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Cap铆tulo 1 - No perturbes los verdes campos

    —La, la, la... Pajarito azul...


    Una chica salta de saliente en saliente sobre un muro de piedra, mantienendo el equilibrio con una pierna, luego con la otra.


    —Pajarito azul… Pajarito azul… —vuelve a hacer, anticipando en un tic nervioso de la nariz una respuesta al frío—. No perturbes los verdes campos...


    La muchacha estornuda bajo un cascada de copos grises y flácidos. Solo unos minutos más tarde sus ojos reparan en un edificio cuyos cristales están intactos, aunque empa?ados por la humedad.


    —?Hola?... —pregunta en discreción, tras lo cual despeja su visión con el antebrazo y se arrima al vidrio—. Hm… Hmmm... Huelo un tesoro... —a?ade entre susurros.


    Al pasar el interior, Mana siente el frío soplo detenerse, y en su lugar la abrazan el chasqueo de la madera y el silbido ocasional de la fricción del viento, luchando por internarse.


    Tras frotarse las manos y exhalar su cálido vaho en ellas, continúa con su misión. En el interior de los armarios halla trastos, telas y alfileres, cajas, y sobre las mesitas y alacenas cuadros enmarcados y jarrones con distintos dise?os. La chica no duda en adue?arse de muchas de las cosas que le salen al paso, sin tenerlas en cuenta baratijas o no, hasta que sus alforjas quedan rebosantes en ambos lados de su cintura, lo que supone el punto final de su acaparamiento obsesivo. Durante el saqueo, no obstante, un elemento destaca entre los demás, luciendo una tela de colores geométricos, la cual esconde una solemne cajita de madera tallada son escrúpulo, fascinante ante sus ojos.


    La caja emite una dulce melodía que tintinea en la estancia cuando la activa. Dos pajarillos de bronce comienzan a bailar unidos por su pico, rotando lentamente sobre un eje central. La chica acompasa la canción con el tono de su propia voz, así hasta que las figuras encuentran en el silencio su merecido descanso, y tal como llegan vuelven a las profundidades.


    —?Qué bonita es! —se susurra sonriente—. Nunca había escuchado algo tan hermoso —la chica acaricia la superficie lacada de la cajita, y al cabo de unos segundos, sus ojos se abren como platos—. ?Ya sé! Dejaré que Chinchin también se deleite con la música.


    Satisfecha, la joven comienza a tararear mientras, con una sonrisa de oreja a oreja, fuerza la caja de música en una de sus rebosantes alforjas, provocando la ocasional caída de otras chatarras acumuladas.


    Durante su gozadera, sin embargo, su pie encuentra un obstáculo, el cual resulta ser un mal tablón. Con gran celeridad, se ve a sí misma precipitada irremediablemente; primero su pie, luego todo su cuerpo, a través de la madera podrida, hacia un piso más abajo.


    —Ay ay ay...


    La chica se levanta despacio, comienza a toser. Desvía con la mano el polvo que baila flotante a su alrededor antes de alzarse con cuidado sobre sus rodillas. Justo delante, los ligeros rayos de un sol ahogado marcan la silueta de una figura.


    Al acercarse lo ve más claro: un individuo descansa solitario en un sofá descomunal, cabizbajo, enfatizado por el intenso contraluz en la oscuridad. Ella alza su mano y se dirige hacia lo extra?o, hallando la forma de un hombro, y posteriormente, unos ojos que se encienden rojos a tan solo escasos palmos de su rostro.


    —?Yaaah!


    —?Uaaah!


    Ambos retroceden disparados; la chica cae sobre una mesa, el chico choca con una estantería al intentar levantarse doblando la estructura y provocando la caída del polvo y las vasijas, las cuales estallan en mil pedazos en el suelo antes de dar paso al silencio.


    —?Lo siento! —Dicen al unísono; poco después, ella exclama—: ?Estás bien?...


    —Sí, no ha pasado nada… Debo haberte asustado.


    —No, no —rechaza ella en un gesto—. ?Me he asustado más con mi propio grito!


    La chica le presta un brazo de apoyo al chico y lo ayuda a levantarse, descubriendo al cabo que sus propios ojos quedan a la misma altura que los de él.


    —Ey, ?cómo te llamas? —le pregunta ella de improviso.


    —?Mi nombre?


    —?Todos tenemos uno de esos! —la chica se se?ala con el pulgar y exclama—: ?Yo soy Mana!


    —?Mana?… —él asiente tras unos segundos—. Lo registraré en mi base de datos.


    —?Eeeh...? —Mana parpadea rápidamente—. Nadie diría algo así...


    —En ese caso, ?Nadie? debe parecerse a mí.


    —?Ese golpe no te ha hecho bien! ?Me oyes?


    El chico estira su cuello bajo un rumor pensativo. Sus ojos miran al techo. Después comienza a sacudirse el polvo de su traje, bastante pulcro a pesar de las condiciones del resto del salón.


    —Yo soy una unidad SEL-3 —presenta en un gesto, sonriedndo—. ?Mucho gusto! Dispuesto para servir a la usuaria Mana.


    —??Sieltrés?? —Mana se acaricia el mentón—. No sé...


    —Eso no es...


    —?Siel! —interrumpe con atropello—. ?Ese nombre me gusta más!


    —Hm… ?Claro, como prefieras! —le sonríe—. ?Seré Siel para ti!


    Mana le devuelve la sonrisa, y ambos ríen mirándose durante unos segundos, y hablan un poco sobre la situación.


    —Han transcurrido ochocientos cincuenta días desde que fui desactivado —le dice al cabo—. Ni siquiera reconozco este sitio.


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    —Pues eso es como… ?tres a?os y medio?


    —Exactamente dos a?os, ciento veinte días, diez minutos y cuarenta y siete segundos —concreta él.


    —Uy. ?Pues perdone usted!


    Al cabo de unos instantes Siel parece interesado en el resto de la estancia. Mana lo observa acariciar los muebles en las tinieblas y frotar el polvo blanco entre sus dedos, con la mirada perdida en las peque?as partículas.


    —?Qué estaba haciendo aquí? ?Cuál es mi propósito? Por algún motivo no logro recordar todo eso.


    —Quizás esperabas a alguien. ?Como a tu mamá!


    —No, imposible —el chico se detiene con un gesto—. En todo caso, aguardaba la aparición de un usuario como tú.


    —?Como yo?…


    —Cuando entré en modo suspendido me di una orden a mí mismo… —Siel se acaricia el mentón—. ?Por qué no tengo registros de ello?


    —Bueno, es normal olvidar cosas todo el tiempo —apunta ella—. Por ejemplo, ?ya ni siquiera me acuerdo del numerín que has dicho antes!


    —Sí —asiente él, cerrando los ojos—. Tal vez sea así para ti.


    —?Cómo? ?Qué grosero! —protesta ella.


    —Oh, no me malinterpretes... —Siel sonríe—. Los robots no solemos olvidar registros de forma natural. ?Entiendes ahora?


    —?Un... robot? ?Como, ?bip, bip??...


    —Soy una unidad androide —le explica a índice alzado—, y en realidad somos muy parecidos. Como me has encendido, ahora yo...


    —A ver, echa el freno —interrumpe Mana—. ?Pero mira que no te enteras!


    Siel alza las cejas.


    —?Solo pasaba por aquí y te encontrado muerto, vegetal! —exclama la chica—. ?Y ahora me tengo que hacer cargo de ti? No sé yo, ?eh?


    —Debe ser un malentendido —tercia él en un gesto con las manos—. Como unidad SEL es mi responsabilidad servir al usuario que me ha despertado, no al revés...


    —?Pues eso! —detiene ella en un gesto—. ?Chinchin me espera bajo el frío invernal, no tengo tiempo para jugar! ?Adiós!


    Mana le da la espalda y se dirige hacia la salida, forcejeando con el pomo de la puerta, que chasquea sin moverse un milímetro.


    —?Eh?… Oh...


    —Curioso…


    —?De curioso nada!


    Mana mira con los dientes apretados hacia el agujero en el techo. Siel hace lo propio escasos segundos después. En el silencio, un trocito se precipita con un chasqueo de la madera.


    —Ay ay ay… —la chica se cubre el rostro con las manos—. ?Que me quedo aquí encerradita!


    —No te desanimes —espolea el chico—. Busquemos otro modo de salir.


    Siel y Mana se dispersan a distintos puntos de la habitación. El chico rebusca en los armarios, tras los jarrones y platos de ornamento, y al no hallar nada lo deja todo en su sitio. La chica, por su parte, arroja al suelo los libros que encuentra, y accidentalmente golpea con el codo un jarrón, el cual se desparrama en miles de trocitos sobre el suelo.


    —?Estás bien?


    —?Ha sido todo una elaborada gran trampa! —exclama Mana extendiendo las manos—. ?Nos esconden un gran tesoro, Siel!


    —Claro que no —replica con calma—. Esto solo ha sido un desafortunado accidente.


    El chico se asoma por la única ventana de la habitación y echa un vistazo afuera, y la chica se aproxima por detrás.


    —Menuda caííída... —menciona pasmada.


    —Pero tal vez con una cuerda… —hace él entre gestos—. ?No tienes algo así?


    —Ay, algo tenía —cierra un ojo—, pero ahora está con Chinchin.


    —?Chinchin?


    —?Es mi mejor amigo! —Mana le muestra el pulgar—. ?Tenéis que conoceros, es muy gracioso!


    —Claro… —el chico devuelve la mirada afuera, y luego vuelve al interior. Tras esto echa la mesa del centro a un lado , y recoge la alfombra bajo sus pies, hecha de peque?os nudos. De mientras, Mana rebusca en sus alforjas arrojando trastos, y comienza a decirle:


    —Hoy hace un fresquico que alucinas, ?no?


    Siel emite un sonido, como pensativo. Las placas del suelo llaman su atención. Dobla las rodillas para acaricia su relieve, antes de acabar desencajando una por una, dejando una suerte de cráteres por todo suelo.


    —No te molestes. Puedo abrir esta peque?a.


    —?Por qué lo dices?


    —Debería estar por aquí… —de pronto una cazuela cae de sus alforjas con vibrante estrépito, y ella se encoge—. ?Dioses!


    —Hm… Eureka... —exclama el chico para sí.


    —Lo siento, no te oigo desde...


    Mana se interrumpe al ver asomado a Siel en un cuadrado de oscuridad, y pronto se coloca a su lado.


    —?Qué hay ahí abajo?


    —Conductos que nos llevaran al exterior...


    Siel ofrece su mano, y juntos descienden al abismo oscuro, solo unos palmos bajo el suelo. Luego deben gatear, y Siel se coloca justo delante.


    —Qué estrecho...


    —Es un viejo sistema de calefacción.


    —?Tan antigua era esa casa?


    —A juzgar por el aspecto de ese salón, no creo que fuese una vivienda.


    —?Eh? ?Cómo puedes saberlo?


    —Cómo decirlo… Estaba demasiado ordenado.


    —Qué tontería.


    Tras gatear durante largos minutos por un suelo de tierra, una luz gris inunda la visión de ambos. Mana comienza a toser y Siel le pide que aguante la respiración.


    —Oye, Sieel… —hace la chiquilla—. Creo que he tocado algo escurridizo.


    —No te preocupes tanto —disuade el chico—. Lo que no ves no puede hacerte da?o.


    —?Y los otros sentidos para qué están?... ?Es que tú no sientes nada?


    —Claro que sí —replica él—. Tengo sensores la piel, las yemas de los dedos, la lengua…


    —?No quiero escuchar más!


    —No iba a decir nada inapropiado...


    Siel retira unos le?os del camino. La ceniza marca sus manos y el polvo vuela en volutas. Ambos salen a un recinto vallado bajo la luz del exterior, no especialmente brillante bajo las nubes.


    —Bua, qué asquete —Mana estira sus pantalones con manos como dos pinzas—. Y todo por un par de agujas...


    —Deberías asearte —Siel rebusca en sus bolsillos y le muestra un pa?uelo blanco y perfecto—. Aquí tienes.


    Los dos se mantienen en silencio durante un tiempo junto a la hoguera y una pared de ladrillo pintada de hollín, Mana lentamente limpiando su rostro.


    —?Estoy segura de que hubiera podido abrirla! —exclama Mana—. Definitivamente.


    —Si el hambre no acaba contigo antes.


    —?óyeme, tengo el buche de hierro! —el rugir de su estómago interrumpe su alarde—. Eh… eso es que llevo días sin llevarme nada a la boca...


    —Hm… ?Y por qué no cocinamos algo?


    —?Cocinar!… ?O sea que te me vas a pegar como una lapa!


    —Pero siempre puedo apagarme si te molesta.


    —?Podrías vivir tu vida y ya está!


    —Pero si solo soy… —Siel se interrumpe y ladea su cabeza—. Eres un usuario de lo más complejo.


    —?Pues tú un simplón!


    —?Te has enfadado?


    —Estoy tranquilísima.


    Mana y Siel caminan en silencio por la carretera, bajo las partículas blancas y las ráfagas frías. Delante de ellos aparece tras unos minutos, junto a un muro bajo, una máquina gigante que observa con dos ojos vacíos y rectangulares.


    —Qué grande es.


    —Oh —Mana marca una sonrisa—. ?Te ha llamado la atención, mi Siel?


    —Es un modelo TES —exclama veloz—. ?Qué versión utilizas?


    —?Qué tés ni cafés? ?Grosero!


    —?Eh?


    Mana ríe, marcándose un hoyuelo en sus mejillas. Siel la observa abrazarse al brazo de metal de la gran máquina, y sonríe dándole golpecitos.


    —?Os presento, Siel! ?Este es Chinchin!
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