《Los Traductores de Dayrd [Español/Spanish]》 Cap铆tulo 1
Una nueva tierra en un mundo lleno. ?Tal milagro hizo Kindred! De su palacio, una biblioteca; de ella, una Universidad. Educaci¨®n para todos. Nueva oportunidad. Un lugar donde a nadie importa cu¨¢l era antes tu identidad. Grabado an¨®nimo en el muro interior de la Ciudadela.Las centelleantes torres de la Ciudadela de Kindred fueron visibles por primera vez un d¨ªa despu¨¦s de cruzar el Dameres. Hab¨ªa sido un cruce penoso, en las ¨²ltimas horas de la tarde, con poca luz y tan cerca de la desembocadura que el r¨ªo flu¨ªa lento y pl¨¢cido pero ancho como una ciudad y tan profundo que las bestias de carga se negaron a continuar y el carruaje hubo de ser reconducido orilla arriba hasta que, ya casi en completa oscuridad, el cochero encontr¨® un vado que los animales juzgaron apropiado. Afortunadamente, una vez al otro lado del Dameres, las bestias hab¨ªan tomado el rastro de un camino transitado y, obedientes a su naturaleza, se hab¨ªan dirigido hacia su destino con paso tranquilo pero seguro. Y, al fin, los viajeros hab¨ªan podido dormir unas horas. Solamente hab¨ªa sido el ¨²ltimo acontecimiento de un viaje que hab¨ªa estado lleno de problemas desde el principio. Los viajeros hab¨ªan querido evitar el Imperio de Hayne, pero aquello los hab¨ªa obligado a elegir entre penetrar en el Yahaizar y dar un largo rodeo a trav¨¦s de Nyrat o someterse a las penurias del camino que atravesaba el Dameres y Ryarchi, dos regiones des¨¦rticas que sin embargo les permitir¨ªan ahorrarse semanas de camino. Hab¨ªan decidido finalmente tomar la ruta que bordeaba el desierto por el Este, un camino peligrosamente cerca de la frontera de Hayne pero que no les forzaba a adentrarse en las arenas. Y lo que era m¨¢s importante, no les obligaba a dar un rodeo por medio continente. Y aunque no hab¨ªan estado errados en sus c¨¢lculos sobre la seguridad del camino, pues no hallaron rastro de patrullas haynesas y si las tribus del Dameres se percataron de su presencia escogieron no hacerse ver, s¨ª hab¨ªan sobreestimado su nivel de preparaci¨®n. Las bestias de carga monta?esas, fiables en los ascensos a las cumbres escarpadas, se agotaban r¨¢pidamente respirando el aire seco de las tierras bajas y no estaban adaptadas a las plantas que pod¨ªan ofrecerles sustento en las regiones que bordeaban el desierto. En consecuencia, su temperamento era peor que nunca. Los viajeros hab¨ªan sufrido de mal de bajura, y aunque hab¨ªan sido advertidos de que aquello ocurrir¨ªa, los dolores de cabeza y las n¨¢useas que los acompa?aban desde que hab¨ªan dejado atr¨¢s las monta?as hab¨ªan hecho el trayecto a¨²n m¨¢s penoso. As¨ª que, cuando el despiadado sol de mediados de primavera de Ryarchi al fin le arrebat¨® a lo lejos reflejos dorados a las c¨²pulas de la Universidad, Y¨¢rchik del Nido Alto no pudo sino sentirse llena de alivio. Incluso superado el mal de bajura, hab¨ªa terminado por aborrecer las decoradas cuatro paredes del carruaje y a las personas con las que lo compart¨ªa, su nana y uno de los guardias de su padre. Hab¨ªa tenido todo tipo de conversaciones y todo tipo de discusiones, hab¨ªa memorizado los patrones geom¨¦tricos del techo del carro, hab¨ªa compuesto para s¨ª melod¨ªas en el ritmo de las pezu?as de las bestias de carga, hab¨ªa empezado una docena de cartas y otras tantas entradas de diario y nada, nada de todo aquello hab¨ªa logrado paliar su intenso, inconmensurable, incapacitante aburrimiento. Solamente una disciplina de hierro le hab¨ªa impedido abrir el pergamino sellado, guardado en un tubo de cuero, con el que hab¨ªa cargado desde el d¨ªa de la salida. Fue por ello que el gradual ensanchamiento del sendero, el lento aumento del n¨²mero de viajeros con los que se cruzaban y la proliferaci¨®n de lugares visiblemente habitados junto al camino supusieron para Y¨¢rchik un alivio y una alegr¨ªa tan grandes que, durante gran parte de las largas horas que restaron hasta las puertas de la Ciudadela, la joven alcanz¨® a olvidar que deber¨ªa estar aterrorizada. Lo record¨® gradualmente, sin embargo, cuando las ocasionales granjas que rodeaban el camino dieron paso a viviendas y a talleres, cada vez m¨¢s cerca unos de otros, hasta que los pasos r¨ªtmicos de las bestias de carga dieron paso al chirrido de la grava. A trav¨¦s de la ventana a la que Y¨¢rchik se hab¨ªa asomado con tanta emoci¨®n, decenas de rostros empezaron a devolverle miradas primero curiosas y luego, hostiles. Intimidada, se dej¨® caer de nuevo en su asiento, pero no pudo apartar la vista. ¨DNana, ?por qu¨¦ est¨¢n tan sucios los ciudadanos de Kindred? ¨Dse atrevi¨® a preguntar, avergonzada de repente por su propia riqueza. El carruaje en el que viajaba no era el m¨¢s lujoso del Reino, m¨¢s bien lo habr¨ªa descrito como simple, pero Y¨¢rchik alcanzaba a comprender que la mayor¨ªa de aquellas personas jam¨¢s podr¨ªan permitirse viajar en coche con conductor. Deb¨ªa de resultarles ofensivo que se paseara frente a sus casas en lo que para ellos seguramente era un gran lujo. Pero ?c¨®mo pod¨ªan ser tan pobres los habitantes de la ciudad m¨¢s famosa del continente? ¨DA¨²n no estamos en Kindred, joven ama¨Drespondi¨® amablemente la anciana, sin levantar la mirada de su bordado. Y¨¢rchik la mir¨® en busca de m¨¢s respuestas y solamente cuando se dio cuenta dej¨® la mujer su costura sobre su regazo¨D. Estas no son m¨¢s que las barriadas que los m¨¢s pobres construyen junto a las murallas. Existen en todas las grandes ciudades del continente. ¨DNo existen en el Reino¨Dreplic¨®, pero volvi¨® a fijarse en el exterior del carro. El calor se estaba volviendo agobiante, pero no deseaba abrir la ventana. Algo le dec¨ªa que el olor al otro lado la asfixiar¨ªa a¨²n m¨¢s¨D. ?Por qu¨¦ no ampl¨ªa Kindred sus murallas para acoger a estas personas, nana? ¨DQuiz¨¢s lo haga alg¨²n d¨ªa¨Dreconoci¨® la mujer, que hab¨ªa empezado a doblar su labor y recoger sus agujas e hilos en una caja met¨¢lica con decoraciones de flores nivales¨D. Las ciudades crecen, pero ampliar murallas es caro, joven ama. Pero s¨ª, claro que lo hacen. Sin ir m¨¢s lejos, las Cuatro Murallas de Katari Darchi son famosas por¡ ¨DGracias, nana¨Dla interrumpi¨® suavemente Y¨¢rchik, que no estaba de humor para una lecci¨®n de historia. Se sinti¨® est¨²pida por no pensar antes que las Cuatro Murallas no eran alguna clase de monumento, sino testigo del crecimiento gradual de una ciudad. De cualquier modo, trat¨® de consolarse, nada como aquello exist¨ªa en casa. Ni siquiera la gran ciudad de Cuchillos de Piedra ten¨ªa muralla alguna levantada por los humanos. No, se dijo. Ten¨ªa que dejar de pensar en el Reino como su casa. Malhumorada de nuevo, cerr¨® las cortinas. No quer¨ªa seguir viendo a aquella gente. Ni siquiera quer¨ªa estar en aquel lugar. Frente a ella, saeth Karl¨¢ch la miraba con ojos intensos pero inescrutables. Y¨¢rchik mir¨® al suelo. ¨DJoven ama¨Dsu nana insisti¨® en llamar su atenci¨®n. Cada vez de peor humor, Y¨¢rchik alz¨® la mirada y esper¨® en silencio a que continuara¨D, debemos hablar de lo que deb¨¦is esperar cuando lleguemos. ¨DHace d¨ªas que debisteis hablar de ello¨Dla voz grave de saeth Karl¨¢ch era un reproche. Y¨¢rchik no lo neg¨®; hab¨ªa evitado por todos los medios tener aquella conversaci¨®n durante el largo y tedioso viaje, por mucho que la pobre anciana tratara de sacar el tema. Su nana solamente hac¨ªa su trabajo, por supuesto, pero a Y¨¢rchik la hab¨ªan invadido el terror y la verg¨¹enza cada vez y se hab¨ªa cerrado en banda. Era como si, en secreto, esperase que en cualquier momento apareciera alguien para rescatarla, para decirle que su padre hab¨ªa cambiado de parecer. Pero la muralla de Kindred se acercaba inexorable y ella ya no ten¨ªa forma de escapar. ¨DEst¨¢ bien¨Dconcedi¨® con un gesto cansado y se dej¨® caer en su asiento. El alivio de la anciana fue palpable. ¨DLa rectora ya ha sido puesta sobre aviso de vuestra llegada, como ya sab¨¦is¡ ¨DS¨ª. Padre envi¨® un mensajero saethir. Pero ellos hab¨ªan tenido que venir por carretera. La rabia le encend¨ªa las mejillas cada vez que pensaba en ello. ¨DEn las puertas de la muralla deber¨ªan estar al tanto de nuestra llegada y como es acorde a vuestra cuna, es seguro que os asignar¨¢n una escolta hasta la Universidad, donde, si no me equivoco, deber¨ªa recibiros la rectora en persona junto al vicerrector Lykol¡ Y¨¢rchik sinti¨® ganas de recordarle a la mujer que ya no hab¨ªa ninguna alta cuna que respetar asociada a su nombre, pero logr¨® contenerse. La nana era vieja y le costaba soltar sus usos y costumbres. Corregirla habr¨ªa sido cruel. Quer¨ªa a aquella mujer y no deseaba hacerle da?o, aunque estuviera a punto de abandonarla para, probablemente, no volver a verla jam¨¢s. Trat¨® de evitar pensar en ello. ¨DDudo que malgasten esfuerzos en ofrecerme una escolta, nana¨Ddijo suavemente en su lugar. The narrative has been illicitly obtained; should you discover it on Amazon, report the violation. ¨D?Pues claro que lo har¨¢n, si tienen una pizca de decencia en este reino! En la Monta?a, siempre mostramos la debida deferencia a aquellos de sangre noble, ?por muy exiliados que est¨¦n! Y resopl¨® con indignaci¨®n. Y¨¢rchik no tuvo fuerzas para discut¨ªrselo, ni para protestar el uso de aquella palabra. ¨DClaro, nana. Atravesaron la barriada en silencio. Las miradas de los viandantes, sucios, cargados y vestidos de harapos, la atravesaron como agujas. La miraban cautelosos, algunos incluso asustados, pero todos compart¨ªan un profundo desprecio hacia ella, hacia lo que significaba. Y¨¢rchik quiso protestar que no era culpa de ella que ellos fueran pobres, pero frunci¨® los labios en su lugar y se arrebuj¨® m¨¢s en su sitio. Volv¨ªa a dolerle la cabeza. ?Cu¨¢nto pod¨ªa faltar? ?Cu¨¢nta humillaci¨®n pod¨ªa restar? Solamente quer¨ªa averiguar en qu¨¦ clase de aposentos pretend¨ªan alojarla y dormir durante d¨ªas. El carruaje finalmente se detuvo, como respondiendo a su s¨²plica, en lo que Y¨¢rchik supuso que era la fila para atravesar las murallas. ¨DIr¨¦ a ver¨Danunci¨® saeth Karl¨¢ch adelant¨¢ndose a sus preocupaciones. El caballero saethir abri¨® la puerta, dejando entrar un torrente de luz que ceg¨® por un momento a la joven. Y¨¢rchik escuch¨® el crujir de los guijarros del camino y gru?¨® en agradecimiento cuando la sombra del hombre al salir del carruaje le permiti¨® abrir los ojos de nuevo. En pie y envuelto en su decorada armadura de cuero y coloridas plumas de saethir que reflejaban los rayos del sol, el caballero ten¨ªa un aspecto espl¨¦ndido, incluso despu¨¦s de tantos d¨ªas sentado en aquel carro. Las cuentas multicolores de su pelo y extremidades tintineaban y centelleaban con sus movimientos. Las placas rectangulares de su armadura, ligera y flexible, hab¨ªan sido envueltas en cuero te?ido con inscripciones de runas monta?esas y, en el centro, un saethir rugiente encaramado al pico de una monta?a. No se ve¨ªa desde donde estaba Y¨¢rchik, pero el frente de la armadura estaba igualmente decorado como correspond¨ªa al rango de su portador: el primer caballero saethir del Se?or del Nido Alto. De debajo del cuello y el ancho cintur¨®n de cuero reforzado se asomaba el pelaje gris del que estaba forrado el interior de la prenda. Deb¨ªa de estar pasando un calor terrible, pero su expresi¨®n no daba muestra alguna de ello. Su rostro se manten¨ªa firme, serio, impasible. Escaneaba el entorno con unos ojos gris claro, casi plateados. Su pelo casta?o oscuro ca¨ªa liso y corto, apenas m¨¢s all¨¢ de las orejas. Lo llevaba decorado con cuentas de colores trenzadas, al estilo monta?¨¦s. De hecho, no hab¨ªa nada en saeth Karl¨¢ch que no gritara a los cuatro vientos que era monta?¨¦s. Yo podr¨ªa ser como ¨¦l, pens¨® amargamente, llev¨¢ndose la mano a la ¨²nica trenza con cuentas que hab¨ªa sobrevivido en su pelo. Un caballero saethir. Pero incluso aquello le hab¨ªan quitado. Se oblig¨® a bajar la mano y a colocarla sobre su regazo, junto a la otra sobre el tubo de cuero que hab¨ªa sostenido durante todo el viaje, en una postura perfecta, elegante, propia de su estatus, mientras esperaba un informe de su guardaespaldas. No pudo evitar, sin embargo, seguirlo con la mirada hasta donde el ¨¢ngulo de la puerta se lo permiti¨®, y despu¨¦s, con un chasquido de desaprobaci¨®n de su nana, hasta donde buenamente pudo asom¨¢ndose al exterior. Saeth Karl¨¢ch caminaba con pasos seguros hasta un guardia que llevaba una pechera de metal y se proteg¨ªa del sol a la escasa sombra de un ¨¢rbol raqu¨ªtico. Y¨¢rchik observ¨® a los dos hombres intercambiar palabras y no pudo evitar pensar que el monta?¨¦s ten¨ªa un porte mucho m¨¢s elegante que el kindre?o. De inmediato, se pregunt¨® si solamente lo ve¨ªa as¨ª porque hab¨ªa decidido de antemano despreciar todo cuanto ve¨ªa en aquel lugar. No, decidi¨®, volviendo a reclinarse en su asiento. Es porque voy a echar de menos a saeth Karl¨¢ch, y a la Monta?a. ¨DOs noto nerviosa, joven ama¨DY¨¢rchik parpade¨® y volvi¨® a mirar a la anciana que ten¨ªa enfrente. Hab¨ªa empezado a morderse el labio sin darse cuenta, y sinti¨® verg¨¹enza. Aquello no era digno de ella. ¨DLo lamento, nana. No volver¨¢ a ocurrir¨Dprometi¨® autom¨¢ticamente. ¨DNo se¨¢is necia¨Dresopl¨® la mujer y se inclin¨® hacia ella. El movimiento arranc¨® destellos a las cuentas firmemente entretejidas en su denso mo?o blanco. Al contrario que el caballero saethir, Y¨¢rchik se hab¨ªa fijado, su nana hab¨ªa adoptado ropas m¨¢s frescas y simples, acordes a la situaci¨®n. Pero la nana no ten¨ªa apariencias que mantener¨D. Ser¨ªais est¨²pida si no estuvierais nerviosa. Los monta?eses no salimos del Reino, y cuando lo hacemos rara vez regresamos victoriosos. Y¨¢rchik era dolorosamente consciente. Hab¨ªa le¨ªdo todo lo que hab¨ªa en la biblioteca del Nido sobre viajeros monta?eses famosos antes de salir. Hab¨ªa habido exasperadamente pocos. ¨D?Hay siquiera monta?eses en este lugar? En la Ciudadela de Kindred¨Dgru?¨® con frustraci¨®n. ¨DOh, algunos, no lo dudo. De baja cuna, sobre todo. La Universidad les ofrece una forma de mejorar su estatus social. Pero puede que te encuentres con el tercer o cuarto hijo de alg¨²n que otro Se?or. A Y¨¢rchik se le hac¨ªa dif¨ªcil creer que ning¨²n monta?¨¦s de alta cuna escogiera vivir en las tierras bajas por voluntad propia, pero no replic¨®. Mente positiva. ¨DSer¨¢ f¨¢cil evitar las miradas, entonces. ¨DHasta que se extienda el rumor, me temo. Cerr¨® los ojos con fuerza y respir¨® para alejar las ganas de llorar. No era el momento, ?ni de lejos! Conc¨¦ntrate. ?C¨®mo ha podido Padre hacerme esto? Lo sab¨ªa, por supuesto, claro que lo sab¨ªa. Incluso hab¨ªa estado de acuerdo con el plan en un inicio, hasta que el plan se hab¨ªa convertido en una realidad. ?En qu¨¦ momento hab¨ªa accedido a abandonar su hogar, todo cuanto conoc¨ªa, en favor de una Ciudadela lejana, desconocida y llena de peligros donde no tendr¨ªa a nadie para cubrirle las espaldas? Por primera vez en su vida, volaba sin arn¨¦s de seguridad. Si comet¨ªa un error, y lo cometer¨ªa, en aquellas tierras extra?as llenas de desconocidos cuyas intenciones le eran ignotas¡ ?Qu¨¦ ser¨ªa de ella? ?Qu¨¦ ser¨ªa de cuanto quedaba de su nombre? ?Y qu¨¦ ser¨ªa de aquellos a los que dejaba atr¨¢s, arriba en la Monta?a? ?De Jahla y de Na¨¢ch? ¨DY¨¢rchik. La sorpresa la sac¨® de su espiral. La anciana la estaba sosteniendo por los hombros y la miraba fijamente a los ojos. ¨D?C¨®mo me hab¨¦is llamado? ¨Dfue todo lo que pudo balbucear. ¨DEsc¨²chame, mi ni?a¨Dignor¨® su pregunta. Hablaba con urgencia. Y¨¢rchik no pudo sino mirarla sin comprender¨D. Eres hija de tu padre. Mantente firme y no habr¨¢ tormenta que pueda derribarte. Ten fe: los dioses te traer¨¢n buenos vientos. Y¨¢rchik asinti¨® d¨¦bilmente y la mujer solt¨® su agarre parcialmente. No volvi¨® a inclinarse hacia atr¨¢s hasta que la joven hubo respirado profundo y recuperado la postura correcta. ¨DLos dioses¡¨Dmusit¨® para s¨ª, esforz¨¢ndose por hallar un tema que ofreciera distracci¨®n a su mente turbulenta¨D Apenas he rezado desde que salimos de casa. No se hab¨ªa sentido apropiado hacerlo lejos de los riscos, pero ahora se percataba de que no iba a tener elecci¨®n. ¨DLos dioses son sabios y benevolentes. Estoy segura de que te perdonar¨¢n¡ por una buena ofrenda¨DY¨¢rchik estaba casi segura de que los ac¨®litos no aprobar¨ªan que su nana hablara por los dioses o pretendiera saber lo que quer¨ªan, pero la broma logr¨® consolarla. ¨DNi siquiera s¨¦ si habr¨¢ un santuario en Kindred. ¨DEntonces deber¨¦is levantarlo. El tono resolutivo que la anciana hab¨ªa recuperado consigui¨® arrancarle una sonrisa a Y¨¢rchik. Quiz¨¢s s¨ª que pod¨ªa enfrentarse a las tierras bajas al fin y al cabo. Quiz¨¢s Y¨¢rchik pod¨ªa levantarles un santuario a los dioses, y quiz¨¢s ellos le dar¨ªan fuerzas para ser digna hija de su padre en la misi¨®n que le hab¨ªa sido encomendada. El carruaje se tambale¨® cuando saeth Karl¨¢ch volvi¨® a tomar asiento dentro de ¨¦l. Fuera, el cochero chasque¨® la lengua y las bestias de carga se pusieron pesadamente en marcha. ¨D?Y bien? ¨Dpregunt¨® Y¨¢rchik en direcci¨®n al caballero, que se limpi¨® el sudor de la frente con un pa?uelo que la nana tuvo a bien ofrecerle. Se dio cuenta un instante tarde de que, en su esfuerzo por recuperar la firmeza, hab¨ªa sonado cortante en exceso. El guardaespaldas, sin embargo, no mostr¨® ofensa alguna: ¨DEst¨¢n haci¨¦ndonos saltar la cola. Llegaremos a la Ciudadela en pocos minutos¨Dinform¨® el hombre, diligente. Pero algo lo turbaba¨D. Dama Y¨¢rchik, creo que ocurre algo. Nos env¨ªan a una entrada lateral y se niegan a darme m¨¢s informaci¨®n. La rectora Tokla le prometi¨® a vuestro padre discreci¨®n, pero¡ Y¨¢rchik se tens¨®. ¨D?Cre¨¦is que es una trampa? ¨DNo creo nada, Dama Y¨¢rchik. Pero quedaos cerca de m¨ª y estad preparada. No hab¨ªa mucho que pudieran hacer si se dirig¨ªan hacia una emboscada, por muy valeroso que fuera su caballero, de modo que Y¨¢rchik trat¨® de razonar que un ataque era improbable. ?Qui¨¦n querr¨ªa hacerle da?o? Ya les hab¨ªan dado a los enemigos de su padre todo cuanto deseaban. No se le ocurr¨ªa nadie que ganara m¨¢s mat¨¢ndola que dej¨¢ndola pudrirse abandonada en una Ciudadela de las tierras bajas. Por no hablar de que la reputaci¨®n de Kindred se hundir¨ªa si sus alumnos de linaje noble comenzaban a ser asesinados a sus puertas. Pero, bien pensado, ella no estaba matriculada a¨²n¡ Resolvi¨® mantenerse digna y serena, pero, por si acaso, se guard¨® el tubo de cuero endurecido en un bolsillo interno de las ropas. La grava bajo las pezu?as de las bestias de carga se convirti¨® de pronto en el claqueteo de adoquines de piedra y Y¨¢rchik tuvo que reprimir sus deseos de asomarse a la ventana. Desde donde estaba, solamente pod¨ªa ver lo que parec¨ªan unos jardines y una alta pared de bloques de piedra caliza de colores c¨¢lidos. El carruaje tom¨® un giro brusco y se detuvo, y se hizo un silencio en el que Y¨¢rchik pudo escuchar su propio coraz¨®n durante los momentos que tard¨® la puerta en abrirse. La luz del sol volvi¨® a cegarla, pero no aprovech¨® el momento ning¨²n asesino para abalanzarse sobre ella. En su lugar, cuando pudo abrir los ojos, Y¨¢rchik se encontr¨® con una nana complacida, un saeth Karl¨¢ch tenso, pero que no hab¨ªa desenvainado, y el rostro sonriente y medio cubierto por una espantosa cicatriz de un hombre canoso y bajo que ten¨ªa la mano sobre el pomo de la puerta del carruaje. La miraba fijamente. ¨DDama Y¨¢rchik, ?no es as¨ª? Bienvenida a la Universidad de Dayrd. Soy el vicerrector Lykol de la Escuela de Traductores. Os est¨¢bamos esperando. La gigantesca quemadura no dejaba lugar a dudas sobre su identidad. Y¨¢rchik apart¨® la mirada, avergonzada, al darse cuenta de que se hab¨ªa quedado mirando. ?Por todos los dioses de la Monta?a! Trat¨® de reunir las palabras para construir un saludo formal mientras se levantaba, pero se le atragantaban. Afortunadamente, saeth Karl¨¢ch se le adelant¨®, impidi¨¦ndole el paso con un gesto: ¨DDeb¨ªa recibirnos la rectora Tokla. ?D¨®nde podemos encontrarla? La sonrisa de Lykol se desvaneci¨®. Parec¨ªa desconcertado. ¨DAh, ?no lo sab¨¦is? Debo disculparme. Lamento informaros de que la rectora Tokla se ha, hum, esfumado.