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Capitulo 2: Un caf茅 caliente

    <u>Sara Taylor</u>


    -?Sara, querida, ?me escuchas?! Soy tu abuela. Estoy aquí. Despierta, cari?o. ?Qué te ha pasado?


    La voz de mi abuela se escuchaba distante. Mis párpados se sentían pesados y los abrí con dificultad. Estaba tumbada en el sofá verde que teníamos en la habitación anexa a la biblioteca, el lugar donde solía sentarse el se?or William para leer sus libros sin interrupciones. Mi cuerpo me pesaba y la cabeza me daba vueltas. Intentaba recordar cómo había llegado allí, pero no lo lograba.


    -Abuela, ?qué pasó? ?Qué haces aquí? -dije mientras me levantaba lentamente para quedar sentada en el sofá.


    -?Qué pasó? Nos has dado un buen susto. El se?or William te encontró desmayada cuando llegó y al ver que no despertabas, me llamó. Has estado dormida durante dos horas y tienes mucha fiebre. Parece que has cogido un buen resfriado. Vamos, levántate, cari?o. Iremos a casa y llamaremos al médico para que te revise -me dijo mi abuela mientras me ayudaba a ponerme de pie.


    En ese momento, entró el se?or William con una taza en la mano.


    -Sara, hija, qué bien que has despertado. Me tenías muy preocupado. Nos has dado un buen susto. ?Cómo te sientes ahora? Te he preparado un té con limón y miel, te ayudará a recomponerte -dijo mientras dejaba la taza sobre la peque?a mesa de madera.


    -Gracias, se?or William. Siento haberle preocupado, no recuerdo muy bien lo que pasó -dije mientras me volvía a sentar en el sofá y tomaba la taza de té que me había traído mi jefe.


    -Cuando llegué, te encontré junto a un caballero. Estabas inconsciente en el suelo y él intentaba despertarte -dijo el se?or William mientras se sentaba en la silla frente a mí.


    Al escuchar eso, me atraganté con el té. Las imágenes de los sucesos volvieron a mi mente como una cascada. Ahora recordaba todo. Estaba peleando con uno de los hombres de ese desgraciado que había mandado para cobrar parte de la deuda. Parece que el resfriado y el estrés me provocaron una bajada de tensión.


    -Creo que he tenido una bajada de tensión. ?Sería posible tomarme el día libre para descansar un poco? -le pedí mientras dejaba la taza sobre la mesa y me ponía de pie.


    -Claro que sí, hija. Solo faltaría que trabajases en este estado. Ve a casa con tu abuela. Ya le hablé a mi vecino, que es médico, y le dije que pasara luego para revisarte y recetarte algo para los síntomas -dijo mientras se levantaba de la silla.


    -Muchas gracias, se?or William. Usted siempre tan amable y comprensivo. Me la llevaré a casa y le prepararé una sopa de verduras y pollo para que recupere las fuerzas -dijo mi abuela mientras tomaba mi abrigo y me ayudaba a ponérmelo-. Le dejamos, se?or William. Que tenga un buen día.


    -Ni lo mencione, se?ora Susan. Sabe que Sara es como una nieta para mí. Váyanse a casa a descansar. Si surge cualquier cosa, me avisan -dijo el se?or William mientras abría la puerta de la habitación.


    -Gracias, adiós. Hasta ma?ana -dije saliendo de la habitación.


    -Sara, no hace falta que vengas ma?ana. Tómate el día libre hasta que te recuperes totalmente. Necesitas descansar.


    Habíamos atravesado la librería y el se?or William se quedó en el mostrador mientras nos despedía.


    -Vale, muchas gracias. Hasta luego -dijimos mi abuela y yo.


    Salimos de la librería y un viento helado nos azotó la cara. Mi abuela corrió a colocarme la bufanda para protegerme del frío. Me tomó del brazo y comenzamos a caminar. Mientras pasaba al lado de un escaparate de una tienda, vi mi reflejo en el vidrio. Parecía un zombi; se notaba el cansancio y el estrés en mi cara y apenas podía caminar. Las amenazas de ese hombre se repetían una y otra vez en mi cabeza. Mi abuela le se?aló a un taxi que pasaba vacío y nos subimos en él para ir a casa.


    <u>Adam Smith</u>


    Me había olvidado de llevarme las llaves esta ma?ana, así que toqué el timbre al llegar. Marie me abrió con una sonrisa, llevaba el delantal de la cocina y un cucharón en la mano.


    -Bien que has llegado, Adam. Acabo de poner la mesa. -me dijo Marie mientras se ponía a un lado y me dejaba pasar.


    -Gracias, Marie. ?Dónde está la abuela?


    -El se?or y la se?ora están en el salón. Te estaban esperando para sentarse a la mesa -respondió.


    Me quité los zapatos y me puse las zapatillas de casa. Me dirigí al salón. El abuelo estaba viendo las noticias en directo y la abuela estaba entretenida con una revista.


    -Hola a todos, ?cómo están? -dije al entrar al salón. Sus miradas se posaron en mí.


    -Querido, ?dónde te has metido? Hace dos horas que te llamé. ?Tanto tiempo te tomó pasar por el libro? -dijo mi abuela mientras dejaba la revista a un lado.


    -Sí, me entretuve un poco en el camino, abuela.


    En realidad, seguía sin procesar del todo lo que me había sucedido esa ma?ana. Esa chica de la biblioteca me atacó de la nada y luego se desmayó. Pasé un tiempo intentando despertarla, pero fue en vano. Le toqué la frente y me di cuenta de que estaba muy caliente. Parecía tener mucha fiebre. La cogí en brazos y decidí llevarla al hospital. En ese momento, entró el se?or Williams por la puerta. Se sorprendió mucho ante la escena. Comenzó a llamarla: "?Sara, Sara, ?qué te pasó?" Se acercó a nosotros. Le resumí los hechos, evadiendo lo del ataque de la chica. Me pidió que la llevase a una habitación que había al fondo de la biblioteca.


    La llevé allí y la tumbé en un sofá de color verde oscuro. El se?or William entró detrás de nosotros. Me dijo que iba a llamar a su abuela para que viniese a verla y que avisaría a un médico conocido suyo para que la examinase. Le asentí con la cabeza. Salió de la habitación y me quedé yo parado enfrente del sofá. Ella estaba temblando y respiraba con dificultad. Seguía susurrando cosas apenas audibles como "abuelita, no me dejes", "papá, ?dónde estás?" y "no la toquéis, déjenla".


    Me acerqué a ella y toqué su frente de nuevo; parecía tener más fiebre que antes. Seguía temblando de frío, así que busqué con la mirada algo con lo que cubrirla. Había una peque?a manta sobre un sillón de madera. La cogí y la cubrí con ella. De pronto, me cogió la mano. Sus ojos se entreabrieron y susurró: "Papá, no nos dejes, quédate conmigo". Por un momento, me congelé y no supe qué hacer. Entonces, reaccioné e intenté responder: "Yo no..." En ese momento entró el se?or William. Dejé la mano de la chica y me giré para verle. Me dijo que la abuela de la chica estaba en camino y que el médico pasaría a verla esa tarde. Me dio las gracias por mi ayuda.


    Le mencioné al se?or William que era el nieto de Claire Smith. Se sorprendió, aunque nos habíamos visto hace tres a?os, cuando pasé con mi abuela por su tienda, pero seguramente lo había olvidado. Me acompa?ó a la puerta y en ese momento se acordó del libro de mi abuela. Lo fue a buscar y me lo dio. Yo lo había olvidado totalmente después de lo que pasó. Nos despedimos y salí. Iba caminando por las calles, pero mi mente estaba en otro lugar. De hecho, se quedó en la biblioteca. No sé por qué, supongo que me preocupé un poco por ella. Cuando salí de mis pensamientos, me di cuenta de que llevaba media hora dando vueltas sin rumbo por el pueblo. Moví la cabeza, alejando esos pensamientos que me inundaban, y me fui a casa.


    -Vaya, cogerás un resfriado si deambulas tanto tiempo por las calles. Bueno, ya que has llegado, vamos a comer antes de que se enfríe la comida -dijo mi abuela volviéndome a la realidad.


    Mi abuela se levantó del sofá y mi abuelo apagó la televisión y la siguió también para dirigirse al comedor.


    -Te he traído el libro, abuela. El se?or Williams os manda saludos -le dije mientras le entregaba el libro.


    -Oh, tenía muchas ganas de leerlo. Lo comenzaré después de la comida. Vamos.


    Nos dirigimos los tres al comedor. Marie ya había preparado todo en la mesa, así que nos sentamos y empezamos a comer. Aunque en realidad, había perdido el apetito después de lo que pasó. Y la imagen de esa chica hundida en fiebre no se iba de mi mente.


    -Gracias, Marie, el estofado está riquísimo -dijo mi abuela a Marie, y esta le sonrió de vuelta.


    -Me alegra que le haya gustado.


    -Es cierto, está exquisito, Marie -dijo mi abuelo.


    -Gracias, se?or.


    Mi abuela levantó la vista y la fijó en mí, y luego de mirarme por unos segundos, me dijo:


    -Querido, no nos has dado tu opinión sobre la comida. Pareces estar ausente. ?Está todo bien, Adam?


    -Sí, no pasa nada. Solo estaba pensando en el trabajo. Está muy bueno el estofado -le sonreí a Marie.


    Terminamos de comer y, antes de subir a mi habitación, la abuela me recordó la visita que teníamos programada para esa tarde. Otra cosa que se me había ido totalmente de la mente hoy. Y lo peor es que ya no tenía ganas de ir. No me sentía muy bien.


    -Abuela, ?es necesario que vaya contigo? -dije mientras la seguía al salón-. Tengo algunas cosas que hacer en casa. Puedes mandarle saludos de mi parte a tu amiga. Dile que me surgió un imprevisto.


    -?Qué dices, Adam? Ya lo habíamos hablado esta ma?ana y dijiste que irías conmigo. ?Además, pretendes que le mienta a mi amiga? -dijo mientras se sentaba en el sofá.


    -No dije eso, abuela, yo...


    El teléfono del salón empezó a sonar y mi abuela se levantó y contestó.


    -Los Smith, dígame. ?Quién es?... Ah, Susan, eres tú. ?Qué tal estás? No te preocupes, no he olvidado lo de esta tarde.


    Qué inoportuna la llamada. Ahora mi abuela me insistirá más en ir.


    -?Qué te pasa, Susan? Tu voz me suena rara... ?Qué? ?Cuándo pasó eso? Vaya, cuánto lo siento... ?Y cómo se encuentra ahora? ?Está mejor?... Ah, sí. Entonces debería reposar -las expresiones de mi abuela habían cambiado de alegría a preocupación-. Sí, iremos esta tarde a visitarla. Vale, querida, nos vemos más tarde -dijo antes de colgar el teléfono.


    -?Pasó algo, abuela? -le pregunté preocupado.


    -Es la nieta de Susan. Parece que ha pescado un resfriado de los fuertes. Iremos a visitarla esta tarde.


    -Vaya, parece que hoy todo el mundo se ha resfriado -pensé en voz alta.


    -?A qué te refieres con todo el mundo, Adam? ?Acaso hay alguien más que se haya enfermado? -me preguntó mi abuela.


    Comencé a titubear y luego aclaré:


    -Cuando pasé antes por la librería, la chica que trabaja para el se?or Williams parecía estar enferma.


    Mi abuela me miraba con cara de sorpresa.


    -Supongo que no lo sabes, Adam -me dijo.


    -?Qué es lo que no sé?


    —La nieta de la se?ora Susan es la misma chica que trabaja en la librería del se?or William. Se llama Sara. Su madre murió en un accidente de tráfico cuando ella apenas tenía diez a?os. Desde entonces, se quedó a vivir con su abuela. Su padre se la pasaba viajando por todos sitios y venía una vez al mes, y a veces se alargaba más. Pero desde hace dos a?os, desapareció y no saben nada de él. Desde entonces, la chica se hizo responsable de su abuela y de ella misma, y comenzó a trabajar con el se?or Williams como dependienta. Es una jovencita agradable y dulce; se parece a su abuela.


    Mi boca se abrió en forma de "O". Así que esa chica era la nieta de la amiga de mi abuela. Vaya, sí que es un mundo peque?o. Bueno, estamos en un pueblo, pero, aun así, es una coincidencia bastante curiosa. Ahora que sé su historia, entiendo más o menos los susurros que decía bajo el efecto de la fiebre. Pero lo que no comprendo es por qué me atacó de esa forma. Hay algo extra?o ahí.


    La voz de mi abuela me sacó de mis pensamientos.


    -La iremos a visitar esta tarde, Adam. Y pasaremos a buscar unos dulces antes de ir. Recuerdo que Susan me dijo que le encantaban las tartas de manzana.


    -Si eso dices, abuela, iremos. Sería de mala educación no visitarles en tal estado -le dije con ánimo renovado. No es que quisiera verla de nuevo. Nada de eso. Solo tenía curiosidad por saber el motivo de su comportamiento de esta ma?ana. Y esta era una oportunidad para aclarar este asunto que me daba vueltas en la cabeza desde la ma?ana. Porque solo se trata de eso, mera curiosidad.


    -Mi nieto es todo un caballero. Vale, entonces, preparémonos y así no llegaremos tarde. Tu abuelo está tomando la siesta, no irá con nosotros.


    -Vale, abuela, me subiré a cambiar.


    <u>Sara Taylor</u>


    El doctor había confirmado nuestras sospechas: se trataba de un resfriado y un exceso de estrés. Me encontraba tumbada en mi cama, había dormido toda la tarde y me desperté cuando entró mi abuela a darme la sopa de pollo y verduras que me hacía cada vez que me enfermaba. Mi fiebre había bajado después de tomar la medicina que me recetó el doctor. Ha sido un día fatídico hoy. ?Qué voy a hacer con estos prestamistas? ?Y si cumplen sus amenazas y le hacen algo a mi abuela? No sé si debería ir a la policía. Tampoco tengo otra salida. Ese sinvergüenza me ha dado solo quince días para que le entregue 25 mil dólares, y es imposible para mí reunir toda esa cantidad en tan corto tiempo. Estaba en un pozo sin salida. Tenía solo dos opciones: encontrar a mi padre o ir a la policía, contarles todo y pedir protección para mí y mi abuela. Tenía que decidir rápidamente porque solo tenía tiempo hasta la fecha del pago. Mientras mi cabeza daba vueltas al asunto, sonó el teléfono. Era Samantha. Contesté rápidamente.


    —Hola Samantha, buenas tardes.


    — ?Ayyy querida! Me encontré con tu abuela antes y me dijo que te habías desmayado hoy en el trabajo. ?Qué te pasó? ?Cómo estás ahora? Iba a ir a visitarte esta tarde, pero vinieron mis suegros y mi prometido a nuestra casa para hablar sobre los detalles del compromiso. No puedo salir mientras estén aquí. Lo siento mucho, Sara. Vendré ma?ana por la ma?ana sin falta


    Samantha tenía esa costumbre de hablar sin parar. Te preguntaba, pero no te dejaba responder. Ella era una amiga ideal, siempre estaba ahí para mí, en las buenas y en las malas. Es comprensiva y te escucha sin juzgarte, ofreciendo su hombro para llorar cuando lo necesitas y compartiendo contigo las risas más sinceras. Tiene un corazón generoso y está dispuesta a ayudarte en cualquier situación, sin esperar nada a cambio. Es leal y fiable; puedes confiar en ella con tus secretos más profundos, sabiendo que nunca los compartirá con nadie. Su honestidad es uno de sus rasgos más valiosos; te dice la verdad con amabilidad, incluso cuando es difícil de escuchar. Además, es divertida y sabe cómo hacerte sonreír, aun en los días más oscuros.


    Su compromiso es dentro de tres meses. Me alegro mucho por ella. Su prometido es un chico muy majo, un ex compa?ero de instituto. Llevaba a?os enamorado de Samantha; toda la clase lo sabía, a excepción de la misma Samantha. Deseo que formen una familia genial y cálida como ellos.


    —Tranquilízate, Samantha. No me ha pasado nada. Solo fue una bajada de tensión debida al estrés.


    —?Debido al estrés? ?No me digas que es por el tema de las deudas? ?Te han vuelto a amenazar esos sinvergüenzas?


    Le había contado todo a Samantha. Era mi mejor amiga y de confianza, a ella le contaba todos mis problemas y ella me contaba los suyos


    — Sara, te dije que fuéramos a la policía. No tienes por qué soportar esa basura. No podrán hacerte nada, le pediremos protección a la policía.


    —De hecho, estoy pensando en ello. ?Qué te parece si lo hablamos ma?ana tranquilamente? No quiero entretenerte mientras tienes invitados —en realidad, el mareo me volvió a atacar y tenía miedo de caer inconsciente otra vez. No quería asustar más a Samantha.


    —Lo siento, querida. Te estoy hablando de estas cosas mientras estás enferma. Descansa, ma?ana hablaremos. Buenas noches, pollito.


    Es el apodo que me había puesto desde la secundaria e insistía en seguir llamándome así. Decía que mi aspecto era peque?o y suave y parecía un pollito. De hecho, todos decían que aparentaba ser mucho más joven de lo que era. Siempre tenían que comprobar mi identidad porque parecía menor de edad.


    —No me llames así, Samantha. Ya no somos ni?as peque?as —dije mientras alzaba mis labios en forma de U invertida.


    — Lo siento. Serás mi pollito eternamente —dijo mientras se reía—. Vamos, te dejo descansar. Buenas noches, hasta ma?ana.


    —Igualmente. Nos vemos ma?ana. Adiós — cerré el teléfono y lo dejé sobre la mesita de al lado. Me tapé completamente con la manta ya que comenzaba a sentir un escalofrío. Parece que la fiebre me ha vuelto a subir.


    No sabía cuándo me había quedado dormida de nuevo, pero cuando abrí los ojos, el despertador marcaba las seis de la tarde. Alcancé a escuchar voces que venían del piso de abajo. Parecía que había llegado una visita. De pronto, escuché una voz de hombre, y no era la del se?or William. Me resultaba familiar esa voz, así que, atacada por la curiosidad, decidí bajar las escaleras para ver quién era, aunque mi cuerpo agotado por la fiebre y el cansancio no me lo iba a poner fácil. Me puse las zapatillas y salí de la habitación. Comencé a bajar las escaleras despacio, logrando escuchar cómo mi abuela mencionaba el nombre de "Claire" y daba las gracias a alguien. Sin embargo, con la fiebre, los oídos me pesaban y apenas podía escuchar con claridad.


    Seguí bajando hasta llegar a la entrada. Entonces vi a mi abuela, estaba parada junto a la se?ora Claire, que parecía haber venido de visita y llevaba un paquete de dulces en la mano. Pero no estaban solas. Junto a ellas había un hombre que me daba la espalda mientras colocaba un ramo de flores sobre la mesa. Ellas me miraron sorprendidas. Sentí el mareo atacarme de nuevo. Cuando mi abuela me llamó, el hombre se giró hacia mí. Era él, el hombre que vino a la librería esta ma?ana. El que trabaja para ese sinvergüenza. ?Qué hacía aquí? ?Cómo se atrevía a venir a nuestra casa?


    Intenté acercarme a mi abuela para avisarle, pero de pronto todo se volvió borroso. Y lo último que logré escuchar fueron las voces de mi abuela y la se?ora Claire llamándome desesperadamente.


    <u>Adam Smith</u>


    Estábamos frente a la puerta de los Taylor. Después de que mi abuela nos hiciera pasar por tres panaderías hasta que encontró las tartas de manzana que amaba esa chica, también insistió en que trajéramos un ramo de flores para ella. La situación era un poco extra?a: llevaba un ramo de flores y estaba frente a la puerta de la chica con la que tuve un encuentro esta ma?ana. Y no se podía decir que fuese un encuentro "pacífico". Estaba decidido a saber el porqué de su comportamiento.


    Su casa era de dos pisos, probablemente de unos 60 metros cuadrados, hecha de ladrillos rojos. Las ventanas estaban llenas de flores, y tenía un peque?o jardín con diferentes plantas aromáticas y de té, cada una con su cartelito de nombre. Era una casa linda y sencilla, muy parecida a su due?a, supongo. En la puerta colgaba un cartel de bienvenida con un pollito en una esquina, lo cual me causó gracia. Mi abuela se acercó y tocó el timbre. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió y apareció lo que parecía ser la se?ora Susan. En realidad, era muy parecida a su nieta, aunque la edad lo había ocultado un poco.


    —Hola, querida Claire, bienvenida. ?Oh, quién es este caballero? —le preguntó a mi abuela mientras me miraba.


    —Es mi nieto, Adam —respondió mi abuela mientras ponía su mano en mi espalda.


    —Hola, se?ora Susan. Que tenga una buena tarde. Siento haberme presentado sin invitación, pero mi abuela me habló mucho de usted, así que quise acompa?arla.


    No podía decirle que había venido para saber por qué su nieta me atacó esta ma?ana como una loca. Tenía que seguir el juego, aunque me sentía como un ni?o de primaria siendo presentado.


    —Oh, qué hermoso joven tiene por nieto, Claire. No digas eso, hijo, considérate en tu casa. Tengo la cabeza en las nubes, lo siento, os estoy manteniendo en la puerta. Entrad, entrad —dijo la se?ora Susan mientras se ponía a un lado de la puerta, indicándonos que entráramos.


    Entramos y nos ayudó a colocar los abrigos en el perchero de la entrada. La casa tenía un dise?o interior modesto y sencillo, lleno de colores vivos y alegres. Tenía un aire muy acogedor. Comencé a buscar a la chica con la mirada sin quererlo, pero no estaba.


    —?Por qué os habéis tomado la molestia? —dijo la se?ora Susan mientras miraba lo que habíamos traído—. No eres ningún extra?o, Claire, no tenías que haberte molestado en traer nada.


    —Por favor, Susan, no es nada. Quise traerle a Sara los dulces que le gustaban. Me dijiste que le agradaban las tartas de manzana. Y mi nieto insistió en traer flores cuando le dije que le gustaban a Sara —dijo mi abuela.


    Sonreí falsamente. ?Qué insistí en traerlos para esa chica? ?Qué está diciendo mi abuela? Era ella la que no paraba de decir que no podíamos ir con las manos vacías, así que le sugerí lo que normalmente se llevaba para visitar a un enfermo.


    —Oh, qué detalle tan hermoso, querido. A Sara le van a encantar —dijo la abuela de la chica.


    Ya había tenido suficiente de esto, como si me importara lo que le guste a esa chica. Busqué con la mirada un sitio para poner las flores. Ya había hecho el ridículo suficiente. Al percatarse de eso, la se?ora Susan me indicó la mesa del comedor, así que fui a dejar el ramo allí. Al colocarlo, escuché a la se?ora Susan diciendo:The author''s tale has been misappropriated; report any instances of this story on Amazon.


    — Sara, has bajado. Mira ha venido la se?ora Susan a verte.


    Entonces me di la vuelta. Allí estaba parada la chica de la librería. Llevaba un pijama de pollito que hacía juego con unas zapatillas amarillas. Tenía las mejillas rojas y los ojos llorosos, probablemente por la fiebre. Su aspecto era adorable. Sus ojos se agrandaron cuando fijó su mirada en mí; parece haberme reconocido. Se congeló por un momento. Luego intentó acercarse a su abuela diciendo "abuela, ten cuidado" y de pronto volvió a desvanecerse igual que esta ma?ana.


    Corrimos hacia ella los tres. Su abuela dijo que el médico le recomendó que se quedara en la cama toda la noche. Comprobamos su fiebre y parecía muy alta. Así que la volví a coger en brazos y le pregunté a su abuela dónde quedaba su habitación. Subimos al segundo piso y entramos en su habitación, la tumbé sobre su cama y la cubrimos. Su abuela le dio la medicina que le recetó el médico y ella se la tragó con los ojos aún cerrados. Mi abuela y la se?ora Susan estaban muy preocupadas, pero yo las tranquilicé, la medicina tenía este efecto de mareos. Probablemente ma?ana se habrá recuperado. Bajaron ellas para preparar algo para acompa?ar los dulces. Yo me quedé parado frente a ella, observando cómo dormía pacíficamente como una ni?a. Se repetía la misma escena de esta ma?ana, como un déjà vu. Suspiré profundamente y me acerqué a ella. Deseaba poderla enfrentar y saber el porqué de su comportamiento conmigo esta ma?ana. Y, por otra parte, aunque me parezca difícil aceptarlo, estaba preocupado por ella.


    Entró mi abuela para llamarme a tomar el té en el salón, así que la seguí y salí de la habitación de Sara, cerrando la puerta detrás de mí, no sin antes darle una última mirada.


    Bajamos y entramos en un salón peque?o con sofás de color crema y cojines de flores. La se?ora Susan había preparado té y había dispuesto las tartas que trajimos junto con galletas y bizcocho que ella misma había preparado. Nos sentamos y comenzamos a platicar.


    La conversación se centró en el estado de su nieta y en mí. Me preguntó muchas cosas, como a qué me dedicaba y qué me gustaba, pero mi abuela no me daba oportunidad para responder. Ella se adelantaba y respondía a todo, dando más información de la que se le preguntaba. Me sentía expuesto. Observé la tarta de manzana y le pregunté a la se?ora Susan si había guardado algunas para su nieta. Ella me miró sonriendo dulcemente.


    —Qué atento eres, querido Adam. No te preocupes, le guardé su parte hasta que despierte.


    —No suele ser tan atento, hoy está demasiado cari?oso. Me dijo que vio hoy a Sara en la librería y parecía enferma. Estuvo preocupado y cuando le dije que era tu nieta, quiso venir a visitarla conmigo —dijo mi abuela, mirándome de manera pícara.


    ?Qué estás diciendo, abuela? No ve la situación en la que me pone. La se?ora Susan podría entenderlo mal. Me apresuré a aclarar.


    —Pasé a buscar un libro que me pidió la abuela y el se?or William parecía preocupado por ella. Me sorprendí cuando mi abuela dijo que era su nieta. Y ya que teníamos acordado visitarla, pensamos que también podíamos ver de paso cómo se encontraba la se?orita Sara —dije, quitándole importancia a los hechos para así matar cualquier suposición que se hubiera creado en la mente de la se?ora Susan gracias a mi abuela.


    —Muchas gracias, hijo, eres muy amable —respondió la se?ora Susan con amabilidad.


    Continuamos conversando un rato más hasta que llegaron las siete de la tarde. Entonces nos levantamos para irnos. No queríamos distraer más a la se?ora Susan, ya que ella tenía que cuidar de su nieta. Marie y el abuelo nos esperaban para la cena. Nos despedimos y nos volvió a dar las gracias por la visita. Le deseamos a su nieta una rápida recuperación y nos fuimos a casa. Y otra vez me invadió el mismo sentimiento de vacío al irme, igual que me pasó cuando salí esta ma?ana de la librería.


    <u>Sara Taylor</u>


    Sentía los reflejos del sol en mis ojos. Me desperté y miré la hora en el despertador; ya eran las 9 de la ma?ana. Estaba tapada con dos mantas y recubierta de sudor, pero me sentía mucho mejor. Los mareos y el dolor de cabeza habían desaparecido. Toqué mi frente para comprobar la fiebre y, efectivamente, ya había vuelto a mi temperatura normal. Parecía haberme recuperado en gran parte del resfriado, gracias a Dios.


    Me levanté, elegí ropa cálida, me duché y me alisté. Pensé que mi abuela estaría en la cocina preparando el desayuno, pero no lo estaba. La busqué en el salón, tampoco estaba allí. Fui corriendo a su habitación y nada, ni rastro de ella. El miedo y la preocupación comenzaron a invadirme. ?Y si esos desgraciados le hicieron algo? ?Dios mío, qué haré? Mi abuela no tenía teléfono móvil, los detestaba, y como estaba la mayoría del tiempo en casa, cuando yo estaba afuera, en la librería o en otro lugar, me comunicaba con ella por el fijo. Ahora no sabía cómo localizarla. Me cundió el pánico. No sabía si esperar o dirigirme a la comisaría. Cuando me debatía en qué hacer, la puerta de casa se abrió y apareció mi abuela por la entrada. Suspiré de alivio. Cuando ella me vio, se sorprendió y sonrió. Dejó las bolsas de compras y se acercó a mí con rapidez.


    —Sara, querida, qué alivio verte recuperada. Hasta tienes buena cara. ?Cómo te sientes hoy? ?Estás mejor? —me dijo, mientras tocaba mi cara comprobando mi temperatura.


    —No te preocupes, abuela. Estoy como un toro. Me encuentro mucho mejor. Gracias a Dios —le dije mientras la abrazaba—. Gracias por cuidarme. Eres la mejor abuelita del mundo.


    —Ay, mi nieta querida, la ni?ita de mis ojos —me dijo mientras me besaba en la mejilla—. Vamos, vamos a desayunar. Tú siéntate en la mesa y yo prepararé los huevos y el té.


    —Vale, abuela, iré a meter las bolsas de la compra.


    Después de ordenar la compra y desayunar, mi abuela sacó unos trozos de tarta de manzana del frigorífico y me los ofreció.


    —?Has hecho tarta de manzana, abuela? —le dije mientras daba un mordisco a la tarta—. Mmmm, qué buena está, gracias, abuela.


    —No la he hecho yo, Sara. La trajo mi amiga Claire ayer. Supo que te gustaban las tartas de manzana y las trajo cuando vino a visitarte —me dijo sonriendo.


    —?La se?ora Claire vino ayer a visitarme? Es muy amable de su parte. Siento no haberle podido agradecer. —La se?orita Claire era digna de las alabanzas de mi abuela; ciertamente, es una mujer amable.


    —?No lo recuerdas, Sara? Bajaste ayer cuando ella llegó, pero de pronto perdiste la conciencia y caíste al suelo —me explicó mi abuela mientras bebía su té.


    —?Qué? No lo recuerdo. —Lo último que recordaba es que había hablado con Samantha por teléfono antes de dormir.


    —Será por la fiebre, cari?o. Ah, olvidé decirte, ayer Claire vino acompa?ada de…


    Comenzó a sonar el teléfono del salón, así que me levanté a responder.


    —?Sí, ?quién es?


    —Chica, ?acaso quieres darme un ataque de corazón? ?Por qué no respondes a tu teléfono? —se escuchaba la voz asustada de Samantha al otro lado de la línea.


    —Samantha, buenos días, siento haberte preocupado. Se me acabó la batería del móvil e iba a cargarlo cuando terminase el desayuno.


    —Pues sí que me has dado un susto, amiga. Pero tu voz suena muy bien. Ayer tenías la voz de un abuelito.


    Me reí de sus ocurrencias.


    —Sí, estoy mucho mejor. Ya tomé las medicinas y me siento muy bien.


    —Perfecto, entonces ?qué te parece si paso por ti y vamos a tomar un café delicioso a una cafetería de lujo? Así cambias de aires.


    —Me encantaría, Samantha, pero no quiero dejar a mi abuela sola en casa. Estoy preocupada.


    —Sara, no es como si no fueras a salir de casa nunca. Avísale para que asegure las puertas y salgamos a hablar del asunto. Tenemos que hallar una solución al tema de las deudas y las amenazas.


    Samantha tenía razón. No podía seguir así; debía encontrar una solución antes de que pasara algo malo. No quería hablar de eso en casa porque se preocuparía mi abuela. Es cierto que sabe sobre las deudas que me reclamaban, pero no sabía de las amenazas, ni de que nos seguían a todos lados, ni que entraron a la casa. No podría ponerla bajo ese estrés.


    —Vale, Samantha, pondré el teléfono a cargar y me prepararé mientras llegas.


    —Así me gusta. Tardaré menos de una hora. Nos vemos dentro de poco.


    —Vale, te espero. Adiós.


    Colgué el teléfono y fui a la cocina. Le avisé a mi abuela que saldría a cambiar de aires con Samantha. Le gustó la idea, pero me dijo que me abrigara bien y no me quedara mucho tiempo en la calle. Asentí con la cabeza y subí a mi habitación para prepararme antes de que Samantha llegara.


    Habían pasado solo treinta minutos desde que hablé por teléfono con Samantha y ya estaba ella tocando el timbre de casa. Yo ya me había preparado y también conseguí cargar un poco el teléfono, para poder llamar a casa y asegurarme de que mi abuela estaba bien. Nos despedimos de mi abuela y salimos. Samantha trajo su coche, para que no tuviéramos que caminar mucho tiempo, nos subimos a él y en diez minutos ya estábamos frente a la cafetería "DAISON COFFEE”


    Era una nueva cafetería con un dise?o interior muy sofisticado y eficaz. Había zonas para reuniones privadas con peque?os sofás alrededor de las mesas que se separaban por plantas de plástico, dando así un toque de privacidad. La otra zona era más convencional, con mesas y sillas muy cómodas. Por fuera, era toda de vidrio, lo que permitía ver todo desde fuera y desde dentro, a excepción de la zona más reservada que estaba al fondo. Este dise?o, junto con el excelente café que preparaban, fueron la clave de su éxito. Aunque su único inconveniente eran los precios; su café era el triple de caro que en las cafeterías normales. Para una persona como yo, con deudas y responsabilidades, esta cafetería no era una opción habitual.


    Entramos a la cafetería y elegimos una mesa cerca del vidrio, nos gustaba beber el café y charlar mientras observábamos a la gente pasar por la calle. Yo pedí un descafeinado y Samantha pidió un capuchino, que era la especialidad de la tienda.


    Se nota que es una cafetería de ricos. Mira lo que llevan puesto, sus atuendos y sus accesorios son todas marcas famosas, hasta su aura es diferente. Apenas se puede escuchar lo que hablan, no entiendo cómo logran escucharse entre ellos —dijo Samantha mientras observaba a los otros clientes sentados en las mesas de alrededor. Le encantaba comentar sobre la gente, pero no lo hacía con mala intención; solo que era más curiosa de la cuenta.


    Le di un golpe suave en la pierna mientras le decía —Es suficiente, Samantha. Deja de mirar a los demás, se van a dar cuenta.


    —Ay, no exageres, Sara. Esta gente ni siquiera va a notar nuestra presencia, para ellos somos invisibles.


    —No entiendo por qué insististe en venir aquí si no te agrada el ambiente —le dije.


    —No lo entenderás, Sara. Lo hago por ti —respondió ella.


    Vino la camarera y nos sirvió lo que habíamos pedido. Cuando se retiró, le dije a Samantha:


    —?Cómo que por mí? No lo entiendo.


    —?Por qué crees que elijo lugares donde abundan los hombres ricos? —me dijo mientras tomaba un sorbo de su capuchino y me miraba con una mirada pícara.


    —?Por qué lo haces? Eso es lo que te pregunto —le respondí.


    Entonces mi amiga bufó y me dijo:


    —Qué lenta eres, Sara. Está claro. Te estoy buscando un marido rico y exitoso que te salve de esas deudas y te haga vivir como una reina.


    Dijo eso y se puso a reír. Yo me atraganté con el café y la fulminé con la mirada.


    —Es una broma, ?no? ?Esta es la solución que me decías? Me iré a casa.


    Cogí mi bolso y amagué con irme, pero entonces Samantha me cogió del abrigo y me dijo:


    —Es una broma, chica. No te lo tomes todo a pecho. Siéntate.


    Bufé resignada y me volví a sentar.


    —Estoy en una situación demasiado peligrosa como para permitirme estas bromas, Samantha. Hablemos en serio —le dije.


    —Lo siento, Sara, tienes razón. OK. Primero cuéntame las últimas novedades de este tema y por qué estabas tan asustada ayer que te desmayaste.


    Le conté a Samantha todos los hechos con detalles.


    —Ese sinvergüenza, ?cómo se atreve a hacerte esto? —dijo gritando.


    —Samantha, baja un poco tu tono de voz, la gente nos va a escuchar.


    —Vale, es que estoy que hiervo, no me lo puedo creer. Sara, hay que ir a la policía y contarles todo con detalles. Ya no podemos retrasar esto más. Esa gente no podrá hacerte nada cuando estéis bajo la protección de la policía. Solo te asusta para que no puedas contarlo a nadie. Es lo que hacen los chantajistas siempre.


    —Tampoco estamos seguras, Samantha. No puedo poner a mi abuela en riesgo.


    —?Y qué estás pensando hacer entonces?


    —Hay otra opción. Tengo quince días hasta el plazo del pago. He escuchado que en Nueva York hay un detective muy espabilado que ha sido capaz de resolver muchos casos que se creyeron imposibles. Estoy pensando en contratarle y pedirle que busque a mi padre. Si lo encuentra, todos los problemas se solucionarán. Además, quiero saber si mi padre está bien.


    Tras escucharme con atención, Samantha me dijo:


    —No parece mala idea, pero ?logrará encontrar a tu padre en tan poco tiempo?


    —Lo intentaré. Y como última opción me queda la policía, en caso de que no logre encontrarlo a tiempo.


    —Vaya, lo entiendo. ?Cuándo tienes pensado ir a Nueva York a encontrarte con él?


    —Pediré dos días de fiesta la semana que viene. Entonces iré a verlo rápidamente y volveré para no llamar mucho la atención. Aunque no me veo con ánimos de dejar sola a mi abuela.


    —No te preocupes. Yo la cuidaré hasta que vuelvas. Pero ten mucho cuidado, Sara.


    —Lo haré, no te preocupes —dije tomando un sorbo de mi café.


    A continuación, hablamos de otros temas triviales hasta que llamó mi abuela diciendo que me estaba esperando para la comida. Así que nos dispusimos a ir. Mi abuela invitó también a Samantha, pero ella se excusó porque estaba muy ocupada con los preparativos de la boda y tenían que ir hoy ella y su prometido a imprimir las cartas de invitación. Nos levantamos y nos dirigimos al mostrador para pagar la cuenta.


    Samantha insistió en pagar toda la cuenta, pero yo me negué rotundamente. Aunque seamos amigas, ella tenía sus gastos y, más con el compromiso a las puertas, no iba a permitir que hiciese gastos innecesarios. Después de pelear como ni?as de primaria sobre quién pagaría la cuenta delante del cajero, quedamos en que cada una pagaría lo suyo. Abrí mi bolso para sacar el monedero y de pronto sentí a alguien chocar conmigo. El bolso se me cayó al suelo, así que me apresuré a recogerlo y escuché una voz familiar decir: “Lo siento mucho, ?está usted bien?”.


    Alcé la vista y nuestras miradas se encontraron. Me sobrepasaba por dos cabezas. Llevaba un traje caro de color granate y un pa?uelo con las iniciales A.S en el bolsillo del pecho. Era joven, de unos treinta a?os, con una barba bien arreglada y el cabello peinado hacia atrás. Y su cara... era lo que la gente describiría como la de un hombre apuesto, pero eso era lo de menos para mí. Porque conocía muy bien su cara: era el desgraciado que vino a cobrarme en la librería. Su mirada estudiaba mis expresiones. Apreté los dientes de rabia. ?Cómo se atrevía a pararse aquí y hacer como si nada pasara? Abrí la boca y dije: “?Tú...!”, pero antes de terminar, me cortó y dijo:


    —Parece que ya te has recuperado, se?orita. Ayer no tenías buena pinta.


    Apreté las manos en forma de pu?os. El muy desgraciado se estaba burlando en mi cara. Ante tal situación, Samantha se apresuró a pagar toda la cuenta y se acercó, colocándose a mi lado. Me miró a mí y luego al sinvergüenza.


    —Sara, ?pasa algo? —preguntó Samantha con cara de preocupación. Es probable que se haya dado cuenta de que algo andaba mal por mi comportamiento.


    No le respondí. Mi mirada estaba fija en este chantajista, que se había metido las manos en los bolsillos del pantalón y me miraba con superioridad.


    —Sara, ?lo conoces? —me preguntó Samantha con cara de preocupación.


    Entonces me moví y, en un arrebato, le cogí el brazo a ese hombre y lo arrastré en dirección a los servicios. Le dije a Samantha que me esperara afuera en el coche. El hombre, sorprendido por mis actos, no se resistió y me dejó arrastrarlo hasta el pasillo donde estaban los servicios. Ahí, lo empujé contra la pared y me enfrenté a él.


    —?Qué haces aquí? ?Me estás siguiendo, no es así? —le dije, enfadada.


    —?Qué? ?Qué estás diciendo? —respondió en tono de burla, mezclado con sorpresa.


    —?Te estás haciendo el tonto, no es así? Mírate. Estás hecho un chantajista de primera clase, estafando a la gente —le dije, mirándolo de arriba abajo con desprecio—. Dios sabe a cuánta gente le habéis destrozado la vida. Y encima llevas un traje de marca. ?He tenido suficiente de este acoso, sinvergüenza! No te daré ningún dinero.


    Su expresión cambió de sorpresa a una cara de desenfado, y hasta sus orejas se pusieron rojas.


    —Ten cuidado con lo que dices. No soy tu amigo del barrio. ?Estás loca o qué te pasa? Soy yo el que ha tenido suficiente de esta falta de respeto tuya —me dijo gritando y enfadado.


    Una pareja que se había acercado a los servicios nos miraba con atención y curiosidad. Luego, la mujer entró a los servicios de mujeres y su marido se dispuso a esperarla afuera. Parado a un metro de nosotros, con un café para llevar en las manos, revisaba su teléfono mientras miraba nuestra escena con disimulo. Estábamos montando una escena, y la gente que entraba y salía de los servicios nos miraba con curiosidad.


    él prosiguió diciendo:


    —?Y qué decías? ?Que no me ibas a dar dinero? —soltó una carcajada malvada—. Mírate en el espejo, se?orita. Quizás entiendas quién de nosotros tiene y quien carece de dinero. Desde ayer, me estás gritando como una loca. ?Quién te crees que eres? No voy a tolerar más este comportamiento. Conoce tu lugar.


    El muy desgraciado me hablaba y me miraba con desprecio. Es un chantajista y actúa como si fuera un hombre de privilegio. Seguro que decía estas cosas para disimular delante de la gente. No iba a caer en esta pésima actuación.


    Comencé a mirar alrededor buscando algo y lo encontré. Entonces, me giré hacia él y le dije:


    —?Has dicho que me mire para ver quién de nosotros carece de dinero, no es así? Ahora verás, desgraciado.


    En un instante, arranqué el café de la mano del se?or que estaba esperando a su mujer y se lo arrojé al chantajista en el pecho.


    —Este es tu prestigio, se?or chantajista.


    él me miraba fijamente y luego miraba su traje ahora te?ido de café, sin poder procesar lo que acababa de pasar. Antes de que reaccionara, cogí y me fui rápidamente, no sin antes mencionar unas disculpas al se?or que perdió su café, quien miraba la situación con la boca abierta. Alcancé a escuchar al chantajista maldecir y gritar: “?Eh, tú, loca…!”. No le hice caso, atravesé la cafetería rápidamente, salí a la calle y me dirigí al coche donde Samantha me esperaba con una cara llena de preocupación.


    —Sara, ?qué ha pasado? ?Quién era ese? —me preguntó.


    Le hice una se?a para que subiera al coche rápidamente, diciéndole:


    —Corre, sube, nos vamos.


    Ella, sorprendida, dijo:


    —?Dime qué pasa?


    —Luego te cuento por el camino, vamos, deprisa —le respondí.


    Nos subimos al coche y arrancamos en dirección a casa. Le había dado una lección a ese sinvergüenza que no iba a olvidar.


    <u>Adam Smith</u>


    Si algo estaba claro es que hoy no era mi día de suerte. Esa noche apenas había podido dormir, no podía parar de pensar en esa chica. Me refiero a su falta de respeto; aún no creo que me haya atacado sin razón. Me desperté a las siete, cansado y con dolor en el cuello. Salí a correr un poco antes de desayunar, pero un perro sin correa comenzó a correr tras de mí. Intenté evadirlo, pero estaba a punto de atacarme; parecía nervioso. Cuando lo alejé con el pie, vino su due?o, un hombre de unos cincuenta a?os con barrigón, y comenzó a gritarme porque había empujado a su perro. Le grité que era su responsabilidad mantenerlo con correa y que iba a avisar a la policía. Luego, maldijo por lo bajo y se fue. Seguí corriendo y resbalé en la hierba húmeda del parque, cayendo en un charco formado por la lluvia de la noche anterior. Toda mi ropa se empapó. Quizás era un augurio de lo que me iba a pasar más tarde.


    Me levanté enfadado y volví a casa. Mi abuela y Marie se sorprendieron al ver mis pintas; les conté los sucesos y se pusieron a reír. Lo que me faltaba, ser la burla del día. Normalmente no doy importancia a estas cosas, pero desde ayer me sentía raro y frustrado y no sabía por qué.


    Después de cambiarme, bajé a desayunar. Mi abuela no paró de hablar sobre la nieta de la se?ora Susan. Decía que estaba preocupada por ella y que cuando terminara el desayuno llamaría a su amiga para preguntarle. Mi abuelo también la alabó, diciendo que la dependienta del se?or William era una chica agradable y muy educada, y que tenía gran respeto por la gente mayor, cosa de la que carecía la juventud de hoy en día. Ni que fuera un ángel, solo es una chica común. Me frustraba que hablasen de ella todo el tiempo; apenas podía olvidarla como para que me la recordasen a cada momento. Aunque yo también estaba preocupado por su estado. La chica se desmayó dos veces delante de mí; cualquiera estaría preocupado.


    Después del desayuno, nos sentamos en el salón a tomar café mientras conversábamos. Mi abuela llamó mi atención mientras yo revisaba el correo en mi teléfono.


    —Adam, querido, le caíste muy bien a Susan. Cuando la llamé antes para preguntarle sobre su nieta, me pidió que te saludara y te mandaba recuerdos.


    —?Abuela, llamaste a la se?ora Susan? ?Cómo... cómo se encuentra su nieta? —le dije mientras me enderezaba en el sofá.


    —Está muy bien. Me dijo que se había recuperado del resfriado y se encontraba bien. También dijo que le encantó la tarta de manzana y que nos mandaba saludos, agradeciéndonos por haberla ido a verla —contaba con una sonrisa en su cara.


    —?En serio? Me alegro de que se sienta mejor —dije aliviado y con disimulo.


    —Quizás así te sientas mejor tú también. Ayer parecías muy preocupado por ella. Por cierto, Sara es una chica muy agradable —dijo, riéndose de mí.


    —?Qué dices, abuela? No hay nada de eso. Solo me preocupé por ella como un ser humano, nada más —dije, enfadado. No me gustaba que confundiera las cosas.


    —?Como un ser humano? Vale, cari?o, yo tampoco dije nada. ?Por qué te has puesto tan nervioso? Solo mencioné que era una buena chica —dijo mi abuela, sonriéndome con picardía.


    —Abuela, no insistas en ello...


    Sonó mi teléfono. Era mi hermana Daiana, justo en un momento oportuno. No quería seguir con esa conversación para que mi abuela no siguiera insinuando cosas sobre esa chica.


    —?Hola, hermanito! Desde que te fuiste a casa de los abuelos, te has olvidado de nosotros. Sé que las delicias de la se?ora Marie y la compa?ía de los abuelos son como la gloria, pero no te olvides de nosotros —dijo mi hermana Daiana, siempre exagerando. Quizás estaba celosa por estar trabajando mientras yo disfrutaba de las vacaciones.


    —No exageres, Daiana, solo ha pasado un día. ?Qué haces? ?Cómo están mamá y papá? ?Has visto a Emma y a Ellie? Ayer hablé con James y me dijo que volvería la semana que viene.


    —?Sí que voy a exagerar! Tú estás ahí disfrutando y yo aquí trabajando sin descanso —dijo mi hermana. Sabía que estaba celosa. Solté una carcajada. Entonces, cambió la llamada a videollamada. Yo acepté y se abrió la cámara. Estaba en el despacho de papá, y también estaba Emma; parecía que estaban en una reunión.


    —Aquí están papá y Emma —me dijo, mostrándolos en la cámara. Al verme, me saludaron con la mano y papá se acercó y tomó el teléfono.


    —Hijo, ?cómo estás? Me dijo mi madre que te gustó el ambiente ahí.


    —Sí, estoy muy bien. Me he relajado del estrés del trabajo —le dije. Mi abuela se acercó y los saludó. Hablaron un poco con ella.


    —Abuela, no lo mimes mucho, sino no querrá volver aquí —dijo Emma.


    —Si no lo mimo a él, ?a quién voy a mimar? —dijo mientras me daba un beso en la cabeza—. La próxima vez, venid vosotras también. Tengo muchas ganas de veros; a Ellie le gustará el lugar.


    —No te preocupes, abuela. De hecho, pensábamos venir todos para fin de a?o —dijo mi hermana Daiana—. A excepción de Adam, él se quedará trabajando —dijo se?alándome y riendo.


    —Daiana, no estés celosa de tu hermano —le dijo mi abuela a mi hermana.


    —?Has visto eso, abuela? Siempre me trata así —dije yo, fingiendo estar afectado para dar lástima.


    —Abuela, no le creas. Me ha echado todo su trabajo y se ha ido a disfrutar solo. Nos enfrentaremos, Adam Smith —dijo mi hermana, se?alando sus ojos y los míos en forma de amenaza, como una ni?a peque?a. Nos reímos todos.


    Luego, mi padre pidió permiso para hablar conmigo sobre unos asuntos del trabajo. Le mencioné también la nueva propuesta de nuestro cliente. Después de escucharme con atención, me pidió que organizara una reunión con él y le pidiese más información y detalles específicos sobre el proyecto. Mi padre parecía interesado y emocionado por el nuevo proyecto. Siempre era así cuando hacía proyectos arriesgados y únicos en nuestro campo laboral. Saludamos a todos y colgué la llamada.


    Después, le envié un mensaje a nuestro cliente diciéndole lo que mi padre me había pedido. él estuvo de acuerdo y sugirió encontrarnos en el mismo sitio dentro de una hora. Me levanté y me fui a preparar, debía darme prisa para llegar a tiempo.


    Al llegar a la cafetería, encontré a nuestro cliente, Jackson Dervison, ya sentado en una mesa en la zona de confort. El dise?o de esta área permitía privacidad, lo que la convertía en un lugar ideal para reuniones de trabajo o personales. Por este motivo, me gustaba esta cafetería; la mayoría de los clientes eran gente de negocios. Era muy famosa y distinguida en el pueblo. Jackson me hizo se?as con la mano para que me acercara, así que me dirigí a la mesa.


    —Hola, siento haber tardado, Jackson —le dije mientras le saludaba estrechando su mano.


    —No pasa nada, de hecho, recién he llegado —respondió.


    —Me sorprendí cuando me dijiste que estabas por aquí —le comenté.


    —Sí, mis suegros viven aquí, así que vine con mi mujer de visita. Y cuando me enviaste el mensaje, pensé en aprovechar y vernos mientras estaba aquí —dijo Jackson, sacando el ordenador portátil de su maletín.


    Hablamos del proyecto y sus detalles, y al terminar, pedimos unos postres y comenzamos a charlar sobre otras cosas, como el pueblo y su ambiente tranquilo y acogedor, sobre la familia, los padres y más. Jackson me preguntó:


    —?Estás casado, Adam?


    —Qué va, aún no he encontrado a la indicada. De hecho, ni siquiera la he buscado. Estos a?os he estado ocupado trabajando y haciendo proyectos importantes para demostrarle a mi padre mis habilidades y capacidades.


    —Es verdad, el se?or Smith es muy estricto en el trabajo. Todos sus clientes lo dicen. Pero es alguien exitoso y de confianza, por lo que estoy encantado de trabajar con vosotros.


    —Gracias. Es cierto que mi padre es muy estricto en el trabajo y lo es más con sus hijos. Pero es un padre ejemplar y muy cari?oso. Solo que en el trabajo mantiene su carisma para que los empleados lo respeten y trabajen con seriedad —le confesé a Jackson.


    él soltó una carcajada suave y dijo:


    —En eso os parecéis mucho, Adam. Dentro de la empresa, pareces estresado y serio todo el tiempo; de hecho, siempre llevas el ce?o fruncido. Pero ahora que te veo afuera, eres solo un joven majo y alegre. Estoy pensando en que todas nuestras reuniones sean fuera de la empresa —dijo sonriendo.


    —Siento comportarme así. Creo que es por el estrés y la presión del trabajo, ni siquiera me di cuenta de que fruncía el ce?o —dije riendo.


    Mientras hablábamos, Jackson recibió una llamada de su mujer. Al terminar la llamada, se despidió de mí porque tenía que pasar por su mujer y volver a su casa en Nueva York. Después de que se fue, me quedé, como ayer, revisando algunos correos y asuntos del trabajo en mi computadora. También llamé a mi padre y le conté cómo había ido la reunión y los detalles que habíamos tratado. Mi abuela me llamó y me avisó que pronto sería la hora de comer, así que recogí mis cosas y me dirigí al mostrador a pagar mi cuenta.


    Iba un poco despistado, pensando en el proyecto, cuando mi mano chocó con el hombro de alguien. Me giré para pedir disculpas y vi a una chica agachada recogiendo lo que se le había caído al suelo. De pronto, se levantó y nuestras miradas se encontraron. Era ella, Sara. No me lo podía creer. En realidad, sentí alivio al verla recuperada. Comenzó a mirarme de arriba a abajo y luego puso una cara de desagrado. Iba a decir algo, pero la corté comentándole que se veía en mejor estado que ayer, quizás así me recordara en caso de que hubiera olvidado los hechos. En realidad, esperaba que me pidiese disculpas o que dijese algo como “tenía fiebre y me confundí” o algo por el estilo, porque no logro encontrar razón lógica a su comportamiento a menos que con la fiebre estuviese delirando. Pero en vez de eso, frunció el ce?o y apretó sus pu?os. De pronto, una chica, probablemente su amiga, vino y comenzó a preguntarle qué pasaba.


    Entonces ocurrió algo inesperado. La chica de la biblioteca me tomó del brazo y me arrastró hasta el pasillo donde estaban los servicios y me empujó contra la pared. No podía creerlo, no sabía cómo debía reaccionar, así que me dejé llevar. Esta chica de metro y medio era más atrevida de lo que podía imaginar. Entonces comenzó a gritarme y acusarme de acosarla y de querer dinero. No sabía de qué iba eso, pero ella me estaba humillando delante de toda la gente. Todos nos miraban. Me enfadé y mi orgullo se hirió, así que le dije algunas palabras hirientes.


    De pronto, tomó la taza de café de la mano de un hombre que estaba parado detrás y me la tiró encima. Pensé que nada me sorprendería más de esta chica, pero me equivoqué. Era capaz de todo. Se fue y me dejó en ridículo delante de toda la cafetería. Los que entraban y salían de los servicios me miraban de arriba abajo y susurraban cosas entre ellos. Nunca... nunca nadie me había puesto en una situación tan ridícula como esta. De pronto, se acercó a mí el hombre a quien le sacó el café y me ofreció una toalla para limpiarme, aunque ambos sabíamos que no iba a servir de nada. El café manchó todo mi traje y ahora tendría que salir y regresar a casa de este modo.


    —No te preocupes, compa?ero. A veces pasan cosas como estas entre las parejas. Las mujeres son un poco dramáticas. Ya verás que todo se solucionará y volverá a ti como si nada hubiera ocurrido —me dijo ese hombre mientras me daba palmaditas en el hombro en muestra de apoyo.


    Lo fulminé con la mirada. Lo que me faltaba, que pensaran que yo y esa loca éramos pareja. Al percatarse de mi molestia, retiró su mano y se alejó para encontrarse con su mujer, que había salido de los servicios. Mientras le susurraba, ella me dio una mirada sorprendida y se fueron hablando de mí. Todo por culpa de esa enana. Me he convertido en el hazmerreír. Salí rápidamente de la cafetería tras pagar la cuenta y arranqué el coche en dirección a casa. Me lo iba a pagar muy caro, esa coneja de librería.
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