《OMEGA (Español/Spanish)》 Cap铆tulo 1 - No perturbes los verdes campos ¡ªLa, la, la... Pajarito azul... Una chica salta de saliente en saliente sobre un muro de piedra, mantienendo el equilibrio con una pierna, luego con la otra. ¡ªPajarito azul¡­ Pajarito azul¡­ ¡ªvuelve a hacer, anticipando en un tic nervioso de la nariz una respuesta al fr¨ªo¡ª. No perturbes los verdes campos... La muchacha estornuda bajo un cascada de copos grises y fl¨¢cidos. Solo unos minutos m¨¢s tarde sus ojos reparan en un edificio cuyos cristales est¨¢n intactos, aunque empa?ados por la humedad. ¡ª?Hola?... ¡ªpregunta en discreci¨®n, tras lo cual despeja su visi¨®n con el antebrazo y se arrima al vidrio¡ª. Hm¡­ Hmmm... Huelo un tesoro... ¡ªa?ade entre susurros. Al pasar el interior, Mana siente el fr¨ªo soplo detenerse, y en su lugar la abrazan el chasqueo de la madera y el silbido ocasional de la fricci¨®n del viento, luchando por internarse. Tras frotarse las manos y exhalar su c¨¢lido vaho en ellas, contin¨²a con su misi¨®n. En el interior de los armarios halla trastos, telas y alfileres, cajas, y sobre las mesitas y alacenas cuadros enmarcados y jarrones con distintos dise?os. La chica no duda en adue?arse de muchas de las cosas que le salen al paso, sin tenerlas en cuenta baratijas o no, hasta que sus alforjas quedan rebosantes en ambos lados de su cintura, lo que supone el punto final de su acaparamiento obsesivo. Durante el saqueo, no obstante, un elemento destaca entre los dem¨¢s, luciendo una tela de colores geom¨¦tricos, la cual esconde una solemne cajita de madera tallada son escr¨²pulo, fascinante ante sus ojos. La caja emite una dulce melod¨ªa que tintinea en la estancia cuando la activa. Dos pajarillos de bronce comienzan a bailar unidos por su pico, rotando lentamente sobre un eje central. La chica acompasa la canci¨®n con el tono de su propia voz, as¨ª hasta que las figuras encuentran en el silencio su merecido descanso, y tal como llegan vuelven a las profundidades. ¡ª?Qu¨¦ bonita es! ¡ªse susurra sonriente¡ª. Nunca hab¨ªa escuchado algo tan hermoso ¡ªla chica acaricia la superficie lacada de la cajita, y al cabo de unos segundos, sus ojos se abren como platos¡ª. ?Ya s¨¦! Dejar¨¦ que Chinchin tambi¨¦n se deleite con la m¨²sica. Satisfecha, la joven comienza a tararear mientras, con una sonrisa de oreja a oreja, fuerza la caja de m¨²sica en una de sus rebosantes alforjas, provocando la ocasional ca¨ªda de otras chatarras acumuladas. Durante su gozadera, sin embargo, su pie encuentra un obst¨¢culo, el cual resulta ser un mal tabl¨®n. Con gran celeridad, se ve a s¨ª misma precipitada irremediablemente; primero su pie, luego todo su cuerpo, a trav¨¦s de la madera podrida, hacia un piso m¨¢s abajo. ¡ªAy ay ay... La chica se levanta despacio, comienza a toser. Desv¨ªa con la mano el polvo que baila flotante a su alrededor antes de alzarse con cuidado sobre sus rodillas. Justo delante, los ligeros rayos de un sol ahogado marcan la silueta de una figura. Al acercarse lo ve m¨¢s claro: un individuo descansa solitario en un sof¨¢ descomunal, cabizbajo, enfatizado por el intenso contraluz en la oscuridad. Ella alza su mano y se dirige hacia lo extra?o, hallando la forma de un hombro, y posteriormente, unos ojos que se encienden rojos a tan solo escasos palmos de su rostro. ¡ª?Yaaah! ¡ª?Uaaah! Ambos retroceden disparados; la chica cae sobre una mesa, el chico choca con una estanter¨ªa al intentar levantarse doblando la estructura y provocando la ca¨ªda del polvo y las vasijas, las cuales estallan en mil pedazos en el suelo antes de dar paso al silencio. ¡ª?Lo siento! ¡ªDicen al un¨ªsono; poco despu¨¦s, ella exclama¡ª: ?Est¨¢s bien?... ¡ªS¨ª, no ha pasado nada¡­ Debo haberte asustado. ¡ªNo, no ¡ªrechaza ella en un gesto¡ª. ?Me he asustado m¨¢s con mi propio grito! La chica le presta un brazo de apoyo al chico y lo ayuda a levantarse, descubriendo al cabo que sus propios ojos quedan a la misma altura que los de ¨¦l. ¡ªEy, ?c¨®mo te llamas? ¡ªle pregunta ella de improviso. ¡ª?Mi nombre? ¡ª?Todos tenemos uno de esos! ¡ªla chica se se?ala con el pulgar y exclama¡ª: ?Yo soy Mana! ¡ª?Mana?¡­ ¡ª¨¦l asiente tras unos segundos¡ª. Lo registrar¨¦ en mi base de datos. ¡ª?Eeeh...? ¡ªMana parpadea r¨¢pidamente¡ª. Nadie dir¨ªa algo as¨ª... ¡ªEn ese caso, ?Nadie? debe parecerse a m¨ª. ¡ª?Ese golpe no te ha hecho bien! ?Me oyes? El chico estira su cuello bajo un rumor pensativo. Sus ojos miran al techo. Despu¨¦s comienza a sacudirse el polvo de su traje, bastante pulcro a pesar de las condiciones del resto del sal¨®n. ¡ªYo soy una unidad SEL-3 ¡ªpresenta en un gesto, sonriedndo¡ª. ?Mucho gusto! Dispuesto para servir a la usuaria Mana. ¡ª??Sieltr¨¦s?? ¡ªMana se acaricia el ment¨®n¡ª. No s¨¦... ¡ªEso no es... ¡ª?Siel! ¡ªinterrumpe con atropello¡ª. ?Ese nombre me gusta m¨¢s! ¡ªHm¡­ ?Claro, como prefieras! ¡ªle sonr¨ªe¡ª. ?Ser¨¦ Siel para ti! Mana le devuelve la sonrisa, y ambos r¨ªen mir¨¢ndose durante unos segundos, y hablan un poco sobre la situaci¨®n. ¡ªHan transcurrido ochocientos cincuenta d¨ªas desde que fui desactivado ¡ªle dice al cabo¡ª. Ni siquiera reconozco este sitio. You could be reading stolen content. Head to the original site for the genuine story. ¡ªPues eso es como¡­ ?tres a?os y medio? ¡ªExactamente dos a?os, ciento veinte d¨ªas, diez minutos y cuarenta y siete segundos ¡ªconcreta ¨¦l. ¡ªUy. ?Pues perdone usted! Al cabo de unos instantes Siel parece interesado en el resto de la estancia. Mana lo observa acariciar los muebles en las tinieblas y frotar el polvo blanco entre sus dedos, con la mirada perdida en las peque?as part¨ªculas. ¡ª?Qu¨¦ estaba haciendo aqu¨ª? ?Cu¨¢l es mi prop¨®sito? Por alg¨²n motivo no logro recordar todo eso. ¡ªQuiz¨¢s esperabas a alguien. ?Como a tu mam¨¢! ¡ªNo, imposible ¡ªel chico se detiene con un gesto¡ª. En todo caso, aguardaba la aparici¨®n de un usuario como t¨². ¡ª?Como yo?¡­ ¡ªCuando entr¨¦ en modo suspendido me di una orden a m¨ª mismo¡­ ¡ªSiel se acaricia el ment¨®n¡ª. ?Por qu¨¦ no tengo registros de ello? ¡ªBueno, es normal olvidar cosas todo el tiempo ¡ªapunta ella¡ª. Por ejemplo, ?ya ni siquiera me acuerdo del numer¨ªn que has dicho antes! ¡ªS¨ª ¡ªasiente ¨¦l, cerrando los ojos¡ª. Tal vez sea as¨ª para ti. ¡ª?C¨®mo? ?Qu¨¦ grosero! ¡ªprotesta ella. ¡ªOh, no me malinterpretes... ¡ªSiel sonr¨ªe¡ª. Los robots no solemos olvidar registros de forma natural. ?Entiendes ahora? ¡ª?Un... robot? ?Como, ?bip, bip??... ¡ªSoy una unidad androide ¡ªle explica a ¨ªndice alzado¡ª, y en realidad somos muy parecidos. Como me has encendido, ahora yo... ¡ªA ver, echa el freno ¡ªinterrumpe Mana¡ª. ?Pero mira que no te enteras! Siel alza las cejas. ¡ª?Solo pasaba por aqu¨ª y te encontrado muerto, vegetal! ¡ªexclama la chica¡ª. ?Y ahora me tengo que hacer cargo de ti? No s¨¦ yo, ?eh? ¡ªDebe ser un malentendido ¡ªtercia ¨¦l en un gesto con las manos¡ª. Como unidad SEL es mi responsabilidad servir al usuario que me ha despertado, no al rev¨¦s... ¡ª?Pues eso! ¡ªdetiene ella en un gesto¡ª. ?Chinchin me espera bajo el fr¨ªo invernal, no tengo tiempo para jugar! ?Adi¨®s! Mana le da la espalda y se dirige hacia la salida, forcejeando con el pomo de la puerta, que chasquea sin moverse un mil¨ªmetro. ¡ª?Eh?¡­ Oh... ¡ªCurioso¡­ ¡ª?De curioso nada! Mana mira con los dientes apretados hacia el agujero en el techo. Siel hace lo propio escasos segundos despu¨¦s. En el silencio, un trocito se precipita con un chasqueo de la madera. ¡ªAy ay ay¡­ ¡ªla chica se cubre el rostro con las manos¡ª. ?Que me quedo aqu¨ª encerradita! ¡ªNo te desanimes ¡ªespolea el chico¡ª. Busquemos otro modo de salir. Siel y Mana se dispersan a distintos puntos de la habitaci¨®n. El chico rebusca en los armarios, tras los jarrones y platos de ornamento, y al no hallar nada lo deja todo en su sitio. La chica, por su parte, arroja al suelo los libros que encuentra, y accidentalmente golpea con el codo un jarr¨®n, el cual se desparrama en miles de trocitos sobre el suelo. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ª?Ha sido todo una elaborada gran trampa! ¡ªexclama Mana extendiendo las manos¡ª. ?Nos esconden un gran tesoro, Siel! ¡ªClaro que no ¡ªreplica con calma¡ª. Esto solo ha sido un desafortunado accidente. El chico se asoma por la ¨²nica ventana de la habitaci¨®n y echa un vistazo afuera, y la chica se aproxima por detr¨¢s. ¡ªMenuda ca¨ª¨ª¨ªda... ¡ªmenciona pasmada. ¡ªPero tal vez con una cuerda¡­ ¡ªhace ¨¦l entre gestos¡ª. ?No tienes algo as¨ª? ¡ªAy, algo ten¨ªa ¡ªcierra un ojo¡ª, pero ahora est¨¢ con Chinchin. ¡ª?Chinchin? ¡ª?Es mi mejor amigo! ¡ªMana le muestra el pulgar¡ª. ?Ten¨¦is que conoceros, es muy gracioso! ¡ªClaro¡­ ¡ªel chico devuelve la mirada afuera, y luego vuelve al interior. Tras esto echa la mesa del centro a un lado , y recoge la alfombra bajo sus pies, hecha de peque?os nudos. De mientras, Mana rebusca en sus alforjas arrojando trastos, y comienza a decirle: ¡ªHoy hace un fresquico que alucinas, ?no? Siel emite un sonido, como pensativo. Las placas del suelo llaman su atenci¨®n. Dobla las rodillas para acaricia su relieve, antes de acabar desencajando una por una, dejando una suerte de cr¨¢teres por todo suelo. ¡ªNo te molestes. Puedo abrir esta peque?a. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? ¡ªDeber¨ªa estar por aqu¨ª¡­ ¡ªde pronto una cazuela cae de sus alforjas con vibrante estr¨¦pito, y ella se encoge¡ª. ?Dioses! ¡ªHm¡­ Eureka... ¡ªexclama el chico para s¨ª. ¡ªLo siento, no te oigo desde... Mana se interrumpe al ver asomado a Siel en un cuadrado de oscuridad, y pronto se coloca a su lado. ¡ª?Qu¨¦ hay ah¨ª abajo? ¡ªConductos que nos llevaran al exterior... Siel ofrece su mano, y juntos descienden al abismo oscuro, solo unos palmos bajo el suelo. Luego deben gatear, y Siel se coloca justo delante. ¡ªQu¨¦ estrecho... ¡ªEs un viejo sistema de calefacci¨®n. ¡ª?Tan antigua era esa casa? ¡ªA juzgar por el aspecto de ese sal¨®n, no creo que fuese una vivienda. ¡ª?Eh? ?C¨®mo puedes saberlo? ¡ªC¨®mo decirlo¡­ Estaba demasiado ordenado. ¡ªQu¨¦ tonter¨ªa. Tras gatear durante largos minutos por un suelo de tierra, una luz gris inunda la visi¨®n de ambos. Mana comienza a toser y Siel le pide que aguante la respiraci¨®n. ¡ªOye, Sieel¡­ ¡ªhace la chiquilla¡ª. Creo que he tocado algo escurridizo. ¡ªNo te preocupes tanto ¡ªdisuade el chico¡ª. Lo que no ves no puede hacerte da?o. ¡ª?Y los otros sentidos para qu¨¦ est¨¢n?... ?Es que t¨² no sientes nada? ¡ªClaro que s¨ª ¡ªreplica ¨¦l¡ª. Tengo sensores la piel, las yemas de los dedos, la lengua¡­ ¡ª?No quiero escuchar m¨¢s! ¡ªNo iba a decir nada inapropiado... Siel retira unos le?os del camino. La ceniza marca sus manos y el polvo vuela en volutas. Ambos salen a un recinto vallado bajo la luz del exterior, no especialmente brillante bajo las nubes. ¡ªBua, qu¨¦ asquete ¡ªMana estira sus pantalones con manos como dos pinzas¡ª. Y todo por un par de agujas... ¡ªDeber¨ªas asearte ¡ªSiel rebusca en sus bolsillos y le muestra un pa?uelo blanco y perfecto¡ª. Aqu¨ª tienes. Los dos se mantienen en silencio durante un tiempo junto a la hoguera y una pared de ladrillo pintada de holl¨ªn, Mana lentamente limpiando su rostro. ¡ª?Estoy segura de que hubiera podido abrirla! ¡ªexclama Mana¡ª. Definitivamente. ¡ªSi el hambre no acaba contigo antes. ¡ª?¨®yeme, tengo el buche de hierro! ¡ªel rugir de su est¨®mago interrumpe su alarde¡ª. Eh¡­ eso es que llevo d¨ªas sin llevarme nada a la boca... ¡ªHm¡­ ?Y por qu¨¦ no cocinamos algo? ¡ª?Cocinar!¡­ ?O sea que te me vas a pegar como una lapa! ¡ªPero siempre puedo apagarme si te molesta. ¡ª?Podr¨ªas vivir tu vida y ya est¨¢! ¡ªPero si solo soy¡­ ¡ªSiel se interrumpe y ladea su cabeza¡ª. Eres un usuario de lo m¨¢s complejo. ¡ª?Pues t¨² un simpl¨®n! ¡ª?Te has enfadado? ¡ªEstoy tranquil¨ªsima. Mana y Siel caminan en silencio por la carretera, bajo las part¨ªculas blancas y las r¨¢fagas fr¨ªas. Delante de ellos aparece tras unos minutos, junto a un muro bajo, una m¨¢quina gigante que observa con dos ojos vac¨ªos y rectangulares. ¡ªQu¨¦ grande es. ¡ªOh ¡ªMana marca una sonrisa¡ª. ?Te ha llamado la atenci¨®n, mi Siel? ¡ªEs un modelo TES ¡ªexclama veloz¡ª. ?Qu¨¦ versi¨®n utilizas? ¡ª?Qu¨¦ t¨¦s ni caf¨¦s? ?Grosero! ¡ª?Eh? Mana r¨ªe, marc¨¢ndose un hoyuelo en sus mejillas. Siel la observa abrazarse al brazo de metal de la gran m¨¢quina, y sonr¨ªe d¨¢ndole golpecitos. ¡ª?Os presento, Siel! ?Este es Chinchin! Cap铆tulo 2 - Nubes de Polvo y Mè°©quinas Mana tararea alegremente, arrastrando al gigante Chinchin sobre el asfalto con gran estruendo. La chica lo mantiene unido a ella mediante un mosquet¨®n bien ajustado a su cintur¨®n. ¡ª?Sieel, Siel, Sieeel! ¡ªva cantando¡ª. La, la, la... ¡ªMe he dado cuenta de que los humanos le pon¨¦is nombre a todo ¡ªle dice el chico¡ª. ?No os hac¨¦is un l¨ªo cuando los nombres coinciden? ¡ªHm... ¡ªMana mira al cielo¡ª. Pero entonces, solo tienes que darle un valor a?adido. Como por ejemplo: ?Siel el robot fiel! ¡ª?Mana la humana? ¡ª?Ja, ja, ja! ?As¨ª es! ¡ªTiene sentido. Siel agacha la cabeza en silencio. Observa sus pies dando un paso y luego otro, pregunt¨¢ndose c¨®mo, despu¨¦s de haber dormido por tanto tiempo, ha vuelto a caminar con destreza casi instintivamente. ¡ªOye¡­ ¡ªdice la chica al cabo¡ª. ?No notas el aire m¨¢s cargado? ¡ªHm¡­ ?c¨®mo?... Siel alza un brazo por encima de su frente y mira alrededor, sintiendo un cambio de tono en los colores de alrededor. ¡ªCreo que tienes raz¨®n¡­ Hay algo... Mana comienza a toser. Al dar un paso tropieza, y cae cuesta abajo por una carretera empinada. ¡ª??Est¨¢s bien?! ¡ªAh, s¨ª, s¨ª ¡ªMana se incorpora¡ª. Siel, me¡­ me falta el aire¡­ Mana rebusca en su mochila y extrae de ella una m¨¢scara de gas con la que se oculta el rostro. ¡ªMucho mejor¡­ ¡ªdice ella en un suspiro. Siel le acaricia la espalda¡ª. Ser¨¢ mejor que nos demos prisa. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo le queda a ese filtro? ¡ªA saber¡­ pero es el ¨²nico que tengo... ¡ªVale, no te preocupes. Yo no necesito de esos, as¨ª que puedo buscar por ti. ¡ªHala¡­ ?Es que t¨² no respiras el humo o el polvo, Siel? ¡ªNo tengo nada que temer. Aunque el viento mueve unas turbinas en el interior de mi pecho ¡ªresuelve el chico¡ª, mi cuerpo no reacciona a las sustancias nocivas del mismo modo en que lo hace el tuyo. ¡ª?Qu¨¦ suerte tienes! ¡ªMana acepta la mano de ¨¦l para levantarse¡ª. ?Que tengo que hacer para ser como t¨²? ¡ªMana. Ya deber¨ªas saber que eso... Siel se interrumpe. A su alrededor ya no se ve nada, solo un p¨¢lido manto gris. ¡ª?Siel!... ¡ªle susurra la chica¡ª, Ya no veo a Chinchin... ¡ª?No te preocupes! ¡ªSiel la toma de un hombro y con la otra mano aprieta el pu?o¡ª. Voy a buscarlo, ?vale? ¡ªPero no sabemos por d¨®nde hemos venido¡­ ¡ªSi vamos los dos juntos y nos equivocamos, perderemos la referencia. ¡ªEntonces¡­ ?voy yo sola! ¡ª?Est¨¢s segura¡­? ¡ª?Aayy! ¡ªMana se agarra la cabeza¡ª ?No s¨¦ que hacer! Siel se aleja unos pasos. ¡ª?T¨² esp¨¦rame! ¡ªle grita d¨¢ndole la espalda¡ª: ?Te demostrar¨¦ que puedo ser ¨²til! Mana no dice palabra. Tras la m¨¢scara, su rostro revela dos tr¨¦mulos ojos, abiertos como platos. Tras esperar por espacio de dos minutos, y al ver que Siel no volv¨ªa, su coraz¨®n comienza a latir con fuerza. ¡ª?Y si no piensa regresar? ¡ªMana junta sus manos sobre el pecho, con la cabeza gacha¡ª. No s¨¦ nada sobre ¨¦l¡­ La chica mira su alrededor con urgencia. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo me queda?... ¡ªSu voz suena ahogada tras el pl¨¢stico y el policarbonato. Da unos pasos tentando con las manos sus alrededores bajo una tos ronca¡ª. ?Chinchiin! ¡ªgrita, luego guarda silencio unos instantes. Mana transcurre sobre la Nieve, y tropieza al cabo con una farola oscura, torcida sobre el suelo, y entonces se asoma por lo que parece ser un gran vac¨ªo. Al otro lado, como una silueta a¨²n m¨¢s oscura que el panorama de alrededor, surge una columna escurridiza y serpeante. Mana echa mano de un monocular del interior de una de sus alforjas y comprueba la distancia. ¡ªSi voy a esa f¨¢brica¡­ Mana avanza con cuidado vadeando el barranco. Una luz brilla bajo la niebla sucia, con un sonido que ensordece en constraste al silencio. Un rojo parpadeante que se revela como un paso a nivel que aguarda un tren nunca presente, y una cruz que pretende cortarle el paso. Al otro lado de las v¨ªas se revela ante ella una ciudad industrial con carreteras propias. A su alrededor todo se vuelve un caos auditivo; ya no est¨¢ sola. Adem¨¢s, una figura de cabeza cil¨ªndrica se desplaza a dos ruedas sobre el asfalto, meciendo como manos dos sendas pinzas bajo las nubes de polvo. ¡ª?Oyee, t¨²! Mana corre hacia ella y se luego inclina jadeante sobre las rodillas. Por su parte, la m¨¢quina se vuelve en un zumbido mec¨¢nico. ¡ªHola, buenas. Soy un SLV-6 ¡ªexpone una voz aguda y animada¡ª. Me encargo de la limpieza de las instalaciones. ¡ª?Eres un robot?¡­ ¡ªSoy un modelo SLV-6. ¡ª?Ya lo s¨¦! ¡ªgrita desbocada¡ª. ?Te he escuchado la primera vez! La m¨¢quina mueve su cabeza a los lados, luego se adentra en un edificio, la chica pis¨¢ndole los talones. ¡ª?Oh, espera! ?Ya s¨¦! ¡ªexclama de repente¡ª. ?Sabes d¨®nde puedo encontrar bater¨ªas? Ya que estoy aqu¨ª¡­ ¡ªNuestra empresa no vende ese tipo de productos ¡ªrevela el SLV¡ª: aunque puede encontrar una a buen precio en la ciudad. ¡ª?Y t¨² para que est¨¢s aqu¨ª? ¡ªSoy un modelo SLV-6, me encargo de la limpieza de las instalaciones. ¡ªPero¡­ ?Agh! ¡ªMana se tira de los cabellos¡ª. ?Me tienes ya hasta el gorro! ¡ªEste lugar es peligroso para personal no autorizado ¡ªdice el robot¡ª. Deber¨ªa marcharse. Tras esto la m¨¢quina se adentra m¨¢s all¨¢ de una barrera de torniquete. Desquiciada, Mana salta por encima y, casi en el mismo momento de aterrizar, embiste con un grito al robot, haci¨¦ndolo caer con un fuerte estr¨¦pito de piezas y chispas. ¡ªAtenci¨®¨®¨®nnnn... ¡ª?Lo siento, ?eseluve?! ¡ªMana se yergue con las manos en las caderas¡ª. ?Eres una mina de bater¨ªas! ¡ªRrepita su pregunta-ta¡­ Correcto. Mana se inclina sobre el panel de la espalda del SLV y comienza a golpear con el extremo de su llave inglesa, siempre preparada colgando en uno de los costados de su mochila. ¡ª?Eso es! ¡ªMana observa la peque?a c¨¢psula que brilla en azul ne¨®n, con el s¨ªmbolo de un rayo dibujado en su superficie, y la toma en la palma de su mano¡ª. ?Con esto mi Chinchin nunca me traicionar¨¢! ?Y volver¨¢ a mi lado como siempre ha hecho! Poco despu¨¦s, los ojos de Mana captan movimiento de reojo: una nueva m¨¢quina se introduce en un espacio similar a una cabina. Antes de que la puerta cierre, ella, atizada por una avaricia sin precedentes, se introduce a la fuerza. El sitio resulta ser un ascensor que comienza a descender, y la m¨¢quina, de cabeza triangular, le da la bienvenida iluminando la lente de su supuesto rostro con resplandor naranja. ¡ªEh, muchachita ¡ªle dice una voz brusca¡ª. ?Te has perdido o qu¨¦? ¡ª?Oh, no! ¡ªMana mira al techo y silba con disimulo tras la m¨¢scara¡ª. Ven¨ªa a ver qu¨¦ tal va la obra. ¡ª?Te parece a ti este un buen momento para visitar la f¨¢brica? ¡ªreplica arisco¡ª. Diablos, la juventud de hoy en d¨ªa... ?D¨®nde os ponen el cerebro? ¡ªFu, qu¨¦ malhablado eres ¡ªella infla los mofletes¡ª. ?Soy yo o eres m¨¢s brusco que los otros robots? ¡ªT¨² eres brusca ¡ªrecrimina¡ª. Yo soy un SLV-7, ?la ¨²ltima versi¨®n de carga y descarga! Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. ¡ªOh, qu¨¦ sofisticado ¡ªdice entre risas. ¡ª?Que no entiendes que este no es lugar para ni?os? ¡ªla m¨¢quina mueve sus pinzas¡ª. ?Las excursiones escolares terminaron hace... ?al menos dos a?os! ¡ª?No soy una ni?a! ¡ªprotesta ella¡ª. Adem¨¢s, ?c¨®mo iba a saberlo? Las baldosas de la pared comienzan a voltearse a su alrededor, pintando una serie de c¨ªrculos por todas partes. Miles de orificios rotan por toda la pared al tiempo que rocian a Mana desde todos los ¨¢ngulos posibles, bajo sus grititos de protesta. ¡ª?Si es que m¨ªrate ¡ªhace el robot¡ª con esas ropas tan sucias! ?T¨² lo que quieres es que entremos en bancarrota! ¡ª?Buah, c¨¢llate! ¡ªMana se agita los cabellos h¨²medos. ¡ªEsc¨²chame bien ahora ¡ªprosigue el SLV¡ª. Un terrible accidente sucedi¨® aqu¨ª por una negligencia como la tuya. Cuando pasan esas cosas, ?toda la cadena se detiene! ¡ª?Y a m¨ª qu¨¦? ¡ªPues eso. ?Qu¨¦date ah¨ª mojada! ?Y a m¨ª qu¨¦? ¡ªEres un robot insoportable, yendo por ah¨ª imitando a los humanos. ?Buah! ¡ªEso lo aprend¨ª del jefe, que lo sepas. ¡ªNo lo hace mejor. Mana presiona el bot¨®n del ascensor m¨²ltiples veces para que se abra m¨¢s r¨¢pido, pero no consigue el efecto. ¡ªVenga, mujer ¡ªemite el SLV¡ª. Si hubieses cumplido con el reglamento ya habr¨ªamos llegado abajo. ¡ªLa carga y descarga es por tus constantes ataques, ?imagino! ¡ª?Graciosilla! Me tomo mi trabajo muy en serio. ¡ª?Ah, s¨ª??Y no prefer¨ªas limpiar? ¡ª?Por qu¨¦? Ese trabajo es para las m¨¢quinas obsoletas. Y por cierto: ?fue el fallo de un SLV antiguo el que provoc¨® el accidente! ¡ª?Uy, s¨ª? ?Qu¨¦ duro! ¡ªAhora que ya lo sabes m¨¢rchate a gusto ¡ªy tras decirle esto la m¨¢quina le da la espalda, y la puerta del ascensor se abre poco despu¨¦s¡ª. Y date una duchita. Mana observa marcharse al robot, sintiendo el impulso de utilizar su llave inglesa una vez m¨¢s: pero finalmente lo deja estar. ¡ªSer¨¢ maleducado ¡ªdice entre suspiros¡ª. Deber¨ªa d¨¢rselo de comer a Chinchin. La chica se retira la m¨¢scara, sintiendo el aire nuevamente limpio, y procede a respirar profundamente. Da sus primeros pasos en la estancia de suelo blanco y reluciente, fascinada con los miles de contenedores que viajan desliz¨¢ndose por rieles en el techo, deteni¨¦ndose autom¨¢ticamente en los lugares donde se bifurcan, respetando as¨ª los pasos de los otros contenedores. A nivel de tierra, ganchos operan sobre piezas milim¨¦tricas encerradas en cajas de cristal, dispuestas en escaparates de tal modo que parecen mostradas buscando hacer gala de su gran eficiencia. ¡ªGuaaau ¡ªMana extiende los brazos¡ª. Qu¨¦ pasada de sitio¡­ Mana acaba desvi¨¢ndose hacia un sal¨®n de oscuridad tras bajar tres escalones breves. En el centro de aquella sala descansa una m¨¢quina de tama?o colosal, alta como tres torres de radio superpuestas, ensamblada por inumerables m¨¢quinas m¨¢s peque?as ¡ªno m¨¢s que puntitos blancos en la distancia¡ª; todo ello rodeado por la espiral de una escalera de caracol e iluminado por un potente foco cenital que se pierde m¨¢s all¨¢ de lo que alcanza la vista. ¡ªEs un Chinchin grande ¡ªacierta ella a decir¡ª. ?Tendr¨¢ bater¨ªas grandes tambi¨¦n? La chica no duda en subir a la carrera por las escaleras, saludando a los SLV de carga y descarga que pasan por su lado. Al llegar a lo m¨¢s alto, jadeante de esfuerzo, sus ojos encuentran un robot de cabeza cuadrada manejando un soplete junto a las fauces del gigante. Ella se aproxima despacio, fascinada por el otro art¨ªculo a su lado: una peque?a pistola, que posteriormente el robot comienza a utilizar para cerrar grietas en el metal al unir dos extremos diferentes. ¡ª?Yo tambi¨¦n quiero hacer esa magia! ¡ªMana junta las manos con una sonrisa¡ª. ?Puedo probarla? ¡ªDisculpe, pero no puede ¡ªel robot se vuelve hacia ella despacio¡ª. Solo las unidades SLV-8 del mantenimiento y el personal autorizado tienen potestad para utilizarlas. ¡ª?Hala! ?Ahora del mantenimiento? ?Y qu¨¦ hay de la carga y descarga? ¡ªOh. Seguramente hayas hablado con un modelo obsoleto. ¡ªPues no lo pillo ¡ªladea su cabeza¡ª. ?Si est¨¢n tan ?obsolerdos?, qu¨¦ hacen todav¨ªa por aqu¨ª? ¡ªPuede decirse que cumplen su funci¨®n mientras est¨¢n operativos ¡ªle explica¡ª. Mi sugerencia es que, como cuesta dinero deshacerse de ellos, son exprimidos hasta el momento exacto de su reemplazo. ¡ªOh... ¡ªMi modelo, el n¨²mero Ocho ¡ªprosigue¡ª, fue preparado especialmente para la custodia y preparaci¨®n de la maquinaria est¨¢tica, debido a un accidente acaecido durante la carga de semiconductores en uno de los camiones, llevado a cabo por el modelo anterior hace tan solo un a?o. ¡ªYa¡­ ¡ªMana desv¨ªa los ojos¡ª. ?No sois un pel¨ªn peligrosos? ¡ªTales accidentes suceden de vez en cuando, sin importar si intervienen m¨¢quinas o personas ¡ªle cuenta¡ª. Sin embargo, el rol de los SLV ha ido cambiando con el tiempo, buscando una tarea que no resulte en un fracaso inevitable para un modelo de la tirada de M¨¢quinas Blancas de nuestro pa¨ªs. Eso es algo en lo que somos pioneros, y por tanto, debemos demostrarlo continuamente. ¡ª?Pero si los humanos no dejan de intentar asignaros, no quiere decir que ellos son todav¨ªa m¨¢s torpes por no ser capaces de crear una m¨¢quina m¨¢s apta para la tarea? ¡ªEsperamos serle de ayuda en el futuro. El robot se gira y prosigue con su tarea con total normalidad. La chica aguarda en silencio un rato, con un brazo tras la espalda y la mano en el codo, blandiendo la intriga de quien contempla una interesant¨ªsima obra de arte. ¡ªY... ?qui¨¦n es este gigant¨®n? ¡ªpregunta al cabo¡ª. Me recuerda a un amigo. ¡ªEste es el modelo GIGAS, orgullo del Sur ¡ªproclama¡ª. Los detalles sobre su construcci¨®n est¨¢n clasificados. ¡ª?Y c¨®mo lo clasifican, ?grande? y ?muy grande?? ¡ªQuiere decir que es un secreto de Estado ¡ªle aclara. ¡ªOooh¡­ ¡ª?Tiene usted licencia que demuestre una autoridad? ¡ª?C¨®mo la consigo? ¡ªMana aprieta los pu?os y sus ojos brillan determinados¡ª. ?Podr¨¦ montarlo si lo hago? ¡ªSi no lo sabe quiere decir que no est¨¢ autorizada, y por tanto, tampoco deber¨ªa estar aqu¨ª ¡ªel robot parece fruncir unas cejas ficticias, creadas por peque?as barritas que sobresalen, y a?ade al cabo¡ª: Voy a llamar a Seguridad. ¡ªQu¨¦ rollo ¡ªella frunce los labios¡ª. No hagas eso. ¡ªTras una pausa aprieta el pu?o y exclama¡ª: ?O en caso contrario, yo!¡­ ¡ªEn caso contrario, ?qu¨¦ har¨¢? ¡ªapremia ¡ª?Ah, mira! ¡ªMana se?ala en la distancia¡ª. El ?ji-jas? ha despertado. ¡ª?Qu¨¦? ?C¨®mo? El robot se da la vuelta y, en tan solo un instante, Mana lo empuja de una patada al interior de la boca del GIGAS. ¡ª?Estar¨¢s bueno? ¡ªMana abre y cierra las mand¨ªbulas met¨¢licas del gigante¡ª. ?Ja, ja! ?Perd¨®n, perd¨®n! El SLV recibe m¨²ltiples contusiones de los mordiscos met¨¢licos, hasta el punto que sus comentarios resultan rob¨®ticos y completamente ininteligibles. ¡ªEhm¡­ ¡ªMana alza las cejas¡ª. ?Est¨¢s bien? ¡ª?Por qu¨¦... lo diiice?... Cuatro m¨¢quinas m¨¢s aparecen tras Mana, todas de cabezas cuadradas. ¡ªRutina inesperada¡­ ¡ªdice una de ellas. ¡ª?Han llamado a mantenimiento? M¨²ltiples SLV acuden a ayudar a Ocho, rodeando a una Mana ahogada entre columnas de metal. ¡ªUnidad da?ada, escogiendo herramientas de soldadura... ¡ªemite la primera. ¡ªMiembros diseccionados¡­ Encajando las piezas... ¡ªhace la segunda. ¡ªTengo la responsabilidad de velar por las m¨¢quinas de mantenimiento ¡ªdice la tercera. ¡ªTengo la responsabilidad de velar por la m¨¢quina que mantiene al mantenimiento ¡ªdice una cuarta. Mientras que la m¨¢quina encargada de soldar se met¨ªa en medio de la m¨¢quina embalsamadora, el GIGAS recib¨ªa m¨²ltiples golpes en la base de la mand¨ªbula. ¡ªDisculpad..., esto es algo inc¨®modo y¡­ ?Ah! Mana suelta un grito cuando la plataforma comienza a temblar, y ella cae al suelo. Comienza a gatear entre contin¨²os golpes, cerrando un ojo del dolor con cada paso, sin levantar la mirada de una de las herramientas. Cuando extiende un brazo para recoger una de ellas, el soplete cae al vac¨ªo impelido por la inclinaci¨®n creciente de la superficie, dejando a Mana con la ¨²nica opci¨®n de recuperar al menos el soldador antes de alejarse r¨¢pidamente del esc¨¢ndalo. ¡ªDesencaje completado ¡ªexclaman. En el mismo pronunciar de la palabra, la m¨¢quina gigante comienza a doblarse hacia delante con un grave chirrido, sorprendiendo a Mana como una inmensa cabeza de fauces abiertas. ¡ªAh¡­ ?Hay que correr! R¨¢pidamente se da la vuelta para salir disparada, pero pierde el equilibrio por unos instantes y casi tropieza, pero enseguida se pone en marcha, el camino tras ella comenzando a consumirse como ardiente mecha. ?Atenci¨®n, atenci¨®n?, estalla una voz ruidosa y met¨¢lica, acompa?ada del continuo estruendo de las sirenas. ?Sujeto desestabilizado del eje principal. Interrumpan labores de mantenimiento y evac¨²en de inmediato? Mana grita y choca con otros SLV durante su carrera, apart¨¢ndolos entre mascullos, y luego mira hacia atr¨¢s r¨¢pidamente; no por mucho tiempo, regresa hacia delante otra vez cuando los escombros comienzan a cortarle el paso. El GIGAS arrastra todo a lo que estaba conectado hac¨ªa escasos segundos, y comienza a caer atropellada y pesadamente en un paradigma de luces y chispas. Cuando una de las v¨¢lvulas estalla al pasar por su lado, un chorro de presi¨®n la ciega moment¨¢neamente, haci¨¦ndola perder el equilibrio y oblig¨¢ndola a sostenerse en la plataforma de rejilla con una sola mano. ¡ª?Agh!¡­ Porras... Un rastro de sangre se desliza por su ceja izquierda. Pronto todo se vuelve oscuro por el humo que comienza a entrar desde el exterior. La chica rauda rebusca en sus alforjas como buenamente puede para equiparse su m¨¢scara de gas; pero al intentar cogerla resbala de entre sus dedos a ra¨ªz de un temblor repentino. ¡ª?Por favor!¡­ ¡ªMana comienza a toser¡ª. ?Por qu¨¦ todo sale mal? Justo entonces capta por el rabillo del ojo una sombra grande desliz¨¢ndose al otro lado. La ventana brilla con un blanco opaco con la luz del exterior, y los ojos de la sombra refulgen p¨²rpuras. ¡ªChinchin¡­ ¡ªLas l¨¢grimas llenan sus ojos¡ª. ?Has venido a por m¨ª! ?Me temo que no?. Antes de que Mana pueda reaccionar a la voz ampliada, la ventana se hace mil a?icos. El gran TES aparece con un salto y la toma en su mano, cubri¨¦ndola al aterrizar con los brazos. ¡ª?Siel? ?Perdona por llegar tarde. Si no te hubiera o¨ªdo gritar¡­ ?Pero en fin! Has tenido que pasar miedo aqu¨ª sola¡­ ?Pero ya ha pasado, ya est¨¢! Ahora vamos a...? ¡ª?Has robado a Chinchin! ??Eh??. Todo tiembla de nuevo y Siel suelta un grito, cubri¨¦ndose de un pesado escombro que se parte en dos ante el brazo del TES. ¡ª?Has mancillado a mi honorable amigo! ¡ªlamenta Mana, golpeando la carcasa con los pu?os¡ª. ?Te odio, te odio! ??Pero qu¨¦ est¨¢s¡­??. Mana y Siel mantienen un prolongado argumento bajo el humo y los escombros. ¡ª?Que conste que me has abandonado t¨² primero! ¡ªestalla Mana. ¡ª?Pero si me fui cinco minutos! ?Cinco! ¡ªSiel y Mana gritan tras un temblor, este acompa?ado de una explosi¨®n¡ª. ?Diablos, no es momento para discutir! ¡ª?Pues s¨¢came de aqu¨ª pero ya! Siel hace al TES cargar con la chica sobre su hombros, y ambos se alejan de la decadente f¨¢brica, muy pronto bajo llamas. ¡ªLo siento, ?vale? ¡ªdice Siel¡ª. ?S¨¦ que te he fallado! Aunque no s¨¦ muy bien c¨®mo... ¡ª?No pareces sentirlo lo suficiente! Siel suspira a los mandos del interior de la cabina, ya lejos de la f¨¢brica. Una r¨¢faga de viento sacude los cabellos de Mana, sus ojos brillantes por el llanto. ¡ªS-s¨¦ que es mi culpa ¡ªaccede ella al cabo, con rubor¡ª. Es que¡­ es que¡­ ?No cre¨ª que fueras a regresar! ¡ªPero Mana¡­ Siel sale de la c¨¢psula, cuya puerta se alza sobre su cabeza a trav¨¦s de unas ranuras. Luego se coloca junto a ella en silencio, y ambos observan el gran incendio. ¡ªLa pr¨®xima vez¡­ ¡ªSiel duda un instante¡ª. La pr¨®xima vez esc¨²chame un poco m¨¢s. ¡ªBueno... Vale... Mana se aferra a sus rodillas. Ambos aguardan en silencio un poco m¨¢s, cuando el fuego, tras haber llegado a su c¨¦nit, comienza a consumirse poco a poco hasta no dejar m¨¢s que escombros grises. Cap铆tulo 3 - En el Centro de la Humanidad Mana y Siel se detienen delante de una tienda de ropa, en el interior de un silencioso y fracturado centro de comercio. La chica recorre la habitaci¨®n con una sonrisa, levantando las mangas de las camisetas, y las faldas de los vestidos. ¡ª?Vamos a ponerte a la moda! ¡ªMana se ajusta a la cabeza un sombrero de paja con un lazo¡ª. ?Podr¨¢ elegir el robot el modelito m¨¢s apropiado? ?Yo digo no! ¡ªMana, haz el favor ¡ªreplica ¨¦l¡ª. ?Qu¨¦ es ?apropiado? bajo tus est¨¢ndares? ¡ª?Ja, ja! Esc¨²chame ¡ªMana alza su dedo ¨ªndice¡ª. Si deseas convertirte en alguien, ?comienza a vestirte como ese alguien! ¡ªYo no quiero eso¡­ ¡ª?Y qu¨¦ es lo que me est¨¢s diciendo todo el d¨ªa? ¡ªLa chica coloca los pu?os sobre la cintura¡ª. ?No soy m¨¢s que un robot?. ?No necesito eso, soy un robot?. ?M¨ªrame, soy especial. ?Yuju! Soy un robot?. ¡ªNo te entiendo. ¡ª?Malvado! ?Restreg¨¢ndomelo a la cara d¨ªa s¨ª y d¨ªa tambi¨¦n! Tras quedarse a gusto con sus gritos, Mana frunce el ce?o y mira a Siel muy intensamente. Luego aprieta la mano del chico y lo lleva por la sala a pesar de las protestas de ¨¦l. Siel se deja guiar entre los maniqu¨ªes y las estanter¨ªas, bajo la mirada atenta de los cuadros de modelos de piel blanca y voluminosas pesta?as. ¡ªF¨ªjate en esto ¡ªMana se detiene¡ª. ?Gira, gira y gira! ¡ªla chica comienza a rotar un expositor de gafas y, tras darle tres vueltas, coge una de ellas aleatoriamente y se la entrega a Siel¡ª: ?Para ti! ¡ª?Y eso para qu¡­? ¡ªMana le ajusta las gafas a la fuerza entre los ojos¡ª. ?Pero oye!¡­ ¡ªSiel frunce el ce?o¡ª. Ahora no veo nada de nada. ¡ª?Da igual, hombre! ¡ªMana le golpea el hombro¡ª. Lo importante es que vas a la moda¡­ ?y guapo! ¡ª?Guapo?¡­ ¡ª?Sigamos! La chica lo arrastra entre saltitos y Siel se deja llevar, ajust¨¢ndose las gafas de sol. Mana corre una cortina que les revela una cabina escondida, y un gran espejo les devuelve su propia imagen. ¡ªAy¡­ Estoy peor de lo que pensaba... ¡ªMana palpa su rostro frente al reflejo en gesto preocupado. ¡ª?Es el aspecto importante para ti? ¡ªSiel guarda silencio, observ¨¢ndose su imagen en el espejo¡ª. A m¨ª estas gafas me hacen parecer sospechoso. ¡ªAnda, no me seas ¡ªMana arruga la nariz¡ª. ?Si solo hay que ver c¨®mo vienes de serie! ¡ªNo s¨¦ que quieres decir¡­ Mana lo agarra por la solapa y comienza a olerlo desde muy cerca. ¡ª?Y ahora qu¨¦ te ha dado?... ¡ªexclama ¨¦l. ¡ªTu ropa no pilla olor, ?eh? ¡ªla chica relaja su agarre y en su lugar comienza a acariciar la solapa del traje¡ª. S¨ª, ?est¨¢s genial! Como sacado de un desfile. ¡ª?Desfile?... ¡ªmir¨¢ndola de reojo. ¡ªPues como¡­ ¡ªMana se lo piensa un instante¡ª. ?De moda! ¡ªreconoce¡ª. ?Algo elegante o formal! ?Como lo que se ve en los carteles y la televisi¨®n! ¡ª?S¨ª?... ¡ªSiel comienza a acariciarse el dedo me?ique y mira al suelo¡ª. Ser¨¢ parte de la indumentaria de todos los SEL. ¡ª?No lo sabes? ¡ªMana suelta una risilla y se lleva las manos tras la nuca¡ª. ?Eres m¨¢s raro! El chico le devuelve la sonrisa, algo t¨ªmidamente. Tras unos segundos devuelve su vista al espejo. ¡ªLa ropa¡­ los adornos¡­ ¡ªcomienza a decir¡ª. Todo eso es irrelevante para m¨ª, Mana. ¡ªPero... ¡ªTiendes a compararme con los humanos ¡ªSiel se gira a mirarla¡ª, pero yo tengo que reiterar que no soy como t¨². ¡ªPodr¨ªas elegir algo por ti mismo ¡ªle dice entre morritos. ¡ª?Qu¨¦ hay de malo en mi ropa? ¡ªSiel se se?ala con las manos¡ª. Es algo con lo que nac¨ª y forma parte de m¨ª. ¡ªHm¡­ Supongo. Minutos m¨¢s tarde Mana lo deja en paz. Mientras la chica prueba diferentes abrigos, Siel a¨²n permanece con la mirada clavada en el espejo. ¡ª?Qu¨¦ hay de ti, Mana? ¡ªhabla el chico. ¡ª?Hm? ¡ªla chica lo observa a trav¨¦s del gancho de una percha¡ª. ?Qu¨¦ pasa conmigo? ¡ªEs dif¨ªcil que enga?es a nadie ¡ªexclama. Tras una pausa comienza a pasearse, con las manos tras la espalda, pasando por delante de los maniqu¨ªes de la entrada¡ª. Ese atuendo que llevas, sucio y desgarbado es m¨¢s propio de una f¨¢brica que de un desfile. ¡ªQu¨¦ grosero... ¡ªMana agacha la cabeza y tira de sus ropas¡ª. Aunque s¨ª es verdad que est¨¢ sucio... ¡ª?Qu¨¦ es lo que te queda? ¡ªSiel inclina la cabeza en direcci¨®n a ella¡ª. ?Cu¨¢nto hace que no te das un buen ba?o caliente? ¡ªAhora que lo planteas¡­ ¡ªMana comienza a rascar su cabeza¡ª. Espera, ?agua caliente?... De repente un chasquido resuena desde alg¨²n punto del centro comercial, a lo que le sigue una m¨²sica de corte cl¨¢sico, algo distorsionada. Los dos se aproximan en silencio a una barandilla y miran hacia abajo, donde un resplandor dorado acababa de nacer en forma de ¨¢rbol. ¡ª?Qu¨¦ brillante! ¡ªexclama ella¡ª. ?Vamos a verlo! Sonriente coge a Siel de la mano una vez m¨¢s y, tras el titubeo del chico, finalmente montan en las escaleras mec¨¢nicas, y los escalones de chapa lagrimada los transportan junto al gran ¨¢rbol. ¡ªMira esto... ¡ªla chica frota un polvo amarillento entre sus dedos en la base del ¨¢rbol¡ª. ?Qu¨¦ ser¨¢? ¡ªEs purpurina¡­ ?Eh! ¡ªSiel observa a Mana llev¨¢rselo a la boca¡ª. Ni se te ocurra ingerirla, ?me oyes? ¡ªEs que es tan brillante¡­ ?solo un poquito? ¡ªNo. ¡ªUn poquit¨ªn tan solo¡­ If you come across this story on Amazon, it''s taken without permission from the author. Report it. Mana se vuelve entonces, creyendo haber visto algo moverse entre el mont¨®n de libros. Justo al acercar su mano una figura surge disparada cual topo entre los libros, que comienzan a sobrevolar por todas partes. ¡ª?Aaaah! Mana golpea con el pu?o el rostro del espont¨¢neo, el cual sale disparado sobre otra monta?a de manuscritos, desparr¨¢mandolo todo alrededor. ¡ªTan, tan, tan... ¡ªexclama el individuo con una voz decadente, los brazos extendidos y torcidos¡ª. Me rindooo¡­ ¡ªAh¡­ ¡ªMana seca su frente entre jadeos¡ª. ?Un ni?o?... Ambos se acercan al muchacho, quien se incorpora raudo, ajust¨¢ndose el accesorio de su cabeza: un colador de plata puesto al rev¨¦s. ¡ªMaldici¨®n ¡ªexclama el joven¡ª. Solo quer¨ªa gastarte una broma, hermanita... ¡ªPues te lo has buscado t¨² solo. ¡ªJe, je ¡ªel chico se frota la nariz¡ª. Pero t¨² te has llevado el susto¡­ ¡ª?Que te doy otra, eh! ¡ªexclama arremang¨¢ndose. ¡ªUn momento, los dos ¡ªinterviene Siel. Tras una pausa mira al joven, y guarda silencio. ¡ªVamos, dilo, hermanito ¡ªle provoca el joven. ¡ªPicar¨¦... ¡ªexclama Siel entre suspiros¡ª. ?C¨®mo te llamas? El chaval sonr¨ªe fugazmente; con rapidez hace ondear su capa ¡ªy entonces¡ª, corre presto tras la monta?a de libros, apareciendo encima de ellos tras una ensayad¨ªsima voltereta hacia atr¨¢s. ¡ª?Yo soy el gran Gildong ¡ªexclama en una pose, esforz¨¢ndose por mantener el equilibrio¡ª, Centinela de los Recuerdos! ¡ªCentinela de los Aguafiestas ¡ªacusa Mana. ¡ª?Bu! ¡ªGildong saca su lengua a modo de burla¡ª. ?Se?orita deslenguada! ¡ª?No, mira! ?Bleh! ¡ªdevolvi¨¦ndole el gesto¡ª. ?Yo tambi¨¦n puedo! ¡ªCu¨¢nto dram¨®n de un grano de arena ¡ªpronuncia el chico, acost¨¢ndose febrilmente en la monta?a de libros¡ª. ?Qu¨¦ asustadiza princesa! ¡ª?Renacuajo... retaco! ¡ªespeta Mana¡ª. ?T¨² de rey solo tienes la corona esa r¨ªdicula! ¡ªMana, por favor ¡ªinterviene¡ª. En cuanto a este chico... ¡ª?Centinela de los recuerdos! ¡ªenfatiza ¨¦l con gesto cansado¡ª. ?Jobar! ?Para qu¨¦ preguntas el nombre si no lo vas a usar? ¡ªHm¡­ lo siento. Gildong se echa a re¨ªr, y luego mira a la chica. ¡ª?Escucha bien, hermanita! ¡ªle grita se?al¨¢ndola con el dedo¡ª. ?Escucha al se?or Gildong! ?Pues todo el que consigue encontrar al escurridizo Centinela, le espera un desaf¨ªo a¨²n mayor! ¡ªBuuu¡­ ¡ªMana canaliza su abucheo con las manos¡ª. ?No le temo a nada! ¡ªGildong, en realidad no hemos venido a jugar ¡ªhabla Siel. ¡ª?Ah, no? ¡ªMana suspira y hunde los hombros¡ª. Ya me hab¨ªa hecho ilusiones... ¡ª?Ap¨®yame un poco! ¡ªinsite el SEL, luego se vuelve al joven del colador¡ª. ?Puedo preguntarte algo? ¡ªDe acuerdo..., si tanto insistes ¡ªGildong se sacude la ropa¡ª. ?C¨®mo cortar el rollo! El joven se sienta en silencio frente al ¨¢rbol de base circular, y entorna los ojos. ¡ª?Vienen muchas personas por aqu¨ª? ¡ªcomienza Siel. ¡ª?Y qu¨¦ iban a venir si no? ¡ªEl joven r¨ªe¡ª. ?Alien¨ªgenas? ¡ªYo siempre he cre¨ªdo en su existencia ¡ªdice r¨¢pidamente Mana¡ª. ?Que conste! Gildong r¨ªe, pero Siel aprieta el pu?o y endurece los ojos. ¡ª?Esto no es una broma! ¡ªexclama¡ª. ?No os dais cuenta de la situaci¨®n? ¡ªNo te enfades, hermanito ¡ªGildong arruga los ojos¡ª. A ver, d¨¦jame pensar ¡ªa?ade mirando al techo¡ª. Siempre hay movimiento en este centro comercial. Aunque de un tiempo a esta parte ha disminuido notablemente... ¡ª?Desde cu¨¢ndo, esto? ¡ªHace ya algunos meses, o tal vez a?os... ¡ªdice con duda, hurgando con el me?ique en su o¨ªdo¡ª. Vete t¨² a saber. ¡ª?Menuda ayuda, Gildong! ¡ªrega?a Mana. ¡ªBah, ?a qui¨¦n le importa eso? ¡ªrechaza ¨¦l¡ª. Hace mucho fr¨ªo fuera, aunque la gente se empe?a en vivir por ah¨ª. ?Yo me refugio en el centro comercial! ¡ªQuer¨ªamos resolver este misterio ¡ªapostilla Siel¡ª. Las calles vac¨ªas y descuidadas. ?Y las f¨¢bricas y la luz? Todo funciona, pero no hay nadie. ¡ªEs que as¨ª es Siel ¡ªle cuenta Mana¡ª, siempre le da vueltas a todo. A veces te infla la cabeza de tanto que piensa. ¡ªJe, je, je ¡ªel joven se echa a re¨ªr¡ª. ?Con alguien as¨ª cerca, uno siempre est¨¢ alerta! Los tres acaban charlando de distintas cuestiones, sentados en tri¨¢ngulo frente al ¨¢rbol luminoso. El tiempo pasa entre juegos, acertijos y chascarrillos. En uno de los tr¨¢mites, Gildong saca a relucir cinco peque?as cubos de colores y comienza a maniobrar con ellos con una sola mano, y as¨ª se las iban pasando para hacer distintos malabares por turnos. ¡ªNada extraordinario ha pasado por aqu¨ª durante todo este tiempo ¡ªreconoce el joven¡ª a excepci¨®n claro est¨¢ de aquel tipo de distinguido uniforme. ¡ª?Distinguido? ¡ªMana recoge uno de los cubos, lo lanza al cielo; recoge otro del suelo; pero en el momento de recibir la primera del aire, ¨¦sta cae en su mu?eca¡ª. ?Porras! ¡ªHm¡­ Desde luego ¨¦l no era como los dem¨¢s ¡ªrememora Gildong¡ª. Rebosaba carisma y encanto. ?Anda, justo como yo! ¡ªa?ade entre risas. ¡ª?A d¨®nde crees que se dirig¨ªa ese hombre? ¡ªle pregunta Siel, intentando el juego y realiz¨¢ndolo a la perfecci¨®n. ¡ª?Siel, tramposo! ¡ªle susurra Mana. ¡ªPues, a ver... ¡ªGildong recibe los peque?os bloques¡ª. El tipo lleg¨® aqu¨ª como estando en su propia casa. Un gigante de dos metros de alto, como te digo. ?Y comenz¨® a contarme todo tipo de historias sobre el norte! Seg¨²n su relato ¡ªa?ade inclin¨¢ndose el joven, extendiendo su mano junto a la sien¡ª, ?muy lejos de mi reino hay ciudades fabricadas de oro, y monta?as cuyos r¨ªos son miel! ¡ª?Imposible! ¡ªrechaza ella. ¡ª?Qu¨¦ buenas historias! ¡ªGildong levanta ligeramente su sombrero colador¡ª. Desde luego su estancia fue la m¨¢s impactante de todas. Me gustar¨ªa ver esos lugares yo mismo, pero debo guardar este centro comercial con mi vida: ?como Centinela de los Recuerdos! ¡ª?Por qu¨¦ ese t¨ªtulo? ¡ªpregunta Mana con curiosidad. ¡ªEs la carga de los que me precedieron ¡ªel chico se frota por debajo de su nariz¡ª. Los que fueron, los que pasaron por este centro, sus historias. Todo lo guardar¨¦ conmigo. ?He decidido que as¨ª es como voy a vivir! ¡ªNo tienes por qu¨¦ quedarte ¡ªSiel aflige el gesto. ¡ª?No est¨¢s triste aqu¨ª solo?... ¡ªplantea Mana¡ª. ?Qu¨¦ hay de tus padres? ¡ª?Pobres que sois! ¡ªGildong cruza los brazos, y luego sonr¨ªe¡ª. ?Pens¨¢is que es mejor vivir fuera? ?No estoy de acuerdo! ?Aunque respeto mucho a los viajeros como vosotros! ¡ªEl joven inclina el gesto¡ª. Para no contaminar este respeto, he decidido mirar desde la distancia y quedarme atr¨¢s, con los pies en la tierra. Despu¨¦s de todo, eso es lo que har¨ªa un gran rey, ??o acaso me equivoco?! El chico sonr¨ªe nuevamente. Luego se levanta y hace chasquear algo con su pulgar. Brillante en medio del aire, Mana lo recibe al vuelo. ¡ª¨¦l me dio esto. ?Pero creo que deber¨ªais tenerlo vosotros! ¡ªGildong... ¡ªMe inspir¨® grandemente, sin siquiera darme su nombre ¡ªel joven muestra una sonrisa melanc¨®lica¡ª. Pero all¨¢ fue, ?tan r¨¢pido como vino se esfum¨® a por otras aventuras! Tal como har¨¦is vosotros ahora. Siel y Mana se miran en silencio, cabizbajos. M¨¢s tarde en el d¨ªa, cuando las nubes se ti?en de canela, Siel y Mana ponen a punto a Chinchin a las afueras. ¡ª?Est¨¢s seguro de que no quieres venir con nosotros, Gildong? ¡ªle insiste Siel. ¡ªTal vez podr¨ªamos intentar ser amigos ¡ªdice Mana. ¡ª?No deb¨¦is preocuparos por m¨ª! ¡ªel chico muestra los dientes en una sonrisa¡ª. ?Cuidar¨¦ de este lugar mejor si cabe de lo que era anta?o, como que soy el gran Gildong! ?Je, je, je! Pero prometedme algo. Encontrar¨¦is a ese hombre¡­ ?y le dar¨¦is las gracias de mi parte! Siel y Mana asienten y sonr¨ªen al un¨ªsono. ¡ª?Buena suerte! ¡ªgrita el chaval¡ª. ?Convert¨ªos en alguien que impacte tanto a los dem¨¢s con solo pasar cerca! ?Y sobre todo, brillad! ?Brillad con vuestra luz propia! Los tres se despiden en la distancia entre gestos. Cuando el edificio es solo un peque?o cuadrado, observan ondear la capa de Gildong por ¨²ltima vez bajo los copos. ¡ªPobre Gildong¡­ ¡ªMana agacha su cabeza, desde lo alto del TES¡ª. Tan solo y tan alegre... ¡ªEs solo un ni?o ¡ªSiel pierde la mirada en la cuerda del mosquet¨®n sobre su hombro¡ª. Pero tal vez este no sea un mal lugar para resguardarse de los malos tiempos. Despu¨¦s de todo, est¨¢ bien surtido con alimento. ¡ªTienes raz¨®n¡­ ?Seguro que le ir¨¢ bien! Siel carga con la gran m¨¢quina a paso lento. Mana bosteza desde arriba. ¡ªUn hogar¡­ ¡ªEl viento comienza a soplar y Mana sostiene su sombrero¡ª. ?Crees que podremos encontrar algo as¨ª? ¡ªPor supuesto ¡ªresponde Siel con voz en calma¡ª. Mientras sigamos juntos Una colina, de suaves curvas, se abre entre la bruma y rompe la estricta l¨ªnea de los rascacielos, resplandeciendo con joven verdor bajo los escasos rayos del atardecer. Cap铆tulo 4 - Hermano de Cadenas ¡ªVaya, hola ¡ªSiel se arrodilla delante de ¨¦l¡ª. ?Qu¨¦ especie eres? ¡ªKipa¡­ ¡ªJa, ja... Qu¨¦ adorable. El animal descubre el hocico y olfatea el dedo de Siel, cuando de repente un grito lo env¨ªa de nuevo a la oscuridad. ¡ª?Ah¨ª est¨¢s! ¡ªMana llega jadeante, descansando con las manos en las rodillas¡ª ?No pod¨ªas esperarme DOS minutos? ¡ªEntiende que no puedo saber qu¨¦ est¨¢s tramando a cada momento. ¡ªPero bueno, ?es que eres un desconfiado! ¡ªNo es verdad. ¡ªAh, ya da igual... ¡ªMana se sacude el sudor de la frente, luego queda en silencio con las manos sobre las caderas. ¡ª?Estabas haciendo algo? ¡ªNo. Solo me adelantaba. ?Por qu¨¦? Mana frunce el ce?o. Sus ojos se deslizan hasta la jaula que Siel guarda bajo el sobaco. ¡ª?Qu¨¦ es lo que llevas ah¨ª? ¡ªNo es nada importante ¡ª¨¦l desv¨ªa la mirada. ¡ªHm¡­ Hoy seguro est¨¢s raro. ?Ser¨¢ mejor que me des a Chinchin! Mana le arrebata el mosquet¨®n y se lo ata al cintur¨®n del mono, de modo que comienza a cargar la gran m¨¢quina. ¡ªJobar¡­ ¡ªSiel le pisa los talones¡ª. Mira que eres cabezona. ¡ªYa, ya. ?A¨²n m¨¢s importante! ¡ªexclama¡ª. ?Tenemos un problema con tu atajo milagroso, Siel! ?No hay manera que Chinchin se mueva por estas callejuelas! ¡ªCierto¡­ ¡ªSiel mira a su alrededor¡ª. Tendremos que dar la vuelta. ¡ª?Eso nunca! ¡ªprotesta ella¡ª. Antes Chinchin derribar¨¢ estos muros ¡ªMana da un pu?etazo al aire, luego mira hacia atr¨¢s¡ª: ?verdad que s¨ª, cari?¨ªn? La gran m¨¢quina responde con su silencio. Al cabo de un tiempo ambos se detienen en una peque?a encrucijada. Carpas rojas lucen en las esquinas, ropa sucia desperdigada por el suelo y modestos puestos de comida es todo lo que ocupa la vista. Mana y Siel aprovechan para descansar, ella abriendo una barrita energ¨¦tica y d¨¢ndole un mordisco. ¡ªEste lugar est¨¢ hecho un asco ¡ªse?ala Mana mientras mastica¡ª. Y yo que pens¨¦ ¡ªa?ade¡ª que mi pueblo no ten¨ªa nada que ofrecer. ¡ª?Has venido de muy lejos? ¡ªHm, un poco ¡ªella chupa sus dedos¡ª. ?Cu¨¢nto tiempo habr¨¦ caminado...? Podr¨ªan ser meses¡­ o incluso a?os¡­ ¡ª?Y tu familia? ¡ªPap¨¢ se march¨® ¡ªle explica¡ª. Mam¨¢ me regal¨® a Chinchin, pero luego no la vi m¨¢s. Mana inclina el gesto algo melanc¨®lica. ¡ªCuando yo me fui del pueblo, todav¨ªa hab¨ªa muchas personas. Cre¨ª que encontrar¨ªa muchas personas en la ciudad. ¡ªPero est¨¢ claro que aqu¨ª no hay nadie ¡ªcomprende ¨¦l. ¡ªNo¡­ Es un milagro que nos hayamos cruzado con Gildong en primer lugar. Mana guarda silencio, observando el misterioso anillo grabado con una ?V? que el joven le hab¨ªa regalado antes de despedirse. ¡ª?Quer¨ªas saber sobre mam¨¢? Siempre estaba trabajando ¡ªle revela¡ª. Seguro que constru¨ªa magn¨ªficos robots como Chinchin¡­ ¡ªPero todo se vino abajo ¡ªSiel se sienta en una silla de pl¨¢stico¡ª. ?Por qu¨¦? ¡ªPrimero fue la ola gigante ¡ªdetalla Mana¡ª. Tuvimos que dejar la casa. Despu¨¦s estuvimos vagando. Este mono ¡ªla chica tira de su solapa¡ª es toda la ropa que ten¨ªa. Era un recambio de mam¨¢. La llave inglesa tambi¨¦n es suya. Mana suspira melanc¨®lica, jugando a balancear el pie sobre una pegatina del suelo una y otra vez. ¡ª?La Plaga Blanca ya est¨¢ aqu¨ª?. ¡ª?C¨®mo?¡­ ¡ªMana se vuelve hacia Siel. El chico est¨¢ inclinado sobre un mostrador hacia el interior de un cuarto estrecho. ¡ªEs una pintada. Creo que la he visto en otros lugares... ¡ª?La Plaga Blanca?¡­ ¡ªMana se frota la frente¡ª. Hm¡­ ?Deber¨ªa sonarme? ?No ser¨¢ el t¨ªtulo de una canci¨®n? ¡ªSer¨ªa un nombre curioso ¡ªdice ¨¦l entre risas. ¡ª?Oye! No te burles. Algo chirr¨ªa sobre el asfalto a cierta distancia, un bast¨®n de plata siendo arrastrado. Ninguno de los dos se percata de ello cuando, minutos m¨¢s tarde, se deslizan por un camino estrecho entre dos paredes. ¡ª?Ah¨ª! ¡ªMana se?ala una escalera¡ª. ?Siel, dame impulso! ¡ª?Segura? ¡ª?Desde arriba te echo un cable! Siel duda por un instante, pero finalmente accede. Con la espalda en la pared, cede sus hombros para que Mana suba por ellos hasta arriba. La chica hace chirr¨ªar el metal con cada paso y, al tomar impulso sobre el ¨²ltimo de los escalones, la escalera se desengancha bajo sus pies y cae estrepitosamente hacia el suelo. ¡ª?Perd¨®n! ¡ªdesde el balc¨®n, Mana junta las manos¡ª. ?He sido yo! ¡ªNo me digas. ¡ªSiel, ?podr¨ªas volver con Chinchin primero? Nos vemos al otro lado, ?vale? Siel acepta t¨¢citamente y se da la vuelta, pero a los segundos se detiene. ¡ªNo hagas nada raro. ¡ªEntonces titubea por unos instantes, luego se vuelve otra vez como alarmado, y exclama¡ª: ?Mejor no hagas nada! ¡ªPero tengo de alg¨²n modo tengo que guiaros¡­ Subir¨¦ al tejado. ¡ª?Estar¨¢s bien? ¡ªPor favor, ciel¨ªn ¡ªella cruza sus brazos¡ª. ?Un poco de respeto! ¡ªDe verdad, Mana¡­ ¡ªSiel desv¨ªa la mirada¡ª. Cu¨ªdate en serio. Mana encoge los hombros. Luego se vuelve para abrir una puerta chirriante de madera, portal hacia una sala oscura y cargada. ¡ªQu¨¦ pestazo. Los tablones de madera a sus pies tiemblan ligeramente. Junto a una cama, una escalera de madera asciende hacia un ¨¢tico: pero Mana no alcanza con sus saltos para bajarla. De repente, mientras tienta la oscuridad en busca de algo tangible que pueda servirle, una llama se prende en la absoluta tiniebla. ¡ª??Q-qui¨¦n va?! ¡ªJi, ji, ji ¡ªuna voz r¨ªe en un eco¡ª. ?Por qu¨¦ no usas¡­ el Fuego? A Mana le parece ver un rostro p¨¢lido dado la vuelta y unos largos cabellos de paja cayendo como cascadas de oro sobre monta?as blancas. Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions. ¡ªVen y acar¨ªcialo¡­ ¡ªsusurra la aparici¨®n, extendiendo su mano. Los ojos de Mana brillan. Alarga la mano para aceptar el obsequio; pero el individuo r¨¢pidamente retrocede. ¡ª?Oye! ¡ªJi, ji, ji... El desconocido muestra una sonrisa de dientes blancos y luego se desvanece en la oscuridad del ¨¢tico. ¡ª?Espera! De la emoci¨®n, la chica se golpea el pie con algo en el suelo. Al inspeccionarlo detenidamente, vislumbra la figura de una mesa. Con r¨¢pida decisi¨®n la arrastra bajo la entrada al ¨¢tico y asciende por ella, bajando asimismo la escalera. All¨ª le espera una sala desnuda, salpicada solo por la luz que se introduce por su ¨²nica ventana, cuyas cortinas mece el viento ligeramente. ¡ª?Me lo habr¨¦ imaginado?¡­ En el alf¨¦izar, una cajita de cerillas descansa bien cerrada, junto a un cenicero y una caja de tabaco. Mana recoge solo la cajita de cerillas, y luego mira las nubes grises del exterior, suspirando, apoyada en sus manos sobre el alf¨¦izar. El aire se pega a la ropa y al cuerpo, y las nubes rugen ligeramente. Una gota golpea a Siel en el rostro. Saliendo de su ensimismamiento, el chico coloca la jaula de su nuevo amigo en un resalte del armaz¨®n del TES, y por encima la envuelve con un trozo de tela. ¡ªGu¨¢rdate por ahora, ?vale? ¡ªle susurra¡ª. Va a hacer m¨¢s fr¨ªo. Voy a encontrar algo para liberarte. El chico los deja en el callej¨®n y se dirige a una especie de tienda. Abre con cuidado una puerta de cristal hecha a?icos que tintinea nada m¨¢s moverla. En su camino al interior del sitio, elude diferentes cacharros desparramados por el suelo, latas y botellas vac¨ªas. Un palo de golf tras una estanter¨ªa y una mochila colgada en un perchero son lo que m¨¢s llaman su atenci¨®n. Sin mucho cavilar decide equiparse la mochila del perchero. ¡ªJa, ya me vale ¡ªse dice, ajust¨¢ndose las correas a los hombros¡ª. Tanto que la critico y al final estoy siguiendo sus pasos... Puestos a saquear, piensa, deber¨¢ coger tambi¨¦n el palo de golf. Siel intenta pasar el brazo sobre los travesa?os de la estanter¨ªa. ¡ªNgm¡­ No lo alcanzo¡­ Cadenas y ladridos sobresaltan a Siel, quien retrocede de un salto, haciendo desmoronarse la estructura y causando todav¨ªa m¨¢s destrozos y estruendo. Aunque el exterior parece tranquilo tras el ocasional barullo, la jaula que cuelga en Chinchin comienza a moverse bajo su tela. El animal empuja entre gru?idos con peque?os placajes, haciendo balancear su prisi¨®n hasta hacerla caer contra el suelo, lo que la deforma en el acto con un ruido seco. Su peque?a cabeza sale a relucir segundos despu¨¦s, emitiendo el peque?o un agudo sonido bajo sus escasos bigotes. Su pelaje blanco brilla en el d¨ªa gris, y su espalda de pinchos se desliza sin esfuerzo fuera de la jaula. ¡ª?Kipa! ¡ªhace el animal, como triunfal. Solo entonces Siel se vuelve hacia la entrada con ojos muy abiertos ¡ª?Anda! ¡ªexclama¡ª. ?Cu¨¢ndo has escapado? A pesar de los innumerables pinchos de su espalda, el peque?o erizo blanco se demuestra flexible al transcurrir entre los muebles rotos y los afilados cristales con gran rapidez y sin sufrir da?o. Tras atravesar con gracia la cursa de obst¨¢culos, se sienta ante una puerta cerrada, oliendo por los resquicios y posteriormente, clavando sus ojos en Siel. ¡ª?C¨®mo? ¡ªSiel ladea la cabeza¡ª. ?Quieres llegar al otro lado?¡­ ¡ªKi-pa. El chico guarda el palo de golf, amarr¨¢ndolo en la correa de uno de los lados de la mochila. Luego se dispone a abrir la puerta sin dificultades. El animal desciende por los escalones a paso vivo, y Siel lo sigue con un brillo de curiosidad en los ojos. El peque?o erizo lo lleva hacia una bodega; as¨ª se revela el sitio cuando Siel acciona una l¨¢mpara en un techo tan bajo que debe inclinarse ligeramente. ¡ª?Ooh! ?Buen descubrimiento, peque?o! ¡ª?Ki-pa! Siel se sonr¨ªe, aunque el erizo le presta poca atenci¨®n; en su lugar comienza a olisquear sus alrededores. Finalmente encuentra algo en un barril y levanta su pata, con la que atrapa la cola de un peque?o roedor escondido. ¡ªA-ah¡­ ¡ªSiel sonr¨ªe inc¨®modo¡ª. ?Eso buscabas?... Las peque?as patas del erizo se llenan lentamente de sangre bajo los chirridos del rat¨®n, as¨ª como tambi¨¦n sus dientes. Bajo el chasquido de la saliva y la carne arrancada, Siel decide apartarse y pasear por la bodega, pasando la mirada por los toneles y las botellas de las estanter¨ªas. ¡ªAlcohol... ¡ªobserva¡ª. ?Esto nos ser¨¢ muy ¨²til! En el techo repiquetea la lluvia sin descanso. Varios niveles por encima, Mana hace camino sobre unas tejas resbaladizas por la lluvia, luchando por mantener el equilibrio bajo las r¨¢fagas de viento. ¡ª?Sieeel! ?D¨®nde est¨¢s...? Mana trastabilla ligeramente, pero a¨²n se mantiente con los brazos r¨ªgidos y horizontales. ¡ªAh¡­ ?ya... le... vale! ¡ªdice enfatizando cada palabra¡ª. ?Ese maldito Siel...! Una mala pisada la hace rodar sobre las tejas, precipit¨¢ndola hacia una espiral de alambre. Mana grita con las manos por delante, cayendo al suelo segundos tras destruir el tejado de madera de un cobertizo, liberando al mismo tiempo miles de p¨¢jaros retenidos en jaulas que all¨ª hubieron colgado. ¡ªVolad, volad¡­ ¡ªMana se levanta sobre el c¨¦sped, acariciando su espalda en un gesto de dolor. Cuando se levanta para echar a andar, se percata de la sangre que recorre sus dedos y perforan su ropa. ¡ªEmpieza a llover y hace fr¨ªo... ¡ªsusurra cubri¨¦ndose los brazos¡ª. Qu¨¦ malo eres¡­ ?Malo, malo! Mana sale del recinto hacia un largo barrio de viviendas. Habiendo hecho camino ya por unos minutos, de golpe la asustan penetrantes ladridos. Sobre una verja se enfila una alima?a salivante, quien embiste en el hierro en reiteradas ocasiones con un sonido que le hiela hasta los huesos. Esos mismos ladridos escucha Siel mientras sale de la bodega a una callejuela de suelo de piedra. ¡ªEstoy preocupado ¡ªreconoce el chico¡ª. Mana todav¨ªa est¨¢ ah¨ª fuera... ¡ªKipo... El erizo limpia sus patas en un charco. Siel se lanza hacia el peque?o entonces, sosteni¨¦ndolo entre las manos, y procede a guardarlo en su mochila. ¡ª?No salgas de aqu¨ª por nada, me oyes? El chico cierra la cremallera dejando una peque?a abertura y luego echa a correr por las calles mojadas. La lluvia aprieta cada vez m¨¢s y la luz se desvanece del todo, dejando la ciudad casi en la total penumbra. Mana sale pitando bajo la lluvia, mirando atr¨¢s cada cierto tiempo. ¡ª?Sieeel! ¡ª?Manaaa! Los dos chicos se reencuentran bajo la lluvia, jadeantes, frente a una plaza de suelo enladrillado. ¡ª??Qu¨¦ te ha pasado!? ¡ª?Me dan mucho miedo! ¡ªMana lo agita por los hombros¡ª. ?No los aguantoo! ¡ªYa ha pasado¡­ Volvamos a por Chinchin y¡­ ¡ª??Que lo has dejado atr¨¢s?! ¡ªruge ella¡ª. ?En qu¨¦ est¨¢s pensando para?... Un fuerte ladrido interrumpe su discurso. Dos sabuesos se aproximan a ellos, arrastrando cadenas en sus cuellos. ¡ªAy, ay, ay¡­ ¡ª?Detr¨¢s de m¨ª, Mana! ¡ªEl chico sostiene su palo de golf con fuerza¡ª. No dejar¨¦ que te hagan da?o. ?Atr¨¢s! Uno de los perros muerde con ans¨ªa un extremo del palo, mientras que el otro salta hacia Mana. ¡ª?Aah! La chica grita y cierra los ojos y comienza a encender cerillas una tras otra; y una de ellas quema al animal en la frente, haci¨¦ndolo retroceder unos pasos. ¡ªAh, menos mal ¡ªse dice ella entre suspiros. ¡ª?Fuera! ¡ªcon un movimiento en¨¦rgico, Siel empuja a su enemigo unos metros¡ª. ?Ya lo tengo, Mana! ¡ª??Qu¨¦ quieres ahora!? El chico saca una botella del interior de su mochila. ¡ª?No es momento para beber! ¡ªle protesta ella. ¡ª?Dame fuego a mansalva! Siel aprieta los dientes y comienza a rociar alcohol en un grito; Mana enciende y lanza una cerilla en llamas, creando un muro de fuego al contactar con el espeso l¨ªquido. ¡ªAy, ay, ay¡­ ¡ªMana se lleva las manos a la cabeza¡ª. Ya ver¨¢s t¨² la lluvia... ¡ª?Tranquila! ¡ªse reafirma el chico¡ª: ?Esto al menos los confundir¨¢! Siel la toma de la mano. Con cierta sorpresa, Mana se deja llevar, lejos del muro de fuego y los ladridos. Minutos m¨¢s tarde se creen suficiente a salvo. Descansan en una calle, la chica aspaventando sobre sus rodillas. ¡ªEres... un mago¡­ Siel... ¡ªNada de eso¡­ Mana grita cuando una bola blanca con ojos aparece en el hombro del chico. ¡ª?Ah, no te asustes! ¡ªSiel levanta las manos¡ª. Este peque?¨ªn es¡­ es¡­ ¡ª?Vas a ponerle un nombre! ¡ªBueno, es que¡­ ¡ªSiel cruza los brazos¡ª. ?Por qu¨¦ eres la ¨²nica que merece tener un amigo? ¡ª?Esto demuestra que no conf¨ªas en m¨ª! ¡ªPor todos los... ¡ªSiel sacude la cabeza¡ª. ?Eres t¨² quien debe confiar en m¨ª! ¡ª?No, t¨² m¨¢s! ¡ª?Ki-paa! El erizo se acerca a Mana y le comienza a oler la punta del pie, pero ella hace amago de darle un patad¨®n, segundos antes de que el animal retroceda con un salto, refugi¨¢ndose tras la pierna de Siel. ¡ª?No seas as¨ª con ¨¦l! ¡ªprotesta Siel¡ª. ?Undochi no te ha hecho nada! ¡ªPf¡­ ?y qu¨¦ nombre es ese? ¡ªMana cruza los brazos¡ª. Ya lo he decidido. Se llamar¨¢ Kimchi. ¡ª?Qu¨¦?¡­ ¡ªSiel frunce el ce?o, luego suspira¡ª. En fin, si as¨ª lo aceptaras... ¡ª?As¨ª es, Kimchi! ¡ªMana entrelaza los dedos y mira hacia el cielo¡ª. Ya no te rechazar¨¦ m¨¢s¡­ ¡ªSupongo que incluso t¨² puedes entrar en raz¨®n¡­ ¡ªS¨ª¡­ ¡ªprosigue Mana¡ª. ?Ahora te quiero dentro en mi est¨®mago! ¡ªAgh, corta las bromas ¡ªle insiste ¨¦l¡ª. Es de mal gusto. Los dos desv¨ªan sus miradas entre moh¨ªnes, frunciendo sus labios. ¡ª?Mira que adoptar un cachorro! ¡ªprotesta ella¡ª. ?Y m¨¢s en estos tiempos! ¡ªEs un erizo ¡ªreplica ¨¦l, ce?udo¡ª. Alguien los ha estado encerrando por ah¨ª¡­ ?Me compadec¨ª! ¡ªAj¨¢¡­ ¡ªMana cierra los ojos, y tras un instante abre uno solo de ellos¡ª. Eres un blandengue. ¡ªSi esto deber¨ªa ser lo normal... El erizo gru?e una s¨²bita exclamaci¨®n. Los dos se vuelven a la criatura, quien con un salto de liebre caza una paloma en pleno vuelo, para despu¨¦s comenzar a mordisquearle las alas. ¡ªS-Siel¡­ ¡ªel rostro de Mana se transfigura¡ª. ?Has liberado un monstruo!... Los dos se miran en silencio durante un instante, luego Siel suelta un suspiro. ¡ªAl menos puede mantenerse por s¨ª mismo. ¡ªY cazar para nosotros¡­ ¡ªa?ade Mana¡ª. Tal vez deber¨ªamos dejar que se quede. ¡ªS¨ª¡­ ¡ªDefinitivamente ¡ªella asiente con rapidez¡ª, le dejaremos. Los dos observan en silencio durante un rato. Siel cavila en silencio, y poco despu¨¦s ambos comienzan a caminar. El peque?o Kimchi, lejos de quedarse tranquilamente a disfrutar su fest¨ªn, los sigue a la carrera poco despu¨¦s, entre ligeras y animadas voces de inocencia. Los Cimientos del Corazè´¸n - Parte 1 Mana silba y se mueve de un lado a otro con gran energ¨ªa, mientras Siel carga con la gran m¨¢quina. La chica va deteni¨¦ndose durante el camino por la ciudad. Se?ala esculturas, riendo y danzando. Juguetea con los retrovisores de los coches y sacude se?ales de tr¨¢fico con gran esc¨¢ndalo. Luego comienza a correr bien lejos, a lo que Siel le grita: ¡ª?No te alejes mucho! Mana lo despide con un gesto, luego se esfuma tras la manzana. Siel se sonr¨ªe ligeramente. Luego mira la bolita blanca de encima de su cabeza, quien emite suaves ronroneos. ¡ªEsta chica¡­ ¡ªle habla Siel¡ª. En realidad estaba deseando que le librase de la carga. ¡ªKipa ¡ªhace el animal. ¡ªHe notado que le cuesta abrirse a los dem¨¢s ¡ªrazona ¨¦l¡ª. Supongo que ha debido pasar mucho tiempo sola. ¡ªKipo¡­ ¡ªSi consigo que conf¨ªe en m¨ª, deber¨ªa poder hacerla feliz ¡ªse dice¡ª. Despu¨¦s de todo, soy un robot. ?Me crearon para ser ¨²til! Mana lo llama tiempo despu¨¦s. Siel la ubica a un lado de una gran plaza. En el centro se erige un gran cuenco agrietado, del cual surge un d¨¦bil chorro de agua. Alrededor, como cad¨¢veres, miles de carteles y pancartas, viejas y humedecidas, descansan en una jungla de metal y bronce oxidado. ¡ªMira cuanta chatarra¡­ ¡ªMana levanta una monta?a de piezas con gesto s¨²bito¡ª. ?Es un campo de tesoros! ¡ªOye, Mana... as¨ª se te abrir¨¢n las heridas. ¡ªNo, ya estoy bien ¡ªella se retira un guante, y estira los dedos, los cuales est¨¢n plagados de tiritas. Luego dice¡ª: Adem¨¢s, encontramos un botiqu¨ªn. ¡ªPues s¨ª. ¡ª?Y esa ca¨ªda fue por tu culpa, que conste! ¡ªle grita. Luego infla las mejillas¡ª. ?Vaya momento para abandonarme! ¡ªTengo que admitirlo¡­ ¡ª¨¦l se inclina ligeramente¡ª. En ese momento Kimchi acaparaba toda mi atenci¨®n¡­ ¡ª?Aprecias m¨¢s a esa rata que a m¨ª misma! ¡ªPues te estaba poniendo a prueba ¡ªSiel fuerza un gesto disgusto, cruzando los brazos¡ª. Como dec¨ªas que pod¨ªas hacerlo todo t¨² solita¡­ ¡ª?Me haces esperar cosas de ti! ¡ªle replica¡ª ?Entonces bajo la guardia! ¡ªVenga, no te sulfures ¡ªrechaza el chico en un gesto¡ª. Te saldr¨¢n arrugas por todo el rostro. ¡ªAy ay ay¡­ ¡ªMana palpa con alarma su rostro¡ª. ?Me volver¨¦ una viejita?... ¡ªEso es. As¨ª que comp¨®rtate por un rato, ?quieres? ¡ªMm¡­ bueno ¡ªse dice dubitante¡ª. ?Lo que debe hacer una por la salud! Siel suspira, al tiempo que se sienta en una suerte de plataforma de madera para descansar, pensando, divertido, que solo el terremoto de Mana ser¨ªa capaz de extenuar a un androide. Kimchi baja de la cabeza de Siel justo entonces, encamin¨¢ndose a una farola, en proceso de levantar su pata trasera para descargar l¨ªquidos. Mana, por su parte, prosigue buscando entre las monta?as de chatarra. Al cabo de un buen rato, se levanta con estr¨¦pito met¨¢lico, sujetando un engranaje entre los dedos. ¡ª?Aqu¨ª no hay nada! ¡ªafirma ella lanzando el trozo de chatarra detr¨¢s de s¨ª¡ª. Ahora tengo hambre. ¡ªDe su mochila extrae una barrita de pl¨¢stico cuyo interior despedaza de un mordico. ¡ª?Mana! ¡ªexclama ¨¦l, r¨ªgido¡ª. Has comido hace una hora. Lo he registrado. ¡ª?Se come cuando se tiene hambre! ¡ªprotesta ella. ¡ªPero deber¨ªas racionar... ¡ª?Darme el antojo de una raci¨®n? Claro ¡ªdice sonri¨¦ndose. ¡ª?T¨² c¨®mo has sobrevivido tanto tiempo?... Mana responde con una risilla. Luego aplasta entre las manos el envoltorio de pl¨¢stico y lo lanza a una papelera junto al callej¨®n, aunque no alcanza a canastarla. Siel se ve obligado a recogerla y se levanta, y justo entonces los o¨ªdos del chico captan el eco algo en el callej¨®n. ¡ªOye ¡ªllama Siel¡ª. ?No te ha parecido o¨ªr algo? ¡ªLo siento ¡ªMana se chupa los dedos¡ª. Mis tripas me impiden o¨ªr todo lo dem¨¢s... ¡ªPeque?a glotona¡­ Tienes casi el mismo apetito que Kimchi. ¡ª?No me extra?a! ¡ªla chica se seca el sudor con el antebrazo¡ª. ?Si yo tuviera ese nombre, tambi¨¦n me entrar¨ªa el gusanillo! ¡ªVa, c¨®mo exageras... Un cami¨®n asoma entonces en el callej¨®n, atrayendo poderosamente sus miradas. Varias figuras surgen poco despu¨¦s de la oscuridad, cargando con cajas y almacen¨¢ndolas en la puerta de atr¨¢s del veh¨ªculo. Sus bronceadas manos se encuentran marcadas en sus articulaciones por finas l¨ªneas, y su cabeza es lisa, redonda como el huevo. ¡ªServicio de mudanzas... Briipsto ¡ªexclama uno. ¡ªTodos los muebles cargados... ¡ªdice el otro. ¡ªBuen servicio. ¡ªComunicando al centro de control¡­ Brip. ¡ªTodo bripsto, ¡ªBrip. Tras cargar todas las cajas, las m¨¢quinas cierran la puerta de la carga y comienzan a abrir las puertas del veh¨ªculo para acomodarse en los asientos. Entonces, Siel grita: ¡ª?Vosotras! ?Qui¨¦n dec¨ªs que se est¨¢ mudando? ¡ª?Briip? ¡ªuna sola m¨¢quina se gira con fricci¨®n met¨¢lica¡ª. No disponemos informaci¨®n sobre los clientes. En caso de que as¨ª fuera, no compartir¨ªamos esa informaci¨®n con personas no relacionadas con el cliente. ¡ª?Es usted un cliente? Para m¨¢s informaci¨®n, dir¨ªjase al centro de control ¡ªdice la otra, antes de ocupar el asiento del conductor y arrancar el veh¨ªculo, el cual desaparece tras una cortina de humo negro. ¡ª?Qu¨¦ flipada! ¡ªMana aprieta los pu?os¡ª. ??Has visto esos cacharros?! ¡ª?Qu¨¦ hay de interesante en modelos tan viejos?¡­ ¡ªBuh¡­ ¡ªla chica entrecierra los ojos¡ª. Pues s¨ª que eres presumido. ¡ªDeber¨ªas dejar de atribuirme cualidades humanas. ¡ª?Pero c¨®mo! ¡ªprotesta ella¡ª. ?No son precisamente esos atributos lo que te hacen ser m¨¢s avanzado que ellos? ¡ªHay mucho m¨¢s que¡­ ¡ªSiel se interrumpe. ¡ªJa, ?sin palabras? ¡ªLa chica suelta una risotada de orgullo¡ª. ?La l¨®gica de la gran Mana ha aplastado al robot m¨¢s avanzado de la ciudad! A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. ¡ªVenga ya... ¡ª?Eres tan raro! ¡ªle dice ella¡ª. ?Por qu¨¦ no hay m¨¢s como t¨²? ¡ªDebo ser caro de realizar ¡ªelucubra ¨¦l¡ª, es m¨¢s rentable usar esos ghimigan. ¡ª?Te refieres a esas m¨¢quinas de bronce? ¡ªEste pa¨ªs las desarroll¨® ¡ªle explica¡ª, para realizar tareas pesadas y repetitivas. ¡ªT¨² eres parecido a los humanos, s¨ª... ¡ªMana cruza los brazos¡ª. Aunque me pregunto si eres tan ¨²til... ¡ªTus palabras me hacen da?o. ¡ª?Siel blandengue! ¡ªMana se echa re¨ªr¡ª. ?Todo te afecta! ¡ªTengo mis derechos¡­ Que sea de metal no hace que me tengas que tratar como basura. ¡ª?En serio? ¡ªMana pone morritos¡ª. Pero yo si te quiero como a un juguete... ¡ªNo puede ser... ¡ªSiel sacude la cabeza con una mano sobre la frente¡ª. ?Esto es lo que soy para ti? ¡ª?Oye! ?No hay nada m¨¢s valioso para alguien que su adorable mu?equito de juegos! ¡ªTal vez para un ni?o... Enfrascados en una discusi¨®n sobre las emociones, apenas sienten c¨®mo el suelo comienza a temblar. Instantes despu¨¦s, ambos levantan la mirada hacia una bandada de p¨¢jaros que los sobrevuela bajo las nubes. ¡ªSiel¡­ ¡ªMana hace una pausa, luego comienza a sudar¡ª. Eso s¨ª que no han sido mis tripas... El chico rastrea con el o¨ªdo unos golpes secos al otro lado de la manzana. Entrecierra los ojos y se concentra. La mirada de ambos recae sobre el edificio, que comienza a tambalearse ligeramente. ¡ª?Cuidado! Siel se lanza hacia Mana, haci¨¦ndola agachar, esquivando ambos por los pelos un gigantesco esf¨¦rico que pende de una cadena. ¡ª??Q-qu¨¦ pasa!? ¡ª?Hay que correr! Ambos corren por la acera a trav¨¦s de las callejuelas hasta un espacio oscuro. Kimchi no tarda en alcanzarles con gr¨¢ciles saltos; pero poco despu¨¦s de que llegue, una excavadora surge de detr¨¢s de una pared, bajo una masa de polvo blanco, y sin poder descansar los tres vuelven a correr. ¡ª?Qu¨¦ he hecho mal? ¡ªespeta ella jadeante. ¡ª?Espero que nada! ¡ªgrita ¨¦l. ¡ª?Son humanos? ¡ª?No lo s¨¦! ¡ª?Y-ya s¨¦! ?Han sido esos robots porque los ofendiste! ¡ª?Por favor!¡­ ?Conc¨¦ntrate! Ambos giran la esquina en un callejuela estrecha. Siel se encarama r¨¢pidamente en una ventana abierta, ayudando a Mana a pasar al interior al tirar de su mano. Los dos caen entonces sobre una mesa de madera, con gran estr¨¦pito. El chico se recompone r¨¢pidamente para correr las cortinas y dejar la sala oscura, salvo por un resquicio a trav¨¦s del cual comienza a observar. ¡ª??Todo bien!? ¡ªdice al cabo, regresando hacia Mana¡ª. ?Te has hecho da?o? ¡ªAh¡­ ¡ªElla se observa la herida del peque?o corte que atraviesa el guante de su mano. ¡ªD¨¦jame ver. ¡ªEs¡­ es solo un corte de nada¡­ ¡ª?Te dije que cuidado, que se te abrir¨ªan las heridas! ¡ªLo sien... Un nuevo golpe hace temblar el edificio. La chica grita bajo las cortinas de polvo que caen desde el techo, y cae acuclillada y con las manos en la cabeza. ¡ªAqu¨ª tampoco estamos seguros¡­ ¡ªobserva el chico mirando a todos lados. Luego se vuelve hacia ella y dice¡ª: Por ahora, sigamos movi¨¦ndonos y despu¨¦s... Siel abre mucho los ojos. Mana no se mueve un ¨¢pice, temblando en el sitio. El chico la mueve por el hombro; pero ella no reacciona. Entonces toma su mano. ¡ªNo dejar¨¦ que te pase nada, ?de acuerdo? Tienes que confiar en m¨ª. ¡ªNo¡­ No puedo¡­ No puedo¡­ ¡ªEst¨¢ todo bien¡­ ?estoy contigo! ¡ªNo debimos entrar¡­ No debimos¡­ Ahora el techo¡­ ¡ªNo puedes quedarte aqu¨ª. ¡ªEl techo va¡­ va... Siel la arrastra como un peso muerto, Kimchi observando r¨ªgido con sus dos ojos negros. ¡ªChinchin¡­ ¡ªMana parece despertar¡ª. ?Tenemos que volver! ¡ª?Qu¨¦? ?Pero es muy arriesgado! La chica se levanta por su propio pie, dejando al chico atr¨¢s. ¡ª?Oye, esp¨¦rame! Atraviesan una habitaci¨®n oscura, una cocina y un patio, y despu¨¦s saltan una peque?a valla de nuevo hacia la acera. Siel duda por un instante; pero cuando una especie de dragalina irrumpe en la calle con fuerte temblor, doblando una farola bajo sus ruedas de oruga, comienza nuevamente a correr, as¨ª hasta un callej¨®n sin salida. ¡ªNo¡­ ¡ªMana respira pesadamente¡ª. Cre¨ª que¡­ ?Estaba justo aqu¨ª! ¡ª?Kipa!... ?Kipa!... Siel inclina el gesto, dispuesto a decir algo; pero entonces Kimchi se desv¨ªa, al ver que no le hacen caso, y el chico guarda silencio. Los dos siguen al testarudo, Siel arrastrando a Mana con ella, y revelan los dos de nuevo en la gran plaza. ¡ª?Chinchin!¡­ Mana corre a abrazarse al brazo del TES, sollozando ligeramente. ¡ªQu¨¦ miedo he pasado, lejos de ti ¡ªle susurra Mana¡ª. No quiero alejarme nunca m¨¢s¡­ Desde detr¨¢s, Siel coge al erizo con ambas manos y le dice: ¡ª?Buen trabajo, Kim! ¡ªLuego se dirige a Mana y grita¡ª: ?Sube y m¨¦tete en la cabina! ¡ª?Y qu¨¦ hay de ti?... ¡ªNo cabemos los dos. Me quedar¨¦ sobre los hombros. Los dos suben, apoy¨¢ndose uno en cada brazo del TES. Ella se instala en la cabina de mando y ata su cintur¨®n, ¨¦l se arrodilla junto a la puerta de la cabina, que se cierra autom¨¢ticamente con un chasquido. ¡ªBien¡­ ¡ªMana respira profundamente. Luego se ajusta sus gafas de protecci¨®n y retira sus cabellos con un gesto con ambas manos. Sus manos acarician las palancas de mando. Vuelve a respirar y espirar, as¨ª hasta en tres ocasiones. ¡ªChinchin¡­ ¡ªcomienza a decir¡ª ??Encendido!! Los ojos de la gran m¨¢quina se iluminan verdes. Su torso y su cabeza mec¨¢nicos se alzan despacio, levantando corrientes de aire a su alrededor. ¡ª?Ten en cuenta la bater¨ªa! ¡ªle recuerda Siel bajo la ventolera. ¡ª?O¨ªdo cocina! Una pantalla se enciende proyectado sobre el cristal, arrojando diferentes estad¨ªsticas. A continuaci¨®n, Mana coloca una mano en cada palanca, presiona un bot¨®n de cada una, y entonces Chinchin comienza a moverse. ¡ªO-oye... ¡ªSiel sufre por las turbulencias¡ª. Hasta qu¨¦ punto sabes c¨®mo¡­ ?Uah! El chico comienza a dar botes ante los temblores. ¡ª?All¨¢ voy! Mana pisa un acelerador a sus pies. Las gigantes pisadas aplastan el asfalto, desintegrando bocas de incendios y menguando los veh¨ªculos bajo el pesado metal. Una gigantesca gr¨²a aparece en la distancia. Mueve lentamente su robusto brazo bajo las nubes grises, dejando caer su pinza justo encima del TES. Siel grita y forcejea bajo el gran garfio, apretando los dientes del esfuerzo. ¡ªMana¡­ ¡ªexclama¡ª. Una ayuda por aqu¨ª... ¡ªU-una cosita... ¡ªMana comienza a tocar botones al azar, y mientras pregunta¡ª: ?Qu¨¦ deber¨ªa hacer?... ¡ªLos brazos¡­ Intenta mover los brazos... Mana mueve las palancas con gestos nerviosos. Finalmente consigue suficiente fricci¨®n como para desengancharse con ¨¦xito de la gruesa pinza, y el TES vuelve a correr nuevamente, libre del agarre. ¡ªUf¡­ ¡ªla chica suspira con alivio. Seca su sudor. Sin embargo, al torcer la esquina, dos ar¨¢cnidos met¨¢licos acuden desde un callej¨®n, acelerando sobre sus estrechas y casta?eantes patas. ¡ªNo dejan de venir... ¡ªlamenta la chica. ¡ª?C¨¦ntrate, Mana, y piensa! ¡ªTras esto Siel mira a los lados. Al cabo grita¡ª: ?El canal! ?Hacia la torre! Mana trata de maniobrar al TES hacia el lugar que se?ala Siel, plant¨¢ndose justo en la orilla bajo la sombra de una torre gigantesca de la que caen miles de ap¨¦ndices. ¡ª?Vuela alto, Chinchin! La chica presiona un bot¨®n hexagonal y la c¨¢psula se abre. ¡ª?Ay, eso no era! ¡ª?Echa hacia atr¨¢s las palancas de mando! ¡ªinstruye el chico¡ª. ?Pisa antes el embrague! ¡ª?Qu¨¦ dices de que si me da cague...? ¡ª??El pedal a tu izquierdaa!! Mana obedece a duras penas. La gran m¨¢quina retrae entonces sus piernas y se encoge hacia abajo en posici¨®n fetal, al mismo tiempo que los ar¨¢cnidos, volc¨¢ndose sobre s¨ª mismos, preparan un furtivo taladro en el est¨®mago de sus carcasas. Antes de arremeter, sin embargo, Chinchin realiza un poderoso y exitoso salto, sobrevolando el ancho canal y aterrizando bruscamente sobre un c¨¦sped artificial en el otro lado. ¡ª?Ah!¡­ ¡ªMana se inclina sobre los mandos, y deja escapar un suspiro¡ª. Por qu¨¦ poco... ¡ªMenuda fuerza de impulso ¡ªSiel se levanta apoyado en la gran cabeza¡ª. Qui¨¦n lo dir¨ªa... Los dos bajan hacia el c¨¦sped y toman aliento. Observan desde la distancia hacia el canal. Las m¨¢quinas ar¨¢cnidas intentan atravesar el agua, pero poco a poco se hunden una tras otra bajo su propio peso, incapaces de maniobrar. ¡ªEstoy seguro de que esas m¨¢quinas no ten¨ªan tripulantes ¡ªcomenta Siel. ¡ª?Entonces?... ¡ªLos controlan de forma remota ¡ªsentencia, se?al¨¢ndose la frente¡ª. Puedo rastrearlo... Siel se interrumpe, pues r¨¢pidamente comprende que est¨¢n muy cerca de la fuente de sus problemas; la gigantesca estructura atada con cables tiesos hacia la tierra. Est¨¢n ellos justo debajo de la gran torre. Adem¨¢s, Mana se?ala uno de los postes, gritando: ¡ª?Es el cami¨®n de mudanzas! Siel asiente. Tras meditarlo ambos durante unos minutos, deciden adentrarse en la torre y llegar al fin del asunto.