《The Last Heat (Español / Spanish)》 Cap铆tulo 1: Renacer del Deshielo Cap¨ªtulo 1: Renacer del Deshielo El viento aullaba como una bestia hambrienta, col¨¢ndose entre las ruinas de lo que alguna vez fue una ciudad vibrante. Los edificios, ahora espectros de concreto y acero, se alzaban como monumentos a un pasado olvidado, cubiertos por gruesas capas de escarcha y nieve. Cada cristal roto, cada muro derrumbado era testimonio del implacable avance de la tormenta que hab¨ªa sumido al mundo en un invierno eterno. Donde ya no eran los humanos que reinaban este nuevo mundo, si no criaturas de hielo, tan horribles y espantosas como la misma muerte, seres que son capaces de vivir en este mundo devastado y helado, esos eran las criaturas que viv¨ªan en este eco de lo que fue esta gloriosa ciudad. En medio de esas ruinas heladas, unas figuras solitarias avanzaban con pasos lentos pero decididos. Cada movimiento era una lucha contra el dolor del fr¨ªo que mord¨ªa la piel a trav¨¦s de varias capas de tela congelada. La persona que iba en la cabeza del grupo se llamaba Luna Starfire, una de los pocos sobrevivientes que a¨²n respiraban en aquel infierno helado. Envuelta en un traje t¨¦rmico desgastado, de color negro con rojo, cuyo n¨²cleo de energ¨ªa apenas parpadeaba, sab¨ªa que le quedaban, como mucho, veinte minutos antes de que la muerte helada la alcanzara, y el grupo no estaba en una mejor situaci¨®n, ya sus reservas de energ¨ªa se hab¨ªan agotado y solo la vaga esperanza de encontrar un milagro que los sacara de esta situaci¨®n, era lo ¨²nico que los hacia avanzar hacia una muerte segura. Pero Luna el l¨ªder del grupo no caminaba sin rumbo. Sus manos, entumecidas pero firmes, sosten¨ªan un peque?o dispositivo: un detector de calor. Un parpadeo d¨¦bil en la pantalla le daba una raz¨®n para avanzar. En alg¨²n lugar cercano, todav¨ªa quedaba algo de calor: una se?al de vida o tal vez, un generador a¨²n activo. En un mundo donde la esperanza se hab¨ªa congelado mucho tiempo atr¨¢s, cualquier rastro de calor era un milagro. Uno que le dar¨ªa sentido a su expedici¨®n con sus camaradas, una sola muestra de fe de que podr¨¢n vivir un d¨ªa m¨¢s. Atravesaron una avenida cubierta de nieve, donde los autom¨®viles abandonados eran ahora tumbas de hielo. El silencio era total, interrumpido solo por el crujido de la escarcha bajo sus botas y el gemido lejano de la ventisca. Cada paso los acercaba a la fuente de calor, pero tambi¨¦n al l¨ªmite de su resistencia. Finalmente, la se?al los condujo a una estructura casi irreconocible: una vieja Universidad La entrada estaba medio enterrada bajo una avalancha de nieve, pero Luna no dud¨®. Le ordeno al grupo cavar para quitar el gran impedimento helado que no les permit¨ªa avanzar, rasgando el hielo con pura desesperaci¨®n, pudo entrar donde. La oscuridad de los pasillos del campus se trag¨® sus figuras, avanzando con la poca luz que ellos produc¨ªan con sus linternas, uno de ellos avisto una tenue luz, avanzaron con precauci¨®n acerc¨¢ndose lentamente con el temor de no encontrarse con el nido de un monstruo, donde finalmente se encontraron en una especie de parque, uno que en sus mejores a?os hubiera sido un espect¨¢culo de ver, que sin duda alguna fue el atractivo mas grande de esta antigua y devastada universidad. Adentro, el silencio era m¨¢s opresivo que el rugido de la tormenta. El grupo avanzaba por el antiguo parque, donde antes hab¨ªan ¨¢rboles y una hermosa vegetaci¨®n, ahora solo se postraban columnas de hielo y monta?as de nieve, acompa?adas de r¨¢fagas de viento m¨¢s cortantes que las mismas cuchillas, donde cada paso se hund¨ªa en la nieve. De repente, el detector vibr¨® con m¨¢s fuerza. Hab¨ªa algo, algo que supondr¨ªa la salvaci¨®n de ellos, o eso creyeron ingenuamente. El rostro de Luna cambio de esperanza a horror, los lamentos de sus compa?eros en el fondo resonaban junto al viento, puesto que lo que produc¨ªa la se?al de calor no era un reactor que los podr¨ªa salvar a ellos y darle una esperanza a la incursi¨®n que hicieron, si no una persona, m¨¢s concretamente un joven, uno que estaba tirado en el suelo aun vivo pero d¨¦bil, donde su respiraci¨®n era tenue y cada vez m¨¢s lenta. This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there. ¡ª?Un hombre? ?Eso fue lo que encontramos en este maldito lugar? ¡ª la voz de Elian Xanthe era ¨¢spera y desgastada: el segundo al mando del grupo un hombre alto de tez oscura y rasgos fuertes, el cual como el grupo estaba indignado, d¨ªas de exploraci¨®n sin resultados y ahora sus esperanzas se hab¨ªan esfumado. ¡ª ?Qu¨¦ se supone que hagamos ahora Luna?, no podemos cargar con una persona inconsciente y menos en nuestro estado, donde no tenemos ni siquiera celdas de energ¨ªa para nosotros y las que tenemos no duraran m¨¢s de 10 minutos. ?Qu¨¦ diablos deber¨ªamos de hacer Luna?¡ª con desespero y temor pregunto Eli¨¢n, donde esperaba una respuesta de su l¨ªder de grupo. Luna lo ¨²nico que pod¨ªa hacer era ver con horror y asombro aquel hombre, no era lo que buscaban, era una perdici¨®n pensaba ella, pero lo que la tenia horrorizada y asombrada era en como estaba aquel sujeto, los dem¨¢s de la decepci¨®n y angustia no lo notaron, pero aquel hombre estaba acostado debajo de una manta verde, que en realidad no era una manta si no un mont¨®n de hierbas y peque?as flores que florec¨ªan debajo de el: ¡ª ?C¨®mo es esto? ?C¨®mo pueden haber flores debajo de esta persona? Eso es imposible, ya deber¨ªa estar muerto por el fr¨ªo y no deber¨ªa de poder haber un solo resto de vegetaci¨®n en este infierno helado¡ªlos pensamientos de luna se vieron interrumpidos por un grito de uno de sus hombres, donde este ped¨ªa ayuda. La mirada de todos se pos¨® en la direcci¨®n de los gritos. Luna y los dem¨¢s observaron con horror c¨®mo uno de sus camaradas era despedazado; la mitad de su torso inferior yac¨ªa en el suelo, con las tripas por fuera, congel¨¢ndose r¨¢pidamente, mientras que la otra mitad estaba en la boca de un ser gigantesco que se asemejaba a un perro combinado con un puercoesp¨ªn. Este ser media tres metros; sus patas eran puntiagudas y sus ojos, de un color azul oscuro. Sin duda alguna, era un "Jotun", criaturas sumamente peligrosas y territoriales que no perdonar¨ªan a nadie que invadiera su hogar. Luna lo sab¨ªa muy bien: no ten¨ªan oportunidad de vencer a esa bestia en su estado actual, donde la moral y la resistencia eran casi nulas. Para sobrevivir, uno ten¨ªa que enfrentarse al monstruo mientras los dem¨¢s escapaban. ¡ªPero ?a d¨®nde? ?Con qu¨¦ energ¨ªa del reactor? ¡ªpensaba Luna¡ª. Si salir de aqu¨ª ya ser¨ªa un milagro, ?despu¨¦s qu¨¦? Su mente se inund¨® de dudas; Pero no hab¨ªa tiempo para preguntas, solo quedaba actuar y reflexionar despu¨¦s. Con voz firme y clara, orden¨® a Eli¨¢n y a los dem¨¢s que la cubrieran, y que, cuando se presentara una oportunidad, escaparan llev¨¢ndose al hombre inconsciente en el suelo. Aun si mor¨ªan, deb¨ªan de llevarlo a la colonia. Luna estaba segura de que ¨¦l era el fruto de su expedici¨®n. Sin decir una palabra m¨¢s, desenvain¨® su espada, cuyo dise?o era similar al de una katana, aunque era m¨¢s gruesa y robusta. Con un movimiento del mango, la hoja se encendi¨® en llamas. Se abalanz¨® sobre el monstruo, conect¨¢ndole varios cortes que lo lastimaron y derret¨ªan, haciendo chillar de dolor. Esto atrajo su atenci¨®n, ignorando al grupo que segu¨ªa las ¨®rdenes de su l¨ªder y tom¨® al hombre desmayado en la tierra. Mientras su l¨ªder luchaba contra aquella criatura gigante, el resto del grupo disparaba balas incendiarias, que dif¨ªcilmente lograban atravesar la armadura de espinas de hielo del Jotun. Al notar que los dem¨¢s hu¨ªan, el Jotun dispar¨® sus enormes espinas de hielo desde su espalda, empalando a los pobres desafortunados y causando su muerte, solo siendo algunos del grupo los que pudieron evitar la muerte de milagro. Con sus enormes ojos azules y una mirada asesina, les hizo entender a Luna y los dem¨¢s que no perdonar¨ªan a los que invadieran su territorio, mat¨¢ndolos a todos y convirti¨¦ndolos en su comida. Con voz tranquila y serena, mientras soltaba al joven desmayado, Eli¨¢n orden¨® a los dem¨¢s: ¡ª "?Ataquen y luchemos junto a Luna! Despu¨¦s de todo, el deber del pelot¨®n es luchar con su l¨ªder". Con estas palabras, el resto del grupo lanz¨® un grito y se lanz¨® hacia el Jotun, quien los ve¨ªa como ganado destinado a ser sacrificado. Desesperada, Luna intent¨® llamar la atenci¨®n del monstruo para que se centrara en ella, pero era in¨²til. En ese momento, no pose¨ªa la fuerza necesaria para proteger a los dem¨¢s como antes; solo pod¨ªa defenderse y observar con horror c¨®mo sus camaradas y amigos eran masacrados, despedazados y congelados al instante por el Jotun. Sin embargo, en medio de la desesperaci¨®n, los ojos de ella y de los dem¨¢s comenzaron a brillar. El hombre misterioso, se encontraba frente al Jotun; este se abalanz¨® sobre ¨¦l, tomando su rostro con la palma de la mano. De su interior surgi¨® un torrente desenfrenado, una llamada de fuego que quem¨® al monstruo, mat¨¢ndolo y derriti¨¦ndolo al instante. Luna y los dem¨¢s solo pod¨ªan mirar asombrados aquella escena en la que el hombre estaba de pie, con la mano en llamas y el gran cad¨¢ver del Jotun ardiendo ante ¨¦l, como una hoguera. En medio de este cruel y helado mundo, donde el calor de la vida se esfuma en un parpadeo, esa gloriosa escena era una brasa, peque?a y grande al mismo tiempo, de esperanza y vida, que podr¨ªa ser su salvaci¨®n o su perdici¨®n. Cap铆tulo II: El Despertar del Fuego Cap¨ªtulo II: El Despertar del Fuego El crepitar de las llamas iluminaba los rostros at¨®nitos de los sobrevivientes. El cad¨¢ver humeante del Jotun yac¨ªa ante ellos, una monta?a de hielo derretido y carne chamuscada. El hombre que hab¨ªa surgido de la inconsciencia, ahora de pie con la mano a¨²n envuelta en fuego, se encontraba observando sin ninguna emoci¨®n en el rostro el cad¨¢ver del monstro. Luna, recuperando la compostura, envain¨® su espada y se acerc¨® con cautela. Sus ojos, reflejando tanto desconfianza como asombro ante tal escena, le ordeno al resto del grupo que bajara las armas, mientras se postraba detr¨¢s del hombre, el cual aun no hab¨ªa notado o mejor dicho, dado importancia a los dem¨¢s. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨®, su voz firme, la cual daba la sensaci¨®n de seguridad El hombre parpade¨®, como si la pregunta lo hubiera despertado de un sue?o profundo. Mir¨® su mano en llamas y, con un gesto de desconcierto, cerr¨® el pu?o, extinguiendo la llama que aun ard¨ªa en su mano. ¡ªJo¨¢s. Un gusto conocerlos ¡ªrespondi¨®, con una voz firme y burlona¡ª acerc¨¢ndose al grupo, observ¨¢ndolos con curiosidad y intriga como si de un ni?o curioso se tratara. Eli¨¢n, con el ce?o fruncido, se acerc¨® tambi¨¦n, manteniendo una distancia prudente. ¡ª?C¨®mo es posible que hayas sobrevivido aqu¨ª? ¡ªinquiri¨®¡ª. ?Y de d¨®nde provienen esas... habilidades? ?Qu¨¦ demonios eres?¡ª El hombre, con una sonrisa burlona dibujada en su rostro y destellos juguetones en su mirada, se dirigi¨® a Elian y sus dudas. "Al parecer, soy su salvador. Aunque, para ser honesto, solo elimin¨¦ esa criatura porque se interpon¨ªa en mi camino. En cuanto a mis habilidades... Pues, no estoy seguro. Es algo tan natural como respirar, supongo. ?Ustedes tampoco pueden hacer fuego brotar de alguna parte de sus cuerpos?" Dicho esto, hizo surgir una peque?a llama de la yema de sus dedos, observ¨¢ndolos con un aire de burla y superioridad. Luna intercambi¨® una mirada r¨¢pida con Eli¨¢n, buscando en sus ojos alguna se?al de c¨®mo proceder. La desconfianza era palpable entre los miembros del grupo, pero tambi¨¦n lo era la necesidad de respuestas. ¡ª?De d¨®nde vienes, Jo¨¢s? ¡ªpregunt¨® Luna, manteniendo su tono firme pero intentando suavizar la tensi¨®n. Jo¨¢s dej¨® escapar una risa breve, casi sarc¨¢stica. ¡ªDe ning¨²n lugar en particular. He estado... vagando. Buscando a un compa?ero que se perdi¨® y a¨²n no ha regresado... M¨¢s espec¨ªficamente, un ni?o. Es un poco travieso y descuidado. D¨ªgame, ?de casualidad se han encontrado con alg¨²n ni?o ustedes en su camino? Eli¨¢n frunci¨® el ce?o, sin apartar la vista de Jo¨¢s. ¡ª?Un ni?o? ?Esperas que un ni?o a¨²n siga vivo en este infierno helado?... Donde lo ¨²nico que se encontrar¨¢ es muerte por congelamiento y monstruos de hielo hambrientos. ?Y piensas que un ni?o estar¨ªa vivo a¨²n? La expresi¨®n de Jo¨¢s cambi¨®, volvi¨¦ndose seria y amenazante. ¡ªNo te pregunt¨¦ tu est¨²pida opini¨®n. ?Crees que la pregunta fue tan dif¨ªcil de entender? ?Vieron o no vieron a un ni?o? ?O es que tu diminuto cerebro no fue capaz de comprender la puta pregunta? Los dos hombres se pararon frente de uno del otro, ambos con una mirada amenazante, denotando en el ambiente que en cualquier momento podr¨ªa esto volverse en una pelea. los dem¨¢s compa?eros de Elian solo pod¨ªan postrar sus manos sobres sus armas, dispuestos a pelear ante aquel hombre misterioso, pero peligroso. Viendo esta escena, Luna decide ponerse entre estos dos, d¨¢ndole la orden a sus hombres que se relajen y a Elian que se aleje y la deje hablar a ella ¡ª Disculpa a mi compa?ero, esta tenso como todos nosotros. Nuestra excursi¨®n no ha salido como nosotros pens¨¢bamos y aparte hemos perdido a muchos de los nuestros, entonces no, no nos hemos encontrado con ning¨²n ni?o en nuestro camino. lamento no poder ayudarte¡ª¨C If you encounter this narrative on Amazon, note that it''s taken without the author''s consent. Report it. Viendo esto Jo¨¢s, se relaja y se aparta un poco, donde luna noto como los miembros del grupo comenzaban a relajarse, aunque la cautela segu¨ªa presente. ¡ªMira, Jo¨¢s ¡ªdijo ella¡ª, estamos agradecidos por tu ayuda con el Jotun. Pero necesitamos saber si podemos confiar en ti, ya hemos perdido a muchos de los nuestros y lo ultimo que necesitamos son mas problemas. Jo¨¢s la mir¨® directamente a los ojos, su expresi¨®n se torn¨® seria. ¡ªLa confianza es un lujo en estos tiempos. No espero que conf¨ªen en m¨ª. Pero, por ahora, nuestros objetivos parecen alinearse. Sugiero que aprovechemos eso, ya que estoy cansado de buscar solo sin tener resultados. ?Entonces le parece se?orita si nos ayudamos mutuamente para alcanzar nuestras metas?. Luna asinti¨® lentamente, reconociendo la l¨®gica en las palabras de Jo¨¢s. ¡ªDe acuerdo. Pero mantendremos los ojos abiertos. Jo¨¢s sonri¨® de nuevo, con una voz burlona les respondi¨® ¡ªComo debe ser. Luna, con una voz tranquila y un rostro sereno, habl¨®: ¡ªPor cierto, me llamo Luna Starfire, soy la l¨ªder de este grupo, y el grandote de ah¨ª se llama Eli¨¢n, es el segundo al mando de nosotros. Y estos son mis compa?eros del grupo de exploraci¨®n. Jo¨¢s, con una sonrisa, asinti¨® ante la presentaci¨®n de Luna y se volvi¨® a presentar: ¡ªMucho gusto. Me llamo Jo¨¢s. Un gusto conocerlos a todos. Con una voz pesada y despectiva, habl¨® Eli¨¢n: ¡ªMuy lindo todo, Luna. Pero, ?Qu¨¦ vamos a hacer con nuestras celdas de energ¨ªa? Ya se van a agotar y no tenemos reserva. Esto sembr¨® nuevamente preocupaci¨®n en el grupo, que era consciente de la situaci¨®n. Con unos pasos tranquilos y despreocupados, Jo¨¢s se acerc¨® a Eli¨¢n. Tocando la celda de energ¨ªa de su traje con la palma de su mano, empez¨® a brillar. Luna y los dem¨¢s fueron testigos de c¨®mo la celda se recargaba, llegando a su capacidad m¨¢xima, asombrando al grupo y dej¨¢ndolos at¨®nitos. Jo¨¢s, con una voz burlona y suave, se dirigi¨® a Luna y los dem¨¢s: ¡ªAc¨¦rquense y mu¨¦strenme sus celdas de energ¨ªa. Yo las llenar¨¦ otra vez y as¨ª se quitar¨¢n una preocupaci¨®n de encima. El grupo no pod¨ªa creer lo que ve¨ªa. ?Un milagro? ?C¨®mo era posible que este hombre pudiera desprender llamas de su cuerpo y recargar sus celdas de energ¨ªa? Con una sonrisa en su rostro, Luna solt¨® una carcajada de incredulidad y se dirigi¨® a Jo¨¢s: ¡ªAl parecer eres m¨¢s intrigante de lo que pens¨¦, Jo¨¢s. Te pido que me perdones, pero ya encontramos nuestro objetivo: una fuente de energ¨ªa para nuestra colonia. Con estas palabras de Luna, todo el grupo tom¨® sus armas y se dispuso a amenazar a Jo¨¢s. ¡ªPor favor, Jo¨¢s, coopera con nosotros. No me gustar¨ªa tener que lastimar a nuestro salvador, as¨ª que por favor ven con nosotros sin oponer resistencia ¡ªexclam¨® Luna, mientras tomaba su espada con ambas manos y los dem¨¢s del grupo se acercaban lentamente, con sus armas apuntando a Jo¨¢s. Jo¨¢s, con una expresi¨®n de tranquilidad en su rostro, se dirigi¨® a Luna y a los dem¨¢s: ¡ªEst¨¢ bien, Luna. La verdad, quer¨ªa saber m¨¢s de ti, me pareces una persona muy interesante. Aunque no me gusta la idea de ir con ese gorila que est¨¢ a tus espaldas, no importa, de alguna forma me pareces familiar. Esos ojos tuyos me causan una gran intriga, pero para que vaya con ustedes, tienen que ayudarme a encontrar al ni?o que busco. As¨ª, ustedes consiguen lo que quieren y yo tambi¨¦n. ?Tenemos un trato? Con asombro ante tales palabras de Jo¨¢s, Luna decidi¨® aceptar su oferta. As¨ª, ellos ganar¨ªan lo que quer¨ªan y ¨¦l obtendr¨ªa lo que buscaba. Sin embargo, una pregunta surgi¨® en su mente: ?C¨®mo sabr¨ªan que Jo¨¢s mantendr¨ªa su promesa? ?Y realmente podr¨ªan encontrar al ni?o en esta ciudad desierta de hielo? Mientras Luna reflexionaba sobre sus dudas, una voz familiar reson¨® entre los presentes: Eli¨¢n hab¨ªa hablado, expresando las mismas preocupaciones que ella. ¡ª?C¨®mo sabemos que no nos vas a atacar con tus llamitas pirom¨¢nticas? ?Y c¨®mo esperas que encontremos a un ni?o en esta ciudad que es azotada 24/7 por tormentas de hielo y monstruos?¡ª Jo¨¢s, con su caracter¨ªstica sonrisa, le respondi¨® de forma tranquila: ¡ªSi quieren, me pueden amarrar o esposar para llevarme con ustedes, como se sientan m¨¢s c¨®modos. La verdad es que no me importa. ?Y el tema de c¨®mo vamos a encontrar a Eliot? Pues muy sencillo ¡ªse?al¨® con su dedo ¨ªndice el detector de calor que ten¨ªa Luna en la cintura¡ª. Con ese aparato, que capta las se?ales de calor. ?No? Luna mir¨® el dispositivo colgado en su cintur¨®n, su mente r¨¢pidamente procesando la idea. ¡ªEs cierto... ¡ªdijo, pensativa¡ª. Si ¨¦l est¨¢ cerca, el detector deber¨ªa captar su firma t¨¦rmica, aunque el clima pueda interferir. Con un suspiro, Luna asinti¨®, mirando a su grupo. ¡ªEst¨¢ bien, aceptamos. Pero recuerda, Jo¨¢s, si intentas algo, no dudar¨¦ en atacarte, y si es necesario tendr¨¦ que matarte y llevar tu cad¨¢ver a nuestra colonia, y si te digo la verdad se me da muy bien matar gente y monstros ¡ª- dec¨ªa estas palabras mientras lo miraba con una mirada penetrante y atemorizante. Jo¨¢s sonri¨® de nuevo, como si la amenaza no le afectara en lo m¨¢s m¨ªnimo. ¡ªNo es necesario, Luna. No tengo intenci¨®n de traicionarlos. Solo necesito que me ayuden a encontrar al ni?o. Una vez que lo haga, los seguir¨¦ hasta su hogar y ya ah¨ª miraremos que nos depara el futuro. La tensi¨®n en el aire se aliger¨®, aunque las dudas segu¨ªan rondando en la mente de Luna. Pero no hab¨ªa otra opci¨®n, y su objetivo era claro. Ten¨ªan que encontrar al ni?o, no pod¨ªan perder m¨¢s tiempo. ¡ªEntonces, s¨ªganme ¡ªorden¨® Luna, mientras se?alaba hacia el horizonte helado. El grupo de exploraci¨®n se puso en marcha, el sonido de sus pasos resonando sobre la nieve crujiente. La tormenta segu¨ªa azotando el desolado paisaje, pero ahora, una nueva esperanza parec¨ªa encenderse en sus corazones, aunque no sin incertidumbres. Jo¨¢s camin¨® al lado de luna esposado y rodeado por los integrantes del grupo, mientras Luna y los dem¨¢s lo vigilaban con cautela, conscientes de que el verdadero desaf¨ªo apenas comenzaba. Cap铆tulo III: Ecos en la Tormenta

Cap¨ªtulo III: Ecos en la tormenta La ventisca rug¨ªa como un monstruo hambriento, envolviendo al grupo en una sabana de fr¨ªo implacable. Cada paso era una lucha, cada bocanada de aire quemaba los pulmones con su helada. El detector de calor colgaba del cintur¨®n de Luna, emitiendo un d¨¦bil zumbido que marcaba su activaci¨®n. Todos caminaban en silencio, sus pensamientos perdidos entre la nieve y el miedo. Jo¨¢s, esposado pero sereno, avanzaba con una tranquilidad inquietante. A pesar del fr¨ªo, no presenta signos de incomodidad. Parec¨ªa ajeno a la tormenta, como si el hielo no pudiera tocarlo. Luna lo observaba de reojo, cada paso suyo era analizado con precisi¨®n. A pesar de su aparente docilidad, hab¨ªa algo en ¨¦l que la pon¨ªa en alerta constante. Jo¨¢s ¡ª ?Quiere preguntarme algo, se?orita? He notado que, desde que salimos, no ha dejado de mirarme con esos ojitos tan encantadores. Entonces, anda, dispara esas preguntas que te tienen inquieta¡ª. Con un leve suspiro, Luna lo mir¨® con una expresi¨®n tranquila pero penetrante y respondi¨®: ¡ªTengo millones de preguntas para ti, la verdad, pero s¨¦ que algunas no son apropiadas para este momento ni para la situaci¨®n... Pero te har¨¦ dos preguntas. ?Por qu¨¦ viniste sin oponer resistencia? Y, lo m¨¢s importante, ?por qu¨¦ estabas inconsciente en medio de ese lugar? El rostro de Jo¨¢s mostr¨® un destello de asombro ante semejantes preguntas, seguido de una risa suave. ¡ªMe imaginaba que vendr¨ªan ese tipo de preguntas, pero debo admitir que impacta un poco escucharlas de ti, con esa mirada tan serena. Supongo que por algo eres el l¨ªder. ?Y qu¨¦ puedo decirte? Una respuesta como "me enamor¨¦ de tu rostro y tu figura" no ser¨ªa v¨¢lida, ?verdad? La verdad es que llevo varios d¨ªas buscando a "Eliot". Y supongo que, al igual que ustedes, estoy desesperado, sin energ¨ªa, rozando mi l¨ªmite. As¨ª que me detuve a considerar mis opciones: ?matar a estos extra?os y desgastarme a¨²n m¨¢s para seguir con la b¨²squeda? ?O aprovechar a esta se?orita tan encantadora ya su grupo de simios? La respuesta fue clara. Aunque, sinceramente, la idea de ir a su colonia y, probablemente, ser usado como conejillo de indias ¡ªen el mejor de los casos¡ª no es algo que me entusiasme demasiado. Y respecto a por qu¨¦ estaba tirado en ese lugar... Digamos que llegu¨¦ a mi l¨ªmite. Al igual que ustedes, me canso. La desesperaci¨®n de buscar a Eliot durante d¨ªas, sin descanso, me dej¨® sin energ¨ªa... y simplemente, ca¨ª desplomado. El rostro de Luna no mostr¨® alguna emoci¨®n, ni satisfacci¨®n ni tranquilidad, ante las respuestas de Jo¨¢s. Solo lo mir¨® con una expresi¨®n serena y dijo, con voz calmada: ¡ªYa veo... entonces, encontramos a ese ni?o llamado " Eliot" .¡ª¨C Con el asombro dibujado en su rostro, Jo¨¢s no pudo evitar murmurar: ¡ªQu¨¦ mujer tan fr¨ªa...¡ª¨C Un denso silencio marc¨® el avance del grupo y el paso del tiempo. A medida que los minutos y las horas transcurr¨ªan, el cansancio se hac¨ªa cada vez m¨¢s evidente ante aquella marcha insensata, que parec¨ªa eterna y sin rumbo alguno... ¡ªEl detector est¨¢ captando algo¡­ ¡ªanunci¨® Luna, su voz cortando el silencio. Todos se detuvieron. Una luz tenue parpadeaba en el dispositivo, se?alando una fuente de calor d¨¦bil, pero real, al noreste. ¡ª ?Eso podr¨ªa ser el ni?o? ¡ªpregunt¨® uno de los exploradores, la esperanza temblando en su voz. ¡ªEs posible ¡ªrespondi¨® Luna, ajustando su agarre en el detector¡ª mirando a la direcci¨®n que se?alaba este. El grupo avanz¨® y se encontr¨® con un campamento improvisado, con se?ales claras de haber sido utilizado recientemente. A su alrededor, se pod¨ªan ver varios artefactos peculiares que despertaban una curiosa intriga. Mientras analizaban el panorama. Jo¨¢s solt¨® una peque?a risa burlona, ??aunque su mirada segu¨ªa fija en el peque?o campamento improvisado. ¡ªEliot est¨¢ cerca, lo s¨¦. Siento su presencia. Eli¨¢n buf¨® con desd¨¦n. ¡ª?Ahora tambi¨¦n puedes sentir personas? Qu¨¦ conveniente. Jo¨¢s no respondi¨®, solo esboz¨® una sonrisa que no alcanz¨® sus ojos. Luna levant¨® una mano, ordenando silencio. ¡ªAvanzaremos con cuidado. Est¨¦n atentos a cualquier cosa. Y t¨², Jo¨¢s, coopera en silencio... o ser¨¢ yo misma quien te calle de una patada. ¡ª ?Todav¨ªa con amenazas? ¡ªrespondi¨® Jo¨¢s con una voz suave y burlona¡ª. Rel¨¢jate, Luna. No pienso causarles problemas. Siguieron avanzando, la se?al del detector se volvi¨® cada vez m¨¢s fuerte. Pero a medida que se acercaban, el fr¨ªo parec¨ªa intensificarse y hacerse m¨¢s fuerte la tormenta, como si algo en el ambiente se alimentaba de la presencia del grupo. De repente, un sonido desgarrador rompi¨® el silencio: un grito. Agudo, lejano, pero inconfundible. ¡ª?Eso fue un ni?o! ¡ªexclam¨® uno de los exploradores. ¡ª?Formaci¨®n! ¡ªorden¨® Luna con rapidez, desenfundando su espada. El grupo se est¨¢ actuando en un c¨ªrculo, armas listas. La se?al del detector ahora brillaba con fuerza. Jo¨¢s dio un paso al frente, pero Eli¨¢n lo empuj¨® hacia atr¨¢s, con el arma apuntando directamente a su cabeza. ¡ªNi se te ocurre moverte ¡ªgru?¨® Eli¨¢n. ¡ªQue miedo, un gorila armado me esta intimidando ¡ªsusurr¨® Jo¨¢s con una voz juguetona, la temperatura a su alrededor comenzando a elevarse perceptiblemente y la tensi¨®n se hacia m¨¢s densa. Antes de que la situaci¨®n se saliera de control, a lo lejos se pudo observar a un ni?o corriendo despavorido, saltando y sorteando veh¨ªculos y escombros congelados en el entorno. Detr¨¢s de ¨¦l, se alzaba una figura gigantesca que lo persegu¨ªa con pasos tan poderosos que hac¨ªan temblar el suelo a cada impacto. La silueta de aquel ser aterrador se hac¨ªa cada vez m¨¢s clara: un monstruo humanoide con la parte inferior de un escorpi¨®n y el torso de una persona. En lugar de manos, ten¨ªa largas antenas, y de su cabeza mov¨ªan enormes cuernos retorcidos. Pero su rasgo m¨¢s inquietante era su cola colosal, que se divid¨ªa en tres afilados aguijones, listos para atacar. The narrative has been taken without permission. Report any sightings. ¡ª?Un Engendro de Escarcha! ¡ªgrit¨® uno de los exploradores. Luna reaccion¨® primero. ¡ª?Defiende la posici¨®n! ?Mant¨¦nganse firmes! Quiero que los tiradores se queden aqu¨ª y nos cubran, mientras los picadores y yo nos acercamos para distraer al Engendro de Escarcha y as¨ª rescatar al ni?o. Una vez que el ni?o est¨¦ a salvo, tiradores, apunten directo a su cabeza. Nosotros atacaremos sus patas gigantes. ?Tengan cuidado con esas enormes tenazas y esos malditos aguijones que tiene! ???No quiero a nadie muerto!!! Mientras todos se preparaban para seguir las ¨®rdenes de su l¨ªder al pie de la letra, una expresi¨®n de satisfacci¨®n se dibuj¨® en el rostro de Jo¨¢s al ver que finalmente hab¨ªa encontrado al peque?o ni?o que tanto buscaba. Decidido a no perder ni un minuto m¨¢s, desprendi¨® llamas de sus mu?ecas, las cuales derritieron las esposas que lo reten¨ªan, haciendo que cayeran al suelo completamente liquidadas. Con un r¨¢pido movimiento, sali¨® corriendo hacia el ni?o, mientras el grupo y Luna lo observaban con incredulidad. Jo¨¢s dio un gran salto impulsado por las llamas de sus manos, us¨¢ndolas como propulsores, elev¨¢ndose en el aire. Desde esa altura, Jon¨¢s grit¨® al peque?o ni?o, con una enorme sonrisa en su rostro: ¡ª?Eliot, ya llegu¨¦ para llevarte a casa y salvarte!¡ª El ni?o, al escuchar el grito desde el cielo, qued¨® moment¨¢neamente impactado. De repente, vio c¨®mo Jo¨¢s descend¨ªa hacia el Engendro , cayendo con fuerza sobre ¨¦l como un meteorito, aturdi¨¦ndolo con el impacto. Mientras se manten¨ªa en el aire usando su mano izquierda, con la otra comenz¨® a disparar una corriente de fuego que impact¨® de lleno en la criatura. El monstruo se increment¨®, pero r¨¢pidamente apag¨® las llamas usando uno de sus tres aguijones, disparando una escarcha de hielo sobre s¨ª mismo, lo que dej¨® a Jon¨¢s asombrado. ¡ª?Qu¨¦ extra?o...? Estoy seguro de que eso deb¨ªa haberlo quemado vivo...¡ª, con sorpresa en su rostro, Jon¨¢s observ¨® c¨®mo una de las enormes tenazas del monstruo se dirig¨ªa r¨¢pidamente hacia ¨¦l, cortando el aire en diagonal. Justo en ese momento, Luna, con una gran rapidez, lo agarr¨® por la chaqueta y lo empuj¨® al suelo, esquivando el ataque de la criatura. Con una expresi¨®n fr¨ªa y tranquila, Luna le orden¨® al grupo, gritando: ¡ª?Sigan con el plan! Luego, dirigi¨¦ndose a Jon¨¢s con un rostro de molestia, le dijo mientras se?alaba al Engendro : ¡ªNo s¨¦ c¨®mo has podido sobrevivir hasta ahora, pero esa cosa no va a caer tan f¨¢cilmente como la anterior. Si no vas a ayudar y, en cambio, vas a estorbar, qu¨¦date aqu¨ª y d¨¦janos salvar al peque?o ni?o y, de paso, tu pat¨¦tica vida¡ª Decidida, Luna desenfund¨® su espada, realizando un giro sutil en la empu?adura que encendi¨® la hoja en llamas. Con rapidez, se lanz¨® hacia la criatura, que estaba recibiendo disparos desde la distancia por parte del grupo de tiradores en la retaguardia. Aprovechando la confusi¨®n que el Engendro experimentaba, Luna se abalanz¨® sobre una de sus patas y, con un solo tajo de su espada envuelta en fuego, la cort¨® limpiamente. La criatura, sintiendo un torrente de dolor en su pata cercenada y chamuscada, reaccion¨® al instante, usando sus aguijones para atacar a Luna. Ella esquiv¨® dos de estos con reflejos asombrosos y una elasticidad envidiable, realizando acrobacias milim¨¦tricas y precisas. Sin embargo, la rapidez del tercer aguij¨®n, que ven¨ªa desde su punto ciego, la sorpresa, dej¨¢ndola sin tiempo para reaccionar. Afortunadamente, Elian y los dem¨¢s picadores llegaron justo a tiempo, atacando el aguij¨®n y repeli¨¦ndolo con un fuerte ataque. Elian exclam¨® con frustraci¨®n y enojo en direcci¨®n a Jon¨¢s, quien a¨²n estaba asombrado y aturdido por la pelea que Luna sosten¨ªa con la criatura. ¡ª?Maldito loco! ?Qu¨¦ demonios pasan por tu cabeza lanz¨¢ndote solo, de manera tan imprudente, contra un "Engendro"? De verdad, este tipo me dan m¨¢s ganas de molerlo a golpes por lo idiota y despreocupado que es... Luna, con una calma impresionante, respondi¨® mientras continuaba evaluando la situaci¨®n, y ve¨ªa como el monstruo regeneraba su pata cortada. ¡ªSea como sea, solo estamos gastando energ¨ªa in¨²tilmente si no logramos destruir o cortarle la cabeza a esa cosa¨C Con un suspiro de exasperaci¨®n, Luna mir¨® a Jon¨¢s y luego le orden¨® sin dudar: ¡ªCambio de aviones. ?Oye, t¨²! El idiota suicida que est¨¢ tirado en el suelo, lev¨¢ntate, que ya tengo un plan para ti en esta pelea. Quiero que te encargues de esos molestos aguijones que tiene esa cosa y nos des tiempo. Mientras tanto, Elian y el resto se encargar¨¢n de sus patas, y yo me ocupar¨¦ de cortarle la cabeza a ese bastardo¡ª Volviendo a la realidad, con una sonrisa juguetona, Jo¨¢s respondi¨® sarc¨¢sticamente a Luna: ¡ªNo puedo creer que me deje ver de una forma tan in¨²til y atroz. Est¨¢ bien, Luna, ¨²same como veas conveniente. Esta vez ser¨¦ de ayuda y colaborar¨¦. Luna se acerca con frialdad, sin que la actitud sarc¨¢stica de Jo¨¢s lograr¨¢ afectarla. ¡ªHaz lo que mejor sepas hacer, pero no estorbes. ¡ªdijo sin dudar. La tensi¨®n en el aire era palpable. La criatura, un Engendro de Escarcha , a¨²n segu¨ªa resistiendo, a pesar de los golpes. El monstruo rug¨ªa, lanzando descargas de escarcha y hielo por todo el campo, mientras el grupo lo rodeaba con precisi¨®n. Luna se lanz¨® hacia la criatura, esquivando sus intentos de ataque con movimientos veloces y letales. Cada tajo de su espada en llamas cortaba la carne de la criatura, dejando detr¨¢s una estela de holl¨ªn y sangre helada. Los gritos del Engendro resonaban como ecos aterradores, pero eso no detuvo la furia del grupo. Jo¨¢s, aprovechando la apertura, comenz¨® a liberar torrentes de fuego desde sus mu?ecas, mientras se manten¨ªa en el aire, consumiendo los aguijones del monstruo con voracidad. Los aguijones ca¨ªan al suelo, carbonizados y destrozados, mientras la criatura se retorc¨ªa en ag¨®nica frustraci¨®n, a¨²n con vida. Eli¨¢n y los picadores atacaron las patas del monstruo con una ferocidad calculada. Cada golpe era un impacto ensordecedor, y la criatura reaccionaba con rugidos de dolor, sus gigantescas tenazas cortando el aire en busca de venganza. Pero el monstruo ya estaba debilitado, y los ataques de Luna y su equipo no cesaban. Finalmente, Luna, viendo que la criatura ya no pod¨ªa defenderse, se lanz¨® al ataque definitivo. Con un movimiento fluido y brutal, cort¨® una de las patas traseras del Engendro con su espada llameante, la cual abri¨® la carne del monstruo en un desgarrador crujido. La pata ca¨ªda dej¨® escapar un torrente de sangre helada, que se derram¨® en el suelo como un r¨ªo congelado. El Engendro cay¨® de rodillas, su enorme cuerpo temblando mientras un aliento rasposo se escapaba de su boca, llena de icor negro y hielo quebrado. Pero a¨²n no hab¨ªa terminado. La criatura mir¨® a Luna con una rabia salvaje en sus ojos, como si su monstruosa existencia no tuviera fin. Luna, con una mirada aterradora y desgarradora, se acerc¨® al Engendro de Escarcha que yac¨ªa debilitado ante sus ojos. Su rostro no mostraba ni la m¨¢s m¨ªnima emoci¨®n. Su mirada estaba vac¨ªa, carente de vida, como si la criatura que ten¨ªa delante no fuera m¨¢s que una molestia que deb¨ªa ser erradicada. ¡ª?Es hora de acabar con esta aberraci¨®n! ¡ªdijo Luna con una voz tranquila, casi mon¨®tona, mientras su espada llameante brillaba en su mano. La espada descendi¨® con una precisi¨®n mortal, atravesando el cuello del monstruo con un sonido de carne desgarrada y huesos rotos. La cabeza del Engendro cay¨® al suelo, mientras una explosi¨®n de sangre helada brotaba de la herida, inundando el terreno con una mezcla espesa de sangre oscura y escarcha. El cuerpo de la criatura se desplom¨®, y sus grandes tenazas se agitaron en un ¨²ltimo esfuerzo desesperado, pero su vida ya se desvanec¨ªa. El suelo tembl¨® bajo el peso de su ca¨ªda, y el aire se llen¨® con el nauseabundo hedor de la sangre congelada que se derramaba, un l¨ªquido oscuro que chisporroteaba al tocar el hielo. La criatura, a¨²n con vida, intentaba moverse, sus extremidades retorcidas y convulsionando en un ¨²ltimo intento de luchar contra lo inevitable. Cada espasmo era un recordatorio de su sufrimiento, de la agon¨ªa que no pod¨ªa escapar. Pero pronto, los movimientos se volvieron m¨¢s err¨¢ticos, y el sonido de los huesos rotos y los m¨²sculos desgarrados se mezclaba con el crujir del hielo. Finalmente, d¨¦jo de moverse, y su cabeza cercenada mostr¨® que sus ojos, llenos de terror, se apagaron en un instante. La quietud helada que sigui¨® fue a¨²n m¨¢s inquietante. All¨ª, en el suelo, yac¨ªa el enorme cuerpo de la criatura, su enorme figura distorsionada por la muerte, envuelta en una capa de sangre congelada que formaba oscuros charcos alrededor de su cad¨¢ver. La tierra la hab¨ªa tragado, pero no sin antes dejar una marca de lo que fue su agon¨ªa. La quietud que ahora la rodeaba era densa, pesada, como si el mismo aire temiera acercarse a ella. Jon¨¢s observ¨®, sin poder apartar la mirada del cad¨¢ver desmembrado y la figura de Luna, ¡ª"Que hermosa pens¨® para sus adentros"¡ª La masa de carne deshecha que antes hab¨ªa sido una criatura terror¨ªfica. La visi¨®n de la muerte grotesca ante ¨¦l y la figura de la joven ante el imponente cad¨¢ver y su espada llameante lo hizo sentir una extra?a mezcla de satisfacci¨®n y horror. No hab¨ªa gloria en esa victoria, solo el amargo sabor de la supervivencia. Luna, mirando el cad¨¢ver sin inmutarse, susurr¨® con una calma aterradora: ¡ªNo celebramos muertes. Pero esta era necesaria. Con un leve gesto, se dirigi¨® a los dem¨¢s hacia el ni?o, quien a¨²n estaba paralizado por el miedo. Jo¨¢s, sonriendo con sarcasmo, levant¨® al peque?o Eliot del suelo y lo abraz¨® con fuerza, mientras su mirada se deslizaba por el campo de batalla y el caos que los rodeaba. ¡ªHola, Eliot. ?Estabas asustado? No te preocupes, lo peor ya paso. Ahora, estas a salvo peque?o ni?o ¡ªdijo, su voz casi suave, pero cargada de un dejo de tristeza. El ni?o sorprendido, le devolvi¨® el abrazo a Jo¨¢s con m¨¢s fuerza, mientras soltaba una gran cantidad de lagrimas de alivio y felicidad, dando gracias por ser salvado y seguir un d¨ªa m¨¢s con vida. A medida que el grupo se agrupaba, los ecos de la batalla se desvanec¨ªan, pero la atm¨®sfera segu¨ªa impregnada de la pesadez de la lucha y la muerte. El cad¨¢ver del Engendro se postraba sin peligr¨® alguno, donde la escarcha y sangre congelada brillaban bajo la tenue luz del d¨ªa, mientras un viento fr¨ªo barr¨ªa el lugar, como si la misma naturaleza estuviera condenando lo que acababa de ocurrir. Luna, sin detenerse ni una vez, habl¨® con un tono bajo pero firme: ¡ªEsto no ha terminado. Pero por ahora, hemos ganado un respiro. Mant¨¦nganse alerta. El grupo continu¨® avanzando, dejando atr¨¢s el monstruoso cad¨¢ver que marcaba la victoria, pero no el final de lo que a¨²n estaba por venir. La batalla hab¨ªa sido brutal, pero a¨²n quedaba un largo camino. Capitulo IV: La cruda verdad Capitulo IV: La cruda verdad La ventisca se hab¨ªa apaciguado moment¨¢neamente, pero el silencio que dej¨® en su estela era m¨¢s aterrador que el rugido del viento. El grupo avanzaba lentamente por un p¨¢ramo cubierto de hielo negro, donde los restos del Engendro de Escarcha quedaban atr¨¢s como un monumento macabro. La sangre congelada se aferraba al suelo en formas retorcidas. La atm¨®sfera era pesaba como una l¨¢pida sobre cada uno de ellos. Luna lideraba en silencio, sus ojos fijos en el horizonte que brillaban por la luz del sol con un color rojo carmes¨ª intenso, pero sin vida, como si carecieran de emoci¨®n. En cambio Eliot, el ni?o que aun temblando en los brazos de Jo¨¢s, no dec¨ªa palabra alguna. Su cuerpo a¨²n se estremec¨ªa con cada recuerdo del terror reciente. Sin embargo, algo en el ambiente era... distinto. Un escalofr¨ªo reptaba por las espaldas de todos, una presencia invisible que los observaba desde alg¨²n rinc¨®n oculto de aquel infierno helado ¡ªNo estamos solos... ¡ªsusurr¨® Luna al grupo, su voz quebrada por la tensi¨®n, apenas un hilo ahogado por el miedo. El grupo se volvi¨® de inmediato, los ojos bailando fren¨¦ticamente entre las sombras y las grietas del hielo. Entonces, los vieron. Figuras humanas... o lo que se asemejaban. Sus cuerpos estaban cubiertos por una capa de hielo transl¨²cido, tensada como una segunda piel que los hac¨ªa brillar con un p¨¢lido resplandor espectral, como si la mism¨ªsima muerte los hubiera esculpido en escarcha con sus propias manos. Sus ojos, dos pozos grises y vac¨ªos, reflejaban la ausencia total de vida. Observaban desde la distancia, inm¨®viles, fundi¨¦ndose con la oscuridad. Acechaban desde los escombros de la ciudad destruida, ocultos en las sombras m¨¢s profundas, como unos cazadores listos para atacar. Hambrientos de algo m¨¢s que carne... ansiosos por arrastrarlos a un fr¨ªo del que no habr¨ªa regreso. La voz de Elian exclam¨® sus nombres: ¡ª?Maldita sea... son !¡ª Criaturas que vagaban en grupos por este mundo des¨¦rtico y helado, siempre en busca de alg¨²n desafortunado que se convirtiera en su cena. Su caracter¨ªstica m¨¢s peculiar era su forma de atacar: mord¨ªan a su presa como si fueran unos zombis. Sin embargo, un solo mordisco de estos seres era mortal, pues la zona afectada se congelaba de inmediato, volvi¨¦ndose irrecuperable e in¨²til, hasta el punto de causar la muerte. El grupo se posicion¨® en formaci¨®n circular, preparados para la batalla contra aquellas criaturas. En el centro se encontraban Jo¨¢s y el peque?o Eliot, acompa?ados por Luna, quien daba instrucciones a los dem¨¢s mientras custodiaba al ni?o y vigilaba de cerca al impredecible Jo¨¢s. ¡ª?No vas a pelear junto con tus hombres? ¡ªpregunt¨® Jo¨¢s con tono sarc¨¢stico y desafiante. Luna esboz¨® una leve sonrisa, mir¨¢ndolo a los ojos con una mirada firme antes de responder: ¡ªAprecio tu sarc¨¢stica preocupaci¨®n por mis hombres. Pero no, no es necesario. Ellos saben qu¨¦ hacer y, adem¨¢s, son perfectamente capaces de lidiar con los . En cambio, t¨² eres m¨¢s peligroso que ellos. Nuestra prioridad absoluta es llevarte a la colonia de inmediato. Espero que cumplas tu parte del trato y nos acompa?es sin problemas, Jo¨¢s. Su voz son¨® amenazante e imponente mientras se acercaba cada vez m¨¢s a ¨¦l y a Eliot. ¡ª?Qu¨¦ afortunados somos, Eliot, de que esta hermosa se?orita nos est¨¦ custodiando y protegiendo! ¡ªexclam¨® Jo¨¢s con sarcasmo, dejando escapar una carcajada. Todos estaban en posici¨®n, esperando a que los rompieran la tensa calma previa a la batalla con sus ataques desenfrenados, como si de muertos vivientes se tratase. De pronto, una peque?a voz interrumpi¨® la tensi¨®n del momento. Era Eliot, el peque?o ni?o, quien sac¨® de su bolso, que colgaba de sus hombros, una especie de l¨¢mpara y se la entreg¨® a Jo¨¢s, quien lo mir¨® confundido por su inesperada acci¨®n. ¡ªJo¨¢s, por favor, coloca la l¨¢mpara sobre la palma de tu mano y genera una llama, pero que no sea muy fuerte ¡ªpidi¨® con serenidad. Siguiendo la petici¨®n del ni?o, Jo¨¢s gener¨® una peque?a llama que se introdujo en la l¨¢mpara. Al instante, esta comenz¨® a emanar una luz intensa que se proyect¨® a las espaldas de los dem¨¢s, iluminando el grupo en medio de la ciudad. Al ver aquella luz, los sintieron un terror indescriptible. Sus cuerpos se estremecieron y, presa del p¨¢nico, huyeron despavoridos, alej¨¢ndose del grupo hasta desaparecer en la oscuridad. De repente, el peligro hab¨ªa desaparecido. Todos asombrados ante tal suceso, se voltearon y vieron la luz que se segu¨ª emitiendo la lampara que tenia Jo¨¢s en su mano. Asombrada ante tal suceso Luna hablo y le pregunto al peque?o ¨C?C¨®mo es posible que esta luz haya ahuyentado a los de tal manera? Nervioso y con un poco de miedo ante las miradas del grupo y las preguntas de Luna, el ni?o dio una breve explicaci¨®n sobre el funcionamiento de la l¨¢mpara y los efectos de su luz: ¡ªComo saben, los le temen al fuego directo, pero es casi imposible usar antorchas con este fr¨ªo y sus violentas tormentas de nieve. Adem¨¢s, mantener en constante uso las armas cuerpo a cuerpo agota r¨¢pidamente los n¨²cleos de energ¨ªa, lo que hace inviable generar fuego de forma tradicional, dejando como ¨²nica opci¨®n el combate. Pero esta l¨¢mpara funciona de manera diferente. Al generar una peque?a llama en su interior, amplifica su luz, creando en los la ilusi¨®n de una gran llamarada de fuego. Sin embargo, este efecto no funciona con cualquier fuego... solo es posible gracias a las llamas que produce Jo¨¢s. Asombrados por la explicaci¨®n del peque?o, el grupo le agradeci¨® con sonrisas genuinas que hicieron que se ruborizara. Elian, el m¨¢s grande del grupo, solt¨® una estruendosa carcajada y exclam¨® a todo pulm¨®n: ¡ª?Qui¨¦n dir¨ªa que salvarte la vida, peque?o, valdr¨ªa totalmente la pena! Muchas gracias por ayudarnos, Eliot. Por cierto, ?tienes m¨¢s aparatos como ese que puedan ser de utilidad? Con entusiasmo, respondi¨®: ¡ª?S¨ª, as¨ª es! Aunque muchos a¨²n son solo prototipos... y la mayor¨ªa se quedaron en mi campamento improvisado. ¡ªAhhh, con que esos artefactos raros eran tus inventos, ni?o ¡ªmurmur¨® uno del grupo con sorpresa. Interrumpiendo la conversaci¨®n Luna: ¡ªComo sea, gracias, Eliot. Nos fuiste de gran ayuda contra los y nos ahorraste una batalla ¡ªdijo Luna, mientras le frotaba la cabeza con suavidad y dulzura. En su rostro se dibujaba una sonrisa afectuosa y c¨¢lida. Posteriormente ordenando Luna a Jo¨¢s que no suelte la lampara y siga generando ese fuego y dirigi¨¦ndose al grupo, para que sigan con su camino de regreso a la colonia. Saliendo de la ruin y destruida ciudad el grupo pudo divisar a lo lejos la colonia, la cual emerg¨ªa de la niebla helada como un cad¨¢ver descompuesto por el tiempo. Sus estructuras retorcidas y corro¨ªdas parec¨ªan esqueletos de una civilizaci¨®n que se manten¨ªa viva solo por el instinto de supervivencia, ahora reducida a ruinas que lloraban escarcha. Las luces parpadeantes no ofrec¨ªan consuelo; eran latidos moribundos de un coraz¨®n que lat¨ªa d¨¦bil y lento, los vigilantes de los muros, observaron como el grupo se acercaba y reconociendo sus trajes, se dieron cuenta que era Luna y su grupo de exploraci¨®n, procedieron a abrirles las puertas para que entraran en la colonia. Ya adentro se pod¨ªa ver a los habitantes, si es que a¨²n pod¨ªan llamarse as¨ª, eran sombras de lo que alguna vez fueron humanos. Sus rostros p¨¢lidos, ojos vac¨ªos y manos temblorosas que se aferraban a cualquier indicio de calor. Los susurros llenaban el aire, ecos de tragedias no contadas, lamentos de aquellos que se rindieron ante la oscuridad y el hambre. El grupo avanz¨® entre los restos de una colonia apunto de sumirse en ruinas, observando los muros cubiertos de escarcha donde se ve¨ªan cuerpos tirados, sin vida ya deformes que hab¨ªan quedado atrapadas, congelados en el tiempo con una expresiones de terror perpetuo. El viento soplaba como un canto f¨²nebre, cargado de cenizas y desesperaci¨®n. Cada paso hacia el n¨²cleo de la colonia revelaba horrores m¨¢s profundos: puertas selladas con manchas oscuras, habitaciones donde el silencio pesaba m¨¢s que cualquier grito, y pasillos donde la oscuridad parec¨ªa observarlos, expectante. No hab¨ªa salvaci¨®n en ese lugar. Solo recuerdos de un apocalipsis que nunca termin¨®. Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. Aqu¨ª, en el coraz¨®n del hielo eterno, la esperanza era solo una mentira cruel, y cada aliento se sent¨ªa como el ¨²ltimo. Mientras avanzaban por la colonia, los habitantes los observaban en silencio, con miradas vac¨ªas, como si en sus ojos se reflejara la desolaci¨®n de aquel mundo. Reconocieron al grupo de exploraci¨®n... pero algo estaba mal. Eran muy pocos. Menos de la mitad de los que partieron. El murmullo de los espectadores crec¨ªa con cada paso, un susurro cargado de temor y sospecha. De repente, una mujer se adelant¨®, bloqueando el camino. A su lado, una ni?a aferraba con fuerza su mano, con los ojos llenos de incertidumbre. Luna, al frente del grupo, se detuvo cuando la mujer la mir¨® fijamente. Sus labios temblaban, su voz se quebr¨® antes de pronunciar una ¨²nica y aterradora pregunta: ¡ªLuna Starfire¡­ ?D¨®nde est¨¢ mi James? No lo veo en el grupo¡­ ¡ªSu voz se alz¨® en un grito ahogado, desgarrador¡ª. ?Dime, Luna! ??D¨®nde est¨¢?! Luna no respondi¨®. No pod¨ªa. Entonces, como si la mujer hubiera encendido una mecha, el resto de la multitud se uni¨® al clamor. Voces temblorosas, desesperadas, cargadas de angustia: ¡ª?D¨®nde est¨¢ Laura? ¡ª?Por qu¨¦ no veo a Carlos? ¡ª?D¨ªganme que Antonia est¨¢ bien! ¡ª?D¨®nde est¨¢ mi hijo? ¡ª?Y mi esposo? ¡ª?Pap¨¢...? ?Mam¨¢...? El aire se torn¨® insoportablemente denso. Cada pregunta era un pu?al en el pecho. Cada nombre, un peso insoportable sobre los hombros del grupo. El dolor en sus miradas era tan abrumador como el silencio de los que regresaban. Congelados como estatuas, incapaces de pronunciar palabra, solo pod¨ªan cargar con el peso de la verdad... una verdad demasiado cruel para ser dicha en voz alta. El bullicio de preguntas desesperadas retumbaba en el aire, una marea de angustia que los envolv¨ªa. Pero Luna no se inmut¨®. Su expresi¨®n permaneci¨® impenetrable, sus ojos rojos afilados y vac¨ªos, observaban a las personas de su alrededor. Esper¨® a que el estruendo de s¨²plicas y reclamos terminaran, los cuales en busca de una respuesta, que los salvara de sus propios miedos. Estos se quedaron en silencio esperando o¨ªr una respuesta. Entonces Luna como la l¨ªder del grupo, habl¨® con voz firme, sin una pizca de titubeo ni emoci¨®n: ¡ªNo volver¨¢n. El impacto de sus palabras fue inmediato. Algunos jadearon, otros se llevaron las manos a la boca, ahogando sollozos que ya no pod¨ªan contener. Pero Luna continu¨®, con la misma calma implacable: ¡ªMurieron all¨¢ afuera. No pudimos traer sus cuerpos. No hubo tiempo, no hubo oportunidad. Dej¨® que el silencio hiciera su trabajo, que cada palabra calara hondo como una sentencia inapelable. ¡ªLloren si deben llorar, griten si necesitan gritar. Pero entiendan esto: en este mundo frio y cruel, la muerte es la ¨²nica certeza. No hay promesas, no hay finales felices. Los que regresamos lo hicimos porque seguimos con vida, pero eso no significa que estemos a salvo. As¨ª que tomen su dolor, su rabia y su p¨¦rdida¡­ y sigan adelante. Porque ma?ana, podr¨ªamos ser nosotros los que no volvamos. Su voz nunca se quebr¨®. No hubo disculpas, no hubo falsas esperanzas. Solo la verdad desnuda y cruel. Sin m¨¢s que decir, Luna mir¨® a su gente por ¨²ltima vez y con un movimiento de su cabeza de ordeno al grupo continuar avanzando, hasta la torre central de la colonia. Detr¨¢s de ellos, solo qued¨® el eco de su sentencia y el llanto de los que nunca volver¨ªan a ver a sus seres queridos. Jo¨¢s se acerc¨® con pasos tranquilos, observando a Luna con una mezcla de curiosidad y diversi¨®n. Su sonrisa era ligera, casi juguetona, pero en su mirada hab¨ªa un atisbo de genuino cuestionamiento. ¡ªIncluso para m¨ª, esa respuesta fue un tanto cruel ¡ªcoment¨® con un suspiro, negando suavemente con la cabeza¡ª. ?No pod¨ªas haberles dicho algo m¨¢s esperanzador? Algo que, al menos, les aliviara la pena. Luna no se detuvo. Sus ojos permanec¨ªan fijos al frente mientras respond¨ªa con la misma calma implacable que la caracterizaba. ¡ª?Esperanza? ?Para qu¨¦? ¡ªrepiti¨® sin cambiar el tono de su voz¡ª. ?Para que sigan esperando a alguien que nunca volver¨¢? ?Para que se aferren a una mentira y se destruyan a¨²n m¨¢s cuando la realidad los alcance? Guard¨® silencio un instante antes de continuar, eligiendo con precisi¨®n cada palabra. ¡ªEl dolor es el precio que todos debemos pagar en este mundo. No hay escapatoria, no hay consuelo verdadero. Solo la certeza de que seguimos vivos un d¨ªa m¨¢s. No soy tan cruel como para darles falsas ilusiones cuando la verdad ya es lo bastante dura. Jo¨¢s la observ¨® en silencio, dejando que sus palabras se asentaran. Luego, con una sonrisa m¨¢s aut¨¦ntica, murmur¨®: ¡ªFr¨ªa, pero justa. Supongo que por eso eres la l¨ªder. Luna no respondi¨®. No hac¨ªa falta. Hab¨ªa dicho todo lo que deb¨ªa decir. Al llegar a la torre central de la colonia, el grupo se detuvo frente a sus imponentes puertas. Se alzaban como un coloso de metal y concreto, corro¨ªdas por el tiempo. La escarcha y las grietas cubr¨ªan su superficie, testigos silenciosos del incesante embate del fr¨ªo y la desesperaci¨®n. Luna avanz¨® sin dudar, con el grupo sigui¨¦ndola de cerca, sintiendo todav¨ªa el peso de las miradas de los habitantes clavadas en sus espaldas. Elian fue el primero en empujar las enormes puertas oxidadas, con la ayuda de algunos m¨¢s. Estas se abrieron con un quejido lastimero, como si incluso el acero lamentara el destino de aquellos que cruzaban su umbral. En el interior, varios guardias permanec¨ªan apostados en sus posiciones, vigilando con expresi¨®n impenetrable. La atm¨®sfera no era menos l¨²gubre. La iluminaci¨®n parpadeante proyectaba sombras distorsionadas en las paredes resquebrajadas, y el aire estaba cargado con un aroma met¨¢lico y g¨¦lido. Siguieron un largo pasillo hasta llegar a una gran sala de congreso, a¨²n en buen estado. A pesar del deterioro en otras ¨¢reas de la colonia, aquel lugar se manten¨ªa sorprendentemente ordenado, como un auditorio listo para deliberaciones cruciales. Los miembros del Congreso ya los esperaban. En el centro de la sala se ergu¨ªan cinco sillas principales, cuatro de ellas dispuestas de forma escalonada y ocupadas por figuras imponentes, excepto una de ellas. En lo m¨¢s alto, una silla m¨¢s grande destacaba del resto, ocupada por un hombre de cabello blanco y ojos rojos que los observaba con un aire de superioridad. A su alrededor, otros asientos formaban un semic¨ªrculo, evocando la estructura de un parlamento. Los l¨ªderes de la colonia, hombres y mujeres de rostros endurecidos por la escasez y la responsabilidad, no se levantaron cuando Luna y su grupo ingresaron. Simplemente los observaron en silencio, midiendo cada expresi¨®n, cada gesto. Sus miradas reflejaban cansancio, desconfianza y, lo m¨¢s peligroso de todo, una esperanza fr¨¢gil te?ida de desesperaci¨®n. El primero en hablar fue un anciano de mirada cortante. Su voz, rasposa, era un vestigio de autoridad forjada en tiempos mejores. ¡ªSon menos de los que partieron. No era una pregunta. Era un juicio. El anciano, llamado Magnar, lideraba la facci¨®n del C¨ªrculo de Sabios, aquellos encargados de preservar el conocimiento, curar a los enfermos y buscar soluciones para mejorar la vida en la colonia. Luna sostuvo su mirada sin inmutarse y respondi¨® con frialdad. ¡ªHicimos lo que pudimos. El silencio que sigui¨® fue sofocante. Algunos bajaron la mirada. Otros, como la mujer de cabello negro y expresi¨®n implacable a la derecha de Magnar, la cual entrecerraba los ojos. Ajust¨® sus lentes con un leve movimiento de su mano izquierda, la cual evalu¨¢ndolos con atenci¨®n, aunque su inquietud se centr¨® especialmente en Jo¨¢s y el peque?o Eliot. Esta mujer se llamaba Elira, l¨ªder del Gremio de Ingenieros, responsables de reparar la infraestructura de la colonia y desarrollar inventos para su supervivencia. Finalmente, otro de los l¨ªderes, un hombre robusto con cicatrices marcando su rostro, cruz¨® los brazos y habl¨® con voz grave y cansada. ¡ª?Encontraron lo que los mandamos a buscar? Su nombre era "Maelis", jefe de la Guardia del Hielo, la facci¨®n encargada de proteger la colonia y preservar la paz dentro de sus muros. Luna exhal¨® lentamente. Jo¨¢s, a¨²n sosteniendo la l¨¢mpara de Eliot, la mir¨® de reojo con una sonrisa ladina, disfrutando de la tensi¨®n en la sala. ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® ella con firmeza¡ª. Aunque no de la forma en la que esper¨¢bamos. Se hizo a un lado, y se?alo con frialdad a Jo¨¢s, el cual estaba siendo abrazado de la pierna por un t¨ªmido el cual estaba asustado, en cambio Jo¨¢s solo pod¨ªa ver a los lideres del consejo y dem¨¢s con una expresi¨®n burlona y juguetona. El murmullo de desaprobaci¨®n creci¨® r¨¢pidamente, convirti¨¦ndose en un rugido de voces indignadas que resonaban en las paredes del gran sal¨®n. Los l¨ªderes del consejo se levantaron de sus asientos, sus rostros te?idos de furia y frustraci¨®n. Magnar golpe¨® la mesa con fuerza, haciendo temblar los documentos que yac¨ªan sobre ella. ¡ª??Un hombre y un ni?o en lugar del reactor que podr¨ªa salvarnos a todos?! ¡ªbram¨®, su voz retumbando en la sala¡ª. ??Est¨¢s jugando con nuestras vidas, Luna?! ??Acaso no comprendes lo que has hecho?! Los murmullos se convirtieron en gritos. El consejo entero estaba al borde del colapso, cada l¨ªder exigiendo respuestas. Los ojos llenos de rabia y desesperaci¨®n se clavaron en Luna, quien permanec¨ªa inm¨®vil, como una estatua tallada en hielo. Antes de que el caos pudiera desatarse, un solo movimiento de su mano derecha bast¨® para sumir la sala en un silencio absoluto. All¨ª estaba ¨¦l, en lo m¨¢s alto, observando la escena con una expresi¨®n g¨¦lida, su mirada afilada como una cuchilla, cargada de una superioridad aplastante. Era el l¨ªder indiscutible de la colonia, el ¨²nico capaz de mantener a las facciones unidas bajo un orden implacable. Marcus Starfire. Alcalde, s¨ª, pero tambi¨¦n juez, verdugo y la m¨¢xima autoridad de aquel refugio helado. Sus ojos rojos, encendidos como brasas en medio de la escarcha, se clavaron en el joven y el ni?o. Entonces, con una voz profunda, abrumadora y cargada de poder, habl¨®. ¡ªLuna... ¡ªLa voz de "Marcus Starfire" se desliz¨® por la sala como una sombra densa, g¨¦lida e implacable¡ª. Espero, por tu bien, que esto no sea alg¨²n intento pat¨¦tico de excusa. Porque quiero creer que no eres tan ingenua como para pensar que eso que acabas de decir podr¨ªa convencerme. Su mirada carmes¨ª cay¨® sobre ella con el peso de una sentencia inevitable, perforando cualquier rastro de orgullo que pudiera quedarle. ¡ª?C¨®mo se supone que crea que esas personas son nuestra salvaci¨®n? ¡ªSu tono se endureci¨®, cada palabra afilada como un cuchillo¡ª. Te enviamos con lo mejor que esta colonia ten¨ªa para ofrecer¡­ Cien de nuestros activos m¨¢s letales, una fuerza forjada con lo mejor que pod¨ªan ofrecer las cuatro facciones. Y t¨²¡­ t¨², la l¨ªder elegida para guiarlos. Un silencio tenso se apoder¨® de la sala. Entonces, su voz se torn¨® m¨¢s baja, pero cargada con una amenaza latente. ¡ªY regresas¡­ con apenas treinta. Treinta, Luna. Ni siquiera la mitad. ¡ªSus palabras eran cuchillas heladas¡ª. ?Y el reactor? Ese maldito n¨²cleo de energ¨ªa que podr¨ªa mantener con viva a esta Colonia, ?D¨®nde est¨¢? Su figura, imponente desde lo alto, parec¨ªa crecer con cada palabra. ¡ª?Acaso traes una ubicaci¨®n? ?Una pista? ?Algo que justifique el precio de esas vidas? ¡ªLa tensi¨®n se volvi¨® casi insoportable, cada segundo parec¨ªa ralentizarse bajo el peso de su ira contenida¡ª. No¡­ solo vuelves con las manos vac¨ªas¡­ y con una monta?a de muertos que cargan tu nombre. El silencio posterior no fue un respiro, sino una amenaza sin palabras, un abismo helado que dejaba claro que la paciencia de Marcus Starfire estaba colgando de un hilo tan delgado como el hielo quebradizo. Las palabras de Marcus Starfire cayeron sobre Luna como un balde de agua helada. Sent¨ªa el peso del mundo aplast¨¢ndola, cada palabra retumbando en su mente. Desde lo alto, pod¨ªa sentir c¨®mo la observaban, c¨®mo su mirada penetrante se posaba sobre ella, implacable. El l¨ªder de la colonia, con esos ojos rojos que destilaban furia contenida, la dejaba sin aliento. Luna quer¨ªa explicar que no hab¨ªan fracasado, que s¨ª hab¨ªan tra¨ªdo lo que buscaban con desesperaci¨®n, que el sacrificio y las muertes hab¨ªan tenido un prop¨®sito. Pero las palabras no sal¨ªan. Estaban atrapadas, ahogadas bajo la presi¨®n de su mirada y la angustia de no ser capaz de defenderse. En ese mismo instante, como si no pudiera sentir la tensi¨®n que colapsaba la sala, Jo¨¢s pas¨® la l¨¢mpara que sosten¨ªa a Eliot. Con una actitud completamente despreocupada, una sonrisa burlona en su rostro, se acerc¨® al lado de Luna. Luego, con un tono desafiante, se dirigi¨® a todos: ¡ª?Por qu¨¦ tanta tensi¨®n? Solo tengo que rellenar el maldito tanque de energ¨ªa que necesitan para todo est¨¦ bien, ?no? ¡ªSu voz estaba cargada de desd¨¦n, como si no entendiera la gravedad de la situaci¨®n. Con un gesto de indiferencia, sus manos comenzaron a arder en llamas. Luego, con un movimiento r¨¢pido, le sac¨® la lengua a Marcus Starfire, como un ni?o travieso desafiando a un gigante. El gesto infantil contrastaba con el poder descomunal que acababa de mostrar, dejando a los presentes en un silencio at¨®nito antes de que la sala estallara en un bullicio de asombro y miedo. Marcus entrecerr¨® los ojos, observando el fuego danzar en las manos de Jo¨¢s. Su voz, cuando habl¨®, fue apenas un murmullo helado: ¡ª?Qu¨¦ demonios eres?¡ª Jo¨¢s sonri¨®, inclinando la cabeza con diversi¨®n. ¡ª?De verdad quieres saberlo?¡ª- En ese instante, las llamas de sus manos cambiaron de color, torn¨¢ndose de un Azul intenso, como si las llamas tuvieran vida iluminando la sala por completo.