《Eladien [ESPAÑOL]》 Prè´¸logo: Un agujero en el mundo [ESPA?OL] Pr¨®logo: Un agujero en el mundo Una ramita a la altura del pecho le rasg¨® la t¨²nica de gruesa lana de Buhnt que la cubr¨ªa casi por entero, dejando que el fr¨ªo aire de aquella noche de invierno se colara por dentro de sus ropajes, mientras que ella, acongojada y herida pero aun as¨ª resuelta en cuanto a sus actos, se internaba poco a poco en la extensa poblaci¨®n de ¨¢rboles de denso follaje que poco a poco, conformaban el Antiguo Bosque de Kaun, situado al sur de la comarca. Con una mano en su abrigo y la otra en la capucha que escond¨ªa un azulado pelo tan claro como el mar pintado por el artista m¨¢s atrevido y so?ador, la mujer, proscrita de su pueblo y portadora de tan solo dos odres de agua y un paquete con comida ya fr¨ªa desde hac¨ªa d¨ªas, la ropa que llevaba puesta y ella misma, mir¨® hacia el cielo estrellado que en aquella noche tan turbia (y aunque ella no lo supiese a¨²n, reveladora) se le antojaba algo liberador. Una espl¨¦ndida luna llena resaltaba sobre un grupo de nubes que no tardar¨ªan en cubrirla, y la constelaci¨®n de La Se?ora del Fuego brillaba en consonancia con la estrella de Eol, parpadeando esta ¨²ltima con un brillo agonizante que, sin saberlo, se acercaba a los ¨²ltimos instantes de su ciclo vital. La superficie de la luna se hallaba salpicada de peque?as motas oscuras dejadas atr¨¢s por el impacto de peque?as rocas que de vez en cuando tambi¨¦n ca¨ªan en la tierra, creando cr¨¢teres inmensos que despertaban la curiosidad y la avidez de fama de muchos acad¨¦micos todav¨ªa en pa?ales. La mujer, sin embargo, no admiraba la belleza de aquellas livianas y serpenteantes nubes que envolv¨ªan la esbelta y rutilante figura ovalada de una luna en su m¨¢ximo momento de poder; al igual que tampoco contemplaba con inter¨¦s las aristas met¨¢licas que sobresal¨ªan por dos puntos de esta, semejando cuernos en una cara endemoniadamente iluminada que admirase lo que iba a suceder con un deje de picard¨ªa. Lo que realmente llamaba su atenci¨®n (y aquello que la hab¨ªa hecho escoger aquella direcci¨®n en concreto tras su¡­ ?despedida honrosamente pomposa?) parec¨ªa caer ahora desde la luna misma, semejando un torrente medio gaseoso y l¨ªquido de l¨¢grimas que se dejaba caer desde la luna al bosque situado ante ella, haciendo refulgir las copas de los ¨¢rboles m¨¢s altos que ella llegaba a ver. Aquello era una p¨¦rdida. Una fuga. Un escape en El puente de las almas, en el eterno flujo de almas anclado en un ciclo sin fin con el planeta que lo sustentaba. La existencia de aquel neblinoso y mortecino puente plasmado ante la luna (la forma de puente era ¨²nicamente una figuraci¨®n vaga debido a los pocos avistamientos y en ese momento creaba la letra T ante la luna debido a la fuga que ingr¨¢vida ca¨ªa hasta la tierra) era sabidur¨ªa popular a esas alturas, no as¨ª su entera funci¨®n ni sus movimientos. Ni las rotaciones de este sobre el eje del planeta ni su fortuita y espor¨¢dica aparici¨®n, pues seg¨²n los eruditos m¨¢s renombrados, el puente siempre estaba en alg¨²n lugar, aunque no de manera visible para el ojo humano, d¨¢ndose a ver ¨²nicamente de un modo muy parecido al de la aurora boreal, siendo los responsables en esta noche en cuesti¨®n la Estrella de Eol en sus ¨²ltimos estertorosos destellos de luz y energ¨ªa y, probablemente, la luna. Sin embargo, no estaba segura. Aunque tampoco es que le importara. Ella nunca fue una erudita en el tema. Sus estudios hab¨ªan tenido que ser algo clandestinos y b¨¢sicamente hab¨ªa tenido que instruirse ella misma. Y en qu¨¦ momento¡­ Jam¨¢s pens¨® que llegar¨ªa a usar nada de aquello. Nada dentro de aquellas cajas era malo en s¨ª, y los conocimientos, aunque algo turbios en algunos (muchos) campos instruidos en aquellos libros de piel tan¡­ Se rasc¨® un poco la piel del brazo izquierdo y el sonido de los dos brazaletes que llevaba en la derecha se unieron al chillido de un murci¨¦lago a lo lejos. Aquellos conocimientos le hab¨ªan hecho ansiar algo, le hab¨ªan ense?ado algo de ella misma que no le hab¨ªa gustado. A abrazarse a su dolor y a no dejarlo ir aun siendo lo mejor. Ella lo sab¨ªa y era consciente de la espiral en la que se hab¨ªa vertido en cuerpo y alma para calmar (m¨¢s bien saciar) su dolor. Pero aun as¨ª¡­ Lo hab¨ªa hecho. En aquella noche, recordada por muy pocos y so?ada por muchos en los a?os y d¨¦cadas venideras, nuestra protagonista por ahora, sin ser consciente de c¨®mo sus actos iban a inferir en la historia del mundo entero, la proscrita del poblado de ¨¢hinir, se intern¨® en el Antiguo Bosque de Kaun para tratar de revivir a su marido por segunda vez en tres d¨ªas. - Decir que el ambiente en aquel claro escondido en lo m¨¢s profundo del bosque estaba cargado hasta la saciedad ser¨ªa quedarse corto. Ser¨ªa tan absurdo como comentarle a alguien del Sur lo calurosa que resulta una tarde de verano estando este ya bien entrado en el a?o corriente. La mujer (a¨²n sin un nombre para el pr¨®logo que contar¨ªa lo mezquino de sus hallazgos) tuvo que volver a internarse unos cuantos metros en la mara?a de ¨¢rboles para aspirar aire limpio de nuevo y poner en orden sus ideas. Aquello era demasiado bueno. Era perfecto. Lo cual le parec¨ªa irreal aun cuando sus ojos le detallaran la certeza de su suerte. Mir¨® hacia arriba y contempl¨® entre maravillada y asustada c¨®mo aquel retazo desprendido del eterno flujo de almas, del Sens¡¯ovell, ca¨ªa desde el cielo hasta colarse entre las ramas y follaje superior de los altos robles y caer en¡­ No sab¨ªa c¨®mo describirlo. No encontraba la palabra. Pero si pod¨ªa describir la sensaci¨®n. Ella la conoc¨ªa bien. La sent¨ªa a cada instante en sus entra?as. De vac¨ªo. Bajo la tierra, bajo el suelo que en ese instante manten¨ªa firmes a sus pies y a toda la vegetaci¨®n que se mec¨ªa en la cargada quietud de aquel claro, all¨ª, en aquel lugar que te?ido ahora con una ligera niebla anaranjada hab¨ªa parecido llamarla a gritos desde muy lejos, hab¨ªa, de alg¨²n modo, un peque?o agujero. Un agujero en el mundo[1]. El agujero no deber¨ªa medir m¨¢s de tres pasos de di¨¢metro, pero algo en el fondo de ella misma la alertaba sobre la aterradora existencia de este. - Tienes que hacerlo-, Se dijo a s¨ª misma en un susurro que son¨® poco menos que esperanzador-, No puedes acongojarte ahora. Ya sab¨ªas que el uso de almas sin procesar estar¨ªa involucrado en el tema. Ya lo hiciste. El tiempo para remilgos ya pas¨®. Se oblig¨® a apartar la vista del lugar en el que su instinto le dec¨ªa que el mundo se abr¨ªa a un mar de interrogaciones abrumador y observ¨® de nuevo el espacio entre las copas de los ¨¢rboles que permit¨ªa contemplar a una luna llena que, de nuevo, parec¨ªa querer juzgar sus actos. La fuga en el Puente de almas durar¨ªa poco. Deb¨ªa darse prisa y usar aquella oportunidad que el destino parec¨ªa estar brind¨¢ndole con tanto ¨ªmpetu. Repas¨® mentalmente la arrugada receta que hab¨ªa encontrado en aquella caja repleta de libros sobre Artes profanas: Dos volutas de almas no procesadas. Un kilo de carne caliente. Tierra debidamente preparada. Un eclipse lunar o alg¨²n evento c¨®smico puede ser de mucha ayuda si se dan las circunstancias adecuadas. La ¨²ltima l¨ªnea estaba escrita en letra peque?a, dando la impresi¨®n de que la hab¨ªan a?adido m¨¢s tarde. Entre ella y el lugar en el que ca¨ªa aquel d¨¦bil torrente desprendido del Puente de almas se encontraban todos los ingredientes que precisaba para llevar a cabo su cometido. Todos menos uno. Arm¨¢ndose de valor y pensando en cuanto deseaba liberarse de aquella opresora soledad que la custodiaba desde la muerte de su amado Jard, la mujer avanz¨® al fin y se intern¨® del todo en el claro. Sus pies se hundieron un poco en la espesura, y cuando estaba a poco de llegar al centro del lugar, d¨®nde una roca de un extra?o color azulado y de medio metro de altura se ergu¨ªa rodeada de plantas de vibrantes colores, un conejo emiti¨® un chillido agudo y sali¨® corriendo desde detr¨¢s de un peque?o toc¨®n cuyo musgo brillaba gracias a la humedad del ambiente y a la luz de la luna. El conejo se par¨® a medio camino entre ella y el mal trazado c¨ªrculo de troncos que formaba el claro, quedando parado sobre ambas patas traseras, observ¨¢ndola mientras las fosas nasales se le abr¨ªan con agitaci¨®n. El silencio apabullaba la escena. Un kilo de carne a¨²n caliente. Ten¨ªa las almas al alcance de su mano. Fr¨¢giles y casi desfragmentadas en espor¨¢dicas espirales de recuerdos, s¨ª, pero las ten¨ªa. Ten¨ªa lo necesario para preparar la tierra o, mejor dicho, para consagrarla. Consagrarla con aquello que mantiene a los vivos en algo palpitante. Aquella parte del ritual, aquel pasaje en concreto, le hab¨ªa costado mucho encontrarle el significado correcto, pues los escritos, as¨ª como las teor¨ªas sobre lo que ella quer¨ªa hacer, se contradec¨ªan en bastantes puntos debido a diversas traducciones y a alg¨²n intento por boicotear todos los estudios de las artes en cuesti¨®n. Un evento c¨®smico en acci¨®n con una ventana de tiempo de dos horas a un d¨ªa entero. Tambi¨¦n, por azar del destino, ten¨ªa aquello a su entera disposici¨®n. Sin embargo¡­ Sin embargo, aquel conejo deb¨ªa pesar por lo menos dos kilos. Con un suspiro y lament¨¢ndose enormemente por lo que iba a hacer (y aunque le costase admitirlo, por aquello que ya hab¨ªa hecho tambi¨¦n), la mujer meti¨® la mano lentamente bajo su capa y agarr¨® un peque?o objeto afilado que la ayudar¨ªa a conseguir sus deseos m¨¢s il¨ªcitos. - Ya hab¨ªan pasado tres horas. Tres horas desde que su cuerpo y alma se hab¨ªan vertido sobre la h¨²meda y f¨¦rtil tierra del bosque. La mujer se hallaba en el suelo, la espalda apoyada contra un ¨¢rbol y rodeada de tanta humedad que el pelo le ca¨ªa en mechones err¨¢ticos que le daban a su rostro un aspecto envejecido y cansado. Realmente se encontraba exhausta. Con una mano en la cabeza y masaje¨¢ndose la sien para tratar de paliar el p¨¢lpito que la asalt¨® al girarla, observ¨® los trazos que zigzagueaban por d¨®nde ella hab¨ªa rociado el contenido de los tres frascos que hab¨ªa llevado muy escondidos consigo misma. La hierba y flores, antes verdes all¨ª d¨®nde ella las hab¨ªa rociado en una danza algo convulsionada, se encontraban ahora manchadas de un rojo reflectante que formaba el dibujo de una cruz o de una estrella, dependiendo del ¨¢ngulo desde el que se mirase. Pero lo m¨¢s importante se encontraba en el centro de aquellos rojizos v¨¦rtices ba?ados con la luz de una luna muy cotilla. All¨ª se hallaba aquel quien le hab¨ªa hecho palpitar el coraz¨®n de una manera desbocada. Aquel quien tambi¨¦n se lo hab¨ªa roto al morir cayendo de un caballo mal entrenado. Apoyado en la roca situada en el centro del lugar y en lo que podr¨ªa parecer una postura de mendicidad, iluminado por un perentorio y perdido haz de luz que enmarcaba la escena del mismo modo que algunas bandas de teatro hacen cuando llega el punto ¨¢lgido para su protagonista en el ¨²ltimo acto de la historia a representar, se encontraba lo que a simple vista, podr¨ªa parecer obra de una artesan¨ªa exquisita. Baja la cabeza sin rasgo facial alguno, la espalda encorvada hacia delante y manos postradas bocarriba sobre unas piernas completamente r¨ªgidas, una figura de lo que a primera vista aparentaba ser madera algo estriada y de aspecto lustrado, esperaba pacientemente a que el siguiente paso en aquel proceso tan prohibido diese lugar. Toda la figura parec¨ªa estar formada por una ¨²nica pieza, siendo lo ¨²nico que quedaba algo fuera de lugar la zona en la que deber¨ªa estar el ombligo, d¨®nde una protuberancia formada por ra¨ªces sobresal¨ªa cuatro dedos hacia fuera.The tale has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. Aquel era el ¨²nico rasgo identificativo en el cuerpo de lo que parec¨ªa un mu?eco de ventriloqu¨ªa desnudo y abandonado por un ventr¨ªlocuo con las cuerdas vocales desgastadas tras tanto tiempo fingiendo otra voz ante el mundo. No hab¨ªa ojos. No hab¨ªa boca ni nariz. No hab¨ªa genitales. Tan s¨®lo un cascar¨®n vac¨ªo bajo el cual deb¨ªa estar cre¨¢ndose un incuantificable n¨²mero de terminaciones nerviosas, tejidos musculares y ¨®rganos. Llevaba admirando aquel milagro durante cinco horas m¨¢s cuando un vapor y un olor parecido al de carne sin aderezar en una cacerola hirviendo, emergi¨® s¨²bitamente del cascar¨®n que aguardaba su momento de volver a la vida. De volver a amarla. De devolverle las ganas de despertarse y no dejarse llevar por un eterno sue?o que cada ma?ana aclamaba su atenci¨®n con m¨¢s inquina. El vapor emergi¨® de manera violenta al principio, resquebrajando ligeramente las decenas o centenas (sino miles) de peque?as ramas y ra¨ªces que, al entrelazarse en un sinf¨ªn de perfectos nudos, lazos y puentes, daban la sensaci¨®n de ser una ¨²nica pieza. Pas¨® un d¨ªa m¨¢s. Y nada. El vapor segu¨ªa extendi¨¦ndose a trav¨¦s del cuerpo y de las diminutas fisuras en este. Pero nada. Y ella no pod¨ªa hacer nada m¨¢s. Solo esperar y recuperar fuerzas. ?Hab¨ªa ido demasiado lejos con todo aquello? Lo hab¨ªa perdido todo por aquel intento. Por aquel anhelo todav¨ªa humeante cuya ahora ladeada cabeza (probablemente debido al peso de la humedad) la miraba desde un rostro exento de ojos. Pero valdr¨ªa la pena. Ten¨ªa que valerlo tras todos los infortunios y atinos de la suerte. La noche del tercer d¨ªa s¨ª que ocurri¨® algo. Algo que lo cambiar¨ªa todo. Sentada de nuevo bajo un ¨¢rbol, la mujer estaba aplic¨¢ndose un eficiente (aunque muy doloroso y complicado) cataplasma, tal y como hab¨ªa estado haci¨¦ndolo cada poco rato desde que hab¨ªa iniciado los preparativos para aquel ritual tan blasfemo, cuando, rasgando un silencio que la hab¨ªa acompa?ado durante dos noches eternas, el sonido de la madera al crujir emergi¨® con triunfo de la figura todav¨ªa inerte a pocos metros de ella. Le cost¨® varios intentos el apartarse los mechones que le ca¨ªan por la cara para as¨ª comprobar y cerciorarle a su coraz¨®n aquello que sus dichosos ojos estaban viendo. La madera que se hab¨ªa estado secando y agrietando lentamente durante el tiempo transcurrido, sin dejar de transpirar a¨²n, cedi¨® en algunos puntos del mismo modo en que lo har¨ªa la corteza de un ¨¢rbol anciano tras chocar contra su tronco alg¨²n animal grande o buscar comida un pajarillo osado, dejando ver bajo esta una piel tersa que dio la impresi¨®n de erizarse levemente al entrar en contacto con la temperatura m¨¢s baja del bosque. Del cascar¨®n que ella misma hab¨ªa creado al exterior. Al mundo. ¡°Oh. Dioses. ?Qu¨¦ he hecho? ?Con qu¨¦ estoy jugando?¡± Una zona peque?a del abdomen qued¨® a la vista y el coraz¨®n de la creadora de aquel fortunio en poco viviente empez¨® a latir a una velocidad alarmante en el instante en que sus ojos captaron la peque?a mancha de nacimiento que Jard ten¨ªa bajo la tercera costilla. Era verdad. Era ¨¦l. Al menos el cuerpo era el suyo. ?Lo ser¨ªa el alma? Ten¨ªa que serlo. ?Por qu¨¦ tantas dudas ahora? Era ese¡­ agujero. Esa peque?a anomal¨ªa que estaba compartiendo el espacio en tiempo y lugar con ella y sus anhelos m¨¢s ¨ªntimos y personales. Sin saber c¨®mo, ella notaba esa anomal¨ªa m¨¢s grande. Sab¨ªa a ciencia cierta que aquel agujero en el mundo mismo era m¨¢s grande que cuando ella hab¨ªa llegado. Otro trozo de c¨¢scara cay¨® al suelo despu¨¦s de rebotar sobre unas rodillas que no notaron nada. Un poco de cabello casta?o muy claro se asom¨® entre volutas de vapor que tardaron bastante en disiparse, y un ojo cerrado y de largas pesta?as lo sigui¨® en un proceso que a ella le pareci¨® durar eones. Para cuando el quinto trozo de corteza a¨²n estaba en proceso de desengancharse del resto, la mujer estaba ya incorpor¨¢ndose a duras penas, trastabillando varias veces en el proceso al tiempo que exhalaba palabras sin sentido. Dejando un surco desde la base del ¨¢rbol que la hab¨ªa estado protegiendo, lleg¨® a gatas hasta la forma humeante cuya piel a¨²n estaba escondida en su mayor parte por componentes de la tierra misma, y una vez all¨ª se par¨® para contemplar aquello por lo que tanto se hab¨ªa volcado. La mejilla derecha se encontraba ahora a la vista. ?Estaba siendo ella una ego¨ªsta? S¨ª. ?Hab¨ªa jugado ella con algo tan peligroso que varias civilizaciones rivales entre ellas se hab¨ªan unido para destruir la base de conocimientos durante el transcurso de casi un siglo? Probablemente tambi¨¦n. Pero no le importaba. Alz¨® la mano izquierda con la intenci¨®n de tocar con un dedo la mejilla cuyo vello se erizaba en direcci¨®n a ella, pero la dej¨® a medio camino al recordar con un calambre de dolor que no ten¨ªa dedo. Ni mano. Su brazo izquierdo terminaba ahora en un mu?¨®n a la altura del codo, sesgado con la ayuda de las mismas artes que el mundo tanto se afanaba en blasfemar en contra. El corte era limpio, m¨¢s limpio y preciso de lo que muchos de los m¨¦dicos de las nuevas llamadas ciudades eran capaces de lograr con todo su material y conocimientos. La herida en s¨ª no era tan limpia por eso. Pero la cataplasma deber¨ªa servir para prevenir una infecci¨®n, y la p¨¦rdida de sangre la hab¨ªa controlado bastante r¨¢pido. La mujer se qued¨® unos segundos as¨ª, con el mu?¨®n a medio alzar delante de aquel casi rostro, tratando de enfocar la vista entre su mu?¨®n y en aquel maxilar que sin duda conoc¨ªa bien, y de canalizar as¨ª sus emociones e ideas. Al fin, tras lo que le pareci¨® otra eternidad, dej¨® escapar un suspiro y se incorpor¨® un poco como pudo para as¨ª sentarse y esperar a que todo acabase de una maldita vez. Pero no terminaba. Pasaron dos d¨ªas m¨¢s y no sucedi¨® nada. Nada de nada. El humo hac¨ªa un d¨ªa que hab¨ªa cesado de emerger del cascar¨®n, y el cuerpo, al menos en las ocasiones en que se hab¨ªa sentido valiente como para comprobarlo con unos dedos cada vez m¨¢s temblorosos ante una nefasta idea que llevaba d¨ªas gest¨¢ndose maliciosamente en lo m¨¢s profundo de su mente, estaba cada vez m¨¢s fr¨ªo. Mortalmente fr¨ªo. Aquello no pod¨ªa ser. No pod¨ªa terminar de aquella manera, tras todo lo sucedido, tras todo el empe?o. No tras todo lo perdido y ofrecido entre su antiguo hogar y el bosque que llevaba hosped¨¢ndola desde hac¨ªa noches. El conejo que hab¨ªa visto al llegar ese lugar se estaba acercando a ella con curiosidad tras tantos d¨ªas compartiendo sombra y agua cuando la mujer, cuya calma estaba cada vez m¨¢s cerca de ser hecha a?icos y dar paso a la histeria y a la desesperaci¨®n, lanz¨® un grito contenido durante d¨ªas y se abalanz¨® sobre la figura de lo que ya deber¨ªa ser su marido Jard. Se abraz¨® a este con un brazo y con medio del otro. Los sollozos no tardaron en hacerse eco por casi todo lo extenso del bosque, haciendo enmudecer a los grillos y dem¨¢s insectos nocturnos. Solo sus gritos y lo profuso de su llanto se o¨ªan en aquella noche a la que a¨²n le quedaba alguna sorpresa m¨¢s. - ?Porqu¨¦? ??Porqu¨¦?! Tenemos las almas-, Tuvo que sorberse la nariz antes de poder seguir, son¨¢ndose como pudo y llenando las mangas de su t¨²nica de mucosidades a las que no pudo prestar atenci¨®n-, Tienes el alma-, Aspir¨® aire tan hondo que le doli¨® el pecho. Pero aquello tampoco le import¨®-, Almas no procesadas manejadas por aquel quien no puede, no quiere, dejar marchar al jodido difunto. El volumen de su voz deca¨ªa a cada palabra que expulsaban sus resecos labios, desgastados por la horrible humedad que reinaba en el bosque. - Carne para alimentar a la tierra. Contuvo el impulso in¨²til de usar ambas manos para gesticular y ayudarse as¨ª en aquella perorata que llevaba horas pugnando por salir de sus labios, y otro grito desgarrador emergi¨® de ella. - Tuviste tu carne-, Solt¨® esto ¨²ltimo en un quedo susurro-, Y tu tierra preparada-, La mujer levant¨® la cabeza y solt¨® una exclamaci¨®n que habr¨ªa hecho enrojecer a los remilgados y finolis habitantes del pueblo que la hab¨ªa expulsado de las tierras que su familia hab¨ªa estado cuidando y explotando durante d¨¦cadas-, La sangre. Tambi¨¦n tienes la sangre, aquello que nos mantiene palpitantes. Aquello que hace latir, que hace palpitar a un coraz¨®n nuevo. A un coraz¨®n viejo. A mi coraz¨®n. Mi coraz¨®n. Notaba que desfallec¨ªa. Sent¨ªa como tras tantos d¨ªas de inanici¨®n y con tantas expectativas en mente, las fuerzas amenazaban al fin con abandonarla. Se agarr¨® al inerte y fr¨ªo cuerpo que desfallec¨ªa con ella. Que fr¨ªo estaba. ?Qu¨¦ hab¨ªa ocurrido? ?Qu¨¦ hab¨ªa ido mal? Ella¡­ Ella¡­ Ella hab¨ªa jugado con algo prohibido, con algo blasfemo. Y por ello hab¨ªa perdido su casa, sus amigos y sus tierras. Parte de su cuerpo. Pero aquel cuerpo que reposaba junto al suyo¡­ Respirando profunda y lentamente, para tratar de tranquilizarse y ser as¨ª capaz de recuperar en algo el control y levantar la cabeza, a¨²n abrazada al amasijo de ramas y ra¨ªces que hab¨ªan conformado la forma de su difunto marido, la mujer mir¨® hacia arriba, hacia aquel rostro que ladeado, parec¨ªa girarle la cara. Reprocharle el fracaso. Un fracaso ego¨ªsta y destructivo. El vi-I-incu-lo. Del hue-vo mal manufactu-R-rrr-ado al mun-do. El coraz¨®n debi¨® de dejar de latirle por lo menos durante cinco segundos debido a la impresi¨®n. Con la sangre ahora helada en sus venas y el coraz¨®n lati¨¦ndole de nuevo a un ritmo fren¨¦tico, la mujer pudo notar con un estremecimiento c¨®mo el vello de su cuello se erizaba al llegar a ella aquella voz. Controlando un tembleque debido al miedo que amenazaba con dejarla en el suelo, tiritando y medio abrazada a sus rodillas como lo har¨ªa un infante aterrado y sollozante, hizo un esfuerzo sobrehumano para girar lentamente la cabeza y mirar qu¨¦ hab¨ªa tras de ella. No hab¨ªa nadie. Del hoR¡­r-i-pilante casca-Ron a la duRa piel que tie-ne este mundo suculento. Mmm¡­ C¨¢s-caR-r-ra. Caaaas-ca-r¨®n du-ro. El v¨ªn-culo has de cortar. Quien hab¨ªa susurrado esas palabras mal pronunciadas y cuyas pausas entre algunas s¨ªlabas y manera de usar las entonaciones se romp¨ªan unas a otras de una manera lenta y err¨¢tica, sonaba del mismo modo en que lo har¨ªa una caja de m¨²sica vieja cuyos mecanismos met¨¢licos estuviesen trabados con algo h¨²medo, y cuya canci¨®n, aun siendo entendible al o¨ªdo humano, resultase en algo mortificantemente desagradable. Aunque lo peor era cuando esta pronunciaba una erre. Cuando aquella voz sin lengua usaba una palabra que conten¨ªa aquella letra sonaba como si cuatro o cinco notas distintas se quedasen trabadas y se destrabasen a destiempo tras golpear un suelo encharcado con algo tremendamente sucio. Pero all¨ª no hab¨ªa nadie. No hab¨ªa nada. Pudo ver la silueta del conejo intern¨¢ndose a toda prisa entre los altos robles del bosque, y a lo que deb¨ªa ser una luci¨¦rnaga azulada danzar en el aire a pocos palmos del suelo, pero aparte de eso, nada. No hab¨ªa nadie detr¨¢s de ella, ni detr¨¢s del toc¨®n que se alzaba a su derecha. ?Habr¨ªa alguien detr¨¢s de uno de aquellos ¨¢rboles que tanta protecci¨®n hab¨ªan parecido otorgarle? ?Habr¨ªan enviado a alguien a buscarla? ?Se hab¨ªa arrepentido ese se?or tan rimbombante del pueblo de dejarla ir? ?Hab¨ªa temblado el agujero al hablar aquella voz? ?O acaso estaba volvi¨¦ndose loca tras todo el esfuerzo mental y f¨ªsico, la inanici¨®n y unos deseos desmedidos? La piel de su nuca eriz¨¢ndose de nuevo en aquel susurro le dijo que no. Un no helado que estremeci¨® todo su cuerpo, recorriendo su espina dorsal en una caricia que no tuvo nada de placentera. CoRd¨®n. As¨ª lo llam¨¢is, ya lo veo. Mmm¡­ Que idioma tan¡­paR¡­-lanch¨ªn. Cuanta palab-R-a in¨²til pa-ra una R-aza in¨²til. Veo tu mente. No est¨¢s loca. Nadie ha venido a po-R ti. Nadie sabe que est¨¢s a-qu¨ª. La voz sonaba mucho m¨¢s¡­ Real. No con m¨¢s convicci¨®n a la hora de pronunciar las palabras, pero si parec¨ªa entender mejor su significado y su adecuada pronunciaci¨®n. La mujer, a medio abrazar la figura de su marido muerto y atemorizada por aquello que no entend¨ªa en absoluto (y no estaba convencida de querer entenderlo del todo ¨C ni de si ser¨ªa capaz), estaba a punto de alzar su propia voz cuando algo parecido a una risa sacudi¨® aquella caja de m¨²sica vieja, h¨²meda y sucia, fusionando todos aquellos espeluznantes sonidos en otro que sonaba como si alguien estuviese refregando un palo de bamb¨² contra una superficie mellada de madera empapada y hueca. El ombli-go. EstiRa de la cueRda. Saca a la futura simiente del hue-vo. Conteniendo el aliento y notando c¨®mo cada m¨²sculo de su cuerpo se negaba obedecer, el c¨®mo los pedazos de un sue?o roto cruj¨ªan bajo todo el peso de su ser, la mujer se apart¨® un poco del cascar¨®n fr¨ªo en el que estaba el cuerpo de su querido Jard al tiempo que luchaba consigo misma para evitar la aprensi¨®n que aquella voz desconocida le provocaba. Ombligo. Cord¨®n. La protuberancia que sobresal¨ªa del vientre plano del cascar¨®n que deber¨ªa ser ya un hombre. Estando ahora m¨¢s cerca, casi a un palmo, pudo apreciar una fisura alrededor de la base del conjunto de ramitas cuyo nudo parec¨ªa gritar ahora: est¨ªrame. ?Era aquel acto prohibido algo moralmente reprobable? ?Era ella una mala persona por haber querido devolver a la vida a una persona que hab¨ªa fallecido de una manera r¨¢pida y est¨²pida? ?Era ella una persona d¨¦bil por no haber podido simplemente avanzar y aceptar el eterno ciclo de vida y muerte por el que el planeta y el Sens¡¯Ovell se reg¨ªan? Mirando hacia el rostro cuyas facciones se encontraban a¨²n enterradas bajo ramas, corteza y lo que bien podr¨ªa ser musgo ahora que se encontraba tan cerca, la mujer agarr¨® aquello que sobresal¨ªa de lo que deber¨ªa ser el ombligo y estir¨® suavemente. La pieza cedi¨® con algo de resistencia, pero cedi¨®, al igual que cedi¨® su auto control sobre cualquier tipo de emoci¨®n que no derivase de la hilarante alegr¨ªa debida a un tremendamente ansiado reencuentro. Por suerte, todo sali¨® bien. El cuerpo de su marido abri¨® la boca en una gran bocanada que aspir¨® tanto aire como sus nuevos pulmones pudieron proporcionarle, y el resto de trozos de lo que ahora parec¨ªa una escultura humana usada como sepulcro para un fallecido que ya no era tal, cayeron uno tras otro de un cuerpo cuya piel le arranc¨® destellos a la luna desde lugares que ella ya conoc¨ªa. Todo sali¨® perfecto. Mejor para algunos. Peor para otros. Pero de aquel suceso, de la uni¨®n de aquellos dos cuerpos en aquella noche un tanto tr¨¢gica y especial (y puede que con la ayuda de algo m¨¢s), naci¨® una peque?a aldea en el bosque que no tardar¨ªa en crecer y en hospedar a un linaje iniciado por una mujer muy sola, desterrada y derrotada. Por una mujer que lo arriesg¨® todo por amor. O puede que fuese por ego¨ªsmo. O por miedo a la soledad. Puede que fuesen las tres cosas. Pero quien m¨¢s partido le sac¨® a esa uni¨®n tan especial, fue ese algo que a¨²n medio dormido y conmocionado por la mezquina muerte de un Universo entero que lo hab¨ªa desgajado como a una naranja- Cu¨¢ntas almas en el Cielo, cu¨¢nto llanto en el Cosmos. ?BoOm! Cu¨¢nta caRne. Carne mueRta. CaRne suelta. Tanta carne vagabunda y ning¨²n cueRpo paRa mi- no consigui¨® lo que quer¨ªa. No en parte al menos. Aquel diminuto agujero en el duro cascar¨®n de aquel planeta tan suculento se hab¨ªa hecho m¨¢s grande, y ahora rezumaba una energ¨ªa maravillosa. Una magia suculenta. Pero no estaba abierto. No para ¨¦l. No del todo. Todav¨ªa no. [1] Nombre de un cap¨ªtulo de la serie de T.V ¨¢ngel, de Joss Whedon. Cap铆tulo I: Susurros de la naturaleza


Primera Parte Un toque de bondad ¡°Nunca supimos c¨®mo lo hac¨ªa, pero el olor a hierbas medicinales que desprend¨ªa su en exceso perfumado cesto, le daban un toque encantador. Ya sab¨¦is, el Toque de Eithenalle.¡° - Nednea, en la v¨ªspera de un Festival de las Tormentas de Nash¡¯sera, celebrado unos a?os antes de esta historia. Cap¨ªtulo I: Susurros de la naturaleza 17 de mayo El d¨ªa hab¨ªa amanecido oscuro y unas cuantas nubes negras se estaban posando sobre Nash¡¯sera, ocult¨¢ndolo de los rayos del sol. Una brisa fr¨ªa empez¨® a soplar entre las arboledas que rodeaban el pueblo, encima de las colinas, y una densa niebla ascend¨ªa en jirones desde la h¨²meda tierra, azotada la noche anterior por una tormenta que hab¨ªa obligado a los pueblerinos a cerrar los postigos de las ventanas de madera y a asegurar bien las puertas de sus casas, pero a pesar de que los primeros rayos de sol luchaban por traspasar la l¨ªnea de nubes, el calor que reinaba ya en el ambiente era pesado y sofocante, de ese que humedece el cuerpo y hace que se adhiera la ropa, tal como le ocurr¨ªa a Eladien Fahrathiel, qui¨¦n ya fuera de la cama y de pie en el jard¨ªn de su casa, miraba hacia el cielo con el entrecejo fruncido. Era su cumplea?os; ese d¨ªa cumpl¨ªa veinticuatro a?os y si el d¨ªa segu¨ªa as¨ª, su plan de ir a comer al bosque con su hermana peque?a, ¨¦rien, se ir¨ªa al traste, ya que no le apetec¨ªa comer bajo una lluvia posiblemente tan intensa como la de la noche anterior. Un escalofr¨ªo recorri¨® su espina dorsal al recordar el cruel aguacero que hab¨ªa arrancado de cuajo el ¨²nico ¨¢rbol que ten¨ªan en el jard¨ªn, un H¨¦nir, un ¨¢rbol de m¨¢s de trescientos a?os que hab¨ªa permanecido en el mismo lugar hasta tan solo una noche atr¨¢s; ahora estaba tirado encima del granero que ten¨ªan en la parte posterior del jard¨ªn, con varias ramas chamuscadas por alg¨²n rayo, seg¨²n pensaba Eladien. Eladien era una mujer a la que se pod¨ªa considerar m¨¢s alta que baja, un poco entrada en carnes, pero con una silueta que recortaba unas curvas que hac¨ªan que todos los hombres cayeran rendidos al verla. Sus grandes ojos eran de un color tan oscuro que casi parec¨ªan negros y que resaltaban con su p¨¢lido rostro, un poco redondeado y con una peque?a y delicada nariz que descend¨ªa en una esbelta curva hac¨ªa unos labios rellenos que despertaban la pasi¨®n de cualquier var¨®n, todo ello contrastado con su negro y brillante cabello, que ca¨ªa en escaladas ondas sobre sus hombros y descend¨ªa un buen trecho por su espalda, d¨®nde terminaba con unos peque?os tirabuzones. Llevaba puesto un sencillo vestido blanco de lana que utilizaba todas las ma?anas al despertarse, cuando sal¨ªa al jard¨ªn para contemplar el amanecer (siempre le hab¨ªa gustado presenciar el momento en que el sol se asomaba por las monta?as del oeste, semejando un rojizo disco e ilumin¨¢ndolo todo mientras emprend¨ªa su ascenso) antes de almorzar un poco y dedicarse a las tareas de moler el trigo para hacer la harina que luego vend¨ªan en la tienda que sus padres les hab¨ªan dejado al perecer. Eladien, tras mirar alrededor y sopesar los da?os que hab¨ªa ocasionado la tormenta, se dirigi¨® hacia el granero para ver si pod¨ªan arreglar alg¨²n desperfecto sin tener que pagar alg¨²n tipo de asistencia, pero cuando lleg¨® hasta las grandes puertas de madera comprob¨® que los da?os hab¨ªan sido bastante graves: el ¨¢rbol hab¨ªa abierto un agujero en el tejado y adem¨¢s de destrozar una de las puertas, la cual colgaba en diagonal sobre uno de sus goznes, tambi¨¦n hab¨ªa arrastrado consigo una de las vigas que soportaban el techo, lo que hab¨ªa provocado otro agujero, este mucho m¨¢s grande que el otro y por el cual, aparentemente, el agua hab¨ªa entrado durante toda la noche, ya que en el interior, el suelo, adem¨¢s de estar lleno de trozos de madera y con media viga aplastada bajo el tronco de un ¨¢rbol de dos metros de di¨¢metro, estaba plagado de grandes charcos que se hab¨ªan formado con algo m¨¢s que agua: sobre la superficie del esta se pod¨ªan ver peque?os grupos de grumos blancos que semejaban co¨¢gulos. Al abrir el ¨¢rbol un agujero en el techo, el agua se hab¨ªa llevado con ella toda la harina que llevaban guardando desde hac¨ªa una semana, y ahora estaba completamente mojada o sumada al barro del suelo, pasada por agua; no se hab¨ªa librado ni la m¨¢s m¨ªnima mota. - Maldita sea¡­-. Su voz era suave y un poco grave, cargada siempre de un tono en¨¦rgico. Suerte que el d¨ªa anterior hab¨ªan hecho la colecta de trigo e iban a molerlo ese d¨ªa; su lista de tareas acababa de engrosar de una manera sorprendente desde que se hab¨ªa levantado, y mientras se dirig¨ªa hacia el interior de la casa, ansiosa por servirse un buen vaso de leche para desayunar, pens¨® en despertar a ¨¦rien, para almorzar juntas. Abri¨® la puerta que conduc¨ªa al interior de la casa y se encontr¨® en la cocina; era sencilla, con repisas de m¨¢rmol blanco y estanter¨ªas de madera colgadas en las paredes, empapeladas en banco y con peque?os dibujos de frutas. A¨²n hab¨ªa restos de la cena del d¨ªa anterior encima de la mesa, as¨ª que los apart¨® y los puso en un cubil lleno de agua para lavarlos m¨¢s tarde. Estaba empezando a calentar la leche encima de una parrilla puesta sobre un peque?o fuego que hab¨ªa en el centro de una mesa cuadrada de piedra, con unos peque?os muros en los lados que imped¨ªan cualquier peque?o incendio, cuando el sonido de unos pasos a su derecha, d¨®nde la cocina se abr¨ªa al pasillo, hicieron que Eladien se volviera. ¨¦rien estaba bajando las escaleras de madera que daban a las habitaciones y que desembocaban en el pasillo de la casa, cubierto con una moqueta de color verde oliv¨¢ceo y sobre la cual hab¨ªa un peque?o aparador con un espejo muy grande pegado a la pared, con una mesita justo enfrente y una peque?a estanter¨ªa, esta de una madera m¨¢s oscura y con todas las filas llenas de libros. Eladien observ¨® a ¨¦rien mientras esta bajaba con cara so?olienta las pocas escaleras que le quedaban. ¨¦rien, que por m¨¢s que creciera siempre ten¨ªa la misma cara de ni?a peque?a, con unos hoyuelos que se marcaban cuando se re¨ªa (cosa bastante habitual en ella) y el pelo a¨²n m¨¢s negro que el de Eladien y corto, que apenas le llegaba hasta los hombros. ¨¦rien, con sus brillantes ojos color miel que la miraban siempre con expectaci¨®n. ¨¦rien, la ¨²nica persona de su familia que a¨²n permanec¨ªa con vida adem¨¢s de ella misma. Su hermana peque?a le sonri¨® al verla y los hoyuelos se le marcaron, contrastando con la expresi¨®n de sue?o que se mostraba reacia a abandonar su cara. - Buenos d¨ªas, hermanita. ?Has dormido bien? A m¨ª me cost¨® un poco dormirme a causa de la tormenta¡­-, En verdad no hab¨ªa dormido casi nada, le gustaban los rayos y los truenos tanto o menos que a los animales que viv¨ªan en los sotos que rodeaban Nash¡¯sera-, Por cierto, la tormenta nos ha dejado sin harina. ¨¦rien la mir¨® un poco confundida (Eladien no sab¨ªa seguro si era por lo que le acaba de decir o porque a¨²n no estaba despierta del todo) y reprimi¨® un bostezo que termin¨® por tapar tras la manga de su pijama, azul y de rayas amarillas que bajaban verticalmente desde las verdes solapas que ten¨ªa en el cuello. - ?C¨®mo? El agua no ha podido entrar al granero, lo impermeabilizamos el a?o pasado con resina-. ¨¦rien ten¨ªa tan solo trece a?os, pero era mucho m¨¢s lista y aplicada que muchas de las dem¨¢s chicas que ten¨ªan su misma edad. - La tormenta arranc¨® el viejo H¨¦nir que ten¨ªamos en el jard¨ªn y este ha ca¨ªdo encima del granero. Hay un agujero muy grande en el techo¡­ No creo que lo podamos arreglar por nosotras mismas. Maldita sea, era la cosecha de una semana entera¡­ Estaba frustrada. Deber¨ªan pagar por los desperfectos del granero ( y no ser¨ªa barato, de eso ya se encargaban los obreros) y hab¨ªan perdido toda la cosecha de una semana. Suerte que siempre ten¨ªa unos ahorros guardados para urgencias como esa, pero igualmente le frustraba. - Bueno-, A?adi¨® al fin, al ver que su hermana estaba demasiado dormida como para prestar atenci¨®n a algo que no fuese sus ganas de meterse en la cama de nuevo-, vamos a almorzar, estaba calentando la leche¡­ ?mierda! -. Al girarse vio como esta empezaba a borbotear en la cazuela y a salpicar leche por todos lados. Cogi¨® un trapo y r¨¢pidamente apart¨® la cazuela del fuego, dej¨¢ndola sobre el m¨¢rmol para acto seguido apagar el fuego ech¨¢ndole tierra encima. Mir¨® alrededor y apunt¨® una tarea m¨¢s en su lista: tambi¨¦n deber¨ªa repasar la cocina; entre la cena de la noche anterior y lo que acababa de pasar, estaba hecha un asco. ¨¦rien, con pasos vacilantes (a¨²n medio dormida) se sent¨® en una de las sillas de madera que rodeaban una mesa de madera tambi¨¦n, con un mantel de tela que ten¨ªa un estampado de flores en rojo y violeta y que estaba en el centro de la cocina. Eladien cogi¨® dos vasos de un armario que hab¨ªa empotrado en la pared y los empez¨® a llenar con el contenido de la cazuela junto con el vapor que sal¨ªa de esta. Llev¨® los dos vasos a la mesa y cogi¨® tambi¨¦n un tarro que conten¨ªa az¨²car y un par de cucharillas que puso sobre el mantel con cuidado al tiempo que se sentaba. - Muchas felicidades, Eladien. Eladien se sobresalt¨® un poco mientras tomaba un sorbo de leche, pues se hab¨ªa olvidado por momentos de que era su cumplea?os, seguramente debido al trabajo que le iba a ocasionar el granero y al mal tiempo que a¨²n hac¨ªa, aguando sus planes de ir a comer fuera con su hermana. Ya ten¨ªa veinticuatro a?os, la edad propicia para casarse seg¨²n las mujeres del pueblo, claro que algunas de ellas ya se hab¨ªan casado m¨¢s de cuatro veces a lo largo de su vida por el hecho de ir tan r¨¢pido. Y las que hab¨ªan logrado seguir casadas manten¨ªan un estilo de vida que a Eladien no le gustaba nada, para ella, desde luego; no le gustaba criticar lo que hac¨ªan los dem¨¢s. No, eso no estaba hecho para ella, la sola idea de casarse le revolv¨ªa el est¨®mago. S¨ª que le hab¨ªa gustado que alg¨²n chico que otro tratara de conquistarla coqueteando con ella en alguna que otra fiesta del pueblo, pero de ah¨ª a casarse hab¨ªa un buen trecho que ella no quer¨ªa recorrer. Al menos a¨²n. - Gracias, ¨¦rien. Veinticuatro a?os ya¡­me parece que fue ayer cuando yo ten¨ªa tu edad y¡­-, El pensamiento hizo que el coraz¨®n le latiera un poco m¨¢s deprisa, pero el tema ya no le afectaba tanto como antes. Con los a?os hab¨ªa aprendido que lo ¨²nico que pod¨ªa hacer era superarlo, y lo hab¨ªa hecho, gracias a la fuerte uni¨®n que ten¨ªa con su hermana-, pap¨¢ y mam¨¢ a¨²n estaban aqu¨ª con nosotros. El silencio se prolong¨® durante unos segundos, lo justo para que las dos recordaran la figura de sus padres, hasta que ¨¦rien habl¨® con una sonrisa que esta vez s¨ª se reflej¨® en toda su cara. Ya parec¨ªa estar m¨¢s despierta. - Hoy es el Festival de las Tormentas. Habr¨¢ m¨²sica y fiesta, podr¨ªamos ir un rato. Cuando acabemos las tareas, claro-. El Festival de las Tormentas, como si no hubieran tenido bastante con la tormenta de la noche anterior, pens¨® Eladien. Al mirarla a los ojos, Eladien sinti¨® una oleada de afecto hacia esa ni?a peque?a de rostro infantil que le sonre¨ªa desde detr¨¢s de su vaso. Tan peque?a y tan aplicada con sus obligaciones. Eladien sab¨ªa que la muerte de sus padres hab¨ªa tenido algo que ver en esa repentina madurez. - Cuando acabemos lo que tenemos que hacer iremos al Festival de las Tormentas, pero espero que el d¨ªa cambie antes de que caiga la tarde. Me hac¨ªa gracia que fu¨¦ramos a comer juntas al bosque. Hace mucho que no lo hacemos. - Tienes raz¨®n¡­mientras no llueva, podr¨ªamos ir. Aunque est¨¦ nublado es verano, no har¨¢ nada de fr¨ªo, y lo peor de la tormenta ya ha pasado-. Tan peque?a y tan lista. - Est¨¢ bien. Ir¨¦ a ver que puedo arreglar del patio y me pondr¨¦ a hacer la comida. Podr¨ªas ayudarme cogiendo verduras del huerto. Hacen falta tomates, zanahorias, lechugas¡­-, Al final opt¨® por escribir una peque?a lista en un papel y entreg¨¢rselo a ¨¦rien, qui¨¦n lo dobl¨® un poco y lo guard¨® en uno de los bolsillos de su pijama. Apur¨® el ¨²ltimo trago de leche que quedaba en el vaso y se levant¨® a dejarlo en el peque?o cubil lleno de agua-, Bueno, yo voy ya al jard¨ªn. No remolonees mucho, ¨¦rien. Que se nos va a echar el tiempo encima y es lo que nos falta. Tenemos que reemplazar la harina perdida lo m¨¢s r¨¢pido posible¡­ ¨¦rien se limit¨® a asentir mientras sorb¨ªa un poco del vaso y Eladien, tras ir a su habitaci¨®n a cambiarse la ropa que llevaba por otra m¨¢s c¨®moda para realizar las tareas, sali¨® al jard¨ªn cuando el sol apenas se hab¨ªa alzado un poco en el nublado cielo de tonos negros y grises que anunciaba un d¨ªa largo y pasado por agua. La brisa que hab¨ªa soplado a primera hora de la ma?ana ya hab¨ªa cesado y un aire caliente ocupaba su lugar junto a una atmosfera h¨²meda que hac¨ªa que el calor se pegase a su cuerpo. Peque?as gotas de sudor empezaron a perlar su frente en cuanto comenz¨® a recoger todo lo que hab¨ªa tirado por el jard¨ªn: varias ramas que el viento hab¨ªa arrancado de los ¨¢rboles y que ahora estaban partidas o dobladas, algunas sobre las losas de piedra que llevaban hacia la puerta y otras sobre la hierbas, en las cuales unas flores amarillas y naranjas bailaban al son del c¨¢lido ( mejor hubiera sido decir t¨®rrido) aire, algunos trozos de la madera que se hab¨ªa desprendido al caer el ¨¢rbol y la casita de su perra Depb¨², que estaba volcada, con algunas tablas sobresalidas. Depb¨² era un nombre que hab¨ªa salido en una conversaci¨®n con su hermana, dos a?os atr¨¢s, en la que al equivocarse, ¨¦rien pronunci¨® el nombre de Depb¨², cosa que les hizo gracia y como estaban buscando un nombre que ponerle a la perra, le pusieron ese. Busc¨® por el patio con la mirada y encontr¨® a Depb¨² al lado de granero, excavando un hoyo, para variar. Era una perra de mediana estatura y de pelaje oscuro con clareados en un marr¨®n que con los destellos del sol se volv¨ªa rojizo, patas anchas con cortinas de pelo en la parte posterior y con una cola con tanto pelo que parec¨ªa un plumero y un poco enroscada hacia arriba. Ten¨ªa el hocico bastante alargado y tambi¨¦n era ancho, con unos ojos bonachones que brillaron al verla, e inmediatamente, su cola inici¨® el zarandeo habitual. Se acerc¨® a ella y la acarici¨® un poco, con lo que la perra le lami¨® la mano y se puso boca arriba para que le acariciase la barriga, como siempre hac¨ªa, y mientras acariciaba a Depb¨², le pareci¨® o¨ªr un susurro. Se levant¨® r¨¢pidamente y mir¨® alrededor, escudri?ando los setos que separaban su jard¨ªn del de la casa de al lado, d¨®nde viv¨ªa una pareja de ancianos. Entorn¨® un poco los ojos, pues el sol se libr¨® por un momento de las nubes, pero de nuevo no alcanz¨® a ver a nadie susurrando. Pero ella lo o¨ªa. Susurros que surcaban por el aire, siseos que llegaban hasta sus o¨ªdos pero que no le tra¨ªan ninguna palabra lo suficientemente clara como para entenderla. Dio otra vuelta sobre s¨ª misma, oteando todo cuanto pod¨ªa y, deb¨ªa reconocerlo, un poco asustada. El viento se intensific¨® un poco y meci¨® a¨²n m¨¢s las flores y la hierba que hab¨ªa en el jard¨ªn, as¨ª como los setos que cercaban la casa, los cuales se tambalearon un poco. Aparentemente, por m¨¢s girara sobre s¨ª misma segu¨ªa sin ver a nadie, pero estaba convencida de estar oyendo lo que o¨ªa: los susurros flu¨ªan por todos lados, uni¨¦ndose al sonido que produc¨ªan las hojas y los peque?os abetos al moverse. Pero no hab¨ªa nadie. Se pregunt¨® si no ser¨ªan imaginaciones suyas y a los pocos instantes, los susurros cesaron tan abruptamente como hab¨ªan comenzado, dej¨¢ndola solo con el sonido del follaje, el cual parec¨ªa haber tomado vida con el viento. Depb¨² la inst¨® con una de sus patas delanteras, llena de pelo, a que la siguiera acariciando y tras dedicarle unas suaves caricias en el lomo y echar una ojeada al medio derruido granero, se levant¨® y se dirigi¨® hacia ¨¦l, dejando a su perra tumbada en el suelo, mir¨¢ndola con unos ojos brillantes. Se par¨® a unos cuantos pasos de la hierba y alz¨® la cabeza para examinar los da?os con m¨¢s atenci¨®n: las gruesas ramas del H¨¦nir tambi¨¦n hab¨ªan penetrado en las paredes del granero, ocasionando agujeros que aunque eran visiblemente m¨¢s peque?os que el del tejado, le iban a costar unas cuantas monedas de oro; las que no iban a ganar con la harina que yac¨ªa desperdigada por todo el suelo del granero. Reprimi¨® la rabia que empez¨® a trepar por su cuerpo y entr¨® en el granero, dispuesta a salvar hasta la ¨²ltima mota de harina que estuviese seca, pero al encender una de las peque?as l¨¢mparas ( una vela puesta en medio de un cuadrado llevo de espejos) e iluminarse la antes sombr¨ªa habitaci¨®n, comprob¨® que no hab¨ªa nada que se pudiera salvar. La tormenta se lo hab¨ªa llevado todo, hasta los instrumentos que ten¨ªan para moler el trigo estaban empapados y algunos rotos por la mitad o astillados en el mejor de los casos. Lo ¨²nico que se hab¨ªa librado era el trigo, que permanec¨ªa en un casi ordenado mont¨®n, en la pared posterior. Deb¨ªan de molerlo cuanto antes si quer¨ªan recuperar el dinero que hab¨ªan perdido. Dispuesta a acabar cuanto antes para poder ir a comer fuera con ¨¦rien y luego asistir al festival de las tormentas ( ese d¨ªa ya era demasiado malo como pas¨¢rselo todo trabajando) cogi¨® una escoba, un recogedor y empez¨® a apilar la harina que el agua hab¨ªa da?ado en un rinc¨®n, el cual en menos de diez minutos ya se hab¨ªa alzado bastante. Estuvo encerrada en el granero durante varias horas, orden¨¢ndolo, moliendo el trigo y tratando de drenar los charcos de agua a base de escobazos, pero eso ¨²ltimo no fue tan bien como esperaba y cuando al fin sali¨®, el sol ya casi estaba en su c¨¦nit, brillando con m¨¢s fuerza que antes pero a¨²n atrapado por las negras nubes que se resist¨ªan a abandonar el cielo. Varias gotas de sudor resbalaban por su cara y la ropa que se hab¨ªa puesto se le hab¨ªa adherido al cuerpo, as¨ª que entr¨® en casa y, tras ba?arse con un poco de agua que ¨¦rien hab¨ªa puesto en un cubo esa misma ma?ana, volvi¨® a cambiarse de ropa, un vestido de seda de dos piezas, de blusa verde y pantalones anchos y de un marr¨®n muy suave. Se plant¨® delante del espejo y empez¨® a recogerse el pelo con una cinta roja que conservaba desde los ocho a?os. Era un regalo de su abuela, Eithenalle, qui¨¦n hab¨ªa fallecido diez a?os atr¨¢s, a la edad de noventa y cinco a?os, cuando Eladien tan solo ten¨ªa catorce. Hab¨ªa sido un golpe muy duro para ella, pues manten¨ªa una relaci¨®n abuela ¨C nieta muy estrecha con ella, pero sus padres y el nacimiento de su hermana ¨¦rien hab¨ªan sido de mucha ayuda. Hasta que cinco a?os atr¨¢s ellos murieron tambi¨¦n, dej¨¢ndolas solas y a Eladien al cargo de ¨¦rien, quien en ese momento tan solo ten¨ªa ocho a?os. Hab¨ªa sido muy duro para las dos, pero se apoyaron mutuamente, tanto para dirigir el negocio familiar como sentimentalmente: desde el d¨ªa en que fallecieron sus padres estuvieron tres a?os durmiendo juntas en la misma cama, reacias a separase la una de la otra. Sus padres, Treman ( un hombre alto de anchos hombros que siempre ten¨ªa una sonrisa para sus dos hijas) y Liley ( una mujer de cara redondeada, tez p¨¢lida y con una oscura melena de le¨®n que siempre ten¨ªa los o¨ªdos dispuestos para sus preocupaciones) murieron a causa de una enfermedad que lleg¨® a Nash¡¯sera a?os atr¨¢s y que solo afect¨® a adultos de una determinada edad, por lo que el n¨²mero de adultos del pueblo hab¨ªa disminuido un poco, si bien no mucho; la enfermedad se fue tan r¨¢pido como hab¨ªa llegado, dejando unos cuantos muertos en el poblado. Cada vez que recordaba el rostro de sus enfermos padres en la cama¡­ Con un gran esfuerzo dej¨® esos pensamientos a un lado y acab¨® de atarse la cinta al pelo, at¨¢ndolo en una coleta que solo dejaba libres dos mechones que ca¨ªan sobre su rostro, uno a cada a lado, ambos ondulados y con sendos tirabuzones en las puntas. Cuando baj¨® a la cocina, por las escaleras que daban al pasillo, se encontr¨® con ¨¦rien, ya sin el pijama y vestida con unos pantalones azules un poco anchos y una camisa de seda con mangas a tres cuartos que le colgaba un poco por los hombros. Tambi¨¦n se hab¨ªa recogido el pelo, en una gran cola alta cuyos mechones ca¨ªan en abanico sobre su espalda. Ahora ya no parec¨ªa en nada dormida, sino todo lo contrario; una sonrisa se asomaba en su rostro de rasgos infantiles y sus ojos color miel la miraron entornados a causa de su sonrisa cuando la vio aparecer en el umbral de la cocina. Estaba pelando las patatas y las dem¨¢s verduras que le hab¨ªa pedido que recogiera del huerto y las estaba apilando todas encima de una gran bandeja de metal con agua. Sin duda Eladien se hab¨ªa entretenido tanto con el granero que ¨¦rien hab¨ªa optado por empezar ella con la comida. Hab¨ªa madurado tanto en tan poco tiempo¡­ Para su edad, deb¨ªa de reconocer Eladien, era mucho m¨¢s madura de lo que hab¨ªa sido ella con trece a?os. - El granero est¨¢ casi listo-, Aquello no era del todo verdad, pero lo peor ya estaba hecho: la harina que se hab¨ªa aguado ya estaba apilada en un rinc¨®n, dispuesta para sacarla en sacos m¨¢s tarde, los charcos ya no abundaban tanto como antes y excepto la gran viga y el H¨¦nir, el suelo ya estaba despejado-, He molido un poco de trigo para compensar los da?os, pero m¨¢s tarde deber¨ªamos seguir moliendo entre las dos. Cuando volvamos de comer, por supuesto-. Esboz¨® una sonrisa y su hermana ¨¦rien se la devolvi¨® con otra a¨²n m¨¢s radiante que la suya. Tambi¨¦n estaba ilusionada con la idea de ir a comer fuera. Eladien puso las verduras que ya estaban cortadas y peladas en una cazuela con agua hirviendo que ya llevaba un buen rato encima del fuego mientras ¨¦rien segu¨ªa cortando las que restaban. Hab¨ªa decidido que se llevar¨ªan un poco de caldo en una peque?a olla de metal y una tortilla, as¨ª que cuando ya estuvieron listas las verduras, cogi¨® dos huevos que ¨¦rien hab¨ªa cogido de su peque?o gallinero y los bati¨® en una fuente de color blanco. Hacer la comida no les llev¨® mucho rato y una vez hubieron terminado, con lo que se llevaban de caldo en el interior de una peque?a olla de barro con una gruesa tapa, que impedir¨ªa que se le fuese el calor y con la tortilla en una bandeja de hierro cubierta con una tapadera del mismo material, los platos, cubiertos, vasos y una gran botella de cristal que conten¨ªa agua con un poco de jugo de lim¨®n, todo ello transportado en grandes sacos por las dos, el sol, librado por fin de los oscuros nubarrones, apenas hab¨ªa pasado de su c¨¦nit. Mientras avanzaban sin prisa por el jard¨ªn, en direcci¨®n a la puerta de madera que hab¨ªa en medio de los setos, los rayos del sol les calentaban los brazos y la cara, as¨ª como la parte de los tobillos que dejaban a la vista los pantalones que vest¨ªan. Si antes Eladien cre¨ªa que hac¨ªa calor, ahora estaba segura, pero al menos no hab¨ªa tanta humedad en el ambiente como horas atr¨¢s, cuando se hab¨ªa decidido a limpiar el granero.If you stumble upon this tale on Amazon, it''s taken without the author''s consent. Report it. Atravesaron la puerta que conduc¨ªa al exterior de la casa y salieron al pueblo, a un camino de piedra, pobremente asfaltado con baldosas grises, un poco resquebrajadas por el paso de algunos carros tirados por caballos y que se bifurcaba unos cuantos pasos al frente. En los bordes del camino hab¨ªa una l¨ªnea de ¨¢rboles que recorr¨ªa el sinuoso sendero de piedras, algunos altos y frondosos y otros m¨¢s bajos, rodeados por un peque?o c¨ªrculo de flores p¨²rpuras que se mec¨ªan tranquilamente con el viento. En esa parte de Nash¡¯sera no hab¨ªan muchas casas, solo un par: la de los ancianos que estaba justo pegada a la suya y otra justo al lado de d¨®nde el empedrado camino de divid¨ªa en dos, a la derecha. En ella viv¨ªa un hombre cuya mujer hab¨ªa muerto hac¨ªa un par de a?os, al caerse de su caballo y desde ese d¨ªa aquel hombre no sal¨ªa mucho de su casa, al menos que Eladien hubiese visto. Tomaron el camino de la izquierda, el cual desembocaba un poco m¨¢s adelante en la calle mayor del pueblo, la cual estaba abarrotada de gente que iba a hacer las compras para hacer la comida o que volv¨ªa al trabajo tras haber comido, todo ello en un continuo ajetreo de personas que iban de un lado a otro. Eladien se fij¨® mejor y vio que la mayor¨ªa de ellas llevaba cosas en las manos, guirnaldas de brillantes colores, mesas de madera que deb¨ªan de transportar entre dos o m¨¢s hombres, sillas, manteles, comida¡­y cay¨® en la cuenta de que estaban realizando los preparativos del festival de las tormentas, para el cual no faltaba mucho. Ser¨ªa al anochecer cuando todos saldr¨ªan de sus casas y se reunir¨ªan para celebrar las lluvias que permitir¨ªan una buena cosecha para ese a?o en la plaza mayor del pueblo, a la cual se iba por una escalera que hab¨ªa justo a la derecha de una gran fuente de piedra con la estatua de una mujer en el centro, sobre un pedestal de m¨¢rmol banco, con los brazos alzados y de cuyas manos sal¨ªa un chorro de agua que ca¨ªa con un sonido cristalino. Grandes casas se alzaban en ese barrio de Nash¡¯sera, situado en el centro del pueblo. La mayor¨ªa de las construcciones ten¨ªan m¨¢s de dos pisos de altura y todas estaban hechas de piedra, con grandes balcones que terminaban con una barandilla blanca que brillaba con la luz del sol. En casi todas las cornisas pod¨ªan verse flores de diferentes colores e incluso una de las casas ten¨ªa una de sus paredes cubierta con una verde y frondosa enredadera que trepaba hasta el tejado, d¨®nde sobresal¨ªan una flores naranjas de grandes p¨¦talos: esa era la posada de Nash¡¯sera y encima de la puerta se pod¨ªa ver un letrero que rezaba ¡° El rinc¨®n del ciervo¡±. El techo de las casas era de caballete y tejas rojas y resplandecientes, las cuales estaban puestas paralelamente unas a otras y combadas hacia abajo, para que as¨ª el agua de la lluvia corriera por el centro de estas, evitando las acumulaciones de agua cuando hab¨ªa tormenta. Pasaron por delante de la florister¨ªa de la se?ora Mesala, quien las salud¨® con la mano mientras arreglaba las flores y ¨¢rboles en miniatura que ten¨ªa en la parte de afuera del local. Era una se?ora de avanzada edad, con varias canas en su anta?o moreno cabello y un poco entrada en carnes, con una barriga prominente que hacia juego con su respingona y ancha nariz y su abultada boca. Iba ataviada como siempre que la hab¨ªa visto Eladien: con un delantal de tela en color verde oscuro y con un estampado de flores bordadas, con guantes, verdes tambi¨¦n y una larga falda color caqui de corte vertical en la parte derecha, por el que se pod¨ªan ver sus enaguas de color negro. Siempre llevaba alguna prenda negra desde que su marido falleci¨® por la misma enfermedad que se llev¨® a los padres de Eladien. ¨¦rien y ella le devolvieron el saludo con una sonrisa y en el camino se cruzaron a mucha gente conocida, todos atareados con los preparativos del festival; saludaron al se?or Genim, el regente de la posada, quien les sonri¨® desde debajo de su espejo bigote marr¨®n y salpicado de canas, a Niwan, el cartero, un chico m¨¢s o menos de la misma edad que Eladien, bastante alto y de anchos hombros, con grandes ojos verdes y mand¨ªbula un poco ancha que en esos momentos iba corriendo de un lado para otro con una bolsa roja colgada en su hombro derecho; a Suyi, la panadera, que la salud¨® desde el interior de su tienda, la mujer que ten¨ªa la cara m¨¢s redonda que Eladien hab¨ªa visto en su vida y de ojos diminutos y negros. Tambi¨¦n salud¨® a algunos amigos de sus padres que se hab¨ªan volcado mucho por ellas desde su muerte. El se?or Reckin y la se?ora Leshan, una pareja de ancianos de rostro amable que ya deb¨ªan rondar los noventa a?os, sino es que no los ten¨ªan ya. A la hija de Doren, el alcalde de Nash¡¯sera, una chica un poco mayor que ¨¦rien, un palmo m¨¢s alto que ella, de pelo rubio y ojos un poco rasgados, de un color azul muy intenso. Tras saludarlas y comentarles alguna de las actividades que habr¨ªa al caer la noche, se alej¨® presurosa, para entrar en un edificio que estaba en la esquina de la calle mayor con una que la atravesaba perpendicularmente, justo enfrente de la panader¨ªa. Era la casa del alcalde, el padre de Hinna, la chica con la que acababan de cruzarse y que estaba entrando en esos momentos por una de las dos grandes puertas que acced¨ªan a su interior. Era una construcci¨®n simple, hecha en una sola planta, pintada de color blanco y con dos pares de ventanas repartidas en la fachada. Se entretuvieron tanto rato saludando a conocidos, que cuando llegaron al final de la calle y salieron de Nash¡¯sera por el hueco que dejaba el muro que rodeaba el pueblo, ¨¦l sol ya hab¨ªa emprendido la otra mitad de su viaje diario, anunciando el atardecer con un tono rojo que se mezclaba con destellos anaranjados. Al fin estaban llegando y cuando ya sub¨ªan la cuesta de una de las colinas, en la cima de la cual se encontraba la arboleda a la que iban a comer, mir¨® de reojo a ¨¦rien. Ten¨ªa el rostro perlado por el sudor y cuando ya quedaba poco para alcanzar la cresta, las dos estaban jadeando debido en parte a la empinada subida y al aplastante y bochornoso calor. Se encaminaron a un grupo de seis ¨¢rboles altos y de frondosas copas y se instalaron debajo, estirando el mantel sobre la hierba y poniendo todo lo que acarreaban encima de este. Eladien puso la olla de barro justo en el centro del mantel y ¨¦rien, con mucho cuidado, dej¨® tambi¨¦n la bandeja en la que llevaba la tortilla de patatas que hab¨ªan hecho entre las dos. Se sent¨® cada una en una parte del mantel, quedando as¨ª la una frente de la otra y mientras Eladien pon¨ªa un plato delante de su hermana y otro d¨®nde ella se sentaba, ¨¦rien destap¨® la olla de barro y olisque¨® su interior durante unos instantes, esbozando una sonrisa y aspirando, al parecer complacida por el olor. La receta para hacer ese caldo hab¨ªa pasado de generaci¨®n en generaci¨®n en su familia y aunque no le sal¨ªa tan bueno como a su madre, y mucho menos como a su abuela, el sabor de aquel caldo le parec¨ªa delicioso debido a la exquisita mezcla de verduras que hab¨ªan hervido durante un buen rato al fuego, junto con unas pizcas de sal, aceite y una pata de cerdo que hab¨ªa comprado el d¨ªa anterior en la carnicer¨ªa. Con cuidado, cogi¨® el sopero y empez¨® a repartir el contenido del recipiente en los dos platos, poniendo mucha pasta en el de ¨¦rien, como a ella le gustaba. Volvi¨® a poner la tapa en su lugar y observ¨® durante un momento como ¨¦rien atacaba su plato de sopa; tan hambrienta como siempre. Por m¨¢s que comiera no engordaba y Eladien se preguntaba d¨®nde se guardaba todo lo que tragaba, porque irremediablemente deb¨ªa de ir a parar alg¨²n lado. - Eladien, ? has visto como te miraba el cartero?-, Eladien se atragant¨® un momento con la sopa y mir¨® ce?uda a su hermana, quien ocultaba una sonrisa detr¨¢s de una servilleta blanca de tela-, Oh, venga. Hasta una chica de mi edad reconoce a un chico cuando la mira. S¨ª, ten¨ªa raz¨®n. En eso ella era toda una experta: varios chicos de su edad le tra¨ªan flores y regalos a casi todas horas del d¨ªa, pero seg¨²n ella no hac¨ªa nada para que ellos fueran hacia ella, aunque ella tampoco hac¨ªa nada para ahuyentarlos. Esboz¨® una sonrisa que camufl¨® fingiendo examinar la sopa. Si que hab¨ªa visto como la miraba Niwan, el cartero, pero decididamente no estaba dispuesta a casarse con ning¨²n hombre, y el noviazgo era el avance hacia el matrimonio. - Ya sabes que no tengo tiempo para esas cosas, ¨¦rien¡­el negocio del trigo requiere muchas horas de dedicaci¨®n¡­pero bueno, al menos s¨ª que tenemos tiempo para comer juntas-, ¨¦rien la mir¨® sonriente, como siempre hac¨ªa y tras acabar con su plato de sopa con una velocidad sorprendente para una chica nada entrada en carnes, se sirvi¨® otro, ech¨¢ndose toda la pasta que pod¨ªa-, Estas verduras han salido buen¨ªsimas, ? no crees? Este periodo de lluvias intermitentes ha ido muy bien para el huerto¡­ Estuvieron ah¨ª sentadas un buen rato, charlando sobre cosas triviales que no ten¨ªan nada que ver con sus obligaciones, escapando un rato de la sofocante vida que ten¨ªan. Empezaron hablando del festival de las tormentas que iba a celebrarse esa noche, comentando que vestido se iban a poner y pregunt¨¢ndose c¨®mo iba a pasarlo Depb¨², a quien le daba miedo el sonido de los fuegos artificiales, hablaron de cosas de la infancia, de los pocos recuerdos que ¨¦rien conservaba de sus padres, cuando estos las llevaban a dar una vuelta por los peque?os sotos de las afueras de Nash¡¯sera. El granero y los destrozos ocasionados por la tormenta pasada tambi¨¦n fueron tema de conversaci¨®n, pero ese lo desecharon en seguida, pues ya hab¨ªan decidido encargarse de ello m¨¢s tarde. Charlaron sobre el tiempo, sobre sus vidas, sobre todo lo que hablan dos hermanas que solo se tienen la una a la otra, y cuando por fin lo empaquetaron todo en los sacos, volvieron tranquilamente al pueblo, en el cual ya no reinaba tanto ajetreo como cuando hab¨ªan pasado por all¨ª lo que a Eladien le parec¨ªa un buen rato atr¨¢s. El sol ya se encontraba justo encima de las monta?as , en el este, y no tardar¨ªa en oscurecer, por lo que se afanaron en llegar a su casa lo m¨¢s r¨¢pido posible, pasando entre las tiendas y casas que hab¨ªa en la calle mayor, sin fijarse en nada que no fuera lo que ten¨ªan delante, y cuando ya estaban entrando en el jard¨ªn de su casa y ¨¦rien cerraba la peque?a puerta de madera, unas gotas empezaron a mojarles el pelo, primero poco a poco, por lo que Eladien no les hizo caso mientras pasaba por encima de las losas de piedra, hasta que se desat¨® de golpe tal tromba de agua que Depb¨² fue la primera en entrar una vez Eladien no bien hubo abierto la puerta que daba a la cocina, seguida de ella y con ¨¦rien al final. Depb¨² se sacudi¨® el agua sacudi¨¦ndose a ella misma, y fin¨ªsimas gotas salieron desperdigadas en todas direcciones, mojando a¨²n m¨¢s las ya mojadas ropas de ¨¦rien y Eladien. Estaban empapadas, con el pelo separado en goteantes mechones y ten¨ªan la ropa totalmente pegada al cuerpo, adem¨¢s de las botas llenas de agua; solo hab¨ªan permanecido bajo la lluvia unos instantes, pero ¨¦sta se hab¨ªa encargado de que quedaran bien mojadas. - Maldita sea¡­me parece que el festival de las tormentas har¨¢ honor a su nombre m¨¢s que en ning¨²n otro a?o¡­-. ¨¦rien, sentada en una silla, se estaba desatando los cordones de sus peque?as botas al tiempo que se soltaba el pelo, dej¨¢ndolo caer a ambos lados de su cara. - Al menos ya nos hemos ba?ado. Era una broma-. A?adi¨® al ver la mirada de Eladien, aunque esta acab¨® sum¨¢ndose a las risas de su hermana peque?a. Eso era algo que siempre consegu¨ªa en ella: hacerla re¨ªr. Eladien mir¨® por la ventana y observ¨® como el tono del d¨ªa hab¨ªa cambiado dr¨¢sticamente al llegar las nubes de tormenta, volvi¨¦ndose negro salvo en aquellas partes del cielo en la que fulguraba un rayo, cuya respuesta en forma e trueno le llegaba en apenas tres segundos, anunciando que la tormenta estaba cerca. Consciente de que la poca claridad que conservaba el d¨ªa no tardar¨ªa en esfumarse, se acerc¨® a un estante de la cocina y sac¨® un par de velas de cera blanca que tras ponerlas de pie en dos l¨¢mparas de espejos, les prendi¨® la mecha, reflej¨¢ndose as¨ª la luz de la llama en los espejos que la rodeaban y aumentando su potencial lum¨ªnico. Pos¨® las dos l¨¢mparas en la mesa y se dej¨® caer pesadamente en una de las sillas, cansada y con muchas ganas de pegarse un buen ba?o. Tambi¨¦n desat¨® los cordones de sus botas altas y al sacar el pie comprob¨® que hab¨ªa entrado menos agua de la que hab¨ªa imaginado, pero igualmente, tras ir al cuarto de ba?o, en el piso de arriba, cogi¨® dos toallas y le ofreci¨® una a ¨¦rien, quien estaba en su habitaci¨®n, cambi¨¢ndose de ropa, cosa que tambi¨¦n decidi¨® hacer ella cuando lleg¨® a su habitaci¨®n, que estaba pegada a la de ¨¦rien. Se dirigi¨® a un gran armario de madera de dos puertas, con un espejo en cada una de ellas, ambas con un trazado sinuoso en las hojas y al abrirlo contempl¨® la ropa que hab¨ªa colgada por segunda vez en ese d¨ªa, pero tras echar un r¨¢pido vistazo, calent¨® algo de agua y, consciente de que hasta que no cesara la tormenta no se iniciar¨ªa el festival de las tormentas, se tom¨® un buen ba?o con sales aromatizantes que hab¨ªa comprado una semana atr¨¢s, una mezcla entre cerezas y fresas que la dej¨® totalmente relajada, estirada en la gran ba?era de peltre blanco que descansaba sobre cuatro gruesos soportes que semejaban patas de ¨¢guila. Notaba todo su cuerpo d¨¦bil y le costaba trabajo pensar debido al agotamiento causado por el ritmo que hab¨ªa llevado esa ma?ana y mientras se enjabonaba cay¨® en la cuenta de que el granero estar¨ªa llen¨¢ndose de agua de nuevo, echando al traste todo el trabajo que le hab¨ªa llevado volver a moler algo de trigo. Desde luego, esa no era la idea de un cumplea?os perfecto, pero al menos hab¨ªa podido ir a comer con ¨¦rien; aquello la reconfort¨® de sobremanera. Se zambull¨® totalmente en el agua y el recuerdo de los susurros que hab¨ªa o¨ªdo cuando acariciaba a Depb¨² vino a su mente, pero tras examinarlo con atenci¨®n, opt¨® por pensar que hab¨ªa sido el viento al pasar entre los setos; siempre hab¨ªa una explicaci¨®n racional para todo. Sin embargo, no pudo evitar que un escalofr¨ªo le recorriera el cuerpo. Permaneci¨® bajo el agua todo lo que sus pulmones le permitieron, algo que hac¨ªa desde peque?a y en el instante en que sacaba la cabeza del agua, rompiendo la superficie de abstractas nubes de espuma y aspirando una gran bocanada de aire, ¨¦rien abri¨® la puerta del lavabo con un camis¨®n doblado bajo el brazo y en ropa interior. - No pod¨ªa esperar, quiero quitarme el fr¨ªo que me ha dejado la lluvia-, Esboz¨® otra de sus sonrisas y tras dejar la ropa interior en un peque?o taburete, se meti¨® en la ba?era con Eladien, en el sitio que esta le dej¨® al sentarse en uno de los extremos. Un poco de agua se desbord¨® por los costados, sum¨¢ndose a los peque?os charcos que Eladien hab¨ªa provocado al meterse en la ba?era-, Me mor¨ªa de ganas por un ba?o¡­ - Suerte que est¨¢bamos en el jard¨ªn de casa¡­sino me pregunto en qu¨¦ estado habr¨ªamos llegado¡­ - Seguramente tan arrugadas como una sirena. Volvi¨® a re¨ªr y, estir¨¢ndose todo lo que le permit¨ªa la ba?era estando dos personas en su interior, meti¨® la cabeza debajo del agua un momento para luego sacarla con todo el pelo cay¨¦ndole sobre la cara, en apelmazados mechones que apenas dejaban ver sus ojos. - Las sirenas no est¨¢n arrugadas¡­? no recuerdas los cuentos que escrib¨ªa mam¨¢ para nosotras?-, ¨¦rien asinti¨® en¨¦rgicamente, pero sus ojos se desviaron un poco de los de ella, sin duda tratando de recordar las noches en que su difunta madre se sentaba en la cama con ella y le le¨ªa los cuentos que ella misma escrib¨ªa desde el nacimiento de Eladien-, Eran preciosas y se tapaban con extravagantes conchas. ? Te acuerdas de aquella sirena a la que se le pas¨® mirar si hab¨ªa alg¨²n ermita?o en el interior de la concha y se la puso? Estuviste riendo durante d¨ªas¡­Mam¨¢ tuvo que esforzarse mucho en hacer otro cuento que te gustara m¨¢s que ese. ¡° La sirena salt¨® y grit¨® hasta que un hombre bien apuesto se acerc¨® y le ofreci¨® su ayuda, pero la sirena, con medio cuerpo desnudo, le dio una bofetada tras tirarle la concha a la cabeza, con el ermita?o dentro¡­¡± Ambas rieron con fuerza y acabaron por explicarse los cuentos de Liley, o al menos lo que recordaban de ellos, ya que ¨¦rien era peque?a en esa ¨¦poca y no se acordaba de todos. Pero Eladien se acordaba de todos ellos. No porque tuviera muy buena memoria, sino porque una vez hab¨ªa abierto el ba¨²l en el que su madre los guardaba todos, escritos en hojas de papel tiznadas de marr¨®n y con una letra muy caracter¨ªstica, de finos trazos, la cual hab¨ªa heredado Eladien y, desde ese d¨ªa, cada noche le¨ªa un par de ellos, tumbada boca arriba en la cama, con un retrato de sus padres en la mesita de noche y la vela que descansaba en esta, encendida, proyectando sombras titilantes en los preciados manuscritos que su madre hab¨ªa escrito con cari?o para ellas. - Me alegro mucho de que estemos juntas, hermana. Aquellas palabras atravesaron a Eladien como una r¨¢pida y afilada daga; no por su significado, sino por su profundidad. ¨¦rien la estaba mirando con los ojos humedecidos ( no sab¨ªa si se deb¨ªa al agua o al recuerdo de sus progenitores) y ya no hab¨ªa ning¨²n asomo de sonrisa en su cara. Era en esos momentos cuando Eladien comprend¨ªa ( m¨¢s de lo que lo comprend¨ªa sin pensar detenidamente en ello) la responsabilidad que ten¨ªa: cuidar de su hermana peque?a para que creciera saludable, educada y con los buenos principios que sus padres le hab¨ªan inculcado a ella. - Yo tambi¨¦n me alegro, ¨¦rien. Nos tenemos la una a la otra y yo nunca voy a abandonarte. Nunca, permanecer¨¦ siempre a tu lado. No vas a estar sola. As¨ª que no llores. S¨ª, est¨¢s llorando, he visto como te enjuagabas las l¨¢grimas¡­-, Se estir¨® hacia adelante y la abraz¨® mientras le acariciaba el pelo, que aunque estaba mojado conservaba su sedoso tacto-, No te preocupes, todo ir¨¢ bien mientras estemos juntas. Te quiero, hermana-. ¨¦rien estrech¨® los brazos contra ella, pero los sollozos no tardaron en apagarse, aunque no por ello se deshizo del abrazo. Hizo un esfuerzo por cambiar de tema sin parecer desconsiderada mientras le acariciaba el pelo a ¨¦rien, separ¨¢ndolo en grandes y peque?os mechones que al dejarlos ir volv¨ªan de inmediato a su posici¨®n-, Al final no creo que se llegue a celebrar el festival de las tormentas. Se oye la lluvia desde aqu¨ª. Era verdad; incluso desde el cuarto de ba?o de su casa se pod¨ªa o¨ªr el sonido del agua al caer al suelo o en su tejado y sin poder evitarlo, se compadeci¨® de los hombres y mujeres que hab¨ªan dedicado tanto tiempo en prepararlo todo para que la fiesta estuviera a punto. Aunque a¨²n no hab¨ªa anochecido del todo ( por m¨¢s que el oscuro cielo cargado de negras nubes dijese lo contrario) y hab¨ªa alguna probabilidad de que la lluvia parara. - Espero que se pueda celebrar hoy¡­tengo muchas ganas de ver el espect¨¢culo de los bailarines que han venido del reino de Hidern-, Una sonrisa de asom¨® en su rostro, como siempre-, Dicen que son muy guapos¡­ - ? Bailarines del reino de Hidern?-, No hab¨ªa escuchado nada al respecto, aunque tampoco se hab¨ªa desvivido mucho en preguntar, porque normalmente, era siempre el mismo festival: las mujeres se reun¨ªan en un peque?o c¨ªrculo, entonando una vieja y melodiosa canci¨®n ( que sonaba m¨¢s a una plegaria) para agradecer al cielo las lluvias venidas y clamar por otras venideras mientras, en la otra parte de la plaza, los hombres, en c¨ªrculo tambi¨¦n, beb¨ªan cerveza y vino al tiempo que tambi¨¦n cantaban algo, canciones que hablaban de los deseos que ten¨ªa cada uno de ellos para ese a?o, todo ellos trabados por el efecto que ten¨ªa el alcohol en sus lenguas. - Si, se dice que son muy buenos y que saben bailar mejor que cualquier mujer u hombre de Nash¡¯sera¡­A los bailarines del a?o pasado no les ha hecho mucha gracia eso ¨²ltimo. Cuando al fin salieron de la ba?era, las dos estaban tan arrugadas que parec¨ªa que hubieran estado ba?¨¢ndose durante horas. Se secaron, las dos delante del despejo, el cu¨¢l ¨¦rien desempa?¨® con la punta de su toalla, dejando un reguero de min¨²sculas gotas en la superficie, y sentadas en dos peque?as sillas de color caoba que crujieron un poco al sentarse en ellas, se secaron el pelo y se peinaron entre las dos, como siempre hab¨ªan hecho cuando tomaban un ba?o juntas. Una vez ba?adas y con ropas limpias ( hab¨ªa pensado en ponerse su camis¨®n y meterse en la cama) se dirigieron de nuevo a la cocina, d¨®nde una pila de platos, ollas y dem¨¢s aguardaba a ser lavada. Le dedic¨® un r¨¢pido vistazo y decidi¨® que lo har¨ªa al d¨ªa siguiente, ya que no le apetec¨ªa nada ponerse a limpiar a esas horas, as¨ª que sac¨® un poco de queso, unas cuantas rebanadas de pan, tomates, un cuchillo y una jarra llena de agua y lo puso todo encima de la mesa, d¨®nde ¨¦rien esperaba ya sentada en una silla, mirando con avidez el queso de oveja; en cuanto el queso toc¨® el mantel con estampado de flores, acab¨® en manos de ¨¦rien, quien cort¨® un buen trozo con el cuchillo, agarr¨® una rebanada de pan y empez¨® a comer. Eladien, en cambio se sirvi¨® un vaso de agua y lo apur¨® de un trago, notando una sensaci¨®n de frescor muy reconfortante cuando el l¨ªquido fluy¨® hacia su est¨®mago. En realidad no ten¨ªa mucha hambre, pero unt¨® con tomate una rebanada de pan para picar un poco, aunque al final lo acompa?¨® con un poco de queso, el tama?o del cual ya hab¨ªa disminuido considerablemente. ¨¦rien, en silencio, iba cogiendo un poco de todo, altern¨¢ndolo con un sorbo de agua cada vez que se atragantaba al comer tan r¨¢pido, hasta que, con miraba vacilante, cruz¨® los brazos sobre la mesa, ruboriz¨¢ndose por alguna raz¨®n que Eladien desconoc¨ªa. - Hoy hab¨ªa quedado con el hijo de la se?ora Mesala, para vernos en el Festival de las Tormentas¡­ Eladien la mir¨® entre extra?ada y sonriente, lo que hizo que el rubor que hab¨ªa en las mejillas de ¨¦rien se acentuara m¨¢s. - Con el hijo de la se?ora Mesala¡­-, Tuvo que reprimir un ataque de risa al recordar que Jerdse, aquel bribonzuelo ( no hab¨ªa otro calificativo que se ajustara m¨¢s a su personalidad), llevaba detr¨¢s de su hermana desde ten¨ªa memoria-, ? te refieres al mismo que intent¨® trepar por el ¨¢rbol del jard¨ªn para entrar a tu habitaci¨®n y que luego estuvo en cama dos semanas por caerse? - S¨ª, efectivamente. El mismo-, Ambas rieron, sec¨¢ndose las l¨¢grimas con el dorso de la mano-, Lo cierto es que el muy testarudo lo intent¨® un par de veces m¨¢s¡­pero logr¨¦ disuadirle desde la ventana¡­ - Qu¨¦ rom¨¢ntico¡­? y por eso has accedido a bailar con ¨¦l en el festival? ¨¦rien, con medio rostro detr¨¢s de la rebanada de pan a la que le estaba dando un mordisco, entorn¨® los ojos y se encogi¨® un poco, como si quisiera esconder su rubor tras el pan. Hab¨ªa dado en el clavo; su hermana ten¨ªa debilidad por los chicos testarudos aunque nunca hubiera salido con ninguno. - No vamos a bailar-. A?adi¨® en un hilillo de voz, sin duda arrepinti¨¦ndose de haber sacado el tema a colaci¨®n al ver el semblante de Eladien, quien estaba a punto de ceder ante las risas. - Oh, vamos, ¨¦rien¡­todo el mundo baila en el Festival de las Tormentas, es la tradici¨®n. Sin duda Jerdse espera alg¨²n tipo de baile bajo la luz de la luna¡­ - ? Ya, para! ¨¦rien, roja como los tomates que hab¨ªa encima de la mesa ( los que no hab¨ªan sucumbido a su ataque de gula) volvi¨® a la carga con la comida, muerta de verg¨¹enza y con la cabeza gacha para no mirar a Eladien. - Venga, no es para tanto¡­-, Esboz¨® una sonrisa y entonces se acord¨® de la le?a que hab¨ªa olvidado apilada en una esquina del jard¨ªn, la cual estar¨ªa moj¨¢ndose en esos momentos-, Ahora vengo, ¨¦rien. La le?a a¨²n est¨¢ apilada fuera¡­espero que no est¨¦ muy mojada o no podremos ba?arnos con agua caliente por unos d¨ªas¡­ ¨¦rien se ofreci¨® a ayudarla inmediatamente al pensar en lo que eran los ba?os de agua fr¨ªa; r¨¢pidos y en nada relajantes, pero Eladien reclin¨® su ayuda. - Con que se moje de nuevo una de nosotras est¨¢ bien¡­Ahora vengo. Abri¨® la puerta deseando no mojarse mucho y dej¨® a ¨¦rien en la cocina, recogiendo lo que hab¨ªa en la mesa. Llov¨ªa copiosamente y el ruido que provocaba el agua en su continua y libre ca¨ªda envolv¨ªa el ambiente, ahogando cualquier otro posible sonido. Desde el umbral de la puerta mir¨® al cielo con una mano encima de los ojos para evitar que las gotas le cayeran directamente dentro y comprob¨® que, aunque diluviaba, el espesor de las nubes disminu¨ªa poco a poco, mostrando el brillo del sol al ponerse en el este y a la luna, visible ya en el ahora despoblado firmamento. Cerr¨® la puerta con cuidado y avanz¨® r¨¢pidamente por las piedras que surcaban el c¨¦sped, pero en vez de seguirlo y dirigirse a la peque?a puerta que llevaba al exterior de la propiedad, gir¨® a la izquierda, siguiendo la l¨ªnea de abetos que lanzaban gotas de agua al ser zarandeados por fuertes golpes de viento, el cual hab¨ªa volcado otra vez la casita de Depb¨². Gir¨® sobre si misma buscando a su perra, pero no la encontr¨® por ning¨²n lado, por lo que supuso que estar¨ªa en el granero, escondida bajo alg¨²n trozo de madera; como a la mayor¨ªa de los perros que Eladien hab¨ªa visto, no le gustaba el agua y mucho menos los truenos. Sigui¨® un peque?o camino que hab¨ªa en el c¨¦sped ( uno que se hab¨ªa formado al arrastrar los sacos llenos de le?a para llevarlos hasta un peque?o hueco que hab¨ªa al lado de la chimenea) y lleg¨® a la parte trasera de la casa, d¨®nde hab¨ªan apilado un mont¨®n de le?a dos d¨ªas atr¨¢s, olvid¨¢ndose completamente de que estaba all¨ª cuando las tormentas hab¨ªan empezado. Mientras se acercaba a la gran pila de peque?os troncos, mojados y goteantes, algunos, los m¨¢s antiguos ( que estaban debajo de los dem¨¢s) recubiertos de moho por los extremos, el sonido que provocaba el aire al chocar contra la casa, el seto, la peque?a valla e incluso con ella misma, aument¨® de sobremanera, pero no as¨ª su intensidad, transmitiendo susurros en su idas y vueltas, rode¨¢ndola de fuertes corrientes invisibles que tiraron de ella hacia atr¨¢s, lanz¨¢ndola al suelo. Eladien, asustada y de rodillas, con la lluvia cayendo encima de su cuerpo, fr¨ªo y tembloroso y con la cara tan a ras del c¨¦sped que pod¨ªa oler la mezcla de tierra mojada y hierba, se cubri¨® la cabeza con ambas manos, entrelaz¨¢ndolas en la nuca en un acto instintivo, como si esperara recibir un golpe. Sin embargo, a pesar de los continuos susurros que llegaban hasta sus o¨ªdos, todos ellos sin sentido para ella, no ocurri¨® nada. Era el viento. El viento provocaba los susurros al pasar entre los setos y un fuerte vendaval la hab¨ªa lanzado al suelo. Era normal, no era nada raro. No pod¨ªa serlo. Permaneci¨® unos segundos m¨¢s en el suelo, tratando de convencerse de que hab¨ªa una explicaci¨®n racional para el ¡°empuj¨®n¡± que hab¨ªa recibido, y cuando se sinti¨® m¨¢s segura de s¨ª misma se incorpor¨® lentamente, llev¨¢ndose las manos a las rodillas y sin poder evitar alg¨²n que otro jadeo provocado por la impresi¨®n. Volvi¨® a girar sobre su eje, contemplando con sumo detenimiento todo cuanto la rodeaba, pero de nuevo no vio nada raro. Los abetos segu¨ªan bailando al comp¨¢s del viento, la hierba segu¨ªa mojada, la lluvia segu¨ªa cayendo sin tregua. Todo era normal, no hab¨ªa nada raro. Hasta que mir¨® la pila de le?a que ten¨ªa pensada recoger y cay¨® de bruces al suelo debido a la impresi¨®n, no sin antes dar un peque?o salto y llevarse una mano a la boca, ahogando el grito que trep¨® por su ahora seca garganta. La parte de la le?a que quedaba visible en su campo de visi¨®n, antes una mara?a de peque?as ramas, troncos estriados y restos de hojas marchitas, parec¨ªa haberse retorcido en el centro mismo de la pila, juntando ramitas y hojas marrones que formaban lo que a una estupefacta Eladien, le parec¨ªa el rostro de anciana, cuyos ojos de grandes p¨¢rpados tallados en la dura corteza parec¨ªan mirar directamente en los suyos, ahondando en sus pensamientos, mirando a trav¨¦s de ella, o tal vez en su interior. Su boca, cortada en la corteza tambi¨¦n, mostraba unos labios rellenos (o esa era la impresi¨®n que a Eladien le daba, pues estaba admirando un mont¨®n de le?a que se dispon¨ªa a quemar) que al moverse dejaron ver un profundo y negro hueco. Eladien no pod¨ªa moverse de d¨®nde estaba, tirada encima de un charco formado en la hierba, mirando como aquella cara salida de la nada mov¨ªa aquella boca sin emitir sonido alguno. Los susurros hab¨ªan cesado y a pesar del sonido del agua al precipitarse violentamente por todos lados, el silencio se prolong¨® varios minutos en los que Eladien fue incapaz de siquiera pesta?ear, con los ojos prendidos en aquella cara, sin ser capaz de desviar la mirada. Hasta que al fin, reuniendo todas las fuerzas de que dispon¨ªa y forzando a sus cuerdas vocales, que se resist¨ªan a ayudarla, alz¨® la voz en medio aquella tormentosa noche. - ?Qui¨¦n¡­?-, La voz le sonaba trabajosa y d¨¦bil, y acab¨® por convertirse en un peque?o hilillo que qued¨® ahogado en el estruendo de la noche-, ?Qu¨¦ eres? No hubo respuesta y si la hubo, no lleg¨® a los o¨ªdos de Eladien; solo captaban el maldito y repetitivo sonido de la lluvia, adem¨¢s de alg¨²n que otro trueno, mucho m¨¢s d¨¦bil que los anteriores. Aquello era lo ¨²nico que le faltaba para completar un d¨ªa que se supon¨ªa iba a ser perfecto, hablarle a una cara tallada en la madera que mov¨ªa sus curtidos labios en infructuosos intentos de producir un sonido audible. Se pregunt¨® si los susurros que hab¨ªa escuchado dos veces en lo que llevaba de d¨ªa no ser¨ªan obra de aquel rostro que segu¨ªa mir¨¢ndola con expectaci¨®n. Sin duda, aquello deb¨ªa tener alguna explicaci¨®n racional. Seguro que la ten¨ªa, posiblemente el viento¡­ - Eladien¡­ Aquello fue lo m¨¢s extra?o que Eladien hab¨ªa experimentado en su vida y algo que recordar¨ªa para explic¨¢rselo a sus nietos en el futuro; si es que los ten¨ªa o en el caso contrario, alguien la cre¨ªa. Cap铆tulo II: El legado tras la puerta Cap¨ªtulo II: El legado tras la puerta. - Eladien¡­ Notaba su cuerpo atontado, lento y pesado, y la mente embotada, impidi¨¦ndole pensar con claridad. Aquella¡­voz (grave y seca), no llegaba hasta sus o¨ªdos. Estos no la captaban, era¡­su mente. Aquel rostro de anciana tallado a relieve en la madera se estaba dirigiendo a ella, habl¨¢ndole directamente en su cabeza mientras sus ojos se zambull¨ªan en los suyos, mirando su interior, ahondando en su coraz¨®n. Sin saber por qu¨¦, el sentimiento de algo lejano pero muy conocido para ella, aflor¨® en lo m¨¢s profundo de Eladien, cre¨¢ndole una sensaci¨®n de bienestar y melancol¨ªa que no entend¨ªa. ?Qu¨¦ era aquello? Ese d¨ªa iba a ser perfecto¡­ir a comer con ¨¦rien, pasar juntas el resto de la tarde e ir al Festival de las Tormentas¡­pero ah¨ª estaba, contemplando, at¨®nita, una pila de le?a mojada que la miraba ce?uda mientras el agua recorr¨ªa todo su cuerpo y la calaba hasta los huesos. - Eladien¡­ De nuevo la voz de anciana retumbando en su cabeza, acallando sus propios pensamientos, y Eladien volvi¨® a tener la misma sensaci¨®n de antes, aunque ahora se hab¨ªa sumado otra emoci¨®n m¨¢s: tristeza. Una tristeza que le agarraba el coraz¨®n, enfri¨¢ndolo, mientras que por alguna raz¨®n que a¨²n desconoc¨ªa, el llanto trataba de abrirse paso en su garganta, pugnando por expresar la mezcla de sentimientos que se arremolinaban en su interior. Y sin previo aviso, un recuerdo floreci¨® en ella: una habitaci¨®n empapelada de color crema, con varios cuadros de animales colgados y alg¨²n que otro retrato, iluminada tan solo por una ventana con marco de madera que proyectaba un haz de luz sobre una anciana de rostro apergaminado, pelo ra¨ªdo de color blanco y unos ojos entre marr¨®n y miel que se hallaba estirada en una cama de s¨¢banas blancas. Bajo los ojos se marcaban profundamente sus ojeras, marrones y surcadas de alguna vena que otra que llegaba hasta sus sienes, al igual que sus manos, arrugadas y delgadas, que entrelaz¨® en su barriga cuando le habl¨®, con una voz grave y seca, igual a la que sonaba en el interior de su cabeza en esos momentos: la voz de su abuela Eithenalle. - Eladien¡­querida¡­ No pod¨ªa creerlo, no pod¨ªa, pero avanz¨® un paso, acerc¨¢ndose a la peque?a monta?a de troncos sin poder quitar la vista del que cre¨ªa, era el rostro de su abuela, par¨¢ndose a medio metro de su base. No entend¨ªa nada. Sin duda se hab¨ªa resbalado en las baldosas de piedra y se hab¨ªa pegado un golpe en la cabeza. Un golpe muy fuerte. Abri¨® la boca y volvi¨® a cerrarla al no saber qu¨¦ decir, ya que no estaba segura de que aquello fuera real. - Eladien¡­mi ni?a¡­ Se qued¨® a medio alzar el pie para dar un paso, estupefacta por lo que acaba de o¨ªr, o, mejor dicho, por lo que acababa de escuchar en su mente. Aquello era muy raro, pero la sensaci¨®n de nostalgia y tristeza que flu¨ªa en su interior no se desvanec¨ªa; es m¨¢s, se hac¨ªa m¨¢s fuerte con cada palabra, como si el recuerdo azuzara a los sentimientos a salir a la superficie, a manifestarse. - ?A¡­abuela?-. La palabra sali¨® sin que la hubiera pensado; sus labios se movieron solos, empujados por las emociones que luchaba por mantener a raya. El aire segu¨ªa silbando a su alrededor, levantando hojas y peque?as ramas, golpeando la casa y moviendo su pelo en todas direcciones, pero ella no lo notaba, solo pod¨ªa pensar en que aquello no pod¨ªa ser real, aunque lo viera tan claramente c¨®mo ve¨ªa el charco sobre el cual hab¨ªa aterrizado antes al caer, manch¨¢ndose de barro por completo. Los labios se movieron de nuevo, creando muescas en la agrietada superficie de la le?a y dejando ver aquel agujero negro. - Eladien¡­me alegro¡­de ver que has crecido sana y fuerte¡­ - Abuela¡­ ?de verdad¡­eres t¨²? El silencio se mantuvo tan solo un segundo, pero a Eladien le pareci¨® una eternidad en la que luch¨® por no dejar salir libremente lo que sent¨ªa. - S¨ª, Eladien¡­soy yo. Querida¡­cuanto tiempo deseando poder mostrarme ante ti¡­Oh, querida¡­que guapa est¨¢s¡­ Realmente era ella¡­ Aquello sobrepasaba su ideal de un d¨ªa normal, pero se sent¨ªa bien¡­pues, sino estaba so?ando (o se hab¨ªa dado un golpe en la cabeza al resbalar) significaba que realmente estaba hablando con su abuela Eithenalle, con qui¨¦n hab¨ªa pasado la mayor¨ªa de las tardes de su ni?ez, ya fuera jugando, hablando o escuchando sus historias sobre brujas, malvados magos y apuestos caballeros. Eithenalle¡­ qui¨¦n hab¨ªa muerto pocos a?os antes que sus padres¡­Y all¨ª estaba ahora. Se pregunt¨® si llamar a ¨¦rien, pero se sent¨ªa demasiado confusa para moverse, adem¨¢s de que le daba miedo encontrar una simple pila de troncos cuando volviera con ella. Le daba miedo hasta pesta?ear, por si cuando abr¨ªa los ojos ya no estaba all¨ª. - Abuela¡­ ?c¨®mo¡­? ?C¨®mo es que est¨¢s aqu¨ª? -, Consciente de que la pregunta que realmente la intrigaba no era esa, la formul¨®-, ?C¨®mo¡­porqu¨¦ puedo verte ahora? ?Por qu¨¦ no te has mostrado¡­? -, Esa era la palabra que ella hab¨ªa utilizado-, ?antes? Su abuela sonri¨®, produciendo un chirriante sonido al desencajarse un poco la madera. - Siempre he estado por aqu¨ª, querida-, ?Qu¨¦ siempre hab¨ªa estado all¨ª? Que ella supiera, no la hab¨ªa visto nunca y ¨¦rien tampoco. A menos que no le hubiera dicho nada-, pero no has podido verme hasta hoy. No lo entend¨ªa. ?Por qu¨¦ ahora la pod¨ªa ver y anteriormente no? Ten¨ªa tantas preguntas que hacerle¡­ - Eladien¡­hoy es el d¨ªa. - El d¨ªa¡­ ?el d¨ªa para qu¨¦? ?De qu¨¦ hablas, abuela? Demasiadas preguntas. Se sent¨ªa exhausta¡­necesitaba sentarse y tomarse una tila. O tal vez dos. - Hoy puedes verme porque¡­has cumplido veinticuatro a?os, Eladien. ?Que la pod¨ªa ver porque era su vig¨¦simo cuarto aniversario? No ten¨ªa mucho sentido para ella, aunque en realidad, nada de eso lo ten¨ªa. Ni el hecho de que su abuela estuviera ah¨ª, ni que ella la pudiera ver¡­nada. - En nuestra familia, las¡­mujeres, obtienen la madurez a los veinticuatro a?os. Madurez¡­Se pregunt¨® que ten¨ªa que ver la madurez con aquello. Ella hab¨ªa cre¨ªdo en esas cosas (en fantasmas exactamente) antes de madurar, no despu¨¦s. Al crecer ( y a causa de la muerte de su abuela y sus padres) su parte racional hab¨ªa expulsado cualquier cosa que no pudiera explicarse. - ?Puedo verte porque tengo veinticuatro a?os? La madera se contrajo en un remedo de sonrisa y aquellos ojos curtidos se entornaron un poco, con aire solemne. - Nosotras, unas cuantas, en la familia, m¨¢s o menos cada dos generaciones, sino m¨¢s, tenemos¡­ciertos dones-, ?Dones? Ahora s¨ª que se hab¨ªa perdido¡­se apart¨® los mechones que le ca¨ªan por la cara, llena de barro, e intent¨® lavarse las manos en el vestido, ensuci¨¢ndolas a¨²n m¨¢s. Aquello lo hac¨ªa siempre que estaba nerviosa por algo. Y en esos momentos, su lago interior no estaba en calma, sino agitado, nervioso, con fuertes ondas de sentimientos contrarios que chocaban en el centro de la superficie, uni¨¦ndose y expandi¨¦ndose por todos lados, a sus anchas, tratando de emerger en forma de l¨¢grimas por los ojos de Eladien, quien, con gran esfuerzo, los mantuvo a todos a raya. A la tristeza y la alegr¨ªa, a la melancol¨ªa y al inexorable olvido, a la nostalgia. Al dolor-, El momento de recibir tus dones ha llegado, Eladien. Estoy aqu¨ª para que los puedas recibir, aunque no literalmente, ya que siempre los has tenido. ?Dones? ?Dones que ella siempre ha tenido? ?Que hab¨ªa llegado el d¨ªa? - ?De qu¨¦ hablas? No te entiendo, abuela¡­estoy¡­confusa-, Aquella palabra se quedaba corta para expresar como se sent¨ªa, pero fue la primera que le vino en mente-, No entiendo c¨®mo es que est¨¢s aqu¨ª y ahora¡­ ?tambi¨¦n puede verte ¨¦rien? - No, cari?o. ¨¦rien solo podr¨¢ verme cuando cumpla la madurez de¡­mujer. Y eso si puede canalizar su don. - ?Canalizar el don? ?Como¡­? La anciana sonri¨® de nuevo mientras el agua se colaba por las peque?as fisuras que formaban su rostro. Aquello era totalmente irreal¡­no pod¨ªa¡­ - Ya te lo he dicho, Eladien. Los dones de nuestra familia est¨¢n solo en algunas, aunque a veces hay mujeres que lo tienen, pero no lo saben canalizar por el simple hecho de que no pueden. Algunas, no est¨¢n destinadas a ello. Pero t¨² s¨ª. Aquellas palabras provocaron un inc¨®modo silencio que fue roto por el estruendo de un trueno que el cielo descarg¨® con furia en el este, hacia d¨®nde iba ahora la tormenta. Dones¡­dones que hab¨ªa en su familia, que se saltaban algunas generaciones y que solo algunas mujeres pod¨ªan¡­controlar, seg¨²n hab¨ªa entendido. Pesta?e¨® confusa y al abrir los ojos casi esper¨® encontrarse tirada en el suelo con un chich¨®n en la cabeza, con la monta?a de le?a que hab¨ªa ido a buscar siendo lo que era; una monta?a de madera. Pero no fue as¨ª. Al abrirlos, el rostro de su abuela segu¨ªa all¨ª. - ?Como sabes que yo¡­s¨ª que puedo? Nunca dijiste nada¡­ No mencionaste nada de los ¡°dones¡± mientras estabas¡­-, Trag¨® saliva con dificultad y esta le supo amarga-, con nosotros. Oh, abuela. Te echo tanto de menos¡­y ¨¦rien tambi¨¦n¡­cuando os fuisteis todos nos quedamos tan solas¡­yo no sab¨ªa qu¨¦ hacer y¡­ Estaba dejando que los sentimientos (especialmente el de p¨¦rdida, caliente y fr¨ªo a la vez, punzante) florecieran sobre su piel y aquello era algo que quer¨ªa controlar desde la muerte de sus padres. Aunque no era f¨¢cil y a¨²n menos saludable. - S¨ª que puedes, mi ni?a. Lo s¨¦. Hoy has escuchado las voces de todas las almas que moran aqu¨ª. Un rayo surc¨® las negras nubes y su fulgor qued¨® grabado durante unos instantes en la retina de Eladien, seguido de un trueno que reson¨® lejos. Los susurros de las almas¡­eran los que ella hab¨ªa estado oyendo ese d¨ªa¡­el viento que la hab¨ªa lanzado al suelo¡­eran las almas que estaban ligadas a la tierra. Y ella las hab¨ªa escuchado, sin comprender que le quer¨ªan decir. - Has escuchado la llamada de la naturaleza. La de las almas que han vuelto a la tierra, reencarnadas en otras formas de vida: flores, ¨¢rboles, animales¡­ La naturaleza se ha comunicado contigo porque sabe que puedes o¨ªrla, Eladien. La llamada de la naturaleza¡­ Las almas que volv¨ªan a la tierra¡­Hab¨ªa le¨ªdo bastante sobre la vida terrenal y la que ven¨ªa despu¨¦s¡­ Pero aquello¡­ Disimul¨® un escalofr¨ªo movi¨¦ndose un poco, como si fuese a dar un paso. - ?Y por qu¨¦ me hablaban esas voces? ?Porque yo, abuela? - Esas voces te hablaban para ver si las pod¨ªas o¨ªr, Eladien. Y en parte lo has hecho, lo que demuestra que tus poderes ser¨¢n activos en poco tiempo. - ?Activos? ?Y c¨®mo¡­? - Hoy recibir¨¢s el poder de controlar tus dones, Eladien. Los recibir¨¢s hoy, en el mismo instante de tu nacimiento, veinticuatro a?os atr¨¢s. Las cuatro fases de tu crecimiento se alinear¨¢n, abriendo as¨ª la puerta que ha permanecido cerrada todo este tiempo. La puerta por la cual pasar¨¢ aquello que te pertenece. Definitivamente, necesitaba una tila. O mejor, un buen trago de whisky de Haikd¨², una bebida tan fuerte que hasta los hombres m¨¢s robustos tomaban con precauci¨®n. La puerta que daba v¨ªa libre a sus dones¡­ - Abuela, ? por qu¨¦ nunca me dijiste nada? ? Por qu¨¦ me lo dices ahora, cuando queda poco tiempo para que los reciba? El rostro de su abuela se contrajo un poco y debido a las gotas que bajaban por ¨¦l, daba la impresi¨®n de que estaba llorando. Nunca mencion¨® nada de todo aquello en las incontables tardes que pasaron juntas en el jard¨ªn de casa, d¨®nde su abuela le ense?aba a diferenciar las muy variadas especies de p¨¢jaros. Nunca habl¨® de ning¨²n don, aunque hubo tiempo suficiente para ello. Y all¨ª estaba ahora, cont¨¢ndole todo aquello que le ata?¨ªa en el ¨²ltimo momento¡­ Eladien estaba un poco enfadada porque todo le hab¨ªa venido sin previo aviso¡­ pero la alegr¨ªa de poder hablar con su abuela una vez m¨¢s se impon¨ªa ante el mal humor. - Eras¡­ peque?a, Eladien. No quer¨ªa que pasaras toda tu ni?ez esperando este d¨ªa, poniendo la mirada en el futuro en vez de mirar el presente. Quer¨ªa que crecieras con los mismos pensamientos que tienen los dem¨¢s ni?os, que disfrutaras de las mismas cosas. No quer¨ªa que tuvieras secretos. Estaba esperando el momento adecuado, cuando ya fueras m¨¢s mayor, pero¡­la dama negra me alcanz¨® antes¡­ Lo siento mucho, mi ni?a. Debes de saber que, aunque esto te convierte en alguien especial¡­no ser¨¢s diferente a los dem¨¢s, no temas por ello. Simplemente trata de mantenerlo en secreto, no lo airees a los cuatro vientos. Para asombro de Eladien, la expresi¨®n de su abuela se torn¨® ce?uda y le lanz¨® una mirada que le record¨® a cuando se dispon¨ªa a rega?arla por algo, y eso la hizo sonre¨ªr. Esperaba que nadie estuviese observando en esos momentos, porque entonces la tachar¨ªan de loca sin darle tiempo a pesta?ear. - Abuela¡­te quiero much¨ªsimo. Y ¨¦rien tambi¨¦n. Tiene un retrato tuyo en su mesita de noche. Al igual que yo-, De nuevo, le dio la impresi¨®n de que ca¨ªan l¨¢grimas por el relieve-, Una pregunta, abuela. ?Qu¨¦¡­dones se supone que tengo? Sabiendo lo que iba a ocurrir, prefer¨ªa saber que ser¨ªan aquellos ¡°dones¡±. No quer¨ªa ning¨²n esc¨¢ndalo por las sorpresas. - Desgraciadamente, eso no lo s¨¦. Estos derivan de tu propia naturaleza y de esta misma, pero cuales son, tendr¨¢s que averiguarlo t¨², querida. Cada don va ligado al alma de la persona que lo controla, es paralelo a su esencia, a su coraz¨®n, a sus m¨¢s fervientes deseos. Cada don, es ¨²nico, personal. Tus dones, son t¨², lo que t¨² eres, Eladien. Una persona bondadosa capaz de controlar su don, ser¨ªa un foco de bondad, de ¨¢nimos. Los dones se basan en lo que t¨² quieres, en lo que t¨² deseas y a veces en lo que necesites. Evolucionaran seg¨²n tus necesidades, pero todo ello debe de estar volcado en buenas obras, recu¨¦rdalo. Estaba tan atenta que apenas era consciente de todo lo que la rodeaba, con los ojos abiertos e inclinada hacia delante para o¨ªr mejor. Si no hab¨ªa entendido mal, sus dones ser¨ªan un reflejo de lo que era en su interior, de lo que ella deseara. Estaba tratando de asimilarlo todo lo m¨¢s r¨¢pido posible, pero sent¨ªa como si le estuvieran dando martillazos en la cabeza. Se sent¨ªa helada, un poco mareada y la mente se le nublaba por momentos, pero con un gran esfuerzo permaneci¨® en pie, saboreando cada segundo que pasaba en ¡°presencia¡± de su abuela. Aquello le daba fuerzas. - Ya casi es la hora. La puerta est¨¢ abri¨¦ndose¡­ Me alegro de ver que est¨¢s bien, Eladien. Sab¨ªa que crecer¨ªas fuerte y hermosa, como tu madre. Cu¨ªdate mucho querida. Por cierto-, Eladien sent¨ªa que empezaban a fallarle las fuerzas y que le costaba trabajo pensar-, recuerdos de tus padres. Liley dice que est¨¢s preciosa. Los dos est¨¢n muy orgullosos de ti y de ¨¦rien. Os quieren mucho. Y yo tambi¨¦n. Ahora debo irme-. Eladien abri¨® la boca para pedirle que no se fuera, que no la abandonara, otra vez. Pero estaba como paralizada, bajo la lluvia, llena de barro de arriba abajo y con el cuerpo entumecido por el fr¨ªo. Casi no pod¨ªa mantener los ojos abiertos¡­le costaba trabajo seguir de pie. La superficie de los troncos volvi¨® a retorcerse hacia el centro, separando las facciones de su abuela, la cual ya se hab¨ªa ido. Y con ello, sus ¨²ltimas fuerzas. Sent¨ªa como si el suelo se abalanzara hacia ella¡­y todo se volvi¨® negro. Eladien se sent¨ªa ingr¨¢vida, como si flotara en medio de un espacio totalmente negro, sin resquicios de luz por los que poder mirar y en el cual el rey era el silencio, dominando el lugar junto con la soberana oscuridad. Gir¨® la cabeza en todas direcciones. O eso cre¨ªa, pues apenas ve¨ªa su propio cuerpo; era como estar en lo m¨¢s profundo del oc¨¦ano, con la excepci¨®n de que all¨ª pod¨ªa respirar. Los martilleos en la cabeza no hab¨ªan cesado y notaba como la sangre se agolpaba en sus sienes. Se pregunt¨® si no estar¨ªa boca abajo, pero en aquel lugar no pod¨ªa saberlo. Se llev¨® las manos a la cabeza para ver si el pelo estaba hacia abajo o estaba estirado en direcci¨®n contraria a su cuero cabelludo, pero cuando ten¨ªa la mano a medio camino, un sonido silbante en la negrura la dej¨® inm¨®vil. Gir¨® la cabeza, tratando de buscar el origen de aquel ruido que iba aumentando de intensidad, pero no alcanz¨® a ver nada. Hasta que una luz morada ilumin¨® su rostro. Una peque?a l¨ªnea que irradiaba la luz surc¨® el aire y se par¨® a cierta distancia de ella, titilando con intensidad al comp¨¢s de aquel sonido silbante. Eladien no sab¨ªa si correr o dirigirse hacia la luz pero aunque se hubiese decidido por alguna de las dos opciones, no pod¨ªa moverse, ya que sent¨ªa su cuerpo totalmente r¨ªgido. No pod¨ªa ni pesta?ear. La l¨ªnea se movi¨® lentamente hacia la derecha, dejando en su recorrido una permanente estela de luz que se manten¨ªa en el aire y cuando hab¨ªa recorrido cierta distancia, cambi¨® de direcci¨®n y sigui¨® su trazado hacia arriba (o lo que Eladien consideraba que era hacia arriba), tras lo cual gir¨® a la izquierda y luego hacia abajo, llegando al mismo punto en el que hab¨ªa empezado a moverse y dejando un cuadrado perfecto grabado en el aire, cuyos extremos brillaban con destellos morados. Se preguntaba que era aquello. O, mejor dicho, donde se encontraba. El punto de luz que hab¨ªa creado el cuadrado se dirigi¨® flotando hacia el centro de este y empez¨® a palpitar m¨¢s fuerte y a un ritmo m¨¢s acelerado que antes, al tiempo que se iba haciendo m¨¢s y m¨¢s grande con cada latido, envolviendo con su luz morada todo el per¨ªmetro, para luego disminuir de nuevo, poco a poco, dejando ver en su retroceso una gran puerta de piedra, y una vez que el foco de luz se convirti¨® en un punto, desapareci¨®. Estaba pasmada y aterrada por la majestuosa puerta que se alzaba ante ella, rodeada de la m¨¢s completa oscuridad, rasgada solo por la mortecina luz que emanaba de la junta de las dos grandes hojas, ambas sin manilla. Varios grabados en oro y otro mineral azul que brillaba intensamente, recorr¨ªan sus marcos, algunos rectos y otros sinuosos pero que aparentemente acaban todos en el mismo sitio. O part¨ªan de ¨¦l. Todas las l¨ªneas que cruzaban la puerta nac¨ªan (o mor¨ªan, a¨²n no lo ten¨ªa claro, pues el trazado era muy complejo) en el centro de la junta de ambas puertas, en un elaborado dibujo amarillo y azul brillante que formaba un c¨ªrculo, en el cual entraban (o sal¨ªan) todos los grabados que hab¨ªa en la puerta. Se entrecruzaban en la circunferencia de una manera muy complicada, casi sin sentido, pero en el centro de esta todos se separaban y se un¨ªan de nuevo en otros lugares, creando un perfecto ojo de iris azul que mir¨® en su direcci¨®n, justamente a los suyos. Aquello le provoc¨® tal sobresalto que casi le dio un vuelco el coraz¨®n. El ojo se hab¨ªa movido y hab¨ªa mirado en su direcci¨®n, estaba segura. Tan segura como lo estaba de qu¨¦ no sab¨ªa qu¨¦ lugar era ese. El ojo volvi¨® a moverse y su pupila volvi¨® al centro, mirando al frente, tras lo cual las hojas de la puerta empezaron a abrirse hacia fuera, dejando ver lo que hab¨ªa tras ella: en lo que parec¨ªa una sala iluminada tenuemente con una luz mortecina, un remolino formado por algo parecido a tent¨¢culos de colores se agitaba, contray¨¦ndose, rode¨¢ndose unos a otros, formando extra?as curvas o sobresaliendo hacia fuera como grandes e invertebrados brazos exentos de manos. Cuando la puerta se abri¨® del todo, los ¡°tent¨¢culos¡± se estremecieron un poco y brillaron intensamente, cada uno con su color: rojo, amarillo, blanco, verde, azul, morado, naranja y negro, todos bailando una danza de confusos tonos. El tent¨¢culo rojo se separ¨® gr¨¢cilmente de los dem¨¢s y sali¨® de la sala que hab¨ªa al otro lado para emerger en aquel extra?o e ingr¨¢vido lugar, d¨®nde se desliz¨® sinuoso por la nada y fluy¨® hacia Eladien, dejando una estela roja tras su cuerpo (tan o m¨¢s largo que el de ella) que mor¨ªa a los pocos instantes. Se par¨® delante de Eladien, en su campo visual, y se qued¨® inm¨®vil, levitando horizontalmente en medio de aquel oscuro mar. El tent¨¢culo rojo (no se le ocurr¨ªa otra palabra que se adaptara mejor) se acerc¨® a su pecho y lo traspas¨® un poco; no como algo f¨ªsico, tangible, sino como si fuera humo entrando por los poros de la piel. " Est¨¢ bien, Moih¡¯voir." Al igual que con su abuela, la voz retumb¨® en su cabeza, potente y grave, dej¨¢ndola anonadada. " Ser¨¢s portadora de nuestro poder. Dese ahora, seremos uno." Abri¨® la boca para contestar, pero estaba tan r¨ªgida como una piedra, mirando aquel largo brazo que, sin previo aviso, se impuls¨® hacia ella y entr¨® en su interior, provoc¨¢ndole un estremecimiento y un dolor que la habr¨ªa obligado a doblarse por la cintura su hubiera podido. Y a gritar, pero no s¨¦ sent¨ªa due?a ni de un m¨ªsero mil¨ªmetro de su cuerpo. Sin embargo, el dolor ces¨® tan r¨¢pido como hab¨ªa empezado, dejando ¨²nicamente una sensaci¨®n de calidez por donde hab¨ªa entrado. Eladien no entend¨ªa nada, y menos aun lo que acababa de ocurrir. Esa cosa hab¨ªa entrado en su cuerpo y¡­ ?se hab¨ªa instalado? Le dol¨ªa la cabeza de nuevo y el p¨¢lpito que notaba en las sienes iba en aumento, pero apenas le prest¨® atenci¨®n cuando vio como los dem¨¢s tent¨¢culos tambi¨¦n sal¨ªan por la fortuita puerta y se dirig¨ªan hacia ella uno por uno, sin darle la opci¨®n de decir que no (aunque no estaba segura de s¨ª lo habr¨ªa dicho a esas alturas), todos repitiendo las palabras exactas que hab¨ªa usado su cong¨¦nere rojo. Se pregunt¨® que ser¨ªa una Moih¡¯voir. El tent¨¢culo de color verde fue el ¨²ltimo en entrar en ella, sacudi¨¦ndola del dolor y a¨²n se repet¨ªa el eco de su voz cuando el ¨²ltimo tramo de su largo y fluido cuerpo desaparec¨ªa bajo sus ropas. "Desde ahora, seremos uno¡­" Se qued¨® sola de nuevo, suspendida en el aire, aturdida por los acontecimientos y sin nada m¨¢s que observar que la gran puerta, por la cual se ve¨ªa ahora una sala vac¨ªa con el mismo intrincado dibujo que luc¨ªa la puerta, grabado en la pared del fondo, rodeado por dos espejos con marcos de hierro que no reflejaban nada m¨¢s que oscuridad. - Oh, por favor, ?Eladien! Escuchaba una voz a los lejos¡­ - Eladien, di algo, venga, por favor. No me dejes, Eladien¡­No¡­ Unas manos le agarraron bruscamente los hombros y la zarandearon, con lo que la cabeza le dio vueltas. Cerr¨® los ojos para intentar disipar el mareo y cuando los abri¨®, se encontr¨® a ¨¦rien mir¨¢ndola desde arriba, con los ojos enrojecidos y anegados de l¨¢grimas que se sumaban a la tromba de agua que ca¨ªa sobre ellas. Al ver que Eladien abr¨ªa los ojos se tir¨® encima suyo y la abraz¨®, manch¨¢ndose con el barro que cubr¨ªa todo el cuerpo de su hermana mayor. - ?Qu¨¦¡­que ha pasado?-. La dol¨ªa la cabeza, y se sent¨ªa como si hubiera corrido durante horas. ¨¦rien levant¨® un poco la cabeza de su pecho y la mir¨® con la cara contra¨ªda por el llanto. Se hab¨ªa asustado al verla en el suelo¡­Eladien se irgui¨® un poco y abraz¨® a su hermana peque?a, estrech¨¢ndola contra ella y susurr¨¢ndole que todo iba bien. - Me he¡­me he asustado mucho. Cre¨ª...cre¨ª que¡­-. Rompi¨® a llorar con m¨¢s fuerza y se agarr¨® a ella todo lo que pudo. - Tranquila, ¨¦rien¡­Estoy bien. Me he¡­ resbalado y he perdido el conocimiento. Realmente no sab¨ªa si en verdad hab¨ªa sido as¨ª¡­ Eladien Gir¨® la cabeza para mirar en direcci¨®n a la pila de le?a, pero esta estaba como siempre: apilada de cualquier forma y con la superficie de los troncos curtida. Como siempre. No hab¨ªa ninguna cara mir¨¢ndola. ?Hab¨ªa¡­? Se pregunt¨® si, al fin y al cabo, no hab¨ªa resbalado de verdad y se hab¨ªa dado un buen golpe, pues sent¨ªa dolor en la parte posterior de esta. Todo hab¨ªa sido obra de su imaginaci¨®n. Instintivamente se toc¨® con los dedos la zona por la que hab¨ªan entrado aquellos ¡°tent¨¢culos¡±, pero no hab¨ªa nada raro, estaba lisa y tersa como siempre, adem¨¢s de mojada. - Vayamos al interior, ¨¦rien. Vas a resfriarte o peor a¨²n, arrugarte como una sirena-, ¨¦rien se apart¨® un poco de ella y sonri¨®, marcando sus hoyuelos, haciendo una sonrisa perfecta, si no fuese por las l¨¢grimas que segu¨ªan brotando de sus ojos. - Vaya, volvemos a estar mojadas de nuevo¡­Parece que tendremos que volver a ba?arnos. Yo al menos¡­ Tengo todo el cuerpo entumecido por el fr¨ªo¡­ ¨¦rien esboz¨® otra sonrisa debida a la idea de un ba?o caliente y corri¨® hacia el interior de la casa, seguida por una Eladien que no hab¨ªa estado tan confusa en toda su vida. Solo estaba segura de una cosa: no tendr¨ªa el valor de usar esa le?a para encender un fuego. 18 de Mayo El d¨ªa amaneci¨® soleado, sin ninguna nube que surcara el esplendoroso cielo azul que anunciaba un d¨ªa seco y caluroso en contraste con las noches pasadas. Eladien estaba en la cama, despierta, pero con los ojos cerrados; apenas hab¨ªa dormido en toda la noche. Hab¨ªa pasado varias horas en vela (se meti¨® en la cama en cuanto supo que no habr¨ªa festival) cavilando sobre lo que hab¨ªa ocurrido cuando sali¨® al jard¨ªn la noche anterior, pero tras horas de reflexi¨®n no lleg¨® a nada claro. No hab¨ªa ning¨²n indicio de que aquello hubiese sido real, pero, sin embargo, a ella le hab¨ªa parecido muy vivo. No como un sue?o, m¨¢s bien como un recuerdo, algo que hab¨ªa vivido de verdad. Aunque eso suced¨ªa con casi todos los sue?os¡­ Se levant¨® de la cama y abri¨® las cortinas de seda azul de la habitaci¨®n, dejando entrar los rayos del sol, que cayeron en diagonal sobre la moqueta del suelo. Las paredes de su habitaci¨®n, al igual que toda la casa a excepci¨®n del cuarto de ba?o, estaban empapeladas de color crema y en dos de ellas hab¨ªa colgadas estanter¨ªas con varios libros que conservaba desde su ni?ez. Al lado de la cama hab¨ªa una mesita de noche barnizada sobre la cual descansaba una l¨¢mpara con la vela apagada y un peque?o libro en cuya portada rezaba: El canto de las sirenas. Era uno de los manuscritos de su madre, del que hab¨ªan estado hablando ella y ¨¦rien la noche anterior, mientras tomaban un ba?o juntas. A ¨¦rien le encantaba ese en particular y Eladien se hab¨ªa propuesto aprend¨¦rselo de memoria para cont¨¢rselo cuando su hermana peque?a quisiera. Se plant¨® delante del espejo que estaba recostado debajo de una de las estanter¨ªas y se mir¨® en ¨¦l. Repas¨® cada cent¨ªmetro de su cuerpo, buscando algo fuera de lo normal, pero todo estaba en su sitio, incluso el lugar por el que hab¨ªan entrado aquellos grandes brazos de colores, hasta que se sinti¨® est¨²pida. Seguramente hab¨ªa sido una alucinaci¨®n provocada por el golpe en la cabeza¡­ Tampoco notaba ninguna sensaci¨®n extra?a, nada. Cogi¨® el peine que descansaba en una peque?a mesa al lado del espejo y se cepill¨® un poco el pelo antes de bajar a la cocina, de d¨®nde proven¨ªa el sonido de platos y vasos, acompa?ado de olor a pan tostado. Al llegar abajo encontr¨® a ¨¦rien calentando la leche en un lado de la parrilla y para dejar sitio a unas rebanadas de pan, de la cuales sal¨ªan finos hilillos de humo. ¨¦rien se hab¨ªa recogido el pelo en la misma cola alta que llevaba el d¨ªa anterior, pero se hab¨ªa dejado varios mechones sueltos que le ca¨ªan de cualquier manera sobre la cara, acentuando m¨¢s su expresi¨®n de reci¨¦n levantada. - Buenos d¨ªas-. ¨¦rien tambi¨¦n le dio los buenos d¨ªas con voz ronca, la que sol¨ªa tener cuando sal¨ªa de la cama. Algunas cosas, aunque uno creciera, no cambiaban. Eladien se frot¨® los ojos al entrar en la cocina, tras lo cual fue a paso presuroso hacia el fuego y sac¨® las rebanadas de pan con unas pinzas que cogi¨® de la mesa, evitando que acabaran ardiendo. Definitivamente, ¨¦rien estaba dormida. - Buenos d¨ªas, Eladien. - Parece que no has dormido mucho. ¨¦rien se sent¨® en una de las sillas tras verter leche en dos vasos, los cuales puso en la mesa, al lado de las un poco quemadas tostadas, untadas ahora con mantequilla y un poco de az¨²car, como les gustaba a las dos. - No¡­no he dormido mucho. He¡­he tenido algunas pesadillas. - ?Pesadillas? ?Sobre qu¨¦? - Sobre¡­la muerte de mam¨¢, pap¨¢ y la abuela Eithenalle. Ellos se desped¨ªan de mi con la mano mientras se iban¡­y t¨²¡­te ibas con ellos¡­ Eladien alarg¨® el brazo por encima de la mesa y agarr¨® la mano de ¨¦rien, sosteni¨¦ndola fuerte, mir¨¢ndola a los ojos con firme determinaci¨®n. - ¨¦rien, yo nunca voy a abandonarte. No me ir¨¦, estar¨¦ a tu lado. Envejeceremos juntas, hermana-. ¨¦rien le devolvi¨® el apret¨®n y le acarici¨® la mano, un poco m¨¢s animada. Y tranquila. Eladien estaba segura de que no hab¨ªa pegado ojo en toda la noche, preocupada y luchando contra los fantasmas del pasado¡­ No era la primera vez que Eladien hab¨ªa estado inconsciente, pero no por ello ¨¦rien se preocupaba menos. Acab¨® de almorzar con prisas y tras despedirse de ¨¦rien, quien se qued¨® limpiando la cocina (necesitaba un buen repaso), fue al granero para ordenarlo de nuevo, casi segura de que no volver¨ªa a llover hasta dentro de varias semanas. El temporal de lluvias anual ya hab¨ªa pasado, las primeras lluvias de marzo, y no volver¨ªa a llover hasta bien entrado abril. O eso esperaba; ten¨ªa que darle tiempo para reparar el agujero del granero sino quer¨ªa perder constantemente la harina. Entr¨® en el granero y con dos peque?as piedras de fuego (soltaban chispas con tan solo rozarlas un poco entre s¨ª) encendi¨® la peque?a vela que descansaba dentro de la l¨¢mpara de espejos, iluminando d¨¦bilmente el encharcado suelo, aplastado en el lugar en el que estaban la viga y el ¨¢rbol. Examin¨® el H¨¦nir con atenci¨®n y sinti¨® una oleada de tristeza: aquel ¨¢rbol pertenec¨ªa a su familia desde que sus m¨¢s remotos antepasados hab¨ªan comprado aquella casa, varios cientos de a?os atr¨¢s. Maldijo la tormenta y se puso a apilar de nuevo el trigo en un ordenado rinc¨®n, a drenar los charcos de agua y harina y a salvar lo poco que quedaba de esta. Moli¨® el trigo durante horas, sudando de sobremanera y jadeando del cansancio, pero sab¨ªa que deb¨ªa de hacerlo, pues sino no tendr¨ªan nada que vender y sin ello, dinero con que comprar comida. Mientras mol¨ªa, no pod¨ªa evitar que sus pensamientos volvieran a la noche anterior cuando (ya no estaba tan segura) hab¨ªa hablado con su abuela y ella le hab¨ªa dicho¡­Dones¡­Pensar en ello le daba dolor de cabeza, pues su mente era toda una confusa mara?a de cosas... irreales, pero que recordaba tan n¨ªtidamente como recordaba haberse ba?ado la noche anterior. Nada de aquello le parec¨ªa probable. Menos en esos momentos, cuando estaba sudando a chorros para conseguir el dinero con que mantener a su hermana y a ella misma. Pero hab¨ªa sido tan real¡­la sensaci¨®n de calidez, la voz de Eithenalle, habl¨¢ndole en medio de una tormentosa noche. La puerta.This content has been misappropriated from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. No pudo evitar un escalofr¨ªo al recordar la gran y majestuosa puerta que hab¨ªa aparecido ante ella, en medio de aquel remoto lugar, la que se hab¨ªa abierto para dar v¨ªa libre a sus¡­dones. Si aquello era un sue?o, se preocupar¨ªa de su estado mental. Se pregunt¨® si cont¨¢rselo a ¨¦rien, pero al no estar segura de s¨ª aquello hab¨ªa real (?Lo hab¨ªa sido?) prefiri¨® no hacerlo, al menos de momento. No quer¨ªa quedar como una idiota, preocup¨¢ndose por un sue?o que no ten¨ªa sentido. Pero¡­ ?y si realmente todo aquello hab¨ªa¡­ocurrido? ?Cu¨¢les ser¨ªan sus dones entonces? Los que se supon¨ªa iban ligados a su alma, siendo un reflejo de lo que era ella¡­seg¨²n aquel rostro labrado en la le?a. Frunci¨® el ce?o, enfadada consigo misma por estar pensando en esas cosas absurdas, y cuando al fin estuvo satisfecha con la cantidad de trigo que hab¨ªa molido (tendr¨ªa que moler mucho m¨¢s el d¨ªa siguiente, pero con eso le bastaba por el momento) sali¨® del granero, llev¨¢ndose el dorso de la mano derecha a los ojos en un acto instintivo, para protegerse de la luz del sol, que ya estaba en su c¨¦nit. Hac¨ªa calor, mucha, pero Eladien estaba contenta de que a hubiese pasado la temporada de lluvias¡­por no mencionar las tormentas. Entr¨® un momento a casa para cambiar el simple vestido de seda blanca que llevaba por otro de dos piezas; una falda pantal¨®n marr¨®n con enaguas verdes y una blusa, ancha y larga hasta m¨¢s abajo de la cintura, con escote redondeado que no dejaba ver m¨¢s de lo necesario y de color beige, todo el conjunto de seda. Un regalo de la se?ora mayor que viv¨ªa en la casa de al lado. Su antigua profesi¨®n era costurera, pero un a?o atr¨¢s tuvo que dejarlo debido a que el pulso le fallaba demasiado, impidi¨¦ndole coser. Se acerc¨® al espejo y se recogi¨® el pelo en una cola, at¨¢ndolo con la cinta roja que su abuela Eithenalle le hab¨ªa regalado en su ni?ez. Eithenalle¡­Sacudi¨® la cabeza al tiempo que bajaba las escaleras, empujando a esos pensamientos a un lejano rinc¨®n de su mente, aun sabiendo que volver¨ªan. - ¨¦rien-, La encontr¨® en el jard¨ªn, arrastrando un saco de cuero lleno de troncos que a¨²n presentaban el aspecto de haber estado bajo la lluvia dos noches seguidas. Iba a decirle que los dejara d¨®nde estaban, pero no le ocurri¨® que explicaci¨®n darle para ello, as¨ª que decidi¨® dejarlo para m¨¢s tarde. No hab¨ªa necesidad de usar esa le?a para prender fuego de momento, pues a¨²n ten¨ªan un peque?o mont¨®n en casa. ¨¦rien se gir¨® al verla y la salud¨® con la mano, baj¨¢ndola de inmediato para seguir agarrando el saco, que casi le llegaba hasta la cintura-, Ahora vengo. Voy a salir un rato para comprar carne y otras cosas. No tardar¨¦ mucho, no abras a nadie. - Ya lo s¨¦¡­ Por cierto-, Su semblante se ilumin¨® con una sonrisa radiante-, Mira a ver si se sabe algo del festival de las tormentas¡­Espero que se celebre hoy. Hace un d¨ªa estupendo y seguro que no llover¨¢. - Est¨¢ bien. Mirar¨¦ a ver si alguien sabe algo. Hasta luego-. Se despidieron desde la peque?a puerta de madera que daba al exterior y ¨¦rien volvi¨® a la carga con el saco, tratando de llevarlo hacia la puerta a base de empujones. En cuanto hubo caminado unos cuantos pasos, Eladien se arrepinti¨® de no haberse llevado alg¨²n sombrero para evitar los molestos rayos del sol sobre los ojos. Ensimismada y con una mano en la frente, us¨¢ndola de visera improvisada, gir¨® a la izquierda, tomando el mismo camino que cuando fue a comer con ¨¦rien. Lleg¨® a la calle principal cuando algunas de las tiendas de madera empezaban a cerrar sus puertas para poder comer con sus familiares. Los edificios se ve¨ªan m¨¢s nuevos con el sol, m¨¢s brillantes, y las piedras de la calzada lanzaban peque?os destellos, sum¨¢ndose a los que provocaban las joyas que luc¨ªan algunas de las mujeres que caminaban en esos momentos por la calle mayor, todas con prisa y con grandes o peque?os sacos en las manos. Hab¨ªa una pareja de adolescentes sentada en la base de la fuente que representaba a una mujer en pie echando chorros de agua por sus delicadas manos, y ambos estaban comiendo un bocadillo mientras miraban la ca¨ªda del agua, los dos en silencio, pero Eladien advirti¨® como se lanzaban miradas de reojo entre ellos, aunque la apartaban de inmediato cuando el otro lo notaba. Dos enamorados. Eladien deb¨ªa de reconocer que no le importar¨ªa saber qu¨¦ sensaci¨®n era la de estar enamorada, pero lamentablemente no ten¨ªa mucho tiempo para ello teniendo que dirigir el negocio familiar y a la vez hacerse cargo de la educaci¨®n y manutenci¨®n de ¨¦rien. Tal vez en el futuro. Tal vez. Una se?ora robusta y de rizado cabello negro pas¨® por su lado y la salud¨® a la par que le sonre¨ªa, gesto que Eladien le devolvi¨® con otra sonrisa y unos buenos d¨ªas. Era la se?ora Lune, la mujer del alcalde y la madre de Hinna, la muchacha a la que hab¨ªan saludado ¨¦rien y ella cuando se dirig¨ªan a las afueras de Nash¡¯sera. Era una mujer muy agradable que siempre ten¨ªa una sonrisa pronta para las dos hermanas, pero lo que m¨¢s le gustaba de ella a Eladien es que cuando sus padres fallecieron estuvo a su lado durante todo el tiempo que necesitaron. Eso era algo que Eladien sab¨ªa nunca podr¨ªa pagarle. Gir¨® la cabeza en busca de una tienda con un gran letrero rojo y sinti¨® un gran alivio al ver que a¨²n no estaba cerrada del todo. Thurel, el carnicero, estaba bajando el toldo marr¨®n que cubr¨ªa la entrada, pero la puerta a¨²n estaba abierta, as¨ª que corri¨® hacia la carnicer¨ªa, mostrando la sonrisa m¨¢s brillante de la que fue capaz para calmar los malos humos de Thurel, que casi hab¨ªa cerrado la puerta cuando Eladien lleg¨® suspirando por el bochornoso calor, pero la dej¨® entrar, pregunt¨¢ndole de inmediato que era lo que quer¨ªa y al vend¨¦rselo la ech¨® sin contemplaciones, murmurando cosas sobre que ¨¦l tambi¨¦n ten¨ªa que comer y que la ma?ana era bien larga. Una vez en la calle, con la carne envuelta en un grueso papel y dentro de un saco que se hab¨ªa llevado de casa, corri¨® de nuevo, esta vez a la panader¨ªa, desde d¨®nde Suyi le sonre¨ªa, plantada en la puerta con sus peque?os ojos verdes que se perd¨ªan entre tanta cara fijados en ella. - Buenos d¨ªas, Eladien. Iba a cerrar, pero he visto que llegabas y he supuesto que querr¨ªas pan. Te he guardado el que os gusta a ¨¦rien y a ti. - Muchas gracias, Suyi. Habr¨ªa venido antes, pero la tormenta me destroz¨® parte del tejado del granero y he estado muy atareada limpiando los destrozos¡­Esta tormenta ha sido fuerte. - Y que lo digas. Cuando estall¨® la de ayer hab¨ªa gente en la plaza haciendo los ¨²ltimos preparativos para el festival, pero tuvieron que irse corriendo. Hasta los hombres m¨¢s insensatos saben correr para guarecerse de las tormentas¡­-. Suyi sonri¨® y varios pliegues se mostraron en la zona que rodeaba su boca, es decir, su papada se contrajo. Eladien sonri¨® tambi¨¦n, por educaci¨®n y porque con la edad empezaba a encontrar graciosos los comentarios de Suyi verso a los hombres, le pag¨® con unas cuantas monedas de cobre y meti¨® el pan (redondo y grande como la cara de la panadera) en otro saco, este de tela con cuadros rojos y se par¨® justo en la puerta de la panader¨ªa, con un pie en la calle. ¨¦rien le hab¨ªa pedido que se informara sobre el festival de las tormentas, as¨ª que se lo pregunt¨® a Suyi, qui¨¦n, c¨®mo no, estaba muy bien informada de todo. Le cont¨® de los bailarines del Reino de Hidern, qu¨¦ eran gr¨¢ciles y apuestos seg¨²n hab¨ªa o¨ªdo y que los bailarines del a?o pasado estaban enfadados por el cambio. Le habl¨® de la marcha de los preparativos para ese d¨ªa y al final, cuando Eladien cre¨ªa que nunca le dir¨ªa lo que quer¨ªa, le inform¨® de que ser¨ªa justo a la ca¨ªda del sol, como todos los a?os, pero un d¨ªa m¨¢s tarde. Y sin tormentas. O al menos eso esperaba ella. Tras despedirse de Suyi volvi¨® a casa a paso ligero, pues el sol hab¨ªa recorrido un buen trecho desde que hab¨ªa salido a hacer las compras. Cuando lleg¨® a casa prepar¨® la comida con ¨¦rien, que miraba como la carne se fre¨ªa en una sart¨¦n con una mirada ¨¢vida, y comieron juntas como de costumbre, una a cada lado de la mesa mientras conversaba alegremente. - Qu¨¦ bien¡­al final lo de los bailarines de Hidern no es un rumor. Seguro que el festival de este a?o ser¨¢ fant¨¢stico-, Eladien se pregunt¨® si aquel entusiasmo no se deber¨ªa a Jerdse, el chico con el que se hab¨ªa citado su hermana peque?a en el festival-, ?De verdad crees que querr¨¢ que bailemos juntos? ¨¦rien se puso tan roja como un tomate en cuanto hubo terminado la frase, arrepinti¨¦ndose de haberlo preguntado y Eladien rio con fuerzas. Acabaron de comer con calma y luego fueron al peque?o sal¨®n que hab¨ªa al final del pasillo, girando a la derecha, una sala de paredes color verde con un gran sof¨¢, verde tambi¨¦n y delante del cual hab¨ªa una mesita alargada con la superficie de cristal, sobre la que hab¨ªa dos peque?os libros de tapa dura. En otra de las paredes se alzaban dos estanter¨ªas llenas de libros a m¨¢s no poder, la mayor¨ªa de sus padres. Se sentaron en el sof¨¢ y cada una cogi¨® un libro, el que estaban leyendo ese mes. Era algo que hac¨ªan dese que ¨¦rien aprendi¨® a leer; cada una eleg¨ªa un libro de los que ten¨ªan y lo le¨ªan juntas despu¨¦s de comer, un rato cada d¨ªa. Esa hab¨ªa sido la ¨²nica manera de que ¨¦rien aprendiera a leer, pero a ninguna de las dos se le ocurri¨® dejar de hacerlo una vez ya hubo aprendido. Eladien estaba leyendo un libro titulado ¡°Los diez corceles¡± y ¨¦rien ¡°Core¨®n¡±, ambas sentadas sin mediar palabra, inmersas en aquel mundo imaginario que tomaba vida a partir de las hojas, mientras las pasaban atentas y sumamente concentradas, movi¨¦ndose ¨²nicamente para mirar por una gran ventana de cortinas en seda azul, a trav¨¦s de la cual se observaba el iluminado cielo y cuando estuvo segura de que quedaba poco para que anocheciera avis¨® a ¨¦rien. Subieron juntas al segundo piso y al llegar cada una se fue a su habitaci¨®n para cambiarse de ropa. Despu¨¦s de todo iban al festival de las tormentas, una celebraci¨®n anual en Nash¡¯sera, y le apetec¨ªa ir bien vestida, de forma elegante, aunque solo fuera una vez al a?o. Abri¨® el armario y separ¨® los vestidos sencillos a un lado, dejando a la vista uno que estaba completamente liso y bien doblado sobre la percha. Lo sac¨® y se desvisti¨® sin prisas al tiempo que se soltaba la cinta del pelo, cay¨¦ndole este sobre hombros y espalda. Pas¨® de nuevo las puntas de los dedos por la zona en la que hab¨ªa penetrado esa¡­cosa en su sue?o. Pero estaba lisa, como antes. Se acerc¨® al espejo y se pas¨® el vestido por la cabeza, agach¨¢ndose para estirarlo del todo para luego mirar su reflejo. Era un vestido de seda fina, rojo y de una sola pieza, largo hasta los tobillos, pero ce?ido en las partes que Eladien m¨¢s generosas ten¨ªa, adem¨¢s de un largo y ovalado escote que mostraba el inicio de sus senos, en medio de los cuales, suspendida por una cadena de plata, reposaba una preciosa piedra azul (antes de su abuela Eithenalle) que le arrancaba destellos al haz de luz que entraba por la ventana abierta. Las mangas ten¨ªan finos trazados en negro que sub¨ªan desde las puntas a los hombros y de ah¨ª al inicio del abierto escote. Cogi¨® el peine y se lo pas¨® de nuevo, recogi¨¦ndose el pelo hacia atr¨¢s para hacerse un mo?o que fij¨® con la misma cinta roja que siempre llevaba puesta, dejando caer varios mechones que se estiraban hacia abajo por el peso de los tirabuzones y cuando le pareci¨® que ya estaba lista para salir baj¨® a la puerta principal para esperar a ¨¦rien, qui¨¦n para variar estaba tardando. Mientras esperaba a su hermana peque?a en el recibidor, al lado de la puerta delantera de la casa, que tambi¨¦n daba al jard¨ªn, alz¨® la vista y contempl¨® los rostros que la observaban desde el interior de los marcos, pintados en los cuadros para siempre. Eran retratos de sus padres, sonrientes, con miradas de j¨²bilo, de su abuela, sonriente tambi¨¦n y con un porte solemne, como ella la recordaba. Tambi¨¦n hab¨ªa retratos de Eladien y ¨¦rien, uno de ellos muy reciente: en ¨¦l sal¨ªan las dos hermanas sentadas en la fuente que hab¨ªa en la calle mayor de Nash¡¯sera, con la mujer de brazos alzados detr¨¢s de ellas. Aquel hab¨ªa sido un regalo que Eladien le hizo a ¨¦rien para su d¨¦cimo tercer cumplea?os. A¨²n se emocionaba cuando recordaba la emoci¨®n de su hermana al ver c¨®mo se mov¨ªan las manos del artista, desliz¨¢ndose salvaje pero sabiamente por la superficie del lienzo, sin dudar ni un solo momento. Sin embargo, le habr¨ªa gustado que sus padres aparecieran tambi¨¦n en ese cuadro, sentados en el pedestal de la estatua o a su lado. Pero sab¨ªa muy bien que era algo imposible, aunque cada noche rezara por ellos; no para que volvieran, pues sab¨ªa que no era posible, sino para que estuvieran d¨®nde estuvieran, se encontraran bien. Eladien segu¨ªa observando los retratos cuando ¨¦rien apareci¨® por el pasillo, con un mo?o igual al que se hab¨ªa hecho Eladien y levantando el repulgo de la falda de su vestido amarillo para no pisarla. Aquel vestido tambi¨¦n lo hab¨ªa confeccionado su vecina y lo hab¨ªa hecho en un principio grande para que lo pudiera lucir cuando fuera un poco m¨¢s mayor. De eso hac¨ªa ya dos a?os y ahora el vestido le quedaba hecho a medida, corto en escote y de grandes mangas que se abr¨ªan al llegar a las manos, dejando ver bordados verdes en la parte de adentro. Se miraron la una a la otra un momento, sonriendo y tras cogerse del brazo salieron juntas de casa. Eladien cerr¨® la puerta con llave, ech¨® una ¨²ltima ojeada a la casa y se encaminaron hacia el centro de Nash¡¯sera, rodeadas de familias enteras y parejas que se dirig¨ªan presurosas al mismo lugar que todo el pueblo, a la plaza d¨®nde al fin se celebrar¨ªa el festival de las tormentas. Saludaron al se?or Rutgen y a la se?ora Nednea, la anciana pareja que viv¨ªa junto a ellos, los dos sonrientes, con Nednea agarrada al brazo de su anciano marido y ataviada con un gran sombrero azul (aunque no hac¨ªa sol) del que sobresal¨ªan largas plumas amarillas atadas a la tela con una cinta del mismo color. Caminaron todo lo r¨¢pido que pudieron teniendo en cuenta la cantidad de gente que avanzaba por las empedradas calles, las mujeres arregladas con hermosos vestidos y los hombres con sencillos trajes de colores pardos. Al llegar a la calle mayor giraron a la derecha al llegar a la altura de la fuente con la estatua para bajar por unas grandes y un poco empinadas escaleras que llevaban a una redonda plaza, con el suelo perfectamente cubierto de lisas losas grises y centenares de sillas de madera repartidas en un perfecto cuadrado, todas encaradas a una gran tarima de madera cubierta por un tel¨®n rojo. Entre las filas de sillas hab¨ªa peque?as mesas cubiertas con manteles de colores, soportando el peso de peque?as l¨¢mparas con las velas encendidas, jarras de vino, agua, cerveza y diferentes tipos de ponche, as¨ª como varios platos llenos de peque?os s¨¢ndwiches, patatas y fruta. Eladien observ¨® a ¨¦rien por el rabillo del ojo y vio como giraba la cabeza en todas direcciones, buscando a Jerdse seg¨²n pens¨® ella, pero cuando cay¨® en la cuenta de que su hermana la vigilaba dej¨® de hacerlo y alz¨® un poco la barbilla, como si no pasara nada. Caminaron hacia una de las primeras filas de sillas y se sentaron en ellas (bastante cerca del escenario, en lo que siempre insist¨ªa ¨¦rien), gir¨¢ndose de vez en cuando para saludar a la multitud de desconocidos que se acercaba a ellas, felicitando a Eladien por su aniversario mientras agregaban entre sonrisas que las dos estaban muy guapas. Eladien siempre se preguntaba si toda aquella simpat¨ªa y alegr¨ªa cada vez que las ve¨ªan no se deber¨ªa solo al hecho de la muerte de su familia, aunque fuese por la raz¨®n que fuera no le importaba mucho. Todos las hab¨ªan ayudado de una manera o de otra, desde el primero hasta el ¨²ltimo. Rutgen y Nednea se pusieron justo a su lado, tambi¨¦n como cada a?o. Aquellos ancianos le ca¨ªan verdaderamente bien. - Como te dec¨ªa el otro d¨ªa, he encontrado un vestido que confeccion¨¦ cuando ten¨ªa m¨¢s o menos tu edad, uno que hice para mi¡­ Ay, si me hubieras visto en otros tiempos¡­ Rutgen ca¨ªa de la emoci¨®n cada vez que me ve¨ªa¡­-, Mir¨® a su esposo y este sonri¨® tras darle una chupada a su pipa de tabaco, mostrando los pocos dientes que le quedaban-, bueno, como iba diciendo, hace mucho tiempo hice ese vestido, es precioso, pero est¨¢ guardado en el armario. Yo ya no tengo el tipo que se necesita para lucirlo¡­ pero t¨² s¨ª. Quiero que sea tuyo, Eladien-, La aludida abri¨® la boca para contestar, pero la se?ora Nednea se le adelant¨®, sosteniendo sus manos entre las suyas, arrugadas y surcadas de venas-, Quiero que lo tengas t¨², por favor. No tengo ninguna hija a la que dej¨¢rselo cuando yo¡­ Mira, Eladien. Estoy mayor, todos los sabemos. Quiero dejar mis cosas aqu¨ª, en el pueblo, pero ya no me queda a qui¨¦n d¨¢rselo. Mis hijos murieron a manos de aquella enfermedad, sin darme ning¨²n nieto-, Su rostro de contrajo un poco y los ojos se le humedecieron-, Quiero dejar mis posesiones al pueblo. No queremos que nuestras cosas se queden en el olvido. As¨ª que¡­ Quiero que ¨¦rien y t¨² os qued¨¦is con todos los vestidos que hice siendo costurera. Os quedaran preciosos. Eladien se qued¨® muda durante un segundo, sin saber que decir, aturdida de nuevo por los sentimientos que despertaban el recuerdo de la enfermedad que se llev¨® a varias personas con ella. Sus padres incluidos. - Muchas gracias, Nednea. Ya sabes que si t¨² y tu marido necesit¨¢is cualquier cosa solo ten¨¦is que decirlo. Estaremos encantadas de ayudarte-. Mir¨® al asiento de al lado para mirar a ¨¦rien, qui¨¦n giraba la cabeza de tanto en tanto, buscando a alguien entre el gent¨ªo que comenzaba a llenar la plaza. - No tienes por qu¨¦ darme las gracias. Solo acepta mi regalo. Eso me har¨¢ muy feliz. Espero v¨¦rtelos puestos. Las sillas quedaron ocupadas en solo unos minutos y cuando apenas quedaban sitios libres, el torrente de personas que bajaban las escaleras un momento antes se hab¨ªa reducido a un intermitente goteo, la se?ora Suyi incluida. Tomaban asiento d¨®nde pod¨ªan, pendientes del gran tel¨®n rojo que empez¨® a correrse hacia los lados una vez que la ¨²ltima persona estuvo sentada, dejando ver el resto del escenario de madera, d¨®nde unos cuantos m¨²sicos hab¨ªan empezado a tocar los instrumentos que sujetaban: trompetas, tambores y un viol¨ªn que emiti¨® un sonido agudo cuando termin¨® el redoble de los tambores, una vez el tel¨®n se hubo corrido del todo. Se levantaron murmullos de la muchedumbre que miraba fascinada como un grupo de hombres y mujeres que estaban agachados en la tarima, se incorporaba ¨¢gilmente y hac¨ªan varias reverencias. A¨²n quietos, Eladien pudo observar que eran gr¨¢ciles y de movimientos fluidos. Eran tres mujeres de largo y ondulado cabello y otros tres hombres, con el pelo corto excepto uno de nariz aguile?a, que lo llevaba recogido en una trenza, la cual bail¨® en el aire cuando se inclin¨® hacia delante. Todos eran morenos y de buen ver; los hombres musculosos, pero no demasiado, y las mujeres con curvas que atra¨ªan las miradas de los varones de Nash¡¯sera tanto o m¨¢s que la luz a las polillas en la noche, gan¨¢ndose as¨ª alg¨²n que otro reproche por parte de sus mujeres, aunque, por lo que Eladien pudo ver, estas ten¨ªan los ojos prendados en los tres hombres que, desnudos de cintura para arriba y con una sonrisa de oreja a oreja que dejaba ver una dentadura totalmente blanca, mostraban los encantos de que dispon¨ªan. Y Eladien no las culpaba por ello. - Realmente son tan guapos como se dec¨ªa¡­ Eladien mir¨® a ¨¦rien y ambas rieron, sum¨¢ndose a los cuchicheos que flotaban por el aire desde las filas de atr¨¢s, pero todos se callaron cuando, con movimientos delicados, los bailarines empezaron a danzar al son de los tambores, trompetas y violines, girando sobre sus ejes y saltando de un lado a otro. A veces las mujeres se sub¨ªan de un salto en los hombros de los hombres y estos las agarraban de la cintura y las dejaban de nuevo en el suelo, tras lo cual esta saltaba de nuevo y se sub¨ªa a la espalda del siguiente, al tiempo que hac¨ªan piruetas mientras bailaban con ellas y les cog¨ªan un brazo para darles una vuelta que acaba en los brazos de otro, una a una, hasta que todas hab¨ªan girado tanto que Eladien se sinti¨® mareada. El baile dur¨® cerca de media hora, sino m¨¢s, pero a Eladien no se le hizo en nada largo, ni pesado. Estaba convencida de que eran los mejores bailarines que hab¨ªan tenido nunca para el Festival de las Tormentas. Ella y ¨¦rien ayudaron a separar las sillas y las mesas para hacer un poco de espacio, pues ya empezaban a reunirse todos en peque?os y grandes grupos y para asombro de Eladien, los bailarines bajaron del escenario y se unieron a la tarea, transportando sillas y mesas, todos con cuidado de no tirar al suelo las cosas puestas sobre estas, y una vez hubieron terminado pas¨® como cada a?o: las mujeres se quedaron en una parte de la plaza y los hombres en la otra. - Espera un poco y ver¨¢s c¨®mo alguno se acerca a las bailarinas-, Eladien dio un respingo cuando Suyi le habl¨® casi al o¨ªdo. Se hab¨ªa acercado a ellas mientras tomaban asiento, con una gran bandeja de bocadillos que les oblig¨® a coger, aunque estaban sin hambre-, ?Has visto como las miran? Suerte que mi amado Gerth sabe que¡­ ?Eh, Gerth! Maldito brib¨®n sinverg¨¹enza, ?se puede saber que miras?! Suyi sali¨® corriendo tras su marido con los bocadillos rodando peligrosamente en los bordes de la bandeja y su gran panza ondeando en el aire, pero milagrosamente ninguno cay¨® al suelo. Ni ella ni los bocadillos. La se?ora Nednea se sent¨® a su lado, acompa?ada de su inseparable marido, quien se rascaba la cabeza de vez en cuando, mirando de reojo a las bailarinas cuando cre¨ªa que ella no lo ve¨ªa. Eladien acerc¨® cuatro vasos y tras preguntar que quer¨ªa cada uno para beber (a ¨¦rien solo le dej¨® escoger entre zumo y agua), sirvi¨® tres vasos de zumo y llen¨® el suyo con cerveza fr¨ªa. La mirada burlona de Nednea fue respondida con una sonrisa por parte de Eladien; se supon¨ªa que la cerveza era algo que beb¨ªan los hombres, no las mujeres. Pero aquello a Eladien le daba igual. Necesitaba algo fuerte para animarse. - El festival de este a?o ha sido fant¨¢stico. Nunca hab¨ªa visto a nadie moverse de esa manera¡­-. Coment¨® ¨¦rien desde detr¨¢s de su vaso de zumo, con los ojos puestos en el grupo de bailarines que brindaba con jarras de cerveza llenas hasta arriba, gritando de j¨²bilo junto con los hombres de Nash¡¯sera. - Est¨¢s en lo cierto¡­las mujeres parec¨ªan de goma y los hombres les andaban muy a la zaga¡­Creo que los m¨²sicos tampoco son los de siempre. Me sabe mal decirlo, pero este ha sido el mejor Festival de las tormentas desde que vivo aqu¨ª-, Aquello era decir mucho, sino m¨¢s, pues Nednea ya no luc¨ªa en nada joven, ni siquiera mayor. Eladien notaba que a veces le costaba trabajo hablar y c¨®mo, de tanto en tanto, se llevaba s¨²bitamente una mano al coraz¨®n, pero cuando le preguntaba si le pasaba algo le respond¨ªa que no, que eran simples ¡°pinchazos¡±, cosas de la edad-, Parece que ¨¦rien ha quedado con alguien¡­ Eladien sigui¨® la mirada de Nednea y vislumbr¨® a Jerdse, de cabello corto y marr¨®n, ojos verdes y de mirada traviesa, quien intentaba abrirse paso entre la multitud de mujeres que formaban c¨ªrculos, cuchicheando entre ellas mientras ojeaban lo que parec¨ªa una hoja que daba la impresi¨®n haberse doblado muchas veces. ¨¦rien rebull¨® en su asiento, alternando su mirada entre Nednea, quien la miraba de forma maliciosa, con los labios curvados hacia arriba, Eladien y Jerdse, que se par¨® delante de ¨¦rien tan o m¨¢s rojo que ella, con una flor de grandes p¨¦talos amarillos que le tendi¨® antes de decirle nada. - Ahora¡­ Ahora vengo. Estaremos cerca, te lo prometo-. Eladien asinti¨® y observ¨® a su hermana que, cogida del brazo de Jerdse, se sent¨® a dos mesas de distancia, d¨®nde ella la pudiera ver. - Parece que ¨¦rien est¨¢ creciendo¡­-. Nednea bebi¨® un corto sorbo de zumo y arregl¨® la camisa de su marido con ternura-, Ese Jerdse no parece un mal chico. Su madre, Mesala, lo est¨¢ educando muy bien, pero es tan atrevido como lo era su padre¡­ Eladien ya hab¨ªa escuchado con anterioridad rumores sobre el padre de Jerdse, ¨®nfrac, quien dec¨ªan que de joven le gustaba coquetear con todas las mujeres bonitas de Nash¡¯sera. Esperaba que su hijo no fuera igual¡­ Ya tendr¨ªa unas palabras con ¨¦l si¡­ aquello iba a m¨¢s. - S¨ª¡­ ha crecido mucho. Y se ha vuelto muy lista. Estoy muy contenta de eso, hace m¨¢s f¨¢cil la convivencia, porque colabora con todo... - Me alegro mucho por vosotras, Eladien. Y estoy muy segura de que tus padres tambi¨¦n lo est¨¢n. Aquellas palabras provocaron un corto pero inc¨®modo silencio que fue roto por el sonido de un viol¨ªn que proven¨ªa del escenario, al cual se hab¨ªan subido de nuevo los m¨²sicos, sum¨¢ndose a la melod¨ªa el sonido de los tambores y de las trompetas, con sonidos ora agudos ora graves, sosteniendo las notas durante largos segundos o haci¨¦ndolas escuetas, pero los lugare?os, entretenidos con sus conversaciones apenas parec¨ªan prestarle atenci¨®n. Y Eladien la que menos. - Dime, Nednea. Tu conoc¨ªas bien a mi abuela Eithenalle, ?no? - S¨ª, ¨¦ramos muy buenas amigas. Sol¨ªamos coser juntas algunos domingos mientras tom¨¢bamos el t¨¦ y se pasaba horas y horas habl¨¢ndome de ti¡­ Dec¨ªa que ten¨ªas mucho talento para aprender. Eladien no sab¨ªa que decir contra aquellas palabras, pero sigui¨® adelante. - ?Nunca te cont¨® nada¡­raro? ?O viste algo especial en ella? Esa vez, qui¨¦n se qued¨® sin palabras fue Nednea, que extra?ada, la mir¨® como si no hubiese entendido la pregunta. Eladien tampoco lo entend¨ªa, pero¡­ Deb¨ªa dejar de pensar en aquel sue?o o acabar¨ªa loca, estaba segura. Preguntarle eso a alguien¡­ Decidi¨® que era mejor no decir nada y atar bien la lengua. - D¨¦jalo, no me hagas caso. Era una tonter¨ªa. - Tu abuela¡­ Toda ella era especial, Eladien. Era buena, la mujer m¨¢s bondadosa que he conocido nunca, bella, de sonrisa pronta y a la que le encantaba ayudar a los dem¨¢s. No s¨¦ si lo recordaras, pero era curandera. Sus h¨¢biles manos y las selectas hierbas que usaba eran efectivas en sus pacientes casi al instante. Se gan¨® un gran renombre por ello. Y t¨², te pareces mucho a ella cuando ten¨ªa tu edad¡­ Tambi¨¦n ella volv¨ªa bobos a los hombres¡­ Su abuela hab¨ªa sido curandera. Eso era algo que Eladien ya sab¨ªa, pero¡­ No, pensar en aquello era absurdo, un sinsentido. No hab¨ªa ninguna raz¨®n para que le hiciera esas preguntas a Nednea. Un sue?o, hab¨ªa sido un sue?o. - Yo no levanto pasiones entre los hombres, Nednea-, Enrojeci¨® al ver a expresi¨®n de Nednea, divertida, y entonces le se?al¨® un grupo de muchachos de su edad que la estaban mirando de reojo, todos con enormes jarras de cerveza en las manos-, Bueno, cambiando de tema¡­ D¨¦jame darte las gracias de nuevo por los vestidos¡­ Son preciosos, y te prometo que los llevar¨¦ con mucho gusto, Nednea. Nednea, con la mano en el coraz¨®n de nuevo, la retir¨® en cuanto Eladien se fij¨® en ello, como si no pasara nada, pero su marido le dirigi¨® una mirada ce?uda a la par que preocupada. - Nednea, cari?o, ?est¨¢s bien? ?Vuelves a tener esos pinchazos? Ya dije que no era buena idea salir hoy. Estos d¨ªas ha hecho mucho fr¨ªo¡­ - Tranquilo, Rutgen. Estoy bien, no te preocupes-. Nednea volvi¨® a alisarse la ropa con una mano, como en un gesto inconsciente, pero a los pocos instantes la llev¨® de nuevo al coraz¨®n, dobl¨¢ndose por la cintura, emitiendo un seco gemido y agarrando el mantel de la mesa con la otra mano para mantenerse erguida. - ?Nednea! R¨¢pidamente, antes de que Eladien se diese cuenta de lo que estaba pasando, Rutgen cogi¨® a su mujer con suavidad y la pos¨® en el suelo, sus brazos temblando por el esfuerzo y su cara, sombr¨ªa. - ?Ayuda! ?Mi mujer se ha desmayado! ¨¦rien se acerc¨® corriendo precedida de Jerdse y al llegar ambos se taparon la boca con una mano, con los ojos abiertos a m¨¢s no poder. ¨¦rien se agarr¨® a la falda del vestido de Eladien y escondi¨® la cara. Puso su mano sobre el peque?o hombro de su hermana peque?a y se llev¨® la otra a un costado de la boca. - ?Avisad a Honth! ?R¨¢pido! -. Eladien tuvo que gritar para hacerse o¨ªr sobre la pasmada multitud, pero estuvo segura de que su voz hab¨ªa sonado alta y clara. La noticia de que la se?ora Nednea estaba inconsciente se propag¨® por la plaza como el fuego lo hace en un gallinero, expandi¨¦ndose r¨¢pidamente y haciendo correr a casi todas las personas que se hallaban all¨ª, buscando a Honth, el curandero que ten¨ªan en esa ¨¦poca. Honth tard¨® apenas un minuto en aparecer, con un traje negro de chaqueta, ¨¦sta abierta en esos momentos, dejando ver su blanca camisa, y el pelo, un poco largo, se le hab¨ªa alborotado al correr a toda prisa hacia d¨®nde ellos se encontraban. Sus labios se contrajeron un poco al ver a Nednea en el suelo, pero en un momento estuvo junto a ella, de rodillas y tom¨¢ndole el pulso con una mano a la par que Rutgen le acariciaba la cara a su esposa, pasando dos dedos temblorosos por aquellas mejillas que semejaban cuero puesto mucho rato al sol. - Su pulso es¡­ muy intermitente-, Le tom¨® el pulso tambi¨¦n en las mu?ecas-, y d¨¦bil. Parece que le cuesta trabajo respirar¡­-, Nednea abri¨® un poco los ojos, con aparente dificultad, y estos se fijaron, brillantes como dos perlas, en los de su marido, d¨®nde las l¨¢grimas se le agrupaban, cayendo ya algunas por su cara. Nednea tuvo un espasmo en todo el cuerpo y se incorpor¨® un poco en un r¨¢pido movimiento, con los ojos desorbitados y rojos, moviendo la boca repetidamente. Un sonido seco sal¨ªa de su garganta cada vez que hac¨ªa el intento de coger aire y su rostro empez¨® a pasar del marmoleo blanco al morado, pasando por el verde. Se estaba ahogando-, Aqu¨ª no tengo nada de lo que necesito. ?Maldita sea! La gente se api?aba de cualquier manera a su alrededor, formando un c¨ªrculo de personas con semblantes circunspectos, todos con los ojos fijos en Nednea, que haciendo aquel ruido seco y rasposo se hab¨ªa desplomado en el suelo de nuevo y, con las manos de su marido haciendo almohada bajo su cabeza, la mov¨ªa un poco hacia los lados a causa del mal pulso de Rutgen en esos momentos. - Nednea¡­ Nednea¡­ Ahora no¡­ Mi amor¡­ Nednea¡­ ¨¦rien se apret¨® m¨¢s contra las piernas de Eladien, como si quisiera estar en cualquier lugar menos en ese, y ella, se sent¨ªa igual. Y tambi¨¦n impotente, al no saber qu¨¦ hacer para ayudar a la anciana que hab¨ªa volcado su atenci¨®n en ella desde la muerte de Liley y Treman. La mujer que hab¨ªa cosido vestidos para ella en casi todos sus cumplea?os. La mujer que se hallaba ahora tirada ante ella sin que pudiera hacer nada para evitar lo inevitable. Como hab¨ªa ocurrido con sus padres. Nada que poder hacer. - Alguien deber¨¢ ir hasta mi casa y coger las siguientes cosas¡­ Pero Eladien apenas escuchaba, sumida en un recuerdo que la persegu¨ªa sin tregua. Tampoco se dio cuenta de que Niwan sali¨® corriendo por el pasillo humano que se cre¨® al moverse todos hacia un lado, subiendo los escalones de tres en tres. Solo ten¨ªa ojos para los de Nednea, que en esos momentos la miraba con intensidad, mientras trataba con visible esfuerzo de que no se le cerraran, y fue entonces cuando Eladien, o mejor dicho, el cuerpo de Eladien, recibi¨® una orden de su subconsciente. Dej¨® a ¨¦rien con la se?ora Suyi, quien se hab¨ªa acercado y estaba sentada en una silla, con las manos tap¨¢ndole la cara, y avanz¨® el trecho que la separaba de Nednea, con el ¨²nico sonido en el aire que el de su falda al moverse. Al llegar a la anciana, postrada en el suelo, con los ojos m¨¢s abiertos que antes e inyectados en sangre, se arrodill¨® junto a ella y tom¨® una de sus manos entre las suyas, cerr¨¢ndolas suavemente. Honth dio un paso hacia ella y le dijo suavemente que se apartara, que no hab¨ªa que alterarla, pero Rutgen, alternando la mirada entre su esposa y Eladien, alz¨® la cabeza con la determinaci¨®n grabada a fuego en sus ojos, una determinaci¨®n tan patente que Honth, cauteloso, se qued¨® a medio dar un paso. Pero a Eladien no le importaba nada de todo aquello, no en ese momento. Su mente estaba concentrada en otra cosa. Respir¨® hondo y dej¨® que la tensi¨®n que hab¨ªa en su cuerpo se disipara, relajando todos los m¨²sculos, controlando la respiraci¨®n hasta bajarla a un ritmo lento, as¨ª como los latidos de su coraz¨®n, que empez¨® a bombear m¨¢s despacio. Se concentr¨® en sus manos, en sus dedos, u?as¡­y al hacerlo, not¨® las de Nednea, fr¨ªas, temblorosas y d¨¦biles. - Conozco esa mirada¡­ Se levantaron cuchicheos del c¨ªrculo de gente que observaba, pero Eladien hizo caso omiso de todo cuanto la rodeaba. Cerr¨® los ojos, centr¨¢ndose no en lo que ve¨ªa, sino en lo que sent¨ªa, y de sus manos pas¨® a las de la mujer mayor, notando cada pliegue de su piel, cada arruga, cada poro. De ah¨ª de fue subiendo, pasando por sus brazos, agarrotados por el miedo, sus axilas, sudorosas, y finalmente a su pecho, el cual notaba contra¨ªdo, claustrof¨®bico. Pod¨ªa notar como su coraz¨®n empezaba a latir m¨¢s y m¨¢s despacio, como su respiraci¨®n dejaba de estar agitada para¡­esfumarse. Sent¨ªa como la vida abandonaba ese cuerpo, como todo vestigio de una esplendorosa salud cultivada muchos a?os atr¨¢s se alejaba para dar paso a algo sin duda perentorio, pero al fin, encontr¨® lo que buscaba. Un punto de luz titilaba d¨¦bilmente casi en el centro de su pecho, pero tras cada aumento de luz, parpadeaba, desapareciendo para aparecer de nuevo, iluminando menos que antes. No sab¨ªa por qu¨¦ lo hac¨ªa, pero tras aspirar sonoramente aire por la boca, not¨® como algo flu¨ªa en el interior de su cuerpo. Como algo se agitaba. Sent¨ªa como su cuerpo desfallec¨ªa cuando poco a poco, aquel fluido pas¨® desde sus manos a las de Nednea y c¨®mo el cuerpo de la otra mujer vibraba al recibir aquello. De la misma manera que hab¨ªa hecho antes, haci¨¦ndolo sin tener idea de c¨®mo ni por qu¨¦, como si de un sue?o se tratara, control¨® el flujo que conectaba sus cuerpos y lo dirigi¨® al pecho de Nednea, d¨®nde aquel punto blanco brillaba ya mortecinamente. Orden¨® a su energ¨ªa vital ( era la ¨²nica explicaci¨®n que se le ocurr¨ªa) que rodeara aquella luz, envolvi¨¦ndola con su calor para acto seguido, atravesarla e infundirle la suya propia, dejando a Eladien d¨¦bil y fr¨ªa cuando aquella luz, antes d¨¦bil y de apariencia ef¨ªmera, empez¨® a absorber su energ¨ªa vital sin que ella pudiera hacer nada para impedirlo, pues no se sent¨ªa capaz de retirar el flujo que la conectaba con ella y con aquel punto ahora brillante y m¨¢s grande que antes, creciendo con cada latido del coraz¨®n de Nednea, ahora fuerte y con un ritmo m¨¢s cercano al habitual. Eladien, asustada y cada vez m¨¢s d¨¦bil, pues el cuerpo de Nednea estaba absorbiendo toda su energ¨ªa, recarg¨¢ndose vorazmente, hizo lo ¨²nico que se le ocurr¨ªa. Lo que su subconsciente le orden¨® hacer. Sin m¨¢s, sin forcejear con aquel lazo que las un¨ªa. Simplemente, lo cort¨®. Dej¨® de concentrarse y, desorientada y con el cuerpo tan dolorido como si hubiese estado nadando durante d¨ªas, mir¨® el rostro de Nednea, un poco menos p¨¢lido que unos instantes atr¨¢s y comprob¨® con dos dedos en las mu?ecas de esta, que su pulso volv¨ªa a ser tan firme como lo estaba el de una persona de su edad. Cansada y abatida, sin poder evitarlo, Eladien se desplom¨® en el suelo, con la cabeza apoyada en las piernas de Nednea. Estaba mareada y¡­confusa. Muy confusa. Abri¨® un poco los ojos y alz¨® la visa para pasarla desde ¨¦rien (a qui¨¦n abrazaba Suyi con sus grandes y regordetes brazos) a la multitud que observaba en silencio, todos con los ojos prendados en ella, algunos cuchicheando en voz baja, rompiendo el angustioso silencio que envolv¨ªa aquella escena. Unas manos la cogieron de los hombros y la recostaron sobre el suelo, posando su cabeza suavemente sobre algo h¨²medo y mullido, lo que agradeci¨® bastante, ya que sent¨ªa que la cabeza iba a estallarle, si es que su cuerpo no lo hac¨ªa antes. A¨²n notaba cada cent¨ªmetro de su piel, cada espasmo que mov¨ªa alg¨²n que otro debilitado m¨²sculo, su coraz¨®n latiendo desbocado al ritmo de su respiraci¨®n, agitada y sonora. Dos dedos tocaron su cuello y pudo notar como la sangre palpitaba m¨¢s fuerte en esa zona, aglomer¨¢ndose. ?Hac¨ªa fr¨ªo? Sent¨ªa el cuerpo helado¡­ Intent¨® girar la cabeza para buscar a Nednea, pero Honth se lo impidi¨®, levant¨¢ndole los p¨¢rpados con los dedos y acerc¨¢ndose a su cara hasta dejarla a tan solo unos cent¨ªmetros de distancia. Varias gotas de sudor perlaban su frente, peg¨¢ndole al cr¨¢neo unos cuantos mechones de pelo que antes le ca¨ªan libremente y su expresi¨®n, dejaba a las claras la sorpresa. - Est¨¢ bien. Solo necesitas descansar. El vocer¨ªo que hab¨ªa antes en la plaza volvi¨® como una gran tormenta el¨¦ctrica, de forma escandalosa, rellenando cada mil¨ªmetro con voces extra?adas y susurros. - ?Qu¨¦ ha pasado? - ?C¨®mo est¨¢ la se?ora Nednea? Las preguntas se suced¨ªan una tras otra, sin darle tiempo a pensar una respuesta que le sirviera a ella tambi¨¦n, pues no ten¨ªa ni idea de lo que hab¨ªa sucedido. S¨®lo¡­ hab¨ªa hecho algo que sab¨ªa c¨®mo hacer¡­ Pero no sab¨ªa por qu¨¦¡­ Ni c¨®mo. Hab¨ªa sido¡­como si su cuerpo se moviese solo, recibiendo ¨®rdenes de la parte de su subconsciente que ella no controlaba. Abri¨® la boca varias veces para contestar, pero Honth le puso el dedo ¨ªndice sobre los labios, dici¨¦ndole sin hablar que guardara silencio. - Nednea¡­ Mi amor¡­-, Las dem¨¢s voces se acallaron en cuanto se alz¨® la de Rutgen, sumiendo la noche en un emotivo silencio que pon¨ªa de manifiesto las circunstancias del momento-, Honth, por favor, ?puedes mirar c¨®mo est¨¢? - Claro, Rutgen. Descansa, Eladien-. Eladien ve¨ªa borroso el rostro de Honth y sus palabras le llegaban casi inaudibles y entrecortadas, pero aun as¨ª permaneci¨® en el suelo, mirando el cielo cargado de estrellas sin ser capaz de mover un solo m¨²sculo de su cuerpo sin sentir un punzante dolor. Una silueta que no fue capaz de descifrar se recort¨® bajo las estrellas y se sent¨® a su lado, poni¨¦ndole una mano en la frente y d¨¢ndole un suave pero tierno beso en la mejilla. Se esforz¨® en reconocer a aquella persona que en aquellos momentos la abrazaba con fuerza mientras sus l¨¢grimas ca¨ªan en su pecho, pero no le hizo falta verla para saber que se trataba de ¨¦rien, pues el olor de su perfume era inconfundible. - Es imposible¡­-, Las palabras de Honth flotaron en el aire y llegaron hasta sus o¨ªdos, pero Eladien no les prestaba atenci¨®n; solo era capaz de notar el conocido abrazo de su hermana-, Est¨¢¡­ est¨¢ bien. Solo est¨¢ inconsciente, pero su pulso ha vuelto a la normalidad y su respiraci¨®n vuelve a ser la de siempre¡­-, Se sent¨ªa aturdida¡­mareada y notaba como si le hubieran arrancado una parte de su ser¡­ sent¨ªa como el vac¨ªo flotaba en su cuerpo, c¨®mo aquello que hab¨ªa pasado al cuerpo de Nednea gritaba su ausencia. El abrazo de ¨¦rien aument¨® de intensidad y con un gran esfuerzo, Eladien alz¨® un brazo para rodear la cintura de esta y hacerle saber que estaba bien-, Me pregunto c¨®mo¡­ El sonido de unos pasos le hizo saber que Honth volv¨ªa a su lado y no pudo m¨¢s que reprimir un escalofr¨ªo como pudo, asustada por la idea de tener que explicar c¨®mo hab¨ªa hecho lo que ni ella misma entend¨ªa. Sin embargo, Honth, simplemente se postr¨® encima suyo, examinando sus ojos de cerca y tomando su pulso cada dos por tres, para luego poner una mano sobre su frente y volver a repetir todo el proceso, como si pensara que la salud de Eladien pudiera cambiar de un momento a otro. - La se?ora Nednea est¨¢ bien. - ?Qu¨¦ ha pasado? - Mirad, Eladien tambi¨¦n est¨¢ en el suelo. No parece encontrarse bien. - ?Hab¨¦is visto como temblaba Nednea cuando la ha cogido de la mano? Los murmullos no tardaron en esparcirse de nuevo por toda la plaza, todos bien compaginados con las variadas expresiones de quienes hablaban. - ?Qu¨¦ ha hecho Eladien? ?La ha salvado ella? - Eladien-, Honth le abri¨® un poco los ojos con las yemas de sus dedos y con la otra mano movi¨® su dedo ¨ªndice de un lado a otro, el cu¨¢l era para ella un palo desdibujado que se mec¨ªa en un mareante comp¨¢s. Sent¨ªa ganas de vomitar, pero sus m¨²sculos se negaban a ponerse de acuerdo incluso para esa involuntaria e inevitable acci¨®n-, No s¨¦ c¨®mo lo has hecho¡­pero, indudablemente, has salvado a la se?ora Nednea¡­ Tranquila, no voy a pedirte que me expliques nada, por ahora. Ahora te toca descansar. - Eladien¡­ Eladien, a¨²n absorta en sus pensamientos y ajena a todo cuanto ocurr¨ªa a su alrededor, se sobresalt¨® al o¨ªr la voz de Nednea, que, aunque entrecortada, sonaba mucho mejor que aquellos lastimeros gemidos que produc¨ªa unos minutos atr¨¢s. - Nednea¡­ amor¡­ No hables, descansa. - Mirad, la se?ora Nednea se est¨¢ levantando¡­ - Ahora tiene mucho mejor aspecto. Eladien, juntando todas las fuerzas de las que dispon¨ªa y sabiendo el dolor que aquello le implicar¨ªa, gir¨® la cabeza poco a poco, buscando la silueta de Nednea, la cual reconoci¨® al instante a pesar de los puntitos negros que danzaban ante ella. Tambi¨¦n logr¨® vislumbrar a Rutgen, inclinado sobre su esposa mientras le daba besos en ambas mejillas y le susurraba palabras tranquilizadoras. Alz¨® la vista y examin¨® al c¨ªrculo de personas que los rodeaban, todos variando sus miradas entre Nednea y ella. Mir¨® a ¨¦rien, qui¨¦n se enjuagaba las l¨¢grimas con el dorso de la mano y finalmente a Honth, qui¨¦n acuclillado al lado de Nednea la miraba con una ceja enarcada. - Eladien¡­ Gracias-, Nednea tambi¨¦n la miraba, con los ojos vidriosos, ya no tan rojos como antes y con el color de su rostro m¨¢s cercano al habitual. Eladien, simplemente, no pod¨ªa creerlo. Apenas unos instantes atr¨¢s la muerte se estaba apoderando de ella y ahora¡­estaba tan sana c¨®mo lo hab¨ªa estado al inicio del festival, gracias a algo que ella hab¨ªa¡­ hecho-, A esto me refer¨ªa cuando te dec¨ªa que te pareces mucho a tu abuela. Tu abuela Eithenalle¡­ Ella-, Nednea tosi¨® un poco y se llev¨® una mano a la boca, pero no por ello dej¨® de hablar. Eladien estaba¡­abrumada-, Tambi¨¦n hac¨ªa esto.