《Imperio Felino [Español]》 Prologo Sir Millfroyd no sab¨ªa cu¨¢nto tiempo llevaba observando el fuego de las antorchas en el campamento de los caninos all¨¢ abajo, en las afueras de la torre. Jurar¨ªa haberse acomodado en ese ventanal cuando a¨²n el Celestial Mayor iluminaba el campo marchito y ahora era la Madre Celestial la que ba?aba de luz blanca el techo de las tiendas de campa?a. El est¨®mago le gru?¨®, sac¨¢ndolo del ensimismamiento. Hab¨ªa perdido mucho tiempo all¨ª con la excusa de espiar a sus enemigos, aunque no estaba muy seguro de que era lo que pod¨ªa espiar. Tampoco lograr¨ªa nada haci¨¦ndolo, ninguna informaci¨®n que pudiera obtener del ejercito canino que lo asediaba lo ayudar¨ªa a salir de all¨ª. La verdad era que no ten¨ªa problema alguno en perder el tiempo. Era lo ¨²nico que ten¨ªa ahora y escaseaban las excusas de como gastarlo. Le parec¨ªa ir¨®nico, un par de ciclos antes hubiera pagado cualquier cantidad de sellos de plata, incluso de medallones de oro si tuviera, por tener al menos una cuarta libre. Siete d¨ªas para ir a visitar a sus hermanos en la granja de su difunto padre o tan solo vagabundear en los barracones leyendo alg¨²n libro. Siete d¨ªas para alejarse del cansado entrenamiento y las interminables noches de guardia. Siete d¨ªas lejos de la muerte y la desesperaci¨®n del frente de batalla. Ahora estaba all¨ª, encerrado en esa torre de Retrievericia. Sin aliados, sin objetivo, sin libros y sin esperanza. Incluso hasta el miedo termin¨® abandon¨¢ndolo y la muerte parec¨ªa haberlo olvidado. Tan solo eran ¨¦l y el tiempo. ?Cu¨¢nto m¨¢s tardar¨ªan los caninos en darse cuenta de que era momento de atacar la torre y acabar con su suplicio? Era la pregunta que lo acompa?aba a cada minuto y que ya amenazaba en convertirse en suplica. Record¨® como una cuarta atr¨¢s recibi¨® la orden de llevar a su pelot¨®n a la frontera con Doggoria y controlar de una vez por todas ese lugar, la Atalaya de Cerbero. Una torre de Retrievericia que serv¨ªa como un punto de control muy importante para las fuerzas caninas, pues les permit¨ªa vigilar con facilidad un amplio terreno del Bosque de Vandelhorg y las Praderas de Labradores. Dicho bosque era el punto por el que los estrategas del Imperio decidieron infiltrarse para llegar lo m¨¢s cerca posible a las tierras caninas sin ser vistos y dar el golpe final. As¨ª que, si quer¨ªan lograr con ¨¦xito la invasi¨®n, la Atalaya de Cerbero deb¨ªa caer. Sir Millfroyd reuni¨® a sus mejores cinco soldados para partir la misma ma?ana en que recibieron la orden y a la noche del tercer d¨ªa, bajo la guardia de la Madre Celestial, cumplieron con ¨¦xito la misi¨®n. Asesinaron a los guardias del per¨ªmetro sin levantar ninguna alarma, y al revelarse a los dos caninos que vigilaban la base de la torre, estos soltaron las armas y suplicaron piedad. Otra media docena de soldados en la Atalaya de Cerbero sigui¨® el ejemplo de sus aliados y Sir Millfroyd decidi¨® otorgarles el perd¨®n a sus vidas para tomarlos prisioneros, ignorando la orden del Emperador Tibeo de acabar con cualquier no felino que se les atravesase. Grave error. Un par de d¨ªas despu¨¦s, por un descuido mientras los alimentaban, los caninos lograron escaparse. Mataron a los dos soldados que se encargaban de llevarle la comida y luego se vieron envueltos en una escaramuza con Sir Millfroyd y sus tres hombres restantes. La batalla fue m¨¢s dura de lo que deb¨ªa haber sido. Esos caninos no eran muy diestros en el combate, su ej¨¦rcito necesitaba a los mejores soldados en el frente contra Miaurnia, por lo que all¨ª, tan al sur, solo quedaban los menos h¨¢biles y disciplinados. Sin embargo, al igual que en un principio funcion¨® para Sir Millfroyd, el elemento de la sorpresa jug¨® a favor de los prisioneros. Todo acab¨® tan solo quince minutos despu¨¦s de haber comenzado. Todos los caninos muertos, y tan solo Sir Millfroyd como sobreviviente de su bando. Pero a duras penas. Durante el combate recibi¨® varias heridas de espada, siendo la m¨¢s grave el corte en la parte trasera de su antebrazo, que comprometi¨® el nervio y le dej¨® in¨²til la mano izquierda. This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. Pero eso no alcanz¨® a ser tan doloroso como la estocada que recibi¨® en su orgullo cuando descubri¨® que mientras estaban distra¨ªdos en la escaramuza, uno de los caninos logr¨® encender el fuego en la cima de la torre, dando la se?al a su pueblo de que algo ocurr¨ªa. Sir Millfroyd se plante¨® abandonar su posici¨®n, pero sus ¨®rdenes eran tomar y defender el lugar, y como a¨²n segu¨ªa vivo, la misi¨®n no pod¨ªa darse por fracasada. Se dijo que ser¨ªa mejor que resistiera all¨ª, que podr¨ªa acabar con los exploradores que acudieran a investigar la situaci¨®n de la alarma. Lamentablemente no pas¨® medio d¨ªa antes de que un ej¨¦rcito completo se presentase en el campo a las afueras de la torre. El comandante canino pidi¨® explicaciones a gritos, y Sir Millfroyd, desesperado y sin que se le ocurriese algo m¨¢s que hacer que intentar mentir, les advirti¨® que, si se atrev¨ªan a subir a detenerlo a ¨¦l y su docena de hombres, matar¨ªa a cada uno de los prisioneros que hab¨ªan tomado. Tuvo suerte de que uno de los hijos del mismo comandante se encontraba all¨ª esa noche en la que atac¨®, por lo que ¨¦ste decidi¨® creerle, tomarlo con calma y llevar a cabo un asedi¨® en lugar de un ataque directo. Despu¨¦s de todo no ten¨ªan mucho que perder al esperar. El est¨®mago volvi¨® a gru?irle, oblig¨¢ndolo a abandonar sus recuerdos y moverse para buscar alimento. ¡°Celestiales, ?Cu¨¢ndo el idiota del comandante se dar¨¢ cuenta que soy el ¨²nico vivo en ¨¦sta torre abandonada hasta por el mism¨ªsimo Dios de los Tres Brazos?¡± fue lo que pens¨® mientras bajaba por las escaleras un par de pisos para llegar al almac¨¦n y encontrarse con lo que ya sab¨ªa que ver¨ªa, nada. Llevaba ya muchas cuartas all¨ª y los soldados caninos que se encontraron al llegar tan solo se hab¨ªan aprovisionado con lo suficiente para durar unos cuatro o cinco d¨ªas de turno. Sir Millfroyd se mantuvo durante todo ese tiempo con un estricto plan de racionamiento y con la esperanza de que el ej¨¦rcito del Imperio llegara pronto. Pero ya a ese punto dudaba que lo hicieran jam¨¢s. Se le hab¨ªa acabado tanto la fe como la comida. Volvi¨® al piso superior y se dirigi¨® a uno de los mesones. All¨ª lo esperaba su cuaderno, el ¨²nico amigo y entretenimiento que ten¨ªa durante esos momentos tan terribles. Se sent¨® frente a ¨¦l y lo abri¨®. Pas¨® las p¨¢ginas repletas de relatos que recordaba de su pasado, cuentos que su padre sol¨ªa contarle a ¨¦l y a sus hermanos antes de morir, pensamientos que no dejaban de inundar su cabeza en esos momentos de soledad. Una entrada le llam¨® la atenci¨®n. Trataba sobre esas historias de tiempos lejanos, tiempos en los que reinaban los felinos y disfrutaban de una paz que jam¨¢s volver¨ªan a disfrutar. Eran historias antiguas que aseguraban ser verdaderas incluso sin tener ning¨²n fundamento hist¨®rico, sin que existiera registro alguno ni evidencia. Eran las historias favoritas de sus hermanos. Recordaba como ¨¦l, ya a la edad de comenzar su entrenamiento en el ej¨¦rcito del Imperio, los molestaba por estar fantaseando y so?ando con esas historias. Historias que narraban que hac¨ªa mucho tiempo los felinos eran los due?os y se?ores de todo el mundo, y todo ser vivo o cosa exist¨ªa para obedecerlos y complacer sus deseos. En especial, exist¨ªan unos seres que, aunque eran m¨¢s grandes y fuertes que ellos, se dedicaban a atender todas sus necesidades y caprichos. Los ba?aban con las aguas m¨¢s perfumadas, les daban las camas m¨¢s mu?idas para que descansasen al sol y les preparaban los mejores manjares. Ahora, en su situaci¨®n, cuando estaba al punto de tener que luchar para no sucumbir al canibalismo, envidiaba la fe de sus hermanos menores en creer en esos tiempos. Esas ¨²ltimas noches volv¨ªa una y otra vez a esas entradas que hab¨ªa escrito hac¨ªa tan poco y motivaba a su imaginaci¨®n a llevarlo a momentos tan maravillosos. Momentos que jam¨¢s vivi¨® ni llegar¨ªa a vivir. Tom¨® la pluma, y se dirigi¨® a las ¨²ltimas p¨¢ginas en blanco para comenzar a escribir. Se que pronto voy a morir. Me gustar¨ªa pensar que todo lo que he hecho, todo por lo que me he esforzado, valdr¨¢ de algo. Que esto servir¨¢ para que mis hermanos y todos los mininos que vendr¨¢n en el futuro puedan vivir en paz, puedan vivir tranquilos, sin miedo a que sus seres queridos desaparezcan al d¨ªa siguiente, sin tener que pensar en la realidad de la muerte a cada minuto. Es ahora cuando recuerdo esas historias del pasado que tanto rechazaba y entiendo por qu¨¦ alegran el coraz¨®n de tantos felinos¡­ Cuanto me gustar¨ªa estar tomando el sol en estos momentos, acostado sobre rebullidos almohadones y esperando que mi criado llegue con bandejas de plata repleta de alimentos. Sin ans¨ªa alguna, claro, pues s¨¦ que llegar¨¢, que nunca faltar¨¢. Pero no¡­ 1 Parte I Pero no¡­ Aqu¨ª estoy. Solo. Esperando poder terminar de escribir antes de morir de hambre y no sucumbir a la locura de comer la carne de mis aliados. Si en efecto en el cielo hay un dios que nos est¨¢ vigilando a todos, aprovecho estas l¨ªneas para maldecirlo¡­ Tres campanadas interrumpieron el embelesador sonido de decenas de plumas rasgando decenas de trozos de pergaminos. Transcribir las historias del pasado era una parte important¨ªsima de la noble labor de esparcir el conocimiento, de hacer avanzar a la civilizaci¨®n. No hay mejor manera de construir el futuro que aprendiendo del pasado. Pero dentro de todo, el presente es igual de importante, y esas campanadas les indicaban a los eruditos de la Universidad que era hora de reunirse en el Gran Sal¨®n para tomar la cena. Los libros eran necesarios, y por ende mantener bien alimentadas a las mentes que los trabajaban era una tarea critica. Chips sec¨® su pluma y, mientras guardaba todos sus instrumentos de trabajo, combati¨® con la extra?a sensaci¨®n de dualidad que lo arremet¨ªa. Segundos antes estaba transcribiendo los ¨²ltimos registros de un h¨¦roe de guerra, Sir Millfroyd el Destructor de Torres. Un h¨¦roe que hab¨ªa perecido por intoxicaci¨®n luego de verse obligado a cometer canibalismo, asediado por una avanzada enemiga en la antigua Retrievericia. Y ahora ¨¦l se dispon¨ªa a disfrutar del acostumbrado fest¨ªn que la Universidad ofrec¨ªa a sus miembros cada noche. Sin duda alguna eso era algo que le fascinaba a Chips. ¡°Los tiempos cambian¡±, era su frase favorita que, aunque corta y sencilla, se le pod¨ªa atribuir la verdad de la vida misma. Por eso era tan aficionado a la historia, era incre¨ªble pensar todo lo que los felinos hab¨ªan hecho para llegar al momento exacto en el que estaban ahora. Todas las grandes mentes que se forjaron en tiempos de necesidad, logrando construir poco a poco la sociedad en la que viv¨ªan, la paz que disfrutaban. Todas las guerras peleadas para establecer el grandioso e imbatible Imperio Felino. Todos los h¨¦roes que entregaron su vida para combatir a los caninos y a la oscuridad antes que ellos. ¡°Aunque eso de la Era de la Oscuridad no cuadra del todo¡± fue el pensamiento que inici¨® el fuego en su mente mientras descend¨ªa las escaleras del torre¨®n para dirigirse al comedor. El incendio de dudas y divagaciones ard¨ªa constantemente en Chips, y eso a ¨¦l le gustaba. Le gustaba pensar, le gustaba razonar, darle vueltas a una idea hasta que de pronto daba con una respuesta o, mejor a¨²n, con m¨¢s preguntas. La versi¨®n de la ¡°verdad¡± del Imperio defin¨ªa la Era de la Oscuridad como el punto de origen de la civilizaci¨®n, un periodo de duraci¨®n desconocida en la que los felinos sobreviv¨ªan como pod¨ªan al terror de un mundo sin d¨ªa y en el que seres de sombras, llamados Kharankui, los cazaban sin descanso. Un periodo que acab¨® con el nacimiento del Emperador Dios Le¨®nidas y su combate contra el Dios de los Tres Brazos. Sin embargo, y en contradicci¨®n, muchas narraciones de h¨¦roes y sabios de tiempos pasados hablaban de una era de lujos y grandezas incluso mejor que la actual Era Dorada del Imperio. Un mundo previo a la oscuridad en la que los felinos compart¨ªan sus tierras con una raza que viv¨ªa para servirles, una raza de la que hoy d¨ªa se hablaba tan poco que hasta llegaron a considerar el tema como tab¨². Por alguna raz¨®n, ese era uno de los misterios que m¨¢s avivaba el fuego dentro de Chips. La posibilidad de que existiera una historia perdida, una historia prohibida. Y era por eso por lo que esa noche bajaba las escaleras del torre¨®n m¨¢s r¨¢pido que cualquier otra noche. Miltr¨®n, su amigo desde los primeros d¨ªas en la Universidad, al fin hab¨ªa sido asignado a traducir y transcribir un pintado. ¡ªEran cuatro, cuatro tortugas ¡ªdijo Miltr¨®n emocionado mientras se acercaba un bol de coles fermentadas para servirse en su plato ya repleto. Sus otros tres amigos, Chips incluido, lo ve¨ªan con fascinaci¨®n. Ning¨²n otro se dispuso a servirse nada de comer, se notaba su inter¨¦s en la historia y eso a Miltr¨®n le fascinaba, por lo que daba largas para mantener el suspenso y la emoci¨®n. ¡ªVamos, Miltr¨®n, continua, no nos dejes as¨ª ?Incluso Gabs ha ignorado que hay trucha horneada en la mesa! ¡ªinterrumpi¨® Jasques al ver que su compa?ero engull¨ªa un cucharon de pur¨¦ de batata en lugar de continuar hablando. Miltr¨®n sonri¨® y apur¨® la comida. Sus enormes ojos amarillos que resaltaban por su esponjoso pelaje de un blanco pr¨ªstino demostraban malicia. Si hab¨ªa algo que le encantaba al robusto chinchilla era ser el centro de atenci¨®n. Mientras tanto, del otro lado de la mesa, un cornish rex muy similar al propio Chips parec¨ªa que iba a morir de la ansiedad si su compa?ero no tragaba r¨¢pido y continuaba con la historia. A pesar de que Gabs y Chips eran muy parecidos f¨ªsicamente, sus personalidades eran polos opuestos. Gabs era nervioso y t¨ªmido, no le gustaba hablar mucho pero cuando lo hac¨ªa se convert¨ªa en una catarata de palabras. Chips era m¨¢s tranquilo, m¨¢s controlado con sus emociones, mas¡­ acad¨¦mico. Era m¨¢s apegado a la descripci¨®n de diccionario de la palabra ¡°erudito¡±. Aunque de vez en cuando, tambi¨¦n sufr¨ªa de verborrea sin control. Por otro lado, Jasque, con sus varios a?os m¨¢s de experiencia, era el ejemplo a seguir del grupo. Hablaba cuando ten¨ªa que hablar y lo hac¨ªa con una jocosa sabidur¨ªa que lo convert¨ªa en el perfecto l¨ªder. Normalmente serv¨ªa de moderador para las acaloradas pero acostumbradas discusiones pseudo-intelectuales del grupo. ¡ªCuatro tortugas. Parece ser que tambi¨¦n eran guardianes de los Antiguos ¡ªcontinu¨® con un aire de misticismo luego de tragar el bocado y preparaba su cuchara para el siguiente ¡ª¡­ Viv¨ªan en los subterr¨¢neos de la ciudad por alguna raz¨®n, no se dejaban ver por los ciudadanos comunes, pero siempre aparec¨ªan cuando alguna fuerza externa los amenazaba. O al menos eso es lo que se muestra en los dos pintados que han tra¨ªdo los recuperadores. Muy poco se sab¨ªa de los Antiguos y sus costumbres, y eso se deb¨ªa al mal estado en que se encontraban los pocos registros escritos que hab¨ªan logrado recuperar hasta ahora de las pocas ruinas que quedaban de su supuesta civilizaci¨®n. Se teorizaba que era a ellos a los que los diarios m¨¢s antiguos de los Felinos se refer¨ªan como su servidumbre, una raza que, aunque viv¨ªan bajo el yugo Felino, construyeron una civilizaci¨®n independiente con sus propias creencias y costumbres, muy apartadas de las de sus amos y se?ores. Exist¨ªa una divisi¨®n en la Universidad dedicada a investigar sobre el tema de los Antiguos, pero no era ni la m¨¢s grande ni la que mejor presupuesto disfrutaba, por mucho. Los ¨²ltimos emperadores Felinos contempor¨¢neos no hab¨ªan mostrado mucho inter¨¦s en la historia previa de la llegada del Emperador Dios Le¨®nidas, incluso llegaron a categorizar a los Antiguos como un mito, ignorando por completo las evidencias. Por eso los Maestros Acad¨¦micos de la Universidad no dedicaban muchos recursos a estudiar dicha civilizaci¨®n. Por supuesto, a Chips eso le parec¨ªa una estupidez. Hasta le indignaba. ¡°?C¨®mo tantos se atreven a asegurar que los Antiguos eran un mito existiendo tal cantidad de registros y evidencias? ?Tantas se?ales de un mundo por completo distinto al actual? ?No vale eso para dar lugar a dudas, al menos?¡± Eran las preguntas que siempre se hac¨ªa al hablar del tema. Esa falta de informaci¨®n, junto al misticismo que rodeaba el tema y la descarada decisi¨®n de la monarqu¨ªa de ignorar los hechos, hac¨ªa que las mentes m¨¢s curiosas entre los eruditos sintieran gran atracci¨®n a esa parte olvidada de la historia. Y Chips y su grupo claramente eran parte de ese selecto grupo. Selecto porque, a su pesar, mientras la Universidad se enfocaba m¨¢s en los estudios para el progreso del Imperio, menos personas ve¨ªan como algo productivo estudiar historia tan antigua y de tan ¡°dudosa credibilidad¡±. Despu¨¦s de todo, eso hab¨ªa quedado mucho m¨¢s de cinco mil a?os atr¨¢s. De todas formas, importante para el imperio o no, era algo que la universidad trataba con la mayor delicadeza posible, d¨¢ndole acceso a la informaci¨®n a muy pocos afortunados. La interpretaci¨®n de un pasado olvidado pod¨ªa ser peligroso. Ten¨ªan que ser cautelosos frente al desconocimiento. Y fue por esa misma raz¨®n que Jasques le hizo una se?a de alerta a Miltr¨®n cuando otro erudito, mayor que ellos por varios a?os, avanz¨® en su direcci¨®n por el pasillo entre los mesones. El grupo hizo silencio un momento y luego volvieron a hablar en susurros cuando el felino amarillo y regordete se alej¨® para sentarse en otro lugar. ¡ªA¨²n no le caes muy bien a Waze, ?Cierto? ¡ªcoment¨® Jasques, jocoso. ¡ªPues si ten¨ªa esperanzas de caerle bien, ya qued¨® en el pasado ¡ªrespondi¨® Miltr¨®n luego de tragar un bocado que se hab¨ªa apurado a tomar cuando vio a su superior ¡ª. ¨²ltimamente est¨¢ m¨¢s obstinado que nunca. Ni siquiera me dirige la palabra ya. Es m¨¢s, a veces pareciera que est¨¢ haciendo de todo menos supervisar a sus aprendices¡­ Cada vez est¨¢ m¨¢s loco. ¡ªEntonces, es mejor que no te oiga difam¨¢ndolo. Mientras te siga dejando trabajar all¨ª, todos estamos felices ¡ªagreg¨® Chips y luego procedi¨® a murmurar ¡ª. No queremos que nuestro ¡°informante¡± pierda su acceso a la ¡°informaci¨®n¡±. Todos rieron de forma disimulada, menos Miltr¨®n. Se notaba incomodo cuando le recordaban que lo que estaba haciendo era ilegal. Ilegal o no, pasaron las horas de la cena entre charla y charla mientras discut¨ªan sobre la leyenda de las Tortugas y otros muchos personajes que formaban parte de la mitolog¨ªa conocida de los Antiguos. Chips pensaba que en gran medida no ten¨ªan mucho sentido. Aunque el material con el que dispon¨ªan era poco, la cantidad de informaci¨®n que extra¨ªan de cada p¨¢gina escrita o pintada era abrumadora. Pero no siempre cantidad era calidad. Las historias de los Antiguos mezclaban muchos factores de forma constante, aunque no del todo congruente. Hombres indestructibles que volaban, animales que hablaban, hombres que no eran hombres u hombres que eran hombres, pero ven¨ªan de la inmensidad del espacio. Sin importar ese caos informativo, si algo deseaba Chips era ser asignado a estudiar esas historias. Deseo que se vio truncado cuando los Maestros terminaron por decidir que sus habilidades y conocimientos ser¨ªan mejor aprovechados en la secci¨®n de cr¨®nicas, conden¨¢ndolo a pasar d¨ªas transcribiendo escritos sobre h¨¦roes reales de eras pasadas y las noches acosando sin descanso al afortunado de Miltr¨®n para que le diera m¨¢s informaci¨®n sobre los Antiguos. ¡°Pero los tiempos cambian¡± pens¨®, ¡°A¨²n tengo una vida por delante, podr¨¦ desempa?arme bien y luego pedir a los Maestros que me asignen a otra ¨¢rea.¡± *** Enjoying this book? Seek out the original to ensure the author gets credit. El grupo termin¨® de comer, dejando pocas sobras en las bandejas frente a ellos, y r¨¢pidamente se levantaron del largo mes¨®n para llenar sus copas una vez m¨¢s y salir a dar un paseo por los jardines con un poco de vino. Nada como una caminata con historias y vino para bajar la comida. En la Universidad las horas nocturnas posteriores a la cena eran libres para que el personal realizara las tareas que desearan. Dada la naturaleza de los eruditos de aprovechar la mayor cantidad de tiempo despiertos trabajando, ninguno de los laboratorios, bibliotecas o centros de trabajo cerraban. Muchos alumnos incluso dorm¨ªan en sus puestos de trabajo para no desperdiciar ni un segundo yendo a los dormitorios. Aunque ese comportamiento era m¨¢s cl¨¢sico en dos tipos de personas. Los nuevos estudiantes, a quienes la emoci¨®n e ilusi¨®n los manten¨ªan con una reserva de energ¨ªa casi ilimitada, reserva que los Maestros sab¨ªan aprovechar ya sea asign¨¢ndoles m¨¢s trabajos o m¨¢s materias de estudio. Y los eruditos propiamente dichos, los que ya se hab¨ªan graduado y obtenido una maestr¨ªa en ¨¢reas espec¨ªficas. A estos ¨²ltimos se le permit¨ªa desarrollar proyectos personales e incluso hacer uso del tiempo de los estudiantes y de recursos de las instituciones para lograrlo. Todo a criterio de los Maestros claramente. Luego estaban los alumnos que ya ten¨ªan suficiente tiempo para saber c¨®mo funcionaba la Universidad pero a¨²n no ten¨ªan sus t¨ªtulos, el cual era el caso del grupo de Chips, exceptuando a Jasque, que estaba graduado en literatura pero a¨²n no se dedicaba a desempa?arse en ning¨²n proyecto propio. Estos alumnos a¨²n deb¨ªan asistir a sus clases en la ma?ana y luego desempe?ar una labor especifica que le asignaban los Maestros el resto del d¨ªa. Pero la noche la usaban para actividades varias. Algunos iban a las tabernas del pueblo fuera de las murallas de la Universidad, otros tantos solo daban paseos por las amplias instalaciones del lugar, y otra minor¨ªa se reun¨ªa en sus dormitorios a jugar a las cartas, actividad que estaba estrictamente prohibida si involucraban apuestas, y por supuesto que las involucraban. Esa noche Miltr¨®n y Jasques hab¨ªan decidido ir a tomar unas copas al pueblo para disfrutar de un poco de m¨²sica, o eso era lo que dec¨ªan. Chips sab¨ªa que ambos le hab¨ªan puesto el ojo a una gitana cuyo grupo deambulante estaba pasando una temporada entreteniendo a los estudiantes que recurr¨ªan a la vida nocturna. Entreteniendo y estafando, obviamente. Lo sab¨ªa pues el mismo fue v¨ªctima en uno de esos juegos de vasos y dardos que parecen f¨¢ciles de ganar, o al menos seg¨²n las estad¨ªsticas, pero las estad¨ªsticas no sol¨ªan contemplar vasos con pegamentos y dianas magnetizadas. A fin de cuentas, Chips y Gabs no pod¨ªan costearse el acompa?arlos esa noche, y no era solo porque hab¨ªan perdido una cantidad considerable con los embustes gitanos, sino que simplemente eran pobres. Y ese justamente parec¨ªa que iba a ser el tema de conversaci¨®n de esa noche. ¡ªNo creo que siga por ac¨¢ el pr¨®ximo semestre ¡ªsolt¨® Gabs un par de minutos despu¨¦s de que sus otros dos compa?eros los abandonar¨¢n. Chips asinti¨®. Siempre exist¨ªa la posibilidad de que tuvieran que dejar de asistir a la universidad por un par de semestres si se quedaban sin fondos. Las matr¨ªculas eran caras y s¨ª, te permit¨ªan seguir haciendo uso de las instalaciones mientras trabajases, aunque no pudieras pagar tus clases, pero eso te convert¨ªa pr¨¢cticamente en un esclavo. La Universidad solo pagaba el trabajo de los graduados por lo que era imposible ahorrar para seguir pagando la matricula mientras te quedaras. Por supuesto, la Universidad, se aprovechaba de todo aquel que eligiera vivir la vida de servir a los objetivos de la instituci¨®n a cambio de techo y comida, asign¨¢ndoles las tareas que los que ten¨ªan otras opciones nunca aceptar¨ªan tan a la ligera. En resumen, siempre era mejor salir a probar suerte de otra manera y luego volver, si es que volv¨ªan. ¡ªMe he cuestionado mucho mi decisi¨®n de querer convertirme en un erudito ¡ªcontinu¨® ¡ª¡­ Sabes lo malo que soy para la aritm¨¦tica y mi problema de atenci¨®n para la historia. ¡ªA¨²n te queda arte, nunca has probado con arte. ¡ªSolo me estoy ahorrando la humillaci¨®n ¡ªrespondi¨®, aburrido, cortando la idea. Chips sab¨ªa cu¨¢ndo Gabs solo quer¨ªa desahogarse, lo cual era la gran mayor¨ªa del tiempo. Era dif¨ªcil mantener una conversaci¨®n productiva con el ¡ªSabes que mi padre es herrero¡­ S¨ª, obviamente lo sab¨ªa, al igual que sab¨ªa que: ¡ª¡­ y mi madre panadera. Yo soy el ¨²nico hijo var¨®n de mi familia. Mi padre se alegr¨® al tenerme luego de haber engendrado cuatro hembras seguidas¡­ Chips lo dej¨® hablar. Aunque hab¨ªa escuchado su historia varias docenas de veces, siempre le gustaba repetirla cuando se sent¨ªa miserable, y vaya que lo hac¨ªa muy seguido. A Chips le ca¨ªa bien Gabs, era un gran compa?ero, era divertido y energ¨¦tico, siempre le gustaba pasar tiempo con ellos y, cuando no estaba en sus episodios depresivos, era un excelente conversador. En esos momentos tambi¨¦n se le daba muy bien escuchar. Una vez hab¨ªa ayudado mucho a Jasques con unos de sus anteriores proyectos, aunque no era muy diestro en literatura no le molestaba escuchar sus ensayos una y otra vez y, aunque no daba opiniones certeras, a veces lo ¨²nico que uno necesita para resolver un problema es decirlo en voz alta a otra persona. Sin embargo, el ser bueno escuchando no es una habilidad muy cotizada entre los pobres y la clase media. Chips estaba convencido de que si su amigo hubiera nacido en una familia noble en Miaurnia se hubiera podido convertir en un gran consejero, o al menos en un experto chismoso, ambos roles muy necesarios en las cortes. Pero no, hab¨ªa nacido en una familia pobre de un pueblo que ni aparec¨ªa en el mapa oficial del Imperio. Como acababa de decir, su padre era herrero y su madre panadera, sus tres hermanas hab¨ªan ayudado a expandir el negocio de su madre y su padre esperaba que pudiera hacer lo mismo con ¨¦l, pero no. Gabs nunca pudo levantar una herramienta sin hacerse da?o. Cuando cumpli¨® la edad m¨ªnima su padre lo envi¨® a probar suerte a la Universidad, aunque el mismo Gabs estaba seguro de que fue solo para deshacerse de ¨¦l. Un par de a?os m¨¢s tarde aqu¨ª estaba, a¨²n sin saber qu¨¦ hacer con su vida. ¡ª?Qu¨¦ tienes en mente? ¡ªle interrumpi¨® Chips. ¡ª. Me refiero a que, ?Qu¨¦ piensas hacer all¨¢ afuera? ?Por qu¨¦ mejor no convences a Jasques que inicie un proyecto propio y te contrate? Quiz¨¢s hasta logre convencer a los Maestros que te paguen algo por tus servicios. ¡ªNo lo s¨¦, Chips, sabes lo malo que soy para todo eso. El har¨ªa algo de idiomas seguramente¡­ Yo no sabr¨ªa diferenciar el Canino del Aviar aunque mi vida dependiera de ello. Una afirmaci¨®n muy fuerte pues ambos alfabetos eran incre¨ªblemente diferentes a simple vista. Los caracteres Caninos consist¨ªan en un conjunto de rayas y puntos, mientras que el Aviar era mucho m¨¢s pulcro, m¨¢s redondeado. Quiz¨¢s m¨¢s parecido al Felino aunque muy diferente al mismo tiempo, cosa que hac¨ªa mucho sentido al saber que estos ¨²ltimos se apoyaron en los eruditos aviares para el desarrollo del lenguaje. O bueno, mejor dicho, los aviares hab¨ªan apoyado a los felinos y luego se hab¨ªan extinto. ¡ªT¨² y yo sabemos que, lamentablemente, no estoy hecho para ser un acad¨¦mico. ¡ªNi de negociante, ni apostador, ni cocinero¡­ ¡ªQuiz¨¢s me una a un grupo gitano. Quiz¨¢s podr¨ªa ser el que levanta el campamento o algo as¨ª, ?No? ¡ªDudo que haya una posici¨®n entre sus filas que se dedique a solo una tarea, al igual que dudo que puedas levantar una tienda sin destruirla en el proceso. ¡ª?Hey! ¡ªambos rieron. Llegaron a un punto del jard¨ªn con una de las mejores vistas de toda la Universidad, un balc¨®n que sin duda servir¨ªa como puesto de vig¨ªa si en alg¨²n momento el edificio se convert¨ªa en un cuartel militar. Desde all¨ª se pod¨ªa ver toda la llanura occidental, kil¨®metros y kil¨®metros de tierra recubierta de pasto verde intenso que bailaba alegremente al comp¨¢s del viento. Mucho m¨¢s all¨¢, si Chips y Gabs hubieran sido bendecidos con una visi¨®n inigualable, quiz¨¢s hubieran logrado ver las luces de Miaurnia reflejadas en el complejo de riachuelos que la bordeaban. Furilia hab¨ªa sido construida en la falda de la cordillera monta?osa cientos de a?os atr¨¢s para servir como fortaleza real durante La Gran Guerra Canina, pero nunca se utiliz¨®. El gran genocidio que dio fin a la guerra tom¨® lugar antes de que la construcci¨®n fuera finalizada y el emperador en ese momento, Talion XIV, luego decidi¨® que all¨ª se instalar¨ªan las instituciones dedicadas al progreso de la ciencia, por lo que era de esperar que a?os despu¨¦s se convirtieran en el lugar indicado para fundar la Universidad. Chips hab¨ªa tenido que transcribir varias veces las ordenes de restructuraci¨®n emitidas por el emperador para ese fin por lo que terminaron qued¨¢ndole grabadas en la mente, aunque no de una manera muy agradable. ¡ª?Y t¨², Chips? Todos sabemos que no te gusta trabajar en Cr¨®nicas. ¡ªNo, pero no tengo de otra. Al menos no por ahora. Pero pienso en alg¨²n momento lograr convencer a los maestros para que me asignen a Historia Antigua o¡­ ¡ªO te grad¨²as antes como historiador y logras comenzar tu propio proyecto ¡ªa?adi¨® Gabs, completando su idea. ¡ª. Con que estas decidido. Me gustar¨ªa ser como tu¡­ Chips y Gabs no eran tan diferentes como ¨¦l pensaba. Y no solo en el aspecto f¨ªsico, que eran casi como gemelos. Ambos ven¨ªan de una familia pobre y hab¨ªan comenzado en la Universidad como ¨²ltimo recurso para intentar ser algo en sus vidas. La principal diferencia era la motivaci¨®n que hab¨ªan ganado posterior a eso. Chips se termin¨® enamorando locamente por el arte del historiador y Gabs¡­ Bueno. Sin m¨¢s que decir, terminaron sus copas mientras contemplaban el viento jugar con la hierba y a la blanca Madre Celestial fungiendo como juez, disfrutando del olor siempre primaveral del jard¨ªn, hasta que las campanadas anunciaron las nueve. A¨²n era temprano, pero Chips se estaba aburriendo y, aunque no quer¨ªa irse a la cama, si sus opciones eran ver el horizonte con Gabs o volver a sus tareas de cronista, f¨¢cilmente prefer¨ªa intentar recuperar un poco de sue?o. Se despidi¨® de su amigo y este le respondi¨® con un lento movimiento de cabeza que le indic¨® que se quedar¨ªa all¨ª un rato m¨¢s. *** Mientras sub¨ªa las escaleras de la torre donde se encontraban los dormitorios de su rango, intent¨® pensar si pod¨ªa hacer algo por Gabs. Sospechaba que deb¨ªa ser muy dif¨ªcil sentir que se era un bueno para nada, pero a¨²n peor deb¨ªa ser no querer hacer nada al respecto, no tener una meta que le impulsara a seguir intent¨¢ndolo. Para Chips era natural, ¨¦l sab¨ªa que quer¨ªa hacer, aunque no como lo lograr¨ªa. Sin embargo, entend¨ªa que quiz¨¢s ese no era el caso para todo el mundo. Tampoco pod¨ªa enga?arse y decir que siempre hab¨ªa tenido los objetivos claros, pero se excusaba con recordar lo dif¨ªcil que hab¨ªa sido su vida, lo urgente de sus necesidades y problemas. Se comenz¨® a sentir impotente por no poder hacer nada para apoyar a su amigo, y tambi¨¦n un poco incomodo por comenzar a recordar cosas desagradables, as¨ª que decidi¨® dejar de pensar por el momento, ya ma?ana ser¨ªa otro d¨ªa. ¡°Los tiempos cambian¡± se dijo. Esperaba que quiz¨¢s ma?ana Gabs se encontrara de mejor humor para intentar hablar un poco m¨¢s con ¨¦l. Llegar a una soluci¨®n juntos. ¡°A final de cuentas no es como si su vida dependiera de nosotros ahora mismo¡±. De pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos en el acto cuando, al abrir la puerta del dormitorio, se encontr¨® de frente al regordete Waze. Chips se qued¨® en el lugar, confundido. Waze no era ni de su rango ni de su asignaci¨®n, ni siquiera era un alumno ya, si no un erudito graduado. ¡ªBu-Buenas noches, Maese Waze ¡ªsalud¨® Chips mientras se preguntaba que hac¨ªa el felino en ese lugar e intentaba disimular el impacto que le generaba el extra?o encuentro. Waze no emiti¨® ninguna palabra, solo lo observ¨® receloso y continu¨® su camino escaleras abajo. Un par de segundos despu¨¦s, Chips decidi¨® agregar lo ocurrido a su lista mental de cosas por ignorar y seguir su camino a la cama. No m¨¢s avanzar entre las filas de literas del dormitorio la calma volvi¨® a abandonarlo al darse cuenta de que el cerrojo de su ba¨²l personal estaba abierto. Se apresur¨® a revisarlo, pensando que quiz¨¢s entre el sue?o y su natural estado de distracci¨®n lo hab¨ªa dejado abierto en la ma?ana. Trat¨® evitar enlazar ideas y concluir que hab¨ªa sido obra del erudito, pero luego de inspeccionarlo le fue imposible descartar esa posibilidad. El cerrojo hab¨ªa sido forzado. Los nervios comenzaron a invadirlo. Mir¨® a los lados, buscando alg¨²n otro ba¨²l que se encontrase en el mismo estado, pero no hall¨® nada fuera de lo normal. El dormitorio no estaba vaci¨®, pero todos los otros inquilinos ya se encontraban en sus camas dormidos o distra¨ªdos, leyendo alg¨²n libro. Al parecer nadie se hab¨ªa percatado del estado de su ba¨²l, del extra?o visitante que acababa de salir de all¨ª hac¨ªa menos de un minuto. O simplemente decid¨ªan ignorarlo. No pod¨ªa estar seguro de que Waze fuese el culpable, pero la inc¨®gnita de porqu¨¦ hab¨ªa estado all¨ª ¨¦l no lo ayud¨® a descartarlo como sospechoso. Tembloroso, comenz¨® a levantar la tapa, asustado por lo que se podr¨ªa encontrar o por lo que pod¨ªa faltar. No ten¨ªa en su posesi¨®n nada con que lo pudieran incriminar de algo, pero ese hecho solo hac¨ªa que todo fuera m¨¢s misterioso y aterrador. Para su suerte, los nervios se esfumaron no m¨¢s ver que todo estaba en orden, o al menos lo que ¨¦l llamaba orden. Inconscientemente dej¨® soltar un suspiro de alivio y, como si nada, prosigui¨® a tomar su batola para cambiarse y prepararse a dormir. Pero, al levantar la pieza de ropa, sinti¨® que algo ca¨ªa y escuch¨® un pesado golpe contra la madera. Frente a ¨¦l se encontraba un fajo de hojas viejas amarradas con tiras de tela. Se apresur¨® a recogerlo y en el acto se dio cuenta que, dentro de su ba¨²l, al fondo, hab¨ªa m¨¢s bloques de papeles como ese. Mir¨® a los lados para asegurarse que no llamaba la atenci¨®n e intent¨® leer un poco para entender lo que suced¨ªa. Y fue en ese momento que su miedo volvi¨® y se acrecent¨®. Lo que le congel¨® la sangre no fue el estado del papel, quebradizo y mohoso, amarillento, a punto de desmoronarse. Estaba acostumbrado a lidiar d¨ªa a d¨ªa en su trabajo como cronista con p¨¢ginas parecidas. No, lo que lo espant¨® fue el idioma en que hab¨ªan escrito sobre ellas, con tinta negra y una caligraf¨ªa pulcra y sobrenaturalmente uniforme. Todas las letras iguales ten¨ªan la misma forma, el espacio entre ellas y el que separaba las l¨ªneas era exacto. La tinta con la que se representaban los caracteres no se comportaba con la naturaleza de la tinta que utilizaba ning¨²n escriba que conociera. Nadie pod¨ªa escribir as¨ª. O al menos nadie que existiera en esos tiempos. Hizo a un lado unas p¨¢ginas que no entend¨ªa y luego se encontr¨® con un texto que ocupaba, con letras grandes, la mitad del papel. No estaba muy acostumbrado a leer el idioma, pero si conoc¨ªa las palabras. Claramente estaba en problemas, no era posible que las p¨¢ginas de un libro como ese estuvieran en su poder sin que lo condenara a alg¨²n caso de hurto o algo parecido. No pudo evitar preguntarse si era eso lo que Waze quer¨ªa, inculparlo. Alguien del rango y labor de Chips nunca hubiera podido tener en sus manos un libro titulado ¡°Atlas Hist¨®rico Mundial¡±. Era un libro de los Antiguos. 2 Maxxie atravesaba al trote los angostos callejones t¨ªpicos de los barrios bajos de Miaurnia junto a sus compa?eros de escuadr¨®n. Apenas minutos atr¨¢s hab¨ªan recibido la orden de apaciguar una protesta de bovinos que se estaba tornando violenta. El sonido de metal rebotando contra metal inundaba el ambiente y pon¨ªa en alerta todos sus sentidos, prepar¨¢ndolo para cualquier cosa. Y, aunque para algunos podr¨ªa sonar incorrecto, haci¨¦ndolo desear un poco de acci¨®n. Ese deseo no era por haber estado aburrido, ya que cuando le asignaban rondas regulares en los barrios bajos siempre suced¨ªa algo, lo que no permit¨ªa que se aburriese. El deseo de acci¨®n era por la emoci¨®n que le generaba luchar por su ciudad, protegerla. Y s¨ª que estaba familiarizado con esa sensaci¨®n. En una cuarta normal pod¨ªa verse envuelto f¨¢cilmente en entre cuatro y cinco peleas callejeras resultantes de alg¨²n crimen. Un chico robaba algo de un vendedor ambulante y lo persegu¨ªa para detenerlo y darle su merecido. Alg¨²n miembro familiar o amigo de la corte se ve¨ªa amenazado por alg¨²n ciudadano indigno y ¨¦l r¨¢pidamente se encargaba de hacerlo respetar su seguridad y espacio personal. Unos borrachos se dedicaban a vagar por los callejones, incomodando a los mercaderes, y ¨¦l se aseguraba de encerrarlos para que no molestaran a nadie m¨¢s. Y otras veces, aunque bien escasas, se armaba una protesta. La escena casi siempre era la misma, un grupo de bovinos coreaban furiosos en las calles de la plaza del mercado o frente a un tarant¨ªn cualquiera, esta vez en espec¨ªfico acosaban un establecimiento de paredes de piedras, uno de los importantes. La ansiedad de Maxxie aument¨®, esto hac¨ªa que el crimen, si es que se daba lugar un crimen como tal, fuera mucho m¨¢s grave, por lo que les daba carta blanca al actuar contra los manifestantes. A la corona no le importaba que m¨¦todos usaran para hacer que un grupo de proletariados dejaran de molestar a los nobles y sus comerciantes. Frente al establecimiento se encontraba un enorme felino blanco que ten¨ªa una figura m¨¢s similar a la de un bal¨®n que a la de un felino, y por lo ajustado que le quedaba su delantal de carnicero parec¨ªa ser que no era solo el pelaje. El felino se ve¨ªa malhumorado, respond¨ªa con insultos a los canticos de las dos o tres docenas de bovinos mientras se?alaba sus vidrieras empapadas en sangre fresca. Ese era el modus operandi de esos grupos de v¨¢ndalos, eleg¨ªan a su v¨ªctima y comenzaban a arrojarle cubetas de sangre y ¨®rganos. Cubetas que seguramente obten¨ªan al cazar reptiles a las afueras de la ciudad. Las vaciaban tanto sobre la mercanc¨ªa como contra los mismos due?os del establecimiento. Acto seguido se dedicaban a proferir insultos hasta que un guardia se acercara a la escena y los obligaba a huir y esconderse, como los cobardes que eran. Maxxie se mantuvo al margen junto a sus compa?eros de pelot¨®n bajo la orden de su superior, quien se acerc¨® a dialogar con los protestantes. Esta vez la horda de bovinos no huy¨® a la primera visi¨®n de los guardias, lo cual era raro, pero no inesperado. De seguro se deb¨ªa al tama?o del grupo. Maxxie solo hab¨ªa visto un grupo tan grande un par de veces. Los canticos de ¡°No m¨¢s muertes injustas¡± y ¡°Abajo la tiran¨ªa felina¡± llenaban el ambiente. ¡ª?Lo mismo de siempre, Arthur? ¡ªlleg¨® a escuchar Maxxie que le dec¨ªa su l¨ªder al felino regordete entre el barullo. ¡ª?No lo vez, Riccon? Estos desgraciados han llenado toda la fachada de mi edificio con su apestosa mezcla de sangre y viseras de que se yo que maldita criatura. ¡ª?No te gusta la sangre, eh? ?Maldito felino! ¡ªrespondi¨® con rabia uno de los bovinos que se encontraban en frente del grupo. Era alto, fornido, de pelaje negro y con unos amenazantes cuernos adorn¨¢ndole la enorme cabeza. Eso si era raro, los ganaderos del Imperio se encargaban de rebajarle los cuernos constantemente a todo bovino registrado. Seguramente este era alg¨²n rebelde, alg¨²n criminal de baja monta que se pensaba m¨¢s inteligente que el gobierno por evitar sus r¨ªgidos controles contra su especie. La experiencia de Maxxie le indic¨® que el que ese bovino estuviera all¨ª hac¨ªa que todo el revuelo fuera m¨¢s peligroso. Pero para los protestantes. ¡ª?Deje de rebuznar e identif¨ªquese, ciudadano! ¡ªorden¨® amenazante el Sargento Riccon al individuo con cuernos. El bovino buf¨® y le hizo un gesto ofensivo con su enorme mano derecha. La multitud elev¨® la voz en se?al de rebeli¨®n. ¡ªMu¨¦streme su identificaci¨®n. Veo que no la tiene colgada de su oreja, al igual que muchos de sus acompa?antes. Eso es un crimen, por si no lo sab¨ªan. Era verdad, Maxxie detall¨® a la turba y aunque no vio a nadie m¨¢s con cuernos, varios no portaban el caracter¨ªstico pendiente de cuero que se les asignaba a los bovinos con permisos sociales junto a su n¨²mero de identificaci¨®n. Sin dicho pendiente ning¨²n bovino pod¨ªa realizar ninguna actividad comercial en ning¨²n lugar civilizado del imperio y se arriesgaban a ser detenidos inmediatamente por cualquier guardia que los viera. Este grupo era algo m¨¢s que simples protestantes y Maxxie consideraba que el sargento estaba siendo muy blando con ellos. ¡ªEl d¨ªa que me vuelvan a poner esa mierda en la oreja ser¨¢ el d¨ªa en que mi cabeza cuelgue en una de sus malditas paredes¡­ Y eso no est¨¢ en mis planes, gatito. Al escuchar esas ¨²ltimas palabras, Maxxie y sus compa?eros de pelot¨®n comenzaron a desenfundar las espadas. Nadie se dirig¨ªa as¨ª a ning¨²n felino, y menos a un guardia imperial. Ese bovino estaba fuera de sus cabales, ped¨ªa violencia a gritos y cualquiera de los guardas all¨ª presentes estaba dispuesto a d¨¢rsela. Excepto, al parecer, el sargento, quien les hizo una se?a para que enfundaran sus armas. ¡ª?A qu¨¦ crees que juegas? ?De d¨®nde ha salido ese coraje? Ten¨ªa entendido que a los de tu clase los ganaderos se encargaban de castrarlos antes de dejarlos vagar libre por ah¨ª ¡ªdijo Riccon con voz calmada, llena de burla. Se acerc¨® al bovino de los cuernos lo suficiente como para que sus narices se chocaran. O eso hubiera sucedido si el ser que parec¨ªa estar compuesto de puro musculo y pelo negro no midiera casi el doble que el sargento. Cosa que no parec¨ªa intimidar a Riccon en lo m¨¢s m¨ªnimo, pues le manten¨ªa el contacto visual, amenazador. La multitud dej¨® de corear y rein¨® el silencio por un par de segundos. El ambiente, ya tenso, se convirti¨® en algo casi insoportable. Normalmente estas situaciones solo terminaban con el sonido del metal contra metal de un par de espadas. Pero el bovino volvi¨® a hablar. ¡ªEstamos aqu¨ª porque estamos hartos de como tratan a los de nuestra especie ¡ªdijo, entre dientes, furioso ¡ª. Queremos justicia, y empezaremos por ese gato obeso que se encarga de vender la carne de nuestros familiares para el disfrute de los monstruos que dirigen ¨¦ste p¨²trido Imperio. Y estamos preparados para combatir a cualquier asqueroso felino que se nos interponga, ?As¨ª que te recomiendo que te apartes! Mientras hablaba, el bovino se inclinaba para acercar su cabeza m¨¢s y m¨¢s a la del sargento. El grupo core¨® nuevamente, mostrando apoyo a su l¨ªder. ¡°?S¨ª, Cornamenta! ?Mu¨¦strale quien manda!¡± ¡°?Que caiga el maldito Imperio Felino!¡± ¡°?Ni uno menos!¡±. ¡ªNo s¨¦ qu¨¦ quieres lograr, pero as¨ª son las cosas. Estoy harto de repetir esto a todos los bovinos que de pronto les pica un poco el esp¨ªritu de la rebeld¨ªa, pues ustedes lo saben. Soy consciente de que los ganaderos se encargan de inculc¨¢rselos ¡ª respondi¨® Riccon con tranquilidad, sin inmutarse por las amenazas o insultos ¡ª. Ustedes nacieron para esto, es su naturaleza. Es parte del orden natural de las cosas que ustedes, como raza inferior, nos sirvan como alimento a nosotros, sus superiores. A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. ? Ahora, emulando la bondad de nuestros gobernantes, que permitieron que algunos de vosotros anden disfrutando por ah¨ª de derechos que por naturaleza no les corresponden, los dejar¨¦ marcharse si se colocan su pendiente que los identifica como ciudadanos y abandonan este intento de protesta. ¡ªRaza superior mis malditas bolas ?Ustedes, monstruos, pagaran por lo que han hecho a los nues¡­! Antes de que Cornamenta terminara de expresar su amenaza, otro bovino se adelant¨® al grupo y trat¨® de volcar el contenido de una cubeta al sargento. Pero la sangre y los ¨®rganos no fueron a su direcci¨®n, si no que cayeron al suelo frente al atacante, junto a su brazo izquierdo. Maxxie se adelant¨® a su v¨ªctima, con la espada empapada en sangre desenvainada y amenazando al grupo de protestantes mientras los alaridos tard¨ªos del ahora mutilado bovino reemplazaban el coro de insultos hac¨ªa ellos. La multitud, anonada, se qued¨® observando la escena, Cornamenta incluido. Y no fue hasta que otros de los soldados avanzaron ejecutando violentos y r¨¢pidos ataques con sus armas que estos reaccionaron. Pero ya era muy tarde, al menos media docena de ellos estaban heridos de gravedad. El resto fue historia. El combate termin¨® sin siquiera haber comenzado. El que dio m¨¢s lucha fue Cornamenta, quien hubiera podido contra un par de soldados si su oponente no hubiese sido el mism¨ªsimo sargento. Cornamenta empuj¨® en direcci¨®n a su enemigo, pero el diestro felino lo esquiv¨® e hizo que trastabillara hac¨ªa el frente y perdiera el equilibrio. Sin embargo, haciendo gala de una agilidad extra?a para su contextura, el bovino se recuper¨® r¨¢pidamente. De todas maneras, ese error le cost¨® a Cornamenta dos pu?aladas en el costado derecho y un tajo profundo en su espalda, ataques que el sargento ejecut¨® en menos de un segundo con su delgada espada de duelo. Lo normal era que los soldados portaran espadas largas como arma reglamentaria, pero el sargento Riccon era muy diestro en el arte de la esgrima y se le hab¨ªa permitido cargar con un sable, lo que lo hac¨ªa ver mucho m¨¢s elegante pero no menos mortal. Cornamenta soport¨® el dolor y manote¨® en el aire tratando de alcanzarlo con un brazo similar a un tronco. Riccon lo esquiv¨® de nuevo, sin mucho esfuerzo, y al mismo tiempo corto el tend¨®n de su pata derecha, haci¨¦ndolo caer de rodillas. El bovino sigui¨® luchando con todo su monumental ser, pero luego de fallar m¨¢s ataques y perder la movilidad de los dos brazos por unos precisos y estrat¨¦gicos cortes del espadach¨ªn, no pudo hacer m¨¢s nada que verlo con unos ojos inyectados en sangre y odio. ¡ª?Qu¨¦ era lo que hab¨ªas dicho? ?Qu¨¦ no te pondr¨ªas tu identificaci¨®n a menos que tu cabeza colgara en una de nuestras paredes? Bueno ¡ªdijo el sargento justo antes de proceder a decapitarlo con un elegante movimiento ¡ª, deseo concedido. Al momento en que la cabeza del enorme toro toc¨® el suelo, tambi¨¦n lo hizo el cuerpo del ¨²ltimo manifestante bovino. La protesta hab¨ªa acabado y la paz volv¨ªa a ser instaurada nuevamente con cero victimas ciudadanas. El gato regordete se acerc¨® al sargento a estrecharle la mano, darle las gracias y negociar otros asuntos que Maxxie y sus compa?eros no pudieron ni deb¨ªa importarles escuchar. No m¨¢s envainar sus espadas se alinearon en formaci¨®n alejados de la sangrienta escena. Unos minutos m¨¢s tarde, luego de un intercambio de palabras y unas monedas que pasaron disimuladamente de la mano del tendero a las del sargento, este ¨²ltimo se dirigi¨® a dos de sus hombres y les dio la instrucci¨®n de apilar los cad¨¢veres y sus extremidades sueltas junto a la carnicer¨ªa para que los encargados de limpiar ese desastre ¡°la tuvieran m¨¢s f¨¢cil¡± y, acto seguido, indic¨® al resto de la formaci¨®n que siguieran con la guardia del d¨ªa bajo la promesa de reunirse al terminar su turno en su bar favorito para celebrar la victoria. Maxxie hizo caso de inmediato y avanz¨® en direcci¨®n al callej¨®n de la derecha para dirigirse a su punto de guardia. Mientras lo hac¨ªa, capt¨® con el rabillo del ojo como el tendero se agachaba a recoger los brazos de Cornamenta y, con gran esfuerzo, arrastrarlos hac¨ªa dentro de su local. *** Unas cuantas horas y varias cervezas despu¨¦s de terminar su guardia, Maxxie se encontr¨® tambale¨¢ndose camino a las barracas para acostarse y terminar la jornada. Hab¨ªa sido otra excelente jornada en servicio del Emperador. Nada lo hac¨ªa sentir m¨¢s orgulloso que defender los intereses del Imperio de personas que no entend¨ªan su lugar en la vida, el papel que deb¨ªan desempe?ar para el bienestar del grandioso Imperio que les daba estabilidad y paz. Hac¨ªa m¨¢s de un siglo que las tierras del Imperio Felino no se ve¨ªan amenazadas por ning¨²n tipo de guerra, todo estaba en orden y funcionaba, pero por supuesto exist¨ªan aquellos que no agradec¨ªan ese beneficio y se dedicaban a perturbar dicha paz. Por eso Maxxie se levantaba todos los d¨ªas. Para, portando su brillante armadura que lo identificaba como Guardia del Emperador, detener a aquellos que se dedicaban a robar a los ciudadanos de bien, a hacerles da?o o incluso tan solo a incomodarlos. Como, por ejemplo, ese grupo de bovinos que con su acto ego¨ªsta solo buscaban entorpecer por un momento las actividades econ¨®micas del sector, molestando a nobles y comerciantes por igual. Pens¨® si para ellos valdr¨ªa la pena lo que hab¨ªan hecho. Protestaban porque estaban hartos de pertenecer a un nivel m¨¢s bajo de la cadena alimenticia que sus se?ores felinos. ¡°Si de todas formas terminaron descuartizados en la calle ?No era mejor aceptar su destino y convertirse en alimento en las granjas?¡± No tard¨® en convencerse de que la respuesta era que no. No val¨ªa la pena. No entend¨ªa como no les era suficiente lo que el Emperador, en su infinita bondad, les otorg¨® al asignarle a ese grupo el derecho de andar por la ciudad como un ciudadano m¨¢s, de llevar una vida simple pero tranquila. ¡°Despu¨¦s de todo los peces no tienen ese derecho. Y nadie nunca va a parar a pensar en d¨¢rselos. No lo necesitan. Al igual que los bovinos, est¨¢n all¨ª, en el mundo, para llenar los est¨®magos de los habitantes del Imperio, para aportarles sus nutrientes y ayudarlos a lograr sus labores, para hacer que el Imperio cada vez sea a¨²n m¨¢s grande y magn¨ªfico¡± continu¨® ¡°La ¨²nica diferencia es que, por alg¨²n tipo de broma cruel de las deidades celestiales, los bovinos pueden hablar. Incluso a veces razonar.¡± Hizo memoria un momento y record¨® un par de bovinos que hab¨ªa visto trabajando en el palacio. No pod¨ªa negar que exist¨ªan algunos de ellos cuya inteligencia era incre¨ªble para ser parte de su especie, pero a ojos del Imperio la mayor¨ªa simplemente eran comida, ganado. Con tanto pensar sobre bovinos y peces a Maxxie le comenz¨® a rugir el est¨®mago. Lamentablemente ya estaba llegando a las barracas, si se regresaba al sector comercial a buscar algo que comer se le har¨ªa muy tarde y no lograr¨ªa descansar lo suficiente para reponer energ¨ªas y rendir al m¨¢ximo en los entrenamientos del d¨ªa siguiente. Aunque era un excelente soldado y ten¨ªa un grandioso futuro ya garantizado en la guardia real, su sue?o y objetivo era convertirse en un Yelmo Dorado como su difunto padre, y para eso deb¨ªa dar todo de si y m¨¢s. Los Yelmos Dorados representaban el mayor rango entre los caballeros del Imperio y su labor era salvaguardar la vida de la familia real y defender sus intereses personales por todo el continente. As¨ª hab¨ªa muerto su padre, durante un viaje en el cual¡­ Sus pensamientos, que divagaban rumbo a la melancol¨ªa se vieron interrumpidos de inmediato cuando capt¨® a un par de soldados frente a la entrada de las barracas. Llevaban una capa amarilla con bordes azules a su espalda, lo que los identificaba como guardias reales, los encargados de mantener el orden en el palacio. Maxxie intent¨® enderezar su porte y disimular su estado de embriaguez lo mejor posible mientras avanzaba hac¨ªa ellos. Aunque no estaba del todo seguro de poder hacerlo bien. ¡ª?Maximilian Yellowpal? ¡ªpregunt¨® uno de los guardias cuando se acerc¨® lo suficiente. ¡ª S¨ª, se?or. Maximilian Yellowpal, cabo primero del catorceavo pelot¨®n de la Guardia Civil. A sus ¨®rdenes. ¡ªDescanse soldado ¡ªle orden¨® el guardia para que Maxxie detuviera el saludo. El estado et¨ªlico de Maxxie se esfum¨® no m¨¢s ver que le extend¨ªan una carta en un pergamino enrollado y sellado con la insignia del Emperador. Ahora era la ansiedad la que amenazaba con embriagarlo. ¡ªTiene nuevas ¨®rdenes, soldado, rep¨®rtese ma?ana a primera hora, antes del alba, en los barracones de la Guardia Real en el palacio. Su suboficial al mando est¨¢ enterado ya de la asignaci¨®n. Maxxie tom¨® la carta y los guardias se despidieron para volver a sus posiciones en la comodidad de los c¨¢lidos pasillos del palacio, dej¨¢ndolo a ¨¦l all¨ª, solo, bajo la luz de las deidades celestiales y el silencio de la noche. Desenroll¨® el pergamino luego de romper el sello y comenz¨® a leer. Con cada palabra le¨ªda su ansiedad crec¨ªa m¨¢s, por lo que al terminar la carta se encontr¨® en un estado catat¨®nico por una combinaci¨®n de miedo y emoci¨®n. Algo com¨²n en su labor, vale aclarar. La tarea que le asignaban era peligrosa y emocionante, algo que nunca hab¨ªa pensado que le pod¨ªa suceder y, aunque era producto de una tragedia, no pod¨ªa evitar sentirse feliz. Si lograba esa misi¨®n de seguro tendr¨ªa una oportunidad para ser aceptado en las filas de la Guardia Real, e incluso ser ascendido como Yelmo Dorado directamente. Por supuesto, ni por un segundo se le cruz¨® por la mente la inc¨®gnita de porque el Emperador lo enviaba a ¨¦l, un cabo primero de la guardia civil, asignado a labores de custodia urbana, a rescatar a su tercera hija que acababa de ser raptada por captores no identificados. 3 ¡ªHemos caminado demasiado ¡ª se quej¨® Lore. Como solo obtuvo silencio por respuesta, se apart¨® del camino y se sent¨® en una de las ¨²nicas piedras que ve¨ªa desde hac¨ªa un buen rato, esperando descansar un poco y quiz¨¢s, si su acompa?ante le daba el tiempo, masajearse los pies. Sab¨ªa que no lo iba a hacer, llevaba quej¨¢ndose y llam¨¢ndole la atenci¨®n desde que el celestial mayor hab¨ªa tomado el cielo, aproximadamente una hora atr¨¢s. No estaba preparada para ese tipo de caminatas. ¡ªCuando hice el trato con tu grupo, pens¨¦ que me iban a llevar en alg¨²n carromato, al menos¡­ ?No es m¨¢s f¨¢cil que me reconozcan si estoy caminando? Su acompa?ante se detuvo a observarla medio segundo y luego de emitir un resoplido sigui¨® caminando. Eso mismo hab¨ªa hecho las veces anteriores, pero esta vez Lore no pensaba ceder a la presi¨®n y acompa?arlo. Ya estaba casi convencida de que, despu¨¦s de todo, ya no necesitaba estar con ¨¦l. Lore se quit¨® la capa que la proteg¨ªa del viento y de las miradas de extra?os por igual, la dobl¨® en cuatro partes y la coloc¨® sobre la piedra a modo de asiento. Iba con sus peores ropas para no llamar la atenci¨®n y no le molestaba ensuciarla, pero no ve¨ªa c¨®modo el sentarse en una roca sin ning¨²n tipo de amortiguaci¨®n. Era l¨®gico para ella, si estaba incomoda, ?C¨®mo iba a descansar? Se quit¨® sus zapatos de cuero y comenz¨® a masajearse sus plateadas patas. Esos zapatos los hab¨ªa encargado con uno de los mejores zapateros del reino a quien le especific¨® que los necesitar¨ªa para recorrer grandes distancias, pero ahora que hab¨ªa caminado con ellos no se sent¨ªa para nada c¨®moda. Reflexion¨® que quiz¨¢s no era todo culpa del zapatero. Quiz¨¢s no estaba acostumbrado a hacer botas de viaje para los nobles. O quiz¨¢s era que ella, para nada acostumbrada a caminar m¨¢s de lo que lo hac¨ªa para ir de su dormitorio a la biblioteca y de la biblioteca al comedor, nunca hubiera podido caminar kil¨®metros y kil¨®metros c¨®modamente ni con los mejores zapatos de expedici¨®n. Un par de docenas de pasos despu¨¦s, su acompa?ante se detuvo y se volvi¨® a observarla. Ella lo ignor¨® mientras estiraba sus piernas. ¡ªNecesitamos seguir avanzando ¡ªdijo con una voz gruesa, ¨¢spera. Era una voz que si ella la hubiera escuchado dentro del palacio se hubiera llevado el susto de su vida. Aunque no pod¨ªa negar que no le pusiera los nervios de punta incluso all¨ª. O especialmente all¨ª, en medio de la nada, completamente solos. Lo ¨²nico que la manten¨ªa segura era la supuesta lealtad del criminal que hab¨ªa comprado con una peque?a fortuna en sellos de plata. ¡ªVamos, necesitamos descansar, tenemos horas caminando y ni siquiera hemos desayunado. ¡ªDesayunar despu¨¦s, primera parada. Miaurnia muy cerca ¡ªagreg¨® su compa?ero con su extra?o dialecto, casi primitivo. ¡°?Muy cerca? ??A¨²n estamos muy cerca!?¡± pens¨® horrorizada. No estaba muy segura de cu¨¢nto tiempo llevaban caminando. Su forma de medir el tiempo era con la llegada de las comidas y las meriendas, y como en el camino no hab¨ªa nada de eso, estaba totalmente perdida, y tambi¨¦n hambrienta. Si se dejaba guiar por su est¨®mago, pod¨ªa deducir que ya hab¨ªa pasado suficiente rato del desayuno, y quiz¨¢s del t¨¦ de media ma?ana. ¡ªNecesito comer algo antes de¡­ ¡ªse interrumpi¨® al subir la mirada y encontrarse con la de su compa?ero. Normalmente no se dejaba intimidar, pero aqu¨¦l ser era todo intimidaci¨®n pura. Med¨ªa al menos el doble que ella, era delgado, muy delgado, pero la cantidad de telas manchadas que envolv¨ªan su cuerpo y escond¨ªan sus armas y su piel, junto con el peto abollado y sin brillo, lo hac¨ªan lucir un poco m¨¢s corpulento, al menos en lo que al torso se refer¨ªa. Sab¨ªa que era muy delgado gracias a sus extremidades inusualmente largas y esquel¨¦ticas, casi cubiertas por completo con cuero y m¨¢s tela. Lo poco que se le ve¨ªa de piel era negra como la noche y con muy poco pelaje, que crec¨ªa de forma dispareja y desagradable. Pero lo peor eran sus ojos, lo ¨²nico visible de su rostro pues tambi¨¦n estaba escondido bajo capas de telas y vendajes. Eran amarillos, pero con tonalidades rojizas que lo hac¨ªan ver cruel y salvaje. Adicionalmente, aunque el mismo se declaraba un felino, su hocico era alargado al igual que su cola, raqu¨ªtica y pelada, d¨¢ndole un aspecto m¨¢s canino o quiz¨¢s de roedor. Fuera lo que fuera, se dirig¨ªa hacia ella y tan solo con hacer contacto visual la hizo quedarse sin habla, se ve¨ªa furioso. Al situarse frente a frente, el felino se desmont¨® la bolsa de viaje de un hombro y sac¨® un trozo de pan. Lo cort¨® a la mitad con sus propias manos, volvi¨® a guardar una de las mitades y le ofreci¨® la otra. ¡ªSu desayuno, alteza ¡ªexclam¨® pausadamente ¡ª. Ahora, seguir. Lore no pudo identificar si el comentario era a modo de sarcasmo o simplemente una demostraci¨®n de lo m¨¢s respetuoso y amable que ese bicho pod¨ªa ser. Acept¨® el pan y a los pocos segundos se arrepinti¨®. Estaba duro, nunca en su vida hab¨ªa visto que un pan pudiera estar duro. Aunque parec¨ªa l¨®gico, siempre se lo serv¨ªan reci¨¦n hecho y este tipo lo hab¨ªa sacado de un bolso en el que solo el celestial mayor sabr¨ªa cu¨¢nto tiempo hab¨ªa estado. Su est¨®mago le pidi¨® que intentara comerlo de todas maneras. Le cost¨® masticarlo, pero no sab¨ªa mal, claro, hubiera estado mucho mejor con un poco de mantequilla y mermelada, pero no cre¨ªa buena idea preguntarle a su acompa?ante si ten¨ªa un poco de eso en su bolso. Luego de entregarle el pan, ¨¦ste se hab¨ªa dado la vuelta y seguido por el camino. Lore se apur¨® a volverse a calzar los zapatos, ocultarse con la capa y caminar r¨¢pido para alcanzarlo mientras segu¨ªa intentando masticar el pedazo de pan. ¡ª?T¨² no tienes hambre? No te he visto comer. ¡ªNo. ¡ª?Ni estas cansado? ¡ªNo. ¡ª¡­ ?Haces esto muy seguido? Silencio. ¡ªYa sabes, caminar ¡ªaclar¨® Lore, tratando de ser m¨¢s espec¨ªfica ¡ª, secuestrar princesas. El sujeto le dirigi¨® una mirada que reflejaba su molestia, pero tambi¨¦n que trataba de averiguar si iba en serio. Ella le sonri¨®, intentando mostrarse amable, aunque con mucho esfuerzo. This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience. ¡ªCaminar, s¨ª ¡ªdijo, dirigiendo su mirada al camino nuevamente. Silencio de nuevo. ¡ªEntonces, supongo que lo de secuestrar princesas no ?Cierto? Sabes, cuando hice el contacto para acordar el ¡°secuestro¡± pens¨¦ que ustedes eran muchos m¨¢s. Creo recordar que en alguna de las cartas te referiste a ti como un ¡°grupo¡±. ?Qu¨¦ pas¨® con los dem¨¢s? ¡ªConmigo, suficiente. ¡ª?Seguro? Sabes que pagu¨¦ como si fuera un grupo. Ser¨ªa muy injusto que fallaras tu misi¨®n por ser uno solo. ¡ªConmigo ¡ªexclam¨® con un tono m¨¢s fuerte, que denotaba impaciencia ¡ª¡­ suficiente. ¡ªOk, ok. Lo siento. Silencio. Esta vez Lore lo dej¨® as¨ª por un rato, pero pocos minutos despu¨¦s se le ocurri¨® volver a preguntar. ¡ªTambi¨¦n pens¨¦ que habr¨ªa un carromato. Adem¨¢s de que hubiera sido m¨¢s c¨®modo, hubiera sido m¨¢s seguro, nadie me podr¨ªa ver dentro de un carromato. No existir¨ªa el riesgo de que nadie me reconociera. Pensaba agregar tambi¨¦n que el monto que hab¨ªa pagado era suficiente para contratar un carromato. Incluso pod¨ªan haber sido dos docenas de carromatos sin tener que invertir m¨¢s de un cuarto de la recompensa. ¡ªCaminar, menos sospechoso. Viajar f¨¢cil. Menos atenci¨®n. Para ladrones, menos vistoso. ¡°?Ladrones? ?Vamos, si t¨² eres un ladr¨®n!¡±. No le parec¨ªa muy l¨®gico que ese monstruo se preocupar¨¢ por otros ladrones. ¡ª?Y los ladrones no se interesar¨ªan si ven a una de las princesas del Imperio de Miaurnia caminando con un solo guardaespaldas? ¡ªNadie reconocer¨ªa. Nadie reconocer¨ªa al emperador siquiera. Aqu¨ª, caminando, fuera del palacio. Solo nobles visto su cara. Ustedes, famosos para ellos. Para persona com¨²n, solo una idea¡­ Molesta idea. Esta vez fue Lore quien qued¨® en silencio. Primero por el sentimiento con el que hab¨ªa pronunciado esas palabras, denotaban odio a los de su clase social. Eso la hizo sentirse m¨¢s intimidada, incluso cre¨ªa que comenzaba a sentir miedo. Pero, por otro lado, era la primera vez que lo escuchaba hablar m¨¢s de un peque?o pu?ado de palabras en la misma oraci¨®n y su curiosidad se activ¨®. Desde que ten¨ªa memoria, todo lo que se dedicaba a hacer siempre era guiado e inspirado por su curiosidad. Aunque de ser m¨¢s honesta consigo misma, primero era la emoci¨®n de llevar la contraria. Para ella no exist¨ªa una emoci¨®n m¨¢s potente que desafiar la imagen que los otros nobles ten¨ªan de ella. De lo que ella se supon¨ªa deb¨ªa ser. Esa rebeld¨ªa poco a poco la llev¨® a leer sus primeros libros, y fue ah¨ª cuando descubri¨® que tan curiosa pod¨ªa ser. No tard¨® en darse cuenta tambi¨¦n que la curiosidad pod¨ªa molestar a los dem¨¢s, y se encant¨® con la idea de que pod¨ªa seguir con su objetivo y, adem¨¢s, aprender. Cuando sus criadas ya no se ve¨ªan capaces de responder sus preguntas, y su padre comenzaba a irritarse por el constante ataque provocado por su hambre de conocimiento, le asignaron tutores. Al estudiar ya m¨¢s a fondo, no tard¨® en familiarizarse con la maldici¨®n de los eruditos, darse cuenta de que mientras m¨¢s sab¨ªa en realidad era menos lo que conoc¨ªa. Cada respuesta le tra¨ªa decenas de preguntas nuevas, lo que conllevaba a buscar m¨¢s libros y por ende a encontrar m¨¢s preguntas. Sin embargo, el conocimiento no hizo m¨¢s que alimentar el fuego de rebeld¨ªa en su interior. Poco a poco, mientras devoraba todas las bases de informaci¨®n que ten¨ªa disponible, fue armando en su cabeza el plan para salir del encierro intelectual que consideraba era ser parte de la nobleza. En un momento le pidi¨® a su padre que la dejara ir a Furilia y enlistarse en la Universidad. Ella era la cuarta en la l¨ªnea de sucesi¨®n, por lo que no ten¨ªa obligaciones pol¨ªticas para con el reino y no hab¨ªa motivos para que se quedase en la capital. Pero ¨¦l se neg¨® diciendo ¡°La vida de un erudito de la Universidad no ser¨¢ el destino de nadie de mi familia¡±. Fue ah¨ª, cuando se supon¨ªa que sus ilusiones deb¨ªan destruirse, que las piezas calzaron. No mucho tiempo despu¨¦s entendi¨® que la ¨²nica forma de librarse de su destino era escapar de Miaurnia. Escapar de su padre. Pero para eso tendr¨ªa que hacerse pasar por muerta, desaparecer. Y as¨ª concibi¨® el plan, contratar a una banda de criminales para que la ¡°raptaran¡± y la llevaran a los confines del Imperio donde podr¨ªa dejar de ser la princesa Loretta Panthera y, luego de un tiempo prudencial, volver con otra identidad y enlistarse en la Universidad. Por supuesto, algunos habr¨ªan dicho que su plan era una locura. Un ayudante del maestro librero con quien hab¨ªa formado una sincera amistad una vez le dijo, despu¨¦s de compartir de forma hipot¨¦tica su plan, que era muy inteligente pero no muy sab¨ªa. Que m¨¢s bien la podr¨ªa describir como cr¨¦dula e inocente. Qu¨¦ no sab¨ªa c¨®mo funcionaba el mundo. Su respuesta a dicho ataque fue que no necesitaba ser pobre y tener un trabajo para entender eso si ten¨ªa tantos libros le¨ªdos sobre el tema. No volvieron a dirigirse la palabra. No le importaba, ahora que estaba fuera del palacio, viviendo una ¡°vida real¡±, se lo demostrar¨ªa a ella misma. Si es que lograba llegar al conf¨ªn del Imperio caminando sin morir en el intento, claro estaba. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¡ªpregunt¨®, llevada por esa curiosidad ¡ª. Es decir, t¨² sabes mi nombre, pero yo no s¨¦ nada de ti. En las cartas no especificabas siquiera un apodo. Si vamos a tener una conversaci¨®n, si vamos a convivir los pr¨®ximos d¨ªas, necesito saber c¨®mo llamarte. ¡ªNo, no necesitas. ¡ªMira, se ve que odias a los nobles. Quiz¨¢s prefieras robarles o asesi¡­ ¡ªse detuvo, no era buena idea mencionar algo as¨ª cuando ella era una noble y la hac¨ªa ver como una potencial victima ¡ª¡­ Es decir, entiendo que no sea de tu preferencia convivir con ellos. Pero al aceptar esta misi¨®n, aceptaste hacerte responsable de mi por un tiempo, convivir conmigo. ¡ªLlevarte viva hac¨ªa destino. No mantener conversaciones. No estamos en la corte. Ac¨¢ afuera ¡°convivir¡±, no. Ac¨¢, sobrevivir. ¡ªBueno, entonces ?No puedo saber tu nombre? ¡ªNo. ¡°Qu¨¦ dif¨ªcil es¡± pens¨® Lore, pero se estaba dando cuenta que, si le entablaba una conversaci¨®n m¨¢s detallada, con preguntas menos directas, obten¨ªa mejores respuestas. Aunque igual de tajantes, al menos no eran monos¨ªlabas. ¡ªEs decir, s¨ª, entiendo que debemos sobrevivir ¡ªcontinu¨® ella ¡ª. Pero eso me da una raz¨®n, ?No? Digo, si de pronto nos rodea un grupo de bandidos y alguno me rapta o algo as¨ª¡­ Imag¨ªnate que me carga en su espalda y comienza a correr por el bosque. Necesito llamarte de alguna manera, no voy a estar gritando ¡°Secuestrador, ?Ayuda!¡± ¡ªViajando conmigo, ning¨²n ladr¨®n com¨²n acercarse suficiente. Si eso preocupa, no preocupar. ¡ªOk, gracias, pero era solo un ejemplo. Imagina el escenario. ¡ª ¡°Ayuda¡±, suficiente ¡ª a?adi¨®, interrumpi¨¦ndola ¡ª. Aunque seguramente gritar no puedas. No razones para ladr¨®n en cargar contigo huyendo. No viva, al menos. ¡ªBueno ¡ªcontesto ella, tragando saliva. Iba progresando, aunque quiz¨¢s no en la direcci¨®n correcta ¡ª. Era un ejemplo. Digamos entonces que¡­ Vamos a un pueblo y al alojarnos en una posada tengo que anotar nuestros nombres en el cuaderno de clientes ?Qu¨¦ deber¨ªa poner? ¡ªEso en cortes. Ac¨¢, afuera, nombres no importan. Monedas importan. Quien seas, no importa, mientras pagues. ¡ªVale, vale¡­ Digamos que¡­ ¡ªSuficiente ¡ªexclam¨® el felino justo antes de emitir un largo y cansado resoplido ¡ª. Si nombre quieres, usa Zane. ¡ª?Zane? Ok, perfecto ¡ªdijo la chica, celebrando, apur¨® el paso y se plant¨® frente a Zane ¡ª. Ahora que se tu nombre, me puedo presentar como debe de ser, Loretta Phantera, un placer. Lore le extendi¨® la mano esperando que Zane la sujetara y le diera una delicada lamida, como era costumbre en la corte. Pero este solo la observ¨®, levantando una ceja, resopl¨® de nuevo y sigui¨® avanzando, esquiv¨¢ndola y dej¨¢ndola all¨ª, plantada. ¡°Que irrespetuoso y mal humorado.¡± Pens¨®, pero sab¨ªa que era su culpa, deb¨ªa haberlo esperado. Estaba clara en que Zane detestaba a los nobles y era un ladronzuelo, un criminal. No entend¨ªa porque de pronto esperaba un poco de modales de dicho personaje. Se dijo a s¨ª misma que deb¨ªa corregir eso, ahora estaba fuera de Miaurnia y no pod¨ªa ir de aqu¨ª a all¨¢ comport¨¢ndose de esa manera. Ten¨ªa que adoptar una forma de actuar m¨¢s acorde. ¡ªEntiendo, no deber¨ªa seguir actuando as¨ª, ?Cierto? ¡ªdijo luego que volvi¨® a alcanzar a Zane ¡ª. Lo lamento, he sido un poco ingenua, ?Podr¨ªas ense?arme como deber¨ªa comportarme antes de que lleguemos al siguiente pueblo? ¡ªNo pueblos. ¡ªPero¡­ ¡ªPero, si encontrar alguien ¡ª le volvi¨® a interrumpir Zane, al parecer sabiendo que era lo que ella iba a preguntar ¡ª¡­ Simplemente no hablar. ¡°No hablar. No es mala idea. As¨ª puedo ver como actuan los dem¨¢s y luego tratar de imitarlos.¡± Decidi¨® que eso har¨ªa, si es que se encontraban a alguien en el eterno camino que les quedaba por delante. ¡ªNecesitamos buscar un lagarto ¡ªdijo finalmente, luego de un par de minutos en silencio. Una montura le har¨ªa el trabajo mucho m¨¢s f¨¢cil. No era un carromato y nunca hab¨ªa cabalgado un lagarto antes, pero sab¨ªa la teor¨ªa, sab¨ªa que iba a ser m¨¢s f¨¢cil que caminar. ¡ªQuiz¨¢s. Luego ¡ªle respondi¨® Zane, su ¡°captor¡±.