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AliNovel > El misterio de la cripta Chase [Spanish / Español] > 3 - Babados, 26 de Junio de 1819

3 - Babados, 26 de Junio de 1819

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    —?Así que vienen de Londres? ?Vaya! ?Quién iba a decir que esta locura de los Chase iba a llegar tan lejos? ?Y qué les hace pensar que yo puedo darles más información de la que ya saben?


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    —A usted lo despidieron por este asunto. Al menos eso nos dijeron. Aparte del whisky, tengo esto para ofrecerle como agradecimiento por la ayuda que nos pueda brindar" - dije, sacando un pu?ado de monedas de oro. Los ojos del viejo se abrieron imaginando la cantidad de bebida que podría comprar con eso. Sin dudarlo, tomó las monedas, se acercó a una de las repisas donde guardaba algunos cuadernos y extrajo uno que contenía un detallado registro de los entierros. Luego se sentó nuevamente frente a nosotros, se sirvió otro vaso de whisky y comenzó a hablar. Con ayuda del registro, nos relató detalladamente la actividad sucedida en la Cripta.


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    If you spot this story on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.—He trabajado por más de treinta a?os en ese cementerio y jamás he vivido hechos tan extra?os como lo ocurrido en esa maldita Cripta—, comenzó a hojear su cuaderno buscando el registro de los Chase y prosiguió


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    —Todo comenzó en 1807, cuando la se?ora Thomasina Goddard fue la primera persona sepultada en la cripta. Un a?o más tarde, fallece la pobre ni?ita de tan solo dos a?os, María Anna Chase. En 1812, muere Dorcas Chase, la hermana mayor de la primera. Hasta aquí, nada extra?o había sucedido. Pero la desgracia golpea nuevamente a esta familia y, a los pocos meses, muere Thomas Chase. Fue entonces cuando procedimos a abrir la Cripta y vimos los féretros de María y Dorcas Chase fuera de su lugar original. Solo el féretro de Thomasina Goddard estaba en su posición original. ?Demás está decir la sensación de horror que despertó aquella imagen en todos los que ingresamos a la tumba! — Hizo una pausa para llenar por tercera vez el vaso. De un sorbo, lo bajó hasta la mitad para continuar con su relato, ahora con los ojos enrojecidos y la lengua pastosa.


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    —Pronto se habló de profanación, a pesar de estar sellada su única puerta de acceso. Me culparon a mí y a mis ayudantes de ser responsables de dicha profanación. ?Qué motivos podría tener yo para molestar el sue?o de los muertos? No negué la posibilidad de que intrusos hubieran incursionado en la Cripta, pero su entrada no estaba forzada. Ante la duda y la falta de pruebas, me permitieron continuar en mi cargo como cuidador del camposanto. Colocamos los ataúdes nuevamente en su lugar y, esta vez, sellamos la entrada con una gran losa de mármol. Pasaron cuatro a?os hasta que, en 1816, Samuel Brewster Ames, otro ni?o de solo once meses, fallece en extra?as circunstancias y es trasladado a la Cripta. Temerosos, nos acercamos a abrir su entrada y, cuando ingresamos a sus oscuras entra?as, el horror fue indescriptible: nuevamente los ataúdes estaban fuera de su posición original. Esta vez, no dudaron en culparme junto con el resto de los trabajadores. A mí, por ser el encargado de cuidar que no se profanasen las tumbas, y a los trabajadores, por ser negros, asociando sus prácticas religiosas con orígenes satánicos y creyendo que por tal motivo violaban el sue?o eterno de aquellos que allí descansaban. Pero lo cierto es que esto solo sucedía en esa única Cripta. ?Por qué solo el ensa?amiento con esta pobre familia? Tomaron el camino más fácil, a pesar de que los investigadores aseguraron que no había huellas de que la entrada hubiera sido violada, y nos echaron a todos—, hizo una nueva pausa en su relato para beber. Carter y yo estábamos emocionados por los detalles de la historia, algo que no había aparecido en las crónicas redactadas por Marcus Mortimer.


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    —Y la historia no termina ahí", dije, presintiendo que había más por descubrir.


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    —?La historia no termina ahí! Hay noticias que se han evitado divulgar en la prensa, sobre todo para preservar la imagen de nuestra isla—, respondió el viejo. —Después de que me reemplazaran a mí y a todos los trabajadores del cementerio, solo bastaron pocas semanas para que la desgracia volviera a golpear. El padre del peque?o Brewster, víctima de la tristeza que le produjo la muerte de su hijo, murió repentinamente. Esta vez presencié la escena como parte del cortejo, desde afuera. No puedo negar que, a pesar del horror, me alegré de que sucediera de nuevo, pues confirmaba que ni yo ni nadie de los que trabajábamos hasta hace poco en el cementerio teníamos algo que ver con lo que ocurría en aquella bóveda. Los rostros pálidos y descompuestos de quienes entraron allí nos confirmaron a todos los presentes que algo no marchaba bien. Realizaron una minuciosa investigación del lugar, buscando filtraciones de agua que pudieran haber causado los desplazamientos, pero se comprobó que no existían tales filtraciones. Además, hay que considerar que los ataúdes eran de plomo, y ni siquiera cuatro personas podrían trasladarlos. Se necesitaban seis personas para mover los féretros más grandes con gran esfuerzo.


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