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El Ojo que Todo lo Ve (7)

    La voz del presentador rompió el aire como un cuchillo, su tono impregnado de falsa solemnidad y un dejo de satisfacción:


    —Aquí los tienen, amigos y ciudadanos leales… —Sonrió, sus ojos brillando con un placer apenas disimulado— Una madre y su hijo, dos traidores al orden que nuestros antepasados construyeron con tanto esfuerzo. Dos seres que, con sus propios actos, han sellado su destino. La madre, culpable de robar y desestabilizar la paz que tanto nos ha costado preservar, y el ni?o, que solo ha seguido el ejemplo de su madre, un producto de la decadencia, un reflejo de una generación perdida que arrastra consigo los errores de sus predecesores. No hay más que decir, mis amigos. ?Culpables!


    La madre cerró los ojos por un segundo, como si intentara grabar ese momento en su memoria, su último acto de amor, un último susurro mudo: “Te amo. No importa lo que pase, eres mi luz.”


    El presentador continuó, su voz ganando intensidad, envalentonado por la atención de la audiencia:


    —?Traer a un ni?o a un robo? Una estrategia patética, un intento torpe de buscar piedad. Quisieron jugar con la empatía, apostaron a nuestra compasión. ?Pero vean bien! —Alzó la voz, se?alando al ni?o que temblaba bajo la sombra del centinela— No somos tan ingenuos como para perdonar a los que buscan sabotearnos. No habrá piedad para los que nos desafían.


    El silencio se hizo más espeso, y la madre lanzó una última mirada a su hijo, un intento de transmitirle una fuerza que ella misma ya no tenía. El dron capturó esa despedida, ese momento de conexión efímera, antes de que la muerte lo borrara todo.


    El centinela, como si hubiera estado esperando el momento exacto para actuar, se acercó a la madre y su hijo. La máquina no mostraba signos de emoción, solo obedecía a las órdenes dadas. Sus pasos eran firmes, calculados, y el ruido metálico de sus extremidades resonaba en el aire, amplificado por el silencio que reinaba en el lugar. Cuando llegó hasta ellos, el robot extendió su brazo metálico, apuntando con precisión al cuello de la madre. Ella no gritó, solo cerró los ojos, como si aceptara su destino. El ni?o, sin embargo, no podía aceptar que su madre fuera llevada de esa manera. Su peque?o cuerpo se agitó con un esfuerzo frenético por escapar, pero las cadenas lo mantenían sujeto. él intentó gritar, pero su voz se quebró en un sollozo silencioso.


    —?Por favor! ?No! —Gimió, mientras luchaba por salir del cerco del centinela.


    El presentador, que seguía observando con una sonrisa forzada, inclinó la cabeza hacia un lado, como si pensara que el espectáculo alcanzaba su punto culminante.


    —?Y ahí lo tienen, mis queridos televidentes! La ejecución será rápida, eficiente, como debe ser. ?Un recordatorio de lo que pasa cuando se desafía a los que mandan! —Dijo, con una satisfacción perversa, mientras los drones seguían grabando, capturando cada detalle, cada lágrima, cada gesto.


    El centinela alzó su brazo y se preparó para lo que parecía ser el final. Sin embargo, antes de proceder, el robot se detuvo de manera brusca. La máquina permaneció inmóvil, como si estuviera esperando una nueva instrucción.


    La mujer, todavía abrazando al ni?o, abrió los ojos con incredulidad, sus dedos aferrándose al peque?o cuerpo que intentaba proteger. No entendía lo que estaba pasando, pero la esperanza, tan frágil como un hilo de seda, empezó a tejerse en su mirada. El centinela bajó lentamente su brazo, y el brillo rojo de sus sensores se atenuó, pasando de un carmesí furioso a un parpadeo casi inofensivo.


    —??Qué pasa?! —Gritó el presentador, visiblemente frustrado. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, una nueva orden se emitió desde un terminal de comando oculto entre su escritorio.


    —?Un momento!...—Exclamó, su voz un tanto vacilante. Las cámaras capturaron el cambio en la dinámica de la escena— ?Un ciudadano respetable ha decidido intervenir! —Anunció el presentador, alargando cada palabra para maximizar el suspenso —Este benefactor, cuyo nombre quedará en el anonimato, ha acordado cubrir los costos de los da?os y comprar la libertad del ni?o. ?Sí, así como lo oyen! —El tono de su voz, tan entusiasta como si estuviera presentando un sorteo en horario estelar, hizo que Gómez apretara los labios y se reclinara en su asiento.


    La garra del centinela descendió, pero esta vez no con la violencia implacable de una ejecución. En cambio, se acercó al ni?o con la precisión de un cirujano y cortó con un sonido seco los grilletes que lo unían al grupo de prisioneros. El metal frío cayó al suelo con un tintineo hueco, marcando el fin de la sentencia que pendía sobre él. La madre se quedó inmóvil, con la respiración contenida, mientras el ni?o, aún temblando, levantaba la vista hacia la máquina que ahora parecía un guardián de hierro.


    El presentador volvió a aparecer, su imagen ampliada y gesticulante —?Ah, qué giro tan inesperado, mis queridos amigos! Hoy hemos presenciado no solo el triunfo de la ley, sino también el poder de la generosidad y magnificencia entre los nuestros—Su tono seguía siendo irritante, empapado de una euforia fabricada. Gómez dejó escapar un suspiro, no de alivio, sino de aburrimiento. Detestaba cuando las ejecuciones, destinadas a ser ejemplos de orden, se convertían en teatro barato.


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    El ni?o, con la piel todavía enrojecida por la presión del metal, levantó la cabeza lentamente. A su alrededor, el aire estaba cargado de una mezcla de incertidumbre y miedo. La madre, aún de rodillas, con el cuerpo exhausto y la mirada fija en el centinela, buscó recibir la misma compasión que le fue dada a su hijo con una desesperación que solo una persona al borde de la muerte puede conocer. La confusión del ni?o se deshizo rápidamente en pánico cuando comprendió lo que estaba sucediendo. Estaba libre, pero su madre seguía prisionera, y el centinela aún la mantenía en la mira. Al comprender su trágico destino, ella lo miró, sus ojos hinchados y enrojecidos, tratando de imprimir una última imagen de amor en su memoria, de transmitirle un mensaje silencioso: Vive, sobrevive. Pero él no lo entendió. No podía aceptarlo.


    —?No! ?Por favor, no la maten! —Gritó el ni?o, su voz entrecortada y aguda, como un cuchillo que cortaba el aire cargado de la plaza. Se aferró a la pierna de su madre, tratando de tirar de ella como si pudiera arrastrarla fuera de la sombra del centinela. Sus peque?os dedos se crisparon, blancos de la tensión, mientras miraba alrededor en busca de una ayuda que no llegaría. Sus ojos, enormes y asustados, se movían frenéticamente, recorriendo los rostros vacíos de la multitud de condenados.


    Gómez dejó que sus ojos vagaran por la escena sin un ápice de emoción. El holograma proyectaba la súplica del ni?o en alta definición, capturando cada temblor, cada lágrima que rodaba por su mejilla sucia. Atlas, que había estado observando de pie junto al sillón, inclinó ligeramente la cabeza, como si analizara la escena con un matiz de curiosidad.


    —Se?or, me atrevo a preguntar —Dijo Atlas, con su voz que resonaba como un eco mecánico— ?Cuánto cree que costaría la libertad de la madre?


    Gómez apartó la vista del holograma y la dirigió al androide, levantando una ceja con escepticismo. Un destello de humor negro se reflejó en sus ojos, y apenas se molestó en sonreír.


    —Menos que mi cóctel, Atlas —Respondió finalmente, dejando que las palabras se deshicieran en el aire. La crudeza que impregnaba su tono era palpable, un recordatorio de la frialdad con la que el mundo giraba.


    —?Por favor! ?Alguien! ?Ayuden a mi mamá! —La voz del ni?o se deshilachó en un sollozo desesperado, pero nadie entre los condenados se movió. Cada uno de ellos, aún con los rostros marcados por la sombra de su propio destino incierto, evitaba mirar directamente al afortunado. Nadie quería ser el próximo objeto de atención del centinela.


    El centinela, sin emoción ni juicio, bajó de nuevo su brazo metálico, ahora con un propósito renovado. Las luces rojas de sus sensores se intensificaron, y con un movimiento que fue a la vez implacable y meticuloso, aferró a la madre por el cuello. Ella no gritó; no había más espacio en su cuerpo para el miedo, solo un agotamiento profundo y la certeza de que todo lo que quedaba era el fin. Miró a su hijo por última vez, su rostro endurecido por la mezcla de amor y esperanza por un futuro que ella ya no vería.


    El presentador hizo un gesto de falsa conmoción y se llevó una mano al pecho, como si la escena lo afectara personalmente. Gómez resopló al ver la actuación exagerada del presentador y ya harto de la situación, movió el dedo para pasar al siguiente canal.


    El holograma chisporroteó un segundo antes de estabilizarse, mostrando un comercial de papas fritas, donde modelos en trajes de ba?o traslúcidos bailaban al ritmo de una canción pegajosa bajo una luz dorada, mientras una lluvia de papas fritas caía del cielo como si fueran bendiciones divinas. Sus risas eran cristalinas, demasiado cristalinas, y sus sonrisas blancas, demasiado blancas. Gómez apenas las miró. Su dedo se movió con desgana una vez más.


    El holograma cambió de inmediato. Ahora era un programa de concursos. Un hombre vestido con un traje amarillo patito y una sonrisa que parecía tatuada en su rostro gritaba al público:


    —?Y aquí vamos con otra ronda de la ruleta mágica! ?Donde todo se puede ganar y nada perder!


    El público, una masa amorfa de rostros felices y sin nombre, aplaudía y gritaba como si sus vidas dependieran de ello. Gómez frunció el ce?o al ver a una concursante, una joven cuasi desnuda con ojos dilatados por alguna droga de última generación, girar la ruleta con una fuerza desproporcionada. El artefacto emitió un sonido metálico antes de detenerse en una casilla que decía: Una semana en el paraíso. Los aplausos explotaron nuevamente.


    Su dedo se movió con desgana una vez más.


    Un documental. Al menos parecía un documental. La voz profunda de un narrador describía las maravillas de una ciudad flotante en el cielo, una megalópolis suspendida por tecnología anti-gravedad, donde la élite disfrutaba de vistas eternas al horizonte mientras bebía licores fosforescentes. Gómez alcanzó a ver un balcón de cristal donde una pareja se besaba con pasión teatral. Ella tenía alas sintéticas que se movían suavemente con el viento. él tenía ojos completamente negros como los de un tiburón.


    Su dedo se movió con desgana una vez más.


    Un canal de deportes extremos. Un grupo de jóvenes, con trajes ajustados cubiertos de sensores LED, saltaban desde el borde de un rascacielos en caída libre. La cámara seguía cada uno de sus movimientos mientras descendían, riendo y gritando, como si la muerte no existiera, como si fueran invencibles. Uno de ellos activó su paracaídas a último momento y cayó de pie sobre una plataforma flotante entre dos edificios. Una serie de comentarios se proyectaban en el aire para acentuar el éxtasis del televidente:


    —?Este tipo es un maldito dios!


    —?Quiero ser como él!


    Su dedo se movió con desgana una vez más.
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