La sangre de Asver empapaba el suelo de piedra fría. Su cuerpo temblaba, pero ya no sentía dolor. Solo frío. Un vacío devorador.
?Así es como termina?
Su visión se oscurecía. Las figuras de sus traidores se difuminaban, sus voces se volvían ecos distantes.
Fue entonces cuando la escuchó.
Una voz.
“?Quieres vivir?”
Un susurro que perforó la nada.
“?Quieres poder?”
Asver intentó hablar, pero su garganta estaba llena de sangre. Sí.
“Entonces, entrégate a mí.”
El frío se intensificó. Algo lo estaba mirando desde la oscuridad. Algo antiguo, algo que no pertenecía a este mundo.
“Dame tu voluntad… y te daré todo lo que necesitas.”
Las últimas chispas de vida de Asver parpadearon. Sus dedos se crisparon. Sus labios se separaron, dejando salir un susurro.
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—Acepto.
El mundo se partió.
Oscuridad absoluta.
Y luego… fuego.
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La Sala del Tesoro
Los cazadores atravesaron la enorme puerta de piedra que se había abierto tras el sacrificio. Del otro lado, un resplandor dorado iluminó la cámara secreta.
Armas antiguas, cofres repletos de oro, artefactos imbuidos de poder. Todo estaba allí, esperándolos.
Drehn chasqueó la lengua con una sonrisa.
—Valió la pena.
Gavran se acercó a un pedestal en el centro de la sala. Un cristal de maná azul puro flotaba sobre él, irradiando un poder denso.
—Este es el verdadero premio —susurró, tomando el cristal con cautela.
Vok soltó una carcajada, apoyándose en un cofre.
—Y todo gracias a nuestro querido Asver.
Serka se encogió de hombros.
—Siempre fue un inútil. Al menos sirvió para algo.
Las risas resonaron en la sala mientras recogían su botín.
Ninguno miró atrás.
Ninguno se preocupó por el cadáver que habían dejado en la oscuridad.
Y ninguno sintió el temblor sutil que recorría la mazmorra.
Algo se estaba despertando.
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En la mazmorra…
El aire cambió.
Un viento gélido recorrió la sala donde yacía Asver, apagando las antorchas mágicas. La temperatura descendió de golpe.
Los dedos del joven se crisparon.
Su cuerpo se arqueó de manera antinatural. Su espalda se dobló como si estuviera siendo tirado por hilos invisibles.
Sus ojos se abrieron.
No eran los mismos ojos de antes.
La esclerótica era negra como la noche. Su iris brillaba con un fulgor carmesí.
Pero… no era él.
Su postura, su respiración, su mirada… todo era diferente.
Como si algo más estuviera usando su cuerpo.
Finalmente, habló.
—Interesante…
No era su voz.
Era más profunda, más densa, con un eco antinatural.
Una risa baja y contenida resonó en la oscuridad.
Los cazadores creían haber escapado de la mazmorra con su premio.
Sin darse cuenta de que no solo ellos salieron de la mazmorra.