《Universo bajó llamas [español]》 Invasiè´¸n Han pasado siete meses desde el inicio de aquella guerra que ha cobrado millas de almas y ha afectado a millones m¨¢s. Todo comenz¨® cuando una raza desconocida, al otro lado del gran vac¨ªo, se neg¨® a unirse a nuestro imperio. Fue una sola decisi¨®n de nuestra raza patriarca la que desencaden¨® el conflicto: ¡°Avancen¡±. Descubrimos c¨®mo viajar tres veces m¨¢s r¨¢pido que la luz y, con ello, logramos atravesar el gran vac¨ªo. En nuestro trayecto, vimos algunas de nuestras naves que hab¨ªan intentado cruzarlo antes. Al llegar al otro lado, encontramos un planeta cubierto de estepas, bosques y glaciares, todo bajo una densa capa de nieve. Intentamos integrarlo pac¨ªficamente al imperio mediante el di¨¢logo, pero si esto no era posible, la guerra ser¨ªa nuestra ¨²ltima opci¨®n. Subestimamos a esa civilizaci¨®n. Pensamos que era primitiva, pues no vimos naves espaciales en su ¨®rbita. Grave error. Mientras tanto, en los pasillos de la nave insignia Gloria Crear, todo parec¨ªa sacado de un palacio real. Adornados con pinturas y esculturas de los Zyrkalians, los mejores artesanos del imperio, contrastaban con el verdadero prop¨®sito de la nave: la guerra. En la c¨¢mara de mando, se encontr¨® al almirante junto a los representantes de las castas diplom¨¢ticas y de operadores. ¡ªEs claramente una civilizaci¨®n primitiva que, de alguna manera, sobrevive en temperaturas extremas ¡ªafirm¨® el almirante Gar''ol con un porte orgulloso, erguido lo m¨¢s alto posible mientras cruzaba sus cuatro brazos en un gesto solemne. Sus palabras no eran vac¨ªas, pues hab¨ªa liderado diez campa?as de anexi¨®n y su confianza era absoluta. El cabo Ju''rkal, a¨²n joven y disciplinado, revisaba los an¨¢lisis del planeta con cautela. ¡ªSe?or, no deber¨ªamos subestimarlos. Sin embargo, ser¨¢ una gran adici¨®n al imperio interestelar ¡ªdijo con seriedad. A sus veintiocho ciclos estelares, a¨²n segu¨ªa los manuales al pie de la letra. El almirante, ignorando la advertencia, orden¨® con firmeza: ¡ª?Que los diplom¨¢ticos se preparen¡­ y que los soldados hagan lo mismo! ¡ªsu mirada se dirigi¨® hacia el general de guerra y el alto diplom¨¢tico. A pesar de sus diferencias raciales, ambos se consideraban hermanos imperiales tras haber participado en m¨¢s de cien campa?as de anexi¨®n. Desde la ¨®rbita, el planeta parec¨ªa una vasta bola de nieve. Apenas se distingu¨ªan asentamientos y los oficiales asumieron que se trataba de simples pueblos rurales. Ya planeaban a qu¨¦ castas incorporarlos: tal vez guerreros, trabajadores o mineros. Lo que no esperaban era recibir una transmisi¨®n. Para ellos, era impensable que un planeta primitivo pudiera responder de esa manera. En la pantalla apareci¨® la figura de un hombre vestido con lo que parec¨ªa un abrigo. En su pecho colgaban medallas decorativas y en su cabeza llevaba un gorro con el s¨ªmbolo de lo que parec¨ªa un ave. Detr¨¢s de ¨¦l, el fondo mostr¨® un entorno m¨¢s avanzado de lo que la vista orbital del planeta suger¨ªa. ¡ªEst¨¢n en territorio de las Naciones Solares Terranas Unidas. Les ordeno que expliquen su arrepentida aparici¨®n y lo que buscan ¡ªdijo con una voz firme, su rostro reflejando una autoridad incuestionable. El almirante, creyendo que esta era su oportunidad, r¨ªo con confianza. Su expresi¨®n denotaba orgullo mientras respond¨ªa con voz autoritaria: ¡ªQueremos que tu planeta se una a nosotros. Les daremos una buena vida y los ayudaremos a avanzar ¡ªal decir esto, el almirante Gar''ol levant¨® uno de sus brazos, apuntando con un dedo acusador hacia la pantalla. Su tono era condescendiente¡ª. Solicitamos que nos dejen aterrizar para poder hablar sobre su anexi¨®n al imperio interestelar. En la sala de mando, todos esperaban que la respuesta fuera inmediata, una rendici¨®n sin resistencia. Sin embargo, la criatura en la pantalla tard¨® unos minutos en responder, como si discutiera con sus consejeros imperiales¡­ o al menos eso pensaban. Cuando finalmente habl¨®, su voz era a¨²n m¨¢s firme que antes. ¡ªSolicitud denegada. Vuelvo a repetir, est¨¢n en territorio de las Naciones Solares Terranas. Se les solicita que se retiren del espacio a¨¦reo de inmediato. El tono del hombre era m¨¢s seco, su mirada a¨²n m¨¢s severa. Luego, con una expresi¨®n de enojo que se notaba incluso a pesar de las diferencias raciales, agreg¨® con ¨¦nfasis: ¡ªSi aterrizan, ser¨¢n considerados invasores y se tomar¨¢n represalias inmediatamente. El almirante apret¨® los dientes, su rostro enrojeciendo de ira. Golpe¨® la consola con uno de sus pu?os y grit¨® en la sala: ¡ª?Que los soldados se preparan y se agrupan en las naves de desembarco! ¡ªse gir¨® de nuevo hacia la pantalla, dirigiendo una mirada desafiante al hombre que los confrontaba¡ª. Ustedes lo quisieron as¨ª. Se unir¨¢n, ya sea por la diplomacia o por la fuerza. Parece que no tienen una capacidad militar estable¡­ Su voz rebosaba seguridad, pero en su interior, la emoci¨®n de la batalla lo consum¨ªa. Hac¨ªa a?os que no se dirig¨ªa a un combate, y la idea de conquistar una nueva civilizaci¨®n lo extasiaba. Lo ¨²nico que quer¨ªa ahora era ver qu¨¦ ten¨ªan para ofrecer esos que se hac¨ªan llamar Naciones Solares Terranas ¡ª?Qu¨¦ har¨¢n? No parecen tener un ej¨¦rcito digno de menci¨®n ¡ªdijo mientras alzaba un brazo y re¨ªa con carcajadas claras. ¡ªSer¨¢n considerado un enemigo e invasor¡­ Se les dio aviso, se tomar¨¢n represalias. Con este aviso, aquella criatura desapareci¨® de los transmisores de la nave insignia. Aunque parec¨ªa m¨¢s una nave de exhibici¨®n, segu¨ªa siendo imponente, pues med¨ªa m¨¢s de diez kil¨®metros de largo y tres de ancho. De las compuertas inferiores comenzaron a descender cincuenta naves m¨¢s peque?as, todas con un destino claro: la superficie del planeta. Mientras tanto, en los cuarteles terranos, la actividad era un hervidero. Las computadoras enviaban mensajes a planetas cercanos solicitando refuerzos, mientras que el jefe de guerra de Sixsus-Prime murmuraba para s¨ª m¨¢s que para los dem¨¢s: ¡ªTres meses en el mando¡­ y ya debo defender el planeta de una invasi¨®n alien¨ªgena ¡ªse tall¨® los ojos con frustraci¨®n. Las alarmas resonaban en todo el complejo. El jefe de guerra ajust¨® su abrigo con manos temblorosas. Apenas ten¨ªa tres meses liderando la defensa y ya enfrentaba una amenaza que pon¨ªa en peligro a millones. ¡ª?Contacten con los planetas cercanos! ?Han recibido respuesta de Tit¨¢n-Seis? ¡ªpregunt¨®, dirigiendo su mirada a un comunicador. ¡ªNos informan que tardar¨¢n cinco horas en llegar, se?or ¡ªrespondi¨® el oficial con rostro preocupado, consciente de que cinco horas pod¨ªan ser la diferencia entre la victoria y la derrota. ¡ª?Mierda! ¡ªexclam¨® el jefe de guerra¡ª. ?Y los refuerzos solares y de Victus? Otro comunicador respondi¨® apresuradamente: ¡ªSe?or, los refuerzos fueron aprobados. Llegar¨¢n en seis horas. Usar¨¢n naves supers¨®nicas, pero a¨²n as¨ª, tardar¨¢n seis horas en arriba.The story has been illicitly taken; should you find it on Amazon, report the infringement. El jefe de guerra apret¨® los dientes. Sab¨ªa que era demasiado tiempo. Hab¨ªa hablado con el gobernador planetario mucho antes de que la nave alien¨ªgena entablara contacto, y hab¨ªan tomado una decisi¨®n: reforzar las defensas terrestres en todo el planeta y evacuar a los civiles a los refugios subterr¨¢neos. En una tundra inh¨®spita, en las coordenadas predichas por los comunicadores de la sala del jefe de guerra, se desplegaron diez divisiones de soldados invernales, junto con una compa?¨ªa de caballer¨ªa blindada y otras unidades, sumando un total de cien mil soldados. Cuando cayeron las primeras naves de desembarco, se estacionaron sobre lo que parec¨ªa ser un lago congelado. Frente a ellas, el terreno se alzaba en forma de una colina nevada. Los soldados del Imperio, en su mayor¨ªa Velothians, Drayvarks y Kaelorins ¡ªlas castas guerreras principales¡ª avanzaban con confianza. Aunque no llevaban abrigos visibles, sus armaduras pose¨ªan sistemas de calefacci¨®n integrados, lo que les permit¨ªa soportar las temperaturas extremas de la zona. Los sensores de los imperiales solo detectaban d¨¦biles se?ales de calor humano, lo que reforzaba su sensaci¨®n de superioridad. Sin embargo, los humanos hab¨ªan establecido nidos de ametralladoras en la colina, cubiertos con capas de nieve y camuflaje blanco para fundirse con el entorno. Cuando los invasores se acercaron, un oficial terrano alz¨® su mano y, con un movimiento brusco, la baj¨® mientras gritaba: ¡ª?Fuego! Una lluvia de proyectos cin¨¦ticos y de plasma cay¨® sobre los imperiales. El primer disparo atraves¨® la armadura de un Velothiano, haciendo caer pesadamente sobre el hielo. En ese instante, la arrogancia de los invasores desapareci¨®. ¡ª?Nos emboscaron! ?Posiciones cubanas! ¡ªgrit¨® un comandante imperial, mientras sus tropas intentaban reorganizarse bajo el torrente de fuego enemigo. Cuando finalmente lograron cobertura cerca de las posiciones humanas, ya hab¨ªan perdido m¨¢s de dos mil soldados. ¡ª???Avancen¡­ ellos est¨¢n arriba, m¨¢tenlos a todos!!! ¡ªrugi¨® el comandante, se?alando hacia una trinchera donde vio asomarse a un soldado humano. Dispar¨®, derrib¨¢ndolo al instante. Algunos imperiales lograron acercarse lo suficiente para lanzar granadas Jur''kal contra los b¨²nkeres terranos. Estas granadas, antes de explotar, emit¨ªan un destello cegador y un sonido ensordecedor que aturd¨ªa a quienes estaban cerca. Tras la detonaci¨®n, los primeros b¨²nkeres humanos fueron destruidos. Mientras un grupo de imperiales avanzaba entre los restos de la batalla, de un rinc¨®n emergi¨® un soldado humano con un tanque en la espalda. Sosten¨ªa un cable y un tubo en sus manos. Al verlo, algunos alien¨ªgenas se quedaron paralizados, sin comprender de inmediato qu¨¦ hac¨ªa. El humano apunt¨® y activ¨® su arma. Un chorro de combustible sali¨® disparado y, pocos segundos despu¨¦s, una llamada lo encendi¨®. Una ola de fuego se expande en todas direcciones, envolviendo a los soldados imperiales atrapados en su camino. Al principio, las armaduras de los guerreros imperiales resistieron el calor gracias a sus sistemas de regulaci¨®n t¨¦rmica. Sin embargo, la exposici¨®n prolongada a temperaturas extremas super¨® su l¨ªmite. Las placas comenzaron a retirarse, dejando la carne expuesta a las llamas. Los gritos de agon¨ªa resonaron en la tundra mientras los soldados, desesperados, intentaban rodar sobre la nieve para apagar el fuego adherido a sus cuerpos. Un imperial logr¨® reaccionar y disparar contra el humano. El proyecto l¨¢ser impact¨® en el tanque de combustible, provocando una explosi¨®n masiva que inciner¨® a m¨¢s soldados. Los que avanzaban detr¨¢s observaron, horrorizados, c¨®mo sus camaradas eran reducidas a cenizas. Algunos imperiales, conmocionados, miraban los cuerpos carbonizados de sus compa?eros. Otros, con una mezcla de ira y pavor, contemplaban la resistencia feroz de los terranos, que, aunque hab¨ªan perdido a cincuenta soldados, ya hab¨ªan logrado eliminar a m¨¢s de dos mil ciento cincuenta imperiales. En ese momento, qued¨® claro para los invasores: los humanos no eran una civilizaci¨®n primitiva, y esta batalla ser¨ªa m¨¢s costosa de lo que hab¨ªan imaginado. Cuando la primera l¨ªnea de defensa terrana colaps¨®, los soldados humanos restantes emergieron de las trincheras. Algunas cargaban granadas, lanz¨¢ndose directamente contra los imperiales en actos suicidas que arrastraban consigo a varios enemigos. Otros, en cambio, optaron por rendirse. ¡ª?Nos rendimos! ?No dispares! ?Nos rendimos! ¡ªgritaban algunos terranos, alzando las manos en se?al de sumisi¨®n. Mientras tanto, los comandantes imperiales ingresaban a un b¨²nker intacto, comenzando a contar bajas y evaluar el equipo recuperado. Otras naves de desembarco llegaban con refuerzos, suministros y m¨¦dicos para atender a los heridos. Los Drayvarks, conocidos por su habilidad para erigir defensas r¨¢pidamente, trabajaron en silencio. Su fuerza y ??agilidad les permiti¨® excavar trincheras y construir b¨²nkeres subterr¨¢neos en menos de dos horas. Una vez finalizada la estructura defensiva, los humanos capturados fueron llevados ante los oficiales imperiales. Uno de los comandantes se acerc¨® a un prisionero terrano y, con un gesto de exasperaci¨®n, le dijo: ¡ª?Entiende¡­ la ¨²nica soluci¨®n para ti es unirte a nosotros! ¡ªSu rostro reflejaba el agobio de la resistencia humana¡ª. ?Acaso quieres seguir en una vida de guerras? Si te unes a nuestro Imperio, tendr¨¢s un motivo para vivir. Tu raza primitiva no tiene competencia contra nuestra maquinaria¡­ Mientras el humano se qued¨® callado, mir¨¢ndolo fijamente, la decisi¨®n del almirante en tierra fue clara: deb¨ªan llevar a una nave de reeducaci¨®n y enviarlo de regreso a territorio imperial para adoctrinarlo. Los prisioneros humanos fueron escoltados hacia la nave, resisti¨¦ndose con fuerza, pues no quer¨ªan ser llevados a un lugar desconocido. Sin embargo, antes de que pudieran abordar, la nave explot¨® de manera violenta. Un tanque ligero Aegis MK, en su versi¨®n de orugas y con un camuflaje blanco perfecto para el terreno nevado, apareci¨® en el horizonte. Su imponente figura contrastaba con la calma de la tundra. Desde su ca?¨®n, un proyectil HEAT sali¨® disparado en l¨ªnea recta, impactando la nave imperial y destroz¨¢ndola en una explosi¨®n que reson¨® por todo el campo de batalla. Cuando la nave cay¨® envuelta en llamas y los imperiales lograron visualizar al atacante, el tanque ya estaba apuntando su ca?¨®n hacia un grupo de soldados. Con un rugido ensordecedor, dispar¨® otro proyecto, esta vez de tipo Flechette. La munici¨®n se fragment¨® en cientos de dardos met¨¢licos, cayendo como una lluvia mortal sobre los soldados imperiales, perforando sus armaduras con precisi¨®n letal. En cuesti¨®n de segundos, el suelo se cubri¨® de cuerpos y los gritos de agon¨ªa llenaron el aire. Un soldado imperial, armado con un lanzador antitanque Thar''Khan, dispar¨® un proyecto de destrucci¨®n molecular contra la m¨¢quina enemiga. Sin embargo, el impacto no provoc¨® ning¨²n da?o visible. La bestia met¨¢lica permaneci¨® intacta. Antes de que el soldado pudiera reaccionar, una compuerta en la torreta del tanque se abri¨® y de ella emergi¨® un humano, quien comenz¨® a abrir fuego con una ametralladora pesada Brown .50 KAL. La r¨¢faga de disparos de plasma alcanz¨® de lleno al soldado imperial, derrib¨¢ndolo antes de que pudiera volver a cargar su arma. Desde otro flanco, un grupo de seis soldados imperiales, todos equipados con la misma arma antitanque, apuntaron al tanque y dispararon al un¨ªsono. Esta vez, el da?o fue significativo, pero insuficiente para destruirlo. El ca?¨®n de la m¨¢quina de guerra gir¨® con precisi¨®n mortal hacia la posici¨®n del escuadr¨®n atacante. ¡ª???DISPARA!!! ¡ªgrit¨® un oficial imperial con desesperaci¨®n, mientras el p¨¢nico se apoderaba de sus compa?eros¡ª. ???AL SUELO... C¨²BRANSE!!! Pero ya era demasiado tarde. Del ca?¨®n del Aegis MK surgi¨® otro proyectil HEAT, que atraves¨® el aire con velocidad letal. Al impactar, la explosi¨®n fue devastadora, haciendo temblar el suelo y pulverizando la posici¨®n imperial. Escombros, armaduras destrozadas y restos de cuerpos salieron disparados en todas direcciones. El estruendo ensordecedor se mezcl¨® con los gritos agonizantes de los sobrevivientes, mientras una densa nube de humo envolv¨ªa el ¨¢rea, ocultando la carnicer¨ªa moment¨¢neamente. Entre los soldados que observaron la escena estaba Kruska, un cabo de la raza Velothian. Al presenciar la explosi¨®n, un terror profundo se apoder¨® de ¨¦l. Su piel, normalmente de un morado intenso, se torn¨® de un violeta p¨¢lido, reflejando el miedo que lo invad¨ªa. Aunque su armadura deb¨ªa protegerlo, sinti¨® que no era m¨¢s que papel frente a esa m¨¢quina de destrucci¨®n. De repente, un proyecto de gran tama?o vol¨® hacia el tanque. Era un arma de asalto, dise?ada para destruir fortalezas, un armamento que jam¨¢s imagin¨® ver utilizado contra un solo veh¨ªculo. El impacto fue directo, y por un momento, los imperiales pensaron que finalmente hab¨ªan logrado detener a la bestia. Pero la m¨¢quina no explot¨®. En lugar de eso, empez¨® a arder en llamas. Los tripulantes del tanque salieron apresurados, tratando de escapar de la trampa de fuego. Antes de que pudieran reaccionar, un soldado imperial abri¨® fuego con su fusil de asalto Koma, derrib¨¢ndolos uno a uno. Kruska observar¨¢ con una mezcla de horror y alivio c¨®mo los humanos ca¨ªan sin vida en la nieve. El silencio se apoder¨® del campo de batalla. Solo el crepitar de las llamas y los gemidos de los heridos romp¨ªan la quietud. La batalla, si es que pod¨ªa llamarse as¨ª, dej¨® una lecci¨®n clara: los humanos no eran primitivos. Un grupo de t¨¦cnicos imperiales lleg¨® al lugar para remover los restos del tanque y analizarlo. Si pudieran adaptarlo a su propia tecnolog¨ªa, tal vez desarrollar¨ªan una manera de contrarrestar estas m¨¢quinas infernales. Sin embargo, la peor marca que dej¨® aquel enfrentamiento no fue material, sino psicol¨®gico. Los imperiales, que antes pensaban que la conquista de aquel planeta no tomar¨ªa m¨¢s de tres horas, ahora comprend¨ªan que estaban atrapados en un conflicto mucho m¨¢s feroz de lo que hab¨ªan anticipado. Su idea de regresar gloriosamente a las naves de desembarco, llevando consigo a los prisioneros humanos y esperando la llegada de diplom¨¢ticos para formalizar la anexi¨®n, se desmoron¨® en cuesti¨®n de minutos. Los humanos capturados eran tratados como simples recursos. Algunos aceptaban su destino sin resistencia, mientras que otros luchaban con u?as y dientes. En sus ojos se reflejaba odio, desesperaci¨®n, pero tambi¨¦n determinaci¨®n. Algunos prisioneros fueron sometidos a tortura psicol¨®gica: privaci¨®n de comida, aislamiento, amenazas. Otros ser¨¢n trasladados a trav¨¦s del Gran Vac¨ªo, llevados a los mundos imperiales donde ser¨¢n reeducados y asignados a nuevos roles en la sociedad imperial. Pero la guerra apenas comenzaba. Y la chispa de la rebeli¨®n segu¨ªa ardiendo en el coraz¨®n de los humanos. Refuerzos Cinco horas hab¨ªan pasado desde que las naves de desembarco imperiales abandonaron la ¨®rbita del planeta, dejando atr¨¢s el caos y el desconcierto que hab¨ªa sembrado la inesperada resistencia humana. A bordo de la nave insignia del Imperio Interestelar, el ambiente en el centro del mando era tenso, casi el¨¦ctrico. Los monitores parpadean, mostrando datos sobre el progreso de la invasi¨®n, pero la presi¨®n no ced¨ªa. Los oficiales de alto rango se manten¨ªan alertas, atentos a cada reporte que llegaba de las tropas desplegadas en el planeta helado. En las paredes del puente, las luces titilaban con una luz fr¨ªa, y el sonido constante de teclas siendo presionadas por los t¨¦cnicos era la ¨²nica compa?¨ªa del silencio tenso que reinaba en la sala. En el centro del puente de mando, el Almirante Gar''gol observaba en silencio el despliegue de la situaci¨®n. Su rostro, de un tono gris¨¢ceo ¡ªcaracter¨ªstico de su raza¡ª reflejaba estr¨¦s y concentraci¨®n. A pesar de la victoria inicial, algo en su interior le dec¨ªa que esta campa?a no ser¨ªa tan sencilla como hab¨ªan anticipado. Los informes sobre las m¨¢quinas humanas, las armas inusuales y la sorprendente tenacidad de la resistencia terrana comenzaban a dejar claro que los humanos no ser¨ªan una presa f¨¢cil. De repente, un oficial se acerc¨® r¨¢pidamente, interrumpiendo sus pensamientos. ¡ªAlmirante, hemos recibido una se?al de las naves de refuerzo. Llegar¨¢n a la ¨®rbita del planeta en menos de media hora. El almirante avanzando, su expresi¨®n se endureci¨®. ¡ªFinalmente ¡ªmurmur¨® para s¨ª mismo, aunque su voz no ocultaba la cautela¡ª. A pesar de la potencia de los refuerzos, la sorpresa de la resistencia humana deja una sensaci¨®n inquietante. Prep¨¢rense. No podemos subestimar a estos humanos. Los refuerzos deben ser desplegados con rapidez y precisi¨®n. Los oficiales y t¨¦cnicos comenzaron a trabajar con rapidez. En la pantalla frente a Arelis, un conjunto de nuevas naves de guerra, cargadas con tropas de ¨¦lite y armas avanzadas, apareci¨® a medida que ingresaban en la ¨®rbita. Las naves estaban dise?adas para una ofensiva total, con una estructura met¨¢lica que reflejaba las estrellas lejanas en su casco oscuro. La venganza parec¨ªa cercana. Sin embargo, algo en el aire segu¨ªa sin sentirse bien. El almirante no pod¨ªa deshacerse de la sensaci¨®n de que algo, en alg¨²n rinc¨®n lejano del campo de batalla, estaba cambiando. ¡ªEste planeta¡­ No es como los dem¨¢s. Un estruendo reson¨® en la parte trasera del puente, seguido de un silencio tenso. Las pantallas se llenaron de datos, y los t¨¦cnicos comenzaron a hablar a la vez, sus voces entrelazadas en la confusi¨®n. ¡ª?Se?or, hemos detectado actividad en el sector sur del planeta! ¡ªgrit¨® un oficial desde su estaci¨®n. ¡ª?Parece que las fuerzas humanas se est¨¢n reorganizando! El almirante frunci¨® el ce?o y dio un paso al frente. ¡ª ?Reorganizando? ?C¨®mo es eso posible? No hemos visto tal capacidad de coordinaci¨®n. ¡ªLos informes indican que los terranos han recuperado equipos, y los refuerzos terrestres han comenzado a movilizarse ¡ªrespondi¨® r¨¢pidamente el t¨¦cnico¡ª. Adem¨¢s, se ha identificado la presencia de una nueva arma humana en el terreno. Algo grande est¨¢ ocurriendo all¨ª abajo. El almirante mir¨® la pantalla una vez m¨¢s, su mente procesando las piezas del rompecabezas. ¡ªEso no lo permitir¨¦ ¡ªdijo con voz baja pero firme, mientras se giraba hacia el oficial encargado de las comunicaciones¡ª. Ordene a las naves de refuerzo que inicien el despliegue. Nadie deja este planeta sin ser derrotado. Con un gesto firme de la mano, las ¨®rdenes fueron enviadas. Las naves comenzaban a alinearse para la ofensiva final. Sin embargo, en lo profundo de su mente, Arelis se preguntaba si esta batalla realmente ser¨ªa tan f¨¢cil como la hab¨ªa anticipado al principio. El puente se llen¨® de actividad mientras las ¨®rdenes eran transmitidas. Las nuevas naves imperiales, brillando con los reflejos de las estrellas cercanas, se alineaban en formaci¨®n. Su dise?o angular y oscuro parec¨ªa absorber la luz a su alrededor, proyectando una presencia amenazante. La atm¨®sfera en el puente estaba cargada de tensi¨®n, como si todos los presentes pudieran sentir el peso de lo que estaba por suceder. Sin embargo, antes de que las ¨®rdenes se ejecutaran por completo, una nueva se?al apareci¨® en los radares. Los t¨¦cnicos se detuvieron por un momento, sus rostros mostrando una mezcla de incredulidad y temor. ¡ªSe?or¡­ ¡ªbalbuce¨® uno de ellos¡ª. Detectamos un nuevo grupo de naves saliendo del hiperespacio¡­ No son nuestras. Gar''ol frunci¨® el ce?o y dio un paso hacia la consola principal. ¡ª?Identificaci¨®n? ¡ªSon¡­ humanas, se?or. Una flota terrana ha llegado. El silencio llen¨® el puente por un instante. Los oficiales se miraron entre s¨ª, sorprendidos de que los humanos, a quienes consideraban poco m¨¢s que una civilizaci¨®n atrasada, tuvieran la capacidad de enviar refuerzos interestelares. En las pantallas, las naves terranas comenzaron a desplegarse. Aunque m¨¢s peque?as y menos sofisticadas que las imperiales, sus dise?os funcionales y resistentes dejaban claro que estaban construidas para durar y para luchar. Las luces de las estrellas se reflejaban en sus cascos, d¨¢ndoles un brillo met¨¢lico que contrastaba con la oscuridad del espacio. Gar''ol apret¨® los pu?os mientras observaba las pantallas. ¡ªInteresante¡­ ¡ªmurmur¨® para s¨ª mismo¡ª. Parece que subestimamos a estos humanos. En ese momento, un oficial de comunicaciones interrumpi¨®. ¡ªSe?or, hemos interceptado transmisiones entre las naves humanas. Est¨¢n confirmando una contraofensiva coordinada con las fuerzas terrestres. Al parecer, han tra¨ªdo refuerzos tanto para la ¨®rbita como para el planeta. El almirante asinti¨® lentamente, con una mirada decidida. ¡ªEntonces ser¨¢ una batalla digna. Preparen los ca?ones orbitales. No permitiremos que estas naves alteren el curso de la guerra.You could be reading stolen content. Head to Royal Road for the genuine story. Enfrente de ellos se posicionaron treinta y una naves espaciales de Tit¨¢n-Six, Solares y Vic, pertenecientes a los principados de Alemania, Portugal y Espa?a. La flota contaba con una nave insignia llamada MORS, seis naves fragatas Clase Halc¨®n, quince cruceros de combate Clase Coloso, cuatro portaaviones Clase Tit¨¢n, siete naves de asalto planetario Clase Mastodonte y ocho bombarderos Clase Martillo. En total, contaban con setenta mil soldados regulares equipados con rifles de asalto de plasma, subfusiles de plasma, adem¨¢s de lanzacohetes con diferentes proyectiles, todos listos para el combate. Las fragatas Clase Halc¨®n formaban la primera l¨ªnea, listas para interceptar y responder a cualquier amenaza inmediata. Los cruceros de combate Clase Coloso flanqueaban su posici¨®n, proporcionando apoyo pesado. Las naves de asalto planetario Clase Mastodonte, dise?adas para desplegar tropas r¨¢pidamente en territorio hostil, se manten¨ªan listas en la retaguardia, mientras que la nave insignia MORS se manten¨ªa detr¨¢s de toda la formaci¨®n. En la nave insignia MORS terrana, el ambiente era un hervidero de actividad. Los centros de mando estaban al m¨¢ximo de eficiencia, con hombres y mujeres haciendo c¨¢lculos y comunic¨¢ndose por hologramas. El almirante Jos¨¦ Albar¨¢n, visiblemente preocupado, observaba el caos que lo rodeaba. ¡ª ??Ya intentaron entrar en contacto con esa flota xeno!? ¡ª, dijo mientras miraba a sus asesores. ¡ª ?S¨ª, se?or! Pero lo ¨²nico que nos dicen es que debemos unirnos a ellos para avanzar ¡ª, respondi¨® un asesor de cabello negro y lentes. ¡ª ?A qu¨¦ se refieren con "unirnos"? ¡ª, pregunt¨® el almirante, levantando una ceja. ¡ª Parece que forman parte de un imperio m¨¢s all¨¢ del gran vac¨ªo, se?or ¡ª, explic¨® el asesor. ¡ª ?Maldici¨®n! Y ahora vienen a invadirnos... ?No han pasado ni diez a?os desde la Gran Guerra Interplanetaria! ¡ª, grit¨® el almirante, golpeando la mesa con furia. ¡ª ?Malditos americanos! Solo nos trajeron m¨¢s problemas de los que necesit¨¢bamos. El rostro del almirante se transform¨® en una mueca de odio al recordar los nombres de aquellos responsables de la situaci¨®n. ¡ª ?Maldito John Brush! ?Por qu¨¦ tom¨® el poder? ?Esto nos ha llevado a este desastre! La guerra, que apenas hab¨ªa terminado, ya sum¨ªa a los terranos en otros cuarenta a?os de conflictos gal¨¢cticos y parec¨ªa que ese n¨²mero ser¨ªa m¨¢s grande debido a esta nueva guerra. ¡ª ?Se?or, estamos recibiendo comunicaci¨®n de la defensa miliciana del planeta! ¡ª, inform¨® una mujer de cabello rojo, sosteniendo una tableta hologr¨¢fica. ¡ª ?Qu¨¦ dijeron? ¡ª, pregunt¨® el almirante con la ceja a¨²n levantada. ¡ª ?Que lograron resistir lo que pudieron, pero que los alien¨ªgenas crearon una cabeza de playa en Gringor, al sudeste de Novosibirsk, se?or! ¡ª, respondi¨® la mujer, repasando la informaci¨®n recibida. ¡ª ?Entendido! ?Ahora todos pongan atenci¨®n! ¡ª, grit¨® el almirante. ¡ª ?Que las fragatas carguen bater¨ªas l¨¢ser y ca?ones de plasma! ?Que los cruceros carguen sus bater¨ªas de plasma y ca?ones l¨¢ser! ?Que los cazas se preparen para la batalla en el vac¨ªo! ??Ahora!! ¡ª. El grito del almirante reson¨® en toda la cabina de mando, haciendo que todos se pusieran en acci¨®n de inmediato. Mientras la flota de los terranos se preparaba, la flota imperial hac¨ªa los mismos movimientos. Las catorce fragatas de clase Y''shaar se posicionaron al frente, con sus ca?ones Kynetik listos para disparar. Los quince cruceros clase Vaelor se colocaron detr¨¢s de ellas, cargando sus proyectores gravit¨®nicos H''razal y lanzadores de misiles Sha''thal. Sus nueve acorazados clase K''varon se pusieron a sus flancos, listos con sus aceleradores Kynetik pesados y lanzas H''terion. Los portaaviones clase Zinvar se ubicaron en el centro de la formaci¨®n, esperando liberar a sus cazas en la ¨®rbita terrestre. A medida que la flota imperial se posicionaba, la atm¨®sfera en la nave insignia del comandante imperial Kresh''nar se volv¨ªa densa con la anticipaci¨®n del inminente ataque. Las pantallas hologr¨¢ficas mostraban las coordenadas exactas del punto de acceso terrestre, mientras las tres naves de asalto planetario Drakar descend¨ªan hacia el objetivo. Estas naves tra¨ªan consigo noventa mil soldados regulares de fuerza de asalto imperial, portando fusiles l¨¢ser, francotiradores l¨¢ser, lanzadores antitanque , as¨ª como lanzadores anti fortificaciones. Entre sus tropas, hab¨ªa fuerzas de reconocimiento armadas con subfusiles l¨¢ser, adem¨¢s de Fuerzas Especiales Imperiales. Contaban con trescientos veh¨ªculos de todo tipo, incluyendo Zhar''Khar de blindaje ligero pero alta movilidad, Vreth-Tal, un transportador de tropas altamente blindado, y veh¨ªculos de artiller¨ªa m¨®vil Nok''thra y Thron-Tel, especializados en apoyo y escolta de tropas de alta importancia. Los tanques pesados Draak-Tha¡¯kor y los tanques medianos K''laath-Tor de alto blindaje pero menor peso tambi¨¦n formaban parte de la operaci¨®n. Adem¨¢s, los caminantes Rath¡¯kor estaban listos para avanzar. Con esta poderosa flota, el objetivo del Imperio era claro: lograr que la raza humana en el planeta se uniera al imperio por medios b¨¦licos. Con esto, la batalla espacial dio comienzo. Las fragatas de la ESTU colisionaron con las fragatas imperiales en un intercambio devastador de plasma, l¨¢seres y torpedos. De los portaaviones de la ESTU emergieron miles de cazas F¨¦nix, que comenzaron una ofensiva de hostigamiento contra las naves de retaguardia del Imperio. ¡ª ?Qu¨¦ demonios est¨¢n haciendo esos malditos simios sin pelo? ¡ªexclam¨® furioso el almirante Gar¡¯ol, golpeando la pared con uno de sus brazos, mientras los otros se manten¨ªan tensos, observando atentamente la situaci¨®n desde el puente de mando de su nave insignia. ¡ª ?Que los V''khar-Krath y Tor''Akan salgan de los portaaviones! ¡ªorden¨®, con el rostro torn¨¢ndose de un tono azul intenso por el furor, algo evidente en su especie. ¡ª Se?or, nuestros cazas no soportar¨¢n las condiciones del vac¨ªo por tanto tiempo ¡ªdijo un asesor de la raza Vul¡¯har, mostrando clara preocupaci¨®n. ¡ª ?No te pregunto si soportan! ¡ªgru?¨® Gar¡¯ol, la rabia evidente en su voz. ¡ª ??Acaso te pregunt¨¦ si soportan?! ¡ª ?No, se?or! ¡ªrespondi¨® r¨¢pidamente, cubri¨¦ndose el rostro con la tableta de control. ¡ª Ordenar¨¦ que sean enviados de inmediato. ¡°Maldita sea¡­¡± pens¨® Gar¡¯ol para s¨ª mismo. ¡°Hace mucho que no usamos esas t¨¢cticas.¡± La batalla se intensific¨® r¨¢pidamente, con cazas imperiales siendo derribados por los F¨¦nix de la ESTU o cayendo por la incapacidad de soportar el vac¨ªo del espacio. Ante la dif¨ªcil situaci¨®n, muchos cazas imperiales decidieron retirarse a los hangares de los portaaviones. Mientras tanto, las fragatas imperiales inflig¨ªan un da?o sorprendente a las fragatas de la ESTU. En ese preciso momento, las naves de desembarco humanas llegaron a la ¨®rbita del planeta terrestre y comenzaron a liberar 150 c¨¢psulas de desembarco sobre las posesiones terranas. Mientras la batalla continuaba con una clara ventaja imperial, ocurri¨® un giro inesperado. Desde un crucero de batalla de la ESTU emergi¨® un torpedo cuyo rastro brillaba con una intensidad cegadora, iluminando incluso la vasta oscuridad del vac¨ªo. El impacto fue fulminante: no solo desactiv¨® los escudos de una fragata imperial, sino que la destruy¨® por completo en cuesti¨®n de segundos. La nave se desintegr¨® en una explosi¨®n tan brillante que dej¨® una nube de escombros flotando en el vac¨ªo. El torpedo, un dispositivo de plasma comprimido con una ojiva nuclear de 10 megatones, hab¨ªa cambiado el curso de la batalla. ¡ª ??Qu¨¦ demonios ocurri¨®?! ¡ªgrit¨® Gar¡¯ol, su rostro deformado por la ira y el estr¨¦s, tan palpable que sus consejeros no se atrev¨ªan a mover ni un dedo. Cada palabra, cargada de furia, era como un rugido imparable. Los oficiales presentes tem¨ªan incluso el m¨¢s m¨ªnimo movimiento, sab¨ªan que la furia del almirante era temible, pero nunca antes se hab¨ªa desatado con tal intensidad. ¡ª ??Qu¨¦ fue ese maldito torpedo?! ¡ªsu voz reson¨® por todo el puente, como un rugido bestial, mientras uno de sus cuatro poderosos brazos golpeaba la mesa con tal fuerza que el acero tembl¨®. Las pantallas del puente parpadeaban err¨¢ticamente, mientras las alarmas de emergencia sonaban d¨¦bilmente. Todo en la sala parec¨ªa estar centrado en la figura de Gar¡¯ol, cuya furia llenaba el espacio como una sombra imparable. Una asesora de la raza Vul''har, visiblemente nerviosa y con la mirada fija en el suelo, pronunci¨® sus palabras con cautela, temerosa de que cualquier error pudiera desatar la furia del l¨ªder. ¡ª Parece que fue un dispositivo nuclear combinado con plasma, se?or... ¡ªsu voz vacilaba, llena de temor. Hablar de energ¨ªa nuclear era un tema tab¨² en el Imperio, y su cuerpo tenso reflejaba el miedo que sent¨ªa. ¡ª ??C¨®mo diablos usan energ¨ªa nuclear para fabricar armas?! ¡ªgrit¨® Gar¡¯ol, su garganta rasgando la rabia que emanaba de ¨¦l. Su voz reverber¨® por toda la nave, distorsionando el aire a su alrededor. La presi¨®n de su grito no solo la sent¨ªan los presentes, sino que incluso las paredes met¨¢licas parec¨ªan crujir bajo el peso de su furia. Los consejeros permanecieron en absoluto silencio, mientras el ambiente se volv¨ªa irrespirable. Nadie se atrev¨ªa a hacer un solo movimiento. La explosiva reacci¨®n de Gar''gol hab¨ªa sumido la sala en una atm¨®sfera tensa, mientras ¨¦l luchaba por recuperar el control sobre su respiraci¨®n. Con este giro, el rumbo de la batalla cambi¨® a favor de la humanidad. Cuando las naves de desembarco fueron liberadas, entraron en ¨®rbita terrestre, desplegando a las tropas del ej¨¦rcito republicano popular EJRP en el planeta. ¡ª ?Se?or, los refuerzos han llegado! ¡ªgrit¨® una mujer de cabello rubio, con una expresi¨®n de alivio y alegr¨ªa en su rostro. ¡ª ?Al fin se enfrentar¨¢n al ej¨¦rcito real! ¡ªexclam¨® el almirante Gar¡¯ol, con una expresi¨®n de euforia y satisfacci¨®n. ¡ª ?Ahora ver¨¢n lo que es un ej¨¦rcito de verdad, no un grupo de civiles armados! ¡ªsu rostro se ilumin¨® con una sonrisa triunfante, anticipando la carnicer¨ªa que se desatar¨ªa a continuaci¨®n. Cuando las tropas regulares llegaron, la diferencia era inconfundible. Los soldados del ej¨¦rcito regular de la ESTU estaban equipados con armaduras de alto blindaje, confeccionadas con aleaciones de minerales densos, altamente resistentes y duraderos. La prioridad de estas armaduras era la protecci¨®n, asegurando que los soldados pudieran resistir los mayores impactos posibles. La formaci¨®n era estricta, con miles de soldados descendiendo en grupos grandes de cien, distribuidos en filas precisas. Por cada cincuenta soldados, diez estaban equipados con el equipo Juggernaut Vanguard o el Tit¨¢n-Kronos, portando pesadas armas l¨¢ser y lanzallamas, preparados para la ofensiva en el terreno m¨¢s hostil. ¡ª Jefe de guerra, mi nombre es Friedrich, del principado de Alemania. Estoy a cargo de los refuerzos alemanes, portugueses y espa?oles. Sumamos un total de setenta mil efectivos y trescientos cincuenta veh¨ªculos, entre tanques de diversas clases, veh¨ªculos antitanque, y artiller¨ªa tanto remolcada como autopropulsada ¡ªdijo mientras se pon¨ªa firme, mirando al frente y realizando un saludo militar, sin mostrar un solo vestigio de duda o miedo¡ª. Estamos bajo su mando y direcci¨®n. ¡ª Gracias por su apoyo. El principado de Rusia est¨¢ profundamente agradecido. No necesitas tantas formalidades; apenas ser¨¢ ascendido a jefe de guerra planetario ¡ªrespondi¨®, intentando suavizar la situaci¨®n con un leve gesto de calma en su rostro¡ª. Tus refuerzos ser¨¢n de gran ayuda, especialmente porque hemos recibido respuesta r¨¢pida de sus principios. Pedimos ayuda a nuestro principado, pero lamentablemente tardar¨¢n d¨ªas en llegar; este planeta apenas est¨¢ siendo colonizado y se encuentra lejos de nuestros refuerzos m¨¢s cercanos ¡ªa?adi¨®, notando algo de tensi¨®n en su rostro mientras se retiraba el gorro. ¡ªEscuche eso, se?or. El principado de Arabia Saudita me reiter¨® lo mismo ¡ªrespondi¨® con seriedad, su tono firme y grave. ¡ª De igual manera, ped¨ª ayuda a los principados de M¨¦xico ya la coalici¨®n SAM, pero llegar¨¢n en unas tres horas m¨¢s ¡ªdijo, soltando un suspiro de alivio al confirmar la situaci¨®n. ¡ª Esperamos que sus refuerzos lleguen antes de que la acci¨®n termine ¡ªdijo, soltando una risa burlona. ¡ª Se?or, si no es inconveniente, me gustar¨ªa discutir las posiciones xenos del planeta ¡ªa?adi¨®, su rostro ahora m¨¢s serio. ¡ª Claro¡­ esos malditos alien¨ªgenas han avanzado millas de kil¨®metros desde su primer asalto ¡ªrespondi¨® mientras comenzaba a girarse para dirigirse hacia la sala de mando. Estragos En los b¨²nkeres situados en la colina junto al lago, los soldados imperiales celebraban con j¨²bilo el haber avanzado mil quinientos kil¨®metros desde el inicio de su ofensiva. Sin embargo, en las trincheras de la primera l¨ªnea del frente, lejos de la cabeza de playa, la realidad era muy distinta. El cabo Kruska, apostado en la primera l¨ªnea, observaba el horizonte con un nudo en el est¨®mago. Hab¨ªa sido testigo de las aterradoras bestias met¨¢licas terranas en acci¨®n, y no pod¨ªa sacarse esa imagen de la cabeza. "No entienden... Esto no es una guerra, es una masacre para nosotros" pens¨® con amargura, observando c¨®mo los refuerzos imperiales llegaron confiados, ajenos al verdadero peligro. De repente, un estruendo en el cielo capt¨® su atenci¨®n. Tres naves descend¨ªan en llamas. Dos imperiales y una terrana. Los soldados alrededor murmuraron preocupados. Aunque hab¨ªan derribado a una nave enemiga, hab¨ªan perdido dos propias. El equilibrio estaba lejos de ser favorable. Kruska continu¨® mirando el cielo, inquieto, cuando un sonido ensordecedor lo sacudi¨®. Una explosi¨®n sacudi¨® el este de la trinchera. La onda expansiva fue seguida por un destello ardiente y un rugido ensordecedor. Un proyecto de plasma comprimido hab¨ªa impactado de lleno, esparciendo una ola de calor abrasador que derriti¨® armaduras y carne por igual. Los gritos desgarradores de los soldados llenaron el aire, un coro de dolor y desesperaci¨®n. Antes de que pudiera reaccionar, otra explosi¨®n reson¨® luego otra y otra. El ataque de artiller¨ªa terrana hab¨ªa comenzado. Por veinte interminables minutos, las trincheras imperiales fueron golpeadas El humo y los vapores t¨®xicos cubr¨ªan el paisaje, oscureciendo el cielo con un velo de muerte. La tierra estaba te?ida de sangre y cenizas, y los cuerpos derretidos yac¨ªan como grotescas sombras del horror vivido. El hedor a carne quemada se mezclaba con el aire fr¨ªo de la tundra, creando una atm¨®sfera insoportable. ¡ª ??Veh¨ªculos enemigos!! ¡ª rugi¨® un general Velothian desde las trincheras, su voz firme intentando imponerse sobre el caos. ¡ª ??P¨®nganse en l¨ªnea de disparo!! ¡ª Kruska, todav¨ªa aturdido, levant¨® su arma con manos temblorosas. Su respiraci¨®n se entrecortaba mientras observaba las siluetas de los enemigos blindados emerger entre el polvo y el fuego. A diferencia del primer ataque, estos veh¨ªculos no eran los mismos. Cinco tanques medianos Valkyrion-F avanzaban con rapidez, seguidos de un coloso imponente: un tanque pesado Titanensturm Forestus. ¡ª No son como los otros¡­ ¡ª pens¨® Kruska, el p¨¢nico apoder¨¢ndose de ¨¦l. El enorme blindado se detuvo y, con un rugido mec¨¢nico, dispar¨® su ca?¨®n principal. ¡ª ???Al suelo!!! ¡ª grit¨® Kruska mientras se lanzaba al barro y arrastraba a un compa?ero con ¨¦l. El proyectil APAM explot¨® con un estruendo ensordecedor. La onda expansiva levant¨® tierra, nieve y carne desgarrada. Los fragmentos de metralla atravesaron a los soldados imperiales como cuchillas invisibles. Cuando Kruska levant¨® la vista, la escena que se desplegaba ante ¨¦l era el mism¨ªsimo infierno: cabezas separadas de sus cuerpos, sangre de distintos colores manchando la nieve, extremidades arrancadas y cuerpos calcinados que ya no parec¨ªan haber sido soldados de las orgullosas razas del Imperio Interestelar. La primera l¨ªnea de trincheras estaba siendo aniquilada. Los cincuenta soldados que resist¨ªan junto a ¨¦l no tardaron en escuchar un nuevo sonido que hel¨® su sangre: pasos pesados, mec¨¢nicos, seguidos de gritos de p¨¢nico. Desde la trinchera de la derecha, soldados imperiales hu¨ªan despavoridos. Un soldado terrano con una armadura pesada, un Titan-Kronos, avanzaba entre ellos. Cubierto por una armadura blanca y con una imponente estatura, el humano activ¨® su lanzallamas. Una sustancia pegajosa envuelta en fuego envolvi¨® a los soldados imperiales, quienes gritaban mientras las llamas consum¨ªan sus cuerpos. Se retorc¨ªan en una danza de desesperaci¨®n, sus alaridos desgarradores llenando el aire hasta que, poco a poco, se extinguieron, dejando tras de s¨ª solo una masa humeante de carne y fluidos. ¡ª ???Nooooo!!! ¡ª grit¨® Kruska, extendiendo una mano impotente. ¡ª ???Se acercan m¨¢s por el frente!!! ¡ª grit¨® su compa?ero, jal¨¢ndolo de vuelta a la trinchera. ¡ª ???DISPAREN!!! ¡ª orden¨® Kruska, aferr¨¢ndose a su Valkyra-Kesh y apoy¨¢ndose contra un improvisado muro de sacos de biocelulosa llenos de nieve y tierra. El estruendo de disparos se desat¨® en todas las trincheras supervivientes. L¨¢seres de energ¨ªa concentrada surcaron el aire, impactando contra los soldados terranos y derrib¨¢ndolos, pero no lo suficientemente r¨¢pido. Los tanques medianos Valkyrion-F avanzaban con rapidez, disparando una y otra vez su munici¨®n APAM. Cada impacto hac¨ªa saltar cuerpos en pedazos, destruyendo fortificaciones y sofocando los gritos de los soldados imperiales bajo un coro de explosiones y muerte. La primera l¨ªnea...hab¨ªa ca¨ªdo. La orden de retirada lleg¨®. Kruska y los sobrevivientes corrieron hacia la segunda l¨ªnea de defensa, situada m¨¢s atr¨¢s en la tundra, donde b¨²nkeres reforzados y trincheras interconectadas les esperaban. Mientras hu¨ªan, pod¨ªan ver c¨®mo los ¨²ltimos rezagados eran atrapados por la infanter¨ªa terrana. No se rend¨ªan. No aceptaban prisioneros. Mataban a todos. Al llegar a la nueva posici¨®n, Kruska observ¨® el despliegue imperial: Obuses Vla¡¯Renth Kryna posicionados a diez kil¨®metros, ca?ones de infanter¨ªa Ny¡¯shok Rryval, listos para disparar esferas corrosivas desde los b¨²nkeres, soldados de ¨¦lite equipados con armaduras modulares Zhir''karis y rifles l¨¢ser de pulso Tar''zhen, Otros con armaduras pesadas Vor¡¯thanis, portando ca?ones de munici¨®n cin¨¦tica, Veh¨ªculos blindados esperando la orden de abrir fuego. "Espero que esto baste", pens¨® Kruska, exhalando un suspiro de alivio. Pero la batalla estaba lejos de terminar. Los primeros soldados humanos irrumpieron en la segunda l¨ªnea, y el ca?¨®n de esferas corrosivas les dio la bienvenida. La explosi¨®n no logr¨® atravesar su blindaje, pero la sustancia comenz¨® a corroer el metal. Los gritos humanos comenzaron. Kruska apunt¨® su rifle y dispar¨® a sus cabezas, aquellas que no estaban protegidas por casco. No soportaba escuchar esos gritos. Una nueva explosi¨®n sacudi¨® la trinchera. Un soldado humano, cubierto con una armadura a¨²n m¨¢s gruesa, se alz¨® entre el humo y dispar¨® un Phantom-Talon Flechette de un lanzacohetes antipersonal. El proyectil se dividi¨® en diez dardos letales. Los proyectiles surcaron el aire y atravesaron a un grupo de soldados imperiales, empal¨¢ndolos en las paredes de la trinchera. La sangre oscura de varias especies salpic¨® el suelo helado. Kruska apret¨® los dientes y abri¨® fuego en direcci¨®n a los soldados terranos. ¡ª ???Malditos¡­ por crear armas tan brutales!!! ¡ª rugi¨® con desesperaci¨®n. Las l¨¢grimas comenzaron a recorrer su rostro. El miedo, el p¨¢nico y el odio lo consum¨ªan. Cada explosi¨®n hac¨ªa que su cuerpo reaccionara instintivamente, encogi¨¦ndose como un animal acorralado. Sus manos temblaban de manera incontrolable cada vez que escuchaba el motor de un tanque humano. Y entonces, el cielo se ilumin¨® con destellos de fuego. Arriba, en la ¨®rbita del planeta, la batalla espacial alcanzaba su punto cr¨ªtico. La flota imperial sufr¨ªa bajas masivas. Las ¨®rdenes fueron claras: "Retirada inmediata de las naves restantes." The genuine version of this novel can be found on another site. Support the author by reading it there. Pero para los soldados en la superficie, no hab¨ªa escape. Solo quedaba luchar¡­ o morir. El estruendo de la batalla era ensordecedor. Explosiones y disparos se mezclaban en un caos atronador mientras el humo, denso y sofocante, envolv¨ªa el campo de batalla como una mortaja. El suelo temblaba bajo las botas de los soldados, sacudido por la artiller¨ªa y el impacto de proyectiles que levantaban nubes de escombros y tierra calcinada. A pesar de la conmoci¨®n por la retirada de la flota imperial, la infanter¨ªa y los veh¨ªculos a¨²n formaban una l¨ªnea defensiva considerable. Sin embargo, el horizonte se torn¨® m¨¢s ominoso cuando la silueta de un coloso blindado emergi¨® entre el polvo y el fuego. Un Titanensturm Forestu se aproximaba. Su motor, rugiendo como una bestia enjaulada, resonaba entre los escombros. El blindado se detuvo por un instante, el tiempo suficiente para que su ca?¨®n apuntara con precisi¨®n quir¨²rgica a una fortificaci¨®n imperial. Luego, un momento de silencio abrumador. El motor se apag¨®. Kruska sinti¨® un escalofr¨ªo recorrer su columna. Sab¨ªa lo que ven¨ªa. El estallido fue ensordecedor. Un proyectil emergi¨® del ca?¨®n del Titanensturm, surcando el aire como un rel¨¢mpago de muerte. Kruska lo vio pasar demasiado cerca, y antes de poder reaccionar, la explosi¨®n lo arroj¨® violentamente al suelo. Rod¨® varios metros, su cuerpo golpeando contra las tablas de la trinchera. El impacto le dej¨® la vista nublada y los o¨ªdos zumbando con un pitido insoportable. Al abrir los ojos, vio su armadura salpicada con sangre azul. No sab¨ªa si era suya o de otro soldado. Apenas pudo incorporarse cuando otro estruendo sacudi¨® el campo de batalla. Un ca?¨®n de infanter¨ªa imperial hab¨ªa disparado contra el monstruo blindado. El impacto fue directo, pero el Titanensturm ni siquiera titube¨®. Su grueso blindaje lo absorbi¨® sin m¨¢s que una marca de quemadura en la superficie met¨¢lica. El tanque respondi¨® con una furia implacable. Su ca?¨®n gir¨® lentamente, apuntando al ca?¨®n de infanter¨ªa imperial. ¡ª??A cubierto!!¡ª grit¨® un soldado imperial, pero fue demasiado tarde. El proyectil HEAT sali¨® disparado con un bramido atronador. La explosi¨®n desmembr¨® a los operadores imperiales, esparciendo sangre y v¨ªsceras por la trinchera. La detonaci¨®n inicial fue brutal, pero un segundo estallido¡ªel de la munici¨®n del ca?¨®n imperial¡ªfue a¨²n peor. La fortificaci¨®n se convirti¨® en una bola de fuego, y su ca?¨®n sali¨® disparado hacia el cielo como una grotesca bengala de metal retorcido. Kruska se oblig¨® a levantarse, tambale¨¢ndose. Su respiraci¨®n era err¨¢tica, el miedo y la adrenalina luchaban por el control de su cuerpo. Vio c¨®mo el Titanensturm soportaba impasible otro impacto de c¨¢psulas corrosivas. "Mierda, no otra vez." Se arrastr¨® hasta la l¨ªnea de fuego y se asom¨® sobre la trinchera. Los soldados terranos avanzaban, implacables, disparando r¨¢fagas de plasma y proyectiles perforantes contra las defensas imperiales. Sin dudarlo, Kruska alz¨® su rifle y abri¨® fuego. A su izquierda, un equipo imperial con Ra¡¯Tak-Met, armas antitanque, intentaba frenar a la bestia blindada. Un disparo impact¨®, pero el da?o fue casi nulo. El ca?¨®n del Titanensturm gir¨® con lentitud, apuntando directamente a su costado. ¡ª??Disparen¡­! ??Al suelo!!¡ª grit¨® Kruska. Se lanz¨® al barro junto a su compa?ero justo cuando el blindado dispar¨®. El proyectil explot¨® en el aire, dividi¨¦ndose en una lluvia de dardos met¨¢licos. Cuando Kruska levant¨® la cabeza, sinti¨® que el est¨®mago se le revolv¨ªa. Varios soldados imperiales estaban empalados en los escombros de la trinchera, sus cuerpos retorcidos como marionetas rotas. La sangre verdosa goteaba lentamente de los dardos, mezcl¨¢ndose con el lodo y la ceniza. Luchando contra el p¨¢nico, se oblig¨® a actuar. Tom¨® un lanzador antitanque, carg¨® y dispar¨®. Su compa?ero, ya listo con otra carga, lanz¨® otro proyectil. Ambos impactos dieron en el mismo punto, dejando una marca m¨¢s visible en el blindaje del Titanensturm. Pero no era suficiente. Necesitaban armamento m¨¢s pesado o refuerzos blindados. ¡ª?Es por aqu¨ª! ?La salida al sector B-34 est¨¢ aqu¨ª!¡ª grit¨® un soldado terrano, guiando a m¨¢s tropas mientras disparaba contra las trincheras. Un Titan-Kronos terrano apareci¨®, avanzando hacia una fortificaci¨®n imperial. Su lanzallamas escupi¨® fuego l¨ªquido, inundando la posici¨®n con una tormenta de llamas. Los soldados dentro del b¨²nker comenzaron a salir, envueltos en llamas, gritando de agon¨ªa. Algunos rodaban por el suelo, intentando apagar el fuego, pero sus esfuerzos fueron en vano. Sus alaridos se fueron apagando, ahogados por la falta de ox¨ªgeno y el calor insoportable. Kruska temblaba, incapaz de apartar la mirada. Entonces, escuch¨® disparos a su espalda. Se gir¨® justo a tiempo para ver c¨®mo su amigo de toda la vida, Karlo, ca¨ªa al suelo con un agujero de diez cent¨ªmetros en la cabeza. Un disparo de plasma lo hab¨ªa matado instant¨¢neamente. La furia y el dolor se fusionaron en su pecho. Sin pensarlo, Kruska alz¨® su rifle y dispar¨® una r¨¢faga de l¨¢ser contra el atacante, derrib¨¢ndolo. El impacto dej¨® solo una mancha negra en la armadura blanca del terrano. Otro enemigo apareci¨® detr¨¢s, y Kruska dispar¨® de nuevo. Luego otro. Y otro m¨¢s. Cuando todo termin¨®, mir¨® el cad¨¢ver de Karlo. No pod¨ªa llorar. No todav¨ªa. A su lado, una ametralladora ligera yac¨ªa en el suelo. La tom¨® y vio a otro soldado imperial, con el miedo reflejado en el rostro. ¡ª??Tr¨¢ela y ay¨²dame a manejar la ametralladora!!¡ª rugi¨® Kruska. El soldado titube¨®, pero finalmente reaccion¨®. ¡ª??S-s¨ª!!¡ª balbuce¨®, corriendo a conectar la bater¨ªa y sostener el cableado. Kruska inhal¨® profundamente y apret¨® el gatillo. El rugido de la ametralladora reson¨® en la trinchera, barriendo a la infanter¨ªa terrana que intentaba avanzar. Las balas incandescentes trazaban l¨ªneas de muerte en la oscuridad humeante. Pero el Titanensturm a¨²n estaba all¨ª. Y la batalla estaba lejos de terminar. Las trincheras imperiales vibraban con el retumbar de la artiller¨ªa y los disparos de las armas de energ¨ªa. En la retaguardia, entre el humo y los destellos de explosiones, un coloso de acero avanzaba con determinaci¨®n. El Draak-Tha¡¯kor, un tanque pesado del Imperio, se abr¨ªa paso entre el barro ennegrecido y los cuerpos destrozados de los ca¨ªdos. Sus orugas trituraban el suelo, dejando una estela de devastaci¨®n mientras su silueta emerg¨ªa entre la bruma de la guerra. Desde el interior del blindado, la tensi¨®n era palpable. ¡ª?Se?or, blindado enemigo a las 13:00! ?Carajo! ¡ªgrit¨® un tripulante, con la voz tensa por la inminente confrontaci¨®n. El comandante Frax¡¯Cel, de expresi¨®n p¨¦trea y mirada afilada, no perdi¨® la calma. Su especie rara vez mostraba emociones intensas, pero en su voz resonaba la certeza de un guerrero veterano. ¡ª?Cargador, prep¨¢rate para munici¨®n Karnal-Kel¡¯Thor! ¡ªorden¨® con firmeza. ¡ª?Munici¨®n lista, se?or! ¡ªrespondi¨® Rail¡¯Ta, la cargadora, su tono marcado por la adrenalina. Su piel gruesa y gris¨¢cea estaba cubierta de polvo y sudor, pero sus manos firmes no temblaban mientras aseguraba el proyectil en la rec¨¢mara. ¡ªBien. En marcha. Acabemos con esa bestia de metal terrana. Un rugido un¨ªsono de aprobaci¨®n recorri¨® la cabina del tanque. El conductor, Jax¡¯Lor, maniobraba con precisi¨®n, mientras sus pensamientos divagaban en medio del caos. ¡ªEscuch¨¦ historias sobre estos blindados terranos... ¡ªdijo con una mezcla de fascinaci¨®n y escepticismo¡ª. Algunos dicen que pueden resistir un impacto directo de un Shal¡¯Khor, y que ni siquiera un Kresh¡¯Thar los destruye por completo... Apenas se prenden en llamas. ¡ªSeguro exageran ¡ªrespondi¨® Rail¡¯Ta, aunque su voz delataba cierta incertidumbre. ¡ªPronto lo sabremos... Al fin y al cabo, nos enfrentamos a un tanque pesado ¡ªintervino el comandante, con una frialdad que ocultaba su propia inquietud. A unos cientos de metros, en la l¨ªnea del frente, el tanque terrano avanzaba con el ca?¨®n a¨²n humeante tras su ¨²ltimo disparo. El metal ennegrecido, cubierto de cicatrices de combate, reflejaba los destellos del fuego cruzado. Dentro del blindado, los sensores parpadeaban con advertencias cr¨ªticas. ¡ª?Se?or, detecci¨®n de campo gravitatorio aproxim¨¢ndose! ¡ªexclam¨® Hans, el operador de sistemas, con los ojos fijos en la pantalla¡ª. ?500 metros antes del avistamiento! Se?or¡­ es grande. El comandante Alexei Voronin cerr¨® los pu?os con fuerza. Su expresi¨®n era una mezcla de preocupaci¨®n y determinaci¨®n. ¡ª?Carguen munici¨®n antiblindaje! ?Tengan preparadas tres m¨¢s! ¡ªorden¨® con un tono seco y autoritario. El ambiente dentro del tanque era sofocante. Cada miembro de la tripulaci¨®n pod¨ªa sentir la vibraci¨®n del motor y el retumbar de la batalla afuera. El olor a metal caliente y aceite quemado impregnaba el aire. Las manos del artillero temblaban levemente mientras aseguraba la munici¨®n. Nadie hablaba de ello, pero todos sab¨ªan que la pr¨®xima maniobra decidir¨ªa si vivir¨ªan o morir¨ªan. A trav¨¦s de los visores ¨®pticos, divisaron la silueta del Draak-Tha¡¯kor, su armadura brillando bajo el resplandor de los proyectiles en el cielo. El primer disparo del tanque terrano impact¨® de lleno en su costado, pero el blindaje imperial apenas mostr¨® signos de da?o. El segundo proyectil fue m¨¢s certero: golpe¨® el chasis frontal con una fuerza brutal. ¡ª?Se?or, el impacto da?¨® el escudo de energ¨ªa! ¡ªgrit¨® el operador de sistemas del tanque imperial¡ª. ?Tiempo estimado de recuperaci¨®n: 20 minutos! El comandante imperial apret¨® los dientes. ¡ªParece que esos primitivos tienen cosas que ofrecer al Imperio despu¨¦s de todo... ¡ªmurmur¨® Rail¡¯Ta, con una mezcla de asombro y decepci¨®n¡ª. Si tan solo hubieran aceptado la diplomacia, podr¨ªan haber trabajado a nuestro lado¡­ Pero no hubo tiempo para divagar. En ese instante, un soldado imperial en la trinchera m¨¢s cercana carg¨® un lanzacohetes anti blindaje y dispar¨®. La explosi¨®n fue brutal. El costado derecho del tanque terrano se ilumin¨® con un destello cegador, seguido de una onda expansiva que sacudi¨® la tierra y levant¨® una nube de polvo y escombros. ¡ª?Se?or, estamos comprometidos! Blindaje lateral derecho comprometido. ¡ªEl operador de da?os ten¨ªa el rostro desencajado. Voronin sinti¨® un escalofr¨ªo recorrer su espalda. ¡ªSi recibimos otro impacto, el blindaje no resistir¨¢. ?Preparen las armas y est¨¦n listos para evacuar! Cada tripulante asi¨® su rifle. El miedo se palpaba en el aire, pero nadie pensaba huir sin luchar. El tanque terrano respondi¨®. El siguiente disparo impact¨® el costado izquierdo del Draak-Tha''kor, afectando sus campos gravitacionales. El coloso imperial qued¨® inm¨®vil, vulnerable. ¡ª?Se?or, no podemos movernos! ?Necesito salir a reparar los estabilizadores! ¡ªgrit¨® el t¨¦cnico Vu''le, con el rostro crujiente por la desesperaci¨®n. Sab¨ªa que salir significaba morir. El comandante del tanque imperial tom¨® una decisi¨®n. ¡ª?Disparen otra ronda! ?Carguen de inmediato! Los tripulantes obedecieron sin dudar, el ¨²ltimo disparo del Draak-Tha''kor golpe¨® de lleno el tanque terrano. El impacto fue devastador. El proyecto perfor¨® el blindaje, generando una explosi¨®n interna que forz¨® a la tripulaci¨®n a evacuar de inmediato. Las escotillas se abrieron y los terranos salieron disparados al campo de batalla, con sus armas listas¡­ pero fueron rodeados en segundos. Soldados imperiales los enca?onaron. ¡ª?R¨ªndanse o mueran! ¡ªrugi¨® un oficial imperial. Los terranos no ten¨ªan opci¨®n. Bajaron las armas y fueron llevados a un b¨²nker cercano para ser interrogados. El tanque humano, humeante y destrozado, fue remolado por ingenieros imperiales. Desde una colina cercana, Kruska observ¨® en silencio. La batalla hab¨ªa terminado, pero algo dentro de ¨¦l no lo dejaba tranquilo. Si aquel soldado imperial no hubiera disparado el arma antitanque, el combate habr¨ªa sido completamente diferente. Los terranos no solo eran fuertes; Eran resistentes, inteligentes y decididos. Cuando le ordenaron escoltar a los prisioneros al b¨²nker, una ligera desconfianza lo invadi¨®. ¨¦l sab¨ªa lo que hab¨ªan hecho los humanos en la primera ola. Hab¨ªan masacrado a millas de los suyos. Pero ahora¡­Ahora ve¨ªa algo m¨¢s. Quiz¨¢s esta era su oportunidad de comprender a la raza que el Imperio quer¨ªa doblegar. Y quiz¨¢s¡­ descubrir si la guerra realmente era la ¨²nica respuesta. Sorpresas La puerta met¨¢lica de la sala de interrogatorios se desliz¨® con un leve zumbido, y por ella entr¨® Rail¡¯Tai con paso firme y entusiasta. Su postura irradiaba confianza, y en su rostro se dibujaba una sonrisa que desentonaba con la tensi¨®n de la habitaci¨®n. Los prisioneros terranos estaban sentados en una hilera de sillas de metal, con las mu?ecas esposadas a la mesa frente a ellos. Las luces fr¨ªas del techo parpadeaban de vez en cuando, lanzando destellos irregulares sobre los muros de acero oscuro. El aire ol¨ªa a metal y sudor, una combinaci¨®n t¨ªpica de los b¨²nkeres militares subterr¨¢neos del imperio. Rail¡¯Tai se detuvo frente al comandante terrano, inclin¨¢ndose ligeramente hacia ¨¦l con una expresi¨®n de curiosidad mal disimulada. Sus ojos brillaban con un matiz amarillo intenso, casi felino. Aunque su figura era similar a la de un humano, sus orejas puntiagudas y su piel de un tono dorado marcaban la diferencia. ¡ª Malditos terranos, me gustar¨ªa que estuvi¨¦ramos en la tripulaci¨®n de un tanque juntos ¡ª dijo con un deje de diversi¨®n en su voz. El capit¨¢n Alexei Voronin la observ¨® con el ce?o fruncido, su expresi¨®n mostrando una mezcla de desd¨¦n y sarcasmo. ¡ª ?Compa?era? Me llamo Alexei Voronin, compa?era ¡ª respondi¨®, enfatizando la ¨²ltima palabra con una iron¨ªa palpable. Rail¡¯Tai ri¨® suavemente, pas¨¢ndose una mano por el cabello, recogi¨¦ndolo con un gesto elegante antes de cruzarse de brazos. ¡ª Calma, calma, compa?ero. No hay necesidad de agresividad conmigo ¡ª dijo, su tono adquiriendo un matiz casi seductor mientras manten¨ªa su sonrisa inquebrantable ¡ª Solo quer¨ªa conocerte mejor. Despu¨¦s de todo, pronto ser¨¢s parte de nuestra gran casta imperial. ?Por qu¨¦ no me hablas un poco de tu raza? Estoy segura de que podemos aprender mucho de ustedes. Alexei sostuvo su mirada sin pesta?ear, su expresi¨®n endureci¨¦ndose como el acero de los blindados que sol¨ªa comandar. ¡ª Me niego a hablar con un alien¨ªgena que invadi¨® el planeta de mi raza y pretende forzarnos a unirnos a su imperio ¡ª respondi¨® con voz firme y cargada de desaf¨ªo. El silencio que sigui¨® estuvo cargado de tensi¨®n. Rail¡¯Tai lo observ¨® con un brillo peculiar en los ojos, como si disfrutara del reto. Se inclin¨® un poco m¨¢s sobre la mesa, dejando que su sombra cayera sobre el rostro de Alexei. ¡ª ?En serio estar¨¢s con esa actitud? No le hablar¨¦ a los altos mandos de estar en un tanque cuando tu raza deje de ser primitiva, compa?ero ¡ª dijo con una risa que pronto se convirti¨® en una carcajada alta y clara, resonando en la sala met¨¢lica ¡ª Es mejor que me digas, compa?ero. Necesito informaci¨®n para que tu raza deje de ser primitiva. Pero antes de eso... h¨¢blame de ti. Alexei suspir¨®, ladeando la cabeza con fastidio. ¡ª ?Quieres saber de m¨ª? Eh... ¡ª se acomod¨® en su silla, inflando el pecho con un gesto de orgullo ¡ª Est¨¢ bien, pero despu¨¦s no quiero que te aburras. Los dem¨¢s tripulantes del tanque terrano, sentados a su lado, compartieron una mirada r¨¢pida antes de taparse los o¨ªdos con resignaci¨®n. ¡ª Nac¨ª el 23 de agosto del a?o 2117 ¡ª comenz¨®, su voz resonando con un tono casi mon¨®tono ¡ª Pas¨¦ la mayor parte de mi vida en el planeta Zarya, en los l¨ªmites de lo que alguna vez fue la antigua naci¨®n de la URSS, que actualmente pertenece al Principado de Rusia. Rail¡¯Tai inclin¨® la cabeza con curiosidad, pero Alexei continu¨® sin darle oportunidad de interrumpir. ¡ª A los cincuenta a?os decid¨ª ingresar a la academia de comandantes de veh¨ªculos blindados de la URSS. De ah¨ª fui enviado al planeta capital, Mosc¨², para continuar mis estudios. A mis seteta a?os, en el a?o de 2187, comenzaron las tensiones entre los malditos traidores de los Estados Unidos Planetarios. Termin¨¦ mi educaci¨®n y decid¨ª irme al Principado de M¨¦xico para completar mi formaci¨®n en artiller¨ªa y munici¨®n. Cuando estall¨® la guerra en el a?o 2237, serv¨ª en las fuerzas regulares del Principado de M¨¦xico. La guerra fue larga... dur¨® cuarenta a?os. El silencio en la sala se hizo m¨¢s denso. Solo se o¨ªa el leve zumbido de la iluminaci¨®n y el ocasional chasquido de los sistemas de ventilaci¨®n. Rail¡¯Tai, sin embargo, no apartaba la mirada de Alexei, escuchando atentamente cada palabra. ¡ª En el a?o 2277, la guerra termin¨® con la destrucci¨®n del mundo capital de los Estados Unidos Planetarios. Y esa, alien¨ªgena, es mi vida. Ahora dime, ?est¨¢s feliz? ¡ª termin¨® con una sonrisa de satisfacci¨®n, reclin¨¢ndose en su silla con expresi¨®n triunfal. Rail¡¯Tai parpade¨® un par de veces, procesando la cantidad de informaci¨®n que acababa de recibir. ¡ª Wow... demasiada informaci¨®n... ¡ª murmur¨®, frot¨¢ndose las sienes con una mano antes de sonre¨ªr de manera inc¨®moda ¡ª Creo que volver¨¦ despu¨¦s de... unos minutos. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta con rapidez y sali¨® de la sala, sus botas resonando en el suelo met¨¢lico mientras la puerta se cerraba detr¨¢s de ella. Los tripulantes del tanque terrano se destaparon los o¨ªdos y miraron a su comandante con una mezcla de incredulidad y diversi¨®n. ¡ª Le diste una c¨¢tedra de historia, comandante ¡ª murmur¨® uno de ellos con una sonrisa burlona. Alexei solo se encogi¨® de hombros, disfrutando el peque?o triunfo. Kruska se qued¨® pasmado al escuchar sobre una guerra planetaria, la destrucci¨®n de un planeta entero. ?C¨®mo podr¨ªan haber hecho algo as¨ª? ?Qu¨¦ arma hab¨ªan inventado para semejante devastaci¨®n? La magnitud del conflicto le resultaba incomprensible. La cantidad de a?os transcurridos desde ese acontecimiento le pareci¨® absurda, pero no tuvo tiempo de procesarlo todo, pues la carguera le dijo que la acompa?ara a la enfermer¨ªa. Cuando Kruska regres¨® a la sala de interrogatorio, ahora solo, no tard¨® en hacer una sola pregunta a los humanos, una que surgi¨® de forma impulsiva, sin previo aviso ni preparaci¨®n. The tale has been illicitly lifted; should you spot it on Amazon, report the violation. ¡ª ?Cu¨¢nto tiempo ha pasado desde aquella guerra planetaria? ¡ª La pregunta reson¨® en la sala, directa, cargada de exigencia y desesperaci¨®n. Su voz se alz¨® como una r¨¢faga cortante que no dej¨® espacio para evasivas. Los prisioneros se miraron entre s¨ª, claramente sorprendidos por la abrupta pregunta. Fue el encargado de sistemas quien rompi¨® el silencio, con las manos atadas y el rostro tenso, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar le costaran cada fibra de su ser. ¡ª Apenas han pasado cinco a?os desde que termin¨® la guerra. Nos est¨¢bamos recuperando del conflicto cuando ustedes llegaron ¡ªdijo, su voz resonando con una mezcla de frustraci¨®n y amargura. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa, como si las palabras fuesen solo el comienzo de una furia que estaba a punto de estallar. Mir¨® a los dem¨¢s prisioneros, buscando se?ales de que revelar esa informaci¨®n podr¨ªa ser peligroso, pero continu¨®, incapaz de callar¡ª: Si estuvi¨¦ramos operando a plena capacidad, no solo los habr¨ªamos expulsado, sino que los habr¨ªamos destruido. Desde el soldado m¨¢s insignificante hasta la nave m¨¢s poderosa de ustedes, alien¨ªgenas. Las palabras fueron acompa?adas de un apret¨®n de manos, sus dedos apret¨¢ndose con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos. La rabia era palpable en su rostro, una furia contenida por tanto tiempo que ahora sal¨ªa a la superficie como un grito silencioso. Kruska observ¨® con atenci¨®n, notando cada gesto, cada tic nervioso en el prisionero. No era solo la ira lo que hab¨ªa detr¨¢s de esas palabras, sino una determinaci¨®n f¨¦rrea. La tensi¨®n en la sala se hizo densa, como si el aire mismo se hubiera vuelto m¨¢s espeso. Kruska proces¨® la respuesta, comenzando a entender la magnitud de la guerra y la potencial fuerza de los terranos. ?C¨®mo pod¨ªan estar tan cerca de la destrucci¨®n total y a¨²n as¨ª mantenerse firmes? Cuando la interrogadora regres¨®, su actitud hab¨ªa cambiado por completo. La sonrisa y la jovialidad que la hab¨ªan caracterizado desaparecieron, dejando paso a una expresi¨®n fr¨ªa y calculadora. Sus ojos, antes c¨¢lidos, ahora eran afilados y penetrantes, como cuchillos listos para cortar cualquier intento de evasi¨®n. Camin¨® hacia los prisioneros con pasos firmes, como si cada uno de sus movimientos estuviera calculado para imponer autoridad. ¡ª Por ¨²ltima vez lo dir¨¦ ¡ª Su voz cort¨® el aire, firme, sin rastro de simpat¨ªa¡ª. Denme la informaci¨®n que necesito: ?C¨®mo operan sus veh¨ªculos? ?Tienen m¨¢s planetas cercanos? ?C¨®mo es la estructura de su gobierno? ?Cu¨¢ntos soldados disponen? Cada pregunta fue disparada como una bala, cada palabra pesada con la amenaza de lo que podr¨ªa seguir. No hab¨ªa espacio para respuestas vagas. La interrogadora se manten¨ªa erguida, su postura autoritaria llenaba la habitaci¨®n de una presi¨®n opresiva, como si la gravedad misma se hubiera multiplicado. Los prisioneros intercambiaron miradas, sab¨ªan que cualquier respuesta podr¨ªa ser peligrosa. Algunos apretaron los dientes, otros desviaron la mirada, pero ninguno parec¨ªa dispuesto a hablar. El capit¨¢n Alexei Voronin, sin embargo, alz¨® la cabeza con desaf¨ªo, su voz cargada de una arrogancia que no pudo ser disimulada. ¡ª ?Y si te dijera que no? ¡ª La sonrisa seca que se dibuj¨® en sus labios denotaba desprecio¡ª. ?Qu¨¦ har¨ªas entonces, alien¨ªgena? ?Torturarnos? Buena suerte con eso. Los terranos no se rompen tan f¨¢cilmente. La interrogadora lo observ¨® en silencio por unos segundos, sin cambiar su expresi¨®n. No se inmut¨®. Finalmente, se dio la vuelta y sali¨® de la sala, dejando tras de s¨ª una atm¨®sfera de inquietud y tensi¨®n. Algo en su actitud suger¨ªa que este juego a¨²n no hab¨ªa terminado. El Imperio Interestelar ten¨ªa prohibido el uso de m¨¦todos de tortura f¨ªsica, pero las reglas no mencionaban nada acerca del da?o psicol¨®gico. Esa misma noche, los prisioneros terranos fueron despertados cada hora por un estruendoso ruido: una alarma ensordecedora que retumbaba en sus celdas como el golpe de un martillo, incapaz de dejarlos descansar. La falta de sue?o comenz¨® a hacer estragos r¨¢pidamente en sus cuerpos y mentes, y el agotamiento se hizo cada vez m¨¢s palpable. Al quinto d¨ªa, los tripulantes del tanque ya no pod¨ªan ocultar el agotamiento que los consum¨ªa. Sus rostros estaban marcados por profundas ojeras, sus cuerpos temblaban por la falta de alimento, y sus mentes parec¨ªan desmoronarse, sumidas en un caos de pensamientos dispersos. A pesar de todo, se manten¨ªan en silencio, como si cada palabra fuera una amenaza de algo peor. Alexei observaba a sus hombres con una mezcla de orgullo y preocupaci¨®n. Los cuerpos, demacrados por d¨ªas de hambre, se manten¨ªan de pie gracias a la voluntad m¨¢s que a la fuerza. La privaci¨®n no era solo f¨ªsica; la mentalidad de supervivencia se desmoronaba a medida que los d¨ªas pasaban, cada alarma resonando como un recordatorio de su impotencia. Los murmullos entre los hombres se hac¨ªan cada vez m¨¢s apagados, mientras sus ojos reflejaban lo que solo el hambre y el cansancio pod¨ªan hacer: un vac¨ªo que no podr¨ªa llenarse con nada. La luz amarillenta de las l¨¢mparas de la sala de mando imperial proyectaba sombras largas y fr¨ªas sobre las paredes met¨¢licas. Kruska se manten¨ªa de pie junto a los pantallas, los dedos cruzados sobre su pecho, observando los informes que le llegaban en silencio. Su expresi¨®n mostraba una mezcla de tensi¨®n y preocupaci¨®n, aunque el l¨ªder de los soldados del Imperio estaba acostumbrado a tomar decisiones dif¨ªciles. Hab¨ªa algo inquietante en la mirada desafiante del capit¨¢n humano. ?Qu¨¦ tan lejos estaban dispuestos a llegar estos terranos? ?Ser¨ªan capaces de resistir hasta el ¨²ltimo aliento? ?Qu¨¦ tan lejos estaban dispuestos a ir para ser derrotados? El capit¨¢n Alexei Voronin se recost¨® contra la pared de la celda improvisada, su espalda contra el fr¨ªo metal, encorvado por el peso de la derrota y el hambre. Sus hombros, que alguna vez hab¨ªan estado rectos con orgullo, ahora ca¨ªan pesadamente. Su rostro, generalmente imbuido de determinaci¨®n y fuerza, estaba marcado por la fatiga y el agotamiento. Mir¨® a sus hombres, que estaban sentados o de pie, con los rostros marcados por d¨ªas de sufrimiento, pero con algo en sus ojos que a¨²n reflejaba la resistencia de aquellos que no se rendir¨ªan f¨¢cilmente. Era claro que, aunque el cuerpo hab¨ªa cedido, el esp¨ªritu segu¨ªa luchando. ¡ª No los culpar¨¦ si deciden hablar ¡ªmurmur¨®, su voz quebr¨¢ndose levemente, mientras su mirada se desvanec¨ªa hacia el suelo. ¡ª Han demostrado m¨¢s valor y resistencia de lo que cualquiera podr¨ªa esperar. Si caen, lo har¨¢n con honor. Un sollozo bajo, casi imperceptible, surgi¨® de uno de los hombres, el m¨¢s joven, cuyo rostro hab¨ªa perdido toda su juventud bajo la presi¨®n del sufrimiento. Algunos asintieron, otros simplemente miraron al capit¨¢n en silencio, como si comprendieran las palabras que no se dec¨ªan. Nadie se atrevi¨® a hablar, pero todos compart¨ªan el peso de esas palabras. La privaci¨®n ya no era solo una cuesti¨®n de alimento, sino de esperanza. Cinco d¨ªas sin comida y con apenas momentos fugaces de sue?o¡­ incluso para los terranos, esa situaci¨®n era una de las pruebas m¨¢s duras a las que hab¨ªan sido sometidos. La puerta se abri¨® de golpe. La figura de la interrogadora, la carguera Rail¡¯Ta, apareci¨® en el umbral. Su presencia era inconfundible, pero esta vez hab¨ªa algo diferente en su porte. El uniforme formal que llevaba, m¨¢s ajustado que de costumbre, acentuaba sus curvas, pero en sus ojos ya no hab¨ªa arrogancia ni impasibilidad. Esta vez, los ojos de Rail¡¯Ta destellaban una mezcla de culpa y compasi¨®n. Un contraste con la frialdad que hab¨ªa mostrado en anteriores encuentros. ¡ª Mis disculpas¡­ ¡ªcomenz¨®, su voz m¨¢s suave de lo habitual, apenas audible sobre el sonido constante de la maquinaria imperial. ¡ª Esto no es personal. A veces¡­ simplemente necesitamos resultados, y nuestra ¨¦tica nos proh¨ªbe la fuerza bruta. Pero¡­ ¡ªhizo una pausa, su mirada perdida por un momento, antes de morderse el labio. ¡ª Les juro que no disfrut¨¦ de esto. El silencio de los prisioneros era total. Nadie respondi¨® de inmediato, aunque las miradas de desconfianza segu¨ªan pesando en el aire. Voronin, a¨²n jadeante, apenas consciente de la realidad que lo rodeaba, levant¨® una mano temblorosa, su rostro reflejando la desesperaci¨®n. ¡ª Hab¡­laremos ¡ªsusurr¨® con la voz rota. ¡ª Pero por favor¡­ comida. Agua. No m¨¢s juegos. Rail¡¯Ta asinti¨® con rapidez, sabiendo que la resistencia de los prisioneros era la clave para evitar que su ej¨¦rcito se desmoronara. Emiti¨® ¨®rdenes de inmediato, su voz resonando en el comunicador. En minutos, bandejas con comida ligera y agua fueron llevadas a la celda. Los prisioneros, en un gesto casi primitivo, se abalanzaron sobre la comida, devor¨¢ndola con una mezcla de gratitud y desconfianza. Cada bocado parec¨ªa ser una reafirmaci¨®n de su humanidad, aunque el cansancio segu¨ªa acechando en cada gesto. Al ser trasladados a una celda m¨¢s c¨®moda, el interrogatorio continu¨®. Las preguntas fueron simples al principio: ?C¨®mo se estructura su gobierno? ?Cu¨¢ntos planetas controlan? ?Qu¨¦ armas poseen? Voronin, con la mente nublada por la privaci¨®n, respondi¨® con cautela, consciente de que cada palabra podr¨ªa tener consecuencias. Su voz, que normalmente ser¨ªa firme, ahora sonaba distante, casi ajena a ¨¦l mismo. Pero fue la ¨²ltima pregunta la que cambi¨® la atm¨®sfera. Una tensi¨®n palpable surgi¨® entre los presentes. ¡ª ?Cu¨¢ntos mundos quieren ser independientes? ¡ªpregunt¨® Rail¡¯Ta, fijando su mirada en el capit¨¢n. Voronin la mir¨® fijamente, sus ojos ahora un poco m¨¢s claros, como si la pregunta le hubiera devuelto parte de su consciencia. El aire en la sala parec¨ªa volverse denso, como si el tiempo mismo hubiera decidido suspenderse para esperar su respuesta. ¡ª Veinte de diez millones novecientos mil treinta y dos mil cuatrocientos ¡ªrespondi¨® Voronin, sus palabras ahora llenas de una firmeza renovada. ¡ª Esa es la realidad. Somos terranos. No siempre estamos de acuerdo, pero cuando enfrentamos una amenaza externa¡­ somos uno solo. El silencio invadi¨® la sala, profundo, pesado. Rail¡¯Ta parpade¨®, sorprendida, sin poder evitar un leve resquicio de asombro en su rostro. ¡ª ?Veinte? ?Eso es todo? ?De casi once millones? ¡ªmurmur¨®, como si no pudiera comprender la magnitud de lo que hab¨ªa o¨ªdo. Voronin mantuvo su mirada fija en ella, sus ojos ardiendo con la intensidad de la verdad que acababa de revelar. Veinte mundos era una peque?a fracci¨®n de la humanidad, pero su uni¨®n en la adversidad mostraba algo que incluso los imperialistas no pod¨ªan ignorar: una fuerza imparable cuando se trataba de sobrevivir. El ambiente era tenso, casi tangible. Rail¡¯Ta procesaba la informaci¨®n lentamente, cada palabra de Voronin pareciendo resquebrajar su juicio sobre la humanidad terrana. Por primera vez, algo cambi¨® en su mirada, un destello de respeto, quiz¨¢s incluso una peque?a chispa de duda sobre las decisiones que hab¨ªan tomado. El capit¨¢n humano, con sus palabras, hab¨ªa desafiado no solo a ella, sino tambi¨¦n al imperio al que serv¨ªa. Con la nueva informaci¨®n en manos de Rail''Ta, se apresur¨® a transmitirla a sus superiores. La respuesta lleg¨® en forma de una decisi¨®n que hizo temblar las paredes de la sala de mando. Los humanos se hab¨ªan retirado a otra zona del planeta y, antes de que la nueva flota imperial pudiera llegar, hab¨ªan logrado establecer contacto con un sector humano separatista que les ofreci¨® acceso a veinte planetas. No era mucho, pero, en su contexto actual, parec¨ªa un avance significativo. O eso pensaron. Represalias Unos d¨ªas despu¨¦s, el ecosistema pol¨ªtico de las matriarcas se vio sacudido una vez m¨¢s. Representantes del principado de los Estados Unidos Planetarios, que hasta ese momento hab¨ªa sido una entidad independiente, comenzaron negociaciones con los diplom¨¢ticos del Imperio Interestelar. Esta alianza no era fruto de la voluntad de la poblaci¨®n, sino de las decisiones de sus l¨ªderes, que, a¨²n resentidos por la derrota en la guerra, decidieron traicionar a la humanidad. Aunque la PVG intent¨® intervenir, no fue posible detener la traici¨®n antes de que se formalizara la uni¨®n de los Estados Unidos Planetarios con el Imperio Interestelar. La humanidad, una vez m¨¢s, se divid¨ªa. Los d¨ªas siguientes pasaron con una paz relativa, que solo era un reflejo de la calma antes de la tormenta. Un d¨ªa, en la ¨®rbita del planeta Lyberty, que anteriormente pertenec¨ªa al principado de los Estados Unidos Planetarios, ahora convertido en una colonia imperial, los tripulantes de la fragata imperial observaban con creciente desconcierto c¨®mo una nave terrana se acercaba lentamente. ¡ª ?Se?or, se acerca una nave terrana! ¡ªexclam¨® uno de los oficiales, con la mirada fija en el panel de esc¨¢ner, la ansiedad palpable en su voz. ¡ª A diez segundos luz y aproxim¨¢ndose. El almirante, un veterano de innumerables campa?as, se inclin¨® hacia la pantalla principal. Su rostro, marcado por a?os de experiencia, mostraba una mezcla de calma y concentraci¨®n. ¡ª Intenta establecer contacto de inmediato. Necesitamos saber si vienen en misi¨®n diplom¨¢tica o si son una facci¨®n rebelde buscando independencia. Los intentos de comunicaci¨®n fueron infructuosos, resonando un silencio inquietante a trav¨¦s de las pantallas. La nave terrana, aparentemente ignorando las se?ales, continu¨® su curso y detuvo su aproximaci¨®n por un breve instante en la ¨®rbita superior del planeta. Luego, sin previo aviso, dej¨® caer una c¨¢psula hacia la atm¨®sfera.Enjoying this book? Seek out the original to ensure the author gets credit. ¡ª ?Qu¨¦ demonios est¨¢n haciendo? ¡ªmurmur¨® el almirante, entre confundido y preocupado. ¡ª ?C¨¢psula detectada! Parece ser¡­ un m¨®dulo de desembarco. Antes de que pudieran reaccionar, los motores de la nave terrana rugieron, desintegr¨¢ndose en un destello cegador cuando activ¨® su FTL, desapareciendo en un parpadeo. El alivio de los oficiales fue ef¨ªmero, el temor regresando en forma de nuevas lecturas. ¡ª ?Se?or! Lecturas inusuales provenientes de la c¨¢psula¡­ parece que contiene¡­ un mineral desconocido¡­ ?est¨¢ desestabilizado, se?or! El almirante no tuvo tiempo de ordenar una respuesta. La c¨¢psula explot¨® con una fuerza catastr¨®fica, liberando una onda expansiva de energ¨ªa pura. La fragata imperial fue sacudida por el impacto, las pantallas de los oficiales titilando ante la brutal liberaci¨®n de poder. Desde la nave, los tripulantes observaron c¨®mo la superficie del planeta comenzaba a fracturarse. Grietas masivas se extendieron como venas luminosas, iluminando el vac¨ªo del espacio. Las sombras del planeta se desvanec¨ªan, sustitu¨ªdas por la devastaci¨®n. ¡ª ?La detonaci¨®n tiene una potencia sin igual se?or! ?El planeta est¨¢¡­ est¨¢ colapsando! ¡ªgrit¨® el oficial de sensores, su voz un eco de terror ante la magnitud de la destrucci¨®n. Los gritos de los oficiales resonaron por toda la sala de mando mientras observaban la fragmentaci¨®n del planeta. El vac¨ªo del espacio comenz¨® a llenar de escombros, convertidos en asteroides incandescentes. La desolaci¨®n era absoluta. El almirante, con el rostro p¨¢lido y la mand¨ªbula apretada, murmur¨®, incapaz de comprender lo que acababa de suceder: ¡ª ?C¨®mo¡­ c¨®mo pudieron...? El silencio que sigui¨® fue espeso, opresivo. Los oficiales no se atrev¨ªan a mover un m¨²sculo, observando con horror la cat¨¢strofe que se desataba en su pantalla. De repente, un mensaje autom¨¢tico, con una voz calmada pero cargada de amenaza, se transmiti¨® desde la nave terrana hacia la fragata imperial: ¡ª "Tenemos m¨¢s de estas armas. No duden que las usaremos si es necesario. Este es nuestro ¨²nico aviso." El almirante, ahora completamente desconcertado, escuch¨® las palabras, su rostro reflejando la magnitud de la amenaza. El planeta Lyberty, una vez parte de la poderosa red del Imperio Interestelar, ahora era solo un recuerdo en forma de fragmentos flotantes. Aquellos "primitivos" que tanto hab¨ªan subestimado, los humanos, acababan de demostrar que eran capaces de mucho m¨¢s que solo guerrear: pose¨ªan el poder de la destrucci¨®n absoluta. El espacio se llen¨® de un silencio mortal mientras el almirante procesaba la magnitud de las palabras recibidas. ?Qu¨¦ significa esto para el futuro de la guerra? ?Estos seres podr¨ªan seguir siendo considerados primitivos? CAPITULO 3: GUERRA TOTAL Cuando se dio el informe sobre la cabeza de playa tomada, la decisi¨®n de optar por la diplomacia fue clara. Los comandantes del Imperio Gal¨¢ctico reconocieron que la guerra hab¨ªa sido un error monumental, una t¨¢ctica que s¨®lo hab¨ªa servido para incrementar el sufrimiento y la destrucci¨®n. Al enterarse de la naturaleza de los humanos y de las implicaciones de su poder militar, se dieron cuenta de que su enfrentamiento en una guerra planetaria ser¨ªa diferente a cualquier otra experiencia que hubieran tenido. Era hora de buscar una soluci¨®n pac¨ªfica. Unos d¨ªas despu¨¦s, una nave diplom¨¢tica del Imperio lleg¨® a la ¨®rbita del planeta, con la esperanza de entablar negociaciones. Sin embargo, tan pronto como establecieron la comunicaci¨®n, recibieron un mensaje inesperado. En la pantalla hologr¨¢fica apareci¨® la figura de un hombre vestido completamente de verde. Su uniforme estaba adornado con medallas y condecoraciones que indicaban un alto rango militar. Su rostro mostraba un odio evidente, y su cabello negro, perfectamente peinado, parec¨ªa fundirse con la intensidad de su mirada. ¡ª?Est¨¢n en territorio del Principado de M¨¦xico, territorio soberano de los ESTADOS SOLARES UNIDOS TERRANOS! ¡ªexclam¨®, su voz cargada de furia¡ª. ?Les ordeno que abandonen el espacio orbital inmediatamente, o las defensas orbitales no dudar¨¢n en destruirlos! En el fondo de la sala, se pod¨ªan distinguir las siluetas de varios operadores humanos, trabajando a un ritmo fren¨¦tico. Sus rostros estaban iluminados por los paneles hologr¨¢ficos, reflejando la tensi¨®n que se palpaba en el aire. El contraste entre la calma imperial y la evidente preparaci¨®n b¨¦lica humana no pas¨® desapercibido. En la sala de mando imperial, la atm¨®sfera se volvi¨® pesada, a medida que la realidad de lo que enfrentaban comenzaba a asentarse. Una civilizaci¨®n que, aunque a¨²n primitiva seg¨²n sus propios est¨¢ndares, hab¨ªa logrado desarrollar una capacidad militar tan avanzada que no dudaba en defender su territorio con todo su poder. El comandante imperial, cuya figura permanec¨ªa oculta en las sombras de la sala de mando, avanz¨® lentamente hacia el frente. Su tono era calmado, casi paternalista, mientras respond¨ªa con voz firme: ¡ªNo estamos aqu¨ª para pelear, sino para negociar. Hemos venido en son de paz, representando al gran Imperio Gal¨¢ctico que gobierna las estrellas. No tenemos intenci¨®n de invadir su territorio, ni de ejercer violencia sobre ustedes. El hombre del uniforme verde frunci¨® el ce?o con desd¨¦n. No solo no estaba convencido, sino que parec¨ªa esc¨¦ptico ante las palabras del comandante imperial. ¡ª?Paz, dices? ¡ªrespondi¨® con sarcasmo, inclin¨¢ndose hacia la c¨¢mara para subrayar su desconfianza¡ª. ?Eso dicen mientras sostienen una invasi¨®n en nuestro territorio? Si quieren hablar de paz, empiecen por retirarse. Nosotros no somos esclavos ni colonos. La transmisi¨®n se cort¨® abruptamente, dejando a la tripulaci¨®n imperial sumida en un tenso silencio. El zumbido de los sensores rompi¨® la quietud moment¨¢nea, revelando que el espacio orbital alrededor del planeta ya estaba siendo vigilado de cerca. Los sistemas de defensa terranos no solo se hab¨ªan activado, sino que detectaron un despliegue masivo de drones y plataformas de armas orbitales, todas alineadas en direcci¨®n a la nave diplom¨¢tica. La amenaza era clara: los humanos no iban a tolerar ninguna provocaci¨®n. El comandante imperial, con una expresi¨®n que reflejaba una mezcla de frustraci¨®n y reconocimiento, suspir¨® pesadamente. Ajust¨® su uniforme con una mano, como si la tensi¨®n de la situaci¨®n estuviera comenzando a pesar sobre ¨¦l. ¡ªParece que hemos subestimado a esta gente otra vez ¡ªmurmur¨® en voz baja, mientras la sala de mando se llenaba de alertas y sonidos de alerta. La misi¨®n de paz hab¨ªa comenzado con la esperanza de integrar a la humanidad de manera pac¨ªfica al Imperio. Sin embargo, a medida que los informes llegaban, la magnitud del desaf¨ªo se hac¨ªa cada vez m¨¢s clara. Hab¨ªan descubierto que la tecnolog¨ªa terrana era impresionante. Su capacidad para contener el plasma, el blindaje superior de sus veh¨ªculos y la potencia destructiva de sus proyectiles eran mayores de lo que los imperiales hab¨ªan imaginado. Adem¨¢s, los terranos pose¨ªan armas tan letales que incluso los imperialistas tem¨ªan su efectividad: lanzallamas capaces de reducir a sus oponentes a cenizas y bombas nucleares con el poder de borrar planetas enteros. Hab¨ªan usado esta ¨²ltima arma en un planeta que hab¨ªa sido devastado, resultando en la muerte de diez billones de humanos. Lo m¨¢s alarmante de todo fue el hecho de que esos diez billones eran, en su mayor¨ªa, miembros de su propia raza. La crueldad del ataque hab¨ªa sido tan extrema que el Imperio Gal¨¢ctico se vio forzado a reconsiderar su visi¨®n sobre los terranos. Para ellos, los humanos no solo eran una especie guerrera, sino una civilizaci¨®n dispuesta a destruirse a s¨ª misma, llevada por su propia desesperaci¨®n y avaricia. Este genocidio planetario no solo confirmaba lo que hab¨ªan sospechado sobre la naturaleza violenta de los terranos, sino que tambi¨¦n los hac¨ªa reflexionar sobre el prop¨®sito de su propia existencia como especie. Si no pod¨ªan controlar su poder destructivo, ?qu¨¦ sentido tendr¨ªa su poder militar? You could be reading stolen content. Head to the original site for the genuine story. El Imperio Gal¨¢ctico, con su enfoque imperialista, buscaba ahora encontrar una manera de integrar a los terranos de forma m¨¢s controlada, gui¨¢ndolos en el uso responsable de sus armamentos m¨¢s mort¨ªferos. Su poblaci¨®n, aunque inmensa, estaba dirigida casi exclusivamente a la guerra y la conquista. La idea de ofrecerles un prop¨®sito m¨¢s grande, m¨¢s all¨¢ de la destrucci¨®n, comenz¨® a ganar terreno entre los l¨ªderes del Imperio. Si los terranos se un¨ªan a ellos, pod¨ªan canalizar su agresividad en una causa com¨²n, no solo para el Imperio, sino para el universo entero. Pero en ese preciso momento, ante la mirada desafiante del hombre verde y el poder de las defensas terranas, los imperialistas comprendieron una dura lecci¨®n: ganar la paz con estos humanos ser¨ªa mucho m¨¢s complicado de lo que inicialmente pensaron. En los laboratorios de una nave imperial aquella interrogadora estaba con un analista para recibir unos informes. La interrogadora recibi¨® los resultados de los an¨¢lisis de compatibilidad con el prisionero Hans. Para su gran satisfacci¨®n, se confirm¨® que su raza y los Terranos eran compatibles en un 79% en su biolog¨ªa. Aunque algunos ¨®rganos del sistema digestivo difer¨ªan, las similitudes eran notables. ¡ªSe?ora, los an¨¢lisis confirman que los humanos son compatibles en un 79% a un 85% con la mayor¨ªa de las razas del Imperio ¡ªinform¨® el investigador Keldar, con voz emocionada, mientras sus ojos brillaban detr¨¢s de las gafas de aumento al revisar los informes en su tableta gravitatoria. ¡ª?Para qu¨¦ podr¨ªan desempe?ar su especie? ¡ªpregunt¨® la interrogadora, mirando fijamente a los investigadores en el laboratorio de muestras biol¨®gicas a bordo de una nave. El Keldar trag¨® saliva antes de continuar: ¡ªEsto significa que su especie podr¨ªa desempe?arse en pr¨¢cticamente cualquier funci¨®n dentro de nuestras castas. Su estructura muscular es adaptable, su resistencia f¨ªsica y psicol¨®gica es notable, y, aunque sus sistemas digestivos presentan ligeras variaciones, son sorprendentemente compatibles con la mayor¨ªa de nuestras dietas est¨¢ndar. Hizo una pausa, casi teatral, antes de a?adir: ¡ªEso s¨ª, no tenemos suficiente informaci¨®n sobre su arte y arquitectura para evaluarlos dentro de la casta art¨ªstica, pero para todas las dem¨¢s castas, se?ora¡­ ¡ªSonri¨®, casi sin poder creerlo¡ª. Son aptos para todo. ¡ª???La mayor¨ªa?!! ¡ªexclam¨® la interrogadora, sorprendida, su rostro adquiriendo un tono m¨¢s azulado de asombro. El Keldar asinti¨®. ¡ªTodos. Combatientes, ingenieros, exploradores, diplom¨¢ticos¡­ incluso colonos en condiciones extremas. Tras recibir aquella informaci¨®n, la interrogadora la envi¨® de inmediato hacia el otro extremo de la galaxia, despu¨¦s del gran vac¨ªo, para ser presentada ante el alto consejo imperial. En poco tiempo, lleg¨® a los grandes salones de los Lumineth, donde la matriarca y los asesores m¨¢s destacados del Imperio la aguardaban. ¡ª?Altas matriarcas Lumineth! La informaci¨®n sobre la humanidad ha llegado ¡ªanunci¨® el alto consejero Vul''har, leyendo los informes en pantallas hologr¨¢ficas. ¡ªLa situaci¨®n es algo delicada¡­ ¡ªhizo una pausa, observando a los presentes antes de continuar¡ª. La batalla por el planeta result¨® ser un enfrentamiento con una facci¨®n terrana¡­ pero no es una facci¨®n separatista. Apenas logramos contactar con los separatistas, pero seg¨²n lo que nos informaron, s¨®lo ellos buscan la separaci¨®n ¡ªapag¨® el proyector hologr¨¢fico y mir¨® a los Lumineth con una expresi¨®n de preocupaci¨®n y asombro. ¡ªEllos son una fracci¨®n de lo que sol¨ªa ser una naci¨®n. Los humanos est¨¢n dispersos, separados, no unificados, o al menos eso nos dijeron los separatistas ¡ªsusurr¨®, suspirando antes de proseguir. ¡ªEn la ¨²ltima batalla por el mundo g¨¦lido terrano, que marc¨® el inicio de las primeras olas, perdimos m¨¢s de dos tercios de nuestra fuerza inicial antes de que llegaran los refuerzos. Aunque, cuando finalmente llegaron, tanto los imperiales como los terranos prevalecimos, se capturaron prisioneros. Descubrimos que, en realidad, los humanos est¨¢n unificados bajo un organismo com¨²n, conocido como los Estados Solares Terranos Unidos (ESTU), o simplemente ESTU. Y controlan aproximadamente diez millones novecientos mil planetas ¡ªcuando pronunci¨® esta cifra, la sala, que hasta ese momento estaba en silencio, estall¨® en murmullos ante la magnitud de tal n¨²mero. ¡ª??Silencio!! ¡ªgrit¨® una Lumineth para calmar a los presentes. ¡ªSiga, alto consejero. ¡ªGracias, alt¨ªsima Lumineth ¡ªrespondi¨® ¨¦l, inclinando ligeramente la cabeza¡ª. Como dec¨ªa¡­ los humanos, al parecer, hace unos cinco a?os pasaron por una guerra planetaria de proporciones b¨¢rbaras. El conflicto s¨®lo termin¨® cuando destruyeron el planeta capital de una de las facciones involucradas, la cual era efectivamente separatista. Lamentablemente, recibimos la noticia de que los terranos usaron una arma similar para destruir otro planeta de nuestra nueva casta de integraci¨®n. La fragata de exploraci¨®n no pudo intervenir ni siquiera responder, ya que la nave se retir¨® utilizando motores XelKioo. La explosi¨®n fue brutal y completamente b¨¢rbara. La humanidad posee armamento que nos supera en demasiados aspectos, como aquella bomba. Intentamos enviar misiones diplom¨¢ticas, pero fuimos rechazados con brutalidad. A pesar de que estas facciones humanas parecen estar divididas, esa organizaci¨®n humana parece tener una fuerza unificada, un solo bando. El consejero mir¨® a los Lumineth con gravedad antes de continuar: ¡ªNecesitamos desestabilizar esa organizaci¨®n para poder integrar a la humanidad. Los humanos son aptos para todas nuestras castas, alt¨ªsimas Lumineth, como revelaron los an¨¢lisis. Su estructura ¨®sea, su musculatura y su sistema digestivo son comparables a todo lo que poseemos. Si los integramos, podr¨ªamos reemplazar las guerras por ideales de cooperaci¨®n y paz. Usar¨ªamos sus recursos de manera m¨¢s sabia y sus planetas, que superan 10 a 1 a los nuestros, podr¨ªan ser un recurso invaluable. Nosotros apenas controlamos un mill¨®n trescientos diez mundos con esa integraci¨®n. Imaginen la cantidad astron¨®mica de planetas bajo nuestro dominio¡­ el Imperio Interestelar ser¨ªa imparable, y llevar¨ªamos paz al resto de la galaxia. La sala, nuevamente en silencio, estaba llena de murmullos de asombro. Despu¨¦s de unos minutos de di¨¢logo entre las altas matriarcas tomaron una decisi¨®n que marcar¨ªa un fin y un inicio, una de las matriarcas levant¨® la mano y habl¨® con firmeza: ¡ª?Hemos tomado una decisi¨®n! La humanidad ser¨¢ integrada, ya sea por medios pac¨ªficos y diplom¨¢ticos, o por medios b¨¦licos ¡ªdijo, mirando a todos los presentes con autoridad. ¡ªEsta decisi¨®n la tomamos no solo por el an¨¢lisis recibido, sino para el bien de su raza y la prosperidad de nuestro Imperio. Sabemos que algunos podr¨¢n optar por medios diplom¨¢ticos, pero con pesar decimos que no todos aceptar¨¢n este enfoque. Por lo tanto, con dolor, y en nombre de la justicia y la moralidad, procederemos con la guerra. Discurso Mientras que en la nave de reeducaci¨®n Hans y sus compa?eros de tripulaci¨®n se encontraban reunidos en una sala sin ventanas, iluminada solo por las fr¨ªas luces de ne¨®n de la nave. La atm¨®sfera era opresiva, a pesar de que los Elexians intentaban crear un ambiente relajado. Se supon¨ªa que esta reuni¨®n era una especie de "coaching motivacional", pero Hans no pod¨ªa evitar notar que la filosof¨ªa del orador estaba impregnada de una ideolog¨ªa de integraci¨®n y asimilaci¨®n pac¨ªfica que no dejaba lugar a dudas sobre lo que se esperaba de ellos. Los Elexians hablaban de un "bienestar imperial" basado en la integraci¨®n de especies, como si la humanidad tuviera alguna opci¨®n real de resistirse a la poderosa maquinaria del Imperio Gal¨¢ctico. El ser Elexian, con su piel transl¨²cida que reflejaba destellos iridiscentes bajo la luz, era casi et¨¦reo en su presencia. Su voz suave, pero convincente, resonaba en la sala mientras explicaba c¨®mo la paz planetaria solo podr¨ªa lograrse a trav¨¦s de la integraci¨®n pac¨ªfica, eliminando cualquier resistencia. Seg¨²n el Elexian, la violencia solo estaba justificada si se agotaban todos los medios pac¨ªficos. De alguna manera, el tono de su discurso parec¨ªa condenar cualquier intento de mantener la independencia frente a un imperio tan vasto y eficiente. El Elexian comenz¨® a relatar la historia de otros mundos que, como aquel planeta, hab¨ªan sido "integrados" pac¨ªficamente. Sus palabras eran cuidadosamente elegidas, pintando una imagen de armon¨ªa, progreso y cooperaci¨®n, mientras que, en la pr¨¢ctica, la palabra "integraci¨®n" significaba absorci¨®n sin posibilidad de retorno. "El Imperio solo busca el bien com¨²n", dec¨ªa, "donde todos los mundos y razas pueden prosperar bajo el mismo manto de estabilidad." Mientras tanto, los ojos de Hans y sus compa?eros se deslizaban hacia sus comunicadores visuales. A trav¨¦s de ellos, pudieron sintonizar un discurso en vivo desde la Tierra, un evento oficial de los ESTU que les permit¨ªa seguir conectados a su gente. La c¨¢mara se enfocaba en una sala iluminada por el resplandor de pantallas hologr¨¢ficas y estandartes de diferentes facciones humanas, todos alineados detr¨¢s de un podio donde un grupo de humanos vestidos con trajes formales esperaban el inicio del discurso. A medida que el presidente de los ESTU se levantaba, el aire en la sala parec¨ªa volverse m¨¢s denso. Con un rostro serio, los pliegues de la preocupaci¨®n visibles en su frente, el presidente comenz¨® a hablar en un tono que reflejaba la gravedad de la situaci¨®n. El sonido de su voz reverberaba por las pantallas de los comunicadores mientras comenzaba a dirigirse a toda la humanidad, los ojos de Hans fijos en la imagen En ese momento el presidente se levant¨® con una suavidad que a la vez reflejaba preocupaci¨®n, sus manos se ve¨ªan temblar levemente mientras gotas de sudor frio ca¨ªan de su frente "Ciudadanos de los Estados Solares Terranos Unidos. Hermanos y hermanas de todos nuestros mundos. Humanidad... Hoy me paro ante ustedes, no solo como su presidente, sino como un hijo de esta especie, como un hombre que ha visto con sus propios ojos la grandeza y la tragedia de nuestra historia. Me dirijo a ustedes en un momento que definir¨¢ no solo nuestro destino, sino el de todas las generaciones que vendr¨¢n despu¨¦s de nosotros. Durante cinco a?os, la humanidad ha vivido en paz. Una paz ganada con sangre y sacrificio, con esfuerzo y reconstrucci¨®n, tras el infierno de la Gran Guerra Planetaria. Una paz que cre¨ªmos que ser¨ªa duradera. Pero la historia nos ha ense?ado una y otra vez que la paz nunca es eterna. Siempre habr¨¢ aquellos que buscan arrebatarla de nuestras manos, aquellos que ven nuestra prosperidad y nuestra libertad como una amenaza a su dominio. Y ahora, enfrentamos la peor amenaza de todas. El Imperio Gal¨¢ctico. Una entidad tan vasta, tan poderosa, que se atrevi¨® a presentarnos ante nosotros como emisarios de la "diplomacia". Nos hablaron de un futuro glorioso bajo su mando. Nos dijeron que nuestra civilizaci¨®n podr¨ªa florecer dentro de su imperio, que solo deb¨ªamos aceptar su "integraci¨®n" y abandonar nuestra soberan¨ªa. Nos hablaron de paz. Nos ofrecieron amistad. Y cuando nos negamos a inclinarnos, su respuesta fue inmediata. Brutal. Despiadada. Nos atacaron sin advertencia, sin piedad. No vinieron como aliados, sino como conquistadores. No vinieron a compartir, sino a tomar lo que es nuestro. No son portadores de la civilizaci¨®n, son heraldos de la dominaci¨®n. Su verdadera cara ya no est¨¢ oculta detr¨¢s de palabras dulces ni promesas vac¨ªas. Es el rostro de un imperio que solo conoce una ley: la ley del m¨¢s fuerte. Pero, ?esc¨²chenme bien, humanidad! ?Nosotros no somos d¨¦biles! Ellos creen que pueden doblegarnos, que pueden forzarnos a someternos con el peso de su poder¨ªo militar, con sus flotas interminables, con su tecnolog¨ªa superior. Creen que pueden aterrorizarnos, que pueden aplastar nuestra voluntad. Creen que la humanidad es solo otra raza m¨¢s para ser absorbida y olvidada, diluida en la sombra de su imperio. Pero se equivocan. This story originates from Royal Road. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there. Nos subestimaron. Como lo han hecho todos los imperios que han tratado de someternos antes. Como lo han hecho todos aquellos que pensaron que la humanidad ceder¨ªa f¨¢cilmente. Pero no conocen nuestra historia. No saben qui¨¦nes somos. ?Somos los hijos de la guerra y la resistencia! ?Somos la especie que ha conquistado su propio destino a trav¨¦s del fuego y la sangre! ?Somos los sobrevivientes de mil conflictos que habr¨ªan aniquilado a cualquier otra civilizaci¨®n! Cuando nos pusieron cadenas, las rompimos. Cuando nos condenaron a la oscuridad, nos alzamos en la luz. Cuando intentaron borrarnos de la historia, escribimos nuestro futuro con el sacrificio de nuestros h¨¦roes. Y ahora, otra vez, enfrentamos el abismo. Esta no es solo una guerra m¨¢s. No es solo otro conflicto entre naciones. Esto es un exterminio en marcha. Si caemos aqu¨ª, si permitimos que el Imperio Gal¨¢ctico nos absorba, dejaremos de existir. Nuestra cultura, nuestros ideales, nuestros nombres... todo ser¨¢ borrado. Seremos asimilados hasta que ya no quede nada de lo que nos hace humanos. Pero esc¨²chenme bien: ?NO VAMOS A CAER! Nos levantaremos. Pelearemos. Lucharemos en cada mundo, en cada luna, en cada estaci¨®n y en cada campo de batalla que este Imperio intente reclamar como suyo. Si quieren quitarnos nuestra libertad, los haremos pagar cada metro con el peso de sus propios muertos. A todos los que nos traicionaron, a los cobardes que vendieron su alma al Imperio, a los que creyeron que la humanidad se inclinar¨ªa sin pelear... ?Que escuchen nuestras palabras y tiemblen! ?No nos rendiremos! ?No nos someteremos! ?Jam¨¢s! Hago un llamado a cada hombre y mujer que a¨²n tenga fuego en su coraz¨®n. A cada soldado que a¨²n sostenga un arma con orgullo. A cada ciudadano que se niegue a vivir bajo el yugo de un invasor. ?Es hora de alistarse! ?Es hora de resistir! ?Es hora de demostrar al universo que la humanidad no se arrodilla ante nadie! Movilizaremos nuestras flotas. Reforzaremos nuestras defensas. Cada f¨¢brica, cada laboratorio, cada astillero, trabajar¨¢ d¨ªa y noche para asegurar que cuando llegue la batalla final, estemos listos para enfrentarlos cara a cara. Y cuando lo hagamos¡­ Cuando las llamas de la guerra consuman los cielos¡­ Cuando el rugido de nuestros ca?ones resuene en el vac¨ªo¡­ Cuando los ej¨¦rcitos del Imperio vean que la humanidad no solo sobrevive, ?sino que contraataca! Entonces sabr¨¢n el error que cometieron al desafiarnos. ?Ciudadanos de los Estados Solares Terranos Unidos! ?La guerra por la libertad ha comenzado! ?Por la humanidad! ?Por nuestros hijos! ?Por el futuro de todos nuestros mundos! ?Que vivan los ESTU! ?Que viva la humanidad libre!" La sala estalla en v¨ªtores. Se escuchan los pu?os golpeando las mesas, los gritos de miles de voces al un¨ªsono. La transmisi¨®n se corta, pero su eco resonar¨¢ en cada rinc¨®n de la galaxia. La humanidad ha hablado. La guerra por su supervivencia ha comenzado. El discurso reson¨® en cada rinc¨®n de la sala de ense?anza imperial, dejando a todos los presentes sumidos en un silencio espeso, opresivo. Algunos se quedaron estupefactos, otros murmuraban entre s¨ª, confundidos y temerosos. La gravedad de lo que acababan de escuchar los dej¨® paralizados: la humanidad, esa fuerza que cre¨ªan vencida, se preparaba para una guerra total. La idea de que los ESTU ¡ªlos Estados Solares Terranos Unidos¡ª hab¨ªan decidido luchar por su supervivencia con una determinaci¨®n tan feroz y calculada los dej¨® helados. La magnitud de la guerra que se avecinaba era inconmensurable, y nadie pod¨ªa predecir c¨®mo terminar¨ªa. El maestro, normalmente calmado y sereno, sali¨® de la sala a toda prisa. Sus pasos apresurados eran los de alguien que hab¨ªa presenciado algo que lo hab¨ªa trastornado profundamente. Murmuraba palabras inaudibles, pero su rostro reflejaba un terror palpable, como si acabara de comprender la magnitud de lo que implicaba esa declaraci¨®n. Cuando regres¨®, no estaba solo. La interrogadora, cuya presencia siempre estaba marcada por una intensidad imponente, lo acompa?aba. Su rostro, usualmente impasible, tambi¨¦n mostraba un profundo horror, una decepci¨®n que contrastaba con su acostumbrado control. La interrogadora, casi sin poder contener su rabia, se acerc¨® a Hans y lo agarr¨® de los hombros con una fuerza inesperada. La desesperaci¨®n en su voz era evidente mientras soltaba su exclamaci¨®n. ¡ª ????Qu¨¦ significa eso?!!! ¡ª Su voz temblaba de furia y miedo. ¡ª ????Por qu¨¦ una guerra total?!!! ¡­ ????Por qu¨¦ no simplemente se unen? ?Por qu¨¦ recurren a una guerra total?!!! ... ??Son b¨¢rbaros, Hans¡­ esto solo dicta claramente que necesitan gu¨ªa, no m¨¢s guerra!!! Las palabras, aunque llenas de indignaci¨®n, apenas parec¨ªan llenar el vac¨ªo que se hab¨ªa instalado en el aire. El silencio en la sala era palpable, pesado, como si las mismas paredes se hubieran tragado el eco de la revelaci¨®n. La interrogadora se apart¨®, mirando al vac¨ªo, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar. La verdad era clara, y mucho m¨¢s aterradora que cualquier declaraci¨®n de guerra: un conflicto de magnitudes incontrolables estaba a punto de estallar. Nadie, ni siquiera los m¨¢s poderosos del Imperio Gal¨¢ctico, sab¨ªa realmente c¨®mo se desarrollar¨ªa, ni qui¨¦n prevalecer¨ªa. Hans, visiblemente afectado, mir¨® a la interrogadora con una serenidad amarga. ¡ª La humanidad responder¨¢ con magnitud¡­ ¡ª Su voz, grave y temblorosa, era una mezcla de admiraci¨®n y desd¨¦n. ¡ª Volver¨¢n a movilizar todas las fuerzas humanas. Miles de billones de ellos se alistar¨¢n solo para expulsarlos¡­ su plan no sali¨® como esperaban, creo. Solo diez d¨ªas transcurrieron desde ese fat¨ªdico momento y ya la maquinaria de guerra de los ESTU estaba en marcha. Cinco flotas hab¨ªan sido formadas con rapidez vertiginosa, compuestas por m¨¢s de doscientas naves de guerra: bombarderos, fragatas, destructores, portaaviones, cazas y cinco naves insignias de imponente tama?o, las m¨¢s grandes que los ESTU pod¨ªan movilizar en su situaci¨®n actual. Pero lo m¨¢s asombroso de todo eran los nuevos submarinos espaciales, una de las innovaciones m¨¢s avanzadas y mortales de la humanidad. La flota estaba lista para la guerra, y su objetivo era claro: recuperar el planeta X-89-AK, un mundo g¨¦lido reci¨¦n colonizado que a¨²n carec¨ªa de nombre definitivo y estaba bajo la ocupaci¨®n del Imperio Gal¨¢ctico. Aunque todav¨ªa carentes de armamento que anta?o dominaban pues todav¨ªa estaba en almacenes segu¨ªa siendo una fuerza impresionante. Una de las flotas, bajo el mando de oficiales veteranos y con una compleja composici¨®n de fuerzas de diferentes principados, se encontraba en su curso hacia el planeta en cuesti¨®n. Esta flota inclu¨ªa cien fragatas, setenta destructores, ochenta cruceros de batalla, diez portaaviones y, como se mencion¨®, cinco submarinos espaciales, con la nave insignia Libertad al frente. A bordo de estas naves viajaban millones de soldados provenientes de los principados de M¨¦xico, Brasil, Francia, Rusia y China. En total, diez millones de hombres y mujeres comprometidos con la misi¨®n de liberar el planeta de la ocupaci¨®n imperial. La nave de transporte, donde viajaba el personal de apoyo y log¨ªstica, se encontraba en la retaguardia de la formaci¨®n, en una posici¨®n vulnerable. Su ¨²nica defensa eran los cazas Thunder Hack, pero estos no estaban dise?ados para resistir un ataque masivo. La sensaci¨®n de indefensi¨®n que recorr¨ªa la nave era palpable. La tripulaci¨®n se sent¨ªa peque?a ante la magnitud de la flota enemiga y, a pesar de la impresionante fuerza militar desplegada, sab¨ªan que el costo de esta misi¨®n ser¨ªa alt¨ªsimo. Sin embargo, no hab¨ªa espacio para la duda. La guerra ya hab¨ªa comenzado, y la ¨²nica opci¨®n era avanzar o sucumbir. Los pasillos de la nave de transporte estaban llenos de murmullos nerviosos. Los soldados se preparaban para lo peor, revisando sus equipos, poni¨¦ndose sus trajes de combate y asegur¨¢ndose de que todo estuviera listo para lo que se avecinaba. La atm¨®sfera era tensa, cargada de una incertidumbre que se mezclaba con el temor, pero tambi¨¦n con una determinaci¨®n feroz. Sab¨ªan lo que estaba en juego, y aunque muchos sent¨ªan miedo, otros sab¨ªan que su lucha no era solo por la supervivencia, sino por la libertad de la humanidad misma. La guerra, por fin, hab¨ªa llegado. Y no solo era una guerra por un planeta, sino por el futuro de toda una especie.