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El gigante, el escudero y el espadach铆n

    Día 1.


    En el piso cero, donde las vigas oxidadas crujen bajo el peso de millones de toneladas de cemento, el maestro de callejones aguardaba. Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, en una oscura esquina de la penumbrosa estancia, donde no llegaba el bailotear rojo de las antorchas. Y su paciencia casi estaba llegando al límite cuando vio descender al primer miembro de su equipo.


    —Eres un gigante… —murmuró el chico, con rizos pelirrojos pegados a la cara, sudoroso bajo el peso de la gran bombona de cobre que llevaba a cuestas. Daba cuidadosos pasos sobre los crujientes pelda?os de madera y arrugaba la nariz ante un desconocido olor, que parecía ser lo que llamaban “tierra”.


    —?Pareces decepcionado! —rugió el gigante, ajustándose unas gafas de alambre, minúsculas sobre su nariz bulbosa y surcada de venas. Su rostro, bien afeitado, enrojeció como las brasas—. Sí, soy un gigante, de pura raza. ?Y tú eres el "escudero" que me envía el Toro? ?Un día voy a subir y le voy a hablar en su idioma! —dijo con un pu?o levantado, tan apretado que estaba casi blanco. Contuvo el resuello y se?aló al ni?o—. Por la cólera del Dios que habita en la Caja… ?Si no eres más que un crío!


    —No, no —dijo el ni?o, con tono ofendido. Dejó caer la bombona sobre el barro y escupió al suelo—. Bueno, sí, soy un ni?o… Pero mira esto.


    Se secó el sudor con la manga de su camisa roja y, tras coger una honda bocanada de aire, agarró una manivela que sobresalía de la bombona y empezó a darle vueltas con visible esfuerzo.


    El gigante alzó una ceja, expectante.


    —Puedo comprimir el aire en el bidón en muy, muy, muy poco tiempo.


    —De acuerdo, de acuerdo —dijo el gigante—. ?Y de qué me sirve eso?


    —Esto… ?Esto es el depósito de un astamvento! —dijo el ni?o, desenrollando unos tubos elásticos y recubiertos de alquitrán endurecido que salían del deposito—. ?En qué mundo vives? ?Yo lo inventé! —Consiguió extraer un tubo de acero extensible, largo como un brazo y delgado como un dedo—. ?Y esto es el astamvento! —Pareció darse cuenta de que estaba hablando más de lo que correspondía a un ni?o y continuó en tono algo más bajo—. Lo ideó mi maestro. Como puedes ver, no es más que un tubo.


    El ni?o calló y bajó la mirada, a la espera de que el gigante juzgase su invento. A fin de cuentas, era él quien decidía si el ni?o iba a tener el privilegio de ser su escudero o no. Esta era una oportunidad única de conseguir el perdón del Toro y de la nación. Perdón por su invento.


    —Un rifle… —murmuró el gigante—. El Nudo de Naciones prohíbe usar el fuego para dar muerte. ?El Toro sabe que vamos a llevar… eso? —dijo con repugnancia—. ?Lo sabe?


    El crío se rascó la mejilla, luego rio y apuntó el astamvento al aire. Tiró de una palanca del bidón y sonó un estruendo sordo a través del tubo, luego un silbido seco y una nube de cemento pulverizado llovió del techo, ti?endo de blanco la cara del muchacho.


    —Aquí no hay chispa ni fuego. Esto es el astamvento. Cumple las leyes del Nudo —el ni?o se llevó el tubo al hombro con una sonrisa traviesa—. Solo es aire, ?lo ves? Los dioses también lo ven. Y sonríen.


    El ni?o empezó a toser a causa del polvo.


    —Ya veo —gru?ó el gigante. Cruzó sus brazos llenos de cadenas—. Un paso más hacia la guerra. ?Cómo te llamas, peque?o inventor?


    —Pem —Pem se quitó el polvo gris de la camisa con tres palmaditas—. Pem, nada más.


    —Yo soy U —la manaza de U revolvió aún más el pelo de Pem—. Encantado de conocerte, se?or Nada Más. ?Es muy común el nombre Pem en los edificios de la nación del Toro?


    —Eh… No —dijo el ni?o, algo confuso.


    —El elegido para escoltarnos por las calles también se llama Pem —el ni?o se dio cuenta de que era la primera vez que veía al gigante sonreír—. ?Te suena?


    —Arriba… no es como allí afuera. En los edificios viven miles y miles de miles de personas, no todos nos conocemos.


    —Vale, sabiondo —dijo U, rascándose la espalda contra la pared con aire despistado—. ?No conoces a nadie que se llame como tú?


    —Pe… Pem. Pem hay uno. Sí —dijo el ni?o, tartamudeando nervioso ante la insistencia—. Todos conocen su nombre.


    —?Es famoso allí arriba?


    —Perdón, U, no soy más que un crío, pero creo entender que quieres que hable de ese… Pem, porque es él tu escolta y quieres saber mi opinión. Una opinión pura, antes de revelarme que el otro Pem, el infame Pem, va a acompa?arnos allí fuera.


    El gigante soltó una corta pero sincera carcajada.


    —?Siempre piensas tan raro, Nada Más?


    Luego se quedó mirando fijamente a Pem, con ojos fríos y grises y una sonrisa de grandes dientes amarillos.


    —Pero eso es imposible —continuó Pem—. Ese Pem nunca vendría aquí. No trabaja. No… no quiere. Es un patán.


    —?Qué es un patán?


    —No sé cómo será ahí fuera —explicó el ni?o y se?aló el portón que marcaba la frontera de lo desconocido para él—. O en otras naciones, en los otros edificios. Pero en la nación del Toro, a quien no trabaja lo llamamos patán. Ellos se dedican a… contarnos sus historias. Reímos con su… su ociosidad y sus malas decisiones.


    —?Cómo un bufón? —inquirió U, el gigante.


    —No… bueno —dudó Pem entre quedar como un estúpido o parecer un repelente, pero ya era muy tarde para eso—. Los bufones hacen reír, me consta que otras naciones los tienen y que se trata de todo un arte. Los patanes no tienen que fingir. Pero bueno, sí, sería una equivalencia cercana a la corrección.


    —Bueno, peque?o sabio, es una suerte, ya que no queremos que un bufón nos cubra las espaldas allí fuera, con su espada hecha de globos atados. ?No?


    —Ese Pem es peor que eso, a decir verdad. Es un duelista.


    El gigante aguardó sin decir nada, y Pem se vio arrastrado a continuar hablando.


    —Los duelistas… la gente del Toro llamamos duelistas a los patanes que no aceptan la burla y… y se baten en duelo cuando se sienten ofendidos por su condición —Pem vio el disgusto en el rostro de la enorme cabeza calva de U—. Ya sé, ya sé… ?Horrible! Parece una costumbre de la nación del Oso. Dejar que dos hombres busquen herirse como animales. Pero es una vieja ley. Es un derecho. Pero… pero no hay público, ni es un duelo a muerte. Es a un único golpe. A “primera sangre”, lo llaman.


    —?Es tan diestro duelista ese tal Pem como tú de charlatán?


    —Hay pocos en los edificios de Carpintería que no lleven con vergüenza una cicatriz, que atribuyen a un descuidado accidental con un hacha o una sierra. Y todos ellos maldicen su nombre —Pem se miró los pies—. Por eso odio llamarme como él.


    —?Pem qué más has dicho que se llamaba? —dijo U.


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    —Pem… —empezó a decir el ni?o, pero se puso blanco y se quedó mudo al sentir algo, quizás un insecto, que le mordía el cogote.


    —?Pem Ungolpe! —chilló el ni?o, dando un salto hacia delante y girándose espantado.


    Un hombre joven y de rasgos delicados, estaba frente a él. De su finísima espada sin filo colgaba una gota de sangre desde su punta; esta sí bien afilada. Con unos ojos grandes y negros, carentes de expresión, miró al ni?o con el que compartía nombre.


    —Pem Ungolpe, así me llaman —dijo, alargando las vocales, en lo que al ni?o le pareció una burlona imitación del acento de los pisos bajos de Carpintería—. Y estarías muerto si ese apodo me ofendiera.


    Pem, el ni?o, cayó sentado al suelo, con las piernas temblando. "?Por qué siempre meto así la pata?", se preguntó. "Es tan fácil como callar", le decía siempre su maestro.


    —Ahora te llamas Nada Más —dijo Pem, ahora con un tono severo, como el de un anciano maestro de gremio de los áticos de Carpintería. Enfundó el arma y retiró la mirada del peque?o Pem y, después de eso, ya rara vez volvió a mirarlo, ni siquiera cuando le daba alguna orden—. Estoy encantado de conocer al famoso gigante errante —continuó, ya dirigiéndose a U. Con manos de largos dedos, que apenas asomaban de su capa negra, se abrochaba con delicadeza un botón de su camisa del color rojo nacional. "Da la sensación de que se avergüenza del rojo", pensó Nada Más, con disgusto—. Pero es doloroso ser tan sincero, gentil U. No quiero estar aquí.


    —Y sin embargo… —se limitó a decir U, su tono era teatralmente cansado.


    —Saldremos —contestó sin apartar la mirada de U, como buscando en él un solo gramo de ofensa. Cada ojo de U era casi como una cabeza de Pem—. Saldremos ahí fuera a que nos maten.


    —?Pues vámonos! —exclamó el gigante, dio una palmada y se alzó con tremendos crujidos de huesos. Su cabeza quedaba ladeada, con el cuello torcido y la espalda doblada, aplastada contra el techo. Dio un paso al frente y un montón de cadenas quedaron arrancadas de la pared.


    —?No tan rápido! —dijo Pem Ungolpe—. ?Qué prisa hay? Traigo noticias de arriba. Y cuando he de dar una mala noticia a un gigante, lo prefiero sentado.


    U se detuvo y miró al joven.


    —Hemos de esperar a unos acompa?antes de última hora —continuó Pem Ungolpe—. El Nudo ha decidido que nos acompa?ará una delegación de la Garza.


    —?QUé DEMONIOS…? —bramó—. ?Nos va a acompa?ar el… enemigo?


    —A mí esos remilgados no me han hecho nada —Pem Ungolpe puso los brazos en jarra bajo su capa—. De momento. Pero están en su derecho de saber tanto como nosotros… mientras pertenezcamos al Nudo.


    —?Y cuánto van a tardar? —dijo U, de pronto tranquilo y sentándose con cuidado; por poco no aplastó a Nada Más—. Llevo dos días sin comer para poder pasar por el portón de salida. ?Me voy a cagar en los huevos de ese pollo que tienen por dios!


    —Dormiremos —dijo Pem, con aires de capataz en opinión de Nada Más—. Ma?ana los sacerdotes de la Garza te traerán ofrendas: media tonelada de las más deliciosas carnes de la nación del Cerdo y un cuarto de tonelada de pan y pasteles de la nación del Zorro. ?Contento?


    El gigante sopló y todas las antorchas se apagaron. Nada Más rodó por el suelo.


    —Buenas noches, equipo 1.2 —dijo apenas un segundo antes de ponerse a roncar como un demonio pariendo.


    —También traerán un tonel de aceite —pudo oír Nada Más que decía Pem Ungolpe en la oscuridad—. Para que puedas pasar tu culo enorme por el portón y salir de esta mierda de sitio.


    —Uh… Bu… buenas noches —tartamudeó Nada Más.


    Nadie respondió. El ni?o no durmió. Sabía que debía encender la mecha de la guerra, solo así podría salvar la vida a su maestro. ?Aceptarían U y Pem Ungolpe convertirse en cómplices de un destino fatal? Ma?ana lo descubriría. Pero esa noche, el insomnio lo acompa?ó. Y lo habría de acompa?ar hasta su ultimo suspiro.


    Día 2.


    ?Dónde está lo que se me ha prometido? —rugió U asomando su cabeza por el hueco de la escalera, el sudor resbalando por su rostro.


    —?Tanta prisa, se?or?-se atrevió a decir Nada Más-. De todos modos deberás comer una vez fuera. Si comes ahora no pasarás por el portón.


    —Quiero ver qué traman esos hijos de la Garza. ?Siempre consiguen enga?arme! —bufó el gigante, alzando al chico sobre sus hombros con brusquedad—. Nunca has pisado un templo de la Garza, ?cierto?


    —Soy… solo un ni?o.


    —?Ves algo?


    —Está oscuro.


    —?Ojalá pudiera subir hasta el templo y sentir ese amor del que alardean! —La nariz de U enrojeció—. Quizá hasta me volviera devoto.


    Devolvió con cuidado al suelo al ni?o, que también se había ruborizado.


    —?Es verdad que los del Toro solo… joden con sacerdotes de la Garza? —preguntó U con torpeza.


    El chico apretó la mandíbula y se puso a bombear aire al depósito del astamovento, para no tener que mirar al gigante.


    —En el Toro esos asuntos son… complicados. Entienden todo acto carnal como una agresión. Aunque muchos son… cercanos, en la intimidad, claro —musitó, forzando una risa incómoda—. Eso sí, nos besamos con quien nos gusta.


    —?Los ni?os no deben hablar de eso! —interrumpió Pem Ungolpe, descendiendo las escaleras con rigidez. Nada Más lo observó: "él sí actúa como ni?o".


    —?Y bien? —dijo U con impaciencia.


    —Resulta que han venido algunas delegaciones de las naciones del Nudo —anunció Ungolpe—. No pongas esa cara, vienen a despedirnos y desearnos buena suerte. Un espectáculo hartamente innecesario…


    —No seas tan negativo, Pem. ?Es un honor! —U golpeó su peto metálico, haciendo resonar los eslabones—. ?Es una labor importante! Nos eligieron para mediar, no para alimentar su guerra.


    —Ni siquiera vienen por gesto de cortesía; es pura propaganda. Buscan adularte —replicó Pem, cruzando los brazos.


    —Pues muy bien.


    —Interpretarán tu informe como les convenga —a?adió Pem Ungolpe, dándole la espalda.


    Un incómodo silencio se instaló hasta que U clavó un dedo en el pecho de Nada Más:


    —?Tú qué opinas, peque?o inventor?


    —Dirán que en las calles no hay nada que merezca preservarse. La Garza construirá sobre los vacíos…


    *"?Y no tendrían razón?"*, estuvo a punto de decir.


    —?El Toro se opondrá! —rugió U—. Allí florecen culturas de todo tipo, cada día nacen y mueren nuevos dioses… ?La gente de allí fuera también es gente!


    —Te fascina ese lugar —murmuró Pem con desdén—. Cualquiera diría que para ti este castigo van a ser unas vacaciones.


    —No… No es eso. Fuera es más horrible que dentro —El gigante se encogió de hombros y se?aló escaleras arriba—. únicamente deja pasar a los del Toro y a los de la Termita.


    —Lo siento, el Toro ya nos da más que por despedidos —rió amargamente Pem, mientras volvía a subir las escaleras—. Pero has de saber que los del Cerdo van a bajar, quieras o no. Prometieron provisiones para nuestro "paseíto", y viendo el tama?o de tu panza, no podemos rechazarlas.


    —Está bien… está bien… —se quejó el gigante U—. Pero que pasen los últimos.


    Un zumbido estridente invadió la sala antes de que Ungolpe alcanzara el primer piso. El aire se espesó de repente con unas mosquitas diminutas de abdomen luminoso, cuyas sombras danzaban en las paredes como espectros alargados.


    —Guau —exclamó Nada Más con los ojos desorbitados y brillantes—. ?Son arcinsectos? Dicen que la gente de Termita los moldea de barro para desafiar a los viejos dioses.


    Una voz crepitante surgió de una figura que había aparecido frente al gigante, con el rostro oculto y envuelta en un hábito de telas grises de patrones cuadriculados y superpuestos:


    —No hay más dios que el hombre —dijo—. Y solo al hombre desafiamos.


    El gigante se arrodilló y agachó la cabeza en gesto de respeto ante el aparecido.


    —Disculpa a mi joven escudero, venerable Sin Nombre —dijo U.


    —?Siempre eres tan bocazas? —le susurró por detrás Pem a Nada Más. Lo agarró del hombro y lo condujo con fuerza a sentarse tras las espaldas del gigante. Era la primera vez que Nada veía esa espalda que era como una pared peluda, llena de cicatrices antiguas y nuevas. Algunas aún abiertas.


    —Conozco a algunos de los mierdas que van a venir a despedir al gigante errante —le dijo Pem al oído mientras U terminaba de disculparse—. Aquí veremos sin meternos en líos.


    —La nación de Termita os presenta sus respetos, sabio errante —declaró el emisario de Termita, imitando al gigante al arrodillarse. Lo hizo con cuidado, como si bajo las ropas habitara un hombre anciano. Ambos se sentaron de rodillas frente a frente.


    —Amamos los sue?os imposibles —prosiguió el anciano embozado mientras cuatro figuras igualmente ataviadas, que debían cubrir a hombres bien crecidos, bajaban pesados sacos que depositaban sobre el barro de la estancia—. Por eso deseamos equiparos de la mejor manera. No todos los días se puede colaborar a frenar la insensatez humana.


    Dos encapuchados dejaron frente al gigante una ofrenda.


    —Para el escudero y el escolta, que tan buenamente se han presentado voluntarios —dijo el anciano—. Dos lanzas de queratina oscura.


    —?Queratina oscura? —exclamó Nada Más, y Pem Ungolpe tuvo que retenerlo agarrándolo de la camisa—. Son durísimas y muy, muy flexibles —continuó susurrándole a Pem mientras U daba las gracias al emisario.


    —Todos los regalos de Termita están envenenados, ni?o —dijo Ungolpe sin preocuparse de que lo oyeran, cruzando los brazos bajo la capa—. Esas lanzas están vivas. Son un caparazón, y en su interior habita una alima?a repugnante que se alimenta de sangre —no miró al joven, pues ya adivinaba su palidez—. Brujerías. Quédatelas tú —sentenció.


    —…y sentimos no ofreceros alimento, pero nuestras reservas de carne se vieron mermadas… mmmh… cuando usted paseaba por las calles, entre los edificios de nuestra nación. ?Recuerda?


    —?Ja, ja! Pues la verdad que no —soltó U—. Perdón, siento haberme reído, es que tengo hambre y me vuelvo un salvaje.


    Sin Nombre no pareció inmutarse. El resto de encapuchados ya subían en filas de dos las escaleras. Habían apilado un alto montón de sacos.


    —Y aquí tenéis media tonelada de harina vivificada —continuó el anciano, levantándose sin mucho esfuerzo.


    —?Llamáis así a la harina de insecto? —dijo Pem, que no pudo contenerse desde detrás del gigante—. ?Que coman esa porquería vuestros ni?os!


    —Esta harina es diferente —respondió Sin Nombre, con voz imponente y orgullosa—. Si tiene espacio, se multiplica. Es decir, que si no la comes, crecerá exponencialmente. Solo necesita un ambiente húmedo.


    —Eso… eso acabaría con el hambre en Abismo Lodoso —murmuró U, anonadado.


    Sin Nombre se revolvió incómodo en sus ropas.


    —Perdón… quería decir las calles. ?Eso es genial! Los alimentaremos, los educaremos, y… —U parecía apasionado—. Y tendrán que tratarlos como iguales, ?verdad? —giró la cabeza, y cayó polvo del techo sobre Nada Más—. ?Verdad, escudero sabiondo? ?Qué piensas?


    —Aumentaría la población. Se sospecha que la desnutrición es la primera causa de muerte en las calles. Toda mi humilde admiración a Termita: habéis arreglado el eterno problema del hambre. Pero en tres generaciones habrá tanta gente api?ada y ociosa entre nuestros edificios que…


    —?Dilo, ni?o, por el Dios en la Caja! ?Qué? —bramó U.


    —No solo querrán entrar a los edificios… necesitarán hacerlo.


    —?Y qué más da eso? —dijo U.


    —Mucho. Esta amenaza será usada por el Nudo como excusa para… limpiar las calles. Y será una oportunidad para la Garza y objetivo de construir entre edificios.


    —Este escudero tuyo es un mocoso muy sagaz —dijo Sin Nombre con voz temblorosa—. Mi admiración sea también para su maestro, pues gracias a su ingenio de viento, la guerra que se avecina será mucho más corta. Pero no vamos a aceptar que se nos acuse de beneficiar con nuestras acciones a la Garza.


    —Bueno, ?eso es todo? —zanjó U con voz gutural—. Tenemos prisa y hay más emisarios que requieren mi atención. Ya veremos qué hacemos con esa harina tuya. No prometo nada.


    La sala quedó iluminada únicamente por la antorcha del casco de U. Los arcinsectos no solo se apagaron: cayeron sin vida al suelo. Nada Más cogió uno entre sus dedos y lo examinó con los ojos entrecerrados. Apretó ligeramente, y la cosa se volvió barro y le pringó las manos.


    —?Se ha ido? —se atrevió a preguntar Nada Más tras un rato.


    —La Termita siempre está ahí, chico —musitó el gigante.


    —Y esos son los que están más por tu causa —dijo muy serio Ungolpe al gigante U—. Así que ármate de paciencia, grandullón. Total, lo tuyo es… ?un sue?o imposible?


    —?Ya está bien, Pem! —se quejó U—. Haz pasar a esos puercos de una vez.


    Antes de que Ungolpe pudiera ponerse en pie, vieron fuegos de antorchas bajar por la escalera. Una interminable hilera de hombres vestidos con monos rosas descendía, llevando grandes bandejas en equilibrio sobre sus cabezas rapadas y humeantes, repletas de carnes asadas. Se fueron colocando, agachados y en ordenada fila, hasta ocupar toda la gran sala. Tres grandes figuras bajaron las escaleras con dificultad, resollando. Nada Más nunca había visto a un pura raza de la nación del Cerdo. Antes de poder verlos, pudo olerlos, incluso por encima del aroma a carne chamuscada. Olían a azúcar caliente.


    —?Y bien? —inquirió U.


    Los tres pura raza llegaron frente a U, arrastrando sus pies descalzos. Eran obesos y lampi?os. Vestían con filetes de carne fresca y finas cadenas de oro. Sus pieles rosadas brillaban bajo una espesa capa de sudor.


    Continuará...
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