《TOKYO GHOUL :BEAST [Español]》 SINOPSIS En un Tokio donde la noche es sin¨®nimo de peligro, la humanidad vive bajo un toque de queda estricto: a las 19:00 en punto, las puertas se cierran, las persianas bajan y los hogares se convierten en jaulas. Nadie transita por esas calles desiertas, ni siquiera por error. Desde hace tres a?os, la Ley de Zona Segura ha transformado las noches de la ciudad en un encierro obligatorio, una medida desesperada para proteger a los humanos de los ghouls, criaturas que se alimentan de carne humana para sobrevivir. Los ghouls, aunque similares a los humanos en apariencia, son depredadores implacables: su fuerza sobrehumana, sus kagunes (¨®rganos de combate que emergen de sus cuerpos como armas vivientes) y su necesidad de carne humana los convierten en una constante amenaza. Sin embargo, no todos los ghouls son iguales¡ªalgunos intentan coexistir con los humanos, mientras que otros abrazan su naturaleza salvaje. Para mantener a raya a los ghouls, existe la OECCG¡ªOrganizaci¨®n Extrema Contramedidas Contra Ghouls¡ªtal organizaci¨®n internacional que caza y elimina a estas criaturas. Los investigadores de la OECCG (o CCG), armados con quinques (armas fabricadas a partir de los kagunes de ghouls muertos o experimentales), patrullan las calles de Tokio como sombras en la brisa helada, sus abrigos grises ondeando en la penumbra. Son los ¨²nicos con permiso para vagar durante las noches, y su misi¨®n es clara: proteger a la humanidad a cualquier costo, incluso si eso significa erradicar a todos los ghouls. La historia de Tokyo Ghoul :BEAST se desarrolla en un mundo donde una fr¨¢gil alianza entre humanos y ghouls ya se ha roto. Hace a?os, ambas especies se unieron brevemente para formar el TSC ¡ªel Comit¨¦ de Seguridad de Tokio¡ª con un ¨²nico prop¨®sito: erradicar a los dragones hu¨¦rfanos, bestias colosales que hab¨ªan sembrado el caos en la ciudad. Juntos, lograron extinguirlos, pero la paz dur¨® lo que un suspiro. Las diferencias volvieron a abrirse como heridas mal cicatrizadas, y el abismo entre ambas especies se profundiz¨®. Para los ghouls, el hambre por carne humana segu¨ªa siendo una maldici¨®n imposible de ignorar; Para los humanos, el miedo y el odio eran cadenas que no pod¨ªan romperse. Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. En este Tokio al borde del colapso, tenemos protagonistas importantes. Un joven demonio que lucha por mantener su humanidad, se encuentra atrapado en un juego mortal. Esta no quiere ceder a su misi¨®n como arma, pero la ciudad no le da tregua: los investigadores de la OECCG persiguen a su organizaci¨®n sin descanso, y un nuevo peligro ha surgido entre los ghouls. Un peque?o grupo, marginado incluso entre los suyos, ha comenzado a desarrollar un gusto aberrante: el canibalismo hacia su propia especie. Entre ellos destaca nuestro antagonista, un demonio ambicioso y despiadado que ve en el canibalismo un camino hacia el poder absoluto. Con tatuajes que serpentean por su cuerpo y con una aberraci¨®n de kagunes; koukaku y rinkaku de tent¨¢culos escarlata y un p¨²rpura marchito. Este ghoul est¨¢ en llevar su plan al extremo, cueste lo que cueste. Mientras las calles vac¨ªas de Tokio se convierten en un tablero de ajedrez donde cada pieza sospechaba de la otra, nuestro protagonista debe enfrentarse al antagonista, a su filosof¨ªa ya su propia naturaleza. Pero no est¨¢ sola: en su camino se cruza con varios personajes que la hacen creer m¨¢s en s¨ª misma y en su prop¨®sito. En un mundo donde la confianza se ha desmoronado, Tokyo Ghoul :BEAST explora la lucha nuestro de punto central por sobrevivir en un Tokio donde nadie est¨¢ a salvo: ni los humanos, ni los ghouls, ni siquiera los propios ghouls entre s¨ª. ?Se podr¨¢ cobrar su lucha y detener algo que parece inevitable antes de que la ambici¨®n destruya lo poco que queda de la ciudad? ?O sucumbir¨¢n a la oscuridad que acecha tanto dentro de ellos como en las calles desiertas de Tokio? Ep. 1: INEXISTENCIA 00:11 - Distrito 11. Tokio, Jap¨®n. Las calles del Distrito 11 yac¨ªan en un silencio sepulcral, un vac¨ªo que parec¨ªa tragarse hasta el eco de los pasos. Las luces de ne¨®n, siempre encendidas, parpadean con su brillo fr¨ªo y artificial, proyectando charcos de colores sobre el asfalto h¨²medo. Los edificios, altos y sombr¨ªos, se alzaban como centinelas mudas, sus ventanas oscuras reflejando una ciudad que, a esa hora, parec¨ªa muerta. Nadie transitaba por esas calles desiertas, ni siquiera por error. Desde hac¨ªa tres a?os, la Ley de Zona Segura hab¨ªa convertido las noches de Tokio en un encierro obligatorio: a las 19:00 en punto, las puertas se cerraban, las persianas bajaban y los hogares se convert¨ªan en jaulas. Solo los funcionarios de la renovada CCG¡ªla Comisi¨®n de Contramedidas contra Ghouls¡ªTen¨ªan permiso para vagar en la penumbra, sus abrigos grises ondeando como sombras en la brisa helada. Todo hab¨ªa comenzado con una alianza fr¨¢gil. Humanos y ghouls, enemigos eternos, se unieron brevemente para formar el TSC ¡ªel Comit¨¦ de Seguridad de Tokio¡ª con un ¨²nico prop¨®sito: erradicar a los dragones hu¨¦rfanos, esas bestias colosales que hab¨ªan sembrado el caos en la ciudad. Juntos, lograron extinguirlos, pero la paz dur¨® lo que un suspiro. Las diferencias volvieron a abrirse como heridas mal cicatrizadas, y el abismo entre ambas especies se profundiz¨®. Para los ghouls, el hambre por carne humana segu¨ªa siendo una maldici¨®n imposible de ignorar; Para los humanos, el miedo y el odio eran cadenas que no pod¨ªan romperse. Y luego, en los ¨²ltimos tiempos, algo a¨²n m¨¢s oscuro hab¨ªa surgido entre los ghouls. Un peque?o grupo, marginado incluso entre los suyos, comenz¨® a desarrollar un gusto aberrante: el canibalismo hacia su propia especie. La confianza se desmoron¨®. Ni siquiera los ghouls estaban a salvo entre s¨ª, y las calles vac¨ªas de Tokio se convirtieron en un tablero de ajedrez donde cada pieza sospechaba de la otra. 00:15. El investigador caminaba solo por el callej¨®n, sus botas resonando contra el pavimento con un ritmo mon¨®tono que ya hab¨ªa memorizado tras meses de patrullas id¨¦nticas. Era la misma hora, las mismas rutas, el mismo vac¨ªo. Su vida se hab¨ªa convertido en una rutina asfixiante desde que los ghouls, al menos la mayor¨ªa, dejaron de desafiar a la CCG. Algunos, los llamados "Unghouls", incluso hab¨ªan jurado proteger a los humanos, adapt¨¢ndose a una existencia que imitaba la normalidad. Enfrentarse a un ghoul ahora pod¨ªa significar luchar contra uno de esos traidores a su propia naturaleza, y eso hab¨ªa apagado el fuego de la guerra abierta. Para ¨¦l, un hombre curtido en la adrenalina del combate, la paz era un veneno lento que lo aburr¨ªa hasta el alma. Silbaba una melod¨ªa extra?a, un h¨¢bito que hab¨ªa adoptado para llenar el silencio opresivo. Las notas flotaban en el aire fr¨ªo, rebotando contra las paredes del callej¨®n, estrechas y cubiertas de grafitis descoloridos. ¡ª ?Est¨¢s ah¨ª? ¡ªpregunt¨® al viento, su voz grave cortando la quietud mientras se acercaba al final del pasaje. Un sonido leve, como el roce de tela contra metal, lleg¨® desde las escaleras que trepaban los edificios circundantes. Luego, pasos r¨¢pidos, un susurro de movimiento. Alguien respondi¨® desde la oscuridad: ¡ªSabes que s¨ª. El investigador detuvo su marcha, pero su rostro permaneci¨® sereno, una m¨¢scara que ocultaba el latido acelerado de su coraz¨®n. ¡ª?Por qu¨¦ ha tardado? ¡ªpregunt¨®, girando apenas la cabeza hacia el origen de la voz. La figura emergi¨® de las sombras con un salto gr¨¢cil, aterrizando frente a ¨¦l con la elegancia de un felino. Era una mujer alta, de curvas definidas que parec¨ªan talladas en m¨¢rmol bajo la luz tenue de los faroles lejanos. Su cabello rizado, negro como la medianoche, ca¨ªa en cascada sobre sus hombros, atrapando reflejos plateados. Sus labios, pintados de un negro mate, contrastaban con su piel canela, suave y brillante como porcelana. Pero fueron sus ojos ¡ªclaros, casi trasl¨²cidos, como fragmentos de cristal¡ª los que lo atraparon. Lo miraron con una mezcla de burla y desaf¨ªo, y ¨¦l sinti¨® c¨®mo su pulso se disparaba, una corriente de deseo que lo consum¨ªa. ¡ªSolo fueron unos minutos, querido ¡ªrespondi¨® ella, su voz ronca y seductora, con un dejo de diversi¨®n¡ª. Adem¨¢s, nos vemos casi todas las noches. ?Qu¨¦ son unos segundos entre nosotros? El hombre dej¨® caer su quinque al suelo con un golpe sordo, el malet¨ªn resonando contra el asfalto. Sus ojos la recorrieron con una lujuria descarada mientras acortaba la distancia entre ellos. ¡ªSabes que mi tiempo vale oro ¡ªdijo, su tono cargado de una urgencia que no pod¨ªa disimular. Ella solt¨® una carcajada, un sonido profundo que reverber¨® en el callej¨®n como el canto de una sirena. Lo mir¨® fijamente, sus ojos brillando con un destello peligroso. ¡ªSabes que odias tu trabajo, tu hogar y hasta a la persona con la que vives ¡ªdijo, cada palabra afilada como un cuchillo, clav¨¢ndose en ¨¦l sin piedad. ¨¦l no se inmut¨®. Ella ten¨ªa raz¨®n y lo sab¨ªa. Su vida era una prisi¨®n de monoton¨ªa y promesas vac¨ªas, y esta mujer ¡ªeste ghoul¡ª era el ¨²nico escape que le quedaba. Sin responder, se acerc¨® hasta que su aliento roz¨® su o¨ªdo y le susurr¨® algo, un murmullo tan bajo que se perdi¨® en el aire. Luego, con un movimiento decidido, recogi¨® su quinque y la gui¨® hacia una puerta de hierro oxidada al fondo del callej¨®n. La abri¨® con un chirrido agudo, y ambos desaparecieron tras ella, el eco de la cerradura resonando como un presagio. Los gritos y gemidos de la mujer llenaban la habitaci¨®n, un espacio estrecho y h¨²medo con paredes de concreto desnudo y un olor rancio a moho. El hombre yac¨ªa bajo ella, su cuerpo cubierto de mordidas que no eran simples marcas de pasi¨®n. Ella arrancaba peque?os trozos de su carne con una precisi¨®n cruel, trag¨¢ndolos mientras sus ojos mutaban: pupilas dilatadas, iris de un rojo brillante y escler¨®ticas negras como el abismo. ¨¦l, en lugar de retroceder, gem¨ªa de placer, su mente nublada por una mezcla de dolor y ¨¦xtasis que lo arrastraba m¨¢s all¨¢ de la raz¨®n. Un humano y un demonio. No era una novedad en Tokio, donde las l¨ªneas entre presa y depredador a veces se difuminaban. Pero para ¨¦l, un cristiano devoto criado en sermones de pureza y castigo, esto deber¨ªa haber sido una abominaci¨®n. Sin embargo, all¨ª estaba, entregada a ella, su fe ahogada en la lujuria y la sangre. Los juegos sexuales se intensifican: rasgu?os, golpes, jadeos que resonaban contra las paredes. El tiempo se desvanec¨ªa, y con ¨¦l, cualquier noci¨®n de peligro. 03:21. El cl¨ªmax lleg¨® como una tormenta. En el pico de su placer, el kagune de la ghoul se liber¨®, un ente vivo de un rojo oscuro que brot¨® de su espalda como alas retorcidas. Lo envolvi¨® en un abrazo brutal, sus puntas afiladas hundiendo marcas profundas en la piel del hombre, cicatrices que ¨¦l hab¨ªa aprendido a anhelar. El dolor se mezclaba con el ¨¦xtasis, y su voz sali¨® entre jadeos entrecortados: ¡ªPor favor, no dejemos de hacer esto. Ella lo mir¨® desde arriba, su sonrisa p¨ªcara brillando con una promesa muda. Sus ojos rojos lo devoraban, y por un momento, pareci¨® que el mundo entero se reduc¨ªa a esa habitaci¨®n. Pero no hab¨ªan notado las se?ales. El tel¨¦fono del investigador vibraba sin cesar en el suelo, su pantalla ilumin¨¢ndose con llamadas perdidas. El de ella, olvidado en un rinc¨®n, emit¨ªa pitidos que se perd¨ªan entre los gemidos y los golpes. Estaban tan inmersos en su danza perversa que el resto del mundo hab¨ªa dejado de existir. S¨ª, fue su error. Un error fatal. De pronto, el aire cambi¨®. Un silbido cortante atraves¨® la habitaci¨®n, y los ojos del ghoul explotaron en una lluvia de sangre y tejido. Su cabeza sigui¨®, estallando como una fruta madura bajo un martillo. El investigador pas¨® del ¨¦xtasis al horror en un instante. Salt¨® hacia atr¨¢s, cayendo de la cama desnuda, su cuerpo resbaladizo por la sangre que lo cubr¨ªa. Sesos y fragmentos ¨®seos salpicaban su rostro, meti¨¦ndose en su boca, y una arcada lo sacudi¨® mientras intentaba escupir el sabor met¨¢lico. Sus manos temblorosas buscaron el quinque, pero el malet¨ªn hab¨ªa desaparecido. Alz¨® la vista, el coraz¨®n golpe¨¢ndole el pecho, y all¨ª estaban: dos hombres y una chica, siluetas recortadas contra la luz tenue que se filtraba por la puerta entreabierta. El primero, un joven de cabello casta?o cubierto de perforaciones y tatuajes, sosten¨ªa el malet¨ªn del quinque en una mano. ¡ª ?Qu¨¦ buscabas? ¡ªdijo con una voz chillona y burlona¡ª. ?Esto? Lo arroj¨® al suelo con desprecio y perfor¨® el malet¨ªn con su kagune, un ap¨¦ndice afilado que brillaba con un rojo enfermizo. Sus ojos, con el kakugan activo, destellaban de perversi¨®n mientras se re¨ªa. ¡ªAl parecer ya no est¨¢ ¡ªa?adi¨®, su mirada fija en el investigador tembloroso, desnudo y vulnerable. El segundo hombre, corpulento y de cabello corto blanquecino, dio un paso adelante. Su voz era grave y rasposa, serena pero cargada de amenaza. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªinterrumpi¨® cuando el investigador intentaba hablar¡ª. ?El funcionario me llama monstruo? ¡ªChasque¨® la lengua y avanz¨® m¨¢s, su sonrisa creciendo hasta mostrar unos dientes afilados¡ª. Estabas teniendo sexo con una perra ghoul, la matamos y ?te atreves a llamarnos monstruos? ?No es ese tu trabajo? El investigador se puso en pie, su respiraci¨®n entrecortada mientras intentaba reunir valor. Dio un paso hacia el hombre blanco, dispuesto a empujarlo y huir, pero el joven de las perforaciones lo detuvo con facilidad, clav¨¢ndole una mano en el hombro. ¡ªNo, no, no. No te vas de aqu¨ª ¡ªdijo, su tono perdiendo la burla para volverse fr¨ªo y serio¡ª. Estuviste con la traidora de Misa. Tambi¨¦n morir¨¢s. El rostro del investigador se contorsion¨® en una mueca de puro terror. Estaba indefenso, herido, enfrentando a tres ghouls que parec¨ªan sacados de una pesadilla. El joven continu¨®: ¡ªTienes suerte de que Junko y yo estemos aqu¨ª, porque si ven¨ªa Ch¨­ sola, estar¨ªas muerto desde el principio. This tale has been unlawfully lifted from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. Ch¨­, la chica, permanec¨ªa en silencio al fondo. Su presencia era inquietante, diferente. Sus ojos no eran como los de los otros ghouls: ten¨ªan un brillo extra?o, inhumano, que helaba la sangre. El investigador, con la voz temblorosa, logr¨® balbucear: ¡ªP-por qu¨¦ no llevan m¨¢scaras? ?Qu¨¦ pasa si logro escapar y los identificados? Un silencio denso llen¨® la habitaci¨®n. Junko y el casta?o se miraron y se estallaron en carcajadas, un sonido que reson¨® como un eco macabro. Luego, el joven se inclin¨® hacia ¨¦l, su rostro a cent¨ªmetros del suyo, y susurr¨® con una sonrisa escalofriante: ¡ªEso no importa porque... nosotros no existimos. ¡ª?Qu¨¦ mierd¡ª? ¡ªEl grito del investigador se cort¨® en seco. El kagune de Ch¨­, un bikaku brillante y letal, atraves¨® su rostro con un movimiento limpio, dejando un agujero grotesco donde antes estaban sus ojos y nariz. Su cuerpo se desplom¨®, inerte, mientras la chica retiraba su arma y se giraba hacia la puerta. ¡ªSiempre tienes que tardarte de m¨¢s. Colmas mi paciencia ¡ªdijo con una voz fr¨ªa y monocorde, abriendo la puerta y desapareciendo en la oscuridad del pasillo. La habitaci¨®n, que horas antes hab¨ªa sido un nido de lujuria y deseo, ahora era una carnicer¨ªa. Los cuerpos desnudos de los amantes yac¨ªan destrozados, rodeados de sangre y v¨ªsceras esparcidas como pinceladas de una pintura macabra. Un final tr¨¢gico para un comienzo tan apasionado. 09:43 - Oficina del CCG, Distrito 13. Tokio, Jap¨®n. El sonido de tacones altos resonaba por el pasillo de la sede del CCG, un ritmo firme y decidido que cortaba el murmullo de las oficinas. Sasaki Hitomi, de 24 a?os, avanzaba con paso seguro. Su cabello negro, largo y con flequillo, enmarcaba un rostro afilado y determinado. Vest¨ªa un uniforme negro impecable bajo un abrigo gris que la identificaba como Investigadora de Primera Clase. Sus ojos, claros y penetrantes, brillaban con una mezcla de furia y dolor mientras se dirig¨ªa a la oficina de su superior. Hayasaka Koji, de 57 a?os, esperaba tras su escritorio. Era un hombre imponente, de cabello blanco por las canas y ojos casi p¨¢lidos que parec¨ªan haber visto demasiadas cosas. Su barba prominente y su cuerpo robusto llenaban el espacio, y el abrigo gris que llevaba marcaba su rango superior. Hab¨ªa dedicado d¨¦cadas a la CCG, presenciando desde la ca¨ªda de los dragones hu¨¦rfanos hasta las traiciones m¨¢s recientes. Era un veterano, pero incluso parec¨ªa desconcertado cuando Hitomi irrumpi¨® en la sala. ¡ªMe explica qu¨¦ significa esto? ¡ªespet¨® ella, arrojando un reporte sobre el escritorio con un golpe seco. El papel detallaba la muerte de un investigador: Juuzou Susuya. Koji alz¨® la vista, su expresi¨®n endureci¨¦ndose. ¡ªS¨ª, muri¨®, lamentablemente ¡ªdijo, su voz grave pero apagada. ¡ª?Y me tengo que enterar por un est¨²pido reporte? ¡ªreplic¨® Hitomi, su tono oscilando entre la rabia y la tristeza¡ª. Koji, Juuzou y yo est¨¢bamos investigando el caso Igarashi. Era mi compa?ero. ?Por qu¨¦ nadie me dijo nada? El silencio llen¨® la oficina como una niebla densa. Koji entrelaz¨® las manos, pensativo, buscando las palabras adecuadas. ¡ªEn el reporte lo dice ¡ªrespondi¨®, se?alando el documento con una mano arrugada. ¡ª?En el reporte no dice una mierda! ¡ªestall¨® Hitomi, inclin¨¢ndose sobre el escritorio, sus ojos fulmin¨¢ndolo¡ª. ?C¨®mo muri¨® Juuzou Susuya y por qu¨¦? Koji suspir, bajando la mirada por un instante antes de volver a enfrentarla. ¡ª¨¦l me pidi¨® que convenciera a los superiores de dejarlo ir solo a la misi¨®n que ten¨ªan t¨², ¨¦l y sus escuadrones ¡ªexplic¨®, su voz cargada de arrepentimiento¡ª. Me negu¨¦, por supuesto. Pero... Hitomi comenz¨® a pasearse por la oficina, sus manos en la cabeza, al borde de la desesperaci¨®n. Todo su trabajo, meses de planeaci¨®n, se desmoronaba. ¡ª ?Qu¨¦ mierda hiciste, Koji? ¡ªinterrumpi¨®, gir¨¢ndose hacia ¨¦l. ¡ª?No entiendes! ¡ªreplic¨® ¨¦l, alzando la voz¡ª. Me negu¨¦, pero Juuzou insisti¨®. Dijo que mi influencia pod¨ªa lograrlo. Y cuando le dijeron que no, decidi¨® ir como civil. Le daba igual ser despedido. Dec¨ªa que, eran o no con ¨¦l, todos iban a morir. Hitomi retrocedi¨®, el peso de las palabras golpe¨¢ndola como un pu?etazo. ¡ª?Por qu¨¦ fue si se lo negaron? ¡ªSab¨ªa que morir¨ªa de todas las formas ¡ªrespondi¨® Koji, apretando los pu?os contra el escritorio, sus ojos cristalizados por la emoci¨®n¡ª. Encontramos sus brazos y piernas. Lo dem¨¢s... probablemente se lo comieron. Sin decir m¨¢s, Hitomi gir¨® hacia la puerta y sali¨®, sus pasos tambaleantes resonando en el pasillo. Su mente era un torbellino. Juuzou hab¨ªa sido su compa?ero en la investigaci¨®n contra los Igarashi, un caso que les hab¨ªa tomado m¨¢s de un a?o. Ten¨ªan un plan perfecto: en menos de una semana, atacar¨ªan la base enemiga. Y ahora, todo estaba perdido. ?Por qu¨¦, Susuya? ?Por qu¨¦? Las preguntas la ahogaban mientras caminaba, hasta que un recuerdo emergi¨® entre la tormenta de su mente.
¡ªHe notado que estos bastardos nunca usan m¨¢scaras ¡ªdijo Juuzou una vez, apoyado en su quinque mientras pisaba el cad¨¢ver de un ghoul¡ª. No les importa ser descubiertos. Hitomi, a su lado, se acercaba con desagrado. ¡ª?Sabes por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, mir¨¢ndola con una ceja alzada. Ella neg¨®, esperando otra de sus locuras. ¡ªPorque no existe ¡ªrespondi¨® ¨¦l, serio. Hitomi se ri¨® entonces, pero su risa se desvaneci¨® al ver la intensidad en sus ojos. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨®, intrigada. ¡ªTom¨¦ fotos. Ninguno tiene registro: ni nombres, ni apellidos, nada. Como si nunca hubieran nacido ¡ªexplic¨®, destripando un ghoul moribundo con calma¡ª. Eso significa algo. Algo grande, peor que los dragones hu¨¦rfanos. Ella lo descart¨® con un gesto. ¡ªEres un tonto. Quiz¨¢s solo no les importen su vida. ¡ªPuede ser ¡ªrespondi¨® ¨¦l, jugando con los cuerpos.
De vuelta en el presente, Hitomi se detuvo. Su respiraci¨®n se estabiliz¨®, y una chispa de determinaci¨®n aument¨® a sus ojos. Corri¨® al ascensor y entr¨®, sola en el cub¨ªculo met¨¢lico. ¡ªDescubriste algo que no quisiste decir, Susuya ¡ªmurmur¨®, su voz resonando en el vac¨ªo¡ª. Pero lo averiguar¨¦. No existe, ?eh?...
NOBU
Junko
CH¨­
Sasaki Hitomi
Ep. 2: ?MUERDE! 02:07 - Centro de Detenci¨®n Ghoul, Cochlea, Distrito 23. Tokio, Jap¨®n. Las paredes de la celda estaban completamente fr¨ªas y h¨²medas, un lienzo de acero corro¨ªdo que exudaba un sudor helado, como si el mismo metal llorara por los a?os de tormento que hab¨ªa presenciado. El aire estaba impregnado de un olor met¨¢lico, una mezcla nauseabunda de ¨®xido y sangre vieja que se colaba por la nariz y se aferraba al paladar, entrelaz¨¢ndose con el hedor acre de la desesperaci¨®n que parec¨ªa emanar de cada grieta. En la penumbra, apenas aliviada por el resplandor intermitente de una l¨¢mpara al final del pasillo, los ojos de Kiyoshi se mov¨ªan fren¨¦ticamente, saltando de un rinc¨®n oscuro a otro. Trataban de distinguir entre la realidad y las sombras que su mente proyectaba, formas que se retorc¨ªan como espectros al borde de su visi¨®n, susurr¨¢ndole secretos que no pod¨ªa descifrar. ?Est¨¢n aqu¨ª otra vez? No, no pueden estar aqu¨ª. Pero los oigo... susurros que serpentean entre las paredes, risas que cortan como vidrio roto... ?o son gritos que rasgan el silencio? ?Soy yo el que grita, o son ellos los que me desgarran desde adentro? Su cuerpo desnutrido, un saco de huesos envuelto en piel delicadamente p¨¢lida, temblaba en el rinc¨®n donde se acurrucaba, las rodillas huesudas apretadas contra el pecho. Sus manos, fr¨¢giles y temblorosas, ara?aban el suelo con u?as rotas, dejando marcas ef¨ªmeras que se desvanecer¨ªan en el metal h¨²medo. Sus ojos huecos, hundidos en ¨®rbitas oscuras como pozos sin fondo, ped¨ªan a gritos auxilio, un clamor silencioso que nadie escuchaba. No sab¨ªa ya ni siquiera qu¨¦ era ¨¦l. ?Un ghoul, con su hambre insaciable? ?Un humano, atrapado en un cuerpo que no reconoc¨ªa? ?Un perro sarnoso, babeando por restos? ?¨¦l mismo era comida, un despojo esperando ser devorado? ?O quiz¨¢s un alien¨ªgena, perdido en un mundo que no entend¨ªa? Su mente era un torbellino de confusi¨®n, un caos que lo devoraba desde dentro, y no lograba aclararla, no encontraba un ancla en la tormenta. Sus pensamientos se entrelazaban, formando un nudo imposible que resonaba estruendosamente en su cabeza como un eco interminable, un tamborileo que golpeaba sus sienes sin piedad. Cada sonido ¡ªel goteo lento de agua en una tuber¨ªa lejana, el crujido del metal al asentarse, el zumbido distante de las luces¡ª se convert¨ªa en una amenaza que acechaba desde las sombras. La celda, aunque grande, con sus paredes altas y su techo arriba, parec¨ªa contraerse y expandirse con cada latido de su coraz¨®n acelerado, como si respirara con ¨¦l, un ente vivo que lo aprisionaba y lo observaba. Las voces en su mente se burlaban con risas agudas que perforaban sus o¨ªdos, se lamentaban con gemidos que le helaban la sangre, ya veces, simplemente gritaban hasta que sent¨ªa que su cr¨¢neo iba a estallar. No estoy solo. Nunca estoy solo. Pero ?qui¨¦n est¨¢ aqu¨ª conmigo? ?Son ellos, los que me persiguen? ?Soy yo, dividido en mil pedazos? ?O es este lugar el que me susurra, el que me devora? La esquizofrenia y su naturaleza ghoul se entretej¨ªan como ra¨ªces retorcidas, creando una tormenta de percepciones distorsionadas y emociones intensas que lo arrastraban de un extremo al otro. Sent¨ªa felicidad fugaz, un destello que se apagaba en tristeza profunda; ira ardiente que estallaba en su pecho y se disolv¨ªa en un miedo paralizante; y, sobre todo, una desesperaci¨®n constante que lo envolv¨ªa como una segunda piel, un manto pesado que lo hund¨ªa m¨¢s en el abismo. Las sombras en las paredes cobraban vida: rostros deformes con ojos vac¨ªos, manos esquel¨¦ticas que se alargaban hacia ¨¦l, figuras que lo miraban desde la oscuridad con sonrisas torcidas. No sab¨ªa si eran reales o si su mente las conjuraba, pero el terror era el mismo. De repente, un ruido met¨¢lico rompi¨® el silencio, un clang que reverber¨® como un disparo en la celda. La puerta se abri¨® con un chirrito agudo y oxidado, un lamento del metal que parec¨ªa gemir por el esfuerzo, y una figura oscura se perfil¨® en el umbral, su silueta recortada contra la luz tenue del pasillo. Kiyoshi retrocedi¨® instintivamente, arrastr¨¢ndose sobre el suelo helado hasta que su espalda choc¨® contra la pared, el fr¨ªo traspasando su ropa ra¨ªda. Sus ojos desorbitados, abiertos hasta el l¨ªmite, intentaban enfocar a la figura que se acercaba con pasos lentos pero intensamente deliberados, cada pisada resonando como un martillo contra su cr¨¢neo. ?Es real? ?O es otra ilusi¨®n? ?Es uno de ellos, vino a torturarme? ?O soy yo, proyectado fuera de m¨ª mismo, enfrent¨¢ndome a mi propio reflejo? La figura se detuvo de golpe frente a ¨¦l, a unos pocos cent¨ªmetros de su rostro tembloroso. Una voz grave y autoritaria reson¨® s¨®lidamente en la celda, cortando el aire como una hoja afilada. ¡ªParanoia, es hora de tu tratamiento. El nombre lo toc¨® como un latigazo, un eco que rebot¨® en su mente y desat¨® un estremecimiento instant¨¢neo en todo su cuerpo. Ten¨ªa pleno conocimiento de lo que eso significaba. Las inyecciones, agujas largas que perforaban su piel y vert¨ªan fuego l¨ªquido en sus venas; los electrodos, fr¨ªos y crueles, que enviaban descargas a su cerebro hasta que ol¨ªa su propia carne quemada; el dolor, un compa?ero constante que lo part¨ªa en dos. Pero lo peor de todo era la incertidumbre, una sombra que lo segu¨ªa como un depredador. Nunca supe si el tratamiento lo ayudar¨ªa a recuperar un fragmento de cordura, un respiro en la locura, o si lo sumir¨ªa a¨²n m¨¢s en el caos, arranc¨¢ndole lo poco que le quedaba de s¨ª mismo. Mientras lo transportaban por los pasillos oscuros del centro de detenci¨®n, las luces parpadeaban irrefrenables, un baile de destellos que proyectaba sombras danzantes en las paredes de acero. Las voces en su cabeza se intensificaban, un coro ensordecedor que luchaba por ser escuchado, cada una alz¨¢ndose sobre los dem¨¢s en una cacofon¨ªa de locura. Ve¨ªa siluetas movi¨¦ndose por doquier, emergiendo de las grietas y las esquinas como fantasmas hambrientos. Grandes, imponentes, con hombros anchos que llenaban el espacio; peque?as, escurridizas, desliz¨¢ndose como ratas entre las sombras; robustas, con cuerpos que parec¨ªan tallados en piedra; y hasta extremadamente delgadas, figuras alargadas que se retorc¨ªan como alambres vivos. Algunas ten¨ªan monstruosas figuras, cosas extra?as saliendo de sus espaldas ¡ªtent¨¢culos, alas rotas, colas afiladas¡ª que se agitaban en el aire con una vida propia. Todo daba la impresi¨®n de querer atacarlo, sus garras extendidas hacia ¨¦l, sus ojos brillando con malicia; pero al mismo tiempo, parec¨ªa querer ayudar, sus manos tendidas en un gesto de s¨²plica que no entend¨ªa. Todo era tan confuso y abstracto, una pesadilla pintada con trazos violentos que su mente no pod¨ªa ordenar. No conf¨ªes en ellos. Te quieren destruir. No, te quieren ayudar. ?Quienes son ellos? ?Qui¨¦n soy yo? ?D¨®nde estoy? ?Qu¨¦ soy? La confusi¨®n era abrumadora, un peso que lo aplastaba contra el suelo mientras los guardias lo arrastraban. El desalinizado ghoul sent¨ªa que estaba al borde de un abismo, un precipicio negro e infinito que lo llamaba con una voz dulce y mortal. Sus pies descalzos rozaban el suelo fr¨ªo, dejando un rastro de sudor y suciedad que brillaba bajo las luces parpadeantes. Cada paso era una lucha, cada respiraci¨®n un esfuerzo contra el p¨¢nico que lo ahogaba. Finalmente, llegaron a una sala iluminada por una luz blanca y fr¨ªa, un equilibrio est¨¦ril que quemaba sus ojos sensibles. El espeluznante hombre, un guardia de rostro duro y ojos vac¨ªos, lo at¨® a una camilla con correas de cuero gastado que ol¨ªa a sudor y miedo acumulado. Las hebillas resonaron al cerrarse, un sonido seco que cort¨® el aire como un disparo. El muchacho de cicatriz cerr¨® los ojos con fuerza, sus p¨¢rpados temblando mientras trataba de bloquear las voces, las sombras, el miedo que lo devoraba. Pero no ten¨ªa la capacidad de lograrlo. La realidad y la ilusi¨®n se mezclaban en un remolino indistinguible, y en ese momento, no sab¨ªa cu¨¢l era cu¨¢l. Su respiraci¨®n se volvi¨® jadeante, el aire entrando y saliendo de sus pulmones en r¨¢fagas cortas y desesperadas. Todo se silenci¨® por unos segundos... Por primera vez desde que lleg¨® a este lugar, todo era silencio. Un vac¨ªo puro y cristalino envolvi¨® su mente, un respiro inesperado que lo dej¨® flotando en la nada. Por fin hab¨ªa paz para Udagawa Kiyoshi. Por fin "Paranoia" pod¨ªa descansar y hablar un poco consigo mismo, o con lo que quedaba de ¨¦l. Se siente tan bien que todos se llaman. ?Cu¨¢nto tiempo ha pasado desde que llegu¨¦ aqu¨ª? ?D¨ªas que se arrastran como a?os? ?Meses que se funden en una eternidad? No lo s¨¦, no puedo contarlo. Desde que llegu¨¦, ? cu¨¢nto ha pasado? Esas voces dec¨ªan muchas cosas, un torrente de palabras que se enredaban como alambres, no entend¨ªa nada, realmente. ?Estoy vivo, con este cuerpo que a¨²n respira? ?Estoy muerto, atrapado en un limbo de sombras? Realmente no lo s¨¦, pero es tranquilizante, este silencio que me abraza como un manto suave. Ojal¨¢ quedarme as¨ª por siempre, suspendido en esta calma que no duele. No, no todo es para siempre, Kiyoshi. ?Qu¨¦? ?No! ?No! ?Ustedes no otra vez! ?No me roben esto! Volvimos, siempre estaremos contigo. ?No! Los ojos de Kiyoshi se explayaron de par en par, abiertos hasta el borde del dolor, y examinaron todo tratamiento de un color rojo sangriento, como si la sala misma sangrara a su alrededor. Un caos estaba desatado, un torbellino de sombras y sonidos que lo envolv¨ªa como una tempestad. Mir¨® a su derecha y vio al hombre de uniforme, su rostro duro ahora distorsionado bajo la luz blanca, pero detr¨¢s de ¨¦l hab¨ªa millas de demonios y espectros, figuras grotescas que se alzaban desde el suelo como si emergieran de un pantano infernal. Sus rostros estaban retorcidos, con bocas abiertas que mostraban dientes afilados y lenguas negras, sus ojos brillando con un fulgor maligno. Todos le vociferaban, un coro ensordecedor que golpeaba sus t¨ªmpanos: "?Muerde! ?Muerde! ?MUERDE!" El grito resonaba en su cr¨¢neo, un mandato que encend¨ªa algo primario y hambriento en su interior, algo que hab¨ªa estado dormido demasiado tiempo. El guardia lo levant¨® de la inclinada camilla, sus manos firmes sujet¨¢ndolo por los brazos flacos mientras lo encaminaba nuevamente a su celda. Pero en el transcurso de ese pasillo oscuro, los gritos se intensificaron; las peticiones, las s¨²plicas, los mandatos; todos dec¨ªan "Muerde". Las voces eran un rugido que lo llenaba, un eco que vibraba en sus huesos y hac¨ªa temblar sus manos. ?Es realmente lo que este trastornado y demacrado ghoul quer¨ªa? ?O es lo que sus voces quer¨ªan hacer por ¨¦l, apoder¨¢ndose de su voluntad como marionetistas crueles? ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! Stolen content alert: this content belongs on Royal Road. 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¡ª ?MORDER! ¡ªgrit¨® Kiyoshi, su voz desgarrada escapando de su garganta como un aullido salvaje, resonando por el pasillo con una fuerza que hizo temblar las paredes. Udagawa Kiyoshi o, mejor conocido por los investigadores como "Paranoia", siempre hab¨ªa sido un ghoul paranoico, como su alias lo dec¨ªa, un ser acosado por ataques de ansiedad y trastornos psic¨®ticos que lo manten¨ªan al filo de la cordura. Antes de todo, siempre hab¨ªan sido leves, sombras suaves que susurraban en los bordes de su mente, temores que pod¨ªa ignorar con esfuerzo. Pero con el pasar del tiempo, esos susurros se volvieron rugidos, un caos que aument¨® ca¨®ticamente hasta dominarlo por completo. Empez¨® a asesinar sin siquiera tener hambre, sin buscar diversi¨®n, sin un prop¨®sito claro; Todo era por miedo, un terror visceral a ser lastimado, a la humanidad que lo rechazaba, incluso miedo a ser m¨¢s d¨¦bil que otros ghouls que lo miraban con desprecio. Fue clasificado como un ghoul clase SS por su brutalidad a la hora de atacar, una m¨¢quina de matar cuando el p¨¢nico lo consum¨ªa. Contaba con dos kagunes: el Rinkaku, una mara?a de tent¨¢culos rojos que cortaban como navajas, y el Bikaku, una cola afilada que azotaba con precisi¨®n letal. Era letal si se sent¨ªa en peligro, pero a¨²n m¨¢s letal si lo acorralaban, cuando sus instintos se desataba en una furia ciega. Sus voces le imploraban a gritos matar y escapar, y sus voces hambrientas, un coro hambriento y desesperado, le ordenaban comer docenas de cuerpos, devorar todo a su paso hasta saciar un apetito que nunca se apagaba. Siempre actuaba solitariamente, un lobo solitario en un mundo de depredadores, pero esa soledad fue su perdici¨®n. Los investigadores lograron capturarlo gracias a su misma mente fracturada, un arma que volvi¨® en su contra. Durante 2 a?os y 8 meses planearon su captura con una paciencia meticulosa, estudiando cada tic, cada miedo, cada grieta en su psique. Cumplieron con hacerlo sentir "seguro", una trampa disfrazada de calma que lo llev¨® a bajar la guardia. Luego, en un momento preciso, usaron gas CRc contra ¨¦l, una nube espesa que lo inmoviliz¨® en segundos, sus kagunes cayendo inertes mientras su cuerpo colapsaba. Desde entonces, lo mantuvieron encerrado en el Centro de Detenci¨®n, una jaula de acero que se convirti¨® en su infierno personal. Con el tiempo, su trastorno psic¨®tico se transform¨® en una esquizofrenia feroz, un mal que se desconoc¨ªa completamente en su tipo, pero que era devastadoramente fuerte. La ¨²nica manera que encontraron para controlarla era apagando varias neuronas de su cerebro con inyecciones, un l¨ªquido ardiente que silenciaba partes de su mente a costa de un dolor insoportable. Los electrodos, aplicados en sesiones interminables, operaban para no dejar morir su cerebro, manteniendo un equilibrio fr¨¢gil entre la vida y la nada. Con el tiempo, se volvi¨® tan sumiso y paranoico que simplemente no atacaba a nadie, convencido de que cualquier movimiento lo llevar¨ªa a un castigo peor, a un abismo del que no podr¨ªa regresar. Pero ahora sus voces le ordenaron atacar, un mandato que reson¨® en su alma como un trueno, y fue exactamente lo que hizo. ¡ª ?MORDER! ?MORDER! ?MORDER! ?MORDER! ?MORDER! ¡ªgrit¨® por todo el pasillo mientras se dispuso a despedazar al guardia. Su hambre, largamente reprimida, estaba siendo saciada por fin. Su kakugan volvi¨® a brillar despu¨¦s de tanto tiempo, un rojo intenso que iluminaba su rostro demacrado como un faro de locura. Sus kagunes, aunque un poco deteriorados por el tiempo sin usar y gracias a ser utilizados por los investigadores para fabricar quinques en varias ocasiones, continuaban siendo extremadamente largos y destructivos. El Rinkaku brot¨® de su espalda como una explosi¨®n de tent¨¢culos, cada uno grosero y pulsante, mientras el Bikaku se alz¨® como una lanza curva, listo para desgarrar. El guardia no tuvo oportunidad. En cuesti¨®n de segundos, qued¨® reducido a un mont¨®n de huesos y carne desgarrada, su uniforme hecho jirones en el suelo ensangrentado. La sangre salpic¨® las paredes en arcos brillantes, y el sabor met¨¢lico llen¨® la boca de Kiyoshi, un placer salvaje que lo estremeci¨® hasta los huesos. En tan solo otros cuantos segundos, destruy¨® sus esposas contenedores con un tir¨®n brutal, el metal crujiendo y parti¨¦ndose como si fuera papel. Una alarma de seguridad estall¨® en el aire, un aullido ensordecedor que reverber¨® por los pasillos, alertando a toda la c¨®clea de su rebeli¨®n. Empieza el ruido, los pasos apresurados de botas contra el suelo, los gritos de los guardias que se acercan desde todas direcciones. Las voces de Kiyoshi le ordenaron irse, escapar de una vez por todas, un coro urgente que lo empuj¨® hacia adelante. Corre, corre, corre. Vete, vete, huye. Morir¨¢s, corre. Te van a capturar nuevamente. ?No quieres ser libre? ?Quieres que te maten? O a¨²n peor... ??QUIERES VOLVER A LOS TRATAMIENTOS?! Aquellas voces lograron influir en la decisi¨®n de Kiyoshi, encendiendo un fuego en sus piernas que lo impuls¨® a correr. Sus pasos empezaron a ser r¨¢pidos, resonando como tambores en el pasillo estrecho. Vio venir a los refuerzos al fondo, un muro de siluetas armadas que bloqueaban su camino, sus quinques brillando bajo las luces rojas parpadeantes. Pero eso no le impidi¨® seguir adelante. No se encontr¨® en posici¨®n de parar; si lo hac¨ªa, toda su vida ser¨ªa peor que antes, un regreso a las agujas, los electrodos, la jaula que lo hab¨ªa roto. Corre, corre. Te atrapar¨¢n. Agujas, electrodos. Inyecciones. Un grupo de guardias se franque¨® en el pasillo donde se encontraba el escu¨¢lido ghoul, un escuadr¨®n de trece hombres con rostros duros y armas en alto. Pero para ¨¦l no representaban m¨¢s que estorbos en su camino, obst¨¢culos insignificantes en su carrera hacia la libertad. Mir¨® detenidamente la situaci¨®n sin dejar de correr hacia ellos, sus kagunes despleg¨¢ndose a su alrededor como una corona de muerte. Su energ¨ªa no se dren¨® por m¨¢s que la usaba; al contrario, parec¨ªa crecer con cada paso, alimentada por la sangre que a¨²n goteaba de sus labios. En un abrir y cerrar de ojos, los 13 guardias contaban con una gigante mordida a la mitad de sus rostros, sus gritos ahogados en gargantas destrozadas. Cada uno ten¨ªa cortes extremadamente dolorosos, tajos profundos que part¨ªan carne y hueso con una precisi¨®n brutal. Sus cuerpos quedaron segmentados en dos, la sangre brotando como si fuese lluvia, un diluvio rojo que empapaba el suelo y salpicaba las paredes en patrones ca¨®ticos. Todas las voces le aplaud¨ªan, un coro de ¨¦xtasis que resonaba en su cabeza, haciendo sentir grande e imparable, un dios de la destrucci¨®n en un mundo de mortales. En cuesti¨®n de minutos, la prisi¨®n de Cochlea estaba en completo caos. El sonido de las alarmas retumbaba por los pasillos oscuros y fr¨ªos, un aullido constante que se mezclaba con el zumbido de las luces rojas parpadeantes, proyectando sombras inquietantes en las paredes de metal. Los gritos de los otros ghouls pidiendo ser liberados resonaban desde sus celdas, un coro desesperado que llenaba el aire: "?Ayuda, ay¨²dame maldito desquiciado!" "?Ven aqu¨ª, PARANOIA!" "?No nos dejes aqu¨ª!" Sus voces se alzaban como un eco de su propio tormento, pero Kiyoshi no les prest¨® atenci¨®n. Su mente estaba fija en un solo objetivo: escapar, salir de ese infierno de acero y sombras. Su mente fragmentada lo hac¨ªa a¨²n m¨¢s peligroso. Susurros inaudibles saturaron su cabeza, un murmullo constante que se mezclaba con los gritos de los guardias y el sonido met¨¢lico del suelo bajo sus pies descalzos. Cada paso indicaba que m¨¢s guardias se avecinaban hacia ¨¦l, un ej¨¦rcito de pasos que converg¨ªan desde los corredores laterales. Kiyoshi sonroj¨¢ndose, una sonrisa torcida y llena de locura que arrugaba su rostro p¨¢lido, mientras sus ojos rojos centelleaban con una intensidad feroz que parec¨ªa iluminar la oscuridad. Al comer, su sede de pelea hab¨ªa incrementado, dejando un poco el miedo de lado, reemplaz¨¢ndolo con una euforia salvaje que lo empujaba a seguir adelante. De repente, otro grupo de guardias del CCG apareci¨® frente a ¨¦l, armados hasta los dientes con rifles, pistolas y quinques que brillaban con un fulgor letal. Estaban listos para someterlo, sus rostros tensos bajo los cascos, sus manos firmes en las armas. Pero Kiyoshi no iba a ser capturado de nuevo tan f¨¢cilmente. Con un movimiento r¨¢pido, despleg¨® sus kagunes en toda su gloria: 11 tent¨¢culos afilados como cuchillas que se mov¨ªan con una velocidad y precisi¨®n mortales, cada uno pulsante con una energ¨ªa rojiza que parec¨ªa viva. Eran calificados para abatir a m¨¢s de 100 soldados sin problema alguno, y estos guardias no ser¨ªan la excepci¨®n. El primer guardia no tuvo tiempo de reaccionar antes de que uno de los tent¨¢culos lo atravesara por el pecho, un golpe limpio que lo levant¨® del suelo como una marioneta rota y lo lanz¨® contra la pared con un crujido sordo. Los otros guardias abrieron fuego contra el ghoul, un estallido de balas que cort¨® el aire con silbidos agudos. Pero Kiyoshi se mov¨ªa con una agilidad sobrehumana, su cuerpo flaco girando y saltando entre las sombras, esquivando cada proyecto con una gracia casi sobrenatural. Inmediatamente comenz¨® a atacar con una furia desenfrenada, sus tent¨¢culos cortando el aire como l¨¢tigos mortales, el Bikaku azotando desde atr¨¢s para destrozar piernas y torsos. La batalla se intensific¨®, con Kiyoshi desatando un poco de su poder, una fracci¨®n del monstruo que hab¨ªa sido antes de Cochlea. Los tent¨¢culos cortaban el aire y dejaban un rastro de sangre y v¨ªsceras a su paso, un torbellino de destrucci¨®n que no dejaba nada en pie. Los guardias cayeron uno tras otro, sus cuerpos despedazados en pedazos irreconocibles, incapaces de detener al ghoul desquiciado que avanzaba como una fuerza de la naturaleza. La sangre salpic¨® las paredes en arcos brillantes, un cuadro grotesco pintado con cada golpe, y los gritos de dolor se desbordaban por todo el corredor, un eco que se mezclaba con las alarmas y las voces en su cabeza. Finalmente, Kiyoshi qued¨® solo, rodeado de cuerpos inertes que yac¨ªan en charcos carmes¨ª. Su respiraci¨®n era pesada, un jadeo ¨¢spero que resonaba en el pasillo ahora silencioso, su pecho subiendo y bajando con un ritmo irregular. Su mente segu¨ªa llena de voces, un murmullo constante que lo felicitaba y lo apuraba al mismo tiempo: "?Sigue! ?No pares! ?Eres libre!" Pero en ese momento, se sinti¨® libre, aunque solo fuera por un instante fugaz. La prisi¨®n continu¨® en caos, las alarmas aullando como bestias heridas, pero Kiyoshi sab¨ªa que su escapada no hab¨ªa terminado. Con su ¨²ltima mirada a los guardias ca¨ªdos, sus rostros destrozados mir¨¢ndolo con ojos vac¨ªos, sigui¨® su escapada de Cochlea, listo para enfrentar lo que viniera, su figura delgada desliz¨¢ndose hacia el t¨²nel oscuro que promet¨ªa la libertad. "Paranoia" se desliz¨® por el ¨²ltimo t¨²nel oscuro de la prisi¨®n de Cochlea, un pasaje estrecho y h¨²medo que ol¨ªa a tierra y metal podrido. Su respiraci¨®n se encontraba irregular, un jadeo entrecortado que resonaba contra las paredes como un eco de su propia locura. Sus ojos, desorbitados y brillantes con el rojo del kakugan, reflejaban la mezcla de miedo y euforia que lo consum¨ªa, una danza salvaje de emociones que lo manten¨ªa al borde del colapso. Cada paso replicaba entre las paredes met¨¢licas, un tamborileo que anunciaba su huida, un ritmo que parec¨ªa burlarse de los guardias que hab¨ªa dejado atr¨¢s. Al llegar a la salida, la luz de la luna ilumin¨® su rostro demacrado, un resplandor plateado que resaltaba las l¨ªneas hundidas de su piel y las sombras bajo sus ojos. "Lo logr¨¦", murmur¨®, su voz ronca apenas audible sobre el silbido del viento que entraba por la abertura. El aire fresco del exterior llen¨® sus pulmones, un contraste brutal con el hedor sofocante de la prisi¨®n, un aroma de libertad que lo golpe¨® como un pu?etazo. Pero no hab¨ªa tiempo para celebraciones, no hab¨ªa espacio para detenerse y saborear el momento. Sab¨ªa que los guardias no tardar¨ªan en descubrir su ruta de escape, que las alarmas seguir¨ªan llamando a m¨¢s refuerzos, que su libertad era fr¨¢gil como un hilo a punto de romperse. Con una ¨²ltima mirada hacia la prisi¨®n que hab¨ªa sido su hogar y su infierno, Kiyoshi se adentr¨® en el bosque cercano, sus pies descalzos hundi¨¦ndose en la tierra h¨²meda. Los ¨¢rboles, altos y sombr¨ªos, se alzaban como centinelas oscuros, sus ramas desnudas extendi¨¦ndose hacia el cielo como garras que quer¨ªan atraparlo. Parec¨ªan susurrar su nombre: "Paranoia, Paranoia", un canto inquietante que se mezclaba con el crujido de las hojas bajo sus pasos y el ulular lejano de un b¨²ho. El bosque era un reino de sombras, un laberinto vivo que lo envolv¨ªa y lo desafiaba. Mientras corr¨ªa, los recuerdos de su tiempo en Cochlea lo asaltaron como cuchillos que se clavaban en su mente. Las voces, un coro constante que lo hab¨ªa atormentado d¨ªa y noche; las sombras, figuras que danzaban en las paredes y lo miraban con ojos vac¨ªos; Las interminables noches de insomnio, cuando el silencio era peor que los gritos. Los millones de agujas que traspasaron sus ojos una y otra vez, dejando rastros de dolor que a¨²n sent¨ªa en sus p¨¢rpados; su piel, perforada y quemada por los electrodos hasta que ol¨ªa su propia carne chamuscada; las innumerables veces que su cr¨¢neo fue abierto para investigaciones s¨¢dicas, sus pensamientos expuestos como un libro que los guardias le¨ªan y reescrib¨ªan a placer. Pero ahora, todo eso quedaba atr¨¢s, un eco que se desvanec¨ªa con cada paso que daba. "Soy libre", se repiti¨®, intent¨® convencerse, su voz temblando en el aire fr¨ªo.
UDAGAWA KIYOSHI - PARANOIA
Ep. 3: ?MITAD! 22:44 - Distrito 9. Tokio, Jap¨®n. El aire en Tokio pesaba como una p¨¦rdida invisible, a pesar de ser fin de semana. Las calles, ba?adas por el resplandor de las luces ne¨®n, vibran con una energ¨ªa extra?a: una mezcla de vida ef¨ªmera y tensi¨®n contenida. Era uno de esos raros fines de semana al mes en los que la ciudad parec¨ªa despertar de su letargo, cuando los negocios abr¨ªan hasta tarde y las multitudes paseaban entre risas despreocupadas y el aroma dulz¨®n de los puestos de comida callejera. Los carteles luminosos parpadean en tonos rojos, azules y verdes, proyectando reflejos fantasmag¨®ricos sobre los rostros de los transe¨²ntes. Pero bajo esa fachada de normalidad, algo oscuro se agitaba. Los investigadores, figuras sombr¨ªas envueltas en abrigos largos y miradas afiladas, patrullaban los distritos con una precisi¨®n casi militar. Sus botas resonaban contra el pavimento h¨²medo, y sus manos descansaban cerca de las fundas de sus quinques, alertas ante cualquier sombra que se moviera demasiado r¨¢pido. Eran los guardianes de esa fr¨¢gil paz, los perros de presa del orden, y su presencia era un recordatorio constante de que Tokio no era un lugar seguro, ni siquiera en una noche como esta. Sin embargo, en el fondo de un callej¨®n estrecho, lejos de las luces y las risas, el eco de unos gritos ahogados romp¨ªa el espejismo. Una mujer, con el rostro desencajado por el terror, yac¨ªa contra el suelo fr¨ªo y sucio, su cuerpo temblando mientras la vida se le escapaba entre jadeos rotos. Los cortes que la marcaban eran precisos, casi quir¨²rgicos, y el sonido de la carne al rasgarse se mezclaba con el goteo constante de la sangre que empapaba las grietas del asfalto. A la entrada del callej¨®n, dos hombres altos, de rostros duros y ojos vac¨ªos, montaban guardia tras una cinta amarilla de precauci¨®n que ondeaba ligeramente con la brisa nocturna. Sus siluetas inm¨®viles parec¨ªan estatuas, indiferentes al horror que custodiaban. -?Basta! Te lo ruego, por favor... -La voz de la mujer era un susurro roto, apenas audible bajo el peso de su propia sangre, que le llenaba la garganta y le te?¨ªa los labios de un rojo brillante. El hombre frente a ella se detuvo por un instante, como si sus palabras hubieran despertado una chispa de curiosidad en su mente retorcida. Era alto y delgado, con una figura que parec¨ªa desgarbada bajo la luz tenue que se filtraba desde la calle. Sus ojos rasgados, fr¨ªos como el filo de un cuchillo, brillaban con una mezcla de odio y placer s¨¢dico. Se inclin¨® lentamente hacia ella, hasta que su rostro qued¨® a escasos cent¨ªmetros del suyo. Su cabello marr¨®n oscuro, largo y desordenado, ca¨ªa como una cortina sobre sus hombros, rozando la piel p¨¢lida de la mujer mientras una sonrisa perturbadora se dibujaba en sus labios agrietados. -?Por qu¨¦ parar¨ªa? -dijo, su aliento c¨¢lido y f¨¦tido chocando contra el rostro de la mujer. Su voz era un contraste inquietante: ronca y grave, pero con un tono chill¨®n que perforaba el silencio como una aguja-. A¨²n no me ha dicho nada. No entiendo por qu¨¦ simplemente no hablas. Ser¨ªa tan f¨¢cil... Tu sufrimiento acabar¨ªa en un instante. Se enderez¨® con un movimiento lento, casi teatral, manteni¨¦ndose frente a su v¨ªctima. Su pu?o derecho, envuelto en una pr¨®tesis met¨¢lica que reluc¨ªa bajo la penumbra, se cerr¨® con un crujido mec¨¢nico. La otra mano, desnuda y temblorosa, se agitaba inquieta a su lado, como si luchara por contener un impulso a¨²n m¨¢s violento. Siete segundos de silencio tenso pasaron, contados por el latido acelerado del coraz¨®n de la mujer. Entonces, en un parpadeo, la pr¨®tesis se movi¨®. Con una fuerza brutal, se hundi¨® en el pecho de la mujer, desgarrando piel y m¨²sculos con un sonido h¨²medo y nauseabundo. La sangre brot¨® en finas gotas, salpicando el rostro del hombre, quien no hizo m¨¢s que entrecerrar los ojos con deleite. -?Habla! ?Habla, perra! -Su voz se alz¨®, cargada de una rabia irradiante que reverberaba contra las paredes del callej¨®n. Pero tras esa furia hab¨ªa un placer inconfundible, un ¨¦xtasis enfermizo que alimentaba cada uno de sus movimientos-. No quiero repetirlo otra vez. ?D¨®nde est¨¢n mierda? Los gritos de la mujer se desvanecieron en gemidos d¨¦biles, su mente nublada por el dolor y la confusi¨®n. -No s¨¦ de qu¨¦ me hablas... Solo paseaba un rato... -susurr¨®, sus ojos vidriosos comenzando a cerrarse mientras su cuerpo se rend¨ªa-. No s¨¦ qui¨¦n eres... No entiendo qu¨¦ quieres... El hombre detuvo su ataque, dejando caer el pu?o ensangrentado a su lado. Su mirada se hundi¨® en el suelo, donde un charco carmes¨ª se extend¨ªa lentamente, reflejando fragmentos de luz ne¨®n que se colaban desde la calle. Su cabello largo ocultaba su rostro, pero entonces, una risa baja y escalofriante escap¨® de sus labios, resonando en el estrecho espacio como el eco de un loco. Se agach¨® con calma, sus dedos manchados de sangre rozando un malet¨ªn negro que descansaba entre los escombros del callej¨®n. Lo abri¨® con un clic seco, revelando un quinque: un arma grotesca y robusta, de un color p¨²rpura oscuro mezclado con negro, que parec¨ªa palpitar con una vida propia. -Vete al maldito infierno, bastarda -murmur¨®, casi para s¨ª mismo, mientras activaba el quinque. El arma se transform¨® en un guantelete descomunal que cuadruplicaba el tama?o de su brazo, sus bordes afilados brillando con un fulgor siniestro. Sin dudarlo, lo alz¨® sobre el cr¨¢neo de la mujer y lo dej¨® caer con una fuerza despiadada. El crujido del hueso al partirse fue un sonido seco y brutal que llen¨® el callej¨®n, seguido por un silencio opresivo. Por unos minutos, el aire se volvi¨® denso, cargado de una tensi¨®n inc¨®moda que parec¨ªa adherirse a las paredes h¨²medas. El hombre, con el rostro salpicado de sangre y una expresi¨®n vac¨ªa, gir¨® sobre sus talones y camin¨® hacia la salida del callej¨®n. Pero al llegar, sus pasos se detuvieron en seco. Los dos guardias que custodiaban la entrada yac¨ªan en el suelo, sus cuerpos inertes y sus cuellos torcidos en ¨¢ngulos imposibles. Una r¨¢faga de aire fr¨ªo barri¨® el lugar, trayendo consigo el olor met¨¢lico de la muerte. -?Qu¨¦ mierda? -gru?¨®, su voz temblando por primera vez con algo que no era placer, sino desconcierto. Antes de que pudiera reaccionar, un golpe certero lo alcanz¨® en el est¨®mago, haciendo retroceder con un jadeo ahogado. Sus ojos se alzaron, y frente a ¨¦l apareci¨® una figura alta y encapuchada, envuelta en las sombras del callej¨®n. Una sonrisa c¨ªnica se dibujaba en su rostro, apenas visible bajo la capucha, y un solo ojo brillaba con un rojo intenso en la oscuridad, como un faro de amenaza. De su espalda emerge un kagune bikaku, robusto y serpenteante, que se mueve con una gracia letal, apuntando hacia el investigador como una lanza viva. El hombre se recompuso r¨¢pidamente, su postura r¨ªgida mientras estudiaba a su nuevo adversario. Sus miradas se cruzaron, dos depredadores midiendo sus fuerzas en un instante de calma tensa. Luego, sin previo aviso, ambos se lanzaron al ataque, el choque de sus cuerpos resonando como un trueno en la noche. La noche se cern¨ªa sobre la ciudad como una manta asfixiante, y las calles de Tokio, a pesar de su brillo y bullicio, parec¨ªan contener el aliento. Para los civiles, era una noche de liberaci¨®n, un respiro mensual en el que pod¨ªan perderse entre los puestos de yakitori y los bares escondidos bajo luces parpadeantes. Pero para los investigadores, era una cacer¨ªa perpetua. Sus siluetas se recortaban contra los edificios, movi¨¦ndose con la precisi¨®n de las m¨¢quinas, sus ojos escaneando cada rinc¨®n oscuro. En el callej¨®n, sin embargo, la fachada de orden se desmoronaba, reemplazada por el hedor de la sangre y el eco de un combate inminente. El investigador, a¨²n tambale¨¢ndose por el golpe en el est¨®mago, presion¨® los dientes y se estabiliz¨® contra el suelo resbaladizo. La figura encapuchada frente a ¨¦l, Sekigan, permanec¨ªa inm¨®vil por un instante, su kagune bikaku ondeando tras ¨¦l como la cola de un escorpi¨®n lista para atacar. Bajo la capucha, su ojo rojo brillaba con una intensidad feroz, mientras el otro permanec¨ªa oculto en la sombra, un misterio que a?ad¨ªa un aura inquietante a su presencia. El aire entre ellos vibraba con una electricidad salvaje, el preludio de una danza mortal. Sekigan no dijo nada. Su sonrisa perturbadora se ensanch¨®, mostrando unos dientes afilados que relucieron bajo la luz tenue. El investigador, por su parte, dej¨® escapar un gru?ido ronco y se enderez¨®, sus manos ajustando el agarre del quinque "Tsumuji". El guantelete, a¨²n manchado con la sangre de la mujer, emit¨ªa un zumbido bajo, como si estuviera vivo y hambriento de m¨¢s violencia. Sus ojos, hundidos y rodeados de ojeras, se clavaron en Sekigan con una mezcla de desprecio y excitaci¨®n. Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. -T¨²... -dijo el investigador, su voz rasposa cortando el silencio como una hoja oxidada-. El demonio que se alimenta de la desesperaci¨®n. Hoy es tu d¨ªa de suerte, maldita rata. Sekigan lade¨® la cabeza, como si las palabras fueran un juego infantil que apenas le interesaba. -No soy un juguete para que juegues -respondi¨®, su tono grave y cargado de una calma escalofriante-. Hoy, el ¨²nico que va a ser destruido eres t¨². Sin m¨¢s pre¨¢mbulos, el ghoul lanz¨® su ataque. Su kagune se despleg¨® con una velocidad vertiginosa, cortando el aire con un silbido agudo mientras se dirig¨ªa al pecho del investigador. Pero este no era un novato. Con un movimiento fluido, esquiv¨® el golpe girando sobre sus talones, el guantelete de Tsumuji alz¨¢ndose para contraatacar. El impacto fue brutal: metal contra carne viva, un estruendo que reverber¨® en las paredes del callej¨®n y envi¨® una nube de polvo al aire. Sekigan retrocedi¨® un paso, su kagune temblando por el choque, pero sus ojos no vieron ni un atisbo de duda. El investigador alarmante, una mueca s¨¢dica que arrug¨® a¨²n m¨¢s su rostro demacrado. -Eres r¨¢pido, parchado -dijo, dando un paso adelante mientras el guantelete zumbaba con energ¨ªa renovada-. Pero no lo suficiente. Sekigan no respondi¨® con palabras, sino con acci¨®n. Se lanz¨® hacia adelante, su cuerpo movi¨¦ndose como un borr¨®n en la penumbra. Su kagune gir¨® en un arco amplio, intentando rodear al investigador y atraparlo desde un ¨¢ngulo ciego. Pero el hombre era astuto, un veterano curtido en peleas como esta. Con un giro r¨¢pido, us¨¦ el peso del quinque para bloquear el ataque, el guantelete chocando contra la cola robusta de Sekigan con un crujido que hizo temblar el suelo. El ghoul retrocedi¨® de nuevo, su respiraci¨®n agitada rompiendo el silencio. El combate se convirti¨® en un torbellino de movimientos precisos y salvajes. Sekigan atacaba con una ferocidad animal, su kagune lanzando golpes desde todas direcciones, mientras el investigador respond¨ªa con una mezcla de habilidad y brutalidad pura. En un momento, el guantelete roz¨® el hombro de Sekigan, arranc¨¢ndole un gru?ido de dolor y un hilo de sangre oscura que salpic¨® el pavimento. Pero el ghoul no se detuvo. Con un rugido, canaliz¨® toda su fuerza en un ataque final: su kagune se alz¨® como una lanza, apuntando al cr¨¢neo del investigador con una precisi¨®n mortal. El hombre lo vio venir. En un instante, desat¨® una onda de choque con Tsumuji, una explosi¨®n de energ¨ªa que golpe¨® el kagune de Sekigan y lo hizo retroceder con un estallido sordo. El ghoul gru?¨®, su cuerpo temblando por el impacto, pero aprovech¨® el impulso para dar un salto hacia atr¨¢s. Con una agilidad felina, gir¨® en el aire y aterriz¨® tras su adversario, su pie conectando con la espalda del investigador en una patada brutal. El hombre cay¨® de rodillas, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo ¨¢spero, pero se levant¨® casi al instante, gir¨¢ndose con una velocidad sorprendente para alguien tan demacrado. -Buen truco -escupi¨® el investigador, limpi¨¢ndose un hilo de sangre de la comisura de la boca-. Pero no te va a salvar. Corri¨® hacia Sekigan, su guantelete alzado para un golpe definitivo. El ghoul intent¨® contraatacar, su kagune serpenteando hacia el abdomen del hombre, pero este lo esquiv¨® con un salto lateral, usando la pared del callej¨®n como apoyo. Con un impulso acrob¨¢tico, gir¨® en el aire y descarg¨® el pu?o met¨¢lico contra el est¨®mago de Sekigan. El impacto reson¨® como un trueno, y el ghoul se dobl¨® por un instante, el dolor atraves¨¢ndolo como una corriente el¨¦ctrica. Ambos combatientes se detuvieron, jadeando en el aire cargado de polvo y sangre. Sus miradas se encontraron de nuevo, exhaustas pero encendidas con una determinaci¨®n feroz. El investigador dio un paso adelante, dispuesto a terminar lo que hab¨ªa comenzado, pero Sekigan, en un acto desesperado de supervivencia, se dej¨® caer al suelo y rod¨® hacia un lado. El guantelete pas¨® de largo, estrell¨¢ndose contra la pared con un estruendo que hizo temblar los cimientos del callej¨®n. Ladrillos rotos cayeron al suelo, y una nube de escombros llen¨® el aire. Sekigan no perdi¨® el tiempo. Se levant¨® de un salto, sus instintos grit¨¢ndole que huyera. -No te dejar¨¦ escapar -rugi¨® el investigador, su voz quebr¨¢ndose por la furia mientras intentaba alcanzarlo. Pero el ghoul ya estaba en movimiento, escalando las paredes del callej¨®n con una agilidad inhumana. Sus manos y pies encontraron agarre en las grietas del concreto, y en segundos estaba sobre los tejados, su silueta recortada contra el cielo nocturno. Con un ¨²ltimo vistazo hacia abajo, Sekigan escuch¨®, una mueca de desaf¨ªo a pesar del dolor que recorr¨ªa su cuerpo. Luego desapareci¨® entre las sombras de los edificios, dejando al investigador solo en el callej¨®n. El hombre presion¨® el guantelete con fuerza, sus nudillos blancos bajo la sangre seca, y murmur¨® entre dientes: -Esto no ha terminado, parchado. Te encontrar¨¦. La batalla hab¨ªa concluido, pero la guerra apenas comenzaba. 02:17 - Distrito 13. Los pasos de Sekigan resonaban en el estrecho pasillo, un eco apresurado que rebotaba contra las paredes agrietadas. El lugar era un laberinto de escombros y abandono: el suelo estaba cubierto de polvo y fragmentos de concreto, las l¨¢mparas rotas colgaban inertes del techo, y un olor rancio a humedad y muerte impregnaba el aire. Cada paso del ghoul levantaba peque?as nubes de suciedad, y su kagune, a¨²n retra¨ªdo pero palpitante bajo su piel, parec¨ªa vibrar con la adrenalina que a¨²n corr¨ªa por sus venas. Hab¨ªa escapado por poco, y lo sab¨ªa. El pasillo desemboc¨® en una sala amplia y cavernosa, iluminada por antorchas que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes desgastadas. All¨ª, decenas de figuras encapuchadas con t¨²nicas moradas se arremolinaban en un murmullo constante, sus voces bajas y cargadas de expectaci¨®n. Al centro, tres ghouls imponentes guardaban, sus presencias dominando el espacio como estatuas vivientes. A su lado estaban Ch¨­, Junko y Nobu, figuras conocidas pero igualmente intimidantes, sus ojos fijos en Sekigan mientras este entraba. El murmullo ces¨® de golpe, y todas las miradas se volvieron hacia ¨¦l. Los subordinados, inclinados en un gesto de respeto, esperaban en silencio, sus rostros ocultos bajo las capuchas. Sekigan avanz¨® con pasos firmes, su ojo rojo brillando en la penumbra mientras devolv¨ªa las miradas con una calma desafiante. -?Y? -La voz del ghoul m¨¢s alto rompi¨® el silencio, ¨¢spera y apagada, como si el aire mismo se resistiera a llevarla-. ?Qu¨¦ pas¨® con Airi? El silencio volvi¨® a llenar la sala, densa y opresiva. Sekigan esboz¨® una sonrisa torcida, sus labios curv¨¢ndose en una expresi¨®n que era m¨¢s amenaza que alegr¨ªa. -Ya est¨¢ hecho -dijo, gir¨¢ndose hacia la salida con un movimiento despreocupado-. Muri¨® como planeamos. -?Qu¨¦ hay de ¨¦l? -intervino el ghoul del medio, su voz ronca cortando el aire como un l¨¢tigo. Sekigan se detuvo, su mente regresando al callej¨®n: el olor a sangre, el peso del guantelete, la furia contenida en los ojos del investigador. Hab¨ªa sido una pelea agotadora, un recordatorio de su propia mortalidad que a¨²n le quemaba en el pecho. Gir¨® lentamente, enfrent¨¢ndose a sus superiores con esa misma sonrisa sarc¨¢stica. -Claro, c¨®mo olvidarme del lun¨¢tico. Casi me parte a la mitad. El ghoul del medio frunci¨® el ce?o, su paciencia agot¨¢ndose. Dio un paso adelante, deteni¨¦ndose frente a Sekigan con una calma que escond¨ªa una tormenta. Sus miradas se cruzaron, dos fuerzas opuestas en un equilibrio tenso. -?Es tan fuerte como pensamos? -S¨ª -respondi¨® Sekigan, su tono perdiendo el sarcasmo por un instante. Record¨® la impotencia que hab¨ªa sentido, la forma en que el investigador hab¨ªa resistido sus golpes m¨¢s duros. Incluso soport¨® un ataque directo. No es un d¨¦bil. -Bien, como lo pens¨¦ -dijo el l¨ªder, gir¨¢ndose con un movimiento fluido y alzando las manos-. Todos pueden retirarse, excepto M¨­, Jikininki y los Dony¨±. En cuesti¨®n de minutos, la sala se vaci¨®, dejando solo a Sekigan y los seis ghouls que parec¨ªan gobernar aquel lugar. El silencio era tan denso que pod¨ªa cortarse con un cuchillo, y el aire estaba cargado de una tensi¨®n que hac¨ªa crujir los nervios. Sekigan permaneci¨® inm¨®vil, su ojo rojo escaneando cada figura con una mezcla de cautela y desaf¨ªo. Desde las alturas. En lo alto del edificio, una figura solitaria observaba desde las sombras. Sus ojos, fren¨¦ticos y brillantes, segu¨ªan cada gesto, cada palabra que resonaba en la sala de abajo. Su respiraci¨®n era silenciosa pero acelerada, y sus manos se aferraban al borde del tejado con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. Escuchaba con atenci¨®n, como un depredador al acecho, cada sonido amplificado en su mente afilada. -Igarashi... -murmur¨® para s¨ª mismo, su voz un susurro que se perdi¨® en el viento nocturno.
SEKIGAN (MESTIZO)
ONE SHOT: UN HUMANO MONSTRUOSO 17:26 - Centro de Detenci¨®n Ghoul, Cochlea, Distrito 23. Tokio, Jap¨®n. El s¨®tano emanaba un hedor asfixiante a moho y sangre seca, una peste que se adher¨ªa a la garganta como una maldici¨®n. Las paredes de concreto estaban cubiertas de marcas y ara?azos, testimonios mudos de las luchas desesperadas de quienes hab¨ªan sido v¨ªctimas de Kage Shiryo antes. Una ¨²nica bombilla parpadeaba con una luz amarillenta que apenas iluminaba la escena, proyectando sombras retorcidas que parec¨ªan bailar al comp¨¢s del horror. En el centro, encadenado a una silla oxidada y rota, se hallaba Riku, un ghoul joven cuya osad¨ªa de cazar en territorio prohibido lo hab¨ªa llevado directamente a las garras de su verdugo. Riku temblaba convulsivamente, sus ojos¡ªuna mezcla de negro y rojo¡ªinundados de terror y l¨¢grimas. Las cadenas que lo sujetaban se hund¨ªan en su piel, cort¨¢ndola sin piedad con cada intento de escape. Su kagune, un bikaku en forma de cola escamosa, hab¨ªa sido amputado brutalmente en la base, dejando un mu?¨®n sangrante que pulsaba con cada latido. El dolor que lo asolaba era insoportable, pero lo que presagiaba lo peor estaba por llegar. La puerta se abri¨® de golpe con un chirrido met¨¢lico, y entr¨® Kage Shiryo, aquel joven investigador, de unos veintitantos a?os. Su figura impuso de inmediato una presencia inhumana: el largo cabello liso de tono marr¨®n apagado ca¨ªa en desorden sobre su frente, enmarcando unos ojos que ard¨ªan con una locura vengativa. Vest¨ªa una camiseta blanca sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos tatuados; en el derecho, un drag¨®n m¨ªtico se retorc¨ªa en vivos tonos de azul y rojo, y en el izquierdo, intrincados patrones geom¨¦tricos y runas se desplegaban en azul profundo. Su brazo izquierdo estaba cubierto por una armadura hecha de quinque por parte de la CCG, compuesta de placas negras y grises, mientras en esa misma mano sosten¨ªa una lata de caf¨¦, cuyo aspecto anodino contrastaba brutalmente con la violencia que estaba por desatarse. Kage se detuvo frente a Riku, su mirada helada y su sonrisa torcida reflejaban un odio profundo y una satisfacci¨®n inhumana. Tras un amargo sorbo de caf¨¦, deposit¨® la lata sobre una mesa oxidada repleta de instrumentos letales: cuchillos relucientes, tenazas afiladas, un martillo oxidado, agujas largas y finas como p¨²as, serruchos peque?os y un frasco de ¨¢cido que desprend¨ªa un olor penetrante a muerte. Con una precisi¨®n casi ritual, tom¨® su quinque "Tsumuji", el guantelete forjado a partir del kagune de un ghoul asesinado, y lo hizo girar entre sus dedos como si jugara con la vida. ¡ª?Sabes por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª, insignificante ghoul? ¡ªinquiri¨® con voz aguda, imitando el tono juguet¨®n de un ni?o, pero con un filo que pod¨ªa cortar el alma. Riku intent¨® hablar, pero el terror lo dej¨® mudo, oblig¨¢ndolo a emitir apenas un gemido. Kage inclin¨® la cabeza, dejando caer su flequillo sobre unos ojos que destilaban furia, y esboz¨® una sonrisa retorcida. ¡ªNo importa. Pronto lo har¨¢s. Con pasos calculados, se acerc¨® a la mesa. Mientras tarareaba una melod¨ªa infantil, eligi¨® un cuchillo peque?o cuya hoja, brillante bajo la luz intermitente, parec¨ªa sedienta de violencia. Los tatuajes en su brazo derecho, en especial el drag¨®n que parec¨ªa moverse con vida propia, se intensificaron en la penumbra. ¡ªLos ghouls como t¨²... arrebataron much¨ªsimas cosas ¡ªmurmur¨® con voz quebrada por la rabia¡ª. Mi familia, mi paz, mi humanidad. Me mutilaron, hasta arrancarme el brazo. Creyeron que destruirme apagar¨ªa mi furia. Pero m¨ªrame ahora: soy lo que merecen, soy su juez. En ese instante, el pasado de Kage estall¨® en una vor¨¢gine de recuerdos atroces: el grito de su madre agonizante, la desesperaci¨®n de su padre siendo devorado y, sobre todo, el momento en que le arrancaron el brazo. Cada imagen se grab¨® en su mirada, alimentando un odio que lo transform¨® en una m¨¢quina letal de venganza. Sin dudarlo, Kage lanz¨® el cuchillo al muslo de Riku. La hoja se hundi¨® en la carne, y el grito desgarrador que emergi¨® se mezcl¨® con el eco del s¨®tano. Con una risa desquiciada, Kage gir¨® el cuchillo lentamente, disfrutando de cada movimiento que abr¨ªa una herida que pronto se inundar¨ªa de sangre. ¡ª?Grita, ghoul! ¡ªexclam¨® con perversi¨®n¡ª. Hazlo por m¨ª, para que tu sufrimiento sea un himno a mi diversi¨®n. La sangre se derram¨® copiosamente, formando un charco carmes¨ª en el fr¨ªo suelo. Riku apenas pod¨ªa suplicar, pero Kage no se detuvo. Con brutalidad, su pu?o enguantado impact¨® la cara de Riku, fractur¨¢ndole el p¨®mulo en un crujido espantoso. ¡ªNo finjas ser humano ¡ªgru?¨® Kage, con voz baja y venenosa¡ª. Nunca lo ser¨¢s. Eres una abominaci¨®n, una plaga que merece ser erradicada. Despu¨¦s de limpiar el cuchillo con un pa?uelo macabro, Kage se detuvo unos instantes para disfrutar del terror en los ojos de su v¨ªctima. Luego, se dirigi¨® a una vieja vitrina donde, entre fotograf¨ªas desgastadas y recortes de peri¨®dicos, encontr¨® un ¨¢lbum destartalado. Con manos temblorosas pero decididas, hoje¨® las p¨¢ginas amarillentas hasta detenerse en la imagen de su familia irreconocible para aquel ghoul. Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author. ¡ªEsa era mi familia ¡ªmurmur¨® con voz rota¡ª. La familia de un hombre que confi¨® en esos monstruos... esos despreciables ghouls. Con el ¨¢lbum temblando en sus manos, Kage cerr¨® violentamente las p¨¢ginas, sellando el pasado con un gesto lleno de rabia. Volvi¨® junto a Riku, retomando su rol de verdugo sin piedad. Con el frasco de ¨¢cido en mano, destap¨® el l¨ªquido corrosivo, dejando que su olor penetrara cada rinc¨®n del s¨®tano. ¡ªEsto te har¨¢ sufrir como nunca lo has imaginado ¡ªasegur¨® mientras vert¨ªa el ¨¢cido sobre el brazo mutilado, viendo c¨®mo la piel se derret¨ªa en un espect¨¢culo grotesco de m¨²sculos y tendones. El cl¨ªmax de su sadismo lleg¨® cuando, en un instante de pura depravaci¨®n, Kage decidi¨® infligir un dolor que trascendiera lo imaginable. Con la mirada fija en Riku, observ¨® el rostro del ghoul, ahora distorsionado por el sufrimiento, y, en un acto escalofriantemente calculado, levant¨® el cuchillo. Con una rapidez cruel, clav¨® la hoja en el ojo izquierdo de Riku. La impactante herida explot¨® en una mezcla de sangre, v¨ªsceras y el sonido de la carne rasgada. El grito de Riku se convirti¨® en un gemido ahogado, un lamento que se ahog¨® en la atm¨®sfera asfixiante del s¨®tano. Pero Kage no se detuvo ah¨ª. Tom¨® un serrucho peque?o y comenz¨® a trabajar en el brazo ya mutilado de Riku, separando fragmentos de hueso y carne con una meticulosidad que recordaba a Juuzou Suzuya. Canturreaba una canci¨®n infantil mientras trabajaba, como si fuera una tarea mundana. ¡ª?Sabes? Esto me recuerda a cuando mi brazo fue arrancado ¡ªcoment¨® con una sonrisa siniestra¡ª. Solo que t¨² no tienes la oportunidad de sobrevivir. Desenvain¨® su quinque Tsumuji, aquel arma que parec¨ªa un guantelete gigante. Con sus fuerzas empez¨® a devastar el rostro del ghoul, la sangre salpicando en la camiseta blanca de Kage, como si de una cascada rojiza se tratara. Su furia parec¨ªa no tener fin y su sonrisa s¨¢dica y maquiav¨¦lica se pod¨ªa verse saturada de aquel l¨ªquido espeso y carmes¨ª. La diversi¨®n para Kage se manifestaba como un ciclo sin fin. Finalmente, Kage sac¨® su quinque "Hiuchi", la ballesta explosiva, y dispar¨® una flecha directamente al abdomen de Riku. La explosi¨®n reson¨® en el s¨®tano, destrozando a¨²n m¨¢s el cuerpo del ghoul. El aire se llen¨® de humo y restos de carne chamuscada. Cuando el humo se disip¨®, Kage se inclin¨® sobre su v¨ªctima, sus ojos brillaban con una mezcla de odio y satisfacci¨®n. Con cada estremecimiento de Riku, parec¨ªa saborear el dolor ajeno, deleit¨¢ndose en la agon¨ªa que hab¨ªa provocado. ¡ª?Eso es! ¡ªexclam¨® con una risa s¨¢dica¡ª. Siente cada segundo de este tormento, ghoul. Que tu grito sea la sinfon¨ªa que alimente mi venganza. La violencia en el s¨®tano alcanz¨® su cl¨ªmax: el grito desgarrador de Riku, la sangre que salpicaba las paredes y el sonido de la carne rasgada se mezclaban en un caos que parec¨ªa eterno. Con una frialdad que desafiaba toda compasi¨®n, Kage aprovech¨® el momento para hundir su quinque "Tsumuji" en el pecho de Riku, atravesando su coraz¨®n con una precisi¨®n letal. El cuerpo del ghoul se convulsion¨® violentamente antes de desplomarse, inerte y sin vida. ¡ªUno menos ¡ªmurmur¨® Kage mientras limpiaba el quinque con un pa?uelo manchado de sangre. Recogi¨® la lata de caf¨¦ de la mesa, dio un ¨²ltimo sorbo y la aplast¨® sin remordimiento contra la superficie oxidada, dejando que el crujido del metal se fundiera con el eco del sufrimiento. Se levant¨® lentamente, dejando el cuerpo encadenado a la silla como un macabro recordatorio de su cruzada implacable, y abandon¨® el s¨®tano, tarareando aquella melod¨ªa infantil que se hab¨ªa convertido en el himno de su venganza. Mientras avanzaba por los oscuros corredores del centro de detenci¨®n, cada paso retumbaba como una sentencia de muerte para los ghouls. El odio que ard¨ªa en su interior se alimentaba de cada recuerdo doloroso, de cada herida que hab¨ªa sufrido en el pasado. La imagen de su familia perdida se entrelazaba con cada acto de brutalidad, impuls¨¢ndolo a no detenerse hasta ver a cada ghoul pagar el precio de su existencia. Eso lo hab¨ªa convertido en un amante de la tortura. En la penumbra de aquel lugar repleto de desolaci¨®n, se escuchaba en el techo la lluvia ¨¢cida. Entre luces parpadeantes, Kage se detuvo ante una celda repleta de ghouls nuevos, donde otros agentes de la CCG se reun¨ªan. Pero ¨¦l permaneci¨® apartado, observando en silencio, su rostro marcado por cicatrices y tatuajes que contaban la historia de su odio. El reflejo de su brazo engastado en armadura y su mirada vac¨ªa, pero al mismo tiempo perversa, eran el testimonio de un hombre que hab¨ªa dejado atr¨¢s cualquier rastro de humanidad. En ese instante, cuando un grupo de ghouls inexpertos intentaron escapar de la celda, Kage se lanz¨® de nuevo a la cacer¨ªa. La violencia se reanud¨® con ferocidad: golpes, gritos y el sonido ensordecedor de huesos quebr¨¢ndose se mezclaban en un caos brutal. Cada tajo y cada pu?etazo llevaban la impronta de un odio sin l¨ªmites, mientras Kage, con total deleite, se regocijaba en el sufrimiento de sus v¨ªctimas. Al finalizar la refriega, con los cuerpos destrozados a sus pies, Kage se detuvo unos instantes para saborear el silencio ensordecedor. En su interior, la imagen de aquellos ghouls destrozados y la herida de su pasado segu¨ªan siendo la fuerza motriz de su cruzada. No hab¨ªa compasi¨®n, no hab¨ªa redenci¨®n; solo exist¨ªa el placer y la diversi¨®n oscura de la venganza. De vuelta en su refugio, con la madrugada asom¨¢ndose, Kage se mir¨® en un espejo agrietado. Su rostro joven, endurecido por la violencia y el odio, reflejaba la implacable sed de justicia retorcida. Con un ¨²ltimo sorbo de su lata de caf¨¦, ahora casi vac¨ªa, se reafirm¨® en su juramento: no descansar¨ªa hasta ver a cada ghoul arrodillado ante ¨¦l, pagando por el dolor que ¨¦l hab¨ªa sufrido. Mientras la noche se desvanec¨ªa en el amanecer, Kage Shiryo se volvi¨® hacia la oscuridad con la certeza de que su cruzada era eterna. Cada herida, cada grito y cada gota de sangre derramada se convertir¨ªan en el eco perpetuo de su venganza, un recordatorio imborrable de que el verdugo nunca olvida y que el odio, cuando es puro y despiadado, es la ¨²nica fuerza capaz de cambiar el destino. Ep. 4: M艒 03:19 - Distrito 13. Tokio, Jap¨®n. La fortaleza principal de Igarashi se alzaba como una cicatriz en el Distrito 13, un coloso de acero y hormig¨®n que devoraba la luz de la luna y escup¨ªa sombras retorcidas sobre las calles desiertas. Sus paredes, gruesas y marcadas por a?os de violencia, estaban cubiertas de ara?azos profundos, como si las garras de generaciones de ghouls hubieran intentado escapar de su abrazo. El aire dentro era peso, cargado de un hedor met¨¢lico que se mezclaba con el olor dulz¨®n de la podredumbre, un recordatorio constante de la sangre que hab¨ªa empapado el suelo. Las l¨¢mparas colgantes, oxidadas y parpadeantes, apenas iluminaban los pasillos, proyectando un resplandor enfermizo que danzaba sobre las superficies corro¨ªdas. El sonido era omnipresente: un zumbido grave de maquinaria oculta, el eco de pasos met¨¢licos resonando como un tambor lejano, y los gritos ocasionales que se filtraban desde las celdas inferiores, ahogados pero nunca silenciados. En el coraz¨®n de la fortaleza, una sala amplia serv¨ªa como arena improvisada. Los focos colgaban del techo como ojos vigilantes, ba?ando el espacio en una luz blanca y fr¨ªa que resaltaba cada grieta en el suelo de acero. M¨­ estaba en el centro, una figura alta y esquel¨¦tica envuelta en una t¨²nica negra que ondeaba con la corriente de aire que se colaba por las rendijas. Su m¨¢scara ocultaba sus cavidades oculares, dos pozos negros y vac¨ªos, que sin ella, parec¨ªan absorber la luz, y su sonrisa¡ªfina, torcida, tallada en un rostro p¨¢lido¡ªera un corte permanente de locura. No necesitaba ojos para ver; sus sentidos, agudizados por a?os de ceguera, captaban el mundo en un tapiz de sonidos y olores: el crujido de las botas, el susurro de la respiraci¨®n, el leve aroma a sudor y miedo. Frente a ¨¦l, Sekigan se ergu¨ªa con una postura tensa, el parche negro sobre su izquierdo brillando como un trofeo bajo la luz. Su kagune bikaku, una cola afilada y segmentada, se alzaba detr¨¢s de ¨¦l, vibrando con una energ¨ªa contenida que parec¨ªa un punto de estallar. ¡ªCrees que puedes conmigo, Mestizo ¡ªdijo M¨­, su voz un susurro rasposo que cortaba el silencio como una hoja oxidada. No hab¨ªa burla en su tono, solo una curiosidad fr¨ªa, como si evaluara a Sekigan no como un aliado, sino como un animal en una jaula. Sus manos, cruzadas detr¨¢s de la espalda, se flexionaron ligeramente, y el aire a su alrededor pareci¨® volverse m¨¢s pesado, cargado de una amenaza invisible. Sekigan no respondi¨® de inmediato. Sus dedos se cerraron convirtiendo sus nudillos en un lienzo blanco¡ªsus pu?os parec¨ªan contener ira y tristeza, temblorosos, pero fuertes¡ªsu ojo visible, un marr¨®n profundo salpicado de motas rojas, se estrech¨® con una mezcla de cautela y determinaci¨®n. ¡ªNo estoy aqu¨ª para juegos ¡ªmurmur¨® finalmente, su voz baja pero firme, resonando en la sala como un eco distante. Dio un paso adelante, y su kagune se movi¨® como un l¨¢tigo, cortando el aire con un chasquido seco que hizo temblar las paredes. Sin m¨¢s pre¨¢mbulo, el combate estall¨®. M¨­ alz¨® su kagune koukaku, una fusi¨®n grotesca de escudo y espada que brot¨® de su hombro derecho como un hueso fracturado que se reconstru¨ªa a s¨ª mismo. El arma era pesada, irregular, con espinas que sobresal¨ªan en ¨¢ngulos imposibles, pero ¨¦l la manejaba con una precisi¨®n que desafiaba su ceguera. El primer golpe fue un barrido amplio, un arco de metal que buscaba desde Sekigan en dos. Este salt¨® hacia atr¨¢s, su kagune bikaku golpeando el suelo para impulsarlo, y respondi¨® con un r¨¢pido ataque, la punta de su cola buscando el flanco de M¨­. El choque fue ensordecedor: un clang que reson¨® como un martillo contra un yunque, enviando chispas al aire que brillaron brevemente antes de desvanecerse en la penumbra. Desde una celda cercana, una figura menuda observaba a trav¨¦s de una rendija en la pared de acero. Sus ojos rosa p¨¢lido, grandes y brillantes como lunas llenas, segu¨ªan cada movimiento con una mezcla de fascinaci¨®n y temor. Encerrada en un cub¨ªculo estrecho, con paredes reforzadas y una puerta sellada con cerrojos magn¨¦ticos, su mundo se reduc¨ªa a ese espacio claustrof¨®bico. El aire ol¨ªa a humedad y a algo met¨¢lico, quiz¨¢s sangre seca que se hab¨ªa filtrado por las grietas del suelo, y el ¨²nico sonido constante era el goteo de una tuber¨ªa rota en la esquina, un ritmo mon¨®tono que marcaba el paso de las horas. El anciano que sol¨ªa visitarla, su ¨²nico contacto regular, no estaba esa noche; otra figura encapuchada lo hab¨ªa llamado para discutir algo en otra ala de la fortaleza, dej¨¢ndola sola con sus pensamientos y el eco de la violencia que resonaba m¨¢s all¨¢ de su prisi¨®n. La muchacha apret¨® los pu?os contra las rodillas, su cabello blanco cayendo en mechones desordenados sobre su rostro p¨¢lido. M¨­ la inquietaba. No era solo su fuerza, ni su ceguera, ni esa sonrisa que parec¨ªa saber demasiado; era el vac¨ªo en su voz, un eco de algo roto que ahora buscaba llenarse con sangre. El combate se intensific¨®. Sekigan gir¨® sobre s¨ª mismo, su kagune azotando como una serpiente en busca de una abertura. M¨­ bloque¨® cada ataque con su escudo, el metal chirriando bajo la presi¨®n, y contraatac¨® con estocadas r¨¢pidas, su espada cortando el aire a cent¨ªmetros del rostro de Sekigan. ¡ªLa CCG me quit¨® los ojos ¡ªgru?¨® M¨­, su voz subiendo de tono por primera vez, un filo de rabia cortando sus palabras como un cuchillo¡ª. ?Me abrieron como a un cerdo, Mestizo! ?Quer¨ªan ver c¨®mo funcionaba! ?Me dejaron as¨ª, un despojo ciego en un mundo que no me quiere! ?Y t¨²? ?Qu¨¦ te quitaron ellos? Sekigan esquiv¨® una estocada que roz¨® su hombro, dejando un corte superficial que manch¨® su t¨²nica de rojo. La sangre gote¨® al suelo, un sonido leve pero claro que M¨­ capt¨® al instante, inclinando la cabeza como un depredador que olfatea a su presa. ¡ªNo fueron ellos ¡ªrespondi¨® Sekigan, jadeando mientras saltaba hacia atr¨¢s para ganar distancia¡ª. Fue Igarashi. Me hicieron esto. ¡ªSu mano libre toc¨® el parche sobre su ojo, un gesto inconsciente que traicion¨® un destello de dolor en su expresi¨®n endurecida¡ª. Un humano normal, arrancado de su vida. No ped¨ª esto. Me lo impusieron. M¨­ ri¨®, un sonido seco y roto que hizo eco en la sala como un lamento distorsionado. ¡ª?Entonces somos iguales, despu¨¦s de todo! ¡ªdijo, su risa cort¨¢ndose en un jadeo mientras ajustaba su postura¡ª. Rechazados por el mundo, retorcidos por sus manos. Pero yo no busco redenci¨®n, Parchado. Yo quiero que paguen. Que sientan lo que yo sent¨ª. Con un movimiento fluido, su kagune se transform¨®: el escudo se retrajo y la espada creci¨®, alarg¨¢ndose en una hoja dentada que apunt¨® al pecho de Sekigan. ¡ª?Vamos, mu¨¦strame lo que tienes! ¡ªgrit¨® M¨­, lanz¨¢ndose hacia adelante con una velocidad que desment¨ªa su figura esquel¨¦tica. El ataque fue tan r¨¢pido que Sekigan apenas tuvo tiempo de bloquearlo con su bikaku, el impacto lanz¨¢ndolo contra la pared con un golpe sordo que hizo temblar el suelo y levant¨® una nube de polvo met¨¢lico. ¡ª?No te rindas tan f¨¢cil! ¡ªse burl¨® M¨­, avanzando con pasos deliberados mientras su espada giraba en un arco letal¡ª. ?O es que ese parche te hace d¨¦bil? Sekigan se levant¨®, escupiendo sangre al suelo. ¡ªNo soy d¨¦bil ¡ªgru?¨®, su kagune vibrando con renovada furia¡ª. Solo estoy cansado de pelear sin saber por qu¨¦. Su contraataque fue un torbellino: la cola bikaku azot¨® desde abajo, buscando las piernas de M¨­, mientras el cuchillo en su mano derecha apunt¨® a su garganta. M¨­ bloque¨® el kagune con su espada, pero el cuchillo roz¨® su mejilla, dejando un corte fino que gote¨® sangre negra. ¡ª?Eso es! ¡ªri¨® M¨­, retrocediendo un paso¡ª. ?As¨ª se pelea, Parchado! ?Hazme sangrar! La muchacha en la celda se estremeci¨®, sus dedos clav¨¢ndose en las palmas hasta dejar marcas rojas en su piel p¨¢lida. Quer¨ªa gritar, detenerlos, pero sab¨ªa que su voz no llegar¨ªa m¨¢s all¨¢ de esas paredes. M¨­ era un torbellino de furia, un arma viviente forjada por el dolor, y Sekigan... Sekigan era diferente. Hab¨ªa algo en su forma de pelear, una mezcla de precisi¨®n y desesperaci¨®n, que le recordaba a ella misma: un ser atrapado en un cuerpo que no hab¨ªa elegido, buscando un prop¨®sito m¨¢s all¨¢ de la violencia que los defin¨ªa. If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. 04:02 - Calles del Distrito 11, Tokio. A kil¨®metros de la fortaleza, el Distrito 11 era un laberinto de calles estrechas y edificios en ruinas, un cad¨¢ver urbano que a¨²n respiraba bajo el peso de la Ley de Zona Segura. El cielo era una s¨¢bana negra salpicada de luces parpadeantes, los restos de una ciudad que se aferraba a la ilusi¨®n de normalidad tras la ca¨ªda de los dragones hu¨¦rfanos. El viento cortaba como una navaja, arrastrando el olor a basura y metal quemado por los callejones desiertos. Hitomi Sasaki caminaba sola, su abrigo gris de la CCG ondeando tras ella como una niebla l¨ªquida. Su quinque, llamado ''Seijaku''¡ªun rinkaku en forma de tent¨¢culo afilado, guardado en su malet¨ªn¡ªpesaba en su mano derecha, un recordatorio constante de la misi¨®n que la hab¨ªa arrastrado hasta aqu¨ª. Hab¨ªa pasado unas semanas desde la muerte de Juuzou Suzuya, su compa?ero en la CCG, y el peso de su ausencia a¨²n la aplastaba. Lo hab¨ªan encontrado destrozado en un almac¨¦n del Distrito 11, su cuerpo reducido a un amasijo de carne y sangre, y el caso Igarashi¡ªesas palabras garabateadas en un informe ensangrentado¡ªera lo ¨²nico que le quedaba para aferrarse. Hitomi no dorm¨ªa bien desde entonces. Sus ojos, normalmente fr¨ªos y calculadores, estaban rodeados de ojeras leves, y su cabello negro, recogido en una coleta desordenada, se escapaba en mechones rebeldes que le ca¨ªan sobre el rostro. ¡ªIgarashi ¡ªmurmur¨® para s¨ª misma, su aliento formando nubes blancas en el aire fr¨ªo¡ª. ?Qu¨¦ demonios est¨¢s planeando? Sus pasos la llevaron a un callej¨®n oscuro, guiada por un rumor que Koji le hab¨ªa pasado esa ma?ana: un ghoul clase SS hab¨ªa escapado de Cochlea, y las patrullas lo hab¨ªan avistado en el Distrito 11. Hitomi no estaba segura de qu¨¦ esperaba encontrar, pero algo en su instinto¡ªesa chispa que Juuzou siempre hab¨ªa admirado¡ªle dec¨ªa que no era una coincidencia. Igarashi estaba detr¨¢s de algo grande, y un ghoul fugitivo pod¨ªa ser una pieza del rompecabezas. Un ruido la hizo detenerse: un crujido seco, como botas aplastando vidrio roto. Se gir¨®, su mano volando al malet¨ªn para liberar a Seijaku, pero antes de que pudiera activarlo, una figura sali¨® de las sombras. Era Kiyoshi, su cuerpo demacrado envuelto en harapos que colgaban como piel muerta. La sangre seca cubr¨ªa sus manos, restos de su masacre en Cochlea, y sus ojos, hundidos en ¨®rbitas oscuras, brillaban con un rojo intenso que cortaba la penumbra. ¡ª?T¨²! ¡ªgru?¨®, su voz un hilo quebrado que reson¨® en el callej¨®n. No la conoc¨ªa, no ten¨ªa un nombre para ella, pero algo en su figura ¡ªel abrigo gris, el olor a acero y determinaci¨®n¡ª lo golpe¨® como un rel¨¢mpago¡ª. ?Eres uno de ellos? ?La CCG? Hitomi dio un paso atr¨¢s, su quinque despleg¨¢ndose en un tent¨¢culo afilado que brill¨® bajo la luz de una farola cercana. ¡ª?Qu¨¦date donde est¨¢s! ¡ªorden¨®, su voz firme pero tensa¡ª. S¨¦ lo que hiciste en Cochlea. No tienes escapatoria. ?MUERDE! ?MUERDE! ?MUERDE! Las voces rugieron en la cabeza de Kiyoshi, un coro ensordecedor que ahog¨® las palabras de Hitomi. Sus kagunes brotaron en un estallido de carne y sangre: el rinkaku, una mara?a de tent¨¢culos pulsantes, y el bikaku, una cola afilada que golpe¨® el suelo como un l¨¢tigo¡ª. ?No me atrapar¨¢s! ¡ªgrit¨®, lanz¨¢ndose hacia ella con una furia ciega. Los tent¨¢culos rinkaku cortaron el aire, buscando desgarrarla, pero Hitomi fue m¨¢s r¨¢pida. Seijaku se movi¨® como una extensi¨®n de su cuerpo, bloqueando un tent¨¢culo y cortando otro con un chasquido limpio que envi¨® sangre negra al suelo. ¡ª?Para! ¡ªgrit¨® Hitomi, esquivando un golpe de la cola bikaku que destroz¨® una pared cercana¡ª. ?No quiero matarte! Pero Kiyoshi no escuchaba. Sus ojos estaban desenfocados, atrapados en un torbellino de voces y visiones. ?Ella te matar¨¢! ?Muerde! ?Corre! Rug¨ªan las voces en su mente. Un tent¨¢culo roz¨® el brazo de Hitomi, arranc¨¢ndole un jadeo mientras la sangre manchaba su abrigo, pero ella contraatac¨® con un golpe preciso de Seijaku, atravesando el hombro de Kiyoshi y haci¨¦ndolo caer de rodillas. ¡ª?Basta! ¡ªinsisti¨® Hitomi, su respiraci¨®n agitada mientras levantaba el quinque para un segundo golpe¡ª. ?R¨ªndete y dime qu¨¦ sabes de Igarashi! Antes de que pudiera rematarlo, un nuevo sonido cort¨® la noche: el crujido de botas pesadas y un silbido agudo. Kage Shiryo emergi¨® del fondo del callej¨®n, su silueta alta y desgarbada recortada contra la luz de una farola. Sus ojeras profundas resaltaban bajo el cabello marr¨®n que ca¨ªa en mechones desordenados, y su pr¨®tesis de quinque ¡ªun guantelete con garras¡ª zumbaba con energ¨ªa. ¡ª?Sasaki! ¡ªgru?¨®, su voz cargada de desprecio¡ª. D¨¦jame a m¨ª. Este es m¨ªo. Sin esperar respuesta, dispar¨® su quinque ukaku, una r¨¢faga de flechas explosivas que oblig¨® a Hitomi a retroceder mientras Kiyoshi gritaba, dos proyectiles alcanz¨¢ndolo en el muslo y el pecho. ¡ª?Kage, espera! ¡ªprotest¨® Hitomi, levantando una mano para detenerlo¡ª. ?Necesitamos interrogarlo! ¡ª?C¨¢llate! ¡ªespet¨® Kage, avanzando con pasos deliberados¡ª. No hay nada que interrogar en una rata como esta. Su guantelete se cerr¨® alrededor del cuello de Kiyoshi, levant¨¢ndolo como un mu?eco roto. ¡ª?Habla! ¡ªrugi¨® Kage, las garras hundi¨¦ndose en la piel de Kiyoshi hasta que la sangre gote¨® al suelo¡ª. ?Qui¨¦n te ayud¨® a escapar de Cochlea? ?Dime o te arrancar¨¦ la lengua! Kiyoshi jade¨®, sus ojos vidriosos buscando a Hitomi. ¡ª?No s¨¦! ¡ªgimi¨®, su voz quebr¨¢ndose bajo la presi¨®n¡ª. ?Las voces... ellas me sacaron! ?Ella...! ¡ªSu mirada se clav¨® en Hitomi, un destello de algo ¡ªmiedo, esperanza¡ª brillando en su caos. Un ulular de sirenas lejanas interrumpi¨® la escena. Kage maldijo entre dientes, arrojando a Kiyoshi contra una pila de escombros. ¡ª?Tch! No vale la pena ¡ªmurmur¨®, escupiendo al suelo antes de girarse hacia Hitomi¡ª. La pr¨®xima vez, no te interpongas, Sasaki. Esto es personal. Se alej¨® con pasos pesados, dejando a Hitomi sola con el ghoul herido. Kiyoshi yac¨ªa entre los escombros, su respiraci¨®n entrecortada formando nubes d¨¦biles en el aire fr¨ªo. ¡ª?Qui¨¦n... eres? ¡ªsusurr¨®, su mirada fija en Hitomi mientras la sangre se filtraba por su ropa. Ella lo mir¨®, su coraz¨®n latiendo con fuerza. ¡ªNo te mueras a¨²n ¡ªdijo, m¨¢s para s¨ª misma que para ¨¦l, arrodill¨¢ndose a su lado para revisar sus heridas¡ª. Necesito respuestas. ?Qu¨¦ sabes de Igarashi? Pero Kiyoshi no respondi¨®. Con un esfuerzo agonizante, se arrastr¨® fuera del callej¨®n, su figura tambaleante perdi¨¦ndose en las sombras. Hitomi no lo persigui¨®. Algo en sus ojos ¡ªun destello de humanidad bajo la locura¡ª la detuvo. ¡ªTengo que encontrarlo ¡ªmurmur¨®, poni¨¦ndose de pie y ajustando su abrigo ensangrentado¡ª. Si sabe algo de Igarashi... no puedo dejarlo ir. 04:47 - Distrito 13. El combate entre M¨­ y Sekigan hab¨ªa terminado. El suelo de la sala estaba lleno de marcas de cortes y manchas de sangre, un testimonio silencioso de la violencia que hab¨ªa llenado el aire. Ambos estaban de pie, respirando con dificultad, sus kagunes retra¨ªdos en un silencio tenso. M¨­ lade¨® la cabeza hacia Sekigan, su sonrisa ensanch¨¢ndose hasta mostrar dientes afilados. ¡ªNo est¨¢s mal, Mestizo¡ªdijo, su voz un eco que reson¨® en la sala¡ª. Pero sigues buscando algo que no encontrar¨¢s aqu¨ª. ?Redenci¨®n, verdad? Eso no existe para nosotros. Solo venganza. Sekigan limpi¨® la sangre de su cuchillo contra su t¨²nica, su expresi¨®n endurecida pero quebrada por un instante. ¡ªNo busco redenci¨®n ¡ªminti¨®, aunque su voz tembl¨® ligeramente¡ª. Solo quiero entender por qu¨¦. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªrepiti¨® M¨­, riendo de nuevo¡ª. ?Porque nos hicieron as¨ª, Mestizo! ?Ellos o nosotros, no importa! ?Somos lo que queda cuando el mundo nos rompe! Sekigan presion¨® el cuchillo con m¨¢s fuerza. ¡ªNo todos queremos romperlo todo ¡ªdijo, su tono bajo pero cargado de una furia contenida¡ª. Algunas queremos respuestas. M¨­ inclin¨® la cabeza, como si escuchara algo en la voz de Sekigan que no hab¨ªa captado antes. ¡ªRespuestas, eh ¡ªmurmur¨®¡ª. Bueno, sigue buscando, mestizo. Pero aqu¨ª solo encontrar¨¢s sangre. La muchacha en la celda apret¨® los labios. Hab¨ªa visto a M¨­ d¨ªas atr¨¢s en otra sala, junto a figuras encapuchadas, planeando algo oscuro bajo las ¨®rdenes de su superior ¡ªun hombre que la visitaba frecuentemente, fr¨ªo y calculador¡ª. M¨­ era un ejecutor, un arma como ella, pero mientras ella dudaba, ¨¦l parec¨ªa deleitarse en su prop¨®sito. La puerta de la sala se abri¨®, y un anciano encorvado entr¨®, su figura trayendo un poco de calma al caos. ¡ªNo dejes que te arrastre su oscuridad ¡ªdijo suavemente el anciano, acerc¨¢ndose a los barrotes de la celda. Ella lo mir¨®, sus ojos albinos brillando con una mezcla de miedo y esperanza. ¡ªEse ghoul... ¡ªsusurr¨®, su voz apenas audible¡ª. ?Qu¨¦ quiere? El anciano suspir, sus manos temblando ligeramente mientras se apoyaba en la pared. ¡ªVenganza ¡ªrespondi¨®, su tono cargado de tristeza¡ª. Lo rompieron, como a muchos. Pero t¨² no tienes que ser como ¨¦l. Eres m¨¢s que un arma. Recu¨¦rdalo. Ella ascendi¨®, pero sus ojos volvieron a M¨­, que ahora hablaba con Sekigan en voz baja, planeando algo que ella no pod¨ªa escuchar. La fortaleza zumbaba a su alrededor, un nido de sombras y sangre, y un escalofr¨ªo recorri¨® su espalda. Algo estaba cambiando, algo que ni siquiera el anciano pod¨ªa detener.
M¨­