《Ciudad Liminal (Español)》 El gigante, el escudero y el espadach铆n D¨ªa 1. En el piso cero, donde las vigas oxidadas crujen bajo el peso de millones de toneladas de cemento, el maestro de callejones aguardaba. Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, en una oscura esquina de la penumbrosa estancia, donde no llegaba el bailotear rojo de las antorchas. Y su paciencia casi estaba llegando al l¨ªmite cuando vio descender al primer miembro de su equipo. ¡ªEres un gigante¡­ ¡ªmurmur¨® el chico, con rizos pelirrojos pegados a la cara, sudoroso bajo el peso de la gran bombona de cobre que llevaba a cuestas. Daba cuidadosos pasos sobre los crujientes pelda?os de madera y arrugaba la nariz ante un desconocido olor, que parec¨ªa ser lo que llamaban ¡°tierra¡±. ¡ª?Pareces decepcionado! ¡ªrugi¨® el gigante, ajust¨¢ndose unas gafas de alambre, min¨²sculas sobre su nariz bulbosa y surcada de venas. Su rostro, bien afeitado, enrojeci¨® como las brasas¡ª. S¨ª, soy un gigante, de pura raza. ?Y t¨² eres el "escudero" que me env¨ªa el Toro? ?Un d¨ªa voy a subir y le voy a hablar en su idioma! ¡ªdijo con un pu?o levantado, tan apretado que estaba casi blanco. Contuvo el resuello y se?al¨® al ni?o¡ª. Por la c¨®lera del Dios que habita en la Caja¡­ ?Si no eres m¨¢s que un cr¨ªo! ¡ªNo, no ¡ªdijo el ni?o, con tono ofendido. Dej¨® caer la bombona sobre el barro y escupi¨® al suelo¡ª. Bueno, s¨ª, soy un ni?o¡­ Pero mira esto. Se sec¨® el sudor con la manga de su camisa roja y, tras coger una honda bocanada de aire, agarr¨® una manivela que sobresal¨ªa de la bombona y empez¨® a darle vueltas con visible esfuerzo. El gigante alz¨® una ceja, expectante. ¡ªPuedo comprimir el aire en el bid¨®n en muy, muy, muy poco tiempo. ¡ªDe acuerdo, de acuerdo ¡ªdijo el gigante¡ª. ?Y de qu¨¦ me sirve eso? ¡ªEsto¡­ ?Esto es el dep¨®sito de un astamvento! ¡ªdijo el ni?o, desenrollando unos tubos el¨¢sticos y recubiertos de alquitr¨¢n endurecido que sal¨ªan del deposito¡ª. ?En qu¨¦ mundo vives? ?Yo lo invent¨¦! ¡ªConsigui¨® extraer un tubo de acero extensible, largo como un brazo y delgado como un dedo¡ª. ?Y esto es el astamvento! ¡ªPareci¨® darse cuenta de que estaba hablando m¨¢s de lo que correspond¨ªa a un ni?o y continu¨® en tono algo m¨¢s bajo¡ª. Lo ide¨® mi maestro. Como puedes ver, no es m¨¢s que un tubo. El ni?o call¨® y baj¨® la mirada, a la espera de que el gigante juzgase su invento. A fin de cuentas, era ¨¦l quien decid¨ªa si el ni?o iba a tener el privilegio de ser su escudero o no. Esta era una oportunidad ¨²nica de conseguir el perd¨®n del Toro y de la naci¨®n. Perd¨®n por su invento. ¡ªUn rifle¡­ ¡ªmurmur¨® el gigante¡ª. El Nudo de Naciones proh¨ªbe usar el fuego para dar muerte. ?El Toro sabe que vamos a llevar¡­ eso? ¡ªdijo con repugnancia¡ª. ?Lo sabe? El cr¨ªo se rasc¨® la mejilla, luego rio y apunt¨® el astamvento al aire. Tir¨® de una palanca del bid¨®n y son¨® un estruendo sordo a trav¨¦s del tubo, luego un silbido seco y una nube de cemento pulverizado llovi¨® del techo, ti?endo de blanco la cara del muchacho. ¡ªAqu¨ª no hay chispa ni fuego. Esto es el astamvento. Cumple las leyes del Nudo ¡ªel ni?o se llev¨® el tubo al hombro con una sonrisa traviesa¡ª. Solo es aire, ?lo ves? Los dioses tambi¨¦n lo ven. Y sonr¨ªen. El ni?o empez¨® a toser a causa del polvo. ¡ªYa veo ¡ªgru?¨® el gigante. Cruz¨® sus brazos llenos de cadenas¡ª. Un paso m¨¢s hacia la guerra. ?C¨®mo te llamas, peque?o inventor? ¡ªPem ¡ªPem se quit¨® el polvo gris de la camisa con tres palmaditas¡ª. Pem, nada m¨¢s. ¡ªYo soy U ¡ªla manaza de U revolvi¨® a¨²n m¨¢s el pelo de Pem¡ª. Encantado de conocerte, se?or Nada M¨¢s. ?Es muy com¨²n el nombre Pem en los edificios de la naci¨®n del Toro? ¡ªEh¡­ No ¡ªdijo el ni?o, algo confuso. ¡ªEl elegido para escoltarnos por las calles tambi¨¦n se llama Pem ¡ªel ni?o se dio cuenta de que era la primera vez que ve¨ªa al gigante sonre¨ªr¡ª. ?Te suena? ¡ªArriba¡­ no es como all¨ª afuera. En los edificios viven miles y miles de miles de personas, no todos nos conocemos. ¡ªVale, sabiondo ¡ªdijo U, rasc¨¢ndose la espalda contra la pared con aire despistado¡ª. ?No conoces a nadie que se llame como t¨²? ¡ªPe¡­ Pem. Pem hay uno. S¨ª ¡ªdijo el ni?o, tartamudeando nervioso ante la insistencia¡ª. Todos conocen su nombre. ¡ª?Es famoso all¨ª arriba? ¡ªPerd¨®n, U, no soy m¨¢s que un cr¨ªo, pero creo entender que quieres que hable de ese¡­ Pem, porque es ¨¦l tu escolta y quieres saber mi opini¨®n. Una opini¨®n pura, antes de revelarme que el otro Pem, el infame Pem, va a acompa?arnos all¨ª fuera. El gigante solt¨® una corta pero sincera carcajada. ¡ª?Siempre piensas tan raro, Nada M¨¢s? Luego se qued¨® mirando fijamente a Pem, con ojos fr¨ªos y grises y una sonrisa de grandes dientes amarillos. ¡ªPero eso es imposible ¡ªcontinu¨® Pem¡ª. Ese Pem nunca vendr¨ªa aqu¨ª. No trabaja. No¡­ no quiere. Es un pat¨¢n. ¡ª?Qu¨¦ es un pat¨¢n? ¡ªNo s¨¦ c¨®mo ser¨¢ ah¨ª fuera ¡ªexplic¨® el ni?o y se?al¨® el port¨®n que marcaba la frontera de lo desconocido para ¨¦l¡ª. O en otras naciones, en los otros edificios. Pero en la naci¨®n del Toro, a quien no trabaja lo llamamos pat¨¢n. Ellos se dedican a¡­ contarnos sus historias. Re¨ªmos con su¡­ su ociosidad y sus malas decisiones. ¡ª?C¨®mo un buf¨®n? ¡ªinquiri¨® U, el gigante. ¡ªNo¡­ bueno ¡ªdud¨® Pem entre quedar como un est¨²pido o parecer un repelente, pero ya era muy tarde para eso¡ª. Los bufones hacen re¨ªr, me consta que otras naciones los tienen y que se trata de todo un arte. Los patanes no tienen que fingir. Pero bueno, s¨ª, ser¨ªa una equivalencia cercana a la correcci¨®n. ¡ªBueno, peque?o sabio, es una suerte, ya que no queremos que un buf¨®n nos cubra las espaldas all¨ª fuera, con su espada hecha de globos atados. ?No? ¡ªEse Pem es peor que eso, a decir verdad. Es un duelista. El gigante aguard¨® sin decir nada, y Pem se vio arrastrado a continuar hablando. ¡ªLos duelistas¡­ la gente del Toro llamamos duelistas a los patanes que no aceptan la burla y¡­ y se baten en duelo cuando se sienten ofendidos por su condici¨®n ¡ªPem vio el disgusto en el rostro de la enorme cabeza calva de U¡ª. Ya s¨¦, ya s¨¦¡­ ?Horrible! Parece una costumbre de la naci¨®n del Oso. Dejar que dos hombres busquen herirse como animales. Pero es una vieja ley. Es un derecho. Pero¡­ pero no hay p¨²blico, ni es un duelo a muerte. Es a un ¨²nico golpe. A ¡°primera sangre¡±, lo llaman. ¡ª?Es tan diestro duelista ese tal Pem como t¨² de charlat¨¢n? ¡ªHay pocos en los edificios de Carpinter¨ªa que no lleven con verg¨¹enza una cicatriz, que atribuyen a un descuidado accidental con un hacha o una sierra. Y todos ellos maldicen su nombre ¡ªPem se mir¨® los pies¡ª. Por eso odio llamarme como ¨¦l. ¡ª?Pem qu¨¦ m¨¢s has dicho que se llamaba? ¡ªdijo U. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. ¡ªPem¡­ ¡ªempez¨® a decir el ni?o, pero se puso blanco y se qued¨® mudo al sentir algo, quiz¨¢s un insecto, que le mord¨ªa el cogote. ¡ª?Pem Ungolpe! ¡ªchill¨® el ni?o, dando un salto hacia delante y gir¨¢ndose espantado. Un hombre joven y de rasgos delicados, estaba frente a ¨¦l. De su fin¨ªsima espada sin filo colgaba una gota de sangre desde su punta; esta s¨ª bien afilada. Con unos ojos grandes y negros, carentes de expresi¨®n, mir¨® al ni?o con el que compart¨ªa nombre. ¡ªPem Ungolpe, as¨ª me llaman ¡ªdijo, alargando las vocales, en lo que al ni?o le pareci¨® una burlona imitaci¨®n del acento de los pisos bajos de Carpinter¨ªa¡ª. Y estar¨ªas muerto si ese apodo me ofendiera. Pem, el ni?o, cay¨® sentado al suelo, con las piernas temblando. "?Por qu¨¦ siempre meto as¨ª la pata?", se pregunt¨®. "Es tan f¨¢cil como callar", le dec¨ªa siempre su maestro. ¡ªAhora te llamas Nada M¨¢s ¡ªdijo Pem, ahora con un tono severo, como el de un anciano maestro de gremio de los ¨¢ticos de Carpinter¨ªa. Enfund¨® el arma y retir¨® la mirada del peque?o Pem y, despu¨¦s de eso, ya rara vez volvi¨® a mirarlo, ni siquiera cuando le daba alguna orden¡ª. Estoy encantado de conocer al famoso gigante errante ¡ªcontinu¨®, ya dirigi¨¦ndose a U. Con manos de largos dedos, que apenas asomaban de su capa negra, se abrochaba con delicadeza un bot¨®n de su camisa del color rojo nacional. "Da la sensaci¨®n de que se averg¨¹enza del rojo", pens¨® Nada M¨¢s, con disgusto¡ª. Pero es doloroso ser tan sincero, gentil U. No quiero estar aqu¨ª. ¡ªY sin embargo¡­ ¡ªse limit¨® a decir U, su tono era teatralmente cansado. ¡ªSaldremos ¡ªcontest¨® sin apartar la mirada de U, como buscando en ¨¦l un solo gramo de ofensa. Cada ojo de U era casi como una cabeza de Pem¡ª. Saldremos ah¨ª fuera a que nos maten. ¡ª?Pues v¨¢monos! ¡ªexclam¨® el gigante, dio una palmada y se alz¨® con tremendos crujidos de huesos. Su cabeza quedaba ladeada, con el cuello torcido y la espalda doblada, aplastada contra el techo. Dio un paso al frente y un mont¨®n de cadenas quedaron arrancadas de la pared. ¡ª?No tan r¨¢pido! ¡ªdijo Pem Ungolpe¡ª. ?Qu¨¦ prisa hay? Traigo noticias de arriba. Y cuando he de dar una mala noticia a un gigante, lo prefiero sentado. U se detuvo y mir¨® al joven. ¡ªHemos de esperar a unos acompa?antes de ¨²ltima hora ¡ªcontinu¨® Pem Ungolpe¡ª. El Nudo ha decidido que nos acompa?ar¨¢ una delegaci¨®n de la Garza. ¡ª?QU¨¦ DEMONIOS¡­? ¡ªbram¨®¡ª. ?Nos va a acompa?ar el¡­ enemigo? ¡ªA m¨ª esos remilgados no me han hecho nada ¡ªPem Ungolpe puso los brazos en jarra bajo su capa¡ª. De momento. Pero est¨¢n en su derecho de saber tanto como nosotros¡­ mientras pertenezcamos al Nudo. ¡ª?Y cu¨¢nto van a tardar? ¡ªdijo U, de pronto tranquilo y sent¨¢ndose con cuidado; por poco no aplast¨® a Nada M¨¢s¡ª. Llevo dos d¨ªas sin comer para poder pasar por el port¨®n de salida. ?Me voy a cagar en los huevos de ese pollo que tienen por dios! ¡ªDormiremos ¡ªdijo Pem, con aires de capataz en opini¨®n de Nada M¨¢s¡ª. Ma?ana los sacerdotes de la Garza te traer¨¢n ofrendas: media tonelada de las m¨¢s deliciosas carnes de la naci¨®n del Cerdo y un cuarto de tonelada de pan y pasteles de la naci¨®n del Zorro. ?Contento? El gigante sopl¨® y todas las antorchas se apagaron. Nada M¨¢s rod¨® por el suelo. ¡ªBuenas noches, equipo 1.2 ¡ªdijo apenas un segundo antes de ponerse a roncar como un demonio pariendo. ¡ªTambi¨¦n traer¨¢n un tonel de aceite ¡ªpudo o¨ªr Nada M¨¢s que dec¨ªa Pem Ungolpe en la oscuridad¡ª. Para que puedas pasar tu culo enorme por el port¨®n y salir de esta mierda de sitio. ¡ªUh¡­ Bu¡­ buenas noches ¡ªtartamude¨® Nada M¨¢s. Nadie respondi¨®. El ni?o no durmi¨®. Sab¨ªa que deb¨ªa encender la mecha de la guerra, solo as¨ª podr¨ªa salvar la vida a su maestro. ?Aceptar¨ªan U y Pem Ungolpe convertirse en c¨®mplices de un destino fatal? Ma?ana lo descubrir¨ªa. Pero esa noche, el insomnio lo acompa?¨®. Y lo habr¨ªa de acompa?ar hasta su ultimo suspiro. D¨ªa 2. ?D¨®nde est¨¢ lo que se me ha prometido? ¡ªrugi¨® U asomando su cabeza por el hueco de la escalera, el sudor resbalando por su rostro. ¡ª?Tanta prisa, se?or?-se atrevi¨® a decir Nada M¨¢s-. De todos modos deber¨¢s comer una vez fuera. Si comes ahora no pasar¨¢s por el port¨®n. ¡ªQuiero ver qu¨¦ traman esos hijos de la Garza. ?Siempre consiguen enga?arme! ¡ªbuf¨® el gigante, alzando al chico sobre sus hombros con brusquedad¡ª. Nunca has pisado un templo de la Garza, ?cierto? ¡ªSoy¡­ solo un ni?o. ¡ª?Ves algo? ¡ªEst¨¢ oscuro. ¡ª?Ojal¨¢ pudiera subir hasta el templo y sentir ese amor del que alardean! ¡ªLa nariz de U enrojeci¨®¡ª. Quiz¨¢ hasta me volviera devoto. Devolvi¨® con cuidado al suelo al ni?o, que tambi¨¦n se hab¨ªa ruborizado. ¡ª?Es verdad que los del Toro solo¡­ joden con sacerdotes de la Garza? ¡ªpregunt¨® U con torpeza. El chico apret¨® la mand¨ªbula y se puso a bombear aire al dep¨®sito del astamovento, para no tener que mirar al gigante. ¡ªEn el Toro esos asuntos son¡­ complicados. Entienden todo acto carnal como una agresi¨®n. Aunque muchos son¡­ cercanos, en la intimidad, claro ¡ªmusit¨®, forzando una risa inc¨®moda¡ª. Eso s¨ª, nos besamos con quien nos gusta. ¡ª?Los ni?os no deben hablar de eso! ¡ªinterrumpi¨® Pem Ungolpe, descendiendo las escaleras con rigidez. Nada M¨¢s lo observ¨®: "¨¦l s¨ª act¨²a como ni?o". ¡ª?Y bien? ¡ªdijo U con impaciencia. ¡ªResulta que han venido algunas delegaciones de las naciones del Nudo ¡ªanunci¨® Ungolpe¡ª. No pongas esa cara, vienen a despedirnos y desearnos buena suerte. Un espect¨¢culo hartamente innecesario¡­ ¡ªNo seas tan negativo, Pem. ?Es un honor! ¡ªU golpe¨® su peto met¨¢lico, haciendo resonar los eslabones¡ª. ?Es una labor importante! Nos eligieron para mediar, no para alimentar su guerra. ¡ªNi siquiera vienen por gesto de cortes¨ªa; es pura propaganda. Buscan adularte ¡ªreplic¨® Pem, cruzando los brazos. ¡ªPues muy bien. ¡ªInterpretar¨¢n tu informe como les convenga ¡ªa?adi¨® Pem Ungolpe, d¨¢ndole la espalda. Un inc¨®modo silencio se instal¨® hasta que U clav¨® un dedo en el pecho de Nada M¨¢s: ¡ª?T¨² qu¨¦ opinas, peque?o inventor? ¡ªDir¨¢n que en las calles no hay nada que merezca preservarse. La Garza construir¨¢ sobre los vac¨ªos¡­ *"?Y no tendr¨ªan raz¨®n?"*, estuvo a punto de decir. ¡ª?El Toro se opondr¨¢! ¡ªrugi¨® U¡ª. All¨ª florecen culturas de todo tipo, cada d¨ªa nacen y mueren nuevos dioses¡­ ?La gente de all¨ª fuera tambi¨¦n es gente! ¡ªTe fascina ese lugar ¡ªmurmur¨® Pem con desd¨¦n¡ª. Cualquiera dir¨ªa que para ti este castigo van a ser unas vacaciones. ¡ªNo¡­ No es eso. Fuera es m¨¢s horrible que dentro ¡ªEl gigante se encogi¨® de hombros y se?al¨® escaleras arriba¡ª. ¨²nicamente deja pasar a los del Toro y a los de la Termita. ¡ªLo siento, el Toro ya nos da m¨¢s que por despedidos ¡ªri¨® amargamente Pem, mientras volv¨ªa a subir las escaleras¡ª. Pero has de saber que los del Cerdo van a bajar, quieras o no. Prometieron provisiones para nuestro "pase¨ªto", y viendo el tama?o de tu panza, no podemos rechazarlas. ¡ªEst¨¢ bien¡­ est¨¢ bien¡­ ¡ªse quej¨® el gigante U¡ª. Pero que pasen los ¨²ltimos. Un zumbido estridente invadi¨® la sala antes de que Ungolpe alcanzara el primer piso. El aire se espes¨® de repente con unas mosquitas diminutas de abdomen luminoso, cuyas sombras danzaban en las paredes como espectros alargados. ¡ªGuau ¡ªexclam¨® Nada M¨¢s con los ojos desorbitados y brillantes¡ª. ?Son arcinsectos? Dicen que la gente de Termita los moldea de barro para desafiar a los viejos dioses. Una voz crepitante surgi¨® de una figura que hab¨ªa aparecido frente al gigante, con el rostro oculto y envuelta en un h¨¢bito de telas grises de patrones cuadriculados y superpuestos: ¡ªNo hay m¨¢s dios que el hombre ¡ªdijo¡ª. Y solo al hombre desafiamos. El gigante se arrodill¨® y agach¨® la cabeza en gesto de respeto ante el aparecido. ¡ªDisculpa a mi joven escudero, venerable Sin Nombre ¡ªdijo U. ¡ª?Siempre eres tan bocazas? ¡ªle susurr¨® por detr¨¢s Pem a Nada M¨¢s. Lo agarr¨® del hombro y lo condujo con fuerza a sentarse tras las espaldas del gigante. Era la primera vez que Nada ve¨ªa esa espalda que era como una pared peluda, llena de cicatrices antiguas y nuevas. Algunas a¨²n abiertas. ¡ªConozco a algunos de los mierdas que van a venir a despedir al gigante errante ¡ªle dijo Pem al o¨ªdo mientras U terminaba de disculparse¡ª. Aqu¨ª veremos sin meternos en l¨ªos. ¡ªLa naci¨®n de Termita os presenta sus respetos, sabio errante ¡ªdeclar¨® el emisario de Termita, imitando al gigante al arrodillarse. Lo hizo con cuidado, como si bajo las ropas habitara un hombre anciano. Ambos se sentaron de rodillas frente a frente. ¡ªAmamos los sue?os imposibles ¡ªprosigui¨® el anciano embozado mientras cuatro figuras igualmente ataviadas, que deb¨ªan cubrir a hombres bien crecidos, bajaban pesados sacos que depositaban sobre el barro de la estancia¡ª. Por eso deseamos equiparos de la mejor manera. No todos los d¨ªas se puede colaborar a frenar la insensatez humana. Dos encapuchados dejaron frente al gigante una ofrenda. ¡ªPara el escudero y el escolta, que tan buenamente se han presentado voluntarios ¡ªdijo el anciano¡ª. Dos lanzas de queratina oscura. ¡ª?Queratina oscura? ¡ªexclam¨® Nada M¨¢s, y Pem Ungolpe tuvo que retenerlo agarr¨¢ndolo de la camisa¡ª. Son dur¨ªsimas y muy, muy flexibles ¡ªcontinu¨® susurr¨¢ndole a Pem mientras U daba las gracias al emisario. ¡ªTodos los regalos de Termita est¨¢n envenenados, ni?o ¡ªdijo Ungolpe sin preocuparse de que lo oyeran, cruzando los brazos bajo la capa¡ª. Esas lanzas est¨¢n vivas. Son un caparaz¨®n, y en su interior habita una alima?a repugnante que se alimenta de sangre ¡ªno mir¨® al joven, pues ya adivinaba su palidez¡ª. Brujer¨ªas. Qu¨¦datelas t¨² ¡ªsentenci¨®. ¡ª¡­y sentimos no ofreceros alimento, pero nuestras reservas de carne se vieron mermadas¡­ mmmh¡­ cuando usted paseaba por las calles, entre los edificios de nuestra naci¨®n. ?Recuerda? ¡ª?Ja, ja! Pues la verdad que no ¡ªsolt¨® U¡ª. Perd¨®n, siento haberme re¨ªdo, es que tengo hambre y me vuelvo un salvaje. Sin Nombre no pareci¨® inmutarse. El resto de encapuchados ya sub¨ªan en filas de dos las escaleras. Hab¨ªan apilado un alto mont¨®n de sacos. ¡ªY aqu¨ª ten¨¦is media tonelada de harina vivificada ¡ªcontinu¨® el anciano, levant¨¢ndose sin mucho esfuerzo. ¡ª?Llam¨¢is as¨ª a la harina de insecto? ¡ªdijo Pem, que no pudo contenerse desde detr¨¢s del gigante¡ª. ?Que coman esa porquer¨ªa vuestros ni?os! ¡ªEsta harina es diferente ¡ªrespondi¨® Sin Nombre, con voz imponente y orgullosa¡ª. Si tiene espacio, se multiplica. Es decir, que si no la comes, crecer¨¢ exponencialmente. Solo necesita un ambiente h¨²medo. ¡ªEso¡­ eso acabar¨ªa con el hambre en Abismo Lodoso ¡ªmurmur¨® U, anonadado. Sin Nombre se revolvi¨® inc¨®modo en sus ropas. ¡ªPerd¨®n¡­ quer¨ªa decir las calles. ?Eso es genial! Los alimentaremos, los educaremos, y¡­ ¡ªU parec¨ªa apasionado¡ª. Y tendr¨¢n que tratarlos como iguales, ?verdad? ¡ªgir¨® la cabeza, y cay¨® polvo del techo sobre Nada M¨¢s¡ª. ?Verdad, escudero sabiondo? ?Qu¨¦ piensas? ¡ªAumentar¨ªa la poblaci¨®n. Se sospecha que la desnutrici¨®n es la primera causa de muerte en las calles. Toda mi humilde admiraci¨®n a Termita: hab¨¦is arreglado el eterno problema del hambre. Pero en tres generaciones habr¨¢ tanta gente api?ada y ociosa entre nuestros edificios que¡­ ¡ª?Dilo, ni?o, por el Dios en la Caja! ?Qu¨¦? ¡ªbram¨® U. ¡ªNo solo querr¨¢n entrar a los edificios¡­ necesitar¨¢n hacerlo. ¡ª?Y qu¨¦ m¨¢s da eso? ¡ªdijo U. ¡ªMucho. Esta amenaza ser¨¢ usada por el Nudo como excusa para¡­ limpiar las calles. Y ser¨¢ una oportunidad para la Garza y objetivo de construir entre edificios. ¡ªEste escudero tuyo es un mocoso muy sagaz ¡ªdijo Sin Nombre con voz temblorosa¡ª. Mi admiraci¨®n sea tambi¨¦n para su maestro, pues gracias a su ingenio de viento, la guerra que se avecina ser¨¢ mucho m¨¢s corta. Pero no vamos a aceptar que se nos acuse de beneficiar con nuestras acciones a la Garza. ¡ªBueno, ?eso es todo? ¡ªzanj¨® U con voz gutural¡ª. Tenemos prisa y hay m¨¢s emisarios que requieren mi atenci¨®n. Ya veremos qu¨¦ hacemos con esa harina tuya. No prometo nada. La sala qued¨® iluminada ¨²nicamente por la antorcha del casco de U. Los arcinsectos no solo se apagaron: cayeron sin vida al suelo. Nada M¨¢s cogi¨® uno entre sus dedos y lo examin¨® con los ojos entrecerrados. Apret¨® ligeramente, y la cosa se volvi¨® barro y le pring¨® las manos. ¡ª?Se ha ido? ¡ªse atrevi¨® a preguntar Nada M¨¢s tras un rato. ¡ªLa Termita siempre est¨¢ ah¨ª, chico ¡ªmusit¨® el gigante. ¡ªY esos son los que est¨¢n m¨¢s por tu causa ¡ªdijo muy serio Ungolpe al gigante U¡ª. As¨ª que ¨¢rmate de paciencia, grandull¨®n. Total, lo tuyo es¡­ ?un sue?o imposible? ¡ª?Ya est¨¢ bien, Pem! ¡ªse quej¨® U¡ª. Haz pasar a esos puercos de una vez. Antes de que Ungolpe pudiera ponerse en pie, vieron fuegos de antorchas bajar por la escalera. Una interminable hilera de hombres vestidos con monos rosas descend¨ªa, llevando grandes bandejas en equilibrio sobre sus cabezas rapadas y humeantes, repletas de carnes asadas. Se fueron colocando, agachados y en ordenada fila, hasta ocupar toda la gran sala. Tres grandes figuras bajaron las escaleras con dificultad, resollando. Nada M¨¢s nunca hab¨ªa visto a un pura raza de la naci¨®n del Cerdo. Antes de poder verlos, pudo olerlos, incluso por encima del aroma a carne chamuscada. Ol¨ªan a az¨²car caliente. ¡ª?Y bien? ¡ªinquiri¨® U. Los tres pura raza llegaron frente a U, arrastrando sus pies descalzos. Eran obesos y lampi?os. Vest¨ªan con filetes de carne fresca y finas cadenas de oro. Sus pieles rosadas brillaban bajo una espesa capa de sudor. Continuar¨¢...