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El Ojo que Todo lo Ve (1)

    El acceso al departamento era directo, a través de una puerta de vidrio que se abría mediante una inteligencia artificial. La tecnología cumplió con su trabajo sin demora, y la puerta se deslizó para dejarlo entrar. El vestíbulo de su hogar, a pesar de estar rodeado de luces y mobiliario de dise?o minimalista, irradiaba una extra?a sensación de vacío. El departamento tenía tres pisos y era complicado no considerarlo una mansión suspendida en el aire, pero aunque lujosa, carecía de la calidez que otras casas más modestas podían tener.


    Las paredes eran de un blanco impoluto, interrumpidas solo por obras de arte abstracto que su abuelo había coleccionado obsesivamente. Los suelos de mármol negro relucían bajo las luces indirectas, reflejando de manera distorsionada cada rincón del lugar. Desde donde estaba de pie, podía ver la sala principal, que se extendía en un espacio abierto y minimalista, con ventanales que abarcaban de piso a techo y dejaban ver la ciudad en todo su esplendor. La capital de la humanidad palpitaba como un ente vivo, pero para él, era un espectáculo desprovisto de significado, un recordatorio de que no todos estaban solos en este mundo.


    Al adentrarse en su hogar, Gómez fue recibido por un sonido metálico, una voz monocorde y sin emoción. Era un androide antiguo y de movimientos torpes, se activó automáticamente al sentir la presencia de su due?o. Su estructura era humanoide, pero no era un sintético, su cara no mostraba expresión alguna y su esqueleto de metal estaba cubierto con una fina capa de material plástico amarillento en un intento fallido de parecer más amigable. Era uno de los primeros modelos en la línea de androides domésticos y había pertenecido a su tatarabuelo. Aunque sus circuitos estaban desgastados, el androide aún lograba realizar el protocolo de bienvenida y trabajaba como el mayordomo de la casa. Se inclinó con cierta dificultad y, con voz metálica y algo distorsionada, le dio la bienvenida a casa, recordándole la misma rutina que había visto repetirse durante varias décadas.


    —Bienvenido, se?or Gómez. He detectado signos de fatiga y estrés. ?Desea que le prepare una bebida relajante?


    Aquel ritual mecánico, aunque anticuado y casi obsoleto, le arrancó una leve sonrisa. Era una tradición que no había cambiado, sin importar cuánto lo hiciera el mundo a su alrededor.


    El androide, al que él había decidido no recordar su nombre por una razón que ya no recordaba, inclinó levemente la cabeza al notar la falta de respuesta de su due?o. Gómez lo miró por un instante, percibiendo la fría exactitud de sus movimientos, y negó con un gesto cansado.


    —No. Estoy bien. Solo... déjame estar en paz por un rato.


    La máquina parpadeó como si procesara la orden y se retiró al rincón que ocupaba cuando no estaba en uso. Era una escena que se había repetido tantas veces en los últimos a?os, tan rutinaria que casi se volvía un reflejo automático en su vida. Sin embargo, este día, después de lo vivido, todo tenía un tinte más amargo.


    El tríplex estaba lleno de ausencias. Las estanterías de vidrio con libros antiguos, herencia de su tatarabuelo, estaban ordenadas con meticulosa precisión, pero nadie las tocaba. Los sillones de cuero negro eran tan perfectos y nuevos como el día en que se los trajeron. Solo la mesa de centro de madera noble, ara?ada y manchada en sus bordes, mostraba algún indicio de uso y tiempo, un peque?o vestigio de humanidad en medio de una perfección estéril.


    Gómez caminó lentamente hacia uno de los ventanales y apoyó la frente contra el frío cristal, mirando hacia el bullicio de la ciudad iluminada por miles de luces. Se preguntó cuánto tiempo más podría mantenerse allí, en esa jaula que había heredado. Sus padres habían dejado un legado que él había intentado honrar toda su vida. Y ahora, tras ser expulsado de la fundación, la sensación de haber fallado era un peso insoportable sobre sus hombros.


    El silencio fue interrumpido solo por el zumbido lejano de las aeronaves y la tenue vibración de la ciudad que se filtraba a través de los muros. El mayordomo, desde su rincón, monitoreaba los signos vitales de Gómez sin hacer ningún comentario. Sabía que no era su lugar ofrecer apoyo emocional, pero estaba programado para responder si detectaba una se?al de peligro inminente en la salud de su due?o. En ese momento, la respiración pesada y el pulso acelerado de Gómez casi lo activaron, pero el androide permaneció inmóvil, obedeciendo la orden de mantener su distancia.


    El agente retirado se giró finalmente y avanzó hasta el gran escritorio de caoba que dominaba un extremo de la sala. Allí, un mapa antiguo de la ciudad colgaba de la pared, cubierto de anotaciones y marcas que había hecho en los a?os en que investigaba. Sus dedos rozaron una de las anotaciones, un recordatorio de una misión que había cambiado el curso de su carrera, y por un momento, una oleada de nostalgia se mezcló con el dolor de la derrota.


    Con un suspiro, se dejó caer en la silla que se encontraba tras el escritorio. Sus ojos, cansados y tensos, se posaron sobre una peque?a caja metálica en un estante cercano. Dentro de ella, se encontraba una colección de antiguos chips de datos que había recopilado a lo largo de su carrera. Algunos contenían información clasificada, otros eran recuerdos de sus misiones más arriesgadas. La tentación de sumergirse en aquellos datos era fuerte, pero sabía que hacerlo solo le recordaría todo lo que había perdido.


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    Gómez cerró los ojos, dejando que el agotamiento finalmente se apoderara de él. La quietud de la sala y el frío de un día agotador se fusionaron en un manto de silencio que parecía envolverlo, denso y opresivo. Su mente se deslizó hacia el vacío, un espacio donde los recuerdos de misiones pasadas, nombres y rostros se mezclaban en una mara?a sin sentido. Sin embargo, aquella calma momentánea fue breve, interrumpida por un latido sordo en su pecho que lo devolvió al presente. Abrió los ojos lentamente, enfrentándose de nuevo al mar de luces que se extendía más allá del ventanal.


    Las pulsaciones de la ciudad, con su caos ordenado y su bullicio sofocado por el vidrio, lo observaban, indiferentes a su dilema. Había algo profundamente desconcertante en esa indiferencia, una sensación que le recordaba su insignificancia, incluso en el tríplex que había sido el orgullo de su familia. Se levantó, incapaz de soportar la inmovilidad, y caminó por la estancia. Sus pasos resonaban con un eco frío sobre el mármol negro, un sonido que, aunque débil, se hacía más fuerte en su cabeza.


    Pasó la yema de los dedos por el lomo de algunos de los libros que su tatarabuelo había coleccionado. Obras clásicas sobre filosofía, ocultismo, religión y esoterismo descansaban juntas en una suerte de armonía caótica, un testimonio de la mente inquieta y curiosa de su antecesor. El agente deducía que su tatarabuelo había sido la semilla que plantó en su linaje el interés por lo oculto y lo esotérico, un legado que había perdurado en su familia hasta el día de hoy. Gomez conocía muy poco de este hombre, su abuelo decía que había sido un hombre de mente retorcida, un estudioso obsesivo que pasaba horas perdido entre los textos antiguos, intentando desentra?ar los misterios que la humanidad había olvidado o decidido ignorar. Pero, curiosamente, jamás se había unido a la Fundación A.P.D., lo que a?adía una capa más de misterio a su figura. ?Qué había descubierto que lo mantuvo alejado de la organización? ?Había sabido algo que los demás no?


    El dedo de Gómez se detuvo en un volumen especialmente antiguo y ajado. La portada era de un color oscuro, casi negro, y en el centro tenía grabado el mismo símbolo de la Fundación: Una pirámide con un ojo acechante en su interior. Este ojo, sin embargo, era diferente al que conocía. Parecía más desgastado, más humano en sus detalles, con líneas que sugerían un cansancio inexplicable, como si hubiera visto demasiado.


    La Fundación A.P.D., una de las organizaciones más secretas y antiguas que existían, tenía orígenes que incluso sus miembros desconocían por completo. Los relatos que había oído cuando ingresó por primera vez al laboratorio 32 eran variados y a menudo contradictorios. Algunos decían que los fundadores de la Fundación habían sido iluminados por una visión mística, una revelación que les dio el propósito de salvaguardar y descubrir el conocimiento oculto. Otros sostenían que era un grupo disidente de los Illuminati, solo había que mirar la similitud entre los símbolos, podía ser una facción que había decidido que la verdad debía ser protegida y no utilizada para la manipulación de las masas. Sea como fuera, los registros escritos sobre el origen de la organización se habían perdido en algún punto de la historia, y la tradición oral que debía preservar su legado se había diluido con el tiempo.


    Gómez reflexionaba sobre esto mientras su mirada pasaba de un libro a otro, como si buscara respuestas en el silencio de la biblioteca familiar. Había oído las historias de su abuelo, un hombre que había sido miembro de la Fundación antes que él y que, según los pocos recuerdos que conservaba, era serio y reservado. Lo que más destacaba en su memoria eran las conversaciones que su madre alguna vez había compartido con él, antes de desaparecer en circunstancias que aún no lograba entender del todo. Gómez recordaba que, en esos días, su madre trataba de convencer a su padre sobre la necesidad de abandonar el trabajo y concentrarse en lo que era importante, de no permitir que el trabajo lo consumiera, pero su abuelo nunca renunció a la Fundación. Ni mucho menos lo obligaron a renunciar como a él le había tocado vivir.


    El tiempo en la Fundación le había ense?ado a Gómez que la curiosidad podía ser tanto un don como una maldición. El conocimiento esotérico tenía un precio, y a menudo ese precio era la cordura o la vida misma. Sus dedos se detuvieron sobre un libro cuyas hojas estaban marcadas con anotaciones en los márgenes, garabatos en una caligrafía frenética que sugería un estado mental al borde del colapso. Eran notas de su tatarabuelo, pensamientos dispersos que hablaban de rituales antiguos y protecciones arcanas, de barreras que podían ser levantadas contra lo que acechaba en las sombras y de dimensiones que podían ser exploradas si uno encontraba las puertas adecuadas. No era la primera vez que Gómez veía este tipo de anotaciones; la había encontrado en otros documentos que había revisado en la Fundación, documentos que siempre parecían terminar abruptamente o con páginas arrancadas, como si alguien hubiera decidido que el resto de la información debía mantenerse fuera del alcance.


    Una de las anotaciones mencionaba el “Ritual Secreto”, un rito destinado a esconder a un objeto de las miradas que todo lo ven, de aquellos que no solo buscaban conocimiento, sino que lo vigilaban y lo reclamaban como propio. Gómez frunció el ce?o al leer esa línea. Este ritual debía ser el mismo que Thomas Smith había utilizado para esconder el libro que Jonathan Parker había recuperado de su última misión como agente de la fundación. Era una extra?a coincidencia que su tatarabuelo hubiera dejado este ritual escrito en los márgenes de uno de sus libros, pero tampoco era tan extra?a considerando que el ritual debía ser de uso común, considerando que el mismo ya se encontraba en la base de datos de la fundación.


    La familia de Gómez había sido testigo de la historia reciente de la Fundación, desde sus épocas más clandestinas hasta sus momentos de exposición pública. Sabía que su abuelo había trabajado como agente y su final fue un golpe que nunca se explicó del todo: una desaparición. La versión oficial fue un “evento clasificado”, pero la familia sabía que la verdad rara vez se encontraba en los archivos oficiales. Luego vino su madre, una investigadora incansable y brillante que dedicó su vida a la Fundación hasta que, al igual que su padre, desapareció sin dejar rastro.


    Ahora, él era el único Gómez que quedaba en esta casa, el último eslabón de una cadena familiar marcada por misterios y silencios. ?Sería también él destinado a desaparecer en la bruma de lo inexplicable? ?O lograría romper el ciclo?
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