En la aldea oculta de Hayagakure, los vientos soplan sin cesar entre monta?as y árboles ancestrales. En medio de la aldea, un joven de cabellos despeinados y mirada determinada corre por los tejados, esquivando a los guardias. Toruna Kazemori, el huérfano problemático, había vuelto a pintar la estatua del Reikage con símbolos extra?os.
—?Toruna, distensión! —gritó un guardia mientras el joven se reía y saltaba ágilmente de un techo a otro.
Al aterrizar en el suelo, se encontró con una kunoichi de cabellos oscuros y mirada seria. Mika, su compa?era de equipo, lo miró con fastidio.
— ?Otra vez haciendo tonterías?
—?Tienes que admitir que quedó genial! —respondió Toruna, sonriendo.
Antes de que Mika pudiera responder, una presencia fría se sintió detrás de ellos. Un chico de cabello rubio y ojos afilados los miraba en silencio. Ryojin, el prodigio de su generación, simplemente cruzó los brazos.
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—En vez de perder el tiempo, podrías entrenar. No llegarás a ser Reikage si sigues jugando.
Toruna frunció el ce?o, sintiendo su orgullo herido.
—?Ya verás! Voy a superarte, Ryojin.
Un ruido fuerte interrumpió su discusión. Un grupo de ninjas de negro había invadido la aldea. La Sombra Roja, un grupo de renegados, estaba atacando el templo sagrado.
El equipo de Toruna, bajo la guía de su sensei Jinsei, corrió hacia la batalla. Allí, un hombre encapuchado con ojos oscuros como la noche los esperados.
—El Ryuujin… al fin lo encuentro —susurró el enemigo, observando fijamente a Toruna.
De repente, una energía antigua despertó dentro del joven. Su cuerpo fue rodeado por un viento dorado y una marca apareció en su brazo derecho.
—??Qué es esto?! —exclamó Toruna, sintiendo el poder recorriendo su cuerpo.
Su destino estaba escrito. Aquella batalla sería solo el inicio del camino que lo llevaría a convertirse en el Reikage… o en algo mucho más peligroso.