Capítulo 394
Amelia se dirigió al borde del río.
Era el crepúsculo, el momento más animado del Parque del Río, así que estaba lleno de estudiantes
jugando a pelota, padres paseando a sus hijos, ancianos y jóvenes, y también parejas corriendo
juntas.
Durante los dos a?os que Amelia estuvo casada con Dorian, se escapaba a este lugar a caminar
siempre que podía. A menudo se sentaba bajo el sol poniente toda tarde, a veces perdida en sus
pensamientos, otras veces dibujando.
Pero mayoría del tiempo, se pasaba so?ando despierta.
Bajo el sol poniente, observaba a grupos de estudiantes saliendo de escu, buscando en sus
rostros llenos de juventud los ecos de su propia adolescencia.
Cuando se sentía mal, le encantaba venir s a este lugar a caminar y sentarse.
Pero nunca lo hacía pa?ada de Dorian.
él estaba ocupado con el trabajo y caminar o so?ar despierta, un tipo de vida a paso lento, nunca
formaba parte de sus nes.
Pero en aquel entonces, su vida había sido tan lenta que solo podía encontrar dulzura de vida en
esos recuerdos pausados.
El cálido y maravilloso tiempo que pasó con Dorian durante su último a?o de preparatoria era tan
precioso que no podía evitar buscar esos momentos en los estudiantes bulliciosos que pasaban riendo
a sudo.
Ese sentimiento de sentarse tranqumente bajo el sol poniente y recordar era hermoso,
especialmente cuando persona que amabas estaba a tudo.
Pero uno no puede vivir de recuerdos para siempre.
Después de su divorcio, no había vuelto a este lugar.
Había pasado un tiempo desde que regresó a Arbda y si Dorian no hubiera traído hoy, casi no se
acordaría de este lugar.
No obstante, se sentía mncólica.
Apoyada en barandi, mirando cómo el sol se hundía poco a poco en el horizonte, se sentía
tranqu, pero con un sutil aire de arrepentimiento.
El atardecer seguía igual, el edificio escr bajo el sol poniente, a pesar de lucir un poco más viejo, no
había cambiado. Los estudiantes que pasaban en bicicleta todavía llevaban el mismo uniforme de
aquel entonces, peros bicicletas viejas habían dado paso a modelos amarillos y verdes uniformes y
las motos eléctricas empezaban a reemzas. Los sonidos de los timbres des bicicletas a lo
largo del río habían sido lentamente reemzados por el xon de los coches que pasaban.
Todo parecía igual, pero también estaba cambiando lentamente.
Amelia suspiró profundamente, se apoyó en barandi y se dio vuelta. Al levantar vista, su
mirada se detuvo en un gran ramo de rosas rojas y brintes, luego miró hacia arriba lentamente,
hacia Dorian, quien sostenías flores.
él le sonrió suavemente y le extendió el ramo: “Feliz salida del trabajo.”
“?Se celebra eso?“, preguntó e.
“Entonces, ?feliz miércoles?” Dorian pensó por un momento. Realmente no se le ocurría ninguna
razón especial para ese día.
No era un feriado oficial, no era el cumplea?os de nadie, ni tampoco algún aniversario de conocidos,
casarse o estar juntos; era solo un miércoles ordinario.
E no pudo evitar sonreírle: “Gracias.”
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Luego extendió mano para recibir el ramo que él le ofrecía.
Las flores eran hermosas y frescas.
Un gran ramo, rojo brinte, deslumbrante.
Dorian no era una persona muy dada as ceremonias y mucho menos romántico; su mundo nunca
incluyó días festivos y el de e tampoco.
Así que entre ellos nunca hubo intercambio de flores.
E sí le había dado regalos a Dorian, pero él nunca había estado muy concentrado en eo para
prepararle algún presente; siempre era más directo con rción al dinero, por supuesto, no solo en
días especiales, sino que su tarjeta estaba siempre a disposición de e.
Díaso San Valentín, cumplea?os o aniversarios de matrimonio no existían para Dorian.
Pero, eenzaba a selionar su regalo con mucho tiempo de antción por su cumplea?os y
preparaba cuidadosamente cena para celebrar con él, solo que Dorian estaba tan ocupado que ni
siquiera recordaba su propia fecha de nacimiento.
El primer a?o, Amelia no podía esperar a que él regresara y se sentía obligada a marlo para
recordarle que era su cumplea?os. En ese entonces, Dorian se sintió muy mal por ello y terminó su
trabajo inmediatamente para volver a casa y pasar un día que ya se había ido, y luego, tal vez por
culpa, trató de llegar a casa a tiempo durante el próximo mes y medio, pero al final, estaba tan
ocupado que lentamente se olvidaba de promesa de regresar.
En el segundo a?o, Amelia ya conocía muy bien los hábitos de Dorian, así que cuando él olvidaba
alguna fecha importante, e no se molestaba en marlo para recordárselo. Simplemente esperaba
tranqu en casa a que él regresara.
Cuando él llegaba a casa y veía celebración de cumplea?os que e le había preparado, se sentía
profundamente arrepentido y trataba de pasar tiempo a sudo. Pero su amor por el trabajo era una
pasión que no conseguía dejar a undo.
Aunque Amelia sentía un poco de mncolía en aquellos momentos, quizás era porque Dorian
siempre había sido muy serio y estricto, un tantoos cumbres nevadas des monta?as, ajeno a
las trivialidades de este mundo terrenal. Las cosas que para otras parejas eranunes, frente a él
parecían inmaduras y fuera de lugar, así que e no daba demasiada importancia a esos gestos
simbólicos.
Pero ahora que Dorian le había traído flores, no podía evitar sentirse conmovida.
No sabría explicar exactamente qué sentía, solo que era una peque?a y agradable sorpresa.
él también notó peque?a chispa de sorpresa en sus ojos, iluminados pors luces de calle, que
se fragmentabano luciérnagas titntes en su mirada, donde se vislumbraba una lágrima
incipiente.
él dio un paso hacia adnte y extendió sus brazos, abrazánd suavemente.
Un abrazo que decía “lo siento” y al mismo tiempo trasmitía ternura.
Un “lo siento” por los dos a?os en que descuidó.
Amelia había sido demasiado tranqu y obediente, silenciosao sombra detrás de él, nunca
exigente ni ruidosa, tan silenciosa que él había dado por sentado que e, al igual que él, no
necesitaba esos gestos simbólicos.
El abrazo de Dorian hizo que Amelia sintiera una punzada en nariz y sus ojos se humedecieron, no
por tristeza ni por arrepentimiento, sino por esa sensación agridulce de haber esperado mucho tiempo
y finalmente, haber recibido lo que tanto anhba.