Gómez permaneció inmóvil, los ojos fijos en el pedido de suscripción. No podía negar que se sentía... desconcertado. Todo lo que había leído en el libro, toda la ominosa advertencia sobre el ni?o en el espejo, la piel arrancada, la tortura indescriptible… ?Para qué? Para que al final el ritual no hiciera absolutamente nada.
—?El autor exageró? —Murmuró en voz baja.
Era una posibilidad. Después de todo, la literatura ocultista de la antigüedad solía adornar sus relatos para generar impacto, para darle un aire de misterio y peligro. Pero aun así… El texto era demasiado específico en sus advertencias. Demasiado detallado. Quien lo escribió no estaba simplemente especulando. Hablaba con la seguridad de alguien que había visto o experimentado el ritual en su máxima expresión.
—Entonces, ?qué fue lo que cambió?
La adolescente del video había seguido el procedimiento con exactitud: la vela, el espejo, la frase… todo parecía estar en orden. Pero no ocurrió nada. No hubo se?ales del peligro latente que se suponía debía manifestarse. Eso solo podía significar una cosa: no se estaban cumpliendo las mismas condiciones de inicio.
El autor del diario, de alguna forma, había logrado desencadenar los eventos en su totalidad. Y, sin embargo, en ningún momento especificaba cómo se llegaba a ese punto. No hablaba de lo que debía hacerse antes del ritual. No mencionaba si el lugar, la persona o el momento exacto podían afectar el resultado.
Gómez sintió el peso de esa idea hundirse en su mente como una piedra en un lago. ?Cuántas personas habrían intentado este ritual sin éxito? ?Cuántas, sin darse cuenta, habrían cumplido sin saberlo con ese “paso extra” que marcaba la diferencia entre una simple ilusión y un destino fatal? ?Y cuántas habrían desaparecido sin dejar rastro, sin que nadie jamás lo notara?
Pocas. Muy pocas, de lo contrario, este video jamás habría llegado tan lejos. De haber sido un fenómeno letal con resultados constantes, habría sido eliminado, censurado, enterrado en lo más profundo de la red. Pero no lo estaba. Seguía ahí, al alcance de cualquiera. Eso solo podía significar una cosa: las condiciones para que el ritual se tornara mortal debían ser extremadamente específicas, difíciles de lograr, si no imposibles para estos jóvenes despreocupados que lo practicaban como un simple reto en internet.
Entonces, un recuerdo emergió en la mente de Gómez, una pieza clave que encajó con un chasquido frío y metálico. Había un paso adicional. Uno tan esencial que cambiaba por completo el ritual, el mismo que transformaba la llama anaranjada de la vela en un fulgor violeta. No recordaba haberlo visto detallado en el diario de DeAngelis, pero ahí estaba. En el video.
El sacrificio.
Gómez ojeó de nuevo las páginas del diario, repasando lo que había leído con una mirada nueva, más aguda. No había ninguna mención indirecta a un sacrificio en las instrucciones del ritual. Pero eso no significaba que DeAngelis no lo supiera, ya que él revelaba el misterio de la llama violeta.
De hecho, el autor había registrado otro desenlace completamente distinto. Si él había llegado a ese punto, si había logrado que el ritual progresara hasta el resultado más desconocido, entonces había otro paso extra que DeAngelis no estaba mencionando, pero que estaba implícito en los peque?os detalles de sus notas. La mente aguda de Gómez no tardó en comprender el misterio: ?Qué había sacrificado DeAngelis? ?Había sido un simple animal? ?Una rata, quizás? No, algo en su interior le decía que era mucho más oscuro. El autor había estado dispuesto a llevar los rituales al límite sin preocuparse por su propia vida o los sujetos con los cuales experimentaba, y eso se reflejaba en los pasos adicionales que tomaba, aquellos que nunca se mencionaban en los rituales, pero que siempre parecían estar presentes en la experiencia que reflejaban sus advertencias.
Había empezado a comprender un poco mejor al autor del diario. No solo por lo que escribía, sino por cómo lo hacía. DeAngelis tenía un patrón. Describía cada ritual de manera sencilla al principio, como si no quisiera asustar al lector. Luego, página tras página, dejaba entrever nuevos descubrimientos, como si los hubiera experimentado personalmente y hubiera registrado sus hallazgos casi con desinterés, como quien anota una observación cualquiera.
Pero había algo más inquietante. El tono del texto cambiaba y no estaba claro. En ciertas secciones, parecía estar dirigiéndose a un “practicante” anónimo, alguien a quien instruía con una vaga sensación de autoridad. En otras, sus palabras eran más introspectivas, como si se hablara a sí mismo. Era confuso identificar para quién escribía su diario. Lo único claro era que Alessandro Piero DeAngelis quería transmitir su conocimiento a alguien. Pero esa persona… Nunca era mencionada en el libro.
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Gómez dejó escapar un largo suspiro y dejó caer la espalda contra el respaldo de su silla. Su mirada se deslizó hasta el vaso de whisky que había dejado sobre la mesa horas atrás. El cristal reflejaba la luz mortecina de la pantalla, pero el líquido ámbar ya no estaba allí. Solo quedaban las huellas de las últimas gotas secas en el fondo. Chasqueó la lengua con fastidio y giró el vaso en su mano, contemplando por un instante la posibilidad de simplemente dejarlo todo por hoy. Ya era tarde, o más bien, demasiado tarde. Se había pasado el día entero sumido en el misterio de Thomas Smith, buscando respuestas que en realidad no le interesaba encontrar, pero que aun así no podía dejar ir. La emoción de poder descubrir algo nuevo lo había mantenido cautivo, pero al mismo tiempo, había olvidado lo más básico: el tiempo. Un día completo había volado sin que se diera cuenta.
Se levantó de la silla con un movimiento cansino. La habitación estaba sumida en un silencio espeso, interrumpido únicamente por el crujido leve de sus huesos al estirarse. Salió del cuarto, caminando hacia la cocina con pasos pesados, sintiendo el cansancio acumulado en cada músculo. En el camino se cruzó con uno de los tantos androides de la casa, Atlas, que lo observaba en silencio desde uno de los pasillos, inmóvil como una sombra al acecho. Gómez ni siquiera le dirigió una mirada, pasando de largo sin detenerse. Atlas captó la se?al al instante y, sin emitir sonido alguno, retrocedió lentamente hasta desvanecerse en la penumbra. Su presencia no era requerida.
Al llegar a la cocina, tomó una botella de whisky de la alacena y sirvió un nuevo vaso, escuchando el familiar gorgoteo del licor al caer. Pero cuando llevó el vaso a los labios, se detuvo.
Miró su reflejo en la ventana oscura de la cocina. Un hombre de mediana edad, con el rostro surcado por las marcas de los a?os y una expresión que no terminaba de encajar entre la fatiga y la inquietud. Por costumbre, su mente le dijo que debía irse a dormir.
—?Qué hora es? —Murmuró, su voz arrastrada por el cansancio.
Sin necesidad de más indicaciones, la inteligencia artificial que gestionaba su hogar reaccionó de inmediato. Un reloj digital se proyectó sobre las losas de la cocina, sus números flotando con un resplandor tenue y azulino, como si hubieran sido grabados en el aire.
Miró el reloj: pasaban ya varias horas de la medianoche. Se suponía que debería estar descansando a estas alturas, preparando la mente para el día siguiente. Pero hoy no. Hoy la inquietud y la curiosidad lo mantenían despierto, atrapado en ese misterio que no entendía, pero que le llamaba sin cesar. Cerró los ojos un momento, buscando convencerse de que debería descansar. Ma?ana tendría que despertarse temprano y enfrentarse a lo que fuera que su jefe le tuviera preparado. Pero entonces, de repente, se detuvo. La verdad le golpeó de inmediato con una violencia inesperada.
No había un horario que cumplir.
No había ma?ana una reunión con su jefe.
No había más expedientes apilados en su escritorio.
Ya no había más casos asignados.
Lo habían jubilado.
Ayer.
La avalancha de pensamientos lo golpeó con la brutalidad de una tormenta eléctrica. Durante todo el día había estado distraído con los trámites, con las noticias, con el video, con el libro, con el ritual, con la investigación. No se había permitido pensar en ello, o no quería recordar que lo había hecho, pero nuevamente la verdad lo asfixiaba. Su vida entera había girado en torno a resolver casos, a descubrir la verdad detrás de los misterios, a seguir pistas hasta el agotamiento. Y ahora… ?qué? ?Esperar que los días pasaran? ?Vivir sin una meta concreta?
Gómez dejó el vaso sobre la encimera sin haber bebido un solo sorbo. Pasó una mano por su cara, tratando de borrar esos pensamientos de su mente como si fueran polvo acumulado en un viejo estante. Pero no pudo. No importaba cuánto se dijera que debía dejar de pensar en ello, el vacío de la jubilación lo había alcanzado, y no estaba seguro de qué hacer con él.
Tomó el vaso y regresó a la habitación aislada, sus pasos ahora más lentos, más pesados, como si arrastrara el peso de algo invisible. Al entrar, sus ojos fueron directamente a la pantalla donde el diario de DeAngelis seguía proyectado. Se quedó un instante observándolo, no por curiosidad, sino con una especie de admiración instintiva, casi reverente.
Pasó las yemas de los dedos por la gastada cubierta del mouse, notando el sutil relieve de su textura, la fría familiaridad del plástico bajo su tacto. Sus movimientos fueron automáticos, casi mecánicos, mientras hacía clic, avanzando por las páginas con la esperanza de perderse en ellas, de dejar que la investigación lo envolviera por completo. Pero en el fondo sabía que lo que realmente buscaba no era resolver el misterio de Thomas Smith o comprender la muerte de Jhonatan. No lo era. Lo que buscaba, más allá de todo, era escapar de su propia mente, de los vacíos que comenzaban a apoderarse de él. Necesitaba que los pensamientos de otro le hicieran olvidar los suyos.
Así que siguió, y siguió, revisando el diario de DeAngelis. No sabía a qué hora se dormiría, pero tenía claro que era mejor quedarse despierto explorando este misterio, que tirarse en la cama, con la mente dando vueltas en el abismo de su nueva realidad.