El olor a cuero viejo y papel antiguo, aunque tenue, seguía impregnando la estantería, y Gómez cerró los ojos un momento, dejándose arrastrar por una breve, pero intensa oleada de nostalgia. Pensó en su abuelo, en las historias susurradas en noches de tormenta, sobre secretos antiguos y la fundación que había moldeado su vida y la de toda su familia. Ahora, todas esas historias parecían vacías, como ecos huecos de una época más gloriosa.
Sus dedos tocaron una peque?a hendidura en la madera de la estantería, una mueca casi imperceptible que solo él conocía. Era la silueta de una puerta, aunque por lo mal hecho que estaba el tallado se asemejaba más a una ventana. La había hecho cuando era ni?o, en uno de sus intentos de crear una hermandad secreta que nunca llegó a nada, imaginando que la gran casa era un mundo lleno de pasadizos secretos y peligros ocultos. La memoria le sacó una sonrisa fugaz, pero la sensación de fracaso pronto la eclipsó.
—?Es esto todo lo que soy ahora? ?Un hombre que vive de su pasado? —Se preguntó en voz alta, sabiendo que nadie respondería.
En un intento de distraerse, Gómez se dirigió al living y activó la consola holográfica frente a él. En el panel de control, seleccionó el sistema de entretenimiento, el cual apenas utilizaba. Era una pieza de tecnología de última generación, capaz de proyectar mundos completos, de recrear sensaciones y escenarios de tal realismo que se podía perder el sentido del tiempo y del yo. La interfaz resplandeció con un azul tenue, iluminando la sala con su luz suave.
La consola ofrecía un abanico de opciones: series, películas, documentales sobre la expansión humana en otros planetas y las guerras que vinieron después, simulaciones inmersivas de deportes, viajes virtuales a parajes naturales extintos y una sección dedicada a recreaciones históricas interactivas. Gómez pasó la vista por las opciones sin un interés real, moviendo la mano frente al holograma de un lado a otro. Los colores y las imágenes resplandecían, llenando la habitación con un destello vibrante y frío. Sus ojos, cansados de la jornada, apenas seguían el movimiento de las proyecciones.
Después de unos momentos de indecisión, seleccionó una categoría que rara vez tocaba: “Exploraciones mentales”. Era un compendio de experiencias simuladas que podían inducir estados emocionales específicos: calma, euforia, nostalgia, incluso tristeza controlada. La intención detrás de estas simulaciones era ayudar a las personas a gestionar sus emociones en una sociedad que se movía a una velocidad vertiginosa, donde sentir de manera natural se consideraba un lujo que pocos podían permitirse. Gómez eligió una simulación etiquetada enigmáticamente como “El Bosque”.
La proyección se desplegó a su alrededor, envolviendo la habitación en una oscuridad que se transformó lentamente en un entorno verde, lleno de árboles de troncos gruesos y raíces entrelazadas. La luz del sol se filtraba a través de las hojas, creando un mosaico de sombras y brillos en el suelo cubierto de musgo. Un aire fresco y un suave olor a pino lo golpearon, tan reales que por un momento pudo olvidar que seguía en su sala, rodeado de frío mármol y cristal.
Avanzó por el sendero, notando cómo las ramas crujían bajo sus pies con un realismo impecable. Cada sonido, desde el canto de un pájaro distante hasta el susurro del viento, estaba calculado para sumergir al usuario en la experiencia. Gómez aspiró profundamente, dejando que la ilusión le envolviera. Por un instante, se permitió cerrar los ojos y sentir la brisa acariciando su rostro.
A medida que caminaba por el bosque, peque?as luces aparecieron a lo lejos, flotando entre los árboles como luciérnagas. La simulación las llamaba “recuerdos”, fragmentos de la vida del usuario que emergían si él lo permitía, para crearlos la consola consultaba a la inteligencia artificial que gestionaba el hogar, y ella proporcionaba todos los datos necesarios para generar los recuerdos. Al acercarse a una de ellas, la figura de su madre apareció brevemente, joven y radiante, como en las viejas fotos que se colgaban en las paredes. Sonreía mientras preparaba un pastel en la cocina de su infancia. La imagen duró apenas unos segundos, pero el impacto fue profundo. Gómez sintió un nudo en la garganta, y una punzada de a?oranza le recorrió el cuerpo.
Pasó de largo esa memoria, incapaz de sostener la mirada por más tiempo. No quería enfrentarse a los recuerdos que pudieran surgir; buscaba distracción, no melancolía. Siguió avanzando hasta encontrar un claro en el bosque, donde un río cristalino corría serenamente. Se sentó en una roca cercana y dejó que sus dedos tocaran el agua fría. Aunque sabía que era falso, el efecto era tan real como tranquilizador.
La consola emitió un zumbido suave, avisando que alguien había intentado contactar con él durante la inmersión. Se debatió entre ignorarlo y responder, pero la curiosidad finalmente ganó. Con un simple gesto, la simulación se redujo al tama?o de una esfera flotante en la esquina de la habitación, mientras la imagen holográfica de la llamada emergía frente a él. Era una notificación de la fundación, un mensaje automatizado informándole que el proceso de transición tras su salida se completaría en los próximos días y que recibiría todas las indemnizaciones firmadas en el contrato.
—Genial… —Murmuró con ironía, apartando la notificación con un movimiento brusco.
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El bosque volvió a desplegarse a su alrededor, pero el momento de calma se había evaporado. Gómez se recostó en la roca, sintiendo la incomodidad de una paz que no podía sostener. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente de forma natural, sin la ayuda de las luces virtuales. Se vio a sí mismo, más joven y enérgico, corriendo por los pasillos de la escuela con la mirada fija en un futuro que entonces parecía prometedor. Recordó el primer caso exitoso en el que trabajó por su cuenta, una peque?a, pero enigmática aparición de una criatura fantasmagórica que lo había mantenido despierto durante unas cuantas noches. Había resuelto el caso con una mezcla de intuición y obstinación, ganándose el respeto de sus superiores. Pero esos días se sentían distantes, casi irreales, como si pertenecieran a la vida de otra persona.
*Cruaa*…*Cruaa*...
El canto de un cuervo resonó en algún lugar cercano. Alterado, Gómez frunció el ce?o y se giró a mirarlo. La consola no solía incluir elementos inquietantes a menos que el usuario los seleccionara, y él no recordaba haberlo hecho. De repente, la brisa se tornó más fría, y una sombra se movió en el borde de su visión. Se levantó de golpe, todos sus sentidos en alerta. La tecnología con lo avanzada que era no solía fallar, y era difícil de creer que la simulación se mezclara con algún error en el sistema.
—?Consola, cambiaste los parámetros de la simulación? —Preguntó, su voz cortante.
El holograma titiló, y un mensaje de error apareció en el aire:
<blockquote>
“Error 418: Reinicio no disponible. Se recomienda terminar la sesión manualmente.”
</blockquote>
Gómez maldijo entre dientes y se dirigió al panel de control para terminar la simulación. Pero antes de que pudiera hacerlo, una figura emergió de entre los árboles, rompiendo la ilusión de tranquilidad. No era un eco de sus recuerdos de la infancia ni una proyección de él mismo; era un anciano alto, cubierto de harapos, con un sombrero que ocultaba su rostro. La figura alzó la cabeza lentamente, revelando unos ojos azules inusualmente brillantes que parecían observarlo directamente, con una intensidad que le heló la sangre.
La imagen desapareció tan súbitamente como había surgido, y el entorno holográfico retomó su apariencia serena, como si nada hubiera ocurrido. Gómez sintió cómo su respiración se aceleraba, el sudor frío corría por su nuca y la sensación de peligro persistía en el aire. Reconocía a ese anciano; era el mismo que se había aparecido en aquella broma de mal gusto que le jugaron poco antes de tramitar su renuncia, un recuerdo que preferiría olvidar.
Con un gesto brusco, desactivó la consola, y la habitación se sumió en un silencio denso y opresivo. Se dejó caer en el sillón, sus dedos temblorosos recorrieron su cabello empapado de sudor mientras trataba de calmarse.
—Quizás me estoy volviendo loco —Murmuró, con la vista fija en el reflejo de la ciudad al otro lado del ventanal, ajena a su inquietud creciente.
Gómez se quedó en el sillón con la respiración aún agitada. Era la primera vez que esta consola le jugaba una mala pasada y la experiencia le había dejado un sabor amargo en su boca, un eco que resonaba en su mente como un presagio indescifrable. Sin perder más tiempo, chasqueo los dedos. El aviso llegó de inmediato al mayordomo, que estaba en la habitación de mantenimiento, revisando los sistemas de la casa.
En menos de un minuto, los pasos metálicos del mayordomo resonaron en el pasillo. La puerta de la sala se deslizó suavemente, y el androide apareció en el umbral. Sus ojos brillaban con una fría inteligencia. Había algo tranquilizador en la precisión y la calma del mayordomo, aunque también podía resultar inquietante.
—?Ha ocurrido algo, se?or? —Preguntó el mayordomo, su voz perfectamente modulada, sin inflexiones ni emociones.
Gómez exhaló un suspiro, todavía sintiendo la tensión en sus músculos. Se?aló la consola holográfica que ahora proyectaba una luz tenue, casi como si se hubiera rendido.
—La simulación se volvió inestable. Es la primera vez que sucede. Quiero que lo revises y resuelvas cualquier anomalía.
El mayordomo asintió con un movimiento mecánico y avanzó hacia la consola. Su brazo derecho se desplegó y una serie de herramientas diminutas, cada una más precisa que la anterior, se extendieron desde su mu?eca. Con un toque experto, conectó una de las interfaces a la consola y comenzó a analizar los sistemas internos. Un holograma detallado del núcleo de datos apareció en el aire, lleno de gráficos y códigos que se movían con rapidez.
Mientras el androide trabajaba, Gómez cruzó los brazos y observando cómo el mayordomo escaneaba los componentes digitales con una eficacia implacable. Durante los minutos que pasaron, el sonido suave de los dispositivos de la consola y las notificaciones de error resonaron en la sala. Finalmente, el mayordomo se giró hacia él.
—He localizado la fuente de la falla, se?or. Parece que un grupo de insurgentes intentó robar un centro comercial cercano hace unos minutos. Las autoridades respondieron implementando una serie de reinicios de emergencia en los sistemas de seguridad, lo que probablemente causó inestabilidades en las redes residenciales cercanas, incluyendo la suya.
Gómez asintió lentamente, sin rastro de sorpresa en su expresión. Sabía que la ciudad era un nido de tensiones políticas y sociales. No era inusual que las “cosas” intentaran cambiar sus vidas usando la violencia como solución a sus problemas. Había visto situaciones similares en su carrera, tanto desde dentro como fuera de la fundación.
—?Esas “cosas” fueron neutralizadas? —Preguntó por curiosidad, sintiendo una mezcla de desprecio y desinterés.
—Sí, se?or —Respondió el mayordomo con su misma entonación impasible— Las fuerzas de seguridad intervinieron de inmediato y lograron controlar la amenaza. No se espera que haya más problemas en las cercanías, al menos por ahora.
Gómez hizo un gesto de asentimiento y permitió que un esbozo de sonrisa amarga apareciera en sus labios.
—Espero que así sea… este día fue un desastre, lo último que me falta es tener que sufrir otra desgracia —Dijo sin prestarle más atención al asunto.