El columpio se balanceaba lentamente bajo el cielo te?ido de naranja y púrpura, marcando el final de otro día en Hollow Creek. Liora, sentada en el columpio del jardín, mantenía una expresión serena, pero sus ojos reflejaban pensamientos que iban más allá del atardecer. A unos pasos de ella, Zane estaba de pie, con las manos en los bolsillos, observando el horizonte. La luz del crepúsculo acentuaba sus rasgos, y una suave brisa agitaba los mechones oscuros de su cabello.
Liora (balanceándose suavemente): "A veces me pregunto cómo sería si todo se detuviera por un momento. Si pudiéramos quedarnos así, en paz."
Zane giró su mirada hacia ella, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que contrastaba con la tranquilidad de su postura. Había algo en su presencia, un peso oculto tras cada palabra que decía, como si cada respuesta llevara consigo un significado más profundo.
Zane (mirando al horizonte): "El tiempo nunca se detiene, Liora. Pero momentos como este son lo más cercano que tenemos."
Liora dejó de balancearse, apoyando los pies en el suelo. Miró a Zane con una mezcla de curiosidad e incertidumbre. Sus palabras siempre le dejaban la sensación de que había mucho más detrás de lo que él mostraba.
Liora (mirándolo fijamente): "?Por qué hablas siempre como si supieras algo que yo no?"
Zane sonrió ligeramente, un gesto que no llegó a sus ojos. Dio un paso hacia el columpio, pero mantuvo una distancia prudente.
Zane (con voz calmada): "Quizás porque veo las cosas desde otro ángulo. No todo es tan simple como parece."
Liora suspiró, dejando que sus manos se aferraran suavemente a las cadenas del columpio.
Liora (en voz baja): "A veces desearía que las cosas fueran más simples."
Zane la observó por un momento, sus ojos dorados reflejando la última luz del día. Dio otro paso hacia ella, ahora más cerca.
Zane (con suavidad): "Si fueran simples, no serían tan hermosas."
El columpio crujió con un sonido suave mientras el viento pasaba, llenando el espacio entre ellos con un silencio cómodo pero cargado de algo indefinible. Liora, tomando aire, bajó la mirada hacia el suelo antes de levantarla de nuevo hacia él.
Liora (titubeando): "?Puedo preguntar algo?"
Zane se inclinó ligeramente hacia ella, como si su completa atención estuviera dedicada a sus palabras.
Zane (sereno): "Claro."
Liora lo miró directamente a los ojos, y por un instante, pareció dudar. Finalmente, se atrevió a preguntar, aunque su voz era apenas un susurro.
Liora: "?A qué te referías con que viste algo en mí que te hacía querer quedarte conmigo?"
La pregunta lo tomó por sorpresa. Zane parpadeó, procesando las palabras que no había esperado escuchar tan pronto. Lentamente, se agachó hasta quedar a su altura, apoyando una rodilla en el suelo. Su mirada se encontró con la de Liora, y el tiempo pareció detenerse.
Zane (pensando mientras la observa): "Desde que la vigilaba, siempre me ha parecido hermosa, pero ahora que estoy frente a ella... es más de lo que imaginé."
Liora comenzó a sentirse nerviosa. Había algo en la forma en que él la miraba que hacía que su corazón latiera más rápido, y el rubor se extendiera por sus mejillas. Cuando Zane levantó una mano y acarició suavemente su cabello, bajando hasta su mejilla, ella contuvo el aliento.
Zane (susurrando mientras la mira profundamente): "Liora, ?te han dicho alguna vez que eres hermosa?"
Liora lo miró, claramente sorprendida por sus palabras. Su mente se llenó de preguntas, pero su voz salió más nerviosa de lo que esperaba.
Liora (desviando la mirada): "Eso... eso no responde mi pregunta."
Zane dejó escapar una leve sonrisa, llena de misterio.
Zane (con voz suave): "Tranquila, todo a su debido tiempo."
El viento volvió a soplar, y Liora lo sintió como un recordatorio de la extra?a conexión entre ellos. Aunque no entendía completamente lo que pasaba, había algo en Zane que le hacía desear saber más. Por ahora, el misterio permanecía intacto, y el anochecer parecía guardar los secretos que ambos aún no estaban listos para compartir.
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El silencio en el salón del trono era abrumador, roto solo por el débil crujir de los escombros que aún quedaban de la batalla. La luz roja del ocaso se filtraba a través de las altas ventanas rotas, proyectando sombras irregulares en las paredes. El trono dorado, ahora un símbolo vacío, brillaba débilmente como si estuviera de luto junto con el resto del reino.
Aurelion estaba de pie en el centro del salón, inmóvil. Observaba el trono con una mezcla de furia, tristeza y resignación. Su cuerpo, aunque firme, se sentía más pesado que nunca, cargado por el peso del sacrificio de Selene. Se arrodilló lentamente, dejando que sus manos tocaran el suelo, y cerró los ojos mientras las lágrimas comenzaban a caer sin control.
Guardian (acercándose con pasos cautelosos):"Mi se?or... lo sentimos profundamente."
Aurelion levantó la cabeza, su mirada estaba vacía, pero las lágrimas seguían corriendo. Sus labios temblaron al intentar hablar, y su voz se quebró cuando finalmente pudo articular unas palabras.
Aurelion (en un susurro): "Traigan a los sobrevivientes... debemos despedirnos de ella."
El guardián hizo una reverencia antes de marcharse, dejando a Aurelion solo en el vasto salón. Su mirada volvió al trono, y el eco de las palabras de Selene llenó su mente:
"Te amo, Aurelion. Nunca olvides lo que somos... ni lo que hemos construido juntos."
Se dejó caer al suelo, incapaz de contener los sollozos. Sus manos apretaron el suelo como si eso pudiera aliviar el dolor en su pecho.
El sonido de los pasos de los sobrevivientes lo sacó de su trance. Aurelion se levantó con esfuerzo, secándose las lágrimas. Los ángeles, heridos y agotados, llenaron el salón, formando un círculo alrededor de su rey. Cada uno de ellos tenía los ojos fijos en él, buscando fuerza y guía.
El salón del trono estaba lleno de silencio, roto únicamente por el leve crujir de las antorchas que iluminaban las paredes doradas. Aurelion, de pie frente al trono, miraba la luz que ahora irradiaba de él. Era la misma luz que había contenido a Selene; la misma que ella había entregado para salvar a todos. Sin embargo, su brillo no lograba llenar el vacío que sentía en el pecho.
Guardian (con voz solemne): "Mi se?or... están listos."
Aurelion asintió débilmente, pero no se movió. Se quedó allí, mirando el trono, mientras los recuerdos comenzaban a invadirlo. Su mente no le daba tregua.
La imagen de Selene apareció como un destello. Era el día en que la había visto por primera vez, en el jardín celestial. Ella estaba de pie junto a una fuente, con una túnica sencilla que apenas reflejaba su verdadera majestad. Su cabello brillaba como el oro bajo la luz infinita del cielo, y sus ojos irradiaban una mezcla de sabiduría y dulzura que lo dejaron sin palabras.
Aurelion se había acercado, torpe y nervioso, fingiendo que necesitaba algo en el jardín. Ella había sonreído, como si supiera que era un pretexto.
Selene (sonriendo): "?Te has perdido, Aurelion? El jardín no suele ser tu lugar habitual."
Aurelion (intento de casualidad): "Solo buscaba un lugar tranquilo... y parece que lo encontré."
Ese había sido el principio de todo.
Otro recuerdo lo golpeó como una ola: las largas tardes que compartieron discutiendo sobre cómo mejorar el reino, sus diferencias siempre dando paso a risas. Aurelion recordaba cómo su risa llenaba el aire, cómo su voz suave lo desarmaba, cómo siempre encontraba la forma de desafiarlo y hacerlo mejor.
Hubo una noche en particular, en la que ambos habían trabajado hasta tarde en el palacio. Selene se había quedado dormida en una silla, con papeles esparcidos sobre la mesa. él se acercó para cubrirla con una manta, pero al hacerlo, ella abrió los ojos y lo miró directamente.
Selene (con una sonrisa so?olienta): "Sabes que no necesitas cuidar de mí, ?verdad?"
Aurelion (con un susurro): "Siempre lo haré, aunque no lo necesites."
El día de su unión estaba grabado en su memoria como si hubiese sucedido ayer. Los cielos celestiales estaban llenos de música, y Selene caminó hacia él con una calma majestuosa. Aurelion recordó cómo había sentido que todo el universo se detenía cuando ella tomó su mano.
Selene (con una sonrisa radiante): "Hoy somos uno. No como rey y reina, sino como iguales."
Su primer momento juntos como esposos no era solo un recuerdo físico, sino un momento de vulnerabilidad absoluta. Habían compartido promesas que nadie más había escuchado.
Selene (tocándole el rostro): "Prométeme que siempre protegeremos este reino, sin importar el costo."
Aurelion (besándola con suavidad): "Lo prometo. Pero también prometo protegerte a ti."
Y luego estaban los días simples. Las ma?anas en las que compartían un té en silencio o paseaban por el reino. La imagen de Selene deteniéndose para recoger una flor o de reírse con los ni?os del reino siempre lo llenaba de calidez.
De vuelta al presente, Aurelion cayó de rodillas frente al trono, las lágrimas rodando por su rostro.
Aurelion (susurrando): "Te prometí que te protegería... y fallé. Perdóname, Selene. Perdóname..."
El guardián apareció de nuevo, pero esta vez no lo interrumpió. Lo miró con respeto antes de hablar.
Guardia (en voz baja): "Ellos lo esperan, mi se?or."
Aurelion se levantó lentamente, limpiando sus lágrimas. Giró hacia los sobrevivientes que esperaban en el salón, sus rostros llenos de pesar pero también de determinación.
Aurelion (con la voz temblorosa, mirando a su gente): "Hemos perdido... hemos perdido demasiado. Amigos, compa?eros, familia. Perdimos a nuestra reina. Yo... perdí a mi esposa."
Su voz se quebró, y por un momento pareció que no podría continuar. Pero tomó aire, dejando que el dolor se transformara en determinación.
Aurelion (con más fuerza): "Pero no podemos dejarnos vencer por esta pérdida. Hoy lloramos por ellos, por sus sacrificios, por lo que nos dieron. Pero ma?ana... ma?ana lucharemos. Por Selene, por cada uno de ellos, por Celestia. Porque su lucha no será en vano."
Se arrodilló en el suelo, clavando su espada frente al trono.
Aurelion (con un susurro que resonó en el silencio): "Hoy no soy un rey. Hoy solo soy un hombre que comparte el dolor de su gente."
Uno a uno, los ángeles comenzaron a arrodillarse junto a él, sus espadas brillando con la tenue luz del trono.
Sobrevivientes (al unísono): "Pelearemos por nuestros muertos, por el reino, y por usted, mi se?or."
En ese momento, el trono dorado emitió un destello de luz, ba?ando a todos los presentes con un calor reconfortante. Las inscripciones en las paredes comenzaron a brillar, como si el sacrificio de Selene hubiera dejado un legado que ahora guiaba a su gente.
Aurelion alzó la vista hacia el trono, y por primera vez desde su muerte, sintió que ella seguía con ellos.
Aurelion (en un susurro): "Selene... tu luz aún me guía. No te fallare."