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“Y aquí es donde las cosas se complican, Gómez. La familia que me pagó eran conocidos míos, y no tengo dudas de que lo hicieron para evitar que se revelara cómo murió su hijo. Pero al hacerlo, eliminaron cualquier rastro de lo que realmente sucedió en ese pasillo. Si esa grabación hubiera salido a la luz, Thomas Smith habría tenido una excusa.”
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?Una excusa? ?Para su comportamiento? Gómez sintió que algo se le movía dentro, como si una puerta se estuviera abriendo en su mente. Era una sensación familiar, la misma que lo asaltaba cuando una pista clave caía en sus manos y todo el caso se tambaleaba al borde del abismo. ?Qué excusa podría haber tenido Smith?
Retrocedió la grabación hasta ver al profesor a punto de enfrentarse con la policía. Su rostro mostraba una expresión vacía, con sombras oscuras bajo sus ojos. No había duda de que, en sus últimos momentos, el profesor había actuado de manera errática, pero tampoco se podía negar que, al momento de hacer los disparos, aquel hombre no parecía estar poseído, ni manipulado. No parecía más que un bastardo desalmado y despiadado.
El video resultaba mucho más incriminatorio de lo que había imaginado. En la cara de Smith no había se?ales de miedo, ni duda alguna en sus movimientos. Apretó el gatillo con una calma perturbadora. Los estudiantes no lo atacaban, no lanzaban amenazas, ni siquiera parecían entender lo que ocurría hasta que ya era demasiado tarde. Smith no se defendía; podría decirse que huía de algo, pero lo cierto es que, sin titubear, ejecutó a todos los ni?os que se cruzaron en su camino. Ningún juez en su sano juicio podría haber considerado aquello un acto de desesperación o defensa propia. Smith estaba completamente sumido en su propia culpa, y, aún así, Jonathan seguía insistiendo en su posible liberación.
Gómez se presionó la frente con los dedos. La actitud de Jonathan era una contradicción, pero no cualquier contradicción. Era la clase de contradicción que hacía que todo lo que creías firme empezara a desmoronarse. Como si la realidad estuviera distorsionada y hubiera una historia oculta, una que nadie quería enfrentar.
La grabación continuó, interrumpiendo su cadena de pensamientos.
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“Tal vez se habría dado cuenta de que estaba siendo poseído. Y eso habría evitado que lo condenaran a muerte.”
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Gómez se enderezó bruscamente, su mano moviéndose instintivamente hacia el botón de la tarjeta. Detuvo la reproducción antes de que la voz de Jhonatan pudiera decir una palabra más. Un silencio denso cayó sobre la habitación. La respiración se le había acelerado sin que se diera cuenta. Sus instintos le gritaban que allí había algo, algo enterrado, algo que no cuadraba con la versión oficial. Su cabeza trabajaba a mil por hora, encajando piezas que parecían no pertenecer al mismo rompecabezas.
Había escuchado muchas estupideces en su carrera. Había tratado con testigos que juraban haber visto fantasmas que en realidad no existían, con criminales que culpaban a fuerzas sobrenaturales por sus actos. Pero esto no podía ser un error de interpretación. No era un desvarío de un novato. Era Jhonatan quien lo estaba diciendo. Su colega, un hombre racional y veterano en el estudio de casos paranormales, un hombre que nunca se había dejado llevar por fantasías.
Algo estaba ocurriendo, algo que no encajaba con la versión oficial de los hechos. Respiró hondo, tratando de calmar el torbellino de pensamientos en su cabeza. Necesitaba analizar esto con la frialdad de siempre, como cualquier otra investigación. Pero había algo en la manera en que Jhonatan insistía en la inocencia de Smith que le erizaba la piel. Como si supiera algo que Gómez aún no entendía.
Nuevamente retrocedió el video. La pantalla chisporroteó antes de estabilizarse en el inicio de la tragedia. Reprodujo la grabación una vez más, esta vez con una atención quirúrgica. Necesitaba fijarse en los detalles que antes se le habían escapado.
El pasillo de la escuela secundaria St. Patrick apareció en la pantalla, iluminado solo por la luz parpadeante de las lámparas que fallaban bajo la influencia de una presencia paranormal. El suelo estaba cubierto de charcos oscuros y espesos de sangre. En las paredes, sombras alargadas se retorcían y se estiraban como si estuvieran más desesperadas por huir que por enfrentarse a Smith.
En el centro de la imagen, el profesor permanecía inmóvil, con una postura relajada. El arma, ya utilizada en varias ocasiones, colgaba de su mano.
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Pero había algo extra?o.
Adelantó el video nuevamente hasta el momento en que Smith intentaba escapar de los policías y lo pausó. Fijó la vista en su rostro. Sus ojos. No parecían los mismos que al inicio del video. Era sutil, pero estaba ahí. Un cambio. Como si algo hubiera entrado en él, como si hubiera pasado de ser una persona a ser otra.
Regresó la grabación unos segundos antes.
Smith salió del ba?o. Caminaba por el pasillo con la mirada baja, mostrando signos leves de violencia, tensión y miedo. Se rascó la nuca y ajustó la camisa manchada de sangre, como si esos peque?os gestos pudieran devolverle algo de control. Parpadeó, como si intentara despejar la niebla en su mente. Con un movimiento lento, casi antinatural, giró la cabeza hacia el lugar donde, minutos después, aparecerían los policías. Fue en ese instante cuando su expresión cambió.
Gómez pausó la grabación y se quedó mirando aquella expresión. Un escalofrío le recorrió la espalda. No había ningún salto evidente en el video, ninguna transición brusca, ningún momento que permitiera decir con certeza: “Aquí pasó algo”. Pero su instinto le decía que la clave estaba en ese peque?o momento. En ese parpadeo.
Adelantó el video, esta vez hasta el momento en que Smith intentaba enfrentarse con los policías. Lo pausó unos minutos antes, luego lo adelantó a velocidad reducida, repasando cada cuadro con meticulosidad. Algo lo estaba esperando entre estas imágenes, escondido entre los píxeles, entre los parpadeos de las lámparas defectuosas.
De repente, pausó la grabación en seco.
Ahí estaba.
Apenas visible en la pared.
Detrás de Thomas Smith.
Una sombra.
No era un juego de luces. No era un efecto de la mala calidad del video. La sombra tenía forma, tenía peso. Y lo más perturbador: parecía estar inclinándose hacia Smith, como susurrándole algo al oído. Segundos después de su aparición, Smith, que hasta entonces parecía tratar escapar, cambió de opinión. No se rindió. No intentó correr. Levantó el arma con una lentitud antinatural y la apuntó directamente a los policías.
—Querían matarlo… —Murmuró, comprendiendo el significado de lo que estaba viendo.
La sombra lo estaba forzando a levantar el arma, empujándolo a su muerte. Era una trampa, una ejecución disfrazada de enfrentamiento. Si Smith no soltaba el arma, los policías tendrían que responder. Lo abatirían en el acto. Un caso cerrado. Un asesino neutralizado. Ninguna pregunta incómoda. Ningún cabo suelto.
Pero no funcionó.
Los policías de la unidad especial estaban entrenados para lidiar con lo inexplicable. Y aunque Smith estaba armado, aunque el suelo a su alrededor estaba empapado de sangre y cadáveres, ellos no dispararon a matar. Lo redujeron. Se aseguraron de que sobreviviera. Sin saberlo, le dieron una oportunidad que nadie, ni siquiera las fuerzas que movían los hilos en las sombras, querían que tuviera.
Gómez se quedó mirando la pantalla, reflexionando. Todos los eventos de St. Patrick, cada muerte, cada detalle, cada fenómeno inexplicable, habían estado orquestados para asegurar una sola cosa: que Thomas Smith muriera.
Pero, de algún modo, contra toda probabilidad, no lo hizo. Sobrevivió.
Y no solo eso. Se las arregló para escapar de sus perseguidores y logró llegar hasta las instalaciones de la fundación. Eso lo cambiaría todo. Eso pondría a Gómez en el centro de algo mucho más grande de lo que jamás debió haber tocado. Algo que no estaba preparado para entender, mucho menos para manejar.
Gómez volvió a rebobinar el vídeo, examinando cada detalle con una paciencia que le costaba mantener. Ahora lo tenía claro: antes de entrar al ba?o, Smith no estaba poseído. Pero al salir, una sombra lo había parasitado. Si bien el objetivo de la sombra era la muerte del profesor, su fuerza no fue suficiente para obligarlo a matarse a sí mismo. Fue justo entonces cuando aparecieron los policías. Aprovechando el caos, la sombra cambió el instinto de huir por el de luchar para sobrevivir. El profesor intentó enfrentarse a los policías, pero fue superado en el combate. A pesar de todo, sobrevivió al disparo. Sin embargo, más tarde, en la sala de interrogatorios, encontró su final a manos de Gómez. Finalmente, la sombra fue eliminada tras su detección en un examen estándar, uno que pasaría desapercibido para cualquiera que estuviera habituado al trabajo en lo paranormal.
Pero esos eran solo los hechos, lo que realmente importaban eran las preguntas que estos hechos suscitaban: ?Por qué la sombra quería matar al profesor? ?Por qué no simplemente lo hizo desaparecer como a los otros historiadores antes que él? ?Por qué después, otras entidades se encargaron de borrar este video? ?Por qué fue necesario ejecutar a la sombra en lugar de dejarla ir? ?él también sería ejecutado?
Algunas de estas cuestiones ya tenían respuestas parciales, fragmentos dispersos en la investigación. Pero ahora, con el video en la pantalla y la grabación de Jonathan reproduciéndose, algunas piezas empezaban a encajar por sí solas. Gómez mantuvo la mirada fija en la grabación. Sabía que cada detalle, por insignificante que pareciera, podía acercarlo un paso más a la verdad. Inclinándose ligeramente hacia adelante, reanudó el mensaje secreto de Jhonatan, sintiendo que cada palabra lo empujaba más y más hacia un abismo de preguntas insatisfechas.