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Ecos en los Archivos (1)

    Las luces se desvanecieron poco a poco, envolviendo la habitación en una penumbra casi total. Solo el resplandor lejano de la ciudad parpadeaba en el horizonte, proyectando sombras irregulares en las paredes. Gómez se sumió en el silencio, pero no era un silencio reconfortante, sino uno cargado de resignación. Sabía que la habitación aislada era el único lugar donde podía desconectarse de la red de vigilancia. Esa habitación no siempre había sido suya. La había heredado como quien hereda una maldición disfrazada de oportunidad. Su tatarabuelo la había construido con un propósito claro: un refugio, un santuario para sus experimentos prohibidos en el campo de lo paranormal. él se había dedicado a explorar lo que otros temían. Espíritus, energías ocultas, dimensiones superpuestas; sus estudios lo llevaron al filo de la locura y, según algunas notas desordenadas que Gómez había encontrado en su juventud, posiblemente más allá de ese filo.


    Pero la habitación no murió con su creador. Fue su madre quien la rescató del abandono, aunque no por razones de ocultismo. Como agente, había transformado aquel santuario en un centro de operaciones clandestino, un sitio donde podía realizar sus propias pesquisas al margen de la burocracia y la manipulación institucional que acechaba a todo el mundo durante la dictadura. Allí analizaba pruebas que nunca debían caer en manos equivocadas, mantenía registros que desafiaban las narrativas oficiales y descubría verdades que la mayoría prefería ignorar. Pero todo eso era cosa de un pasado muy distante y hace tiempo la habitación le pertenecía a él.


    Avanzó por el pasillo en penumbras hasta llegar al final, donde una puerta sencilla, sin distintivos, ocultaba la habitación aislada. A simple vista, no se diferenciaba de las demás, pero al cruzar el umbral, siempre tenía la sensación de ingresar a un espacio ajeno al resto del mundo, como si fuera un refugio en un universo paralelo. Aquí, lejos del escrutinio de las inteligencias artificiales, podía sumergirse por completo en los enigmas más oscuros que llegaban a sus manos, sin distracciones, sin interferencias, solo él y las sombras de sus propios pensamientos.


    La habitación era un despacho austero pero bien equipado. Una de las paredes estaba ocupada por varias pizarras; algunas permanecían vacías, a la espera de nuevas ideas, mientras que otras estaban cubiertas con esquemas, anotaciones y archivos confidenciales que Gómez había ido acumulando con los a?os. A su derecha, una mesa repleta de dispositivos tecnológicos reflejaba su meticulosa forma de trabajar: herramientas de espionaje de última generación, drones de vigilancia en miniatura, y descifradores de códigos tan avanzados que algunos rozaban la ilegalidad.


    Pasó la mano sobre la superficie de la mesa donde tantas veces se había sumergido en el análisis de casos imposibles. La madera fría y lisa bajo sus dedos le transmitió una sensación familiar, casi reconfortante. Aún quedaban marcas de quemaduras en los bordes, cicatrices de algún experimento olvidado por su tatarabuelo o de algún dispositivo desmontado con prisa por su madre. Las paredes estaban insonorizadas, reforzadas a lo largo de los a?os con capas de distintos materiales: antiguamente gomaespuma, luego aleaciones más sofisticadas, hasta los modernos paneles de absorción de frecuencia que bloqueaban cualquier intento de escucha remota. Pero eso no le bastó. Gómez había ido más allá, instalando sus propios sistemas de interferencia, asegurándose de que ninguna tecnología, por avanzada que fuera, pudiera penetrar en aquel espacio. Aquí dentro, en este santuario personal, la información estaba a salvo. Y más importante aún, su mente podía trabajar sin la sensación constante de estar siendo observada.


    Un rincón en particular de la habitación le evocaba una nostalgia algo amarga. Recordaba a su madre ense?ándole, en ese mismo lugar, cómo comportarse como un agente; su voz serena, pero firme, resonaba en su mente mientras le mostraba los trucos, las técnicas, y sobre todo, el modo de ver el mundo desde una perspectiva única, desconfiada pero aguda. Ella siempre decía que el verdadero agente nunca baja la guardia y siempre está un paso adelante. Recordó con tristeza cómo un día, sin más explicaciones, ella simplemente desapareció, dejando un vacío que ni siquiera la tecnología podía llenar. En aquel rincón quedaba su recuerdo, un símbolo de todo lo que ella le había ense?ado y de las preguntas sin respuesta que todavía lo perseguían.


    Gómez observó los dispositivos en su mano por un momento antes de dirigirse a una de las esquinas de la habitación, donde una vieja terminal de computadora aguardaba como un vestigio de otra época. A diferencia de la tecnología vanguardista del laboratorio y de su propio hogar, esta máquina era una reliquia del pasado, tosca y anticuada, pero como él, resistente y confiable.


    No era un equipo cualquiera; había sido construido por encargo de su madre, ensamblado pieza por pieza por un viejo chatarrero que vivía en las zonas marginales de la gran ciudad, un hombre que aún entendía el valor de las cosas hechas a mano, lejos del control de las corporaciones y sus redes de vigilancia. A pesar de su edad y uso, la terminal seguía funcionando, aunque el tiempo había dejado su huella en ella. Las ranuras de los circuitos estaban llenas de polvo, las teclas mostraban el desgaste de incontables horas de uso, algunas tan borradas que solo el tacto podía distinguirlas. Aún así, jamás lo había traicionado.


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    Con un suspiro de resignación, se sentó en la silla, estiró los dedos y presionó el botón de encendido. La máquina vibró levemente, como si despertara de un largo letargo, y el sonido grave de los ventiladores inundó la habitación. La pantalla parpadeó un par de veces antes de desplegar el viejo sistema operativo, con su estética rudimentaria y su funcionalidad infalible. No era rápida ni elegante, pero tenía algo que la tecnología moderna no podían ofrecerle: autonomía. En un mundo donde todo estaba conectado y vigilado, esta máquina seguía siendo solo suya.


    Sobre la superficie rugosa del escritorio donde estaba apoyada la terminal descansaba un peque?o dispositivo: el pendrive que Jhonatan le había entregado. Su presencia pesaba en la habitación, como si su sola existencia irradiara un peligro latente, algo que esperaba pacientemente a ser desatado. Cada vez que Gómez lo tocaba, sentía un leve hormigueo en la palma, una reacción irracional, pero imposible de ignorar, como si su mente intentara advertirle de un peligro que aún no podía comprender del todo.


    A un lado del pendrive, se encontraba otro peque?o dispositivo de almacenamiento. Dentro de él, reposaba el libro que Marcus le había confiado en su última conversación. Hasta ahora, no le había dado demasiada importancia, su mente demasiado ocupada con la sombra de su despido y el sinsabor de la incertidumbre. Pero ahora, con el silencio rodeándolo y el tiempo libre estirándose frente a él como un abismo sin fondo, comprendió que ya no había excusas: La verdad lo llamaba, y no podía seguir ignorándola.


    Tomó ambos pendrives y, con la cautela de quien manipula una pieza de evidencia frágil y peligrosa, insertó primero aquel que contenía la grabación que Jhonatan Parker había eliminado de las cámaras de seguridad de la escuela St. Patrick. No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero intuía que esa grabación podía contener una verdad incómoda, quizás algo lo suficientemente inquietante como para haber empujado a Parker a tomar decisiones extremas.


    Mientras el sistema procesaba el dispositivo y reconocía los archivos, Gómez se obligó a repasar mentalmente los detalles del caso que había sacudido a la ciudad. Un nombre emergió de inmediato de su memoria, con la pesadez de un veredicto: Thomas Smith.


    El hombre había sido declarado culpable del asesinato de varios ni?os. Un crimen que había encendido la indignación pública hasta niveles insoportables, exigiendo una resolución inmediata. La prensa y la sociedad lo condenaron antes de que el juicio siquiera comenzara. Todo parecía encajar con precisión quirúrgica: testimonios fragmentados que reforzaban la misma historia, pruebas circunstanciales que, aunque endebles, se apilaban unas sobre otras hasta parecer irrefutables. Pero Gómez recordaba bien la sensación que le había quedado al final del proceso, aquella incomodidad sorda que se alojaba en su pecho cada vez que pensaba en el caso. Algo no terminaba de encajar.


    No era la primera vez que veía a la maquinaria judicial avanzar con más determinación que certeza. La necesidad de un culpable claro, de una historia sencilla y digerible, había hecho que el juicio se moviera con una velocidad antinatural. Pero él había aprendido hace mucho que la verdad rara vez se presentaba de manera tan ordenada. Y si Parker había sido guiado a eliminar aquella grabación, eso solo significaba que allí había algo que nadie debía ver. Algo que ahora estaba a punto de descubrir.


    El sistema emitió un leve pitido: Archivo reconocido.


    Gómez sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras la pantalla se llenaba de estática por unos segundos. Luego, una imagen borrosa parpadeó en el monitor antes de dar paso a una lista de archivos. Cada uno de ellos estaba etiquetado con códigos crípticos, un sistema de clasificación que reconoció de inmediato como propio de la fundación. Eran copias de los registros tomados durante la investigación de la masacre en la escuela St. Patrick. La misma información que había sido archivada y sellada. Gómez recorrió los nombres con la mirada, pero uno en particular capturó su atención de inmediato. Su código no coincidía con el formato estándar de la fundación.


    <blockquote>


    “StPatrick_Seg32_RecA”


    </blockquote>


    Ese archivo no pertenecía a la investigación oficial. No estaba en la base de datos pública ni en los registros internos a los que alguna vez tuvo acceso. Era la grabación que Jonathan Parker había hecho desaparecer.


    El cursor se cernió sobre el archivo durante un breve instante. Gómez inhaló profundamente antes de hacer clic. El video tardó unos segundos en cargar, parpadeando en la pantalla con una serie de líneas de interferencia hasta que la imagen se estabilizó. La cámara mostraba un pasillo desierto, el mismo que conducía al aula de arte.
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