Con el problema aparentemente solucionado, Gómez se levantó y caminó hasta la consola, ahora restablecida y con un holograma que reflejaba una calma enga?osa. Pasó la mano por encima del panel de control y seleccionó una nueva opción. Esta vez, no buscaba una inmersión emocional ni recuerdos que lo hicieran tambalearse. Simplemente necesitaba una distracción más superficial, algo que lo mantuviera ocupado sin hundirlo en sus pensamientos.
Buscó en los canales de entretenimiento y eligió uno de los más impopulares: “Horizontes Sin Fronteras”, un canal que transmitía imágenes en alta definición de paisajes remotos, simulando las vistas que los viajeros espaciales experimentaban al recorrer galaxias lejanas. Gómez seleccionó un recorrido por Nebulosa épsilon, un espectáculo de luces cósmicas y formaciones estelares que se extendía ante él como un tapiz galáctico.
El tríplex se llenó de un resplandor púrpura y dorado, las luces proyectadas en la habitación imitando los destellos de una nebulosa a millones de a?os luz de distancia. Gómez se sentó en el sofá, hundiéndose en la comodidad de los cojines de cuero oscuro. Las imágenes de estrellas nacientes y cúmulos de polvo danzante eran un espectáculo que lograba calmar su mente, al menos de manera superficial.
El mayordomo, aun en modo de análisis, se retiró de la habitación para verificar el correcto funcionamiento de los demás equipos tecnológicos en la casa. Mientras tanto, el exagente cerró los ojos por un momento, dejando que la luz y los sonidos celestiales lo rodearan. El eco de la simulación perturbadora aún permanecía en el borde de su memoria, pero decidió ignorarlo, al menos por ahora. Había pasado mucho tiempo desde que se había permitido un momento de tranquilidad, y aunque fuera forzado y artificial, era mejor que nada.
Mientras las imágenes de la nebulosa se sucedían, Gómez comenzó a sentir cómo el espectáculo, que en un principio había logrado capturar su atención, se volvía monótono. Las explosiones estelares y los remolinos de colores que danzaban en el firmamento eran hermosos, pero fríos. No había nada en esas visiones que pudiera llenar el vacío persistente que sentía en el pecho. Había una belleza distante, tan inalcanzable y ajena como los recuerdos de una vida que nunca tuvo, de sue?os que nunca permitió florecer. Un suspiro escapó de sus labios, enfrentándose nuevamente al silencio inquebrantable de su hogar.
Miró alrededor del tríplex y no pudo evitar sentirse intimidado por la vastedad del espacio. Las paredes de cristal, que durante el día dejaban entrar la luz y ofrecían vistas espectaculares de la ciudad, ahora solo reflejaban oscuridad y las sombras de las luces lejanas. Era un lugar dise?ado para impresionar, no para ser cálido. El silencio era abrumador, casi opresivo, y la falta de movimiento lo hacía sentir como si estuviera atrapado en una prisión.
El suave zumbido de las luces holográficas y el brillo intermitente de la consola no ayudaban a llenar el vacío. Decidió que necesitaba algo más que un espectáculo visual para distraerse, algo más tangible, más humano, aunque fuera una imitación de ello. Sin pensar demasiado, chasqueó dos veces seguidas sus dedos.
El sonido de sus dedos resonó en la vasta sala como un eco seco y desolador. Inmediatamente, un panel en la pared iluminada por LED parpadeó y una voz artificial femenina respondió:
—?En qué puedo ayudarle, se?or Gómez?
Sin dudarlo, Gómez respondió:
—Llama a Atlas. Que venga aquí.
El silencio volvió a llenar la habitación por un momento, interrumpido solo por el zumbido de la ciudad que entraba como un murmullo distante a través de los cristales blindados del tríplex. Pasaron apenas unos segundos antes de que los pasos de metal comenzaran a acercarse por el corredor. Atlas apareció en la puerta, su presencia imponía con la mezcla justa de tecnología y antropomorfismo.
Era un androide alto, de estatura casi superior a la de un humano promedio, y su estructura revestida en aleaciones de titanio y polímeros avanzados reflejaba las luces de la habitación con un brillo sutil. Tenía un rostro que, aunque no era humano, sugería expresión gracias a unas líneas móviles que emulaban cejas y labios. Sus ojos eran dos esferas de cristal líquido amarillo oscuro, capaces de captar y procesar más información de la que cualquier ser humano podría imaginar.
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Gómez lo contempló durante unos instantes, reflexionando sobre su propia necesidad de compa?ía. Atlas no era simplemente un androide más; era único, un modelo avanzado que había recibido como bono hacía a?os. Era el único androide de esta casa al que realmente consideraba suyo, el único cuyo nombre recordaba y que él mismo había elegido. Atlas había llegado a sus manos como reconocimiento por alcanzar la veteranía como agente, y en principio debía convertirse en su compa?ero y asistente personal para las operaciones de rango D. Aquellas misiones que requerían un nivel excepcional de conocimientos y muy pocos agentes podían realizar.
Sin embargo, a los pocos meses de recibir este androide, esas operaciones de alto riesgo comenzaron a ser ejecutadas por empresas de seguridad privadas, relegando a la Fundación a las misiones más frecuentes y de fácil solución. Y dando lugar a que el propósito original de Atlas quedará relegado al olvido. Sin misiones que ejecutar, su utilidad se desvaneció, pero poco a poco, se convirtió en algo más. Se transformó en el confidente silencioso de Gómez, en una figura que ofrecía compa?ía sin juicios ni expectativas. Pese al hecho de que esa compa?ía era raramente buscada por el se?or de la casa.
—Se?or, ha solicitado mi presencia. ?Hay algo que pueda hacer por usted? —La voz de Atlas era más cálida que la del resto de androides, un peque?o ajuste en su programación que le confería una calidad más amigable.
Gómez lo miró con cansancio y una mueca de ironía apareció en su rostro.
—Supongo que ni tú puedes llenar esta casa con algo de vida, ?verdad? —Dijo en tono sarcástico, más para sí mismo que para Atlas.
El androide inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que sugería atención y análisis. Aunque no podía realmente entender la soledad o la emoción como un humano, tenía algoritmos que le permitían reconocer cuándo Gómez necesitaba más que una respuesta literal.
—Puedo activar una simulación de compa?ía, una conversación programada basada en interacciones previas o proporcionar recomendaciones de actividad para su entretenimiento, se?or.
Gómez negó con la cabeza, mirando por la ventana, donde las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caóticas en un cielo invertido.
—No, Atlas. No es eso lo que quiero —Guardó silencio unos segundos, dejando que el peso de sus pensamientos flotara en el aire antes de continuar— Solo... quédate en la sala.
Programado para responder a este tipo de solicitudes no convencionales, Atlas se movió hasta el centro de la sala y se quedó de pie, con una postura que sugería respeto y disposición. Gómez se hundió un poco más en el sofá, notando cómo el vacío en la habitación parecía aliviarse un poco con la sola presencia del androide. Chasqueó los dedos dos veces y ordenó que la televisión se encendiera. La inteligencia artificial obedeció al instante, proyectando un holograma en la distancia. Con un gesto indiferente, Gómez empezó a deslizar su dedo, recorriendo los canales de noticias, mientras el androide permanecía a su lado, observando en silencio.
Las pantallas se llenaron de imágenes de crisis económicas, disturbios en regiones distantes y tensos enfrentamientos diplomáticos entre las colonias. Todo en el noticiario parecía narrar la historia de una civilización que se desmoronaba lentamente, una decadencia que ni siquiera los rostros sonrientes y las voces entrenadas de los presentadores podían ocultar. Cada nuevo titular era más sombrío que el anterior. Las actualizaciones de última hora traían más noticias de enfrentamientos, de desastres naturales exacerbados por cambios climáticos descontrolados, de la expansión de la pobreza en sectores que antes eran centros de prosperidad. Parecía que el destino entero de la humanidad pendía de un hilo, mientras las masas elegían ignorar las se?ales de su propio colapso. Aunque lo cierto era que todo eso eran mentiras a medias. Los medios de comunicación tendían a ser alarmistas en un intento de lograr vender su pauta publicitaria. Nada estaba pasando: era otro día normal y corriente para la raza humana, pero, paradójicamente, era un día muy especial para el exagente Gomez.
Con el ritmo de un moribundo arrastrando su cuerpo deshecho, Gómez deslizó su dedo en el aire. No había urgencia en sus movimientos, solo la vaguedad de quien ya ha visto todo lo que la vida tiene para ofrecer y sabe que, por mucho que se cambien los canales, nada nuevo aparecerá. Los titulares pasaban ante sus ojos como espectros, marchitos y desalmados, todos portando el mismo mensaje: “No pierda el tiempo buscando su felicidad, cómprela”, pero daban ese consejo con la misma solemnidad que porta un espectador de un funeral de una anciana que no recordaba ni su nombre.