En este dominio et¨¦reo, donde los l¨ªmites entre la luz y la oscuridad no son m¨¢s que una mera ilusi¨®n, se esconde una historia que trasciende los confines de la existencia ordinaria. Es una historia de coraje y desesperaci¨®n, de esperanza y sacrificio, entretejida en la propia trama de la existencia.
Al emprender este viaje, dejemos de lado las ataduras de la incredulidad y abracemos lo desconocido, pues en estas p¨¢ginas se esconde una verdad que desaf¨ªa la comprensi¨®n, una verdad que nos invita a ahondar en los misterios del alma humana.
As¨ª pues, querido lector, escucha el llamado del destino y avent¨²rate hacia lo desconocido. En estas palabras se encuentra la clave para desvelar los secretos de nuestra humanidad compartida y el poder de forjar nuestro propio destino en medio del caos del cosmos.
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MUNDARK
1 - El viaje comienza
Gabriel era un buen ni?o, inquieto, travieso y muy curioso. A sus siete a?os reci¨¦n cumplidos, ya demostraba una inteligencia que bien podr¨ªa haberle valido un adelanto de a?o en el colegio. Apenas aprendi¨® a leer, descubri¨® en los libros de cuentos y en las revistas de historietas un mundo diferente, un universo al cual lograba transportarse mediante su frondosa imaginaci¨®n.
En la escuela, estas cualidades le jugaban en contra, pues se aburr¨ªa r¨¢pidamente de la clase y comenzaba a so?ar despierto, inventando historias y viajando a mundos distantes. Estos "viajes" eran los causantes de los muchos llamados de atenci¨®n que la maestra le hac¨ªa, llamados que m¨¢s de una vez le valieron alguna penitencia en casa.
Era hijo ¨²nico de padres trabajadores que luchaban d¨ªa a d¨ªa para subsistir, pagar las deudas, vestirse, comer y, de vez en cuando, darse el lujo de ir un fin de semana al cine.
Alquilaban una humilde casa no muy alejada del centro de la ciudad, donde el peque?o Gabriel ten¨ªa su propia habitaci¨®n. Su cuarto era un caos: ropa desparramada por doquier, juguetes, revistas y p¨®steres de sus ¨ªdolos de dibujos animados cubr¨ªan gran parte de las paredes.
A los ocho a?os, ley¨® por primera vez un libro de Julio Verne: "Viaje al centro de la Tierra". Qued¨® alucinado con la historia y con un sinf¨ªn de im¨¢genes de vastas cavernas, mares subterr¨¢neos y animales prehist¨®ricos que recreaba en su mente. Ese fue el comienzo de su idilio con aquel incre¨ªble escritor franc¨¦s.
Durante aquellos d¨ªas, cuando ya estaba por terminar de leer esa obra y andaba con esta de un lado para otro, fue enviado por su madre a comprar al almac¨¦n de la esquina. Gabriel obedeci¨® a rega?adientes; estaba desesperado por acabar las ¨²ltimas p¨¢ginas, as¨ª que, caminando distra¨ªdamente, se fue tropezando una y otra vez hipnotizado con el ep¨ªlogo de aquella extraordinaria historia.
En el almac¨¦n de don Carlos, mientras esperaba su turno para ser atendido, fue sorprendido en su lectura por la voz carrasposa de un anciano a quien nunca hab¨ªa visto en el barrio. El hombre tambi¨¦n estaba esperando su turno para ser atendido y, viendo al ni?o tan ensimismado en la lectura, se le acerc¨® y le dijo:
¡ª?Buen libro ese! ?El viejo Verne me hizo caso!
Gabriel se sobresalt¨®. Mir¨® al anciano de rostro bonach¨®n, nariz ancha, mejillas rojas y cejas espesas que sobresal¨ªan por encima de sus anteojos. Una pipa que amenazaba con ca¨¦rsele de la boca, escondida por un grueso bigote, emanaba el fuerte aroma dulz¨®n del tabaco. El chico le sonri¨®, pero no alcanz¨® a cruzar palabra con ¨¦l, era su turno para comprar.
¡ªUn kilo de pan, don Carlos.
¡ªUn kilo de pan... ?Algo m¨¢s, Gabriel?
¡ªNo, nada m¨¢s.
El almacenero coloc¨® el pan en la bolsa y, mirando al hombre que estaba distra¨ªdo observando los precios de las frutas, se agach¨® a la altura del peque?o y le dijo al o¨ªdo:
¡ª?Ten cuidado, ni?o! ?No te acerques a ese viejo loco! -Mientras lo dec¨ªa, le indicaba con la mirada al extra?o, que ahora probaba unas uvas.This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon.
Gabriel, asustado, mir¨® de soslayo al anciano. Tom¨® su bolsa, pag¨® el pan y, sin dejar de mirar al viejo, encar¨® hacia la puerta de salida. Antes de atravesarla, este le dedic¨® una sonrisa y, con su pipa en la mano derecha, lo salud¨®.
En los meses siguientes se volvi¨® a cruzar con ¨¦l un par de veces, momentos en los cuales lo saludaba de la misma forma que cuando lo vio por primera vez, en el almac¨¦n. Gabriel hab¨ªa escuchado de las viejas chismosas que el viejo era extranjero, que hab¨ªa escapado de la Segunda Guerra Mundial (aunque otros dec¨ªan que en realidad se hab¨ªa escapado de la Primera) y que estaba loco. Algunos de sus amigos comentaban que lo hab¨ªan visto comer suelas de zapato e inclusive que sal¨ªa por las noches a cazar ratas y gatos para cocinar su estofado preferido.
Si bien la palabrer¨ªa y la inventiva del barrio no ten¨ªan fin para con el anciano, esto se deb¨ªa en gran parte a que no se sab¨ªa nada de su procedencia. Hab¨ªa aparecido por la zona algunos a?os atr¨¢s, no ten¨ªa amigos, aunque saludaba a todos amablemente, y tampoco se le conoc¨ªan parientes. Lo consideraban un viejo loco y le guardaban cierto recelo, pero esa misma gente contribu¨ªa para que subsistiera con su peque?a relojer¨ªa; era bueno en su trabajo y cobraba muy poco, arreglaba desde desvencijados relojes de pulsera hasta despertadores y relojes de pared; en resumen, toda clase de relojes, de los buenos y, en su mayor¨ªa, viejos cachivaches que estaban m¨¢s para la basura.
Nadie sab¨ªa su edad, por eso muchos argumentaban que era m¨¢s viejo que Matusal¨¦n y hasta dec¨ªan que hab¨ªa escapado del hundimiento del Titanic. Toda esta parafernalia de historias se vio incrementada el d¨ªa en que lleg¨® de Europa un t¨ªo de Do?a Clara ¨Cla vieja m¨¢s chismosa del barrio¨C para visitar a su ¨²nica parienta viva. El extranjero, de alrededor de setenta a?os, cont¨® historias de su Suiza natal que dejaron a medio mundo boquiabierto. Donde ¨¦l hab¨ªa vivido pr¨¢cticamente toda su vida, por los a?os cincuenta, hab¨ªa conocido a un relojero cuyo rostro era igual al del extra?o vecino. Lo sorprendente era que ya por aquel entonces este hombre ten¨ªa las mismas canas y arrugas. Proviniendo de la l¨ªnea familiar de do?a Clara, terrible chismosa y mentirosa, muchos no tomaron en serio esta historia, pero otros dieron rienda suelta a su imaginaci¨®n.
La vida de Gabriel transcurri¨® sin sobresaltos los subsiguientes a?os. En el colegio continu¨® igual de distra¨ªdo, pero siempre se las arreglaba para pasar de grado sin inconvenientes. Sigui¨® leyendo nuevas historias de Verne: "20 mil leguas de viaje en submarino", "De la Tierra a la Luna", "La vuelta al mundo en 80 d¨ªas", que no hac¨ªan m¨¢s que alimentar su esperanza de poder vivir en el futuro historias sorprendentes. Pero, al cumplir los once a?os, se produjo un acontecimiento que cambi¨® su vida y la imagen id¨ªlica que ten¨ªa de ella. De pronto, todo su mundo de fantas¨ªa pareci¨® desmoronarse de un soplido cual castillo de naipes.
Aquella ma?ana en su casa nadie se levant¨®. Ni Gabriel fue despertado por su madre como todos los d¨ªas para desayunar e ir al colegio, ni su padre fue al trabajo; el tel¨¦fono son¨® varias veces ¨Cel padre de Gabriel jam¨¢s faltaba as¨ª fuera en las peores circunstancias de alg¨²n resfriado¨C. Nadie respondi¨®. Inmediatamente, como sospechando algo en aquel crudo invierno, el jefe de personal y amigo del padre de Gabriel, tom¨® la decisi¨®n de ir al domicilio a ver qu¨¦ suced¨ªa. Ya en la casa, y despu¨¦s de haber llamado insistentemente a la puerta, mir¨® por el agujero de la cerradura y pudo ver la llave puesta. Llam¨® a la polic¨ªa, forzaron la cerradura y, apenas ingresaron, pudieron oler una fuga de gas. El calef¨®n hab¨ªa dejado de funcionar e inundado todo con mon¨®xido de carbono. El destino, el azar, o vaya a saber qu¨¦ circunstancias especiales actuaron, quisieron que el ¨²nico sobreviviente de la tragedia fuera Gabriel. Fue llevado de urgencia al hospital en donde lograron revertir el grado de intoxicaci¨®n que ten¨ªa.
Se recuper¨®; super¨® el envenenamiento, pero se abri¨® en su coraz¨®n la herida m¨¢s grande que pueda imaginarse. Con la muerte de sus progenitores, su vida estaba destruida. No ten¨ªa m¨¢s parientes directos, no ten¨ªa a nadie m¨¢s. Era solo ¨¦l con sus recuerdos de una infancia feliz abruptamente rota. En estas circunstancias, fue destinado a un orfanato hasta cumplir la mayor¨ªa de edad.
2 - Un regalo inesperado
Al principio, la estancia en ese lugar fue tormentosa para Gabriel. Hab¨ªa dejado de ser el ni?o alegre e imaginativo que sol¨ªa ser y carec¨ªa de deseos. La vida no ten¨ªa sentido alguno para ¨¦l. Enojado con Dios, constantemente le reprochaba por haberse llevado a sus padres y dejarlo solo.
A pesar de las sesiones con el psic¨®logo y las charlas del cura p¨¢rroco, quien intentaba explicarle el prop¨®sito de Dios en la vida, Gabriel se convirti¨® en un ni?o retra¨ªdo que solo cumpl¨ªa las tareas del orfanato, sin m¨¢s ni menos. Hab¨ªa perdido el placer de vivir y ya no sent¨ªa inter¨¦s en leer esas maravillosas historias que antes lo transportaban a un mundo de ensue?o.
Corr¨ªa enero. Al tercer a?o de su residencia en ese lugar, ocurri¨® algo inusual en su cumplea?os n¨²mero catorce. Ese d¨ªa, que sol¨ªa ser especial en otros tiempos, lleg¨® un paquete con su nombre y la direcci¨®n del orfanato. Al abrirlo, encontr¨® un libro muy gastado.
Ten¨ªa una encuadernaci¨®n fina y tapas duras, con un hermoso dibujo de un anillo en relieve y caracteres indescifrables grabados en su interior, y un fondo con un mapa de monta?as, territorios, bosques y r¨ªos. El libro era "El Se?or de los Anillos" de J.R.R. Tolkien, con mil trescientas p¨¢ginas.
¡ªGracias ¡ªdijo Gabriel al cura sin mostrar emoci¨®n, solo por cortes¨ªa.
El cura le sonri¨® y le aclar¨® que ¨¦l no era el autor del regalo, ni tampoco alguien del orfanato.
¡ªParece que tienes un amigo ah¨ª afuera ¡ªle respondi¨® el cura.
Gabriel no indag¨® m¨¢s, creyendo que las palabras del padre Mario eran un intento de animarlo y que el autor del regalo era, sin duda, el propio p¨¢rroco, ya que no conoc¨ªa a nadie m¨¢s afuera. Guard¨® el libro, ya no sent¨ªa inter¨¦s por la lectura hac¨ªa tiempo.
Al d¨ªa siguiente, mientras Ana, una mujer entrada en a?os y kilos, le serv¨ªa un plato de sopa, le dijo:
¡ªSupongo que no te habr¨¢n dado ese libro de brujer¨ªa...
¡ª?El libro que me regal¨® el padre? ¡ªpregunt¨® Gabriel sorprendido.
¡ª?Dios m¨ªo! ¡ªexclam¨® la mujer, persign¨¢ndose¡ª. ?Entonces te lo dieron?
¡ª?Qu¨¦ tiene de malo? ¡ªpregunt¨® Gabriel.
¡ª?Qui¨¦n sabe! Pero viniendo de un anciano con aspecto de loco, se puede esperar cualquier cosa.
¡ª?Anciano loco? ¡ªpens¨® Gabriel¡ª. ?El padre Mario?
¡ª?No! ?C¨®mo se te ocurre pensar eso! Me refiero a un anciano con pinta de chiflado que me abord¨® en la calle cuando fui a hacer las compras.
¡ªPens¨¦ que hab¨ªa sido el padre. Adem¨¢s, no conozco a ning¨²n ''anciano loco'' ¡ªdijo Gabriel.
¡ª?No lo conoces? ¨¦l parec¨ªa conocerte muy bien. Me dijo claramente: "entr¨¦gale este libro al ni?o Gabriel". Adem¨¢s, me pidi¨® que te dijera que era amigo de Jotav¨¦... y no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s.If you spot this story on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.
¡ªJotav¨¦, ?qu¨¦ nombre tan extra?o! No conozco a nadie con ese nombre ¡ªrespondi¨® Gabriel.
¡ª?No conoces a nadie...? ?Ya me parec¨ªa que era un enga?o! ?A qui¨¦n se le ocurrir¨ªa poner un nombre tan rid¨ªculo? Por eso le entregu¨¦ el libro al padre Mario.
El ¨¦nfasis que Ana puso en que no leyera el libro despert¨® la curiosidad de Gabriel, especialmente despu¨¦s de afirmar que era un libro de brujer¨ªa. Pronto descubrir¨ªa que era mucho m¨¢s que eso, era el descubrimiento de un mundo impresionante, un mundo poblado de elfos, hobbits, enanos, orcos, magos y todo tipo de criaturas fant¨¢sticas. Ese mundo no era otro que la Tierra Media.
Este no ser¨ªa el ¨²nico libro que recibir¨ªa de aquel enigm¨¢tico "amigo". En los a?os venideros, se suceder¨ªan m¨¢s libros del mismo g¨¦nero.
A partir de ah¨ª, Gabriel encontr¨® en el orfanato no solo un refugio, sino tambi¨¦n una comunidad de almas perdidas que compart¨ªan su destino. A pesar de su inicial retraimiento, gradualmente fue entablando relaciones con los otros ni?os y el personal que all¨ª trabajaba.
Entre los ni?os, Gabriel se convirti¨® en una especie de hermano mayor para algunos de los m¨¢s peque?os. Les contaba historias antes de dormir, llenas de aventuras y magia, inspiradas en los libros que sol¨ªa leer antes de que la tristeza lo envolviera. Estas narraciones se convirtieron en un ritual nocturno que los ni?os esperaban con ansias, un breve respiro de la realidad sombr¨ªa que los rodeaba.
Con el personal del orfanato, Gabriel desarroll¨® una relaci¨®n de respeto mutuo y agradecimiento. La directora, una mujer de mirada compasiva y voz suave, siempre estaba dispuesta a escuchar sus preocupaciones y brindarle palabras de aliento. Los cuidadores, aunque a menudo sobrecargados de trabajo, siempre encontraban tiempo para una sonrisa o un gesto amable hacia Gabriel y los dem¨¢s ni?os.
Sin embargo, no todas las interacciones eran positivas. Hab¨ªa algunos ni?os que, al igual que Gabriel, llevaban consigo las cicatrices del abandono y la p¨¦rdida. Algunos de ellos, en su dolor, se volv¨ªan resentidos y hostiles, buscando desahogar su ira en los dem¨¢s. Gabriel aprendi¨® a lidiar con estas actitudes con paciencia y comprensi¨®n, sabiendo que el dolor que compart¨ªan los un¨ªa m¨¢s de lo que los separaba.
En resumen, la vida en el orfanato estaba marcada por una compleja red de relaciones humanas, en la que Gabriel encontr¨® tanto apoyo como desaf¨ªos. Estas interacciones contribuyeron en gran medida a dar forma a su car¨¢cter y a su percepci¨®n del mundo que lo rodeaba, prepar¨¢ndolo para los desaf¨ªos que enfrentar¨ªa en el futuro.
Cuando Gabriel alcanz¨® los diecis¨¦is a?os, una nueva etapa de su vida comenz¨® a desplegarse ante ¨¦l. Despu¨¦s de sus lecciones matutinas en el orfanato, dedicaba cuatro horas cada tarde a trabajar como cadete en una oficina cercana. Cada peso que ganaba era un escal¨®n m¨¢s hacia la independencia que tanto ansiaba, cada tarea cumplida una victoria en su lucha por un futuro mejor.
Y as¨ª, con el tiempo, lleg¨® el d¨ªa en que finalmente cumpli¨® dieciocho a?os. Las heridas del pasado, aunque a¨²n presentes, hab¨ªan cicatrizado, y Gabriel se encontraba listo para enfrentar el mundo que lo esperaba m¨¢s all¨¢ de las paredes del orfanato. Fue entonces cuando se despidi¨® con un fuerte abrazo del cura Mario, quien a lo largo de los a?os se hab¨ªa convertido en su segunda figura paterna, en un faro de gu¨ªa y apoyo en tiempos dif¨ªciles.
Al cruzar la verja del orfanato, Gabriel se detuvo un momento para mirar hacia atr¨¢s. All¨ª, entre l¨¢grimas y sonrisas, se encontraban el cura Mario, Ana con su imponente presencia, y los chicos a quienes hab¨ªa brindado consuelo con sus historias nocturnas. Cada uno de ellos representaba un cap¨ªtulo importante en su vida, un recordatorio de los lazos que hab¨ªa forjado en su camino hacia la adultez.
Pero mientras contemplaba el pasado, Gabriel tambi¨¦n dirig¨ªa la mirada hacia adelante, hacia el futuro que lo aguardaba en la calle que se extend¨ªa ante ¨¦l. Era el comienzo de una nueva vida, llena de desaf¨ªos y oportunidades, y Gabriel estaba listo para abrazarla con valent¨ªa y determinaci¨®n. Con paso firme, sali¨® a la calle, con la certeza de que, pase lo que pase, siempre llevar¨ªa consigo los recuerdos y las lecciones que hab¨ªa aprendido en el orfanato.
3 - El enigma J.V.
Lleg¨® a una vieja construcci¨®n de tres pisos que databa de principios del siglo veinte. All¨ª qued¨® por un momento, parado frente a la derruida fachada, contemplando con un poco de miedo, con un poco de dudas y con mucha esperanza de poder forjarse un futuro mejor lo que ser¨ªa su nuevo hogar.
Era la pensi¨®n de do?a Zara, una inmigrante italiana de unos sesenta y cinco a?os que nunca se hab¨ªa casado, pero que hab¨ªa tenido dos hijos, fruto de uno de sus concubinatos con un ex pensionista all¨¢ lejos en su juventud.
A la semana de haber llegado, do?a Zara lo sorprendi¨® al avisarle que hab¨ªa recibido una encomienda. La sorpresa era porque a nadie hab¨ªa avisado donde viv¨ªa. Pero all¨ª estaba aquella caja peque?a, sin remitente. Subi¨® hasta el tercer piso, donde estaba su habitaci¨®n. Se sent¨® en la cama y rompi¨® el envoltorio. Era un libro de medianas dimensiones y de unas cuatrocientas cincuenta p¨¢ginas: El Silmarillion dec¨ªa el t¨ªtulo; hab¨ªa una nota manuscrita:
"Estimado Gabriel:
Te env¨ªo este obsequio pues s¨¦ muy bien de tu afici¨®n por las obras de fantas¨ªa, en especial la de Tolkien. Estoy contento porque mis anteriores env¨ªos te agradaron (al menos eso estimo).
Entiendo que pueda causarte cierta sorpresa, y hasta molestia, que un extra?o te haya estado enviando estos libros durante todos estos a?os en forma an¨®nima, y no personalmente. Pero todo tiene un motivo. Pronto nos conoceremos (aunque ya me has visto antes).
Un saludo cordial.
Don Anselmo
PD: El amigo de J.V."You might be reading a stolen copy. Visit Royal Road for the authentic version.
Era la primera vez que una misiva llegaba firmada; antes solo dec¨ªan: "el amigo de J.V.". Cada vez que le¨ªa estas iniciales, una sonrisa se le dibujaba en el rostro recordando la charla con Ana, la cocinera del orfanato, y su "Jotave". Cierto era lo que dec¨ªa esta ¨²ltima carta, que si bien los libros le encantaban, le molestaba el car¨¢cter misterioso de quien se los enviaba, y, por m¨¢s que pensaba a qui¨¦n har¨ªan referencia las iniciales, no se le ocurr¨ªa nada. Tiempo atr¨¢s, en el orfanato, se hab¨ªa tomado el tiempo suficiente para pensar en todas aquellas personas que conoc¨ªa, y hab¨ªa anotado sus nombres en un papel. La lista se compon¨ªa en su mayor¨ªa de gente del orfanato y de algunos que conoci¨® cuando sus padres a¨²n viv¨ªan; pero ninguno de los nombres concordaba con las iniciales J.V. Esto lo intrigaba todav¨ªa m¨¢s y le daba un motivo extra para molestarse.
Ese "pronto nos conoceremos" no hab¨ªa llegado cuando Gabriel ya ten¨ªa veinticuatro a?os. Trabajaba durante el d¨ªa en las oficinas de un supermercado realizando tareas administrativas y tr¨¢mites bancarios, archivando infinidades de legajos. Al principio le gustaba, pues no estaba encerrado entre cuatro paredes; pero pronto se vio atrapado en algo mayor: la burocracia sin fin, colas interminables, la municipalidad, rentas, etc¨¦tera. Andando como loco de un lado para otro, ve¨ªa la desidia de los empleados y el mal humor de la gente; el sufrimiento de los viejos esperando largas horas de pie para cobrar una magra jubilaci¨®n; los insultos de los automovilistas por los embotellamientos. En definitiva: un caos generalizado.
Se sent¨ªa decepcionado. La vida era un desconcierto. Los noticieros reflejaban la constante agitaci¨®n mundial, los continuos enfrentamientos, la autodestrucci¨®n del ser humano por su ambici¨®n desmedida. Millones de personas mor¨ªan de hambre, otros miles en guerras, millones m¨¢s por enfermedades. El mundo corr¨ªa vertiginosamente por una angosta cornisa y, a ambos lados, solo se vislumbraba destrucci¨®n y muerte. A ese ritmo la humanidad se encaminaba a su segura destrucci¨®n a pesar de los avances tecnol¨®gicos. Sent¨ªa un gran vac¨ªo en su alma, no pod¨ªa concebir ver todo aquello; se sent¨ªa un ser min¨²sculo que nada pod¨ªa hacer para cambiarlo; un ser insignificante; un n¨²mero m¨¢s dentro de aquel ca¨®tico dise?o. Pero un d¨ªa todo cambi¨®. Cuando cumpli¨® su vigesimosexto a?o de vida, por fin conoci¨® a don Anselmo.
4 - El taller de relojes
Gabriel lleg¨® una noche a la pensi¨®n y do?a Zara le entreg¨® un sobre. ¨¦l ya no dud¨® de quien pod¨ªa ser la carta, y una extra?a sensaci¨®n le indicaba que esta ser¨ªa el inicio de grandes cambios en su vida. Subi¨® a su habitaci¨®n. No perdi¨® tiempo. Lo primero que hizo fue romper el sobre. La carta, como las anteriores, era muy escueta, pero significativa en sus palabras:
Querido Gabriel:
El momento ha llegado y no hay m¨¢s tiempo que perder. Es necesario que nos veamos urgente. Estoy viviendo a diez cuadras de la pensi¨®n. La direcci¨®n es Azcu¨¦naga 320.
Don Anselmo
Nada m¨¢s. Ninguna otra explicaci¨®n. No perdi¨® tiempo. Llam¨® un taxi y parti¨® rumbo a la direcci¨®n indicada.
Se encontr¨® frente a una vieja construcci¨®n en cuya fachada con letras desgastadas se le¨ªa: "Taller de relojes". El frente del negocio estaba sin iluminar; a esa hora la mayor¨ªa de los comercios ya hab¨ªan cerrado sus puertas. Mir¨® por la ventana a trav¨¦s de una desvencijada cortina de pl¨¢stico y pudo ver una tenue luz que proven¨ªa desde el fondo. Llam¨® a la puerta, y una voz cascada le respondi¨® desde adentro: ?Pasa!
El lugar estaba sumido en una penumbra. Cientos de tic-tacs de diferentes tonalidades y ruidos de engranajes aceitados lo recibieron en un recinto atestado de viejos relojes de toda clase. En los fondos se divisaba una silueta de espalda, sentada e inclinada sobre un escritorio. Una ¨²nica luz proveniente de una l¨¢mpara de pared iluminaba el lugar de trabajo del hombre.
¡ªAc¨¦rcate, muchacho. No tengas miedo ¡ªdijo el hombre sin darse vuelta.
Gabriel se acerc¨® y pudo observar a un anciano de pelo canoso. Un fuerte aroma dulz¨®n se respiraba en el ambiente.
¡ª?C¨®mo est¨¢s, Gabriel? ?Un gusto volver a verte! ¡ªa?adi¨® d¨¢ndose vuelta.
El joven al principio no lo reconoci¨®. Pero pronto cay¨® en la cuenta de qui¨¦n era aquel anciano de gruesos lentes, nariz ancha, mejillas rojas y espesas cejas que asomaban por encima de sus anteojos. Una pipa encendida descansaba sobre el escritorio de trabajo; esta era la que emit¨ªa ese aroma que inundaba todo.
¡ª?Vaya que has crecido, muchacho!
¡ª?Usted es...?
¡ªDon Anselmo. Puedes llamarme don Anselmo.
¡ª?S¨ª, s¨ª! Pero a lo que me refiero, ?es usted el hombre que conoc¨ª cuando yo era un ni?o?If you find this story on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the infringement.
¡ªEn el almac¨¦n de don Carlos. Exactamente, muchacho.
Gabriel estaba asombrado. Era aquel anciano que nada hab¨ªa cambiado en todos estos a?os. Se podr¨ªa alegar que cuando uno llega a viejo ya no envejece m¨¢s, pero este hombre se conservaba igual de vital que hac¨ªa dieciocho a?os atr¨¢s.
Record¨® el comentario realizado por el anciano mientras esperaba ser atendido por don Carlos: "?Buen libro ese! ?El viejo Verne me hizo caso!".
¡ªJ.V. Ahora caigo -dijo Gabriel pensando en voz alta y volviendo a la realidad.
¡ª?C¨®mo, muchacho?
¡ªJ.V. ?Julio Verne?
¡ªExacto. Pens¨¦ que ya me ubicabas.
¡ªSinceramente no me acordaba de usted, y esas posdatas con que culminaba cada carta me romp¨ªan los sesos: "El amigo de J.V.". Muy gracioso de su parte.
¡ª?Gracioso?
¡ªPues si alguien dice ser amigo de una persona que vivi¨® en el siglo diecinueve, resulta gracioso, y hasta un poco tonto, dir¨ªa.
¡ªTe asombrar¨ªa saber la cantidad de gente que he conocido.
¡ªQuisiera entender de qu¨¦ se trata todo esto. Usted me ha estado enviando libros desde que estaba en el orfanato. ?Es acaso usted un pariente lejano m¨ªo?
¡ªEn absoluto, muchacho.
¡ª?Entonces cu¨¢l es el motivo de todo esto? ?Qu¨¦ es lo que busca?
¡ªTodo tiene una explicaci¨®n, pero la mejor explicaci¨®n que yo pueda darte de todo este asunto te resultar¨¢ inveros¨ªmil. Solo quiero pedirte que me des la oportunidad de aclararte el tema. Despu¨¦s t¨² decidir¨¢s.
¡ªLo escucho, entonces.
¡ªBien, pero no aqu¨ª. Quiero ense?arte algo.
Don Anselmo se puso de pie.
¡ªVen, acomp¨¢?ame -le dijo acerc¨¢ndose al centro del sal¨®n.
Hizo a un lado una alfombra que cubr¨ªa parte del piso de madera. Debajo ocultaba una portezuela que daba entrada a un s¨®tano. El anciano tom¨® el asa y, con esfuerzo, tir¨® hacia atr¨¢s y dej¨® al descubierto la entrada. El s¨®tano estaba iluminado. Una escalera un tanto maltrecha conduc¨ªa hasta el fondo.
¡ªAc¨¢ guardo algunas reliquias que son, en cierta forma, recuerdos de todas mis ¨¦pocas vividas en este lado del mundo.
Gabriel no comprend¨ªa las palabras del viejo. Pero decidi¨® no hacer comentarios por el momento.
¡ªBaja con cuidado, Gabriel, los escalones est¨¢n medios flojos.
Comenzaron a descender. Tomando como referencia la escalera, sobre su lado izquierdo, amurado contra la pared, se levantaba un armatoste muy r¨²stico de antiqu¨ªsima madera pulida, el cual formaba una extra?a combinaci¨®n: era biblioteca y a la vez cama. Contaba con cuatro estanter¨ªas en donde se apilaban polvorientos libros que tan solo eran una parte del total, y, casi al ras del piso, debajo de estas estanter¨ªas y sirviendo de soporte de toda la construcci¨®n, se acoplaba una plancha de madera como si fuera una estanter¨ªa m¨¢s, pero con la particularidad de ser un poco m¨¢s ancha que las otras.
Esta parte del mueble serv¨ªa de el¨¢stico sobre el que se desplomaba un colch¨®n con un par de mantas encima. A la derecha de la escalera, sobre la otra pared, se amuraba un inmenso cuadro en el cual se destacaba la imponente figura de un unicornio parado sobre sus patas traseras, en una actitud desafiante y majestuosa. En el centro del s¨®tano se hallaba una gran mesa de la misma madera que la "bibliotecama" (tal era el nombre que se le hab¨ªa ocurrido a Gabriel desde el primer momento que vio aquel mueble). Sobre esta mesa, y en gran desorden, hab¨ªa libros, anotaciones varias y objetos diversos. Al fondo del s¨®tano, perdidos entre las penumbras sobre el piso, sin orden aparente, y apilados hasta el techo, hab¨ªa cientos de libros m¨¢s, y algunas reliquias a las que don Anselmo les brindaba cuidados y de las que se negaba a desprenderse. La habitaci¨®n se completaba con una alacena, repleta de utensilios r¨²sticos, y una cocina; el ba?o se encontraba escaleras arriba.
5 - Relatos y reliquias
¡ªAc¨¢ abajo guardo objetos que he ido acumulando en mi prolongada vida. Tienen un significado sentimental muy grande para m¨ª. En el transcurso de mis a?os he conocido a mucha gente, gente que he admirado enormemente a la cual he visto nacer, crecer y morir. Muchos me han dejado alg¨²n recuerdo, y son para m¨ª verdaderas reliquias, fiel testimonio de amistades profundas -expres¨® don Anselmo.
Gabriel observaba aquellas antig¨¹edades de diferentes ¨¦pocas entre las que se hallaban estatuillas, libros, espadas, escudos y un sinf¨ªn de objetos que reflejaban las culturas a lo largo de la historia. Lo que m¨¢s le llam¨® la atenci¨®n fue una cota de malla, un yelmo, un escudo y una espada completamente intacta y reluciente, objetos de la edad medieval.
¡ª?Me quiere decir que usted ha vivido en las ¨¦pocas en que fueron fabricados estos objetos?¡ªpregunt¨® incr¨¦dulo Gabriel mientras pasaba su mano por la cota de malla.
¡ªAs¨ª es, muchacho. As¨ª es. Mi nombre real es Dercom, nativo de Valari¨®n, la ciudad majestuosa enclavada en el centro del continente de Eridian. Fui enviado hace cuatro mil quinientos a?os a este lado del mundo, el mundo de los humanos, en busca de El Elegido. S¨¦ que te resulta inveros¨ªmil todo esto que te digo, pero d¨¦jame que te resuma un poco la historia y el motivo de tu presencia ac¨¢. ?Aceptas escuchar a un viejo "loco" aunque m¨¢s no sea por compasi¨®n? -expres¨® el anciano sonriendo.
El muchacho asinti¨®. Estaba fascinado por todos aquellos objetos, pero le resultaba bastante dif¨ªcil, por no decir imposible, creer en las palabras de presentaci¨®n del viejo.
Don Anselmo prepar¨® caf¨¦ y le ofreci¨® a Gabriel. Este acept¨® y se sentaron frente a frente cada uno en un extremo de aquella r¨²stica mesa. El viejo encendi¨® su pipa, y sus profundos ojos azules se posaron en un punto indefinido del lugar con una mirada introspectiva, como indagando en las viejas p¨¢ginas de su vida.
¡ªPara que puedas comprender, debo empezar desde el mism¨ªsimo inicio de todo. Lo que estoy a punto de contarte son verdades absolutas que me revelaron para encontrar a El Elegido. Estas verdades son complejas y hasta un tanto incomprensibles, pero intentar¨¦ explicarte lo que yo comprend¨ª ¡ªTom¨® un sorbo de caf¨¦ y aspir¨® su pipa para luego exhalar el humo que le dio a la atm¨®sfera del s¨®tano un toque surrealista.
¡ªEl universo es un todo y es eterno, dividido a su vez en infinitos planos existenciales. Cada plano tambi¨¦n es, a su vez, infinito y diferente de otros planos; con sus propias constelaciones, estrellas y mundos o sin absolutamente nada, eso depende de su creador, Dios o ser supremo, ll¨¢malo como quieras. Entre estas inteligencias superiores existe un C¨®digo de Ley Universal, el cual dice que no puede existir un plano existencial sin su creador, o sea, no puede existir un plano existencial sin nada, pues todos los dem¨¢s, los infinitos planos existentes, se derrumbar¨ªan como fichas de domin¨®, y el universo simplemente desaparecer¨ªa. Por tal motivo, cada plano existencial solo cuenta con uno y solo un creador, no pudiendo este pasarse a otro plano existencial. La Ley Universal tambi¨¦n dice que para que el universo mantenga su equilibrio, estas divinidades deben ser positivas y negativas, es decir que existen tantos planos existenciales regidos por entidades positivas como por negativas. Ac¨¢ no podemos hablar de cantidades, pues estas cantidades son el infinito mismo¡ª
Don Anselmo hizo otra pausa e incit¨® a Gabriel a no dejar enfriar su taza. El joven, por su parte, estaba absorto con aquellas palabras y despertaba en su mente un laberinto interminable de conjeturas.The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement.
¡ªAhora pasemos a nuestro plano existencial, con sus infinitas constelaciones, soles y mundos. Este plano est¨¢ regido por un creador positivo cuyo nombre para mi pueblo es Dontar. Los humanos, a lo largo de la historia, lo han llamado y personificado de diferentes maneras, seg¨²n sus culturas, pero siempre nos referimos al mismo. En un principio, si se puede llamar principio a algo que ha sido, es y ser¨¢ eterno, Dontar, nuestro creador, vio su mundo vac¨ªo. Decidi¨® entonces crear las galaxias con sus innumerables estrellas y sistemas planetarios. Despu¨¦s vino la vida, distintas especies pod¨ªan disfrutar de su benevolencia sin que se les exigiera nada a cambio, ni siquiera el buen comportamiento. Los seres creados habitaban un mundo lleno de belleza, ajeno a las pestes que hoy se conocen y ajeno al hambre, al sufrimiento, a la injusticia, al miedo; ajeno a la muerte.
Aquellos seres, algunos de los cuales te resultar¨¢n muy conocidos, Gabriel, a trav¨¦s de los libros que te envi¨¦ y que le¨ªste, no le tem¨ªan a la muerte, pues esta no exist¨ªa; todos eran inmortales. De esta forma, conviv¨ªan pac¨ªficamente los primeros nacidos, que son los humanos, con diferentes razas, como hadas, magos, duendes, ninfas, elfos, medianos, enanos... por nombrar algunas de las especies consideradas mitol¨®gicas. Tambi¨¦n existieron muchos otros pueblos que no se pueden encontrar en ning¨²n libro de mitos y fantas¨ªas por m¨¢s antiguo que sea, pues no lograron sobrevivir a la memoria de los tiempos. Fue as¨ª que hace much¨ªsimo tiempo, mucho m¨¢s del que te puedas imaginar, el mundo era una especie de para¨ªso, y era uno solo. Se hallaba cubierto en su mayor parte de bosques y de selvas v¨ªrgenes en donde gigantescos ¨¢rboles cobijaban a los que por aquella ¨¦poca habitaban la Tierra Primigenia.
Dontar era ayudado por cinco de los m¨¢s poderosos magos, quienes fueron convocados por ¨¦l en la cima sagrada del Danmajera, el lugar m¨¢s alto de la Tierra en ese momento-. Estos grandes magos auxiliaban a Dontar a mantener el mundo en perfectas condiciones. Un gran tiempo bello transcurri¨®, pero algo sucedi¨®. Otro mago, llamado Aldirk, quien era el m¨¢s poderoso y sabio de los magos, se sinti¨® ofendido al no ser convocado por Dontar para servir en su causa. Entonces su coraz¨®n se llen¨® de resentimientos, y su mente, repleta de conocimientos, se oscureci¨® dando lugar a pensamientos negativos, transformando su personalidad bondadosa; convirti¨¦ndolo lentamente en un ser ruin y perverso. As¨ª creci¨® en su interior un deseo intr¨ªnseco de hacer el mal, de destruir todo lo que Dontar hab¨ªa creado. Pero esto le result¨® imposible y fue derrotado una y otra vez por La Orden de los Cinco -los magos convocados por Dontar-. Aldirk no hizo m¨¢s que llenarse a¨²n m¨¢s de ira. Derrotado, se desterr¨® en los confines de la Tierra, en donde Dontar y sus colaboradores a¨²n no hab¨ªan puesto su toque maravilloso de creaci¨®n y en donde el Sol no llegaba con sus rayos.
Permaneci¨® durante siglos sumergido en la nada, masticando su rabia y perge?ando planes para incrementar su poder. ?Qu¨¦ sucedi¨® entonces? Como te expliqu¨¦, en el universo infinito hay diversos planos de existencia y cada uno es gobernado por una inteligencia superior, que bien puede ser positiva o negativa. No todas, y creo que muy pocas de estas inteligencias, hab¨ªan pensado en hacer lo que hizo Dontar: el crear otros seres. Pues bien, Dontar lo hizo y confi¨® en ellos, pero fue traicionado justamente por el m¨¢s poderoso de los magos. ?Por qu¨¦ no lo convoc¨® entre Los Cinco si este era el m¨¢s poderoso de su orden? Quiz¨¢s porque, a pesar de la bondad y de las buenas acciones de Aldirk, Dontar sab¨ªa que hab¨ªa una semilla de maldad implantada en lo m¨¢s rec¨®ndito de su alma, que estaba esperando solo una oportunidad para despertar y crecer.
Aldirk, en la soledad y el destierro autoimpuesto, logr¨® contactar a Kalhanor, otro creador, otra inteligencia suprema de otro plano existencial. Esta entidad de car¨¢cter negativo otorg¨® a Aldirk poderes extraordinarios, mucho m¨¢s superiores que los de cualquier otro ser creado por Dontar sobre la faz del mundo. Ahora Aldirk hab¨ªa logrado su prop¨®sito, ya nadie se interpondr¨ªa en su camino.
Gabriel lo interrumpi¨®.
6 - El legado de Los Cinco
¡ªHay algo que no me queda claro. Usted dice que un dios no pod¨ªa estar o pasar a otro plano pues se destruir¨ªa a s¨ª mismo; por lo tanto Kalhanor, que era un dios negativo, no pod¨ªa meterse en el plano de Dontar. Por eso transfiri¨® poderes al mago Aldirk para que este hiciera el mal. ?Por qu¨¦ Kalhanor no creaba su propio mundo y hac¨ªa el mal directamente all¨ª?
¡ª?Te dicen algo estas palabras: "A su imagen y semejanza"?
¡ªEs de un pasaje b¨ªblico -contest¨® Gabriel.
¡ª Pues s¨ª, es de un pasaje del G¨¦nesis que va a contestar tu muy buena pregunta. Kalhanor, al ser un dios negativo, crear¨ªa seres negativos. Estos no sufrir¨ªan pues nacer¨ªan del mal, y el mal ser¨ªa su regocijo; pero como los seres del mundo de Dontar eran bondadosos, ellos s¨ª sufrir¨ªan.
-?Y Dontar no pod¨ªa destruir a Aldirk?
¡ªDontar es un buen dios y no destruye: construye. Tampoco podr¨ªa destruirlo ahora, pues Aldirk, el mago, tiene poderes de un dios, sin serlo.
¡ªTodav¨ªa tengo una duda: si Aldirk es creaci¨®n de un dios positivo, ?c¨®mo es que fecund¨® el mal en ¨¦l?
¡ªNo puedo contestar a esa pregunta, pues no tengo la respuesta, Gabriel. Algunos aseguran que el plan fue gestado por Kalhanor, quiz¨¢s sea lo real. Quiz¨¢s no fue Aldirk el que hizo contacto con Kalhanor, sino que fue este quien se comunic¨® primero con el mago y quien sembr¨® en un principio aquella semilla de maldad que supo ver Dontar.
Don Anselmo hizo otra pausa. Volvi¨® a encender su pipa y aspir¨® profundamente. Luego continu¨®:
¡ªCuando Aldirk logr¨® obtener poderes extraordinarios a trav¨¦s de Kalhanor, ya nada lo detuvo y comenz¨® a crear sus propias criaturas, seres mal¨¦volos que ahora sirven a su causa. Por otra parte, la desconfianza, la envidia y el odio empezaron a gestarse en cada ser viviente de la Tierra Primigenia -hasta ese momento un para¨ªso-, que comenz¨® a registrar los primeros cambios atmosf¨¦ricos y la aparici¨®n de enfermedades y pestes que diezmaron gran parte de la poblaci¨®n. Dontar convoc¨® nuevamente a La Orden de los Cinco en la cima del Danmajera y all¨ª les comunic¨® que deb¨ªan combatir contra Aldirk hasta las ¨²ltimas consecuencias y que deb¨ªan soportar el asedio de este hasta que ¨¦l, Dontar, lograse encontrar una soluci¨®n antes de que el mundo cayera. As¨ª lo hicieron los grandes magos, y cruentas luchas se libraron durante siglos. Dontar, gracias al sacrificio de los pueblos unidos, logr¨® dar con la soluci¨®n y lanz¨® su sentencia contra Aldirk: "Un primer nacido ser¨¢ el elegido para poner fin a la Edad de la Oscuridad, y, con ella, a todas sus criaturas mal¨¦ficas y a la serpiente que las gobierna". Esto llen¨® de pavor a Aldirk y a sus huestes, y una luz de esperanza destell¨® para los pueblos oprimidos. Pero la respuesta del maligno no se hizo esperar.
Reuniendo todo el poder con el que contaba, llev¨® a cabo el m¨¢s atroz ataque que hasta ese momento se conoc¨ªa, logr¨® separar a los humanos -los primeros nacidos- del resto de los pueblos. Los coloc¨® en dimensiones diferentes dentro de este mismo plano existencial y volvi¨® invisible la existencia de unos a los ojos de los otros. All¨ª naci¨® un ¨²nico mundo dividido en dos, y ambas partes, creadas sobre bases mal¨¦ficas. Aldirk, al separar la raza humana del resto y al permanecer ¨¦l en la dimensi¨®n inicial, logr¨® hasta el momento evitar que la sentencia de Dontar se cumpla. As¨ª llegamos a lo que es hoy el mundo de los humanos, un mundo que va directamente a la destrucci¨®n, y, cuando esto suceda, la sentencia de Dontar no se cumplir¨¢. En ese caso Aldirk habr¨¢ triunfado definitivamente.
Tal fue la necesidad de poder que debi¨® reunir el mago malvado para concretar este terrible ataque y para distorsionar el espacio-tiempo que casi se autodestruye. Qued¨® extremadamente d¨¦bil. Entonces huy¨® y se guareci¨® en las tierras oscuras de Mundark; y su azote desapareci¨® durante siglos. Los pueblos se sobrepusieron a la terrible p¨¦rdida de los humanos al mismo tiempo que los humanos iniciaban una nueva vida crey¨¦ndose ¨²nicos sobrevivientes de la hecatombe. El correr del tiempo fue transfigurando la memoria colectiva en ambos lados, volviendo fantas¨ªa lo que en un principio hab¨ªa sido realidad: la comuni¨®n de diferentes razas. Dontar no descans¨® y, despu¨¦s de varios siglos, convoc¨® por ¨²ltima vez a La Orden de los Cinco en la cima del Danmajera.
All¨ª les entreg¨® en custodia La Llave que abrir¨ªa el portal para que tan solo un habitante de los pueblos unidos pudiera acceder a la dimensi¨®n en donde los humanos hab¨ªan sido desterrados por Aldirk. La misi¨®n de La Orden de los Cinco ser¨ªa la de confiar esta llave en custodia a un pueblo que ellos designaran, y la misi¨®n de este pueblo ser¨ªa la de designar a la persona que afrontar¨ªa el viaje a la tierra de los humanos. Despu¨¦s de dejar La Llave en custodia de los elfos, los cinco magos se retiraron. Ahora moran en el Gran Palacio Blanco enclavado en la cima del Danmajera, esperando la hora en que El Elegido los convoque para la batalla final. Aldirk se recluy¨® en las Tierras Oscuras para aunar nuevamente el poder necesario que someter¨ªa definitivamente a los pueblos unidos. Por los humanos ya no se preocupaba, pues cre¨ªa que era cuesti¨®n de tiempo para que ellos mismos pusieran fin a su suerte, tiempo que ya est¨¢ a punto de cumplirse. Todo esto sin saber hasta ese entonces de la existencia de La Llave.The genuine version of this novel can be found on another site. Support the author by reading it there.
Los elfos deb¨ªan custodiarla y elegir al enviado que ejecutar¨ªa la misi¨®n; pero Aldirk despert¨® y comenz¨® nuevamente a sembrar el mal. Rencores, odios y pestes comenzaron a azotar los pueblos que ya no estaban unidos. Guerras intestinas se sucedieron, y las enfermedades lograron que la inmortalidad fuera pensada como algo m¨ªtico. Solo los elfos lograron preservarla, pero a costa de su exilio; debieron dejar la bella Valari¨®n y La Llave al cuidado de un grupo de nobles semielfos que decidieron sacrificarse para cumplir con su cometido de entreg¨¢rsela a quien designasen como enviado. El tiempo pas¨®, y en la bella Valari¨®n se reuni¨® el gran consejo y, de com¨²n acuerdo, me eligieron para partir en una misi¨®n primordial: encontrar al hombre indicado.
Yo fui designado El Enviado. Tengo en mi poder la llave que abrir¨¢ el portal por el cual solo uno puede pasar al otro mundo: El Elegido. Esta llave fue llamada El Legado de los Cinco. Lo que nunca supuse es que me llevar¨ªa tantos a?os dicha b¨²squeda, y te explico el por qu¨¦: La misi¨®n no deb¨ªa durar m¨¢s de dos mil a?os, tiempo suficiente para que encuentre a El Elegido, pero el secreto de la existencia de la llave hab¨ªa llegado a o¨ªdos de Aldirk. Lleno de p¨¢nico, y, en una nueva demostraci¨®n de poder, distorsion¨® a¨²n m¨¢s el espacio-tiempo de los humanos. As¨ª fue como m¨ª llegada a tu mundo fue terriblemente modificada, y aparec¨ª en la cuna de la civilizaci¨®n, en los albores del comienzo humano. Por supuesto que esto yo no lo sab¨ªa, solo sab¨ªa que en el transcurso de dos mil a?os yo ten¨ªa que encontrar al elegido. Los a?os se sucedieron, y not¨¦ con horror que algo no result¨® en mi paso por el portal.
Todo depend¨ªa de m¨ª y de cuanto soportase con vida. Los siglos fueron pasando. Mis ojos han visto casi cinco mil a?os de historia humana. A lo largo de mi estad¨ªa en tu dimensi¨®n he visto nacer y morir civilizaciones completas; fui testigo presencial de momentos ¨²nicos. Gabriel, he recorrido este mundo a lo largo y a lo ancho cientos de veces; miles de veces. Conozco pr¨¢cticamente toda la historia escrita y no escrita de la humanidad. En mi incesante peregrinaje, he aprendido mucho de cada cultura y de cada pueblo; he hablado cientos de idiomas y dialectos; he compartido con grandes h¨¦roes una y mil batallas. Miles de a?os descansan sobre mi agotado cuerpo. Todos estos siglos estuve buscando infructuosamente a El Elegido en aquellas personas cuya vida han tenido un tinte heroico, en las que han marcado un rumbo, en las que han llenado p¨¢ginas de gloria con sus actos a costa de su sacrificio.
Pero no. Jam¨¢s pude encontrarlo. Entonces comprend¨ª que nuestra esperanza radicaba en el hombre com¨²n, en alguien con valores bien formados; pero alguien sencillo, que no supiese que en su interior, en lo m¨¢s profundo de su ser, se esconde una semilla que espera germinar con estos valores e ideales que lo impulsar¨¢n a luchar hasta las ¨²ltimas consecuencias, hasta lo indecible, por hacerlos realidad. Esa persona, en principio, no lo sabr¨ªa; se sentir¨ªa uno m¨¢s en el mont¨®n; ser¨ªa alguien que estar¨ªa luchando por subsistir, asistiendo desesperanzado al lento decaer de la especie. Y hoy, despu¨¦s de tanto, tanto buscar, podr¨¦ decirle a esa persona que tiene una oportunidad ¨²nica de cambiar el curso de las cosas, de poder culminar para siempre con todos los flagelos de la humanidad.
¡ª?Qu¨¦ me quiere decir con toda esta fascinante historia? ?Qu¨¦ El Elegido soy yo? -expres¨® Gabriel con cierto sarcasmo, sin poder dar cr¨¦dito a nada de lo narrado por el viejo.
¡ªS¨¦ que no me crees, muchacho. S¨¦ que es dif¨ªcil abrir la mente en estos tiempos. En el pasado, los humanos pecaban de supersticiosos. En estos tiempos pecan de incr¨¦dulos. Solo te pido que, al menos, me otorgues el derecho de la duda. No te cierres por completo ni sucumbas al escepticismo total.
¡ª?C¨®mo pretende que le crea? No lo conozco. Es la segunda vez que lo veo en mi vida. Me estuvo enviando esos libros durante todos mis a?os de permanencia en el orfanato sin saber yo que era usted. Me cita en su casa y me cuenta toda una historia de leyenda tratando de hacerme creer que es ver¨ªdica y, por si fuera poco, me dice que yo tengo un papel que jugar en esa historia. ?Por qui¨¦n me ha tomado, se?or? No quiero ser descort¨¦s, pero no me gusta que me traten de imb¨¦cil.
¡ªLo lamento, Gabriel. Lo lamento y entiendo tu furia, pero no he hecho m¨¢s que cumplir con mi deber. Yo no hago las reglas, las cumplo. Y si mi rol era el de buscarte, ya lo he cumplido. No es mi culpa que tu papel en esta historia fuera el central. Ya estoy viejo, muy viejo; y poco es lo que me queda de vida. No tendr¨ªa que hacerme m¨¢s mala sangre y decir: "basta, al diablo con esto". Si quieres aceptar, acepta; y si no, haz lo que quieras. Pero no... No me conformo con eso, tengo valores y tengo amigos que guardan la esperanza de que cumpla mi palabra y de que t¨² juegues el rol que te toca. Si quieres pruebas: pruebas tendr¨¢s, muchacho. Ahora vete y reflexiona.
¡ªUsted me habla de pruebas. Ens¨¦?emelas y quiz¨¢s... quiz¨¢s, pueda llegar a creer en sus palabras.
¡ªNo soy humano. Te podr¨ªa mostrar mis orejas puntiagudas y tampoco creer¨ªas; pero s¨ª tengo un don, uno que la mayor¨ªa de los humanos no tiene: la percepci¨®n. Algo va a pasar en el transcurso de esta semana. Algo que puede adelantar el fin de la raza humana. No s¨¦ cu¨¢ndo ni d¨®nde, solo s¨¦ que en el transcurso de esta semana algo va a suceder. Estate atento. Y, si eso te convence, yo estar¨¦ esperando tu respuesta.
El viejo no habl¨® m¨¢s. Tom¨® un viejo libro que yac¨ªa sobre la mesa y se puso a leer, dejando a Gabriel confuso y furioso.
¡ªLe puedo asegurar que no volver¨¦ a pisar esta casa.
El viejo no respondi¨®. Gabriel subi¨® las escaleras y se march¨® dando un portazo. Don Anselmo cerr¨® el libro, dio una profunda pitada a su pipa y sonriendo dijo:
¡ª?Oh, s¨ª! ?S¨ª que volver¨¢s!