De pronto, un destello de luz y color llamó su atención. La pantalla se iluminó con una frenética cadena de imágenes: un centro comercial, el bullicio habitual de la vida consumista, pero algo estaba mal. Un par de cuerpos caían, unos manchones rojos empezaban a te?ir el suelo de concreto. Y luego, la siniestra escena que se desplegó ante sus ojos: un intento de robo, o mejor dicho, una ejecución pública camuflada de asalto. Gómez frunció el ce?o, pero no fue por la sorpresa, sino por la apatía que le generaban las imágenes.
En la pantalla, un presentador que parecía esculpido a base de esteroides y silicona articulaba con movimientos frenéticos, pero encantadores, como si cada palabra que saliera de su boca estuviera dise?ada para acariciar al espectador en el lugar más bajo de su conciencia. El hombre llevaba una ajustada remera blanca traslúcida que dejaba poco a la imaginación; su piel, lisa y reluciente, parecía haber sido embadurnada con aceite de motor. Una sonrisa de dientes demasiado blancos para ser reales se ensanchaba en su rostro mientras narraba la noticia de turno con una voz tan perfectamente modulada que daba ganas de darle un pu?etazo solo para comprobar si podía cambiar de tono.
—?Oh, miren esto, queridos espectadores! Esta noche, presenciaremos una tragedia digna de Shakespeare, pero con un giro mecánico. ?Oh, sí! La justicia ciega y su ejecutor están a punto de entrar en escena. ?Prepárense para una obra sangrienta, porque la aclamada justicia está a punto de llegar!
El holograma frente a Gómez parpadeaba con una nitidez inquietante, mostrando un centinela robótico, una máquina de guerra pulida con bordes afilados y un torso ancho. El robot medía casi tres metros de altura. Sus brazos mecánicos parecían garras listas para desgarrar carne. Su cabeza, una esfera metálica, giraba lentamente, escaneando a sus presas con sensores rojos que brillaban como ojos demoníacos. Cada movimiento de sus múltiples patas resonaba con un eco sordo que parecía retumbar en la habitación de Gómez.
A sus pies, acorralados contra una pared, yacía un grupo de personas, los supuestos delincuentes, ahora reducidos a meros sobrevivientes aterrorizados. Hombres, mujeres, e incluso ni?os, sus rostros reflejaban el horror de su inminente destino. Sus ojos, anegados en lágrimas, buscaban una salida, una esperanza que no existía. Sus cuerpos temblaban, no solo por el miedo, sino también por la rabia y la impotencia. Uno de los hombres, con la voz rota por la desesperación, gritaba palabras ininteligibles, quizás una plegaria o una maldición. Su camisa, rasgada y manchada de sangre, revelaba los músculos tensos de su pecho, luchando por escapar de las esposas que los unían a todos. Una mujer, con el cabello pegado a la cara por el sudor, trataba de proteger a un ni?o peque?o que se escondía detrás de sus piernas, sus ojos delataban el terror que sentía por la vida que aún no había vivido.
Otro ni?o, quizá de unos doce a?os, se mantenía en pie al borde del grupo, empujado por el resto de personas en un intento desesperado de usarlo de escudo humano. Las esposas que unían sus mu?ecas estaban demasiado ajustadas para él, y el metal le había dejado marcas rojas en la piel. Sus ojos, grandes y húmedos, estaban fijos en el robot, y aunque su cuerpo temblaba, intentaba contener el llanto con una dignidad que solo hacía la escena más amarga. Cerca de él, un joven de no más de veinte a?os gimoteaba, suplicando por su vida con palabras entrecortadas, apenas audibles entre los ruidos mecánicos y los chillidos de otros.
El presentador, con su lenguaje florido y exagerado, describía la escena con una ironía que hacía que Gómez rodara los ojos:
—?Miren a estos pobres diablillos, temblando como hojas al viento! ?Creyeron que podían desafiar al sistema, eh? Pero el centinela, nuestro querido guardián, les ense?ará una lección que nunca olvidarán. ?Una lección escrita con sangre y hierro!
Gómez apretó los dientes y dejó escapar un suspiro cargado de frustración. Su paciencia se estaba agotando, y lo sabía. La noticia frente a él se estiraba demasiado, y lo peor era la manera en que la presentaban, como si fuera una función de circo en lugar de un informe serio.
—?Por qué no pueden simplemente mostrar lo que pasa sin tanta histeria? Ni siquiera se molestan en explicar por qué los van a ejecutar…
La pantalla mostraba una ejecución inminente, pero el locutor no dejaba de agregar dramatismo sin sentido. Ni siquiera se molestaba en dar explicaciones claras, solo hacía ruido, y más ruido, como si las vidas de esos delincuentes fueran un espectáculo dise?ado para entretener a un público adicto al morbo. A pesar de su enojo, Gómez no cambió de canal. Reconoció el centro comercial donde se desarrollaba la escena e intuía que esos delincuentes eran los responsables de haber arruinado su simulación, logrando que lo pusieran nervioso hace unos minutos. Ahora, no estaba dispuesto a perderse el espectáculo.
Con un gesto autoritario, chasqueó los dedos tres veces. El sonido seco cortó el aire, resonando en la habitación como una orden implícita. La inteligencia artificial central que controlaba los sistemas de su residencia procesó la se?al y, en un instante, emitió un leve zumbido de confirmación. Atlas, que hasta entonces había permanecido inmóvil como una escultura vigilante, giró la cabeza con un movimiento preciso y se dirigió a la vinoteca.
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La vinoteca, una obra de arte con tallas de hojas de vid y racimos de uvas en su superficie de madera, estaba ubicada en un rincón de la sala. Atlas se desplazó hasta ella con pasos medidos, sus pies metálicos apenas produciendo sonido al chocar con el suelo de mármol.
—Preparando su cóctel favorito, se?or —Dijo Atlas, su voz grave, resonando con un eco metálico que, sin embargo, tenía un tono de devoción y búsqueda de confirmación. El silencio de Gómez fue considerado una aceptación implícita a la propuesta, y el androide comenzó a seleccionar las botellas con movimientos fluidos.
En el holograma, la cámara del dron reportero se centraba en un ni?o. Delgado hasta el extremo de la desnutrición, con la piel manchada de suciedad y los ojos enormes y brillantes por la angustia, intentaba desesperadamente escurrirse entre las piernas de los adultos que lo rodeaban. Llevaba un pantalón roto, tan gastado que los hilos colgaban como raíces secas, y una camiseta que una vez pudo haber sido de un color brillante, pero que ahora era un trapo grisáceo y deshilachado. Las lágrimas, gruesas y saladas, se deslizaban por sus mejillas, dejando rastros húmedos en su piel manchada. Sus sollozos eran silenciosos, casi inaudibles, pero el temblor de su cuerpo y el modo en que abría la boca en un grito ahogado revelaban un miedo que era tan antiguo como la humanidad misma.
—?Ah, mis queridos espectadores, véan cómo las ratas se traicionan las unas a las otras! —La voz del presentador era una daga que se clavaba en la escena con una crueldad calculada. El dron reportero siguió al instante las palabras del presentador, haciendo un zoom aún más cercano al ni?o, mientras uno de los adultos, un hombre de cabello desgre?ado y ojos hundidos, lo empujaba hacia adelante con un gesto brusco y desesperado.
—?Ve tú, maldito mocoso! ?Pide piedad por nosotros! —Gritó el hombre, su voz quebrada por el pánico. Otro de los adultos, una mujer con el rostro cubierto por un velo desgarrado que apenas ocultaba sus lágrimas, miró al ni?o con una mezcla de compasión y resignación. Ella murmuró algo, un rezo apenas audible entre el clamor, que se perdió en el bullicio general.
El ni?o, con los pies descalzos cubiertos de polvo y peque?as heridas, se tambaleó hacia el frente, empujado por la multitud que se apretujaba detrás de él, cada uno buscando protegerse a sí mismo a costa de los demás. Su mirada se movía frenéticamente, buscando una salida, un resquicio de esperanza que nunca llegaría. El centinela robótico se alzaba sobre ellos, sus brazos mecánicos girando y ajustándose como si saboreara la tensión en el aire.
Gómez observó la escena con un desdén casi artístico, un gesto que se volvió más marcado mientras Atlas se movía con elegancia mientras preparaba su bebida. La vida de esas criaturas no le interesaba en lo más mínimo; eran meras anomalías en el orden establecido, desechos que se habían atrevido a desafiar la paz que él tanto apreciaba.
Finalmente, Atlas presentó el vaso a su due?o, inclinando levemente la cabeza mientras lo hacía.
—Su cóctel, se?or —Dijo con la serenidad de un sirviente que conocía bien a su amo.
Gómez tomó el vaso, observó el líquido dorado brillar bajo la luz tenue de la sala y, tras una pausa breve, llevó el cristal a sus labios, dejando que el licor bajara lentamente por su garganta. Era fuerte y amargo, un recordatorio tangible de la solitaria vida que le esperaba por delante.
A su lado, Atlas permanecía inmóvil. Los reflejos del holograma danzaban sobre su superficie pulida. Sus ojos mecánicos brillaron sutilmente al percibir el malestar de Gómez, una se?al para intervenir.
—El espectáculo es un factor motivador para mantener el control, se?or. El protocolo de difusión prioriza la excitación del público sobre la objetividad. Las estadísticas muestran que esto incrementa la aceptación de medidas impopulares, pero necesarias —Dijo Atlas, su voz profunda y precisa. La frialdad de su lógica intentaba ofrecer una sombra de consuelo —Sin embargo, comprendo su incomodidad. La teatralidad puede ser prescindible.
—Es completamente prescindible… La realidad no necesita ser exagerada para ser comprendida. La teatralidad solo distrae de la verdadera naturaleza de los eventos—Corrigió Gómez tomando un largo y lento trago, dejando la copa frente a él. La imagen del presentador se distorsionó brevemente a través del cristal, sus gestos amplificados por la refracción del líquido.
Atlas, continuó:
—La objetividad, se?or, es a menudo aburrida para la mente humana. El público busca emoción, incluso en las noticias más triviales. La teatralidad es una forma de arte, una manera de presentar la realidad con un toque de emoción. Para este presentador su exageración no solo es necesaria para sacarle el máximo provecho posible a esta noticia, sino también para encontrarle el disfrute a su trabajo y satisfacer su sentido de existencia.
El presentador continuaba su espectáculo, moviéndose con una energía desmedida. Atlas lo observó un momento antes de a?adir: —En cierto modo, es un artista que moldea la realidad, pinta la escena con palabras y gestos, creando una obra que cautiva y entretiene, incluso en medio de la tragedia
Gómez movió la copa a un lado, la figura distorsionada recobrando su forma original. Sus ojos, pesados con la sombra de antiguos ideales, miraron más allá del holograma:
—El arte, Atlas, pierde su valor cuando se convierte en una cortina para tapar la verdad. La realidad, por dura que sea, no necesita a?adidos. La verdad, cuando se muestra desnuda, es suficiente para sacudir hasta la conciencia más endurecida.
Atlas asintió, como si en su programación algo hubiera hecho eco de esas palabras.
—La verdad, se?or, es una espada de doble filo. Puede ser utilizada para informar o para manipular, dependiendo de quién la empu?e. En este caso, la teatralidad del presentador es una capa que oculta la cruda realidad, una máscara que distrae de la verdadera naturaleza de los eventos que estamos por presenciar.
La habitación se sumió en un silencio reflexivo, interrumpido solo por el suave zumbido que emite la cámara del dron reportero al hacer un zoom que pareció atravesar la pantalla, enfocando al centinela robótico como el gran protagonista de la escena. Los delincuentes, encajonados en una esquina con las paredes de cristal del centro comercial reflejando su desesperación, suplicaban entre sollozos y alaridos. Algunos intentaban zafarse de las esposas, mientras otros se encogían contra el suelo, abrazando sus rodillas, temblando como hojas en una tormenta. Los ni?os, con los rostros manchados de lágrimas y mugre, intentaban ocultarse tras los cuerpos de los adultos, buscando una protección que ya no existía.