《luna de queso [Spanish]》 cap铆tulo i, 茅rase una vez La fantas¨ªa no es s¨®lo un g¨¦nero literario, es un idioma universal para aquellos que se atreven a so?ar despiertos. Es el susurro de los vientos que arrastran antiguas historias, la voz de los ¨¢rboles cuyas ra¨ªces tocan los confines del tiempo. Habla en lenguas que nunca hemos escuchado, pero que siempre hemos entendido. Sus palabras se deslizan por el aire, dibujando paisajes invisibles donde los l¨ªmites se desdibujan en el horizonte. Justo en el coraz¨®n de esta, la imaginaci¨®n hace de br¨²jula que gu¨ªa a quienes se atreven a adentrarse en sus vastos territorios. Los so?adores son los exploradores de estos mundos, caminando por senderos invisibles donde cada paso es una nueva p¨¢gina que se escribe sola. En este idioma no existen barreras, ni tiempo ni espacio; es el lugar donde los castillos flotan sobre las nubes, los oc¨¦anos esconden imperios olvidados, las monta?as guardan los secretos de dioses y gigantes y los dragones vuelan sobre cielos rojizos. La fantas¨ªa es tambi¨¦n un refugio para las almas que cargan con el peso de una realidad demasiado r¨ªgida. Para aquellos cuyas esperanzas se han visto apagadas, es una puerta abierta hacia la posibilidad infinita. En sus historias, encuentran consuelo, un pedazo de cielo donde pueden imaginar lo que podr¨ªa ser, lo que deber¨ªa ser. La realidad se transforma en un lienzo en blanco, y con la fantas¨ªa como pincel, los so?adores pintan futuros diferentes, mundos mejores, y, sobre todo, un lugar donde todo es posible. Donde el amor imposible entre un simple guerrero mortal y una hechicera todopoderosa; cuenta la historia de un ni?o que descubre que su sombra puede cobrar vida y llevarlo a un reino escondido; susurra las epopeyas de un barco que navega sobre mares de nubes apagadas buscando el arcoiris. La fantas¨ªa es, en ¨²ltima instancia, la promesa de que la magia existe. No la magia de los hechizos y los conjuros, sino la magia de la imaginaci¨®n, de los sue?os que nos empujan a lo imposible, a descubrir, a so?ar ser algo m¨¢s de lo que somos. Y nuestro protagonista so?aba a lo grande. Desde peque?o, Arturo hab¨ªa comprendido que la fantas¨ªa no era solo un refugio, sino una forma de vida. Cada noche, cuando el mundo parec¨ªa reducirse al silencio y las luces se apagaban una a una en las ventanas del vecindario, ¨¦l se convert¨ªa en un narrador. Sentado al borde de la cama de su hermana Mar¨ªa, su ¨²nica audiencia y la m¨¢s exigente, inventaba historias que brotaban de su imaginaci¨®n como fuentes inagotables. La ni?a, con los ojos brillantes, ped¨ªa historias. Pero no cualquiera bastaba, Mar¨ªa ten¨ªa un gusto peculiar, casi caprichoso, que siempre lo empujaba al l¨ªmite de su creatividad. ¡ª?Qu¨¦ tal un reino donde nadie quiere ser rey? ¡ªle dec¨ªa mientras entrelazaba los dedos sobre las mantas¡ª. ?O un camino que no conduce a ning¨²n sitio? Arturo, con un l¨¢piz invisible en la mente, comenzaba a trazar un mundo donde ellos dos pudieran so?arlo todo. ¨¦l era, por naturaleza, un amante de las f¨®rmulas y los algoritmos. Cre¨ªa en la estructura, en los finales bien definidos y en los personajes que se comportaban de manera coherente. Para ¨¦l, las historias eran puzzles, y cada pieza ten¨ªa su lugar. En cambio Mar¨ªa quer¨ªa historias extravagantes que te hicieran cuestionarlo todo. Ella viv¨ªa para los riesgos, para los giros inesperados que romp¨ªan las reglas y dejaban a los lectores boquiabiertos. Esa mezcla, entre la audacia de Mar¨ªa y el rigor de Arturo, fue lo que lo hizo destacar en sus estudios fil¨®logos. Aunque muchos no lograban entender del todo sus propuestas, nadie pod¨ªa negar que eran diferentes, ¨²nicas y capaces de desafiar los c¨¢nones establecidos sin abandonarlos del todo. Sin embargo, como en todo grupo de artistas, la paz termin¨® por desvanecerse. En este caso, a causa de una enfermedad repentina y terminal que, aunque Arturo evitaba mencionar en alto su nombre, no hizo menos real el deterioro de su hermana. ¡ª?Ya te vas? La luz del mediod¨ªa se filtraba por las cortinas de la habitaci¨®n del hospital, ba?ando el espacio en tonos c¨¢lidos. Sobre la mesita de noche, un vaso de agua y una caja de medicamentos compart¨ªan espacio con un bloc de notas garabateado. Arturo asinti¨®¡ª. S¨ª, quiero llegar temprano ¡ªse puso la mochila colgando de un hombro y se coloc¨® frente a su hermana, subconscientemente pidiendo ¨¢nimos¡ª. Estoy un poco nervioso. Mar¨ªa dej¨® el libro que estaba leyendo a un lado y lo mir¨® con un dejo de arrepentimiento. ¡ªOjal¨¢ pudiera haber ayudado m¨¢s. Ya sabes, revisar los cap¨ªtulos, darte ideas... Siempre hemos hecho esas cosas juntos. Arturo neg¨® r¨¢pidamente, tomando una de sus manos entre las suyas. ¡ªNo digas eso, Mar¨ªa. No ten¨ªas por qu¨¦ ayudarme con esto. Adem¨¢s, t¨² me has dado m¨¢s de lo que crees. Ella arque¨® una ceja, incr¨¦dula. ¡ª?Ah, s¨ª? ?Qu¨¦, exactamente? Porque todo lo que he hecho ¨²ltimamente es ser un mueble decorativo. Arturo ri¨® tristemente, claramente desanimado de la tan poco oportuna comparaci¨®n. ¡ªNo seas tonta, cada palabra de este trabajo tiene un pedazo tuyo. Las historias que invent¨¢bamos, las charlas sobre los libros que le¨ªamos juntos... T¨² eres la raz¨®n por la que amo la fantas¨ªa. Si estoy haciendo este trabajo, es porque t¨² me inspiraste a escribir. El rostro de Mar¨ªa se suaviz¨®, y una leve sonrisa se dibuj¨® en sus labios. ¡ªBueno, cuando lo pones as¨ª... ¡ªsu tono segu¨ªa siendo de broma, pero Arturo pudo ver la emoci¨®n asom¨¢ndose en sus ojos¡ª. Espero que te vaya bien. Aunque, no voy a mentir, me hubiera encantado meterle mano a ese manuscrito y darte unas cuantas opiniones. ¡ªMe habr¨ªas destrozado con tus cr¨ªticas ¡ªbrome¨®, inclin¨¢ndose para darle un beso en la frente¡ª. Pero esto tiene que ser algo que me gane yo solo. T¨² tienes que concentrarte en ponerte mejor. Lo dem¨¢s, d¨¦jamelo a m¨ª. Arturo se apart¨® de la frente de Mar¨ªa justo cuando su padre, un hombre de rostro severo pero mirada c¨¢lida, apareci¨® en la puerta del cuarto. Su porte, ligeramente encorvado por el cansancio de d¨ªas dif¨ªciles, se ilumin¨® al ver a sus hijos. ¡ª?Todo bien aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® en voz baja, aunque su pregunta parec¨ªa dirigida exclusivamente a Mar¨ªa. ¡ªTodo perfecto ¡ªrespondi¨®, haciendo un adem¨¢n con la mano como si quisiera espantar cualquier preocupaci¨®n. Arturo dio un paso atr¨¢s, sabiendo que era su se?al para salir. ¡ªVoy al comedor ¡ªanunci¨® el joven¡ª. Mam¨¢ est¨¢ ah¨ª, ?verdad? ¡ªS¨ª ¡ªdijo su padre, cruzando la habitaci¨®n para sentarse junto a Mar¨ªa¡ª. La encontrar¨¢s con su caf¨¦, como siempre. Mar¨ªa hizo una mueca juguetona. ¡ªNo dejes que te ponga demasiada presi¨®n, ?eh? Sabes c¨®mo es cuando empieza con los discursos motivacionales. Arturo sonri¨® antes de salir. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, Arturo no pudo evitar sentir el peso de la despedida que estaba por venir. Aunque irse a la universidad era parte de su rutina, cada vez que sal¨ªa del hospital sent¨ªa una punzada de culpabilidad, como si los minutos lejos de Mar¨ªa fueran un desperdicio irremediable. Lleg¨® al comedor y, como hab¨ªa predicho su padre, encontr¨® a su madre sentada cerca de la ventana, con una taza de caf¨¦ entre las manos. Miraba hacia afuera, pero sus pensamientos claramente estaban lejos de aquel paisaje. ¡ª?Mam¨¢? Ella gir¨® la cabeza al escuchar su voz, y su expresi¨®n se suaviz¨® al verlo. ¡ªAh, hijo. ?Te vas ya? Arturo asinti¨® mientras se sentaba frente a ella. ¡ªS¨ª, el tutor me tiene que decir lo que piensa de mi TFG pero no tardar¨¦ mucho. Volver¨¦ pronto. Su madre lo observ¨® con una mezcla de orgullo y preocupaci¨®n. ¡ªEst¨¢s haciendo demasiados esfuerzos por nosotros, Arturo. Por Mar¨ªa¡­ ¡ªNo empieces, mam¨¢. S¨®lo hago lo que debo ¡ªla interrumpi¨® suavemente, colocando una mano sobre la de ella¡ª. Y eso incluye aprobar este trabajo. ¡ªSabes que ella est¨¢ muy orgullosa de ti, ?verdad? Independientemente de la nota. Arturo sonri¨® d¨¦bilmente, aunque su pecho se contrajo por las palabras. ¡ªEso espero, mam¨¢. Pero m¨¢s importante, quiero que est¨¦ bien. ¡ªLo estar¨¢ ¡ªdijo su madre, apretando su mano antes de soltarla para arreglarle un mech¨®n rebelde del cabello, como si a¨²n fuera un ni?o peque?o¡ª. Pero t¨² tambi¨¦n tienes que estar bien. Se levant¨® de la mesa, inclin¨¢ndose para darle un beso en la mejilla a su madre de despedida antes de dirigirse hacia la salida. Mientras caminaba hacia la puerta, se oblig¨® a s¨ª mismo a no mirar atr¨¢s. Sab¨ªa que si lo hac¨ªa, ser¨ªa a¨²n m¨¢s dif¨ªcil dejar ese lugar y la carga emocional que lo manten¨ªa atado a su familia. ¡ªDale recuerdos al tutor, si es que te deja hablar ¡ªbrome¨® su madre a lo lejos, intentando aliviar la tensi¨®n mal disimulada de Arturo con un comentario ligero. Camin¨® hacia la estaci¨®n, escuchando el crujir de la grava bajo sus zapatos, un sonido mon¨®tono que acompa?aba los pensamientos que se arremolinaban en su mente. No era solo un trabajo de fin de grado lo que llevaba consigo; era una carrera contra el tiempo, un intento desesperado de capturar algo m¨¢s grande que un t¨ªtulo universitario. Hab¨ªa trabajado fren¨¦ticamente durante meses, d¨ªas enteros borrados por el teclado y noches interminables frente a una pantalla. Cada palabra, cada p¨¢gina, cada cap¨ªtulo era un acto de resistencia contra el reloj. Arturo sab¨ªa que el tiempo no estaba de su lado. La salud de Mar¨ªa se deterioraba d¨ªa a d¨ªa, y lo ¨²nico que deseaba era entregarle el libro en f¨ªsico, verla pasar las manos sobre la portada, quiz¨¢s esbozar esa sonrisa que siempre ten¨ªa cuando algo la emocionaba. El TFG no era solo una obligaci¨®n acad¨¦mica; era un homenaje. Un tributo a los cuentos que los hab¨ªan unido desde siempre, a los universos de dragones y magos que hab¨ªan explorado juntos en los libros de su infancia. Mar¨ªa siempre hab¨ªa sido la so?adora, la que le ense?¨® que las historias pod¨ªan ser m¨¢s grandes que la vida, que pod¨ªan iluminar incluso los momentos m¨¢s oscuros. ¨¦l quer¨ªa devolverle algo de esa luz. Por eso, hab¨ªa estructurado el libro como un caleidoscopio de referencias a todos esos cuentos que tanto le hab¨ªan gustado a Mar¨ªa. Hab¨ªa castillos encantados y bosques oscuros, h¨¦roes improbables y criaturas que desafiaban las reglas de lo posible. Arturo se detuvo en un sem¨¢foro, esperando a que el cruce se despejara. Una brisa fresca le sacudi¨® el cabello, pero apenas lo not¨®. En su cabeza, repasaba las escenas del libro una vez m¨¢s. Sab¨ªa que no era perfecto, que hab¨ªa errores y quiz¨¢s demasiados clich¨¦s. Pero tambi¨¦n sab¨ªa que era suyo. Y lo era de Mar¨ªa. Cuando lleg¨® a la estaci¨®n, busc¨® un asiento vac¨ªo en el and¨¦n y se dej¨® caer. Sac¨® el manuscrito de la mochila y lo sostuvo en las manos. Sus dedos trazaron la portada improvisada que hab¨ªa impreso con un t¨ªtulo provisional: Encantia. Aunque era consciente de sus defectos, hab¨ªa algo en ese libro que lo hac¨ªa sentir orgulloso. Porque, m¨¢s all¨¢ de las palabras, conten¨ªa su coraz¨®n.Support the creativity of authors by visiting Royal Road for this novel and more. Con un ¨²ltimo suspiro, subi¨® al tren, decidido a enfrentarse a lo que sea que dicte el juicio de su tutor. ¡ªArturo, lamento dec¨ªrtelo, pero no puedo aprobar esto. El joven parpade¨®, confuso. Hab¨ªa venido preparado para recibir cr¨ªticas, incluso para tener que hacer modificaciones, pero un rechazo directo lo tom¨® por sorpresa. ¡ª?C¨®mo que no? ¡ªrepiti¨®, inclin¨¢ndose hacia adelante. Don Juan lo mir¨®, cruzando las manos sobre la mesa. ¡ª?Puedo preguntarte algo? ?Por qu¨¦ no seguiste mis consejos? Arturo frunci¨® el ce?o, tratando de recordar cada detalle de las reuniones con su tutor. ¡ªPens¨¦ que... una vez que leyera la propuesta al completo, cambiar¨ªa de parecer sobre mi enfoque. Don Juan neg¨® lentamente con la cabeza¡ª. Ya ves que no. El silencio llen¨® la sala por unos segundos. Arturo sent¨ªa que el aire se volv¨ªa m¨¢s denso. Finalmente, se arm¨® de valor y pregunt¨®: ¡ª?Qu¨¦ tiene de malo mi trabajo? He utilizado al pie de la letra todas las t¨¦cnicas que funcionan en el g¨¦nero fant¨¢stico. Don Juan esboz¨® una media sonrisa, no de burla, sino de algo que parec¨ªa m¨¢s cercano a la compasi¨®n. ¡ªEse es justamente el problema, Arturo. Tu trabajo es... funcional, pero no tiene alma. Parece un popurr¨ª de los libros m¨¢s populares de fantas¨ªa. Es como si hubieras seguido una receta exacta, sin atreverte a a?adir un ingrediente propio. ¡ªPero la fantas¨ªa es as¨ª ¡ªse apresur¨® a decir¡ª. Hay patrones, arquetipos... es lo que la gente quiere. ¡ªNo, Arturo ¡ªreplic¨® Don Juan con suavidad, inclin¨¢ndose un poco hacia ¨¦l¡ª. Es lo que t¨² quieres. En tu historia, todo sucede exactamente como deber¨ªa. No hay riesgo. No hay vida. Esa ¨²ltima palabra lo golpe¨® con fuerza. Vida. Inmediatamente, la imagen de Mar¨ªa inund¨® su mente. Su hermana, en la cama del hospital, luchando contra algo que no entend¨ªa y que, a diferencia de su historia, no segu¨ªa un gui¨®n predecible. Don Juan pareci¨® notar su distracci¨®n, porque su tono cambi¨® a uno m¨¢s suave. ¡ª?C¨®mo est¨¢ tu hermana? Arturo baj¨® la vista hacia el manuscrito, evitando la mirada de su tutor. Con un movimiento casi mec¨¢nico, empez¨® a recoger sus cosas. ¡ªPeor ¡ªdijo finalmente, la voz baja¡ª. Lo malo de una enfermedad terminal... pero ah¨ª va, aguantando. La sinceridad en su tono dej¨® a don Juan sin palabras durante un momento. El profesor asinti¨® lentamente, d¨¢ndole tiempo para continuar, pero cuando Arturo se qued¨® en silencio. Finalmente, Don Juan carraspe¨® y dijo: ¡ªNo quiero que pienses que estoy insinuando que Mar¨ªa deber¨ªa hacer el trabajo por ti, pero... ?se lo has mostrado? Arturo apret¨® los labios. ¡ªNo. Mar¨ªa tiene que descansar. Adem¨¢s... esto es algo que me tengo que ganar yo mismo. Don Juan lo observ¨® por un momento antes de asentir. ¡ªS¨ª, eso lo entiendo ¡ªconcedi¨®¡ª. Pero escribir no es solo una cuesti¨®n de t¨¦cnica. No es cuesti¨®n de ¡°gan¨¢rtelo¡± como si fuera una ecuaci¨®n a resolver. La escritura es un reflejo de qui¨¦n eres, de lo que te duele, de lo que te mueve. Y ahora mismo, Arturo, tu historia no tiene nada de ti. El joven trag¨® saliva. ¡ª?Y qu¨¦ se supone que haga? ¡ªEmpieza pregunt¨¢ndote por qu¨¦ escribes esta historia. Arturo abri¨® la boca, pero ninguna respuesta le pareci¨® suficiente. ?Por qu¨¦ la escrib¨ªa? Porque quer¨ªa terminar el TFG. Porque necesitaba aprobar. Porque le gustaba la fantas¨ªa. Pero ninguna de esas respuestas le resultaba suficiente. ¡ªPi¨¦nsalo ¡ªcontinu¨® Don Juan¡ª. ?Por qu¨¦ esta historia y no otra? ?Por qu¨¦ Encantia? ?Por qu¨¦ estos personajes? Encantia. Un mundo de reinos m¨¢gicos, de profec¨ªas, de h¨¦roes que se enfrentaban a fuerzas oscuras. Un mundo que hab¨ªa construido poco a poco, pero que ahora, tras escuchar las palabras de su tutor, le parec¨ªa vac¨ªo. Y entonces, casi sin quererlo, su mente viaj¨® atr¨¢s en el tiempo. A las tardes en el sof¨¢ con Mar¨ªa, devorando libros bajo la tenue luz de la l¨¢mpara. A las conversaciones sobre qu¨¦ finales habr¨ªan sido mejores, sobre qu¨¦ har¨ªan si alg¨²n d¨ªa pudieran crear su propia historia. A los juegos en los que, de ni?os, cerraban los ojos e imaginaban un mundo diferente. Las preguntas absurdas que se hac¨ªan el uno al otro. ¡ª?Y si el oc¨¦ano fuera un espejo de otro mundo? ¡ª?Y si las estrellas fueran los ojos de los dioses? ¡ª?Y si alguien pudiera ver el destino escrito en las hojas de los ¨¢rboles? Encantia no era solo una historia. Era su historia. Era la historia que Mar¨ªa y ¨¦l hab¨ªan construido sin darse cuenta a lo largo de los a?os. ¡ªCreo que ya tienes algo en lo que trabajar ¡ªdijo Don Juan, su voz m¨¢s suave ahora. Arturo asinti¨® lentamente, pero no dijo nada. Se despidi¨® con una mueca de agradecimiento y sali¨® del despacho, sintiendo que su cabeza era un torbellino. No quer¨ªa volver a casa. No todav¨ªa. No soportaba la idea de sentarse a cenar con sus padres, de ver la mirada expectante de su madre, de escuchar a su padre preguntarle c¨®mo iba el trabajo. Porque tendr¨ªa que decirles la verdad. Que no lo hab¨ªa aprobado. Que no ten¨ªa respuestas. Que sin Mar¨ªa, se sent¨ªa completamente perdido. As¨ª que, en lugar de tomar el camino de vuelta, gir¨® en direcci¨®n contraria y se dirigi¨® a la biblioteca p¨²blica. El edificio se alzaba como una reliquia entre las estructuras modernas de la ciudad, una joya arquitect¨®nica que parec¨ªa sacada de un cuento antiguo. Las altas columnas de m¨¢rmol en la entrada reflejaban el sol del mediod¨ªa, y los vitrales de las ventanas, decorados con motivos de libros abiertos y plumas, proyectaban sombras multicolores en el suelo de piedra pulida. El aire ol¨ªa a una mezcla de papel envejecido y madera barnizada, un aroma que Arturo encontr¨® reconfortante y ligeramente melanc¨®lico. Dentro, el techo abovedado parec¨ªa una catedral dedicada al saber. L¨¢mparas colgantes con dise?os de filigrana dorada iluminaban los pasillos en tonos c¨¢lidos. Las estanter¨ªas, de madera oscura y desgastada por el tiempo, se alineaban con precisi¨®n militar, alcanzando alturas vertiginosas. Cada pasillo parec¨ªa contener siglos de conocimiento y, al mismo tiempo, un silencio casi sagrado. Las sillas y mesas de lectura estaban cuidadosamente dispuestas, cada una con su l¨¢mpara individual que emit¨ªa una luz tenue, invitando a la concentraci¨®n. Arturo eligi¨® una silla en una esquina menos transitada, frente a una ventana desde donde se ve¨ªa un peque?o jard¨ªn interior lleno de plantas trepadoras y una fuente de piedra que emit¨ªa un suave gorgoteo. Dej¨® caer su mochila al suelo y, con un suspiro, sac¨® su port¨¢til. Lo encendi¨®, y en la pantalla apareci¨® el t¨ªtulo familiar: "Encantia (Manuscrito)". Arturo movi¨® el cursor lentamente, casi con pesar, hasta el t¨ªtulo, lo seleccion¨® y lo renombr¨®: "Encantia (borrador 12)." Al presionar "Enter," sinti¨® una mezcla de cansancio y derrota. Se recost¨® en la silla, observando la pantalla con los ojos enrojecidos. Hab¨ªa pasado tantas horas, tantos d¨ªas corrigiendo su trabajo que su propia creaci¨®n le parec¨ªa ahora una serie interminable de palabras sin alma. Encantia, el reino fant¨¢stico que hab¨ªa ideado con tanto cari?o, se sent¨ªa cada vez menos vivo, menos suyo. "?Qu¨¦ estoy haciendo mal?" murmur¨® para s¨ª mismo, su voz apenas un susurro que se perdi¨® entre los ecos lejanos del espacio cavernoso de la biblioteca. La primera l¨¢grima cay¨® sin aviso, seguida de otra, y pronto Arturo estaba llorando en silencio, con las manos cubri¨¦ndose el rostro. Sent¨ªa que su esfuerzo era in¨²til, que su trabajo estaba condenado al fracaso. Los recuerdos de su tutor rechaz¨¢ndolo y la imagen de Mar¨ªa en su cama, cada vez m¨¢s d¨¦bil, se mezclaban en su mente, creando un nudo de emociones que no pod¨ªa deshacer. Despu¨¦s de unos minutos, Arturo tom¨® una respiraci¨®n temblorosa y se limpi¨® los ojos con la manga de su sudadera. Su mirada cay¨® de nuevo sobre la pantalla del port¨¢til, donde las palabras del borrador lo observaban como un desaf¨ªo. Pas¨® d¨ªas refugiado en la biblioteca, el lugar que hab¨ªa elegido como su escondite y santuario. Cada jornada era un intento de luchar contra el peso de las palabras de don Juan: "Funcional, pero sin alma." Esas cuatro palabras martilleaban su mente con una insistencia cruel, desdibujando incluso los recuerdos de lo que le hab¨ªa impulsado a escribir su libro en primer lugar. Hab¨ªa mentido a su familia. Cuando su madre le pregunt¨® aquella noche c¨®mo le hab¨ªa ido con el tutor, Arturo dibuj¨® una sonrisa falsa y respondi¨®: ¡ªLe ha gustado, solo quiere que lo revise la junta antes de dar el visto bueno. Su padre, satisfecho, le ofreci¨® un aplauso, y su madre le abraz¨® con orgullo. Mar¨ªa, desde su cama, hab¨ªa sonre¨ªdo con esa dulzura que siempre lo desarmaba. El peso de su mentira lo aplast¨®, pero no pod¨ªa permitirse decepcionarlos. No mientras Mar¨ªa segu¨ªa luchando contra algo m¨¢s grande que un libro. Esa noche, Arturo decidi¨® probar el primer m¨¦todo que hab¨ªa le¨ªdo en un art¨ªculo sobre escritura creativa: el m¨¦todo de los sue?os. Se asegurar¨ªa de pensar en su historia justo antes de dormir, con la esperanza de que su subconsciente le regalara alguna imagen o idea brillante. Prepar¨® un cuaderno y un l¨¢piz al lado de su cama, apag¨® las luces, y cerr¨® los ojos concentr¨¢ndose en Encantia. Visualiz¨® las colinas verdes, los castillos imponentes, los personajes que hab¨ªa creado con tanto esfuerzo. Recorri¨® en su mente el bosque de ¨¢rboles cristalinos y la aldea donde Mar¨ªa, su princesa ficticia, paseaba entre campesinos sonrientes. Pero los sue?os no obedecen deseos conscientes. Cuando se qued¨® dormido, el reino de Encantia no apareci¨®. En su lugar, Arturo se encontr¨® en una sala l¨²gubre, llena de mesas largas y sillas vac¨ªas. Al fondo, estaba don Juan, su tutor, con el manuscrito de "Encantia" entre las manos. Don Juan alz¨® la mirada y con una expresi¨®n de severidad le dijo: ¡ªEsto no es suficiente, y nunca lo ser¨¢. Despert¨® de golpe, jadeando, con el eco de las palabras de su tutor resonando en su mente. Al mirar el cuaderno junto a su cama, sinti¨® un nudo en el est¨®mago. No hab¨ªa nada que anotar salvo la sensaci¨®n de fracaso que lo hab¨ªa despertado. Los d¨ªas siguientes, Arturo intent¨® otros m¨¦todos para desbloquear su creatividad. Prob¨® escribir de manera autom¨¢tica, dejando que las palabras fluyeran sin filtro en una hoja de papel, pero los resultados le parecieron incoherentes y rid¨ªculos. Intent¨® dibujar a sus personajes y sus escenarios, a pesar de que sus habilidades art¨ªsticas eran escasas, pero los trazos toscos solo lo frustraron m¨¢s. Incluso consider¨® escribir bajo los efectos de la privaci¨®n del sue?o, pero r¨¢pidamente abandon¨® la idea al darse cuenta de que apenas pod¨ªa sostener un pensamiento coherente en ese estado. Cada nuevo intento era seguido por un ciclo de desesperaci¨®n, autocr¨ªtica y l¨¢grimas reprimidas en el rinc¨®n m¨¢s apartado de la biblioteca. Cuando su madre le llamaba para preguntarle c¨®mo iba todo, Arturo ment¨ªa con la misma frialdad que empezaba a sentir hacia su propio trabajo. ¡ªVa bien. Estoy revisando detalles menores, pero creo que la junta lo aprobar¨¢. La verdad era que estaba atrapado. No solo en su libro, sino tambi¨¦n en su mentira, en sus propias expectativas y en las de los dem¨¢s. Y lo peor de todo, no pod¨ªa apartar de su mente el rostro de Mar¨ªa, su hermana, a quien tanto deseaba impresionar. Tras el fracaso de los sue?os y la creciente presi¨®n de su mentira, Arturo decidi¨® probar algo m¨¢s radical: primero con la ruleta creativa. Hab¨ªa le¨ªdo sobre ella en un blog de t¨¦cnicas literarias y, aunque parec¨ªa infantil, pens¨® que no ten¨ªa nada que perder. Con un trozo de cart¨®n, un alfiler y una hoja de papel, improvis¨® su ruleta en la mesa de la biblioteca. Dividi¨® el c¨ªrculo en secciones desiguales y escribi¨® categor¨ªas al azar: "g¨¦nero", "escenario", "conflicto", "personaje principal". Gir¨® el puntero, y los resultados fueron una mezcla desconcertante: "horror g¨®tico", "mercado flotante", "traici¨®n de un amigo", y "un mago jubilado". Arturo se qued¨® mirando las palabras, desconcertado pero intrigado. ¡ª?Un mago jubilado en un mercado flotante? ¡ªmurmur¨® para s¨ª mismo, anotando ideas en su libreta. Le dedic¨® unas horas a la idea, pero no pudo evitar pensar que aquello se alejaba demasiado de Encantia. Sin embargo, guard¨® los apuntes; tal vez algo de aquello podr¨ªa inspirarle m¨¢s adelante. El siguiente m¨¦todo que intent¨® fue la lluvia de palabras prohibidas. Arturo eligi¨® t¨¦rminos que consideraba clich¨¦s en la fantas¨ªa: "magia", "destino", "reino", "profec¨ªa". El desaf¨ªo era transmitir las mismas ideas sin recurrir a esas palabras. ¡ªSi no puedo usar "magia", ?qu¨¦ hago?¡ª se pregunt¨®, frustrado. Intent¨® reemplazarla por frases descriptivas como "la fuerza que torc¨ªa la realidad" o "las leyes que no obedec¨ªan la l¨®gica". Aunque algunas descripciones le parecieron ingeniosas, otras eran tan enrevesadas que parec¨ªan parodias de s¨ª mismas. Al final, el ejercicio le ayud¨® a cuestionar sus propias palabras, pero tambi¨¦n le dej¨® claro que sustituir t¨¦rminos no solucionaba el problema central de su libro: no ten¨ªa alma. Desesperado, Arturo se lanz¨® al m¨¦todo de escribir al rev¨¦s. Comenz¨® con la ¨²ltima escena que imaginaba para su libro: los personajes reunidos en una colina, libres de sus roles, con Mar¨ªa como la l¨ªder de una nueva era en Encantia. La escena ten¨ªa fuerza, y Arturo se emocion¨® escribi¨¦ndola, detallando el amanecer sobre el reino y las palabras de Mar¨ªa, que resonaban como un eco de su propia lucha. Pero trabajar hacia atr¨¢s fue una tarea herc¨²lea. Cada evento que inventaba requer¨ªa una justificaci¨®n previa, y Arturo se perd¨ªa en un laberinto de decisiones narrativas que parec¨ªan aleatorias. Tras dos d¨ªas de trabajo, se encontr¨® con m¨¢s preguntas que respuestas. Un d¨ªa, mientras exploraba la secci¨®n de mitolog¨ªa en la biblioteca, Arturo encontr¨® un libro sobre leyendas del sudeste asi¨¢tico. Us¨® esa idea como inspiraci¨®n para un rinc¨®n de Encantia, un lugar ef¨ªmero y m¨ªstico que solo pod¨ªa ser encontrado por aquellos que buscaban algo m¨¢s all¨¢ de sus l¨ªmites. Luego, intent¨® incluir un mensaje oculto en su manuscrito. Decidi¨® que cada cap¨ªtulo empezar¨ªa con una palabra que, al ser le¨ªda en conjunto, formar¨ªa una frase dedicada a Mar¨ªa. Pero r¨¢pidamente se dio cuenta de que este detalle simb¨®lico solo funcionaba si el resto del libro ten¨ªa peso. Por ¨²ltimo, Arturo prob¨® el m¨¦todo m¨¢s audaz: revisitar lo intocable. Reescribi¨® una escena de "El Se?or de los Anillos" desde la perspectiva de Gollum, imagin¨¢ndolo como un h¨¦roe incomprendido que luchaba contra su propia oscuridad. Aunque la escena era potente, Arturo sab¨ªa que no pod¨ªa copiar esa idea directamente en su libro. Sin embargo, el ejercicio le ayud¨® a repensar algunos de sus personajes en Encantia. Tras d¨ªas de experimentos, Arturo se sent¨ªa m¨¢s cansado que nunca. La biblioteca se hab¨ªa convertido en su hogar improvisado, y los rostros de los dem¨¢s estudiantes se mezclaban con los fantasmas de sus personajes y la voz inquebrantable de don Juan. Pero a pesar de su agotamiento, hab¨ªa algo que le impulsaba a seguir. Una noche, despu¨¦s de intentar escribir y borrar una escena por en¨¦sima vez, mir¨® el t¨ªtulo del documento: "Encantia (borrador 12)". El n¨²mero 12 parec¨ªa un s¨ªmbolo de su fracaso. Sin embargo, Arturo lo cambi¨® de nuevo, esta vez con una peque?a sonrisa en los labios: "Encantia (Renacimiento)". cap铆tulo ii, efecto mariposa Las horas en la biblioteca pasaban como un susurro entre las estanter¨ªas. Arturo, con el ce?o fruncido y la mochila medio vac¨ªa a sus pies, exploraba la secci¨®n de literatura y escritura creativa. Las tapas de los libros se confund¨ªan entre t¨ªtulos prometedores y t¨¦cnicas repetitivas que parec¨ªan un eco de las mismas ideas. Sus dedos se deslizaban por los lomos de las obras hasta que uno llam¨® su atenci¨®n. Era un volumen extra?o, encuadernado a mano, con una cubierta de cuero desgastada y letras bordadas en hilo dorado que apenas formaban el t¨ªtulo: El Arte de la Visualizaci¨®n Narrativa. No aparec¨ªa el nombre de una editorial, s¨®lo un diminuto grabado en la esquina inferior: Ana Soler. Intrigado, Arturo lo sac¨® de la estanter¨ªa con cuidado. Al abrirlo, un aroma a papel viejo mezclado con algo ligeramente dulce le golpe¨®, como si el libro hubiera sido guardado entre flores secas. Las p¨¢ginas eran ¨¢speras, llenas de anotaciones hechas a mano, algunas en tinta azul y otras en rojo. El contenido no era convencional. No hab¨ªa esquemas tradicionales ni listas de consejos. En cambio, el libro ofrec¨ªa reflexiones que parec¨ªan cruzar la l¨ªnea entre la t¨¦cnica y la filosof¨ªa. Una p¨¢gina conten¨ªa un p¨¢rrafo que parec¨ªa hablar directamente a ¨¦l: "Las historias no solo se escriben; se sienten, se habitan. Para crear algo verdaderamente aut¨¦ntico, el escritor debe estar dispuesto a entrar en su propio mundo y enfrentarlo desde adentro. Esto no es un simple ejercicio de imaginaci¨®n: es una conexi¨®n, una inmersi¨®n." Arturo pas¨® las p¨¢ginas con creciente inter¨¦s hasta llegar a un cap¨ªtulo titulado La Visualizaci¨®n Narrativa. El texto explicaba que esta t¨¦cnica permit¨ªa al escritor "entrar" en la realidad de su historia, no solo como un observador, sino como un participante activo. La promesa de vivir en Encantia, de experimentar ese mundo de primera mano, lo llen¨® de emoci¨®n y, a la vez, de dudas. ?C¨®mo podr¨ªa ser algo as¨ª posible? Sin pensarlo dos veces, Arturo cerr¨® el libro y se dirigi¨® al mostrador. All¨ª estaba el bibliotecario de siempre, un hombre de cabello blanco y lentes gruesos que parec¨ªan darle un aire de sabidur¨ªa absoluta. ¡ªDisculpe ¡ªdijo Arturo, colocando el libro con cuidado en el mostrador¡ª. Encontr¨¦ este libro en la estanter¨ªa, pero no parece oficial. ?Conoce al autor, A. Soler? El bibliotecario ajust¨® sus lentes, que parec¨ªan a punto de caerse, y tom¨® el libro con manos que parec¨ªan tan viejas como las p¨¢ginas que sosten¨ªa. Lo examin¨® durante unos segundos con una mirada pensativa antes de asentir lentamente. ¡ªA. Soler... No lo conoc¨ªa personalmente, pero ven¨ªa aqu¨ª con frecuencia hace muchos a?os, antes de jubilarse. Se dedicaba a ordenar libros e incluso nos ofrec¨ªa los suyos, pero nunca lo vi en persona. Nos comunic¨¢bamos a trav¨¦s de notas. ¡ª?Sabe d¨®nde puedo encontrarlo? ¡ªpregunt¨® Arturo, tratando de ocultar la ansiedad en su voz. El hombre lo mir¨® con una mezcla de curiosidad y cautela. ¡ªSi mal no recuerdo, me dijo que se retiraba en Magall¨®n, un pueblo al oeste. ¡ª?Magall¨®n? ¡ªrepiti¨® Arturo, el nombre le sonaba vagamente. ¡ªS¨ª. Es un lugar peque?o, con casas antiguas y vistas al valle. Est¨¢ mal que lo diga, pero no tendr¨¢s problema encontr¨¢ndolo si preguntas un poco por ah¨ª. Y vaya que si era peque?o: con poco m¨¢s de 1,000 habitantes, el pueblo se encontraba a unos 45 minutos de la ciudad, pasando por Utebo, la ciudad donde ¨¦l hab¨ªa vivido hasta que comenz¨® la universidad. Por eso le sonaba. Su coche, cubierto de polvo tras kil¨®metros de carreteras secundarias, se detuvo frente a la casa de su infancia. El sol brillaba intensamente, y un aire suave agitaba las hojas de los ¨¢lamos que flanqueaban la entrada. Arturo sali¨® del coche y se qued¨® un momento de pie, observando la fachada familiar. Era como si hubiera retrocedido en el tiempo; las casas segu¨ªan siendo las mismas, con sus fachadas de piedra y los geranios en las ventanas. El viaje representaba una oportunidad para avanzar en su proyecto literario, pero tambi¨¦n como reacci¨®n a las palabras que le hab¨ªa dejado su madre d¨ªas atr¨¢s: ¡°Mar¨ªa quiere estar en casa. Sus ¨²ltimos d¨ªas, nos pidi¨® que los pasara aqu¨ª.¡± Al entrar al jard¨ªn, empuj¨® la puerta de hierro forjado con un chirrido que le record¨® a todas las veces que hab¨ªa entrado corriendo despu¨¦s de la escuela. ¡ª?Arturo! No me dijiste que al final vendr¨ªas ¡ªdijo su madre a lo lejos, con bolsas de la compra. Arturo se apresur¨® en ayudarla, vaciando sus manos para que ¨¦sta pudiera sacar las llaves de su bolso¡ª. Fue una decisi¨®n de ¨²ltimo momento, mam¨¢. Estoy de paso hacia un pueblo cercano. Pens¨¦ que no estar¨ªa mal pasarme por casa primero. Entraron juntos, donde el olor a guiso casero impregnaba el aire. Su padre estaba en la cocina, ingeni¨¢ndosela para hacer la cena. ¡ªMira qui¨¦n ha venido ¡ªcanturre¨® la se?ora Duarte. ¡ªNo planeaba parar, pero ten¨ªa ganas de veros antes de continuar mi viaje ¡ªdijo una vez m¨¢s Arturo, dejando las cosas en la mesa para abrazar a su padre¡ª. Adem¨¢s, siempre es agradable tener una buena comida casera. ¡ª?Viaje? ¡ªpregunt¨® el cocinero, ofreci¨¦ndole un plato que el joven neg¨®¡ª. ?A d¨®nde vas? Arturo se removi¨® inc¨®modo al escuchar la pregunta del cocinero, sintiendo el peso de un tema que a¨²n no hab¨ªa sido capaz de enfrentar. No le hab¨ªa contado a sus padres que el TFG hab¨ªa sido rechazado. Y, francamente, no ten¨ªa idea de c¨®mo hacerlo. ¡ªMa?ana me voy a Magall¨®n, un pueblecito de por aqu¨ª cerca ¡ªsolt¨® r¨¢pidamente, esperando desviar la atenci¨®n. ¡ª?Y eso? Arturo forz¨® una sonrisa, aunque su mente buscaba desesperadamente una excusa que sonara convincente. ¡ªEs una larga historia ¡ªrespondi¨® con un tono despreocupado, quit¨¢ndose la chaqueta y dej¨¢ndola sobre el respaldo de la silla del recibidor¡ª. Estoy trabajando en algo para el proyecto, ya sabes, inspiraci¨®n de campo. Su madre lo mir¨® con una mezcla de inter¨¦s y escepticismo. ¡ªInspiraci¨®n de campo, ?eh? ¡ªS¨ª, claro. A veces hay que salir de la rutina para que las ideas fluyan ¡ªdijo Arturo con m¨¢s confianza de la que sent¨ªa¡ª. ?Y Mar¨ªa? ?Est¨¢ descansando? Su padre asinti¨®, se?alando el pasillo que conduc¨ªa a las habitaciones. ¡ªEst¨¢ en su habitaci¨®n. Hoy estuvo animada, pero se ha cansado despu¨¦s del almuerzo. El joven asinti¨®, agradecido de que la conversaci¨®n no hubiera profundizado m¨¢s. Con paso tranquilo pero ligeramente nervioso, se dirigi¨® por el pasillo hacia la habitaci¨®n de Mar¨ªa. Siempre le daba un vuelco el coraz¨®n al abrir esa puerta, porque nunca sab¨ªa c¨®mo iba a encontrarla: durmiendo profundamente, luchando contra el dolor o, en los mejores d¨ªas, con esa chispa en los ojos que parec¨ªa iluminarlo todo. Tom¨® el pomo de la puerta con suavidad y lo gir¨®, intentando hacer el menor ruido posible. Al entrar, vio que la habitaci¨®n estaba en penumbra, las cortinas medio cerradas y la luz del atardecer filtr¨¢ndose apenas por las rendijas. Mar¨ªa estaba acostada, de espaldas a la puerta. Arturo se qued¨® en el umbral unos segundos, debati¨¦ndose entre acercarse o dejarla descansar. Dio un paso hacia adelante, cuando de repente su hermana habl¨® con voz clara, aunque un poco d¨¦bil: ¡ª?T¨² crees que no me doy cuenta cuando alguien me esp¨ªa? Arturo sonri¨® involuntariamente, a pesar del susto inicial. ¡ªPens¨¦ que estar¨ªas dormida ¡ªdijo mientras se acercaba a la cama. Mar¨ªa se gir¨® lentamente hacia ¨¦l, una expresi¨®n de fingido reproche en su rostro. ¡ªDormir est¨¢ sobrevalorado ¡ªrespondi¨®, aunque la ligera palidez en sus mejillas y las ojeras marcadas contaban otra historia¡ª. ?Qu¨¦ haces aqu¨ª? Pens¨¦ que estabas ocupado salvando el mundo con tus elfos y dragones. ¡ªSiempre puedo tomarme un descanso para visitar a la princesa del cuento ¡ªbrome¨® Arturo, sent¨¢ndose en una silla junto a la cama. Mar¨ªa rod¨® los ojos, pero sonri¨®. ¡ªVaya honor ¡ªdijo con fingida solemnidad¡ª. ?Y qu¨¦ trae al valeroso narrador a mi humilde alcoba? Arturo se acomod¨® en la silla, observ¨¢ndola en silencio por un momento. Siempre hab¨ªa sido buena ocultando lo que sent¨ªa, pero ¨¦l la conoc¨ªa demasiado bien. La delgadez de sus manos, la fragilidad con la que se mov¨ªa¡­ Le aterraba notar esos cambios, porque cada uno era una cuenta atr¨¢s. ¡ªQuer¨ªa verte ¡ªadmiti¨® al fin. Ella inclin¨® la cabeza, como si evaluara su sinceridad. ¡ªEntonces, ya que est¨¢s aqu¨ª, dime... ?alguna nueva noticia del trabajo? Arturo abri¨® la boca para responder, pero se detuvo. ?Le mentir¨ªa hasta el final de que hab¨ªa fracasado? Que todo lo que hab¨ªa intentado escribir se sent¨ªa vac¨ªo, que no sab¨ªa escribir sin ella al lado. Pero Mar¨ªa no necesitaba una respuesta. ¡ªNo pienses tanto, Arturo ¡ªdijo suavemente¡ª. Siempre haces lo mismo. Cuando ¨¦ramos peque?os, inventabas historias incre¨ªbles sin preocuparte por si eran "buenas" o "originales". Solo nos importaba divertirnos. Arturo sonri¨® con tristeza. ¡ªS¨ª, pero entonces ten¨ªa a la mejor compa?era de aventuras. Mar¨ªa chasque¨® la lengua. ¡ªY la sigues teniendo. A ver, vamos a hacer lo que hac¨ªamos antes¡­ ¡ªse incorpor¨® un poco en la cama, con los ojos brillando de emoci¨®n¡ª. Inventa algo. Ahora mismo. Arturo la mir¨® con sorpresa. ¡ª?As¨ª, sin m¨¢s? ¡ªAs¨ª, sin m¨¢s. Vamos, ?qui¨¦n va a protagonizar esta historia? Arturo la mir¨® durante un instante, y entonces lo supo. ¡ªUna princesa ¡ªdijo¡ª. Pero no una cualquiera. Es una princesa que nunca envejece. Los labios de Mar¨ªa se curvaron en una sonrisa. ¡ª?En serio? ?Y c¨®mo lo consigue? ¡ªAh, bueno¡­ ¡ªArturo apoy¨® los codos en la cama, acerc¨¢ndose m¨¢s¡ª. Se dice que encontr¨® un lugar donde el tiempo no existe. Un reino escondido donde las historias nunca terminan, donde todo el mundo puede ser quien quiera ser y donde nadie est¨¢ atado a un destino impuesto. ¡ªSuena a un sitio incre¨ªble ¡ªsusurr¨® Mar¨ªa desviando la mirada y parpadeando r¨¢pidamente¡ª. Me gusta. Arturo trag¨® saliva. ¡ªA m¨ª tambi¨¦n. El silencio se instal¨® entre ellos. Arturo baj¨® la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Mar¨ªa vivir¨¢ eternamente, pens¨®. En su trabajo, en cada historia que inventaron juntos y en todo. Y aun as¨ª, dol¨ªa. Arturo levant¨® la vista y la observ¨® en silencio. Quer¨ªa grabarse cada detalle: la forma en que la luz tenue del pasillo dibujaba sombras suaves en su rostro, el brillo cansado pero sereno de sus ojos, la forma en que sus labios a¨²n conservaban una sonrisa ligera, casi eterna. Quer¨ªa recordar la manera en que su cabello se deslizaba sobre sus hombros, el ritmo pausado de su respiraci¨®n, el peque?o gesto que hac¨ªa con los dedos cuando intentaba ocultar su cansancio. Quer¨ªa recordarla as¨ª. Pero cuanto m¨¢s la miraba, m¨¢s se romp¨ªa por dentro. El dolor lo golpe¨® con la fuerza de una verdad irrefutable, y antes de darse cuenta, las l¨¢grimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Intent¨® contenerlas, desviar la mirada, respirar hondo, pero fue in¨²til. Mar¨ªa frunci¨® el ce?o con dulzura y, sin decir nada, alz¨® una mano y le sec¨® las l¨¢grimas con la yema de los dedos. Sus caricias eran ligeras, casi et¨¦reas, como si con ellas pudiera borrar no solo el llanto, sino tambi¨¦n el miedo y la tristeza que pesaban sobre ¨¦l. ¡ªNo llores ¡ªsusurr¨®, intentando esbozar una sonrisa. Arturo dej¨® escapar una risa ahogada, una mezcla de dolor y ternura. ¡ªLo siento¡­ ¡ªsusurr¨®¡ª. Es que no quiero olvidar nada. Mar¨ªa neg¨® suavemente con la cabeza y, con un gesto lento pero decidido, entrelaz¨® su mano con la de ¨¦l. Mar¨ªa suspir¨® contra su hombro, su respiraci¨®n haci¨¦ndose cada vez m¨¢s pausada. Arturo sinti¨® c¨®mo su cuerpo se relajaba poco a poco en su abrazo, hasta que su peso descans¨® completamente sobre ¨¦l. No hizo falta mirarla para saber que se hab¨ªa quedado dormida. Con sumo cuidado, la recost¨® con suavidad sobre la almohada, apartando un mech¨®n de su rostro. La observ¨® un instante m¨¢s, como si intentara grabarse cada detalle: la curva de sus pesta?as, la paz que se reflejaba en su expresi¨®n, la tibieza de su mano a¨²n entrelazada con la suya. Luego, solt¨® un leve suspiro y se levant¨® en silencio. Camin¨® hacia la ventana y apoy¨® la frente contra el cristal fr¨ªo. Desde all¨ª, el campo abierto se extend¨ªa ante ¨¦l, inmenso y tranquilo, ba?ado por la tenue luz de la luna. Era el mismo paisaje de siempre, el de su infancia, el que hab¨ªa formado parte de tantos recuerdos felices. Pero algo en el cielo hab¨ªa cambiado. La luna brillaba con su resplandor plateado habitual, alta y majestuosa, pero Arturo sinti¨® un estremecimiento en el pecho. Hab¨ªa algo distinto en ella. Parpade¨®, intentando asegurarse de que no era una ilusi¨®n, y entonces lo vio. La luz de la luna comenz¨® a transformarse. Su brillo fr¨ªo se volvi¨® m¨¢s c¨¢lido, su superficie pareci¨® ablandarse, como si estuviera perdiendo su consistencia. Peque?as grietas se formaron en su corteza, como si estuviera desmoron¨¢ndose lentamente ante sus ojos.Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. Arturo contuvo el aliento. La luna¡ªla misma luna que hab¨ªa visto incontables noches¡ªse convert¨ªa en otra cosa. Se deshac¨ªa en un tono dorado, adquiriendo una textura porosa y blanda. La imagen era absurda, imposible. Y, sin embargo, ah¨ª estaba: un enorme trozo de queso flotando en el cielo, su superficie cubierta de vetas y hendiduras profundas, como si siempre hubiera sido as¨ª y Arturo nunca lo hubiera notado. Las estrellas a su alrededor parecieron alejarse un poco, como si el propio universo estuviera observando en silencio esta metamorfosis. Arturo no pod¨ªa apartar la vista. Algo dentro de ¨¦l vibr¨®, una certeza que no lograba comprender del todo, pero que sent¨ªa con una claridad absoluta. No era un simple capricho de la imaginaci¨®n. Era un mensaje. Y, de alguna forma, sab¨ªa que Mar¨ªa lo entender¨ªa. ¡ª?La luna hecha de queso? ¡ªpregunt¨® su madre, esbozando una sonrisa. Era una sonrisa cargada de esa dulzura que usaba cuando hablaba con Mar¨ªa sobre sus sue?os o cuando intentaba calmar las ansiedades de Arturo de ni?o¡ª. Hijo, eso debe haber sido un sue?o. Es normal que la imaginaci¨®n juegue trucos a veces. ¡ªPuede que solo fuera eso ¡ªadmiti¨® Arturo, encogi¨¦ndose de hombros, aunque en su interior no pod¨ªa deshacerse de la sensaci¨®n de que hab¨ªa sido algo m¨¢s. Algo simb¨®lico, quiz¨¢s una se?al. ¡ªDe todas formas, no te vayas tan pronto. Espera a que Mar¨ªa se despierte, le har¨¢ bien verte ¡ªinsisti¨® su padre. Arturo apret¨® los labios y mir¨® hacia la puerta de la habitaci¨®n de su hermana. ¡ªNo puedo ¡ªdijo finalmente, con un tono de disculpa en su voz¡ª. Me espera un viaje largo, tengo que ir a Magall¨®n y quiero llegar antes del mediod¨ªa. Su madre frunci¨® el ce?o¡ª. Pero podr¨ªas quedarte al menos para despedirte. Quiz¨¢s esto la anime. El joven mir¨® una vez m¨¢s hacia la habitaci¨®n de Mar¨ªa, dudando. Por un momento sinti¨® el impulso de quedarse, de esperar hasta que ella abriera los ojos y compartir un cuento m¨¢s con ella. ¡ªLo s¨¦, mam¨¢ ¡ªrespondi¨® con un suspiro¡ª. Pero... si me quedo, no s¨¦ si podr¨¦ irme despu¨¦s. Sus padres asintieron, resignados¡ª. Entonces ve con cuidado ¡ªdijo su padre, d¨¢ndole una palmada en la espalda¡ª. Y vuelve pronto. Este siempre ser¨¢ tu hogar, Arturo. Pase lo que pase. Arturo tom¨® sus cosas, incluyendo los cuadernos de notas, y se dirigi¨® a la puerta de entrada. Se mont¨® en su coche y se dirigi¨® de nuevo a la carretera, dejando atr¨¢s su hogar y a su hermana, sabiendo que podr¨ªa ser la ¨²ltima vez que la viera en vida. Mientras conduc¨ªa hacia Magall¨®n, el paisaje cambi¨® lentamente, de los verdes campos que rodeaban su pueblo, a las colinas y vi?edos que caracterizaban esa parte de Zaragoza. La se?al que indicaba "Magall¨®n" se asomaba a lo lejos. Faltaba poco para llegar, y con cada kil¨®metro, sent¨ªa c¨®mo la expectativa crec¨ªa. Cuando finalmente lleg¨®, apag¨® el motor del coche y dej¨® escapar un largo suspiro mientras miraba a su alrededor. Hab¨ªa conducido durante dos horas y al fin estaba en Magall¨®n, un peque?o pueblo aragon¨¦s que parec¨ªa atrapado en el tiempo. El aparcamiento donde hab¨ªa dejado el coche estaba junto a la plaza principal, que en ese momento bull¨ªa de actividad. Era Martes, al parecer d¨ªa de mercadillo, y las calles adoquinadas estaban llenas de puestos con toldos de colores vivos, donde los vendedores ofrec¨ªan de todo: frutas y verduras frescas, quesos artesanales, ropa, bisuter¨ªa, y objetos que parec¨ªan sacados directamente de un desv¨¢n polvoriento. El aire estaba impregnado de una mezcla de olores: pan reci¨¦n horneado, hierbas secas y el dulce aroma de las frutas maduras. Arturo sali¨® del coche y cerr¨® la puerta con cuidado, como si temiera perturbar la armon¨ªa del lugar. Se qued¨® de pie un momento, observando la escena frente a ¨¦l. Las voces de los vendedores mezcl¨¢ndose con el murmullo de los compradores. ¡ª?Tomates reci¨¦n cogidos, a un euro el kilo! ¡ªgrit¨® un hombre desde un puesto cercano, su voz grave resonando por encima del bullicio. Las calles que rodeaban el mercadillo eran estrechas y serpenteaban como un laberinto entre casas de piedra. Las fachadas, algunas decoradas con balcones de hierro forjado llenos de macetas con geranios, ten¨ªan un aire antiguo y encantador. La plaza misma estaba pavimentada con grandes losas de piedra y en su centro hab¨ªa una fuente que parec¨ªa tan vieja como el pueblo. El agua brotaba con suavidad, creando un remanso de calma en medio del ajetreo. El joven forastero camin¨® despacio entre los puestos, dej¨¢ndose llevar por el ambiente. Pas¨® junto a un tendero que ofrec¨ªa quesos de cabra, sus ruedas perfectamente alineadas sobre una tabla de madera. M¨¢s all¨¢, una mujer mayor con un pa?uelo en la cabeza vend¨ªa tarros de miel y botellas de aceite de oliva, mientras explicaba con paciencia a una pareja joven las propiedades de cada producto. Hab¨ªa algo m¨¢gico, algo que lo hac¨ªa sentir como si hubiera entrado en otro mundo. Cada puesto parec¨ªa tener su propia historia, cada producto, un fragmento de la vida del pueblo. Los olores, los colores y las voces creaban una atm¨®sfera que lo envolv¨ªa completamente. Arturo se detuvo frente a un puesto de libros viejos. Un hombre delgado, con gafas redondas y un sombrero de ala ancha, estaba sentado detr¨¢s de una mesa cubierta de vol¨²menes polvorientos. ¡ª?Busca algo en particular, joven? ¡ªpregunt¨® el librero, con una sonrisa amable. Arturo neg¨® con la cabeza, aunque sus ojos recorrieron los t¨ªtulos con curiosidad. La mayor¨ªa eran novelas de autores cl¨¢sicos, pero tambi¨¦n hab¨ªa libros de cuentos y algunos vol¨²menes de historia local. ¡ªS¨®lo estoy curioseando. Despu¨¦s de unos minutos, y con una nueva adquisici¨®n en su biblioteca personal, Arturo sigui¨® caminando. Las calles que se alejaban del mercadillo eran tranquilas, y en algunas partes, las enredaderas trepaban por las paredes de las casas, a?adiendo un toque de verde al paisaje dominado por la piedra y el ladrillo. Pod¨ªa o¨ªr el repique lejano de las campanas de la iglesia, que marcaban la hora mientras custodiaba al mismo tiempo el pueblo. Hab¨ªa decidido hospedarse en una casa particular, siguiendo una sugerencia que hab¨ªa encontrado en un foro de viajes. Se trataba de la vivienda de un hombre llamado Jacinto, un habitante del pueblo que, seg¨²n los comentarios, sol¨ªa alquilar una de sus habitaciones a viajeros muy poco ocasionales. Al acercarse a la direcci¨®n indicada, se dio cuenta de que la casa no era diferente de las otras: una estructura sencilla, con una puerta de madera desgastada y una peque?a terraza con plantas que parec¨ªan necesitar algo m¨¢s de cuidado. Toc¨® el timbre y esper¨® unos segundos. Finalmente, la puerta se abri¨® con un chirrido, y apareci¨® un hombre de unos sesenta y tantos a?os, con una barba gris¨¢cea y una mirada cansada, pero amable. Llevaba una camiseta vieja y unos pantalones gastados, como alguien que hab¨ªa dejado de preocuparse por las apariencias hac¨ªa tiempo. ¡ªBuenas tardes, ?eres Jacinto? ¡ªpregunt¨® Arturo, intentando no sonar demasiado formal. ¡ªAs¨ª es ¡ªrespondi¨® el hombre, asintiendo con una sonrisa cort¨¦s¡ª. T¨² debes ser el escritor. El que busca historias, seg¨²n dicen. Arturo se sorprendi¨® un poco al o¨ªr eso. No hab¨ªa mencionado ser escritor en ning¨²n mensaje, solo hab¨ªa pedido alojamiento por un par de noches. Pero en un pueblo peque?o como Magall¨®n, las noticias vuelan r¨¢pido. ¡ªSupongo que s¨ª ¡ªadmiti¨® Arturo con una sonrisa avergonzada¡ª. Estoy aqu¨ª para encontrarme con alguien. Y claro, tambi¨¦n busco historias. Jacinto hizo un gesto con la mano, indic¨¢ndole que pasara¡ª. Entra, entra. La habitaci¨®n est¨¢ lista. No es gran cosa, pero espero que te sirva. La gente ya no suele quedarse por aqu¨ª. Los turistas prefieren los hoteles de Zaragoza y los pocos que vienen solo pasan una noche o dos. Arturo sigui¨® al hombre por un pasillo estrecho, observando las paredes decoradas con fotograf¨ªas en blanco y negro, im¨¢genes de Magall¨®n en tiempos pasados. Al llegar a la habitaci¨®n, not¨® que era peque?a pero acogedora. Una cama individual, una mesita de noche con una l¨¢mpara antigua y una ventana que daba al patio trasero. ¡ªEspero que est¨¦s c¨®modo. Cualquier cosa que necesites, s¨®lo llama ¡ªdijo Jacinto, apoy¨¢ndose en el marco de la puerta¡ª. La cocina est¨¢ al fondo, por si te apetece preparar algo. Aunque no tengo mucho que ofrecer. ¡ªEstoy seguro de que estar¨¢ bien ¡ªrespondi¨® el joven con amabilidad¡ª. Se lo agradezco mucho. Jacinto asinti¨®, pero antes de retirarse, se detuvo un momento, como si quisiera decir algo m¨¢s. Mir¨® a Arturo con cierta curiosidad y finalmente se atrevi¨®: ¡ªDices que buscas a alguien. ?Un amigo, familia? Arturo neg¨® con la cabeza¡ª. Es alguien que no conozco personalmente, s¨®lo por su apellido: Soler. El rostro de Jacinto se ilumin¨® por un momento, como si reconociera el nombre. ¡ªVaya, aqu¨ª en Magall¨®n no hay muchos Soler, al menos que yo sepa. Quiz¨¢s alguien pueda ayudarte. La gente aqu¨ª se conoce bastante bien. Arturo asinti¨®¡ª. Eso me dicen y eso espero. He venido hasta aqu¨ª espec¨ªficamente para hablar con esta persona. ¡ªPues, si puedo ayudarte en algo, d¨ªmelo. No suelo recibir visitas ¨²ltimamente. Desde que mi esposa se fue y los hijos se marcharon, aqu¨ª ya no hay mucho movimiento. As¨ª que cualquier compa?¨ªa es bienvenida. Arturo sinti¨® un nudo en la garganta. Pod¨ªa ver que el hombre, al igual que el pueblo mismo, cargaba con la melancol¨ªa del tiempo pasado, de los d¨ªas mejores que ya no volver¨ªan. ¡ªGracias, Jacinto. Creo que este es el lugar perfecto para lo que necesito hacer. El hombre le dio una palmada en el hombro, como un gesto de ¨¢nimo, y sali¨® de la habitaci¨®n, dej¨¢ndolo solo. Arturo se acerc¨® a la ventana y mir¨® hacia el patio, hacia las plantas secas que parec¨ªan esperar el regreso de alguien que las cuidara. Arturo suspir¨®, mirando el libro que hab¨ªa encontrado en la biblioteca p¨²blica. Las p¨¢ginas se sent¨ªan pesadas entre sus manos, llenas de promesas y teor¨ªas sobre c¨®mo adentrarse en su propia imaginaci¨®n, c¨®mo visualizar su historia, c¨®mo crear vida en esos personajes que parec¨ªan burlarse de ¨¦l desde la p¨¢gina en blanco. El aire en la habitaci¨®n estaba cargado, como si el tiempo mismo se hubiera detenido, esperando que ¨¦l lograra, por fin, conectar con su historia. Con las instrucciones claras en su mente, se acomod¨® en la silla frente a la mesa, tomando el libro con m¨¢s determinaci¨®n que nunca. Cerr¨® los ojos, intentando calmar la respiraci¨®n, dejar que la mente se vaciara de todo, y solo se concentrara en la historia. Se visualiz¨® a s¨ª mismo dentro del mundo de Encantia, rodeado de los personajes que hab¨ªa creado, sintiendo la vibrante energ¨ªa de ese lugar que solo exist¨ªa en su mente. Sinti¨® su coraz¨®n latir fuerte en su pecho mientras trataba de sumergirse, pero algo no estaba bien. La sensaci¨®n de la historia se desvaneci¨® como vapor entre sus dedos. No pod¨ªa concentrarse. No pod¨ªa ver nada. ¡ª?Por qu¨¦ no puedo escribir? ¡ªmurmur¨® frustrado, apretando el libro contra su pecho, como si pudiese apretar la historia de vuelta dentro de ¨¦l. Mir¨® la ventana, el patio vac¨ªo, las plantas secas que parec¨ªan esperarlo para hacer algo¡ª ?Qu¨¦ me falta para darte vida? La puerta de la habitaci¨®n se abri¨® lentamente, interrumpiendo sus pensamientos. Jacinto entr¨® con dos caf¨¦s, dejando un leve rastro de aroma a tostado que pareci¨® llegar hasta Arturo como un peque?o consuelo. ¡ª?Has probado en descansar un poco? ¡ªle pregunt¨® Jacinto, mientras entraba en la habitaci¨®n con dos caf¨¦s. Arturo frunci¨® el ce?o¡ª. ?Descansar? ¡ªrepiti¨®, como si la palabra le resultara extra?a. ¡ªS¨ª, descansar ¡ªinsisti¨®, con una risita¡ª. A veces, cuando uno se obsesiona tanto con algo, lo ¨²nico que hace es enredarse m¨¢s. Quiz¨¢s necesitas alejarte de la escritura, dar un paseo, tomarte un caf¨¦¡­ ¡ªdijo mientras dejaba la infusi¨®n delante de Arturo¡ª o dormir, si es que llevas toda la ma?ana ah¨ª sentado. ¡ªNo puedo descansar ahora, Jacinto. Por fin siento que tengo un hilo del que tirar y no quiero destensarlo. Tengo la sensaci¨®n de que s¨®lo tengo que tratar de descubrir c¨®mo traer a mi protagonista a la vida. De que si sigo un poco m¨¢s lo lograr¨¦. ¡ªY si no, te agotar¨¢s y estar¨¢s en las mismas ¡ªentonces ambos se quedaron en silencio por un momento, cada uno reflexionando las palabras del otro¡ª. Arturo, antes mencionaste que buscabas a alguien. ¡ªS¨ª, a Soler. ¡ªSoler, dices¡­ Hay una familia Soler aqu¨ª cerca, en las afueras del pueblo. No estoy seguro si son los mismos, pero el apellido no es muy com¨²n que digamos. Conozco a alguien que tiene tratos con ellos. Un viejo amigo m¨ªo, Mauricio, que vive en la siguiente calle. ¨¦l trabaj¨® un tiempo para ellos, cuidando la panader¨ªa. Arturo se inclin¨® hacia adelante, intrigado¡ª. ?De verdad? ?Crees que Mauricio podr¨ªa saber algo sobre los Soler? Jacinto se encogi¨® de hombros. ¡ªNo pierdes nada pregunt¨¢ndole. Si no son los Soler que buscas, al menos habr¨¢s salido un poco y puesto los pies en la tierra. Tanto tiempo escribiendo te va a dejar con la cabeza en las nubes. Arturo sonri¨®, divertido por la imagen mental. ¡ªEso s¨ª, Mauricio es un hombre amable, pero tiene sus propios ritmos. Le gusta contar historias, as¨ª que prep¨¢rate para escuchar alguna que otra an¨¦cdota antes de llegar al grano. Arturo se levant¨® de la mesa, sinti¨¦ndose optimista y sali¨® de la casa, tomando el camino que Jacinto le hab¨ªa indicado. El aire de la ma?ana era fresco y revitalizante. Tendr¨ªa que empezar a pensar en qu¨¦ iba a decirle a Mauricio. Si realmente ese hombre conoce a la familia Soler, quiz¨¢s por fin tendr¨ªa una pista s¨®lida sobre A. Soler. Antes de salir, Arturo hab¨ªa sugerido que Jacinto lo acompa?ara, pero su anfitri¨®n hab¨ªa rechazado la propuesta con una risa. ¡ª?Yo? Ni loco. Mauricio es buena gente, pero tiene un don para hablar sin parar. Si voy contigo, terminaremos el d¨ªa hablando de c¨®mo se cuida una panader¨ªa y no de lo que necesitas saber. Ve t¨² solo. Mientras avanzaba por las calles, divis¨® finalmente la casa de Mauricio. Era una construcci¨®n modesta, con paredes de piedra cubiertas por enredaderas que trepaban hasta el tejado. Frente a la entrada, un hombre mayor, de cabello gris y ojos vivaces, estaba de cuclillas, rodeado por un peque?o ej¨¦rcito de gatos callejeros. Con movimientos tranquilos, Mauricio vert¨ªa agua en unos cuencos mientras murmuraba algo que Arturo no alcanzaba a entender. Cuando Arturo se acerc¨®, Mauricio alz¨® la mirada y frunci¨® el ce?o ligeramente al ver a un desconocido. Se incorpor¨® con cierta dificultad, limpi¨¢ndose las manos en el delantal que llevaba puesto. ¡ª?Qu¨¦ tenemos aqu¨ª? ¡ªpregunt¨®, con un tono de voz ronco pero amable, mientras observaba a Arturo de arriba abajo¡ª. No se ven muchos forasteros por aqu¨ª¡­ Arturo dio un paso adelante, tratando de mostrarse amigable. ¡ªBuenos d¨ªas, se?or Mauricio. Me llamo Arturo, soy amigo de Jacinto. Estoy buscando informaci¨®n sobre la familia Soler, y me dijeron que usted podr¨ªa conocerlos. Mauricio lade¨® la cabeza, intrigado, y lanz¨® una mirada a los gatos, como si estuviera consultando su opini¨®n. ¡ª?La familia Soler, eh? Vaya, eso s¨ª que no lo esperaba. ?Y qu¨¦ busca con ellos, si se puede saber? ¡ªpregunt¨®, mientras se inclinaba para llenar otro cuenco. ¡ªEstoy trabajando en un proyecto que surgi¨® gracias a una colaboraci¨®n con alguien que firma como Soler ¡ªdijo Arturo, tratando de resumir¡ª. No s¨¦ qui¨¦n es ni de d¨®nde es, pero estoy seguro de que tiene alguna conexi¨®n con esta familia. Mauricio lo mir¨® en silencio durante un momento, rasc¨¢ndose la barbilla. Luego, dej¨® el cuenco a un lado y se cruz¨® de brazos. ¡ªEsas son palabras mayores, joven. Pero mire, est¨¢ de suerte. Conozco a los Soler. Trabaj¨¦ para ellos hace a?os, cuidando su panader¨ªa. Aunque no le garantizo que le den las respuestas que busca, puedo contarle un poco de lo que s¨¦. ?Le parece? Arturo asinti¨®, agradecido, mientras Mauricio hac¨ªa un gesto para que lo siguiera hacia un peque?o banco de madera junto a la entrada de su casa. ¡ªAh, pero prep¨¢rese, muchacho. Esta historia no se cuenta en dos minutos ¡ªadvirti¨® el hombre con una sonrisa ladeada¡ª. Aunque qui¨¦n sabe, quiz¨¢s encuentre lo que necesita entre mis palabras. Mauricio comenz¨® a relatar con calma, su voz ronca pero cargada de un entusiasmo que hac¨ªa evidente su amor por los recuerdos. Arturo escuchaba atento, esforz¨¢ndose por separar los detalles relevantes de las numerosas an¨¦cdotas que el hombre intercalaba en su relato. En sus d¨ªas m¨¢s j¨®venes, Mauricio hab¨ªa trabajado durante a?os en una panader¨ªa del pueblo, un negocio modesto pero bien conocido por sus hogazas crujientes y su aroma a levadura que impregnaba las calles por la ma?ana. La panader¨ªa era propiedad de David Soler, un hombre de trato amable y voz fuerte que siempre ten¨ªa una historia que contar. Seg¨²n Mauricio, David y ¨¦l sol¨ªan quedarse charlando despu¨¦s de las largas jornadas de trabajo, cuando las m¨¢quinas estaban apagadas y el calor del horno ya no quemaba. ¡ªDavid era una enciclopedia de historias familiares ¡ªdijo Mauricio, con una sonrisa nost¨¢lgica¡ª. Siempre hablaba de su madre, Ana Soler, una mujer de car¨¢cter que, seg¨²n ¨¦l, hab¨ªa puesto los cimientos de todo lo que su familia era. "Todo lo que somos se lo debemos a ella", dec¨ªa. Se refer¨ªa a ella con tanto respeto que uno pensar¨ªa que la mujer era alguna especie de noble o algo por el estilo. Ana Soler, continu¨® Mauricio, era conocida en el pueblo por su ingenio y su capacidad para salir adelante en tiempos dif¨ªciles. Hab¨ªa criado a sus hijos pr¨¢cticamente sola despu¨¦s de casarse joven, y su nombre todav¨ªa resonaba entre los m¨¢s viejos de la comunidad. ¡ªPero lo interesante, si me permite decirlo ¡ªagreg¨® Mauricio, inclin¨¢ndose hacia Arturo con una mirada conspiradora¡ª, es que David tambi¨¦n mencionaba que Ana escrib¨ªa. Nunca fue algo p¨²blico, claro, pero ¨¦l sol¨ªa encontrar cuadernos viejos llenos de historias y reflexiones. Dec¨ªa que su madre ten¨ªa una imaginaci¨®n sin igual y que a veces pensaba que su amor por las palabras se hab¨ªa heredado en la familia. Arturo sinti¨® que algo dentro de ¨¦l hac¨ªa clic.
  1. Soler¡­ Ana Soler. Era tan simple que casi se sent¨ªa tonto.
Ana Soler, la madre de David: una mujer con sue?os de palabra escrita, con el anhelo de ver su nombre impreso en las p¨¢ginas de un libro, pero que, por razones ajenas, tuvo que esconderse detr¨¢s de un pseud¨®nimo. Arturo imaginaba que en su juventud, Ana, igual que tantos otros escritores, hab¨ªa sentido la chispa de la creatividad arder dentro de ella. Probablemente, tuvo sue?os de ver sus historias publicadas, de compartir con el mundo los mundos que hab¨ªa creado. Pero algo, o alguien, hab¨ªa detenido ese impulso. Arturo no pudo evitar poner mala cara ante la decisi¨®n de su marido, de que ella se dedicara a las labores del hogar, a cuidar a su familia. Quiz¨¢s ¨¦l no comprend¨ªa la necesidad de Ana de escribir, de volcar sus pensamientos en palabras. Quiz¨¢s pensaba que los sue?os de su esposa eran solo eso, sue?os. Arturo no pod¨ªa evitar compararlo con la historia de tantas escritoras y artistas que, a lo largo de los siglos, vieron c¨®mo su potencial era reprimido por las expectativas sociales y familiares. El propio marido de Ana, quien seguramente parec¨ªa tan sabio y respetuoso, fue el que sin querer, apag¨® la llama de sus ojos. Arturo pens¨® en los cuadernos de los que Mauricio hab¨ªa hablado. Probablemente escritos a mano, llenos de historias de mundos no contados, ideas nunca compartidas con la mayor¨ªa, pero que, como un susurro, hab¨ªan llegado a ¨¦l a trav¨¦s de un nombre enigm¨¢tico. No era la primera vez que un escritor usaba un seud¨®nimo para ocultar su verdadero rostro al mundo. Algunos lo hac¨ªan por modestia, otros por deseo de escapar de la carga de su propia identidad, otros para darle espacio a su obra... ¡ª?Claro! ¡ªexclam¨® Arturo, casi sin querer, mientras asimilaba la conexi¨®n. Mauricio lo mir¨® con curiosidad, aunque, al ver la expresi¨®n en su rostro, asinti¨® con una sonrisa comprensiva. ¡ª?Todo bien, muchacho? ?Demasiada informaci¨®n? Arturo no lo hab¨ªa notado, pero hab¨ªa estado mordi¨¦ndose el labio, absorto en su pensamiento. Ahora, al ver el rostro preocupado del amante de los gatos, respir¨® hondo y le devolvi¨® la mirada con una sonrisa agradecida. ¡ªLo siento, es solo que... acabo de darme cuenta de algo. A. Soler... Ana Soler. ?Tiene que ser ella! El extra?o que ayudaba al bibliotecario y dejaba sus propios libros en la biblioteca p¨²blica de Zaragoza. Mauricio frunci¨® el ce?o, claramente no comprendiendo de inmediato, pero se acomod¨® en su banco y esper¨® a que Arturo terminara de hablar. ¡ªSiempre hab¨ªa pensado que A. Soler era un hombre. Un seud¨®nimo, claro. Pero lo que me dices, todo tiene sentido. El rostro de Mauricio mostr¨® un destello de reconocimiento, como si algo se estuviera aclarando en su mente tambi¨¦n. Despu¨¦s de un momento de reflexi¨®n, el hombre asinti¨® lentamente. ¡ªEso ser¨ªa algo muy propio de ella, s¨ª ¡ªdijo, pensativo. Arturo se levant¨® de golpe, la b¨²squeda hab¨ªa tomado un giro inesperado. El seud¨®nimo no era solo un enigma, sino una clave, un puente entre la obra y el autor, una forma de ocultar su identidad, pero tambi¨¦n de desafiar a aquellos lo suficientemente curiosos como para descubrir la verdad. ¡ª?Y David todav¨ªa vive aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Arturo, un atisbo de desesperaci¨®n en su voz. Mauricio neg¨® con la cabeza¡ª. Se mud¨® hace a?os. Pero su hijo, Jaime, se qued¨®. Aunque si hay alguien que pueda decirte m¨¢s sobre Ana Soler, es ella.