El zapping se volvió un acto casi automático, como respirar. Pasó por canales de pornografía, de competencias absurdas donde la gente se lanzaba excremento en la cara, de anuncios donde rostros perfectos vendían la felicidad que ellos mismos no tenían. Gómez intentaba no pensar, no sentir, solo dejarse llevar por la marea de imágenes. Pero el esfuerzo era en vano; el contenido de la programación no era suficiente para llenar su propio vacío.
Finalmente, después de lo que parecieron siglos, volvió sin quererlo al canal de la ejecución pública. El centro comercial era ahora una cáscara vacía llena de cadáveres. Los cuerpos estaban desperdigados, sin orden ni sentido. La sangre se había secado en charcos pegajosos sobre el suelo de blanco pulido. El robot centinela continuaba su labor con la misma eficiencia mecánica, pero ya quedaban pocos condenados. Gómez reconoció el cuerpo de la madre que había visto horas antes, ahora inerte y retorcido sobre una pila de otros cuerpos.
Lo más desconcertante, sin embargo, era el presentador.
El hombre ya no tenía esa expresión histriónica de falso entusiasmo. Estaba desplomado en su asiento, con las piernas arriba de su escritorio y la cabeza inclinada hacia adelante, los ojos clavados en una consola portátil. Sus pulgares se movían con precisión milimétrica sobre los controles, su rostro ennegrecido iluminado apenas por la pantalla del dispositivo.
—Eh… tú… —Murmuró el presentador con voz arrastrada, sin levantar la vista— El de la izquierda. Sí, tú. Adelante, proceda a su destino.
El centinela obedeció. Un cuerpo más fue exprimido como un trapo sucio por sus garras metálicas. El presentador ni siquiera pesta?eó.
Gómez se inclinó hacia adelante en su asiento, intrigado por aquella escena. Durante todas las horas que pasó recorriendo canales, aquel presentador le parecía la única persona real que había visto. No era un avatar digital, ni un androide sintético, ni un holograma creado por inteligencia artificial. Tampoco aparentaba ser un imbécil saturado por drogas y dada la indiferencia con la que ejecutaba su trabajo era evidente que no era una “cosa” de alto estatus. Era un humano de carne y hueso, y estaba absolutamente, irremediablemente, harto de seguir trabajando.
Cada tanto, el presentador levantaba una mano y se?alaba al azar. A veces ni siquiera miraba a quién elegía. Marcaba al siguiente condenado mientras seguía concentrado en su consola, su expresión fija y aburrida. Nadie en la producción parecía decirle nada. Nadie lo corregía, nadie lo apuraba, nadie parecía estar supervisándolo.
—Siguiente... —Murmuraba el presentador y su dedo se movió con desgana una vez más, como si él también estuviera zapeando entre condenados.
La ironía de la situación no pasó desapercibida para Gómez. Aquel hombre era, en cierto sentido, igual que él: atrapado en un bucle de aburrimiento, hartazgo y vacío. Solo que en lugar de haber perdido su trabajo, el presentador se habia terminado aburriendo del mismo.
En un momento particularmente grotesco, el presentador dejó la consola a un lado, estiró los brazos y bostezó con fuerza. Luego sacó un peque?o paquete de snacks de su bolsillo y comenzó a masticar con la boca abierta mientras el centinela tomaba a otro condenado por el cuello.
—Uf…*mascar*... esto es interminable…*mascar*... los nuevos protocolos de ejecución pública son demasiados lentos —Murmuró el presentador, con la boca llena.
Gómez sintió un escalofrío recorrer su espalda. La queja a los nuevos protocolos le habia pegado de lleno, recordándole el motivo por el cual habia sido despedido. Por un segundo, Gómez pensó en apagar la pantalla. Pero no lo hizo. Se quedó mirando, atrapado en aquella escena absurda y deshumanizada, incapaz de apartar los ojos.
El centinela levantó su brazo metálico una vez más. El presentador volvió a se?alar al azar.
—Tú, sí, tú…*mascar*... No te quejes tanto y camina al centinela.
Gómez dejó escapar un suspiro largo y cansado.
—?Cómo llegamos aquí? —Murmuró, aunque sabía que nadie tenía una respuesta.
El presentador soltó una risita seca sin levantar la mirada de su consola.
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—?Cómo llegamos aquí pregunta la audiencia? Buena pregunta, queridos espectadores. Buena pregunta.
Gómez frunció el ce?o. Por un momento, sintió que aquella respuesta había sido dirigida a él. Era absurdo, claro, el presentador no podía verlo. Levantó la cabeza y vio a Atlas a su lado; aparentemente el androide interpretó mal su pregunta y por error se la mandó al presentador. Sin embargo, había algo en el tono, en la pausa teatral que dejó el presentador después de la frase, que le hizo sentir una conexión incómoda.
El centinela continuaba con su rutina, otro cuerpo se desplomó con un golpe seco contra el suelo brillante del centro comercial. Pero Gómez ya no estaba prestando atención a los cadáveres. Su mirada estaba clavada en el presentador, que ahora había dejado los snacks a un lado y estaba reclinado en su silla, girando lentamente sobre su eje.
—Sabes, esto solía ser divertido al principio —Dijo el presentador con un bostezo exagerado— Oh, sí. Las primeras semanas, incluso los primeros meses, había algo emocionante en se?alar a alguien y decir: “Tú, sí, tú”. Como un emperador en el gran coliseo. Pero después de un tiempo... —Hizo una pausa y clavó su mirada cansada en la cámara— Después de un tiempo todo pierde su gracia.
Gómez se enderezó ligeramente en su asiento. Algo en la voz del hombre había cambiado; el tono irónico seguía ahí, pero había una grieta, una fisura de algo más profundo y humano.
—?Sabes cómo terminé aquí? —Continuó el presentador, ahora con los codos apoyados sobre el escritorio y las manos entrelazadas— No era mi plan, por supuesto. Nadie crece so?ando con ser el verdugo de una sociedad sin cara. Yo... —Hizo una pausa y soltó una peque?a risa— Yo quería ser actor. Sí, un actor de verdad, de esos que llenan teatros, que hacen llorar a la gente en los finales trágicos.
A la pasada el presentador movió su dedo con apatía una vez más y el centinela ejecutó otro condenado con la misma indiferencia robótica de siempre. El presentador ni siquiera pesta?eó.
—Pero claro, al crecer me di cuenta de que el teatro murió hace siglos. ?Quién necesita personas actuando cuando tienes estas basuritas volviendo realidad todas tus fantasías? —Hizo un gesto vago hacia la pila de cadáveres amontonados en el piso reluciente del centro comercial— Pero por suerte este trabajo estaba disponible y ahora estoy en una transmisión en vivo, donde millones de espectadores comiendo sus snacks y bebiendo bebidas burbujeantes miran cómo juego a ser Dios… Va… A quien enga?o… Estas ejecuciones públicas de suerte tienen cien espectadores y solo se las transmiten a los vecinos de la zona…
—Intenté otras cosas antes, ?sabes? Fui conductor de noticias un tiempo. ''Buenas noches, ciudadanos. Hoy murieron cien personas en un evento paranormal. El clima para ma?ana: soleado con posibilidades de lluvia ácida’ —El presentador hizo un gesto para marcar al siguiente condenado—Pero la audiencia quería más sangre, más espectáculo. Y aquí estoy, complaciendo a mi audiencia…
La cámara hizo un ligero zoom sobre el rostro del presentador. Sus ojeras eran profundas, sus ojos inyectados en sangre. Por un segundo, Gómez pensó que el hombre iba a romperse, a llorar o a gritar. Pero en su lugar, sonrió. Una sonrisa peque?a, torcida, que no alcanzaba a tocar sus ojos.
—Al principio, me consolaba pensando que solo era un trabajo. Que no era mi culpa que hubiera gente tan imbécil para merecer ser condenada a muerte. Que alguien más lo haría si yo no lo hacía. Pero... —Suspiró profundamente y se dejó caer de nuevo en su silla— Con el tiempo, esa excusa dejó de funcionar. Me di cuenta de que ya no me importaban estas “cosas”.
El centinela tomó al último condenado del centro comercial. Una anciana de cabello blanco, que apenas podía mantenerse en pie. El presentador la miró por un momento, con algo parecido al aburrimiento cruzando fugazmente su rostro.
—Adelante, esta vieja ya vivió demasiado, ya no nos es útil a nosotros—Dijo finalmente, casi en un susurro.
El centinela comprimió la cabeza de la anciana como una sandía hasta que su cuerpo sin vida cayó desplomado, y con ella, el silencio se apoderó de la transmisión. No quedaba nadie vivo en el escenario. El centinela se quedó inmóvil, esperando nuevas órdenes que nunca llegarían.
El presentador se reclinó en su silla, cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.
—?Saben que es lo peor de todo? —Murmuró— Ni siquiera sé porque sigo trabajando en un empleo tan insignificante como este. Solo sé que hay otros... otros que disfrutan esto. Que esperan con ansias cada ejecución, cada transmisión. Al menos yo... al menos yo todavía puedo sentir que mi trabajo aporta a esas personas algo de placer. Un peque?o indicio de que soy útil para la sociedad y que todo esto sirve para algo—Se se?aló el pecho con un dedo tembloroso.
Gómez sintió un nudo en la garganta. No por los muertos, no por el espectáculo, sino por aquel hombre abatido al otro lado de la pantalla. Un hombre que, por alguna razón, seguía ahí, trabajando en un empleo vacío de emoción solo para que la sociedad funcione.
El presentador se levantó lentamente de su asiento. Su silueta se recortaba contra el fondo del estudio de producción.
—Bueno, se acabó por hoy —Su voz sonó casi paternal—Apaguen sus pantallas, coman algo saludable, abracen a sus hijos. La justicia ha vuelto ganar y el orden se preserva en la ciudad.
Y con un gesto final, la transmisión se cortó.
Gómez se quedó mirando la pantalla con estática durante un largo minuto. Finalmente, apagó el holograma. La habitación quedó en penumbras una vez más. Afuera, la ciudad seguía brillando, respirando, ignorando todo lo que acababa de suceder en aquel centro comercial.
—?Cómo llegamos aquí? —Murmuró Gómez una última vez antes de hundirse en el silencio de su soledad.