《Tiempo de Leyendas - Una luz en la oscuridad [Spanish]》 1.a Sombras -?Alex! ?Alex! ¡ªOtra vez ese grito desesperado de una voz femenina que no conozco. Otra vez el mismo escenario aterrador. La tierra negra y chamuscada en este campo de batalla infinito. El cielo oscurecido por las espesas nubes de humo, y el viento huracanado que forma remolinos de furia a mi alrededor. Me encuentro caminando solo, entre los cientos de cuerpos de soldados mutilados que yacen esparcidos por los alrededores. Yo mismo cargo una pesada armadura que rechina con cada paso que doy. Y ese llamado¡­ una y otra vez ese grito de auxilio. Pero no hay se?ales de vida en millas a la redonda, estoy solo. ?De d¨®nde vendr¨¢ esa voz? ?A qui¨¦n pertenece? Me pregunto mil veces. Otra vez ese sue?o. ?Qu¨¦ significa? ?Ser¨¢ que alg¨²n d¨ªa dejar¨¦ de tener esa horrible pesadilla? La he sufrido desde que tengo memoria, y a¨²n no encuentro un significado. Tantas preguntas, y tan pocas respuestas. Al menos hoy no me despert¨¦ de un salto, ser¨¢ que me estoy acostumbrando. En fin, por ahora, me conform¨¦ con empezar el d¨ªa. El sol brilla radiante, y no alcanzo a ver ni una nube en el cielo desde el ¨¢ngulo que me permite mi ventana. Una t¨ªpica ma?ana de verano en la aldea de Lago Viejo. Solo han pasado quince d¨ªas desde la ¨²ltima ¨¢guila blanca. Cada vez que una de esas majestuosas aves gigantes aparece en el cielo, anuncia la llegada de un nuevo a?o y el comienzo del verano. Alcanzo a escuchar a mi padre abriendo el port¨®n de su peque?o taller de carpinter¨ªa junto a la casa, est¨¢ a punto de ponerse a trabajar, y se supone que yo deber¨ªa estar ah¨ª. Otra vez voy a llegar tarde. Por otro lado, mi hermana menor, Meggy, ya est¨¢ en el chiquero jugando y perdiendo el tiempo con los cerdos, m¨¢s que aliment¨¢ndolos como deber¨ªa. Y yo, tendr¨ªa que levantarme y ponerme en marcha hacia el taller, pero como de costumbre, necesito unos momentos para aclarar mi mente despu¨¦s de esa horrible pesadilla. Me levanto de un salto, y me pongo la ropa del d¨ªa anterior. Atravieso mi habitaci¨®n hasta salir al pasillo que conduce a la cocina. Sobre la mesa, hay un recipiente lleno de manzanas reci¨¦n cosechadas, una tarea que suelo realiza junto a mi hermana en las ma?anas. Es claro que otra vez le fall¨¦. Tomo una impulsada por el hambre, la m¨¢s roja y jugosa que puedo encontrar. Luego salgo por la puerta del frente. Meggy me saluda moviendo su mano de manera euf¨®rica, como siempre, y con una sonrisa pronunciada. No puedo creer que ya tenga ocho a?os, me parece que fue ayer cuando la sostuve por primera vez entre mis brazos, y ahora, no hay qui¨¦n la detenga. Siempre correteando de aqu¨ª para all¨¢, con su larga cabellera casta?a bailando al viento, y la luz del sol reflej¨¢ndose como en el agua en sus diminutos ojos verdes. Le contesto el saludo con un suave movimiento de cabeza, mientras le doy una gran mordida a la manzana. Luego de caminar unos pasos por el sendero, me encontr¨¦ con el r¨²stico taller. Mi padre ya se puso a reparar la silla de jard¨ªn de la se?ora Molle, la due?a de la granja vecina. Una viuda de cincuenta y tantos, tan corpulenta como entrometida. Ya van tres veces en menos de cinco d¨ªas que le trae la misma silla. ?C¨®mo se las arregla para romperla? Se podr¨ªa decir, que Sean Aarden es el mejor carpintero de todo Lago Viejo, si no fuera porque es el ¨²nico carpintero de todo Lago Viejo. ¡ªBuen d¨ªa, padre ¡ªlo saludo, mientras me dirijo a la mesa del fondo sin mirarlo. ¡ªBuen d¨ªa, Alex ¡ªme contesta, sin hacer menci¨®n alguna a mi tardanza, y levantando una de sus gruesas manos sin apartar la vista de su trabajo. Coloco la media manzana que me queda en el borde de la mesa, y me propongo a terminar el estante para la cocina. Luego de alg¨²n tiempo de arduo trabajo en completo silencio, mi padre se decide a romperlo. ¡ª ?Puedes creer que otra vez tengas que reparar esta condenada silla? ¡ªme dice medio enojado¡ª. Esta pata la he reemplazado m¨¢s veces de las que soportaba, ya no s¨¦ c¨®mo seguir arregl¨¢ndola. ¡ªSus palabras llegan hasta mis o¨ªdos, pero mi mente sigue atormentada pensando en ese maldito sue?o¡ª. Alex, hijo ?Me est¨¢s escuchando? ¡ªme pregunta, poniendo su pesada mano en mi hombro. ¡ªS¨ª padre, lo siento. Estaba algo distra¨ªdo¡­ Parece que la rompiera a prop¨®sito solo para venir a verte ¡ªle digo a modo de broma para evitar que se d¨¦ cuenta. Pero es una persona dif¨ªcil de enga?ar. ¡ªTe noto algo preocupado, hijo. Otra vez esa pesadilla¡­ ?Verdad? ¡ªAsiento con la cabeza¡ª. Est¨¢s teniendo esas pesadillas muy a menudo ¨²ltimamente, Alex. ?Seguro est¨¢s bien? ¡ªinsta. ¡ªS¨ª, no te preocupes, estar¨¢ bien ¡ªle respondo, mientras empiezo a moverme de manera descoordinada buscando las herramientas para seguir trabajando. Noto como ¨¦l, vuelve a sentarse y contin¨²a con su trabajo, pero con una gran expresi¨®n de preocupaci¨®n en su rostro. Sin duda sabe que esas pesadillas me afectan, y eso lo pone mal. S¨¦ que no va a dec¨ªrmelo, nunca fue muy bueno expresando lo que siente, es muy reservado en ese aspecto. Como cuando muri¨® mi madre al dar a luz a Meggy, se pasaron d¨ªas enteros llorando en silencio. Pero de alguna forma logr¨® salir adelante, siempre con la frente en alto, algo que debi¨® aprender en sus d¨ªas como miembro del cuerpo de caballeros de Lago Viejo. ¨¦l sol¨ªa decirme, que el entrenamiento militar siempre se bas¨® en formar a los hombres para hacerlos duros de cuerpo y mente, algo que lo define bien a ¨¦l, ya que es alguien de car¨¢cter fuerte que inspira respeto. ¡ª ?Y? ?C¨®mo va el nuevo estante? ¡ªRompe nuevamente el silencio. ¡ªTengo que confesarte que me est¨¢ costando m¨¢s de lo esperado. Pero deber¨ªa poder terminarlo para la tarde. ¡ªNi bien termino de pronunciar esas palabras, una gran sombra llama mi atenci¨®n desde la entrada del taller. La mism¨ªsima viuda Molle aparece en la puerta, esperando a que alguno de los dos se fije en su presencia. Con su cabello negro como la noche todo despeinado, implicando que acaba de levantarse. Viste una camisola de lino blanca larga y harapienta, por la que se le alcanzan a ver trozos indescriptiblemente horribles de piel arrugada. ¡ªBuen d¨ªa, Sean ¡ªdice, con una voz ronca y pesada. Sus regordetas mejillas se arrugan y estiran al mismo tiempo, para formar una especie de sonrisa macabra. ¡ªBuen d¨ªa, Molle ¡ªle contesta mi padre, mientras contin¨²a trabajando sin apartar la vista de la silla, pues tan solo con escuchar su gruesa voz como la de un hombre, se da cuenta de qui¨¦n se trata. ¡ªVeo que a¨²n no ha terminado de arreglarla ¡ªcomenta algo frustrada. ¡ªLo siento, Molle ¡ªSigue sin mirarla¡ª. Reci¨¦n me pongo a repararla, y no creo poder terminar sino hasta entrada la noche. As¨ª que, me temo que tendr¨¢s que venir ma?ana por ella. ¡ª?Vaya, una l¨¢stima! ¡ªdice ella, con una mueca de frustraci¨®n que le arruga toda la frente¡ª. Esperaba poder usarla m¨¢s tarde. ¡ªAdem¨¢s ¡ªla interrumpe¡ª. Se me han terminado los suministros que necesito para fabricar las clavijas y as¨ª poder reemplazar la pata¡­ deber¨¢ ir al mercado a conseguir m¨¢s. ¡ªIr¨¦ yo ¡ªirrumpo de repente. Mi padre abre los ojos como dos enormes monedas. ¡ª?Seguro? ¡ªme pregunto, sorprendida. ¡ªS¨ª, me servir¨¢ para despejarme. ¡ªDe acuerdo, pero no te distraigas demasiado ¡ªdice, y deposita sus herramientas en el suelo, junto a la silla estropeada por la viuda. ¡ªTranquilo, volver¨¦ antes de que te des cuenta. ¡ªMuy bien, Sean ¡ªdice Molle¡ª. Vendr¨¦ ma?ana por la silla, si es que terminas de arreglarla. ¡ªY antes de que pueda levantar la vista, da media vuelta y se va, sin darnos oportunidad alguna de saludarla. ¡ªBueno, deber¨ªa ponerme en marcha.Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. ¡ª?Espera un momento! ¡ªme frena¡ª. Ya que vas al mercado, ll¨¦vate a Crhisty con el herrero y haz que le cambie las herraduras. Ayer not¨¦ como cojeaba de una pata, y no quiero que se lastime. ¡ªDe acuerdo ¡ªasiento. ¡ªToma, necesitar¨¢s unas monedas extra ¡ªme dice, al mismo tiempo que mete su mano derecha en el bolsillo de su pantal¨®n, y extrae una peque?a bolsita de cuero repleta de monedas de plata, cerrada con un delicado cord¨®n del mismo material. Agarro la bolsa con firmeza y la guarda en mi bolsillo. Luego salgo del taller sin decir otra palabra, y camino por el sendero de piedra que conduce al establecimiento. Veo a Meggy correteando y asustando a las gallinas, algo que mi padre le prohibi¨® que hiciera, ya que, si las altera demasiado, no pondr¨¢n ni un solo huevo. ¡ª?Meggy, deja eso! ¡ªle grito, a lo que ella contesta ense?¨¢ndome la lengua. Yo le devuelvo una mueca de burla. Luego de unos pasos me encuentro frente al establo. Abro el port¨®n con cierta dificultad. Las bisagras est¨¢n m¨¢s oxidadas que de costumbre. Mi padre prometi¨® cambiarlas hace tiempo, pero s¨¦ que lo har¨¢ cuando las puertas se le caigan encima. Camino hasta la pared del fondo donde est¨¢n las sillas de montar. Tomo una, y vuelvo hasta donde se encuentra Zaphiro, mi caballo negro. Lo ensillo sin problemas; Parece que siempre estar¨ªa esperandome para salir. Lo llevo afuera agarr¨¢ndolo por las riendas. Lo ato a la rama m¨¢s baja del gran sauce blanco frente al establo, y vuelvo a buscar a Cristy. La yegua blanca que alg¨²n d¨ªa pertenecer¨¢ a Meggy, se encuentra descansando. Le coloco sus riendas y la llevo hacia afuera. Mientras camina, noto como cojea de una de sus patas traseras. ¡ªCalma, amiga ¡ªle digo con una voz suave. Le reviso luego la pesa?a, con cuidado para que no se altere. Noto que la herradura esta descolocada y torcida. Seguro le producir¨¢ dolor al caminar. Tendr¨¦ que llevarla con cuidado ya paso lento. Siempre me gust¨® visitar el mercado de Lago Viejo. De ni?o me escapaba de casa todo el tiempo, y me iba a recorrer los callejones y puestos que hay diseminados por toda la aldea. Me pasaba casi todo el d¨ªa deambulando y explorando. Cuando volv¨ªa, mi padre me esperaba siempre con un rega?o. Luego de una cabalgata incesante por el sendero que conduce a la aldea, custodiado por una larga fila de enormes y verdes ¨¢lamos, la empalizada que rodea y protege el centro de Lago Viejo se hace presente. Como de costumbre, debo anunciarme con el guardia que vigila la puerta trasera desde la peque?a torre de piedra. Levanto la vista en direcci¨®n a la torre para buscar al guardia, y me encuentro con Valerius Arson, uno de los soldados m¨¢s veteranos de la aldea. Lleva puesta su t¨ªpica armadura de cuero con mallas met¨¢licas, y sostiene su gran arco de madera de fresno. Su blanca cabellera, brilla a la luz del sol de la ma?ana. El saludo me agita la mano. ¡ª?Vaya, vaya! Pero si es el peque?o Alex ¡ªme dice mir¨¢ndome desde las alturas. Mi padre me habl¨® algunas veces del viejo Valerius. Me dijo que es tan honorable como valeroso, y due?o de una gran sabidur¨ªa. Sin duda uno de los mejores soldados de Lago Viejo, ya pesar de su edad, parece que siempre estar¨ªa listo para dar batalla. ¡ª ?C¨®mo est¨¢ todo por ah¨ª, se?or? ¡ªle pregunto sonriente, cubri¨¦ndome del sol con la mano, que amenaza con dejarme ciego. ¡ªTodo bastante tranquilo, muchacho. Dime qu¨¦ te trae al mercado tan temprano. Ya no tienes edad para escaparte de tu casa y meterte en problemas ¡ªdice levantando una ceja. ¡ªEso forma parte del pasado, se?or. Solo necesito algunos suministros para mi padre, y llevar a la yegua con el herrero. ¡ªSe?alo al blanco animal a mi lado. ¡ªDe acuerdo, ¨¢lex. Solo procura que tu esp¨ªritu aventurero no me d¨¦ problemas. ¡ªLe dibujo una enorme sonrisa de aprecio. Valerius lanza un agudo silbido en direcci¨®n a los guardias del port¨®n¡ª. ?Holgazanes! Dejen de descansar y abran las puertas ¡ªles grita, asom¨¢ndose por la peque?a ventana de la torre. Unos instantes despu¨¦s, las viejas y un poco oxidadas bisagras, comienzan a crujir a medida que se abre el port¨®n, dejando al descubierto la calle principal, donde se encuentra el gran mercado de Lago Viejo. Como todas las ma?anas, el mercado se llena de un colorido ajetreo. Los aldeanos van de aqu¨ª para all¨¢, comprando y vendiendo, otorg¨¢ndole a este lugar un c¨¢lido toque amigable. Tan solo me resta cabalgar un poco m¨¢s para llegar hasta la herrer¨ªa de Eudes Sadler. El viejo Eudes es el maestro herrero de la aldea. El principal proveedor de armas y armaduras, tanto de los soldados como de los caballeros. Un hombre apacible si se lo trata con la justa cordialidad. A mitad del camino me encuentro con su taller; el inconfundible cartel de madera colgante as¨ª lo se?ala. ¡°El martillo ligero¡± , pone en la placa, con letras grandes hechas de hierro, y acompa?ado de la imagen de un yunque con dos espadas cruzadas. Me acerco y dejo ambos caballos atados en la entrada. Ya desde afuera, se pueden apreciar la gran variedad de hojas de espadas de todo tipo exhibidas en la pared, listas para colocarles las empu?aduras y ser entregadas. Veo al viejo Eudes bastante concentrado, trabajando en su estrecho taller que apenas se ilumina con la escasa luz que entra por la peque?a ventana a su lado, en una armadura plateada que brilla con mucha intensidad. Se ve con claridad la imagen de un gran sauce blanco tallado en el centro; el emblema de Lago Viejo. Su escasa cabellera blanca, se refleja sobre el metal mientras trabaja. ¡ªBuen d¨ªa, se?or Sadler ¡ªle digo con entusiasmo. ¡ª?Ay, ¨¢lex! Pasa chico, adelante. No te vi entrar ¡ªdice con su voz gruesa¡ª. Hac¨ªa alg¨²n tiempo que no te ve¨ªa. ?C¨®mo est¨¢ Sean? ¡ªMuy bien, se?or. Est¨¢ trabajando nuevamente en la silla de la viuda Molle. Eudes larga una carcajada. ¡ªOtra vez esa silla ¡ªcomenta sin parar de re¨ªrse¡ª. Si yo fuera Sean, se la lanzar¨ªa por la cabeza a Molle sin dudarlo. ¡ªYa sabe c¨®mo es mi padre ¡ªdigo, algo contagiodo de su risa. ¡ªS¨ª que lo s¨¦. Su paciencia alg¨²n d¨ªa se convertir¨¢ en su perdici¨®n. De solo pensar en todo lo que tuvo que aguantar contigo, Alex. Las veces que te escapabas de tu casa y te aventurabas solo por la aldea, y yo, que te encontrabas y ten¨ªa que llevarte casi de las orejas de vuelta con ¨¦l. ¡ªEl herrero, me ense?a a todos sus ennegrecidos dientes con una sonrisa. ¡ªNo lo olvido se?or ¡ªrespondo con respeto, aunque hastiado por escuchar dos veces la misma an¨¦cdota por parte de los viejos amigos de mi padre. ¡ªVamos chico, cuantas veces debo decirte que no me digas se?or. Tendr¨¦ el cabello cano, pero a¨²n conserva algo de juventud. Dime Eudes. ¡ªLo siento ¡ªme disculpo, mientras desv¨ªo mi atenci¨®n hacia la plateada armadura que descansa sobre la mesa¡ª. ?Que bella pieza! ¡ªcomentario¡ª. ?Para qui¨¦n es? ¡ªPara qui¨¦n cree que puede ser ¡ªresopla, con una leve expresi¨®n de desprecio dibujada en su rostro¡ª. Para el maldito de Rendel Longridge. Ese cerdo con aires de grandeza que comanda la milicia de la aldea. Si por m¨ª fuera, le agregar¨ªa unos cuantos picos de hierro escondidos por dentro. As¨ª el muy desgraciado se apu?ala al coloc¨¢rsela. ¡ªNo conozco mucho sobre ¨¦l ¡ªcomento, t¨ªmido frente a la reacci¨®n del herrero. ¡ªY lo bien que haces, Alex. Los hombres como Rendel solo sirven para deshonrar el juramento sagrado de todo buen soldado. Me orinar¨¦ sobre su tumba alg¨²n d¨ªa ¡ªagrega, a¨²n m¨¢s enojado¡ª. Te aconsejo que no le des motivos para que se fije en ti. Eudes, todav¨ªa molesto, levanta la gruesa coraz¨®n plateada y la coloca sobre un exhibidor de madera que est¨¢ a su lado, como si desistiera de seguir sac¨¢ndole brillo. ¡ªPero bueno ¡ªme dice, mientras se limpia las manos con un pedazo de tela viejo y ennegrecido¡ª. Dime qu¨¦ puedo hacer por ti. ¡ªSolo necesito que le cambien las herraduras a Crhisty. Tiene una tanto descolocada, y cojea al caminar. ¡ªMuy bien, vamos a ver qu¨¦ puedo hacer ¡ªdice. Ambos salimos del taller hasta el poste de madera donde dej¨¦ amarrada a la yegua. El herrero, toma con cuidado la pezu?a de Crhisty para inspeccionarla, cuando de pronto, veo a dos guardias caminando y tambale¨¢ndose de un lado a otro por la calle. Noto como ambos sostienen grandes jarras que chorrean cerveza espumosa por los costados, debido al tambaleo que producen al intentar mantenerse rectos. Las vestimentas ordinarias que portan, indican que a¨²n no son soldados. Solo son simples guardias novatos que todav¨ªa no completan su entrenamiento. Deber¨ªa estar acostumbrado a ver un espect¨¢culo como ese en este lugar, pero no puedo evitar sentirme furioso. Los guardias borrachos caminan torpemente, llev¨¢ndose por delante todo lo que hay en su camino, y riendo a carcajadas. Uno de ellos, se tropieza y cae de bruces sobre la gran colecci¨®n de collares y anillos finos del joyero. Varias carcajadas aisladas inundan el aire, incluida la m¨ªa. Su compa?ero hace un esfuerzo sobrehumano para levantarlo, mientras los dem¨¢s aldeanos los observan con ojos llenos de decepci¨®n y verg¨¹enza, y ninguno se presta a asistirlos. La joven hija del joyero intenta recoger todo el desorden que provocaron. Una mujer de rostro alegre y muy hermoso, con el cabello largo hasta la cintura, y negro como sus ojos. Los dos lascivos guardias, se quedan mir¨¢ndola de arriba abajo, con expresiones lujuriosas en sus rostros sucios. La joven no tarda en incomodarse. ¡ª?Bueno, bueno, bueno! ?Que tenemos aqu¨ª! ¡ªdice el primer guardia, con las palabras que apenas se le entienden por la gran borrachera que carga encima. Es un hombre bastante desagradable a la vista. Tiene la cara sucia, dando la impresi¨®n de que no se ha lavado en d¨ªas. Los pocos dientes que le quedan est¨¢n negros, y tiene una gran cicatriz que le recorre toda la mejilla derecha. El cabello oscuro y grasiento, le cae por ambos lados de la cabeza todo desprolijo. Se acerca a la joven y comienza a recorrerla lentamente con la mirada. 1.b Sombras ¡ªBuen d¨ªa, preciosa ¡ªle dice, ense?¨¢ndole los dientes podridos, y alzando su mano derecha para acariciar la mejilla rosada de la muchacha. Esta se encoge de hombros en un intento por sac¨¢rselo de encima. El guardia, al notar el desprecio, la toma con violencia del brazo¡ª. ?Parece que la gatita quiere mostrar las u?as! ¡ªdice, ri¨¦ndose. El otro guardia, no hace m¨¢s que festejar con carcajadas mientras su compa?ero acosa a la hija del joyero. ¡ª?Su¨¦ltame, bastardo! ¡ªdice ella, tironeando del brazo para intentar zafarse. El hombre, enfurecido, la golpea con tanta fuerza que la mejilla izquierda de la joven se torna colorada al instante. Un sentimiento de rabia me invade por completo, y no pierdo ni un segundo en decidirme a actuar a pesar de las advertencias del herrero. No alcanzo a dar el primer paso, cuando siento una mano gruesa y fuerte que me frena agarr¨¢ndome del hombro. El viejo Eudes se percata de mis intenciones, ¡ªD¨¦jamelo a m¨ª, Alex ¡ªme susurra. Veo al viejo herrero, sosteniendo una larga y afilada hoja sin empu?adura. Sin duda, tom¨® una de las tantas espadas a medio terminar que est¨¢n exhibidas en su taller. Noto con sorpresa, que lleva envuelta la espiga con la tela que utiliz¨® para limpiarse las manos, como improvisando un mango. ¡ª?D¨¦jala ir, Darred! ¡ªgrita con fuerza. El guardia, sobresaltado, suelta el brazo de la muchacha y se voltea para ver al herrero, que se para erguido frente a ¨¦l con la enorme espada en su mano. ¡ª?Vuelve a tu taller, viejo, si no quieres salir lastimado! ¡ªle dice Darred, se?al¨¢ndolo, al mismo tiempo que posa su otra mano sobre el pomo negro su espada. ¡ª?No me obligues a ense?arte modales, chico! ?D¨¦jala ir! ¡ªinsta Eudes. El segundo guardia, que est¨¢ a solo unos pasos de distancia luchando por mantenerse de pie, interviene. ¡ª?Ens¨¦?ale al viejo quien manda, Darred! En ese momento, el guardia borracho desenvaina su espada y se prepara para atacar. ¡ª?Te arrepentir¨¢s de haberte entrometido, viejo! ¡ªdice, apuntando con su hoja al herrero. Apenas si puede mantenerla en alto. Los nervios, me invaden por completo ante lo que est¨¢ pasando. Nunca antes hab¨ªa presenciado una pelea, ni siquiera un mero choque de espadas. A pesar de que mi padre es un ex caballero veterano, jam¨¢s quiso inculcarme esos h¨¢bitos. La mayor¨ªa de los j¨®venes reciben alg¨²n que otro entrenamiento de espadach¨ªn. Pero mi padre no mostr¨® inter¨¦s alguno por transmitirme esos conocimientos. Mientras los nervios me recorren todo el cuerpo, alcanzo a ver a Darred alzando su hoja por encima de su cabeza, y comenzar a propinar golpes torpes que el viejo herrero no tarda en bloquear f¨¢cilmente. El sonido de los metales chocando entre s¨ª me estremece. Luego de varios intentos fallidos por parte del guardia borracho, Eudes se decide a terminar con la disputa. Sostiene con firmeza la espada improvisada, y con un movimiento certero, atraviesa la armadura de cuero de Darred hasta que la hoja se hace visible desde su espalda. La sangre comienza a brotar de inmediato, desliz¨¢ndose lentamente por la hoja hasta caer en la tierra, ti?¨¦ndola de un rojo vivo. El guardia moribundo dibuja una mueca de dolor en su rostro por un segundo, cuando los ojos se le cierran y cae desplomado al suelo. Eudes retira la espada del cad¨¢ver de Darred, y se voltea para mirar al segundo guardia, que se queda paralizado ante lo que ve. ¡ª?L¨¢rgate de aqu¨ª! ¡ªle ruje, al mismo tiempo que lo amenaza con la hoja ensangrentada. El hombre, aterrado y sin decir una palabra, sale corriendo atropell¨¢ndose todo lo que se cruza en su camino, y desaparece entre la multitud curiosa que empieza a formarse alrededor del cad¨¢ver. La hija del joyero se acerca, y le hace una leve reverencia al herrero. ¡ªGracias ¡ªle dice, con una voz dulce y t¨ªmida. ¡ªNo fue nada, mi ni?a ¡ªle contesta Eudes. Los dem¨¢s mercaderes y aldeanos comienzan a murmurar sobre el hecho. Alcanzo a escuchar a algunos discutiendo acerca de los posibles destinos que le esperan al herrero. ¡ª?Seguro que Rendel se pondr¨¢ furioso! ¡ªle comenta una se?ora avejentada a quien aparenta ser su esposo. ¡ªS¨ª, pero Eudes hizo lo correcto por lo que a m¨ª respecta ¡ªle contesta el hombre bajito y encorvado¡ª. No es la primera vez que ocurren estas cosas, querida. Ya va siendo hora de que nos defendamos nosotros solos. Todos los aldeanos, demuestran su preocupaci¨®n por el bienestar del viejo herrero. Seguro que m¨¢s de uno se opondr¨¢ a cualquier castigo que decida imponerle el comandante. En medio de la muchedumbre, veo a Eudes dirigi¨¦ndose hacia m¨ª. ¡ªDebes irte, Alex ¡ªme dice¡ª. Yo me encargar¨¦ de esto cuando venga Rendel. ¡ª?No me ir¨¦! ¡ªreplico¡ª. Seguro que el comandante se desquitar¨¢ contigo. ¡ªY que puedes hacer t¨², muchacho. Ya te dije, es mejor no darle motivos a Rendel para que se fije en ti. Deja que yo me preocupe por ¨¦l ahora. ¡ªEl viejo se ve bastante calmado, a pesar de imaginarse lo que puede pasarle cuando el comandante se entere de que asesin¨® a sangre fr¨ªa a uno de sus reclutas¡ª. Dile a Sean que m¨¢s tarde llevar¨¦ a Christy ¡ªagrega¡ª. Pero ahora es mejor que te vayas. ¡ªDe pronto, escucho que se acercan varios jinetes desde el norte, a todo galope por la calle principal. El que lidera la marcha lleva una larga capa negra, y su caballo porta una especie de armadura plateada que le cubre toda la cabeza. Junto a ¨¦l, cabalgan tres soldados armados¡ª ?Vamos, vete, no pierdas m¨¢s tiempo! ¡ªme ordena Eudes, casi empuj¨¢ndome. Me subo a Zaphiro tan r¨¢pido como puedo, y sacudo fuerte las riendas para indicarle que galope. De a poco veo como la multitud va quedando atr¨¢s a medida que me alejo. Giro mi cabeza un instante, en un intento curioso por ver lo que est¨¢ pasando. Alcanzo a ver a los jinetes acerc¨¢ndose r¨¢pidamente a los aldeanos. Pero no logro descubrir nada m¨¢s. Zaphiro galopa muy r¨¢pido. Decidi¨® retomar el sendero principal para volver a casa y contarle a mi padre lo que ha ocurrido. Para mi sorpresa, el port¨®n sur est¨¢ abierto y sin vigilancia. No veo a Valerius por ning¨²n lado, as¨ª que lo atravieso como un rayo. Mi mente sigue algo alterado por lo ocurrido. La respiraci¨®n se me agita y me cuesta mantener el enfoque. Luego de unos momentos de cabalgar, lleg¨® al cruce que lleva directamente a la casa de Jack. Jack Farsen, es el ¨²nico hijo de Tatius Farsen, el pescador de la aldea. Siempre fuimos muy buenos amigos, sobre todo por nuestra mutua capacidad para medirnos en problemas. De, cuando me escabull¨ªa de mi casa para ir al mercado, siempre me encontr¨¦ con ¨¦l ni?o en este cruce, y ambos nos ¨ªbamos a buscar problemas a la aldea. Su padre es el ¨²nico pescador de Lago Viejo. Su casa se ubica al este de la aldea, justo sobre la orilla del lago. Decidi¨® ir a visitar a Jack y contarle lo sucedido con Eudes. Seguro se sorprender¨¢ al enterarse de lo que el viejo herrero es capaz de hacer para salvar a una dama. Ya desde la distancia, a trav¨¦s del sendero custodiado de ¨¢rboles, se pueden ver con claridad algunos detalles de la residencia de los Farsen. Como la gran chimenea de piedra que se eleva desde el ala norte de la casa. A medida que me acerco comienzo a notar algunas irregularidades, como la falta de humo saliendo por la chimenea¡­ Ser¨ªa muy extra?o que no hubiera nadie en la casa, ya que ni siquiera es mediod¨ªa. Los botes del se?or Farsen est¨¢n amarrados en la orilla, como si no hubieran sido utilizados. Normalmente, a esta hora ya deber¨ªas estar en el agua. Me acerco todav¨ªa m¨¢s. Veo que las ventanas y la puerta est¨¢n cerradas, como si la casa estuviera abandonada. Un mal presentimiento me recorre la espalda. Desmonto a Zaphiro, preocupado. Lo amarro bajo la sombra de un sauce y camino hasta la entrada. -?Jacobo! ¡ªgrito con fuerza golpeando la puerta, pero no obtengo respuesta¡ª. ?Hay alguien en casa? ¡ªinsisto, pero sin resultado. La puerta est¨¢ cerrada, aunque sin llave. No me cuesta trabajo abrirla. El crujido de las bisagras me raspa los o¨ªdos.The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. El interior se ve muy oscuro, y apenas puedo vislumbrar por donde camino. Solo unos pocos rayos de luz que entran por el marco de la puerta me sirven de gu¨ªa. Al parecer, la casa se encuentra ordenada, a excepci¨®n de la mesa y las sillas que parecen haber sido v¨ªctimas de una gresca. ?Qu¨¦ diablos pasaron aqu¨ª? Maldigo en mi mente. Contin¨²o registrando la estancia con ojos atentos y temerosos. Una extra?a mancha sobre el suelo junto a la mesa destrozada, llama mi atenci¨®n. No puedo ver bien que es debido a la oscuridad, as¨ª que me aproximo lento, para evitar tropezarme con los trozos de madera de las sillas desperdigados por el piso. A simple vista, parece un peque?o charco de agua sobre la madera. Extiendo mi mano para confirmar mi teor¨ªa. Descubra una superficie tan espesa que me provoca repulsi¨®n. Me dirijo de inmediato a la luz que entra por la puerta, solo para llevarme una sorpresa. Sangre. El rojo intenso y vivo de la sangre que adorna la punta de mis dedos. Comienzo a sentir un escalofr¨ªo que me sube por la espalda hasta la cabeza. Me doy vuelta, preocupado y asustado, pensando en los peores posibles escenarios. ¡ª ?Jack! ¡ªvuelvo a gritar. Mis manos tiemblan incontrolables. Nadie responde. Solo el eco de mi voz rebotando entre las paredes. Mientras la mente me da vueltas, vuelvo caminando hacia el interior de la casa a buscar alg¨²n indicio de supervivencia. Paso por encima del charco, y descubro una serie de huellas de sangre que llevan directo hacia la otra estancia de la casa. Las huellas parecen ser de una persona, lo que me confirma la posibilidad de que Jack, o tal vez su padre, pueden estar heridos. Contin¨²o siguiendo las pisadas hasta llegar a la puerta de la sala, donde me encuentro con m¨¢s manchas de sangre sobre el marco, como si la v¨ªctima hubiera estado desangr¨¢ndose y se apoyara sobre la puerta. La preocupaci¨®n y el miedo que me inundan, son cada vez mayores mientras camino siguiendo las manchas. Las pistas me llevan directo hacia la escalera. Ya casi no puedo ver el camino que siguen mis pies. La oscuridad es tan grande, que me guio solo por mi conocimiento del interior de la casa. Subo cada escal¨®n, temeroso, imaginando miles de ca¨®ticas posibilidades sobre lo que me encontrar¨¦ en el piso de arriba. El chirrido de unas bisagras me sorprende de repente, seguido del golpe caracter¨ªstico de una puerta que se cierra con fuerza¡­ Casi doy un salto del susto. La puerta de la entrada acaba de cerrarse, pero no le doy mucha importancia. Sigo subiendo la escalera. La vida de mi mejor amigo puede estar en peligro. La planta alta tambi¨¦n est¨¢ sumida en las sombras, apenas si puedo distinguir las tenues huellas que sigo. Las paredes del estrecho pasillo se encuentran muy deterioradas, como si hubieran soportado cien a?os de abandono en tan solo un d¨ªa. Unos pocos pasos m¨¢s para alcanzar la puerta de la habitaci¨®n de Jack, la cual descubro cerrada. Me acerco sigiloso, pero asustado, con las manos todav¨ªa temblorosas y el pulso agitado. ¡ªJack ¡ªdigo en voz baja¡ª. ?Est¨¢s ah¨ª dentro? ¡ªNadie contesta. Tiene que estar en esta habitaci¨®n. Al menos el rastro termina aqu¨ª, pero no se oye ni un ruido. Decidido, giro la perilla de la puerta y la abro de un golpe. Lo que m¨¢s me tem¨ªa se manifiesta ante mis ojos. El cad¨¢ver de mi amigo yace tendido boca arriba sobre la cama. Me tapo la boca con las manos de la angustia. Puedo sentir las primeras l¨¢grimas que me caen por las mejillas. Me acerco como puedo para verlo mejor, y descubro el cuerpo de Tatius en el piso, junto a la cama. Ambos presentan varias heridas punzantes en el pecho, y cortes profundos en el cuello, de punta a punta. Unas manchas negras en la piel, sobre todo en la cara, llaman mi atenci¨®n. Las cuencas de sus ojos est¨¢n completamente ennegrecidas, como si estuvieran pudri¨¦ndose. No se me ocurre qu¨¦ o qui¨¦n puede haber causado eso, no parecen cad¨¢veres normales. Es como si hubieran estado en descomposici¨®n desde hace varios d¨ªas. Pero no tiene sentido, apenas ayer estuve con Jack y su padre, ayud¨¢ndolos a remendar unas redes de pesca. De tratarse de un asesinato, no me explico qui¨¦n pudo ser capaz de cometer semejante atrocidad. Ambos siempre fueron muy queridos y respetados en la aldea. Tengo que salir de aqu¨ª y avisarle a mi padre. Ya no hay nada que pueda hacer por ellos. ¡ªAdi¨®s, amigo ¡ªmurmuro, sollozante. En el instante que me doy vuelta, algo pasa junto a m¨ª, como una corriente de aire muy fr¨ªa. La puerta de la habitaci¨®n se cierra de golpe. Frente a mis ojos, se manifiesta un rostro espectral. El miedo me paraliza por completo. Siento en ese instante una mano, m¨¢s como una garra que me sujeta por el cuello y me arrastra hasta la pared del fondo. La extra?a fuerza invisible comienza a levantarme de a poco. Me estrangula. El aire se escapa lentamente de mi cuerpo. Entonces el rostro desaparece, no puedo ver a nadie, solo siento como me asfixio lentamente sin poder defenderme. ?C¨®mo luchar contra algo que no puedo ver? Giro la cabeza a un costado, en un acto desesperado por encontrar una salida. Veo lo que puede convertirse en mi ¨²nica oportunidad de sobrevivir. La ventana de la habitaci¨®n est¨¢ a mi alcance. Si tan solo lograra abrirla, quiz¨¢s la luz del sol me sirva para ver a mi atacante. Extiendo la mano, mientras el aire de los pulmones se me escapa cada vez m¨¢s, tratando de encontrar alg¨²n punto de apoyo para mis pies. Pero es in¨²til, no consigo nada. Hago un segundo intento, pero esta vez con mi pierna derecha. Logro darle un golpe a la perilla de madera de la ventana, pero no es suficiente para abrirla. Ya casi no me quedan fuerzas. No debo darme por vencido, no puedo morir as¨ª. Comienzo a sentir la cabeza hinchada, como si toda la sangre de mi cuerpo se concentrara en un solo lugar. La vista se me nubla. Re¨²no toda cuanta fuerza me queda, y lanzo una segunda patada. La perilla se rompe en pedazos y la ventana se abre. Los dorados rayos de luz, entran por el peque?o marco e iluminan todo el cuarto. El rostro fantasmal reaparece frente a m¨ª, mucho m¨¢s n¨ªtido que antes, como una calavera podrida, atrapada dentro de una nube de humo negra que se mueve a voluntad, y dos enormes ojos rojos que me observan fijamente. El espectro me libera de sus garras, lanzando un alarido ensordecedor mientras vuela hacia atr¨¢s, cubri¨¦ndose la cara con sus cadav¨¦ricas manos negras. Todo su cuerpo empieza a echar humo. Sus alaridos son cada vez m¨¢s fuertes, tanto que me perforan los o¨ªdos. Entonces se incendia. El fuego lo devora en un parpadeo hasta desaparecer por completo, dejando una peque?a pila de cenizas. Caigo al piso, agotado, con una tos muy fuerte y luchando por respirar con normalidad. Bastante mareado y con la vista nublada. Me desplomo contra el suelo. De a poco voy perdiendo noci¨®n de lo que me rodea, hasta que todo se convierte en tinieblas. Me desmayo. ¡ª?Es un asesino! ?Lo llevaremos al calabozo donde pertenece! ¡ª?No sabemos lo que pas¨® ah¨ª dentro, Marcus! ?Los cuerpos no parec¨ªan normales! ¡ª?Si yo te cortara el cuello y te diera quince pu?aladas, tampoco parecer¨ªas normal! ¡ª?Me refer¨ªa a las manchas en la piel! ?Parec¨ªa como si llevaran varios d¨ªas muertos! ¡ª?Esas son ideas tuyas! ?Est¨¢ claro que este mocoso es el responsable! ¡ªY entonces¡­ ?Por qu¨¦ estaba tirado en el suelo, desmayado? Si t¨² mataras a alguien, saldr¨ªas corriendo, no te quedar¨ªas en la escena del crimen a descansar. Ambas voces se oyen lejanas, como un eco. Veo reflejos de luz por todos lados. Dos hombres envueltos en armaduras brillantes cabalgan a un lado. Me siento liviano, como si volara. Veo un techo de madera y barrotes a los costados. Intento levantarme, pero ni siquiera puedo moverme, algo me sujeta con fuerza. Escucho susurros lejanos que no alcanzo a descifrar. Todo es muy confuso. Uno de los hombres se da vuelta y me mira; sus grandes ojos se tornan de un rojo fuego intenso, y su rostro se envuelve en sombras, al mismo tiempo que se le dibuja una sonrisa macabra. Se me viene a la mente la imagen del extra?o ser que me atac¨®. Mis ojos se cierran nuevamente, y vuelvo a desmayarme. El sonido de una gotera en el techo me despierta. Miro a mi alrededor para tratar de encontrar alg¨²n indicio de d¨®nde me encuentro, pero solo alcanzo a ver las paredes de roca, y los gruesos barrotes de esta estrecha y oscura celda. Las antorchas clavadas en la pared son mi ¨²nica fuente de luz. Un intenso olor a comida caliente asalta mi nariz. A mi lado hay un taz¨®n de madera, repleto de una sopa de verduras bastante apetitosa, junto a un peque?o trozo de pan. No debe haber pasado mucho tiempo desde que me trajeron aqu¨ª. El est¨®mago me ruge del hambre. Me agacho para recoger el taz¨®n, y me siento sobre el catre de madera para empezar a comer. No me tardo mucho en devorar la comida. Luego de unos momentos, escucho pasos. Veo una luz que se acerca por el fondo de la cueva. Aparecen dos guardias que se dirigen directo hacia m¨ª. Alcanzo a ver la insignia plateada de un sauce sobre sus armaduras. Me alivia saber que a¨²n me encuentro en Lago Viejo, a pesar de estar en el calabozo. Los soldados se acercan, y puedo sentir el desprecio en sus miradas cuando llegan a mi celda. ¡ª?El comandante quiere verte! ¡ªdice uno, alumbr¨¢ndome con una antorcha de mano mientras abre la reja de mi celda. La luz del fuego alcanza su rostro, revelando a un hombre joven mal afeitado, con una nariz ancha y ojos peque?os. Se me vienen varias preguntas a la cabeza en un instante. ?Por qu¨¦ estoy en prisi¨®n? ?Acaso me acusan por la muerte de Jack y Tatius? Nada de eso tiene sentido. Jack era mi mejor amigo y nunca se me hubiera ocurrido hacerle da?o. A pesar de esas tantas intrigas, decido no pronunciar palabra alguna. Seguir¨¦ la corriente por ahora. Tal vez pueda razonar con el comandante y explicarle la verdad, incluso conociendo las barbaridades que se dicen de ¨¦l. Luego de abrir la reja, el guardia se hace a un lado para indicarme que salga. Le hago caso para no provocarlo. Al pasar junto a ¨¦l, me lanza una mirada de desprecio y asco que me deja perplejo, como si estuviera liberando al asesino m¨¢s buscado del mundo. ¡ª?Camina! ¡ªme ladra, empuj¨¢ndome con descaro. El otro guardia me transmite el mismo trato descort¨¦s con sus peque?os ojos. Atravieso el t¨²nel h¨²medo del calabozo, con mis dos guardaespaldas detr¨¢s. No puedo evitar notar la cantidad de celdas vac¨ªas que hay a mi alrededor. No me explico para qu¨¦ son necesarias tantas en una aldea tan tranquila. No veo al viejo Eudes encerrado por aqu¨ª. Despu¨¦s de lo que pas¨® en el mercado, ser¨ªa l¨®gico encontrarlo en una de estas celdas. Pero no est¨¢. No s¨¦ si alegrarme o sentir pena. El camino se hace m¨¢s largo de lo que parece, hasta que por fin llegamos al final del t¨²nel. Una escalera de piedra aguarda para llevarnos a la superficie. Instantes despu¨¦s, me encuentro en el centro del cuartel de la milicia de Lago Viejo. Uno de los soldados me toma del brazo, fren¨¢ndome de golpe. Saca un gran manojo de llaves que lleva colgadas del cintur¨®n y abre la puerta. Del otro lado, me encuentro con una sala que aparenta ser la armer¨ªa. La poca luz que entra por las comisuras del techo de paja, se refleja sobre el metal de la gran colecci¨®n de espadas y lanzas bien acomodadas en la pared. Parecen estar preparados para una guerra. Continuamos en silencio hasta la siguiente estancia del cuartel, donde me espera un hombre alto, de pelo corto y dorado, portando con elegancia una armadura plateada que reconozco enseguida. Es la misma que estaba fabricando el herrero cuando fui a verlo en la ma?ana, solo que ahora est¨¢ terminada. Me siento aliviado al pensar que pudo completar su trabajo sin problemas. Parece que el comandante no lo castig¨® como se esperaba. Las hombreras llenas de picos encorvados, le dan una apariencia un tanto aterradora, y los detalles en las terminaciones de la coraza, dan cuenta del trabajo artesanal del herrero. La imagen del gran sauce blanco tallada sobre el centro del peto es la prueba. Colgada del talabarte, en su vaina, la gran espada del comandante me deslumbra. El pomo est¨¢ adornado con la cabeza de un ¨¢guila blanca tallada. El largo del mango, hace que la espada sobresalga por encima de su cintura, golpeando contra la coraza cada vez que se mueve. La enorme hoja, debe tener al menos cuatro pies de largo, y ancha como una mano adulta. Junto a ¨¦l, sobre la mesa, hay un yelmo plateado y brillante con dos alas talladas que salen hacia atr¨¢s. Toda una verdadera obra de arte. Los guardias mudos me arrastran hasta una silla y me sientan a la fuerza. Luego salen del cuartel, cerrando la puerta de un golpe tras ellos. Rendel se voltea hacia m¨ª, arroj¨¢ndome una mirada seria con sus grandes ojos verdes. ¡ªAs¨ª que, t¨² eres Alex ¡ªme dice con una voz suave y clara, colocando una silla frente a m¨ª para sentarme. La punta de su larga espada se clava en la madera del piso.