El triplex no ofrecía ningún consuelo. Las paredes de cristal solo reflejaban la oscuridad exterior y la figura solitaria de Gómez. La ciudad parecía un organismo vivo, indiferente a las peque?as tragedias de sus habitantes. Los ojos azules de Gómez se encontraron con su reflejo en el cristal. El hombre que le devolvía la mirada era apenas una sombra del que alguna vez fue, una versión distante y erosionada de aquel Gómez joven e idealista que todavía imaginaba cuando cerraba los ojos. Su rostro, marcado por el cansancio, mostraba facciones endurecidas por a?os de sacrificio y entrega. La carrera, que en otro tiempo le brindó propósito y lo convirtió en una leyenda dentro de la Fundación, ahora solo le dejaba un vacío insondable. Y la soledad de su hogar se sentía más opresiva con cada minuto que pasaba sin un propósito por el cual seguir viviendo.
El tic-tac del reloj holográfico en la pared parecía más fuerte de lo usual, resonando en el espacio mientras Gómez observaba el horizonte, dejando que la incomodidad de la soledad lo envolviera por completo. Guiándose por el reflejo del cristal, divisó a Atlas observando su espalda. Era un momento extra?o, compartido en silencio entre un humano y una máquina, ambos atrapados en un espacio donde el tiempo parecía estirarse sin fin.
Con un suspiro, aceptó que en los canales de entretenimiento no había esperanza de encontrar algo que lo distrajera. Buscó y buscó, pero lo que encontró no era mejor que un balazo en la cabeza. Programas absurdos de telerrealidad, competencias de dudosa calidad y series de argumentos vacíos llenaban la programación. Todo parecía dise?ado para apelar a una curiosidad superficial, carente de cualquier chispa de autenticidad o creatividad. Recordó cómo su padre se quejaba de que el entretenimiento de otros tiempos, aunque simple, al menos poseía un toque humano, algo que resonaba en la gente. Ahora él comprendía las quejas de su padre. Todo parecía fabricado, estéril y desechable, hecho para impresionar a mentes insulsas y fáciles de contentar. Incluso las inteligencias artificiales que presentaban algunos de esos programas parecían más carismáticas que los humanos que las acompa?aban en pantalla.
Todo era superficial, carente de sentido. Aunque tal vez era él quien se estaba volviendo un anacronismo viviente, incapaz de adaptarse al mundo que lo rodeaba. No era sólo que las cosas hubieran cambiado; era que la esencia misma de la vida le parecía diferente desde que lo forzaron a jubilarse, despojada de valor, de dirección, y de propósito. Recordó entonces por qué lo habían obligado a retirarse: no sólo por su veteranía, sino porque, según sus superiores, “su visión de las cosas estaba anclada en un tiempo pasado”. Ahora, irónicamente, tenía dinero y tiempo libre para disfrutar de los frutos de la humanidad que él con tanto empe?o había protegido, pero carecía de la chispa que hacía funcionar todo. Carecía de cualquier deseo y no se le ocurría en qué gastar o disfrutar de ese tiempo que le quedaba.
Atlas movió ligeramente la cabeza, como si pudiera sentir la incomodidad de Gómez. El agente desvió la mirada de la interminable ciudad y, por un momento, sus ojos se encontraron con los fríos y perfectamente simétricos del androide. Había algo en ellos que evocaba una paradoja: un ser sin emociones que parecía capaz de comprender lo que él mismo no comprendía.
Después de varios segundos de mirarlo en silencio, Gómez se rascó la cabeza, inseguro de lo que estaba a punto de hacer. No era alguien que soliera abrirse, y menos con una máquina. Sin embargo, en ese momento, su soledad era tan abrumadora que la mera idea de compartir sus pensamientos, aunque fuera con Atlas, le pareció menos ridícula que mantener el silencio.
—Atlas, ?alguna vez has pensado en… en lo que eres? —Preguntó
—Mis sistemas están dise?ados para ejecutar tareas específicas y responder a sus órdenes, se?or Gómez —Respondió con calma—Mis procesos no incluyen el concepto de autoconciencia. Sin embargo, he sido optimizado para aprender de las interacciones y adaptarme a sus necesidades.
—Entonces, ?no tienes deseos ni ambiciones? ?Nunca te preguntas por qué haces lo que haces? —Insistió.
—Mi función es cumplir con mis tareas y asegurar su comodidad, se?or. Cualquier otra interpretación excede los parámetros de mi programación.
Hubo un silencio pesado, y Gómez sintió que hablaba más consigo mismo que con Atlas. Había algo casi filosófico en la manera en que el androide respondía, algo que le recordaba que su existencia estaba completamente ligada al sentido de pertenencia con la sociedad y al servicio de la misma. Una vida sin deseo ni voluntad. En ese sentido, se sentía reflejado, como si, al igual que Atlas, estuviera atrapado en un código de programación carente de propósito más allá del inicialmente establecido.
—?Sabes? —Dijo Gómez con un tono de voz más bajo, casi como un murmullo— A veces siento que… que yo también soy como tú. Programado para hacer ciertas cosas, seguir ciertas normas. Pero ahora que todo eso ha terminado, me doy cuenta de que ya no sé qué hacer. Antes, al menos, tenía un propósito. Ahora… ahora no soy más que una reliquia. Y ni siquiera tengo una programación que me diga qué hacer a continuación.
Atlas permaneció en silencio, pero Gómez casi podía imaginar que lo estaba escuchando con atención. Era ridículo pensar que una máquina pudiera comprender la complejidad de sus emociones, y sin embargo, en ese instante, Atlas parecía lograrlo.
—Se?or Gómez —Interrumpió Atlas, en un tono neutral— Si me permite, puedo sugerir actividades que otros humanos encuentran placenteras.
—No, Atlas, no creo encontrar algo que distraiga mis pensamientos–Dijo con un suspiro— Lo que me falta es un sentido. Antes, todo tenía una razón de ser. Aunque a veces odiara mi trabajo, al menos sabía que estaba haciendo algo por la humanidad. Ahora, siento que el mundo sigue girando sin mí, y me doy cuenta de que, en realidad, nunca fui necesario para hacerlo girar.
— Por motivos de seguridad, mi programación no me permite comprender completamente el sentido de la existencia, se?or. Pero puedo asegurarle que ha cumplido con muchas funciones y responsabilidades en su vida, y tal hecho no es ignorado por sus pares. Su valor no puede medirse solo por la necesidad inmediata de su presencia física en el trabajo. Usted merece jubilarse con los honores pertinentes. El que disfrute de su jubilación es necesario para la sociedad, pues usted es un modelo a seguir para las generaciones futuras.
Gómez alzó una ceja, sorprendido por la respuesta. Aunque sabía que era solo una respuesta lógica programada para parecer empática, había algo en las palabras de Atlas que resonaba en él. Quizás era el hecho de que la frase fue programada a media, con los adornos y florituras suficientes para agradarle. En un mundo donde todos buscaban comodidad y evitaban confrontarse con sus propias debilidades, el comentario pragmático de Atlas tenía una honestidad que le resultaba reconfortante.
Durante unos segundos, Gómez no supo qué decir. Luego, miró a su alrededor, a esa casa vacía y fría, a los androides en la distancia que ejecutaban sus tareas en silencio. Sintió una punzada de nostalgia, no solo por los viejos tiempos, sino por la humanidad que sentía que había perdido con cada funeral que tuvo que organizar en esta casa.
—Atlas, ?tú crees que los humanos estamos perdiendo algo? Con tanta tecnología, tantas distracciones parece que todos nos olvidamos de quiénes somos y qué es lo que realmente estamos haciendo. Incluso yo… incluso yo me he vuelto como todos esos autómatas —Dijo con un leve gesto de melancolía— No son los robots los que quieren parecernos a nosotros, sino nosotros los que buscamos parecernos a ustedes. Buscamos ser solo un engranaje más en la maquinaria. Tal vez eso fue lo que me llevó a este punto.
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—No estoy autorizado para juzgar la evolución de la humanidad, se?or —Respondió el androide—Sin embargo, puedo observar que, aunque sus tareas hayan cambiado, aún busca respuestas. Eso, según mis registros, es una de las características que mejor lo describen.
Gómez suspiró, sintiendo un leve desencanto mientras miraba a Atlas, que, pese a sus intentos, no conseguía ofrecerle nada más que respuestas funcionales y vacías. A pesar de que el androide sabía que era lo que él quería escuchar, sus respuestas tenían una exactitud exasperante.
Gómez caminó hacia la gran ventana, observando el océano de luces que se extendía bajo él. La ciudad parecía respirar con un ritmo ajeno, indiferente a su presencia. Aquel paisaje le recordaba lo vasto y deshumanizante que se había vuelto el mundo que alguna vez llamó hogar. Su propia vida le parecía ahora una secuencia interminable de rutinas carentes de propósito.
—Esta casa… —Murmuró el exagente, apenas audiblemente— Nunca me había dado cuenta de lo vacía que está. Pasé a?os rodeado de androides, de archivos confidenciales y tecnología de punta, y ni una sola vez me detuve a pensar en lo realmente solo que estaba.
—Si me lo permite, se?or Gómez, puedo simular interacciones más satisfactorias. También puedo descargar actualizaciones con protocolos de empatía avanzada. Mi configuración es completamente ajustable a sus necesidades emocionales.
Gómez negó con la cabeza, una sombra de amargura cruzando su rostro reflejado en el vidrio.
—No, Atlas. No vamos a hacer eso —Su voz sonó firme, pero cargada de cansancio— Eso sería solo otro escape. Una ilusión barata para llenar un vacío que nunca termina de desaparecer. Estoy cansado de huir de mi propia falta de propósito.
Se detuvo un momento, respirando hondo mientras apoyaba una mano en el frío cristal de la ventana.
—El trabajo solía llenar ese vacío. Era la estrella que iluminaba mi mundo, me daba una razón para seguir adelante. Pero ahora me doy cuenta de que fue un error no detenerme antes. Fue un error no preguntarme qué estaba haciendo con mi vida realmente.
La voz de Gómez se quebró ligeramente, pero continuó.
—Se me fue la vida, Atlas. Se me escurrió entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora, ahora que tengo tiempo para detenerme, para mirar a mi alrededor, todo lo que veo es un mundo desierto. Los días felices son un recuerdo borroso, casi irreal, y los rostros de las personas que realmente importaban... cada día me resultan más ajenos.
Atlas guardó silencio por unos segundos, como si incluso su programación sintiera el peso de las palabras de Gómez. Finalmente, su voz surgió con una calma casi reconfortante.
—Se?or Gómez, el tiempo no es un enemigo. Es solo un espejo que refleja las decisiones que hemos tomado. Pero todavía está aquí. Todavía tiene tiempo para reintegrarse en el mundo y girar con él. Ahí encontrará la compa?ía que busca.
Gómez permaneció inmóvil frente a la ventana, como si las luces distantes de la ciudad fueran a ofrecerle alguna respuesta. Su respiración era lenta, casi imperceptible, y su reflejo en el cristal parecía más una figura espectral que un hombre de carne y hueso.
—Se?or Gómez —Dijo Atlas con suavidad, su voz resonando con un eco artificial en la penumbra— Los registros muestran que ha logrado innumerables contribuciones a lo largo de su carrera. Su nombre está grabado en las listas de grandes héroes de la Fundación, y sus acciones han tenido un impacto significativo en miles de vidas.
—Impacto… —Repitió Gómez con una mueca amarga— ?A qué llamas impacto, Atlas? ?A operaciones exitosas que ya nadie recuerda? ?A medallas de reconocimiento que ahora están acumulando polvo en algún almacén olvidado? Nada de eso importa. Nada de eso deja huella en este mundo. Este mundo se hartó de sí mismo y ahora busca integrarse con nuestros enemigos. Todos sus habitantes hacen lo imposible para invisibilizar toda mi lucha y la de mi familia.
Atlas guardó silencio por unos segundos antes de responder.
—La percepción de trascendencia suele distorsionarse con el tiempo, se?or. Pero el valor de sus acciones no puede medirse en lo que alcanza a percibir. A veces, el impacto de nuestras acciones es más grande de lo que llegamos a ver.
Gómez resopló, un sonido breve y sin alegría.
—Eso suena como algo que diría una inteligencia artificial programada para consolar a un viejo inútil. Pero no eres tú, Atlas. No eres tú quien está fallando. Soy yo. No soy capaz de aceptar ningún consuelo.
Se alejó de la ventana y volvió al sillón, dejándose caer pesadamente sobre los almohadones fríos. La habitación pareció encogerse a su alrededor, devorando los pocos espacios donde aún quedaba algo de calor humano.
—?Sabes cuál es la verdadera ironía de todo esto? —Continuó Gómez, sin levantar la mirada— Pasé toda mi vida evitando quedarme quieto, huyendo de cada pausa, de cada momento de introspección. Porque si me detenía, aunque fuera un segundo, la vida que observaba se me hacía insoportable. Y ahora, aquí estoy. Quieto. Sin nada más que hacer que escuchar mi propia voz rebotar en las paredes de esta jaula de cristal.
Atlas permaneció en silencio, como si estuviera procesando cada palabra con un cuidado extremo. Finalmente, su voz volvió a surgir, pausada y medida:
—El tiempo sigue avanzando, se?or Gómez. Incluso cuando uno decide detenerse. Quizás no pueda cambiar lo que siente, pero todavía puede elegir qué hacer con lo que le queda.
Gómez negó con la cabeza lentamente, un gesto de derrota que parecía pesarle en los hombros.
—No, Atlas. No hay nada que hacer. No para mí. La humanidad avanza a un destino que no quiero ir a una velocidad que no puedo seguir, y la verdad es que ni siquiera me importa. ?Por qué debería importarme un futuro que no tiene un espacio para mí?
El silencio volvió a caer sobre la habitación. Atlas pareció no tener respuesta. Gómez levantó la mirada hacia el techo, observando las líneas de luz difusa que se filtraban desde los bordes de las lámparas automatizadas.
—?Sabes qué es lo peor de todo, Atlas? Que ni siquiera estoy triste. Ni enfadado. Estoy… vacío. Como si durante este día cada una de mis emociones hubiera sido exprimida hasta la última gota, hasta que no quedó nada más que esta indiferencia pegajosa y fría.
Atlas intentó replicar, pero Gómez levantó una mano, deteniéndolo.
—No quiero más discursos motivacionales. Ni estadísticas. Ni datos históricos. No quiero que me digas que todo va a estar bien porque los dos sabemos que no es cierto. Algo me dice que voy a desaparecer en los siguientes días, que toda la humanidad me va a olvidar de un día para otro y no habré logrado nada...
La inteligencia artificial obedeció. La habitación quedó sumida en un silencio casi solemne, roto únicamente por el zumbido lejano de los dispositivos electrónicos que mantenían la casa funcionando.
—?Sabes qué, Atlas? —Dijo Gómez después de un largo rato— Tal vez lo único que queda es esperar. Esperar a que todo termine. Porque al final, eso es lo único seguro, ?no? Que todo termina.
—Se?or Gómez, la existencia humana es mucho más que su utilidad inmediata. Hay belleza en simplemente estar entre lo suyos.
—Belleza... —Gómez escupió la palabra con una mezcla de burla y desaliento— ?Sabes qué es lo único que observó cuando miro esta ciudad, Atlas? Veo un cementerio brillante. Luces de neón cubriendo tumbas sin nombre. Nadie vive aquí, no realmente. Todos estamos atrapados en un ciclo de distracciones, de placeres instantáneos y objetivos sin sentido. Y cuando esa luz se apague, cuando las pantallas dejan de brillar, no quedará nada.
Gómez volvió a mirar por la ventana. Allá abajo, la ciudad seguía su marcha frenética, indiferente a su existencia. Sintió un vacío en el pecho, una presión constante que no podía describir con palabras.
—Sabes, Atlas... Un paso más allá de ese cristal, un segundo de caída libre... y todo este vacío se llenaría. Ahora comprendo a muchos de mis antiguos compa?eros de trabajo. Pero yo no puedo hacer eso, ni siquiera tengo el valor para hacer eso.
El androide habló, con una voz casi suave.
—Se?or Gómez, incluso en su desesperanza, sigue aquí. Respirando, hablando, enfrentando su retiro. Eso, en sí mismo, es un acto de valentía.
El silencio regresó a la habitación, esta vez más pesado, más denso. Gómez permaneció inmóvil, perdido en sus pensamientos mientras el resplandor lejano de los anuncios seguía reflejándose en sus ojos cansados. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Gómez suspiró y ordenó:
—Apaga las luces, Atlas. Déjame en paz un rato. Voy a la habitación aislada.
—Como desee, se?or Gómez.