® un acuerdo t¨¢cito entre la sociedad. Fue la ¨²nica manera de evitar una guerra civil. Ese acuerdo no se anunci¨® oficialmente, no se firm¨® ning¨²n tratado ni se hizo p¨²blico, pero era claro para todos los que estaban involucrados. Se trataba de un pacto silencioso entre dos bandos: por un lado, los que se beneficiaron del antiguo r¨¦gimen, y por el otro, aquellos que se encargaron de cortar las cabezas de los principales responsables. Nadie quer¨ªa que el progreso de la humanidad se desmoronara tras tanto derramamiento de sangre, as¨ª que acordaron que era mejor no revolver el pasado demasiado.
¡ªEse acuerdo estableci¨® una forma de censura. Si bien en su momento no se hab¨ªa oficializado nada, cuando las ejecuciones de los responsables terminaron surgieron leyes que nos empujaron a no hacer demasiadas preguntas sobre lo que realmente ocurri¨® durante la dictadura. El mensaje estaba claro: La ¨¦lite que hab¨ªa sacado provecho ten¨ªa que agachar la cabeza, vivir como cobardes y aceptar su derrota. Al mismo tiempo, los vencedores ten¨ªan que hacer la ¡°vista gorda¡± y dejar escapar a la gran mayor¨ªa de beneficiados, poni¨¦ndose de objetivo lo que verdaderamente importaba: dominar el otro mundo.
¡ªAmbos bandos sab¨ªan que, si el pasado se desenterraba, el caos se desatar¨ªa de nuevo. As¨ª que todos mantuvieron la boca cerrada, mirando hacia adelante, hacia lo que realmente les interesaba. Algunos quer¨ªan simplemente sobrevivir, mientras que otros comprendieron que ten¨ªan entre manos algo mucho m¨¢s valioso que cualquier tesoro del pasado.
¡ªPor eso me cuesta creer que uno de esos pesos pesados, esos supermagnates que controlan regiones enteras del universo, vaya a molestarse en seguir cazando personas en el planeta Tierra. Aunque, claro, no puedo descartar por completo tu idea. Si estamos hablando de alguien con tanto poder, podr¨ªan haber hecho algo mucho m¨¢s sutil. Tal vez secuestraron a Jonathan, lo mantuvieron fuera del radar por un tiempo remplaz¨¢ndolo por un ¡°sint¨¦tico¡± hecho a medida y luego le frieron el cerebro hasta inducirle al suicidio. Ya sabes, un lavado de cerebro est¨¢ndar.
¡ªEso es un punto importante a descartar ¡ªInterrumpi¨® G¨®mez, su voz te?ida de una curiosidad tensa¡ª?Los an¨¢lisis forenses no encontraron nada extra?o en el cerebro de Jonathan? Quiero decir, cualquier cosa que pudiera se?alar una manipulaci¨®n, incluso a nivel neuronal.
¡ªSeg¨²n los informes oficiales, no encontraron nada fuera de lo normal¡ªRespondi¨® Marcus, con un toque de escepticismo en su voz¡ªPero si estamos hablando de alguien con tecnolog¨ªa lo suficientemente avanzada, nuestro peque?o laboratorio no tiene los recursos ni la capacidad para detectar algo de ese nivel. La tecnolog¨ªa con la que contamos es buena, s¨ª, pero no estamos ni cerca de competir contra los amos y se?ores de la humanidad. Si alguien as¨ª est¨¢ detr¨¢s de esto, entonces nada puede descartarse.
G¨®mez asinti¨® lentamente, dejando que las palabras de Marcus se mezclaran con los recuerdos del mensaje secreto que hab¨ªa heredado de Jonathan; en el cual se mencionaba la existencia de un segundo grupo. Jonathan insinuaba que uno de estos grupos estaba conformado por miembros de la ¨¦lite social, mientras que el otro grupo era algo m¨¢s dif¨ªcil de definir, algo enigm¨¢tico, mucho m¨¢s misterioso. Siendo el secreto detr¨¢s de este grupo algo tan importante que Jonathan decidi¨® que ¨²nicamente pod¨ªa dec¨ªrselo en persona.
Lo que Marcus acababa de contar parec¨ªa encajar con esa narrativa, una historia de luchas entre los dos bandos que hab¨ªan surgido tras la ca¨ªda de la dictadura: los ganadores y los perdedores. Pero hab¨ªa una tercera figura en esta ecuaci¨®n, alguien que Jonathan Parker y Thomas Smith hab¨ªan mencionado con especial cuidado: ¡°El Observador¡±.
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¡°El Observador¡± parec¨ªa ser un ser enigm¨¢tico que hab¨ªa tenido un papel clave durante la dictadura, y cuya influencia continuaba hasta el presente: ¡°Un falso ganador¡±. Era posible que este Observador hubiera sido uno de los que se beneficiaron del antiguo sistema, pero que al mismo tiempo hab¨ªa sabido c¨®mo mover las piezas del tablero a su favor cuando todo se derrumbaba, logrando mantenerse en las sombras durante la ca¨ªda del r¨¦gimen.
G¨®mez frunci¨® el ce?o mientras sus pensamientos giraban en torno a esa figura misteriosa. No sab¨ªa mucho sobre ¡°los observadores¡±, pero hab¨ªa aprendido que no se trataba de una entidad cualquiera. Pod¨ªan ser cualquier cosa, o m¨¢s bien, cualquiera. Esa era la parte m¨¢s desconcertante. Podr¨ªa ser tu mejor amigo, tu amante, tu padre, tu mascota, unas de tus plantas, alguien que pasaba desapercibido entre las multitudes o algo completamente distinto. Imaginarlo como una criatura alien¨ªgena con tent¨¢culos negros acechando desde las sombras era una locura. Esta criatura era demasiado inteligente, al punto que podr¨ªa presentarse a la sociedad sin el menor pudor, siendo alguien muy conocido: un pol¨ªtico importante o un famoso de turno que nadie sospechar¨ªa de no ser humano ?Por qu¨¦ no? Si el agente G¨®mez hab¨ªa aprendido algo en todo el tiempo que llevaba investigando casos como este, era que lo imposible muchas veces era lo m¨¢s cercano a la verdad.
El agente estaba a¨²n muy lejos de comprender el caso por completo, y necesitaba m¨¢s piezas del rompecabezas para que todo comenzara a tener sentido. Por ahora, solo se mov¨ªa entre la confusi¨®n, buscando respuestas donde parec¨ªa haber solo preguntas.
¡ªYa que no podemos descartar que lo hayan hipnotizado, ?Por qu¨¦ no me cuentas m¨¢s sobre las ¨²ltimas semanas de Jonathan? ¡ªRebusc¨® G¨®mez¡ª Dicen que estaba actuando raro, m¨¢s nervioso de lo normal, pero que de repente se volvi¨® m¨¢s tranquilo, como si hubiera aceptado su muerte. Si t¨² trabajabas tan de cerca con ¨¦l, debiste haberlo notado.
Marcus se qued¨® en silencio un momento, el aire entre ¨¦l y G¨®mez se tensaba con el peso de lo que estaba por decir. Finalmente, el cient¨ªfico entrelaz¨® los dedos sobre la mesa y exhal¨® lentamente, como si estuviera tomando un respiro antes de sumergirse en aguas profundas.
¡ªS¨ª, s¨ª, tienes raz¨®n, G¨®mez ¡ªDeclar¨® Marcus, su voz m¨¢s baja de lo habitual, casi como si temiera decir las palabras en voz alta ¡ª Todo cambi¨® luego de que Jonathan decidiera visitar a la familia de Thomas Smith. La excusa de su visita es que el prisionero Thomas Smith result¨® ser un historiador con el perfil de las v¨ªctimas de las desapariciones que investigamos.
G¨®mez lo observ¨® en silencio, esperando que continuara.
¡ªVolvi¨® cambiado, completamente diferente a como lo conoc¨ªamos. Antes era un tipo brillante, s¨ª, pero muy pragm¨¢tico. Siempre se apegaba a los hechos, a la l¨®gica. Despu¨¦s de esa visita, regres¨® algo m¨¢s desconectado de la realidad ¡ªMarcus hizo una pausa, observando c¨®mo G¨®mez lo segu¨ªa con atenci¨®n¡ª Tranquilamente podr¨ªa haber sufrido un lavado cerebral. No conozco mucho del tema, pero sufr¨ªa todos los s¨ªntomas, eso est¨¢ claro.
¡ª?Y no consideras la posibilidad de que pudo haber sido otra cosa? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, bajando la voz, casi en un susurro¡ª ?Algo m¨¢s relacionado con el mundo paranormal?
¡ª?De verdad me est¨¢s preguntando eso, G¨®mez? ?Insin¨²as que soy idiota? ¡ªIroniz¨® Marcus con un tono mordaz, sacudiendo la cabeza¡ªPor favor, despu¨¦s de toda la mierda que vivimos con esa maldita ¡°sombra¡± que te posey¨®, no dej¨¦ nada al azar. En cuanto not¨¦ que Jonathan empezaba a hablar como un fil¨®sofo fanfarr¨®n, decid¨ª que hab¨ªa que someterlo a un examen J74. No era paranoia, solo precauci¨®n. Recuerda que Jonathan hab¨ªa estado en contacto con la viuda de alguien que hab¨ªa sido pose¨ªdo, para colmo mostraba ciertos s¨ªntomas similares a una posesi¨®n de alto grado de complejidad. El resultado del examen fue negativo. No hab¨ªa ning¨²n indicio de posesi¨®n ni de ning¨²n tipo de influencia externa. Jonathan Parker estaba limpio. O siguiendo tu teor¨ªa: sufr¨ªa una manipulaci¨®n mental imposible de detectar por nuestros sistemas.
Marcus hizo una pausa, como si estuviera esperando que G¨®mez dijera algo, pero cuando el silencio se mantuvo, continu¨®:
¡ªSi nos ponemos m¨¢s racionales por un momento, lo m¨¢s l¨®gico es que su cambio de actitud fuera por el simple hecho de liberarse de una vida cargada de estr¨¦s acumulado. No necesitamos ciencia ficci¨®n ni teor¨ªas conspiranoicas para explicar eso, ?verdad? Jonathan probablemente tom¨® la decisi¨®n de suicidarse porque ya no pod¨ªa soportar m¨¢s la triste vida de un agente. A veces, G¨®mez, las respuestas m¨¢s sencillas son las correctas. Y, sinceramente, no hace falta mucha imaginaci¨®n para entender qu¨¦ lo llev¨® a ese punto.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (6)
¡ªPero, ?no crees que es extra?o que justo despu¨¦s de esa visita sus nervios desaparecieran? ¡ªInsisti¨® G¨®mez¡ª ?No te parece que pudo haber algo en esa casa, algo que afect¨® su comportamiento?
Marcus se qued¨® en silencio por un momento, su expresi¨®n endureci¨¦ndose.
¡ªLo pens¨¦ al principio ¡ªAdmiti¨®¡ª Pero despu¨¦s del examen y de hablar con ¨¦l, decid¨ª que no hab¨ªa nada m¨¢s que investigar. Jonathan era un tipo obsesivo y el caso de los historiadores desaparecidos lo estaba consumiendo. No es raro que despu¨¦s de estar al borde del colapso mental, alguien haga un cambio brusco de comportamiento. Lo he visto antes. Y en este caso, todo indica que Jonathan simplemente decidi¨® que ya no pod¨ªa seguir adelante. Eso, o realmente un grupo de tardados lo secuestraron y le quemaron el cerebro.
¡ª?De verdad no consideras la posibilidad de que pudo haber sido otra cosa? ¡ªEscudri?¨® G¨®mez una vez m¨¢s, tratando de no dejar escapar ning¨²n ¨¢ngulo.
Marcus lo mir¨® directamente a los ojos, su expresi¨®n era una mezcla de impaciencia y agotamiento.
¡ªG¨®mez, s¨¦ que est¨¢s buscando respuestas donde no las hay, pero te lo voy a decir una vez m¨¢s: Jonathan se suicid¨®. No fue asesinado. No estaba pose¨ªdo. No hay ning¨²n tipo de conspiraci¨®n detr¨¢s de esto ¡ªAfirm¨® con un tono firme, casi resignado¡ª Simplemente, no pudo con la presi¨®n. As¨ª es como pasan estas cosas. La verdad es m¨¢s cruel de lo que nos gustar¨ªa aceptar.
Marcus hizo una pausa, observando la incredulidad en los ojos de G¨®mez, y luego suspir¨®, dejando que el cansancio de todo el asunto lo envolviera.
¡ªMira, a m¨ª tambi¨¦n me gustar¨ªa convencerme de que ese pobre muchacho no se quit¨® la vida por voluntad propia ¡ªA?adi¨®, su tono m¨¢s suave, casi confesional¡ªSi te soy sincero, en cuanto salga de mi oficina, probablemente me aferre a tu idea de que un grupo de monitos encapuchados lo secuestr¨® y lo someti¨® a alguna tecnolog¨ªa de control mental que ni siquiera logro imaginar. Porque si me creo eso, G¨®mez, entonces dormir¨¦ m¨¢s tranquilo.
¡ªEst¨¢ bien, Marcus, confieso que no hay ninguna prueba s¨®lida que niegue un suicidio voluntario, y no voy a negarte que la teor¨ªa de los ¡°monitos encapuchados¡± suena poco cre¨ªble ¡ªAfirm¨® G¨®mez, su voz cargada de resignaci¨®n¡ª Pero¡ ?Jonathan no te cont¨® algo m¨¢s sobre la visita a la familia de Thomas Smith?
¡ªNo mucho¡ ¡ªDijo Marcus, suspirando¡ª Estaba raro cuando volvi¨®. Quiero decir, m¨¢s raro de lo habitual. No quer¨ªa hablar de lo que hab¨ªa pasado, pero las pocas palabras que intercambiamos me dieron una advertencia de que algo lo hab¨ªa afectado profundamente. Por lo dem¨¢s, Jonathan complet¨® el informe protocolar con tonter¨ªas que no aportan nada al caso y luego se march¨®¡ Ah, s¨ª, ahora lo recuerdo, se trajo un libro, pero no conten¨ªa nada relevante con su suicidio.
Ese detalle captur¨® de inmediato la atenci¨®n de G¨®mez. Un libro. No era la primera vez que escuchaba acerca de extra?os textos o documentos que ten¨ªan un impacto directo en la mente de las personas. En el mundo paranormal los objetos de esa naturaleza eran extremadamente comunes, y cada uno pod¨ªa ser m¨¢s peligroso de lo que parec¨ªa a simple vista.
¡ª?Un libro? ¡ªInvestig¨® G¨®mez¡ª ?De qu¨¦ tipo?
Marcus asinti¨® lentamente, como si estuviera anticipando esa pregunta.
¡ªUn libro extremadamente antiguo, de la era preindustrial, estaba cubierto de polvo y con p¨¢ginas que parec¨ªan m¨¢s viejas de lo que cualquier texto deber¨ªa ser. Jonathan no me dijo mucho al respecto, solo que hab¨ªa recibido las pistas de como encontrarlo gracias a la confesi¨®n de la viuda de Thomas Smith.
El nombre de Thomas Smith evocaba en G¨®mez una oleada de recuerdos oscuros. La masacre en la secundaria St. Patrick hab¨ªa sido un caso mucho m¨¢s enrevesado de lo que parec¨ªa a simple vista. Aquel profesor termin¨® ejecutado por sus propias manos, pero las ¨²ltimas palabras que pronunci¨® durante el interrogatorio segu¨ªan envolvi¨¦ndolo en un halo de misterio. G¨®mez rememor¨® c¨®mo Thomas Smith hab¨ªa mencionado un libro, un objeto que planeaba usar como garant¨ªa para negociar su libertad a cambio de informaci¨®n. Ahora, enterarse de que Jonathan hab¨ªa estado en contacto con la familia de Thomas Smith poco antes de morir despertaba nuevas inc¨®gnitas en la mente del agente.
¡ª?No te cont¨® m¨¢s detalles de c¨®mo lleg¨® ese libro a sus manos? ¡ªRebusc¨® G¨®mez, intentando sonar casual, aunque la curiosidad lo carcom¨ªa por dentro.
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¡ªPor lo que s¨¦, todo fue un accidente¡¡ªContest¨® Marcus, en un tono mon¨®tono, casi mec¨¢nico, como si hubiera estado contado esta misma historia a todos los agentes que se pasaron por su oficina para investigar el suicidio ¡ª Uno de los hijos de Thomas Smith cometi¨® la ¡°imprudencia¡± de hablar del tema durante la entrevista que Jonathan le hizo a la familia.
G¨®mez no interrumpi¨®, manteniendo su mirada fija en Marcus, captando cada palabra, cada inflexi¨®n en su voz.
¡ªSeg¨²n Jonathan, la familia de Thomas Smith ve¨ªa ese libro como si fuera la ra¨ªz de todos sus problemas, como si fuera el verdadero culpable de la masacre en la secundaria St. Patrick. La viuda estaba desesperada, aterrada ante la idea de que la acusaran por haber ocultado su existencia. Dec¨ªa que solo quer¨ªa proteger a su esposo y a su familia. Tem¨ªa que si los se?alaban como responsables de esa tragedia podr¨ªan perderlo todo. Ella nunca tuvo el valor de deshacerse de ese libro. Y aunque le suplic¨® varias veces a su esposo que lo donara al gobierno para que lo investigara, ¨¦l siempre la ignoraba. Jonathan mencion¨® que fue una entrevista bastante tensa; cada vez que el libro sal¨ªa a colaci¨®n, la mujer parec¨ªa presa de un miedo irracional.
G¨®mez, cada vez m¨¢s intrigado, no pudo evitar preguntar:
¡ª?Y Jonathan logr¨® calmarla? ?Le prometi¨® que no la mencionar¨ªa en los informes?
¡ªLo conociste muy bien, G¨®mez ¡ªRespondi¨® Marcus, asintiendo lentamente¡ª Le asegur¨® que la entrevista no aparecer¨ªa en los informes oficiales y que su familia no ten¨ªa nada que temer. Jonathan siempre fue muy meticuloso con esos detalles. Cumpli¨® su palabra. En los documentos que present¨®, solo indic¨® que el libro fue hallado tras revisar las ruinas de la escuela. Nada m¨¢s. La familia de Thomas Smith qued¨® completamente fuera del informe oficial.
La mente de G¨®mez trabajaba a toda velocidad. No le sorprend¨ªa que Jonathan hubiera actuado de esa manera. Sab¨ªa que el padre de Jonathan se hab¨ªa suicidado tras el dolor que le caus¨® la muerte de su esposa, y era l¨®gico que Jonathan viera en la historia de la viuda de Thomas Smith un reflejo de su propia infancia. Al ver a la viuda tan afectada, su instinto m¨¢s natural fue intentar calmarla. Sin embargo, esa misma empat¨ªa termin¨® por borrar cualquier rastro que conectara el caso de los historiadores desaparecidos con la familia de Thomas Smith.
¡ªMe surge una gran duda, Marcus, ?por qu¨¦ los investigadores que participaron en el caso no encontraron el libro? ¡ªInvestig¨® G¨®mez¡ª Esa noticia fue un esc¨¢ndalo nacional, se investig¨® la escuela durante meses. Me cuesta creer que un libro tan sospechoso no sea encontrado por los investigadores de nuestra instituci¨®n.
El cient¨ªfico asinti¨® nuevamente, m¨¢s lento esta vez, como si cada palabra que iba a pronunciar pesara toneladas.
¡ªEl libro estaba siendo protegido por un ritual antiguo muy elaborado. Solo alguien que supiera de su existencia podr¨ªa encontrarlo. Por eso, ni los investigadores que estuvieron en la escena ni los robots que derrumbaron el edificio lo encontraron. Los ¨²nicos que conoc¨ªan la existencia del libro era la familia de Thomas Smith, y ellos ten¨ªan motivos de sobra para no hablar del tema durante las investigaciones de esa masacre.
¡ª?Y el libro? ?Fue el responsable de la masacre?¡ªIndag¨® G¨®mez, tratando de sondear la opini¨®n de Marcus.
¡ªNo, la familia de Thomas Smith exageraba el poder del libro. No conten¨ªa nada m¨¢s que rituales, pero ninguno especialmente peligroso ¡ªRespondi¨® Marcus, haciendo una pausa antes de continuar¡ª Seg¨²n lo que cont¨® la viuda, ese libro fue un regalo que le hizo un profesor universitario a Thomas Smith como obsequio de graduaci¨®n. Pero su esposo nunca les dio m¨¢s detalles, siempre evad¨ªa sus preguntas sobre el tema.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. ¡°Especialmente peligroso¡± no significaba ¡°seguro¡±. En la fundaci¨®n, sab¨ªan que subestimar un objeto maldito pod¨ªa llevar a consecuencias desastrosas.
¡ª?Qu¨¦ tipo de rituales? ¡ªPregunt¨® el agente.
¡ªRituales de protecci¨®n y ocultamiento, mayormente ¡ªAsegur¨® Marcus, inclin¨¢ndose hacia atr¨¢s en su silla¡ª La mayor¨ªa de ellos son bastante conocidos por todo el mundo. Est¨¢n en internet, y son f¨¢cilmente accesibles para cualquiera con un inter¨¦s en el ocultismo. Nada que la fundaci¨®n no haya visto antes. Pero hab¨ªa algunos que eran m¨¢s dif¨ªciles de encontrar. No tanto porque fueran peligrosos, sino porque eran m¨¢s antiguos, dif¨ªciles de interpretar. Todos los rituales estaban en la base de datos del laboratorio y no se pudo sacar ninguna patente nueva.
¡ª?Y qu¨¦ pas¨® con el libro? ¡ªInvestig¨® G¨®mez.
¡ªDespu¨¦s de la muerte de Jonathan, lo examinamos nuevamente ¡ªExplic¨® Marcus¡ª Varios expertos lo analizaron, y no encontraron nada fuera de lo normal. Aun as¨ª, debido a la naturaleza esot¨¦rica del contenido y sobre todo su antig¨¹edad, el libro fue censurado y trasladado a la biblioteca secreta del gobierno.
G¨®mez cruz¨® los brazos mientras su mente trabajaba a toda velocidad. No pod¨ªa dejar de preguntarse qu¨¦ clase de influencia hab¨ªa tenido ese libro sobre Jonathan. Lo que Marcus le estaba contando no sonaba lo suficientemente grave como para justificar un colapso mental tan severo; algo m¨¢s deb¨ªa estar oculto entre las sombras de esa historia.
¡ªJonathan mencion¨® que la viuda de Thomas Smith le confes¨® que su esposo hab¨ªa realizado varios de los rituales descritos en el libro ¡ªContinu¨® Marcus, su voz adoptando un tono m¨¢s pensativo, casi como si estuviera reflexionando en voz alta¡ª Seg¨²n ella, lo hizo para proteger a su familia y mantener el libro oculto. Como puedes ver, la familia de Thomas Smith sigue viva y el libro sigue ¡°escondido¡±, as¨ª que, en teor¨ªa, el ritual se hizo correctamente. Es dif¨ªcil creer que ese libro estuviera maldito o que fuera responsable de algo siniestro, y mucho menos que tuviera alguna relaci¨®n con el suicidio de Jonathan.
La ç…¤ltima Misiè´¸n (7)
G¨®mez exhal¨® un suspiro leve, casi imperceptible. Lo que le estaba contando el cient¨ªfico encajaba, de alguna manera, con el patr¨®n de irregularidades que hab¨ªa notado desde que sali¨® de la enfermer¨ªa. Todos en el laboratorio sospechaban algo, pero nadie ten¨ªa pruebas concretas. En su l¨ªnea de trabajo, esas sospechas sin fundamento sol¨ªan verse como intentos de darle sentido a lo inexplicable, como excusas para evitar aceptar lo inaceptable. En resumen: Jonathan Parker se hab¨ªa suicidado. Sin embargo, a pesar de todo, hab¨ªa algo que segu¨ªa resonando en la mente de G¨®mez, algo que no terminaba de cuadrar.
El hecho de que Jonathan hubiera conseguido el libro mencionado por Thomas Smith lo perturbaba profundamente. Estaba claro que no conten¨ªa los resultados de la investigaci¨®n privada de Oliver Murphy, la cual, aparentemente, se hab¨ªa ido al inframundo con la muerte de Thomas Smith. Tampoco conten¨ªa la informaci¨®n crucial que Jonathan Parker intent¨® compartirle, aquella que se perdi¨® para siempre cuando Jonathan decidi¨® quitarse la vida. Lo ¨²nico que parec¨ªa estar claro era que cualquiera que se acercara demasiado a la verdad terminaba muerto antes de poder revelarla, un patr¨®n constante que envolv¨ªa el enigm¨¢tico caso del ¡°Observador¡±.
¡ª?Por casualidad no tienes una copia digital del libro? ¡ªTante¨® G¨®mez, intentando sonar casual, aunque su tono traicionaba la impaciencia que sent¨ªa por conocer la respuesta a esa pregunta.
¡ªEvidentemente, me adelant¨¦ a la oleada de agentes que vendr¨ªan buscando m¨¢s respuestas sobre el caso¡ ¡ªRespondi¨® Marcus mientras se inclinaba hacia su escritorio y comenzaba a rebuscar algo en el caj¨®n inferior.
G¨®mez observ¨® c¨®mo Marcus rebuscaba entre papeles y artefactos tecnol¨®gicos antiguos, hasta que finalmente extrajo un peque?o dispositivo. Era un pendrive de dise?o sencillo, plateado, sin ninguna marca evidente.
¡ªAqu¨ª tienes tu copia¡ªMarcus se la entreg¨®, sosteni¨¦ndola por un momento antes de soltarlo, como si estuviera entregando algo mucho m¨¢s importante que un simple archivo digital¡ª Ya la revisaron los otros agentes, y todos coinciden en que no hay nada peligroso en el contenido del libro. El libro f¨ªsico fue revisado por el gobierno y nos pagaron como es debido por la donaci¨®n a la biblioteca secreta. El informe hecho por el gobierno no revela ninguna maldici¨®n y lo consideran de lectura segura. Todo parece inocuo, pero como t¨² eres el mejor agente de este laboratorio, prefiero dejarte a ti el veredicto final. Si encuentras algo, ser¨¢ algo que nadie m¨¢s pudo detectar.
G¨®mez tom¨® el pendrive y lo observ¨® por un segundo, como si pudiera percibir algo extra?o solo por el tacto. En el fondo, sab¨ªa que el problema no era el libro en s¨ª, sino lo que representaba. Si Oliver Murphy se lo hab¨ªa entregado a Thomas Smith junto a su investigaci¨®n privada, entonces ese libro deb¨ªa ser importante. El historiador hab¨ªa mantenido su existencia en secreto hasta el final de sus d¨ªas y su esposa se hab¨ªa mostrado nerviosa con solo revelar su existencia, algo m¨¢s profundo estaba en juego. Pero por ahora, G¨®mez tendr¨ªa que conformarse con esperar encontrar la oportunidad para revisar este libro con m¨¢s calma.
¡ªLo revisar¨¦ con atenci¨®n ¡ªAsegur¨® el agente, guardando el dispositivo en el mismo bolsillo en donde escond¨ªa el pendrive que le hab¨ªa sido entregado por Jonathan. Luego clav¨® su mirada en los ojos de Marcus y pregunt¨®:
¡ªAntes de irme, Marcus, ?hay algo m¨¢s sobre el caso de Jonathan que no me hayas contado? ?Algo que me est¨¦s ocultando? ?Algo que podr¨ªa costarte la vida? ?O algo que, si lo dijeras en voz alta, podr¨ªa matarnos a todos los que trabajamos en este laboratorio?
La pregunta llevaba una carga amenazante, y G¨®mez pudo notar c¨®mo Marcus se tensaba al escucharla. El hombre se inclin¨® ligeramente hacia atr¨¢s en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho, como si ese simple gesto le proporcionara una defensa ante la gravedad de la conversaci¨®n.
¡ªTe he contado todo lo que s¨¦, G¨®mez ¡ªObjet¨® Marcus, tratando de mantener un tono casual, aunque una ligera aspereza en su voz traicionaba sus verdaderos sentimientos¡ª Y te advierto que ya he hablado m¨¢s de lo que deber¨ªa. Todo esto es confidencial, y la informaci¨®n que acabo de compartir contigo no es algo que puedas andar divulgando.
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¡ªLo entiendo ¡ªAsinti¨® G¨®mez, levant¨¢ndose de la silla con calma, sus movimientos cargados con un cansancio que no se pod¨ªa ocultar¡ª Gracias por tu tiempo, Marcus.
Marcus lo observ¨® un momento, sus ojos traicionando una mezcla de preocupaci¨®n y resignaci¨®n antes de dejar escapar un suspiro profundo, aliviado de que la conversaci¨®n estuviera llegando a su inevitable fin.
¡ªEscucha, G¨®mez, no te lo digo para fastidiarte, pero creo que deber¨ªas ir pensando en tramitar tu renuncia ¡ªComent¨® Marcus, frot¨¢ndose la sien con la mano como si intentara espantar un pensamiento persistente¡ª Ya sab¨ªa que te hab¨ªan suspendido por ocho meses antes de que me lo dijeras. Todos ac¨¢ ¡°abajo¡± lo saben. Pero me parece importante revelarte que lo que se est¨¢ diciendo en los pasillos de ¡°arriba¡± sobre tu suspensi¨®n no pinta bien para ti. Sinceramente, dudo que tengas un lugar al que regresar cuando esos ocho meses se terminen. Hay demasiados rumores flotando por ah¨ª, y si te soy honesto, lo mejor que podr¨ªas hacer es largarte de este maldito laboratorio cuanto antes. Yo probablemente haga lo mismo¡ tal vez me largue del planeta, y si las cosas se ponen realmente feas¡ de esta galaxia.
¡ª?Tienes miedo? ¡ªCuestion¨® G¨®mez, sorprendido por la calma en su propia voz.
Marcus alz¨® la mirada hacia el techo, qued¨¢ndose en silencio por unos segundos que parecieron eternos antes de soltar un largo y pesado suspiro.
¡ªNo, miedo no¡ ¡ªRespondi¨® en voz baja¡ª Ya estoy viejo y no tengo nada que perder. Mi vida vale una mierda en este punto. Pero a¨²n hay cosas que quiero hacer, sue?os que quiero cumplir. T¨² y yo sabemos que los pr¨®ximos meses ser¨¢n decisivos, y si no tomamos las decisiones correctas, ni t¨² ni yo llegaremos a ver el final de esta historia.
¡ª?Qu¨¦ va a pasar? ?Crees que nos mandaran a matar? Pero si el pobre Jhonatan se suicid¨®, ?o acaso pensabas todo lo contrario a lo que estuviste diciendo? ¡ªEscudri?¨® G¨®mez.
Marcus dej¨® escapar una risa seca y amarga, inclin¨¢ndose hacia adelante con una sonrisa torcida que nunca lleg¨® a sus ojos.
¡ªOdio que hagas eso, siempre he detestado que plantees preguntas a las que ya sabes la respuesta. Tu madre hac¨ªa lo mismo cuando trabajaba en estos pisos, y era igual de molesta. Debe ser cosa de familia ¡ªDijo el cient¨ªfico, con una mueca divertida¡ª Seguro que te ense?¨® a ser redundante, y ahora lo usas como si fuera alguna especie de arma secreta.
G¨®mez permaneci¨® en silencio unos instantes, y una sonrisa torpe, casi nost¨¢lgica, cruz¨® su rostro por primera vez en mucho tiempo. Marcus ten¨ªa raz¨®n. Esa man¨ªa de hacer preguntas que ya conoc¨ªa la respuesta se la hab¨ªa ense?ado su madre cuando era apenas un ni?o que iba al colegio para aprender a leer. Era una forma de asegurarse de que todo encajaba, de que nada quedaba fuera de su control¡ y de molestar a los profesores en el colegio.
¡ª?Quieres un buen consejo, G¨®mez? ¡ªPregunt¨® Marcus de repente, su tono m¨¢s serio, aunque no perdi¨® esa familiar rudeza.
¡ªClaro, dime ¡ªRespondi¨® G¨®mez, cruzando los brazos, curioso por lo que el cient¨ªfico podr¨ªa tener que decirle.
¡ªMadura, c¨¢sate y arma una familia de verdad. Aprende de Jonathan y no termines como ese idiota. Tu madre no desapareci¨® para que acabes ¡°suicid¨¢ndote¡± como un est¨²pido. No vale la pena morir por un caso que no se puede resolver, G¨®mez... Este caso no lo vale¡ ¡ªLa voz de Marcus era dura, casi cortante, pero hab¨ªa algo m¨¢s profundo all¨ª, algo que G¨®mez reconoci¨® como una advertencia, una que solo se da a un amigo de verdad.
¡ªLo tendr¨¦ en mente ¡ªDijo G¨®mez, intentando suavizar la tensi¨®n con una palmada amistosa en el hombro de Marcus antes de dirigirse hacia la puerta¡ª Buena suerte, Marcus. Tal vez nos encontremos nuevamente en el futuro. Pero espero que no sea en un planeta distante.
Marcus solt¨® una mirada alegre, pero su sonrisa se desvaneci¨® r¨¢pidamente, como si el peso de la realidad cayera de golpe sobre ambos. Sab¨ªan lo que significaba esa despedida, aunque ninguno lo dijera en voz alta. Era un adi¨®s definitivo, uno que no tendr¨ªa vuelta atr¨¢s, uno que cerraba una puerta que probablemente nunca volver¨ªa a abrirse.
Mientras G¨®mez sal¨ªa de la oficina, el eco de sus pasos se mezclaba con el murmullo lejano de la maquinaria del laboratorio, ese sonido constante y mon¨®tono que le recordaba que, a pesar de todo, el mundo segu¨ªa su curso. Sab¨ªa que la recomendaci¨®n de Marcus no era solo por los rumores o por su suspensi¨®n. Hab¨ªa algo m¨¢s grande en marcha, algo que podr¨ªa aplastarlos a todos si no estaban lo suficientemente despiertos como para salir a tiempo. Marcus hab¨ªa captado parte de la ¡°verdad¡± tras la muerte de Jonathan. Aunque no conoc¨ªa lo que G¨®mez sab¨ªa, s¨ª intu¨ªa que el suicidio de Jonathan escond¨ªa mucho m¨¢s de lo que parec¨ªa a simple vista. Podr¨ªa ser cualquier cosa, pero si era lo suficientemente grave como para mandar a silenciar a un agente de la fundaci¨®n, nadie en este laboratorio podr¨ªa dormir tranquilo hasta que todo se tranquilizara.
Un Nuevo Comienzo (1)
Mientras caminaba por los pasillos del laboratorio, G¨®mez no pod¨ªa dejar de pensar en la copia digital del libro que ahora ten¨ªa en su poder. ?Realmente no hab¨ªa nada extra?o en su contenido? Lo dudaba. La forma en que Jonathan hab¨ªa manejado todo esto lo hac¨ªa pensar que hab¨ªa algo m¨¢s oculto, algo que no hab¨ªa sido descubierto por los otros agentes. Este libro deb¨ªa ser la clave para terminar de armar este rompecabezas.
Lleg¨® al ascensor y se dirigi¨® al piso de recursos humanos. Mientras las puertas del ascensor se cerraban frente a ¨¦l, sus pensamientos volv¨ªan una y otra vez al consejo de Marcus: ¡°Madura, c¨¢sate y arma una familia de verdad¡± Era f¨¢cil decirlo, pero dif¨ªcil imaginarlo despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto y hecho. G¨®mez entend¨ªa que deb¨ªa irse del laboratorio, pero como rearmar su vida tras irse le era un misterio.
La frialdad de las paredes met¨¢licas y el leve zumbido del ascensor lo envolvieron mientras comenzaba a ascender hacia los niveles m¨¢s altos del edificio. Sab¨ªa que su futuro en la fundaci¨®n estaba sellado, pero a¨²n ten¨ªa que hacer las cosas correctamente, dar el ¨²ltimo paso y formalizar su renuncia. No es que quisiera, pero tampoco ve¨ªa otra opci¨®n realista. No despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa pasado el d¨ªa de hoy.
G¨®mez sali¨® del ascensor y al abrirse las puertas lo primero que sinti¨® fue el aire ligeramente perfumado de los pisos superiores. La diferencia con los niveles inferiores era abrumadora. Aqu¨ª, el ambiente era un oasis de calma y bienestar que contrastaba radicalmente con el caos y tensi¨®n que dominaban los verdaderos laboratorios. Los trabajadores caminaban con pasos adormilados, enfocados en sus propios pensamientos, ajenos a cualquier preocupaci¨®n externa.
G¨®mez observ¨® a las personas a su alrededor, sintiendo una desconexi¨®n brutal. Mientras ¨¦l cargaba con una serie de dilemas, angustias y una sensaci¨®n creciente de que todo se ven¨ªa abajo, estos empleados se mov¨ªan como si vivieran en otro mundo. Se sentaban en sus escritorios, inmersos en hologramas y pantallas interactivas, hablando de proyectos aparentemente triviales o discutiendo los eventos m¨¢s recientes de sus vidas personales con una indiferencia aplastante. No hab¨ªa lugar para el peso de su oscura realidad. Una m¨²sica suave flotaba en el aire como una distracci¨®n perpetua, una anestesia emocional que manten¨ªa a todos en un estado de satisfacci¨®n continua.
Intent¨® captar la atenci¨®n de alguien mientras se dirig¨ªa hacia la terminal m¨¢s cercana. Pero nadie le devolv¨ªa la mirada. Nadie parec¨ªa dispuesto a romper su peque?a burbuja de seguridad para interactuar con ¨¦l. Estaba solo, completamente solo en medio de esta multitud que ni siquiera se percataba de su existencia. A¨²n peor eran los que lo hac¨ªan, puesto que estos lo ignoraban deliberadamente; en sus mentes las cosas eran claras: El viejo agente G¨®mez ya no pertenec¨ªa a este laboratorio.
Finalmente, lleg¨® a una de las terminales de informaci¨®n dispersas a lo largo del pasillo. La superficie de cristal emiti¨® un leve resplandor azulado al reconocer su proximidad, activ¨¢ndose con un alegre campanilleo. Entonces, el holograma de la inteligencia artificial del laboratorio se proyect¨® frente a ¨¦l, tomando la forma de una figura humanoide con l¨ªneas coloridas y brillantes, acompa?adas por un rostro que no mostraba ni la m¨¢s m¨ªnima emoci¨®n. En principio, esta IA no estaba dise?ada para transmitir un aura de eficiencia y neutralidad, m¨¢s bien sol¨ªa dar lugar a la empat¨ªa y el reconocimiento humano. Sin embargo, el sistema ya lo ten¨ªa catalogado como un hombre a reemplazar y la actitud fr¨ªa de la IA delataba la opini¨®n de los de arriba.
El holograma se termin¨® de materializar en una forma completamente familiar: Una ni?a de aspecto juvenil con una mirada ausente congelada en su rostro. Su apariencia recordaba vagamente a los ¨ªdolos musicales de moda entre los j¨®venes, pero con un toque exagerado, casi caricaturesco. Vest¨ªa una falda corta de tonos pastel, de esos que mezclaban el rosa p¨¢lido con el celeste, complementada con medias largas que sub¨ªan hasta el muslo, rematadas con lazos blancos perfectamente alineados. Su blusa, de un blanco inmaculado, ten¨ªa detalles de encaje en los pu?os y en el cuello, pero lo que m¨¢s llamaba la atenci¨®n era el enorme mo?o que llevaba en el pecho, como si estuviera lista para protagonizar alg¨²n tipo de espect¨¢culo llamativo, distante de la frialdad que transmit¨ªa su actitud.
Sus ojos, amplios y brillantes, parec¨ªan dise?ados para inspirar simpat¨ªa y confianza, pero la total falta de vida en su mirada la hac¨ªa m¨¢s perturbadora que amigable. Hab¨ªa algo inherentemente inquietante en esa figura alegre, casi una parodia de lo que se supon¨ªa que deb¨ªa ser c¨¢lido y humano. Los mechones de cabello, perfectamente peinados en una cascada de rizos rubios, enmarcaban su rostro en un contraste extra?o con la inexpresividad que manten¨ªa.
G¨®mez le ten¨ªa un especial cari?o a esta ni?a, puesto que la misma hab¨ªa sido la ¡°personificaci¨®n¡± de la IA durante d¨¦cadas. Probablemente dise?ada por el dise?ador de estas instalaciones, el cual pens¨® que una figura infantil y encantadora facilitar¨ªa la interacci¨®n con los nuevos reclutas. El dise?o, claramente inspirado en una idealizaci¨®n juvenil, no ten¨ªa nada de casual. La blusa con bordes de encaje, la falda corta que giraba con cada movimiento de la figura proyectada, y los detalles en la vestimenta buscaban evocar algo familiar, casi inocente. Sin embargo, con el tiempo, G¨®mez se hab¨ªa dado cuenta de lo contrario: no hab¨ªa nada inocente en esa creaci¨®n.
¡ªBienvenido, agente G¨®mez ¡ªSalud¨® la IA, su tono fr¨ªo y mec¨¢nico, casi irritante en su precisi¨®n¡ª Han pasado cuatro horas desde que se le inform¨® de su suspensi¨®n. Debe abandonar las instalaciones antes de que transcurran las 24 horas establecidas.
G¨®mez podr¨ªa haber hecho todo esto sin necesidad de usar una terminal, con un simple murmullo bastar¨ªa para que el sistema entendiera sus intenciones. Sin embargo, este momento requer¨ªa algo m¨¢s tradicional. No solo estaba tramitando su renuncia, estaba cerrando un ciclo importante de su vida, y quer¨ªa hacerlo con un cierto aire de ritual. Era como si al hacerlo de la forma m¨¢s antigua posible pudiera aferrarse a los ¨²ltimos retazos de su carrera.
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¡ªEstoy aqu¨ª para tramitar mi renuncia ¡ªManifest¨® el agente, su voz cargada de resignaci¨®n, pero tambi¨¦n de una inquebrantable determinaci¨®n. Sab¨ªa que no hab¨ªa vuelta atr¨¢s, pero decirlo en voz alta lo hac¨ªa m¨¢s real, m¨¢s definitivo.
La IA hizo una pausa. Apenas dur¨® un milisegundo, pero para G¨®mez fue suficiente para notar ese ¨ªnfimo lapso que, en una m¨¢quina, casi parec¨ªa una vacilaci¨®n. Claro, no lo era. Solo era el tiempo necesario para que el sistema procesara la informaci¨®n y activara las ¨®rdenes correspondientes.
¡ªSu renuncia debe ser formalizada en la sala de reuniones de este piso¡ªRespondi¨® la IA, su tono permaneciendo inalterable¡ª El contrato de indemnizaci¨®n correspondiente a sus logros profesionales ya ha sido generado. Proceda a la sala para firmar los documentos. G¨®mez dej¨® escapar un largo suspiro, cerrando los ojos por un instante. Todo era tan fr¨ªo, tan mec¨¢nico. No hab¨ªa espacio para la humanidad, ni siquiera en un acto tan definitivo como su renuncia. Para la fundaci¨®n era solo otro proceso m¨¢s, un tr¨¢mite que deb¨ªa completarse, una tarea que se tachar¨ªa de alguna lista interminable de procedimientos. Sin embargo, para ¨¦l, aquello significaba el fin de una era. No pod¨ªa evitar sentir el peso del momento, aunque la IA no mostrara el m¨¢s m¨ªnimo signo de comprensi¨®n.
Cuando abri¨® los ojos, ya dispuesto a continuar con el tr¨¢mite, not¨® algo extra?o en el holograma. Se detuvo en seco, sin entender del todo lo que ve¨ªa al principio. El holograma que ten¨ªa frente a ¨¦l no era el habitual. Hist¨®ricamente, la IA de este laboratorio siempre hab¨ªa adoptado la forma de una ni?a alegre. Pero lo que ten¨ªa frente a ¨¦l ahora era una figura completamente diferente.
En lugar de la usual ni?a sonriente, la inteligencia artificial hab¨ªa adoptado la apariencia de un anciano caricaturesco. La figura era surrealista, como si un viejo loco de los primeros c¨®mics hubiera salido directamente de una tira c¨®mica para saludarle. Llevaba un traje blanco exageradamente raro, asimil¨¢ndose al que usar¨ªa un lun¨¢tico en la antig¨¹edad, y apoyaba todo su peso en un bast¨®n retorcido. Sus gestos eran teatrales, casi exagerados, como si quisiera atraer la atenci¨®n de cualquiera que lo viera. A pesar de la naturaleza caricaturesca de la figura, hab¨ªa algo inquietante en la elecci¨®n de esa nueva ¡°personalizaci¨®n¡±.
¡ª?Qu¨¦ demonios es esto? ¡ªMurmur¨® G¨®mez, incr¨¦dulo. No recordaba haber visto jam¨¢s esa versi¨®n de la IA en todo el tiempo que hab¨ªa trabajado en este lugar.
De repente, un recuerdo lo golpe¨®. El director segu¨ªa de vacaciones, lo que significaba que alguien m¨¢s estaba jugando con las configuraciones de la IA, quiz¨¢ como una broma de mal gusto. No hab¨ªa otra explicaci¨®n. Sin embargo, lo m¨¢s perturbador no era la figura en s¨ª, sino lo que representaba. Esa imagen del anciano lun¨¢tico, tan rid¨ªcula y fuera de lugar, parec¨ªa un reflejo perfecto de lo que ¨¦l mismo estaba viviendo. Era como si el sistema le estuviera enviando un mensaje subliminal: ¡°Es hora de jubilarse, viejo. Se est¨¢ volviendo loco de tanto trabajar.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o, irritado. Sab¨ªa que su tiempo en la fundaci¨®n estaba llegando a su fin, pero que la inteligencia artificial le proyectara esa figura era casi insultante.
¡ªQu¨¦ idiotas¡ ¡ªLarg¨® en voz baja, m¨¢s para s¨ª mismo que para la IA¡ª ?Qui¨¦n de todos los que me odia habr¨¢ sido?
El holograma le devolvi¨® un gesto de burla y repiti¨® su mensaje con un tono anciano:
¡ªProceda a la sala asignada para completar el tr¨¢mite, mi estimado Alfonso.
A pesar de las risitas del personal administrativo que acompa?aron la burla, G¨®mez no pudo sentir m¨¢s que cansancio. No hab¨ªa lugar para el enojo en su estado de ¨¢nimo actual. Estaba agotado, tanto f¨ªsica como mentalmente. Todo en este lugar le recordaba lo mucho que hab¨ªa envejecido, lo lejos que hab¨ªa quedado de aquella versi¨®n joven y entusiasta de s¨ª mismo que alguna vez hab¨ªa caminado por estos pasillos con un prop¨®sito claro en mente.
Los empleados m¨¢s j¨®venes, apenas unas caras sin nombre para ¨¦l, lo miraban con una mezcla de l¨¢stima y desd¨¦n. Era un dinosaurio en extinci¨®n, un testimonio vivo de una era que hab¨ªa pasado, y su inminente retiro no era m¨¢s que un motivo de celebraci¨®n para ellos. Su presencia all¨ª ya no ten¨ªa ning¨²n peso, solo una despedida burlona para un hombre que hab¨ªa servido por m¨¢s a?os de los que prefer¨ªa contar.
¡°Bien que trabajan cuando se trata de burlarse de los veteranos, pero no mueven un dedo para mejorar el prestigio de esta fundaci¨®n¡±, pens¨® el agente con amargura, mientras se dirig¨ªa lentamente hacia la sala de reuniones. El eco de sus pasos resonaba en los pasillos, un sonido hueco y distante que se mezclaba con las risitas y murmullos de los empleados. A medida que avanzaba, el andar de la IA, proyectada en una figura anciana y encorvada, lo segu¨ªa a su lado, como un padre que acompa?aba a su hijo hacia el final de los d¨ªas. La figura hologr¨¢fica caminaba con lentitud, apoy¨¢ndose en un bast¨®n que hac¨ªa un leve clic con cada paso, imitando el andar de un anciano debilucho y cansado. A pesar de su apariencia desgastada, el holograma proyectaba una sonrisa alegre, como si buscara transmitir algo de su calma a G¨®mez.
G¨®mez no era un anciano, pero este trabajo lo hab¨ªa destrozado. A cada paso que daba, sent¨ªa el peso de los a?os acumul¨¢ndose m¨¢s y m¨¢s. No solo en su cuerpo, que ya no respond¨ªa como antes, sino tambi¨¦n en su mente, llena de recuerdos que se sent¨ªan tan antiguos como el edificio en donde hab¨ªa trabajado toda su vida. Recordaba rostros de compa?eros que hac¨ªa tiempo se hab¨ªan retirado o, peor a¨²n, se hab¨ªan perdido en el camino. Algunos hab¨ªan sucumbido a la presi¨®n de trabajar en este entorno. Otros simplemente hab¨ªan desaparecido en la marea del tiempo, olvidados por todos menos por ¨¦l.
El anciano hologr¨¢fico a su lado era un reflejo dolorosamente certero de lo que ¨¦l mismo sent¨ªa. Hab¨ªa pasado demasiado tiempo en este lugar, hab¨ªa visto demasiadas cosas que ya no pod¨ªa borrar. A pesar de que una parte de ¨¦l se aferraba a¨²n a la idea de quedarse, sab¨ªa que su tiempo hab¨ªa llegado a su fin.
Al avanzar, G¨®mez sinti¨® que el eco de sus propios pasos se desvanec¨ªa, como si ya no perteneciera a ese lugar. Los empleados m¨¢s j¨®venes segu¨ªan pasando a su alrededor, algunos lo miraban de reojo, pero ninguno se deten¨ªa para despedirse. Sab¨ªan qui¨¦n era, por supuesto, pero su tiempo ya no les concern¨ªa. Su trabajo hab¨ªa terminado. Era una sombra que se desvanecer¨ªa al salir el sol del siguiente d¨ªa.
Un Nuevo Comienzo (2)
¡ªSupongo que es hora de terminar esta larga historia ¡ªMurmur¨® G¨®mez, m¨¢s para s¨ª mismo que para la IA que lo acompa?aba como si se tratase de su propia sombra.
Al llegar a la puerta de la sala de reuniones, G¨®mez se detuvo. Durante unos segundos, se qued¨® mirando el pasillo que hab¨ªa recorrido, una ¨²ltima mirada a lo que hab¨ªa sido su vida durante tantos a?os. Los recuerdos, las tensiones, los ¨¦xitos y fracasos, todo parec¨ªa tan distante ahora. El edificio en el que hab¨ªa trabajado durante tanto tiempo ya no era suyo, y la ¨²nica compa?¨ªa que le quedaba era el viejo que lo segu¨ªa como un observador entusiasmado.
El anciano, con una sonrisa burlona dibujada en su rostro, apoy¨® ambas manos en el bast¨®n e hizo un leve gesto con la cabeza, como si lo estuviera invitando a entrar a la sala de reuniones. G¨®mez suspir¨®, cansado de la constante burla. No ten¨ªa sentido enojarse con una inteligencia artificial programada por alguien con un p¨¦simo sentido del humor. Era solo otro detalle que demostraba lo poco que encajaba en este laboratorio.
Sin m¨¢s opciones, decidi¨® entrar.
Not¨® algo inesperado. A diferencia de otras ocasiones, no tuvo que esperar a nadie. La puerta se desliz¨® suavemente, y al entrar, vio a Sahara Shepherd ya sentada frente a la mesa ovalada de cristal. Su pomposo cabello estaba completamente desali?ado como si hubiera armado una fiesta al enterarse de que finalmente G¨®mez se retirar¨ªa, y su traje de l¨¢tex milim¨¦tricamente ajustado a su escandalosa figura transmit¨ªa un aura de cabaret casi intimidante. Parec¨ªa que hab¨ªa elegido su ropa m¨¢s provocativa solo para remarcar a G¨®mez que ya no hab¨ªa vuelta atr¨¢s; este ya no era ¡°su¡± laboratorio.
Sobre la mesa ovalada de cristal flotaba el contrato, proyectado digitalmente. No hab¨ªa papeles f¨ªsicos, solo datos y firmas electr¨®nicas, una formalidad que G¨®mez ya conoc¨ªa bien. Pero lo que lo desconcertaba era lo r¨¢pido que hab¨ªa sido todo el proceso. No hab¨ªa esperado encontrarse con Shepherd tan pronto. Aunque, por lo acelerada que estaba la respiraci¨®n de la se?orita y las gotas de sudor que resbalaban por su rostro parec¨ªa que hab¨ªa corrido a la sala de reuniones, nom¨¢s escuch¨® la noticia. En el fondo, G¨®mez hab¨ªa pensado que la gerente le dar¨ªa un poco m¨¢s de tiempo para procesar lo que estaba ocurriendo, pero la astuta administrativa se hab¨ªa adelantado a sus pensamientos.
¡ªAgente G¨®mez, bienvenido ¡ªDijo Shepherd, con esa voz suave y profesional que tan bien manejaba. No hab¨ªa emoci¨®n alguna en sus palabras, solo una fr¨ªa cortes¨ªa¡ª Me alegra que haya decidido jubilarse. Todo est¨¢ listo para que firme su renuncia.
¡ªNo decid¨ª, me obligaron. ?Acaso pensaron que iba a estar ocho meses sin recibir mi salario? ¡ªCritic¨® G¨®mez ¨¢speramente. No era la primera vez que ten¨ªa que sentarse frente a Shepherd, pero s¨ª ser¨ªa la ¨²ltima. Ella parec¨ªa estar disimulando un aura de serenidad, como si estuviera aliviada de que todo llegara a su fin, pero en el fondo a¨²n tem¨ªa que el agente cambiara de decisi¨®n a ¨²ltimo momento.
Shepherd hizo un gesto suave con la mano, como rest¨¢ndole importancia a la queja.
¡ªEste es un proceso rutinario, G¨®mez. No hay necesidad de prolongarlo ¡ªContinu¨® ella, se?alando la proyecci¨®n hologr¨¢fica¡ª El contrato est¨¢ listo para que lo firme. Las condiciones son m¨¢s que buenas, pero t¨®mate tu tiempo y pon tu firma cuando hayas terminado de leerlo.
G¨®mez mir¨® el contrato proyectado sobre la mesa con una mezcla de resignaci¨®n y desconfianza. Las letras brillaban fr¨ªamente, como si quisieran apurarle a tomar una decisi¨®n importante. Aunque ya sab¨ªa que no hab¨ªa vuelta atr¨¢s, no pod¨ªa evitar sentir que el proceso estaba siendo m¨¢s mec¨¢nico y desalmado de lo que esperaba. El silencio en la habitaci¨®n era asfixiante, y el ¨²nico sonido que se percib¨ªa era el zumbido apenas audible de las animadas charlas en el exterior. No hab¨ªa movimiento en la sala m¨¢s all¨¢ de las gotas de sudor que se deslizaban del rostro de la gerente.
Shepherd lo observaba con paciencia calculada. Su presencia, inmutable y profesional, le resultaba inc¨®moda, como si fuera una estatua esculpida en la perfecci¨®n. G¨®mez sab¨ªa que este silencio no era casual; era una t¨¢ctica. Shepherd quer¨ªa que se sintiera presionado, apurado, que firmara y saliera de la sala lo antes posible. Pero G¨®mez, aunque cansado, no era tan f¨¢cil de intimidar. A lo largo de su carrera, hab¨ªa lidiado con situaciones mucho m¨¢s cr¨ªticas que una simple reuni¨®n con recursos humanos. Sin embargo, ese cansancio acumulado, esa sensaci¨®n de ser un ¡°dinosaurio malhumorado¡±, le hac¨ªa ceder a la incomodidad del momento.
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El silencio brind¨® el espacio para que recordara el mensaje de Jhonatan, las indirectas de Mendelson, las advertencias de Marcus y las muchas recomendaciones que hab¨ªa recibido con anterioridad para jubilarse de una buena vez por todas, para dejar todo atr¨¢s antes de que fuera demasiado tarde. La vida de agente era dura y ef¨ªmera, G¨®mez lo sab¨ªa mejor que nadie. No obstante, no era f¨¢cil aceptar el final de tan larga trayectoria con una simple firma.
Finalmente, solt¨® un suspiro leve, incapaz de soportar el silencio un segundo m¨¢s. Hizo una pausa en la lectura del contrato y levant¨® la vista, fij¨¢ndose en Shepherd, quien segu¨ªa impasible. Decidi¨® romper la monoton¨ªa con una pregunta que tambi¨¦n le hab¨ªa estado rondando por la cabeza durante todo el camino hacia la reuni¨®n.
¡ª?Sabes qui¨¦n fue el bromista que program¨® la IA para molestarme? ¡ªCuestion¨® el agente con un tono que pretend¨ªa ser casual, pero que no lograba ocultar del todo su malestar.
Shepherd levant¨® una ceja, claramente sorprendida por la pregunta.
¡ª?Una broma? ¡ªRespondi¨® ella, genuinamente desconcertada¡ª No estaba al tanto de eso. ?Alguien ha estado manipulando la IA nuevamente?
G¨®mez asinti¨® lentamente, con una leve sonrisa amarga. Claro, ella no sab¨ªa nada. Aunque le sorprendi¨® ver que su reacci¨®n parec¨ªa sincera, la verdad era que en este lugar nada se sab¨ªa con certeza, y si ella hab¨ªa hecho esa broma, seguramente lo ocultar¨ªa muy bien.
¡ªS¨ª, alguien con un retorcido sentido del humor decidi¨® programar a la IA para imitar a un anciano amargado ¡ªEl tono de G¨®mez fue m¨¢s agrio de lo que pretend¨ªa, pero no pudo evitarlo¡ª No es que me moleste tanto, pero... bueno, no es precisamente el tipo de despedida que ten¨ªa en mente.
Shepherd lo mir¨® con una mezcla de inter¨¦s y desconcierto. Parec¨ªa que no sab¨ªa nada del asunto, y aunque era dif¨ªcil saber si le importaba realmente o no, G¨®mez percibi¨® un m¨ªnimo de empat¨ªa en su expresi¨®n.
¡ªEs la primera vez que oigo hablar de eso ¡ªAfirm¨® ella ¡ª Aunque, ahora que lo mencionas, hemos estado lidiando con un par de incidentes similares ¡ªHizo una pausa, y G¨®mez la mir¨® con atenci¨®n, esperando m¨¢s detalles¡ª Todav¨ªa no hemos encontrado al responsable, pero alguien ha estado alterando los hologramas en varias ¨¢reas. Lo m¨¢s extra?o que hemos visto hasta ahora es un campo de trigo dorado en lugar del bosque hologr¨¢fico que se supon¨ªa deb¨ªa proyectarse en la fachada del edificio.
¡ª?Y nuestra querida IA no encontr¨® a ning¨²n culpable? ¡ªIndag¨® G¨®mez, arrugando el ce?o¡ª Eso suena un tanto extra?o para una broma tan casual, ?no crees?
Shepherd asinti¨® con una sonrisa leve, pero su tono segu¨ªa siendo serio.
¡ªMe resulta sumamente desconcertante. Imagina la sorpresa del equipo de seguridad cuando se dieron cuenta de que era imposible encontrar al culpable. Est¨¢n furiosos, claro. El director va a despedir a unos cuantos de su equipo, ya sabes c¨®mo se pone cuando alguien se pone a toquetear a la inteligencia artificial del laboratorio.
G¨®mez esboz¨® una sonrisa, pero m¨¢s por la iron¨ªa del comentario que por el chisme en s¨ª. Conoc¨ªa demasiado bien al director, un hombre que nunca hab¨ªa tolerado el m¨¢s m¨ªnimo desv¨ªo en sus planes para el laboratorio. Evidentemente, el cambio en el paisaje no le preocupaba en absoluto, el problema era no encontrar a qui¨¦n modific¨® la IA; eso delataba graves problemas de seguridad.
¡ªEl director deber¨ªa preocuparse menos por los hologramas y m¨¢s por no escaparse de vacaciones a otros mundos cada tres meses. Ese viejo solo trabaja unos pocos d¨ªas al a?o¡ªMencion¨® G¨®mez con un tono relajado, dejando caer la cr¨ªtica como si fuera una broma m¨¢s, aunque ambos sab¨ªan que hab¨ªa algo de verdad detr¨¢s de sus palabras.
Shepherd solt¨® una peque?a risa, algo que sorprendi¨® a G¨®mez. No estaba seguro de si la hab¨ªa visto re¨ªr antes, al menos no hablando con ¨¦l.
¡ªNo me hagas empezar a hablar de eso ¡ªPropuso ella, rodando los ojos con una expresi¨®n de complicidad¡ª El problema es que cuando se va parece que todo se sale de control. Es como si el laboratorio perdiera el rumbo. Y claro, eso lo vuelve m¨¢s paranoico cuando regresa. Se pone insoportable.
G¨®mez asinti¨® lentamente, recordando las ocasiones en que hab¨ªa tenido que lidiar con la personalidad vol¨¢til del director. Ese hombre viv¨ªa obsesionado con el control, y cualquier se?al de caos, por peque?a que fuera, lo hac¨ªa entrar en p¨¢nico. Pero al mismo tiempo, se tomaba largas vacaciones como si no tuviera responsabilidad alguna. Todos los jefes lo criticaban por eso, aunque pocos lo dec¨ªan abiertamente.
¡ªY aqu¨ª estamos nosotros, sufriendo sus caprichos¡¡ªA?adi¨® G¨®mez, lanzando una mirada de complicidad a Shepherd.
Ella sonri¨® de nuevo, esta vez de forma un poco m¨¢s abierta.
¡ªNadie se salva de tener que lidiar con los caprichos de los que est¨¢n un poquito m¨¢s arriba¡¡ªReflexion¨® Shepherd, se?alando la proyecci¨®n que segu¨ªa flotando en la mesa¡ª Pero bueno, volvamos al tema del contrato. Estoy segura de que tienes algunas dudas o preguntas.
Un Nuevo Comienzo (3)
G¨®mez mir¨® el documento de nuevo. Sent¨ªa que a¨²n quedaban muchas cosas por decir, pero al mismo tiempo, sab¨ªa que prolongar la conversaci¨®n no cambiar¨ªa nada. Era su momento de partir, y lo sab¨ªa. Firmar el contrato significaba cerrar un cap¨ªtulo inmenso de su vida. Hab¨ªa peleado contra s¨ª mismo para aceptar que el tiempo de retirarse hab¨ªa llegado. Pero eso no hac¨ªa que el proceso fuera menos doloroso.
¡ªS¨ª, el contrato¡¡ªReplic¨®, finalmente, con un tono m¨¢s neutro¡ª Solo me gustar¨ªa asegurarme de no encontrarme sorpresas desagradables en el futuro.
Shepherd asinti¨® con comprensi¨®n.
¡ªNada fuera de lo com¨²n, te lo aseguro ¡ªAsegur¨® con firmeza¡ª Todos tus m¨¦ritos han sido considerados. Est¨¢s obteniendo lo que mereces y mucho m¨¢s. Solo tienes que firmar y vas a vivir una vida que muchos desean y pocos logran, agente G¨®mez.
G¨®mez se tom¨® un momento para leer las condiciones nuevamente. No pod¨ªa creer lo que ve¨ªa. Eran rid¨ªculamente buenas. Claramente, alguien quer¨ªa que se fuera con la mayor satisfacci¨®n posible. Su indemnizaci¨®n era considerablemente m¨¢s alta de lo que merec¨ªa, su pensi¨®n vitalicia m¨¢s que generosa, la otra pensi¨®n por trabajo ¡°forzado¡± durante la dictadura era una torta que no se pod¨ªa rechazar y el bono por su servicio excepcional casi parec¨ªa una broma de tan alto que era.
Mientras revisaba el contrato, pens¨® en que esto no era solo un despido o una renuncia forzada. Era una especie de soborno encubierto. Quer¨ªan que se fuera para siempre, pero con una sonrisa en la cara. Con dinero suficiente para no tener que volver a trabajar jam¨¢s en su vida y mucho menos como agente privado. Hab¨ªa algo extra?o en todo eso, pero no pod¨ªa quejarse. Aceptarlo era una victoria personal, aunque tuviera que sacrificar su carrera como pago de tal buen acuerdo.
¡ªLas condiciones son ¡°algo¡± favorables ¡ªComent¨®, sin levantar la vista del documento¡ª Aunque me gustar¨ªa sumar algunos puntos.
Shepherd lo mir¨® con una expresi¨®n casi imperceptible de sorpresa. Aparentemente no esperaba que G¨®mez pidiera m¨¢s, pero tampoco le importaba.
¡ªAdelante ¡ªOpin¨®, recost¨¢ndose en su silla con profesionalismo.
¡ªPrimero, quiero quedarme con ¡°mi¡± auto ¡ªPropuso G¨®mez¡ª Despu¨¦s de todo, es mi ¨²nico medio de transporte y ser¨ªa humillante irse en el auto de alguien m¨¢s.
Shepherd no dud¨® ni un segundo.
¡ªHecho.
¡ªTambi¨¦n me gustar¨ªa un bono adicional por los da?os psicol¨®gicos sufridos¡ªA?adi¨® G¨®mez, midiendo las palabras¡ª Creo que he demostrado ser un activo valioso para la fundaci¨®n durante estos a?os y he sufrido mucho m¨¢s de lo que te puedes imaginar. Imag¨ªnate, apenas me despert¨¦ de la enfermer¨ªa, me enter¨¦ de que uno de mis mejores amigos¡
¡ªEso tambi¨¦n est¨¢ aprobado ¡ªInterrumpi¨® Shepherd bruscamente.
¡ªBueno¡ Gracias¡ Supongo¡¡ª Agradeci¨® Gomez con cierta incredulidad¡ª Por ¨²ltimo¡ Me gustar¨ªa que se aumentara mi indemnizaci¨®n. Creo que ser¨ªa justo que se reconsiderara los riesgos que asum¨ª en nombre de la fundaci¨®n durante la clandestinidad.
Shepherd lo observ¨® por un instante, como si estuviera midiendo la situaci¨®n. Luego, simplemente asinti¨®.
¡ªEst¨¢ bien, lo sumaremos. Ahora, firma aqu¨ª y disfruta tu jubilaci¨®n, Agente G¨®mez.
G¨®mez mir¨® el contrato una vez m¨¢s, sintiendo que, a pesar de lo favorable de las condiciones, hab¨ªa algo detr¨¢s de todo esto que no encajaba. Shepherd hab¨ªa accedido a todo sin vacilar, como si no hubiera l¨ªmite en lo que la fundaci¨®n estaba dispuesta a ofrecer para que ¨¦l firmara. ?Un coche? Sin problema. ?Un bono extra por los da?os psicol¨®gicos? Listo. ?Una indemnizaci¨®n m¨¢s alta? Aprobada sin pensarlo dos veces. Era demasiado f¨¢cil.
La mirada de G¨®mez se endureci¨®, y sin apartar los ojos del holograma que flotaba sobre la mesa, lanz¨® la pregunta que realmente quer¨ªa hacer:
¡ª?Qui¨¦n est¨¢ pagando todo esto, Sahara?
Shepherd, que hasta ese momento hab¨ªa mantenido una calma profesional y serena, frunci¨® el ce?o por primera vez. No era una reacci¨®n de enfado, sino m¨¢s bien de ligera incomodidad, como si no hubiera esperado esa interrogante. Su postura se tens¨®, y durante unos segundos, el silencio en la sala se volvi¨® inc¨®modo.
¡ªEso no es relevante para su situaci¨®n, Agente G¨®mez ¡ªContest¨®, finalmente, su tono firme, aunque con un leve matiz evasivo.
Pero G¨®mez no se dej¨® intimidar. Sab¨ªa que Shepherd escond¨ªa algo. Esa rapidez con la que hab¨ªa aceptado sus condiciones solo confirmaba sus sospechas. Nadie regalaba tanto dinero sin esperar algo a cambio, y ¨¦l no era un idiota que firmaba contratos a ciegas.
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¡ªA m¨ª me parece bastante relevante ¡ªReplic¨®, sin perder la calma¡ª Es decir, alguien est¨¢ muy interesado en que yo me jubile sin hacer ruido, y francamente, me gustar¨ªa saber por qu¨¦.
Shepherd lo observ¨® en silencio por unos segundos m¨¢s, como si estuviera evaluando si deb¨ªa o no responder. Finalmente, solt¨® un suspiro leve, resignada. Cruz¨® las piernas y dej¨® caer sus manos sobre la mesa con un ligero golpe, una se?al clara de que estaba a punto de cambiar de t¨¢ctica.
¡ªMire, G¨®mez ¡ªEmpez¨®, inclin¨¢ndose un poco hacia ¨¦l¡ª Le dir¨¦ la verdad, pero hay una condici¨®n. Solo lo har¨¦ si usted firma el contrato ahora mismo y se compromete a no revelar lo que voy a contarle a nadie m¨¢s. Esto es estrictamente confidencial, y no quiero ver filtraciones o que otros empleados comiencen a hacer preguntas inc¨®modas. ?Est¨¢ dispuesto a aceptar?
G¨®mez se qued¨® pensativo por un momento. Sab¨ªa que estaba a punto de obtener la informaci¨®n que buscaba, pero tambi¨¦n era consciente de que si firmaba el contrato, estar¨ªa atado a no seguir investigando lo que fuera que ella le revelara. Pero la curiosidad, ese instinto que lo hab¨ªa llevado a hacer carrera en investigaciones paranormales, lo superaba.
Finalmente, asinti¨®.
¡ªDe acuerdo ¡ªRespondi¨®, apoyando sus 5 dedos sobre el holograma y firmando el contrato¡ª Ahora habla, Sahara.
Shepherd observ¨® el contrato firmado con satisfacci¨®n, su rostro por un momento iluminado por una expresi¨®n de triunfo. Guard¨® un breve silencio antes de hablar, asegur¨¢ndose de que G¨®mez hab¨ªa hecho lo que se esperaba de ¨¦l. Una vez confirmado, se relaj¨® y su tono cambi¨®, volvi¨¦ndose m¨¢s informal, como si la presi¨®n hubiera desaparecido.
¡ªUno de los donantes m¨¢s importantes de la fundaci¨®n, un ¡°miembro de honor¡± como los llamamos, es quien est¨¢ detr¨¢s de todo esto ¡ªComenz¨®¡ª Este hombre ha donado una fortuna inmensa, no solo para apoyar nuestras valiosas investigaciones, sino para asegurarse de que el laboratorio de Florida haga un ¡°recambio¡± en su personal.
¡ª?Un recambio? ¡ªInquiri¨® G¨®mez, con un tono que claramente insinuaba que no estaba satisfecho con una explicaci¨®n tan vaga.
Shepherd esboz¨® una sonrisa tensa, claramente sabiendo que tendr¨ªa que ser m¨¢s espec¨ªfica.
¡ªEste donante, cuya identidad no puedo revelar, considera que la fundaci¨®n necesita una ¡°nueva mentalidad¡±, una que sea m¨¢s abierta al ¡°otro mundo¡±. Seg¨²n su perspectiva, algunos de los empleados m¨¢s antiguos, incluy¨¦ndolo a usted, representan una forma de pensar que est¨¢¡ desactualizada con estos tiempos.
¡ª?Desactualizada? ¡ªRepiti¨® G¨®mez, incr¨¦dulo¡ª ?Qu¨¦ demonios significa eso?
Shepherd se encogi¨® de hombros, como si ella misma no estuviera completamente de acuerdo con el t¨¦rmino.
¡ªEste donante cree que usted, y otros como usted, son una reliquia de tiempos en los que la fundaci¨®n funcionaba de manera m¨¢s discreta, m¨¢s clandestina. Ahora, seg¨²n ¨¦l, debemos ser m¨¢s abiertos, m¨¢s transparentes, adaptarnos a los ¡°nuevos tiempos¡±. No se preocupe, no le est¨¢n echando la culpa de nada, simplemente sus ideas ya no encajan con lo que este donante tiene en mente para el futuro de la fundaci¨®n.
G¨®mez se recost¨® en su silla, procesando la informaci¨®n. No pod¨ªa creer lo que estaba escuchando. Siempre lo hab¨ªa supuesto, pero ahora se lo confirmaban. Toda su carrera, todas las decisiones dif¨ªciles que hab¨ªa tomado, todos los sacrificios, solo para que al final un tipo con dinero decidiera que ya no era lo suficientemente moderno para seguir trabajando en la instituci¨®n.
¡ª?Entonces todo esto es un mero capricho? ¡ªReconoci¨® Gomez con un toque de amargura en su voz¡ª ?Alguien quiere ¡°modernizar¡± este laboratorio y yo soy solo un da?o colateral en todo eso?
Shepherd mantuvo su compostura.
¡ªEn esencia, s¨ª ¡ªAcept¨®¡ª Pero, para ser justos, este donante ha sido extremadamente generoso con nosotros. Sin sus contribuciones, muchas de nuestras investigaciones m¨¢s cr¨ªticas habr¨ªan sido canceladas hace a?os. Lo que est¨¢ haciendo ahora es asegurarse de que el laboratorio de Florida sea un ejemplo de lo que ¨¦l cree que debe ser el futuro de toda la fundaci¨®n.
G¨®mez se cruz¨® de brazos, sin dejar de mirarla.
¡ª?Y qu¨¦ opina el director de todo esto? ¡ªPregunt¨®¡ª Porque hasta donde s¨¦, ¨¦l siempre ha sido un tipo pragm¨¢tico. No parece el tipo de persona que permitir¨ªa que alguien externo tome tantas decisiones.
Shepherd solt¨® una peque?a carcajada seca.
¡ªEl director¡ Digamos que no tiene muchas opciones en este caso. Cuando alguien dona una cantidad tan grande de dinero, incluso ¨¦l debe hacer concesiones. No es que est¨¦ encantado con la situaci¨®n, pero lo ha aceptado. Despu¨¦s de todo, este es un mundo donde el dinero manda, incluso en organizaciones como la nuestra.
G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrerle la espalda. Estaba acostumbrado a lidiar con lo sobrenatural, con horrores que desafiaban la l¨®gica y la comprensi¨®n humana, pero esto era diferente. Esto era puro y crudo poder mundano, el tipo de poder que no se pod¨ªa enfrentar con armas ni tecnolog¨ªa avanzada. Era el poder del dinero, y eso lo hac¨ªa mucho m¨¢s peligroso.
¡ª?As¨ª que este misterioso sujeto est¨¢ comprando mi renuncia? ¡ªPregunt¨® el agente
Shepherd lo mir¨® con una mezcla de compasi¨®n y frialdad.
¡ªNo exactamente ¡ªRespondi¨®¡ª Por lo que tengo entendido, la buena jubilaci¨®n nunca fue parte del trato para realizar el recambio de personal. Sin embargo, el hombre detr¨¢s de todo esto ama a la fundaci¨®n y evidentemente no quiere que ustedes, los veteranos, se vayan con las manos vac¨ªas. Les est¨¢ ofreciendo una salida digna. Usted puede tomar su jubilaci¨®n, disfrutar de su vida, y dejar que las cosas sigan su curso. No es un mal trato, si lo piensa bien.
G¨®mez se qued¨® en silencio por un momento. Sab¨ªa que, al firmar el contrato, hab¨ªa cerrado una puerta, pero al mismo tiempo, hab¨ªa obtenido una oportunidad para salir de ese mundo antes de que las cosas se pusieran a¨²n m¨¢s turbias. No sab¨ªa si este hombre era el rostro visible de ¡°Ellos¡±, su intuici¨®n le dec¨ªa que s¨ª, pero tampoco ganar¨ªa nada por averiguarlo.
¡ªSupongo que no hay mucho m¨¢s que decir ¡ªMurmur¨® finalmente G¨®mez, levant¨¢ndose de su asiento¡ª Que tenga un buen d¨ªa en la oficina, Sahara.
Un Nuevo Comienzo (4)
Ella asinti¨®, manteniendo su compostura profesional.
¡ªAntes de que se vaya, agente G¨®mez
La voz de Shepherd lo detuvo a mitad de camino, el agente apenas hab¨ªa dado unos pasos hacia la puerta. Se detuvo en seco y gir¨® sobre sus talones para mirarla de nuevo. Hab¨ªa algo en el tono de Shepherd que lo puso en alerta, como si la conversaci¨®n no hubiera terminado por completo. Ella segu¨ªa sentada en su silla, con una calma estudiada, pero en sus ojos se percib¨ªa una sombra de expectativa.
¡ª?S¨ª? ¡ªTante¨®, sin moverse del lugar, consciente de que esta ¨²ltima petici¨®n pod¨ªa cambiar el tono de toda la interacci¨®n.
¡ªSu tarjeta de personal, por favor ¡ªSolicit¨® Shepherd, extendiendo la mano hacia ¨¦l, su mirada clavada en la credencial que G¨®mez a¨²n llevaba colgada en su camisa.
La tarjeta del personal hab¨ªa sido parte de ¨¦l durante tantos a?os que entregarla se sent¨ªa como entregar un fragmento de su alma, la ¨²ltima confirmaci¨®n de que realmente estaba cortando todos los lazos con el mundo paranormal. Lentamente, desabroch¨® el peque?o enganche que la manten¨ªa sujeta a su camisa y la observ¨® por un momento antes de entregarla.
| Tarjeta del personal |
|
|
Nombre |
Alfonso G¨®mez |
| C¨®digo de Identificaci¨®n |
834546 |
| Ocupaci¨®n |
Agente de Campo |
| Especializaci¨®n |
Investigaci¨®n Paranormal |
| Ubicaci¨®n |
Piso 3, Sala de control |
| Rango |
Eventos de clase D |
Era un simple trozo de pl¨¢stico laminado, con su foto y datos impresos, pero para ¨¦l simbolizaba a?os de servicio, de luchas, de haber sido parte de algo m¨¢s grande que ¨¦l mismo. Al entregarla, no pudo evitar sentir una extra?a mezcla de alivio y vac¨ªo. Era como si estuviera dejando atr¨¢s no solo un trabajo, sino una identidad completa.
Shepherd tom¨® la tarjeta con una sonrisa profesional, pero hab¨ªa algo m¨¢s en su expresi¨®n, una satisfacci¨®n que no hab¨ªa estado all¨ª antes. Como si recoger esa tarjeta fuera, de alg¨²n modo, la confirmaci¨®n definitiva de su victoria.
¡ªGracias ¡ªExpres¨® con un tono casi suave, guardando la tarjeta ¡ª Ahora s¨ª, creo que hemos terminado.
G¨®mez se qued¨® en silencio por un momento, procesando la escena. Ya no ten¨ªa nada que lo vinculase oficialmente a la fundaci¨®n, ni siquiera esa peque?a identificaci¨®n. Se despidi¨® de Shepherd con un apret¨®n de manos. Cuando sali¨® de la sala, el sonido de la puerta cerr¨¢ndose detr¨¢s de ¨¦l son¨® como un eco en su mente.
Un cap¨ªtulo se hab¨ªa cerrado y otro en blanco estaba a punto de comenzar.
Con el futuro aparentemente resuelto, G¨®mez se dirigi¨® hacia el estacionamiento. El ascensor se desliz¨® suavemente mientras G¨®mez observaba las luces que marcaban el ascenso. Por motivos de seguridad, el estacionamiento se encontraba en el piso 40. El lugar estaba dise?ado para mantener los veh¨ªculos de los empleados en la parte alta, alejados de los niveles de mayor actividad experimental y lejos de los reclusos. Adem¨¢s de imposibilitar la entrada de cualquier persona por tierra.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave zumbido, revelando un espacio descomunal. El estacionamiento era lo que uno esperar¨ªa en un mundo mas avanzado. No hab¨ªa filas de coches aparcados en el suelo ni espacios numerados. En vez de eso, las paredes met¨¢licas y pulidas estaban cubiertas por una serie de compuertas, cada una cuidadosamente numerada y con un c¨®digo de seguridad inscrito al lado. Las compuertas estaban dispuestas verticalmente, apiladas como bloques gigantes, aprovechando el espacio de una manera tridimensional. Cada veh¨ªculo estaba almacenado en compartimentos individuales, gestionado por la inteligencia artificial que controlaba todo en el edificio, maximizando el uso del espacio disponible.
Siendo el ¨²nico piso que daba entrada o salida al exterior, el piso 40 era un lugar de m¨¢xima seguridad, casi tan restringido como las salas de contenci¨®n de los pisos inferiores. El estacionamiento era patrullado por robots centinelas, imponentes m¨¢quinas de dise?o ultramoderno, armadas hasta los dientes con rifles de energ¨ªa y sistemas de detecci¨®n avanzada. Sus cuerpos eran una amalgama de metal blanco brillante y circuitos expuestos que brillaban con luces rojas, indicando su estado de alerta constante. Los centinelas recorr¨ªan el ¨¢rea con una precisi¨®n militar, asegur¨¢ndose de que ning¨²n intruso pudiera acceder a los veh¨ªculos de los empleados sin el permiso adecuado. Estos no eran los t¨ªpicos guardias de seguridad que uno podr¨ªa sobornar o despistar; eran la ¨¦lite en vigilancia, programados para eliminar cualquier amenaza con una eficiencia impersonal. G¨®mez sab¨ªa que si algo llegaba a salir mal, estos robots no dudar¨ªan ni un segundo en activar sus protocolos de ataque.
¡°Acceso confirmado¡± Pronunci¨® una voz rob¨®tica desde las paredes del estacionamiento mientras G¨®mez se acercaba a uno de los terminales, situado en una columna de acero bru?ido. La pantalla hologr¨¢fica se despleg¨® frente a ¨¦l, flotando en el aire con un brillo azul el¨¦ctrico, solicitando su identificaci¨®n.
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G¨®mez pas¨® su mano por un esc¨¢ner biom¨¦trico que se ilumin¨® brevemente con una luz verde. La inteligencia artificial del laboratorio reconoci¨® su huella dactilar y la pantalla hologr¨¢fica mostr¨® una lista de veh¨ªculos almacenados, indicando cu¨¢l pertenec¨ªa a ¨¦l. Su autom¨®vil, un modelo asignado exclusivamente a los agentes de campo, estaba almacenado en la compuerta 17-B. En cuesti¨®n de segundos, el sistema activ¨® el proceso de recuperaci¨®n del veh¨ªculo.
Con un zumbido sutil, la compuerta se desliz¨® hacia un lado, revelando su auto: una c¨¢psula flotante con capacidad para cuatro personas. La forma era aerodin¨¢mica, compacta, pero con una amplitud interna que delataba su dise?o multifuncional. Este tipo de veh¨ªculos estaba pensado para misiones especiales, lo que significaba que, aunque no pareciera muy grande desde afuera, el interior estaba optimizado para albergar no solo pasajeros, sino tambi¨¦n grandes cantidades de equipo t¨¢ctico y armamento en caso de que fuera necesario.
Sus l¨ªneas eran suaves, y su chasis brillaba con un acabado met¨¢lico oscuro que absorb¨ªa la luz, d¨¢ndole un aspecto imponente. Las ventanillas, completamente polarizadas, ofrec¨ªan una visi¨®n clara del exterior cuando estabas dentro, pero desde afuera era imposible ver el interior, asegurando total privacidad. Alrededor de la base de la c¨¢psula, una serie de propulsores antigravitacionales emit¨ªan un resplandor azul claro, la firma caracter¨ªstica de la tecnolog¨ªa de levitaci¨®n que hab¨ªa reemplazado las ruedas hace ya varios milenios.
A diferencia de los coches voladores comerciales que usaban los ciudadanos comunes, estos veh¨ªculos estaban modificados espec¨ªficamente para que sus sistemas el¨¦ctricos tuvieran redundancias, haci¨¦ndolos seguros ante los eventos paranormales. Como casi todos los autos de alguien de la ¨¦lite social de estos tiempos, el mismo estaba equipado con escudos energ¨¦ticos, sistemas de defensa automatizados y una inteligencia artificial integrada, por lo que estos autos eran tanto un medio de transporte como una fortaleza flotante. El modelo de G¨®mez, a pesar de las d¨¦cadas de uso, todav¨ªa funcionaba a la perfecci¨®n gracias a las m¨²ltiples actualizaciones del personal de mantenimiento del laboratorio.
G¨®mez se acerc¨® a su veh¨ªculo. Apoy¨® la mano sobre la superficie suave y curva de la puerta. No era un sistema de seguridad biom¨¦trica ni requer¨ªa complejas verificaciones de huellas dactilares, algo que en otro tiempo habr¨ªa sido considerado de alta seguridad. Ahora, la IA integrada en cada veh¨ªculo se encargaba de todo. En esta era, el concepto de ¡°cerrar¡± o ¡°abrir¡± autos hab¨ªa quedado obsoleto. Nadie necesitaba preocuparse por bloquear puertas o perder llaves; los autos simplemente reconoc¨ªan a sus due?os.
Al mantener su mano apoyada unos segundos, un suave pitido confirm¨® que el sistema lo hab¨ªa identificado. La puerta se levant¨® hacia arriba con un movimiento fluido, como si el auto fuera una criatura mec¨¢nica extendiendo sus alas para recibirlo. El interior era espacioso, minimalista, y a la vez profundamente tecnol¨®gico. Los asientos dise?ados para adaptarse a cada cuerpo parec¨ªan flotar en el aire. Hologramas azules brillaban sutilmente en el aire, proyectando men¨²s e interfaces que G¨®mez apenas necesitaba tocar.
En tiempos antiguos, conducir un autom¨®vil era una habilidad que todos aprend¨ªan por necesidad. Pero en esta ¨¦poca, esa idea era un mero pasatiempo. El volante hab¨ªa desaparecido por completo de los dise?os hace demasiado tiempo. La conducci¨®n era algo reservado solo para los pilotos de carreras y los nost¨¢lgicos que practicaban en simuladores. El resto de la poblaci¨®n confiaba ciegamente en los sistemas automatizados que hab¨ªan reducido los accidentes a un evento casi imposible. Para estas personas era dif¨ªcil imaginar que hace unos milenios las carreteras eran escenarios de tragedias diarias.
G¨®mez entr¨® en su veh¨ªculo, y lo primero que llam¨® su atenci¨®n fue que el compartimento oculto en su autom¨®vil estaba a plena vista. El compartimiento consist¨ªa de una peque?a caja oculta bajo la alfombra que cubr¨ªa el piso. La alfombra se encontraba levantada y el compartimento dejaba ver su interior; un espacio reducido lo suficientemente grande para guardar unos cuantos objetos importantes. Inmediatamente, G¨®mez not¨® que algo faltaba. La grabadora que hab¨ªa escondido all¨ª hab¨ªa desaparecido.
Jonathan se la hab¨ªa llevado.
Un escalofr¨ªo recorri¨® a G¨®mez al pensar en todo lo que hab¨ªa sucedido alrededor de esa grabadora. Era solo un dispositivo redundante, algo que podr¨ªa haber sido reemplazado f¨¢cilmente por sistemas de grabaci¨®n m¨¢s avanzados. Pero para ¨¦l, representaba mucho m¨¢s. Esa grabadora era el ¨²ltimo testimonio de momentos que G¨®mez preferir¨ªa olvidar, pero que parad¨®jicamente hab¨ªa querido conservar.
Se agach¨® para examinar el compartimento y, con un suspiro, lo cerr¨® nuevamente, camufl¨¢ndolo bajo la alfombra. Se sent¨® en el asiento del conductor. A¨²n pod¨ªa sentir la decepci¨®n infiltr¨¢ndose en sus pensamientos. Si su escondite hubiera funcionado como deb¨ªa, Jonathan nunca habr¨ªa podido encontrar la grabadora. Quiz¨¢s, pens¨®, eso le habr¨ªa permitido evitar el caos que sigui¨®. Quiz¨¢s, si las cosas hubieran sido diferentes, Jonathan habr¨ªa tenido la oportunidad de ofrecerle algunas palabras de aliento hoy, en este d¨ªa que deb¨ªa ser una especie de cierre para ambos.
Como era habitual, el asiento del conductor ajust¨® su posici¨®n autom¨¢ticamente en cuanto se acomod¨®. La puerta se cerr¨® a sus espaldas con un leve zumbido, sellando el habit¨¢culo y dej¨¢ndolo en un silencio casi absoluto. El aire dentro del veh¨ªculo era perfecto, fresco y limpio, filtrado por un sistema de climatizaci¨®n que no solo regulaba la temperatura, sino tambi¨¦n la pureza del aire, eliminando cualquier rastro de contaminantes. Un panel de control hologr¨¢fico se despleg¨® frente a ¨¦l, proyectando una serie de iconos flotantes que indicaban la espera de ¨®rdenes.
¡ªDestino: Salida del laboratorio¡ªOrden¨® G¨®mez.
La IA del veh¨ªculo respondi¨® de inmediato, activando los propulsores de despegue. Los motores antigravitacionales emitieron un zumbido grave que hizo vibrar levemente el interior del auto antes de que la c¨¢psula se elevara suavemente del compartimento. Un sistema de gu¨ªas magn¨¦ticas integradas lo dirigi¨® autom¨¢ticamente hacia una de las salidas del estacionamiento, sin que ¨¦l tuviera que preocuparse por maniobrar esquivando los robots centinelas.
Al acercarse a la salida, una gran compuerta se desliz¨® hacia arriba, revelando el vasto y oscuro horizonte del parque cient¨ªfico-industrial donde se encontraba el peque?o laboratorio 32.
G¨®mez se qued¨® en silencio mientras observaba el mundo frente a ¨¦l. Sobre el panel de control hab¨ªa aparecido un icono para que confirmara su siguiente destino. Una pausa necesaria para evitar errores, pero tambi¨¦n una oportunidad para reflexionar sobre todo lo que hab¨ªa ocurrido el d¨ªa de hoy.
G¨®mez respir¨® profundamente. ?Era esto lo que quer¨ªa? Despu¨¦s de tantos a?os de servicio, de estar al borde del abismo, enfrentando cosas que la mayor¨ªa de la gente ni siquiera pod¨ªa imaginar, finalmente hab¨ªa llegado el momento de dejarlo ir. Ya no habr¨ªa m¨¢s interrogatorios, no m¨¢s criaturas escapadas de dimensiones alternativas, no m¨¢s noches en vela planificando misiones de riesgo mortal. No m¨¢s luchar contra lo incomprensible.
Por un lado, estaba el alivio. Un alivio profundo que se filtraba en su cuerpo como el peso de una vida que, al fin, podr¨ªa soltar. No tendr¨ªa que seguir viviendo en ese estado constante de alerta, esperando el siguiente desastre, el siguiente informe que le dir¨ªa que algo hab¨ªa salido mal y que ¨¦l deb¨ªa arreglarlo. Podr¨ªa descansar, vivir una vida tranquila, alejado de los horrores con los que hab¨ªa lidiado durante tantos a?os.
Pero, por otro lado, hab¨ªa algo m¨¢s, una sensaci¨®n punzante en el fondo de su mente. Un vac¨ªo. Se hab¨ªa acostumbrado tanto a esa vida de constante acci¨®n, de enfrentar lo imposible, que no sab¨ªa si estaba realmente preparado para el silencio que le esperaba. ?Qu¨¦ har¨ªa ahora? ?C¨®mo llenar¨ªa los d¨ªas sin esa adrenalina, sin ese prop¨®sito claro que hab¨ªa definido su vida durante tanto tiempo?
Un Nuevo Comienzo (5)
Mir¨® hacia adelante, la pantalla hologr¨¢fica del auto mostr¨¢ndole una ruta clara hacia su hogar. Podr¨ªa simplemente decir ¡°vamos¡± y el veh¨ªculo lo llevar¨ªa a su destino en minutos. Pero a¨²n no estaba listo. Cerr¨® los ojos por un momento y dej¨® que el peso de todo lo que hab¨ªa sucedido se asentara.
Las caras de las personas que hab¨ªa conocido a lo largo de los a?os comenzaron a desfilar por su mente. Rivas, Ortega, Mendelson, Jonathan. Agentes como ¨¦l, que hab¨ªan dado todo por la fundaci¨®n, algunos de sus compa?eros no fueron tan afortunados como para haber llegado a esta etapa de retiro. Recordaba las historias de Rivas, uno de los tantos veteranos que hab¨ªan visto a tantos compa?eros perder la vida, consumidos por el trabajo y la presi¨®n psicol¨®gica. ?Y Jonathan? ¨¦l hab¨ªa sido otro ejemplo, alguien que silenciosamente se hab¨ªa ido apagando poco a poco, hasta que un d¨ªa simplemente dej¨® de estar entre estos pasillos.
Quiz¨¢ era eso lo que m¨¢s le inquietaba. No era solo la acci¨®n, las misiones, o la tensi¨®n. Era el hecho de que ahora tendr¨ªa que enfrentarse a s¨ª mismo. Durante a?os, hab¨ªa dejado que el trabajo lo definiera, que lo mantuviera ocupado. No hab¨ªa tenido tiempo para pensar en lo que significaba su existencia, en lo que estaba haciendo con su vida. Pero ahora, ese tiempo le sobraba, y el silencio de su futuro le resultaba intimidante.
Hab¨ªa pasado tanto tiempo en las entra?as del laboratorio que la idea de vivir una rutina ¡°normal¡± le resultaba casi irreal. La jubilaci¨®n se le hab¨ªa sido impuesta con una frialdad burocr¨¢tica que a¨²n le molestaba, pero una parte de ¨¦l sab¨ªa que ya no ten¨ªa mucho que ofrecer. El sistema hab¨ªa decidido que su tiempo hab¨ªa llegado a su fin. Los nuevos reclutas, esos que alguna vez lo admiraron por su perspicacia y dedicaci¨®n, ahora lo miraban con una mezcla de l¨¢stima y desd¨¦n. Era como si el reloj se hubiese detenido para ¨¦l, mientras que para el resto, el tiempo avanzaba con la misma implacabilidad de siempre.
No pod¨ªa volver, pero podr¨ªa dictar la orden y desaparecer. Ser¨ªa f¨¢cil. Podr¨ªa volver a casa, sentarse en su sill¨®n, abrir una cerveza, y encender la televisi¨®n. Podr¨ªa hacer lo que todos le aconsejaban. ¡°Vuelve a casa, G¨®mez¡±, le dec¨ªan ¡°Es hora de empezar a disfrutar de tu retiro¡±. Pero la palabra ¡°disfrutar¡± le sab¨ªa a polvo en la boca. Disfrutar, ?de qu¨¦ exactamente? ?De la nada? ?De la interminable repetici¨®n de d¨ªas que, uno tras otro, parec¨ªan condenados a desvanecerse en el olvido?
Abri¨® los ojos de nuevo y mir¨® el panel de control. El icono segu¨ªa all¨ª, esperando que diera la orden para llevarlo de regreso. Deb¨ªa volver, dejarlo todo atr¨¢s y comenzar una nueva vida. Era lo que todos le dec¨ªan que deb¨ªa hacer, lo que la l¨®gica dictaba. Pero entonces, ?por qu¨¦ sent¨ªa ese nudo en el est¨®mago? ?Por qu¨¦ hab¨ªa una parte de ¨¦l que no quer¨ªa soltarlo del todo?
Sin poder dar la orden final, G¨®mez se qued¨® estacionado junto a la puerta del laboratorio, mirando fijamente la placa de metal que colgaba a un costado, con el n¨²mero de la compuerta grabado en ella. El laboratorio hab¨ªa sido su vida durante d¨¦cadas. Lo hab¨ªa visto envejecer junto con ¨¦l, desmoron¨¢ndose poco a poco, tan desgastado como sus propias esperanzas y aspiraciones. Los a?os de trabajo y la dedicaci¨®n incondicional ahora parec¨ªan carecer de sentido. No hab¨ªa medallas, no hab¨ªa reconocimiento, no hab¨ªa fanfarria cuando le cerraron las puertas y lo ¡°invitaron¡± a retirarse de manera anticipada. Las palabras que le dijeron hace unos minutos a¨²n resonaban en su mente: ¡°No se preocupe, no le est¨¢n echando la culpa de nada, simplemente sus ideas ya no encajan¡±. Eso le dijeron con frialdad desmedida, sin mirar su pasado en este laboratorio. Su madre muri¨® por esta causa, su padre vivi¨® pensando que era una causa noble, y ¨¦l hab¨ªa depositado la mayor parte de su vida como pago para luchar por un futuro donde lo paranormal no invadiera su mundo. Y ahora estaba ah¨ª, un hombre desplazado, forzado a aceptar su salida en un mundo que sent¨ªa a su causa como una causa perdida, una causa in¨²til y cobarde.
Sobraban los motivos para querer irse de un lugar que lo hab¨ªa ninguneado de tal forma.
Pero, ir¨®nicamente, los tiempos de su jubilaci¨®n forzada coincid¨ªan con el descubrimiento del caso que promet¨ªa ser el m¨¢s emocionante de su vida. Durante toda su carrera hab¨ªa rozado la superficie de los secretos m¨¢s oscuros de la humanidad, pero nunca lo suficientemente cerca como para meterse en un caso tan importante. Ahora, al final de su carrera como agente, parec¨ªa que el destino lo llamaba a ser parte de algo m¨¢s grande. Nadie sab¨ªa qu¨¦ tan grande era este caso en realidad, pero no hab¨ªa dudas que desenterrar este secreto era la fantas¨ªa de cualquier hombre que dedica su vida a resolver misterios.
¡°?Y ahora qu¨¦?¡± Se pregunt¨® una vez m¨¢s. Las preguntas se amontonaban en su mente, empuj¨¢ndose unas a otras sin obtener respuesta. ?Deb¨ªa seguir adelante con la investigaci¨®n de forma privada? ?O simplemente aceptar que hab¨ªa fuerzas mucho m¨¢s grandes de las que ¨¦l podr¨ªa controlar? Era un hombre retirado, despu¨¦s de todo. Hab¨ªa cumplido con su parte, hab¨ªa servido a la humanidad. ?No merec¨ªa ahora un poco de paz, un descanso?
Suspir¨®. Hab¨ªa algo m¨¢s en su mente, algo que lo manten¨ªa inquieto, y no era solo el hecho de que lo hab¨ªan echado antes de tiempo. No, era la muerte de Jonathan. Esa maldita muerte que hab¨ªa sucedido tan abruptamente, con tan poco sentido. Un aparente suicidio, dec¨ªan los informes oficiales. Todo apuntaba a ello: sus ¨²ltimas palabras, la opini¨®n de sus amigos m¨¢s cercanos, y la evidente desesperaci¨®n que lo hab¨ªa consumido en sus ¨²ltimos d¨ªas. Pero entonces, ?por qu¨¦ segu¨ªa rondando esa sensaci¨®n de que algo no encajaba? ?Por qu¨¦ no pod¨ªa deshacerse de esa punzada en el est¨®mago, esa voz susurrante en el fondo de su mente que le dec¨ªa que faltaban piezas en el rompecabezas?
El pensamiento de Jonathan lo llev¨® de vuelta al mensaje secreto. Se supon¨ªa que iban a hablar. Jonathan hab¨ªa insistido en ello, en una charla que, seg¨²n ¨¦l, cambiar¨ªa todo. Pero esa conversaci¨®n nunca sucedi¨®. Y ahora, el hombre estaba muerto. Las opciones eran pocas y extremas: o alguien lo hab¨ªa asesinado antes de que pudieran hablar, o Jonathan hab¨ªa decidido poner fin a su vida sin darle a G¨®mez la oportunidad de entender lo que estaba ocurriendo.
Pero, ?qu¨¦ podr¨ªa haber sido tan importante como para hacer que Jonathan acabara de esa manera? Durante la ¨²ltima semana, algo hab¨ªa cambiado. Algo lo hab¨ªa perturbado hasta el punto de perder toda esperanza, o peor, hasta el punto de que otra persona se viera obligado a silenciarlo de manera definitiva. Pero, ?qu¨¦ hab¨ªa descubierto? ?Y c¨®mo se relacionaba todo con el oscuro secreto del ¡°Observador¡±?
Ese era el n¨²cleo de todo. El secreto del ¡°Observador¡±, una investigaci¨®n clandestina dirigida por Oliver Murphy, un hombre que parec¨ªa tener una mirada entrometida en todas las conspiraciones de las ¨²ltimas d¨¦cadas. Un proyecto envuelto en el m¨¢s absoluto de los secretos, con una historia que remontaba d¨¦cadas, y que parec¨ªa haber aniquilado a todos los que se acercaban demasiado a la verdad. Las desapariciones de historiadores que se atrevieron a indagar, las muertes sospechosas de quienes intentaron exponer algo m¨¢s grande que ellos mismos, todo estaba entrelazado.
El nudo en el est¨®mago de G¨®mez se apretaba con m¨¢s fuerza. Sab¨ªa que deb¨ªa irse, que deb¨ªa dejar todo atr¨¢s y seguir adelante, tal como le hab¨ªan aconsejado. Pero la intriga lo consum¨ªa. Era una sensaci¨®n sofocante, como si cada fibra de su ser se negara a aceptar lo que parec¨ªa evidente. Tras tanto investigar, hab¨ªa descubierto una verdad: Jonathan hab¨ªa descubierto algo. Algo tan grande que lo hab¨ªa llevado a la muerte. Y ese algo estaba relacionado con ¡°El Observador¡±.
¡°El Observador¡± era una criatura excepcionalmente rara que simulaba ser un individuo, planta o animal perfectamente com¨²n, pero tambi¨¦n era un s¨ªmbolo, un concepto que representaba a aquellos que se beneficiaron del caos durante la dictadura, a los que se enriquecieron mientras los dem¨¢s mor¨ªan o desaparec¨ªan. La dictadura militar hab¨ªa ca¨ªdo, pero el poder y el control de los que se beneficiaron de ella segu¨ªan presentes, ocultos entre las sombras de la sociedad.
?C¨®mo se relacionaba ¡°El Observador¡± con la dictadura? Era una pregunta que G¨®mez se hac¨ªa constantemente, pero cada vez que intentaba profundizar en ella, encontraba m¨¢s incertidumbres que certezas. Sab¨ªa que algo oscuro vinculaba a esa entidad con la ¨²ltima oleada de dictaduras militares que hab¨ªan devastado a la humanidad. Sin embargo, era un terreno lleno de bruma, donde las respuestas claras parec¨ªan siempre estar un paso m¨¢s all¨¢ de su alcance.
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Por el momento los caminos posibles para resolver este caso eran pocos. La clave estar¨ªa en investigar a los dos grandes bandos involucrados en este caso. Por un lado, aquellos que proteg¨ªan el secreto del ¡°Observador¡±, las suposiciones de Gomez indicaban que este era un grupo selecto y poderoso que se hab¨ªa beneficiado enormemente durante la dictadura. Eran los antiguos generales, pol¨ªticos y empresarios que se hab¨ªan llenado los bolsillos con los despojos de una civilizaci¨®n rota. Ellos hab¨ªan creado una fortaleza impenetrable alrededor de la figura del ¡°Observador¡±, usando todo tipo de medios para ocultar su existencia, proteger su influencia y perpetuar el statu quo. Para ellos, ¡°El Observador¡± no era solo una leyenda, era la esencia que hab¨ªa permitido la creaci¨®n de su mundo de poder y privilegios.
Por otro lado, estaban aquellos que, tras el colapso del r¨¦gimen, hab¨ªan tomado las riendas del pa¨ªs y lo hab¨ªan conducido hacia una nueva era. Estos nuevos l¨ªderes eran la cara visible de la actual democracia, aunque G¨®mez sospechaba que, en las sombras, tambi¨¦n estaban profundamente involucrados en los mismos juegos de poder que sus predecesores. Hab¨ªan logrado controlar el mundo tras la ca¨ªda de la dictadura, pero no estaban exentos de las influencias que rodeaban al ¡°Observador¡±. La diferencia, quiz¨¢, era que en lugar de proteger ciegamente el secreto, este misterioso grupo estaba obsesionado con descubrirlo y usarlo para su propio beneficio.
Si bien la verdad hab¨ªa sido enterrada junto con Jonathan, Gomez deduc¨ªa que para ambos bandos ¡°El Observador¡± era una figura central. Lo m¨¢s sorprendente era que a pesar de su rol central, tras la ca¨ªda del r¨¦gimen, ¡°El Observador¡± hab¨ªa logrado escabullirse, mantenerse oculto y continuar operando desde las sombras, como si el paso del tiempo no tuviera efecto sobre ¨¦l. Y era aqu¨ª donde las cosas se volv¨ªan a¨²n m¨¢s desconcertantes para G¨®mez.
¡°El Observador¡± no era un humano. No, no pod¨ªa serlo. O al menos, no en el sentido convencional. Todo indicaba que esta criatura del otro mundo, cualquiera que fuese su verdadera naturaleza, hab¨ªa existido durante m¨¢s tiempo del que cualquier humano podr¨ªa soportar. Marcus hab¨ªa sido el primero en sugerir que ¡°El Observador¡± era ¡°inmortal¡±. Y esa palabra, que normalmente ser¨ªa descartada como fantas¨ªa, resonaba ahora en su mente con una seriedad inquietante.
G¨®mez nunca hab¨ªa lidiado con algo como esto antes. En su tiempo como agente, hab¨ªa enfrentado amenazas paranormales, entidades inexplicables, y fuerzas que desafiaban las leyes de la ciencia tal como las conoc¨ªa. Pero siempre hab¨ªa una regla, una constante que manten¨ªa su cordura intacta: esas criaturas, esos seres, de alguna manera u otra, pod¨ªan ser derrotados. No importaba cu¨¢n poderosos fueran, siempre hab¨ªa una forma de detenerlos, de destruirlos o al menos contenerlos. Sin embargo, con ¡°El Observador¡±, esa regla no se aplicaba.
La inmortalidad era un concepto que no encajaba en su experiencia. Nunca, ni siquiera en sus casos m¨¢s extra?os, hab¨ªa encontrado algo o alguien que pudiera definirse como ¡°inmortal¡±. S¨ª, hab¨ªa lidiado con seres que pod¨ªan sobrevivir a heridas fatales, criaturas que pod¨ªan regenerarse o escapar de la muerte de formas sorprendentes, pero incluso ellas pod¨ªan ser destruidas con el m¨¦todo adecuado. No obstante, ¡°El Observador¡± parec¨ªa diferente. Antes de hacer el interrogatorio a Thomas Smith, Marcus se lo hab¨ªa dicho claramente: ¡°El Observador no puede morir. No en el sentido en que t¨² y yo entendemos la muerte.¡±
Eso lo hab¨ªa desconcertado profundamente. G¨®mez era un hombre que cre¨ªa f¨¢cilmente en lo sobrenatural. Hab¨ªa trabajado toda su vida con un pie en la ciencia y otro en lo inexplicable, pero siempre buscando una explicaci¨®n l¨®gica, un m¨¦todo que pudiera aplicarse para resolver lo imposible. La idea de que existiera una entidad verdaderamente inmortal, algo que no pudiera ser destruido de ninguna manera, era un desaf¨ªo a todo lo que conoc¨ªa y entend¨ªa.
Lo m¨¢s inquietante era que Marcus hab¨ªa hablado de la inmortalidad del ¡°Observador¡± como si fuera un hecho incuestionable. Como si ese ser, esa entidad que supuestamente pod¨ªa moverse entre las realidades y fingir ser humano, hubiera estado entre ellos todo este tiempo, manipulando eventos, apareciendo y desapareciendo a voluntad, sin que nadie pudiera detenerlo. Pero, ?qu¨¦ significaba exactamente ser inmortal? G¨®mez no lo comprend¨ªa del todo. ?Era el ¡°Observador¡± una criatura que simplemente no envejec¨ªa? ?O era algo m¨¢s complejo? ?Pod¨ªa regenerarse infinitamente? ?Ten¨ªa alguna clase de control sobre el tiempo mismo? En su momento, Marcus le hab¨ªa respondido sus preguntas con una respuesta que solo planteaba m¨¢s preguntas: ¡°Muere, pero en realidad no muere¡±
Las respuestas de Marcus eran esquivas. Lo cierto es que hab¨ªa rumores, susurros en los c¨ªrculos m¨¢s profundos de la investigaci¨®n paranormal, pero nada concreto. Ning¨²n estudio serio, ninguna evidencia que pudiera ser utilizada para demostrar de manera irrefutable como funcionaba su inmortalidad o su naturaleza. Todos los ¡°Observadores¡± hab¨ªan escapado de todos los intentos de la humanidad por atraparlos, por estudiarlos, por entenderlos. Y todo apuntaba a que su capacidad para sobrevivir a cualquier intento de captura o destrucci¨®n estaba directamente relacionada con su ¡°inmortalidad¡±.
Este t¨¦rmino, inmortalidad, era en s¨ª mismo problem¨¢tico. En esencia, parec¨ªa que el ¡°Observador¡± pod¨ªa morir, o al menos simular la muerte de alguna manera. Pero de alguna forma, esa muerte no era permanente. Regresaba, se mov¨ªa, cambiaba de forma o se escond¨ªa en las sombras hasta que era seguro volver a actuar. Era un ciclo eterno, una especie de juego del gato y el rat¨®n, donde la humanidad siempre era el rat¨®n y el ¡°Observador¡±, el gato que nunca se cansa. Para alguien como G¨®mez, que hab¨ªa pasado su carrera enfrentando amenazas tangibles, la noci¨®n de que existiera algo que no pod¨ªa ser destruido, algo que siempre pod¨ªa regresar infinitamente, era profundamente perturbadora.
El laboratorio 32, ese peque?o y olvidado rinc¨®n del mundo en el que G¨®mez y Jonathan hab¨ªan trabajado juntos, no era m¨¢s que una mota en el vasto mapa de intereses y poderes que se mov¨ªan en las sombras. Como dos hormigas observando desde lejos una guerra que los sobrepasaba, ellos no eran m¨¢s que espectadores impotentes. Incluso si lograban descubrir algo, ?qu¨¦ pod¨ªan hacer al respecto? Nada. Jonathan hab¨ªa sido la prueba viviente de esa impotencia. Y ahora, G¨®mez estaba a punto de enfrentarse a la misma realidad.
Hab¨ªa dos pistas concretas para continuar investigando este caso. Solo dos. Y ambas parec¨ªan prometer la nada misma. Primero estaba el pendrive que Jonathan le hab¨ªa dejado. Sin embargo, G¨®mez no esperaba mucho de ¨¦l. Jonathan ya hab¨ªa revelado lo que cre¨ªa importante en su ¨²ltimo mensaje. ?Qu¨¦ m¨¢s podr¨ªa haber all¨ª? Algo trivial, probablemente. Quiz¨¢s una pista m¨¢s, pero no una respuesta definitiva.
Y luego estaba el libro. El libro de Thomas Smith. Un libro que hab¨ªa sido revisado por innumerables expertos, sin que nadie encontrara nada inusual en ¨¦l. Entonces, ?por qu¨¦ sent¨ªa que hab¨ªa algo m¨¢s, algo escondido a simple vista en ese libro? Era por qu¨¦ Jonathan cambi¨® su forma de actuar luego de encontrarlo, en esa misma misi¨®n. Para Jonathan, hab¨ªa algo oculto en ¨¦l. Algo que todos los dem¨¢s hab¨ªan pasado por alto. ?Qu¨¦ podr¨ªa haber visto Jonathan que los dem¨¢s no? ?Una frase oculta entre l¨ªneas? ?Un c¨®digo escondido en las palabras? Parec¨ªa improbable. Y, sin embargo, G¨®mez no pod¨ªa ignorar la intuici¨®n de su difunto amigo.
El auto segu¨ªa zumbando, paciente. Los iconos brillaban, indicando la espera de ¨®rdenes. G¨®mez los mir¨® de nuevo, como si de alguna manera el simple acto de presionarlos pudiera resolver sus dilemas. La realidad era que, incluso si quisiera continuar investigando, estaba solo. Sin Jonathan, sin apoyo oficial, sin acceso a recursos, solo ¨¦l contra un sistema que no quer¨ªa que descubriese la verdad. Y tal vez Jonathan hab¨ªa comprendido eso. Tal vez por eso hab¨ªa decidido rendirse.
G¨®mez se llev¨® una mano al ment¨®n, reflexionando en silencio. Podr¨ªa dejarlo todo atr¨¢s, regresar a una vida sencilla, sin complicaciones. Nadie lo culpar¨ªa por ello. Despu¨¦s de todo, ?qu¨¦ pod¨ªa lograr ¨¦l solo? Pero tambi¨¦n sab¨ªa que, si volv¨ªa a casa, si simplemente dejaba que la verdad se desvaneciera, algo dentro de ¨¦l morir¨ªa junto con Jonathan. Una parte de s¨ª mismo que a¨²n cre¨ªa en la lucha por la humanidad, en descubrir la verdad, en hacer algo m¨¢s que ser un simple observador.
La luz del bot¨®n parpade¨® una vez m¨¢s. G¨®mez trag¨® saliva. Cerr¨® los ojos y respir¨® hondo, intentando calmar el caos que bull¨ªa dentro de su cabeza. Y entonces, sin pronunciar palabra, su mano se movi¨® lentamente hacia el panel de control. El zumbido del motor se intensific¨®. Era el momento de tomar una decisi¨®n.
Por un instante, dud¨®. El auto se elev¨® ligeramente, como si el simple movimiento del veh¨ªculo fuera el reflejo de su propio estado mental. Pero entonces, tom¨® aire profundamente, aferr¨¢ndose a lo que quedaba de su resoluci¨®n.
¡ªIniciar ruta de regreso a casa ¡ªDijo finalmente, con voz firme.
El auto respondi¨® de inmediato. El zumbido se convirti¨® en un rugido suave mientras el veh¨ªculo tomaba altura del suelo y se dirig¨ªa a cruzar la salida del laboratorio. G¨®mez mir¨® por la ventana, viendo c¨®mo las instalaciones quedaban atr¨¢s, cada vez m¨¢s peque?as a medida que el auto ganaba altura.
No buscar¨ªa respuestas. No seguir¨ªa desenterrando los fantasmas de Jonathan ni los secretos oscuros que lo rodeaban. Al final, tal vez lo m¨¢s valiente era aceptar que no todo tiene soluci¨®n. Que, a veces, dejar ir era la ¨²nica opci¨®n.
Mientras el laboratorio desaparec¨ªa en el horizonte, G¨®mez se permiti¨® un ¨²ltimo vistazo a lo que alguna vez hab¨ªa sido su vida. Un nudo en el est¨®mago persist¨ªa, pero algo m¨¢s dentro de ¨¦l comenzaba a soltarse. Tal vez, solo tal vez, a¨²n hab¨ªa tiempo para recomenzar, para rearmar su vida como una persona normal.
El Umbral del Despertar (1)
El laboratorio 32 se encontraba en el coraz¨®n de lo que sol¨ªa ser un complejo de oficinas desmantelado, ahora convertido en un gigantesco parque cient¨ªfico-industrial dedicado exclusivamente al estudio de lo paranormal. El laboratorio no era muy grande y se encontraba perdido entre la mara?a de edificios que lo rodeaban, como si se tratase de una peque?a flor en una gigantesca jungla de metal y concreto. Desde el exterior solo se percib¨ªa otra peque?a torre de aspecto fr¨ªo y funcional, desprovista de cualquier ornamentaci¨®n innecesaria.
Dado el gran inter¨¦s en lo paranormal el parque cient¨ªfico-industrial de Florida hab¨ªa crecido exponencialmente hasta abarcar varias hect¨¢reas de tierra, aunque describir algo como ¡°tierra¡± en este distante futuro era inexacto. El planeta Tierra ya no pose¨ªa tierra como la conoc¨ªamos. Lo que una vez fue una superficie rebosante de vida hab¨ªa sido transformada en una inmensa metr¨®polis global. Toda la superficie del planeta estaba cubierta por edificios, cables, f¨¢bricas y estructuras indefinibles que desafiaban lo comprensible. Los pocos ¨¢rboles y vegetaci¨®n que alguna vez existieron fueron desplazados a planetas distantes, protegidos en santuarios biol¨®gicos. El costo de este avance tecnol¨®gico fue que la biodiversidad de la Tierra estaba pr¨¢cticamente extinta; salvo algunos remanentes que hab¨ªan logrado evolucionar para adaptarse al nuevo ecosistema planetario, nada hab¨ªa sobrevivido al avance de la humanidad sobre la naturaleza.
El aire de esta colosal e interminable ciudad era irrespirable. La contaminaci¨®n derivada de siglos de explotaci¨®n industrial incontrolada hab¨ªa oscurecido el cielo al punto de hacerlo irreconocible. Las nubes naturales desaparecieron hac¨ªa tiempo, sustituidas por una impenetrable capa de toxinas, qu¨ªmicos y polvo radiactivo. Para los habitantes de la ciudad, los ciclos de d¨ªa y noche era solo una proyecci¨®n digital. Una ilusi¨®n que imitaba los cielos azules que alguna vez adornaron el horizonte, pero incluso esa simulaci¨®n fallaba a menudo, dejando entrever la negrura contaminada que envolv¨ªa el planeta. Cada edificio, coche, y hogar estaba equipado con filtros de purificaci¨®n del aire, indispensables para la supervivencia. Sin ellos, la muerte por asfixia o enfermedades respiratorias era segura.
En un futuro en el que la Tierra se hab¨ªa transformado en una ¨²nica y colosal ciudad, Florida no era m¨¢s que un antiguo barrio, un vestigio entre las tit¨¢nicas expansiones urbanas. Los Estados Unidos, ahora un distrito indistinguible entre tantos, representaban solo una parte de la vasta urbe planetaria. Las naciones como las conoc¨ªamos hab¨ªan dejado de existir, reemplazadas por ¨¢reas con normativas irrelevantes en la nueva estructura de la humanidad.
Por tal motivo, cuando nos referimos al periodo que las personas de estos tiempos conocen como ¡°la dictadura¡±, no nos estamos refiriendo a un r¨¦gimen autoritario en el sentido tradicional, como los que la Tierra hab¨ªa conocido en su historia antigua. Esto no era la dictadura de un solo pa¨ªs, era un proceso mucho m¨¢s profundo, m¨¢s vasto, que afectaba no solo a la Tierra, sino a los m¨²ltiples planetas de la red interplanetaria que la humanidad hab¨ªa tejido a lo largo de los siglos.
La expansi¨®n de la humanidad por el cosmos hab¨ªa llevado a la colonizaci¨®n de numerosos mundos, cada uno con su propia estructura de gobierno, su propio modelo de desarrollo, pero todos vinculados, de una u otra manera, a la influencia de la Tierra. Aunque la Tierra era ahora solo uno de los tantos planetas dominados por la humanidad, segu¨ªa siendo el n¨²cleo de todo. Era el planeta m¨¢s industrializado, el m¨¢s poderoso, el m¨¢s influyente, no solo en t¨¦rminos pol¨ªticos, sino tambi¨¦n militares, culturales y econ¨®micos. La Tierra segu¨ªa siendo el punto de referencia, el origen de todo lo que representaba la humanidad en el universo.
Cada ex-pa¨ªs en la Tierra manten¨ªa su representaci¨®n en forma de un representante pol¨ªtico, un senador que supuestamente velaba por los intereses de su ¡°distrito¡± y, por extensi¨®n, del planeta en general y de la humanidad en su conjunto. Sin embargo, esta imagen de poder y representatividad era un espejismo, una proyecci¨®n de influencia que daba la Tierra dada su historia. No hab¨ªa un senado intergal¨¢ctico. Cada planeta ten¨ªa su propio ¡°sistema¡±, con su propia forma de gobierno. No exist¨ªa un l¨ªder de la humanidad. Cada mundo era independiente y ten¨ªa sus propias estructuras de poder independientes de la Tierra. A su vez, la Tierra nunca se hab¨ªa unido en una sola naci¨®n, m¨¢s bien el concepto de naci¨®n se hab¨ªa esfumado hasta ser una sombra de lo que hab¨ªa sido.
A medida que los viajes interplanetarios se hab¨ªan vuelto tan comunes como los viajes a¨¦reos en tiempos antiguos, las distancias entre los mundos ya no eran una barrera. La humanidad hab¨ªa alcanzado una era en la que pod¨ªas dar la vuelta al mundo en unos pocos minutos, tomar un caf¨¦ en Marte por la tarde y regresar a dormir a la Tierra por la noche. En este contexto, las divisiones pol¨ªticas entre naciones, los antiguos ¡°pa¨ªses¡±, hab¨ªan perdido gran parte de su relevancia. Con la tecnolog¨ªa actual, las fronteras no ten¨ªan el mismo significado que alguna vez tuvieron, y las diferencias culturales entre los pa¨ªses se hab¨ªan diluido dentro de los propios mundos. Pese a ello, a¨²n exist¨ªa una cultura de la Tierra y otra muy diferente en otros planetas como Marte, lo cual hab¨ªa llevado a generar una independencia entre planetas.
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No obstante, la Tierra segu¨ªa siendo la primera entre iguales, el lugar donde todo comenzaba. Y las pol¨ªticas dictadas por el senado de la Tierra r¨¢pidamente se replicaban en otros planetas. Cualquier cambio social que tuviera lugar en el planeta madre, inevitablemente repercut¨ªa en el resto del imperio humano. As¨ª se hab¨ªa dado lugar al periodo hoy conocido como ¡°La dictadura¡±.
¡°La dictadura¡± no fue un fen¨®meno impuesto por la fuerza en un primer momento, m¨¢s bien fue producto de un acuerdo social. Fue el resultado de a?os acumulados de desencanto generalizado con la ¡°casta¡± pol¨ªtica, aquellas personas que se hab¨ªan ¡°apoderado¡± de la humanidad mediante la democracia. Durante a?os, la corrupci¨®n, la incompetencia y la avaricia de los pol¨ªticos hab¨ªan erosionado la fe del pueblo en el sistema. El colapso de las instituciones democr¨¢ticas hab¨ªa sido un evento reclamado por las masas. La gente, harta de promesas vac¨ªas y de una clase dirigente que solo buscaba enriquecerse con el trabajo ajeno, hab¨ªa comenzado a ver a los militares como los ¨²nicos capaces de restaurar el orden y progreso de la humanidad.
Y as¨ª, en un acto de desesperaci¨®n colectiva, los ciudadanos de la Tierra comenzaron a tocar las puertas de los cuarteles militares. Les pidieron a gritos que tomaran el control, que pusieran fin al caos, que eliminaran a los corruptos y restauraran el equilibrio social. Los militares, siempre alertas al reclamo popular y con la disciplina que los caracterizaba, respondieron al llamado de las masas. Al principio, fue en un distrito, luego en otro, y luego en otro. La dictadura se extendi¨® como un virus que promet¨ªa liberar a un pueblo oprimido por unos pocos que se pasaron de listos.
Lo que en un principio iba a ser un gobierno de transici¨®n se convirti¨® r¨¢pidamente en un r¨¦gimen prolongado. Como suele ocurrir, aquellos que tomaron el poder no estaban dispuestos a soltarlo tan f¨¢cilmente. La transici¨®n prometida nunca lleg¨®. En cambio, los militares consolidaron su control, estableciendo reg¨ªmenes autoritarios en todo el imperio de la humanidad. Las dictaduras militares, que en su origen hab¨ªan sido vistas como un mal necesario, pronto se revelaron como un mal mucho mayor del que se esperaba erradicar.
La dictadura ofrec¨ªa orden, s¨ª, pero se pagaba con represi¨®n. La gente ya no sufr¨ªa por la corrupci¨®n de los pol¨ªticos, pero hab¨ªa pagado el precio perdiendo su libertad. Se hab¨ªa establecido un control f¨¦rreo sobre la vida cotidiana. La vigilancia era constante. Cualquier disidencia era sofocada de inmediato. Las instituciones democr¨¢ticas fueron desmanteladas y sustituidas por una estructura de poder basada en la fuerza, el control militar y la supresi¨®n de cualquier tipo de oposici¨®n.
En este contexto, nuestro protagonista oculto, ¡°El Observador¡±, era una figura enigm¨¢tica, pero crucial. Si bien la dictadura hab¨ªa sido un fen¨®meno pol¨ªtico y social en la superficie, detr¨¢s de ella, movi¨¦ndose en las sombras, estaba esta entidad misteriosa. Como ya sabemos, con el tiempo, la dictadura fue desmoron¨¢ndose, como todos los reg¨ªmenes autoritarios lo hacen. No hab¨ªa sido derrocada por una revoluci¨®n, ni por un movimiento popular. M¨¢s bien, hab¨ªa ca¨ªdo por su propio peso, por la ineficiencia que acompa?a a todo sistema basado en el miedo y la represi¨®n. Los militares comenzaron a perder el control y, eventualmente, el poder se diluy¨®. Lo que una vez fue un dominio f¨¦rreo sobre la humanidad se fue fragmentando hasta convertirse en una especie de sombra de lo que hab¨ªa sido.
Tras la ca¨ªda del r¨¦gimen autoritario, las ¡°naciones privadas¡±, como se les llamaba a las megacorporaciones controladas por una sola familia, fueron las que tomaron el protagonismo. Ya sin una autoridad centralizada que exigiera coimas o favores, o un r¨¦gimen autoritario que mirara a todas las negociaciones privadas con paranoia, el mercado se mov¨ªa con una libertad que no hab¨ªa visto en milenios, y aquellos que hab¨ªan sobrevivido a los cambios pol¨ªticos prosperaron como nunca lo hab¨ªan hecho antes. Estos poderes ten¨ªan toda la libertad que requer¨ªan para explorar este maravilloso universo que se les hab¨ªa presentado con la ca¨ªda de la dictadura: ¡°El otro mundo¡±.
El Observador, entonces, no solo hab¨ªa sido el arquitecto de la dictadura, sino tambi¨¦n el responsable de su ca¨ªda. Hab¨ªa logrado que el poder se fragmentara, que se diluyera hasta el punto de no ser m¨¢s que una ilusi¨®n. Para la mayor¨ªa de la humanidad, la dictadura era solo un cap¨ªtulo oscuro del pasado. Pero los que realmente entend¨ªan el juego del poder sab¨ªan que en este nuevo escenario nadie los controlaba. La humanidad nunca hab¨ªa sido tan libre, y eso era exactamente lo que el Observador hab¨ªa planeado. Solo en esa libertad sin precedentes, la humanidad podr¨ªa explorar ¡°el otro mundo¡± con una intensidad sin igual. Pero hab¨ªa un precio. En ese proceso, la humanidad perdi¨® el respeto por lo desconocido, desafiando lo que antes tem¨ªa. La barrera entre ¡°nuestro mundo¡± y ¡°el otro mundo¡± se volv¨ªa m¨¢s delgada, m¨¢s fr¨¢gil, marcando un futuro incierto y peligroso.
El Umbral del Despertar (2)
Volviendo a nuestra peque?a regi¨®n del mundo. Desde las alturas, el complejo donde se encontraba el laboratorio 32 se extend¨ªa como una red monol¨ªtica, conectada por puentes a¨¦reos y t¨²neles suspendidos, como si el suelo hubiera dejado de ser relevante para la humanidad. Los edificios que formaban este vasto complejo eran de dise?o simple, eficiente y austero, al punto de crearse una sensaci¨®n de claustrofobia al observarlos desde la distancia. Las estructuras estaban tan cerca unas de otras que a menudo parec¨ªan un bloque macizo y continuo. Algunos edificios se alzaban hacia el cielo como rascacielos, otros permanec¨ªan a una altura media, pero todos compart¨ªan la misma est¨¦tica: un negro met¨¢lico, casi opaco, sin ventanales y unas pocas luces de ne¨®n intermitentes que les confer¨ªan un aire alegre y mecanizado.
El transporte en esta zona era otra demostraci¨®n del aislamiento extremo que sufr¨ªa este lugar. En efecto, desplazarse por esta ¨¢rea peligrosa era algo estrictamente prohibido. La totalidad del complejo era vigilada las 24 horas del d¨ªa por centinelas rob¨®ticos. Estos guardianes mec¨¢nicos patrullaban el aire y las plataformas superiores, escaneando constantemente, buscando cualquier intruso o actividad sospechosa. Eran figuras de aspecto amenazante, con cuerpos acorazados, visores brillantes y extremidades capaces de moverse con una precisi¨®n mec¨¢nica. Ning¨²n civil pod¨ªa ingresar o siquiera sobrevolar esta zona sin los permisos adecuados, y cualquier nave no autorizada era derribada sin la menor advertencia. Los robots de seguridad no solo estaban programados para proteger, sino tambi¨¦n para observar. Todo lo que ocurr¨ªa dentro del complejo era registrado, analizado y almacenado por las inteligencias artificiales que operaban en lo profundo de las entra?as de los edificios. Toda la log¨ªstica se manejaba con veh¨ªculos a¨¦reos y drones automatizados, que zumbaban incesantemente entre los edificios, accediendo a ellos por sus niveles superiores. Esto a?ad¨ªa una capa de desconexi¨®n: no hab¨ªa ning¨²n contacto con la base f¨ªsica del complejo.
El auto volador donde se encontraba nuestro protagonista hab¨ªa salido del estacionamiento hace un buen tiempo y, en cuanto estuvo en el aire libre, los propulsores ajustaron su potencia, llev¨¢ndolo hacia la zona de tr¨¢fico a¨¦reo. A pesar de la velocidad con la que se desplazaba, el viaje fue suave, casi como flotar en una corriente de aire invisible. El tr¨¢fico a¨¦reo en la tierra estaba perfectamente regulado, con carriles tridimensionales que se superpon¨ªan y ajustaban autom¨¢ticamente para evitar colisiones, todo gestionado por un sistema centralizado que conectaba cada veh¨ªculo volador a una red general de control.
G¨®mez revis¨® el panel de control mientras el veh¨ªculo se desplazaba. El sistema de navegaci¨®n mostraba su ruta con precisi¨®n milim¨¦trica, gui¨¢ndolo fuera de los per¨ªmetros de parque industrial; hacia las profundidades de la ciudad donde su familia hab¨ªa vivido durante generaciones. Mientras avanzaba, observ¨® c¨®mo la arquitectura cambiaba, de los oscuros y densos bloques de concreto y metal, a las brillantes torres de cristal y acero que caracterizaban el poder¨ªo econ¨®mico del planeta Tierra.
La ciudad se ergu¨ªa como un tit¨¢n de metal y cristal, un coloso que parec¨ªa ara?ar las nubes con sus agujas y torres, construidas para impresionar y recordar a todos los que habitaban all¨ª que este planeta era el nacimiento de nuestra civilizaci¨®n. Las torres se alzaban tan alto que las capas superiores desaparec¨ªan en un cielo de un gris difuso. A medida que el auto volador de G¨®mez sub¨ªa o descend¨ªa, la calidad del aire y la densidad de la luz cambiaban, moduladas por la altura y el estatus de quienes viv¨ªan o trabajaban en esos niveles.
En las alturas se respiraba otro aire: menos denso, m¨¢s limpio, perfumado incluso con part¨ªculas que simulaban brisas frescas o fragancias tropicales programadas en las torres residenciales. Los ciudadanos de la zona alta hab¨ªan conquistado su lugar mediante influencias, contactos y fortunas acumuladas durante generaciones y generaciones de una brutal batalla por destacar entre la infinidad de humanos que hab¨ªan poblado el universo; ah¨ª, cada departamento era un s¨ªmbolo de exclusividad, dise?ado para bloquear la vista de cualquiera que habitara en las capas inferiores. Las ventanas espejadas de los edificios altos reflejaban la luz de miles de letreros y anuncios hologr¨¢ficos que flotaban en el aire, proyectando mensajes, promociones y servicios. Aqu¨ª, todo estaba envuelto en un ambiente de euforia descontrolada, una alegr¨ªa sin l¨ªmites, como el capricho de un ni?o siempre consentido por sus padres. La Tierra era un lugar donde las preocupaciones del resto de la humanidad parec¨ªan lejanas, separadas por los muros que delimitaban la vida privada de sus exc¨¦ntricos habitantes.
Pero debajo de esa fachada y del dise?o pomposo de los edificios urbanos, G¨®mez sab¨ªa que la realidad del planeta madre era muy distinta. Solo ten¨ªa que mirar por la ventanilla hacia abajo para ver la espesa cortina de smog que cubr¨ªa las calles a nivel del suelo, una bruma gris¨¢cea, casi densa como la tierra misma; en algunos puntos, tan impenetrable que convert¨ªa el suelo en una zona invisible. Aquel manto t¨®xico ocultaba lo peor de la humanidad, lo que todos sab¨ªan que exist¨ªa, pero pocos quer¨ªan reconocer. Abajo, entre las sombras de los edificios, la vida se volv¨ªa una pesadilla.
La capa m¨¢s baja de la ciudad era poblada por aquellos que sobreviv¨ªan d¨ªa a d¨ªa, sorteando enfermedades, violencia, y una calidad de aire tan envenenada por los desechos de las f¨¢bricas que acortaba la esperanza de vida en lo justo y necesario para evitar que estas personas se convirtieran en un miembro ¡°improductivo¡± para la sociedad. G¨®mez sab¨ªa que las zonas bajas eran un tab¨² para las personas de su clase, incluso siendo un agente, intervenir ah¨ª era casi un acto de rendici¨®n ante la decadencia social. Al mirar hacia esa zona, donde las luces eran pocas y las sombras se mov¨ªan con rapidez y miedo, se percib¨ªa un ambiente en el que la vida era brutal y directa, sin las pintorescas m¨¢scaras sonrientes que adornaban los rostros de las personas que habitaban los pisos altos.
La estructura social que gobernaba el planeta madre era una manifestaci¨®n de una realidad cruda y despiadada asumida hace milenios: la supervivencia de la raza humana solo se encontraba amenazada por su propio desinter¨¦s por la procreaci¨®n. Milenios atr¨¢s, el ser humano dej¨® de reproducirse de forma natural, por elecci¨®n, por comodidad, o simplemente por indiferencia. Nadie deseaba hijos, o mejor dicho, ya no hab¨ªa incentivos para traer nuevas vidas al mundo. La tecnolog¨ªa avanzaba a un ritmo que resolv¨ªa todos los problemas de supervivencia: las enfermedades pr¨¢cticamente hab¨ªan desaparecido, las amenazas naturales parec¨ªan superadas, y las guerras entre humanos eran tan lejanas como la invenci¨®n de los robots. Sin embargo, una amenaza silenciosa se cern¨ªa sobre la especie: una extinci¨®n lenta y autoimpuesta.
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Sin motivos aparentes, la humanidad comenz¨® a reducirse. No hab¨ªa guerras, no hab¨ªa epidemias que diezmaran a la poblaci¨®n; solo hab¨ªa una falta de voluntad por traer m¨¢s humanos al mundo. La reproducci¨®n natural se convirti¨® en una rareza, y la tasa de natalidad rozaba lo insignificante. Cuando el n¨²mero de humanos comenz¨® a caer por debajo de los l¨ªmites cr¨ªticos, la sociedad en su conjunto enfrent¨® una pregunta fundamental: ?C¨®mo sobrevivir¨ªa nuestra especie sin hijos? Fue entonces cuando los l¨ªderes de la humanidad se dieron cuenta de que las cosas deb¨ªan cambiar y mandaron a sus siervos a encontrar soluciones. R¨¢pidamente, las inteligencias artificiales, dise?adas para servir y proteger a sus creadores, tomaron una medida radical: comenzaron a crear humanos.
Claro que las creaciones no eran exactamente humanas en el sentido estricto de la palabra. Estos seres, estas ¡°cosas¡±, como se les llamaba despectivamente en estos tiempos, no nac¨ªan de un ¨²tero humano. No hab¨ªa lazos familiares ni herencia cultural o emocional que los ligara a los verdaderos humanos. En su lugar, eran gestados en complejos industriales, en centros de reproducci¨®n que combinaban ingenier¨ªa gen¨¦tica y rob¨®tica para crear seres f¨ªsicamente id¨¦nticos a los humanos, pero sin la chispa de la humanidad en su sentido m¨¢s profundo. Eran producto de algoritmos, dise?ados para servir, obedecer y trabajar en las condiciones m¨¢s adversas, sin quejarse, sin deseos, sin sue?os, sin alma.
G¨®mez, al igual que otros humanos de nacimiento natural, ve¨ªa a esos seres no como iguales, sino como herramientas. La sociedad humana, o m¨¢s precisamente, los verdaderos humanos, se ve¨ªan a s¨ª mismos como la c¨²spide de una pir¨¢mide social que ellos mismos hab¨ªan establecido y defend¨ªan con fervor. Vivir en las alturas, en torres que ara?aban el cielo, era su derecho, una manifestaci¨®n f¨ªsica de la separaci¨®n entre ¡°ellos¡± y ¡°las cosas¡±. Era una divisi¨®n que iba m¨¢s all¨¢ de la geograf¨ªa o el estatus econ¨®mico; era una l¨ªnea invisible que determinaba qui¨¦n merec¨ªa llamarse humano y qui¨¦n estaba destinado a sobrevivir entre las sombras, a la densidad opresiva del smog y a la dureza del concreto.
Para G¨®mez, su vida era la culminaci¨®n de un linaje humano que hab¨ªa sobrevivido los embates del tiempo y las adversidades. Sus padres le hab¨ªan dado la vida a la antigua, en un acto de voluntad consciente, en donde su madre hab¨ªa llevado el embarazo durante unos largos y agotadores nueve meses. Una duraci¨®n inimaginable en un mundo donde la mayor¨ªa de los seres eran creados en cuesti¨®n de semanas, gestados en c¨¢psulas de reproducci¨®n automatizadas que se alineaban como botellas en una vinoteca. Este sacrificio era tan raro que se consideraba un lujo reservado solo para los humanos aut¨¦nticos, aquellos cuyo valor no se med¨ªa por su utilidad como trabajadores, sino por su esencia como individuos de carne y hueso con historias, deseos y un sentido de pertenencia.
Los verdaderos humanos ve¨ªan en esa diferencia un valor incalculable, un motivo de orgullo que justificaba la estructura social. La humanidad, para sobrevivir, hab¨ªa creado vida artificial; pero esos seres, por muy similares que fueran en apariencia, carec¨ªan de la historia y del sentido de prop¨®sito que caracterizaba a los humanos de nacimiento. Hab¨ªa una barrera infranqueable, una diferencia inalienable que manten¨ªa a las ¡°cosas¡± en los niveles bajos, sirviendo y obedeciendo, mientras los humanos aut¨¦nticos ascend¨ªan cada vez m¨¢s, refugi¨¢ndose en su exclusividad y en la idea de que, si alguna vez la humanidad deb¨ªa ser alabada por otros, ellos ser¨ªan los dignos creadores de ese legado.
Con el tiempo, esta estructura jer¨¢rquica se replic¨® en todos los mundos conquistados por la humanidad. Desde la Tierra hasta los planetas m¨¢s lejanos, el mismo sistema social se erigi¨® como una fortaleza que proteg¨ªa la esencia de la humanidad de la degradaci¨®n que ve¨ªan en esas ¡°cosas¡±. La pir¨¢mide social era inamovible: en la base estaban aquellos creados para servir, mano de obra barata y reemplazable, sin otra raz¨®n de existencia que la de perpetuar el funcionamiento de las ciudades y mantener en marcha la maquinaria de la sociedad. A medida que uno ascend¨ªa en esta jerarqu¨ªa, la ¡°humanidad¡± de los individuos aumentaba, hasta llegar a los niveles superiores, donde resid¨ªan los verdaderos humanos, aquellos pocos elegidos que llevaban en su sangre el derecho a la vida y que, seg¨²n cre¨ªan, eran los ¨²nicos que verdaderamente contaban en el cosmos.
Esta estructura ten¨ªa otra consecuencia m¨¢s sutil, pero profundamente significativa: los verdaderos humanos desarrollaron un desprecio casi visceral hacia los habitantes de los niveles bajos. Las ¡°cosas¡± no solo eran vistas como inferiores; eran consideradas mascotas, como una especie diferente que, aunque serv¨ªa para las tareas m¨¢s pesadas y riesgosas, deb¨ªa permanecer distante, en los l¨ªmites de la sociedad, para no contaminar la esencia de la humanidad aut¨¦ntica. Los altos estamentos crearon leyes, c¨®digos de conducta y regulaciones que reforzaban esta separaci¨®n, asegurando que a las ¡°cosas¡± no se les otorgar¨¢ los mismos derechos que los verdaderos humanos, ni tuvieran acceso a sus niveles de vida, ni mucho menos a sus obligaciones.
A lo largo de los a?os, este sistema de segregaci¨®n se convirti¨® en un hecho inamovible, parte del tejido mismo de cada ciudad y de cada colonia espacial. En los mundos humanos, hab¨ªa quien nac¨ªa, quien viv¨ªa y quien simplemente exist¨ªa. Los verdaderos humanos ten¨ªan acceso a todas las comodidades que el avance tecnol¨®gico pod¨ªa ofrecer, y adem¨¢s pose¨ªan el lujo de una identidad, un pasado y una dignidad que los dem¨¢s solo pod¨ªan so?ar. Este estatus se reforzaba continuamente a trav¨¦s de s¨ªmbolos, como la altura de sus viviendas, las exclusivas torres en las que habitaban, y las barreras de acceso, tanto f¨ªsicas como tecnol¨®gicas, que proteg¨ªan su estilo de vida de los habitantes de los niveles inferiores.
La dependencia de la humanidad hacia las ¡°cosas¡± para operar la vasta maquinaria industrial, minera y de producci¨®n de bienes que sosten¨ªa las zonas altas era, en el fondo, una elecci¨®n pragm¨¢tica y econ¨®mica. Automatizar cada aspecto de la sociedad a trav¨¦s de la rob¨®tica o la inteligencia artificial habr¨ªa sido un sue?o realizable, pero no sin costos prohibitivos. Los recursos necesarios para mantener la infraestructura tecnol¨®gica y los sistemas de control avanzados eran exorbitantes; requer¨ªan no solo mantenimiento constante, sino tambi¨¦n una actualizaci¨®n regular para prevenir fallas que podr¨ªan poner en riesgo el sistema. Sin embargo, las ¡°cosas¡± eran notablemente econ¨®micas: se las creaba en masa, se las dotaba de la fuerza f¨ªsica necesaria para las tareas m¨¢s arduas y, aunque nac¨ªan con una verdadera voluntad humana, pod¨ªan ser educadas para no cuestionar su falta de lucha contra el sistema que los oprime. Esto las hac¨ªa ideales para los trabajos repetitivos y peligrosos que los robots sofisticados tambi¨¦n pod¨ªan realizar, pero con un costo de fabricaci¨®n y mantenimiento incomparablemente mayor.
El Umbral del Despertar (3)
Adem¨¢s de la eficiencia econ¨®mica, exist¨ªa un elemento psicol¨®gico y cultural que justificaba esta dependencia. Para los verdaderos humanos, era intr¨ªnseco despreciar aquello que era diferente y, en especial, lo artificial. Aunque estos seres creados en centros de reproducci¨®n eran considerados seres inferiores, en el fondo eran, por su apariencia y comportamiento, m¨¢s ¡°familiares¡± para los humanos que una m¨¢quina met¨¢lica o un androide con una apariencia deshumanizada. Estas ¡°cosas¡± pod¨ªan expresar emociones, seguir ¨®rdenes de forma aut¨®noma y replicar las interacciones humanas. Esto les daba a sus supervisores una sensaci¨®n de control y familiaridad que las m¨¢quinas jam¨¢s podr¨ªan ofrecer.
Por otro lado, tambi¨¦n estaba el factor de la confianza. Las inteligencias artificiales avanzadas y los sistemas de automatizaci¨®n completos planteaban un riesgo inherente: el de ser manipulados o saboteados. Un programa inform¨¢tico pod¨ªa ser hackeado o reprogramado para servir los intereses de alguien que buscara el caos. Los temores sobre la facilidad con la que una inteligencia artificial pod¨ªa ser subvertida eran persistentes, especialmente entre la ¨¦lite, que conoc¨ªa de primera mano los peligros de la tecnolog¨ªa malintencionada. Los sistemas automatizados, aunque eficientes, tambi¨¦n ofrec¨ªan una enorme vulnerabilidad si alguien lograba controlar una red de robots. En una sociedad donde los ¡°se?ores¡± de la humanidad ten¨ªan un poder absoluto, no se pod¨ªa permitir que ese poder se pusiera en riesgo por una rebeli¨®n de m¨¢quinas.
En cambio, las ¡°cosas¡± no pod¨ªan ser manipuladas con unos pocos c¨®digos malintencionados. Evidentemente, esto tambi¨¦n ten¨ªa un lado negativo y las revueltas sociales en las zonas pobres de la Tierra eran algo com¨²n, pero se manten¨ªan limitadas a los pisos inferiores y raramente afectaban a las ¨¦lites. Incluso si un grupo de ¡°cosas¡± lograba organizar una revoluci¨®n en un planeta o una colonia lejana, el sistema de control de la ¨¦lite contaba con contramedidas extremas, dise?adas precisamente para evitar que una revuelta se extendiera. En caso de una amenaza considerable, bastaba con activar un protocolo de exterminio masivo: se hac¨ªa irrespirable la atm¨®sfera de todo el planeta mediante un sistema de terraformaci¨®n, o se desataba un pulso electromagn¨¦tico devastador que eliminaba a cualquier ser org¨¢nico en un ¨¢rea designada.
Las consecuencias ¨¦ticas de esta estructura social eran apenas discutidas, pues para la ¨¦lite el mundo estaba dividido de manera clara y objetiva. Las ¡°cosas¡± exist¨ªan para servir, y los verdaderos humanos ten¨ªan la obligaci¨®n de perpetuar y proteger esa jerarqu¨ªa. Sin embargo, en ciertos c¨ªrculos filos¨®ficos y acad¨¦micos de las zonas altas se daban lugar a debates sobre la moralidad de este sistema. Aunque oficialmente negado, algunos cient¨ªficos e intelectuales planteaban la posibilidad de que estas ¡°cosas¡±, al compartir una gen¨¦tica tan cercana a la humana, podr¨ªan tener potencial para desarrollar un sentido de identidad y conciencia individual no muy diferente del de un humano. Este planteamiento resultaba inc¨®modo, pues suger¨ªa que, en alg¨²n nivel, la explotaci¨®n de las ¡°cosas¡± se parec¨ªa peligrosamente a la esclavitud que la humanidad hab¨ªa dejado atr¨¢s siglos antes.
Aun as¨ª, estos debates eran r¨¢pidamente silenciados, y aquellos que expresaban tales opiniones eran marginados o ninguneados. La ¨¦lite ten¨ªa demasiado en juego para permitir que se cuestionara la estructura que hab¨ªa sostenido la estabilidad de su civilizaci¨®n durante generaciones. El miedo al caos, al descontrol y a la posibilidad de que las ¡°cosas¡± tomaran conciencia masiva de su opresi¨®n eran factores suficientes para que se tomaran medidas de censura a tales pensamientos ¡°extremistas¡±.
G¨®mez no era ajeno a este sistema. ¨¦l mismo hab¨ªa aprendido desde ni?o a no cuestionar la estructura de la sociedad, sino a entenderla y protegerla. Sab¨ªa que su opini¨®n, aunque aparentemente insignificante, era vital para el mantenimiento de la jerarqu¨ªa. Cualquier intento de las ¡°cosas¡± de ascender o de mejorar sus condiciones de vida era r¨¢pidamente controlado, apagado, y en ocasiones, castigado. No se permit¨ªan desobediencias ni desviaciones, porque cualquier fisura en el sistema pon¨ªa en peligro el equilibrio sobre el que se sustentaba la supervivencia de los verdaderos humanos.
De este modo, la existencia de las ¡°cosas¡± no era solo aceptada, sino necesaria para preservar la pureza de los verdaderos humanos. Su servidumbre perpetua era vista como el tributo que deb¨ªan pagar para que la humanidad continuara existiendo, aunque fueran ellos, en gran medida, los que llevaban la carga de sostener a la sociedad. No hab¨ªa lugar para la compasi¨®n ni para el cambio, porque el sistema, tal como estaba, funcionaba. G¨®mez lo entend¨ªa perfectamente: en un mundo en el que los verdaderos humanos escaseaban, cualquier acto de disidencia por parte de los niveles bajos era una amenaza directa a la estabilidad de todo el sistema que sustentaba la comodidad de su estado de vida.
En lo alto, protegido por las barreras de la tecnolog¨ªa y el status, G¨®mez miraba hacia abajo sin remordimientos, sin dudas. Porque para ¨¦l, la separaci¨®n era no solo necesaria, sino justa: en las profundidades del smog y la penumbra, las ¡°cosas¡± cumpl¨ªan su funci¨®n, y ¨¦l, desde las alturas, cumpl¨ªa la suya.
Aunque gran parte del sistema se sustentaba en la falta de empat¨ªa del humano y su eterna capacidad para autojustificarse. La existencia de las ¡°cosas¡± era una paradoja m¨¢s profunda de lo que el concepto de estratos sociales aparentaba a simple vista. En apariencia, estas r¨¦plicas de humanos eran id¨¦nticas: ten¨ªan la misma estructura biol¨®gica, los mismos ¨®rganos, e incluso manifestaban emociones y pensamientos complejos como lo hac¨ªa cualquier humano. Y sin embargo, algo fundamental las diferenciaba de los verdaderos humanos. Este algo, en una sociedad altamente tecnol¨®gica y supuestamente racional, se refer¨ªa a un concepto que muchos hubieran considerado superstici¨®n: el alma. Un vestigio de ¨¦pocas antiguas, un concepto que parec¨ªa un anacronismo, pero que, en realidad, conten¨ªa una verdad profunda y verificable que no pod¨ªa ser ignorada.
En una era donde la ciencia hab¨ªa revelado todos los secretos del universo material, el alma permanec¨ªa como una de las pocas realidades que escapaban a toda explicaci¨®n l¨®gica. Los cient¨ªficos del pasado no hab¨ªan prestado mucha atenci¨®n a este fen¨®meno, descart¨¢ndolo como una fantas¨ªa religiosa. Pero en los ¨²ltimos siglos, la situaci¨®n cambi¨® dr¨¢sticamente cuando algunos de los principales intelectuales lograron pruebas indiscutibles de su existencia. Las evidencias se filtraron al p¨²blico de manera controlada, y en cuesti¨®n de a?os, la humanidad descubri¨® que el alma no era solo un s¨ªmbolo filos¨®fico, sino una entidad real, hereditaria y fundamental para una habilidad vital en estos tiempos: la exploraci¨®n del ¡°otro mundo¡±.
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Aunque las revelaciones acerca de su existencia eran recientes, la humanidad hab¨ªa empezado a atisbar sus posibilidades desde tiempos ancestrales a trav¨¦s de experiencias cercanas a la muerte, sue?os l¨²cidos, o visiones. Sin embargo, con la llegada de pruebas cient¨ªficas y tecnolog¨ªa avanzada, qued¨® claro que el otro mundo no era una simple construcci¨®n mental; era un dominio al que solo pod¨ªan acceder aquellos dotados de un alma genuina, esa esencia intangible que, seg¨²n los estudiosos, se gestaba de manera exclusiva en el proceso de reproducci¨®n natural y no hab¨ªa forma de falsificar.
El alma, entonces, se convirti¨® en el ¨²ltimo y m¨¢s valioso recurso de la humanidad. Solo los humanos aut¨¦nticos pod¨ªan portarla, ya que solo se generaba mediante la concepci¨®n natural. Ning¨²n proceso de ingenier¨ªa gen¨¦tica, ninguna intervenci¨®n rob¨®tica, ni los m¨¢s avanzados centros de reproducci¨®n hab¨ªan logrado replicar este fen¨®meno. Las ¡°cosas¡± creadas en f¨¢bricas y criaderos tecnol¨®gicos no pose¨ªan esta chispa. Eran perfectamente funcionales para las tareas f¨ªsicas y mentales, pero carec¨ªan de la capacidad esencial que permit¨ªa a un ser humano conectar con el otro mundo.
M¨¢s all¨¢ de las m¨²ltiples preguntas que gener¨® el descubrimiento racional y cient¨ªfico del alma, gran parte de la ¨¦lite de la humanidad, los descendientes de aquellos que a¨²n contaban con un alma y un linaje puro, consideraban al otro mundo como un territorio sagrado, un lugar que les pertenec¨ªa por derecho. Su acceso restringido a aquellos con alma significaba que solo los verdaderos humanos pod¨ªan participar en esta exploraci¨®n, y esto reafirmaba su posici¨®n en la c¨²spide de la pir¨¢mide social.
En este contexto, las ¡°cosas¡± eran simples herramientas, creadas para sostener el mundo material y garantizar la supervivencia de las ¨¦lites, mientras estas dedicaban su tiempo y recursos a la investigaci¨®n del otro mundo. La proliferaci¨®n de las ¡°cosas¡± en los estratos bajos de la sociedad, hacinadas en los bloques industriales, trabajando en f¨¢bricas y sirviendo a sus amos humanos, no era m¨¢s que un mecanismo para mantener en funcionamiento la infraestructura de los mundos conquistados. Mientras las ¡°cosas¡± se ocupaban de las labores cotidianas, los verdaderos humanos pod¨ªan concentrarse en lo verdaderamente importante: la trascendencia de su especie en esta nueva dimensi¨®n.
Con el descubrimiento de la existencia del alma y la revelaci¨®n de su v¨ªnculo exclusivo con el otro mundo, surgi¨® tambi¨¦n una corriente de teor¨ªas conspirativas, rumores y especulaciones entre aquellos pocos que ten¨ªan conocimiento del tema. Se dec¨ªa que los intelectuales que hab¨ªan logrado estos descubrimientos hab¨ªan mantenido en secreto gran parte de la informaci¨®n durante milenios, reserv¨¢ndola solo para la parte m¨¢s importante de la ¨¦lite y manipulando el conocimiento general del p¨²blico. Estos conspiranoicos no estaban equivocados y Gomez pod¨ªa atestiguar sus palabras.
Esta realidad a?ad¨ªa una capa de iron¨ªa y de tensi¨®n al sistema social. Mientras las ¡°cosas¡± continuaban con su existencia mec¨¢nica, sin acceso al otro mundo, las ¨¦lites se entregaban a pr¨¢cticas cada vez m¨¢s esot¨¦ricas, en un esfuerzo por conectar con esa dimensi¨®n desconocida. Los verdaderos humanos, conscientes de su privilegio y de la exclusividad de su herencia, se aferraban a esta estructura con una mezcla de reverencia y paranoia, temerosos de que alg¨²n d¨ªa alguien pudiera despojarles del alma que los diferenciaba de las ¡°cosas¡±. En un universo donde la tecnolog¨ªa resolv¨ªa todos los problemas pr¨¢cticos, la conexi¨®n con el otro mundo se hab¨ªa convertido en el ¨²ltimo campo de batalla de la humanidad, el ¨²nico en el que se pod¨ªan ganar o perder posiciones. Era tambi¨¦n la ¨²ltima l¨ªnea de patriotismo que los vinculaba con sus ancestros, un recurso que no pod¨ªa ser reproducido ni manipulado.
A pesar de esto, algunos humanos aut¨¦nticos viv¨ªan con la inquietante duda de que la humanidad se hab¨ªa vuelto tan dependiente de las ¡°cosas¡± que, en alg¨²n punto, las propias ¨¦lites comenzaran a verlas como necesarias para su propia supervivencia. Sab¨ªan que sin la labor incesante y sumisa de las ¡°cosas¡±, las ciudades no funcionar¨ªan, la tecnolog¨ªa no se mantendr¨ªa, y la econom¨ªa se desmoronar¨ªa. La paradoja era brutal: depend¨ªan de seres que despreciaban, que consideraban inferiores, pero que resultaban indispensables para la vida material, mientras que ellos, los verdaderos humanos, buscaban algo que trascend¨ªa ese plano material.
G¨®mez, aunque distante de este concepto que resonaba en la cabeza de los exploradores del otro mundo, comprend¨ªa que no faltaban motivos para querer dominar este misterioso poder, pero la necesidad de un alma era un freno importante para lograr esta meta. Al descubrirse que el alma era la clave de acceso a ese otro plano de existencia y que su posesi¨®n estaba restringida a los humanos nacidos de manera natural, la ¨¦lite comprendi¨® su propia importancia en un sentido casi c¨®smico. Esta conciencia de s¨ª mismos incentiv¨® a las clases superiores a buscar y preservar su linaje. Sin embargo, el proceso de reproducci¨®n se convirti¨® en un problema, y la baja natalidad de las ¨¦lites se volvi¨® una de las principales amenazas para la continuidad de la exploraci¨®n.
La soluci¨®n, aunque nunca oficial, fue el hedonismo. Para los que pose¨ªan un alma, la sociedad fomentaba una cultura de disfrute y est¨ªmulo sensorial que iba m¨¢s all¨¢ de la mera supervivencia. La indulgencia en placeres f¨ªsicos y mentales, as¨ª como la b¨²squeda de la belleza y el amor, se volvieron no solo aceptables sino incentivados. Mientras el resto de la sociedad, las ¡°cosas¡±, estaba relegada a una existencia utilitaria, sin acceso a estos privilegios, los verdaderos humanos gozaban de una vida de comodidades y experiencias sensoriales que manten¨ªan su deseo de vivir y reproducirse. Las instituciones sociales, las modas, los eventos y las artes giraban en torno a estos placeres, con el objetivo ¨²ltimo de estimular a los miembros de la ¨¦lite a procrear. Era una estrategia silenciosa y sutil, pero tremendamente efectiva: en vez de presionarlos a tener hijos, se les rodeaba de una atm¨®sfera en la que procrear fuera ¡°el siguiente gran paso¡±.
Sin embargo, esta estructura hedonista no fue suficiente para garantizar una alta tasa de natalidad. En consecuencia, comenzaron a crearse rituales y ceremonias que enaltec¨ªan la concepci¨®n natural como un acto espiritual y sagrado. Tener un hijo era, en cierto sentido, contribuir a la salvaci¨®n de la humanidad. Cada nuevo nacimiento de un ni?o con alma representaba un potencial defensor del ¡°nivel humano¡±, y su mera existencia aumentaba la capacidad de la humanidad para conectar y entender el otro plano sin atraer demasiado la atenci¨®n de las entidades que resid¨ªan en ¨¦l.
El Umbral del Despertar (4)
Esta baja natalidad, no obstante, ten¨ªa tambi¨¦n un prop¨®sito oculto. De alguna manera, la humanidad hab¨ªa aprendido que mantenerse en n¨²meros reducidos actuaba como una especie de camuflaje ante las fuerzas sobrenaturales que pod¨ªan cruzar entre mundos. Las investigaciones y los escritos antiguos reflejaban una tendencia hist¨®rica en la que, a mayor poblaci¨®n con alma, m¨¢s frecuentes y peligrosas eran las manifestaciones paranormales. La ¨¦lite de intelectuales y cient¨ªficos hab¨ªa logrado documentar que estas entidades del otro mundo parec¨ªan detectar la presencia de almas en mayor medida cuando hab¨ªa grandes concentraciones de personas. Este fen¨®meno era una de las causas por las cuales la humanidad, desde tiempos ancestrales, hab¨ªa experimentado una especie de autocontrol poblacional, casi como si existiera una advertencia grabada en su inconsciente colectivo: ¡°demasiada visibilidad atrae el peligro.¡±
La historia estaba llena de eventos en los que los propios humanos parec¨ªan volverse su peor enemigo, saboteando su expansi¨®n o inclin¨¢ndose hacia la extinci¨®n con el fin de protegerse de los peligros invisibles. Durante la era preindustrial, ya hab¨ªa rumores de experiencias inexplicables y fen¨®menos paranormales, se?ales de que algo se desbordaba en el l¨ªmite entre ambos mundos. Mientras las ciudades crec¨ªan y las primeras grandes concentraciones urbanas surg¨ªan, aparecieron los primeros registros de sucesos que la ciencia no pod¨ªa explicar, indicios de que la humanidad hab¨ªa comenzado a llamar la atenci¨®n de entidades no humanas.
Este despertar, sin embargo, no fue un accidente. Las ¨¦lites sab¨ªan, instintivamente o por herencia cultural, que exist¨ªa un l¨ªmite en cuanto a cu¨¢ntas almas pod¨ªa haber en el mundo sin que se produjeran efectos adversos. Por eso, desde la ¨¦poca industrial y hasta el final del destape, se desarroll¨® una especie de contenci¨®n natural: la gente simplemente dejaba de tener hijos. A medida que el n¨²mero de almas disminu¨ªa, los eventos paranormales parec¨ªan reducirse en frecuencia e intensidad, como si el otro mundo volviera a perder inter¨¦s en la humanidad. Este mecanismo, aunque aparentemente irracional, se convirti¨® en una forma de supervivencia para los verdaderos humanos.
En la era de G¨®mez, la humanidad hab¨ªa superado ese miedo, ya ten¨ªa experiencia luchando contra lo paranormal y cre¨ªa poder defenderse de lo que fuera que esperar¨¢ del otro lado. La expansi¨®n de la humanidad a trav¨¦s del universo jugaba tambi¨¦n a su favor. Los exploradores espaciales, en busca de nuevas fronteras, desarrollaron colonias en planetas y sat¨¦lites lejanos, lo que extendi¨® a los humanos a distancias tan grandes que, incluso si sus almas fueran detectadas, las posibilidades de que llamaran la atenci¨®n eran m¨ªnimas. El universo era tan vasto y los verdaderos humanos tan pocos que las probabilidades de encontrarlos en el inmenso oc¨¦ano c¨®smico eran casi nulas. Era una estrategia de dispersi¨®n que proteg¨ªa a la humanidad y le daba tiempo para estudiar, entender y, si era posible, controlar las interacciones con el otro mundo sin comprometer su existencia.
Volviendo a la actualidad, pese a que la vida en los pisos inferiores era miserable, lo cierto es que tampoco era tan diferente a como hab¨ªa sobrevivido la humanidad antes de controlar la naturaleza. Al bajar, el dise?o de la arquitectura cambiaba dr¨¢sticamente: ya no hab¨ªa torres de cristal reluciente, ni luces de ne¨®n estilizadas. En su lugar, predominaban bloques compactos de concreto desgastado y metal corro¨ªdo, como si esos edificios hubieran sido construidos solo para sostenerse en pie en medio de las hostilidades de la vida urbana y no para ser vistos ni admirados. Las ventanas, cuando las hab¨ªa, estaban protegidas con rejas oxidadas, y muchas de las calles, desprovistas de vegetaci¨®n, daban la impresi¨®n de ser parte de un laberinto industrial m¨¢s que de una ciudad habitada.
El tr¨¢fico a¨¦reo, denso y rigurosamente controlado por sistemas automatizados, manten¨ªa los autom¨®viles en estratos espec¨ªficos; solo los humanos aut¨¦nticos pod¨ªan volar a ciertas alturas. Al descender la vista de G¨®mez, el flujo de veh¨ªculos se desorganizaba y la densidad del tr¨¢fico aumentaba notablemente. Las capas inferiores de la ciudad se cerraban sobre s¨ª mismas, el horizonte se desvanec¨ªa en la bruma y el ambiente se tornaba opresivo. Las luces parpadeantes y los carteles rotos dejaban ver apenas sus mensajes publicitarios, componiendo un panorama sombr¨ªo. Aqu¨ª, la tecnolog¨ªa mostraba su desgaste: veh¨ªculos voladores con fallos visibles, drones de vigilancia reparados con parches, y se?ales de ne¨®n titilantes e irregulares. El progreso y el lujo parec¨ªan ajenos a estos niveles.
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Para G¨®mez, la miseria era parte de lo cotidiano. La vida en la Tierra era aburrida y sencilla: todo el mundo entra a su trabajo, hace lo necesario para destacar y sale con una ¡°buena¡± paga. Sin embargo, los problemas derivados de vivir en un planeta tan sobrepoblado eran evidentes: por un lado, el orden y el control no alcanzaban el nivel de otros mundos m¨¢s organizados, dando lugar a que incluso los miembros de la ¨¦lite debieran coexistir con los miserables. Por otro lado, la Tierra se hab¨ªa convertido en una torre de edificaciones superpuestas, donde las zonas m¨¢s antiguas, situadas en las bases, eran est¨¦ticamente poco agradables. Como exagente, G¨®mez no sent¨ªa inter¨¦s en cambiar esa realidad ni en imaginar la vida de quienes habitaban debajo de ¨¦l. Su atenci¨®n estaba en el panel de control, en los sistemas que manten¨ªan su veh¨ªculo alineado y en la ruta predeterminada que deb¨ªa seguir. Sab¨ªa que, mientras permaneciera en el auto, estaba seguro, protegido por las capas de seguridad que las autoridades hab¨ªan impuesto para que nadie de los niveles bajos pudiera interferir con los de arriba.
A medida que el veh¨ªculo de G¨®mez se acercaba al destino, los sensores detectaban las capas de smog y ajustaban autom¨¢ticamente los filtros de aire en la cabina, protegi¨¦ndolo del aire envenenado. Sin embargo, el aire fuera del auto era tan denso que incluso los sistemas de ventilaci¨®n comenzaban a emitir un leve zumbido, una se?al de que la contaminaci¨®n de esas capas no era nada que pudiera ignorarse. Desde su ventanilla, G¨®mez observ¨® las sombras de personas movi¨¦ndose a trav¨¦s del smog, figuras que parec¨ªan fantasmas, movi¨¦ndose de un lado a otro con rapidez, como si estuvieran acostumbrados a moverse en la penumbra. Los rostros apenas se distingu¨ªan, y en algunas esquinas, los puntos de luz que emerg¨ªan parec¨ªan fuegos improvisados o l¨¢mparas de baja intensidad que apenas iluminaban la esquina de un edificio. Nadie miraba hacia arriba, nadie parec¨ªa siquiera registrar que en ese momento un auto volador pasaba arriba de ellos. Era un mundo aparte, un mundo que ¨¦l solo observaba como un observador silencioso.
El tr¨¢fico a¨¦reo era constante, pero silencioso, un flujo de aeronaves y autom¨®viles voladores que se mov¨ªan en l¨ªneas precisas, sin interferencias ni choques. Era impresionante c¨®mo la humanidad hab¨ªa evolucionado a lo largo de los a?os, c¨®mo todo se hab¨ªa automatizado para funcionar de manera eficiente, sin margen para el error. Pero en su mente, el caos del d¨ªa segu¨ªa reverberando, como un eco persistente que no pod¨ªa dejar de escuchar.
Repasaba los momentos vividos en la agencia, las misiones cumplidas, las charlas con sus compa?eros. Hab¨ªa vivido para el trabajo, y ahora, al estar sin ¨¦l, se encontraba como un n¨¢ufrago en un mar de horas vac¨ªas. G¨®mez mir¨® el panel de navegaci¨®n con cierta tristeza. No se dirig¨ªa a ning¨²n sitio que realmente pudiera llamar ¡°hogar¡±; lo esperaba un apartamento vac¨ªo, sin nadie de carne y hueso que lo recibiera. Nunca hab¨ªa tenido esposa, ni hijos; hab¨ªa dedicado su vida al trabajo, y ahora sent¨ªa el vac¨ªo llenando cada rinc¨®n de su existencia. La ¨²nica ¡°familia¡± que pose¨ªa estaba compuesta por un pu?ado de androides antiguos que hab¨ªa heredado, casi como reliquias, de generaciones pasadas de su familia. Eran androides obsoletos, algunos apenas funcionales, y otros mantenidos ¨²nicamente por la nostalgia. Con cada generaci¨®n, se hab¨ªan ido acumulando en su hogar, y, por razones de respeto a las tradiciones familiares, jam¨¢s hab¨ªa considerado la idea de deshacerse de ellos.
La falta de una familia propia hab¨ªa sido siempre su elecci¨®n; nunca tuvo tiempo para construir una vida fuera de su profesi¨®n. Las largas jornadas, las misiones de alto riesgo y el compromiso absoluto con el deber le hab¨ªan dejado poco margen para relaciones duraderas. Pero eso nunca le molest¨®, o al menos eso se dec¨ªa a s¨ª mismo. No obstante, la realidad le golpe¨® duro. Sin los compa?eros del trabajo, los androides que ten¨ªa en casa parec¨ªan ser la ¨²nica ¡°familia¡± que le quedaba.
El auto en el que viajaba G¨®mez finalmente disminuy¨® su velocidad, flotando en descenso controlado hacia el ¡°helipuerto¡± privado que daba entrada a su departamento. La torre de cristal donde viv¨ªa era un rascacielos impresionante, un testamento a la gloria y prestigio de la familia del agente G¨®mez, la cual si bien nunca fue demasiado rica, a¨²n le hab¨ªa dejado de herencia este bonito departamento en el planeta m¨¢s importante de la humanidad.
Al llegar, el veh¨ªculo se pos¨® suavemente sobre la plataforma de aterrizaje y las puertas se deslizaron hacia los lados con un siseo. G¨®mez sali¨®, sus zapatos resonando levemente sobre la superficie met¨¢lica. El fr¨ªo viento soplaba desde las alturas, cortante y seco, pero no lo sinti¨®; su mente estaba atrapada en los eventos del d¨ªa, en la crudeza de su despido y en el eco de las palabras de su superior, cargadas de frialdad y determinaci¨®n.
El Ojo que Todo lo Ve (1)
El acceso al departamento era directo, a trav¨¦s de una puerta de vidrio que se abr¨ªa mediante una inteligencia artificial. La tecnolog¨ªa cumpli¨® con su trabajo sin demora, y la puerta se desliz¨® para dejarlo entrar. El vest¨ªbulo de su hogar, a pesar de estar rodeado de luces y mobiliario de dise?o minimalista, irradiaba una extra?a sensaci¨®n de vac¨ªo. El departamento ten¨ªa tres pisos y era complicado no considerarlo una mansi¨®n suspendida en el aire, pero aunque lujosa, carec¨ªa de la calidez que otras casas m¨¢s modestas pod¨ªan tener.
Las paredes eran de un blanco impoluto, interrumpidas solo por obras de arte abstracto que su abuelo hab¨ªa coleccionado obsesivamente. Los suelos de m¨¢rmol negro reluc¨ªan bajo las luces indirectas, reflejando de manera distorsionada cada rinc¨®n del lugar. Desde donde estaba de pie, pod¨ªa ver la sala principal, que se extend¨ªa en un espacio abierto y minimalista, con ventanales que abarcaban de piso a techo y dejaban ver la ciudad en todo su esplendor. La capital de la humanidad palpitaba como un ente vivo, pero para ¨¦l, era un espect¨¢culo desprovisto de significado, un recordatorio de que no todos estaban solos en este mundo.
Al adentrarse en su hogar, G¨®mez fue recibido por un sonido met¨¢lico, una voz monocorde y sin emoci¨®n. Era un androide antiguo y de movimientos torpes, se activ¨® autom¨¢ticamente al sentir la presencia de su due?o. Su estructura era humanoide, pero no era un sint¨¦tico, su cara no mostraba expresi¨®n alguna y su esqueleto de metal estaba cubierto con una fina capa de material pl¨¢stico amarillento en un intento fallido de parecer m¨¢s amigable. Era uno de los primeros modelos en la l¨ªnea de androides dom¨¦sticos y hab¨ªa pertenecido a su tatarabuelo. Aunque sus circuitos estaban desgastados, el androide a¨²n lograba realizar el protocolo de bienvenida y trabajaba como el mayordomo de la casa. Se inclin¨® con cierta dificultad y, con voz met¨¢lica y algo distorsionada, le dio la bienvenida a casa, record¨¢ndole la misma rutina que hab¨ªa visto repetirse durante varias d¨¦cadas.
¡ªBienvenido, se?or G¨®mez. He detectado signos de fatiga y estr¨¦s. ?Desea que le prepare una bebida relajante?
Aquel ritual mec¨¢nico, aunque anticuado y casi obsoleto, le arranc¨® una leve sonrisa. Era una tradici¨®n que no hab¨ªa cambiado, sin importar cu¨¢nto lo hiciera el mundo a su alrededor.
El androide, al que ¨¦l hab¨ªa decidido no recordar su nombre por una raz¨®n que ya no recordaba, inclin¨® levemente la cabeza al notar la falta de respuesta de su due?o. G¨®mez lo mir¨® por un instante, percibiendo la fr¨ªa exactitud de sus movimientos, y neg¨® con un gesto cansado.
¡ªNo. Estoy bien. Solo... d¨¦jame estar en paz por un rato.
La m¨¢quina parpade¨® como si procesara la orden y se retir¨® al rinc¨®n que ocupaba cuando no estaba en uso. Era una escena que se hab¨ªa repetido tantas veces en los ¨²ltimos a?os, tan rutinaria que casi se volv¨ªa un reflejo autom¨¢tico en su vida. Sin embargo, este d¨ªa, despu¨¦s de lo vivido, todo ten¨ªa un tinte m¨¢s amargo.
El tr¨ªplex estaba lleno de ausencias. Las estanter¨ªas de vidrio con libros antiguos, herencia de su tatarabuelo, estaban ordenadas con meticulosa precisi¨®n, pero nadie las tocaba. Los sillones de cuero negro eran tan perfectos y nuevos como el d¨ªa en que se los trajeron. Solo la mesa de centro de madera noble, ara?ada y manchada en sus bordes, mostraba alg¨²n indicio de uso y tiempo, un peque?o vestigio de humanidad en medio de una perfecci¨®n est¨¦ril.
G¨®mez camin¨® lentamente hacia uno de los ventanales y apoy¨® la frente contra el fr¨ªo cristal, mirando hacia el bullicio de la ciudad iluminada por miles de luces. Se pregunt¨® cu¨¢nto tiempo m¨¢s podr¨ªa mantenerse all¨ª, en esa jaula que hab¨ªa heredado. Sus padres hab¨ªan dejado un legado que ¨¦l hab¨ªa intentado honrar toda su vida. Y ahora, tras ser expulsado de la fundaci¨®n, la sensaci¨®n de haber fallado era un peso insoportable sobre sus hombros.
El silencio fue interrumpido solo por el zumbido lejano de las aeronaves y la tenue vibraci¨®n de la ciudad que se filtraba a trav¨¦s de los muros. El mayordomo, desde su rinc¨®n, monitoreaba los signos vitales de G¨®mez sin hacer ning¨²n comentario. Sab¨ªa que no era su lugar ofrecer apoyo emocional, pero estaba programado para responder si detectaba una se?al de peligro inminente en la salud de su due?o. En ese momento, la respiraci¨®n pesada y el pulso acelerado de G¨®mez casi lo activaron, pero el androide permaneci¨® inm¨®vil, obedeciendo la orden de mantener su distancia.
El agente retirado se gir¨® finalmente y avanz¨® hasta el gran escritorio de caoba que dominaba un extremo de la sala. All¨ª, un mapa antiguo de la ciudad colgaba de la pared, cubierto de anotaciones y marcas que hab¨ªa hecho en los a?os en que investigaba. Sus dedos rozaron una de las anotaciones, un recordatorio de una misi¨®n que hab¨ªa cambiado el curso de su carrera, y por un momento, una oleada de nostalgia se mezcl¨® con el dolor de la derrota.
Con un suspiro, se dej¨® caer en la silla que se encontraba tras el escritorio. Sus ojos, cansados y tensos, se posaron sobre una peque?a caja met¨¢lica en un estante cercano. Dentro de ella, se encontraba una colecci¨®n de antiguos chips de datos que hab¨ªa recopilado a lo largo de su carrera. Algunos conten¨ªan informaci¨®n clasificada, otros eran recuerdos de sus misiones m¨¢s arriesgadas. La tentaci¨®n de sumergirse en aquellos datos era fuerte, pero sab¨ªa que hacerlo solo le recordar¨ªa todo lo que hab¨ªa perdido.
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G¨®mez cerr¨® los ojos, dejando que el agotamiento finalmente se apoderara de ¨¦l. La quietud de la sala y el fr¨ªo de un d¨ªa agotador se fusionaron en un manto de silencio que parec¨ªa envolverlo, denso y opresivo. Su mente se desliz¨® hacia el vac¨ªo, un espacio donde los recuerdos de misiones pasadas, nombres y rostros se mezclaban en una mara?a sin sentido. Sin embargo, aquella calma moment¨¢nea fue breve, interrumpida por un latido sordo en su pecho que lo devolvi¨® al presente. Abri¨® los ojos lentamente, enfrent¨¢ndose de nuevo al mar de luces que se extend¨ªa m¨¢s all¨¢ del ventanal.
Las pulsaciones de la ciudad, con su caos ordenado y su bullicio sofocado por el vidrio, lo observaban, indiferentes a su dilema. Hab¨ªa algo profundamente desconcertante en esa indiferencia, una sensaci¨®n que le recordaba su insignificancia, incluso en el tr¨ªplex que hab¨ªa sido el orgullo de su familia. Se levant¨®, incapaz de soportar la inmovilidad, y camin¨® por la estancia. Sus pasos resonaban con un eco fr¨ªo sobre el m¨¢rmol negro, un sonido que, aunque d¨¦bil, se hac¨ªa m¨¢s fuerte en su cabeza.
Pas¨® la yema de los dedos por el lomo de algunos de los libros que su tatarabuelo hab¨ªa coleccionado. Obras cl¨¢sicas sobre filosof¨ªa, ocultismo, religi¨®n y esoterismo descansaban juntas en una suerte de armon¨ªa ca¨®tica, un testimonio de la mente inquieta y curiosa de su antecesor. El agente deduc¨ªa que su tatarabuelo hab¨ªa sido la semilla que plant¨® en su linaje el inter¨¦s por lo oculto y lo esot¨¦rico, un legado que hab¨ªa perdurado en su familia hasta el d¨ªa de hoy. Gomez conoc¨ªa muy poco de este hombre, su abuelo dec¨ªa que hab¨ªa sido un hombre de mente retorcida, un estudioso obsesivo que pasaba horas perdido entre los textos antiguos, intentando desentra?ar los misterios que la humanidad hab¨ªa olvidado o decidido ignorar. Pero, curiosamente, jam¨¢s se hab¨ªa unido a la Fundaci¨®n A.P.D., lo que a?ad¨ªa una capa m¨¢s de misterio a su figura. ?Qu¨¦ hab¨ªa descubierto que lo mantuvo alejado de la organizaci¨®n? ?Hab¨ªa sabido algo que los dem¨¢s no?
El dedo de G¨®mez se detuvo en un volumen especialmente antiguo y ajado. La portada era de un color oscuro, casi negro, y en el centro ten¨ªa grabado el mismo s¨ªmbolo de la Fundaci¨®n: Una pir¨¢mide con un ojo acechante en su interior. Este ojo, sin embargo, era diferente al que conoc¨ªa. Parec¨ªa m¨¢s desgastado, m¨¢s humano en sus detalles, con l¨ªneas que suger¨ªan un cansancio inexplicable, como si hubiera visto demasiado.
La Fundaci¨®n A.P.D., una de las organizaciones m¨¢s secretas y antiguas que exist¨ªan, ten¨ªa or¨ªgenes que incluso sus miembros desconoc¨ªan por completo. Los relatos que hab¨ªa o¨ªdo cuando ingres¨® por primera vez al laboratorio 32 eran variados y a menudo contradictorios. Algunos dec¨ªan que los fundadores de la Fundaci¨®n hab¨ªan sido iluminados por una visi¨®n m¨ªstica, una revelaci¨®n que les dio el prop¨®sito de salvaguardar y descubrir el conocimiento oculto. Otros sosten¨ªan que era un grupo disidente de los Illuminati, solo hab¨ªa que mirar la similitud entre los s¨ªmbolos, pod¨ªa ser una facci¨®n que hab¨ªa decidido que la verdad deb¨ªa ser protegida y no utilizada para la manipulaci¨®n de las masas. Sea como fuera, los registros escritos sobre el origen de la organizaci¨®n se hab¨ªan perdido en alg¨²n punto de la historia, y la tradici¨®n oral que deb¨ªa preservar su legado se hab¨ªa diluido con el tiempo.
G¨®mez reflexionaba sobre esto mientras su mirada pasaba de un libro a otro, como si buscara respuestas en el silencio de la biblioteca familiar. Hab¨ªa o¨ªdo las historias de su abuelo, un hombre que hab¨ªa sido miembro de la Fundaci¨®n antes que ¨¦l y que, seg¨²n los pocos recuerdos que conservaba, era serio y reservado. Lo que m¨¢s destacaba en su memoria eran las conversaciones que su madre alguna vez hab¨ªa compartido con ¨¦l, antes de desaparecer en circunstancias que a¨²n no lograba entender del todo. G¨®mez recordaba que, en esos d¨ªas, su madre trataba de convencer a su padre sobre la necesidad de abandonar el trabajo y concentrarse en lo que era importante, de no permitir que el trabajo lo consumiera, pero su abuelo nunca renunci¨® a la Fundaci¨®n. Ni mucho menos lo obligaron a renunciar como a ¨¦l le hab¨ªa tocado vivir.
El tiempo en la Fundaci¨®n le hab¨ªa ense?ado a G¨®mez que la curiosidad pod¨ªa ser tanto un don como una maldici¨®n. El conocimiento esot¨¦rico ten¨ªa un precio, y a menudo ese precio era la cordura o la vida misma. Sus dedos se detuvieron sobre un libro cuyas hojas estaban marcadas con anotaciones en los m¨¢rgenes, garabatos en una caligraf¨ªa fren¨¦tica que suger¨ªa un estado mental al borde del colapso. Eran notas de su tatarabuelo, pensamientos dispersos que hablaban de rituales antiguos y protecciones arcanas, de barreras que pod¨ªan ser levantadas contra lo que acechaba en las sombras y de dimensiones que pod¨ªan ser exploradas si uno encontraba las puertas adecuadas. No era la primera vez que G¨®mez ve¨ªa este tipo de anotaciones; la hab¨ªa encontrado en otros documentos que hab¨ªa revisado en la Fundaci¨®n, documentos que siempre parec¨ªan terminar abruptamente o con p¨¢ginas arrancadas, como si alguien hubiera decidido que el resto de la informaci¨®n deb¨ªa mantenerse fuera del alcance.
Una de las anotaciones mencionaba el ¡°Ritual Secreto¡±, un rito destinado a esconder a un objeto de las miradas que todo lo ven, de aquellos que no solo buscaban conocimiento, sino que lo vigilaban y lo reclamaban como propio. G¨®mez frunci¨® el ce?o al leer esa l¨ªnea. Este ritual deb¨ªa ser el mismo que Thomas Smith hab¨ªa utilizado para esconder el libro que Jonathan Parker hab¨ªa recuperado de su ¨²ltima misi¨®n como agente de la fundaci¨®n. Era una extra?a coincidencia que su tatarabuelo hubiera dejado este ritual escrito en los m¨¢rgenes de uno de sus libros, pero tampoco era tan extra?a considerando que el ritual deb¨ªa ser de uso com¨²n, considerando que el mismo ya se encontraba en la base de datos de la fundaci¨®n.
La familia de G¨®mez hab¨ªa sido testigo de la historia reciente de la Fundaci¨®n, desde sus ¨¦pocas m¨¢s clandestinas hasta sus momentos de exposici¨®n p¨²blica. Sab¨ªa que su abuelo hab¨ªa trabajado como agente y su final fue un golpe que nunca se explic¨® del todo: una desaparici¨®n. La versi¨®n oficial fue un ¡°evento clasificado¡±, pero la familia sab¨ªa que la verdad rara vez se encontraba en los archivos oficiales. Luego vino su madre, una investigadora incansable y brillante que dedic¨® su vida a la Fundaci¨®n hasta que, al igual que su padre, desapareci¨® sin dejar rastro.
Ahora, ¨¦l era el ¨²nico G¨®mez que quedaba en esta casa, el ¨²ltimo eslab¨®n de una cadena familiar marcada por misterios y silencios. ?Ser¨ªa tambi¨¦n ¨¦l destinado a desaparecer en la bruma de lo inexplicable? ?O lograr¨ªa romper el ciclo?
El Ojo que Todo lo Ve (2)
El olor a cuero viejo y papel antiguo, aunque tenue, segu¨ªa impregnando la estanter¨ªa, y G¨®mez cerr¨® los ojos un momento, dej¨¢ndose arrastrar por una breve, pero intensa oleada de nostalgia. Pens¨® en su abuelo, en las historias susurradas en noches de tormenta, sobre secretos antiguos y la fundaci¨®n que hab¨ªa moldeado su vida y la de toda su familia. Ahora, todas esas historias parec¨ªan vac¨ªas, como ecos huecos de una ¨¦poca m¨¢s gloriosa.
Sus dedos tocaron una peque?a hendidura en la madera de la estanter¨ªa, una mueca casi imperceptible que solo ¨¦l conoc¨ªa. Era la silueta de una puerta, aunque por lo mal hecho que estaba el tallado se asemejaba m¨¢s a una ventana. La hab¨ªa hecho cuando era ni?o, en uno de sus intentos de crear una hermandad secreta que nunca lleg¨® a nada, imaginando que la gran casa era un mundo lleno de pasadizos secretos y peligros ocultos. La memoria le sac¨® una sonrisa fugaz, pero la sensaci¨®n de fracaso pronto la eclips¨®.
¡ª?Es esto todo lo que soy ahora? ?Un hombre que vive de su pasado? ¡ªSe pregunt¨® en voz alta, sabiendo que nadie responder¨ªa.
En un intento de distraerse, G¨®mez se dirigi¨® al living y activ¨® la consola hologr¨¢fica frente a ¨¦l. En el panel de control, seleccion¨® el sistema de entretenimiento, el cual apenas utilizaba. Era una pieza de tecnolog¨ªa de ¨²ltima generaci¨®n, capaz de proyectar mundos completos, de recrear sensaciones y escenarios de tal realismo que se pod¨ªa perder el sentido del tiempo y del yo. La interfaz resplandeci¨® con un azul tenue, iluminando la sala con su luz suave.
La consola ofrec¨ªa un abanico de opciones: series, pel¨ªculas, documentales sobre la expansi¨®n humana en otros planetas y las guerras que vinieron despu¨¦s, simulaciones inmersivas de deportes, viajes virtuales a parajes naturales extintos y una secci¨®n dedicada a recreaciones hist¨®ricas interactivas. G¨®mez pas¨® la vista por las opciones sin un inter¨¦s real, moviendo la mano frente al holograma de un lado a otro. Los colores y las im¨¢genes resplandec¨ªan, llenando la habitaci¨®n con un destello vibrante y fr¨ªo. Sus ojos, cansados de la jornada, apenas segu¨ªan el movimiento de las proyecciones.
Despu¨¦s de unos momentos de indecisi¨®n, seleccion¨® una categor¨ªa que rara vez tocaba: ¡°Exploraciones mentales¡±. Era un compendio de experiencias simuladas que pod¨ªan inducir estados emocionales espec¨ªficos: calma, euforia, nostalgia, incluso tristeza controlada. La intenci¨®n detr¨¢s de estas simulaciones era ayudar a las personas a gestionar sus emociones en una sociedad que se mov¨ªa a una velocidad vertiginosa, donde sentir de manera natural se consideraba un lujo que pocos pod¨ªan permitirse. G¨®mez eligi¨® una simulaci¨®n etiquetada enigm¨¢ticamente como ¡°El Bosque¡±.
La proyecci¨®n se despleg¨® a su alrededor, envolviendo la habitaci¨®n en una oscuridad que se transform¨® lentamente en un entorno verde, lleno de ¨¢rboles de troncos gruesos y ra¨ªces entrelazadas. La luz del sol se filtraba a trav¨¦s de las hojas, creando un mosaico de sombras y brillos en el suelo cubierto de musgo. Un aire fresco y un suave olor a pino lo golpearon, tan reales que por un momento pudo olvidar que segu¨ªa en su sala, rodeado de fr¨ªo m¨¢rmol y cristal.
Avanz¨® por el sendero, notando c¨®mo las ramas cruj¨ªan bajo sus pies con un realismo impecable. Cada sonido, desde el canto de un p¨¢jaro distante hasta el susurro del viento, estaba calculado para sumergir al usuario en la experiencia. G¨®mez aspir¨® profundamente, dejando que la ilusi¨®n le envolviera. Por un instante, se permiti¨® cerrar los ojos y sentir la brisa acariciando su rostro.
A medida que caminaba por el bosque, peque?as luces aparecieron a lo lejos, flotando entre los ¨¢rboles como luci¨¦rnagas. La simulaci¨®n las llamaba ¡°recuerdos¡±, fragmentos de la vida del usuario que emerg¨ªan si ¨¦l lo permit¨ªa, para crearlos la consola consultaba a la inteligencia artificial que gestionaba el hogar, y ella proporcionaba todos los datos necesarios para generar los recuerdos. Al acercarse a una de ellas, la figura de su madre apareci¨® brevemente, joven y radiante, como en las viejas fotos que se colgaban en las paredes. Sonre¨ªa mientras preparaba un pastel en la cocina de su infancia. La imagen dur¨® apenas unos segundos, pero el impacto fue profundo. G¨®mez sinti¨® un nudo en la garganta, y una punzada de a?oranza le recorri¨® el cuerpo.
Pas¨® de largo esa memoria, incapaz de sostener la mirada por m¨¢s tiempo. No quer¨ªa enfrentarse a los recuerdos que pudieran surgir; buscaba distracci¨®n, no melancol¨ªa. Sigui¨® avanzando hasta encontrar un claro en el bosque, donde un r¨ªo cristalino corr¨ªa serenamente. Se sent¨® en una roca cercana y dej¨® que sus dedos tocaran el agua fr¨ªa. Aunque sab¨ªa que era falso, el efecto era tan real como tranquilizador.
La consola emiti¨® un zumbido suave, avisando que alguien hab¨ªa intentado contactar con ¨¦l durante la inmersi¨®n. Se debati¨® entre ignorarlo y responder, pero la curiosidad finalmente gan¨®. Con un simple gesto, la simulaci¨®n se redujo al tama?o de una esfera flotante en la esquina de la habitaci¨®n, mientras la imagen hologr¨¢fica de la llamada emerg¨ªa frente a ¨¦l. Era una notificaci¨®n de la fundaci¨®n, un mensaje automatizado inform¨¢ndole que el proceso de transici¨®n tras su salida se completar¨ªa en los pr¨®ximos d¨ªas y que recibir¨ªa todas las indemnizaciones firmadas en el contrato.
¡ªGenial¡ ¡ªMurmur¨® con iron¨ªa, apartando la notificaci¨®n con un movimiento brusco.
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El bosque volvi¨® a desplegarse a su alrededor, pero el momento de calma se hab¨ªa evaporado. G¨®mez se recost¨® en la roca, sintiendo la incomodidad de una paz que no pod¨ªa sostener. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente de forma natural, sin la ayuda de las luces virtuales. Se vio a s¨ª mismo, m¨¢s joven y en¨¦rgico, corriendo por los pasillos de la escuela con la mirada fija en un futuro que entonces parec¨ªa prometedor. Record¨® el primer caso exitoso en el que trabaj¨® por su cuenta, una peque?a, pero enigm¨¢tica aparici¨®n de una criatura fantasmag¨®rica que lo hab¨ªa mantenido despierto durante unas cuantas noches. Hab¨ªa resuelto el caso con una mezcla de intuici¨®n y obstinaci¨®n, gan¨¢ndose el respeto de sus superiores. Pero esos d¨ªas se sent¨ªan distantes, casi irreales, como si pertenecieran a la vida de otra persona.
*Cruaa*¡*Cruaa*...
El canto de un cuervo reson¨® en alg¨²n lugar cercano. Alterado, G¨®mez frunci¨® el ce?o y se gir¨® a mirarlo. La consola no sol¨ªa incluir elementos inquietantes a menos que el usuario los seleccionara, y ¨¦l no recordaba haberlo hecho. De repente, la brisa se torn¨® m¨¢s fr¨ªa, y una sombra se movi¨® en el borde de su visi¨®n. Se levant¨® de golpe, todos sus sentidos en alerta. La tecnolog¨ªa con lo avanzada que era no sol¨ªa fallar, y era dif¨ªcil de creer que la simulaci¨®n se mezclara con alg¨²n error en el sistema.
¡ª?Consola, cambiaste los par¨¢metros de la simulaci¨®n? ¡ªPregunt¨®, su voz cortante.
El holograma titil¨®, y un mensaje de error apareci¨® en el aire:
¡°Error 418: Reinicio no disponible. Se recomienda terminar la sesi¨®n manualmente.¡±
G¨®mez maldijo entre dientes y se dirigi¨® al panel de control para terminar la simulaci¨®n. Pero antes de que pudiera hacerlo, una figura emergi¨® de entre los ¨¢rboles, rompiendo la ilusi¨®n de tranquilidad. No era un eco de sus recuerdos de la infancia ni una proyecci¨®n de ¨¦l mismo; era un anciano alto, cubierto de harapos, con un sombrero que ocultaba su rostro. La figura alz¨® la cabeza lentamente, revelando unos ojos azules inusualmente brillantes que parec¨ªan observarlo directamente, con una intensidad que le hel¨® la sangre.
La imagen desapareci¨® tan s¨²bitamente como hab¨ªa surgido, y el entorno hologr¨¢fico retom¨® su apariencia serena, como si nada hubiera ocurrido. G¨®mez sinti¨® c¨®mo su respiraci¨®n se aceleraba, el sudor fr¨ªo corr¨ªa por su nuca y la sensaci¨®n de peligro persist¨ªa en el aire. Reconoc¨ªa a ese anciano; era el mismo que se hab¨ªa aparecido en aquella broma de mal gusto que le jugaron poco antes de tramitar su renuncia, un recuerdo que preferir¨ªa olvidar.
Con un gesto brusco, desactiv¨® la consola, y la habitaci¨®n se sumi¨® en un silencio denso y opresivo. Se dej¨® caer en el sill¨®n, sus dedos temblorosos recorrieron su cabello empapado de sudor mientras trataba de calmarse.
¡ªQuiz¨¢s me estoy volviendo loco ¡ªMurmur¨®, con la vista fija en el reflejo de la ciudad al otro lado del ventanal, ajena a su inquietud creciente.
G¨®mez se qued¨® en el sill¨®n con la respiraci¨®n a¨²n agitada. Era la primera vez que esta consola le jugaba una mala pasada y la experiencia le hab¨ªa dejado un sabor amargo en su boca, un eco que resonaba en su mente como un presagio indescifrable. Sin perder m¨¢s tiempo, chasqueo los dedos. El aviso lleg¨® de inmediato al mayordomo, que estaba en la habitaci¨®n de mantenimiento, revisando los sistemas de la casa.
En menos de un minuto, los pasos met¨¢licos del mayordomo resonaron en el pasillo. La puerta de la sala se desliz¨® suavemente, y el androide apareci¨® en el umbral. Sus ojos brillaban con una fr¨ªa inteligencia. Hab¨ªa algo tranquilizador en la precisi¨®n y la calma del mayordomo, aunque tambi¨¦n pod¨ªa resultar inquietante.
¡ª?Ha ocurrido algo, se?or? ¡ªPregunt¨® el mayordomo, su voz perfectamente modulada, sin inflexiones ni emociones.
G¨®mez exhal¨® un suspiro, todav¨ªa sintiendo la tensi¨®n en sus m¨²sculos. Se?al¨® la consola hologr¨¢fica que ahora proyectaba una luz tenue, casi como si se hubiera rendido.
¡ªLa simulaci¨®n se volvi¨® inestable. Es la primera vez que sucede. Quiero que lo revises y resuelvas cualquier anomal¨ªa.
El mayordomo asinti¨® con un movimiento mec¨¢nico y avanz¨® hacia la consola. Su brazo derecho se despleg¨® y una serie de herramientas diminutas, cada una m¨¢s precisa que la anterior, se extendieron desde su mu?eca. Con un toque experto, conect¨® una de las interfaces a la consola y comenz¨® a analizar los sistemas internos. Un holograma detallado del n¨²cleo de datos apareci¨® en el aire, lleno de gr¨¢ficos y c¨®digos que se mov¨ªan con rapidez.
Mientras el androide trabajaba, G¨®mez cruz¨® los brazos y observando c¨®mo el mayordomo escaneaba los componentes digitales con una eficacia implacable. Durante los minutos que pasaron, el sonido suave de los dispositivos de la consola y las notificaciones de error resonaron en la sala. Finalmente, el mayordomo se gir¨® hacia ¨¦l.
¡ªHe localizado la fuente de la falla, se?or. Parece que un grupo de insurgentes intent¨® robar un centro comercial cercano hace unos minutos. Las autoridades respondieron implementando una serie de reinicios de emergencia en los sistemas de seguridad, lo que probablemente caus¨® inestabilidades en las redes residenciales cercanas, incluyendo la suya.
G¨®mez asinti¨® lentamente, sin rastro de sorpresa en su expresi¨®n. Sab¨ªa que la ciudad era un nido de tensiones pol¨ªticas y sociales. No era inusual que las ¡°cosas¡± intentaran cambiar sus vidas usando la violencia como soluci¨®n a sus problemas. Hab¨ªa visto situaciones similares en su carrera, tanto desde dentro como fuera de la fundaci¨®n.
¡ª?Esas ¡°cosas¡± fueron neutralizadas? ¡ªPregunt¨® por curiosidad, sintiendo una mezcla de desprecio y desinter¨¦s.
¡ªS¨ª, se?or ¡ªRespondi¨® el mayordomo con su misma entonaci¨®n impasible¡ª Las fuerzas de seguridad intervinieron de inmediato y lograron controlar la amenaza. No se espera que haya m¨¢s problemas en las cercan¨ªas, al menos por ahora.
G¨®mez hizo un gesto de asentimiento y permiti¨® que un esbozo de sonrisa amarga apareciera en sus labios.
¡ªEspero que as¨ª sea¡ este d¨ªa fue un desastre, lo ¨²ltimo que me falta es tener que sufrir otra desgracia ¡ªDijo sin prestarle m¨¢s atenci¨®n al asunto.
El Ojo que Todo lo Ve (3)
Con el problema aparentemente solucionado, G¨®mez se levant¨® y camin¨® hasta la consola, ahora restablecida y con un holograma que reflejaba una calma enga?osa. Pas¨® la mano por encima del panel de control y seleccion¨® una nueva opci¨®n. Esta vez, no buscaba una inmersi¨®n emocional ni recuerdos que lo hicieran tambalearse. Simplemente necesitaba una distracci¨®n m¨¢s superficial, algo que lo mantuviera ocupado sin hundirlo en sus pensamientos.
Busc¨® en los canales de entretenimiento y eligi¨® uno de los m¨¢s impopulares: ¡°Horizontes Sin Fronteras¡±, un canal que transmit¨ªa im¨¢genes en alta definici¨®n de paisajes remotos, simulando las vistas que los viajeros espaciales experimentaban al recorrer galaxias lejanas. G¨®mez seleccion¨® un recorrido por Nebulosa ¨¦psilon, un espect¨¢culo de luces c¨®smicas y formaciones estelares que se extend¨ªa ante ¨¦l como un tapiz gal¨¢ctico.
El tr¨ªplex se llen¨® de un resplandor p¨²rpura y dorado, las luces proyectadas en la habitaci¨®n imitando los destellos de una nebulosa a millones de a?os luz de distancia. G¨®mez se sent¨® en el sof¨¢, hundi¨¦ndose en la comodidad de los cojines de cuero oscuro. Las im¨¢genes de estrellas nacientes y c¨²mulos de polvo danzante eran un espect¨¢culo que lograba calmar su mente, al menos de manera superficial.
El mayordomo, aun en modo de an¨¢lisis, se retir¨® de la habitaci¨®n para verificar el correcto funcionamiento de los dem¨¢s equipos tecnol¨®gicos en la casa. Mientras tanto, el exagente cerr¨® los ojos por un momento, dejando que la luz y los sonidos celestiales lo rodearan. El eco de la simulaci¨®n perturbadora a¨²n permanec¨ªa en el borde de su memoria, pero decidi¨® ignorarlo, al menos por ahora. Hab¨ªa pasado mucho tiempo desde que se hab¨ªa permitido un momento de tranquilidad, y aunque fuera forzado y artificial, era mejor que nada.
Mientras las im¨¢genes de la nebulosa se suced¨ªan, G¨®mez comenz¨® a sentir c¨®mo el espect¨¢culo, que en un principio hab¨ªa logrado capturar su atenci¨®n, se volv¨ªa mon¨®tono. Las explosiones estelares y los remolinos de colores que danzaban en el firmamento eran hermosos, pero fr¨ªos. No hab¨ªa nada en esas visiones que pudiera llenar el vac¨ªo persistente que sent¨ªa en el pecho. Hab¨ªa una belleza distante, tan inalcanzable y ajena como los recuerdos de una vida que nunca tuvo, de sue?os que nunca permiti¨® florecer. Un suspiro escap¨® de sus labios, enfrent¨¢ndose nuevamente al silencio inquebrantable de su hogar.
Mir¨® alrededor del tr¨ªplex y no pudo evitar sentirse intimidado por la vastedad del espacio. Las paredes de cristal, que durante el d¨ªa dejaban entrar la luz y ofrec¨ªan vistas espectaculares de la ciudad, ahora solo reflejaban oscuridad y las sombras de las luces lejanas. Era un lugar dise?ado para impresionar, no para ser c¨¢lido. El silencio era abrumador, casi opresivo, y la falta de movimiento lo hac¨ªa sentir como si estuviera atrapado en una prisi¨®n.
El suave zumbido de las luces hologr¨¢ficas y el brillo intermitente de la consola no ayudaban a llenar el vac¨ªo. Decidi¨® que necesitaba algo m¨¢s que un espect¨¢culo visual para distraerse, algo m¨¢s tangible, m¨¢s humano, aunque fuera una imitaci¨®n de ello. Sin pensar demasiado, chasque¨® dos veces seguidas sus dedos.
El sonido de sus dedos reson¨® en la vasta sala como un eco seco y desolador. Inmediatamente, un panel en la pared iluminada por LED parpade¨® y una voz artificial femenina respondi¨®:
¡ª?En qu¨¦ puedo ayudarle, se?or G¨®mez?
Sin dudarlo, G¨®mez respondi¨®:
¡ªLlama a Atlas. Que venga aqu¨ª.
El silencio volvi¨® a llenar la habitaci¨®n por un momento, interrumpido solo por el zumbido de la ciudad que entraba como un murmullo distante a trav¨¦s de los cristales blindados del tr¨ªplex. Pasaron apenas unos segundos antes de que los pasos de metal comenzaran a acercarse por el corredor. Atlas apareci¨® en la puerta, su presencia impon¨ªa con la mezcla justa de tecnolog¨ªa y antropomorfismo.
Era un androide alto, de estatura casi superior a la de un humano promedio, y su estructura revestida en aleaciones de titanio y pol¨ªmeros avanzados reflejaba las luces de la habitaci¨®n con un brillo sutil. Ten¨ªa un rostro que, aunque no era humano, suger¨ªa expresi¨®n gracias a unas l¨ªneas m¨®viles que emulaban cejas y labios. Sus ojos eran dos esferas de cristal l¨ªquido amarillo oscuro, capaces de captar y procesar m¨¢s informaci¨®n de la que cualquier ser humano podr¨ªa imaginar.
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G¨®mez lo contempl¨® durante unos instantes, reflexionando sobre su propia necesidad de compa?¨ªa. Atlas no era simplemente un androide m¨¢s; era ¨²nico, un modelo avanzado que hab¨ªa recibido como bono hac¨ªa a?os. Era el ¨²nico androide de esta casa al que realmente consideraba suyo, el ¨²nico cuyo nombre recordaba y que ¨¦l mismo hab¨ªa elegido. Atlas hab¨ªa llegado a sus manos como reconocimiento por alcanzar la veteran¨ªa como agente, y en principio deb¨ªa convertirse en su compa?ero y asistente personal para las operaciones de rango D. Aquellas misiones que requer¨ªan un nivel excepcional de conocimientos y muy pocos agentes pod¨ªan realizar.
Sin embargo, a los pocos meses de recibir este androide, esas operaciones de alto riesgo comenzaron a ser ejecutadas por empresas de seguridad privadas, relegando a la Fundaci¨®n a las misiones m¨¢s frecuentes y de f¨¢cil soluci¨®n. Y dando lugar a que el prop¨®sito original de Atlas quedar¨¢ relegado al olvido. Sin misiones que ejecutar, su utilidad se desvaneci¨®, pero poco a poco, se convirti¨® en algo m¨¢s. Se transform¨® en el confidente silencioso de G¨®mez, en una figura que ofrec¨ªa compa?¨ªa sin juicios ni expectativas. Pese al hecho de que esa compa?¨ªa era raramente buscada por el se?or de la casa.
¡ªSe?or, ha solicitado mi presencia. ?Hay algo que pueda hacer por usted? ¡ªLa voz de Atlas era m¨¢s c¨¢lida que la del resto de androides, un peque?o ajuste en su programaci¨®n que le confer¨ªa una calidad m¨¢s amigable.
G¨®mez lo mir¨® con cansancio y una mueca de iron¨ªa apareci¨® en su rostro.
¡ªSupongo que ni t¨² puedes llenar esta casa con algo de vida, ?verdad? ¡ªDijo en tono sarc¨¢stico, m¨¢s para s¨ª mismo que para Atlas.
El androide inclin¨® ligeramente la cabeza, un gesto que suger¨ªa atenci¨®n y an¨¢lisis. Aunque no pod¨ªa realmente entender la soledad o la emoci¨®n como un humano, ten¨ªa algoritmos que le permit¨ªan reconocer cu¨¢ndo G¨®mez necesitaba m¨¢s que una respuesta literal.
¡ªPuedo activar una simulaci¨®n de compa?¨ªa, una conversaci¨®n programada basada en interacciones previas o proporcionar recomendaciones de actividad para su entretenimiento, se?or.
G¨®mez neg¨® con la cabeza, mirando por la ventana, donde las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas ca¨®ticas en un cielo invertido.
¡ªNo, Atlas. No es eso lo que quiero ¡ªGuard¨® silencio unos segundos, dejando que el peso de sus pensamientos flotara en el aire antes de continuar¡ª Solo... qu¨¦date en la sala.
Programado para responder a este tipo de solicitudes no convencionales, Atlas se movi¨® hasta el centro de la sala y se qued¨® de pie, con una postura que suger¨ªa respeto y disposici¨®n. G¨®mez se hundi¨® un poco m¨¢s en el sof¨¢, notando c¨®mo el vac¨ªo en la habitaci¨®n parec¨ªa aliviarse un poco con la sola presencia del androide. Chasque¨® los dedos dos veces y orden¨® que la televisi¨®n se encendiera. La inteligencia artificial obedeci¨® al instante, proyectando un holograma en la distancia. Con un gesto indiferente, G¨®mez empez¨® a deslizar su dedo, recorriendo los canales de noticias, mientras el androide permanec¨ªa a su lado, observando en silencio.
Las pantallas se llenaron de im¨¢genes de crisis econ¨®micas, disturbios en regiones distantes y tensos enfrentamientos diplom¨¢ticos entre las colonias. Todo en el noticiario parec¨ªa narrar la historia de una civilizaci¨®n que se desmoronaba lentamente, una decadencia que ni siquiera los rostros sonrientes y las voces entrenadas de los presentadores pod¨ªan ocultar. Cada nuevo titular era m¨¢s sombr¨ªo que el anterior. Las actualizaciones de ¨²ltima hora tra¨ªan m¨¢s noticias de enfrentamientos, de desastres naturales exacerbados por cambios clim¨¢ticos descontrolados, de la expansi¨®n de la pobreza en sectores que antes eran centros de prosperidad. Parec¨ªa que el destino entero de la humanidad pend¨ªa de un hilo, mientras las masas eleg¨ªan ignorar las se?ales de su propio colapso. Aunque lo cierto era que todo eso eran mentiras a medias. Los medios de comunicaci¨®n tend¨ªan a ser alarmistas en un intento de lograr vender su pauta publicitaria. Nada estaba pasando: era otro d¨ªa normal y corriente para la raza humana, pero, parad¨®jicamente, era un d¨ªa muy especial para el exagente Gomez.
Con el ritmo de un moribundo arrastrando su cuerpo deshecho, G¨®mez desliz¨® su dedo en el aire. No hab¨ªa urgencia en sus movimientos, solo la vaguedad de quien ya ha visto todo lo que la vida tiene para ofrecer y sabe que, por mucho que se cambien los canales, nada nuevo aparecer¨¢. Los titulares pasaban ante sus ojos como espectros, marchitos y desalmados, todos portando el mismo mensaje: ¡°No pierda el tiempo buscando su felicidad, c¨®mprela¡±, pero daban ese consejo con la misma solemnidad que porta un espectador de un funeral de una anciana que no recordaba ni su nombre.
El Ojo que Todo lo Ve (4)
De pronto, un destello de luz y color llam¨® su atenci¨®n. La pantalla se ilumin¨® con una fren¨¦tica cadena de im¨¢genes: un centro comercial, el bullicio habitual de la vida consumista, pero algo estaba mal. Un par de cuerpos ca¨ªan, unos manchones rojos empezaban a te?ir el suelo de concreto. Y luego, la siniestra escena que se despleg¨® ante sus ojos: un intento de robo, o mejor dicho, una ejecuci¨®n p¨²blica camuflada de asalto. G¨®mez frunci¨® el ce?o, pero no fue por la sorpresa, sino por la apat¨ªa que le generaban las im¨¢genes.
En la pantalla, un presentador que parec¨ªa esculpido a base de esteroides y silicona articulaba con movimientos fren¨¦ticos, pero encantadores, como si cada palabra que saliera de su boca estuviera dise?ada para acariciar al espectador en el lugar m¨¢s bajo de su conciencia. El hombre llevaba una ajustada remera blanca trasl¨²cida que dejaba poco a la imaginaci¨®n; su piel, lisa y reluciente, parec¨ªa haber sido embadurnada con aceite de motor. Una sonrisa de dientes demasiado blancos para ser reales se ensanchaba en su rostro mientras narraba la noticia de turno con una voz tan perfectamente modulada que daba ganas de darle un pu?etazo solo para comprobar si pod¨ªa cambiar de tono.
¡ª?Oh, miren esto, queridos espectadores! Esta noche, presenciaremos una tragedia digna de Shakespeare, pero con un giro mec¨¢nico. ?Oh, s¨ª! La justicia ciega y su ejecutor est¨¢n a punto de entrar en escena. ?Prep¨¢rense para una obra sangrienta, porque la aclamada justicia est¨¢ a punto de llegar!
El holograma frente a G¨®mez parpadeaba con una nitidez inquietante, mostrando un centinela rob¨®tico, una m¨¢quina de guerra pulida con bordes afilados y un torso ancho. El robot med¨ªa casi tres metros de altura. Sus brazos mec¨¢nicos parec¨ªan garras listas para desgarrar carne. Su cabeza, una esfera met¨¢lica, giraba lentamente, escaneando a sus presas con sensores rojos que brillaban como ojos demon¨ªacos. Cada movimiento de sus m¨²ltiples patas resonaba con un eco sordo que parec¨ªa retumbar en la habitaci¨®n de G¨®mez.
A sus pies, acorralados contra una pared, yac¨ªa un grupo de personas, los supuestos delincuentes, ahora reducidos a meros sobrevivientes aterrorizados. Hombres, mujeres, e incluso ni?os, sus rostros reflejaban el horror de su inminente destino. Sus ojos, anegados en l¨¢grimas, buscaban una salida, una esperanza que no exist¨ªa. Sus cuerpos temblaban, no solo por el miedo, sino tambi¨¦n por la rabia y la impotencia. Uno de los hombres, con la voz rota por la desesperaci¨®n, gritaba palabras ininteligibles, quiz¨¢s una plegaria o una maldici¨®n. Su camisa, rasgada y manchada de sangre, revelaba los m¨²sculos tensos de su pecho, luchando por escapar de las esposas que los un¨ªan a todos. Una mujer, con el cabello pegado a la cara por el sudor, trataba de proteger a un ni?o peque?o que se escond¨ªa detr¨¢s de sus piernas, sus ojos delataban el terror que sent¨ªa por la vida que a¨²n no hab¨ªa vivido.
Otro ni?o, quiz¨¢ de unos doce a?os, se manten¨ªa en pie al borde del grupo, empujado por el resto de personas en un intento desesperado de usarlo de escudo humano. Las esposas que un¨ªan sus mu?ecas estaban demasiado ajustadas para ¨¦l, y el metal le hab¨ªa dejado marcas rojas en la piel. Sus ojos, grandes y h¨²medos, estaban fijos en el robot, y aunque su cuerpo temblaba, intentaba contener el llanto con una dignidad que solo hac¨ªa la escena m¨¢s amarga. Cerca de ¨¦l, un joven de no m¨¢s de veinte a?os gimoteaba, suplicando por su vida con palabras entrecortadas, apenas audibles entre los ruidos mec¨¢nicos y los chillidos de otros.
El presentador, con su lenguaje florido y exagerado, describ¨ªa la escena con una iron¨ªa que hac¨ªa que G¨®mez rodara los ojos:
¡ª?Miren a estos pobres diablillos, temblando como hojas al viento! ?Creyeron que pod¨ªan desafiar al sistema, eh? Pero el centinela, nuestro querido guardi¨¢n, les ense?ar¨¢ una lecci¨®n que nunca olvidar¨¢n. ?Una lecci¨®n escrita con sangre y hierro!
G¨®mez apret¨® los dientes y dej¨® escapar un suspiro cargado de frustraci¨®n. Su paciencia se estaba agotando, y lo sab¨ªa. La noticia frente a ¨¦l se estiraba demasiado, y lo peor era la manera en que la presentaban, como si fuera una funci¨®n de circo en lugar de un informe serio.
¡ª?Por qu¨¦ no pueden simplemente mostrar lo que pasa sin tanta histeria? Ni siquiera se molestan en explicar por qu¨¦ los van a ejecutar¡
La pantalla mostraba una ejecuci¨®n inminente, pero el locutor no dejaba de agregar dramatismo sin sentido. Ni siquiera se molestaba en dar explicaciones claras, solo hac¨ªa ruido, y m¨¢s ruido, como si las vidas de esos delincuentes fueran un espect¨¢culo dise?ado para entretener a un p¨²blico adicto al morbo. A pesar de su enojo, G¨®mez no cambi¨® de canal. Reconoci¨® el centro comercial donde se desarrollaba la escena e intu¨ªa que esos delincuentes eran los responsables de haber arruinado su simulaci¨®n, logrando que lo pusieran nervioso hace unos minutos. Ahora, no estaba dispuesto a perderse el espect¨¢culo.
Con un gesto autoritario, chasque¨® los dedos tres veces. El sonido seco cort¨® el aire, resonando en la habitaci¨®n como una orden impl¨ªcita. La inteligencia artificial central que controlaba los sistemas de su residencia proces¨® la se?al y, en un instante, emiti¨® un leve zumbido de confirmaci¨®n. Atlas, que hasta entonces hab¨ªa permanecido inm¨®vil como una escultura vigilante, gir¨® la cabeza con un movimiento preciso y se dirigi¨® a la vinoteca.
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La vinoteca, una obra de arte con tallas de hojas de vid y racimos de uvas en su superficie de madera, estaba ubicada en un rinc¨®n de la sala. Atlas se desplaz¨® hasta ella con pasos medidos, sus pies met¨¢licos apenas produciendo sonido al chocar con el suelo de m¨¢rmol.
¡ªPreparando su c¨®ctel favorito, se?or ¡ªDijo Atlas, su voz grave, resonando con un eco met¨¢lico que, sin embargo, ten¨ªa un tono de devoci¨®n y b¨²squeda de confirmaci¨®n. El silencio de G¨®mez fue considerado una aceptaci¨®n impl¨ªcita a la propuesta, y el androide comenz¨® a seleccionar las botellas con movimientos fluidos.
En el holograma, la c¨¢mara del dron reportero se centraba en un ni?o. Delgado hasta el extremo de la desnutrici¨®n, con la piel manchada de suciedad y los ojos enormes y brillantes por la angustia, intentaba desesperadamente escurrirse entre las piernas de los adultos que lo rodeaban. Llevaba un pantal¨®n roto, tan gastado que los hilos colgaban como ra¨ªces secas, y una camiseta que una vez pudo haber sido de un color brillante, pero que ahora era un trapo gris¨¢ceo y deshilachado. Las l¨¢grimas, gruesas y saladas, se deslizaban por sus mejillas, dejando rastros h¨²medos en su piel manchada. Sus sollozos eran silenciosos, casi inaudibles, pero el temblor de su cuerpo y el modo en que abr¨ªa la boca en un grito ahogado revelaban un miedo que era tan antiguo como la humanidad misma.
¡ª?Ah, mis queridos espectadores, v¨¦an c¨®mo las ratas se traicionan las unas a las otras! ¡ªLa voz del presentador era una daga que se clavaba en la escena con una crueldad calculada. El dron reportero sigui¨® al instante las palabras del presentador, haciendo un zoom a¨²n m¨¢s cercano al ni?o, mientras uno de los adultos, un hombre de cabello desgre?ado y ojos hundidos, lo empujaba hacia adelante con un gesto brusco y desesperado.
¡ª?Ve t¨², maldito mocoso! ?Pide piedad por nosotros! ¡ªGrit¨® el hombre, su voz quebrada por el p¨¢nico. Otro de los adultos, una mujer con el rostro cubierto por un velo desgarrado que apenas ocultaba sus l¨¢grimas, mir¨® al ni?o con una mezcla de compasi¨®n y resignaci¨®n. Ella murmur¨® algo, un rezo apenas audible entre el clamor, que se perdi¨® en el bullicio general.
El ni?o, con los pies descalzos cubiertos de polvo y peque?as heridas, se tambale¨® hacia el frente, empujado por la multitud que se apretujaba detr¨¢s de ¨¦l, cada uno buscando protegerse a s¨ª mismo a costa de los dem¨¢s. Su mirada se mov¨ªa fren¨¦ticamente, buscando una salida, un resquicio de esperanza que nunca llegar¨ªa. El centinela rob¨®tico se alzaba sobre ellos, sus brazos mec¨¢nicos girando y ajust¨¢ndose como si saboreara la tensi¨®n en el aire.
G¨®mez observ¨® la escena con un desd¨¦n casi art¨ªstico, un gesto que se volvi¨® m¨¢s marcado mientras Atlas se mov¨ªa con elegancia mientras preparaba su bebida. La vida de esas criaturas no le interesaba en lo m¨¢s m¨ªnimo; eran meras anomal¨ªas en el orden establecido, desechos que se hab¨ªan atrevido a desafiar la paz que ¨¦l tanto apreciaba.
Finalmente, Atlas present¨® el vaso a su due?o, inclinando levemente la cabeza mientras lo hac¨ªa.
¡ªSu c¨®ctel, se?or ¡ªDijo con la serenidad de un sirviente que conoc¨ªa bien a su amo.
G¨®mez tom¨® el vaso, observ¨® el l¨ªquido dorado brillar bajo la luz tenue de la sala y, tras una pausa breve, llev¨® el cristal a sus labios, dejando que el licor bajara lentamente por su garganta. Era fuerte y amargo, un recordatorio tangible de la solitaria vida que le esperaba por delante.
A su lado, Atlas permanec¨ªa inm¨®vil. Los reflejos del holograma danzaban sobre su superficie pulida. Sus ojos mec¨¢nicos brillaron sutilmente al percibir el malestar de G¨®mez, una se?al para intervenir.
¡ªEl espect¨¢culo es un factor motivador para mantener el control, se?or. El protocolo de difusi¨®n prioriza la excitaci¨®n del p¨²blico sobre la objetividad. Las estad¨ªsticas muestran que esto incrementa la aceptaci¨®n de medidas impopulares, pero necesarias ¡ªDijo Atlas, su voz profunda y precisa. La frialdad de su l¨®gica intentaba ofrecer una sombra de consuelo ¡ªSin embargo, comprendo su incomodidad. La teatralidad puede ser prescindible.
¡ªEs completamente prescindible¡ La realidad no necesita ser exagerada para ser comprendida. La teatralidad solo distrae de la verdadera naturaleza de los eventos¡ªCorrigi¨® G¨®mez tomando un largo y lento trago, dejando la copa frente a ¨¦l. La imagen del presentador se distorsion¨® brevemente a trav¨¦s del cristal, sus gestos amplificados por la refracci¨®n del l¨ªquido.
Atlas, continu¨®:
¡ªLa objetividad, se?or, es a menudo aburrida para la mente humana. El p¨²blico busca emoci¨®n, incluso en las noticias m¨¢s triviales. La teatralidad es una forma de arte, una manera de presentar la realidad con un toque de emoci¨®n. Para este presentador su exageraci¨®n no solo es necesaria para sacarle el m¨¢ximo provecho posible a esta noticia, sino tambi¨¦n para encontrarle el disfrute a su trabajo y satisfacer su sentido de existencia.
El presentador continuaba su espect¨¢culo, movi¨¦ndose con una energ¨ªa desmedida. Atlas lo observ¨® un momento antes de a?adir: ¡ªEn cierto modo, es un artista que moldea la realidad, pinta la escena con palabras y gestos, creando una obra que cautiva y entretiene, incluso en medio de la tragedia
G¨®mez movi¨® la copa a un lado, la figura distorsionada recobrando su forma original. Sus ojos, pesados con la sombra de antiguos ideales, miraron m¨¢s all¨¢ del holograma:
¡ªEl arte, Atlas, pierde su valor cuando se convierte en una cortina para tapar la verdad. La realidad, por dura que sea, no necesita a?adidos. La verdad, cuando se muestra desnuda, es suficiente para sacudir hasta la conciencia m¨¢s endurecida.
Atlas asinti¨®, como si en su programaci¨®n algo hubiera hecho eco de esas palabras.
¡ªLa verdad, se?or, es una espada de doble filo. Puede ser utilizada para informar o para manipular, dependiendo de qui¨¦n la empu?e. En este caso, la teatralidad del presentador es una capa que oculta la cruda realidad, una m¨¢scara que distrae de la verdadera naturaleza de los eventos que estamos por presenciar.
La habitaci¨®n se sumi¨® en un silencio reflexivo, interrumpido solo por el suave zumbido que emite la c¨¢mara del dron reportero al hacer un zoom que pareci¨® atravesar la pantalla, enfocando al centinela rob¨®tico como el gran protagonista de la escena. Los delincuentes, encajonados en una esquina con las paredes de cristal del centro comercial reflejando su desesperaci¨®n, suplicaban entre sollozos y alaridos. Algunos intentaban zafarse de las esposas, mientras otros se encog¨ªan contra el suelo, abrazando sus rodillas, temblando como hojas en una tormenta. Los ni?os, con los rostros manchados de l¨¢grimas y mugre, intentaban ocultarse tras los cuerpos de los adultos, buscando una protecci¨®n que ya no exist¨ªa.
El Ojo que Todo lo Ve (5)
¡ª?Observen, queridos espectadores, la precisi¨®n de la justicia en acci¨®n!¡ªExclam¨® el presentador, sus gestos amplificados por la emoci¨®n¡ªEste centinela, una creaci¨®n de la tecnolog¨ªa m¨¢s avanzada de la verdadera humanidad, es la respuesta a los males que acechan en las profundidades de la gran ciudad. ?Con su presencia, mantenemos a raya el caos que los ha corrompido!
¡ªM¨¢s all¨¢ de las tonter¨ªas que dice este payaso, ?qu¨¦ fue lo que ocurri¨® exactamente? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, dirigiendo su mirada a Atlas; su paciencia claramente agotada.
¡ªEl orden est¨¢ asegurado, se?or ¡ªRespondi¨® el androide, su voz grave y precisa, como la de un servidor bien programado.
¡ªS¨ª, eso lo estoy viendo... ¡ªRespondi¨® G¨®mez, d¨¢ndole un lento sorbo a su trago. Un suspiro cargado de resignaci¨®n y aprobaci¨®n escap¨® de sus labios. No le importaba el ruido que el presentador hac¨ªa ni las im¨¢genes de desesperaci¨®n. Lo que le interesaba era saber los detalles, los datos fr¨ªos que explicaban porque su simulaci¨®n hab¨ªa sido arruinada por este grupo de delincuentes ¡ª?Pero por qu¨¦ est¨¢s ¡°cosas¡± atacaron espec¨ªficamente este centro comercial?
El androide no dud¨® ni un segundo en extender la mano, proyectando un holograma que mostraba una inteligencia artificial que narraba la misma noticia, pero con una seriedad que contrarrestaba la efusividad del presentador. Sus palabras eran precisas, fr¨ªas, y narraban la secuencia de eventos con una claridad que dejaba poco espacio a la interpretaci¨®n:
¡ªEl intento de robo ocurrido hace apenas media hora fue frustrado por las fuerzas de seguridad tras una breve confrontaci¨®n. Los responsables, un grupo de delincuentes pertenecientes a una organizaci¨®n clandestina llamada ¡°Amigos del Cordero¡±, intentaron apoderarse de bienes de lujo y tecnolog¨ªa de alto costo. Las autoridades respondieron r¨¢pidamente y neutralizaron la situaci¨®n, aunque la operaci¨®n caus¨® un fallo temporal en los sistemas de comunicaci¨®n y otras plataformas digitales cercanas.
El tono impasible de la IA cortaba la tensi¨®n de la sala como una hoja afilada. Pero fue en ese momento cuando algo en la proyecci¨®n captur¨® la atenci¨®n de G¨®mez, despert¨¢ndolo de su letargo c¨ªnico. Sus ojos, hasta entonces apagados, se abrieron de par en par mientras la imagen hologr¨¢fica ampliaba el emblema de la organizaci¨®n ¡°Amigos del Cordero¡±. La sorpresa fue tan visceral que sus dedos se crisparon alrededor del vaso que sosten¨ªa.
El emblema, un ojo abierto rodeado por una pir¨¢mide, lo dej¨® paralizado. La visi¨®n era familiar, demasiado conocida, y despertaba ecos de memorias que preferir¨ªa mantener enterradas. Ese s¨ªmbolo no era uno cualquiera: ?Era el mismo que representaba a la Fundaci¨®n! Pero, ?qu¨¦ hac¨ªa este s¨ªmbolo siendo usado por una banda de delincuentes? La pregunta lat¨ªa en su mente como un tambor que presagiaba el desastre.
Mientras la imagen segu¨ªa proyect¨¢ndose, G¨®mez no pudo evitar repasar mentalmente los archivos, los nombres y las operaciones en las que se hab¨ªa topado con ese mismo s¨ªmbolo. Cada vez que el emblema aparec¨ªa, dejaba un rastro de eventos inexplicables y consecuencias impredecibles. Ahora, al verlo asociado a un simple intento de robo en un centro comercial, su mente se resist¨ªa a aceptar la coincidencia.
¡ªLas autoridades han asegurado que la situaci¨®n est¨¢ bajo control. Los ¡°Amigos del Cordero¡± fueron capturados y no se reportan v¨ªctimas fatales, aunque los da?os materiales son significativos ¡ªContinu¨® la voz del holograma, sin variar en su tono mon¨®tono.
G¨®mez dej¨® el vaso en la mesa, el golpe seco resonando como una declaraci¨®n. Sus ojos a¨²n estaban fijos en el s¨ªmbolo, como si buscaran arrancarle respuestas con la fuerza de su mirada. La realidad era que ese s¨ªmbolo pod¨ªa encontrarse en m¨²ltiples lugares: grafitis, art¨ªculos de conspiraci¨®n, incluso en antiguas obras de arte. Sin embargo, verlo aqu¨ª, en un contexto tan inesperado, reavivaba la duda. La coincidencia era una excusa que no estaba dispuesto a aceptar.
¡ªAtlas ¡ªDijo finalmente, su voz grave, pero controlada¡ª ?Qu¨¦ sabes sobre esa ¡°tecnolog¨ªa de alto costo¡± que intentaron robar los ¡°Amigos del Cordero¡±?
Atlas apag¨® el holograma que su mano proyectaba y gir¨® ligeramente la cabeza en direcci¨®n a su due?o, sus ojos met¨¢licos brillando con la fr¨ªa luz del ambiente.
¡ªEl dispositivo que estaban intentando robar es utilizado para crear sistemas de mensajer¨ªa privada a escala planetaria ¡ªRespondi¨® el androide, su voz clara y precisa como siempre.
G¨®mez frunci¨® el ce?o, como si tratara de encajar todas las piezas del rompecabezas.
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¡ª?Sistemas de mensajer¨ªa privada? ?Para qu¨¦ necesitan las ¡°cosas¡± algo as¨ª? Tengo entendido que el gobierno no censura sus redes sociales, m¨¢s bien las fomenta para mantenerlos entretenidos y controlados¡ªPregunt¨®, su tono cargado de escepticismo.
Atlas asinti¨® con la misma calma de siempre, sin un atisbo de emoci¨®n en su respuesta.
¡ªEstos dispositivos permiten a las industrias gestionar la comunicaci¨®n interna de sus empleados, proteger mensajes confidenciales y compartir informaci¨®n sin riesgo de filtraciones. Por ejemplo, se usan para proteger las comunicaciones sensibles que involucran datos privados de clientes y prototipos de productos ¡ªAtlas hizo una breve pausa antes de continuar¡ª El dispositivo en cuesti¨®n que estaba en el centro comercial no era diferente. Estaba siendo reacondicionado en una de las tiendas del complejo, aparentemente una actualizaci¨®n est¨¢ndar.
G¨®mez apret¨® los dientes, su mente de agente recorriendo r¨¢pidamente las posibilidades. La idea de una red privada de alta seguridad no le era ajena, pero que un grupo de delincuentes hubiera atacado espec¨ªficamente por algo as¨ª no le cuadraba. No era el tipo de objetivo que normalmente tomar¨ªa un grupo centrado en la idea de obtener ganancias.
¡ª?C¨®mo se enteraron de que el dispositivo se encontraba actualiz¨¢ndose en este centro comercial? ¡ªPregunt¨®, una nota de curiosidad en su voz. G¨®mez, acostumbrado a manejar informaci¨®n, no pod¨ªa evitar pensar en las conexiones y los peque?os detalles que a menudo se escapaban a los ojos de los dem¨¢s.
Atlas inclin¨® la cabeza ligeramente, procesando la pregunta antes de ofrecer una respuesta.
¡ªSeg¨²n los informes oficiales, los ¡°Amigos del Cordero¡± pose¨ªan informaci¨®n privilegiada sobre el dispositivo. La fuente de esta informaci¨®n fue identificada y neutralizada, se menciona que la base de datos y el sistema de comunicaciones utilizado por el centro comercial fue hackeado unas semanas antes del incidente. Durante ese tiempo, se filtraron detalles sobre el reacondicionamiento del aparato, lo que permiti¨® que el grupo planeara su ataque.
¡ª?Y eso es todo lo que saben las autoridades? ¡ªPregunt¨® G¨®mez, con un tono m¨¢s grave, como si estuviera buscando una verdad oculta que nunca llegaba.
Atlas, siempre eficiente, mantuvo su tono impersonal.
¡ªS¨ª, se?or. Eso es todo lo que ha sido informado hasta el momento. Los detalles sobre c¨®mo los ¡°Amigos del Cordero¡± lograron el acceso al centro comercial o sus posibles conexiones con otros grupos no han sido divulgados.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. La descripci¨®n parec¨ªa banal a simple vista, pero ¨¦l sab¨ªa que en los detalles m¨¢s mundanos se escond¨ªan las verdaderas implicaciones. La Fundaci¨®n nunca se asociar¨ªa a algo tan simple como un aparato de mensajer¨ªa interna, a menos que hubiera un prop¨®sito m¨¢s profundo detr¨¢s. Sin embargo, la posibilidad de que este robo estuviera encubriendo algo m¨¢s, algo que ni las autoridades ni la prensa hubieran comprendido, era muy poco plausible.
¡ª?Hay m¨¢s detalles? ¡ªPregunt¨®, aunque su tono dejaba claro que no esperaba mucho m¨¢s de la burocracia de la informaci¨®n p¨²blica.
¡ªEso es todo lo informado por las autoridades ¡ªRespondi¨® Atlas, sin inflexi¨®n, pero con la eficiencia que se esperaba de ¨¦l.
G¨®mez se reclin¨® en el sill¨®n, cerrando los ojos un momento mientras las luces del holograma parpadeaban a su alrededor. Su mente trabajaba a toda velocidad, conectando puntos en un mapa mental que pocos entend¨ªan. Los ¡°Amigos del Cordero¡± ahora se revelaban como algo m¨¢s que simples agitadores sociales y la presencia del s¨ªmbolo de la Fundaci¨®n elevaba las implicaciones a un nivel que pocos comprend¨ªan.
Pero el enigma segu¨ªa sin resolverse. ?Era este un intento fallido de vincular a la Fundaci¨®n con un acto de vandalismo menor para da?ar su imagen? Es posible ?O acaso la organizaci¨®n misma estaba perdiendo su sutilidad, exponi¨¦ndose a plena luz del d¨ªa? No muy probable. La existencia de un grupo clandestino operando por la fundaci¨®n en los niveles m¨¢s profundos de la Tierra era m¨¢s que posible. Pero era improbable que usen su s¨ªmbolo tan abiertamente. Ning¨²n grupo clandestino ser¨ªa tan descuidado a menos que buscara llamar la atenci¨®n deliberadamente.
G¨®mez dej¨® escapar un suspiro, uno que conten¨ªa m¨¢s preguntas que respuestas. Sus d¨ªas de agente hab¨ªan terminado hac¨ªa menos de unas horas, pero la inquietud por descubrir las verdades nunca lo hab¨ªa abandonado del todo. Mir¨® a Atlas, que segu¨ªa all¨ª, inm¨®vil, pero atento, y pens¨® en las implicaciones de una verdad oculta tras capas de espect¨¢culo y desinformaci¨®n.
Apret¨® los labios y se recost¨® en el sill¨®n, sumido en sus pensamientos. Le gustaba mantener la ilusi¨®n de seguir siendo un ¡°agente¡±, aunque fuera solo por unos minutos. No le sorprend¨ªa que las autoridades ocultaran parte de la verdad; la informaci¨®n sensible rara vez se compart¨ªa con el p¨²blico.
¡ªAtlas, ?qu¨¦ opinas de esto? ¡ªPregunt¨® sin esperar una respuesta significativa.
El androide gir¨® su cabeza de forma sutil, sus ojos luminosos parpadeando con un destello de reconocimiento: ¡ª La situaci¨®n est¨¢ bajo control, las probabilidades de m¨¢s disturbios en esta ¨¢rea han disminuido en un 99% desde que las fuerzas de seguridad tomaron el control.
¡ªEspero que as¨ª sea ¡ªRespondi¨® G¨®mez, su voz cargada de indiferencia. Volvi¨® a fijar la mirada en la pantalla, observando c¨®mo el presentador segu¨ªa su show, cada vez m¨¢s pomposo y exagerado. Un suspiro escap¨® de sus labios mientras pensaba en lo ¡°corta¡± que hab¨ªa sido su vida como agente, en aquellos d¨ªas en que investigaba los oscuros recovecos de la sociedad, buscando lo que se ocultaba en las sombras. Ya no ten¨ªa sentido seguir haci¨¦ndolo; ahora eran otros los que deb¨ªan encargarse de esa tarea en su lugar.
El Ojo que Todo lo Ve (6)
Repentinamente, el grito del presentador irrumpi¨® sus pensamientos melanc¨®licos:
¡ª?Miren c¨®mo la desesperaci¨®n convierte a los amigos en enemigos, a los padres en monstruos!
La c¨¢mara enfoc¨® a una mujer que abrazaba a su hijo con un agarre tan fuerte que los brazos se le volv¨ªan blancos. Sus labios se mov¨ªan r¨¢pidamente, susurrando una mezcla de s¨²plicas y ¨®rdenes. Parec¨ªa que el presentador quer¨ªa hacer la comparativa entre el padre que usaba a su hijo de escudo y a la madre que lo proteg¨ªa con esmero.
¡ª?No te muevas, qu¨¦date quieto, ellos nos salvar¨¢n, conf¨ªa! ?Por favor, por favor¡! ¡ªDec¨ªa la madre, pero el ni?o en sus brazos apenas pod¨ªa sostenerse en pie, y sus piernas flaqueaban mientras trataba de resistir el impulso de salir corriendo. Sus ojos, tan llenos de terror que parec¨ªa que iban a estallar, se clavaron en el centinela como si viera a la muerte misma.
La criatura de metal emiti¨® un sonido agudo mientras sus sensores procesaban las se?ales de movimiento. Un destello de luz roja cruz¨® la franja que hac¨ªa las veces de ¡°rostro¡±, y un brazo mec¨¢nico se alz¨® con un movimiento premonitorio. Los adultos, al ver esto, empujaron a¨²n m¨¢s al ni?o que hac¨ªa de escudo, creando una peque?a brecha entre ellos y la m¨¢quina.
La tensi¨®n se espes¨® en el aire, la multitud se contrajo, y el centinela procedi¨® con una frialdad impasible. Las garras met¨¢licas del robot se cerraron alrededor de la cabeza del ni?o, que temblaba con los ojos desorbitados y la piel surcada de suciedad y l¨¢grimas. La c¨¢mara del dron capturaba cada detalle: la baba que ca¨ªa de sus labios entreabiertos, el temblor en sus mejillas y la mirada rota que lanzaba hacia la muchedumbre. Nadie respond¨ªa a sus suplicas, nadie pod¨ªa hacerlo.
¡ªNo pens¨¦ que me quedar¨ªa mirando tanto tiempo este tipo de porquer¨ªa¡¡ªMurmur¨® G¨®mez, tamborileando el borde de su vaso mientras observaba la escena con una curiosidad indiferente.
El centinela levant¨® al ni?o como si fuera un trozo de carne sin valor, sus ojos sin vida reflejando el metal impasible de su verdugo. Algunos adultos desviaron la vista. Una mujer se tap¨® el rostro con las manos, los sollozos atrapados en su garganta. Un hombre mayor, con la barba entrecana y una expresi¨®n de resignaci¨®n, murmur¨® en voz baja:
¡ªMonstruos¡ Asesinos
A lo que nuestro protagonista respondi¨® con una sonrisa c¨®mplice:
¡ªSi la ley fue escrita¡ es para que se cumpla¡
La garra del centinela se movi¨® con las palabras de G¨®mez, deteni¨¦ndose apenas un instante antes de hundirse en la nuca del ni?o. Su mand¨ªbula se abri¨® en un grito silente, ahogado antes de siquiera nacer. Las garras se hundieron en la carne, sujetando con una fuerza abrumadora, y con una lentitud calculada, exasperante, el centinela comenz¨® a extraer la columna vertebral, v¨¦rtebra por v¨¦rtebra.
El silencio que sigui¨® a la brutal ejecuci¨®n del centinela se rompi¨® con un gemido colectivo, un sonido que se desliz¨® como una oleada de horror reprimido entre los presentes. Una de las tantas mujeres que hab¨ªa contemplado la escena entre los dedos temblorosos con los que cubr¨ªa su rostro, emiti¨® un grito desgarrador que reson¨® en los muros de cristal del centro comercial. Fue un grito que no era solo de desesperaci¨®n, sino de impotencia, de una furia nacida de saber que en este mundo la vida humana era una moneda de cambio que pod¨ªa ser ignorada a voluntad. Como respuesta, el centinela arroj¨® el cad¨¢ver del ni?o como si se tratara de una prenda sucia e in¨²til.
Sin perder tiempo, la mujer que hab¨ªa gritado se lanz¨® hacia adelante. Sus brazos flacos y tensos como ramas secas rodearon el peque?o cuerpo a¨²n estremecido del ni?o. Lo abraz¨® con una fuerza que solo una madre en la c¨²spide de la desesperaci¨®n podr¨ªa reunir, cubri¨¦ndolo con su propio cuerpo, una ¨²ltima barrera in¨²til contra un destino que ya se hab¨ªa consumado. El centinela, indiferente a la tragedia que se desarrollaba frente a ¨¦l, ajust¨® sus sensores con un zumbido mec¨¢nico y se prepar¨® para seleccionar al siguiente condenado. Sus ojos rojos proyectaban sombras danzantes sobre los rostros p¨¢lidos de los prisioneros.
El presentador sonri¨® con una expresi¨®n que apenas ocultaba su disfrute. Se dirigi¨® a su audiencia con un tono pulido, cuidadosamente modulando la voz para maximizar el impacto. Sin embargo, el sarcasmo que destilaba era inconfundible:
¡ª?Ah, mis queridos espectadores, qu¨¦ escena tan conmovedora! ?Qui¨¦n dir¨ªa que incluso en estas ¡°cosas¡± podr¨ªa brotar un gesto de amor? ¡ªSolt¨® una risa forzada, ensayada, que reson¨® a trav¨¦s de las pantallas¡ª Pero, qu¨¦ l¨¢stima, ese pobre ni?o nunca pudo ver el ¡°verdadero¡± amor que su madre guardaba en su interior, si es que en realidad dicho amor alguna vez existi¨®.
El presentador hizo una pausa teatral, asegur¨¢ndose de que nadie apartara la vista.
¡ª?A qui¨¦n intentamos enga?ar? Esa mujer sab¨ªa muy bien que nunca podr¨ªa alimentar a su hijo sin condenarse a s¨ª misma. Esa es la dura verdad de su existencia. Siendo realistas, deber¨ªan pensar dos veces antes de traer hijos al mundo. ?O acaso esas ¡°cosas¡± creen que vamos a permitir que hordas y hordas de su raza surjan bajo nuestras narices? Si fueran de los nuestros, otro ser¨ªa el cuento. Pero me temo, se?ores y se?oras, que si fu¨¦ramos tan ingenuos, la verdadera humanidad habr¨ªa desaparecido hace tiempo.
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Desde la comodidad de su sill¨®n, G¨®mez frunci¨® el ce?o mientras la voz del presentador se deslizaba por la sala. Tom¨® otro sorbo de su c¨®ctel, dejando que el licor ardiera en su garganta y disipara, aunque solo un poco, la repulsi¨®n que le causaba que estas criaturas pudieran darse el lujo de formar familias. Mientras tanto, ¨¦l hab¨ªa quemado a?os y a?os de su vida trabajando por la ¡°humanidad¡± a cambio de quedarse completamente solo. Atlas, que hab¨ªa estado observando atentamente, inclin¨® la cabeza en un gesto sutil, como si compartiera de alguna manera la incomodidad de su amo.
El centinela se detuvo por un breve instante, como si considerara la escena que ten¨ªa frente a ¨¦l. Su brazo mec¨¢nico, dise?ado para cortar y desgarrar sin vacilaci¨®n, se alz¨® de nuevo, proyectando una sombra alargada que cubr¨ªa a la madre y al ni?o en un abrazo oscuro. La multitud contuvo la respiraci¨®n, esperando el inevitable golpe. Los sensores del robot parec¨ªan registrar los niveles de miedo y movimiento, y el brillo en su visor rojo puls¨® una vez antes de estabilizarse. La ejecuci¨®n era inminente.
Sin previo aviso, el centinela activ¨® un engranaje interno que emiti¨® un zumbido sordo. En un movimiento s¨²bito, su brazo mec¨¢nico descendi¨® con una fuerza brutal y golpe¨® de lleno la cabeza de la mujer, empuj¨¢ndola hacia el centro de su cuerpo. Un sonido seco y visceral reson¨® por el centro comercial. La mujer, sin cabeza a la vista, cay¨® sin vida sobre el cad¨¢ver de su hijo, manchados ambos por la mezcla de polvo y sangre que ahora corr¨ªa por el suelo.
El centinela permaneci¨® inm¨®vil por un instante, como si saboreara el cl¨ªmax de la ejecuci¨®n. La sangre, tibia y oscura, se desliz¨® por sus superficies met¨¢licas, trazando l¨ªneas que se bifurcaban como r¨ªos ca¨®ticos en busca de un mar inexistente. No hab¨ªa remordimiento en sus sensores rojos que brillaban con una intensidad sin alma; tan solo la programaci¨®n insensible que lo mov¨ªa de un condenado al siguiente.
El presentador, desde su cabina de transmisi¨®n, mir¨® la escena con una expresi¨®n de gozosa anticipaci¨®n, como si el drama de la muerte fuera un fest¨ªn visual para su p¨²blico hambriento de espect¨¢culo. Cuando habl¨®, lo hizo con un tono tan envolvente que parec¨ªa una invitaci¨®n a un macabro banquete.
¡ª?Amigos m¨ªos, qu¨¦ magn¨ªfica representaci¨®n del orden y la justicia! ¡ªExclam¨®, inclinando ligeramente la cabeza con un aire teatral¡ª Observen c¨®mo la ley, nuestra querida e implacable ley, nos protege de la decadencia y la anarqu¨ªa. Aqu¨ª, en este mismo momento, vemos el costo de desafiar a los que viven arriba: una madre que se atrevi¨® a so?ar con la rebeli¨®n y un hijo que, lamentablemente, naci¨® en la sombra de esa decisi¨®n.
Los drones reporteros, obedientes a la voluntad de la producci¨®n, se movieron para capturar cada ¨¢ngulo del cuerpo inerte de la mujer y el ni?o. Los espectadores en sus hogares, encapsulados en la comodidad y seguridad de sus sof¨¢s, conten¨ªan la respiraci¨®n, algunos m¨¢s interesados en la crudeza de la ejecuci¨®n que en la naturaleza de la injusticia.
Un hombre entre los condenados, con las manos temblorosas y los ojos llenos de un miedo ancestral, mir¨® al centinela y luego al dron reportero, como si pudiera encontrar piedad en un lugar donde la misma palabra hab¨ªa perdido todo sentido. Los dem¨¢s condenados, encadenados unos a otros, observaron la escena con el horror tatuado en sus rostros, atrapados entre la n¨¢usea y la certeza de su destino. Todos parec¨ªan sucios, rotos, como si hubieran sido despojados de cualquier dignidad humana. Entre ellos, otra madre y su hijo estaban presente, un par de almas perdidas que luchaban por comprender la realidad que los rodeaba. A diferencia de la anterior pareja, ella astutamente hab¨ªa arrastrado a su hijo hasta el fondo de la multitud, pero el enfoque del dron reportero anunciaba su destino.
La madre, de cabello oscuro y enredado, vest¨ªa una camiseta rasgada, sus ropas sucias y gastadas por el hambre y las privaciones. Estaba agotada, pero el amor por su hijo a¨²n brillaba en sus ojos. Ten¨ªa la mirada fija en el ni?o, tratando de transmitirle algo con sus ojos, algo que podr¨ªa haber sido un mensaje de esperanza, pero que en este momento parec¨ªa un susurro vano en el viento. Su piel estaba marcada por las cicatrices de a?os de sufrimiento, pero su postura era la de una madre que har¨ªa cualquier cosa por proteger a su hijo, incluso en esta ¨²ltima instancia de desesperaci¨®n. Sin embargo, el tiempo se les estaba agotando.
El ni?o, un peque?o de no m¨¢s de ocho a?os, estaba desali?ado. Sus ropas, una mezcla de trapos y pedazos de tela rasgados, colgaban de su cuerpo flaco. Sus zapatos, ya rotos y cubiertos de mugre, apenas pod¨ªan sostenerlo en pie. La piel de su rostro estaba cubierta de sudor y sangre, sus ojos abiertos de par en par por el miedo, pero tambi¨¦n por la confusi¨®n. No comprend¨ªa la magnitud de la situaci¨®n, pero s¨ª sent¨ªa el peso de la amenaza inminente. ¨¦l no quer¨ªa estar all¨ª, no quer¨ªa ver la muerte acechando a su madre. A su corta edad, estaba siendo arrancado de la inocencia y lanzado de golpe a la cruel realidad del mundo que lo rodeaba.
El ni?o no sab¨ªa qu¨¦ decir. Sus palabras sal¨ªan entrecortadas, sus labios temblaban, y su respiraci¨®n se aceleraba. Miraba a su madre, pidiendo sin palabras que lo salvaran, que lo sacaran de ese lugar infernal. No sab¨ªa si alguien lo escuchar¨ªa, ni siquiera si alguien podr¨ªa. Pero en su mente, un pensamiento se repet¨ªa: ?Por qu¨¦ nos est¨¢n haciendo esto? ?Qu¨¦ hemos hecho para merecerlo? Sus ojos, h¨²medos por las l¨¢grimas, se clavaban en el centinela que los observaba, en la m¨¢quina que no comprend¨ªa el concepto de compasi¨®n, solo cumpl¨ªa ¨®rdenes.
El presentador, que hab¨ªa estado observando la escena con una intensidad casi teatral, parec¨ªa disfrutar de la tensi¨®n acumulada. Su rostro apareci¨® en el holograma, iluminado por una luz artificial que hac¨ªa que su expresi¨®n pareciera a¨²n m¨¢s falsa y vac¨ªa. Con una sonrisa afilada, se dirigi¨® a la c¨¢mara, como si estuviera presentando un show de entretenimiento.
¡ªY ahora, mis queridos espectadores, tenemos el honor de mostrarles un momento decisivo en la historia de nuestro planeta. ?La justicia se servir¨¢ en su m¨¢xima expresi¨®n! ¡ªDijo el presentador, su tono melodram¨¢tico llenando el aire, mientras sus dedos se mov¨ªan al ritmo de la narraci¨®n.
El dron reportero se acerc¨® a¨²n m¨¢s al grupo de prisioneros, enfocando a la madre y al hijo en primer plano. La c¨¢mara comenz¨® a hacer un zoom sobre sus rostros, capturando la angustia y el miedo que los envolv¨ªa. La madre miraba al ni?o con un gesto que denotaba desesperaci¨®n. Las l¨¢grimas trazaban caminos oscuros sobre sus mejillas sucias, y en los ojos de la mujer ard¨ªa una mezcla de amor feroz y terror paralizante. Era una mirada que hablaba de sacrificio, de memorias compartidas, de promesas no cumplidas y un adi¨®s no dicho. El ni?o, peque?o e indefenso, buscaba refugio en la cercan¨ªa de su madre, sus manitas aferr¨¢ndose a ella con una desesperaci¨®n que rozaba la locura.
El Ojo que Todo lo Ve (7)
La voz del presentador rompi¨® el aire como un cuchillo, su tono impregnado de falsa solemnidad y un dejo de satisfacci¨®n:
¡ªAqu¨ª los tienen, amigos y ciudadanos leales¡ ¡ªSonri¨®, sus ojos brillando con un placer apenas disimulado¡ª Una madre y su hijo, dos traidores al orden que nuestros antepasados construyeron con tanto esfuerzo. Dos seres que, con sus propios actos, han sellado su destino. La madre, culpable de robar y desestabilizar la paz que tanto nos ha costado preservar, y el ni?o, que solo ha seguido el ejemplo de su madre, un producto de la decadencia, un reflejo de una generaci¨®n perdida que arrastra consigo los errores de sus predecesores. No hay m¨¢s que decir, mis amigos. ?Culpables!
La madre cerr¨® los ojos por un segundo, como si intentara grabar ese momento en su memoria, su ¨²ltimo acto de amor, un ¨²ltimo susurro mudo: ¡°Te amo. No importa lo que pase, eres mi luz.¡±
El presentador continu¨®, su voz ganando intensidad, envalentonado por la atenci¨®n de la audiencia:
¡ª?Traer a un ni?o a un robo? Una estrategia pat¨¦tica, un intento torpe de buscar piedad. Quisieron jugar con la empat¨ªa, apostaron a nuestra compasi¨®n. ?Pero vean bien! ¡ªAlz¨® la voz, se?alando al ni?o que temblaba bajo la sombra del centinela¡ª No somos tan ingenuos como para perdonar a los que buscan sabotearnos. No habr¨¢ piedad para los que nos desaf¨ªan.
El silencio se hizo m¨¢s espeso, y la madre lanz¨® una ¨²ltima mirada a su hijo, un intento de transmitirle una fuerza que ella misma ya no ten¨ªa. El dron captur¨® esa despedida, ese momento de conexi¨®n ef¨ªmera, antes de que la muerte lo borrara todo.
El centinela, como si hubiera estado esperando el momento exacto para actuar, se acerc¨® a la madre y su hijo. La m¨¢quina no mostraba signos de emoci¨®n, solo obedec¨ªa a las ¨®rdenes dadas. Sus pasos eran firmes, calculados, y el ruido met¨¢lico de sus extremidades resonaba en el aire, amplificado por el silencio que reinaba en el lugar. Cuando lleg¨® hasta ellos, el robot extendi¨® su brazo met¨¢lico, apuntando con precisi¨®n al cuello de la madre. Ella no grit¨®, solo cerr¨® los ojos, como si aceptara su destino. El ni?o, sin embargo, no pod¨ªa aceptar que su madre fuera llevada de esa manera. Su peque?o cuerpo se agit¨® con un esfuerzo fren¨¦tico por escapar, pero las cadenas lo manten¨ªan sujeto. ¨¦l intent¨® gritar, pero su voz se quebr¨® en un sollozo silencioso.
¡ª?Por favor! ?No! ¡ªGimi¨®, mientras luchaba por salir del cerco del centinela.
El presentador, que segu¨ªa observando con una sonrisa forzada, inclin¨® la cabeza hacia un lado, como si pensara que el espect¨¢culo alcanzaba su punto culminante.
¡ª?Y ah¨ª lo tienen, mis queridos televidentes! La ejecuci¨®n ser¨¢ r¨¢pida, eficiente, como debe ser. ?Un recordatorio de lo que pasa cuando se desaf¨ªa a los que mandan! ¡ªDijo, con una satisfacci¨®n perversa, mientras los drones segu¨ªan grabando, capturando cada detalle, cada l¨¢grima, cada gesto.
El centinela alz¨® su brazo y se prepar¨® para lo que parec¨ªa ser el final. Sin embargo, antes de proceder, el robot se detuvo de manera brusca. La m¨¢quina permaneci¨® inm¨®vil, como si estuviera esperando una nueva instrucci¨®n.
La mujer, todav¨ªa abrazando al ni?o, abri¨® los ojos con incredulidad, sus dedos aferr¨¢ndose al peque?o cuerpo que intentaba proteger. No entend¨ªa lo que estaba pasando, pero la esperanza, tan fr¨¢gil como un hilo de seda, empez¨® a tejerse en su mirada. El centinela baj¨® lentamente su brazo, y el brillo rojo de sus sensores se atenu¨®, pasando de un carmes¨ª furioso a un parpadeo casi inofensivo.
¡ª??Qu¨¦ pasa?! ¡ªGrit¨® el presentador, visiblemente frustrado. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, una nueva orden se emiti¨® desde un terminal de comando oculto entre su escritorio.
¡ª?Un momento!...¡ªExclam¨®, su voz un tanto vacilante. Las c¨¢maras capturaron el cambio en la din¨¢mica de la escena¡ª ?Un ciudadano respetable ha decidido intervenir! ¡ªAnunci¨® el presentador, alargando cada palabra para maximizar el suspenso ¡ªEste benefactor, cuyo nombre quedar¨¢ en el anonimato, ha acordado cubrir los costos de los da?os y comprar la libertad del ni?o. ?S¨ª, as¨ª como lo oyen! ¡ªEl tono de su voz, tan entusiasta como si estuviera presentando un sorteo en horario estelar, hizo que G¨®mez apretara los labios y se reclinara en su asiento.
La garra del centinela descendi¨®, pero esta vez no con la violencia implacable de una ejecuci¨®n. En cambio, se acerc¨® al ni?o con la precisi¨®n de un cirujano y cort¨® con un sonido seco los grilletes que lo un¨ªan al grupo de prisioneros. El metal fr¨ªo cay¨® al suelo con un tintineo hueco, marcando el fin de la sentencia que pend¨ªa sobre ¨¦l. La madre se qued¨® inm¨®vil, con la respiraci¨®n contenida, mientras el ni?o, a¨²n temblando, levantaba la vista hacia la m¨¢quina que ahora parec¨ªa un guardi¨¢n de hierro.
El presentador volvi¨® a aparecer, su imagen ampliada y gesticulante ¡ª?Ah, qu¨¦ giro tan inesperado, mis queridos amigos! Hoy hemos presenciado no solo el triunfo de la ley, sino tambi¨¦n el poder de la generosidad y magnificencia entre los nuestros¡ªSu tono segu¨ªa siendo irritante, empapado de una euforia fabricada. G¨®mez dej¨® escapar un suspiro, no de alivio, sino de aburrimiento. Detestaba cuando las ejecuciones, destinadas a ser ejemplos de orden, se convert¨ªan en teatro barato.
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El ni?o, con la piel todav¨ªa enrojecida por la presi¨®n del metal, levant¨® la cabeza lentamente. A su alrededor, el aire estaba cargado de una mezcla de incertidumbre y miedo. La madre, a¨²n de rodillas, con el cuerpo exhausto y la mirada fija en el centinela, busc¨® recibir la misma compasi¨®n que le fue dada a su hijo con una desesperaci¨®n que solo una persona al borde de la muerte puede conocer. La confusi¨®n del ni?o se deshizo r¨¢pidamente en p¨¢nico cuando comprendi¨® lo que estaba sucediendo. Estaba libre, pero su madre segu¨ªa prisionera, y el centinela a¨²n la manten¨ªa en la mira. Al comprender su tr¨¢gico destino, ella lo mir¨®, sus ojos hinchados y enrojecidos, tratando de imprimir una ¨²ltima imagen de amor en su memoria, de transmitirle un mensaje silencioso: Vive, sobrevive. Pero ¨¦l no lo entendi¨®. No pod¨ªa aceptarlo.
¡ª?No! ?Por favor, no la maten! ¡ªGrit¨® el ni?o, su voz entrecortada y aguda, como un cuchillo que cortaba el aire cargado de la plaza. Se aferr¨® a la pierna de su madre, tratando de tirar de ella como si pudiera arrastrarla fuera de la sombra del centinela. Sus peque?os dedos se crisparon, blancos de la tensi¨®n, mientras miraba alrededor en busca de una ayuda que no llegar¨ªa. Sus ojos, enormes y asustados, se mov¨ªan fren¨¦ticamente, recorriendo los rostros vac¨ªos de la multitud de condenados.
G¨®mez dej¨® que sus ojos vagaran por la escena sin un ¨¢pice de emoci¨®n. El holograma proyectaba la s¨²plica del ni?o en alta definici¨®n, capturando cada temblor, cada l¨¢grima que rodaba por su mejilla sucia. Atlas, que hab¨ªa estado observando de pie junto al sill¨®n, inclin¨® ligeramente la cabeza, como si analizara la escena con un matiz de curiosidad.
¡ªSe?or, me atrevo a preguntar ¡ªDijo Atlas, con su voz que resonaba como un eco mec¨¢nico¡ª ?Cu¨¢nto cree que costar¨ªa la libertad de la madre?
G¨®mez apart¨® la vista del holograma y la dirigi¨® al androide, levantando una ceja con escepticismo. Un destello de humor negro se reflej¨® en sus ojos, y apenas se molest¨® en sonre¨ªr.
¡ªMenos que mi c¨®ctel, Atlas ¡ªRespondi¨® finalmente, dejando que las palabras se deshicieran en el aire. La crudeza que impregnaba su tono era palpable, un recordatorio de la frialdad con la que el mundo giraba.
¡ª?Por favor! ?Alguien! ?Ayuden a mi mam¨¢! ¡ªLa voz del ni?o se deshilach¨® en un sollozo desesperado, pero nadie entre los condenados se movi¨®. Cada uno de ellos, a¨²n con los rostros marcados por la sombra de su propio destino incierto, evitaba mirar directamente al afortunado. Nadie quer¨ªa ser el pr¨®ximo objeto de atenci¨®n del centinela.
El centinela, sin emoci¨®n ni juicio, baj¨® de nuevo su brazo met¨¢lico, ahora con un prop¨®sito renovado. Las luces rojas de sus sensores se intensificaron, y con un movimiento que fue a la vez implacable y meticuloso, aferr¨® a la madre por el cuello. Ella no grit¨®; no hab¨ªa m¨¢s espacio en su cuerpo para el miedo, solo un agotamiento profundo y la certeza de que todo lo que quedaba era el fin. Mir¨® a su hijo por ¨²ltima vez, su rostro endurecido por la mezcla de amor y esperanza por un futuro que ella ya no ver¨ªa.
El presentador hizo un gesto de falsa conmoci¨®n y se llev¨® una mano al pecho, como si la escena lo afectara personalmente. G¨®mez resopl¨® al ver la actuaci¨®n exagerada del presentador y ya harto de la situaci¨®n, movi¨® el dedo para pasar al siguiente canal.
El holograma chisporrote¨® un segundo antes de estabilizarse, mostrando un comercial de papas fritas, donde modelos en trajes de ba?o trasl¨²cidos bailaban al ritmo de una canci¨®n pegajosa bajo una luz dorada, mientras una lluvia de papas fritas ca¨ªa del cielo como si fueran bendiciones divinas. Sus risas eran cristalinas, demasiado cristalinas, y sus sonrisas blancas, demasiado blancas. G¨®mez apenas las mir¨®. Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
El holograma cambi¨® de inmediato. Ahora era un programa de concursos. Un hombre vestido con un traje amarillo patito y una sonrisa que parec¨ªa tatuada en su rostro gritaba al p¨²blico:
¡ª?Y aqu¨ª vamos con otra ronda de la ruleta m¨¢gica! ?Donde todo se puede ganar y nada perder!
El p¨²blico, una masa amorfa de rostros felices y sin nombre, aplaud¨ªa y gritaba como si sus vidas dependieran de ello. G¨®mez frunci¨® el ce?o al ver a una concursante, una joven cuasi desnuda con ojos dilatados por alguna droga de ¨²ltima generaci¨®n, girar la ruleta con una fuerza desproporcionada. El artefacto emiti¨® un sonido met¨¢lico antes de detenerse en una casilla que dec¨ªa: Una semana en el para¨ªso. Los aplausos explotaron nuevamente.
Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
Un documental. Al menos parec¨ªa un documental. La voz profunda de un narrador describ¨ªa las maravillas de una ciudad flotante en el cielo, una megal¨®polis suspendida por tecnolog¨ªa anti-gravedad, donde la ¨¦lite disfrutaba de vistas eternas al horizonte mientras beb¨ªa licores fosforescentes. G¨®mez alcanz¨® a ver un balc¨®n de cristal donde una pareja se besaba con pasi¨®n teatral. Ella ten¨ªa alas sint¨¦ticas que se mov¨ªan suavemente con el viento. ¨¦l ten¨ªa ojos completamente negros como los de un tibur¨®n.
Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
Un canal de deportes extremos. Un grupo de j¨®venes, con trajes ajustados cubiertos de sensores LED, saltaban desde el borde de un rascacielos en ca¨ªda libre. La c¨¢mara segu¨ªa cada uno de sus movimientos mientras descend¨ªan, riendo y gritando, como si la muerte no existiera, como si fueran invencibles. Uno de ellos activ¨® su paraca¨ªdas a ¨²ltimo momento y cay¨® de pie sobre una plataforma flotante entre dos edificios. Una serie de comentarios se proyectaban en el aire para acentuar el ¨¦xtasis del televidente:
¡ª?Este tipo es un maldito dios!
¡ª?Quiero ser como ¨¦l!
Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
El Ojo que Todo lo Ve (8)
Un programa de cocina. Una chef androide, con brazos multiarticulados, preparaba un platillo usando ingredientes bioluminiscentes. La comida palpitaba suavemente bajo la luz ultravioleta mientras era decorada con precisi¨®n quir¨²rgica.
¡ªY voil¨¤, queridos espectadores. ?Un fest¨ªn para los sentidos y una org¨ªa para las papilas gustativas!
G¨®mez arque¨® una ceja. Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
Un noticiero. Las noticias eran narradas por un avatar virtual con facciones dise?adas para ser universalmente provocativas. La voz andr¨®gina dec¨ªa:
¡ªEn el distrito Gamma-7, un grupo de activistas prosinteticos intent¨® sabotear el suministro de ox¨ªgeno premium de la capital marciana. Las autoridades neutralizaron la amenaza r¨¢pidamente. En otras noticias, la venta de mascotas tra¨ªdas del otro mundo ha alcanzado un nuevo r¨¦cord esta semana y se espera que muchos due?os comiencen a vender sus viejas mascotas, provocando un retroceso en el precio de muchos animales ex¨®ticos...
G¨®mez se qued¨® unos minutos atontado en la belleza del avatar hasta que finalmente sali¨® el aturdimiento y su dedo se movi¨® una vez m¨¢s.
El canal cambi¨® a una sala de chat en vivo. Decenas de hologramas de personas, todas alteradas con filtros que las hac¨ªan parecer dioses griegos o personajes de un videojuego, charlaban sobre banalidades. Una mujer con piel de obsidiana l¨ªquida y ojos dorados re¨ªa coquetamente con un hombre cuya cara parec¨ªa esculpida en m¨¢rmol.
¡ªNo puedo creer que te hayas perdido la fiesta de anoche, Zeus. Fue... sublime.
¡ªLo s¨¦, lo s¨¦. Estaba con trabajo pendiente. Ocho horas seguidas corrigiendo ex¨¢menes de mocosos.
¡ª?Eso es una locura! ?C¨®mo les fue?
¡ªMal. Bien. Lleg¨® un punto en donde me olvid¨¦ que estaba corrigiendo ex¨¢menes y ¡
El desdichado dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
De nuevo un comercial. Esta vez, para un nuevo tipo de estimulante emocional en formato de parche cut¨¢neo. Una mujer sonriente lo aplicaba en su cuello y sus pupilas se dilataban instant¨¢neamente mientras su sonrisa se convert¨ªa en algo casi espiritual.
¡ª?No m¨¢s tristeza! ?No m¨¢s ansiedad! ?Solo ¨¦xtasis puro con Emotion+!
G¨®mez dej¨® caer la cabeza hacia atr¨¢s en el sill¨®n. La luz de los hologramas bailaba sobre su rostro cansado. Su dedo a¨²n se discut¨ªa si cambiar de canal o no.
¡ªTodo es lo mismo ¡ªMurmur¨®.
Afuera, la ciudad brillaba con luces de ne¨®n y drones publicitarios que proyectaban im¨¢genes que no resguardaban pudor alguno. Cerr¨® los ojos por un momento, intentando silenciar el ruido interno y externo. Pero el silencio era a¨²n peor. Era como si algo dentro de ¨¦l estuviera desgarr¨¢ndose lentamente, una grieta que crec¨ªa con cada canal que pasaba y ca¨ªa en la realidad de que esta iba a ser su nueva vida de ahora en delante.
Finalmente, su dedo se movi¨® casi que por cuenta propia, en un gesto de sacar a su due?o de la meditaci¨®n depresiva en la que hab¨ªa ca¨ªdo.
El holograma cambi¨® una vez m¨¢s. Esta vez era una transmisi¨®n en vivo desde una fiesta privada en una de las torres m¨¢s exclusivas del planeta tierra. Personas vestidas con trajes transl¨²cidos danzaban bajo estalactitas de luces psicod¨¦licas. En el centro, una figura alta y delgada con una m¨¢scara dorada elevaba las manos mientras una sustancia l¨ªquida, brillante y viscosa ca¨ªa sobre los asistentes desde un domo en el techo.
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¡ªSean libres ¡ªDijo la figura enmascarada, con una voz amplificada por altavoces ¡ªSean ustedes mismos. No hay l¨ªmites, no hay remordimientos, no hay pecados en esta casa.
Incomodado por la felicidad pasajera de estas personas, G¨®mez apag¨® el holograma de golpe. La habitaci¨®n qued¨® en penumbras, iluminada solo por las luces distantes de la ciudad y el reflejo de los anuncios flotando en el cielo. Se qued¨® en silencio, sintiendo el peso de algo indefinible apret¨¢ndole el pecho. Afuera, un dron publicitario pas¨® cerca de su ventana, proyectando una imagen resplandeciente de una modelo con ojos que parec¨ªan pozos sin fondo. Era perfecta. Su piel era un lienzo de porcelana, sin poros ni imperfecciones. Sus labios eran rojos, carnosos y sim¨¦tricos, siempre ligeramente entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo revelador o seductor. Pero lo que m¨¢s llamaba la atenci¨®n eran sus ojos: enormes, profundos, del color de un oc¨¦ano sint¨¦tico que no reflejaba nada.
¡ª?Eres feliz? ¡ªPregunt¨® la modelo al notar que Gomez la miraba fijamente, con un tono aterciopelado y carente de emoci¨®n.
La modelo inclin¨® la cabeza con una expresi¨®n que era a la vez tierna y distante. Una ligera brisa generada por el propio dron movi¨® su cabello con una precisi¨®n coreografiada, haciendo que cada hebra brillara bajo un resplandor azulado.
El dron gir¨® lentamente sobre s¨ª mismo, proyectando en el aire una publicidad acerca de una playa paradis¨ªaca. El agua era de un azul iridiscente, la arena blanca como el az¨²car. Y all¨ª, en medio de ese para¨ªso, estaba ella, caminando descalza con un traje de ba?o transl¨²cido que parec¨ªa tejido de luz l¨ªquida. Cada paso dejaba una peque?a huella luminosa en la arena.
¡ªLa felicidad est¨¢ al alcance de tu mano ¡ªSusurr¨® la modelo, con los labios curv¨¢ndose apenas en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Al notar la indiferencia de Gomez, el dron se alej¨®, pero la imagen permaneci¨® un instante m¨¢s en el aire, suspendida como un espejismo que se niega a desvanecerse. G¨®mez se hundi¨® un poco m¨¢s en el sill¨®n, mientras la ciudad segu¨ªa respirando a su alrededor, indiferente a su peque?o acto de desconexi¨®n.
¡ª?Soy feliz? ¡ªSe pregunt¨® G¨®mez en un susurro, casi temeroso de escuchar su propia voz en la penumbra de la habitaci¨®n.
La pregunta flot¨® en el aire, pesada, pegajosa, como una telara?a invisible que no pod¨ªa apartar de su mente. Sacudi¨® la cabeza, como si pudiera deshacerse de la sensaci¨®n con un simple movimiento, y volvi¨® a encender el holograma. Su dedo se desliz¨® nuevamente, buscando algo, cualquier cosa, que lo sacara de ese agujero mental en el que hab¨ªa ca¨ªdo.
Las horas segu¨ªan resbalando como aceite sobre metal oxidado. G¨®mez apenas se daba cuenta de la transici¨®n entre un canal y otro. Su dedo segu¨ªa movi¨¦ndose con la misma desgana, tambale¨¢ndose en el aire con un aire de derrota. Los canales se deslizaban ante sus ojos con un desfile interminable de colores saturados, rostros falsos y frases vac¨ªas.
Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
Un programa de debates emergi¨® ante ¨¦l. Cuatro hologramas de figuras perfectamente pulidas discut¨ªan con gestos apasionados sobre algo que G¨®mez no pudo identificar de inmediato. Uno se?alaba con el dedo, otro agitaba los brazos como un molinillo, pero sus palabras eran apenas ruido blanco entre efectos de sonido exagerados y gr¨¢ficos explosivos que acompa?aban cada frase.
¡ªEl problema, querido colega, es que la sociedad ha olvidado el valor de la disciplina...
¡ª?Eso son lo traumas de la dictadura! ?Lo que necesitamos es m¨¢s libertad, no menos!
G¨®mez hizo una mueca, un debate alargado y falso no le llamaba su atenci¨®n. Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
Un comercial de una bebida energ¨¦tica explot¨® en el aire. Un hombre con m¨²sculos imposibles corr¨ªa por un desierto bajo un cielo p¨²rpura, perseguido por una tormenta el¨¦ctrica. Bebi¨® un sorbo de la lata brillante y, de repente, el mundo a su alrededor se convirti¨® en una explosi¨®n de ne¨®n y adrenalina.
¡ª?Libera al tit¨¢n que hay en ti! ¡ªGrit¨® el narrador con voz rasposa.
¡ªCada d¨ªa mas exagerados¡ªG¨®mez buf¨® y volvi¨® a cambiar el canal.
Una transmisi¨®n en vivo desde una playa artificial. Cientos de cuerpos bronceados y esculturales se retorc¨ªan al ritmo de una m¨²sica electr¨®nica que parec¨ªa dise?ada para hipnotizar cerebros con poca resistencia al aburrimiento. G¨®mez not¨® que todos los asistentes llevaban gafas de realidad aumentada y sonre¨ªan con una expresi¨®n casi id¨¦ntica, como si sus emociones estuvieran sincronizadas.
Su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s.
El Ojo que Todo lo Ve (9)
El zapping se volvi¨® un acto casi autom¨¢tico, como respirar. Pas¨® por canales de pornograf¨ªa, de competencias absurdas donde la gente se lanzaba excremento en la cara, de anuncios donde rostros perfectos vend¨ªan la felicidad que ellos mismos no ten¨ªan. G¨®mez intentaba no pensar, no sentir, solo dejarse llevar por la marea de im¨¢genes. Pero el esfuerzo era en vano; el contenido de la programaci¨®n no era suficiente para llenar su propio vac¨ªo.
Finalmente, despu¨¦s de lo que parecieron siglos, volvi¨® sin quererlo al canal de la ejecuci¨®n p¨²blica. El centro comercial era ahora una c¨¢scara vac¨ªa llena de cad¨¢veres. Los cuerpos estaban desperdigados, sin orden ni sentido. La sangre se hab¨ªa secado en charcos pegajosos sobre el suelo de blanco pulido. El robot centinela continuaba su labor con la misma eficiencia mec¨¢nica, pero ya quedaban pocos condenados. G¨®mez reconoci¨® el cuerpo de la madre que hab¨ªa visto horas antes, ahora inerte y retorcido sobre una pila de otros cuerpos.
Lo m¨¢s desconcertante, sin embargo, era el presentador.
El hombre ya no ten¨ªa esa expresi¨®n histri¨®nica de falso entusiasmo. Estaba desplomado en su asiento, con las piernas arriba de su escritorio y la cabeza inclinada hacia adelante, los ojos clavados en una consola port¨¢til. Sus pulgares se mov¨ªan con precisi¨®n milim¨¦trica sobre los controles, su rostro ennegrecido iluminado apenas por la pantalla del dispositivo.
¡ªEh¡ t¨²¡ ¡ªMurmur¨® el presentador con voz arrastrada, sin levantar la vista¡ª El de la izquierda. S¨ª, t¨². Adelante, proceda a su destino.
El centinela obedeci¨®. Un cuerpo m¨¢s fue exprimido como un trapo sucio por sus garras met¨¢licas. El presentador ni siquiera pesta?e¨®.
G¨®mez se inclin¨® hacia adelante en su asiento, intrigado por aquella escena. Durante todas las horas que pas¨® recorriendo canales, aquel presentador le parec¨ªa la ¨²nica persona real que hab¨ªa visto. No era un avatar digital, ni un androide sint¨¦tico, ni un holograma creado por inteligencia artificial. Tampoco aparentaba ser un imb¨¦cil saturado por drogas y dada la indiferencia con la que ejecutaba su trabajo era evidente que no era una ¡°cosa¡± de alto estatus. Era un humano de carne y hueso, y estaba absolutamente, irremediablemente, harto de seguir trabajando.
Cada tanto, el presentador levantaba una mano y se?alaba al azar. A veces ni siquiera miraba a qui¨¦n eleg¨ªa. Marcaba al siguiente condenado mientras segu¨ªa concentrado en su consola, su expresi¨®n fija y aburrida. Nadie en la producci¨®n parec¨ªa decirle nada. Nadie lo correg¨ªa, nadie lo apuraba, nadie parec¨ªa estar supervis¨¢ndolo.
¡ªSiguiente... ¡ªMurmuraba el presentador y su dedo se movi¨® con desgana una vez m¨¢s, como si ¨¦l tambi¨¦n estuviera zapeando entre condenados.
La iron¨ªa de la situaci¨®n no pas¨® desapercibida para G¨®mez. Aquel hombre era, en cierto sentido, igual que ¨¦l: atrapado en un bucle de aburrimiento, hartazgo y vac¨ªo. Solo que en lugar de haber perdido su trabajo, el presentador se habia terminado aburriendo del mismo.
En un momento particularmente grotesco, el presentador dej¨® la consola a un lado, estir¨® los brazos y bostez¨® con fuerza. Luego sac¨® un peque?o paquete de snacks de su bolsillo y comenz¨® a masticar con la boca abierta mientras el centinela tomaba a otro condenado por el cuello.
¡ªUf¡*mascar*... esto es interminable¡*mascar*... los nuevos protocolos de ejecuci¨®n p¨²blica son demasiados lentos ¡ªMurmur¨® el presentador, con la boca llena.
G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrer su espalda. La queja a los nuevos protocolos le habia pegado de lleno, record¨¢ndole el motivo por el cual habia sido despedido. Por un segundo, G¨®mez pens¨® en apagar la pantalla. Pero no lo hizo. Se qued¨® mirando, atrapado en aquella escena absurda y deshumanizada, incapaz de apartar los ojos.
El centinela levant¨® su brazo met¨¢lico una vez m¨¢s. El presentador volvi¨® a se?alar al azar.
¡ªT¨², s¨ª, t¨²¡*mascar*... No te quejes tanto y camina al centinela.
G¨®mez dej¨® escapar un suspiro largo y cansado.
¡ª?C¨®mo llegamos aqu¨ª? ¡ªMurmur¨®, aunque sab¨ªa que nadie ten¨ªa una respuesta.
El presentador solt¨® una risita seca sin levantar la mirada de su consola.
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¡ª?C¨®mo llegamos aqu¨ª pregunta la audiencia? Buena pregunta, queridos espectadores. Buena pregunta.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. Por un momento, sinti¨® que aquella respuesta hab¨ªa sido dirigida a ¨¦l. Era absurdo, claro, el presentador no pod¨ªa verlo. Levant¨® la cabeza y vio a Atlas a su lado; aparentemente el androide interpret¨® mal su pregunta y por error se la mand¨® al presentador. Sin embargo, hab¨ªa algo en el tono, en la pausa teatral que dej¨® el presentador despu¨¦s de la frase, que le hizo sentir una conexi¨®n inc¨®moda.
El centinela continuaba con su rutina, otro cuerpo se desplom¨® con un golpe seco contra el suelo brillante del centro comercial. Pero G¨®mez ya no estaba prestando atenci¨®n a los cad¨¢veres. Su mirada estaba clavada en el presentador, que ahora hab¨ªa dejado los snacks a un lado y estaba reclinado en su silla, girando lentamente sobre su eje.
¡ªSabes, esto sol¨ªa ser divertido al principio ¡ªDijo el presentador con un bostezo exagerado¡ª Oh, s¨ª. Las primeras semanas, incluso los primeros meses, hab¨ªa algo emocionante en se?alar a alguien y decir: ¡°T¨², s¨ª, t¨²¡±. Como un emperador en el gran coliseo. Pero despu¨¦s de un tiempo... ¡ªHizo una pausa y clav¨® su mirada cansada en la c¨¢mara¡ª Despu¨¦s de un tiempo todo pierde su gracia.
G¨®mez se enderez¨® ligeramente en su asiento. Algo en la voz del hombre hab¨ªa cambiado; el tono ir¨®nico segu¨ªa ah¨ª, pero hab¨ªa una grieta, una fisura de algo m¨¢s profundo y humano.
¡ª?Sabes c¨®mo termin¨¦ aqu¨ª? ¡ªContinu¨® el presentador, ahora con los codos apoyados sobre el escritorio y las manos entrelazadas¡ª No era mi plan, por supuesto. Nadie crece so?ando con ser el verdugo de una sociedad sin cara. Yo... ¡ªHizo una pausa y solt¨® una peque?a risa¡ª Yo quer¨ªa ser actor. S¨ª, un actor de verdad, de esos que llenan teatros, que hacen llorar a la gente en los finales tr¨¢gicos.
A la pasada el presentador movi¨® su dedo con apat¨ªa una vez m¨¢s y el centinela ejecut¨® otro condenado con la misma indiferencia rob¨®tica de siempre. El presentador ni siquiera pesta?e¨®.
¡ªPero claro, al crecer me di cuenta de que el teatro muri¨® hace siglos. ?Qui¨¦n necesita personas actuando cuando tienes estas basuritas volviendo realidad todas tus fantas¨ªas? ¡ªHizo un gesto vago hacia la pila de cad¨¢veres amontonados en el piso reluciente del centro comercial¡ª Pero por suerte este trabajo estaba disponible y ahora estoy en una transmisi¨®n en vivo, donde millones de espectadores comiendo sus snacks y bebiendo bebidas burbujeantes miran c¨®mo juego a ser Dios¡ Va¡ A quien enga?o¡ Estas ejecuciones p¨²blicas de suerte tienen cien espectadores y solo se las transmiten a los vecinos de la zona¡
¡ªIntent¨¦ otras cosas antes, ?sabes? Fui conductor de noticias un tiempo. ''Buenas noches, ciudadanos. Hoy murieron cien personas en un evento paranormal. El clima para ma?ana: soleado con posibilidades de lluvia ¨¢cida¡¯ ¡ªEl presentador hizo un gesto para marcar al siguiente condenado¡ªPero la audiencia quer¨ªa m¨¢s sangre, m¨¢s espect¨¢culo. Y aqu¨ª estoy, complaciendo a mi audiencia¡
La c¨¢mara hizo un ligero zoom sobre el rostro del presentador. Sus ojeras eran profundas, sus ojos inyectados en sangre. Por un segundo, G¨®mez pens¨® que el hombre iba a romperse, a llorar o a gritar. Pero en su lugar, sonri¨®. Una sonrisa peque?a, torcida, que no alcanzaba a tocar sus ojos.
¡ªAl principio, me consolaba pensando que solo era un trabajo. Que no era mi culpa que hubiera gente tan imb¨¦cil para merecer ser condenada a muerte. Que alguien m¨¢s lo har¨ªa si yo no lo hac¨ªa. Pero... ¡ªSuspir¨® profundamente y se dej¨® caer de nuevo en su silla¡ª Con el tiempo, esa excusa dej¨® de funcionar. Me di cuenta de que ya no me importaban estas ¡°cosas¡±.
El centinela tom¨® al ¨²ltimo condenado del centro comercial. Una anciana de cabello blanco, que apenas pod¨ªa mantenerse en pie. El presentador la mir¨® por un momento, con algo parecido al aburrimiento cruzando fugazmente su rostro.
¡ªAdelante, esta vieja ya vivi¨® demasiado, ya no nos es ¨²til a nosotros¡ªDijo finalmente, casi en un susurro.
El centinela comprimi¨® la cabeza de la anciana como una sand¨ªa hasta que su cuerpo sin vida cay¨® desplomado, y con ella, el silencio se apoder¨® de la transmisi¨®n. No quedaba nadie vivo en el escenario. El centinela se qued¨® inm¨®vil, esperando nuevas ¨®rdenes que nunca llegar¨ªan.
El presentador se reclin¨® en su silla, cerr¨® los ojos y dej¨® escapar un largo suspiro.
¡ª?Saben que es lo peor de todo? ¡ªMurmur¨®¡ª Ni siquiera s¨¦ porque sigo trabajando en un empleo tan insignificante como este. Solo s¨¦ que hay otros... otros que disfrutan esto. Que esperan con ansias cada ejecuci¨®n, cada transmisi¨®n. Al menos yo... al menos yo todav¨ªa puedo sentir que mi trabajo aporta a esas personas algo de placer. Un peque?o indicio de que soy ¨²til para la sociedad y que todo esto sirve para algo¡ªSe se?al¨® el pecho con un dedo tembloroso.
G¨®mez sinti¨® un nudo en la garganta. No por los muertos, no por el espect¨¢culo, sino por aquel hombre abatido al otro lado de la pantalla. Un hombre que, por alguna raz¨®n, segu¨ªa ah¨ª, trabajando en un empleo vac¨ªo de emoci¨®n solo para que la sociedad funcione.
El presentador se levant¨® lentamente de su asiento. Su silueta se recortaba contra el fondo del estudio de producci¨®n.
¡ªBueno, se acab¨® por hoy ¡ªSu voz son¨® casi paternal¡ªApaguen sus pantallas, coman algo saludable, abracen a sus hijos. La justicia ha vuelto ganar y el orden se preserva en la ciudad.
Y con un gesto final, la transmisi¨®n se cort¨®.
G¨®mez se qued¨® mirando la pantalla con est¨¢tica durante un largo minuto. Finalmente, apag¨® el holograma. La habitaci¨®n qued¨® en penumbras una vez m¨¢s. Afuera, la ciudad segu¨ªa brillando, respirando, ignorando todo lo que acababa de suceder en aquel centro comercial.
¡ª?C¨®mo llegamos aqu¨ª? ¡ªMurmur¨® G¨®mez una ¨²ltima vez antes de hundirse en el silencio de su soledad.
El Ojo que Todo lo Ve (10)
El triplex no ofrec¨ªa ning¨²n consuelo. Las paredes de cristal solo reflejaban la oscuridad exterior y la figura solitaria de G¨®mez. La ciudad parec¨ªa un organismo vivo, indiferente a las peque?as tragedias de sus habitantes. Los ojos azules de G¨®mez se encontraron con su reflejo en el cristal. El hombre que le devolv¨ªa la mirada era apenas una sombra del que alguna vez fue, una versi¨®n distante y erosionada de aquel G¨®mez joven e idealista que todav¨ªa imaginaba cuando cerraba los ojos. Su rostro, marcado por el cansancio, mostraba facciones endurecidas por a?os de sacrificio y entrega. La carrera, que en otro tiempo le brind¨® prop¨®sito y lo convirti¨® en una leyenda dentro de la Fundaci¨®n, ahora solo le dejaba un vac¨ªo insondable. Y la soledad de su hogar se sent¨ªa m¨¢s opresiva con cada minuto que pasaba sin un prop¨®sito por el cual seguir viviendo.
El tic-tac del reloj hologr¨¢fico en la pared parec¨ªa m¨¢s fuerte de lo usual, resonando en el espacio mientras G¨®mez observaba el horizonte, dejando que la incomodidad de la soledad lo envolviera por completo. Gui¨¢ndose por el reflejo del cristal, divis¨® a Atlas observando su espalda. Era un momento extra?o, compartido en silencio entre un humano y una m¨¢quina, ambos atrapados en un espacio donde el tiempo parec¨ªa estirarse sin fin.
Con un suspiro, acept¨® que en los canales de entretenimiento no hab¨ªa esperanza de encontrar algo que lo distrajera. Busc¨® y busc¨®, pero lo que encontr¨® no era mejor que un balazo en la cabeza. Programas absurdos de telerrealidad, competencias de dudosa calidad y series de argumentos vac¨ªos llenaban la programaci¨®n. Todo parec¨ªa dise?ado para apelar a una curiosidad superficial, carente de cualquier chispa de autenticidad o creatividad. Record¨® c¨®mo su padre se quejaba de que el entretenimiento de otros tiempos, aunque simple, al menos pose¨ªa un toque humano, algo que resonaba en la gente. Ahora ¨¦l comprend¨ªa las quejas de su padre. Todo parec¨ªa fabricado, est¨¦ril y desechable, hecho para impresionar a mentes insulsas y f¨¢ciles de contentar. Incluso las inteligencias artificiales que presentaban algunos de esos programas parec¨ªan m¨¢s carism¨¢ticas que los humanos que las acompa?aban en pantalla.
Todo era superficial, carente de sentido. Aunque tal vez era ¨¦l quien se estaba volviendo un anacronismo viviente, incapaz de adaptarse al mundo que lo rodeaba. No era s¨®lo que las cosas hubieran cambiado; era que la esencia misma de la vida le parec¨ªa diferente desde que lo forzaron a jubilarse, despojada de valor, de direcci¨®n, y de prop¨®sito. Record¨® entonces por qu¨¦ lo hab¨ªan obligado a retirarse: no s¨®lo por su veteran¨ªa, sino porque, seg¨²n sus superiores, ¡°su visi¨®n de las cosas estaba anclada en un tiempo pasado¡±. Ahora, ir¨®nicamente, ten¨ªa dinero y tiempo libre para disfrutar de los frutos de la humanidad que ¨¦l con tanto empe?o hab¨ªa protegido, pero carec¨ªa de la chispa que hac¨ªa funcionar todo. Carec¨ªa de cualquier deseo y no se le ocurr¨ªa en qu¨¦ gastar o disfrutar de ese tiempo que le quedaba.
Atlas movi¨® ligeramente la cabeza, como si pudiera sentir la incomodidad de G¨®mez. El agente desvi¨® la mirada de la interminable ciudad y, por un momento, sus ojos se encontraron con los fr¨ªos y perfectamente sim¨¦tricos del androide. Hab¨ªa algo en ellos que evocaba una paradoja: un ser sin emociones que parec¨ªa capaz de comprender lo que ¨¦l mismo no comprend¨ªa.
Despu¨¦s de varios segundos de mirarlo en silencio, G¨®mez se rasc¨® la cabeza, inseguro de lo que estaba a punto de hacer. No era alguien que soliera abrirse, y menos con una m¨¢quina. Sin embargo, en ese momento, su soledad era tan abrumadora que la mera idea de compartir sus pensamientos, aunque fuera con Atlas, le pareci¨® menos rid¨ªcula que mantener el silencio.
¡ªAtlas, ?alguna vez has pensado en¡ en lo que eres? ¡ªPregunt¨®
¡ªMis sistemas est¨¢n dise?ados para ejecutar tareas espec¨ªficas y responder a sus ¨®rdenes, se?or G¨®mez ¡ªRespondi¨® con calma¡ªMis procesos no incluyen el concepto de autoconciencia. Sin embargo, he sido optimizado para aprender de las interacciones y adaptarme a sus necesidades.
¡ªEntonces, ?no tienes deseos ni ambiciones? ?Nunca te preguntas por qu¨¦ haces lo que haces? ¡ªInsisti¨®.
¡ªMi funci¨®n es cumplir con mis tareas y asegurar su comodidad, se?or. Cualquier otra interpretaci¨®n excede los par¨¢metros de mi programaci¨®n.
Hubo un silencio pesado, y G¨®mez sinti¨® que hablaba m¨¢s consigo mismo que con Atlas. Hab¨ªa algo casi filos¨®fico en la manera en que el androide respond¨ªa, algo que le recordaba que su existencia estaba completamente ligada al sentido de pertenencia con la sociedad y al servicio de la misma. Una vida sin deseo ni voluntad. En ese sentido, se sent¨ªa reflejado, como si, al igual que Atlas, estuviera atrapado en un c¨®digo de programaci¨®n carente de prop¨®sito m¨¢s all¨¢ del inicialmente establecido.
¡ª?Sabes? ¡ªDijo G¨®mez con un tono de voz m¨¢s bajo, casi como un murmullo¡ª A veces siento que¡ que yo tambi¨¦n soy como t¨². Programado para hacer ciertas cosas, seguir ciertas normas. Pero ahora que todo eso ha terminado, me doy cuenta de que ya no s¨¦ qu¨¦ hacer. Antes, al menos, ten¨ªa un prop¨®sito. Ahora¡ ahora no soy m¨¢s que una reliquia. Y ni siquiera tengo una programaci¨®n que me diga qu¨¦ hacer a continuaci¨®n.
Atlas permaneci¨® en silencio, pero G¨®mez casi pod¨ªa imaginar que lo estaba escuchando con atenci¨®n. Era rid¨ªculo pensar que una m¨¢quina pudiera comprender la complejidad de sus emociones, y sin embargo, en ese instante, Atlas parec¨ªa lograrlo.
¡ªSe?or G¨®mez ¡ªInterrumpi¨® Atlas, en un tono neutral¡ª Si me permite, puedo sugerir actividades que otros humanos encuentran placenteras.
¡ªNo, Atlas, no creo encontrar algo que distraiga mis pensamientos¨CDijo con un suspiro¡ª Lo que me falta es un sentido. Antes, todo ten¨ªa una raz¨®n de ser. Aunque a veces odiara mi trabajo, al menos sab¨ªa que estaba haciendo algo por la humanidad. Ahora, siento que el mundo sigue girando sin m¨ª, y me doy cuenta de que, en realidad, nunca fui necesario para hacerlo girar.
¡ª Por motivos de seguridad, mi programaci¨®n no me permite comprender completamente el sentido de la existencia, se?or. Pero puedo asegurarle que ha cumplido con muchas funciones y responsabilidades en su vida, y tal hecho no es ignorado por sus pares. Su valor no puede medirse solo por la necesidad inmediata de su presencia f¨ªsica en el trabajo. Usted merece jubilarse con los honores pertinentes. El que disfrute de su jubilaci¨®n es necesario para la sociedad, pues usted es un modelo a seguir para las generaciones futuras.
G¨®mez alz¨® una ceja, sorprendido por la respuesta. Aunque sab¨ªa que era solo una respuesta l¨®gica programada para parecer emp¨¢tica, hab¨ªa algo en las palabras de Atlas que resonaba en ¨¦l. Quiz¨¢s era el hecho de que la frase fue programada a media, con los adornos y florituras suficientes para agradarle. En un mundo donde todos buscaban comodidad y evitaban confrontarse con sus propias debilidades, el comentario pragm¨¢tico de Atlas ten¨ªa una honestidad que le resultaba reconfortante.
Durante unos segundos, G¨®mez no supo qu¨¦ decir. Luego, mir¨® a su alrededor, a esa casa vac¨ªa y fr¨ªa, a los androides en la distancia que ejecutaban sus tareas en silencio. Sinti¨® una punzada de nostalgia, no solo por los viejos tiempos, sino por la humanidad que sent¨ªa que hab¨ªa perdido con cada funeral que tuvo que organizar en esta casa.
¡ªAtlas, ?t¨² crees que los humanos estamos perdiendo algo? Con tanta tecnolog¨ªa, tantas distracciones parece que todos nos olvidamos de qui¨¦nes somos y qu¨¦ es lo que realmente estamos haciendo. Incluso yo¡ incluso yo me he vuelto como todos esos aut¨®matas ¡ªDijo con un leve gesto de melancol¨ªa¡ª No son los robots los que quieren parecernos a nosotros, sino nosotros los que buscamos parecernos a ustedes. Buscamos ser solo un engranaje m¨¢s en la maquinaria. Tal vez eso fue lo que me llev¨® a este punto.
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¡ªNo estoy autorizado para juzgar la evoluci¨®n de la humanidad, se?or ¡ªRespondi¨® el androide¡ªSin embargo, puedo observar que, aunque sus tareas hayan cambiado, a¨²n busca respuestas. Eso, seg¨²n mis registros, es una de las caracter¨ªsticas que mejor lo describen.
G¨®mez suspir¨®, sintiendo un leve desencanto mientras miraba a Atlas, que, pese a sus intentos, no consegu¨ªa ofrecerle nada m¨¢s que respuestas funcionales y vac¨ªas. A pesar de que el androide sab¨ªa que era lo que ¨¦l quer¨ªa escuchar, sus respuestas ten¨ªan una exactitud exasperante.
G¨®mez camin¨® hacia la gran ventana, observando el oc¨¦ano de luces que se extend¨ªa bajo ¨¦l. La ciudad parec¨ªa respirar con un ritmo ajeno, indiferente a su presencia. Aquel paisaje le recordaba lo vasto y deshumanizante que se hab¨ªa vuelto el mundo que alguna vez llam¨® hogar. Su propia vida le parec¨ªa ahora una secuencia interminable de rutinas carentes de prop¨®sito.
¡ªEsta casa¡ ¡ªMurmur¨® el exagente, apenas audiblemente¡ª Nunca me hab¨ªa dado cuenta de lo vac¨ªa que est¨¢. Pas¨¦ a?os rodeado de androides, de archivos confidenciales y tecnolog¨ªa de punta, y ni una sola vez me detuve a pensar en lo realmente solo que estaba.
¡ªSi me lo permite, se?or G¨®mez, puedo simular interacciones m¨¢s satisfactorias. Tambi¨¦n puedo descargar actualizaciones con protocolos de empat¨ªa avanzada. Mi configuraci¨®n es completamente ajustable a sus necesidades emocionales.
G¨®mez neg¨® con la cabeza, una sombra de amargura cruzando su rostro reflejado en el vidrio.
¡ªNo, Atlas. No vamos a hacer eso ¡ªSu voz son¨® firme, pero cargada de cansancio¡ª Eso ser¨ªa solo otro escape. Una ilusi¨®n barata para llenar un vac¨ªo que nunca termina de desaparecer. Estoy cansado de huir de mi propia falta de prop¨®sito.
Se detuvo un momento, respirando hondo mientras apoyaba una mano en el fr¨ªo cristal de la ventana.
¡ªEl trabajo sol¨ªa llenar ese vac¨ªo. Era la estrella que iluminaba mi mundo, me daba una raz¨®n para seguir adelante. Pero ahora me doy cuenta de que fue un error no detenerme antes. Fue un error no preguntarme qu¨¦ estaba haciendo con mi vida realmente.
La voz de G¨®mez se quebr¨® ligeramente, pero continu¨®.
¡ªSe me fue la vida, Atlas. Se me escurri¨® entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora, ahora que tengo tiempo para detenerme, para mirar a mi alrededor, todo lo que veo es un mundo desierto. Los d¨ªas felices son un recuerdo borroso, casi irreal, y los rostros de las personas que realmente importaban... cada d¨ªa me resultan m¨¢s ajenos.
Atlas guard¨® silencio por unos segundos, como si incluso su programaci¨®n sintiera el peso de las palabras de G¨®mez. Finalmente, su voz surgi¨® con una calma casi reconfortante.
¡ªSe?or G¨®mez, el tiempo no es un enemigo. Es solo un espejo que refleja las decisiones que hemos tomado. Pero todav¨ªa est¨¢ aqu¨ª. Todav¨ªa tiene tiempo para reintegrarse en el mundo y girar con ¨¦l. Ah¨ª encontrar¨¢ la compa?¨ªa que busca.
G¨®mez permaneci¨® inm¨®vil frente a la ventana, como si las luces distantes de la ciudad fueran a ofrecerle alguna respuesta. Su respiraci¨®n era lenta, casi imperceptible, y su reflejo en el cristal parec¨ªa m¨¢s una figura espectral que un hombre de carne y hueso.
¡ªSe?or G¨®mez ¡ªDijo Atlas con suavidad, su voz resonando con un eco artificial en la penumbra¡ª Los registros muestran que ha logrado innumerables contribuciones a lo largo de su carrera. Su nombre est¨¢ grabado en las listas de grandes h¨¦roes de la Fundaci¨®n, y sus acciones han tenido un impacto significativo en miles de vidas.
¡ªImpacto¡ ¡ªRepiti¨® G¨®mez con una mueca amarga¡ª ?A qu¨¦ llamas impacto, Atlas? ?A operaciones exitosas que ya nadie recuerda? ?A medallas de reconocimiento que ahora est¨¢n acumulando polvo en alg¨²n almac¨¦n olvidado? Nada de eso importa. Nada de eso deja huella en este mundo. Este mundo se hart¨® de s¨ª mismo y ahora busca integrarse con nuestros enemigos. Todos sus habitantes hacen lo imposible para invisibilizar toda mi lucha y la de mi familia.
Atlas guard¨® silencio por unos segundos antes de responder.
¡ªLa percepci¨®n de trascendencia suele distorsionarse con el tiempo, se?or. Pero el valor de sus acciones no puede medirse en lo que alcanza a percibir. A veces, el impacto de nuestras acciones es m¨¢s grande de lo que llegamos a ver.
G¨®mez resopl¨®, un sonido breve y sin alegr¨ªa.
¡ªEso suena como algo que dir¨ªa una inteligencia artificial programada para consolar a un viejo in¨²til. Pero no eres t¨², Atlas. No eres t¨² quien est¨¢ fallando. Soy yo. No soy capaz de aceptar ning¨²n consuelo.
Se alej¨® de la ventana y volvi¨® al sill¨®n, dej¨¢ndose caer pesadamente sobre los almohadones fr¨ªos. La habitaci¨®n pareci¨® encogerse a su alrededor, devorando los pocos espacios donde a¨²n quedaba algo de calor humano.
¡ª?Sabes cu¨¢l es la verdadera iron¨ªa de todo esto? ¡ªContinu¨® G¨®mez, sin levantar la mirada¡ª Pas¨¦ toda mi vida evitando quedarme quieto, huyendo de cada pausa, de cada momento de introspecci¨®n. Porque si me deten¨ªa, aunque fuera un segundo, la vida que observaba se me hac¨ªa insoportable. Y ahora, aqu¨ª estoy. Quieto. Sin nada m¨¢s que hacer que escuchar mi propia voz rebotar en las paredes de esta jaula de cristal.
Atlas permaneci¨® en silencio, como si estuviera procesando cada palabra con un cuidado extremo. Finalmente, su voz volvi¨® a surgir, pausada y medida:
¡ªEl tiempo sigue avanzando, se?or G¨®mez. Incluso cuando uno decide detenerse. Quiz¨¢s no pueda cambiar lo que siente, pero todav¨ªa puede elegir qu¨¦ hacer con lo que le queda.
G¨®mez neg¨® con la cabeza lentamente, un gesto de derrota que parec¨ªa pesarle en los hombros.
¡ªNo, Atlas. No hay nada que hacer. No para m¨ª. La humanidad avanza a un destino que no quiero ir a una velocidad que no puedo seguir, y la verdad es que ni siquiera me importa. ?Por qu¨¦ deber¨ªa importarme un futuro que no tiene un espacio para m¨ª?
El silencio volvi¨® a caer sobre la habitaci¨®n. Atlas pareci¨® no tener respuesta. G¨®mez levant¨® la mirada hacia el techo, observando las l¨ªneas de luz difusa que se filtraban desde los bordes de las l¨¢mparas automatizadas.
¡ª?Sabes qu¨¦ es lo peor de todo, Atlas? Que ni siquiera estoy triste. Ni enfadado. Estoy¡ vac¨ªo. Como si durante este d¨ªa cada una de mis emociones hubiera sido exprimida hasta la ¨²ltima gota, hasta que no qued¨® nada m¨¢s que esta indiferencia pegajosa y fr¨ªa.
Atlas intent¨® replicar, pero G¨®mez levant¨® una mano, deteni¨¦ndolo.
¡ªNo quiero m¨¢s discursos motivacionales. Ni estad¨ªsticas. Ni datos hist¨®ricos. No quiero que me digas que todo va a estar bien porque los dos sabemos que no es cierto. Algo me dice que voy a desaparecer en los siguientes d¨ªas, que toda la humanidad me va a olvidar de un d¨ªa para otro y no habr¨¦ logrado nada...
La inteligencia artificial obedeci¨®. La habitaci¨®n qued¨® sumida en un silencio casi solemne, roto ¨²nicamente por el zumbido lejano de los dispositivos electr¨®nicos que manten¨ªan la casa funcionando.
¡ª?Sabes qu¨¦, Atlas? ¡ªDijo G¨®mez despu¨¦s de un largo rato¡ª Tal vez lo ¨²nico que queda es esperar. Esperar a que todo termine. Porque al final, eso es lo ¨²nico seguro, ?no? Que todo termina.
¡ªSe?or G¨®mez, la existencia humana es mucho m¨¢s que su utilidad inmediata. Hay belleza en simplemente estar entre lo suyos.
¡ªBelleza... ¡ªG¨®mez escupi¨® la palabra con una mezcla de burla y desaliento¡ª ?Sabes qu¨¦ es lo ¨²nico que observ¨® cuando miro esta ciudad, Atlas? Veo un cementerio brillante. Luces de ne¨®n cubriendo tumbas sin nombre. Nadie vive aqu¨ª, no realmente. Todos estamos atrapados en un ciclo de distracciones, de placeres instant¨¢neos y objetivos sin sentido. Y cuando esa luz se apague, cuando las pantallas dejan de brillar, no quedar¨¢ nada.
G¨®mez volvi¨® a mirar por la ventana. All¨¢ abajo, la ciudad segu¨ªa su marcha fren¨¦tica, indiferente a su existencia. Sinti¨® un vac¨ªo en el pecho, una presi¨®n constante que no pod¨ªa describir con palabras.
¡ªSabes, Atlas... Un paso m¨¢s all¨¢ de ese cristal, un segundo de ca¨ªda libre... y todo este vac¨ªo se llenar¨ªa. Ahora comprendo a muchos de mis antiguos compa?eros de trabajo. Pero yo no puedo hacer eso, ni siquiera tengo el valor para hacer eso.
El androide habl¨®, con una voz casi suave.
¡ªSe?or G¨®mez, incluso en su desesperanza, sigue aqu¨ª. Respirando, hablando, enfrentando su retiro. Eso, en s¨ª mismo, es un acto de valent¨ªa.
El silencio regres¨® a la habitaci¨®n, esta vez m¨¢s pesado, m¨¢s denso. G¨®mez permaneci¨® inm¨®vil, perdido en sus pensamientos mientras el resplandor lejano de los anuncios segu¨ªa reflej¨¢ndose en sus ojos cansados. Finalmente, despu¨¦s de lo que pareci¨® una eternidad, G¨®mez suspir¨® y orden¨®:
¡ªApaga las luces, Atlas. D¨¦jame en paz un rato. Voy a la habitaci¨®n aislada.
¡ªComo desee, se?or G¨®mez.
Ecos en los Archivos (1)
Las luces se desvanecieron poco a poco, envolviendo la habitaci¨®n en una penumbra casi total. Solo el resplandor lejano de la ciudad parpadeaba en el horizonte, proyectando sombras irregulares en las paredes. G¨®mez se sumi¨® en el silencio, pero no era un silencio reconfortante, sino uno cargado de resignaci¨®n. Sab¨ªa que la habitaci¨®n aislada era el ¨²nico lugar donde pod¨ªa desconectarse de la red de vigilancia. Esa habitaci¨®n no siempre hab¨ªa sido suya. La hab¨ªa heredado como quien hereda una maldici¨®n disfrazada de oportunidad. Su tatarabuelo la hab¨ªa construido con un prop¨®sito claro: un refugio, un santuario para sus experimentos prohibidos en el campo de lo paranormal. ¨¦l se hab¨ªa dedicado a explorar lo que otros tem¨ªan. Esp¨ªritus, energ¨ªas ocultas, dimensiones superpuestas; sus estudios lo llevaron al filo de la locura y, seg¨²n algunas notas desordenadas que G¨®mez hab¨ªa encontrado en su juventud, posiblemente m¨¢s all¨¢ de ese filo.
Pero la habitaci¨®n no muri¨® con su creador. Fue su madre quien la rescat¨® del abandono, aunque no por razones de ocultismo. Como agente, hab¨ªa transformado aquel santuario en un centro de operaciones clandestino, un sitio donde pod¨ªa realizar sus propias pesquisas al margen de la burocracia y la manipulaci¨®n institucional que acechaba a todo el mundo durante la dictadura. All¨ª analizaba pruebas que nunca deb¨ªan caer en manos equivocadas, manten¨ªa registros que desafiaban las narrativas oficiales y descubr¨ªa verdades que la mayor¨ªa prefer¨ªa ignorar. Pero todo eso era cosa de un pasado muy distante y hace tiempo la habitaci¨®n le pertenec¨ªa a ¨¦l.
Avanz¨® por el pasillo en penumbras hasta llegar al final, donde una puerta sencilla, sin distintivos, ocultaba la habitaci¨®n aislada. A simple vista, no se diferenciaba de las dem¨¢s, pero al cruzar el umbral, siempre ten¨ªa la sensaci¨®n de ingresar a un espacio ajeno al resto del mundo, como si fuera un refugio en un universo paralelo. Aqu¨ª, lejos del escrutinio de las inteligencias artificiales, pod¨ªa sumergirse por completo en los enigmas m¨¢s oscuros que llegaban a sus manos, sin distracciones, sin interferencias, solo ¨¦l y las sombras de sus propios pensamientos.
La habitaci¨®n era un despacho austero pero bien equipado. Una de las paredes estaba ocupada por varias pizarras; algunas permanec¨ªan vac¨ªas, a la espera de nuevas ideas, mientras que otras estaban cubiertas con esquemas, anotaciones y archivos confidenciales que G¨®mez hab¨ªa ido acumulando con los a?os. A su derecha, una mesa repleta de dispositivos tecnol¨®gicos reflejaba su meticulosa forma de trabajar: herramientas de espionaje de ¨²ltima generaci¨®n, drones de vigilancia en miniatura, y descifradores de c¨®digos tan avanzados que algunos rozaban la ilegalidad.
Pas¨® la mano sobre la superficie de la mesa donde tantas veces se hab¨ªa sumergido en el an¨¢lisis de casos imposibles. La madera fr¨ªa y lisa bajo sus dedos le transmiti¨® una sensaci¨®n familiar, casi reconfortante. A¨²n quedaban marcas de quemaduras en los bordes, cicatrices de alg¨²n experimento olvidado por su tatarabuelo o de alg¨²n dispositivo desmontado con prisa por su madre. Las paredes estaban insonorizadas, reforzadas a lo largo de los a?os con capas de distintos materiales: antiguamente gomaespuma, luego aleaciones m¨¢s sofisticadas, hasta los modernos paneles de absorci¨®n de frecuencia que bloqueaban cualquier intento de escucha remota. Pero eso no le bast¨®. G¨®mez hab¨ªa ido m¨¢s all¨¢, instalando sus propios sistemas de interferencia, asegur¨¢ndose de que ninguna tecnolog¨ªa, por avanzada que fuera, pudiera penetrar en aquel espacio. Aqu¨ª dentro, en este santuario personal, la informaci¨®n estaba a salvo. Y m¨¢s importante a¨²n, su mente pod¨ªa trabajar sin la sensaci¨®n constante de estar siendo observada.
Un rinc¨®n en particular de la habitaci¨®n le evocaba una nostalgia algo amarga. Recordaba a su madre ense?¨¢ndole, en ese mismo lugar, c¨®mo comportarse como un agente; su voz serena, pero firme, resonaba en su mente mientras le mostraba los trucos, las t¨¦cnicas, y sobre todo, el modo de ver el mundo desde una perspectiva ¨²nica, desconfiada pero aguda. Ella siempre dec¨ªa que el verdadero agente nunca baja la guardia y siempre est¨¢ un paso adelante. Record¨® con tristeza c¨®mo un d¨ªa, sin m¨¢s explicaciones, ella simplemente desapareci¨®, dejando un vac¨ªo que ni siquiera la tecnolog¨ªa pod¨ªa llenar. En aquel rinc¨®n quedaba su recuerdo, un s¨ªmbolo de todo lo que ella le hab¨ªa ense?ado y de las preguntas sin respuesta que todav¨ªa lo persegu¨ªan.
G¨®mez observ¨® los dispositivos en su mano por un momento antes de dirigirse a una de las esquinas de la habitaci¨®n, donde una vieja terminal de computadora aguardaba como un vestigio de otra ¨¦poca. A diferencia de la tecnolog¨ªa vanguardista del laboratorio y de su propio hogar, esta m¨¢quina era una reliquia del pasado, tosca y anticuada, pero como ¨¦l, resistente y confiable.
No era un equipo cualquiera; hab¨ªa sido construido por encargo de su madre, ensamblado pieza por pieza por un viejo chatarrero que viv¨ªa en las zonas marginales de la gran ciudad, un hombre que a¨²n entend¨ªa el valor de las cosas hechas a mano, lejos del control de las corporaciones y sus redes de vigilancia. A pesar de su edad y uso, la terminal segu¨ªa funcionando, aunque el tiempo hab¨ªa dejado su huella en ella. Las ranuras de los circuitos estaban llenas de polvo, las teclas mostraban el desgaste de incontables horas de uso, algunas tan borradas que solo el tacto pod¨ªa distinguirlas. A¨²n as¨ª, jam¨¢s lo hab¨ªa traicionado.
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Con un suspiro de resignaci¨®n, se sent¨® en la silla, estir¨® los dedos y presion¨® el bot¨®n de encendido. La m¨¢quina vibr¨® levemente, como si despertara de un largo letargo, y el sonido grave de los ventiladores inund¨® la habitaci¨®n. La pantalla parpade¨® un par de veces antes de desplegar el viejo sistema operativo, con su est¨¦tica rudimentaria y su funcionalidad infalible. No era r¨¢pida ni elegante, pero ten¨ªa algo que la tecnolog¨ªa moderna no pod¨ªan ofrecerle: autonom¨ªa. En un mundo donde todo estaba conectado y vigilado, esta m¨¢quina segu¨ªa siendo solo suya.
Sobre la superficie rugosa del escritorio donde estaba apoyada la terminal descansaba un peque?o dispositivo: el pendrive que Jhonatan le hab¨ªa entregado. Su presencia pesaba en la habitaci¨®n, como si su sola existencia irradiara un peligro latente, algo que esperaba pacientemente a ser desatado. Cada vez que G¨®mez lo tocaba, sent¨ªa un leve hormigueo en la palma, una reacci¨®n irracional, pero imposible de ignorar, como si su mente intentara advertirle de un peligro que a¨²n no pod¨ªa comprender del todo.
A un lado del pendrive, se encontraba otro peque?o dispositivo de almacenamiento. Dentro de ¨¦l, reposaba el libro que Marcus le hab¨ªa confiado en su ¨²ltima conversaci¨®n. Hasta ahora, no le hab¨ªa dado demasiada importancia, su mente demasiado ocupada con la sombra de su despido y el sinsabor de la incertidumbre. Pero ahora, con el silencio rode¨¢ndolo y el tiempo libre estir¨¢ndose frente a ¨¦l como un abismo sin fondo, comprendi¨® que ya no hab¨ªa excusas: La verdad lo llamaba, y no pod¨ªa seguir ignor¨¢ndola.
Tom¨® ambos pendrives y, con la cautela de quien manipula una pieza de evidencia fr¨¢gil y peligrosa, insert¨® primero aquel que conten¨ªa la grabaci¨®n que Jhonatan Parker hab¨ªa eliminado de las c¨¢maras de seguridad de la escuela St. Patrick. No sab¨ªa exactamente qu¨¦ esperaba encontrar, pero intu¨ªa que esa grabaci¨®n pod¨ªa contener una verdad inc¨®moda, quiz¨¢s algo lo suficientemente inquietante como para haber empujado a Parker a tomar decisiones extremas.
Mientras el sistema procesaba el dispositivo y reconoc¨ªa los archivos, G¨®mez se oblig¨® a repasar mentalmente los detalles del caso que hab¨ªa sacudido a la ciudad. Un nombre emergi¨® de inmediato de su memoria, con la pesadez de un veredicto: Thomas Smith.
El hombre hab¨ªa sido declarado culpable del asesinato de varios ni?os. Un crimen que hab¨ªa encendido la indignaci¨®n p¨²blica hasta niveles insoportables, exigiendo una resoluci¨®n inmediata. La prensa y la sociedad lo condenaron antes de que el juicio siquiera comenzara. Todo parec¨ªa encajar con precisi¨®n quir¨²rgica: testimonios fragmentados que reforzaban la misma historia, pruebas circunstanciales que, aunque endebles, se apilaban unas sobre otras hasta parecer irrefutables. Pero G¨®mez recordaba bien la sensaci¨®n que le hab¨ªa quedado al final del proceso, aquella incomodidad sorda que se alojaba en su pecho cada vez que pensaba en el caso. Algo no terminaba de encajar.
No era la primera vez que ve¨ªa a la maquinaria judicial avanzar con m¨¢s determinaci¨®n que certeza. La necesidad de un culpable claro, de una historia sencilla y digerible, hab¨ªa hecho que el juicio se moviera con una velocidad antinatural. Pero ¨¦l hab¨ªa aprendido hace mucho que la verdad rara vez se presentaba de manera tan ordenada. Y si Parker hab¨ªa sido guiado a eliminar aquella grabaci¨®n, eso solo significaba que all¨ª hab¨ªa algo que nadie deb¨ªa ver. Algo que ahora estaba a punto de descubrir.
El sistema emiti¨® un leve pitido: Archivo reconocido.
G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrerle la espalda mientras la pantalla se llenaba de est¨¢tica por unos segundos. Luego, una imagen borrosa parpade¨® en el monitor antes de dar paso a una lista de archivos. Cada uno de ellos estaba etiquetado con c¨®digos cr¨ªpticos, un sistema de clasificaci¨®n que reconoci¨® de inmediato como propio de la fundaci¨®n. Eran copias de los registros tomados durante la investigaci¨®n de la masacre en la escuela St. Patrick. La misma informaci¨®n que hab¨ªa sido archivada y sellada. G¨®mez recorri¨® los nombres con la mirada, pero uno en particular captur¨® su atenci¨®n de inmediato. Su c¨®digo no coincid¨ªa con el formato est¨¢ndar de la fundaci¨®n.
¡°StPatrick_Seg32_RecA¡±
Ese archivo no pertenec¨ªa a la investigaci¨®n oficial. No estaba en la base de datos p¨²blica ni en los registros internos a los que alguna vez tuvo acceso. Era la grabaci¨®n que Jonathan Parker hab¨ªa hecho desaparecer.
El cursor se cerni¨® sobre el archivo durante un breve instante. G¨®mez inhal¨® profundamente antes de hacer clic. El video tard¨® unos segundos en cargar, parpadeando en la pantalla con una serie de l¨ªneas de interferencia hasta que la imagen se estabiliz¨®. La c¨¢mara mostraba un pasillo desierto, el mismo que conduc¨ªa al aula de arte.
Ecos en los Archivos (2)
| Registro de C¨¢mara de Seguridad N.o 032 |
| Ubicaci¨®n: Pasillo cercano al aula de arte |
Hora: 11:00 a.m ¨C 4:00: p.m |
11:00:00 a.m.
La grabaci¨®n inicia con un leve parpadeo en la imagen, como si el sistema tardara en estabilizar la se?al. No hay voces, no hay pasos. Solo el sonido del edificio respirando en su est¨¢tica inorg¨¢nica. Lo primero que se ve es un pasillo vac¨ªo. Un corredor largo, de muros grises con tablones de anuncios clavados en intervalos regulares. Algunos contienen dibujos infantiles, otros listados de horarios y carteles con mensajes motivacionales que, en la penumbra del pasillo, parecen ajenos a su prop¨®sito.
Las luces en el pasillo comenzaron a vibrar con una irregularidad casi imperceptible al principio, un parpadeo sutil que no habr¨ªa captado la atenci¨®n de un observador casual. Sin embargo, con el paso de los segundos, esa vibraci¨®n se intensific¨® gradualmente, como si una presencia invisible estuviera interfiriendo con la electricidad. El entorno permanec¨ªa desierto, sin se?ales de actividad humana, pero algo no estaba bien. Hab¨ªa una cualidad extra?a en la forma en que las sombras se proyectaban en las paredes. La direcci¨®n de la luz parec¨ªa constante, sin alteraciones evidentes, pero las sombras se mov¨ªan de manera inquietante. No era un movimiento natural; algo en su desplazamiento parec¨ªa estar fuera de lugar, un ¨¢ngulo imposible que desafiaba las leyes de la f¨ªsica, como si la luz misma estuviera siendo distorsionada.
La c¨¢mara, instalada en la esquina superior del corredor, ofrece un ¨¢ngulo de visi¨®n que abarca toda la extensi¨®n del pasillo, revelando las puertas a las aulas donde los ni?os a¨²n se encuentran estudiando. Al final del pasillo no hay salida, solo una puerta que conduce a uno de los ba?os del colegio.
Varios minutos transcurren en silencio antes de que los primeros estudiantes entren en la escena. Son cinco en total. Caminan a paso r¨¢pido, con movimientos nerviosos. Sus mochilas cuelgan de sus hombros, algunas mal ajustadas por la prisa. Su direcci¨®n es una de las tantas aulas al final del pasillo, pero su actitud revela inquietud. Uno de ellos, una ni?a con el cabello recogido en dos trenzas, mira varias veces sobre su hombro. Sus ojos est¨¢n bien abiertos, escaneando el pasillo con una mezcla de urgencia y miedo.
El ni?o que camina al lado de la ni?a tambi¨¦n mira sobre su hombro, imitando su comportamiento, pero su expresi¨®n es notablemente distinta. M¨¢s r¨ªgida, m¨¢s vac¨ªa, como si hubiera percibido con mayor claridad que algo extra?o estaba ocurriendo en la escuela y el miedo lo paralizar¨¢.
Dos de los chicos en el grupo llaman la atenci¨®n de inmediato, no por su apariencia, sino por sus movimientos err¨¢ticos. Uno de ellos, un ni?o m¨¢s alto que los dem¨¢s, parece ser el m¨¢s afectado. De vez en cuando se sacude involuntariamente, un temblor que atraviesa su cuerpo como si sus m¨²sculos reaccionaran sin que ¨¦l pudiera controlarlos. Al observarlo con m¨¢s detalle, se percibe que uno de sus pies apenas se arrastra, como si le fuera imposible levantarlo con normalidad, dej¨¢ndolo arrastrar detr¨¢s de ¨¦l con un movimiento torpe. El otro ni?o, de contextura m¨¢s peque?a, parece tener problemas para mantener su postura. Su cabeza est¨¢ inclinada levemente hacia un lado, como si le costara mantenerla erguida, una se?al clara de que algo no est¨¢ bien. El cansancio no es la causa, sino algo mucho m¨¢s profundo, algo extra?o y oscuro que afecta a su cuerpo de manera involuntaria. Cualquier ojo experimentado notar¨ªa de inmediato los leves, pero inconfundibles s¨ªntomas de posesi¨®n. Algo los ha transformado, algo est¨¢ dentro de ellos, algo que no pertenece a este mundo.
El primero de los ni?os en el grupo, el que camina al frente, parece estar completamente ajeno a lo que est¨¢ ocurriendo a su alrededor. Su rostro est¨¢ relajado, casi distra¨ªdo, como si no notara las anomal¨ªas que afectan a sus compa?eros. Su caminar es normal, sus movimientos fluidos, como si todo estuviera en orden. Pero hay algo extra?o en su actitud, una desconexi¨®n palpable con el resto del grupo. Mientras sus amigos muestran signos claros de perturbaci¨®n, ¨¦l sigue adelante, aparentemente inmune a la tensi¨®n en el aire. No mira atr¨¢s, ni una sola vez. Su mirada va fija al frente, sin el m¨¢s m¨ªnimo rastro de ansiedad o miedo. Incluso cuando los otros ni?os comienzan a mostrar sus s¨ªntomas, ¨¦l sigue como si nada hubiera cambiado. No se detiene, ni ajusta su mochila, ni mira a sus compa?eros. Es como si estuviera all¨ª f¨ªsicamente, pero su mente estuviera en otro lugar, desconectada de la realidad que los rodea. Su cuerpo se mueve de forma mec¨¢nica, como si fuera conducido por una voluntad ajena a la suya. No es consciente de la inquietud que impregna el aire, no es consciente de lo que est¨¢ sucediendo a su alrededor. Simplemente, sigue caminando, indiferente al mundo que se desmorona a su alrededor.
A las 11:03:50 a.m., el ni?o m¨¢s peque?o del grupo comienza ignorar al resto de sus compa?eros y se detiene por completo en medio del pasillo. Su postura corporal se vuelve r¨ªgida. Su cabeza se inclina hacia atr¨¢s levemente y, sin previo aviso, fija la mirada directamente en la c¨¢mara de seguridad. Sus pupilas parecen dilatadas.
Tras la anomal¨ªa, el grupo se detiene. Intercambian palabras. Aunque unos pocos fragmentos del audio son entendibles, la grabaci¨®n muestra con claridad c¨®mo la ni?a de las trenzas se?ala algo en la pared. Su rostro est¨¢ tenso, sus labios se mueven con rapidez: ¡°?Viste eso en la pared! ?Mira! ?Ah¨ª!¡±.
Grito que condujo a la cr¨ªtica de unos de sus compa?eros: ¡°?Pero qu¨¦ te pasa? ?Por qu¨¦ est¨¢s tan asustada?¡±. El ni?o alto tambi¨¦n mira en esa direcci¨®n, pero su expresi¨®n es distinta: no de miedo, sino de una extra?a indiferencia.
Las luces del pasillo empiezan a parpadear m¨¢s intensamente y poco despu¨¦s del grito de la ni?a, las primeras anomal¨ªas visuales comienzan a manifestarse. A la derecha del pasillo, una sombra inusual se proyecta en la pared, pero no hay ninguna fuente de luz directa que la justifique. La sombra parece moverse de manera antinatural, como si tuviera vida propia. Los estudiantes la notan; uno de ellos, claramente alterado, comienza a se?alar hacia la pared, gritando mientras retrocede: ¡°?R¨¢pido, r¨¢pido! V¨¢monos de aqu¨ª.¡±
A las 11:04:45 a.m., los dos estudiantes m¨¢s alertas del grupo intentan empujar a los dem¨¢s hacia los ba?os para esconderse, pero algo los detiene. Al mirar a sus compa?eros, ven que permanecen atr¨¢s, ajenos al peligro que los rodea. Sus rostros son vac¨ªos, distra¨ªdos, como si nada extra?o estuviera ocurriendo.
11:05:00 a.m.
El estudiante m¨¢s grande comienza a caminar de manera extra?a. Sus movimientos se tornan bruscos, como si estuviera perdiendo el control de su cuerpo. Sus manos se abren y cierran con rigidez. Su cabeza se inclina hacia arriba, hacia la c¨¢mara. Mira directamente al lente. Su expresi¨®n es completamente vac¨ªa. Sus ojos est¨¢n abiertos, pero no hay vida en ellos. Es una mirada hueca, como si el ni?o hubiera sido reducido a un cascar¨®n vac¨ªo.
Los otros estudiantes empiezan a mostrar signos visibles de miedo, y dos de ellos intentan huir, corriendo hacia la parte m¨¢s lejana del pasillo, parecen querer refugiarse en los ba?os. Se detienen justo antes de alcanzar la puerta, como si algo invisible los estuviera sujetando. Miran atr¨¢s, hacia sus compa?eros, y vacilan, d¨¢ndose cuenta de que no pueden dejar a sus amigos atr¨¢s.
Los tres estudiantes restantes comienzan a forcejear entre s¨ª, pero algo en su interacci¨®n se siente antinatural. No es una pelea infantil com¨²n, no hay gritos de enojo ni golpes impulsivos. Sus manos se aferran a los brazos del otro con una fuerza inusual, casi desesperada, como si estuvieran atrapados en un conflicto que va m¨¢s all¨¢ de lastimarse los unos a los otros. Desde la c¨¢mara, la escena es inquietante. No est¨¢ claro qui¨¦n intenta contener a qui¨¦n, qui¨¦n lucha por escapar y qui¨¦n es v¨ªctima de algo m¨¢s profundo. Por momentos, parece que los tres est¨¢n pose¨ªdos por una fuerza desconocida, pero luego, en un parpadeo, uno de ellos muestra signos de resistencia, como si intentara aferrarse a su propia voluntad. No hay l¨®gica en sus movimientos, solo un caos silencioso que se despliega ante la fr¨ªa mirada de la c¨¢mara de seguridad.
Las luces del pasillo parpadean violentamente. Las sombras en la pared ya no solo se proyectan, sino que parecen deslizarse. Se mueven con un ritmo propio, independiente de las acciones de los ni?os. Sus contornos son oscuros, m¨¢s densos que la penumbra natural. Se acercan. Los ni?os gritan. Pero hay algo m¨¢s. Un sonido bajo, gutural, que no proviene de ellos. Un gru?ido. No suena humano.
11:12:25 a.m.
Desde la derecha del pasillo, aparece un adulto en escena. Es el profesor Thomas Smith. Su andar es apresurado y su mirada est¨¢ fija en las sombras proyectadas en las paredes, sin prestar atenci¨®n a los estudiantes que se encuentran en el pasillo. Sus ojos est¨¢n abiertos de m¨¢s, inyectados en una mezcla de p¨¢nico y confusi¨®n. Su camisa, de un blanco apagado, tiene manchas oscuras en la parte delantera. Sangre roja y espesa. No est¨¢ claro si es suya o de otra persona. En su mano derecha sostiene un malet¨ªn de cuero, el mismo que acostumbraba a llevar a clases. Su comportamiento sugiere un estado de p¨¢nico o desesperaci¨®n. ¡°??Profesor Smith?!¡±, grita la ni?a, pero no hay indicios de que Smith intente ayudar a los estudiantes, de suerte parece reconocer su presencia. ¡°?Ay¨²denos, profesor!¡±, grita el estudiante pegado a la ni?a, pero Smith ignora completamente los pedidos de ayuda. Ahora no mira a los ni?os, ni a las sombras en la pared. Su atenci¨®n est¨¢ en el vac¨ªo, en algo que parece ver m¨¢s all¨¢ del campo de visi¨®n de la c¨¢mara. Su respiraci¨®n es agitada. Se mueve como si estuviera escapando, como si alguien, o algo, lo persiguiera.
¡°?Profesor Smith, los chicos est¨¢n actuando raro, necesita su ayuda, det¨¦ngalos antes de que se lastimen!¡± Insiste la ni?a. El profesor se detiene en seco. Sus ojos finalmente se posan en los ni?os. Pero su expresi¨®n es extra?a. No muestra el rostro de alguien horrorizado por lo que est¨¢ viendo. No hay indicios de reconocimiento o sorpresa. En cambio, su rostro muestra agotamiento, resignaci¨®n. Como si ya supiera lo que estaba ocurriendo.
Su mano izquierda empieza a temblar mientras deja el malet¨ªn en el suelo. La c¨¢mara captura el momento en que Smith abre r¨¢pidamente el malet¨ªn, saca un arma de fuego y adopta una postura defensiva.
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Uno de los estudiantes logra zafarse del forcejeo en el momento en que sus ojos se fijan en el arma del profesor. Sin dudarlo, retrocede bruscamente y huye, como si su instinto le gritara que cualquier cosa era mejor que quedarse all¨ª. La ni?a de las trenzas y el ni?o que hab¨ªa mostrado m¨¢s lucidez no tardan en seguirlo, impulsados por el mismo miedo irracional que los mantiene en movimiento.
Mientras tanto, los otros dos estudiantes, aquellos cuyos movimientos ya hab¨ªan delatado una extra?a desconexi¨®n con la realidad, no reaccionan. Se quedan en el mismo lugar, sus cuerpos r¨ªgidos, sus ojos desenfocados, como si algo invisible los mantuviera atrapados en un trance del que no pueden escapar.
La grabaci¨®n experimenta una distorsi¨®n an¨®mala. La imagen se interrumpe por exactamente 45.8 segundos. Durante este periodo, no se registra ninguna actividad visual ni sonora. Cuando la grabaci¨®n se reanuda, la imagen presenta franjas de est¨¢tica que ocultan parcialmente la escena. La secci¨®n visible muestra al estudiante m¨¢s alto, anteriormente afectado por signos de desorientaci¨®n, comenzando a caminar hacia el profesor Thomas Smith.
Smith ajusta el agarre del arma. Sus labios se mueven como si estuviera repitiendo algo en voz baja, al ajustar el volumen del audio se logran identificar fragmentos de su discurso: ¡°No... no otra vez... no... No eres t¨²... no eres t¨²...no eres t¨² el culpable¡ son ellos¡ son ellos¡±
11:15:15 a.m.
Sin advertencia previa, se produce el primer disparo. La bala impacta al estudiante m¨¢s alto en el torso, ligeramente por debajo del estern¨®n. Su cuerpo responde de inmediato al impacto: pierde el equilibrio y cae hacia atr¨¢s, golpeando el suelo con la parte posterior de la cabeza. Su movimiento final antes de quedar inerte es un breve temblor en las extremidades.
Los tres estudiantes conscientes entran en p¨¢nico. En un primer intento, corren hacia el ba?o, pero un r¨¢pido grito de uno de ellos advierte que no hay ventanas por donde escapar en esa habitaci¨®n. Al darse cuenta de esto, cambian de direcci¨®n y se dirigen a un aula vac¨ªa cercana. Sin embargo, al llegar, descubren que la puerta est¨¢ cerrada con llave. La frustraci¨®n y el miedo los llevan a dispersarse en diferentes direcciones en un intento desesperado por encontrar una salida. Smith, sin embargo, se mantiene firme, bloqueando la ¨²nica v¨ªa de escape del pasillo. Su postura indica que eval¨²a r¨¢pidamente la situaci¨®n antes de volver a disparar.
El siguiente en caer es el estudiante m¨¢s chico, quien para estos momentos se encuentra acerc¨¢ndose al profesor. La bala impacta en la regi¨®n abdominal izquierda. Tras el impacto, el estudiante colapsa en direcci¨®n a la pared, quedando apoyado contra ella por un instante antes de deslizarse hacia el suelo. Su respiraci¨®n se acelera visiblemente, con contracciones involuntarias en los brazos.
El tercer disparo ocurre de inmediato al segundo, impactando a un estudiante cuyos s¨ªntomas de posesi¨®n a¨²n no estaban claramente definidos y cuya reacci¨®n parec¨ªa m¨¢s motivada por el p¨¢nico que por un evento paranormal. En la grabaci¨®n, se percibe que el estudiante intenta arrebatarle el arma al profesor, pero Smith no duda un segundo en abrir fuego. La bala atraviesa la clav¨ªcula derecha y sale por la espalda, sugiriendo que el disparo fue realizado desde un ¨¢ngulo ligeramente descendente. La fuerza del impacto desestabiliza al estudiante, quien tropieza hacia atr¨¢s antes de colapsar boca abajo sobre el suelo. La sangre comienza a te?ir el suelo, mientras los dos estudiantes restantes buscan desesperadamente una salida.
Los ¨²ltimos dos estudiantes cambian de direcci¨®n en un intento desesperado por escapar. Uno de ellos corre hacia un aula donde otros ni?os a¨²n est¨¢n en clase, golpeando la puerta con frenes¨ª solo para descubrir que est¨¢ bloqueada. Sus manos tiemblan mientras forcejea con la manija, buscando desesperadamente una salida.
En ese instante, Smith levanta el arma y dispara. El primer disparo lo alcanza en la parte superior del torso, haci¨¦ndolo tambalearse hacia atr¨¢s. Un segundo despu¨¦s, el segundo proyectil impacta directamente en su cabeza. El cuerpo se desploma de inmediato, golpeando con fuerza la puerta cerrada antes de deslizarse inerte hasta el suelo.
La grabaci¨®n experimenta una distorsi¨®n an¨®mala. La imagen se interrumpe por exactamente 5.5 segundos. Durante este periodo, no se registra ninguna actividad visual ni sonora. Cuando la grabaci¨®n se reanuda, la ¨²ltima estudiante del grupo corre hacia el aula de arte ubicada en la parte final del pasillo. Antes de alcanzar la puerta, recibe un disparo en la pierna derecha. La herida la hace perder el equilibrio y caer al suelo. Entre gritos incoherentes, la estudiante se arrastra desesperadamente hacia el aula de arte, con los dedos ara?ando el suelo en un intento in¨²til de avanzar. Su respiraci¨®n es err¨¢tica, entrecortada por el p¨¢nico. Smith se acerca con pasos medidos, implacables, sin apartar la vista de su objetivo. El ca?¨®n del arma se alinea con su cr¨¢neo. Un ¨²ltimo disparo a quemarropa silencia el pasillo.
11:25:00 a.m.
Smith se mantiene de pie en el centro del pasillo. Su respiraci¨®n, antes err¨¢tica, se estabiliza poco a poco, volvi¨¦ndose pausada y controlada. No hay se?ales visibles de shock, culpa o arrepentimiento en su expresi¨®n. Sus ojos recorren lentamente la escena, deteni¨¦ndose en los cuerpos esparcidos en el suelo, en las manchas de sangre que se expanden con lentitud, en las sombras que parecen retorcerse al comp¨¢s de las luces parpadeantes. Sin embargo, lo m¨¢s inquietante no es la masacre en s¨ª, sino lo que ocurre, o mejor dicho, lo que no ocurre, en las aulas cercanas.
Detr¨¢s de las puertas cerradas, decenas de estudiantes contin¨²an en sus pupitres, ajenos a la matanza que acaba de desarrollarse a pocos metros de distancia. No hay gritos, ni carreras, ni intentos de escapar. Tampoco hubo reacci¨®n cuando los chicos, en su desesperaci¨®n, forcejearon con las manijas de las puertas buscando refugio. Ninguno de los alumnos dentro de las aulas pareci¨® notar el eco de los disparos resonando en el pasillo, ni el sonido seco de los cuerpos desplom¨¢ndose sobre el suelo de baldosas. Desde la perspectiva de la c¨¢mara, la escena es espeluznante: un aula tras otra, todas en completo silencio, como si los ni?os dentro estuvieran atrapados en otra realidad.
Smith permanece inm¨®vil durante aproximadamente 30 segundos. Su mirada, antes fija en los cuerpos, se desliza ahora hacia las puertas cerradas. Su mand¨ªbula se tensa ligeramente, pero no por el acto que acaba de cometer, sino por la desconcertante falta de respuesta del entorno. Es como si la realidad misma estuviera fracturada, como si este pasillo existiera en una dimensi¨®n distinta. Algo no encaja.
Finalmente, Smith deja de contemplar la escena. Con el rostro desencajado respira pesadamente, mientras su mano derecha sigue empu?ando el arma de fuego como si la misma fuera su ¨²nica aliada en este caos. Camina con pasos largos y torpes hacia el ba?o al final del pasillo. Su mirada es err¨¢tica, como si estuviera buscando desesperadamente un lugar para esconderse. Las luces al final del pasillo, aunque a¨²n parpadean, parecen m¨¢s estables en esa ¨¢rea. Su silueta se va difuminando en la grabaci¨®n mientras la c¨¢mara sigue captando el rastro de su paso: los cuerpos inm¨®viles, el charco de sangre en expansi¨®n y las luces parpadeantes que arrojan sombras irregulares sobre las paredes.
Smith llega al ba?o con pasos apresurados. Se detiene frente a la puerta y, con manos temblorosas, mete la mano en su bolsillo, sacando un manojo de llaves. Su respiraci¨®n es pesada, irregular. Mientras busca la llave correcta, sus ojos se mueven err¨¢ticamente, recorriendo el pasillo detr¨¢s de ¨¦l con una urgencia creciente. Su postura r¨ªgida y los espasmos involuntarios en sus dedos reflejan un estado de tensi¨®n extrema, como si su cuerpo estuviera al borde de un colapso.
Entonces, algo lo hace detenerse.
Su cabeza se inclina apenas hacia la izquierda, como si hubiera captado un sonido imperceptible para la grabaci¨®n. Su mirada se fija en el extremo del pasillo, m¨¢s all¨¢ de los cuerpos inertes, m¨¢s all¨¢ del campo de visi¨®n de la c¨¢mara. Lo que sea que haya visto, o sentido, no es visible en la imagen, pero su reacci¨®n es inequ¨ªvoca. Su expresi¨®n se contrae en una mezcla de temor y urgencia. Su agarre sobre las llaves se vuelve torpe, met¨¢lico y entrecortado cuando intenta insertarlas en la cerradura.
Con un gesto repentino y brusco, gira la llave correcta y abre la puerta del ba?o de golpe. Sin perder un segundo, se desliza dentro y la cierra tras ¨¦l con un portazo seco y contundente. La cerradura gira de inmediato, asegurando la puerta desde el interior.
La c¨¢mara sigue grabando el pasillo vac¨ªo. No hay nada visible en la direcci¨®n en la que Smith mir¨® con tanto pavor. No hay sombras inusuales, ni movimiento en las aulas, ni evidencia de que algo, o alguien, lo haya seguido. Sin embargo, el ambiente sigue cargado de una extra?a opresi¨®n, como si la anomal¨ªa a¨²n persistiera en los m¨¢rgenes de lo perceptible.
11:35:20 a.m.
La grabaci¨®n experimenta una distorsi¨®n an¨®mala. La imagen se interrumpe por exactamente 19.8 segundos. Durante este periodo, no se registra ninguna actividad visual ni sonora. Cuando la grabaci¨®n se reanuda, la c¨¢mara muestra el pasillo vac¨ªo una vez m¨¢s. Todo parece calmo por un momento, aunque las luces contin¨²an parpadeando de forma intermitente y la est¨¢tica en la grabaci¨®n sigue presente en peque?os intervalos. No hay se?ales de movimiento hasta varios minutos despu¨¦s, cuando las primeras voces comienzan a resonar en el ambiente.
11:38:55 a.m.
Tres estudiantes emergen del aula de arte, que se encuentra en el extremo opuesto del pasillo. Seg¨²n los registros dejados por Jonathan Parker, se trata de tres ni?as de edades comprendidas entre ¨€ y ¨€ a?os. Estaban visiblemente aterradas, con las caras empapadas de l¨¢grimas. Miran fren¨¦ticamente en todas direcciones, como si no supieran hacia d¨®nde ir. Una de las ni?as, la m¨¢s alta del grupo, se?ala hacia el ba?o, y las tres corren en esa direcci¨®n.
Las tres ni?as llegan corriendo a la puerta del ba?o, intentan abrirla, pero descubren que est¨¢ cerrada con llave. Una de ellas golpea la puerta repetidamente con la palma de la mano, mientras las otras dos miran hacia atr¨¢s, probablemente temiendo que algo o alguien las siga. La c¨¢mara no muestra presencia visible de ninguna otra persona, pero el comportamiento err¨¢tico y aterrorizado de las ni?as sugiere que est¨¢n huyendo de algo que no puede verse en la grabaci¨®n.
Las ni?as siguen golpeando la puerta del ba?o. Tras lo cual se capta gritos y sollozos. Entre los fragmentos inteligibles, se distingue una voz aguda repitiendo ¡°?¨¢branos, por favor!¡±, y ¡°?Estamos en la misma situaci¨®n que ustedes, tambi¨¦n queremos escondernos!¡±. No hay respuesta desde el interior del ba?o.
Tras unos momentos, las tres se miran entre s¨ª, aparentemente d¨¢ndose cuenta de que nadie responder¨¢. Sin m¨¢s opciones, y con el terror apoder¨¢ndose de ellas, salen corriendo en la direcci¨®n opuesta, alej¨¢ndose r¨¢pidamente de la c¨¢mara y desapareciendo del ¨¢ngulo de visi¨®n.
Nota dejada por Jonathan Parker:
Los sobrevivientes dentro del aula de arte presentan inconsistencias en sus relatos. La mayor¨ªa no recuerda haber escuchado los disparos ni los gritos de auxilio. Solo una estudiante, identificada como Emily ¨€¨€¨€¨€¨€¨€, proporciona detalles concretos sobre la secuencia de eventos, pero su testimonio confuso t¨¦rmino lapidando el futuro del profesor Thomas Smith.
Se hipotetiza que una ¡°anomal¨ªa perceptiva¡± pudo haber afectado a los ni?os en menor medida debido a sufrir una posesi¨®n forzosa por parte de las sombras, distorsionando su capacidad de retenci¨®n de los eventos. Emily ¨€¨€¨€¨€¨€¨€ es la ¨²nica que menciona haber recibido una ¡°advertencia¡± antes del ataque, aunque los detalles de esta afirmaci¨®n son ambiguos. El resto de ni?os sobrevivientes que se encontraban en la clase de arte, no record¨® este evento hasta que los entrevistadores se los mencionaron.
Se cree que Emily ¨€¨€¨€¨€¨€¨€ logr¨® sobreponerse a la posesi¨®n, dado que una criatura benefactora del otro mundo la protegi¨® advirti¨¦ndole del ataque.
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Ecos en los Archivos (3)
| Registro de C¨¢mara de Seguridad N.o 032 |
| Ubicaci¨®n: Pasillo cercano al aula de arte |
Hora: 11:00 a.m ¨C 4:00: p.m |
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11:45:00 a.m.
El pasillo vuelve a quedar vac¨ªo. El silencio se hace presente por varios minutos, y las luces del lugar dejan de parpadear de manera intermitente, estabiliz¨¢ndose finalmente. El suelo sigue manchado con la sangre de los estudiantes abatidos, ahora seca en los bordes y m¨¢s oscura en los charcos a¨²n frescos. El aire parece inm¨®vil, y la c¨¢mara no detecta ninguna actividad por varios minutos. Durante un tiempo, no ocurre ning¨²n evento visible. La puerta del ba?o sigue cerrada, sin movimientos o sonidos provenientes del interior.
2:30:20 p.m.
Horas m¨¢s tarde, la c¨¢mara capta otro suceso inesperado. El sonido de pasos apresurados y pesados retumban, cortando la quietud de la escena. Un hombre adulto aparece en el umbral, corriendo con agitaci¨®n. Su respiraci¨®n entrecortada y su forma de moverse indicaban desesperaci¨®n. No es dif¨ªcil deducir que est¨¢ buscando algo o a alguien con urgencia. El hombre, identificado m¨¢s tarde como uno de los padres de uno de los estudiantes, estaba vestido con un traje de ba?o, una camiseta hawaiana y sandalias.
Los ojos del hombre est¨¢n desorbitados, inquietos, recorriendo fren¨¦ticamente el pasillo como si esperara encontrarse a la muerte misma. El reflejo de su rostro muestra desesperaci¨®n, y por un instante, se detiene y respira profundamente, recuperando algo de control sobre s¨ª mismo antes de seguir avanzando, buscando desesperadamente. La c¨¢mara capta cada uno de sus movimientos mientras se acerca a los cuerpos de los estudiantes ca¨ªdos, a¨²n desparramados en el suelo. Algunos yacen boca arriba, otros con el rostro hacia el suelo. Las manchas de sangre, ahora secas y oscuras, cubren las baldosas del pasillo, creando un contraste perturbador con la frialdad del lugar. A lo lejos, se observan m¨¢s cad¨¢veres, como si un desastre incontenible se hubiera desatado aqu¨ª mismo. El hombre parece no notar el hedor pesado de la sangre; sus ojos est¨¢n completamente centrados en la b¨²squeda de su hijo.
Se detiene junto a uno de los cuerpos y, tras un breve vistazo, se arrodilla, inspeccion¨¢ndolo. La c¨¢mara enfoca su rostro, que muestra una mezcla de ansiedad y esperanza. Con cuidado, voltea el cad¨¢ver, inspeccionando el rostro. En sus ojos se lee el deseo de encontrar algo que lo libere de esta angustia, una confirmaci¨®n de que no todo est¨¢ perdido. Pero enfrentarse con la muerte lo agota r¨¢pidamente. En su mente, la esperanza crece al no reconocer a su hijo entre las v¨ªctimas, pero el hecho de no encontrarlo es a su vez una tortura. Sus manos tiemblan cuando se aparta del cuerpo y se toma unos segundos para recuperar el control. Respira hondo, como si ese acto le otorgara algo de la calma necesaria para continuar.
La c¨¢mara muestra al hombre mientras se aleja, movi¨¦ndose r¨¢pidamente entre los cuerpos esparcidos a su alrededor, como si ya se hubiera ilusionado ante la posibilidad de que su hijo no estuviera all¨ª. Pero la angustia no se disipa. Revisa, uno por uno, los rostros de los ca¨ªdos, sus cuerpos desparramaos y la muerte que parece estar en todas partes, pero no hay se?ales de su hijo. La expresi¨®n del hombre se oscurece, como si cada instante de esa b¨²squeda le despojara de algo de su humanidad.
Tras unos momentos de indecisi¨®n, se dirige hacia el ¨¢rea cercana al aula de arte. El sonido de sus pasos se mezcla con el silencio absoluto del lugar. Al llegar al ba?o, el hombre se detiene frente a la puerta. Su respiraci¨®n se acelera al notar que est¨¢ cerrada. No hay se?ales de vida del otro lado. Sin embargo, eso no parece calmar sus temores. La tensi¨®n se acumula en sus hombros mientras su mano izquierda se tensa ligeramente al tocar la puerta. La ansiedad lo consume, y sin pensarlo, comienza a golpear la puerta con ambas manos, primero de forma suave, luego con m¨¢s insistencia.
Llama a su hijo por su nombre, su voz quebrada por el miedo y la incertidumbre. Cada golpe parece perforar la quietud de ese lugar, pero el silencio lo devuelve con m¨¢s fuerza. No hay respuesta. El hombre retrocede unos pasos, respirando agitado. Parece que eval¨²a sus opciones, aunque lo ¨²nico que queda en su mente es la necesidad de entrar y encontrar a su hijo. Da un paso atr¨¢s y se prepara para embestir la puerta.
Con un grito de frustraci¨®n, carga contra ella con todo su peso, y el sonido del impacto resuena en el pasillo. La puerta no cede, permanece firme en su lugar, como si el destino hubiera decidido frenar sus esperanzas. El hombre retrocede, desorientado por el fracaso. Observa la puerta con furia y miedo, y entonces, decide intentar una vez m¨¢s. Su cuerpo se tensa, y sus m¨²sculos se llenan de energ¨ªa nerviosa mientras se prepara para un nuevo intento. Un segundo despu¨¦s, una explosi¨®n corta la tensi¨®n: un disparo atraviesa la puerta desde el interior, de forma abrupta y sorprendente.
El sonido es seco, agudo, un eco profundo que se cuela en los o¨ªdos del hombre. Este se tambalea hacia atr¨¢s, sus ojos se abren desmesuradamente, y se cubre los o¨ªdos instintivamente. La c¨¢mara captura el instante de terror puro, su cuerpo reacciona a la sorpresa del disparo, como si quisiera apartarse de ese sonido mortal. Pierde moment¨¢neamente el equilibrio y cae al suelo, pero se repone r¨¢pido. La adrenalina lo impulsa, y sin pensar, gira sobre sus talones y comienza a escapar del pasillo. Su huida es torpe, casi descontrolada, como si el miedo lo hubiera transformado en una m¨¢quina sin consciencia, solo guiada por el instinto de sobrevivir. Cada paso parece un esfuerzo, pero la velocidad y la urgencia se han apoderado de ¨¦l.
La c¨¢mara muestra su carrera hasta que desaparece del campo de visi¨®n. Lo ¨²nico que queda es el pasillo vac¨ªo, plagado de cad¨¢veres. Los ecos de su huida se desvanecen, y el espacio se ve repleto de un silencio inquietante. La puerta del ba?o permanece all¨ª, con una marca de bala visible en su superficie.
3:43:00 p.m.
La grabaci¨®n contin¨²a, capturando un pasillo sumido en un silencio sepulcral. Las luces han reducido su parpadeo, estabiliz¨¢ndose casi por completo. Los cuerpos yacen inm¨®viles, el aire se siente denso, cargado de una quietud antinatural. La c¨¢mara permanece testigo de la escena, sin registrar movimiento alguno durante varios minutos.
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3:45:12 p.m.
Un sonido seco irrumpe en el silencio: un crujido leve proveniente del ba?o, casi imperceptible al principio. No se distingue claramente si es un paso, un roce contra la pared o algo m¨¢s. Unos segundos despu¨¦s, se oye un sonido met¨¢lico, como el de un mecanismo oxidado movi¨¦ndose lentamente.
La c¨¢mara no tiene ¨¢ngulo para captar lo que sucede dentro del ba?o, pero el micr¨®fono sigue registrando el audio. Se escucha una respiraci¨®n pesada, err¨¢tica, seguida de un jadeo entrecortado. Luego, un golpe repentino, como si algo hubiera chocado contra una de las paredes. Despu¨¦s, silencio otra vez.
3:47:30 p.m.
Otro sonido rompe la quietud. Un clic sutil, seguido del leve roce de una cerradura girando. Desde el interior del ba?o, alguien est¨¢ manipulando el mecanismo. Durante varios segundos, el sonido es irregular, como si la persona dentro estuviera atrapada o luchando contra algo. Finalmente, la cerradura se desbloquea con un chasquido seco.
La puerta, sin embargo, no se abre de inmediato. Permanece cerrada durante m¨¢s de un minuto. Luego, con lentitud extrema, la puerta comienza a moverse, apenas unos cent¨ªmetros, dejando entrever una rendija oscura. Desde la c¨¢mara, es imposible ver el interior del ba?o. Pero se percibe como la puerta se detiene en su apertura.
3:50:45 p.m.
Se capta el primer movimiento visible en el pasillo en m¨¢s de una hora. Desde el interior del ba?o, un brazo emerge lentamente por la rendija de la puerta. La piel es p¨¢lida, casi enfermiza. Los dedos se deslizan por la superficie de la puerta, tambaleantes, antes de aferrarse con fuerza al borde.
La puerta se abre un poco m¨¢s, revelando parcialmente la figura de Thomas Smith. Su rostro sigue fuera del encuadre, pero su postura es tensa. La otra mano a¨²n sostiene el arma, aunque su agarre es flojo. Su respiraci¨®n sigue siendo visualmente audible, entrecortada y err¨¢tica.
3:51:10 p.m.
Smith finalmente da un paso fuera del ba?o. Su apariencia es desastrosa. El rostro est¨¢ cubierto de sudor, su cabello desordenado y su camisa, adem¨¢s de la sangre, tiene marcas de polvo y humedad. Su mirada es dif¨ªcil de interpretar debido a la calidad de la grabaci¨®n, pero su lenguaje corporal sugiere agotamiento extremo.
Sus movimientos son lentos, pero no inseguros. Parece estar examinando el pasillo, como si esperara encontrar algo o a alguien. Sus ojos recorren los cuerpos de los estudiantes ca¨ªdos, deteni¨¦ndose en cada uno por unos segundos. Finalmente, suspira de nuevo y baja el arma hasta apuntar al suelo.
3:52:45 p.m
El video capta un nuevo sonido: pasos. Pero no provienen de Smith.
Se escuchan claramente en el fondo, aproxim¨¢ndose desde el extremo opuesto del pasillo. Son firmes y constantes, probablemente m¨¢s de una persona acerc¨¢ndose al ¨¢rea. Smith se percata del sonido y su reacci¨®n es inmediata. Se pone en alerta, endereza la espalda y ajusta el agarre de su arma. Su mirada se enfoca en la direcci¨®n de los pasos.
Un murmullo comienza a filtrarse en el audio. Son voces masculinas, hablando entre s¨ª, aunque sus palabras no son completamente audibles. Entre los sonidos, se logra distinguir un par de frases sueltas: ¡°...es aqu¨ª, justo donde...¡±, ¡°... el ruido de un disparo vino de este pasillo...¡±.
3:53:20 p.m.
Smith no espera m¨¢s. Se mueve con rapidez, alej¨¢ndose del ba?o y dirigi¨¦ndose hacia el otro extremo del pasillo. Sus pisadas resuenan con prisa, pero antes de que pueda alejarse completamente, una voz fuerte lo llama desde fuera del campo visual:
¡°?Alto ah¨ª! ?No se mueva!¡±
La c¨¢mara capta un cambio en su postura. Se congela por un segundo y sujeta con m¨¢s fuerza el arma, aunque no la levanta.
Se oye un segundo grito, esta vez m¨¢s cercano.
¡°?Suelte el arma y levante las manos!¡±
Smith se queda inm¨®vil. Su respiraci¨®n se acelera otra vez. Luego, en un movimiento repentino, se gira en direcci¨®n a la c¨¢mara, aunque su rostro sigue mayormente oculto por la baja calidad del video. El audio capta su voz por primera vez desde que sali¨® del ba?o. Es un susurro tembloroso, apenas audible:
¡°No... no entienden... ellos a¨²n est¨¢n aqu¨ª¡¡±
Los pasos vuelven a sonar, esta vez m¨¢s r¨¢pidos, como si un grupo de personas se acercara corriendo. La c¨¢mara capta una sombra proyect¨¢ndose en la pared.
¡°?¨²ltima advertencia! ?Suelte el arma ahora mismo!¡±
3:54:10 p.m.
Contrario a lo que se podr¨ªa esperar de un miserable profesor de secundaria atrapado en una situaci¨®n tan desesperada, Smith, en un movimiento brusco, levanta el arma.
Un disparo resuena en el pasillo.
No es su arma.
Smith se tambalea hacia atr¨¢s, impactado en el muslo. Su cuerpo golpea la pared y deja una mancha de sangre en el yeso antes de deslizarse lentamente hasta el suelo en donde comienza a retorcerse del dolor. Su arma cae de su mano y resbala unos cent¨ªmetros por el pasillo.
Se oyen voces de hombres acerc¨¢ndose r¨¢pidamente, sus pasos resonando en el suelo.
¡°?Est¨¢ ca¨ªdo! ?Revisen si solt¨® su arma!¡±
¡°?Mierda, miren esto... los ni?os!¡±
¡°?Necesitamos param¨¦dicos aqu¨ª de inmediato!¡±
La c¨¢mara sigue grabando mostrando c¨®mo las figuras de los polic¨ªas se agrupan alrededor del cuerpo de Smith y los cad¨¢veres de los estudiantes. Algunos revisan los signos vitales del profesor, otros inspeccionan el de los estudiantes. Uno de los polic¨ªas se detiene y se gira lentamente hacia el ba?o a¨²n entreabierto. Su expresi¨®n es ilegible debido a la calidad del video, pero su postura sugiere tensi¨®n.
La c¨¢mara capta su murmullo antes de que el video termine abruptamente: ¡°?Qu¨¦ demonios pas¨® en esta escuela...?¡±
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Ecos en los Archivos (3)
G¨®mez apart¨® la vista de la pantalla. El resplandor azulado del monitor a¨²n parpadeaba en la habitaci¨®n oscura, reflej¨¢ndose en el vaso de whisky a medio consumir sobre la mesa. Exhal¨® con pesadez y se recost¨® en la silla, frot¨¢ndose los ojos. Por fin, despu¨¦s de largas horas, las grabaciones hab¨ªan terminado.
Tom¨® un sorbo de whisky sin apartar la mirada de la pantalla. Su mente segu¨ªa atrapada en lo que hab¨ªa visto: sombras movi¨¦ndose entre pasillos, estudiantes aterrados, disparos resonando, un ba?o cerrado, luces parpadeantes y el murmullo entrecortado de Thomas Smith en sus ¨²ltimos momentos como hombre libre.
G¨®mez exhal¨® lentamente, con el ce?o fruncido. Tamborile¨® los dedos sobre el vaso, dejando que el eco de aquellas im¨¢genes siguiera dando vueltas en su cabeza.
?Por qu¨¦ Jonathan Parker le hab¨ªa dejado este video? ?Qu¨¦ pretend¨ªa mostrarle?
El archivo dejado por su viejo amigo conten¨ªa menos de lo que esperaba encontrar. A simple vista no se pod¨ªa rescatar m¨¢s que la historia sin censura de Thomas Smith y su sangrienta transici¨®n de docente a rata de laboratorio para la fundaci¨®n.
G¨®mez dej¨® el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe sordo. Sus ojos se clavaron en la pantalla, en la ¨²ltima imagen congelada del video: Thomas Smith en el suelo, sollozando, con un agujero de bala en la pierna. Hab¨ªa cre¨ªdo que aquella grabaci¨®n ser¨ªa la pieza clave para comprender algo m¨¢s grande, algo que hab¨ªa atormentado a Jonathan en su ¨²ltima semana de vida. Pero ahora, tras verlo, comprend¨ªa que solo se hab¨ªa aferrado a una ilusi¨®n. Aun as¨ª, el video era un lastre. Uno que lo obligaba a reevaluar cada detalle del caso St. Patrick.
El vaso de whisky gir¨® entre los dedos de G¨®mez, inclin¨¢ndose lo justo para que el l¨ªquido ambarino rozara el borde antes de que ¨¦l lo llevara nuevamente a sus labios. La quemaz¨®n descendi¨® por su garganta, un recordatorio de que segu¨ªa ah¨ª, atrapado en aquella habitaci¨®n en penumbras, rodeado de papeles desordenados de un pasado que ya se sent¨ªa ajeno, informes clasificados que no le serv¨ªan de nada y una verdad que se negaba a salir a la luz.
Instintivamente, desliz¨® la mano hacia el bolsillo interior de su pantal¨®n y sac¨® una tarjeta. La observ¨® en silencio, gir¨¢ndola entre los dedos. No ten¨ªa inscripciones, ni logotipos, ni s¨ªmbolos visibles. Solo una superficie lisa y oscura, carente de cualquier indicio sobre su prop¨®sito. Nada, salvo un peque?o bot¨®n en uno de los extremos.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. Parker le hab¨ªa dejado un mensaje de "despedida" antes de su supuesto suicidio. No solo un video. No solo palabras vac¨ªas. Ten¨ªa que haber un significado oculto, algo cifrado entre sus ¨²ltimas palabras. Algo que quiz¨¢s no hab¨ªa querido decir directamente, pero que deb¨ªa ser interpretado junto al video para llegar a comprenderlo por completo.
Sin perder m¨¢s tiempo, tom¨® la tarjeta y la gir¨® una ¨²ltima vez en su mano antes de dejarla sobre la mesa. Con un leve toque de dedo, presion¨® el peque?o bot¨®n en su borde.
Un zumbido sutil recorri¨® la superficie de la mesa. De inmediato, una luz azulada emergi¨® de la tarjeta, proyect¨¢ndose en la habitaci¨®n y envolviendo el espacio con un resplandor fr¨ªo y tenue. G¨®mez entrecerr¨® los ojos mientras el dispositivo se estabilizaba, sintiendo c¨®mo la presi¨®n en su pecho aumentaba.
¡°G¨®mez¡¡±
La voz de Jonathan rompi¨® el silencio que hasta entonces lo envolv¨ªa. La grabaci¨®n comenz¨® a sonar, y aunque ya hab¨ªa escuchado ese mensaje antes, algo en el tono de Jonathan le hizo tensarse. Hab¨ªa una inflexi¨®n distinta, una pausa casi imperceptible que le advirti¨® que estaba a punto de descubrir algo m¨¢s importante de lo que hab¨ªa imaginado.
¡°Y luego est¨¢ lo que ocurri¨® en St. Patrick¡¡±
El eco de esas palabras le recorri¨® el cuerpo. St. Patrick. El lugar donde todo comenz¨®. G¨®mez apret¨® los dedos alrededor de la tarjeta, y la luz azul parec¨ªa intensificarse mientras Jhonatan continuaba narrando lo que ocurri¨® en aquella escuela.
¡°G¨®mez, hay algo que necesito confesarte.¡±
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Confesi¨®n. Esa palabra le gustaba. Hab¨ªa algo en el tono de Jhonatan que pon¨ªa su mente a trabajar y le indicaba que lo siguiente era importante.
¡°En el vestuario te hab¨ªa dicho que hab¨ªa participado en la investigaci¨®n de esa masacre de forma privada. Sabes que estuve all¨ª, revisando los informes y las pruebas.¡±
No era algo extra?o. Jonathan, como todos los agentes, se hab¨ªa involucrado en incontables casos privados a lo largo de su carrera. Al final, el dinero mov¨ªa los hilos de esta sociedad, y los clientes privados siempre eran m¨¢s generosos que la fundaci¨®n.
¡°Pero no te cont¨¦ todo. Una de las familias de una de las tantas v¨ªctimas se acerc¨® a m¨ª.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o. ?Por qu¨¦? ?Qu¨¦ los habr¨ªa llevado a buscar a Jonathan en vez de esperar a que la polic¨ªa o los agentes oficiales hicieran su trabajo? Las preguntas comenzaron a arremolinarse en su cabeza.
¡°Eran unos conocidos de mi infancia, justamente estudiamos juntos en la escuela secundaria St. Patrick.¡±
Le choc¨® un poco escuchar eso. La conexi¨®n personal de Jhonatan con la familia de las v¨ªctimas no parec¨ªa algo que pudiera haberse planeado o manipulado. No era una estratagema, sino una casualidad demasiado relevante en esta historia.
¡°Ellos me ofrecieron una cantidad absurda de dinero para que hiciera algo.¡±
G¨®mez alz¨® una ceja. Dinero. Siempre que el dinero entraba en juego, las cosas se volv¨ªan turbias. No dudaba de que Jonathan lo necesitara, de que esa fuera la raz¨®n detr¨¢s de sus acciones. Pero que insistiera en recalcar su relaci¨®n con la familia le dej¨® una sensaci¨®n inc¨®moda. ?Por qu¨¦ mencionarlo con tanta anticipaci¨®n? ?Intentaba evitar que sospechara de ellos? ?Que no los relacionara con ¡°Ellos¡±?
Podr¨ªa ser. Pero algo no encajaba.
Al parecer la clave no estaba en qui¨¦n hab¨ªa contratado a Jonathan, sino en la casualidad de que conociera a esta familia. Esa conexi¨®n personal les dio el acceso necesario para infiltrarse en la escuela y destruir una prueba crucial. Si no hubieran tenido ese v¨ªnculo con ¨¦l, esa grabaci¨®n jam¨¢s habr¨ªa desaparecido.
?Por qu¨¦ una de las familias de las v¨ªctimas querr¨ªa deshacerse de ese video? Con el caso expuesto en los medios y convertido en tendencia, de haberse conservado, las v¨ªctimas habr¨ªan sido arrastradas al morbo de la prensa. Por tanto, los padres solo quer¨ªan proteger a sus hijos. Adem¨¢s, no necesitaban m¨¢s pruebas para condenar a Smith; la evidencia en su contra era abrumadora; la polic¨ªa ya lo hab¨ªa catalogado de culpable por ser el ¨²nico adulto con un arma de fuego en toda la instituci¨®n. Todo segu¨ªa un curso l¨®gico, sin grietas aparentes, sin motivos para sospechar de algo m¨¢s.
Era imposible pensar que alguien estuviera manipulando los hechos desde las sombras¡ a menos que ya se conociera su existencia de antemano. Y eso era lo m¨¢s inquietante de este caso.
¡°Quer¨ªa pensar que lo hac¨ªan por justicia, por encontrar un culpable, pero la realidad es m¨¢s complicada.¡±
G¨®mez sab¨ªa que Jonathan no era ingenuo. Hab¨ªa algo m¨¢s en esta historia, algo que iba m¨¢s all¨¢ de la justicia. La menci¨®n del dinero dejaba claro qu¨¦ lo hab¨ªa llevado a actuar. La mera justicia no satisface el coraz¨®n de los hombres¡ y mucho menos los convence de destruir pruebas clave en un caso medi¨¢tico.
¡°Todo lo relacionado con Thomas Smith es complicado.¡±
Ah¨ª estaba, el nombre que hab¨ªa estado dando vueltas en su cabeza durante horas: Thomas Smith. El hombre cuya desgracia parec¨ªa desafiar toda l¨®gica. Sin duda, un caso complicado.
¡°Me pidieron que eliminara una grabaci¨®n. Una grabaci¨®n de una de las c¨¢maras de seguridad en la escuela, espec¨ªficamente la que captur¨® lo que sucedi¨® en el pasillo frente al sal¨®n de arte, donde Thomas Smith asesin¨® a unos ni?os.
Al principio, pens¨¦ que estaban tratando de proteger la imagen de su hijo, que tal vez quer¨ªan evitar que la prensa filtrara c¨®mo fue su muerte. Pero luego me di cuenta de algo m¨¢s.
Esa grabaci¨®n era ¨²nica, G¨®mez. Mostraba toda la secuencia de hechos que sentenciaron a pena de muerte a Thomas Smith. Mostraba que hab¨ªa algo m¨¢s que simplemente un profesor asustado.¡±
Eso lo sacudi¨®. ?Qu¨¦ quer¨ªa decir con ¡°algo m¨¢s¡±? Repas¨® mentalmente las im¨¢genes del caso, los informes de la masacre. ?Podr¨ªa ser que ese ¡°algo m¨¢s¡± fuera la clave para entender el verdadero motivo por el que se hab¨ªa mandado a borrar el video?
¡°Hac¨ªa dudar de si Thomas Smith estaba siendo pose¨ªdo.¡±
La palabra ¡°pose¨ªdo¡± flot¨® en el aire, atragant¨¢ndose en su garganta. Tamborile¨® los dedos contra la mesa, su otra mano aferrando el vaso de whisky que apenas se hab¨ªa llevado a los labios. La voz de Jhonatan segu¨ªa resonando en la habitaci¨®n, filtr¨¢ndose entre la penumbra.
Ecos en los Archivos (4)
¡°Y aqu¨ª es donde las cosas se complican, G¨®mez. La familia que me pag¨® eran conocidos m¨ªos, y no tengo dudas de que lo hicieron para evitar que se revelara c¨®mo muri¨® su hijo. Pero al hacerlo, eliminaron cualquier rastro de lo que realmente sucedi¨® en ese pasillo. Si esa grabaci¨®n hubiera salido a la luz, Thomas Smith habr¨ªa tenido una excusa.¡±
?Una excusa? ?Para su comportamiento? G¨®mez sinti¨® que algo se le mov¨ªa dentro, como si una puerta se estuviera abriendo en su mente. Era una sensaci¨®n familiar, la misma que lo asaltaba cuando una pista clave ca¨ªa en sus manos y todo el caso se tambaleaba al borde del abismo. ?Qu¨¦ excusa podr¨ªa haber tenido Smith?
Retrocedi¨® la grabaci¨®n hasta ver al profesor a punto de enfrentarse con la polic¨ªa. Su rostro mostraba una expresi¨®n vac¨ªa, con sombras oscuras bajo sus ojos. No hab¨ªa duda de que, en sus ¨²ltimos momentos, el profesor hab¨ªa actuado de manera err¨¢tica, pero tampoco se pod¨ªa negar que, al momento de hacer los disparos, aquel hombre no parec¨ªa estar pose¨ªdo, ni manipulado. No parec¨ªa m¨¢s que un bastardo desalmado y despiadado.
El video resultaba mucho m¨¢s incriminatorio de lo que hab¨ªa imaginado. En la cara de Smith no hab¨ªa se?ales de miedo, ni duda alguna en sus movimientos. Apret¨® el gatillo con una calma perturbadora. Los estudiantes no lo atacaban, no lanzaban amenazas, ni siquiera parec¨ªan entender lo que ocurr¨ªa hasta que ya era demasiado tarde. Smith no se defend¨ªa; podr¨ªa decirse que hu¨ªa de algo, pero lo cierto es que, sin titubear, ejecut¨® a todos los ni?os que se cruzaron en su camino. Ning¨²n juez en su sano juicio podr¨ªa haber considerado aquello un acto de desesperaci¨®n o defensa propia. Smith estaba completamente sumido en su propia culpa, y, a¨²n as¨ª, Jonathan segu¨ªa insistiendo en su posible liberaci¨®n.
G¨®mez se presion¨® la frente con los dedos. La actitud de Jonathan era una contradicci¨®n, pero no cualquier contradicci¨®n. Era la clase de contradicci¨®n que hac¨ªa que todo lo que cre¨ªas firme empezara a desmoronarse. Como si la realidad estuviera distorsionada y hubiera una historia oculta, una que nadie quer¨ªa enfrentar.
La grabaci¨®n continu¨®, interrumpiendo su cadena de pensamientos.
¡°Tal vez se habr¨ªa dado cuenta de que estaba siendo pose¨ªdo. Y eso habr¨ªa evitado que lo condenaran a muerte.¡±
G¨®mez se enderez¨® bruscamente, su mano movi¨¦ndose instintivamente hacia el bot¨®n de la tarjeta. Detuvo la reproducci¨®n antes de que la voz de Jhonatan pudiera decir una palabra m¨¢s. Un silencio denso cay¨® sobre la habitaci¨®n. La respiraci¨®n se le hab¨ªa acelerado sin que se diera cuenta. Sus instintos le gritaban que all¨ª hab¨ªa algo, algo enterrado, algo que no cuadraba con la versi¨®n oficial. Su cabeza trabajaba a mil por hora, encajando piezas que parec¨ªan no pertenecer al mismo rompecabezas.
Hab¨ªa escuchado muchas estupideces en su carrera. Hab¨ªa tratado con testigos que juraban haber visto fantasmas que en realidad no exist¨ªan, con criminales que culpaban a fuerzas sobrenaturales por sus actos. Pero esto no pod¨ªa ser un error de interpretaci¨®n. No era un desvar¨ªo de un novato. Era Jhonatan quien lo estaba diciendo. Su colega, un hombre racional y veterano en el estudio de casos paranormales, un hombre que nunca se hab¨ªa dejado llevar por fantas¨ªas.
Algo estaba ocurriendo, algo que no encajaba con la versi¨®n oficial de los hechos. Respir¨® hondo, tratando de calmar el torbellino de pensamientos en su cabeza. Necesitaba analizar esto con la frialdad de siempre, como cualquier otra investigaci¨®n. Pero hab¨ªa algo en la manera en que Jhonatan insist¨ªa en la inocencia de Smith que le erizaba la piel. Como si supiera algo que G¨®mez a¨²n no entend¨ªa.
Nuevamente retrocedi¨® el video. La pantalla chisporrote¨® antes de estabilizarse en el inicio de la tragedia. Reprodujo la grabaci¨®n una vez m¨¢s, esta vez con una atenci¨®n quir¨²rgica. Necesitaba fijarse en los detalles que antes se le hab¨ªan escapado.
El pasillo de la escuela secundaria St. Patrick apareci¨® en la pantalla, iluminado solo por la luz parpadeante de las l¨¢mparas que fallaban bajo la influencia de una presencia paranormal. El suelo estaba cubierto de charcos oscuros y espesos de sangre. En las paredes, sombras alargadas se retorc¨ªan y se estiraban como si estuvieran m¨¢s desesperadas por huir que por enfrentarse a Smith.
En el centro de la imagen, el profesor permanec¨ªa inm¨®vil, con una postura relajada. El arma, ya utilizada en varias ocasiones, colgaba de su mano.
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Pero hab¨ªa algo extra?o.
Adelant¨® el video nuevamente hasta el momento en que Smith intentaba escapar de los polic¨ªas y lo paus¨®. Fij¨® la vista en su rostro. Sus ojos. No parec¨ªan los mismos que al inicio del video. Era sutil, pero estaba ah¨ª. Un cambio. Como si algo hubiera entrado en ¨¦l, como si hubiera pasado de ser una persona a ser otra.
Regres¨® la grabaci¨®n unos segundos antes.
Smith sali¨® del ba?o. Caminaba por el pasillo con la mirada baja, mostrando signos leves de violencia, tensi¨®n y miedo. Se rasc¨® la nuca y ajust¨® la camisa manchada de sangre, como si esos peque?os gestos pudieran devolverle algo de control. Parpade¨®, como si intentara despejar la niebla en su mente. Con un movimiento lento, casi antinatural, gir¨® la cabeza hacia el lugar donde, minutos despu¨¦s, aparecer¨ªan los polic¨ªas. Fue en ese instante cuando su expresi¨®n cambi¨®.
G¨®mez paus¨® la grabaci¨®n y se qued¨® mirando aquella expresi¨®n. Un escalofr¨ªo le recorri¨® la espalda. No hab¨ªa ning¨²n salto evidente en el video, ninguna transici¨®n brusca, ning¨²n momento que permitiera decir con certeza: ¡°Aqu¨ª pas¨® algo¡±. Pero su instinto le dec¨ªa que la clave estaba en ese peque?o momento. En ese parpadeo.
Adelant¨® el video, esta vez hasta el momento en que Smith intentaba enfrentarse con los polic¨ªas. Lo paus¨® unos minutos antes, luego lo adelant¨® a velocidad reducida, repasando cada cuadro con meticulosidad. Algo lo estaba esperando entre estas im¨¢genes, escondido entre los p¨ªxeles, entre los parpadeos de las l¨¢mparas defectuosas.
De repente, paus¨® la grabaci¨®n en seco.
Ah¨ª estaba.
Apenas visible en la pared.
Detr¨¢s de Thomas Smith.
Una sombra.
No era un juego de luces. No era un efecto de la mala calidad del video. La sombra ten¨ªa forma, ten¨ªa peso. Y lo m¨¢s perturbador: parec¨ªa estar inclin¨¢ndose hacia Smith, como susurr¨¢ndole algo al o¨ªdo. Segundos despu¨¦s de su aparici¨®n, Smith, que hasta entonces parec¨ªa tratar escapar, cambi¨® de opini¨®n. No se rindi¨®. No intent¨® correr. Levant¨® el arma con una lentitud antinatural y la apunt¨® directamente a los polic¨ªas.
¡ªQuer¨ªan matarlo¡ ¡ªMurmur¨®, comprendiendo el significado de lo que estaba viendo.
La sombra lo estaba forzando a levantar el arma, empuj¨¢ndolo a su muerte. Era una trampa, una ejecuci¨®n disfrazada de enfrentamiento. Si Smith no soltaba el arma, los polic¨ªas tendr¨ªan que responder. Lo abatir¨ªan en el acto. Un caso cerrado. Un asesino neutralizado. Ninguna pregunta inc¨®moda. Ning¨²n cabo suelto.
Pero no funcion¨®.
Los polic¨ªas de la unidad especial estaban entrenados para lidiar con lo inexplicable. Y aunque Smith estaba armado, aunque el suelo a su alrededor estaba empapado de sangre y cad¨¢veres, ellos no dispararon a matar. Lo redujeron. Se aseguraron de que sobreviviera. Sin saberlo, le dieron una oportunidad que nadie, ni siquiera las fuerzas que mov¨ªan los hilos en las sombras, quer¨ªan que tuviera.
G¨®mez se qued¨® mirando la pantalla, reflexionando. Todos los eventos de St. Patrick, cada muerte, cada detalle, cada fen¨®meno inexplicable, hab¨ªan estado orquestados para asegurar una sola cosa: que Thomas Smith muriera.
Pero, de alg¨²n modo, contra toda probabilidad, no lo hizo. Sobrevivi¨®.
Y no solo eso. Se las arregl¨® para escapar de sus perseguidores y logr¨® llegar hasta las instalaciones de la fundaci¨®n. Eso lo cambiar¨ªa todo. Eso pondr¨ªa a G¨®mez en el centro de algo mucho m¨¢s grande de lo que jam¨¢s debi¨® haber tocado. Algo que no estaba preparado para entender, mucho menos para manejar.
G¨®mez volvi¨® a rebobinar el v¨ªdeo, examinando cada detalle con una paciencia que le costaba mantener. Ahora lo ten¨ªa claro: antes de entrar al ba?o, Smith no estaba pose¨ªdo. Pero al salir, una sombra lo hab¨ªa parasitado. Si bien el objetivo de la sombra era la muerte del profesor, su fuerza no fue suficiente para obligarlo a matarse a s¨ª mismo. Fue justo entonces cuando aparecieron los polic¨ªas. Aprovechando el caos, la sombra cambi¨® el instinto de huir por el de luchar para sobrevivir. El profesor intent¨® enfrentarse a los polic¨ªas, pero fue superado en el combate. A pesar de todo, sobrevivi¨® al disparo. Sin embargo, m¨¢s tarde, en la sala de interrogatorios, encontr¨® su final a manos de G¨®mez. Finalmente, la sombra fue eliminada tras su detecci¨®n en un examen est¨¢ndar, uno que pasar¨ªa desapercibido para cualquiera que estuviera habituado al trabajo en lo paranormal.
Pero esos eran solo los hechos, lo que realmente importaban eran las preguntas que estos hechos suscitaban: ?Por qu¨¦ la sombra quer¨ªa matar al profesor? ?Por qu¨¦ no simplemente lo hizo desaparecer como a los otros historiadores antes que ¨¦l? ?Por qu¨¦ despu¨¦s, otras entidades se encargaron de borrar este video? ?Por qu¨¦ fue necesario ejecutar a la sombra en lugar de dejarla ir? ?¨¦l tambi¨¦n ser¨ªa ejecutado?
Algunas de estas cuestiones ya ten¨ªan respuestas parciales, fragmentos dispersos en la investigaci¨®n. Pero ahora, con el video en la pantalla y la grabaci¨®n de Jonathan reproduci¨¦ndose, algunas piezas empezaban a encajar por s¨ª solas. G¨®mez mantuvo la mirada fija en la grabaci¨®n. Sab¨ªa que cada detalle, por insignificante que pareciera, pod¨ªa acercarlo un paso m¨¢s a la verdad. Inclin¨¢ndose ligeramente hacia adelante, reanud¨® el mensaje secreto de Jhonatan, sintiendo que cada palabra lo empujaba m¨¢s y m¨¢s hacia un abismo de preguntas insatisfechas.
Ecos en los Archivos (5)
¡°S¨¦ lo que est¨¢s pensando, G¨®mez.¡±
G¨®mez apret¨® la mand¨ªbula. No, en realidad, no sab¨ªa qu¨¦ estaba pensando. O m¨¢s bien, su cabeza estaba hecha un desastre. Hab¨ªa tanta informaci¨®n dispersa en este caso que apenas pod¨ªa ordenarla.
¡°S¨¦ que piensas que lo hice por codicia. Y tal vez tengas raz¨®n. Tal vez acept¨¦ el dinero porque lo necesitaba. Sabes que siempre he sido un desastre con mis finanzas. En este laboratorio todo el mundo tiene unos cuantos muertos en el armario, el problema es que los m¨ªos son caros. No pod¨ªa negarme a tan buen negocio. As¨ª que me adentr¨¦ a la sala de seguridad de la escuela y reemplac¨¦ la grabaci¨®n por est¨¢tica.
En los informes oficiales, a los que puedes acceder desde los archivos del laboratorio, esa c¨¢mara fue registrada como afectada por el ¡®evento paranormal¡¯ y pas¨® desapercibida, igual que muchas otras que sufrieron el mismo fen¨®meno. La ¨²nica c¨¢mara ¨²til para la justicia muestra un ¨¢ngulo en el que Thomas Smith parece un asesino despiadado. Con eso tuvieron suficiente para condenarlo y enviarlo a nuestras instalaciones.
G¨®mez, te dejo este pendrive. Contiene todo lo que realmente sucedi¨® ese d¨ªa. Tal vez te ayude a entender mejor lo que est¨¢ ocurriendo¡¡±
El plan de borrar la grabaci¨®n fue tan simple que resultaba aterrador lo efectivo que termin¨® siendo. La realidad es que las c¨¢maras de vigilancia de una escuela no estaban preparadas para soportar los eventos paranormales que se desarrollaron. En el informe oficial, se registraban innumerables c¨¢maras fallidas. Algunas se hab¨ªan averiado por un corto tiempo, otras quedaron inutilizables. Descubrir que entre ellas una hab¨ªa sido modificada deliberadamente, era una tarea que solo se pod¨ªa llevar a cabo si se sospechaba de los agentes involucrados en el caso. Y un caso como este no dejaba espacio para dudar de la actuaci¨®n de los agentes. No hab¨ªa motivo alguno para cuestionar su sincero compromiso con el esclarecimiento de la verdad.
G¨®mez hab¨ªa revisado minuciosamente los videos y documentos oficiales relacionados con Smith, buscando las sutilezas que s¨®lo con este video se pod¨ªan entender. En las peque?as diferencias entre las grabaciones oficiales y la borrada se encontraba la clave: el motivo por el cual ese video en particular fue enviado a borrar. Jonathan no necesitaba dec¨ªrselo; era algo intuitivo para un agente ejecutar tal tarea.
Tras investigar esas diferencias se llegaba a la conclusi¨®n de que la condena o no condena de Smith era irrelevante, todo era una fachada para encubrir el verdadero punto de inter¨¦s. Y ese punto no ten¨ªa nada que ver con si Thomas hab¨ªa asesinado o no a los ni?os bajo una posesi¨®n. No, lo que realmente importaba era lo que dijo, c¨®mo actu¨® y, sobre todo, la impresi¨®n general que dej¨® tras verlo luchar por su supervivencia.
Esa impresi¨®n, que escapaba a los ojos del mundo, revelaba algo mucho m¨¢s profundo: Thomas Smith sab¨ªa lo que estaba ocurriendo antes de que sucediera. Comprend¨ªa el fen¨®meno de una manera que escapaba a cualquier interpretaci¨®n l¨®gica. No era un simple testigo, ni una v¨ªctima de circunstancias inexplicables. ¨¦l entend¨ªa el porqu¨¦.
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Y si algo as¨ª se filtraba, si alguien lograba verlo y unir las piezas, no tardar¨ªan en darse cuenta de lo que Smith realmente era: ¨¦l no era un simple historiador, era alguien que ya llevaba a?os explorando lo paranormal. Eso levantar¨ªa sospechas entre ¡°Ellos¡±.
Y permitir que ¡°Ellos¡± lo supieran... era un riesgo que no pod¨ªan permitirse. El video debia ser borrado, y Thomas Smith debia ser eliminado.
La grabaci¨®n continu¨® a medida que Gomez reflexionaba el asunto.
¡°Cuando acept¨¦ destruir la grabaci¨®n de la c¨¢mara de seguridad en St. Patrick, me lo justifiqu¨¦ pensando que no era tan importante. Cre¨ª que eliminando ese video estaba ayudando a unos amigos a superar su duelo. A lo mucho estaba cerrando una puerta para que Thomas Smith no pudiera eludir su condena, lo cual no importaba, porque, al final del d¨ªa, no me parec¨ªa que un hombre como ¨¦l mereciera clemencia.
?Qu¨¦ clase de profesor va armado a un colegio?¡±
G¨®mez cerr¨® los ojos, pausando la grabaci¨®n. La pregunta de Jonathan qued¨® suspendida en el aire, como un eco que a¨²n retumbaba en su mente. Esa pregunta marcaba el final del fragmento del mensaje que relataba lo sucedido en la escuela, y c¨®mo Jonathan se hab¨ªa involucrado en la historia de Thomas Smith mucho antes de saber qui¨¦n era este en realidad.
A lo largo de la semana, mientras G¨®mez se encontraba en coma recuper¨¢ndose, Jonathan le fue grabando mensajes para organizar el caso. Probablemente, eran actualizaciones de los avances en su investigaci¨®n, fragmentos de descubrimientos que hab¨ªa ido acumulando. Sin embargo, la verdad era que, a medida que G¨®mez se acercaba a su recuperaci¨®n, Jonathan descend¨ªa cada vez m¨¢s en una espiral de desesperaci¨®n. Hasta que, finalmente, no pudo soportarlo m¨¢s y se quit¨® la vida. G¨®mez no sab¨ªa exactamente en qu¨¦ momento Jonathan grab¨® esos mensajes, pero supon¨ªa que este fragmento de video hab¨ªa sido el primero, aunque en la grabadora figuraba como el segundo.
Pero el orden de los archivos no importaba. Eran fragmentos de audio almacenados en un dispositivo, sin una secuencia estricta. Lo que realmente delataba el contexto en el que hab¨ªan sido grabados era el propio tono de Jonathan, su nivel de cansancio y la atm¨®sfera que se percib¨ªa en cada uno de ellos. No se trataba de un mon¨®logo improvisado, grabado de una vez y sin interrupciones. No, Jonathan hab¨ªa seleccionado cuidadosamente qu¨¦ decir y c¨®mo decirlo.
El segundo fragmento, en cambio, ten¨ªa un tono m¨¢s estructurado, casi introductorio. En ese punto, Jonathan parec¨ªa haber alcanzado una mayor comprensi¨®n de lo que estaba ocurriendo. Pero tambi¨¦n se le notaba distinto: m¨¢s alterado, m¨¢s precavido, eligiendo con sumo cuidado cada palabra que pronunciaba. No era la desesperaci¨®n de los ¨²ltimos d¨ªas lo que se filtraba en su voz, sino una creciente paranoia. Algo lo asustaba. Algo lo hac¨ªa dudar incluso de qu¨¦ informaci¨®n deb¨ªa o no deb¨ªa compartir.
Con lentitud, G¨®mez tom¨® lo poco que quedaba en su vaso de whisky. Sabore¨® la bebida amarga mientras se preparaba para reflexionar m¨¢s profundamente sobre el mensaje de su amigo. El siguiente fragmento conten¨ªa lo que Jonathan se hab¨ªa atrevido a revelar: sus hallazgos tras d¨ªas de investigaci¨®n. Lo que hab¨ªa descubierto ofrec¨ªa una perspectiva ¨²nica, una que vinculaba a Thomas Smith con el caso de los historiadores desaparecidos en el que llevaba tiempo trabajando.
La ç…¤ltima Advertencia (1)
Dej¨® el vaso sobre la mesa y presion¨® el bot¨®n dos veces, reiniciando la grabaci¨®n. En un instante, la voz de Jonathan regres¨® de entre los muertos invocando su apellido:
¡°G¨®mez¡
No tenemos mucho tiempo, as¨ª que escucha bien. La situaci¨®n es m¨¢s complicada de lo que parece. Si est¨¢s escuchando esto, significa que ya tienes en tus manos mi pendrive. Tienes que ser cuidadoso. No uses ese pendrive en ninguna terminal de la fundaci¨®n, ¡°Ellos¡± est¨¢n monitoreando todos tus pasos. Tienes que ser inteligente, jugar bien tus cartas.
Antes de hacer cualquier cosa, sal del radar de ¡°Ellos¡±. Tienes que renunciar a la fundaci¨®n y dejar el trabajo como agente, solo as¨ª dejaras de preocuparles. Hay algo m¨¢s, algo que no puedo contarte del todo en este momento, no por una grabaci¨®n. Tengo que dec¨ªrtelo en persona. Nos encontraremos en los niveles inferiores, en el vestuario del personal¡¡±
¡°Ellos¡±. Esa palabra flotaba siempre en la oscuridad, omnipresente y cargada de un peso imposible de ignorar. Eran el n¨²cleo de todo lo que estaba ocurriendo, las sombras tras el tel¨®n, moviendo los hilos de la sociedad con precisi¨®n invisible.
A esas alturas de la investigaci¨®n, Jonathan estaba convencido de que la ¨¦lite ten¨ªa un papel clave en la desaparici¨®n de los historiadores. Aunque lo dec¨ªa en voz baja, con la cautela de quien sabe que est¨¢ pisando terreno peligroso. Sin embargo, m¨¢s tarde, Marcus se lo confirmar¨ªa a G¨®mez, mientas desentra?aba el supuesto suicidio de su amigo.
No hab¨ªa dudas: Thomas Smith figuraba entre los posibles historiadores con informaci¨®n privilegiada sobre El Observador. Sin embargo, algo inesperado ocurri¨®. De alguna manera, su nombre se desvaneci¨® de la lista de posibles candidatos tras el esc¨¢ndalo en la escuela St. Patrick. Fue como si hubiera conseguido desdibujarse del sistema, desvanecerse justo antes de que Ellos lo atraparan. Al final, termin¨® en la fundaci¨®n, ocult¨¢ndose a plena vista, justo frente a las narices de quienes lo buscaban.
Aunque esa es la versi¨®n de la historia m¨¢s inocente. G¨®mez sab¨ªa bien c¨®mo funcionaban estas cosas. En realidad, Smith nunca ser¨ªa completamente descartado, pero s¨ª le bajar¨ªan la prioridad y destinar¨ªan menos recursos a investigar sobre ¨¦l. Total, el historiador ya estaba dentro de la vieja y confiable fundaci¨®n; si sab¨ªa algo, era solo cuesti¨®n de tiempo antes de que hablara. Y al final, lo hizo. Lo que ¡°Ellos¡± nunca esperaron es que Thomas Smith terminara muerto durante un interrogatorio y que G¨®mez, uno de los m¨¢s grandes agentes del laboratorio 32, fuera lo suficientemente incompetente como para ocultar la verdad.
G¨®mez reflexionaba sobre el asunto, y cuanto m¨¢s lo hac¨ªa, m¨¢s sent¨ªa la influencia de esa sombra que lo hab¨ªa empujado a matar a Smith, afectando sus decisiones. ?Era la destrucci¨®n de todo el laboratorio lo que ocurrir¨ªa tras revelar la informaci¨®n sobre El Observador? ?O ese pensamiento era un juego de su propia imaginaci¨®n alterada? En su momento, G¨®mez no dud¨® ni un segundo de que el Observador deb¨ªa ser una figura incre¨ªblemente poderosa, parte de ¡°Ellos¡±, y responsable de numerosas atrocidades cometidas a lo largo de la historia de la humanidad. Ahora, no estaba seguro de nada. Solo sab¨ªa que lo que hab¨ªa pasado no pod¨ªa cambiarse. Como resultado de estas acciones, Marcus, el investigador a cargo del cuidado de Thomas, jam¨¢s incluy¨® ninguna menci¨®n al Observador en sus informes oficiales. El interrogatorio fue ilegal, llevado a cabo en secreto; no pod¨ªa ser de otra forma: Marcus tem¨ªa que otro investigador le robara el caso. Solo se lo confi¨® a G¨®mez, porque siempre le promet¨ªa el ¨¦xito, pero en esta ocasi¨®n fall¨®. Y el ¨²nico beneficiado en esta larga secuencia de casualidades termin¨® siendo El Observador.
La grabaci¨®n continuo, mientras el exagente reflexionaba:
¡°¡¡°Ellos¡± saben que mataste a Thomas Smith, pero desconocen tus motivos. Est¨¢n confundidos, creen que el par¨¢sito que te control¨® fue solo una coincidencia. ¡°Ellos¡± todav¨ªa no saben lo que t¨² ya sabes y no deben saberlo nunca. No conf¨ªes en nadie, ni siquiera en los superiores. Te ver¨¦ en los niveles inferiores, cuando sea seguro. Y por favor, ten cuidado, ¡°Ellos¡±¡
(Pausa¡)
G¨®mez, si est¨¢s escuchando esto, significa que ya te diste cuenta de que las cosas no son lo que parecen¡ Necesito que prestes mucha atenci¨®n, porque lo que te voy a contar no es f¨¢cil de digerir. Lo primero que tienes que saber es que el examen que te hiciste¡ El que confirm¨® tu posesi¨®n¡ no fue una coincidencia.
El ¡°jefe¡±... Me tir¨® muchas indirectas. M¨¢s de las que me di cuenta en su momento. Me hizo pensar que recomendarte hacer ese examen era lo correcto, que era una excelente coartada para evitar que te despidieran. Sabes c¨®mo es ¨¦l, nunca le dir¨ªa ni a su madre lo que realmente piensa, ni mucho menos lo que opina sobre lo que ocurre en los pisos superiores. As¨ª que ¨¦l no pod¨ªa decirte directamente qu¨¦ recursos humanos estaba operando para que te expulsaran de la fundaci¨®n¡. No, G¨®mez, no es lo que crees. Esto es mucho m¨¢s complejo de lo que te imaginas. Es necesario que abandones este laboratorio. ¡°Ellos¡± quieren eso, y yo tambi¨¦n. Puesto que ¡°Ellos¡± no saben lo que yo s¨ª s¨¦. Si te quedas en el laboratorio, te matar¨¢n. Estar¨¢s en la lista de desaparecidos. Pero si te vas, podr¨¢s escapar de todo lo relacionado con Thomas Smith¡
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(Pausa¡)
La pregunta que me persigue es: ?Qu¨¦ sab¨ªa el jefe de todo esto? ?Cu¨¢nto sabe de ¡°Ellos¡± y cu¨¢nto nos oculta? Dudo que ¨¦l sepa mucho, pero no tengo dudas de que ¨¦l sabe que alguien quiere sacarte de este laboratorio. Cuanto m¨¢s lo analizo, m¨¢s me convenzo de que esa recomendaci¨®n no fue una mera casualidad.
Yo tampoco puedo quedarme mucho tiempo en este laboratorio, G¨®mez¡ Tras unos d¨ªas tortur¨¢ndome por comprender este caso, comenc¨¦ a comprender mejor las cosas: ¡°Ellos¡± est¨¢n desesperados por encontrar algo que Thomas Smith pose¨ªa, aunque desconoc¨ªan que fuera ¨¦l quien en realidad pose¨ªa lo que buscaban. ¡°Ellos¡± creen que Thomas Smith fue solo otro de los tantos ¡°fracasos¡± en la misi¨®n y por eso van a tratar de matarte, G¨®mez¡ Eres el mejor agente de este laboratorio y que te hayas cruzado con Thomas Smith les es inc¨®modo a ¡°Ellos¡±. Hasta que no obtengan lo que buscan, no pueden dejar que su ¡°cacer¨ªa¡± salga a la luz o alertar¨¢n a su ¡°presa¡±. Tu presencia en el laboratorio es peligrosa para ¡°Ellos¡±. Si insistes en seguir siendo un agente, ¡°Ellos¡± comenzar¨¢n a sospechar de que sabes algo que no deber¨ªas saber y orquestar¨¢n todo para asegurarse de que termines en la lista de desaparecidos.
(Pausa¡)
Esc¨²chame bien, G¨®mez¡. Nada de esto es lo que parece. ¡°Ellos¡± no est¨¢n detr¨¢s de la masacre en la escuela secundaria St. Patrick. S¨¦ que es dif¨ªcil de entender ahora, pero escucha hasta el final. La recomendaci¨®n del examen J74, el comportamiento evasivo del jefe, las sombras que rodearon la tragedia de St. Patrick, el interrogatorio de Thomas Smith, la posesi¨®n de Thomas Smith, la insistencia de recursos humanos en sacar a los veteranos¡ Todo esto forma parte de un esquema mucho m¨¢s complicado de lo que puedes imaginar.
El objetivo final de todos esos eventos es ¡°proteger¡± el secreto que escond¨ªa Thomas Smith. Deb¨ªan eliminarlo antes de que fuera desaparecido por ¡°Ellos¡±, tal como han hecho con otros historiadores que siguen desapareciendo mientras grabo este mensaje. ¡°Ellos¡± ya investigaron a Thomas Smith durante su juicio. No tengo pruebas de eso, pero tampoco dudas. Lo importante es que no encontraron nada. Thomas Smith fue solo otro ¡°fracaso¡±. Toda la verdad fue encubierta por otras manos.
Comprendes el problema, G¨®mez... Estamos metidos en medio de una guerra secreta entre dos grupos. Uno de estos bandos son ¡°Ellos¡±, los que t¨² ya conoces. El otro bando¡ no puedo explic¨¢rtelo ahora mismo.
Es crucial que nos veamos en persona cuanto antes. Necesito discutir este asunto cara a cara para hacerte comprender la magnitud de lo que est¨¢ ocurriendo.¡±
A estas alturas, a G¨®mez le quedaba claro que el otro bando al que se refer¨ªa Jhonatan no pod¨ªa ser otro m¨¢s que el propio Observador. Era una guerra silenciosa, una lucha en las sombras donde la criatura buscaba proteger su secreto, mientras que la ¨¦lite de la humanidad intentaba comprenderlo, o, si era posible, controlarlo. Y en medio de esta contienda, atrapados como peones en un tablero demasiado grande para ellos, estaban los traumatizados estudiantes de la escuela St. Patrick, los historiadores que segu¨ªan desapareciendo y los agentes de bajo rango de la fundaci¨®n. Todos piezas intercambiables en un juego cuyo verdadero prop¨®sito siempre les permanecer¨¢ oculto.
Pero llegar a esta conclusi¨®n no era tan simple como parec¨ªa. Despu¨¦s de todo, el propio Thomas Smith cre¨ªa fervientemente que el Observador no era un enemigo de ¡°Ellos¡±, sino todo lo contrario: una pieza fundamental dentro de su estructura de poder. Para Smith, ¡°Ellos¡± eran los responsables finales de la tragedia de St. Patrick, y ¨¦l hab¨ªa estado convencido de ello hasta su ¨²ltimo aliento. El problema de Smith era su visi¨®n limitada. Ve¨ªa el mundo desde la perspectiva de un simple profesor de secundaria, atrapado en una realidad que no le permit¨ªa observar m¨¢s all¨¢ de las sombras que lo rodeaban. Estaba demasiado cerca, demasiado inmerso en su propia versi¨®n de los hechos como para comprender la magnitud real de aquello con lo que se hab¨ªa topado.
Smith intu¨ªa que hab¨ªa fuerzas actuando en su contra, lo sab¨ªa porque hab¨ªa sentido su presencia en los pasillos de la escuela St. Patrick. Lo que nunca lleg¨® a comprender del todo era que, aunque las sombras en la escuela jugaban su papel encubriendo acciones, solo una hab¨ªa sido verdaderamente esencial para cumplir la misi¨®n. El resto (las dem¨¢s sombras, el esc¨¢ndalo desatado despu¨¦s y la histeria colectiva) no eran m¨¢s que un tel¨®n de fondo, un caos calculado para desviar la atenci¨®n. Todo aquello hab¨ªa servido a un prop¨®sito: ocultar el trabajo de una sombra en particular, una con un objetivo mucho m¨¢s grande que el de las dem¨¢s.
Por otro lado, Jhonatan hab¨ªa visto las cosas desde una perspectiva m¨¢s amplia, desde un lugar m¨¢s alto. ¨¦l ya ven¨ªa investigando el misterio de los historiadores desaparecidos, y al enterarse de la existencia del Observador, se dio cuenta de que el cambio en el modus operandi de ¡°Ellos¡± no pod¨ªa ser mera coincidencia. Hab¨ªa algo m¨¢s, algo que no encajaba, algo que requer¨ªa la existencia de un segundo bando, uno que explicara por qu¨¦ Smith hab¨ªa logrado llegar al laboratorio 32 sin ser eliminado, por qu¨¦ hab¨ªa sobrevivido cuando otros como ¨¦l simplemente desaparec¨ªan. Hab¨ªa una cantidad alarmante de casualidades en todo lo relacionado con Thomas Smith y el Observador, casualidades que no pod¨ªan ser ignoradas. Si Jhonatan atribu¨ªa todas esas casualidades a la intervenci¨®n de una criatura tan enigm¨¢tica como el Observador, entonces la conexi¨®n era clara. Todo lo que hab¨ªa sucedido, todos los eventos que se entrelazaban en torno a Smith, ten¨ªan una sola cosa en com¨²n: todo era favorable a proteger el secreto del Observador.
G¨®mez estaba convencido de que Jonathan ten¨ªa raz¨®n. Quiz¨¢s, en lugar de ser un miembro de ¡°Ellos¡±, el Observador era su enemigo natural, una entidad que operaba m¨¢s all¨¢ de su control. Quiz¨¢s la ¨¦lite de la humanidad no estaba persiguiendo al Observador para usarlo a su favor, sino porque tem¨ªan lo que representaba. Si eso era cierto, lo peor de todo era que ya no estaba seguro de en qu¨¦ bando de esa guerra se encontraba.
La ç…¤ltima Advertencia (2)
La grabaci¨®n de Jonathan segu¨ªa reproduci¨¦ndose, pero para G¨®mez, el tramo final de ese fragmento ya no aportaba nada nuevo. Solo funcionaba como un preludio, una explicaci¨®n de c¨®mo Jonathan hab¨ªa reunido tantos detalles sobre Thomas Smith y qu¨¦ lo hab¨ªa llevado a obsesionarse con su historia, dedicando los d¨ªas siguientes a investigarla sin tregua.
¡°Empec¨¦ a desconfiar de todo cuando vi los resultados de tu examen. La idea de que tu posesi¨®n fuera real me result¨® extremadamente sospechosa. Pero lo que realmente me inquietaba era preguntarme: ?por qu¨¦ te recomend¨¦ hacerte el examen en primer lugar? No pod¨ªa dejar de darle vueltas a eso. As¨ª que decid¨ª investigar por mi cuenta y me puse a pensar en todo lo que me hab¨ªa ocurrido ese d¨ªa.
Sab¨ªa qu¨¦ los empleados de recursos humanos estaban buscando cualquier excusa para reemplazar a los veteranos, y que tu situaci¨®n era especialmente complicada. En las duchas t¨² actuabas de manera extra?a, parec¨ªas perdido, como si estuvieras fuera de lugar y atrapado en tus propios pensamientos. Era razonable ofrecerte mi ayuda dada tu supuesta perturbaci¨®n por la muerte de Thomas Smith. Sab¨ªa que no era normal encontrarte en ese estado, pero en aquel momento ignor¨¦ la cuesti¨®n. Ofrecerte de coartada el examen J74 tras la conversaci¨®n que acababa de tener con el jefe parec¨ªa racional. Hasta ese punto todo segu¨ªa una cadena l¨®gica y racional de eventos. Pero tu examen dio positivo y me resultaba inconcebible que realmente estuvieras pose¨ªdo. Por lo que tome cartas en el asunto.
Busque la grabadora de la sala de interrogatorios. Sab¨ªa que hab¨ªa algo mal cuando intent¨¦ acceder a las grabaciones del interrogatorio y no estaban. Al principio pens¨¦ que el jefe se las hab¨ªa llevado, ya sabes, para protegerte. Pero despu¨¦s de investigar un poco m¨¢s, descubr¨ª que no era as¨ª. Los rumores empezaron a circular entre los agentes. Algunos dec¨ªan que t¨² mismo la hab¨ªas hecho desaparecer para no dejar pruebas que te incriminaran ante recursos humanos.
Sin embargo, no me tragu¨¦ esa versi¨®n. He trabajado contigo por a?os, G¨®mez. Sab¨ªa que hab¨ªa algo m¨¢s. As¨ª que hice lo ¨²nico que pod¨ªa hacer: revis¨¦ tu ¡°escondite¡±.
S¨ª, encontr¨¦ la grabadora. Estaba justo donde pens¨¦ que la encontrar¨ªa. Y escuch¨¦ todo. Absolutamente todo.
M¨¢s tarde me enter¨¦ de que todas las grabadoras de las salas de interrogatorios hab¨ªan sido reemplazadas por modelos en los que los botones de inicio, pausa y final son simples placebos. La idea detr¨¢s de esto era atrapar a los agentes haciendo cosas ilegales y, de esa manera, sacarlos del laboratorio. Una jugada excelente por parte de recursos humanos para deshacerse de los veteranos. Otra coincidencia sospechosa que a?adir a la larga lista de coincidencias que rodean este caso.
Despu¨¦s de revisar la grabaci¨®n completa, finalmente entend¨ª por qu¨¦ mataste a Thomas Smith, por qu¨¦ nunca dudaste de que estabas siendo pose¨ªdo y por qu¨¦ el examen result¨® positivo. Sin embargo, todav¨ªa quedaban muchas preguntas sin respuesta, demasiadas inc¨®gnitas que necesitaban ser aclaradas¡ ?Recuerdas lo que pas¨® en ese interrogatorio, y por qu¨¦ actuaste como actuaste? No fue solo la sombra. T¨² mismo te convenciste de que era lo correcto. Ten¨ªas que encubrir lo que estaba ocultando Thomas Smith, ?verdad? Sab¨ªas que ¨¦l ten¨ªa informaci¨®n sobre algo mucho m¨¢s grande que todos nosotros, sobre ¡°El Observador¡±.
Lo que descubr¨ª tras interesarme en esta criatura va m¨¢s all¨¢ de lo que imaginaba¡ La conspiraci¨®n que intentabas encubrir es enorme, G¨®mez. Pensabas que al eliminar a Smith estabas protegiendo algo, tal vez al laboratorio, o tal vez a ti mismo. Pero en realidad, estabas encubriendo algo mucho m¨¢s oscuro de lo que te puedes imaginar¡¡±
Antes de volver a escuchar lo que ocurri¨® en St. Patrick, G¨®mez paus¨® la grabaci¨®n por un momento. Sus dedos vacilaron sobre el dispositivo antes de adelantarla hasta el tercer y ¨²ltimo fragmento de audio. En ese punto, la voz de Jonathan ya no sonaba firme ni calculadora como antes. Su tono temblaba con un matiz de desesperaci¨®n, de alguien que hab¨ªa pasado demasiado tiempo buscando respuestas y que, en el proceso, hab¨ªa comenzado a perderse a s¨ª mismo en sus propias preguntas. Hab¨ªa una urgencia en sus palabras, pero tambi¨¦n algo m¨¢s peligroso: la sombra de una ilusi¨®n creciente, de una mente que estaba al borde del colapso.
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Este parec¨ªa ser su ¨²ltimo mensaje, lo ¨²ltimo que Jonathan alcanz¨® a registrar sobre el caso del Observador antes de que todo terminara. Porque, apenas unos d¨ªas despu¨¦s de haberlo grabado, Jonathan se quit¨® la vida.
¡°Hay... Hay algo m¨¢s... Todo esto¡ Todas estas coincidencias que rodean la muerte de Thomas Smith, no pueden ser simplemente¡ casualidades. Es como si cada decisi¨®n que tom¨¦, cada paso que di, hubiera estado predestinado para llevarme a hacer esta grabaci¨®n. Y ahora que conozco toda la verdad, no puedo dejar de preguntarme¡ ?Qui¨¦n me gui¨® hasta aqu¨ª? ?Por qu¨¦ estoy grabando este mensaje? ?Por qu¨¦ fue tan f¨¢cil que todo ocurriera de esta manera?... ¡°
G¨®mez permaneci¨® inm¨®vil mientras las ¨²ltimas palabras de Jonathan resonaban en la habitaci¨®n. La voz temblorosa de su antiguo compa?ero no solo parec¨ªa buscar respuestas, sino tambi¨¦n intentar advertirle sobre un poder sobrenatural que a¨²n escapaba a su comprensi¨®n: Las coincidencias.
En sus ¨²ltimos d¨ªas de vida, Jonathan comprendi¨® que las casualidades que hab¨ªan marcado la vida de los que tocaban este caso y la espiral de eventos que desembocaron en el presente, no eran sino obra de una criatura que parecer¨ªa conocer y guiar a cada persona a hacer lo que ¨¦l necesitaba de ellas por simple inercia. ?Podr¨ªa ser que, de alguna forma, El Observador hubiera orquestado cada decisi¨®n, cada error, cada acierto de los participantes de este caso?
G¨®mez reflexion¨® profundamente sobre lo que acababa de escuchar. La voz de Jonathan parec¨ªa clamar por respuestas que, en el fondo, ninguno de ellos podr¨ªa alcanzar. El mensaje no era solo una revelaci¨®n sobre la oscura conspiraci¨®n que se cern¨ªa sobre ellos, sino tambi¨¦n una acusaci¨®n contra la propia l¨®gica del destino, de la inevitabilidad del sufrimiento y de la manipulaci¨®n a la que estaban sometidos. ?Cu¨¢nto de lo que hab¨ªan hecho realmente hab¨ªa sido decisi¨®n propia? ?Cu¨¢nto hab¨ªa sido simple inercia, una fuerza que lo empujaba en una direcci¨®n que nunca llegaron a cuestionar?
¡ª?Qui¨¦n me gui¨® hasta aqu¨ª? ¡ªRepiti¨® en silencio, arrastrando sus palabras, casi como un conjuro¡ª?Qu¨¦ prop¨®sito tiene todo esto? ?Por qu¨¦ me mostr¨® todo esto? ?Qu¨¦ gana el Observador con todo esto? Nada. No gana nada. Pero¡ tampoco pierde nada. Y yo... ?Qui¨¦n soy yo? Un simple agente retirado¡ Un don nadie.
Con esas palabras, G¨®mez se reclin¨® en su silla, la mente abrumada por la enormidad de lo que hab¨ªa escuchado y de lo que ya intu¨ªa. Quiz¨¢s Jonathan se hab¨ªa quitado la vida porque hab¨ªa ca¨ªdo en cuenta de que no era m¨¢s que una marioneta, una pieza movida por hilos invisibles, o tal vez esa misma revelaci¨®n lo hab¨ªa llevado a la desesperaci¨®n de tratar de liberarse de ese destino. En su intento por escapar del control, quiz¨¢s hab¨ªa encontrado que su vida no ten¨ªa sentido fuera de esa manipulaci¨®n. Tal vez su suicidio hab¨ªa sido el ¨²ltimo intento de un hombre que se neg¨® a ser una v¨ªctima de lo inevitable. Sin embargo, fuera cual fuera la raz¨®n, nada de eso importaba ahora. Jonathan estaba muerto, y todos los dem¨¢s agentes ya estaban dispuestos a cerrar el caso como un suicidio, a aceptarlo como un final natural, pese a la paradoja que representaba: Nadie pod¨ªa realmente creer que la situaci¨®n fuera tan sencilla.
G¨®mez suspir¨®. Ahora entend¨ªa qui¨¦nes eran los jugadores, cu¨¢les eran sus motivos, cu¨¢les eran sus preocupaciones, cu¨¢les eran sus objetivos, c¨®mo se mov¨ªan, c¨®mo actuaban. Solo quedaba una ¨²ltima pregunta, la m¨¢s importante de todas. La clave de todo este conflicto: ?Cu¨¢l era el secreto del Observador?
Pero aqu¨ª se encontraba atrapado en una cruel paradoja. El ¨²nico que hab¨ªa descubierto la respuesta fue Oliver Murphy, y hace tiempo estaba muerto. El ¨²nico que hered¨® toda la verdad fue Thomas Smith, y G¨®mez hab¨ªa sido el encargado de matarlo. El ¨²nico que se hab¨ªa atrevido a investigar a Smith a fondo en un intento de responder esa pregunta hab¨ªa sido Jonathan Parker. Y lo hab¨ªan ¡°suicidado¡±.
El caso se mord¨ªa la cola. Nadie ten¨ªa la verdad completa. Era un c¨ªrculo cerrado. Un enigma sin respuestas. Solo quedaban las sombras y ecos de lo que alguna vez fue una lucha por la verdad.
Cuando la Vela se Apaga (1)
Tras exprimir hasta la ¨²ltima gota de informaci¨®n de la grabaci¨®n borrada en la escuela St. Patrick, G¨®mez retir¨® el pendrive con un gesto mec¨¢nico, su mente a¨²n atrapada en las revelaciones inquietantes que acababa de escuchar. Inspir¨® hondo, intentando apartar el cansancio de un d¨ªa ya estirado hasta el hartazgo, y desliz¨® un segundo dispositivo en la terminal. Este conten¨ªa la copia escaneada del libro de Thomas Smith. El cual, seg¨²n sus conjeturas, hab¨ªa sido la chispa que desencaden¨® la ca¨ªda de Parker en la desesperaci¨®n.
El archivo se abri¨® con un zumbido apenas perceptible en la vieja terminal, su pantalla azulada parpade¨® un instante antes de estabilizar la imagen de la portada digitalizada. Era un libro ajado por el tiempo, de esos que parec¨ªan haber pasado por demasiadas manos y demasiadas d¨¦cadas. La tipograf¨ªa, ennegrecida y desgastada, se resist¨ªa a ser descifrada. G¨®mez entrecerr¨® los ojos y ley¨® con cautela:
¡°Alessandro Piero DeAngelis.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o. Aquello no era lo que esperaba. Supon¨ªa que el libro tendr¨ªa un t¨ªtulo esot¨¦rico, algo pretencioso, como ¡°Los Manuscritos de la Noche¡± o ¡°El Testamento de las Sombras¡±. Pero no. Solo un nombre. Y eso lo inquietaba m¨¢s de lo que quer¨ªa admitir. No era com¨²n que un libro de car¨¢cter m¨ªstico o esot¨¦rico llevara el nombre de una persona. La mayor¨ªa de estos textos jugaban con s¨ªmbolos cr¨ªpticos o frases enrevesadas que promet¨ªan verdades ocultas.
Desliz¨® la mirada por la portada envejecida. No solo el paso del tiempo hab¨ªa dejado su marca en el libro. El cuero del forro estaba desgastado hasta la suavidad, pulido por incontables manos que lo hab¨ªan sostenido, le¨ªdo, hojeado una y otra vez. No era un tomo olvidado en una biblioteca oscura. Hab¨ªa sido utilizado, quiz¨¢s obsesivamente. Alguien hab¨ªa vuelto a sus p¨¢ginas una y otra vez, como si all¨ª dentro hubiera respuestas imposibles de abandonar.
Antes de continuar, el exagente decidi¨® recurrir a la vieja terminal para hacer una b¨²squeda r¨¢pida. Movi¨® los dedos sobre el teclado mec¨¢nico, sus teclas amarillentas hac¨ªan un leve clic con cada presi¨®n. Ingres¨® el nombre de Alessandro Piero DeAngelis en el viejo motor de b¨²squeda, su sistema era anticuado, pero seguro, dise?ado para operar fuera del alcance de las inteligencias artificiales.
Los resultados tardaron en mostrarse, pero tras un brusco parpade¨® en la pantalla, un sinf¨ªn de resultados comenzaron a aparecer: cientos de miles de personas con el mismo nombre, pero ninguna de ellas particularmente relevante o relacionada con el mundo paranormal. Nada que pudiera captar su atenci¨®n. Nada que se destacara sobre la avalancha de nombres. Solo un pu?ado de datos de ciudadanos comunes y corrientes, nombres sin rostro.
G¨®mez chasque¨® la lengua.
Record¨® que tras la muerte de Jonathan Parker, los analistas que examinaron el libro lo hab¨ªan datado como un texto preindustrial, anterior incluso a la consolidaci¨®n de la era espacial. Un artefacto de otra ¨¦poca, un f¨®sil de papel en un mundo donde la informaci¨®n se hab¨ªa digitalizado hac¨ªa siglos. Libros f¨ªsicos de aquella antig¨¹edad no circulaban libremente; los pocos que quedaban estaban en museos, en b¨®vedas de coleccionistas privados o en archivos gubernamentales. Y, sin embargo, este ejemplar hab¨ªa terminado en las manos de Thomas Smith.
Resopl¨® y volvi¨® a teclear, refinando la b¨²squeda. Esta vez intent¨® algo m¨¢s concreto: ¡°Alessandro Piero DeAngelis + ocultismo + era preindustrial¡±.
Los resultados fueron decepcionantes. Apenas unas menciones dispersas, ninguna lo bastante s¨®lida como para vincular aquel nombre con el mundo del esoterismo. Ni rastros de un tratado, un estudio, o siquiera un rumor persistente en los c¨ªrculos de lo paranormal.
El problema no era solo la falta de informaci¨®n, sino la ¨¦poca. La cantidad de documentos digitalizados de aquellos tiempos era escasa y fragmentada. Archivos incompletos, referencias cruzadas que llevaban a callejones sin salida. Como si la historia misma se hubiera encargado de enterrar cualquier prueba de su existencia.
Pero hab¨ªa algo rescatable de todo esto. Este libro no pertenec¨ªa a una imprenta comercial ni a una colecci¨®n de textos m¨ªsticos ampliamente difundidos. Era algo m¨¢s ¨ªntimo. Algo m¨¢s peligroso. Un diario personal. El testimonio de alguien que hab¨ªa visto demasiado.
G¨®mez se recost¨® en su silla, pensativo. Si el libro hab¨ªa sido un diario que le perteneci¨® a un don nadie, las pistas y su valor deb¨ªan estar entre sus p¨¢ginas. Con un clic, pas¨® a la primera p¨¢gina, y el texto desgastado comenz¨® a desplegarse frente a sus ojos. En cuanto se termin¨® de cargar, not¨® que el texto estaba en un espa?ol arcaico, con tintes de lenguaje antiguo que parec¨ªan mezclarse en ocasiones con s¨ªmbolos casi m¨ªsticos. El cambio de idioma no lo afect¨® en lo m¨¢s m¨ªnimo, ya que la copia ven¨ªa con las traducciones hechas por los investigadores que lo hab¨ªan le¨ªdo con anterioridad.
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La primera p¨¢gina del libro parec¨ªa una especie de manual introductorio, como si el autor estuviera convencido de que el lector deb¨ªa iniciarse poco a poco en los misterios que buscaba revelar. En los m¨¢rgenes DeAngelis hab¨ªa anotado sus observaciones personales. Al principio, una caligraf¨ªa pulcra, casi elegante, detallaba cada ritual con precisi¨®n meticulosa. Las instrucciones parec¨ªan genuinamente pr¨¢cticas, escritas con la seguridad de alguien que las hab¨ªa llevado a cabo m¨¢s de una vez. Sin embargo, a medida que las p¨¢ginas avanzaban, la escritura comenzaba a cambiar. Las l¨ªneas se volv¨ªan irregulares, las letras m¨¢s apresuradas, torcidas, como si el autor hubiera ido perdiendo el cuidado¡ o la cordura. Hacia el final, la caligraf¨ªa era casi un delirio de tinta, desesperada y temblorosa, como si cada palabra se hubiera escrito bajo el peso de una urgencia incontrolable.
La siguiente secci¨®n a la introducci¨®n conten¨ªa los rituales m¨¢s b¨¢sicos: trazos de s¨ªmbolos en el suelo, contactos con entidades desconocidas, y f¨®rmulas que parec¨ªan dirigidas a criaturas tan extra?as que apenas pod¨ªan entenderse en la l¨®gica moderna. Pero estos rituales, como Marcus le hab¨ªa dicho, eran comunes. G¨®mez los reconoc¨ªa de manuales y textos de consulta de la fundaci¨®n, aunque muchos podr¨ªan obtenerse en internet con solo buscarlos.
No pudo evitar sentirse atra¨ªdo por el primer ritual ¡°peligroso¡± que se desvelaba ante ¨¦l. Su simplicidad era enga?osa, pero tambi¨¦n provocadora, como si desafiara al lector a subestimarlo. Se titulaba simplemente ¡°El Espejo¡±. No requer¨ªa c¨ªrculos de sal, invocaciones complicadas ni preparativos laboriosos. Solo un espejo, una vela y la oscuridad. Seg¨²n el texto, todo lo que deb¨ªa hacer el practicante era colocarse frente a un espejo en completa oscuridad, asegur¨¢ndose de que una vela estuviera situada detr¨¢s de su hombro izquierdo. Nada m¨¢s. Salvo un peque?o detalle. El ritual deb¨ªa realizarse exactamente a la medianoche. Y para activarlo, hab¨ªa que susurrar una frase:
¡°Mu¨¦strame lo que no se puede ver.¡±
Las instrucciones eran b¨¢sicas, lo de siempre: una puesta en escena barata dise?ada para inducir sugesti¨®n, la cual luego ser¨ªa usada por el practicante como combustible para forjar un evento paranormal. Pero lo interesante ven¨ªa despu¨¦s, en los m¨¢rgenes del libro. El autor hab¨ªa escrito m¨²ltiples anotaciones, algunas con un tono did¨¢ctico, otras con un aire de advertencia genuina, como si hablara desde la experiencia.
¡°No todos est¨¢n listos para ver lo que el espejo revela. Solo los practicantes que guardan preguntas y desconfianza en su coraz¨®n deber¨ªan intentarlo.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o, sinti¨® una ligera incomodidad al leer aquello. No era raro que estos textos tuvieran advertencias como esa, una forma de sembrar duda y expectativa. Pero lo que segu¨ªa era m¨¢s interesante.
¡°Si no ocurre nada, prueba cambiar de lugar. El sitio donde estoy podr¨ªa no ser sensible a lo paranormal¡ o tal vez eres t¨² quien no quiere ver lo paranormal...¡±
Eso llam¨® su atenci¨®n. No tanto por la frase en s¨ª, sino por la forma en que estaba construida. Esa ligera sorna, ese aire de superioridad, como si el fracaso del lector no fuera m¨¢s que una prueba de su propia incompetencia. Era un patr¨®n com¨²n en textos antiguos de ocultismo: si el ritual no funcionaba, el problema no estaba en el ritual, sino en el practicante.
Ese estilo prepotente era un sello de autenticidad, un vestigio de otra ¨¦poca. Hoy en d¨ªa pod¨ªa encontrarse este mismo ritual explicado de manera meticulosa y sin margen de error en internet. Las instrucciones modernas no dejaban espacio para el fracaso, ni siquiera lo contemplaban. Todo estaba estructurado para que funcionara. Los rituales b¨¢sicos como este no depend¨ªan de ingredientes raros ni de conocimientos esot¨¦ricos, solo de una cosa: convicci¨®n. Y en los tiempos actuales, la convicci¨®n se daba por sentada. G¨®mez se inclin¨® m¨¢s sobre la pantalla, las palabras del autor continuaban en los m¨¢rgenes.
¡°Es probable que solo me vea a m¨ª mismo. En ese caso, insiste hasta que sientas que tu reflejo no te pertenece realmente.¡±
G¨®mez desliz¨® un dedo sobre la p¨¢gina, notando que el autor no s¨®lo explicaba c¨®mo realizar el ritual, sino que insinuaba qu¨¦ deb¨ªa sentir el lector. No dec¨ªa ¡°espera a que algo pase¡±, sino ¡°insiste hasta que sientas que algo pas¨®¡±. Una diferencia sutil, pero clave. Un rastro de experiencia.
Las siguientes notas de advertencia reforzaban la misma idea:
¡°Si te ves a ti mismo hablando, NO leas los labios. Los rituales que murmura tu reflejo suelen ser peligrosos.¡±
¡°Si sientes que algo sale del espejo, NO te asustes. No es nada malo¡ solo una entidad de menor importancia.¡±
¡°Si ves que tu reflejo te observa fijamente, pero no imita tus movimientos, retrocede tu nuca. Es f¨¢cil terminar mareado. Si parpadea en distinto tiempo que t¨², cierra los ojos. No pasar¨¢ nada si sigues viendo, pero me ser¨¢ inc¨®modo¡±
G¨®mez exhal¨® con cansancio. Nada de esto era nuevo. Hab¨ªa visto rituales similares en otros textos, en foros, en documentos incautados por la Fundaci¨®n. Pero lo que m¨¢s le interesaba era la forma en que el autor estructuraba la informaci¨®n. No se limitaba a describir un fen¨®meno, sino que sembraba expectativas muy espec¨ªficas en el lector.
Cerr¨® los ojos un segundo, intentando visualizar la escena: alguien parado frente a un espejo, en una habitaci¨®n a oscuras, con una vela ardiendo. Al principio, nada. S¨®lo su propio reflejo. Pero luego, con cada segundo que pasaba, con cada palabra le¨ªda en este libro, comenzaba la duda. ?Realmente el reflejo estaba copiando cada movimiento a la perfecci¨®n? ?O hab¨ªa un ligero retraso? ?Acaso parpade¨® en el momento correcto? Finalmente el evento paranormal se manifestaba y el practicante sent¨ªa como avanzaba en el ocultismo.
Cuando la Vela se Apaga (2)
G¨®mez continu¨® leyendo sin prisa, su mirada aburrida fija en la pantalla, mientras la sensaci¨®n de inquietud crec¨ªa poco a poco. Al principio, las anotaciones del autor le parecieron m¨¢s un juego de palabras, una serie de advertencias para dar un toque de misterio al ritual. Pero algo cambi¨®. A medida que avanzaba, not¨® que el tono se volv¨ªa menos calculado, menos artificioso. Las frases ya no parec¨ªan parte de una simple ambientaci¨®n, sino confesiones dispersas, escritas con una urgencia creciente.
Y entonces se detuvo en seco.
Al final de la p¨¢gina, el autor hab¨ªa dejado un mensaje que ya no parec¨ªa una simple nota marginal. No era un adorno, ni una advertencia teatral. Era un aviso real.
¡°Si al realizar el ritual siento que el reflejo comienza a moverse m¨¢s r¨¢pido que yo, det¨¦n todo de inmediato. La entidad que habita el espejo toma ventaja cuando no hay sincron¨ªa. La vida que pongo en juego puede no ser la m¨ªa.¡±
¡ªLa vida que pongo en juego¡¡ªRepiti¨® G¨®mez en un murmullo casi distante.
¡°Si en el reflejo ves que el rostro cambia, que se desfigura hasta ser otra persona, no intentes llamar a esa persona por su nombre. Ella no es la misma que yo conozco. Al hacerlo podr¨ªas generar un corte en el rostro de esa persona.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o, el sudor comenzando a formarse en su frente. ?Qu¨¦ demonios significa eso? Pens¨®, pero a medida que las palabras se enredaban en su mente, algo dentro de ¨¦l hizo clic.
Un fr¨ªo indescriptible se apoder¨® de ¨¦l. Si hab¨ªa algo que conoc¨ªa bien de los rituales, era el detalle en los matices. Esa advertencia no era solo una nota de precauci¨®n com¨²n. Hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de esa frase. Algo oscuro, que no deb¨ªa tomarse a la ligera. ?C¨®mo el autor pod¨ªa saber que una persona podr¨ªa ser herida de esa forma? ?Por qu¨¦ ese da?o era tan espec¨ªfico?
El autor no solo estaba compartiendo un ritual. Estaba dejando una advertencia. Algo hab¨ªa aprendido de estas entidades. Algo que no se pod¨ªa ignorar. De alguna forma, el autor no solo estaba describiendo un fen¨®meno paranormal, sino que estaba relatando un proceso¡ un proceso que ya hab¨ªa vivido, y que, al parecer, hab¨ªa pagado el precio por haberlo hecho.
El ¨²ltimo comentario en el texto era diferente. Con letras casi ilegibles, el autor hab¨ªa dejado una advertencia final, algo tan desconcertante que hizo que su coraz¨®n latiera con m¨¢s fuerza de lo habitual.
¡°Si al realizar el ritual la vela se vuelve violeta, detente y no te atrevas a hacer nada m¨¢s. Es el primer signo. Si decides ignorarlo, el reflejo comenzar¨¢ a transformarse. El segundo s¨ªntoma es que me ver¨¦ a m¨ª mismo, pero como un ni?o. Un ni?o observ¨¢ndote desde el espejo, mirando con ojos inocentes, pero con una expresi¨®n tan vac¨ªa que hiela la sangre. Lo que ver¨¢s no ser¨¢ el reflejo de tu ni?ez, sino una representaci¨®n distorsionada de tu propia esencia, una sombra infantil que guarda tus recuerdos m¨¢s oscuros. Cuando esto suceda, no apagues la vela. Det¨¦n todo y sal inmediatamente de la habitaci¨®n. No sigas con el ritual.
Si decides continuar, si por alguna raz¨®n no puedes evitar la curiosidad y decides ignorar la advertencia, el siguiente s¨ªntoma ser¨¢ m¨¢s grave. El ni?o en el espejo te hablar¨¢. Las palabras ser¨¢n incomprensibles al principio, susurradas con una voz que no es suya, algo mezcla entre la tuya y un sonido reptante, como si un serpentear se colara en su garganta. Es una advertencia, deber¨ªas escucharla y salir inmediatamente de la habitaci¨®n. Si no lo haces, las cosas se volver¨¢n peligrosas.
Si est¨¢s parado, no te ocurrir¨¢ nada y todo volver¨¢ a la normalidad en unos minutos, cuando la vela se apague. Pero si est¨¢s sentado y sigues escuchando, el ni?o se pondr¨¢ en pie y comenzar¨¢ a caminar hacia la salida de la habitaci¨®n. Si no reaccionas, en el instante en que el ni?o pise el umbral de la puerta, desaparecer¨¢s del lugar en donde te encontrabas e ir¨¢s a la habitaci¨®n en donde est¨¢ el ni?o.
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En este momento, deber¨¢s tomar una decisi¨®n. Si parpadeas, si das el m¨¢s m¨ªnimo parpadeo, el ni?o reaccionar¨¢ de inmediato. A partir de aqu¨ª, todo depender¨¢ de tu resistencia a la tortura. El ni?o no solo te succionar¨¢ el alma, sino que la ¨²ltima parte de tu cuerpo que se ver¨¢ arrancada ser¨¢ la piel. La carne se rasgar¨¢ y se disolver¨¢ en un proceso de descomposici¨®n violenta. Es como si el ni?o tomara cada trozo de m¨ª, comenzando por lo m¨¢s fr¨¢gil: mis u?as, mis ojos. La presi¨®n ser¨¢ insoportable, tu cuerpo ser¨¢ arrancado, una parte a la vez. No habr¨¢ sangre, sino un gel negro y espeso que cubrir¨¢ todo lo que alguna vez fue humano. Lo peor, sin embargo, ser¨¢ el sonido. Un susurro acompa?ado de un crujido molesto. Odio los crujidos molestos¡±
La lectura dej¨® a G¨®mez completamente at¨®nito. La ¨²ltima parte del texto lo golpe¨® con la violencia de una verdad irreal. El autor no solo hab¨ªa descrito el acto de morir. Hab¨ªa descrito el sufrimiento con una precisi¨®n tan detallada que lo hac¨ªa tangible, v¨ªvido. ?C¨®mo alguien pod¨ªa conocer todo esto? ?C¨®mo pod¨ªa alguien escribir algo tan¡ macabro sin haberlo vivido?
Algo dentro de G¨®mez lo hizo detenerse, como si el texto hubiera dejado una marca indeleble en su mente. Se levant¨® lentamente de la silla, respirando con dificultad. El sonido del crujir de los huesos, la disoluci¨®n de la carne¡ un horror tan radical que le resultaba dif¨ªcil de procesar.
¡ª?C¨®mo el autor sab¨ªa esto? Los muertos no escriben¡¡ªMurmur¨®, la pregunta flotando en el aire como un eco lejano. Pero la inquietud no se desvaneci¨®. Al contrario, se profundiz¨® con cada segundo que pasaba.
De manera instintiva, se dirigi¨® hacia la terminal, sus dedos casi volando sobre el teclado, buscando algo, cualquier cosa que pudiera explicarle lo que acababa de leer. Busc¨® las palabras clave: Ritual + Espejo + Vela violeta + Ni?o + Muerte.
Curiosamente, el navegador tard¨® menos de lo habitual en responder. En menos de un segundo, comenzaron a aparecer resultados. G¨®mez parpade¨®. No esperaba encontrar demasiado. Quiz¨¢s foros oscuros, p¨¢ginas ocultas, alguna menci¨®n perdida en los rincones m¨¢s alejados de la red. Pero lo que apareci¨® en la pantalla lo dej¨® inm¨®vil por un momento.
No solo hab¨ªa resultados. Hab¨ªa demasiados. P¨¢ginas tras p¨¢ginas, con descripciones m¨¢s detalladas de lo que acababa de leer, pero con una precisi¨®n aterradora.
Y lo peor de todo: no ven¨ªan de fuentes marginales o sitios de dif¨ªcil acceso. Nada de foros arcaicos ni p¨¢ginas censuradas por la mayor¨ªa de los buscadores. No. La informaci¨®n estaba a plena vista, expuesta, sin restricciones, como si no fuera algo digno de ocultarse. Eran sitios de acceso p¨²blico, abiertos, comunes. Algunos de ellos tan populares que no pod¨ªa entender c¨®mo algo tan macabro pod¨ªa estar a la vista de cualquier persona.
Sin embargo, fue el primer enlace el que realmente le hel¨® la sangre. Era un sitio de videos, uno de los m¨¢s grandes de la actualidad, con miles de millones de visitas. El t¨ªtulo del v¨ªdeo le pareci¨® trivial en comparaci¨®n con lo que conten¨ªa. ¡°Mi peque?a yo¡±. La miniatura mostraba a una adolescente de no m¨¢s de diecisiete a?os, de belleza impecable, con facciones delicadas y cabello perfectamente peinado, vestida en un delicado vestido blanco, casi et¨¦reo. La habitaci¨®n a su alrededor irradiaba opulencia, con cortinas pesadas, muebles tallados y una iluminaci¨®n tenue que creaba una atm¨®sfera ¨ªntima y oscura. A su alrededor, una docena de sirvientes permanec¨ªan en completo silencio, observando la escena sin intervenir. No ten¨ªan un prop¨®sito aparente m¨¢s all¨¢ de su presencia: meros testigos, piezas decorativas que enfatizaban el estatus de la joven. Frente a la joven, un gran espejo antiguo, con un marco ornamentado que parec¨ªa sacado de otra ¨¦poca. En el reflejo, una versi¨®n infantil de ella la miraba fijamente, su expresi¨®n serena, pero con una vacuidad en los ojos que erizaba la piel. G¨®mez no pudo evitar la sensaci¨®n de que algo no estaba bien. La joven parec¨ªa demasiado confiada, demasiado inocente, sin entender el peligro que acechaba.
G¨®mez sinti¨® un nudo en el est¨®mago al ver el n¨²mero de reproducciones: 150 mil millones. Tuvo que releerlo. Eso no ten¨ªa sentido. Esta chica era una superestrella entre la juventud, y pese a ello estaba por morirse por un poco m¨¢s de fama.
¡ª?Esto es una broma? ¡ªMascull¨®, su incredulidad transform¨¢ndose en incomodidad. ?C¨®mo pod¨ªa existir un video as¨ª sin que nadie lo hubiera censurado? ?C¨®mo un ritual tan perturbador pod¨ªa estar tan expuesto, como si fuera un simple reto viral?
Cuando la Vela se Apaga (3)
Su mano dud¨® un instante sobre el mouse, pero al final hizo clic en el video.
La pantalla se oscureci¨® un instante, y el reproductor carg¨® el contenido. El sonido de una suave melod¨ªa de piano llen¨® la habitaci¨®n. Era dulce, casi melanc¨®lica. Y, de alg¨²n modo, lo hizo sentirse a¨²n peor. La c¨¢mara enfocaba a la adolescente de rostro fino y ojos grandes, cuya expresi¨®n irradiaba una mezcla de dulzura y seguridad. A su alrededor, una docena de sirvientes permanec¨ªan en completo silencio, observando con una serenidad inquietante. Entonces, uno de ellos, un hombre alto y de manos enguantadas, se adelant¨®. En sus manos sosten¨ªa una bandeja de plata, cubierta por un terciopelo de seda rojo. Se movi¨® con pasos precisos, casi ceremoniales, y sin decir una sola palabra, coloc¨® la bandeja frente al espejo.
G¨®mez frunci¨® el ce?o. No se mostraba qu¨¦ hab¨ªa debajo del terciopelo, pero no era dif¨ªcil de deducir. Por el tama?o, deb¨ªa ser el sacrificio de alguna criatura peque?a. Tal vez una rata. O un pich¨®n. Lo que fuera, el sacrificio se hab¨ªa llevado a cabo fuera de c¨¢mara, lejos de los ojos del espectador.
La adolescente apenas reaccion¨® al acto. Con la misma expresi¨®n serena, tom¨® una vela blanca con ambas manos y la sostuvo cerca de su rostro. Murmur¨® algo inaudible, una frase demasiado baja como para ser entendida. Su voz son¨® como una s¨²plica, o quiz¨¢s una oraci¨®n.
El silencio en la habitaci¨®n se hizo absoluto.
Entonces, la llama de la vela cambi¨®.
Pas¨® de un amarillo p¨¢lido a un intenso tono violeta, proyectando una luz fr¨ªa y artificial sobre su rostro. En la penumbra, su reflejo en el espejo adquiri¨® un matiz espectral, distorsionado por el extra?o resplandor.
El ritual hab¨ªa comenzado.
Fue en ese preciso instante cuando G¨®mez sinti¨® un escalofr¨ªo recorrerle la espalda. No era solo la imagen en la pantalla, sino algo m¨¢s profundo, un malestar visceral que parec¨ªa surgir de la propia esencia del video. Los ojos de la joven, antes vivaces y llenos de confianza, comenzaron a perder su brillo. Algo en su expresi¨®n se vaci¨®, como si una parte de ella hubiera quedado atrapada en el reflejo. La imagen en el espejo empez¨® a temblar, apenas un parpadeo al principio, pero suficiente para hacer evidente que algo no estaba bien.
El temblor se intensific¨®. Primero, fue un desfase imperceptible, un leve retraso entre el movimiento de la joven y el de su reflejo. Pero en cuesti¨®n de segundos, la desincronizaci¨®n se hizo grotesca. La adolescente movi¨® la cabeza hacia un lado, y su reflejo la imit¨®¡ pero con un retardo extra?o, casi artificial. Luego, el reflejo torci¨® la cabeza en una direcci¨®n que ella no hab¨ªa hecho. Un gesto sutil, pero antinatural.
G¨®mez se inclin¨® hacia la pantalla, conteniendo la respiraci¨®n. La vela segu¨ªa ardiendo con esa llama violeta, proyectando sombras en el rostro de la joven. La luz resaltaba la suavidad de su piel, pero su reflejo¡ su reflejo no se ve¨ªa igual. El rostro en el espejo comenz¨® a mutar de forma sutil. La barbilla se acort¨®. Los ojos se agrandaron, volvi¨¦ndose m¨¢s redondos, m¨¢s inocentes¡ pero no en el sentido convencional. Era una inocencia muerta, vac¨ªa, como una mu?eca sin alma.
G¨®mez contuvo el aliento. La adolescente parpade¨® lentamente, y el reflejo hizo lo mismo¡ pero cuando sus ojos volvieron a abrirse, ya no era su rostro el que estaba en el espejo.
Era una ni?a.
Peque?a, con cabello oscuro cayendo sobre los hombros y vistiendo la misma ropa de la adolescente, pero algo en su expresi¨®n lo volv¨ªa todo err¨®neo. Sus ojos eran enormes, demasiado abiertos, y su boca ten¨ªa un rastro de sonrisa que no transmit¨ªa alegr¨ªa, sino algo m¨¢s siniestro, m¨¢s fr¨ªo.
G¨®mez sinti¨® un nudo en la garganta. La joven del video se qued¨® inm¨®vil, su respiraci¨®n apenas era perceptible. El silencio en la grabaci¨®n era asfixiante. Entonces, la ni?a en el espejo movi¨® los labios. No se escuch¨® nada, pero G¨®mez vio claramente c¨®mo su boca se abr¨ªa y cerraba, formando palabras sin sonido. En la pantalla, la adolescente entrecerr¨® los ojos, como si intentara entender lo que dec¨ªa su reflejo. G¨®mez sinti¨® la piel erizarse. El reflejo no solo se hab¨ªa transformado. Ahora estaba intentando comunicarse.
¡ª?Qu¨¦... qu¨¦ quieres decirme? ¡ªLa joven murmur¨®, su voz entrecortada. Nadie respondi¨®. Su respiraci¨®n se volvi¨® m¨¢s err¨¢tica, y por un momento pareci¨® que iba a soltar la vela, pero sus dedos la aferraron con m¨¢s fuerza.
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G¨®mez apenas se atrev¨ªa a parpadear.
El reflejo de la ni?a segu¨ªa moviendo los labios, susurrando algo que la c¨¢mara no lograba captar. Pero a medida que la imagen avanzaba, el sonido empez¨® a colarse en la grabaci¨®n. Al principio era solo un murmullo, un eco sordo que resonaba en la habitaci¨®n de la joven. Luego, se convirti¨® en un siseo bajo, como si el viento estuviera filtr¨¢ndose por un espacio diminuto. Y finalmente, emergi¨® la voz. No era una voz com¨²n. No era la voz de la joven. Ni la voz de una ni?a. Era algo m¨¢s. Una mezcla de tonos, superpuestos, desacompasados, con una cadencia rota. Era como si la voz de la adolescente estuviera mezcl¨¢ndose con otro sonido, un susurro h¨²medo que arrastraba las s¨ªlabas de una manera que no parec¨ªa humana.
Las palabras eran ininteligibles al principio, una serie de sonidos fragmentados que parec¨ªan demasiado antiguos, demasiado ajenos a cualquier idioma conocido. Pero la adolescente pareci¨® entender. Abri¨® los ojos con terror. La vela en su mano parpade¨®, la llama violeta retorci¨¦ndose como si el aire en la habitaci¨®n estuviera siendo drenado.
G¨®mez sinti¨® un impulso visceral de detener el ritual, como si algo dentro de ¨¦l se rebelara contra lo que estaba viendo. Esto no pod¨ªa ser el mundo por el que hab¨ªa luchado tantos a?os. No pod¨ªa ser el mismo mundo por el que sus compa?eros hab¨ªan dado la vida, por el que tantos hab¨ªan sacrificado todo. No¡ esto ten¨ªa que ser una farsa, una ilusi¨®n, un enga?o cuidadosamente construido.
Y sin embargo, estaba ocurriendo.
La impotencia le cal¨® hondo, quem¨¢ndole por dentro como una herida abierta. Una sensaci¨®n sofocante, como si el suelo bajo sus pies se estuviera resquebrajando, como si la realidad misma estuviera burl¨¢ndose de ¨¦l. La l¨®gica le dec¨ªa que todo era una exageraci¨®n, que tal vez el video era una farsa creada para ilusionar a los espectadores. Pero algo en lo profundo de su instinto le gritaba que no era as¨ª.
Y lo peor de todo¡ era que no pod¨ªa hacer nada para detener lo que estaba a punto de ocurrir.
Fue entonces cuando la ni?a en el reflejo dej¨® de susurrar. Y sonri¨®. No fue una sonrisa inocente. No fue la sonrisa de un ni?o. Fue algo torcido, forzado, como si la piel de su rostro estuviera aprendiendo a imitar una expresi¨®n humana sin comprenderla del todo.
La joven del video jade¨®, pero no se movi¨®. La ni?a en el espejo inclin¨® la cabeza, sus ojos enormes fijos en la joven. Y luego, lentamente, muy lentamente¡ comenz¨® a caminar. Se dirig¨ªa hacia la salida de la habitaci¨®n reflejada en el espejo. Sus peque?os pies descalzos apenas hac¨ªan ruido sobre el suelo brillante. La sonrisa en su rostro se ensanch¨®, su boca estir¨¢ndose de una forma que ya no era humana. La joven del video permaneci¨® paralizada, incapaz de reaccionar.
G¨®mez apret¨® los dientes, mirando la pantalla mientras la adolescente levantaba la cabeza, sorprendida, mirando fijamente el espejo.
¡ª?No sigas!¡ª Pens¨®, pero fue demasiado tarde. La adolescente no escapaba, solo miraba el espejo con una expresi¨®n de ligera confusi¨®n, como si esperara que algo m¨¢s sucediera.
Finalmente, la ni?a cruz¨® el umbral de la puerta reflejada en el espejo. La adolescente parpade¨®, con el ce?o fruncido, como si por un momento hubiera sentido algo extra?o. Pero entonces, su expresi¨®n cambi¨®. Se relaj¨®, y una sonrisa de satisfacci¨®n cruz¨® su rostro.
¡ªSe fue¡ ¡ªSusurr¨®, m¨¢s para s¨ª misma que para los sirvientes que la rodeaban.
En ese instante, la llama de la vela titil¨® y comenz¨® a cambiar. Lo que hab¨ªa sido un inquietante resplandor violeta ahora se tornaba de un color m¨¢s c¨¢lido, un amarillo anaranjado. Como si todo lo extra?o estuviera desvaneci¨¦ndose, como si la magia, por fin, hubiera llegado a su fin.
La adolescente, con su rostro iluminado por el resplandor de la vela, no mostraba miedo ni incomodidad. De hecho, parec¨ªa emocionada. Sus ojos se iluminaron recordando a la ni?a en el reflejo devolvi¨¦ndole la mirada.
¡ª?Lo logr¨¦! ?Lo logr¨¦! ¡ªExclam¨® con entusiasmo hist¨¦rico, casi como si hubiera recibido un nuevo juguete durante su cumplea?os.
G¨®mez parpade¨®, confuso.
Los sirvientes a su alrededor rompieron su silencio con un aplauso torpe, como si estuvieran presenciando alg¨²n truco de magia en un espect¨¢culo barato. Algunos incluso comenzaron a elogiar a la joven con una teatralidad exagerada:
¡ª?Asombroso, se?orita! ?Es usted incre¨ªble! ¡ªExclam¨® uno con un tono empalagoso.
¡ª?Qu¨¦ maravilla! ?Realmente ha invocado a su yo de la infancia! ¡ªA?adi¨® otro con una sonrisa ensayada.
Uno de los sirvientes se acerc¨® con cautela y apag¨® la vela con un suave soplido. En el mismo instante, la luz de la habitaci¨®n se encendi¨®, revelando en todo su esplendor la elegancia del lugar. La joven permaneci¨® en silencio por unos segundos, como si saboreara el momento. Luego, con un gesto despreocupado, se encogi¨® de hombros y, sin perder su aire de misterio, gir¨® hacia la c¨¢mara con una sonrisa juguetona.
¡ªFue hermoso¡ ¡ªSuspir¨® la adolescente entre l¨¢grimas de alegr¨ªa, gir¨¢ndose hacia sus sirvientes¡ªLo sent¨ª tan¡ real.
Uno de ellos se apresur¨® a ofrecerle un pa?uelo de seda, como si esa fuera la funci¨®n de su existencia. La joven se limpi¨® las l¨¢grimas y sali¨® de la habitaci¨®n con la confianza de alguien que acababa de completar un reto divertido. Los sirvientes la siguieron como un reba?o, murmurando elogios y exageraciones absurdas. La transmisi¨®n termin¨® con una elegante cortinilla negra y un mensaje en la parte inferior de la pantalla:
¡°Si deseas ver m¨¢s experiencias como esta, suscr¨ªbete al canal y no olvides probarlo t¨² mismo. La infancia nunca se pierde del todo¡±
Cuando la Vela se Apaga (4)
G¨®mez permaneci¨® inm¨®vil, los ojos fijos en el pedido de suscripci¨®n. No pod¨ªa negar que se sent¨ªa... desconcertado. Todo lo que hab¨ªa le¨ªdo en el libro, toda la ominosa advertencia sobre el ni?o en el espejo, la piel arrancada, la tortura indescriptible¡ ?Para qu¨¦? Para que al final el ritual no hiciera absolutamente nada.
¡ª?El autor exager¨®? ¡ªMurmur¨® en voz baja.
Era una posibilidad. Despu¨¦s de todo, la literatura ocultista de la antig¨¹edad sol¨ªa adornar sus relatos para generar impacto, para darle un aire de misterio y peligro. Pero aun as¨ª¡ El texto era demasiado espec¨ªfico en sus advertencias. Demasiado detallado. Quien lo escribi¨® no estaba simplemente especulando. Hablaba con la seguridad de alguien que hab¨ªa visto o experimentado el ritual en su m¨¢xima expresi¨®n.
¡ªEntonces, ?qu¨¦ fue lo que cambi¨®?
La adolescente del video hab¨ªa seguido el procedimiento con exactitud: la vela, el espejo, la frase¡ todo parec¨ªa estar en orden. Pero no ocurri¨® nada. No hubo se?ales del peligro latente que se supon¨ªa deb¨ªa manifestarse. Eso solo pod¨ªa significar una cosa: no se estaban cumpliendo las mismas condiciones de inicio.
El autor del diario, de alguna forma, hab¨ªa logrado desencadenar los eventos en su totalidad. Y, sin embargo, en ning¨²n momento especificaba c¨®mo se llegaba a ese punto. No hablaba de lo que deb¨ªa hacerse antes del ritual. No mencionaba si el lugar, la persona o el momento exacto pod¨ªan afectar el resultado.
G¨®mez sinti¨® el peso de esa idea hundirse en su mente como una piedra en un lago. ?Cu¨¢ntas personas habr¨ªan intentado este ritual sin ¨¦xito? ?Cu¨¢ntas, sin darse cuenta, habr¨ªan cumplido sin saberlo con ese ¡°paso extra¡± que marcaba la diferencia entre una simple ilusi¨®n y un destino fatal? ?Y cu¨¢ntas habr¨ªan desaparecido sin dejar rastro, sin que nadie jam¨¢s lo notara?
Pocas. Muy pocas, de lo contrario, este video jam¨¢s habr¨ªa llegado tan lejos. De haber sido un fen¨®meno letal con resultados constantes, habr¨ªa sido eliminado, censurado, enterrado en lo m¨¢s profundo de la red. Pero no lo estaba. Segu¨ªa ah¨ª, al alcance de cualquiera. Eso solo pod¨ªa significar una cosa: las condiciones para que el ritual se tornara mortal deb¨ªan ser extremadamente espec¨ªficas, dif¨ªciles de lograr, si no imposibles para estos j¨®venes despreocupados que lo practicaban como un simple reto en internet.
Entonces, un recuerdo emergi¨® en la mente de G¨®mez, una pieza clave que encaj¨® con un chasquido fr¨ªo y met¨¢lico. Hab¨ªa un paso adicional. Uno tan esencial que cambiaba por completo el ritual, el mismo que transformaba la llama anaranjada de la vela en un fulgor violeta. No recordaba haberlo visto detallado en el diario de DeAngelis, pero ah¨ª estaba. En el video.
El sacrificio.
G¨®mez oje¨® de nuevo las p¨¢ginas del diario, repasando lo que hab¨ªa le¨ªdo con una mirada nueva, m¨¢s aguda. No hab¨ªa ninguna menci¨®n indirecta a un sacrificio en las instrucciones del ritual. Pero eso no significaba que DeAngelis no lo supiera, ya que ¨¦l revelaba el misterio de la llama violeta.
De hecho, el autor hab¨ªa registrado otro desenlace completamente distinto. Si ¨¦l hab¨ªa llegado a ese punto, si hab¨ªa logrado que el ritual progresara hasta el resultado m¨¢s desconocido, entonces hab¨ªa otro paso extra que DeAngelis no estaba mencionando, pero que estaba impl¨ªcito en los peque?os detalles de sus notas. La mente aguda de G¨®mez no tard¨® en comprender el misterio: ?Qu¨¦ hab¨ªa sacrificado DeAngelis? ?Hab¨ªa sido un simple animal? ?Una rata, quiz¨¢s? No, algo en su interior le dec¨ªa que era mucho m¨¢s oscuro. El autor hab¨ªa estado dispuesto a llevar los rituales al l¨ªmite sin preocuparse por su propia vida o los sujetos con los cuales experimentaba, y eso se reflejaba en los pasos adicionales que tomaba, aquellos que nunca se mencionaban en los rituales, pero que siempre parec¨ªan estar presentes en la experiencia que reflejaban sus advertencias.
Hab¨ªa empezado a comprender un poco mejor al autor del diario. No solo por lo que escrib¨ªa, sino por c¨®mo lo hac¨ªa. DeAngelis ten¨ªa un patr¨®n. Describ¨ªa cada ritual de manera sencilla al principio, como si no quisiera asustar al lector. Luego, p¨¢gina tras p¨¢gina, dejaba entrever nuevos descubrimientos, como si los hubiera experimentado personalmente y hubiera registrado sus hallazgos casi con desinter¨¦s, como quien anota una observaci¨®n cualquiera.
Pero hab¨ªa algo m¨¢s inquietante. El tono del texto cambiaba y no estaba claro. En ciertas secciones, parec¨ªa estar dirigi¨¦ndose a un ¡°practicante¡± an¨®nimo, alguien a quien instru¨ªa con una vaga sensaci¨®n de autoridad. En otras, sus palabras eran m¨¢s introspectivas, como si se hablara a s¨ª mismo. Era confuso identificar para qui¨¦n escrib¨ªa su diario. Lo ¨²nico claro era que Alessandro Piero DeAngelis quer¨ªa transmitir su conocimiento a alguien. Pero esa persona¡ Nunca era mencionada en el libro.
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G¨®mez dej¨® escapar un largo suspiro y dej¨® caer la espalda contra el respaldo de su silla. Su mirada se desliz¨® hasta el vaso de whisky que hab¨ªa dejado sobre la mesa horas atr¨¢s. El cristal reflejaba la luz mortecina de la pantalla, pero el l¨ªquido ¨¢mbar ya no estaba all¨ª. Solo quedaban las huellas de las ¨²ltimas gotas secas en el fondo. Chasque¨® la lengua con fastidio y gir¨® el vaso en su mano, contemplando por un instante la posibilidad de simplemente dejarlo todo por hoy. Ya era tarde, o m¨¢s bien, demasiado tarde. Se hab¨ªa pasado el d¨ªa entero sumido en el misterio de Thomas Smith, buscando respuestas que en realidad no le interesaba encontrar, pero que aun as¨ª no pod¨ªa dejar ir. La emoci¨®n de poder descubrir algo nuevo lo hab¨ªa mantenido cautivo, pero al mismo tiempo, hab¨ªa olvidado lo m¨¢s b¨¢sico: el tiempo. Un d¨ªa completo hab¨ªa volado sin que se diera cuenta.
Se levant¨® de la silla con un movimiento cansino. La habitaci¨®n estaba sumida en un silencio espeso, interrumpido ¨²nicamente por el crujido leve de sus huesos al estirarse. Sali¨® del cuarto, caminando hacia la cocina con pasos pesados, sintiendo el cansancio acumulado en cada m¨²sculo. En el camino se cruz¨® con uno de los tantos androides de la casa, Atlas, que lo observaba en silencio desde uno de los pasillos, inm¨®vil como una sombra al acecho. G¨®mez ni siquiera le dirigi¨® una mirada, pasando de largo sin detenerse. Atlas capt¨® la se?al al instante y, sin emitir sonido alguno, retrocedi¨® lentamente hasta desvanecerse en la penumbra. Su presencia no era requerida.
Al llegar a la cocina, tom¨® una botella de whisky de la alacena y sirvi¨® un nuevo vaso, escuchando el familiar gorgoteo del licor al caer. Pero cuando llev¨® el vaso a los labios, se detuvo.
Mir¨® su reflejo en la ventana oscura de la cocina. Un hombre de mediana edad, con el rostro surcado por las marcas de los a?os y una expresi¨®n que no terminaba de encajar entre la fatiga y la inquietud. Por costumbre, su mente le dijo que deb¨ªa irse a dormir.
¡ª?Qu¨¦ hora es? ¡ªMurmur¨®, su voz arrastrada por el cansancio.
Sin necesidad de m¨¢s indicaciones, la inteligencia artificial que gestionaba su hogar reaccion¨® de inmediato. Un reloj digital se proyect¨® sobre las losas de la cocina, sus n¨²meros flotando con un resplandor tenue y azulino, como si hubieran sido grabados en el aire.
Mir¨® el reloj: pasaban ya varias horas de la medianoche. Se supon¨ªa que deber¨ªa estar descansando a estas alturas, preparando la mente para el d¨ªa siguiente. Pero hoy no. Hoy la inquietud y la curiosidad lo manten¨ªan despierto, atrapado en ese misterio que no entend¨ªa, pero que le llamaba sin cesar. Cerr¨® los ojos un momento, buscando convencerse de que deber¨ªa descansar. Ma?ana tendr¨ªa que despertarse temprano y enfrentarse a lo que fuera que su jefe le tuviera preparado. Pero entonces, de repente, se detuvo. La verdad le golpe¨® de inmediato con una violencia inesperada.
No hab¨ªa un horario que cumplir.
No hab¨ªa ma?ana una reuni¨®n con su jefe.
No hab¨ªa m¨¢s expedientes apilados en su escritorio.
Ya no hab¨ªa m¨¢s casos asignados.
Lo hab¨ªan jubilado.
Ayer.
La avalancha de pensamientos lo golpe¨® con la brutalidad de una tormenta el¨¦ctrica. Durante todo el d¨ªa hab¨ªa estado distra¨ªdo con los tr¨¢mites, con las noticias, con el video, con el libro, con el ritual, con la investigaci¨®n. No se hab¨ªa permitido pensar en ello, o no quer¨ªa recordar que lo hab¨ªa hecho, pero nuevamente la verdad lo asfixiaba. Su vida entera hab¨ªa girado en torno a resolver casos, a descubrir la verdad detr¨¢s de los misterios, a seguir pistas hasta el agotamiento. Y ahora¡ ?qu¨¦? ?Esperar que los d¨ªas pasaran? ?Vivir sin una meta concreta?
G¨®mez dej¨® el vaso sobre la encimera sin haber bebido un solo sorbo. Pas¨® una mano por su cara, tratando de borrar esos pensamientos de su mente como si fueran polvo acumulado en un viejo estante. Pero no pudo. No importaba cu¨¢nto se dijera que deb¨ªa dejar de pensar en ello, el vac¨ªo de la jubilaci¨®n lo hab¨ªa alcanzado, y no estaba seguro de qu¨¦ hacer con ¨¦l.
Tom¨® el vaso y regres¨® a la habitaci¨®n aislada, sus pasos ahora m¨¢s lentos, m¨¢s pesados, como si arrastrara el peso de algo invisible. Al entrar, sus ojos fueron directamente a la pantalla donde el diario de DeAngelis segu¨ªa proyectado. Se qued¨® un instante observ¨¢ndolo, no por curiosidad, sino con una especie de admiraci¨®n instintiva, casi reverente.
Pas¨® las yemas de los dedos por la gastada cubierta del mouse, notando el sutil relieve de su textura, la fr¨ªa familiaridad del pl¨¢stico bajo su tacto. Sus movimientos fueron autom¨¢ticos, casi mec¨¢nicos, mientras hac¨ªa clic, avanzando por las p¨¢ginas con la esperanza de perderse en ellas, de dejar que la investigaci¨®n lo envolviera por completo. Pero en el fondo sab¨ªa que lo que realmente buscaba no era resolver el misterio de Thomas Smith o comprender la muerte de Jhonatan. No lo era. Lo que buscaba, m¨¢s all¨¢ de todo, era escapar de su propia mente, de los vac¨ªos que comenzaban a apoderarse de ¨¦l. Necesitaba que los pensamientos de otro le hicieran olvidar los suyos.
As¨ª que sigui¨®, y sigui¨®, revisando el diario de DeAngelis. No sab¨ªa a qu¨¦ hora se dormir¨ªa, pero ten¨ªa claro que era mejor quedarse despierto explorando este misterio, que tirarse en la cama, con la mente dando vueltas en el abismo de su nueva realidad.
M谩s All谩 del 煤ltimo Cap铆tulo (1)
Despu¨¦s de recorrer los rituales m¨¢s b¨¢sicos, el diario comenzaba a adentrarse en los rituales de protecci¨®n, descritos con un tono casi did¨¢ctico, como si el autor quisiera asegurarse de que el practicante estuviera preparado antes de aventurarse m¨¢s all¨¢. Y luego, al final del diario, se encontraban los rituales de ocultamiento. F¨®rmulas para protegerse, dise?adas para hacer desaparecer algo o a alguien de las miradas curiosas.
G¨®mez continu¨® leyendo los rituales de protecci¨®n, hojeando las p¨¢ginas con una mezcla de curiosidad y escepticismo. La mayor¨ªa de los encantamientos eran sorprendentemente simples, casi rudimentarios, o demasiado conocidos, variaciones de f¨®rmulas que ya hab¨ªa visto en otros textos sobre ocultismo. Nada realmente novedoso, nada que justificara el aura de misterio que rodeaba aquel diario.
Pero entonces, algo lo hizo detenerse.
Entre las p¨¢ginas desgastadas, una nota garabateada en el margen resaltaba como una cicatriz oscura sobre el papel envejecido. La tinta parec¨ªa haber sido aplicada con prisa, como si su autor hubiera sentido la necesidad urgente de dejar constancia de aquel mensaje. Era breve. Escrita con una caligraf¨ªa inclinada y firme, como si cada letra estuviera cargada de significado, casi como una advertencia inamovible:
¡°La entrada est¨¢ vedada para aquellos sin esp¨ªritu verdadero.¡±
G¨®mez frunci¨® el ce?o. No formaba parte del texto original. Era una nota a?adida, pero su presencia parec¨ªa tan importante como cualquier ritual del diario. La frase, por s¨ª sola, ya resultaba intrigante, pero lo que realmente la volv¨ªa inquietante era el contexto en el que aparec¨ªa. Ten¨ªa un tono casi prof¨¦tico, como si ocultara un conocimiento olvidado por el tiempo.
Desde tiempos inmemoriales, diversas culturas han hablado sobre la existencia del alma y su papel en la naturaleza humana. Fil¨®sofos, m¨ªsticos y sacerdotes han debatido su origen, su prop¨®sito y su destino. Sin embargo, lo que realmente llamaba la atenci¨®n no era el concepto en s¨ª, sino la precisi¨®n con la que DeAngelis parec¨ªa haber comprendido estos principios mucho antes de que la humanidad moderna siquiera los asimilara.
No se trataba de meras supersticiones ni de misticismo primitivo. No eran conjeturas vagas ni met¨¢foras espirituales sin fundamento. Su enfoque suger¨ªa algo m¨¢s: un conocimiento meticuloso, una comprensi¨®n profunda del ocultismo, una certeza que iba m¨¢s all¨¢ de la fe ciega o la especulaci¨®n filos¨®fica. DeAngelis no solo cre¨ªa en el alma. ¨¦l conoc¨ªa su verdadero valor.
Sin embargo, Marcus ya le hab¨ªa advertido que ninguno de estos rituales hab¨ªa derivado en patentes nuevas ni en innovaciones registradas. Lo que significaba que, aunque DeAngelis hab¨ªa llegado lejos en su exploraci¨®n, su conocimiento no se hab¨ªa materializado en avances concretos. O tal vez s¨ª¡ pero en manos de otras personas. Quiz¨¢s otros investigadores en distintos momentos de la historia hab¨ªan descubierto el diario y se hab¨ªan encargado de divulgar el conocimiento de una manera que DeAngelis nunca hizo.
Eso lo llev¨® a una nueva pregunta: ?Por qu¨¦ Thomas Smith ten¨ªa este diario? No cab¨ªa duda de que el profesor Oliver Murphy se lo hab¨ªa entregado deliberadamente, pero la verdadera inc¨®gnita era: ?Con qu¨¦ prop¨®sito? Si su intenci¨®n era ocultar informaci¨®n sobre la investigaci¨®n del Observador, habr¨ªa sido m¨¢s l¨®gico proporcionarle ¨²nicamente el ritual de ocultamiento en lugar de darle acceso al diario completo.
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A menos, claro, que el diario en s¨ª fuera mucho m¨¢s importante de lo que G¨®mez pod¨ªa comprender. Tal vez conten¨ªa algo que iba m¨¢s all¨¢ de simples rituales, algo que Murphy necesitaba mantener fuera del alcance de ojos indebidos. Una pieza clave, un secreto enterrado en sus p¨¢ginas, esperando a ser descubierto. Fuera como fuera, el diario de DeAngelis no hab¨ªa llegado a sus manos por casualidad. Y cuanto m¨¢s lo le¨ªa, m¨¢s convencido estaba de que conten¨ªa respuestas que nadie m¨¢s hab¨ªa sabido interpretar¡ o que nadie se hab¨ªa atrevido a revelar.
G¨®mez desliz¨® lentamente el cursor para pasar a la siguiente p¨¢gina, pero cada l¨ªnea y cada s¨ªmbolo le transmit¨ªan una sensaci¨®n de v¨¦rtigo, como si el simple hecho de leer el diario lo acercara m¨¢s a los ¨²ltimos momentos de Jonathan. Hab¨ªa algo en el texto, en su polvo y su textura digitalizada, que transmit¨ªa m¨¢s de lo que parec¨ªa a simple vista. Algunas secciones estaban incompletas. Fragmentos de rituales hab¨ªan sido mutilados, con p¨¢ginas arrancadas y palabras que terminaban en frases inconclusas, dejando apenas un rastro de su prop¨®sito original. No hab¨ªa manera de saber qui¨¦n lo hab¨ªa hecho ni con qu¨¦ intenci¨®n, pero considerando la antig¨¹edad del diario y la naturaleza de su contenido, el simple hecho de que hubiese sobrevivido hasta ahora en un estado tan ¨ªntegro era, en s¨ª mismo, un milagro.
Entre estas secciones, hab¨ªa una serie de vagas anotaciones que parec¨ªan apuntar a las fases de la luna, a posiciones estelares espec¨ªficas y a la ubicaci¨®n de determinados sitios en la Tierra, a menudo vinculados a lugares donde el velo entre los mundos era ¡°m¨¢s delgado¡±. Y entonces, G¨®mez dio con algo inesperado: una oraci¨®n escrita en lat¨ªn antiguo, justo al margen de un pasaje ritual.
¡°Apertis oculis et mente obscura, tantum veritas revelatur.¡± (Solo con los ojos abiertos y la mente oscura, la verdad se revela).
Ese texto, que parec¨ªa una simple frase, se repiti¨® en varias p¨¢ginas del libro, casi como un susurro oculto en el texto. Jonathan habr¨ªa notado esa repetici¨®n, y seguro habr¨ªa buscado comprender su significado. La pregunta era: ?qu¨¦ significaba para Jonathan?
G¨®mez suspir¨® y se recost¨® en la silla, mirando el techo de la habitaci¨®n como si esperara respuestas desde alg¨²n rinc¨®n de su memoria. ¡°La mente oscura¡±, pens¨®, era justo lo que Jonathan hab¨ªa llevado consigo a su ¨²ltimo d¨ªa. Hab¨ªa mantenido los ojos abiertos, s¨ª, pero quiz¨¢s su mente hab¨ªa estado tan oscura que no hab¨ªa visto una salida.
Era un hallazgo peque?o, pero suficiente para empujar a G¨®mez a investigar m¨¢s. Abri¨® su libreta y anot¨® la frase, junto con algunas notas adicionales sobre la estructura de los rituales y las fases lunares indicadas. Necesitaba entender si Jonathan hab¨ªa encontrado alguna conexi¨®n oculta en este diario, alg¨²n mensaje que lo empujara al suicidio. Algo que solo alguien como ¨¦l podr¨ªa desentra?ar. Sab¨ªa que la fundaci¨®n no hab¨ªa encontrado nada en estos rituales antiguos, pero tambi¨¦n estaba al tanto de la tendencia de las organizaciones a ignorar lo que no hab¨ªa ganancia en explicar.
A medida que G¨®mez avanzaba en el diario, percibi¨® que los rituales y las anotaciones de DeAngelis parec¨ªan seguir una especie de patr¨®n de escalera. Al principio, DeAngelis hab¨ªa dado indicaciones detalladas, casi como si hablara con un practicante sin experiencia. Pero a medida que el diario continuaba, los rituales se volv¨ªan m¨¢s complejos y las explicaciones m¨¢s vagas, como si DeAngelis asumiera que el practicante ya estaba familiarizado con las bases del ocultismo. Las primeras instrucciones daban la impresi¨®n de estar guiadas por una mano cuidadosa, pero cada p¨¢gina que segu¨ªa revelaba algo m¨¢s oscuro y obsesivo, una intenci¨®n de crear algo m¨¢s que un simple manual. DeAngelis quer¨ªa ense?ar, s¨ª, pero parec¨ªa m¨¢s interesado en sembrar una idea, un m¨¦todo para profundizar en el misterio y el poder de los rituales.