《Noventa y Nueve Mil Memorias ( Spanish - Español)》 Capítulo 1 - El último Día de una Vida Miserable La lluvia ca¨ªa en gruesas cortinas, deformando las sombras y apagando el fulgor tembloroso de los faroles. Frente a la entrada de una casa, un hombre se manten¨ªa inm¨®vil, empapado hasta los huesos. Su cabello chorreaba sobre su frente, y la tela de su camisa se adher¨ªa a su piel como una segunda condena. Las gotas resbalaban por sus dedos entumecidos, pero la helada que lo consum¨ªa ven¨ªa de dentro. De pronto, la puerta se abri¨® con un golpe seco. En el umbral, envuelta en la p¨¢lida luz del interior, una mujer embarazada arroj¨® sin vacilar un pu?ado de ropas masculinas. Las prendas cayeron sobre la calle empapada, bebi¨¦ndose la mugre del suelo hasta volverse un reflejo de su miseria. ¡ª?Rec¨®gelas y pi¨¦rdete de una maldita vez!¡ªescupi¨® la mujer, ardiendo de rabia y desprecio¡ª. Me das pena, ?lo sab¨ªas? No¡­ ni siquiera pena, ?asco!?Cu¨¢ntos a?os han pasado y sigues igual? ?M¨ªrate! Todos nuestros compa?eros han progresado, tienen carreras, dinero, familias de verdad... pero t¨² sigues atrapado en la misma vida miserable, sin ambiciones, sin futuro. ?Eres una verg¨¹enza! Sus gritos resonaron en la calle, lo suficientemente fuertes como para atraer a los vecinos. Detr¨¢s de cortinas entreabiertas y puertas entornadas, los rostros curiosos se asomaron, algunos con expresiones divertidas, otros simplemente hambrientos de espect¨¢culo. El hombre sinti¨® que algo dentro de ¨¦l se romp¨ªa, un dolor punzante que no ten¨ªa forma de aliviar. Su garganta ard¨ªa al tragar saliva, y el peso en su pecho lo hizo titubear antes de dar un paso adelante, con las manos abiertas en un gesto suplicante. ¡ªPor favor¡­ No as¨ª. No delante de todos. Podemos hablar¡­ Por el beb¨¦, al menos. La mujer se qued¨® en silencio por un momento, y luego, repentinamente, comenz¨® a re¨ªr. ¡ª?El beb¨¦?¡ªrepiti¨®, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida¡ª. ?De d¨®nde sacas el derecho de preocuparte por ¨¦l? Este ni?o no es tuyo. Nunca lo fue. El silencio que sigui¨® fue absoluto. Ni siquiera la lluvia logr¨® diluir la crudeza de sus palabras. ¡ªPor favor... ¡ªsusurr¨®, con la voz hecha pedazos, como si con cada palabra se desmoronara su mundo¡ª. Dime que no es cierto... La mujer ri¨® con una burla ¨¢cida, disfrutando cada segundo. Sus labios se curvaron en una sonrisa venenosa cuando dej¨® escapar su golpe final: ¡ª?T¨²? ?En serio pensaste que iba a arruinar mi vida llevando en mi vientre el hijo de un don nadie como t¨²? El mundo se apag¨®. Las risas de los curiosos, la lluvia golpeando su piel, incluso el eco de su propia respiraci¨®n¡­ Todo se desvaneci¨® en un abismo de silencio. ¨¦l no contest¨®. No ten¨ªa nada que decir. No ten¨ªa fuerzas ni para odiarla. Se gir¨® y camin¨®, cada paso m¨¢s torpe, m¨¢s lento, como si sus propios huesos se resistieran a seguir adelante. La lluvia ca¨ªa en silencio, escurri¨¦ndose por su piel, como si intentara borrar lo que quedaba de ¨¦l. ¡ª?Desaparece! No quiero volver a verte. ?Y ll¨¦vate tu miseria contigo! ¡ªEl grito le lleg¨® amortiguado, distante. Pero ¨¦l ya hab¨ªa dejado de escuchar. Su conciencia flotaba en un limbo sin emociones. El mundo se desenfocaba como si la realidad misma se estuviera deshaciendo en hilos. No hubo destellos de advertencia. No hubo voces que lo llamaran de vuelta. El rugido del motor fue lo ¨²ltimo que escuch¨® antes de que el impacto lo lanzara por el aire. Su cuerpo golpe¨® la luna del coche, antes de rebotar sobre el cap¨® y desplomarse en el asfalto resbaladizo. Su brazo se dobl¨® en un ¨¢ngulo grotesco, la pierna se retorci¨® como una marioneta rota y la sangre caliente le resbal¨® por la frente, ti?endo su mundo de rojo. Jade¨®, luchando por un aliento que nunca lleg¨®. Y aun en ese momento, cuando el ¨²ltimo aliento hu¨ªa de sus labios, cuando la muerte lo reclamaba sin resistencia... No sinti¨® nada. ¡­ Cuando abri¨® los ojos, el asfalto fr¨ªo y h¨²medo hab¨ªa desaparecido. En su lugar, un inmenso vac¨ªo blanco se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista. No hab¨ªa suelo bajo sus pies, ni cielo sobre su cabeza, pero estaba ah¨ª, suspendido en una nada silenciosa y envolvente. A su alrededor, una hilera interminable de figuras humanas se extend¨ªa hacia el infinito. Eran sombras borrosas, inm¨®viles, como atrapadas en una espera sin final. Nadie se mov¨ªa, nadie reconoc¨ªa su existencia. No entend¨ªa c¨®mo hab¨ªa llegado all¨ª, ni el prop¨®sito de aquella fila. Pero algo en su interior le imped¨ªa moverse, como si al hacerlo rompiera un pacto del que no ten¨ªa memoria. Parpade¨®. Apenas un instante. Pero al abrir los ojos, la multitud se hab¨ªa desvanecido. Solo quedaba ¨¦l, frente a un umbral descomunal, cubierto de inscripciones que parec¨ªan moverse bajo su mirada. No intent¨® comprender. No hab¨ªa l¨®gica, solo el impulso de seguir adelante. No exist¨ªa otra opci¨®n. No exist¨ªa otro destino. As¨ª que respir¨® hondo y cruz¨®. Frente a ¨¦l se alzaba una puerta negra, tan inmensa que parec¨ªa fundirse con la eternidad. No hab¨ªa paredes, ni suelo, ni cielo, solo aquella puerta colosal flotando en la nada. Y el silencio¡­ hasta que comenzaron los susurros. Voces que no ven¨ªan de ning¨²n lado y de todos a la vez. Sonaban como el roce del viento sobre piedra antigua, como el eco de un pensamiento ajeno. No eran palabras comunes, pero ¨¦l, de alg¨²n modo, las entend¨ªa. If you encounter this narrative on Amazon, note that it''s taken without the author''s consent. Report it. ¡ª?Es ¨¦l¡­? ¡ªLo es. Su esencia est¨¢ sellada por el mismo destino. ¡ª?Entonces la rueda girar¨¢ una vez m¨¢s? ¡ªSolo el Supremo conoce la verdad ¨²ltima. ¡ªQuinientas setenta vidas de sufrimiento¡­ ?Qu¨¦ prop¨®sito tiene un castigo as¨ª? ¡ªEs el decreto de los Ascendentes. ¡ªPero no avanza¡­ ?Por qu¨¦ duda ante el umbral? Un escalofr¨ªo le recorri¨® el cuerpo y sus dedos se cerraron en un pu?o tembloroso. Quinientas setenta vidas. No era solo un n¨²mero. Eran siglos de dolor, de p¨¦rdida, de angustia. ?Era ese su destino? ?Una eternidad de sufrimiento, atrapado en un bucle sin escapatoria? ¡ªQuinientas setenta vidas de miseria¡­ ¡ªmurmur¨® con la voz quebrada, sintiendo el peso insoportable de la condena¡ª. ?Es esto lo ¨²nico que me espera¡­? ?Hasta cu¨¢ndo¡­? Las voces no respondieron. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªgrit¨® al vaci¨®, con el alma desgarrada¡ª. ?Por qu¨¦ estoy condenado a este tormento sin fin? ?D¨ªGANME! El silencio fue su ¨²nica respuesta. Esa puerta... la odiaba. Odiaba su presencia imponente, la vida al otro lado, el magnetismo cruel que ejerc¨ªa sobre ¨¦l. ¡ªNo pienso hacerlo¡­ ?NO VOY A CRUZARLA! ¡ªrugi¨®, como si con su voz pudiera quebrar el destino. De repente, una fuerza imposible lo aplast¨® contra la ausencia misma. El dolor le devor¨® la raz¨®n, tritur¨¢ndolo, despedaz¨¢ndolo una y otra vez hasta que su propia existencia se sinti¨® ajena. Intent¨® respirar, pero el vac¨ªo se lo prohibi¨®. Intent¨® gritar, pero su voz se desvaneci¨® como ceniza en la nada. No pod¨ªa morir. Su castigo era existir. El tiempo se diluy¨® en su sufrimiento. Y entonces, la presi¨®n se desvaneci¨®. Su cuerpo, quebrado por el esfuerzo, jade¨® en busca de alivio. Pero no hubo respiro. Una voz emergi¨®, distinta a todas las dem¨¢s. Era el eco de algo olvidado, el susurro de un abismo sin nombre. El vac¨ªo tembl¨®, y la puerta negra se resquebraj¨®, sangrando luz oscura. ¡ªLo har¨¢s. Con esas palabras, la puerta se abri¨® sin ruido y una fuerza invisible lo arrastr¨® adentro. El hombre cay¨® en un abismo sin fin, pero pronto el vac¨ªo se convirti¨® en un corredor angosto, hecho de sombras vivas que se retorc¨ªan a su alrededor. Al final del pasillo, una luz solitaria parpadeaba, esper¨¢ndolo. Se gir¨® con el coraz¨®n desbocado. La puerta segu¨ªa ah¨ª, abierta, llam¨¢ndolo a regresar. Sin dudarlo, corri¨® hacia ella. No iba a aceptar ese destino. No otra vez. Pero antes de alcanzarla, la puerta se cerr¨® de golpe. El sonido retumb¨® en la nada. Un instante despu¨¦s, la oscuridad la devor¨®, borrando cualquier rastro de su existencia. El rugido del hombre rebot¨® en las tinieblas. ¡ª?Maldita sea su voluntad! ?Que el destino se haga trizas y los Ascendentes se devoren entre ellos! ?Que se traguen sus ilusiones! No pienso ser su t¨ªtere ni cargar sus malditas cadenas. La ira lo consumi¨®, y entonces, sin que ¨¦l lo notara, algo comenz¨® a ceder. Sin darse cuenta, sus pupilas ennegrecidas comenzaron a resquebrajarse y un resplandor verde las atraves¨®, como fuego ardiendo bajo una capa de cenizas. El tejido del mundo se agit¨®, estremecido, como si temiera lo que estaba por despertar. Y entonces emergi¨® ante ¨¦l. Donde antes solo hab¨ªa un resplandor inmaculado, ahora se ergu¨ªa una puerta escarlata, tan roja como si cada fibra de su ser estuviera empapada en sangre antigua. Sus grabados se retorc¨ªan como criaturas encerradas en un trance eterno, s¨ªmbolos arcanos desliz¨¢ndose unos sobre otros como si intentaran transmitir un mensaje perdido en el tiempo. El hombre sinti¨® el p¨¢nico reptar por su espalda al mirar la puerta roja. No era un miedo cualquiera, sino uno ancestral, como si su propia sangre recordara algo que su mente hab¨ªa olvidado. Exhal¨® con lentitud y dej¨® que una sonrisa c¨ªnica curvara sus labios. ¡ªMi alma se rinde ante la negra y tiembla ante ti¡­ No s¨¦ si mi alma es una p¨¦sima consejera o si solo disfruta verme sufrir. Si me avisa que huya, quiz¨¢s sea justo lo contrario lo que debo hacer. Avanz¨®, arrancando cada paso del suelo como si la gravedad misma intentara aferrarlo, retenerlo. Algo en su interior se rebelaba, ara?¨¢ndolo desde dentro, gritando en un idioma que no quer¨ªa entender. Pero ¨¦l lo ignor¨®, ri¨¦ndose con una rabia que le quemaba la garganta. ¡ªNo volver¨¦ a ser una marioneta¡­ Ni siquiera de mi propia mente. Con un gru?ido, oblig¨® a su cuerpo a recorrer los ¨²ltimos metros y se plant¨® frente a la puerta roja. Alz¨® la mano, con los dedos crispados, dispuesto a empujar la puerta. Pero no hizo falta. Antes de que sus dedos rozaran la madera, la puerta se desliz¨® en silencio, como si lo estuviera esperando. Inspir¨® hondo y, con una sonrisa tensa, cruz¨® al otro lado. La realidad se fractur¨®. Ahora se hallaba en un corredor sin fin, cuyas paredes sosten¨ªan marcos de cuadros vac¨ªos, como si sus im¨¢genes hubieran sido arrancadas. A lo lejos, un fulgor verdoso palpitaba, llam¨¢ndolo. Sinti¨® un pavor profundo, que le hel¨® la sangre. Pero no hab¨ªa otro camino. Repetir el tormento de sus vidas pasadas era un destino peor que cualquier riesgo. Mejor enfrentar lo desconocido que sucumbir a la condena de lo inevitable. Intent¨® moverse y antes de que su pie pudiera besar la tierra, un quejido rasg¨® su garganta. La carne se le resquebraj¨® en cenizas humeantes, los huesos se partieron y evaporaron como si nunca hubieran existido. Se sinti¨® arrancado de s¨ª mismo, reducido a algo que no entend¨ªa. Cuando su pisada se complet¨®, su cuerpo ya no estaba. Solo quedaba ¨¦l, desnudo en su forma m¨¢s pura. El mundo a su alrededor se desvaneci¨®. Ya no era un hombre. Era un ni?o otra vez, encogido en la profundidad de una cueva. Sus dedos peque?os temblaron cuando rozaron la superficie del agua estancada, deformando el reflejo que lo observaba con ojos verdes brillantes. La humedad del lugar, el olor a piedra mojada, despertaron recuerdos dormidos. Avanz¨® un paso m¨¢s. Su carne se estremeci¨®, sus huesos crujieron como ramas secas. Un parpadeo, un latido, y su cuerpo ya no era el mismo. Ahora era un joven envuelto en pieles, con una lanza ensangrentada aferrada como si su vida dependiera de ella. Frente a ¨¦l, un monstruo nacido del caos rug¨ªa, desafi¨¢ndolo con una ferocidad primitiva. Un rel¨¢mpago de recuerdos lo golpe¨®: la embriaguez de la batalla, el instinto afilado, el frenes¨ª que ard¨ªa en su sangre. Vencer o morir. Dio otro paso. Se vio en su c¨²spide: un rey de guerra, en un trono erigido sobre huesos y pieles de bestias. Su pueblo lo veneraba, arrodillados ante ¨¦l¡­ pero, ?era devoci¨®n o miedo? La sombra de sus conquistas lo envolv¨ªa, susurros de pasados enterrados en fosas sin nombre. Dio otro paso. Su cuerpo se encorv¨® bajo el peso de los a?os. Su melena, ahora plata pura, ca¨ªa en r¨ªos sobre sus hombros y ante ¨¦l, una presencia irreal, un ser sin forma definida, un eco de algo que nunca debi¨® existir. Los recuerdos de su ¨²ltima hora lo alcanzaron como garras cerr¨¢ndose sobre su pecho. Avanz¨®. El marco m¨¢s cercano vibr¨®, como si algo invisible luchara por liberarse. Hilos de luz danzaron a su alrededor, tejiendo la imagen de un anciano de rostro ajado y ente distorsionado por el tiempo. Otro paso. El tiempo se pleg¨® sobre s¨ª mismo. Su cuerpo fue peque?o otra vez. La cueva hab¨ªa desaparecido y en su lugar, estaba una choza de barro y paja. La tierra lat¨ªa de forma distinta, como si perteneciera a otro ayer. Cada paso era un reflejo de lo que fue. Cada ciclo, una p¨¢gina m¨¢s en el libro de su existencia. Cada cuadro completado, una verdad desenterrada. Se vio a s¨ª mismo como un mendigo y un rey, como un so?ador y un destructor. Fue sabio y necio, creador y ruina. Se alz¨® sobre la cima del universo y cay¨® en las profundidades del olvido. Sabore¨® la dulzura de la gloria y el amargor de la p¨¦rdida. Revivi¨® la euforia del primer amor y la desolaci¨®n de la ¨²ltima despedida. Fue un viajero perdido entre dimensiones, atrapado entre vidas que no terminaban de ser suyas. Contempl¨® la vastedad del cosmos y el estrecho abismo de su propia mente. Comprendi¨® que su tiempo no era una l¨ªnea, sino un laberinto. Y en cada giro, se encontraba y se perd¨ªa a s¨ª mismo. Uno a uno, los marcos vac¨ªos se llenaron, reescribiendo su historia en el tejido del tiempo. Hasta que finalmente, sus pasos se detuvieron. Ante ¨¦l, un resplandor verde ard¨ªa como un sol implacable. El hombre dej¨® escapar un suspiro y susurr¨®: ¡ªNoventa y nueve mil ciclos¡­ Noventa y nueve mil memorias¡­ de un yo olvidado, que al fin regresa. Gir¨® la cabeza con lentitud, contemplando el pasillo que quedaba atr¨¢s. Era un mural de su historia, un retrato cruelmente honesto de su grandeza y sus miserias, de su luz y de su sombra. Cerr¨® los ojos un instante antes de preguntarse: ¡ª?Qu¨¦ pecado olvidado despert¨® la ira de los Ascendentes? ?Por qu¨¦ se esculpi¨® mi condena en la eternidad? Volvi¨® su mirada al resplandor esmeralda, y sus ojos, reflejo de su furia contenida, centellearon con intensidad. ¡ªCinco siglos de penurias, una condena que trasciende la muerte. Alg¨²n d¨ªa exigir¨¦ respuestas y, si estas no sacian mi verdad, los Ascendentes conocer¨¢n el peso de mi juicio. Lentamente, extendi¨® la mano y toc¨® el resplandor. Este se estremeci¨®, reaccionando como si reconociera su toque, y luego, en un latido, lo devor¨® sin piedad.