Repentinamente, el grito del presentador irrumpió sus pensamientos melancólicos:
—?Miren cómo la desesperación convierte a los amigos en enemigos, a los padres en monstruos!
La cámara enfocó a una mujer que abrazaba a su hijo con un agarre tan fuerte que los brazos se le volvían blancos. Sus labios se movían rápidamente, susurrando una mezcla de súplicas y órdenes. Parecía que el presentador quería hacer la comparativa entre el padre que usaba a su hijo de escudo y a la madre que lo protegía con esmero.
—?No te muevas, quédate quieto, ellos nos salvarán, confía! ?Por favor, por favor…! —Decía la madre, pero el ni?o en sus brazos apenas podía sostenerse en pie, y sus piernas flaqueaban mientras trataba de resistir el impulso de salir corriendo. Sus ojos, tan llenos de terror que parecía que iban a estallar, se clavaron en el centinela como si viera a la muerte misma.
La criatura de metal emitió un sonido agudo mientras sus sensores procesaban las se?ales de movimiento. Un destello de luz roja cruzó la franja que hacía las veces de “rostro”, y un brazo mecánico se alzó con un movimiento premonitorio. Los adultos, al ver esto, empujaron aún más al ni?o que hacía de escudo, creando una peque?a brecha entre ellos y la máquina.
La tensión se espesó en el aire, la multitud se contrajo, y el centinela procedió con una frialdad impasible. Las garras metálicas del robot se cerraron alrededor de la cabeza del ni?o, que temblaba con los ojos desorbitados y la piel surcada de suciedad y lágrimas. La cámara del dron capturaba cada detalle: la baba que caía de sus labios entreabiertos, el temblor en sus mejillas y la mirada rota que lanzaba hacia la muchedumbre. Nadie respondía a sus suplicas, nadie podía hacerlo.
—No pensé que me quedaría mirando tanto tiempo este tipo de porquería…—Murmuró Gómez, tamborileando el borde de su vaso mientras observaba la escena con una curiosidad indiferente.
El centinela levantó al ni?o como si fuera un trozo de carne sin valor, sus ojos sin vida reflejando el metal impasible de su verdugo. Algunos adultos desviaron la vista. Una mujer se tapó el rostro con las manos, los sollozos atrapados en su garganta. Un hombre mayor, con la barba entrecana y una expresión de resignación, murmuró en voz baja:
—Monstruos… Asesinos
A lo que nuestro protagonista respondió con una sonrisa cómplice:
—Si la ley fue escrita… es para que se cumpla…
La garra del centinela se movió con las palabras de Gómez, deteniéndose apenas un instante antes de hundirse en la nuca del ni?o. Su mandíbula se abrió en un grito silente, ahogado antes de siquiera nacer. Las garras se hundieron en la carne, sujetando con una fuerza abrumadora, y con una lentitud calculada, exasperante, el centinela comenzó a extraer la columna vertebral, vértebra por vértebra.
El silencio que siguió a la brutal ejecución del centinela se rompió con un gemido colectivo, un sonido que se deslizó como una oleada de horror reprimido entre los presentes. Una de las tantas mujeres que había contemplado la escena entre los dedos temblorosos con los que cubría su rostro, emitió un grito desgarrador que resonó en los muros de cristal del centro comercial. Fue un grito que no era solo de desesperación, sino de impotencia, de una furia nacida de saber que en este mundo la vida humana era una moneda de cambio que podía ser ignorada a voluntad. Como respuesta, el centinela arrojó el cadáver del ni?o como si se tratara de una prenda sucia e inútil.
Sin perder tiempo, la mujer que había gritado se lanzó hacia adelante. Sus brazos flacos y tensos como ramas secas rodearon el peque?o cuerpo aún estremecido del ni?o. Lo abrazó con una fuerza que solo una madre en la cúspide de la desesperación podría reunir, cubriéndolo con su propio cuerpo, una última barrera inútil contra un destino que ya se había consumado. El centinela, indiferente a la tragedia que se desarrollaba frente a él, ajustó sus sensores con un zumbido mecánico y se preparó para seleccionar al siguiente condenado. Sus ojos rojos proyectaban sombras danzantes sobre los rostros pálidos de los prisioneros.
El presentador sonrió con una expresión que apenas ocultaba su disfrute. Se dirigió a su audiencia con un tono pulido, cuidadosamente modulando la voz para maximizar el impacto. Sin embargo, el sarcasmo que destilaba era inconfundible:
—?Ah, mis queridos espectadores, qué escena tan conmovedora! ?Quién diría que incluso en estas “cosas” podría brotar un gesto de amor? —Soltó una risa forzada, ensayada, que resonó a través de las pantallas— Pero, qué lástima, ese pobre ni?o nunca pudo ver el “verdadero” amor que su madre guardaba en su interior, si es que en realidad dicho amor alguna vez existió.
El presentador hizo una pausa teatral, asegurándose de que nadie apartara la vista.
—?A quién intentamos enga?ar? Esa mujer sabía muy bien que nunca podría alimentar a su hijo sin condenarse a sí misma. Esa es la dura verdad de su existencia. Siendo realistas, deberían pensar dos veces antes de traer hijos al mundo. ?O acaso esas “cosas” creen que vamos a permitir que hordas y hordas de su raza surjan bajo nuestras narices? Si fueran de los nuestros, otro sería el cuento. Pero me temo, se?ores y se?oras, que si fuéramos tan ingenuos, la verdadera humanidad habría desaparecido hace tiempo.
If you encounter this narrative on Amazon, note that it''s taken without the author''s consent. Report it.
Desde la comodidad de su sillón, Gómez frunció el ce?o mientras la voz del presentador se deslizaba por la sala. Tomó otro sorbo de su cóctel, dejando que el licor ardiera en su garganta y disipara, aunque solo un poco, la repulsión que le causaba que estas criaturas pudieran darse el lujo de formar familias. Mientras tanto, él había quemado a?os y a?os de su vida trabajando por la “humanidad” a cambio de quedarse completamente solo. Atlas, que había estado observando atentamente, inclinó la cabeza en un gesto sutil, como si compartiera de alguna manera la incomodidad de su amo.
El centinela se detuvo por un breve instante, como si considerara la escena que tenía frente a él. Su brazo mecánico, dise?ado para cortar y desgarrar sin vacilación, se alzó de nuevo, proyectando una sombra alargada que cubría a la madre y al ni?o en un abrazo oscuro. La multitud contuvo la respiración, esperando el inevitable golpe. Los sensores del robot parecían registrar los niveles de miedo y movimiento, y el brillo en su visor rojo pulsó una vez antes de estabilizarse. La ejecución era inminente.
Sin previo aviso, el centinela activó un engranaje interno que emitió un zumbido sordo. En un movimiento súbito, su brazo mecánico descendió con una fuerza brutal y golpeó de lleno la cabeza de la mujer, empujándola hacia el centro de su cuerpo. Un sonido seco y visceral resonó por el centro comercial. La mujer, sin cabeza a la vista, cayó sin vida sobre el cadáver de su hijo, manchados ambos por la mezcla de polvo y sangre que ahora corría por el suelo.
El centinela permaneció inmóvil por un instante, como si saboreara el clímax de la ejecución. La sangre, tibia y oscura, se deslizó por sus superficies metálicas, trazando líneas que se bifurcaban como ríos caóticos en busca de un mar inexistente. No había remordimiento en sus sensores rojos que brillaban con una intensidad sin alma; tan solo la programación insensible que lo movía de un condenado al siguiente.
El presentador, desde su cabina de transmisión, miró la escena con una expresión de gozosa anticipación, como si el drama de la muerte fuera un festín visual para su público hambriento de espectáculo. Cuando habló, lo hizo con un tono tan envolvente que parecía una invitación a un macabro banquete.
—?Amigos míos, qué magnífica representación del orden y la justicia! —Exclamó, inclinando ligeramente la cabeza con un aire teatral— Observen cómo la ley, nuestra querida e implacable ley, nos protege de la decadencia y la anarquía. Aquí, en este mismo momento, vemos el costo de desafiar a los que viven arriba: una madre que se atrevió a so?ar con la rebelión y un hijo que, lamentablemente, nació en la sombra de esa decisión.
Los drones reporteros, obedientes a la voluntad de la producción, se movieron para capturar cada ángulo del cuerpo inerte de la mujer y el ni?o. Los espectadores en sus hogares, encapsulados en la comodidad y seguridad de sus sofás, contenían la respiración, algunos más interesados en la crudeza de la ejecución que en la naturaleza de la injusticia.
Un hombre entre los condenados, con las manos temblorosas y los ojos llenos de un miedo ancestral, miró al centinela y luego al dron reportero, como si pudiera encontrar piedad en un lugar donde la misma palabra había perdido todo sentido. Los demás condenados, encadenados unos a otros, observaron la escena con el horror tatuado en sus rostros, atrapados entre la náusea y la certeza de su destino. Todos parecían sucios, rotos, como si hubieran sido despojados de cualquier dignidad humana. Entre ellos, otra madre y su hijo estaban presente, un par de almas perdidas que luchaban por comprender la realidad que los rodeaba. A diferencia de la anterior pareja, ella astutamente había arrastrado a su hijo hasta el fondo de la multitud, pero el enfoque del dron reportero anunciaba su destino.
La madre, de cabello oscuro y enredado, vestía una camiseta rasgada, sus ropas sucias y gastadas por el hambre y las privaciones. Estaba agotada, pero el amor por su hijo aún brillaba en sus ojos. Tenía la mirada fija en el ni?o, tratando de transmitirle algo con sus ojos, algo que podría haber sido un mensaje de esperanza, pero que en este momento parecía un susurro vano en el viento. Su piel estaba marcada por las cicatrices de a?os de sufrimiento, pero su postura era la de una madre que haría cualquier cosa por proteger a su hijo, incluso en esta última instancia de desesperación. Sin embargo, el tiempo se les estaba agotando.
El ni?o, un peque?o de no más de ocho a?os, estaba desali?ado. Sus ropas, una mezcla de trapos y pedazos de tela rasgados, colgaban de su cuerpo flaco. Sus zapatos, ya rotos y cubiertos de mugre, apenas podían sostenerlo en pie. La piel de su rostro estaba cubierta de sudor y sangre, sus ojos abiertos de par en par por el miedo, pero también por la confusión. No comprendía la magnitud de la situación, pero sí sentía el peso de la amenaza inminente. él no quería estar allí, no quería ver la muerte acechando a su madre. A su corta edad, estaba siendo arrancado de la inocencia y lanzado de golpe a la cruel realidad del mundo que lo rodeaba.
El ni?o no sabía qué decir. Sus palabras salían entrecortadas, sus labios temblaban, y su respiración se aceleraba. Miraba a su madre, pidiendo sin palabras que lo salvaran, que lo sacaran de ese lugar infernal. No sabía si alguien lo escucharía, ni siquiera si alguien podría. Pero en su mente, un pensamiento se repetía: ?Por qué nos están haciendo esto? ?Qué hemos hecho para merecerlo? Sus ojos, húmedos por las lágrimas, se clavaban en el centinela que los observaba, en la máquina que no comprendía el concepto de compasión, solo cumplía órdenes.
El presentador, que había estado observando la escena con una intensidad casi teatral, parecía disfrutar de la tensión acumulada. Su rostro apareció en el holograma, iluminado por una luz artificial que hacía que su expresión pareciera aún más falsa y vacía. Con una sonrisa afilada, se dirigió a la cámara, como si estuviera presentando un show de entretenimiento.
—Y ahora, mis queridos espectadores, tenemos el honor de mostrarles un momento decisivo en la historia de nuestro planeta. ?La justicia se servirá en su máxima expresión! —Dijo el presentador, su tono melodramático llenando el aire, mientras sus dedos se movían al ritmo de la narración.
El dron reportero se acercó aún más al grupo de prisioneros, enfocando a la madre y al hijo en primer plano. La cámara comenzó a hacer un zoom sobre sus rostros, capturando la angustia y el miedo que los envolvía. La madre miraba al ni?o con un gesto que denotaba desesperación. Las lágrimas trazaban caminos oscuros sobre sus mejillas sucias, y en los ojos de la mujer ardía una mezcla de amor feroz y terror paralizante. Era una mirada que hablaba de sacrificio, de memorias compartidas, de promesas no cumplidas y un adiós no dicho. El ni?o, peque?o e indefenso, buscaba refugio en la cercanía de su madre, sus manitas aferrándose a ella con una desesperación que rozaba la locura.