《Los archivos del génesis. Libro uno. El bosque de los lamentos. [Español]》 El bosque de los lamentos El bosque de los lamentos

I

Al norte del imperio del sol: El sacerdote lleg¨® cuando acababa de despuntar el alba. Se person¨®, escoltado por su guardia, en la villa agr¨ªcola que se desplegaba sobre el altozano. Era alto, musculoso y de piel bronc¨ªnea. Llevaba el cr¨¢neo y la barba rasurados; rasgos que lo identificaban como portavoz de la diosa Ishtar. Sus brazos estaban ce?idos con pulseras y brazaletes de oro. Llevaba una diadema dorada, con penachos de plumas que le tocaban la cabeza y un pectoral de plata en forma de abanico invertido. A los aldeanos les intimid¨® su aspecto, pero fueron ellos quienes reclamaran su presencia. Hab¨ªan solicitado audiencia con el hombre; quer¨ªan mostrarle algo que los ten¨ªa aterrorizados. Algunos llegaron a pensar que el ministro de la fe no les conceder¨ªa el privilegio de semejante consulta. Pero el tipo acudi¨® en su ayuda con prontitud. Tal vez no era del todo ajeno a lo que suced¨ªa en las inmediaciones de Ishtapual. Yeztel jam¨¢s se molestar¨ªa en abandonar la ciudad, para mezclarse con unos pueblerinos, a no ser que considerase que la situaci¨®n lo requer¨ªa. ¡ªAgradecemos de coraz¨®n el que haya escuchado nuestros ruegos, noble Yeztel ¡ªdeclar¨® uno de los aldeanos con aire sumiso. El hombre, un tipo de casi dos metros y luengas barbas pelirrojas, agach¨® la testa en se?al de respeto, al tiempo que realizaba una genuflexi¨®n para humillarse ante el sacerdote¡ª. Jam¨¢s habr¨ªamos molestado a vuestra excelencia, de no ser porque nos hallamos preocupados y no sabemos qu¨¦ hacer. ¡ªPuedes levantarte, radastino. No es necesario que te prodigues en halagos. Soy un hombre ocupado. No puedo permitirme derrochar en esto m¨¢s tiempo del necesario. Contadme qu¨¦ es lo que os tiene tan asustados, cu¨¢l fue el motivo de que me hicieseis llegar esta petici¨®n de audiencia. Los campesinos se miraron con recelo, temerosos de confesar el objeto de sus tribulaciones. Lo ¨²ltimo que deseaban era enfurecer al sacerdote con explicaciones poco convincentes. Nadie sab¨ªa por d¨®nde empezar a referir los hechos. Hab¨ªa que relatar las cosas de manera concisa. El hombre que hablara antes se adelant¨® al resto y mir¨® al ministro de la fe a los ojos, pero sin dejar de mostrarse humilde. Se hallaban al borde de la cumbre, donde los muros del poblado delimitaban la zona. Desde all¨ª se pod¨ªan apreciar los huertos que se desplegaban, de manera escalonada, sobre la ladera del monte. Los soldados que escoltaban a Yeztel estaban firmes, con la mirada atenta a cualquier gesto que pudiera resultar inapropiado. Iban ataviados con jubones verdes sin mangas y largos hasta las rodillas, as¨ª como sandalias reforzadas con clavos. En los pechos de la ropa se apreciaba el dibujo que representaba a la diosa Ishtar; una mujer alada con garras en lugar de pies. Se proteg¨ªan las cabezas con yelmos recargados de plumas y portaban lanzas. Al cintur¨®n llevaban todos una daga. ¡ªAlgo est¨¢ asolando esta villa, mi se?or. Estos huertos que labramos para abastecer los graneros del imperio, han sido escenario, durante las ¨²ltimas jornadas, de sucesos que no logramos explicarnos. Primero fueron algunas cabras. Aparecieron muertas una ma?ana, tendidas sobre una pradera y con el cuello horadado por boquetes. Estaban secas por completo, como si les hubieran drenado la sangre. El hombre hizo una pausa, como si quisiera calibrar el efecto de sus palabras. Hab¨ªa ensayado su discurso a lo largo de las horas anteriores y escogido cada t¨¦rmino de manera meticulosa. Nunca antes tuvo ocasi¨®n de dirigirse a un individuo de tan alto cargo. Este le mir¨® hier¨¢tico. Su rostro cuadriculado no exterioriz¨® sentimiento alguno. Lo mismo pod¨ªa estar pensando en mandarle azotar que reflexionaba sobre el asunto. Al cabo de unos segundos, Yeztel se pronunci¨® de nuevo: ¡ª?Y bien? ¡ªle apremi¨® con actitud severa¡ª. Algo m¨¢s tendr¨¢s que decir. Imagino que no me habr¨¦is molestado por un pu?ado de cabras muertas. Supongo que no har¨¢ falta que os recuerde que este sitio est¨¢ cerca de el Bosque de los Lamentos. A vuestros animales los puede haber matado cualquier criatura de las que pueblan esas frondas. Las florestas del lugar est¨¢n pre?adas de todo tipo de seres peligrosos. Pero nuestra amada Ishtar nos protege del mal que anida en esos bosques. Y vuestro deber es, entre otras cosas, cuidaros de semejantes amenazas. ?Qu¨¦ os empuja a pensar que este caso es diferente y requiere la intervenci¨®n de un emisario de la diosa? ¡ªPensamos¡­ mi se?or¡­ que¡­ lo ocurrido no es cosa de las ¨¢nimas del bosque, ni de ninguna otra criatura que habite las entra?as de la fronda ¡ªbalbuci¨® el interpelado con actitud dubitativa, al tiempo que agachaba la cabeza y se sonrojaba de verg¨¹enza¡ª. Las se?ales que observamos en los cad¨¢veres de nuestros animales dom¨¦sticos no¡­ no se corresponden con las que dejan los seres a los que estamos habituados. En realidad¡­ no se parecen a nada que hayamos visto antes. ¡ªSois simples aldeanos. Puede que no sep¨¢is leer como se debe en las huellas que hab¨¦is visto. Quiz¨¢s vuestros ojos no sean lo bastante expertos. Supongo que habr¨¢ algo m¨¢s que os haya conducido a pensar que est¨¢is ante algo ins¨®lito. Se produjo otro instante de silencio. La brisa acariciaba la hierba agostada de la cumbre y ululaba entre los brezos que crec¨ªan al borde de la cima. A lo lejos, los montes ergu¨ªan sus cumbres pedregosas con aire regio, recortando el horizonte de un cielo donde apenas flotaban unos penachos de nube. Yeztel cruz¨® sus brazos sobre el amplio pecho y fulmin¨® con la mirada a su interlocutor. Aquellos ojos, del color de la miel, pod¨ªan hacer que el hombre m¨¢s aguerrido palideciera. Tanto sus atuendos como su porte le revest¨ªan de un aire de divinidad que intimidaba a gentes sencillas como aquellas. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. ¡ªVer¨¢, noble Yeztel ¡ªconfes¨® el campesino, que jugueteaba con el taparrabos, como si no supiera qu¨¦ hacer con las manos¡ª. No s¨®lo nuestros animales han sido atacados. Entre las gentes de la villa, hay varias personas que enfermaron de manera extra?a a lo largo de estos d¨ªas. ¡ª?A qu¨¦ te refieres con que enfermaron de manera extra?a? S¨¦ m¨¢s concreto y no des tantos rodeos. Existen muchos tipos de enfermedades. Cualquier depredador o presa pueden propagar epidemias entre los humanos, sin que ello suponga que nos enfrentamos, ni mucho menos, a algo de origen sobrenatural. La naturaleza es sabia. A veces tiene que valerse de ciertas herramientas para regular las poblaciones de sus especies. Los caminos de nuestra se?ora Ishtar son inescrutables. A lo mejor est¨¢is dando por hecho algunas cosas de manera precipitada. Pero habla sin tapujos. No os voy a juzgar. Estoy aqu¨ª para desentra?ar estas cuestiones y arrojar luz sobre las sombras que os atribulan. Pese a que el sacerdote dio a entender que se mostrar¨ªa magn¨¢nimo, los campesinos a¨²n tem¨ªan las consecuencias que todo aquello pudiera acarrearles. Pero ya que hab¨ªan llegado a ese punto, no pod¨ªan echarse atr¨¢s. El interpelado agreg¨® algo con mirada sombr¨ªa. ¡ªTal vez¡­ la mejor manera de mostrar lo que¡­ seg¨²n creemos est¨¢ ocurriendo en nuestra villa¡­ sea que usted mismo, excelencia, vea con sus ojos sabios a uno de los enfermos que le mencionamos. Yeztel jam¨¢s hab¨ªa visto algo semejante. Y el sacerdote acumulaba a?os de experiencia en el oficio, por lo que gozaba de una visi¨®n amplia del mundo que le rodeaba. Un mundo que no carec¨ªa de enfermedad, sangre y amenazas de naturaleza tenebrosa. Tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar el miedo que le suscitaba la visi¨®n que ten¨ªa ante s¨ª. Sentimiento que enmascar¨® con una mueca de severidad. Si unos aldeanos como aquellos observaban una reacci¨®n tan mundana en alguien como ¨¦l, tal vez le perdieran el respeto. Pero no era s¨®lo temor lo que le causaba la visi¨®n de aquel enfermo que yac¨ªa sobre su jerg¨®n, en la umbr¨ªa estancia de su caba?a. Tambi¨¦n sinti¨® repugnancia ante el aspecto que ofrec¨ªa el hombre y ante la fetidez de los efluvios que emanaban de su cuerpo. Una peste que se adher¨ªa a cada part¨ªcula de aire y hac¨ªa que el ambiente fuese casi irrespirable. Yeztel hizo un esfuerzo para no apartar la mirada de aquel tipo. Observ¨® su piel ennegrecida, su rostro demacrado y sus brazos fam¨¦licos. El ronroneo de su respiraci¨®n sonaba como un fuelle atascado. Su pecho se agitaba con debilidad y estaba cubierto por una pelusilla semejante al moho. El sacerdote conoc¨ªa afecciones diversas, muchas de las cuales abundaban en los bosques de la periferia. Pero tuvo que reconocer que, aquella en particular, le era desconocida. Sus sospechas acerca de la importancia que revest¨ªa aquel asunto se vieron confirmadas. Los campesinos ten¨ªan fundadas razones para estar preocupados. ¡ª?Desde cu¨¢ndo lleva as¨ª este hombre? ¡ªinquiri¨® con un deje autoritario. Aunque lo cierto era que sus palabras sonaron menos vehementes de lo que esperaba¡ª ?Cu¨¢nta gente ha establecido contacto con ¨¦l? ?Cu¨¢ntos entraron en esta caba?a? En esos momentos s¨®lo se encontraba con ¨¦l el portavoz del grupo. El hombre estaba p¨¢lido; incluso en una tez anaranjada como la suya y a pesar de las barbas, pod¨ªa percibirse dicha lividez. Ahora sent¨ªa igual temor por la enfermedad de su vecino que por las posibles reacciones del sacerdote. La caba?a resultaba claustrof¨®bica, sin ventanas en sus paredes de piedra por las que pudiera penetrar la luz del d¨ªa. Aparte del camastro, posado sobre el suelo desnudo, apenas se ve¨ªan algunos apliques para colgar los hachones y la ropa. En vista de que el interpelado tardaba en contestar, Yeztel insisti¨® con dureza. ¡ªResponde de una vez, campesino. ?Qu¨¦ v¨ªnculos se han establecido con este¡­ hombre¡­ desde que cayera enfermo? ¡ªLos justos, su excelencia, para procurar que no se muriese de hambre. Nos cuidamos de no tocarle. Un par de veces al d¨ªa le traemos comida y agua. Pero rechaza todo ello con ferocidad. Desde hace unos d¨ªas renuncia a alimentarse. La fiebre le ha subido de manera preocupante. Y delira. Murmura cosas incomprensibles todo el tiempo. A sus hijos y mujer les proporcionamos una casa distinta, para que no est¨¦n en este¡­ ambiente tan nocivo. De pronto surgi¨® una voz gutural que se ense?ore¨® de la estancia. El enfermo abri¨® los p¨¢rpados y dej¨® a la vista sus globos oculares inyectados en sangre. Balbuci¨® algo con aire trabajoso, al tiempo que extend¨ªa su diestra hacia los hombres que ten¨ªa ante s¨ª. El dorso de la mano estaba recubierto de yagas, algunas de las cuales supuraban una sustancia cetrina. ¡ªEsas voces¡­ me est¨¢n jodiendo el cerebro. No se callan nunca. Me llaman. Me ordenan cosas todo el tiempo. Yeztel le mir¨® con fijeza, erguido con todo el aire regio que fue capaz de reunir. ¡ª?Qu¨¦ es lo que te ordenan esas voces, campesino? ¡ªinquiri¨® con voz acerada. ¡ªMe piden¡­ que beba. No agreg¨® nada m¨¢s. Se qued¨® all¨ª postrado, mientras tiritaba y dejaba escapar hilos de baba que se adher¨ªan a las mantas de lana. ¡ª?Por qu¨¦ raz¨®n declinas, pues, el agua que tus vecinos te traen a diario? Yeztel no obtuvo respuesta, solo el murmullo de aquella respiraci¨®n enfermiza. El sacerdote consider¨® que ya hab¨ªa tenido suficiente. No pod¨ªa soportar encontrarse all¨ª adentro, en compa?¨ªa de un hombre azotado por fiebres de naturaleza desconocida. ¡ªQuemadlo todo ¡ªorden¨® de improviso, con timbre autoritario¡ª. Que el fuego purifique esta choza desde los cimientos hasta la paja del techo. No quiero que quede nada. Las llamas han de borrar cualquier rastro de ponzo?a que inunda este lugar. El campesino asinti¨®, acongojado. Al cabo de unos segundos, y cuando Yeztel ya se daba la vuelta para salir, se atrevi¨® a formular una ¨²ltima pregunta. ¡ª?Y qu¨¦ haremos con ¨¦l, mi se?or? ?Ad¨®nde le llevaremos? El sacerdote respondi¨® sin siquiera volverse, con rotundidad. ¡ªNo me has entendido bien, radastino. He dicho que lo quem¨¦is. Todo.