《Candado (La Boina Azul) [spanish]》 EL CONSRUCTOR Y LA MADRE LIBERTAD Ellos son y a la vez no son humanos, siempre pens¨¦ que la luz de mi l¨¢mpara bastaba para acabar con la oscuridad, pero no es as¨ª, el mundo es oscuro y tenebroso, tanto que mi luz no alcanza para iluminar mi amado mundo. Ellos no respetan la vida, ni le guardan respeto a nuestra naturaleza, para ellos es f¨¢cil abusar de ella como siempre ha estado all¨ª para nosotros, la saquean, profanan y destruyen. Mientras exista el hombre siempre habr¨¢ conflicto. Nuestros padres nos educan para no cometer errores, pero son est¨²pidos, nos ense?an un camino inexistente que hasta ellos mismos no lo siguen, nos ense?an cosas que ni ellos creen. Me he hartado de los adultos, se creen el centro del mundo, creen que pueden causar guerras, arrebatar la vida de los seres vivos y decidir que est¨¢ bien y que est¨¢ mal, no son nadie, se nos otorg¨® este don porque somos el futuro de este mundo p¨²trido y nada ni nadie tiene el derecho de dictarnos qu¨¦ hacer con nuestro don. Por eso envi¨® este mensaje para que sepas que no est¨¢s solo, si quieres erradicar la oscuridad de este mundo necesitar¨¦ tu luz, porque juntos podemos hacer grandes cambios por el bien de nuestros hermanos. ¨²nete a los Circuitos y ay¨²dame a ayudarte, no lo hagas por mi hazlo por ti, recuerda que yo estar¨¦ all¨ª si me necesitas. Por la paz, por la justicia y por sobre todo, por el Circuito. T¨¢natos, el constructor Hace aproximadamente un siglo, una piedra proveniente del espacio impact¨® en nuestro mundo. En ese momento, muchos cre¨ªan que ser¨ªa solo otra de las miles que caen o cruzan los cielos. Sin embargo, la realidad fue distinta, ya que este acontecimiento cambiar¨ªa el curso de la historia para siempre. Dentro del ser humano se aloj¨® una porci¨®n de esa roca, conviviendo con la humanidad hasta nuestros d¨ªas. A esta manifestaci¨®n se le denomin¨® "Segunda alma" o "Esp¨ªritu M¨¢gico". Con la llegada de este suceso, la mayor¨ªa de las personas adquirieron poderes, y a partir de entonces, todo cambi¨® dr¨¢sticamente. Estos dones surgieron en los ni?os, un fen¨®meno inexplicable en cuanto a su origen. El mundo se sumi¨® en la oscuridad y el peligro, mientras los ni?os eran f¨¢cilmente corrompidos y los que resist¨ªan eran vencidos por los m¨¢s fuertes. En medio del caos y la destrucci¨®n, emergi¨® ¨¦l, una figura que hab¨ªa acumulado seguidores a lo largo de los a?os. Aunque su nombre era un misterio, se hac¨ªa llamar T¨¢natos. Su elocuencia persuasiva inspir¨® a sus seguidores a buscar orden en un mundo desgarrado por conflictos constantes. Sin embargo, todo era una mera farsa, ya que su verdadero objetivo era someternos a todos bajo su dominio. Los peque?os grupos de seguidores de T¨¢natos, conocidos como el Circuito, arrasaron con todo lo que encontraron a su paso. Los desvalidos ante un ej¨¦rcito organizado y liderado por T¨¢natos perdieron sus libertades y derechos. En apenas tres meses, la humanidad qued¨® subyugada por el Circuito, las voces de oposici¨®n fueron apagadas una tras otra, dejando ¨²nicamente el eco de T¨¢natos, el arquitecto de esta nueva realidad. Poco a poco, el mundo fue olvidando lo que significaba la libertad, bajo treinta meses de gobierno absoluto. No obstante, un rayo de esperanza, que hab¨ªa desaparecido en todos los rincones del mundo, resplandeci¨® en el coraz¨®n de ¨¢frica. Una ni?a anhelaba recobrar su libertad, incluso mientras era destinada a las minas donde los esclavos de T¨¢natos eran enviados. Su nombre era Ndereba Harambee. Su madre hab¨ªa fallecido al darle vida, y su padre muri¨® cuando ella ten¨ªa once a?os. Las condiciones en las que viv¨ªa su padre lo llevaron a padecer enfermedades card¨ªacas. A pesar de ello, luch¨® por mantener a su ¨²nica hija. Cuando la mina colaps¨® sobre ¨¦l, nadie extendi¨® una mano para ayudar, ni siquiera los supervisores Circuistas. Harambee grit¨® y suplic¨® auxilio a sus amos, pero estos se burlaron de ella. De rodillas, sobre el suelo rocoso y afilado, rog¨® que rescataran a su padre. ¨¦l era todo lo que ten¨ªa en la vida, pero los guardias continuaron burl¨¢ndose. En los ¨²ltimos momentos de agon¨ªa y sufrimiento, su padre reuni¨® las ¨²ltimas fuerzas que le quedaban para tomar la mano de su hija y transmitirle sus ¨²ltimas lecciones. "Nunca te rindas, lucha por tu libertad, nunca... nunca uses el don que te ha sido otorgado para hacer da?o, ¨²salo para el bien. Por favor, nunca recurras a la venganza". Con estas palabras, yaciendo en el suelo abatido, abraz¨® por ¨²ltima vez a su peque?a, entregando su ¨²ltimo aliento en los delicados brazos de su amada hija. Su cuerpo fue arrojado de manera despectiva en una fosa com¨²n. Harambee no pudo hacer nada para asegurar un entierro respetuoso para su padre, en su lugar recibi¨® golpizas por parte de sus opresores. Sin embargo, las circunstancias no mejoraron para ella. Tras la muerte de su padre, su carga de trabajo se increment¨® a dieciocho horas y su per¨ªodo de descanso se redujo de cuatro a dos horas. As¨ª transcurrieron dos largos meses en medio de ese tormento. Lentamente, su deseo de vivir se esfumaba. Los grilletes en sus tobillos quemaban y causaban dolor noche tras noche, d¨ªa tras d¨ªa. No hab¨ªa escapatoria de ese sufrimiento. Llorando, maldec¨ªa su existencia. Mientras dorm¨ªa, hablaba con su difunto padre, expresando que ya no pod¨ªa continuar, que no soportaba el dolor, el fr¨ªo, el calor, el hambre, la sed y el agotamiento. Cargaba con todo esto, ya no deseaba seguir adelante. Finalmente, un d¨ªa intent¨® quitarse la vida ahorc¨¢ndose. Sin embargo, cuando estaba a punto de llevar a cabo su triste decisi¨®n, observ¨® a trav¨¦s de la ventana de su modesta morada a una ni?a un poco m¨¢s joven que ella, suplicando ayuda para su madre, que se encontraba gravemente enferma. La madre se hab¨ªa desmayado en plena calle debido a la falta de alimento y los continuos trabajos forzados a los que era sometida. Y para colmo, estaba siendo golpeada en el suelo, mientras la ni?a intentaba detener a los maltratadores, aunque ella tambi¨¦n era v¨ªctima de los abusos. Harambee se vio reflejada en esa ni?a y desde la ventana de su casa, sinti¨® una inmensa indignaci¨®n que recorri¨® todo su ser. Fue en ese momento que Harambee tom¨® una roca que sosten¨ªa con su mano izquierda y, con la fuerza de su pu?o, la destroz¨®. Esa misma roca que pensaba usar para atarla a su pierna y acelerar su propia muerte sin dolor. La ni?a, harta de presenciar semejante escena horripilante, sali¨® de su casa y corri¨® hacia donde la tragedia ten¨ªa lugar. Mientras un guardia se preparaba para golpear a la ni?a con un palo de hierro, con la intenci¨®n de infligir sufrimiento a los esclavos, Harambee apareci¨® tras ¨¦l y le arrebat¨® el arma de las manos. Aunque el guardia se cre¨ªa en control, no pudo avanzar al ver c¨®mo Harambee destru¨ªa el palo de hierro con su mano izquierda, pronunciando unas palabras que marcar¨ªan el inicio del fin de los Circuitos: "Ilikuwa ya kutosha" (Basta ya), hablando en su idioma, el suajili. Estas simples palabras hicieron retroceder al guardia, pues nunca hab¨ªan presenciado algo similar y no estaban preparados para esa reacci¨®n. Harambee se abri¨® paso y fue hacia la madre de la ni?a enferma. Sin embargo, el guardia, enojado por el acto de rebeld¨ªa de una "sucia esclava" como ella, arrebat¨® el arma de otro guardia presente y se prepar¨® para golpearla por la espalda. Justo en ese instante, la ni?a empuj¨® a Harambee a un lado, recibiendo ella misma el golpe en lugar de su salvadora. El impacto le rompi¨® la espalda, dej¨¢ndola inconsciente y, adem¨¢s, arrebat¨¢ndole la posibilidad de volver a caminar. En ese momento, los ojos de Harambee se abrieron desmesuradamente al contemplar tan espantosa escena. La espalda de la ni?a estaba cubierta de sangre. Fue entonces cuando Harambee comprendi¨® cu¨¢l era su misi¨®n en la vida: poner fin a la opresi¨®n impuesta por T¨¢natos y su Circuito. Harambee se ergui¨®, sus ojos empezaron a estrecharse por la ira. Su grito de odio liber¨® lo que hab¨ªa guardado en silencio durante a?os. El cielo se cubri¨® de nubes y el cabello de la ni?a cambi¨® de color, dejando atr¨¢s el negro para tornarse blanco. La ira se apoder¨® de su ser, liberando a?os de tiran¨ªa en un solo d¨ªa, todo a trav¨¦s de su grito. El estruendo reson¨® por casi toda la zona, pero no solo eso, su ira le concedi¨® la fuerza necesaria para romper las cadenas que la hab¨ªan atormentado durante casi tres a?os, haci¨¦ndolo con sus propias manos. Los guardias, aterrados ante lo que presenciaban, huyeron del lugar, dejando solo al individuo que hab¨ªa despertado la furia de la joven. Sin embargo, este no se dej¨® intimidar y decidi¨® ense?arle una lecci¨®n. Pero el papel de profesor y alumno se invirti¨® cuando Harambee propin¨® un golpe en el pecho al hombre, dej¨¢ndolo inconsciente al instante. Luego, la lluvia cay¨® sobre Harambee, la mujer y la ni?a, as¨ª como sobre todos los que hab¨ªan sido testigos del acto de rebeld¨ªa que marc¨® el comienzo del fin del Circuito.Love this story? Find the genuine version on the author''s preferred platform and support their work! A la ma?ana siguiente, Harambee se dirigi¨® personalmente a la base militar del Circuito para desafiarla. Usando ¨²nicamente sus poderes, desat¨® fuego, caos y destrucci¨®n, dejando una impresi¨®n imborrable en los circuistas. Su valent¨ªa clandestina se convirti¨® en viral. A pesar de sus esfuerzos por mantener en secreto su revelaci¨®n, no pudo evitar que se difundiera el rumor de que una ni?a llamada Harambee hab¨ªa desafiado al Circuito. Pronto, todo el mundo quer¨ªa ser como ella. Sin embargo, su pa¨ªs a¨²n estaba lejos de ser libre. T¨¢natos manten¨ªa su control implacable, mientras se preparaba para enfrentar a la ¨²nica persona que se hab¨ªa atrevido a desafiarlo. T¨¢natos emprendi¨® su viaje hacia Kenia con un ej¨¦rcito a¨²n m¨¢s numeroso, buscando intimidar tanto a Harambee como a quienes la apoyaban. Pero ya era demasiado tarde, Harambee hab¨ªa ganado la aprobaci¨®n de su pueblo y estos hab¨ªan aprendido a defenderse y controlar sus poderes. En ese momento, T¨¢natos comprendi¨® la amenaza que Harambee representaba para su gobierno. Orden¨® a su ej¨¦rcito que le trajera la cabeza de Harambee, pero ella logr¨® detener al ej¨¦rcito del Circuito y hacerlo retroceder. Nada ni nadie podr¨ªa acabar con su determinaci¨®n de buscar la libertad. As¨ª, lo detuvo y lo rechaz¨® tres veces m¨¢s, hasta que en el cuarto asalto, T¨¢natos mismo tom¨® el centro del escenario. Antes de que pudiera iniciar su ataque, Harambee lo rode¨® y lanz¨® un ataque sorpresa. Aunque T¨¢natos no pudo reaccionar a tiempo, logr¨® mantenerse en pie y luchar. Fue en ese momento que Harambee se lanz¨® al ataque montada en un le¨®n, un animal que hab¨ªa rescatado de las garras de los circuistas que lo usaban para lastimarlo. Con su lanza de oro, un regalo que hab¨ªa recibido de algunos se?ores k?k?y? como muestra de gratitud por sus habilidades y liderazgo, lider¨® la ofensiva. T¨¢natos se sinti¨® deslumbrado al enfrentar a su oponente, una simple ni?a (aparentemente de entre 16 y 18 a?os, su edad segu¨ªa siendo desconocida). Su rabia se transform¨® en una sonrisa y carcajadas. No pod¨ªa creer que alguien como ella le estuviera causando problemas. En ese instante, Harambee liber¨® toda su ira contra el individuo que hab¨ªa causado sufrimiento a su gente. La lucha entre sus poderes se intensific¨®: la astucia e inteligencia de la joven contra la fuerza y agilidad de T¨¢natos, lanza contra guada?a. El destino de la humanidad pend¨ªa de un hilo en esa batalla. Finalmente, Harambee arremeti¨® con su lanza en medio del pecho de T¨¢natos. El grito de Ndereba expresaba su ira, su gran enemigo fue atravesado por la lanza. A pesar de que T¨¢natos era inmortal, sobrevivi¨® al ataque, pero qued¨® debilitado. A consecuencia de esto, T¨¢natos cay¨® en medio de la batalla a sus pies, pero ella no pudo o no tuvo tiempo de hacerle algo. Los circuistas tomaron a su l¨ªder y huyeron al g¨¦lido desierto de la Ant¨¢rtida, abandonando ese lugar para siempre. Mientras tanto, Harambee ascendi¨® a la cima del monte Kenia, alz¨® su lanza y grit¨® de victoria. Por fin, Kenia era libre, gracias a la batalla que el mundo entero recordar¨ªa como "La Batalla de la Esperanza", liderada por Ndereba Harambee. El golpe de perder Kenia fue devastador. Lentamente, m¨¢s pa¨ªses se enteraron de las valientes haza?as de Ndereba Harambee y su lucha contra el imperio del Circuito. Todos adoptaron su nombre en nombre de la libertad y la igualdad. En ese momento, la gente tom¨® las riendas y luch¨® por sus familias y patrias. Los Circuitos, lejos de poder frenar a los revolucionarios, recurrieron a medidas extremas como amenazas y torturas, pero nada surt¨ªa efecto. El deseo de recuperar la libertad se hab¨ªa propagado por todo el mundo y era imposible detener ese sentimiento. T¨¢natos, quien a¨²n no se hab¨ªa recuperado de sus heridas de la ¨²ltima batalla, comenz¨® a odiar a la ni?a que se hab¨ªa atrevido a enfrentarlo. Se sent¨ªa impotente al no poder seguir combatiendo contra su m¨¢s grande enemiga. Las luchas continuaron sin cesar hasta que el ¨²ltimo pa¨ªs bajo el dominio de los Circuitos, Inglaterra, fue finalmente liberado por el ej¨¦rcito revolucionario conocido como los Highlanders. Estos tomaron el palacio de Hampton Court en Londres, la sede del poder del Circuito, dej¨¢ndolos acorralados en el fr¨ªo desierto de la Ant¨¢rtida y sin m¨¢s colonias por conquistar. En ese instante, Harambee cre¨® los gremios, peque?as organizaciones encargadas de defender a sus familias y patrias. La idea se difundi¨® por todo el mundo para que, si el Circuito intentara regresar, se enfrentara a personas capacitadas y entrenadas, evitando as¨ª ser nuevamente oprimidos. Harambee permaneci¨® en su tierra natal con su nueva familia: su hermana y su madre, las mismas personas a las que hab¨ªa salvado tiempo atr¨¢s. Aunque su hermana nunca volvi¨® a caminar, ambas eran felices y compart¨ªan alegr¨ªa al estar juntas. Para Harambee, esa era su nueva familia y su nuevo prop¨®sito: protegerlas. Sin embargo, todo esto a¨²n no hab¨ªa terminado. T¨¢natos intent¨® una y otra vez regresar. Su ej¨¦rcito se camufl¨® como personas comunes y desde las sombras intent¨® provocar golpes de estado en varias naciones, a menudo estando cerca del ¨¦xito. Fue entonces cuando un joven llamado Iv¨¢n Crusoe se dio cuenta de que era solo cuesti¨®n de tiempo antes de que el temible sujeto regresara y perturbara la paz una vez m¨¢s. Iv¨¢n comparti¨® su idea con el mundo, escribiendo miles de cartas en diferentes idiomas para expresarla. Sin embargo, su idea fue rechazada por muchas naciones y pol¨ªticos importantes, como era de esperar. Hasta que las cartas llegaron a manos de seis ni?os de distintas nacionalidades: Jack Barret, Rosa Vel¨¢zquez, Alex Bernstein, Shen Jun Li, Chizuru Aikawa y, por supuesto, Ndereba Harambee. Estos siete ni?os de diferentes pa¨ªses unieron sus recursos para cumplir su sue?o m¨¢s anhelado: detener a T¨¢natos. Se reunieron en Versalles y planearon la creaci¨®n de una nueva organizaci¨®n, la Organizaci¨®n Mundial de Gremios Adjuntos, abreviada como O.M.G.A. Su misi¨®n ser¨ªa ayudar a todos los gremios del mundo cuya ubicaci¨®n se encontrara en una isla emergida entre Sudam¨¦rica y ¨¢frica. Iv¨¢n y Harambee se dieron cuenta de que la ¨²nica forma de vencer a un ej¨¦rcito como el Circuito era crear uno propio, capacitado y entrenado. En ese momento, Tanatos se recuper¨® de sus heridas despu¨¦s de varios a?os y decidi¨® atacar nuevamente a la humanidad. Harambee no tendr¨ªa que enfrentarlo sola esta vez, ya que contar¨ªa con la ayuda de sus amigos. A pesar de luchar con habilidad, Harambee se encontr¨® en desventaja contra un T¨¢natos que ya no era el mismo, sino mucho m¨¢s poderoso. En el a?o 1920, en la cima de las monta?as del T¨ªbet, se libr¨® la ¨²ltima batalla entre los gremios y los circuitos. T¨¢natos se enfrent¨® a los presidentes de la organizaci¨®n y da?¨® a todos. Fue en ese preciso instante que Alex Bernstein sacrific¨® su vida por sus compa?eros, recibiendo el impacto de la energ¨ªa enemiga, lo que desat¨® la furia de todos. Jack cort¨® los tendones de T¨¢natos con su fac¨®n, Shen bloque¨® su energ¨ªa maldita con un golpe en el pecho, Rosa desarm¨® a T¨¢natos con su incre¨ªble fuerza y habilidades, Iv¨¢n protegi¨® a sus amigos con su magia de combate especial, Chizuru lo golpe¨® con todas sus fuerzas y lo arroj¨® al cielo utilizando sus poderes del viento. Finalmente, Ndereba Harambee asest¨® el golpe final con su lanza de oro en el pecho de T¨¢natos, pronunciando un hechizo en suajili que lo encerr¨® en un cofre, poniendo fin al mal de una vez por todas. Los sobrevivientes regresaron a sus hogares y vivieron en el anonimato, por un tiempo, poniendo fin a la injusticia y, por supuesto, a T¨¢natos. Decidieron a?adir una letra m¨¢s a la organizaci¨®n, que pas¨® a llamarse O.M.G.A.B. (Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein) en honor a Alex Bernstein, quien hab¨ªa muerto de manera heroica. Despu¨¦s de la derrota de T¨¢natos, cada uno sigui¨® su camino. Harambee regres¨® a su hogar y vivi¨® hasta su fallecimiento, honrada con la mayor gloria que alguien podr¨ªa alcanzar. Shen regres¨® a su patria y contribuy¨® significativamente a la formaci¨®n de la Rep¨²blica China. Chizuru se cas¨® con Iv¨¢n Crusoe y juntos abandonaron la O.M.G.A.B., dejando sus cargos a sus hijos. Rosa dej¨® de lado sus diferencias con Jack y se cas¨® con ¨¦l, demostrando que el amor pod¨ªa superar el odio. Hasta el d¨ªa de hoy, los gremios y la O.M.G.A.B. siguen funcionando como entidades importantes. Sus pol¨ªticas fueron aceptadas en todo el mundo, aunque el Circuito todav¨ªa contin¨²a en guerra. A pesar de esto, su aceptaci¨®n tambi¨¦n es amplia, ya que sus ideales iniciales eran la paz y la eliminaci¨®n de las fronteras entre naciones. Sin embargo, lo m¨¢s destacado es que Ndereba Harambee seguir¨¢ siendo un ¨ªcono en la lucha contra el Circuito, y su nombre ser¨¢ recordado una y otra vez como "Harambee, la madre de la libertad". EL NI?O Su nombre es Candado Ern¨¦st Catriel Barret, un joven de doce a?os que asiste a una escuela p¨²blica en un pueblo llamado Isla del Cerrito. A simple vista, podr¨ªa parecer una persona peculiar, pero perm¨ªteme asegurarte que Candado Barret no es en absoluto alguien fuera de lo com¨²n. Cuando era peque?o, su curiosidad por el funcionamiento de las cosas lo condujo a una transformaci¨®n de un ni?o com¨²n y corriente en un joven responsable. Aunque el motivo detr¨¢s de esta metamorfosis resulta bastante enigm¨¢tico, no es relevante en ¨²ltima instancia. Su nombre encuentra su origen el 12 de noviembre de 1915. Jack Barret, el progenitor de la familia, recibi¨® de Rosa Vel¨¢zquez, representante de Paraguay, un regalo muy especial: un candado moldeado con piedras preciosas, formando un collar. A pesar de que ella carec¨ªa de recursos para un regalo m¨¢s elaborado, aquel candado fue acogido con afecto por ¨¦l y esa noche sellaron su amor con un beso, compartiendo sus d¨ªas hasta el final de sus vidas. De este suceso surgir¨ªa su llamativo nombre, y adem¨¢s, la palabra "Candado" se relaciona con el cargo de "presidente" en Kanghar. Aunque esta relaci¨®n puede resultar confusa, su nombre tiene sus ra¨ªces en esta historia, la cual Europa, su madre, apreciaba profundamente en su ni?ez. En el a?o 2000, tras 85 a?os de los acontecimientos mencionados, naci¨® un var¨®n fruto de Europa Barret y Arturo Barret. Juntos, decidieron bautizar a su hijo con el nombre de Candado Ern¨¦st Catriel Barret. Jack, quien a¨²n estaba vivo y junto a su esposa eran de los ¨²ltimos sobrevivientes de "La era de los h¨¦roes", tuvieron el privilegio de presenciar el nacimiento de su segundo bisnieto. Sonrieron al saber que su nombre reflejaba la coyuntura hist¨®rica. El ni?o naci¨® sano y mostr¨® una determinaci¨®n impresionante, lo que llevaba a menudo a sus padres a cuestionarse de qui¨¦n de los dos hab¨ªa heredado su comportamiento. M¨¢s all¨¢ de eso, hab¨ªa tomado de su padre los ojos marrones, su habilidad para comunicarse y una piel de tono medio. Del lado materno, hered¨® el cabello casta?o oscuro, la elegancia, los rasgos faciales, la estructura de su rostro (podr¨ªa haberse confundido f¨¢cilmente con una mujer si se disfrazaba) y su seriedad. En cuanto a su curiosidad, l¨®gica e inter¨¦s por lo indescifrable, as¨ª como su pasi¨®n por la comprensi¨®n sociol¨®gica, filos¨®fica y pol¨ªtica, hab¨ªa desarrollado estas cualidades por s¨ª mismo, con el apoyo de su entorno familiar. Candado era el segundo hijo, con trece a?os, de su hermana Gabriela Esperanza, a quien admiraba y quer¨ªa profundamente. ¨¦l fue el ¨²nico entre sus hermanas en tener un guardi¨¢n, al que la familia llamaba "Bari" y cuyo nombre era T¨ªnbari. Aunque su apariencia resultaba aterradora, tanto Candado como Gabriela lo consideraban parte integral de la familia, y T¨ªnbari los quer¨ªa como a sus propios hijos, comprometido incluso a dar su vida por ellos. En su cuarto cumplea?os, Candado recibi¨® un regalo muy especial de su abuelo, Alfred Barret: un robot fabricado con sus propias manos y al que llam¨® Clementina Versi¨®n 02. Esta m¨¢quina se convirti¨® en su primera amiga y en una leal sirviente de la familia Barret. Un a?o despu¨¦s, el se?or Jack falleci¨® en oto?o de 2005 a la edad de 105 a?os. Candado sinti¨® pena y tristeza; ese mismo dolor lo compartieron su hijo Alfred, su nieta Europa y su bisnieta Gabriela. Sin embargo, despu¨¦s de dos d¨ªas, ¨¦l se recuper¨® de la muerte de su bisabuelo y sigui¨® adelante, ya que no entend¨ªa completamente el concepto de la muerte. Para ¨¦l, morir era como irse de viaje de ida y vuelta; pensaba que su bisabuelo regresar¨ªa alg¨²n d¨ªa. Seis meses despu¨¦s del fallecimiento de Jack Barret, Candado continu¨® con su vida en el jard¨ªn de infantes. All¨ª conoci¨® a H¨¦ctor, un ni?o de cabello blanco, incluso en las cejas, como si tuviera canas. Despu¨¦s de que Candado tuvo un ataque de ira hacia un compa?ero que le hab¨ªa robado y escondido su boina, H¨¦ctor intervino y lo detuvo, recibiendo un pu?etazo en la cara por parte de Candado, que termin¨® arrastr¨¢ndolo por el suelo. Fue la primera vez que Candado mostr¨® furia y agresividad hacia otro ser humano. Despu¨¦s de esa experiencia, Candado se sinti¨® muy apenado y no quiso regresar al jard¨ªn, temiendo que su ira lastimara a alguien m¨¢s. Estuvo as¨ª durante dos d¨ªas hasta que, en el tercer d¨ªa, mientras estaba sentado bajo un ¨¢rbol en la plaza, jugando solo con algunas piedritas, recibi¨® una visita inesperada de H¨¦ctor, quien ten¨ªa una venda en la mejilla. H¨¦ctor le suplic¨® a Candado que regresara a la escuela, que no se preocupara por lo que hab¨ªa sucedido y que mirara hacia el futuro. Tom¨® la mano de Candado y lo puso de pie. Luego lo mir¨® y le pidi¨® que lo acompa?ara al jard¨ªn. Ese mismo d¨ªa, por la tarde, Candado invit¨® a H¨¦ctor a su casa y le regal¨® una corbata de seda blanca, ya que compart¨ªan el gusto por vestir formalmente. Ese d¨ªa marc¨® el inicio de una gran amistad entre H¨¦ctor y Candado. Los a?os pasaron, y Candado se convirti¨® en un ni?o maduro y responsable. En ese momento, ten¨ªa nueve a?os. Gabriela ya hab¨ªa cumplido diecisiete a?os y ten¨ªa una nueva hermana que ten¨ªa solo unas semanas de nacida. Candado sinti¨® una gran empat¨ªa y la responsabilidad de cuidar a su hermana desde entonces. Sin embargo, mientras ¨¦l se manten¨ªa fuerte, saludable y alegre, su hermana comenz¨® a debilitarse y deteriorarse. Al principio, no parec¨ªa grave, hasta que un d¨ªa se desmay¨® en la escuela y tuvo que ser llevada al hospital. All¨ª le diagnosticaron una enfermedad que afectaba el sistema circulatorio y los ¨®rganos vitales del cuerpo humano: el coraz¨®n, los pulmones y el cerebro. Seg¨²n los m¨¦dicos, no exist¨ªa cura y tendr¨ªa un desenlace desastroso. Adem¨¢s, no hab¨ªa tratamiento para controlar los s¨ªntomas futuros. La familia Barret todav¨ªa ten¨ªa esperanza de encontrar una cura alg¨²n d¨ªa.If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been unlawfully taken from Royal Road. Please report it. Hasta ese momento, Gabriela, Clementina, H¨¦ctor y algunos de sus amigos, incluyendo al mism¨ªsimo T¨ªnbari, se esforzaron por mantener a Candado distra¨ªdo, jugando y divirti¨¦ndolo, y lo animaron a tener esperanza de que su hermana se recuperar¨ªa. Todo esto lo hac¨ªan para mantener al ni?o alegre y esperanzado. Un a?o despu¨¦s de la terrible noticia sobre su hermana, lleg¨® el d¨¦cimo cumplea?os de Candado, y todos se reunieron para desearle un feliz cumplea?os y darle regalos. Mientras recib¨ªa los obsequios de los invitados uno por uno, su hermana decidi¨® entregarle un regalo muy especial. Gabriela, quien ya se encontraba en una silla de ruedas debido al avance de su enfermedad, le regal¨® un collar de plata con un sol de oro cuyo rostro era id¨¦ntico al de la bandera de Argentina. Gabriela coloc¨® el collar alrededor de su cuello y le dio un beso en la frente mientras le dec¨ªa "feliz cumplea?os". Candado la abraz¨® con una sonrisa en su rostro y le prometi¨® que la proteger¨ªa de cualquier mal y que ¨¦l mismo encontrar¨ªa la cura para su enfermedad. En ese momento, mientras ten¨ªa a Candado en sus brazos, Gabriela pronunci¨® palabras que se quedar¨ªan grabadas en su memoria desde ese d¨ªa. "Eres un sol que brilla d¨ªa a d¨ªa sobre mi cabeza. Eres una persona muy alegre y amable. Tu amabilidad hizo que Clementina tuviera piel y fuera a la escuela. Tu amabilidad llev¨® a H¨¦ctor a conocer a sus t¨ªos que viv¨ªan en Entre R¨ªos. Y no solo eso, tu amabilidad provoc¨® que tuvieras m¨¢s amigos de los que ten¨ªas antes. Estoy orgullosa de que seas mi hermano, de que hayas puesto en pr¨¢ctica todo lo que se te ha ense?ado, de que tengas m¨¢s amigos y de que compartas la bondad de tu coraz¨®n con todos los que te rodean. Estoy orgullosa de que hayas manejado el gremio Roob¨®leo inteligentemente, ayudando a todos los que te rodean. Y, sobre todo, estoy orgullosa de que mi hermano haya madurado." Candado se desbord¨® de alegr¨ªa y mantuvo el abrazo con su hermana un poco m¨¢s. Estaba lleno de felicidad, y su rostro reflejaba la alegr¨ªa que experimentaba en ese momento. Sin embargo, esa alegr¨ªa no dur¨® mucho, ya que el 15 de noviembre de 2010, aproximadamente a las 4:07 de la ma?ana, Gabriela Esperanza Barret falleci¨® en el Hospital Perrando de Resistencia. Ese d¨ªa estaba lloviendo intensamente. Todos lloraron la p¨¦rdida de Gabriela, incluido Candado, quien lloraba y maldec¨ªa el nombre de Dios todopoderoso. Quer¨ªa que la trajeran de vuelta, pero nada suced¨ªa. En el gremio Roob¨®leo, Candado cay¨® en una profunda crisis de dolor y rabia. Destru¨ªa todo lo que ten¨ªa a su alcance mientras las l¨¢grimas brotaban de sus ojos. Una y otra vez maldec¨ªa el nombre de Dios y se culpaba por no haber podido hacer m¨¢s para protegerla. Sus gritos y s¨²plicas para que ella volviera a la vida resultaron en vano. Ese d¨ªa, tanto sus familiares como sus amigos presenciaron c¨®mo aquel ni?o alegre y feliz se apagaba lentamente, dejando un profundo agujero de dolor en su sensible coraz¨®n. Tres a?os despu¨¦s de los acontecimientos, Candado experiment¨® un cambio radical en su personalidad y en su familia. Los padres de Candado, que antes eran muy cercanos, se distanciaron de su hijo. Trabajaban m¨¢s de lo habitual, no por dinero ni por un futuro mejor, sino porque deseaban pasar menos tiempo en un lugar que les recordaba constantemente a su querida hija Gabriela. Candado, sin tener esta ¨²ltima opci¨®n, tuvo que enfrentar en solitario el dolor de perder a su hermana. Pas¨® de ser una persona alegre y juguetona a convertirse en alguien fr¨ªo, con un coraz¨®n vac¨ªo y lleno de dolor. Pero la historia no termin¨® ah¨ª. En marzo de 2013, en la ciudad de Villa ¨¢ngela, asesinaron a su abuelo, Alfred Barret. A diferencia de cuando perdi¨® a su hermana, Candado no derram¨® l¨¢grimas. Solo observ¨® c¨®mo el ata¨²d de su abuelo se hund¨ªa en la tierra mientras un anciano con una t¨²nica negra recitaba pasajes de la Biblia. Sosteniendo su paraguas, Candado anunci¨® que atrapar¨ªa a los asesinos de su abuelo. Cuando sus amigos H¨¦ctor y Pucheta le preguntaron por qu¨¦ hab¨ªa tomado esa decisi¨®n, ¨¦l respondi¨® de manera cortante. "Porque estoy aburrido." En ese instante, Candado perdi¨® su sensibilidad hacia la muerte de un ser querido. Sus ojos se volvieron vac¨ªos y su forma de hablar se volvi¨® ¨¢spera, perdiendo toda delicadeza. Candado pens¨® que ya hab¨ªa sufrido lo suficiente. Estaba cansado de tener momentos de alegr¨ªa ef¨ªmeros. Su personalidad se cerr¨® definitivamente a cualquier otro contacto humano. Se convirti¨® en una persona seria, fr¨ªa, temeraria, irritable y molesta. Poco a poco, fue perdiendo a muchos de sus amigos, aunque nunca qued¨® completamente solo. Personas como T¨ªnbari, Clementina, H¨¦ctor, German, Anzor, Lucas, Matlotsky, Declan, ¨ªcaro, Viki, Ana Mar¨ªa Pucheta, Logan, Mauricio, Joaqu¨ªn, Diana, Pio, Luc¨ªa, Erika, Walsh, Antonela, Krauser y Frederick permanecieron a su lado. Ellos luchaban cada d¨ªa para ver la sonrisa regresar al rostro de su amigo y no descansar¨ªan hasta lograr que volviera a sonre¨ªr. LA NUEVA ALUMNA Han pasado dos meses desde que el abuelo de Candado fue asesinado en su casa, y hasta el d¨ªa de hoy no se sabe qui¨¦n fue el asesino. La polic¨ªa no hace nada para atrapar al culpable. ¨¦l pensaba que la muerte de su abuelo no era como la de otros asesinatos que ocurren en el pa¨ªs. Esta vez fue muy diferente: lo mataron en su casa, pero no robaron nada. Todos los objetos de valor estaban ah¨ª. Quien lo haya matado lo hizo por razones personales o por alguna otra causa. ¡ªVaya, es extra?o... morir as¨ª sin m¨¢s, no lo creo ¡ªsusurr¨® Candado. Sin embargo, Candado intent¨® dejar de pensar en ello y se concentr¨® en la clase que estaba a punto de comenzar. ¨²ltimamente, Candado no estaba durmiendo bien. Sent¨ªa una molestia en su piel, una sensaci¨®n inc¨®moda que recorr¨ªa todo su cuerpo debido a la incertidumbre sobre lo que le hab¨ªa sucedido a su abuelo. Sab¨ªa que pensar demasiado en ello no lo ayudar¨ªa, as¨ª que sac¨® su libro y comenz¨® a leer. Pero algo capt¨® su atenci¨®n: la clase ya hab¨ªa empezado hac¨ªa veinticuatro minutos y la profesora todav¨ªa no hab¨ªa llegado. Era extra?o que un profesor abandonara la clase de esa manera. Entonces, de repente, la puerta a la derecha se abri¨® y entraron la maestra y el director, acompa?ando a una ni?a de apariencia llamativa. El director tom¨® el borrador del pizarr¨®n y golpe¨® el escritorio siete veces, lo que logr¨® que todos los chicos del sal¨®n se quedaran en silencio. Despu¨¦s de que se hiciera el silencio, el director present¨® a la nueva alumna de la siguiente manera: ¡ªChicos, a partir de hoy, esta ni?a ser¨¢ su compa?era. Sin embargo, como es su primer d¨ªa, ella no quiere decir su nombre. Prefiere presentarse sola y... ¡ªHola a todos, soy Hammya Saillim. ¡ªNo he terminado. ¡ªPerd¨®n. La metida de pata de la ni?a provoc¨® risas en el sal¨®n. ¡ª?SILENCIO! ¡ªgrit¨® el director. Luego, el director busc¨® un asiento disponible para que la ni?a se sentara y finalmente pos¨® sus ojos en Candado. ¡ªMuy bien, aqu¨ª es donde se sentar¨¢ a partir de hoy. ?As¨ª que, NO LA ASUSTEN! Candado no prest¨® atenci¨®n y sigui¨® leyendo su libro. Ni siquiera levant¨® la vista para mirar ni a ¨¦l ni a ella. Esa chica era muy extra?a. Su cabello era de un verde claro, incluyendo sus cejas y sus ojos. Sus ropas tambi¨¦n eran del mismo color y muy llamativas. Sin embargo, Candado apenas la mir¨® de reojo durante nueve segundos y luego volvi¨® a concentrarse en su lectura. Mientras tanto, el director, habiendo terminado su tarea, se despidi¨® de la profesora y de los chicos, saliendo del aula y dirigi¨¦ndose a la direcci¨®n. Cuando la ni?a se sent¨® a su lado, estaba muy nerviosa. Era su primer d¨ªa en esa escuela, y su compa?ero no parec¨ªa ser de mucha ayuda para relajarse. Su expresi¨®n no era muy amigable, y parec¨ªa ser alguien que no sonre¨ªa mucho. Ella pens¨® que ¨¦l le preguntar¨ªa acerca de su cabello en cuanto entrara, debido a c¨®mo la miraban los dem¨¢s, excepto ¨¦l. Aunque ella destacaba por su forma de vestir y su cabello, el muchacho era otra historia. Se vest¨ªa de manera diferente al resto, de manera m¨¢s formal: pantalones negros refinados, chaleco de gala rojo oscuro con una corbata roja, zapatos oscuros y formales, guantes blancos con un s¨ªmbolo extra?o, una boina azul, ojos marrones, una cicatriz en el ojo izquierdo que comenzaba desde debajo de la ceja y llegaba hasta el p¨¢rpado inferior, casi tocando la mejilla. Adem¨¢s, ten¨ªa cabello casta?o oscuro y piel de tono medio blanco. S¨ª, era alguien que pod¨ªa infundir miedo a simple vista, incluso para ella. Las clases continuaron, y la profesora estaba impartiendo una lecci¨®n de lengua, para ser m¨¢s precisa. Sin embargo, ella no sab¨ªa bien qu¨¦ hacer. Aturdida por el temor que le emanaba aquel extra?o ni?o, dej¨® de hacer las tareas por un momento y comenz¨® a mirar a su alrededor. Todos los dem¨¢s estudiantes estaban ocupados haciendo su tarea, excepto el chico que estaba sentado a su lado. La profesora se levant¨® de su escritorio y se dirigi¨® hacia ¨¦l, pregunt¨¢ndole con voz irritada y enojada: ¡ª?SE?OR! ?Por qu¨¦ no est¨¢s haciendo tu tarea? ¡ªinquiri¨® la profesora. ¨¦l la mir¨® con una expresi¨®n seria y respondi¨® de manera tajante: ¡ªTermin¨¦ ¡ªdijo, sacando una hoja de papel debajo de la mesa y mostr¨¢ndosela. La profesora se sinti¨® furiosa al recibir la tarea del chico, aunque trat¨® de disimularlo con una sonrisa de aprobaci¨®n. Sin decir nada m¨¢s, regres¨® a su escritorio marr¨®n y comenz¨® a corregir las tareas que le hab¨ªan entregado. ¡ªAcihn¨¢''wem¨¦k wasetaj (Anciana vaca) ¡ªsusurr¨® Candado mientras le¨ªa. Hammya lo mir¨® y se sorprendi¨® al escuchar un "trabalenguas" bastante complicado proveniente de Candado. El timbre del recreo son¨® con fuerza, y en ese momento, todos los dem¨¢s estudiantes salieron del sal¨®n como si fueran caballos desbocados. Sin embargo, el chico de la boina azul no se levant¨® para unirse a ellos. Permaneci¨® sentado all¨ª, concentrado en la lectura de un libro llamado "El Capital". Entonces, un chico vestido completamente de blanco, incluyendo su cabello blanco como una nube, se acerc¨® a ¨¦l y puso su mano en su hombro, dici¨¦ndole: ¡ªVoy a ir al kiosco. ?Quieres que te traiga algo? ¡ªS¨ª, quiero una gaseosa ¡ªrespondi¨® el chico de la boina azul mientras le entregaba cinco pesos que sac¨® de su bolsillo. El chico se march¨® del sal¨®n, dej¨¢ndolos solos y creando un inc¨®modo silencio. Al menos, ese era el caso para ella. Hasta que el chico de la boina azul habl¨®. ¡ªTodos la tienen y nadie puede perderla. ?Qu¨¦ es que te acompa?a siempre? Hammya no sab¨ªa si ¨¦l estaba burl¨¢ndose o qu¨¦, no entend¨ªa lo que estaba diciendo. Por lo tanto, le respondi¨® con una pregunta. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEs un acertijo. ?Te importar¨ªa responder? ¡ªSigo sin entender. ¡ªNo es necesario que lo entiendas. ?Vas a responder s¨ª o no? ¡ªAh, entonces, no lo s¨¦. ¡ªGracias. El chico sac¨® una libreta de su bolsillo y dej¨® su libro a un lado para tomar notas. En medio del silencio del sal¨®n, el sonido de la escritura resonaba en el aire. Una vez que termin¨®, guard¨® su l¨¢piz en su agenda y esta a su vez en su bolsillo, volviendo al silencio y a su lectura. Sin embargo, cuando habl¨®, Hammya decidi¨® continuar la conversaci¨®n y pregunt¨®: ¡ª?C¨®mo te llamas? No hubo respuesta. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¨¦l segu¨ªa sin responder. Hammya palme¨® su hombro r¨¢pidamente una y otra vez. ¡ªHey, ?C¨®mo te llamas? Todav¨ªa no obtuvo respuesta. En lugar de eso, el chico cambi¨® de p¨¢gina en su libro. Hammya cambi¨® de estrategia y puso su mano en su hombro, comenzando a moverlo suavemente, luego con m¨¢s fuerza, e incluso lo sacudi¨®. ¡ªIrritante. Fue la palabra que sali¨® de sus labios. ¡ª?Qu¨¦? El chico cambi¨® de p¨¢gina y continu¨®. ¡ªEres irritante ¡ªluego volte¨® y la mir¨® a los ojos¡ª, y bastante. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¡ªEn serio, me das m¨¢s motivos para que te odie, esmeralda. ¡ª?Qu¨¦ me dijiste? Candado cerr¨® su libro con fuerza, infl¨® su pecho y exclam¨®: ¡ª?????????ESMERALDA!!!!!!!!!! El grito reson¨® por toda la escuela, llegando a los o¨ªdos de su amigo H¨¦ctor, quien estaba haciendo cola en el kiosco para comprar algo para ¨¦l y algo para Candado. ¡ªEspero que no la haya matado ¡ªdijo en voz alta y con las manos en los bolsillos. Mientras tanto en el aula. ¡ªEspero que con esto baste ¡ªdijo Candado mientras volv¨ªa a abrir su libro para seguir leyendo. Hammya sinti¨® un escalofr¨ªo recorrer su cuerpo, pero r¨¢pidamente se recuper¨® y volvi¨® a preguntar. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¡ªNo estoy interesado en establecer una amistad contigo. Ya tengo suficientes in¨²tiles a mi lado, no quiero uno m¨¢s, especialmente alguien que lleva una rosa de violeta en la cabeza. ¡ªFue un regalo, no seas cruel. ¡ªIn¨²til. ¡ª?In¨²til? Candado volte¨® y estaba a punto de cerrar su libro. ¡ª?NO!, no, no, ya entend¨ª, ya entend¨ª. ¡ªMe alegro. Entonces, si quieres sobrevivir, no me saques de mis casillas ¡ªvolvi¨® a su lectura. ¡ªPero dime tu nombre. Candado cerr¨® el libro, llev¨® sus dedos ¨ªndice y anular a sus ojos, ya estaba cansado. ¡ª?Si te digo mi nombre, te callar¨¢s de una vez? Quiero leer. ¡ªS¨ª. El chico se acomod¨®, inhal¨® y exhal¨®, luego volte¨® y la mir¨® fijamente a los ojos, con una expresi¨®n seria, fr¨ªa e indiferente. ¡ªSoy Candado Ern¨¦st Catriel Barret ¡ªluego volvi¨® a su lectura. ¡ª?Eres t¨²? ¡ªsusurr¨® Hammya sorprendida. Luego, ella sonri¨®. ¡ª?Dijiste algo? ¡ªNada ¡ªluego aclar¨® su garganta y extendi¨® su mano. ¡ªYo soy... Candado estrech¨® su mano mientras segu¨ªa leyendo. ¡ªEres Hammya Saillim, alias "Ilusa alcahuete dolores de cabeza". Es un asco conocerte ¡ªluego la solt¨®. Hammya dej¨® escapar una risilla. ¡ªAcabo de insultarte, ni?a. ¡ªLo s¨¦, pero es gracioso ¡ªdijo Hammya, luchando en vano por contener una carcajada. Candado no dijo nada y continu¨® leyendo, sumiendo la sala en silencio nuevamente. Sin embargo, ella lo interrumpi¨®. ¡ªDisculpa... ¡ª?POR FAVOR! ¡ªCandado cerr¨® los ojos, frunci¨® el ce?o y continu¨®¡ª. Si vuelves a hablar, te voy a tirar por la ventana con la silla y todo. Luego de decir eso, se relaj¨® y sigui¨® leyendo. ¡ªPero... ¡ª?????????POR ISIDRO VEL¨¢ZQUEZ Y GAUNA!!!! El grito reson¨® nuevamente por toda la escuela, haciendo temblar el escritorio del director mientras firmaba papeles. ¡ªEse mocoso. Y, por supuesto, el ruido lleg¨® a o¨ªdos de H¨¦ctor. ¡ª?Dos en un d¨ªa? Solo espero que la nueva alumna est¨¦ viva, o al menos entera. ¡ªSiguiente, por favor ¡ªdijo la kiosquera. ¡ªOh, es mi turno ¡ªdijo H¨¦ctor. Mientras que en el aula. ¡ªPerd¨®n. ¡ªHaz silencio ¡ªluego se llev¨® la mano izquierda a la frente¡ª. Mi cabeza. ¡ªPero¡­ ¡ªC¨¢llate, no me pidas nada, no comentes, no me hables, solo c¨¢llate. Con esas palabras, Candado puso fin a la conversaci¨®n y volvi¨® al silencio. Sin embargo, algo surgi¨® en el interior de Hammya que la incomod¨®; algo inoportuno. A ella le dieron ganas de ir al ba?o. No pod¨ªa aguantar mucho m¨¢s, quer¨ªa ir, pero no ten¨ªa ni la m¨¢s m¨ªnima idea de d¨®nde estaba. Quer¨ªa preguntarle a Candado, pero le daba miedo debido a la brusca conversaci¨®n que hab¨ªan tenido, pero no lo suficiente, ya que finalmente, decidi¨® preguntarle. Puso su mano en el hombro de Candado y ah¨ª la mantuvo. Candado la mir¨® con ira; esos ojos eran aterradores. Hammya lo solt¨® y Candado regres¨® a su lectura. No pas¨® ni un minuto antes de que ella lo interrumpiera de nuevo. ¡ªDisculpa. ¡ª?AH! ?Ah¨®h ele! (Loro del demonio) ?Y ahora qu¨¦ quieres? ¡ª?Podr¨ªas decirme d¨®nde est¨¢ el ba?o? Candado levant¨® su ceja izquierda y lo mir¨® con expresi¨®n seria. ¡ªS¨ª, claro. Est¨¢ afuera, donde ha estado siempre. ¡ªGracias, y una cosa m¨¢s. ¡ª?Qu¨¦? Espero que sea importante. ¡ª?Me acompa?as? ¡ª?Por qu¨¦ tendr¨ªa que hacerlo? ¡ªpregunt¨® con irritaci¨®n. ¡ªPor favor. Candado puso su mano en su frente y la mantuvo all¨ª un rato antes de dar una respuesta. ¡ªNo. ¡ªVamos. ¡ª?QUE NO! ?YA TE DIJE QUE NO! ¡ªCandado cerr¨® su libro con fuerza¡ª. ?NO TE CONOZCO, D¨¦JAME RESPIRAR DE UNA MALDITA Y JODIDA VEZ! ?NO HAY NADA M¨¢S MOLESTO QUE INTERRUMPAN MI LECTURA, ESPECIALMENTE SI ESA PERSONA ES UN ¨¢RBOL PARLANTE! ¡ªPero¡­ ¡ªSi vuelves a decir "pero", desear¨¢s no haber sido ni siquiera un feto. Luego tom¨® su libro, inhal¨® y exhal¨® repetidamente hasta regularizar su respiraci¨®n. ¡ª?Te has calmado? ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® tranquilamente. ¡ªBueno, ?ahora puedes acompa?arme? Candado apoy¨® su cabeza en el escritorio. ¡ªBien, lo har¨¦, pero por favor, deja de atosigarme. Candado se levant¨® con su libro bajo el brazo y se dirigi¨® a la puerta del aula. ¡ªVen, por favor ¡ªdijo mientras se daba masajes en la cabeza. Hammya se levant¨® y lo sigui¨® caminando detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªAh¨ª est¨¢ ¡ªdijo mientras se?alaba con su dedo la puerta, que se encontraba al frente del aula. ¡ªBien, gracias. Candado asinti¨® con la cabeza y estaba a punto de regresar a su asiento, pero Hammya lo detuvo poniendo su mano en su hombro nuevamente. ¡ªMe est¨¢ irritando eso, ?Qu¨¦ quieres ahora? ¡ª?Me acompa?as, por favor? ¡ªMe quiero morir ¡ªsusurr¨® Candado para s¨ª mismo¡ª. No s¨¦ si te has dado cuenta, pero ese es el ba?o de mujeres ¡ªdijo sin voltear. ¡ªNo quiero que entres al ba?o, solo quiero que me esperes afuera. ¡ª?Por qu¨¦ diablos tendr¨ªa que hacerlo yo? ¡ªVamos, por favor. ¡ª?Sabes, Hammya? Creo que me va a dar neurastenia por tu culpa. ¡ªVamos, solo acomp¨¢?ame, nada m¨¢s, solo por hoy, y no te molestar¨¦ nunca m¨¢s. ¡ªMe agrada tu actitud, ni?a. T¨² ganas, te voy a acompa?ar ¡ªcamin¨® hasta la puerta, solo para voltear y poner su dedo ¨ªndice en su frente¡ª. ?PERO! Solo esta vez. Ambos salieron del aula. Se ve¨ªa a chicos jugando, corriendo y ri¨¦ndose, pero todo eso cambi¨® cuando Candado sali¨® del sal¨®n leyendo su libro. Todos los chicos se detuvieron como si se hubiera detenido el tiempo. Se escuchaban susurros de los dem¨¢s chicos como "?Qu¨¦ est¨¢ pasando all¨ª?" "?Ha salido al recreo?" "?Esa mujer ser¨¢ poderosa?". Antes de entrar al ba?o, Hammya pidi¨® que Candado la esperara afuera. Luego, ella entr¨® al ba?o. Candado estaba recostado en la pared de la entrada esperando a que Hammya saliera del ba?o. Para matar el tiempo, comenz¨® a leer su libro. Sin embargo, las molestas miradas de sus compa?eros lo enfurec¨ªan cada vez m¨¢s. Esos ojos puestos en ¨¦l equival¨ªan a toneladas y toneladas de ladrillos cargando sobre su espalda. Bast¨® con una mirada suya para que todos retomaran sus actividades, y Candado, por supuesto, sigui¨® concentrado en su lectura. El timbre son¨®, se?alando el final del recreo, y en un abrir y cerrar de ojos, todos hab¨ªan desaparecido del patio. Justo a tiempo, ya que Hammya sali¨® del ba?o limpi¨¢ndose las manos con su ropa. Candado la miraba con repugnancia, as¨ª que le dio un pa?uelo de su bolsillo para que se limpiara las manos adecuadamente. ¡ªNo seas sucia ¡ªdijo Candado mientras le daba un pa?uelo rojo. Ella tom¨® el pa?uelo y comenz¨® a secarse las manos lentamente. Cuando termin¨®, quiso devolv¨¦rselo, pero ¨¦l dijo que se lo pod¨ªa quedar. Los dos entraron al sal¨®n, y cuando Candado se dispon¨ªa a sentarse, Lucas hizo una se?a con las manos para que se acercara. De mala gana, Candado guard¨® la silla debajo de la mesa y se dirigi¨® hacia Lucas. ¡ªEscuch¨¦ que saliste al recreo. ¡ªVaya, c¨®mo se esparcen los rumores. ¡ªNo, Candado no, saliste de verdad al recreo, yo te vi. ¡ªS¨ª, ?y qu¨¦ si sal¨ª al recreo? ?Me van a arrastrar sobre roca o voy a redactar un telegrama? ¡ªCandado, hace m¨¢s de dos a?os que no sales a los recreos, y esta es la primera vez que sales a uno. ¡ªJoder, es solo un recreo en el que salgo, y ya se levanta pol¨¦mica por toda la escuela, y seguro tambi¨¦n en todo el pueblo. Es un recreo, Lucas, no me vengas a hinchar los huevos por eso. ¡ªNo sales desde que ella se fue, no quiero dar a entender que es malo, solo raro. Por eso sorprende que hayas salido hoy. Sus palabras generaron un gran enojo en ¨¦l. Ten¨ªa ganas de golpear a Lucas, pero se contuvo y simplemente se alej¨®. Sin embargo, antes de irse, se volte¨® y dijo: ¡ªDile a los dem¨¢s que habr¨¢ una reuni¨®n en la Casa. ¡ª?A qu¨¦ hora? Candado mir¨® por la ventana y vio que estaba comenzando a llover fuerte. ¡ªQue se re¨²nan cuando la lluvia pare. Cuando se dispon¨ªa a regresar a su asiento, su amigo H¨¦ctor hizo se?as desde su banco para entregarle la gaseosa que le hab¨ªa pedido. Aunque estaba al otro lado del aula, Candado dej¨® a un lado su pereza y fue a recogerla. Cuando recibi¨® su coca, le quit¨® la tapa y empez¨® a beberla de inmediato. H¨¦ctor lo miraba mientras beb¨ªa la gaseosa de manera salvaje, como si hubiera estado en el desierto del Sahara. ¡ªTranquilo, no te ahogues ¡ªdijo H¨¦ctor.This story has been stolen from Royal Road. If you read it on Amazon, please report it ¡ªPerdona, no pude resistirme. Ten¨ªa sed. ¡ª?Qu¨¦ te pasa? Parece que te agarr¨® un solmenase. ¡ªNo, nada de eso. Me dio un peque?o escalofr¨ªo (en realidad, estaba bastante estresado por la conversaci¨®n con Hammya y Lucas), nada m¨¢s que eso ¡ªdijo mientras se daba palmaditas en la nuca. ¡ªBueno, si t¨² lo dices. Despu¨¦s de esa breve charla con su amigo, Candado regres¨® a su asiento. Las clases continuaron y todos segu¨ªan con sus tareas, excepto Candado, quien sol¨ªa terminar sus deberes en apenas doce minutos despu¨¦s de comenzar la clase, por lo que pasaba m¨¢s tiempo leyendo que haciendo otra cosa. Era un talento oculto se podr¨ªa llamar. El timbre son¨® a las doce y media, marcando el final de las clases. Los chicos del sal¨®n salieron corriendo de la escuela bajo la fuerte lluvia, lo que Candado no entend¨ªa del todo. Se despidi¨® de H¨¦ctor, quien ten¨ªa un paraguas, mientras ¨¦l esperaba a que la lluvia amainara. Mientras esperaba, alguien choc¨® con ¨¦l. Cuando volte¨®, vio a Hammya corriendo muy r¨¢pido. Aunque estaba intrigado se sinti¨® contento al saber que ya no tendr¨ªa que lidiar con ella, s¨®lo pensaba volver a casa y... ¡ª?Hey Candado, ven aqu¨ª, es importante! ¡ªgrit¨® Lucas. Detuvo su paso en medio de la lluvia. ¡ªRayos ¡ªmurmur¨®. As¨ª que regres¨® enojado y mojado al sal¨®n para buscar a Lucas. Abri¨® las dos puertas con furia. ¡ª??QU¨¦!? ¡ªgrit¨®. Sin embargo, el sal¨®n estaba vac¨ªo, solo hab¨ªa mesas y sillas. ¡ªEstoy en el otro sal¨®n ¡ªgrit¨® Lucas. Con cuidado, cerr¨® las puertas y se dirigi¨® al sal¨®n contiguo para repetir la misma acci¨®n. ¡ª??QU¨¦!? ¡ªgrit¨®. Pero nuevamente, no hab¨ªa nadie. ¡ª?AY DIOS! ?TENGO COSAS QUE HACER! ??D¨®NDE CARAJOS EST¨¢S?! ¡ªgrit¨® Candado, cada vez m¨¢s enfurecido. ¡ªEstoy en el sal¨®n 5¡ãE. Ese era el sal¨®n de enfrente, y como no hab¨ªa un pasaje techado para llegar all¨ª, sab¨ªa que se mojar¨ªa bajo la lluvia. Tampoco pod¨ªa correr sin riesgo de resbalarse. As¨ª que avanz¨® caminando bajo la lluvia. Finalmente lleg¨® al sal¨®n 5¡ãE, se acerc¨® a la puerta, completamente empapado y furioso como un puma. Le propin¨® una fuerte patada a la puerta, y esta se rompi¨® y cay¨® al suelo. Y ah¨ª estaba Lucas, con una expresi¨®n de asombro en el rostro. Candado se acerc¨® a ¨¦l con la intenci¨®n de golpearlo por el tiempo perdido. Lo tom¨® del cuello de su bata con ambas manos y lo acerc¨® a su rostro. ¡ªDime cientifiquillo, ?jugando otra vez con la teletransportaci¨®n? Habla, ?Qu¨¦ fue tan importante como para hacer que vuelva? ¡ªdijo Candado mientras lo zarandeaba con fuerza. ¡ªTranquilo, amigo, por favor, vas a romper mi bata ¡ªsuplic¨® Lucas. Candado detuvo su acci¨®n por un momento. ¡ªEst¨¢ bien, si no te importa, soy uno de esos que disfrutan estar en el suelo ¡ªdijo Lucas con una sonrisa nerviosa. Candado lo solt¨® y Lucas cay¨® al suelo como un meteorito. Se pregunt¨® qu¨¦ demonios llevaba puesto para caer de manera tan pesada. Tal vez llevaba una armadura. Lucas es uno de los amigos de Candado desde el primer grado en esa escuela. Tiene ojos grises, cabello oscuro y piel negra como el carb¨®n. Es un apasionado de la ciencia y la biolog¨ªa, siempre inventando algo nuevo y pidi¨¦ndole a Candado que lo pruebe para verificar si es seguro. Posee poderes como el control del fuego, teletransportaci¨®n y la capacidad de sentir vibraciones a distancias de hasta veintid¨®s kil¨®metros. Viste con una camisa celeste, una bata de laboratorio blanca, camisa roja, corbata puntiaguda azul, pantalones de vestir marr¨®n claro y zapatos marrones oscuros con cordones. Tambi¨¦n es un tanto meticuloso en su apariencia, al igual que Candado. ¡ªBien, ?de qu¨¦ se trata? ¡ªpregunt¨® Candado. Lucas se puso de pie, ajust¨¢ndose el cuello de su bata. ¡ª?De qu¨¦ se trata qu¨¦? ¡ªrespondi¨® Lucas, sacudi¨¦ndose el polvo de la ropa. ¡ª?T¨² me llamaste! ¡ªagarr¨® nuevamente a Lucas del cuello de la bata y lo levant¨® en el aire. ¡ª?En serio? ¡ªpregunt¨® Lucas sorprendido. ¡ªM¨¢s vale que lo recuerdes y r¨¢pido, porque perd¨ª casi quince minutos de mi valioso tiempo hablando contigo ¡ªdijo Candado, zarande¨¢ndolo con fuerza. ¡ªAh, ya me acord¨¦, ahora por favor su¨¦ltame ¡ªdijo Lucas con temor. ¡ªEspero que no sea una broma ¡ªrespondi¨® Candado mientras lo bajaba. ¡ªBien, como ver¨¢s, est¨¢ lloviendo fuerte y como tus padres no podr¨¢n venir a buscarte, te hice esto ¡ªdijo Lucas mientras le entregaba un paraguas. Sin embargo, Candado volvi¨® a agarrar a Lucas del cuello de su bata y lo levant¨® nuevamente. ¡ª??ES EN SERIO?! ??ME HICISTE VENIR HASTA AQU¨ª PARA ENTREGARME UN PARAGUAS?! ?TRANQUILAMENTE ME PODR¨ªA HABER IDO A CASA HACE TIEMPO MIENTRAS LA LLUVIA ERA TENUE! ¡ªgrit¨® Candado, sacudiendo a Lucas con fuerza. ¡ªPor favor, detente, vas a romper mi bata, Candado ¡ªdijo Lucas mareado. Candado lo solt¨® suavemente y arregl¨® el cuello de la bata de Lucas. ¡ªAunque la verdad, gracias por ser tan considerado y darme un paraguas ¡ªdijo Lucas aceptando el regalo. ¡ªDe nada, eso es lo que hacen los amigos, aunque podr¨ªas haber empezado por ser amable ¡ªluego se cruz¨® de brazos¡ª. Soy genial, ?verdad? ¡ª?Y t¨², c¨®mo vas a ir a casa? ¡ªNo te preocupes, cre¨¦ esto ¡ªdijo Lucas mientras sacaba un aparato de su bolsillo, de cinco cent¨ªmetros de largo y dos de ancho, de color gris, con dos botones, uno verde en forma de c¨ªrculo y otro rojo en forma de tri¨¢ngulo. ¡ª?Qu¨¦ es eso? ¡ªpregunt¨® Candado intrigado. ¡ªMira, el Paraguas del Futuro ¡ªdijo Lucas y presion¨® el bot¨®n verde. Inmediatamente, una esfera cerrada y transparente de color celeste apareci¨®, con Lucas en su interior. ¡ªFascinante, ?no? He creado un dispositivo capaz de atraer mol¨¦culas de aire y agua, que al mezclarse se solidifican y forman esta esfera de 1 metro con 30 cent¨ªmetros, que act¨²a como un escudo contra el exterior, incluyendo la lluvia. Y lo incre¨ªble es que, al estar hecha de aire, no puedo asfixiarme. Adem¨¢s, el bot¨®n verde la activa y el bot¨®n rojo la desactiva ¡ªexplic¨® Lucas emocionado. ¡ª?Y por qu¨¦ los botones del control tienen esa forma tan extra?a? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªPara los dalt¨®nicos ¡ªrespondi¨® Lucas con orgullo. Lucas y Candado salieron de la escuela y, cuando este ¨²ltimo abri¨® su paraguas, las gotas que ca¨ªan sobre ¨¦l resonaban como si el agua golpeara metal. Candado mir¨® a Lucas, levantando su ceja izquierda. ¡ªEh, ?por qu¨¦ hace este ruido, Lucas? ?Acaso quieres matarme d¨¢ndome un paraguas de metal? ¡ªpregunt¨® con sarcasmo. ¡ªMe atrapaste, constru¨ª un paraguas diferente a los ordinarios, pero no es de metal, no se?or ¡ªdijo Lucas nervioso. ¡ª?Ah no? ?Entonces de qu¨¦ est¨¢ hecho? ¡ªDe platino, as¨ª que no te caer¨¢ ning¨²n rayo ¡ªrespondi¨® Lucas con cierto orgullo. ¡ª?Platino? ?Y de d¨®nde sacaste el platino? ¡ªEs un secreto. Candado inhal¨® y luego exhal¨®, abri¨® su paraguas nuevamente mientras ve¨ªa a Lucas caminando dentro de su esfera con las manos en los bolsillos. ¡ªAh s¨ª, ten cuidado Candado de que no te roben el paraguas, porque es muy dif¨ªcil hacer que un material de ese calibre se abra y se cierre como si fuera un paraguas. ¡ªS¨ª, tendr¨¦ cuidado. ¡ªQu¨¦ sonrisa m¨¢s siniestra. ¡ªVete antes de que te mate. ¡ªNo lo digas con esa sonrisa ¡ªdijo Lucas antes de adelantarse¡ª. Nos vemos esta tarde, Candado ¡ªse despidi¨® mientras se alejaba de ¨¦l dentro de la esfera. Cuando ambos tomaron direcciones opuestas, Candado comenz¨® a pensar en voz alta: "?De d¨®nde demonios sac¨® platino?". Mientras caminaba por las calles del pueblo, casi nadie estaba afuera debido a la lluvia, pero algunos locales permanec¨ªan abiertos. Candado continu¨® su camino hasta llegar a la plaza, que estaba completamente desierta. Para llegar m¨¢s r¨¢pido a casa, opt¨® por tomar un atajo a trav¨¦s del bosque. Mientras caminaba por ese lugar tranquilo, escuch¨® voces en el interior del bosque, indicando una pelea. Al parecer, tres chicos de entre diecinueve y veinte a?os estaban involucrados. Candado inicialmente plane¨® no prestarles atenci¨®n, ya que si causaban problemas, Mauricio, quien se encargaba del bosque, se ocupar¨ªa de ellos. Sin embargo, un grito de una mujer pidiendo ayuda cambi¨® su decisi¨®n. Cerr¨® su paraguas para poder correr por el bosque, utilizando los ¨¢rboles como cobertura. Se movi¨® r¨¢pidamente, siguiendo las risas y los gritos de auxilio. Cuando lleg¨® al lugar y presenci¨® la escena, Candado se indign¨® al ver que los tres adolescentes estaban golpeando a Hammya, una compa?era de escuela y de asiento. ¡ª?HEY! ?ALTO! ¡ªgrit¨® con determinaci¨®n. ¡ªL¨¢rgate, este no es tu problema, chico ¡ªdijo uno de ellos, apunt¨¢ndolo con un arma de seis tiros. ¡ªVan a lamentar este d¨ªa, sobre todo por apuntarme con una maldita pistola. ¡ªPor favor, un mocoso como t¨² no es un problema para nosotros tres ¡ªdijo otro mientras tiraba del cabello de Hammya. ¡ªS¨ª, vete y no te haremos da?o ¡ªa?adi¨® un chico bien vestido. ¡ªSucios. ¡ª?TE EQUIVOCAS! ?NO SOMOS SUCIOS! ¡ªrespondi¨® otro de los chicos. ¡ªS¨®lo nos gusta molestar a las personas sin discriminar su sexo ¡ªaclar¨® uno de ellos. ¡ª¡­Idiotas ¡ªmurmur¨® Candado, levantando ambas cejas con desprecio. En ese momento, uno de los agresores sac¨® un cuchillo, que, aunque oxidado, parec¨ªa letal. ¡ªNo te burles ¡ªadvirti¨®. Candado se preocup¨®. Nunca antes hab¨ªa estado en una pelea en la que alguien estuviera en peligro. Comenz¨® a idear un plan para salvar a Hammya, sabiendo que un movimiento en falso podr¨ªa empeorar la situaci¨®n. Hammya comenz¨® a forcejear para liberarse, hasta que en un momento logr¨® darle un pisot¨®n en el pie con todas sus fuerzas al agresor, haci¨¦ndolo soltar el arma. El tipo ya estaba con la guardia baja, lo cual era precisamente lo que Candado necesitaba. Sin dudarlo, corri¨® hacia el agresor con el arma, movi¨¦ndose lo m¨¢s r¨¢pido que pudo. Cuando estuvo lo m¨¢s cerca posible, le propin¨® un fuerte golpe con el paraguas en la mano, haciendo que el arma volara lejos. Luego, le dio una patada en el pecho al chico, lanz¨¢ndolo hacia atr¨¢s y haciendo que colisionara con sus compa?eros. Despu¨¦s, tom¨® la mano de Hammya y la ayud¨® a ponerse de pie. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Candado con preocupaci¨®n. ¡ªS¨ª, estoy bien ¡ªrespondi¨® Hammya entre sollozos. ¡ªBien, qu¨¦date detr¨¢s de m¨ª ¡ªle indic¨® Candado. Hammya se coloc¨® detr¨¢s de Candado, adoptando una postura defensiva. Mientras tanto, los agresores se pusieron de pie y se prepararon para enfrentar a Candado. ¡ªVengan, degenerados ¡ªdijo Candado con una sonrisa desafiante. Los tres chicos se abalanzaron hacia ¨¦l, cada uno de ellos armado con un cuchillo. Candado no se amedrent¨® y avanz¨® hacia ellos con su paraguas. Uno de los agresores lanz¨® su primer ataque con su cuchillo, pero Candado lo esquiv¨® h¨¢bilmente y le propin¨® un golpe con el paraguas en la espalda, derrib¨¢ndolo. El segundo agresor intent¨® atacar por la espalda, pero Candado gir¨® r¨¢pidamente, abriendo su paraguas para detener el cuchillo con ¨¦xito. El agresor qued¨® desconcertado ante la inesperada defensa y Candado aprovech¨® para darle una patada en el pecho, dej¨¢ndolo arrodillado de dolor. Mientras tanto, el tercer agresor se recuper¨® y agarr¨® a Candado por el brazo, inmoviliz¨¢ndolo. Sin embargo, Candado reaccion¨® r¨¢pidamente, deshaci¨¦ndose de su agarre y contrarrestando con un fuerte golpe. El agresor que hab¨ªa sido derribado inicialmente intent¨® intervenir nuevamente, pero Candado lo someti¨® con un golpe r¨¢pido y preciso. Finalmente, el l¨ªder del grupo agarr¨® el paraguas de Candado, intentando usarlo como arma. ¡ªVas a pagar ¡ªamenaz¨®, jugando con el paraguas. ¡ªVaya, no esperaba ser acorralado de esta manera. Bueno, parece que tendr¨¦ que usar mi arma secreta ¡ªdijo Candado con una sonrisa seria. Acto seguido, encendi¨® sus pu?os con una flama violeta, lo cual asust¨® a los agresores y los hizo soltarlo. ¡ªQue empiece la diversi¨®n ¡ªdijo Candado, prepar¨¢ndose para enfrentarlos. Candado derrot¨® a los dos agresores que lo hab¨ªan sujetado y centr¨® su atenci¨®n en el l¨ªder del grupo, con sus ojos violetas ardiendo y una sonrisa decidida. Sin embargo, antes de que pudiera actuar, el l¨ªder abandon¨® la pelea y huy¨® asustado, perdi¨¦ndose en el bosque. ¡ª?Eso es todo? Qu¨¦ aburrido ¡ªcoment¨® Candado con desd¨¦n. Candado recogi¨® su paraguas, acomod¨® su boina y se volte¨® para verificar el estado de Hammya. Sin embargo, la encontr¨® desmayada en el suelo. Corri¨® hacia ella r¨¢pidamente para verificar si estaba herida, retir¨¢ndose uno de sus guantes para sentir su pulso. ¡ªGracias a Isidro ¡ªmurmur¨® con alivio. Luego, volvi¨® a ponerse los guantes y mir¨® alrededor. Para su sorpresa, Mauricio, su amigo y protector del bosque, estaba recostado sobre un ¨¢rbol, comiendo una banana. ¡ªGenial, ?hiciste todo esto en solo cinco minutos? ¡ªpregunt¨® Mauricio con una sonrisa, mientras observaba la escena. ¡ªAh, hasta que apareciste, Mauricio ¡ªrespondi¨® Candado, levantando a Hammya con cuidado mientras la sosten¨ªa en sus brazos. Mauricio, quien se hab¨ªa convertido en amigo de Candado hace cinco a?os, era el guardi¨¢n y protector del bosque. Hu¨¦rfano con un hermano y una hermana, seg¨²n ¨¦l, hab¨ªa sido criado por el pombero. Ten¨ªa el cabello negro y ojos azules, y vest¨ªa una camisa de campo negra, pantal¨®n bombacha de campo azul, botas marrones pulidas, un poncho largo naranja con amarillo que llegaba hasta sus piernas y un sombrero estilo vaquero marr¨®n claro. Portaba un cayado como arma, y ten¨ªa el poder de la teletransportaci¨®n, la cual solo funcionaba en lugares donde hab¨ªa ¨¢rboles. Poderes: Mauricio posee habilidades ¨²nicas y poderes sobrenaturales derivados de su relaci¨®n con el bosque y la naturaleza. Algunos de estos poderes incluyen la capacidad de hablar con los muertos, la habilidad de respirar bajo el agua, la utilizaci¨®n de las hojas de los ¨¢rboles como cuchillas afiladas, la capacidad de lanzar fuego y agua de su cayado, y la habilidad de transformar su cuerpo en diamante, otorg¨¢ndole una protecci¨®n resistente. Habilidades: Mauricio es capaz de viajar entre ubicaciones distantes, desde Chaco hasta Ucrania, debido a la presencia de ¨¢rboles en ambos lugares, lo que le permite utilizar su poder de teletransportaci¨®n. Tambi¨¦n ha desarrollado una relaci¨®n especial con las serpientes, lo que le permite dormir en un nido de v¨ªboras sin que estas lo ataquen. ¡ªEstoy ocupado, si quieres algo ven en otro momento ¡ªdijo Candado mientras sosten¨ªa a Hammya en sus brazos. ¡ªNo, por ahora no necesito nada de vos, solo vine a ayudar ¡ªdijo Mauricio mientras abr¨ªa el paraguas sobre la cabeza de Candado para evitar que se moje. ¡ªBien, si quieres ayudarme, carga a Hammya un momento ¡ªdijo Candado mientras acomodaba a la ni?a en los brazos de Mauricio. ¡ª?Qu¨¦ piensas hacer, Candado? ¡ªpregunt¨® Mauricio nervioso. ¡ªDe acuerdo, solo pon¨¦ a Hammya en mi espalda, as¨ª es m¨¢s f¨¢cil llevarla ¡ªdijo Candado. Mauricio se coloc¨® detr¨¢s de Candado y con cuidado puso a Hammya en su espalda. ¡ª?Ad¨®nde piensas llevar a esta "hada", camarada? ¡ªdijo Mauricio con una sonrisa. ¡ªPienso llevarla a la comisaria del pueblo. Demonios, c¨®mo me gustar¨ªa dejarla tirada, pero no puedo. ¡ªBueno, ve con cuidado, colega ¡ªdijo Mauricio mientras desaparec¨ªa delante de los ojos de Candado utilizando su poder de teletransportaci¨®n. Candado levant¨® su paraguas bien alto, lo coloc¨® sobre ¨¦l y sobre Hammya, y comenz¨® a caminar hacia el este para salir del bosque y llegar a la comisaria. Le llev¨® cuatro minutos salir del monte. A Candado le costaba mucho llevar a Hammya; no sab¨ªa por qu¨¦ pesaba tanto. Parec¨ªa como si estuviera cargando una mochila llena de piedras. ?Ser¨¢ porque no hac¨ªa ejercicio? ?O porque ella hab¨ªa aumentado de peso? La verdad es que no lo sab¨ªa. Despu¨¦s de una larga caminata por el pueblo, finalmente lleg¨® a la comisaria. Dado que ten¨ªa las manos ocupadas sosteniendo a Hammya, decidi¨® darle una peque?a patada a la puerta para que lo escucharan. Afortunadamente, uno de los polic¨ªas respondi¨® y le abri¨® la puerta. ¡ªPermiso ¡ªdijo Candado al entrar a la comisaria. ¡ª?Qu¨¦ le pas¨® a esa chica, Candado? ¡ªpregunt¨® Cacho, uno de los amigos del padre de Candado, mientras le quitaba el paraguas. ¡ªNo te preocupes, su vida no est¨¢ en peligro, s¨®lo tiene algunos golpes y lesiones de gravedad. ¡ª?Qui¨¦nes fueron? ¡ªpregunt¨® Cacho mientras colocaba a Hammya con cuidado en su cama. ¡ªUnos adolescentes de un colegio privado ¡ªrespondi¨® Candado mientras se daba unos masajes en la nuca. ¡ª?No los mataste, verdad, Candado? ¡ªpregunt¨® Cacho mientras comenzaba a vendar las heridas de Hammya. ¡ªNo, nadie muri¨®. ?Y por qu¨¦ haces esa pregunta en primer lugar? ?Alguna vez he matado a alguien? ¡ª¡­ Menos mal. ¡ªCacho... Bueno, da igual. Tengo que irme. ¡ª?A d¨®nde...? ¡ªMe voy al gremio, ya que la lluvia ha parado ¡ªdijo Candado mientras cerraba la puerta tras de s¨ª. Candado dej¨® la comisar¨ªa sin el paraguas, ya que la lluvia hab¨ªa cesado. Se dirig¨ªa a la caba?a, pero en ese momento sinti¨® hambre, as¨ª que decidi¨® ir a comer al restaurante de Jos¨¦. Al asomarse por una de las ventanas de la tienda, Candado vio que hab¨ªa muy poca gente dentro, solo cinco personas para ser m¨¢s preciso. ¡ªEstoy de suerte ¡ªmurmur¨® Candado en voz baja. Entr¨® al restaurante, se limpi¨® los pies con un pedazo de cart¨®n que estaba en la entrada y luego se dirigi¨® a la mesa junto a la ventana que daba a la calle. Siro, uno de los hijos de Jos¨¦, se acerc¨® para tomar su orden. ¡ªQuiero una milanesa, nada m¨¢s. ¡ªBien, y ?para beber? ¡ªpregunt¨® Siro mientras anotaba. ¡ªS¨ª, una gaseosa cabalgata de cola. ¡ªEnseguida se lo traemos ¡ªdijo Siro mientras se retiraba. Mientras esperaba, Candado miraba por la ventana, aunque en realidad no estaba mirando nada en particular. Siempre ve¨ªa la misma vista, pero no se quejaba. Despu¨¦s de todo, vivir en un pueblo donde todos se llevan bien es algo bastante agradable. Mientras Candado esperaba su comida en el restaurante, Hammya abri¨® los ojos. Hab¨ªa pasado una hora desde que se hab¨ªa despertado en un lugar extra?o, al menos extra?o para ella. Observ¨® a su alrededor con confusi¨®n. La habitaci¨®n estaba casi desierta, con solo un ventilador en el techo girando lentamente. Se mir¨® en un espejo que estaba a su lado y se examin¨® detenidamente. Ten¨ªa vendajes en la frente y en otros lugares. Se levant¨® de la cama y se acerc¨® cautelosamente a una puerta de metal. La abri¨® y mir¨® alrededor. Un oscuro pasillo se extend¨ªa frente a ella, con puertas abiertas y una luz proveniente de una de ellas. Hammya se dirigi¨® hacia la puerta con luz y entr¨®. Dentro vio algunas cosas: un perro acostado bajo una silla, una televisi¨®n encendida y un anciano jugando con dados. Hammya se acerc¨® al anciano y le tir¨® suavemente de la manga del brazo. ¡ªDisculpe. Despu¨¦s de un rato, el anciano arroj¨® los dados, que se detuvieron en la mesa, mostrando cuatro seises. ¡ª?AJ¨¢! ¡ªexclam¨® el anciano mientras golpeaba la mesa¡ª. Ves, Yoya, veinticuatro. Hoy s¨ª que tengo suerte. ¡ªDisculpe, ?d¨®nde estoy? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªEst¨¢s en la comisaria del pueblo ¡ªrespondi¨® el anciano con una sonrisa. ¡ª?C¨®mo llegu¨¦ aqu¨ª? ¡ªCandado te trajo aqu¨ª. Yo estaba a punto de llamar a tus padres, pero me distraje con esto, lo siento. Hammya no prest¨® atenci¨®n a la ¨²ltima parte de su respuesta y repiti¨® su pregunta. ¡ª?Qui¨¦n me trajo aqu¨ª? Perd¨®n. ¡ªBueno, fue Candado. ¡ª?C¨®mo? No recuerdo. ¡ªClaro, estabas inconsciente, nena. ¡ª?Qu¨¦ me pas¨®, se?or? ¡ªpregunt¨® Hammya mientras tocaba la venda en su cabeza. ¡ªOh, solo unos rasgu?os que ten¨ªas. Deber¨ªas agradecerle a ese chico que te salv¨® por los pelos ¡ªdijo el anciano mientras le acariciaba la cabeza. Mientras el anciano acariciaba a Hammya, mir¨® hacia un rinc¨®n junto a la puerta de salida y vio un paraguas, el mismo que Candado hab¨ªa usado cuando la ayud¨® en el bosque. ¡ª?Ese es...? ¡ªpregunt¨® Hammya, se?alando el paraguas con la mano. ¡ªS¨ª, pertenece a ese muchacho. ¡ª?Se habr¨¢ olvidado? ¡ªsusurr¨® Hammya. ¡ªEse chico tiene la costumbre de dejar sus cosas aqu¨ª, como si fuera su casa ¡ªdijo el anciano mientras se frotaba los ojos con el dedo pulgar e ¨ªndice. ¡ª?D¨®nde se fue? ¡ªMe dijo que iba a la caba?a ¡ªdijo el anciano mientras miraba el techo. ¡ª?D¨®nde est¨¢ esa caba?a? ¡ªClaro, olvid¨¦ que eres nueva aqu¨ª. Est¨¢ en el bosque, no est¨¢ muy lejos de aqu¨ª. Seguro que la encontrar¨¢s. ¡ªGracias, se?or... ¡ªMi nombre es Adolfo L¨®pez, pero todos me llaman Cacho ¡ªdijo el anciano mientras acompa?aba a Hammya hasta la puerta. ¡ªBueno, hasta luego, Adolfo. ¡ªSer¨ªa mejor que me llames Cacho ¡ªdijo con una sonrisa mientras abr¨ªa la puerta. Hammya intent¨® seguir a Candado y encontrar la caba?a, pero la tarea no ser¨ªa f¨¢cil, ya que no conoc¨ªa bien el pueblo. Camin¨® por las desiertas calles del lugar, buscando la casa, hasta que pas¨® frente a la ventana del restaurante y crey¨® haber visto a Candado. Dio unos pasos hacia atr¨¢s y confirm¨® que era ¨¦l. Se qued¨® mir¨¢ndolo por un rato, pero cuando ¨¦l se volte¨®, Hammya r¨¢pidamente se agach¨® para que no la viera, sin saber exactamente por qu¨¦ lo hizo. Sin embargo, pareci¨® una decisi¨®n oportuna despu¨¦s de que ¨¦l mirara hacia la ventana. Continu¨® observ¨¢ndolo mientras com¨ªa, pasando de buscarlo para devolverle el paraguas a espiarlo, una idea que le pareci¨® curiosa. Cuando Candado termin¨® de comer y mir¨® su reloj, se dio cuenta de la hora. ¡ªRayos, son las 14:38, ya es muy tarde. Candado se levant¨® de un salto y corri¨® hacia el mostrador, gritando: ¡ª?LA CUENTA! ?LA CUENTA! ?LA CUENTA, JODER! Un hombre de cabello negro sali¨® de una puerta y se acerc¨® al mostrador para atenderlo. Hammya no entend¨ªa las palabras que intercambiaban, pero pudo percibir que Candado estaba molesto. ¡ª??ME EST¨¢S JODIENDO?! ?ES UN GRAN ROBO! ¡ªexclam¨® Candado. Luego, Candado sac¨® doscientos pesos de su billetera y pag¨® al hombre. Acto seguido, sali¨® apresurado del restaurante. Hammya decidi¨® seguirlo discretamente. Corri¨® tras ¨¦l por las calles vac¨ªas del pueblo hasta que Candado se detuvo en una calle donde un cami¨®n estaba descargando mercanc¨ªas para un verdulero. Hammya se escondi¨® detr¨¢s de un cartel de publicidad mientras Candado miraba el cami¨®n, bloqueando su visi¨®n. ¡ªMaldita sea, justo hoy ten¨ªa que ser viernes, carajo ¡ªexclam¨® Candado. Luego, mir¨® a la esquina de la calle¡ª. Ya s¨¦. Candado gir¨® a la izquierda y comenz¨® a correr con determinaci¨®n. Hammya lo sigui¨® de cerca, hasta que entraron en el bosque. Sigui¨® a Candado durante unos minutos hasta que finalmente llegaron a una caba?a de madera, de tama?o similar a una casa familiar, pintada de un suave tono celeste. Candado lleg¨® a la puerta principal de la caba?a y se detuvo frente a ella. ¡ªOh, ?d¨®nde est¨¢n mis llaves? Por su parte, Hammya rode¨® la casa y lleg¨® a la puerta trasera. Intent¨® abrirla, pero estaba cerrada con llave. Luego, not¨® una ventana abierta con cortinas rojas a su derecha. Con un salto, logr¨® alcanzar la ventana y se sostuvo en el marco para entrar. Tuvo ¨¦xito y entr¨® en la casa. Parec¨ªa que hab¨ªa entrado en una sala de reuniones, ya que hab¨ªa una larga mesa cubierta con un mantel negro y trece sillas alrededor. Mientras exploraba la habitaci¨®n, escuch¨® voces al otro lado de la ¨²nica puerta en la sala. Se acerc¨® sigilosamente y mir¨® a trav¨¦s de la cerradura. Vio a Candado conversando con unos chicos. Escuch¨® fragmentos de su conversaci¨®n. ¡ªAl fin, pensamos que no vendr¨ªas. ¡ªHubo ciertos contratiempos ¡ªdijo Candado. ¡ªMenos mal, porque yo y mi hermana est¨¢bamos a punto de irnos. ¡ªBueno, vamos a empezar ¡ªinterrumpi¨® Candado. Los chicos se dirigieron hacia la puerta en la que Hammya se encontraba. R¨¢pidamente, se ocult¨® debajo de la mesa. Las voces de los chicos se acercaban cada vez m¨¢s, y Hammya retrocedi¨® lentamente. Sin embargo, tropez¨® con alguien y, al girarse, se encontr¨® con una chica rubia sentada con las piernas cruzadas y una sonrisa en el rostro. Hammya se asust¨® y estaba a punto de gritar, pero la chica le tap¨® la boca con la mano derecha y, con su mano izquierda, llev¨® un dedo a sus labios, indic¨¢ndole que se mantuviera en silencio. ¡ªShhhh, no hagas ruido ¡ªsusurr¨® Ana Mar¨ªa. Hammya apart¨® las manos de su boca. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨®, confundida. ¡ªSoy Ana Mar¨ªa Pucheta ¡ªrespondi¨®, apretando la mano de Hammya con fuerza. Era extra?o conocerla en esta situaci¨®n, pero como dice el dicho, "nunca sabes lo que va a pasar en tu vida". ¡ªMira, si piensas esconderte bajo la mesa, no es una buena idea. Al decir eso, Ana Mar¨ªa tom¨® la mano de Hammya y la levant¨®, deposit¨¢ndola dentro de un armario que estaba al lado de la mesa. ¡ªNo te preocupes, tiene orificios para que puedas respirar y ver afuera. As¨ª que adi¨®s por ahora ¡ªdijo mientras cerraba la puerta del armario con Hammya dentro. Justo en ese momento, Candado y sus amigos entraron en la habitaci¨®n. ¡ªComo les dec¨ªa, no se puede per... ¡ªcomenz¨® Candado, pero se detuvo al notar a Ana Mar¨ªa all¨ª ¡ª. Ah, Ana, ?ya estabas aqu¨ª? ¡ªPues claro, ya me conoces, siempre soy puntual ¡ªdijo Ana Mar¨ªa con una sonrisa y se?al¨¢ndose el pecho con el dedo pulgar. ¡ªNo s¨¦ por qu¨¦ presumes. Por si no lo has notado, t¨² eres la que m¨¢s llega tarde ¡ªdijo Candado mientras buscaba su asiento en la punta de la mesa. ¡ªClaro, me olvid¨¦ ¡ªcontest¨® Ana Mar¨ªa, inclinando la cabeza hacia adelante con un tono triste. ¡ªBien, ya que todos estamos presentes, voy a hablar sobre un tem... ¡ªFalta Viki, Candado ¡ªinterrumpi¨® otro chico levantando la mano. Candado sac¨® una pelota verde de hule de su bolsillo y la lanz¨® con fuerza hacia el chico. Este se agach¨® r¨¢pidamente, y la pelota sali¨® volando por la ventana que estaba detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªAja, fallaste. Ch¨²pate esa mandarina ¡ªse burl¨® el chico riendo. ¡ªCreo que esa mandarina te la vas a comer t¨², mi amigo ¡ªrespondi¨® Candado mientras sosten¨ªa un control con una palanca en la mano. Candado movi¨® la palanca hacia atr¨¢s con cuidado, y misteriosamente la pelota que hab¨ªa salido por la ventana regres¨® golpeando al chico en la nuca y haci¨¦ndolo caer hacia la mesa. ¡ªEso doli¨® ¡ªsusurr¨® Hammya. ¡ªDuele. Todos aplaudieron a Candado por esta incre¨ªble haza?a. ¡ªBueno, sab¨ªa que este in¨²til invento "made in Lucas" me servir¨ªa ¡ªdijo Candado mientras guardaba la pelota y el control en un caj¨®n del mueble que estaba en la esquina. ¡ªOye, m¨¢s respeto a mis inventos. ¡ªBueno, ahora que termin¨® la interrupci¨®n del tonto de Matlotsky, prosigo. Los he llamado hoy porque tengo informaci¨®n que darles. Esteban y sus camaradas planean... ¡ªOh vamos, eso es aburrido, Candado. La voz pertenec¨ªa a un adulto y proven¨ªa de un lugar que Hammya no pod¨ªa ver. Trat¨® de moverse un poco para obtener una mejor vista, pero solo alcanz¨® a ver las piernas cruzadas y levantadas sobre la mesa. ¡ª?Por el amor de Dios! ?Primero Matlotsky y ahora t¨², no jodas, T¨ªnbari! ¡ªexclam¨® Candado, enfadado. ¡ªNo es para tanto, Candado. Despu¨¦s de todo, tenemos una visita inesperada ¡ªdijo el hombre extra?o con voz tranquila y serena. ¡ª?Qu¨¦ tipo de visita? ¡ªpregunt¨® un chico con acento irland¨¦s. ¡ªLa clase de visita del tipo "no tengo idea", pero si est¨¢ aqu¨ª en este momento, escondida ¡ªrespondi¨® el hombre en el mismo tono calmado. Hammya estaba asustada, y se acurruc¨® en el fondo del armario con ambas manos en la boca para evitar que la vieran u oyera. Sin embargo, su curiosidad la llev¨® a mirar nuevamente, y not¨® que todos en la habitaci¨®n estaban sacando armas, excepto Candado. ¡ªImposible, no siento ninguna alma m¨¢gica en esta casa ¡ªdijo Candado. ¡ªBueno, ?por qu¨¦ no se lo preguntamos a ella? ¡ªpropuso la voz extra?a. ¡ª?Ella? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªS¨ª, ella. Vamos, no seas t¨ªmida ¡ªrespondi¨® la voz misteriosa. De repente, una fuerza invisible sac¨® a Hammya del armario y la hizo caer en medio de la mesa. El impacto le caus¨® dolor en la cabeza, por lo que se frot¨® la sien. En un abrir y cerrar de ojos, se encontr¨® con dos espadas apunt¨¢ndole al cuello, una pistola de clavos en la frente, una bola de fuego cerca de su abdomen y una garra en su cadera derecha. ¡ª?Qui¨¦n eres y qu¨¦ quieres? ¡ªpreguntaron las personas que la apuntaban con las armas. ¡ªBueno, yo... es que yo pasaba por aqu¨ª... ¡ªempez¨® a decir Hammya nerviosamente. Estaba en un l¨ªo, Hammya sab¨ªa que si no daba una respuesta convincente, podr¨ªa estar en peligro. Pod¨ªa sentir la tensi¨®n en el aire, y la mirada en los ojos de aquellos que la rodeaban. ¡ªYa es suficiente, no es ninguna enemiga, solo es una tonta que decidi¨® meterse donde no la llaman ¡ªintervino Candado sin titubear. ¡ªS¨ª, d¨¦jenla en paz. Ella es Hammya ¡ªa?adi¨® Ana Mar¨ªa. Las cinco personas que la ten¨ªan rodeada guardaron sus armas una vez que supieron su nombre. Hammya se volvi¨® para mirar al hombre que parec¨ªa saber de su presencia, pero solo encontr¨® una silla vac¨ªa. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado mientras se acercaba a ella con las manos en los bolsillos y una mirada llena de furia, sospecha y oscuridad. Era una mirada que nunca antes hab¨ªa visto, como si sus ojos fueran armas en s¨ª mismos. A medida que se acercaba, sus compa?eros se apartaron para darle paso. ¡ªTe lo voy a preguntar de nuevo. ?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªinsisti¨® Candado. Hammya intent¨® responder a su pregunta, pero para ser honesta, se hab¨ªa olvidado por completo de por qu¨¦ estaba all¨ª en primer lugar. As¨ª que simplemente respondi¨®: ¡ªNo lo s¨¦. Candado no parec¨ªa satisfecho con esa respuesta, y Hammya tem¨ªa que ¨¦l podr¨ªa comenzar a gritarle en cualquier momento. ¡ªNunca vi a alguien tan tonto como Matlotsky... ¡ªcomenz¨® Candado a decir, pero Hammya dej¨® de prestar atenci¨®n. Mientras Candado le daba un serm¨®n, Ana Mar¨ªa, la misma chica que la hab¨ªa metido en el armario, estaba haciendo se?as desde atr¨¢s de todos. Hammya record¨® por qu¨¦ estaba all¨ª y decidi¨® interrumpir el aburrido serm¨®n de Candado. ¡ªEspera, ya s¨¦ por qu¨¦ estoy aqu¨ª ¡ªanunci¨® Hammya. ¡ªBien, escucho ¡ªcontest¨® Candado, arqueando una ceja. Hammya corri¨® hacia donde estaba Ana Mar¨ªa y le entreg¨® el paraguas. ¡ªVine aqu¨ª para devolverte tu paraguas ¡ªdijo mientras se lo daba. Candado, al recibirlo, comenz¨® a ponerse nervioso, y su nerviosismo aument¨® cuando Lucas se acerc¨® por detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªOye, ?no es ese el paraguas que yo te prest¨¦? ¡ªpregunt¨® Lucas extendiendo la mano. ¡ªSoy Lucas, Benjam¨ªn Lucas. Gracias por devolver el paraguas ¡ªagreg¨® mientras aceptaba el paraguas de Hammya. ¡ªS¨ª, no hay problema ¡ªrespondi¨® Hammya, sintiendo alivio por haber aclarado la situaci¨®n. Despu¨¦s, Lucas se volte¨® y dirigi¨® su mirada hacia Candado. ¡ªVaya, en este mundo definitivamente hay dos tipos de personas: las que son buenas y devuelven las cosas, y los que reciben inventos caros y dif¨ªciles de hacer solo para luego abandonarlos en cualquier lugar. ¡ªS¨ª, ?verdad? ?Qui¨¦nes ser¨¢n? ?Acaso habr¨¢s sido t¨², Matlotsky? ¡ªdijo Candado, apoyando su mano derecha en su ment¨®n. Matlotsky mir¨® a Candado y exclam¨®: ¡ª?OYE, YO NO TENGO NADA QUE VER CON ESTO! Entonces Lucas acerc¨® su frente a la de Candado y exclam¨® en tono exasperado: ¡ª?ESTABA HABLANDO DE TI! ¡ª?Yo? Pero si no lo dej¨¦ por ah¨ª tirado. Estaba en la comisaria, el "lugar m¨¢s seguro que existe" ¡ªrespondi¨® Candado, haciendo comillas en el aire con sus dedos. ¡ªSabes muy bien a lo que me refiero ¡ªdijo Lucas mientras se?alaba con su dedo ¨ªndice al pecho de Candado. Candado apart¨® la mano de Lucas de su pecho y se dirigi¨® hacia Hammya. ¡ªBueno, ahora que est¨¢ todo claro, puedes marcharte ¡ªdijo Candado. ¡ª?ESPERA! ¡ªinterrumpi¨® Ana Mar¨ªa¡ª. Ya que ella est¨¢ aqu¨ª, ?por qu¨¦ no nos presentamos? Candado suspir¨® y, cruzando los brazos, respondi¨® con una inclinaci¨®n de cabeza: ¡ªEst¨¢ bien, pueden presentarse. Las personas en la habitaci¨®n se acomodaron un poco y comenzaron a presentarse uno por uno. Hammya escuch¨® atentamente mientras cada uno compart¨ªa su nombre y algunas palabras sobre s¨ª mismos. A medida que los escuchaba, empezaba a comprender que hab¨ªa entrado en una situaci¨®n extra?a y desconocida, rodeada por un grupo diverso de individuos. DESPERTANDO EL PODER Hammya se acomod¨® en un elegante sill¨®n negro, y los j¨®venes se acercaron para hacer sus presentaciones. El primero en hablar fue H¨¦ctor. H¨¦ctor ten¨ªa cabello blanco, incluyendo sus cejas, y unos profundos ojos marrones. Su flequillo estaba peinado en una inclinaci¨®n sutil hacia la izquierda. Portaba un traje formal de color blanco, que combinaba con una corbata y una camisa negra, adem¨¢s de un chaleco del mismo tono blanco. Su porte era serio pero tambi¨¦n irradiaba carisma. En cuanto a sus poderes, H¨¦ctor manejaba cartas de p¨®ker como si fueran tanto un escudo resistente como flechas veloces. Ten¨ªa la habilidad de atravesar objetos s¨®lidos y de lanzar un siniestro vapor negro desde su boca para escapar de situaciones adversas. Adem¨¢s, destacaba por sus habilidades en matem¨¢ticas, as¨ª como en el dominio de computadoras y tecnolog¨ªas. Se dec¨ªa que, si quisiera, podr¨ªa dejar a China y Estados Unidos a oscuras con sus conocimientos. El siguiente en presentarse fue Lucas, aunque ya se ha hablado sobre ¨¦l. Luego lleg¨® el turno de Anzor. Anzor: Originario de Mosc¨², Rusia, Anzor posee un acento ruso debido a su llegada a Argentina a los nueve a?os de edad. Su cabello es rubio claro y sus ojos, de un intenso tono celeste, reflejan su personalidad. Vest¨ªa una camisa blanca y una elegante campera de un profundo azul oscuro. Llevaba tambi¨¦n un pa?uelo rojo en el cuello, pantalones negros refinados y una gabardina azul que casi llegaba a sus tobillos. Es conocido por su carisma, su sentido del humor chispeante y su rara seriedad, que emerge en contadas ocasiones. En cuanto a sus poderes, Anzor maneja una espada de estilo medieval que le permite destrozar puertas de hierro y crear tornados de hasta dos metros de longitud. Adem¨¢s, posee la capacidad de volar durante una hora y cuarenta y ocho minutos. Su velocidad es asombrosa; puede recorrer la distancia entre Chaco y Uruguay en un abrir y cerrar de ojos. Anzor tambi¨¦n destaca por su maestr¨ªa en el arte del escondite. Utiliza el entorno a su favor para ocultarse y cuenta con una memoria excepcional que le permite recordar todo sin olvidar detalle alguno. Adem¨¢s, es sumamente cauteloso con las llamadas telef¨®nicas. Matlotsky: Aunque pueda resultar sorprendente, naci¨® en Tierra del Fuego. Su cabello es negro, y sus ojos tienen un cautivador tono verde. Viste una camisa de mangas largas de color naranja, arremangada hasta el antebrazo, junto con un elegante chaleco negro y una corbata del mismo tono. Complementa su atuendo con pantalones refinados en un marr¨®n oscuro y zapatillas elegantes de un tono marr¨®n claro, que presentan una l¨ªnea verde. Adem¨¢s, lleva un l¨¢piz verde en su oreja izquierda y un guante de obrero en su mano derecha. Un cintur¨®n de herramientas lo acompa?a, en el cual se encuentran un martillo, una pistola de clavos y una caja de herramientas que, a pesar de parecer extra?o, tiene la capacidad de almacenar hasta doscientos millones de objetos. Matlotsky es conocido por ser el miembro algo c¨®mico del grupo, pero es igualmente amable y confiable. Jam¨¢s traicionar¨ªa a sus amigos, y disfruta enormemente gastar bromas y molestar a su equipo. A diferencia de algunos de sus compa?eros, Matlotsky no posee ning¨²n poder. Sin embargo, su habilidad reside en una capacidad pr¨¢cticamente inhumana: puede construir cosas con una impresionante rapidez en tan solo trece minutos. Esto abarca desde casas y edificios hasta andamios, escudos protectores, escaleras de muro (de utilidad exclusiva para Candado) y torretas de clavos, estas ¨²ltimas de uso manual. Ana: De cabello rubio largo y suelto, y unos penetrantes ojos verdes, Ana Mar¨ªa tiene un lunar justo debajo de su ojo derecho. Viste una camisa blanca de mangas largas con un lazo celeste en forma de mo?o que adorna su cuello. Lleva una pulsera que dice "SOY LO QUE SOY", as¨ª como una cadena ba?ada en oro que cuelga con un adorno en forma de media luna. Su atuendo se completa con una pollera azul que llega hasta sus rodillas y medias blancas que alcanzan la misma altura. Sus zapatos negros lustrados complementan su apariencia. Ana Mar¨ªa es una persona extremadamente en¨¦rgica, aunque tambi¨¦n se le atribuyen rasgos de terquedad, cabezoner¨ªa, burla y picard¨ªa. En cuanto a sus habilidades, Ana Mar¨ªa posee una incre¨ªble fuerza sobrehumana que le permite levantar un cami¨®n con una sola mano. Adem¨¢s, tiene la capacidad de respirar bajo el agua y de volverse sigilosa cuando lo necesita. Tambi¨¦n es capaz de lanzar rayos l¨¢ser rojos desde sus ojos. En lo que respecta a sus habilidades, su asombrosa fuerza le permite saltar cien veces m¨¢s alto que un humano sin poderes. Domina la cocina con destreza, siendo capaz de preparar al menos seis platillos diferentes. Su desempe?o en la escuela es excelente y, como si fuera poco, tiene la capacidad de cargar objetos pesados. La sexta en presentarse fue Declan, quien se acerc¨® a Hammya y, con una expresi¨®n de enojo en su rostro, pronunci¨®: "Te tendr¨¦ vigilada". Declan: Originario de Dubl¨ªn, Irlanda, pas¨® su infancia en Fingal, espec¨ªficamente en el pueblo de Howth. Su acento irland¨¦s perdura en su hablar debido a su llegada a Argentina a los nueve a?os. De cabello rojo claro y ojos azules, viste una camisa celeste acompa?ada de pantalones de vestir en tono negro. Complementa su atuendo con una elegante gabardina del mismo color, una corbata azul y una cadena plateada en su cuello con una cruz de Jesucristo como adorno. En cuanto a sus poderes, Declan posee una espada que le permite triplicar su fuerza de ataque a una velocidad asombrosa de 777 kil¨®metros por hora. Al igual que Anzor, puede generar un tornado, aunque en esta ocasi¨®n es de fuego en lugar de viento o arena. Adem¨¢s, tiene la habilidad de invocar espadas del suelo o del aire, es un espadach¨ªn competente (aunque no alcanza el nivel de Anzor), y puede ver en la oscuridad. Su car¨¢cter es serio y desconfiado, aunque reserva su confianza para sus amigos y familiares, lo que ocasionalmente se refleja en una risa. En lo que respecta a sus habilidades, Declan comparte con Candado su habilidad para observar, aunque ¨¦l se gu¨ªa m¨¢s por la intuici¨®n en lugar de deducir. A pesar de que pueda ser algo lento para comprender ciertas situaciones, muestra una gran perspicacia dependiendo del contexto. Adem¨¢s, es un experto en la confecci¨®n de ropas y peluches. Curiosamente, posee la peculiar habilidad de percibir el contenido de un libro simplemente mirando su portada, lo que plantea la interrogante de c¨®mo puede conocer su contenido sin siquiera leerlo. El siguiente en hacer su presentaci¨®n fue Germ¨¢n, quien se acerc¨® a Hammya y habl¨® con una voz tranquila y reconfortante: ¡ª"No le prestes atenci¨®n a Declan. ¨¦l es desconfiado por naturaleza, pero como eres nueva, simplemente est¨¢ cuid¨¢ndose. Si te esfuerzas en ganarte su confianza, estoy seguro de que eventualmente se llevar¨¢n bien." Germ¨¢n: Con cabello negro y ojos grises, Germ¨¢n ostenta una cicatriz en forma del n¨²mero cuatro en su mejilla derecha. Viste con una camisa blanca y un traje negro, complementado por una corbata del mismo tono. Su apariencia podr¨ªa evocar la imagen de los "hombres de negro", si no fuera por la falta de gafas oscuras. A pesar de la impresi¨®n inicial, es una persona amable y amigable. Aunque muchos puedan percibirlo como rudo, en realidad es comprensivo y siempre lleva consigo una sonrisa (Psic¨®pata). En cuanto a sus poderes, Germ¨¢n es el s¨¦ptimo hijo de la familia Ben¨ªtez, lo que lo convierte en un lobiz¨®n. Posee una fuerza impresionante, casi igual a la de Ana Mar¨ªa. A diferencia de otros lobizones que solo se transforman durante la luna llena y pierden la conciencia, Germ¨¢n puede convertirse a voluntad propia y mantener la plena conciencia de sus actos. Puede hablar e interactuar normalmente en esta forma. Es ¨¢gil y r¨¢pido a trav¨¦s de los bosques, y puede escalar grandes muros con sus afiladas garras. Adem¨¢s, es capaz de cortar madera y ¨¢rboles con sus u?as s¨²per afiladas. Al transformarse en lobiz¨®n, aumenta su altura en tres metros, lo que lo vuelve a¨²n m¨¢s r¨¢pido y ¨¢gil. Sus ropas se adaptan estir¨¢ndose en el momento de la transformaci¨®n. En cuanto a sus habilidades, Germ¨¢n ha elegido ser el guardaespaldas personal de Candado, una elecci¨®n que hizo por voluntad propia. Siempre sigue a Candado a todas partes, como si fuera su sombra. Posee una visi¨®n excepcional que le permite ver a una distancia de treinta y cinco kil¨®metros. Es un genio en matem¨¢ticas y literatura, capaz de pensar con claridad incluso bajo una gran presi¨®n. Por ¨²ltimo, tiene la habilidad de llevarse bien con todos los animales. Un rasgo distintivo de Germ¨¢n es su alegr¨ªa constante. Es raro verlo enojado, triste o serio, ya que siempre lleva una sonrisa en su rostro, de manera similar a c¨®mo Candado suele mantener su seriedad. La octava y novena eran las hermanas Erika y Luc¨ªa. Erika: Pelirroja de cabello largo y ojos oscuros, Erika suele vestir pantalones formales de color rojo, acompa?ados de una camisa negra con un mo?o rojo y un chaleco formal en el mismo tono. Se destaca por ser amable, inteligente, inocente y t¨ªmida. Aspira a ser como Candado, mostr¨¢ndose igual de fuerte y sin temor ante sus enemigos. En cuanto a sus poderes, Erika posee el poder del platino, lo que le permite crear platino l¨ªquido no letal. Tiene el control sobre la temperatura, pudiendo hacer que sea caliente o fr¨ªo a voluntad. Utiliza este poder como escudo y su grito agudo puede aturdir a aquellos que est¨¦n cerca. Genera esferas de platino y electricidad que explotan al entrar en contacto con alguien. Porta un anillo plateado que, al unirse con el anillo de su hermana, genera una esfera gaseosa de oro y plata, una combinaci¨®n curiosa y poderosa capaz de destruir incluso un edificio. En cuanto sus habilidades, Erika es ambidiestra y tiene la capacidad de vislumbrar el futuro durante ochocientos segundos. Puede transmitir conocimientos a trav¨¦s de su sangre, aunque esta habilidad no agrada a Candado. Es h¨¢bil en construir mentiras cre¨ªbles y l¨®gicas, es decir, es una buena mentirosa. Adem¨¢s, sabe conducir un autom¨®vil, aunque esta habilidad no es ¨²til para Candado debido a su baja estatura. Segunda hermana. Luc¨ªa: Es todo lo contrario de su hermana en algunos aspectos. Tiene los mismos ojos que ella y visten de manera id¨¦ntica, con una sola diferencia en su atuendo: ella a?ade una corbata roja y utiliza lentes. Su cabello, al igual que el de su hermana, es largo. A diferencia de Erika, Luc¨ªa presenta un comportamiento salvaje y extremadamente competitivo. Disfruta molestar a H¨¦ctor y Declan, y suele estar siempre cerca de su hermana. No aprueba la forma de vestir exagerada de H¨¦ctor y Lucas. A pesar de su apariencia, se preocupa profundamente por todos sus amigos. Luc¨ªa idolatra a Candado y a Ana Mar¨ªa en gran medida. En cuanto a su poder, Luc¨ªa comparte las mismas caracter¨ªsticas de poder que Erika, pero con el oro. Puede lanzar vientos helados desde su nariz, boca y o¨ªdos, y su rugido es m¨¢s poderoso que el de un le¨®n. No siente dolor f¨ªsico, aunque es vulnerable al dolor mental y emocional. Tiene la capacidad de perder extremidades y regenerarlas r¨¢pidamente, con excepci¨®n de su cabeza, ya que este proceso es m¨¢s lento. Puede volverse invisible para el campo visual de una persona, aunque para lograrlo debe desnudarse (aunque este ¨²ltimo poder fue prohibido por Candado, por lo que rara vez lo utiliza). En cuanto a su habilidad, Luc¨ªa puede espiar a las personas sin que se den cuenta. Tiene la capacidad de caminar o correr sobre el agua. Su rapidez al hablar le permite esconder mensajes de manera efectiva. Mantiene un excelente equilibrio en diversas situaciones. Siente un gran inter¨¦s por la biolog¨ªa y la historia universal. Cuando todos se hab¨ªan presentado, H¨¦ctor propuso algo a Candado: ¡ª?Qu¨¦ tal si "¨¦l" tambi¨¦n se presenta? ¡ªdijo H¨¦ctor a Candado. ¡ªEst¨¢s loco, ?recuerdas lo que te pas¨® la primera vez que lo viste a "¨¦l"? ¡ªS¨ª, lo recuerdo, Candado, pero en esa ¨¦poca era muy peque?o ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor con las manos en las caderas. ¡ª?Qui¨¦n es "¨¦l"? ¡ªNo es asunto tuyo. ¡ªVamos, no seas as¨ª, Candadito. Si va a unirse a nosotros, debe conocerlo ¡ªdijo Ana Mar¨ªa con tono burl¨®n. ¡ª??UNIRSE!? Apenas la conocemos. ?C¨®mo va a unirse a nosotros una desconocida? ¡ªexclam¨® Declan enojado. ¡ªYa no es desconocida, porque nos hemos presentado, y ella tambi¨¦n se ha presentado ¡ªdijo Germ¨¢n con voz jovial. ¡ªA m¨ª me cae bien, su cabello verde llama mucho mi atenci¨®n ¡ªa?adi¨® Ana, golpeteando los dedos en la mesa. ¡ª??AH S¨ª!? ?SOLO PORQUE LLEVA ESE COLOR DE CABELLO NO SIGNIFICA QUE SEA DE FIAR! En medio de los gritos y las peleas sobre si Hammya deb¨ªa o no unirse a ellos, Lucas, quien estaba sentado, se levant¨® muy molesto y golpe¨® la mesa con su mano en llamas. ¡ª?SILENCIO! Y dejemos que Candado decida. ¨¦l es nuestro l¨ªder, despu¨¦s de todo. Todos se callaron y miraron a Candado. ¨¦l los observ¨® a todos y, levantando su dedo, habl¨®. ¡ªBueno, por un lado es cierto que no la conocemos y es posible que nos traicione en alg¨²n momento, pero por otro lado, ocult¨® su presencia y su poder de m¨ª. Adem¨¢s, T¨ªnbari me dijo que no la conoce, lo que la hace muy interesante. ¡ª?Qui¨¦n es T¨ªnbari? ¡ªpregunt¨® Hammya. En ese momento, una voz elegante y soberbia reson¨®. ¡ªTodos ustedes son aburridos. No s¨¦ ustedes, pero a m¨ª me agrada la peque?a. ¡ªEres un est¨²pido. Deber¨ªas haber esperado mis ¨®rdenes ¡ªdijo Candado, mirando en todas direcciones. ¡ªYa me aburr¨ª de verlos pelear ¡ªcontest¨® la voz de manera burlona. ¡ªEres un... bah, ya no importa. Puedes mostrarte ¡ªdijo Candado, llev¨¢ndose la mano derecha al rostro. H¨¦ctor mir¨® a Hammya y dijo: ¡ªProcura no asustarte si lo ves. Puede parecer un poco tenebroso y malvado, pero no es malo ¡ªa?adi¨® H¨¦ctor. En ese momento, una ola de humo negro comenz¨® a aparecer y form¨® una figura humana. Cuando termin¨® y el humo se dispers¨®, el individuo qued¨® en exhibici¨®n. Podr¨ªa decirse que era el horror personificado, y estaba frente a Hammya. ¨¦l la mir¨® y sonri¨®, acerc¨¢ndose a ella y extendi¨¦ndole la mano. En ese instante, Hammya se dio cuenta de que tambi¨¦n deb¨ªa presentarse. T¨ªnbari: Su piel era roja y sus ojos eran negros, como si nunca hubiera visto el sol, pero con puntos blancos en ellos. Ten¨ªa dos cuernos cortos y blancos, y un casco verde entre ellos. Cicatrices en forma de tri¨¢ngulo cruzaban su frente, desde cerca de su cuerno pasando por el centro, cerca de la abertura de su casco, y terminando en el otro cuerno. La disposici¨®n en la otra frente era similar, pero al rev¨¦s. Hilos atravesaban sus labios, como si su boca hubiera sido cosida. En su mano izquierda ten¨ªa tres dedos rojos con garras afiladas; en la otra, una mano normal con cinco dedos y un guante negro ajustado. No ten¨ªa orejas, sino peque?os agujeros en su lugar. Carec¨ªa de nariz, presentando en cambio dos orificios. Tampoco ten¨ªa cejas ni pesta?as. Vest¨ªa una camisa roja con una corbata verde clara, una gabardina azul hasta las rodillas, pantalones de vestir negros con un cintur¨®n del mismo color y zapatos negros de gala muy bien lustrados. Era tranquilo y extrovertido, disfrutaba asustando a la gente con su apariencia. Es un Bari (en su lengua significa "Padre", en la nuestra significa dios), protector de Candado. Le gusta la comida que cocina la madre de Candado. En su pasado, fue humano, uno de los desaparecidos de la ¨²ltima dictadura militar. Particip¨® en la guerra de Malvinas. Su apariencia se debe a las personas a las que mat¨® por venganza despu¨¦s de su muerte. Poder: Es el Padre de la Muerte (Dios de la muerte), un demonio capaz de recolectar y destruir almas humanas. Controla los elementos terrestres y posee otros poderes. Es inmortal. Habilidad: No posee ninguna (es un fantasma, demonio y dios de la muerte; su naturaleza ya es habilidad suficiente). Hammya no se asust¨® en absoluto al verlo, ni mostr¨® asombro, tristeza o alegr¨ªa; su mirada era inexpresiva. Esto llam¨® la atenci¨®n de todos, incluido T¨ªnbari. Por supuesto, a cualquiera le sorprender¨ªa que alguien no sienta miedo hacia un dios de la muerte tenebroso y feo. Esto despert¨® sospechas, especialmente en Declan, sobre por qu¨¦ Hammya no reaccion¨® asustada o sorprendida. ¡ª?Qu¨¦ expresi¨®n es esa? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor, con una mano en el ment¨®n y la otra en el bolsillo. ¡ª?Qu¨¦ expresi¨®n? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªS¨ª, esa expresi¨®n ¡ªse?al¨® Luca, sorprendido. ¡ªViste a T¨ªnbari en persona y no mostraste ninguna expresi¨®n. Cualquier persona se habr¨ªa asustado al verlo, incluso Candado ¡ªdijo Anzor, con los brazos cruzados. Hammya no ten¨ªa idea de lo que estaba ocurriendo, miraba alrededor esperando que alguien le explicara la situaci¨®n. ¡ª?Ya hab¨ªas visto a T¨ªnbari antes, ni?a? ¡ªpregunt¨® Candado, muy cerca de Hammya. ¡ªNo, para nada. Es la primera vez que veo a alguien as¨ª ¡ªdijo Hammya, mir¨¢ndolo a los ojos con expresi¨®n preocupada. Candado volte¨® la espalda a Hammya, con los brazos cruzados, y declar¨®: ¡ªEntendido. En ese caso, voy a probar algo contigo. En ese momento, Candado sac¨® r¨¢pidamente su fac¨®n y lo posicion¨® sobre la garganta de Hammya . ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® Hammya, con voz temblorosa, miedo en sus ojos y un sudor mayor. Todos miraban a Candado con preocupaci¨®n, ya que ten¨ªa un arma s¨²per afilada en el cuello de la ni?a. ¡ªBueno, no eres un robot y nadie te controla ¡ªdijo Candado mientras guardaba su fac¨®n en el cintur¨®n de su espalda. ¡ª??POR QU¨¦ ME HICISTE ESO, CANDADO? ?DIME POR QU¨¦! ¡ªgrit¨® Hammya, hist¨¦rica. Candado puso su mano en la frente de Hammya. ¡ªMmm, no tienes palpitaciones ni dolores. Creo que est¨¢s bien; al parecer, no lo escondes para vos. Bien hecho ¡ªdijo Candado. La ni?a Hammya no ten¨ªa ni la m¨ªnima idea de lo que estaba pasando. El misterio era tal que busc¨® r¨¢pidamente una respuesta l¨®gica a la situaci¨®n. Sin embargo, cuanto m¨¢s pensaba, m¨¢s se confund¨ªa y surg¨ªan nuevas preguntas. ¡ªDadas las circunstancias a las que te he sometido, pido disculpas y tambi¨¦n oficialmente, has entrado a la hermandad ¡ªdijo Candado con una expresi¨®n fr¨ªa e inexpresiva, mientras pon¨ªa su mano derecha en el hombro de Hammya. Los compa?eros de Candado lo miraron y exclamaron: ¡ª??QU¨¦ DEMONIOS!? ¡ªQu¨¦ manera m¨¢s rudimentaria de pedir disculpas ¡ªcoment¨® T¨ªnbari con una sonrisa. Todos, excepto Ana, quien fue la ¨²nica que dijo "?yupi!", reaccionaron con sorpresa. Lucas se acerc¨® a Candado, claramente insatisfecho con la decisi¨®n. ¡ªAmigo, ?Qu¨¦ fue lo que te llam¨® la atenci¨®n para que se uniera a nosotros? Digo, ni siquiera la conocemos. ?C¨®mo sabremos que estar¨¢ de nuestro lado? Las palabras de Lucas bastaron para que todos lo miraran como si estuviera loco. (En esa ¨¦poca, cuestionar la autoridad de Candado equival¨ªa a ganarse una l¨¢pida y un sepulcro barato si lo dec¨ªas). Pero Lucas no tard¨® en recibir respuesta. ¡ªEs una corazonada. Con el tiempo, entender¨¢n de qu¨¦ les hablo ¡ªdijo Candado, sin siquiera mirarlo. Esas tres palabras casi no respondieron la pregunta de Lucas, por no decir que no respondieron en absoluto. Nadie comprend¨ªa por qu¨¦ hab¨ªan admitido a Hammya en el grupo. El cambio de actitud de Candado, de sospecha a ambici¨®n, no estaba claro. Cuando Candado se dirig¨ªa hacia la puerta de salida, se volte¨® y dijo: ¡ªOh, y tambi¨¦n la noticia de hoy era que Esteban y sus secuaces adquirieron una nueva t¨¦cnica de combate que parece ser m¨¢s peligrosa que la anterior. Procuren no enfrentarse a ¨¦l mientras yo no est¨¦ presente ¡ªdijo mientras cerraba la puerta tras de s¨ª. ¡ªOye, espera ¡ªdijo Anzor. Candado cerr¨® la puerta con violencia; era evidente que no deseaba escuchar m¨¢s. La casa qued¨® sumida en un inusual silencio. Hammya dej¨® de mirar la puerta por la que Candado hab¨ªa salido y se centr¨® en T¨ªnbari, quien contemplaba la misma puerta con una sonrisa en el rostro. ¡ªHas sorprendido a Candadito y a m¨ª. Genial, pero ahora te toca ganarte la confianza de todos ¡ªdijo T¨ªnbari, mirando la puerta. ¡ªOye, pero yo no tengo idea de lo que est¨¢ pasando. ¡ªTranquila, todo se aclarar¨¢ si alguien te informa sobre lo que est¨¢ sucediendo. Sin embargo, ese no ser¨¦ yo ¡ªdijo T¨ªnbari mientras desaparec¨ªa en una nube de humo negro. Hammya qued¨® totalmente desconcertada; era como si le hablaran en chino o en alem¨¢n. Cuando estaba a punto de levantarse de la silla, una mano se pos¨® en su hombro. Al voltear, se encontr¨® con Ana. ¡ªNo te preocupes, yo conf¨ªo en ti y estoy segura de que todos tambi¨¦n lo har¨¢n ¡ªdijo Ana con una sonrisa. ¡ªHola, ?podr¨ªas explicarme qu¨¦ est¨¢ pasando? ¡ªClaro, no hay problema. Ella se sent¨® junto a Hammya y comenz¨® a hablar. ¡ªBien, te contar¨¦ lo principal. Este gremio al que perteneces se llama "La Hermandad Roob¨®leo". Fue creado por Jack Barret cuando ten¨ªa doce a?os, pero despu¨¦s su hijo, Alfred Barret, tom¨® el mando. ¡ª?Qui¨¦n es Alfred Barret? ¡ªEs el abuelo de Candado, bueno, lo era. Fue asesinado hace dos meses ¡ªdijo Ana con la cabeza gacha. ¡ªLo siento. ¡ªNo te disculpes. Deber¨ªas haberlo conocido; era muy amable y siempre me daba dulces. ¡ª?Por qu¨¦ lo hicieron? ?Por qu¨¦ lo mataron? ¡ªpregunt¨® Hammya preocupada. ¡ªNo lo sabemos, nadie lo sabe, ni siquiera Candado. Pero los problemas empezaron antes de eso. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªVer¨¢s, el abuelo de Candado ya ten¨ªa problemas con alguien desde hace a?os. Un ejemplo es el desastre del noventa y nueve. ¡ª?Desastre? ?Qu¨¦ ocurri¨® en esa fecha? ¡ªpregunt¨® Hammya sorprendida. ¡ª?No conoces el desastre del noventa y nueve? Bueno, aqu¨ª est¨¢ la historia. Alfred ten¨ªa mucho dinero y, al igual que Candado, un Bari (Padre en idioma Roob¨®leo) apareci¨® en su vida cuando era ni?o. Le cont¨® que ven¨ªa de un planeta llamado Cotorium. Desde entonces, Alfred ten¨ªa la ambici¨®n de construir un transporte muy r¨¢pido para llegar a Cotorium. Pero el proceso fue largo. En 1967, Alfred cre¨® planos para una m¨¢quina de teletransportaci¨®n que llevara a ese planeta, pero carec¨ªa de los recursos necesarios. Se le ocurri¨® entonces crear un laboratorio subterr¨¢neo que se extendiera desde Resistencia hasta nuestro pueblo, lo que le dar¨ªa total libertad para construirlo. El proyecto fue un ¨¦xito y se inaugur¨® en 1990, pero nueve a?os despu¨¦s, ocurri¨® un incidente... ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® Hammya con mayor intriga. ¡ªLo siento, no puedo decirte exactamente qu¨¦ ocurri¨®. Nadie lo sabe, ni siquiera Candado. Su abuelo nunca lo revel¨®, ni a ¨¦l ni a su familia. Los sobrevivientes guardaron silencio y no hubo denuncias sobre el suceso. Solo s¨¦ que fue noticia en todos los diarios: "Instituci¨®n de la provincia del Chaco se incendi¨® el jueves por la ma?ana". Eso es todo lo que se dijo. ¡ªEntiendo. As¨ª que eso explica el comportamiento de Candado, ?verdad? ¡ªNo, no tiene nada que ver. Siempre fue as¨ª; esta situaci¨®n solo lo agrav¨® ¡ªdijo Ana haciendo gestos con sus dedos. Las cosas segu¨ªan poco claras. La verdad era que Hammya entendi¨® muy poco. No era la explicaci¨®n que esperaba, as¨ª que pregunt¨® algo diferente. ¡ª?Qui¨¦n es Esteban? ¡ªEsteban es el rival de Candado. Se odian desde hace mucho tiempo por alguna raz¨®n, aunque no s¨¦ por qu¨¦. Lo que s¨ª s¨¦ es que ¨¦l es m¨¢s fuerte que todos nosotros. Solo Candado est¨¢ a su altura y viceversa. Antes de que Ana Mar¨ªa continuara respondiendo todas las preguntas de Hammya, Declan se acerc¨® a Ana y, con un tono autoritario, dijo: ¡ªAna, es hora de irnos. ¡ªYa voy ¡ªrespondi¨® Ana de mala gana. ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªLo lamento, tengo que irme a casa. No te preocupes, ma?ana seguiremos hablando. ¡ªClaro, nos vemos luego. ?Quiz¨¢s? Luego, Ana se march¨® con las mellizas y Declan. Poco a poco, la casa comenz¨® a vaciarse hasta que Hammya qued¨® sola. En ese momento, comenz¨® a reflexionar sobre lo ocurrido y lo que Ana le hab¨ªa contado. Por alguna raz¨®n desconocida, Candado hab¨ªa permitido que Hammya se uniera al gremio. Se trataba de un extra?o accidente en 1999, el asesinato del abuelo de Candado, una enemistad con un chico llamado Esteban, y la existencia de vida extraterrestre en un planeta. Hammya no sab¨ªa si ellos estaban locos o si ella simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Las experiencias del d¨ªa revoloteaban en su mente mientras buscaba alguna explicaci¨®n, al menos una que fuera un poco m¨¢s clara. Se levant¨® y se acerc¨® a la ventana. Observ¨® c¨®mo los bosques se mov¨ªan por efecto del viento. Luego, mir¨® el reloj y vio que eran las 3:36 pm. "Vaya, el tiempo vuela cuando te diviertes", pens¨®. Luego, con una mirada firme y decidida, declar¨®: ¡ªBien, ya s¨¦ lo que tengo que hacer ¡ªdijo con el pu?o extendido hacia la ventana. Mientras tanto, Candado caminaba por las calles vac¨ªas del pueblo bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos. Estaba sumido en sus pensamientos (cosa que disfrutaba mucho) acerca de lo que hab¨ªa sucedido ese d¨ªa.You could be reading stolen content. Head to Royal Road for the genuine story. ¡ª?Qu¨¦ te pasa, amigo? ?La ni?a te sac¨® de tus casillas? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari mientras volaba sobre su cabeza. ¡ªC¨¢llate, idiota. Estoy cansado debido a todo lo que pas¨® hoy, y no tengo ganas de escuchar tus burlas, "DEMONTO" (demonio y tonto). Adem¨¢s, ?por qu¨¦ no me dejaste hacerle la pregunta cuando se sent¨® junto a m¨ª en la escuela? ¡ªPodr¨ªa ser un augurio m¨ªo, pero ella no es como ustedes, los humanos. No, se?or. Esa chica Hammya emana algo distinto que no conozco. Adem¨¢s, su poder y su alma son m¨¢s extraordinarios de lo que cabe esperar en un humano com¨²n. Casi puedo asegurar que es mucho m¨¢s fuerte de lo que aparenta. ¡ª?T¨² tambi¨¦n? Bueno, s¨ª, ya lo supon¨ªa. Pero eso de que no es humana, ya lo sab¨ªa ¡ªrespondi¨® Candado con arrogancia. ¡ªAh, tambi¨¦n lo sab¨ªas. Bien por ti. A prop¨®sito, me gustar¨ªa saber ?por qu¨¦ la admitiste en tu gremio? ¡ªBueno, as¨ª como t¨² tienes tus "augurios", yo tuve una corazonada ¡ªdijo Candado con una risa torcida y los ojos cerrados. ¡ªNo me digas que te record¨® a ella, ?verdad? ¡ªdijo T¨ªnbari en tono suave. Al escuchar esto, Candado llev¨® su mano derecha hacia su cadena ba?ada en oro, que ten¨ªa un sol, y dijo: ¡ªElla era ¨²nica e irremplazable. Jam¨¢s podr¨ªa hacer tal cosa. Dar¨ªa lo que fuera por retroceder en el tiempo ¡ªa?adi¨® con un tono medio triste. ¡ªNo te servir¨ªa de nada retroceder en el tiempo. Aparte de que es imposible, no podr¨ªas ayudarla de todas formas, ya que ella estaba enferma. ¡ªYa lo s¨¦, pero me gustar¨ªa verla una vez m¨¢s. T¨ªnbari se detuvo detr¨¢s de Candado y, de manera burlona y poco sensible, dijo: ¡ªBueno, me aburr¨ª de hablar de tu hermana fallecida. Ya est¨¢ donde debe estar de todos modos. Total, a todos los humanos les espera esa c¨®moda caja de madera que es in¨²til tener. Y tambi¨¦n les esperan unos cuantos gusanos bajo tierra. Si tienes algo m¨¢s que decirme, hablaremos luego. Tengo trabajo en el Pensilvania. Nos vemos, amigo. ¡ªdijo T¨ªnbari mientras se desvanec¨ªa. Al escuchar esto, Candado no se enoj¨® ni se molest¨®. M¨¢s bien, comenz¨® a re¨ªr por lo que T¨ªnbari hab¨ªa dicho. La risa le permiti¨® olvidar sus penas y tristezas por la muerte de su hermana. Tras re¨ªr durante un buen rato, Candado se sec¨® las l¨¢grimas de los ojos con su pa?uelo rojo. ¡ªGracias, T¨ªnbari. Lo necesitaba. Despu¨¦s de pronunciar estas palabras, T¨ªnbari se desvaneci¨® en el aire, y la peque?a brisa que soplaba en la nuca de Candado llev¨® consigo una risa que poco a poco se fue desvaneciendo a medida que el viento se calmaba. Ahora, Candado quedaba solo en las tranquilas calles del pueblo, donde los ¨²nicos habitantes eran p¨¢jaros, gatos, perros y algunos molestos mosquitos. Mir¨® sus manos y sus zapatos por un momento y luego emprendi¨® el camino de vuelta a su casa. La tarde avanzaba, y camin¨® durante un largo rato, contemplando los paisajes de las calles del pueblo y los bosques. Finalmente, lleg¨® a su barrio. Eran las 3:49 p.m., y ya empezaba a ver a personas por todas partes: adultos charlando, ancianos barriendo sus casas y otros tomando mate o terer¨¦. Ni?os de entre 6 y 8 a?os jugaban con una pelota en el barro, mientras que j¨®venes de entre 18 y 20 a?os realizaban payasadas en los muros de las casas. Candado lleg¨® a su casa, la cual se asemejaba a un chalet de estilo alem¨¢n construido mayoritariamente con ladrillos y cemento. La fachada era de un color celeste claro, d¨¢ndole un aspecto distintivo. En la parte superior de la casa, hab¨ªa un peque?o establo con un techo de madera. La vivienda constaba de dos pisos, adem¨¢s del establo en la parte superior. Despu¨¦s de observar su hogar durante un minuto y medio, Candado entr¨® por la puerta principal. La cerr¨® tras de s¨ª y la asegur¨® con llave. La luz del sol que entraba por las ventanas del comedor, la cocina y la sala de estar iluminaba la casa. Subi¨® las escaleras que se encontraban frente a la puerta principal y lleg¨® a un pasillo con cuatro puertas. Tres de ellas llevaban a habitaciones, y la ¨²ltima conduc¨ªa ¨²nicamente a una escalera que sub¨ªa al establo de arriba. Se acerc¨® a la segunda puerta, una puerta de madera de color verde con un coraz¨®n amarillo en el centro, y la abri¨® con extremo cuidado. Encontr¨® a su abuela Andrea durmiendo en un sill¨®n, con un libro de cuentos de hadas en su regazo. Frente a ella, la peque?a Karen, de tan solo dos a?os, jugaba con un peluche en forma de rana. Karen ten¨ªa ojos verdes, cabello rubio y corto, y sol¨ªa vestir un overol amarillo con un bolsillo en el pecho. Llevaba medias rosadas con ositos y una remera verde brillante. Aunque no ten¨ªa poderes especiales, Karen destacaba por su tranquilidad y astucia a pesar de su corta edad. Al ver que todo estaba en orden, Candado cerr¨® la puerta con delicadeza y silencio, para no despertar a la beb¨¦. Karen continu¨® jugando ajena a la presencia de su hermano. Al comprobar que todo estaba en orden, Candado cerr¨® la puerta de manera delicada y silenciosa, con tanto cuidado que ni siquiera la beb¨¦ se percat¨® de la presencia de su hermano. Despu¨¦s de asegurarse de que su hermana estuviera feliz y sana, Candado se encamin¨® hacia su propia habitaci¨®n. La puerta de su habitaci¨®n era de madera blanca y en ella hab¨ªa un letrero con la inscripci¨®n en lat¨ªn "Cogito ergo sum" (pienso, luego existo). Al entrar, se encontr¨® con un espacio amplio que conten¨ªa dos ventanas adornadas con cortinas. Las paredes estaban pintadas de hormig¨®n blanco y destacaban en contraste con el resto de la decoraci¨®n. El mobiliario de la habitaci¨®n era variado y pr¨¢ctico. Una cama de tama?o ideal para dos personas se ubicaba bajo una de las ventanas, con una frazada azul y una almohada naranja. Junto a la puerta, hab¨ªa un ropero de madera de color rojo cereza con un espejo en la puerta. Al costado de la cama, a unos tres o cuatro cent¨ªmetros, se encontraba un escritorio negro bajo la otra ventana, acompa?ado por una silla de madera del mismo color. El piso estaba cubierto por una alfombra gris. La habitaci¨®n contaba con comodidades modernas, como un aire acondicionado, un ventilador en el techo y una peque?a estufa en el caj¨®n del escritorio. La decoraci¨®n de las paredes consist¨ªa en cinco cuadros y tres marcos de fotos. Los cuadros representaban a figuras hist¨®ricas como Hip¨®lito Yrigoyen, Juan Domingo Per¨®n y Eva Duarte, Ernesto Guevara, Nicol¨¢s Avellaneda y Roque S¨¢enz Pe?a. Los marcos de fotos estaban colocados en un mueble al lado del ropero. Uno de los marcos conten¨ªa una fotograf¨ªa de la familia de Candado, incluyendo a sus padres, abuelos, t¨ªos, t¨ªas, primos y sus dos hermanas. Una de sus hermanas era Karen, que ten¨ªa apenas seis semanas de edad en la foto. En otra foto, Candado sonre¨ªa junto a su primo y su hermana, sentado al frente. Otra foto mostraba a Candado con sus amigos: H¨¦ctor, Lucas, Ana Mar¨ªa, German, Matlotsky, Luc¨ªa, Erika, Anzor, Declan, Viki, y su mascota S¨ªo y Clementina. Tambi¨¦n hab¨ªa una foto en la que Candado y sus primos sosten¨ªan un trofeo de f¨²tbol en alto. Candado se quit¨® su boina y la coloc¨® en su ropero utilizando una percha. Luego, tom¨® una boina distinta y la colg¨® en un gancho en la puerta. Se sent¨® en su escritorio y sac¨® un libro de su caj¨®n. Sin embargo, en ese momento escuch¨® un ruido apenas perceptible, lo cual no le pareci¨® normal en absoluto. La habitaci¨®n contigua pertenec¨ªa a su difunta hermana, y nadie entraba all¨ª excepto para limpiar los fines de semana. Lleno de sospechas e intriga, cerr¨® el libro cuidadosamente y lo dej¨® sobre la mesa. Se puso de pie, agarr¨® su fac¨®n y sali¨® de su habitaci¨®n con cautela, dirigi¨¦ndose a la habitaci¨®n contigua. Al llegar, puso su oreja en la puerta y comenz¨® a escuchar peque?os ruidos, como el sonido de un cierre y pasos. ¡ª?Ladrones? Esteban ha llegado muy lejos ¡ªsusurr¨® Candado para s¨ª mismo. Sin perder tiempo, agarr¨® el picaporte y abri¨® la puerta r¨¢pidamente. Acto seguido, se lanz¨® sobre la figura sospechosa, inmoviliz¨¢ndola y colocando su fac¨®n en su cuello para evitar que gritara. Pero para su sorpresa, se encontr¨® con una Hammya asustada, temblando y con l¨¢grimas en los ojos. ¡ª?Qu¨¦ diablos? ?Por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª, pedazo de ¨¢rbol silvestre? ¡ªpregunt¨® Candado, manteniendo el cuchillo en el cuello de Hammya. ¡ªEn serio, Candado, creo que deber¨ªas tranquilizarte, por favor ¡ªdijo Hammya, titubeando. ¡ªNo s¨¦ de d¨®nde vienes ni qu¨¦ costumbres tienes, ?pero AQU¨ª LAS PERSONAS ENTRAN POR LA PUERTA Y NO POR LA VENTANA! ¡ªgrit¨® Candado, furioso. ¡ªTe lo contar¨¦ todo, solo quita ese cuchillo de mi cuello ¡ªdijo Hammya, a punto de llorar. Candado se puso de pie, guard¨® su fac¨®n y ayud¨® a Hammya a levantarse. ¡ªBien, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado, con los brazos cruzados y la ceja levantada. Hammya sac¨® una carta de su bolsillo y dijo: ¡ªMi padre, antes de morir, me dijo que te diera esta carta. Iba a dec¨ªrtelo en la escuela, pero se me olvid¨®. Luego en esa casa, pero volv¨ª a olvidarlo ¡ªdec¨ªa mientras extend¨ªa su mano con una carta en ella. ¡ªIdiota. ¡ªPerd¨®n, me distraje. Candado tom¨® la carta y la abri¨®, en ella dec¨ªa: Mi querido amigo, s¨¦ que esto puede parecerte descabellado y extra?o, pero me dijiste que estabas en deuda conmigo y que si alguna vez necesitaba ayuda no dudar¨ªa en acudir a ti y a tu padre. Lamento comunicarte que tengo c¨¢ncer terminal y estoy sufriendo mucho dolor a consecuencia de esto. Se me dificulta mucho moverme y tambi¨¦n respirar, casi no tengo fuerzas. La quimioterapia ya no me sirve y he pedido una muerte digna para no sufrir m¨¢s. Por eso quiero pedirte un favor. Quiero que cuides a mi ni?a, Hammya Saillim, porque yo no podr¨¦ hacerlo. No deseo que termine en un orfanato y como no tengo familia ni amigos de confianza, conf¨ªo su cuidado a ti. Has demostrado ser una persona digna de m¨¦ritos y confianza. As¨ª que, por favor, cu¨ªdala. Lamento no poder explicar m¨¢s en esta carta, pero Hammya te lo contar¨¢ todo a su debido tiempo. Tuyo, Ricardo Miranda "El Rueda" Al leer esto, Candado sinti¨® una mezcla de tristeza y pena por su amigo "El Rueda", quien no pudo verle en sus ¨²ltimos momentos. Mir¨® a Hammya y pens¨® que tal vez podr¨ªa quedarse si se lo ped¨ªa a sus padres. Sin embargo, ?c¨®mo podr¨ªa hacerlo? Era una situaci¨®n repentina y no se trataba de un perro o un gato abandonado; no, era una ni?a que no ten¨ªa a d¨®nde ir. Candado tom¨® aliento y, con cierta frialdad, dijo: ¡ªNo lo s¨¦. Tal vez si hablo con mis padres, podr¨ªas quedarte. Hammya esboz¨® una sonrisa y estuvo a punto de abrazar a Candado, pero ¨¦l r¨¢pidamente puso su mano en su frente para mantenerla a distancia. ¡ªNo se te ocurra. Mira tus prendas, est¨¢n sucias. Seguro tuviste que pasar por el barro del jard¨ªn. Primero date un ba?o y cambia tu ropa. ¡ª?Solo eso? ¡ªTodav¨ªa te odio. Y si vas a vivir aqu¨ª, no me molestes en absoluto. Puedo hacer tu vida muy miserable, seas o no hija de Miranda. La carta dice que te cuide, pero en ning¨²n momento especifica c¨®mo hacerlo. ¡ªBueno ¡ªdijo Hammya, visiblemente asustada. ¡ªMe alegra que hayas entendido, esmeralda. ¡ªDeja de burlarte. Trat¨¦ de te?irme el pelo, pero cada vez que lo hac¨ªa, el color cambiaba. ¡ªTe deprimes muy f¨¢cilmente. Qu¨¦ torpe. ¡ªBueno, creo que ya es suficiente. Ahora, ?D¨®nde est¨¢ el ba?o? Candado hizo un gesto para que lo siguiera. Sin embargo, al dirigirse a la entrada, la puerta se abri¨® misteriosamente y golpe¨® a Candado en la cara, provocando que cayera al suelo, gimiendo de dolor. En ese momento, apareci¨® una chica de aproximadamente 12 a?os en la puerta. ¡ªHola. Vine a inspeccionar los ruidos extra?os de esta habitaci¨®n. ¡ª?Aaay! Me duele la nariz. ?Por qu¨¦ no tocaste la puerta, Clementina? ¡ªse quej¨® Candado, mientras se tocaba la nariz adolorida. ¡ªJoven patr¨®n, no sab¨ªa que estabas detr¨¢s de la puerta. Mis m¨¢s sinceras disculpas. Adem¨¢s, ?por qu¨¦ iba a tocar la puerta en una habitaci¨®n vac¨ªa? ?Quieres que el aire la abra? ¡ªdijo Clementina, con la mano izquierda sobre su pecho. ¡ªJa, ja, ja. No intentes razonar l¨®gicamente conmigo, pedazo de Nokia. Y m¨¢s te vale tener cuidado la pr¨®xima vez ¡ªadvirti¨® Candado, se?alando con su dedo ¨ªndice la frente de Clementina. Hammya se acerc¨® a ambos y pregunt¨®: ¡ªCandado, ?Qui¨¦n es ella? ¡ªAh, apenas se conocen y ya la odias. Ay, contigo, ni?a. Su nombre es Clementina V02 (Versi¨®n 02). ¡ª?Por qu¨¦ llevas ese apellido? ¡ªinquiri¨® Hammya. ¡ªPorque es un robot, fabricado por mi abuelo, con partes sobrevivientes de la computadora Clementina. ¡ªMucho gusto, se?orita extraterrestre ¡ªsalud¨® Clementina con una sonrisa. ¡ªOh, ?vos tambi¨¦n? Clementina es de piel blanca y tiene el cabello largo, recogido en una cola de caballo, de color negro. Sus ojos son totalmente oscuros, como si nunca hubiera visto la luz del sol, pero tienen c¨ªrculos verdes brillantes en ellos. Sus cejas est¨¢n hechas de vidrio irrompible, pintadas en un tono casta?o. En su cuello lleva un tatuaje con el n¨²mero 02. Viste unos pantalones verdes claros de gala, junto con zapatos del mismo color. Su camisa es negra y lleva un chaleco verde. Complementa su atuendo con guantes rosados de gala y una corbata verde fuerte. Su personalidad es sumamente peculiar: es amable y obediente con la familia Barret. De vez en cuando, intenta imitar la seriedad de Candado, pero rara vez le sale bien. A veces, incluso, lo molesta llam¨¢ndole "joven patr¨®n". M¨¢s bien, tiende a ser en¨¦rgica, con una pizca de fr¨ªa seriedad. Act¨²a como una especie de hermana para Candado. En cuanto a sus habilidades y poderes, Clementina, al ser una androide creada por Alfred, es una arma defensiva. Tiene manos que pueden transformarse en ametralladoras o navajas, y su pecho tiene la capacidad de lanzar fuego. Adem¨¢s, su brazo derecho cuenta con un ca?¨®n de energ¨ªa que puede destruir un muro entero o una casa. A pesar de tener una apariencia infantil, Clementina act¨²a con la madurez de una mujer adulta en ciertas ocasiones. Contribuye en las tareas del hogar y cuida de la hermana y la abuela de Candado. Esto ¨²ltimo es peculiar, ya que generalmente no se ve a un ni?o cuidando de una persona mayor. Clementina es extremadamente leal a Candado, en gran parte debido a que ¨¦l le proporcion¨® piel para que su aspecto fuera m¨¢s humano. Adem¨¢s, ella es responsable del manejo de la casa, encarg¨¢ndose de las puertas, ventanas, sistemas de seguridad y m¨¢s. En otras palabras, tiene un papel central en el funcionamiento de la casa y las actividades de Candado, incluidas las reuniones. El inicio de la relaci¨®n entre Hammya y Clementina fue algo torpe, pero eventualmente comenzaron a llevarse bien. Sin embargo, Candado not¨® algo peculiar en el cabello de Hammya, y con su mano derecha se toc¨® el ment¨®n antes de acercarse a ella. ¡ª?Sabes? He estado pensando, ahora que tengo tiempo, acerca de tu cabello. ?Cu¨¢l es tu poder, ni?a? ¡ªYo no estoy segura, hasta el d¨ªa de hoy. Solo s¨¦ que ocurre cuando estoy inconsciente, pero no s¨¦ si realmente tengo alg¨²n tipo de poder ¡ªrespondi¨® Hammya. ¡ªTe equivocas, ni?a. El 97% del mundo posee poderes. No creo que t¨² seas la excepci¨®n ¡ªafirm¨® Candado. ¡ª?C¨®mo sabes eso? Candado hizo una se?al a Clementina con un chasquido de dedos, y ella comenz¨® a hablar. ¡ªHace 100 a?os, en Resistencia Chaco, cay¨® un meteoro del tama?o de una casa en los bosques de la ciudad. Algunos lugare?os y polic¨ªas fueron a investigar lo que hab¨ªa ocurrido. Uno de los testigos se acerc¨® y toc¨® la piedra que hab¨ªa ca¨ªdo del espacio. Al hacerlo, el meteoro liber¨® una energ¨ªa violeta al cielo, ocasionando que se oscureciera completamente el sol. Esta energ¨ªa abandon¨® el meteoro y se concentr¨® en el cielo durante varios minutos. Las personas que presenciaron este fen¨®meno creyeron que era el fin del mundo y comenzaron a rezar a la esfera de energ¨ªa morada que estaba en el cielo. Sin embargo, algo extra?o sucedi¨®. La esfera empez¨® a comprimirse excesivamente hasta que finalmente explot¨® en fragmentos que se dispersaron por todo el mundo. Estos fragmentos generaron diversos eventos en todo el mundo, otorgando a los seres humanos magia y poderes cuyo origen a¨²n se desconoce. ¡ªEn otras palabras, superhumanos ¡ªcoment¨® Candado mientras mostraba su mano izquierda envuelta en una llama violeta. Hammya no comprend¨ªa completamente lo que estaba ocurriendo ni si lo que Candado dec¨ªa era cierto o un truco. Decidi¨® seguirle el juego y, de manera astuta, dio a entender que les cre¨ªa. ¡ªVaya, eso lo explica todo. Tienes un poder incre¨ªble ¡ªdijo Hammya con asombro. Candado no cre¨ªa ni una palabra de lo que Hammya le contaba. Sab¨ªa que el poder que ten¨ªa no era en absoluto extraordinario y tampoco sab¨ªa c¨®mo controlarlo adecuadamente. Sin embargo, no pod¨ªa tacharla de mentirosa, ya que eso podr¨ªa desencadenar en ella una ambici¨®n peligrosa y mortal por demostrarle que estaba equivocado. Si Hammya intentara mostrar su poder sin saber controlarlo, podr¨ªa poner en peligro su hogar. Candado ya hab¨ªa aprendido esta lecci¨®n por experiencia, cuando subestim¨® a un joven de 18 a?os que no ten¨ªa idea de c¨®mo manejar su poder y termin¨® destrozando la escuela. Por lo tanto, para no da?ar su autoestima, Candado ide¨® un plan. ¡ªEst¨¢ bien, ?qu¨¦ tal si me muestras una peque?a demostraci¨®n afuera? ¡ªpropuso Candado, se?alando la ventana de su habitaci¨®n hacia el patio. ¡ª?Por qu¨¦ afuera? ¡ªpreguntaron Hammya y Clementina al un¨ªsono. ¡ªPor seguridad, chicas, por seguridad ¡ªrespondi¨® Candado. As¨ª que Candado y sus compa?eras se dirigieron en silencio al jard¨ªn para que Hammya pudiera mostrar su "gran poder". Una vez en el patio, Candado se sent¨® en un banco de madera y cuero de chivo, Hammya se coloc¨® bajo el ¨²nico ¨¢rbol grande en el jard¨ªn, y Clementina se posicion¨® junto a Candado como si fuera su guardaespaldas. ¡ªBien, mu¨¦strame tu poder ¡ªindic¨® Candado levantando el brazo como si fuera un general. ¡ªEst¨¢ bien ¡ªrespondi¨® Hammya, nerviosa. Adopt¨® una postura, pero en realidad no ten¨ªa idea de lo que deb¨ªa hacer. Busc¨® formas de calmarse poco a poco, hasta que finalmente logr¨® hacerlo. Levant¨® su mano izquierda se?alando a Candado y cerr¨® los ojos. Despu¨¦s de unos minutos de tensa espera, algo comenz¨® a suceder: el viento empez¨® a soplar m¨¢s fuerte que antes. Las hojas de los ¨¢rboles, tanto dentro como fuera de la casa, comenzaron a caer y en lugar de ir al suelo, se acercaron a Hammya y la rodearon en una especie de patr¨®n en forma de X, como si fueran abejas y ella la colmena, o insectos guiados por la luz en la oscuridad de la noche. Pero eso no fue todo. El cabello verde de Hammya comenz¨® a brillar intensamente, y sus pies dejaron de tocar el suelo; estaba flotando. Candado, con los brazos cruzados y una expresi¨®n impasible, observaba todo lo que suced¨ªa. Clementina, la ¨²nica sorprendida en la escena, dio cuatro pasos hacia adelante. ¡ªEs asombroso. Su poder tiene una conexi¨®n fuerte con la naturaleza. ¡ª?En qu¨¦ te basas para decir eso? ¡ªpregunt¨® Candado con iron¨ªa. Despu¨¦s de un rato, el poder de Hammya comenz¨® a perder gradualmente el control, algo que Candado not¨® r¨¢pidamente. Intent¨® advertir a Clementina que se apartara, pero antes de que pudiera hacerlo, ella dio un paso hacia adelante. De alguna manera, Hammya, con los ojos cerrados, pareci¨® enfurecerse, como si se sintiera amenazada. Las ra¨ªces del ¨¢rbol detr¨¢s de ella brotaron del suelo y se precipitaron hacia Clementina a una velocidad sorprendente. Parec¨ªa probable que la enorme ra¨ªz la golpeara y la destrozara por completo. Candado se dio cuenta de la situaci¨®n en un instante. R¨¢pidamente, se levant¨® de su asiento, corri¨® y empuj¨® a Clementina a un lado, evitando que las ra¨ªces la alcanzaran. En el proceso, ¨¦l mismo recibi¨® el impacto de las ra¨ªces en su pecho. El golpe fue tan fuerte que lo arroj¨® por los aires y lo hizo volar hacia la entrada de la casa, rompiendo la puerta de hierro que conectaba el patio con la casa con su espalda. Mientras Hammya abr¨ªa los ojos y ve¨ªa a Clementina y a Candado en el suelo, las ra¨ªces volvieron a su estado original. Hammya se apresur¨® a correr hacia Candado, mientras que Clementina, una vez que se puso de pie, tambi¨¦n se dirigi¨® a ayudar. Cuando ambas llegaron a ¨¦l, lo encontraron tirado en el suelo, gravemente herido pero sin una expresi¨®n de dolor en su rostro ni una l¨¢grima en sus ojos. En su lugar, manten¨ªa una expresi¨®n seria con una ceja arqueada. ¡ªBueno, digamos que he tenido situaciones m¨¢s terribles que esta. No todos los d¨ªas una ra¨ªz del ¨¢rbol que cuidaste durante cinco a?os te ataca brutalmente y te deja medio muerto ¡ªdijo Candado desde el suelo con calma. ¡ª?Est¨¢s bien, joven patr¨®n? ¡ªpregunt¨® Clementina mientras sacud¨ªa la tierra de su ropa. ¡ªC¨®mo te gusta hacerme enojar ¡ªcontinu¨® con gritos¡ª ?ME GOLPE¨® UN MALDITO ¨¢RBOL E HIZO QUE MI ESPALDA ROMPIERA LA PUERTA DE HIERRO REFORZADA CON TITANIO ANTI ROBOS, AS¨ª QUE NO, NO ESTOY BIEN! ¡ªLo siento en el alma, Candado ¡ªdijo Hammya arrodill¨¢ndose a su lado. Por supuesto, Candado tambi¨¦n lo sent¨ªa m¨¢s que ella. Un da?o emocional no se comparaba con un da?o f¨ªsico extremo; si hubiera sido otra persona, ese golpe habr¨ªa sido mortal. Cambiando un poco de tema, en un rinc¨®n estaba T¨ªnbari, sentado en un sill¨®n con una taza de caf¨¦ y las piernas cruzadas. ¡ªBueno, bueno, bueno, qu¨¦ maravilloso desastre ha quedado la casa. ¡ªOye, Demonto, ?crees que me voy a morir? Creo que algo le pas¨® a mis ¨®rganos. De hecho, no siento mi espalda. ¡ªNo creo que te mueras. Despu¨¦s de todo, eres un humabio (juego de palabras entre humano y soberbio, improvisado para la ocasi¨®n), y esos son los que son duros ¡ªdijo T¨ªnbari. Hammya se acerc¨® a Candado, puso sus manos en su espalda y lo ayud¨® a levantarse, pero ¨¦l frunci¨® los ojos y arque¨® una ceja por el dolor. ¡ªMira, te agradezco la ayuda, pero al hacerlo me causaste un dolor a¨²n m¨¢s intenso al tocar mi espalda. Como ver¨¢s, soy una persona caballerosa y no voy a mostrar toda la ira e insultos que tengo en mente, as¨ª que si me lo permites. Luego, Candado procedi¨® a tirarle de la oreja izquierda. ¡ªMe lo merec¨ªa ¡ªdijo Hammya con expresi¨®n de dolor. Justo en ese momento, se escucharon pasos en el piso de arriba y una voz que dec¨ªa: ¡ªHijo, ?Qu¨¦ es todo este esc¨¢ndalo? Esas palabras causaron un poco de nervios en los presentes. La puerta del jard¨ªn y el sal¨®n estaban completamente destruidas. En cuanto a T¨ªnbari, desapareci¨® sin dejar rastro, como siempre lo hab¨ªa hecho con todos aquellos que, seg¨²n ¨¦l, eran impuros y no ten¨ªan derecho a verlo. En realidad, se escond¨ªa de los humanos para no llamar la atenci¨®n. Descendiendo las escaleras, estaba nada m¨¢s y nada menos que la abuela de Candado, Andrea Batef G¨®mez Barret (fue la esposa del difunto Alfred). Mir¨® a todos y pregunt¨®. Abuela Andrea: Tiene el cabello rojizo, con peque?as canas, corto y recogido en una coleta. Tiene ojos marrones, un lunar en su mejilla superior derecha y casi no tiene arrugas en su rostro, pero s¨ª en sus manos. Tiene piel blanca. ¡ª?Qu¨¦ ha pasado aqu¨ª? ¡ªNo es nada de lo que preocuparse abuela. La puerta se puede reparar y la sala tambi¨¦n ¡ªdijo Candado mientras arreglaba su camisa. La abuela dirigi¨® su mirada a Hammya y pregunt¨®. ¡ªQu¨¦ ni?a tan linda. ?Qui¨¦n es? ¡ªOh, su nombre es Hammya. No dejes que su belleza te enga?e, porque es una maldita y hambrienta yaguaret¨¦ ¡ªdijo Candado con enojo. ¡ªYa veo. As¨ª que tu nombre es Hammya, tu padre fue Ricardo Miranda, conocido como el "Rueda", y debido a su muerte te quedar¨¢s en esta casa porque Candado fue amigo de ese individuo agudo. Tambi¨¦n, parece que no sabes manejar tus poderes, ?verdad?¡ª?C¨®mo supo todas esas cosas? ?Acaso me conoce? ¡ªpregunt¨® Hammya sorprendida.¡ªVamos, no es para sorprenderse. Despu¨¦s de todo, ese es su poder ¡ªdijo Candado. ¡ª?Qu¨¦ fue todo eso de "No es para sorprenderse"? Ella sabe todo sobre mi padre. ¡ªNi?a, ni?a, ni?a, tu ingenuidad es tan graciosa como el color de tu cabello. ?No escuchaste lo que te dije hace poco? En este planeta, el 97% de los humanos tiene poderes. En este caso, mi abuela es uno de ellos. ¡ªExacto, es como dice mi ni?o. Tengo poderes desde que era una ni?a, al igual que ustedes.¡ª?Qu¨¦ clase de poderes tiene usted, se?ora? ¡ªBueno, tengo algunos, como leer mentes, crear una barrera de protecci¨®n, sanar heridas y algunas enfermedades, puedo desvanecerme como las cenizas, etc. ¡ªGenial, yo tengo un poder, algo diferente al suyo. Creo que es de la naturaleza. ¡ª?En serio? Eso es genial, peque?a. ¡ªBueno, para ser sincero, lo que ella experiment¨® fue moment¨¢neo ¡ªdijo Candado. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªLo que hiciste afuera simplemente despert¨® tu poder. Nada m¨¢s que eso. Por ahora, tu esp¨ªritu no puede controlar tu poder. ¡ª?Se puede arreglar? ¡ªS¨ª, se puede arreglar. Pero para eso, tendr¨¢s que entrenar. La abuela observaba la conversaci¨®n de los chicos con desesperaci¨®n. Era como ver a dos ancianos hablando de su infancia, en otras palabras, aburrido. Cansada de escucharlos, levant¨® la mano y habl¨® con voz tranquila. ¡ªDisculpen, no quisiera interrumpir, pero la puerta del patio est¨¢ destruida y si no les molesta, me gustar¨ªa que la arreglen. ¡ªPor supuesto, no se preocupe, patrona ¡ªdijo Clementina. Con ambas manos, levant¨® la puerta de metal y la coloc¨® en su lugar. Luego, utilizando su dedo ¨ªndice como herramienta, sac¨® un soplete y comenz¨® a reparar las bisagras. ¡ªBien, ahora que la puerta est¨¢ arreglada, voy a preparar el almuerzo¡­ ¡ªEspera, ?no creen que deber¨ªamos hablar de esto? Digo, ?qu¨¦ pensar¨ªan mis padres si les digo que una "ni?a" va a quedarse a vivir en casa por una deuda que ten¨ªa con un amigo? ¡ªNo te preocupes, todo se resolver¨¢ cuando ellos lleguen. Mientras tanto, mu¨¦strale su habitaci¨®n. Recuerda que la deuda tambi¨¦n es de tu padre. ¡ªS¨ª, lo s¨¦. Solo espero que lleguen a tiempo para hablar. ¡ªBueno, olvidemos todo eso y ll¨¦vala a su habitaci¨®n. ¡ª?Cu¨¢l habitaci¨®n? ¡ªJe, qu¨¦ despistado. ¡ªLo siento, pero ?d¨®nde se va a hospedar? ¡ª?OYE! ¡ªgrit¨® Hammya. ¡ªQu¨¦ te parece si se hospeda en la habitaci¨®n de Gabriela. Despu¨¦s de todo, esa habitaci¨®n ha estado abandonada por m¨¢s de 3 a?os. ¡ªEst¨¢ bien, har¨¦ la vista gorda ¡ªdijo Candado con disgusto. Mientras la abuela se dirig¨ªa a la cocina, Candado llev¨® a Hammya a la habitaci¨®n, la misma en la que estuvieron antes, pero ahora en lugar de ser una intrusa, era una hu¨¦sped. ¡ªBien, a partir de hoy, esta ser¨¢ tu habitaci¨®n ¡ªdijo Candado, mostrando la habitaci¨®n. ¡ªGracias ¡ªcontinu¨® diciendo¡ª y por cierto, quiero disculparme por el golpe y el da?o que caus¨¦. ¡ªNo te preocupes, he conocido a personas que golpean mucho m¨¢s fuerte que t¨². ¡ªAunque de todas maneras te dol¨ªa la espalda ¡ªsusurr¨® Hammya. Luego, Candado se dirigi¨® hacia la puerta y se fue, cerr¨¢ndola detr¨¢s de ¨¦l sin decir nada m¨¢s. A medida que se alejaba, sus pisadas se hac¨ªan cada vez m¨¢s silenciosas. Hammya comenz¨® a desempacar sus ropas y algunos objetos, se recost¨® con cuidado en la cama y mir¨® el techo, donde curiosamente estaba escrito en azul: "Tienes tarea que hacer". Intrigada por esas palabras que parec¨ªan tener un significado oculto, Hammya sab¨ªa que no se revelar¨ªan ese d¨ªa. ¡ªSeguro que ma?ana ser¨¢ un buen d¨ªa ¡ªsusurr¨® Hammya para s¨ª misma. Pero justo cuando estaba a punto de dormirse, escuch¨® unos ligeros golpes en la puerta y una voz d¨¦bil que dec¨ªa: ¡ªSe?orita, ?ser¨ªa tan amable de abrir la puerta? Esas palabras fueron suficientes para que Hammya se levantara de la cama y se dirigiera a la puerta. Con su mano derecha, la abri¨® cuidadosamente y asom¨® la cabeza para ver qui¨¦n estaba all¨ª, pero no vio a nadie. Confundida, abri¨® la puerta por completo y sali¨® al pasillo. Mir¨® a ambos lados, pero no hab¨ªa nadie a la vista. Resignada y desconcertada, volvi¨® a entrar en la habitaci¨®n y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ella. Sin embargo, cuando se gir¨®, se asust¨® al ver que T¨ªnbari estaba recostado en la cama. ¡ªAh, reci¨¦n ahora te asustas. Realmente me sorprendes de muchas maneras, nena ¡ªdijo T¨ªnbari con voz burlona. ¡ªPerd¨®n, pero cualquiera se habr¨ªa asustado en esa situaci¨®n. ¡ªNo, no cualquiera. Candado es la prueba viviente de eso. Hace que todos parezcan unos tontos in¨²tiles ¡ªdijo T¨ªnbari con tono burl¨®n. ¡ªEst¨¢ bien. ?Qu¨¦ quiere el "supuesto demonio" de una "idiota"? ¡ªNada en particular. Solo vine a sacar mis propias conclusiones sobre ti, "¨¢rbol andante" ¡ªdijo T¨ªnbari de manera seria. ¡ª?Conclusiones sobre m¨ª? ?Por qu¨¦¡­? ¡ªMira, mi deber en este vasto y aburrido mundo es cuidar a Candado de los combates diarios que enfrenta con los desagradables humanos y su est¨²pida sociedad. Pero hoy, ocurri¨® algo que no es com¨²n. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® hoy? T¨ªnbari acerc¨® bruscamente su cabeza a la altura de Hammya, quedando cara a cara con ella. ¡ªTu presencia. Esas palabras asustaron tanto a Hammya que intent¨® disimular su miedo con una sonrisa temblorosa, aunque sin ¨¦xito. Sus manos temblaban de manera r¨¢pida, tanto que las escondi¨® detr¨¢s de su espalda. ¡ª?Qu¨¦ tiene mi presencia? ¡ªpregunt¨® Hammya con voz temblorosa. ¡ªOh, huelo tu miedo, ni?a. No hace falta que lo ocultes de m¨ª. Aunque es extra?o, porque cuando deber¨ªas haber tenido miedo, no lo ten¨ªas. Pero ahora s¨ª. La verdad es que no te entiendo, ni?a. En fin, eso no importa. La verdad es que tu presencia ante Candado ha despertado sospechas en m¨ª. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªNo sabes lo que ha pasado ese chico. No hueles a humano ni te pareces a uno. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? Nac¨ª en Entre R¨ªos. ¡ªVaya, parece que el t¨¦rmino "pelele" no te queda bien. Creo que m¨¢s bien eres torpe. ?No entendiste lo que te dije? T¨² no eres humana. No me importa lo que creas. El punto es que nunca he visto a alguien como t¨² en mi vida, y si alguien como t¨² est¨¢ aqu¨ª, entonces Pullbarey no debe estar lejos. ¡ª?Qui¨¦n es Pullbarey? ¡ªHammya, Hammya, s¨ª, Hammya. Un nombre que jam¨¢s he o¨ªdo en la Tierra, pero que s¨ª he escuchado en otro lugar. ¡ªEst¨¢s confundi¨¦ndome. ¡ªNo me interesa. Solo mantente alejada de Candado. Tengo tres reglas para ti ¡ªdijo mientras mostraba sus dedos afilados y amenazantes a menos de un cent¨ªmetro de ella, lo que la asust¨®. Hammya trag¨® saliva y pregunt¨®. ¡ª?Reglas? ¡ªPrimera regla: no hagas que Candado sufra. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNo te hagas su amiga. Ya tiene suficientes amigos. Tu amistad te llevar¨¢ a conocer sus secretos m¨¢s ¨ªntimos. No puedes, no¡­ me corrijo, nunca lo intentes. Hammya se desilusion¨® y baj¨® la cabeza. ¡ª?Y la siguiente? ¡ªNo le preguntes nada, absolutamente nada, ni a ¨¦l ni a sus familiares. Y la tercera, no me hagas enojar bajo ninguna circunstancia. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s haciendo esto? ¡ªPara protegerlo. Es como un hijo. Un hijo que ya ha sido lastimado por la miserable vida que lo rodea. Todos son fr¨¢giles. Hammya levant¨® la cabeza y respondi¨®. ¡ªLo siento, pero parece que romper¨¦ algunas de esas reglas. Si voy a vivir aqu¨ª, quiero conocer a todos los residentes, incluy¨¦ndolo a ¨¦l. T¨ªnbari sonri¨® y solt¨® una terrible carcajada, lo que confundi¨® a¨²n m¨¢s a Hammya. ¡ªEs lo m¨¢s gracioso que he visto. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® ella con temor. ¡ªTus ojos ¡ªluego sigui¨® riendo. ¡ªNo entiendo. T¨ªnbari, entre risas, dijo: ¡ªEres tan ingenua. No hay nada¡­ nada sospechoso en tus ojos. Solo veo a una ni?a. Una ni?a que est¨¢... ¡ªDeja de re¨ªrte y habla claro. T¨ªnbari dej¨® de re¨ªr y continu¨®. ¡ªPuedes olvidarte de las reglas, ni?a. Acabo de ver tus secretos. Pens¨¦ que eras una asesina infiltrada, o una interesada, o una vagabunda. Pero todav¨ªa no descifro tu identidad en este planeta. Por ahora, no hay nada que represente un peligro para Candado. As¨ª que olv¨ªdalo, por ahora. ¡ªNo entiendo. ?Qu¨¦ te pasa? ¡ªNo importa. Yo te dir¨¦ si eres una amenaza o no. Pens¨¦ que ibas por el premio. ¡ª?Qu¨¦? ?Premio? ?De qu¨¦ est¨¢s hablando? Expl¨ªcate, demonio burl¨®n ¡ªexigi¨® Hammya. ¡ªBueno, mi ni?a ingenua, eso es algo que no puedo revelar. Tendr¨¢s la respuesta cuando Candado conf¨ªe plenamente en ti. De todas formas, no debes meter tu nariz donde no te llaman. Porque si lo haces, ¨¦l te destripar¨¢ con su cuchillo y yo me comer¨¦ tus entra?as frente a tus ojos ¡ªdijo T¨ªnbari, acercando su dedo demon¨ªaco a la nariz de Hammya. Tras esa conversaci¨®n, T¨ªnbari se desvaneci¨® en humo, como siempre hac¨ªa. Despu¨¦s de todo lo ocurrido en el d¨ªa, esa conversaci¨®n dej¨® a Hammya p¨¢lida de miedo. Todo lo que T¨ªnbari hab¨ªa dicho pod¨ªa ser cierto o no. Seg¨²n lo que hab¨ªa escuchado, se trataba de un asunto muy serio, y tal vez su vida estuviera en juego. A punto de explotar, Hammya inhal¨® y exhal¨® repetidamente hasta calmarse. Se encogi¨® de hombros, se sent¨® en la cama y se restreg¨® los ojos con la mano izquierda debido al cansancio. Luego, se recost¨® con delicadeza en la cama y mir¨® el techo. A medida que el sue?o la venc¨ªa poco a poco, habl¨® con voz tenue y tranquila. Hammya trag¨® saliva y pregunt¨®. ¡ª?Reglas? ¡ªPrimera regla, no hagas que Candado sufra. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNo te hagas su amiga, ya tiene suficientes amigos. Tu amistad te llevar¨¢ a conocer sus secretos m¨¢s profundos. No puedes, no¡­ me corrijo, jam¨¢s lo intentes. Hammya se desilusion¨® y baj¨® la cabeza. ¡ª?Y qu¨¦ m¨¢s? ¡ªNo le preguntes nada, absolutamente nada, ni a ¨¦l ni a sus familiares. Y tercero, no me hagas enojar de ninguna manera. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s haciendo esto? ¡ªPara protegerlo. Es como un hijo, un hijo que ya ha sido lastimado por la miserable vida que lo rodea. Todos son fr¨¢giles. Hammya levant¨® la cabeza y contest¨®. ¡ªLo siento, pero parece que romper¨¦ algunas de esas reglas. Si voy a vivir aqu¨ª, quiero conocer a todos los residentes, incluy¨¦ndolo a ¨¦l. T¨ªnbari sonri¨® y solt¨® una terrible carcajada, lo que desconcert¨® a¨²n m¨¢s a Hammya. ¡ªEs lo m¨¢s gracioso que he visto. ¡ª?Qu¨¦?¡ªpregunt¨® ella con temor. ¡ªTus ojos¡ªluego volvi¨® a re¨ªrse. ¡ªNo lo entiendo. T¨ªnbari, entre risas, dec¨ªa: ¡ªQu¨¦ tonta, qu¨¦ tonta¡­ No hay nada de¡­ Nada de¡­ Sospechoso en tus ojos¡­ Solo veo a una ni?a¡­ Una ni?a que est¨¢¡­ ¡ªDeja de re¨ªrte y habla claramente. T¨ªnbari par¨® y continu¨®. ¡ªPuedes olvidarte de las reglas, ni?a. Acabo de ver tus secretos. Pens¨¦ que eras una asesina infiltrada o una interesada o una vagabunda, pero todav¨ªa no descarto tu identidad en este planeta. Por ahora, no hay nada que sea perjudicial para Candado, as¨ª que olv¨ªdalo, por ahora. ¡ªNo entiendo, ?Qu¨¦ te ocurre? ¡ªDa igual, yo dir¨¦ si eres una amenaza o no. Pens¨¦ que ibas por el premio. ¡ª?Qu¨¦? ?Premio? ?De qu¨¦ est¨¢s hablando? Expl¨ªcate, demonio burl¨®n ¡ªexigi¨® Hammya. ¡ªBueno, mi ni?a ingenua, eso es algo que no puedo revelar. T¨² tendr¨¢s la respuesta cuando Candado conf¨ªe plenamente en ti. No obstante, no debes entrometer tu nariz en asuntos ajenos, porque si lo haces, ¨¦l te destripar¨¢ con su cuchillo y yo me comer¨¦ tus entra?as frente a tus ojos ¡ªdijo T¨ªnbari, acercando su dedo demon¨ªaco a la nariz de Hammya. Despu¨¦s de esa conversaci¨®n, T¨ªnbari se desvaneci¨® en humo, como sol¨ªa hacer. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa sucedido ese d¨ªa, esa conversaci¨®n dej¨® a Hammya p¨¢lida de miedo. Todo lo que T¨ªnbari hab¨ªa dicho podr¨ªa ser verdad o no. Seg¨²n lo que hab¨ªa escuchado, se trataba de un asunto muy serio y tal vez su vida estuviera en juego. Estando a punto de estallar, Hammya inhal¨® y exhal¨® repetidamente hasta que finalmente logr¨® calmarse. Se encogi¨® de hombros y se sent¨® en la cama, refreg¨¢ndose el ojo con la mano izquierda debido al cansancio. Luego se recost¨® delicadamente en la cama y mir¨® fijamente el techo. Mientras poco a poco era vencida por el sue?o, dijo con voz tenue y tranquila. ¡ªSi hoy fue un d¨ªa agitado, ?C¨®mo ser¨¢ ma?ana? ¡ªDespu¨¦s cerr¨® sus ojos. Eran las 7:00 p.m. cuando finalmente se qued¨® dormida. Para ella, era el fin del d¨ªa y el comienzo del pr¨®ximo. Justo en ese momento, Candado entr¨® al dormitorio para avisar que la comida ya estaba servida. Sin embargo, al ver que Hammya estaba dormida, hizo silencio. Se acerc¨® a ella con cuidado, le sac¨® los zapatos y le puso una frazada encima para abrigarla. ¡ªNi?a, ?acaso no sabes que en este pueblo hace fr¨ªo en la tarde? ¡ªdijo Candado en voz baja. Luego se llev¨® los zapatos de Hammya para limpiarlos y arreglarlos, ya que estaban bastante desgastados. Se retir¨® del dormitorio en un estado de ¨¢nimo m¨¢s serio que el que ten¨ªa antes y observ¨® los zapatos de Hammya y luego la puerta. ¡ª?Qu¨¦ tipo de padre fue "El Rueda" para ti, Hammya Saillim? ¡ªmurmur¨® mientras miraba la puerta. Para Candado, el d¨ªa no hab¨ªa terminado, sino que apenas comenzaba. Sent¨ªa que ciertas situaciones no eran meras coincidencias, sino que m¨¢s bien todo suced¨ªa por alguna raz¨®n. Si esta situaci¨®n no era una coincidencia, entonces era un momento crucial para actuar y mostrar su astucia. Candado estaba convencido de que hab¨ªa m¨¢s cosas detr¨¢s de lo que estaba escrito en la carta de su amigo "El Rueda". Algo no estaba bien en todo este asunto. Para ¨¦l, algo era seguro: resolver¨ªa este misterio. INDECISIóN Eran las 4:45 de la ma?ana cuando Hammya se despert¨®. Todos estaban profundamente dormidos ya. Ella se asom¨® por la ventana y observ¨® las calles, apenas iluminadas por la ma?ana. Afuera hac¨ªa mucho fr¨ªo, y el asfalto parec¨ªa casi congelado. La ventana estaba empa?ada. Hammya se quit¨® la manta que ten¨ªa encima y se levant¨® de la cama con calma. Luego, se dirigi¨® hacia la puerta. Cuando estaba a punto de abrirla, mir¨® sus pies por unos segundos y se dio cuenta de que no llevaba puestos los zapatos. Algo o alguien se los hab¨ªa quitado, pero no se preocup¨® demasiado porque vio que estaban debajo de su cama, limpios y relucientes. ¡ª?Qui¨¦n los habr¨¢ limpiado? ¡ªsusurr¨® Hammya. Se sinti¨® feliz al ver que sus zapatos estaban deslumbrantes y que tambi¨¦n los hab¨ªan arreglado y pintado. Junto a ellos, encontr¨® una carta de Candado. Hammya la tom¨® y ley¨® el mensaje que ¨¦l hab¨ªa escrito. "Para Hammya, de Candado Barret: Me tom¨¦ la libertad de arreglar tus zapatos. Espero que te gusten. Eso s¨ª, no dejes que esto se te suba a la cabeza. Adem¨¢s, debido a que estabas durmiendo, decid¨ª no despertarte. Seguro que te levantar¨¢s con hambre, as¨ª que te he dejado la comida en la despensa." Hammya dobl¨® el papel y lo guard¨® en su bolsillo antes de salir de la habitaci¨®n. Camin¨® lentamente por el pasillo para no hacer ruido, baj¨® las escaleras y se dirigi¨® a la cocina. Sin embargo, se sorprendi¨® al encontrar a T¨ªnbari sosteniendo a la beb¨¦ Karen mientras beb¨ªa una taza de caf¨¦. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Hammya en voz baja. ¡ªEstoy tomando caf¨¦, ?no lo ves? ¡ªcontest¨® T¨ªnbari, sarc¨¢stico y sorprendido. ¡ªNo, no me refiero a eso. ?Por qu¨¦ est¨¢s en esta casa? ¡ªdijo Hammya, ya irritada. ¡ªPorque vivo aqu¨ª, m¨¢s tiempo que t¨², fea ni?a de cabello de tr¨¦bol. Los insultos de T¨ªnbari enfurecieron a Hammya, y ya no pudo contener su enojo ni mantener la voz baja. ¡ª?ERES LA PERSONA M¨¢S HORRIBLE, RUIN, HORRIPILANTE Y DESASTROSA QUE HA EXISTIDO EN ESTE MUNDO! ¡ªOye, no hables as¨ª, es solo un beb¨¦ ¡ªdijo T¨ªnbari mientras jugaba con Karen. Hammya estaba harta de que la tomaran del pelo. Sin dudar y olvid¨¢ndose de que hab¨ªa gente durmiendo, apret¨® los pu?os con fuerza y mostr¨® su ira de nuevo. ¡ª?ESTOY HABLANDO DE TI, LAGARTIJA SIN COLA! ¡ªgrit¨® Hammya, se?alando a T¨ªnbari. Pero para sorpresa de ambos, antes de que pudieran continuar discutiendo, un cuchillo sali¨® disparado desde la sala de estar hacia la cocina, cortando algunos mechones de cabello de Hammya en el proceso. De aquella sala oscura surgi¨® un Candado furioso, con ganas de pintar la cocina con la sangre de T¨ªnbari y Hammya debido a la insolencia de haberlo despertado tan temprano. ¡ªBien, ratas de alcantarilla, son las cinco de la ma?ana y ustedes de fiesta. ?Puedo saber por qu¨¦ hay tanto alboroto? ¡ªdijo Candado furioso, con los ojos encendidos en una llama violeta. Tanto T¨ªnbari como Hammya no sab¨ªan qu¨¦ decir en ese momento. Candado estaba muy enfadado porque lo hab¨ªan despertado, y exist¨ªa la posibilidad de que si la excusa no era lo suficientemente cre¨ªble para ¨¦l, se enfrentar¨ªan a su ira. Entonces, T¨ªnbari se acerc¨® a Candado y dijo: ¡ªVer¨¢s, yo estaba en la cocina tomando caf¨¦ y alimentando a tu hermanita, pero justo entonces lleg¨® ella y comenz¨® a armar un esc¨¢ndalo ¡ªa?adi¨® T¨ªnbari, se?alando a Hammya. Candado lo mir¨® y luego cerr¨® los ojos, levantando las cejas. ¡ªVaya explicaci¨®n, me has dejado perplejo ¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente. Luego, mir¨® a Hammya y la se?al¨® con su dedo ¨ªndice¡ª. Ahora es tu turno. Hammya mir¨® a Candado con los brazos cruzados. ¡ªNada que declarar ¡ªdijo r¨¢pidamente y sin titubear. Estas palabras sumieron a todos en un silencio total durante unos minutos. Candado, quien hab¨ªa hecho la pregunta, qued¨® completamente desconcertado ante la respuesta de Hammya. T¨ªnbari, por su parte, se sinti¨® un poco asustado por esas palabras, as¨ª que se acerc¨® a Hammya. ¡ªToma, ll¨¦vate a la ni?a ¡ªdijo T¨ªnbari, entregando a la beb¨¦ Karen a Hammya. Tan pronto como Hammya recibi¨® a la beb¨¦, T¨ªnbari desapareci¨® r¨¢pidamente. Candado, quien hab¨ªa estado en silencio con una mirada vac¨ªa, volvi¨® a enfurecerse y mostr¨® sus ojos violetas encendidos. ¡ªAs¨ª que, en otras palabras, me despertaron por nada ¡ªdijo Candado furioso. Hammya se asust¨® ante la expresi¨®n de Candado y empez¨® a temblar. Sus movimientos bruscos asustaron a la beb¨¦ que cargaba, Karen, quien comenz¨® a llorar fuertemente al ver a su hermano enojado de manera escalofriante. Candado, al ver llorar a su peque?a hermana, se calm¨® de inmediato y la tom¨® en sus brazos para intentar tranquilizarla. ¡ªYa, no llores m¨¢s, Karen, por favor ¡ªdijo Candado en un intento de consolar a la beb¨¦. Sin embargo, la beb¨¦ segu¨ªa llorando y llorando, lo que hizo que Candado, desesperado, pusiera su dedo pulgar en su boca, y milagrosamente, Karen se calm¨® al instante. Aunque a ¨¦l le diera repugnancia lo que hizo. ¡ªQu¨¦ asco, lo que uno hace como hermano mayor ¡ªmurmur¨® Candado mientras observaba a su hermana. ¡ªBueno, ya que te has calmado, puedo hablar ahora. Candado retir¨® su dedo de la boca de su hermana y le tap¨® los ojos con su mano, luego mir¨® a Hammya. ¡ªNo, no estoy calmado, ni?a silvestre e irrespetuosa ¡ªdijo Candado con sus ojos encendidos de nuevo en una llama violeta. ¡ªPor favor, tranquil¨ªzate. Solo quiero agradecerte ¡ªdijo Hammya asustada. Candado, al escucharla, se tranquiliz¨®, aunque estaba confundido. ?Qu¨¦ hab¨ªa hecho ¨¦l para que ella le agradeciera? No mucha gente sol¨ªa ser tan cort¨¦s con ¨¦l. ¡ªInnecesario ¡ªmurmur¨® Candado mientras se alejaba de la cocina. Se dirigi¨® a una habitaci¨®n que estaba oscura, encendi¨® la luz y se acerc¨® a un cuadro con el retrato de su abuelo Alfred, que ten¨ªa las mismas dimensiones que una puerta, en el cuadro, su abuelo estaba de pie con un bast¨®n morado, vestido con ropa formal celeste y usando la misma boina que Candado. Ten¨ªa una larga barba blanca, prolijamente recortada, ojos marrones y una nariz perfectamente firme. Candado apart¨® el cuadro, revelando que era una puerta que conduc¨ªa a una habitaci¨®n donde Clementina dorm¨ªa de pie. Se acerc¨® a ella y toc¨® su frente con el dedo pulgar. Cuando lo hizo, su frente comenz¨® a brillar, y Clementina empez¨® a abrir los ojos lentamente. Candado retir¨® su mano de su frente, y Clementina bostez¨®. ¡ªBuenos d¨ªas, joven patr¨®n ¡ªdijo Clementina, medio dormida. ¡ªNo me llames as¨ª. Te necesito ahora, as¨ª que despierta ¡ªdijo Candado mientras se dirig¨ªa hacia la puerta de salida de la casa. Clementina sali¨® de la habitaci¨®n y se acerc¨® a Candado. Los dos salieron de la casa, y al hacerlo, notaron que el sol estaba a punto de salir. Era una ma?ana fresca y tranquila, como cualquier otra. Caminaban por las calles vac¨ªas del pueblo, sin ver a nadie m¨¢s. Solo se escuchaban los sonidos de los ¨¢rboles y las aves. Debido a la hora temprana, las calles estaban desiertas, y los dos j¨®venes caminaban por el asfalto como si fueran los ¨²ltimos habitantes del mundo, al menos en sentido figurado para esa ocasi¨®n. Clementina mir¨® su reloj y eran las 5:05 de la ma?ana. Con voz quejosa y cansada, pregunt¨®: ¡ªPerdona la pregunta, pero ?hay alguna raz¨®n espec¨ªfica por la que nos levantamos tan temprano? Candado continu¨® caminando delante de ella sin detenerse ni voltear, y respondi¨®: ¡ªS¨ª, hay una raz¨®n espec¨ªfica. Hubo un silencio durante unos dos minutos mientras segu¨ªan caminando. Luego, Clementina pregunt¨® de nuevo: ¡ª?Y cu¨¢l es esa raz¨®n? ¡ª?Quieres saberlo? ¡ªpregunt¨® Candado mientras segu¨ªa caminando. ¡ªS¨ª, definitivamente quiero saberlo. ¡ª?Est¨¢s segura, segura? ¡ªS¨ª, te lo he dicho. ¡ªPues es una l¨¢stima, porque yo no quiero dec¨ªrtelo. ¡ªAy, Candado ¡ªse quej¨® Clementina. ¡ªYa te enterar¨¢s de por qu¨¦ te llam¨¦ aqu¨ª. Mientras tanto, no te preocupes por ello. ¡ªEst¨¢ bien, me calmar¨¦ aunque me alter¨¦ cibern¨¦ticamente ¡ªdijo Clementina mientras cerraba los ojos y se masajeaba la frente. ¡ªBien dicho ¡ªa?adi¨® Candado. ¡ªPor lo menos podr¨ªas decirme a d¨®nde vamos. ¡ªClaro, en este momento estamos en algo llamado "asfalto", que es la calle por donde circulan los coches... ¡ªNo me refer¨ªa a ese "d¨®nde", sino a "ad¨®nde" vamos ¡ªelev¨® pasivamente la voz Clementina. ¡ªAh, ahora entiendo lo que quer¨ªas decir con "ad¨®nde" ¡ªdijo Candado mientras miraba al cielo mientras caminaba. ¡ªMe alegra que hayas entendido. Entonces, ?puedes decirme a d¨®nde vamos? ¡ªQu¨¦ te importa? ¡ªBasta, Candado. Esc¨²pelo. Al decir esto, Candado mir¨® hacia un basurero y escupi¨® en ¨¦l. Clementina qued¨® petrificada al verlo hacerlo, lo que hizo que Candado se alejara de ella unos metros. ¡ª?Feliz? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?FZZ! ¡ªClementina rasp¨® sus labios con fuerza, emitiendo un caracter¨ªstico sonido. Al escucharla gritar, Candado se detuvo y mir¨® hacia atr¨¢s, donde Clementina ten¨ªa las manos en los bolsillos. ¡ªSi sigues haciendo eso, despertar¨¢s a alguien ¡ªdijo Candado con voz tranquila y una expresi¨®n fr¨ªa. ¡ª?FZZZZZZZZZZZZ! ¡ªClementina intensific¨® su actitud furiosa y aceler¨® el paso con la intenci¨®n de alcanzar a Candado. Pero cuando se acercaba a ¨¦l, la ventana de una casa en el segundo piso se abri¨®, y un se?or mofletudo, casi pel¨®n, con barba gruesa amarilla y una remera negra con un s¨ªmbolo de una flauta rota por un clarinete, arroj¨® un balde de agua a Clementina, empap¨¢ndola por completo y haciendo que se detuviera instant¨¢neamente. ¡ªSilencio, hay gente que quiere dormir, mocosuela del demonio ¡ªluego el se?or mofletudo mir¨® a Candado¡ªHola, gaucho ¡ªdijo el hombre, y Candado lo salud¨® con su mano derecha mientras la otra permanec¨ªa en su bolsillo con una sonrisa de expresi¨®n fr¨ªa. Despu¨¦s, el se?or mofletudo cerr¨® su ventana. Candado mir¨® a Clementina, quien estaba completamente empapada, pero ya no mostraba enojo hacia ¨¦l como hace unos segundos. ¡ªTe lo dije ¡ªdijo Candado con una expresi¨®n fr¨ªa en su rostro. Luego, Candado y Clementina siguieron caminando unos metros m¨¢s hasta llegar a su destino: una casa de estilo chal¨¦ franc¨¦s de madera de color naranja fluorescente, con una ¨²nica ventana y una puerta. ¡ª?La casa de H¨¦ctor? ¡ªdijo Clementina con voz d¨¦bil y agotada. ¡ªNunca vi una verdad mejor expresada. ¡ª?Entonces, por qu¨¦ estoy aqu¨ª? ¡ªPor nada en especial, solo es una peque?a venganzita por lastimarme la nariz ayer. ¡ªDeb¨ª suponerlo ¡ªdijo Clementina, mirando al suelo. Candado toc¨® la puerta tres veces, pero como era temprano y ¨¦l no quer¨ªa molestar a los padres de H¨¦ctor, el golpeteo fue suave. Unos segundos despu¨¦s de tocar la puerta, esta se abri¨® y apareci¨® H¨¦ctor, vestido con un pijama gris, alpargatas oscuras y cabello casi despeinado. ¡ªHola chicos, Candado, recib¨ª tu mensaje. ¡ªBien, comenzaba a preocuparme de que no lo hubieras le¨ªdo. H¨¦ctor mir¨® a Clementina con sorpresa, especialmente porque estaba completamente empapada. ¡ª?Puedo saber qu¨¦ te pas¨®, Clemen? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªNada en particular, solo mala suerte, eso es todo ¡ªdijo Candado, respondiendo por ella. ¡ª?Podemos pasar? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªS¨ª, adelante, por favor ¡ªdijo H¨¦ctor mientras se apartaba. Cuando Candado y Clementina entraron, notaron un cuadro extra?o y llamativo casi en la entrada, que conectaba con la sala de estar. La pintura mostraba a un hombre vestido de blanco con una galera y un bast¨®n, comi¨¦ndose literalmente a otra persona vestida de rojo, que sosten¨ªa una hoz en una mano y un martillo de herrero en la otra. Detr¨¢s de ellos, hab¨ªa una fila de personas observando la escena, pero nadie interven¨ªa, excepto una ni?a de cabello negro que intentaba ayudar, aunque la multitud la sujetaba y tiraba hacia atr¨¢s con fuerza. El paisaje estaba cubierto de nubes negras, un r¨ªo sucio con peces muertos y un suelo des¨¦rtico con ¨¢rboles marchitos y muertos. Candado frunci¨® las cejas al ver la pintura, mientras que para Clementina era algo que pasaba desapercibido debido a su naturaleza rob¨®tica; no entend¨ªa muy bien el arte. H¨¦ctor cerr¨® la puerta detr¨¢s de ellos y luego se acerc¨®, poniendo su mano en el hombro de Candado. ¡ªVeo que la pintura te llam¨® la atenci¨®n. Lleg¨® anoche, me la envi¨® Pio desde La Pampa. ¡ªUna met¨¢fora tenebrosa y profunda que Pio pint¨®. Debo admitir que me impact¨® un poco ¡ªcoment¨® Candado. ¡ªS¨ª, es realmente inquietante. Ella la titul¨® "El Real Cumplido Capitalista". ?No te parece original? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ª?Puedo usar el ba?o? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªS¨ª, claro. Mientras Clementina se dirig¨ªa al ba?o para secarse y verificar si hab¨ªa da?ado alg¨²n circuito o placa debido al agua que le hab¨ªan arrojado, Candado y H¨¦ctor se sentaron en un c¨®modo sill¨®n amarillo y comenzaron a hablar sobre el gremio. ¡ªBien, Candado, antes de hablar, me gustar¨ªa saber por qu¨¦ admitiste a ella en el gremio. Sinceramente, no creo que haya sido solo una "corazonada". Creo que hay m¨¢s detr¨¢s de esto ¡ªdijo H¨¦ctor, con los brazos cruzados. ¡ªBueno, ella es muy especial. ¡ª?Especial? ?En qu¨¦ sentido? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor, sorprendido. ¡ªCreo que tiene un potencial mayor que el m¨ªo. Puedo decir que es incluso m¨¢s fuerte que yo. ¡ª?Por qu¨¦ dices eso? Sabemos que eres fuerte, m¨¢s que cualquiera de los esbirros de Esteban y ¨¦l mismo ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªEsa es tu perspectiva, pero no creo que yo sea el m¨¢s fuerte del pa¨ªs o del mundo. Estoy seguro de que en alg¨²n momento aparecer¨¢ alguien m¨¢s fuerte que yo y me derrotar¨¢. ¡ªEso es imposible, Candado. Jam¨¢s te vencer¨¢n. Estamos aqu¨ª para protegerte, yo, Germ¨¢n, Declan, Lucas, Clementina y todos nosotros, tus amigos, siempre estaremos para ayudarte contra cualquiera que quiera hacerte da?o. Esa es la esencia de la amistad. ¡ªGracias, H¨¦ctor, por recordarme mi lugar. Pero sigo creyendo que alguien m¨¢s fuerte aparecer¨¢ en alg¨²n momento. Por eso estoy aqu¨ª para decirte que si eso llega a ocurrir, quiero que quemes por completo esta casa, junto con todas las investigaciones que hemos realizado y, por supuesto, el secreto. Quiero que todo desaparezca en las llamas, que no quede ni una pista, que todo se consuma cuando algo me suceda ¡ªdijo Candado con determinaci¨®n. ¡ªNo entiendo, hace solo unos d¨ªas no pensabas de esta manera. Segu¨ªas investigando libro por libro, apunte por apunte. Candado, creo que estoy equivocado, esa ni?a no es de fiar, algo ha sucedido, parece que est¨¢ jugando con tu mente ¡ªdijo H¨¦ctor, molesto y firme. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? ¡ªEl Candado que conozco jam¨¢s vendr¨ªa a mi casa para pedirme que hiciera algo como esto. ?Qu¨¦ pas¨® con el Candado que nunca se rend¨ªa? ?Qu¨¦ pas¨® con el decidido chico de la boina? ?D¨®nde est¨¢ ese muchacho? En medio de esta discusi¨®n, una figura que emerg¨ªa entre el humo negro apareci¨® en la conversaci¨®n, y tras el humo se revel¨® T¨ªnbari, con una sonrisa en el rostro. Pero eso no fue todo, Clementina sali¨® del ba?o mientras ajustaba su corbata, interrumpiendo la conversaci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ pasando? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªVaya, parece que solo le has contado una parte de la verdad. Parece que olvidaste mencionar la otra cara de la historia ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ª?Qu¨¦ otra verdad? ¡ªpreguntaron Clementina y H¨¦ctor. ¡ªOh vamos, Candadito, cu¨¦ntale lo que me dijiste a m¨ª. ¨¦l tambi¨¦n tiene que saberlo. ¡ªNo, no tengo nada que contar ¡ªdijo Candado con una mirada furiosa a T¨ªnbari. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ?Qu¨¦ tienes que decir? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªNada, es asunto m¨ªo ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦? ?De qu¨¦ est¨¢s hablando? ¡ªinsisti¨® H¨¦ctor. ¡ªTe lo he dicho, es un problema personal y no concierne a nadie m¨¢s ¡ªreplic¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦ ha ocurrido? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEs algo personal, no te preocupes por eso ¡ªrespondi¨® Candado con frustraci¨®n. ¡ªAy, por favor, tu intuici¨®n es una basura, igual que tu cabello ¡ªdijo T¨ªnbari burlonamente. ¡ª?NO TE METAS! Estoy hablando con Candado, no contigo, idiota ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?OBL¨ªGAME! No eres m¨¢s que un humano charlat¨¢n y andrajoso ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari desafiante. ¡ªYa basta de esto, no quiero peleas en mi casa ¡ªdijo H¨¦ctor enojado mientras sacaba su caja de cartas de p¨®ker de su bolsillo. Ambos estaban al borde de una pelea y parec¨ªa que la situaci¨®n podr¨ªa empeorar r¨¢pidamente. Clementina, sin embargo, se mantuvo al margen, no quer¨ªa participar en una pelea sin sentido y no ten¨ªa intenci¨®n de detenerlos. En ese momento, cuando los dos estaban a punto de desatar el caos en la casa, Candado se puso de pie y se interpuso entre H¨¦ctor y T¨ªnbari. ¡ªMientras ustedes discuten, nuestro enemigo all¨¢ afuera se hace m¨¢s fuerte. H¨¦ctor guard¨® sus cartas nuevamente, comprendiendo que no era el momento ni el lugar adecuado para una pelea. T¨ªnbari baj¨® sus manos y relaj¨® sus hombros, aparentemente hab¨ªa reconsiderado su deseo de pelear con H¨¦ctor, ya que hab¨ªa sido uno de los pocos, adem¨¢s de Candado y Declan, con los que no hab¨ªa tenido conflictos previos. ¡ªTal vez tengas raz¨®n, no es momento de pelear con los d¨¦biles ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ª?Qu¨¦ has dicho, cerebro de ciruela? ¡ªdijo H¨¦ctor furioso. En ese momento, H¨¦ctor volvi¨® a sacar sus cartas. Controlaba diez mil cartas que flotaban a su alrededor, formando una especie de ¨®rbita alrededor de su pecho constantemente. Candado, ya irritado por la falta de cooperaci¨®n de sus subordinados, comenz¨® a liberar ondas negativas y poderosas en la casa. Clementina, viendo lo que estaba sucediendo, cubri¨® sus o¨ªdos en previsi¨®n de lo que vendr¨ªa a continuaci¨®n. ¡ª?SILENCIO! ¡ªgrit¨® Candado, su voz resonando como un trueno. En ese momento, la casa comenz¨® a temblar, como si estuviera experimentando un terremoto. Los platos vibraban, los cuadros se sacud¨ªan y algunos libros cayeron al suelo. Incluso a H¨¦ctor y T¨ªnbari les dol¨ªan los o¨ªdos, especialmente a T¨ªnbari, que estaba m¨¢s cerca de Candado cuando grit¨®. ¡ªNo era necesario que gritaras tan fuerte, ni?o. Los padres de este chico est¨¢n durmiendo ¡ªse quej¨® T¨ªnbari mientras se arrodillaba en el suelo.Stolen from its rightful place, this narrative is not meant to be on Amazon; report any sightings. ¡ªNo debemos preocuparnos por eso, algo como esto no los despertar¨ªa ¡ªdijo H¨¦ctor en la misma situaci¨®n. Candado a¨²n estaba lleno de furia. El simple acto de gritar no lo hab¨ªa calmado en absoluto; en su lugar, ten¨ªa ganas de golpear a ambos hasta que perdieran las ganas de respirar. Sin embargo, Clementina se acerc¨® a ¨¦l y le susurr¨® algo al o¨ªdo, y en un abrir y cerrar de ojos, Candado se calm¨®. Nunca se supo qu¨¦ le dijo exactamente aquel d¨ªa. ¡ªMe alegra que se hayan callado. H¨¦ctor, ?aceptar¨¢s mi petici¨®n? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?Podemos consultarlo con los otros miembros del gremio? ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor. Candado lo mir¨® fijamente con una actitud fr¨ªa y tenebrosa. Era como si hubiera firmado su sentencia de muerte, ya que H¨¦ctor se hab¨ªa dado cuenta de que Candado lo hab¨ªa visitado para hablar sobre este tema, precisamente para que los otros miembros no se enteraran. ¡ªHaz lo que quieras, H¨¦ctor ¡ªdijo Candado con un tono sombr¨ªo. ¡ªGracias. Me gustar¨ªa que estuvieras presente. ¡ªEstar¨¦ all¨ª ¡ªa?adi¨® Candado, haciendo un gesto con su mano izquierda a la altura de su frente. ¡ªDentro de cuatro horas. Mientras tanto, t¨² te encargar¨¢s de notificar a los dem¨¢s. ¡ª?Y t¨² qu¨¦ har¨¢s? ¡ªYo ir¨¦ a casa a descansar ¡ªrespondi¨® Candado, mirando a Clementina, quien asinti¨®. ¡ªEspera, yo... ¡ªMira, todo se aclarar¨¢ a su debido tiempo. Luego de esa conversaci¨®n, Candado y Clementina abandonaron la casa, dejando a un H¨¦ctor confundido y preocupado por su cuenta. No estaba all¨ª, pero es seguro que despu¨¦s de que se fueran, H¨¦ctor se apresur¨® a cambiarse de ropa y prepararse para dirigirse a la caba?a. Candado y Clementina, por otro lado, regresaron a su casa por el camino m¨¢s r¨¢pido y pac¨ªfico a trav¨¦s del bosque, pregunt¨¢ndose por qu¨¦ no hab¨ªan tomado ese camino en primer lugar. Gracias a ¨¦l, llegaron casi instant¨¢neamente a su casa. Cuando Candado estaba a punto de abrir la puerta, Clementina hizo una pregunta. ¡ª?Puedo hacerte una pregunta? ¡ªDepende de qu¨¦ preguntes ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ªBueno, ?por qu¨¦ decidiste que ella se uniera a nosotros? Tenerla en casa es una cosa, pero esto... Candado se volte¨® y la mir¨® con una mirada seria y vac¨ªa, como si la pregunta lo hubiera disgustado un poco. ¡ªMe sorprende que quieras saber mi decisi¨®n. Si realmente deseas saberlo, te lo dir¨¦ en la reuni¨®n. Clementina se sinti¨® un poco desconcertada, pensando que tal vez hab¨ªa molestado a Candado. Luego, ¨¦l abri¨® la puerta y le indic¨® que pasara primero, como sol¨ªa hacer. ¡ªDisculpa si te molest¨¦ con mi pregunta. ¡ªSi me pidieras disculpas cada vez que me enfado, estar¨ªa el doble de rico de lo que soy ahora ¡ªcoment¨® Candado mientras colocaba su boina en una mesa cercana. ¡ªVaya, entonces me disculpo tambi¨¦n por esas veces ¡ªrespondi¨® Clementina burlonamente. Ambos fueron alertados por un ruido que proven¨ªa de la cocina. Se acercaron lentamente, Candado encendi¨® su mano izquierda con su llama violeta, y Clementina transform¨® su mano derecha en una ametralladora mientras se manten¨ªa pegada a la pared, esperando ¨®rdenes. Candado se asom¨® y vio a Hammya lavando los platos. Clementina se acerc¨® a¨²n m¨¢s y mir¨® a Candado. ¡ª?Qu¨¦ ves ah¨ª? Candado apag¨® su llama y respir¨® tranquilo de nuevo. ¡ªNada, solo a la ni?a lavando los platos. Una vez que se aclar¨® el misterioso ruido de la cocina, Clementina guard¨® su "ametralladora" y los dos se mostraron ante Hammya, quien no parec¨ªa haber notado su presencia. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® Clementina. Hammya se volte¨® y sonri¨® a las dos personas que estaban detr¨¢s de ella. ¡ªEstoy limpiando un poco. ¡ªBueno, eso no lo dudo, ya que todo est¨¢ impecable por aqu¨ª ¡ªdijo Candado. ¡ªGracias a los circuitos, pensamos que hab¨ªa un intruso ¡ªa?adi¨® Clementina. ¡ªVaya juego de palabras. ¡ª?Intruso? ?No se sienten seguros en su propia casa? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªQuiz¨¢s no te lo mencion¨¦ antes, pero mi vida ha estado en peligro desde que nac¨ª ¡ªcoment¨® Candado. En ese instante, apareci¨® la abuela Andrea cargando a la beb¨¦ Karen con su chupete azul. ¡ªBueno, bueno, bueno, parece que se han adelantado antes que yo. ¡ªJe, algo as¨ª ¡ªdijo Candado mirando a Hammya con desconfianza. ¡ªOh, ya veo, entonces, Hammya te despert¨® con sus gritos, ?verdad? ¡ª?Te importar¨ªa dejar de leer mi mente? Supuestamente, es m¨ªa y de nadie m¨¢s, ?vale? ¡ªUps, perd¨®n, es que no puedo evitarlo ¡ªdijo la abuela con una sonrisa. ¡ªBueno, si ya te has "divertido", me voy a dormir. Despu¨¦s de hacer comillas en el aire con sus dedos, Candado se fue de la cocina hacia su habitaci¨®n, dejando a Hammya, Clementina y su abuela (y Karen) solas en la cocina. ¡ªBueno, ?y a este qu¨¦ le pasa? ¡ª?NO SOY "ESTE"! ¡ªgrit¨® Candado desde su habitaci¨®n. Luego se escuch¨® el fuerte cierre de la puerta de su cuarto. ¡ªBueno, ya que Candado se fue a dormir, ?quieren ayudarme a preparar el desayuno para sus padres? ¡ª?Padres? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªSe refiere a los due?os de la casa ¡ªaclar¨® Clementina. ¡ªS¨ª, t¨² comenzar¨¢s a vivir aqu¨ª ¡ªluego la abuela Andrea se acerc¨® a Hammya, se agach¨® y puso su mano en su hombro¡ª, as¨ª que ellos ser¨¢n tus padres tambi¨¦n, y yo tu abuela. ?Te parece bien? Hammya mir¨® a los ojos de la abuela, con una alegr¨ªa inmensa que casi le hizo derramar l¨¢grimas. ¡ªBueno, no es para llorar. Vamos, ay¨²dame a preparar el desayuno. ¡ªManos a la obra ¡ªdijo Clementina haciendo un saludo militar. ¡ªEnseguida ¡ªrespondi¨® Hammya con entusiasmo. Mientras Hammya y su "nueva familia" comenzaban a cocinar, Candado y T¨ªnbari ten¨ªan una conversaci¨®n en su habitaci¨®n. ¡ª?Crees que fue una buena idea cont¨¢rselo a todos tus amigos? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªS¨ª, hice bien. Adem¨¢s, jam¨¢s se lo habr¨ªa dicho a nadie, y seguir¨ªa siendo mi problema si t¨² no hubieras abierto tu maldita boca parlanchina. ¡ªUps, se me escap¨®. ¡ªEres un demonio cargoso y entrometido. Por eso fue que los militares te cosieron la boca cuando eras humano. ¡ªEn realidad, fue por otra raz¨®n muy diferente, pero da igual, no cambies de tema. ¡ª?Cu¨¢ndo cambi¨® de tema? ¡ªNo finjas. Sabes muy bien a lo que me refiero, Candado. Nadie me enga?a. ¡ªMira, o te expresas mejor o te echo a patadas de mi habitaci¨®n. Ya son doce minutos al drenaje que nunca recuperar¨¦. ¡ªYa en serio, me parece un poco extra?o que des por sentado que alguien pueda vencerte alg¨²n d¨ªa. Candado mir¨® a T¨ªnbari, muy enojado, con los ojos entrecerrados y las cejas fruncidas. ¡ªNo puedo creer que t¨² tambi¨¦n no lo entiendas. Y pensar que lo hab¨ªas dicho. ?Sabes qu¨¦? Tendr¨¢s tu respuesta en esa reuni¨®n ¡ªdijo Candado, enfadado. ¡ªPor supuesto que lo entiendo, pero no creo que algo as¨ª suceda con alguien como ella. ¡ªMaldici¨®n. ¡ªNo es para enojarse tampoco. ¡ª?C¨®mo demonios no me voy a enojar, pedazo de idiota con cuernos? Ahora, en lugar de ser un problema m¨ªo, ser¨¢ un problema de todo el equipo. ¡ªEn ese caso, me disculpo por hablar sin tu autorizaci¨®n. ¡ªLo que menos quiero o¨ªr son tus disculpas, me deja un mal sabor de boca. ¡ªBueno, ?entonces qu¨¦ quieres que haga? ¡ªPor ahora, quiero que te vayas de mi cuarto antes de que yo te saque. Luego de decirle esto, T¨ªnbari se desvaneci¨® del lugar, ri¨¦ndose en silencio y diciendo "te deseo suerte". Por supuesto, estaba burl¨¢ndose de ¨¦l. Este gesto hizo que Candado hirviera de ira, no solo por el gesto en s¨ª, sino tambi¨¦n porque T¨ªnbari hab¨ªa sido el causante de que Candado tuviera que dar explicaciones a sus compa?eros sobre por qu¨¦ hab¨ªa encomendado a H¨¦ctor la misi¨®n de quemar las investigaciones en caso de que Candado perdiera. Originalmente, Candado nunca habr¨ªa compartido esta preocupaci¨®n con los dem¨¢s miembros del equipo si T¨ªnbari no hubiera abierto la boca. Era claro que Candado quer¨ªa ocultar algo, pero se dio cuenta de que no ser¨ªa f¨¢cil mantener sus motivos ocultos de sus amigos. Candado se recost¨® en su cama y mir¨® hacia el techo mientras reflexionaba sobre qu¨¦ hacer. Ten¨ªa tres horas antes de dar explicaciones al gremio. Sin embargo, sus pensamientos se desvanecieron cuando el cansancio lo venci¨® y se qued¨® dormido. Mientras Candado dorm¨ªa, Clementina, Hammya y la abuela cocinaban para los padres de Candado, que seguramente llegar¨ªan cansados y hambrientos despu¨¦s del viaje que hab¨ªan realizado. Curiosamente, llegar¨ªan esa misma ma?ana, pero Candado no sab¨ªa a qu¨¦ hora exactamente, ya que sus padres pasaban poco tiempo en casa. Desde la muerte de Gabriela, el ambiente familiar se hab¨ªa vuelto triste y sombr¨ªo. Los padres de Candado rara vez pasaban la noche en casa, ya que todo en la casa les recordaba a su hija y les causaba un inmenso dolor. A pesar de la tristeza que los embargaba, segu¨ªan esperando que un d¨ªa su hija regresara a casa, como si estuvieran atrapados en el pasado, en la esperanza de que alg¨²n d¨ªa volver¨ªan a ver a su hija, sonriente y juguetona. Candado, a pesar de su apariencia fr¨ªa y su actitud dura, hab¨ªa sonre¨ªdo en el pasado. La p¨¦rdida de un ser querido le hab¨ªa robado esa sonrisa, pero segu¨ªa adelante. Por esta raz¨®n, los padres de Candado pasaban cada vez menos tiempo en casa con ¨¦l y Karen. Cuando terminaron de cocinar el desayuno-cena, Clementina, Hammya y la abuela se tomaron un descanso en el sal¨®n y encendieron la televisi¨®n. Se sentaron en el sof¨¢ blanco, que estaba cerca de la cocina. No hab¨ªan pasado ni cinco minutos cuando alguien llam¨® a la puerta. ¡ª?Qui¨¦n puede ser ahora? ¡ªpregunt¨® la abuela, disponi¨¦ndose a abrir la puerta. Clementina se levant¨® r¨¢pidamente de su asiento y se interpuso en el camino de la abuela. ¡ªD¨¦jeme, yo abrir¨¦ la puerta. La abuela se sent¨® de nuevo en el sof¨¢, permitiendo que Clementina se acercara a la puerta. Antes de que se diera cuenta, un hombre de avanzada edad con una bolsa de supermercado se encontraba en el camino de Clementina. ¡ª?C¨®mo hizo para entrar? ¡ªpregunt¨® sorprendida. ¡ªLa puerta estaba abierta ¡ªdijo el hombre con calma. ¡ª?Hip¨®lito? ?Qu¨¦ hace por aqu¨ª tan temprano? ¡ªpregunt¨® la abuela, reconoci¨¦ndolo. ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªpregunt¨® Hammya, que estaba un tanto confundida. Hip¨®lito era un robot fabricado por el abuelo de Candado cuando ten¨ªa doce a?os. Ten¨ªa el cabello blanco por la vejez, a menudo llevaba una galera negra, una barba y bigote de la ¨¦poca de los a?os veinte, y vest¨ªa ropa formal de la misma ¨¦poca en color negro. Llevaba un pa?uelo blanco a modo de corbata y ten¨ªa ojos marrones. Sus guantes elegantes eran de color rojo con una estrella amarilla de siete puntas en la contraparte del guante. ¡ªLa abuela y el se?or se saludaron con besos en las mejillas. ¡ªVine a visitar a Candado, ?est¨¢ aqu¨ª, verdad? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito mientras comenzaba a caminar por el living como si estuviera en su propia casa. ¡ªS¨ª, pero est¨¢ durmiendo ¡ªinform¨® la abuela. Hip¨®lito se detuvo al ver a la ni?a de cabello verde en el sill¨®n blanco y la mir¨® fijamente. Clementina tambi¨¦n lo observ¨® con curiosidad. ¡ª?Andrea? Creo que estoy viendo a una mamboret¨¢ en el sill¨®n. ¡ª?Qu¨¦ grosero que es usted! ¡ªOh, y tambi¨¦n habla. ¡ª?Acaso se est¨¢ burlando de m¨ª? Clementina irrumpi¨® en la habitaci¨®n junto con la abuela para intervenir. ¡ªAbuelo, no molestes a la residente de la casa. ¡ª?Ella, residente? ?Qu¨¦ habr¨¢n hecho ustedes para que la se?orita Europa acepte? ¡ªLa se?orita todav¨ªa no lo sabe, pero hoy se lo consultaremos. ¡ªBueno, da igual, quiero ver a Candado. ¡ªNo puede, est¨¢ dormido ¡ªdijo Clementina. ¡ªBueno, creo que voy a despertarlo. ¡ªDon, tal vez usted sea un robot al igual que yo, pero eso no significa que ande molestando a todos sin raz¨®n. ¡ª?Robot? ¡ªS¨ª, Hip¨®lito es otro robot fabricado por el se?or Alfred ¡ªexplic¨® Clementina. ¡ªEse se?or debi¨® ser un genio en tecnolog¨ªa. ¡ªEfectivamente ¡ªdijo Clementina. ¡ªSuficiente, tengo que hablar con ¨¦l ahora. ¡ªLe repito que Candado est¨¢ durmiendo. ¡ªNo importa si est¨¢ durmiendo, necesito hablar con ¨¦l. A Clementina no le gust¨® la actitud de Hip¨®lito al aparecer en la casa sin previo aviso, y lo peor de todo, seg¨²n ella, ven¨ªa a molestar a Candado, quien todav¨ªa estaba durmiendo. Lamentablemente, ella no se hab¨ªa percatado de su tono de voz cuando hablaba con Hip¨®lito. Mientras Clementina discut¨ªa con Hip¨®lito, Candado, quien estaba en su habitaci¨®n despierto, mal dormido y cansado, ten¨ªa una almohada en la cara y sosten¨ªa un reloj de bolsillo en su mano izquierda, mir¨¢ndolo con atenci¨®n. Estaba muy despierto debido al esc¨¢ndalo que se escuchaba abajo. ¡ªVoy a descuartizarlos ¡ªdijo Candado enojado. Tras decir esto, se levant¨® de su cama y se dirigi¨® al ba?o para lavarse la cara y cepillarse los dientes. Luego de terminar, regres¨® a su habitaci¨®n, levant¨® la mano derecha y chasque¨® los dedos, haciendo que su ropa de dormir desapareciera m¨¢gicamente, dej¨¢ndolo solo en ropa interior. En su lugar, aparecieron sus prendas de vestir del armario: pantalones oscuros de gala con un cinto que se abrochaba autom¨¢ticamente, una camisa blanca de manga larga con botones que se abrochaban solos, una corbata roja que se anudaba sola, un chaleco de gala de color gris cuyos botones tambi¨¦n se abrochaban solos, zapatos negros y guantes blancos como accesorio final. Cuando termin¨® de vestirse, se mir¨® en el espejo de su ropero y not¨® que su cabeza estaba despeinada sin su apreciada boina azul. Sin su gorro, su cabello estaba en desorden, lleno de mechones y remolinos por todas partes, como si se hubiera electrocutado. Se pein¨® un poco antes de bajar. Candado baj¨® al living, frot¨¢ndose la frente con el dedo ¨ªndice como si le doliera la cabeza, lo cual era m¨¢s probable debido a la falta de sue?o por el ruido que ven¨ªa de la sala de estar. Todos lo miraron en silencio cuando apareci¨®. ¡ª?Se est¨¢n burlando de m¨ª o qu¨¦? ¡ªdijo Candado con irritaci¨®n¡ª. Cuando Candado se despierta y baja al living, todos se callan, pero cuando Candado est¨¢ en su habitaci¨®n durmiendo, todos hablan a gritos. Saben qu¨¦, ustedes son como los mosquitos que zumban cuando la luz est¨¢ apagada y se callan cuando se enciende. ¡ªLo sentimos, no quisimos molestarte ¡ªse disculp¨® la abuela de Candado. ¡ª?Mosquito? ¡ªpregunt¨® Hammya con curiosidad. Candado gir¨® su mirada hacia Hip¨®lito con una ceja levantada. ¡ª?Qu¨¦ pasa, anciano? ?Perdiste algo? ¡ªTu sentido del humor deja mucho que desear, Candado, se?or de los marginados. ¡ª?Viniste solo hasta aqu¨ª para entregarme una carta? ¡ªpregunt¨® Candado mientras recib¨ªa la carta. ¡ªSuena... algo est¨²pido si lo dices de esa manera. ¡ª?C¨®mo deber¨ªa sonar, entonces? ¡ªA veces desear¨ªa que fueras un poco m¨¢s cort¨¦s ¡ªdijo Hip¨®lito. Candado no respondi¨® y se centr¨® en el sello de la carta con sospecha y furia que proven¨ªa de ella. Su emblema era una medusa cruzada con dos espadas mongolas, lo que parec¨ªa significar una advertencia o un insulto. Candado se indign¨®, aunque no estaba claro por qu¨¦, ya que inmediatamente despu¨¦s de leer la carta, la incendi¨® en su mano. ¡ªPor lo visto, Viki se "gan¨®" un nuevo odio en la Pampa ¡ªdijo Candado mientras la carta se quemaba lentamente. ¡ªDios m¨ªo, parece que cada vez la tiene m¨¢s dif¨ªcil, hijo ¡ªcoment¨® la abuela Andrea. ¡ª?Dios? Si t¨² no eres m¨¢s que un robot fabricado por el hombre ¡ªrespondi¨® Candado de manera sarc¨¢stica. ¡ªBueno, no hac¨ªa falta record¨¢rmelo de esa manera... Da igual. ?Qu¨¦ har¨¢s ahora, se?or Candado, la enviar¨¢s a otra provincia? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito. ¡ªNo, no lo har¨¦. Esta es la ¨²ltima vez que la transfiero. Se quedar¨¢ ah¨ª, en la Pampa, hasta que aprenda a controlarse ¡ªdijo Candado con evidente enojo. ¡ªA la se?orita Tonrrial no le gustar¨¢, estoy seguro de que se armar¨¢ un desastre ¡ªagreg¨® Hip¨®lito. ¡ªMe vale un carajo si le gusta o no. Esta es la d¨¦cima vez que la transfiero de lugar, y el hecho de que est¨¦ all¨ª es culpa suya, no m¨ªa. Si por casualidad ella hace quedar en rid¨ªculo al gremio, ser¨¢ castigada por el pu?o de Harambee ¡ªafirm¨® Candado con determinaci¨®n. ¡ªBueno, cambiando de tema, podr¨ªa irse a dormir ya que todav¨ªa falta para la reuni¨®n ¡ªaconsej¨® Clementina. ¡ªNo te hagas la condescendiente, Clementina, porque no te queda bien ¡ªrespondi¨® Candado mientras se colocaba su boina. La abuela Andrea, extra?ada por ver que su nieto se pon¨ªa la boina, le pregunt¨®: ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªAl patio, abuela, al patio ¡ªrespondi¨® ¨¦l mientras desaparec¨ªa en la cocina. Clementina decidi¨® seguir a Candado hacia el jard¨ªn, y Hammya tambi¨¦n se uni¨®, siguiendo a ambos sigilosamente mientras se pegaba a la pared para "espiar" lo que hac¨ªan. Al asomarse por la ventana, Hammya pudo apreciar el hermoso jard¨ªn, con c¨¦sped bien podado, flores como rosas preciosas y un imponente ¨¢rbol ficus de gran tama?o que proporcionaba una agradable sombra. Sin embargo, la paz del jard¨ªn se vio interrumpida por la discusi¨®n entre Candado y Clementina, en la que ella criticaba a Candado por sus decisiones pasadas. La discusi¨®n continuaba cuando Hammya decidi¨® salir de su escondite y acercarse a ellos. Clementina la mir¨® desconfiadamente, mientras que Candado, aparentemente cansado, permanec¨ªa tumbado en el suelo. ¡ªHola ¡ªsalud¨® Hammya¡ª. ?Qu¨¦ est¨¢n haciendo? ¡ªEstamos esperando a que me caiga un sat¨¦lite ¡ªrespondi¨® Candado de manera sarc¨¢stica. Clementina intervino para explicar: ¡ªEn realidad, est¨¢bamos charlando, nada m¨¢s. ¡ª?De qu¨¦ estaban charlando? ¡ªpregunt¨® Hammya con curiosidad. Pero cuando Hammya estaba a punto de hacer otra pregunta, Candado se puso de pie r¨¢pidamente y sac¨® un reloj de su chaleco. ¡ªRayos, son unos cargosos del demonio. ¡ª?Qu¨¦ ha ocurrido, joven patr¨®n? ¡ªNo empieces ahora ¡ªcontinu¨®¡ª. Cambiaron la hora de la reuni¨®n, tenemos que irnos ahora ¡ªdijo mientras se pon¨ªa en marcha. ¡ª?C¨®mo supo eso? ¡ªEl reloj de Candado es muy especial, sirve para comunicarse con los dem¨¢s. Cuando dijo eso, Hammya y Clementina lo siguieron tras ¨¦l. Candado entr¨® a la casa y se dirigi¨® a la sala de estar para avisar a su abuela que se iba a salir. Cuando la encontr¨®, se despidi¨® levantando su boina, sin mirarla y sin detenerse siquiera, continu¨® caminando hasta salir de la casa. Al salir, ya se pod¨ªan ver movimientos en la calle, gente que iba a trabajar y algunos autos. Sin perder m¨¢s tiempo, Candado, Hammya y Clementina corrieron a toda velocidad, tomando atajos para llegar m¨¢s r¨¢pido al gremio, pasando por los bosques. Finalmente, llegaron a la casa, Candado se detuvo un momento, se arregl¨® la ropa antes de tocar la puerta y, cuando termin¨®, se acerc¨® a la entrada y golpe¨® tres veces la puerta. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªpregunt¨® una voz desde detr¨¢s de la puerta. ¡ªManuel Belgrano, pelotudo. La puerta se abri¨® y detr¨¢s de ella estaba Matlotsky con una sonrisa. ¡ªBuenas, ?c¨®mo est¨¢n? ¡ªD¨¦jame pasar, payaso ¡ªdijo Candado apresuradamente. ¡ªPase usted ¡ªdijo Matlotsky, tirado en el suelo. Candado se dirigi¨® a la sala de reuniones y abri¨® las puertas con las manos y una expresi¨®n de furia en su rostro. ¡ªBien, ?qu¨¦ significa esto? Yo di una hora exacta para hablar de este tema en especial ¡ªdemand¨® Candado. ¡ªLo siento, Candado. Intent¨¦ decirles, de verdad, pero ellos quisieron apresurar este tema ¡ªdijo H¨¦ctor con un tono de preocupaci¨®n. ¡ª?Nos dar¨¢s una explicaci¨®n? ¡ªpreguntaron todos (excepto H¨¦ctor). ¡ª?Por qu¨¦ he de dar una explicaci¨®n, eh? Si cuando admit¨ª a Anzor nadie me cuestion¨®, ahora que admito a Hammya me cuestionan. ??POR QU¨¦?! ¡ªLa diferencia es que Anzor fue el ¨²ltimo, hace dos a?os, cuando muri¨® Gabriela, y eso te hizo cambiar. Durante dos a?os, no saliste a los recreos en la escuela, e incluso hoy le diste una misi¨®n a nuestro compa?ero H¨¦ctor de quemar todas las investigaciones, no solo tuyas, sino tambi¨¦n las investigaciones de tu bisabuelo Jack Barret. ?Acaso te est¨¢ debilitando o te est¨¢ manipulando? Una de dos ¡ªdijo Lucas. Candado se llev¨® la mano derecha a su frente, tap¨¢ndose los ojos y toc¨¢ndose la ceja con su dedo pulgar y su dedo ¨ªndice. ¡ªAh, se supon¨ªa que no deb¨ªas hablar de este tema, H¨¦ctor ¡ªdijo Candado indignado. ¡ªNo, no es culpa de H¨¦ctor, yo te segu¨ª esta ma?ana. ¡ªTe lo he dicho mil veces, Luc¨ªa, que no uses ese poder y menos conmigo. ¡ª?Nos dar¨¢s una explicaci¨®n? ¡ªpregunt¨® Matlotsky desde atr¨¢s. ¡ªBien, lo har¨¦, con la condici¨®n de que Hammya est¨¦ presente aqu¨ª para liberarles de esa est¨²pida y absurda paranoia sobre mi liderazgo, est¨²pidos, alfe?iques y metidos. Despu¨¦s de decir esto, Candado se dirigi¨® a su asiento en la punta de la mesa, que estaba ubicada bajo una pintura de una gran cruz amarilla. En el centro de la cruz, dos l¨ªneas negras la cruzaban de arriba abajo en rojo y de izquierda a derecha en blanco. Adem¨¢s, hab¨ªa tres c¨ªrculos azules en las tres puntas (izquierda, derecha y arriba), sin estar unidos a ellas. Cuando Candado se sent¨®, todos se sentaron y guardaron silencio, incluyendo a Hammya, quien ocupaba el lugar de Viki, ya que esta ¨²ltima estaba ausente. Candado inhal¨® y exhal¨®, luego comenz¨®. ¡ªPensaba que ser¨ªa cosa m¨ªa y de nadie m¨¢s, pero ahora tendr¨¦ que contarlo. Resulta que ella no es humana ¡ªdijo Candado con una expresi¨®n fr¨ªa. Cuando ¨¦l dijo esto, todos se pusieron de pie y comenzaron a pedir una respuesta a gritos, incluso otros no entend¨ªan el mensaje y comenzaron a gritar y refutar. Candado, quien ni siquiera hab¨ªa terminado de hablar, comenz¨® a enojarse nuevamente por la osad¨ªa de sus compa?eros al levantar la voz mientras ¨¦l hablaba. Levant¨® su pie derecho y dio un golpe fuerte a la mesa. ¡ª?SILENCIO! ¡ªgrit¨®, y de ese grito, la habitaci¨®n comenz¨® a arder con fuego de un color violeta, incluyendo los ojos de ¨¦l. Esto fue suficiente para que sus amigos se callaran. Cuando todos estuvieron en silencio, Candado los mir¨® a cada uno de ellos y continu¨®¡ªCuando yo hablo, todos se callan; cuando doy una orden, todos la siguen. Esa es una de las reglas m¨¢s importantes. Luego se calm¨® y las llamas de la habitaci¨®n poco a poco se extinguieron, incluyendo las de los ojos de Candado. ¡ªS¨ª, como escucharon, Hammya Saillim no es humana ¡ªreafirm¨® Candado de pie. Lucas levant¨® la mano con expresi¨®n de asombro y terror y pregunt¨®: ¡ªSi no es humana, ?qu¨¦ es entonces? ¡ªAh¨ª est¨¢ el motivo por el que la acept¨¦ en el gremio. No todos los d¨ªas ves a alguien que no es de este planeta. Y si es as¨ª, entonces no es la ¨²nica; debe haber otros m¨¢s por aqu¨ª. ¡ªEso mismo me dijo T¨ªnbari. ?Realmente soy de otro mundo? ¡ªsusurr¨® Hammya. Lucas baj¨® la mano y en su lugar, la levant¨® H¨¦ctor. ¡ª?Y esa orden de esta ma?ana de quemar todos los archivos del gremio? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªEsa orden, mi querido amigo, era porque si mi suposici¨®n es correcta, entonces podr¨ªa ser que sean m¨¢s fuertes que yo, y entonces la informaci¨®n que tenemos caer¨ªa en manos equivocadas. T¨ªnbari se alarm¨® al escuchar eso. ¡ªPullbarey. ¡ª?Dijiste algo, Demonto? ¡ªS¨®lo record¨¦ un viejo comercial. ¡ªPresta atenci¨®n a lo que dice Candado, est¨²pido. ¡ªLo siento, irland¨¦s ¡ªluego mir¨® a Candado¡ªcontin¨²a. H¨¦ctor baj¨® la mano y en su lugar, la levant¨® Declan. ¡ªPero... ?c¨®mo saber que podr¨ªan ser fuertes? Candado sac¨® de su bolsillo un CD y se lo desliz¨® por la mesa hacia las manos de Clementina. ¡ªMu¨¦strales el gr¨¢fico. ¡ªEnseguida ¡ªdijo Clementina mientras se pon¨ªa el CD en la nuca. Cuando ella hizo eso, sus ojos proyectaron un gr¨¢fico en forma de holograma, una tabla de barras que med¨ªa el poder de Candado y Hammya. Los resultados eran positivos para Hammya; sus poderes superaban a los de Candado en 8.5 puntos. ¡ª?ES IMPOSIBLE! ¡ªExclamaron todos, incluyendo a Hammya y Clementina. ¡ªDebe haber un error matem¨¢tico o cient¨ªfico ¡ªdijeron Lucas y Germ¨¢n. ¡ªNo hay error ¡ªdijo Candado con los ojos cerrados. ¡ªTal vez sea un fraude ¡ªdijeron Anzor y Clementina. ¡ªNo hay fraude ¡ªdijo Candado, a¨²n con los ojos cerrados. ¡ªEs imposible, t¨² siempre has sido insuperable ¡ªdijo Ana Mar¨ªa y las mellizas sorprendidas. ¡ªAs¨ª era ¡ªdijo Candado, todav¨ªa con los ojos cerrados. ¡ªSi ella tiene tal poder, no me imagino a los futuros rivales de los circuitos ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªExactamente ¡ªdijo Candado, sin abrir los ojos. ¡ª?Ganar¨¦ una fortuna si vendo esta informaci¨®n? ¡ªpregunt¨® Matlotsky. ¡ªC¨¢llate, imb¨¦cil ¡ªdijo Candado, abriendo su ojo izquierdo. Antes de que siguieran hablando, Clementina sac¨® el CD de su nuca y lo destruy¨® al instante en su mano. ¡ª?Por qu¨¦ lo hiciste? ¡ªpregunt¨® Candado de forma desinteresada. ¡ªSi esta informaci¨®n llega a o¨ªdos u ojos de los Circuitos, estaremos en un grave problema ¡ªdijo Clementina. ¡ªQue vengan, mientras sean m¨¢s, mejor, as¨ª no estar¨¦ aburrido ¡ªdijo Candado despreocupado. ¡ªEsto no es un juego, jefe, esto es serio, muy pero muy serio ¡ªdijo Germ¨¢n con preocupaci¨®n, pero mostrando su sonrisa. ¡ªNo me llames as¨ª, adem¨¢s, ser¨ªa interesante tener a todos los de la F.U.C.O.T. persigui¨¦ndome y acabando con cada uno de ellos. ¡ª?Qu¨¦ son los F.U.C.O.T? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªFormaci¨®n Universal de los Circuitos del Ojo de Tanatos, nuestros m¨¢s grandes enemigos desde hace casi cien a?os ¡ªcontest¨® Ana Mar¨ªa. ¡ªNo lo entiendo. ¡ªNo es tu culpa, la mayor¨ªa desconoce a los F.U.C.O.T. y a nosotros, los O.M.G.A.B., Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein, u Organizaci¨®n Bernstein, abreviado O.B ¡ªdijo Germ¨¢n. ¡ªEh, ?alguien podr¨ªa explicarme todo esto? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªSeguro, Candado, por favor ¡ªdijo Matlotsky. ¡ªBien, lo har¨¦ ¡ªdijo Candado sin ganas, y comenz¨® a contar la historia. ¡ªComo dije antes, en 1912 cay¨® un meteorito a la tierra, brindando poderes al 97% de la humanidad en nuestros cuerpos, creando un segundo esp¨ªritu o alma, como m¨¢s te guste. Hasta ac¨¢ todo bien, el problema vino dos a?os despu¨¦s, result¨® que los primeros en experimentar esta magia fueron los ni?os, y estos, al no distinguir entre el bien y el mal, comenzaron a ser corrompidos por esa magia. Los llev¨® a pensar que con tener poderes pod¨ªan hacer lo que quisieran, hubo casos de ni?os que mataron a sus padres por asuntos caprichosos, esto llev¨® al mundo a un rotundo caos, saqueos, matanzas y desapariciones. Fue as¨ª que un ni?o de nacionalidad desconocida con el seud¨®nimo de T¨¢natos, aprovech¨® la situaci¨®n y cre¨® una especie de organizaci¨®n llamada los Circuitos, que b¨¢sicamente reun¨ªa a los ni?os m¨¢s fuertes y capaces de dominar sus poderes para gobernar todas las naciones, y estos, al no tener los medios necesarios para defenderse, fueron sometidos por T¨¢natos y su Circuito. As¨ª fue durante casi tres a?os, el mundo dominado por ni?os, hasta que en ¨¢frica, en un lugar que hoy se llama Kenia, una ni?a de cabello blanco y montada sobre un le¨®n del mismo color, llamada Ndereba Harambee, reuni¨® y moviliz¨® a todos los dem¨¢s ni?os que no estaban a favor de los Circuitos, contra sus conquistadores, en una guerra en la que ella gan¨® y que se llam¨® "La Batalla de la Esperanza". La astucia e inteligencia de Harambee contra la fuerza y agilidad de T¨¢natos, la lanza de oro de la ni?a contra la guada?a del muchacho. Esta guerra, que dur¨® veinticinco horas, marc¨® el principio del fin de los Circuitos, ya que inspir¨® a todos los dem¨¢s ni?os de otros pa¨ªses a pelear por su libertad y su familia. Y as¨ª comenz¨® una guerra en todo el mundo para liberar sus pa¨ªses. Los Circuitos huyeron a la Ant¨¢rtida con su l¨ªder T¨¢natos, cuando todo eso acab¨®, todos los ni?os del mundo crearon gremios para proteger a sus familias y a sus patrias. Fue as¨ª como nacieron todos los gremios que conocemos hoy en d¨ªa. Pero hab¨ªa un problema, los Circuitos alg¨²n d¨ªa iban a volver, y necesit¨¢bamos una organizaci¨®n que nos ense?ara c¨®mo utilizar nuestros poderes. Fue entonces cuando un ni?o de Francia llamado Iv¨¢n Crusoe mand¨® cartas a todos los pa¨ªses del mundo con su idea de c¨®mo evitar que los Circuitos volvieran al poder. Lamentablemente, solo seis pa¨ªses aceptaron su propuesta: Alemania, Kenia, Jap¨®n, Argentina, China y Paraguay. Los nombres de los ni?os que lo escucharon se llamaban Alexander Bernstein de Alemania, Ndereba Harambee de Kenia, Rosa Vel¨¢zquez Rojas de Paraguay, Li Wang Sheng de China, Chizuru Aikawa de Jap¨®n y Jack Barret de Argentina, mi bisabuelo. Estas cuatro personas escucharon a Iv¨¢n Crusoe, aprobaron su idea y la consideraron ingeniosa para enfrentarse a los Circuitos. Se cre¨® una bandera tomando los colores de los siete pa¨ªses que estuvieron de acuerdo con la petici¨®n de Iv¨¢n: un fondo celeste de Argentina, con una franja en el medio color rojo de la bandera de Jap¨®n. En el centro, se encontraba la cara de un le¨®n blanco mirando hacia el frente, inspirado en la mascota de Harambee, debajo del le¨®n hab¨ªa un escudo redondo con los colores de Alemania, inspirado en el escudo de Alexander, que ten¨ªa los mismos colores. A los lados del escudo, hab¨ªa unos laureles verdes, iguales a los de la bandera de Paraguay, inspirados en el broche del cabello de Rosa, y en las cuatro puntas del escudo, hab¨ªa un p¨¦talo de rosa en cada punta de color amarillo, inspirado en los poderes de Shen. Cuando la bandera se termin¨®, se ten¨ªa que decidir d¨®nde se iba a poner la agencia central. El ¨²nico pa¨ªs disponible era Jap¨®n, as¨ª que fue all¨ª donde se construy¨®, en una isla desierta creada con los poderes de Harambee, a la que llam¨® la Isla de Kanghar, en memoria de su padre. La agencia se llam¨® Organizaci¨®n Mundial de Gremios Adjuntos, abreviada como O.M.G.A., para luchar y defender a todas las personas amenazadas por los Circuitos, la segunda sociedad del mundo. ¡ª?Y la B?¡ªPregunt¨® Hammya. ¡ªLa "B" se agregar¨ªa a?os m¨¢s adelante, porque en la batalla final con T¨¢natos, este iba a matar a todos los integrantes de la organizaci¨®n con sus poderes de electricidad en su cuerpo. Fue en ese preciso momento que Alexander Bernstein decidi¨® sacrificar su vida por los dem¨¢s, encerrando a T¨¢natos dentro de un cofre de plata, muriendo por el agotamiento y como un h¨¦roe. Iv¨¢n, quien estaba herido en el hospital, le entreg¨® el mando a Jack Barret, y ¨¦l acept¨® con la condici¨®n de que se pudiera agregar una consonante al gremio. Fue as¨ª por qu¨¦ se llama Organizaci¨®n Bernstein. Cuando Candado termin¨® de hablar, el tel¨¦fono comenz¨® a sonar. Clementina lo tom¨® y se lo pas¨® a ¨¦l. ¡ª?Diga? ¡ªBuena novela muchacho, se ve que sabes muy bien la historia ¡ªdijo la voz masculina del tel¨¦fono. Candado colg¨®. ¡ªEn fin, esa es la historia. El tel¨¦fono volvi¨® a sonar. ¡ª?Diga? ¡ªNo fue amable de tu parte haberme colgado, ahora por qu¨¦ no volvemos donde¡­ Candado colg¨® el tel¨¦fono nuevamente. ¡ª?Alguien tiene hambre? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª(?Qu¨¦ sucede?) ¡ªpensaron todos. El tel¨¦fono son¨® otra vez, y este lo tom¨® por tercera vez. ¡ª?Hola? ¡ªNo cuelgues ni?o, todav¨ªa no he terminado. ¡ªN¨²mero equivocado, hasta lue¡­ ¡ªEres incontrolable. Bien, como lo dijo Alfred. ¡ª?Qui¨¦n es usted?¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªMi nombre es Nelson Torres, y te aseguro que no soy tu enemigo. ¡ªAh s¨ª, muy interesante pero no lo conozco, que tenga un buen d¨ªa ¡ªdijo Candado con la intenci¨®n de colgar nuevamente, hasta que Nelson dijo: ¡ª"S¨¦ qui¨¦n asesin¨® a tu abuelo Alfred". ¡ª?Qui¨¦n fue entonces?¡ªdemand¨® Candado. ¡ªLo sabr¨¢s cuando nos veamos en el restaurante al que vas siempre a comer. Candado comenz¨® a gritarle al hombre del tel¨¦fono, pero este ya hab¨ªa colgado. ¡ª?Qui¨¦n era?¡ªpregunt¨® Erika. ¡ªAlguien muy interesante. Hoy parece que ser¨¢ un d¨ªa agitado ¡ªdijo Candado suspirando. LA OFERTA DE NELSON Las cosas se pusieron tensas en el gremio Roob¨®leo despu¨¦s de esa misteriosa llamada. Nadie quer¨ªa que Candado fuera a encontrarse con ese tal Nelson, pero ellos mismos no se atrev¨ªan a decirle que no fuera, ya que ten¨ªan miedo de que sonara como una orden, y a Candado no le gustan las ¨®rdenes, y mucho menos de las personas que las dan, porque podr¨ªa enojarse, y eso daba un miedo enorme al grupo. Estaba claro que pod¨ªa ser una trampa, pero se estaba hablando de Candado, "El ni?o que no siente dolor", al menos as¨ª era conocido por sus enemigos, y con ese nombre ya lo explicaba todo. ?Qui¨¦n se enfrentar¨ªa a alguien que no teme ser lastimado? Es muy tenebroso. Pero tambi¨¦n ca¨ªa la posibilidad de que pudiera ser peligroso. Anteriormente, Candado estuvo en grave peligro en dos ocasiones con mercenarios y con los Circuitos. As¨ª que tomaron confianza y se lo dijeron porque la vida de su amigo estaba en peligro. ¡ªCandado, ?est¨¢s seguro de ir all¨¢ con un individuo desconocido? ¡ªpregunt¨® German. ¡ªS¨ª, lo estoy ¡ªafirm¨® Candado. ¡ª?Incluso si parece ser un asesino pagado por los Circuitos o de cualquier otra agencia? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªA¨²n m¨¢s, ya que ser¨ªa interesante ¡ªdijo Candado con un intento de sonrisa. ¡ª?Incluso si es peligroso? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªClaro que s¨ª ¡ªreafirm¨® Candado. ¡ª?Incluso si te matan y quedo yo a cargo para despedazarte ya muerto y as¨ª poder vender tus ¨®rganos y ganar mucho dinero vendi¨¦ndolos a un precio m¨¢s alto a los Circuitos para que los usen como trofeo? ¡ªMatlotsky... c¨¢llate, porque al hablar nunca sale nada inteligente de tu parte ¡ªdijo Candado ¡ªContinu¨® con¡ª. No s¨¦ por qu¨¦ se preocupan tanto, si pasa algo que se me vaya de las manos, prometo llamarlos. No se arruguen ni se inquieten tanto por eso. Poco despu¨¦s, sali¨® del gremio y se dirigi¨® a su restaurante favorito para encontrarse con el sujeto llamado Nelson, pasando por el bosque y las veredas, mirando el cielo despejado de nubes, y pensando que ayer hab¨ªa llovido. As¨ª de extra?o es el clima del Chaco. Mientras caminaba, T¨ªnbari se le apareci¨® y comenz¨® a hacer preguntas. ¡ª?Te parece correcto? ¡ª?Correcto qu¨¦? ¡ªEl seguir este camino, recuerda que no lo conoces y es m¨¢s probable que intente asesinarte. Podr¨ªa causar tu propia muerte o algo peor. ¡ª?Peor? ?Doble muerte? ¡ªHablo en serio, Candado. Puede que sea peligroso y tendr¨ªa que ayudarte en un peligro prominente. ¡ª?Prominente dices? ?Qu¨¦ me puede hacer una persona? Nada, absolutamente nada. Entre discusi¨®n y discusi¨®n, Candado no se dio cuenta de que, mientras m¨¢s hablaba, m¨¢s se acercaba al restaurante, hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en la puerta del local. ¡ªQu¨¦ r¨¢pido, ni cuenta me di. ¡ª?Est¨¢s seguro de seguir adelante? ¡ªYa te lo dije, presta m¨¢s atenci¨®n ¡ªdijo Candado de mala manera. ¡ªJa, como quieras. Buena suerte¡­ muchacho ¡ªdijo T¨ªnbari con un tono burl¨®n mientras desaparec¨ªa. ¡ªOh, c¨¢llate y d¨¦jamelo a m¨ª. Cuando ¨¦l entr¨® al restaurante, estaba vac¨ªo, no hab¨ªa ning¨²n cliente. A Candado esto no le parec¨ªa algo como para llamar la atenci¨®n, as¨ª que se dirigi¨® a la mesa donde siempre se sentaba a esperar a ese sujeto. Estar all¨ª esperando era aburrido para ¨¦l, y nadie lo atend¨ªa, hasta que pas¨® el mesero Luan, a quien Candado le ten¨ªa mucho disgusto debido a que le hab¨ªa dicho que su forma de atender a los clientes era de manera cretina. ¡ªServicio, por favor. Luan se detuvo y mir¨® a Candado. ¡ªEstoy ocupado, hay muchos clientes ac¨¢ ¡ªdijo Luan molesto. ¡ªEsc¨²chame, pelirrojo, no hay nadie, soy el ¨²nico aqu¨ª. ¡ªLo siento, estoy ocupado. ¡ª?Con qui¨¦n est¨¢s ocupado? Si no hay nadie. ¡ªPara ti no hay nadie, para m¨ª hay muchas personas ¡ªdijo Luan de manera soberbia. ¡ª?Ah, s¨ª? Mira vos, che, as¨ª que el se?orito no le importa mi dinero, pero s¨ª el dinero imaginario. No sab¨ªa que t¨², Luan, eras un esquizofr¨¦nico. ?Por eso abandonaste la escuela? Al decir esto, Luan se molest¨® tanto que se fue del restaurante con la bandeja en la mano y diciendo: ¡ªQue te atienda Dios, pelotudo. Cuando Luan se fue, se escuch¨® una risa jovial que se acercaba a las espaldas de Candado. ¡ªEres un poco brusco con la gente, ?no te parece? ¡ªdijo la voz entre risas a su espalda. Candado se volte¨®. ¡ª?Perd¨®n? ?Y usted qui¨¦n es? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?Yo? Soy el que te ha llamado por tel¨¦fono. ¡ª?Usted es Nelson? ¡ªExacto, Candado, soy el que te ha citado a este lugar ¡ªdijo mientras se sentaba en la misma mesa de Candado. El Nelson que estaba al frente de ¨¦l era un se?or anciano que ten¨ªa los ojos azules, una peque?a cicatriz en su ment¨®n, cabello blanco producto de la vejez con patillas de color casta?o todav¨ªa, ten¨ªa un bigote estilo candado blanco, vest¨ªa una bata blanca de laboratorio igual a la que usa Lucas, una camisa celeste con una corbata negra, pantalones marrones de gala y zapatos del mismo color. Usaba un bast¨®n de madera con una esfera de diamantes. ¡ªHola, muchacho. ¡ªVine aqu¨ª para saber qui¨¦n mat¨® a mi abuelo, no para tomar caf¨¦ y hablar de cosas sin importancia. Ahora dime, ?qui¨¦n fue? ¡ªEres igual a tu abuelo, misma vestimenta, misma boina, pero no usaba esos guantes blancos sino marrones. ¡ªEspera, ?conociste a mi abuelo? ¡ªpregunt¨® Candado sorprendido. ¡ªFui su mejor amigo cuando ten¨ªa tu edad, y lo segu¨ª siendo, hasta ahora. ¡ªEntonces, dime, si de verdad eres su mejor amigo, ?c¨®mo es posible que yo haya escuchado de ti por ¨¦l? ¡ªBueno, eso es porque Alfred usaba siempre un seud¨®nimo de animales y mencionaba una "yarar¨¢" al contarte sus aventuras, ?no? En ese momento, Candado comenz¨® a recordar todas las historias que le contaba su abuelo cuando era peque?o. Siempre la historia era repetitiva con respecto a los personajes, siempre eran los mismos: el le¨®n rojo, la tortuga, el armadillo, la paloma, el gallo, el lince, el ?and¨² y la yarar¨¢. Ellos siempre eran los h¨¦roes en los cuentos del abuelo de Candado, y eran los mismos animales que peleaban contra un mal¨¦volo halc¨®n. Para Candado, esto era muy extra?o, ya que solo tres personas en el mundo conoc¨ªan esa historia: Candado, Gabriela (fallecida) y su madre. ¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªpregunt¨® Candado, llevando su mano a la espalda con lentitud y cuidado, agarrando su fac¨®n. ¡ªPorque fui yo quien le dio esa idea, aunque los animales que mencionaba los cre¨® ¨¦l, no yo. ¡ª?C¨®mo puedo saber que t¨² eres quien dice ser? ¡ªpregunt¨® Candado, a¨²n con su mano en su fac¨®n. ¡ªSi no me crees, entonces te tendr¨¦ que dar una prueba. Cuando Alfred te regal¨® su boina, ¨¦l te susurr¨® algo en el o¨ªdo, ?verdad? ¡ªS¨ª, es verdad ¡ªdijo Candado sacando su fac¨®n lentamente de su funda. ¡ªTe dijo: "Feliz cumplea?os, mi gaucho violeta". Luego te puso su boina en la cabeza. Lo s¨¦ porque ¨¦l mismo me lo cont¨® por tel¨¦fono ¡ªdijo con una sonrisa en la cara. Cuando Candado escuch¨® eso, guard¨® su fac¨®n de vuelta y, para disimular, sac¨® un chicle de su bolsillo con una sonrisa falsa y las cejas levantadas. ¡ªGenial, eres quien dices ser, porque cuando ¨¦l me dijo esto, est¨¢bamos solos. Justo en ese momento, pas¨® la hermana menor de Luan y de Siro, Susana, la camarera, a pedir sus ¨®rdenes. ¡ª?Desean tomar algo? ¡ªpregunt¨® Susana. ¡ªS¨ª, quiero un chacol¨ª, por favor. ¡ªAja, ?Y t¨², Candado? ¡ªpregunt¨® Susana. ¡ªNada, gracias ¡ªdijo Candado, levant¨¢ndose la boina pero con una expresi¨®n fr¨ªa en su rostro. ¡ªEn seguida vengo ¡ªdijo Susana con una sonrisa. Despu¨¦s, la camarera se fue de vuelta a la cocina. ¡ª?Chacol¨ª? ?Eres chileno de casualidad? ¡ªNo, soy argentino, pero me gusta el chacol¨ª. ¡ªBien, me has mostrado pruebas de que en verdad eres amigo de mi abuelo, pero ?qu¨¦ eras t¨² de ni?o? ¡ªYo fui del gremio Roob¨®leo, era vicepresidente cuando era ni?o y vocal de la O.M.G.A.B. u Organizaci¨®n Bernstein ¡ªdijo Nelson mientras mostraba su insignia a Candado. ¡ªBueno, es algo marchito, pero es una evidencia clara. Ahora dime, ?qui¨¦n asesin¨® a mi abuelo? ¡ªLa muerte de tu abuelo est¨¢ relacionada con esto ¡ªdijo Nelson mientras deslizaba un halc¨®n plateado hacia las manos de Candado. ¡ªAgentes ¡ªdijo ¨¦l con asco. ¡ª?Los conoces? Entonces esto lo hace m¨¢s sencillo. ¡ª?Tiene relaci¨®n? ¡ªS¨ª, est¨¢ relacionado, porque esta insignia le pertenece a un hombre llamado Greg. ¡ª?Greg? ?Es ¨¦l quien mat¨® a mi abuelo? ¡ªS¨ª, estoy seguro de que fue ¨¦l, pero no estaba solo, hab¨ªa como tres personas m¨¢s con ¨¦l, uno de ellos era menor de edad. En ese momento, vino la camarera Susana con el vino chacol¨ª de Nelson. ¡ªAqu¨ª tiene, se?or ¡ªdijo Susana mientras destapaba la botella para despu¨¦s irse. Nelson agarr¨® la botella y, en vez de servirse en el vaso que ten¨ªa al lado, decidi¨® tomar directamente de la botella. ¡ª?Te importar¨ªa mostrar un poco m¨¢s de modales? ¡ªdijo una voz desconocida. ¡ª?Qui¨¦n ha dicho eso? ¡ªpregunt¨® Candado, mirando en todas direcciones. ¡ªFui yo, ?alg¨²n problema? ¡ªdijo una ni?a muy peque?a, del tama?o de una mano de un beb¨¦, saliendo del bolsillo del pecho de Nelson. Cuando ella dijo eso, comenz¨® a escalar con dificultad hacia la mesa, sin ayuda de Nelson, ya que este estaba ocupado tomando su vino. Cuando lleg¨®, Candado pudo verla claramente. Ten¨ªa el cabello rubio largo y suelto, ojos negros con c¨ªrculos azules brillantes en ellos, vest¨ªa bombachas gauchescas negras, botas marrones oscuras, una camisa blanca de mangas largas, un chaleco negro elegante, un pa?uelo rojo envuelto en su cuello y un sombrerito azul claro en su cabeza. ¡ª?Qu¨¦ se supone que eres? ¡ªpregunt¨® Candado, con su expresi¨®n fr¨ªa en el rostro. ¡ªYo soy tu peor pesadilla, Goliat. ¡ªOh, me gustar¨ªa saber, ?c¨®mo un gnomo va a ser tan poderoso como una pesadilla? ¡ªpregunt¨® Candado con su misma expresi¨®n fr¨ªa. ¡ª?C¨®mo me llamaste? Rata de alcantarilla. Despu¨¦s de que la ni?a dijo eso, Candado la empuj¨® con delicadeza con su dedo ¨ªndice, y esta cay¨® sentada al suelo. Cuando se puso de pie, sac¨® un cuchillo de su espalda con un odio tremendo hacia Candado, luego comenz¨® a correr para llegar a ¨¦l, pero este de manera astuta agarr¨® el salero y lo puso al frente de ella, para cuando la ni?a se dio cuenta, ya era tarde porque se hab¨ªa estampado contra el salero, haciendo que volviera a caer al suelo. ¡ªVaya, qu¨¦ pelea m¨¢s fren¨¦tica y larga ¡ªdijo sarc¨¢sticamente Candado. ¡ªJa, eres muy gracioso. ¡ª?Qu¨¦ es esta cosa? ¡ª?Ella? Se llama Grivna y, al igual que Clementina, es un robot, solo que el m¨ªo es un modelo m¨¢s peque?o y un pendrive. ¡ªBueno, eso resuelve el misterio de que haya sido algo tonta al no detenerse al ver un salero ¡ªdijo sarc¨¢sticamente Candado. ¡ªNo entiendo. ¡ªNo, lo que ?YO! no entiendo es c¨®mo sabes de Clementina y, m¨¢s a¨²n, c¨®mo sab¨ªas que ella es un robot. ¡ªBueno, porque los planos para fabricarla fueron creados, dise?ados y dibujados por m¨ª, pero el m¨¦rito no es m¨ªo, ya que el que sud¨® al fabricarla fue Alfred. ¡ª?En serio? ¡ªClaro, Alfred nunca fue bueno haciendo planos o dibuj¨¢ndolos, as¨ª que ¨¦l me tiraba las ideas y yo dibujaba tal cual me contaba. ¡ªBien, esto me est¨¢ agradando y todo, pero la pregunta que yo ten¨ªa pensado hacerte era ?c¨®mo sabes que fue Greg? ¡ªdesafi¨® Candado. Cuando Candado le pregunt¨® esto, Nelson dej¨® de sonre¨ªr y se acerc¨® m¨¢s a la mesa con una actitud seria y tenebrosa, pero no para Candado, ya que ¨¦l nunca se sinti¨® intimidado o asustado cuando un adulto lo mira de esa forma. ¡ªDime, muchacho, ?qu¨¦ conoces del incidente del 2000? ¡ªS¨¦ que ese lugar se incendi¨® misteriosamente, aunque no creo que haya sido eso. M¨¢s bien pienso que mi abuelo me ocultaba algo m¨¢s. ¡ªExacto, Alfred siempre me dec¨ªa que t¨² no te cre¨ªas lo que ¨¦l te contaba. Dios sabe c¨®mo, pero es cierto, no hubo un incendio ¡ªcontinu¨® con¡ª. Fue algo mucho peor. Lo recuerdo muy bien. Fue durante una noche de lluvia en el exterior. Un se?or llamado Greg ten¨ªa un odio muy grande hacia Alfred, ya que ¨¦l ten¨ªa la misma meta: viajar a Cotorium. ¡ªNo lo entiendo, ?hay gente que sabe de ese planeta y, de ser as¨ª, c¨®mo? ¡ªS¨ª, muchacho, pero no son varios, y respondiendo a eso¡­ Ahhhmmmm, ?tienes un Bari? ¡ªpregunt¨® Nelson. La pregunta tom¨® por sorpresa a Candado; ¨¦l y solo sus amigos eran los ¨²nicos que conoc¨ªan al Bari. ¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªEs sencillo, tu abuelo ten¨ªa uno. Se llamaba Slonbari ¡ªdijo Nelson sonriente. ¡ª?A caso sab¨ªas eso? ¡ªS¨ª, por supuesto. Fui amigo de tu abuelo desde muy joven. ¡ªRayos, no se me hab¨ªa pasado eso por la mente. Digo, pensaba que ellos llegaron con aquel meteorito ¡ªdijo sarc¨¢sticamente. ¡ªAhora, despu¨¦s de decir todo eso, ?me mostrar¨ªas a tu Bari? ¡ªdijo Nelson confiado. Candado estaba totalmente desconcertado. Siempre hab¨ªa cre¨ªdo que ¨¦l y su familia eran los ¨²nicos que sab¨ªan de la existencia de los Bari en el mundo. As¨ª que comenz¨® a desconfiar de aquel anciano que le estaba contando toda la historia. ¡ª?Qu¨¦ me garantizas de que no est¨¢s tramando algo? ¡ªPensaba que eso ya hab¨ªa estado aclarado. ?Todav¨ªa sigo siendo alguien sospechoso? ¡ªPerd¨®neme, sigo sin confiar en usted, a pesar de que me cont¨® algo que solo yo y mi abuelo sab¨ªamos. Pero lo que me est¨¦ diciendo usted es uno de los secretos m¨¢s grandes del gremio Roob¨®leo. ¡ªBien pensado, podemos solucionar todas tus dudas si le preguntas a tu Bari. ¡ªLo har¨¦ ¡ªafirm¨® Candado. ¨¦l entonces, con su dedo ¨ªndice y mayor, toc¨® su frente y susurr¨® mientras miraba a Nelson atentamente: "Aquello que el humano teme, ven aqu¨ª, te lo ordeno". Estas fueron las palabras de Candado. Al terminar su mon¨®logo, T¨ªnbari apareci¨® en una explosi¨®n de humo que solo ¨¦l pod¨ªa ver. ¡ª?Por qu¨¦ me has llamado? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. Candado, sin dejar de ver a Nelson, comenz¨® a hablar de manera telep¨¢tica con T¨ªnbari. ¡ªTe he llamado porque este hombre dice saber o conocer a los Bari. T¨ªnbari mir¨® al anciano de arriba abajo con una sonrisa en el rostro. Casi se pod¨ªa decir que T¨ªnbari estaba muy interesado en saber c¨®mo carajos lo hizo. ¡ªNo te preocupes, Candado, es de fiar. No vi rasgos de odio, venganza o intento de asesinato hacia vos ¡ªdijo T¨ªnbari. Candado lo dud¨® un poco, pero se decidi¨®, se sac¨® uno de sus guantes blancos y extendi¨® su mano hacia Nelson. Este puso uno de sus dedos en la palma de Candado y enseguida pudo ver a T¨ªnbari. Para sorpresa de Candado, Nelson no se asust¨® ni se sorprendi¨®, sino que lo vio con una sonrisa de victoria, como un ni?o en Navidad o en su cumplea?os. ¡ªInteresante ¡ªexclam¨® Nelson. Despu¨¦s de decir eso, el anciano mir¨® su reloj. ¡ªBueno, amigos, es hora de irme ¡ªdijo ¨¦l mientras agarraba a la a¨²n inconsciente Grivna. ¡ª?Qu¨¦ diablos? ?Eso fue todo, te muestro a mi Bari y se termin¨®? ¡ªNo, nada se ha terminado, esto apenas comienza, ni?o, tenlo en mente ¡ªdijo Nelson mientras le daba a Candado una tarjeta. ¡ª?Y esto qu¨¦ es? ¡ªpregunt¨® Candado mientras miraba la tarjeta. ¡ªEso es un contrato. Si te interesa, ll¨¢mame, y si no, no me llames, obviamente ¡ªdijo Nelson sonriente mientras se iba del restaurante. ¡ªJa, esos son mis tres minutos desperdiciados ¡ªdijo T¨ªnbari mientras miraba al anciano alej¨¢ndose. Candado se puso de pie y camin¨® hacia la salida del restaurante, hundido en la intriga que emanaba esa tarjeta. Era la primera vez que ¨¦l estaba en una situaci¨®n como esta, sin saber qu¨¦ decisi¨®n tomar, ya que estaba m¨¢s que seguro de que podr¨ªa ser perjudicial para ¨¦l y para el gremio. As¨ª que para pensar un poco m¨¢s en la situaci¨®n, decidi¨® ir a su casa para descansar su cerebro. Pens¨® que ser¨ªa una buena idea no contar lo sucedido en el restaurante a sus amigos, pero eso durar¨ªa poco, ya que sus amigos tomar¨ªan cartas en el asunto por el bien de Candado, y ellos ser¨ªan los que tomar¨ªan la decisi¨®n por ¨¦l. Mientras pensaba en todo esto, ¨¦l no se hab¨ªa dado cuenta de que hab¨ªa llegado al bosque de Diana. Eso significaba solo una cosa: problemas. Cada vez que ¨¦l pisaba ese lugar, terminaba peleando con ella, y ¨¦l, en ese momento, no quer¨ªa hablar o luchar con ella. As¨ª que se dio vuelta y se dirigi¨® lentamente hacia la vereda de donde hab¨ªa venido. Pero como T¨ªnbari quer¨ªa divertirse un rato y Candado no hab¨ªa pronunciado el idioma Roob¨®leo para desaparecer o no ser org¨¢nico, ¨¦l tom¨® una ramita y la dobl¨® hasta romperse, causando un eco grande por todo el bosque. Candado mir¨® a T¨ªnbari con una furia colosal, y este solo se ri¨® y dijo: ¡ªUps, lo romp¨ª.This story has been stolen from Royal Road. If you read it on Amazon, please report it Despu¨¦s se desvaneci¨®, justo cuando una figura extra?a salt¨® de una arboleda y atac¨® a Candado con una guada?a, tumb¨¢ndolo al suelo mientras usaba su fac¨®n como defensa. Lo curioso es que Candado no mostr¨® ninguna expresi¨®n de susto o sorpresa, sino que ten¨ªa la misma expresi¨®n fr¨ªa en su rostro. ¡ªOh, vaya, no pens¨¦ que te defender¨ªas tan pronto ¡ªdijo Diana. ¡ªEs que si no lo hago, es m¨¢s probable que me mates ¡ªdijo Candado con su expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªSe supone que no deb¨ªas bloquearlo ¡ªcritic¨® Diana. ¡ªDiana, est¨¢s desquiciada si piensas que voy a dejarme matar ¡ªdijo Candado mientras se pon¨ªa de pie. ¡ªOye, est¨¢s en mi ¨¢rea, por ende, te ataque, ya que nadie pasa por aqu¨ª estos d¨ªas ¡ªdijo Diana mientras pul¨ªa su guada?a. Diana: Es hermana de Mauricio y tambi¨¦n afirma ser hija del pombero. Es extremista en asuntos de pelea, llegando al punto de matar a su adversario, lo que hace que tenga pocos rivales y compa?eros de pr¨¢ctica. Es alegre, burlona, s¨¢dica y psic¨®pata. Viste una bombacha oscura con botas de cuero amarillo, lleva un poncho naranja con celeste id¨¦ntico al de Mauricio, un guante rojo en una mano y un sombrero blanco. Tiene el cabello largo y rubio, con las puntas te?idas de negro, y unos ojos verdes que brillan en la oscuridad. Tambi¨¦n tiene orejas puntiagudas. Juega y entrena con Candado y le encanta preparar nuevas comidas para sus amigos, especialmente para Logan y Mauricio. A diferencia de este ¨²ltimo, en lugar de un cayado, usa una guada?a y puede hacer que crezca hasta un tama?o muy grande. Poder: Tiene poderes similares a los de Mauricio, excepto los que emanan de su cayado. Es tan r¨¢pida que puede detener el tiempo, tomar la forma de varios animales (gato, perro, b¨²ho, rana y h¨¢mster), transformarse en arena y estirar sus extremidades hasta mil metros de altura. Habilidades: Usa su risa como un arma intimidante, tiene un alacr¨¢n mascota muy venenoso que puede hacer crecer hasta el tama?o de un perro y puede morder a alguien para paralizarlo. ¡ª?Y c¨®mo va eso? ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªYa sabes, lo de Viki, ?Ya aprendi¨® a controlar su sed? ¡ªpregunt¨® Diana desinteresadamente. ¡ªNo, y lo peor es que recib¨ª un citatorio del gremio Rech¨¦p, de La Pampa, diciendo que mi "invitada" ha estado asesinando al ganado de los agropecuarios ¡ªdijo Candado mirando hacia arriba con preocupaci¨®n. ¡ª?Y qu¨¦ har¨¢s? ¡ªNada, y no voy a transferirla a otra provincia, ya que es un costo enorme para mi familia y para m¨ª. ¡ªEspero que tu decisi¨®n cause problemas a los pampeanos. ¡ªJa, no va a pasar nada. No le rob¨® el bocado a los humildes campesinos, sino que le quit¨® UNA VACA a esos estancieros de mierda. Podr¨¢n recuperar esa y m¨¢s de esa "vaca Ferrari en peligro de extinci¨®n" a un precio poronga. ¡ªBueno, de saber que eras muy hist¨¦rico, no lo hubiese comentado ¡ªdijo Diana mientras sacaba su guada?a de la tierra. ¡ªEs que es est¨²pido, s¨®lo quieren sacarme plata, estos "derroca gobiernos" de porquer¨ªa ¡ªdijo Candado m¨¢s molesto. ¡ªOh, s¨ª que es interesante, pero yo tambi¨¦n te denunciar¨ªa o directamente te matar¨ªa si robaras, o m¨¢s bien mataras algo de mi propiedad ¡ªdijo Diana mientras caminaba con Candado en el bosque. ¡ªEse es el punto, Viki mata y come una vaca para, obviamente, alimentarse, pero solo es una y por esa vaca quieren que pague treinta y cinco millones de pesos, est¨¢n locos. ¡ªBueno, no es tanto para alguien que tiene cuatrillones de pesos minuto a minuto. ¡ªS¨ª, es cierto, pero eso no significa que tire treinta y cinco millones de pesos. ¡ªJa, si puedes, porque puedes recuperar el doble en tan solo seis segundos ¡ªdijo Diana mientras jugaba con la boina de Candado. ¡ªEres insoportable Diana, no entiendo c¨®mo Logan y Mauricio te soportan ¡ªdijo Candado sac¨¢ndole su boina. ¡ªBueno, de hecho soy superficial a la hora de hablar con ellos. ¡ªYa estoy harto de escuchar tus "bueno", improvisa ¡ªreplic¨® Candado. ¡ªNo, porque yo hablo como quiero, si quiero ponerle un "bueno" a la oraci¨®n lo pongo y listo. ¡ªBien, haz lo que quieras. As¨ª estaban discutiendo sobre temas in¨²tiles durante m¨¢s de treinta minutos, hasta que finalmente llegaron a su casa. Bueno, casi, ya que hab¨ªan llegado al jard¨ªn de atr¨¢s (ya que ¨¦l tiene dos, adem¨¢s de uno en la azotea y otro al frente). ¡ªBueno, hasta aqu¨ª llegamos. Candado no dijo nada, solo asinti¨® con la cabeza. Pero cuando ¨¦l se dispon¨ªa a entrar al jard¨ªn, Diana, quien ya se estaba alejando, se dio vuelta y atac¨® a Candado con su guada?a. Sin embargo, Candado, sin darse vuelta, fren¨® el golpe con su fac¨®n. ¡ªEn serio, debes dejar de atacar a todo el mundo ¡ªaconsej¨® Candado. ¡ªLo intentar¨¦ ¡ªdijo Diana retirando su guada?a con una sonrisa. Cuando la psic¨®pata se alej¨® a una distancia considerable, Candado se dirigi¨® hacia el muro de su jard¨ªn de seis metros y salt¨® para cruzar al otro lado, utilizando sus poderes, ya que un ni?o com¨²n y corriente no podr¨ªa saltar esa altura. Al llegar al patio, Clementina y Hammya lo estaban esperando de brazos cruzados y enfadadas, y Candado no entend¨ªa por qu¨¦ estaban molestas, pero s¨ª sab¨ªa que eso le amargar¨ªa el d¨ªa. ¡ªBien, yo no quiero saber qu¨¦ ha ocurrido, pero algo muy profundo de mi "naturaleza curiosa" me empuja a saber por qu¨¦ me est¨¢n mirando con esas caras de bulldogs. ¡ªParece que est¨¢s de buen humor esta tarde ¡ªdijo Clementina enojada. ¡ªAh, no, no es tarde todav¨ªa, son las 11:36 a.m. ¡ªBueno, ya, d¨¦jate de bromas ¡ªreplic¨® Clementina. ¡ª?Qu¨¦? ¡ª?Llamaste "al¨ªen" a Hammya en esa reuni¨®n? ?Y abandonaste tu puesto para reunirte con un desconocido, sabiendo que tu vida pod¨ªa estar en peligro? ¡ªBien, con respecto a Hammya, es cierto que no eres humana, ya que la estructura de tus ¨®rganos es diferente a la de un humano, tus c¨¦lulas son diferentes, sin mencionar que tienes un ritmo card¨ªaco de 180 a 200 ¡ªcontinu¨® con¡ª. Y para responder a tu pregunta, Clementina, es porque me importa tres carajos lo que me pueda pasar a m¨ª, ya estoy acostumbrado a que mi vida est¨¦ en peligro. Despu¨¦s de responder a su manera las preguntas, Candado se dirigi¨® a la puerta que conectaba el jard¨ªn con la casa, sin importar que Clementina estuviera poco satisfecha con la respuesta. Pero a Candado no le importaba, porque Clementina no estaba programada para darle ¨®rdenes a ¨¦l. Sin embargo, eso no la imped¨ªa usar triqui?uelas de su sistema operativo para tenerlo bajo su control, ya que, aunque ella era un robot, sab¨ªa lo que era estar enojada. ¡ªBien, me pregunto qu¨¦ har¨¢s con el citatorio del O.M.G.A.B. ¡ªdijo Clementina sonriente. Cuando ella dijo eso, Candado se qued¨® r¨ªgido por un breve momento, con "asombro", por decirlo as¨ª. Candado ¨²ltimamente no hab¨ªa tenido tiempo de cumplir con los citatorios. En el pasado, ¨¦l hab¨ªa golpeado brutalmente a un ni?o que representaba a Estados Unidos porque este hab¨ªa insultado a su familia, y a Per¨®n, lo que result¨® en un grave error al meterse con el ¨ªcono de la familia Barret. Este incidente enfureci¨® rotundamente a Candado y, dej¨¢ndose llevar por la ira, atac¨® al chico. Esto dej¨® en rid¨ªculo a los O.M.G.A.B., ya que dio a entender que en el gremio no se pod¨ªa pensar de manera diferente. Esto llev¨® a que las dem¨¢s naciones agremiadas pidieran la expulsi¨®n de Candado de la organizaci¨®n. Sin embargo, dado que ¨¦l era el representante de Argentina, uno de los pa¨ªses pioneros en la fundaci¨®n de la O.M.G.A.B. y era un miembro valioso para los otros ocho pa¨ªses (China, Kenia, Jap¨®n, Paraguay, Francia, Ir¨¢n, Alemania, Venezuela y Cuba), hicieron todo lo posible para evitar su expulsi¨®n. Le aconsejaron a Candado que no volviera a la organizaci¨®n por un tiempo y que para resolver su agresi¨®n al chico quisquilloso tendr¨ªa que realizar un "servicio especial" cada vez que recibiera uno de los citatorios. Este incidente fue conocido como el primer error de Candado en la vida, y es por eso que cada vez que se lo recuerdan, se molesta. ¡ª?Y har¨¢s algo al respecto? ¡ªpregunt¨® Clementina burl¨¢ndose y sacando una carta roja con un sello de un le¨®n blanco. ¡ªNi?a, uno de estos d¨ªas voy a formatear tu memoria ¡ªdijo Candado con una risa falsa mientras tomaba la carta. Hammya irrumpi¨®. ¡ªEspera, dime c¨®mo sabes toda esa informaci¨®n de m¨ª, de que soy un alien y esas cosas. ¡ªVeo que no es la primera vez que te lo dicen. ¡ªDe hecho, no ¡ªdijo Hammya recordando lo que le hab¨ªa dicho T¨ªnbari. ¡ªEs sencillo, te estudi¨¦ mientras dorm¨ªas. Si no me crees, mira tu est¨®mago ¡ªdijo Candado mientras se daba la vuelta. Hammya, al escuchar esto, levant¨® su camis¨®n dejando su abdomen al descubierto. Para su sorpresa, en ¨¦l hab¨ªa una diminuta l¨ªnea hecha con un marcador negro, como si fuera una pre-incisi¨®n. ¡ª?Por qu¨¦ me hiciste esto? ¡ªpregunt¨® Hammya agobiada y aterrada al ver su abdomen. ¡ªNo creer¨¢s que alguien tan desconfiado como yo iba a dejar dormir a alguien bajo mi mismo techo sin haberla estudiado antes. ¡ªNo hab¨ªa raz¨®n alguna para abrirme el abdomen con un cuchillo. ¡ªNo te preocupes por la incisi¨®n. Me asegur¨¦ de desinfectar los utensilios ¡ªdijo ¨¦l, a¨²n sin darse la vuelta. ¡ª??POR QU¨¦!? ¡ªgrit¨® Hammya. ¡ªPorque soy diab¨®lico ¡ªdijo Candado d¨¢ndose la vuelta con una expresi¨®n fr¨ªa en el rostro. Al decir esto, Hammya, ya molesta, se dispon¨ªa a darle un golpe en el rostro, pero Candado detuvo el golpe con su contra palma, manteniendo su expresi¨®n vac¨ªa. ¡ªNi?a, fue un chiste. Claro que no abr¨ª tu abdomen con un cuchillo. Pero utilic¨¦ utensilios que se pueden conseguir en cualquier farmacia, como rayos X, microscopio, alcohol, monitor card¨ªaco y desfibriladores. ¡ª?Desfibriladores? ?Monitor card¨ªaco? ?Qu¨¦ clase de farmacia vende eso? ¡ªpregunt¨® asombrada Hammya. ¡ªSolo los consegu¨ª si ocurr¨ªa algo imprevisto. ¡ª?Qu¨¦ te llev¨® a pensar que no soy humana solo con esos cachivaches? ¡ªpregunt¨® Hammya, ya tranquilizada. ¡ªAh, el resto es un secreto, no, de hecho no lo es, porque no importa cu¨¢nto te lo explique, no lo entender¨¢s ni con dibujos de un ni?o de primer grado. ¡ªNo te burles de m¨ª ¡ªreproch¨® Hammya. Candado no dijo nada m¨¢s, solo se dio la vuelta y entr¨® a la casa mientras abr¨ªa el sobre con su fac¨®n, ya que para ¨¦l era m¨¢s importante saber lo que estaba escrito en la carta que lo que le dec¨ªa Hammya. Parec¨ªa que solo buscaba salir de esa discusi¨®n con esa ni?a, ya que hablar de "la operaci¨®n" que Candado le hizo a ella era desesperante. Sin embargo, para Clementina era confuso ver a Candado retirarse sin discutir, pero para Hammya no signific¨® nada, m¨¢s bien era un enojo interno por las bromas de ¨¦l. Candado tom¨® asiento en su sill¨®n favorito para leer la carta que le hab¨ªa mandado la organizaci¨®n. ¡ªSolo una m¨¢s y habr¨¦ terminado mi castigo ¡ªcelebr¨® Candado. ¡ªMe alegro por ti ¡ªdijo Clementina mientras se sentaba al frente de ¨¦l. ¡ªS¨¦ que no es un elogio, pero gracias ¡ªdijo Candado mientras le¨ªa la carta. Despu¨¦s de casi tres minutos, Candado dobl¨® la carta y la puso en el librero que estaba al lado de ¨¦l y se qued¨® quieto en su asiento cruzado de brazos por diez minutos. ¡ª?Qu¨¦ sucede ahora? No me dir¨¢s que la misi¨®n es quedarte sentado sin hacer nada. ¡ªEn realidad, la misi¨®n que se me ha dado es una broma de muy mal gusto, tanto que no pienso ir a cumplirla y en vez de eso, voy a pensar qu¨¦ decirles a esos. ¡ª?Y cu¨¢l es la misi¨®n que te dej¨® tan de mal humor? ¡ªConseguir una maldita foto de Esteban bes¨¢ndose con Tarah, para escrachar al l¨ªder de los Circuitos tanto como para bajar la moral de su jefe bes¨¢ndose con una mujer del gremio O.N.I.G.A. (Organizaci¨®n Naciente de la Igualdad Gremial de los Azulejos). ¡ªParece que no tienes opci¨®n, ya que es tu ¨²ltima misi¨®n para salir exonerado de tu castigo, despu¨¦s de todo, ?qu¨¦ te cuesta sacar una foto de ellos bes¨¢ndose? Siempre andan bes¨¢ndose todo el santo d¨ªa por la plaza. ¡ªNo lo har¨¦, tal vez seamos enemigos mortales, pero los escraches no son lo m¨ªo, tengo principios. ¡ªdijo Candado orgullosamente. ¡ªJa, los ¨²ltimos seis meses has estado cumpliendo misiones dif¨ªciles, nunca tuviste una muy f¨¢cil como esta, as¨ª que te aconsejo que lo hagas, si quieres volver a la Organizaci¨®n Bernstein. ¡ª?Desde cu¨¢ndo me das consejos malos? ¡ªLos consejos no son malos ni buenos, son solo una opini¨®n, el aconsejado decide si seguir o no. ¡ªNo recuerdo que t¨² tengas un concepto profundo sobre los consejos. En ese momento interrumpi¨® Hip¨®lito. ¡ª?Por qu¨¦ tan agresivo con la se?orita, se?or Barret? ¡ªSiendo honesto, hoy no pude dormir bien por culpa de algunos jetones. ¡ªBueno, eso ya pas¨®, ya sabes lo que dicen, lo pasado pisado ¡ªdijo Hip¨®lito con una sonrisa. ¡ªJa, yo tambi¨¦n tengo un dicho bonito ¡ªargument¨® Candado. Poco despu¨¦s, ¨¦l se levant¨® del sill¨®n, se sac¨® la gabardina y la puso en el respaldo del sill¨®n, y se dirigi¨® a la puerta de salida sin decir nada m¨¢s. Luego, cerr¨® la puerta tras de s¨ª. Cuando Candado hizo eso, Clementina y Hammya se pusieron de pie, con la intenci¨®n de seguirle, pero en ese momento, Hip¨®lito puso sus manos en los hombros de las chicas. ¡ªDejemos a Candado un rato a solas, necesitar¨¢ aclarar su mente ¡ªaconsej¨® Hip¨®lito. Las ni?as miraron a Hip¨®lito con confusi¨®n. ?Qu¨¦ era exactamente lo que quer¨ªa decir ¨¦l? ?Y por qu¨¦? Tal vez Candado estaba preocupado por la misi¨®n "extra?a" del gremio. Si ¨¦l cumpl¨ªa esta misi¨®n, podr¨ªa volver a la Organizaci¨®n Bernstein. ?Pero valdr¨ªa la pena? Candado ten¨ªa problemas con algunos de los vocales, pero no con los l¨ªderes que lo salvaron, ya que estos, por causas de la vida, siempre hab¨ªan estado a favor de la familia Barret, incluyendo a su bisabuelo Jack Barret, su abuelo Alfred Barret y su madre Europa Barret. Pero Candado sab¨ªa que con la ayuda de esos pa¨ªses no le servir¨ªa en el futuro, ya que ¨¦l era visto con malos ojos por la mayor¨ªa de las dem¨¢s naciones que conformaban la Organizaci¨®n Bernstein, debido a que a¨²n no le perdonaban el simple hecho de que su madre, cuando era l¨ªder de la hermandad Roob¨®leo, hab¨ªa fraternizado con los Circuitos. Por esa raz¨®n, Candado se ha tachado como traidor a los principios de Harambee y de la Organizaci¨®n Bernstein. Sin embargo, para ¨¦l, los F.U.C.O.T. fueron unos aliados formidables, ya que hab¨ªan ayudado a la Hermandad Roob¨®leo cuando nadie m¨¢s lo hizo. Por eso, Candado se preguntaba si ser¨ªa correcto mancillar su moral con aquellos que lo hab¨ªan ayudado en el pasado para quedar bien con los O.M.G.A.B. ?Vale la pena? El odio entre los Gremios y los Circuitos es genuino, ya que ellos hab¨ªan dominado al mundo por casi tres a?os enteros con terror y violencia, sin mencionar que hab¨ªan dejado hu¨¦rfanos a un tercio de la poblaci¨®n mundial y que estos buscaban venganza con aquellos que les hab¨ªan quitado todo. Pero eso fue hace casi 100 a?os, y las personas que lo padecieron murieron hace a?os. Adem¨¢s, el dominio del terror de los Circuitos jam¨¢s se volvi¨® a repetir desde que T¨¢natos fue encerrado en el cofre de oro. Hoy en d¨ªa, tanto los Circuitos como los Gremios casi no se pelean directamente, pero todav¨ªa queda la esencia de una guerra fr¨ªa entre estas dos grandes organizaciones, y nuevamente ¨¦l ten¨ªa una postura dif¨ªcil. Su decisi¨®n podr¨ªa ser fatal. Mientras Candado paseaba por las calles del pueblo, pensando en qu¨¦ decisi¨®n tomar, decidi¨® ir a la plaza con la ilusi¨®n de aclarar un poco m¨¢s su mente. Se recost¨® bajo un ¨¢rbol que extra?amente ten¨ªa hojas rojas como la sangre, al parecer, este ¨¢rbol tambi¨¦n fue afectado por el meteorito de 1912. Cuando Candado se acerc¨® a la plaza, se detuvo, al parecer, alguien lo estaba siguiendo. Mir¨® atr¨¢s, pero solo vio a gente que caminaba por las calles. Sin perder m¨¢s tiempo, sigui¨® caminando hasta llegar a su objetivo. Cuando lleg¨®, vio a Lucas sentado en la posici¨®n de loto con los ojos cerrados y flamas en las manos. Candado se acerc¨® y se recost¨® al otro extremo del ¨¢rbol para no molestar a Lucas en su concentraci¨®n. Sin embargo, cuando comenz¨® a relajarse... ¡ªS¨¦ muy bien que est¨¢s ah¨ª, Candado ¡ªdijo Lucas sin abrir los ojos. Candado, en lugar de contestar, comenz¨® a silbar para imitar a un pajarito. ¡ªEso no sirve conmigo, Candado, con Matlotsky tal vez, pero para m¨ª no. ¡ªBueno, no quer¨ªa hablar, pero parece que no funcion¨®. ¡ªNo te inquietes, H¨¦ctor se encarg¨® de tranquilizar a los dem¨¢s cuando te fuiste. ¡ªBien, dale las gracias de mi parte. ¡ªBueno ¡ªcontinu¨®¡ª, Candado, no hace falta que lo ocultes, ?verdad? ¡ªNo, para nada. ¡ªJefe, no mientas. ¡ªDe todos modos, ?C¨®mo sabes que yo estoy preocupado? ¡ªPorque siempre vienes a la misma plaza, al mismo ¨¢rbol cuando tienes un problema, a hablar solo de tus molestias y problemas, y pum, por arte de magia, ya tienes la respuesta m¨¢s clara. Eres muy predecible. Candado, al escuchar la palabra "predecible," golpe¨® suavemente el ¨¢rbol, y cay¨® una pi?a en la cabeza de Lucas. ¡ª?Eso fue predecible? ¡ªpregunt¨® Candado con un tono burl¨®n. ¡ªBueno, perd¨®n ¡ªcontinu¨® Lucas¡ª. Y adem¨¢s, ?con qui¨¦n hablas cuando est¨¢s aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Lucas. La cara de Candado cambi¨® en un instante, pas¨® de estar algo feliz a estar deprimido. ¡ªCon mi hermana. ¡ªLo siento, no deb¨ª preguntar ¡ªse disculp¨® Lucas. ¡ªNo pasa nada, ella siempre est¨¢ conmigo cuando la necesito. ¡ªLo dices como si fueras el culpable de su muerte. ¡ªYa s¨¦ lo que me vas a decir, "No fue tu culpa." Sabes, me estoy hartando de escuchar eso. ¡ªBueno, si t¨² lo dices, est¨¢ bien. Candado no dijo nada m¨¢s, se qued¨® callado, recostado, mirando las hojas rojas del ¨¢rbol excepcional. Extra?amente, una de las hojas del ¨¢rbol se desprendi¨® de una de sus ramitas y comenz¨® a caer lentamente en el lugar donde estaba Candado. ¨¦l levant¨® su mano izquierda con la palma abierta, y la hoja se pos¨® lentamente en ella. La observ¨® atentamente, d¨¢ndole vueltas y vueltas a la peque?a hoja. Despu¨¦s de un rato, Candado la solt¨®, y empez¨® a alejarse de ¨¦l debido al viento. Sonri¨® al ver c¨®mo la hoja bailaba de un lado a otro sin rumbo ni objetivo, hasta que ya no la pudo ver m¨¢s. Despu¨¦s de eso, Candado se recost¨® junto al ¨¢rbol y cerr¨® los ojos. Estaba feliz por alguna raz¨®n al ver tal escena, era tal su felicidad que se relaj¨® y termin¨® durmi¨¦ndose. Lucas, por otra parte, no se hab¨ªa enterado de que Candado se hab¨ªa quedado dormido y, sin darse cuenta, comenz¨® a hablar de cosas sin importancia para pasar el tiempo. Hasta que una ni?a llamada Tarah lo salud¨®. ¡ªBuenas tardes, Lucas. Tarah, una joven con el cabello blanco ceniza corto y ojos marrones, vest¨ªa una chomba verde claro con una escarapela en forma de un mo?o peque?o en el lado del coraz¨®n. Completaba su atuendo con unos pantalones blancos y largos, con un cinto, y caminaba descalza. Llevaba un collar con forma de una cruz distorsionada de color azul. Al igual que Candado, Tarah era l¨ªder del gremio de los O.N.I.G.A., conocidos como Los Azulejos. Era una persona amable e inteligente, pero no se llevaba bien con Luc¨ªa ni con Viki. Adem¨¢s, era la novia de Esteban, el l¨ªder de los Circuitos, e hija del intendente del pueblo. Se la consideraba responsable de mantener el pueblo limpio y ten¨ªa una pasi¨®n por la lectura y la pintura. Tarah pose¨ªa un poder considerado d¨¦bil: pod¨ªa crear portales. Adem¨¢s, ten¨ªa habilidades que le permit¨ªan escalar ¨¢rboles, caminar por los techos de las casas sin caerse ni cortarse, desarmar un autom¨®vil y pod¨ªa imitar perfectamente las firmas de otras personas. ¡ª?Buenas tardes? Todav¨ªa falta diez minutos para las doce. ¡ªDe acuerdo, buenos d¨ªas ¡ªdijo Tarah confundida. ¡ªBuena se?orita Tarah, ?a qu¨¦ ha venido la l¨ªder de los Azulejos e hija del intendente a esta plaza? ¡ªSolo vine a pasear, ya que pap¨¢ est¨¢ ocupado administrando el pueblo. ¡ª?Sola? ?Qu¨¦ pas¨® con Xend¨ª? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªAh, ¨¦l est¨¢ haciendo las compras, no tardar¨¢ en volver. ¡ªJa, siempre est¨¢ ocupado, ?verdad? ¡ªcontinu¨® Lucas¡ª. Oye, ?y qu¨¦ est¨¢ haciendo Candado? ¡ªAh, nada, ¨¦l simplemente me est¨¢ ignorando. Ella camin¨® hacia donde estaba Candado. ¡ªA m¨ª me parece que est¨¢ durmiendo. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® sorprendido Lucas, mientras se levantaba y se dirig¨ªa hacia donde estaba Tarah. ¡ª?Ves? Te lo dije ¡ªse?al¨® Tarah. ¡ªEs verdad, est¨¢ durmiendo. Tarah se acerc¨® y comenz¨® a darle unos golpecitos en la mejilla con la intenci¨®n de despertarlo. Pero no despertaba, al parecer estaba muy cansado ya que no hab¨ªa dormido, as¨ª que Lucas le dio una cachetada tan fuerte que el ruido hizo que las palomas que estaban cerca huyeran aleteando. Hab¨ªa logrado despertar a Candado, pero a consecuencia de esto, lo hizo enojar, ya desde antes el simple hecho de despertarlo lo molestaba, y m¨¢s si lo golpeaban para hacerlo. As¨ª que, ni bien se despert¨®, mostr¨® sus ojos flameantes de color violeta, agarr¨® a Lucas de su bata y lo atrajo violentamente hacia ¨¦l hasta que quedaron sus frentes unidas. ¡ªTienes diez segundos para dar una excusa que yo crea, antes de que te rompa el cuello. ¡ªAkflskfhsdflidskfhieoshfloisd.gusadgfas.dhgaw?d.ashufesigfsdflhjdsgfyegsfligsd. ¡ª?C¨¢LLATE! ¡ªgrit¨® Candado y continu¨® con¡ª. No te entend¨ª ni un carajo. Lucas logr¨® soltarse de alguna manera y comenz¨® a correr diciendo: ¡ªLo siento, no fue mi intenci¨®n ¡ªgritaba mientras corr¨ªa para evitar que Candado lo "matara". ¡ªPeleaste incontables veces con nuestros enemigos e incalculables veces pusiste tu vida en peligro, y ahora corres ?COBARDE! ¡ªreplic¨® Candado. ¡ªBueno, no quer¨ªa hacerte enojar, pero qu¨¦ se le va a hacer ¡ªcoment¨® Tarah. ¡ªAh, eres t¨², Lady Azulejo ¡ªdijo Candado mientras se acomodaba la boina. ¡ªLo mismo digo, Lord Beret ¡ªdijo Tarah en forma de reverencia. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo aqu¨ª? ¡ªNada, solo paseo. ¡ªAh, bueno, sigue con tu paseo ¡ªdijo Candado mientras se alejaba. ¡ª?Eso es todo? ?No vas a discutir o algo? ¡ªYo soy alguien muy ocupado, as¨ª que nos vemos. Despu¨¦s, se retir¨® del lugar, dejando a Tarah muy confundida. Casualmente, Candado siempre discute con ella, nada m¨¢s porque s¨ª, pero hoy no lo hizo. "Vaya uno a saber por qu¨¦", era lo que ella pensaba. Mientras Tarah pensaba en todo esto, Candado, sin siquiera aclarar su mente por culpa de Lucas y de Tarah, decidi¨® ir al gremio sin m¨¢s opci¨®n. Pensaba que ah¨ª encontrar¨ªa una respuesta m¨¢s clara. Pero cuando volv¨ªa, alguien comenz¨® a pedir ayuda. Candado, al escuchar esto, corri¨® guiado por los gritos de auxilio hasta que lleg¨® a un supermercado. Al parecer, eran de los Circuitos haciendo otra vez de las suyas en el pueblo. Candado se asom¨® y vio la escena: un se?or mayor estaba atado en una silla y tres ni?os causando destrozos. ¡ªRayos, y eso que pens¨¦ que ya no hab¨ªa problemas ¡ªmurmur¨® ¨¦l decepcionado. Cuando Candado se dispon¨ªa a entrar, se escuch¨® que alguien o algo hab¨ªa abierto la puerta de salida de emergencia violentamente, en ella Candado pudo ver a Esteban. Esteban: Tiene el cabello rubio, con una l¨ªnea blanca vertical, tiene ojos azules, viste una camisa blanca de mangas largas, guantes de gala marrones oscuros con una corbata azul, chaleco de gala rojo, pantalones refinados oscuros, y usa zapatos marrones claros triangulares en la punta con cordones. Su personalidad es similar a la de Candado. Le molesta rotundamente que alguien no escuche su ideolog¨ªa. Es novio de Tarah, le gusta resolver misterios y tiene una enemistad con Candado (nadie sabe por qu¨¦; la teor¨ªa m¨¢s acertada es ideol¨®gica, pero es un rumor). Tiene la obsesi¨®n de vencer a Candado, aunque ninguno de los dos ha ganado. Poder: Puede manejar la electricidad o absorberla a su conveniencia, as¨ª como crearla. Tambi¨¦n puede usar su sangre para sanar heridas y enfermedades. Habilidad: Sabe hablar en todos los idiomas del mundo, es el ¨²nico que puede apaciguar los poderes de los dem¨¢s (con excepci¨®n de Candado) y es muy bueno en la escuela. Esteban corri¨® hasta donde estaban ellos y golpe¨® a uno. Los otros dos, con sus respectivos poderes, lo atacaron por la espalda, pero este se volte¨® y los golpe¨® a los dos. El primero que hab¨ªa golpeado se puso de pie y lo agarr¨® del brazo, pero Esteban reaccion¨® r¨¢pido y lo tir¨® por la puerta de metal. Luego, los dos que quedaban saltaron hacia ¨¦l. Esteban le tir¨® un rayo a uno y lo hizo chocar contra un muro, mientras al otro, lo esquiv¨®. Sin embargo, este ¨²ltimo reaccion¨® r¨¢pido e intent¨® golpear a Esteban en el pecho con su mano convertida en metal, pero ¨¦l lo detuvo con su mano e inclusive lo tir¨® hacia ¨¦l y le dio un golpe en la cara, noque¨¢ndolo. ¡ªSon una verg¨¹enza para el Circuito ¡ªdijo Esteban, mir¨¢ndolos a todos. Luego, se acerc¨® al se?or, lo desat¨® y lo ayud¨® a ponerse de pie. Despu¨¦s, se acerc¨® a los tres con la misma soga que hab¨ªan usado con el se?or de la tienda, los at¨® a cada uno de ellos y le dijo al due?o: ¡ªLa situaci¨®n est¨¢ bajo control. Ahora puede llamar a la polic¨ªa, yo me encargar¨¦ de que esto no le vuelva a pasar a usted ni a nadie m¨¢s. El se?or le agradeci¨® y le regal¨® unas gaseosas. Esteban acept¨® el regalo humildemente y se retir¨® del local por la misma puerta por la que hab¨ªa entrado. Candado, quien estaba observando todo, sonri¨® y murmur¨®. ¡ªParece que no era tan malo como pensaba. Me alegra poder ser testigo de este acontecimiento. Despu¨¦s, Candado se fue del lugar con una sonrisa torcida de satisfacci¨®n. Era como si ¨¦l hubiera ganado la quiniela. Pero luego comenz¨® a sonre¨ªr, sonre¨ªr y sonre¨ªr (una sonrisa agr¨ªa). Siempre supo que en esa c¨¢scara dura y rancia hab¨ªa bondad con un coraz¨®n enorme. Cuando se alejaba del local, se present¨® un viento fuerte, tan fuerte que su boina sali¨® volando por el lugar de donde ¨¦l ven¨ªa. R¨¢pidamente, volvi¨® y logr¨® agarrar su apreciado gorro. Pero cuando lo estaba sacudiendo, vio la hoja del ¨¢rbol pegada al cartel del local que Esteban hab¨ªa salvado. Era la misma hoja que Candado hab¨ªa agarrado en el parque. Este hecho lo llev¨® de sonre¨ªr a mostrar su sonrisa fr¨ªa. ¡ªYa entend¨ª lo que quer¨ªas decirme ¡ªdijo Candado, viendo la hoja pegada al cartel. Y ah¨ª s¨ª, Candado se fue, pero esta vez se dirig¨ªa rumbo a su casa. Ya no necesitaba ir al gremio para aclarar su mente; ya ten¨ªa una decisi¨®n, tan solo le hac¨ªa falta una cosa. Candado lleg¨® sin ning¨²n problema a su hogar, entr¨® y, escondiendo su sonrisa, encontr¨® a los dem¨¢s en la sala de estar, o, en otras palabras, el living. Estaban Hip¨®lito, Clementina, Hammya y su abuela. Aunque esta ¨²ltima se iba a enterar igual, ya que ella pod¨ªa leer mentes, pero eso no le importaba a Candado en lo absoluto. Lleg¨® y le pregunt¨® a Clementina: ¡ª?D¨®nde est¨¢ el tel¨¦fono? Tengo que hacer una llamada. Clementina sac¨® un celular de su pecho y se lo entreg¨®. ¡ªGracias ¡ªdijo Candado tomando el celular. Marc¨® y llam¨® a los O.M.G.A.B. Ya ten¨ªa una decisi¨®n firme e irrevocable. Cuando alguien tom¨® el tel¨¦fono, Candado se present¨®, dio sus datos y dijo: ¡ªHe tomado una decisi¨®n. No pienso cumplir con su misi¨®n, a pesar de que esta sea la ¨²ltima. No la har¨¦, no es mi trabajo ensuciar a las personas. Gracias y que tenga un buen d¨ªa, perd¨®n, que tenga buenas noches. Luego colg¨®. Pero detr¨¢s de la l¨ªnea, estaban los nueve ni?os l¨ªderes de la O.M.G.A.B., escuchando la conversaci¨®n telef¨®nica de Candado. Estos eran Jacqueline Crusoe (Francia), Yuuta Aikawa (Jap¨®n), Ra¨²l Rojas (Paraguay), Banu Fereshteh (Ir¨¢n), Shen Shaoran (China), Kirinyaga Harambee (Kenia), Armando Castro (Cuba), Aurora Solari (Venezuela) y Alejandra Bernstein (Alemania). Estos mismos conversaban entre s¨ª. ¡ªBien, parece que he ganado la apuesta ¡ªdijo Jacqueline. ¡ªHas ganado, pero no pienso pagarte ¡ªdijo Shen. ¡ªParece que el argentino tiene moral y principios despu¨¦s de todo ¡ªdijo Alejandra. ¡ª?Y bien, se?ores? Gan¨¦. Ahora quiero que reincorporen a Candado al gremio ¡ªreclam¨® Jacqueline. ¡ªEs cierto, Candado ya ha cumplido con todas sus ¨®rdenes y, adem¨¢s, pas¨® la prueba de Shen, as¨ª que, cumplan su palabra ahora ¡ªorden¨® Kirinyaga. ¡ªEs verdad, h¨¢ganlo ¡ªdijo Ra¨²l. ¡ªJa, espero que vuelva. Extra?o al boinudo de Candado ¡ªdijo Aurora. ¡ªEl l¨ªder vuelve, genial ¡ªcelebr¨® Armando. ¡ªEspero que cumplan con su palabra ¡ªdijo Jacqueline. ¡ªHe perdido y lo acepto. Como guerrero, cumplir¨¦ mi palabra ¡ªdijo Yuuta. ¡ªQu¨¦ bueno, Candado va a volver. Estoy contenta ¡ªexpres¨® Banu. Yuuta se sent¨® en su escritorio, tom¨® un mazo de madera, tipo de juez de pel¨ªcula, y dijo: ¡ªDecreto que ahora el se?or Candado Barret, mejor conocido como "El Gaucho", se le ha exonerado de su sanci¨®n por el cumplimiento de las ¨®rdenes que se le han pedido en los ¨²ltimos trece meses, y que dentro de trece d¨ªas aproximadamente podr¨¢ volver a la Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein. He dicho. Yuuta golpe¨® tres veces la mesa con el martillo y se fue. Mientras tanto, el 92% del sal¨®n de juntas se levant¨® y aplaudi¨®. No solo hubo aplausos de los l¨ªderes de la organizaci¨®n, sino que la mayor parte de los vocales tambi¨¦n aplaudieron y silbaron. Mientras que los ni?os del 8% que representaban a los dem¨¢s pa¨ªses sent¨ªan repudio, indignaci¨®n y odio por lo decretado. Candado, por otra parte, a¨²n no se hab¨ªa enterado de lo que Yuuta hab¨ªa decretado. Por lo tanto, ni bien colg¨®, les dijo a todos los que estaban en la sala que iba a hacer otra llamada en su habitaci¨®n. As¨ª que Candado se dirigi¨® a su cuarto, sac¨® la tarjeta que ten¨ªa en su bolsillo y marc¨® nuevamente. ¡ª?Hola? Soy yo, Candado, y acepto el contrato ¡ªdijo Candado sonriente. ¡ªSab¨ªa que lo har¨ªas ¡ªdijo Nelson. Ahora Candado estaba por enfrentarse directamente a quienes hab¨ªan matado a su abuelo. Para ¨¦l, la venganza estaba al alcance de su mano y no temer¨ªa a nada ni a nadie. Nada lo iba a detener. Por fin podr¨ªa vengarse. Durante dos meses, la polic¨ªa no hab¨ªa encontrado nada, y ahora aparece el amigo de la infancia de su abuelo con una pista en la que ¨¦l segu¨ªa y cre¨ªa ciegamente. Greg, el asesino, iba a pagar caro por haberse atrevido a quitarle la vida a Alfred Barret. Se iniciaba el operativo ojo por ojo y sangre por sangre, claro. LA HISTORIA DE COTORIUM Lleg¨® la tarde y Candado se estaba preparando para que Nelson lo viniera a buscar. Como ¨¦l hab¨ªa aceptado el contrato que le propuso el anciano, este le dijo que se preparara, porque lo iba a ir a buscar. Claro que Clementina y Hammya no sab¨ªan de este encuentro. Tanta era la curiosidad de estas dos que lo espiaban en todos sus movimientos. Pero, como Candado era muy observador y perceptivo, ¨¦l ya sab¨ªa que lo estaban espiando, por eso ¨¦l les daba falsas pistas, como mirar el techo por m¨¢s de diez minutos, caminar en c¨ªrculos, mirar su reloj por casi dos minutos o hablar cosas sin sentido. Incluso T¨ªnbari, quien lo estaba observando, no entend¨ªa lo que estaba haciendo. ¡ª?Eh?, me parece que est¨¢s solo en la cancha ¡ªdijo T¨ªnbari. Candado se hab¨ªa molestado por este comentario, tanto que decidi¨® aclararlo. Pero, para que las dos entrometidas lo escucharan, comenz¨® a hablar mentalmente con T¨ªnbari. ¡ªNo molestes, pedazo de basura, no ves que estoy tratando de despistar a esas dos. T¨ªnbari se dio vuelta y vio a las dos escondidas detr¨¢s de la puerta. ¡ªAh, ahora lo entiendo, s¨ª que los humanos son chismosos. ¡ªEso ser¨ªa grandioso si fueran humanas. ¡ªCierto, una es un robot y la otra es de raza desconocida, qu¨¦ tonto. ¡ªC¨¢llate, Demonto, fuiste un humano una vez. ¡ªS¨ª, alguna vez fui un asqueroso y d¨¦bil humano, pero eso ya pas¨® ¡ªaclar¨® T¨ªnbari. ¡ªNo insultes a la raza humana, est¨²pido. ¡ªAh bueno, lo que t¨² digas. ¡ªT¨² y yo tendremos mucho de qu¨¦ hablar una vez que termine la reuni¨®n con Nelson ¡ªdijo Candado mientras se acomodaba la corbata. ¡ªS¨ª, s¨ª, s¨ª, lo que t¨² digas, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari de forma despreocupada. A Candado le molest¨® que T¨ªnbari le hablase de esa forma, como si ¨¦l se estuviese burlando, pero cuando Candado estaba por reprocharlo, desde su ventana pudo ver un auto justicialista de color celeste del a?o de Juan Domingo Per¨®n. ¡ªDebe ser una broma, esos autos ya no se fabrican m¨¢s en este pa¨ªs ¡ªmurmur¨® Candado. ¡ªJa, yo ten¨ªa uno cuando era humano ¡ªargument¨® T¨ªnbari. ¡ªEspera, ?esas dos ya no est¨¢n en mi puerta? ¡ªpregunt¨® Candado. T¨ªnbari se asom¨® para ver si las ni?as no lo estaban espiando, pero result¨® que ellas se hab¨ªan cansado de seguir vi¨¦ndolo hacer cosas sin importancia y se hab¨ªan ido. ¡ªNo, ya se fueron ¡ªdijo T¨ªnbari levantando su mano derecha. ¡ªBien, es la hora ¡ªdijo Candado mientras abr¨ªa la ventana. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªBajar¨¦ por esta parte ¡ªcontest¨® Candado. ¡ªAh, buena suerte entonces ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªPero yo no dije que bajar¨ªa solo, no se?or, t¨² me ayudar¨¢s a bajar. ¡ª?Est¨¢s loco? Si lo hago, parecer¨¢ que est¨¢s flotando, ya que t¨² eres el ¨²nico que puede verme, exceptuando a tus amigos, claro. ¡ªNo me interesa, ?acaso no puedes transportarme o qu¨¦? ¡ªAh, tienes raz¨®n, puedo hacer eso, ?pero por qu¨¦ abriste la ventana? ¡ªPara mostrarte, pedazo de imb¨¦cil, a d¨®nde quiero que me lleves ¡ªdijo Candado se?alando el auto. ¡ªBueno, tus deseos son ¨®rdenes ¡ªdijo T¨ªnbari. El demonio se acerc¨® a Candado y tom¨® su mano con una sonrisa. ¡ªCierra los ojos, porque esto podr¨ªa dejarte ciego. Candado no pregunt¨® nada, pero cerr¨® los ojos tal cual como se lo pidi¨® T¨ªnbari, y, en un abrir y cerrar de ojos (metaf¨®ricamente) apareci¨® dentro del auto. Cuando ¨¦l estaba dentro, abri¨® lentamente los ojos y vio a Nelson que lo miraba sorprendido. Luego mir¨® el asiento de atr¨¢s, donde estaba T¨ªnbari recostado y salud¨¢ndolo. ¡ªEstar¨¦ aqu¨ª si me necesitas, ?de acuerdo? Luego Candado volvi¨® a mirar a Nelson por segunda vez. ¡ªNene, las personas normales salen por el port¨®n de sus casas e ingresan al auto abriendo esa puerta que est¨¢ a tu costado ¡ªdijo Nelson. ¡ªBueno, pero era la forma m¨¢s factible de salir sin que me notaran. Nelson no dijo nada m¨¢s y puso en marcha el coche. Candado miraba a su alrededor asombrado. Un auto justicialista, casi nadie tiene uno de esos, y si lo tienen, est¨¢ en los museos. As¨ª que Candado se anim¨® y pregunt¨®. ¡ª?De d¨®nde sacaste el auto? Nelson sonri¨® y dijo. ¡ªTengo este auto hace m¨¢s de cincuenta a?os, pap¨¢ ¡ªdijo Nelson. ¡ª?C¨®mo es eso? El justicialista se dej¨® de fabricar en 1955 con el derrocamiento de Per¨®n, ah¨ª le cambiaron el nombre, el color incluso su estructura. Nelson comenz¨® a re¨ªrse a carcajadas y contest¨®. ¡ªParece que sabes de historia Luego cont¨® que al parecer su padre compr¨® el auto en 1952 y lo regal¨® cuando cumpli¨® diecisiete a?os. Desde entonces lo ha utilizado. Su pap¨¢ trabajaba como profesor en una escuela en Buenos Aires cuando pas¨® el derrocamiento del general, fue despedido por ser peronista, y de tener un buen empleo pas¨® a trabajar de cajero en los supermercados de esa ¨¦poca, cobrando una miseria. Nelson no conoci¨® a su madre, y ¨¦l siempre se echaba la culpa de no haber evitado su muerte. Por esa raz¨®n, siempre fue atento Nelson, compr¨¢ndole todo lo que le ped¨ªa, incluso el coche. Cuando ten¨ªa diez a?os, le dijo que cuando sea mayor se comprar¨ªa un auto, pero su padre dijo que no, y le prometi¨® que ¨¦l lo comprar¨ªa cuando cumpliera diecisiete, y fue as¨ª, cumpli¨® su promesa, le regal¨® su auto, y eso lo dificultaba mucho a ¨¦l, ya que su empleo le quedaba muy lejos y necesitaba el coche para ir a su trabajo. Y que varios a?os despu¨¦s lo conserv¨® porque su padre lo regal¨® esto cuando ¨¦l no ten¨ªa nada. Jam¨¢s olvidar¨¢ su sonrisa cuando se lo dio. ¡ªGuau, es incre¨ªble que hayas guardado el regalo de tu padre por m¨¢s de cincuenta a?os. ¡ªS¨ª, un hijo jam¨¢s olvida a su padre, no importa la edad que tenga. ¡ªBueno, basta ya de ch¨¢chara. ?A d¨®nde se supone que vamos? ¡ªIremos a una casa que a lo mejor, conoces. ¡ª?A d¨®nde? ¡ªA la mansi¨®n Pe?alosa. ¡ª?Qu¨¦? Esa casa ha estado abandonada por casi cuarenta a?os, nadie vive all¨ª. ¡ªEs cierto, nadie, pero esa propiedad le pertenece a la empresa C.I.C.E.T.A. En 1989, por esos a?os del fin del gobierno de Ra¨²l Alfons¨ªn. ¡ª?Qu¨¦ es C.I.C.E.T.A.? ¡ªCentro de Investigaci¨®n Cient¨ªfica Especialista en Tecnolog¨ªa Avanzada, o para hacerlo m¨¢s corto, Laboratorios Ciencia Blanca, L.C.B. ¡ªAhhh, ?y qu¨¦ es eso? ¡ªEs donde trabajaba tu abuelo, o mejor dicho, el fundador de los Laboratorios C.I.C.E.T.A. ¡ªPero, ?qu¨¦ es ese lugar? ¡ªJe, ya lo ver¨¢s. No dijo nada m¨¢s; Nelson se mantuvo en silencio durante todo el viaje con una sonrisa en el rostro. Esto result¨® algo inc¨®modo para Candado, pero para T¨ªnbari era algo divertido. De hecho, no le importaban las consecuencias, ya que para ¨¦l, mientras la vida de Candado no estuviera en riesgo, todo estar¨ªa bien. Tardaron aproximadamente cuarenta y cinco minutos en llegar a la mansi¨®n Pe?alosa. Curiosamente, esta casa enorme estaba en las afueras del pueblo. El auto se estacion¨® frente a las puertas de hierro de la casa. Nelson se baj¨® del auto y entr¨® en una cabina que estaba cerca de la puerta. Una vez dentro, la puerta se abri¨®; casi daba la impresi¨®n de que se hab¨ªa abierto por s¨ª sola. Nelson sali¨® de ese lugar sonriendo y regres¨® al coche sin decir nada. El auto pas¨® a lo que se podr¨ªa llamar jard¨ªn, ya que estaba invadido por la naturaleza. Las enredaderas cubr¨ªan casi la mayor parte del muro, incluyendo la casa. Se estacionaron frente a las enormes puertas. Era como si fuera la Casa Rosada, pero esta era de color rojo, bueno, o eso parec¨ªa, ya que nadie la hab¨ªa pintado por mucho tiempo. Candado y Nelson se bajaron del auto y se dirigieron a la entrada de la casa. Nelson se detuvo y golpe¨® la puerta. Candado lo miraba como si estuviera loco. La casa estaba maltratada, sucia y llena de telara?as. Daba la impresi¨®n de que nadie hab¨ªa vivido all¨ª. ?Qui¨¦n contestar¨ªa? Sin embargo, la puerta se abri¨® lentamente, y de su interior se manifest¨® el rostro de un anciano. Este lo mir¨® y dijo: ¡ªLlegas justo a tiempo, Torres. ¡ªGenial, ya ves que no soy impuntual ¡ªdijo Nelson. El anciano mir¨® a Candado. ¡ª?Este muchacho es el nieto de Alfred? ¡ªS¨ª, lo es ¡ªcontest¨® Nelson. El se?or abri¨® la puerta y los invit¨® a pasar. Candado segu¨ªa a Nelson con la guardia alta, ya que no confiaba en la posible gente que viviera all¨ª. Con la mano tras la espalda, sosten¨ªa su fac¨®n. Nelson, quien sab¨ªa que Candado estaba inquieto, le dijo: ¡ªNo te preocupes, no te har¨¢n da?o. Esas palabras calmaron un poco a Candado, y el anciano logr¨® que ¨¦l bajara su mano de su fac¨®n. Caminaron por unos segundos m¨¢s por el pasillo casi iluminado hasta llegar a una sala con una iluminaci¨®n total. En ella hab¨ªa un grupo de seis personas, todas ellas de la tercera edad. Candado se par¨® en el centro de esas personas, mir¨¢ndolas a todas ellas y con T¨ªnbari observ¨¢ndolo en el aire, preparado por si uno de ellos se dispon¨ªa a atacar a Candado. ¡ªMuy bien, chicos, esta persona es el hijo de Alfred ¡ªdijo Nelson. ¡ªNieto, Nelson, nieto ¡ªaclar¨® Candado. ¡ªEs una forma de hablar. Las personas se miraron entre s¨ª y comenzaron a sacar sus conclusiones. Nelson puso su mano en el hombro de Candado y le se?al¨® un asiento. Candado se dirigi¨® a ese lugar y se sent¨®. ¡ªDamas y caballeros, creo que es hora de presentarse ¡ªaconsej¨® Nelson. Una de las personas se levant¨® y se present¨®. ¡ªHola, mi nombre es Bruno G¨®mez, tengo 76 a?os y represento al Gallo. Bruno tiene el cabello negro con canas blancas de su frente para atr¨¢s, tiene los ojos verdes claros, lleva un bigote herradura oscuro perfectamente recortado y viste una ropa de general militar verde con medallas en su pecho. Poder: Tiene la capacidad de levantar a alguien con su mente y puede crear diamantes como escudo. Habilidad: Ninguna, es bueno en todo. ¡ªHola, soy Miguel de Casas, tengo 54 a?os y represento al ?and¨². Miguel: A pesar de su edad, a¨²n tiene el cabello rubio. Sus ojos son marrones, y lleva un parche en el ojo con una cicatriz que sobresale de aquella herida. Viste pantalones blancos de vestir con botas oscuras, una gabardina negra que le llega hasta las rodillas y una camisa gris con una corbata roja. Poder: Control del fuego blanco, capacidad de metamorfosis, vuelo, velocidad sobrehumana (incluso superando la velocidad de la luz) e invisibilidad. Habilidad: Habilidades desconocidas. La tercera se present¨®. ¡ªSoy Elsa Butt¨®n, tengo 70 a?os y represento al Lince. Elsa: Tiene el cabello blanco, y su edad no es evidente en su apariencia. Sus ojos son de colores extra?os, uno es verde y el otro azul. Lleva un collar de perlas rosado y viste con pantalones marrones oscuros, zapatos de tac¨®n aguja y una camisa de mangas cortas celestes. Poder: Tiene la capacidad ¨²nica de imitar o copiar los poderes y habilidades de sus enemigos y amigos. Habilidad: Habilidad de copiar a los dem¨¢s. El cuarto se present¨®. ¡ªHola, ya todos me conocen, pero no me molestar¨ªa presentarme de nuevo como cuando era joven. Soy Sim¨®n Garmendia, tengo 65 a?os y represento al Le¨®n Rojo. Sim¨®n: Originalmente de Canad¨¢, su cabello es rojo y sin canas. Sus ojos son oscuros y usa anteojos de descanso. Viste un traje elegante gris de pies a cabeza con una corbata azul y tiene una barba grande y roja que lo hace parecerse al fil¨®sofo Karl Marx. Siempre est¨¢ feliz, lo cual se debe a un evento traum¨¢tico de su ni?ez, cuando sus padres fueron brutalmente asesinados frente a sus ojos. Esto desat¨® un poder interno incontrolable, relacionado con sus emociones, como la tristeza, el enojo, el miedo y otros. Poder: Desencadena una sed de sangre incontrolable al experimentar sentimientos intensos como tristeza, enojo o miedo. Nadie sabe exactamente en qu¨¦ se basa su poder, excepto Nelson. Habilidad: Capacidad para reparar cualquier objeto tecnol¨®gico. La quinta se present¨®. ¡ªHola, soy Aldana Serpiente, tengo 70 a?os y represento a la Tortuga. Aldana: A pesar de su edad, parece tener veinte o treinta a?os. Su cabello es largo y negro, sus ojos son oscuros, su piel es morena y lleva un cristal rojo en forma de diamante en su frente. Usa anteojos negros y se viste de manera formal con prendas de hombre en tono verde claro, acompa?ado de una corbata rosada. Poder: Su habilidad est¨¢ relacionada con la vida y la muerte. Es longeva y puede arrancar el alma de un humano con sus manos. Tambi¨¦n puede crear ramas y ra¨ªces desde sus manos. Habilidad: Es experta en ataques sorpresa, trampas y otras habilidades estrat¨¦gicas. La sexta y ¨²ltima se present¨®.Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. ¡ªBueno, es mi turno. Mi nombre es Rosa Pastur¨²ti, tengo 50 a?os y represento a la Paloma. Rosa: Viste un traje oscuro de pies a cabeza, con una capa que m¨¢s parece de gas. Est¨¢ envuelta en humo negro que la rodea, y su rostro permanece oculto, aparentando ser joven. Poderes: Desconocidos. Habilidad: Desconocida. Cuando todos se presentaron, Nelson dio un paso al frente y dijo. ¡ªBien, damas y caballeros, hoy Candado se dispone a unirse a nosotros en la captura de Greg. ¡ªEsperen, aqu¨ª falta el armadillo ¡ªdijo Candado. ¡ªEs que el armadillo era tu abuelo, y como ver¨¢s, ¨¦l est¨¢ muerto ¡ªdijo Bruno. ¡ªGracias, cambiando de tema, ?Qui¨¦nes son ustedes y qu¨¦ relaci¨®n ten¨ªan con mi abuelo? ¡ªNosotros somos, o m¨¢s bien, ¨¦ramos amigos de Alfred ¡ªcontest¨® Miguel. ¡ªYo era su amante clandestina ¡ªagreg¨® Aldana. ¡ªCierra la boca ¡ªorden¨® Bruno. ¡ªVer¨¢s, tambi¨¦n trabajamos aqu¨ª alguna vez, fuimos y seguimos siendo cient¨ªficos ¡ªdijo Nelson. ¡ªExcepto nosotros, solamente ¨¦ramos guardias de seguridad ¡ªdijo Bruno y Sim¨®n. ¡ªBueno, algunos como ves no ten¨ªan madera para la ciencia ¡ªdijo Nelson en tono de burla. ¡ª?Por qu¨¦ estoy aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªPara que sepas la historia de Cotorium y de por qu¨¦ los humanos tienen poderes ¡ªdijo Miguel. ¡ªBien, ahora esto se puso muy interesante y me gustar¨ªa saber este tema. ¡ªBueno, ya puedes manifestarte, Slonbari, el dios de la vida ¡ªdijo Nelson golpeando el suelo con el bast¨®n. En ese momento, las ventanas y puertas se cerraron por s¨ª solas, y en medio de la junta, un vapor blanco emergi¨® del suelo y fue creciendo lentamente hasta que se mostr¨® una figura inhumana pero hermosa frente a Candado. ¡ªBuenas tardes, soy Slonbari, el Bari de la vida. Slonbari: Ten¨ªa una piel muy p¨¢lida y carec¨ªa de ojos; en su lugar, llevaba unos lentes oscuros. Pose¨ªa una nariz perfecta, y su cabello cambiaba de color continuamente, al parecer, seg¨²n su humor, pero podr¨ªa decirse que su cabello original era blanco. No ten¨ªa piernas, de su cintura para abajo emanaba un vapor gris constantemente. Vest¨ªa una sotana negra con una cinta blanca en el cuello, y ten¨ªa manos de madera. De su espalda sal¨ªan dos alas blancas y hermosas. ¡ªBien, ?qu¨¦ se supone que fuiste antes? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªYo fui un sacerdote en la iglesia de Espa?a, hace m¨¢s de ochocientos treinta a?os. Por querer ayudar a los dem¨¢s preparando medicinas, fui condenado en la hoguera por mis propios hermanos, pero una luz divina transform¨® mi cuerpo y hu¨ª de ese lugar. ¡ª?C¨®mo te llamabas? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?Nombre? Hace mucho tiempo que lo olvid¨¦. ¡ªBueno, ?c¨®mo perdiste tus ojos, don? ¡ªpregunt¨® nuevamente Candado. ¡ªMe los sac¨® mi padrastro antes de que me quemaran, acus¨¢ndome de haber violado a mujeres. ¡ªPerd¨®n, si te ofend¨ª. ¡ª?Ofenderme? Jajajaja, no lo hiciste. De hecho, t¨² eres la primera persona que me pregunta estas cosas, adem¨¢s de Alfred. Pero basta de hablar de m¨ª, siento la presencia de un amigo detr¨¢s de vos. Candado mir¨® atr¨¢s de su espalda a la defensiva, tanto que sac¨® su fac¨®n. ¡ªJajajaja, no, hijo, no es un enemigo ¡ªdijo Slonbari ri¨¦ndose. En ese momento, T¨ªnbari se present¨® manifestando un humo negro al frente de la sala, dej¨¢ndose ver por todos los presentes en aquella sala. ¡ª?Hablas de mi cuervo? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªDe hecho, s¨ª lo hac¨ªa. ?C¨®mo has estado todo este tiempo, padre de la muerte? ¡ªpregunt¨® Slonbari. ¡ªMe halagas. Es incre¨ªble que alguien como t¨² pregunte por mi estado. ¡ªNo s¨¦, pero me parece que se est¨¢n peleando con indirectas ¡ªcoment¨® Nelson. ¡ªC¨¢llate, anciano ¡ªcontinu¨® con¡ª. Todav¨ªa queda algo pendiente entre nosotros dos, Slonbari ¡ªdijo T¨ªnbari mostrando sus garras. ¡ªAlto, T¨ªnbari, te ordeno que pares. No estamos aqu¨ª para pelear. ¡ªJe, lo que digas, Candado. El demonio ces¨® su disputa y volvi¨® detr¨¢s de Candado. ¡ªBien, creo que tienes algo que contarme, as¨ª que hazlo ¡ªdijo Candado. Slonbari aclar¨® su garganta y comenz¨® a contar. Cotorium, toda la vida en el universo se origin¨® en aquel planeta. Hubo alguna vez un gulant (¨²nico, en el idioma de los Bari) cuyo nombre era Keplant. Era el ¨²nico ser vivo del ¨²zergluk (Vac¨ªo, en el idioma de los Bari), as¨ª se llamaba antes el universo. Keplant cuenta que es un lugar sin color, silencioso, tenebroso y sin vida. Siempre se pregunt¨®: "?Por qu¨¦ existo? ?Cu¨¢l es mi prop¨®sito?" Entre otras cosas. Pero una vez, mientras estaba jugando con su medall¨®n, accidentalmente cre¨® una estructura parecida a la de una piedra, lo que llam¨® poderosamente la atenci¨®n, tanto que durante toda su vida trat¨® de manejarlo, creando cosas. Hasta que cre¨® un planeta, que en ese momento no ten¨ªa nombre. Keplant se par¨® en ¨¦l, lo recorri¨® por completo, pero estaba vac¨ªo, no hab¨ªa vida. Sigui¨®, sigui¨® y sigui¨®, buscando la soluci¨®n a su curiosidad, de c¨®mo funcionaba su collar, mordi¨¦ndolo, pate¨¢ndolo y golpe¨¢ndolo. Hasta que cre¨® un sol, le dio otro golpe y cre¨® agua, le dio tres golpes y cre¨® vegetales, le dio cuatro golpes y cre¨® un r¨ªo. Cuando iba a dar un quinto golpe, su collar se destruy¨® y se convirti¨® en una especie de polvo violeta, el cual inhal¨® accidentalmente. El polvo entr¨® a su cuerpo, y despu¨¦s de que ¨¦l hiciera eso, de su mano sali¨® una llama violeta, con la que cre¨® el cielo y las nubes. Keplant se emocion¨® tanto que comenz¨® a recorrer el planeta que ¨¦l mismo hab¨ªa creado, volando por los aires usando su poder y creando monta?as, r¨ªos y mares. Hasta que se concentr¨® en el centro del planeta, donde concentr¨® toda su energ¨ªa en ese punto y cre¨® un ¨¢rbol inmenso, que fue la primera vez que cre¨® vida. El ¨¢rbol creci¨® hasta llegar a las nubes, y cuando sus ramas tocaron el cielo, comenz¨® a llover. Keplant se alegr¨® y llor¨® al ver esa escena conmovedora. Ya cuando era adulto, vio que del ¨¢rbol comenzaron a caer nueve frutas extra?as, de su interior, salieron beb¨¦s, cinco mujeres y cuatro varones. Keplant los cri¨® y los llam¨®: Sedbil, Pander, Roob¨®leo, Benst, Ar¨²s, L¨ªcata, Venezy, Hammya y Sagarina. ¡ªEspera, ?Hammya? ?Est¨¢s seguro? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, Hammya es la diosa del planeta Coleriam. ?Por qu¨¦? ¡ªNada en especial. Podr¨ªas adelantarte unos a?os, por favor. No tengo todo el d¨ªa ¡ªdijo Candado. ¡ªBueno, lo har¨¦. Resulta que Cotorium, en este momento, est¨¢ en guerra. La resistencia Roob¨®leo est¨¢ contra la alianza de los Zodian ¡ªdijo Slonbari. ¡ª?Y qu¨¦ tiene que ver eso conmigo? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªMi ni?o, tiene mucho que ver, porque t¨² tienes los poderes del dios Keplant, o en otras palabras, la sangre de Keplant, y Pullbarey, el l¨ªder del Zodian, est¨¢ en este planeta buscando el poder que t¨² tienes. Si Pullbarey llegase a matarte y arrebatarte los poderes de Keplant, los usar¨ªa para ganar la guerra y ser¨¢ imparable. El mundo¡­ no, el universo entero estar¨¢ bajo el dominio de una sola persona, ¨¦l. ¡ª?Est¨¢ aqu¨ª, verdad? D¨ªganme d¨®nde est¨¢ y acabemos con esto ¡ªdijo Candado, mostrando su pu?o flameante. ¡ªEs digno de elogios tu valent¨ªa, pero no va a ser f¨¢cil. Pullbarey es muy peligroso para cualquier humano ¡ªdijo Slonbari. ¡ªYo no soy cualquiera, tengo un nombre y apellido, ?sabes? Y es Candado Ern¨¦st Barret. ¡ª¨¦l te est¨¢ buscando, procura no morir, por ahora eres d¨¦bil ante Pullbarey ¡ªdijo Slonbari. ¡ªMe adiestr¨¦ en la caja de la muerte de T¨ªnbari y sobreviv¨ª, yo no le temo a nada ni siquiera a la muerte ¡ªdijo Candado con una expresi¨®n fr¨ªa en el rostro. Aquella mirada de Candado comenzaba a inquietar a Slonbari. A pesar de que no pod¨ªa ver, pod¨ªa sentir el escalofr¨ªo de la mirada del muchacho recorriendo todo su cuerpo. Era la primera vez que un Bari se asustaba de un ser humano. ¡ª?Aterrador, verdad, Slonbari? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari de manera soberbia. ¡ª?Y bien, d¨®nde est¨¢? ¡ªreclam¨® Candado. ¡ªYo¡­ no lo s¨¦ con seguridad, pero s¨¦ que ya est¨¢ en este pa¨ªs ¡ªdijo Slonbari. ¡ªBien, una vez que lo encuentre, lo matar¨¦ ¡ªdijo Candado. ¡ªEscucha bien lo que te voy a decir, Candado. No podr¨¢s matar a Pullbarey todav¨ªa, porque ¨¦l ha pose¨ªdo a un mortal. T¨² no podr¨¢s matarlo, pero s¨ª debilitarlo, ya que su cuerpo original est¨¢ en Cotorium, y con la tecnolog¨ªa humana, tardar¨ªas setecientos millones de a?os en llegar a ese planeta. ¡ªBien, ?entonces c¨®mo lo hago? ¡ªpregunt¨® Candado, apagando su flama. ¡ªTeletransporte ¡ªdijo Miguel. ¡ª?Eh? Eso es imposible, no hay aparato que pueda realizar eso ¡ªdijo Candado. ¡ªClaro que lo hay ¡ªdijo Nelson mientras pon¨ªa su mano en el hombro de Candado. En ese momento, Aldana sac¨® de su bolsillo una esmeralda grande y dijo: ¡ªEsto es la clave para que te podamos llevar a ese planeta, pero tardar¨¢ un tiempo en brillar. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªBueno, hoy es 10 de marzo del 2013, ?verdad? As¨ª que unos 3650 d¨ªas ¡ªdijo Aldana. ¡ª?Diez jodidos a?os? ¡ªexclam¨® Candado. ¡ªS¨ª, podr¨ªa ser ¡ªdijo Aldana. ¡ªTienes tiempo todav¨ªa. Mientras esperas esos diez a?os, podr¨¢s prepararte ¡ªdijo Slonbari mientras se desvanec¨ªa. ¡ªJa, parece que la reuni¨®n termin¨® ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªPens¨¦ que alguien ser¨ªa algo "solidario" conmigo, pero me parece que no ¡ªdijo Candado. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? ¡ªpregunt¨® Nelson. ¡ªEs sencillo, mi vida es algo dif¨ªcil. Como si fuera poco estar en el ojo de la tormenta con dos grandes s¨²per potencias, tanto los gremios como los circuitos, y ahora no solo tengo que lidiar con los F.U.C.O.T., sino que tambi¨¦n tendr¨¦ que pelear con alguien que est¨¢ al otro extremo de la galaxia. ?Oh, vamos! S¨¦ c¨®mo piensan ustedes: "Oh, miren aqu¨ª tengo una misi¨®n casi suicida, ?qu¨¦ vamos a hacer? Ya s¨¦, se la vamos a entregar a Candado, ¨¦l seguro la va a cumplir, despu¨¦s de todo, solo es un ni?o sin vida social, arruin¨¦moslo, porque despu¨¦s de todo, a ¨¦l no le importar¨¢". ¡ªBueno, Candado, no todo lo har¨¢s solo; tendr¨¢s nuestra ayuda ¡ªdijo Bruno. ¡ªClaro, no es porque sea soberbio ni nada por el estilo. ?Pero ustedes no est¨¢n algo "mayores" como para hacer estas cosas? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªSeremos ancianos, pero no in¨²tiles, chico ¡ªcontinu¨® Bruno¡ª. Bueno, camaradas, es hora de retirarnos todos, despu¨¦s de todo, la reuni¨®n termin¨®. Cuando todos escucharon eso, se levantaron y se dirigieron a la puerta de salida. No sin antes despedirse de Candado con un apret¨®n de manos y elogiando a su abuelo. Cuando Nelson era el ¨²ltimo en salir, mir¨® a Candado y pregunt¨®: ¡ª?Pasa algo, Candado? Todos ya se han ido. ¡ªVe t¨², yo me quedar¨¦ un rato, ?s¨ª? Despu¨¦s de todo, quisiera admirar la casa un poco ¡ªdijo Candado. ¡ªDe acuerdo ¡ªafirm¨® Nelson. Nelson hizo lo que hab¨ªa dicho, se fue, pero dej¨® la puerta abierta para que Candado pudiera irse. Mientras tanto, ¨¦l comenz¨® a hablar con el aire. ¡ªVeo que no te has ido del todo, Slonbari ¡ªdijo Candado. En ese momento, el Bari de la vida emergi¨® del suelo con un vapor blanco que lo envolv¨ªa. ¡ª?Qu¨¦ me delat¨®? ¡ªpregunt¨® Slonbari. ¡ªNada, solo habl¨¦ porque s¨ª. Ni ten¨ªa idea de que vos estabas aqu¨ª ¡ªdijo Candado. ¡ªBueno, funcion¨®. ?Qu¨¦ quieres de m¨ª entonces? ¡ªpregunt¨® Slonbari. ¡ªQuiero que me termines de contar la historia de ese planeta, por favor ¡ªdijo Candado. ¡ªBien, parece que te intrig¨® saber m¨¢s de mi mundo, de acuerdo, lo har¨¦. ¡ªMuchas gracias, Slonbari ¡ªagradeci¨® Candado. Luego continu¨®. Despu¨¦s de que Keplant criara a esos ni?os como sus hijos, del cielo cay¨® una nave peque?a. De ella salieron personas. Keplant escondi¨® a los ni?os y se acerc¨® a las personas que sal¨ªan de esa peque?a nave. La gente comenz¨® a hablar entre s¨ª, y esto ayud¨® a Keplant a aprender su idioma a la perfecci¨®n. Se acerc¨® a la gente camufl¨¢ndose como uno de ellos, y esa estrategia lo llev¨® a conocer a los l¨ªderes de esa multitud. Sus nombres eran Cot, Orux y Orium; estas tres personas eran los l¨ªderes de aquellas personas. Vio c¨®mo los l¨ªderes ayudaban a su gente, les daban comida, agua y protecci¨®n. Entendi¨® que si ellos ayudaban a los suyos, por qu¨¦ no ayudarlos tambi¨¦n. As¨ª que decidi¨® acercarse a los l¨ªderes, no como infiltrado, sino como ¨¦l realmente. Al principio, cre¨ªan que ¨¦l era una amenaza, pero cuando habl¨® con los l¨ªderes, dejaron de creer eso. Keplant les dijo que el mejor lugar donde pod¨ªan abastecerse era bajo el ¨¢rbol m¨¢s grande del planeta. Los l¨ªderes lo escucharon y aceptaron, d¨¢ndole una gema blanca en s¨ªmbolo de amistad. Keplant los gui¨® por los bosques con su flama violeta, y el camino fue largo, pero por fin hab¨ªan llegado al lugar prometido por Keplant. Estaban encantados con ¨¦l por haberles dado un hogar en su casa, y ¨¦l dijo que se sent¨ªa feliz por conocer a otros adem¨¢s de sus hijos. Claro, ellos tambi¨¦n jugaban con los dem¨¢s ni?os de esas personas. Hubo paz y prosperidad en el planeta por varios a?os. No s¨¦ cu¨¢nto exactamente, pero calculo que unos tres mil o cuatro mil a?os por los datos que cuenta. Pero esa paz comenz¨® a apagarse lentamente. El hermano menor, Orux, se hab¨ªa dado cuenta de que el ¨¢rbol donde estaba era poderoso y que emanaba una inmensa magia de su interior. Un d¨ªa ¨¦l se reuni¨® con sus hermanos y les propuso cortar el ¨¢rbol, pero ellos se negaron. Dijeron que este ¨¢rbol le pertenec¨ªa a Keplant y que fue ¨¦l quien les dio un lugar para poder crear su ciudad y que tambi¨¦n les dio permiso para talar los bosques si necesitaban de ellos, pero bajo ninguna circunstancia pod¨ªan cortar aquel ¨¢rbol. Orux se sinti¨® ofendido, tanto que abandon¨® a su gente para recorrer el planeta, y esa fue la ¨²ltima vez que se vieron. Las cosas hab¨ªan mejorado. Los hijos de Keplant hab¨ªan crecido y se hab¨ªan convertido en adultos. Sin embargo, Keplant no hab¨ªa cambiado en nada, solo se hab¨ªa dejado crecer la barba. Por si fuera poco, ¨¦l segu¨ªa creando planetas en toda la galaxia. Adem¨¢s, hab¨ªa creado tres planetas m¨¢s, cuyos nombres hoy en d¨ªa son: Elerk, Coleriam y Naturian. Mientras Keplant estaba ocupado creando planetas, sus hijos esparc¨ªan sus conocimientos por toda la ciudad. Una noche, despu¨¦s de cien a?os, volvi¨® Orux, pero no solo. Lo acompa?aba un ej¨¦rcito de monstruos con cuerpo de piedra, con la intenci¨®n de tomar el ¨¢rbol por la fuerza, sin importarles que gente inocente muriera en el proceso. Orux asalt¨® la ciudad, matando a su propio pueblo y destruyendo todo a su paso. Fue una masacre, hasta que en la cima del ¨¢rbol, Orux y sus hermanos pelearon por qui¨¦n adquirir¨ªa el ¨¢rbol. En ese preciso momento, Keplant hab¨ªa vuelto de su viaje y vio algo que jam¨¢s hab¨ªa visto: la guerra. Llevado por sus instintos de proteger a la gente, destruy¨® a todos los monstruos con sus poderes y salv¨® a los ciudadanos. Pero mientras estaba haciendo eso, en la cima del ¨¢rbol, Orux destruy¨® una parte importante del ¨¢rbol, provocando un da?o severo a Keplant. Este ya herido, les dijo a todos los ciudadanos que evacuaran, que tomaran sus pertenencias y se fueran de ah¨ª, sin cr¨ªtica y sin opci¨®n. Empacaron todas sus cosas y se alejaron de la ciudad. Mientras tanto, en la cima, los hermanos peleaban valientemente contra Orux. Hasta que este ¨²ltimo dio una estocada mortal al ¨¢rbol, haciendo que este comenzara a soltar toda su energ¨ªa de manera brutal y r¨¢pida. Orux, que estaba muy cerca del ¨¢rbol, fue expulsado por esta energ¨ªa hacia el cielo y termin¨® muriendo por la ca¨ªda. Los dos hermanos, doloridos por esta p¨¦rdida, sab¨ªan que el ¨¢rbol matar¨ªa a toda su gente si no hac¨ªan algo. As¨ª que usaron lo poco que les quedaba de su magia para comprimir el gran poder, lo cual lograron. Keplant vio c¨®mo los hermanos se tomaban de la mano, mir¨¢ndolo a ¨¦l, agradeci¨¦ndole por salvar a su gente. Justo en ese momento, fueron absorbidos por la energ¨ªa, causando una explosi¨®n enorme que destruy¨® toda la ciudad y los mat¨®. El ¨¢rbol hab¨ªa desaparecido y, como consecuencia de esto, hab¨ªa da?ado a Keplant y a sus hijos. Pero no todo fue dolor, el ¨¢rbol esparci¨® su magia por todo el planeta, creando y dando poder a todos los ciudadanos e incluso a los hijos de Keplant. Keplant, levantando su b¨¢culo, bautiz¨® el planeta con los nombres de los ca¨ªdos, "Cotorium", en honor a Cot y Orium. De ah¨ª viene el nombre de ese planeta. ¡ªInteresante, ?qu¨¦ pas¨® con Keplant, los ciudadanos y sus hijos? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªDespu¨¦s de que ocurri¨® todo eso, Keplant escribi¨® toda esta historia en un libro. Luego, pas¨® sus poderes a la gema que le hab¨ªan regalado los tres hermanos y la ocult¨® en el n¨²cleo del planeta. Poco despu¨¦s, desapareci¨® y nunca m¨¢s se le volvi¨® a ver. Es considerado, para nosotros, un dios. Sus hijos se dispersaron en nueve direcciones ¡ªexplic¨® Slonbari. Slonbari continu¨® con la historia: Roob¨®leo tom¨® a algunas de las personas y decidi¨® viajar hacia el norte, creando una ciudad llamada hoy en d¨ªa "El Lenguaje Roob¨®leo". Hammya se llev¨® a algunas personas al planeta Coleriam, con la intenci¨®n de que pudieran vivir en paz y libre de guerras. L¨ªcata se llev¨® a una gran parte de la poblaci¨®n y viajaron al oeste, estableci¨¦ndose all¨ª y creando tres naciones: Los Acretios, los Zarrtes y los Ayokiz. Sedbil y Pander viajaron juntos, llev¨¢ndose a un grupo de personas con ellos, estableciendo una frontera y creando dos naciones: "Los Sedbil" y "Los Panders". Ar¨²s llev¨® a su gente a vivir bajo el agua, creando as¨ª "La Logia de las Tres Lunas". Venezi llev¨® a su gente a las monta?as, creando as¨ª "Los Tech" y "Los Telf". Sagarina decidi¨® quedarse y reconstruir la ciudad, creando as¨ª "La Ciudad Sagrada", lo que hoy en d¨ªa es "La nueva tierra Zodian". Benst se llev¨® al resto de la gente a las llanuras del planeta, creando as¨ª una gran escuela llamada "Benst" por su gran comandante y mano derecha Mit''rell. Slonbari hab¨ªa terminado su relato sobre los hijos de Keplant y la historia de Cotorium. ¡ªGracias por el informe. ¡ªEst¨¢ es la historia que les cont¨¦ a todos en su momento, y ahora lo hago contigo. ¡ª?Por qu¨¦? Slonbari sonri¨®. ¡ª?Por qu¨¦ no? Estoy seguro que te servir¨¢. ¡ª... Slonbari sonri¨® y se desvaneci¨® sin decir m¨¢s. Cuando termin¨® de contar la historia del planeta Cotorium, el atardecer ya se hab¨ªa instalado, y Candado comenz¨® a salir corriendo de la mansi¨®n. Al llegar a la salida de la casa, vio a Nelson recostado sobre su auto, quien le hizo una se?al para que se acercara. Candado sonri¨® y se fue con ¨¦l, prepar¨¢ndose para regresar a su hogar. Cuando Candado entr¨®, se encontr¨® con su abuela, Hip¨®lito y Clementina, todos esper¨¢ndolo en la puerta. Le recriminaron por su ausencia sin previo aviso, y Candado se disculp¨® por el susto que les hab¨ªa dado. Finalmente, se dirigi¨® a la cocina, donde encontr¨® a sus padres, su madre Europa y su padre Arturo, junto a Hammya, quien estaba sentada frente a ellos. Sus padres quer¨ªan hablar con ¨¦l. Europa y Arturo le expresaron su preocupaci¨®n por la decisi¨®n de Hammya de quedarse en la ciudad y le pidieron a Candado que les explicara por qu¨¦ hab¨ªa ocurrido todo eso en un solo d¨ªa. Estaban ansiosos por obtener respuestas. ¡ªAy no Suspir¨® con desanimo. La mam¨¢ de Candado, Europa Barret, es una mujer hermosa con cabello largo y negro con tonos violetas en las puntas. Su piel es blanca y tiene unos ojos claros e intimidantes. Viste un guardapolvo largo y blanco con un lazo color salm¨®n, pantal¨®n negro y zapatos de taco aguja. En el pasado, ella posee los mismos poderes que su hijo. ¡ªToma asiento, hijo, tenemos que hablar ¡ªdijo el se?or Barret de manera seria. El padre de Candado se llama Arturo. A diferencia de su esposa, tiene el cabello rubio con algunas canas en las patillas, ojos oscuros y piel de tono medio. Tiene una cicatriz en su frente en forma de I vertical. Viste con una camisa celeste de mangas cortas, pantalones jean grises y no posee ning¨²n tipo de poder, pero es h¨¢bil en los pu?os y las patadas. Candado se sent¨® al lado de Hammya mientras sus padres le preguntaban acerca de la situaci¨®n. ¡ªBien, me gustar¨ªa saber ?C¨®mo es posible que todo esto haya ocurrido en un d¨ªa? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªNo te entiendo, ?qu¨¦ pas¨® en un d¨ªa? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªTu madre se refiere a ella, ambos nos preguntamos "?por qu¨¦ se va a quedar aqu¨ª?" Me gustar¨ªa que nos contestaras ¡ªdijo el se?or Barret. ¡ªVer¨¢n, yo le hab¨ªa hecho una promesa a un amigo m¨ªo y tuyo, Ricardo, o mejor dicho "el Rueda," hace ya un tiempo, s¨®lo que no pens¨¦ que lo har¨ªa en serio ¡ªdijo Candado. ¡ª?Ricardo? ?Y ¨¦l qu¨¦ pinta en todo esto? ¡ªpregunt¨® el se?or Barret. ¡ªEs que ella es hija de ¨¦l, no pod¨ªa negarme. Vos sabes lo que "el Rueda" hizo por nuestra familia ¡ªdijo Candado. El padre de Candado mir¨® a Hammya y, con las manos en la mesa, dijo: ¡ªVeo que eres fan del color verde, pero me gustar¨ªa hablar con tu pap¨¢, querida ¡ªdijo el se?or Barret con un tono de delicadeza. ¡ªNo, lo siento, no lo podr¨¢s ser ¡ªdijo Hammya, a¨²n con la mirada baja. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ª"El Rueda" muri¨®, ten¨ªa un c¨¢ncer avanzado ¡ªcontest¨® Candado por Hammya. ¡ª?C¨¢ncer? Se supon¨ªa que ¨¦l se hab¨ªa curado hace mucho tiempo ¡ªdijo el se?or Barret sorprendido. ¡ªBueno, yo le¨ª en su carta que... ¡ª?Carta? Mu¨¦strame, por favor ¡ªdijo el se?or Barret. Candado sac¨® de su bolsillo la carta, toda arrugada, y se la entreg¨® a su padre, este la tom¨® y la ley¨®. Despu¨¦s de unos segundos en silencio, el padre de Candado dej¨® la carta en la mesa y luego de unos segundos comenz¨® a entristecerse. ¡ªEs su letra, s¨ª es su letra ¡ªdijo el se?or Barret con l¨¢grimas en los ojos. Su mujer le tomaba de las manos para apaciguar su dolor. Candado, en cambio, solo miraba a sus padres, Hammya segu¨ªa mirando el suelo, pero esta vez, comenzaba a llorar. Mientras todo eso ocurr¨ªa, Hip¨®lito y Clementina espiaban desde la cocina. ¡ªParece como si estuvieran viendo Titanic ¡ªdijo Hip¨®lito. ¡ªC¨¢llese, viejo insensible ¡ªdijo Clementina. Despu¨¦s de que el padre de Candado se calmara, se puso de pie, camin¨® hacia Hammya y, cuando ya estaba cerca de ella, se inclin¨®, acarici¨® la cabeza de la ni?a y dijo: ¡ªPuedes quedarte todo el tiempo que quieras. ¡ªBien, eso me quita un enorme peso de encima ¡ªdijo Candado. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªOh, nada interesante, solo hablo conmigo mismo ¡ªcontest¨® Candado. Despu¨¦s de que el padre de Candado se calmara, se puso de pie y camin¨® hacia Hammya. Cuando ya estaba cerca de ella, se inclin¨® y acarici¨® la cabeza de la ni?a, diciendo: ¡ªPuedes quedarte todo el tiempo que quieras. Hammya mir¨® hacia arriba, sorprendida, y luego asinti¨® t¨ªmidamente. ¡ªBien, eso me quita un enorme peso de encima ¡ªdijo Candado. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªOh, nada interesante, s¨®lo hablo conmigo mismo ¡ªcontest¨® Candado. MIRANDO EL PASADO Despu¨¦s de que ¨¦l respondiera eso, se dirigi¨® a un recinto y sac¨® una bolsa peque?a de zanahorias. ¡ª?Qu¨¦ vas a hacer con eso? ¡ªpregunt¨® el se?or Barret. ¡ªNada, voy a alimentar a Uzoori, nada m¨¢s ¡ªdijo Candado mientras se retiraba de la cocina con el saco. ¡ª?Qui¨¦n es Uzoori? ¡ªEs el caballo de Candado ¡ªcontest¨® la se?ora Barret. ¡ª?Caballo? ?Ustedes tienen un caballo? ¡ªClaro que tenemos uno, sino para qu¨¦ carajos tendr¨ªamos un establo arriba ¡ªdijo el se?or Barret. ¡ªGuau, me encantar¨ªa verlo, si no es mucha molestia. ¡ªOh, claro querida que puedes verlo ¡ªdijo la se?ora Barret. Hammya se puso de pie y luego se dirigi¨® al segundo piso, siguiendo a Candado sin que este se diera cuenta. Cuando este abri¨® la puerta, Hammya se apresur¨® y entr¨® detr¨¢s de ¨¦l. Curiosamente, a pesar de ser un establo, no ol¨ªa como uno, sino m¨¢s bien a perfume con una fragancia de rosas. Hammya se ocult¨® detr¨¢s de un mont¨ªculo de paja. Candado a¨²n no se hab¨ªa dado cuenta de su presencia. La ni?a se acerc¨® un poco m¨¢s y pudo ver que ¨¦l le daba zanahorias a un hermoso caballo blanco con melena negra. Hammya decidi¨® acercarse a¨²n m¨¢s, ocult¨¢ndose detr¨¢s de un muro cercano. Cuando ella estaba a una distancia bastante buena, Candado comenz¨® a hablar con su caballo. ¡ªLo siento, Uzoori, hoy estuve muy ocupado. Te prometo que ma?ana te voy a sacar a tomar aire. Candado se sac¨® sus guantes blancos y comenz¨® a acariciar la cabeza del caballo. Este, de manera juguetona, le sac¨® la boina con los dientes. Candado intentaba recuperar su boina, pero no pod¨ªa debido a la velocidad del caballo, que lo ten¨ªa de un lado a otro. Finalmente, Candado tropez¨® y cay¨® al suelo sentado. En ese momento, Uzoori le puso la boina sobre la cabeza, pero al rev¨¦s. Candado se acomod¨® la boina y luego abraz¨® al caballo. Cuando termin¨® de abrazarlo, comenz¨® a sonre¨ªr. Hammya, por otro lado, decidi¨® dejarse ver. ¡ªVaya, creo que es la primera vez que te veo re¨ªr. ¡ªNo, no lo hice ¡ªneg¨® Candado con una expresi¨®n fr¨ªa en el rostro. ¡ªS¨ª, lo hiciste ¡ªafirm¨® Hammya. ¡ªNo, no fue as¨ª ¡ªvolvi¨® a negar Candado. ¡ªClaro que lo has hecho ¡ªinsisti¨® Hammya. En ese momento, Candado desenvain¨® su fac¨®n y lo puso en el cuello de Hammya. ¡ªNo, no lo hice ¡ªdijo Candado mientras ten¨ªa el fac¨®n en el cuello de la ni?a. ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n, no re¨ªste ni sonre¨ªste ¡ªdijo Hammya asustada. Candado retir¨® su fac¨®n del cuello de Hammya y lo guard¨® de vuelta en su funda. Luego, tom¨® una bruza y comenz¨® a limpiar el lomo del caballo con delicadeza. Hammya solo miraba c¨®mo Candado "limpiaba" a Uzoori. ¡ªTienes un caballo bonito, Candado. ¡ª?Bonito? No es bonito, es hermoso ¡ªaclar¨® Candado. ¡ª?C¨®mo lo obtuviste? Candado dej¨® de cepillar al caballo un momento, mir¨® a Hammya entrecerrando los ojos, luego baj¨® la mirada y continu¨® cepill¨¢ndolo. ¡ªLo obtuve de mi abuelo, me lo dio cuando cumpl¨ª seis a?os ¡ªdijo Candado. ¡ª?Tu abuelo ten¨ªa un caballo? ¡ªNo, cuando ¨¦l estaba paseando por el impenetrable chaque?o, encontr¨® a una yegua muerta con su potrillo malherido. ¨¦l lo cur¨® y lo cri¨®. ¡ª?Por qu¨¦ se llama Uzoori? ¡ªMi hermana le puso ese nombre, a pesar de que a m¨ª no me gustaba. Cuando ella falleci¨®, decid¨ª dejarlo as¨ª. ¡ª?De qu¨¦ muri¨® tu hermana? En ese momento, Candado se detuvo y record¨® a su hermana en el hospital, c¨®mo ella lentamente se apagaba debido a esa enfermedad. Candado puso el cepillo en el piso y mir¨® a Hammya. Ella solo pudo decir: ¡ªLo siento, no deb¨ª preguntar. Candado se puso de pie y se fue del lugar sin decir nada m¨¢s, mientras que Hammya se qued¨® por unos breves minutos en el lugar, sinti¨¦ndose culpable por haber preguntado algo tan doloroso. Luego, se dirigi¨® al establo y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ella. Ella se dirigi¨® a su cuarto con la cabeza gacha, llena de culpa. Se sent¨® en la cama y mir¨® alrededor de la habitaci¨®n. Despu¨¦s de unos segundos, su mirada se pos¨® en un libro de la librer¨ªa que le llam¨® la atenci¨®n porque sobresal¨ªa de los dem¨¢s al estar mal acomodado. Hammya se levant¨® y tom¨® el libro. Luego, volvi¨® a sentarse en la cama. El libro ten¨ªa la forma de un cuaderno de apuntes, era de color verde con lunares blancos y una etiqueta que dec¨ªa "LA INSPECTORA". A Hammya no le llam¨® mucho la atenci¨®n, ya que ella tambi¨¦n usaba apodos o seud¨®nimos cuando era ni?a. Cuando hoje¨® las primeras tres hojas, le dio la impresi¨®n de que el cuaderno estaba vac¨ªo, hasta que vio la cuarta hoja. En ella, pudo ver una foto que ocupaba toda la p¨¢gina. En la foto estaban presentes Candado de beb¨¦ y su familia, incluyendo a la se?ora Barret sosteniendo a un beb¨¦ envuelto en una toalla naranja. Tambi¨¦n se ve¨ªa al se?or Barret sentado al lado de su mujer, con un bigote largo y prolijo en forma de herradura. En el suelo, estaba sentada una ni?a que ella no conoc¨ªa, con el cabello largo y rubio, y unos ojos celestes. Detr¨¢s del sill¨®n, se encontraban paradas seis personas: la abuela y el abuelo de Candado, el se?or Hip¨®lito, el polic¨ªa Adolfo que hab¨ªa visto en la comisar¨ªa con su uniforme y los otros dos abuelos de Candado. Despu¨¦s de ver esa foto durante unos minutos, pas¨® la p¨¢gina y encontr¨® otra imagen de la misma ni?a que estaba sentada en el suelo al lado de Clementina. Esta vez, la ni?a cargaba a un beb¨¦ dormido y lo besaba en la frente. La foto llevaba el t¨ªtulo de "Mi Candadito Hermoso". El t¨ªtulo y la foto llenaron a Hammya de gracia y ternura. ¡ªSu nombre era Gabriela, le encantaba hacer ese tipo de cosas ¡ªdijo Clementina, recost¨¢ndose en su hombro junto a la puerta. Hammya, sorprendida y aliviada al mismo tiempo, dijo: ¡ª?Gabriela? Lindo nombre. Continu¨®: ¡ª?Qu¨¦ pas¨® con ella? ?De qu¨¦ muri¨®? Clementina cerr¨® la puerta detr¨¢s de ella, se acerc¨® y se sent¨® al lado de Hammya. Luego, volvi¨® a la p¨¢gina anterior. ¡ªEsta foto fue la primera que me mostr¨® la se?orita Gabriela cuando me mud¨¦ aqu¨ª. Cuando la vi por primera vez, me sent¨ª alegre. Alegre de ver c¨®mo era Candado de beb¨¦. Ahora parece que esa es la ¨²nica vez en que se ve¨ªa tan tranquilo. ¡ªAh, bueno ¡ªdijo Hammya de manera confundida. ¡ªVer¨¢s, la se?orita Gabriela estaba muy enferma, jam¨¢s supimos de qu¨¦ exactamente, como tambi¨¦n el por qu¨¦, lamentablemente ocurri¨®. ¡ª?C¨®mo era ella cuando viv¨ªa? Clementina sonri¨® por un rato, pero despu¨¦s baj¨® la cabeza y su sonrisa desapareci¨®. Al parecer, le dol¨ªa recordar, tanto que empez¨® a sentir un dolor agudo en la garganta. ¡ªLa mejor ser humana que haya existido ¡ªdijo Clementina con una sonrisa triste. ¡ªNo sab¨ªa que ten¨ªas sentimientos ¡ªdijo Hammya mientras abrazaba a Clementina. ¡ªNo es as¨ª, siempre tuve sentimientos desde que me arm¨® el se?or Alfred, por eso soy ¨²nica ¡ªdijo Clementina mientras se secaba las l¨¢grimas en los ojos. ¡ªDime, ?C¨®mo era Candado antes del fallecimiento de Gabriela? ¡ª¨¦l era diferente, era un ni?o alegre, carism¨¢tico y sociable. Siempre admir¨® a su hermana al igual que yo, pero cuando ella muri¨®, ese ni?o alegre muri¨® con ella, haci¨¦ndolo lo que es ahora. ¡ªDescribiste a Gabriela como "La mejor ser humana que haya existido", ?en qu¨¦ sentido? ¡ªEn todos los sentidos, ella era amable, gentil, inteligente y cari?osa. Vos no me viste, pero yo era algo "Tenebrosa" antes, yo no ten¨ªa piel como ustedes, no como ahora, ten¨ªa una cara blanca, parec¨ªa un aut¨®mata de esas pel¨ªculas, no ten¨ªa cabello, solo unos alambres en mi cabeza, mis ojos eran negros con puntos rojos, pero ella nunca me tuvo miedo, inclusive trataba de llevarse bien conmigo, siempre fue amable, siempre, era incapaz de burlarse o hacer maldades a otro ser. Recuerdo que una vez, nosotros est¨¢bamos caminando por Resistencia y vimos a un par de adolescentes tirando hondazos a un nido de pajaritos, y que Gabriela salt¨® a golpearles a los dos, recuerdo ver a los mocosos huir de ella. Yo en ese momento no entend¨ªa, "?Por qu¨¦ es tan amable, si no gana nada a cambio?" Los chicos le tem¨ªan por ser seria, cuando en realidad nunca lo fue, solo era as¨ª en la escuela. Hammya cambi¨® de p¨¢gina nuevamente y vio dos fotos. En una se titulaba "El cumplea?os", en ella se ve¨ªa a Candado en brazos de su padre soplando una vela de torta, con sus familiares. Gabriela no estaba all¨ª. En la otra se titulaba "Cumplea?os N¡ã8 de la Inspectora", o sea ella. En esta foto se ve¨ªa a Gabriela soplando la vela de cumplea?os, pero con Candado en su regazo. ¡ªEsto es muy curioso, la misma foto, pero con una sola diferencia, el cumplea?ero ¡ªdijo Hammya. ¡ªS¨ª, porque el joven patr¨®n y la se?orita Gabriela nacieron el mismo d¨ªa, pero en diferente a?o. Gabriela naci¨® el 12 de noviembre de 1992 y Candado el 12 de noviembre del 2000. Esas curiosidades extra?as solo pasan en la familia Barret. ¡ªA m¨ª no me parece curioso, m¨¢s bien es algo... extra?o. Hammya comenz¨® a dar una ojeada r¨¢pida al cuaderno. Las siguientes p¨¢ginas solo ten¨ªan peque?as fotos de ella y otras con su familia y amigos, hasta que lleg¨® a la ¨²ltima p¨¢gina. Ten¨ªa una foto grande, casi ocupaba toda la hoja. En ella, Candado ya era grande, al igual que su hermana. En aquella foto, aparec¨ªa la familia y sus amigos. Estaban en el jard¨ªn de la casa. Gabriela siendo adolescente, Candado, Clementina (ya con piel), la beb¨¦ Karen en brazos de la se?ora Barret, el se?or Barret afeitado, sus cuatro abuelos, el polic¨ªa Adolfo, Hip¨®lito, los primos y sus amigos.Unlawfully taken from Royal Road, this story should be reported if seen on Amazon. ¡ªEsta foto no tiene t¨ªtulo. ¡ªS¨ª, Gabriela dijo que no hab¨ªa necesidad de ponerle un t¨ªtulo, porque lo que est¨¢ en ella, es tan hermoso que no necesita uno. Hammya qued¨® mirando aquella foto. Estaba conmovida al ver a toda la familia de Candado con una sonrisa en el rostro, incluyendo a ¨¦l. En ese momento, afuera de la habitaci¨®n, se escucharon los pasos de alguien que se dirig¨ªa a la pieza. Clementina, de manera r¨¢pida, agarr¨® el cuaderno y lo ocult¨® debajo de la almohada. En ese preciso instante, entr¨® Candado. ¡ªNi?a, ven¨ªa a decirte que¡­ Oh, Clementina tambi¨¦n est¨¢ contigo. ¡ªS¨ª, joven patr¨®n, estoy hablando con Hammya. ¡ªClementina, uno de estos d¨ªas te voy a arrancar los engranajes. ¡ªNo lo dudo, pero ser¨ªa gracioso que lo intentaras. ¡ªBueno, solo vine a decir que ya est¨¢ servida la comida. En cuanto a ti, Clementina, quiero que saques tus malditos peluches del cobertizo ?AHORA! ¡ªBueno, enseguida ir¨¦. Clementina se fue de la habitaci¨®n tap¨¢ndose la boca debido a la risa que le daba. En cambio, Hammya se puso de pie y se dirigi¨® a la cocina con rapidez, no porque tuviera mucha hambre, sino porque le daba mucho miedo Candado. ¨¦l no entend¨ªa lo que estaba pasando, ya que jam¨¢s se daba cuenta de que su enojo causaba temor. Antes de que Candado bajara, mir¨® por un momento la habitaci¨®n y la cama. Para ¨¦l, era muy extra?o que la almohada estuviera arrugada en una peque?a parte. Pero antes de que pudiera inspeccionar de qu¨¦ se trataba, escuch¨® la voz de su madre que lo llamaba. As¨ª que apag¨® la luz y decidi¨® bajar. Candado baj¨® y se sent¨® en el centro, al lado de su madre y de Hammya. El platillo era pollo al horno con ensalada de verduras. Como la mesa era rectangular, cab¨ªan todos en ella. ¡ª?Empezamos? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito. ¡ªNo, todav¨ªa hay que esperar a Clementina ¡ªdijo Candado. ¡ªEntonces, ?por qu¨¦ mandaste a Clementina a¡­? Cuando Hammya estaba a punto de terminar, Candado le pellizc¨® el muslo, haci¨¦ndola gritar de dolor. ¡ªHammya, ?te sientes bien? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªS¨ª, no hay problema, solo fue un mosquito, nada m¨¢s ¡ªdijo Hammya jadeando. ¡ªEntonces, ?d¨®nde se fue Clementina? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito. ¡ªLa mand¨¦ a lavarse las manos, nada m¨¢s ¡ªcontest¨® Candado. ¡ªS¨ª, eso era ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª todav¨ªa, Hip¨®lito? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªOh, qu¨¦ tonto soy, me olvid¨¦ de decirte que a partir de hoy, voy a vivir aqu¨ª ¡ªcontest¨® Hip¨®lito. ¡ªMe parece bien, me parece bien ¡ªdijo Candado. ¡ª?En serio? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito. ¡ªNo. ¡ªHijo, no seas grosero ¡ªdijo el se?or Barret. ¡ªBueno, perd¨®n. Justo en ese momento lleg¨® Clementina, sacudi¨¦ndose las manos y con una sonrisa en el rostro. Se sent¨® en el lado v¨¦rtice de la mesa, al lado del se?or Barret. ¡ªVaya, s¨ª que tardaste ¡ªdijo la se?ora Barret. ¡ªJe, algo as¨ª ¡ªdijo Clementina. ¡ªBien, ya que nadie falta, podemos empezar a comer ¡ªdijo la abuela. ¡ªEstoy contigo, mam¨¢ ¡ªdijo la se?ora Barret. As¨ª, todos comenzaron a comer en paz, pero lamentablemente, eso solo dur¨® unos minutos debido a que su madre dijo algo que no ten¨ªa que decir. ¡ªEscuch¨¦ por ah¨ª que golpeaste al hijo del se?or Andr¨¦s. Candado, que ten¨ªa el tenedor cerca de la boca, lo baj¨® lentamente y lo puso en el plato. ¡ª?Qu¨¦ escuchaste exactamente? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªLo que escuchaste ¡ªcontest¨® la se?ora Barret. ¡ªS¨ª, ?pero qui¨¦n lo ha hecho? ¡ªpregunt¨® Candado nuevamente. ¡ª?Para qu¨¦? ?Para qu¨¦ lo golpeas por haberte delatado? Candado cerr¨® los ojos y dijo con una sonrisa. ¡ªS¨ª, lo hice, estaba molestando a la ni?a. ¡ªEst¨¢ bien lo que hiciste, pero sabes muy bien que Andr¨¦s es el comisario del pueblo ¡ªdijo la se?ora Barret. ¡ªSeguro, era mejor dejar que la molesten, solo porque es hijo del supuesto "comisario". ¡ªNo te pongas as¨ª, Candado ¡ªdijo la se?ora Barret. ¡ªSiempre lo mismo, "no te pongas as¨ª" ?Qu¨¦ sabes vos c¨®mo me siento? ¡ªHijo¡­ ¡ª?Hijo? ¡ªgrit¨®¡ª ?AHORA SOY TU HIJO! ??AHORA SOY TU HIJO!? ¡ª?NO ME LEVANTES LA VOZ! ¡ªgrit¨® la se?ora Barret. ¡ª?NUNCA EST¨¢S EN CASA Y CUANDO EST¨¢S, SOLO COCINAS Y TE VAS A DORMIR! ?SOLO PEDISTE HORAS EXTRA PORQUE NO QUIERES AFRONTAR EL HECHO DE QUE GABRIELA HA MUERTO! ?SOLO QUIERES PASAR LO MENOS POSIBLE EN ESTA CASA PORQUE TODO TE RECUERDA A ELLA, TODO! En ese momento, la se?ora Barret le tir¨® agua en la cara. ¡ªAnda, s¨ª, solo huye. Candado no dijo nada m¨¢s, solo se retir¨® y se fue a su habitaci¨®n. Clementina se dispon¨ªa a ir con ¨¦l, pero el se?or Barret le hizo una se?al para que no fuera. En su lugar, fue ¨¦l. Ya era hora de actuar como un padre. El se?or Barret se dirigi¨® a la puerta de la habitaci¨®n, golpe¨® y pregunt¨®. ¡ªHijo, soy yo, ?puedo entrar? ¡ªAdelante ¡ªcontest¨® Candado. Entonces, el se?or Barret ingres¨® a la habitaci¨®n, vio a Candado recostado en su cama, mirando el techo. ¡ª?Puedo sentarme? ¡ªpregunt¨® el se?or Barret. Candado no dijo nada, solo asinti¨® con la cabeza. Cuando lo hizo, el se?or Barret se sent¨® en la cama. ¡ªPap¨¢, a veces siento que ella nunca quiso que naci¨¦ramos, Karen y yo, solo piensa en Gabriela. ¡ªNo, eso no es cierto, ella los ama a ambos. ¡ªMe gustar¨ªa creer eso, pero ella lo hace muy dif¨ªcil. ¡ªCandado, tu madre los ama, nunca pongas eso en duda. ¡ªPerd¨®n, pero sigo sin creer esas palabras. ¡ªHijo, ?recuerdas cuando estuviste enfermo? ¡ªS¨ª, lo recuerdo, fue la primera y ultima vez. ¡ª?Qui¨¦n fue la que estuvo a tu lado todo el d¨ªa contigo para bajarte la fiebre? Tu madre. ?Qui¨¦n fue la persona que te compr¨® esas lujosas prendas que usas? Tu madre. ?Qui¨¦n fue la persona que te ense?¨® a cocinar? Tu madre. ¡ªEse ¨²ltimo no fue necesario. ¡ªPerd¨®n, pero ya sabes que ella te quiere, nunca pienses lo contrario, porque solo tus padres estar¨¢n en las buenas y en las malas contigo. Candado se levant¨® y a continuaci¨®n abraz¨® a su padre. Y este, entendiendo el dolor de su hijo, lo abraz¨®, apaciguando su angustia y consol¨¢ndolo. Candado mir¨® a su padre con sus ojos sinceros y tristes, pero sin lagrimas. ¡ªPap¨¢, quiero que pases m¨¢s tiempo en casa. Por favor, te lo pido. ¡ªHijo, no ser¨¢ f¨¢cil, pero te prometo que voy a hacer todo lo posible. Candado, inclin¨® la cabeza decepcionado luego se levant¨® y se acerc¨® a la puerta. No sin antes mirar a su padre y con una voz tenue y tranquila dijo. ¡ªA veces me gustar¨ªa que dijeras "S¨ª, prometo" en vez de decirme "Voy a hacer todo lo posible". Despu¨¦s, Candado se fue de su habitaci¨®n sin decir nada m¨¢s, dejando a su padre solo. Su rostro reflejaba la culpa de no poder hacer algo m¨¢s por su hijo. Ten¨ªa raz¨®n, desde que ella muri¨®, solo han estado escapando de la realidad y escud¨¢ndose en el trabajo. Triste y sin ning¨²n motivo para levantarse, tom¨® un libro de debajo de la cama y lo abri¨®. En ¨¦l hab¨ªa fotos de la familia. Arturo miraba con nostalgia los momentos que pasaron con sus amados hijos. Candado baj¨® las escaleras y se dirigi¨® al jard¨ªn por otra puerta. Cuando sali¨®, estaba oscuro; solo la luz de la cocina y las estrellas proporcionaban una iluminaci¨®n considerable. Candado, con las manos en los bolsillos, se sent¨® bajo el ¨¢rbol, su ¨¢rbol preferido, aunque era el ¨²nico. Una vez que estuvo sentado, mir¨® las estrellas en paz. Pero cuando estaba disfrutando de la tranquilidad, T¨ªnbari se manifest¨® al lado de Candado, sentado y mirando el cielo. ¡ªAhhhhhh, es incre¨ªble que los humanos se sientan tranquilos por mirar esas est¨²pidas luces ¡ªdijo T¨ªnbari. Candado hizo un gesto con los ojos hacia arriba y dijo. ¡ªDejaste de ser humano hace mucho tiempo y entiendo tu odio por la humanidad, pero te importar¨ªa dejar de ser insensible. ¡ªHar¨¦ lo posible, pero no prometo nada. ¡ªJe, posible¡­ posible, ahhhhh, como odio esa palabra. A veces me gustar¨ªa sacar toda mi furia e incinerar todo el mundo. T¨ªnbari mir¨® a Candado con confusi¨®n y extra?eza. ¡ªHa, bueno, lo que digas ¡ªdijo T¨ªnbari mientras sacaba una bolsa de uvas de su bolsillo. ¡ªT¨ªnbari, ?de d¨®nde sacaste eso? ¡ªEsto lo compr¨¦ en una verduler¨ªa. ¡ª?Qu¨¦? Eso es imposible. ¡ªJa, nada es imposible para m¨ª. Antes de que Candado siguiera discutiendo, se call¨® y se recost¨®. ¡ªT¨ªnbari, ?alguna vez te peleaste con tu padre? ¡ªNunca conoc¨ª a mis padres, me cri¨¦ con mis t¨ªos ¡ªcontest¨® T¨ªnbari. ¡ªPero, dejando eso a un lado, ?te peleaste con tus t¨ªos alguna vez? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, pero fue una vez, cuando ten¨ªa diecis¨¦is a?os. Yo ten¨ªa que ir a una fiesta de uno de mis compa?eros, pero mi t¨ªo no quer¨ªa; dec¨ªa que era peligroso. As¨ª que cuando mi t¨ªo perdi¨® de vista, me escap¨¦ por la ventana. Fui a la fiesta, me divert¨ª y luego volv¨ª cuando sal¨ªa el sol. Cuando entr¨¦ por donde hab¨ªa salido, mi t¨ªo me estaba esperando furioso. Empezamos una discusi¨®n que dur¨® m¨¢s de tres horas. ¡ªPero, ?alguna vez te arrepentiste? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, pero a pesar de disculparme con ¨¦l, sigo sinti¨¦ndome culpable ¡ªcontest¨® T¨ªnbari. ¡ªMmm, entiendo. Hay cosas que no se curan con disculpas. Eso, hasta yo lo s¨¦. ¡ªDe todos modos, ?por qu¨¦ estoy hablando de esto contigo? ¡ªNada, olv¨ªdalo, solo estoy delirando, nada m¨¢s. ¡ªGenial, otra de tus penas ¡ªse quej¨® T¨ªnbari. Candado mir¨® a T¨ªnbari de forma descontenta. Parece que ese comentario lo molest¨®, aunque trat¨¢ndose de Candado, todo lo molesta hasta el m¨¢s m¨ªnimo detalle. ¡ªNo s¨¦ por qu¨¦ te soporto, podr¨ªa tranquilamente despedirte. ¡ªPero no puedes, porque me necesitas y adem¨¢s, t¨² jam¨¢s renunciar¨ªas a m¨ª, porque los humanos siempre buscan el poder. ¡ªDeja de hablar como si los humanos fueran basura, t¨² fuiste uno de nosotros. ¡ªEso ya pas¨®, gracias al cielo ya no soy uno de ustedes. ¡ª?C¨®mo puedes odiar a la raza humana? ¡ªpregunt¨® Candado. T¨ªnbari lo mir¨® de manera seria y dijo. ¡ªLa raza humana no tuvo problemas con arrebatarme a mis padres y a mis t¨ªos. Tampoco tuvieron problemas con mandarme a una guerra que ellos hab¨ªan empezado, como tambi¨¦n no tuvieron problemas al arrebatarme a mi hijo y a mi mujer. Los mismos humanos, a los que fui a pelear en su guerra, y por si fuera poco, fueron ellos tambi¨¦n quienes me secuestraron, torturaron y asesinaron. S¨ª, fue esa raza de cucarachas la que me hizo pasar por todos esos problemas. ¡ªS¨ª, es cierto, pero decir que todos los humanos te trataron de esa forma es simplista para un narcisista que rima con nihilista. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªMe refiero a que la raza humana no te hizo eso. No, fue un grupo de pelotudos quienes te da?aron por culpa del sistema de gobierno de esa ¨¦poca. Que te quede claro, T¨ªnbari, no todos somos iguales, no todos asesinamos, no todos pensamos igual y no todos somos desalmados. Cuando Candado dijo eso, T¨ªnbari se ech¨® a re¨ªr y le dio un cap¨®n en la cabeza. Seg¨²n ¨¦l, lo hac¨ªa de manera cari?osa, pero que un demonio te hiciera eso era doloroso. ¡ªNi?o, tu forma de ver el mundo me causa risa y orgullo. ¡ªS¨ª, bueno, ya su¨¦ltame de una buena vez. T¨ªnbari lo solt¨®, pero dej¨® a Candado todo despeinado, y T¨ªnbari, de manera graciosa, le puso la boina al rev¨¦s. ¡ªEres un adulto, por el amor de Isidro Vel¨¢zquez, comp¨®rtate. ¡ªBien, lo que t¨² digas. Mientras Candado y T¨ªnbari hablaban, Clementina se present¨® con dos vasos en las manos. ¡ªBuenas, Clementina ¡ªsalud¨® Candado. ¡ªVaya, ustedes dos son inseparables, son como u?a y carne. Ah, y no se preocupen, es gaseosa ¡ªdijo Clementina mientras entregaba los vasos. ¡ªTuercas tiene raz¨®n ¡ªdijo T¨ªnbari mientras beb¨ªa. ¡ªNo me llames as¨ª, tengo un nombre y es Clementina. ¡ª?Ya ves, Clemen?, ya ves c¨®mo me siento cuando me dices joven patr¨®n. ¡ªTiene raz¨®n, joven patr¨®n. ¡ª?C¨¢LLATE! ¡ªgrit¨® Candado enfurru?ado. ¡ªJa, esto es divertido, un ni?o que se cree adulto y una ni?a que se cree humana. ¡ªSilencio, tarado ¡ªdijeron Clementina y Candado. ¡ªBueno, chiquillos, tengo que irme. Gracias por el trago, Clementina, aunque hubiera sido mejor que me dieras cerveza en vez de gaseosa ¡ªdijo T¨ªnbari mientras desaparec¨ªa. ¡ªBueno, ahora que T¨ªnbari se fue, ?le importar¨ªa entrar, se?or? ¡ª?Se?or? Mmm, me gusta ¡ªdijo Candado. ¡ªClaro, tal vez alg¨²n d¨ªa lo empiece a llamar as¨ª, o no. Candado entr¨® a la casa con Clementina, pero en vez de entrar por el mismo lugar por donde hab¨ªa salido, decidi¨® entrar por la cocina, ya que sus padres ya no estaban all¨ª. ¡ªParece que la hora de comer termin¨® ¡ªdijo Candado. ¡ªLos patrones se han ido a dormir, ma?ana tienen que trabajar. ¡ª?Qui¨¦n trabaja los jodidos domingos? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªAh, pues sus padres. ¡ªEra ret¨®rica, Clementina, re-to-ri-ca. ¡ªBueno, lo siento, yo no leo mentes. ¡ªClementina, no quiero que digas nada m¨¢s, no me hagas calentar m¨¢s de lo que estoy ¡ªdijo Candado apretando los dientes con fuerza. Clementina no dijo nada m¨¢s, solo sonri¨® y se fue de la cocina, no sin antes llevarse una hogaza de pan que hab¨ªa en la mesa. Cuando Clementina se fue, Candado us¨® sus poderes para lavar los trastos. Elev¨® los cubiertos, los vasos y los platos. Con su mano izquierda comenz¨® a enjuagar los trastos con una esponja, una vez que termin¨® de hacer eso, baj¨® la esponja y el detergente en el mismo lugar. Cuando finaliz¨®, us¨® su poder para abrir la canilla sin acercarse a ella, y comenz¨® a caer el agua. Candado empez¨® a pasar los platos en fila, cuando se terminaba de lavar uno lo pon¨ªa en un caj¨®n y as¨ª sucesivamente, hasta que los lav¨® todos, y cuando guard¨® el ¨²ltimo plato, su magia se apacigu¨®. Pero de la nada, comenz¨® a toser sangre. Candado puso su mano en la boca para que no se escuchara tanto, despu¨¦s de unos segundos, se sac¨® la mano de la boca y luego la mir¨®, en ella vio como la palma de su guante blanco estaba manchada por gotas de sangre. ¡ªJa, hace dos d¨ªas que no me pasaba esto, me estoy pudriendo lentamente ¡ªmurmur¨® Candado. Se quit¨® el guante y lo tir¨® a la basura que estaba al lado de la heladera, despu¨¦s apag¨® la luz y se fue de la cocina, se dirigi¨® a su cuarto con las manos en los bolsillos, pero Candado no se hab¨ªa dado cuenta de que Hammya lo estaba viendo todo. Cuando ¨¦l se encerr¨® en su habitaci¨®n, Hammya aprovech¨® y sac¨® de la basura el guante blanco con manchas de sangre. Era preocupante para ella, pero para Candado no lo era, m¨¢s bien le parec¨ªa normal. Hammya estaba petrificada al ver aquel guante ensangrentado. ¡ª?Qu¨¦ te sucede, Candado? ¡ªpregunt¨® Hammya mientras miraba el guante. Hammya se dirigi¨® a su habitaci¨®n con el guante en sus manos, perdida en los pensamientos de aquel hecho que hab¨ªa visto. ?Ser¨ªa por esa raz¨®n por la que Candado siempre est¨¢ malhumorado? ?O ser¨ªa por otra cosa? Al parecer, ella trataba de sacar una respuesta a la actitud de Candado, que trataba de saber por qu¨¦ escupi¨® sangre. Hammya se sent¨® en la cama, mirando fijamente el guante con sangre, hasta que irrumpi¨® Clementina. ¡ªHola, Hammya, solo quer¨ªa darte las buenas noches. ¡ªBuenas noches, Clementina ¡ªdijo Hammya mientras guardaba el guante. ¡ªQue descanses, se?orita ¡ªdijo Clementina mientras cerraba la puerta. Cuando Clementina cerr¨® la puerta, Hammya qued¨® mirando el guante ensangrentado de Candado. Parec¨ªa que ¨¦l ten¨ªa otro ser. SECRETO PELIGROSO Al d¨ªa siguiente, Candado se levant¨® a las 7:15 de la ma?ana. A esa hora, el sol ya brillaba en el cielo y se pod¨ªa escuchar el ruido de las motos y los autos circulando por la calle. Candado se puso de pie, a¨²n somnoliento y sin ganas, y se dirigi¨® al ba?o que estaba al lado de su habitaci¨®n. Su habitaci¨®n parec¨ªa m¨¢s bien la de un hotel. Se lav¨® la cara con agua bien fr¨ªa con la intenci¨®n de alejar su pereza, pero no tuvo ning¨²n efecto. Agarr¨® su cepillo rosado, le puso dent¨ªfrico y luego se lo llev¨® a la boca, comenzando a cepillarse los dientes durante unos cinco minutos. Sin embargo, en lugar de escupir la crema dental al terminar, se la trag¨®. ¡ªQu¨¦ delicia ¡ªdijo Candado mir¨¢ndose al espejo con una expresi¨®n fr¨ªa. Luego, volvi¨® a la sala contigua y mir¨® por la ventana. Desde all¨ª, pod¨ªa ver su ¨¢rbol favorito en el jard¨ªn, donde siempre se sentaba a leer o a dormir. ¡ªBuenos d¨ªas, chico ¡ªdijo Candado mirando el ¨¢rbol con una semi-sonrisa. Despu¨¦s, Candado se coloc¨® al lado de su cama, levant¨® su mano izquierda y chasque¨® los dedos. De repente, comenz¨® a desvestirse sin moverse, quedando solo en calzoncillos. Luego, la ropa que estaba en el armario comenz¨® a volar hacia ¨¦l y sigui¨® el mismo proceso: primero los pantalones oscuros y las medias blancas, luego la camisa blanca, despu¨¦s la corbata roja y el chaleco marr¨®n de gala, y por ¨²ltimo, los zapatos y los guantes blancos. Pero a¨²n faltaba algo. En su mano derecha, le faltaba el guante. Fue a su mueble verde que ten¨ªa nueve cajones y abri¨® uno de los de arriba. En ese caj¨®n, hab¨ªa muchos guantes del mismo dise?o, con el mismo s¨ªmbolo y del mismo color. Candado sac¨® uno de los miles que ten¨ªa y se lo puso. Luego, lo cerr¨® con delicadeza y se dirigi¨® hacia donde estaba su apreciada boina. Se la coloc¨® en la cabeza con finura, abri¨® la puerta y se dirigi¨® al establo. Cuando lleg¨® all¨ª, Candado vio a Uzoori durmiendo en el heno. Se acerc¨® lentamente a ¨¦l, pero cuando ya estaba lo suficientemente cerca, Uzoori se levant¨® y mir¨® a Candado. Este se sac¨® la boina r¨¢pidamente y la escondi¨® detr¨¢s de su espalda, para que no le hiciera lo mismo que le hab¨ªa hecho anoche. ¡ªOlv¨ªdalo, Uzoori. Le coloc¨® su montura a su caballo y luego lo llev¨® a una especie de ascensor que hab¨ªa all¨ª. En ese lugar, hab¨ªa una v¨¢lvula y de ella misma, Candado se acerc¨® y le dio vueltas a la derecha. El ascensor comenz¨® a bajar a una velocidad mediana. El elevador baj¨® en el garaje de la casa, pero como sus padres se hab¨ªan ido a trabajar, el auto no estaba y era m¨¢s f¨¢cil salir de ah¨ª. Candado se acerc¨® a la enorme puerta del garaje met¨¢lica y apret¨® un bot¨®n que estaba al costado de la puerta. Esta empez¨® a abrirse a una velocidad algo lenta. Cuando la puerta se abri¨® por completo, Candado se subi¨® a su caballo y sali¨® del garaje. Antes de partir, Candado us¨® sus poderes para cerrar la puerta, ya que no ten¨ªa ganas de bajarse del caballo para cerrarla. Cuando la puerta se cerr¨®, Candado se fue a todo galope de la casa, cruzando las calles casi vac¨ªas del pueblo. Finalmente, se adentr¨® en el bosque, a las afueras del poblado. Cuando lleg¨® all¨ª, Candado comenz¨® a dar palmaditas en el cuello del caballo para que redujera la velocidad, y Uzoori empez¨® a caminar por el bosque. Llegaron a un hermoso prado, donde Candado mir¨® su reloj y eran las 8:36 de la ma?ana. El sol ya se alzaba en el cielo. Candado dio una palmadita en la cabeza de Uzoori y este se detuvo cuando su due?o lo hizo. Candado se baj¨® del caballo y se recost¨® en el suave c¨¦sped que hab¨ªa en el suelo. ¡ª?Ves, Uzoori? Te dije que te sacar¨ªa a pasear. Es un lugar hermoso. Uzoori se recost¨® en el suelo para comer el pasto que hab¨ªa all¨ª. Candado tambi¨¦n estaba acostado en el suelo, disfrutando del hermoso c¨¦sped y del aire fresco de la ma?ana. Sin embargo, desde una de las hierbas crecidas, una serpiente peque?a y negra con lunares rojos se acercaba lentamente a Candado. El reptil comenz¨® a subir por su pierna sin que Candado se diera cuenta, avanzando hasta llegar a su pecho. La serpiente alz¨® la cabeza y mostr¨® sus dientes con la intenci¨®n de morderlo, pero Candado a¨²n no se hab¨ªa percatado de su presencia. Cuando la serpiente estaba cerca de su rostro, comenz¨® a lamerle la nariz. Esto hizo que Candado se echara a re¨ªr debido a las cosquillas que le produc¨ªan las lamidas en la nariz, hasta que finalmente no pudo m¨¢s y se puso de pie. Sin embargo, al hacerlo, la serpiente cay¨® al suelo lastim¨¢ndose. Candado se inclin¨® a su altura y se disculp¨® diciendo: ¡ªDisculpa por ponerme de pie apresuradamente. La serpiente inclin¨® la cabeza y comenz¨® a desprender un humo blanco. Del interior de aquel reptil que empezaba a envolverla, y despu¨¦s de unos segundos, el humo se desvaneci¨®, revelando en su lugar a una preciosa ni?a de cinco a?os que parec¨ªa molesta. Candado la conoc¨ªa bien; su nombre era Yara, que proviene del diminutivo de Yarar¨¢. Yara: Es una ni?a peque?a de cuatro a?os y medio con cabello largo y rojizo, y ojos de serpiente amarillos. Viste un camis¨®n largo de color negro y zapatitos blancos. Fue criada por Candado y Mauricio cuando era un huevo, despu¨¦s de perder a su aut¨¦ntica madre en un incendio en el bosque. A pesar de su timidez, es juguetona y solo se siente c¨®moda con Candado y Mauricio. Considera a Candado como su padre y a Mauricio como su t¨ªo. Poder: A pesar de ser una serpiente, no es venenosa debido a que Candado comparti¨® parte de su poder con ella para sobrevivir, lo que hizo que perdiera su veneno. Puede transformarse en humana, aunque como es joven, a menudo le sale mal. Adem¨¢s, puede cambiar de piel para camuflarse y usar la arena y la tierra como arma. Habilidades: Es experta en asustar a sus enemigos debido a su color de serpiente. Despu¨¦s de transformarse en humana, Yara mir¨® a Candado con enojo y le dijo: ¡ªEres malo, pap¨¢, muy malo. Yo solo estaba jugando. ¡ªPerd¨®name, Yara. No quise lastimarte ¡ªdijo Candado muy apenado. ¡ªLo har¨¦ si me haces upa. Candado se acerc¨® a la ni?a y la levant¨® en sus brazos, como hace con su hermanita Karen. Luego, la mir¨® y dijo: ¡ª?Est¨¢s contenta ahora, Yara? ¡ªS¨ª, lo estoy. Est¨¢s perdonado. ¡ªMe alegra. No me gusta que los ni?os se enojen conmigo. ¡ªYo nunca podr¨ªa estar enojada con pap¨¢ ¡ªdijo Yara abraz¨¢ndolo. ¡ªOye, ?qu¨¦ quieres para tu cumplea?os? F¨ªjate que faltan dos d¨ªas. ¡ªNo lo s¨¦. Me gustar¨ªa pasar m¨¢s tiempo contigo, pap¨¢. ¡ªBien, ya est¨¢ decidido. Pasar¨¦ m¨¢s tiempo con la ni?a m¨¢s simp¨¢tica del universo. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ª?Qui¨¦n m¨¢s podr¨ªa ser?¡ªcontinu¨® con¡ªPues t¨², ?con qui¨¦n crees que voy a pasar tu cumplea?os? ¡ª?Ah, perd¨®n entonces! ¡ªNo tienes que disculparte. La verdad, yo soy quien tiene que disculparse. ¡ª?Disculparte? ?Por qu¨¦ tendr¨ªas que disculparte?¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªPor hacer un chiste con alguien que es menor de edad. Cuando Yara escuch¨® eso, ella lo mir¨® y ¨¦l la mir¨® a ella. Despu¨¦s de unos segundos, ambos comenzaron a re¨ªrse a carcajadas. Pero mientras se re¨ªan, Candado comenz¨® a sentir cosquillas en las piernas. Esto hizo que su risa desapareciera instant¨¢neamente, y en su lugar apareci¨® su expresi¨®n fr¨ªa, con la ceja izquierda levantada. ¡ªMija, ?acaso a¨²n no sabes controlar tu transformaci¨®n? ¡ªS¨ª, ?qu¨¦ fue lo que me delat¨®? ¡ªCreo¡­ que tu cola me estaba haciendo cosquillas. ¡ªLo siento ¡ªdijo Yara, sonrojada. Candado le dio un beso en la mejilla y luego la abraz¨®. ¡ªEres tan dulce. No puedo imaginar c¨®mo ser¨¢s cuando crezcas. ¡ª?C¨®mo era pap¨¢ cuando ten¨ªas la edad que tengo yo ahora? ¡ªSeguramente ser¨¢s muy hermosa. Tus ojitos me encantan. Candado se tumb¨® en el suave c¨¦sped, sosteniendo a Yara en el aire, y todo rastro de seriedad o frialdad desapareci¨® por completo. ¡ª?Vuela, Yara! ¡ªdec¨ªa Candado mientras la balanceaba en el aire de un lado a otro. Yara extend¨ªa los brazos mientras se re¨ªa. Candado no dejaba de sonre¨ªr, como si toda su felicidad estuviera en la ni?a que lo llamaba pap¨¢. ¡ª?Estoy volando, papi! ?Estoy volando! Luego, Candado se sent¨® y coloc¨® a Yara en su regazo para que juntos pudieran disfrutar del paisaje de la ma?ana. ¡ªSabes, me sorprende que est¨¦s despierta a esta hora. ¡ªLa verdad es que hu¨ª de las lecciones del t¨ªo Mauricio. Candado no pudo evitar re¨ªr. ¡ª?De verdad? ?No te gustan sus clases? ¡ªSon muy aburridas. Es mejor estar aqu¨ª afuera y jugar contigo. ¡ªMauricio quiere educarte para que puedas ser una gran se?orita. Yara se dio la vuelta y comenz¨® a extender sus peque?os brazos en busca de la boina de Candado. ¨¦l entendi¨® lo que ella quer¨ªa, se quit¨® la boina y se la coloc¨® en la cabeza. Dado que la boina estaba dise?ada para la cabeza de Candado, le quedaba muy grande. No pudo evitar soltar una risilla al verla de ese modo. ¡ªNo veo nada ¡ªdec¨ªa Yara mientras extend¨ªa sus manos por todos lados para guiarse. Candado le ajust¨® la boina para que pudiera ver. Luego, la envolvi¨® en sus brazos. ¡ªRecuerdo la primera vez que te vi, eras muy peque?a y linda. Cuando te di un poco de mis poderes¡­ Yara toc¨® su ment¨®n con sus manos. ¡ªQuisiera ver alg¨²n d¨ªa d¨®nde vives. ¡ª?De verdad? ¡ªS¨ª, quiero hacerlo. ¡ªBueno. Candado la levant¨® y la llev¨® hasta su caballo, que estaba tumbado comiendo pasto. Cuando se acercaron, la subi¨® al lomo de Uzoori, quien se puso de pie r¨¢pidamente, asustando a Yara, quien agarr¨® al caballo con fuerza mientras este se mov¨ªa de un lado a otro r¨¢pidamente. Candado se acerc¨® a ¨¦l y puso su mano en su cuello para calmarlo. Cuando Uzoori sinti¨® las manos de su due?o en su cuello, se tranquiliz¨® y se qued¨® quieto, mientras que Yara segu¨ªa aferrada a ¨¦l con los ojos cerrados y las mejillas infladas. Candado se subi¨® a su caballo y puso su mano izquierda en la cabeza de Yara. ¡ªYa puedes soltarlo, no hay problema. ¡ªNo, si lo hago me va a lanzar, lejos muy lejos, hasta las estrellas ¡ªdijo Yara, asustada. Candado mostr¨® una sonrisa en su rostro serio y puso sus manos en las manitas suaves de Yara. ¨¦l se acerc¨® a la cabeza de ella y le susurr¨®. ¡ªNo te va a pasar nada, puedes soltarlo. Cuando Candado dijo eso, Yara se calm¨® y lentamente comenz¨® a soltar al caballo, tambi¨¦n abri¨® sus ojos y exhal¨® todo el aire que ten¨ªa, haciendo que sus mejillas volvieran a su estado original. ¡ªMe alegro, nada ha pasado. Pero cuando ella dijo eso, Uzoori estornud¨® e hizo que Yara se volviera a asustar y abrazara a Candado con fuerza. ¡ª?Cielos, quiere lanzarme! ¡ªdijo Yara asustada. Candado comenz¨® a re¨ªrse y respondi¨® con un abrazo y besos en la cabeza. ¡ªYara, solo fue un estornudo, no hay nada de qu¨¦ preocuparse ¡ªdijo Candado en un intento de no re¨ªrse. Yara segu¨ªa abrazando a Candado, pero esta vez estaba calmada. Candado tom¨® las riendas del caballo y aceler¨®. Durante el recorrido, Yara comenz¨® a admirar el paisaje de los ¨¢rboles que hab¨ªa en la zona y qued¨® maravillada. Sin embargo, cuando llegaron al pueblo, Yara escondi¨® su cara en el chaleco de Candado porque ten¨ªa miedo de los dem¨¢s humanos, lo cual le causaba ternura a ¨¦l debido a la timidez de la ni?a y le hac¨ªa recordar su propio pasado. Mientras ¨¦l estaba distra¨ªdo viendo c¨®mo Yara estaba abraz¨¢ndolo con fuerza, su caballo se detuvo frente a su casa. Candado mir¨® su reloj y marcaba las 9:50 de la ma?ana. ¡ªGuau, faltan diez para las diez. Veo que te has divertido, Uzoori ¡ªdijo Candado mientras acariciaba el cuello del caballo. ¡ª?D¨®nde estamos, pap¨¢? ¡ªpregunt¨® Yara con la cara enterrada en el pecho de Candado. ¡ªBueno, estamos en mi hogar, el lugar en donde vivo ¡ªdijo Candado. Yara lentamente movi¨® su cara para ver la casa de su padre, pero le daba mucho miedo seguir moviendo su cuello, hasta que Candado la carg¨® antes de bajar de su caballo y cuando llegaron al suelo, ¨¦l la baj¨® al frente de sus pies. Pero en cuanto Yara toc¨® el suelo, se escondi¨® detr¨¢s de las piernas de Candado. ¡ªDas ternura, nena. No pasa nada. Yara dio un paso al frente con cuidado, pero Candado la alz¨® y camin¨® hacia la entrada de la casa. Cuando estaban ah¨ª, golpe¨® la puerta con dificultad. Despu¨¦s de unos segundos de espera, la puerta se abri¨® y sali¨® Clementina, que estaba somnolienta. ¡ª?Joven patr¨®n? ?Cu¨¢ndo sali¨® de la casa? ¡ª?Qu¨¦ rayos te pas¨®? Se supone que t¨² no tienes la capacidad de tener sue?o ¡ªdijo Candado. ¡ªLa verdad es que la casa no tiene luz debido al calor que hace hoy, por eso us¨¦ un poco de mi energ¨ªa de reserva. As¨ª que hoy no te ser¨¦ ¨²til en mi estado. ¡ªBueno, no te preocupes. Estar¨¦ bien por ahora. Descansa. Clementina se hizo a un lado para que Candado pudiera pasar. Ella a¨²n no se hab¨ªa dado cuenta de la presencia de Yara. ¡ªS¨ª, me disculpas, estar¨¦ en reposo hasta que vuelva la luz ¡ªdijo Clementina mientras se iba del lugar. Cuando se fue, Candado tom¨® la mano de Yara y la llev¨® r¨¢pidamente a su habitaci¨®n. La sent¨® en su cama y le dijo que se quedara ah¨ª hasta que ¨¦l regresara porque ten¨ªa que llevar a Uzoori al establo. Pero cuando Candado sali¨® de su habitaci¨®n a toda velocidad, Hammya, quien reci¨¦n se levantaba, sali¨® de su habitaci¨®n con pijamas verdes y se dirigi¨® al cuarto de Candado. Sin embargo, al abrir la puerta, se encontr¨® con una ni?a sentada en la cama de Candado jugando con un peluche. Hammya se llen¨® de curiosidad al preguntarse por qu¨¦ hab¨ªa una ni?a en la habitaci¨®n del chico con el peor car¨¢cter del pa¨ªs. Se acerc¨® lentamente a la ni?a que estaba jugando, pero en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, la ni?a volte¨® y se sorprendi¨®, qued¨¢ndose quieta por el miedo que sent¨ªa. Hammya, a¨²n con curiosidad, extendi¨® su mano con la intenci¨®n de acariciarle la cabeza, pero la ni?a comenz¨® a llorar y ella, al ver esto, comenz¨® a sentirse muy mal emocionalmente. El dolor que sinti¨® fue tan intenso que se arrodill¨® en el suelo. La ni?a pas¨® de estar triste y muerta de miedo a estar preocupada y apenada por hacer sentir mal a Hammya. Cuando Hammya sinti¨® las diminutas manos de la ni?a en su espalda, se calm¨® y sonri¨® al ver a la chiquilla que dejaba de llorar. En ese preciso momento, Candado entr¨® sacudi¨¦ndose las manos, y al ver a Hammya arrodillada en el suelo siendo consolada por una ni?a, le caus¨® algo de gracia. ¡ªVaya, creo que esto ser¨¢ algo para no olvidar. La ni?a, al escuchar la voz de Candado, corri¨® hacia ¨¦l y se escondi¨® detr¨¢s de sus piernas, mientras que Hammya se puso de pie y dijo. ¡ªBueno, me gustar¨ªa que me dijeras sobre la ni?a que est¨¢ escondida detr¨¢s de tus piernas. ¡ªSu nombre es Yara y es una serpiente, no te preocupes, no es venenosa, solo es t¨ªmida. ¡ª?Serpiente? ?Acaso es una broma tuya? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNi?a, ?Cu¨¢ndo yo dije una broma? ¡ªEh, pens¨¦ que eras gracioso. ¡ªPues te has equivocado, ni?a. ¡ªBueno, supongamos que creo lo que dices. ?Qu¨¦ hace ella aqu¨ª? ¡ªElla es alguien¡­ importante, s¨ª, muy importante. ¡ªBien, pero ella da un poco de miedo. Mira sus ojos, no son normales. ¡ªTampoco los de Clementina, y no veo que te horrorices al verlos. ¡ªPero da miedo. ¡ªEso no lo vi hace unos minutos cuando estabas arrodillada en el suelo y siendo consolada por una ni?a. ¡ªBueno, no le di mucha importancia a eso, pero ahora que ella me est¨¢ viendo, me asusta. En ese momento, Yara tir¨® del pantal¨®n de Candado con delicadeza. ¨¦l la mir¨® y vio que ella le estaba haciendo se?as para hablarle. Candado se inclin¨®, y cuando ya estaba muy cerca, Yara le susurr¨® algo en el o¨ªdo. Hammya, por otra parte, no entend¨ªa lo que estaba sucediendo. En un momento, Candado empez¨® a re¨ªrse, y Hammya se puso molesta. ¡ª?De qu¨¦ se r¨ªen? ¡ªpregunt¨® Hammya molesta. ¡ªNada, solo dice que tu cabello es bonito y que se disculpa por haberte hecho sentir inc¨®moda. Hammya mir¨® a la ni?a, y esta, al sentir su mirada, se escondi¨® detr¨¢s de las piernas de Candado. Ella, al no entender por qu¨¦ se escondi¨®, dijo. ¡ªSi es verdad lo que me dijo, ?por qu¨¦ entonces no me lo dice directamente? ¡ªPorque Yara no te conoce y piensa que le puedes hacer algo. Es muy sensible.Reading on this site? This novel is published elsewhere. Support the author by seeking out the original. ¡ªNo soy sensible ¡ªdijo Yara molesta. ¡ª?HABL¨®! ¡ªgrit¨® sorprendida Hammya. ¡ªBueno, eso es obvio, ya que me susurr¨® en el o¨ªdo. Cuando ¨¦l dijo eso, carg¨® a Yara y la puso en su cama, despu¨¦s se dirigi¨® hasta la puerta. ¡ª?Qu¨¦ vas a hacer? ¡ªVoy a traer algo de comer para Yara, no tardar¨¦. Mientras tanto, rompan el hielo que hay entre ustedes dos. Cuando Candado se fue, la habitaci¨®n qued¨® en silencio, pero con un silencio inc¨®modo. Hasta que Hammya decidi¨® preguntarle algo. ¡ª?C¨®mo conociste a Candado? Yara no dijo nada, pero su rostro mostraba las ganas de contestar esa pregunta tan f¨¢cil. ¡ªBien, cambiar¨¦ de pregunta. ?Qu¨¦ es Candado para ti? ¡ªEs mi padre ¡ªdijo Yara sin mirarla. Hammya sonri¨® y acarici¨® su cabeza, obviamente no se lo cre¨ªa. M¨¢s bien la ve¨ªa como una linda ni?a diciendo cosas lindas. ¡ª?Qui¨¦n es tu madre entonces? ¡ªNo la conoc¨ª, muri¨® cuando yo era un huevo. Cuando Hammya escuch¨® esto ¨²ltimo, se enterneci¨® y se sent¨® al lado de la ni?a. ¡ªYo tampoco conoc¨ª a mi madre. De hecho, ni siquiera a mis verdaderos padres. Yara, al escuchar eso, mir¨® a Hammya a los ojos. ¡ª?En serio? ?Entonces qui¨¦n te cri¨®? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªUn se?or muy amable, que ahora est¨¢ en el cielo. ¨¦l es como un padre para m¨ª, as¨ª que por eso estoy viviendo aqu¨ª ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Viviendo con mi pap¨¢? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªS¨ª, podr¨ªa decirse. En ese instante, Candado entr¨® con un plato que ten¨ªa dos vasos de leche con bizcochos de dulce de leche en la mano. ¡ªOh, creo que ya se llevan bien. Es la primera vez que Yara habla con alguien que no sea Mauricio ni yo. ¡ª?Mauricio? ¡ªEs un amigo m¨ªo ¡ªdijo Candado mientras entregaba los vasos a Hammya y Yara. ¡ª?Y t¨² qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya. Cuando ella dijo eso, Candado chasque¨® los dedos, y en ese momento un mate y un termo vinieron volando desde la cocina hasta su mano. ¡ªYo soy m¨¢s fino ¡ªdijo Candado de manera sarc¨¢stica mientras se sentaba en su silla. Hammya dio un sorbo al vaso y lo dej¨® a un lado. Luego se levant¨® y se acerc¨® a Candado. ¡ª?Puedo hablar contigo afuera? ¡ªClaro, ?por qu¨¦ no? ¡ªdijo Candado mientras dejaba lo que ten¨ªa en la mano en su escritorio. Yara segu¨ªa tomando su leche y comiendo los bizcochos, mientras que Candado y Hammya sal¨ªan de la habitaci¨®n. Cuando ya estaban afuera. ¡ªBien, ?qu¨¦ es tan importante como para que Yara no escuche? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªCandado, ?est¨¢s enfermo? En ese momento, ¨¦l entrecerr¨® los ojos y pregunt¨®. ¡ª?Qu¨¦ quieres saber exactamente? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªIr¨¦ directamente al grano. Te vi anoche en la cocina tosiendo sangre ¡ªdijo Hammya. En ese momento, Candado escondi¨® sus ojos tras sus parpados. Por un breve instante, cuando los abri¨®, cerr¨® bien la puerta de su habitaci¨®n para asegurarse de que Yara no los escuchara. ¡ªBien, ya lo sabes. ?Qu¨¦ quieres entonces? ¡ªQuiero saber por qu¨¦ escupiste sangre. ¡ª?Y qu¨¦ tal si no lo digo? ¡ªdesafi¨® Candado ¡ªSi no lo haces, har¨¦ que tus compa?eros se enteren. S¨¦ muy bien que te molesta hablar de tus problemas personales con el gremio. ¡ª?Me est¨¢s chantajeando? ¡ªpregunt¨® Candado con una expresi¨®n fr¨ªa en el rostro. ¡ªNo es un chantaje, es la verdad ¡ªdijo Hammya temblando por la expresi¨®n de ¨¦l. ¡ªPuedes decir lo que quieras, nadie te va a creer. Ya sabes, eres nueva en el gremio y no conf¨ªan plenamente en ti. Pueden pensar que eres del Circuito infiltrada en la hermandad para debilitarme y hacerme perder mi liderazgo. ¡ªNo creo que ellos piensen eso. ¡ªTal vez no, pero si les doy un empujoncito, s¨ª, lo har¨¢n. ¡ª?As¨ª? ?C¨®mo lo har¨¢s entonces? ¡ªMintiendo ¡ªcontinu¨®¡ª. Ellos conf¨ªan ciegamente en m¨ª. Si digo que salten a un pozo, ellos lo hacen. Si digo que la vaca es roja, es roja. Y si digo que t¨² eres una esp¨ªa, ellos lo creer¨¢n. As¨ª de desgraciado soy. ¡ªNo te atrever¨ªas. ¡ª?No? Pru¨¦bame. Si lo haces, les dir¨¦ que eres una esp¨ªa. Tal vez no signifique gran cosa para ti, pero para los gremios es un delito muy grave. Te lo dir¨¦ en otras palabras: si el gremio sabe que eres una esp¨ªa, te despacharan ¡ªdijo Candado con una sonrisa en el rostro. ¡ª?Me amenazas? ¡ªNo es una amenaza, es la verdad. En ese momento, Hammya cambi¨®, dej¨® de estar asustada de ¨¦l y pas¨® a estar furiosa. Tanto que le plant¨® cara. ¡ªEsc¨²chame bien lo que te voy a decir, Candado. No te tengo miedo. Tal vez est¨¦s acostumbrado a que la gente haga todo lo que t¨² les dices por temor, pero yo no. Voy a insistir hasta que me digas lo que quiero saber. Puede ser que si les digo eso, no me crean, pero quedar¨¢n en sus mentes mis palabras, causando sospecha. S¨¦ que tu amigo H¨¦ctor ser¨¢ el primero en sospechar. Y cuando est¨¦ muerta por ser una esp¨ªa, como dices t¨², te seguir¨¢n las veinticuatro horas del d¨ªa y no podr¨¢s esconder el simple hecho de que escupiste sangre. Cuando descubran que mentiste para que me maten, tu nombre absurdo quedar¨¢ ensuciado, al igual que el honor del gremio y de tu familia. As¨ª de desgraciada soy. Candado mir¨® a Hammya fijamente y vio que sus palabras eran bonitas pero vac¨ªas, ya que en algunos puntos no era cierto que no le tuviera miedo. Aunque los dem¨¢s no lo hubieran notado, Hammya estaba muerta de miedo, su sudor se acrecent¨®, sus manos temblaban tanto que las escondi¨® detr¨¢s de su espalda. Pero s¨ª era cierto que no le importaba la amenaza de Candado sobre que la iba a matar, ya que vio en sus ojos que Hammya estaba dispuesta a decir la verdad, cueste lo que cueste, para que Candado le contara sobre su problema. Entonces, ¨¦l le dio la espalda a Hammya y dijo. ¡ªHas ganado, ni?a, te lo dir¨¦. ¡ªBueno, gracias a Dios ¡ªdijo Hammya relajada. ¡ªPero, te lo dir¨¦ si me prometes dos cosas. ¡ªBien, ?cu¨¢les son? ¡ªLa primera es que no se lo digas a nadie. No quiero que lo sepa nadie m¨¢s, as¨ª que esto quedar¨¢ entre nosotros dos ¨²nicamente. ¡ªLo prometo. ?Y la segunda? ¡ªLa segunda es que me respondas a esta pregunta: ?Por qu¨¦ quieres saber? Hammya se sonroj¨® al escuchar la segunda pregunta de Candado, pero se tranquiliz¨® y dijo. ¡ªEs porque eres mi amigo y estoy preocupada por ti ¡ªdijo Hammya sonrojada. ¡ªTienes valor para plantarme cara, pero te averg¨¹enza decir eso. Eres muy extra?a, ni?a. ¡ª?Entonces me lo dir¨¢s? ¡ªS¨ª, pero no aqu¨ª. En ese momento, Candado toc¨® el hombro de Hammya, mir¨® su reloj, y marcaba las 10:20. Luego se agach¨® y toc¨® el suelo. Despu¨¦s de unos minutos, la casa se fue desmantelando hasta quedar vac¨ªa, dejando un lugar blanco, como si fuera la habitaci¨®n de un manicomio, pero sin los colchones. ¡ª?Qu¨¦ es este lugar? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo te preocupes, est¨¢s en mi mente. Es muy dif¨ªcil y agotador traerte aqu¨ª. No pasa nada. El tiempo no importa cuando est¨¢s aqu¨ª. Nadie entra ni sale sin mi permiso. ¡ªPero, no hay nada. ¡ªNo hay nada porque t¨² no puedes ver mis recuerdos. Pero si esto ¡ªdijo Candado mientras chasqueaba los dedos. En ese instante, la habitaci¨®n blanca desapareci¨® y se transform¨® en una pradera hermosa. Tambi¨¦n apareci¨® un sill¨®n rojo en el cual Candado estaba sentado. ¡ªSi¨¦ntate, por favor. Hammya se sent¨® al lado de ¨¦l, esperando su respuesta. Candado inhal¨® y luego exhal¨® antes de empezar. ¡ªHace tiempo tuve una pelea con un chico, no s¨¦ c¨®mo se llama, ni su identidad, ya que llevaba una m¨¢scara de metal en su rostro, pero s¨ª s¨¦ una cosa: era muy fuerte. Fue la pelea m¨¢s intensa que he tenido en mi vida. Cuando yo le estaba ganando, el cobarde lanz¨® un hechizo a un ni?o que pasaba por ah¨ª, para que el chico no saliera lastimado. Me interpuse entre el ni?o y el hechizo, absorbiendo as¨ª el conjuro que iba hacia aquel chico. Cuando pas¨® eso, el desgraciado se re¨ªa y me dijo que aquel hechizo era un veneno que me matar¨ªa lentamente. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® con el sujeto? ¡ªEl desgraciado se escap¨® aquel d¨ªa. Me dijo que me matar¨ªa cuando ya no pudiera defenderme ¡ªdijo Candado. ¡ª?No has intentado curarte de alguna forma? ¡ªLo intent¨¦ todo, pero no hubo resultado alguno. ¡ª?Y esto te matar¨¢? ¡ªEfectivamente, a menos que encuentre al sujeto y le obligue a abolir el hechizo. ¡ª?Hay otra forma de curarte o no? ¡ªS¨ª, la hay, pero para que eso ocurra tendr¨ªa que encontrar una forma de poder curativa muy poderosa. Pero tal poder no existe. No hay manera de que un humano haya adquirido ese poder. ¡ªPero puede haber alguien, siempre hay alguien. ¡ªS¨ª, puede ser, pero no lo hay. No existe. Es ficticio. ¡ªTal vez con el tiempo te cures. Si bien recuerdo, eres muy fuerte. T¨² puedes. ¡ªNi?a, no estoy mejorando para nada. La sangre que t¨² viste en mi guante es solo el principio. No puedo destruirlo, solo... detenerlo lo m¨¢s que puedo. Dentro de un determinado tiempo, no solo comenzar¨¦ a escupir sangre, sino que tambi¨¦n habr¨¢ nuevos s¨ªntomas. ¡ª?S¨ªntomas? ?Qu¨¦ tipo de s¨ªntomas? ¡ªNo podr¨¦ articular mis manos, brazos y piernas. Tambi¨¦n tendr¨¦ una ceguera parcial, sangrados de nariz y o¨ªdo. Y, por ¨²ltimo, entrar¨¦ en coma. Para ese punto, ya no podr¨¦ defenderme de la enfermedad ni de mis enemigos. Entonces, me pasar¨¢n dos posibles causas. ¡ª?Cu¨¢les son? ¡ªLa primera es que me mate la enfermedad de mierda o que me mate alguien que me odie, una vez que est¨¦ en coma. ¡ªBien, te ayudar¨¦ a buscar al sujeto que te ha hecho eso. ¡ªMe entusiasma tu solidaridad, pero para ti ser¨¢ imposible. ¡ªNada es imposible para m¨ª. ¡ªDeja de usar mis di¨¢logos, ni?a ¡ªcritic¨® Candado. ¡ªPerd¨®n. Ahora me gustar¨ªa saber, ?c¨®mo vas a hacer para que ese sujeto con cuernos no se entere? ¡ª?T¨ªnbari? ¨¦l ya lo sabe. Es imposible esconder mi vida personal de alguien que siempre vive obsesivamente pegado a m¨ª. ¡ªGuau, ?en serio? ?C¨®mo sabes eso? ¡ªPorque en este momento est¨¢ escuchando nuestra conversaci¨®n. ¡ª?D¨®nde est¨¢? ¡ªpregunt¨® Hammya alterada. En ese momento, T¨ªnbari se manifest¨® con el mismo humo negro en el hermoso paisaje. ¡ªBueno, bueno, bueno, parece que es imposible esconderme de alguien que percibe muy bien a la gente. Aunque la verdad, no sab¨ªa que estabas enfermo e incluso no figuras en mi reloj de la vida. ¡ªSe supon¨ªa que es tu mente, Candado, y nadie puede entrar ¡ªcritic¨® Hammya. ¡ªS¨ª, nadie puede entrar sin mi permiso, pero T¨ªnbari es mi Bari, y desgraciadamente no necesita permiso para entrar a mi mente porque ¨¦l es mi due?o y yo soy su due?o. ¡ªLo que dijo Candadito. ¡ªC¨¢llate, imb¨¦cil ¡ªorden¨® Candado. ¡ªSi es as¨ª, ?por qu¨¦ hablaste si sab¨ªas que ¨¦l te escuchaba? ¡ªPorque era necesario que T¨ªnbari se enterase de lo que me pasa. Adem¨¢s, es muy gracioso humillar a la muerte. ¨¦l no sab¨ªa que yo tengo un hechizo que me estaba matando lentamente. Evad¨ª su jodido reloj de la muerte. Como dice la canci¨®n en tributo a Maradona, "Si sabe gambetear para ahuyentar a la muerte". En tu cara, Demonto. ¡ªPor esta vez, me inclino ante ti, por enga?arme ¡ªdijo T¨ªnbari, arrodillado. ¡ª?Por qu¨¦ le dijiste eso? ?Hab¨ªas eludido a la muerte? ¡ª?De qu¨¦ sirve ser eterno si vas a pasar el resto de tu eternidad como un vegetal? A nadie, absolutamente a nadie. ¡ªSi lo pones as¨ª, entonces est¨¢ bien. ¡ªPues claro. Recuerda que¡­ ¡ªCandado, no quisiera interrumpir, pero no puedes tener a otra persona aqu¨ª por m¨¢s de veintiocho minutos. ¡ªPor Isidro Vel¨¢zquez, tienes raz¨®n. Lo siento, Hammya. Se acab¨® el tiempo. Candado se levant¨® y aplaudi¨® dos veces. Ni bien hizo eso, la hermosa pradera desapareci¨® y volvieron a la habitaci¨®n. Cuando ya estaban de vuelta, Candado se arrodill¨® en el suelo, agotado. ¡ªCandado, ?qu¨¦ te pasa? ?Es la enfermedad? ¡ªpregunt¨® Hammya preocupada. ¡ªNo, no es eso. Esto es lo que pasa cuando tengo a una persona m¨¢s de veintiocho minutos ¡ªdijo Candado, jadeando por el cansancio. ¡ªJa, ni?ato est¨²pido ¡ªdijo T¨ªnbari burl¨¢ndose. En ese preciso momento, Yara abri¨® la puerta y vio a Candado tirado en el suelo. Corri¨® hacia ¨¦l para ayudarlo e incluso intentaba levantarlo, pero como era peque?a, no logr¨® nada. Solo pudo levantar el brazo derecho de Candado. Mientras Yara hac¨ªa eso, Hammya colabor¨® y puso el brazo izquierdo de Candado en su hombro, de esa forma pudieron levantarlo del suelo. Cuando por fin Candado pudo reincorporarse, dijo: ¡ªGracias por ayudarme, pero no hac¨ªa falta. ¡ªNo esperaba menos de ti, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ª?No tienes trabajo, acaso? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n, tengo un trabajo. Nos vemos, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari mientras desaparec¨ªa. Despu¨¦s de que el demonio molestoso desapareciera, Candado alz¨® a Yara y luego baj¨® al living con ella en sus brazos. Hammya segu¨ªa detr¨¢s de ¨¦l. Cuando ya estaban ah¨ª, Candado vio a Clementina recostada en el sill¨®n con un aspecto terrible en su rostro. Esto lo sorprendi¨® mucho, ella estaba muy devastada, y eso se deb¨ªa a que hab¨ªa usado su energ¨ªa de reserva para dar energ¨ªa a la casa. Candado entreg¨® a Yara en los brazos de Hammya. Como ellas hab¨ªan tenido una conversaci¨®n amigable por unos minutos, Yara no llor¨® ni se disgust¨®. M¨¢s bien le agrad¨® estar con Hammya, tanto que incluso recost¨® su cabeza en su hombro con una sonrisa. Candado, por su parte, se dirigi¨® hasta el caj¨®n que estaba al lado del recinto donde dorm¨ªa Clementina. De all¨ª sac¨® una llave plateada. Con ella, abri¨® una puertita peque?a amarilla. Adentro hab¨ªa un frasco de silicio con fosforescencia celeste y al lado de mencionado frasco, hab¨ªa tres botones negros, que eran los fusibles que daban energ¨ªa a la casa. Candado tom¨® el frasco fosforescente, pero la energ¨ªa segu¨ªa a¨²n en la casa, lo que significaba que la luz hab¨ªa vuelto a funcionar normalmente. Cuando vio que todo estaba en funcionamiento, cerr¨® la puerta, le puso llave y la guard¨® en el mismo caj¨®n. Despu¨¦s de eso, Candado fue hacia donde estaba Clementina, se sent¨® al lado de ella, levant¨® su cuerpo y desprendi¨® su camisa hasta mostrar su panza por completo. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo, Candado? ¡ªpregunt¨® Hammya susurrando. ¡ªVoy a darle energ¨ªa, mi ni?a. No te ruborices, que no voy a hacerle nada. Una vez dicho esto, Candado pas¨® su dedo ¨ªndice en la pancita de Clementina en forma de X, y de la nada la panza de ella se abri¨® como una puerta. Cuando el vientre ya estaba abierto, Candado introdujo el frasco fosforescente en ese lugar y luego lo cerr¨® con delicadeza. Despu¨¦s de unos minutos, Clementina abri¨® los ojos y comenz¨® a hacer ruidos extra?os. Sus c¨®rneas se volvieron azules con letras blancas diminutas, casi inentendibles, y despu¨¦s de unos minutos, sus ojos volvieron a su color original. ¡ªBien, parece que ning¨²n sistema operativo se ha da?ado o perdido. Todo est¨¢ en orden al parecer ¡ªdijo Clementina. ¡ª?Por qu¨¦ te has sacado la bater¨ªa de reserva, sabiendo muy bien que sin eso no podr¨ªas mantenerte en pie? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEl se?or Hip¨®lito puso mercader¨ªas en la heladera, mercader¨ªas que no soportan el calor que hace hoy ¡ªcontest¨® Clementina. ¡ªNo sab¨ªa que hac¨ªa calor ¡ªdijo Hammya. ¡ªExacto, se?orita, no sinti¨® calor porque la casa tiene doce aires acondicionados para refrescar la casa y evitar que los se?ores y el joven patr¨®n tengan calor ¡ªdijo Clementina. ¡ª?A CALLAR! ¡ªgrit¨® Candado. Clementina dirigi¨® la vista a la ni?a que Hammya estaba cargando. ¡ª?Qui¨¦n es esa personita que est¨¢ en los brazos de Hammya? ¡ªElla es Yara, es como una hermanita de Candado ¡ªdijo Hammya. ¡ªNo, no es cierto, es mi pap¨¢ ¡ªdijo Yara mirando a Clementina. ¡ªJoven patr¨®n, creo que no es una humana. ¡ªNo me digas, ?qu¨¦ te hizo notarlo? ¡ªpregunt¨® Candado sarc¨¢sticamente. ¡ªVaya, sus ojos son terror¨ªficos, pero es hermosa ¡ªdijo Clementina. ¡ª?Por qu¨¦ siempre me dicen eso? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªEs extra?o, ?qui¨¦n le puso ese nombre a la ni?a? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªMauricio, ?por? ¡ªVaya, quien hubiera dicho, es la primera vez que veo a una Yarar¨¢ no venenosa ¡ªdijo Clementina. ¡ªCuando le di un poco de mi magia para sobrevivir, accidentalmente le arrebat¨¦ su veneno ¡ªdijo Candado. ¡ªGuau, ya eres pap¨¢, es muy interesante ¡ªdijo Clementina. ¡ªNo te burles de m¨ª, Clementina ¡ªdijo Candado. Despu¨¦s de que ella dijera eso, Clementina se puso de pie y dijo: ¡ªBien, muchas gracias por darme energ¨ªa, pero tengo que irme. Hay muchas cosas que hacer en la casa. Cuando Clementina abandon¨® la habitaci¨®n, se escucharon golpes en la puerta de la casa. Candado se dirigi¨® a ver qui¨¦n era el que golpeaba, mir¨® por el orificio que hab¨ªa en la puerta y vio a Mauricio de brazos cruzados. Sin hacerle esperar m¨¢s, Candado abri¨® la puerta y lo dej¨® entrar. ¡ªBuenos d¨ªas, Candado. Vine a ver si estaba aqu¨ª Yara. ¡ªS¨ª, ella est¨¢ ac¨¢, no hay problema ¡ªdijo Candado. ¡ªMenos mal, necesito llev¨¢rmela de regreso a mi pueblo. Voy a ense?arle a leer hoy ¡ªdijo Mauricio. En ese momento irrumpi¨® Hammya con Yara en sus brazos. A Mauricio le sorprendi¨® ver a Yara en brazos de otra persona, ya que ella le tem¨ªa a todo, exceptuando a Candado y a ¨¦l. ¡ªBien, esto s¨ª que es extra?o, casualmente Yara estar¨ªa llorando si est¨¢ en brazos de otro que no seamos nosotros ¡ªdijo Mauricio. ¡ªS¨ª, al principio te sorprende, pero despu¨¦s te acostumbras ¡ªdijo Candado. En ese momento, Hammya baj¨® a Yara, y cuando ya estaba en el suelo, ella fue corriendo de alegr¨ªa hacia Mauricio, como hacen todos los ni?os cuando ven a su padre que viene del trabajo. Yara termin¨® abrazando la pierna de este. Mauricio toc¨® su sombrero y se despidi¨® de Candado. Yara se dio vuelta y tambi¨¦n se despidi¨® de los dos. Justo en ese momento, Mauricio y Yara se desvanecieron, convirti¨¦ndose en hojas secas. ¡ªGuau, eso fue extra?o ¡ªdijo Hammya. ¡ªTe acostumbrar¨¢s con el tiempo ¡ªdijo Candado mientras cerraba la puerta. Cuando Candado cerr¨® la entrada, se volte¨® y qued¨® quieto por unos minutos viendo a Hammya de arriba abajo. Esto le incomod¨® mucho a ella, tanto que le pregunt¨®: ¡ª?Qu¨¦ tanto me miras? ¡ªAhora que te veo bien, parece que eres fan del color verde. ¡ªS¨ª, ?alg¨²n problema? ¡ªNo, para nada. Solo que me llama mucho la atenci¨®n. ¡ªSi ese es el caso, a m¨ª me llama tambi¨¦n la atenci¨®n de que t¨² te vistas formal todo el tiempo. ¡ªLo que digas, esmeralda ¡ªdijo Candado mientras se sacaba la boina y la pon¨ªa en el perchero de la puerta. Hammya subi¨® las escaleras y se dirigi¨® a su habitaci¨®n, mientras que Candado se dirig¨ªa tambi¨¦n a su habitaci¨®n. Pero cuando iba a entrar en su cuarto, escuch¨® llorar a su hermana, lo que hizo que Candado se dirigiera a la habitaci¨®n de Karen. Cuando entr¨®, vio a su hermanita llorando. A pesar de que ella lloraba, no le llam¨® mucha la atenci¨®n cuando vio el chupete de ella en el suelo. Candado lo agarr¨®, chasque¨® su dedo y de la nada apareci¨® una botella de agua. Candado us¨® sus llamas y la destruy¨®, pero misteriosamente el agua no cay¨®, sino que estaba flotando. ¨¦l aprovech¨® esto, lav¨® el chupete de Karen con esa agua y, cuando termin¨®, abri¨® la ventana y sac¨® el agua con sus poderes fuera de la habitaci¨®n. Luego, la cerr¨®, se dirigi¨® hasta su hermana, le puso su chupete, luego la cubri¨® con una frazadita y por ¨²ltimo le bes¨® en la frente. Despu¨¦s, se retir¨® de la pieza de su hermana y esta vez se dirigi¨® a su cuarto, entr¨® y se recost¨® en su cama. En ese entonces, se hab¨ªa olvidado de lo que hab¨ªa escuchado ayer. Candado no hab¨ªa estado pensando en todo lo que le hab¨ªan contado aquel Bari en esa casa. En un principio, pens¨® que todo era una broma, pero esa idea fue descalificada cuando se present¨® Slonbari. Lo que le hab¨ªa contado era majestuoso. No pod¨ªa creer que el lugar donde su abuelo ansiaba ir era un caos total, con guerras, destrucciones y muertes. Candado pensaba que ir all¨ª no har¨ªa la diferencia. Fue ah¨ª que se dio cuenta de que en todo el universo hay conflictos. Es incre¨ªble que la tierra, con todos los problemas que tiene, no haya entrado en una guerra catastr¨®fica de s¨²per humanos. Candado sab¨ªa muy bien que mientras exista un equilibrio entre los gremialistas y los circuistas, no pasar¨ªa nada, sobre todo si ¨¦l estaba presente, ya que es temido por la gran mayor¨ªa de los circuitos. Pero, ?ser¨ªa una buena idea abandonar su planeta para combatir con otros sujetos? Ya que si abandonaba la tierra para pelear con otros est¨²pidos, los F.U.C.O.T. aprovechar¨ªan e invadir¨ªan a la O.M.G.A.B., a pesar de que ¨¦l mismo hab¨ªa pensado que los circuitos y los gremios casi no se peleaban. Pero si no iba a ese planeta, la tierra se ver¨ªa amenazada, y todos estar¨ªan en problemas. Todo ese pensamiento le estaba dando un estr¨¦s muy grande a Candado. Se imagin¨® a sus amigos y familia siendo asesinados y esclavizados por los dos bandos, tanto Cotorium como el circuito. Esto hizo que a Candado le agarrara un ataque de tos muy grave y que producto de ello escupiera sangre en el suelo. Mientras ¨¦l estaba limpi¨¢ndose sus labios con un pa?uelo, una voz se escuch¨®. ¡ªSi sigues as¨ª, pronto el reloj de tu vida llegar¨¢ a cero. Candado se dio vuelta y vio a T¨ªnbari recostado en su librero. ¡ªEres muy odioso, ?Acaso no tienes otra cosa en qu¨¦ pensar que no sea la muerte? ¡ªpregunt¨® Candado con furia. ¡ªTranquilo gauchito, no vine a molestar, solo vine a ver c¨®mo estabas, tambi¨¦n me preocupo por mis usuarios ¡ªdijo T¨ªnbari en tono burl¨®n. ¡ªNo me mientas, s¨¦ muy bien que t¨² no est¨¢s aqu¨ª para ver si estoy bien. ¡ªS¨ª, es verdad, solo vine a molestar, pero al ver c¨®mo est¨¢s, creo que mejor me voy. ¡ª?ALTO! S¨¦ que tambi¨¦n eso es mentira, ahora dime, ?por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEstoy aqu¨ª porque ha pasado algo que podr¨ªa ser interesante para ti. ¡ª?Qu¨¦ podr¨ªa ser interesante ahora? ¡ªHa llegado un colectivo al pueblo con pasajeros nuevos. ¡ªY eso me importa por... ¡ªEspera que no he terminado, Candado. Lo que pasa es que en ese colectivo ha llegado un chico del circuito n¨²mero 666. ¡ª?Circuito 666? Debe ser una broma, ?verdad? ¡ªJe, es una coincidencia, nada m¨¢s, no es diab¨®lico ni nada de eso ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªMe importa tres carajos si es diab¨®lico o no. Hoy hace calor y no quiero salir para pelear con un est¨²pido solo porque quiere saber un secreto que ni ¨¦l sabe si le beneficiar¨¢. ¡ªAy, contigo Candado, siempre buscando pretextos para no pelear ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªEs que no quiero ir a buscarlo, que ¨¦l me venga a buscar y listo, as¨ª me hace la vida m¨¢s f¨¢cil. ¡ªCandado, te sugiero que vayas a verlo. ¡ªNo, no ir¨¦ ni mierda porque hace calor. ¡ªPero no te quejaste cuando saliste a ver a Yara. ¡ªPorque eran las 8:00 de la ma?ana y para esa hora hace fresco, pero a las 10:00 ya se siente el sol en tu piel ¡ªdijo Candado. ¡ªEntonces c¨¢mbiate esa ropa y ponte una de verano y ya est¨¢ ¡ªsugiri¨® T¨ªnbari. ¡ªNo, no pienso cambiarme de ropa y ponerme esa porquer¨ªa, no va conmigo. Me quedo con lo formal. ¡ªBueno, si es as¨ª, me imagino que te ver¨¦ perdido en el desierto del Sahara o del Gobi, llevando una frazada y una estufa en los lugares m¨¢s calurosos del mundo. ¡ªC¨¢llate, ir¨¦ cuando caiga el sol. ¡ªPero falta mucho para eso, ni?ato, creo que tendr¨ªas que... ¡ªNi hablar, no pienso salir de mi habitaci¨®n con el calor que hace hoy. ¡ª?SUFICIENTE! En ese momento, el rostro de T¨ªnbari cambi¨® y se volvi¨® m¨¢s tenebroso de lo que era ¡ª Vas a ir ah¨ª afuera, pelear¨¢s con ese sujeto y ganar¨¢s. Candado no dijo nada, pero su respuesta fue muy clara cuando sac¨® su fac¨®n y se lo tir¨® en la cara, quedando clavado en medio de su frente. T¨ªnbari hab¨ªa pensado que mostrar una cara terror¨ªfica har¨ªa que le hiciera caso, pero se equivoc¨®. No sab¨ªa que Candado le arrojar¨ªa su cuchillo por la cara. ¡ªT¨² eres m¨¢s que basura, ?crees que voy a tener miedo solo porque desfiguras tu cara? T¨ªnbari, t¨² m¨¢s que nadie sabes que despu¨¦s de ese entrenamiento ya no siento nada. ¡ªMe olvid¨¦, pero no cambia el hecho. Vas a ir a pelear ¡ªdijo T¨ªnbari con un tono desafiante mientras se sacaba el fac¨®n de la frente y lo dejaba en el escritorio. Candado agarr¨® un banquito que estaba debajo de su escritorio, lo coloc¨® al frente de T¨ªnbari, luego se subi¨® y peg¨® su frente con la de ¨¦l. ¡ªNo ir¨¦ all¨¢ afuera hasta que baje el sol. ¡ªComo quieras ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari mientras desaparec¨ªa con el humo negro. Cuando T¨ªnbari se fue, Candado se baj¨® de su banquito y lo puso de vuelta debajo de su escritorio. Luego, se recost¨® en su cama nuevamente para dormir. Pero cuando se estaba durmiendo, comenz¨® a tener calor de la nada. Cuando abri¨® los ojos, se dio cuenta de que, de alguna forma, estaba afuera bajo un sol sofocante. En ese instante, apareci¨® T¨ªnbari con una sonrisa. ¡ªBien, ya est¨¢s afuera. Ahora solo falta esperar a ese contrincante. ¡ª?Qu¨¦ crees que haces? Te dije que no quer¨ªa salir. ¡ªPens¨¦ que si no pod¨ªa traerte afuera voluntariamente, entonces te sacar¨ªa por la fuerza. ¡ªEres un¡­ ¡ªOh, justo a tiempo, ah¨ª viene. En ese momento, ven¨ªa un chico con una vestimenta de abrigo acerc¨¢ndose lentamente al lugar donde estaba Candado. ¡ªNo me jodas, ?c¨®mo puede llevar esas ropas con el calor que hace? ¡ªdijo Candado sorprendido. Cuando el ni?o se detuvo frente a Candado, T¨ªnbari desapareci¨® con una risa que solo Candado pod¨ªa o¨ªr. Mientras ¨¦l se quedaba mirando al ni?o con enojo debido al calor, Faustino se present¨® y dijo: ¡ªSaludos, soy Hern¨¢n Faustino, del Circuito N¡ã666 de Tierra del Fuego. Mucho gusto. ¡ªMuy bien, Fausto, he notado que cada vez que hablas sueltas vapor de tu boca, sin mencionar que traes ropa de invierno. ¡ªS¨ª, mi poder se basa en el hielo y el agua, pero lamentablemente, para poder pelear sin hacer da?o a los inocentes, tengo que usar esto para que mis poderes no congelen a los dem¨¢s¡ªdijo Faustino. ¡ªAh, bien por ti ¡ªdijo Candado. ¡ªSi le parece bien, entonces peleemos. ¡ªHoy no, hace calor. Otro d¨ªa ser¨¢. Cuando Candado se retiraba, Faustino congel¨® los pies de Candado, incapacit¨¢ndolo para escapar. Entonces ¨¦l se volte¨® y le dijo: ¡ªOdio la violencia, pero una vez que me hacen enojar, no hay nada que me detenga. ¡ªEso quisiera verlo ¡ªdijo Faustino sonriente. CONFLICTO EXTERNO Candado, obligado a pelear, se prepar¨® para el combate, sabiendo que sus poderes ten¨ªan que ver con el fr¨ªo, y era probable que se debilitaran con el calor. Solo ten¨ªa que esperar el primer golpe. ¡ªEsc¨²chame, no quiero pelear contigo ¡ªdijo Candado. ¡ªPero yo s¨ª. En ese instante, Faustino lanz¨® una esfera de hielo hacia Candado, pero ¨¦l la destruy¨® con sus pu?os flameantes. Faustino estaba contento al ver que Candado era a quien estaba buscando. Candado encendi¨® sus ojos con la llama violeta, y en su rostro aparecieron tatuajes del mismo color. ¡ªParece que ya no podr¨¦ dialogar contigo ¡ªdijo Candado. Luego se lanz¨® hacia ¨¦l, propin¨¢ndole golpes por todo el cuerpo. Sin embargo, en un momento, Faustino tom¨® el brazo derecho de Candado, lo lanz¨® al aire y, una vez en el cielo, cre¨® una esfera de hielo muy grande con sus manos y lo arroj¨®. Candado r¨¢pidamente la esquiv¨® y cay¨® de pie en el suelo. Una vez en tierra, Candado lanz¨® fuego violeta de sus manos, y como Faustino ten¨ªa ropas pesadas, no pudo esquivarlos. Esto hizo que sus prendas se quemaran y se rompieran. Cuando toda su ropa se convirti¨® en ceniza, su piel comenz¨® a transformarse en hielo azul. ¡ªRayos, creo que ya no podr¨¦ contener mi poder ¡ªdijo Faustino. Candado corri¨® hacia ¨¦l y lo golpe¨® con sus pu?os flameantes en todo el cuerpo, pero no le hac¨ªa ning¨²n da?o, ya que cada vez que se derret¨ªa, volv¨ªa a regenerarse. Hasta que en un momento, Faustino intent¨® golpearlo, pero como Candado era experimentado, lo detuvo con su contra palma. ¡ªNo vale la pena ¡ªdijo Candado. Faustino, furioso, le lanz¨® granizo con su otra mano, pero ni bien se acercaba a su rostro, comenzaba a derretirse en el aire. Candado segu¨ªa mostrando su expresi¨®n fr¨ªa. Faustino empez¨® a tener miedo al verlo de esa forma, as¨ª que se alej¨® hasta que, en cierto punto, le lanz¨® a Candado bloques de hielo muy grandes, del tama?o de una casa. Candado camin¨® hacia ¨¦l sin preocupaci¨®n alguna. Faustino, quien estaba temblando de miedo, le arroj¨® los bloques, pero Candado los destruy¨® con la cabeza. Faustino segu¨ªa lanz¨¢ndole granizo, pero Candado lo segu¨ªa esquivando. Hasta que, en cierto punto, Candado corri¨® a una velocidad impresionante y le golpe¨® en el pecho con su pu?o. El impacto hizo que Faustino volara por los aires y se estrellara contra una estatua que estaba ah¨ª. Uno podr¨ªa pensar que con ese golpe dejar¨ªa de molestar, pero no fue as¨ª, Faustino todav¨ªa pod¨ªa ponerse de pie, y cuando lo hizo, transform¨® su cuerpo en una especie de diamante, y sus ojos pasaron de ser verdes a un tono blanco, como si estuviera muerto. ¡ªEs hora de acabar contigo ¡ªdijo Faustino. Candado le contest¨® con un rodillazo en el abdomen, un golpe en el cuello, una patada en la espalda y un garrotazo que lo termin¨® haciendo volar nuevamente por los aires. ¡ª?Ahora quieres hablar? Pelea, est¨²pido, y no hables. Faustino se puso de pie y lanz¨® un viento helado hacia las piernas de Candado, impidiendo que este pudiera moverse. Aprovechando esta situaci¨®n, Faustino le devolvi¨® todos los golpes, pero Candado todav¨ªa pudo defenderse. Detuvo todos los golpes con sus brazos e incluso lanz¨® a Faustino sus ataques con sus llamas violetas, lastim¨¢ndolo en todos los sentidos. Sin embargo, Faustino no se rindi¨® y sigui¨® atacando a Candado con fiereza. Candado, ya cansado de ser congelado, se las arregl¨® para golpear en la cabeza de Faustino con sus pies congelados, rompiendo as¨ª el hielo que lo ten¨ªa atrapado y lastimando a su contrincante al mismo tiempo. Pero no todo qued¨® ah¨ª. Candado tom¨® del brazo de Faustino y lo tir¨® con todas sus fuerzas contra el suelo. Cuando estaba a punto de noquearlo, Faustino se liber¨® y le dio una patada en el pecho. Candado, sin mostrar ning¨²n signo de dolor en su rostro, levant¨® la cabeza y mirando a Faustino dijo: ¡ª?Eso es todo? Ni me doli¨®, ni?o. Faustino se asust¨® nuevamente y le dio con todo: golpes, patadas, garrotazos y cabezazos, dejando su ropa sucia y mojada debido a que su cuerpo se transform¨® en hielo. Candado, con sangre en la frente, mir¨® nuevamente a Faustino con su expresi¨®n fr¨ªa y dijo: ¡ªTus golpes son una reverenda porquer¨ªa. Te ense?ar¨¦ lo que son unos verdaderos golpes, pedazo de paleta. En ese momento, Candado tom¨® a Faustino del cuello y lo golpe¨® con todas sus fuerzas, llegando a romper su coraza de hielo-diamante. Definitivamente, quien sent¨ªa m¨¢s dolor era Faustino, que lleg¨® a arrodillarse por el dolor. Pero Candado no estaba satisfecho. Lo levant¨® y lo lanz¨® al aire. Ya estando ah¨ª, dijo: ¡ª?OYE! ?HERN¨¢N FAUSTINO! Despu¨¦s de decir eso, lanz¨® una esfera de fuego violeta con una sola mano hacia Faustino. La energ¨ªa impact¨® en su cuerpo y termin¨® por destruir por completo su armadura de hielo-diamante y debilitarlo por completo. Cuando Faustino estaba por caer al suelo, Candado movi¨® un mont¨®n de hojas de los ¨¢rboles en un solo sector para amortiguar la ca¨ªda. Faustino cay¨® en el montoncito de hojas totalmente herido y con casi nada de ropa. Candado se acerc¨® a ¨¦l y lo ayud¨® a ponerse de pie, ya que solo no pod¨ªa. ¡ªPens¨¦ que te ganar¨ªa, pero me equivoqu¨¦ ¡ªdijo Faustino. ¡ªDescuida, no eres el ¨²nico que pens¨® lo mismo. ¡ªBien, al menos fue divertido y espantoso al mismo tiempo. Espero volver a luchar contigo en otra ocasi¨®n ¡ªdijo Faustino. ¡ªYo solo espero que no haya otra ocasi¨®n ¡ªdijo Candado. ¡ªBueno, es hora de irme de vuelta a mi provincia... ¡ªEspera, ?y qu¨¦ hay de tu ropa? ?Vas a volver a casa sin ropa y con esos pantalones? En ese instante, Faustino aplaudi¨® y su cuerpo fue cubierto por una nueva ropa hecha de hielo. ¡ªCon esto me bastar¨¢ hasta llegar a mi hotel ¡ªcontinu¨® con un apret¨®n de manos¡ª. Fue un placer, se?or Candado. Aprend¨ª sobre mis ventajas y debilidades al luchar contigo. Despu¨¦s de decir eso, Faustino se retir¨® del lugar, y Candado se fue a pie de vuelta a su casa con la ropa hecha un desastre. Lo curioso de esa situaci¨®n es que al pueblo no le llamaba la atenci¨®n, ya que Candado hab¨ªa peleado incontables veces con un sujeto nuevo, y a veces, despu¨¦s de cada pelea, su ropa estaba limpia o sucia. Mientras Candado volv¨ªa a su casa, se top¨® con alguien inesperado, de nuevo, pero no era malo. M¨¢s bien, era alguien que no le har¨ªa nada. Se trataba de Tarah, con su amigo y guardaespaldas Xend¨ª. ¡ªBuenas, lord Beret ¡ªdijo Tarah. ¡ªAhora no, estoy todo sucio y lo ¨²ltimo que quiero es recibir tus burlas. Cuando dijo eso, Xend¨ª se puso en medio de ¨¦l. Xend¨ª: Es un robot fabricado por la madre de Tarah cuando su hija era una beb¨¦. Tiene el cabello corto gris ceniza y prolijo, as¨ª como ojos de color azul, similares a los de Clementina. Viste pantalones oscuros elegantes, un chaqu¨¦ negro, guantes negros de gala y zapatos blancos formales. Xend¨ª es muy sobreprotector con Tarah y se muestra amable y prudente. Siempre busca evitar la violencia, le gusta coleccionar piedras y siente empat¨ªa por Clementina. Adem¨¢s, Xend¨ª odia a los gatos. Poder: Aunque no lo parezca, es mucho m¨¢s fuerte que Clementina, as¨ª como su armamento, solo que no sabe c¨®mo usarlo. Tambi¨¦n puede transformar su brazo en cualquier tipo de arma. Habilidades: Todo relacionado con la limpieza. ¡ª?C¨®mo te atreves a hablarle as¨ª a la se?orita? Eres muy grosero ¡ªdijo Xend¨ª. ¡ªNo me digas. ?Qu¨¦ me har¨ªas t¨² exactamente? Nada, absolutamente nada. ¡ªEres descort¨¦s y un... ¡ªC¨¢lmate, Xend¨ª, no molestes a Candado. Es entendible que est¨¦ de mal humor. Mira su ropa, est¨¢ toda... descuidada. ¡ªBueno, ?si ya terminaron? Me gustar¨ªa volver lo m¨¢s pronto posible a mi casa. ¡ªS¨ª, tienes el paso libre, pero antes deja que Xend¨ª te deje como nuevo. ¡ªPero, se?orita... ¡ªNada de peros. Ayuda a lord Beret, por favor. ¡ªEnseguida, se?orita ¡ªdijo Xend¨ª, decepcionado. En ese momento, Xend¨ª baj¨® las bolsas de las compras en el suelo y elev¨® su brazo a la altura del pecho de Candado. De ¨¦l eman¨® una especie de esc¨¢ner color celeste que iba de arriba hacia abajo una y otra vez, hasta que la ropa de Candado se fue arreglando poco a poco. Cuando termin¨®, Xend¨ª baj¨® su brazo y tom¨® las bolsas de las compras. En cuanto a Candado, dio las gracias a Tarah y a Xend¨ª, aunque este ¨²ltimo se sent¨ªa algo asqueado al recibir un "gracias" de ¨¦l. Pero no importaba, mientras Candado se sintiera bien al dar las gracias, nada m¨¢s importaba. Una vez que acab¨® ese inesperado encuentro, Candado sigui¨® la avenida hacia su casa. En el camino, Candado se sent¨ªa algo cansado. Sent¨ªa que el sol lo estaba siguiendo de cerca, muy de cerca. Era probable que en cualquier momento estallar¨ªa. Era como un globo al que lo inflas hasta que explote. Estaba de mal humor, y ?Qui¨¦n no lo estar¨ªa con el horrible calor que hac¨ªa? Sin mencionar que ten¨ªa unos golpes en su cuerpo. Pero Candado se las arreglaba. Con el simple hecho de saber que llegar¨ªa a su casa y tomar¨ªa una ducha, eso era lo ¨²nico que lo manten¨ªa en una especie de equilibrio entre su felicidad y su horrible furia. Cuando Candado despierta su furia, puede ser fatal y mortal, ya que cuando est¨¢ as¨ª, nada puede detenerlo, salvo una persona: su madre. No hay nada que d¨¦ m¨¢s miedo que la ira de una madre. Candado lleg¨® a su casa sin problemas, excepto la gran bolsa de "furia" que cargaba en su espalda y que estaba a punto de estallar. Cuando estaba a punto de tocar la puerta, esta se abri¨® y en su interior sali¨® una Clementina bastante irritada, otro objeto que llevar en su espalda. ¡ª?D¨®nde estabas? Mira tu cara y tus manos. ?No me digas que estuviste en otra pelea? ¡ªMira, tuve una ma?ana horrible. Lo ¨²nico que quiero es tomar un ba?o. ¡ªMe llama mucho la atenci¨®n que tu ropa no est¨¦ en las mismas condiciones que tu cara y tus manos. ¡ªS¨ª, soy tan genial que solo me romp¨ª la cara y las manos. ?Me vas a dejar pasar o me vas a dejar aqu¨ª en el infierno? ¡ª?No eras t¨² quien se hab¨ªa acostumbrado al calor, joven patr¨®n? ¡ªpregunt¨® Clementina mientras se hac¨ªa a un lado. ¡ªMira c¨®mo estoy vestido. Con esto puesto, no tolero el calor. ¡ªPreocupaste mucho a Hammya y a la se?ora Andrea. Por favor, no lo hagas m¨¢s ¡ªdijo Candado. ¡ªLo siento, no lo volver¨¦ a hacer ¡ªrespondi¨® Candado mientras se dirig¨ªa a su habitaci¨®n. Cuando entr¨® en su habitaci¨®n, Clementina, sin decir nada m¨¢s, agarr¨® una escoba y empez¨® a barrer. Mientras lo hac¨ªa, la beb¨¦ Karen, que iba gateando por el suelo, la imitaba en todo lo que hac¨ªa: barrer, limpiar, lavar y ordenar. Hasta que Karen se prendi¨® de la pierna de Clementina mientras esta lavaba los platos. Clementina inmediatamente dej¨® de lavar y alz¨® a Karen. Era la primera vez que la ten¨ªa en sus brazos. Al principio, no sab¨ªa c¨®mo actuar o qu¨¦ sentir cuando la ten¨ªa en brazos. La beb¨¦, por su parte, estaba fascinada con las cejas de cristal y los ojos de Clementina. Tanto que incluso los tocaba. Clementina no mostraba ninguna reacci¨®n, no parpadeaba ni la deten¨ªa, simplemente la dejaba hacer todo eso. Luego, la llev¨® a una cuna que estaba en el sal¨®n, la sent¨® ah¨ª, pero la beb¨¦ se aferr¨® a la espalda de Clementina, dej¨¢ndola inm¨®vil. Con cuidado, Clementina movi¨® sus manos de manera inhumana hacia su espalda, la tom¨® por los costados y la dej¨® nuevamente en la cuna antes de alejarse r¨¢pidamente. Veinte minutos despu¨¦s, alguien llam¨® a la puerta y Clementina fue a abrir. Era H¨¦ctor, exhausto y con un peri¨®dico en la mano. ¡ª?Est¨¢ Candado? ¡ªS¨ª, pero se est¨¢ ba?ando. No tardar¨¢ en bajar. ?Pero qu¨¦ te trae por aqu¨ª en ese estado? ¡ªEs urgente, necesito mostrarle algo. ¡ª?Qu¨¦ cosa es tan importante como para que act¨²es as¨ª? En ese momento, Candado baj¨® con el cabello mojado y se acerc¨® a H¨¦ctor, preguntando: ¡ª?Qu¨¦ sucede? ?Por qu¨¦ est¨¢s as¨ª? H¨¦ctor extendi¨® el peri¨®dico y le mostr¨® el titular de la segunda columna. Candado tom¨® el peri¨®dico y comenz¨® a leer. ?VENGANZA? El d¨ªa de ayer, a las 10:54 de la noche, se incendi¨® el gremio Triple C.C.C. (Comunidad Cooperativa Cascabel), mejor conocida en Resistencia como los Cascabeles. Seg¨²n los informes de la polic¨ªa local, murieron 13 ni?os y solo uno se salv¨®. El forense dictamin¨® que los cuerpos de los ni?os ya estaban muertos cuando la casa se incendi¨®. El testigo y sobreviviente, Juan, dijo lo siguiente: "Entraron como si nada, estaban vestidos de negro con un ¨¢guila plateada en el pecho, luego nos dispararon. Nuestro presidente, Eli¨¢n, pele¨® con esos extra?os pero recibi¨® un disparo en la frente y cay¨® sin vida a mis pies. Uno de ellos se acerc¨® a m¨ª y me apunt¨® con un arma con la intenci¨®n de matarme, pero mi amiga Mariela me sac¨® por la ventana con un golpe en el pecho. Luego escuch¨¦ los disparos sobre ella, fue horrible (¡­)". La polic¨ªa de Resistencia est¨¢ buscando a los criminales responsables de este hecho atroz. El gobernador Jorge Milton Capitanich y la intendenta Aida Ayala expresaron sus condolencias a las familias afectadas y prometieron llevar a los culpables ante la justicia. ¡ª?Qu¨¦ significa esto? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEst¨¢n caz¨¢ndonos, Candado. El Circuito est¨¢ detr¨¢s de todo esto ¡ªdijo H¨¦ctor, alterado. Algo muy extra?o estaba pasando. Un gremio hab¨ªa sido quemado, y sus miembros hab¨ªan sido asesinados. Candado qued¨® perplejo al leer esta terrible noticia. H¨¦ctor quer¨ªa hablar a¨²n m¨¢s, as¨ª que los tres se trasladaron al sal¨®n. Candado y Clementina se sentaron juntos, mientras H¨¦ctor ocupaba el sill¨®n al lado de Candado. ¡ªNo puedo creerlo, simplemente es imposible ¡ªdijo Candado. ¡ªCr¨¦elo, es la verdad. El Circuito est¨¢ detr¨¢s de todo esto. ¡ªNo nos apresuremos. Tal vez no sean ellos, quiz¨¢s sean otros ¡ªopin¨® Candado. ¡ªSi no son ellos, ?entonces qui¨¦nes? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªNo lo s¨¦, pero estoy seguro de que ellos no fueron. ¡ªEsc¨²chame, s¨¦ que el Circuito ayud¨® a tu familia en el pasado y te entiendo. De no ser por ellos, el nombre de nuestro gremio jam¨¢s se habr¨ªa limpiado. Pero ahora es diferente, ya no existen esas personas, todo ha cambiado. ¡ªPiensa, H¨¦ctor. ?Por qu¨¦ los Circuitos y el F.U.C.O.T. querr¨ªan hacer desaparecer a un gremio tan peque?o como lo eran los Cascabeles? ¡ªTal vez para darnos una advertencia, yo qu¨¦ s¨¦. No importa eso ahora. Lo que importa es que mataron a nuestros hermanos, no toleraremos esta agresi¨®n, hay que actuar. Candado se llev¨® la mano izquierda al ment¨®n y dijo: ¡ªS¨¦ que est¨¢s furioso porque se perdieron vidas, pero quiero que pienses un rato. Recuerda que Esteban es l¨ªder de los Circuitos. ¡ª?Y eso qu¨¦? ¡ªEsteban tiene de novia a Tarah, ya la conoces, ella es l¨ªder de los Azulejos. ?Y qu¨¦ son los Azulejos? Un gremio. Ahora viene lo interesante: Esteban no ha hecho otra cosa que frenar cualquier posible guerra con la O.M.G.A.B. Es muy improbable que ¨¦l haga tal cosa, sin mencionar que el ¨²nico objetivo que tiene es vencerme, hasta ahora ninguno de los dos ha ganado, pero ¨¦l quiere ser el primero en derrotarme, nada m¨¢s. ¡ªS¨ª, tal vez tengas raz¨®n, pero tambi¨¦n podr¨ªa ser una jugada del Circuito ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªOh, por favor, recuerda lo que pas¨® cuando Esteban se convirti¨® en l¨ªder. ¡ªC¨®mo olvidarlo. Hubo destrozos por todo el mundo, estaban muy disgustados por tal elecci¨®n, no toleraron que un pacifista que tiene un v¨ªnculo amoroso con una gremialista sea l¨ªder de ellos. ¡ªExacto. Tal vez quieren armar una guerra para poder echar a Esteban del poder ¡ªdijo Clementina. ¡ªEs improbable. Ser¨ªa imposible que eso sucediera, ya que Esteban ha ganado popularidad entre ellos. Sacarlo ser¨ªa el fin del Circuito como entidad mundial, no tolerar¨ªan que eso sucediera, ya que ser¨ªa ir en contra de los principios de Tanatos. Ellos, si quisieran, tolerar¨ªan a un est¨²pido, a un inepto, incluso a un asesino, con tal de no dejar sin l¨ªder al F.U.C.O.T. ¡ª?Entonces, qu¨¦ crees que est¨¢ sucediendo realmente? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªCreo que es una artima?a de alguien. Quieren hacernos creer que es culpa del Circuito para que nosotros entremos en guerra con ellos. ¡ª?Pero por qu¨¦ querr¨ªan hacernos creer algo as¨ª? ¡ªpregunt¨® nuevamente H¨¦ctor. ¡ªNo tengo idea, pero s¨¦ que es as¨ª. ¡ª?C¨®mo lo sabes? ¡ªEs obvio. El gremio Cascabel es d¨¦bil, lo mires por donde lo mires. Eli¨¢n solo manejaba la composici¨®n de la materia, un poder que es bastante pobre en comparaci¨®n con alguien como t¨² o como Matlotsky. ¡ªMatlotsky no tiene poderes ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªEso ya lo s¨¦. ?Acaso tengo cara de tonto o qu¨¦? ¡ªpregunt¨® molesto Candado. ¡ªBueno, bueno, bueno, no te molestes... ejem... ?C¨®mo sabes cu¨¢les son las intenciones de esa persona X? ¡ªSi de verdad el Circuito quisiera una guerra, habr¨ªan atacado los asentamientos en Atenas, Chubut, Berl¨ªn, Brasilia, Madrid y Mosc¨² para debilitar a la O.M.G.A.B. Pero solo atacaron un asentamiento en Chaco. Si el Circuito hubiese empezado una guerra, buscar¨ªa destruir a su enemigo por sorpresa, no avisarlo o advertirle. ?Por qu¨¦ gastar recursos en un gremio que es m¨ªnimo para ellos? No tiene sentido. Uno busca ganar la guerra, no perderla. Tendr¨ªa sentido que destruyeran nuestro gremio, pero no lo hicieron. Alguien quiere incriminar al Circuito en todo esto. ¡ª?Entonces, qu¨¦ deber¨ªamos hacer? ¡ªHay que avisar a nuestros compa?eros de toda la provincia, no¡­ de todo el mundo. Estaremos en estado de alerta las 24 horas del d¨ªa. No nos van a arrastrar a una nueva guerra ¡ªdijo Candado, poni¨¦ndose de pie. ¡ªS¨ª, voy a avisar a todos para que tengan cuidado con aquellos que porten un ¨¢guila en su pecho. La declaraci¨®n de su amigo sorprendi¨® a Candado, quien pregunt¨® sorprendido: ¡ª?Qu¨¦ has dicho? ¡ªDije que voy a avisar a todos para que tengan cuidado con aquellos que porten...Unauthorized duplication: this tale has been taken without consent. Report sightings. ¡ª?EL ¨¢GUILA PLATEADA EN SU PECHO! ¡ªgrit¨® sorprendido Candado. ¡ª?Qu¨¦ te pasa? ¡ªpreguntaron H¨¦ctor y Clementina. ¡ªClementina, dame tu tel¨¦fono. Esto es una emergencia ¡ªorden¨® Candado. ¡ª?Para qu¨¦ lo quieres? ¡ª?SOLO HAZLO! ¡ªgrit¨® Candado. En ese momento, Clementina sac¨® su celular y se lo entreg¨® a ¨¦l. Candado sac¨® de su bolsillo una tarjeta, la misma que Nelson le hab¨ªa dado en aquel restaurante, y marc¨® el n¨²mero. Despu¨¦s de unos minutos, atendieron. ¡ªHola, soy yo, Candado. ?Me podr¨ªas decir en d¨®nde vives? ¡ªNo pens¨¦ que me llamar¨ªas tan temprano, pero bueno, vivo en la avenida San Mart¨ªn 180 ¡ªdijo Nelson. Candado cort¨® la llamada y le dijo: ¡ªEst¨¢ cerca de aqu¨ª. H¨¦ctor, quiero que avises a todos los dem¨¢s. Los quiero en mi casa en una hora. ¡ªEnseguida ¡ªdijo ¨¦l mientras sal¨ªa corriendo de la casa. Cuando H¨¦ctor se fue a avisar a sus compa?eros, Candado se sent¨® nuevamente en su sill¨®n, cruz¨® los brazos y las piernas, y una expresi¨®n pensativa se apoder¨® de su rostro. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ pasando, Candado? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEl ¨¢guila de plata... Ellos fueron los que mataron a mi abuelo. Siento que mi venganza est¨¢ cerca. ¡ª?Ellos mataron al se?or Alfred? ?C¨®mo lo sabes? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEsa persona con la que habl¨¦ por tel¨¦fono es quien sabe de ellos y tambi¨¦n de su origen ¡ªcontest¨® Candado. En ese momento, Hammya baj¨® las escaleras, Clementina le salud¨® y Candado solo hizo un gesto con la mano. Cuando ella se acerc¨® a Candado, le pregunt¨®: ¡ª?D¨®nde estabas? ¡ªEn el polo. Hace fr¨ªo all¨ª, as¨ª que decid¨ª pasar un tiempito en ese lugar ¡ªdijo Candado de manera sarc¨¢stica. ¡ªEn serio, tienes que dejar esa forma de ser. No te va a llevar a nada. ¡ªMe importa un carajo. No tengo ning¨²n derecho o ley para decirte en d¨®nde estaba ¡ªdijo Candado, cubri¨¦ndose los ojos con la boina. Hammya tom¨® eso como una ofensa y, para hacerle pagar por lo que le contest¨®, le arroj¨® un coj¨ªn que estaba a su lado. ¡ªNo me doli¨®. ¡ªPorque no intentas ser amable, as¨ª como lo eres cuando est¨¢s con Yara. ¡ªOhhhh, con que Candado es tierno y amable cuando est¨¢ con ni?os, ?eh? ¡ªdijo Clementina con la mano en la boca para tapar su risa. ¡ªUna palabra m¨¢s y te apago ¡ªdijo Candado molesto. ¡ª?Por qu¨¦ eres fr¨ªo y temible con los dem¨¢s, pero no con los ni?os? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªPorque soy diab¨®lico ¡ªcontest¨® Candado. ¡ªYa en serio, comp¨®rtate ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Te importar¨ªa dejar de meterte en mi vida? Ya tengo suficiente con Clementina. Ahora tengo que soportarte a ti. Estoy algo cansado de que se metan en mi vida. ¡ªBueno, no lo har¨¦ m¨¢s hasta que muestres m¨¢s respeto por los que te rodean, empezando conmigo. ¡ª?Y con eso me vas a dejar de molestar? ¡ªPor supuesto. ¡ªBien, ?Qu¨¦ quieres entonces? ¡ªQuiero que te disculpes por haberme amenazado tres veces con tu maldito cuchillo ¡ªdijo Hammya. ¡ªLo siento, prometo intentar no hacerte eso ¡ªse disculp¨® Candado, aunque no lo hizo con sinceridad. ¡ªTambi¨¦n quiero que cambies tu actitud conmigo y con Clementina. ¡ª?En qu¨¦ sentido? ¡ªNo debes reaccionar con violencia hacia nosotras. No debes ser sarc¨¢stico ni autoritario. ¡ª?Si no lo cumplo, qu¨¦ me har¨ªa alguien que se asusta tan f¨¢cilmente? ¡ªConf¨ªo en mi instinto de que eres muy orgulloso de ti mismo, casi podr¨ªa decir que eres vanidoso. Si lo haces, ser¨¢s un cobarde que no quiso aceptar las demandas m¨¢s f¨¢ciles que has tenido. ¡ªEres buena en esto, Hammya ¡ªfelicit¨® Clementina. ¡ªTodo sea para que me dejes tranquilo. Acepto tus peticiones absurdas e infantiles ¡ªdijo Candado, levant¨¢ndose la boina. ¡ªBien, con eso ya est¨¢ ¡ªdijo Hammya. En ese momento, llamaron a la puerta nuevamente, pero esta vez Candado fue a abrir y detr¨¢s de ella, estaba H¨¦ctor con los dem¨¢s compa?eros. Candado mir¨® su reloj y dijo. ¡ªGenial, llegaron veinte minutos antes. ¡ªFui tan r¨¢pido como pude ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ sucede, Candado, hay una emergencia? ¡ªpregunt¨® Declan. ¡ªNo, nada de eso. Quiero que vengan conmigo ¡ªdijo Candado. ¡ªA donde usted vaya, ir¨¦ yo ¡ªdijo German. Cuando Candado estaba por cerrar la puerta detr¨¢s de ¨¦l, Clementina la detuvo con su mano y este de manera molesta dijo. ¡ªSi quer¨ªas cerrar la puerta me lo hubieras dicho, no hac¨ªa falta detenerla de esa forma la puerta. ¡ªLo siento, joven patr¨®n, pero iremos con usted. ¡ª?Iremos? ¡ªS¨ª, tambi¨¦n va a venir Hammya. Candado, mordi¨¦ndose los labios, dijo. ¡ªEst¨¢ bien, pero no rompan nada. Hammya y Clementina salieron. Una vez afuera, Candado cerr¨® la puerta detr¨¢s de ellas. Sin m¨¢s interrupciones, Candado y sus compa?eros se dirigieron a la casa de Nelson. La mayor¨ªa de sus amigos no sab¨ªan a d¨®nde iban, caminaron durante unos minutos doblando algunas esquinas hasta llegar a una casa bastante grande de color blanco con dos ventanas. Candado se acerc¨® y golpe¨® la puerta mientras respond¨ªa a Lucas, quien quer¨ªa saber por qu¨¦ estaban ah¨ª. ¡ª?Qu¨¦ estamos haciendo aqu¨ª? Candado, sin darse la vuelta, respondi¨®: ¡ªMuy pronto lo sabr¨¢s, y todos ustedes tambi¨¦n. En ese momento, la puerta se abri¨® y detr¨¢s de ella hab¨ªa un anciano en bermudas, alpargatas y con una bata de cient¨ªfico. ¡ªPens¨¦ que era algo¡­ decente ¡ªdijo Candado. Nelson se ech¨® a re¨ªr y dijo. ¡ªY t¨² eres muy decente para una ma?ana tan calurosa. ¡ª?Por qu¨¦ llevas esa bata? ¡ªVer¨¢s, soy cient¨ªfico, carboncito. Cuando dijo eso, Anzor desenvain¨® su espada y la puso en el cuello del anciano, pero el anciano no dej¨® de sonre¨ªr. ¡ª?C¨®mo te atreves a hablarle as¨ª a Lucas? ¡ªVladimir, baja tu espada, no venimos a pelear ¡ªorden¨® Candado. ¡ªPero este vejete¡­ ¡ª?TE HE DICHO QUE LA BAJES! No hemos venido a pelear ¡ªrepiti¨® Candado. Despu¨¦s de que dijo eso, Anzor guard¨® su espada y se disculp¨® con su l¨ªder y con el anciano. ¡ªVaya, s¨ª que los tienes dominados ¡ªdijo Nelson de brazos cruzados. ¡ªNo quiero que me alabes, quiero que respetes a mis amigos. No me importa si eres racista, vas a llamarlos por su nombre y no con apodos. ¡ªEres igual a tu abuelo. Descuida, no soy racista. Nosotros tambi¨¦n ten¨ªamos a un amigo oscuro, pero era ind¨ªgena. ?Qu¨¦ haces aqu¨ª con tu batall¨®n en mi puerta? ¡ªVine aqu¨ª porque vi una noticia en el diario esta ma?ana. Curiosamente tiene que ver con esto ¡ªdijo Candado mientras sacaba de su bolsillo un ¨¢guila plateada. ¡ªAh, qui¨¦n lo dir¨ªa. Parece que ahora est¨¢s muy interesado. Me da un gran orgullo ¡ªdijo Nelson. ¡ªBien, me alegra que te sientas as¨ª. Ahora quiero saber sobre esto ¡ªdijo Candado agitando el ¨¢guila plateada. Nelson asinti¨® con la cabeza y les permiti¨® entrar a su casa, haci¨¦ndose a un lado. Candado y sus compa?eros pasaron. El lugar era grande y limpio. Las paredes ten¨ªan azulejos blancos con flores rojas, el suelo era de madera. Hab¨ªa varios cuadros de h¨¦roes comunistas en la pared de la entrada y en el sal¨®n, donde esperaron sentados. No era un problema para los amigos de Candado, ya que era muy espacioso y ten¨ªa alrededor de diez sillones dispuestos en una forma cuadrada, donde pod¨ªan sentarse cuatro personas cada uno, todos del mismo color verde. En el centro hab¨ªa una mesa con un televisor con ocho caras, un televisor bastante peculiar pero no tan sorprendente para un anciano que ten¨ªa un justicialista en tan buen estado como este. ¡ªEste sujeto es bastante extra?o. Miren el televisor que tiene ¡ªcoment¨® Lucas. ¡ªSeguro es de Europa o de uno de esos lugares del primer mundo, no como en esta tierra de la muerte ¡ªdijo Matlotsky. Cuando dijo eso, Candado le dio una patada en la pierna, en el f¨¦mur para ser precisos, lo que le caus¨® dolor y lo hizo doblarse para agarrarse la pierna. Candado aprovech¨® la oportunidad y le dio un pu?etazo en la cabeza, haciendo que Matlotsky se recostara en el sill¨®n, sujet¨¢ndose la cabeza. ¡ªMientras est¨¦ presente, no vas a hablar mal de este maravilloso pa¨ªs, maldito imb¨¦cil ¡ªdijo Candado. ¡ªLo que digas, patr¨®n ¡ªdijo Matlotsky. ¡ª?Quieres ligar otra vez? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo, para nada ¡ªcontest¨® Matlotsky. ¡ªEntonces, no me llames as¨ª. Ya tengo bastante con que Clementina me llame de esa forma, no quiero a otra persona que me nombre as¨ª. ¡ªTranquilo, Candado. En este momento estamos en una casa ajena, no ser¨ªa buena idea matarlo aqu¨ª ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªGracias, amigo ¡ªdijo Matlotsky. ¡ªSi quieres, puedes matarlo afuera, yo te ayudo ¡ªbrome¨® H¨¦ctor. ¡ªOye, ?me est¨¢s defendiendo o me est¨¢s acelerando mi muerte? ¡ªpregunt¨® Matlotsky. ¡ªUn poco de las dos. No est¨¢ mal tener dos empleos ¡ªcontest¨® H¨¦ctor con una sonrisa. Todos se echaron a re¨ªr cuando ¨¦l dijo eso, todos excepto Candado, quien solo mostr¨® una sonrisa en su rostro fr¨ªo e inexpresivo. Pero cuando todos se estaban riendo, apareci¨® Nelson de la cocina con una bolsa de galletitas y gaseosa. ¡ªEsto me trae tantos recuerdos ¡ªdijo Nelson con un intento de nostalgia. ¡ª?Recuerdos? ?Qu¨¦ recuerdos? ¡ªpregunt¨® Clementina. En ese instante irrumpi¨® Grivna del bolsillo de Nelson. ¡ªRecuerdos de la infancia del se?or Nelson Torres. Pero cuando la peque?a Grivna se present¨®, todos se exaltaron y sacaron sus armas, excepto Candado, Clementina y Hammya, aunque esta ¨²ltima se escondi¨® en la espalda de ¨¦l. Mientras que Grivna se subi¨® hasta el hombro de Nelson y sacando su cuchillo se puso en postura de combate. ¡ªUstedes dan gracia, no puedo creer que se pongan a la defensiva por algo tan inofensivo como esa cosita de ah¨ª ¡ªdijo Candado. ¡ª??QU¨¦ COSA!? ¡ªgrit¨® Grivna. ¡ªPero se?or, usted mismo dijo que no subestimemos a las personas que aparentan ser inferiores ¡ªdijo Anzor. ¡ª??YO, INFERIOR!? ¡ªgrit¨® nuevamente Grivna. ¡ªEsto parece una telenovela ¡ªdijo Luc¨ªa. ¡ªS¨ª, eso parece ¡ªdijo Erika. ¡ª?YA, C¨¢LLENSE! ¡ªgrit¨® por tercera vez Grivna. ¡ªPor favor, no grite, ellos son mis invitados. ¡ªJa, lo que usted diga ¡ªdijo Grivna mientras bajaba del hombro de Nelson. ¡ªBien, ya est¨¢. Es hora de hablar ¡ªdijo Candado. ¡ªBien, lo que vos quieras ¡ªmientras se sentaba, continu¨® con¡ª?Qu¨¦ quieres saber ahora? ¡ªQuisiera que me digas sobre los mencionados mercenarios de los que me hablaste en aquel restaurante. ¡ª?Por qu¨¦ lo quieres saber? ¡ªpregunt¨® Nelson. ¡ªHoy murieron trece integrantes del gremio Cascabel, s¨¦ perfectamente que ellos est¨¢n involucrados. ¡ªS¨ª, ya lo imaginaba. ?Qu¨¦ piensas t¨² sobre este asunto? ¡ªCreo que est¨¢n tratando de armar una guerra entre los gremios y circuitos. ¡ªVaya, pues acertaste. Lamentablemente, no hay muchas personas como vos que piensen as¨ª. Es m¨¢s probable que empiece otra guerra. ¡ªPor eso estoy aqu¨ª. T¨² sabes mucho sobre este tema. Quiero saber qui¨¦nes son esos sujetos y por qu¨¦ quieren armar una guerra. ¡ªPorque Greg sabe sobre la esmeralda que te mostramos y est¨¢ tratando de hacer todo lo posible para sac¨¢rnosla. Lo que le¨ªste en el diario es solo el comienzo, habr¨¢ m¨¢s ataques. ¡ª?Entonces por qu¨¦ no lo frenan? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªLamentablemente no sabemos d¨®nde se esconde. Ha estado atacando a otros gremios y huyendo para encontrarte, Candado, pero ahora est¨¢ muy cerca de encontrarte. ¡ªDejad que venga. Cuando se enfrente al gran gremio Roob¨®leo, ser¨¢ destruido. ?O no, jefe? ¡ªdijo Ana Mar¨ªa. ¡ªTu entusiasmo y valent¨ªa son admirables, pero esta gente es muy diferente que el Circuito. ¡ª?A qu¨¦ te refieres exactamente? ¡ªpreguntaron Luc¨ªa y Erika. Nelson se inclin¨® hacia adelante y cambi¨® su actitud, dej¨® de ser carism¨¢tico y se puso serio. En ese momento, todos se dieron cuenta de la gravedad de la situaci¨®n. ¡ªGreg no solo paga sicarios para hacer el trabajo, sino que tambi¨¦n usa ni?os inocentes para hacerlo. Durante a?os, ha estado secuestrando ni?os de sus hogares y los lleva a un lugar desconocido. En ese mismo lugar, ¨¦l usa un tipo de magia para controlarlos... ¡ªMagia rucrenia ¡ªinterrumpi¨® H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ es eso? ¡ªpregunt¨® Nelson. ¡ªRucrenia era una mujer que ten¨ªa la capacidad de controlar a otras personas con esa magia. En esa ¨¦poca, era la ¨²nica persona que pod¨ªa hacer eso. Pero si hay alguien que puede hacer algo as¨ª, entonces podr¨ªa ser muy poderoso para nosotros ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Por qu¨¦ ser¨ªa fuerte? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEs dif¨ªcil de explicar con esa actitud. ?Cu¨¢ntos ni?os ha secuestrado Greg? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªComo¡­ mil doscientos ¡ªdijo Nelson. ¡ªEntonces es un problema, Candado. Se necesita mucha magia del alma para poder controlar a mil doscientos seres humanos. Ni T¨¢natos ten¨ªa tal poder. Pero si este sujeto puede hacer algo as¨ª, estamos en problemas ¡ªdijo H¨¦ctor con preocupaci¨®n. ¡ªNo tienes por qu¨¦ ponerte as¨ª, Alvino. Greg no tiene poderes. ¡ªEn estos a?os ?han salvado a alguien de ese individuo? ¡ªpregunt¨® Declan. ¡ªS¨ª, lo hicimos y lo seguimos haciendo ¡ªdijo Nelson. ¡ª?Cu¨¢ntas personas has salvado en todos estos a?os? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªHemos salvado a trescientos ochenta y seis ¡ªcontest¨® Nelson. ¡ªBueno, yo esperaba m¨¢s, pero qu¨¦ se le va a hacer ¡ªdijo Matlotsky. ¡ªPero estas personas no son nada comparadas con las que secuestra este tipo d¨ªa a d¨ªa ¡ªdijo Nelson. ¡ªPero a la gente que ustedes rescatan, ?Greg no los secuestra de nuevo? ¡ªpregunt¨® Anzor. ¡ªNo, la magia rucrenia solo puede usarse una vez. Si el individuo usa ese hechizo otra vez, puede da?arse a s¨ª mismo, ya que si su v¨ªctima fue controlada anteriormente, su cuerpo y su mente podr¨¢n defenderse. Es como la varicela, que solo te da una vez ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªLo que ha dicho el muchacho ¡ªdijo Nelson. ¡ªAlgo est¨¢ mal. Si Greg no tiene poderes, entonces ?qui¨¦n es el que los controla? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo lo sabemos, nunca lo hemos conocido ¡ªdijo Nelson. ¡ªEsto se ve interesante. Pienso que si sigo este camino, me encontrar¨¦ con el autor intelectual del crimen de mi abuelo ¡ªdijo Candado. ¡ªPodr¨ªa ser, pero para eso tendr¨ªas que saber d¨®nde se esconde ¡ªdijo Nelson. ¡ªNo te preocupes, no hay nadie que se pueda ocultar de m¨ª ¡ªdijo Candado. ¡ªNo lo dudo, pero necesitar¨¢s nuestra ayuda ¡ªdijo Nelson. ¡ªDisculpe, no quiero insultarlo ni nada, pero ?no est¨¢n un poco veteranos para esto? ¡ªpregunt¨® Ana Mar¨ªa. Cuando ella dijo eso, Nelson se puso de pie, se acerc¨® a Ana y con una actitud alegre-tenebrosa dijo: ¡ªGolp¨¦ame. ¡ª?Acaso est¨¢ loco? No ¡ªdijo Ana. ¡ªVamos, hazlo. Te doy permiso para golpearme donde t¨² quieras y como t¨² quieras ¡ªdijo Nelson. ¡ªPero con mi fuerza podr¨ªa matarlo ¡ªexplic¨® Ana. En ese instante, Nelson le dio una cachetada y replic¨® con una sonrisa. ¡ªHazlo o yo te golpeo. Cuando hizo eso, Germ¨¢n estuvo a punto de ponerse de pie para golpearlo, pero no pudo, ya que Candado le agarr¨® de su brazo para que se detuviera. Esto le molest¨® tanto que se mordi¨® la lengua y se volvi¨® a sentar, como un perro fiel a su amo. Una vez que tom¨® asiento nuevamente, Candado lo solt¨® y le dijo que no lo hiciera m¨¢s. Pero no todo qued¨® ah¨ª; Nelson segu¨ªa insistiendo en que Ana le golpeara una y otra vez, pero ella no quer¨ªa, estaba convencida de que su golpe podr¨ªa ser fatal. Entonces Ana mir¨® a Candado esperando a que le dijera qu¨¦ hacer al respecto, ya que ¨¦l era quien estaba viendo todo. ¨¦l asinti¨® con la cabeza, d¨¢ndole as¨ª el permiso para golpearlo. Ana, aun dudando, se puso de pie y le lanz¨® un golpe directo, con los ojos cerrados, hacia Nelson. Y producto de eso¡­ la habitaci¨®n tembl¨®. Despu¨¦s de ese mortal golpe, Ana abri¨® sus ojos y, para su sorpresa, el anciano lo hab¨ªa detenido con su palma. Todos quedaron sorprendidos, incluido Candado. Un humano com¨²n y corriente habr¨ªa muerto por ese golpe, pero Nelson, con una sonrisa en el rostro, pregunt¨® de manera sarc¨¢stica. ¡ª?Ahora parezco veterano? ¡ªpregunt¨® Nelson. Ana, quien estaba catat¨®nica, solo pudo darle la raz¨®n a Nelson con la cabeza. Pero Candado, que no entend¨ªa lo que hab¨ªa visto, le pregunt¨®: ¡ª?No se supon¨ªa que no ten¨ªas poderes? ¡ªNo te he mentido, no tengo poderes, yo soy m¨¢s normal que todos ustedes ¡ªdijo Nelson. ¡ªEntonces, ?C¨®mo pudo detener ese pu?etazo? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEs sencillo, la experiencia que tengo en la ciencia me ha llevado a fortalecer mis huesos y m¨²sculos con un suero que invent¨¦ hace m¨¢s de treinta a?os ¡ªcontest¨® Nelson. ¡ªEn otras palabras, tu cuerpo es m¨¢s resistente a los golpes, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªEs m¨¢s interesante de lo que parece. ?Qu¨¦ otras cosas nos ocultas, anciano? ¡ªpregunt¨® Declan con una sonrisa. ¡ªJe, muchas cosas, ni?o, que contar¨¦ en otro momento, claro ¡ªdijo Nelson mientras se sentaba. ¡ªEres muy extra?o ¡ªdijo Clementina. ¡ªEs cierto¡­ En fin, ya que est¨¢s aqu¨ª, voy a hacerte una "oferta de trabajo". Espero que no te importe ¡ªdijo Nelson mientras sacaba una hoja de papel de su bolsillo y se lo daba a Candado. ¡ª?Trabajo? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, como lo has escuchado. Estoy al tanto de que eres muy h¨¢bil en todo esto, as¨ª como fuerte. Pero le promet¨ª a tu abuelo que te cuidar¨ªa. La oferta que tienes en tu mano redacta bien lo que puedes hacer y lo que no puedes hacer ¡ªdijo Nelson. ¡ªNo me gusta lo que est¨¢s tratando de hacer conmigo y con el gremio. Tal vez seas amigo de mi abuelo, pero no tolerar¨¦ ser tu siervo ¡ªdijo Candado. ¡ªTranquilo, no voy a hacerte firmar acuerdos que no te gusten. Ten presente esto: ?De qu¨¦ me sirve hacer un contrato si s¨¦ que no lo vas a firmar? No tiene sentido alguno ¡ªdijo Nelson. Candado ley¨® atentamente el contrato. En ¨¦l estaba escrito de forma detallada todo lo que ¨¦l y su gremio pod¨ªan hacer: escuchar las llamadas telef¨®nicas de Nelson, ser puntuales en las reuniones, obedecer a Nelson y a sus integrantes, etc¨¦tera. Tambi¨¦n estaba escrito lo que no pod¨ªan hacer: desobedecer ¨®rdenes directas de Nelson, no llegar tarde a las reuniones, no contar ni involucrar a nadie fuera del gremio Roob¨®leo, etc¨¦tera. Todo lo que conten¨ªa el contrato deb¨ªa cumplirse en su totalidad, sin quejas ni r¨¦plicas. Al parecer, todo estaba en orden en aquel contrato, y no hab¨ªa nada que pudiera molestar a Candado. Sin embargo, en la naturaleza de Candado, no le gustaba que le dieran ¨®rdenes. As¨ª que, de manera respetuosa, dijo: ¡ªLo siento, no voy a firmar esto. Yo y mi gremio nos dedicamos a ayudar a los dem¨¢s, s¨ª, pero a m¨ª no me corresponde este tipo de trabajo, principalmente porque odio estar pegado siempre a las ¨®rdenes. Si esta decisi¨®n perjudica la manera de llegar al asesino de mi abuelo, entonces lo buscar¨¦ por mi cuenta. Todos quedaron impresionados por la forma en la que ¨¦l habl¨®. Normalmente, Candado quemar¨ªa el contrato y lo mandar¨ªa al carajo, pero ese d¨ªa estaba muy amable y prudente. Esas palabras que salieron de su boca y llegaron a los o¨ªdos de Nelson hicieron que este aplaudiera y dijera: ¡ªNo hay por qu¨¦ disculparse. Esa es tu decisi¨®n, y no voy a juzgarte por eso. Adem¨¢s, no afecta en nada nuestro objetivo de llegar a Greg, as¨ª que no te preocupes, hijo. No pasa nada. ¡ª?Entonces qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªVos y tu gremio me ayudar¨¢n a m¨ª en ciertas cosas, del mismo modo que yo los ayudar¨¦ a ustedes ¡ªdijo Nelson. ¡ª?En qu¨¦ consiste eso? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªEs muy f¨¢cil, cuando necesite su ayuda, los llamar¨¦, ustedes vendr¨¢n, me ayudar¨¢n, y listo ¡ªexplic¨® Nelson. ¡ªSuena¡­ interesante. ?No lo crees, Candado? Seguro que si te seguimos, podr¨¦ acabar con unos cuantos rivales fuertes ¡ªdijo Declan. ¡ªTan entusiasta, como siempre ¡ªcoment¨® Anzor. ¡ª?Qu¨¦ dicen? ?Aceptan? ¡ªpregunt¨® Nelson. Cuando el anciano dio su propuesta, todos comenzaron a charlar entre s¨ª sobre qu¨¦ decisi¨®n tomar, pero eso fue muy corto, ya que Candado pidi¨® silencio de una manera brusca y autoritaria, simplemente apoyando su mano contra la mesa que ten¨ªa a su derecha. Luego, Candado se puso de pie, se acerc¨® a Nelson y, de manera muy confiada, extendi¨® su mano, diciendo: ¡ªYo y el gremio Roob¨®leo aceptamos tu petici¨®n. El trato qued¨® sellado con un apret¨®n de manos. Mientras cerraban el acuerdo, Clementina, de manera astuta, sac¨® una foto para recordar ese momento con una c¨¢mara que ten¨ªa guardada en sus bolsillos. Aunque resultara gracioso ver a un robot usando un artefacto tan simple como una c¨¢mara, Clementina hab¨ªa olvidado quitarle el flash, lo que no pas¨® desapercibido para Candado. Sin embargo, esta vez decidi¨® dejarlo pasar, principalmente porque le causaba gracia que Clementina fuera tan torpe en ese sentido. Una vez cerrado el trato, Candado y sus compa?eros se prepararon para salir de la casa de Nelson. Antes de partir, Nelson toc¨® el hombro de Candado y le entreg¨® un frasco peque?o. ¡ªEsto te servir¨¢ ¡ªsusurr¨® Nelson en su o¨ªdo¡ª. Espero que lo uses sabiamente. Luego, Nelson cerr¨® la puerta tras ellos, y Candado mir¨® el frasco con atenci¨®n. Era transparente, con un l¨ªquido verde claro y una tapa de metal negra. El objeto le llamaba mucho la atenci¨®n, pero no tuvo mucho tiempo para investigarlo porque H¨¦ctor se acerc¨® y pregunt¨®: ¡ª?Te sucede algo? ¡ªNo, estoy bien ¡ªrespondi¨® Candado. Cuando se dispon¨ªa a unirse nuevamente a sus amigos, comenz¨® a toser violentamente y se arrodill¨® en el suelo. Esto preocup¨® a H¨¦ctor y sus amigos, pero Candado r¨¢pidamente guard¨® el frasco en su bolsillo. ¡ª?Sangre? ¡ªexclam¨® H¨¦ctor sorprendido. Candado se levant¨® y comenz¨® a correr r¨¢pidamente para alejarse del lugar, dejando a todos sorprendidos. Hammya, por su parte, sab¨ªa muy bien por qu¨¦ Candado hab¨ªa tosido sangre, as¨ª que, sin otra opci¨®n, se agarr¨® de los hombros de Clementina y dijo: ¡ªPor favor, no dejes que vayan tras ¨¦l. Por favor. ¡ªS¨ª, lo har¨¦, no hay problema ¡ªdijo Clementina confundida. Luego, Hammya corri¨® hacia donde hab¨ªa huido Candado, lo que sorprendi¨® a¨²n m¨¢s a H¨¦ctor, quien quiso seguirla, pero Clementina se interpuso e impidi¨® que ¨¦l o cualquiera de ellos fuera tras Candado o Hammya, tal como se lo hab¨ªa prometido. ¡ªClementina, ?Qu¨¦ est¨¢ sucediendo? ¡ªpregunt¨® Declan. ¡ªNo tengo ni la m¨¢s remota idea ¡ªdijo Clementina, mirando a Hammya mientras corr¨ªa tras Candado¡ª. Por ahora, dejar¨¦ esto en manos de la se?orita Saillim. Candado corri¨® por la vereda con un pa?uelo en la boca, embistiendo a todos los peatones que ten¨ªa frente a ¨¦l. Detr¨¢s de ¨¦l persegu¨ªa Hammya, esquivando a todas las personas. Candado corri¨® y corri¨® hasta llegar a la entrada de su casa, exhausto y tosiendo salvajemente, escupiendo sangre en el suelo. A causa de su estado, no pudo entrar a su casa y cay¨® al suelo justo frente a la puerta. En ese momento, lleg¨® Hammya totalmente exhausta, pero no la detuvo para ayudar a Candado, quien estaba en el suelo sin fuerzas. Hammya se acerc¨® a ¨¦l y lo ayud¨® a ponerse de pie, poniendo su brazo izquierdo detr¨¢s de su hombro. Sin embargo, Candado no quer¨ªa su ayuda y no le gustaba que lo tocaran. ¡ªSu¨¦ltame, puedo solo ¡ªdijo Candado jadeando. ¡ªNo, no es cierto. Si fuera as¨ª, no estar¨ªas en el suelo. ¡ªEsto es humillante. ¡ªNo es humillante, si tus amigos te ayudan. ¡ªSigue siendo humillante. Hammya abri¨® la puerta y comenz¨® a llevar a Candado a su habitaci¨®n con dificultad, mientras este se quejaba y le daba ¨®rdenes a la ni?a para que lo dejara solo, pero ella no lo dejaba. Sigui¨® cargando a su amigo hasta su dormitorio. Reci¨¦n cuando Hammya lleg¨® a su destino, dej¨® a Candado en su cama. ¡ªTe he dicho que no necesito tu ayuda. ¡ªDe nada, la verdad, me importa poco. Candado, nunca voy a dejar a alguien tirado cuando me necesitan. ¡ªEsc¨²chame, soy m¨¢s resistente que t¨², no necesito la ayuda de una ni?a que se desmaya cuando hay conflicto ¡ªse molest¨® Candado. ¡ªNo es cierto, nunca me ha pasado. ¡ª?Qu¨¦ no? ?No me vas a decir que te agarr¨® sue?o cuando te salv¨¦ de esos degenerados? ¡ªEso¡­ fue un accidente. ¡ªS¨ª, uno que pudo terminar mal. As¨ª que no te necesito ¡ªaclar¨® Candado. ¡ªA veces me gustar¨ªa que fueras m¨¢s considerado conmigo ¡ªdijo Hammya. ¡ª?LARGO DE MI DORMITORIO! ?AHORA! ¡ªgrit¨® Candado, muy furioso. Con lo acontecido, Hammya sali¨® deprisa de la habitaci¨®n, enojada, sin mencionar que hab¨ªa cerrado la puerta con mucha fuerza. ¡ª?Qui¨¦n se cree que es para tratarme as¨ª? ¡ªsusurr¨® Hammya mientras se alejaba de su dormitorio. La cosa no hab¨ªa terminado bien entre los dos, sobre todo porque Candado se hab¨ªa esforzado mucho por ocultar su envenenamiento. Ahora Hammya lo sab¨ªa y H¨¦ctor ya empezaba a sospechar. ¨¦l no toleraba estar bajo el control de nadie, y mucho menos si se trataba de una mujer que no sab¨ªa manejar sus poderes. Ahora ten¨ªa que tragarse su orgullo para evitar que todos se enteraran de esa enfermedad que padec¨ªa. Odiaba profundamente a aquellos que se met¨ªan en su vida personal. Era la primera vez que estaba tan cerca de Candado. Todo esto lo pensaba mientras m¨¢s indagaba y m¨¢s se enfurec¨ªa. Era como echar queroseno a una fogata o un incendio. Por si fuera poco, se hab¨ªa desvanecido cuando intent¨® abrir la puerta y tuvo que recibir ayuda de una ni?a como Hammya, a quien consideraba una chismosa. Entre esa situaci¨®n molesta, T¨ªnbari apareci¨® de la nada, como siempre, solo para burlarse de Candado. ¡ªMe enter¨¦ de que "el ni?o poderoso" est¨¢ siendo extorsionado por una chica. ¡ªEres insoportable. Uno de estos d¨ªas vas a pagar por todas tus burlas. ¡ªNo te enojes, Candadito. Recuerda que t¨² fuiste quien la acept¨® en el gremio, as¨ª que el problema es tuyo y no m¨ªo. Candado se qued¨® callado por un breve tiempo, ya que T¨ªnbari ten¨ªa raz¨®n. ¨¦l hab¨ªa aceptado a Hammya en el gremio, por lo que ten¨ªa que lidiar con las consecuencias. ¡ªVeo que es la primera vez que te quedas sin palabras. Je, creo que estoy mejorando. ¡ªNo, no has mejorado para nada. Eres solo un imb¨¦cil que se vuelve m¨¢s imb¨¦cil a medida que pasan los segundos en mi reloj. ¡ªY tu vida se acorta m¨¢s a medida que pasan los segundos en mi reloj ¡ªdijo T¨ªnbari mientras mostraba una especie de esfera hecha de madera. ¡ªNo, esa est¨²pida pelota no va a predecir si voy a morir o no. ¡ªJe, esperemos que no, porque ser¨ªa un aburrimiento total si algo te pasara ¡ªdijo T¨ªnbari mientras guardaba la esfera¡ª. Pero recuerda, tienes un maleficio corriendo por tus venas. Despu¨¦s de decir eso, T¨ªnbari desapareci¨® sin dejar rastro alguno, como siempre, dejando a Candado m¨¢s enojado de lo que ya estaba. Era probable que estallara en cualquier momento, y cuando eso pasaba, no hab¨ªa nadie en el mundo que pudiera razonar con ¨¦l. Pero justo cuando estaba a punto de explotar, lleg¨® Clementina cargando a la beb¨¦ Karen. El simple hecho de que su hermana estuviera presente hizo que Candado se calmara r¨¢pidamente, para no hacer llorar a su peque?a hermana. Al parecer, hab¨ªa algo que lo manten¨ªa tranquilo, y ese algo era Karen. ¡ª?Qu¨¦ ocurre? ¡ªpregunt¨® Candado con una disimulada sonrisa. ¡ªNada, solo vine para saber qu¨¦ estaba ocurriendo. ¡ªMmm, ?Y para eso tuviste que traer a mi hermana? ¡ªNo te confundas, cuando ven¨ªa hacia ac¨¢, me encontr¨¦ a Karen gateando por ah¨ª. ¡ªBueno, si no es nada, puedes irte. ¡ªEn realidad, s¨ª hay algo. ?Por qu¨¦ saliste corriendo as¨ª como as¨ª? ¡ªpregunt¨® Clementina de manera imponente. Candado la mir¨® a los ojos y respondi¨®. ¡ªEse no es tu problema. ?Te digo algo, Clementina? No eres nadie para elevarme el tono de esa manera. Que te quede claro. Ahora, sal de mi dormitorio ¡ªdijo Candado se?alando la puerta. Clementina se dirigi¨® a la puerta. ¡ªEsc¨²chame, me preocup¨® que huyeras de esa forma. Perd¨®n si mi actitud te molest¨®. Si necesitas algo, av¨ªsame ¡ªdijo antes de cerrar la puerta detr¨¢s de ella. ¡ªJa, esta se cree no s¨¦ qu¨¦¡­ Ahhh, solo espero que el grupo no se haya enterado de mi estado ¡ªdijo Candado mientras se sentaba en la cama. Justo en ese momento sac¨® el frasco extra?o que le hab¨ªa dado Nelson y lo comenz¨® a mirar de arriba abajo, tratando de sacar un significado de lo que le dijo Nelson: "Espero que lo uses sabiamente". Sin tener ning¨²n ¨¦xito, sac¨® la tapa del frasco, y del recipiente eman¨® un olor dulce. Invadido por la curiosidad, decidi¨® probar una gotita de eso. ¡ªNo puedo creer lo que estoy a punto de hacer ¡ªdijo Candado mientras llevaba un poco de la gota de ese l¨ªquido a la boca. Lo toc¨® con la lengua, pero no pas¨® nada. Para ¨¦l, fue algo decepcionante, pero tambi¨¦n lo tranquiliz¨®. ¡ªSabe extra?o, casi puedo distinguir banana, frutilla y otras cosas ¡ªdijo Candado mientras cerraba el frasco¡ª. No entiendo por qu¨¦ Nelson me dar¨ªa esto. Sin entender muy bien lo que hab¨ªa tomado, decidi¨® guardarlo de nuevo en el bolsillo de su pantal¨®n y baj¨® al sal¨®n para ver la televisi¨®n. SU NOMBRE ES BLOQUEO Candado pas¨® las siguientes cuatro horas sentado en el sill¨®n, viendo la televisi¨®n. Todo parec¨ªa estar tranquilo y pac¨ªfico en la casa. Clementina iba de un lado a otro realizando actividades aparentemente innecesarias, como limpiar minuciosamente cada hoja del c¨¦sped o pasar el plumero por cada p¨¢gina de un libro, entre otras cosas. La abuela estaba durmiendo en su habitaci¨®n, Hip¨®lito jugaba con la peque?a Karen, y Hammya se encontraba sentada en el sill¨®n junto a Candado, peinando su cabello y tarareando una melod¨ªa de chamam¨¦. El ambiente en la casa era sumamente apacible durante esas cuatro horas. Finalmente, Candado apag¨® el televisor y se dispuso a abandonar la habitaci¨®n. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de marcharse, el tel¨¦fono blanco comenz¨® a sonar, deteni¨¦ndolo en seco. Con gesto serio, respondi¨® la llamada. ¡ª?Hola? ¡ªpregunt¨® Candado. Desde la otra l¨ªnea, una voz femenina respondi¨®: ¡ªS¨¦ qui¨¦n eres, conozco a toda tu familia. Si no quieres que les haga da?o, ven a verme al bosque donde sueles encontrarte con tu amigo Mauricio. Candado mantuvo su expresi¨®n fr¨ªa y respondi¨®: ¡ªLamento decirte que tienes el n¨²mero equivocado. Hasta luego. Colg¨® el tel¨¦fono y se alej¨® con las manos en los bolsillos. No obstante, el tel¨¦fono volvi¨® a sonar. Candado regres¨® y lo descolg¨®. ¡ª?Hola? La voz en el otro extremo continu¨®: ¡ª?Crees que...? Sin dejar que la persona termine, Candado colg¨® nuevamente el tel¨¦fono y lo desconect¨®. Luego, se acomod¨® la corbata y el chaleco, y se march¨®. Esta vez, se dirigi¨® al sal¨®n y tom¨® un libro que estaba a su izquierda. Comenz¨® a leer, pero de repente, Clementina lleg¨® con una escoba en una mano y un celular en la otra. ¡ªLlamada entrante para el joven patr¨®n. Candado, sin dejar de leer su libro, tom¨® el celular y lo llev¨® a su oreja. ¡ªGracias, Clementina ¡ªdijo mientras continuaba leyendo. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªrespondi¨® ella mientras segu¨ªa con sus tareas. ¡ª?Hola? La voz del interlocutor continu¨®: ¡ª?Crees que estoy jugando? Si no vienes dentro de una hora, lo lamentar¨¢s. ¡ª?Otra vez t¨²? ?No tienes vida social o qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado mientras cambiaba de p¨¢gina. ¡ªYa me hartaste, si no vienes en una hora, matar¨¦ a tu familia. Las palabras hicieron que Candado se indignara. Cerr¨® el libro y respondi¨® claramente: ¡ªEscucha bien lo que te voy a decir, a m¨ª nadie me amenaza, ni siquiera una ni?a como t¨². La voz en el tel¨¦fono continu¨® riendo y desafiante: ¡ªNo me interesa. Espero que seas muy puntual. Candado colg¨® con firmeza y, con una expresi¨®n fr¨ªa en el rostro, se acomod¨® la boina. En el mismo lugar, anunci¨®: ¡ªHip¨®lito, Clementina, voy a salir un rato a lidiar con algunos problemas. ¡ªEst¨¢ bien, pero creo que ser¨ªa una mala idea irte sin tu acompa?ante ¡ªcoment¨® Hip¨®lito. ¡ªNo ser¨¢ necesario, puedo manejarme solo ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ªJejeje, no, ir¨¢s con una acompa?ante o no te dejar¨¦ ir ¡ªafirm¨® Hip¨®lito. ¡ª?T¨² te crees que me estoy burlando de vos? A donde voy yo, va a ser muy peligroso para alguien que ni siquiera puede defenderse. ¡ªPor eso mismo la vas a llevar, necesitar¨¢ aprender todo lo que pueda para defenderse en el futuro. ¡ªEst¨¢ bien, entonces vendr¨¢, pero no me hago responsable si algo le sucede. ¡ªPor eso tambi¨¦n llevar¨¢s a Clementina, necesito que tenga los ojos puestos en ti. ¡ªHip¨®lito, ?quieres que agregue a alguien m¨¢s por si acaso? ?Deber¨ªa traer al intendente, al gobernador, a la polic¨ªa, al ej¨¦rcito, a la misma que te pari¨®? ¡ªJa, eso es suficiente por ahora ¡ªdijo Hip¨®lito ri¨¦ndose. ¡ªMe alegra escucharlo. Ahora, si me disculpas... ¡ªEspera, no olvides llevar a las damas contigo. Despu¨¦s de esta conversaci¨®n con Hip¨®lito, Candado acept¨®, aunque de mala gana, llevar a Hammya y Clementina con ¨¦l a la reuni¨®n que ten¨ªa con esa misteriosa persona que lo hab¨ªa desafiado. Aunque Clementina comprend¨ªa perfectamente por qu¨¦ estaba all¨ª, Hammya no ten¨ªa ni idea de por qu¨¦ la estaban acompa?ando, pensaba que era un d¨ªa divertido para salir con sus amigos, algo que nunca hab¨ªa hecho antes. ¡ª?Cu¨¢l es el plan, entonces? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEs muy simple, voy all¨¢, les doy una lecci¨®n, los asusto un poco, los lastimo, y quiz¨¢s les arranque los ojos ¡ªrespondi¨® Candado con una sonrisa siniestra. ¡ª?No es un poco exagerado, Candado? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªTal vez tengas raz¨®n, mejor les arranco las v¨ªsceras. ¡ªEso sigue siendo bastante brutal. ?Por qu¨¦ no intentas algo m¨¢s pac¨ªfico? ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n, no me gusta ensuciarme las manos. Clementina, t¨² les arrancar¨¢s las v¨ªsceras. ¡ª?No! No har¨¦ eso ¡ªcontest¨® Clementina r¨¢pidamente. Entra en la conversaci¨®n Hammya. ¡ª?A d¨®nde vamos? ¡ªAl infierno, ni?a, al infierno ¡ªrespondi¨® Candado sin mirarla. ¡ªNo le hagas caso, solo vamos a un encuentro, nada m¨¢s ¡ªaclar¨® Clementina por Candado. ¡ªAh, ?son amigos tuyos? ¡ªpregunt¨® Hammya por segunda vez. Candado no contest¨® la pregunta y continu¨® caminando, manteniendo cierta distancia de las dos chicas. Hammya pens¨® que tal vez hab¨ªa preguntado algo inapropiado y prefiri¨® mantenerse en silencio para no ofender a Candado. Clementina tampoco dijo m¨¢s, no porque no supiera qu¨¦ decir o porque Candado pareciera inc¨®modo, sino porque no hab¨ªa m¨¢s preguntas que ella pudiera responder en ese momento. Minutos pasaron en silencio, solo interrumpidos por el ruido de los autos y las conversaciones de otras personas. Cada uno de ellos estaba inmerso en sus propios pensamientos. Candado se concentraba en la misteriosa persona que lo hab¨ªa desafiado, Hammya intentaba encontrar una manera de iniciar una conversaci¨®n sin molestar a Candado, y Clementina simplemente disfrutaba del momento. Finalmente, despu¨¦s de unos minutos, llegaron al lugar acordado para el encuentro. Sin embargo, no hab¨ªa se?ales de nadie. Candado hizo un gesto con la mano izquierda para que Clementina se adelantara y explorara la zona en busca de pistas. Hammya, confundida, se qued¨® al lado de Candado. Pero despu¨¦s de un breve momento, Candado dio un paso adelante y pregunt¨®: ¡ª?Clementina, encontraste algo? ¡ªNada, no veo a nadie por aqu¨ª. ¡ªEs extra?o, esto no parece ser el bosque donde sol¨ªa encontrarme con Mauricio. ?Me habr¨¦ equivocado de lugar? Justo en ese momento, los ¨¢rboles comenzaron a agitarse violentamente, las hojas que estaban en el suelo empezaron a volar, y el viento se volvi¨® violento. Estos cambios repentinos pusieron a ambos en estado de alerta. Candado sac¨® su fac¨®n con la mano derecha y encendi¨® su mano izquierda, mientras Clementina transformaba su brazo derecho en un ca?¨®n de energ¨ªa blanca y Hammya se proteg¨ªa detr¨¢s de ellos. ¡ª?Lo sientes, Clementina? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªMis sensores detectan la aproximaci¨®n de dos individuos ¡ªrespondi¨® Clementina. ¡ªEsto no es un juego, Candado, debemos estar en alerta m¨¢xima ¡ªa?adi¨® Clementina. ¡ª?Qui¨¦nes se acercan? ¡ªpregunt¨® una preocupada Hammya. ¡ªNadie en particular, solo asesinos ¡ªcontest¨® Candado con frialdad. ¡ª??QU¨¦?! ¡ªexclam¨® Hammya asustada. ¡ªNo te preocupes, se?orita Hammya, no le suceder¨¢ nada ¡ªtrat¨® de tranquilizarla Clementina. Justo en ese momento, emergieron dos figuras del interior del bosque. Eran dos j¨®venes, uno vestido como un gaucho y el otro con tonos oscuros y azules, similar al uniforme de Candado de la escuela, pero invertidos. ¡ªVaya, no pens¨¦ que vendr¨ªas directamente a la trampa ¡ªdijo la joven. ¡ªMe siento halagado. ?Qui¨¦nes son ustedes? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªMi nombre es Jane, y ¨¦l es mi hermano Joel ¡ªrespondi¨® la mujer. ¡ªParece que no tienes ning¨²n problema en venir hasta aqu¨ª para molestarme. ?Qui¨¦n te env¨ªa? ¡ªinquiri¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦ te hace pensar que te lo dir¨¦? ¡ªcontest¨® Jane con arrogancia. ¡ªPor lo que veo, Candado, no son Circuistas ni Borradores. Parecen ser mercenarios ¡ªsusurr¨® Clementina. ¡ªYa lo hab¨ªa notado ¡ªsusurr¨® Candado. Luego, mirando a Jane, dijo¡ª. Muy bien, parece que solo quieren matarme. Pero quiero que me prometan una cosa. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpregunt¨® Jane. ¡ªSi logro vencerlos, quiero que me cuenten todo sobre su l¨ªder. ¡ªJajaja, no podr¨¢s ganarnos, pero aceptamos tu propuesta ¡ªdijo Jane. En ese instante, Jane sac¨® una espada mongol de su espalda y se lanz¨® velozmente hacia Candado. Sin embargo, ¨¦l logr¨® esquivar su ataque, mientras que Clementina tomaba a Hammya y la alejaba del enfrentamiento para luchar contra Joel. Candado estaba intrigado por la pelea y decidi¨® enfrentar a Jane con su fac¨®n. Jane demostraba una confianza asombrosa y esquivaba h¨¢bilmente los golpes de Candado. Sin embargo, Candado tambi¨¦n era ¨¢gil y audaz, y buscaba oportunidades para atacar y alcanzar una arteria vital. Jane se mov¨ªa con velocidad y destreza, evitando ser tocada por el fac¨®n de Candado. En un momento, Jane intent¨® poner fin al combate decapitando a Candado, pero ¨¦l logr¨® esquivar su ataque, y la espada de Jane qued¨® atascada en un ¨¢rbol cercano. Candado aprovech¨® esta oportunidad y le dio una patada en el pecho, haci¨¦ndola retroceder y alejarse de su arma. Candado decidi¨® dejar de lado su fac¨®n y clav¨® su arma en el mismo ¨¢rbol donde estaba atrapada la espada de Jane. Luego, se prepar¨® para luchar con sus pu?os. Hammya estaba aterrada y observaba c¨®mo Clementina disparaba a quemarropa a Joel, pero este esquivaba las balas con agilidad. Mientras tanto, Candado y Jane se enfrentaban en un combate cuerpo a cuerpo. Hammya se sent¨ªa impotente y solo pod¨ªa observar, rezando para que nadie saliera herido. La tensi¨®n en el bosque era palpable mientras Candado y Jane se lanzaban pu?etazos y patadas en un duelo de habilidades y velocidad. Por otro lado, Clementina y Joel se enfrentaban de manera diferente. Ella disparaba directamente, mientras Joel, ocasionalmente, lanzaba agujas de diecisiete cent¨ªmetros. Ambos esquivaban los ataques del otro. Mientras tanto, Hammya segu¨ªa sin tomar ninguna acci¨®n. La pelea entre Jane y Candado se volv¨ªa cada vez m¨¢s intensa y peligrosa. A pesar de las dos heridas que Jane ten¨ªa, una en el est¨®mago y otra en el brazo, no mostraba signos de fatiga y luc¨ªa una gran confianza. Candado, por otro lado, manten¨ªa su expresi¨®n fr¨ªa y no hab¨ªa mostrado su verdadero poder. ¡ªEres duro. Es la primera vez que alguien me hace frente de esta manera ¡ªdijo Jane con una sonrisa. ¡ªGuarda tus palabras. En pocos segundos, yo terminar¨¦ esto, y Clementina se ocupar¨¢ de tu hermano ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ª?Hermano? ¡ªpregunt¨® Candado con sorpresa. En ese momento, Jane levant¨® su mano derecha. ¡ª?Rose, ahora! ¡ªorden¨®. ¡ªYa lo ve¨ªa venir, pero no puedo hacer nada ¡ªsusurr¨® Clementina, preocupada. Una figura emergi¨® de entre las yerbas altas y golpe¨® a Candado en la espalda, haci¨¦ndolo arrodillarse en el suelo. Jane aprovech¨® la situaci¨®n y chasque¨® los dedos. Cadenas surgieron de la tierra y se enroscaron alrededor de las manos de Candado, inmoviliz¨¢ndolo por completo. Joel, por su parte, aprovech¨® la distracci¨®n de Clementina y la pate¨® en la espalda, haci¨¦ndola caer al suelo. Luego, lo at¨® las manos detr¨¢s de la espalda y la llev¨® hacia donde estaba Candado. Cuando colocaron a Clementina al lado de Candado, Rose, la ni?a que hab¨ªa golpeado a Candado, se manifest¨® frente a ellos. Era una ni?a de unos diez a?os de edad, con cabello rubio y vest¨ªa como una gaucha, con sombrero negro, camisa blanca, pa?uelo rojo, chaleco marr¨®n oscuro, bombacha y alpargatas negras. ¡ªVaya, es la primera vez que estoy en estas condiciones ¡ªcoment¨® Rose. Candado suspir¨® resignado. ¡ªNo puedo golpear a una ni?a. Supongo que esta es la mejor opci¨®n. ¡ªLo siento, se?or, me distraje ¡ªse disculp¨® Clementina. Mientras tanto, Hammya, quien hab¨ªa estado observando, decidi¨® intervenir. Agarr¨® una piedra y la lanz¨® hacia Jane, pero esta ¨²ltima la atrap¨® en el aire sin siquiera mirarla. ¡ªRose, Joel, vayan y tr¨¢iganme a esa chica, por favor ¡ªorden¨® Jane. Candado sacudi¨® la cabeza en se?al de desaprobaci¨®n. ¡ªQu¨¦ torpeza. Lo hizo sin pensar ¡ªsusurr¨® Clementina. En ese momento, Rose y Joel trajeron a Hammya, quien forcejeaba y la pusieron frente a Candado. ¡ª?Por qu¨¦ don Hip¨®lito me dir¨ªa que te trajera conmigo? Sab¨ªa que esto suceder¨ªa ¡ªmurmur¨® Candado con frustraci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s murmurando? ¡ªpregunt¨® Rose. ¡ª?Dije que voy a sacarte los ojos! ?Lo siento, no fue mi intenci¨®n! ¡ªexclam¨® Candado, d¨¢ndose cuenta de su exabrupto. El grito asust¨® a Rose, quien se escondi¨® detr¨¢s de Jane, y Candado se sinti¨® apenado. ¡ªEsc¨²chame, pedazo de basura ¡ªdijo Jane, colocando sus agujas en el cuello de Candado¡ª. Nadie le grita a mi hermana. ¡ª?Qu¨¦ me har¨¢s con esos alfileres? ?Vas a tejerme un su¨¦ter o coser mis calzoncillos? ¡ªrespondi¨® Candado con sarcasmo. ¡ªHabla todo lo que quieras, ya que mi hermana te arrancar¨¢ esa inmunda cabeza de tu cuerpo inmundo ¡ªadvirti¨® Joel. ¡ªEso ya lo veremos ¡ªcontest¨® Candado con determinaci¨®n. Cuando Joel estaba a punto de decir algo m¨¢s, Hammya le dio un cabezazo en el pecho y le propin¨® una patada en el est¨®mago a Jane. Rose sac¨® un cuchillo y corri¨® para apu?alar a Hammya, pero Clementina le hizo una zancadilla, haciendo que Rose perdiera el cuchillo. Hammya logr¨® destrozar las sogas que la ataban y se enzarz¨® en una pelea a golpes con Jane, quien no ten¨ªa ninguna posibilidad de defenderse. Hammya le propin¨® patadas y pu?etazos sin darle tregua. En un momento, Jane logr¨® reincorporarse y golpe¨® a Hammya en el pecho, lo que la hizo retroceder. Aprovechando la situaci¨®n, Jane chasque¨® los dedos nuevamente, y cuatro cadenas emergieron del suelo, atando los brazos y las piernas de Hammya. Estas cadenas la estiraron cruelmente, ya que Jane buscaba venganza. Nunca antes la hab¨ªan golpeado de esa manera. ¡ª?Joel, mi espada, r¨¢pido! ¡ªexclam¨® Jane. Joel extrajo la espada del ¨¢rbol y se la pas¨® a su hermana. Jane agarr¨® la espada sin siquiera mirarla, sus ojos chispeaban de furia. Ten¨ªa la nariz sangrando, la ropa sucia y moretones en la cara. ¡ªVoy a disfrutar sac¨¢ndote las tripas por lo que me has hecho, tarada ¡ªamenaz¨® Jane. Hammya, consciente de su triste destino, cerr¨® los ojos, y Jane, furiosa, se lanz¨® hacia ella con una estocada mortal. Pero para sorpresa de todos, Hammya no sinti¨® nada, as¨ª que abri¨® lentamente los ojos para descubrir qu¨¦ hab¨ªa ocurrido. Lo que vio la dej¨® asombrada: Candado, atado por las cadenas, hab¨ªa detenido la espada de Jane con los dientes. Este evento dej¨® a todos boquiabiertos, incluyendo a Jane. Candado manten¨ªa la misma expresi¨®n fr¨ªa en el rostro, aterrorizando a los hermanos a¨²n m¨¢s cuando destruy¨® la punta de la espada con los dientes, lo que hizo que Jane retrocediera y cayera al suelo. ¡ªLas cadenas son duras, el suelo no ¡ªdijo Candado, escupiendo trozos de la espada. ¡ªEsto es imposible ¡ªmurmur¨® Jane, mirando su espada rota. ¡ªY adem¨¢s, este bosque no es de Mauricio. Por eso sent¨ª que este lugar me resultaba familiar. Este es el bosque de Diana. ¡ª?Y qu¨¦ importa eso? ¡ªpregunt¨® Joel. ¡ªQue a Diana, a diferencia de Mauricio, no le gustan los intrusos. ¡ªNo te creo ¡ªdijo Jane. En ese momento, una risa reson¨® como un eco, y de la nada apareci¨® Diana, armada con su guada?a, atacando con fiereza a Jane. Esta apenas pod¨ªa defenderse, y despu¨¦s de unos minutos de pelea, Jane orden¨® la retirada y escaparon del bosque, gritando que esto no hab¨ªa terminado. ¡ªJajajaja, y no regresen ¡ªluego mir¨® a Candado y sus compa?eros¡ª. Veo que est¨¢s bien. ¡ªNo seas sarc¨¢stica y ay¨²dame con esto ¡ªdijo Candado. ¡ªEnseguida ¡ªDiana se acerc¨® y cort¨® con su guada?a las cadenas que ataban a Candado¡ª. Vaya, eso fue muy extremo, detener una espada con los dientes, eso fue incre¨ªble. ¡ªEspera, ?estuviste viendo todo este tiempo? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, pero como t¨² te portas de forma muy soberbia, dej¨¦ que con mucho gusto te hicieras cargo de los intrusos en mi bosque. ¡ª?NO SOY SOBERBIO! ¡ªBueno, pedante. ¡ª?TAMPOCO! ¡ªNo es para tanto, solo es una broma. ?Acaso perdiste la pasi¨®n por re¨ªr? ¡ªYo me voy a re¨ªr cuando algo me parezca gracioso, no cuando a ti se te ocurra. ¡ªLo que digas ¡ªdijo Diana mientras desaparec¨ªa entre los pastizales. Cuando la exc¨¦ntrica Diana desapareci¨®, Candado procedi¨® a desatar a Clementina y a Hammya, quien se hab¨ªa desmayado por la intensidad de los acontecimientos del d¨ªa. ¡ªParece que la se?orita Hammya est¨¢ inconsciente ¡ªcoment¨® Clementina mientras se pon¨ªa de pie. ¡ªNoooooo, ?en serio? ?En qu¨¦ se lo notaste? ¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente. ¡ªJoven... digo, se?or, ?no cree que la l¨®gica se le est¨¢ subiendo a la cabeza? ¡ªLo ¨²nico que se me sube a la cabeza es la sangre, as¨ª que no. ¡ªBueno, espero que no se muera por una sobredosis de sangre en el cerebro. ¡ªT¨²... ah, olv¨ªdalo ¡ªCandado se acomod¨® la corbata y continu¨®¡ª. Ll¨¦vate a la ni?a de vuelta. ¡ªLo har¨¦, pero ?qu¨¦ har¨¢ usted? ¡ªTengo otro compromiso. Nunca pens¨¦ que me enfrentar¨ªa a estos mercenarios. Ser¨¢ mejor que te la lleves. Ser¨¢ muy peligroso para alguien tan d¨¦bil como ella. Cuando la hayas dejado, ven a verme a la plaza. Todav¨ªa tengo que "hablar" con alguien. ¡ªCreo que te encontrar¨¢s con Esteban, ?verdad? ¡ªpregunt¨® la misteriosa figura. Candado no contest¨®, solo la mir¨® y le hizo una se?a para que se llevara a Hammya de vuelta a la casa. Clementina no quiso dirigirle la palabra, ya que al mencionarle a Esteban su cara cambi¨® de estar seria a estar enojada. As¨ª que carg¨® a Hammya como si fuera un bal¨®n de f¨²tbol y se alej¨® del lugar sin mirar atr¨¢s, dejando a Candado solo en el bosque. ¡ªYa puedes mostrarte, todos se han ido. Cuando dijo eso, un extra?o humo blanco se manifest¨® frente a ¨¦l. El humo intent¨® transformarse en un ni?o, pero era una figura inusual: no ten¨ªa manos ni cabeza; en su lugar, hab¨ªa humo blanco que sal¨ªa continuamente y constantemente. Solo se apreciaban unos ojos rojos y una sonrisa con dientes de metal. Vest¨ªa pantalones oscuros, zapatos sin cordones negros, una gabardina hasta las rodillas y un pa?uelo marr¨®n alrededor de su cuello. ¡ªEra de esperarse del excelent¨ªsimo Candado Barret, bisnieto del legendario Jack Barret. ¡ª?Qui¨¦n eres y qu¨¦ quieres? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?Qui¨¦n soy yo? Bueno, d¨ªgame, Candado, ?qu¨¦ ve en m¨ª? ¡ªrespondi¨® la extra?a figura. ¡ªSolo veo a un extra?o. A juzgar por la venda que tienes en tu hombro, veo que eres un borrador de los Circuitos, ya que ustedes siempre usan el rostro de un lobo blanco. Por la forma en que est¨¢s parado, puedo asegurar que eres una de las pocas personas que no muestran superioridad cuando est¨¢n frente a m¨ª, pero no s¨¦ tu nombre. ¡ªMi nombre no es importante ahora. La verdad es que eres muy brillante. Ahora dime, ?qu¨¦ me delat¨®? ¡ªNo sabes guardar tu magia. Sent¨ªa como un alma alborotada estaba cerca, por lo que deduzco que no eres fuerte. ¡ª?Por qu¨¦ no? ¡ªPorque solo las personas m¨¢s fuertes pueden ocultar su magia, ya que tienen un alma muy extensa, lo que les da la oportunidad de ocultarla. ¡ªInteresante. Puedes hacer eso. ¡ª?Me vas a hacer hablar todo el tiempo o me vas a decir por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª? ¡ªEstoy aqu¨ª porque han estado ocurriendo cosas extra?as en los ¨²ltimos d¨ªas, como la matanza del gremio Cascabel y la masacre del Circuito 42. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s diciendo todo esto tan abiertamente? ¡ªPorque s¨¦ que t¨² piensas que alguien desde las sombras est¨¢ jugando este... tablero de ajedrez. ¡ª?Y eso qu¨¦? ¡ªCandado, t¨² y yo sabemos que entrar de nuevo en una guerra ser¨ªa un grave error, con la sangre de mis compatriotas desperdiciada. Por eso Esteban me envi¨® a investigar este asunto, para evitar un conflicto. ¡ª?Esteban te ha enviado? ¡ªS¨ª, para saber si hay alguien que est¨¢ desobedeciendo o usando nuestro nombre en vano. ¡ª?Y por qu¨¦ me estabas espiando? ¡ªNo estaba espi¨¢ndote, estaba espiando a las personas con las cuales estabas peleando, y de paso lograr que t¨² los hagas hablar. No hubo ¨¦xito, pero me diste un indicio: "MERCENARIOS". De ser as¨ª, me gustar¨ªa saber qui¨¦n los env¨ªa y por qu¨¦ quieren comenzar un conflicto entre la O.M.G.A.B. y el F.U.C.O.T.This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. ¡ªMe gustar¨ªa saber por qu¨¦ no tienes cara. ¡ªEs sencillo, aquellos que manejan el poder del carb¨®n a la perfecci¨®n se vuelven uno, por eso, mi amigo. ¡ªEso tendr¨ªa sentido si tu rostro fuera negro y no blanco. Adem¨¢s, no soy tu amigo. ¡ªSoy blanco porque soy puro. Jam¨¢s us¨¦ mis poderes para perjudicar a los dem¨¢s. Si me disculpas, tengo que irme. Todav¨ªa tengo que investigar. Deseo que nos volvamos a ver, Candado Barret. Sin decir nada m¨¢s, el ni?o misterioso desapareci¨® de la misma forma en que hab¨ªa llegado. Todav¨ªa se pod¨ªan escuchar las risas de aquel extra?o. No hab¨ªa dicho su nombre, pero hab¨ªa mostrado a Candado su inter¨¦s en mantener a raya las peleas, algo que no se ve¨ªa desde hac¨ªa m¨¢s de cincuenta a?os. ¡ªEse ni?o... es igual de loco que Diana, espero que nos volvamos a ver. Despu¨¦s de decir eso para s¨ª mismo, Candado emprendi¨® su viaje a la plaza, donde hab¨ªa quedado en reunirse con Clementina. Afortunadamente, no hab¨ªa tenido complicaciones para llegar a la plaza. De hecho, era la primera vez que acababa una pelea sin dejar a sus enemigos en estado de inconsciencia, excluyendo el caso de Faustino, ya que este casi no se pod¨ªa mover y casi se desmayaba. Mientras Candado caminaba tranquilamente por el pueblo, se tocaba los dientes con la mano. Era la primera vez que Candado deten¨ªa un golpe mortal de una espada con la boca. Mientras reflexionaba sobre este asunto, se encontr¨® con T¨ªnbari. ¡ªGuau, guau, eres m¨¢s duro de lo que pensaba, me alegra haberte elegido como mi usufructuario. ¡ªUn poco m¨¢s y se te olvida c¨®mo llamarme. ?Usufructuario? ?De d¨®nde mierda o¨ªste eso? ¡ªAlg¨²n d¨ªa fui abogado, y conozco m¨¢s palabras que t¨², mi ni?o. ¡ªDemonios, me gustar¨ªa que me ayudaras cuando estoy en problemas. ¡ªAy, Candado, sabes muy bien que eso afectar¨ªa tu orgullo. Pero cuando tu vida realmente est¨¦ en peligro, ir¨¦ a salvarte. ¡ªEres un dolor de alma para m¨ª. ¡ªDejando eso de lado, ?c¨®mo est¨¢ la nena? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari de manera burlona. ¡ª?Qu¨¦ nena? ¡ªYa sabes, Hammya, la ni?a que est¨¢ viviendo bajo tu techo. ¡ªAh, ella. ?Qu¨¦ ocurre? ¡ªOh, nada. He sentido c¨®mo su coraz¨®n late cuando est¨¢ frente a ti. ¡ªMira, para alguien como t¨², que no respira y no tiene ¨®rganos internos, es obvio que eso te llame la atenci¨®n, ya que t¨² no tienes ni la m¨¢s remota idea de que si nuestro coraz¨®n no late, no vivimos, idiota. ¡ªNo me refer¨ªa a eso... Ah, Clementina tiene raz¨®n, debes dejar de usar la l¨®gica a cada segundo. ¡ªSeguro. Para alguien que est¨¢ atado a m¨ª y no tiene ning¨²n poder sobre m¨ª, no le sirve de nada. ¡ªTen cuidado, Candado. Recuerda que yo tengo dos t¨ªtulos universitarios. ¡ªS¨ª, de conserje y de lavaplatos. ¡ª?Arg! A lo que me refiero es que Hammya se pone demasiado nerviosa cuando est¨¢ frente a ti. ¡ª?Y eso qu¨¦? Tambi¨¦n les pasaba lo mismo a Erika y Luc¨ªa, e incluso a Anzor, cuando me vieron la primera vez. ¡ªEres demasiado lento para entender las cosas. ¡ªNo me interesa. Luego de unos minutos, Candado y T¨ªnbari hab¨ªan llegado al lugar del encuentro, pero Clementina no estaba all¨ª, as¨ª que ambos decidieron esperar sentados bajo el extra?o ¨¢rbol del pueblo, el mismo donde Candado y Lucas hab¨ªan estado hablando. Estaban esperando a que Clementina se presentara. ¡ª?Puedo preguntar por qu¨¦ quieres que Clementina venga hasta aqu¨ª, Candado? ¡ªEs necesario, y punto. ¡ªEres demasiado aburrido ¡ªdijo T¨ªnbari con un tono de agotamiento en la voz. ¡ª?Ya est¨¢s cansado? S¨ª que eres d¨¦bil. Se supone que yo deber¨ªa estar as¨ª. ¡ªPero no lo est¨¢s. Ay... todos los d¨ªas me pregunto si fue una buena idea permitirte entrenar en mi esfera. ¡ªSea buena o no, ya tom¨¦ esa decisi¨®n y estamos aqu¨ª. Olv¨ªdate de ese acontecimiento, por favor. ¡ªEras un ni?o dulce y carism¨¢tico antes de eso, recuerdo que me llamabas "T¨ªnbi", esos eran buenos tiempos. ¡ªS¨ª, lo eran... pero ya no lo son. En ese momento, Candado comenz¨® a recordar su pasado con nostalgia. Recordaba a su hermana jugando con ¨¦l todo el tiempo, siempre alegre al igual que Candado, hasta que lleg¨® ese doloroso recuerdo de su hermana postrada en una cama de hospital, muriendo poco a poco. En ese instante, Candado sacudi¨® la cabeza de un lado a otro, mostrando signos de nerviosismo y exaltaci¨®n. ¡ª?Te ocurre algo? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªNo, nada... solo tuve un baj¨®n. ¡ªPues duerme m¨¢s ¡ªdijo T¨ªnbari de manera imponente. Cuando Candado estaba a punto de responder, Clementina lleg¨® con una paloma en su cabeza. ¡ªVeo que has llegado ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªS¨ª, lo he hecho por mi joven patr¨®n. ¡ªHoy no tengo ganas de gritarte, as¨ª que di "joven patr¨®n" hasta que se te caiga la lengua. Oh, y adem¨¢s, ?por qu¨¦ rayos tienes una paloma en la cabeza? ¡ªNo puedo evitarlo, no se baja ¡ªdijo Clementina mientras trataba de ahuyentar a la paloma con la mano. ¡ªBueno, d¨¦jame ayudarte. ¡ªCandado tom¨® a la paloma con las dos manos y la puso en el suelo. ¡ªBueno, lo ha logrado, denle un Mart¨ªn Fierro. ¡ªC¨¢llate, Demonto ¡ªCandado se acomod¨® la boina y continu¨®¡ª. Bien, ya que est¨¢s aqu¨ª, tendr¨¦ que suponer que Hammya est¨¢ en casa, ?no es as¨ª? ¡ªPor supuesto, hice exactamente lo que me pidi¨®. ¡ªGenial, ahora podemos comenzar sin interrupciones. ¡ªCandado mir¨® a T¨ªnbari¡ª. ?Comenzar qu¨¦? ¡ªShhhh, nadie tiene que enterarse de nuestra misi¨®n, ?est¨¢ claro? ¡ªS¨ª, se?or ¡ªdijeron Clementina y T¨ªnbari al mismo tiempo. ¡ªManga de payasos ¡ªsusurr¨® Candado y continu¨®¡ª. Ahora s¨ªganme, hay trabajo que hacer. As¨ª, Candado y compa?¨ªa comenzaron una nueva misi¨®n, aunque esta era un total misterio, sin mencionar que ya estaba atardeciendo. En un principio, Clementina y T¨ªnbari no preguntaron nada, pero la curiosidad comenzaba a carcomer sus almas en m¨¢s de un sentido. Hab¨ªan pasado veinte minutos desde que hab¨ªan partido, y el sol lentamente se estaba ocultando. T¨ªnbari, a quien no le importaba la situaci¨®n, decidi¨® preguntar. ¡ªBueno, ya han pasado como veinte minutos, Candado, no has dicho ni una sola palabra, y creo que ya es hora de que nos digas a d¨®nde nos dirigimos. ¡ªNo te preocupes, estamos cerca de nuestro objetivo. ¡ªEso espero, si no llegamos antes de las ocho, los se?ores Barret se preocupar¨¢n. ¡ªNo te preocupes, Clementina, llegaremos a tiempo. En ese preciso momento, Candado y los dem¨¢s llegaron a un bosque casi impenetrable. ¡ªBien, hemos llegado. ¡ªMe alegra, pero ?a d¨®nde? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªDonde se esconde nuestro "amigo" Ruccim¨¦nkagri Gabriel Teacher, alguien que siempre me apoya d¨¢ndome lo que necesito. ¡ª?Qu¨¦ clase de nombre es ese? Es casi un trabalenguas, me sorprende que vos puedas decirlo as¨ª nom¨¢s ¡ªdijo T¨ªnbari sorprendido. ¡ª?Qu¨¦ venimos a hacer aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªA buscar respuestas, Clementina, a buscar respuestas ¡ªdijo Candado mientras entraba profundamente en el pasto alto. Luego de unos segundos, Clementina lo sigui¨®, aunque no de la manera correcta. Hab¨ªa entrado cortando el pasto con su brazo transformado en machete, abri¨¦ndose paso para seguir a Candado. Mientras ella hac¨ªa esto, Candado se dio vuelta y le dijo: ¡ªSi sigues siendo irrespetuosa con el bosque, Ruccim¨¦nkagri vendr¨¢ y te har¨¢ pedazos. Al escuchar esto, Clementina guard¨® su machete y volvi¨® su brazo a la normalidad. ¡ª?Qu¨¦ es este lugar? Es muy angosto y horrible, sin mencionar que este maldito c¨¦sped me est¨¢ cortando toda posibilidad de moverme. ¡ªDeja de quejarte, T¨ªnbari. Esto es el Chaco, si quer¨ªas encontrar un bosque con pinos o ficus, tendr¨ªas que ir al sur. ¡ª?Cu¨¢ndo vamos a llegar? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªFalta poco. Las yerbas altas protegen la casa de Ruccim¨¦nkagri de sus enemigos, por eso, no cualquiera viene por aqu¨ª. ¡ªYa veo por qu¨¦. Luego de unos minutos, Candado y los dem¨¢s llegaron a una especie de casa hecha con las ra¨ªces de un ¨¢rbol, incluyendo los muros. Ten¨ªa ventanas de vidrio y una puerta hecha con madera y hojas, que parec¨ªa bastante fr¨¢gil. Candado se acerc¨® y toc¨® la puerta. ¡ª?C¨®mo es posible que nunca haya conocido esto? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªPorque es la primera vez que vienes. Es de pura l¨®gica. ¡ªY ah¨ª vamos otra vez, Candado usando su l¨®gica ¡ªdijo Clementina. Esto molest¨® a Candado, pero antes de que pudiera responder, la puerta se abri¨® y de su interior sali¨® una ni?a morena bastante extra?a. Ten¨ªa un cabello hecho con hojas verdes, brazos y piernas hechas de madera, y ojos azules como el mar. Sus ropas estaban hechas de lianas y hojas, cubriendo parcialmente su cuerpo. Personalmente, ella se asemejaba m¨¢s a un ¨¢rbol que a Hammya. ¡ªVeo que eres t¨², Yara est¨¢ conmigo. ¡ªEspera, ?Ruccim¨¦nkagri es mujer? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªAh, ?s¨ª? Creo que olvid¨¦ mencionarlo. ¡ªVeo que trajiste invitados. Pasen, los amigos de Candado son tambi¨¦n mis amigos ¡ªdijo Ruccim¨¦nkagri mientras se hac¨ªa a un lado. Candado entr¨®, sac¨¢ndose la boina como un gesto de caballero. A sus espaldas lo siguieron T¨ªnbari y Clementina. Una vez adentro, Ruccim¨¦nkagri cerr¨® la puerta detr¨¢s de ellos con delicadeza. ¡ªAdelante, por favor ¡ªdijo Ruccim¨¦nkagri, invit¨¢ndolos a tomar asiento. La casa estaba llena de flores, el suelo estaba hecho de piedras y era bastante espaciosa. No ten¨ªa luz el¨¦ctrica y en su lugar, usaba una especie de linterna con fuego. Hab¨ªa varias habitaciones sin puertas. Todos se sentaron en un sill¨®n hecho de arena, bastante c¨®modo para los chicos. Cuando Candado estaba a punto de sentarse, Yara corri¨® hacia ¨¦l y lo abraz¨®, provocando que Candado perdiera el equilibrio y se sentara forzosamente en el sill¨®n de piedra que estaba a la izquierda. ¡ªDisculpa, Candado, esa ni?a me ha visto y no me tiene miedo ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ªEso es porque... ¡ªPorque yo no soy humana ¡ªconcluy¨® Ruccim¨¦nkagri. ¡ªLo que ha dicho ella ¡ªdijo Candado mientras pon¨ªa a Yara en su regazo. ¡ªAja. ¡ªBien, esto es poco com¨²n, pero traje a ellos dos. ?Espero que no te moleste? ¡ªOh no, claro que no, solo av¨ªsame un poco antes, as¨ª puedo preparar m¨¢s comida ¡ªrespondi¨® Ruccim¨¦nkagri. Clementina aclar¨® la garganta y se dirigi¨® a Ruccim¨¦nkagri. ¡ªHola, soy Clementina V02. ¡ªMucho gusto, Clementina. Mi nombre es Ruccim¨¦nkagri, pero si te cuesta decir mi nombre, puedes llamarme "Rucci". Clementina asinti¨®. Luego, Ruccim¨¦nkagri mir¨® al demonio que estaba al lado de Clementina. ¡ª?Y qui¨¦n es usted? ¡ªYo soy la muerte en persona, soy aquello que el hombre m¨¢s teme, soy el dios de las almas humanas, soy¡­ ¡ªCorta el mon¨®logo y pres¨¦ntate de una vez ¡ªinterrumpi¨® Candado. ¡ªYo soy T¨ªnbari, el dios de la muerte y due?o de todas las almas humanas. ¡ªAh, vaya t¨ªtulo, yo soy solo jardinera, pero bueno. ¡ª?Te burlas de m¨ª? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªBueno, basta, no los he tra¨ªdo aqu¨ª para que se peleen ¡ªintervino Candado. ¡ª?Qu¨¦ sucede, Candado? ?En qu¨¦ puedo ayudarte? ¡ªpregunt¨® Ruccim¨¦nkagri. ¡ªQuiero saber esto ¡ªen ese momento, Candado sac¨® una especie de medalla con forma de un ojo con pupilas rojas y un s¨ªmbolo de un tri¨¢ngulo con una espada en el interior, ambos de color amarillo, y se lo entreg¨® en las manos de Ruccim¨¦nkagri. Ella lo examin¨® cuidadosamente. ¡ªEs una insignia que usan los asesinos del Circuito. Son los marginados del F.U.C.O.T., en otras palabras, personas que fueron expulsadas del Circuito. ?D¨®nde lo conseguiste? ¡ªSe lo rob¨¦ a una ni?a con la cual tuve una pelea hace unas horas. ?Por qu¨¦? ¡ªNo es normal que exista esto. Cre¨ª que se los hab¨ªan cazado a todos. ¡ªEspera, ?Qu¨¦ son ellos? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEllos se hacen llamar los Testigos, aunque son la voluntad de la paz y el orden, en realidad son unos asesinos que matan indiscriminadamente. No importa si son impuros o puros, si son humanos o especiales, ellos matan en nombre de Tanatos. ¡ª?C¨®mo sabes todo eso? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. Candado intervino antes de que Ruccim¨¦nkagri pudiera responder. ¡ªQue quede esto entre nosotros. Ruccim¨¦nkagri fue una vez parte de los Circuitos, pero de las clases altas. La han perseguido tanto como el F.U.C.O.T. y la O.M.G.A.B. ¡ªDisc¨²lpame, Candado, pero ser c¨®mplice de una mercenaria amerita ser destituido para siempre o, peor a¨²n, la muerte. ¡ªMientras nadie se entere, nada ocurrir¨¢. Adem¨¢s, ya nadie la conoce. ¡ª?Por eso quer¨ªas que me llevara a Hammya a la casa? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªS¨ª, es nueva y no conf¨ªo plenamente en ella, pero en ustedes dos s¨ª. ¡ª?Y tus amigos? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªEn ellos tambi¨¦n, pero espero el momento ideal para presentarla, aunque creo que no les gustar¨¢. ¡ªPuedo esperar. Tengo todo el tiempo, despu¨¦s de todo, tengo m¨¢s de cien a?os ¡ªdijo Ruccim¨¦nkagri. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpreguntaron T¨ªnbari y Clementina, sorprendidos. ¡ªS¨ª, otro d¨ªa, con mucho gusto les contar¨¦ mi vida. ¡ªDiablos, s¨ª ¡ªdijeron ambos nuevamente. ¡ªComo dije, tengo todo el tiempo del mundo. ¡ªRuccim¨¦nkagri sonri¨®, mostrando su paciencia en asuntos que requer¨ªan tiempo y explicaci¨®n. ¡ªPerdonen, no quisiera ser descort¨¦s ni nada parecido, pero ?c¨®mo conociste a Rucci? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªBueno, la conoc¨ªa hace m¨¢s de un a?o. En un principio pens¨¦ que ven¨ªa a la Isla del Cerrito a ocasionar problemas, pero me equivoqu¨¦. As¨ª que nos hicimos amigos y la traje hasta aqu¨ª, donde nadie podr¨¢ molestarla ni encontrarla. No solo eso, intercambi¨¢bamos informaci¨®n. Ella quer¨ªa saber del gremio y de la O.M.G.A.B., y yo sobre el Circuito y el F.U.C.O.T. ¡ªVaya historia, pero ?c¨®mo haces para protegerla? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªNo necesariamente tengo que estar a su lado todo el d¨ªa para protegerla. De hecho, Mauricio, Logan y Diana la protegen a ella, merodeando por los bosques de noche y de d¨ªa, asegur¨¢ndose de que nadie la da?e a ella y al bosque. ¡ªNegocio redondo, ?eh? ¡ªdijo Yara. ¡ªS¨ª, algo as¨ª ¡ªdijo Candado sonriendo, pero luego cambi¨® su actitud y continu¨®¡ªBueno, ?qui¨¦n cazaba a los Testigos? ¡ªLos Circuitos y los Gremios. Pens¨¦ que a estas alturas ya se hubiesen extinguido. Son f¨¢ciles de reconocer. Aquellos que son Testigos abandonan toda su alma y adoptan una nueva, esto hace que sus cuerpos cambien, dejando una marca en su persona a la cual el Circuito llama "Veneno espiritual." Los hace tres veces m¨¢s fuertes de lo que eran antes. ¡ª?Qu¨¦ es el veneno espiritual con exactitud? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEs un conjuro que reemplaza el alma por otra, destruyendo la antigua para que la nueva pueda tomar su lugar. Es uno de los siete conjuros prohibidos de la historia. No sabemos qui¨¦n o qu¨¦ tiene tal poder para poder sacar algo tan esencial del cuerpo humano. ¡ª?Esto hace que sean esclavos de ese sujeto? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo, son libres e independientes. Saben muy bien del da?o que hacen, pero al no tener su alma anterior, han perdido su conciencia sobre el bien y el mal. No sienten remordimiento ni pena. Para ellos, es necesario asesinar a todo aquello que no est¨¦ con la ideolog¨ªa de Tanatos. ¡ªEs extra?o. ¡ª?Qu¨¦ es extra?o, Candado? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªA la persona a la que le rob¨¦ eso, parec¨ªa ser consciente de lo que hac¨ªa, e incluso su hermana se asust¨® de m¨ª cuando le levant¨¦ la voz. ¡ªNo, no es extra?o. ¡ª?Por qu¨¦ no es extra?o, Ruccim¨¦nkagri? ¡ªPorque esas personas todav¨ªa tienen su alma adentro compartiendo con la que le implantaron. En otras palabras, son h¨ªbridos. Y creo que olvid¨¦ mencionar que no cualquiera tiene el derecho de que le cambien el alma. ¡ªEspera, espera, ?no cualquiera? ¡ªExacto, Clementina. No cualquiera tiene ese derecho. Los que lo hacen son guerreros de ¨¦lite. Ellos cubren sus rostros para que no puedan ser identificados con una t¨²nica oscura. ¡ª?Ocultar? ?Qu¨¦ ocultan? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªEllos ocultan el tatuaje del conjuro. ¡ª?Sabes qui¨¦n es o fue l¨ªder de ellos? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo, nadie lo sabe. Solo los integrantes de los Testigos pueden conocerlo. Si quieres saberlo, intenta secuestrar a uno. ¡ªEso ser¨¢ dif¨ªcil, pero lo lograr¨¦. ¡ªVaya, s¨ª que tienes un exceso de confianza en ti mismo, Candado. No eres de las personas que dicen "lo intentar¨¦." ?Qu¨¦ soberbio! ¡ª?ESC¨²CHAME, SACO DE MIERDA CON CUERNOS, M¨¦TETE EN TUS ASUNTOS! YA ESTOY HARTO DE QUE ME DIGAS SOBERBIO CUANDO EN REALIDAD NO HAY M¨¢S PERSONA O INTENTO DE PERSONA M¨¢S SOBERBIA QUE T¨². ?GR¨¢BATELO EN LA CABEZA, VOS ERES EL M¨¢S PUTO SOBERBIO QUE LOS PUTOS SOBERBIOS QUE HAYA CONOCIDO EN MI JODIDA VIDA, PEDAZO DE MIERDA CON OJOS DE CANICAS! La casa retumb¨® y tembl¨® con los gritos de Candado. Clementina se tap¨® las orejas, Ruccim¨¦nkagri solo vio c¨®mo ¨¦l le retaba a T¨ªnbari, ya que estaba bastante pesado ese d¨ªa, y Yara solo se qued¨® quieta jugando con el peluche que se hab¨ªa llevado de la casa de su padre. Por otra parte, T¨ªnbari se qued¨® callado sin hacer nada, solo mostraba una sonrisa en ese rostro terror¨ªfico. Le causaba gracia que un humano como ¨¦l le elevara el tono de esa manera sin tenerle miedo. Cuando todo termin¨®, Candado sac¨® sus manos de las orejas de Yara e inhal¨® y exhal¨® repetidas veces para poder tranquilizarse. Despu¨¦s de que se tranquiliz¨®, mir¨® a Ruccim¨¦nkagri. ¡ªPido perd¨®n por gritar en su casa, ten¨ªa muchos nervios almacenados en mi cabeza que necesitaba expulsarlos inmediatamente. ¡ªNo hay de qu¨¦ preocuparse o disculparse, a veces tambi¨¦n yo hago eso. ¡ªVaya, no hay persona m¨¢s amable que usted ¡ªdijo Candado inclinando la cabeza. ¡ªOh, gracias. ¡ªBueno, es hora de irme a casa, gracias por decirme todo lo que necesitaba saber. ¡ªNo hay problema, t¨² y tus amigos sois bienvenidos cuando quer¨¢is. ¡ªGracias, t¨² eres muy amable y lo aprecio. Cuando dijo eso, Candado alz¨® a Yara y la sent¨® en el sill¨®n, le acarici¨® la cabeza y se despidi¨® dici¨¦ndole que se volver¨ªan a ver ma?ana. Luego se dirigi¨® a la puerta con T¨ªnbari y Clementina sigui¨¦ndole. Ruccim¨¦nkagri les abri¨® la puerta, les dio la mano a cada uno y cerr¨® la puerta. Candado y los dem¨¢s se fueron por el mismo camino, solo que esta vez les fue m¨¢s f¨¢cil porque Ruccim¨¦nkagri les abri¨® un camino haciendo que las yerbas se hicieran a un lado, como Mois¨¦s que abri¨® los mares para que los jud¨ªos pudieran escapar de los egipcios. Candado toc¨® su boina como un gesto de agradecimiento y se fue por ese lugar con los dem¨¢s sigui¨¦ndole, para cuando hab¨ªan salido del lugar, las yerbas volvieron a su lugar de origen. ¡ªEso¡­ fue escalofriante ¡ªdijo Clementina. ¡ª?T¨²? ?Con miedo? ¡ªNo... lo digas ¡ªdijo Clementina con un intento de no enojarse. ¡ªVolvamos a casa, Clementina, tengo que ducharme, comer e ir a dormir. ¡ªJa, lo que usted diga, joven patr¨®n. ¡ª?QUE NO ME LLAMES AS¨ª! Cuando Candado dio ese grito, aceler¨® el paso para llegar cuanto antes a su casa, Clementina y T¨ªnbari lo segu¨ªan ri¨¦ndose a sus espaldas. Era totalmente de noche cuando volvieron al pueblo, casi no hab¨ªa movimiento ni autos moviliz¨¢ndose. Las luces, curiosamente, se prend¨ªan cuando Candado avanzaba hacia la direcci¨®n donde estaba su casa, lo que causaba gracia para las pocas personas que estaban presentes en ese lugar. T¨ªnbari, quien era invisible ante los ojos humanos, aprovech¨® la situaci¨®n y comenz¨® a hacer travesuras, como quitarle los anteojos a algunas personas, hacerles zancadillas a unos polic¨ªas que estaban hablando, mientras otro tipo estaba estacionado en un camino para personas discapacitadas, entre otras cosas. Cuando Candado lleg¨® a su casa, su abuela estaba cocinando el platillo favorito de Candado, estofado de fideos. As¨ª que entr¨®. ¡ªHola abuela. ¡ªHola nene, veo que estuviste todo el tiempo afuera. ¡ªS¨ª, necesitaba aire fresco. ¡ªBueno, no es necesario que me digas d¨®nde estabas, total s¨¦ lo que hiciste afuera. ¡ªCreo que ser¨¢ imposible ocultarte algo. ¡ªS¨ª, es imposible. ¡ªBueno, creo que dejar¨¦ que hagas la comida. La abuela asinti¨® con la cabeza y sigui¨® cocinando. Mientras tanto, Candado se alej¨® de la cocina para luego irse a su habitaci¨®n a ba?arse y descansar. Pero cuando entr¨® a su pieza, vio que Hammya estaba curioseando sus cosas, como viendo fotos de su infancia y libros que ¨¦l lee. ¡ª?Qu¨¦ demonios haces en mi cuarto? ¡ªVaya, eras muy simp¨¢tico cuando eras chiquito. ¡ªChiquito te va a quedar la cabeza del pu?etazo que te voy a dar si no sales de mi habitaci¨®n ahora. ¡ªPerd¨®n, solo me dio curiosidad. ¡ªMira ¡ªCandado se acerc¨®, le arrebat¨® las fotos que ten¨ªa en la mano y continu¨®¡ª Si vamos a convivir juntos a partir de ahora, me gustar¨ªa que alejaras tus malditas y molestas curiosidades de mi vida privada. Ya te he contado sobre mi situaci¨®n de vida, ?qu¨¦ m¨¢s quieres? ?Eh? Te lo voy a dejar bien claro: si te metes en mi camino, te atropellar¨¦. ¡ªSolo quer¨ªa saber sobre tu actitud conmigo y con los dem¨¢s. ¡ªNo te importa, ?me oyes? No te importa. Quiero que est¨¦s lejos de mis cosas. Si es posible, de m¨ª tambi¨¦n. Ya estoy bastante harto de las personas con las que me enfrento d¨ªa a d¨ªa. Te voy a dar un maldito consejo, gr¨¢vatelo en ese coco que usas por cabeza: no somos hermanos ni somos familia. No te entrometas en mi vida. ¡ªEst¨¢ bien, no lo har¨¦ m¨¢s. Luego, Hammya se puso de pie y se dirigi¨® hacia la puerta. Cuando estaba a punto de irse, se detuvo y, sin darse la vuelta, dijo: ¡ªQuer¨ªa agradecerte por salvarme por segunda vez. ¡ªNo me des las gracias, no lo necesito. Si quieres sobrevivir, hazte m¨¢s fuerte, ni?a. Dicho eso, Hammya se fue y cerr¨® la puerta con delicadeza, mientras que Candado prepar¨® su ropa para ba?arse. Cuando Hammya sali¨® de la habitaci¨®n de Candado, se dispuso a ir al living para ver la televisi¨®n. Baj¨® las escaleras y se sent¨® en el sill¨®n al lado de Clementina, quien ni siquiera estaba viendo la tele, solo estaba leyendo un libro de Hugo Mitori. ¡ª?Te peleaste de nuevo con Candado? ¡ª?C¨®mo sabes? ¡ªTu coraz¨®n est¨¢ triste, por lo que deduzco que fuiste t¨² la que empez¨®. ¡ªCreo que no deb¨ª haber tocado sus cosas. ¡ªNunca debiste, ¨¦l es muy estricto, ni siquiera yo puedo tocar sus pertenencias. ¡ªSolo quer¨ªa saber c¨®mo era su vida antes de ser as¨ª. ¡ªYa te lo he contado. ¡ªOye, cuando estaba buscando fotos de Candado sonriente, encontr¨¦ esta ¡ªdijo Hammya mientras mostraba una fotograf¨ªa. Clementina la vio y r¨¢pidamente se la quit¨® de la mano. En la foto hab¨ªa una Clementina con un rostro blanco sentada bajo un ¨¢rbol al lado de Candado, ambos sonriendo. ¡ªEs muy personal, ese rostro me dio tanta verg¨¹enza que no sal¨ª de la casa por m¨¢s de un a?o. ¡ªBueno, si t¨² lo dices. ¡ªLa verdad, pens¨¦ que hab¨ªa tirado esta foto hace a?os, ya que esta fue la ¨²ltima vez que mostr¨® esa sonrisa. ¡ª?Por qu¨¦ tirar¨ªa esta foto? ¡ªPorque cre¨ªa que se burlar¨ªan de ¨¦l por sonre¨ªr de esa forma. ¡ªCre¨ª que era de esas personas que no le importaba lo que pensaran los dem¨¢s. ¡ªEn ese tiempo no, pero ahora como lo ves es as¨ª, alguien rudo y terco como es ahora. Dicho eso, Clementina tom¨® un vaso de gaseosa y se lo bebi¨® de manera fina, luego lo coloc¨® en el mismo lugar. Para cualquier persona eso ser¨ªa normal, pero para un robot como ella, es bastante extra?o, tanto que dej¨® boquiabierta a Hammya. ¡ªOye, ?tienes coraz¨®n o est¨®mago? ¡ªNo, 100% m¨¢quina, aunque como bebo y tengo ¨®rganos computarizados para poder digerir alimentos y proporcionarme ciertas habilidades, pero lamentablemente nada de eso me da energ¨ªa, as¨ª que dependo de una bater¨ªa especial que solo puede fabricar Candado. ¡ª?Entonces tienes est¨®mago? ¡ªClaro que s¨ª, ?de qu¨¦ me servir¨ªa tomar de este vaso de gaseosa? ¡ªBuen punto, creo. ¡ªTe acostumbrar¨¢s a este ambiente, claro, si tu mente lo soporta. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªOh, nada en absoluto, pero cibern¨¦ticamente hablando creo que te vas a acostumbrar m¨¢s r¨¢pido que la mayor¨ªa. ¡ªOye, cambiando de tema, Candado mencion¨® en el bosque sobre unos "borradores". ?Qu¨¦ son? ¡ªLos borradores son como una especie de polic¨ªa de los Circuitos. Se diferencian de los dem¨¢s por su vestimenta blanca y roja, se encargan de que se respeten las leyes del F.U.C.O.T. Aquellos que violan esas leyes son castigados severamente, nada m¨¢s que eso. ¡ª?Ustedes tienen algo as¨ª? ¡ªS¨ª, se llaman Sem¨¢foros, pero se intent¨® cambiar. En 1960, Alfred Barret quiso crear una especie de polic¨ªa de robots para los Sem¨¢foros. Estos ser¨ªan fabricados con la ayuda de un joven genio llamado Bernard Howard. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªSe llev¨® a cabo durante diez a?os. Howard hab¨ªa fabricado 208 robots, pero hubo un incendio y todo se perdi¨®. Cuando estaban por retomar el proyecto, el se?or Howard fue amenazado de muerte, no s¨¦ por qu¨¦, pero pidi¨® ayuda a Alfred para que los ocultara a ¨¦l y a sus padres. ¡ª?D¨®nde est¨¢ ¨¦l? ¡ªNo lo s¨¦, solo Candado sabe. ¡ª?Candado tiene relaci¨®n con esa familia? ¡ªS¨ª, en especial con el hijo de Howard, Woltra Howard. ¨¦l y Candado tienen una rivalidad de intelecto y cient¨ªfica. ¡ª?Ese tal Howard vive? ¡ª?Bernard? Claro que vive, solo que su ubicaci¨®n es desconocida. Incluso Candado tuvo un encuentro con ¨¦l hace cuatro d¨ªas atr¨¢s. ¡ªVaya, s¨ª que Candado se porta como un adulto. ¡ª?Y qu¨¦ esperabas, ni?a? ¡ªdijo Candado mientras bajaba las escaleras con Karen en sus brazos. Clementina y Hammya al escuchar su voz, r¨¢pidamente se dieron vuelta. ¡ªSer l¨ªder de un gremio y ser ministro de la O.M.G.A.B. requiere una responsabilidad muy grande. Por esa raz¨®n, no muchos llegan a ser representantes de la Organizaci¨®n Bernstein. ¡ªEntonces eres como un presidente de un pa¨ªs ¡ªdijo Hammya. ¡ªAlgo as¨ª, pero esto es m¨¢s complejo: ir de un lugar a otro para negociar la paz, ver si se hacen respetar como se debe, un mont¨®n de papeles que tengo que firmar, muchas cosas ¡ªdijo Candado. ¡ªPor cierto, joven¡­ ¡ª?NO! No lo digas, Clementina. ¡ªBien, Candado, ?por qu¨¦ llevas a tu hermana en brazos? ¡ªVoy a alimentarla, mis padres est¨¢n demasiado ocupados como para alimentar a su hija ¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente. ¡ªLa abuela ya casi termina de cocinar, as¨ª que todav¨ªa no le des nada. ¡ªEspero que se apresure, no quiero que Karen llore. ¡ªNo te preocupes, eso no pasar¨¢ mientras est¨¦s carg¨¢ndola. ¡ªEso espero, me parte el alma ver a mi hermanita llorar. ¡ªEso fue algo muy inusual, viniendo de ti, claro ¡ªdijo Clementina en un tono de burla. ¡ª?Quieres que te arranque la plaqueta, balde de tuercas? ¡ªNo, para nada del mundo. ¡ªEntonces cierra la boca y no molestes, estoy bastante harto de tus burlas. ¡ªLo intentar¨¦, no prometo nada. ¡ªEres insoportable, no me explico por qu¨¦ te soporto tanto. ¡ªPorque¡­ ¡ªNo lo digas, no quiero saberlo. En ese instante, apareci¨® la abuela con un delantal y un cuchar¨®n de madera, diciendo que ya estaba servida la cena. Todos se dirigieron hacia la cocina, y Candado tambi¨¦n fue ah¨ª con su hermana en sus brazos, actuando como un padre. La abuela fue sirviendo la comida, era un guiso de arroz, a cada uno, pero por otro lado Candado, quien ten¨ªa a Karen en sus brazos, la sent¨® con cuidado en su silla y la abuela le coloc¨® un plato peque?o de un guiso de arroz en la mesita de la silla. Desde ah¨ª, Candado comenz¨® a alimentarla con una cuchara peque?a. Como era una beb¨¦, no se pod¨ªa quedar quieta y hac¨ªa todo lo posible para que abriera la boca, hasta que en cierto punto comenz¨® a tranquilizarse. Cuando la cuchara con la comida se acercaba a ella, empez¨® a abrir la boca, y Candado le dio la comida. La abuela y Hammya eran las ¨²nicas que estaban viendo c¨®mo Candado se le escapaba una que otra sonrisa cuando alimentaba a Karen. Era incre¨ªble. Candado decidi¨® darle de comer a su hermana primero antes de tocar su comida. Hammya code¨® a Clementina para que mirara un rato a Candado, estaba sonriendo a su hermana, ella aprovechando la situaci¨®n tom¨® una foto con sus ojos, como lo hab¨ªa hecho en la casa de Nelson. Mientras ella hac¨ªan todo eso, Candado segu¨ªa sin darse cuenta de que le estaban observando porque estaba bastante ocupado alimentando a Karen. Cuando el plato se vaci¨®, Candado agarr¨® una servilleta y le limpi¨® la boca con delicadeza. Luego le quit¨® el plato y le dio un biber¨®n para que tomara su leche. Fue entonces cuando Candado se dio cuenta de que su abuela, Clementina y Hammya estaban observando todo. ¡ªGuau, pens¨¦ que no volver¨ªa a ver esa sonrisa en ese rostro fr¨ªo tuyo ¡ªdijo la abuela. ¡ªYo tampoco, incre¨ªble ¡ªdijo Clementina y Hammya al mismo tiempo. Candado respondi¨® encendiendo sus cubiertos con su flama violeta, mientras tapaba los ojos a su hermana. ¡ª?Algo m¨¢s que quieran agregar? ¡ªpregunt¨® Candado con su expresi¨®n seria y terror¨ªfica. No dijeron nada, solo negaron con la cabeza, bast¨® solamente eso para que Candado detuviera el incendio en sus cubiertos. Para su sorpresa, no estaban calientes ni derretidos. La cena continu¨® pac¨ªficamente por unos minutos m¨¢s, hablando sobre cosas sin importancia o sin inter¨¦s para Candado. ¨¦l solo com¨ªa su comida sin prestar atenci¨®n a la charla, no porque fuera aburrida, sino porque la comida estaba deliciosa y se concentraba en vaciar por completo su plato de ese exquisito guiso de arroz. Cuando termin¨®, levit¨® el plato hacia el lavavajillas y lo limpi¨® sin siquiera levantarse. Para Clementina y la abuela no fue gran cosa, ni se molestaron en prestar atenci¨®n a lo que estaba haciendo Candado, ellas solo charlaban entre s¨ª. En cambio, Hammya hab¨ªa quedado totalmente sorprendida al ver tal cosa. Ni bien termin¨® de limpiar su plato, se levant¨®, agradeci¨® la comida, tom¨® a su hermana y se fue al segundo piso. Mientras todos segu¨ªan comiendo, Candado llev¨® a su hermana a su habitaci¨®n y la coloc¨® cuidadosamente en su cuna. Cuando se estaba por ir, Karen tom¨® el dedo pulgar de Candado mientras se re¨ªa. Como cualquier beb¨¦, esto, de alguna forma, conmovi¨® el coraz¨®n fr¨ªo de Candado. No era la primera vez que ocurr¨ªa, pero cuando la peque?a Karen hizo eso, Candado se arrim¨® a la cuna y le cant¨® una canci¨®n de cuna para que pudiera dormirse. Para no asustarla, mostr¨® una sonrisa en ese rostro fr¨ªo que ten¨ªa. Te ir¨¢s con las estrellas, romper¨¢s el mundo en dos. Vendr¨¢s con la tormenta por las noches sin amor. Vendr¨¢s con la tormenta por las noches sin amor. Andar¨¢s pisando un sue?o, sin los besos de un adi¨®s. El signo de la luna hace de cuna a la canci¨®n. El signo de la luna hace de cuna a la canci¨®n. Hoy siento que es la vida que te regala un d¨ªa Del coraz¨®n semillas para plantar tu herida. Sin embargo sos un sol, sos la vida en una flor Sos un nuevo d¨ªa libre que traes para los dos. Sos un nuevo d¨ªa libre que traes para los dos. Correr¨¢s siempre a la puerta que golpea sin raz¨®n, La campana del milagro en oraci¨®n se convirti¨®. La campana del milagro en oraci¨®n se convirti¨® Sos una semilla de este pobre coraz¨®n Que un d¨ªa vio de cerca todo lo que desangr¨®, Que un d¨ªa vio de cerca todo lo que desangr¨®. Cuando termin¨® de cantar, Karen qued¨® totalmente dormida, as¨ª que Candado la arrop¨®, le bes¨® en la frente y se fue de esa habitaci¨®n. Pero para su desgracia, Clementina y Hammya estaban esper¨¢ndole afuera. ¡ªVaya, despu¨¦s de todo, s¨ª tienes coraz¨®n ¡ªdijo Clementina en tono burl¨®n. Cuando ella dijo eso, Candado se molest¨®, se acerc¨® y puso su dedo pulgar en la frente de Clementina, y de la nada, ella se desmay¨®. Luego mir¨® a Hammya con total naturalidad y le pregunt¨®. ¡ª?Algo que quisieras agregar? ¡ªNo, para nada ¡ªneg¨® r¨¢pidamente Hammya. Despu¨¦s de decirle eso, Candado entr¨® a su habitaci¨®n dejando a Clementina en el suelo. ¡ªEspera, ?Vas a dejar a Clementina as¨ª? ¡ªpreguntaba Hammya mientras golpeaba la puerta. Candado abri¨® la puerta y dijo. ¡ªDescuida, se despertar¨¢ en cinco minutos ¡ªcontinu¨® mientras cerraba la puerta¡ª. ?AHORA L¨¢RGATE! ¡ªAy dios, qu¨¦ crudo que es ¡ªsusurr¨® mientras cargaba a Clementina en sus hombros. Cuando Candado no las escuch¨® m¨¢s, se volte¨® y, para su sorpresa, estaba H¨¦ctor sentado en la cama de Candado, leyendo un libro rojo. ¡ª?Se te perdi¨® algo? ¡ªpregunt¨® Candado sarc¨¢sticamente. ¡ªNo, solo vine para asegurar mis sospechas. ¡ª?Sospechas? ?C¨®mo entraste aqu¨ª? ¡ªEntr¨¦ por la ventana, despu¨¦s de todo, nunca le pones seguro. ¡ªSeguro es lo que te voy a dar a tu ata¨²d. ?Qu¨¦ rayos haces en mi pieza? ¡ªTranquilo, escupiste sangre esta ma?ana, te fuiste corriendo del lugar y no llamaste para decirnos por qu¨¦ hab¨ªas hecho eso. ¡ªT¨² me conoces muy bien, sabes que yo hago lo que quiero. Tambi¨¦n sabes que si yo hago eso es por una raz¨®n. ¡ªEso lo entiendo muy bien, Candado, pero lo que yo no entiendo, es por qu¨¦ huir de nosotros. ?Est¨¢s ocultando algo al gremio? ¡ªM¨¦tete en tus asuntos, H¨¦ctor. Lo que yo hice es asunto m¨ªo y de nadie m¨¢s. ¡ªPero es bastante extra?o. Ni bien te fuiste corriendo, Hammya te sigui¨®. Pero cuando nosotros ¨ªbamos a seguirte, Clementina se interpuso en nuestro camino, es como... si quisiera evitar que nosotros no vi¨¦ramos o enter¨¢ramos de algo. ¡ªLo que hizo Hammya y Clementina es problema de ellas. Si quieres saber algo, habla con ellas, no conmigo. H¨¦ctor, te recuerdo que no es la primera vez que desobedeces mis ¨®rdenes, me cuestionaste ayer sobre mi decisi¨®n de quemar las investigaciones del gremio, le dijiste a Luc¨ªa que me siguiera cuando me encontr¨¦ con Nelson e incluso ahora est¨¢s en mi cuarto a estas horas de la noche dici¨¦ndome todo esto. Estoy empezando a creer que t¨² est¨¢s cuestionando mi liderazgo. ¡ªNo, no es cierto. ?Por qu¨¦ tomas todo como si estuvi¨¦ramos en tu contra? ¡ªH¨¦ctor se puso de pie y puso su dedo ¨ªndice en el pecho de Candado¡ª. Candado, yo y todos los del gremio te hemos sido fieles, incluso cuando la Organizaci¨®n Bernstein te sancion¨®, estuvimos siempre de tu lado. ¡ªNo me toques, siempre se preocupan, una y otra vez han estado pisando mi terreno para saber o intentar saber cu¨¢l es mi problema. Estoy harto, harto de que se entrometan en mi vida, harto de que me sigan, harto de todo. ¡ªSomos tus amigos... ¡ªS¨ª, lo son, pero son m¨¢s mis lacayos que amigos. Ahora l¨¢rgate de mi habitaci¨®n. H¨¦ctor cerr¨® los ojos, inhal¨® lentamente y exhal¨®. ¡ªComo quieras ¡ªH¨¦ctor abri¨® la ventana y sali¨®. Cuando estaba por salir, se dio vuelta y continu¨®¡ªCandado, no s¨¦ lo que est¨¢ ocurriendo, pero s¨¦ que no nos dices nada para protegernos. No importa lo que nos digas, siempre vamos a estar a tu lado. ¡ªVete de una vez o sino voy a empujarte. H¨¦ctor no dijo nada m¨¢s, solo mostr¨® una sonrisa y se fue. Ni bien se hab¨ªa ido, Candado le puso seguro a la ventana y cerr¨® las cortinas. ¡ª?No crees que fuiste demasiado duro con el albino? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari a sus espaldas. ¡ªEres un terrible dolor de cabeza. ¡ªPienso que debes contarles al gremio sobre tu estado. ¡ª?Piensas? ?Desde cu¨¢ndo usas tu cerebro? ¡ªHablo en serio. No crees que debes cont¨¢rselo a tu grupo de amigos. Podr¨ªas acabar con ese horrible maleficio que tienes, si dejas que ellos busquen a ese sujeto que te envenen¨®. ¡ªY mandarlos a una muerte segura, no, eso s¨ª que no. ¡ªDespu¨¦s de todo, s¨ª que te preocupas por ellos. ¡ªClaro, a diferencia tuya, yo s¨ª me preocupo por todos mis familiares y amigos. Por eso tengo que ser duro para que ellos no se metan en zona peligrosa. As¨ª por lo menos el que va a morir ser¨¦ yo y no ellos. ¡ªVaya, s¨ª que eres muy¡­ Cuando estaba por terminar la oraci¨®n, Candado le tir¨® su fac¨®n en la cara, pero T¨ªnbari se transform¨® en humo para que no le diera el cuchillo. ¡ªNo digas esa est¨²pida palabra. ¡ªEso estuvo cerca. Un segundo m¨¢s y tendr¨ªa otra cicatriz en la cara. ¡ªSi te hubieses quedado quieto, seguro que eso¡­ no te har¨ªa atractivo, pero seguro te har¨ªa menos feo de lo que eres ahora. ¡ªJe, seguro que s¨ª, pero no para tanto. Bueno, me ir¨¦, tengo que circular por la zona para evitar que alguien te asesine mientras duermes. Despu¨¦s de decir eso, desapareci¨® de la misma forma en que lo hac¨ªa siempre, dejando a Candado solo en su habitaci¨®n. Candado se sac¨® la boina y la puso en su perchero, luego se quit¨® el guante de su mano izquierda, chasque¨® los dedos y su ropa vol¨® ordenadamente a su armario. Luego, de uno de los cajones del armario, sac¨® su ropa de dormir, apag¨® la luz, se recost¨® en su cama y se durmi¨®. Aquel d¨ªa hab¨ªan pasado muchas cosas fuera del lugar: peleas con extra?os, un ni?o cr¨ªptico sin rostro... de todo ocurri¨®. EL REGRESO DEL VAMPIRO A la ma?ana siguiente, Clementina se despert¨® en el sof¨¢ del living. Como estaba apagada, no gast¨® energ¨ªa alguna. Se levant¨® y mir¨® el reloj de su celular, que marcaba 5:50 de la ma?ana y faltaban treinta minutos para irse a la escuela. As¨ª que se dirigi¨® hacia la cocina para preparar la merienda, pero para su sorpresa, estaba Hip¨®lito preparando la leche. Esto, por alguna raz¨®n, molest¨® a Clementina a tal punto que le dijo: ¡ª?Qu¨¦ diablos est¨¢s haciendo? Se supone que ese es mi trabajo. ¡ªOh, Clementina, buenos d¨ªas. Como vos estuviste durmiendo, decid¨ª preparar el desayuno para Candado, Hammya y a ti. ¡ªEs que yo hago eso y lo he hecho por casi seis a?os. ¡ªBueno, no te alteres, solo ser¨¢ por esta vez. Ma?ana podr¨¢s hacerlo t¨². Ahora ve a despertar a Candado y a la se?orita Hammya. Sin m¨¢s que decir, Clementina se fue a despertar a esos dos, as¨ª que se alej¨® de la cocina para que Hip¨®lito pudiera cocinar en paz. Fue al segundo piso para despertar a Hammya y a Candado. Subi¨® con cuidado las escaleras y primero fue a la habitaci¨®n de Hammya. Abri¨® con cuidado, se acerc¨® a Hammya y con delicadeza puso su mano en su hombro aplicando algo de presi¨®n para que ella se despertara. ¡ªEs hora de ir a la escuela, Hammya. As¨ª que buenos d¨ªas. ¡ªBuenos d¨ªas, Clemen... enseguida bajo. Habiendo tenido ¨¦xito, Clementina sali¨® de la habitaci¨®n de Hammya y entr¨® a la de Candado. Cuando entr¨® en la habitaci¨®n de ¨¦l, le llam¨® la atenci¨®n la forma en que dorm¨ªa. Esta vez parec¨ªa una tortuga; estaba envuelto con varias frazadas que formaban un caparaz¨®n de tortuga, pero de las Gal¨¢pagos. Ten¨ªa un peque?o orificio por donde respiraba, as¨ª que a Clementina le fue f¨¢cil hablar con ¨¦l. Pero ni bien comenz¨® a tocarle el cabello para que se despertara, Candado empuj¨® su mano hacia fuera y cerr¨® el orificio. ¡ªLas visitas se acabaron ¡ªdijo Candado. As¨ª que Clementina, sin tener otra opci¨®n, transform¨® su mano derecha en una picana el¨¦ctrica, la introdujo dentro del caparaz¨®n de frazadas y... bueno, la respuesta fue m¨¢s que obvia en cualquier sentido. Candado dio un grito y se cay¨® de la cama con todas sus frazadas encima de ¨¦l, mientras que Clementina dejaba escapar una que otra risa burlona. Las frazadas y colchas que ten¨ªa encima suyo le hac¨ªan pr¨¢cticamente imposible salir de ellas, as¨ª que decidi¨® emplear m¨¢s fuerza para liberarse de esa monta?a de frazadas. Cuando Candado logr¨® salir, estaba totalmente enfadado, con los pelos de punta (producto de la picana) y con los ojos en llamas, literalmente. ¡ª??COMO SE TE OCURRE DESPERTARME DE LA MANERA M¨¢S INHUMANA POSIBLE!? ¡ªgrit¨® Candado. ¡ªAh, yo lo llamo venganza con salsa, como compensaci¨®n por lo que me hiciste anoche. Candado se puso de pie y dijo: ¡ªEsto no va a quedar as¨ª, baratija. Voy a aplicarte un castigo despu¨¦s ¡ªdec¨ªa Candado mientras entraba al ba?o. ¡ªUps, lo siento ¡ªsusurr¨® Clementina, imitando la expresi¨®n fr¨ªa de Candado. Luego, se fue de la habitaci¨®n de forma natural, sin siquiera sentir remordimiento por lo que le hab¨ªa hecho a Candado. As¨ª que una vez que cumpli¨® con su deber de despertar a los dem¨¢s, se dirigi¨® a la cocina para tomar su leche. Justo en ese momento, Hip¨®lito estaba sirviendo la leche en dos vasos. Clementina se sent¨® en la punta de la mesa, y Hammya se sent¨® al lado de ella. En ese instante, lleg¨® Candado acomod¨¢ndose la corbata, con todo el cabello alborotado y de punta debido al toque el¨¦ctrico que le hab¨ªa dado Clementina. ¡ª?Qu¨¦ le ocurri¨® a tu cabeza? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªMe cay¨® un sat¨¦lite mientras dorm¨ªa. ¡ª?Quieres leche? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito. ¡ªNo, gracias. Voy a tomar un mate, me duele mucho la cabeza. Cuando dijo eso, se sent¨® en la parte sur de la mesa solo, ya que no quer¨ªa saber m¨¢s nada de Clementina. Chasque¨® los dedos, y el termo y el mate volaron hacia su mano. Candado carg¨® su mate y le dio un sorbo. ¡ªEst¨¢ fr¨ªo ¡ªmir¨® a Clementina y extendi¨® su mano con la cual sosten¨ªa el termo¡ªcalienta esto. ¡ª?Tengo cara de una cocina o microondas? ¡ªMe lo calientas o te formateo. ¡ªNo te atrever¨ªas, me necesitas mucho. ¡ª?Quieres probarme acaso, hojalata? Clementina no dijo nada m¨¢s porque se hab¨ªa asustado, ya que esos ojos de asesino psic¨®tico marcaban que su paciencia se estaba agotando, as¨ª que tom¨® el termo y en el acto comenz¨® a sobrecalentar el agua, y de manera instant¨¢nea, el agua se calent¨®. ¡ªGracias, chatarra. ¡ªDe nada, licebmi nevoj n¨®trap. ¡ªVoy a sacarte las cuerdas vocales si vuelves a insultarme as¨ª. Clementina no dijo nada m¨¢s, se qued¨® callada y sigui¨® tomando su leche, al igual que Hammya, quien ya hab¨ªa terminado antes que todos y decidi¨® comer algunos bizcochitos que estaban en la mesa. Mientras tanto, Clementina comenz¨® a procesar datos para verificar c¨®mo estar¨ªa el clima, la temperatura y la estaci¨®n. Candado le hab¨ªa instalado esos datos para que ¨¦l pudiera prevenir cambios clim¨¢ticos inesperados, ya que en el Chaco uno nunca est¨¢ seguro si va a hacer sol, llover, calor o fr¨ªo. Por esas razones, ten¨ªa esa informaci¨®n. En cuanto a la estaci¨®n, Candado pens¨® que si el clima del Chaco era bastante extra?o, tambi¨¦n podr¨ªa ser la estaci¨®n. No vaya a ser que est¨¦n en oto?o y, por alguna raz¨®n misteriosa, caiga invierno. Mientras Clementina terminaba de analizar el estado del d¨ªa, mir¨® a Candado y dijo: ¡ªMi pron¨®stico dice que tendremos 24 grados cent¨ªgrados con una m¨ªnima de 19 para las 12:00 del mediod¨ªa, cielos despejados de nubes, humedad al 9%, y la tasa de inter¨¦s va a estar muy alta la pr¨®xima semana. ¡ªEse ¨²ltimo era totalmente innecesario, aunque la verdad, ?D¨®nde rayos se ha visto que haga calor por la ma?ana y que haga fr¨ªo al mediod¨ªa? Un poco m¨¢s y vamos a estar patas arriba. ¡ªVaya, parece que esta provincia tiene sus altos y bajos, Candado ¡ªcoment¨® Hammya. ¡ªJoven¡­ digo, se?or, creo que ya ser¨ªa prudente irnos al colegio. ¡ª?Por qu¨¦? Todav¨ªa son las 6:23, falta mucho para las 7:30. ¡ªEstoy recibiendo cierta informaci¨®n en mi radar, Lucas viene a una velocidad incre¨ªble. Cuando Candado escuch¨® eso, se puso de pie r¨¢pidamente, agarr¨® su boina y corri¨® hacia el segundo piso. ¡ª?Qu¨¦ le ocurre? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªCandado y Lucas siempre hacen carreras para saber qui¨¦n es el m¨¢s r¨¢pido y astuto. Hasta ahora, Candado no ha perdido ninguna sola vez. ¡ª?Carreras? ?C¨®mo supiste que Lucas ven¨ªa hacia aqu¨ª? ¡ªEs sencillo, en mi cerebro tengo un radar que detecta movimiento a cien kil¨®metros de distancia. Cuando alguien o algo usa su poder o magia, mi radar informa del individuo, y eso me ayuda a prevenir enemigos de mi joven patr¨®n. Cuando Clementina estaba cont¨¢ndole sobre el tema, Candado abri¨® la puerta y dijo: ¡ªBien, Uzoori est¨¢ ya abajo, es hora de irnos. Clementina mir¨® a Hammya y le dijo: ¡ªVaya usted, se?orita Hammya, yo no he terminado de desayunar. ¡ª?Voy a montar a Uzoori? ¡ªEn cierto sentido s¨ª, pero date prisa, que si no voy a perder la carrera. Hammya se puso de pie y corri¨® con Candado hacia afuera, donde estaba esper¨¢ndolos el corcel blanco de Candado. Candado salt¨® y se sent¨® en la silla de montar, luego se acerc¨® a Hammya, tom¨® su brazo y de un tir¨®n la sent¨® en el caballo. ¡ªQuerr¨¢s agarrarte de algo, porque iremos muy r¨¢pido. ?VAMOS! Con aquel grito, Uzoori comenz¨® a correr a todo galope, recorriendo las calles desiertas del pueblo. Candado pas¨® por algunas casas de sus amigos, saludando a H¨¦ctor, Anzor, las mellizas Luc¨ªa y Erika acompa?adas por Declan, Ana Mar¨ªa y Germ¨¢n mientras corr¨ªa. A medida que avanzaban, se encontraron con autos estacionados en el camino. Hammya, quien estaba agarrada de los hombros de Candado, no dej¨® de gritar de p¨¢nico desde que salieron de la casa. Candado no se detuvo y sac¨® un silbato de una de las mochilas que ten¨ªa el caballo, comenzando a silbar una y otra vez. Uno de los due?os de los autos asom¨® la cabeza por la ventana y grit¨®: ¡ª?AH¨ª VIENE EL GAUCHO, SE?ORES! ?AH¨ª VIENE EL GAUCHO, SAQUEN LAS CHAPAS Y P¨®NGANLAS SOBRE SUS TECHOS! R¨¢pidamente, todos sacaron unas chapas duras y las pusieron sobre los techos de los autos. Candado salt¨® sobre los techos de los coches, corriendo uno por uno hasta llegar al asfalto. ¡ªEso fue enfermizo, Candado. ¡ª?Est¨¢s viva, no es as¨ª? ¡ªS¨ª, pero ?qu¨¦ tiene que ver? ¡ªNo te calent¨¦ entonces. Candado sigui¨® corriendo por el asfalto, esquivando motos, autos y personas. Todas estas haza?as alargaban su camino. En un momento, Candado sinti¨® el aura de Lucas y gir¨® la cabeza a la izquierda, viendo a Lucas corriendo por los techos, teletransport¨¢ndose de un lugar a otro mientras sonre¨ªa. Candado no estaba dispuesto a perder, pero con las personas y objetos en su camino, decidi¨® tomar un atajo a trav¨¦s del bosque. Lo curioso es que mientras avanzaba, las ramas, pinchos, cardos y hojas se apartaban misteriosamente, como si el bosque mismo le abriera paso. Hammya not¨® esto mientras lo segu¨ªa. Cuando salieron del bosque, Candado pudo ver la escuela muy cerca, pero tambi¨¦n Lucas estaba cerca de alcanzarlo. Candado susurr¨® algo al o¨ªdo de Uzoori y comenzaron a ir m¨¢s r¨¢pido. Lucas, agotado, ya no pod¨ªa usar la teletransportaci¨®n, pero a¨²n era r¨¢pido. Ambos estaban cabeza a cabeza, acerc¨¢ndose r¨¢pidamente a la meta, que era el port¨®n de la escuela. El portero reci¨¦n estaba abriendo el port¨®n, sin notar que los dos corredores se acercaban peligrosamente hacia ¨¦l. Cuando finalmente lo not¨®, ya los ten¨ªa en frente. Candado salt¨® sobre el portero, mientras que Lucas pas¨® entre sus piernas, causando que el portero se desmayara del susto. El resultado de la carrera fue claro, Candado gan¨® "por una cabeza", mientras que Lucas no pudo alcanzarlo ni estirando los brazos. Justo en ese instante, hab¨ªa terminado la m¨²sica "Desesperados" de Kapanga. Cuando la carrera termin¨®, Hammya se baj¨® del caballo, abrazando el suelo del miedo, mientras que Candado baj¨® del caballo para acercarse a Lucas, quien estaba jadeando inclinado por el cansancio. ¡ªDios, perd¨ª por s¨¦ptima vez, te aseguro que ma?ana voy a ganar. ¡ªNo lo dudo ¡ªdijo Candado mientras le daba una botella de gaseosa. ¡ªGracias, ¨ªdolo. En ese momento apareci¨® el vice director, un hombre gordo, pel¨®n y de muy mal genio. Era uno de esos maestros que no querr¨ªas que te ense?ara, pero como Candado es como es, no le importa en absoluto. ¡ª?Cu¨¢ntas veces te he dicho que no entres a la escuela con esta bestia? ¡ªSe?or Luke, le recomiendo que no hable as¨ª sobre Uzoori mientras yo est¨¦ presente. ¡ªNo me interesa, aqu¨ª hay reglas y hay que respetarlas, Candado. Eso es algo que nos diferencia de los animales. ¡ªEs una l¨¢stima que usted est¨¦ en las ramas de la educaci¨®n, al decirme algo tan est¨²pido. ¡ª?Qu¨¦ me dijiste? ?Acaso tus padres no te ense?aron a respetar a tus mayores? ¡ª?Y a usted no le ense?aron a ense?ar c¨®mo la gente? En vez de decirme algo tan est¨²pido como eso. ¡ªSi yo estuviera a cargo, te hubiera expulsado hace mucho tiempo. ¡ªPero no lo est¨¢. Francamente, me alegra que Rodolfo sea nuestro director, a pesar de que tengamos nuestras diferencias. El tipo es bueno en su trabajo, cosa que nunca vi en ning¨²n caso de alguien que ejerza en la educaci¨®n, ni siquiera en usted. ¡ªYo soy el mejor... ¡ªAlguien como usted nunca va a ser mejor en la educaci¨®n. Con esas palabras, Luke se fue indignado del lugar, molesto de que un ni?o como Candado lo tratara de esa forma, algo que no pod¨ªa tolerar. As¨ª que se encerr¨® en la direcci¨®n. En ese momento, los otros amigos de Candado llegaron, entrando por el port¨®n. Anzor fue el primero en acercarse a Candado y le puso una mano en el hombro. ¡ª?C¨®mo te va, Candado? ¡ªA m¨ª bien, gracias. ¡ªPor favor, ?me podr¨ªas decir la hora, jefe? ¡ªpregunt¨® Ana Mar¨ªa. Candado sac¨® su reloj del bolsillo de su chaleco y dijo: ¡ªSon las 6:34. Todav¨ªa falta para que abran la escuela. ¡ªEntonces, ?por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª tan temprano? ¡ªpregunt¨® Declan. ¡ªPorque Lucas empez¨® una carrera en la que no pod¨ªa negarme. ¡ªBueno, ?por qu¨¦ no vamos adentro? ¡ªsugiri¨® Germ¨¢n. ¡ªTienes raz¨®n. Ustedes entren, yo voy a llevar a mi caballo atr¨¢s de la escuela para que pueda pastar. ¡ªLo que usted diga ¡ªdijo H¨¦ctor. Dicho eso, Candado llev¨® a su caballo a donde hab¨ªa dicho, pero en lugar de atarlo a una rama de un ¨¢rbol, lo dej¨® libre, ya que ten¨ªa confianza en Uzoori. Si le dec¨ªa que se quedara, se quedaba sin moverse. Cuando termin¨® de hacerlo, hizo una se?al a Uzoori para que no se fuera del lugar, y el caballo respondi¨® recost¨¢ndose en el suelo. Luego, Candado se fue del lugar y entr¨® a su aula, donde sus compa?eros estaban sentados en el fondo del sal¨®n, hablando entre ellos. Cuando Candado se acerc¨®, decidieron invitarlo a la conversaci¨®n, pero en lugar de hablar del tema anterior, comenzaron a discutir algo m¨¢s importante. ¡ªCandado, ayer por la tarde estuve en Resistencia y pas¨¦ por donde ocurri¨® la masacre del gremio Cascabel. ¡ª?Y? ¡ªY encontr¨¦ esto ¡ªdijo Lucas mientras mostraba una insignia de un Halc¨®n plateado. Candado tom¨® la insignia y record¨® lo que Nelson le hab¨ªa dicho en aquel restaurante. ¡ªQuienquiera que sea, parece que busca provocar a la O.M.G.A.B ¡ªdijo Lucas. ¡ª?Has averiguado algo m¨¢s? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, tambi¨¦n descubr¨ª que el Circuito 42 fue destruido, pero no hubo heridos ni muertos. Con esas palabras, Candado record¨® tambi¨¦n lo que le hab¨ªa dicho ese sujeto extra?o en el bosque: "Alguien quiere comenzar un conflicto entre la O.M.G.A.B. y el F.U.C.O.T." Era algo completamente extra?o que la insignia del Halc¨®n plateado apareciera en la escena del crimen, especialmente considerando que esa misma persona hab¨ªa causado la muerte de su abuelo. ?Estaba involucrado en este asunto o quer¨ªa dar a entender eso? Mientras consideraba las numerosas posibilidades, mir¨® a sus compa?eros y dijo: ¡ªAlgo est¨¢ mal. Creo que esto es una provocaci¨®n. ¡ªS¨ª, pero ?de qui¨¦n? ¡ªpregunt¨® Luc¨ªa. ¡ªEso me gustar¨ªa saber. ¡ªEstoy seguro de que esto lo hizo el Circuito ¡ªafirm¨® Matlotsky. ¡ªNo, no fueron ellos ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ªCandado tiene raz¨®n. Alguien en las sombras quiere iniciar una guerra ¡ªagreg¨® H¨¦ctor. ¡ª?En qu¨¦ se basan ustedes para hacer esas conjeturas? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªEs sencillo... ah, bueno, puede ser que... a ver. ¡ªNo lo recuerdas, ?verdad, H¨¦ctor? ¡ªdijo Candado. ¡ªLo siento, fue tan detallado que se me olvid¨®. ¡ªYo sostengo mi idea porque si realmente fueran el Circuito, nos habr¨ªan atacado a nosotros primero en lugar de a los dem¨¢s. No tiene sentido alguno que destruyan un gremio peque?o. Adem¨¢s, como le dije a H¨¦ctor, si realmente buscaran una guerra, habr¨ªan atacado los asentamientos m¨¢s importantes de la Organizaci¨®n Bernstein. ¡ªVamos, Candado, ?de verdad crees que esas personas son tan inteligentes como t¨²? No, son est¨²pidos, indeseables y desalmados ¡ªopin¨® Declan. Estas palabras llegaron a la mente de Candado, quien se dio cuenta de que su plan de evitar un conflicto entre los gremialistas y los circuistas podr¨ªa estar en peligro. Hab¨ªa notado que, al igual que Declan, muchas personas pod¨ªan dejarse llevar por el odio y las emociones, y podr¨ªan estar presionando a la O.M.G.A.B. para iniciar una guerra en respuesta a este incidente. Se dio cuenta de que el ataque a un gremio peque?o ten¨ªa como objetivo causar odio entre las dos grandes organizaciones. ¡ªEspera, Declan, ?crees de verdad que ellos comenzaron esto? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, nos odian. Durante a?os han intentado una y otra vez sacarnos del camino en su b¨²squeda de dominar el mundo. Seamos objetivos, Candado. No hay tal maldad como la del Circuito. Si ellos quieren eliminarnos, no veo por qu¨¦ no deber¨ªamos hacer lo mismo. ¡ªEso no es ser objetivo, es prejuicioso. Est¨¢s diciendo que todos ellos quieren acabar con nosotros. Piensa un poco, no te dejes llevar por la ira. Recuerda que tienes intuici¨®n para estos asuntos. No te apresures en sacar conclusiones tan r¨¢pido. Es cierto que alguna vez fueron demasiado lejos, pero ahora son tiempos diferentes. Esteban los lidera, alguien que tiene una novia gremial. ¡ªMis disculpas, Candado. Intentar¨¦ hacerlo mejor la pr¨®xima vez. ¡ªSiguiendo con el tema, ?c¨®mo llegaste a la conclusi¨®n de que alguien quiere provocar una guerra? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n. ¡ªYo pensaba que eso estaba sucediendo, pero ayer lo confirm¨¦. ¡ª?Por qui¨¦n? ¡ªpregunt¨® Erika. ¡ªNo tengo idea, no me dijo su nombre, pero s¨¦ que fue enviado por Esteban para tratar de descubrir qui¨¦n est¨¢ detr¨¢s de todo esto. ¡ªBueno, ?c¨®mo era la persona que te lo dijo? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªSu forma de vestir era muy formal, pero no ten¨ªa cara. ¡ªMuy bien... eso es realmente extra?o ¡ªcoment¨® Matlotsky. ¡ªPero su rostro emit¨ªa un humo blanco y... ¡ª?CARBORAPOR! ?ES CARBORAPOR! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ es eso? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªSon aquellos que manejan el carb¨®n y el vapor, solo los maestros en ese arte pueden ocultar su rostro con ese vapor mezclado con el carb¨®n. Pero es extra?o, normalmente solo los adultos pueden hacerlo, ya que es costoso, pero si este individuo lo logr¨®, entonces debe ser muy poderoso. ¡ªAh, no lo sab¨ªa ¡ªdijo Candado. ¡ªLa verdad es que son muy pocos los casos en los que una persona de esas puede emitir humo blanco desde su cabeza, ya que para lograrlo, deben usar sus poderes para protecci¨®n y no para fines ego¨ªstas. ¡ªGenial, pero, ?qui¨¦n podr¨ªa estar manejando la situaci¨®n desde las sombras? ¡ªpregunt¨® Ana Mar¨ªa. En ese momento, a Candado le vino a la cabeza lo que Ruccim¨¦nkagri le hab¨ªa dicho sobre el asunto: los Testigos. Sin embargo, ten¨ªa que encontrar una forma de mencionarlo sin comprometer a su amiga. Despu¨¦s de unos minutos fingiendo que estaba pensando en el asunto, Candado dijo: ¡ªLo escuch¨¦ de una de las personas con las que tuve un encuentro poco deseado. Mencion¨® algo sobre los "Testigos". Tal vez ellos sean quienes est¨¢n detr¨¢s de todo esto. ¡ª?Testigos? Eso es imposible, se han extinguido hace mucho tiempo ¡ªdijo Lucas. ¡ªEspera, ?acaso t¨² conoces a los Testigos, H¨¦ctor? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNaturalmente, mi madre pele¨® contra ellos cuando yo ten¨ªa tu edad. Eso fue un mes antes de que se hiciera amiga de tu madre. ¡ª?Qu¨¦ sabes al respecto? ¡ªpreguntaron Clementina y Candado al mismo tiempo. ¡ªBueno, seg¨²n los escritos y la informaci¨®n que mi madre me proporcion¨®, los Testigos fueron seguidores de Tanatos. Algunos dicen que eran sus hermanos, otros creen que eran ni?os que abandonaron su humanidad para aprender conjuros. Pero, en mi opini¨®n, no encajan en ninguna de esas categor¨ªas. ¡ªBueno, eso ya lo sab¨ªamos, pero, ?por qu¨¦ dices que se han extinguido? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªLa raz¨®n por la que se extinguieron es porque hace tiempo su l¨ªder intent¨® traer de vuelta a Tanatos con un conjuro muy peligroso llamado "El Agujero Negro". Este conjuro ten¨ªa el poder de anular o destruir cualquier tipo de poder en el mundo, y se consegu¨ªa a trav¨¦s de la sangre de los Bailak. Los Testigos intentaron resucitar a Tanatos, pero ese conjuro era extremadamente poderoso y los absorbi¨®, llev¨¢ndolos a su propia destrucci¨®n. Caus¨® una explosi¨®n que abarc¨® treinta y cinco kil¨®metros a la redonda, matando a todos los presentes y destruyendo todo a su paso. Los pocos que sobrevivieron fueron cazados uno por uno, tanto por los gremialistas como por los circuistas. ¡ªVaya, parece que a pesar de que los cazaron, creo que muy pocos sobrevivieron y est¨¢n empezando a reclutar a nuevas personas. ¡ª?Qu¨¦ te lleva a pensar eso? ¡ªpregunt¨® Anzor. ¡ªCandado se refiere a las personas con las que ¨¦l y yo peleamos el d¨ªa de ayer ¡ªdijo Clementina. ¡ªLo que ella dijo, tuvimos algunos problemas en el bosque ayer por la tarde. ¡ªVaya, no lo sab¨ªamos, ?tuviste alg¨²n problema? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªNo, nada que no pueda solucionar. ¡ªHumilde como siempre, ?eh? ¡ªMatlotsky, por favor, volv¨¦ a decir otra estupidez y te duermo de un pu?etazo. ¡ªBueno, no era para tanto. ¡ªBueno, ?en qu¨¦ estaba? Ah, s¨ª, la lucha. Bien, dec¨ªa que tuve problemas con estas personas, y si bien lo recuerdo, les arrebat¨¦ esto ¡ªCandado mostr¨® la insignia que le hab¨ªa mostrado a Ruccim¨¦nkagri y continu¨®¡ª, estoy seguro de que t¨² conoces esto. H¨¦ctor se puso de pie y tom¨® la insignia de manera sorprendida, como si hubiera visto un fantasma. ¡ªEsto es imposible, se supon¨ªa que ya no exist¨ªan. ¡ªParece que te has equivocado, H¨¦ctor, porque esto vale m¨¢s que mil palabras ¡ªdijo Candado, se?alando la insignia. ¡ªSi esto se lo sacaste a uno de ellos, eso significa que hay m¨¢s. ¡ªEso tambi¨¦n lo pens¨¦, tal vez se est¨¦n preparando para empezar una guerra. ¡ªNo est¨¢s tan equivocado, Candado. ¡ª?A qu¨¦ te refieres, Lucas? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo te olvides de lo que H¨¦ctor dijo, ellos buscaban traer de vuelta a Tanatos. Si ellos existen, eso significa que todav¨ªa est¨¢n tratando de lograrlo. ¡ªEso ser¨ªa un problema, imag¨ªnense que el tipo que someti¨® al mundo durante tres a?os enteros... libre. Eso ser¨ªa un caos terrible. ¡ª?D¨®nde viste un caos que sea tierno? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEn serio, debes dejar de ser tan l¨®gico ¡ªdijeron Clementina y Hammya. ¡ªNo debe ser tan terrible, lo intentaron una vez y fracasaron, no puede haber mucha diferencia ¡ªdijo Anzor. ¡ªTal vez tengas raz¨®n, si no pudieron traerlo de vuelta en ese entonces, es poco probable que lo logren ahora ¡ªcoment¨® Declan. ¡ªEn otras palabras, no habr¨¢ nada de qu¨¦ preocuparse ¡ªa?adi¨® Ana Mar¨ªa. En ese momento apareci¨® Esteban, con las manos en los bolsillos, entr¨® al sal¨®n y lo primero que hizo fue mirar fijamente a Candado, y este le devolvi¨® la mirada. Se pod¨ªa sentir que en cualquier momento iba a comenzar una pelea bastante grande, pero Esteban desvi¨® la mirada y se sent¨® en su banco. Al parecer, ese d¨ªa no ten¨ªa la intenci¨®n de pelear. ¡ª?Estar¨¢ enfermo? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n. ¡ªNo, creo que quiere desafiarme despu¨¦s de clase ¡ªcontest¨® Candado. Tal como hab¨ªa dicho, Esteban se puso de pie y se dirigi¨® hacia Candado. Los pasos de Esteban pon¨ªan en alerta m¨¢xima a los amigos de Candado, pero ponerse en guardia no ayudaba en nada a ¨¦l. A medida que Esteban se acercaba, ellos daban un paso atr¨¢s, excepto Hammya. Cuando Esteban se detuvo, mir¨® a Candado y este lo mir¨® a ¨¦l. Ambos estaban a punto de liberar todo el odio que hab¨ªan guardado entre ellos. ¡ªDime, ?de d¨®nde sac¨¢s a estos defectuosos? ¡ªpregunt¨® Esteban. ¡ªDe donde yo los saqu¨¦, es problema m¨ªo y de nadie m¨¢s. ¡ªAs¨ª que est¨¢s... entumido por todo este asunto, me alegra saber que eres muy cobarde para ciertas cosas. ¡ª?Crees que me importan los discursos que salen de ese agujero al que t¨² llamas boca? Despu¨¦s de todo, solo sale mierda y basura de ah¨ª. Esteban levant¨® la mano a la altura de sus costillas y comenz¨® a soltar una esfera el¨¦ctrica, continuamente arrojando una especie de hilos de aquella esfera de energ¨ªa, mientras Candado encend¨ªa su mano con la misma llama violeta. ¡ª?Sabes? Mi mayor sue?o es poder vencerte y demostrar que yo soy mucho mejor que t¨². ¡ª?T¨² vencerme a m¨ª? Eso es un sue?o totalmente imposible ¡ªdijo Candado mientras estaba de pie y pegaba su frente a la de Esteban. La situaci¨®n se volvi¨® brevemente aterradora, con la posibilidad de que cualquiera de los dos liberara toda su energ¨ªa sobre el otro, pero todo termin¨® cuando son¨® la campana. ¡ªTe salvaste, por ahora ¡ªdijo Esteban. ¡ªNo, t¨² te salvaste. En ese instante, Anzor y Declan tomaron a Candado de los hombros y lo arrastraron afuera mientras ¨¦l hac¨ªa se?as provocativas a Esteban. Estaba m¨¢s concentrado en insultar a Esteban que en lo que le estaban haciendo Anzor y Declan. Todos se formaron, saludaron a la bandera, cantaron el himno argentino y entraron a sus aulas, excepto Candado, quien se acerc¨® al m¨¢stil de la bandera y se arrodill¨® ante ella durante dos minutos, como si estuviera venerando a un dios. Nadie lo hab¨ªa notado antes, excepto el director de la escuela. Hasta ese momento, absolutamente nadie ten¨ªa idea de que Candado hac¨ªa eso todos los d¨ªas. Cuando dio por finalizada esa veneraci¨®n, se puso de pie y entr¨® al aula. El profesor no se hab¨ªa dado cuenta de que Candado hab¨ªa entrado reci¨¦n, ya que no le importaba. Me gustar¨ªa decir que Candado era el favorito de la clase o de los profesores, pero no era as¨ª. En realidad, todo el colegio, exceptuando a sus amigos, le ten¨ªa miedo, y los profesores lo odiaban. Candado m¨¢s de una vez hab¨ªa puesto a los profesores en su lugar. Una an¨¦cdota cuenta que los profesores sol¨ªan pedir dinero a los alumnos para obras de infraestructura que nunca se realizaban. Un d¨ªa, un profesor aument¨® la tarifa y solicit¨® una donaci¨®n de doscientos cincuenta pesos de cada alumno para instalar un aire acondicionado, el mismo que hab¨ªan prometido m¨¢s de tres veces. El d¨ªa en que se deb¨ªa hacer la donaci¨®n, el profesor detuvo la clase y pidi¨® el dinero a los estudiantes. Candado fue el primero en la lista, pero en lugar de entregar dinero, ¨¦l y Clementina llevaron un aire acondicionado totalmente nuevo y lo colocaron en el escritorio del profesor. Los estudiantes quedaron fascinados con el regalo, pero el profesor no. A pesar de que ocultaba su disgusto con una sonrisa en el rostro, se notaba su disgusto por este acto. Desde ese d¨ªa, los profesores se dieron cuenta de que sacar dinero a Candado Barret ser¨ªa totalmente imposible, y cada vez que ped¨ªan donaciones para algo, Candado les entregaba el objeto que supuestamente comprar¨ªan, arruinando su peque?a mafia. Hab¨ªa muchas an¨¦cdotas de Candado, tantas como las estrellas en el espacio, incontables. Olvidando un poco sus haza?as con los profesores, Candado se sent¨® en su banco, que estaba al lado de Hammya, cuando la clase se detuvo, nadie sab¨ªa por qu¨¦ hasta que entr¨® el director, se par¨® frente a todos y dijo: ¡ªS¨¦ que esto es algo inusual, pero hoy tenemos a otro alumno, aunque la mayor¨ªa ya lo conoce, as¨ª que no hace falta presentarse. Ven, pasa. Cuando el director anunci¨® la llegada de un nuevo alumno y la puerta se abri¨®, una ni?a de cabello negro corto entr¨®, llevando una mochila de deportes en la espalda, similar a la que usan los tenistas o los jugadores de f¨²tbol. Vest¨ªa ropa de hombre, con pantalones oscuros, zapatos negros, un chaqu¨¦ negro y una chalina blanca elegantemente envuelta alrededor de su cuello. Tambi¨¦n llevaba un sombrero celeste y blanco en la cabeza y, de manera inusual, un pollito amarillo descansaba sobre su cabeza. La mayor¨ªa de los estudiantes se sorprendi¨® al verla, ya que algunos eran nuevos en la escuela. Sin embargo, Candado, al verla, se cubri¨® los ojos, mostrando su descontento. La ni?a mir¨® a todos y dijo: ¡ªHola, Viki Tonrrial Cortez Ar¨ªn ha vuelto de nuevo a su pueblo querido. Candado susurr¨® mientras se sosten¨ªa las sienes con ambas manos: ¡ªBueno, me retiro por hoy, ve y toma asiento, se?orita. Despu¨¦s de eso, Viki tom¨® asiento al lado de H¨¦ctor y comenz¨® a prestar atenci¨®n a la clase mientras el profesor daba su lecci¨®n. Durante la clase, Hammya se acerc¨® a Candado y le pregunt¨®: ¡ªCandado, ?qui¨¦n es ella? Candado alz¨® la vista de su libro y volte¨® a ver a Hammya. ¡ª?Eres sorda o qu¨¦? Hace cinco minutos dijo su nombre. ¡ªNo me refer¨ªa a eso, sino qui¨¦n es ella para ustedes. Candado se dio la vuelta y sigui¨® leyendo, pero respondi¨® a la pregunta de Hammya. ¡ªElla es una de nosotros. ¡ª?Del gremio Roob¨®leo? ¡ªPor supuesto, ella es parte de nuestro gremio. ¡ªGuau, ?tiene poderes como ustedes? ¡ªClaro, si te fijas bien, es un vampiro. ¡ª?Vampiro? Pero es de d¨ªa. ¡ªEso es de las pel¨ªculas. Si quieres saber m¨¢s de ella, tendr¨¢s que preguntarle en el recreo. Despu¨¦s de la conversaci¨®n, Candado volvi¨® a su lectura sin interrupciones, mientras Hammya miraba a Viki con curiosidad. Viki, de manera amigable, saludaba a sus compa?eros con una sonrisa. Cuando finalmente son¨® el timbre del recreo, todos los estudiantes salieron al patio, excepto Candado y sus amigos, quienes se acercaron a Viki. Le dieron abrazos y felicitaciones, ya que despu¨¦s de un a?o y dos meses, su amiga del gremio hab¨ªa vuelto. Cuando todos estaban hablando con ella, Candado y Hammya se acercaron. ¡ªOh, Candado, tanto tiempo. ¡ªS¨ª, tanto tiempo ¡ªdijo de manera sarc¨¢stica¡ª. ?Por qu¨¦ est¨¢s de vuelta? Se supon¨ªa que estar¨ªas lejos por tres meses m¨¢s. ¡ªJe, la verdad es que me aburr¨ª. ¡ª?Te aburriste? ¡ªS¨ª, Candado, me aburr¨ª. Me aburr¨ª de comerme al ganado. La ira encendi¨® los ojos de Candado. ¡ªEres una... Se supon¨ªa que te mand¨¦ lejos para que pudieras controlarte, y parece que no lo hiciste. ?Qu¨¦ rayos estuviste haciendo en un a?o? ¡ªDormir, jugar y comer. Candado hizo un ruido de frustraci¨®n, pero Declan puso su mano en su hombro para calmarlo. ¡ªEnvi¨¦ a Pio contigo para evitar que hicieras eso, y hablando de eso, ?d¨®nde demonios est¨¢ Pio? ¡ªElla est¨¢ en casa, dijo que no vendr¨ªa hoy a la escuela. ?Podr¨ªamos ir a visitarla si te parece? ¡ªS¨ª, voy a visitarla, para poder rega?arla con mis propias manos. La mand¨¦ contigo para que te controlara, y me la traes de vuelta igual. Sin ning¨²n ?CAMBIO! Viki se ri¨® de las provocaciones de Candado, disfrutando al hacerlo enfadar. Pero despu¨¦s de que se calm¨®, se volvi¨® hacia Hammya y comenz¨® una conversaci¨®n amigable: ¡ª?Qui¨¦n eres? Nunca te he visto por aqu¨ª antes, pero me gusta tu color de cabello. Hammya respondi¨®: ¡ªOh, gracias. Eres la primera persona que me dice eso sin decirme que es raro. Viki se puso de pie y le dio un apret¨®n de manos: ¡ªSoy Victoria Tonrrial, pero todos me llaman Viki. T¨² tambi¨¦n puedes decirme Viki. ¡ªEs un placer, Viki. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¡ªSoy Hammya, Hammya Saillim. Encantada. ¡ªVaya, qu¨¦ nombre m¨¢s bonito. ¡ªGracias. ?Es cierto que eres un vampiro? ¡ªS¨ª, lo soy. Por eso mis ojos son rojos, pero descuida, no voy a morderte. No muerdo a mis amigos. ¡ª?No te hace da?o el sol? ¡ªNo, no me hace da?o. Me da calor, pero nada m¨¢s. ¡ª?La agua bendita? ¡ªNo, aunque la sangre tiene agua. ¡ªOh, ?La plata? ?Te hace da?o la plata o la cruz? En ese momento, Viki sac¨® un crucifijo de su chalina y dijo: ¡ªSoy cristiana, y esto es de plata. No hay nada m¨¢s bendito que la cruz de Jes¨²s todopoderoso. ¡ª?La estaca en el coraz¨®n? ¡ªDime, Hammya, ?conoces a alguien en este mundo que no muera por una estaca en el coraz¨®n? Nadie. ?A qui¨¦n no matar¨ªa eso? ¡ªPero bebes sangre. ¡ªS¨ª, porque es mi alimento. Sin ella, no puedo vivir. ¡ª?Entonces has matado para conseguirla? ¡ªNo, porque hoy en d¨ªa puedes ir a un hospital y pedir sangre, nada m¨¢s. ¡ªEres muy extra?a. ¡ªMira qui¨¦n habla. ¡ª?Y ese pollito? ¡ªElla es S¨ªo, es mi mascota. La tengo desde que ten¨ªa tres a?os. ¡ªPero no ha crecido. ¡ªPorque le hice un conjuro para evitar que creciera. ¡ªCosa que casi te cuesta la estad¨ªa en el gremio ¡ªa?adi¨® H¨¦ctor. ¡ªBueno, al menos no pas¨® nada grave. La conversaci¨®n continu¨®, y todos estaban felices de que su amiga hubiera vuelto despu¨¦s de un a?o, excepto Candado. Aunque en lo profundo de su c¨¢scara amarga, tambi¨¦n estaba contento de que ella hubiera regresado, al menos eso pensaba. Pasando a otro tema, despu¨¦s del recreo, mientras Candado se recostaba junto a una ventana del sal¨®n leyendo su libro, Erika, su amiga, regres¨® del recreo y le advirti¨®: ¡ª?Candado, abajo ahora! Sin dudar, Candado se tir¨® al suelo como Erika le hab¨ªa indicado, y en ese momento, unos tent¨¢culos emergieron de la tierra y rompieron la ventana. No solo eso, tambi¨¦n derribaron bancos y sillas, sembrando el p¨¢nico entre los estudiantes que corr¨ªan asustados. Los tent¨¢culos parec¨ªan buscar a alguien, y Candado hizo una se?a a sus amigos para que ayudaran a los atrapados en las sillas y mesas. Anzor y Declan desenvainaron sus espadas y comenzaron a cortar los tent¨¢culos, mientras que H¨¦ctor, Germ¨¢n y Lucas ayudaban a los ni?os. Sin embargo, un tent¨¢culo golpe¨® a Germ¨¢n en el pecho, haci¨¦ndolo volar hacia la puerta de salida. Afortunadamente, Germ¨¢n se levant¨® r¨¢pidamente y se transform¨® en un lic¨¢ntropo antes de regresar al aula para enfrentar a los tent¨¢culos. Candado, por su parte, permanec¨ªa en el suelo, fuera del alcance de los tent¨¢culos, y grit¨®: ¡ª?ERIKA, LUC¨ªA, SAQUEN A TODOS DE LA ESCUELA AHORA! ¡ªgrit¨® Candado mientras luchaba contra los tent¨¢culos que emerg¨ªan por todas partes. En ese momento, Ana Mar¨ªa entr¨® al aula y dio un pu?etazo al tent¨¢culo que bloqueaba el camino de Candado. Este gesto le permiti¨® ponerse de pie y utilizar sus flamas para quemar los tent¨¢culos que se interpon¨ªan en su camino. Sin embargo, los tent¨¢culos segu¨ªan surgiendo de las ventanas y el suelo. En ese momento, T¨ªnbari apareci¨® y se uni¨® a la lucha. ¡ªT¨ªnbari, estoy a ciegas, no siento ning¨²n poder m¨¢gico, necesito tu ayuda ?AHORA! ¡ªexclam¨® Candado. Los ojos de T¨ªnbari brillaron de color amarillo mientras le respond¨ªa: ¡ªEst¨¢ detr¨¢s de ti, aproximadamente a ochenta metros. Candado mir¨® detr¨¢s de ¨¦l y vio una ventana, pero m¨¢s tent¨¢culos emergieron, impidiendo su escape. Candado, armado con su fac¨®n, dio la orden a sus amigos: ¡ªEl enemigo est¨¢ ah¨ª afuera, necesito su ayuda para abrirme paso y atraparlo. Todos sus amigos respondieron al un¨ªsono: ¡ª?A LA ORDEN CANDADO! Declan y Anzor cortaron tent¨¢culos, Clementina dispar¨® a otros, Germ¨¢n los arranc¨® de ra¨ªz con su fuerza, Lucas los incendi¨®, las mellizas los petrificaron, Viki los cort¨® con sus afiladas u?as, Matlotsky los golpe¨® con su martillo y les dispar¨® con su pistola de clavos, y H¨¦ctor utiliz¨® sus cartas para detener los ataques de los tent¨¢culos hacia sus amigos. Trabajaron juntos hasta que finalmente lograron abrir una abertura en la ventana. ¡ª?AHORA, CANDADO, SALTA! ¡ªgrit¨® Declan. H¨¦ctor envolvi¨® a Candado en una esfera de cartas y salt¨® por la ventana, llevando a Candado afuera de la escuela. T¨ªnbari se qued¨® atr¨¢s para ayudar a los amigos de Candado en la lucha contra los tent¨¢culos. Candado, fuera de la escuela, se enfrent¨® al individuo que estaba causando el caos. El sujeto levantaba sus manos y las mov¨ªa de manera extra?a. Candado lanz¨® su fac¨®n hacia ¨¦l, pero el sujeto lo esquiv¨®, lo que provoc¨® que los tent¨¢culos que emerg¨ªan del suelo se desactivaran. Candado lo encar¨® y lo golpe¨® en el pecho, haciendo que se le cayera la capucha y revelando una m¨¢scara de madera. Candado se sorprendi¨® al ver que el individuo parec¨ªa ser de su misma edad, y vest¨ªa con una t¨²nica verde clara y una m¨¢scara de madera que ocultaba su rostro.This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience. ¡ª?Qui¨¦n rayos eres? ¡ªpregunt¨® Candado, manteniendo su mirada fr¨ªa en el misterioso individuo. El sujeto no respondi¨® y se mantuvo en silencio, observando a Candado de manera fija. ¡ªTe lo preguntar¨¦ una vez m¨¢s: ?Qui¨¦n rayos eres y qu¨¦ quieres? ¡ªinsisti¨® Candado, mientras se acercaba al individuo y sacaba su fac¨®n que estaba incrustado en un ¨¢rbol. ¡ª?No quieres hablar verdad? A juzgar por esa m¨¢scara, puedo asegurar que no es para ocultar tu identidad, sino una marca en tu rostro, ?no es as¨ª? Testigo. ¡ªCandado provoc¨® una reacci¨®n en el misterioso individuo, quien abri¨® los ojos sorprendido. Candado aprovech¨® la oportunidad y se lanz¨® hacia ¨¦l, propin¨¢ndole golpes mientras el sujeto apenas pod¨ªa defenderse. El individuo parec¨ªa perplejo al escuchar la palabra "Testigo", lo que indicaba que ten¨ªa algo que ver con el asunto. ¡ªEres de los que se quedan callados cuando descubren su oscuro secreto, ?verdad? ¡ªcontinu¨® Candado mientras segu¨ªa atacando al individuo. Finalmente, el misterioso individuo se prepar¨® para pelear con Candado, y ambos se mantuvieron en guardia, esperando a que uno de ellos diera el primer paso. Candado decidi¨® tomar la iniciativa y se lanz¨® hacia el individuo, quien invoc¨® tres tent¨¢culos del suelo para perseguirlo. Sin embargo, Candado actu¨® con astucia y corri¨® hacia el individuo. Cuando estuvo a punto de golpearlo, Candado salt¨® hacia un lado, haciendo que uno de los tent¨¢culos cayera sobre el sujeto, lastim¨¢ndolo. ¡ªPens¨¦ que eras m¨¢s listo, hombre de pocas palabras ¡ªburl¨® Candado. ¡ª?Crees eso, verdad? ¡ªse escuch¨® una voz detr¨¢s de Candado. Candado se dio la vuelta y vio al individuo con la m¨¢scara parcialmente rota, revelando parte de su rostro. ¡ªHablaste. No est¨¢ mal para un reci¨¦n llegado como t¨² ¡ªobserv¨® Candado. ¡ªDebo admitir que es la primera vez que me atacan y me hacen da?o ¡ªrespondi¨® el misterioso individuo. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨® Candado nuevamente. ¡ªNo eres mi objetivo por ahora. ¡ªEl sujeto no revel¨® su nombre, pero s¨ª su apodo¡ª. Soy Guz, y represento a los Testigos. Muy pronto, este mundo ser¨¢ nuestro. Tras decir esto, Guz corri¨® hacia el interior del bosque, saltando de ¨¢rbol en ¨¢rbol como un mono. En ese momento, el sujeto gaseoso que Candado hab¨ªa encontrado ayer apareci¨®. ¡ªT¨², ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªEstaba desayunando cuando escuch¨¦ un estruendo en la escuela. Me asom¨¦ y te vi entrar al bosque, as¨ª que te segu¨ª hasta aqu¨ª. Pero debo estar agradecido, ese sujeto me ha dado una pista. Quieren asesinar a Esteban, y eso no lo voy a permitir. Dicho esto, el sujeto gaseoso se lanz¨® en busca de Guz, mientras que Candado se qued¨® en su lugar sin tomar ninguna acci¨®n. Cuando Candado finalmente regres¨® a la escuela, encontr¨® a sus amigos sacando los tent¨¢culos que hab¨ªan cortado, y Matlotsky reparando las ventanas, sillas y mesas da?adas. Sus amigos corrieron hacia ¨¦l, preocupados por lo que hab¨ªa sucedido. H¨¦ctor fue el primero en preguntar. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ?Te encontraste con el individuo que inici¨® todo esto? Candado mir¨® a H¨¦ctor con seriedad y respondi¨®: ¡ªS¨ª, lo encontr¨¦, pero ¨¦l no estaba interesado en m¨ª. Su objetivo era Esteban. ¡ª?Esteban? ¡ªtodos sus amigos expresaron su sorpresa. ¡ªNo puede ser, ?era un mercenario? ¡ªpregunt¨® Anzor. ¡ªNo, era un... un Testigo. odos quedaron at¨®nitos al escuchar la terrible palabra "Testigo". Si un Testigo hab¨ªa intentado matar a Esteban, eso significaba que sus suposiciones eran correctas: alguien estaba tratando de iniciar una guerra. La situaci¨®n vivida ese d¨ªa y el d¨ªa anterior hab¨ªan llegado al cerebro de Candado, encajando la ¨²ltima pieza del rompecabezas. El d¨ªa anterior, tres individuos lo hab¨ªan atacado con un objetivo claro: acabar con su vida. No era porque Candado fuera fuerte y temible, sino porque ocupaba el cargo de presidente de la O.M.G.A.B. (Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein). Al matarlo, los atacantes intentar¨ªan culpar al Circuito, y viceversa, desencadenando un conflicto. Sin embargo, lo que los tres sujetos no sab¨ªan era que Candado hab¨ªa sido sancionado previamente por golpear a un camarada gremialista en el convento. Esa acci¨®n lo hab¨ªa llevado a perder la presidencia, siendo reemplazado por el representante de Jap¨®n, Yuuta Aikawa. Candado hab¨ªa mantenido esta informaci¨®n en secreto, no para protegerse, sino para proteger a Yuuta y a la moral de la organizaci¨®n. La teor¨ªa de Candado se confirmaba y la sombra de la guerra se cern¨ªa sobre el mundo. Sab¨ªa que otro conflicto llevar¨ªa al planeta al caos, independientemente de qui¨¦n ganara, el resultado ser¨ªa la destrucci¨®n total. Sin embargo, Candado cambi¨® de tema para no preocupar a sus amigos. ¡ªOigan, ?van a seguir parados o van a entrar a la escuela? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªLo siento, Candado, pero el director nos dio el d¨ªa libre. Tres profesores quedaron heridos, pero sus heridas no son graves ¡ªrespondi¨® Hammya. ¡ª?En serio? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo, Candado, solo son heridas superficiales. Estar¨¢n bien ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªTengo una idea, ?por qu¨¦ no celebramos el regreso de Viki en la hermandad Roob¨®leo? ¡ªpropuso Matlotsky. Lucas mir¨® a Matlotsky disgustado, pero Candado sorprendentemente estuvo de acuerdo. ¡ªMe parece una buena idea ¡ªdijo Candado. ¡ª?Pero, se?or...? Bueno, como usted diga ¡ªcedi¨® Lucas. ¡ª?Organizar¨¢n una fiesta? ¡ªpregunt¨® Matlotsky emocionado. ¡ªNo, solo vamos a celebrar ¡ªaclar¨® Candado. ¡ªEres muy aburrido, Candado ¡ªcoment¨® Matlotsky. ¡ªY t¨² eres una palta, as¨ª que no te quejes ¡ªrespondi¨® Candado. Luego, Candado y sus amigos se dirigieron al gremio para celebrar el regreso de su amiga Viki. Era la primera vez que Candado organizaba algo as¨ª para uno de sus amigos. En el camino, algunos de ellos notaron un ligero cambio en la actitud de Candado, especialmente H¨¦ctor, Viki, Ana Mar¨ªa, Clementina y Lucas. Desde que Hammya lleg¨®, Candado hab¨ªa actuado de manera diferente, pero prefer¨ªan no sacar conclusiones sobre su cambio de personalidad. Finalmente, llegaron al gremio. Anzor abri¨® la puerta y todos entraron. Candado cerr¨® la puerta, encendi¨® las luces y se dispersaron por el lugar. Matlotsky encendi¨® el equipo de m¨²sica y coment¨® que era la primera vez que ten¨ªan el d¨ªa libre para usar la casa. Hammya aprovech¨® para preguntar sobre a qu¨¦ se dedicaban exactamente. Candado se dispon¨ªa a responder, pero su amigo irland¨¦s le contest¨®. ¡ªEl gremio Roob¨®leo, al igual que cualquier otro gremio, se dedica a resolver problemas para otras personas, como objetos robados, asesinatos, misterios, fugas, y m¨¢s ¡ªdijo Declan. ¡ªVaya, no ten¨ªa idea. ¡ªClaro que no, porque eres nada m¨¢s y nada menos que una ilusa ¡ªa?adi¨® Declan. ¡ªEsc¨²chame, ahora soy parte de este gremio y me gustar¨ªa que dejaras de ser tan desagradable. Declan dio un pisot¨®n fuerte con su pie derecho y mir¨® fijamente a Hammya. ¡ªNo me levantes la voz, t¨² no eres nadie como para hablarme de esa manera. Tal vez seas parte de este gremio, pero yo tengo m¨¢s tiempo en ¨¦l que t¨², as¨ª que ten eso muy claro. Si planeas algo extra?o en este gremio que nos perjudique o sospecho que nos est¨¢s traicionando ¡ªen ese momento desenvain¨® su sable, lo coloc¨® en el cuello de Hammya y continu¨®¡ª, tu cabeza rodar¨¢ a mis pies. ¡ªDeclan, baja tu arma, sabes cu¨¢l es el reglamento, ?verdad? ¡ªS¨ª, Candado, lo s¨¦. En ese instante, Anzor y German vinieron y se llevaron a Declan de all¨ª para evitar m¨¢s problemas entre ellos dos. ¡ªDisculpa a Declan, no conf¨ªa en ti, pero alg¨²n d¨ªa lo har¨¢. Por ahora, dale tiempo ¡ªdijo Viki mientras le entregaba una copa de gaseosa. ¡ª?Qu¨¦ le pasa? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªTodav¨ªa no supera la traici¨®n de Ocho al gremio. ¡ª?Ocho? ¡ªS¨ª, ella era como t¨², una¡­ ¡ªViki, espera, ?dijiste ella? ?Acaso es mujer? ¡ªS¨ª, era una de nosotros, pero nos traicion¨® e intent¨® asesinar a Candado. Nos doli¨® mucho cuando nos traicion¨®, pero a Declan le doli¨® a¨²n m¨¢s, ya que ella era su novia. Siempre se sinti¨® culpable por ese hecho, y siempre pens¨® que por su culpa casi mueren sus amigos. Por eso es tan desconfiado. ¡ªVaya, lo siento. ¡ªEs duro y terco, pero es un buen amigo. ¨¦l es de los que pondr¨ªan la mano en el fuego si est¨¢s en problemas. Cuando Viki dijo eso, Hammya se dirigi¨® hacia donde estaba Declan. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªSi voy a ser parte del gremio, ser¨¢ mejor que empiece a trabajar en ganarme la confianza de los dem¨¢s. Estas palabras quedaron grabadas en las mentes de Viki y Candado. Candado, quien estaba de espaldas, las escuch¨®. Cuando lo hizo, mostr¨® una peque?a sonrisa moment¨¢nea, pero visible ante los ojos de H¨¦ctor. Hammya se acerc¨® a un dormitorio semi cerrado, se asom¨® y abri¨® la puerta. Dentro, encontr¨® a Declan sentado en una silla, de espaldas, limpiando su espada. Hammya camin¨® hacia ¨¦l lentamente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Declan, sin darse la vuelta, dijo: ¡ªYa ha quedado claro mis intenciones, no voy a hablar contigo. No importa lo que hagas, no me interesa tu amistad. ¡ªMira, no quiero problemas contigo. Lo ¨²nico que quiero es que me trates con respeto. ¡ª?Respeto? Eso es algo que no se obtiene f¨¢cilmente. De hecho, dudo mucho que alguien como t¨² pueda ganarse mi respeto. ¡ªSi Matlotsky pudo hacerlo, entonces yo tambi¨¦n puedo. ¡ªJa, ese chico es duro, pero nunca se le ocurrir¨ªa traicionar al gremio. ¡ªBueno, con el tiempo seremos amigos. Declan no dijo nada m¨¢s y sigui¨® limpiando su espada. Hammya, por su parte, se alej¨® de la habitaci¨®n y se reuni¨® con Candado, quien estaba sentado en el centro de la mesa, leyendo un libro. ¡ªHola, Candado. ¡ªHola, Esmeralda. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? Candado levant¨® la vista. ¡ªNi?a, ?qu¨¦ rayos crees que estoy haciendo? ?Estoy pescando? Estoy leyendo, ni?a, leyendo. ¡ªLo siento, se?or fino, solo fue una pregunta. ¡ªS¨ª, una muy est¨²pida y sin sentido alguno. ¡ª?Por qu¨¦ eres tan malo? ?No me explico por qu¨¦ te respetan tanto? ¡ªUna, porque soy diab¨®lico, y segunda, ?qu¨¦ te importa? ¡ªEres un cretino. ¡ªNo me importa, mientras haga lo que es correcto, mi actitud no importa. ¡ªCambiando de tema, dime ?cu¨¢ntos pa¨ªses gobierna la Organizaci¨®n Bernstein? ¡ªHoy en d¨ªa son diez pa¨ªses, entre ellos est¨¢n Argentina, Paraguay, Francia, Alemania, Kenia, China, Cuba, Jap¨®n, Ir¨¢n y Venezuela. ¡ªGuau, antes eran siete. ?Por qu¨¦ hoy son diez? ¡ªPorque esos tres pa¨ªses lograron cosas incre¨ªbles. Cuba entr¨® porque Fernando ¨¢lvarez empez¨® una revoluci¨®n contra los Circuistas. En ese momento, la cuna del F.U.C.O.T. era Cuba, pero Fernando los expuls¨® con tan solo dieciocho gremios en toda la isla, por eso se gan¨® un espacio en nuestra sala. Hoy en d¨ªa, los mejores gremios est¨¢n en Cuba. En Ir¨¢n, All¨ª Fereshteh lleg¨® a una paz con los circuitos de oriente, era el primer pa¨ªs que logr¨® tener un tratado con ellos despu¨¦s de sesenta y cinco a?os, inspirando a las dem¨¢s naciones del mundo a tener tratados de di¨¢logo para alcanzar la paz, por esa raz¨®n se gan¨® un lugar en nuestra sala. Venezuela fue un pa¨ªs muy azotado por el imperialismo extranjero, tanto que no existi¨® por m¨¢s de sesenta a?os gremios en ese pa¨ªs, hasta que un chico llamado Ramiro Solari cre¨® un gremio que solo se dedicaba a combatir el hambre y la pobreza, se gan¨® un lugar en la O.M.G.A.B. porque fue el ¨²nico pa¨ªs que apoy¨® a mi madre en el caso GreenBlood. Cuando ella fue expulsada, busc¨® ayuda en ese pa¨ªs y fue muy bien recibida. Cuando el caso termin¨®, mi madre fue electa presidenta y, como muestra de agradecimiento, le abri¨® las puertas a Ramiro, gan¨¢ndose ese asiento en nuestra sala. ¡ªVaya, ?c¨®mo es posible que nunca haya escuchado eso? ¡ªPorque los empresarios e imperialistas se encargaron de silenciarnos, hablando de temas sin importancia. Hoy en d¨ªa, la Organizaci¨®n de Naciones Unidas sabe de nuestra existencia, pero no sabe por qu¨¦ existimos, jam¨¢s tocaron el tema. Solo algunos pa¨ªses saben de nuestra existencia. ¡ªEs un poco triste. ¡ª?Triste? No es triste. En mi opini¨®n, pienso que es mejor as¨ª. Si nuestro nombre fuera conocido por todo el mundo, usar¨ªan a la organizaci¨®n para beneficio propio, cosas como la guerra, conflictos pol¨ªticos y religiosos, promoci¨®n del imperialismo y un mont¨®n de cosas que da?ar¨ªan los ideales de Harambee. Prefiero morir antes que permitir que mancillen su nombre. ¡ªJe, parece que admiras mucho a una africana. Candado cerr¨® el libro y se lo baj¨® con fuerza sobre la cabeza de Hammya. ¡ªNo te atrevas a usar as¨ª el nombre de ella. Para tu informaci¨®n, gracias a ella, personas como t¨² no andan por la vida siendo esclavos. ¡ªEso duele y mucho. ¡ªPara que no lo olvides, nunca ¡ªdijo Candado mientras la se?alaba con un libro. ¡ªEst¨¢ bien, est¨¢ bien, no lo olvidar¨¦. ¡ªAs¨ª est¨¢ mejor. ¡ªA prop¨®sito, ?por qu¨¦ tu madre ser¨ªa bien recibida en Venezuela? ?Acaso ella era odiada? En ese momento, el gesto de Candado cambi¨®; se volvi¨® tenue y tranquilo, y su mirada se volvi¨® d¨¦bil. ¡ªEn ese momento, s¨ª. Mi abuelo hab¨ªa vencido a un ser extra?o llamado "P". ¨¦l ten¨ªa un amigo llamado Mike Thompson, que representaba al gremio de Estados Unidos llamado GreenBlood. Pero en aquel combate, Mike perdi¨® la vida salvando a mi abuelo. Cuando "P" fue derrotado, ¨¦l dijo que Mike era el verdadero h¨¦roe, dejando como m¨¢rtires al gremio GreenBlood y llev¨¢ndolos a la c¨²spide de la O.M.G.A.B. Pero a?os m¨¢s tarde, mi madre fue a pedir ayuda a dicho gremio pero fue traicionada; la ayuda nunca lleg¨®. Fue en ese entonces que surgi¨® esta pregunta: "?C¨®mo es posible que un gremio temerario como ese, que hab¨ªa luchado por sus hermanos, no viniera en ayuda de una de sus hermanas?" En ese instante, ella comenz¨® a indagar en el tema. Mientras m¨¢s se acercaba a la verdad, el GreenBlood, usando su poder, orden¨® que se destituyera al gremio Roob¨®leo de la organizaci¨®n. Ni con la ayuda de Francia, Kenia, Cuba y Paraguay pudieron detener la expulsi¨®n de Argentina de la O.M.G.A.B., pero ella nunca se rindi¨® y sigui¨® buscando la verdad. El camino era dif¨ªcil y todo estaba en su contra, pero nunca estuvo sola; ten¨ªa a mi padre, que siempre la apoy¨® en todo. ¡ª?C¨®mo termin¨® todo esto? ¡ªMi madre busc¨® ayuda en el F.U.C.O.T. Como ella era clandestina, ya no le importaba lo que pensaran de ella o de su gremio, as¨ª que teji¨® una alianza con ellos. Fue as¨ª que los Circuitos la ayudaron, y juntos pudieron desenmascarar al GreenBlood. Ella regres¨® al gremio y la indemnizaron con millones de lingotes de oro. ¡ª?Oro? ¡ªS¨ª, mi familia no usa d¨®lares. Toda nuestra fortuna est¨¢ en lingotes de oro. No confiamos en un pedazo de papel que se dice que es muy valioso. ¡ªBueno, me parece muy original. ?Eres millonario? ¡ª?Millonario? No, claro que no. Trillonario. ¡ªVaya, s¨ª que es una fortuna, a pesar de tener una casa com¨²n y corriente. ¡ªS¨ª, es que a mi familia y a m¨ª no nos gusta andar presumiendo con casas grandes y otras cosas. ¡ª?D¨®nde est¨¢ depositada toda esa fortuna? ¡ªEn nuestra b¨®veda personal. ¡ª?B¨®veda? ?No lo guardan en los bancos? ¡ªNo, el banco existe porque la sociedad conf¨ªa en ellos. En cambio, mi familia y yo no confiamos en ellos, y no somos est¨²pidos como para poner toda nuestra fortuna en manos de desconocidos. ¡ªAh, veo que aplican mucho la l¨®gica y la sociolog¨ªa en toda tu familia. ¡ªEh... gracias. ¡ªTengo otra pregunta, ?a caso el Circuito es igual a ustedes? ¡ªNo, es completamente diferente. Solo tienen un l¨ªder que es elegido por voto popular, pero para ser l¨ªder del F.U.C.O.T., tienes que ser respetado por ambas c¨¢maras del instituto. ¡ª?Hay representantes de los pa¨ªses en general? ¡ªNo, la idea de T¨¢natos era de un mundo sin fronteras que estuviera conectado a otras sociedades. Si eres un Circuista, no representar¨¢s a ning¨²n pa¨ªs, sino la ideolog¨ªa de T¨¢natos. ¡ª?Y eso para ustedes est¨¢ mal? Candado cerr¨® su libro y lo puso a un lado de la mesa. ¡ªA ver, no est¨¢ mal pensar diferente o expandir tus pensamientos. Lo que est¨¢ mal de ellos es llevar esa ideolog¨ªa al extremo, matando y amenazando. Eso es lo que est¨¢ mal de los Circuitos. Yo no comparto la idea de imponer mis ideas por la fuerza. ¡ª?T¨² qu¨¦ piensas de la O.M.G.A.B.? ¡ªYo sinceramente creo que est¨¢n haciendo bien su trabajo. No es que seamos perfectos, es que ellos fueron peores, pero intentamos ayudar a los dem¨¢s, sean parte del gremio o no. ¡ª?Qu¨¦ quieres t¨² realmente? Candado mir¨® fijamente a los ojos de Hammya, luego mir¨® sus manos. Las abr¨ªa y cerraba hasta que cerr¨® sus pu?os y dijo. ¡ªYo solo quiero paz, no m¨¢s guerra fr¨ªa entre nosotros, no m¨¢s derramamiento de sangre. ¡ªTranquilo, Candado, tranquilo. Yo tengo fe en que t¨² lograr¨¢s la paz. ¡ªBien, me parece bien que tengas fe. Despu¨¦s de todo, eso es lo ¨²nico que no se pierde, aun en los peores momentos. ¡ªEh... ¡ªNo digas m¨¢s. Me gusta siempre tener la ¨²ltima palabra, no es porque sea soberbio. En ese momento se acerc¨® H¨¦ctor con una carpeta verde en la mano. ¡ªCandado, ?puedo hablar contigo en privado un momento? ¡ªClaro. Candado se puso de pie y sigui¨® a H¨¦ctor a la sala de reuniones. ¡ªBien, ?se puede saber qu¨¦ ocurre? ¡ªEs sobre esta carpeta, la entregaron hace unos minutos. ¡ª?Qui¨¦n la env¨ªa? ¡ªpregunt¨® Candado mientras recib¨ªa la carpeta. ¡ªEs un env¨ªo de la O.M.G.A.B. ?Crees que ser¨ªa una nota de expulsi¨®n? ¡ªNo, no lo creo. Si fuera as¨ª, la carpeta ser¨ªa negra y no verde. Candado la abri¨® y adentro de ella hab¨ªa una carta con el sello oficial de la organizaci¨®n, el le¨®n. Candado tom¨® la carta y la mir¨® de arriba y de abajo. Luego de unos segundos de observaci¨®n, Candado dio la carta a H¨¦ctor y le dijo. ¡ªTen, l¨¦eme. No s¨¦ japon¨¦s. ¡ªOh, sabes franc¨¦s, alem¨¢n, Wichi, ingl¨¦s y persa, un mont¨®n de idiomas europeos, que quien sabe c¨®mo los aprendiste, pero no sabes leer japon¨¦s. ¡ª?Tengo cara de traductor mundial? Hazme un favor y l¨¦eme la carta. ¡ªBien. "Querido Nankinjo, el...". ¡ªEse pelotudo... H¨¦ctor hizo una mueca mirando hacia arriba. ¡ªProsigo. "Querido Nankinjo, el d¨ªa 10 de marzo se decret¨® tu exoneraci¨®n de tus misiones y que dentro de trece d¨ªas podr¨¢s volver a tus tareas en la junta Harambee. Espero que esto te haya servido de elecci¨®n. Recuerda, ten cuidado a la hora de desatar tu ira. Espero con ansias tu regreso a Kanghar en funci¨®n de tus servicios de candado/Presidente. Atentamente, tu jefe, Yuuta Aikawa." ¡ªEs genial, Candado, podr¨¢s volver a la organizaci¨®n. ¡ªVaya, por lo menos tuvo la amabilidad de darme permiso de volver el d¨ªa 23 de marzo. Voy a matar a ese cara sospechosa. ¡ªBueno, recuerda que t¨² lastimaste a un vocal. ¡ªS¨ª, y acepto mi castigo, pero no tolero que en una maldita carta me escriba "Tu jefe". Voy a romperle la nariz. ¡ªVamos, Candado, no m¨¢s peleas con tus supe¡­ digo, digo; camaradas. Ya fue suficiente. ¡ª?Me est¨¢s dando ¨®rdenes? ¡ªS¨ª, lo estoy haciendo por tu propio bien. Ya debes dejar eso de que te consuma la ira, en un futuro podr¨ªa traer problemas. Por primera vez, Candado sinti¨® que H¨¦ctor ten¨ªa raz¨®n. Si ¨¦l no se hubiera dejado llevar por la ira, jam¨¢s hubiera peleado con aquel que le lanz¨® un terrible conjuro, y no estar¨ªa escupiendo sangre. Si quer¨ªa vivir, tendr¨ªa que confiar en las peticiones de los dem¨¢s. Como dec¨ªa su abuelo: "Nunca podr¨¢s tener todas las respuestas y soluciones a tu alcance. Siempre vas a tener que confiar en los dem¨¢s, sobre todo en tus amigos". Su abuelo era un hombre muy sabio, y Candado siempre intentaba escuchar a los dem¨¢s. As¨ª que Candado mir¨® a H¨¦ctor de forma diferente; en sus ojos mostraba un poco de compasi¨®n. ¡ªTienes raz¨®n, no quiero cometer errores. Ahora entiendo por qu¨¦ me dio trece d¨ªas; fue para que comenzara a ser m¨¢s tolerante. Se supone que en la O.M.G.A.B. somos todos hermanos buscando lo mejor para nuestras familias. Comet¨ª un error al golpear a ese chico. Ten¨ªa un mal d¨ªa y supongo que quer¨ªa desquitarme con ¨¦l. Cuando vuelva, le pedir¨¦ perd¨®n. Se supone que todos somos los heraldos de Harambee. H¨¦ctor qued¨® fascinado con lo que dijo Candado. Era la primera y ¨²nica vez que Candado comet¨ªa un error y lo reconoc¨ªa, tanto que inconscientemente comenz¨® a aplaudir. ¡ªBravo, es un avance muy grande. ¡ª?Sobre qu¨¦? ¡ªSobre tu actitud. Sigue as¨ª. ¡ªAh, claro seguro. Pero que no se te suba tanto a la cabeza. ¡ªJe, bueno, es hora de que me vaya. Tengo que ayudar a Lucas all¨¢ atr¨¢s con sus experimentos. Despu¨¦s de decir eso, H¨¦ctor se fue y dej¨® a Candado solo en la habitaci¨®n. ¨¦l hab¨ªa estado ¨²ltimamente muy pensativo, sobre su salud y de lo que le dijo Ruccim¨¦nkagri ayer. As¨ª que agarr¨® una hoja blanca, una lapicera y escribi¨® sobre la situaci¨®n que estaban viviendo la O.M.G.A.B. Lentamente, los gremios y los circuitos caminaban sobre la cuerda floja. Era necesario detener la guerra a toda costa. Candado tom¨® apuntes sobre el asunto, escribi¨® lo m¨¢s importante: la organizaci¨®n de los Testigos, los atentados, los asesinatos de gremios y circuitos por igual, etc¨¦tera. Si el camino es un conflicto, entonces hay que detenerlo. No hay que arrastrarse hacia una guerra. El mundo no deber¨ªa volver a ver una guerra. Una vez que termin¨® de escribir, abri¨® la puerta y llam¨® a Clementina. Ella inmediatamente fue hacia ¨¦l. Candado puso la carta en sus manos y dijo. ¡ªQuiero que lleves esta carta al correo, por favor. Con esas simples palabras, Clementina se fue corriendo a llevar esa carta. Candado, aunque no se notara, estaba teniendo un estr¨¦s muy grande. Su transpiraci¨®n comenz¨® a ser seca, su coraz¨®n lat¨ªa velozmente. Todo esto caus¨® que Candado perdiera el equilibrio y se cayera al suelo. Sus amigos, al ver que ¨¦l estaba en el suelo, corrieron a auxiliarlo. H¨¦ctor y Mar¨ªa lo ayudaron a ponerse de pie. ¡ª?Est¨¢s bien, Jefe? ¡ªpregunt¨® Ana Mar¨ªa. ¡ª?POR ALGO ME CA¨ª! ¡ªVoy a llamar al doctor¡­ ¡ªNo, no vas a llamar a nadie sin mi autorizaci¨®n. ¡ªPero te has ca¨ªdo, eso no es¡­ ¡ªTe lo repito, no vas a llamar a nadie sin mi autorizaci¨®n. H¨¦ctor y Ana Mar¨ªa lo llevaron a la habitaci¨®n de descanso y lo sentaron en un sill¨®n, pero cuando todo parec¨ªa estar mejorando, Candado comenz¨® a toser. Hammya, quien estaba cerca y sab¨ªa lo que iba a venir despu¨¦s de la tos, sac¨® de su bolsillo un pa?uelo y se lo puso en la boca, mientras le daba palmadas en la espalda. Candado hab¨ªa vuelto a escupir sangre, pero esta vez sus amigos no lo hab¨ªan notado. As¨ª que Hammya, para distraer a sus amigos de la sangre en el pa?uelo, pidi¨® que le trajeran agua, y ni bien le quitaron los ojos de encima, Candado envolvi¨® el pa?uelo y lo ocult¨® en su bolsillo. Hammya le dio un vaso de agua y todo qued¨® en secreto nuevamente. ¡ªMuy bien, ?Qu¨¦ te pas¨®? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n. ¡ªNada, solo fue agotamiento, eso es todo. Solo necesito descansar. ¡ªEs cierto, has trabajado mucho este ¨²ltimo mes. Creo que deber¨ªas dejar el mando a H¨¦ctor una semana ¡ªdijo Declan. ¡ªNo, la porquer¨ªa est¨¢ tocando el ventilador y con todo lo que ha ocurrido, no puedo darme el lujo de descansar. Soy el presidente de la Hermandad Roob¨®leo y mis responsabilidades son primero. ¡ªS¨ª, todo lo que dijiste es cierto, pero si no te cuidas, va a valer todo un carajo porque te vas a morir. Descansa una semana y no seas terco. Eso es todo lo que te pedimos. No es ni un mes, ni un a?o, ni un siglo, es una semana. Despu¨¦s de descansar, podr¨¢s ser el mismo chico fr¨ªo, mand¨®n y pedante que eres siempre. ¡ª?Pedante? ?En serio? ¡ªLo que Matlotsky quiere decir es que necesitas descansar un tiempo. Lo necesitas, despu¨¦s de todo¡­ ¡ªLucas, he descansado por dos d¨ªas. Estoy bien. No necesito nada. ¡ª?Qu¨¦ tal si votamos? ¡ªpregunt¨® Anzor. ¡ªNo te atrever¨ªas, despu¨¦s de todo no he dado ninguna autorizaci¨®n. ¡ªLo siento, Candado. T¨² mismo dijiste que esto es una democracia. Est¨¢ en el estatuto 5-K de nuestra peque?a ley: "En caso de que los vocales est¨¦n en desacuerdo con el presidente, se proceder¨¢ al voto". ¡ª?Pucha, c¨¢llate Ana Mar¨ªa! ¡ªinterrumpi¨® Candado. ¡ªViste que para eso eres viva. ¡ªBuena idea, Mari. Votemos. Los que quieran que Candado descanse, levanten la mano. H¨¦ctor y todos los dem¨¢s, incluyendo Hammya, levantaron la mano. ¡ªEsperen, falta Clementina ¡ªdijo Candado. En ese momento, el tel¨¦fono son¨® y H¨¦ctor fue a contestar. ¡ªDiga¡­ ah¡­ espera que te pongo en alta voz. ¡ªYo, Clementina V02, voto a favor de que Candado descanse. ¡ª??ES EN SERIO!? ??C¨®MO MIERDA SAB¨ªAS DE LO QUE SE EST¨¢ HABLANDO!? ¡ªRecuerde, se?or, que la casa y yo somos uno. Ahora me despido. Lo ver¨¦ en la casa. Chauuu. ¡ªQue no se hable m¨¢s. Ern¨¦st tendr¨¢ unas merecidas vacaciones ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Qui¨¦n es Ern¨¦st? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªEs mi nombre, ni?a. Me llamo Ern¨¦st. ¡ª?Pens¨¦ que tu nombre era Candado? ¡ªS¨ª, lo es. ?Alg¨²n problema? ¡ªNo, para nada. ¡ªYa se ha hablado y votado. Candado va a descansar por una semana ¡ªdijo Matlotsky. ¡ª?OBJECI¨®N! ¡ªDenegada ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªVamos, son solo siete d¨ªas, despu¨¦s podr¨¢s volver a ser jefe ¡ªdijo Ana Mar¨ªa. ¡ª?Cu¨¢l es la jodida diferencia? Siempre me llamas jefe. ¡ªDa igual, acepta por favor ¡ªdijo Lucas. ¡ªBien, acepto, una semana, solo una semana. Espero que el gremio no se incendie mientras no est¨¦ presente. ¡ªTu confianza en m¨ª es muy conmovedora. ¡ªC¨¢llate, H¨¦ctor. ¡ªBien, como presidente temporal, voy a decretar tu descanso. Esto significa que puedes volver a tu casa. ¡ªEst¨¢ bien, me voy. Candado tom¨® su mochila, sali¨® de la habitaci¨®n, camin¨® hasta la salida del gremio, mont¨® a Uzoori y se fue a todo galope a su casa. Mientras tanto, sus amigos se quedaron y observaron c¨®mo se iba su exjefe. ¡ª?No deber¨ªa ir tras ¨¦l? ¡ªNo hace falta, Hammya. Te necesitamos aqu¨ª ¡ªdijo Viki. ¡ªEn realidad no ¡ªdijo Declan mientras arreglaba un librero. ¡ªNo le hagas caso, es un durubu. ¡ªSe dice d¨²r, Viki, y no es as¨ª. ¡ªLo que sea, eres un idiota que habla gracioso. ¡ªY vos sos un t¨¢ t¨² le muc an-horrendous. En ese momento, mientras Viki se pon¨ªa nerviosa por lo que hab¨ªa dicho Declan, porque le estaba hablando en irland¨¦s, a Hammya le brillaron los ojos y dijo. ¡ªEres un cerdo muy horrendo. ¡ª?Qu¨¦ yo qu¨¦? ?Encima que te estoy defendiendo? ¡ªNo, no es lo que t¨² crees. Lo que dijo ¨¦l es lo que significa en ingl¨¦s. ¡ª?Ah s¨ª, de veras? Conque soy un cerdo horrendo, entonces t¨² eres un sapo ¡ªdijo mientras se iba del lugar llev¨¢ndose a Hammya de la mano. Mientras las dos ni?as se iban del lugar, Declan comenz¨® a desconfiar de Hammya. Solo Candado sab¨ªa irland¨¦s, es pr¨¢cticamente imposible que haya otra persona que sepa su idioma. Por otro lado, despu¨¦s de que Hammya y Viki se alejaron de Declan, se dirigieron a la sala de descanso. En ese lugar, todos estaban descansando a su manera. Lucas y H¨¦ctor estaban jugando al ajedrez, Anzor estaba meditando en el suelo con su espada en el regazo, Ana Mar¨ªa estaba recostada en un muro mientras estaba usando su celular, las mellizas junto con Germ¨¢n y Matlotsky estaban jugando a las cartas. Hammya y Viki se sentaron en el sill¨®n y comenzaron a entablar una conversaci¨®n amigable. ¡ªLo hiciste bien all¨¢ atr¨¢s. Candado era el ¨²nico que entend¨ªa ese idioma, pero ?desde cu¨¢ndo sabes irland¨¦s? ¡ªNo tengo idea, pero me dio la sensaci¨®n de que yo ya conoc¨ªa o hab¨ªa o¨ªdo ese idioma. ¡ªEres demasiado reservada, Hammya. Ahora entiendo por qu¨¦ est¨¢s con nosotros. Has llamado la atenci¨®n de Candado. ¡ª?T¨² crees? Porque yo no tengo idea. ¡ªYo tampoco ten¨ªa idea de por qu¨¦ me acept¨® la solicitud, hasta que un d¨ªa lo entend¨ª. Estoy segura de que t¨² tambi¨¦n lo entender¨¢s. ¡ª?Qu¨¦ me dices t¨²? ?Por qu¨¦ no estabas presente en estos ¨²ltimos d¨ªas? ¡ªVer¨¢s, yo sufr¨ªa de una adicci¨®n a la sangre muy grande. No pod¨ªa controlarme e incluso ataqu¨¦ a mis compa?eros. Mord¨ª a H¨¦ctor y le succion¨¦ casi toda la sangre. Por mi culpa, ¨¦l es an¨¦mico. ¡ª?An¨¦mico? No lo parece. ¡ªCr¨¦eme, lo es, solo que no se ve a simple vista. ¡ª?Y qu¨¦ pas¨® despu¨¦s? ¡ªLe ped¨ª...le rogu¨¦, le supliqu¨¦, a Candado que me enviara lejos de la Isla del Cerrito para evitar da?ar a mis compa?eros. ¡ª?Entonces ya est¨¢? ¡ªS¨ª, fue dif¨ªcil al principio, pero ahora estoy bien, y todo gracias a Candado y a Pio. ¡ª?Pio? Ah, s¨ª, ya la hab¨ªas mencionado, pero ?d¨®nde est¨¢ ahora? ¡ªElla es igual a m¨ª, una holgazana. Ahora est¨¢ en casa, seguramente pintando un cuadro. Olvid¨¦ dar su voto. ¡ªDebe ser buena. ?C¨®mo se llama exactamente? ¡ªSe llama Natalia Ballester Pio, pero todos, excepto Candado, la llamamos Pio. ¡ªMe gustar¨ªa conocerla. ¡ªLa conocer¨¢s, la conocer¨¢s, lo aseguro. Candado hab¨ªa llegado a su casa tranquilamente. No tuvo ning¨²n problema en el camino, como de costumbre. Esta vez todo fue pac¨ªfico aunque algo alocado. En su casa, sus padres no estaban; Hip¨®lito estaba en el living jugando con la beb¨¦ Karen, Clementina estaba en el s¨®tano haci¨¦ndose un chequeo matutino, despu¨¦s de todo, el correo estaba cerca de la casa. Candado estaba en su habitaci¨®n leyendo un libro de Iv¨¢n Crusoe, titulado "La lanza de oro". En ¨¦l, relataba todas las haza?as que hab¨ªa hecho Harambee, la hero¨ªna de la O.M.G.A.B. Cada vez que Candado le¨ªa ese libro, se sent¨ªa orgulloso de su bisabuelo Jack Barret. A pesar de que solo mostraba una peque?a sonrisa, en su interior se sent¨ªa muy feliz. Hasta que lleg¨® T¨ªnbari solo para molestar. ¡ªUn poco m¨¢s y tus amigos se hubieran dado cuenta de que algo anda mal en ti. ¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ me hablas. ¡ªDe tu colapso en el gremio. Por suerte, tus compa?eros son est¨²pidos y solo creyeron que t¨² estabas... ¡ª?Fue! Por los nervios. Nunca estuve en esta posici¨®n antes. ¡ªVamos, yo s¨¦ cu¨¢ndo es agotamiento. Lo que t¨² tienes es un poderoso conjuro que te est¨¢ comiendo por dentro. ¡ªCierra la boca. Tengo diez a?os de vida todav¨ªa. ¡ªS¨ª descansas y no haces sobreesfuerzo f¨ªsico y mental. Esto es un s¨ªntoma de lo que tienes. ¡ª?Es mentira! ¡ª?Mentira? Candado, has usado la flama violeta mucho estos ¨²ltimos d¨ªas. Has peleado m¨¢s de lo debido. Es obvio que tu esp¨ªritu est¨¢ d¨¦bil. ¡ªDeja de decir estupideces. Una vez que me encuentre con el bastardo que me hizo esto, lo voy a obligar a que me saque este conjuro de porquer¨ªa. ¡ªNo hay tiempo. El reloj de tu vida se est¨¢ deteniendo. Tienes que sac¨¢rtelo y r¨¢pido. ¡ªEsas predicciones jam¨¢s son puntuales. Son m¨¢s falsas que las profec¨ªas de Nostradamus. ¡ªLamento decirte que no es as¨ª. Jam¨¢s podr¨¢s vencer a la muerte. Es algo inescapable. ¡ªSiempre hay una primera vez, T¨ªnbari. No pienso morir en un hospital conectado a un respirador. Pienso vivir mucho tiempo. Vivir¨¦ una pat¨¦tica y anciana vida. ¡ªEs muy admirable retarme a m¨ª, pero no te servir¨¢ de nada. ¡ªDime cornudo¡­ ¡ª?Cornudo? Ni mujer tengo. ¡ªNo por eso¡­ olv¨ªdalo. ¡ª?Qu¨¦ quieres decirme? ¡ªNada, ya se me olvid¨®. ¡ªBueno, pero recu¨¦rdalo. Yo tengo todo el d¨ªa. ¡ªMe alegro por ti. ¡ªCandado se dirigi¨® hasta la puerta, la abri¨® y luego mir¨® a T¨ªnbari¡ª. Porque yo no, gil ¡ªdespu¨¦s cerr¨® la puerta detr¨¢s suyo con fuerza. Pero ni bien la cerr¨®, T¨ªnbari se le apareci¨® al frente de ¨¦l. ¡ªNo pienso irme. ¡ªAh, pues yo s¨ª, as¨ª que mu¨¦vete. T¨ªnbari lo agarr¨® de la cintura y lo alz¨®. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s ahora, ni?o? No es f¨¢cil soltarse de m¨ª. Candado, entre los forcejeos y patadas al aire, dec¨ªa: ¡ªSu¨¦ltame, sabandija. T¨ªnbari comenz¨® a agitarlo de arriba hacia abajo como una lata de gaseosa. ¡ª?TE VOY A ARRANCAR LOS CUERNOS! Despu¨¦s de unos minutos, T¨ªnbari se transport¨® al patio y lo tir¨® hacia arriba del ¨¢rbol, provocando que Candado quedara atrapado entre las ramas. ¡ªAhora, ?qu¨¦ har¨¢s, ni?o? Espero que me puedas arrancar los cuernos ¡ªdijo T¨ªnbari con una sonrisa. ¡ªTe juro que... te juro que cuando baje te voy a arrancar los ojos. ¡ªEso espero ¡ªdec¨ªa T¨ªnbari mientras se re¨ªa. Cuando Candado qued¨® tambaleando por las ramas del ¨¢rbol, Clementina apareci¨® con una remerita corta y pantalones largos oscuros con los mismos zapatos. ¡ªOh, ?c¨®mo lleg¨® ah¨ª arriba, se?or? ¡ª?Importa saber c¨®mo llegu¨¦ aqu¨ª arriba? Necesito bajar, tr¨¢eme la escalera. Ni bien Candado dijo eso, la rama se rompi¨® y ¨¦l comenz¨® a caer, pero gracias a los reflejos y la velocidad de Clementina, hizo que ella llegara antes de que Candado tocara el piso. Sin embargo, como Clementina se hab¨ªa hecho su an¨¢lisis matutino hace solo unos minutos, se le hab¨ªa olvidado completamente poner seguro, o sea los pernos, a sus brazos y como consecuencia de esto, Candado cay¨® en los brazos de ella. Y como Clementina no ten¨ªa pernos, el cuerpo de Candado desprendi¨® los brazos de su cuerpo, haciendo que ¨¦l cayera de todas formas al suelo. No solo tuvo que soportar la ca¨ªda con su espalda contra el suelo, sino que tambi¨¦n tuvo que soportar el fuerte golpe de los brazos met¨¢licos de Clementina, en total el golpe fue m¨¢s fuerte y m¨¢s doloroso. ¡ªUps, olvid¨¦ soldarlos, pero estoy bien. ¡ª?En serio? Mira vos, che, la se?orita est¨¢ bien, hay que darle un premio. ¡ªNo es para tanto, en serio. ¡ª?Sabes una cosa, Clem? ¡ªpregunt¨® Candado con una sonrisa s¨ªnica. ¡ª?Qu¨¦ cosa, se?or? ¡ª?QUE TE VOY A DESOLLAR CUANDO ME PONGA DE PIE! ?ME ROMP¨ª DE VUELTA LA ESPALDA Y TODO POR TU CULPA! ¡ªLo siento, intent¨¦ ayudarte. ¡ª?ME VALE UN CARAJO! ?TE DIJE, TE DIJE QUE ME TRAJERAS LA PUTA ESCALERA! ¡ªCon todo respeto, pero no hab¨ªa tiempo. ¡ª?ENTONCES NO ME HUBIERAS AYUDADO! ¡ª?Te duele? Cuando T¨ªnbari pregunt¨® eso, Candado se le subi¨® en la espalda y con mucha bronca comenz¨® a tirar con todas sus fuerzas de los cuernos de este. ¡ª?T¨², SABANDIJA ROJA, TAMBI¨¦N ES TU CULPA! COMO DIJE, ?TE VOY A ARRANCAR LOS CUERNOS! ¡ªYa entend¨ª, su¨¦ltame, duele mucho. Candado tirone¨® hacia atr¨¢s con toda su fuerza; sin embargo, los cuernos de T¨ªnbari eran resbalosos, lo que hizo que Candado cayera de espalda nuevamente al suelo. Pero esta vez, ya no estaba furioso como hace solo un momento, sino que se relaj¨®, se puso de pie, tom¨® los brazos de Clementina y se los coloc¨® nuevamente. ¡ªSe?or, ?ya no est¨¢ enojado? ¡ªNo, ya no estoy enojado. Puede que suene extra?o, pero por alguna extra?a raz¨®n acepto las disculpas de ambos ¡ªdijo Candado con la misma expresi¨®n fr¨ªa en su rostro. Candado chasque¨® los dedos, como hace siempre, y los pernos volaron hasta su mano. Con su fac¨®n, comenz¨® a atornillar los pernos sueltos con delicadeza, para no rayar la piel de Clementina. Una vez que termin¨® de arreglar los brazos de ella, Candado se puso de pie, tom¨® la escalera de madera que estaba al costado de ¨¦l, la recost¨® en el ¨¢rbol y subi¨® en ella hasta que lleg¨® a una de sus ramas. Candado extendi¨® la mano y dijo. ¡ªPor favor, sal. No me voy a enojar contigo. En ese momento, una serpiente se enrosc¨® en su brazo y subi¨® hasta su cabeza. Cuando ya estaba ah¨ª, se transform¨® en una ni?a. ¡ªEsa es¡­ es¡­ ?Qui¨¦n es? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªSe llama Yara, es la "hija adoptiva de Candado". ¡ªOh, era la misma ni?a que vi¡­ en alg¨²n lugar. Candado baj¨® de la escalera con Yara en brazos y juntos entraron a la casa. Una vez adentro, Candado la sent¨® en sus rodillas y comenz¨® a hablarle en un tono dulce, como un padre a su hijo, o hija en este caso. ¡ªYara, ?por qu¨¦ estabas en ese ¨¢rbol? ¡ªPorque iba a darte un susto. ¡ª?Un susto? En ese instante, Hip¨®lito apareci¨® cargando a la beb¨¦ Karen, solo para saber qu¨¦ era todo ese griter¨ªo. ¡ªMauricio dice que nunca te vio asustado, quer¨ªa comprobar si eso era cierto. ¡ªSe dice "comprobar" y no, no es cierto, yo a veces me asusto. ¡ªEntonces, ?no tienes miedo? ¡ªAhora no, no tengo miedo. Pero si tu vida o incluso la vida de los que me rodean estuviera en peligro, entonces s¨ª. ¡ªVaya, entonces s¨ª tienes miedo. ¡ªCambiando de tema, tengo una sorpresa ¡ªCandado sac¨® una bolsita de su bolsillo y se la entreg¨® a Yara¡ª. Lo compr¨¦ cuando volv¨ªa del gremio. Espero que te guste. S¨¦ que no es tu cumplea?os todav¨ªa, pero es un regalo de mi parte. Yara lo abri¨® y dentro de ella hab¨ªa un hermoso broche de una flor azul. Candado lo tom¨® y lo coloc¨® en el cabello de Yara. ¡ªTe queda bien, ?te gusta? ¡ªS¨ª, me encanta, es muy bonito. Gracias, pap¨¢. ¡ªDe nada, Yara. ¡ªMa?ana quiero que me lleves de paseo por el lugar, quiero conocer m¨¢s del lugar donde t¨² vives. ¡ªBien, pero recuerda, cuando paseemos no sueltes mi mano en ning¨²n momento y tampoco te separes de m¨ª. ¡ªEntendido, no soltarte, no alejarme, lo tengo. ¡ªBien, as¨ª me gusta. ¡ª?Pap¨¢? ¡ªDime, cari?o. ¡ªEsa beb¨¦ que est¨¢ ah¨ª, ?es tu hija? ¡ªNo, es mi hermana. Estoy seguro de que cuando tenga tu edad ser¨¢n buenas amigas. ¡ª?Tardar¨¢ mucho? ¡ªEh¡­ unos tres a?os, m¨¢s o menos. ¡ª?Por qu¨¦ tanto? ¡ªEs una beb¨¦, todav¨ªa necesita aprender lo b¨¢sico para poder ser como t¨². ¡ªBueno, puedo esperar. Despu¨¦s de todo, no ir¨¦ a ning¨²n lado. Candado empez¨® a re¨ªr y Yara tambi¨¦n, mientras que Clementina, T¨ªnbari e Hip¨®lito estaban viendo la conmovedora escena con regocijo. Era la primera vez que el tr¨ªo ve¨ªa a Candado tan contento. Por otro lado, Hammya y Viki hab¨ªan salido del gremio hace m¨¢s de quince minutos y las dos estaban paseando juntas por el pueblo. Viki le mostraba el lugar a Hammya, ya que ella era nueva en el pueblo y como ese d¨ªa no tuvieron clases, hab¨ªa muchos chicos de la escuela, algunos de los cuales la saludaban. Entre ellos estaba Esteeman, quien pasaba por ah¨ª con unas nuevas zapatillas. ¡ªHola, Viki y Hammya, ?c¨®mo andan? ¡ªBien, Doble E, bien. Gregorio Maximiliano Esteeman ten¨ªa el cabello corto y oscuro, ojos negros. Vest¨ªa ropa de gimnasia color azul, con una remera corta y bermudas. Era una persona muy extrovertida a pesar de no tener gremio, ni propio ni afiliado, pero siempre mostraba una postura fiel a los gremialistas en general. M¨¢s de una vez rompi¨® una ventana de Candado accidentalmente. ¨¦l es su amigo y le encanta jugar al rugby. Poderes: Puede volar y mantenerse en el aire, tiene una velocidad muy r¨¢pida, incluso supera a Anzor y a Declan, gracias a su esfuerzo f¨ªsico. Su piel es dura como una armadura, y sus golpes pueden ser mortales para un humano sin poderes. Habilidades: Es bueno en el rugby, se prometi¨® a s¨ª mismo no usar sus poderes para ganar un partido. En casi su totalidad, ya que una vez intent¨® derribar a alguien y, como ten¨ªa piel de acero, el tacle equivali¨® a estrellarse contra un muro y el muchacho se lastim¨®. Tambi¨¦n es bueno en darle informaci¨®n ¨²til a Candado, ¨¦l es el ¨²nico, adem¨¢s de H¨¦ctor, que lo llama por el nombre de Ern¨¦st en lugar de Candado. ¡ª?Se enteraron? Hoy no hubo clases debido a un ataque de tent¨¢culos subterr¨¢neos. ¡ª?C¨®mo lo sabes? T¨² no estabas presente. ¡ªViki, Viki, Viki ¡ªdijo negando con la cabeza y continu¨®¡ªsoy un experto y soy muy observador. ¡ªTe lo dijo Daria, ?no es as¨ª? ¡ªS¨ª, pero da igual. El tema es que mientras estaba buscando mi bal¨®n, vi a Esteban enfrent¨¢ndose al sujeto que provoc¨® eso. Lo s¨¦ porque invocaba los mismos tent¨¢culos que describi¨® Daria. ¡ªNo me digas. ¡ªTe juro que lo vi con mis propios ojos. Esteban estaba peleando con fiereza contra el sujeto extra?o, un rayo aqu¨ª, un rayo all¨¢, hasta que el sujeto se cubri¨® con una especie de baba y huy¨®, y Esteban lo sigui¨®. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªLo segu¨ª un poco y vi a Esteban lanzando rayos a lo loco por el bosque, pero el sujeto los esquivaba. Lo raro es que Esteban no estaba solo, alguien m¨¢s lo ayudaba. ¡ª?Qui¨¦n era? ¡ªNo lo s¨¦, su cara era, literalmente, humo blanco, parec¨ªa un fantasma bien vestido. ¡ªMmm, es curioso, es exactamente la persona con la que se encontr¨® Candado el d¨ªa de ayer. ¡ªA m¨ª no me parece curioso, Hammya. Candado dijo que era un borrador y los borradores no solo hacen su trabajo, sino que tambi¨¦n cuidan a su l¨ªder. ¡ªYa veo, entonces olv¨ªdenlo. ¡ªEjem, da igual, el tema es que la confrontaci¨®n termin¨® en un empate, nadie gan¨®, era muy extra?o. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® despu¨¦s? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªEl sujeto huy¨® y Esteban y sus c¨®mplices fueron tras ¨¦l. A lo que quiero llegar es que tengan los ojos bien abiertos. Uno nunca sabe qu¨¦ demonios te va a pasar. Y lo digo para que ustedes cuiden a Candado. ¡ª?Cuidarlo? Pero si ¨¦l est¨¢ bien sin... ¡ªGracias, Maxi, por el consejo. Cuidaremos muy bien a Candado. ¡ªBien, me voy porque se me hace tarde. Nos vemos ma?ana, chicas. Despu¨¦s de que Maxi se despidiera de ellas, las dos continuaron su paseo. Pero luego de unos minutos, Hammya mir¨® a Viki de manera extra?ada y pregunt¨®. ¡ª?Por qu¨¦ me interrumpiste? ¡ªHammya, nosotros somos amigos de Candado y es nuestro deber ayudarlo. Puede que sea cascarrabias, terco, mand¨®n y fr¨ªo, pero en realidad est¨¢ herido. Tuvo que sufrir la muerte de su hermana hace dos a?os, y ahora le toc¨® pasar por lo mismo hace dos meses. ¡ªNo es excusa para tratarme como basura. ¡ª¨¦l nunca lo ha hecho, desde que llegu¨¦ no he visto que te trate de esa forma. ¡ª?Qu¨¦ no? Me golpe¨® con un libro esta ma?ana. ¡ª?De qu¨¦ hablaron? ¡ªEhhhhh, hablamos de qu¨¦ era el gremio, qu¨¦ era el circuito, esas cosas. ¡ªBueno, debiste decir algo est¨²pido como para que te haya golpeado. ¡ªS¨ª, es un cretino, no aguant¨® un chiste. ¡ªBueno, tal vez no debiste haberle hecho ese chiste, sobre todo si es un tema importante. ¡ªIgual, creo que debe moderar esa actitud que tiene. ¡ªC¨¢lmate, Candado no es malo, solo es as¨ª. ¡ªCambiando de tema, ?a d¨®nde vamos? ¡ªBueno, t¨² me dijiste que quer¨ªas conocer a Pio, es ah¨ª donde nos dirigimos. ¡ªAh, genial, me gustar¨ªa conocerla. ¡ªTe va agradar, es una buena chica, es algo cabezuda pero buena. ¡ªNo pasa nada. ?Ella es parte del gremio? ¡ªS¨ª, por supuesto. Ella, junto con H¨¦ctor, Lucas y Erika, son la fuerza intelectual del gremio. ¡ª?Qu¨¦ significa eso? ¡ª?No te lo dijo Candado? Todos los gremios tienen su fuerza propia: fuerza, inteligencia, astucia, saboteadores, ladrones, infanter¨ªa, caballer¨ªa, etc¨¦tera. Nosotros tenemos dos fuerzas: inteligencia y caballer¨ªa. ¡ª?Se puede tener m¨¢s de dos? ¡ªClaro, pero nosotros no tenemos mucho personal. ¡ª?Y eso por qu¨¦? ¡ªPorque Candado decide qui¨¦n entra y qui¨¦n no. De hecho, solo las personas que le llaman la atenci¨®n pueden entrar al gremio. ¡ª?Qu¨¦ le llama la atenci¨®n? ¡ªS¨ª, por ejemplo, yo entr¨¦ porque la primera vez que lo vi intent¨¦ matarlo. Sin embargo, durante los ¨²ltimos minutos de la pelea, Candado se dej¨® golpear por m¨ª e incluso quiso que le diera el golpe de gracia. ¡ª?Y qu¨¦ hiciste? ¡ªNo lo hice, no s¨¦ por qu¨¦. Solo s¨¦ que me arrodill¨¦ y empec¨¦ a llorar. En ese momento me di cuenta de que iba a arrebatar una vida humana por comida, ya que mis padres no ten¨ªan dinero. ¡ªPero... t¨² eres un vampiro. ¡ªS¨ª, lo soy, pero no mis padres. Ellos s¨ª necesitan alimentarse. En fin, cuando ces¨¦ la pelea, Candado me extendi¨® la mano, a pesar de que yo intent¨¦ matarlo hace unos segundos. Me puso de pie y me pregunt¨®: "?Por qu¨¦ haces esto si no te gusta?" ¡ª?Qu¨¦ respondiste? ¡ªLe cont¨¦ mis problemas, le cont¨¦ que ¨¦ramos pobres y le cont¨¦ que el Circuito prometi¨® pagarme si lo asesinaba. Cuando termin¨¦ de contarle todo, Candado sac¨® de su bolsillo cincuenta mil pesos en billetes de cien y me dijo que yo y mi familia nos mud¨¢ramos a este pueblo. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® despu¨¦s? ¡ªDespu¨¦s de eso, me mud¨¦. Mi padre consigui¨® trabajo para el padre de H¨¦ctor y fui aceptada oficialmente en el gremio Roob¨®leo. ¡ª?C¨®mo lo tom¨® Declan? ¡ª¨¦l no estaba todav¨ªa. Solo estaba el ruso. ¡ªBueno, de todo lo que me contaste, ?cu¨¢l es la conclusi¨®n del por qu¨¦ terminaste en el gremio? ¡ªCandado le llam¨® la atenci¨®n que alguien como yo no se atrevi¨® a matarlo cuando tuve la oportunidad, a pesar de que me dio una ventaja muy grande. En ese momento, Hammya comenz¨® a recordar lo que dijo Candado cuando la acept¨® en el gremio: "La acept¨¦ porque ella no es humana". Esas fueron las palabras de Candado. ¨²ltimamente ella no se hab¨ªa puesto a pensar en ello, pero cuando lo estaba por hacer, Viki la interrumpi¨®. ¡ªMira, Hammya, aqu¨ª es la casa de Pio. La casa era linda, parec¨ªa un chalet de tama?o mediano, pero estaba construido con cemento. Viki se acerc¨® y llam¨® a la puerta. ¡ªPio, soy yo. Y del otro lado de la puerta contest¨®. ¡ªNo conozco a ning¨²n "yo". ¡ªSoy yo, Victoria. ¡ªNo conozco a ninguna Victoria. ¡ªNo seas Candado y ¨¢breme. Luego de unos segundos, la puerta se abri¨® y Pio sali¨® a darles la bienvenida. Pio ten¨ªa el cabello negro y largo, y unos ojos oscuros. Vest¨ªa con prendas muy distintas, parec¨ªa un barman, pero sin delantal; lo ¨²nico que la delataba como mujer era su cabello largo. Poder: Tiene la capacidad de levitar las cosas, puede volar, puede desmaterializar cualquier cosa que est¨¦ hecha de agua, tiene una fuerza descomunal y, al igual que Lucas y Candado, puede controlar el fuego, que en su caso es de color celeste. Habilidad: Es una experta en sacarle de las casillas a cualquiera, incluso a Candado. Le gusta pintar y resolver enigmas, es muy imperativa cuando est¨¢ en problemas y es muy cautelosa a la hora de pelear. ¡ªHola, Viki, no sab¨ªa que eras t¨². ¡ªJe, no te hagas, s¨¦ muy bien que lo hiciste a prop¨®sito. ¡ªNo es cierto. ¡ªLo es y no lo niegues. ¡ªBueno, no lo niego, pero es mentira. Viki hizo una mueca y mir¨® hacia arriba. ¡ªDa igual ¡ªse hizo a un lado y present¨® a su amiga¡ª. La que est¨¢ al lado m¨ªo es Hammya Sandia. ¡ªSaillim ¡ªcorrigi¨® Hammya. ¡ªLo siento, me equivoqu¨¦. ¡ªSaludos, Hammya Saillim ¡ªse acerc¨® y le dio un apret¨®n de manos¡ª. Yo soy Pio Ballester, encantada. Hammya asinti¨® con la cabeza. Luego, Pio las invit¨® a pasar, y una vez adentro, Hammya y Viki tomaron asiento en los sillones que hab¨ªa all¨ª, mientras que Pio se sent¨®, literalmente, en el aire. Para Viki, eso era normal, pero para Hammya, era algo extraordinario. ¡ªBien, no quiero ser descort¨¦s, pero ?qu¨¦ haces exactamente aqu¨ª? ¡ªBueno, Viki habl¨® sobre ti y le pregunt¨¦ si pod¨ªa conocerte. ¡ªVaya, pues gracias. ?De d¨®nde eres que tienes ese cabello? ¡ªSoy de Entre R¨ªos. ¡ª?El color de tu cabello tiene algo que ver con tu poder o solo te lo ti?es as¨ª? ¡ªNo, es mi color natural y punto. En cuanto a mi poder, no s¨¦ con claridad c¨®mo funciona. Una vez, cuando ten¨ªa cinco a?os, tropec¨¦ y ca¨ª, pero antes de llegar al suelo, una ra¨ªz de un ¨¢rbol me detuvo y hasta el d¨ªa de hoy no s¨¦ qu¨¦ pas¨® ni por qu¨¦ pas¨®. ¡ªVaya, ?pero lo volviste a hacer? ¡ªHace unos pocos d¨ªas lastim¨¦ a Candado con mi poder ¡ªdijo Hammya muy apenada. Viki y Pio quedaron boquiabiertas cuando escucharon que alguien tan sumisa como ella hubiera lastimado a Candado. ¡ª?Bromeas, verdad? ¡ªpregunt¨® Viki. ¡ªOjal¨¢ as¨ª fuera. ¡ªImposible, es pr¨¢cticamente imposible. ¡ªLo siento, Pio, pero lamentablemente es verdad. ¡ªJoder, es incre¨ªble, b¨¢sicamente no lo puedo creer. ¡ªNo fue mi intenci¨®n, ¨¦l quer¨ªa que yo le diera una muestra de mi poder, pero nunca pens¨¦ que fuera tan desastroso. ¡ªBueno, por lo menos no fue grave ¡ªdijo Viki. ¡ªDe hecho, me pareci¨® extra?o que Candado no se molestara conmigo por lo que ocurri¨®. ¡ªNo, no es extra?o. Candado es una persona muy respetuosa. Si ¨¦l te pidi¨® que usaras tus poderes, entonces Candado sabe muy bien las consecuencias. ¡ªQu¨¦ profundo, Viki, qu¨¦ profundo. ¡ªCierra la boca, Pio. ¡ªEn fin, dime algo de tu vida. Justo cuando Hammya estaba por responder, alguien llam¨® a la puerta. ¡ªDios m¨ªo, ?ahora qui¨¦n podr¨¢ ser? ¡ªse quej¨® Pio. Se acerc¨® a la puerta y pregunt¨®. ¡ª?Qui¨¦n es? Y del otro lado de la puerta respondi¨®. ¡ª?De casualidad esta es la casa donde vive la se?orita Natalia Ballester? ¡ª?Qui¨¦nes son ustedes? ¡ªSomos sus amigos. ¡ªAh, ?en serio? Yo soy su hermana, ?de qu¨¦ la conocen? ¡ªNosotros la conocemos en el gremio. Soy Germ¨¢n, Lucas y Candado. Pio sonri¨® y dijo. ¡ªV¨¢yanse, tr¨ªo de mentirosos. No me interesa en nada si quieren verme. Cuando Pio dijo eso, una mano atraves¨® la puerta de un pu?etazo y abri¨® la perilla de la puerta. Detr¨¢s de ella, entraron dos chicos y dos adolescentes con m¨¢scaras de porcelana, cada una con la cara de un animal. Pio retrocedi¨® y le dio una patada al primero que entr¨®, luego corri¨® al living y avis¨® a Viki y a Hammya. Pero cuando estaba por decirles, uno de los tipos le tirone¨® del cabello y sac¨® un machete. Pio reaccion¨® r¨¢pido y le tom¨® del brazo, pero como ella estaba en una posici¨®n mala, se le hac¨ªa m¨¢s dif¨ªcil detener el machete que se le estaba acercando al cuello lentamente. Cuando todo parec¨ªa perdido, Viki salt¨® de la nada y le pate¨® en la cara, haciendo que soltara el machete. En ese instante entraron los dem¨¢s. Los adolescentes ten¨ªan armas y comenzaron a disparar. Esto hizo que Pio y Viki se ocultaran en el living. Hammya estaba completamente asustada y no pod¨ªa moverse del sill¨®n. Viki manten¨ªa cerrada la puerta con su cuerpo, como tambi¨¦n las balas, ya que al ser vampiro era inmortal. ¡ª?PIO, LLAMA AL GREMIO, NECESITAMOS SU AYUDA URGENTEMENTE! ¡ª?EN SEGUIDA! Entonces Pio corri¨® r¨¢pidamente a la cocina y marc¨® el n¨²mero. Hammya se mantuvo abajo cubri¨¦ndose la cabeza. ¡ªS¨ª Candado me diera permiso, ya estar¨ªan muertos ¡ªsusurr¨® Viki mientras mostraba sus colmillos. Lamentablemente, despu¨¦s de que cesaron los disparos, la puerta se rompi¨® y Viki sali¨® volando por los aires con su pollito S¨ªo. Luego entraron los cuatro y comenzaron a atacar a Hammya, pero Viki salt¨® del librero y le golpe¨® en la cara a uno. Luego mir¨® a los que ten¨ªan armas y, con una sonrisa, comenz¨® a hacer crecer sus u?as de manera terror¨ªfica. Ellos, sin tenerle miedo, comenzaron a disparar, pero las balas no le hac¨ªan nada. Cuando lleg¨® a ellos, cort¨® las armas en tres partes como si fueran mantequilla. Sin embargo, los dos la tomaron de los brazos y la arrojaron contra la pared. De manera sincronizada, comenzaron a golpearla. En ese momento lleg¨® Pio y trat¨® de salvarla, pero se interpusieron los dos ni?os: uno armado con un machete y el otro con manos de lava que chorreaban en el suelo y dejaban un agujero en ¨¦l. Pio, mostrando una sonrisa, se lanz¨® a ellos r¨¢pidamente. El sujeto con el machete comenzaba a agitarlo por el aire con la intenci¨®n de matarla, pero ella era muy r¨¢pida y lo esquivaba con facilidad. El otro lanzaba lava de sus manos, y Pio daba golpes y los esquivaba. Mientras tanto, Viki luchaba contra los otros dos. Harta de que la siguieran golpeando, levant¨® sus pies y los golpe¨® en el est¨®mago, haciendo que la soltaran. Una vez que ella estaba libre, se lanz¨® nuevamente al combate. A uno de ellos le incrust¨® sus u?as en el pecho y lo tir¨® por la ventana, que estaba abierta por alguna raz¨®n. Al otro lo llen¨® de golpes y patadas por todo el cuerpo, dej¨¢ndolo muy debilitado. Una vez que ¨¦l estaba en esas condiciones, Viki tom¨® impulso y salt¨® hacia ¨¦l, d¨¢ndole una patada en el pecho y haci¨¦ndolo volar por la ventana, que se rompi¨® esta vez. Una vez que Viki acab¨® con esos dos, fue a ayudar a Pio con los otros dos. Sin embargo, estos dos eran m¨¢s h¨¢biles que los adolescentes, m¨¢s r¨¢pidos, m¨¢s fuertes y m¨¢s astutos. Eran muy dif¨ªciles de atacar, ya que esquivaban los golpes de Viki y Pio. En cambio, ellos s¨ª llegaron a dar golpes, muchos de ellos mortales. Pero como Viki era un vampiro, no le hac¨ªan da?o alguno. Ella peleaba junto con su compa?era Pio, y ten¨ªan algo que ellos no ten¨ªan: el trabajo en equipo y la sincronizaci¨®n al momento de pelear. Hab¨ªan aprendido estos elementos de Candado. Mientras Viki deten¨ªa todos los golpes, Pio los atacaba en zonas desprotegidas. Sin embargo, en un punto, el ni?o del machete golpe¨® en el abdomen a Pio y la dej¨® en el suelo. Viki intent¨® auxiliarla, pero no pod¨ªa, ya que cada vez que intentaba acercarse a Pio, era atacada por el chico que manejaba la lava. Mientras tanto, el sujeto del machete se acercaba lentamente, arrastrando su arma por el suelo. Cuando lleg¨® a donde estaba Pio, levant¨® su machete al aire. En ese momento, cuando todo parec¨ªa perdido, Hammya sali¨® de su escondite y le tir¨® un vaso de vidrio en la cara. El sujeto se inclin¨® y corri¨® hacia donde estaba Hammya con su machete para matarla, pero ella lo esquiv¨® a duras penas, ya que le hab¨ªa dejado una herida en el brazo, y haciendo que el arma quedara trabada en el estante de la cocina. Cuando el sujeto logr¨® liberar su machete, se acerc¨® nuevamente a ella, y Hammya, muerta de miedo, qued¨® paralizada y cerr¨® los ojos. En ese instante, Candado entr¨® por la ventana de la cocina y, sacando su fac¨®n, comenz¨® a batirse a duelo contra el sujeto. En esa pelea, Candado logr¨® quitarle el machete al sujeto y comenz¨® a pelear con ¨¦l, d¨¢ndole con todo lo que ten¨ªa. El sujeto, desesperado, trat¨® de pelear, pero sus esfuerzos fueron totalmente in¨²tiles. En un intento desesperado, lanz¨® un pu?etazo hacia Candado, pero ¨¦l lo detuvo con su contra palma y, de manera astuta, Candado lo agarr¨® con la misma mano con la que hab¨ªa detenido el pu?etazo. Luego lo tir¨® hacia ¨¦l, a tal punto que termin¨® disloc¨¢ndole el hombro. Luego le golpe¨® tres veces en las costillas. Cuando acab¨®, Candado lo levant¨® y lo durmi¨® de un cabezazo en la cara, pero no sirvi¨® de mucho, ya que huy¨® por la ventana, la misma por donde ¨¦l hab¨ªa entrado. Despu¨¦s se acerc¨® a Hammya, le dio una bofetada y le dijo: ¡ªNo seas est¨²pida, nena. Nunca m¨¢s vuelvas a titubear o a cerrar los ojos cuando est¨¦s en una pelea como la que acabas de presenciar. Hammya, con su mano en la mejilla, mir¨® a Candado y asinti¨® con la cabeza. Una vez que Candado la salv¨®, fue caminando tranquilamente hacia el living. All¨ª vio a H¨¦ctor y a Viki sentados en un sill¨®n, ¨¦l tratando de curar algunas heridas de bala con vendas y limpiando con un pa?uelo los golpes de su cara. Tambi¨¦n vio al agresor tirado en el suelo siendo pisoteado en la cabeza por Declan mientras lustraba su espada y a Pio, quien le estaba atando al sujeto. ¡ªBuen trabajo, equipo. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª, Candado? ¡ªPues si no te has dado cuenta, H¨¦ctor, Pio fue la que me llam¨® y fui yo quien pas¨® la llamada al gremio. ¡ªCierto que Pio no sabe de tu descanso. ¡ª?Qu¨¦? ?T¨² de descanso? Eso s¨ª que es nuevo. ¡ªC¨¢llate, Pio. ¡ªEso significa que H¨¦ctor est¨¢ a cargo. ¡ªQue no se te suba a la cabeza. Estar¨¦ de vuelta en una semana. ¡ªBueno, ya fue suficiente, Candado. ?Te has encargado del otro? ¡ªNo, se me ha escapado. En ese instante apareci¨® Clementina cargando una bolsa de dinero. ¡ªClementina, vaya, no te vi entrar. ?Y esa bolsa? ¡ªdijo Declan. ¡ªEs obvio porque entr¨¦ por la ventana. En cuanto al dinero, es para las reparaciones. ¡ªTe dije que te quedaras y cuidaras a Yara. ¡ªY la estoy cuidando. En este momento est¨¢ hablando con la se?orita Hammya. Yo, si fuera usted, ir¨ªa a ver a la se?orita. Ha estado un poco asustada, despu¨¦s de todo, casi la matan. ¡ª?La trajiste aqu¨ª? ¡ªexclam¨® Candado mientras se iba. ¡ªSe?or, ?qu¨¦ hacemos con ellos? Candado se detuvo un momento y luego mir¨® a los dos sujetos. ¡ªEnv¨ªenlos directamente a la estad¨ªa del norte. Ah¨ª se les dictar¨¢ una sentencia. Ni bien dijo eso, Candado entr¨® en la cocina y ah¨ª vio a Hammya sentada en el suelo muy exaltada, respirando salvajemente, mientras que Yara estaba al lado de ella abanic¨¢ndole con un pedazo de cart¨®n. Candado se acerc¨®, se arrodill¨® y puso sus dos manos en su mejilla. ¡ªHey, hey, tranquila, ya todo ha pasado ¡ªdijo de manera fr¨ªa. Hammya segu¨ªa exaltada, as¨ª que Candado no tuvo mejor idea que volver a abofetearla. ¡ª?Ya est¨¢? ?Est¨¢s bien ahora? ¡ªpregunt¨® de nuevo, a¨²n con su expresi¨®n. Hammya se calm¨®, mir¨® a Candado y le dio un abrazo. Esto hizo que Candado perdiera el equilibrio y se cayera sentado. ¡ªHammya, no exageres, su¨¦ltame por favor ¡ªdec¨ªa Candado mientras trataba de zafarse. Pero luego de un rato, Hammya comenz¨® a llorar sobre el hombro de Candado. ¡ªEspera, no lo hagas, si esto es porque te golpe¨¦, perd¨®n por haberte golpeado ¡ªdec¨ªa ¨¦l mientras trataba de sac¨¢rsela de encima. ¡ªNo, tienes raz¨®n en haberme golpeado. Gracias por salvarme la vida. Gracias. ¡ªBueno, su¨¦ltame por favor ¡ªdijo ¨¦l de manera cansada. Sin embargo, Hammya segu¨ªa pegada a ¨¦l y no le soltaba por nada del mundo. De alg¨²n modo, Yara no se sent¨ªa muy c¨®moda al ver que era abrazado por alguien m¨¢s que no era ella, como tambi¨¦n confundida al verlo. Pero despu¨¦s de un rato, Yara decidi¨® tambi¨¦n abrazar a Candado sin raz¨®n aparente, dej¨¢ndolo totalmente inm¨®vil. ¡ª?Ahora t¨² tambi¨¦n? Candado se hab¨ªa quedado inerte por unos minutos, hasta que Hammya y Yara lo soltaron. Candado no sab¨ªa por qu¨¦ le hab¨ªan abrazado de esa forma, pero s¨ª lo sab¨ªa de Yara, ya que ella es una ni?a y emita a todos, pero no de Hammya, a pesar de que le abofete¨® dos veces. ¡ªBien, no quiero saber lo del abrazo. Ahora quiero que vuelvas a casa, ?est¨¢ claro, Hammya? ¡ªS¨ª, de acuerdo. ¡ªEn cuanto a ti, jovencita, vuelve a casa. Yo estar¨¦ de vuelta en cuanto termine mi trabajo. ¡ªNo, se?or, est¨¢s de vacaciones. Yara no se va a ir a ninguna parte. ¡ªClaro que te vas a ir. ¡ªQue no. ¡ªQue s¨ª. ¡ªQue no. ¡ªQue s¨ª. ¡ªQue no. ¡ªQue s¨ª. ¡ªQue s¨ª. ¡ªQue no. ¡ªBueno, t¨² lo has dicho. Vuelve a la casa. ¡ªOye, hiciste trampa, eso no se vale, no es justo. ¡ªLo siento, la vida no es justa. Ahora vuelve a casa. ¡ªMe reh¨²so a volver. ¡ªNo se dice "ruso", se dice "reh¨²so". ¡ªBueno, eso, no quiero volver, quiero estar contigo. ¡ªHablaremos despu¨¦s. Vuelve a casa. ¡ª?QUE NO QUIERO VOLVER! ¡ªTe acusar¨¦ con el se?or del terror si me desobedeces. En ese instante, Yara comenz¨® a temblar y a mover su cola salvajemente. ¡ªNo tengo miedo, de verdad, no tengo miedo, que venga, yo le voy a dar trompada. ¡ªSe dice "trompada". ?Vas a volver a casa? ¡ª?NO! Candado, ya sin opciones y sin paciencia alguna, con una mueca y un pisot¨®n, dej¨® que Yara se quedara con ¨¦l, ya que estaba cansado de discutir con una ni?a de cinco a?os. A esa edad, es cuando el ni?o es m¨¢s testarudo como una mula. As¨ª que Candado alz¨® a Yara y le dijo. ¡ªBien, t¨² ganas, pero la pr¨®xima vez me har¨¢s caso. Candado se acerc¨® a Hammya y la ayud¨® a ponerse de pie, luego la tom¨® de la mano y la llev¨® al living donde estaban los dem¨¢s. Una vez all¨ª, Candado empez¨® a hablar con sus compa?eros. ¡ª?Lo han visto? Es totalmente fuera de lo normal que hayan intentado matar a Pio. ¡ªTienes toda la raz¨®n, Candado. No puedo creer que el Circuito haya intentado matar a nuestra amiga ¡ªdijo Viki. ¡ª?D¨®nde est¨¢n Declan y Pio? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªSe fueron a llevar a los culpables a la zona norte. ¡ª?Pudiste ver los rostros detr¨¢s de las caretas? ¡ªS¨ª, pero no los conozco. Parec¨ªa que Declan los conoc¨ªa e incluso dio sus nombres. ¡ª?C¨®mo se llamaban? ¡ªFern¨¢ndez Trill¨®zo, disc¨ªpulo de Desza Blastimania, y Colman Cervantes ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªEs imposible. Cre¨ªa que estaba equivocado. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªFern¨¢ndez fue una vez parte del Gremio, pero fue expulsado debido a que era un loco psic¨®tico. ¡ª?Qu¨¦ quiere decir eso? ¡ªpregunt¨® Viki. ¡ªYo estaba equivocado. No solo los Testigos reclutan a los opositores del Circuito, sino que tambi¨¦n proscriptos de la O.M.G.A.B. ¡ª?Qu¨¦ significa eso, Candado? ¡ªParece que nuestro enemigo quiere aprender de nosotros para as¨ª destruirnos. ¡ªEs bastante extra?o. ?Por qu¨¦ reunir a estas personas para destruirnos? ¡ªNo te pongas as¨ª, Viki. Recuerda que necesitas calmarte. ¡ª?Nuestros enemigos quieren conocernos? La verdad se hab¨ªa vuelto bastante extra?a. No era posible pensar que hab¨ªa gremiales que hab¨ªan sido destituidos por comportamiento agresivo y de traici¨®n. Los Testigos se estaban volviendo bastante extra?os, yendo en contra de sus ideolog¨ªas para acabar con los gremios. Quer¨ªan llegar muy lejos para destruir a sus enemigos. La explicaci¨®n estaba muy lejos para todos, pero para Candado, la respuesta no importaba. Si estos locos quer¨ªan acabar con ellos, entonces ser¨ªa ¨¦l quien los destruir¨ªa primero. El mundo ya hab¨ªa visto una guerra, una guerra oscura. Harambee luch¨® y defendi¨® la libertad por la que mucha gente muri¨®. Los gremios representaban la garant¨ªa de esa paz, y hab¨ªa que demostrar esa responsabilidad que se les otorg¨®. IMPERTINENCIA ELEGANTE El equipo de Candado estaba totalmente desconcertado, ya que no solo opositores del Circuito estaban involucrados en este juego, sino tambi¨¦n proscriptos gremiales que alguna vez hab¨ªan jurado lealtad a Harambee. Sin embargo, hab¨ªan violado las nueve leyes de la O.M.G.A.B., leyes que fueron creadas por los siete l¨ªderes de la organizaci¨®n. Violar una de estas leyes equival¨ªa a la expulsi¨®n inmediata. Candado trataba incansablemente de obtener una respuesta clara y comprensible. No era capaz de entender por qu¨¦ se utilizar¨ªa a gremialistas en un atentado, si se supon¨ªa que los Testigos odiaban a la O.M.G.A.B. y a las personas que la apoyaban. Incluso su propio l¨ªder, T¨¢natos, sol¨ªa decir: "Los Gremios son un veneno para la humanidad, solo quieren guerras sin sentido y la separaci¨®n de nuestros hermanos. Si tuviera que depender de una de esas escorias, preferir¨ªa mil veces cortarme las venas antes que traicionar mis ideales." Esto no ten¨ªa sentido para aquellos que se autodenominaban la voz de T¨¢natos. La situaci¨®n era preocupante, y ni siquiera el intento de asesinato de uno de sus compa?eros ten¨ªa una explicaci¨®n clara. Mientras reflexionaban sobre las m¨²ltiples posibilidades, Candado se dirigi¨® hacia la puerta, con Yara en sus brazos y Hammya sigui¨¦ndolo de cerca. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la puerta, Pio lo detuvo. ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªMe voy a ver a alguien. ?Hay alg¨²n problema? ¡ªS¨ª, la verdad es que s¨ª. Mi casa est¨¢ hecha un desastre total: mi ventana est¨¢ rota, mi puerta destruida, mis muros llenos de balas. Y sin mencionar que mis padres llegar¨¢n en una hora. ¡ªNo te preocupes, enviar¨¦ a Matlotsky contigo para que lo repare todo. ¡ªEn serio, ?Matlotsky puede repararlo todo? No ser¨ªa una mala idea ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªOh, s¨ª, es as¨ª. Entonces, est¨¢ bien. ¡ªGenial, ahora me voy ¡ªluego mir¨® a Clementina y continu¨®¡ª. Quiero que te quedes aqu¨ª hasta que llegue Matlotsky, luego podr¨¢s ir a casa. Una vez que dijo eso, Candado se fue de la casa, caminando con Yara sentada en sus hombros y Hammya sigui¨¦ndolo. Pero en el camino, Yara y Candado comenzaron a conversar. ¡ª?A qui¨¦n vamos a ver? ¡ªA un amigo m¨ªo. ¡ª?Amigo tuyo? Ya s¨¦, Mauricio. ¡ªNo, no es ¨¦l. ¡ª?Entonces qui¨¦n? ¡ªEs alguien a quien t¨² no conoces, pero ser¨ªa bueno que t¨² lo conocieras. ¡ª?Es bueno? ¡ªS¨ª, por supuesto. Si no lo fuera, no te llevar¨ªa conmigo ni a Hammya. ¡ªSi es bueno, entonces no me preocupar¨ªa conocerlo. ¡ªAs¨ª ser¨¢, Yara, as¨ª ser¨¢. Despu¨¦s de una larga caminata, finalmente llegaron a la casa del "amigo" que Candado hab¨ªa conocido en un restaurante. Este se acerc¨® y golpe¨® tres veces la puerta. Tras unos segundos, la puerta se abri¨® y un bien vestido Nelson les dio la bienvenida. ¡ªOh, gauchito querido, justo en este momento estaba pensando en ti. ¡ªQu¨¦ gracioso, Nelson, qu¨¦ gracioso ¡ªdijo Candado de manera sarc¨¢stica. Nelson mir¨® a la ni?a que estaba en los hombros de Candado. ¡ª?Qui¨¦n es esta lindura? ¡ªElla es Yara y es¡­ ¡ªTu hermana ¡ªcontest¨® Nelson. ¡ªNo, ella es¡­ ¡ªSu hija ¡ªcontest¨® Yara. ¡ª??QU¨¦ MIERDA!? ¡ªgrit¨® sorprendido. ¡ª?Ten¨ªas que decirlo, ni?a, ten¨ªas que decirlo? ¡ªYo¡­ sinceramente, no sab¨ªa que t¨²¡­ bueno, que vos eras padre. ¡ªCreo que est¨¢s confundiendo los tantos. Hace un tiempo atr¨¢s hubo un incendio en el bosque, as¨ª que yo y mi amigo fuimos a ayudar a los animales e insectos que estaban en esa zona. Ella en ese momento era un huevo de serpiente, as¨ª que yo y mi amigo la cuidamos y naci¨® ella. ¡ªDijiste que es una serpiente, pero, aparte de sus ojos, ella es bastante normal. ¡ªCuando ella era un huevo, sus expectativas de vida eran bastante bajas, as¨ª que yo le di un empujoncito para que ella pudiera sobrevivir. ¡ªY con un empujoncito, ?te refieres a¡­? ¡ªMagia, por eso ella es mitad humana y mitad serpiente. ¡ªVaya, una historia que contar a los nietos. Ven, pasa, t¨² tambi¨¦n, Hammya, pasa. Nelson se hizo a un lado y entraron en la casa con total naturalidad y calma. Candado se sent¨® en un sill¨®n y coloc¨® a Yara en su regazo, mientras que Hammya se sent¨® al otro lado de ¨¦l. Luego, Nelson cerr¨® la puerta, se acerc¨® a ellos y tom¨® asiento. Con una sonrisa, dijo: ¡ªVerte a ti hace que me vengan viejos recuerdos de mi infancia. ¡ªHace cu¨¢nto, mil a?os m¨¢s o menos. ¡ªEres igual a tu abuelo, un sarc¨¢stico ma?oso. ¡ªBueno, cambiando de tema, vine personalmente a hablar contigo sobre un tema muy importante. ¡ª?As¨ª? ?Sobre qu¨¦? ¡ªSobre una organizaci¨®n llamada los Testigos, ?los conoces? ¡ª?Testigos? S¨ª, por supuesto, eran unos locos que quer¨ªan traer de vuelta a su l¨ªder. ¡ª?Pero? ¡ªPero no pudieron. Sus conjuros los llevaron a su propia extinci¨®n. Hoy en d¨ªa, en el lugar donde se reun¨ªan, solo qued¨® un hermoso cr¨¢ter. Gran final para ellos, ya que quer¨ªan causar un hueco en la sociedad. ¡ª?Eso fue un chiste? ¡ªS¨ª, pero veo que no tienes sentido del humor alguno. ¡ªLa verdad, ¨¦l se r¨ªe cuando est¨¢ conmigo ¡ªdijo Yara. ¡ªS¨ª, es cierto ¡ªafirm¨® Hammya. ¡ªC¨¢llense las dos. ¡ªAh, bueno, eres un cari?oso a escondidas. ¡ªC¨¢llate, no vine aqu¨ª para hablar de eso. ¡ªBueno, ?de qu¨¦ quieres hablar? ¡ªHoy, apenas hace unos minutos, atacaron a uno de mis compa?eros. ¡ªBueno, ?qu¨¦ quieres que haga? No soy polic¨ªa ni soy comisario, no ser¨ªa de mucha ayuda. ¡ªNo vine por eso, vine porque quiero saber sobre los Testigos. ¡ª?Qu¨¦ quieres que diga exactamente? ¡ª?Sabes si los Testigos ten¨ªan, bajo sus filas, obviamente, gremialistas? Cuando Candado dijo eso, Nelson dej¨® de estar feliz y se volvi¨® serio. Parec¨ªa como si la pregunta fuera un insulto. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir? ¡ªLo que has o¨ªdo, ?Hay o no gremialistas bajo las l¨ªneas de los Testigos? ¡ªHijo, no s¨¦ lo que piensas, pero lo que me est¨¢s diciendo es grave. ¡ªLo s¨¦, y jam¨¢s hubiera tenido el valor de decirlo si no lo hubiera visto con mis propios ojos. ¡ªNene, es totalmente descabellado lo que me est¨¢s diciendo. ¡ª?Vas a seguir con eso? Lo s¨¦, anciano, s¨¦ que es descabellado, loco o como quieras llamarlo. El tema es que vi a un gremial con ellos. ¡ª?Lo viste? ¡ªNo, pero me lo contaron. ¡ª?Y te dejas llevar por el "diseque"? ¡ªNo es cierto, detuve una pelea, Hammya casi sale lastimada y cuando fui a ver si mis compa?eros se hab¨ªan encargado de ellos, me dijeron que uno de ellos se llamaba Fern¨¢ndez, y ese fue parte del gremio cazador. ¡ªPero solo fue uno, no significa nada. ¡ªDonde hay humo, hay fuego, ?No lo entiendes? ¡ªEs bastante dif¨ªcil de creer que haya gremios en contra de la Organizaci¨®n Bernstein. ¡ªNo es la primera vez que ocurre, ?O te olvidaste del caso GreenBlood? ¡ªEs diferente, tu madre fue injustamente expulsada de la O.M.G.A.B. y, adem¨¢s, ella no oper¨® en contra de ellos, solo con ese gremio en particular. Sin mencionar que sus aliados fueron Circuitos y no Testigos. ¡ª?ERES CIEGO! ?DATE CUENTA, POR FAVOR! ¡ªNo me grites, te faltan a?os como para hacerme callar. Candado mir¨® de manera furiosa a Nelson. Estaba totalmente descontrolado, pero no pod¨ªa hacer nada. Ya hab¨ªa gritado y eso hab¨ªa asustado a Yara. Las l¨¢grimas ya se notaban en sus ojos, y Candado se percat¨® de eso. As¨ª que abraz¨® a Yara y se disculp¨® por la rudeza. Luego, mir¨® a Nelson fijamente y continu¨®. ¡ªMira, lo siento por haberte gritado, pero debes entender que esto es la verdad. ¡ªCandado, no debes dejarte llevar solo por un resultado. Debes tener una mente abierta y pensar en todas las posibilidades. Candado mir¨® el techo y dijo. ¡ªNelson, yo siempre pienso en eso. Jam¨¢s dejo que algo se me escape. Siempre pienso en todas las jodidas posibilidades. Algunas son buenas y otras son malas, pero siempre trato de encontrar el mejor resultado para evitar que los resultados negativos afecten a los dem¨¢s a quienes quiero. ¡ªSabias palabras, chico, sabias palabras ¡ªNelson levant¨® los pies sobre el escritorio y continu¨®¡ª. Me recuerdas a tu abuelo. Siempre sab¨ªa qu¨¦ hacer en situaciones como esta. ¡ªLo envidio. Yo no encuentro ninguna respuesta para esta situaci¨®n. De hecho, no s¨¦ qu¨¦ hacer en este laberinto de posibilidades. ¡ª?A qu¨¦ le temes m¨¢s? Candado mir¨® a los ojos de Nelson con una frialdad enorme, casi como si fuera un mu?eco vac¨ªo sin sentimientos. Cerr¨® los ojos un momento y luego los abri¨® lentamente. Con unas palabras serias, dijo: ¡ªMuchas veces me he dicho a m¨ª mismo que no le temo a nada, pero en realidad, s¨ª, hay algo a lo que temo mucho y esa cosa es la guerra. ¡ª?La guerra? ¡ªGuerra... Una guerra en la que se derramar¨¢ la sangre de inocentes, una guerra que podr¨ªa involucrar a mis seres queridos, una guerra en la que yo me sienta incapaz de proteger a aquellos a los que m¨¢s aprecio. ¡ªYa veo. Por eso quieres armar el rompecabezas, para as¨ª encontrar el problema, destruirlo y evitar que arrastre a tus amigos y familiares a una guerra. Pero esc¨²chame bien, muchas veces, al intentar encontrar una respuesta apresurada, causas una respuesta incorrecta. Candado afloj¨® los hombros, exhal¨® y desvi¨® la vista, pero luego la volvi¨® a mantener firme. ¡ªDime, anciano, ?alguna vez estuviste en mi posici¨®n? ¡ªS¨ª, y no era la primera vez, pero recuerda siempre esto, cuando llegues a creer que todo est¨¢ perdido y que nada ni nadie est¨¢ cerca para ayudarte, rel¨¢jate. ¡ªLuego, Nelson llev¨® su dedo ¨ªndice a su sien derecha y continu¨®¡ª. Y piensa, porque cuando entras en p¨¢nico, todo se habr¨¢ terminado, y t¨² vas a hundirte en el problema. Cr¨¦eme, hundirse en la desesperaci¨®n es algo peor que la muerte. ¡ªLo tendr¨¦ en mente. Luego, Candado se puso de pie y entreg¨® a Yara en los brazos de Hammya. Hizo una se?al con los dedos para que salieran un rato afuera, y Hammya, sin decir nada, lo obedeci¨® y sali¨® de la casa. Nelson mir¨® a Candado y le pregunt¨®. ¡ª?Qu¨¦ es lo que quieres decirme, como para decirles a las chicas que se vayan? ¡ª?Qu¨¦ fue ese frasco que me diste aquella vez? ¡ªpregunt¨® Candado, d¨¢ndole la espalda. ¡ªAh, eso. Claro, dichos contactos me dijeron que est¨¢s enfermo de un veneno mortal. Candado se sorprendi¨®, se dio vuelta y mir¨® a Nelson de manera muy asombrada. ¡ª?C¨®mo rayos sabes eso? Nelson meti¨® su mano izquierda en su bolsillo de su pecho y sac¨® a Grivna dormida sin sombrero. ¡ªGracias a ella. Cuando Candado la vio, r¨¢pidamente recuper¨® su compostura, levant¨® su ceja izquierda al ver al peque?o robot al que ¨¦l hab¨ªa subestimado y burlado, luego levant¨® la vista y mir¨® a Nelson. ¡ª?Esa cosa te lo dijo? El anciano se ri¨® de sus palabras y de su expresi¨®n fr¨ªa al ver al tal robotsillo que estaba durmiendo en su mano, luego guard¨® a Grivna en su bolsillo nuevamente. ¡ªElla ha sido mis ojos y o¨ªdos durante los ¨²ltimos doce a?os y te ha seguido por mucho tiempo a escondidas. Tus peleas, tus d¨ªas de escuela, tus d¨ªas de descanso, tus d¨ªas de trabajo en el gremio, tus d¨ªas de debate, tambi¨¦n el d¨ªa en el que secretamente te echaron de la Organizaci¨®n Bernstein, cuando salvaste y criaste a esa peque?a serpiente, cuando hablas con tu Bari y hasta ese d¨ªa en el que cay¨® en ti ese conjuro maldito. Candado hab¨ªa quedado boquiabierto, pero como ten¨ªa una actitud fr¨ªa, no se sab¨ªa si de verdad estaba sorprendido o era sarc¨¢stico. Sin embargo, como se trata de un ser al que casi no le sorprende nada, ya que su Bari, a pesar de que se va "supuestamente" a cumplir con sus trabajos de padre de la muerte, no es del todo cierto, ya que m¨¢s de mil veces T¨ªnbari le ha mentido y lo ha espiado, desapareciendo su presencia y poder del radar de Candado, as¨ª que alguien m¨¢s lo espiaba, no hace mucha diferencia. Candado, de manera sarc¨¢stica, dijo: ¡ªOye abuelo, ?no tienes esposa, hijos, nietos o un perro, para que te preocupes por ellos? ?Qu¨¦ es eso de andar observ¨¢ndome? ¡ªMi mujer, Teresa Flores, muri¨® hace m¨¢s de seis meses. Tengo dos hijos, Alejandro y Susana, pero ambos viven en Santa Fe y no me necesitan. En cuanto a los nietos, solo tengo una, se llama Rosario y es dos a?os mayor que t¨². ¡ª?Cu¨¢ntos a?os tienen tus hijos? ¡ªSusana tiene 35 a?os y Alejandro tiene 28 a?os. ¡ªBueno, ?por qu¨¦ te empe?as en acecharme? ¡ªPorque mi familia est¨¢ lejos. De vez en cuando, vienen a visitarme, pero la mayor parte del tiempo estoy solo y aburrido. De hecho, esos amigos a los que conociste en la mansi¨®n Pe?alosa, era la primera vez que nos reun¨ªamos despu¨¦s de casi treinta a?os. ¡ª?Cu¨¢ndo empezaste a seguirme? ¡ªBueno, de hecho, yo viv¨ªa en Resistencia cuando ocurri¨® el incidente. Recuerdo que estaba comiendo unos choripanes exquisitos mientras ve¨ªa la tele. Cuando tu abuelo me llam¨® por tel¨¦fono desde el hospital, recuerdo que me levant¨¦, me vest¨ª y fui corriendo a ver c¨®mo estaba. Me cont¨® absolutamente todo sobre quienes le hab¨ªan hecho eso ¡ªNelson inclin¨® la cabeza, mostr¨® una sonrisa y continu¨®¡ª. "Cuida a mi gaucho". Esas fueron sus ¨²ltimas palabras. Candado, de manera seria, cambi¨® el tema y le volvi¨® a preguntar sobre el tema principal. ¡ªDime, ?qu¨¦ era ese frasco que me diste? ¡ªpregunt¨® Candado mientras mostraba el frasco. ¡ªUna especie de medicamento que detiene parcialmente el conjuro que llevas dentro. ¡ª?De qu¨¦ est¨¢ hecho? ¡ªDe la sangre de Slonbari. ¡ªEs imposible. Si bebo la sangre de otro Bari, perder¨ªa la potestad de mi Bari actual. ¡ªEso no se aplica a un Bari de la vida, ya que el contrato con estos tipos de Bari es demasiado profundo. Su deber es salvar vidas sin importar si este posee un Bari o no.Stolen novel; please report. ¡ªEso¡­ no lo sab¨ªa. ¡ªBueno, ahora lo sabes. Siempre es bueno aprender nuevas cosas en este maravilloso mundo. ¡ªBien, no tengo nada que decir a eso. ¡ªCambiando de tema, cada vez que te sientas debilitado o comiences a toser sangre, b¨¦betelo. Eso te calmar¨¢, pero lo que llevas adentro comenzar¨¢ a extenderse, ya que lo que t¨² tienes dentro es un conjuro de un Bari oscuro. ¡ª?Bari oscuro? Eso es nuevo. ¡ª?Acaso ¨¦l no te lo dijo o dio menci¨®n de eso? ¡ªNo que yo sepa. ¡ªBueno, cuando est¨¦s en tu casa podr¨¢s hablarlo con ¨¦l. ¡ªDe hecho, s¨ª lo har¨¦. En fin, gracias por¡­ este frasquito con sabor a multifrutas. ¡ª?Multifrutas? ¡ªS¨ª, ten¨ªa un sabor variado de frutas. ?Por qu¨¦? ¡ªSeg¨²n lo que me dijo Slonbari, el sabor de su sangre es diferente en cada humano, dependiendo de su personalidad. ¡ª?Qu¨¦ significa eso exactamente? ¡ªTe dar¨¦ un ejemplo. Si t¨² eres una mala persona que ha hecho da?o, robado, asesinado, etc¨¦tera, su sabor ser¨¢ muy asqueroso. Seg¨²n ¨¦l, aquellos que sientan ese sabor, la mayor¨ªa de las veces, cambian de mal a bien. ¡ª?Y yo voy a cambiar de bien a mal o qu¨¦? ¡ªNo, si t¨² dices que te supo a frutas, significa que eres muy duro por fuera pero blando por dentro, como la naranja, el anan¨¢ y el coco. ¡ªQu¨¦ profundo es ese Slonbari como para agregar saborizante a su sangre ¡ªdijo Candado de manera sarc¨¢stica. Sin decir nada m¨¢s, Candado se despidi¨® de Nelson y sali¨® de la casa. Una vez afuera, Hammya y Yara lo esperaban en un banco frente a la casa de Nelson, jugando a las palmas para pasar el tiempo. Pero ellas no se hab¨ªan dado cuenta de que ¨¦l hab¨ªa salido de la casa. Candado las vio y mostr¨® una sonrisa. Al ver a Yara divirti¨¦ndose sin temor ni timidez con Hammya, Candado estaba orgulloso de ver a su peque?a ni?a creciendo. Candado camin¨® con las manos en los bolsillos, cruz¨® la calle y se dirigi¨® hacia donde estaban ellas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Hammya se sorprendi¨® y cay¨® hacia atr¨¢s en el suelo, ya que el asiento no ten¨ªa respaldo. Yara, quien no sab¨ªa de la presencia de Candado, vio c¨®mo Hammya se estrellaba contra el suelo. ¡ª?Qu¨¦ rayos te pasa? Yara volte¨® y abraz¨® a Candado. ¡ªVolviste, empezaba a extra?arte. ¡ªVolv¨ª, princesa. Hammya se puso de pie y, de una forma militar, salud¨® a Candado. ¡ªHola, se?or Candado. ¡ªHoy est¨¢s extra?a, bueno, m¨¢s extra?a de lo normal. Cuando Candado dijo eso, su personalidad cambi¨® y pas¨® de estar de una forma cordial a ser una fiera sarc¨¢stica. ¡ªPues lo siento, hoy me intentaron matar, vi c¨®mo golpeabas al agresor sin pesta?ear y con esa misma expresi¨®n fr¨ªa y temible. ¡ªLo tomar¨¦ como un halago, gracias. ¡ªPues no lo es, es una cr¨ªtica. ¡ªLamento decirte que no est¨¢s en posici¨®n de juzgarme ¡ªdec¨ªa Candado mientras le arreglaba el mo?o en la cabeza de Yara. ¡ªT¨²¡­ ?AH!, olv¨ªdalo, solo quiero ir a casa. ¡ªBueno, ahora nos iremos. Candado se adelant¨® y tom¨® a Yara de las manos, dejando atr¨¢s a Hammya totalmente confundida. Luego de unos minutos, Hammya corri¨® hacia donde estaba ¨¦l y se interpuso en su camino, bloque¨¢ndole el paso. ¡ª?En serio? ?As¨ª de f¨¢cil? Candado mir¨® su reloj y contest¨®. ¡ªSon las 14:39 de la tarde ¡ªluego sac¨® de su bolsillo de su chaleco una agenda y anot¨® en voz alta¡ª "Hammya sufre de un trastorno de entendimiento humano" ¡ªluego guard¨® su libreta y la borde¨®. ¡ª?Qu¨¦ significa eso? ¡ªLo que o¨ªste. ¡ª?Pero qu¨¦ quieres decir con eso? ¡ªQue eres una que habla sin pensar. ¡ªPero¡­ ?Puedes dejar de ser un cretino? ¡ªNo soy un cretino, t¨² eres la que es una completa tonta. Te dije que s¨ª la primera vez, ?por qu¨¦ diablos tengo que volver a repet¨ªrtelo? ¡ªCuida tu lenguaje, hay una ni?a presente. ¡ªEs una serpiente, de por s¨ª sabe c¨®mo cazar a sus presas sin necesidad de que le ense?en. ¡ª?Qu¨¦ me quieres decir con eso? ¡ªQue ella sabe de los insultos que salen tanto de mi boca como de la tuya, solo que ella no quiere utilizarlos para da?ar a los dem¨¢s. ¡ªLuego susurr¨® para s¨ª mismo¡ª. Aunque la verdad, ella tiene raz¨®n, no puedo insultar con ella presente. Menos mal que se distrajo cuando dije esa palabra. ¡ªEs una buena chica. ¡ªLo es. ¡ªEspera, ?acaso est¨¢s tratando de que olvide el tema? ¡ªNo, si t¨² ca¨ªste en algo tan burdo como eso y llegaste a creer que yo te hice eso, entonces eres bastante est¨²p¡­ ¡ªluego mir¨® a Yara, esta estaba mir¨¢ndola a los ojos, pero despu¨¦s mir¨® a Hammya y continu¨®¡ª. Bastante distra¨ªda. Hammya no dijo nada porque era cierto lo que le dijo, ella sola crey¨® en eso sin siquiera pensar. ¡ªHay cierto punto en el que el ni?o debe pensar en lo que va a decir, sino, nunca podr¨¢ ser libre e independiente de los que lo rodean, vivir¨¢ siempre pegado a aquellos que decidan por ¨¦l. ¡ªVos, ?aprendiste eso? ¡ªS¨ª, lo aprend¨ª de mis padres. Ahora estamos distanciados; los d¨ªas con ellos llegaron a su fin, lamentablemente. ¡ªPor eso est¨¢s triste. ¡ªYa deja de buscar una explicaci¨®n a mi actitud. Soy as¨ª y punto. Say no more. ¡ªPero¡­ ¡ªSay no more. ¡ªY¡­ ¡ªSay no more. Despu¨¦s de eso, ¨¦l no dijo nada m¨¢s y Hammya tampoco. Si ella dec¨ªa algo, Candado r¨¢pidamente le cortar¨ªa, ya que ¨¦l era una de esas personas at¨ªpicas en la sociedad. Claro que Candado era muy dif¨ªcil de descifrar; nunca se sab¨ªa en qu¨¦ estaba pensando. Siempre trataba de hacer lo posible para que las personas no lo analizaran profundamente, por eso no se molest¨® con Nelson por espiarlo. El anciano era como Candado, una persona diferente a la sociedad. Por eso se vest¨ªa diferente y era muy rebelde ante la autoridad. No le tem¨ªa a nadie. Incluso si el mundo estuviera en su contra, nunca se rendir¨ªa ni renunciar¨ªa a sus ideolog¨ªas y principios ante esa colectividad de personas como zombies. Porque si eso llegara a pasar, la sociedad no estar¨ªa en guerra con Candado; Candado estar¨ªa en guerra con la sociedad. Pero la raz¨®n por la que no hace eso es porque hasta ahora la sociedad no le ha molestado en absoluto, ni a ¨¦l ni a su familia. Movi¨¦ndonos un poco al costado, Candado segu¨ªa pensando en lo que hab¨ªa mencionado Nelson, "Bari oscuro". T¨ªnbari no hab¨ªa mencionado nada de eso, y si exist¨ªa, ?por qu¨¦ no se lo dijo antes? Ya le hab¨ªa hablado de los 43 Bari que hay en el mundo. ?Por qu¨¦ no le habr¨ªa mencionado un Bari oscuro? Hab¨ªa ciertas cosas que T¨ªnbari le ocultaba a Candado. Podr¨ªa ser un demonio carism¨¢tico, chistoso y un dolor de cabeza (al menos para Candado y H¨¦ctor), pero era un ser muy reservado y misterioso. Candado se puso a pensar en todas las situaciones que hab¨ªan pasado juntos, como Usuario y Dios. En cada situaci¨®n de peligro, T¨ªnbari hab¨ªa puesto m¨¢s de una vez su T¨ªtulo de Bari para salvar a Candado. As¨ª que era dudoso que sea un traidor. Justo en ese momento, Candado hab¨ªa sacudido la cabeza m¨¢s de tres veces, cuestion¨¢ndose a s¨ª mismo una y otra vez sobre el tema. "?En qu¨¦ estoy pensando? T¨ªnbari y yo pasamos por muchas situaciones dif¨ªciles, una m¨¢s que la anterior. Su lealtad ya est¨¢ m¨¢s que demostrada. Soy un est¨²pido, est¨²pido, est¨²pido. T¨ªnbari puede ser cualquier cosa, pero un traidor, JAM¨¢S". Toda esa tensi¨®n que recorr¨ªa su mente hizo que, inconscientemente, su rostro se enojara. Como su mente no iba m¨¢s all¨¢ de las innumerables posibilidades del por qu¨¦ Candado ten¨ªa esa cara de pastor alem¨¢n agresivo, pens¨® que era su culpa. Esto provoc¨® que comenzara a llorar y entre esos llantos se escuchaban s¨²plicas y disculpas sin ninguna raz¨®n aparente para Candado. ¨¦l no entend¨ªa lo que estaba pasando, trat¨® de calmarla. La alz¨® y la abraz¨®, pero ella segu¨ªa llorando. Hammya, por otro lado, no hac¨ªa nada y tampoco ten¨ªa intenciones de hacer algo para mejorar la situaci¨®n. Lo ¨²nico que hac¨ªa era mirar a su alrededor para ver si no hab¨ªa gente que los mirara con ojos de sospecha, mientras Candado trataba desesperadamente de calmar a la ni?a. ¡ªTranquila, ya pas¨®, ya pas¨®, no hay por qu¨¦ llorar, todo est¨¢ bien. ¡ªNo, no est¨¢ bien, perd¨®n, no quise hacerte enojar, perd¨®name por favor, no quise molestarte ¡ªdec¨ªa Yara freg¨¢ndose los ojos. ¡ªNo, no es verdad, t¨² no me molestas. Es que estaba pensando en¡­ otras cosas. ¡ªEs mentira, solo lo dices porque eres amable. Yo soy un problema, hice que te molestaras. ¡ªNo¡­ a ver, no me enoj¨¦ contigo. Es imposible que yo me enoje con alguien como t¨². Yara par¨® de llorar y mir¨® a Candado mientras limpi¨¢ndose las l¨¢grimas. ¨¦l la abraz¨® y le acarici¨® la cabellera para que se calmara del todo, mientras le dec¨ªa palabras dulces. ¡ªTranquila, yo nunca me molestar¨ªa contigo. ¡ªPerd¨®name, perd¨®name ¡ªdec¨ªa Yara mientras abrazaba con fuerza a Candado. ¡ªNo te disculpes, yo soy el que debe disculparse, no deb¨ª haber hecho eso. Una vez que ¨¦l dijo eso, levant¨® a Yara y la puso en su cabeza, mientras que Hammya dio un suspiro de alivio. El tr¨ªo sigui¨® su camino, como la casa de Nelson est¨¢ a cuatro cuadras de la casa de Candado, no demoraron mucho en llegar. As¨ª que cuando llegaron, Candado abri¨® la puerta y con un gesto de caballerosidad se hizo a un lado para que Hammya entrara primero. Ella acept¨® gentilmente y entr¨®, luego Candado la sigui¨® y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l. La casa estaba casi vac¨ªa, ya que los ¨²nicos que estaban ah¨ª eran Hip¨®lito y Karen, quienes estaban viendo la tele. La abuela se hab¨ªa ido, como todos los lunes, como profesora particular de Biolog¨ªa, lengua y matem¨¢tica. Candado estaba un poco cansado, as¨ª que baj¨® a Yara de su cabeza y la sent¨® al lado de Hip¨®lito. Este lo mir¨® y pregunt¨®. ¡ª?Ha llegado Clementina? ¡ªNo, todav¨ªa no, ?Por qu¨¦? ¡ªNo por nada, cu¨ªdame a Clementina por favor. ¡ªNo te preocupes, no se ir¨¢ a ning¨²n lado. Candado mir¨® a Yara y le puso su dedo ¨ªndice en la nariz y le dijo. ¡ªAhora vuelvo, no te muevas, ?Est¨¢ bien? ¡ªYara no ir¨¢ a ning¨²n lado, esperar¨¦ aqu¨ª. ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªVoy a mi pieza a hablar con alguien ¡ªdijo Candado sin volverse. Una vez que dijo eso, ¨¦l subi¨® las escaleras y se dirigi¨® hasta su cuarto. Una vez ah¨ª, Candado entr¨® a su habitaci¨®n, encendi¨® la luz, cerr¨® la puerta, puso su boina en el perchero y llam¨® a T¨ªnbari en voz baja. ¡ªImb¨¦cil, s¨¦ que est¨¢s cerca, as¨ª que d¨¦jate de juegos y mu¨¦strate, tengo algunas cosas que debo preguntarte. La respuesta no tard¨® en llegar, un humo negro se manifest¨® de la nada y tom¨® forma. ¡ªA la orden, capit¨¢n aburrido ¡ªdijo T¨ªnbari con un tono burl¨®n. ¡ªEstoy algo perdido sobre un tema ¡ªdijo mientras se sentaba en su cama y continu¨®¡ª. Me gustar¨ªa que ?T¨²! me respondas. ¡ªBien, ?Qu¨¦ quieres que te cuente? ¡ªPrimero y principal, ?Qu¨¦ demonios es un Bari oscuro? ¡ªUn Bari oscuro es un Bari que viola las leyes para su propio beneficio. ¡ª?Cu¨¢ntos hay? ¡ªUno solo. ¡ª?Sabes qui¨¦n es? ¡ªS¨ª, de hecho s¨ª, se llama Pullbarey. ¡ªEspera un rato, ?No dijo Slonbari que ha pose¨ªdo a un humano? ¡ª?Y? ¡ª?C¨®mo puede ser un Bari? ¡ªNo tiene nada que ver una cosa con la otra. Yo tambi¨¦n puedo hacer eso, de hecho, cuando el usuario est¨¢ en peligro inminente, es nuestro deber salvar a nuestros usufructuarios poseyendo sus cuerpos y d¨¢ndoles una fuerza descomunal. ¡ª?Por qu¨¦ ese sujeto es un Bari oscuro? ¡ªPorque fue ¨¦l quien asesin¨® a nuestro l¨ªder, Truenbari, el Bari del trueno, y fue ¨¦l quien ha violado las cinco leyes. ¡ª?Cu¨¢les son? ¡ª1) Un Bari no puede poseer a un humano sin hacer un contrato con ¨¦l antes, as¨ª como tambi¨¦n tener dos Bar¨ª, al menos si este posee el pergamino de los Bari. 2) Est¨¢ totalmente prohibido usar conjuros. 3) Un Bari no puede usar a su Usufructuario para asesinar a otro Usufructuario. 4) Un Bari no puede ir en contra de los ideales Keplant. 5) No se puede arrebatar la vida de un Humano. ¡ªY supongo que ese tal Pullbarey ha violado las cinco. ¡ªExacto. ¡ªEspera, ?Qu¨¦ significa tener un pergamino de los Bari? ¡ªSi t¨² llegas a vencer a siete Baris en una pelea justa, ellos te dar¨¢n una parte de sus artefactos m¨¢gicos. Estos artefactos, sin importar a qui¨¦n o a qu¨¦ venzas, si los re¨²nes, obtendr¨¢s un pergamino con el que podr¨¢s tener bajo control a los 43 Baris del mundo. ¡ªGuau, ?As¨ª de la nada? ¡ªNo, una vez que tengas el pergamino, tendr¨¢s que pelear y ganar contra los 36 restantes. ¡ª?Qu¨¦ pasa si los tengo a todos? ¡ªPodr¨¢s convertirte en un "Gu¨ªa" para Cotorium, adem¨¢s de obtener un poder m¨¢gico descomunal. ¡ªVaya, es incre¨ªble. ¡ª?Te gusta? ¡ªNo me interesa. ¡ª??QU¨¦?! ¡ªLo que o¨ªste, ya de por s¨ª tengo las pelotas por el suelo de tanto pelear con circuistas, ahora tendr¨¦ que pelear con siete Baris para conseguir un papel de porquer¨ªa. D¨¦jate de hinchar los huevos. ¡ª?Desde cu¨¢ndo usas esos t¨¦rminos? ¡ªDesde siempre. ¡ªBueno, no dije nada. ¡ªA prop¨®sito, ?T¨² crees que pueda sobrevivir con ese veneno adentro m¨ªo? ¡ªSi no es as¨ª, entonces tendr¨¦ que destruir la esfera m¨ªa para evitar tu muerte. Claro que, al hacer eso, t¨² vivir¨ªas y yo morir¨ªa. ¡ª?No se supone que eres inmortal? ¡ªClaro que lo soy, pero lo que un Bari no puede hacer es interferir en la muerte de su usuario. Al ser un Bari de la muerte, mi deber es llevar las almas a mi esfera, y yo, al destruirla, causar¨ªa mi muerte inmediata al alterar el destino de mi usuario. ¡ªVaya, no lo sab¨ªa, pero ahora que lo s¨¦, voy a darte una nueva regla. ¡ªBien, ?Cu¨¢l es? ¡ªTienes totalmente prohibido romper esa esfera cuando mi muerte est¨¦ cerca. ¡ªJa, no te preocupes, eso no va a pasar nunca. ¡ªEspero que no, T¨ªnbari, espero que no. Aquel demonio se ri¨® y desapareci¨® nuevamente, pero esta vez, T¨ªnbari se despidi¨® cort¨¦smente de Candado. Esto no llam¨® mucho la atenci¨®n de ¨¦l, pero le devolvi¨® la despedida inclinando la cabeza. Cuando finaliz¨® la conversaci¨®n, Candado comenz¨® a toser salvajemente otra vez y no pudo evitar escupir sangre en el suelo. Luego sac¨® de su bolsillo un pa?uelo y se limpi¨® la sangre de la boca, lo puso encima de su escritorio, luego sac¨® de su bolsillo derecho el frasco que le hab¨ªa dado Nelson para aliviar su garganta. Ni bien se lo hab¨ªa bebido, lo ocult¨® r¨¢pidamente en su bolsillo para evitar que alguien lo viera. Luego se reincorpor¨®, respir¨® tranquilamente y sali¨® de su habitaci¨®n. Luego se dirigi¨® al establo para alimentar a Uzoori, pero cuando entr¨®, vio al sujeto con el que se hab¨ªa encontrado dos veces en el bosque, acuclillado y mirando al caballo fijamente. ¡ª?Qu¨¦ diablos haces t¨² aqu¨ª, bola de humo? El sujeto volte¨® de manera tranquila y respondi¨®. ¡ªNada, solo investigo. ¡ª?C¨®mo rayos entraste? ¡ªLa ventana estaba abierta, no fue un problema entrar ya que mi cuerpo est¨¢ hecho al 100% de humo ¡ªdijo el sujeto mientras se pon¨ªa de pie. ¡ªLa ¨²ltima vez que te vi, estabas siguiendo a un Testigo que hab¨ªa atacado a Esteban. ¡ªDe hecho, se nos escap¨® y no pude interrogarle. ¡ª?Se nos? ¡ªS¨ª, Esteban y yo lo seguimos. Al parecer, le llam¨® la atenci¨®n el ruido que ven¨ªa del bosque y decidi¨® investigarlo. Luego se encontr¨® conmigo y juntos lo seguimos e incluso llegamos a pelear con ¨¦l. ¡ªHumito, ?Qu¨¦ rayos haces en mi casa? ¡ª?Humito? ?As¨ª me llamas? ¡ªNo me has dicho tu nombre, as¨ª que ese es tu apodo a partir de ahora. ¡ªMi nombre es Harry Addel¨¢ndromechkrin Schr?dinger, pero todos me llaman Addel. Es mejor eso que poner apodos malos. ¡ªTus padres eran unos genios en el trabalenguas. ¡ªAntes de que preguntes, soy argentino. Solo mis padres son extranjeros. Mi pap¨¢ es de Polonia y mi mam¨¢ es de Alemania. Yo nac¨ª aqu¨ª, pero en Chubut. ¡ªBueno, me alegro ¡ªdijo sarc¨¢sticamente y continu¨® con¡ªahora dime, ?Qu¨¦ rayos haces aqu¨ª? ¡ªComo dije antes, estoy investigando. Dichas investigaciones m¨ªas me han llevado hasta tu casa. ¡ª?Qu¨¦ clases de investigaciones? ¡ªEhh, bueno, cuando estaba persigui¨¦ndole al maldito bastardo, se me escap¨®. Pero como es un completo imb¨¦cil, dej¨® sus rastros por todo el lugar. Estos rastros se extienden desde el bosque hasta tu casa ¡ªdijo Addel mientras recorr¨ªa el establo. ¡ªPodr¨ªan ser mis pisadas. Yo tambi¨¦n estuve en el bosque. ¡ªNo puede ser posible, porque estuve peleando con ¨¦l hace m¨¢s de treinta minutos. Puede que se esconda aqu¨ª. ¡ªEs imposible, no siento su presencia aqu¨ª. ¡ªNo pudiste sentir su presencia cuando atacaron la escuela, menos lo vas a escuchar ahora. ¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªUn informante, siempre debe tener otros informantes. ¡ªOtro que esp¨ªa mi vida ¡ªsusurr¨® Candado. ¡ª?Dijiste algo? ¡ªNo, nada, ni?o. ¡ªMe gustar¨ªa que no me llamaras as¨ª. Despu¨¦s de todo, soy mayor que t¨². ¡ª?As¨ª? ?Cu¨¢ntos a?os tienes? ¡ªTengo catorce a?os. ¡ªNo se te nota mucho. Tienes mi estatura. ¡ªCandado, a simple vista pareces que tienes mi edad, ?A caso no te has dado cuenta? ¡ªBueno, el tema es que no hay nada aqu¨ª y no me agrada la idea de un Borrador en mi casa. ¡ªNo te preocupes, no estar¨¦ mucho. Cuando encuentre al sujeto, podr¨¦ irme. ¡ªEres un impertinente, te metes en mi casa sin permiso y buscas a alguien que posiblemente ya se haya ido. En ese momento, Addel se qued¨® quieto y volte¨®. ¡ªGenial, est¨¢ aqu¨ª ¡ªdijo con un tono de tranquilidad. ¡ª?C¨®mo? Eso es¡­ ¡ªSilencio, presta atenci¨®n y lo sentir¨¢s. Candado se qued¨® quieto y en silencio por un momento, para as¨ª tener una informaci¨®n m¨¢s clara de qui¨¦n estaba en su casa. Cerr¨® sus ojos un rato y despej¨® su mente. El estar en ese estado lo llev¨® a una calma y silencio total. Pod¨ªa escuchar todo lo que estaba ocurriendo en la casa, pero despu¨¦s de un rato, Candado lo sinti¨®. Abri¨® los ojos y de manera sorprendida dijo. ¡ªEst¨¢ en el cobertizo. Ni bien dijo eso, Candado sac¨® su fac¨®n, abri¨® la puerta, pero cuando lo hizo, Addel se convirti¨® en un humo blanco y sali¨® de la habitaci¨®n primero. Al ser un cuerpo inorg¨¢nico, pudo atravesar el techo y llegar al hangar. Candado tuvo un poco m¨¢s de dificultad para llegar r¨¢pidamente, ya que corri¨® por el pasillo, lleg¨® a una puerta y la pate¨® para entrar. En la pared estaba una escalera pegada a la pared que llevaba a una puerta redonda de madera que se abr¨ªa desde el interior del cobertizo. Comenz¨® a subir en ella con su fac¨®n en la boca y de un pu?etazo abri¨® la puerta. Candado dio un peque?o salto y lleg¨® al lugar. Para su infortunio, no hab¨ªa una persona, sino tres, y dos de ellas eran conocidas. Una era la mism¨ªsima Jane que lo hab¨ªa atacado hace dos d¨ªas, y el otro era el Testigo que lo hab¨ªa atacado en la escuela. Ambos estaban con un sujeto extra?o con apariencia de soldado medieval, ya que llevaba una armadura y un casco que ocultaba su rostro, hurgando en las cosas que hab¨ªa all¨ª. ¡ª?BASTARDOS! ¡ªgrit¨® Candado. Jane, quien estaba muy enojada con ¨¦l, lanz¨® su ataque con su espada mongol, que ya estaba reparada. Candado la detuvo con su fac¨®n y le golpe¨® en el cuello, pero Jane no se debilit¨® y lanz¨® nuevamente su ataque con su espada. Por otro lado, el Testigo con m¨¢scara, que quer¨ªa ayudar a Jane, levant¨® su brazo y se dispon¨ªa a invocar un tent¨¢culo del suelo, pero en ese preciso instante, Addel atraves¨® el muro y dijo. ¡ªNo se?or, no lo har¨¢s otra vez ¡ªy le dio un pu?etazo en la cara. La fuerza hizo que el sujeto chocara y destruyera la ventana que estaba al lado. Candado, quien estaba peleando con Jane, le dijo. ¡ª?TEN CUIDADO, CRETINO, ESTA ES MI CASA! Addel, aprovechando el agujero en la pared, le dio una patada en el pecho al hombre de la armadura y lo lanz¨® afuera. Mientras tanto, Candado, sin otra opci¨®n, decidi¨® tambi¨¦n arrojar a Jane por el agujero, pero no sola. Ni bien la lanz¨®, Candado salt¨® y cay¨® de pie con su fac¨®n en la mano en el jard¨ªn trasero de la casa. Cuando eso ocurri¨®, Hip¨®lito, Hammya y Yara salieron r¨¢pidamente al jard¨ªn para ver qu¨¦ estaba pasando. Al ver a Candado peleando con tres individuos extra?os, Hammya y Yara dieron un paso atr¨¢s y se ocultaron tras la puerta del jard¨ªn, mientras que Hip¨®lito corri¨® y se puso al lado de Candado para protegerlo, al igual que Addel. Este ¨²ltimo estaba uniendo fuerzas moment¨¢neamente con Candado para poder enfrentarse al sujeto que estaban persiguiendo. ¡ªAnciano, creo que no debes meterte en esto, va a ser muy fuerte para tus huesos. ¡ªLo ser¨ªa si los tuviera, Addel. Hip¨®lito es un androide y es de mucha ayuda para esta ocasi¨®n. ¡ªEspero que no te lastimes, mocoso humoso ¡ªdijo Hip¨®lito de manera burlona. Addel hizo como que no escuch¨® y continu¨®: ¡ªBien, este es el plan. Yo voy por ese tarado con m¨¢scara, el viejo ir¨¢ por ese sujeto con armadura y t¨² ir¨¢s contra la loca de la espada. Candado e Hip¨®lito asintieron con la cabeza. Despu¨¦s de haber hecho los planes, el tr¨ªo se lanz¨® hacia el enemigo, cada uno con la persona que se le hab¨ªa asignado. Candado fue el primero en llegar hasta el enemigo, ya que ¨¦l ya conoc¨ªa a Jane y sab¨ªa por d¨®nde atacar. Jane, por otro lado, estaba muy furiosa por lo que le hab¨ªa hecho pasar el ni?o de la boina. Ella lo atacaba con fiereza con su espada mongol, pero no era demasiado precisa, ya que la mayor¨ªa de los golpes eran f¨¢ciles de esquivar para Candado. Esto hizo que Jane se enojara a¨²n m¨¢s y liberara todo su poder. Candado, al notar eso, decidi¨® tambi¨¦n liberar el m¨ªnimo de su poder, pero no se desprendi¨® de su fac¨®n. Mientras Candado peleaba con ellos, Addel noque¨® r¨¢pidamente al Testigo con el que estaba peleando y lo tir¨® contra el ¨¢rbol favorito de Candado. ¡ªTen cuidado, imb¨¦cil ¡ªdijo mientras peleaba con Jane. ¡ªLo siento. Por otro lado, Hip¨®lito estaba peleando con ese sujeto de armadura, este ten¨ªa como arma sus pu?etazos, pero el anciano ten¨ªa como armas dos alfanjes, ya que a diferencia de Clementina, que solo puede convertir un brazo en un sable, Hip¨®lito puede hacerlo en sus dos brazos. Esto lo hac¨ªa m¨¢s ¨¢gil y bueno, y con sus alfanjes atacaba al individuo con mucha precauci¨®n. Sin embargo, el hombre de la armadura usaba sus pu?etazos. En un momento, el sujeto dio un golpe en el pecho y lo hizo retroceder, pero Hip¨®lito se puso de pie y lanz¨® un mortal golpe con su alfanje izquierdo. El sujeto se prepar¨® para detener el golpe, pero cuando el alfanje estaba a punto de impactar, Hip¨®lito transform¨® su alfanje de nuevo en su brazo y lo agarr¨® de la mu?eca, tir¨¢ndolo al suelo y haciendo que se le cayera el casco, revelando su rostro. Ten¨ªa cabello rubio, ojos verdes y un fragmento de cristal en su ment¨®n. ¡ªEsto se nos ha ido de las manos ¡ªluego subi¨® por el ¨¢rbol, salt¨® sobre el techo de la casa y grit¨®¡ª. ?RETIRADA! Jane desarm¨® a Candado, lo agarr¨® de su corbata y le dio un cabezazo, luego corri¨® hacia donde estaba su compa?ero, sac¨® de su bolsillo una bolsa de pl¨¢stico y se la arroj¨® a Addel. Este no se molest¨® en esquivarla, y ese fue su error, ya que su especie de humo blanco se volvi¨® negro y empez¨® a toser, luego tom¨® a su compa?ero de la cintura y dio un salto hasta el techo de Candado. ¡ªEsto no ha terminado, Candado. Volver¨¦ por tu cabeza ¡ªgrit¨® Jane. Luego ella y su compa?ero huyeron. Candado no intent¨® seguirla y decidi¨® ayudar a Addel, quien todav¨ªa estaba tosiendo. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Candado. Addel meti¨® su mano en el interior de su cuerpo, sac¨® la bolsa ya utilizada y la tir¨® a su costado. Luego se puso de pie a duras penas y dio un paso adelante, pero perdi¨® el equilibrio y se cay¨®. Antes de tocar el suelo, Hip¨®lito corri¨® hacia donde estaba ¨¦l y se postr¨® sobre su cuerpo. ¡ªDiablos... los he subestimado. Poco despu¨¦s, Addel perdi¨® el conocimiento y se desmay¨®. Hip¨®lito carg¨® a Addel y se lo llev¨® a casa, mientras que Candado fue a buscar su fac¨®n, ya que se le hab¨ªa ca¨ªdo debido al cabezazo. Cuando lo encontr¨®, lo guard¨® en su funda y lo coloc¨® en su cintura trasera. Luego, se dirigi¨® a la casa, pero al estar llegando, pis¨® algo. Se detuvo, baj¨® la mirada, levant¨® el pie y vio una placa. Candado se inclin¨® y la recogi¨®, luego la examin¨® detenidamente. Resultaba bastante extra?a esa insignia, era id¨¦ntica a la placa que Nelson le hab¨ªa mostrado en aquel restaurante, excepto por el color, ya que esta era de oro. Candado guard¨® la placa y entr¨® a la casa. Dentro de la casa, Hammya y Yara estaban observando a Addel, quien estaba recostado en el sill¨®n, dormido, mientras Hip¨®lito lo examinaba. El humo que cubr¨ªa su rostro comenz¨® a desvanecerse lentamente, hasta que se pudo ver su rostro. Su piel era morena, ten¨ªa cabello rojo, una nariz perfecta y una peque?a cicatriz en la mejilla derecha, que parec¨ªa una "S" cortada. Candado se acerc¨® y lo observ¨® detenidamente. ¡ªVaya, parece que no se ve bien. ¡ªTiene una toxina da?ina en su cuerpo ¡ªHip¨®lito se puso de pie y continu¨®¡ª. Le preparar¨¦ una vacuna, enseguida vuelvo. Luego, Hip¨®lito se dirigi¨® a una habitaci¨®n que estaba al lado de la cocina, mientras Candado permaneci¨® junto a Addel. Cuando Addel estuvo a punto de ponerse de pie, repentinamente despert¨® y agarr¨® la mu?eca de Candado, asustando a Hammya y Yara, quienes dieron un paso atr¨¢s. Candado, en cambio, no se asust¨® y mir¨® fijamente los ojos oscuros de Addel. ¡ªLlama... llama a Martina G¨®mez, por favor ¡ªluego se desmay¨®. Candado no dijo nada, simplemente lo mir¨® y reflexion¨® sobre lo que le hab¨ªa dicho. Despu¨¦s de pensarlo un rato, decidi¨® buscar el tel¨¦fono y llamar a Esteban, porque ¨¦l sab¨ªa al menos lo que Addel quer¨ªa decir. ¡ª?Hola? ¡ªpregunt¨® una voz femenina. ¡ªHola, quiero hablar con Esteban, por favor. ¡ªEspere un momento. Result¨® que la voz femenina pertenec¨ªa a su madre, quien estaba cocinando. Dej¨® de hacer sus tareas y llev¨® el tel¨¦fono hasta el dormitorio de Esteban, donde ¨¦l estaba sentado en su escritorio, leyendo un libro titulado "El caballero de la armadura oxidada". Su madre entr¨® y le pas¨® el tel¨¦fono, Esteban lo tom¨® sin mirarla, pero le dio las gracias. ¡ª?Hola? ¡ª?Esteban, eres t¨²? ¡ªS¨ª, soy yo. ?Qui¨¦n es? ¡ªSoy Candado Barret. Esteban dej¨® de leer el libro y levant¨® la mirada. Luego, cerr¨® el libro, lo coloc¨® a un lado y apoy¨® su hombro izquierdo en su escritorio. ¡ª?Qu¨¦ diablos quieres? LOS úLTIMOS DOS ¡ªTe lo vuelvo a repetir, ?qu¨¦ diablos quieres? ¡ªRel¨¢jate, solo quiero que sepas que tu Borrador est¨¢ en mi casa. ¡ª?Quieres que pague un rescate o qu¨¦? ¡ªNo me hables en ese tono, pedazo de basura. Quiero que sepas que unos malnacidos me han atacado a m¨ª y a tu amigo. ¡ª?Qu¨¦ amigo? ¡ªTu amigo Addel Schr?dinger. ¡ª?Harry? Dios m¨ªo, ?Est¨¢ bien? ?No le ha pasado nada? ¡ªDe hecho s¨ª, una mujer le lanz¨® una bolsa de pl¨¢stico en la cara. Eso hizo que se sintiera mal y perdiera su "m¨¢scara" de humo. ¡ªRayos, le dije que no fuera tras su captura. Se lo dije, pero no me escuch¨®. Yo sab¨ªa que esto le iba a pasar, lo sab¨ªa. Lo ten¨ªa muy en claro ¡ªdec¨ªa Esteban mientras golpeaba su escritorio. ¡ªDeja de hacer tanto alboroto. Hip¨®lito le est¨¢ creando una vacuna para que mejore. No pasa nada. ¡ªEs que t¨² no lo entiendes. Solo un Bailak puede curar a alguien como ¨¦l. Su cuerpo es diferente al nuestro, por lo tanto, es inmune a nuestras enfermedades y drogas para el bienestar. Pero eso no implica que ellos no tengan sus propias enfermedades. Seguro que esa perra le lanz¨® sustancia carb¨®nica. ¡ªEspera un momento, los Bailak ya no existen. ?C¨®mo es posible curarlo entonces? ¡ª?T¨², un representante de la O.M.G.A.B., no tienes idea de que a¨²n quedan dos Bailak vivos? Me da una tremenda pena que su l¨ªder sea un ignorante en ciertos temas de la historia. Candado se enoj¨® y encendi¨® sus ojos de un color violeta. ¡ªVoy a desollarte y tirar¨¦ tus malditas partes al r¨ªo Pilcomayo. ¡ªYa tendremos un momento y un lugar para pelear, pero ahora uno de mis camaradas est¨¢ grave, as¨ª que te voy a pedir un favor de caballero a otro. Quiero que encuentres a Martina G¨®mez. ¡ª?Qui¨¦n es ella? ¡ªpregunt¨® Candado mientras se calmaba. ¡ªEs un Bailak, como lo dije antes. Ella es la ¨²nica que puede curarlo. Lamentablemente, no s¨¦ cu¨¢l es su ubicaci¨®n, pero podr¨ªas preguntarle a ¨¦l. ¡ªBien, buscar¨¦ la forma de despertarlo. ¡ªTen cuidado con lo que le vas a hacer, porque si algo le llega a pasar, ser¨¦ yo quien te desollar¨¢. ¡ªQuisiera ver que lo intentes. Luego, Candado colg¨® el tel¨¦fono, sin saber demasiado de lo que le hab¨ªan hablado. Decidi¨® consultar con su mejor amigo, H¨¦ctor. Despu¨¦s de todo, ¨¦l es el ¨²nico que estudia esas cosas, incluso hasta el color de corbata que llev¨® Iv¨¢n Crusoe para la apertura de las naciones en 1920. Tom¨® el tel¨¦fono y marc¨® su n¨²mero de m¨®vil. Por otro lado, H¨¦ctor se encontraba en el gremio firmando documentos para la reparaci¨®n de la casa de Pio. Su rostro reflejaba satisfacci¨®n, ya que le¨ªa con cuidado cada uno de los documentos. Cuando son¨® su celular, H¨¦ctor lo agarr¨® sin dejar de leer los papeles. ¡ª?Diga? ¡ªSoy yo, H¨¦ctor. ¡ªErnest Barret, ?C¨®mo van tus vacaciones? ¡ª?Por qu¨¦ me llamas por mi nombre? ¡ªYa sabes, aunque tu nombre sea Candado, sigue siendo un t¨ªtulo de l¨ªder en este gremio. Pero ya no eres l¨ªder, as¨ª que puedo llamarte por tu nombre, por tu primer nombre, ?si quieres? ¡ªMe han llamado tanto por ese nombre que termin¨¦ acept¨¢ndolo. ¡ªBueno, ?qu¨¦ necesitas de m¨ª? ¡ªQuisiera que me hables un poco de los Bailak. ¡ªEsp¨¦rame un momento. H¨¦ctor se puso de pie y se dirigi¨® a un librero, pas¨® su dedo ¨ªndice por cada lomo de los libros hasta que lleg¨® a uno que era negro, lo sac¨® y ley¨® el t¨ªtulo, "Descendencia Arcaica". H¨¦ctor asinti¨® con la cabeza y se lo llev¨®, luego volvi¨® al escritorio y comenz¨® a hojearlo, pasando cada p¨¢gina del libro. Cada una de esas hojas hablaba sobre los poderes de cada ser en el universo, el esp¨ªritu de cada humano, el manejo adecuado de la magia, etc. Pero lo que importaba era lo que Candado le hab¨ªa preguntado a H¨¦ctor, y lo encontr¨®. ¡ªAqu¨ª est¨¢. ¡ªPor fin, estaba empezando a aburrirme. ¡ªSeg¨²n este escrito, dice que la palabra "Bailak" proviene de la palabra "Balcanes", ya que este raro tipo de personas fueron encontradas all¨ª. Estas personas se caracterizaban por manejar todo tipo de poder. De hecho, ellos compartieron sus ense?anzas sobre c¨®mo manejar su poder en 1918. Iv¨¢n Crusoe, el representante de la O.M.G.A.B., fue personalmente a solicitar su ayuda. Se estima que hab¨ªa m¨¢s de 8.000.000 de Bailak en todo el mundo, pero a lo largo de los a?os fueron cazados por todos debido a su magn¨ªfico don. Por lo general, eran pac¨ªficos y siempre buscaban el bienestar de los dem¨¢s. A pesar de ser inmortales, sus esp¨ªritus se les arrebataban para conseguir sus poderes, dejando un cascar¨®n fr¨ªo y doloroso, que generalmente provocaba la muerte al a?o siguiente. El ¨²ltimo Bailak que quedaba vivo se suicid¨® en 2002, siendo este el ¨²ltimo de su especie. ¡ªYa veo. ¡ªAh¨ª lo tienes. Los Bailak se extinguieron hace diez a?os, dudo mucho que alguien est¨¦ vivo hoy en d¨ªa. Candado mir¨® a su alrededor para asegurarse de que nadie lo escuchara y dijo. ¡ªCreo que hay un sobreviviente. ¡ª??QU¨¦!? ¡ªCr¨¦eme, lo es. Esteban me lo dijo. ¡ª?Y crees lo que te dice un Circuista? M¨¢s bien, ?crees lo que te dice tu enemigo? ¡ªNo creo que me mienta, sobre todo si uno de sus colegas corre un gran peligro ¡ªdijo Candado mientras ve¨ªa a Addel. ¡ªCreo que tienes raz¨®n, m¨¢s all¨¢ de que sean nuestros enemigos, ¨¦l nunca dejar¨ªa atr¨¢s a sus compa?eros. ¡ªPor eso necesito tu ayuda. ¡ª?Qu¨¦ quieres exactamente? ¡ªAtacaron mi casa, uno de los subordinados de Esteban me ayud¨® a pelear contra ellos, pero se distrajo y ahora est¨¢ envenenado. Seg¨²n lo que me dijo Esteban, un Bailak puede curarlo. Pero, ?C¨®mo puedo distinguir a un Bailak de una persona? ¡ªEs sencillo, los Bailak tienen una marca tatuada de una media luna en sus frentes. ¡ªPodr¨ªa empezar por ah¨ª entonces. ¡ªEspero que tengas ¨¦xito. Cu¨¦ntame la historia completa m¨¢s tarde, ?s¨ª? Despu¨¦s de decir eso, H¨¦ctor colg¨®, y Candado fue al living para intentar despertar a Addel. Este vio c¨®mo Hip¨®lito trataba de curarlo, pero no funcion¨®, ya que cada vez que le inyectaba la vacuna, la jeringa se destru¨ªa o simplemente no atravesaba su piel. Era como si tuviera alg¨²n tipo de protecci¨®n fuera de su cuerpo. ¡ªNo lo entiendo, nada funciona. ¡ªTranquilo, Hip¨®lito. S¨¦ c¨®mo curarlo. ¡ªPor mis datos, espero que est¨¦s bien. ¡ªLo estar¨¦, pero ?podr¨ªas llevar a las ni?as de aqu¨ª, por favor? ¡ªS¨ª, de acuerdo. Hip¨®lito tom¨® de las manos a Hammya y a Yara para dejar solo a Candado. Cuando todos se hab¨ªan ido, ¨¦l sac¨® de su bolsillo el frasco que le hab¨ªa obsequiado Nelson y le dio un poco de aquel l¨ªquido. Si era una buena persona, el sabor ser¨ªa exquisito, y si no, entonces ser¨ªa espantoso. No solo le iba a curar parcialmente a Addel, sino que tambi¨¦n lo ayudar¨ªa a saber si este individuo era bueno o un malvado. Cuando Addel dio un sorbo, abri¨® los ojos y se levant¨® inesperadamente. Luego su rostro comenz¨® a cubrirse con un humo negro, ocultando nuevamente su cara. ¡ªSabe a vainilla. ¡ªBueno, por lo menos te sabe bien. Ahora dime, ?qui¨¦n es esa tal Martina? ¡ª?Por qu¨¦ quieres saberlo? Si ya estoy curado. ¡ªNo, no es cierto, est¨¢s mal. Lo que hice fue curarte parcialmente, es como una anestesia, en este momento este veneno est¨¢ dormido y no s¨¦ por cu¨¢nto tiempo estar¨¢ as¨ª. Si valoras tu vida, ser¨¢ mejor que me digas qui¨¦n es Martina. ¡ªMartina es un Bailak y no est¨¢ muy lejos de aqu¨ª. No te puedo decir d¨®nde, pero ella vino conmigo hace unos d¨ªas, as¨ª que debe estar hosped¨¢ndose en el hotel de lujo de este pueblo. Candado se puso de pie, se arregl¨® su corbata y dijo: ¡ªBien, la ir¨¦ a buscar. T¨² qu¨¦date tranquilo y descansa, de esto yo me encargo. ¡ªEspera, ?por qu¨¦ me est¨¢s ayudando? ¡ªPorque t¨² me ayudaste a m¨ª, y yo te voy a ayudar a ti. ¡ªEn ning¨²n momento me has ayudado. ¡ªClaro que lo hiciste. Si no me hubieras advertido de que alguien estaba en mi casa, habr¨ªan lastimado a mi familia. Sea m¨¢s all¨¢ de que fuera un accidente o no, me has ayudado, y te lo agradezco mucho. ¡ªParece broma si me lo dices con esa cara inexpresiva. ¡ªAcost¨²mbrate. Luego Candado se dirigi¨® a la puerta del frente y la abri¨®. Pero cuando estaba por irse, Yara baj¨® corriendo las escaleras con la boina de ¨¦l en las manos. Cuando lleg¨® a ¨¦l, le hizo una se?a para que se inclinara, y Candado acept¨® con gusto. Yara le coloc¨® la boina en su cabeza con cuidado y lo abraz¨®. ¡ªCu¨ªdate mucho. ¡ªLo har¨¦, peque?a. Candado le toc¨® la nariz, le dio una sonrisa y luego se puso de pie. Camin¨® hasta la puerta, la abri¨® y sali¨® a la calle. Despu¨¦s la cerr¨® detr¨¢s de ¨¦l sin voltear, dio tres pasos hacia el frente y se detuvo. Mir¨® al cielo y sonri¨®. ¡ªParece que hoy va a ser una tarde interesante. Luego comenz¨® a caminar por la vereda. Por el camino iba encontrando caras conocidas, muchos de ellos eran como los amigos de ¨¦l, como tambi¨¦n alumnos de la escuela. Cada vez que se topaba con alguno de ellos, le guardaban un respeto muy grande hacia ¨¦l, ya que muchos de ellos hab¨ªan solicitado su ayuda en momentos anteriores como gremio, para recados peque?os, como por ejemplo, mandados, correo, encargos de pasificaci¨®n sobre el acoso escolar o bullying, y muchas cosas m¨¢s. Por lo general, el pueblo es muy chico ya que es una isla, y tiene como frontera el Paraguay. Vienen muchos de all¨ª. No es extra?o tener un hotel cuando vienen turistas de otros pa¨ªses. Pero el tema era bastante curioso, as¨ª como pensar que un Bailak, proveniente de los Balcanes, estuviera en Argentina, sabiendo que aqu¨ª hubo, como en todos los pa¨ªses, una caza de brujas. Todo aquel que era un Bailak se lo secuestraba y se le arrebataban todos sus poderes, incluyendo su vida. Pero en qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa pensar, si Addel es un Borrador, entonces seguramente esa tal Martina lo es tambi¨¦n. Porque cuando los Bailak comenzaron a ser cazados uno por uno, empezaron a ser desconfiados, grave error, ya que eso se us¨® en su contra. Una persona que desconf¨ªa de todo el mundo, en alg¨²n momento comenzar¨¢ a desconfiar de su propia gente, y de hecho lo hicieron. Esto caus¨® una fractura social en su comunidad, d¨¢ndoles una ventaja muy grande a los dem¨¢s. Seguro se preguntaron: ?Por qu¨¦ fueron cazados? Y eso porque, a diferencia de los dem¨¢s que pueden manejar hasta un m¨¢ximo de seis poderes, los Bailak pod¨ªan controlar absolutamente todo. Eran las personas m¨¢s fuertes del planeta. Se presume que T¨¢natos era uno de ellos y que pudo haber nacido en los Balcanes, pero se descubri¨® que no era cierto, ya que su inmortalidad y poder proven¨ªan de la muerte. En alg¨²n momento de su vida, ¨¦l muri¨® y volvi¨®, pero con un enorme poder. En cambio, los Bailak eran totalmente diferentes; ellos manejaban todos los poderes habidos y por haber, incluso poderes que no ser¨ªan descubiertos varios a?os despu¨¦s. No solo pose¨ªan ese don incre¨ªble, sino que tambi¨¦n pose¨ªan la inmortalidad. Muchos pensaron que con el hecho de ser inmortal pod¨ªan contra sus enemigos, pero la historia eligi¨® no hacerlo debido a Moneck, el Judas de los Bailak. Este hab¨ªa traicionado a sus hermanos, ense?ando a sus enemigos la forma de atacarlos. El m¨¦todo m¨¢s efectivo era arrebatarles el esp¨ªritu donde todo ser viviente almacena su magia y poder, con un conjuro. Para esto se necesitaba un guante especial fabricado por Moneck, el cual llam¨® "Poison Hand", un guante que anulaba toda magia de un Bailak. Este m¨¦todo tuvo ¨¦xito, lamentablemente, y por eso todos fueron muriendo. La otra pregunta es: ?Qu¨¦ hicieron con sus poderes? Se cree que fueron utilizados para traer de vuelta a su l¨ªder Tanatos, pero como todos sabemos, eso tuvo un fracaso total, causando la muerte de muchas personas, incluyendo aquellos que sab¨ªan c¨®mo matar a un Bailak. Toda esta informaci¨®n causaba un asco profundo a Candado. Cada vez que le¨ªa la historia de los Bailak, sent¨ªa una mezcla entre rabia y l¨¢stima por estas personas. La O.M.G.A.B. no pudo hacer nada para ayudarlos. ¨¦l sent¨ªa algo de responsabilidad por lo que le hab¨ªan hecho a esa cultura. ?Qu¨¦ cara pondr¨ªa si se encontrara con Martina? ?O qu¨¦ sentir¨ªa si viera a un gremialista que no hizo absolutamente nada por ayudar a su gente? Lo m¨¢s probable es que lo echen a patadas o lo liquiden ah¨ª mismo, aunque a este ¨²ltimo no le preocupaba mucho, de hecho, no era relevante siquiera. En fin, Candado lleg¨® al hotel que hab¨ªa mencionado Addel. Era enorme, con muchas ventanas de vidrio por todos lados y una gran puerta en el medio. No hab¨ªa nadie en la puerta, as¨ª que Candado entr¨® sin problema alguno, se acerc¨® al mostrador y le pregunt¨® al joven elegante de ah¨ª. ¡ªDisculpe, ?conoce a una tal Martina G¨®mez? El joven mir¨® hacia arriba, como tratando de ubicar el nombre. ¡ªCreo que s¨ª, est¨¢ en la habitaci¨®n 21 en el segundo piso. ¡ªGracias, caballero ¡ªdijo Candado levantando su boina de forma cort¨¦s. Despu¨¦s dio unos pasos al frente, luego volte¨®, dio unos a la izquierda y subi¨® las escaleras, camin¨® puerta por puerta buscando la direcci¨®n de Martina, hasta que se top¨® con esa. Candado mir¨® el n¨²mero en la entrada y con su mano derecha en su ment¨®n dijo: ¡ªEspero que sea esta la habitaci¨®n y la persona correcta. Candado toc¨® la puerta tres veces, pero nadie contestaba. Toc¨® por segunda vez y nada, hasta que agarr¨® la perilla de la puerta con cuidado y la gir¨® hacia la izquierda, abriendo as¨ª la puerta. Candado la empuj¨® y entr¨® cuidadosamente. En la habitaci¨®n, todo estaba ordenado, no hab¨ªa nada fuera de lo normal. Ten¨ªa tres camas: una de ellas era un somier y la otra una cucheta, una arriba y otra abajo. Sin estar satisfecho, decidi¨® seguir buscando en el ba?o, pero no hab¨ªa nadie. Sin embargo, el espejo del lugar estaba empa?ado. Candado pas¨® su dedo ¨ªndice y el dedo mayor por el cristal y lo examin¨®. ¡ªQu¨¦ extra?o ¡ªdijo mirando el espejo. Luego volte¨® y sali¨® del ba?o. Cuando se dio vuelta para cerrar la puerta, una mano le tap¨® la boca y le agarr¨® de los brazos. Candado, de manera flem¨¢tica, agarr¨® el brazo y lo tir¨® al frente de sus pies. Despu¨¦s le dio un pisot¨®n en el abdomen, pero para su sorpresa, una figura le dio una patada por la espalda y lo dispar¨® hacia el ba?o, destruyendo la ba?era fina del hotel. ¡ªPens¨¦ que ser¨ªa una tarde pac¨ªfica ¡ªdijo Candado con una expresi¨®n fr¨ªa mientras se acomodaba la boina. El individuo, quien ten¨ªa una m¨¢scara de an¨®nimo y estaba tirado en el suelo, se reincorpor¨® y atac¨® a Candado, pero este golpe¨® su mano izquierda con su pie, luego lo golpe¨® en el pecho, lo que hizo que se inclinara. Candado aprovech¨® y lo golpe¨® en la cara impuls¨¢ndolo hacia atr¨¢s. Despu¨¦s se puso de pie y fue con todo contra el individuo, agarr¨¢ndolo de la cintura y estampill¨¢ndolo con todas sus fuerzas contra el suelo. Sin embargo, una segunda persona le dio una patada en la nuca, lo que provoc¨® que Candado cayera al suelo. Luego esta misma persona puso sus manos contra el suelo y se levant¨® r¨¢pidamente, para continuar con el combate. Candado se puso de pie y comenz¨® a pelear con los dos al mismo tiempo, esquivando y bloqueando sus movimientos. Uno de ellos lanz¨® un pu?etazo, y Candado lo tom¨® de la mu?eca y tirone¨® hacia ¨¦l, d¨¢ndole un rodillazo en el pecho. Pero este lo hab¨ªa detenido con su otra mano. Candado, de manera astuta, agarr¨® de su m¨¢scara y la tir¨® hacia ¨¦l. Como ten¨ªa un pl¨¢stico flexible, Candado la solt¨® y la m¨¢scara volvi¨® con fuerza hacia atr¨¢s, lastim¨¢ndole la cara. Como estaba en una posici¨®n adecuada, pudo ver parcialmente su cara y un tatuaje de una medialuna en su frente. ¡ª?Qu¨¦ diablos? ¡ªPudo atinar sorprendido Candado, ya que en cuanto se distrajo, el segundo sujeto lo tir¨® al suelo. Luego, esta misma persona hizo un gesto con la mano y emergieron del suelo unas cadenas que envolvieron el cuerpo de Candado, inmoviliz¨¢ndolo. ¡ª?Qu¨¦ hacemos con ¨¦l? ¡ªpregunt¨® la voz femenina. ¡ªSabe mi identidad, hay que borrarle la memoria. ¡ªNi so?arlo, manga de payasos chistosos ¡ªdijo Candado con su expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªSigo pensando que tendr¨ªamos que matarlo. ¡ªEso quisiera verlo, enana. ¡ª?C¨®mo me has llamado? ¡ªC¨¢lmate, solo lo dice para provocarte. ¡ªOye t¨², s¨ª, t¨², ?por qu¨¦ no te inclinas un poco as¨ª puedo o¨ªr lo que dices, Pie grande? ¡ª?C¨®mo me llamaste? ¡ªTranquilo, t¨² mismo me dijiste que solo lo dice para provocarnos. ¡ªTienes mucha raz¨®n. ¡ªOigan, par de simios, tengo prisa. Un colega est¨¢ muriendo lentamente y ustedes me est¨¢n retrasando. ¡ª?Por qu¨¦ has entrado a nuestro cuarto? ¡ªpregunt¨® la ni?a con una m¨¢scara de porcelana. ¡ªMe equivoqu¨¦, solo estaba buscando a una tal Martina G¨®mez. En ese momento, los dos individuos se miraron entre s¨ª por unos segundos y luego miraron a Candado. ¡ª?Qui¨¦n eres y c¨®mo la conoces? ¡ªSoy Candado Ern¨¦st Barret, pero todos me dicen Candado, y no, no la conozco, solo vine a buscarla para que pueda ayudar a Harry Schr?dinger, alias Addel. La ni?a dio un paso al frente, se arrodill¨® y se sac¨® la m¨¢scara. ¡ªYo soy Martina. ¡ªOh, ?as¨ª saludan a las personas con golpes y patadas? ¡ªT¨² entraste sin permiso. ¡ª?Puedes quitarte la m¨¢scara y presentarte? El individuo se sac¨® la m¨¢scara y la puso en un escritorio. ¡ªSoy Kevin Galarza de Baltazar. ¡ªMuy bien, ahora que todo est¨¢ aclarado, ?podr¨ªan soltarme? ¡ª?C¨®mo sabemos si lo que dices es cierto? ¡ªElemental, mis queridos amigos. En esencia, ustedes fueron los que me atacaron, yo solo me defend¨ª. ¡ªDeja ya esos chistes, adem¨¢s, tu explicaci¨®n no es cre¨ªble. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s quieres, KGB? ¡ª?KGB? ¡ªEs para abreviar tu nombre y apellido. ¡ªParecen dos infantes del jard¨ªn de ni?os ¡ªdijo Martina. ¡ªMira qui¨¦n habla. ¡ªYa basta, es suficiente. Ahora, dime algo para que pueda creer lo que t¨² me est¨¢s diciendo. ¡ªEst¨¢ bien, lo har¨¦. Candado se puso de pie y destruy¨® las cadenas haciendo fuerza con los brazos. ¡ªImposible ¡ªexclam¨® Martina. ¡ªAhora viene la prueba ¡ªCandado se acomod¨® la corbata y continu¨®¡ª. Pude liberarme todo el tiempo. Puedes ser un Bailak, puedes ser bueno en combate, pero en amarrarme con esta truchada total, veo que tienen un problema muy grande en cuanto a amarrar a sus prisioneros. ¡ª?Qu¨¦ quieres probarnos con eso? ¡ªpregunt¨® Kevin en modo de defensa. ¡ªComo dije, pude liberarme todo el tiempo, pero no lo hice por una cuesti¨®n de respeto y ahora que me est¨¢n hartando un poco, me he soltado. ¡ªCreo que lo que dice es verdad. ¡ªMartina¡­ ¡ªNo, en serio, si quisiera matarnos ya lo habr¨ªa hecho. ¡ªTal vez no nos ha hecho nada, porque nos necesita vivos. Es igual que los dem¨¢s, solo nos buscan para poder eliminarnos. ¡ªC¨¢lmate, yo no he venido a matar, y mucho menos a secuestrar. Soy un leal servidor de la O.M.G.A.B. ¡ª?Un gremialista? ?Qu¨¦ rayos quiere un Gremialista con nosotros? ¡ª?De ti? Nada, solo necesito a ella ¡ªdijo Candado se?alando a Martina. Kevin se interpuso en medio de ella y Candado. ¡ªElla no ir¨¢ a ning¨²n lado, se quedar¨¢ a mi lado. ¡ªNo veo el problema en que t¨² no puedas venir conmigo. ¡ª?Qu¨¦ te hace creer que yo voy a ir con un extra?o as¨ª como as¨ª? ¡ªMira, ya me est¨¢s hartando, la vida de un inocente est¨¢ en grave peligro y necesito su ayuda. ¡ªNo es nuestro problema, Martina no se ir¨¢ a ning¨²n lado. ¡ªNo hables por m¨ª, ¨¦l es mi amigo y si ¨¦l est¨¢ en peligro, tengo que ayudarlo. ¡ªTe lo dije hace mucho, no conf¨ªes en nadie, ?o ya te olvidaste de lo que estos gusanos les hicieron a nuestra gente? ¡ª?Vas a empezar de nuevo con eso? S¨ª, est¨¢ mal y es doloroso, pero no podemos vivir ech¨¢ndole la culpa a todo el mundo, y lo sabes, ?verdad? ¡ªSilencio, Martina, aqu¨ª te quedar¨¢s y punto. ¡ªSi ella no va, Addel morir¨¢, ?puedes cargar con la muerte de un ser humano en tu conciencia, Kevin? ¡ª?Acaso tu gente sinti¨® remordimiento cuando nos cazaron uno por uno? ¡ªLa O.M.G.A.B. no tuvo nada que ver. ¡ª?Qu¨¦ no? ?D¨®nde estaban los "Defensores del d¨¦bil" cuando los Circuitos destruyeron nuestra cultura? ?D¨®nde estaban ustedes cuando fuimos a pedir su ayuda? ?D¨®nde estaban cuando ellos comenzaron a cazarnos y arrebatar nuestras vidas para sus propios fines? ?D¨®nde estaban? ?Por qu¨¦ no nos ayudaron? ?Por qu¨¦? ??POR QU¨¦?! Candado inclin¨® la cabeza con una profunda decepci¨®n en su rostro. Ellos ten¨ªan raz¨®n; la organizaci¨®n no se preocup¨® por ayudar a esas personas. ¡ª?Lo ves? Hasta t¨² quedaste mudo. Tal vez no nos hicieron da?o, pero eso no los hace quedar inc¨®lumes de lo que nos pas¨®. Ustedes se quedaron en silencio y, desde sus asientos finos, nos vieron c¨®mo poco a poco nos ¨ªbamos muriendo lentamente, hasta que solo quedamos dos. ¡ªNo es as¨ª, nosotros tratamos de enmendar nuestro error y fuimos a buscarlos. ¡ª?Creen que ustedes son due?os de la vida? Por mucho tiempo cre¨ª en ustedes, me sent¨ªa orgulloso de su hero¨ªna Ndereba Harambee, pero era todo ficci¨®n. Solo usaban el nombre de esa dama para ocultar lo que en verdad eran, unos monstruos que enga?an a j¨®venes como vos y yo ¡ªdijo Kevin mientras se pon¨ªa la m¨¢scara. Candado levant¨® la vista y, con indignaci¨®n, dijo: ¡ªNo te atrevas a hablar as¨ª del gremio. Ellos no son as¨ª. Es cierto que cometimos errores, pero, a diferencia de los dem¨¢s, nosotros d¨ªa a d¨ªa nos esforzamos en ayudar a aquellos que nos necesitan. ¡ªEl guardar silencio es lo mismo que matarnos, solo que ustedes lo sab¨ªan muy bien. Ustedes no se diferencian de los Circuitos. Candado salt¨® hacia Kevin y lo estampill¨® contra la pared, poniendo su brazo en su cuello. ¡ª?C¨¢LLATE! NOSOTROS NO CAUSAMOS TU MISERIA. DEJA YA DE INSULTARME. CREE QUE ERES EL ¨²NICO QUE PERDI¨® A SUS SERES QUERIDOS POR CULPA DE LOS CIRCUITOS. MIENTRAS ESTOY PERDIENDO MI TIEMPO CONTIGO, UN COLEGA EST¨¢ MURIENDO. ¡ª?T¨² tambi¨¦n? ¡ªpregunt¨® Martina. Candado eludi¨® la pregunta de la ni?a; en su lugar, dijo: ¡ªEsc¨²chame bien lo que te voy a decir. Curen a esta persona y te prometo que nunca m¨¢s me ver¨¢s en tu vida. ¡ªKevin, por favor, solo d¨¦jame ayudar a mi amigo. Se lo debemos despu¨¦s de todo. Kevin mir¨® a Martina un momento, luego mir¨® a los ojos a Candado. ¡ªBien, t¨² ganas, pero ir¨¦ contigo ¡ªdijo mientras se sacaba la m¨¢scara. Candado lo solt¨® y le extendi¨® la mano. Kevin acept¨® y le dio un apret¨®n de manos. ¡ªBien, ahora vayamos a mi casa ¡ªdijo Candado con su expresi¨®n fr¨ªa. Una vez que sus diferencias terminaron, ¨¦l, Martina y Kevin siguieron a Candado para curar a Addel. Gracias a las habilidades de los dos Bailak, llegaron r¨¢pidamente a la casa, ya que saltaban de techo en techo de las casas. Candado caminaba con las manos en los bolsillos por la peatonal, ya que el hotel estaba a unas cinco cuadras de su casa, no tardaron en llegar, aunque el sol ya empezaba a ocultarse. Para ¨¦l, fue otro d¨ªa tirado a la basura. Cuando llegaron, Candado toc¨® la puerta. En ese instante, Martina y Kevin bajaron del techo del vecino y se colocaron sus m¨¢scaras r¨¢pidamente. ¡ª?Qu¨¦ rayos hacen? ¡ªNos hemos expuesto al dejarnos ver nuestros rostros por ti, no nos vamos a arriesgar a que otros desconocidos nos vean ¡ªdijo Kevin mientras se fijaba la m¨¢scara. En ese instante, la puerta se abri¨®, y quien la hab¨ªa abierto era ni m¨¢s ni menos que Clementina con su ropa habitual. En su cara se reflejaba un sinf¨ªn de sermones que saldr¨ªan de su boca, sermones que Candado no ten¨ªa ganas de escuchar. ¡ª?Podr¨ªa decirme d¨®nde est¨¢ el se?or? ¡ªAntes que nada, ?est¨¢n mis padres en casa? ¡ªNo, pero recib¨ª una llamada de ellos hace diez minutos, vendr¨¢n dentro de una hora. ¡ªGenial.¡ªCandado hizo a un lado a Clementina y entr¨® a la casa¡ª Est¨¢ en la sala a la izquierda, as¨ª que pasen, por favor. Martina y Kevin entraron a la casa y dijeron: ¡ªBuenas tardes, se?orita. Clementina tirone¨® de la manga de Candado. ¡ª?Qui¨¦nes son estas personas? ¡ªSon conocidos que podr¨¢n salvar la vida de otro conocido. Ahora, su¨¦ltame. Candado se dirigi¨® junto con Kevin y Martina detr¨¢s de ¨¦l. Ni bien entraron al sal¨®n, vieron a Hip¨®lito tratando de estabilizar a Addel. Hammya estaba parada al lado del anciano con un balde de agua en sus manos, Karen y Yara estaban durmiendo en el regazo de la abuela. ¡ªS¨ª que son una familia numerosa ¡ªexpres¨® Kevin. ¡ª?Qui¨¦nes son ustedes? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªSoy Martina y ¨¦l es Kevin. Hemos venido para curar a nuestro amigo. ¡ªEspero que t¨² tengas m¨¢s ¨¦xito que yo; la fiebre no le baja. ¡ª?Hace cu¨¢nto que volvi¨® a estar as¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªHace treinta minutos, m¨¢s o menos ¡ªdijo Hip¨®lito. Martina se acerc¨® a Addel. ¡ªMu¨¦vase, por favor, se?or. Hip¨®lito se puso de pie y se hizo a un lado. En ese preciso instante, Kevin se dispon¨ªa a sacar a Martina del lugar, pero Candado se adelant¨® y puso su mano en su hombro, dando se?al de que se quedara d¨®nde est¨¢ y dejara a Martina hacer su trabajo. Ella se arrodill¨® y puso sus dos manos en el pecho de Addel. El muchacho comenzaba a respirar cada vez m¨¢s r¨¢pido, casi se podr¨ªa decir que se estaba muriendo. Luego de unos segundos, las manos de Martina comenzaron a brillar de un color blanco. No solo en sus manos ocurr¨ªa eso, sino que el destello empezaba a recorrer por todo el cuerpo de Addel. Los ojos de Martina brillaban del mismo color, como ten¨ªa una m¨¢scara, eso era lo que m¨¢s resaltaba. Pero despu¨¦s de unos minutos de ese resplandor, comenz¨® a atenuarse lentamente. Primero empez¨® por las plantas de los pies y sigui¨® por las manos de Addel, hasta que la brillante luz de su cuerpo desapareci¨®, as¨ª como el resplandor de los ojos de Martina. Cuando todo finaliz¨®, la cabeza de Addel comenz¨® a cubrirse de humo blanco, muy lentamente, hasta que ya no se pod¨ªa distinguir su rostro. Ni bien pas¨® eso, Addel se despert¨® y al ver la m¨¢scara de Martina, se asust¨® y se cay¨® al suelo.Love this novel? Read it on Royal Road to ensure the author gets credit. ¡ª?Qui¨¦n eres t¨²? ¡ªSoy yo, Martina ¡ªdijo mientras se quitaba la m¨¢scara. ¡ª?Qu¨¦ susto, por Dios! ¡ªTranquilo, no pasa nada. Todo est¨¢ bien. Addel mir¨® a Candado. ¡ªMuchas gracias, amigo. Si no fuera por vos, yo ya estar¨ªa muerto. ¡ªMe alegra que est¨¦s bien. Ahora dime, ?Qu¨¦ quer¨ªan esas ratas en mi casa? ¡ªAl parecer buscaban lo que tienes en tu cuello. ¡ª?Mi collar? ?Por qu¨¦? ¡ªNo tengo idea, pero s¨ª s¨¦ que despu¨¦s de atacar a Esteban fueron por vos, hablaban de un tal Sol Dorado. ¡ª?Por qu¨¦ querr¨ªan mi collar? ¡ªNo lo s¨¦, tal vez como algo de valor. ¡ªNo creo que solo hicieran eso. ¡ªBueno, supongo que quer¨ªan algo m¨¢s, no s¨¦. El tema es que lo cuides, sea lo que sea, ese era su objetivo de hoy. ¡ªEspero que no sea as¨ª. ¡ªCr¨¦eme, si quer¨ªan robarte eso, es porque debe ser muy importante. ¡ªSolo¡­ es un regalo de mi hermana ¡ªdijo Candado con voz triste. ¡ªYa veo, un regalo familiar. Me equivoqu¨¦, en todo caso, cu¨ªdalo bien. ¡ªNo quisiera interrumpir este momento nost¨¢lgico, pero tenemos que irnos. Hip¨®lito se puso de pie y se meti¨® en la conversaci¨®n. ¡ªEsperen, por favor, qu¨¦dense un rato m¨¢s. ¡ªEs muy amable de su parte, pero tenemos que irnos, ?Cierto, Martina? ¡ªNo, la verdad me gustar¨ªa asegurarme de que este bien Addel y para eso tiene que descansar. ¡ªEres muy impertinente, tenemos que¡­ ¡ªNo, no tenemos que, voy a quedarme aqu¨ª, es mi ¨²ltima palabra. Kevin inclin¨® la cabeza y dijo. ¡ªBien, t¨² ganas, nos quedaremos un rato. ¡ªEres genial, Kevin. ¡ªS¨ª, lo s¨¦, soy demasiado genial. ¡ªQu¨¦ humilde ¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente. ¡ªCierra la boca y no opines. ¡ª?Qu¨¦ haremos con los se?ores Barret? Ellos llegar¨¢n dentro de una hora. ¡ªTranquila, Clementina, los se?ores Barret creer¨¢n que son los amigos de Candado ¡ªdijo Hip¨®lito mientras se pon¨ªa su galera. ¡ªNo tengo problemas en que otros piensen eso porque ¨¦l es mi amigo. ¡ª?Qu¨¦ dices, Martina? Apenas lo conocemos. ¡ªS¨ª, es verdad, pero ¨¦l fue a buscarnos para ayudar a Addel, con solo ese acto de amabilidad, basta y sobra para m¨ª amistad. Kevin no dijo nada, en su lugar, Clementina agreg¨®. ¡ªEstoy muy conmovida, Candado tiene muchos amigos. ¡ªCierra tu boca o te la voy a soldar. Todos se rieron, incluyendo a Kevin, pero no Candado. Este se arregl¨® los guantes y se fue hasta donde estaba su abuela, le dio un beso en la mejilla y uno a Yara. Mientras que la beb¨¦ Karen qued¨® en los brazos de la abuela, ya que ella estaba despierta. Candado alz¨® a Yara, apoy¨® su cabeza con cuidado en su hombro, subi¨® las escaleras y entr¨® a su cuarto. Luego recost¨® a Yara en su cama con cuidado, despu¨¦s la arrop¨® con las s¨¢banas y le dio otro beso, pero en la frente. Cuando estaba por irse, Yara lo tom¨® de la mano. ¡ªEs muy linda tu hermana. Jugu¨¦ con ella, nunca llor¨®. La se?ora de la piel arrugada me dijo que ella siempre est¨¢ contenta con todo el mundo ¡ªdijo Yara con los ojos semiabiertos. Candado se sent¨® en la cama. ¡ªElla es mi abuela, me gustar¨ªa que no le digas de ese modo. ¡ª?Entonces la llamo abuela? ¡ªS¨ª, puedes. Despu¨¦s de todo, ella es una buena persona. ¡ª?C¨®mo vos? ¡ªpregunt¨® Yara mientras se recostaba en su regazo. ¡ªNo, ella es mucho mejor que yo. Ella es incapaz de enojarse o hacerle da?o a alguien. ¡ªVos eres as¨ª. ¡ªNo soy bueno poniendo la otra mejilla, sin mencionar que mi actitud te hizo llorar esta tarde. ¡ª?Te hice sentir mal? ¡ªMucho. Te hab¨ªa asustado. Siempre trato de no mostrar lo m¨¢s profundo de m¨ª frente a ti. ¡ªPensaba que era mi culpa. ¡ªNo lo fue. Solo¡­ he estado tanto tiempo pensando en tantas cosas que de alg¨²n modo termin¨¦ enoj¨¢ndome. Soy muy malo en ser bueno. ¡ªNo, no es cierto. T¨² eres bueno, de eso no hay duda. ¡ªVos eres mi coraz¨®n y mi alma. ¡ªOh, ?Qu¨¦ significa eso? ¡ªQue eres mi rayo de felicidad en esta vida. ¡ª?Y tambi¨¦n mi pap¨¢? ¡ªS¨ª, tambi¨¦n soy tu pap¨¢. Yara se puso de pie y abraz¨® a Candado. En ese instante, ellos estaban siendo espiados por Kevin, quien mostr¨® una expresi¨®n de arrepentimiento por la forma en la que lo juzg¨®. As¨ª que ni bien Yara dej¨® de abrazar a Candado y se acost¨® en la cama, se fue del lugar sin que ellos se dieran cuenta. ¡ªHasta ma?ana, pap¨¢. ¡ªHasta ma?ana, princesa. Candado sac¨® de un cofre un peluche de un payasito muy colorido y, con una sonrisa, arrop¨® a Yara y le dio el mu?eco. ¡ªEste peluche era m¨ªo. Lo usaba mucho a la hora de dormir, y ahora es tuyo. ¡ª?Lo usabas? ¡ªYo le ten¨ªa miedo a la oscuridad, pero cuando lo ten¨ªa a mi lado, esas noches se volv¨ªan cada vez m¨¢s seguras para m¨ª. Yara mir¨® al peluche durante un rato largo, como si estuviera esperando a que pasara algo. Pero despu¨¦s de un momento, Yara lo abraz¨® y cerr¨® sus ojos. Candado le bes¨® en la frente, apag¨® la luz y se fue de la habitaci¨®n. Candado baj¨® las escaleras y vio c¨®mo todos estaban sentados en los sillones, hablando como viejos amigos, incluyendo a Hammya, quien hace poco le tem¨ªa a las relaciones sociales. Ella se hizo muy amiga de Martina, ya que ellas eran las que m¨¢s se hablaban. Hip¨®lito cargaba a la beb¨¦ Karen, que se hab¨ªa dormido otra vez. Addel estaba hablando con Clementina, al parecer, ella estaba tratando de imitar a Candado en la forma de ser seria, as¨ª como ¨¦l lo hac¨ªa cada vez cuando hablaba con alguien. La abuela estaba en la cocina con Kevin, ayudando en la cena. Cuando vio que todos se llevaban bien, sinti¨® una especie de felicidad en su interior. Claro que eso no se ve¨ªa a simple vista. Cuando uno est¨¢ contento, lo demuestra con una sonrisa, pero Candado lo demostraba con solo levantar las cejas y cerrar los ojos. Candado sali¨® al jard¨ªn para tomar un descanso, ya que Yara estaba durmiendo en su cama. "Estoy cansado", pens¨® Candado cuando se sent¨® en el ¨¢rbol. Eso tampoco se ve¨ªa a simple vista. En esa tarde, Candado estaba relajado en aquel ¨¢rbol grande y ¨²nico que hab¨ªa en ese jard¨ªn. Pero ese momento dur¨® poco, ya que "Un amigo" inesperado e indeseable hab¨ªa aparecido sentado al lado de ¨¦l. ¡ªQu¨¦ bonito es el atardecer ¡ªdijo T¨ªnbari. Candado no dijo nada, solo cubri¨® sus ojos con su boina. ¡ªEres muy aburrido. No puedo creer que seas as¨ª de forro conmigo. Candado se levant¨® la boina y mir¨® a T¨ªnbari sin girar la cabeza. ¡ª?De d¨®nde sacas esos t¨¦rminos? ¡ªNo s¨¦ ¡ªdijo encogiendo los hombros¡ª en realidad los escuchaba mucho de los j¨®venes de las ciudades. ¡ªNo te juntes con ellos ¡ªdijo mientras se cubr¨ªa nuevamente los ojos con su boina¡ª te ense?an a c¨®mo ser m¨¢s irritante. ¡ªEsa es la idea. ¡ªEres un indeseable. Hab¨ªan pasado m¨¢s de dos horas desde que Candado hab¨ªa llamado a Esteban para hacerle saber del estado de su compa?ero, Harry Schr?dinger. As¨ª que se prepar¨® para hacerle "una visita" a su enemigo y averiguar en qu¨¦ estado estaba su compa?ero. Pero solo pensar en pisar el hogar de ese sujeto le revolv¨ªa el est¨®mago y le daban muchas ganas de golpearlo. Sin embargo, no pod¨ªa hacerlo, ya que ¨¦l ser¨ªa quien iba a hacerle una visita, por una cuesti¨®n de respeto. As¨ª que se morder¨ªa los labios. Esteban se visti¨®, sali¨® de la casa y camin¨® por la vereda. A diferencia de Candado, que era algo reservado, Esteban era todo lo contrario, excepto en lo que respecta a la seriedad, un rasgo que los distingu¨ªa de los dem¨¢s y los hac¨ªa ¨²nicos. Pero eso no quitaba que ¨¦l fuera un ser carism¨¢tico, algo que solo Esteban pose¨ªa. En su camino, Esteban se deten¨ªa mucho, ya que siempre charlaba con sus compa?eros, tanto circuistas como gremialistas. Al final, lleg¨® cuando estaba obscureciendo, toc¨® la puerta y esper¨®. Al abrir la puerta, se encontr¨® con alguien a quien no esperaba ver: Hammya. ¡ªNo esperaba que Candado invitara a alguien que apenas conoce hace poco. ¡ªYo vivo aqu¨ª ¡ªaclar¨® Hammya. Esteban estir¨® las cejas y abri¨® bien los ojos. ¡ª?Eres familiar de ¨¦l? ¡ªNo. ¡ª?Sabes una cosa? No quiero saberlo. Solo vine a ver c¨®mo est¨¢ Harry. ¡ª?Qui¨¦n es Harry? ¡ªEl sujeto que estaban curando. ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªHarry, ?qui¨¦n va a ser? ¡ªNo, no hay ning¨²n Harry en esta casa. ¡ªBueno, es cierto que est¨¢bamos curando a alguien, pero no un Harry. ¡ª?C¨®mo se llama entonces al que estaban curando? ¡ªAddel, creo. ¡ªPues es ¨¦l. ¡ª?Pero no dijo que estaba buscando a un tal Harry? Esteban se rasc¨® la sien con bronca mientras mostraba sus dientes. ¡ªEse es el que estoy buscando. ¡ªPero no se llama Harry. ¡ª?Es HARRY! ¡ªgrit¨® Esteban. En ese instante apareci¨® Clementina. ¡ª?Qu¨¦ sucede, Hammya? ?Qu¨¦ fue ese grito? ¡ªEste muchacho est¨¢ buscando a un Harry. ¡ªOh, Esteban, ?qu¨¦ quieres de esta casa? ¡ªNada, vine a ver a Addel. ¡ªPero Hammya me dijo que usted est¨¢ buscando a un tal Harry. Esteban, ya con la paciencia agotada, dijo. ¡ªEsc¨²chenme una cosa las dos, Addel se llama Harry Addel¨¢ndromechkrrin Schr?dinger, pero como su segundo nombre es largo, le dicen Addel. ¡ªAh, ahora lo entendemos ¡ªdijeron Clementina y Hammya. ¡ªMe alegra que hayan entendido. Ahora, ?podr¨ªan hacerse a un lado? Hammya y Clementina despejaron el camino para que Esteban pudiera pasar. Este inclin¨® la cabeza en forma de agradecimiento hacia ellas. La puerta se cerr¨® detr¨¢s de ¨¦l y camin¨® hacia el living, donde vio a Addel tumbado en el sill¨®n jugando con su mano, haci¨¦ndola aparecer y desaparecer. Esteban movi¨® sus ojos hacia arriba y murmur¨®, "Es un ni?o". Luego se dirigi¨® hacia ¨¦l. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de Addel, Esteban mir¨® a su alrededor como si estuviera buscando algo, y lo encontr¨®: tom¨® una revista que estaba en la mesa de la sala, la enroll¨® y la golpe¨® en la cabeza, lo que hizo que Addel se cayera del sill¨®n. ¡ª?Qui¨¦n fue el imb¨¦cil? ¡ªFui yo. ?Alg¨²n problema? Addel se puso en una postura militar, como si estuviera un cabo saludando a su general. ¡ªSe?or, claro que no. Me siento alagado de que usted me haya golpeado. ¡ªNo exageres. Estuviste bien y ni siquiera fuiste capaz de contactarme. Eres un... Esteban golpe¨® nuevamente en la cabeza de Addel, pero cuando estaba por darle el segundo golpe, se peg¨® en el techo. ¡ªPor favor, jefe, pensaba hacerlo, lo juro. ¡ªNo parec¨ªa que lo estuvieras haciendo. ¡ªEs que estaba pensando qu¨¦ decirle a usted. ¡ªBaja. Esteban tir¨® el rollo de revista a un lado e inst¨® a Addel a que continuara. ¡ªE inf¨®rmame sobre lo que has encontrado. Addel baj¨® del techo, se arregl¨® la ropa y sigui¨®. ¡ªPersegu¨ª al Testigo que lleg¨® hasta aqu¨ª, pero escap¨® con dos m¨¢s. ¡ª?Dos m¨¢s? ¡ªS¨ª, se?or, dos m¨¢s. ¡ª?Pudiste identificarlos? ¡ªS¨ª, uno era una mujer, seg¨²n tengo entendido se llama Jane, y el otro no lo s¨¦. ¡ª?No lo sabes? ¡ªS¨ª, no lo s¨¦, lo siento. ¡ªBueno, no importa. ?Sabes algo m¨¢s sobre la mujer? ¡ªNo lo s¨¦, se?or, pero buscaban algo en esta casa, tal vez la clave de nuestras dudas. ¡ªNo lo creo. A nadie se le ocurrir¨ªa atacar a Candado en su casa. Todo el mundo sabe que aqu¨ª es m¨¢s fuerte que en cualquier otro lugar de este planeta. ¡ªTal vez esa era la raz¨®n por la que se ocultaron cuando ¨¦l estaba aqu¨ª. ¡ªDa igual. Ya nos preocuparemos despu¨¦s. Por ahora, me alegro de que est¨¦s bien. ¡ªGracias, Esteban, digo, se?or. ¡ªMuchas gracias. Ahora, ?d¨®nde est¨¢ la Bailak que te ayud¨®? Me gustar¨ªa darles las gracias. ¡ªEst¨¢ en el jard¨ªn, con Candado. ¡ªQu¨¦ mala suerte, pero bueno, dar las gracias es una obligaci¨®n. Esteban y Addel se dirigieron al jard¨ªn por la cocina. Estaba claro que ya hab¨ªan cenado, ya que todav¨ªa estaban sucios los platos. Esteban mir¨® el lugar con repugnancia, pero Addel no parec¨ªa preocupado y encontr¨® cierta gracia en la escena. Era divertido ver esos platos de cart¨®n, ya que estaban ah¨ª porque iban a ser tirados a la ma?ana siguiente. ?Por qu¨¦ comer en platos de cart¨®n? Simple, Candado sab¨ªa muy bien que Esteban estaba por venir a su casa y como ¨¦l es una persona muy pulcra, decidi¨® molestarlo con eso, ya que no toleraba ver algo sucio porque vomitaba o se desmayaba. Cuando Esteban sali¨® al jard¨ªn, lo primero que vio fue a Candado charlando con dos personas, Kevin y Martina (tambi¨¦n estaba T¨ªnbari, pero Esteban no pod¨ªa verlo). Esto llam¨® su atenci¨®n. Candado charlando con Martina, eso era bastante extra?o para Esteban. ¡ªSaludos, compa?eros y no compa?eros. ¡ªEsteban, no pens¨¦ que t¨² ibas a venir a visitarnos ¡ªdijo Candado sarcasticamente. ¡ªSaludos para ti tambi¨¦n, amigo ¡ªdijo Martina. ¡ªEs muy extra?o verte aqu¨ª ¡ªdijo Kevin. ¡ªSolo vine a ver c¨®mo estaba Addel y, de paso, agradecerte a ti, Martina. ¡ªAhhh, muchas gracias. ¡ªBueno, me alegro de que te hayas dignado a venir hasta mi casa para saber si tu subordinado estaba bien. ¡ªYa te dar¨¦ tu merecido tarde o temprano. ¡ªLo voy a esperar, Esteban, lo voy a esperar. ¡ªPor favor, no peleen, estamos charlando. Esteban hizo una se?al a Addel para que lo siguiera, cuando estuvo cerca de la puerta. ¡ªCandado. Gracias por ayudar a Harry ¡ªdijo Esteban de espaldas. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªdijo Candado toc¨¢ndose moment¨¢neamente la frente con su dedo ¨ªndice y medio. Luego de que el d¨²o se fuera del jard¨ªn y de la casa. Cuando Esteban y Addel se hab¨ªan marchado, Martina y Kevin, quien hab¨ªa comenzado a ser m¨¢s carism¨¢tico desde que los espi¨® a ¨¦l y a la peque?a Yara. Al parecer, eso lo conmovi¨® mucho, as¨ª como ¨¦l cuida a Martina. ¡ªBien, me agrad¨® mucho la velada, al igual que tus padres ¡ªdijo Kevin. ¡ªMe alegra que se hayan divertido, pero parece que mis padres ni siquiera se dieron cuenta de que ustedes exist¨ªan. ¡ªNo seas aguafiestas, Candado. Tus padres nos vieron, solo que les llamaron mucho la atenci¨®n las marcas en nuestras frentes. ¡ªNo creo que haya sido solo eso, KGB. ¡ªCreo que deber¨ªas dejar esos h¨¢bitos, Candado. ¡ªLa verdad es que me llama mucho la atenci¨®n que t¨² hayas cambiado tu humor repentinamente. ¡ª¨¦l es as¨ª ¡ªdijo Martina. ¡ªQuisiera disculparme por la forma en que te trat¨¦, es que hoy tuve un mal d¨ªa; por lo general, no soy gru?¨®n. ¡ª?Mal d¨ªa? ¡ªS¨ª, la verdad es que Martina y yo tuvimos ciertos problemas cuando llegamos a este pueblo, nos descubrieron tres adultos. ¡ª?En serio? Vaya, ?acaso eran del Circuito o de los Testigos? ¡ªNo lo s¨¦, ten¨ªan una insignia de ¨¢guila en sus pechos. Cuando Candado escuch¨® la palabra ¨¢guila, sus ojos se abrieron de sorpresa. ¡ª?¨¢guila? ?Dijiste ¨¢guila? ¡ªS¨ª, lo dije. ?Por qu¨¦? En ese instante, Candado sac¨® de su bolsillo dos insignias, un ¨¢guila dorada y un ¨¢guila de plata. ¡ª?Cu¨¢l de las dos ten¨ªan aquellos sujetos? ¡ªdijo Candado mientras se las mostraba a Kevin. ¡ªEsa ¡ªdijo mientras se?alaba la plateada¡ª. ?C¨®mo es que la tienes? ¡ªUno de esos bastardos asesin¨® a mi abuelo. Estoy seguro de que, si puedo ubicarlos, podr¨¦ hacer justicia. ¡ªHacer justicia¡­ me gusta¡ªKevin se puso de pie y extendi¨® la mano hacia Candado¡ª. Conmigo a tu lado, puedo ver de cerca a los malditos canallas que se metieron con mi gente. Candado se puso de pie tambi¨¦n, junto con Martina, acept¨® el apret¨®n de manos y dijo. ¡ªMe gustar¨ªa tenerte a ti, un Bailak, que pueda luchar en las batallas que podr¨ªan ser un obst¨¢culo para m¨ª. ¡ªEstupendo ¡ªdijo Kevin con una sonrisa. ¡ªOigan, yo tambi¨¦n quiero unirme ¡ªdijo Martina. ¡ªDos Bailak, son lo mejor ¡ªdijo Candado mientras les daba un apret¨®n de manos a Kevin y Martina. ¡ª... ¡ª... ¡ª... ¡ªBien, ya pod¨¦is soltarme ¡ªdijo Candado. Kevin y Martina lo soltaron y se hicieron a un lado. Candado se dirigi¨® a la casa y los dos lo acompa?aron. Gracias a la ayuda de Kevin, Candado estaba m¨¢s cerca del asesino de su abuelo. Muy pronto podr¨ªa vengarse, ese momento lo llen¨® de una gran tranquilidad. Ma?ana podr¨ªa investigar m¨¢s sobre el asunto, pero por ahora necesitaba tomar un descanso tanto f¨ªsico como mental. Cuando entr¨® a la cocina, con Kevin y Martina sigui¨¦ndolo, la cocina estaba limpia, con una nota sin nombre que dec¨ªa "La pr¨®xima vez que intentes humillar a alguien por mostrar platos sucios, hazlo en otra casa." Candado sonri¨® y tir¨® la carta al bote de basura, luego fue al sal¨®n y se sent¨® en el sill¨®n a ver la televisi¨®n. Kevin y Martina se despidieron de ¨¦l y se fueron de la casa, prometiendo que volver¨ªan ma?ana. Una vez que Candado se relaj¨® en su sill¨®n, se quit¨® la boina y la puso en una mesa que estaba a su lado. Luego chasque¨® los dedos y su ropa formal y habitual cambi¨® por un pijama celeste, pantalones de ch¨¢ndal blancos y una camiseta roja, adem¨¢s de medias negras. Cuando termin¨® de vestirse, se recost¨® en el sof¨¢ y prendi¨® la televisi¨®n. No ten¨ªa intenci¨®n de moverse del lugar por un largo tiempo, pero cuando estaba totalmente relajado, alguien toc¨® la puerta y Candado, de mala gana, se puso de pie, se acomod¨® el pijama y abri¨® la puerta. Afuera estaba su amigo Mauricio. ¡ªUps, perd¨®n si te he molestado. ¡ªDeja las bromas para m¨¢s tarde y dime por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª. ¡ªVine a recoger a Yara. ¡ªEst¨¢ durmiendo en mi cama. Pasa si quieres¡­ ¡ªNo, no, no, est¨¢ bien. Si est¨¢ dormida, vendr¨¦ ma?ana. ¡ªPodr¨ªas llamar por tel¨¦fono en lugar de hacer este viaje. ¡ªNa, es mejor hacerlo as¨ª. As¨ª puedes hacer ejercicio. Candado se rasc¨® la frente con el dedo me?ique y mir¨® al suelo. ¡ªY mira, me gustar¨ªa que no hicieras eso, porque me irrita profundamente que me molesten de esa forma. ¡ªEst¨¢ bien, no lo har¨¦ m¨¢s ¡ªMauricio se quit¨® el sombrero y se inclin¨®¡ªnos vemos ma?ana, Candado. Luego, un mont¨®n de hojas lo envolvieron y desapareci¨®. ¡ªSoberbio ¡ªdijo Candado mientras cerraba la puerta. Una vez que termin¨® la conversaci¨®n con Mauricio, cerr¨® con llave la puerta y se sent¨® nuevamente en su sof¨¢. Empez¨® a ver los noticieros en la televisi¨®n, pero pronto se aburri¨® y apag¨® la televisi¨®n. Se recost¨® en el sill¨®n y comenz¨® a leer un libro titulado "Operaci¨®n Masacre" de Rodolfo Walsh. Mientras Candado disfrutaba de su lectura, Hammya, quien llevaba ropa c¨®moda de hogar, como pantalones cortos y una blusa amarilla, baj¨® las escaleras lentamente con la intenci¨®n de asustarlo. Sin embargo, cuando estaba muy cerca de ¨¦l, Candado la not¨®. ¡ªS¨¦ que est¨¢s ah¨ª, Esmeralda. Sent¨ª una peque?a brisa en mi espalda cuando te paraste ah¨ª ¡ªdijo Candado mientras pasaba la p¨¢gina. Hammya salt¨® por encima del respaldo del sill¨®n y se sent¨® junto a ¨¦l. ¡ª?C¨®mo haces eso? ¡ªCuando te concentras, puedes sentir hasta el estornudo de una bacteria ¡ªluego mir¨® a Hammya con su actitud fr¨ªa¡ª. Nunca m¨¢s vuelvas a hacer eso. ¡ª?Hacer qu¨¦? Luego, Candado mir¨® su libro. ¡ªDe saltar as¨ª en el sof¨¢, me lo vas a romper, peque?a esmeralda. ¡ª?Peque?a? ?Esmeralda? ?De d¨®nde sacas esos apodos? ¡ªLos invento conforme a la situaci¨®n ¡ªdijo Candado mientras cambiaba nuevamente de p¨¢gina. ¡ª?Eres as¨ª con todo el mundo? ¡ªCon todos, sin excepci¨®n, as¨ª que no te sientas especial o perseguida. ¡ª?Qu¨¦ tal si te llamo "Boinudo"? ?Te gustar¨ªa? ¡ªNo te atrever¨ªas. ¡ª?Por qu¨¦ no? ¡ªPorque me temes lo suficiente como para no llamarme as¨ª ¡ªdijo mientras cruzaba las piernas. ¡ªNo es cierto ¡ªdijo Hammya molesta. ¡ªSi es cierto ¡ªdijo Candado sin despegar su vista del libro. ¡ªNo es cierto. ¡ªLo es, te asustaste mucho la primera vez que nos conocimos, te asustaste cuando hablamos de mi hermana y te asustaste cuando te atreviste a chantajearme. Hammya levant¨® el dedo ¨ªndice y qued¨® con la boca abierta, Candado ten¨ªa raz¨®n, en esas situaciones mencionadas ella hab¨ªa sentido miedo. ¡ª?Lo ves? Muerta de miedo. ¡ªC¨¢llate. Hammya levant¨® los pies y los cruz¨®. ¡ª?Ni?a? ¡ª?Ahora qu¨¦ quieres? ¡ªSi tanto te molesto, ?por qu¨¦ te sientas al lado m¨ªo? ¡ªNo puedo dejarte solo, mi padre me lo dijo. Candado alz¨® la vista y la mir¨®. ¡ª?Qu¨¦ dijo exactamente? ¡ª¨¦l me hablaba siempre de ti, dec¨ªa que eras algo fr¨ªo y calculador. Tambi¨¦n me habl¨® de c¨®mo eras con las personas, de que a pesar de que seas alguien muy severo, eres alguien en quien se puede confiar. Alguien as¨ª en el mundo, es muy extra?o. ¡ªMe halagas, ni?a ¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente mientras volv¨ªa a leer su libro. ¡ªAhora yo quiero hacerte una pregunta. ?C¨®mo conociste a Yara o c¨®mo te topaste con ella? ¡ªCuando ten¨ªa ocho a?os, el bosque se incendi¨®, no s¨¦ c¨®mo ni por qu¨¦ ocurri¨® eso, pero con ayuda de Mauricio, que en ese momento ten¨ªa diez a?os, y de otros compa?eros, pudimos frenar el fuego antes de que llegara al pueblo. Cuando todo eso termin¨®, Mauricio y yo hicimos un reconocimiento en el bosque para saber si hab¨ªa o no heridos, en ese tramo nos encontramos en un nido de serpiente, solo hab¨ªa un huevo. En un principio, no quer¨ªa hacerme cargo de eso, pero Mauricio me convenci¨® de que lo hiciera, pero despu¨¦s de unos d¨ªas, nos enteramos de que el huevo no iba a sobrevivir debido a que nuestro cuidado no era suficiente. Hasta que decid¨ª salvarlo regalando un poco de mi poder. Cuando hice eso, el cascar¨®n se rompi¨® y de ¨¦l sali¨® una Yarar¨¢, no sabes el cagaso que me dio al ver una serpiente venenosa, me alej¨¦ de ella o de ¨¦l, no sab¨ªa muy bien de qu¨¦ g¨¦nero era, pero no Mauricio. ¨¦l no solo se qued¨® cerca de la serpiente, sino que tambi¨¦n la subi¨® en su regazo. Cuando me acerqu¨¦, sus colores cambiaron y se torn¨® oscura con peque?os c¨ªrculos rojos en toda su espalda. Cuando decid¨ª acariciarle la cabeza, ?PUM! Se transform¨® en una beb¨¦ y me volv¨ª a cagar de miedo. Recuerdo que me ca¨ª de espaldas al suelo y ella fue hacia m¨ª, y¡­ bueno, el resto ya se sabe. La cri¨¦ junto con Mauricio por cinco a?os y se convirti¨® en lo que es ahora. Como ves, ella todav¨ªa no puede convertirse bien en una humana, pero me agrada y de hecho, aunque para otros sea extra?o, la quiero como una hija. ¡ªEs¡­ lo m¨¢s loco que he escuchado. ¡ªNo ser¨¢ lo ¨²nico que encuentres. ¡ªLa verdad, es muy extra?o ver que t¨² seas padre a tan corta edad. ¡ªNo es tan dif¨ªcil. ¡ªAunque me digas eso, sigue siendo extra?o. ¡ªNo es extra?o, ni?a. Yara me quiere como un padre y yo la quiero como una hija. Es algo normal. Yo la cuid¨¦ junto con Mauricio. ¡ª?Sabes una cosa? Candado no respondi¨® y sigui¨® leyendo su libro. ¡ªEres muy dif¨ªcil de catalogar. Eres fr¨ªo y a la vez bueno, eres serio y a la vez alegre, eres un d¨ªa cretino y al otro un caballero. Sinceramente, no s¨¦ qui¨¦n eres. ¡ªEso no es nada. Deber¨ªas conocer a Joaqu¨ªn Barreto. ¨¦l es peor que yo. ¡ª?Qui¨¦n es ¨¦l? ¡ªUn amigo m¨ªo. Es igual a H¨¦ctor. Debo admitir que me ayud¨® mucho, aunque siempre me pregunto si su amistad conmigo fue accidental o ya estaba escrita. ¡ªNo lo vi en la escuela. ¡ªNaturalmente, ¨¦l vive en Resistencia. ¡ªEs extra?o tambi¨¦n que tengas muchos amigos, a pesar de tu exterior tenebroso. Candado cerr¨® el libro y mir¨® a los ojos a Hammya. ¡ªDime ni?a, ?a caso te doy miedo? ¡ªYo¡­ no s¨¦. ¡ªEntonces, deja de decir que soy tenebroso porque no lo soy. Que t¨² me tengas miedo es diferente. ¡ªPero, de verdad das miedo. ¡ªY eso que lo negaste con anterioridad. ¡ªOye, en serio das miedo. ¡ªMe dijiste hace un rato que no sab¨ªas por qu¨¦ me tem¨ªas. ¡ªCandado el otro d¨ªa, te enfrentaste con esas tres personas en el bosque y luego ocurri¨® lo mismo en jard¨ªn. Candado abri¨® de nuevo su libro y sigui¨® leyendo en la p¨¢gina que estaba, lo hizo tan bien que parec¨ªa como si ya lo hubiera le¨ªdo. ¡ªCandado, no s¨¦ c¨®mo no te das cuenta, peleaste con ellos sin siquiera mostrar un rasgo de sentimientos. ¡ª?A caso quer¨ªas que me r¨ªa, llore o qu¨¦? ¡ªNo, pero es demasiado tenebroso, me sorprende que vos no te des cuenta, es como si fueras una m¨¢quina que fue construida para pelear solamente. ¡ªCreo que debes dejar de ver televisi¨®n, te estas volviendo rara. ¡ª?Yo? ?Rara? Si soy m¨¢s normal que vos. Candado volte¨® y la mir¨® de arriba abajo. ¡ªHuy s¨ª que eres muy normal, que envidia tengo, como me gustar¨ªa tener la cabellera verde, oh¡ªdijo Candado de manera sarc¨¢stica. ¡ªEres muy malo, ya te dije que nac¨ª as¨ª. ¡ªY yo hablaba y le¨ªa a los tres segundos de nacido. ¡ªHablo en serio. ¡ªYo tambi¨¦n. Hammya cerr¨® los ojos y suspir¨®. ¡ªHey, a veces pienso si hay algo de bondad en ese cascaron tuyo. ¡ªSi no lo tuviera no estar¨ªa en esta casa y no estar¨ªa escuchando tus pelotudeces en este momento, as¨ª que t¨®malo como un s¨ª. ¡ªDijiste que me tratar¨ªa con m¨¢s respeto. ¡ªEso era antes de que supieras de que estoy enfermo¡ªdijo Candado mientras le¨ªa su libro. ¡ªEso no cambia nada, recuerda que debes tratarme como tal. ¡ªNo, no lo har¨¦ hasta que demuestres que vale la pena hacerlo. ¡ª?A caso no eres educado? ¡ªLo soy, pero aquellos que me extorsionan merecen toda mi ira. ¡ª?Eso no ser¨ªa al rev¨¦s? ¡ªNo, porque si llegas abrir la boca, yo mismo me encargare de abrirte tu estomago lado a lado, sacando tus ¨®rganos y alimentando a mi Bari. Hammya hizo una mueca, ya que T¨ªnbari hab¨ªa dicho algo parecido. ¡ªPor otro lado, si no me lo hubieras contado, ?Me tratar¨ªas bien, verdad? ¡ªDepende, pero ahora est¨¢s en esta situaci¨®n, as¨ª que olv¨ªdalo. ¡ªSi me matas, estar¨ªa rompiendo una promesa con mi padre. ¡ªNo necesariamente necesito matarte, si puedo hacerte la vida imposible. ¡ªNo creo que seas tan as¨ª, despu¨¦s de todo eres amable. ¡ªPru¨¦bame. ¡ªNa, paso. ¡ªAs¨ª est¨¢ mejor. ¡ªLa verdad¡­ me sorprende que puedas leer y hablar al mismo tiempo. ¡ªCuando pasas por la maldita esfera de un Bari puede mantener tu mente en buen estado, tanto que puedes pensar en m¨¢s de diez cosas, yo pienso en treinta y siete cosas a la vez. ¡ª?Eso¡­ es normal? ¡ªSeg¨²n T¨ªnbari, soy el primer humano en lograr tal cosa. ¡ª?Qu¨¦ es esa tal esfera que mencionaste? ¡ªCuando posees un Bari, te dan cinco especies de retos, que puedes o no completar. Entre ellas est¨¢, la esfera de los mil terrores, la sangre venenosa, la lengua del saber, los ojos de la condena y las manos del miedo. Hammya qued¨® petrificada al escuchar aquel crudo reto, y la explicaci¨®n de Candado solo aument¨® su temor. El di¨¢logo continu¨®: ¡ª?Qu¨¦ hacen esas cinco cosas? ¡ªpregunt¨® Hammya con curiosidad. Candado se tom¨® un momento para responder. ¡ªBueno, la esfera te hace fuerte, tanto f¨ªsica como mentalmente, pero en cuesti¨®n de a?os que pasan como minutos, y est¨¢ lleno de dolor, hambre, sed, locura y otras amenazas mortales. Puedes permanecer all¨ª durante a?os si as¨ª lo deseas, pero esa es la raz¨®n por la que la mayor¨ªa no se atreve a completar los cinco retos. ¡ª?Acaso hiciste los cinco? ¡ªinquiri¨® Hammya, impresionada. Candado asinti¨® con solemnidad. ¡ªS¨ª, los cinco. ¡ªDebe haber sido extremadamente dif¨ªcil. ¡ªSin duda lo fue ¡ªrespondi¨® Candado, recordando sus propias experiencias. Hammya, con una mezcla de admiraci¨®n y asombro, continu¨® con sus preguntas: ¡ª?En qu¨¦ te benefician estos retos? Candado esboz¨® una sonrisa burlona. ¡ªEst¨¢s muy curiosa hoy, ?verdad? ¡ªDisc¨²lpame, pero el mundo es muy diferente de lo que yo cre¨ªa ¡ªse justific¨® Hammya. Candado asinti¨® y comenz¨® a explicar: ¡ªBien, entonces te contar¨¦ las cosas buenas y las malas que se obtienen con estos cinco retos. Hammya estaba ansiosa por escuchar m¨¢s. ¡ªMe parece fant¨¢stico, creo. Candado prosigui¨®: ¡ªEn la esfera del terror, pasas mil d¨ªas en su interior, mientras que aqu¨ª afuera solo pasa un minuto. Si superas este primer reto, no sentir¨¢s dolor, no experimentar¨¢s cansancio f¨ªsico y podr¨¢s mantener la mente ocupada en m¨¢s de diez pensamientos a la vez. Solo yo, pienso en treinta y siete cosas. Lo malo es que, si te dejas llevar por esto, podr¨ªas morir de hambre, sed o agotamiento, sin mencionar que, en una pelea, morir¨¢s desangrado si sufres heridas graves. ¡ª?Y qu¨¦ es esa "sangre venenosa" que mencionaste antes? ¡ªpregunt¨® Hammya, intrigada. Candado baj¨® la mirada antes de responder. ¡ªLa sangre venenosa es beber la sangre de tu Bari, al menos un litro de ella; de lo contrario, el reto fracasa y mueres. Se le llama venenosa porque consume tu alma y tu sangre durante tres minutos. Si no puedes soportarlo durante ese tiempo, morir¨¢s. Ni siquiera el entrenamiento en la esfera puede aliviar ese intenso dolor cuando la bebes. Lo bueno es que puedes sentir tu cuerpo m¨¢s flexible, te vuelves inmune a venenos y enfermedades, adquieres un poder superior y te vuelves mil veces m¨¢s fuerte que cualquier otro. La consecuencia, sin embargo, es que podr¨ªas perder un poco de cordura en el proceso. La curiosidad de Hammya la impuls¨® a hacer m¨¢s preguntas. ¡ª?Qu¨¦ es la lengua del saber? ¡ªinquiri¨® Hammya con inter¨¦s. Candado, con una expresi¨®n enigm¨¢tica, comenz¨® a explicar: ¡ªEs el idioma Roob¨®leo, casi imposible de entender, y la ¨²nica forma de aprenderlo es teniendo una experiencia cercana a la muerte, ya que solo los Baris de la muerte lo comprenden. La ventaja es que te otorga una mayor confianza en ti mismo y la capacidad de aprovechar al m¨¢ximo mi magia. Tambi¨¦n te ense?a a comunicarte con otros Baris. Lo malo es que, una vez dominado, ya no tienes miedo a la muerte ni a nada parecido. ¡ªYa veo, ?y los ojos de la condena, qu¨¦ son? ¡ªpregunt¨® Hammya, intrigada por la perspectiva de un Bari. Candado revel¨®: ¡ªCon los ojos de la condena, puedes ver todo desde la perspectiva de un Bari. Te ayuda a identificar a un Bari escondido o a un enemigo cercano. Sin embargo, el desaf¨ªo es enfrentar tus peores miedos y superarlos. Hammya continu¨® su indagaci¨®n: ¡ª?Y las manos del miedo? Candado titube¨® antes de responder. ¡ªBueno, eso no puedo dec¨ªrtelo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya, desconcertada. ¡ªEs demasiado crudo para ti. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªHammya estaba a¨²n m¨¢s intrigada. ¡ªTe lo contar¨¦ cuando sea el momento adecuado. ¡ªEso es bastante extra?o. Candado cambi¨® el tema: ¡ªPara ti, todo es extra?o. Me sorprende que tu padre nunca te lo haya explicado todo antes de venir aqu¨ª. ¡ªCreo... que ten¨ªa miedo de que yo supiera su pasado ¡ªconfes¨® Hammya. Candado levant¨® la mirada y pregunt¨® sin mirar a Hammya: ¡ª?Su pasado? ¡ªS¨ª, una vez, mientras jugaba en el jard¨ªn bajo la lluvia, entr¨¦ en la casa y encontr¨¦ una habitaci¨®n abierta. Mi curiosidad me llev¨® a explorar, y en el fondo de la habitaci¨®n descubr¨ª un viejo cofre de madera. Lo abr¨ª y encontr¨¦ numerosas medallas y un t¨ªtulo cuyo significado desconoc¨ªa. Sin embargo, pude entender una frase que me intrig¨® profundamente: "Los monstruos son humanos y los humanos son monstruos". La mirada de Candado se ilumin¨® al escuchar esto, aunque Hammya no se percat¨® y continu¨® con su relato. ¡ªDentro del t¨ªtulo, encontr¨¦ esto ¡ªHammya busc¨® en su bolsillo y le entreg¨® un emblema, o m¨¢s bien un pin, a Candado. Candado qued¨® completamente at¨®nito al ver el objeto: un s¨ªmbolo que se asemejaba a un rayo de tormenta. La mera visi¨®n de ello lo llen¨® de emoci¨®n y lo hizo caer del sill¨®n, alej¨¢ndose arrastr¨¢ndose de Hammya. Ella, preocupada, intent¨® ayudarlo. ¡ª?NO! No me toques, no te acerques, Hammya ¡ªdijo Candado en el suelo. ¡ª?Qu¨¦ te sucede? ?Qu¨¦ hice mal? ¡ªpregunt¨® Hammya, confundida. ¡ªNada, es solo... ¡ªCandado luch¨® por encontrar las palabras¡ª. Por favor, al¨¦jate y d¨¦jame solo. Hammya no comprend¨ªa lo que estaba ocurriendo y se acerc¨® a pesar de la advertencia. Pero cada vez que lo intentaba, Candado creaba un c¨ªrculo de fuego violeta a su alrededor para evitar que se le acercara. ¡ªVete, Hammya, no quiero tu ayuda ¡ªdijo Candado con tristeza. En ese preciso momento, Clementina apareci¨® y salt¨® desde las escaleras, quedando en el centro del c¨ªrculo de fuego de Candado. "Que desastre" pensaba en lo m¨¢s profundo de su mente. Clementina intent¨® poner a Candado en pie mientras se preocupaba por su estado. ¡ª?Qu¨¦ le sucede, se?or? ¡ªpregunt¨® con preocupaci¨®n. Pero antes de que Candado pudiera completar su respuesta, comenz¨® a toser sangre, esta vez sin poder ocultarlo. Gotas de sangre se derramaron en el suelo mientras ¨¦l segu¨ªa tosiendo, sosteniendo su boca con la mano. Finalmente, se arrodill¨® y cay¨® al suelo, continuando con los espasmos de tos. La escena dej¨® a Clementina y Hammya moment¨¢neamente paralizadas, hasta que Hammya dio una orden urgente: ¡ªLlama a Hip¨®lito, ahora. ¡ª?NO! ¡ªgrit¨® Candado, a¨²n escupiendo sangre. ¡ªNo le hagas caso, ve ahora ¡ªinsisti¨® Hammya. Clementina corri¨® hacia la habitaci¨®n de Candado, pero ¨¦l agarr¨® su pierna con fuerza y la hizo caer al suelo. Luego, Candado se puso de pie r¨¢pidamente y sac¨® un frasco de su bolsillo, el mismo que Nelson le hab¨ªa dado. Lo destap¨® y bebi¨® casi la mitad del contenido. Despu¨¦s de unos instantes, Candado se estabiliz¨®, pero antes de poder decir una palabra, se desmay¨®. Sin embargo, cuando estaba a punto de caer al suelo, Clementina lo sostuvo con sus manos en la espalda, como si estuviera levantando un objeto pesado. ¡ªAy¨²deme, se?orita ¡ªsolicit¨® Clementina. Hammya corri¨® hacia ellas y ayud¨® a sostener a su amigo. En ese momento, T¨ªnbari apareci¨® y carg¨® el cuerpo de Candado. ¡ªEspera, ?D¨®nde estabas? ¡ªpregunt¨® Hammya sorprendida. ¡ªEn ning¨²n lado, tuercas, en ning¨²n lado ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari de manera enigm¨¢tica. T¨ªnbari llev¨® el cuerpo de Candado hasta la habitaci¨®n de Hammya, con Clementina y Hammya sigui¨¦ndolo. Una de ellas abri¨® la puerta y T¨ªnbari coloc¨® con cuidado a Candado en la cama. Todav¨ªa se pod¨ªa ver la sangre en su boca y en su guante, por lo que T¨ªnbari sac¨® un pa?uelo de su bolsillo y comenz¨® a limpiar la coagulaci¨®n de sangre en su labio. Cuando termin¨®, T¨ªnbari guard¨® el pa?uelo y retir¨® los guantes blancos manchados de sangre. Busc¨® algo en ellos hasta que encontr¨® un c¨ªrculo amarillo en la palma derecha de Candado. ¡ªEst¨¢ avanzando, parece que no podr¨¢ llegar a un a?o si sigue as¨ª ¡ªinform¨® T¨ªnbari. ¡ª?Qu¨¦ tiene? ¡ªpregunt¨® Hammya, preocupada. T¨ªnbari mir¨® a Clementina antes de responder. ¡ªCreo que ya no hace falta ocult¨¢rtelo. ¡ª?Qu¨¦ me est¨¢n ocultando? ¡ªinquiri¨® Hammya, confundida. ¡ªCandado tiene un conjuro corriendo por sus venas, le queda un a?o de vida. Hammya se qued¨® sin palabras, tratando de entender por qu¨¦ Candado le hab¨ªa ocultado esta informaci¨®n durante tanto tiempo. ¡ªCreo que lo hizo para que no te preocuparas, despu¨¦s de todo, aunque no lo parezca, es muy amable ¡ªintent¨® consolarla Clementina. ¡ªCreo... que tienes mucha raz¨®n. No es la primera vez que me oculta algo ¡ªadmiti¨® Hammya. Las palabras de Clementina alivianaron moment¨¢neamente la confusi¨®n de Hammya. Sin embargo, esta situaci¨®n arrojaba m¨¢s preguntas que respuestas. Mientras todos intentaban asimilar la situaci¨®n, T¨ªnbari plante¨® una pregunta dif¨ªcil: ¡ª?Qu¨¦ le hiciste para que se pusiera as¨ª? Hammya se sorprendi¨® al escuchar a T¨ªnbari mencionar que Candado hab¨ªa pedido que se alejara de ¨¦l. ¡ª?C¨®mo sabes eso? No estuviste all¨ª ¡ªdijo Hammya con asombro. T¨ªnbari sonri¨® con malicia mientras respond¨ªa: ¡ªMi mente y la mente de Candado son una, si ¨¦l corre peligro, yo lo siento y averiguo por qu¨¦. Esta vez, sent¨ª que tu nombre fue mencionado mientras ¨¦l se desvanec¨ªa. Las palabras del demonio resonaron en la mente de Hammya, llen¨¢ndola de inquietud. No sab¨ªa si deb¨ªa mostrar el objeto que hab¨ªa llevado a Candado al borde de la locura o inventar una excusa. Sin embargo, la segunda opci¨®n era demasiado arriesgada, tem¨ªa que si la descubr¨ªan mintiendo, la expulsar¨ªan de la casa. As¨ª que decidi¨® ser honesta. Sac¨® el mismo s¨ªmbolo de rayo de su bolsillo con su mano derecha. Cuando T¨ªnbari lo vio, sus ojos se abrieron de asombro. Parec¨ªa como si hubiera visto un fantasma. ¡ªLa madre que lo pari¨®, el jodido pin de rayo, ?de d¨®nde sacaste eso? ¡ªexclam¨® T¨ªnbari con sorpresa. ¡ªTe lo dir¨¦ si me dices qu¨¦ significa esto ¡ªrespondi¨® Hammya, sosteniendo el s¨ªmbolo. ¡ªEs igual al pin que la se?orita Europa le regal¨® a Gabriela en su cumplea?os ¡ªdeclar¨® Clementina con sorpresa. ¡ªLa camisa...de aquella noches era id¨¦ntica... Oh no¡ªsusurr¨® T¨ªnbari para si mismo. Record¨® que ese pin cay¨® en frente de Candado en aquella tormentosa lluvia. Lo que lo llev¨® a entrar en p¨¢nico. Mir¨® a Candado inconsciente y luego mir¨® a Hamada. Ella qued¨® impactada por la revelaci¨®n, sin entender del todo lo que estaba sucediendo. ¡ªLo sab¨ªa, sab¨ªa que t¨² no eras de confianza. Eres una maldita traidora y vas a morir ¡ªgru?¨® T¨ªnbari con rabia, temor y confuci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ hice yo? ¡ªpregunt¨® Hammya, confundida y asustada. T¨ªnbari, se abalanz¨® hacia ella, Pero antes de que pudiera alcanzarla, Clementina se interpuso entre los dos. ¡ªEspera, puede haber una resoluci¨®n a este problema sin llegar a la violencia ¡ªsugiri¨® Clementina con valent¨ªa. ¡ªHazte a un lado, hojalata ¡ªorden¨® T¨ªnbari, intentando apartarla. ¡ªNo, se?or, no pienso moverme. Mi trabajo es cuidar a la familia Barret. ¡ªElla no es de esta familia. Si no te mueves, entonces lo har¨¦ yo, y te aseguro que no te gustar¨¢ ¡ªamenaz¨® T¨ªnbari. ¡ªTienes prohibido atacar a los seres de esta casa ¡ªintervino Clementina con determinaci¨®n. Clementina transform¨® sus manos en armas y apunt¨® a T¨ªnbari, dispuesta a defender a Hammya. ¡ªNo vas a tocar a la se?orita Hammya mientras yo est¨¦ aqu¨ª ¡ªadvirti¨® Clementina. T¨ªnbari, ya harto de la situaci¨®n, agarr¨® el cuello de Clementina y la tir¨® a un lado con brutalidad. Luego, con un gesto cruel, le arranc¨® los brazos y los arroj¨® al suelo desde el ropero de Candado. Una vez que Clementina fue neutralizada, se dirigi¨® nuevamente hacia Hammya. Hammya, sin m¨¢s opciones, cerr¨® los ojos y comenz¨® a llorar, esperando lo peor. Sin embargo, por segunda vez, nada sucedi¨®. Cuando abri¨® los ojos, se encontr¨® con Candado de pie, sosteniendo las garras de T¨ªnbari mientras este ¨²ltimo lo miraba sorprendido. Candado, con una fuerza impresionante, empuj¨® el brazo de T¨ªnbari hacia atr¨¢s y le propin¨® un rodillazo en el pecho, seguido de un golpe en su rostro. Esto hizo que T¨ªnbari retrocediera abruptamente. ¡ªNo solo destruyes los brazos de Clementina, sino que tambi¨¦n intentas lastimar a Hammya ¡ªdijo Candado mientras tomaba la mano de Hammya y la ayudaba a ponerse de pie. ¡ªEs...es por tu bien ¡ªargument¨® T¨ªnbari. ¡ªNo, no lo es. Si quieres contradecirme, te arrancar¨¦ esos cuernos tuyos ¡ªamenaz¨® Candado. Luego, mir¨® a Clementina, que estaba sentada en el suelo sin brazos¡ª. ?Est¨¢s bien? ¡ªS¨ª, se?or, estoy... estoy... estoy bien ¡ªrespondi¨® Clementina mientras luchaba por articular las palabras. Candado volvi¨® su mirada furiosa hacia T¨ªnbari. ¡ªPuedo tolerar tus insultos, tus burlas y tus malditas obligaciones de pelear con otros sujetos, pero no permitir¨¦ que da?es a mis camaradas ni a las personas a las que m¨¢s aprecio. ¡ªPero... Candado interrumpi¨® a Hammya con firmeza: ¡ª?ESTOY HABLANDO YO! No sacar¨¢s conclusiones mientras yo no est¨¦ presente o est¨¦ inconsciente. ?Est¨¢ claro? ¡ªS¨ª, Candado. Me disculpo por ser tan brusca con las se?oritas ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari con temor y preocupaci¨®n en su rostro, no por su bien sino el de ¨¦l. ¡ªAhora, vete. No quiero ver tu rostro por al menos dos horas. ¡ªA la orden, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari antes de desvanecerse. Una vez que todo volvi¨® a la relativa normalidad, Candado fue en busca de los brazos de Clementina. Luego, sac¨® una caja de herramientas de color verde con una tapa blanca de debajo de su cama. ¡ª?De d¨®nde sacaste eso, se?or? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªMe lo regal¨® Matlotsky ¡ªrespondi¨® mientras abr¨ªa la caja y tomaba un destornillador¡ª. No te preocupes, no me llevar¨¢ mucho tiempo ¡ªa?adi¨® con una expresi¨®n bastante neutral. ¡ª?Y por qu¨¦ est¨¢ aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Hammya de nuevo. ¡ªEs... confidencial. ¡ª?Es cierto que est¨¢s enfermo? ¡ªinsisti¨® Hammya. ¡ªPodr¨ªa decirse ¡ªcontest¨® mientras atornillaba los brazos de Clementina¡ª. Oh, tu camisa se rompi¨®. Tendr¨¦ que darte una nueva. ¡ªEst¨¢ bien, puedo arreglarla ¡ªdijo Hammya. Luego, mir¨® a Candado, aunque ¨¦l no la estaba mirando, pod¨ªa sentir sus ojos sobre ella¡ª. ?Por qu¨¦ no me lo dijiste? ¡ª?Decirte qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado incr¨¦dulamente mientras trabajaba en el otro brazo. ¡ªQue estabas en estas condiciones. Candado se detuvo moment¨¢neamente y la mir¨® a los ojos durante unos breves segundos, pero luego continu¨® reparando el brazo. ¡ªNo fue mi idea. Me descuid¨¦ y pens¨¦ que nadie me estaba observando cuando sucedi¨® todo eso. Esperaba que no lo comentaras con nadie y... ¡ªFue mi culpa ¡ªinterrumpi¨® Hammya. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªCandado pareci¨® sorprendido. ¡ªYo lo obligu¨¦ a cont¨¢rmelo. Le dije que si no lo hac¨ªa, se lo confesar¨ªa a todos sus amigos, incluy¨¦ndote a ti. Candado cerr¨® los ojos y frunci¨® el ce?o, no por disgusto, sino por verg¨¹enza. Se avergonzaba de haber sido extorsionado por una ni?a como Hammya. ¡ªVaya, no puedo creer que el joven pa... Candado tir¨® del brazo de Clementina, haciendo que su cabeza golpeara la mesita de noche. ¡ªUps, mi error ¡ªmurmur¨® mientras Clementina se sobaba la frente. ¡ªNo tienes que disculparte conmigo, se?orita Hammya. Usted es muy amable, y s¨¦ que no lo hizo con malas intenciones. Estoy segura de que intent¨® ayudar al joven... quiero decir, al se?or Candado. ¡ªPero me gustar¨ªa saber qu¨¦ significa todo esto ¡ªdijo Hammya con curiosidad. ¡ªLo que me entregaste es un s¨ªmbolo bastante doloroso. Debo admitir que me tomaste por sorpresa ¡ªCandado mostr¨® una sonrisa siniestra¡ª. ?Qu¨¦ era? ¡ªEs un s¨ªmbolo de la muerte, y tambi¨¦n... el mismo s¨ªmbolo que ten¨ªa mi hermana en la espalda antes de... morir. Soy un incompetente ¡ªCandado se llev¨® la mano derecha a la frente¡ª. Siempre cre¨ª o quer¨ªa hacerme creer que muri¨® por una enfermedad. Pero al verlo, me doy cuenta de que mis conjeturas eran verdaderas. ¡ª?Entonces significa que la mataron? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªExacto ¡ªconfirm¨® Candado mientras ayudaba a Clementina a ponerse de pie. Hammya qued¨® completamente apenada al o¨ªr eso. No dijo nada, simplemente mir¨® el suelo, como si estuviera pensando en que la tierra la tragase o en qu¨¦ hacer al respecto. ¡ªEst¨¢ bien, no fue tu culpa, Esmeralda. No deb¨ª haber reaccionado as¨ª. Fue demasiado impactante para m¨ª, as¨ª que me disculpo por haberte tratado de esa manera. ¡ªCreo que... ¡ªNo digas nada m¨¢s, est¨¢ bien as¨ª. ¡ªPero... ¡ªSilencio, no quiero escucharte. ¡ªSi me disculpas, ir¨¦ a arreglar mis mangas ¡ªdijo Clementina mientras se retiraba. Candado no dijo nada, solo inclin¨® la cabeza y se dirigi¨® a la puerta. La abri¨® y, cuando estaba a punto de salir, dijo sin darse la vuelta. ¡ªQue descanses, ma?ana ser¨¢ un nuevo d¨ªa, y lo siento. Luego cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l sin mirar atr¨¢s. Aunque ¨¦l no lo vio, Hammya mostr¨® una sonrisa de alivio en su rostro al saber que se hab¨ªa disculpado con ella. Se sent¨ªa algo culpable por hacerla sentir mal, y aunque fuera insignificante, era un avance en su comportamiento. Candado respir¨® profundamente, exhal¨® y se dirigi¨® a su habitaci¨®n. Cuando entr¨® en su cuarto, cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l y comenz¨® a hablar consigo mismo. ¡ª?Qu¨¦ diablos estoy haciendo? ?Por qu¨¦ reaccione as¨ª? ¡ªLuego llev¨® la mano izquierda a su frente y continu¨®¡ª. ?Qu¨¦ fue eso que vi, lluvia, gritos y ese...ese est¨²pido pin? Y esa est¨²pida frase, la o¨ª miles de veces por qu¨¦ me afect¨® tanto, qu¨¦ significa esa exagerada reacci¨®n. Candado exhal¨® el aire que lo estaba volviendo loco, inhal¨® profundamente y logr¨® calmarse. Luego, vio a su peque?a Yara durmiendo pl¨¢cidamente mientras abrazaba a su peluche. Candado se acerc¨®, se quit¨® los zapatos y se recost¨® en el respaldo de su cama, justo al lado de Yara. En cierto sentido, se sent¨ªa conmovido al verla dormir. Incluso lleg¨® a sonre¨ªr mientras acariciaba su suave cabello rojo y largo. Mientras hac¨ªa eso, observ¨® el c¨ªrculo en la palma de su mano, pero esta vez no le dio importancia y pos¨® sus manos sobre las peque?as manitas de su hija. Sin darse cuenta, qued¨® completamente dormido. Por primera vez en mucho tiempo, en su rostro fr¨ªo y amenazante, se reflejaba una sonrisa de satisfacci¨®n al quedarse dormido. Entonces T¨ªnbari apareci¨® nuevamente, pos¨® su mano sobre la frente del bello durmiente. Y empez¨® a dar un brillo tenue. ¡ªNo tienes por qu¨¦ recordar, esto te calmar¨¢...s¨®lo descansa y no te preocupes por nada. Son solo recuerdos olvidados que deben permanecer olvidados, duerme bien. LUEGO DE LA TORMENTA A la ma?ana siguiente, Candado se despert¨® con un dolor punzante en todo su cuerpo debido a la inc¨®moda postura en la que hab¨ªa dormido. El sonido de sus huesos crujiendo al moverse resonaba en la habitaci¨®n. El sol penetraba a trav¨¦s de las cortinas y ba?aba su rostro con su radiante claridad. Al observar su palma, not¨® que el misterioso c¨ªrculo que la hab¨ªa atormentado hab¨ªa desaparecido. Sin embargo, su mente segu¨ªa atormentada, lejos de encontrar la paz que anhelaba. Apenas el d¨ªa anterior, Candado hab¨ªa descubierto que Gabriela, su hermana, hab¨ªa sido asesinada. Un profundo sentimiento de culpa lo invadi¨®. Sus ojos, que alguna vez irradiaron vida, ahora estaban opacos y conten¨ªan un odio inmenso, pero estaba impotente. Hab¨ªa desahogado su ira y frustraci¨®n en Hammya, quien era completamente inocente. Candado se sinti¨® culpable y deseaba disculparse adecuadamente con ella. Si no fuera por su sensibilidad para percibir ruidos mientras dorm¨ªa, Hammya habr¨ªa sido asesinada por T¨ªnbari sin dudarlo, ya que este ¨²ltimo no titubeaba en enfrentar a los enemigos de Candado. Fue en ese momento que decidi¨® controlar su ira y centrarse en encontrar a la persona responsable de la muerte de su hermana y su abuelo. Hab¨ªa quedado perplejo al descubrir que Gabriela no hab¨ªa fallecido por una enfermedad, sino a causa de un poderoso y mortal conjuro, un conjuro que tambi¨¦n flu¨ªa por sus venas. Aunque la muerte no le causaba temor, no deseaba morir en ese momento. Necesitaba descubrir la verdad y atrapar a los responsables, incluso si eso implicaba matarlos. Su objetivo era doble, pero ten¨ªa la fuerte sospecha de que ambos estaban relacionados de alguna manera. Cuando intent¨® moverse, se dio cuenta de que Yara, su hija, a¨²n estaba dormida en su regazo con los ojos cerrados. Verla as¨ª le gener¨® una sensaci¨®n de ternura y nostalgia. Sab¨ªa que ten¨ªa tiempo para reflexionar sobre el asunto, pero hoy era un d¨ªa especial, tanto para ¨¦l como para Yara; era su cumplea?os. Con delicadeza, Candado acarici¨® la mejilla de Yara con su palma. Estaba tan tranquila durmiendo que le daba pena despertarla, pero no quer¨ªa pasar su d¨ªa durmiendo. As¨ª que la levant¨® y la hizo re¨ªr con cosquillas en el abdomen. Yara se rio y salt¨® de la cama en un intento desesperado por escapar. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªYa es hora de despertarse, bella durmiente. ¡ª?D¨®nde estoy? ¡ªpregunt¨® Yara mientras agarraba el payasito que yac¨ªa en el suelo. ¡ªEst¨¢s en mi casa. Pero Yara no prest¨® atenci¨®n a sus palabras. En cambio, se baj¨® de la cama y abraz¨® al peluche. ¡ªCarita pintada, ?Qu¨¦ haces en el suelo? ¡ª?Carita pintada? ¡ªS¨ª, le acabo de dar ese nombre a mi nuevo amiguito. Candado hizo una mueca y alz¨® a Yara. ¡ªBueno, t¨² y Carita Pintada deben lavarse las manos ¡ªdijo con una sonrisa mientras la llevaba hacia el ba?o. En el ba?o, la coloc¨® en un peque?o taburete para que pudiera alcanzar el lavamanos. Candado abri¨® el grifo y moj¨® una peque?a toalla que colgaba cerca. Luego, limpi¨® suavemente el rostro de Yara, eliminando los rastros de sue?o de sus ojos y labio superior. Despu¨¦s, tom¨® un cepillo y comenz¨® a peinar su cabello mientras ella lo miraba a trav¨¦s del espejo. Yara not¨® una sonrisa en el rostro de Candado. ¡ªHoy te veo m¨¢s feliz. Candado mir¨® a Yara a trav¨¦s del espejo mientras continuaba cepillando su cabello. La dulce voz de su hija llen¨® la habitaci¨®n. ¡ªHoy cumples cinco a?os. Estoy muy orgulloso de verte crecer. Hace cinco a?os, en un d¨ªa como hoy, llegaste a mi vida, y eso es algo por lo que estoy agradecido. ¡ªYo tambi¨¦n estoy feliz de estar contigo, t¨ªo Mauricio, Logan, Diana, Clemi y Hammya. Candado arque¨® una ceja, intrigado. ¡ª?Qui¨¦n es Hamaya? ¡ªHamaya, Hamaya, la chica del cabello verde. ¡ªAh, te refieres a Hammya. ¡ªS¨ª, ella. Es una buena persona. Candado sonri¨®, aunque sus palabras no coincidieran con su sonrisa. ¡ªS¨ª, lo s¨¦, aunque puede ser un poco tonta, d¨¦bil e impertinente a veces. Pero, supongo que tambi¨¦n tiene su lado bueno. ¡ªEs muy hermosa, muy hermosa. Candado asinti¨®, pensando en las palabras de su hija. ¡ªS¨ª, es bonita, de eso no puedo negarte eso. Despu¨¦s de cepillarse los dientes juntos, Candado le record¨® a Yara que no deb¨ªa tragar la pasta dental. Mientras Candado tragaba el dent¨ªfrico, Yara intentaba escupirlo, pero el lavabo era demasiado alto para ella. Sin embargo, Candado la alz¨® y la ayud¨® a escupir correctamente. Luego, le dio un vaso de agua para que se enjuagara la boca. ¡ªEscupe. Yara tom¨® el agua y, sin inclinar la cabeza hacia atr¨¢s como deb¨ªa, termin¨® empap¨¢ndose a s¨ª misma y a Candado. Sin embargo, en lugar de enfadarse, Candado ri¨® al ver la expresi¨®n de Yara. Tom¨® una de las toallas del caj¨®n cercano y la ayud¨® a limpiar su carita y el ¨¢rea de su cuello. Despu¨¦s, se sec¨® a s¨ª mismo. Candado dej¨® su cepillo en su lugar y Yara hizo lo mismo, pero con ayuda de su padre, ya que no alcanzaba el mostrador por s¨ª sola. ¡ªListo, es hora de vestirse ¡ªanunci¨® Yara con una sonrisa. ¡ªS¨ª, por supuesto. Candado y Yara salieron del ba?o, pero antes de seguir adelante, Candado tom¨® una corbata del perchero y la us¨® para vendarle los ojos a Yara. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® Yara confundida. ¡ªEs una sorpresa ¡ªrespondi¨® Candado con una sonrisa enigm¨¢tica. ¡ª?Sorpresa! Me encantan las sorpresas. Candado se dirigi¨® a su ropero, abri¨® una caja verde y con cuidado sac¨® un vestido violeta entallado y escotado, con detalles en blanco en el cuello y las mangas. Yara estaba llena de emoci¨®n, saltaba y aplaud¨ªa en anticipaci¨®n. Candado se acerc¨® a su hija, se inclin¨® a su altura y dijo: ¡ªAhora voy a quitarte la venda, y t¨², se?orita, mantendr¨¢s los ojos cerrados. No los abras hasta que yo lo diga. ¡ª?Bien, lo har¨¦! Con cuidado, Candado retir¨® la corbata que cubr¨ªa los ojos de Yara. La ni?a ten¨ªa los ojos bien cerrados y frunc¨ªa la frente con fuerza. ¡ªAhora puedes abrirlos. Yara abri¨® sus ojos y, al ver el vestido que Candado sosten¨ªa, dio un salto de alegr¨ªa. Agarr¨® el vestido y lo abraz¨® con fuerza, con una sonrisa radiante en su rostro de mu?eca. ¡ª?Feliz cumplea?os, princesa! ¡ªMe encanta, es muy bonito. Gracias, pap¨¢, muchas gracias ¡ªdijo Yara emocionada mientras se acercaba a Candado y le daba un fuerte abrazo. Luego, Yara se separ¨® de ¨¦l y corri¨® al ba?o con el vestido en sus manos para prob¨¢rselo. Candado, aprovechando que ella estaba ocupada, chasque¨® los dedos y su ropa formal apareci¨® en el ropero, pero esta vez con algunas variaciones: una camisa blanca de pu?o doble y un pa?uelo naranja en lugar de corbata, un chaleco rojo claro, pantalones de vestir y zapatos oscuros. Cuando termin¨® de vestirse, chasque¨® los dedos nuevamente y un peine vol¨® hacia sus manos. Se mir¨® en el espejo y pein¨® su cabello hacia atr¨¢s, similar al estilo de Gardel. Luego, sac¨® dos guantes blancos de su caj¨®n y se los puso. Tom¨® su boina y la coloc¨® con elegancia, despu¨¦s sonri¨® ante su reflejo en el espejo. Yara sali¨® del ba?o luciendo el vestido que Candado le hab¨ªa regalado y una sonrisa juguetona en el rostro. ¡ª?C¨®mo me queda? ¡ªpregunt¨®, girando para mostrar el vestido. ¡ªTe queda muy bien, est¨¢s muy preciosa ¡ªrespondi¨® Candado con una sonrisa. ¡ªGuau, a ti tambi¨¦n te queda muy bien. ¡ªGracias. Candado tom¨® un espejo y lo coloc¨® frente a Yara para que pudiera verse mejor. ¡ªEs muy lindo. Candado, con las manos detr¨¢s de la espalda, cerr¨® los ojos y le coloc¨® un sombrero blanco con un list¨®n violeta sobre su cabeza. ¡ªCon esto puesto te ves a¨²n m¨¢s bonita. Yara qued¨® asombrada por el nuevo regalo, pero luego le regal¨® una sonrisa a¨²n m¨¢s amplia. ¡ªQu¨¦ bonito, ?hace juego con mi vestido! ¡ªSe dice "hace juego", y s¨ª, te queda bien con ese vestido. Yara sonri¨®, corri¨® hacia la cama y sac¨® sus zapatitos de charol oscuro para pon¨¦rselos. ¡ªAhora s¨ª estoy m¨¢s bonita que antes. ¡ªS¨ª, pero t¨² siempre ser¨¢s bonita ¡ªCandado se inclin¨® y le dio un beso en la frente¡ª. Ahora vamos. Candado se puso de pie y se dirigi¨® hacia la puerta, pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla, se abri¨® de golpe, golpeando su nariz y haci¨¦ndolo caer al suelo, sujet¨¢ndose la nariz con ambas manos. ¡ª?LA PUTA MADRE! ¡ªgrit¨® en el suelo con los ojos cerrados. Sinti¨® dedos delicados en su hombro y pecho que lo ayudaron a ponerse de pie. Cuando finalmente abri¨® los ojos, vio a Hammya mir¨¢ndolo con preocupaci¨®n. ¡ªPens¨¦ que ser¨ªa Clementina quien me romper¨ªa la nariz esta ma?ana ¡ªbrome¨® Candado mientras pon¨ªa una mano en el hombro de Hammya¡ª. No te preocupes, ?est¨¢ bien? ¡ªQu¨¦ extra?o, pens¨¦ que estar¨ªas de muy mal humor. ¡ªHoy no, es un d¨ªa muy especial. ¡ªBien, peque?a, v¨¢monos¡­ Candado se detuvo cuando sinti¨® un tir¨®n en las mangas de su camisa. Se inclin¨® para escuchar lo que Yara ten¨ªa que decirle y luego mir¨® a Hammya con una sonrisa de sorpresa. ¡ª?En serio? ?Est¨¢s segura? Yara asinti¨® con la cabeza. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® Hammya, confundida por la repentina invitaci¨®n. ¡ªYara quiere saber si quieres ir con nosotros. La pregunta tom¨® por sorpresa a Hammya, y su respuesta fue titubeante y rebuscada. ¡ªYo¡­ este¡­ no¡­ s¨¦¡­ qu¨¦¡­ yo¡­ ¡ª?Vas a venir s¨ª o no? ¡ªpregunt¨® Candado, mostrando signos de irritaci¨®n. ¡ªClaro ¡ªdijo Hammya, vacilante. ¡ªBien, ir¨¦ a buscar a Clementina y enseguida nos vemos ¡ªcontinu¨® Candado¡ª. Eso s¨ª, con esa pinta no vas a ir, ve y c¨¢mbiate esos harapos. ¡ªBien, nos vemos. Hammya corri¨® hacia su cuarto mientras Candado y Yara sal¨ªan de la habitaci¨®n. ¡ªEs¡­ muy extra?a ¡ªcoment¨® Candado, sonriendo. Luego, Candado tom¨® la mano de Yara y juntos se dirigieron al living. Encontraron a Clementina sentada, cosiendo una mu?eca, con una sonrisa en el rostro. ¡ªClementina, vengo a invitarte a¡­ ¡ªA ir con ustedes a la pradera ¡ªinterrumpi¨® Clementina mientras cortaba el hilo con su mano convertida en tijera. ¡ªAh¡­ s¨ª, ?Puedes? ¡ªPor supuesto, no tengo nada que hacer. Don Hip¨®lito hizo el desayuno mientras yo terminaba de coser. ¡ª?Coser? ?Qu¨¦ est¨¢s cosiendo? Clementina se puso de pie y camin¨® hacia ellos. Luego, mir¨® a Yara y se inclin¨® hasta su altura, lo que provoc¨® que la ni?a diera un paso atr¨¢s. Clementina tom¨® su delicada mano derecha y le entreg¨® la mu?eca que estaba cosiendo hace unos segundos. ¡ªFeliz cumplea?os, mini se?orita. Yara mir¨® la mu?eca y le dio un abrazo a Clementina. ¡ªGracias, Clemi, muchas gracias. ¡ªHa sido un placer ¡ªrespondi¨® Clementina mientras correspond¨ªa al abrazo. Candado qued¨® conmovido al ver la escena entre Clementina y su ni?a, aunque no lo mostr¨® en su rostro. ¡ªBien, vamos a esperar ¡ªdijo Candado mientras se sentaba en el sill¨®n.Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. ¡ª?Esperar qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEsperar a que Hammya termine de vestirse. ¡ª?Ella vendr¨¢ con nosotros? ¡ªS¨ª, no fue idea m¨ªa, pero Yara quer¨ªa que ella estuviera presente. ¡ªAh, ?por qu¨¦ no me sorprende? ¡ª?Qu¨¦ insin¨²as, ni?a? ¡ªNada. Yara se acerc¨® a Candado y se sent¨® en su regazo. ¡ªVa a ser muy divertido si ella viene tambi¨¦n. Clementina se acerc¨® a ellos. ¡ªA prop¨®sito, ?de d¨®nde le compraste ese vestido? ¡ªNo creer¨¢s que eres la ¨²nica que sabe coser, ?verdad? ¡ª?Me est¨¢s diciendo que lo hiciste con tus propias manos? ¡ªMi mam¨¢ me ense?¨® a ser sastre cuando ten¨ªa tiempo para m¨ª. ¡ª?Sastre? No tengo esa informaci¨®n en mis datos, ?te importar¨ªa explicarme? ¡ªUn sastre es una persona que se dedica profesionalmente a cortar y coser trajes, especialmente de caballero, aunque tuve que investigar c¨®mo se hace un vestido. Los ojos de Clementina brillaron de color naranja por un momento antes de volver a la normalidad. ¡ªConocimiento nuevo adquirido. ¡ªJa, ?D¨®nde hab¨ªa escuchado eso antes? ¡ªHey, juguemos un rato ¡ªdijo Yara mientras tironeaba de su pa?uelo. Candado sonri¨® y chasque¨® los dedos, y al hacerlo, los objetos de la casa, como libros, adornos, l¨¢pices y otras cosas que hab¨ªa en la sala, comenzaron a flotar y a tomar una variedad de formas: un auto, un oso, una estrella, una nube, una media luna, un sol, un bigote con mon¨®culo y galera. Todo esto lo hac¨ªa su dedo ¨ªndice, que giraba sobre su eje, cambiando las diversas formas una y otra vez. Esto sac¨® m¨¢s de una sonrisa a la peque?a Yara, y no solo a ella, tambi¨¦n a ¨¦l. A Candado le encantaba ver a Yara sonre¨ªr y asombrarse, ya que era una de esas personas que se sienten felices cuando ven a otros felices. Clementina, quien los observaba, not¨® lo inusual de ver a Candado contento en lugar de su expresi¨®n habitual de enojo o seriedad. Cuando Candado termin¨® de hacer su peque?a demostraci¨®n, guard¨® todos los objetos en su lugar. Hammya baj¨® las escaleras con una blusa verde que le llegaba hasta las rodillas. ¡ªVeo que te gusta hacer juego al vestirte ¡ªdijo Candado, manteniendo su expresi¨®n inmutable. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªPor nada. ¡ªBien, ?nos vamos ya? ¡ªpregunt¨® Yara mientras tironeaba de su pa?uelo. ¡ªS¨ª, s¨ª, nos vamos ya. Candado baj¨® a Yara de su regazo y se puso de pie, tom¨® la mano de la ni?a y salieron de la casa. En el camino, Yara se manten¨ªa escondida detr¨¢s de Candado, nunca daba un paso m¨¢s all¨¢ de sus piernas. Esto le dio cierta ternura a Hammya, mientras que Candado se aseguraba de proteger a Yara de cualquier peligro, ya que lo ¨²nico que la delataba como no humana eran sus ojos de serpiente y su cola. Finalmente, llegaron al prado del que hablaban. Para sorpresa de todos, encontraron a Mauricio recostado sobre un ¨¢rbol, jugando con su b¨¢culo. Yara solt¨® la mano de Candado y corri¨® hacia donde estaba Mauricio. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Yara dio un salto y lo abraz¨®. Esto sorprendi¨® a Mauricio, quien se cay¨® al suelo. Cuando Yara levant¨® la vista, vio a dos figuras encapuchadas, lo que la llev¨® a dar un grito de auxilio. Candado, al escuchar el grito, corri¨® junto con Clementina y Hammya para averiguar lo que estaba sucediendo. Cuando llegaron, los tres se prepararon para luchar, hasta que una de las figuras habl¨®. ¡ªVaya, no sab¨ªa que estar¨ªas aqu¨ª, Candado. ¡ª?Qui¨¦n eres y c¨®mo sabes mi nombre? ¡ªpregunt¨® Candado, apuntando con su fac¨®n. Las dos figuras oscuras se quitaron las capuchas y resultaron ser Kevin y Martina. ¡ªSomos nosotros, Candado. ¡ªPens¨¦ que se hab¨ªan marchado. ¡ªYo tambi¨¦n, pero decidimos quedarnos unos d¨ªas m¨¢s aqu¨ª, despu¨¦s de todo, no hay circuistas por esta zona. ¡ª?Zona? ?Esta zona? Mauricio, que estaba en el suelo, se levant¨® y mir¨® a Candado. ¡ªEstoy mostr¨¢ndoles el lugar, ya que ellos dijeron que quer¨ªan vivir por aqu¨ª. ¡ªPero... esta zona ¡ªCandado mir¨® a su alrededor y continu¨®¡ª. Esta zona es de Logan. ¡ª?Y qu¨¦? ¡ª?Consultaste con ¨¦l antes de dejar que ellos se queden? ¡ª?Me crees est¨²pido, Candado? ¡ªNo, pero no ser¨ªa la primera vez que hiciste esta broma. Mauricio solt¨® una carcajada y dijo. ¡ªPero ese d¨ªa era porque estaba aburrido y quer¨ªa hacer algo divertido, pero como pasaste t¨², quise joderte un rato. ¡ªEres un... ¡ªDescuida, Logan aprueba esto, no pasa nada. Kevin y Martina interrumpieron. ¡ªDisculpen, pero ?de qu¨¦ rayos hablan? ¡ªDe nada, Kevin, de nada. ¡ªVaya, no sab¨ªa que ustedes dos ya se conocen. ¡ªTuvimos el placer de conocernos, s¨ª. ¡ªAja, entonces seguro que fue en una pelea. ¡ª?C¨®mo supiste eso? ¡ªpregunt¨® Kevin. ¡ªJa, porque todos los amigos de Candado pelearon con ¨¦l la primera vez que se conocieron. ¡ª?Ten¨ªas que decirlo? ¡ªdijo Candado con las manos en los ojos. Mauricio sonri¨®, levant¨® a Yara sobre sus hombros y dijo. ¡ªNo te pongas as¨ª, despu¨¦s de todo, es el cumplea?os de nuestra princesita. ¡ªS¨ª, vamos a divertirnos ¡ªdijo Yara. ¡ªQu¨¦ hermosa que es tu hermanita, Candado ¡ªdijo Martina. ¡ªAh, no, no, no, ¨¦l es mi pap¨¢. ¡ªYo sab¨ªa que esa cara era de un adulto que experiment¨® "ciertas cosas" fisiol¨®gicas. ¡ªNo s¨¦ lo que est¨¢s diciendo, Kevin, pero yo la adopt¨¦. ¡ªAhrre, era una broma. Mauricio aplaudi¨® y dijo. ¡ªBueno, ya, divirt¨¢monos. As¨ª fue, Candado y los dem¨¢s jugaron a diversos juegos, no solo con Yara y las otras dos, sino que tambi¨¦n invit¨® a Mauricio y a los dos Bailak. Era entretenido, Candado se mostr¨® feliz y contento ese d¨ªa, hecho que le llam¨® la atenci¨®n a Hammya y a Clementina. Yara era como una tormenta en movimiento, nada la paraba, estaba muy contenta de estar pasando el d¨ªa con su padre y con los dem¨¢s, a pesar de que se encontr¨® con dos personas imprevistas, se llev¨® bien con ellas. No le molestaron ni la incomodaron en ning¨²n momento, todo lo contrario, se llev¨® mejor con ellos. Pero la persona que m¨¢s le cay¨® bien fue Martina, Dios sabe por qu¨¦. Pasaba m¨¢s tiempo jugando con Martina, Candado, Hammya, Clementina, Mauricio y Kevin. Participaron en diversos juegos, como las escondidas, el f¨²tbol (con la pelota de Mauricio) y a la tocadita. En muchos casos, Candado tomaba a Yara de la cintura y la elevaba en el aire con una sonrisa en sus rostros. Yara mov¨ªa sus diminutos brazos de arriba y abajo, como si estuviera aleteando para volar por los aires, como un ave. Ella sonre¨ªa mientras estaba en el cielo, m¨¢s de una vez extend¨ªa sus manos para poder tocar las nubes. Obviamente, eso era imposible, pero ella segu¨ªa intentando tocar las esponjosas nubes. Candado corr¨ªa por el lugar con su peque?a en los aires, pero en un momento, Candado se tropez¨® y cay¨® al suelo. Sin embargo, para evitar que ella se lastimara, levant¨® bien alto sus brazos y termin¨® dando su pecho contra el suelo, lastim¨¢ndose ¨¦l, pero no a Yara. Cuando Candado termin¨® en el suelo, Yara se baj¨® y fue a verle a la cara para saber si ¨¦l estaba lastimado. Cuando estuvo frente a ¨¦l, Candado levant¨® su cara y se ri¨® a carcajadas, abrazando a Yara. ¡ªNo te preocupes, princesa, estoy bien. ¡ªPens¨¦ que te hab¨ªas lastimado por mi culpa. ¡ªOh no, claro que no. Candado se puso de pie, se arregl¨® un poco y se sent¨® bajo un ¨¢rbol que hab¨ªa all¨ª. Desde ese lugar, miraba a su peque?a divirti¨¦ndose con los dem¨¢s. Luego de unos minutos, Kevin vino caminando con las manos en los bolsillos de su pantal¨®n y se sent¨® al lado de Candado. ¡ªSabes, creo que te debo una disculpa. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado, a¨²n mirando a Yara. ¡ªPor el "saludo" que te di ayer. ¡ªDescuida, es mi culpa. Debi¨® haber golpeado o avisar de mi presencia antes de entrar. Kevin se recost¨® contra el tronco y dijo. ¡ªEs la primera vez que estoy interactuando con otras personas. Parece que fue hace siglos. ¡ªDime, ?Qu¨¦ es Martina para ti? Kevin lo mir¨® de forma curiosa y respondi¨®. ¡ªEs mi hermana, la cuido de los grandes peligros que nos asechan todos los d¨ªas. Candado inclin¨® la cabeza. ¡ª?Sabes? Yo tambi¨¦n necesito disculparme, en nombre de la O.M.G.A.B. y de todos los gremios del mundo seguidores de Harambee ¡ªmir¨® a Kevin y se sac¨® la boina e inclin¨® nuevamente la cabeza¡ªpido perd¨®n en nombre de la instituci¨®n internacional por la verg¨¹enza de haber callado durante a?os sobre la masacre de los Bailak. ¡ªLevanta esos ojos de perro asesino que tienes ¡ªdijo Kevin sin mirarlo y continu¨®¡ªLos Bailak manejan todo tipo de poderes, naturales y artificiales, pero no podemos cambiar la historia. Mi padre siempre dec¨ªa que est¨¢ mal generalizar las cosas. Mi error fue echarle la culpa a toda la organizaci¨®n. Quiero creer que alguien en esa instituci¨®n intent¨® ayudarnos, que no todos son malos, pero cada vez que me esfuerzo en pensar en el asunto, m¨¢s me da bronca. Bronca de que si por lo menos hubiesen hecho algo, mi madre, mi padre y quien sabe cu¨¢ntas vidas m¨¢s se hubiesen salvado. Martina es todo lo que me queda, no puedo dejarla sola ¡ªmir¨® el suelo y luego dirigi¨® su vista hacia Martina¡ªEs curioso, es la primera vez que la veo divertirse con otras personas. ¡ªS¨¦ c¨®mo se siente ¡ªdijo Candado con una voz nost¨¢lgica¡ªYo tambi¨¦n perd¨ª familiares. Kevin mir¨® de nuevo a Candado con la misma forma curiosa. ¡ª?Qu¨¦ te sucedi¨®? ¡ªBueno, perd¨ª a mi hermana por un conjuro que le hicieron. Por a?os pens¨¦ que hab¨ªa muerto de una enfermedad, pero fue hasta el d¨ªa de ayer... que supe la verdad de mi hermana. Estoy seguro de que si ella siguiera viva, se har¨ªa amiga de Martina y estar¨ªa orgullosa de ver a Yara volvi¨¦ndose mayor d¨ªa a d¨ªa. ¡ªLo siento... ¡ªTodos somos iguales, Kevin. Encontramos el sufrimiento, no importa qu¨¦ clase de vida tengas, si eres rico, pobre, mortal, inmortal, siempre encontrar¨¢s la tristeza. Es algo inescapable, como la muerte. ¡ªEres muy extra?o al hablar, as¨ª como tu forma de ver el mundo. ¡ªEso me lo dicen a menudo y yo siempre digo lo mismo: "Te vas a acostumbrar". Espero que alguien en este basto mundo me diga algo que no sea siempre lo mismo. ¡ªBueno, no es normal ver a un ni?o de tu edad que piense tan profundamente. ¡ªMe pregunto, ?cu¨¢ndo fue que el mundo se volvi¨® insensible? ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªBueno, es m¨¢s extra?o que un ni?o como yo piense tan profundamente, pero no es extra?o que un ni?o tenga magia. La sociedad es tan contradictoria. ¡ªAhrre. ¡ªCreo que estoy empezando a irritarme con esa muletilla. ¡ª?Ahrre? Candado hizo como si no escuchara, se recost¨® en el c¨¦sped y mir¨® con relajaci¨®n las hermosas hojas del ¨¢rbol. Se pod¨ªa escuchar el viento fino de la ma?ana deleit¨¢ndose con los ¨¢rboles que hab¨ªa alrededor de ellos. ¡ªMe gustar¨ªa que esto nunca se acabara. ¡ªLamentablemente, todas las cosas lindas tienen un final. ¡ªS¨ª, lo s¨¦, es una pena que la vida sea as¨ª. Ustedes los Bailak tienen suerte, son inmortales. ¡ªNo, no lo es. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªTal vez yo y Martina seamos eternos, pero ser¨¢ doloroso ver a nuestros amigos morir por la edad, sin siquiera poder retenerlos. Candado tap¨® sus ojos con su boina y dijo. ¡ªEl ayer es el pasado, el futuro es un misterio, pero el hoy es un obsequio, por eso hay que aprovecharlo al m¨¢ximo. Kevin no dijo nada m¨¢s, solo guard¨® silencio y pens¨® en lo que hab¨ªa dicho Candado. Ten¨ªa raz¨®n, aunque no se conoc¨ªan mucho, Kevin vio en el joven una bondad muy grande a pesar de que su exterior dec¨ªa otra cosa. Lo not¨® cuando ¨¦l, personalmente, fue a verlos para salvar a Addel, quien estaba terriblemente enfermo, a pesar de que estos dos no se conoc¨ªan, y tambi¨¦n cuando hab¨ªa espiado a ¨¦l junto a Yara; esa paz y amabilidad no se pueden fingir, al menos no para ¨¦l. Mientras Candado ten¨ªa su boina en su cara, Kevin observ¨® atentamente a las personas que rodeaban a Candado. Pod¨ªa notar que ellos, pase lo que pase, estar¨ªan al lado de ¨¦l en los peores momentos, cosa que ¨¦l no entend¨ªa. Candado era un enigma para todos los que lo rodeaban; es dif¨ªcil descifrarlo. Mientras Kevin intentaba descifrar la naturaleza indescifrable de Candado, Mauricio lleg¨® y se sent¨® al lado de Candado. ¡ªCielos, c¨®mo corre Yara ¡ªluego mir¨® a Kevin¡ª?C¨®mo est¨¢s, amigo? ¡ªBien, gracias. Mauricio mir¨® a Candado y dijo. ¡ªMejor a vos no te pregunt¨®. ¡ªPues no lo hagas y punto ¡ªdijo Candado con la boina en sus ojos. ¡ªJa, pens¨¦ que estabas dormido. ¡ªNo, nunca lo estuve, solo me encanta sentirme en armon¨ªa. En ese instante, los dem¨¢s se acercaron a donde estaban Candado, Kevin y Mauricio. Yara corri¨® hacia ¨¦l y salt¨® sobre su pecho, haciendo que se levantara r¨¢pidamente. ¡ªNo hagas m¨¢s eso, por favor. ¡ªEst¨¢ bien, no lo har¨¦ m¨¢s ¡ªdijo Yara con una sonrisa. ¡ªVaya, estoy agotada ¡ªdijo Hammya mientras se limpiaba el sudor de su frente y se sentaba al frente de Candado. ¡ªY que lo digas ¡ªdijo Martina mientras se acostaba en el suelo al lado de Kevin. ¡ªA prop¨®sito, se?or, ?por qu¨¦ no fuiste al bosque de Mauricio para celebrar el cumplea?os de la se?orita Yara? ¡ªpregunt¨® Clementina mientras se sentaba al lado de Candado. ¡ªPorque este hijo de puta no quiso arrancar las yerbas venenosas ¡ªdijo Candado mientras le tapaba los o¨ªdos a Yara. ¡ªTe dije que no voy a arrancar nada en mi bosque. ¡ªY yo te dije que Yara no va a ir ah¨ª hasta que saques esas malditas yerbas, le hacen mucho da?o a la ni?a, no sabes c¨®mo estuve la ¨²ltima vez que se enferm¨®. ¡ª?Qu¨¦ hiciste? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNada, no hice nada. ¡ªSe qued¨® al lado de ella d¨ªa y noche, baj¨¢ndole la fiebre, actuando como un padre y una madre al mismo tiempo. ¡ªQu¨¦¡­. qu¨¦ boca floja que sos ¡ªdijo Candado con indignaci¨®n mientras mostraba sus dientes cerrados. ¡ªPero no est¨¢ mal, se enferm¨® tu hija y vos te quedaste todo el d¨ªa a su lado, ?no es as¨ª? ¡ªHammya mir¨® a Mauricio y continu¨®¡ª?Cu¨¢ndo pas¨® eso? ¡ªHace un a?o, debiste ver esa cara de desesperaci¨®n cuando no le bajaba la fiebre. ¡ªNo es para hacer chistes, nene. Fue uno de los momentos m¨¢s desesperados de mi vida, me preocup¨¦ mucho al ver a mi peque?a en esa situaci¨®n ¡ªdijo mientras apoyaba su mejilla en la cabeza de Yara. ¡ªBueno, ser¨ªa hip¨®crita decir que no estuve preocupado, me asust¨¦ mucho tambi¨¦n. Yo era quien se encargaba de hacer las medicinas con hierbas medicinales de los Tobas. ¡ª?Y sabes por qu¨¦ pas¨® eso? Porque el se?orito no quit¨® las yerbas venenosas. ¡ªDebo admitir que eso fue mi culpa ¡ªdijo Mauricio mientras se rascaba la nuca. ¡ªOigan, todos me regalaron algo, pero ustedes no me dieron nada. ¡ªSe dice "ustedes", Yara ¡ªdijo Candado a¨²n con su mejilla en la cabeza de la ni?a. En ese momento, Mauricio sac¨® de su poncho una cajita muy peque?a y de ah¨ª sac¨® una cadena de oro con una serpiente en forma de "S" y se la coloc¨® en el cuello a Yara. Mientras que los hermanos le regalaron peluches en forma de osos. ¡ª?C¨®mo obtuviste algo tan costoso? ¡ªpregunt¨® Candado se?alando el collar. ¡ªTuve ayuda de tus otras hijas. ¡ª?Otras hijas? ¡ªpregunt¨® sorprendida Hammya. ¡ªHablo de Erika y Lucy, las mellizas con las que te encontraste hace unos d¨ªas. ¡ªS¨ª, pero ?hijas?, ?hijas? Candado suspir¨® y dijo: ¡ªEllas no conocieron a su padre debido a que este era un verdadero hijo de puta. Embaraz¨® a una mujer de veintitr¨¦s a?os y huy¨® para no hacerse cargo de sus hijas. Antes de que me conocieran, odiaban tremendamente a los hombres debido a lo que les hab¨ªa hecho este error de la naturaleza, sin mencionar que la madre inculc¨® demasiado su odio por los hombres en sus hijas. Cuando se mudaron ac¨¢ y empezaron a ir a la escuela, se encontraron conmigo y con H¨¦ctor desayunando en el aula. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªH¨¦ctor quiso ser su amigo. ¡ªOh, que tierno ¡ªLo ser¨ªa, pero le pegaron una cachetada bien fuerte a H¨¦ctor, que lo tumbaron de la silla, y cuando se dirigieron hacia a m¨ª para hacerme lo mismo, puse mi libro de texto en mi mejilla y se lastim¨® la mano. ¡ª?Qui¨¦n te hizo eso, exactamente? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªFue Lucy. Si bien Erika tambi¨¦n sufr¨ªa de misandria, nunca se atrever¨ªa a levantar la mano a alguien. ¡ª?C¨®mo se llevaron bien ustedes? ¡ªBueno, gracias a Isidro, que no tuve que pelear con ellas, primero comenzamos a hablar de manera civilizada y lentamente comenzamos a llevarnos bien. ¡ª?Hace cu¨¢nto pas¨® eso? ¡ªpregunt¨® nuevamente Hammya. ¡ªHace m¨¢s de tres a?os. ¡ªCambiando de tema, ?por qu¨¦ el t¨¦rmino de "hijas"? ¡ªPorque las hermanas ven a Candado como una figura paterna. No es necesario ser un experto en la observaci¨®n para ver la formalidad y la naturalidad en c¨®mo los tres se hablan. La ¨²nica diferencia entre Yara y las hermanas es que ninguna de ellas lo llama pap¨¢, al menos yo nunca las o¨ª. ¡ªLa hermana Lucy me da miedo ¡ªdijo Yara mientras jugueteaba con su mu?eco. ¡ªCreo que eres m¨¢s diferente de lo que pensaba ¡ªdijo Kevin. ¡ªEs verdad, es extra?o ver que t¨² experimentes la paternidad a temprana edad ¡ªdijo Martina. Mauricio cruz¨® sus brazos, se recost¨® en el ¨¢rbol y dijo: ¡ªEs lo que lo convierte en un ser maravilloso. Candado cerr¨® sus ojos y dijo: ¡ªNunca me vuelvas a llamar as¨ª, Mauricio. Me da un mal sabor de boca que me llamen de esa forma. ¡ªJe, su actitud es muy graciosa, joven patr¨®n ¡ªdijo Clementina en un tono de burla. Candado, con la ¨®rbita de sus ojos mirando hacia arriba y mostrando sus dientes, dijo: ¡ªAgradece que es el cumplea?os de Yara y que, encima de todo, es una menor, porque te aseguro que te hubiese arrancado los parlantes. Todos se rieron por lo que dijo Candado, incluyendo a Hammya. Todos se re¨ªan de lo que hab¨ªa dicho ¨¦l, a pesar de que lo dijo en serio, pero Candado hab¨ªa notado en ese momento que era muy hermoso y no quer¨ªa estropearlo. En lo m¨¢s profundo de su coraz¨®n, le encantaba ver a sus amigos felices y sin preocupaci¨®n alguna. Pero en su mente hab¨ªa una peque?a voz que le dec¨ªa que todas las cosas lindas tienen un final, algunas veces un abrupto final. Si quer¨ªa que este momento fuera lo m¨¢s duradero posible, ten¨ªa que protegerlo. Eso no quiere decir que sea totalmente pesimista, lamentablemente su naturaleza l¨®gica siempre busca una explicaci¨®n hasta en los lugares que no se necesita ninguna informaci¨®n relevante, a pesar de que intenta todo el tiempo separar ese pensamiento de su vida cotidiana, nunca tiene ¨¦xito. Todos los d¨ªas se pregunta cu¨¢ndo, c¨®mo y por qu¨¦ empez¨® a pensar de esa forma. Pero hoy era el cumplea?os de su hija y no le gustaba la idea de tener que pensar en sus problemas. Solo por hoy, por primera vez, quer¨ªa olvidarse de los temas importantes que golpean a su puerta todos los d¨ªas de la semana. Solo quer¨ªa verla re¨ªr, quer¨ªa verla jugar y, lo m¨¢s importante, quer¨ªa estar con ella. Hab¨ªa estado tan ocupado en los ¨²ltimos d¨ªas que no ten¨ªa tiempo de estar a su lado y hoy quer¨ªa recompensar el tiempo perdido. Candado sonri¨®, dio vuelta a Yara y la mir¨® a los ojos. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s quieres hacer hoy, mi serpientita? Yara se recost¨® sobre su pecho y dijo. ¡ªQuiero quedarme un poco m¨¢s aqu¨ª, es muy bonito pasar un d¨ªa con mi pap¨¢. ¡ªOh, siento celos ¡ªdijo Mauricio sarc¨¢sticamente. ¡ªC¨¢llate¡­ ¡ªQu¨¦ sue?ito tengo ¡ªdijo Yara repentinamente mientras se frotaba su ojo izquierdo. Candado se qued¨® inm¨®vil al escuchar eso. ¡ªClementina, ?qu¨¦ hora es? ¡ªpregunt¨® Mauricio de brazos cruzados. ¡ªSon las 11:06 de la ma?ana. ¡ªEs temprano, ?a qu¨¦ hora se levantaron? ¡ªpregunt¨® Mauricio. ¡ªBueno, nos despertamos a las 9:23 de la ma?ana. ¡ªNo me extra?a, conmigo ellas se despiertan a las 11:00 de la ma?ana o a las 13:00 de la tarde. No soy de esas personas que se levantan tan temprano como t¨², salvo en aquellas ocasiones cuando estudiamos. Candado vio c¨®mo su peque?a Yara dorm¨ªa tan pl¨¢cidamente en su pecho. En su rostro se pod¨ªa ver una cierta ternura y relajaci¨®n. Candado acarici¨® la cabeza de Yara y pos¨® su mano en su frente con una expresi¨®n bastante fr¨ªa, pero despu¨¦s de unos segundos apareci¨® una sonrisa tenue y tranquila. Cuando Mauricio iba a poner su mano en el hombro de Candado, Hammya lo detuvo instintivamente. Era como si ella quisiera mantener esa sonrisa que muy pocas ocasiones mostraba. Parec¨ªa como que su verdadero "yo" estaba bien enterrado en ese cascar¨®n duro y fr¨ªo. Era sorprendente que una ni?a de cinco a?os despertara ese lado de Candado. Pero estar¨ªa mintiendo si dijera que ella es la ¨²nica que pod¨ªa hacerlo, ya que su hermana Karen pod¨ªa hacer lo mismo con ¨¦l. Era como si lo ¨²nico en el mundo que le sacaba m¨¢s de una sonrisa eran ellas dos. Hammya hizo una se?a a Clementina para que sacara una foto para recordar ese momento, y ella, con mucho gusto, sac¨® de nuevo una c¨¢mara. Pero se encarg¨® de quitarle el flash para que ¨¦l no lo notara. Ni bien termin¨® de hacer eso, sac¨® una foto de un Candado feliz. ¡ªSer¨¢ un recuerdo para este d¨ªa ¡ªsusurr¨® Hammya. HEREDEROS DEL PROFANADOR El reloj marcaba las doce, y el grupo de Candado permanec¨ªa inm¨®vil en su lugar. Era la oportunidad perfecta para atacar, pero sin los ojos de Dockly y la orden de Jane, no pod¨ªan hacer nada. Entre el grupo de tres, estaba Isabel, una ni?a consentida hasta la m¨¦dula que no hac¨ªa m¨¢s que quejarse una y otra vez. Luego estaba Guz, o al menos ese era su seud¨®nimo, sentado en meditaci¨®n, y por ¨²ltimo, Joel, cuyas agujas parec¨ªan ser su ¨²nica preocupaci¨®n. ¡ªMe estoy hartando de esperar, ?en d¨®nde diablos se han metido esos dos? ¡ªRel¨¢jate, Isabel. No querr¨¢s enfadar a Desza ¡ªdijo Joel mientras jugaba con sus agujas. ¡ªNo, ya estoy cansada de estar en este maldito bosque. Lo ¨²nico que hemos hecho es observar c¨®mo Candado juega con sus compa?eros. ¡ª?Qu¨¦ sugieres que hagamos? ¡ªpregunt¨® Guz. ¡ªAtaquemos ya que est¨¢n demasiado ocupados para hacer algo. Vamos, matamos a Candado y regresamos. ¡ª?Y luego qu¨¦? ¡ª?C¨®mo "y luego qu¨¦"? Volvemos e informamos a la casa de nuestro ¨¦xito. ¡ªEs un plan est¨²pido. Si queremos matar a Candado, debemos hacerlo en el momento oportuno y desde lejos. ¡ª?Qu¨¦ te pasa, mascarita? ?Tienes miedo? ¡ªpregunt¨® Isabel burlonamente. ¡ªNo, yo tuve la molestia de pelear contra ¨¦l y perd¨ª, me noque¨®. ¡ªEres d¨¦bil. A m¨ª ni siquiera me hubiera tocado un solo pelo. ¡ª?Y por qu¨¦ no vas sola entonces, si eres mejor que nosotros? ¡ªpregunt¨® Joel mientras pul¨ªa sus agujas. Isabel no contest¨® y cambi¨® de tema. ¡ª?Cu¨¢ndo vendr¨¢n esos dos? ¡ªDeber¨ªan haber llegado hace m¨¢s de diez minutos ¡ªdijo Joel mientras ve¨ªa la hora en su celular. Guz levant¨® la cabeza y dijo. ¡ªYa est¨¢n aqu¨ª. En ese instante, dos figuras aparecieron del interior del bosque: uno era Jane y el otro, Dockly. ¡ªPor fin han llegado, cuando los casquetes polares ya se han derretido, y yo sufriendo. ¡ªNo seas tan melodram¨¢tica, Isabel. Tuvimos algunos inconvenientes al venir aqu¨ª. Addel, uno de los Borradores, nos estaba siguiendo y debimos despistarlo. Nos cost¨® mucho, pero lo logramos. ¡ªMierda, es mi culpa. Deb¨ª ser m¨¢s cuidadosa. ¡ªNo te preocupes, Jane. Todos cometemos errores ¡ªdijo Guz. ¡ªEs la hora. Candado est¨¢ all¨¢ distra¨ªdo. Es hora de que acabemos con esto ahora. ¡ªIsabel tiene raz¨®n. Debemos acabar ya con esto ¡ªdijo Jane mientras se agachaba y continuaba¡ªAc¨¦rquense. Este es el plan: nosotros estamos a diez metros de distancia de Candado. Lo que vamos a hacer es lo siguiente: todos nosotros nos iremos por un extremo formando una estrella. Una vez ubicados, ustedes atacar¨¢n. As¨ª Candado se concentrar¨¢ en ustedes y, cuando est¨¦ distra¨ªdo ¡ªen ese instante sac¨® su espada y la clav¨® con todas sus fuerzas en el suelo¡ª. Le atravesar¨¦ la espalda y destruir¨¦ su coraz¨®n. ¡ªMe gusta tu sed de venganza ¡ªdijo Guz. ¡ªBien, empecemos ¡ªorden¨® Jane. El equipo se dividi¨® de acuerdo al plan. Jane se posicion¨® detr¨¢s de Candado, a unos diez metros de distancia. Debido a su habilidad, Candado no sent¨ªa su presencia. Utilizando la cobertura de las altas yerbas y los ¨¢rboles, Jane comenz¨® a acercarse sigilosamente, avanzando paso a paso, hasta llegar a un punto ¨®ptimo, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Observ¨® el tronco que bloqueaba su l¨ªnea de visi¨®n y calcul¨® el lugar exacto donde lanzar¨ªa su ataque mortal. Lentamente, se puso en pie, con una sonrisa en el rostro y una determinaci¨®n f¨¦rrea, lista para llevar a cabo su letal embestida. Pero entonces, algo cambi¨®. Cuando estaba a punto de correr hacia su objetivo, vio a una dulce ni?a corriendo justo hacia el lugar donde planeaba ejecutar su ataque. Por un instante, esto no le import¨®; planeaba esperar a que la ni?a se alejara para atacar. Sin embargo, ocurri¨® algo inesperado: Candado se dirigi¨® hacia la ni?a en lugar de avanzar hacia Jane. La observaci¨®n de esto desconcert¨® a Jane, quien, aunque se asust¨® moment¨¢neamente al pensar que Candado la hab¨ªa descubierto, permaneci¨® firme con su espada en ristre. Pero Candado no se acerc¨® a Jane; en cambio, se dirigi¨® hacia la ni?a y, para sorpresa de Jane, la abraz¨® con ternura. Un torrente de emociones inund¨® a Jane en ese momento. Sus pies temblaban, el sudor empapaba su frente y su rostro, su respiraci¨®n se volvi¨® forzada y agitada, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de asma. Sus manos y su espada temblaban de manera incontrolable, y su enojo e ira se mezclaron con una sensaci¨®n extra?a y desconcertante. Jane no entend¨ªa lo que le estaba sucediendo. No pod¨ªa atacar en ese estado. Ver a la ni?a abrazando a Candado la paraliz¨®. Mientras intentaba desesperadamente recuperar el control de su cuerpo, un recuerdo inund¨® su mente: una imagen de ella misma abrazando a su padre de la misma manera en que ahora observaba a la ni?a. Jane sacudi¨® la cabeza para intentar alejar esos pensamientos, pero la sensaci¨®n persist¨ªa. Furiosa consigo misma, trat¨® de concentrarse en su objetivo, pero sus intentos fueron en vano. Finalmente, guard¨® su espada y huy¨® del lugar a toda velocidad, las l¨¢grimas corriendo por sus mejillas. Se preguntaba a s¨ª misma qu¨¦ le estaba ocurriendo y por qu¨¦ estaba huyendo de la misi¨®n que ella misma hab¨ªa planeado. ¡ª?Qu¨¦ me sucede? ?Por qu¨¦ estoy huyendo? ¡ªse preguntaba Jane mientras se alejaba. Al enterarse de que el esp¨ªritu de su compa?era se alejaba, Joel inform¨® a los dem¨¢s que el plan hab¨ªa fracasado. Con gran decepci¨®n, los dem¨¢s miembros del equipo se retiraron del lugar, desilusionados por la falla de la operaci¨®n. Mientras tanto, Candado, s¨ª la sinti¨® y s¨ª la descubri¨®, de hecho ten¨ªa las manos sobre su fac¨®n mientras abrazaba a Yara y miraba el monte con disimulo. Cuando sinti¨® que se hab¨ªa retirado la amenaza, este calm¨® sus instintos. Joel corri¨® con todas sus fuerzas siguiendo el esp¨ªritu de su hermana. Estaba preocupado por ella. Tras un rato de b¨²squeda fren¨¦tica, finalmente encontr¨® a Jane recostada junto a un ¨¢rbol, mirando su espada con l¨¢grimas en los ojos. Se acerc¨® r¨¢pidamente a ella, con una mano en su hombro y preocupaci¨®n en su voz. ¡ª?Jane? ?Qu¨¦ te ha ocurrido? ¡ªpregunt¨® Joel mientras se agachaba frente a su hermana. ¡ªHe... he... he visto... ¡ª?A qui¨¦n has visto? ¡ªpregunt¨® Joel, lleno de frustraci¨®n y preocupaci¨®n. ¡ªHe visto a pap¨¢. Tras esas palabras, Jane se quebr¨®. Las l¨¢grimas corr¨ªan por sus mejillas, y su mente estaba sumida en una tormenta de emociones incontrolables. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? Pap¨¢ est¨¢ muerto, t¨², yo y Rose vimos c¨®mo eran asesinados. ¡ªVi su rostro en mi mente, Joel. No pod¨ªa creerlo; jam¨¢s me hab¨ªa ocurrido esto antes. Joel abri¨® la boca para decir algo, pero no pronunci¨® palabra. En su lugar, abraz¨® a su hermana con fuerza. ¡ªS¨¦ lo que sientes, yo tambi¨¦n los extra?o mucho. ¡ªLuego, se separ¨® de ella y, con las manos en sus hombros, la mir¨® a los ojos¡ª. Es por eso que le promet¨ª cuidarlas a ustedes dos, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, yo estar¨¦ siempre a su lado. En ese momento, los dem¨¢s miembros del equipo llegaron, la mayor¨ªa con expresiones de enojo hacia Jane por su incapacidad para llevar a cabo el plan. ¡ª?Me puedes explicar qu¨¦ signific¨® eso, Jane? ¡ªpregunt¨® Isabel de manera autoritaria. ¡ªNada, Candado se percat¨® de nuestra presencia. ¡ªMinti¨® Joel. ¡ªNo te han preguntado a ti. ¡ªReplic¨® Dockly. ¡ªJane est¨¢ en una situaci¨®n muy delicada, por favor, d¨¦jenla tranquila por ahora. ¡ªIntervino Guz. ¡ª?Delicada? ¡ªDijo Dockly, esc¨¦ptico¡ª. Solo porque vio a Candado est¨¢ llorando. ¡ªNo me lo explic¨®, pero por favor, d¨¦jenla tranquila hasta que se recupere. ¡ªInsisti¨® Joel.The author''s tale has been misappropriated; report any instances of this story on Amazon. ¡ªCreo que es mejor que nos diga qu¨¦ pas¨®. ¡ªA?adi¨® Dockly mientras se acercaba a Jane. Joel se puso en medio de su hermana y Dockly. ¡ªDije que est¨¢ muy delicada, as¨ª que al¨¦jate. ¡ªAdvirti¨® Joel, con enojo visible. ¡ª?Me est¨¢s amenazando, Joel? No tienes ninguna oportunidad contra m¨ª. ¡ª?SUFICIENTE! ¡ªGuz intervino¡ª. Est¨¢ claro que hemos perdido, y a todos nos ha dejado un mal sabor de boca. Pero yo la entiendo, porque fui yo quien pele¨® con Candado y perdi¨®. T¨², en cambio, nunca te has enfrentado a ¨¦l, Dockly. ¡ªParece que todos son unos expertos en Candado. ?Qui¨¦n de ustedes, "expertos", se encargar¨¢ de comunicarle a Desza que hemos fracasado? Porque yo no pienso dar la cara por ustedes. ¡ªA?adi¨® Dockly. ¡ªLo har¨¦ yo. ¡ªJoel se ofreci¨®. ¡ªBien, d¨ªselo, y veremos c¨®mo lo toma. ¡ªDockly dijo, y se alej¨® de ellos hacia un destino incierto fuera del bosque. ¡ªJoel, perd¨®name, yo... ¡ªNo digas nada. Yo me encargar¨¦ de esto. ¡ª?Est¨¢s seguro? Desza ha estado muy impaciente por asesinar a Candado en estos ¨²ltimos d¨ªas, y decir que el plan ha fallado bastar¨¢ para que explote de ira hacia ti. ¡ªLo s¨¦, Guz. Lo s¨¦, pero yo no le tengo miedo. ¡ªDeber¨ªas, ya que ¨¦l posee el Monstruoso Poder. ¡ªIsabel agreg¨®. Joel ayud¨® a su hermana a ponerse de pie, y ambos comenzaron a caminar, acompa?ados por Isabel y Guz. Durante el trayecto, un silencio abrumador se apoder¨® del grupo, y Jane segu¨ªa en estado de shock debido a los eventos recientes. Joel estaba profundamente preocupado por su hermana, pero Guz, por otro lado, no pod¨ªa dejar de mirar su reloj. Guz era un enigma para sus compa?eros. Nadie hab¨ªa visto su rostro, y nunca hablaba de su pasado. No ten¨ªa familiares ni padres, y cuando no estaban en misi¨®n, desaparec¨ªa sin dejar rastro, encerr¨¢ndose en su habitaci¨®n para descansar. Siempre llevaba la misma ropa y una m¨¢scara de madera que ocultaba su rostro. A pesar de todas las inc¨®gnitas que rodeaban a Guz, su odio hacia el gremio era monumental, aunque los motivos de este odio eran un misterio. En contraste con Guz estaba Isabel, una ni?a insoportable, arrogante y mandona. Siempre vest¨ªa con ropa elegante: calzas negras, botas rojas, un chaqu¨¦ verde sobre su camisa negra, y su cabello oscuro y corto estaba sujetado con un broche en forma de rosa de diamante. M¨¢s all¨¢ de su personalidad dif¨ªcil, Isabel ten¨ªa un poder poco com¨²n llamado "Furia Sangrienta". Este poder hac¨ªa que una persona perdiera el control de su cuerpo y se dejara llevar por el odio y la rabia, convirti¨¦ndola en una fuerza temible. Isabel era conocida por su actitud desagradable y su disposici¨®n a enfrentarse a cualquier enemigo, ya fueran circuistas o gremialistas. Incluso el mism¨ªsimo Candado no era alguien al que enfrentarse a la ligera. Luego estaban los hermanos Wandering, un apodo que hab¨ªan ganado en algunas misiones. A pesar de haberse unido al grupo recientemente, hab¨ªan ganado el respeto de los dem¨¢s miembros, aunque a¨²n hab¨ªa quienes dudaban de sus habilidades. Todos ellos estaban bajo el liderazgo de un hombre llamado Desza, conocido como "El Profanador". Se dec¨ªa que Desza hab¨ªa sido un ferviente seguidor de Harambee, pero su radicalismo y sed de sangre lo hab¨ªan llevado a ser expulsado de la Organizaci¨®n Mundial de Gremios y Alianzas Brigadistas (O.M.G.A.B). Su paradero se desconoc¨ªa desde hac¨ªa d¨ªas. Desza cre¨ªa que la paz mundial solo pod¨ªa lograrse eliminando todo lo que se opusiera a ella, incluso si eso implicaba matar a inocentes. Esta creencia se convirti¨® en una realidad sangrienta en la ciudad de Cecilia, donde Desza estuvo involucrado en la muerte de setenta y dos personas. Candado, al enterarse de estos horrores, convoc¨® a Desza para que rindiera cuentas ante los l¨ªderes de la organizaci¨®n y su pobre defensa no fue suficiente con sacarlo y expulsarlo de los gremios. Su juicio se inici¨® a las nueve de la ma?ana y se prolong¨® hasta las cinco de la tarde, ocupando un total de nueve horas. Durante este proceso, el acusado repet¨ªa una y otra vez que las muertes que hab¨ªa causado eran necesarias para alcanzar la paz. Candado, con un conocimiento enciclop¨¦dico del reglamento, que constaba de oficialmente diez mil leyes, se mantuvo firme en su postura. En ning¨²n momento, Desza mostr¨® arrepentimiento; estaba convencido de que esas vidas deb¨ªan ser sacrificadas en aras de la paz. Candado estaba agotado de escuchar el mismo argumento una y otra vez. Sin embargo, la situaci¨®n dio un giro inesperado cuando Desza utiliz¨® el nombre de Harambee para justificar sus acciones. Este acto provoc¨® una ira feroz tanto en Candado como en todos los presentes. Candado se levant¨® de su asiento y pronunci¨® una sentencia inmediata de expulsi¨®n y prisi¨®n para Desza. Sinti¨¦ndose traicionado, Desza se liber¨® de sus esposas, elimin¨® a sus custodios y se dispuso a asesinar a Candado. Sin embargo, result¨® ser inferior en habilidades y perdi¨® no solo el combate, sino tambi¨¦n sus poderes. Candado se asegur¨® de que Desza nunca volviera a representar una amenaza, priv¨¢ndolo de sus capacidades. Ese d¨ªa, Desza perdi¨® dos cosas cruciales: sus poderes y su cordura. Desde entonces, jur¨® destruir Kanghar, decidido a no dejar con vida a nadie y a no dejar una sola estructura en pie. Las puertas se abrieron con un estruendo ensordecedor cuando el equipo regres¨® de su misi¨®n para asesinar a Candado. Desza estaba sentado en un sill¨®n roto, limpiando su machete, que a¨²n goteaba sangre, mientras el cuerpo decapitado de un adolescente vestido de negro yac¨ªa a sus pies. La cabeza cercenada de la v¨ªctima reflejaba el horror de su muerte. ?Cu¨¢nto miedo habr¨ªa sufrido ese pobre muchacho? Cuando el equipo observ¨® la escena, quedaron petrificados, excepto Guz, que permaneci¨® impasible en todo momento. Desza, de espaldas, se encontraba junto a una mesa de luz con una m¨¢scara sobre ella. Al escuchar la puerta abrirse, Desza tom¨® su m¨¢scara y se la coloc¨® en el rostro antes de girarse para enfrentar a sus seguidores. Su apariencia era tanto imponente como aterradora: una m¨¢scara que cubr¨ªa todo su rostro, excepto el ment¨®n, una armadura brillante en el pecho, pantalones negros y una t¨²nica negra que parcialmente ocultaba su cuerpo. ¡ªD¨ªganme, ?tuvieron ¨¦xito? ¡ªpregunt¨® Desza con una sonrisa. Joel, visiblemente asustado, dio un paso al frente y respondi¨® titubeante: ¡ªNo, la misi¨®n fracas¨®. Desza mostr¨® una sonrisa siniestra al grupo y luego observ¨® el cuerpo sin vida a sus pies con indiferencia. No mostraba ning¨²n remordimiento o sentimiento de culpabilidad. Con una voz g¨¦lida y amenazante, Desza coment¨® sobre el cad¨¢ver: ¡ªEste pedazo de carne que ven aqu¨ª fue completamente in¨²til. Guz, desafiante, habl¨® sin inmutarse: ¡ªSi sigues matando a nuestros compa?eros, al final te abandonar¨¢n, y qu¨ªtate eso ya sabemos c¨®mo eres. Desza se quit¨® la m¨¢scara y mir¨® a Guz con una sonrisa burlona, al parecer le encanta hacer eso. ¡ªHas estado mostrando mucha rebeld¨ªa ¨²ltimamente, Guz. Me pregunto si esa rebeld¨ªa beneficia a nuestra causa o si simplemente lo haces para irritarme. ¡ªPiensa lo que quieras, pero te dir¨¦ algo: ?De qu¨¦ nos sirve matar a nuestros camaradas? En estos d¨ªas, ser un Testigo es peligroso, y casi nadie viene en nuestra ayuda. Adem¨¢s, est¨¢s eliminando a las pocas manos que tenemos. ¡ªAquellos que no puedan cumplir con lo necesario deben ser eliminados. La debilidad no es bienvenida aqu¨ª. ¡ªSi no quieres que tus seguidores sean d¨¦biles, ?por qu¨¦ no los entrenas en lugar de decapitarlos? Desza, sin cambiar su expresi¨®n, mir¨® a un grupo de personas a su derecha y orden¨®: ¡ªLl¨¦vense a este in¨²til y arr¨®jenlo al fuego. Tres individuos se aproximaron, cargaron el cuerpo decapitado y se marcharon de la habitaci¨®n, dejando a Desza solo con el grupo. ¡ªBien, ser¨¦ benevolente. Debo admitir que fue un desaf¨ªo para los novatos. Descansen, camaradas, ma?ana ser¨¢ un nuevo d¨ªa. Con estas palabras, el grupo asinti¨® con la cabeza y se retir¨® de la habitaci¨®n, dejando a Desza solo con sus pensamientos. Caminaron por un largo pasillo apenas iluminado. Isabel se separ¨® de ellos y se dirigi¨® a su habitaci¨®n. Guz y los hermanos entraron en sus respectivas habitaciones. Rose, preocupada, estaba sentada en su cama. Cuando escuch¨® la puerta abrirse, corri¨® hacia sus hermanos y los abraz¨®. Guz se recost¨® en su cama y expres¨® su frustraci¨®n: ¡ªQu¨¦ d¨ªa de mierda. Joel se dirigi¨® a la cama de Guz despu¨¦s de agradecerle por lo que hizo en la confrontaci¨®n con Desza. Guz, mirando al techo, respondi¨® con cierta indiferencia: ¡ªNo hice nada, solo dije lo que pienso. Joel, sin embargo, estaba decidido a entender mejor a su compa?ero y le pregunt¨® sobre su identidad oculta: ¡ªDime, ?por qu¨¦ ocultas tu cara? Guz lo mir¨® directamente a los ojos y respondi¨® con firmeza: ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? Esta es mi cara, no hay nada debajo de este rostro. Joel continu¨® su interrogatorio: ¡ªNunca nos dijiste tu nombre. Guz volvi¨® a desviar la mirada hacia el techo y suspir¨®: ¡ª?Nombre? Hace a?os que lo olvid¨¦. Joel pudo sentir la melancol¨ªa en las palabras de Guz y expres¨® su preocupaci¨®n: ¡ªEso suena triste. Guz, sin darle mayor importancia, le aconsej¨® a Joel: ¡ªTe preocupas demasiado, Joel. No te ates a esos sentimientos, son un veneno para uno mismo. Con esto, Guz dio a entender que no deseaba profundizar en su pasado o revelar m¨¢s sobre s¨ª mismo. Se volte¨® y se sumi¨® en el sue?o. Joel, entendiendo la indirecta, se alej¨® y se recost¨® en su cama. Desde su posici¨®n, observ¨® a Jane jugando con Rose. Inicialmente, sonri¨® al ver que sus hermanas estaban disfrutando juntas, pero esa sonrisa se desvaneci¨® r¨¢pidamente. Joel sab¨ªa que mientras Candado estuviera vivo, nadie estar¨ªa a salvo. La incertidumbre y el peligro eran constantes en sus vidas. Mientras tanto, Desza experimentaba una alegr¨ªa siniestra al limpiar la sangre de su machete, un arma que hab¨ªa segado innumerables vidas. Para ¨¦l, cada muerte era necesaria en su b¨²squeda por eliminar a quienes consideraba corruptos y perjudiciales para la paz mundial. Desza estaba convencido de que su causa justificaba cualquier sacrificio, y cada vida que tomaba no le importaba en absoluto. Mientras Desza estaba inmerso en sus pensamientos y locura, J?rgen, uno de sus soldados, apareci¨® con una maleta en la mano. Desza lo salud¨® y se levant¨® de su asiento. J?rgen not¨® la sangre en el machete de Desza y brome¨® sobre ello: ¡ªEl aire est¨¢ algo sucio, as¨ª como su machete, ?Ha asesinado a alguien? Desza respondi¨® con indiferencia: ¡ªS¨ª, una basura, nada m¨¢s. J?rgen revel¨® que hab¨ªan enterrado el cuerpo en las monta?as del T¨ªbet, aunque a¨²n les faltaba una llave para su prop¨®sito. Sin embargo, J?rgen ten¨ªa buenas noticias: ¡ªSabemos cu¨¢l es la llave para traer de vuelta a T¨¢natos a nuestro mundo. Desza se mostr¨® interesado y le arroj¨® una botella de agua azucarada, escuchando atentamente mientras J?rgen revelaba la clave: ¡ªLa lanza de Harambee. Desza solt¨® una carcajada y se sent¨® en su sill¨®n. Bebi¨® su agua azucarada con entusiasmo antes de hablar: ¡ªLas jaulas se han abierto, los lobos a¨²llan, las ¨¢guilas cazan, tigres atacan y el le¨®n es devorado, los Testigos han renacido de sus cenizas para vengarse de los herederos de la infamia. T¨¢natos volver¨¢. Luego, Desza se levant¨® y levant¨® su machete en el aire, proclamando su determinaci¨®n: ¡ª?PREP¨¢RENSE, GREMIALISTAS, ES HORA DE QUE USTEDES VEAN EL TERROR EN PERSONA! ?LA GUERRA HA EMPEZADO Y SU SANGRE SER¨¢ MI ALIMENTO! J?rgen aplaudi¨® emocionado. Sin embargo, en ese momento, dos personas inesperadas aparecieron detr¨¢s de J?rgen, un ni?o y un anciano. Desza y J?rgen los miraron con cautela. ¡ª?Qui¨¦nes son ustedes? ¡ªpregunt¨® Desza. El anciano, identificado como Pullbarey, habl¨® con calma: ¡ªBueno, yo solo quiero ayudarlos. J?rgen, a¨²n desconfiado, pregunt¨®: ¡ª?Por qu¨¦? Pullbarey explic¨® que hab¨ªa hechizado a un joven llamado Candado hace a?os y que quer¨ªa recuperar algo que consideraba suyo por derecho. Ofreci¨® sus servicios y propuso un trato: ¡ªCr¨¦ame, Desza el profanador, es m¨¢s que interesante. Desza, intrigado, pregunt¨® c¨®mo pod¨ªa confiar en ellos. Pullbarey ofreci¨® un regalo y revel¨® una condici¨®n: ¡ªHe notado que es dif¨ªcil para ustedes movilizarse bajo tierra, es por eso que yo les dar¨¦ un obsequio. Desza pregunt¨® m¨¢s sobre el obsequio, y Pullbarey dio una pista: ¡ªEs una m¨¢quina, muy potente. Desza mostr¨® su disposici¨®n a aceptar, pero Pullbarey ten¨ªa una ¨²ltima solicitud: ¡ª?Me dar¨ªas una pista? Desza, sonriendo siniestramente, respondi¨® con determinaci¨®n: ¡ª?Qu¨¦ prefieres, su cabeza o coraz¨®n? El LíDER DEL CIRCUITO El jueves 14 de marzo de 2013, aproximadamente a las 8:54 de la ma?ana, fallec¨ªa en el hospital Guillermo Junco a la edad de trece a?os. Muri¨® en un ataque sorpresa de, supuestamente, los gremios en la ciudad de Buenos Aires. Sus familiares lo velaron en la ciudad de Resistencia, incluyendo a sus amigos y camaradas del Circuito. Hasta el mism¨ªsimo Esteban estuvo presente, su rostro de seriedad reflejaba el disgusto que sent¨ªa por las personas que hab¨ªan asesinado a este muchacho. Aunque el testimonio de uno de los presentes de aquel acto dijo muy claramente que hab¨ªa visto a los gremialistas asesinar a Guillermo. Sin embargo, Esteban no cre¨ªa que hayan sido los gremialistas porque hace poco se hab¨ªa dado cuenta de que alguien m¨¢s estaba en este juego, su nombre era claro los "Testigos" la ¨²ltima vez que escuch¨® su nombre fue cuando su padre le contaba sus aventuras cuando era peque?o, desde entonces nunca m¨¢s volvi¨® a escuchar ese nombre. Esteban camin¨® hasta el ata¨²d abierto de su amigo, toc¨® su mano fr¨ªa y dura, parec¨ªa que estaba tocando un maniqu¨ª de pl¨¢stico. Luego le hizo el saludo al Circuito, que b¨¢sicamente es pasar tu dedo ¨ªndice por tu frente en forma "X", e hizo lo mismo en la frente de su amigo: ¡ª Descansa en paz, amigo ¡ªdijo Esteban con una voz triste. Luego sac¨® de su bolsillo una agenda y se lo coloc¨® en sus manos. ¡ª Espero que con esto puedas seguir con tus anotaciones. Esteban cerr¨® los ojos, inclin¨® su cabeza y comenz¨® a caer las l¨¢grimas por sus mejillas, pero nunca se escuch¨® su llanto, solo se pod¨ªa ver sus l¨¢grimas recorriendo su rostro. Esteban solt¨® la mano de su amigo y fue a dar un discurso, despu¨¦s de todo, ¨¦l era el ¨²ltimo que recitar¨ªa unas palabras a su amigo. ¡ª Guillermo fue un gran amigo, siempre fue muy amable y decidido en su posici¨®n, me alegra haberlo conocido, ¨¦l fue un gran camarada, siempre fue alguien de un gran coraz¨®n y mente, alguien de un gran coraz¨®n, alguien que amaba a sus padres y amigos. Alguien¡­. Alguien que cada vez que ten¨ªa que tomar una decisi¨®n miraba a Guille, esperando que fuera la correcta ¡ªluego susurr¨® para s¨ª mismo¡ª. Prometo encontrar al inhumano para arrancarle la asquerosa piel de su asqueroso cuerpo. Las palabras de Esteban resonaron huecas en los corazones de los familiares de su amigo. Estaban tan sumidos en el dolor que parec¨ªan incapaces de prestar atenci¨®n a lo que ¨¦l hab¨ªa dicho. Sin embargo, hubo una excepci¨®n, su primo, quien, a pesar de estar sentado en el ¨²ltimo banco, dej¨® ver claramente en su rostro una expresi¨®n de enojo y furia. Casi se podr¨ªa decir que estaba dispuesto a ayudar a Esteban a vengar la muerte de su amigo. Una vez que Esteban termin¨® su discurso, sali¨® del velorio en compa?¨ªa de sus cinco amigos. Ester, una mujer de cabello rojo y rizado que sol¨ªa vestirse como un hombre. Tarah, su novia, que por primera vez llevaba zapatos. Freud, un chico nacido en Inglaterra que hab¨ªa jurado proteger a Esteban, vest¨ªa con ropas formales de color negro y llevaba un pa?uelo rojo en el cuello. Addel, con su caracter¨ªstico humo blanco que le cubr¨ªa la cara. Y Xend¨ª, el robot guardaespaldas de Tarah. Aquel d¨ªa estaba nublado, como si el cielo mismo estuviera llorando la p¨¦rdida de un ni?o. Mientras Esteban caminaba por la vereda, acompa?ado por sus amigos y su novia, se cruz¨® con Candado en medio de la calle. Candado estaba acompa?ado por Hammya, Clementina, H¨¦ctor, Declan, Anzor, Lucas, Erika, Viki, Lucia, Germ¨¢n, P¨ªo y Matlotsky. Todos ellos se dirig¨ªan al funeral, y en ese momento tuvieron que enfrentarse cara a cara. Esteban dio un paso al frente y dijo con amargura: ¡ª No pens¨¦ que tu horrenda cara estar¨ªa aqu¨ª en un d¨ªa como hoy. Candado respondi¨® con calma: ¡ª No me busques, Esteban. Guillermo tambi¨¦n fue mi amigo, a pesar de nuestras diferencias ideol¨®gicas. Ser¨ªa un insulto si no estuviera presente. Esteban lo mir¨® con recelo y agreg¨®: ¡ª Nadie quiere ver tu rostro aqu¨ª, Candado. Hemos recibido informes de que tu "clase" fue la responsable de su asesinato. Candado se mostr¨® indignado: ¡ª Eso es inaudito, mis camaradas nunca se atrever¨ªan a asesinar a tus compa?eros. La tensi¨®n en el aire se volvi¨® palpable. Declan sac¨® su sable y lo coloc¨® amenazadoramente en el cuello de Candado, mientras Freud transformaba su brazo en un taladro y lo apuntaba al cuello de Declan. Esta situaci¨®n provoc¨® que Anzor desenvainara su espada y la apuntara al pecho de Freud. ¡ª ?SUFICIENTE! ¡ªgrit¨® Candado, tratando de poner fin al conflicto. Esteban intervino: ¡ª Freud, cesa el ataque, por favor ¡ªorden¨®. Freud obedeci¨® y retir¨® su taladro, mientras que Anzor guard¨® su espada. Candado mir¨® a Esteban y dijo: ¡ª Mira, s¨¦ que me odias, pero voy a ir al funeral quieras o no. Tan pronto como Candado pronunci¨® esas palabras, se retir¨® del lugar con sus compa?eros sigui¨¦ndole. Declan mir¨® a Freud y declar¨® con determinaci¨®n: ¡ª Nadie me amenaza de esa forma. Ir¨¦ a por ti m¨¢s tarde, est¨²pido. Freud respondi¨® desafiante: ¡ª Eso quisiera verlo, Irland¨¦s. Mu¨¦strame esa fuerza. Esteban intervino con calma: ¡ª Freud, v¨¢monos. Freud, obedeciendo esas palabras, le sac¨® la lengua a Declan y se fue junto a Esteban. ¡ª Eso fue muy infantil ¡ªcoment¨® Esteban. Freud, avergonzado, respondi¨®: ¡ª Disc¨²lpeme, se?or. Esteban se dirigi¨® hacia su Circuito, una casa pintada de azul que funcionaba como su sala de reuniones. A diferencia del gremio de Candado, el Circuito de Esteban estaba construido dentro del pueblo para tener un mejor conocimiento de lo que ocurr¨ªa en la zona y evitar estar cerca de Candado, algo que le molestaba profundamente. Al ingresar a la casa, el ambiente era sombr¨ªo y triste. Nadie hab¨ªa pronunciado una palabra desde su llegada. Tarah, que en realidad era de otro gremio, hab¨ªa decidido quedarse afuera y le dio un beso de despedida en la mejilla a Esteban, prometiendo que volver¨ªa. Esteban la abraz¨® y luego cerr¨® la puerta detr¨¢s de ella. Se dirigi¨® hacia donde estaban sus compa?eros, sentados alrededor de una mesa redonda, con la cabeza inclinada en luto. Hab¨ªan perdido a un valioso camarada y amigo ese d¨ªa. Esteban tom¨® asiento, cerr¨® los ojos por un momento y luego los abri¨® para mirar a su alrededor. La escasa luz proven¨ªa de una ventana que iluminaba el asiento vac¨ªo de Guillermo. Record¨® los momentos compartidos con su amigo, c¨®mo Guillermo sol¨ªa anotar todo lo que dec¨ªa Esteban y las ideas que aportaba al grupo para mejorar su estatus en la sociedad. Sea cual fuera la raz¨®n, Guillermo ya no estaba con ellos, y Esteban sent¨ªa un vac¨ªo doloroso. Golpete¨® la mesa con sus dedos y se puso de pie. Luego, camin¨® hasta un estante frente a ¨¦l y observ¨® los marcos con fotos individuales de sus amigos. Finalmente, centr¨® su mirada en la foto de Guillermo. Con manos temblorosas, tom¨® el cuadro de su amigo y lo descolg¨® de la pared. Sus amigos observaron en silencio mientras Esteban retiraba la foto con tristeza. Luego, llev¨® el cuadro a una habitaci¨®n contigua y lo guard¨®. Freud rompi¨® el silencio y pregunt¨® con preocupaci¨®n: ¡ª ?Est¨¢ seguro de esto, jefe? Esteban, con la voz llena de tristeza y sin mirar a Freud, respondi¨®: ¡ª S¨ª... absolutamente. Entonces, Esteban guard¨® el cuadro, lo cubri¨® con una manta negra y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l. Sab¨ªa que nunca volver¨ªa a ver el rostro de su amigo. Tanto en el Circuito como en los gremios, era esencial dejar a un lado los sentimientos, ya fueran la ira, el dolor o el amor. Si uno ocupaba el cargo de presidente, deb¨ªa mantener una postura firme y equilibrada para evitar el caos. A pesar de las numerosas historias y an¨¦cdotas sobre Harambee en los gremios, en el Circuito tambi¨¦n exist¨ªan relatos sobre Tanatos. A pesar de su siniestra reputaci¨®n como asesino desalmado, no se pod¨ªa olvidar que tambi¨¦n era un ser humano con sentimientos. Muchas personas lo hab¨ªan seguido ciegamente. Una de las historias m¨¢s recordadas de Tanatos ocurr¨ªa cuando estuvo en B¨¦lgica dando un discurso a sus seguidores. Durante esa charla, uno de sus seguidores, considerado su hermano, fue apu?alado en pleno discurso de Tanatos y cay¨® muerto en sus brazos. Se dice que Tanatos rompi¨® en llanto y permaneci¨® en el lugar durante un d¨ªa entero. Fue en ese momento que pronunci¨® palabras que quedaron grabadas en la memoria de quienes estuvieron presentes y se transmitieron a las generaciones futuras: "Es triste perder a un ser amado, lo s¨¦, pero si llevas una responsabilidad muy grande en tu espalda, nunca dejes que tus sentimientos te dominen, porque as¨ª no sirves de nada. Habr¨¢ un momento y un lugar para llorar". Estas palabras se convirtieron en una especie de ley para el Circuito. Por primera vez en muchos a?os, Esteban, quien siempre hab¨ªa tratado de cambiar la forma de pensar de los dem¨¢s, aceptaba uno de los discursos de Tanatos, a quien hab¨ªa calificado como un "asesino ideol¨®gico". A pesar de su resistencia inicial, le dol¨ªa en el alma darle la raz¨®n a Tanatos. Esteban sol¨ªa ser visto desde un punto de vista diferente, considerado por Candado como alguien con un pensamiento "c¨®ctel" que combinaba las palabras de Harambee y las de Tanatos. Esto iba en contra de la ideolog¨ªa del F.U.C.O.T. (Frente Unificado de Circuitos y Gremios), que consideraba que las palabras de Tanatos deb¨ªan ser la ley suprema. A pesar de las tensiones con sus superiores, Esteban hab¨ªa ganado las elecciones para el cargo de Mariscal ¨ªntegro, una posici¨®n de alto rango en los Circuitos, equivalente al presidente, aunque el verdadero poder resid¨ªa en el Gran Consejo General. Aunque a¨²n enfrentaba desaf¨ªos y cr¨ªticas, manten¨ªa el apoyo de sus electores. Guillermo sol¨ªa afirmar que Esteban representaba el futuro de una posible paz entre los Gremios y los Circuitos, pero esa perspectiva a¨²n se ve¨ªa distante debido al profundo odio arraigado entre estas dos facciones. Esteban se dej¨® caer en su silla una vez m¨¢s y mir¨® fijamente el papel sobre la mesa que dec¨ªa "Testigos". Una pregunta atormentaba su mente: ?Qui¨¦nes diablos eran y qu¨¦ planeaban? A pesar de saber que no era el momento adecuado, ¨¦l era un l¨ªder y no pod¨ªa permitirse hundirse en la tristeza; ten¨ªa que tomar medidas. ¡ªAddel, cu¨¦ntame todo lo que sepas sobre los Testigos ¡ªle pidi¨®, con una mirada de determinaci¨®n. ¡ªBien, he descubierto que estos individuos no son los mismos Testigos de hace varios a?os ¡ªrespondi¨® Addel con seriedad. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir con eso? Explica, por favor ¡ªinsisti¨® Esteban, impaciente. Addel se ajust¨® el pa?uelo y continu¨®, eligiendo sus palabras con cuidado. ¡ªLos individuos con los que me cruc¨¦ ya no llevaban el distintivo tatuaje oscuro en sus rostros que sol¨ªa ser su sello distintivo. Son una especie de imitaci¨®n barata de lo que sol¨ªan ser. Ya no intentan cambiar el alma de sus v¨ªctimas, sustituy¨¦ndola por otra para tener control absoluto sobre ellos. Esa pr¨¢ctica parece haber quedado en el pasado. Lo ¨²nico que los vincula a su nombre original son las m¨¢scaras, el lenguaje, los conjuros y, por supuesto, su antigua misi¨®n de liberar a Tanatos. Esteban frunci¨® el ce?o mientras procesaba la informaci¨®n. La misteriosa secta de los Testigos parec¨ªa haber cambiado sus m¨¦todos, pero su objetivo oscuro segu¨ªa siendo el mismo. La incertidumbre se cern¨ªa sobre ellos mientras se adentraban en un territorio desconocido lleno de peligros y enigmas por resolver. ¡ªPero¡­ ?T¨¢natos no hab¨ªa muerto?¡ªPregunt¨® Ester. ¡ªNo, T¨¢natos no muri¨®, simplemente fue aprisionado por Harambee en una caja, su ubicaci¨®n es totalmente desconocida¡ªdijo Esteban con sus dedos cruzados a la altura de su ment¨®n. ¡ªNo lo entiendo ?Por qu¨¦ Harambee no intent¨® matarlo?¡ªpregunt¨® Freud. ¡ª?Qu¨¦ te hace pensar que no lo hizo? T¨¢natos es inmortal, matarlo no era una opci¨®n, nadie sabe cu¨¢ndo, c¨®mo ni por qu¨¦, pero uno de sus amigos m¨¢s cercanos dijo que ¨¦l tuvo que ver a la muerte en persona. ¡ªEntonces, ?C¨®mo hizo eso? ¡ªNo seas ingenuo Freud, matarse es lo m¨¢s f¨¢cil de este mundo, pudo haberse pegado un tiro, salt¨® de un acantilado, se envenen¨®, yo qu¨¦ s¨¦, cualquiera de estas opciones pudo haber usado, despu¨¦s de todo solo hay que ser bastante est¨²pido para quitarse la vida. ¡ªEs¡­ muy especulativo desde ese punto. ¡ª?Tu qu¨¦ opinas Guille? Esa pregunta llam¨® la atenci¨®n a todos y les volvi¨® a recordar que ¨¦l ya no est¨¢ con ellos, la habitaci¨®n volvi¨® a estar en silencio triste, esa alegr¨ªa y ganas que daba ese muchacho quedaron en el pasado. Cuando el propio Esteban se dio cuenta de eso, cerr¨® los ojos y puso sus manos en su frente, a pesar de que la conversaci¨®n hab¨ªa empezado para intentar olvidarse de su amigo, su subconsciente y la costumbre lo traicionaron, no pod¨ªa olvidar que alguna vez en ese asiento estuvo Guillermo. ¡ª?Se?or, est¨¢ usted bien? ¡ªS¨ª Ester, estoy bien, es solo¡­ ¡ª?Solo qu¨¦? ¡ªNada, olv¨ªdalo y sigamos con los informes, ?ADDEL! ¡ª?S¨ª? ¡ªContin¨²a por favor. ¡ªBien, no s¨¦ a ciencia cierta qu¨¦ quieren espec¨ªficamente, pero creo que van tras Candado. Al menos, las dos ¨²ltimas veces que me encontr¨¦ cara a cara con ellos, fue en una situaci¨®n relacionada con ¨¦l. ¡ª?Por qu¨¦ querr¨ªan quitarle la vida a ese chico? ¡ªNo lo s¨¦, se?or, pero deseaban matarlo, al igual que a usted. Esteban qued¨® mirando la mesa pensativamente, tratando de asimilar lo que Addel le hab¨ªa revelado, en busca de una explicaci¨®n razonable. ¡ªY si¡­ y si realmente quieren matarlo, eso podr¨ªa desencadenar una guerra ¡ªEsteban entrecerr¨® los ojos¡ª. No me gusta la idea de entrar en otro conflicto, especialmente si mancha la reputaci¨®n del Circuito. ¡ªComprendo lo que dice. Hoy en d¨ªa, muy poca gente en el planeta ha olvidado lo que el Circuito hizo. No somos vistos con buenos ojos por los dem¨¢s. Para ellos, siempre seremos lo mismo: asesinos ¡ªa?adi¨® Addel. Esteban golpe¨® la mesa con fuerza, expresando su frustraci¨®n. ¡ªEs por eso que decid¨ª asumir el liderazgo. Mis padres y abuelos fueron miembros del Circuito, pero nunca hicieron da?o a nadie. Siempre ayudaron a los dem¨¢s. Por eso, me convert¨ª en l¨ªder, para mejorar nuestra pol¨ªtica y romper con todas las costumbres vinculadas a Tanatos ¡ªluego, dirigi¨® su mirada al asiento vac¨ªo de su amigo¡ª. Guillermo confiaba en m¨ª, y no lo defraudar¨¦ ¡ªdespu¨¦s, observ¨® a cada uno de sus compa?eros¡ª. La pregunta es: ??EST¨¢N CONMIGO!? Todos sus compa?eros se pusieron de pie y respondieron con un fuerte "S¨ª". Estaban dispuestos a seguirlo sin importar a d¨®nde los llevara. Despu¨¦s de este apasionado discurso, Esteban levant¨® el pu?o y proclam¨®: ¡ªPrometo no descansar hasta que cada hombre, mujer y ni?o vea con buenos ojos a los Circuitos. Candado traicion¨® mi confianza hace mucho tiempo, y me asegurar¨¦ de que pague un alto precio por esa traici¨®n. Despu¨¦s de pronunciar esas palabras, Esteban concluy¨® la reuni¨®n. Sus camaradas se acercaron y lo abrazaron, ya que su discurso los hab¨ªa motivado a continuar luchando por una causa com¨²n: la paz. Esa era la ¨²nica cosa en la que pod¨ªan pensar en ese momento, poner fin a las divisiones entre ellos y demostrar que eran m¨¢s fuertes que Candado, para ganarse el respeto de la O.M.G.A.B. Una vez que todos se retiraron, Esteban se sent¨® en un sill¨®n, tom¨® un vaso de vidrio y empez¨® a contemplar el asiento vac¨ªo de su difunto amigo. Sin embargo, no se dio cuenta de que Addel no se hab¨ªa ido a ning¨²n lado; simplemente se hab¨ªa ocultado para observar a su amigo. Cuando Esteban se llev¨® el vaso de vidrio a la frente, y descans¨® su otra mano en el apoyabrazos del sill¨®n, que parec¨ªa una peque?a mesa. Luego, afloj¨® el nudo de su corbata y cruz¨® las piernas. ¡ªBueno, ?sabes? Siempre ten¨ªas la ¨²ltima palabra en todo. Siempre intentabas escudri?ar mi mente y sacar lo que estaba pensando ¡ªinclin¨® la cabeza y dej¨® escapar algunas risas¡ª. Nunca deb¨ª... Nunca deb¨ª haberte dejado ir solo all¨ª. Fui un tonto, un completo tonto. Deber¨ªa haber ido en tu lugar. Si tan solo no te hubiera escuchado y hubiera ido contigo, estar¨ªamos aqu¨ª, brindando y riendo juntos. ?En qu¨¦ estaba pensando? ??EN QU¨¦ MIERDA ESTABAS PENSANDO!? El grito repentino asust¨® a Addel, lo que lo hizo retroceder un poco de Esteban, aunque no demasiado. Cuando Esteban recuper¨® la compostura, Addel se acerc¨® nuevamente y continu¨® escuchando.Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation. ¡ªCuando me dijiste que me hab¨ªan convocado para ver a un tal emisario, te ofreciste inmediatamente para ir en mi lugar. ?Por qu¨¦ lo hiciste? Luego, mir¨® el techo con una expresi¨®n desanimada y pesimista. ¡ªLamento no haber estado ah¨ª para pelear a tu lado. Me siento pat¨¦tico, como si estuviera dando falsas esperanzas a los dem¨¢s. Parece que soy una rata miserable que se arrastra d¨ªa a d¨ªa en busca de migajas de comida ¡ªapret¨® el vaso con fuerza, causando una peque?a fractura en el cristal¡ª. Me considero un l¨ªder incompetente. Si ni siquiera pude protegerte a ti, ?C¨®mo puedo tomar decisiones como l¨ªder? Al escuchar estas palabras, Addel inclin¨® la cabeza. Aunque su rostro estaba oculto por el humo blanco que emanaba de ¨¦l, se pod¨ªa percibir su tristeza. Sigui¨® escuchando a Esteban mientras este llevaba el vaso fracturado hasta su sien. ¡ªEs extra?o, nunca pens¨¦ que tendr¨ªa que vivir con esta herida en mi interior ¡ªEsteban solt¨® una leve carcajada y continu¨®¡ª. ?Qu¨¦ har¨ªa Candado en mi situaci¨®n? S¨¦ que suena est¨²pido hacer esta pregunta, pero t¨² sol¨ªas citar a Candado y aplicar sus ense?anzas aqu¨ª, a pesar de que te lo prohib¨ªa. Pero eso no te deten¨ªa. Esteban se puso de pie, camin¨® hasta el asiento de su amigo, se detuvo y prosigui¨®. ¡ªPor ti, Guille ¡ªEsteban levant¨® el y brind¨®, para despu¨¦s bajarlo. Cuando Addel escuch¨® el vaso posarse en la mesa, desapareci¨® sin dejar rastro. Esteban se encamin¨® hacia la puerta de salida, se detuvo, acomod¨® nuevamente su corbata y sali¨® de la casa. L¨¢grimas rodaban por sus mejillas, y para empeorar las cosas, estaba lloviendo. El agua empapaba su cuerpo, pero no le importaba en lo m¨¢s m¨ªnimo. En su mente, esa era la penitencia que deb¨ªa soportar por no haber protegido a su amigo y por no haber asumido plenamente su papel de l¨ªder del Circuito. Guillermo era una persona excepcionalmente bondadosa y nunca habr¨ªa causado da?o a nadie. Desde ese d¨ªa, Esteban llev¨® una cinta negra envuelta alrededor de su brazo derecho. Las calles del pueblo estaban desiertas, ya que todo el mundo hab¨ªa acudido al funeral de Guillermo. Esteban era la ¨²nica excepci¨®n, no porque no quisiera asistir ni porque temiera llorar nuevamente, sino porque sent¨ªa que no ten¨ªa derecho a estar all¨ª. Pensaba que el ata¨²d deber¨ªa contenerlo a ¨¦l en lugar de Guillermo. ?Qu¨¦ expresi¨®n deber¨ªa poner una vez m¨¢s? Sent¨ªa que debi¨® haber sido ¨¦l quien muriera, pero la vida hab¨ªa decidido llevarse a otra persona. Su coraz¨®n estaba cargado de tristeza y debilidad, mientras que su mente guardaba la rabia y el deseo de venganza. Anhelaba encontrar al responsable de la muerte de su amigo y acabar con ¨¦l, pero no de una manera r¨¢pida y silenciosa como ¨¦l hab¨ªa imaginado, sino de forma estruendosa y repugnante. El infierno ser¨ªa el para¨ªso despu¨¦s de lo que planeaba hacerle. Mientras Esteban contemplaba c¨®mo tratar¨ªa al asesino de Guillermo, se top¨® con alguien a quien no quer¨ªa ver, alguien que le inspiraba repulsi¨®n y odio: Candado Ern¨¦st Catriel Barret, un traidor en su lista negra. En ese d¨ªa, su paciencia estaba al l¨ªmite. Era probable que si se acercaba, Esteban liberara todo su odio y amargura contra ¨¦l. Sin embargo, ese deseo de vencerlo lo llev¨® hasta donde se encontraba Candado, sentado bajo la lluvia con un paraguas, mirando al vac¨ªo. Esteban corri¨® hacia ¨¦l y salt¨®, intentando asestarle una patada llena de chispas, pero Candado lo percibi¨® y, de manera astuta, inclin¨® su paraguas en su espalda. Esteban pens¨® que su ataque no tendr¨ªa ¨¦xito, pero cometi¨® un grave error, ya que al chocar su pie con el paraguas, se produjo un ligero ruido, tanto en el paraguas como en su pie, acompa?ado de un intenso dolor. Esteban cay¨® al suelo, aturdido y dolorido, agarr¨¢ndose la pierna y rodando de un lado a otro. ¡ªEres un tonto de marca mayor. Atacarme por la espalda no fue una buena elecci¨®n ¡ªdijo Candado con desprecio. Esteban se puso de pie y lanz¨® un pu?etazo el¨¦ctrico hacia el rostro de Candado, pero este inclin¨® su cuerpo a tiempo y contraatac¨® con un pu?etazo en el pecho de Esteban, haci¨¦ndolo caer nuevamente al suelo. ¡ª?Qu¨¦ crees que est¨¢s haciendo? Nunca antes dabas golpes tan predecibles y infantiles. ¡ª?C¨¢llate! Ya estoy harto. Empate, empate, empate, siempre un empate. Es hora de que haya un ganador ¡ªgrit¨® Esteban con furia en los ojos. ¡ª?Est¨¢s peleando conmigo solo para aliviar la tristeza por la p¨¦rdida de tu amigo Guillermo? Qu¨¦ pat¨¦tico. Nunca pens¨¦ que alguien como t¨² recurriera a lo irracional en busca de racionalidad. ¡ª?SILENCIO! Esteban transform¨® sus brazos en electricidad pura y salt¨® contra Candado. Sin embargo, este lo detuvo con sus manos con calma, ya que llevaba guantes de l¨¢tex blanco que lo proteg¨ªan de la electricidad. Esto enfureci¨® a Esteban a¨²n m¨¢s, sintiendo que Candado se burlaba de ¨¦l. Pero Esteban opt¨® por no devolver los ataques. En cambio, esquiv¨® o bloque¨® los golpes uno por uno, con determinaci¨®n de no permitir que Candado obtuviera la satisfacci¨®n de lastimarlo. Candado, por otro lado, buscaba ser castigado por Esteban, ansioso por recibir sus golpes, en otras palabras, quer¨ªa que Esteban lo lastimara, pero este no le dar¨ªa ese placer. Decidi¨® esquivar y bloquear cada golpe con una sola mano. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ?Por qu¨¦ no peleas? ¡ªpregunt¨® Esteban con furia. Candado no respond¨ªa; simplemente bloqueaba los ataques de Esteban con su mano. Esteban carec¨ªa de precisi¨®n, enfoc¨¢ndose ¨²nicamente en los mismos lugares: el pecho, la cabeza, las piernas y la cintura de Candado. Estos cuatro blancos se volvieron predecibles, y Candado pod¨ªa anticipar y bloquear los golpes sin esfuerzo. A medida que Esteban se enojaba m¨¢s, sus golpes se volv¨ªan a¨²n menos certeros. Se alejaba y lanzaba rel¨¢mpagos y rayos hacia Candado, pero este los deten¨ªa con su paraguas de platino. Sus poderes de energ¨ªa no eran rival para el artefacto de Candado. Mientras Esteban se ensuciaba de barro, mugre y odio, Candado permanec¨ªa limpio y sereno, sin mostrar ninguna emoci¨®n en su rostro, manteniendo su expresi¨®n fr¨ªa. Esteban, cansado de no poder causar ni un rasgu?o a su rival, decidi¨® formar una esfera de energ¨ªa muy poderosa y lanzarla. Pero Candado, sabiendo lo que se avecinaba, opt¨® por atacar. Golpe¨® a Esteban repetidamente en las piernas, los brazos, el pecho y le propin¨® una patada en la cintura. Esto hizo que Esteban volara y chocara contra un ¨¢rbol, aumentando su estado de suciedad. Candado baj¨® su pierna, acomod¨® su corbata negra y se acerc¨® lentamente a Esteban, paso a paso, como si el tiempo no tuviera importancia. Cuando lleg¨® junto a Esteban, se agach¨®, se quit¨® la boina y cerr¨® los ojos. Esteban aprovech¨® esto para darle un fuerte pu?etazo en la cara. Su rostro reflejaba una gran ira y, al mismo tiempo, una satisfacci¨®n placentera. Al finalizar, Candado volvi¨® a colocarse la boina, abri¨® los ojos y mir¨® a Esteban con frialdad. ¡ª?Ya est¨¢s satisfecho? ?Te hizo sentir mejor todo este alboroto para golpearme? ¡ªdijo Candado con indiferencia. ¡ªS¨ª, es una sensaci¨®n muy gratificante ¡ªrespondi¨® Esteban con una sonrisa. ¡ª?Te alivia esto? ¡ªPor supuesto, yo... ¡ªEres un idiota. ¡ª?Qu¨¦? T¨²... ¡ªMe atacaste para que te enfrentara, sientes culpa por perder a tu amigo, piensas que debiste ser t¨² en su lugar, crees que de esta manera encontrar¨¢s redenci¨®n si eres castigado por alguien como yo. Eres un idiota. Ambos conoc¨ªamos a Guillermo, y los dos sabemos que ¨¦l no estar¨ªa contento si te viera de esta manera. M¨ªrate, idiota: sucio, cubierto de barro, empapado, triste, abatido, enfurecido. ?Qu¨¦ te sucedi¨®? ¡ª?C¨¢LLATE! ¡ªNo, no pienso hacerlo ¡ªCandado agarr¨® la camisa de Esteban por el cuello, lo levant¨® y lo aplast¨® contra el ¨¢rbol¡ª. Eres Esteban Bonaparte Everett, l¨ªder del F.U.C.O.T. y mi enemigo. ?Crees que yo, despu¨¦s de todas las veces que empatamos, te vencer¨ªa de esta manera? Esteban se enfureci¨® y trat¨® de empujar a Candado, pero no pudo liberarse. ¡ª?NO ME TOQUES! Eres un traidor, ?YO CONFI¨¦ EN TI! Y me apu?alaste por la espalda. ?Qui¨¦n eres para hablarme as¨ª? ?NADIE! No eres nadie, solo un traidor. Puedes enga?ar a otros, pero no a m¨ª ¡ªEsteban inclin¨® la cabeza y mir¨® nuevamente a los ojos de Candado¡ª. Eres una persona horrible. No me detendr¨¦ hasta verte completamente destrozado. Guillermo siempre crey¨® que hab¨ªa una raz¨®n detr¨¢s de tu traici¨®n, siempre lo pens¨®. Sin embargo, yo, solo yo, supe por qu¨¦ lo hiciste: porque eras un cobarde, nada m¨¢s. ¡ªSi eso es lo que crees, tienes todo el derecho a pensar lo que quieras. No importa cu¨¢ntas veces te lo repita, la respuesta siempre ser¨¢ la misma ¡ªCandado solt¨® a Esteban y se alej¨® caminando. ¡ªAs¨ª es, huye, cobarde. No eres m¨¢s que un maldito Judas. Alg¨²n d¨ªa te arrepentir¨¢s de lo que has hecho. Esteban lanz¨® una patada al ¨¢rbol con fuerza, dejando una marca en el tronco debido a su furia. Cuando logr¨® calmarse un poco, Esteban abandon¨® el lugar mientras liberaba chispas el¨¦ctricas. Su cuerpo parec¨ªa un cable defectuoso, su ira y angustia hab¨ªan crecido a¨²n m¨¢s. Esta vez, ya no era solo su culpa, sino tambi¨¦n la de Candado. La furia lo llev¨® a tener pensamientos oscuros; ya no solo quer¨ªa vencer a Candado, sino que ahora deseaba su muerte. Mientras avanzaba, se notaba claramente su estado deteriorado. La lluvia hab¨ªa logrado limpiar algunas manchas de barro de su traje, pero segu¨ªa vi¨¦ndose en mal estado. Su rostro reflejaba pura ira, y su cuerpo parec¨ªa un poste de luz arrojando chispas. A pesar de que no ten¨ªa un destino claro y caminaba sin rumbo, sus piernas parec¨ªan llevarlo instintivamente a su propio Circuito. ¡ª?Qu¨¦ estoy haciendo aqu¨ª? ¡ªse pregunt¨® Esteban en voz baja. ¡ªLo que hiciste afuera fue muy est¨²pido ¡ªdijo una voz desconocida. Sin decir una palabra, Esteban lanz¨® un rayo a la pared que estaba junto a su Circuito. Sin embargo, la figura esquiv¨® el ataque y se coloc¨® detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªNo eres nada pr¨¢ctico ¡ªcoment¨® el reci¨¦n llegado. Esteban gir¨® r¨¢pidamente con la intenci¨®n de atacar, pero al ver claramente al individuo, se detuvo y se relaj¨® al reconocerlo. ¡ªNo sab¨ªa que eras t¨², Maldonado Sebasti¨¢n. El hombre ten¨ªa ciertas caracter¨ªsticas distintivas en su apariencia: un rostro que parec¨ªa no estar hecho para sonre¨ªr, ojos oscuros, cabello negro con algunas mechas amarillas en la parte delantera y una leve cicatriz en la barbilla, resultado de un enfrentamiento anterior. A pesar de ser dos a?os mayor que Esteban, compart¨ªan la misma estatura. Vest¨ªa pantalones oscuros, zapatillas negras, una camisa blanca con el cuello desabrochado y un su¨¦ter azul oscuro con una banda en su brazo izquierdo que llevaba el emblema de un lobo negro con el rostro blanco mirando hacia adelante. Debajo de su cara ten¨ªa dos espadas envueltas en una planta espinosa. ¡ªEres m¨¢s imprudente de lo que pensaba. Yo pondr¨ªa mis manos en el fuego por ti todos los d¨ªas del a?o, y t¨² decides pelear en el parque, a pesar de que sabes que es una zona de no agresi¨®n. ¡ªNo eres quien para levantarme la voz. ¡ªSoy Maldonado Sebasti¨¢n, l¨ªder de los Borradores, placa 957-R. Usa un poco la cabeza. Hoy tuviste suerte porque no hab¨ªa testigos, pero la pr¨®xima vez que hagas una estupidez, tendr¨¦ que sancionarte. ¡ªMira, Maldonado, hoy no estoy de humor. No s¨¦ si te has dado cuenta, pero hoy ha muerto un amigo m¨ªo, as¨ª que por favor, ve a molestar a alguien m¨¢s. Maldonado suspir¨® y puso una mano en el hombro de Esteban. ¡ªEscucha, necesito hablar de algo importante ¡ªMaldonado mir¨® a su alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera observando y mostr¨® una carpeta azul¡ª. Tengo informaci¨®n relevante para la causa. Esteban alz¨® ambas cejas y pregunt¨®: ¡ªEntra, por favor. Esteban abri¨® la puerta, y ambos entraron en la casa, asegur¨¢ndose de que nadie los estuviera espiando. Cuando la puerta se cerr¨® tras ellos, Esteban pregunt¨®: ¡ª?Qu¨¦ contiene esa carpeta? ¡ªEs un informe que obtuve. Fue complicado distraer a Joaqu¨ªn para poder hacer varias copias. ¡ª?Joaqu¨ªn? ?Joaqu¨ªn Barreto? ?El presidente de los sem¨¢foros de Argentina? ¡ªExactamente. Tuve algunos problemas, pero finalmente pude obtenerlo. Esteban guard¨® sus comentarios y opt¨® por preguntar: ¡ª?Qu¨¦ informaci¨®n contiene? ¡ªSon detalles sobre varios agentes peligrosos, tanto para nosotros como para los gremios. Maldonado abri¨® la carpeta y en su interior encontraron escritos e im¨¢genes de personas desconocidas. ¡ª?Qui¨¦nes son? ¡ªpregunt¨® Esteban. ¡ªSon los miembros de los Testigos. Aparentemente son diez, adem¨¢s de su l¨ªder. ¡ª?Puedes decirme algo m¨¢s sobre ellos? ¡ªSolo ten¨ªa estos informes cuando los rob¨¦, pero despu¨¦s investigu¨¦ m¨¢s a fondo a estas personas, especialmente a estas tres que llevan m¨¢scaras. ¡ªEst¨¢ bien, ?y qui¨¦nes son? Maldonado comenz¨® a contar la historia de cada individuo al mostrar su foto. Primero eligi¨® la imagen de un ni?o bien vestido con un triple pa?uelo en el cuello, ojeras bajo sus ojos verdes y una expresi¨®n seria. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atr¨¢s, pero ten¨ªa un mech¨®n de pelo en forma de "C" en la frente. ¡ªSu nombre es J?rgen Czacki. Naci¨® en Buenos Aires, en un orfanato dirigido por monjas. Despu¨¦s de eso, su informaci¨®n es desconocida. Se le vio en Resistencia golpeando a gremialistas casi hasta la muerte. Nunca se ha enfrentado a Candado ni tiene antecedentes de asesinato. Sus habilidades est¨¢n relacionadas con la velocidad y el metal. ¡ªJ?rgen... ?D¨®nde he o¨ªdo ese nombre antes? ¡ªEsteban reflexion¨®. Maldonado ignor¨® la pregunta y continu¨® con otra foto. Esta mostraba a una ni?a de piel extra?a, de un color rojo inusual. Su cabello era blanco, al igual que sus ojos, lo que le daba un aspecto poco natural. Llevaba un vestido negro y una especie de corona. ¡ªEsa es una prueba de por qu¨¦ debes usar protector solar cuando vas a la playa. De lo contrario, podr¨ªas terminar as¨ª. ¡ªNo, Esteban. Su nombre es Andrea R?sse?s. El tono inusual de su piel ha generado varias teor¨ªas sobre su origen, pero la m¨¢s aceptada es que su piel es mucho m¨¢s resistente y gruesa que la de un humano com¨²n, por lo que su sangre ha reemplazado gran parte de su carne. No se sabe nada de su paradero ni de su origen, ni por qu¨¦ odia a ambos lados. Al igual que J?rgen, no tiene antecedentes de asesinato. Al parecer, sus poderes est¨¢n relacionados con la levitaci¨®n y la lava, seg¨²n el informe personal de alguien llamado... ¡ªMaldonado frunci¨® el ce?o y entrecerr¨® los ojos¡ª. Alguien llamado Will-sa-ru-ti... no, Will-sa... no, no, eh, Will... Esteban tom¨® el papel de las manos de Maldonado y lo ley¨®. ¡ªWilliam Sarcozitt. ?Tanto te costaba decir ese nombre, incluso despu¨¦s de decir dos trabalenguas hace un momento? ¡ªJe, perd¨®n, su letra es dif¨ªcil de entender. ¡ª?Est¨¢s seguro de que su piel llama m¨¢s la atenci¨®n que sus ojos? ¡ªAbsolutamente. Bueno, continuemos. Luego, Maldonado sac¨® tres fotos al mismo tiempo y las coloc¨® sobre la mesa. Maldonado abri¨® la carpeta y en su interior encontraron escritos e im¨¢genes de personas desconocidas. ¡ª?Qui¨¦nes son? ¡ªpregunt¨® Esteban. ¡ªSon los miembros de los Testigos. Aparentemente son diez, adem¨¢s de su l¨ªder. ¡ª?Puedes decirme algo m¨¢s sobre ellos? Maldonado comenz¨® a contar la historia de cada individuo al mostrar su foto. Primero eligi¨® la imagen de un ni?o bien vestido con un triple pa?uelo en el cuello, ojeras bajo sus ojos verdes y una expresi¨®n seria. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atr¨¢s, pero ten¨ªa un mech¨®n de pelo en forma de "C" en la frente. ¡ªSu nombre es J?rgen Czacki. Naci¨® en Buenos Aires, en un orfanato dirigido por monjas. Despu¨¦s de eso, su informaci¨®n es desconocida. Se le vio en Resistencia golpeando a gremialistas casi hasta la muerte. Nunca se ha enfrentado a Candado ni tiene antecedentes de asesinato. Sus habilidades est¨¢n relacionadas con la velocidad y el metal. ¡ªJ?rgen... ?D¨®nde he o¨ªdo ese nombre antes? ¡ªEsteban reflexion¨®. Maldonado ignor¨® la pregunta y continu¨® con otra foto. Esta mostraba a una ni?a de piel extra?a, de un color rojo inusual. Su cabello era blanco, al igual que sus ojos, lo que le daba un aspecto poco natural. Llevaba un vestido negro y una especie de corona. ¡ªNo, Esteban. Su nombre es Andrea R?sse?s. El tono inusual de su piel ha generado varias teor¨ªas sobre su origen, pero la m¨¢s aceptada es que su piel es mucho m¨¢s resistente y gruesa que la de un humano com¨²n, por lo que su sangre ha reemplazado gran parte de su carne. No se sabe nada de su paradero ni de su origen, ni por qu¨¦ odia a ambos lados. Al igual que J?rgen, no tiene antecedentes de asesinato. Al parecer, sus poderes est¨¢n relacionados con la levitaci¨®n y la lava, seg¨²n el informe personal de alguien llamado... ¡ªMaldonado frunci¨® el ce?o y entrecerr¨® los ojos¡ª. Alguien llamado William Sarcozitt. Esteban tom¨® el papel de las manos de Maldonado y lo ley¨®. ¡ªWilliam Sarcozitt. ?Tanto te costaba decir ese nombre, incluso despu¨¦s de decir dos trabalenguas hace un momento? ¡ªJe, perd¨®n, su letra es dif¨ªcil de entender. ¡ª?Est¨¢s seguro de que su piel llama m¨¢s la atenci¨®n que sus ojos? ¡ªAbsolutamente. Bueno, continuemos. Luego, Maldonado sac¨® tres fotos al mismo tiempo y las coloc¨® sobre la mesa. ¡ªEstos son los tres hermanos Wandering, en realidad su apellido es La Valle, pero seg¨²n este informe, se cambiaron el apellido. Se llaman Jane La Valle, Rose La Valle y Joel La Valle. Sus padres fueron asesinados por los gremios, pero no sabemos por qu¨¦. Eran una familia feliz. Se pens¨® que sus hijos hab¨ªan muerto, pero parece que se equivocaron. Los ¨²nicos que tienen poderes son Jane y Joel. Su hermana Rose no tiene poderes registrados, o al menos no hay informaci¨®n sobre ellos. Jane puede invocar hierro de las profundidades, como picos, cadenas, lanzas, y posee una fuerza sobrehumana. Por otro lado, Joel tiene una precisi¨®n extraordinaria debido a que su ojo es diez veces mejor que el de una persona normal. Puede controlar objetos inanimados con cables y agujas, aunque generalmente utiliza estas ¨²ltimas como armas. No hay registros de cr¨ªmenes cometidos por ellos. ¡ªSiento pena por ellos. Es triste perder a alguien. ¡ªBueno, vamos con la sexta foto. Maldonado sac¨® otra imagen, mostrando a un joven vestido con ropas del siglo XVII, llevando un mo?o rojo y una expresi¨®n seria. ¡ªSu nombre es Dockly Fernando. Naci¨® en San Juan, pero tiene descendencia directa de holandeses. Sus familiares a¨²n viven en esa provincia. Se sabe que vive con su t¨ªo, el hermano adoptivo de su padre. Se le ha visto interactuar con gremialistas, pero su odio hacia Candado lo llev¨® a querer eliminarlo. ?No te parece curioso? ?Te suena familiar? Esteban no dijo nada, pero movi¨® su mano derecha, instando a Maldonado a continuar con sus descubrimientos. Luego, Maldonado sac¨®, nuevamente, tres fotos, esta vez mostrando a los tres individuos con m¨¢scaras. ¡ªLamentablemente, solo se sabe sus nombres. No hay registros de qui¨¦nes son. Sus nombres son Guz y Amasai Chesulloth. Amasai llevaba una m¨¢scara roja con una sonrisa y parec¨ªa ser una mujer. El otro se llamaba Azricam Betah y llevaba una armadura de caballero blanco. ¡ª?De d¨®nde habr¨¢n sacado esos trajes? ¡ªse pregunt¨® Esteban. ¡ªNo tengo ni idea, pero ser¨ªa interesante capturar a uno de ellos, ?no crees? ¡ªrespondi¨® Maldonado. ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n, pero ?sabes qui¨¦n de estos individuos es el l¨ªder? ¡ªLamentablemente, no tengo informaci¨®n sobre qui¨¦n es su l¨ªder. En cuanto a los Testigos, lo que te he compartido es todo lo que he podido recopilar a partir de los fragmentos de informaci¨®n que ten¨ªa. No proporcionaban muchos detalles. Esteban tom¨® una de las fotos y la observ¨® detenidamente. ¡ª?D¨®nde habr¨¦ visto ese rostro antes? ?Joel? Deben de ser imaginaciones m¨ªas, pero por alguna raz¨®n siento que ya he visto ese rostro antes. ¡ª?Quieres que los Borradores se encarguen de ellos? ¡ªpregunt¨® Maldonado. ¡ªNo, no ser¨¢ necesario, pero me gustar¨ªa que los Borradores los vigilen de cerca. Tambi¨¦n quiero que descubran d¨®nde se ocultan. ¡ªLo entiendo. As¨ª podremos eliminarlos. ¡ªNo, yo quiero encargarme de eliminarlos personalmente. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Maldonado. ¡ªEs un asunto personal. Quiero destruirlos con mis propias manos. ¡ªEst¨¢ bien, si eso es lo que deseas. ¡ªPor cierto, ?sabes qui¨¦n es el l¨ªder de los Testigos? ¡ªHasta ahora, no hemos podido identificar al l¨ªder. Esa informaci¨®n sigue siendo un misterio. ¡ªComprendo. Hasta ahora, esto es todo lo que tenemos. Bueno, es mejor tener algo que nada. Me gustar¨ªa que los Borradores sigan a uno de ellos. ¡ªLo har¨¦ yo mismo ¡ªafirm¨® Maldonado. ¡ªEst¨¢ bien, pero ten cuidado. No quiero perder a otro camarada. ¡ªTe preocupas demasiado, jefe. Recuerda que poseo todas las artes marciales del mundo y soy incre¨ªblemente invencible. Soy mejor que Joaqu¨ªn. ¡ªTambi¨¦n eres incre¨ªblemente egoc¨¦ntrico. Aseg¨²rate de que no te maten. ¡ªEso nunca ocurrir¨¢. Maldonado corri¨® hacia la puerta y se fue saltando de tejado en tejado. Mientras tanto, Esteban examin¨® las fotos en sus manos, memorizando los nombres: J?rgen, Dockly, Jane, Rose, Joel, Andrea, Guz, Chesulloth y Azricam. ¡ªEspera, ?no dijo que eran diez? ¡ªse cuestion¨® Esteban. Agarr¨® la carpeta por el lomo y la levant¨®, haciendo que algo cayera sobre la mesa. Era una hoja suelta. Esteban la tom¨® y la volte¨®. Mostraba la foto de una ni?a con cabello oscuro y corto. ¡ªQu¨¦ extra?o, Maldonado no mencion¨® a esta chica ¡ªcoment¨® Esteban. Luego mir¨® la carpeta y la abri¨®¡ª. ?Qui¨¦n demonios ser¨¢? Debe estar en estos registros ¡ªa?adi¨® mientras hojeaba los papeles uno por uno hasta encontrar un nombre: "Isabel Castillo". A diferencia de los dem¨¢s, este ten¨ªa un informe bastante extenso. Informe de William Sarcozitt: Saludos, se?or Joaqu¨ªn. He obtenido informaci¨®n sobre la ni?a que me solicit¨®. Su nombre es Isabel Castillo, hija de Alfredo Castillo y Ada Castillo. Naci¨® en la ciudad de Chubut, aunque su localidad exacta es desconocida. S¨¦ que vivi¨® en Rio Senguer durante un tiempo. Proviene de una familia con un alto poder adquisitivo. Resulta curioso, ?no le parece? A pesar de tener muchas oportunidades para cambiar su situaci¨®n, siempre mantuvo una actitud amable y fr¨¢gil. Parad¨®jicamente, esto la convirti¨® en objeto de odio en su entorno escolar. Aparentemente, fue odiada porque obten¨ªa mejores calificaciones que una chica en particular. Esto es bastante extra?o, ?verdad? Gracias a algunos informantes locales, en su mayor¨ªa Circuistas, he averiguado que esta ni?a sol¨ªa ser golpeada, especialmente por una compa?era que sent¨ªa envidia de sus logros acad¨¦micos. La raz¨®n por la que Isabel nunca defendi¨® su situaci¨®n sigue siendo un misterio, pero algunos testigos afirman que esta chica, cuyo nombre desconozco ya que Isabel quer¨ªa protegerla, desat¨® un poder oculto en s¨ª misma. Este poder result¨® en la muerte de la ni?a en cuesti¨®n as¨ª como otros involucrados, seis victimas, presumiblemente a aquellos que no hicieron nada para ayudar a Isabel. Uno de los presentes en ese evento fue tu "amiga", quien result¨® herida bajo la piel de sus ojos. Me sorprende que usted me haya pedido investigar especialmente a esta persona, buscando entender qu¨¦ la llev¨® a atacar a "ella", ?verdad? Isabel huy¨® de la provincia en compa?¨ªa de un individuo, y su conexi¨®n con los Testigos sigue siendo un misterio para m¨ª. Sin embargo, tengo la intenci¨®n de continuar investigando este asunto para obtener m¨¢s informaci¨®n. Si tengo ¨¦xito, enviar¨¦ otro informe. Por otro lado, me han informado que la sanci¨®n de Candado ha sido levantada, y en ocho d¨ªas podr¨¢ regresar a la Organizaci¨®n Bernstein. Dado que actualmente me encuentro en Chubut, le agradecer¨ªa que le transmitiera personalmente esta buena noticia a Candado. Muchas gracias. [Fin del informe] ¡ªEsto es bastante extra?o, ?Qu¨¦ tiene que ver esto con Joaqu¨ªn y qu¨¦ ser¨¢ eso de sanci¨®n? Sea lo que sea, parece que la O.M.G.A.B. tiene tambi¨¦n sus secretos, Isabel, hija de una familia adinerada, pasando de ser maltratada a una asesina, los Testigos est¨¢n reuniendo personas bastante interesantes. CORAZóN SENSIBLE El 19 de marzo, despu¨¦s de cinco d¨ªas sin clases, la escuela abri¨® sus puertas una vez m¨¢s. Entre los alumnos que regresaban se encontraban Candado y sus amigos. Sin embargo, no fueron los ¨²nicos en iniciar el nuevo ciclo educativo. Martina y Kevin lograron ingresar a la escuela gracias a identidades falsas, un hogar ficticio y un tutor que solo exist¨ªa en el papel. Todo esto fue posible gracias a la generosidad financiera de Candado. Al principio, Kevin se mostraba renuente a la idea de asistir a la escuela, pero con algunas s¨²plicas de Martina y un peque?o soborno de dulces, finalmente cedi¨®. Sin embargo, su consentimiento ten¨ªa una condici¨®n: Martina deb¨ªa asistir a la escuela con ¨¦l. Candado, astuto como era, incluy¨® el nombre de Kevin en la n¨®mina escolar, a pesar de que, debido a su edad, deber¨ªa haber estado en la secundaria. Los profesores pasaron por alto esta discrepancia y aceptaron la presencia de Kevin. Inicialmente, Esteban no pod¨ªa creer la buena relaci¨®n que ten¨ªan los dos Bailak con Candado. Era una situaci¨®n inusual, especialmente en lo que respectaba a Addel, quien en el pasado hab¨ªa desconfiado de Kevin pero ahora lo consideraba un amigo. El d¨ªa en la escuela transcurri¨® de manera agradable. Las mellizas copiaban ejercicios de lengua, H¨¦ctor y Lucas se pasaban notas sobre ideas cient¨ªficas, German, Matlotsky, Anzor y Declan charlaban sobre diversos temas, desde f¨²tbol hasta cartas, chistes y planes para el futuro. Viki, Ana Mar¨ªa y Pio sosten¨ªan animadas conversaciones entre ellas, mientras que Hammya se esforzaba por ponerse al d¨ªa con la tarea acumulada. Clementina estaba atenta a todo lo que ocurr¨ªa, incluso observaba lo que hac¨ªa su joven patr¨®n, Candado, quien se limitaba a ocupar una silla y copiar los apuntes del programa docente en su cuaderno. De vez en cuando, Hammya lo instaba a ayudarla con ciertos temas, pero m¨¢s all¨¢ de eso, Candado no hac¨ªa mucho m¨¢s. Kevin, quien se hab¨ªa llevado bien con Candado en los d¨ªas previos, se dedicaba a copiar los deberes utilizando sus poderes. Hac¨ªa levitar su bol¨ªgrafo y este escrib¨ªa autom¨¢ticamente todo lo que necesitaba. Su ¨²nico trabajo era mover su dedo ¨ªndice para guiar el bol¨ªgrafo mientras este completaba las tareas. De vez en cuando, Kevin apartaba lo que estaba haciendo para observar a Martina. A pesar de que hab¨ªa sido idea de ella asistir a la escuela, Martina no se sent¨ªa del todo c¨®moda debido a la presencia de dos j¨®venes que no paraban de murmurar a sus espaldas. No hac¨ªa falta ser un genio como Einstein o un cient¨ªfico como Hawkins para adivinar de qu¨¦ hablaban; se burlaban de Martina por su estatura y por el curioso tatuaje que ten¨ªa en la frente. Esto irritaba profundamente a Kevin, as¨ª que ide¨® un plan para ense?arles una lecci¨®n a esos molestos individuos. Sac¨® cuatro l¨¢pices, los afil¨® meticulosamente con un sacapuntas y los coloc¨® ordenadamente en el suelo. Con una sonrisa, hizo que los l¨¢pices rodaran hasta los pies de los dos mocosos. Luego, pidi¨® prestado un espejo a su compa?era de banco, Tarah, y continu¨® con su tarea. Kevin posicion¨® el espejo cerca del final de su escritorio y lo orient¨® para que apuntara a los objetivos. Una vez que todo estuvo listo, movi¨® su dedo ¨ªndice y los l¨¢pices comenzaron a levitar en el aire. Se separaron y dos de ellos se dirigieron al banco de uno de los mocosos, mientras que los otros dos se dirigieron a la mesa del otro. Una vez en posici¨®n, Kevin movi¨® sus manos y los l¨¢pices comenzaron a pinchar a sus v¨ªctimas. Inicialmente, lo hizo lentamente para sembrar la intriga en los chicos, pero luego aument¨® la velocidad y la destreza de los l¨¢pices, evitando cuidadosamente ser detectado por sus objetivos. Los pinchazos eran precisos y se dirig¨ªan a lugares inc¨®modos: codos, brazos, piernas, manos, gl¨²teos y partes de la nuca. A medida que continuaba su acto, los dos chicos acosadores comenzaron a desesperarse y se mov¨ªan fren¨¦ticamente en busca de la fuente de su molestia. Sin embargo, esto solo empeoraba la situaci¨®n, ya que ofrec¨ªan nuevos blancos para los l¨¢pices de Kevin. Aunque le resultaba dif¨ªcil contener la risa al observar la situaci¨®n, Kevin se esforzaba por mantener el control sobre los l¨¢pices mientras sus v¨ªctimas ca¨ªan en su trampa. ¡ªImb¨¦ciles ¡ªdijo mientras trataba de no explotar de la risa. Entre forcejeo y forcejeo para saber qui¨¦n diablos los estaba pinchando, calcularon mal uno de sus movimientos y se llevaron la mesa con ellos al suelo. La profesora, quien estaba escribiendo en el pizarr¨®n, volte¨®, y al ver a estos dos tirados se dirigi¨® hasta ellos. Kevin aprovech¨® y trajo sus l¨¢pices de manera cautelosa y r¨¢pida. Puso su brazo izquierda atr¨¢s de su espalda, abri¨® su mano, y vinieron volando sus cuatro l¨¢pices, verde, rosado, rojo y naranja. En cuanto a los dos mocosos, fueron llevados a la direcci¨®n por la profesora a recibir unos cuantos sermones aburridos. Cuando todo finaliz¨®, Kevin empez¨® a re¨ªrse entre dientes por conseguir que su plan haya funcionado a la perfecci¨®n, pero ni bien se re¨ªa, sinti¨® un fuerte librazo en la cabeza. Kevin alz¨® la vista y vio a un Candado con una expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªEst¨¢ prohibido usar magia para lastimar o molestar a otros. ¡ªRel¨¢jate, estaban molestando a Martina y les di su merecido. ¡ªNo es raz¨®n suficiente, no lo hagas en clase y punto. ¡ªBien, no lo volver¨¦ a hacer, ?feliz? ¡ªNo ¡ªCandado golpe¨® a Kevin nuevamente en la cabeza con su libro y continu¨®¡ª. Ahora s¨ª, estoy mejor. Ni bien le hizo eso, Candado se dirigi¨® hasta su banco y Kevin sigui¨® escribiendo con su lapicera voladora, mientras estaba cruzado de brazos. Pero ni bien se sent¨®, Matlotsky y Lucia levantaron la mano y le hicieron una se?a a ¨¦l. ¡ªGenial, ?ahora qu¨¦? Candado dej¨® su libro en la mesa y se acerc¨® hasta donde estaban ellos, con las manos en los bolsillos. ¡ªHola Candado, hermoso d¨ªa ?no? ¡ªVe al grano Matlotsky, ?qu¨¦ necesitan? ¡ªQueremos que nos ayudes a estudiar la historia, ya sabes, el viernes tenemos un examen de historia, referido al 24 de marzo. ¡ªBien, me sorprende que ustedes me pidan ayuda a m¨ª ¡ªluego Candado alz¨® la vista como si estuviera buscando algo¡ª. ?D¨®nde est¨¢ tu hermana? ¡ªEst¨¢ en el ba?o, volver¨¢. ¡ªDale Candado, afloja y cu¨¦ntanos de una vez, ?s¨ª? Candado observ¨® a Matlotsky con una mirada penetrante. ¡ªPor favor, no hagas que te golpee. ¡ªBien, ?qu¨¦ quieren saber? ¡ªBueno, de acuerdo con este cuestionario, la pregunta ser¨¢ ?qu¨¦ se conmemora el 24 de marzo? ¡ªdijo Lucia. ¡ªEl golpe de Estado de Isabel Mart¨ªnez de Per¨®n y la asunci¨®n de los militares al poder. Matlotsky y Lucia comenzaron a anotar lo que dijo Candado. ¡ªAj¨¢, bien, ?qu¨¦ ocurri¨® en la dictadura? ¡ªpregunt¨® Matlotsky. ¡ªBien, el gobierno de facto de la junta militar se dedic¨® a secuestrar y asesinar a todos aquellos que estaban en contra o a los que pensaban distinto, provocando una matanza y desaparici¨®n de m¨¢s de treinta mil personas. El d¨²o anotaba mientras prestaban toda la atenci¨®n a lo que contaba Candado. ¡ªSiguiente pregunta, ?cu¨¢nto tiempo dur¨® y cu¨¢ntos presidentes estuvieron? ¡ªDur¨® siete a?os y fueron cuatro, Jorge Rafael Videla, Eduardo Viola, Leopoldo Galtieri y Reynaldo Bignone. ¡ªBien, bien ¡ªdec¨ªa el d¨²o mientras escrib¨ªa. ¡ªY la ¨²ltima, ?en qu¨¦ a?o volvi¨® la democracia y qui¨¦n fue el presidente? ¡ªpregunt¨® Lucia. ¡ªLa democracia volvi¨® en 1983 con el presidente Ra¨²l Alfons¨ªn, el padre de la democracia, por as¨ª decirlo. Cuando terminaron de anotar todo lo que hab¨ªa dicho ¨¦l, lo miraron y le dijeron. ¡ªMuchas gracias, Candado, por los datos. ¡ªCuando hacen eso es escalofriante, dejen la sincronizaci¨®n, por favor. ¡ªBueno ¡ªdijeron ambos sincronizadamente. Candado no dijo nada, solo hizo un gesto con su boina y se fue hasta su asiento. ¨¦l sab¨ªa que decir otra cosa significar¨ªa volver a que lo tomen del pelo. Camin¨® tranquilamente hasta su silla; todos los dem¨¢s estaban ocupados haciendo sus cosas, ya que la maestra no hab¨ªa vuelto de la direcci¨®n, a¨²n estaba d¨¢ndole un discurso a los ni?os. As¨ª que mientras ella no est¨¢, los dem¨¢s hacen todo tipo de cosas menos la tarea, sin embargo, tienen una cierta libertad, ya que hay una ley no escrita de obedecer a Candado. No pueden molestar y no pueden usar sus poderes para da?ar a otros en la escuela. El ¨²ltimo que lo desafi¨® termin¨® en el hospital, seg¨²n dicen. Este chico trat¨® de usar sus poderes para molestar a los alumnos y profesores, y Candado, el gremialista que no tolera el desorden y los caprichosos, le dijo que ya no hiciera m¨¢s eso; no ten¨ªa ning¨²n derecho a molestar a otros. Este chico, tratando de ser el centro de atracci¨®n de todos, intent¨® atacar a Candado y ser popular, pero le sali¨® mal; Candado lo noque¨® con solo tres golpes, que no fueron severos, pero est¨¢ claro que no pudo soportar la humillaci¨®n y decidi¨® mudarse del pueblo. Desde entonces, muchos chicos y algunos maestros est¨¢n agradecidos de tener a un ni?o que impone miedo indirectamente. Muchos en el colegio lo llaman "V¨ªbora Cascabel". Advierte a sus enemigos para que no se le acerquen, solo que ¨¦l los advierte con discursos de cinco minutos y no con un cascabel. Tambi¨¦n que, si no tienes cuidado, esperar¨¢s una mortal mordida o un pu?etazo. Mientras Candado segu¨ªa con su lectura, Hammya, quien estaba atareada con todos los temas que se hab¨ªan dado, code¨® a Candado. ¡ªNo es que sea susceptible, pero parece que hoy todos se han puesto en mi contra, no puedo leer tranquilo ¡ªdijo Candado mientras manten¨ªa su vista en su libro, luego volte¨® y mir¨® a Hammya¡ª. ?Qu¨¦ necesitas? ¡ªMe gustar¨ªa que me dijeras el significado de la palabra "recept¨¢culo", no entiendo lo que significa. ¡ªCavidad en la que puede contenerse cualquier sustancia, ?feliz? ¡ªS¨ª, pero¡­ ¡ªMe alegro ¡ªCandado gir¨® su cabeza y mir¨® su libro¡ª. Ahora d¨¦jame en paz. Hammya no dijo nada y solo se dedic¨® a escribir lo que le hab¨ªa contado Candado en su carpeta. ¡ªGenial, he terminado ¡ªluego coloc¨® su lapicera en la cartuchera y se recost¨® en la mesa con una sonrisa de satisfacci¨®n. ¡ªCandado. ¡ª¡­ ¡ªCandado. ¡ª¡­ ¡ªCandado. ¡ª¡­ ¡ªCandado. ¡ª?¡­! ¡ªCandado. ¡ª??QU¨¦ QUIERES?! ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s leyendo? ¡ªpregunt¨® Hammya con una sonrisa, como si ya se hubiera acostumbrado a la actitud de Candado. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªCandado inhal¨® y continu¨®¡ª. Estoy leyendo "Tentativa del hombre infinito" de Pablo Neruda. ¡ª?De d¨®nde sacas todos esos libros? ¡ªDe mi casa, ?de d¨®nde va a ser? ¡ªVeo que te gustan mucho esos escritores, me sorprende que alguien como t¨², te importe los temas de un adulto. ¡ªPrimero y principal, ?qu¨¦ diablos te importa? Y segundo, lo que yo leo es asunto m¨ªo y de nadie m¨¢s, ?est¨¢ claro? As¨ª como a vos te gusta ese cabello verde, a m¨ª me gusta leer. ¡ªBueno, hace unos d¨ªas me dijiste que ser¨ªas m¨¢s gentil, ahora parece que no est¨¢s cumpliendo con tu palabra. Candado hizo una mueca y movi¨® sus ojos a 180 grados. ¡ªY dale con eso, s¨ª, lo he dicho, pero hasta ahora no me has dado motivo para que yo cumpla con mi palabra. Hammya bostez¨® y dijo. ¡ªPor favor, es muy temprano, no te pongas as¨ª hoy. Candado apret¨® con fuerza sus manos y arrug¨® una p¨¢gina de su libro, mostr¨® sus dientes unidos, los de arriba con los de abajo, y gir¨® su cabeza para ver a Hammya, su rostro tenebroso con una ira descomunal, cosa que no vio Hammya que estaba totalmente y absolutamente dormida en su pupitre. Levant¨® su brazo con su libro en la mano, y cuando estaba por dar el golpe, la puerta se abri¨® y entraron la profesora y los dos mocosos. En ese segundo, Candado se calm¨® y actu¨® como si nada hubiera pasado. En cambio, ni bien la profesora vio a Hammya durmiendo, se acerc¨® y le pregunt¨® si estaba bien, a lo que ella respondi¨®. ¡ªEstoy bien, solo tengo sue?o. ¡ªVe al ba?o y l¨¢vate la cara. ¡ªY de paso dime qu¨¦ tan profunda es la trinchera de Kermadec ¡ªsusurr¨® Candado. ¡ª?Dijiste algo? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNada, no dije nada. Hammya se puso de pie y se fue del sal¨®n; la profesora ni siquiera se dign¨® a ver a Candado, as¨ª que ¨¦l solo se sent¨® en su escritorio y sigui¨® con su trabajo. Candado, por otro lado, cerr¨® su libro y mir¨® su reloj. ¡ªHoy es el d¨ªa ¡ªCandado suspir¨® y continu¨®¡ª. Espero que no ocurra nada malo en la inspecci¨®n. La vida sigue, ?eh? Es como si Guillermo estuviera vivo. Bueno, creo que es mejor recordarlo con sonrisas que con l¨¢grimas. Justo en ese instante, alguien llam¨® a la puerta. La profesora dijo que pasara, y el director entr¨®, luego fij¨® sus ojos en Candado. ¡ªRecoge todas tus cosas, te buscan. Candado guard¨® su carpeta y cartuchera, tom¨® su mochila y se despidi¨® de sus compa?eros y amigos. Despu¨¦s, guiado por ¨¦l, sali¨® del sal¨®n y camin¨® junto al director hasta la salida de la escuela. ¡ªEsto queda entre t¨² y yo, ?s¨ª? ¡ªS¨ª, seguro. El director palme¨® a Candado en el hombro, luego se dio vuelta y entr¨® a la escuela, cerrando la puerta detr¨¢s de ¨¦l. Candado no mir¨® en ning¨²n momento hacia atr¨¢s, solo sigui¨® hasta poder ver el port¨®n enrejado de la escuela, donde hab¨ªa tres figuras: dos varones y una mujer. Uno estaba de frente, con cabello negro y ojos oscuros, vest¨ªa pantalones oscuros, zapatos negros, una camisa blanca y una corbata azul. El segundo ten¨ªa el cabello oscuro y una moneda de 1$ incrustada en su ojo derecho, vest¨ªa una camisa negra con un chaleco de gala blanco y una corbata blanca, pantalones negros y zapatos marrones oscuros. El tercero era una mujer, no muy alta, llegaba hasta el hombro de Candado, con cabello rojo y ojos que hac¨ªan juego con su cabello. Vest¨ªa una polera blanca con un pul¨®ver celeste que ten¨ªa dos rayas horizontales en el pecho de color amarillo. A simple vista, parec¨ªan unos matones, especialmente el chico con la moneda en lugar de un ojo. Candado no le dio importancia y se acerc¨® a ellos. A medida que se acercaba, pudo distinguir a uno de ellos, ya que el ni?o de la camisa y la corbata azul era su amigo. ¡ªNunca pens¨¦ que el presidente de los Sem¨¢foros de la Argentina vendr¨ªa a verme en persona, Joaqu¨ªn. ¡ªY yo nunca pens¨¦ que tendr¨ªa que inspeccionar a un amigo. ¡ªNo mientas ¡ªdijo ¨¦l sonriendo. Candado y Joaqu¨ªn se dieron un apret¨®n de manos. ¡ª?Sabes? Hoy ten¨ªa clases, me gustar¨ªa saber por qu¨¦ no pod¨ªas citarme otro d¨ªa. ¡ªCandado, s¨¦ la situaci¨®n, s¨¦ que atacaron la escuela y que estuviste sin clases un tiempo, pero lamentablemente tu situaci¨®n en la O.M.G.A.B. ha cambiado. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªEl candado (cargo de los l¨ªderes del estado de los gremios, ser¨ªa como el presidente de un pa¨ªs) de la Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein, Yuuta Aikawa, firm¨® tu exoneraci¨®n y que dentro de seis d¨ªas podr¨¢s volver, eso s¨ª pasas la inspecci¨®n. ¡ªEso ya lo sab¨ªa, Yuuta me envi¨® una carta, y mira que es un hijo de mil¡­ puta, ya que me lo escribi¨® en japon¨¦s para burlarse de m¨ª, hay que ser un perro de mala muerte para hacerme eso. ¡ªVaya, menos mal que no est¨¢ aqu¨ª. ¡ªS¨ª, menos mal ¡ªCandado observ¨® a las personas que estaban acompa?adas por su amigo y continu¨®¡ª. A prop¨®sito, ?qui¨¦nes son ellos? ¡ªCierto ¡ªJoaqu¨ªn se hizo a un lado y se?al¨® a su amigo¡ª. Candado, ¨¦l es Mark Aurelio, pero su apodo es Moneda. ¡ªEncantado, me alegra conocer al ni?o m¨¢s buscado del mundo ¡ªsalud¨® Moneda con una voz rasposa y tenebrosa. ¡ªJe, encantado. ¡ªY ella es Ruth Van Grace. Candado se acerc¨® para darle un apret¨®n de manos, pero ella no ten¨ªa la intenci¨®n de hacerlo, as¨ª que Joaqu¨ªn tom¨® su mu?eca y la gui¨® hasta la mano de Candado. ¡ªNo pasa nada, solo es un amigo. Ruth acept¨® y le dio un apret¨®n, pero no dijo ni una sola palabra. ¡ªEs extra?a. Joaqu¨ªn desoy¨® lo que hab¨ªa dicho Candado y dijo. ¡ªBien, ?te apetece caminar con nosotros un rato? ¡ªS¨ª, por algo estoy con ustedes. Candado camin¨® junto a sus "inspectores", al parecer ellos ten¨ªan el poder de decir si ¨¦l estaba listo o no. En el trayecto, Candado comenz¨® a preocuparse por el asunto, as¨ª que decidi¨® romper el silencio hablando sobre cosas poco comunes para ¨¦l. ¡ªDime, ?d¨®nde est¨¢n Krauser y Glinka? Joaqu¨ªn se ri¨® de la pregunta y dijo. ¡ªYa sabes, Krauser va de aqu¨ª y all¨¢, b¨¢sicamente le gusta hacer el bien y esparcirlo por todo el pa¨ªs. Glinka sigue siendo ella misma, no quiso seguirme hoy porque ten¨ªa que ir a la escuela, as¨ª que opt¨¦ por traer a ellos dos para que te conocieran. ¡ªVaya, qu¨¦ considerado de tu parte. ¡ªNo ha sido nada. Pero, ?lo sabes, verdad? ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªSobre lo que ha hecho el Circuito ¨²ltimamente a nuestros camaradas. ¡ªAqu¨ª entre nosotros, eso parece una incitaci¨®n de alguien para que comience una guerra. ¡ªYo tambi¨¦n pens¨¦ lo mismo, pero dentro de la agencia hay rumores de que va a comenzar una guerra en cualquier momento. No s¨¦ cu¨¢ndo, pero si las cosas siguen este rumbo, se derramar¨¢ sangre. Candado mir¨® el piso con preocupaci¨®n y dijo. ¡ªTienes raz¨®n. ¡ªBueno, no te saqu¨¦ de la escuela para hablar de eso. Habr¨¢ un momento y un lugar para hablar, as¨ª que no te preocupes. ¡ªGenial. ¡ªNo necesito recordarte c¨®mo funcionan las cosas, ?verdad? Si desapruebas la inspecci¨®n, tendr¨¢s que entregar tu insignia, estandarte y bandera. La O.M.G.A.B. no tiene poder sobre las decisiones que tome el inspector, ya que somos un ¨®rgano independiente de la organizaci¨®n. Si crees que la decisi¨®n es imprudente o injusta, tendr¨¢s que reclamar al presidente supremo de los Sem¨¢foros, que es Julekha Chandra. ¡ªEso ya lo s¨¦, no s¨¦ por qu¨¦ me est¨¢s explicando. Las leyes las hice yo. ¡ªLo hice para que no te olvides. Candado mir¨® hacia arriba mientras hac¨ªa una mueca. ¡ªBien, ?qu¨¦ objeto tiene esta caminata? ¡ªNinguna en especial, solo quer¨ªa hablar contigo. ¡ª?En serio? No te creo. ¡ªEn parte s¨ª y en parte no. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªVer¨¢s, cuando tu nombre lleg¨® al departamento, nadie, absolutamente nadie quer¨ªa tomar tu caso para la inspecci¨®n. Pens¨¦ que ser¨ªa una buena idea tomar tus registros para poder encontrarme contigo. ¡ª?Doy tanto miedo? ¡ªEh, s¨ª, al menos a los dem¨¢s porque yo, ni mi grupo te teme, solo te guardamos respeto, sin mencionar que nos conocemos hace tiempo. ¡ªBueno, creo que deber¨ªa agradecerte entonces. ¡ªNo hay de qu¨¦, despu¨¦s de todo, ten¨ªa ganas de charlar con mi amigo ¡ªdijo Joaqu¨ªn mientras pon¨ªa su mano sobre la cabeza de Candado. ¡ªNi que fuera tu perro. ¡ªDisc¨²lpame. ¡ªDime, ?conoces a un tal Addel Schr?dinger? ¡ªS¨ª, lo conozco, es el n¨¦mesis de Krauser. No es com¨²n verlos pelear. ¡ªAparte de todo eso, ?llegaste a pelear contra ¨¦l? ¡ªNo, nunca me di esos gustos. Ya sabes, yo solo me dedico a que la ley se cumpla, nada m¨¢s. ¡ªJoaqu¨ªn es muy pac¨ªfico sobre estos asuntos. Por lo general, Ruth y yo lo defendemos cuando la situaci¨®n se le sale de las manos. ¡ªEs verdad, Moneda es as¨ª con todos los que son algo poderosos para m¨ª. ¡ªSi no fuera por nosotros, Joaqu¨ªn jam¨¢s hubiese llegado tan lejos. ¡ªNo seas egoc¨¦ntrico, porque yo podr¨ªa acabar contigo con los ojos cerrados. ¡ªAh, cuidado, Joaqu¨ªn me va a matar con un bol¨ªgrafo. ¡ªRuth, por favor. En ese instante, ella inclin¨® la cabeza afirmando la orden y le dio un pu?etazo en la mejilla. ¡ªMuchas gracias. Candado sonri¨® y mir¨® al cielo. ¡ªEsto me trae tantos recuerdos con mi equipo. ¡ªCandado, creo que es la primera vez en tanto tiempo que te veo sonre¨ªr. ¡ªY esa determinaci¨®n me hace acordar a mi nueva compa?era. ¡ª?Nueva compa?era? ?Acaso tienes un nuevo integrante? ¡ªS¨ª, se llama Hammya Saillim y es hija de un viejo amigo de mi padre. ¡ªVaya, un amigo de tu viejo. En ese momento, los ojos de Candado brillaron, mir¨® su mano izquierda y luego la espalda de su amigo. ¡ªJoaqu¨ªn, ?me puedes hacer un peque?o favor? ¡ªS¨ª, ?de qu¨¦ se trata? ¡ªQuiero que vayas a Entre R¨ªos y me traigas informaci¨®n de un amigo, se llama Ricardo Miranda, apodado el Rueda. Joaqu¨ªn anot¨® el nombre de la provincia y el nombre del sujeto. ¡ªLo tengo. Una vez que lo tenga, te enviar¨¦ una carta con toda la informaci¨®n que haya recopilado. ¡ªBien, estar¨ªa bueno tener algo de informaci¨®n de vez en cuando. He tenido tantas dudas que estar¨ªa bueno saber algo, ?no? ¡ª?De qu¨¦ hablas? ¡ªDe nada, solo estaba hablando para m¨ª. ¡ªA prop¨®sito ?Viste a Ruccim¨¦nkagri? Dicen que pas¨® por esta ¨¢rea hace ya unos a?os. ¡ªNo, no la he visto, ?por? ¡ªYuuta ha estado como loco busc¨¢ndola, tanto que ha puesto una recompensa de tres mil monedas de oro, todav¨ªa hay ciertas cosas que ella debe responder. ¡ªMaldici¨®n, ?tan peligrosa es? ¡ªEs del Circuito Candado, de por s¨ª son peligrosos, ha traicionado a sus antiguos compa?eros, es una criminal que est¨¢ siendo buscada por todos lados, sea lo que sea, la informaci¨®n que ella tiene es muy importante para ambos grupos. ¡ªBueno, espero que tengas suerte. ¡ªGracias, es muy agotador pasar la informaci¨®n de su b¨²squeda. ¡ªAh, qu¨¦ situaci¨®n. Joaqu¨ªn sac¨® una agenda de su bolsillo del pantal¨®n y hoje¨® algunas cuantas p¨¢ginas.Support the author by searching for the original publication of this novel. ¡ªDime ?Qui¨¦n es el viejo con el que te has reunido ¨²ltimamente? Candado se detuvo, provocando que Joaqu¨ªn se adelantara, levant¨® su cabeza y mir¨® la espalda de su compa?ero, pero esta vez, su mirada era de sospecha. ¡ª?C¨®mo obtuviste esa informaci¨®n? ¡ªTal vez no lo sepas, Candado, pero eres un miembro importante de la O.M.G.A.B. No podemos darnos el lujo de dejarte sin vigilancia. Cuando fuiste detenido y sancionado, Yuuta me llam¨® por tel¨¦fono y me dijo que no te quitara ni un ojo de encima. Llam¨¦ a cuatro personas para que se turnaran durante tu vigilancia, la primera era Arce Catherine Lourdes, Reinhold Krauser, Xundaringel ¨¢ngela. ¡ªSon tres ?qui¨¦n es el cuarto? ¡ªJe, y yo. Debo decir que cuando fuiste al parque esa tarde, te ve¨ªas muy p¨¢lido, como si te hubieras peleado con alguien. ¡ªNo me gusta que me sigan y mucho menos que me esp¨ªen. ¡ªNo estaba espi¨¢ndote, solo estaba vigil¨¢ndote por si acaso. ¡ª?Por si acaso qu¨¦? ¡ªPor si algo te pasara, recuerda que tu vida es crucial para nosotros los Sem¨¢foros. ¡ª?Entonces? La sensaci¨®n que tuve ese d¨ªa, de que alguien me segu¨ªa, ?eras t¨²? ¡ªNo, esa era otra persona, no me acuerdo su nombre en este momento, pero la llamo la preceptora, una persona capaz de hacer las cosas m¨¢s dif¨ªciles de la agencia. ¡ª?Es tu profesora, verdad? ¡ªDigamos que s¨ª, pero eso no quita el hecho de que no sea mala en el trabajo. ¡ªPara ser sincero, ?qu¨¦ hiciste para convencer a tu preceptora Mariela, para que me siguiese? ¡ª(Es incre¨ªble que ¨¦l sepa su nombre) La verdad, ella siempre busca evitar que sus peque?ines se descarr¨ªen en la vida. ¡ªLe mentiste. ¡ªUn poquito, solo le dije que estabas muy deprimido y que de seguro har¨ªas algo est¨²pido. ¡ªNo puedo creerlo, entonces, ?es buena? ¡ªClaro que es buena. ¡ªComo preceptora, no como esp¨ªa. ¡ªSi no lo fuese, le hubiese dado igual si le contaba tu situaci¨®n, pero como ver¨¢s, te ha seguido, as¨ª que piensa tu respuesta. ¡ªYa veo, eres muy h¨¢bil en esto. ¡ªS¨ª, por supuesto. Ahora dime, ?qui¨¦n es? Candado cerr¨® los ojos por un rato y luego los abri¨®. ¡ªSe llama Nelson Torres, era amigo de mi abuelo, eso es todo. ¡ªYa veo, parece que mis sospechas estaban erradas. ¡ª?Sospechas? ¡ªOh, nada, solo es un tema m¨ªo. Para cuando la conversaci¨®n hab¨ªa terminado, el grupo estaba parado frente al gremio. ¡ªNo ha cambiado en nada, aunque la ¨²ltima vez que estuve aqu¨ª la pintura estaba carcomida por la humedad, ahora veo que est¨¢ de nuevo reluciente. ¡ªPio y Matlotsky siempre fueron unos capos en la pintura. ¡ªBien, podr¨ªa sumar puntos por ver que cuidas la higiene de tu grupo ¡ªdec¨ªa Joaqu¨ªn mientras anotaba en la agenda. ¡ªGenial. ¡ªBien, ?nos invitas a pasar? ¡ªOh, por supuesto. Candado camin¨®, solo, hasta la puerta. La abri¨® e hizo una se?a con su mano para que entren. El grupo entr¨® y vio a su alrededor, todo estaba limpio y ordenado, cada estante y cada librero estaba reluciente. ¡ªParece como si supieras que nosotros vendr¨ªamos ¡ªdijo Moneda. ¡ªPara nada, el lugar siempre es as¨ª, yo siempre me encargo de que mi grupo lo mantenga as¨ª, es por eso que siempre est¨¢ reluciente. ¡ªGenial, parece que todo est¨¢ en orden. Ahora quiero que me muestres los documentos del gremio, por favor. ¡ª?Para qu¨¦? ¡ªNormas de la organizaci¨®n, es para saber si no has estado haciendo fraude a los escritos de las misiones que haces d¨ªa a d¨ªa o por lo menos si has acatado a toda norma que te haya solicitado la O.M.G.A.B. ¡ª?Me crees que ser¨ªa capaz de semejante cosa? ¡ªNo es por desconfianza, pero como cargo de inspector es necesario rellenar tu formulario para demostrar que siempre fuiste fiel a la organizaci¨®n y a Harambee, sin mencionar que los que te odian necesitan pruebas por escrito. ¡ªCreo que es lo justo, s¨ªgueme por favor. Candado camin¨® hasta una puerta de color amarillo, puso una llave en ella y la abri¨®. ¡ªEste es el cuarto donde guardamos los documentos ¡ªdijo Candado mientras prend¨ªa la luz. El cuarto era una locura, hab¨ªa toneladas de documentos de lo que hab¨ªa hecho el gremio por aproximadamente cien a?os, pilas y pilas de papeles. ¡ª?Es una locura! ¡ªgrit¨® sorprendido Moneda. ¡ªTardaremos mil a?os para leer todos esos apuntes. ¡ªAh, esos no, ya que todos esos son de mi bisabuelo, abuelo y madre. Los que ustedes van a inspeccionar son aquellos ¡ªdijo Candado mientras se?alaba una pila de papeles m¨¢s peque?a. ¡ªNunca m¨¢s hagas esas bromas ¡ªdijo Moneda con la mano en el pecho y respirando aliviado. ¡ªBien, Ruth, Candado y Moneda, ay¨²denme a llevar estos documentos, por favor. Los tres aceptaron, y cada uno tom¨® unas carpetas m¨¢s o menos considerables, mientras que Joaqu¨ªn llevaba una pila enorme. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªAyud¨¢ndolos, despu¨¦s de todo son papeles, no pesan nada ¡ªdijo mientras dejaba la pila de documentos en un escritorio. Cuando Joaqu¨ªn pos¨® los apuntes en la mesa, Candado y los dem¨¢s colocaron los papeles al lado de la pila de Joaqu¨ªn, mientras que Candado se limpiaba el polvillo de los papeles de su ropa, escuch¨® un ruido de limpieza con sonidos extra?os detr¨¢s de ¨¦l. Candado volte¨® y vio a Ruth con un cepillo siendo sostenido por su cabello, limpiando uno por uno los documentos que estaban en la mesa, mientras ten¨ªa sus manos en los bolsillos. ¡ªVaya, nunca pens¨¦ que vos tuvieras esa clase de poder. Ruth mir¨® a Candado y le levant¨® el pulgar, pero con una actitud fr¨ªa. ¡ªEres extra?a. ¡ªAs¨ª es ella, si te ha levantado el pulgar, significa que le simpatizas. ¡ªEso sigue dando miedo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªNi que fuera una persona que olvida expresarse. ¡ªNo me digas que le tienes miedo a las personas que no tienen emociones. ¡ªS¨ª, ?Alg¨²n problema? ¡ªNo, para nada ¡ªluego mir¨® a Ruth y continu¨®¡ª. Hey, gracias, pero es suficiente, ahora hazme el favor de descansar y vigilar afuera, por favor. Ruth inclin¨® la cabeza y se fue de la casa mientras guardaba su cepillo en su bolsillo. Y una vez que se fue, Joaqu¨ªn se acerc¨® a Candado y puso su mano en el hombro de ¨¦l. ¡ªTengo que confesarte algo, cierra la puerta por favor. Candado camin¨® hasta la puerta e hizo una se?a a Moneda para que saliera de la sala, y una vez que se fue, Candado cerr¨® la puerta. ¡ªBien, ?qu¨¦ quieres contarme? ¡ªEs sobre Ruth, como somos amigos, creo que debo cont¨¢rtelo. ¡ªBien, ?qu¨¦ es? ¡ªElla sufre de un trastorno. Hace cinco meses atr¨¢s, Ruth era maltratada por su familia, sus padres no eran los mejores que digamos, y como consecuencia de ello ella sufri¨® mucho en ese ambiente, me gustar¨ªa que t¨² tambi¨¦n la ayudes un poco, por favor. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® con ellos? ¡ªUna ma?ana sus padres la golpearon hasta tal punto que estaban a punto de matarla, ella se defendi¨® y us¨® sus poderes para liquidarlos. Desde ese d¨ªa, ella perdi¨® la voz al ver a sus padres descuartizados frente a sus ojos. Cuando la polic¨ªa la encontr¨®, se la llevaron a un orfanato, donde vivi¨® durante dos semanas, hasta que una t¨ªa suya la adopt¨®, pero su estad¨ªa no mejoraba. As¨ª que ella decidi¨® meter a su sobrina en la agencia de los Sem¨¢foros antes de enviarla a la escuela, y como sabes, los Sem¨¢foros no solo son una agencia, sino tambi¨¦n una escuela. ¡ª?Y c¨®mo termin¨® bajo tu cuidado? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªDigamos que sus papeles llegaron a mis manos, Chaco es una provincia chica, las noticias van y vienen. ¡ªGuau, huele a mafia. ¡ªNo es nada ilegal. ¡ªBarreto, eres una persona horrible que lleva esa sonrisa de disfraz. ¡ªNo saques conclusiones, en fin, me gustar¨ªa que esto quede entre nosotros, sin mencionar que necesitar¨¦ tu ayuda en este asunto. ¡ªBien, acepto. ¡ªMuchas gracias. Ahora, sin m¨¢s pre¨¢mbulo, empezar¨¦ a anotar todo lo que hiciste en los ¨²ltimos a?os. ¡ª?Quieres que haga algo? ¡ªNo, no necesito nada. Puedes ir a pasear por ah¨ª, pero no muy lejos, ya que todav¨ªa te estoy supervisando. Candado sali¨® de la habitaci¨®n y vio a Moneda charlando con Ruth afuera, mientras ella lo escuchaba atentamente. Candado hizo una mueca en un tono burl¨®n y se dirigi¨® hasta su oficina. Cuando la abri¨®, vio a Clementina tumbada en su escritorio durmiendo con un libro en su cara. ¡ª??QU¨¦?! ¡ªBaj¨® la voz r¨¢pidamente, luego mir¨® a sus espaldas para ver si alguien lo hab¨ªa escuchado¡ª. ?Diablos haces aqu¨ª? Clementina gir¨® su cabeza y mir¨® a Candado. ¡ª?Usted qui¨¦n es? ¡ªNo te hagas la loca y dime qu¨¦ diablos haces aqu¨ª. ¡ªMe dijeron que unas personas lo llevaron de la escuela, para ser m¨¢s precisa, los Sem¨¢foros. Me di cuenta de que ser¨ªa su inspecci¨®n, as¨ª que sal¨ª de la escuela y tom¨¦ el sendero corto para llegar aqu¨ª y limpiar el desastre que hab¨ªa hecho Matlotsky, y despu¨¦s de terminar de limpiar me qued¨¦ dormida. ¡ªAs¨ª que fuiste vos, ya me parec¨ªa raro que la sala oliera a una fragancia de fresa. ¡ªUs¨¦ un poco, s¨ª. ¡ªBueno, gracias por la ayuda, aunque no sab¨ªa que este lugar era un basurero. ¡ªCr¨¦eme, lo era, parece que Matlotsky amaneci¨® aqu¨ª adentro. ¡ªCuando acaben mis vacaciones ir¨¦ a por ¨¦l. Candado sac¨® de su bolsillo un caramelo de naranja y se lo tir¨® en las manos. ¡ª?Y esto? ¡ªTe lo ganaste, es una muestra de mi agradecimiento. ¡ªBien, gracias. ¡ªDe nada. Candado sali¨® de su oficina y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l, pero no se hab¨ªa dado cuenta de que Clementina estaba al lado de ¨¦l. ¡ªOye, ?en qu¨¦ momento? ¡ªSoy veloz. En ese momento, sali¨® Joaqu¨ªn de la sala. ¡ªOh, Clementina, hace mucho que no te veo. ¡ªLo mismo digo. ¡ªBien, he revisado todos los documentos, ahora dime. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªDesde que llegu¨¦, ese librero ha estado d¨¢ndome curiosidad. ¡ª?Curiosidad? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªExacto, nunca me atrev¨ª a preguntar, pero ahora s¨ª, ?qu¨¦ hay detr¨¢s del librero? ¡ªNada, solo una pared. ¡ª?Solo una pared? Si eso es cierto, ?por qu¨¦ demonios el piso est¨¢ tan desgastado en ese lado? No creo que alguien como ustedes moviera el librero innumerables veces solo para ver una pared. ¡ªEso no... ¡ªEsc¨²chame, he ido a cada gremio de este pa¨ªs, he visto muchos pasajes secretos. ¡ªS¨®lo es una pared com¨²n. Joaqu¨ªn toc¨® el librero con su dedo ¨ªndice. ¡ªParece que lo has estado moviendo mucho, ?eh? Lo suficiente como para desgastar el piso. Candado mantuvo su mirada en Joaqu¨ªn. ¡ª?Es algo ilegal? ¡ªNo. ¡ª?Te importar¨ªa si lo "muevo"? ¡ªMe temo que no, no me agradar¨ªa que movieras el librero, me gusta donde est¨¢. Joaqu¨ªn se alej¨® de ¨¦l, pero no se rindi¨® con el tema. ¡ªCandado, no sirve de nada que me mientas y m¨¢s si est¨¢s en esta posici¨®n, tienes un escrito de pu?o y letras por los Candados de la O.M.G.A.B. Si quieres liberarte de esta mancha, tienes que hablar, y con hablar me refiero a la verdad. ¡ªT¨² ganas, es una habitaci¨®n secreta y qu¨¦. ¡ªBien, ?me dejar¨ªas pasar? ¡ªNo, no lo har¨¦. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªVos mismo lo dijiste, es secreta. ¡ªEs cierto, pero quiero entrar. ¡ª?Qu¨¦ tal si me reh¨²so? ¡ªLo califico como desacato, te expulso y la allano igual, ?qu¨¦ te parece? ¡ªPodr¨ªa demandarte por eso. ¡ªTal vez, pero en tu condici¨®n de haber sido castigado por la O.M.G.A.B. y con el solo hecho de saber que tus enemigos que tienes dentro de la organizaci¨®n, nadie te har¨¢ caso igual. ¡ªTengo derechos, me crean o no, no pueden negarse a mi solicitud de ayuda. ¡ªEso es cierto, pero cuando el informe llegue ante Chandra o la O.M.G.A.B., te preguntar¨¢n sobre el pasaje secreto, allanar¨¢n los documentos, los leer¨¢n uno por uno, si no son da?inos, me sancionar¨¢n por un a?o o m¨¢s dependiendo del delito, pero los documentos ya no ser¨¢n secretos. ¡ª?Qu¨¦ tal si te silenciamos? ¡ªpregunt¨® Clementina mientras apuntaba con su brazo en forma de ametralladora. ¡ªAlto, no quiero que hagas eso, nos conocemos de hace tiempo, Clem, no seas mala. Justo en ese instante, aparecieron Ruth y Moneda detr¨¢s de Clementina con la intenci¨®n de atacarla. ¡ªNo opongas resistencia, robot, porque si ¨¦l sale herido, me encargar¨¦ de destruirte. ¡ªMoneda, es suficiente, te proh¨ªbo moverte, lo mismo va para vos, Ruth. ¡ªClementina, baja el arma. ¡ªS¨ª lo hago. Se revelar¨¢ todo nuestro trabajo, usted mismo lo dijo, hay que proteger los escritos con nuestra vida. Joaqu¨ªn mir¨® a Candado a los ojos y dijo. eo que es demasiado serio, Candado, ?me das tu palabra de que detr¨¢s de ese librero no hay material il¨ªcito o escritos fraudulentos? ¡ªLo juro, no hay nada detr¨¢s de ese muro que pueda ser corrupto para mis compa?eros y para m¨ª. ¡ªBien, te creo ¡ªluego arranc¨® una hoja en blanco de su cuaderno y se la dio a Candado, luego mir¨® a sus compa?eros¡ª. Ruth, Moneda, descansen. ¡ªPero¡­ ¡ªDescansen, no se va a hablar de este tema. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªpregunt¨® Candado con la hoja de papel en la mano. ¡ªEs un certificado fantasma con mi firma, si alguien adem¨¢s de m¨ª viene y quiere entrar por la fuerza, le mostrar¨¢s ese papel. ¡ªNo entiendo. ¡ªF¨¢cil, los certificados fantasmas sirven para proteger tus bienes, as¨ª que ac¨¦ptalo. ¡ªMoneda, Ruth, nos vamos, ya hemos terminado aqu¨ª. Joaqu¨ªn se dirigi¨® hasta la puerta siendo acompa?ado por sus compa?eros, pero cuando estaba por irse, Candado lo detuvo. ¡ªEspera, ?por qu¨¦ te vas tan f¨¢cilmente? ¡ªYa sabes, t¨² me dijiste que era personal, ?no? Entonces no tengo que meterme, sin mencionar que me dijiste que detr¨¢s de ese muro no hay nada il¨ªcito, as¨ª que, como amigo tuyo, voy a creer en tu palabra. ¡ªBarreto, eres muy negligente. ¡ªTal vez, pero no hace nada hac¨¦rtelo a vos. Joaqu¨ªn mostr¨® una sonrisa y se fue de la casa con sus compa?eros detr¨¢s de ¨¦l. Era una situaci¨®n total y absolutamente extra?a, Candado pens¨® que no podr¨ªa ver un ma?ana si se revelaba lo que hab¨ªa dentro, pero nunca pens¨® que Joaqu¨ªn hiciera la vista gorda y se largara as¨ª nom¨¢s. Pero ni bien la figura de Joaqu¨ªn y de sus amigos se perdi¨® de vista, Candado sac¨® uno de los libros del estante y le dio un golpe bien fuerte en la cabeza a Clementina. ¡ªNunca m¨¢s vuelvas a hacer eso. ¡ªS¨ª¡­ se?or. Luego puso el libro devuelta en su lugar. ¡ªNo puedo creerlo, conociendo a Joaqu¨ªn, estaba casi seguro de que pelear¨ªa conmigo para sacarme la informaci¨®n necesaria, pero parece que me equivoqu¨¦, un poco m¨¢s y se hubiese desatado una calamidad. ¡ªMenos mal que no pas¨® nada. ¡ª?Entonces por qu¨¦ no confiesas a tus amigos de tu situaci¨®n? ¡ªNo quiero, si estar una semana en reposo significa no decirles nada, entonces lo soporto y punto. ¡ªEres demasiado terco. ¡ªY t¨² una insolente, as¨ª que estamos a mano. ¡ªOh, vamos, sabes que es muy dif¨ªcil ocultar un secreto a H¨¦ctor, sobre todo si es muy peligroso. ¡ªLo he hecho bien estos cinco meses, podr¨¦ llevarlo a delante. ¡ªCandado, no tienes mucho tiempo, por lo que me dijo Hammya, esa enfermedad avanzar¨¢ y te terminar¨¢ eliminando. ¡ªVoy a cortarle la lengua a esa chiquilla. ¡ªNo arremetas contra ella, yo le ped¨ª que me contara hasta el ¨²ltimo detalle. Candado cubri¨® sus ojos con su boina y dijo. ¡ªEsa ni?a¡­ ¡ª?Te recuerda a ti? Candado se qued¨® en silencio un rato, reflexionando lo que hab¨ªa dicho Clementina. ¡ªDe hecho, s¨ª, me recuerda a m¨ª, pero es demasiado ilusa, demasiado amable, de alg¨²n modo siento¡­ envidia, perdi¨® a su padre y sin embargo respondi¨® a la vida con una sonrisa ¡ªCandado exhal¨® y sigui¨®¡ª. Esa ni?a debe ser fuerte, porque no toda la vida va a encontrar bondad en las cosas o en las personas. ¡ªPor eso eres as¨ª con ella. ¡ªEn parte s¨ª y en parte no, su situaci¨®n es demasiado fr¨¢gil, a pesar de que intento hacer todo lo posible para que se aleje de m¨ª, sigue siempre habl¨¢ndome y eso me enferma. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque es la ¨²nica que quiere saber m¨¢s de m¨ª, sin mencionar que ha dado demasiado coraje a los dem¨¢s para descifrarme, odio eso, odio que traten de acercarse a m¨ª. ¡ªSe?or¡­ ¡ª?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦ ella quiere acercarse a m¨ª, por qu¨¦ quiso saber sobre mi situaci¨®n? Me frustra tremendamente no tener una respuesta certera. Clementina camin¨® hasta el sill¨®n del frente de Candado y se sent¨® en ¨¦l. ¡ªEl entendimiento humano siempre fue un misterio para m¨ª, aunque con el pasar del tiempo pude entenderlo, porque usted y Gabriela me lo dieron todo, me dieron una familia, me dieron una educaci¨®n, me dieron momentos felices y momentos tristes, los aprecio con todo mi coraz¨®n. Yo creo que, si vos le abriste las puertas a ella, entonces seguramente quiere compensarte por todo lo que le has dado. ¡ª?Qu¨¦ pruebas tienes de ese argumento bastante blando y sentimental? ¡ªBien, ?te acuerdas ese d¨ªa en el que nosotros volv¨ªamos de la casa de H¨¦ctor? ¡ªS¨ª, me acuerdo. ¡ªBien, ese d¨ªa, Hammya, la gran se?ora Barret y yo, pedimos que nos ayudase en preparar la comida, ella acept¨®, pero la gran se?ora Barret, dijo que ella la llamara abuela, ella respondi¨® con l¨¢grimas y alegr¨ªa, fue en ese momento en el que me di cuenta de que ella hab¨ªa recuperado lo que alguna vez hab¨ªa perdido, todo eso fue gracias a usted. ¡ªMe alegra saber que por lo menos es feliz en su nuevo ambiente. ¡ª?Estabas preocupado? ¡ªAlgo, pero sigo pensando que es una carga. ¡ªY vuelves a hacer el mismo de siempre. ¡ªC¨¢llate. Clementina sonri¨®, fue en ese momento que ella hab¨ªa notado un ligero cambio en su actitud, sab¨ªa que el Candado sensible, alegre y juguet¨®n que hab¨ªa muerto hace dos a?os, estaba volviendo con aquella ni?a, el solo saber que ¨¦l estaba regresando le llenaba de una gran felicidad en su coraz¨®n. Despu¨¦s de unos relajantes treinta minutos sin la presencia de Candado, los profesores pod¨ªan tomar la tiza y mandar un comunicado a los chicos de abonar treinta pesos para la reparaci¨®n de un aire acondicionado, y con ese detalle de mafioso legal dieron por finalizadas las clases cinco minutos antes. Todos los chicos abandonaban la escuela amasadamente, y en ese tumulto de gente, Hammya sal¨ªa ¨²ltima de la escuela con una felicidad de llegar a casa y tomar la siesta, pero antes ten¨ªa que pasar por un lugar. Sus amigos se despidieron de ella y se fueron, incluso Declan se despidi¨® de ella, porque a pesar de su desconfianza segu¨ªa siendo un caballero. Hammya, como no guardaba rencor alguno en su interior, le devolvi¨® el saludo. Como ese d¨ªa H¨¦ctor no dijo nada, todos se dirigieron a sus casas, pero Hammya quer¨ªa pasar por el gremio antes de ir a casa, ya que Viki le hab¨ªa dado una llave de repuesto, b¨¢sicamente hab¨ªa bolsilleado a Candado sin que este se diera cuenta, con ella pod¨ªa entrar y salir las veces que quisiera del gremio. Mientras caminaba, iba recordando aquella vez que hab¨ªa llegado al pueblo. A pesar de que hab¨ªa pasado casi una semana, para ella, fue como si pasaran a?os o siglos. Aunque tambi¨¦n recordaba a su padre, aquel se?or que la hab¨ªa criado por doce a?os. Nunca pens¨® que tendr¨ªa que ir de un lugar a otro para vivir. Despu¨¦s de casi un mes caminando desde Entre R¨ªos hasta Chaco, pudo descansar en la casa de los Barret. Tampoco hab¨ªa pasado por su mente que Candado la hubiese aceptado as¨ª sin m¨¢s, seg¨²n palabras de Clementina, Candado ten¨ªa una lengua de serpiente, as¨ª como un pensamiento radical sobre los desconocidos. Pero qui¨¦n se preocupa de eso, ya ten¨ªa un techo sobre su cabeza, ten¨ªa comida caliente, un ba?o y un lugar donde dormir. Lo que hab¨ªa que hacer era mantener su estad¨ªa. Mientras Hammya reflexionaba sobre todo esto, no hab¨ªa tenido conciencia del tiempo ni de su ubicaci¨®n. Cuando finalmente se percat¨®, se encontraba adentr¨¢ndose en el monte, pero afortunadamente, divis¨® el gremio en el horizonte. Repiti¨® el mismo proceso que la vez anterior: lleg¨® por la parte trasera y rode¨® la casa desde all¨ª. Subi¨® las escaleras, insert¨® la llave en la cerradura y la gir¨® hacia la izquierda, abriendo la puerta. Al entrar, not¨® que la casa parec¨ªa estar vac¨ªa. No se o¨ªa ning¨²n ruido. Hammya decidi¨® explorar cada pasillo y habitaci¨®n del lugar hasta llegar a la sala de descanso. Para su sorpresa, encontr¨® a Candado durmiendo en el sill¨®n mientras Clementina le¨ªa el diario. ¡ªHola ¡ªsusurr¨® Hammya al entrar. ¡ªShhhh ¡ªrespondi¨® Clementina con un gesto silencioso. Hammya pidi¨® disculpas en voz baja y deposit¨® su mochila en una mesa cercana. Luego, se acerc¨® a Clementina. ¡ª?Qu¨¦ ha pasado? ¡ªpregunt¨®, preocupada. ¡ªNada, simplemente se qued¨® dormido. Anoche tuvo una noche muy larga. ¡ª?No durmi¨®? ¡ªExacto. Anoche estuvo despierto tomando notas de ciertos apuntes de la O.M.G.A.B. y realizando investigaciones. ¡ªEso es exigente. ¡ªJe, eso no es nada. Una vez Candado estuvo despierto durante toda una semana. Al d¨ªa siguiente, le propin¨¦ una peque?a descarga el¨¦ctrica para que se durmiera y pas¨® todo el d¨ªa durmiendo hasta la ma?ana siguiente. ¡ª?Podr¨ªan por favor hacer menos ruido? ¡ªorden¨® Candado mientras se revolv¨ªa en el sill¨®n. ¡ªLo siento ¡ªmurmur¨® Hammya, y luego mir¨® a Clementina¡ª. Venga, ser¨¢ mejor hablar en otro lugar. Clementina enroll¨® el diario y tom¨® la mano de Hammya. Juntas salieron de la sala y se dirigieron a una habitaci¨®n contigua. Una vez all¨ª, Clementina se sent¨® en una silla de madera y retom¨® la lectura del diario, mientras Hammya se sentaba frente a ella en una silla id¨¦ntica. ¡ªAqu¨ª no nos escuchar¨¢ ¡ªasegur¨® Clementina. ¡ª?Est¨¢s segura? ¡ªdud¨® Hammya. ¡ªBueno, no estoy completamente segura, pero al menos podr¨¢ dormir tranquilo. ¡ª?C¨®mo es eso posible? ¡ªMientras duerma, no hay problema. ¡ªSigo sin entender. ¡ªYo tampoco lo entiendo del todo. ¡ª?A qu¨¦ viene todo esto? ¡ªNada en particular. Solo quer¨ªa hablar contigo, no sab¨ªa qu¨¦ m¨¢s hacer ya que Candado estaba durmiendo. ¡ªDe acuerdo, me parece bien. Pero quisiera hacerte algunas preguntas. ¡ªClaro, adelante. ¡ªBien, ?alguna vez Candado ha matado a alguien? ¡ªNo, nunca lo ha hecho. ¡ªMenos mal. Pens¨¦ que lo hab¨ªa hecho. ¡ªVamos, ?por qu¨¦ pensar¨ªas eso? ?Qu¨¦ te llev¨® a pensar que Candado ser¨ªa capaz de algo as¨ª? ¡ªHabla como si careciera de sensibilidad, por eso quer¨ªa saber. ¡ªLa verdad es que eso no tiene nada que ver con la actitud de Candado. ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n. Fui tonta por pensar eso. Olvida lo que dije. ¡ªDe acuerdo. ?Tienes alguna otra pregunta? ¡ªS¨ª, ?Candado trata a m¨¢s personas como si fueran sus hijos? ¡ªEn realidad, la mayor¨ªa de las personas que est¨¢n aqu¨ª son tratadas como si fueran sus hijos. ¡ª?Por ejemplo? ¡ªBueno, personas como Yara, Erika, Lucia, Adri¨¢n... ?Qui¨¦n m¨¢s? Ah, s¨ª, Amadeo. ¡ª?Y por qu¨¦? ?Por qu¨¦ los considera as¨ª? ¡ªCandado, a pesar de ser duro, malhumorado y, en muchos casos, un cascarrabias, no es una mala persona. Es alguien herido por la vida, y la sociedad no hizo nada por ¨¦l ni por su familia. Los m¨¦dicos no hicieron lo suficiente para ayudar a Gabriela; para ellos, solo era un paciente m¨¢s, y su vida no les importaba. Luego est¨¢ la polic¨ªa, que hasta el d¨ªa de hoy no ha logrado atrapar a las personas que asesinaron a su abuelo. Sin embargo, ¨¦l se siente m¨¢s culpable. ¨¦l hab¨ªa prometido protegerla y cuidarla, pero el d¨ªa menos pensado ella abandon¨® este mundo. Su coraz¨®n se llen¨® de culpa y odio hacia s¨ª mismo. ¡ªEs una l¨¢stima pensar as¨ª ¡ªsuspir¨® Clementina. ¡ªPero a pesar de todo, Candado siempre termina ayudando a alguien m¨¢s. Entre las personas que mencion¨¦, la mayor¨ªa son menores de edad, a excepci¨®n de Erika y Lucia. Gracias a ¨¦l, ellas dejaron de sufrir misoginia. Es incre¨ªble c¨®mo Candado cuida de ellas como si fueran su familia. Los seres humanos son criaturas realmente complejas, y a menudo incluso yo me sorprendo. ¡ªTodos nosotros, de hecho, buscamos lo mejor para ¨¦l. Hacemos todo lo posible para verlo feliz y complacido. ¡ª?Qu¨¦ tal si les echo una mano tambi¨¦n? ¡ªpropuso Hammya. ¡ªToda ayuda es bienvenida. De esa manera, Candado nunca estar¨¢ solo. Estaremos siempre a su lado y jam¨¢s lo traicionaremos, as¨ª que s¨ª, puedes ayudarnos. ¡ªGenial. ?Qui¨¦nes m¨¢s est¨¢n adentro? ¡ªBueno, dentro del gremio tenemos a H¨¦ctor, Lucas, Mauricio, Diana, Logan, Erika, Lucia, Anzor, Viki, Pio, Declan, ¨ªcaro, German, Matlotsky, Ana Mar¨ªa, Antonela, Frederick, Joaqu¨ªn, T¨ªnbari, yo, y ahora t¨². ¡ªVaya, son muchos. Pero ?qui¨¦n es Antonela? ¡ªAntonela es una amiga nuestra. Aunque no forma parte de nuestro gremio, Candado le hizo un trato especial y le dio acceso. Ella viene de vez en cuando y es amiga de todos nosotros. Te encantar¨¢ conocerla cuando venga. ¡ªEntiendo. ?Y Logan? ¡ªLogan es el hermano de Mauricio, el chico con el que estuvo jugando. Es una persona muy seria, nunca se r¨ªe ni hace chistes. En realidad, puede dar un poco de miedo, pero es buena persona. ¡ªOtro Candado, parece que hay otro igual a ¨¦l. ?Y Diana? ¡ªDiana es la chica que nos ayud¨® el otro d¨ªa contra esa chica psic¨®tica con la espada. ¡ªAh, recuerdo eso. La chica de la guada?a. ¡ªExacto. ?Y ahora, qui¨¦n es ¨ªcaro? ¡ª¨ªcaro es el primo de Candado. Siendo sincera, es un rompehuevos serial, pero en el fondo tiene un buen coraz¨®n ¡ªcontinu¨® Clementina¡ª. Luego est¨¢ Joaqu¨ªn, el presidente regional de los sem¨¢foros. Es bastante rudo, para ser honesta, no me cae bien, pero Candado conf¨ªa en ¨¦l, as¨ª que est¨¢ bien. ¡ªVaya, y Frederick, ?qui¨¦n es ¨¦l? ¡ªFrederick Fliipoff, aunque todos le hablan con respeto y solo lo llaman Frederick. Es un amante del f¨²tbol y, personalmente, es el mejor amigo de Matlotsky. ¡ªQu¨¦ bien. Es impresionante ver c¨®mo todos ustedes ayudan a Candado a seguir adelante. En ese momento, Hammya se dio cuenta de que Candado hab¨ªa sido herido por las circunstancias de la vida, pero a pesar de su dolor, nunca estuvo solo. Siempre hubo alguien dispuesto a ayudarlo, y la evidencia estaba en que sus amigos hab¨ªan hecho m¨¢s por ¨¦l que su propia familia, especialmente despu¨¦s de la muerte de su hija. No era una persona mala, solo estaba herido y sufr¨ªa. Todo eso lo hab¨ªa convertido en alguien duro y fr¨ªo como una forma de protegerse psicol¨®gicamente. En lo m¨¢s profundo de su coraz¨®n, Hammya sent¨ªa envidia de que Candado tuviera amigos tan leales y comprometidos, amigos que nunca lo abandonar¨ªan. Hammya hab¨ªa pasado muy poco tiempo en la escuela, y cuando finalmente tuvo la oportunidad de hacer amigos o al menos conocidos, su vida dio un giro inesperado debido a la enfermedad de su padre, lo que la llev¨® a pasar mucho tiempo en casa, estudiando con un profesor particular y perdiendo la oportunidad de socializar. ¡ªSabes, siento un poco de envidia. ¡ªconfes¨® Hammya. Clementina, que estaba leyendo el diario despu¨¦s de haber terminado la conversaci¨®n, alz¨® la mirada y observ¨® a Hammya con curiosidad. ¡ª?Qu¨¦? ?Envidia? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªS¨ª, Candado tiene suerte de tenerlos a ustedes. Yo, en cambio, no tengo nada. Mi padre muri¨®, nunca conoc¨ª a mi mam¨¢ y nunca tuve amigos. Cuando ¨¦l muri¨®, me qued¨¦ sin nada. Luego me di cuenta de que hab¨ªa recuperado lo que hab¨ªa perdido y lo que nunca tuve: una familia. Clementina esboz¨® una ligera sonrisa. ¡ªDeja vu, supongo. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªNada, solo estaba hablando para m¨ª misma. En ese momento, Candado entr¨® en la habitaci¨®n, sin su boina y con problemas para mantenerse en pie, tambale¨¢ndose cada vez que daba o intentaba dar un paso. ¡ª?Le sucede algo, se?or? ¡ªpregunt¨® Hammya preocupada. ¡ªCreo que me relaj¨¦ demasiado y no puedo ponerme de pie correctamente ¡ªrespondi¨® Candado con una leve risa. ¡ª?Necesitas algo? ¡ªinquiri¨® Hammya. ¡ªS¨ª, un caf¨¦ para despertarme. Clementina dobl¨® el diario, lo coloc¨® en la mesa y se levant¨®. ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªA traerle un caf¨¦ ¡ªrespondi¨® Clementina mientras sal¨ªa de la sala. Mientras tanto, Candado logr¨® sentarse en la mesa. ¡ªVaya, parece que est¨¢s algo molido ¡ªcoment¨® Hammya. ¡ªNo me hagas re¨ªr, ni?a. Solo estoy un poco cansado. ¡ªEntonces, ?por qu¨¦ no sigues durmiendo? ¡ªPorque no lo tolero. No soporto quedarme sin hacer nada. Luego, Candado se derrumb¨® literalmente sobre la mesa. ¡ªAh, estoy cansado. Necesito az¨²car o cafe¨ªna para reactivar mi cerebro. Pero apenas termin¨® de hablar, Candado se qued¨® dormido al minuto siguiente. Parec¨ªa estar realmente agotado. Hammya observ¨® a Candado, y desde esa perspectiva, parec¨ªa una persona inofensiva y relajada, como un beb¨¦. La forma en que dorm¨ªa era tierna, y posiblemente fuera la primera vez que Hammya lo ve¨ªa de esa manera. Sinti¨® una extra?a sensaci¨®n de ternura que llenaba su coraz¨®n lentamente. Sin embargo, despu¨¦s de unos segundos, Hammya coloc¨® su mano en la cabeza de Candado y comenz¨® a acariciarlo, como si fuera su madre acariciando a su hijo. Pero de repente, algo extra?o comenz¨® a suceder. Hammya se sinti¨® rara, y cuando detuvo la caricia, sus ojos brillaron nuevamente de un color verde claro, y pudo ver fragmentos de los recuerdos de Candado, como si fuera un espectro. Vio un campo lleno de flores y a los padres de Candado. Observ¨® un recuerdo de Candado llorando porque se hab¨ªa lastimado la rodilla y su madre lo curaba. Vio a Candado jugando con su hermana, siendo alzado en el aire, de manera similar a como Candado hizo con Yara. En su mente, Clementina ten¨ªa una piel inhumanamente p¨¢lida y carec¨ªa de emociones, simplemente imitaba la expresi¨®n facial de Candado. Luego, vio a un Candado abrazando a sus padres y su hermana. Cada imagen provocaba una sonrisa en el rostro de Hammya. Sin embargo, estos recuerdos felices comenzaron a cambiar gradualmente, y Hammya comenz¨® a ver fragmentos de conversaciones de esos recuerdos. ¡ªFeliz cumplea?os n¨²mero nueve, Candado. Ya est¨¢s en camino de convertirte en un hombre¡ªdijo Gabriela mientras aplaud¨ªa. ¡ªNo creo que sea para tanto ¡ªcoment¨® T¨ªnbari. ¡ªC¨¢llate y no molestes a mi hermano. Luego, Clementina apareci¨® con piel y emociones, sosteniendo una botella de gaseosa. ¡ªUn brindis para el se?orito Candado Barret en su cumplea?os n¨²mero nueve¡ªdeclar¨® mientras serv¨ªa gaseosa para todos. Todos se pusieron de pie y alzaron sus vasos. Despu¨¦s, Gabriela abraz¨® a Candado y le acarici¨® la cabeza mientras lo ten¨ªa en su regazo. Hammya sonri¨® al ver esta tierna escena. Sin embargo, su sonrisa se desvaneci¨® cuando vio el siguiente recuerdo. Era una noche lluviosa, Candado estaba empapado, sus amigos vest¨ªan de negro y lo miraban con preocupaci¨®n. ¨¦l estaba apoyado en un muro, y el lugar era el gremio. Candado se arrodill¨® y en sus ojos se reflejaban l¨¢grimas y una expresi¨®n de profundo dolor en su rostro. ¡ªCandado, ?necesitas algo? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªLargo. ¡ªrespondi¨® Candado con firmeza. ¡ª?Perd¨®n? ¡ª?LARGO! ?V¨¢YANSE! Candado se arrodill¨® y comenz¨® a llorar, pero su ira era a¨²n m¨¢s grande que el dolor que estaba sintiendo. Sus ojos se tornaron violeta, pero no eran llameantes como sol¨ªan ser, sino de un violeta puro. En su rostro comenz¨® a aparecer el caracter¨ªstico tatuaje del mismo color, y sus manos se envolvieron en llamas. ¡ª?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦ te la llevaste? ?Por qu¨¦ le arrebataste la vida? Sus amigos no dec¨ªan nada; solo observaban c¨®mo ¨¦l comenzaba a liberar todo su dolor con las palabras. L¨¢grimas se acumulaban en sus ojos por el sufrimiento de su amigo, y una sensaci¨®n de impotencia los abrumaba al no poder hacer nada para aliviar su dolor. ¡ªElla... Ella cumpl¨ªa con todo, todo lo que un ser humano debe tener. Entonces, dime, ?por qu¨¦ mierda te la has llevado? Ella cre¨ªa en ti, yo cre¨ªa en ti, y siempre cumpl¨ªamos nuestra palabra. No asesinamos, no matamos, ni siquiera juramos lealtad a otros dioses. Candado luchaba por encontrar las palabras adecuadas mientras las l¨¢grimas le imped¨ªan hablar con fluidez. ¡ªYo... yo ten¨ªa que haber ido en su lugar, ella... No ¡ªCandado frunci¨® el ce?o y mir¨® al techo con ira¡ª. T¨² no ten¨ªas derecho alguno de reclamar su vida, no ten¨ªas ning¨²n derecho. ?Qui¨¦n te has cre¨ªdo para llevarte a mi hermana? Bastardo, malnacido, hijo de mil putas ¡ªexclam¨® mientras se pon¨ªa de pie y apretaba los pu?os¡ª. ?Por qu¨¦ te limitas a llevar a las personas de buen coraz¨®n y nos dejas a los malnacidos? No, t¨² no eres justo, niego tu existencia. Eres un asesino. Candado, abrumado por el dolor y la ira, comenz¨® a desahogarse f¨ªsicamente, golpeando las paredes con los pu?os, destruyendo mesas y sillas, volcando libreros y libros, y liberando su poder en forma de llamas. Todo esto mientras lloraba y gritaba de dolor, expresando su pena por la p¨¦rdida de su hermana. Sus amigos observaban impotentes el sufrimiento de su amigo. ¡ªTe odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, ?TE ODIO! ?TE ODIO! ?ASESINO! ??POR QU¨¦ NO MUERES VOS!? Candado destrozaba todo lo que estaba a su alcance, su ira hacia Dios era abrumadora, y deseaba vengarse de alguna manera en el reino del para¨ªso. Mientras tanto, Hammya observaba la escena con asombro, sintiendo el dolor de Candado en su propio pecho mientras ¨¦l continuaba su destrucci¨®n. ¡ª?TR¨¢ELA DE VUELTA! ?ELLA SIEMPRE CONFI¨® EN VOS, ERES UN ASESINO! Finalmente, Candado se agot¨® y se arrodill¨® en medio del caos que hab¨ªa creado. Toda la ira hab¨ªa abandonado su cuerpo, dejando atr¨¢s un coraz¨®n destrozado y lleno de dolor. ¡ªTe promet¨ª que siempre te cuidar¨ªa, que te proteger¨ªa. ?Por qu¨¦ no est¨¢s aqu¨ª? Me dijiste que te casar¨ªas con el chico que te gustaba y tendr¨ªas hijos. Por favor, vuelve y cumple tus sue?os ¡ªsuplic¨® Candado antes de desmoronarse en el suelo¡ª. Lo siento, no deb¨ª enojarme as¨ª. No quiero hacerte sentir mal. Por favor, vuelve a casa con pap¨¢ y mam¨¢, con la abuela y el abuelo, con Clementina, mis amigos y conmigo. Regresa a casa, no me dejes. Quiero volver a ver esa sonrisa tuya, quiero que volvamos a jugar, quiero ver ese truco de magia con la moneda que me hac¨ªas cuando estaba triste. Quiero que vuelvas, quiero que me abraces cuando estoy triste. Te necesito. Candado cerr¨® los ojos y las l¨¢grimas brotaron de sus ojos, empapando el suelo a su alrededor. Sus amigos corrieron hacia ¨¦l y lo abrazaron, tratando de consolarlo mientras ¨¦l lloraba. Hammya, por su parte, tambi¨¦n derram¨® algunas l¨¢grimas mientras observaba esta emotiva escena. Luego, el escenario desapareci¨® en un abrir y cerrar de ojos, y Hammya volvi¨® a la habitaci¨®n. Se encontraba rodeada por un silencio abrumador. Candado levant¨® la cabeza y la mir¨® a los ojos. ¡ª?Por qu¨¦ tu mano estaba en mi cabeza? ¡ªpregunt¨® Candado con curiosidad, rompiendo el silencio que se hab¨ªa instalado en la habitaci¨®n. Hammya, a¨²n confundida por la experiencia que hab¨ªa tenido al ver los recuerdos de Candado, tartamude¨® al responder: ¡ªYo, eh... Candado not¨® que Hammya tambi¨¦n estaba llorando y pregunt¨® con preocupaci¨®n: ¡ª?Y por qu¨¦ est¨¢s llorando? Hammya, al tocar sus mejillas y sentir la humedad de las l¨¢grimas, trat¨® de enjugarlas con las mangas de su su¨¦ter. Luego, sinti¨® que alguien le agarraba la mu?eca. Baj¨® la mirada y vio que Candado la hab¨ªa detenido con su mano izquierda mientras le ofrec¨ªa un pa?uelo blanco con la derecha. ¡ªEs para que no se te irriten los ojos ¡ªexplic¨® Candado con compasi¨®n. Hammya tom¨® el pa?uelo y luego alz¨® la vista para mirar a Candado, notando que tambi¨¦n estaba llorando, aunque intentaba ocultarlo. ¡ªGracias ¡ªrespondi¨® Hammya sinceramente. Sin embargo, Candado, tratando de negar sus l¨¢grimas, se puso de pie y se dio la vuelta r¨¢pidamente, ocultando su rostro de Hammya. ¡ªNo, no es cierto ¡ªdijo con voz entrecortada mientras trataba de limpiarse las l¨¢grimas con su guante blanco. Hammya not¨® la angustia en Candado y trat¨® de comprender lo que hab¨ªa sucedido. Candado se excus¨® r¨¢pidamente: ¡ªYo... eh, ir¨¦ a ver por qu¨¦ tarda tanto Clementina. Dio la espalda y se alej¨® por un pasillo, desapareciendo de la vista de Hammya. Ella se qued¨® sola y se pregunt¨® qu¨¦ hab¨ªa visto en los recuerdos de Candado y c¨®mo hab¨ªa logrado verlo. Parec¨ªa que hab¨ªa visto momentos felices y tristes de su vida, pero lo que m¨¢s le hab¨ªa afectado era la muerte de su hermana, Gabriela. Hammya baj¨® la vista y suspir¨® preocupada, pregunt¨¢ndose si eso hab¨ªa sido la raz¨®n por la que Candado no hab¨ªa dormido la noche anterior. Mientras Hammya reflexionaba sobre lo sucedido, Candado sali¨® de la sala apresuradamente, seguido de cerca por Clementina. ¡ªEspera, Candado, hablemos de esto ¡ªinst¨® Clementina. ¡ªNo hay nada de qu¨¦ hablar ¡ªrespondi¨® Candado mientras tomaba su boina y su mochila. Clementina intent¨® detenerlo, pero Candado cerr¨® la puerta de golpe detr¨¢s de ¨¦l. Luego, Clementina se volvi¨® hacia Hammya con una expresi¨®n de preocupaci¨®n en el rostro. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªpregunt¨® Clementina, buscando respuestas en el rostro de Hammya. Hammya sostuvo el pa?uelo en sus manos y respondi¨® a Clementina con sinceridad: ¡ªCreo que vi sus recuerdos. Clementina mostr¨® sorpresa y curiosidad en su rostro. ¡ªOh, parece que el mover ra¨ªces moment¨¢neamente no era solo tu poder. ¡ª?T¨² crees? ¡ªS¨ª, lo creer¨ªa. Pero dime, ?qu¨¦ viste? ¡ªVi algunas cosas, como su cumplea?os y el d¨ªa en el que muri¨® su hermana. La expresi¨®n de Clementina se volvi¨® a¨²n m¨¢s asombrada. ¡ªYa veo, ?entonces viste c¨®mo lo tom¨®? ¡ªS¨ª, vi c¨®mo sufri¨® la p¨¦rdida de su hermana. Tambi¨¦n vi c¨®mo estaba destrozado emocionalmente, vi la furia y la rabia que sent¨ªa hacia Dios y hacia s¨ª mismo. Clementina se sent¨® en la silla donde Candado hab¨ªa estado antes y mir¨® a Hammya. ¡ªBueno, lo que viste ah¨ª fue la muerte de aquel Candado alegre y juguet¨®n, y el nacimiento del Candado fr¨ªo y serio que es ahora. Hammya asinti¨®, comenzando a entender mejor a Candado. ¡ªCreo que ahora lo entiendo mejor. Siento un poco el dolor de Candado. ¨¦l piensa que no merece ser feliz porque se siente culpable de no poder proteger a su hermana. Por eso, quiere alejar a todos los que se le acercan para no sentirse lastimado nunca m¨¢s. Clementina asinti¨® en acuerdo. ¡ªS¨ª, has llegado a esa misma conclusi¨®n. Candado tiene un coraz¨®n sensible y busca proteger a todos aquellos que lo rodean. ¡ªPero ¨¦l se contradice, ya que Yara se le acerca a ¨¦l y la acepta. ¡ªBueno, en ese caso es al rev¨¦s. Ella necesita a Candado, y ¨¦l no puede darle la espalda porque es el ¨²nico que la comprende y sabe c¨®mo cuidarla. La prueba est¨¢ en que Mauricio no supo qu¨¦ hacer cuando ella estaba enferma. Candado, en cambio, sab¨ªa c¨®mo curarla y pas¨® d¨ªas y noches cuid¨¢ndola hasta que se le bajara la fiebre. Hammya reflexion¨® sobre estas palabras y luego mir¨® a Clementina con determinaci¨®n. ¡ªQuiero ayudarlo. Clementina asinti¨® con una sonrisa. ¡ªNo quisiera cuestionarte, pero ?por qu¨¦? ¡ªCandado ha llevado tanto tiempo esta carga solo. Ha logrado ocultar su dolor a todos nosotros, pero revisando en sus recuerdos y sue?os, siento que es hora de que ¨¦l tenga una mano para llevar esa pesada carga. No deber¨ªa tener que hacerlo solo. Quiero ayudar a reconstruir la persona rota que es este Candado y convertirlo en lo que era antes, un ser alegre y carism¨¢tico. Cuando llegu¨¦ aqu¨ª, Candado me acept¨® sin ning¨²n problema, y quiero devolverle el favor. Clementina asinti¨® con aprobaci¨®n. ¡ªGran respuesta, se?orita Hammya, gran respuesta. Hammya hab¨ªa tomado una decisi¨®n, y estaba dispuesta a ayudar a Candado a sanar y encontrar la felicidad que merec¨ªa despu¨¦s de tanto tiempo de cargar con su doloroso pasado. LA AGENCIA TRICOLOR: VERDE, AMARILLO Y ROJO Candado hab¨ªa salido de la casa frustrado y cada paso que daba aumentaba su indignaci¨®n al saber que las l¨¢grimas hab¨ªan regresado. Lo que hab¨ªa considerado perdido y olvidado, ahora hab¨ªa resurgido, y esto le molestaba terriblemente. No pod¨ªa tolerar que su antiguo yo, aquel que Candado se hab¨ªa esforzado en eliminar para dar paso a su nuevo yo, volviera a tomar control. Todo lo que hab¨ªa trabajado hasta ahora parec¨ªa irse por el desag¨¹e. Para ¨¦l, en medio de la amenaza de una guerra inminente que sacud¨ªa el mundo, no hab¨ªa lugar para la sensibilidad y la fragilidad. Este era el momento en el que los hombres deb¨ªan dejar de lado sus sentimientos y ser fuertes y firmes en la toma de decisiones. No pod¨ªa permitirse despertar a su antiguo ser si quer¨ªa proteger a todos los que lo rodeaban. Hab¨ªa una grave amenaza de guerra entre dos poderosos entes: la O.M.G.A.B. y el F.U.C.O.T. Hab¨ªa llegado el momento de encontrar el veneno que amenazaba con desatar este conflicto y erradicarlo. Candado comprend¨ªa que deb¨ªa hablar con todas las personas posibles para evitar una guerra con su enemigo ideol¨®gico. Lo que hab¨ªa sucedido a?os atr¨¢s no era un buen recuerdo y ahora, con el temor de que se repitiera, era hora de actuar. La manera m¨¢s factible de hacerlo era dirigirse al Sem¨¢foro y buscar una audiencia con Julekha Chandra, la l¨ªder de los Sem¨¢foros y la ¨²nica persona que podr¨ªa adelantar su sentencia, ya que ella hab¨ªa sido la encargada de imponerle ese castigo. Candado se dirigi¨® a la casa de Nelson y golpe¨® la puerta con fuerza. En un abrir y cerrar de ojos, la puerta se abri¨® y apareci¨® un Nelson muy aseado y prolijo. ¡ªHola, ?en qu¨¦ puedo ayudarte? ¡ªNecesito que me lleves a la ciudad de Resistencia, por favor. ¡ªEsto se pone interesante. Espera un momento ¡ªrespondi¨® Nelson mientras cerraba la puerta. En ese instante, T¨ªnbari apareci¨® detr¨¢s de Nelson con una jarra de cerveza en la mano. ¡ªTanto tiempo, parece que est¨¢s en medio de alg¨²n l¨ªo. ¡ªOh, T¨ªnbari, nunca pens¨¦ que volver¨ªas despu¨¦s de ese grito que te di ¡ªdijo Candado mientras consultaba su reloj. ¡ªEstuve reflexionando sobre lo que me dijiste, y ten¨ªas raz¨®n. Actu¨¦ sin pensar y lamento eso. ¡ªParece que todo lo que me dijiste fue una mentira, pero har¨¦ el esfuerzo y te creer¨¦. ¡ªGracias, despu¨¦s de todo, no ten¨ªa nada de qu¨¦ preocuparme. ¡ªDeja de hacer eso. Me da escalofr¨ªos cada vez que dices eso de esa manera. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªT¨² no eres as¨ª, y ¨¦l solo hecho de saber que has cambiado un poco me da un mal sabor de boca, as¨ª que no intentes cambiar. ¡ªEh, si t¨² lo dices entonces... Bien, no lo har¨¦ m¨¢s, por ahora. ¡ªEso me gusta. Pocos minutos despu¨¦s, el garaje se abri¨® y sali¨® el autom¨®vil justicialista, limpio y brillante. ¡ªGuau, parece que le diste un buen lavado, Nelson. Casi quedo cegado con tanto brillo. Nelson, que estaba dentro del auto, baj¨® la ventanilla y asom¨® la cabeza. Con una voz ligeramente arrogante, respondi¨®: ¡ª?Listo para ir, pibe? ¡ªPor algo ped¨ª tu ayuda, gil. Candado se dirigi¨® al autom¨®vil, coloc¨® su mochila en el asiento trasero y luego entr¨® en el asiento delantero. ¡ªTranquilo con la puerta, amigo. ¡ªPerd¨®n, no estoy acostumbrado a viajar en auto. ¡ª?Hace cu¨¢nto que no lo haces? ¡ªHace dos a?os. Nelson levant¨® las cejas y esboz¨® una ligera sonrisa. Luego, sac¨® las llaves y encendi¨® el motor. Mir¨® hacia atr¨¢s, retrocedi¨® lentamente y, una vez en el asfalto, aceler¨® como si estuviera en una carrera, haciendo que Candado se hundiera en el asiento de cuero sin posibilidad de moverse. ¡ª?Rel¨¢jate un poco, loco! ¡ªNo te escucho ¡ªdijo Nelson burlonamente mientras manten¨ªa el pie en el acelerador. Recorrieron las calles del pueblo a toda velocidad, sorprendentemente sin encontrar a ning¨²n polic¨ªa cerca para detenerlos. ¡ªVas a causar un accidente, viejo loco ¡ªexclam¨® Candado con voz exaltada pero sin alterar su expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªRel¨¢jate, no pasar¨¢ nada malo. ¡ª?C¨®mo quieres que me relaje? Conduces como una imitaci¨®n barata de Manuel Fangio. ¡ªRel¨¢jate, a esta velocidad llegaremos m¨¢s r¨¢pido a Resistencia. Una vez que salieron de la isla, Nelson redujo la velocidad y continu¨® el viaje de manera m¨¢s tranquila. ¡ªUn poco m¨¢s y destrozas el asfalto ¡ªcoment¨® Candado mientras ajustaba su corbata. Nelson ri¨® entre dientes. ¡ª?Destrozar el asfalto? Eso ser¨ªa una exageraci¨®n, Chapuza. Je. ¡ªEspero que solo sea una exageraci¨®n y no una ley. ¡ª?Ley? Eres bastante peculiar, muchacho. Candado baj¨® la ventanilla y apoy¨® el brazo en ella. ¡ªDime, Nelson, ?qu¨¦ hac¨ªan ustedes cuando ten¨ªan mi edad? Nelson reflexion¨® por un momento antes de responder. ¡ªVer¨¢s, muchacho, tu abuelo y yo ¨¦ramos los mejores en Resistencia, aunque la sede siempre ha estado all¨ª. ¡ª?Todav¨ªa est¨¢ all¨ª? ¡ªClaro, pero ya nadie se re¨²ne ah¨ª. Solo se trasladaron los documentos al lugar donde est¨¢s ahora. Pero eso no responde tu pregunta. A diferencia de ti, ten¨ªamos m¨¢s conflictos con el Circuito que con cualquier otra cosa. Todo el d¨ªa era guerra, guerra, guerra, guerra, guerra y m¨¢s guerra. ¡ªPero, ?c¨®mo era mi abuelo? La verdad es que hab¨ªa muchas cosas que no me contaba, como el incidente del noventa y nueve, as¨ª como su ni?ez. ¡ªTu abuelo era una persona extremadamente reservada. Nunca hablaba de su vida privada y jam¨¢s mencionaba a su familia. La raz¨®n de esto, qui¨¦n sabe. ¡ªGuau, suena como yo. ¡ªS¨ª, en cierto sentido, pero tu abuelo nunca fue una mala persona. Simplemente ocultaba informaci¨®n importante para proteger a su familia. Uno de los motivos era que ¨¦l era hijo del gran Jack Barret, uno de los h¨¦roes de la Monta?a del T¨ªbet. Por eso se mud¨® al Chaco y mantuvo en secreto su verdadera identidad. Aunque eso no dur¨® mucho, como puedes ver, todo el mundo te conoce. ¡ªMe pregunto por qu¨¦. ¡ªEso se debe a un incidente con un sujeto extra?o llamado Pullbarey. Se enfrent¨® a tu abuelo cuando ten¨ªa tu edad. Fue la primera vez que escuch¨¦ la palabra "Cotorium". Yo pensaba que era el nombre de alguna agencia, pero cuando Alfred me cont¨® toda la historia, qued¨¦ perplejo. Recuerdo que cuando me lo confes¨®, me re¨ª, me re¨ª como un loco que entra en un manicomio por primera vez, mientras tu abuela miraba a un taradito como yo ri¨¦ndose de tu abuelo. ¡ªVaya, ser¨ªa extra?o si no te hubieras re¨ªdo. ¡ª?Por qu¨¦ dices eso? ¡ªPorque mi abuelo seguramente habr¨ªa pensado que t¨² eras el extra?o en esa situaci¨®n, no ¨¦l. Lo conociendo, probablemente esperaba una reacci¨®n diferente, en lugar de la calma con la que lo tomaste. ¡ª?Y por qu¨¦ crees eso? ¡ªPorque en mi familia no toleramos la hipocres¨ªa. Hemos lidiado con personas as¨ª durante tantos a?os que casi nos hemos convertido en m¨¢quinas detectoras de hip¨®critas. Estoy seguro de que si hubieras dicho o hecho algo hip¨®crita, mi abuelo te habr¨ªa echado a patadas. ¡ªVaya, eres bastante observador. ¡ªM¨¢s bien, dir¨ªa que es un pasatiempo. ¡ªInteresante. Adem¨¢s, me parece admirable que te vistas de esta manera. Tu abuelo ten¨ªa un gran sentido de la elegancia, aunque no siempre estaba al tanto de las ¨²ltimas tendencias de moda. Veo que t¨² tampoco te preocupas demasiado por eso. ¡ªLa verdad, no me interesa. La gente tiende a enfocarse demasiado en las apariencias en lugar de conocer a la persona detr¨¢s de la ropa. Estoy seguro de que si fuera negro y me vistiera de esta manera en Estados Unidos, la gente pensar¨ªan que he robado algo y me enviar¨ªan directo a la silla el¨¦ctrica o algo por el estilo. Es el pa¨ªs de la libertad sin libertad y una democracia que no es realmente democr¨¢tica. ¡ªNo mucha gente piensa en eso. Parece que disfrutas involucrarte en temas bastante profundos para tu edad. ¡ª?Sabes?, no eres de los que creen en eso de que solo usamos el 5% de nuestro cerebro, ?verdad? ¡ªNo, claro que no. Despu¨¦s de todo, soy un cient¨ªfico. ¡ªAs¨ª que eso explica la bata, ?no? No la usar¨ªas para otra cosa. ¡ªBueno, estoy retirado ahora, pero mi cerebro sigue funcionando. Seguir¨¦ as¨ª hasta que, como dice la expresi¨®n, Dios diga: "Hermano, aqu¨ª termina tu viaje en ese mundo lleno de mierda y pecado, y es hora de unirte a este otro mundo igualmente lleno de mierda y sobrepoblado". ¡ª?Tu pasatiempo es descifrar a las personas, verdad? Entonces, ?por qu¨¦ no intentas descifrarme? ¡ªNo gracias, creo que te dejar¨¦ con el beneficio de la duda. Nelson estall¨® en carcajadas mientras Candado lo observaba y se preguntaba: "?Realmente vale la pena intentar entender esto?" El anciano era extremadamente carism¨¢tico, y su faceta como cient¨ªfico parec¨ªa no encajar en absoluto. ?Qu¨¦ hab¨ªa contribuido en el laboratorio del C.I.C.E.T.A. o Centro de Investigaci¨®n Cient¨ªfica Especializada en Tecnolog¨ªa Avanzada? Candado no era alguien que juzgara a los dem¨¢s sin conocerlos, pero Nelson parec¨ªa estar m¨¢s interesado en mostrar su apariencia que en revelar su verdadero ser. Aunque lo viera como un hombre mayor que viv¨ªa el momento, Candado sab¨ªa que en realidad era una persona muy inteligente. No cualquiera dise?aba un televisor de tres caras ni manten¨ªa un antiguo justicialista y adem¨¢s fabricaba repuestos para un auto pr¨¢cticamente extinto y olvidado en la sociedad argentina. Despu¨¦s de treinta minutos de conversaci¨®n sobre temas del pasado, Nelson toc¨® el tema de la situaci¨®n y el motivo de la visita de Candado. ¡ªDime, ?qu¨¦ asunto tienes con los Sem¨¢foros? ¡ªQuiero una audiencia con la presidenta Chandra para que reconsidere mi sentencia. ¡ª?Sentencia? ?Qu¨¦ hiciste? ¡ªGolpe¨¦ a un compa?ero gremial debido a una diferencia ideol¨®gica. ¡ª?Ideol¨®gica? ?En qu¨¦ sentido? Candado suspir¨® y respondi¨®: ¡ªPor calificar a Per¨®n como un dictador. ¡ª?En serio dijo eso? ¡ªS¨ª, y lo merec¨ªa. Hablar as¨ª del General Per¨®n, ?Qui¨¦n se cree que es? ¡ªEntiendo, pero lamentablemente, mi reacci¨®n no fue la adecuada y me suspendieron. Sin embargo, argument¨¦ que, si quer¨ªan que continuara en el tribunal, deb¨ªan respetar mis ideales. As¨ª que no solo yo fui castigado, sino tambi¨¦n el tonto que se meti¨® con el General Per¨®n y la se?orita Eva Per¨®n. ¡ªLa verdad, me hubiera gustado saber qu¨¦ le sucedi¨® al chico. ¡ª¨¦l, bueno, su castigo fue mucho m¨¢s duro que el m¨ªo. Lo sentenciaron a cargar una piedra en la espalda y llevarla hasta el Monte Fuji. ¡ª?Realmente lo logr¨®? ¡ªS¨ª, pero le tom¨® dos meses hacerlo a pie. ¡ªVaya, parece que los castigos de la O.M.G.A.B. son bastante severos. ¡ªPero esos son solo los castigos menores. Nelson sonri¨® al escuchar el relato de la astucia y tenacidad del joven con la boina azul, pero luego cambi¨® su expresi¨®n y se puso serio. ¡ªCandado, dime una cosa. ¡ª?Qu¨¦? ¡ª?Eres consciente de lo que est¨¢ sucediendo, verdad? ¡ªClaro, el simple hecho de saber que algo no funciona bien me mantiene en alerta. ¡ªVaya, no me refer¨ªa tanto a la situaci¨®n en s¨ª, sino m¨¢s bien a la enfermedad que est¨¢s experimentando. ¡ªBueno, la verdad es que al principio me incomoda que toquen el tema de mi enfermedad, y m¨¢s a¨²n cuando insin¨²an que soy in¨²til. ¡ªNo quise decir eso, solo estaba interesado en saber sobre tu salud. ¡ªNo hay nada nuevo que informar, aunque necesitar¨¦ m¨¢s de ese frasco ¡ªCandado meti¨® la mano en el bolsillo de su pantal¨®n y sac¨® un frasco medio vac¨ªo¡ª. El m¨ªo se est¨¢ agotando. Nelson tom¨® el frasco y lo examin¨® detenidamente mientras conduc¨ªa. ¡ªHijo, te di esto para que te durara dos semanas, no para que te durara cinco d¨ªas. ¡ªBueno, anciano, ver¨¢s, no soy precisamente una persona que se podr¨ªa describir como "tranquila". Soy bastante ansioso y nervioso por naturaleza. ¡ªBien, ver¨¦ qu¨¦ puedo hacer ¡ªNelson le entreg¨® a Candado el frasco y sac¨® otro id¨¦ntico del bolsillo de su bata, pero este estaba m¨¢s lleno¡ª. Aqu¨ª tienes, esto deber¨ªa durarte m¨¢s. Pero ten cuidado, no te lo bebas todo de golpe, podr¨ªas volverte demasiado impulsivo. ¨²salo con sabidur¨ªa y solo en situaciones de peligro, cuando necesites energ¨ªa extra para defenderte. ¡ªAh, entiendo. ¡ªAhora, ?me hablar¨¢s sobre esa tal Hammya? ¡ªLa ni?a, claro, no tengo secretos en cuanto a eso. ¡ªVaya, parece que no ocultas nada. ¡ªAs¨ª es, como dije hace un momento. ¡ªMuy bien, cu¨¦ntame, ?qu¨¦ tipo de poderes tiene? ¡ªLa verdad, no tengo ni idea. ¡ª?C¨®mo es posible? ?No ha mostrado ninguna habilidad? ¡ªpregunt¨® el anciano, sorprendido. ¡ªPara ser honesto, no tengo ni idea de por qu¨¦ tiene el cabello verde ni por qu¨¦ es m¨¢s fuerte que yo. ¡ªSin embargo, est¨¢ viviendo contigo. ¡ª?Y qu¨¦ importa eso? ¡ªEs una chica guapa, me sorprende que no sientas nada por ella. ¡ªMe recuerdas a alguien que conozco, un verdadero tonto. No, vive conmigo porque el ¨²ltimo deseo de Miranda era que su hija no terminara en un orfanato. ¡ªEres bastante aburrido, la verdad. Te pareces mucho a tu madre. ¡ª?A d¨®nde quieres llegar con esta conversaci¨®n? ¡ªOh, nada en particular, solo estaba alargando un poco la conversaci¨®n, eso es todo. Despu¨¦s de ese incidente, Candado y Nelson permanecieron en silencio hasta llegar a la ciudad de Resistencia. Sin embargo, hicieron una parada en una estaci¨®n de servicio para cargar gasolina, ya que Nelson hab¨ªa gastado mucho en el pueblo, tanto para demostrar la potencia de su coche como para fastidiar un poco a Candado. Nelson estacion¨® el coche y le permiti¨® a Candado bajar para estirar las piernas y respirar aire fresco, ya que el anciano hab¨ªa estado fumando durante todo el trayecto, algo que Candado detestaba. Mientras Nelson iba a comprar algo de comer, Candado se sent¨® en un banco y observ¨® la calle. En Resistencia, hab¨ªa m¨¢s tr¨¢fico que en su pueblo. ¡ªLa ciudad es un lugar bastante agitado, muy diferente de donde vivo ¡ªcoment¨® ir¨®nicamente. Candado se recost¨® en el respaldo del asiento y mir¨® al cielo. ¡ªAunque las cosas aqu¨ª siguen siendo las mismas ¡ªa?adi¨® en voz baja. Luego cerr¨® los ojos para descansar un poco. No hab¨ªa podido dormir bien ¨²ltimamente y, cuando ten¨ªa la oportunidad de hacerlo, siempre so?aba con ella. Cada recuerdo era doloroso, pero se sent¨ªa insensible, incapaz de llorar. Sent¨ªa verg¨¹enza por no haber derramado ni una sola l¨¢grima en el funeral de su abuelo. ?En qu¨¦ se hab¨ªa convertido? Eran las preguntas que lo atormentaban d¨ªa y noche. Candado era consciente de que hab¨ªa cambiado, y mucho, pero nunca hab¨ªa deseado ser esa persona. Sin embargo, las circunstancias lo hab¨ªan llevado a forjar una mente fuerte e insensible para protegerse de herirse emocionalmente. El pasado pod¨ªa destruir a un hombre si no sab¨ªa c¨®mo lidiar con ¨¦l, pero el futuro era la esperanza de cambiar su pasado y ser una mejor persona. Por lo tanto, Candado viv¨ªa el presente y se enfocaba en sus objetivos, sin pensar demasiado en el futuro, solo en c¨®mo alcanzar sus ambiciones. Mientras Candado estaba inmerso en sus pensamientos, escuch¨® un llanto. Abri¨® los ojos lentamente y vio a un ni?o siendo maltratado por un hombre en un local de comida al otro lado de la calle. El ni?o, de unos ocho a?os, estaba siendo insultado y golpeado por el hombre, quien aparentemente era su padrastro. ¡ªVaya, parece que esta ciudad tiene su cuota de insensibles ¡ªmurmur¨® Candado mientras se pon¨ªa de pie. Candado cruz¨® la calle y comenz¨® a caminar lentamente hacia el lugar del incidente, con las manos en los bolsillos y su caracter¨ªstica actitud fr¨ªa. Los autos lo esquivaban y algunos conductores lo insultaban, pero a ¨¦l no le importaba. Sab¨ªa que ninguno de esos autom¨®viles representaba una amenaza real, especialmente cuando notaban su presencia. Cuando finalmente lleg¨® al lugar, el hombre, un individuo gordo y desali?ado con un rostro que solo una madre podr¨ªa amar, estaba a punto de golpear al ni?o nuevamente. Candado lo detuvo agarrando su mu?eca con dos dedos, el pulgar e ¨ªndice. ¡ªUn hombre de su edad que levanta la mano a un ni?o es una verg¨¹enza para la humanidad. El hombre intent¨® liberarse sacudiendo su brazo y luego se volvi¨® hacia Candado. ¡ª?Es acaso este maldito chico tu pariente? Dile que me pague lo que me debe, me ha robado. Candado se inclin¨® hacia la izquierda para mirar al ni?o, quien solo sosten¨ªa una bolsa de pan. ¡ªUsted est¨¢ exagerando m¨¢s que mi abuela. Dudo que este joven haya robado algo. ¡ªSi no lo conoces, mejor no te metas, o llamar¨¦ a la polic¨ªa. Entre susurros, Candado habl¨® en tono confidencial: ¡ªAqu¨ª entre nosotros, si la ''cana'' apareciera y viera al ni?o con moretones, estoy seguro de que usted terminar¨ªa en prisi¨®n en lugar de ¨¦l." El hombre enfurecido, con un tono lleno de ira, le espet¨®: "?Rata inmunda, ?sabes qui¨¦n soy yo?!" Candado respondi¨® con calma: ¡ª"S¨ª, un experimento fallido de su madre." El hombre, ahora desbordando furia, vocifer¨®: ¡ª?MALDITO HIJO DE PUTA! Soy amigo de la polic¨ªa, yo te puedo hacer cagar a vos y a este ni?o mugriento y vago, que solo sabe robar." Candado inhal¨® y exhal¨® profundamente, tratando de mantener la compostura. "Usted es solo uno m¨¢s de los miles de soberbios que hay en este vasto mundo, solo que usted no tiene cara para dec¨ªrmelo de esa forma." Con gesto decidido, Candado guard¨® sus manos en los bolsillos y entr¨® descalzo al local, respondiendo a las miradas curiosas de los presentes: "Me dar¨ªa verg¨¹enza que mis zapatos finos pisaran ese suelo inmundo y podrido, a lo que usted llama ''local''." Una vez dentro del local, Candado tom¨® una canastilla y comenz¨® a recorrer los estantes, seleccionando varios art¨ªculos, incluyendo agua, gaseosa, carne, aceite, arroz, chorizo, manzanas, naranjas, papas, galletas y unas golosinas para ¨¦l. Luego, sali¨® del local, se puso sus zapatos y se acerc¨® al ni?o, tomando el pan del muchacho y coloc¨¢ndolo en su canasta. Luego puso la canasta en el suelo frente al ni?o y se dirigi¨® hacia el se?or. ¡ª?Cu¨¢nto es el total de la compra? ¡ªpregunt¨®, manteniendo su actitud fr¨ªa. El se?or examin¨® la canasta y cont¨® los art¨ªculos uno por uno antes de responder: "Son 864 pesos con 57 centavos." Candado sac¨® novecientos pesos de su bolsillo y se los entreg¨® al se?or. ¡ªTambi¨¦n me llevo la canasta." El se?or guard¨® el dinero en su bolsillo y entr¨® en el local. Luego, se volvi¨® hacia el ni?o y le pregunt¨®: ¡ª?D¨®nde vives? mientras manten¨ªa su actitud fr¨ªa e imperturbable. ¡ªCerca de aqu¨ª. Respondi¨® el ni?o t¨ªmidamente:" ¡ªCandado continu¨®: "A todo esto, ?c¨®mo te llamas?" El ni?o se present¨®: ¡ªMi nombre es Thomas, Thomas Domingo." Candado se inclin¨® a la altura del ni?o y estrech¨® su mano derecha. ¡ªMucho gusto, Thomas Domingo. Mi nombre es Candado Barret. ¡ªEl ni?o pregunt¨® con curiosidad: "?Como los que se usan para trabar las puertas?" Candado asinti¨® y se puso de pie, tomando nuevamente la canasta llena de alimentos. Sin embargo, no se hab¨ªa dado cuenta de que Nelson lo estaba observando desde el auto mientras com¨ªa una factura y murmuraba: "Diablos, esa bondad no coincide con su apariencia." Candado camin¨® con el ni?o por casi diez minutos, hasta que por fin hab¨ªan llegado a la casa de Thomas. Era una casa normal, pero sus condiciones no eran buenas; el muchacho ten¨ªa una remera usada, no ten¨ªa zapatos y su pantal¨®n estaba roto en sus rodillas, utilizando estos rasgos. Candado pudo intuir que ten¨ªa una madre frustrada y con problemas para concentrarse, tal vez por el hecho de que son pobres; pudo notarlo ya que bajo la remera del muchacho hay un hilo mal cortado y con una gota insignificante de sangre, por lo cual, la madre fue quien lo cosi¨® ya que en las manos del ni?o no hay heridas. Tambi¨¦n pudo notar que el ni?o es extremadamente inocente y que su pobreza es reciente; es debido a que el muchacho no huy¨® cuando lo golpearon y tiene modales, como dar su nombre y apellido apropiadamente. Candado no pudo sentir el mal olor del ni?o, por lo cual significa que todav¨ªa se ba?a. La raz¨®n por las ropas desgastadas, seguro debieron ser para vender para poder comer; Candado pudo percibir que tiene un padre y dos hermanos, debido a c¨®mo estaba estructurada la casa; pod¨ªa notar tres habitaciones de m¨¢s. Despu¨¦s de quedarse por un momento parado, viendo e intuyendo la casa, el ni?o tir¨® de manera suave su mano. ¡ªCreo que deb¨ª traer m¨¢s provisiones. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªOh, nada, solo hablaba para m¨ª mismo. Candado camin¨® hasta la entrada y toc¨® la puerta. ¡ªEspero que te agrade mi familia. Candado mostr¨® una leve sonrisa como respuesta y sigui¨® mirando la puerta. Luego de unos segundos, esta se abri¨® y sali¨® un hombre, muy bien vestido con una maleta y gafas, saliendo a toda prisa, atropellando al muchacho. Y Candado, quien quiso mostrar sus modales, le hizo una zancadilla, haciendo que ¨¦ste se tropezara y callera de cara al suelo. ¡ªMocoso de mierda, me alegra saber que estar¨¢n en situaci¨®n de calle en muy poco tiempo¡ªdijo el sujeto mientras sal¨ªa del lugar. ¡ªJe, s¨ª que es extra?o ver a estos tarados aqu¨ª. Luego Candado puso su mano detr¨¢s de la cabeza del chico y juntos entraron a la casa. Una vez que entraron, Candado pudo apreciar c¨®mo era su casa. No ten¨ªan casi nada, ten¨ªan un sill¨®n, una mesa y dos sillas, no ten¨ªan televisor, las ventanas estaban sucias, el techo ten¨ªa moho, entre muchas otras cosas. Candado camin¨® por la cocina y vio a una pareja llorando, mientras que el se?or la consolaba en sus brazos, pero ¨¦l, quien no ten¨ªa la intenci¨®n de escuchar sus problemas, manifest¨® su presencia aclarando su garganta. ¡ªBuenos d¨ªas se?ores, perm¨ªtanme presentarme soy¡­ ¡ª?NO QUIERO NADIE AQU¨ª! ?LARGO DE MI CASA!¡ªgrit¨® la se?ora con l¨¢grimas en su rostro Candado mostr¨® su disgusto r¨¢pidamente y encendi¨® sus ojos con la caracter¨ªstica flama violeta y su personalidad temeraria.Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation. ¡ª?ESTOY HABLANDO YO! Este grito logr¨® que la mujer se callara. Luego se acomod¨® la corbata, su boina y contin¨²o. ¡ªComo dec¨ªa, mi nombre es Candado Barret y he venido hasta aqu¨ª para daros esto¡ªdijo Candado mientras pon¨ªa la canasta en la mesa. ¡ª?Cu¨¢l es el truco? No tenemos dinero¡ªdijo el se?or. ¡ªNo hay truco y es completamente gratis. ¡ª?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦ aparecer de la nada y entregar una canasta de comida? ¡ªMire se?ora, me encontr¨¦ a su hijo metido en problemas, as¨ª que decid¨ª ayudarle. ¡ªNo necesitamos eso, podemos apa?arnos solos. Candado llev¨® su mano derecha a su cara y con su dedo ¨ªndice y pulgar, se tocaba los lagrimales de los ojos, en se?al de irritaci¨®n. ¡ªVaya, usted es m¨¢s cabezota que una mula, se est¨¢ muriendo de hambre y no quiere aceptar lo que un extra?o le dio, es lo bastante est¨²pida y orgullosa. ¡ª?Vienes hasta aqu¨ª, entras en mi casa y me insultas de esa forma? ¡ªNo, solo vine a darles un obsequio, nada m¨¢s. ¡ªPues no lo quere¡­. Candado golpe¨® la mesa con su pu?o flameante y dijo: ¡ª?DEJE DE SER ORGULLOSA! ??NO VE QUE SE EST¨¢ MURIENDO DE HAMBRE, USTED Y SU FAMILIA? ?DE QU¨¦ LE SIRVE SU MALDITO ORGULLO SI EST¨¢ MUERTA? ?AHORA C¨¢LLESE Y ACEPTE ESTA CANASTA! La se?ora se calm¨® y acept¨® la canasta. ¡ªGracias ¡ªdijo mientras guardaba un mech¨®n de cabello que hab¨ªa salido debajo de su boina. Luego, la se?ora mir¨® a Candado y con una voz suave y gentil pregunt¨®: ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque sent¨ª simpat¨ªa, por eso. ¡ªPens¨¦ que eras otra persona, la verdad¡­ La se?ora empez¨® a llorar nuevamente, y su llanto fue apaciguado por su marido, quien trataba de calmarla. Mientras tanto, Candado observaba la escena. ¡ª?Quisieras quedarte con nosotros a comer? ¡ªSu amabilidad es muy buena, se?ora, pero tengo que irme. ¡ªNo, insisto, qu¨¦dese con nosotros. Ser¨¢ una comida exquisita. ¡ªBueno, yo¡­ En ese instante, Candado sinti¨® unos dedos delgados en su mano y, al sentirlos, baj¨® la vista y vio los ojos suplicantes del ni?o. ¡ªEst¨¢ bien, me quedar¨¦ a comer. ¡ªBien, mientras esperas a que est¨¦ lista, puedes recorrer la casa. No tenemos muchas cosas, pero es para que puedas pasar el rato. ¡ªBien, lo har¨¦. Candado sali¨® de la habitaci¨®n para recorrer un poco la casa. Camin¨® por la sala y empez¨® a observar la situaci¨®n que estaban viviendo. Al menos, lo ¨²nico sucio que vio fue el moho en el techo y las ventanas, pero no era muy extenso. El peque?o Thomas sali¨® disparado y subi¨® al segundo piso a una velocidad incre¨ªble, como si le hubieran dicho que era hora de ponerse una vacuna. Pero no llam¨® mucho la atenci¨®n de Candado; las cosas que hacen los ni?os hoy en d¨ªa son un verdadero misterio. Al menos, el muchacho le hab¨ªa dado indirectamente un lugar por donde empezar a explorar, que era el primer piso. Candado subi¨® las escaleras y recorri¨® los pasillos. Hab¨ªa una habitaci¨®n que parec¨ªa ser una sala de juegos. Estaba casi vac¨ªa, solo hab¨ªa unos cuantos juguetes rotos. Hab¨ªa dos grandes ventanas que se asemejaban a una puerta por su tama?o, por donde entraba la luz. Pero solo hab¨ªa una persona ah¨ª, o mejor dicho, una personita. Era una ni?a que parec¨ªa tener unos cinco a?os. Llevaba un vestidito amarillo, estaba descalza y ten¨ªa el cabello largo y rubio, con un lunar en la mejilla derecha. Jugaba con una mu?eca que le faltaba un brazo. Esto le dio cierta ternura a Candado, aunque no lleg¨® a mostrar una sonrisa. La ni?a tiraba de un cintur¨®n que estaba atascado en un ropero detr¨¢s de ella, tiraba con fuerza hasta que provoc¨® que el mueble se tambaleara, con el peligro de caer y aplastarla. ¡ªOh, la puta madre¡­ ¡ªdijo Candado mientras corr¨ªa y deten¨ªa el mueble con su espalda. En la posici¨®n en la que estaba, provoc¨® que ciertos art¨ªculos cayeran al suelo, y m¨¢s de uno estaba a punto de golpear a la ni?a. Sin embargo, con la agilidad y habilidad de Candado, pudo detener y, en otros casos, alejar los objetos contundentes con su pierna izquierda, mientras con la otra hac¨ªa palanca para evitar que el mueble se cayera. ¡ªPor poco ¡ªdijo Candado mientras se deshac¨ªa del ¨²ltimo objeto, que parec¨ªa ser un frasco de cer¨¢mica, y lo pon¨ªa a un lado. Luego comenz¨® a inhalar y exhalar con normalidad, ya que para evitar que los objetos le cayeran en la cabeza tuvo que contener la respiraci¨®n. Despu¨¦s de un rato haciendo los mismos ejercicios varias veces, la ni?a se le acerc¨® y le ofreci¨® una cajita de jugo de manzana. ¡ª?Jugo? ¡ªNo, gracias. ?Podr¨ªas moverte? ¡ª?Jugo? ¡ªNo, ya te dije que no. Ahora, ?podr¨ªas hacerte a un lado? ¡ª?Jugo? ¡ªNena, ?podr¨ªas irte, por favor? ¡ª?Jugo? ¡ªNo... a ver, hazte a un lado. ¡ª?Jugo? ¡ªNo, no quiero jugo. ¡ª?JUGO!? ¡ª?EST¨¢ BIEN! Dame un trago de ese jugo. La ni?a levant¨® la cajita, y Candado inclin¨® la cabeza para poder llegar a la pajita y beber. Cuando finalmente pudo llegar, sinti¨® un crujido en su espalda y una expresi¨®n de dolor que se mezcl¨® con su expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªEsto me va a doler ma?ana. Candado bebi¨® un poco del jugo de la ni?a y luego levant¨® la cabeza para mirarla. ¡ªAhora, por favor, hazte a un lado. La ni?a camin¨® seis pasos a la izquierda cuando ¨¦l dijo eso, luego lo mir¨® y comenz¨® a beber su jugo. Con el obst¨¢culo eliminado, Candado dio un fuerte pisot¨®n en el suelo y aplic¨® toda su fuerza para volver a poner el mueble en su lugar. ¡ªLa que me pari¨®¡­ Candado murmur¨® mientras hac¨ªa fuerza hacia atr¨¢s, inflando sus cachetes y entrecerrando los ojos. Finalmente, logr¨® poner el mueble en su lugar. Cuando complet¨® su tarea, se desliz¨® caj¨®n por caj¨®n hasta llegar al suelo, sentado y jadeando exhausto. Mir¨® a la ni?a con una leve sonrisa en su rostro, aunque a¨²n manten¨ªa su actitud fr¨ªa. ¡ª?C¨®mo te llamas, peque?a? ¡ªMe llamo Ver¨®nica. ¡ª?Ver¨®nica? Lindo nombre. ¡ª?Y t¨², c¨®mo te llamas? ¡ªpregunt¨® Ver¨®nica mientras se acercaba a ¨¦l. ¡ªSoy Candado Ern¨¦st Catriel Barret. ¡ª?Vaya, qu¨¦ nombre m¨¢s largo! ¡ªEs mi nombre y apellido, aunque la gente com¨²nmente me llama Candado. Puedes hacerlo si quieres. ¡ªBien, Candado. En ese momento, una persona extra?a corri¨® a toda velocidad desde el pasillo hasta la sala. Era una ni?a extra?a con el cabello hecho de serpientes, parec¨ªa una especie de Medusa de la mitolog¨ªa griega, aunque estas serpientes eran rojas y ten¨ªan nueve cabezas. ¡ªOh, rayos, no pens¨¦ que ver¨ªa a otro demonio ¡ªdijo Candado en tono de burla. ¡ª?Y t¨² qui¨¦n eres y qu¨¦ haces en mi casa? Candado se puso de pie, sacudi¨® el polvo de sus ropas y respondi¨®: ¡ªRel¨¢jate, solo estoy paseando hasta que est¨¦ lista la comida. ¡ª?Comida? ¡ªOye, al¨¦jate un poco. No quiero que tus amigos me muerdan. ¡ª?Qui¨¦n te crees que eres? Aqu¨ª no eres bienvenido, extra?o. ¡ªVaya, qu¨¦ vocabulario pobre. Cuando Candado dijo eso, las serpientes del cabello de la ni?a comenzaron a ponerse en posici¨®n de ataque mientras sacaban la lengua. ¡ªAhora lo veo, sacaste el car¨¢cter de tu madre. ¡ª?Mi madre? ?Y qu¨¦ hace ella aqu¨ª? ¡ªTonta ni?a, fue tu madre quien me invit¨® a comer aqu¨ª. ¡ªEst¨¢s mintiendo. Candado se inclin¨® y toc¨® su frente con la de la ni?a. ¡ª?Crees que miento? ¡ªpregunt¨® con una actitud fr¨ªa y una gran intenci¨®n de golpearla. En ese instante, durante la ardiente discusi¨®n, una de las serpientes rode¨® el cuello de Candado en dos vueltas y mostr¨® sus dientes bien abiertos, prepar¨¢ndose para morderle la mejilla. Mientras tanto, las otras serpientes se preparaban para atacar, mostrando sus grandes y filosos colmillos, chorreando veneno. ¡ª?Esto supuestamente va a intimidarme? ¡ªdijo Candado con desd¨¦n. ¡ªSi no lo hace, entonces tendr¨¦ que liquidarte ¡ªrespondi¨® la ni?a con determinaci¨®n. ¡ªNo me asustas. He enfrentado innumerables peligros, cada uno m¨¢s peligroso que el anterior. ?Todav¨ªa piensas que estas serpientes pueden hacer algo? Lamento decirte que est¨¢s equivocada ¡ªafirm¨® Candado, manteniendo su actitud fr¨ªa. ¡ªEso lo veremos. Cuando Candado se preparaba para lanzar su golpe flameante en su pecho, Ver¨®nica, quien hab¨ªa estado observando toda la confrontaci¨®n, decidi¨® intervenir. Se posicion¨® en el medio de los dos, siendo tan peque?a que pas¨® desapercibida hasta ese momento, y puso sus manos en las piernas de cada uno. ¡ªAlto, por favor, Candado es mi amigo. ¡ª?Candado? ¡ªdijo la ni?a con sorpresa. ¡ªS¨ª, ese es mi nombre. ?Alg¨²n problema? ¡ªSanto cielo, disc¨²lpame ¡ªrespondi¨® la ni?a mientras retiraba las serpientes de la cara y el cuello de Candado. ¡ª?Qu¨¦ sucede? No entiendo nada. Ver¨®nica se llev¨® la mano izquierda al pecho y levant¨® el ment¨®n. ¡ªDisc¨²lpeme, su excelencia. No ha sido mi intenci¨®n tratarlo de esa forma. Confundido, Candado decidi¨® seguirle el juego y asumir el papel de alguien importante. ¡ªDeme su nombre y apellido. ¡ªS¨ª, se?or. Mi nombre es Carolina Coatlicue, y soy parte de la agencia Tricolor, los Sem¨¢foros. ¡ª?Rango? ¡ªRango rojo, se?or. ¡ªYa veo, eres una novata. ?Qui¨¦n es tu jefe de departamento? ¡ªCaba?a Nicol¨¢s, se?or. ¡ªYa veo. Descanse, soldado. ¡ªS¨ª, se?or ¡ªrespondi¨® Carolina mientras relajaba los brazos. ¡ªBien, se?orita. ?A qu¨¦ se debe ese comportamiento tan hostil conmigo? ¡ªFue un accidente. Pens¨¦ que era otra persona. ¡ª?Otra persona? ¡ªS¨ª, se?or. ¨²ltimamente hemos tenido Circuistas rondando en mi casa, as¨ª que pens¨¦ que usted era parte de... ya sabe, los Borradores. ¡ªEst¨¢ bien, est¨¢ bien. Me gusta la gente que sospecha de todo, ya que tienen m¨¢s posibilidades de sobrevivir. ¡ªMe siento halagada, se?or. Ser¨¢ un privilegio para m¨ª que coma con nosotros. ¡ªA prop¨®sito, ?Por qu¨¦ est¨¢n en estas condiciones? ¡ªLa verdad es que mis padres est¨¢n desempleados y una compa?¨ªa quiere demoler nuestra casa para construir un supermercado. Hemos intentado de todo, pero parece que no vamos a durar mucho. ¡ª?Pediste ayuda al gremio o a los Sem¨¢foros? ¡ªS¨ª, pero no pudieron hacer nada, ya que mi mam¨¢ firm¨® un contrato con la empresa cuando necesit¨¢bamos dinero. Ahora quieren desalojarnos y solo tenemos cinco d¨ªas antes de terminar en la calle. ¡ª?Deuda? ¡ªinquiri¨® Candado con sorpresa. ¡ªS¨ª, 953.993 pesos, m¨¢s los intereses, suman 3.597.202 millones de pesos. ¡ªVaya, esa deuda es exorbitante ¡ªcoment¨® Candado. Luego, Carolina inclin¨® la cabeza y mir¨® a su hermana, quien estaba abrazando su pierna. Con ternura, Carolina la alz¨® y luego dirigi¨® su mirada a Candado. ¡ªNo tenemos dinero para pagar esas deudas. Parece que no tenemos otra opci¨®n que irnos de aqu¨ª ¡ªluego comenz¨® a soltar l¨¢grimas, aunque trat¨® de contenerlas¡ª. Lo siento, soy un Sem¨¢foro, se supone que no debo verme en este estado. Candado, con su actitud insensible, inhal¨® profundamente y luego exhal¨® todo lo que ten¨ªa dentro. Acto seguido, meti¨® su mano en su bolsillo y sac¨® una billetera que parec¨ªa peque?a a simple vista, pero al abrirla, revel¨® un fajo de billetes de cien pesos. Sac¨® un rollo de billetes del mismo valor, considerablemente grande. Luego, tom¨® la mano de Carolina y le entreg¨® el dinero. ¡ªAqu¨ª tienes m¨¢s de veinte millones de pesos. ¡ª??QU¨¦ COSA!? ¡ªexclam¨® sorprendida Carolina. ¡ªVer¨¢s, para m¨ª, el dinero no es m¨¢s que un simple papel que sirve para darle un uso y nada m¨¢s. En esta ocasi¨®n, lo he utilizado para ayudarlos. ¡ªPero... ¡ªNo digas nada, el dinero es tuyo y de tu familia. Paguen sus deudas, compren muebles y... ¡ªCandado la mir¨® detenidamente y continu¨®¡ª. Y tambi¨¦n algo de ropa decente. ¡ªNo encuentro las palabras adecuadas para esto. ¡ªNo digas nada y punto. ¡ªPero s¨¦ lo que quiero. Voy a defender su nombre en la O.M.G.A.B. y en los Sem¨¢foros. ¡ªBien, gracias. Despu¨¦s de lo que me dijo Joaqu¨ªn, estar¨ªa bien tener m¨¢s aliados en los Sem¨¢foros, as¨ª que aceptar¨¦ tu ayuda. ¡ªSer¨¢ todo un honor seguirlo. ¡ªHablando de eso, tengo hambre. ?Me pregunto si ya estar¨¢ la comida? ¡ªNo sab¨ªa que mam¨¢ estaba cocinando, bueno, no en este preciso momento. ?Vamos? ¡ªS¨ª, vamos ¡ªluego mir¨® a la peque?a Ver¨®nica y continu¨®¡ª. ?Vienes t¨² tambi¨¦n, peque?a? ¡ªS¨ª, claro. Candado, Carolina y Ver¨®nica bajaron a la cocina, solo para ver la obra de arte que hab¨ªa hecho la madre: un estofado de arroz. Por la reacci¨®n de todos, parec¨ªa que hac¨ªa mucho tiempo que no com¨ªan de esa forma, incluso la cocinera estaba sorprendida de su propio arte culinario. Pero quedaron a¨²n m¨¢s sorprendidos cuando probaron el estofado; todos expresaron su alegr¨ªa a trav¨¦s de sus papilas gustativas. Todos, excepto Candado, quien siempre mostraba la misma expresi¨®n en su rostro, haci¨¦ndole dif¨ªcil a los dem¨¢s adivinar su estado de ¨¢nimo. A pesar de eso, Candado era muy agradecido, elogiando la comida y a la cocinera en varias ocasiones. Al sentarse en la mesa, mientras observaba c¨®mo Carolina, Ver¨®nica y Thomas estaban sentados junto a sus padres, sinti¨® un destello de envidia por la uni¨®n de esa familia, a pesar de no tener dinero y estar al borde de la quiebra total. Sin embargo, segu¨ªan unidos tanto en la mesa como en la familia. Candado contempl¨® a la familia reunida y comiendo juntos, algo que no hab¨ªa experimentado en a?os en su propia casa. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® el se?or. ¡ª?Por qu¨¦ lo preguntas? ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ªHas estado as¨ª por mucho tiempo y apenas has tocado tu comida. ¡ªOh, lo siento ¡ªCandado inclin¨® la cabeza, mir¨® su plato y comenz¨® a comer¡ª. El solo hecho de verlos me trajo recuerdos. ¡ª?Recuerdos? ¡ªpregunt¨® Carolina. ¡ªS¨ª, dolorosos y hermosos... recuerdos. Tras esas palabras, Candado continu¨® comiendo y no dijo nada m¨¢s. No elogi¨® ni coment¨® nada m¨¢s. No porque no supiera qu¨¦ decir, sino porque no quer¨ªa mostrar su lado sentimental, ya que parec¨ªa afectarle profundamente. Cuando terminaron la comida, Candado se levant¨®, agradeci¨® a la familia por invitarlo a su mesa y se dirigi¨® hacia la puerta. Sin embargo, todos se pusieron de pie y lo acompa?aron. Candado, al escuchar que todos estaban detr¨¢s de ¨¦l, se volvi¨® y los mir¨® atentamente, luego mostr¨® una sonrisa, esta vez con un poco m¨¢s de entusiasmo. ¡ªMuchas gracias por la comida. ¡ªVuelve cuando quieras ¡ªdijo la se?ora. ¡ªSiempre ser¨¢s bienvenido en esta casa ¡ªa?adi¨® el se?or. ¡ªEspero que volvamos a vernos ¡ªconcluyeron los tres hermanos. Candado hizo una se?a con la mano y sali¨® de la casa. No se fue solo con su habitual frialdad, sino acompa?ado por la alegr¨ªa y el alboroto. Saber que hab¨ªa ayudado a una familia le dio esperanzas de reparar la suya. Cuando sali¨®, not¨® que Nelson lo estaba esperando en el frente del auto. Candado hizo una mueca y camin¨® hacia ¨¦l, con las manos en los bolsillos, sintiendo la brisa de la tarde acariciando su flequillo y su cuerpo. A medida que se acercaba al auto, mostr¨® una ligera sonrisa, porque sent¨ªa una gran satisfacci¨®n en su coraz¨®n. Candado entr¨® al auto con una sonrisa en el rostro. ¡ª?Te encuentras bien? ¡ªpregunt¨® Nelson sorprendido. ¡ªCreo que s¨ª. No s¨¦ c¨®mo explicarlo, pero de alguna manera me siento feliz. Nelson parpade¨® repetidamente con asombro, levant¨® las cejas y mir¨® el volante. ¡ªDas miedo, muchacho ¡ªdijo Nelson mientras pon¨ªa en marcha el auto. A partir de ese momento, Nelson supo por qu¨¦ camino hab¨ªa optado Candado, y lo ¨²nico que quedaba por hacer era observar. Despu¨¦s de ayudar a la familia de Resistencia, Candado se dirigi¨® nuevamente hacia la agencia tricolor, los Sem¨¢foros. El objetivo estaba claro: conseguir una audiencia con Chandra y lograr su perd¨®n para poder ingresar a la O.M.G.A.B. e informar la situaci¨®n que se estaba viviendo. Candado cre¨ªa que podr¨ªa llegar a un acuerdo con ella, ya que Chandra era una persona f¨¢cil de dialogar. Continuaron en auto durante quince minutos m¨¢s hasta llegar a los Sem¨¢foros o la agencia tricolor. ¡ªGuau, han renovado este lugar, parece nuevo ¡ªobserv¨® Nelson mientras bajaba del auto. ¡ªAs¨ª son ellos ¡ªcoment¨® Candado mientras cerraba la puerta del coche. La agencia estaba ubicada en un lugar casi desolado, sin ninguna casa alrededor, solo algunos ¨¢rboles. Era como una fortaleza, con muros de concreto de entre nueve y once metros de altura que rodeaban casi cinco manzanas de terreno. Solo hab¨ªa una puerta de metal como entrada. En las afueras de la agencia, se pod¨ªan ver c¨¢maras de seguridad por todo el lugar, y en la entrada, dos guardias: uno adulto y otro adolescente, este ¨²ltimo parec¨ªa estar en su primer d¨ªa de trabajo. Dado que el muro era muy alto, apenas se pod¨ªa ver la estructura del edificio, excepto algunas torres y el techo. Candado y Nelson bajaron del coche y se acercaron a la entrada, donde los detuvo un polic¨ªa veterano, un hombre mayor, corpulento, barbudo y con lentes. ¡ª?Qui¨¦nes son ustedes? ¡ªpregunt¨® el guardia. ¡ªYo soy Candado Barret, y este se?or a mi lado es Nelson Torres. Queremos tener una audiencia con los representantes de aqu¨ª. ¡ªLamento decirles que el presidente no est¨¢ presente. ¡ª?Pero su vicepresidente s¨ª? ¡ªS¨ª, pero... ¡ªEst¨¢ bien. ?Nos permites entrar? ¡ªinterrumpi¨® Candado. ¡ªEst¨¢ bien, despu¨¦s de todo, eres un representante de Argentina en la Organizaci¨®n Bernstein, as¨ª que pasa por favor. El guardia ingres¨® a una cabina, toc¨® algunos botones y la puerta se abri¨® lentamente con un ruido molesto. Se pod¨ªa notar que las manos de Candado temblaban detr¨¢s de su espalda debido al irritante ruido, mientras que Nelson se tap¨® los o¨ªdos. Cuando la puerta se abri¨® por completo, Candado levant¨® su boina en un gesto de saludo a los guardias y entr¨® al recinto, acompa?ado de su amigo Nelson. Dentro del edificio, todo era impresionante. Hab¨ªa mucha gente, principalmente ni?os y adolescentes. Hab¨ªa un ¨¢rea que parec¨ªa un aeropuerto y una plaza de descanso con una estatua blanca de Harambee d¨¢ndole la mano a Alfons¨ªn D¨¢ydalo, el creador de los Sem¨¢foros. Se dec¨ªa que D¨¢ydalo, siendo un chico muy pobre, hab¨ªa llegado a lo m¨¢s alto de los gremios debido a su deseo de ayudar a los dem¨¢s. Uno de los problemas mortales que not¨® fue la falta de una patrulla para las actividades de mantenimiento de los gremios. Necesitaban a alguien que informara, redactara y resolviera problemas que pudieran surgir en otros gremios hermanos. Si la corrupci¨®n y el mal manejo en un gremio aumentaba, podr¨ªa convertirse en un problema grave para los Circuitos. As¨ª nacieron los Sem¨¢foros, una entidad que serv¨ªa como los ojos y o¨ªdos de la O.M.G.A.B., asegur¨¢ndose de que el trabajo de los gremios se llevara a cabo correctamente. Tambi¨¦n actuaban como refuerzos para sus hermanos en caso de ataques. Hoy en d¨ªa, esta agencia ten¨ªa presencia en todo el mundo. Alfons¨ªn fue presidente de los Sem¨¢foros durante tres a?os, combatiendo los asaltos de los Circuitos, hasta que muri¨® en combate a la edad de quince a?os. Su hermano menor, Ricardo D¨¢ydalo, lo honraba todos los d¨ªas, convirti¨¦ndose en una figura legendaria tanto para los gremios como para los Circuitos. Para los gremios, era un guerrero leal y valiente, mientras que para los Circuitos, era un tirano mentiroso y una fuente de problemas. Sin embargo, para la agencia tricolor, segu¨ªa siendo el padre de los ideales de igualdad, fraternidad y libertad. Desde entonces, los Sem¨¢foros se hab¨ªan dedicado a ayudar y defender a todos los gremios. Ten¨ªan un sistema de administraci¨®n de justicia completamente independiente de la O.M.G.A.B. para garantizar que siempre se tomaran decisiones justas en casos de impunidad, castigo y expulsi¨®n. Candado Barret, Arce Catherine Lourdes y Cesar Chrome eran las ¨²nicas tres personas capaces de aplicar el castigo a los acusados, lo que los dejaba completamente indefensos en su vida cotidiana. Este sistema hab¨ªa sido establecido por el propio Alfons¨ªn para administrar la justicia, ya que antes era realizado por un Bailak que hab¨ªa pasado su conocimiento a estas tres personas. Candado pase¨® por los jardines de la agencia para matar el tiempo, ya que hac¨ªa mucho que no visitaba el lugar. En cambio, Nelson estaba totalmente fascinado por lo que estaba viendo, nunca antes hab¨ªa presenciado tantos cambios en la agencia. ¡ª?Te importar¨ªa si echo una mirada por all¨ª? ¡ªpregunt¨® Nelson. ¡ªNo, para nada, puedes ir. Nelson se separ¨® de Candado y desapareci¨® en la esquina del edificio, donde hab¨ªa mucha gente. Candado camin¨® hasta la plaza donde todos se reun¨ªan, donde cada uno llevaba una banda en su brazo izquierdo de colores diferentes para indicar su rango, como blanco (Estudiante), rojo (Cabo), amarillo (Infanter¨ªa o Capit¨¢n) y verde (El rango m¨¢s alto de los Sem¨¢foros y el m¨¢s dif¨ªcil de alcanzar). En su camino se encontr¨® con rostros conocidos y los salud¨®, a veces con se?as y otras con un apret¨®n de manos, hasta que decidi¨® descansar en una banca que hab¨ªa por all¨ª. Mientras estaba sentado, observ¨® a su alrededor c¨®mo todos se mov¨ªan de un lado a otro, algunos charlaban y otros se quedaban quietos. En ese momento, una voz familiar lo sorprendi¨®. ¡ªNunca pens¨¦ que vendr¨ªas hoy. Candado se volte¨® y vio a una persona conocida, Reinhold Krauser. Krauser era una figura peculiar, sin ojos, orejas, nariz ni boca a simple vista. Su apariencia era la de un maniqu¨ª blanco, mitad humano y mitad monstruo. Vest¨ªa con elegancia, con pantalones marrones con l¨ªneas blancas, zapatos negros brillantes, camisa celeste de mangas largas, chaleco a juego con los pantalones, corbata negra y un sombrero a juego con su chaleco y pantal¨®n, sin l¨ªneas blancas. Aunque parec¨ªa tranquilo, a veces pod¨ªa ser burl¨®n y sarc¨¢stico, pero en su mayor¨ªa ten¨ªa una actitud reservada. A pesar de su extra?a apariencia, ten¨ªa la capacidad de ver, escuchar y comer a trav¨¦s de una boca que se abr¨ªa en su lugar de origen. A veces, utilizaba su aspecto aterrador para intimidar a sus enemigos, desplegando su boca y cubriendo su cabeza, mostrando una lengua larga y ¨¢spera de color negro, dientes blancos y afilados. En otras ocasiones, usaba su boca para expresarse, ya que era lo ¨²nico que ten¨ªa. Krauser a veces llevaba una gabardina marr¨®n fuerte o roja, un pa?uelo negro alrededor de su cuello, pantalones negros con botas de cuero negro y guantes de cuero marr¨®n oscuro, junto con su caracter¨ªstica venda verde en su brazo izquierdo. En cuanto a sus habilidades, Krauser pose¨ªa un viol¨ªn con el que pod¨ªa inmovilizar a sus enemigos si llegaba a desafinar, pero tambi¨¦n pod¨ªa manipular tanto a amigos como enemigos como t¨ªteres cuando tocaba una melod¨ªa. Adem¨¢s, ten¨ªa la capacidad de crear tent¨¢culos desde su espalda y controlarlos como si fueran brazos adicionales. Su poderosa mand¨ªbula le permit¨ªa devorar objetos grandes como coches o tanques de guerra, y ten¨ªa la habilidad de regenerar extremidades perdidas. Tambi¨¦n era sorprendentemente bueno en la cocina y en la limpieza. ¡ªKrauser, el maniqu¨ª andante, ?c¨®mo te trata la vida? ¡ªbrome¨® Candado. ¡ªMuy gracioso, Candado. La verdad es que la vida me trata mucho mejor que a ti. ¡ªMe lo imaginaba. ¡ª?Te importa si me siento? ¡ªpregunt¨® Krauser. ¡ªNo, adelante por favor. ¡ªGracias ¡ªrespondi¨® Krauser antes de sentarse al lado de Candado. ¡ªDime, ?c¨®mo fue la inspecci¨®n? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªLa verdad, fue muy bien, nunca pens¨¦ que terminar¨ªa tan r¨¢pido. ¡ªBueno, Joaqu¨ªn te tiene mucha estima, no me extra?ar¨ªa que lo hiciera r¨¢pido. ¡ª?T¨² crees? ¡ªClaro, despu¨¦s de todo es tu amigo, ?no? ¡ªBueno, creo que s¨ª, pero es demasiado blando. A prop¨®sito, ?conoces a esa chica muda que est¨¢ con Joaqu¨ªn? Me recuerda a Clementina. ¡ª?Ruth? Bueno, no he hablado mucho con ella, pero creo que es buena persona. ¡ª?Y Moneda? ¡ªEse es un tiro al aire, un loco de la guerra, pero su locura parece ser su fuerte, ya que no le teme a nada, y la verdad eso nos sirve mucho. ¡ª?Has sabido si Joaqu¨ªn ha venido? ¡ªNo, no ha regresado, pero est¨¢ Rozkiewicz. Candado se cubri¨® la cara y dijo. ¡ªNo, la verdad no quiero hablar con ¨¦l, es muy grit¨®n y esa clase de gente me pone nervioso. ¡ªBueno, la verdad, le encanta hacer eso, pero descuida, ¨¦l te conseguir¨¢ todo lo que necesitas. ¡ªSi me lo pones as¨ª, entonces.... ¡ª?Entonces qu¨¦? ¡ªBien, ya lo he decidido, voy a ver a Rozkiewicz. ¡ªReza para que no grite. ¡ªY t¨² vendr¨¢s conmigo. ¡ªOh no se?or, no tengo intenciones de ir. ¡ª?Y si te regalo un alfajor? ¡ªDos. ¡ªHecho, ahora ven. Candado y Krauser se levantaron del asiento y se dirigieron al edificio, caminando uno al lado del otro como camaradas, aunque Krauser solo decidi¨® ir por conveniencia. Cuando entraron, el ambiente estaba muy limpio y la fragancia del aire era fresca. Ten¨ªan aire acondicionado y hab¨ªa recepcionistas a la entrada con un cartel del logotipo de los Sem¨¢foros, que era un escudo estilo medieval con los tres colores. Afortunadamente, estaban bastante distra¨ªdos como para notar la presencia de ambos. Candado y Krauser tomaron el ascensor y subieron hasta el ¨²ltimo piso del edificio. Aunque formalmente ten¨ªa doce pisos, salieron del ascensor y tomaron el ¨²nico camino derecho que hab¨ªa en ese piso. Les esperaba una puerta muy grande, y Candado no toc¨® con delicadeza, sino que le meti¨® un pu?etazo para que se escuchara su llamada. ¡ªTranquilo Candado, vas a romper la puerta ¡ªdijo Krauser con preocupaci¨®n. Antes de que Candado pudiera contestar, la puerta se abri¨®, revelando una sala grande con cinco personas. Dos de ellas eran mujeres, una estaba sentada al frente en un sill¨®n blanco, bien vestida y con anteojos oscuros. Los otros cuatro estaban sentados, pero miraban hacia Candado, lo que insinuaba que estaban en una reuni¨®n importante. ¡ª?CANDADO! ?Qu¨¦ tal? ¡ªexclam¨® Rozkiewicz mientras se quitaba los anteojos oscuros. ¡ªBuenos d¨ªas, se?or presidente. ¡ª?MANIQU¨ª! Bienvenido. ¡ª?Interrumpo algo? ¡ªEh, no, justamente est¨¢bamos hablando de vos. Candado camin¨® hacia el frente para poder ver los rostros de las personas con las que estaba hablando Rozkiewicz. ¡ªLos presento, ¨¦l es Candado Barret, representante de la O.M.G.A.B. y nuestro campe¨®n en todos los de la¡­. ?ARGENTINA CARAJO! ¡ªexclam¨® Rozkiewicz mientras se arrimaba al hombro de Candado. ¡ªSaludos ¡ªrespondieron todos al mismo tiempo. Candado decidi¨® empezar con el primer sill¨®n, una mujer joven con un b¨¢culo en la mano, un pajarito en la cabeza y vestida con t¨²nicas verdes y rojas. ¡ªHola, soy Sof¨ªa Ibarra Zapir¨®n, mucho gusto. ¡ªVaya, he o¨ªdo hablar de usted, la dr¨ªade de la Argentina, una de las mejores en el control de la naturaleza. ¡ªPrefiero llamarlo cooperaci¨®n mutua. Candado tom¨® la mano de Sof¨ªa y le dio un beso en la contrapalma. ¡ªMis respetos hacia su pueblo, ustedes son los ¨²nicos que siempre nos han ayudado a nosotros, los gremios. ¡ªNo hay de qu¨¦. Luego, Candado liber¨® la mano de Sof¨ªa y se dirigi¨® al que estaba a su lado, un ni?o joven con pantalones vaqueros, una campera de cuero negro y unas extra?as hombreras de clavos bastante afilados. En su pecho, llevaba un emblema de un cactus rojo. ¡ªBuenas tardes, se?or, mi nombre es Walter Dussek. ¡ªVaya, Walter, el ni?o que maneja los cactus a voluntad. Es muy famoso en el norte debido a sus poderes con la arena y la magia Rekla'' darica. Es un honor para m¨ª que est¨¦ en los Sem¨¢foros. ¡ªJe, s¨ª, aunque es la primera vez. El m¨¦rito no es solo m¨ªo. Candado estrech¨® la mano de Walter Dussek. ¡ªBienvenido al Chaco. ¡ªGracias. ?Cactus? ¡ªEh, no. Luego continu¨® y se encontr¨® con el tercer sill¨®n, donde hab¨ªa un hombre con aspecto elegante y muy p¨¢lido. Parec¨ªa que era su primera vez en un lugar como el Chaco. Vest¨ªa de blanco de pies a cabeza, ten¨ªa un pa?uelo celeste envuelto en su cuello y medallas que cubr¨ªan parcialmente su pecho. Llevaba un sombrero con una pluma roja en ¨¦l. ¡ªSaludos, se?or Candado, mi nombre es Johan M. Debe estar halagado por mi presencia. ¡ª?Y qui¨¦n es este pelotudo? ¡ªpregunt¨® Candado mientras miraba a su alrededor. ¡ªEl se?or Johan es un caza recompensas, es neutral ¡ªexplic¨® Rozkiewicz. ¡ªSoy demasiado valioso como para ensuciarme las manos con migajas. Es solo el hecho de estar aqu¨ª, lo que le da brillo a esta pocilga. Candado estaba teniendo una severa crisis de nerviosismo en su ojo derecho. Nunca antes hab¨ªa visto tanto egocentrismo en una sola persona, a tal punto que solo de seguir escuchando sus palabras le provocaba un dolor de o¨ªdo terrible. No pod¨ªa creer que estaba a punto de romperle la cara a un invitado importante. Ni siquiera eso, Candado no pod¨ªa decir la palabra "invitado importante". Primero muerto que antes decir eso. Sin embargo, Candado mostr¨® una falsa expresi¨®n de gusto y, de manera respetuosa, le dio la mano. ¡ªEs un... ¡ªCandado cerr¨® su ojo izquierdo y mir¨® hacia arriba, como si estuviera pensando en qu¨¦ decirle, luego continu¨®¡ª. Gusto de tenerlo aqu¨ª. ¡ª?Gusto? No, doy m¨¢s que eso, doy prestigio a este establecimiento cutre. Candado apret¨® con fuerza la mano de Johan hasta causarle dolor. ¡ªLo mismo digo. ¡ªNo me doli¨®, hago ejercicio. Candado cerr¨® los ojos, contuvo el aire y luego exhal¨® profundamente. Luego se dirigi¨® al ¨²ltimo asiento, donde estaba una ni?a bastante formal, con una actitud noble, vestida con ropas celestes, rojas y amarillas en un dise?o que Candado nunca hab¨ªa visto. Llevaba una tiara con un diamante verde en el centro de su cabeza como adorno, ten¨ªa el cabello corto y guantes blancos, y su rostro reflejaba la ternura de una ni?a inocente. ¡ªBuenas tardes, se?or Candado, mi nombre es Cantero Amana Agostina. ¡ªVaya, perd¨®name, pero no te conozco. ¡ªNo hay problema, es muy com¨²n que pase eso. La verdad, no me importa ser famosa. ¡ª?Qu¨¦ es esa humildad? ¡ªLa verdad, no soy humilde, solo soy una persona normal que hace su trabajo para ayudar a los dem¨¢s. Es lo que hacen los gremios, ?no? Candado qued¨® totalmente desconcertado por lo que acababa de o¨ªr. No pod¨ªa creer que alguien como ella no se considerara humilde, sino simplemente una trabajadora gremial normal que se dedicaba a ayudar a los dem¨¢s. ¡ªBien, creo dos cosas, o eres una ilusa o de verdad eres un ser humanitario. ¡ªNo, no, para nada. Es de verdad, solo me dedico a ayudar a los dem¨¢s en nombre de Harambee y de los gremios. ¡ªTomar¨¦ la iniciativa de ser un ser bondadoso. ¡ªCandado le dio un apret¨®n de manos y continu¨®¡ª. Mucho gusto, espero que nos llevemos bien. ¡ªPara que sepas un poco m¨¢s, Candado, ella pertenece a la oligarqu¨ªa de Buenos Aires y es amiga de una amiga tuya. ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªSara de Holy Truth. ¡ªNo puedo creerlo, parece que al final hiciste una amiga. Para completar, ella es hija de una familia de clase alta con un coraz¨®n de oro, o mejor dicho, de platino. Johan levant¨® la mano e interrumpi¨® la conversaci¨®n. ¡ªDisculpen, pero yo tambi¨¦n soy humilde. ¡ª?Usted? ¡ªpregunt¨® Candado de manera asqueada. ¡ªS¨ª, soy el m¨¢s humilde de todo el universo. Soy el mejor en ser humilde. ¡ªDebe ser incre¨ªble en ser bueno en ayudar a los dem¨¢s, ?no? ¡ªpregunt¨® Cantero. ¡ªJa, reconoces mi grandeza, peque?a. Los que me siguen siempre son recompensados. ¡ªEsto se est¨¢ yendo por las ramas ¡ªdijo Walter. ¡ª?ORDEN! Por favor, necesitamos hablar sobre estos temas, as¨ª que por favor esc¨²chenme. Los he llamado porque se avecina una guerra con los Circuitos. ¡ª?Guerra? ?Con los Circuitos? ¡ªExacto, se?orita Sof¨ªa, se avecina una guerra y es nuestro deber pararla, as¨ª que¡­ Candado golpe¨® la mesa con su pu?o. ¡ª?NO! ¡ª?Qu¨¦ te sucede? ¡ªpregunt¨® Johan. ¡ªUstedes no lo entienden, los Circuitos son inocentes, ellos no tienen nada que ver en esto. ¡ªEso es gracioso, los Circuitos ?Inocentes? Imposible ¡ªdijo Rozkiewicz. ¡ªEsperen un momento, siempre es bueno escuchar las opiniones de los dem¨¢s. ¡ªSof¨ªa tiene raz¨®n, hay que escucharlo ¡ªrecomend¨® Cantero. ¡ªExpl¨ªcate, por favor ¡ªdijo Krauser mientras colocaba su mano en el hombro de Candado. ¡ªBien, esto es lo que s¨¦. Candado comenz¨® a contar todo lo que hab¨ªa pasado en los ¨²ltimos d¨ªas. Les habl¨® de los Testigos y de las personas que lo hab¨ªan atacado, mencionando sus nombres: Guz, Jane, Joel y Rose. Tambi¨¦n les explic¨® el prop¨®sito de su existencia y su posible t¨¢ctica para desencadenar una guerra entre los gremios y los Circuitos. Les habl¨® de la misi¨®n de traer de vuelta a la Tierra a su l¨ªder, T¨¢natos. Detall¨® cada paso y cada punto de informaci¨®n relevante. Los dem¨¢s escucharon atentamente cada palabra que sal¨ªa de sus labios. Cuando Candado termin¨® su explicaci¨®n, todos comenzaron a reflexionar sobre lo que hab¨ªa contado. Sin embargo, no fue suficiente para convencer a algunos de ellos. ¡ªEs una locura ¡ªse preocup¨® Rozkiewicz. ¡ªNo puedo creerlo ¡ªse alarm¨® Cantero. ¡ªCreo que ellos ser¨ªan el mejor postor ¡ªexpres¨® Johan de manera desinteresada. ¡ªDebe haber un error, no es posible que... ¡ªNo hay error. Dijo una voz misteriosa, y todos voltearon para ver qui¨¦n estaba hablando. Era Joaqu¨ªn, acompa?ado por Moneda, Ruth, Clementina, Hammya y H¨¦ctor. ¡ª?BARRETO! ??C¨®MO ANDA!? ¡ªgrit¨® Rozkiewicz. ¡ªQu¨¦ retraso mental, por Dios ¡ªdijo Johan. ¡ª?Ustedes tres qu¨¦ hacen aqu¨ª? ¡ªVenimos a ver para que no te metieras en problemas, Ern¨¦st ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Ern¨¦st? Oh, ya veo, te descendieron, ?no es as¨ª? ¡ªse burl¨® Joaqu¨ªn. ¡ªNo, solo est¨¢ de vacaciones, dentro de unos d¨ªas podr¨¢ volver ¡ªaclar¨® Clementina. ¡ªBueno, bueno, dejando eso aun lado, ?C¨®mo sabes que lo que dice Candado es cierto? ¡ªMi querido amigo, tengo las pruebas conmigo, ?Ruth, me har¨ªas el honor? Joaqu¨ªn extendi¨® la mano derecha, y Ruth le entreg¨® unos documentos. ¡ªBien, damas y caballeros. ¡ªAqu¨ª, est¨¢ la prueba ¡ªdijo Joaqu¨ªn mientras sacaba unos cuantos papeles de la carpeta y los deslizaba por la mesa. ¡ª?Qui¨¦nes son ellos? ¡ªpregunt¨® Sof¨ªa. ¡ªBuena pregunta, mi se?ora. Ellos son los Testigos. ¡ªJ?rgen Czacki, R?sse?s Andrea, Guz, Joel la Valle, Rose la Valle, Jane la Valle, Amasai Chesulloth, Azricam Betah, Dockly Fernando e Isabel Castillo, ?qui¨¦n carajo son estos? Son extra?os ¡ªdijo Rozkiewicz. ¡ªEsos son los que conforman actualmente los Testigos. ¡ª?C¨®mo conseguiste esto? ¡ªpregunt¨® Candado mientras sosten¨ªa una de las hojas. ¡ªFue gracias a William. ¡ªDeb¨ª imaginarlo. ?D¨®nde est¨¢ ahora? Ese desgraciado me debe dinero. ¡ªLamento comunicarte, Candado, que est¨¢ en el sur ahora, y no vendr¨¢ por unos d¨ªas. ¡ªEs incre¨ªble este lugar ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Por qu¨¦ ella est¨¢ aqu¨ª? S¨®lo causar¨¢ problemas ¡ªdijo Candado, pero nadie lo escuch¨®. ¡ªVaya, qu¨¦ cabello hermoso ¡ªdijo Cantero. ¡ª?Cooperas con la naturaleza? ¡ªpregunt¨® Sof¨ªa. ¡ªVaya, parece un cactus ¡ªcompar¨® Walter. ¡ªEs hermosa ¡ªdijo Johan. ¡ªBueno yo¡­ ¡ª?Podemos concentrarnos? ¡ªEscuchen a Candado, despu¨¦s hablar¨¢n con la nueva. Todos aceptaron la propuesta de Krauser y le prestaron atenci¨®n. ¡ªBien, ?esto es todo, Joaqu¨ªn? ¡ªNo, todav¨ªa falta saber qui¨¦n es su l¨ªder, no he tenido ¨¦xito, pero s¨¦ que a su l¨ªder lo llaman el profanador. ¡ª?Alguien m¨¢s tiene esta informaci¨®n? ¡ªpregunt¨® Rozkiewicz. ¡ªS¨ª, de hecho, Maldonado me rob¨® los informes. ¡ª??QU¨¦!? ¡ªexclamaron todos. ¡ªLo que oyeron, Maldonado me rob¨® los informes. ¡ªEres est¨²pido o qu¨¦, ?C¨®mo se te ocurre dejar estos documentos sin protecci¨®n? ¡ªH¨¦ctor Ram¨ªrez Bonamico Mateo, genio en todo lo que tenga que ver con la inform¨¢tica y las matem¨¢ticas. S¨¦ lo que hice y soy consciente de la situaci¨®n, pero esto fue necesario para la causa. ¡ª?Por qu¨¦ dar esa informaci¨®n a nuestros enemigos? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. En ese momento, Johan levant¨® las piernas sobre la mesa e interrumpi¨®. ¡ªLo que ¨¦l hizo es inteligente. ¡ª?De qu¨¦ hablas? ¡ªSupongo que ¨¦l dej¨® los escritos solos en una mesa y en una oficina con llave, para que los robaran al d¨ªa siguiente. ¡ª?Lo hiciste a sabiendas? ¡ªpregunt¨® Moneda. ¡ªClaro que lo hice, fue mi plan despu¨¦s de todo. ¡ªNo entiendo ?por qu¨¦ lo hiciste? Candado qued¨® totalmente pensativo desde el momento en que ¨¦l dijo que hab¨ªa hecho a sabiendas su negligencia, pero despu¨¦s de tanto pensar, encontr¨® una respuesta certera a la situaci¨®n y al plan de su amigo. ¡ª?Compartiste indirectamente informaci¨®n con los Circuitos? ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpreguntaron todos al mismo tiempo, exceptuando a Johan. ¡ªOh, Candado lo ha descifrado, eres bueno, aunque no tanto como yo. ¡ªCierra la boca, Johan ¡ªdijo Sof¨ªa. ¡ª?Por qu¨¦ lo har¨ªas? Vos sabes muy bien que son nuestros enemigos centenarios ¡ªexigi¨® Rozkiewicz. ¡ªPiensen un rato, ?de qu¨¦ nos sirve ocultar informaci¨®n a aquellos que son enemigos de nuestros enemigos? Creo que es hora de compartir informaci¨®n de los Testigos si queremos vencerlos o si no, seremos divididos y todos moriremos. ¡ªFue muy inteligente de tu parte, Joaqu¨ªn. ¡ªEl m¨¦rito no es m¨ªo, se?orita Cantero, la idea me la dio Sof¨ªa, indirectamente. ¡ª?C¨®mo? ¡ªEn uno de sus discursos, usted dijo: "El dolor de aquellos que son inmortales ha llevado a la guerra y la muerte a incontables de inocentes, para justificar lo injustificable, los Circuitos gobernaron tres a?os enteros porque no fuimos capaces de permanecer unidos". ¡ªEse es el discurso que di en el d¨ªa de los ca¨ªdos, hace m¨¢s de un a?o. ¡ªExacto, ese discurso me ense?¨® algo importante. En tiempos de guerra, hay que estar unidos y, en este caso, nuestros enemigos son los Testigos y no los Circuitos. ¡ªPero lo que hiciste es ilegal. ¡ªLo s¨¦, Rozkiewicz, por eso esto quedar¨¢ entre nosotros. ¡ª?Qu¨¦ te hace pensar que lo har¨¦? ¡ªpregunt¨® Johan. En ese momento, todos, exceptuando a Cantero, sacaron sus armas y las apuntaron al cuello de Johan. ¡ªEst¨¢ bien, cerrar¨¦ la boca. ¡ªBien, con eso cerramos este caso ¡ªdijo Clementina. Todos se rieron, exceptuando a Candado, que solo permaneci¨® en silencio mientras miraba por la ventana enorme que hab¨ªa en la sala. Joaqu¨ªn lo sigui¨® detr¨¢s de ¨¦l y puso su mano en su hombro. ¡ªDime, ?qu¨¦ necesitas? Cuando llegu¨¦ aqu¨ª, los guardias me hablaron de que vos me estabas buscando. ¡ªNecesito que me hagas un favor. ¡ª?Otro? Vaya. ¡ªNecesito que me consigas una entrevista con Chandra. ¡ª?La presidenta? ?Y qu¨¦ quieres con ella? ¡ªEs sobre el tema de mi situaci¨®n. ¡ªSer¨¢ dif¨ªcil, ver¨¦ qu¨¦ puedo hacer. ¡ªGracias, Joaqu¨ªn, eres un amigo. Despu¨¦s de decir eso, Joaqu¨ªn not¨® algo afuera de la ventana. ¡ªMira a ese chico rubio de all¨ª, ?D¨®nde lo hab¨ªa visto? Parece que viene hacia aqu¨ª. Desde la ventana, Candado trataba de ubicarlo. Era un chico de m¨¢s o menos catorce a?os que caminaba con las manos en la espalda, vestido de negro y que lentamente se acercaba a la puerta de los muros. ¡ªEs¡­ creo que es ¡ªJoaqu¨ªn abri¨® lentamente los ojos del asombro, como si hubiera visto un fantasma. Candado frunci¨® el ce?o y abri¨® la boca. Era claro que estaba muy sorprendido. ¡ªEs¡­ ?DESZA! TESTIGOS DE UN CAOS ¨¦l estaba en frente, caminando tan tranquilo como siempre. Candado era el ¨²nico que pod¨ªa identificarlo. ¡ª?Est¨¢s seguro? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªNo hay duda. ¡ªEspera, ?qu¨¦ est¨¢ haciendo? Candado y Joaqu¨ªn vieron c¨®mo Desza sacaba un machete y lo incrustaba en el cuerpo del polic¨ªa anciano y gordo. ¡ª?MARIO! ¡ªgrit¨® Joaqu¨ªn. Este grito alert¨® a todos los presentes. ¡ª?Qu¨¦ sucede, jefe? ¡ªpregunt¨® Krauser. Joaqu¨ªn volte¨® y dijo: ¡ª?TODOS, R¨¢PIDO! ?HAY QUE...! ¡ª?CUIDADO! ¡ªgrit¨® Candado. En ese preciso momento, una piedra muy grande destruy¨® la ventana y cay¨® sobre Joaqu¨ªn y Candado. ¡ª??QU¨¦ ES ESTO!? ¡ªgrit¨® Hammya. Krauser y H¨¦ctor corrieron hasta la destrozada ventana. Ambos pudieron visualizar al autor del ataque, un sujeto con una armadura medieval, levantando la mano hacia su posici¨®n. ¡ªAzricam ¡ªdijo H¨¦ctor sorprendido. La piedra barri¨® con todo el lugar, destruyendo no solo la ventana, sino la sala entera. Afortunadamente, gracias al escudo de Cantero, salieron ilesos. Sin embargo, Joaqu¨ªn y Candado quedaron atrapados bajo la piedra. ¡ª?CANDADO! ¡ªgrit¨® Clementina. H¨¦ctor y Krauser se alertaron y volvieron su preocupaci¨®n hacia ellos. Johan corri¨® hacia la piedra y le meti¨® una patada que la destruy¨®. Debajo de las cenizas, estaban Candado y su amigo, quien hab¨ªa usado su flama como escudo para protegerse a s¨ª mismo y a Candado. Hammya corri¨® hacia Candado y lo ayud¨® a ponerse de pie, mientras Moneda y Ruth ayudaban a Joaqu¨ªn, quien ten¨ªa una herida en la frente que sangraba. ¡ªR¨¢pido, hay que detenerlos. Despu¨¦s, Joaqu¨ªn se desmay¨®. Candado recuper¨® r¨¢pidamente su postura y corri¨® hacia el enorme hoyo que hab¨ªa provocado esa roca, con los dem¨¢s sigui¨¦ndole. Ah¨ª lo vieron: Desza, desquiciado, estaba encima del muro ri¨¦ndose mientras levantaba su machete ensangrentado y gritaba. ¡ª?ES HORA DE QUE SEAN DESTRUIDOS! ¡ªluego fij¨® su vista en el enorme agujero que hab¨ªa hecho la piedra de uno de sus camaradas, mir¨® a Candado, con su ropa sucia y una enorme felicidad¡ª. ?CANDADO, ES HORA DE QUE PAGUES POR LO QUE ME HAS HECHO! ¡ªluego baj¨® su machete como un general, y sus subordinados saltaron los muros, mientras otros derribaban la puerta grande. ¡ªDesgraciados ¡ªCandado volte¨® y vio a sus camaradas¡ª. Moneda, Ruth y Cantero, qu¨¦dense y cuiden a Joaqu¨ªn. El resto, venga conmigo. Clementina, llama a nuestros compatriotas. ¡ª?Qu¨¦ vas a hacer, Candado? ¡ªCantero Agostina, conf¨ªo en tus poderes de escudo. Quiero que nos bajes por ah¨ª ¡ªdijo Candado mientras se?alaba el agujero. ¡ªPero son como trece pisos, es una locura. ¡ªHazlo ahora, por favor. ¡ªBien, lo har¨¦. ¡ªYa se ha hablado. Cantero extendi¨® sus manos hacia ellos y comenz¨® a crear una esfera amarilla a su alrededor, elev¨¢ndolos por los aires. ¡ª?Est¨¢s seguro de que funcionar¨¢? ¡ªpregunt¨® Rozkiewicz. ¡ªNo tengo idea, pero conf¨ªo en que lo har¨¢ bien. Las palabras de Cantero preocuparon a los dem¨¢s, y sus rostros reflejaban arrepentimiento por haber escuchado a Candado. Sin embargo, Cantero segu¨ªa concentr¨¢ndose, confiando en que podr¨ªa lograrlo. Una vez que los elev¨® por los aires, comenz¨® a bajarlos r¨¢pidamente, como si estuvieran cayendo. ¡ª?VAMOS A MORIR! ¡ªgritaron Rozkiewicz y H¨¦ctor. Pero para su sorpresa, no fue as¨ª. No murieron, y la operaci¨®n fue un ¨¦xito; Candado y los dem¨¢s llegaron al suelo. ¡ªBien, sep¨¢rense y neutral¨ªcenlos. ¡ªNo me separar¨¦ de usted ¡ªdijo Clementina. ¡ªNi yo ¡ªa?adi¨® H¨¦ctor. ¡ªBueno, bueno, vamos a por ellos. Todos (excepto Johan) asintieron y gritaron: ¡ª?POR HARAMBEE! Luego de ese grito, todos tomaron caminos opuestos y se dirigieron hacia el enemigo. El lugar se convirti¨® en un campo de batalla, con ni?os peleando contra adultos armados y enmascarados. No pod¨ªan creerlo; la agencia estaba siendo atacada, hab¨ªa fuego y disparos. Cada uno hac¨ªa lo que pod¨ªa para retenerlos y proteger a sus camaradas. Sof¨ªa corr¨ªa hacia una multitud de sujetos armados con ametralladoras que disparaban indiscriminadamente. Lo curioso es que llevaban un ¨¢guila en sus pechos. Ella, utilizando sus poderes de la naturaleza, usaba el terreno como arma. Con su b¨¢culo, golpe¨® el suelo con fuerza y de la tierra emergieron ra¨ªces que atraparon a los sujetos armados y los arrojaron al suelo. Luego, con gestos de sus dedos, manejaba a voluntad cada ra¨ªz de los ¨¢rboles como si fuera una extensi¨®n de su cuerpo. Sof¨ªa not¨® que recib¨ªa disparos por la espalda y, r¨¢pidamente, dio un fuerte pisot¨®n en el suelo, provocando que ¨¢rboles inmensos crecieran y la rodearan para protegerla de las balas. Una vez segura, enterr¨® sus manos en la tierra, y su piel comenz¨® a convertirse lentamente en un mineral extra?o que la cubr¨ªa por completo. ¡ªSientan la ira de la naturaleza, perros sarnosos. Los ¨¢rboles bajaron y revelaron a una Sof¨ªa cubierta de un extra?o mineral azul. Era m¨¢s ¨¢gil, corr¨ªa y daba pu?etazos limpios. De vez en cuando, usaba su magia y su b¨¢culo para invocar las ra¨ªces y atacar a los enemigos. Finalmente, se encontr¨® con una ni?a de piel roja y ojos totalmente blancos, con una capa negra y una corona. ¡ª?Qui¨¦n diablos eres? ¡ªpregunt¨® Sof¨ªa mientras se?alaba a la ni?a con su b¨¢culo. La ni?a mostr¨® una sonrisa y levant¨® la mano, de la cual sali¨® lava. Sof¨ªa logr¨® esquivarla, pero tambi¨¦n vio un charco de lava que consum¨ªa la tierra. ¡ªYa lo entiendo, t¨² eres Andrea R?sse?s. ¡ªEs hora de que te derritas, gremialista ¡ªdijo Andrea con una voz aparentemente suave y dulce. Por otro lado, Walter Dussek corr¨ªa por el lugar, ayudando a los heridos y deteniendo el ataque de los Testigos mientras todos entraban en los bunkers. Los estudiantes de rango rojo y blanco, que no todos ten¨ªan experiencia en combate, buscaban refugio. Walter recorr¨ªa la zona en busca de personas que necesitaran ayuda hasta que se vio atrapado en un fuego cruzado, con los del rango verde luchando contra el enemigo. Walter se acuclill¨® y comenz¨® a recitar unas palabras en Greven, el lenguaje de los Zilido del pueblo de las monta?as desiertas de Salta y Jujuy. Mientras hablaba en un dialecto extra?o, una especie de armadura hecha de cactus brot¨® de su cuerpo, ocultando todo su cuerpo y cabeza, dejando solo su rostro a la vista. ¡ªEs hora de jugar ¡ªdijo Walter mientras se levantaba y estiraba de forma inhumana, como si fuera de goma. Sus brazos se estiraban y golpeaban a todo aquel que estuviera armado. Sus pinchos lastimaban severamente a sus enemigos, y sus brazos continuaban estir¨¢ndose, dando pu?etazos a los que disparaban. Comenz¨® a usar su palma de la mano para lanzar pinchos como si fueran armas, aunque no eran lo suficientemente fuertes como para matar a alguien. Luego, not¨® a francotiradores parados en los muros. Walter se prendi¨® en una de las columnas y se lanz¨® a toda velocidad hacia uno de los tiradores. Antes de que el francotirador pudiera reaccionar, Walter lo alcanz¨® y le asest¨® un golpe en el pecho que lo hizo caer al suelo, mat¨¢ndolo instant¨¢neamente. Continu¨® corriendo por el muro, echando a todos los que portaban rifles, algunos mor¨ªan por la ca¨ªda y otros quedaban con vida, pero no representaban una amenaza. Lleg¨® a un ni?o armado con agujas. ¡ªNo permitir¨¦ que te interpongas en nuestra misi¨®n ¡ªdijo el ni?o. ¡ª?Acaso su misi¨®n es liquidar a simples ni?os? ¡ªrespondi¨® Walter. ¡ªNo, pero... ¡ªNo hables, no quiero escuchar a escorias como ustedes. Mis hermanos escuchar¨¢n la melod¨ªa de la victoria una vez que te haya liquidado, monstruo. ¡ªEso no va a pasar ¡ªdijo Walter mientras sacaba sus agujas. Ambos se enzarzaron en la lucha, las agujas y la astucia de Joel contra los poderosos pinchos de Walter Dussek. Por otro lado, Johan avanzaba implacablemente, liquidando a todos los que portaban armas con su espada. No mostraba piedad alguna; si hab¨ªan intentado matarlo, no los perdonaba. Corr¨ªa a una velocidad incre¨ªble, degollando a sus enemigos sin darles oportunidad de defenderse y sin que su ropa fina y blanca se manchara de sangre. De vez en cuando, Johan ayudaba a otros que lo necesitaban, utilizando su poder de duplicar objetos para clonar armas y entreg¨¢rselas a sus camaradas para que pudieran defenderse. Luego, en la distancia, Johan avist¨® a un joven vestido y con ojeras en el rostro, luchando contra una multitud de Sem¨¢foros de rango verde. La escena le sorprendi¨® enormemente. Claro, aqu¨ª tienes una versi¨®n revisada de tu texto: Johan tom¨® impulso con su pierna derecha, prepar¨¢ndose para abalanzarse a toda velocidad sobre su adversario, como una bala lanzada de un rev¨®lver. Su objetivo: asestar un golpe fatal. Sin embargo, justo cuando su espada estaba a punto de alcanzar la nuca de su oponente, este gir¨® r¨¢pidamente y detuvo el ataque con su mano izquierda, usando el pulgar y el dedo ¨ªndice, manteniendo una expresi¨®n impasible en su rostro. La habilidad de este joven desconocido para contrarrestar su velocidad y t¨¢ctica sorprendi¨® a Johan, pero el joven enigm¨¢tico respondi¨® con una sonrisa ir¨®nica. ¡ªJe, parece que eres diferente a esos idiotas. Ahora que te observo m¨¢s de cerca, ah, ya veo, eres J?rgen Czacki, ?verdad? J?rgen entrecerr¨® los ojos, intrigado. ¡ª?C¨®mo sabes mi nombre? ¡ªTe lo dir¨¦ si logras vencerme, aunque es obvio que yo nunca pierdo. J?rgen respondi¨® con una patada en el pecho que envi¨® a Johan a varios metros de distancia. ¡ªEres de los que hablan mucho, ?verdad? Me asegurar¨¦ de silenciarte. Johan se lanz¨® nuevamente contra J?rgen con su espada, mientras este ¨²ltimo lo esperaba con imperturbable tranquilidad. Mientras tanto, Krauser se esforzaba por proteger a su grupo en medio del caos. Usando sus tent¨¢culos, golpeaba a todo enemigo que se acercara a su lado. Aunque hab¨ªa perdido su sombrero en la refriega, no era momento de preocuparse por la formalidad. Las balas que lo alcanzaban no le hac¨ªan da?o; incluso los agujeros que perforaban sus ropas se cerraban r¨¢pidamente mientras expulsaba los proyectiles. Los cartuchos vac¨ªos ca¨ªan al suelo mientras continuaba su fren¨¦tico avance, deshaci¨¦ndose de los asesinos que se le cruzaban. Sin embargo, un escalofr¨ªo recorri¨® su espalda cuando presenci¨® una escena que desgarr¨® su alma: un hombre encapuchado acribillaba a un ni?o que se hallaba en el suelo, suplicando piedad. Krauser, impulsado por la ira y la impotencia ante tal crueldad, liber¨® su lado m¨¢s oscuro. No hab¨ªa motivo alguno para perdonar a los culpables de semejante atrocidad. Abandonando a su compa?ero herido en los refugios, se dirigi¨® directamente hacia el asesino. Cuando el individuo se dio cuenta de la inminente amenaza, dispar¨® fren¨¦ticamente su arma. Sin embargo, Krauser, con sus tent¨¢culos, intercept¨® las balas antes de que lo alcanzaran. Esto desconcert¨® al atacante, quien redobl¨® sus esfuerzos para defenderse, pero en vano. Krauser salt¨® hacia ¨¦l, lo derrib¨® y lo inmoviliz¨® en el suelo. ¡ªAsesinaste a un ni?o, eres un monstro que merece morir. Dicho esto, utiliz¨® la fuerza de su tent¨¢culo para arrancarle una pierna al hombre, infligi¨¦ndole un dolor insoportable. El sujeto gritaba y suplicaba, pero Krauser, impulsado por su ira, no mostraba piedad. Con rapidez, hundi¨® su mano izquierda en el pecho del asesino, extrayendo su coraz¨®n con una fuerza descomunal. La sangre salpic¨® sobre ellos, pero en ese momento, el destino del hombre ya estaba sellado. A pesar de sus gritos desgarradores, l¨¢grimas y s¨²plicas, no hab¨ªa salvaci¨®n. Sus ojos estaban desorbitados, y su rostro mostraba el sufrimiento indescriptible que hab¨ªa experimentado. La v¨ªctima hab¨ªa soportado un tormento inimaginable. Con el coraz¨®n en la mano, Krauser no dud¨® y lo devor¨® de un solo bocado. Dicho eso, procedi¨® a arrancarle una pierna con la fuerza de su tent¨¢culo, provocando un aumento en el dolor del hombre. Pero despu¨¦s, desesperado por verlo morir, Krauser hundi¨® su mano izquierda en el pecho del asesino con una tremenda fuerza, extrayendo su coraz¨®n de su inmundo cuerpo. La sangre salpic¨® sobre ¨¦l y sobre el sujeto, aunque este ¨²ltimo ya no importaba. A pesar de los gritos desgarradores, el llanto y las s¨²plicas, nada de eso sirvi¨®. Las l¨¢grimas recorr¨ªan el rostro del hombre, y sus ojos estaban desorbitados. La v¨ªctima hab¨ªa sufrido inmensamente. Krauser, sosteniendo el coraz¨®n en su mano, no dud¨® en devorarlo de un solo bocado. Mientras Krauser continuaba con su macabra tarea, un ni?o se aproximaba a ¨¦l con las manos a la espalda. ¡ªCurioso ?No? Dije que esto pasar¨ªa si mand¨¢bamos a estas personas a disparar a estos pobres ni?os, es una verdadera pena que hayas liquidado a Rock, era un loco s¨¢dico, pero me hubiese gustado haberlo eliminado yo. Krauser volte¨® y vio al individuo que le estaba hablando, era un ni?o con t¨²nica roja y con una m¨¢scara de madera con dos orificios para poder ver, pero que no se pod¨ªa notar sus ojos, ya que ten¨ªa una tela negra que los cubr¨ªa. ¡ªUstedes han cometido el grav¨ªsimo error de atacarnos, van hacer liquidados. ¡ªLo s¨¦, fue est¨²pido, pero yo no hago las reglas, sino mi jefe. Krauser se puso de pie, se limpi¨® la sangre de su cara, ocult¨® nuevamente su boca y se prepar¨® para atacarlo. ¡ªRecibir¨¢n el castigo divino de Harambee y tu Guz, recibir¨¢s mi castigo. ¡ªEso espero, eso espero. Mientras Krauser estaba a punto de empezar a pelear con Guz, Rozkiewicz tuvo la fortuna de no enfrentarse a un oponente formidable. Sus habilidades de lucha estaban destinadas a defender a sus amigos. Recorr¨ªa el campo y lideraba a sus hermanos hacia la batalla, desempe?ando el papel de un general que comandaba a sus soldados en la refriega. Gracias a su liderazgo, lograron organizarse y pelear con valent¨ªa, sin temor. La moral de su grupo hab¨ªa crecido de manera significativa. En medio de la multitud, sin embargo, se encontraba una persona especial: Chesulloth, una ni?a con una m¨¢scara blanca que mostraba una sonrisa macabra. Vest¨ªa una capa que cubr¨ªa parcialmente su cuerpo y, al notar que no podr¨ªa vencer a un ej¨¦rcito tan motivado, decidi¨® urdir un plan. Comenz¨® a correr entre la multitud y grit¨® con todas sus fuerzas: ¡ª?ROZKIEWICZ HA MUERTO! ?EL PRESIDENTE ROZKIEWICZ HA MUERTO! Estas palabras comenzaron a asustar a las tropas, sembrando la confusi¨®n y el temor en sus filas. Muchos soldados comenzaron a desmoralizarse y huir. Esto no era lo que Rozkiewicz hab¨ªa planeado, ya que la desorganizaci¨®n solo dar¨ªa ventaja al enemigo y podr¨ªa causar m¨¢s bajas entre sus camaradas. La t¨¢ctica de Chesulloth parec¨ªa estar funcionando a la perfecci¨®n. Sin embargo, en medio del caos y la confusi¨®n, Rozkiewicz ejecut¨® una transformaci¨®n sorprendente. Convirti¨® su torso en una serpiente gigante de tres metros de altura y se elev¨® por los aires. Quit¨® su casco y lo alz¨®, gritando a sus camaradas con determinaci¨®n: ¡ª?SIGO VIVO Y PELEANDO, CARAJO! ?VUELVAN A SUS FILAS, CAMARADAS, Y ESTEMOS LISTOS PARA SACAR A ESTAS BASURAS DE NUESTRO JARD¨ªN! ?VAMOS, VAMOS, QUE LA VICTORIA EST¨¢ AL ALCANCE DE NUESTRAS MANOS! Luego, Rozkiewicz fij¨® su mirada en Chesulloth y se lanz¨® hacia ella con furia en sus ojos. ¡ª?VEN, MALDITA, Y D¨ªMELO EN LA CARA! ?DI QUE ESTOY MUERTO, EST¨²PIDA! El campo se volv¨ªa cada vez m¨¢s peligroso. Desza avanzaba con su machete, cortando y enfrentando todo lo que se interpon¨ªa en su camino. Sus guardaespaldas disparaban sin cesar, eliminando a cualquier amenaza que se moviera. Para ¨¦l, la satisfacci¨®n llegaba al escuchar los gritos de agon¨ªa de sus v¨ªctimas y al ver c¨®mo su machete atravesaba la carne de aquellos desafortunados como si fuera mantequilla. Hab¨ªa pasado noches afilando su arma, y ahora, su destreza le permit¨ªa disfrutar al m¨¢ximo de su letalidad. Sin embargo, lo que m¨¢s lo complac¨ªa era la visi¨®n de Candado corriendo hacia ¨¦l, acompa?ado de sus amigos, H¨¦ctor y Clementina. Saber que sus enemigos se acercaban para un enfrentamiento final era la raz¨®n de su felicidad, sobre todo si se trataba de Candado, a quien odiaba profundamente. Candado avanzaba con determinaci¨®n, abri¨¦ndose paso a trav¨¦s de los enemigos con golpes precisos y evitando ser alcanzado. Clementina lo respaldaba, disparando a cualquiera que apuntara a Candado, mientras H¨¦ctor utilizaba sus cartas como escudo para proteger la retaguardia del grupo. ¡ªMalditos miserables ¡ªmurmur¨® Desza, sonriendo con malicia. Cuando Candado se aproxim¨® lo suficiente, salt¨® hacia ¨¦l, listo para asestarle un golpe mortal con su fac¨®n. ¡ª?AZRICAM, DOCKLY, NEUTRALICEN A SUS COMPA?ANTES! ¡ªorden¨® Desza. En respuesta, dos de los seguidores de Desza, Azricam y Dockly, se lanzaron hacia H¨¦ctor y Clementina y los sacaron de la zona protegida por los muros. Azricam golpe¨® a Clementina en la cara y la arroj¨® a un lado. Luego, dispar¨® a una columna de la puerta, que colaps¨®. ¡ª?CANDADO! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor con angustia. ¡ªNo debemos permitir que interfieran con el se?or Desza ¡ªadvirti¨® Dockly. ¡ªSer¨¢n nuestros oponentes ¡ªconcluy¨® Azricam. Clementina se puso de pie junto a H¨¦ctor. ¡ª?Crees que Candado est¨¦ bien, Clementina? ¡ªNunca dudes del joven patr¨®n, H¨¦ctor. Jam¨¢s pongas eso en duda. Mientras tanto, en el interior del muro, Candado y Desza se enfrentaban con sus respectivas armas. El rostro de ira del joven de la boina se contrapon¨ªa a la expresi¨®n de felicidad del profanador. ¡ªDime, bastardo, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªexigi¨® Candado. ¡ª?Yo? Digamos que vine solo para recuperar algo que me pertenece ¡ªrespondi¨® Desza con una sonrisa enigm¨¢tica. Desza y Candado se separaron, sus hojas chocando con chispas que iluminaban el tenso enfrentamiento. Luego, se abalanzaron el uno contra el otro con ferocidad. Candado se manten¨ªa alerta, consciente de que el machete de Desza era m¨¢s largo y peligroso. La lucha era r¨¢pida y precisa, sin apenas aberturas para atacar. Parec¨ªa que Desza hab¨ªa entrenado lo suficiente como para evitar cualquier intento de ataque. ¡ª?Por qu¨¦ no atacas, Candado? ¡ªse burl¨® Desza, mientras segu¨ªa evadiendo los golpes de su oponente. Candado esquivaba los ataques de Desza y, en ocasiones, bloqueaba los feroces golpes del machete. Finalmente, Desza cometi¨® un error en su movimiento al intentar un ataque al cuello de Candado, quien se inclin¨® h¨¢bilmente y le propin¨® una patada en el pecho, arroj¨¢ndolo hacia atr¨¢s. ¡ª?Qu¨¦ ha pasado con el Desza que sol¨ªa creer en la justicia? ¡ªle interrog¨® Candado con voz tensa¡ª. ?Qu¨¦ ha sucedido con tu fe? Desza comenz¨® a re¨ªr, con una sonrisa siniestra en su rostro, mientras sosten¨ªa su machete ensangrentado. ¡ª?Crees que he perdido mi fe en la justicia? ¡ªreplic¨® Desza, mirando fijamente a los ojos de Candado¡ª. Sigo impartiendo justicia a todo el mundo. ¡ªMatar sin juicio ?Eso es justicia?This story has been taken without authorization. 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A pesar de la ceguera moment¨¢nea, Desza se recuper¨® r¨¢pidamente y se precipit¨® nuevamente hacia Candado. Mientras tanto, Candado ideaba una estrategia para enfrentar a su enemigo y not¨® una grieta en la defensa de Desza. Sin embargo, para explotar esa debilidad, tendr¨ªa que crear una abertura, y eso no le agradaba. Candado corri¨® hacia Desza con determinaci¨®n. Desza, al ver que se acercaba, levant¨® su machete y lo baj¨® con fuerza. Candado puso su brazo para proteger su cabeza, pero el machete se incrust¨® en su piel y hueso, salpicando sangre y provocando una expresi¨®n de satisfacci¨®n en el rostro de Desza. Finalmente, hab¨ªa logrado herir a Candado. Sin embargo, la lucha no hab¨ªa terminado. El machete de Desza se qued¨® atascado en el hueso de Candado. Este ¨²ltimo, consciente de la situaci¨®n, movi¨® su brazo hacia arriba con fuerza, creando una abertura en su propia carne para permitir que su fac¨®n atravesara la clav¨ªcula de Desza. Desza se horroriz¨® al ver que no ten¨ªa escapatoria de un golpe mortal como ese. Sin embargo, cuando Candado lleg¨®, Desza se movi¨® unos cent¨ªmetros, haciendo que el fac¨®n acertara en la clav¨ªcula de Desza en lugar de en su pecho, mientras este ¨²ltimo mostraba una sonrisa. Candado frunci¨® el ce?o y se separ¨® de Desza, liber¨¢ndose del machete y alej¨¢ndose antes de inclinarse. La herida en su clav¨ªcula sangraba profusamente, pero Candado manten¨ªa una expresi¨®n fr¨ªa, sin mostrar signos de dolor ni tristeza, mientras observaba su herida. Desza, perplejo, contemplaba la herida que le hab¨ªan infligido. Era la primera vez que uno de sus enemigos le hac¨ªa ese tipo de da?o. Luego de unos segundos, comenz¨® a re¨ªrse, riendo a carcajadas. ¡ª?Esto es lo que sienten las dem¨¢s personas cuando las mutilo? Dios, qu¨¦ sensaci¨®n tan espl¨¦ndida. ?C¨®mo pueden temerle a esto? ¡ªse pregunt¨® en voz alta, regocij¨¢ndose en su propia locura. Candado se puso de pie y examin¨® su herida. Aunque era una herida profunda, la sangre hab¨ªa dejado de brotar, dejando solo manchas en el lugar de la herida. A pesar de su apariencia tranquila, Candado contemplaba la herida con una mirada fr¨ªa. Despu¨¦s de unos segundos, Candado volvi¨® su atenci¨®n hacia Desza y coment¨® con calma: "Hey, ya sab¨ªa yo que estabas trastornado, pero esto es rid¨ªculo". Al escuchar esto, Desza despert¨® de su mundo de locura y arremeti¨® nuevamente contra Candado. Este ¨²ltimo, al ver el ataque, trat¨® de defenderse para evitar el machetazo del enloquecido Desza. Sin embargo, not¨® que su brazo derecho no le respond¨ªa. ¡ªMierda, me ha afectado un nervio¡ªpens¨® Candado. Sin m¨¢s opciones, Candado corri¨® hacia ¨¦l con su ¨²nico brazo funcional, preparado para atacarlo con su fac¨®n. Pero justo cuando Desza estaba a punto de alcanzarlo, sinti¨® una presencia a su derecha. Esto lo llev¨® a colocar su machete a su costado, bloqueando una piedra que le hab¨ªan lanzado. Candado volte¨® r¨¢pidamente y vio a Hammya con el brazo relajado, indicando que ella hab¨ªa sido la responsable de arrojar la roca. Desza esboz¨® una sonrisa y se dispuso a seguir a Hammya, olvid¨¢ndose por completo de Candado. ¡ªHola, peque?a. Parece que voy a disfrutar desoll¨¢ndote. Me gustar¨ªa saber si tus ¨®rganos son del mismo color que tu cabello ¡ªgru?¨® Desza con una voz l¨²gubre. ¡ª?DESZA! ?ESTO ES ENTRE T¨² Y YO! ?ELLA NO TIENE NADA QUE VER! ¡ªCandado grit¨®, intentando proteger a Hammya. ¡ªClaro que tiene que ver. T¨² me quitaste algo que me pertenec¨ªa, ahora es mi turno ¡ªrespondi¨® Desza, sin mostrar compasi¨®n alguna. Candado corri¨® hacia Desza, con su brazo a¨²n funcional, decidido a detenerlo. Sin embargo, Desza demostr¨® ser m¨¢s r¨¢pido y opt¨® por seguir persiguiendo a Hammya, ignorando a Candado por el momento. ¡ª?CORRE, HAMMYA! ?CORRE! ¡ªCandado inst¨® a la ni?a a escapar. Hammya reaccion¨®, pero en lugar de huir, corri¨® hacia Desza con determinaci¨®n. ¡ª?QU¨¦ HACES, MOCOSA EST¨²PIDA!? ?HUYE! ¡ªDesza le grit¨® con furia mientras levantaba su machete, preparado para atacar a la ni?a. Sin embargo, Hammya no le hizo caso y sigui¨® avanzando. En un movimiento sorprendente, su cabello y ojos comenzaron a brillar en un tono verde fluorescente, y sus dientes se mostraron en una expresi¨®n de disgusto. Mientras esto ocurr¨ªa, el suelo tembl¨® y dos enormes troncos emergieron de la tierra, golpeando a Desza en el pecho y envi¨¢ndolo volando contra el muro. Desza se levant¨®, escupiendo sangre y mostrando una siniestra sonrisa en su rostro, dejando a Candado at¨®nito ante el poder que Hammya hab¨ªa desatado. Parec¨ªa que la ni?a hab¨ªa atacado a alguien mucho m¨¢s fuerte que ella. Justo cuando Desza se preparaba para contraatacar, detuvo su movimiento y mir¨® a su alrededor con asombro. El muro estaba siendo asaltado por los gremialistas, y la ayuda hab¨ªa llegado. Pero no solo eran los gremialistas; tambi¨¦n se un¨ªan a la lucha los Circuistas y los Borradores de Esteban, aunque las razones de su presencia eran un misterio. Ca¨ªan del otro lado del muro, formando un ej¨¦rcito diverso y decidido. Entre ellos se encontraban German, Frederick, Esteban, Freud, Mauricio, Diana, Logan, Anzor, Declan, las mellizas Erika y Lucia, Matlotsky, Addel, Esteeman, Kevin, Martina, Pio, Viki, Ana Mar¨ªa, Carolina, Lucas, Glinka, Antonela, Xend¨ª, Ester y otras personas desconocidas para Candado. Todos estaban bajo el liderazgo de una figura destacada, Rodrigo Almir¨®n Gilemberg, quien sosten¨ªa en alto una bandera roja con un escudo dorado en su interior y dos ca?ones cruzados. La situaci¨®n se tornaba a¨²n m¨¢s intensa mientras la batalla se desataba en su m¨¢ximo esplendor. En medio del caos de la batalla, cada uno de los aliados de Candado desplegaba sus asombrosos poderes con destreza. German, transformado en un lobiz¨®n, se abalanzaba sobre los asesinos, arranc¨¢ndoles la vida con feroces mordiscos y brutales golpes. Lucas, maestro del fuego, utilizaba su don para quemar a sus adversarios, infligiendo dolor pero evitando la muerte directa. Kevin y Martina, dotados con los poderes del Bailak, desataban una variedad de elementos y energ¨ªas, matando a algunos enemigos y dejando a otros heridos en su estela. Las mellizas, con sus poderes del platino y el oro, petrificaban a sus oponentes, convirti¨¦ndolos en estatuas antes de destrozarlos sin piedad. Lucia, con valent¨ªa, recib¨ªa las balas destinadas a su hermana, usando sus habilidades para petrificar a los agresores y aniquilarlos al instante, mientras Erika la proteg¨ªa con su escudo. Anzor y Declan, con sus afiladas espadas, cortaban extremidades sin matar a sus enemigos, causando sufrimiento pero dej¨¢ndolos con vida. Mauricio, controlando las hojas de los ¨¢rboles, perforaba los abdominales de los asesinos, infligiendo heridas letales. Logan, un h¨¢bil espadach¨ªn, desempe?aba su papel con destreza, degollando a los enemigos y defendiendo a sus hermanos de las balas enemigas. Diana, en cambio, se encargaba de los que estaban peleando sobre los muros, cort¨¢ndoles por la mitad con su enorme guada?a y maldici¨¦ndolos cada vez que ve¨ªa a un ni?o de su edad muerto por estos asesinos. Frederick, rodeado de sus animales, dirig¨ªa a sus leales compa?eros para atacar a los enemigos, mientras Esteban los electrocutaba con su letal poder el¨¦ctrico. Freud, con su esp¨ªritu bromista, hac¨ªa comentarios sarc¨¢sticos mientras ayudaba a Declan y Anzor con su fuerza letal. Tarah, con sus habilidades de portales, llevaba a los heridos a refugios seguros, protegiendo a los ca¨ªdos. Xend¨ª, con sus brazos convertidos en ametralladoras, proteg¨ªa a su se?orita, Tarah, con una ferocidad inquebrantable. Antonela, con poderes ps¨ªquicos poderosos, destru¨ªa las armas de los enemigos y, en algunos casos, estallaba sus corazones, aniquil¨¢ndolos. Esteeman, enfurecido por el ataque a sus hermanos, usaba su cuerpo met¨¢lico para repeler las balas y embest¨ªa a los asesinos con golpes brutales y precisos. Ester, con sus poderes del diamante, golpeaba a los enemigos y ocasionalmente lanzaba proyectiles de granizo puntiagudos hacia ellos. Addel, con sus habilidades de carb¨®n, pose¨ªa temporalmente los cuerpos de los asesinos y los usaba para atacar a otros, antes de liberarse y luchar con sus pu?os y patadas. Pio y Viki formaban un d¨²o letal: Viki desgarraba a los enemigos con sus garras afiladas y absorb¨ªa su sangre para obtener fuerza, mientras Pio utilizaba sus poderes de hilo para congelar a los adversarios antes de que Viki los destruyera. En medio del conflicto, cada uno de estos aliados contribu¨ªa con sus extraordinarios dones para enfrentar a los asesinos y cambiar el curso de la batalla. Carolina desplegaba sus asombrosos ataques cuerpo a cuerpo, combinando sus habilidades con el veneno de sus serpientes. Estrangulaba a sus oponentes y los mord¨ªa, inyect¨¢ndoles veneno y acabando con sus vidas al instante. Ana Mar¨ªa Pucheta, preocupada por su amiga en la agencia, se esforzaba al m¨¢ximo en repeler a quienes intentaban acceder a los bunkers. Sus mortales pu?etazos dejaban agujeros letales en los cuerpos de sus enemigos, caus¨¢ndoles la muerte de forma instant¨¢nea. Glinka, vestido de blanco y ocultando su rostro detr¨¢s de una m¨¢scara de conejo, empleaba sus poderes sobre la materia, convirtiendo sus brazos en gigantescas cuchillas de metal. Atacaba con precisi¨®n mortal, usando el metal como arma para diezmar a los asesinos. Matlotsky, un tirador excepcional, demostraba su genialidad en la precisi¨®n de sus disparos. Usando un arma de clavos, dirig¨ªa sus proyectiles con maestr¨ªa, desarmando o hiriendo a sus enemigos en puntos cr¨ªticos. Y finalmente, Almir¨®n lideraba su ej¨¦rcito con fervor hacia la victoria, utilizando su voz como arma. Sus apasionados discursos inspiraban a sus compa?eros de gremio a seguir luchando, mientras ondeaba la bandera que simbolizaba la uni¨®n de cinco gremios bajo su mando. Pero Almir¨®n no era un l¨ªder sin poderes; ¨¦l ten¨ªa el control del agua y la capacidad de desmaterializarse para convertirse en l¨ªquido. Utilizando esta t¨¢ctica, ahogaba a sus enemigos o los alejaba de ¨¦l, frustrando los intentos de ataque desde su retaguardia. En medio de la feroz batalla, estos valientes aliados exhib¨ªan sus extraordinarios poderes y habilidades para enfrentar a los asesinos y luchar por la victoria. Luego, entre los combatientes en el fragor de la batalla se encontraban Johan, Walter, Krauser, Rozkiewicz, Sof¨ªa, H¨¦ctor y Clementina. Walter hab¨ªa enfrentado desaf¨ªos con Joel, pero la situaci¨®n cambi¨® cuando ide¨® una astuta estrategia. Se arroj¨® desde el muro y, aprovechando sus brazos el¨¢sticos, se aferr¨® a la estructura mientras avanzaba hacia la derecha. A medida que se mov¨ªa, desprend¨ªa bloques uno tras otro, generando un temblor que forz¨® a Joel a bajar. Joel, vi¨¦ndose obligado a descender, lanz¨® sus agujas hacia una de las columnas y se balance¨® para alcanzar el suelo. Desde all¨ª, planeaba utilizar sus agujas para enredar a Walter cuando este se aproximara al centro, donde hab¨ªa previsto su ataque. Sin embargo, Walter se despoj¨® de su traje protector y se precipit¨® hacia Joel a una velocidad sobrenatural, asest¨¢ndole un golpe en el codo y el pecho. El impacto lanz¨® a Joel a trav¨¦s del aire, haci¨¦ndolo estrellar contra uno de los veh¨ªculos de los asesinos. Cuando Walter se preparaba para rematarlo, dos mujeres, Jane y Rose, aparecieron y rescataron a su hermano inconsciente antes de retirarse r¨¢pidamente. Walter observ¨® con suspicacia la determinaci¨®n con la que hab¨ªan intervenido para salvar a Joel de ¨¦l. En contraste, Johan y J?rgen manten¨ªan una batalla igualada, sin bajas ni signos de fatiga, sus habilidades estaban perfectamente equilibradas. Johan lanzaba potentes espadazos hacia J?rgen, quien los paraba e incluso los devolv¨ªa con el doble de fuerza. Sin embargo, J?rgen se percat¨® de que Joel estaba fuera de combate y entendi¨® que deb¨ªa socorrer a sus camaradas. ¡ªPerd¨®name, pero aqu¨ª termina este combate ¡ªdijo J?rgen. Entonces, J?rgen triplic¨® su velocidad y comenz¨® a asestar golpe tras golpe, hasta que logr¨® destruir la espada de Johan. Johan qued¨® sorprendido, pero J?rgen no buscaba su muerte. En cuesti¨®n de segundos, le propin¨® treinta impactos en el pecho debido a su vertiginosa velocidad, impuls¨¢ndolo por los aires pero dej¨¢ndolo con vida, mientras utilizaba su velocidad para alejarse del combate. J?rgen subi¨® al techo de la agencia de los Sem¨¢foros y se encontr¨® con Isabel, quien sosten¨ªa una pila de documentos en las manos. ¡ª?Son estos? ¡ªpregunt¨® Isabel. ¡ªS¨ª, ahora debemos irnos. J?rgen se dirigi¨® al borde del tejado y estableci¨® una comunicaci¨®n telep¨¢tica con Desza. ¡ª(Se?or, los hemos recuperado, es hora de retirarnos) ¡ªtransmiti¨® J?rgen. ¡ª(Excelente, buen trabajo, equipo) ¡ªrespondi¨® Desza. J?rgen tom¨® a Isabel en sus brazos, lo que la hizo sentir un poco avergonzada, y salt¨® del techo, quedando suspendidos en el aire. Dirigi¨¦ndose a trav¨¦s de la comunicaci¨®n telep¨¢tica, dijo: ¡ª(Equipo, es hora de retirarnos. Hemos obtenido lo que quer¨ªamos). R?sse?s sonri¨® y mir¨® a Sof¨ªa, quien estaba exhausta tras la batalla. ¡ªEs hora de que me vaya, cari?o. Espero que no me aburras la pr¨®xima vez. Adi¨®s. R?sse?s propin¨® una patada en el pecho a Sof¨ªa, haci¨¦ndola caer herida al suelo. Se maldec¨ªa a s¨ª misma por no haberle causado siquiera un rasgu?o. Chesulloth, por otro lado, no corri¨® con la misma suerte. Fue golpeada con fuerza por Rozkiewicz, quedando gravemente herida. Sin embargo, al escuchar la voz de su compa?ero, encontr¨® la fuerza para escapar de ¨¦l mientras se hund¨ªa en la tierra, como si se sumergiera en el agua, desconcertando as¨ª a Rozkiewicz. Luego estaba Guz, quien se encontraba en un combate parejo con Krauser. Ninguno de los dos lograba infligirse da?o alguno, a pesar del odio que Krauser sent¨ªa al presenciar la brutal muerte de uno de sus compa?eros frente a sus ojos. ¡ªLo siento, pero debo irme. Lamento las vidas perdidas hoy. ¡ªdijo Guz. ¡ªEspera, ?Cu¨¢l era tu objetivo? ?Por qu¨¦ nos atacaron? ¡ªYo tambi¨¦n quisiera saberlo. Con estas palabras, Guz se retir¨®, utilizando sus tent¨¢culos que surg¨ªan de su espalda y creando nuevos en el suelo para mantener alejados a los que se le acercaban. Dej¨® a Krauser solo, entre montones de escombros causados por la pelea. Lo curioso fue que Krauser logr¨® encontrar su sombrero bajo las piedras, lo agarr¨®, lo sacudi¨® y se lo coloc¨® en la cabeza. Mientras observaba c¨®mo todos los enemigos abandonaban el lugar, su deseo de seguir a Guz se desvaneci¨® por completo. Ahora lo ¨²nico que le importaba era salvar a su gente. Por otro lado, Desza, satisfecho con lo que J?rgen le hab¨ªa contado, observ¨® a Candado por un momento y luego sac¨® un frasco con un l¨ªquido rosado de su bolsillo, bebi¨¦ndolo por completo. ¡ªCreo que debemos posponer este encuentro, Candado. He perdido demasiados hombres hoy. As¨ª que, adi¨®s. Desza se alej¨® a una velocidad incre¨ªble, imposibilitando cualquier intento de seguirlo. Una vez que se fue, todos sus compa?eros lo siguieron, incluyendo a los asesinos, que abordaron sus autos y se marcharon. Almir¨®n y sus camaradas se lanzaron tras la captura de los asesinos, dejando a la mitad de sus compa?eros para ayudar a los necesitados. El conflicto hab¨ªa llegado a su fin, pero hab¨ªa dejado un gran n¨²mero de muertos y heridos en los jardines de los Sem¨¢foros. Era la primera vez que ocurr¨ªa algo as¨ª. La victoria se hab¨ªa convertido en amargura, hab¨ªan perdido a muchos compa?eros, camaradas, amigos e incluso familiares en algunos casos. El c¨¦sped se ti?¨® de rojo aquella tarde, con numerosas bajas del lado enemigo. Sin embargo, no hab¨ªa motivo para celebrar, ya que muchos de ellos nunca hab¨ªan arrebatado una vida antes y estaban en estado de shock por lo que hab¨ªan hecho. Candado, que hab¨ªa comprendido todo esto, se sent¨® agotado en una roca que se encontraba en medio del campo de batalla. Hammya se acerc¨® para ver c¨®mo estaba. ¡ªCandado, ?est¨¢s bien? Candado, con una mirada vac¨ªa, respondi¨®: ¡ªYo, como siempre, salgo ileso de estas situaciones. Pero los que me rodean no. Mir¨® a un cad¨¢ver de un chico desconocido que formaba parte de los Sem¨¢foros. ¡ªBueno, yo... Hammya not¨® el brazo magullado de Candado. ¡ª?CIELOS! ??QU¨¦ TE PAS¨®!? Candado observ¨® su brazo, como si no fuera algo importante, y dijo: ¡ªOh, eso. Solo es otra medalla de mis batallas, una que me recordar¨¢ este fat¨ªdico d¨ªa. Hammya se arrodill¨® y rasg¨® la manga de su brazo, dejando al descubierto la herida. ¡ªEste buzo lo usaba para ir a la escuela. ¡ª?DIOS M¨ªO! ?ES TERRIBLE! ¡ª?Y qu¨¦ esperabas de una herida? No creo que estas cosas sean atractivas ¡ªrespondi¨® Candado de la manera m¨¢s insensible posible. El brazo de Candado ten¨ªa un agujero por donde apenas perd¨ªa sangre. Hammya, desesperada, sac¨® una botella de agua que llevaba consigo y la roci¨® en la herida para limpiarla. Luego tom¨® la manga rota de Candado y comenz¨® a pasarla por la herida. A pesar del proceso, Candado segu¨ªa sin mostrar un indicio de dolor, simplemente observaba a su alrededor, viendo c¨®mo sus camaradas eran atendidos por los gremialistas de Almir¨®n. ¡ª?Por qu¨¦ Desza atacar¨ªa a los Sem¨¢foros? Hammya no le prest¨® atenci¨®n y continu¨® limpiando la herida. Cuando termin¨®, sac¨® un pa?uelo del bolsillo que Candado le hab¨ªa dado para que se limpiara las l¨¢grimas, y que hab¨ªa olvidado reclamar. Lo sacudi¨® tres veces y lo utiliz¨® para envolver la herida. ¡ªListo, ahora estar¨¢s bien. ¡ªSiempre estoy bien. Esa es una eterna maldici¨®n que tengo. Candado se levant¨® y comenz¨® a caminar por el lugar. ¡ªEspero que Nelson est¨¦ bien. En ese momento, Candado vio a lo lejos a un anciano polvoriento que arrastraba a un guardia de seguridad corpulento herido en el abdomen. Al verlo, Candado grit¨®: ¡ª?VIEJO LOCO! El anciano se volvi¨®, y result¨® ser Nelson. Estaba polvoriento pero no ten¨ªa rasgu?os en su cuerpo. Candado corri¨® hacia ¨¦l, acompa?ado de Hammya. ¡ªHola peque?os, me alegra que est¨¦n bien. Candado mir¨® al herido. ¡ª?Es este Mario? ¡ªNo s¨¦ su nombre, pero lo vi apu?alado por un chico con un machete. Si no fuera por m¨ª, estar¨ªa muerto. Us¨¦ algunas vendas que ten¨ªa en mi auto junto con algunos sueros y pude detener el sangrado. Ahora solo est¨¢ inconsciente, pero no te preocupes, su vida ya no corre peligro. ¡ª?Eres m¨¦dico? ¡ªClaro que lo soy, ni?a. ¡ªEntonces, ?puedes ayudarlo? ¡ªdijo Hammya mientras se?alaba el brazo de Candado. Nelson solt¨® las piernas del guardia herido como si fuera un simple costal y se acerc¨® a Candado. Quit¨® la venda que Hammya le hab¨ªa colocado y examin¨® la herida cuidadosamente. ¡ªEs un corte bastante feo. ¡ªNo me digas. Nelson solt¨® una peque?a carcajada y luego mir¨® a Hammya. ¡ªTr¨¢eme la maleta que est¨¢ en la panza de ese gordo, por favor. Hammya corri¨® hasta donde estaba el guardia y tom¨® la peque?a maleta. Luego regres¨® con Nelson y se la entreg¨®. Nelson la abri¨® y sac¨® algod¨®n, alcohol y vendas. ¡ªSabes, me sorprende que esta herida te la haya hecho un arma que se parece a una espada. ¡ªErraste, fue un machete. ¡ªPeor todav¨ªa. Nelson moj¨® el algod¨®n con alcohol y lo pas¨® por la herida. A pesar del ardor, Candado no reaccion¨® ni mostr¨® dolor, sigui¨® hablando. ¡ª?Por qu¨¦ los Testigos atacar¨ªan a los Sem¨¢foros? ¡ªpregunt¨® nuevamente Candado. ¡ªNo tengo idea. Pens¨¦ que solo tratar¨ªan de incriminar a una de las dos potencias, pero parece que tanto t¨² como yo est¨¢bamos equivocados. Despu¨¦s de que Nelson termin¨® de limpiar la herida, la envolvi¨® cuidadosamente. ¡ªMenos mal que traje una chomba ¡ªdijo Candado mientras se quitaba el buzo y se anudaba la corbata roja. En ese momento, H¨¦ctor y Clementina se acercaban corriendo desde lejos. ¡ª?CANDADO! ¡ªgritaron ambos. ¡ªMuchachos, me alegra que est¨¦n bien ¡ªdijo Candado, mostrando una leve sonrisa. ¡ªLo siento, se?or, por no venir antes. Tuve que analizar las bajas. ¡ª?Cu¨¢ntos son entonces, Clementina? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªSon aproximadamente 2500 personas del personal de los Sem¨¢foros. Han muerto aproximadamente 127 personas, de las cuales 30 eran efectivos de seguridad, hay 543 heridos y 9 desaparecidos. ¡ª?Qui¨¦nes eran los que nos atacaron? ¡ªEso es lo interesante, se?or. Los enemigos eran casi 500, pero 40 de ellos eran humanos con antecedentes criminales. Las palabras de Clementina sorprendieron a todos. ¡ª?Y qui¨¦nes eran los otros? ¡ªMuertos vivientes, se?or. ¡ªCualquier locura ¡ªcoment¨® Nelson. ¡ª?Me est¨¢s diciendo que la mayor¨ªa de ellos estaban muertos? ¡ªS¨ª. Al analizarlos detenidamente, pude detectar que sus corazones no lat¨ªan, sino que emit¨ªan peque?as descargas. ¡ª?Pero qui¨¦n podr¨ªa tener un poder tan descomunal? ¡ªEse poder solo podr¨ªa ser obra de un Bari corrupto. Las miradas se volvieron hacia un preocupado T¨ªnbari. ¡ªOh, ?d¨®nde estabas mientras est¨¢bamos peleando? ¡ªMe disculpo por eso, Candado. ¡ªEspera, ?es una buena idea hablar aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo se preocupen, todo el mundo est¨¢ ocupado ayud¨¢ndose mutuamente. ¡ªBueno, ?qu¨¦ hay de eso de un Bari corrupto? ¡ªVer¨¢s, Candado, creo que Pullbarey est¨¢ detr¨¢s de esto. ¡ª?Por qu¨¦ estar¨ªa de acuerdo en atacarnos a nosotros? ?Qu¨¦ ganar¨ªa atacando a los Sem¨¢foros? ¡ªNo lo s¨¦. ¡ªEs una pena. Ser¨ªa bueno tener informaci¨®n de vez en cuando. ¡ªLamento no ser de ayuda, Candado. Por favor, perd¨®neme. ¡ªEs raro que te disculpes conmigo. Candado se puso de pie, agradeci¨® a Nelson por la ayuda y le dio una palmadita en la cabeza a Hammya en agradecimiento por haberle salvado la vida. Luego se alej¨® de ellos para mirar alrededor y asegurarse de que todos estuvieran bien o, al menos, para ofrecer su ayuda. Sin embargo, no se dio cuenta de que sus amigos lo segu¨ªan de cerca y no ten¨ªan intenci¨®n de dejarlo solo. ¡ªNo nos separaremos de ti hasta que llegues a casa sano y salvo ¡ªdijo Hammya. ¡ªSiempre siendo un dolor de cabeza, ?verdad? ¡ªEstoy con la se?orita Hammya, no te dejaremos solo todav¨ªa. H¨¦ctor, T¨ªnbari y Nelson asintieron con la cabeza y lo siguieron. Candado vio a Rozkiewicz hablando con Walter y una persona que no conoc¨ªa, as¨ª que se acerc¨® para averiguar si necesitaban ayuda. ¡ªHola. ¡ªOh, hola, Candado ¡ªsalud¨® Rozkiewicz con energ¨ªa. ¡ªHola, se?or. ¡ªDisculpa, ?qui¨¦n eres? ¡ªSoy Valeria Ayesha Escanciano. ¡ªEstrella en lat¨ªn, ?verdad? ¡ªOh, veo que sabes mucho. ¡ªClaro que s¨ª. ¡ªWalter estaba hablando de alguien interesante. ?Quieres escuchar? ¡ª?As¨ª? ¡ªEstaba hablando de Soledad Ortiz Wanda Candrabetra. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªElla es una persona fuerte. Sus haza?as son las mejores que he visto en mi vida. ¡ªElla era una de las personas que invit¨¦ a nuestra charla, pero lamentablemente no pudo asistir. Nuestra amiga Valeria estaba contando los motivos ¡ªexplic¨® Rozkiewicz. ¡ªSoledad estaba bastante ocupada. Su viaje hacia aqu¨ª fue cancelado. Vine a dar la cara por ella y disculparme. Cuando vi esta... masacre, ayud¨¦ con lo que ten¨ªa a mi alcance ¡ªa?adi¨® Valeria. ¡ªEntiendo. ¡ªCandado not¨® en Valeria una tranquilidad particular. Sus ojos parec¨ªan apagados detr¨¢s de las gafas, lo que le hizo pensar que hab¨ªa visto escenarios similares antes¡ª. Nos vemos ¡ªse despidi¨® Valeria. ¡ªVaya, ella da miedo. No me gustar¨ªa estar en una habitaci¨®n con ella, y mucho menos si tiene esa garrocha consigo ¡ªcoment¨® Walter. ¡ªSoledad, creo que la conozco. ?La guerrera del mazo, verdad? Dicen que pudo frenar a Karinto B¨¢rcena y a su compa?ero Alan. Pero... ?por qu¨¦ la llamaste? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªSu nombre estaba en el escritorio. Pens¨¦ que Joaqu¨ªn quer¨ªa hablar con ella. ¡ªJoaqu¨ªn siempre pensaba de manera impredecible. ¡ªTal vez... le llam¨® la atenci¨®n en medio del conflicto entre B¨¢rcena y Sol. ¡ªNo lo s¨¦. Bueno, los dejar¨¦, tengo que seguir ayudando. ¡ªSuerte, amigo. ¡ªTen cuidado, Candado. Este panorama no debe afectarte. ¡ªNo te preocupes, estas muertes no me afectan en nada. ¡ªSuena triste. ¡ªWalter Dussek, no me hagas re¨ªr. Dicho esto, Candado se alej¨® de sus amigos y continu¨® por el camino. En su recorrido, se encontr¨® con algunos de sus compa?eros. El primero en encontrarse fue Johan, quien estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas, manipulando los fragmentos de su espada con levitaci¨®n como si fuera un rompecabezas, mientras sosten¨ªa el mango de su espada con la mano izquierda. ¡ªHola, ?c¨®mo est¨¢s? ¡ªsalud¨® Candado. Johan levant¨® la vista, pero no dej¨® de concentrarse en lo que estaba haciendo. ¡ªHola, Candado. Por lo que veo, sigues vivo. ¡ªLo mismo digo de ti. ¡ªVamos, siempre sobrevivo. Espero que Lilith no se enoje conmigo por no presentarme a nuestra cita. ¡ª?Lilith? ¡ªEs mi novia, pero como puedes ver, ella no est¨¢ aqu¨ª ¡ªluego Johan mir¨® la venda en el brazo de Candado¡ª. Veo que alguien te ha hecho da?o. ¡ªT¨² tambi¨¦n tienes tus marcas. Johan se mir¨® el pecho, donde hab¨ªa una mancha de mugre y arrugas en forma de c¨ªrculo perfecto. ¡ªTienes raz¨®n, parece que desafi¨¦ a un dios y gan¨¦. Puedes re¨ªrte de esa victoria, pero ya arreglar¨¦ cuentas con ¨¦l. Espero que no lo maten. ¡ª?Necesitas algo? ¡ªNo, estoy bien. Mira a tu alrededor, Candado. Hay muchas personas que se est¨¢n ayudando entre s¨ª. Yo puedo cuidarme solo. Candado observ¨® a su alrededor y vio que Johan ten¨ªa raz¨®n. Sof¨ªa estaba herida pero usaba sus poderes para sanar a los heridos, mostrando una sonrisa para no preocupar a los pacientes. Krauser pon¨ªa una manta sobre el cad¨¢ver de una ni?a de catorce a?os y luego abrazaba a otra ni?a para consolarla. Walter ayudaba a los heridos que no pod¨ªan moverse, mientras Rozkiewicz hac¨ªa chistes para aliviar la tensi¨®n y sacar sonrisas a sus compa?eros. Ana Mar¨ªa abrazaba a una chica extra?a, al parecer su amiga, mientras Viki le pon¨ªa una venda en la cabeza. Pio reparaba las puertas y partes de los muros con la ayuda de German y Addel, quienes sellaban las grietas. Anzor, Freud y Declan ayudaban a rescatar a las personas atrapadas bajo los escombros. El resto se dedicaba a sanar a los heridos. ¡ªVes, ellos son los que necesitan ayuda, no yo ¡ªdijo Johan. ¡ªEntiendo. Me alegra que est¨¦s bien. ¡ªLo mismo digo. Candado se despidi¨® de Johan y continu¨® su camino hasta encontrarse con Esteban, quien estaba colocando el brazo dislocado de un ni?o en su lugar. ¡ªHola, Circuista. ¡ªsalud¨® Candado. Esteban, quien estaba de espaldas, hizo una mueca con los ojos y se volvi¨® para mirar a Candado. ¡ªMira, solo vine porque ten¨ªa que disculparme por la forma en que te trat¨¦ en el velorio de Guillermo, pero ma?ana seguiremos siendo enemigos. ¡ªNo lo olvidar¨¦, pero procura no ser un imb¨¦cil ¡ªrespondi¨® Candado con una sonrisa fr¨ªa. ¡ªAhora vete, estoy muy ocupado. Candado not¨® que Esteban estaba herido, as¨ª que se apresur¨® a dirigirse al edificio, acompa?ado por sus amigos. Subieron por las escaleras hasta llegar al ¨²ltimo piso, donde se encontraba la oficina principal. Candado irrumpi¨® en la sala y vio a Joaqu¨ªn, sentado en el escritorio de su secretario, inclinado hacia adelante, sosteni¨¦ndose las sienes con ambas manos y mostrando una expresi¨®n preocupada. Adem¨¢s de Joaqu¨ªn, hab¨ªa cuatro personas en la sala: Ruth, Moneda, Cantero y un chico con el rostro cubierto por un pa?uelo rojo, un sombrero de vaquero y una gabardina, conocido como el inspector integro Gabriel Joaqu¨ªn. ¡ª?Est¨¢s seguro, Gabriel? ¡ªpregunt¨® Joaqu¨ªn. ¡ªTemo que s¨ª. ¡ª?Lo has revisado otra vez? ¡ªSeis veces, se?or. ¡ªNo ¡ªJoaqu¨ªn se cubri¨® los ojos y continu¨®¡ª. Estamos en serios problemas. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ sucediendo? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªHarambee es el dialecto que hablaba Harambee para la magia que encerr¨® a T¨¢natos hace mucho tiempo. Si logran leerlo y descifrarlo, ir¨¢n en busca de la lanza de Harambee, ya que para liberar a T¨¢natos, deben recitar las palabras m¨¢gicas mientras sostienen la lanza. ¡ªEso suena grave. ¡ªLo es. Si T¨¢natos es liberado, todos estaremos perdidos. Yo sab¨ªa que no deber¨ªamos haberlo mantenido aqu¨ª. Dije que ser¨ªa mejor esconderlo en Rusia, y ahora que lo han conseguido... ¡ªTodav¨ªa necesitan la lanza de Harambee. No todo est¨¢ perdido, Joaqu¨ªn ¡ªintervino Cantero. ¡ªTienes raz¨®n, pero si nos atacaron aqu¨ª, har¨¢n lo mismo en la O.M.G.A.B., y todo estar¨¢ perdido. ¡ªDebe haber otra soluci¨®n. ¡ªLa hay, Clementina, la hay ¡ªrespondi¨® Joaqu¨ªn, luego mir¨® a Ruth¡ª. Dame una de esas hojas de los estantes, por favor. Ruth corri¨®, tom¨® algunas hojas, una lapicera y se las entreg¨® a Joaqu¨ªn. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® Moneda. ¡ªEn situaciones como esta, mando al diablo todas las leyes y procedimientos burocr¨¢ticos que puedan aplicarse. Son tiempos dif¨ªciles y no hay tiempo para escuchar a bur¨®cratas ¡ªdijo Joaqu¨ªn mientras escrib¨ªa en la hoja de papel. Cuando termin¨®, le entreg¨® el papel a Candado, quien todav¨ªa estaba confundido. Joaqu¨ªn continu¨®¡ª. ?Quer¨ªas un pase? Pues aqu¨ª lo tienes, firmado y sellado por m¨ª, como presidente y como inspector. ¡ªPero al hacer esto, sin seguir el procedimiento de la c¨¢mara, estar¨ªas en riesgo de ser destituido y expulsado por mal desempe?o gremial. Adem¨¢s, ganar¨ªas el odio de la presidenta Chandra. ¡ªYo vot¨¦ por Arce, as¨ª que no me interesa lo que pienses. Esto es grave y no hay tiempo para seguir el protocolo. Ve a la O.M.G.A.B. e informa lo que acaba de suceder. ¡ªGracias, Joaqu¨ªn. Partir¨¦ dentro de dos d¨ªas. ¡ª?Por qu¨¦ tanto tiempo? ¡ªNecesito poner en orden algunas cosas. ¡ªLo que est¨¢s a punto de hacer es desacato a las ¨®rdenes ¡ªexpres¨® Gabriel. ¡ªRozkiewicz tomar¨¢ el mando y t¨² seguir¨¢s siendo el campe¨®n de los Sem¨¢foros, Gabriel. LA MARCA DE LOS PROFANADORES Despu¨¦s de los acontecimientos, Desza y su grupo de secuaces encontraron refugio en un bosque alejado de Resistencia, en una casa abandonada. All¨ª aguardaron hasta que cay¨® la noche, habiendo logrado eludir al escuadr¨®n de captura de Almir¨®n despu¨¦s de una tarde llena de intentos. La suerte estuvo de su lado, ya que perdieron a treinta y ocho de los cuarenta hombres que hab¨ªan enviado para eliminarlos. Fue sencillo recompensar a los supervivientes con diez millones de d¨®lares cada uno, quienes se marcharon con una maleta llena de dinero. Desza estaba euf¨®rico por haber obtenido los documentos secretos de los Gremios, los cuales hab¨ªan buscado durante mucho tiempo para traer de vuelta a Tanatos y purificar el mundo corrupto. Cuando la noche se cerni¨® sobre ellos, R?sse?s proporcion¨® la luz necesaria para que pudieran ver, habiendo pasado de mil a tan solo once miembros en el grupo. Desza se acomod¨® en una silla de madera deteriorada por la humedad. ¡ª?Qui¨¦n habr¨ªa imaginado que esta casa ser¨ªa nuestro refugio? ¡ªcoment¨® Dockly mientras limpiaba su rifle. ¡ª?Viviste aqu¨ª antes, Desza? ¡ªpregunt¨® J?rgen mientras miraba por la ventana. ¡ªPor supuesto que s¨ª, aqu¨ª pas¨¦ hambre. ¡ªSuena triste ¡ªmencion¨® J?rgen. ¡ªJa, lo ser¨ªa si importara, ?no? ¡ªrespondi¨® Desza antes de soltar una risa salvaje que dej¨® a todos perplejos. J?rgen, curioso, se volvi¨® para ver qu¨¦ le hac¨ªa re¨ªr de esa manera. ¡ªLa vida puede ser una caja de sorpresas; solo depende de c¨®mo le demos significado, ya sea bueno o malo. Todos prestaron atenci¨®n a las palabras de Desza, hasta que decidi¨® poner fin a la charla. ¡ªBasta de palabrer¨ªa. Hoy celebraremos el logro de nuestros camaradas J?rgen e Isabel. Les pido un aplauso para ellos, por favor. Desza clav¨® su machete en el suelo y todos comenzaron a aplaudir con alegr¨ªa en sus rostros. Isabel se sinti¨® halagada por la adoraci¨®n que recib¨ªa, mientras J?rgen, a pesar de su expresi¨®n triste y vac¨ªa, alz¨® la cabeza y mir¨® fijamente a Desza. ¡ªSe?or, ?le importar¨ªa si soy yo quien toma la primera guardia? ¡ªNo, por supuesto que no ¡ªrespondi¨® Desza, confundido por la solicitud. Una vez obtenido el permiso, J?rgen abri¨® la puerta y sali¨® de la casa. A medida que se alejaba, los ruidos de la celebraci¨®n se volv¨ªan m¨¢s tenues. Transformando sus brazos en metal, comenz¨® a cortar la maleza alta que lo rodeaba antes de sentarse bajo la luz de la luna llena, que proporcionaba suficiente iluminaci¨®n. Por primera vez en mucho tiempo, J?rgen mostr¨® una sonrisa mientras contemplaba el cielo nocturno. Isabel sali¨® de la casa de repente y decidi¨® seguir a J?rgen. Camin¨® escudri?ando la zona hasta que finalmente avist¨® su espalda. Not¨® de inmediato que J?rgen estaba en paz, lo cual era una rareza. Cada vez que lo hab¨ªa visto antes, siempre estaba en estado de alerta m¨¢xima. Adem¨¢s, recordaba las noches en las que compart¨ªan el mismo lugar para dormir; ¨¦l pasaba horas mirando por la ventana al cielo nocturno, sin cerrar los ojos para descansar. Era un enigma en cuanto al sue?o. Isabel se acerc¨® con precauci¨®n, tratando de no asustarlo, hasta que decidi¨® tocar su hombro. J?rgen no reaccion¨® bruscamente, simplemente se gir¨® para encontrarse con la mirada de Isabel. A pesar de las profundas ojeras que oscurec¨ªan sus ojos, pudo ofrecer una tenue y tranquila sonrisa. ¡ªBuenas noches, Isabel. ¡ªBuenas noches, J?rgen. ?Te importa si me siento a tu lado? ¡ªNo, por supuesto que no. Isabel ajust¨® su vestido y se sent¨® en el tronco, asegur¨¢ndose de poner un pa?uelo en el lugar para no ensuciarse. ¡ª?Por qu¨¦ no est¨¢s adentro con los dem¨¢s? ¡ªpregunt¨® ella. ¡ªPodr¨ªa hacerte la misma pregunta, Isabel. ?Por qu¨¦ est¨¢s afuera? ¨¦l la mir¨® a los ojos durante un momento y luego volvi¨® la vista al cielo nocturno. ¡ªComo mencion¨¦ antes, estoy de guardia. ¡ªJ?rgen, en todas las reuniones y celebraciones, siempre te mantienes apartado o simplemente ignoras nuestra presencia. ?Por qu¨¦? Hoy es un d¨ªa especial; hemos asestado un golpe mortal a los Gremios. Por favor, celebra con nosotros. ¡ª... ¡ªPor favor, cont¨¦stame ¡ªinsisti¨® Isabel. J?rgen baj¨® la vista, pero mantuvo su cabeza en alto. ¡ª?Celebrar, dices? ¡ªS¨ª, celebrar. ¡ª?Qu¨¦ hay que celebrar? ?Celebrar el hecho de que masacramos a unos ni?os? ¡ªSi piensas de esa forma, ?por qu¨¦ viniste con nosotros? ¡ªYo busco un mundo m¨¢s justo, no quiero destruirlo para volverlo a construir. Esas criaturas, seguramente eran personas normales como t¨² y yo, con una familia muy unida, y nosotros les quitamos todo. ?Eso es lo que quieres celebrar? Isabel qued¨® reflexionando por lo que dijo, pero luego decidi¨® preguntar nuevamente. ¡ªSi piensas as¨ª, ?por qu¨¦ sigues con nosotros? ¡ªPorque ustedes son mi familia ¡ªrespondi¨® J?rgen¡ª. Perd¨ª a todos los que me importaban hace cuatro a?os, cuando yo ten¨ªa diez a?os. El fuego apareci¨® y arras¨® con todo, mis hermanos, mis padres y mis madres, todos ellos, muertos por la noche y por un desconocido. Fue en ese momento que conoc¨ª a Desza, tom¨® mi mano cuando nadie m¨¢s quiso. ¨¦l me dio un hogar y me dio a ustedes. Es por eso que decid¨ª call¨¢rmelas todas y no reflexionar por lo que hago yo o ¨¦l. Sin embargo, cada vez que voy con Desza a causar problemas o a golpear a gremialistas con los que yo nunca tuve tratos, siento a la hermana Rosa en mi cabeza dici¨¦ndome que soy una deshonra a las cosas que me ense?¨®. Pero no puedo hacer nada, porque no quiero perderlos. Isabel qued¨® perpleja por todo lo que estaba escuchando. Era la primera vez que ve¨ªa a J?rgen de esa forma, arrepentido por el camino que hab¨ªa tomado. Decidi¨® preguntarle m¨¢s sobre ¨¦l. ¡ª?A caso todo esto tiene que ver con el hecho de que no duermas? J?rgen mir¨® a Isabel, sorprendido por la pregunta, pero decidi¨® confesarlo. Despu¨¦s de todo, no era un secreto. ¡ªVer¨¢s, yo perd¨ª a mis seres queridos mientras dorm¨ªa, y hasta el d¨ªa de hoy me culpo por eso. Si tan solo hubiera estado despierto, ellos a¨²n estar¨ªan vivos y yo no me hubiese convertido en lo que soy ahora. Pero cuando los conoc¨ª a ustedes, sent¨ª que una puerta se abri¨® ante m¨ª, d¨¢ndome otra oportunidad de proteger lo que yo no pude proteger. Y desde ese d¨ªa, cuando estrech¨¦ las manos con Desza, me hice una promesa a m¨ª mismo de jam¨¢s darme el placer de dormir, para estar alerta de cualquier peligro que pudiera perjudicarlos. ¡ªPero alguna vez debiste descansar, ?no? ¡ªNo he dormido en m¨¢s de tres a?os. ¡ª?C¨®mo haces para estar de pie? ¡ªMi sangre tiene metal, as¨ª que no importa. Mis poderes renuevan mis c¨¦lulas, aunque no quitan mi cansancio. Pero uno se acostumbra con el tiempo. ¡ªCreo que deber¨ªas descansar. ¡ªNo puedo. Mis acciones han perjudicado a tantas personas que podr¨ªan ir tras ustedes. No, se?or, estar¨¦ despierto y alerta. No quiero perderlos. ¡ªPero al menos podr¨¢s celebrar con nosotros la pr¨®xima vez. ¡ªEst¨¢ bien, lo har¨¦. Isabel se puso de pie y tom¨® el brazo de J?rgen. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªVamos adentro a celebrar. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªFalta mucho para la pr¨®xima vez. Con esas palabras, Isabel llev¨® a J?rgen, tirone¨¢ndolo hasta la casa. Cuando entraron, vieron que todos estaban divirti¨¦ndose. Tocando m¨²sica y bailando. Dockly soplaba la flauta, Guz tocaba la guitarra y Jane un viol¨ªn, que le pertenec¨ªa a Isabel. Luego estaban los que bailaban. Desza bailaba con R?sse?s, Joel bailaba con su Rose, Azricam bailaba con Chesulloth, quien se hab¨ªa sacado la m¨¢scara, revelando una bonita cabellera de color blanco ceniza y unos ojos verdes impactantes. ¡ªHey, J?rgen, no pens¨¦ que volver¨ªas. Ven, hermano, y deja para despu¨¦s la guardia ¡ªdijo Desza mientras bailaba con R?sse?s. ¡ªLo siento, creo que yo... Isabel lo arrastr¨® hasta la pista y ambos bailaron. ¡ªMiren, J?rgen bailando. Pell¨ªzquenme, parece que se va a caer la luna ¡ªdijo Azricam. Todos se rieron, incluyendo a Guz y a Joel. ¡ªIsabel, yo no s¨¦ bailar. ¡ªTampoco yo, pero ya que estamos, bailemos. Desza, que estaba muerto de risa, se?al¨® a los m¨²sicos. ¡ªCamaradas, toquen algo m¨¢s movido. Dockly gui?¨® un ojo a Guz y a Jane. ¡ªHagamos lo que pidi¨® el jefe. Dockly estir¨® su flauta, Guz dio una vuelta entera a su guitarra y Jane solamente cambi¨® de hombro el viol¨ªn. Y una vez que terminaron de hacer todo lo que estaban haciendo, comenzaron a tocar una m¨²sica que hab¨ªan inventado para ocasiones especiales, m¨¢s movida y con m¨¢s din¨¢mica.Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. ¡ªAh¨ª est¨¢, me gusta ¡ªdijo Desza mientras bailaba con R?sse?s. Joel se cans¨® y se sent¨® en un sill¨®n con una s¨¢bana blanca, mientras colocaba a Rose en su regazo. ¡ªTodos est¨¢n felices hoy ¡ªdijo Rose. ¡ªS¨ª, en serio. Hoy hemos dado un duro golpe a los gremialistas. Rose no contest¨®, simplemente se desilusion¨® por un rato, pero luego mostr¨® una sonrisa c¨ªnica. Mientras segu¨ªan bailando, J?rgen empezaba a sentirse inc¨®modo. Nunca en su vida hab¨ªa bailado, pero a pesar de su falta de experiencia, no lo hac¨ªa mal. De hecho, lo hac¨ªa muy bien, pero estaba tan preocupado por cometer un error que no notaba que estaba bailando bien. Su inseguridad era tan evidente que resultaba gracioso para el grupo. ¡ªEs como ver a Van Gogh tratando de imitar a Mart¨ªn Quinquela ¡ªdijo Guz. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Jane. ¡ªOh, nada. ¡ª?Vamos, J?rgen, no lo haces tan mal! ¡ªEh, gracias, Dockly. ¡ªNo te preocupes, solo s¨ªgueme el paso. ¡ª?Cu¨¢l de los dos? Isabel dej¨® escapar una risilla, pero r¨¢pidamente se recuper¨® y guio a J?rgen en los pasos para que se sintiera m¨¢s c¨®modo, y de hecho, lo logr¨®. ¡ª?QUE DOMINADO QUE SOS! ¡ªgrit¨® Azricam. Isabel gui¨® el paso hacia donde estaba ¨¦l y le dio un pisot¨®n bien fuerte. Tan fuerte, que Azricam dio un grito mudo, porque sinti¨® que su armadura se hund¨ªa. ¡ªEso te pasa por meterte con la dama de hierro ¡ªdijo R?sse?s. ¡ªJa, eso pasa cuando te metes con mujeres muy fuertes, beb¨¦ ¡ªdijo Desza mientras aceleraba el paso. Pero despu¨¦s, Isabel se arrim¨® a J?rgen, y esta vez nadie les prest¨® atenci¨®n y segu¨ªan en lo suyo. ¡ªEste paso no lo conozco. ¡ªRel¨¢jate, yo te guiar¨¦. Isabel, arrimada a J?rgen, su baile comenz¨® a ser lento entre el movimiento que hab¨ªa a su alrededor. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªNo lo s¨¦, ?T¨² est¨¢s bien? ¡ª?Yo? Claro que s¨ª. ¡ªMe alegro ¡ªdespu¨¦s solt¨® una leve sonrisa¡ª. Gracias por traerme aqu¨ª. Isabel hundi¨® su cara en el pecho de J?rgen y dijo: ¡ªNo hay nada que agradecer. La fiesta sigui¨® y sigui¨®. Era la una de la ma?ana cuando todo acab¨® y una hora despu¨¦s, todos estaban durmiendo, todos excepto J?rgen, quien estaba sentado en una silla de madera con un mate en las manos, mirando el cielo nocturno con una mirada fr¨ªa. A cada sorbo que daba a su mate, jam¨¢s dej¨® de ver la luna y las estrellas. Se sent¨ªa en paz. Usando sus sentidos, pod¨ªa determinar lo que hab¨ªa a su alrededor. Luego volte¨® y vio que Isabel estaba dormida en un sill¨®n que estaba a su lado. Debido a la cercan¨ªa que ten¨ªa ¨¦l del sill¨®n, J?rgen pos¨® su mano en su frente, alejando unos cuantos mechones de cabello y dejando al descubierto su frente. J?rgen acarici¨® la frente de Isabel con su mano derecha, sus guantes de cuero negro eran muy finos, pero pod¨ªa sentir la frente de Isabel en las yemas de los dedos. Luego sac¨® su mano y mir¨® al cielo nuevamente. Despu¨¦s, una puerta se abri¨® detr¨¢s de ¨¦l. J?rgen no volte¨®, solo movi¨® sus ojos a la izquierda como si intentara agudizar el sonido y adivinar qui¨¦n era. Cuando el primer pie toc¨® la habitaci¨®n, cerr¨® los ojos, mostr¨® una sonrisa y dio un peque?o susurro. ¡ª?Eres t¨²? ?Joel? ¡ªOh, parece que tu sentido es bueno ¡ªsusurr¨® Joel. J?rgen se puso de pie y llev¨® su silla hasta la mesa que estaba al menos a dos metros de Isabel, para no despertarla. Joel lo sigui¨® y se sent¨® en el otro extremo de la mesa, mientras J?rgen se sentaba en el lado opuesto. ¡ª?Problemas para dormir? ?Verdad? ¡ªJe, algo as¨ª. Rose estaba teniendo pesadillas, as¨ª que la llev¨¦ hasta su hermana para que se calmara un poco. Cuando volv¨ª a mi cama, el sue?o se hab¨ªa ido, as¨ª que pensaba pasear un poco afuera, pero me top¨¦ contigo. ¡ªBueno ¡ªJ?rgen carg¨® agua nuevamente en el mate y se lo ofreci¨®. Joel acept¨® y dio un sorbo. ¡ªGracias, ahora ya no tendr¨¦ m¨¢s sue?o. J?rgen solt¨® una sonrisa y le dio otro sorbo al mate. ¡ª?De d¨®nde sacaste esto? ¡ªLo traje conmigo. ?Por? ¡ªNo, por nada, solo me parece extra?o que t¨² bebas esto. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªBueno¡­ Te llamas J?rgen Czacki ?No? ¡ªClaro, pero en el lugar donde viv¨ªa, siempre se tomaba mate. ¡ªJe, creo que s¨ª, era m¨¢s factible creer eso ¡ªdijo Joel sarc¨¢sticamente. Despu¨¦s, J?rgen baj¨® la mirada. ¡ªMa?ana por la ma?ana habr¨¢ que entregar esos escritos a Pullbarey. ¡ªS¨ª, espero que despu¨¦s de lo que hicimos hoy, haya valido la pena. Cr¨¦eme, yo lo pas¨¦ muy mal con ese sujeto extra?o, me dio un golpe en el pecho bien fuerte, casi me mata. ¡ªJa, es incre¨ªble que seas habilidoso con las agujas, pero no con los poderes. ¡ªMuy gracioso. Espero que tengas esa confianza cuando te toque pelear con Candado. J?rgen borr¨® la sonrisa de su cara y mostr¨® de nuevo su actitud seria. ¡ªEstoy seguro de que Candado ir¨¢ por nosotros. Despu¨¦s de lo que hicimos, ser¨¢ m¨¢s factible creer que no se quedar¨¢ de brazos cruzados. ¡ªHablas como si le temieras. ¡ªDeber¨ªa temerle. Despu¨¦s de todo, Candado fue capaz de arrebatar los poderes a Desza. Si me llegase a atrapar, me arrebatar¨ªa a m¨ª tambi¨¦n. ¡ªGracias a Dios que no poseo poderes como ustedes, solo mi vista es poderosa. ¡ªEso no es suficiente para que no le temas. Es est¨²pido decir eso. En ese momento, Guz irrumpi¨® en la conversaci¨®n, estaba recostado en un muro vi¨¦ndolos atentamente. Su m¨¢scara en la oscuridad era tenebrosa, y sus ojos claros brillaban en la oscuridad como los de un gato. ¡ªGuz, pens¨¦ que estabas dormido. ¡ªJ?rgen, J?rgen, J?rgen, yo siempre me despierto a esta hora, solo que t¨² no lo notas, ya que vos y yo no compartimos habitaciones. ¡ªLo siento, nunca lo he notado. Guz camin¨® hasta ellos y tom¨® una silla, sent¨¢ndose en la punta de la mesa, parecido a un director en una sala de empresarios. ¡ªHola, muchachos madrugadores. ¡ªHola, veo que te encanta levantarte a esta hora. ¡ªLos par¨¢sitos de mi cuerpo lo necesitan. Duermo cuatro horas, cinco a lo m¨¢ximo, as¨ª que es muy com¨²n para m¨ª despertar a esta hora. ¡ªVaya, eres un enigma para nuestro grupo, siempre tan reservado. ¡ªNo hables de esa forma, J?rgen, porque aqu¨ª no hay nadie m¨¢s misterioso que t¨². No duermes, no hablas mucho y ni siquiera asistes a las reuniones que hace Desza. ¡ªMejor, cierro la boca. ¡ªExacto, mejor ci¨¦rrala. ?Y de qu¨¦ hablaban? ¡ªDe Candado y su peligrosidad para ustedes ¡ªdijo Joel de forma sarc¨¢stica. ¡ªDeber¨ªas temerle t¨² tambi¨¦n ¡ªdijo J?rgen. ¡ªNo tengo por qu¨¦ temerle, no puede quitarme nada, no tengo poderes, aunque ellos piensan que s¨ª. ¡ª?Y qu¨¦ hay de tus hermanas? ?Qu¨¦ hay de Jane? ¡ªpregunt¨® Guz. ¡ªNo permitir¨ªa que alguien como ¨¦l pusiera sus malditas manos en ellas. ¡ªAhora que lo pienso, nunca vi los poderes de Rose ¡ªcoment¨® J?rgen. ¡ªAh, ella, solo Jane tiene poderes en nuestra familia ¡ªluego cambi¨® su actitud y se volvi¨® nost¨¢lgico¡ª. Despu¨¦s de nuestros padres. Cuando J?rgen escuch¨® eso, dej¨® de tomar su mate y lo dej¨® a un lado. ¡ªDisculpa por preguntar. ¡ªNo, est¨¢ todo bien. ¡ªUna vez, cuando estaba limpiando la casa, escuch¨¦ a Desza hablar de ustedes con Azricam, hace un a?o atr¨¢s. Recuerdo que los mencion¨® como "mercenarios" y que se llamaban "Los hermanos Wandering". Eso me llev¨® a pensar, ?por qu¨¦ os llam¨¢is as¨ª? Joel sac¨® de su bolsillo un reloj antiguo y lo desliz¨® en la mesa. J?rgen lo agarr¨® y lo observ¨® atentamente. ¡ªEso le perteneci¨® a mi padre. ¨¦l me lo dio a m¨ª cuando cumpl¨ª nueve a?os. ¡ªEs un gesto muy lindo de su parte, tambi¨¦n antiguo y costoso ¡ªelogi¨® Guz. ¡ª¨¦l era un Circuista y mi madre una gremialista, sin embargo, esa uni¨®n no era compatible. Tres a?os despu¨¦s de que me obsequiara ese reloj, mientras iba a la escuela, unos sujetos gremialistas asesinaron a mis padres. Recuerdo que tom¨¦ a Rose y a Jane, corrimos y corrimos, hasta saltar al r¨ªo para poder sobrevivir. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨® despu¨¦s? ¡ªNos volvimos mercenarios. Jane y yo acept¨¢bamos trabajo de cualquier persona: secuestrar, robar y, por sobre todas las cosas, hacer la vida imposible cada vez que pod¨ªamos a la O.M.G.A.B. ¡ªEn ning¨²n momento escuch¨¦ de ti la palabra "matar". ¡ªEs porque solo nos dedic¨¢bamos a eso, jam¨¢s se nos pas¨® por la mente asesinar. Pero Jane y yo tuvimos la experiencia. ¡ª?Matar? ?A qui¨¦nes? ¡ªpregunt¨® J?rgen. ¡ªA todo aquello que nos molestaba: secuestradores, asesinos y violadores. ¡ª?Rose lleg¨® a matar? ¡ªpregunt¨® Guz. ¡ªNo, nunca se lo permit¨ª. De hecho, nosotros dos ¨¦ramos los que hac¨ªamos el trabajo. ¡ª?De d¨®nde vino su apellido Wandering? ¡ªUn empresario de Estados Unidos vino a nosotros una tarde, una tarde lluviosa. Quer¨ªa que nosotros mat¨¢ramos a una familia para hacerle sufrir a su empleado por haberle ganado un juicio. Lo rechazamos, pero ¨¦l no estaba satisfecho. Volvi¨® a la ma?ana siguiente con nuestra hermana en sus brazos, amenazando con matarla si no acept¨¢bamos la misi¨®n. ¡ª?Y qu¨¦ pas¨®? ¡ªLa respuesta no tard¨® en llegar. Fuimos al lugar donde estaban los secuestradores y los liquidamos, a cada uno de ellos. Llegamos donde estaba Rose, encadenada, sucia y golpeada. Al ver c¨®mo estaba ella, nos bast¨® para acabar con su vida, no sin antes torturar al hombre. Los gritos de ¨¦l y los insultos no nos llegaban, ya que no entend¨ªamos nada de lo que dec¨ªa. Hab¨ªamos asesinado a su traductor, as¨ª que no hab¨ªa manera de entenderlo. Pero rescatamos de ¨¦l una palabra que repet¨ªa y repet¨ªa: "Wandering". La dijo la primera vez que lo vimos. As¨ª que desde ese d¨ªa nos llamamos "Los sin rumbo" o "Wandering". ¡ªFue demasiado escalofriante, casi puedo decir que me dio miedo ¡ªdijo J?rgen mientras beb¨ªa su mate, con su actitud seria. ¡ªCreo que ser¨ªa mejor que te guardaras esos comentarios. Guz acomod¨® su m¨¢scara y mir¨® por la ventana. ¡ªMe gustar¨ªa poder saber qu¨¦ ocurrir¨¢ ma?ana. ¡ªPuedes averiguarlo. Es divertido conocer las cosas que predecirlas. Ser¨ªa aburrido saber de antemano lo que podr¨ªa ocurrir ¡ªdijo J?rgen mientras beb¨ªa su mate. ¡ªEn mi caso me servir¨ªa, porque me gustar¨ªa saber cu¨¢nto tiempo durar¨¢ esto. ¡ªDurar¨¢ lo que tenga que durar. Guz se inclin¨® y mir¨® a Joel. ¡ª?Durar¨¢ lo que tenga que durar? Claro, supongo que t¨² tienes las ma?as suficientes como para decir eso. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªJoel, no seas ingenuo. ?Cu¨¢nto tiempo vas a pelear para conseguir un futuro para tus hermanas? ¡ªPelear¨¦ hasta que mi cuerpo diga basta. ¡ªLindas palabras, pero... ¡ªGuz, silencio ¡ªdijo J?rgen mientras miraba a Isabel movi¨¦ndose en el sof¨¢. Este guard¨® silencio y se reclin¨® en la silla, mientras que Joel lo miraba e intentaba saber qu¨¦ es lo que le iba a decir. ¡ªVaya enamorado, guardar silencio por una mocosa como ella ¡ªsusurr¨® Guz. Cuando Isabel se qued¨® quieta, J?rgen se dio vuelta y sigui¨® tomando su mate, ignorando completamente lo que hab¨ªa dicho Guz. En ese momento, una puerta se abri¨® y sali¨® Rose, medio dormida y con su pijama de ositos. ¡ªJoel, quiero ir al ba?o. ¡ªYa voy. Joel se puso de pie y se dirigi¨® hasta donde estaba ella, tom¨® su mano y caminaron por un pasillo que hab¨ªa a su derecha, perdi¨¦ndose de vista ambos. ¡ªJe, ese muchacho. ?Hasta cu¨¢ndo va a ser su ni?era? Una ni?a que no sabe ir por s¨ª sola al ba?o ser¨¢ presa f¨¢cil. J?rgen sirvi¨® el mate y lo desliz¨® en las manos de Guz. ¡ªB¨¦belo, est¨¢s mejor si lo pruebas un poco. Guz se levant¨® un poco la m¨¢scara, mostrando parcialmente su ment¨®n, tom¨® el mate y le dio un sorbo. ¡ªHace mucho que no beb¨ªa mate. ¡ªEntonces, es tu d¨ªa de suerte ¡ªdijo J?rgen con una sonrisa torcida en su rostro. ¡ªCreo que deber¨ªa hacer un agujero en la zona de la boca para poder beber, ?no? Es demasiado molesto beber as¨ª, no puedo ver. Despu¨¦s de decir eso, Guz baj¨® su el mate y lo desliz¨® hasta las manos de J?rgen. ¡ªGracias ¡ªdijo Guz mientras se fijaba la m¨¢scara. ¡ªNo hay de qu¨¦. En ese momento, J?rgen sac¨® un libro y empez¨® a leerlo. ¡ªSabes, creo que es la primera vez que hablamos los tres juntos. ¡ªYo tambi¨¦n pens¨¦ eso, Guz. ¡ªCreo que deber¨ªamos repetirlo m¨¢s seguido, ?no te parece? J?rgen levant¨® la vista y mostr¨® relajaci¨®n en su rostro una vez m¨¢s. ¡ªSer¨ªa grandioso, s¨ª. Guz se sorprendi¨® al ver esa expresi¨®n en la cara de J?rgen, tanto que estaba por dar un comentario, pero en ese momento apareci¨® Joel con su hermana Rose somnolienta y con una sonrisa. ¡ªBuenas noches a todos ¡ªdijo en voz muy baja que casi no se entend¨ªa. Inclin¨® la cabeza, aceptando el saludo, mientras que Guz solo hizo una se?a con su mano. Rose sonri¨®, pero se tambaleaba, no pod¨ªa quedarse quieta un momento. ¡ªCreo que deber¨ªas mandarla a dormir, Joel, ni siquiera puede ponerse de pie ¡ªdijo Guz. Joel alz¨® a su hermana y la llev¨® hasta su cama, abri¨® la puerta y la coloc¨® al lado de su hermana, esta r¨¢pidamente la abraz¨® y se qued¨® dormida instant¨¢neamente. Joel mostr¨® una sonrisa, acarici¨® la cabeza de ambas y les dio un beso en la frente a las dos. Luego sali¨® de la habitaci¨®n y se sent¨® de nuevo con sus compa?eros. ¡ªSabes, creo que deber¨ªas ense?arle a pelear a esa peque?a. ¡ª?Qu¨¦ te hace pensar que ella no sabe defenderse? ¡ªpregunt¨® Joel mientras se sentaba en la silla. ¡ªBajen la voz por favor. ¡ªLo sentimos. J?rgen desliz¨® el reloj en las manos de Joel y dijo. ¡ªCu¨ªdalo, es un obsequio de vos y de tu familia y me imagino que el ¨²nico, as¨ª que cu¨ªdalo. ¡ªDe hecho, no es el ¨²nico recuerdo de mis padres ¡ªJoel sonri¨® y se?al¨® con su dedo pulgar atr¨¢s de ¨¦l y continu¨®¡ª. Ellas son tambi¨¦n un recuerdo de mis padres, creo que deber¨ªan pensar en eso, siempre. ¡ªVaya, qu¨¦ profundo. ¡ªTodos tenemos algo que queremos proteger, as¨ª somos los Testigos ?No? ¡ªpregunt¨® Joel. ¡ªEs verdad, yo protejo mi identidad. ¡ªQu¨¦ subjetivo ¡ªdijo Joel mientras hac¨ªa una mueca. ¡ªAhora que lo dices, es cierto, todos protegen algo ¡ªdijo Guz. ¡ªR?sse?s protege a su gata, Dockly protege a su familia, t¨² tu identidad, Chesulloth protege a su t¨ªo, Azricam a su perico, mis hermanas se protegen entre ellas y yo las protejo, Isabel protege sus joyas, creo, Desza busca protegernos. ¡ªVaya, se ve que est¨¢s al pedo ¡ªdijo Guz. ¡ªLo que t¨² llamas estar al pedo, yo lo llamo pasar el tiempo. ¡ªVaya, s¨ª que est¨¢s al pedo ¡ªrepiti¨® Guz. Joel solo se ri¨® del comentario, luego mir¨® a J?rgen, quien ya hab¨ªa dejado de tomar mate para leer un libro que ten¨ªa el tama?o de la palma de su mano. ¡ª?Y t¨², J?rgen? ?No tienes algo que proteger o alguien que consideras valioso? En ese momento, las primeras luces del amanecer se deleitaban en las ventanas, la noche hab¨ªa acabado, pero la claridad del sol pas¨® en una de las ventanas de la casa y se pos¨® en el rostro dormido de Isabel, este hecho hizo que ella abriera los ojos con dificultad, se levant¨® y mir¨® el ambiente donde estaba, su vestido celeste y limpio, brillaba por las primeras luces del sol de la ma?ana. Pero despu¨¦s de observar a su alrededor, sus ojos descansaron en la espalda de J?rgen, mientras que la luz solar segu¨ªa postrada en ella. ¡ª?Proteger alguien importante?¡ªpregunt¨® J?rgen mientras cerraba su libro y miraba perdidamente la habitaci¨®n. HERIDA ABIERTA Despu¨¦s de los acontecimientos recientes, Candado ya no ten¨ªa la intenci¨®n de hablar con Chandra; en cambio, quer¨ªa dirigirse a la sede de la O.M.G.A.B. y exponer lo sucedido para que tomaran medidas. Los efectos de lo ocurrido no se hicieron esperar y repercutieron en los Gremios y los Sem¨¢foros. Las familias de las v¨ªctimas exig¨ªan respuestas, incluyendo a los responsables. Sin embargo, lamentablemente, se tuvo que dar una versi¨®n parcial de la verdad, ocultando ciertos detalles a las familias afligidas. Se difundi¨® la historia de que se trataba de unos asaltantes que hab¨ªan escapado de los Gremios y que buscaban provocar la ira de los Sem¨¢foros. Pero nadie crey¨® esta versi¨®n; las familias sab¨ªan o cre¨ªan saber que los verdaderos culpables eran los Circuitos. A pesar de esto, Candado decidi¨® contar toda la verdad y revelar la identidad de los Testigos, con la esperanza de que no se cargara toda la culpa sobre los Circuitos. Expuso todos los detalles relacionados con el incidente, pero los resultados no fueron alentadores. Solo un pu?ado de personas escucharon y creyeron su versi¨®n, mientras que la mayor¨ªa, incluidos los que lucharon ese d¨ªa, culparon a los Circuitos, a pesar de la presencia de Esteban para ayudar. Candado se encontr¨® impotente para demostrar su inocencia en estos hechos, y el sentimiento generalizado apuntaba hacia los Circuitos. Los familiares de las v¨ªctimas avivaron las llamas de los malentendidos, exacerbando la hostilidad hacia los Circuitos. Lamentablemente, los indicios de una nueva guerra en Argentina comenzaron a surgir. Esteban se vio incapaz de limpiar el nombre de los Circuitos, y sus superiores comenzaron a desconfiar de su liderazgo en el F.U.C.O.T. Adem¨¢s, se consideraba seriamente destituirlo de su cargo, con la idea de convocar a elecciones para elegir a un nuevo Mariscal ¨ªntegro. Todos los candidatos a la posici¨®n manten¨ªan firmemente las ideas de T¨¢natos, que consist¨ªan en destruir a los Gremios y evitar cualquier posible di¨¢logo con sus enemigos. La facci¨®n ortodoxa del partido de los Circuitos ten¨ªa una alta probabilidad de ganar las elecciones. El favorito de Esteban, Morfeo Cristopher, conocido como P¨®ker, era alguien a quien Esteban despreciaba profundamente, pues no soportaba la idea de que alguien con una mente tan cerrada asumiera el liderazgo del F.U.C.O.T. Las cosas no mejoraron como se habr¨ªa esperado. En los Sem¨¢foros, un clima de temor se apoder¨® de la poblaci¨®n. El d¨ªa de la tragedia, las v¨ªctimas eran personas que apenas comenzaban a descubrir sus poderes, lo que hab¨ªa debilitado significativamente la eficacia de la guardia local. Se reforzaron las filas de la guardia Roja, Amarilla y Verde, compuesta por individuos experimentados y altamente especializados, quienes permanec¨ªan alerta las veinticuatro horas del d¨ªa. Rozkiewicz se asegur¨® de que sus compa?eros recibieran entrenamiento intensivo en combate, con la esperanza de estar preparados para un posible segundo ataque. Joaqu¨ªn, por su parte, se vio obligado a viajar a Nepal para dar explicaciones sobre la exoneraci¨®n de la investigaci¨®n sin consultar a Julekha Chandra. Walter Dussek regres¨® a su pueblo natal y proporcion¨® todos los detalles de lo sucedido, repitiendo constantemente la palabra "Testigos". Sof¨ªa hizo lo mismo y regres¨® a su ciudad natal, evitando hablar de los eventos en los Sem¨¢foros y centr¨¢ndose en su enfrentamiento con la mujer que la hab¨ªa humillado, R?sse?s. Johan se dedic¨® a viajar por el mundo en busca de informaci¨®n sobre los individuos que hab¨ªan intentado asesinarlos. Por ¨²ltimo, Cantero, un individuo que se negaba a causar da?o a cualquier ser humano, permaneci¨® en Resistencia, buscando soluciones para prevenir otro posible ataque. Por otro lado, Candado tambi¨¦n enfrentaba sus propios problemas. Un d¨ªa despu¨¦s de los acontecimientos, las demandas de los Gremios de Argentina dirigidas a la O.M.G.A.B. comenzaron a multiplicarse de manera alarmante. En tan solo veintiocho horas despu¨¦s del incidente, la naci¨®n entera estaba clamando por una acci¨®n por parte de Candado. Sin embargo, ¨¦l no ten¨ªa conocimiento de esta creciente presi¨®n, ya que viv¨ªa en un peque?o pueblo donde solo hab¨ªa dos gremios, uno de los cuales era liderado por ¨¦l, y el otro por Tarah. Adem¨¢s, un Circuista, obviamente bajo el mando de Esteban, tambi¨¦n estaba presente en el pueblo. Mientras tanto, los presidentes de la O.M.G.A.B. estaban sumidos en la desesperaci¨®n al tratar de encontrar una respuesta adecuada. Candado hab¨ªa sido sancionado previamente por su comportamiento violento hacia un representante gremial, y para evitar que Yuuta, quien hab¨ªa asumido temporalmente el cargo de presidente, se convirtiera en el blanco de las iras de la poblaci¨®n, se mantuvo la apariencia de que Candado segu¨ªa en el poder, aunque en realidad hab¨ªa sido destituido temporalmente. A pesar de que llegaban cartas y solicitudes de reuniones con Candado a la sede de la O.M.G.A.B., no se pod¨ªa hacer nada al respecto. Yuuta no ofrec¨ªa explicaciones coherentes y solo ensayaba respuestas poco convincentes. La situaci¨®n continu¨® sin cambios durante dos d¨ªas, hasta que Candado recibi¨® una llamada de Jacqueline Crusoe, quien le inst¨® a acudir de inmediato para evitar una confrontaci¨®n. Candado acept¨® la invitaci¨®n y, como hab¨ªa prometido, se dirig¨ªa a la Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein ese mismo d¨ªa. La llamada se produjo a las 17:42 de la tarde, y Candado se prepar¨® apresuradamente, con la intenci¨®n de identificar a los verdaderos responsables del atentado y encontrar una soluci¨®n al problema. Ajust¨¢ndose la corbata roja, sali¨® de su casa en direcci¨®n al gremio, donde se reunir¨ªa con H¨¦ctor para cumplir con sus deberes como Candado o presidente del Gremio Roob¨®leo. Cuando Candado lleg¨® a la entrada de la casa, se ajust¨® su chaleco negro y abri¨® la puerta. En el interior, encontr¨® a Anzor y Lucas jugando al truco, tan absortos en su juego que no notaron su llegada. Candado sac¨® una moneda de un peso de su bolsillo y la arroj¨® sobre una mesa cercana para llamar su atenci¨®n. Fue entonces cuando ambos se pusieron de pie y lo saludaron, colocando sus brazos en forma de escuadra sobre sus pechos. ¡ª"Descansen", les dijo Candado. "?Saben si H¨¦ctor est¨¢ aqu¨ª?" ¡ª"S¨ª, est¨¢ en la oficina", respondi¨® Anzor. ¡ª"Gracias, sigan en lo suyo", contest¨® Candado. Dicho esto, dej¨® a los dos jugadores a su partida de truco y se encamin¨® hacia la oficina de H¨¦ctor. Llam¨® a la puerta y esper¨®. ¡ª"Adelante", se escuch¨® la voz de H¨¦ctor desde dentro. Candado abri¨® la puerta y entr¨® en la habitaci¨®n con las manos en los bolsillos. Para su sorpresa, encontr¨® a Viki recostada en el techo, absorta en su tel¨¦fono celular, mientras que H¨¦ctor le¨ªa el peri¨®dico. A pesar de haber estado involucrado en la reciente pelea y haber presenciado la ca¨ªda de muchos de sus compa?eros, H¨¦ctor actuaba como si nada hubiera ocurrido. Esta actitud de olvido le molestaba profundamente a Candado, pero no estaba all¨ª para discutir, sino para hablar de un asunto importante. ¡ª"?Qu¨¦ tal?", salud¨® Candado. H¨¦ctor baj¨® el peri¨®dico y mir¨® a Candado. "Saludos, Ern¨¦st. ?Lindo d¨ªa, no?" ¡ª"S¨ª, lindo d¨ªa para los vivos", respondi¨® Candado, mirando al techo con iron¨ªa. H¨¦ctor pareci¨® confundido por la respuesta de Candado y aclar¨® su garganta antes de preguntar: "?Qu¨¦ haces aqu¨ª tan tarde?" ¡ª"Qu¨¦ curioso, yo estaba por preguntar lo mismo", replic¨® Candado. "Yo estoy aqu¨ª porque quer¨ªa hacerte una pregunta importante". ¡ª"?Importante?", cuestion¨® H¨¦ctor. ¡ª"?Vas a acompa?arme a la Organizaci¨®n?", pregunt¨® Candado directamente. ¡ª"Ah, cierto. Hoy es el d¨ªa en que te diriges a la O.M.G.A.B., ?verdad?", record¨® H¨¦ctor. ¡ª"S¨ª, exacto. Entonces, ?vienes o no?", insisti¨® Candado. ¡ª"Lo siento, pero estoy ocupado", respondi¨® H¨¦ctor. ¡ª"Vas a tener que asistir a la reuni¨®n sangu¨ªnea", interrumpi¨® Viki. ¡ª"No sab¨ªa que a¨²n corr¨ªa sangre por tus venas", coment¨® Candado sarc¨¢sticamente. ¡ª"?Qu¨¦?", pregunt¨® H¨¦ctor confundido. ¡ª"Digo que no sab¨ªa que todav¨ªa estabas en ese r¨¦gimen", aclar¨® Candado. ¡ª"Oh, no fue nada. Solo necesitaba una inscripci¨®n", explic¨® Viki. ¡ª"Pero, H¨¦ctor, eres mi secretario y necesito llevar a alguien conmigo a la O.M.G.A.B. Sobre todo, teniendo en cuenta que has asistido all¨ª en los ¨²ltimos meses. ?Por qu¨¦ no vienes?", insisti¨® Candado. ¡ª"Lamentablemente, estoy ocupado", reiter¨® H¨¦ctor. Candado inclin¨® la cabeza, se quit¨® la boina, se rasc¨® la nuca y volvi¨® a mirar a H¨¦ctor. ¡ªBien, me llevar¨¦ a Declan, anunci¨®. ¡ªEst¨¢ ocupado con una misi¨®n que le encomend¨¦ en Villa ¨¢ngela, respondi¨® H¨¦ctor. ¡ª?Las mellizas?, pregunt¨® Candado. ¡ªEst¨¢n en Corrientes, haciendo algo que solo ellas pueden hacer, explic¨® H¨¦ctor. ¡ªMatlotsky, continu¨® Candado. ¡ªEst¨¢ en los Sem¨¢foros, reparando los destrozos, inform¨® H¨¦ctor. ¡ª?Ana Mar¨ªa?, inquiri¨® Candado. ¡ªSe fue con Germ¨¢n a Resistencia para ayudar a un amigo herido despu¨¦s del asalto, respondi¨® H¨¦ctor. ¡ª?Y esos dos que est¨¢n jugando al truco?, pregunt¨® Candado. ¡ªLos necesitar¨¦ m¨¢s tarde, contest¨® H¨¦ctor. Candado mir¨® al techo, pensativo. ¡ªViki¡­, comenz¨® Candado. ¡ªNo, no voy a ir a Jap¨®n, respondi¨® Viki de manera categ¨®rica. ¡ª?Por qu¨¦ no llevas a Hammya?, sugiri¨® Candado. Candado mir¨® al suelo, con cierta desilusi¨®n. ¡ª?En serio? ?La mocosa?, expres¨® con incredulidad. ¡ªVamos, Candado, intervino H¨¦ctor. Seg¨²n tengo entendido, te salv¨® la vida. ¡ªS¨ª, pero¡­ es demasiado... ingenua, argument¨® Candado. ¡ªOh, vamos, Candado, insisti¨® H¨¦ctor mientras cerraba el diario y lo colocaba sobre la mesa. Has estado dependiendo de un secretario desde que Ocho nos traicion¨®. ?Cu¨¢ndo va a ser el d¨ªa en que elijas a un vice? Candado no dijo nada, simplemente mir¨® al suelo, parec¨ªa que a¨²n estaba afectado por el hecho de que Hammya hubiera sido su amiga en el pasado. ¡ªNo cometer¨¦ el mismo error dos veces, afirm¨® Candado. No creo que tenga lo necesario para ser mi vice. ¡ªCandado, ?Crees que darle un cargo como ese la corromper¨¢ como sucedi¨® con Ocho?, cuestion¨® H¨¦ctor. ¡ªLa verdad, pienso que es m¨¢s probable que eso ocurra, admiti¨® Candado. ¡ªVamos, Candado, inst¨® Viki. ¡ªT¨² c¨¢llate y sigue con tus jueguitos, respondi¨® Candado de manera sarc¨¢stica. ¡ªHagamos un trato, propuso H¨¦ctor. Ll¨¦vala, no le digas por qu¨¦, y luego veremos si de verdad es la indicada para asumir el mando. ¡ª?En serio? Hace unos d¨ªas desconfiabas de ella y ahora me propones esto, se?al¨® Candado. ¡ªLo s¨¦, y estaba equivocado, admiti¨® H¨¦ctor. Creo que t¨² tambi¨¦n piensas lo mismo, solo que est¨¢s un poco temeroso de estar equivocado. ¡ªGu¨¢rdate esas deducciones tuyas. ?Y qu¨¦ obtengo yo de esto?, pregunt¨® Candado. ¡ªSi la llevas y te cae bien, tan bien que quieras nombrarla vice, entonces har¨¢s lo que yo diga, explic¨® H¨¦ctor. Pero si la llevas y no te cae bien, reconocer¨¦ mi error y har¨¦ lo que t¨² me pidas, cualquier cosa. ¡ªBien, acepto, acept¨® Candado. Candado se levant¨®, se coloc¨® la boina y estrech¨® la mano de H¨¦ctor. ¡ªAcepto. Ahora veremos qui¨¦n de los dos ten¨ªa raz¨®n, concluy¨® Candado. Luego, se dio la vuelta y abandon¨® la habitaci¨®n, dejando a H¨¦ctor y Viki solos. Tan pronto como Candado sali¨® de la sala, H¨¦ctor se recost¨® en la mesa, como si estuviera exhausto, mientras que Viki observaba c¨®mo ¨¦l yac¨ªa all¨ª, sujet¨¢ndose la cabeza. ¡ª?Qu¨¦ he hecho?, se pregunt¨® H¨¦ctor en voz alta. ¡ª?Est¨¢s bien, H¨¦ctor? ¡ªpregunt¨® Viki. ¡ªNo, hice una apuesta con Candado y todos sabemos que ¨¦l siempre gana. Dios m¨ªo, ?qu¨¦ voy a hacer ahora? ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor, visiblemente preocupado. Viki solt¨® una carcajada grande. ¡ªNo te r¨ªas, Viki, estoy acabado ¡ªdijo H¨¦ctor mientras se agarraba la cabeza. Despu¨¦s de que Candado intentara convencer a H¨¦ctor de que lo acompa?ara a la organizaci¨®n y este le dijera que no, Candado no tuvo m¨¢s opci¨®n que invitar a Hammya para que lo acompa?ara en su viaje a la O.M.G.A.B. Necesitaba a H¨¦ctor y a Clementina como acompa?antes, pero H¨¦ctor estaba indispuesto y no pod¨ªa ir solo, as¨ª que decidi¨® jug¨¢rsela por Hammya, sin mencionar que hab¨ªa hecho una apuesta con H¨¦ctor. Candado entr¨® a su casa y, como de costumbre, sus padres no estaban en casa. La abuela se fue de viaje a Buenos Aires para visitar a su hijo Clemente, y el ¨²nico que estaba en casa era Hammya, junto con Clementina, Hip¨®lito y la peque?a Karen, que por alguna raz¨®n estaba en brazos de Hammya. Por primera vez, Candado se guard¨® los comentarios y se acerc¨® a Hammya para proponerle algo. Colg¨® su boina en el perchero cerca de la puerta y se dirigi¨® hacia ella mientras jugaba y hac¨ªa muecas a la beb¨¦, que parec¨ªa estar disfrutando de las payasadas de Hammya. ¡ªBuenas tardes ¡ªsalud¨® Candado. Hammya mir¨® a Candado y le sonri¨®. ¡ªBuenas tardes. Parece que has empezado a mejorar tu actitud. Candado apret¨® los pu?os con fuerza por el comentario, y se pod¨ªa escuchar el crujir de sus guantes. ¡ªJe, s¨ª, parece que he mejorado. Hammya baj¨® la cabeza y continu¨® jugando con la beb¨¦, pero cuando lo hizo, Candado comenz¨® a hacer muecas y su ojo izquierdo empez¨® a tener un tic nervioso. Sin embargo, pronto se tranquiliz¨®, se acomod¨® la corbata y aclar¨® la garganta. ¡ªMe gustar¨ªa que vinieras conmigo a la organizaci¨®n de la O.M.G.A.B. Hammya levant¨® la vista y lo mir¨® nuevamente. ¡ª?Qu¨¦? ?D¨®nde? Candado hizo un esfuerzo para no pellizcarle los cachetes por no haber prestado atenci¨®n la primera vez. ¡ªBueno, te lo repetir¨¦. ?Quisieras venir conmigo a la O.M.G.A.B.? ¡ª?Eh? No entiendo, respondi¨® Hammya confundida. Candado afloj¨® los hombros y mir¨® al techo. ¡ª?Qu¨¦ parte no entiendes? ¡ªdijo Candado, ya perdiendo la paciencia. ¡ª?Por qu¨¦ me est¨¢s invitando?, pregunt¨® Hammya. Candado baj¨® la cabeza, cerr¨® los ojos y se rasc¨® la ceja izquierda con el dedo ¨ªndice de la mano izquierda. ¡ªPorque mi personal est¨¢ ocupado. As¨ª que, una vez m¨¢s, ?vas a venir conmigo a la O.M.G.A.B., s¨ª o no? Hammya pens¨® un momento en la propuesta de Candado y, despu¨¦s de un minuto, respondi¨®. ¡ªClaro, me gustar¨ªa conocer ese lugar. Candado inhal¨® profundamente y luego exhal¨®, mostrando una sonrisa sarc¨¢stica. ¡ªPerfecto, ahora v¨ªstete. ¡ªPues, v¨ªstete ¡ªorden¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦? ?Ahora? ¡ªpregunt¨® Hammya, sorprendida. ¡ªS¨ª, ahora ¡ªrespondi¨® Candado con firmeza. ¡ªS¨ª, pero¡­ En ese momento, Candado cambi¨® su expresi¨®n y mostr¨® su enojo. Sus ojos se encendieron con una flama violeta, y con su mano derecha cubri¨® los ojos de la beb¨¦ Karen. ¡ªVe y v¨ªstete ahora ¡ªdijo con una voz escalofriante. Hammya se levant¨® de inmediato, coloc¨® a la beb¨¦ en los brazos de Candado y sali¨® corriendo hacia su habitaci¨®n. En ese momento, Hip¨®lito apareci¨®, sin su galera, y estaba barriendo el suelo con una escoba. ¡ªVaya, ?qu¨¦ habr¨¢ hecho la se?orita mamboret¨¢ para que t¨² la lleves contigo? ¡ªpregunt¨® Hip¨®lito con una sonrisa traviesa. ¡ªVaya, yo que me quejo de que Clementina sea chatarra. ¡ª?Qu¨¦ quisiste decirme? ¡ªNada, lo dejo a tu imaginaci¨®n rob¨®tica ¡ªrespondi¨® Candado mientras se sentaba en el sill¨®n y dejaba a su hermana dormida en la cuna que estaba a su lado.The story has been taken without consent; if you see it on Amazon, report the incident. Hip¨®lito mostr¨® una sonrisa traviesa y continu¨® limpiando el piso. ¡ªEsto me trae recuerdos. ¡ª?Cu¨¢ndo no ten¨ªas ese canoso mostacho? ¡ªbrome¨® Candado. ¡ªJa, no, me refiero a cuando yo serv¨ªa a los padres de Alfred ¡ªexplic¨® Hip¨®lito. ¡ªMe sorprende que hubiera aut¨®matas como t¨² en su ¨¦poca. ¡ªLa verdad, fue ¨¦l quien me fabric¨® y me dio el nombre de Hip¨®lito, en honor a Hip¨®lito Yrigoyen. ¡ªPodr¨ªa decirse que mi familia viene de descendientes radicales. ¡ªS¨ª, en su ¨¦poca, el patr¨®n Jack Barret era un militante yrigoyenista. Pero despu¨¦s de lo ocurrido en la Patagonia, se desilusion¨®, aunque lo sigui¨® apoyando. ¡ªAhora, por lo visto, esa rama no sigui¨®, ya que mi familia y yo somos peronistas, ?no? ¡ªJe, s¨ª, c¨®mo cambian las cosas. En ese momento, son¨® un reloj que proven¨ªa de la cocina. ¡ªOh, por mis terabytes, ya est¨¢ listo el postre ¡ªanunci¨® Hip¨®lito mientras se dirig¨ªa hacia la cocina. Candado movi¨® sus ojos a ciento ochenta grados y tom¨® un libro rojo titulado "Leviat¨¢n" de Thomas Hobbes. Comenz¨® a leerlo para pasar el tiempo. Sin embargo, ni siquiera hab¨ªa terminado la primera p¨¢gina cuando regres¨® Hip¨®lito, acompa?ado de Clementina, llevando pastelitos en una bandeja de metal. ¡ªContemplad, humanos, la exquisitez en persona ¡ªexclam¨® Hip¨®lito con entusiasmo. ¡ª?Hip¨®lito, tienes que hacer eso cada vez que cocinas postres? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªClaro, hombre, esto es una revoluci¨®n para la madre patria ¡ªrespondi¨® Hip¨®lito con humor. ¡ª?Ahora hablas gallego? ¡ªcuestion¨® Clementina. ¡ªYa, d¨¦jense de joder y prueben, carajo ¡ªdijo Hip¨®lito mientras colocaba la bandeja en la mesa. Luego se puso de pie y continu¨®¡ªUf, qu¨¦ calor. Voy a ba?arme, ni?os, mientras tanto, disfr¨²tenlo. Cuando Hip¨®lito se fue de la sala, Candado cerr¨® su libro, tom¨® uno de los pastelitos con papel de cocina y le dio un mordisco. ¡ªOh, s¨ª que son deliciosos, especialmente el dulce de batata en ellos ¡ªcoment¨® Candado mientras saboreaba el pastelito. ¡ªTe juro, el se?or Hip¨®lito sabe c¨®mo cocinarlos. ¡ªRecuerdo que mam¨¢ los hac¨ªa a m¨ª y a Gabriela ¡ªdijo Candado con una sonrisa. En ese momento lleg¨® Hammya, luciendo el mismo vestido verde que llevaba la primera vez que se conocieron. Sin embargo, ahora estaba limpio y sin las manchas negras que ten¨ªa despu¨¦s de ser revolcada en el lodo tras ser golpeada por aquellos chicos. Adem¨¢s, llevaba un list¨®n blanco alrededor de su cuello y una hebilla con forma de flor violeta. ¡ªSe ve hermosa, se?orita Hammya ¡ªcoment¨® Clementina. Candado se limit¨® a observar los zapatos que hab¨ªa reparado unos d¨ªas atr¨¢s. Estuvo a punto de hacer un comentario, y no precisamente positivo, pero decidi¨® callarse y le ofreci¨® un pastelito a Hammya para que lo probara. Ella acept¨® con gusto y le dio un mordisco, mostrando en su rostro el placer de saborear el pastelito. ¡ªEs delicioso, Hip¨®lito se esforz¨® mucho ¡ªelogi¨® Hammya. ¡ª?Hip¨®lito? ?Esforzarse? No me hagas re¨ªr ¡ªrespondi¨® Candado con una sonrisa. ¡ªNo lo hice. ¡ªUps, perd¨®n, creo que comet¨ª un peque?o error. ¡ª?Qu¨¦ tonto eres! ¡ªexclam¨® Hammya riendo. Candado apret¨® su mejilla juguetonamente mientras sosten¨ªa su pastelito con la otra mano. ¡ªAy, eso duele. ¡ªPues no digas esas tonter¨ªas ¡ªdijo Candado mientras la soltaba. ¡ªEres agresivo, y encima, que voy a ir contigo, eres as¨ª conmigo. Candado mir¨® hacia arriba un momento, infl¨® sus cachetes y luego expuls¨® todo el aire antes de mirarla de nuevo. ¡ªMe disculpo por ser as¨ª. Hammya qued¨® at¨®nita ante las disculpas de Candado. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªS¨ª, exactamente, una disculpa ¡ªafirm¨® Candado mientras disfrutaba de su pastelito con los ojos cerrados. Despu¨¦s de ese momento, nadie m¨¢s habl¨®. Los tres se quedaron all¨ª, comiendo los pastelitos que hab¨ªa hecho Hip¨®lito, hasta que estuvieron satisfechos. Clementina se recost¨® en el sill¨®n y se dio palmaditas en la panza. ¡ªEstoy llena, ya no me entra nada m¨¢s. ¡ªNo quisiera ser insensible, pero debemos tomar un avi¨®n ¡ªanunci¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªexclam¨® Hammya sorprendida. ¡ªLo que o¨ªste, Hammya. Debemos tomar un avi¨®n. ¡ª?Pero no ¨ªbamos a la O.M.G.A.B.? ¡ª?Y d¨®nde crees que est¨¢? ¡ªpregunt¨® Candado con leve irritaci¨®n. ¡ªNo lo s¨¦, ?est¨¢ lejos? ¡ªHammya, te lo dije hace varios d¨ªas, donde est¨¢ la organizaci¨®n, ?ya te olvidaste? ¡ªLamento decirte que s¨ª, me olvid¨¦ ¡ªrespondi¨® ella con una sonrisa, tratando de aliviar la situaci¨®n. Sin embargo, Candado no parec¨ªa tom¨¢rselo a la ligera y le pellizc¨® las mejillas de nuevo. ¡ªOdio tener que repetir temas extensos. Despu¨¦s de decir eso, la solt¨® y comenz¨® a calmarse. ¡ªBueno, la organizaci¨®n est¨¢ en una isla desierta cerca de Jap¨®n. ¡ªAh, ahora lo entiendo, entonces creo que est¨¢ bien. ¡ªBien, ?Nos vamos? ¡ªS¨ª ¡ªrespondieron ambas. Candado se dirigi¨® a la puerta, se puso su boina y sali¨® de la casa, dejando una nota en la cuna de Karen para que Hip¨®lito estuviera al tanto de su ausencia. Aunque Hip¨®lito probablemente ya sab¨ªa a d¨®nde iban, Candado lo consideraba demasiado senil para recordarlo, as¨ª que dej¨® la nota m¨¢s como una broma que como una informaci¨®n ¨²til. Candado, acompa?ado de Clementina y Hammya, se dirigi¨® nuevamente a la casa de Nelson para pedirle sus servicios de taxista gratuito. Esa tarde, el pueblo estaba m¨¢s tranquilo de lo habitual, con la mayor¨ªa de la gente en sus casas. Cuando llegaron a la casa de Nelson, las luces estaban encendidas, pero no eran las luces habituales, sino de un color rojo brillante. ¡ªTengo una mala vibra ¡ªcoment¨® Hammya. Candado ignor¨® este comentario o advertencia y toc¨® la puerta. Antes de que pudiera llegar a la entrada, la puerta se abri¨® y sali¨® un Nelson bien vestido, con traje y corbata morada, pero manteniendo su bata de laboratorio, que Candado no sab¨ªa si era una bata o un guardapolvo, lo cual realmente no importaba. Lo que llamaba la atenci¨®n era la notable elegancia de Nelson, su cabello peinado hacia atr¨¢s y su fragancia a lim¨®n. ¡ªRayos, Nelson, despu¨¦s de los pocos d¨ªas que te conozco, tu estilo sigue siendo un misterio ¡ªcoment¨® Candado. ¡ªJo, Jo, Jo, ?Qu¨¦ los trae por aqu¨ª, vosotros tres, perd¨®n? ¡ª?Por qu¨¦ hablas as¨ª? ¡ªJo, ver¨¦is, mi joven Padlock, he recibido la visita de un importante ejecutivo que me ayudar¨¢ a reconstruir los laboratorios del C.I.C.E.T.A. y me dijo que s¨ª. ¡ª?Y por eso hablas de esa manera y vistes as¨ª? ¡ªClaro, my se?or, en el d¨ªa he recibido la ayuda de un importante ejecutivo. El tr¨ªo qued¨® at¨®nito ante las palabras de Nelson. ¡ªPero no hablemos de m¨ª y de mi ¨¦xito. Hablemos de ti. ?Qu¨¦ quieres, Candado, tu novia y tu sirvienta? ¡ªNo soy su novia ¡ªaclar¨® Hammya, sonroj¨¢ndose. Clementina, al ver esto, ri¨® en secreto. Sin embargo, Candado no se sinti¨® afectado ni avergonzado por la broma de Nelson. ¡ªDime, anciano, ?Est¨¢s libre hoy? ¡ª?Una cita? Soy demasiado mayor, ser¨ªa un delito, me llevar¨ªan a prisi¨®n como al padre Grassi. ¡ªMe est¨¢s sacando de las casillas, viejo. ?Est¨¢s libre o no? ¡ª?Si estoy libre? Ja, Ja, Ja, Ja, claro que estoy libre ¡ªrespondi¨® de manera altanera. ¡ª?C¨®mo carajo te hiciste amigo de mi abuelo? En fin, quiero que me hagas otro favor. ¡ªBien, ?Qu¨¦ quieres que haga por vos? ¡ªQuiero que nos ayudes a ir a Resistencia nuevamente. ¡ª?Resistencia? Eres un im¨¢n de problemas, chico, y a m¨ª me encantan los problemas. Acepto. ¡ª?Qu¨¦ diablos est¨¢s dici¨¦ndome? En ese momento, Nelson cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l, sin volverse, y sac¨® un aparato con un bot¨®n verde del bolsillo de su pantal¨®n. Lo presion¨® y, de repente, el garaje se abri¨® y su auto sali¨® al asfalto, dejando a todos sorprendidos, excepto a Candado. ¡ªSe ve que est¨¢s al pedo ¡ªcoment¨® Nelson¡ª. Ja, soy un jubilado, de por s¨ª ya no trabajo, as¨ª que no tengo nada que hacer. Nelson se dirigi¨® hacia su auto y se subi¨®. Luego, abri¨® la puerta del acompa?ante. ¡ªS¨²banse, los voy a llevar. ¡ªEse anciano est¨¢ un poco chiflado ¡ªsusurr¨® Clementina al o¨ªdo de Candado. ¡ªS¨ª, es un loco, pero es una persona confiable, al menos para m¨ª. Candado se dispuso a sentarse en el asiento delantero, pero Clementina le gan¨® el lugar y cerr¨® la puerta, diciendo: ¡ªLo siento, pero no puedes sentarte adelante, es muy peligroso para ti, joven patr¨®n. Candado le dio un pellizco en la frente a Clementina y dijo: ¡ªEst¨¢ bien, me sentar¨¦ atr¨¢s, pero si vuelves a molestarme, te har¨¦ caminar, ?entendido? ¡ªS¨ª, claro. Cuando Candado se dio la vuelta, Clementina dijo en voz alta: ¡ªSolo por hoy. Candado se detuvo y corri¨® hacia ella, pero Clementina cerr¨® la ventanilla y asegur¨® la puerta mientras ¨¦l golpeaba el vidrio y gritaba: ¡ª?Te voy a arrancar los ojos! ¡ª?Enano, vas a romper mi auto! ?Detente, nazi! Con esas palabras, Candado se detuvo y se subi¨® al auto, sent¨¢ndose en el asiento de atr¨¢s junto a Hammya. ¡ªNunca m¨¢s, nunca vuelvas a llamarme as¨ª. ¡ªJe, Alfred ten¨ªa raz¨®n, te indigna que te digan as¨ª, ?verdad? ¡ªS¨ª, lo mismo que a ti, ?verdad? Militante de Rojas. ¡ª?Nunca m¨¢s digas esa maldita palabra en este auto! ¡ªArranca, anciano loco, por favor ¡ªdijo Candado con una sonrisa tranquila. ¡ª?Jam¨¢s! ¡ªgrit¨® Nelson mientras encend¨ªa el motor¡ª. ?Nunca m¨¢s! A medida que avanzaban por el camino, Candado observaba el paisaje del atardecer. El sol se estaba poniendo y las primeras estrellas comenzaban a aparecer. Cuando el auto lleg¨® a la agencia de los Sem¨¢foros, ya era de noche y la media luna iluminaba el cielo nocturno. Nelson detuvo el auto a unos metros de la puerta de la agencia. Debido al reciente asalto, los muros y los guardias estaban en alerta m¨¢xima. Cuando los efectivos notaron el auto, sacaron sus rifles y los apuntaron para evitar cualquier conflicto. ¡ª?Identif¨ªquense! ¡ªNo puedo creer que est¨¦ haciendo esto ¡ªdijo Candado mientras bajaba la ventanilla y mostraba una insignia en forma de escudo con un le¨®n blanco, rodeado por las letras diminutas de la O.M.G.A.B. y laureles. ¡ª?DISCULPENOS SU EXCELENCIA! ?PUEDE PASAR! ¡ªCreo que deber¨ªa cambiar de agente, ese tipo grita muy fuerte. Las puertas se abrieron y Nelson ingres¨® con el auto, deteni¨¦ndose en el medio de la plaza. Candado fue el primero en bajar del auto, seguido por Nelson. Hammya y Clementina bajaron al mismo tiempo. ¡ªVaya, qu¨¦ fortificaciones m¨¢s grandes ¡ªcoment¨® Nelson. En ese momento, tres personas aparecieron en escena, cada una con una cinta de color diferente envuelta alrededor de su brazo. Uno de ellos era Rozkiewicz, con una banda verde en su brazo izquierdo. El segundo era Nicol¨¢s Caba?a Ragnarok, con la banda roja en su brazo derecho, y el tercero era Maidana Leandro Wolfgang, con la banda amarilla en su brazo derecho. ¡ª?CERROJO! ?C¨®mo anda, che? ¡ªYo tambi¨¦n me alegra verte, Ruso. ¡ªOh, gracias. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Nicol¨¢s. ¡ªVengo a tomar un avi¨®n. ?Est¨¢n disponibles? ¡ª?Disponibles? Joaqu¨ªn tuvo que aumentarles la paga para que siguieran funcionando. ¡ªBien, quiero tomar uno con destino a la O.M.G.A.B. ¡ª?Boleto? ¡ªpregunt¨® Maidana. ¡ªClaro que s¨ª, cuatro por favor. Maidana sac¨® cuatro boletos de su bolsillo y se los entreg¨® a cada uno. ¡ªBien, ya pueden abordar uno. Suban. ¡ª?Viajar otra vez a la O.M.G.A.B.? Ha pasado tanto tiempo desde que estuve all¨ª. ?Habr¨¢n quitado esas odiosas cortinas naranjas con lunares verdes? ¡ªMejor ve hasta all¨¢ para averiguarlo, anciano. ?VAMOS! Candado, Hammya, Clementina y Nelson se subieron a uno de los aviones. Estos aviones eran muy diferentes de los aviones comunes; ten¨ªan solo dos ruedas y eran propulsados como cohetes, m¨¢s r¨¢pidos y menos peligrosos. En su interior, parec¨ªan m¨¢s lujosos, como los de un empresario exitoso. Solo ten¨ªas que solicitar un boleto y mostrar tu identificaci¨®n. Sin embargo, como Candado era el presidente de la organizaci¨®n, ten¨ªa ciertos derechos que le permit¨ªan protegerse. Una vez que todos estuvieron a bordo, Nelson, quien detestaba que tocaran su coche, decidi¨® bajarse del avi¨®n y estacionarlo ¨¦l mismo. Candado lo observaba con impaciencia, aunque apenas se notaba en su rostro fr¨ªo. Era evidente que Nelson tardar¨ªa una eternidad en mover su auto debido al pasto sin cortar y mojado. Hac¨ªa apenas unos d¨ªas hab¨ªa ocurrido un asalto, por lo que los jardineros de la agencia no hab¨ªan tenido tiempo de trabajar, y hab¨ªan pedido licencia hasta que el lugar fuera seguro, por tres meses. El pasto y la humedad eran lo suficientemente altos como para atrapar las finas ruedas del Justicialista. El auto no se mov¨ªa, solo se o¨ªa el aullido de dolor del motor, y el tubo de escape comenzaba a expulsar humo en la cara de los presentes. Despu¨¦s de dos minutos de agon¨ªa, Nelson asom¨® la cabeza por la ventana y mir¨® a Candado. ¡ª?ESPERA MI NI?O! ?SOLO ESTACIONO EL AUTO Y YA VOY! ¡ªBien, pero apres¨²rate ¡ªdijo Candado mientras miraba su reloj y susurraba¡ª. Cuando estemos a nueve mil metros de altura, me asegurar¨¦ de que tu ca¨ªda sea r¨¢pida y sin dolor. Pasaron ocho minutos antes de que el auto finalmente pudiera moverse con la ayuda de algunos guardias. Nelson finalmente logr¨® estacionarlo cerca de la puerta del avi¨®n y, despu¨¦s de dos minutos corriendo, subi¨® al avi¨®n. Se sent¨® en uno de los asientos y comenz¨® a abanicarse con el protocolo de seguridad, mientras Candado levantaba una ceja y miraba su reloj con impaciencia. Soy el hazme re¨ªr de los Record Gin¨¦s, qu¨¦ ir¨®nico, ?VAMOS! Con esas palabras, las puertas del avi¨®n se cerraron y Candado tom¨® su asiento, eligiendo el asiento m¨¢s alejado de los otros dos, cerca de la ventana y del ba?o, por si surgiera alguna emergencia. Hammya y Clementina, al notar que Candado se sentaba solo, decidieron hacerle compa?¨ªa, excluyendo a Nelson, que estaba demasiado cansado despu¨¦s de levantarse de su c¨®moda silla. Mientras se acercaban a Candado, lo vieron ocupado leyendo una revista del avi¨®n que promocionaba la O.M.G.A.B. Su rostro estaba oculto detr¨¢s de la revista, que era del tama?o de un peri¨®dico a color. En la contratapa de la revista, aparec¨ªa una foto de Candado llev¨¢ndose el pu?o a la altura de su mejilla izquierda con la frase en letras blancas y grandes entre comillas: "Yo sirvo a Harambee ?Y vos?" ¡ªEs gracioso, esto tendr¨ªa que estar afuera y no adentro de la agencia. ?De qu¨¦ sirve esta promoci¨®n dentro de los afiliados? Es... est¨²pido. Luego, Candado cerr¨® la revista y vio a Hammya y a Clementina sentadas frente a ¨¦l. ¡ªHey, el avi¨®n es bastante grande, ?no? ¡ªClaro, es obvio, se?or. ¡ª?Por qu¨¦ rayos est¨¢n aqu¨ª? ¡ªPorque es divertido, est¨¢ cerca del ba?o y es ideal para nosotras. ¡ª?Ba?o? Clementina, t¨² no tienes vejiga. ¡ªClaro que tengo una, usted me la instal¨®. ¡ª?Cu¨¢ndo? ¡ªHace mucho tiempo. ¡ªJa, muy chistosa. Luego levant¨® la revista a la altura de su cara. ¡ªIgn¨®ralas, Candado. Mientras menos atenci¨®n les des, m¨¢s r¨¢pido se ir¨¢n ¡ªsusurr¨® Candado. Mientras le¨ªa la revista, Candado escuchaba a las dos charlar entre s¨ª sobre cosas sin importancia. Sin embargo, misteriosamente dej¨® de o¨ªrlas. Candado baj¨® su revista y vio que los asientos estaban vac¨ªos. ¡ªAs¨ª est¨¢ mejor ¡ªdijo Candado mientras continuaba su lectura. Sigui¨® leyendo hasta que su reloj marc¨® las 20:00. Candado cerr¨® la revista y la coloc¨® junto al asiento del acompa?ante, despu¨¦s bostez¨® y se cubri¨® la boca con la mano derecha. Luego, se desabroch¨® el cintur¨®n y se levant¨® de su asiento para caminar por el pasillo del avi¨®n. Pas¨® por el asiento de Nelson, quien estaba jugando con un crucigrama con Grivna. ¡ªNo recuerdo haberla incluido en el viaje ¡ªdijo Candado para s¨ª mismo. Por cortes¨ªa, Candado no dijo nada y sali¨® del pasillo, encontr¨¢ndose en otro m¨¢s estrecho con algunas puertas. Candado abri¨® una de las puertas y vio a Hammya y Clementina jugando con almohadas, saltando en la cama, gritando y ri¨¦ndose. Clementina parec¨ªa m¨¢s humana que hace unos a?os atr¨¢s. Candado cerr¨® la puerta sin que Hammya y Clementina se percataran de su presencia. Luego, se dirigi¨® a la siguiente habitaci¨®n y le dio un empuj¨®n con la mano, ya que estaba abierta, probablemente por las dos ni?as mientras exploraban el avi¨®n. Al encender las luces, la habitaci¨®n se ilumin¨® y parec¨ªa un hotel, con camas, ba?o, televisor y diez habitaciones en total. En la habitaci¨®n en la que se encontraba, hab¨ªa dos camas. Candado se desprendi¨® de su chaleco y lo colg¨® en un perchero, luego se quit¨® la boina y la corbata y las coloc¨® en una mesa de noche. Apag¨® la luz y se dirigi¨® hacia una de las camas. Cuando estaba a punto de acostarse, vio a T¨ªnbari sentado en el ala del avi¨®n comiendo una hamburguesa y salud¨¢ndolo. Candado no se mostr¨® sorprendido y cerr¨® las cortinas. Luego se acost¨® en la cama boca arriba. Debido a la luz del pasillo, la habitaci¨®n estaba ligeramente iluminada. Candado meti¨® la mano en su cuello y sac¨® su collar. Acarici¨® varias veces el sol de su cadena con el dedo pulgar, su rostro mostraba una leve tristeza pero sin l¨¢grimas. ¡ªGabriela... Candado cerr¨® los pu?os y coloc¨® el collar en su pecho. Cada vez que sosten¨ªa esa cadena, pod¨ªa sentir el esp¨ªritu de su hermana a su lado, lo cual no lo hac¨ªa feliz, pero lo relajaba al saber que ella estaba a su lado, ayud¨¢ndolo, alent¨¢ndolo y, sobre todo, protegi¨¦ndolo. Ahora, su abuelo tambi¨¦n estaba con ella, y ambos lo observaban. Lentamente, Candado comenz¨® a cerrar los ojos hasta quedarse profundamente dormido, mientras sosten¨ªa su collar. Sin embargo, estaba muy lejos de dormir bien, las pesadillas hab¨ªan vuelto otra vez, especialmente la que involucraba el s¨ªmbolo que Hammya hab¨ªa mostrado y la verdad sobre la muerte de su hermana. Esto le provocaba pesadillas recurrentes y un profundo odio hacia la persona que la hab¨ªa matado. Sus pesadillas continuaron perturbando su sue?o, y Candado no pudo descansar bien. Cuando se despert¨®, se dio cuenta de que las ojeras hab¨ªan regresado, pero las ocultaba usando el maquillaje de su madre. Hab¨ªa transcurrido solo veinte minutos desde que se qued¨® dormido, y ya estaba sudando y jadeando. En m¨¢s de una ocasi¨®n, encendi¨® sus manos con la llama violeta, pero esta vez no afectaba a las s¨¢banas. Su ce?o se frunc¨ªa cada vez m¨¢s y m¨¢s a medida que la pesadilla se intensificaba. En su pesadilla, Candado se encontraba en un p¨¢ramo muerto y desolado, luchando contra s¨ª mismo, pero esta versi¨®n de ¨¦l vest¨ªa de negro y ten¨ªa los ojos rojos. A pesar de sus esfuerzos, Candado no pod¨ªa da?ar a su otro yo, que imitaba las voces de su hermana, su abuelo y sus amigos mientras se re¨ªa. Candado se enfurec¨ªa cada vez m¨¢s y gastaba toda su energ¨ªa en la pelea, pero su otro yo ten¨ªa las mismas habilidades defensivas que ¨¦l, por lo que sus esfuerzos eran in¨²tiles. Al final de la lucha, el suelo desaparec¨ªa bajo sus pies y Candado ca¨ªa en un lugar lleno de esqueletos con banderas de todos los pa¨ªses del mundo. Miraba a su alrededor y ve¨ªa kil¨®metros y kil¨®metros de huesos humanos. Desesperadamente buscaba a su otro yo y dio un paso adelante, pero pis¨® algo org¨¢nico. Baj¨® la mirada y vio a Yara muerta, con los ojos abiertos, el vestido sucio y sangre coagulada en su rostro. Candado la tom¨® en brazos, pero antes de que pudiera levantarla, su cuerpo se convirti¨® en polvo y se desvaneci¨® con el viento. Luego, vio a su enemigo, ahora irreconocible, completamente oscuro con ojos rojos, agitando la bandera de la O.M.G.A.B. de un lado a otro. Candado corri¨® hacia ¨¦l con la intenci¨®n de matarlo, pero los esqueletos se levantaron y lo atraparon. Los esqueletos comenzaron a recuperar su carne, y Candado se horroriz¨® al ver los rostros de sus familiares y amigos en ellos. Justo detr¨¢s de ¨¦l, su enemigo apareci¨® con una guada?a y la baj¨® con todas sus fuerzas hacia su cuello. Antes de que el golpe lo alcanzara, Candado se despert¨® bruscamente y volvi¨® a la realidad. Estaba empapado en sudor, pero recuper¨® su compostura y se levant¨®. Era evidente que sus pesadillas persist¨ªan. Sac¨® el reloj de su bolsillo y vio que eran la 01:00 a.m., hora argentina. Calcul¨® que llegar¨ªan a su destino en unos treinta y cinco minutos debido a la velocidad del avi¨®n. Candado se visti¨® con su chaleco, anud¨® su corbata y se puso su boina. Luego, camin¨® hacia la puerta y la abri¨®. El pasillo estaba casi iluminado por la luz del sol de afuera, lo que indicaba que estaban cerca de su destino. Candado se dirigi¨® a la puerta vecina y la abri¨®, pero no encontr¨® a nadie all¨ª, solo un hermoso desorden. La cerr¨® y se dirigi¨® al pasillo, donde se encontr¨® con Nelson, quien estaba solo mirando por la ventanilla. Candado se sent¨® a su lado y aclar¨® su garganta para iniciar una conversaci¨®n. ¡ªHola, nene. ¡ªHola Nelson, ?D¨®nde est¨¢ tu mini compa?era? ¡ªEsta con las dem¨¢s, ?Por¡­? ¡ªNo, por nada ¡ªluego Candado inhal¨® y exhal¨® todo el aire¡ªNelson ?Tengo una pregunta? ¡ª?Cu¨¢l es? ¡ª?Por qu¨¦ mi abuelo no se qued¨® en el pueblo? ?Por qu¨¦ se fue a vivir lejos de nosotros? Nelson se recost¨® en el asiento y mir¨® a Candado. ¡ªMuchacho, tu abuelo te quer¨ªa mucho, lo hizo para protegerte. ¡ªNo lo entiendo. Nelson puso su mano en la cabeza de Candado y sigui¨®. ¡ªCuando pas¨® el incidente de los laboratorios C.I.C.E.T.A., tu abuelo se refugi¨® en la isla del Cerrito con toda su familia. Pero ¨¦l sab¨ªa que Greg ir¨ªa, no solo por ¨¦l, sino por toda su familia. Cuando muri¨® su nieta, Gabriela, supo de inmediato que no fue por una enfermedad, sino que la mataron. ¡ª?Vos lo sab¨ªas? ¡ªS¨ª, pero no quer¨ªa que lo supieras ¡ªdijo Nelson muy apenado, luego continu¨®¡ª. Supo que su familia no estar¨ªa segura si ¨¦l segu¨ªa presente ah¨ª. Fue entonces que decidi¨® alejarse de su hija y de su nieto, con la intenci¨®n de protegerlos. Sab¨ªa que ir¨ªan por su vida, pero el cari?o que sent¨ªa por su familia no le dej¨® alejarse. Fue entonces que me pidi¨® que le consiguiera una casa en Villa ¨¢ngela. A partir de ah¨ª, comenz¨® a hablar por tel¨¦fono con su familia, incluy¨¦ndote, as¨ª nunca sabr¨ªan d¨®nde estaba su familia. Por eso te rechazaba todas las invitaciones, no porque te odiara, sino porque quer¨ªa protegerte. Luego, Nelson mir¨® a Candado, pero este comenz¨® a soltar l¨¢grimas, mientras manten¨ªa su seriedad. ¡ªSoy un est¨²pido, por dos a?os pens¨¦ que mi abuelo se distanci¨® de m¨ª porque ya no me quer¨ªa ¡ªdijo Candado con una voz temblorosa. A diferencia de las veces anteriores en las que solo limpiaba sus ojos y segu¨ªa adelante, esta vez, Candado no pudo detener las l¨¢grimas. Las l¨¢grimas flu¨ªan cada vez m¨¢s intensamente y, a pesar de intentar usar un pa?uelo o sus manos, no pudo contenerlas. Finalmente, en un momento de desesperaci¨®n, cubri¨® sus ojos con ambas manos y comenz¨® a llorar. El dolor que no hab¨ªa experimentado cuando muri¨® su abuelo en el entierro hab¨ªa aparecido, y ya no pod¨ªa ocultarlo. Nelson abraz¨® al ni?o que estaba sufriendo tanto, y Candado acept¨® su abrazo sin resistencia. Aunque segu¨ªa cubriendo sus ojos, su tristeza y su dolor eran palpables y hab¨ªan salido a la superficie. En ese preciso momento, Hammya y Clementina regresaban de una habitaci¨®n que albergaba la sala de entretenimiento. Cuando vieron a Candado siendo abrazado por Nelson mientras lloraba, Clementina cubri¨® la boca de Hammya y se escondieron detr¨¢s de unas sillas que hab¨ªa por ah¨ª. Luego, Clementina asom¨® la cabeza y vio a Candado, esta vez, abrazando a Nelson. ¡ªPobre mi se?or. Luego, Clementina sinti¨® que Hammya estaba pataleando. Su mano estaba cubriendo su boca y, al mismo tiempo, su nariz, estaba asfixi¨¢ndola. Clementina, al verla, la solt¨®, y Hammya comenz¨® a inhalar aire de manera salvaje. ¡ª?Qu¨¦ rayos te pasa? Casi me matas ¡ªdijo Hammya mientras inhalaba y exhalaba salvajemente. ¡ªLo siento ¡ªluego, Clementina tom¨® el brazo de Hammya y la atrajo hacia ella¡ª. Mira all¨ª, es el se?or Candado ¡ªsusurr¨® Clementina. ¡ª?Est¨¢ llorando? S¨ª, est¨¢ llorando, pero ?por qu¨¦? ¡ªNo tengo idea, pero ser¨¢ mejor que Nelson se encargue de este asunto. Luego de decir eso, Hammya y Clementina observaron la escena conmovedora. Hammya le daba palmaditas en la cabeza y en la espalda a Candado mientras este soltaba todas las l¨¢grimas que hab¨ªa guardado durante dos meses. Pero despu¨¦s de unos largos minutos, Candado se separ¨® de Nelson y se limpi¨® las l¨¢grimas restantes de sus ojos con las manos. La tela de su guante era una mejor opci¨®n, ya que se le hab¨ªan acabado los pa?uelos. ¡ª?Est¨¢s mejor ahora? ¡ªS¨ª, lo siento por hacer una escena. ¡ªNo, no est¨¢ mal. Llorar es algo com¨²n en la vida del hombre ¡ªdijo Hammya. Candado volte¨® r¨¢pidamente, y Hammya estaba detr¨¢s de ¨¦l, a solo unos cent¨ªmetros. Candado la mir¨®, pero su expresi¨®n no era hostil como sol¨ªa ser. En cambio, su actitud se suaviz¨®, y en lugar de responder de manera agresiva, dijo: ¡ªBueno, es obvio, pero casi olvido c¨®mo era la sensaci¨®n de sentirse triste. La respuesta de Candado sorprendi¨® a Hammya. Esperaba una reacci¨®n m¨¢s negativa de su parte, pero en lugar de eso, parec¨ªa estar reflexionando sobre su estado emocional. Candado se levant¨® de su silla y se acerc¨® a Clementina. ¡ª?S¨ª? ?Necesitas algo? ¡ªpregunt¨® ella. ¡ª?Tienes a Grivna en tu poder? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªS¨ª, por supuesto ¡ªClementina meti¨® la mano en el bolsillo de su chaleco y sac¨® a la diminuta Grivna, luego la coloc¨® en las manos de Candado. ¡ªOh, es el Goliat. ?C¨®mo est¨¢ mi gran enemigo? ¡ªpregunt¨® Candado, con un tono un tanto sarc¨¢stico. ¡ªNo soy tu enemigo. Solo quiero que me digas una cosa, solo eso ¡ªdijo Candado. ¡ªBien, creo que no har¨¢ da?o. Despu¨¦s de todo, es solo una pregunta. ¡ªEntonces, dime. ?Cu¨¢nto falta para que este avi¨®n aterrice? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªQu¨¦ mala suerte ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªPlaneaba tirarte del avi¨®n ¡ªdijo Candado con total tranquilidad. La respuesta de Candado dej¨® a Hammya horrorizada. ¡ª??QU¨¦!? ¡ªEs tu d¨ªa de suerte. Qu¨¦ fastidio ¡ªdijo Candado mientras pon¨ªa a Grivna en la mano de Clementina. ¡ª?Fue una broma, verdad? ¡ªpregunt¨® Hammya preocupada. Candado ignor¨® por completo la pregunta y, en su lugar, se volvi¨® y dijo mientras aplaud¨ªa: ¡ªMuy bien, damas y caballeros, prep¨¢rense para aterrizar. BIENVENIDO A KANGHAR El avi¨®n aterriz¨® puntualmente seg¨²n los c¨¢lculos de Grivna. Un radiante sol iluminaba el exterior, y Hammya se sinti¨® aliviada al saber que hab¨ªan tocado tierra. La puerta del avi¨®n se abri¨®, y al hacerlo, Hammya qued¨® asombrada al contemplar las imponentes puertas de la O.M.G.A.B. Eran de hierro macizo, con la imagen de un le¨®n en cada puerta, cuyos perfiles se repet¨ªan de manera sim¨¦trica. Dos enormes pilares flanqueaban la entrada, y altos muros rodeaban la zona, con solo unos cuantos ¨¢rboles dispersos en las cercan¨ªas. ¡ªEsto es extra?o. Hay guardias en las puertas. Parece que la administraci¨®n ha cambiado mucho durante mi ausencia en los ¨²ltimos meses ¡ªcoment¨® Hammya, observando a los vigilantes. ¡ª?Bajamos o no? ¡ªpregunt¨® impaciente. ¡ªS¨ª, esmeralda ¡ªrespondi¨® Candado con determinaci¨®n, dirigi¨¦ndose a todos¡ª. ?BAJEN DE LA NAVE! Una vez que Candado dio la orden, todos descendieron del avi¨®n y se acercaron a las majestuosas puertas. ¡ªMira, mi querida esmeralda, observa "los pilares de la victoria". Es el s¨ªmbolo m¨¢s glorioso y respetado por todos los gremialistas ¡ªexplic¨® Candado, dirigi¨¦ndose a Hammya. Candado se acerc¨® a la puerta y le dio dos golpes fuertes. En respuesta, dos c¨¢maras emergieron del suelo y enfocaron a los presentes antes de volver a ocultarse. ¡ª?C¨¢maras topos en lugar de seguridad humana? Parece una broma. ¡ªCandado frunci¨® el ce?o¡ª. Creo que la O.M.G.A.B. ha cambiado mucho. Despu¨¦s de unos minutos de expectante espera, las enormes puertas se abrieron lentamente, y la majestuosidad de la sede de la O.M.G.A.B. se revel¨® ante los ojos de los reci¨¦n llegados. Era un edificio de imponente blancura, con las banderas de la organizaci¨®n ondeando en cada balc¨®n, todas ellas con el caracter¨ªstico emblema del le¨®n blanco. En su entrada principal, una inmensa escultura de Harambee, tallada en m¨¢rmol blanco, miraba el horizonte con sus ropas tradicionales y sosteniendo una lanza de m¨¢s de quince metros de altura. La estatua estaba rodeada por un frondoso jard¨ªn de flores rojas que realzaban la majestuosidad del conjunto. El edificio principal albergaba un amplio balc¨®n, el lugar donde los l¨ªderes se reun¨ªan para pronunciar sus discursos. All¨ª se ondeaban las banderas de los pa¨ªses que compon¨ªan la organizaci¨®n, entre ellos Alemania, Francia, Kenia, Paraguay, Ir¨¢n, China, Argentina, Cuba, Venezuela y Jap¨®n. Los jardines y c¨¦sped estaban impecablemente cuidados, y se encontraban rodeados de ¨¢rboles de gran tama?o. Una elegante vereda pavimentada con piedra llevaba a asientos y mesas del mismo material, y fuentes de estilo europeo aportaban al ambiente un toque de serenidad y elegancia. El entorno estaba repleto de personas de todas partes del mundo, vistiendo desde atuendos formales hasta ropas tradicionales y modernas. En este territorio tan extenso, que abarcaba m¨¢s de doscientos kil¨®metros de largo, se hablaban todos los idiomas, lo que lo convert¨ªa en un lugar de diversidad cultural ¨²nica. Para poder diferenciarse del resto del mundo, los Sem¨¢foros portaban un uniforme distintivo: vest¨ªan de blanco con una franja roja que cruzaba desde su hombro izquierdo hasta la cadera derecha, y llevaban una venda en su brazo derecho con los tres colores rodeados por una serpiente. En algunas ocasiones, usaban sombreros del mismo estilo. Los habitantes de la isla se mov¨ªan con tranquilidad por el lugar, muchos de ellos llevando libros bajo el brazo. En un edificio pintado de rojo, conocido como la escuela roja, se ense?aba a las personas a controlar y perfeccionar sus poderes, tanto a aquellos que los pose¨ªan como a los que no. Tambi¨¦n se brindaban clases de defensa personal y t¨¦cnicas de combate. Adem¨¢s, se pod¨ªa encontrar una amplia gama de personas, desde ancianos hasta j¨®venes adultos, desempe?ando roles como profesores, guardias, ingenieros, concejales, representantes y ex-representantes de la organizaci¨®n. En todo el lugar, se pod¨ªan observar a individuos manifestando sus habilidades sobrenaturales para entretenerse o entretener, y algunos practicando t¨¦cnicas de combate en entrenamientos al aire libre. Era com¨²n ver a personas pasear con sus mascotas, ya fueran perros, gatos o aves de todo tipo. Numerosas plazas adornaban el paisaje, muchas de ellas con fuentes en su centro, pero la m¨¢s destacada era la "Plaza de los Grandes Hermanos", que albergaba enormes ¨¢rboles, hermosas fuentes y ¨¢reas de descanso. Hammya, ante el espect¨¢culo de todo lo que se encontraba a su alrededor, no pudo evitar quedar impresionada. ¡ªMira, mi querida esmeralda, bienvenida a la Organizaci¨®n Mundial de los Gremios Adjuntos Bernstein ¡ªdijo Candado con orgullo. ¡ª?Guau, es realmente hermoso! ¡ªexclam¨® Hammya, maravillada por la vista. ¡ªY eso que todav¨ªa no has visto el resto del pueblo ¡ªcoment¨® Clementina, agregando a¨²n m¨¢s a la emoci¨®n de Hammya. ¡ªBien, continuemos. Todav¨ªa tengo asuntos pendientes que atender. Candado avanz¨® hasta la plaza central del lugar, donde se alzaba la imponente escultura en honor a Harambee. Se acerc¨® a la fuente, donde miles de monedas descansaban en sus profundidades. Extrajo una moneda de un peso de su bolsillo, cerr¨® los ojos y murmur¨® con reverencia. ¡ªSe?ora Harambee, he regresado para cumplir con mi deber como gremialista. Con un gesto certero, arroj¨® la moneda al agua. Cuando se dio la vuelta, not¨® que un pu?o se aproximaba a gran velocidad. Con sus reflejos y velocidad sobrehumanos, Candado detuvo el pu?etazo con su mano abierta. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo, Jacqueline? ¡ªinquiri¨® Candado con su habitual expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªOh, Cadenas, comment tu vas? ?a faisait longtemps. (Oh, Candado, ?c¨®mo est¨¢s? Hace mucho tiempo) ¡ªrespondi¨® Jacqueline con su distintivo acento franc¨¦s y una sonrisa traviesa en el rostro. Jacqueline: de cabello largo y rubio, llevaba calzas blancas con botas negras, una camisa blanca debajo de un chaleco de gala rojo, un chaqu¨¦ azul, un pa?uelo blanco anudado al cuello, una boina negra y guantes finos blancos. Le costaba hablar en espa?ol, y su acento franc¨¦s era inconfundible. Era conocida por su desenfado y capacidad para sorprender a la gente, a excepci¨®n de Candado, a quien solo le daba la bienvenida a su manera. Ella sol¨ªa llamar cari?osamente a su amigo como "Cadena" (una traducci¨®n de Candado al franc¨¦s). Poder: Jacqueline ten¨ªa el control sobre el agua y el hielo, y sus cuerdas vocales eran resistentes y pod¨ªan emitir un grito capaz de descomponer cualquier cosa o aturdir a sus enemigos. Adem¨¢s, ten¨ªa la habilidad de volar y transformarse en un b¨²ho. Habilidad: Era maestra en sacar de quicio a las personas. ¡ªS¨ª, estoy bien. Y estar¨ªa a¨²n mejor si retiraras esa mano maldita ¡ªrespondi¨® Candado, con su expresi¨®n fr¨ªa e imperturbable. Jacqueline obedeci¨® de inmediato y baj¨® su pu?o con una sonrisa juguetona en el rostro. ¡ªVeo que tus reflejos han mejorado, Cadenas. ¡ªVeo que tu espa?ol ha mejorado, aunque mi nombre es Candado, no Cadenas. ¡ªAs¨ª se dice en franc¨¦s ¡ªreplic¨® Jacqueline con una sonrisa juguetona. ¡ªMe da igual, prefiero que me llames por mi nombre en espa?ol, no en tu idioma ¡ªafirm¨® Candado. ¡ªLo que digas, Candado ¡ªacept¨® Jacqueline, aunque con alguna dificultad en la pronunciaci¨®n. ¡ªMuy bien, Jacqueline, te presento a mis amigos, Hammya y Nelson. ¡ªOh, parece que H¨¦ctor no pudo venir, ?verdad? Ya que trajiste a un hada contigo ¡ªcoment¨® Jacqueline con cierta sorpresa. ¡ªS¨ª, por ahora ¡ªrespondi¨® Candado. Hammya extendi¨® la mano y salud¨® amigablemente: ¡ªSaludos y mucho gusto. ¡ª?Y el anciano? ¡ªpregunt¨® Jacqueline. ¡ªEs un turista. Despu¨¦s de todo, ¨¦l tambi¨¦n fue vicepresidente de la O.M.G.A.B. hace a?os ¡ªexplic¨® Candado. ¡ªOh, bienvenido a nuestra organizaci¨®n ¡ªsalud¨® Jacqueline. Nelson coment¨® con aprecio: ¡ªGuau, hace mucho tiempo que no he estado aqu¨ª. Ha cambiado mucho este lugar. ¡ªS¨ª, es un honor tener a un veterano como t¨² en nuestra organizaci¨®n ¡ªdijo Jacqueline. ¡ªMe gusta que los j¨®venes de hoy en d¨ªa se interesen en este tipo de cosas ¡ªa?adi¨® Nelson. En ese momento, alguien grit¨®: ¡ª?VAYA! ?PARECE QUE HAN LLEGADO! Candado se volvi¨® para ver a un rostro familiar acerc¨¢ndose. ¡ªOh, miren, ah¨ª viene Alejandra, la nazi. ¡ªIch werde den Sch?del zerst?ren (Voy a destrozarte el cr¨¢neo) ¡ªdeclar¨® Alejandra mientras pegaba su frente a la de Candado. Alejandra: ten¨ªa el cabello largo y rizado de color rojo, vest¨ªa pantalones negros, una camisa roja de mangas largas, un saco blanco de pa?o y un chaleco negro con un list¨®n amarillo. Era conocida por su mal genio, y pocas personas toleraban su comportamiento debido a que le tem¨ªan, pero Candado nunca se dejaba intimidar por alguien como ella. De vez en cuando, discut¨ªan entre s¨ª. Al igual que Jacqueline, cuando hablaba espa?ol, se notaba su acento alem¨¢n. Poder: La fuerza bruta y el rayo. Habilidad: Provocar temor a sus enemigos. ¡ªIch will sehen, wie du es versuchst, Idiot (Quiero ver c¨®mo lo intentas, idiota), Alejandra ¡ªrespondi¨® Candado con una expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªYa, ya, paren ustedes dos, por favor ¡ªintervino Jacqueline, separ¨¢ndolos con sus manos en medio de ambos. ¡ªAlejandra, me alegro de verte ¡ªsalud¨® Clementina. ¡ªYo tambi¨¦n me alegro de verte, aunque la verdad hubiera sido incre¨ªble que solo t¨² vinieras y no ¨¦l ¡ªrespondi¨® Alejandra con cierto sarcasmo. ¡ªYa quisieras, ni?a. ¡ªVoy a destruirte a ti y a esa rid¨ªcula boina que llevas. ¡ªVamos, que aqu¨ª te espero. Candado encendi¨® ambos pu?os con su flama violeta y se lanz¨® hacia Alejandra, pero Jacqueline intercedi¨®, tom¨¢ndolo del pecho, y Clementina sujet¨® a Alejandra para evitar que se acercara a Candado. ¡ªYa, por favor, paren, te van a sancionar de nuevo, Cadenas ¡ªinst¨® Jacqueline mientras trataba de detener a Candado. ¡ªRata inmunda ¡ªinsult¨® Alejandra. ¡ªPor favor, no incites ¡ªrog¨® Clementina. ¡ªMaldita... ¡ª?BASTA! ¡ªgrit¨® Nelson. En ese momento, ambos cesaron la lucha y se detuvieron. El anciano impon¨ªa respeto a Alejandra, y Candado sab¨ªa que si no se deten¨ªa, ser¨ªa sancionado nuevamente y no tendr¨ªa su ayuda. Jacqueline solt¨® a Candado y, mientras se secaba el sudor de la frente, dijo: ¡ªDisc¨²lpate con la se?orita, Cadenas. Candado no se neg¨® a obedecer a Jacqueline y arregl¨® su boina y corbata antes de disculparse sinceramente: ¡ªMis disculpas por haber dicho eso. Como fui yo quien empez¨®, pido humildemente su perd¨®n. ¡ªAh, entonces las aceptar¨¦ ¡ªrespondi¨® Alejandra. ¡ª?Qu¨¦ tal si empezamos de nuevo? ¡ªpropuso Candado, extendiendo su mano. ¡ªHola, Alejandra, ha pasado mucho tiempo. ¡ªHallo, sch?n dich wieder zu sehen (Hola, gusto en verte de nuevo) ¡ªrespondi¨® Alejandra. ¡ªYa, s¨ª, yo tambi¨¦n es un¡­gusto. ¡ª?Qu¨¦ tal si lo hablamos adentro? Despu¨¦s de todo, Yuuta ha querido hablar contigo ¡ªsugiri¨® Jacqueline. ¡ª?As¨ª? Entonces vamos, no quisiera hacer esperar a cara sospecha. Con esas palabras, Candado y sus compa?eros decidieron entrar al edificio. El interior era sumamente espacioso, con pasillos extensos y m¨¢s de diez pisos de altura. Un inmenso silencio impregnaba el lugar, y todas las conversaciones se llevaban a cabo en voz baja. En la entrada del edificio, se alzaban majestuosas esculturas de los siete primeros presidentes de la O.M.G.A.B.: Jack Barret, Rosa Vel¨¢zquez, Alex Bernstein, Shen Jun-Li, Iv¨¢n Crusoe, Chizuru Aikawa y, en el centro, Ndereba Harambee sosteniendo su lanza. Candado se acerc¨® a la escultura de su bisabuelo y toc¨® la placa que llevaba su nombre y fechas de vida: "Jack Gervasio del coraz¨®n de Le¨®n Barret (1902¡ª2005)". Con reverencia, Candado se quit¨® la boina e inclin¨® su cabeza. ¡ªEstoy aqu¨ª para honrar a nuestra familia y a nuestra patria. Espero que est¨¦s orgulloso de m¨ª. Luego volvi¨® a colocarse la boina y se dirigi¨® hacia las escaleras, alcanzando a sus amigos, quienes ni siquiera lo hab¨ªan notado cuando se detuvo frente a la estatua. Sin embargo, Candado no le dio importancia y continuaron hacia un pasillo que conduc¨ªa a una enorme puerta. Candado abri¨® la puerta con un golpe de su pu?o derecho, lo que gener¨® un fuerte ruido, llamando la atenci¨®n de quienes estaban adentro, pues sab¨ªan que ¨¦l era el ¨²nico capaz de abrir esa puerta de esa manera. En la sala se encontraban siete personas, claramente los presidentes de la organizaci¨®n. La habitaci¨®n era espaciosa, con grandes ventanales y una puerta de cristal que conduc¨ªa al balc¨®n desde donde se pronunciaban los discursos. En una de las paredes se ve¨ªan los retratos de todos los presidentes que los hab¨ªan precedido. ¡ªCandado, su leal camarada, ha regresado. Las palabras de Candado dieron lugar a que sus compa?eros se precipitaran a abrazarlo (excepto Yuuta). No se hab¨ªan visto durante meses, y aunque permiti¨® los abrazos, Candado no mostr¨® felicidad ni nostalgia en su rostro, manteniendo su expresi¨®n imperturbable. ¡ªYo tambi¨¦n me alegro de verlos. Despu¨¦s de un rato, todos se apartaron. Candado se acomod¨® la ropa y dirigi¨® su mirada a Yuuta, quien estaba sentado con los brazos cruzados, sonriendo. ¡ªNankinjo, bienvenido a la O.M.G.A.B. ¡ªAh¨®rrate esa bienvenida, Yuuta. Luego, Candado procedi¨® a estrechar las manos de sus camaradas. Primero, se acerc¨® a Armando Castro. Armando era un hombre de cabello negro, piel morena y ojos marrones. Vest¨ªa con ropa militar de su pa¨ªs, con un gorro verde, y rara vez se arremangaba su camisa militar. Ten¨ªa una profunda admiraci¨®n por el Che Guevara y Fidel Castro, lo cual se reflejaba en su elecci¨®n de vestimenta. Era el ¨²nico que llevaba la insignia de l¨ªder en la cintura. Armando consideraba a Candado como un hermano. Poderes: No tiene registro, Candado nunca lo vio pelear. Habilidades: Es bueno en el arte de la sanaci¨®n, cura a sus amigos con elementos que lleva en su mochila. ¡ªBienvenido, amigo. ¡ªGracias, Armando. A continuaci¨®n, Candado salud¨® a Aurora Solari, a quien le dio un apret¨®n de manos. Aurora ten¨ªa el cabello corto y negro, una tez morena y unos preciosos ojos grises. Vest¨ªa con una pollera azul oscuro que le llegaba hasta las rodillas, medias blancas, zapatos negros, una camisa blanca con un list¨®n azul y un chaleco de lana azul oscuro. Era una persona amable que rara vez mostraba enojo hacia los dem¨¢s, siendo generalmente comprensiva. No obstante, cuando se trataba de defender a su pa¨ªs y a su presidente, Hugo Ch¨¢vez, se transformaba en una fiera. Aurora se llevaba muy bien con Candado. Poder: Puede transformar sus brazos en espadas y puede lanzar minerales como proyectiles de sus manos. Habilidades: Es muy buena en descifrar c¨®digos. ¡ªHola, compa?era. Solari le dio un abrazo y dijo: ¡ªTe extra?¨¦, boinudo. Candado se separ¨® de ella y le dio una palmadita en la cabeza. Luego se dirigi¨® hacia el tercer miembro, Ra¨²l Rojas, quien result¨® ser un primo lejano de Candado. Ra¨²l ten¨ªa el cabello corto y negro, siempre bien peinado, un lunar en su mejilla izquierda, ojos verdes y piel morena. Vest¨ªa de manera muy formal, como un empresario del siglo XV m¨¢s o menos, y usaba anteojos debido a su mala vista. Era una persona ordenada y extremadamente culta, a menudo acud¨ªan a ¨¦l sus compa?eros para buscar soluciones a problemas dif¨ªciles. En muchas ocasiones, incluso Candado solicitaba su ayuda. Poder: Armado de una libreta y un l¨¢piz, puede dibujar y traerlos al mundo f¨ªsico, usa un poder id¨¦ntico al de Candado que es el fuego blanco y los tatuajes blancos. Habilidad: Ninguno en especial, es bueno en todo. ¡ªCandado, es bueno tenerte en los laureles del trabajo. ¡ªMe alegra haber vuelto, Ra¨²l. Candado dio un apret¨®n de manos con su mano izquierda, mientras encend¨ªa su mano con la flama violeta, y Ra¨²l hac¨ªa lo mismo con su mano derecha, pero su flama era blanca. Cuando sus manos chocaron, las flamas se separaron una de la otra. ¡ªBienvenido, Candado. ¡ªGracias. Luego, Candado mir¨® y salud¨® al cuarto miembro del grupo, quien resultaba ser el descendiente directo de Ndereba Harambee: Morani Kirinyaga Harambee. Candado se acerc¨® a ¨¦l y le extendi¨® una mano. ¡ªHola, es un honor volver a trabajar contigo. Kirinyaga: Es de cabello corto, blanco y bien peinado, descendiente de Harambee, sus ropas son tradicionales de su pueblo. Es una muy buena persona, trata de llevar todo lo que puede con su t¨ªtulo de l¨ªder y representante. Es la persona muy comprensiva y cari?osa del grupo. Poder: Maneja la antigua magia de sus antecesores. Habilidad: Maneja muy bien el lenguaje del Bauk¨²ru (lenguaje que se utiliza para elaborar ataques). ¡ªLo mismo digo, se?or Kufuli. ¡ªSer¨ªa bueno que hables por mi nombre en castellano, si no es mucha molestia. ¡ªMe gusta llamarte as¨ª, es un honor llamarte Kufuli. Candado luego se volvi¨® y vio a Banu Fereshteh, una joven nerviosa que no pod¨ªa quedarse quieta ni un momento. Estaba constantemente movi¨¦ndose, como una botella que ha sido agitada varias veces. No estaba claro si su nerviosismo se deb¨ªa al estr¨¦s o al entusiasmo. Candado se acerc¨® a ella, se quit¨® la boina y le extendi¨® la mano. ¡ªTanto tiempo amiga. Banu, llamada por todos (excepto Candado y Jacqueline) por su apellido Fereshteh, era tratada como una princesa por todos a pesar de provenir de una familia humilde y sin ning¨²n t¨ªtulo nobiliario. Vest¨ªa con su hiyab, ocultando parcialmente su rostro y dejando a la vista sus ojos grises claros y nariz. Usaba ropa moderna, aunque segu¨ªa utilizando sus ropas tradicionales. Candado y Jacqueline fueron los ¨²nicos que pudieron ver su rostro verdadero, con cabello negro y piel morena. Era una persona que no ten¨ªa inter¨¦s en da?ar a otros con su poder, incluso a aquellos que eran malvados, ya que no estaba en su naturaleza. A menudo se pon¨ªa nerviosa en reuniones o al interactuar con otras personas en general, y para evitar tartamudear debido a su timidez, se sentaba al lado de Candado y jugaba con una pelotita amarilla. ¡ªHola, es un placer que vuelvas. Banu coloc¨® su mano en la palma de Candado, quien se inclin¨® y le dio un beso en la contra palma de la ni?a. ¡ªHe vuelto, Banu. Espero volver a jugar contigo, madame ¡ªdijo con ternura. A pesar de su nerviosismo, Banu respondi¨® en persa: ¡ª?? ???????? ???????? ?????? ???? ???? ??? (Me alegra, quiero volver a jugar). Candado sonri¨® y acarici¨® su cabeza, respondiendo en persa: ¡ª???? ??? ??? ??? ????? ??? (S¨ª, ser¨¢ agradable). Banu, aliviada, mostr¨® una sonrisa t¨ªmidamente y dijo: ¡ª?En serio? ¡ªClaro, jugaremos esta tarde ¡ªdijo Candado, tratando de mostrar una sonrisa amigable¡ª. Ser¨¢ divertido volver a traer esos recuerdos del pasado. Luego, Candado se coloc¨® su boina y se dirigi¨® a la quinta persona que iba a saludar, Yen Shaoran. Shaoran ten¨ªa el cabello negro y recogido con un peque?o cascabel como mo?o. Vest¨ªa una camisa roja con pantalones negros ajustados y zapatos blancos. Era conocida por su madurez e inteligencia en asuntos relacionados con la O.M.G.A.B., a tal punto que muchos pensaban que estaba a cargo de la organizaci¨®n. En cuanto a sus habilidades, Shaoran pose¨ªa la capacidad de crear ilusiones de cualquier tipo, controlar el fuego y lanzar golpes potentes. Sus habilidades espec¨ªficas eran desconocidas. Candado le dio la bienvenida con una sonrisa cordial. ¡ªHola, Shaoran, es un placer verte de nuevo. Shaoran inclin¨® la cabeza, indicando que las palabras de Candado hab¨ªan sido apreciadas. ¡ªGracias, Candado. Si alguna vez necesitas algo, no dudes en dec¨ªrmelo. Candado asinti¨® con agradecimiento. ¡ªClaro, ser¨ªa un honor. Luego, Candado dirigi¨® su atenci¨®n a Yuuta, la persona con la que no manten¨ªa una relaci¨®n buena. A pesar de su enemistad, ambos disimulaban su desprecio mutuo. Nadie sab¨ªa por qu¨¦ no se llevaban bien, aunque era un hecho conocido en la O.M.G.A.B. Candado se ajust¨® la boina y se acerc¨® a la mesa, donde Yuuta estaba sentado sin levantarse. Yuuta lo miraba a los ojos mientras sosten¨ªa una taza con una cruz de Jesucristo. Candado no le dio importancia al s¨ªmbolo y se centr¨® en Yuuta. Extendi¨® su mano hacia ¨¦l. Yuuta ten¨ªa el cabello negro y vest¨ªa ropas tradicionales debido a su crianza en un templo. Sus ojos eran de un inusual color rojo, heredados de su familia. A pesar de las diferencias con Candado, Yuuta lo respetaba y viceversa. Yuuta ten¨ªa un a?o m¨¢s que los presentes y compart¨ªa la misma estatura que Candado. Era considerado un sabio en la O.M.G.A.B., y aunque sus diferencias con Candado eran notables, ambos se respetaban. En cuanto a sus habilidades, Yuuta ten¨ªa control sobre el aire y era experto en juegos de l¨®gica. Candado extendi¨® su mano hacia Yuuta con una expresi¨®n seria, dispuesto a conversar. ¡ªVaya, vaya, nunca pens¨¦ que volver¨ªa a verte, Nankinjo. ¡ªJa, est¨¢s mintiendo, sino no estar¨ªa aqu¨ª. ¡ªBien, ahora que has vuelto, necesito tu ayuda. ¡ªYo tambi¨¦n necesitar¨¦ tu ayuda¡ªluego mir¨® a su alrededor¡ªla de todos. ¡ª?Qu¨¦ necesitas de nosotros, hermano?¡ªpregunt¨® Armando. ¡ªPor favor, si¨¦ntense en sus lugares y les contar¨¦ todo. Cada uno tom¨® asiento en sus lugares. Clementina, Hammya y Nelson se sentaron en unas bancas que hab¨ªa en la sala, mientras Candado permaneci¨® de pie para relatar todo lo que hab¨ªa vivido y visto en los ¨²ltimos meses. Les habl¨® de los casos de asesinato, tanto entre los gremios como en los circuitos. Les cont¨® sobre los Testigos y su ataque a los Sem¨¢foros, y les relat¨® sobre el desquiciado Desza y su venganza contra los gremios. ¡ªEsa es mi historia. Todos quedaron en silencio, intentando procesar lo que acababan de escuchar. No pod¨ªan creerlo. Despu¨¦s de casi cincuenta a?os de su desaparici¨®n, hab¨ªa vuelto. ¡ªImposible¡ªmurmur¨® Armando en voz alta. ¡ªEsa es mi historia. Todos quedaron en silencio, tratando de asimilar lo que hab¨ªan escuchado. Lo que Candado relataba parec¨ªa sacado de una pesadilla, y la gravedad de la situaci¨®n era evidente. Hab¨ªan pasado d¨¦cadas desde que Candado se hab¨ªa unido a la organizaci¨®n, y sab¨ªan que no regresar¨ªa solo para contar una historia inventada.The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. ¡ªImposible ¡ªmurmur¨® Armando en voz alta. ¡ª?Y bien? ?Me ayudar¨¢n? Yuuta se puso de pie y mir¨® a Candado a los ojos antes de responder. ¡ªMe temo que no. Las pupilas de Candado se dilataron y mostraron un fugaz color violeta en ellos. ¡ª?C¨®mo? ?Acaso no escuchaste lo que acabo de decir? ¡ªLo he hecho, y lo siento, pero no voy a ayudarte. ¡ªYuuta, ?Por qu¨¦? Esto es serio ¡ªdijo Armando. ¡ªS¨ª, lo es, pero solo para Argentina. No es un problema mundial. ¡ª??QU¨¦ EST¨¢S DICIENDO!? ¡ªgrit¨® Candado. ¡ªDigo que solo es un problema menor. ¡ª?Menor? ?Acaso esas v¨ªctimas son un problema menor? ¡ªNankinjo, s¨¦ que est¨¢s enojado y est¨¢s en todo tu derecho, pero la respuesta es no. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Jacqueline. ¡ªVer¨¢n, los Testigos son una plaga que ha sido erradicada, junto con sus conocimientos, as¨ª que estos solo son usurpadores, nada m¨¢s. ¡ªUsurpadores o no, han atacado a los Sem¨¢foros y hay que capturarlos antes de que hieran a m¨¢s gente o, peor a¨²n. Candado se encontraba totalmente indignado con lo que hab¨ªa dicho Yuuta. Sus dientes crujieron de ira, y, soltando todo su enojo, dijo: ¡ª?C¨®mo se te ocurre? ?No me escuchaste acaso? Se llevaron el pergamino en el cual estaba el dialecto de Harambee. Si llegaran a descifrarlo... ¡ªTodav¨ªa necesitan la lanza, as¨ª que no importa. Jam¨¢s llegar¨¢n hasta aqu¨ª. ¡ª?Qu¨¦ te hace pensar que no har¨¢n lo mismo con la O.M.G.A.B.? ¡ªEs de pura l¨®gica. Es la cumbre de nuestro esfuerzo. Algo as¨ª jam¨¢s podr¨¢ pasar aqu¨ª. ¡ªNuestro problema ya no es m¨¢s los circuitos, sino que ahora son los Testigos. Date cuenta, Yuuta, esto ya no se trata de ellos. ¡ªCandado, tus ideas de llegar a una paz con ellos te llevaron a mentirnos de esta forma. El enfado de Candado era palpable, pero antes de que pudiera responder, un grito inesperado reson¨® en la sala, dejando a todos sorprendidos. Hammya, con su ce?o fruncido y los pu?os apretados, se hab¨ªa levantado de su silla. ¡ª?CANDADO NO ES UN MENTIROSO! La sorpresa se reflej¨® en el rostro de todos, incluyendo el de Candado. Clementina y Nelson tambi¨¦n se levantaron, respaldando a Hammya. El ambiente se volvi¨® tenso en la sala de reuniones. La discusi¨®n entre Candado y Yuuta estaba llegando a un punto cr¨ªtico, y el grupo parec¨ªa estar dividido en cuanto a la mejor manera de abordar la amenaza de los Testigos. Candado estaba decidido a proteger a la organizaci¨®n y a la lanza de Harambee, y no estaba dispuesto a permitir que nadie pusiera en peligro su legado. ¡ªEs verdad, el muchacho nunca har¨ªa eso ¡ªdijo Nelson. ¡ªJam¨¢s mentir¨ªa con algo as¨ª ¡ªconcluy¨® Clementina. Pero Hammya camin¨® hasta estar al lado de Candado y sigui¨®. ¡ªNosotros estuvimos ah¨ª, yo, Clementina, Nelson y Candado, vimos lo que esos lun¨¢ticos le hicieron a esas personas. Lo sabemos porque lo vivimos y peleamos a su lado. Yo misma vi c¨®mo Candado peleaba contra aquel loco que hab¨ªa empezado todo, as¨ª que no es mentira. ¡ªM¨¢s all¨¢ de si es cierto o no, es un problema de Argentina solamente. ¡ªEsc¨²cheme, Candado intenta evitar que m¨¢s gente inocente muera, mientras que usted se queja desde ese asiento c¨®modo. ?No le da verg¨¹enza? Candado solo intenta que ustedes les presten su ayuda y vos te niegas a d¨¢rsela. ¡ªNo s¨¦ qui¨¦n eres o qu¨¦ eres, pero aqu¨ª mando yo. ¡ªNo es cierto. Candado me lo explic¨® todo. Usted no es el ¨²nico que est¨¢ al mando, sino que son diez los que tienen el mismo poder. T¨² solo eres un empleado de los nueve que te postularon ah¨ª. Los dem¨¢s pa¨ªses comienzan a votar por qui¨¦n deber¨ªa ser presidente supremo, y t¨² no lo eres. Solo est¨¢s temporalmente hasta que Candado pudiera volver. ¡ªUsted, se?orita, es una vulgar. Candado, ?d¨®nde qued¨® ese respeto? ¡ª?Vulgar? Usted es el vulgar, y no lo meta a ¨¦l. Candado solo pidi¨® su ayuda, por lo que yo vi, jam¨¢s vino de prepotente y reclam¨® su cargo de sus manos. Todo lo contrario, solo pidi¨® tu ayuda y t¨² le est¨¢s rechazando. ¡ªUsted no tiene que meterse en esto. ¡ªSi se meten con Candado se meten conmigo. No permitir¨¦ que alguien como usted lo trate de mentiroso. ¡ªNo pienso aceptar que usted me trate as¨ª, despu¨¦s de todo, solo es su problema. ¡ªPlanean traer de vuelta a Tanatos. Creo que si es un problema serio ¡ªdijo Ra¨²l. ¡ªNo, no lo es, porque necesitan la lanza de Harambee, y eso nunca lo tendr¨¢n. ¡ªYuuta, sugiero escuchar a Candado y movilizar a todos los gremios para atrapar a esta gente. ¡ªJacqueline, siempre defiendes a Candado. Creo que ya es hora de que pienses por ti misma. ¡ªLo hago. Candado siempre tiene la raz¨®n en todo. Solo porque se cometi¨® el error de lastimar a alguien, no lo convierte en alguien de quien hay que desconfiar. ¡ªNo creo que sea raz¨®n suficiente para alguien como ¨¦l. ¡ª?Qu¨¦ insin¨²as? ¡ªpregunt¨® Shaoran. ¡ªNada, solo pienso que no creo posible que un grupo de once personas sea una amenaza para nosotros. No durar¨¢n mucho, tarde o temprano ser¨¢n capturados. ¡ªHarambee una vez dijo, "Jam¨¢s subestimes a tu enemigo, incluso si es peque?o." ?No te suena a algo? ¡ªpregunt¨® Alejandra. ¡ªS¨ª, pero siempre hay excepciones. ¡ªEsto ya ha ido demasiado lejos. Candado nunca se atrever¨ªa a pedirnos ayuda si fuera un problema menor ¡ªdijo Solari. ¡ªNo, porque no es un problema nuestro. Piensen un rato. Movilizar a todos los gremios del mundo para atrapar a un peque?o grupo de Testigos, es bastante est¨²pido. Nuestro problema es el Circuito. ¡ªSi es un problema de Argentina, es un problema de todos. Nosotros somos de la O.M.G.A.B., y no negamos la ayuda a un hermano. Siempre lo ayudamos, incluso si es un problema m¨ªnimo. No hay que olvidar que Candado nos ha ayudado mucho cuando ¨¦l estaba al mando. Yo, en particular, me siento en deuda con Candado, y si tuviera la oportunidad de ayudarlo, lo har¨ªa sin dudarlo. Si ustedes no van a prestarle su ayuda, entonces yo y mi pa¨ªs lo haremos. Todos quedaron sorprendidos al escuchar lo que hab¨ªa dicho Banu Fereshteh. Era la primera vez que todos la escuchaban hablar tan claramente para defender una posici¨®n. ¡ªBanu tiene raz¨®n. Todav¨ªa tengo que pagar una deuda con ¨¦l, y tienes a Venezuela de tu parte. ¡ªFrancia cubrir¨¢ tus espaldas, y la gran Jacqueline cubrir¨¢ a su amigo. ¡ªCuba y la revoluci¨®n merecen compartir su ayuda contigo, Candado Barret. Tendr¨¢s mi apoyo. ¡ªChina capturar¨¢ a todos los que intenten hacerte da?o a ti o a tu patria. ¡ªKenia defender¨¢ a sus aliados. Tienes mi apoyo. ¡ªEres mi primo, Candado. Nunca permitir¨ªa que hagan da?o a mi familia. Yo y mis gremios te ayudar¨¢n. ¡ªNo me caes bien, pero si te dejo caer, no ser¨¦ m¨¢s una gremialista. Enemigo o no, eres parte de los gremios. Alemania est¨¢ de tu parte, y tambi¨¦n yo, por supuesto. Todos se pusieron de pie y pusieron sus manos en sus insignias del pecho. Yuuta se ve¨ªa frustrado, no pod¨ªa creer que Candado siguiera teniendo un apoyo tan grande en ese momento. Sinceramente, pens¨® que ¨¦l ser¨ªa el nuevo l¨ªder a quien todos quer¨ªan y respetaban. Sin m¨¢s opciones, Yuuta se puso de pie y mir¨® a Candado a los ojos. ¡ªT¨² ganas, Nankinjo. Te prestar¨¦ mi ayuda, pero sigo pensando que es una locura movilizar a los gremios por la captura de esta gente que ni siquiera conocemos. Candado mostr¨® una sonrisa y extendi¨® sus manos hacia atr¨¢s. ¡ªClementina, dame el formulario por favor. Ella sac¨® unos documentos con un clip de una mochila y se los entreg¨® en las manos a Candado. Este los abri¨® y sac¨® las fotos de los integrantes de los Testigos, luego las desliz¨® en las manos de sus compa?eros. ¡ªEstos son los enemigos a los que hay que cazar. Estoy seguro de que no ser¨¢ un reto para ustedes, ?verdad, Yuuta? Yuuta, tomando una de las fotos, dijo: ¡ªPor supuesto que no. Ser¨¢ un juego de ni?os ¡ªa?adi¨® con una sonrisa. ¡ªDalo por hecho, Candado. Mi equipo recorrer¨¢ toda Argentina y estar¨¢ en alerta m¨¢xima. No descansar¨¦ hasta atraparlos. ¡ªGracias, Jacqueline. En fin, me alegra que hayan aceptado mi petici¨®n. ¡ªTengo una pregunta para ti, Candado. ¡ªS¨ª, ?cu¨¢l es? ¡ª?Qui¨¦n es esa endemoniada dama de cabello verde? Candado puso su mano sobre el hombro de Hammya y dijo: ¡ªSu nombre es Hammya Saillim, y es mi vicepresidenta. Hammya qued¨® sorprendida por lo que acababa de escuchar, tanto que no pudo contradecirlo. Clementina y Jacqueline intercambiaron sonrisas traviesas por las palabras de Candado. ¡ªRayos, s¨ª que elegiste a la persona ideal, Candado. Por fin hiciste tu elecci¨®n ¡ªdijo Armando. ¡ªEres incre¨ªble, Hammya. Muy poca gente sabe hablar as¨ª como t¨² lo hiciste ¡ªexpres¨® Banu. ¡ªVaya, espero que est¨¦s bien, Candado ¡ªdijo Solari ir¨®nicamente. ¡ªBueno, por favor, guarda silencio. Yuuta se puso de pie, tom¨® un mazo de juez y dijo: ¡ªA partir de ahora, la ayuda para atrapar a los Testigos de Argentina ha sido declarada legal por un a?o. Dichas estas palabras, Yuuta se dispon¨ªa a golpear la mesa con el mazo, pero justo antes de tocar la mesa, Ra¨²l puso su mano en el lugar, evitando que Yuuta lo hiciera. ¡ª?Algo que quieras agregar, compa?ero Ra¨²l? ¡ªS¨ª, sugiero que la caza sea indefinida, por favor. ¡ª?Alguien est¨¢ de acuerdo con el compa?ero Ra¨²l? Todos levantaron las manos, y con un gesto desinteresado, Yuuta golpe¨® dos veces la mesa. ¡ªListo, legalizado. Ya pod¨¦is pasar la voz a los dem¨¢s. Luego de decir eso, todos se pusieron de pie para felicitar a la valiente Hammya. Nunca antes, adem¨¢s de Candado, le hab¨ªan hecho frente de esa manera. Mientras todos la rodeaban para invadirla de preguntas sobre el tema y sobre su persona, Yuuta se rasc¨® la mejilla y sali¨® de la sala hacia el balc¨®n para tomar aire fresco. Candado, notando esto, se separ¨® de Hammya y decidi¨® ir tras ¨¦l. Abri¨® la puerta y la cerr¨® detr¨¢s suyo. ¡ª?Qu¨¦ quieres, Nankinjo? ¡ªNada, solo vine a hablar. ¡ª?Hablar? ¡ªS¨ª, hablar ¡ªCandado se acomod¨® la corbata y continu¨®¡ªQuiero disculparme por la forma en que actu¨¦. ¡ªNo, yo debo disculparme. No soy bueno en ser un l¨ªder, incluso si la mitad del mundo me trata como el hijo del traidor. ¡ªT¨² eres diferente a tu padre. S¨¦ que podr¨¢s limpiar esa deshonra que llevas cargando en tu familia. ¡ªAh, no me lo recuerdes. Me hubiese gustado ser el descendiente directo de mi bisabuela. En lugar de eso, Iv¨¢n Crusoe decidi¨® casarse con ella, y a causa de eso, el hermano de Chizuru tom¨® su lugar ¡ªluego suspir¨® y continu¨®¡ªSoy conocido como el mestizo y lo peor de todo, el hijo de un traidor. Ni siquiera tengo el poder que t¨² tienes como l¨ªder. No lo consigo y parece que jam¨¢s lo har¨¦. ¡ªBueno, Yuuta, creo que deber¨ªas cambiar esa forma de pensar. T¨² no eres tu padre. Eres una persona con un punto de vista ¨²nico. ¡ªAh, me pregunto c¨®mo ser¨ªa, si alguien como t¨² estuviera en mi situaci¨®n. Candado se recost¨® en la baranda del balc¨®n y dijo: ¡ªYuuta, tu padre expuls¨® a mi madre de la O.M.G.A.B. porque quiso investigar la verdad de los GreenBlood. Como consecuencia de eso, ella fue expulsada por sus mismos amigos y las personas a las que hab¨ªa jurado proteger. ¡ªYo¡­ ¡ªSin embargo, ella no se rindi¨® y desde las sombras sigui¨® investigando, con la ayuda de Francia, Paraguay, Venezuela y Cuba. Gracias a ellos, mi madre supo la verdad y el gremio corrupto fue expulsado de una vez y para siempre. Yo creo que t¨² tambi¨¦n deber¨ªas seguir luchando, pero no para limpiar tu pasado, sino para asegurar un futuro. El pasado nos ayuda a no cometer los mismos errores. Ese es mi consejo de m¨ª para ti ¡ªluego Candado se reincorpor¨®, camin¨® hasta la puerta y continu¨®¡ªEs tu decisi¨®n en cambiar tus hilos del destino, as¨ª que s¨¦ sabio en la respuesta ¡ªdijo Candado mientras se iba del lugar. Yuuta qued¨® muy pensativo tras escuchar lo que Candado le hab¨ªa contado. Pens¨® en lo que pod¨ªa hacer y en su interior se sinti¨® agradecido de que Candado lo hubiera ayudado a salir de su confusi¨®n. Cuando Candado se march¨®, Yuuta mir¨® al cielo y dej¨® escapar una sonrisa. ¡ªJe, ¨¦l es bastante bueno en esto. Creo que Candado ser¨ªa bueno en el cargo de l¨ªder. Cuando Candado sali¨® del balc¨®n, vio que Hammya era alabada y querida por su cabello verde. Candado no pudo evitar soltar una sonrisa de satisfacci¨®n al ver lo r¨¢pido que la hab¨ªan aceptado. Se sent¨ªa feliz consigo mismo al saber que Hammya hab¨ªa empezado a tener nuevos amigos. Candado decidi¨® salir de la oficina sin que sus amigos notaran su ausencia. En la sala, estaban tan ocupados hablando con Hammya que no hab¨ªan notado su ausencia. Nelson y Clementina charlaban sobre temas que no eran importantes para Candado, as¨ª que decidi¨® salir de la agencia y recorrer el lugar. Despu¨¦s de todo, quer¨ªa visitar los lugares que no hab¨ªa visto en meses. Primero, decidi¨® ir a la gran plaza, donde imperaba la gran escultura de Harambee. Los ¨¢rboles eran grandes y las flores eran bonitas; era un lugar limpio y hermoso, con un aire puro. Candado sent¨ªa nostalgia a cada paso que daba. Hasta que not¨® una peque?a piedra de color celeste. Sorprendido, sac¨® las manos de sus bolsillos y corri¨® hacia el lugar con todas sus fuerzas. Lleg¨® hasta la piedra y se arrodill¨® para moverla. Debajo de ella encontr¨® un agujero peque?o cubierto de arena. Candado sac¨® su fac¨®n y comenz¨® a excavar, hasta que toc¨® algo duro. Puso su fac¨®n a un lado y continu¨® cavando con sus manos hasta que pudo ver el objeto: un peque?o cofre de madera pintado y adornado con piedras preciosas. Afortunadamente, Candado pudo abrirlo f¨¢cilmente sin tener que romperlo. En su interior hab¨ªa dos cartas, escritas bajo los seud¨®nimos "El gaucho" y "La inspectora". Una carta era de ¨¦l y la otra era de ella. Fue en ese momento que Candado record¨® el d¨ªa en que ambos las escribieron. En aquel entonces, Candado ten¨ªa nueve a?os y su hermana dieciocho. Record¨® que ella le hab¨ªa contado que aquellos que escrib¨ªan sus m¨¢s grandes deseos y los enterraban bajo ese ¨¢rbol con una piedra de color celeste ve¨ªan esos deseos cumplirse. Candado tom¨® primero su carta, la abri¨® y la ley¨®. Candado Ern¨¦st Barret, 5 de junio del a?o 2010: Mi sue?o m¨¢s profundo es que Gabriela se cure de su terrible enfermedad. Es una buena persona, rezo para que Dios me ayude a salvarla. Cuando se haya recuperado, me gustar¨ªa hacer un viaje a Misiones para ver las cataratas una vez m¨¢s con ella, como hac¨ªamos antes. Candado arrug¨® la carta con una ira descomunal. ¡ªNo era verdad, solo una fantas¨ªa. Ni algo como esto pudo salvarla. Luego se calm¨® un poco y fij¨® su atenci¨®n en la siguiente carta. La tom¨® con cuidado, la abri¨® y la ley¨®. Gabriela Esperanza Barret, 5 de junio del a?o 2010: Mi deseo es que mi hermano, Candado Barret, sea feliz, al igual que mi familia y amigos, y que nunca m¨¢s tengan que sufrir. Aunque s¨¦ que esta enfermedad termine mat¨¢ndome, s¨¦ que Candado terminar¨¢ odi¨¢ndose a s¨ª mismo por mi culpa. Tal vez esta sea mi ¨²ltima carta, pero quiero que ¨¦l sea siempre feliz y alegre, que jam¨¢s tenga que sufrir por m¨ª. Estoy orgullosa de ¨¦l y quisiera un ¨²ltimo deseo: quisiera llegar a ver el cumplea?os n¨²mero 10 de mi hermano. Solo quiero que me des la suficiente fuerza para sobrevivir cinco meses para poder despedirme de ¨¦l de la forma adecuada y desearle felicidad. Candado, yo te quiero mucho, eres el mejor hermano que jam¨¢s tuve. Las palabras de la carta comenzaron a da?arlo. Era un dolor muy grande. Sin embargo, como aquella vez en el avi¨®n, no pudo aguantar m¨¢s el dolor que estaba sintiendo. Ella sab¨ªa que morir¨ªa, y a¨²n as¨ª solo pidi¨® que ¨¦l fuera feliz y alegre, que nunca se sintiera responsable de su muerte. Ella de verdad era una buena persona. Candado no pudo tolerar la emoci¨®n, una vez m¨¢s, ella segu¨ªa mostrando su amabilidad hacia alguien como ¨¦l. Luego, las l¨¢grimas aparecieron nuevamente en sus ojos. Entonces lleg¨® Hammya, quien lo estaba buscando por el lugar y, entre una peque?a multitud que paseaba, logr¨® ver a Candado de perfil, sentado bajo un ¨¢rbol y sosteniendo una carta, que ella pod¨ªa visualizar pero no leer. Aun as¨ª, ella fue corriendo a su encuentro. Cuando se estaba acercando, pudo ver que, en la parte visible de su rostro, brotaba una l¨¢grima de ese rostro fr¨ªo y serio que ten¨ªa mientras sosten¨ªa la carta con una fuerza tal que termin¨® por arrugar el papel. Sin embargo, Hammya decidi¨® acercarse y puso su mano en el hombro de ¨¦l. ¡ª?Est¨¢s bien? Candado no respondi¨®, solo se qued¨® quieto mientras miraba la carta que sosten¨ªa, sin sentir la mano de Hammya en su hombro r¨ªgido, mientras las l¨¢grimas segu¨ªan cayendo. ¡ª?Candado? Responde ¡ªdijo Hammya mientras mov¨ªa su hombro. ¡ªHola, esmeralda. Veo que has hecho nuevos amigos por ah¨ª ¡ªdijo Candado desinteresadamente. ¡ªCandado, ?por qu¨¦ est¨¢s llorando? ¡ªRecord¨¦ algo que hab¨ªa hecho hace mucho tiempo atr¨¢s ¡ªluego mostr¨® su expresi¨®n habitual¡ªuna c¨¢psula de deseos ¡ªdijo Candado mientras se recompon¨ªa. ¡ªElla debi¨® ser una muy buena persona ¡ªdijo Hammya mientras se sentaba al lado de Candado. ¡ªS¨ª, fue una persona con un gran coraz¨®n, incluso con ese terrible conjuro que le lanzaron, y yo no pude protegerla. Soy un asco de persona. Ni siquiera mis padres se preocupan por m¨ª. A veces pienso que ellos nunca quisieron tener un hijo como yo. Ella debi¨® tener los poderes de la sangre violeta, no yo. Ella deb¨ªa ser l¨ªder de la O.M.G.A.B., no yo. Mi existencia en este mundo es... Hammya abraz¨® a Candado, evitando que dijera otra cosa mala de s¨ª mismo. ¡ªC¨¢lmate, no sigas diciendo esas cosas de ti ¡ªluego se separ¨® de ¨¦l y lo tom¨® de los hombros¡ªno conoc¨ª a tu hermana, pero s¨¦ que ella no estar¨ªa contenta si te escuchara decir algo como eso. ¡ªLo s¨¦, pero mis padres no demuestran su amor por m¨ª. Cuando ella se fue, estuve solo y odi¨¦ a mis padres ese d¨ªa, pero los perdon¨¦ y segu¨ª adelante por mi cuenta, solo y sin ayuda. ¡ªCandado, tus amigos estuvieron a tu lado siempre, Clementina me lo cont¨®. Jam¨¢s estuviste solo. ¡ªPero me hubiera gustado que mis padres estuvieran conmigo. Hammya volvi¨® a abrazar a Candado y pudo calmar la amargura que estaba sufriendo. ¡ª?Por qu¨¦ haces esto? Hace un rato quise echarte del avi¨®n y ahora est¨¢s aqu¨ª, ?por qu¨¦? ¡ªCandado, soy tu amiga y tu vicepresidenta, por ende, jam¨¢s te dejar¨ªa solo. ¡ªAprecio tu ayuda. Candado guard¨® la carta de su hermana en su bolsillo, puso la otra en el cofre, la enterr¨® y se puso de pie. Luego extendi¨® su mano y ayud¨® a Hammya a ponerse de pie. ¡ªBueno, es hora de entrar, ?no? ¡ªPor supuesto. ¡ªQu¨¦ mal, es lindo estar afuera. ¡ªHammya. ¡ª?S¨ª? ?Qu¨¦ pasa? ¡ªGracias por ayudarme, Hammya. ¡ªNo te hagas drama, siempre puedes contar conmigo. Candado atenu¨® su expresi¨®n y dijo: ¡ªTambi¨¦n quiero agradecerte por ayudarme aquel d¨ªa, cuando Desza iba a matarme. T¨² apareciste y me ayudaste. Luego te preocupaste por mi herida y la sanaste. Ahora me has ayudado, y todo eso sin que yo te pidiera ayuda. Siempre me ayudaste, gracias. Dichas estas palabras, Candado abraz¨® a Hammya y por primera vez mostr¨® una sonrisa genuina para ella, sin cinismo ni enga?o. Aunque Hammya estaba muy avergonzada de que ¨¦l la hubiera abrazado, pudo relajarse al ver que Candado hab¨ªa sonre¨ªdo por ella. ¡ªBien, es hora de volver adentro con los dem¨¢s. ¡ª?Por qu¨¦? Si nosotros estamos afuera, Nankinjo. En ese momento, ambos voltearon y vieron a sus compa?eros: Yuuta, Jacqueline, Alejandra, Ra¨²l, Armando, Kirinyaga, Banu, Solari, Shaoran, Clementina y Nelson. ¡ªHola muchachos, ?qu¨¦ hacen aqu¨ª? ¡ªVer¨¢s, Cadenas, cuando vimos que Hammya fue a buscar a su amor, decidimos seguirla. ¡ªNo es mi amor ¡ªdijo Hammya sonrojada. ¡ªVeo que tu lengua sigue afilada, Jacqueline. ¡ª?T¨² crees? La verdad es que no lo he notado. ¡ªEspero que no hayas hecho llorar a la se?orita Hammya. ¡ª?Me veo como un machista acaso, Clementina? ¡ªNo, claro que no. ¡ª?Entonces? ¡ªPara record¨¢rselo, nada m¨¢s. ¡ªCandado, creo que hiciste una promesa con una dama, ?me equivoco? ¡ª?Qu¨¦ insin¨²as, Armando? ¡ªChico, hiciste una promesa con Fereshteh, dijiste que ibas a jugar con ella. ¡ªCierto. ¡ªCandado camin¨® hasta Banu y tom¨® su mano¡ªVen, es hora de divertirnos. Candado llev¨® a Banu hasta un campo rojo, con pilares en los cuatro v¨¦rtices cerca de la plaza donde se encontraba la estatua de Harambee, y peg¨® un silbido muy fuerte. Luego, mir¨® a Yuuta y levant¨® su mano. Este, entendiendo lo que le quer¨ªa decir, sac¨® dos cascabeles de sus bolsillos y se los tir¨® a Candado. ¨¦l los tom¨® en el aire y se los at¨® en su brazo izquierdo, y con el segundo, se lo at¨® a Banu, pero en su hombro derecho. ¡ª?Preparada? ¡ªS¨ª, ver¨¢s que estado practicando mucho. Candado acarici¨® la cabeza de Banu y dio una sonrisa torcida. Luego, ambos se separaron a veinte pasos uno del otro. Mientras ellos se alejaban, los dem¨¢s se acercaron y tomaron sus asientos para disfrutar del espect¨¢culo. ¡ªBien, ?por qui¨¦n apuestas? ¡ªpregunt¨® Yuuta. ¡ª?Yo? Veamos... Ya lo tengo, Candado ¡ªdijo Armando. ¡ªEntonces yo apoyo a Fereshteh ¡ªdijo Solari. ¡ªYo apuesto por ambos ¡ªdijo Ra¨²l mientras le¨ªa un libro. ¡ªInteresante, apuesto a Cadenas. ¡ª?Qu¨¦ apostamos? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNada, solo es un decir, no tenemos moneda ¡ªdijo Alejandra. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEs sencillo, la ra¨ªz de todas las crisis del hombre es el dinero, pero si esta naci¨®n no dispone de eso, entonces no hay crisis, inflaci¨®n, devaluaci¨®n, etc¨¦tera ¡ªdijo Jacqueline. ¡ªAs¨ª que pagamos con bienes materiales ¡ªdijo Shaoran. ¡ªWow ¡ªse sorprendi¨® Hammya. ¡ªVoy por Fereshteh ¡ªdijo Kirinyaga. ¡ªCreo que apuesto por mi joven patr¨®n ¡ªdijo Clementina. ¡ª?Te o¨ª! ¡ªgrit¨® Candado. Nelson y Hammya se miraban entre s¨ª por lo que hab¨ªa dicho ella. Mientras apostaban por sus favoritos, m¨¢s y m¨¢s personas se iban acercando para ver lo que estaba pasando, y para cuando se dieron cuenta, ya era una gran multitud. Candado y Banu, quienes estaban en el campo, vieron a su alrededor, y la multitud comenzaba a gritar y a celebrar. ¡ªOh, cielos, s¨ª que somos llamativos. Banu sonri¨® al comentario de Candado. ¡ªLo siento, Banu, te he arrastrado a esto sin querer. ¡ªNo, est¨¢ bien, as¨ª me ayudar¨¢ a perderle el miedo al p¨²blico. ¡ªEn fin ¡ªCandado se puso en guardia¡ª. Vamos a ofrecer un espect¨¢culo. Luego de decir esto, ambos se quedaron callados e inm¨®viles, leyendo la situaci¨®n del otro y esperando el momento para dar inicio al combate. La gente, por otro lado, solo gritaba y murmuraba entre ellos. Candado y Banu quedaron mir¨¢ndose durante un breve momento. ¨¦l la observaba atentamente, buscando cualquier movimiento en falso por parte de ella. Aunque Banu era muy inteligente, cubr¨ªa todas las posibles vulnerabilidades que podr¨ªan ayudar a Candado. Sin embargo, Candado se lanz¨® hacia ella, corriendo con su fac¨®n en la mano. Banu estaba a punto de atacarlo con sus poderes cuando, de repente, Candado desapareci¨® de la vista del p¨²blico, lo que dej¨® a todos sorprendidos, excepto a Banu, quien se volte¨® r¨¢pidamente y lanz¨® arena desde sus manos. Candado reapareci¨® y evit¨® la arena, luego se acerc¨® al cascabel de Banu. En respuesta, Banu se convirti¨® en arena y se desintegr¨®. Candado se detuvo y salt¨® al aire, evitando tocar la arena en el suelo. Luego, Banu emergi¨® del suelo y tom¨® forma nuevamente, mientras sus ojos comenzaban a brillar de color azul. ¡ªNada mal, ni?a ¡ªdijo Candado mientras guardaba su fac¨®n. ¡ªGracias, t¨² tampoco lo haces mal. Candado sonri¨® y se lanz¨® nuevamente hacia Banu. Cuando estaba cerca de ella, la arena que estaba en el suelo se acerc¨® violentamente hacia ¨¦l para frenarlo, pero Candado dio un salto y se impuls¨® con su mano izquierda para volar hacia ella. Banu lanz¨® su arena hacia ¨¦l en el aire, pero Candado encendi¨® sus manos con la flama violeta y golpe¨® la arena con fuerza. Luego aterriz¨® en el suelo y trat¨® de agarrar el cascabel de Banu, pero ella no se lo permiti¨® y tom¨® la mano de Candado, que estaba encendida con la flama, y lo lanz¨® lejos de ella. Candado aterriz¨® en pie y se prepar¨® para el pr¨®ximo ataque. Cuando levant¨® la vista, Banu ya no estaba all¨ª. Con calma, Candado comenz¨® a buscarla por los alrededores hasta que sinti¨® a alguien detr¨¢s de ¨¦l. Instintivamente, lanz¨® una esfera de color violeta hacia atr¨¢s, pero Banu la intercept¨® con su escudo de arena, anulando por completo el ataque de Candado. Aunque estuvo sorprendido por la reacci¨®n r¨¢pida de Banu, Candado se acerc¨® a ella. Antes de poder alcanzarla, Banu levant¨® un muro de arena delante de ella, y Candado qued¨® del otro lado. Lanz¨® un pu?etazo con su flama violeta, su mano atraves¨® el muro, pero no pudo llegar a donde estaba Banu. Sin embargo, al sentir que Candado hab¨ªa enterrado su pu?o en el muro, Banu endureci¨® la arena, y Candado qued¨® atrapado en la defensa de la ni?a. ¡ªNo debiste hacer eso ¡ªdijo Candado con una sonrisa y continu¨®¡ª. ?Is¨ª'' tumby! (luz violeta). Sus manos se encendieron con m¨¢s poder, y se notaba un ligero color violeta en las grietas de la pared de arena que lo ten¨ªa atrapado. La pared explot¨® y la arena se esparci¨® por el aire y el suelo. La batalla continuaba. Hasta ese momento, Banu solo se hab¨ªa estado defendiendo, y ahora era el momento de atacar, algo que Candado sab¨ªa. El p¨²blico estaba emocionado por la inteligencia de Banu y la fuerza de Candado. ¡ªVaya, parece que tardaremos un rato. ¡ª?Te diviertes, Banu? ¡ªS¨ª, mucho. ?Y t¨²? ¡ªClaro, pero creo que es hora de jugar en serio ¡ªdijo Candado mientras se acomodaba la corbata. ¡ªS¨ª, creo que ser¨¢ mejor as¨ª ¡ªdijo Banu mientras se acariciaba el mech¨®n de pelo negro que le ca¨ªa en la frente. Mientras esto ocurr¨ªa, en la tribuna, los ojos de Clementina hicieron un ruido que llam¨® la atenci¨®n de Hammya. ¡ªOh, parece que Candado pelear¨¢ en serio. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªVas a ver, como Candado suelta el 18,6% de su poder. ¡ªPero esas veces, ?no eran en serio? ¡ªNo, se?orita Hammya, Candado ni siquiera us¨® el 5% de su poder. ¡ªEso significa que va a pelear en serio ¡ªconcluy¨® Nelson. ¡ªPero ?y Banu? ¡ªBanu tambi¨¦n es inteligente, solo que pele¨® con el 4,9% de su poder, mientras que Candado solt¨®, para este combate, el 3% de su poder. ¡ªNo hay casi diferencia. ¡ªEn la pelea, los c¨¢lculos son totalmente al azar; muchas veces, el que tiene la ventaja termina perdiendo. Solo doy c¨¢lculos te¨®ricos ¡ªluego mostr¨® una sonrisa¡ª. Esto va a ser interesante. ¡ªSolo espero que no salgan lastimados. ¡ªOh no, Hammya, te aseguro que Candado y Banu no saldr¨¢n lastimados; ambos buscan quitarse el cascabel y no eliminarse ¡ªluego mostr¨® una sonrisa y mir¨® el cascabel que ten¨ªa en su mano¡ª. Me recuerda a m¨ª; estoy ansiosa por volver a pelear con ¨¦l. Candado emiti¨® un resplandor de sus ojos, y su color pas¨® de ser oscuro a ser violeta por completo. No eran llameantes ni nada, simplemente violetas puros. Adem¨¢s, aparecieron tatuajes del mismo color en su cara y sus guantes blancos, que manten¨ªan esos s¨ªmbolos extra?os, tambi¨¦n brillaron de ese caracter¨ªstico color. ¡ªEst¨¢s radiante, Candado. ¡ªJe, espero que t¨² tambi¨¦n me muestres tus radiantes ataques. ¡ªDe eso no hay duda. La flama de Candado se apag¨®, y en su lugar, mostr¨® una energ¨ªa el¨¦ctrica del mismo color. Se cruz¨® de brazos y corri¨® hacia ella a una velocidad incre¨ªble; apenas pod¨ªa verse. Banu, consciente de su poder, se refugi¨® en su arena mientras Candado aparec¨ªa y desaparec¨ªa. Sin embargo, no le estaba dando ning¨²n golpe; solo aparec¨ªa y desaparec¨ªa en diferentes ubicaciones. Banu estaba oculta en un muro de arena y ten¨ªa que pensar en c¨®mo salir de all¨ª. Miraba a su alrededor a trav¨¦s de peque?os orificios que le permit¨ªan ver por d¨®nde estar¨ªa Candado. La tensi¨®n era muy alta para ella, y segu¨ªa buscando c¨®mo salir de ah¨ª, aunque ¨¦l no le estaba propinando ning¨²n golpe, y su rendimiento f¨ªsico segu¨ªa al margen, le costaba mucho usar la arena como muro, especialmente si ten¨ªa que endurecerla para posibles golpes de ¨¦l. Sin embargo, de la desesperaci¨®n lleg¨® la soluci¨®n. Banu se dio cuenta de que, si bien los movimientos de Candado eran impredecibles, siempre hab¨ªa uno que no lo era. Aprovechando esto, Banu solt¨® una especie de brazo arenoso y golpe¨® en el aire. Candado lo detuvo con ambas manos y lo estir¨® con fuerza. Banu hizo todo lo posible para retenerlo, hasta que atraves¨® la arena y se lanz¨® hacia ¨¦l. Pero Candado, sabiendo muy bien lo que estaba por ocurrir, chasque¨® los dedos y dijo. ¡ªAsin¨®h (Perro). De la nada, dos perros aparecieron; eran grandes como lobos y de un color diferente, org¨¢nicos. Su pelaje era violeta, sus ojos eran s¨®lidamente verdes, con dientes puntiagudos y afilados que emanaban una flama violeta de sus cuerpos continuamente. Eran aterradores a la vista de cualquier humano. La multitud en la tribuna qued¨® horrorizada y sorprendida al ver a esas temibles criaturas. Banu no sab¨ªa qu¨¦ hacer, el aspecto de esas bestias le dio tanto miedo que se detuvo a medio camino. Cuando reaccion¨®, los perros saltaron sobre Banu, y ella, tratando de evitarlos, se transform¨® en arena y desapareci¨® nuevamente. Candado se inclin¨® y dio un golpe muy fuerte en el suelo, creando un peque?o cr¨¢ter y un momento de sismo en la tribuna. ¡ª?Qu¨¦ fuerza descomunal! ¡ªexclam¨® Hammya. La batalla continuaba, y parec¨ªa que la t¨¢ctica de Candado hab¨ªa dado resultados. Banu emergi¨® del suelo y se transform¨® nuevamente en su forma normal. Sin embargo, ella tambi¨¦n estaba dispuesta a mostrar su potencial. Cre¨® una tormenta de arena para nublar la visi¨®n de Candado y cre¨® mu?ecos de tierra, vestidos con la indumentaria del imperio Persa, para luchar contra las bestias. Pero Candado sorprendi¨® a todos con su reacci¨®n. Se acomod¨® la boina y se lanz¨® hacia la tormenta de arena con los ojos cerrados, utilizando sus o¨ªdos para seguir a Banu. Finalmente, lleg¨® a ella y la sujet¨® por los brazos, impidi¨¦ndole utilizar m¨¢s poder con la arena que estaba cubri¨¦ndola. Candado estaba totalmente sucio y lleno de arena, pero no pod¨ªa aguantar m¨¢s. El p¨²blico no pod¨ªa ver lo que estaba ocurriendo, ya que la arena bloqueaba su vista. La energ¨ªa que Banu generaba segu¨ªa creciendo, y Candado lo percib¨ªa claramente. ¡ªCreo que doy por finalizado este juego ¡ªdijo Candado. ¡ªOh, no, todav¨ªa no, tengo mucho que dar ¡ªrespondi¨® Banu. Banu trat¨® de quitarle el cascabel de su brazo aprovechando la inmovilidad de Candado y su ceguera. Cada vez que sent¨ªa el ruido del cascabel de Banu, le indicaba por d¨®nde ella iba a atacar. Intent¨® acercarse a ella una y otra vez, pero Candado era astuto. Cuando sinti¨® que sus mu?ecos de tierra se acercaban, llam¨® a sus perros con un silbido que solo ellos pod¨ªan o¨ªr. Y cuando los perros se abalanzaron sobre Banu, distray¨¦ndola, Candado aprovech¨® la oportunidad para liberarse de las arenas movedizas y prepararse para tomar por sorpresa a Banu. Los perros saltaron sobre ella y desaparecieron en el aire. En ese momento, se produjo un gran estruendo, pero la arena levantada ocult¨® la vista del p¨²blico, y nadie pudo apreciar lo que estaba ocurriendo. La gente en la tribuna estaba ansiosa por saber qui¨¦n hab¨ªa ganado, y Jacqueline expres¨® su frustraci¨®n gritando: "?MALDICI¨®N! ??QUI¨¦N HABR¨¢ GANADO!?" Cuando finalmente la arena se dispers¨®, se revel¨® que Candado estaba arrodillado, cubierto de lodo, con sus tatuajes y llamas violetas desaparecidos. Por otro lado, Banu estaba sentada, con su hiyab casi destruido, mostrando parte de su mejilla izquierda y su labio. Candado ten¨ªa algo en su pu?o, lo abri¨® y mostr¨® el cascabel de Banu en su posesi¨®n. Luego se volte¨® y lo mostr¨® a Banu con una expresi¨®n fr¨ªa. Banu abri¨® lentamente sus ojos, sonri¨® y mostr¨® el cascabel de Candado sostenido entre su dedo ¨ªndice y pulgar. Candado estaba asombrado y se pregunt¨® en qu¨¦ momento lo habr¨ªa perdido. Luego encontr¨® la respuesta al recordar cuando Banu lo golpe¨® en el pecho con su palma, aunque en ese momento pens¨® que ella intentaba empujarlo, en realidad lo que hab¨ªa hecho era frenarlo moment¨¢neamente y esperar la oportunidad para arrancarle el cascabel. ¡ªBanu, eres buena ¡ªadmiti¨® Candado¡ª. Esperaste a que me acercara para quitarme el cascabel. ?Qu¨¦ astuta! ¡ª?EMPATE! ?Qu¨¦ aburrido! ¡ªdijo Armando. Banu mostr¨® una sonrisa y se desmay¨®, pero antes de caer al suelo, Candado la sostuvo. Lo ¨²ltimo que pudo ver antes de perder el conocimiento fue el rostro de orgullo de su maestro y amigo, Candado. La tribuna enloqueci¨® y aplaudi¨® a sus presidentes. Sus amigos se apresuraron a ayudar a Candado a ponerse de pie mientras llevaban a Banu en una camilla. Candado sosten¨ªa su mano y, con una sonrisa, le dijo: ¡ªFelicidades, eres muy buena. Banu, agotada, apenas pudo hablar: ¡ªEres... el mejor... Candado. Nelson alz¨® a Candado y lo levant¨® en el aire, festejando. La multitud coreaba los nombres de Candado y Banu. Candado, en su caracter¨ªstico estilo fr¨ªo, levant¨® las manos y exclam¨®: ¡ª?HERMANOS M¨ªOS, ESTA VICTORIA ES DE AMBOS PA¨ªSES! Despu¨¦s de la pelea, Banu se recuper¨® y se cambi¨® el hiyab, dejando de usar el negro para usar uno blanco. Candado fue aseado con las manos ventilador de Clementina y perfumado con colonia prestada por Jacqueline. Hammya simplemente le dio agua. Todos los dem¨¢s volvieron a sus actividades, dejando solos a los presidentes, que estaban a punto de despedir a Candado, ya que era hora de volver a casa. Shaoran coment¨®: ¡ªEntonces, ?ya te vas? Candado respondi¨®: ¡ªS¨ª, Shaoran, pero volver¨¦, no te preocupes. Banu agreg¨®: ¡ªFue divertido volver a jugar contigo, Candado. Candado acarici¨® la cabeza de Banu y le dijo: ¡ªLo mismo digo, Banu. Has hecho un gran progreso, ni?a. Banu pregunt¨® con esperanza: ¡ª?Ya no me ense?ar¨¢s? Candado asegur¨®: ¡ªPor supuesto que s¨ª, seguir¨¦ ense?¨¢ndote. Shaoran a?adi¨®: ¡ªVuelve pronto, Cadenas. Candado respondi¨®: ¡ªS¨ª, lo har¨¦. Adi¨®s, camaradas. Todos se despidieron de Candado, y la puerta del avi¨®n se cerr¨® detr¨¢s de ¨¦l. Una vez dentro, Candado pidi¨® prestado el tel¨¦fono celular de Nelson y llam¨® a H¨¦ctor. Despu¨¦s de unos cinco minutos, H¨¦ctor contest¨®: ¡ª?Hola? Candado comunic¨®: ¡ªHola, H¨¦ctor. Solo quer¨ªa decirte dos cosas, ?de acuerdo? H¨¦ctor respondi¨®: ¡ªClaro, ?cu¨¢les son? Candado dijo: ¡ªLa primera es que aceptaron ayudarme. H¨¦ctor pregunt¨® con emoci¨®n: ¡ª?De verdad? ?Eso es genial! ?Y la segunda? Candado respondi¨® con un tono algo molesto: ¡ªT¨² ganas. Hammya ser¨¢ mi nueva vicepresidenta. Me ha demostrado que tiene lo necesario para el cargo. H¨¦ctor exclam¨® emocionado: ¡ª?De verdad? ?GENIAL! Quiero decir, me alegro mucho. Sab¨ªa que la elegir¨ªas. Cuando colg¨® el tel¨¦fono, Candado le entreg¨® el dispositivo a Nelson. Del otro lado de la l¨ªnea, H¨¦ctor saltaba de alegr¨ªa mientras sosten¨ªa a Viki en brazos. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ?Por qu¨¦ est¨¢s tan feliz? ¡ªHe ganado la apuesta gracias a dios, nunca m¨¢s en la vida volver a apostar, lo juro. Mientras que H¨¦ctor celebraba su victoria, Candado se sent¨® en una de sillas y se recost¨®, sinti¨¦ndose relajado, luego vino Hammya y se sent¨® a su lado. ¡ªOh, eres tu ni?a. ¡ªVeo que sigues siendo el mismo de siempre. ¡ªClaro, pero he decidido hacer un peque?o cambio. ¡ª?Qu¨¦ cambio har¨¢s? ¡ªRespetare mi promesa que hice contigo, voy a dejar de tratarte como una alima?a. ¡ª?Lo hac¨ªas? ¡ªEres una est¨²pida. ¡ªPero dijiste que¡­. ¡ªA partir de ma?ana. ¡ªAh, siempre juegas sucio. ¡ªJa, eso es lo que yo llamo, picard¨ªa gaucha. Las charlas entre Hammya y Candado se extendieron durante aproximadamente una hora. A menudo, la ni?a conversaba sobre temas que a ¨¦l no le interesaban, y en m¨¢s de una ocasi¨®n, Candado lanzaba indirectas en forma de broma. Era entretenido observar c¨®mo Hammya intentaba descifrar lo que ¨¦l le dec¨ªa. Finalmente, cuando cesaron las conversaciones, ambos se quedaron dormidos. Clementina, que estaba absorta en su lectura, levant¨® la vista y not¨® que los dos se hab¨ªan quedado dormidos. Sin embargo, hab¨ªa una escena inusual entre ellos: Hammya se recostaba en el hombro de Candado, y sus manos se tocaban de manera indirecta. Durante el sue?o, el rostro de Candado reflejaba seriedad, mientras que el de Hammya mostraba una sonrisa y relajaci¨®n. Clementina llam¨® la atenci¨®n de Nelson, quien estaba absorto en la lectura de un diario. ¡ª?Qu¨¦ opina, se?or? ¡ªOh, parece que ella est¨¢ enamorada de ¨¦l, su comportamiento es id¨¦ntico al de Andrea. Clementina coment¨®: ¡ªVaya, me gustar¨ªa gastarles una broma, pero solo con verlos dormir as¨ª, me invade una sensaci¨®n de ternura. ¡ªDeber¨ªamos tomarles una fotograf¨ªa, mi ni?a¡ªsugiri¨® Nelson. Clementina extrajo su c¨¢mara de la mochila y captur¨® ese entra?able momento. ¡ªEl joven patr¨®n, o m¨¢s bien el se?or Candado, lleva una herida en su coraz¨®n. Sin embargo, estoy seguro de que la se?orita Hammya la sanar¨¢ con el amor que siente por ¨¦l. El anciano sonri¨® y record¨® su infancia con Alfred y con Andrea, record¨® una situaci¨®n muy similar, dos j¨®venes tomados de la mano durmiendo en un asiento. DOLOR Hammya despert¨® en un sal¨®n extra?o, donde vio a T¨ªnbari observando a una chica sentada en una cama con bata, mirando la televisi¨®n. La joven volte¨® y sonri¨®, era Gabriela. Hammya pens¨® que esa sonrisa era para ella, pero r¨¢pidamente se dio cuenta de que no era as¨ª; detr¨¢s de ella, alguien la traspas¨®, era Candado y sus padres. ¡ªGabi, ?c¨®mo est¨¢s? ¡ªpregunt¨® Europa al abrir la puerta. ¡ªSentada, XD ¡ªrespondi¨® Gabriela. Candado fue el primero en llegar hasta ella y no solo eso, sino que tambi¨¦n se subi¨® a la cama y abraz¨® a Gabriela. ¡ªOh, Candadito ¡ªella comenz¨® a consolarlo. ¨¦l empez¨® a llorar. ¡ªOye, oye, no pasa nada. Europa y Arturo se acercaron. ¡ªEst¨¢bamos angustiados cuando o¨ªmos que te desmayaste de repente. Gabriela empez¨® a sobar la espalda de Candado mientras lo abrazaba. ¡ªYa, ya, ya, estoy bien, estoy bien. ¡ªEst¨¢s en un hospital, ?c¨®mo que est¨¢s bien? ¡ªcoment¨® Europa. Gabriela sonri¨®. ¡ªEres muy listo. ¡ªHablamos con tu doctor, dijo que estabas muy mal y que ahora est¨¢s estable, pero ?qu¨¦ provoc¨® eso? ¡ªMam¨¢, por favor, no ahora ¡ªluego extendi¨® su brazo no ocupado¡ª. Ahora quiero un abrazo. Arturo y Europa procedieron a hacerlo. ¡ªAhhhhh, qu¨¦ delicia ¡ªdisfrut¨® Gabriela. Arturo se ri¨®. ¡ª?C¨®mo est¨¢ mi Karen? ¡ªCon los abuelos ¡ªrespondi¨® Europa. Hammya sonri¨®. ¡ªYa veo, lo volv¨ª a hacer. Luego mir¨® a T¨ªnbari, quien estaba a¨²n recostado por el muro. ¡ªAs¨ª es. ¡ª??....!? ¡ªNot¨¦ que esa vez lo hab¨ªas hecho vos; con raz¨®n hab¨ªa sentido algo extra?o todo el d¨ªa. ¡ª?Qu¨¦ hago aqu¨ª? ¡ª?No lo tendr¨ªas que saber vos? Vos sos la que est¨¢ aqu¨ª querida. ¡ªY vos, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªSolo recordando, vengo aqu¨ª cuando estoy algo aburrido ¡ªluego mir¨® a Hammya y dio una terror¨ªfica sonrisa¡ª. Despu¨¦s de todo, soy un s¨¢tiro demonio. Hammya se sinti¨® asqueada. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢ pasando esto? ¡ªLa raz¨®n por la cual Candado odia los aviones es porque tiene pesadillas en ellos, como tambi¨¦n recuerdos dolorosos. ¡ª?Esto es una pesadilla? ¡ªPeor, un recuerdo. ¡ª?Recuerdo? ¡ªY uno muy doloroso. La habitaci¨®n cambi¨® s¨²bitamente y se volvi¨® oscura, con solo la iluminaci¨®n tenue de una l¨¢mpara al lado de la cama. La familia, Europa y Arturo, se quedaron dormidos en sus asientos. Mientras Gabriela y Candado, estando en la cama, charlaron. ¡ªHoy, ?qu¨¦ hiciste en la escuela? ¡ªOh, muchas cosas. Matlotsky segu¨ªa molestando a Declan, hasta que este le golpe¨® con su cartuchera. La se?o me puso sobresaliente en matem¨¢ticas, ?incre¨ªble, no? Y tambi¨¦n... Gabriela sonri¨® mientras acariciaba la espalda de Candado. ¡ª...creo tambi¨¦n hubo un momento en el recreo que Anzor dijo mal la palabra "pistola" y todo el mundo se ri¨®, pero yo les dije que se disculparan con ¨¦l. Y tambi¨¦n en el tercer recreo, Esteban se disculp¨® conmigo por haber malinterpretado el "acoso" de los dem¨¢s que hab¨ªa provocado. Candado mir¨® a Gabriela. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Est¨¢s durmiendo? ¡ªNo, te estoy escuchando. Dime, ?qu¨¦ m¨¢s? Candado sonri¨® y sigui¨® hablando. ¡ªTambi¨¦n... Hammya se acerc¨® a la cama y mir¨® a Gabriela; s¨²bitamente, el reloj de la sala comenz¨® a acelerar hasta que se detuvo a las 4:00 a.m. Candado se hab¨ªa quedado dormido. ¡ªSiete minutos ¡ªdijo T¨ªnbari en voz alta. Hammya volte¨® y lo mir¨®, pero este hizo un gesto para que ella mirara a ellos y no a ¨¦l. ¡ªCandado, ?est¨¢s durmiendo? ¡ª... ¡ªCandadito. Gabriela hizo un esfuerzo por tratar de moverse, pero no pudo, solo mir¨® a sus padres. ¡ªLos quiero ¡ªdijo ella temblando. Luego abraz¨® a Candado, quien estaba profundamente dormido, y comenz¨® a acariciarle tanto la espalda como la cabeza. ¡ªTu hermana te ama mucho, a... no sabes cu¨¢nto te adora, pero no siempre fue as¨ª. Te ten¨ªa envidia antes de que nacieras; mam¨¢ ya no me prestaba atenci¨®n, e incluso le hice un berrinche a mi padre. Fue entonces que el abuelo me habl¨® del papel que se me hab¨ªa otorgado, el de una hermana mayor. Luego le dio un beso en la cabeza. ¡ªCuando naciste, te odi¨¦, porque por tu culpa alguien se fue para siempre, alguien a quien yo quer¨ªa, no solo se alej¨® de m¨ª y de los dem¨¢s, sino que tambi¨¦n se llev¨® sus recuerdos y solo quedaron pocos quienes a¨²n se acordaban.You might be reading a stolen copy. Visit Royal Road for the authentic version. Gabriela empez¨® a llorar, y su mano le tembl¨®. ¡ªPero cuando mami te puso en mis brazos, y me miraste, "?qu¨¦ lindo!" fue la primera palabra que dije. ?C¨®mo pude odiar a esta cosita peque?ita? Tus manitas tocaron mi cara, llor¨¦ cuando una criaturita hermosa me sonri¨®. Gabriela conten¨ªa su llanto. ¡ªTengo miedo, tengo miedo de morir, tengo miedo de desaparecer y que nadie me recuerde, no quiero morir. Los ojos de Hammya empezaron a manifestarse las l¨¢grimas. ¡ªPerd¨®name Canda, no soy fuerte ni valiente, vos s¨ª lo eres y no solo eso, sino que tambi¨¦n eres mi fuerza. ¡ªCuatro minutos ¡ªdijo T¨ªnbari. Cuando Hammya estaba por voltear. ¡ªNo me mires. Hammya obedeci¨® y sigui¨® observando. ¡ªPero no estoy sola, estoy contigo y con pap¨¢ y mam¨¢. Gabriela sonri¨® con l¨¢grimas en los ojos. ¡ªAunque yo muera, estar¨¦ contigo. S¨¦ que cuando despiertes, doler¨¢, doler¨¢ mucho para vos y para nuestros padres, pero tienes que ser fuerte. Los ojos de Gabriela pesaban, casi no pod¨ªa mantenerlos abiertos, e incluso luchaba por no dormirse. ¡ªPero tienes que ser fuerte. Aunque digan que el mundo es una mierda y que siempre fue as¨ª, no lo es. Nosotros podemos cambiarlo. La respiraci¨®n de Gabriela comenz¨® a ser lenta de forma alarmante. ¡ªAhora¡­vas a ser¡­hermano¡­mayor, tendr¨¢s que cuidar de¡­Karen, eres un hombre¡­tengo la seguridad de que ser¨¢s un don juan. Gabriela bes¨® la frente de Candado y lo arrim¨® a su pecho. ¡ªMe siento muy cansada¡­pap¨¢¡­mam¨¢, sean fuertes por m¨ª... y por mi Candado. ¡ªUn minuto. Hammya, con l¨¢grimas en los ojos, se enoj¨® y mir¨® a T¨ªnbari, pero r¨¢pidamente su enojo se apag¨® cuando lo vio; ten¨ªa su mano cubriendo sus ojos, mientras un mar de l¨¢grimas se desbordaba de sus ojos. ¡ªTe dije que no me miraras. Hammya volte¨® y vio a Gabriela. ¡ªCuando seas un anciano y tu hora¡­llegue¡­quisiera que me contar¨¢s¡­m¨¢s historias, todav¨ªa quiero decir muchas cosas¡­quiero verte crecer¡­quiero verte re¨ªr¡­quiero verte llorar¡­no quiero perderme eso. Los ojos de Gabriela se iban cerrando. ¡ªLamento no poder estar de tu lado¡­ ¡ªGabi. ¡ª?¡­! Repentinamente, Candado habl¨®; seguramente lo hab¨ªa despertado cuando hablaba, pero no fue as¨ª. Candado estaba hablando dormido, seguramente estaba so?ando con ella. ¡ªTe quiero mucho ¡ªluego se ri¨®¡ª. Hasta el infinito. Luego, inconscientemente, abraz¨® a Gabriela. Esto provoc¨® que ella sonriera y llorara a¨²n m¨¢s. ¡ªYo tambi¨¦n¡­hic¡­yo tambi¨¦n¡­hic¡­yo tambi¨¦n te quiero. Gabriela abraz¨® a Candado y lentamente dej¨® de moverse, de respirar y, sobre todo, de vivir. Hammya se tapaba la boca mientras lloraba. Sin embargo, el reloj volvi¨® a moverse hasta ser las 6:01 a.m. Candado se despert¨® y sinti¨® algo fr¨ªo en sus manos, eran las manos de su hermana. ¡ªGabi ¡ªluego bostez¨®¡ª. Gabi, despierta, es hora de ir a casa. Hammya mir¨® al inocente y alegre Candado. ¡ªVamos, arriba¡­ est¨¢s ?fr¨ªa? Pero tienes una manta. Por Isidro, debieron apagar ese aire, est¨¢s muy fr¨ªa. Candado intent¨® moverla. ¡ª?Qu¨¦ pasa? Hammya empez¨® a llorar. ¡ª?Gabi? ?Est¨¢s durmiendo? Candado empez¨® a mover a su hermana. ¨D Dime que est¨¢s durmiendo, s¨ª, eso, debes estar durmiendo, por favor, despierta. No es bueno aguantar mucho tiempo la respiraci¨®n. Las l¨¢grimas se manifestaron en la cara de Candado. ¨D ?Pap¨¢! Los padres de Candado se despertaron. ¨D Gabi despierta, ?Pap¨¢, mam¨¢! Gabi no despierta. Europa salt¨® de la silla y corri¨® hasta Gabriela. ¨D Llamar¨¦ al doctor ¨Ddijo Arturo mientras corr¨ªa por el pasillo llamando a los gritos a un doctor. ¨D Hija, hija, despierta ¨Ddec¨ªa Europa. ¨D Gabi despierta ¨Ddec¨ªa Candado mientras lloraba. De repente, todo cambi¨®, la habitaci¨®n cambi¨® a una funeraria. ¨D ?Qu¨¦? ?T¨ªnbari? Hammya estaba sola en esa habitaci¨®n, figurativamente hablando, ya que hab¨ªa muchas personas alrededor del ata¨²d abierto de Gabriela. Todo el mundo estaba destrozado. De pronto, unos pasos se escucharon detr¨¢s de ella, eran T¨ªnbari y Candado, ambos del mismo tiempo de Hammya. Lo que provoc¨® que ella r¨¢pidamente se ocultara, cuando vio al "Candado mayor" entrar ah¨ª para reunirse con su otro yo de dos a?os menor. ¨D Gabi, abre los ojos, despierta por favor ¨Dlloraba el Candado de 10 a?os. ¨D Ya veo, est¨¢ pasando de nuevo. ¨D Esto debe mostrar algo de tu extinta humanidad ¨Ddijo burlonamente T¨ªnbari. Candado suspir¨®. ¨D Habla r¨¢pido, ?por qu¨¦ estoy viendo esto? Despu¨¦s de todo, al momento que despierte, olvidar¨¦ todo esto. ¨D Oh, qu¨¦ cruel. ¨D Voy a patearte. Hammya se ocult¨® detr¨¢s de unas cortinas y observ¨®. ¨D Ya, el hecho de que est¨¦ aqu¨ª me molesta, pero ya que lo voy a olvidar, no importar¨ªa alabarte o ser tu sirviente ¨Ddijo ¨¦l con una sonrisa torcida. ¨D Je, no estar¨ªa mal. ¨D Pero ?por qu¨¦ un velatorio? ¨D Es un recuerdo tuyo, no m¨ªo. Plant¨¦ate eso t¨² solo. ¨D Era ret¨®rica. Candado suspir¨®. ¨D ?Qu¨¦ quieres? ¨D Quiero saber, ?qu¨¦ sentiste cuando viste por primera vez a un muerto? Candado abri¨® la boca. ¨D Con primera vez, me refiero a conocer la muerte y ser consciente de ella. Candado cerr¨® la boca. ¨D Ingenioso ?eh? ¨Dse burl¨® T¨ªnbari. Candado mir¨® el ata¨²d de su hermana siendo abrazado por su yo de diez a?os. ¨D Dolor. ¨D Ya veo, ?qu¨¦ m¨¢s? ¨D ?Tengo que decirlo? ¨D Es necesario no reprimir ciertas emociones como la ira y la tristeza, y m¨¢s en tu condici¨®n actual. Una vez que los sueltes aqu¨ª, te sentir¨¢s mucho mejor cuando despiertes. El llanto es un sentimiento que se debe soltar para poder continuar. Candado se rasc¨® la nuca y continu¨®. ¨D Es cierto que no era la primera vez que ve¨ªa a un muerto. Cuando muri¨® mi bisabuelo, yo fui a verlo, pero no sent¨ª nada al verlo. Me sent¨ª algo culpable por no llorar ese d¨ªa; no era lo suficientemente cercano como para soltar un v¨ªnculo de dolor con ¨¦l, comparado con lo que sintieron mis abuelos Alfred y Andrea, as¨ª como mis padres. ¨D Entiendo. ¨D Yo sab¨ªa que la muerte es el final de la vida de cualquier ser vivo, pero nunca me preocup¨¦ por eso. Porque sent¨ªa que yo y los que me rodeaban vivir¨ªamos por siempre, pero no era as¨ª. Cuando me lleg¨® la noticia de que mi hermana no vivir¨ªa mucho y que los "profesionales" dijeron que hab¨ªa que rezar por ella, quise re¨ªrme de un doctor pidi¨¦ndome que rece. Qu¨¦ estupidez, es como si la ciencia reconociera a la religi¨®n. ¨D ?Qu¨¦ m¨¢s? ¨D Mam¨¢ y pap¨¢ se preocupaban mucho. En cambio, yo hu¨ªa de la realidad. No quer¨ªa conocer ese lado, porque en mi cabeza me enga?aba a m¨ª mismo de que todo estar¨ªa bien, que no hab¨ªa nada de qu¨¦ preocuparse, que esto solo ser¨ªa un mal recuerdo. Candado hizo una pausa; era obvio que estaba a punto de llorar. ¨D Pero no era as¨ª. Fue mucho peor. La realidad me dio un duro golpe. Cuando vi a Gabriela en esa cama, inerte, tuve la esperanza de que ella volver¨ªa a abrir sus ojos y regresar¨ªa a casa. Candado abri¨® la boca para aspirar aire y relajarse. ¨D Pero cuando vi a mi ser amado en ese ata¨²d, comprend¨ª inmediatamente que estaba equivocado. Mis esperanzas fueron destruidas por la realidad, como dici¨¦ndome "Hey, mira, esto es as¨ª y nada lo va a cambiar". Las l¨¢grimas salieron cuando la vi con sus ojos cerrados. Parec¨ªa que estaba durmiendo, estaba maquillada, vestida con sus mejores ropas. Era coqueta, como si fuera a salir a alg¨²n lado. La voz de Candado se quebr¨®. ¨D Aunque patalee, aunque gritara, ella no se mover¨ªa. Y cuando su ata¨²d se cerr¨®, lo supe inmediatamente: nunca m¨¢s la volver¨ªa a ver, nunca m¨¢s volver¨ªa a escuchar su voz, nunca m¨¢s volver¨ªa a verla sonre¨ªr, enojarse o llorar. Era el adi¨®s, era el final. Nunca m¨¢s, nunca la escuchar¨ªa otra vez. ¨D No hay nadie aqu¨ª, solo yo. Puedes soltarlo ahora. No dir¨¦ nada ni me burlar¨¦ de ellos. Te olvidar¨¢s de todo esto una vez que despiertes. Ahora, su¨¦ltalo. Los hombros de Candado comenzaron a temblar. Mir¨® al caj¨®n y empez¨® a llorar en silencio. Hammya no pudo observar el llanto de Candado, solo vio su espalda grande y firme, pero comparti¨® su dolor. T¨ªnbari se acerc¨® y coloc¨® su mano alrededor de su cintura. ¨D Llora, llora, suelta todo. Candado despert¨® del sue?o. Estaba a¨²n en el avi¨®n. Las luces estaban apagadas, su ventana estaba abierta y se pod¨ªan ver las estrellas, e incluso sus ojos estaban lagrimeando. ¨D Joder ¨Dsusurr¨®¨D, ?qu¨¦ pas¨®? Luego mir¨® al frente y vio a Nelson roncando y el asiento de Clementina vac¨ªo. ¨D Ay, mi cuello ¨Dse quej¨® Candado. Intent¨® mover su mano, pero algo se lo imped¨ªa. Mir¨® a su lado derecho y vio a Hammya tomando su mano mientras lloraba. Candado suspir¨®, sac¨® de su bolsillo un pa?uelo y, con absoluto cuidado, comenz¨® a limpiar sus ojos. ¨D Vaya, debes pasarla dif¨ªcil, ?eh? Luego retir¨® su mano de la suya. ¨D Genial, as¨ª est¨¢ mejor. Pero en el momento que hab¨ªa hecho eso, Hammya comenz¨® a agitarse y jadear, e incluso a llorar. Lo que llev¨® a Candado a tomar sus manos de vuelta, lo que termin¨® por calmar a Hammya. Y no solo eso, Hammya volvi¨® a aferrarse de su mano como estaba antes. ¨D Solo por hoy ¨Dluego mir¨® por la ventana¨D. En verdad, odio a los aviones. PRóFUGOS Despu¨¦s de que Candado solicitara la ayuda de sus camaradas de la O.M.G.A.B., los presidentes convocaron una reuni¨®n de naciones para abordar la cuesti¨®n de los Testigos o Pr¨®fugos. Afortunadamente, el 90% de los representantes de la organizaci¨®n Bernstein aceptaron colaborar en la captura de los asesinos, mientras que el restante 10% se neg¨® a prestar asistencia a alguien como Candado. Desde ese d¨ªa, todos los pa¨ªses de Latinoam¨¦rica, Europa, Asia, ¨¢frica y Ocean¨ªa se movilizaron por todo el mundo en busca de los fugitivos, cuyos rostros y nombres figuraban en los carteles de ?SE BUSCA! Los compa?eros de Candado se dedicaban a buscar en las afueras del pueblo sin descanso. ¨¦l sent¨ªa que estaban muy cerca y que tal vez m¨¢s de una vez se cruzaron en la calle delante de sus narices, como personas comunes y corrientes. La b¨²squeda continuaba, pero no se hallaban rastros de aquellos individuos hasta que, el 10 de abril, atacaron a un gremio en la ciudad de Villa ¨¢ngela, espec¨ªficamente el gremio de los Yacar¨¦. Afortunadamente, no hubo heridos ni muertos. Al tener conocimiento de que los fugitivos eran responsables de este ataque, Candado emiti¨® una orden a los Sem¨¢foros para controlar las fronteras del Chaco. Sin embargo, cada vez que Candado tomaba una decisi¨®n, iniciaba una medida o segu¨ªa una pista sobre su paradero, todo desaparec¨ªa sin dejar rastro. Era como si Desza jugara con Candado, buscando el placer de castigarlo en lugar de perseguir fortuna. Tras casi tres meses de los acontecimientos en la agencia tricolor, Desza y su equipo encontraron refugio en su cuartel secreto subterr¨¢neo, un peculiar veh¨ªculo que se desplazaba por las profundidades de las ciudades, un obsequio de sus benefactores Greg y Pullbarey. En esta ocasi¨®n, su transporte se estacion¨® bajo una casa abandonada, ahora en alquiler, y, por primera vez, decidieron salir para disfrutar de aire fresco. Para lograrlo, hicieron un hoyo en el jard¨ªn reci¨¦n limpiado. Desza, sin embargo, orden¨® que le trajeran nafta para el transporte, que se estaba quedando sin combustible. Joel y Dockly se adentraron en la oscuridad de la noche para conseguir el combustible necesario. Mientras tanto, los dem¨¢s esperaban ansiosos a que regresaran para continuar su viaje. La vigilancia estaba a cargo de J?rgen y Desza, quienes ocupaban una amplia y c¨®moda habitaci¨®n con un sill¨®n grande y esponjoso de color rojo, adem¨¢s de un piano de gran tama?o. J?rgen se sent¨® y comenz¨® a tocar una de las melod¨ªas de Mozart, mientras Desza se recostaba despreocupadamente en el sill¨®n. Las horas transcurr¨ªan y el equipo decidi¨® hacer una pausa en la casa: explorar el lugar, descansar, comer, lo que fuera necesario. Mientras todos se dedicaban a sus actividades, Desza, observando el reloj funcional en la pared, not¨® que ambas flechas se?alaban las 12:00 de la noche. Al percatarse de esto, una sonrisa se dibuj¨® en su rostro y dijo: ¡ªJ?rgen, dime, ?sabes qu¨¦ d¨ªa es hoy? ¡ªNo se?or, no lo s¨¦ ¡ªrespondi¨® ¨¦l, tocando el piano. Desza solt¨® una risa. ¡ªHoy es el aniversario de nuestra fuga de esos incompetentes gremialistas. J?rgen se detuvo y continu¨®. ¡ªVaya, c¨®mo corre el tiempo, se?or. Har¨ªamos una fiesta por este aniversario si no estuvi¨¦ramos siendo buscados en medio mundo. Ser¨ªa una fiesta muy buena. ¡ªRel¨¢jate, ya tendremos un momento y un lugar para celebrar. ¡ªSe?or, ?cree que es una buena idea trabajar para esos dos? No me f¨ªo de ellos. ¡ªNo te hagas drama. Pullbarey y el anciano Greg nos han prestado ayuda, as¨ª que no hay de qu¨¦ preocuparse. J?rgen se dio vuelta y lo mir¨®. ¡ª?C¨®mo puede creer a un completo desconocido? Desza se levant¨® del sill¨®n y mir¨® a J?rgen. ¡ªAmigo m¨ªo, toda persona que odie a Candado es un hermano. ¡ªSe?or, tal vez ellos son doble agentes. ¡ªTal vez, pero mientras yo no sospeche de ellos, estar¨¢ todo bien. No te preocupes, nunca har¨ªa nada que los perjudique, J?rgen. ¡ªSiento dudar de usted. ¡ªNo te preocupes, amigo. ¡ªSin embargo, somos las personas m¨¢s buscadas del planeta. ?C¨®mo haremos para seguir adelante? Casi no tenemos aliados. ¡ªEso, mi querido amigo, ya estaba previsto, y todo lo que est¨¢ pasando es parte del plan. ¡ª?Cu¨¢l podr¨ªa ser ese plan? Desza dio una peque?a risilla y se acerc¨® a J?rgen. ¡ªEl derrocamiento de Esteban Bonaparte Everett. ¡ª?Eso? Ser¨ªa imposible. ¡ª?Lo crees? ¡ªSe?or, a diferencia de los gremialistas, los Circuistas tienen una posici¨®n dura. No descansar¨¢n hasta atraparnos, y, adem¨¢s, son tan rencorosos que podr¨ªan llegar a armar una alianza con los gremios para atraparnos. ¡ªRelax, parece que el no dormir por tres largos a?os te est¨¢ afectando. ¡ª?Qu¨¦ haremos cuando los tengamos encima de nosotros? ¡ªEso no va a pasar. Esteban es odiado por los Circuitos debido a su confraternizaci¨®n con los gremiales; es algo mal visto moralmente. ¡ª?Qu¨¦ conseguiremos con esto? ¡ªMi hermano, una vez que hayamos derrocado a Esteban, el Circuito estar¨¢ bajo nuestros pies y seremos los l¨ªderes. Cuando tengamos ese poder, podremos acabar de una vez y para siempre con los Gremios. ¡ª?Funcionar¨¢? ¡ªPor supuesto. Si logramos echarlo del poder, me convertir¨¦ en su l¨ªder y comandar¨¦ sus fuerzas hacia la victoria. ¡ªPero se?or¡­ Desza comenz¨® a re¨ªrse salvajemente. ¡ª?Tanto dudas de m¨ª? ¡ªNo. ¡ªEntonces, d¨¦jamelo a m¨ª. Desza tom¨® su machete, se enfund¨® en una capa negra que cubr¨ªa su cabeza y su m¨¢scara. ¡ª?A d¨®nde se dirige, se?or? ¡ªIr¨¦ a ver a Pullbarey, y a su anciano servil. ¡ªLo acompa?o. ¡ªBien, recuerda ocultar tu rostro. J?rgen se puso de pie y tom¨® una capa id¨¦ntica a la de Desza y una m¨¢scara cl¨¢sica de un rostro triste de color dorado. Ambos salieron de la casa y caminaron por las oscuras calles de Resistencia. La presencia de los gremios se notaba en las calles, entre ellos Krauser, vestido con una gabardina marr¨®n oscura, pantalones de gala oscuros, botas negras de cuero y su sombrero que ocultaba su rostro sin cara. Recorr¨ªa las calles con dos de sus compa?eros, manos en los bolsillos. Desza y J?rgen los esquivaron y tomaron otro camino, intentaron avanzar por los techos de las casas, pero Moneda, acompa?ada por Ruth y Carolina, estaba caminando all¨ª. No solo ellos; los techos estaban minados de Sem¨¢foros con linternas. ¡ª?Por qu¨¦ hay tanto movimiento? ¡ªpregunt¨® J?rgen. Desza solt¨® una risilla. ¡ªEsto es divertido, me gustar¨ªa eliminarlos ¡ªen ese momento sac¨® su machete. Cuando hizo eso, J?rgen puso su mano en su hombro. ¡ªAlto, se?or, tenemos todav¨ªa asuntos importantes que atender primero. Desza mostr¨® desilusi¨®n en su rostro y guard¨® su machete. ¡ªQu¨¦ pena, tal vez a la pr¨®xima. En ese momento, se escucharon pasos acelerados de varias personas. Desza y J?rgen se ocultaron detr¨¢s de un edificio en construcci¨®n y vieron a Krauser exaltado. ¡ª??D¨®NDE EST¨¢N?! ¡ªMis hermanos los vieron cerca de una estaci¨®n de servicio. Krauser agarr¨® de los hombros y le grit¨® mientras mostraba parcialmente su boca mal¨¦vola. ¡ª?D¨®nde? Habla de una vez, Maidana. ¡ªLos vieron en la estaci¨®n de servicio de YPF cerca de aqu¨ª. Krauser lo solt¨® y volte¨®. ¡ªLeen, avisa a los que est¨¢n patrullando en esa zona, quiero que registren toda la cuadra. Despu¨¦s de decir eso, Krauser y los dem¨¢s corrieron en direcciones diferentes. Cuando se alejaron, Desza y J?rgen salieron de su escondite. ¡ªParece que nuestro equipo est¨¢ en peligro. ¡ª?Qu¨¦ hacemos, se?or? ¡ªIremos a salvar sus traseros. Perd¨ª a muchos reclutas en aquel asalto. No voy a dejar que los eliminen. Necesito los ojos certeros de Dockly y las habilidades de robo de Joel. ¡ªBien, cortemos camino y busqu¨¦moslos. Desza y J?rgen tomaron un callej¨®n en la zona y corrieron por ¨¦l, manteni¨¦ndose distanciados de sus captores. En su ruta, tuvieron que destruir los enormes faros de luz para distraer a los enemigos. Una vez que estos se dirig¨ªan hacia los faros da?ados para averiguar qu¨¦ estaba sucediendo, Desza y J?rgen aprovechaban para alejarse a¨²n m¨¢s. ¡ª?Qu¨¦ ha ocurrido? ¡ªpregunt¨® Krauser. ¡ªParece que alguien o algo cort¨® estos postes ¡ªdijo David. Krauser pas¨® sus dedos por la zona del corte, luego mir¨® a sus compa?eros. ¡ªRegistren toda esta zona, est¨¢n cerca. Desza se re¨ªa de la situaci¨®n. A pesar de que casi los atrapan por tal conducta, su machete pod¨ªa cortar cualquier cosa, incluido el acero. En estos ¨²ltimos meses, Desza estaba m¨¢s hist¨¦rico que nunca. Jam¨¢s en la vida su machete hab¨ªa sido detenido por algo, y desde el ¨²ltimo enfrentamiento con Candado, pudo ver que su machete se hab¨ªa trabado en el hueso de su rival. Desde entonces, lo afila m¨¢s seguido y lo utiliza para cortar lo m¨¢s duro que pueda encontrar. As¨ª, ¨¦l demostrar¨ªa ser capaz de degollar a Candado. Pasearon por todas las calles de la oscura Resistencia y no pudieron encontrar a Dockly y a Joel. Pero cuando todo parec¨ªa perdido, pudieron escuchar ruidos de una lucha cercana. ¡ªSe?or¡­ ¡ªS¨ª, lo s¨¦ ¡ªinterrumpi¨®. Desza sac¨® su machete e hizo una se?a a J?rgen para que lo siguiera. Justo al doblar la esquina, pudieron ver a Joel y a Dockly peleando con cinco sujetos (Maldonado, Caba?a, Frederick Fliipoff, Rozkiewicz y Addel) que parec¨ªan estar acorralados. Joel lanzaba sus agujas contra Frederick y Caba?a, pero ellos eran muy astutos y r¨¢pidos. ¡ªRatas, perdedores ¡ªdijo Frederick mientras se desvanec¨ªa delante de sus ojos. ¡ªCaba?a, at¨¢calos de frente y yo por su defensa. ¡ªA la orden. Caba?a corri¨® hacia ¨¦l a una velocidad incre¨ªble y salt¨® hacia Joel. Este se dio cuenta y le lanz¨® agujas, pero Caba?a, h¨¢bilmente, corri¨® en el aire y tom¨® sus hilos. ¡ªNeutralizado. Addel y Frederick aparecieron detr¨¢s de ¨¦l y lo atacaron, pero antes de llegar a Joel, Dockly cubri¨® su espalda y los dispar¨® con su rifle Winchester de oro, provocando que estos lo esquivaran. ¡ªGracias, viejo. ¡ªDe nada ¡ªdijo Dockly mientras recargaba. ¡ªHora de jugar. Maldonado logr¨® desarmarlo con una patada. ¡ª?Alto! Quedan arrestados por ser fieles a una organizaci¨®n prohibida de los Circuitos. ¡ªMe chupa un huevo. Luego, Dockly sac¨® una pistola de su cinto y le dispar¨®, pero afortunadamente, Maldonado sali¨® ileso. En ese momento, J?rgen y Desza saltaron a la escena para ayudar a sus compa?eros. ¡ª?T¨²! ¡ªgrit¨® Rozkiewicz. ¡ªSoy Desza, el profanador, y me inclino ante su valent¨ªa al enfrentarse a m¨ª y a mis subordinados. En ese instante, Rozkiewicz, lleno de ira y amargura al volver a ver aquel rostro que estuvo presente en la masacre de sus hermanos, cerr¨® sus manos con fuerza y se dio un golpe en la insignia de Sem¨¢foro que ten¨ªa en el hombro, y peg¨® un grito. ¡ª?ATENCI¨®N A TODAS LAS UNIDADES! ?DESZA EST¨¢ AQU¨ª! ?DESZA EST¨¢ AQU¨ª! ?VENGAN R¨¢PIDO! El mensaje lleg¨® a todos los que estaban patrullando la zona, ni?os, adolescentes y adultos. Incluso Krauser lo escuch¨®. ¡ªDesza, malnacido, me asegurar¨¦ de que no vuelvas a preocuparte del ma?ana, porque para ti no habr¨¢ un ma?ana. Dichas estas palabras, Krauser corri¨® hasta donde estaban peleando sus camaradas. Mientras que Desza y su equipo present¨ªan que estar¨ªan acorralados si no hac¨ªan algo y pronto. ¡ª?Qu¨¦ hacemos, jefe? ¡ªpregunt¨® Dockly. ¡ª?Qu¨¦? ?Qu¨¦ hacemos? F¨¢cil, voy a jugar un rato con ellos. Estar sin hacer nada estos ¨²ltimos tres meses fue un infierno. Ustedes corran y vayan a reunirse con Pullbarey. ¡ªNo, se?or, pelearemos juntos ¡ªdijo J?rgen. ¡ªBien, hagan lo que quieran. Una vez que el equipo decidi¨® pelear al lado de su jefe, esperaron. Frederick fue el primero en atacar; su fuerza era incre¨ªble, sin embargo, no pod¨ªa contra los dedos r¨¢pidos de Dockly. Trepado en las paredes con un equipo especial, los atacaba con sus armas, dispar¨¢ndolos y recargando como un profesional. ¡ªYo me encargo del mono, ustedes de ellos ¡ªdijo Frederick. Todos asintieron y fueron con los tres que estaban a sus pies. Caba?a arremeti¨® contra Joel, pero no le iba a enga?ar dos veces. Se acerc¨® a ¨¦l y se dieron pu?etazos limpios. La defensa de Joel era magn¨ªfica; deten¨ªa y devolv¨ªa golpes, mientras que Caba?a usaba su ingenio y su velocidad para cansarlo. Sin embargo, la velocidad bast¨® con lastimarlo severamente, dej¨¢ndolo casi fuera de combate, pero aun as¨ª, segu¨ªa peleando. Addel fue a atacar a J?rgen, quien pacientemente esperaba a que ¨¦l viniera solo hacia ¨¦l. Pero como Addel aparec¨ªa y desaparec¨ªa del lugar, hac¨ªa imposible atacar a alguien como ¨¦l. J?rgen utilizaba su velocidad para atacarlo, lo encerraba dentro de su torbellino veloz y lo atacaba. Rozkiewicz y Maldonado quer¨ªan la cabeza de Desza, as¨ª que decidieron cooperar para poder derrotarlo. Rozkiewicz tuvo que reservarse el uso de su metamorfosis, ya que la zona no era la adecuada, as¨ª que tuvo que utilizar sus poderes normales como la energ¨ªa cu¨¢ntica (cosas como portales y eso). Traspasaba una pared y aparec¨ªa del otro lado. Maldonado lo atacaba con sus habilidades de artes marciales, defensa y ataque. Pero de nada serv¨ªa, Desza era un experto. Mientras mov¨ªa ese peligroso machete, Rozkiewicz peleaba desde lejos y se limitaba para atacarlo de cerca, mientras que Maldonado daba patadas y pu?etazos. Desza lo deten¨ªa con su machete y con sus brazos. Frederick, utilizando su velocidad, atacaba a Dockly mientras este disparaba con una Eagle grande que sal¨ªa de su manga. Disparaba y disparaba, pero Frederick zigzagueaba las balas de la pistola. Cuando estuvo cerca, sac¨® una espada y se dispuso a cortarle el torso. Dockly se inclin¨® y rod¨® r¨¢pidamente hacia adelante, luego se puso de pie y sac¨® nuevamente su Winchester y empez¨® a dispararle, nuevamente. Pero Frederick se tir¨® del edificio y chifl¨®, y de la oscuridad, llegaron perros callejeros que saltaron y lo ayudaron a ponerse de pie. En ese momento, Dockly corri¨® hacia ¨¦l y vio algunas luces dirigi¨¦ndose hacia ellos.The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. ¡ªNo puede ser, ya est¨¢n aqu¨ª. Luego, volte¨® y vio a sus camaradas a¨²n peleando. Mientras Rozkiewicz luchaba con su oponente, pudo sentir la energ¨ªa de sus refuerzos cerca y, mostrando una sonrisa, dio golpes a Desza. Si bien no le afectaban, provoc¨® que se alejara lo suficiente. Luego, cuando ya estaba lejos de ¨¦l, sac¨® una bengala de su ropa y dispar¨® al cielo. Dockly no lleg¨® a dispararle para evitar que hiciera eso. Una vez que la luz ilumin¨® el cielo nocturno, Krauser y los dem¨¢s se apresuraron en llegar, sobretodo ¨¦l, quien usando sus tent¨¢culos lleg¨® m¨¢s r¨¢pido debido a los edificios y casas que hab¨ªa ah¨ª. Cuando pudo visualizar a la persona que le hab¨ªa hecho da?o, fue con todas sus fuerzas y se lanz¨® a ¨¦l con una ira indescriptible. Si bien no ten¨ªa rostro, la furia marcaba los huesos de su cara, las cuencas de sus ojos y nariz, que eran casi visibles. Aterriz¨® en medio del campo, interrumpiendo la pelea entre Maldonado y Rozkiewicz contra Desza. Luego, se puso de pie y mir¨® a aquel rubio y bien peinado. ¡ªVas a pagar con tu vida las muertes que causaste, asquerosa y repugnante cucaracha humana. Desza se ri¨® del insulto que recibi¨® de Krauser. ¡ªVaya, Reinhold Krauser, veo que est¨¢s muy formal para esta noche. ?Acaso tienes una cita hoy? ¡ªS¨ª, tengo una cita con tu funeral. En ese instante, sac¨® de su espalda un malet¨ªn, lo abri¨® y sac¨® un viol¨ªn. Desza qued¨® totalmente sorprendido. Fue a toda velocidad hacia ¨¦l, pero no pudo. Krauser empez¨® a tocar su viol¨ªn, paraliz¨¢ndolo a ¨¦l y a todos los que estaban alrededor, incluyendo a sus amigos. ¡ªSentid la ira de los ca¨ªdos, malditos bastardos. ¡ªCreo que subestim¨¦ demasiado a estas est¨²pidas criaturas ¡ªdijo Desza mientras trataba de salir de aquella par¨¢lisis. Krauser sac¨® de sus bolsillos orejeras gracias a sus tent¨¢culos y se las coloc¨® a cada uno de sus amigos. Una vez que las ten¨ªan puestas, pudieron moverse. Y, con un micr¨®fono prominente, dijo: ¡ªEscuchen, quiero que los noqueen, as¨ª podremos llev¨¢rnoslos. Todos aceptaron y decidieron ir tras ¨¦l, y cuando estaban lo suficientemente cerca, Desza mostr¨® una sonrisa y meti¨® su mano, con dificultad, en su bolsillo. Luego, los mir¨® a todos y dijo. ¡ªFue muy divertido, pero tengo que irme. Luego, sac¨® un frasco con un l¨ªquido rosado y se lo bebi¨®. Despu¨¦s, por razones extra?as, pudo moverse diez veces m¨¢s r¨¢pido que antes. Fue hasta Krauser e incrust¨® su machete en su pecho, escupiendo sangre sobre el rostro de Desza mientras este manten¨ªa una sonrisa. Luego, lo empuj¨® hacia sus compa?eros y dio una orden con su pu?o levantado de que lo siguieran, mientras corr¨ªa y se alejaba del lugar, con sus lacayos sigui¨¦ndolos, exceptuando a J?rgen, quien a¨²n estaba peleando con Addel. Krauser qued¨® tirado en el suelo escupiendo sangre, mientras que los dem¨¢s trataban de parar el sangrado. Krauser se puso de pie, empujando a Rozkiewicz y a Frederick. ¡ªSalgan de mi camino, Desza est¨¢ escapando. Luego, se quit¨® la gabardina, el sombrero y se lo tir¨® a Caba?a. ¡ªNo te escapar¨¢s tan f¨¢cilmente. La herida de Krauser se cerr¨® mientras mostraba un humo rojo; no solo eso, sus ropas tambi¨¦n se arreglaron por s¨ª solas. ¡ª?Qu¨¦ piensas hacer? ¡ªpregunt¨® Caba?a sorprendido. Krauser respondi¨® mostrando sus tent¨¢culos de su espalda, y sin mirarlo dijo. ¡ªIr¨¦ a hacer justicia. Dichas esas palabras, Krauser comenz¨® a ir tras ¨¦l, elev¨¢ndose en el cielo por sus tent¨¢culos y corriendo, dejando unos agujeros en el suelo. ¡ª?Qu¨¦ hacemos ahora? ¡ªpregunt¨® Maldonado. ¡ªYo tambi¨¦n tengo cuentas pendientes con Desza, y no pienso perder ante ¨¦l. ¡ª?Yo qu¨¦ hago? ¡ªpregunt¨® Caba?a. ¡ªLlama a los refuerzos y diles que busquen por toda la ciudad. Si est¨¢n aqu¨ª, significa que su refugio est¨¢ cerca. ¡ªA la orden. Luego, Caba?a se fue a toda velocidad con su poder, para avisar a los dem¨¢s de recorrer y buscar su refugio, dejando a Rozkiewicz y a Maldonado solos. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª, Borrador? Maldonado se arremang¨® las mangas y dijo. ¡ªDesza se uni¨® a los Circuitos un tiempo, pero luego nos abandon¨® y reedific¨® algo que est¨¢ prohibido. Los asuntos que tenga con ustedes es su problema. Desza tiene que pagar por violar una de nuestras leyes. ¡ª?Qu¨¦ hay del humoso? ¡ª¨¦l estar¨¢ bien, sabe cuidarse solo. Yo, por otro lado, tengo que atraparlo. Luego de decir eso, Maldonado se ech¨® a correr siguiendo las pisadas de Krauser. ¡ªEntonces ser¨¢ una carrera ¡ªdijo mientras corr¨ªa tras de ¨¦l. Cuando todos se fueron, en el techo de un edificio, estaban J?rgen y Addel peleando. A pesar de que este ¨²ltimo ten¨ªa todo a su favor para ganar, su enemigo se la estaba poniendo dif¨ªcil. No pod¨ªa agarrarlo; los poderes de Metal de J?rgen anulaban de alguna forma su agarre hacia ¨¦l. Pero no solo eso, J?rgen era la primera persona que lo pod¨ªa golpear. Era la primera vez que ten¨ªa a un oponente que le pon¨ªa las cosas dif¨ªciles en cada momento. ¡ªEres bueno, para ser un Testigo. J?rgen, con una expresi¨®n seria y fr¨ªa, contest¨®. ¡ªEres la persona con la cual Jane pele¨®. Me dijo que esos polvos te matar¨ªan, veo que se equivoc¨®. ¡ªOh, veo que tienes conexi¨®n con ellos. ¡ªSon mi familia ¡ªluego se lanz¨® hacia ¨¦l y le dio pu?etazos en la cara, mientras que este se cubr¨ªa con sus brazos. Cuando se le pon¨ªa dif¨ªcil, bajaba en el pecho y finalizaba con una patada en la cintura, empuj¨¢ndolo a la derecha. Luego, transform¨® su mano izquierda en una espada y corri¨® hacia ¨¦l. Addel se puso de pie, lo tom¨® del cuello y lo estampill¨® contra el suelo, agriet¨¢ndolo. J?rgen arremeti¨® con una patada en el pecho a Addel, empuj¨¢ndolo. Despu¨¦s, peg¨® un salto y le dio treinta pu?etazos en tan solo dos segundos en el pecho. Luego tom¨® el pie de Addel y lo hizo girar sobre su eje, lanz¨¢ndolo hacia el suelo. Sin embargo, su cuerpo se evapor¨® ni bien toc¨® el suelo. J?rgen aterriz¨® en el suelo y continu¨® con el combate. A lo lejos, pod¨ªa notar que se alejaba un grupo de personas con linternas. J?rgen cort¨® un poste de luz con su mano izquierda convertida en una espada, lo tom¨® y golpe¨® a Addel, pero no logr¨® hacerle da?o. Luego, salt¨® y cort¨® los cables de alta tensi¨®n que hab¨ªa sobre su cabeza, dejando sin luz toda la cuadra. Aprovechando la oscuridad, J?rgen dio todo lo que ten¨ªa contra Addel, pero este todav¨ªa pod¨ªa luchar. No solo eso, pod¨ªa ver en la oscuridad. ¡ª?Es todo lo que tienes? ¡ªpregunt¨® Addel mientras deten¨ªa sus golpes. ¡ªNo, todav¨ªa no. En ese segundo, los ojos de J?rgen brillaron de un color azul, y no solo eso, peque?as fragmentaciones de ra¨ªz de sus brazos comenzaron a brillar. En ese momento, J?rgen empez¨® a dar todo lo que ten¨ªa. Con su rostro inexpresivo, comenz¨® a dar un torbellino de golpes. Addel, aprovechando la situaci¨®n, se convirti¨® en un grumo y vol¨® por los aires, solo para convertirse en una especie de nube que termin¨® encerr¨¢ndolo y atrap¨¢ndolo. J?rgen taladr¨® el suelo y sali¨® del otro extremo. Luego volte¨® y le dio una patada en la cara, haci¨¦ndolo caer al suelo. ¡ªMe gustar¨ªa terminar este encuentro, pero tengo que ayudar a mi se?or. Luego, J?rgen comenz¨® a correr por los aires, dejando a Addel estampillado en el suelo, acostado y viendo su sombrero sucio al lado de ¨¦l. ¡ªVaya, que fuerte, J?rgen Czacki ¡ªsonri¨®¡ª. Qu¨¦ personaje m¨¢s duro. Luego comenz¨® a re¨ªrse mientras se pon¨ªa de pie, tom¨® su sombrero, lo sacudi¨®, se lo coloc¨® en su cabeza humosa de color blanco y dijo. ¡ªEs fuerte, pero no me rendir¨¦. Luego peg¨® un salto y empez¨® a seguirlo. Por otra parte, Desza y los dem¨¢s estaban corriendo y escapando de Krauser, quien les estaba pisando los talones. ¡ªDejamos a J?rgen atr¨¢s ¡ªdijo Joel. ¡ªDescuida, Czacki sabe cuidarse solo ¡ªdijo Dockly mientras cargaba su rifle. ¡ªTiene raz¨®n, estar¨¢ bien ¡ªdijo Desza. Luego, las luces empezaron a cortarse, el camino se hab¨ªa invadido por la oscuridad total. Las calles estaban vac¨ªas; no hab¨ªa ning¨²n alma en ese lugar, m¨¢s que ellos y sus perseguidores. ¡ª?DESZAAAAAA! Grit¨® Krauser. ¡ªOh no, ese maldito no muri¨®. ¡ªNada lo mata, mi querido Joel ¡ªdijo Desza con una sonrisa. ¡ª?Qu¨¦ hacemos? ¡ªpregunt¨® Dockly mientras disparaba a sus espaldas. ¡ªHay que perderlos de alguna forma y reunirse con Pullbarey. Las pisadas de Krauser se segu¨ªan sintiendo cada vez m¨¢s cerca, hasta el punto de poder ver su figura mal¨¦fica en la oscuridad. Dockly carg¨® de nuevo su w¨ªnchester y comenz¨® a dispararle, pero las balas no le hac¨ªan da?o. ¡ª?DESZA! ?ES HORA DE QUE MUERAS! Este, soltando carcajadas, le contest¨®. ¡ª?LO SIENTO, PERO PLANEO VIVIR MUCHO TIEMPO! Despu¨¦s de eso, se detuvo, volte¨® y corri¨® hacia donde ven¨ªa Krauser, dejando confundidos a Dockly y a Joel. Desza, con su risa psic¨®pata y su machete ensangrentado (producto de la herida que le hab¨ªa hecho a Krauser), y peligrosamente afilado, corri¨® hacia los tent¨¢culos de Krauser, mientras este desfiguraba su rostro blanco y lo convert¨ªa en una horrenda boca inhumanamente grande, cubr¨ªa la cobertura de toda su cara, mostrando unos afilados dientes con una lengua larga y negra, unos agujeros en la parte de los ojos, dejando al descubierto sus cuencas oscuras, desprendi¨¦ndose de la piel, como cuando se estira un tejido hasta romperlo, y con un grito desgarrador. Dockly y Joel estaban aterrados de ver a semejante monstruo, pero Desza no mostr¨® miedo ni titubeo cuando fue hacia esa abominable criatura. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, comenz¨® a cortar los tent¨¢culos de Krauser, y este, notando su plan, baj¨® y mostrando su rostro monstruoso comenz¨® el segundo combate entre estos dos, la ira de Krauser contra la mente psic¨®pata de Desza. Luchando hasta que alguien de los dos pierda la vida. ¡ª?Qu¨¦ sucede, Krauser? ?Haciendo berrinches? ¡ª?TE ARRANCAR¨¦ LA PIEL Y ME COMER¨¦ TODOS TUS ¨®RGANOS!¡ªgrit¨® Krauser con una voz terriblemente deformada y monstruosa. Desza sonri¨® y comenz¨® a balancearse hacia ¨¦l con su machete. Krauser se limitaba a esquivarlo; aun le dol¨ªa la herida que le hab¨ªa hecho, sin embargo, eso no lo deten¨ªa a seguir peleando, mientras que Desza cortaba los tent¨¢culos que se le acercaban, Krauser estaba demasiado furioso como para sentir dolor por las p¨¦rdidas de sus extremidades. Hasta que en un punto, Desza subi¨® sobre un auto estacionado que hab¨ªa all¨ª y salt¨® hacia ¨¦l. Pero esta vez, cort¨® su cabeza lado a lado, como si fuera una flor que se abre. Esto no acab¨® con su vida, segu¨ªa vivo, y mientras golpeaba a Desza, se regeneraba por s¨ª solo hasta tener ambas partes de su cabeza unidas nuevamente. ¡ª?Crees que algo como eso va a matarme? ¡ªNo, pero quiero ver hasta d¨®nde puedes regenerarte. Krauser envolvi¨® a Desza con uno de sus tent¨¢culos en su cintura y lo estampill¨® contra un muro. Sus amigos, horrorizados al ver a su poderoso jefe derrotado, corrieron a ayudarlo. Dockly recarg¨® su arma y le dispar¨® en la cabeza, mientras que Joel saltaba tirando sus agujas contra ¨¦l. ¡ª?EST¨²PIDOS! ¨Cgrit¨® Krauser. Pero antes de poder hacer algo contra ellos, Desza sali¨® disparado de los escombros, ensangrentado y con una sonrisa, salt¨® hacia ¨¦l. ¡ª?¨¦L ES M¨ªO!¡ªgrit¨® Desza. Luego comenz¨® a hacerle terribles cortes en su cuerpo, hasta que termin¨® cortando una de sus piernas. ¡ª?JOEL, DOCKLY! ?AHORA! Cuando ambos escucharon la orden de su l¨ªder, corrieron con todas sus fuerzas. Luego volaron por los aires, para despu¨¦s atacarlo por separado. Dockly dispar¨® en su cabeza con su rifle, mientras que Joel lo ataba con sus hilos a los postes de luz que hab¨ªa en el lugar. Pero aun as¨ª, Krauser, sin cabeza y atado, segu¨ªa luchando. Dio una patada en el pecho a Dockly, haciendo que este chocara con un auto y sonara la alarma. Luego, de las sombras, salieron Rozkiewicz y Maldonado. ¡ªLa ayuda ha llegado¡ªdijo Maldonado. Dockly los apunt¨® con su rifle y empez¨® a dispararles. Desza tom¨® la mano de Joel y lo lanz¨® al techo, y una vez ah¨ª, tir¨® sus hilos a sus compa?eros. Estos lo tomaron y empezaron a escalar los muros. ¡ªSe est¨¢n escapando. ¡ªOlv¨ªdate de ellos, Maldonado, hay que ayudar a Krauser. Maldonado vacil¨® y mir¨® a ambos lados, pero decidi¨® ayudar a Krauser. Cort¨® los hilos a los que ¨¦l estaba amarrado y cay¨® en los brazos de Rozkiewicz. ¡ªManiqu¨ª, eso fue est¨²pido, pelear si nuestra ayuda. ¡ªD¨¦jenme, se est¨¢ escapando, vayan tras ¨¦l ¡ªdec¨ªa Krauser mientras su rostro se recuperaba. Se pod¨ªa ver por donde hablaba, parec¨ªa como si tuviera dos bocas, una para hablar y otra para intimidar. ¡ªMierda, esto duele y mucho ¡ªdijo Krauser mientras volv¨ªa su voz y su rostro a la normalidad. ¡ªDios santo, seguro ya est¨¢n lejos ¡ªdijo mientras pon¨ªa el brazo de Krauser detr¨¢s de su cuello. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªSomos enemigos, pero no soy de esas personas que abandonar¨ªan al enemigo en su miseria, la noche es joven, todav¨ªa colaboramos. ¡ªImb¨¦ciles ¡ªdijo Krauser antes de perder el conocimiento. ¡ªYa, ya, maniqu¨ª ¡ªdijo mientras le daba palmadas en la espalda¡ª hay que llevarlo de nuevo a la agencia, menos mal que Joaqu¨ªn no est¨¢ aqu¨ª, de seguro me arrancar¨ªa los pulmones. ¡ª?D¨®nde estar¨¢ J?rgen? ¡ªRel¨¢jate Dockly, estar¨¢ bien, seguro que en estos momentos est¨¢ viniendo detr¨¢s o, a lo mejor, ya se reuni¨® con Pullbarey. ¡ª?A caso sabe d¨®nde es?¡ªpregunt¨® Joel. ¡ªOh, se me olvid¨®, mejor descarta esa ¨²ltima parte. ¡ªEspero que no le haya ocurrido nada¡ªdijo Joel preocupadamente. En ese momento, una figura extra?a que estaba corriendo por los aires, siendo Joel el ¨²nico que pudo verlo ya que estaba mirando el cielo, Dockly y Desza no se hab¨ªan percatado todav¨ªa. ¡ª?AH¨ª! ?MIREN! Ambos levantaron la cabeza mientras corr¨ªan. ¡ªLa entrada triunfal de J?rgen Czacki¡ªdijo Desza con una sonrisa de orgullo. ¡ª?SE?OR!¡ªgrit¨® J?rgen cuando pudo ver a sus compa?eros. Y una vez que los pudo distinguir baj¨® de los aires para correr al lado de sus camaradas. ¡ª?D¨®nde te metiste?¡ªpregunt¨® Joel. ¡ª?Preocupados?¡ªpregunt¨® en un tono serio. ¡ªAnda ?Qui¨¦n se va preocupar por vos? Dockly hizo una mueca y se ri¨® de lo que dijo Joel. ¡ª?Qu¨¦? ?Tenes que decir algo acaso? ¡ªYa apaguen sus motores, todav¨ªa tenemos que llegar al lugar del encuentro as¨ª que guarden sus disputas para despu¨¦s. ¡ªSe?or, ?Cu¨¢l es el motivo de ir a ese lugar? ¡ªEs sencillo, quiero tener un poco m¨¢s de informaci¨®n, la ¨²ltima vez que lo vi fue cuando le entregamos los documentos de Harambee. ¡ªMe gustar¨ªa saber qu¨¦ se proponen. ¡ªTodo ser¨¢ revelado a su debido tiempo J?rgen, as¨ª que ten paciencia. ¡ªEso espero se?or, eso espero. Aunque todo segu¨ªa siendo dudoso para J?rgen, ¨¦l segu¨ªa siendo fiel a su amigo, de hecho ¨¦l era ¨²nico a quien consideraba un amigo, pero siempre ten¨ªa sus dudas de c¨®mo seguir el camino que hab¨ªa elegido, ya ten¨ªa las manos manchadas de sangre, no hab¨ªa vuelta atr¨¢s. Era consciente de que Desza no era una buena persona, de hecho, su sanidad mental estaba por los suelos, sin embargo, nunca lo abandon¨®. Pasaron las horas de la noche y cada vez que intentaban alejarse de sus captores, chocaban con otra l¨ªnea de Sem¨¢foros, a cada paso y a cada segundo, los n¨²meros de sus enemigos crec¨ªan y tambi¨¦n crec¨ªa el nivel de alerta en las calles. Casi no hab¨ªa un lugar donde correr o donde esconderse. Las actividades de los Sem¨¢foros estaban esparcidas por todos lados, pero con su agilidad y su impetuoso silencio, hac¨ªa que cada vez se les hiciera mucho m¨¢s f¨¢cil eludirlos, aunque tuvieron m¨¢s de una vez dificultades con uno de ellos, ya que algunos eran demasiado observadores para burlarlos. Pero las cosas finalizaron cuando llegaron a las afueras de Resistencia. En lo m¨¢s profundo del bosque, encontraron una mansi¨®n. Desza, armado con su machete, empez¨® a cortar y cortar hasta encontrar la entrada de la casa. J?rgen toc¨® la puerta, y esta inmediatamente se abri¨®, pero no hab¨ªa nadie en su interior, o eso pensaban ellos, ya que se escuch¨® una voz id¨¦ntica a la de Desza, s¨®lo que esta era m¨¢s grave y agria. ¡ªAdelante por favor, no sean t¨ªmidos ¡ªdijo la misteriosa voz. J?rgen y Dockly sospecharon con respecto a entrar a esa casa, pero Desza y Joel decidieron entrar como si fuera su propia casa. ¡ªVamos, no se queden afuera solo por esa paranoia suya, entren. J?rgen y Dockly se miraron entre s¨ª; este ¨²ltimo se encogi¨® de hombros y entr¨®, mientras que J?rgen lo segu¨ªa sin dejar de mirar atr¨¢s de ¨¦l. Sin embargo, cuando todo su cuerpo entr¨® en la casa, la puerta se cerr¨® con un estruendo fuerte. ¡ªNo me agrada este lugar ¡ªdijo J?rgen mientras miraba la puerta. ¡ªDeja de quejarte ¡ªdijo Desza de forma burlona. J?rgen se alej¨® de la puerta y decidi¨® seguir a los dem¨¢s. Al principio, no sab¨ªan exactamente a d¨®nde ir. El lugar era tan grande que resultaba dif¨ªcil localizarlos. Optaron por guiarse por la ¨²nica luz que proven¨ªa de una sala, adentr¨¢ndose en ella. Al entrar, descubrieron una habitaci¨®n enorme con una gran ventana, miles y miles de libros alrededor, suelo de alfombra negra y un techo de madera. Sin embargo, la atenci¨®n de ellos se centr¨® en un muchacho con m¨¢scara de metal, sentado en un elegante sill¨®n, leyendo un libro. Estaba acompa?ado por un anciano bien vestido, con traje y corbata, un mostacho prolijamente cortado que cubr¨ªa sus labios, una cicatriz en la frente y un peinado elegante. ¡ªBuenas noches, caballeros ¡ªdijo Pullbarey sin mirarlos. Desza camin¨® hacia ¨¦l, se arrodill¨®, cerr¨® sus ojos y mostrando una sonrisa dijo: ¡ªSaludos, se?or. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢n en mi casa a estas horas? ¡ªVer¨¢, se?or, quisiera saber algo. No pod¨ªa mandarle una carta o un correo electr¨®nico; quer¨ªa escucharlo de sus propios labios ¡ªluego abri¨® su ojo izquierdo¡ª si es que tiene uno. Pullbarey apart¨® la vista del libro y lo mir¨® fijamente. ¡ªOh, eres un ser humano muy interesante. ¡ªY usted un anfitri¨®n muy interesante ¡ªdijo Desza mientras se pon¨ªa de pie. ¡ª?Qu¨¦ quieres saber? ¡ªpregunt¨® Pullbarey mientras cerraba su libro. ¡ªAnteriormente me dijo que usted hab¨ªa hechizado a Candado, ?correcto? ¡ªCorrecto, as¨ª fue. ¡ª?Cu¨¢l es su odio, concretamente, hacia Candado? Pullbarey llev¨® su dedo ¨ªndice hacia la boca de la m¨¢scara. ¡ªInteresante, nunca pens¨¦ que me har¨ªas esta pregunta. Sin embargo, quiero que me digas tu primero. ¡ªMi odio hacia ¨¦l es consecuencia de haberme arrebatado algo muy importante para mi, mis poderes. ¡ªGenial, la verdad, no sab¨ªa que Candado ten¨ªa esa capacidad, pero como promet¨ª, te lo voy a contar. Pullbarey hizo una se?a a Greg con la mano; este, entendiendo lo que quer¨ªa decir, se dirigi¨® hasta la ventana y cerr¨® las cortinas, luego volvi¨® a su lado. ¡ªVer¨¢, yo no soy de este planeta. ¡ª?Bromea verdad? ¡ªpregunt¨® Dockly. ¡ªSilencio, mocoso. Pullbarey mir¨® a Greg y dijo. ¡ªTranquilo, es normal que seres como ustedes piensen algo as¨ª ¡ªluego mir¨® a Desza¡ª. ?Nunca se preguntaron? ?Por qu¨¦ tienen poderes? ?O por qu¨¦ son capaces de hacer todo lo que hacen? ¡ªLa verdad, todo el mundo dice que fue a causa de ese meteorito ¡ªdijo J?rgen. ¡ª?Pero qui¨¦n lo trajo? Todos quedaron callados al escuchar la pregunta, no hab¨ªa forma de responder a algo as¨ª. ¡ªExacto, todos los seres vivientes de este mundo se quedaron con la idea de que esta piedra les dio todos los poderes que ustedes tienen ahora. ¡ª?Por qu¨¦ vino a la Tierra? ?Por qu¨¦ nosotros? ¡ªpregunt¨® Dockly. ¡ª?Ustedes? ¡ªPullbarey se ri¨® de la pregunta, como si fuera una tonta, y luego continu¨®¡ª. No, fue un accidente, de hecho, ese acontecimiento nunca debi¨® pasar. Ver¨¢n humanos, yo mat¨¦ al l¨ªder de mi planeta y planeaba acabar con una resistencia que se llama Roob¨®leo, pero la suerte no estuvo de mi lado, y cuando se enteraron de lo que se avecinaba, tomaron los poderes del dios Keplant y los guardaron en una nave, la cual lanzaron al exterior, para mantenerlos lejos de m¨ª. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Joel. ¡ªQuer¨ªa acabar con la maldita guerra de mi planeta, sin mencionar que quer¨ªa vengarme de los Baris por lo que hicieron, pero fui traicionado por las personas que yo m¨¢s quer¨ªa. As¨ª que me encargu¨¦ de liquidarlos uno por uno. En este momento, mientras yo estoy hablando, est¨¢ habiendo una guerra feroz en mi planeta, estoy en mi palacio durmiendo, pero mi mente est¨¢ aqu¨ª, de modo que si muero, mi mente estar¨¢ a salvo y podr¨¢ volver a mi cuerpo original. ¡ª?Por qu¨¦ lleg¨® a este planeta? ¡ªpregunt¨® J?rgen. ¡ªLlegu¨¦ aqu¨ª para buscar lo que me pertenece, pero cuando yo hab¨ªa llegado, era tarde; la m¨¢quina se destruy¨® y los poderes del dios Keplant cayeron en las manos de ustedes. Sin embargo, solo uno de los millones de humanos que habitan en esta peque?a roca tiene los poderes del dios Keplant. Y ese es Candado. Vine aqu¨ª para reclamar lo que me pertenece. ¡ª?Para qu¨¦ lo quiere? ¡ªpregunt¨® Desza. ¡ªPara acabar con mis enemigos de mi planeta y ser el verdadero amo de mi hogar; solo yo puedo ayudar a mi pueblo. Desza se puso de pie y aplaudi¨®. ¡ªBravo, esa clase de compromiso me encanta, y prometo ayudarle a acabar con ese maldito obst¨¢culo. ¡ªEres muy raro humano. ¡ªDime, hace tiempo hablaste de un Bari, ?qu¨¦ es eso? ¡ªpregunt¨® J?rgen. ¡ªSon como yo, solo que son m¨¢s dif¨ªciles de atacar y de precisar. ¡ª?Cu¨¢ntos son? ¡ªpregunt¨® Joel. ¡ªJe, la verdad, en mi planeta son mis m¨¢s grandes enemigos, pero aqu¨ª, solo son 43. ¡ªVaya, pens¨¦ que ser¨ªan m¨¢s ¡ªdijo Desza desilusionado. ¡ªRecuerden que ellos solo son esp¨ªas, nada m¨¢s. Vigilan la vida de los humanos y la comparan con nuestra vida, aunque estoy seguro de que muchos son aliados de los humanos. ¡ª?Candado tiene uno? ¡ªpregunt¨® Desza. ¡ªClaro, su nombre es T¨ªnbari. ¨¦l y yo somos grandes enemigos. Me gustar¨ªa acabar con su vida por atreverse a interrumpirme, estaba tan cerca en ese momento¡ªmir¨® sus manos un momento, luego los mir¨® a todos¡ª. En fin, eso es todo, gracias por visitarme. ¡ªHa sido un honor ¡ªluego mir¨® a sus compa?eros y continu¨®¡ª. Bien, camaradas, es hora de irnos a casa. Cuando Desza y todos se dispon¨ªan a irse de la habitaci¨®n, J?rgen se detuvo a medio camino. Luego volte¨® y mir¨® a Pullbarey. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® Desza. J?rgen no le escuch¨® y mantuvo su mirada en Pullbarey. ¡ªTengo una ¨²ltima pregunta. ¡ªAdelante, dime. ¡ª?C¨®mo se llama tu planeta? ¡ªEs raro que me preguntes eso, ?por qu¨¦ lo quieres saber? ¡ªCuriosidad ¡ªdijo fr¨ªamente J?rgen. Pullbarey dej¨® escapar una risa y dijo. ¡ªCotorium. BAJO LA BOINA Despu¨¦s de los eventos en la ciudad de Resistencia, donde Krauser result¨® gravemente herido, Candado recibi¨® noticias sobre su estado gracias a Moneda. Aunque se encontraba fuera de peligro, Candado opt¨® por visitar el hospital para verificar personalmente su condici¨®n. Sin embargo, lamentablemente, no pudo ir solo, ya que se vio obligado a llevar consigo a Clementina y Hammya debido a sus caprichos. A pesar de las indirectas constantes de Clementina sobre la cercan¨ªa entre Candado y Hammya en los ¨²ltimos meses, ¨¦l opt¨® por ignorarlas como siempre. Al llegar al hospital de la agencia de los Sem¨¢foros, se dirigi¨® a ver a su compa?ero herido. Seg¨²n el m¨¦dico Bautista Aguirre, Krauser hab¨ªa sufrido heridas potencialmente mortales para cualquier ser vivo, que inclu¨ªan un corte profundo en el abdomen, la amputaci¨®n de su pierna izquierda y, en dos ocasiones, la p¨¦rdida temporal de la cabeza. Todo esto hab¨ªa llevado a una concentraci¨®n extrema de su cuerpo para sanar, agot¨¢ndolo considerablemente. Una herida adicional podr¨ªa resultar fatal. A pesar de su regeneraci¨®n, Krauser segu¨ªa sinti¨¦ndose fatigado debido a la enorme energ¨ªa utilizada en su proceso de curaci¨®n. Comprendiendo la situaci¨®n, Candado decidi¨® visitar la habitaci¨®n de su amigo. Krauser yac¨ªa en la cama, encadenado de pies y brazos por ¨®rdenes de Rozkiewicz, quien a¨²n estaba obsesionado con perseguir a Desza. Dado que Krauser se apegaba rigurosamente a las leyes de los Sem¨¢foros (que eran cerca de 3897 en total), espec¨ªficamente la que prohib¨ªa da?ar la propiedad de la agencia, se encontraba limitado en sus acciones, es decir no pod¨ªa romper su "prisi¨®n" para escapar. ¡ªHola, veo que est¨¢s bien ¡ª salud¨® Candado mientras cerraba la puerta detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªBien para el culo. Rozkiewicz me ha atado como a un animal y me prohibi¨® moverme hasta que estuviera recuperado ¡ª respondi¨® Krauser molesto. ¡ª?C¨®mo haces para ir al ba?o? ¡ªEstas cadenas son de largo alcance. Puedo movilizarme en la habitaci¨®n, pero no puedo salir de ella ¡ª explic¨® Krauser. ¡ªYa veo ¡ª dijo Candado mientras se sentaba al lado de la cama. ¡ªBuenos d¨ªas ¡ª saludaron Clementina y Hammya al entrar en la habitaci¨®n. ¡ªVeo que ustedes siguen deslumbrantes ¡ª coment¨® Candado. ¡ªOh, qu¨¦ caballero ¡ª respondi¨® Clementina. ¡ª?Somos los primeros o alguien m¨¢s vino aqu¨ª? ¡ª pregunt¨® Hammya. ¡ªNo, antes de ustedes ya hab¨ªan venido personas ¡ª contest¨® Krauser. ¡ª?As¨ª? ?Qui¨¦nes? ¡ª pregunt¨® Candado. Krauser se acomod¨® en la cama y apoy¨® su espalda en el respaldo. ¡ªBueno, vinieron Moneda, Rozkiewicz, Caba?a, Maidana, Joaqu¨ªn, Ruth y Glinka. ¡ªMe sorprende que Joaqu¨ªn haya venido ¡ª coment¨® Candado. ¡ªClaro que lo hizo. Cuando se enter¨®, suspendi¨® su reuni¨®n y volvi¨® aqu¨ª para ver c¨®mo me encontraba. ¡ªAhora s¨ª, le van a cagar a pedo ¡ª dijo Clementina. ¡ªLe dije por tel¨¦fono que no viniera, pero qu¨¦ se le va a hacer; a veces me pregunto qu¨¦ rayos pasa por su mente. ¡ªBueno, yo tampoco lo entend¨ªa, pero ahora s¨ª, supongo que vos tambi¨¦n lo entender¨¢s. ¡ªAntes de que sigan ¡ªHammya levant¨® una canasta y le trajo dulces, frutas y bebidas¡ª, es para que te recuperes pronto. ¡ªGracias, ni?a. No me sorprender¨ªa del por qu¨¦ nadie se lleva mal contigo. Candado dirigi¨® su mirada fr¨ªa y penetrante hacia Hammya. ¡ªS¨ª, la verdad que s¨ª. ¡ªVos tambi¨¦n eres amable, Candado. Si no fuera de tu bolsillo, esos regalos nunca hubiesen llegado al destinatario¡ªse burl¨® Clementina. Krauser se ech¨® a re¨ªr. ¡ªAs¨ª que la dama te hizo que aflojaras con la guita. ¡ªS¨ª, b¨²rlate todo lo que quieras ¡ªdijo Candado de manera seria mientras cruzaba los brazos. ¡ªPara ser alguien tan taca?o como vos, veo que tienes una gran conciencia en ese caparaz¨®n podrido tuyo. ¡ª?Qu¨¦ libro o pel¨ªcula ve todo el mundo para decirme esas cosas tan po¨¦ticas? ¡ªLa verdad, yo lo saqu¨¦ de un libro de cocina. ¡ªOh, ya veo, los poemas vienen decodificados en cosas ordinarias ¡ªCandado sac¨® de su bolsillo una agenda¡ª 4 de junio de 2013, los poemas vienen de las peque?as cosas. ¡ªEres un payaso. ?Qui¨¦n anota esas cosas? ¡ªYo ¡ªluego se puso de pie y tom¨® la mano de Krauser¡ª Me alegra que est¨¦s bien, bien atado, y tambi¨¦n que est¨¦s muy, pero muy saludable ¡ªluego lo solt¨®¡ª Bueno, v¨¢monos. ¡ª?Espera! Candado se detuvo y volte¨®. ¡ª?Qu¨¦ quieres? ¡ªUn obsequio. ¡ª?Obsequio? Krauser meti¨® su mano bajo su cama y sac¨® una bolsa. ¡ªFalta para mi cumplea?os. ¡ªTen y gu¨¢rdate los comentarios ¡ªdijo Krauser mientras pon¨ªa la bolsa en sus manos. Candado meti¨® su mano dentro de la bolsa y sac¨® una caja con una envoltura roja. Hizo una mueca y rompi¨® la cubierta, luego abri¨® la caja. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado mientras sacaba un tel¨¦fono celular. ¡ªTu regalo. Candado, mirando de arriba abajo el obsequio, dijo. ¡ªKrauser, ?para qu¨¦ me regalas estos aparatitos? Suenan y suenan, vibran y vibran y lo peor de todo, no te dejan dormir. ¡ªVamos, Candado, tienes que actualizarte. ¡ª?Yo? ?Actualizarme? ?Qu¨¦ diablos dices? Apenas me llevo bien con el tel¨¦fono fijo y el tel¨¦fono de Clementina. ¡ªPiensa, Candado, no toda la vida seguir¨¢n escribiendo cartas. ¡ªCon solo tener luz y televisi¨®n me basta y sobra. ¡ªY el internet¡ª se rio Clementina. ¡ªSolo... Ac¨¦ptalo como un regalo de un amigo a otro. Candado pens¨® en c¨®mo demonios no se lo confiscaron los doctores. Sin embargo, solo cerr¨® los ojos moment¨¢neamente y dijo: ¡ªBien, t¨² ganas, aceptar¨¦ este celular. Me hubiese gustado que esta cosa tuviera botones y no fuera t¨¢ctil. ¡ªNunca satisfecho, ?no? ¡ªdijo Clementina. ¡ªBien, ahora me voy. Gracias por el regalo. Candado volte¨® y antes de que pudiera llegar a la puerta. ¡ª?ALTO! Candado se detuvo y mir¨® nuevamente a Krauser. ¡ª?Y ahora qu¨¦ diablos pasa? ¡ªRecib¨ª un mensaje de un t¨ªo m¨ªo aqu¨ª, en Resistencia. Parece que tuvo un peque?o "env¨ªo err¨®neo". ¡ª?Y? ¡ªBueno, el tema es que mi t¨ªo tiene unos visitantes que exigen verte. Los tiene desde hace tres d¨ªas en casa. No pod¨ªa contactarte, as¨ª que se comunic¨® conmigo. ¡ª?Visitantes? ¡ªCandado se llev¨® la mano derecha a su ment¨®n¡ª Qu¨¦ extra?o. ?Te dijo algo m¨¢s? ¡ªS¨ª, dijo que estos visitantes no hablan espa?ol, por lo que no sabe su nombre ni de d¨®nde vienen. ¡ªEsto es bastante extra?o ¡ªluego mir¨® a Krauser con su t¨ªpica expresi¨®n¡ª Aceptar¨¦ el caso. ?D¨®nde vive? ¡ªPor la Castelli, es d¨®nde fuimos a festejar mi cumplea?os. ¡ªUgh, ese lugar. Bien, ir¨¦ ah¨ª de inmediato. Candado se despidi¨® de su amigo y sali¨® de la habitaci¨®n. Ahora ten¨ªa que ir a un lugar que no despertaba buenos recuerdo a reunirse con personas desconocidas, as¨ª que, ni bien salieron del hospital, mir¨® a Hammya y a Clementina. ¡ªEscuchen, aqu¨ª hay un servicio de remis. Tomen uno y vayan a casa ¡ªdec¨ªa Candado mientras le daba doscientos pesos a Clementina. ¡ª?Qu¨¦ significa esto? ¡ªQue se vayan a casa, esto es un trabajo m¨ªo y de nadie m¨¢s, por lo tanto, est¨¢n libres. ¡ªOh no, se?or, iremos contigo ¡ªdijo Hammya. ¡ªClaro que no, v¨¢yanse a casa ahora. ¡ªPero... ¡ªD¨¦jalo, se?orita. Que Candado se arregle solo. Total, ¨¦l es grande y sabe cuidarse. ¡ªAs¨ª se habla, Clementina. Bueno, chau, nos vemos en la casa m¨¢s tarde. Luego de decir eso, Candado se fue del lugar con las manos en los bolsillos. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Clementina puso su mano en su hombro y le susurr¨®. ¡ªTengo un plan, acomp¨¢?ame. ¡ªBueno. Mientras Clementina le contaba su plan, Candado se dirigi¨® a una cabina, mostr¨® su identificaci¨®n y pidi¨® un transporte. Al principio, no le quer¨ªan dar un veh¨ªculo de la agencia, ya que se usaba en casos de emergencias, pero Candado no quer¨ªa gastar su dinero en un taxi. Mostr¨® su pase especial de la O.M.G.A.B. para que le asignaran un coche y un ch¨®fer. Candado se subi¨® a uno de los autos con los colores de la agencia. Este solo dio la direcci¨®n y el ch¨®fer solo se puso en marcha. Mientras el coche sal¨ªa de la agencia, Candado se recost¨® por la puerta y mir¨® por la ventana. Sin embargo, el ch¨®fer m¨¢s de una vez miraba por el espejo retrovisor. ¡ªUsted es el muchacho que pele¨® aquel d¨ªa de la tragedia, con ese muchacho rubio. ¡ªPele¨¦, pero s¨ª. ¡ªSab¨ªa que era usted. ¡ªPerd¨®n, ?Qui¨¦n es usted? ¡ªRicardo Juliano, soy guardia de seguridad de esa agencia. Fui uno de los miles de guardias que ayudaron a los ni?os que estaban heridos. ¡ªVaya, s¨ª que usted arriesg¨® su vida para ayudar a esas personas. ¡ªClaro, tengo treinta y seis a?os, soy casado y con dos hijas. ?C¨®mo no voy a ayudar a esas personas que podr¨ªan ser mis hijos? ¡ªGuau, es impresionante. ?Tuvo un problema cuando ayudaba a los dem¨¢s? El ch¨®fer mene¨® un poco la cabeza y dijo. ¡ªNo tanto. Tuve cobertura de una de mis hijas mientras levantaba a todos los heridos que pod¨ªa ayudar, pero s¨ª tuve un problema con una ni?a de cabello verde. Candado frunci¨® el ce?o y levant¨® su ceja izquierda. ¡ª?Cabello verde? ¡ªS¨ª, la encontr¨¦ arrastrando el cuerpo de una ni?a de m¨¢s o menos su edad bajo la lluvia de balas. Cuando llegu¨¦ a ella, levant¨¦ el cuerpo de la ni?a inconsciente y quer¨ªa llev¨¢rmela a ella. No era seguro el lugar, por eso quer¨ªa llevarla conmigo. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªNo quiso seguirme, entonces la agarr¨¦ del brazo e intent¨¦ que viniera conmigo a la fuerza. No me gusta tratar mal a los ni?os, menos a las mujeres, pero en esa situaci¨®n no era la adecuada para pensar sobre mis valores. Intent¨¦ e intent¨¦, pero ella no dejaba de forcejear hasta que se detuvo, y te vio a vos peleando con aquel gringo de machete. Fue ah¨ª donde empez¨® a forcejear m¨¢s y m¨¢s, hasta que me dio un pisot¨®n bien fuerte en mi pie. Luego se disculp¨® y sali¨® disparada hacia donde estabas. Tom¨® una roca que hab¨ªa ah¨ª y la lanz¨® al sujeto. Despu¨¦s de eso, no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s ocurri¨® porque me desmay¨¦, pero recuerdo que ella empez¨® a correr hacia a ti. Le disparaban, pero ella los esquivaba. Parec¨ªa que vos le dabas fuerza, mucha fuerza. Candado qued¨® perplejo por lo que estaba escuchando. Nunca pens¨® que alguien tan t¨ªmida y miedosa como ella hiciera algo as¨ª. No entend¨ªa; ¨¦l era duro con ella, sin embargo, ella respondi¨® ayud¨¢ndolo. Sin entenderlo muy bien, decidi¨® mirar por la ventana del auto y trataba de analizar el porqu¨¦ de su actitud. Era muy extra?o, y como Candado lo hab¨ªa dicho antes, le frustraba el no encontrar una respuesta a sus preguntas. ¡ªSe?or, ?le molesta si le pregunto una cosa? Candado neg¨® con la cabeza mientras miraba por la ventana, mordiendo su dedo pulgar con el guante puesto. ¡ª?Por qu¨¦ decidi¨® ser parte de los gremios? ¡ªEs de familia ¡ªdijo Candado sin mirarlo. ¡ªOh, pero por qu¨¦ ser parte. No quiero ser grosero, pero yo tengo la particularidad de ver a una persona inteligente, instruida y capaz, sentado en mi auto. Yo sinceramente, no creo que usted est¨¦ en ese camino solo porque es de familia. Candado mir¨® por el espejo retrovisor del auto con una expresi¨®n de desconfianza. Aunque era muy dif¨ªcil saber exactamente lo que estaba pensando, sus expresiones son muy diferentes con sus acciones. Sin embargo, Candado se sac¨® la boina, la volte¨® y dentro hab¨ªa una especie de bolsillo peque?o. Candado meti¨® su mano derecha y sac¨® un papel con letras doradas, despu¨¦s se acerc¨® un poco hacia al frente y le dio el papel al ch¨®fer. Este lo tom¨® mientras ve¨ªa la carretera, y cuando hubo una luz roja, el auto se detuvo. Mir¨® y ley¨® el papel que le hab¨ªa entregado Candado. ¡ªDios m¨ªo, no me lo puedo creer. El pedazo de papel era en realidad un diploma, pero no cualquiera. Era un diploma de los Circuitos, en ¨¦l, dec¨ªa palabras honor¨ªficas y el ascenso a un cargo mayor de la Formaci¨®n; era el cargo de Mariscal ¨ªntegro del G.C.G (Un cargo que dej¨® de existir, pero en ese momento significaba ser el presidente de las c¨¢maras del G.C.G). ¡ª?Usted? ?Circuista? ¡ªAntes pensaba que los caminos no existen, qu¨¦ ignorante era. Mucho antes de que yo estuviera en el cargo que estoy ahora, era parte de los Circuitos. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªYo pensaba que el mundo era injusto con Tanatos, as¨ª como lo son con Cuba. Mis padres me hablaban de la grandeza de los Gremios, sin embargo, jam¨¢s o¨ª sobre las acciones buenas de los Circuitos, pero¡­ ¡ªCandado sac¨® su fac¨®n y observ¨® la insignia del lobo que ten¨ªa el mango¡ª yo estaba equivocado. A diferencia de Cuba, los Circuistas hab¨ªan hecho matanzas por todo el mundo. Yo quer¨ªa saber, del por qu¨¦ seguir a un asesino, qu¨¦ les dijo para impulsar una enorme masacre. Me di cuenta de que la respuesta no la pod¨ªa encontrar preguntando a los que me rodeaban. Si quer¨ªa saber un poco m¨¢s, ten¨ªa que ser parte de ellos. ¡ª?Fue as¨ª que te uniste a ellos? ¡ªS¨ª y no, s¨®lo quer¨ªa conocer c¨®mo pensaban ellos, pero, a medida que iba leyendo los escritos de la historia del Circuito, me di cuenta de que hubo muchos l¨ªderes que intentaban cambiar su pasado y crear un futuro, pero ninguno de ellos tuvo ¨¦xito; Quer¨ªa crear paz entre ambos grupos, pero... ¡ª?Pero? ¡ªLa gente no estaba preparada para una paz ¡ªCandado mir¨® por la ventana¡ª. Fue en ese momento que conoc¨ª a alguien que compart¨ªa mis ideas. ¡ª?C¨®mo se llamaba? ¡ªEsteban Napole¨®n Everett, un chico con una mente mejor que la m¨ªa, le hab¨ªa atrapado mi discurso, ¨¦l me apoy¨® en todo, y poco a poco fui ganando electores. Fui a elecciones y gan¨¦ para Mariscal ¨ªntegro, llev¨¦ a cabo mis ideas para mejorar las relaciones con la O.M.G.A.B. y lentamente se fue aceptando mis ideas. Sin embargo, mis acciones eran repudiadas por los que alguna vez fueron amigos m¨ªos, los Gremios, pero siempre estuvo ah¨ª mi hermana para defenderme y apoyarme. ¡ªLa conozco, Gabriela Esperanza Barret, fue una incre¨ªble l¨ªder. Candado mostr¨® una sonrisa, pero luego su expresi¨®n cambi¨®. ¡ªFracas¨¦. ¡ª?C¨®mo que fracas¨®? ¡ªMe di cuenta de que todo lo que yo hab¨ªa hecho, todo lo que constru¨ª hab¨ªa sido destruido por las personas que me hab¨ªan votado, as¨ª que me rend¨ª. Yo no quer¨ªa hundirme, por eso tuve que hacer un gesto que da?ar¨ªa a alguien, para siempre. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªLos Circuistas atacaron un asentamiento, dejando muchos heridos. No solo eso, quemaron una escuela y un hospital. Todo eso lo hicieron mientras yo ascend¨ªa a ese cargo, Brigadier. Todo era un enga?o, solo quer¨ªan sacarme de ah¨ª de la peor forma posible, usaron mi nombre y mis palabras para da?ar a los gremios. Decid¨ª acabar con el proyecto. No quer¨ªa construir un futuro para esa gente, y tom¨¦ una decisi¨®n. Renunci¨¦ a mi cargo, y para obtener el perd¨®n de los Gremios, di informaci¨®n de los Circuitos: documentos importantes, espionaje, zonas d¨¦biles de la Formaci¨®n, archivos de T¨¢natos, todo, absolutamente todo lo otorgu¨¦. Quer¨ªa vengarme de ellos por lo que me hab¨ªan hecho, pero no solo termin¨¦ por ser odiado por los Circuitos, sino por mi amigo. Hice algo horrible del que no estoy orgulloso, un traidor. ¡ªNo sab¨ªa... ¡ª Que era amigo de Esteban, s¨ª, muy pocos lo saben. ¡ªCandado exhal¨® y mir¨® otra vez por el espejo¡ª Jam¨¢s supe si lo que hice fue lo correcto o no. Y no ayud¨® sus acciones para tener apoyo de los Circuitos y las m¨ªas para el favor de los Gremios. Y a consecuencia de eso, Esteban termin¨® por odiarme y yo, termin¨¦ por odiarlo a ¨¦l. ¡ª?Crees que llegar¨¢ la paz entre estos dos entes? Candado mostr¨® una risa c¨ªnica. ¡ªSe?or, no importa lo que crea o no. La pregunta verdadera es, ?estaremos vivos nosotros para ver eso? El ch¨®fer empez¨® a re¨ªrse, luego tom¨® una bocanada de aire y dijo. ¡ªYo estoy seguro de que esa paz llegar¨¢, no s¨¦ cu¨¢ndo, pero s¨¦ que llegar¨¢. Candado, de manera esc¨¦ptica, dijo. ¡ªS¨ª, tambi¨¦n es seguro que Estados Unidos sean comunistas. El ch¨®fer volvi¨® a re¨ªrse. Pero en ese momento algo surc¨® por la mente de Candado, las acciones son las que hacen el futuro, y ¨¦l quer¨ªa eso, un futuro, para ¨¦l y su gente. El auto se detuvo al frente de la casa donde Candado quer¨ªa llegar, baj¨® del coche, mostr¨® una sonrisa y le pag¨® trescientos pesos por su molestia de llevarlo hasta ah¨ª. En un principio no quer¨ªa aceptarlo, pero Candado le tir¨® la plata en la cara y cerr¨® la ventanilla con su chasquido. Cuando se estaba por ir, escuch¨® unos ruidos en la parte de atr¨¢s del auto, para ser m¨¢s precisos el maletero. Candado hizo una se?a al ch¨®fer, quien estaba contando la plata ya que eran billetes de diez. Este quit¨® el seguro del maletero, se acerc¨® y abri¨® la puerta del todo. Pero lo que vio no lo dej¨® ni sorprendido ni alarmado, solo mantuvo esa expresi¨®n fr¨ªa e indiferente de los dem¨¢s, al ver que Hammya estaba dentro del maletero. ¡ªHola ¡ªdijo Hammya de manera disimulada. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado manteniendo su expresi¨®n. Hammya, tratando de improvisar una respuesta, no tuvo mejor idea que contestar. ¡ªMe perd¨ª. ¡ªOh, bueno, pues sigue buscando entonces ¡ªluego cerr¨®, levemente, el maletero. ¡ª?ESPERA! Hammya empez¨® a patear la puerta hasta que cay¨® a los pies de Candado. Este mir¨® al ch¨®fer e hizo una se?a para que se fuera, al parecer no estaba enterado de nada. El auto se march¨®, y dej¨® a Candado y a una Hammya bastante aturdida y con problemas para ponerse de pie. ¡ªEres una idiota, te dije que te quedaras en casa. ¡ªNo, quer¨ªa saber qu¨¦ ibas a hacer. ¡ªEres peor que Clementina ¡ªdijo Candado mientras le ayudaba a ponerse de pie¡ª. Hablando de eso, ?D¨®nde se meti¨® ella? ¡ªElla s¨ª fue a casa, dijo que ser¨ªa una mejor idea meterse en el maletero. ¡ª?Y vos le cre¨ªste? Tuviste suerte de que el terreno fuera llano o que no estuvi¨¦ramos en una persecuci¨®n. ¡ªJe, s¨ª, la verdad tuve suerte. Candado le pellizc¨® la mejilla con ambas manos. ¡ªLa pr¨®xima vez que te diga algo, lo vas a cumplir sin hacer estas idioteces. ?Est¨¢ claro? Hammya afirm¨® con la cabeza, ya que no se le entend¨ªa absolutamente nada, debido a que Candado le estaba estirando las mejillas. ¡ªBien, as¨ª me gusta. Candado le dio unas palmaditas en los cachetes y se dirigi¨® hasta la casa, una casa bastante extra?a que resaltaba entre las dem¨¢s por su color blanco y un techo demasiado inclinado a la derecha. ¡ªEl arquitecto estaba borracho en el momento que levant¨® la casa, no hay duda de eso ¡ªdijo Hammya mientras se acariciaba las mejillas rojas con las dos manos. ¡ªPrejuiciosa ¡ªdijo Candado mientras tocaba la puerta. ¡ª?Qui¨¦n es? ?Qu¨¦ quiere? ¡ªpregunt¨® una voz detr¨¢s de la puerta. ¡ªSoy Candado Barret, me ha enviado su sobrino, Reinhold Krauser. ¡ª?C¨®mo sabes que esta es mi casa? ¡ªSe?or no diga estupideces ?C¨®mo que no es su casa? ?Es okupa un secuestrador? ?Un cobrador de impuestos atrapado en una casa? ¡ªLa casa dice Reinho...basfdasdr. Candado le tap¨® la boca a Hammya. ¡ªSe?or¡ª. Luego suspir¨®¡ªSoy el chico del incidente del ba?o. Luego hubo silencio. ¡ªOiga, ?est¨¢ ah¨ª verdad? ¡ª... ¡ªOiga. ¡ª... ?OIGA! ¡ªdespu¨¦s empez¨® a golpear la puerta ¡ª?OIGA, CONTESTE! ¡ªEspera, espera, por favor, solo estaba haciendo memoria, ya abro. Cuando dijo eso, Candado dej¨® de tapar la boca a Hammya y meti¨® sus manos en los bolsillos y se alej¨® dos cent¨ªmetros de la puerta. Luego, esta se abri¨® y de su interior sali¨® un hombre cerca de los cincuenta a?os, pelirrojo con canas, un bigote de herradura y anteojos de aumento. Vest¨ªa una camisa de mangas cortas de color verde, pantalones negros y zapatillas rojas. ¡ªHola, perd¨®n por la tardanza, es que estaba haciendo memoria y record¨¦. ¡ª?Lo record¨®? ¡ªS¨ª, ver¨¢... ¡ªluego mir¨® a Hammya¡ª. Lo sab¨ªa, estoy loco. Candado volte¨® y la mir¨®, mientras ella se sent¨ªa inc¨®moda por la forma en que los dos la miraban. Candado mir¨® un rato al suelo, como si estuviera pensando qu¨¦ decir, hasta que se le ocurri¨® algo. ¡ªOh, ella, solo es una ni?a a la que le encanta el verde, nada m¨¢s. ¡ªOh, ya veo ¡ªdijo mientras relajaba los hombros. ¡ª?Qu¨¦ le ocurri¨®, mi buen hombre? ¡ªPase, pase por favor ¡ªluego mir¨® a Hammya¡ª. Y usted tambi¨¦n, pase. Ambos entraron a la casa, estaba muy ordenada, no hab¨ªa mugre ni suciedad. Todo estaba ordenado y limpio, parec¨ªa como si tuviera Misofobia (temor a la suciedad). No hab¨ªa indicios de tierra o polvillo. Es m¨¢s, cuando Candado entr¨® a la casa, el se?or cerr¨® la puerta mientras agarraba un pa?uelo blanco. Candado se sinti¨® ofendido por aquel acto del se?or, pero se mordi¨® los labios cuando Hammya lo tom¨® del brazo. Ella sab¨ªa muy bien lo que ¨¦l estaba por hacerle. ¡ªLamento que usted tenido que devolver el pastel de esa manera, no sab¨ªa que un sapo hab¨ªa saltado. Candado hizo una mueca de asco cuando le record¨® eso. ¡ªEs agua pasada. ¡ªAs¨ª¡ªSonri¨® Hammya¡ª. Quisiera. Candado volte¨® mir¨¢ndola con un grado de hostilidad que sus ojos empezaron a volverse levemente violetas. ¡ªEst¨¢ bien, me callo. ¡ªBien, por aqu¨ª, se?ores ¡ªdec¨ªa mientras se limpiaba las manos con alcohol en gel. El se?or los guio hasta una habitaci¨®n con una puerta blanca. ¡ªSe los advierto, no entender¨¢n nada. Ped¨ª que usted viniera porque mencionaron su nombre y su apellido a cada oraci¨®n que sal¨ªa de sus bocas. ¡ª?Hablan japon¨¦s? ¡ªNo. ¡ªEntonces no es un problema para m¨ª. El se?or inclin¨® la cabeza y procedi¨® a abrir la puerta. En su interior, hab¨ªa tres ni?os, uno de ellos era una nena. El otro era el mayor de todos, estaba recostado en un sill¨®n con un trapo h¨²medo en la cabeza, mientras que los otros jugaban con sus mu?ecos. Y estos, al ver a Candado en la puerta, soltaron todo lo que ten¨ªan y fueron corriendo a abrazarlo. Eran muy peque?os, ten¨ªan la estatura de Yara. Candado no entend¨ªa por qu¨¦ esas dos peque?as e inocentes estaban abrazando sus piernas. ¡ªEh, hola, ?Cu¨¢les son sus nombres? Los ni?os mostraban una c¨¢lida sonrisa mientras abrazaban a Candado. Pero cuando dijo las primeras palabras, el chico que estaba acostado abri¨® los ojos y mir¨® a Candado. ¡ªPojkar, r?r inte. Candado se sorprendi¨® un poco al escuchar lo que aquel muchacho dijo. ¡ª?Ves, Candado? No entiendo ninguna palabra de lo que dicen. ¡ªSueco ¡ªdijo Candado mientras miraba al muchacho acostado en el sill¨®n. ¡ª?Qu¨¦ dijo? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªDijo que dejen de abrazarme. ¡ª?Sabes hablar sueco? ¡ªS¨ª, ?Alg¨²n problema, ni?a? ¡ªNo, ninguno. ¡ª?Pojkar! ¡ªdijo nuevamente, luego empez¨® a toser. Al ver que su hermano empeoraba, los ni?os corrieron hacia ¨¦l. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Candado mientras se acercaba a ¨¦l, tom¨® la mano del muchacho y le indic¨® a Hammya que abriera la ventana, ya que la habitaci¨®n ten¨ªa muy poca iluminaci¨®n. Apenas se distingu¨ªan a los ni?os por la escasa luz en la habitaci¨®n. Cuando Hammya corri¨® las cortinas y abri¨® la ventana, ella y Candado quedaron sorprendidos al ver que los ni?os no ten¨ªan piel como un humano normal, sino que estaban hechos de porcelana de pies a cabeza. Ten¨ªan una piel muy lisa. ¡ªDios m¨ªo ¡ªdijo sorprendida Hammya. ¡ªVaya, parecen mu?ecos de porcelana ¡ªcoment¨® Candado de forma esc¨¦ptica. Los dos peque?os eran mellizos, y al igual que su hermano, ten¨ªan la piel muy blanca y s¨®lida. La luz del sol hac¨ªa brillar sus cuerpos. La ni?a, al igual que sus hermanos, ten¨ªa los ojos totalmente negros con un c¨ªrculo, presumiblemente su iris, peque?o y de color blanco. Pose¨ªa cabello largo y rubio, vest¨ªa un camis¨®n largo de color negro con una insignia de un diamante en el pecho. El otro hermano ten¨ªa las mismas caracter¨ªsticas de la ni?a, solo que ten¨ªa el cabello corto y vest¨ªa pantalones negros con tirantes, y una camisa azul. El hermano mayor ten¨ªa el cabello negro y parec¨ªa m¨¢s enfermo que agotado. ¡ª?Qui¨¦n eres y de qu¨¦ me conoces? ¡ªpregunt¨® Candado mientras sosten¨ªa su mano. El muchacho habl¨® en sueco, un idioma que Hammya y el se?or no pod¨ªan entender, pero Candado s¨ª. ¡ªMitt namn ?r Andersson Ljungqvist ¡ªTu nombre es Andersson Ljungqvist. ¡ªYes. ¡ª?De qu¨¦ me conoces? El muchacho empez¨® a hablar en su idioma. ¡ªVi tr?ffades f?r en tid sedan, jag s?ker... hj?lp... din hj?lp. Candado era el ¨²nico que pod¨ªa entender lo que dec¨ªa. Los dem¨¢s observaban atentamente lo que Andersson dec¨ªa, pero despu¨¦s, Candado le respond¨ªa en el mismo idioma. ¡ªJag minns ingen Andersson, s?kert ?r det mig du letar efter? ¡ªSj?lvklart, jag beklagar att vi har en s?dan h?r tr?ff. Tycker du inte att det ?r romantiskt? Candado se asque¨®. ¡ªParece que dijo algo malo¡ªdijo el se?or. ¡ªEs muy probable. Esto continu¨® por unos cuantos minutos hasta que el ni?o perdi¨® la conciencia. Candado puso su mano en la frente y cerr¨® sus ojos, luego pronunci¨® unas palabras. ¡ªDescansa, compa?ero. Yo me har¨¦ cargo de todo. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® el se?or. Candado se puso de pie y mir¨® a los ni?os, quienes estaban bastante preocupados por lo que estaba pasando. Se acerc¨® a ellos, los abraz¨® y sin mirar atr¨¢s pregunt¨®. ¡ª?Los chicos tienen un lugar para dormir? ¡ªS¨ª, su habitaci¨®n est¨¢ al lado. ¡ªBien, ?Me har¨ªa el favor de llev¨¢rselos de aqu¨ª? ¡ªEst¨¢ bien, lo har¨¦. Candado tom¨® las manos de los ni?os y dijo: ¡ªLyda herrn, er bror ?r i goda h?nder. Luego procedi¨® a entreg¨¢rselos al se?or. Este ¨²ltimo tom¨® sus manos con un guante de l¨¢tex. Candado suspir¨® al ver su actitud. ¡ªTen pensamientos positivos ¡ªdijo Candado para s¨ª mismo. Hammya, quien no sab¨ªa de nada, decidi¨® pregunt¨¢rselo directamente. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªTe lo dir¨¦ cuando el se?or vuelva, creo que ¨¦l tambi¨¦n debe saberlo. Despu¨¦s de todo, ellos buscaron refugio en su casa. ¡ªTienes raz¨®n ¡ªdijo ella mientras miraba al muchacho. Candado se sent¨® en un sill¨®n igual de grande donde estaba acostado el muchacho, cruz¨® las piernas y los brazos mientras esperaba que el se?or volviera. Mientras tanto, Hammya, la ¨²nica en la sala que estaba de pie, comenz¨® a sentirse un poco nerviosa por el silencio que reinaba en el lugar, hasta se agarraba el vestido con ambas manos. ¡ªY... ?Qu¨¦ hacemos? ¡ªYo espero ¡ªdijo Candado mientras ten¨ªa la mirada perdida. ¡ª?Y yo? ?Qu¨¦ hago yo? ¡ªNo s¨¦, querida. Si estar parada ah¨ª te ayuda a pensar m¨¢s r¨¢pido, entonces qu¨¦date ah¨ª. Hammya exhal¨® de forma desilusionada y decidi¨® sentarse al lado de Candado. ¡ªSabes, creo que en estos ¨²ltimos meses no has empeorado con tu estado. ¡ªNi mejorado ¡ªagreg¨® Candado. ¡ªBueno, pero es un avance. Candado dio una risa sarc¨¢stica mientras alejaba sus brazos. ¡ªCreo que no lo entiendes, ni?a. Yo no estoy mejorando en absoluto. No me pasa nada porque no he usado mi poder estos ¨²ltimos d¨ªas, as¨ª como tambi¨¦n, que me he exaltado y agradezco que vos no me sacaste de quicio. ¡ªBueno, creo que es un cumplido. ¡ªTal vez lo sea ¡ªluego puso su mano en su frente¡ªo tal vez no. ¡ªHas cambiado ¨²ltimamente, Candado. ¡ª?NO! ¡ªCandado cerr¨® los ojos e inhal¨® todo el aire mientras colocaba su mano entre el medio de ella y ¨¦l¡ªno empieces con eso. Creo que estoy un poquito, ?Qu¨¦ digo? Poquito, estoy podrido de que se metan en mi personalidad. Antes de que Hammya pudiera decir algo, lleg¨® el se?or limpi¨¢ndose las manos con alcohol en gel. ¡ªBien, los ni?os est¨¢n en su pieza comiendo algunas golosinas que les di. ¡ªAseg¨²rate de que no sean muchas, podr¨ªan enfermarse. ¡ªLo s¨¦, Candado. Les di una bolsa peque?a para cada uno. ¡ªMe alegro. ¡ªBien, ahora dime, ?Qui¨¦nes son y de d¨®nde vienen? ¡ªBien, su nombre es Andersson Ljungqvist, sus hermanos son Gerald Ljungqvist y Ros¨ªo J?nk?ping Ljungqvist. Son de Suecia. ¡ª?C¨®mo te conocen? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªHace dos meses deambul¨¦ por Estocolmo. Me hab¨ªan informado sobre ciertos incumplimientos de un Gremio corrupto. Los Sem¨¢foros no pudieron hacer nada debido a su alto poder adquisitivo, e influencias con el estado as¨ª que no pudieron resistirse a los euros. Gracias a unos pocos de ah¨ª, me escribieron una carta. Era raro, pero no hac¨ªa nada investigar un poco y fui ah¨ª sin dar previo aviso. ¡ªPero eso es ilegal. Candado mir¨® a Hammya levantando su ceja izquierda. ¡ª?Y c¨®mo sabes que es ilegal? ¡ªPorque lo le¨ª en el c¨®digo de la O.M.G.A.B. que me dio Jacqueline, "Todo representante desde juez a candado/presidente tiene que avisar al congreso de una visita a un gremio que no sea de su naci¨®n". ¡ªVaya, veo que no pierdes el tiempo. ¡ªMe elegiste vicepresidente. Se supone que debo cargar con una responsabilidad. ¡ªPor favor, contin¨²a con lo que estabas hablando anteriormente. Candado aclar¨® la garganta y continu¨®. (*Aclaraci¨®n, lo que hizo es ilegal). ¡ªBueno, llegu¨¦ a Estocolmo, me dirig¨ª hasta el lugar y los atrap¨¦ delinquiendo muchas leyes de la O.M.G.A.B. y de la propia Harambee. Cerr¨¦ el lugar y me encargu¨¦ de sancionarlos y expulsarlos. Y si, me encargu¨¦ de dar mi presencia dos horas antes, as¨ª que t¨¦cnicamente no es ilegal. Despu¨¦s de eso, mientras volv¨ªa para tomar mi avi¨®n, fui golpeado en la nuca con un palo. Aunque no sent¨ª el golpe en s¨ª, la fuerza era tal que qued¨¦ temporalmente inconsciente y d¨¦bil. No pod¨ªa hablar ni gritar, es m¨¢s, ni siquiera pude llamar a T¨ªnbari. Estaba muy aturdido, todo mi cuerpo se hab¨ªa quedado inm¨®vil en el suelo. Fue un erro m¨ªo al subestimarlos, sin embargo vi una silueta que apareci¨® de la nada y pele¨® con ellos. Trataba de moverme, luchaba contra el sue?o que me estaba dando. Lo ¨²nico que pude ver era su rostro cubierto por un pasamonta?a. Luego me desmay¨¦. Cuando despert¨¦ estaba en una comisar¨ªa de ah¨ª con dos polic¨ªas ayud¨¢ndome, mientras que el muchacho que me hab¨ªa ayudado se estaba alejando de la comisaria. Me puse de pie con las pocas fuerzas que ten¨ªa y corr¨ª hacia donde estaba y le grit¨¦: "Soy Candado Barret, de la Rep¨²blica Argentina. Te estoy muy agradecido por tu ayuda. Cuando est¨¦s en problemas, ven a buscarme. Estar¨ªa encantado de pagar mi deuda contigo". Claro que todo esto lo dije en sueco. ¡ªIncre¨ªble ¡ªdijo el se?or.Stolen novel; please report. ¡ªVaya, ?Y qu¨¦ te dijo? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªMe dijo que ¨¦l era la persona que me hab¨ªa salvado, y que ¨¦l y sus hermanos son codiciados por todo el mundo, incluido en su pa¨ªs, ya que ellos son los ¨²ltimos Korslin. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpreguntaron ambos. ¡ªAs¨ª son los ni?os de porcelana. Pens¨¦ que ya no exist¨ªan, pero despu¨¦s de ver de que a¨²n quedan dos Bailak vivos, no estoy sorprendido. ¡ª?Por qu¨¦ son codiciados? ¡ªpregunt¨® el se?or. ¡ªEllos, a diferencia de los Bailak, son los castigados por el poder del asteroide, ya que sus pieles son demasiado d¨¦biles. Un golpe, una herida e incluso un rasgu?o es una sentencia a muerte, pero ellos hab¨ªan creado la forma de reconstruirse. Lo cual llam¨® la atenci¨®n de todo el mundo. Ellos hab¨ªan descubierto el secreto de la inmortalidad, as¨ª que comenzaron a ser secuestrados para que les dijeran la forma de poder ser inmortal. Respondieron que no es posible que su magia funcione con humanos normales como nosotros, solo aquellos que posean el coraz¨®n de su raza pueden crear esa magia. Grave error, esas palabras impulsaron una caza masiva de su especie, arranc¨¢ndoles sus corazones y us¨¢ndolos para ser inmortales. ¡ªQu¨¦ tragedia, ?Por qu¨¦ el hombre es as¨ª? ?Por qu¨¦ tiene que acabar con las cosas lindas? ¡ªEso siempre ser¨¢ un misterio, pero no todo est¨¢ perdido. Ya no existe ese pensamiento de la ¨¦poca, por lo que estar¨¢n a salvo. ¡ªPero ?Por qu¨¦ huir de su pa¨ªs? ¡ªNo lo s¨¦, pero s¨¦ esto. Andersson ha sido perseguido por alguien desde Suecia hasta a este pa¨ªs, y con su estado, no podr¨¢ defender a sus hermanos. Es por eso que acudi¨® a m¨ª. Se lo debo. ¡ª?Tienen un lugar donde vivir? ¡ªpregunt¨® el se?or. ¡ªClaro, voy a llevarlos a mi pueblo, ah¨ª estar¨¢n a salvo. ¡ªBueno, gracias a Dios. ¡ªPor favor no haga eso se?or. ¡ªOh, Bueno, ?perd¨®neme? ¡ªCandado, pr¨¦stame tu celular. ¡ª?Para qu¨¦ lo quieres? ¡ªVoy a llamar a Nelson para que nos lleve al pueblo, ah¨ª podr¨¢n curar lo que sea que tenga. Candado se llev¨® la mano izquierda al ment¨®n y pens¨®: "Tal vez, si llevo a esta persona ante Ruccim¨¦nkagri, podr¨ªa curarlo." ¡ªBien, por fin dices algo que me sirva ¡ªluego Candado meti¨® su mano en su bolsillo, sac¨® su celular y se lo entreg¨® en la mano¡ª. ?Sabes el n¨²mero del anciano por las dudas? Hammya qued¨® con la boca y los ojos bien abiertos por la pregunta que le hab¨ªa hecho, se olvid¨® de lo m¨¢s fundamental. Candado hizo una mueca con los ojos y le quit¨® el celular de las manos. ¡ªTonta ¡ªdijo Candado mientras marcaba el n¨²mero de Nelson. ¡ªLo siento ¡ªdijo ella muy apenada. ¡ªCreo que est¨¢ atendiendo ¡ªdijo Candado con el celular en el o¨ªdo. Luego, alguien respondi¨® y se lo entreg¨® a Hammya. ¡ªAh¨ª est¨¢, atiende. ¡ªHola, Nelson. ¡ªS¨ª, ?Qui¨¦n habla? ¡ªSoy yo, Hammya. ¡ªOh, la novia de Candado, ?C¨®mo anda che? ¡ªYo bien gracias... ?NO!¡ªgrit¨® avergonzada. Candado puso su mano en la cabeza de Hammya y mientras aplicaba algo de presi¨®n, dijo. ¡ªNo vuelvas a gritar as¨ª ¡ªse?alando el hecho de que Andersson estaba dormido. ¡ªHola, hola, ?Sigues ah¨ª ni?a? ¡ªS¨ª, sigo aqu¨ª, perd¨®n, es que¡­ Soy nueva en esto. ¡ªBueno, ?Qu¨¦ es lo que necesitas? ¡ªTenemos algunas personas que debemos llevar con nosotros. ¡ª?Nosotros? ¡ªS¨ª, nosotros. Candado est¨¢ conmigo, as¨ª que por favor, necesitamos tu ayuda. ¡ªClaro, empezaba a aburrirme en estos ¨²ltimos d¨ªas, ir¨¦ enseguida. ¡ªBien, gracias. ¡ª?Cu¨¢l es la direcci¨®n? ¡ªAh, bueno, es ¡ªen ese momento Candado mostr¨® su libretita a Hammya¡ª la Av. Castelli al.... ¡ªLo tengo, ir¨¦ enseguida. Luego colg¨® y entreg¨® el celular a Candado. ¡ª?D¨®nde se ha visto que alguien haga un plan sin tener uno? ¡ªLo siento, quer¨ªa ser de ayuda. Candado suspir¨®, guard¨® su celular y libreta en el bolsillo . ¡ªEn fin, gracias por la idea. Hammya sonri¨®. Luego Candado se dirigi¨® hasta la habitaci¨®n de los ni?os. ¡ª?A d¨®nde va, se?or? ¡ªA ver a los chicos, no quisiera preocuparlos por la salud de su hermano, as¨ª que voy a hacerles compa?¨ªa. ¡ª?Y yo qu¨¦ hago? ¡ªCuenta las hormigas. ¡ª?Qu¨¦? Luego Candado cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªAy, esa piba me est¨¢ volviendo loco con sus preguntitas ¡ªdijo Candado recostado en la puerta. Luego se reincorpor¨® y fue directamente a la habitaci¨®n de los ni?os, toc¨® la puerta y despu¨¦s la abri¨®. Para su sorpresa, estaban jugando, saltaban en una misma cama, hasta que vio al ni?o caerse al suelo y romperse el brazo. Candado se alter¨® al ver esto, pero r¨¢pidamente se tranquiliz¨® al ver que las piezas de sus brazos volv¨ªan a unirse, para despu¨¦s volver a su lugar. La ni?a, que estaba a¨²n saltando en la cama, quiso hacer lo mismo y se tir¨® al suelo, pero Candado reaccion¨® r¨¢pido y tambi¨¦n se tir¨® para amortiguar la ca¨ªda de la ni?a, cayendo en su pecho. Como eran de porcelana, eran bastante pesados, y termin¨® con el aire sacado. ¡ªIsidro, espero que me des fuerzas ¡ªdijo Candado aguant¨¢ndose el dolor. La ni?a se baj¨® de su pecho y se escondi¨® debajo de la cama, pensando que se iba a enojar con ella. Por otro lado, el ni?o segu¨ªa sentado mientras ve¨ªa c¨®mo su brazo se reconstru¨ªa solo. Candado se sent¨® y busc¨® a la ni?a por todos lados con la vista, hasta que la encontr¨® bajo la cama cubri¨¦ndose la boca; sus ojos brillaban en aquella oscuridad. Este sac¨® de su bolsillo un caramelo y se lo ofreci¨®. La ni?a lo tom¨®, lo desenvolvi¨® y se lo comi¨®. Luego, Candado tom¨® la mano de la ni?a y lentamente la sac¨® de ah¨ª, mientras masticaba el caramelo que ¨¦l le hab¨ªa dado. Candado se sent¨® y sac¨® de su bolsillo otro caramelo, pero esta vez, se lo dio al ni?o. Luego habl¨® en sueco, para preguntarles ciertas cosas, y la fundamental era: ¡ª?Hablan espa?ol? Los ni?os afirmaron con la cabeza, y la primera en hablar fue la ni?a. ¡ªHola, soy Ros¨ªo. ¡ªY yo soy Gerald. ¡ª?Su hermano habla tambi¨¦n espa?ol? ¡ªNo, solo nosotros. Mientras ven¨ªamos en avi¨®n, compramos un diccionario de espa?ol, lo estudiamos y lo memorizamos, y gracias a eso, y a las personas que hablaban a nuestro alrededor, pudimos aprenderlo bien. ¡ªVaya, peque?a ¡ªdijo mientras le acariciaba la cabeza; luego continu¨®¡ª. Aunque todav¨ªa se le nota el acento. ¡ªClaro, todav¨ªa estamos tratando de hablarlo a la perfecci¨®n ¡ªdijo Ros¨ªo. ¡ªFue dif¨ªcil al principio, pero despu¨¦s lo pudimos hablar bien ¡ªa?adi¨® Gerald. ¡ªA prop¨®sito, ?Qu¨¦ pas¨® con su hermano? ¡ªMientras ven¨ªamos a este estado, nos encontramos con un ser extra?o que atac¨® un bus. Nuestro hermano se enfrent¨® a esa mujer extra?a y termin¨® herido; lamentablemente, eso lo enferm¨® ¡ªexplic¨® Gerald. ¡ª?Mujer? ¡ªS¨ª, ten¨ªa un dibujo de un ocho en la frente. A Candado se le iluminaron los ojos al escuchar la descripci¨®n. ¡ª?Ocho? ¡ªsusurr¨® Candado. ¡ª?Dijo algo, se?or? ¡ªNo, solo que me alegra que ustedes y su hermano est¨¦n a salvo. Despu¨¦s de todo, tengo una deuda que saldar con ¨¦l. ¡ªAndersson nos cont¨® que salv¨® a un chico con boina azul y que lo llev¨® a la polic¨ªa. ¡ªS¨ª, Ros¨ªo, fui yo. Le dije que, si nos volv¨ªamos a encontrar, saldar¨ªa mi deuda con ¨¦l. Los heraldos de Harambee siempre cumplen con su palabra. Luego los ni?os comenzaron a entristecerse. ¡ª?Qu¨¦ les sucede? ¡ªpregunt¨® Candado de manera preocupada. ¡ª?Va a estar bien Andersson? ¡ªpregunt¨® Gerald, suprimiendo las l¨¢grimas. Candado abraz¨® a ambos, mientras empezaban a soltar lentamente su tristeza. ¡ª¨¦l estar¨¢ bien, yo lo aseguro. No permitir¨¦ que ustedes tengan que sufrir la p¨¦rdida de un ser querido. Mientras Candado abrazaba a los ni?os, Hammya, quien estaba observando todo, se conmovi¨® al ver la escena, luego cerr¨® la puerta silenciosamente, aclar¨® la garganta y golpe¨® la puerta. Candado, al escuchar los golpes, se puso de pie y tom¨® las manos de los ni?os. ¡ª?S¨ª? ¡ªNelson est¨¢ esperando afuera. ¡ª?Tan pronto? Candado llev¨® a los ni?os afuera de la habitaci¨®n y luego se dirigi¨® hasta la sala, donde vio al se?or cargando al muchacho. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Gerald. ¡ªLos llevaremos a mi pueblo, all¨ª estar¨¢n a salvo. ¡ª?Andersson vendr¨¢ con nosotros? ¡ªpregunt¨® Ros¨ªo. Candado puso sus manos en los hombros de la peque?a y sin titubear dijo. ¡ªS¨ª, voy a ponerlos a salvo, conf¨ªen en m¨ª. Candado tom¨® nuevamente las manos de los ni?os y los llev¨® afuera de la casa, donde estaba el auto de Nelson reluciente, con ¨¦l fuera del auto recostado como si fuera un adolescente esperando a su novia. ¡ªVaya, no pens¨¦ que traer¨ªas mu?ecos. Cuando Candado puso un pie afuera de la casa, sinti¨® un escalofr¨ªo que recorri¨® desde su espina dorsal hasta su nuca, para luego escuchar el susurro de T¨ªnbari. ¡ªTe han seguido, Candado. Las palabras de T¨ªnbari lo alertaron; no pod¨ªa concebir lo que le hab¨ªa dicho su guardi¨¢n. ¡ª(?Quienes?) ¡ªAgentes. Candado sinti¨® asco, repudi¨® e indignaci¨®n a escuchar eso. Estaba preocupado, sobre todo porque ten¨ªa a personas inocentes bajo su cuidado. Se detuvo a mitad del camino entre la casa y el auto, disimuladamente mir¨® a la izquierda y vio un auto rojo estacionado observ¨¢ndolo. Luego, gir¨® a la derecha y vio dos motos y una camioneta, obviamente estaban disimulando. Los motoqueros fing¨ªan hablar entre s¨ª, el conductor de la camioneta fing¨ªa leer un diario, lo cual era obvio porque el diario estaba al rev¨¦s y el sujeto estaba ocupado observ¨¢ndolos. ¡ª?Sucede algo, Candado? ¡ªpregunt¨® Ros¨ªo. ¨¦l no respondi¨® y segu¨ªa mirando a su alrededor, hasta que sinti¨® que la ni?a le tir¨® de la manga. Candado r¨¢pidamente volvi¨® a la realidad y mostr¨® una sonrisa c¨ªnica, luego se acerc¨® al auto y abri¨® la puerta. Para su sorpresa, Clementina estaba ah¨ª. ¡ªHola se?or. Candado no tuvo tiempo de reaccionar y subi¨® a los ni?os en el regazo de Clementina. ¡ªSe?or, qu¡­ ¡ªPeligro¡ªsusurr¨® Candado. Clementina se dispon¨ªa a escanear el ¨¢rea, pero ¨¦l la tom¨® de la mano a Clementina y la mir¨® a los ojos. ¡ªCuida a estos ni?os y no los sueltes, por favor. Clementina no pregunt¨® nada y solo se limit¨® a aceptar lo que le hab¨ªa ordenado. Sea lo que sea, era bastante grave como para poner a su "joven patr¨®n" de esa forma. Luego, el se?or coloc¨® al muchacho en el asiento trasero; a¨²n estaba dormido. Candado le abroch¨® el cintur¨®n de seguridad a ¨¦l y a Clementina, ya que ella ten¨ªa las manos ocupadas. En ese momento, sali¨® Hammya de la casa y se dispon¨ªa a sentarse en el asiento de adelante. Candado cerr¨® la puerta y se interpuso en el medio. ¡ªHammya, vos te sent¨¢s atr¨¢s. ¡ªNo, quiero sentarme al frente. ¡ªHammya, no tengo tiempo de discutir contigo. Te sent¨¢s atr¨¢s y punto. Ella no escuch¨® y puso la mano en la manija de la puerta. Candado tom¨® su mano y la mir¨® a los ojos, pero no estaba enojado; m¨¢s bien, aquellos ojos mostraban una s¨²plica en aquel rostro fr¨ªo. ¡ªPor favor¡­ Si¨¦ntate atr¨¢s. Hammya entendi¨® y acept¨® con la cabeza. Cuando todos se subieron al auto, Candado se despidi¨® del hombre y le dijo a Nelson que arrancara r¨¢pido; el viejo no dijo nada y encendi¨® el motor. Cuando el auto comenz¨® a moverse, Nelson, algo preocupado por lo que estaba haciendo Candado, miraba constantemente los espejos del auto y decidi¨® romper el silencio. ¡ªMuchacho, has estado algo disperso desde que salimos del lugar. ?Pasa algo? ¡ªHay personas que nos est¨¢n siguiendo. Creo que est¨¢n detr¨¢s de m¨ª y de ellos. ¡ª??C¨®MO?!¡ªgrit¨® Hammya. ¡ªNo me gusta c¨®mo suena eso, Candado. Creo que ser¨ªa mejor que yo los rastreara y¡­ ¡ªNo, no lo har¨¢s. Te encomend¨¦ una tarea y vas a cumplirla. ¡ªCandado, tal vez est¨¢s un poco exaltado. Rel¨¢jate, vas a asustar a los ni?os. ¡ªS¨ª, estoy exaltado porque ustedes est¨¢n en peligro, pero eso no quiere decir que est¨¦ loco. Lo malo de m¨ª es que siempre le pasa algo a las personas que me rodean. En ese momento, Candado mir¨® a Nelson y se sorprendi¨® un poco al ver que Nelson estaba cargando un arma m¨¢gnum con una sola mano. ¡ª?Qu¨¦ haces, viejo loco? ¡ªNo lo hab¨ªa notado, chico. Pero debe de ser ese auto rojo que nos est¨¢ siguiendo. Lo m¨¢s factible es que estas personas sean mercenarios de Greg o Agentes. ¡ªEso quiere decir que¡­. En ese preciso momento, Candado vio por el reflejo de una vidriera a un tipo con un francotirador apuntando al coche. Cuando Candado vio esto, grit¨®. ¡ª?AG¨¢CHENSE! Todos lo hicieron, excepto Hammya, que no tuvo tiempo para hacerlo, hasta que se escuch¨® el disparo. Candado estir¨® su brazo, interponi¨¦ndose entre la cabeza de Hammya y la ventana, recibiendo la bala ¨¦l en vez de ella. ¡ª?CANDADO!¡ªgrit¨® preocupada Hammya. ¡ªMierda, oh mierda¡ªdec¨ªa Nelson mientras aceleraba. ¡ª?EST¨¢S SANGRANDO!¡ªgrit¨® alarmada Clementina ¡ª?CIERRA LA BOCA Y MANTENTE AGACHADA!¡ªgrit¨® Candado mientras se sacaba la bala y la tiraba por la ventana. El auto aceleraba, Clementina se manten¨ªa inclinada mientras cubr¨ªa las cabezas de los ni?os asustados con sus manos. ¡ªEsto no es bueno, para nada bueno¡ªdijo Clementina. Candado no hab¨ªa recibido ninguna herida esta vez, se hab¨ªa encargado de concentrar todos sus poderes en la zona de su brazo, d¨¢ndole solo un golpe fuerte en el antebrazo. Hammya, quien no sab¨ªa de nada, comenz¨® a llorar, creyendo que por su culpa hab¨ªan herido a su amigo. Pero Candado llam¨® a T¨ªnbari y pidi¨® cobertura para evitar que siguieran disparando al coche. Nelson, quien estaba al volante, baj¨® la ventanilla y sac¨® su brazo para despu¨¦s disparar a los autos que los segu¨ªan detr¨¢s de ¨¦l. ¡ª?NO HAGAS ESO, VIEJO! ?NECESITO QUE TE CONCENTRES EN EL CAMINO!¡ªgrit¨® Candado mientras tomaba el volante. Nelson comenz¨® a re¨ªrse. ¡ª?MUCHACHO! ?EL ARMA QUE EST¨¢ BAJO TU ASIENTO, POR FAVOR! Candado, sin dudar un segundo, se agach¨® y sac¨® un rifle de asalto liviano y se lo entreg¨® a Nelson. ¡ª??DE D¨®NDE RAYOS SACAS ESTAS ARMAS!? ¡ª?SON UN VIEJO REGALO DE MALVINAS!¡ªgrit¨® mientras empezaba a disparar. ¡ª?ESO ES UNA DESCARADA MENTIRA! Candado mir¨® hacia atr¨¢s para saber c¨®mo estaban sus compa?eros. ¡ª?Est¨¢n bien? ¡ªAfirmativo, se?or, estamos bien. ¡ªLo siento, Candado, lo siento. ¡ªYa deja de disculparte, estoy bien¡ªluego mir¨® arriba¡ªT¨ªnbari no durar¨¢ mucho en esa situaci¨®n. Despu¨¦s, volvi¨® al frente, se quit¨® el cintur¨®n de seguridad y abri¨® la puerta. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® Ros¨ªo. ¡ªVoy a cumplir mi palabra¡ªluego se dirigi¨® a Nelson¡ªll¨¦valos a casa, estar¨¢n a salvo ah¨ª, luego los ver¨¦. Antes de que Nelson pudiera decir algo o frenarlo, Candado salt¨® del auto y cay¨® de pie en la calle. Luego, invoc¨® a dos perros flameantes para que se fusionaran y formaran un enorme perro. Candado se subi¨® a su lomo y corri¨® hacia los autos que ven¨ªan de frente. Estos, al ver que su objetivo se acercaba, sacaron sus armas y empezaron a dispararle, pero como T¨ªnbari iba adelantado, frenaba las balas antes de que tocaran a Candado. Era veloz y preciso, tomaba las balas con sus manos. Como los individuos no pod¨ªan verlo, pensaban que Candado era el que los frenaba. Luego, unas dos motos salieron de detr¨¢s de la camioneta y aceleraron hacia donde estaba Candado. Sacaron sus armas y empezaron a dispararle. Candado encendi¨® sus manos con la caracter¨ªstica flama violeta y cuando estuvo lo suficientemente cerca, le dio un pu?etazo a las ruedas delanteras de la moto, provocando que estos volaran por los aires. Sin parpadear y sin mostrar una sola expresi¨®n en su rostro, se puso de pie y salt¨® al frente del auto, haciendo desaparecer su perro y dejando a Candado y a T¨ªnbari solos. Despu¨¦s, se par¨® en el techo y con una fuerza descomunal sac¨® el techo del auto. Luego, se meti¨® dentro del coche y empez¨® a golpearlos. T¨ªnbari sac¨® al acompa?ante y lo tir¨® afuera, provocando que rodara por la calle y fuera liquidado por un cami¨®n que pasaba a toda velocidad. Mientras tanto, el otro, Candado lo desarm¨®, lo tom¨® de la nuca y lo arremeti¨® contra el volante, dej¨¢ndolo inconsciente al instante. Luego, pis¨® el freno y el auto se detuvo frente a la camioneta que tambi¨¦n los persegu¨ªa. Candado abri¨® la puerta del acompa?ante, tom¨® al sujeto inconsciente y salt¨® del auto, utilizando el cuerpo del individuo para amortiguar su aterrizaje. Cuando toc¨® el suelo, la camioneta embisti¨® con todo al auto, provocando un estruendo enorme. Candado se puso de pie y se baj¨® de la espalda del sujeto. Luego, se sacudi¨® el polvo que ten¨ªa en su ropa y camin¨® hasta la camioneta que estaba estampillada contra el auto. Aunque los acompa?antes estaban todos muertos, solo el conductor sobrevivi¨® a eso, lo que result¨® en una iron¨ªa que caus¨® gracia a T¨ªnbari. Candado abri¨® la puerta del auto, que termin¨® por desprenderse de sus bisagras y caer al suelo. Despu¨¦s, procedi¨® a sacar al agonizante y adolorido sujeto de la camioneta y lo tir¨® en el suelo mientras pon¨ªa su pie en el cuello. ¡ªDime, rata inmunda, ?qui¨¦n te ha enviado? El sujeto escupi¨® a Candado, pero en su posici¨®n, la saliva cay¨® en su rostro en lugar de la cara del muchacho. Candado solo se limit¨® a mostrar una sonrisa tenue y tranquila. ¡ªEres un pelotudo; aun en las ¨²ltimas consecuencias, defender¨¢s a tu jefe ¡ªluego se inclin¨® a la altura de la cara del sujeto¡ª. Me gustar¨ªa ver c¨®mo gastas tu recompensa de mercenario en el cielo ¡ªluego se sac¨® el guante blanco de su mano izquierda y toc¨® su frente. Cuando hizo eso, la figura horrenda para el ojo humano conocida como T¨ªnbari apareci¨®. ¡ªVeo que usaste de nuevo eso. Sabes muy bien que esos guantes evitan el contacto con otra persona, ya que podr¨ªa manifestar mi presencia ante otros, sin mencionar que has hecho esto m¨¢s de una vez para cumplir tus malditos e infantiles caprichos. ¡ªS¨¦ que te gusta ver las caras de tus v¨ªctimas cuando te ven. Vamos, haz tu trabajo. El sujeto qued¨® totalmente asustado por lo que estaba viendo, quiso gritar, pedir ayuda, pero nada sal¨ªa de su boca. Estaba muy asustado al ver aquella criatura. ¡ªAyu¡­ Ay¨²denme¡­ Alguien, quien sea, ayuda ¡ªdec¨ªa el sujeto mientras miraba la camioneta destrozada con los cad¨¢veres de sus compa?eros. Candado, mirando en la misma direcci¨®n que el sujeto, dijo. ¡ªOlv¨ªdalo, no creo que vayan a moverse ¡ªluego mir¨® al sujeto¡ª. Sus almas pertenecen a T¨ªnbari, como tambi¨¦n lo eres t¨². El sujeto qued¨® totalmente asustado; no pod¨ªa moverse. Luego ocurri¨®: T¨ªnbari camin¨® hasta el sujeto, y mientras m¨¢s se acercaba, m¨¢s se sent¨ªa su coraz¨®n en la garganta. Candado se hizo a un lado, y T¨ªnbari se sent¨® encima de ¨¦l. ¡ªBien, esta es la parte m¨¢s bonita de mi trabajo. Hola, soy T¨ªnbari, un amigo suyo. ¡ªEres el demonio ¡ªdec¨ªa el sujeto con las pocas fuerzas que ten¨ªa. ¡ªDate prisa, T¨ªnbari, quiero irme antes de que la polic¨ªa venga aqu¨ª ¡ªdijo Candado mientras miraba alrededor. ¡ªYa voy, ya voy, solo dame un momento ¡ªluego mir¨® al sujeto¡ª. Dime, ?Qui¨¦n te contrat¨®? Si me lo dices, no me llevar¨¦ tu alma, pero si no lo dices, me encargar¨¦ de que sufras mucho. ¡ªGreg, Greg, fue Greg. Candado qued¨® perplejo al escuchar ese nombre, el nombre de un maldito asesino, el mismo que mat¨® a su abuelo. ¡ª?D¨®nde est¨¢? ¡ªpregunt¨® Candado sin voltear. ¡ªNo lo s¨¦, toda la informaci¨®n la recibimos por tel¨¦fono. Nos garantizaron una gran suma de dinero si liquid¨¢bamos a los ni?os de porcelana. ¡ªT¨ªnbari, d¨¦jalo, hemos terminado aqu¨ª. Seguro que estar¨¢n a salvo ¡ªluego mir¨® al sujeto¡ª. Te dejar¨¦ vivir, pero si vuelves a tomar un arma y apuntas hacia m¨ª o hacia mis hermanos, no te perdonar¨¦, y me encargar¨¦ de que tu muerte sea lenta y dolorosa. Luego se coloc¨® los guantes y se alej¨® del lugar sin mirar atr¨¢s, mientras que el sujeto quedaba totalmente insano por lo que hab¨ªa visto. Las sirenas de los polic¨ªas se escuchaban a lo lejos. Candado se re¨ªa para sus adentros, porque era gracioso que llegaran veinte minutos tarde; casualmente, tardan m¨¢s, pero hoy era diferente. Aunque la pelea finaliz¨® r¨¢pido, Candado se hab¨ªa quedado sin transporte para poder volver a casa; sin embargo, no le import¨®, ya que estaba pensando en otras cosas. Greg, el hombre que le hab¨ªa quitado a su abuelo, otra vez, estaba distante del asesino. Pero lo que m¨¢s le llamaba la atenci¨®n era por qu¨¦ atacar a los ni?os que estaban a su cuidado. Trataba de sacar una respuesta certera, pero no lo consegu¨ªa, y a medida que intentaba armar los pedazos de lo ocurrido, aparec¨ªan m¨¢s piezas, las cuales muchas de ellas no encajaban del todo o simplemente no pod¨ªa unirlas. Tal como hab¨ªa dicho a Clementina, no poder tener una respuesta certera estaba bastante claro que ellos quer¨ªan matar a Candado. Pero por qu¨¦ a ellos. Fue en ese momento que sac¨® dos conclusiones: o ellos robaron y se quedaron con algo o ellos son el da?o colateral. Sea lo que sea, pon¨ªa en peligro a sus amigos y familiares. Mientras caminaba por la calle, llena de gente, se le ocurri¨® dejar de pensar las cosas un momento, ya que el estr¨¦s lo llevar¨ªa a escupir sangre por el suelo. Luego le pas¨® por la mente visitar a unos amigos que ten¨ªa ah¨ª, la familia que ¨¦l hab¨ªa ayudado. ¡ªCandado ¡ªinterrumpi¨® T¨ªnbari. ¡ª?Qu¨¦ quieres? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªVaya, est¨¢s hablando en p¨²blico. ¡ªEstoy algo cansado como para fijarme si ellos me ven como un loco. Que llamen al psiquiatra si total yo no soy de aqu¨ª. T¨ªnbari qued¨® sorprendido con la respuesta. ¡ªOkey, si t¨² lo dices ¡ªluego aclar¨® la garganta, baj¨® el suelo y camin¨® al lado de Candado¡ª. ?A d¨®nde nos dirigimos? ¡ªNo tengo transporte, as¨ª que mientras estoy aqu¨ª, me gustar¨ªa visitar a unos amigos. ¡ª?Amigos? ¡ªS¨ª, amigos, A-M-I-G-O-S, amigos. ¡ªS¨ª, s¨¦ c¨®mo se escribe, pero me sorprende que est¨¦s haciendo amistad con otros. ¡ªSoy amigo tuyo y nadie dice nada, as¨ª que.... ¡ªS¨ª, es verdad, pero nadie dice nada porque nadie me ve, es m¨¢s, pareces un loco que habla solo en la calle. ¡ª?Y los que te ven? ¡ªTampoco dicen nada porque me tienen miedo. ¡ªMentiroso. ¡ªBueno, algunos. ¡ªEn fin, lo que yo decida hacer con mi vida es tu problema y no m¨ªo, as¨ª que yo que t¨² no me meter¨ªa en los asuntos ajenos. ¡ªCandado, tus amenazas no funcionan conmigo. ¡ª?Qui¨¦n dijo que era una amenaza? ¡ª?Qu¨¦? ¡ªOh, nada, olv¨ªdalo. ¡ªSabes, eres un humano bastante extra?o y muy cerrado. ¡ªJa, si cobrara cinco centavos por cada vez que me dicen eso, me har¨ªa rico. ¡ªEstoy seguro de que, si te hubiera encontrado con Hitler de ni?o, este se hubiera pegado un tiro desde hace tiempo, por tu maldita forma de ser. ¡ªS¨¦ que, si Hitler se hubiera encontrado conmigo, este jam¨¢s ser¨ªa una persona asesina. En vez de eso, lo guiar¨ªa hacia un camino mejor y de seguro su nombre jam¨¢s ser¨ªa una mala palabra. ¡ªOh, qu¨¦ profundo, Candado el buen samaritano ¡ªdijo ¨¦l ir¨®nicamente. ¡ªT¨ªnbari, nadie nace malo. De seguro algo le habr¨¢ pasado a ¨¦l, como a T¨¢natos cuando era un ni?o, para que hiciera algo tan nefasto. De seguro le pas¨® eso. ¡ª?Qu¨¦ me quieres decir con eso? ¡ªQue es triste ver a alguien que se vuelve malo. Si queremos que el mundo mejore, tenemos que empezar a mejorar nosotros mismos. El d¨ªa en que el mundo haga el bien sin mirar a qui¨¦n ayudan, la sociedad y la humanidad habr¨¢n cambiado para siempre. ¡ªCandado, me est¨¢s asustando. T¨² nunca eres as¨ª. S¨¦ que aplicas la l¨®gica a todo, pero esto. No respondi¨®, solo lo dej¨® con la duda. Era claro que Candado hab¨ªa abierto la boca de m¨¢s y era hora de guardarse su punto de vista, solo para molestar un poco a T¨ªnbari. Candado dobl¨® a la esquina y encontr¨® la casa de sus nuevos amigos. ¡ªGuau, ha cambiado mucho desde la ¨²ltima vez que estuve aqu¨ª. Me pregunto si los se?ores Fern¨¢ndez seguir¨¢n viviendo aqu¨ª. De hecho, ten¨ªa toda la raz¨®n. La casa ya no era m¨¢s una pobre ratonera; su pintura era nueva, aunque segu¨ªa siendo del mismo color. Las ventanas estaban reparadas, relucientes y nuevas, ten¨ªan cortinas y todo lo que pod¨ªa tener una ventana normal. La puerta estaba reparada y bien pintada, el jard¨ªn estaba arreglado y ten¨ªan un basurero decente. ¡ªS¨ª est¨¢ as¨ª de afuera, ?c¨®mo ser¨¢ adentro? Candado se acerc¨® a la puerta y dio tres ligeros golpes. Luego, esta se abri¨® y detr¨¢s de ella hab¨ªa un se?or con bigote y anteojos, con una chomba celeste, pantalones negros y zapatos marrones, una persona que Candado jam¨¢s hab¨ªa visto. ¡ªDisculpe, creo que me equivoqu¨¦¡­ ¡ª?Candado? ¡ª?Eh? ?Lo conozco? ¡ªpregunt¨® ¨¦l mientras frunc¨ªa el ce?o. Luego, recibi¨® un inesperado abrazo por parte del se?or, sintiendo las l¨¢grimas y el llanto del hombre en su oreja. Detr¨¢s de su espalda estaba su mujer y su hija, ambas con ropas de casa; la se?ora con un camis¨®n largo de color amarillo claro y su hija con una remera de mangas cortas de color verde con la cara de un conejo blanco, pantalones cortos negros y descalza, rostros conocidos para ¨¦l. ¡ªVeo que no se mudaron. Cuando Candado dijo eso, las dos personas paradas detr¨¢s del se?or corrieron hacia ¨¦l y lo abrazaron. ¡ªEres el ¨¢ngel que nos dio todo esto, gracias, much¨ªsimas gracias ¡ªdec¨ªa la se?ora con l¨¢grimas. ¡ªGracias por volver, se?or ¡ªdijo Carolina mientras trataba de no llorar. ¡ªVeo que son muy afectuosos ¡ªdijo T¨ªnbari mientras se re¨ªa. Candado no pod¨ªa decir nada, ya que quer¨ªa seguir manteniendo en secreto a T¨ªnbari. Estaba bastante calmado cuando supo que ninguna parte de su cuerpo estaba al aire, salvo su cara. Si ten¨ªa contacto f¨ªsico con otro ser humano, podr¨ªan ver a T¨ªnbari. La ¨²nica parte de su cuerpo que estaba excluida de esas leyes era su rostro. La raz¨®n es que esa es la zona en la que toda fuente de identidad de un humano hacia su Bari, por lo tanto, ellos no pueden usurpar esas identidades. As¨ª que nada ocurrir¨¢ si le tocan la cara. ¡ªS¨ª, yo tambi¨¦n me alegro de verlos ¡ªdec¨ªa Candado. ¡ªEs incre¨ªble, has vuelto ¡ªdijo el se?or mientras se separaba de ¨¦l¡ªbienvenido a la familia, esper¨¢bamos tu regreso. ¡ªVeo que han mejorado mucho, casi no los reconoc¨ª se?or ¡ªdec¨ªa Candado mientras se arreglaba la ropa y la corbata. ¡ªGracias por habernos ayudado, gracias por esa suma de dinero, la verdad estamos en deuda con usted ¡ªdijo la se?ora Fern¨¢ndez. ¡ªOh, bien, me alegro que est¨¦n bien, pero tampoco es irse por las ramas. ¡ªEs para irse por las ramas, usted nos ayud¨® y por eso estamos muy agradecidos ¡ªdijo Carolina. ¡ªBueno, me siento feliz de que ustedes est¨¦n bien tambi¨¦n, me alegra que ya no tengan que mendigar a esas personas de coraz¨®n domesticado. ¡ªEs todo un privilegio tenerlo aqu¨ª con mi familia, se?or Candado ¡ªdijo el se?or Fern¨¢ndez. ¡ªS¨ª, es muy bonito, pero ?podr¨ªan dejar de llamarme con honor¨ªficos? Ni que fuera un pr¨ªncipe, rey o uno de los tantos egoc¨¦ntricos de la nobleza. ¡ªEs que no podemos evitarlo, es que nos ayud¨® bastante, podr¨ªamos vivir eternamente dici¨¦ndole gracias y no ser¨ªa suficiente. ¡ªCarolina, creo que ser¨ªa bueno si empezaran a decirme c¨®mo les fue en todo este tiempo, empezando con¡­ ¡ªLuego de varios minutos moviendo su dedo alrededor de su eje, se?al¨® al se?or Fern¨¢ndez¡ªempezando por usted. ¡ª?Yo? ¡ªS¨ª, d¨ªgame, ?Qu¨¦ ha sido de su vida? ¡ªBien, despu¨¦s de que nos dio ese dinero, pagamos nuestras deudas, reparamos la casa, compramos muebles, ropas y electrodom¨¦sticos, luego busqu¨¦ trabajo en una escuela privada de Resistencia. ¡ª?Por qu¨¦ no me sorprende? ¡ªluego mir¨® a la se?ora¡ª?Y usted? ¡ªA m¨ª me llam¨® un se?or y solicit¨® mi ayuda en un banco privado. ¡ª?RENUNCIE! ¡ªPero ?por qu¨¦? ¡ªVaya al banco provincia o el estatal no un privado, recuerde que ustedes hipotecaron la casa y que por culpa de eso casi pierden su hogar. ?Por qu¨¦ volver con aquellos atorrantes que se quedan con tu plata? Mientras Candado dec¨ªa todo eso, la se?ora tomaba nota con una libretita y un l¨¢piz. ¡ªYa veo, interesante. ¡ªAh, bien ¡ªluego mir¨® a Carolina¡ªveo que ahora vas a la escuela, ?verdad? ¡ªS¨ª, pero no a las comunes, sino a una gremial. ¡ªHoy en d¨ªa, muchos chicos prefieren asistir a escuelas especiales. ¡ª?Como usted? ¡ªNo, yo voy a una escuela normal, donde son pocos los que comparten circunstancias similares a las nuestras. ¡ªVaya, creo que deber¨ªa hacer lo mismo. ¡ªNo, si te sientes bien en esa escuela, entonces qu¨¦date ah¨ª. ¡ªBien¡ªen ese momento saqu¨¦ una libreta y anot¨¦¡ªinteresante. ¡ª?Todos est¨¢n de acuerdo? ?No? ¡ªNo, claro que no, solo es una coincidencia. ¡ªSer¨ªa coincidencia si usted no hiciera lo mismo que ellas. ¡ªOh, ?coincidencia? Candado se quit¨® la boina y se rasc¨® la cabeza, luego comenz¨® a hacer girar su boina con su dedo ¨ªndice. ¡ªBien, tuve algunos contratiempos en el camino de vuelta a casa, perd¨ª mi transporte, as¨ª que decid¨ª aprovechar, ya que estoy aqu¨ª, para saber c¨®mo les est¨¢ yendo o c¨®mo les trata la vida. ¡ªGracias por su consideraci¨®n, estamos muy bien y todo gracias a usted; hemos comenzado una nueva vida. Candado casi se sinti¨® ruborizado cuando escuch¨® que la persona que hab¨ªa dicho eso era Ver¨®nica, con un vestido, aparentemente ya ten¨ªa seis a?os. ¡ªGuau, te pareces mucho a mi hija¡ªluego me tap¨¦ la boca¡ªoh, se me escap¨®¡ªdije simulando estar apenado. Aunque lo dije a prop¨®sito, no esperaba que dicho comentario los dejara sin palabras; sus rostros mostraban una tremenda sorpresa. ¡ª?Dije algo malo? ¡ª??C¨®MO ES POSIBLE QUE ALGUIEN DE SU EDAD TENGA UN HIJO?!¡ªgrit¨® el se?or Fern¨¢ndez. ¡ªEn realidad, es una hija y no un hijo¡ªaclar¨® Candado. ¡ª?NO HACE LA DIFERENCIA SE?OR!¡ªgrit¨® Carolina con sus serpientes exaltadas. ¡ªAleja esos bichos de m¨ª, querida. ¡ª?Pero c¨®mo es posible que tenga una hija?¡ªpregunt¨® la se?ora Fern¨¢ndez, con un esfuerzo muy grande para no gritar. ¡ªBueno, yo¡­. ¡ªNo me digas que ya has experimentado las relaciones... ¡ª?Est¨¢ loca o qu¨¦ se?ora? Obviamente eso es imposible. ¡ª?Cu¨¢ntos a?os tiene?¡ªpregunt¨® Carolina. ¡ªCinco. ¡ªSigo siendo la mayor, s¨ª¡ªdijo Ver¨®nica. ¡ªDa igual, el tema es que se parece mucho a Yara y punto. ¡ª?Podr¨ªa jugar con ella un d¨ªa? ¡ªClaro que s¨ª, mi ni?a¡ªdijo Candado mientras le acariciaba la cabeza. ¡ªPero c¨®mo¡­. ¡ªBueno, bueno, creo que vamos a dejar esas preguntas de lado, no queremos incomodar al muchacho ?Verdad? ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n pap¨¢. ¡ªPasa, ven a comer con nosotros. ¡ªLamento declinar su oferta nuevamente se?ora, pero tengo que volver a casa antes de que se preocupen, quiz¨¢s la pr¨®xima vez. ¡ªOh, es una pena, creo que no va ver forma de convencerte. ¡ªExacto, pero antes de eso, quisiera ver a Thomas, me gustar¨ªa saber qu¨¦ tan bien le va en la vida. ¡ªBueno, sobre eso, creo que ya no lo podr¨¢s reconocer cuando lo veas o tal vez lo reconozcas, pero te acordar¨¢s de "otra" persona. ¡ª?De verdad? ¡ªS¨ª, de hecho, est¨¢ en su habitaci¨®n, ?Por qu¨¦ no vas y lo compruebas vos mismo? Candado se coloc¨® su boina y se dirigi¨® hasta el segundo piso, siendo acompa?ado por Carolina. Aunque la habitaci¨®n del chico estaba relativamente cerca de las escaleras, Carolina abri¨® la puerta un poco para que no se notara que ellos lo estaban espiando y se asomaron. Pero lo que vio Candado lo dej¨® totalmente calmado, ni se sorprendi¨® ni se asombr¨®. Porque para sus ojos, era un ni?o bien vestido. Aunque Candado se hab¨ªa dado cuenta de que el muchacho hab¨ªa imitado a la perfecci¨®n la forma de vestir de ¨¦l, pero con una diferencia: la boina era negra y no azul, estaba parado al frente del espejo arregl¨¢ndose la ropa. ¡ªOh, veo que le encanta vestirse bien. Luego procedi¨® a abrir la puerta, provocando que el peque?o Thomas se sorprendiera al ver a su amigo y su m¨¢s grande admiraci¨®n. ¡ªHola muchacho, veo que te gusta usar esos tipos de ropas¡ªluego le mir¨® el pecho¡ª aunque a¨²n no sabes ponerte una corbata. El muchacho qued¨® totalmente sorprendido, no se mov¨ªa y hab¨ªa quedado boquiabierto. Candado se inclin¨® y le arregl¨® la corbata roja, el nudo era demasiado impreciso, Candado lo desat¨® y lo volvi¨® a arreglar. Cuando termin¨®, recibi¨® un abrazo del peque?o y la felicidad del muchacho se convirti¨® en l¨¢grimas. ¡ªNi que fueran a?os¡ªdijo Candado mientras aceptaba el abrazo del ni?o. ¡ªEres t¨², la persona que me ayud¨® cuando no ten¨ªa nada. Carolina solt¨® alguna que otra l¨¢grima detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªBien, bien, ya pas¨®, ya pas¨®¡ªdec¨ªa Candado mientras palmeaba la espalda de Thomas. Luego lo alej¨® de ¨¦l y lo mir¨® a los ojos. ¡ªVamos, no llores, Thomas no llora, ?verdad? Candado alz¨® al peque?o muchacho y los llev¨® ante el espejo donde estaba posando hace un rato. Y parados frente a aquel hermoso espejo, Candado se mir¨® as¨ª mismo y al ni?o. ¡ªSomos iguales¡ªdijo Candado sin dejar de mirar el espejo. ¡ªS¨ª, es cierto. Luego Candado mostr¨® una sonrisa. ¡ªEst¨¢ bien que intentes ser igual a m¨ª, yo tambi¨¦n lo hac¨ªa cuando ten¨ªa tu edad, pero no tienes que ser perfectamente igual a m¨ª, sino que seas mejor que yo. ¡ªNo entiendo. Candado coloc¨® su mano en su cabeza y le baj¨® la boina, tap¨¢ndole la vista. ¡ªLo entender¨¢s alg¨²n d¨ªa¡ªluego meti¨® su mano en su bolsillo y sac¨® un caramelo¡ªeste es mi regalo para ti¡ªdijo mientras le entregaba el caramelo en la mano. Luego baj¨® al muchacho y puso su mano en su hombro. ¡ªP¨®rtate bien, eres el chico de la familia, por ende, tienes que cuidar a tu familia. Luego se puso de pie, volte¨® y camin¨® hasta Carolina, quien estaba parada sin hacer nada m¨¢s que mirar. Cuando se acerc¨® a ella, Candado puso su mano en su cabeza y dijo. ¡ªY vos, cuida al muchacho¡ªluego cerr¨® los ojos y continu¨®¡ªeres la mayor de esta familia ?no? Cuida mucho a tu hermano. Luego sinti¨® un peque?o tir¨®n de su pantal¨®n, Candado baj¨® la vista y vio a una Ver¨®nica con ojos curiosos. ¡ª?Y yo qu¨¦ hago? Candado la levant¨® y le dio un beso en la frente. ¡ªVos nunca crezcas¡ªluego le dio otro beso en la mejilla¡ªeres un encanto, mi cielo¡ªdespu¨¦s le entreg¨® un caramelo y coloc¨® su mano en su cabeza¡ªal¨¦jate de los roperos, ?s¨ª? (Todo esto lo hizo con su actitud agria y seria) ¡ªEst¨¢ bien. Luego se puso de pie y extendi¨® su mano, Carolina tambi¨¦n lo hizo, pero cuando estaba por estrecharle la mano, Candado la tom¨® con ambas manos. ¡ªNos vemos, se?orita¡ªdijo Candado sin ninguna emoci¨®n. Luego se retir¨® de la habitaci¨®n, dej¨¢ndola petrificada con un tan extra?o saludo. Cuando reaccion¨®, sinti¨® que algo ten¨ªa en su mano, esta lo abri¨® y pudo ver que era una medalla con un sol, y con letras doradas, C.I.P. (Concejal Institucional del Parlamento, un cargo que solo se puede ascender con la aprobaci¨®n de un poder supremo). Carolina qued¨® sorprendida al ver lo que ten¨ªa en sus manos. Eso significaba que hab¨ªa ascendido a un cargo mayor, y que podr¨ªa estar en la c¨¢mara de los Sem¨¢foros, pero cuando intent¨® decir algo, ya no estaba. Candado baj¨® las escaleras y se despidi¨® de la familia, alegando que volver¨ªa otra vez, pero antes de que pudiera irse, el se?or Fern¨¢ndez lo detuvo. ¡ªDijo que se iba a su casa, ?no? ¡ªClaro, ?por? ¡ªY dices que vives muy lejos de aqu¨ª, ?cierto? ¡ªPor supuesto. ¡ª?Por qu¨¦ no te llevo a casa? As¨ª llegas m¨¢s r¨¢pido. ¡ªEh, no, quisiera hacerlo por mi cuenta, gracias. ¡ªPero de Resistencia a tu casa, llegar¨ªas tarde, casi al anochecer. ¡ªTal vez, pero¡­ ¡ªReitero, voy a llevarlo hasta su casa, es lo menos que puedo hacer por usted. Candado se rasc¨® la nuca y mir¨® sus pies. ¡ªEst¨¢ bien¡ªluego alz¨® la vista¡ªpor qu¨¦ no, estar¨ªa bien llegar m¨¢s r¨¢pido. ¡ªBien, enseguida saco el auto, esp¨¦reme. Despu¨¦s de decir eso, desapareci¨® tras una puerta que se encontraba detr¨¢s de ¨¦l, dejando solo a Candado y a la se?ora Fern¨¢ndez. ¡ªD¨ªgame, Candado, ?c¨®mo puedo encontrar otro trabajo? Candado se llev¨® la mano al ment¨®n un rato y luego la mir¨®. ¡ª?Cu¨¢l es su deseo en la vida? ¡ªYo quisiera ayudar a las dem¨¢s personas, as¨ª como lo haces vos. ¡ªBien, puedes ser polic¨ªa, abogada, pol¨ªtica, enfermera, fiscal o maestra. ¡ªBien, bien y bien¡ªdec¨ªa mientras anotaba en una libretita. ¡ªCreo que estoy empezando a odiar esas notitas. ¡ª?Dijiste algo? ¡ªNo, no dije nada. En ese instante, el se?or Fern¨¢ndez irrumpi¨® en la sala. ¡ªYa est¨¢. ¡ªEso fue r¨¢pido¡ªdijo Candado mientras se dirig¨ªa a la puerta, luego volte¨®¡ªhasta luego se?ora, prometo volver a visitarlos. ¡ªLa casa siempre estar¨¢ abierta para vos. Candado mostr¨® una sonrisa y contest¨®. ¡ªS¨ª, seguro. Luego Candado sali¨® de la casa. Afuera, lo estaba esperando un auto llamativamente naranja, se parec¨ªa a un Peugeot, pero no era un Peugeot. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªEs un auto, Candado, un precioso y brillante auto. ¡ªNunca antes hab¨ªa visto uno igual. ¡ªBueno, mi peque?a empresa lo fabric¨®, contempla el Fangiomovil. ¡ªGuau, sinceramente, guau. A Candado se le iluminaron los ojos al ver un auto fabricado en la Argentina. ¡ª?Y bien qu¨¦ te parece? ¡ª?C¨®mo lo construy¨®?¡ªpregunt¨® Candado mientras pasaba su mano por el cap¨®. ¡ªDespu¨¦s de que nos diste esa tan generosa cantidad de dinero, me puse a buscar un terreno en Buenos Aires, compr¨¦ una vieja f¨¢brica y contrat¨¦ a un grupo de obreros para hacer el trabajo. ¡ªPero ?C¨®mo hizo para que lo construyan en tan pocos meses? ¡ªSecretos de la empresa. Luego ambos se subieron al coche. ¡ªD¨ªgame, se?or, ?a caso esos empleados suyos cobrar¨¢n bien? ¡ªClaro que s¨ª, despu¨¦s de que recib¨ª tu ayuda, obtuve una nueva vida, estoy seguro de que esto es obra de Dios todo poderoso. ¡ªJe, s¨ª, seguro¡ªdijo Candado sarc¨¢sticamente mientras se colocaba el cintur¨®n de seguridad. ¡ªBien, aqu¨ª vamos. El se?or encendi¨® el motor y puso en marcha el auto; el sonido era mudo, era casi reconfortante para el se?or, aunque no lo era para Candado. De alguna forma, eso le hizo recordar a su padre, y con solo sentir esos buenos momentos que hab¨ªa pasado con ¨¦l, le provocaba cierta nostalgia en su coraz¨®n, pero tambi¨¦n un alegre recuerdo de su pasado. ¡ªNo me rendir¨¦. El se?or Fern¨¢ndez qued¨® algo sorprendido al escuchar eso, pero no hizo nada, solo sonri¨® y respondi¨® con una leve sonrisa. Candado se hab¨ªa dormido a mitad del camino, por lo que no hubo casi conversaci¨®n con el se?or Fern¨¢ndez. Aunque sospechaba que Candado estaba metido en algo grande y peligroso, siguieron siendo solo sospechas, ya que no tuvo tiempo de preguntarle y era una l¨¢stima. Pero no iba a interrumpir el sue?o. Cuando llegaron al pueblo de la Isla del Cerrito, el se?or despert¨® a Candado de la manera m¨¢s suave posible y le dijo que ya hab¨ªan llegado. Candado despert¨®, se tap¨® la boca y bostez¨®. ¡ªCielos, ?Cu¨¢nto tiempo dorm¨ª? ¡ªUna hora. ¡ªGuau, ya llegamos, bien, gracias. ¡ªEspera, ?no quieres que te lleve hasta tu casa? ¡ªNo, no quiero involucrarte¡ªluego extendi¨® su mano, y el se?or r¨¢pidamente le dio un apret¨®n¡ªgracias por molestarse en traerme aqu¨ª, se lo agradezco. ¡ªPareces un robot cuando me lo dices con esa cara. ¡ªAcost¨²mbrese. Luego baj¨® del auto y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l, para despu¨¦s hacer una se?a para que se fuera, mostrando un intento de sonrisa. El se?or se toc¨® la sien tres veces mientras sonre¨ªa, luego dio marcha atr¨¢s y se alej¨® del muchacho; el se?or miraba la figura de Candado por el espejo retrovisor mientras sonre¨ªa. ¡ªSea lo que sea, ¨¦l es una buena persona¡ªdijo el se?or en voz alta. Cuando el auto se perdi¨® de vista, Candado meti¨® sus manos en los bolsillos y decidi¨® caminar un poco. Justo cuando pensaba que no iba a tener dolor de cabeza, pum, apareci¨® T¨ªnbari de la nada solo para molestarlo. ¡ªAh, de vuelta a esta pocilga. ¡ªDisc¨²lpame por no tener rascacielos. ¡ªEs una completa idiotez lo que est¨¢s planteando. ¡ªNo plante¨¦ nada. Adem¨¢s, ?D¨®nde hab¨ªas estado? ¡ªEh, por aqu¨ª y por all¨¢. ¡ªPues vuelve para all¨¢ y qu¨¦date ah¨ª entonces. T¨ªnbari empez¨® a re¨ªrse. ¡ªVamos, Candado, solo es una broma, no te lo tomes a pecho. ¡ªCreo que ya lo hab¨ªa dicho, pero da igual, voy a decirlo otra vez. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªEres un dolor de cabeza. ¡ªY t¨²¡­ ¡ªNo te pases, canalla. ¡ªBueno, voy a pensar algo inteligente, ya vuelvo. Luego de decir eso, desapareci¨® otra vez. ¡ªPor favor, no vuelvas ¡ªdijo Candado mientras se rascaba el ment¨®n. Despu¨¦s de tener una tan ef¨ªmera conversaci¨®n con T¨ªnbari, Candado se dirigi¨® hasta su plaza preferida. A¨²n estaba el sol en lo m¨¢s alto. Luego sac¨® su reloj y mir¨® la hora: eran las 13:01 de la tarde. Exhal¨® y mir¨® nuevamente el cielo. Sus ojos comenzaron a sentirse pesados, y a cada minuto que miraba el cielo parpadeaba cada vez m¨¢s lento. Candado se toc¨® los ojos con su dedo ¨ªndice y pulgar. ¡ªNecesito un energizarte, todav¨ªa no es tiempo de dormir ¡ªdec¨ªa mientras se daba unos golpecitos en ambas mejillas. Luego se dirigi¨® hasta su casa, esperando que hubiera alguien all¨ª. Despu¨¦s de todo, ya empezaba a agotarse. Para cuando dobl¨® la esquina, pudo ver su casa, y no solo eso, pudo ver a los que lo hab¨ªan acompa?ado afuera de su casa. Todos sus amigos estaban afuera de su puerta esperando. Nelson estaba recostado por la puerta del auto, molido; Clementina estaba arriba del techo del coche visualizando la zona, seguramente para saber si ¨¦l estaba cerca. Anderson, ya curado por razones misteriosas, parec¨ªa que solo era pasajero, estaba sentado al frente de la puerta de su casa con Hip¨®lito haci¨¦ndole compa?¨ªa, mientras ambos ve¨ªan a los dos ni?os de porcelana jugando con Yara. Hammya era la m¨¢s preocupada de todos, estaba caminando de un lado a otro mirando el suelo y con las manos en la espalda. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªse pregunt¨® as¨ª mismo mientras ve¨ªa la escena. Candado inhal¨® y despu¨¦s exhal¨®; luego puso un pie al frente y camin¨® directamente hasta su casa. La primera en notarlo fue Clementina, ya que su censor hizo un ruido que hasta Candado pudo escuchar. ¡ª?AH¨ª! ¡ªgrit¨® Clementina. Candado sigui¨® caminando hacia ellos, sac¨® una de sus manos de su bolsillo y los salud¨® mientras sus ojos estaban cerrados. ¡ªAh¨ª viene el reproche ¡ªmurmur¨® Candado. Luego abri¨® los ojos y se sorprendi¨® al ver que todos corr¨ªan hacia ¨¦l. ¡ªOh cielos, esto va a doler ¡ªdijo Candado mientras sacaba sus manos de su bolsillo y se quedaba quieto en medio de la vereda. Nelson fue el primero en llegar, tom¨® a Candado de la cintura y lo elev¨® por los aires, mientras que este manten¨ªa su fr¨ªvolo rostro. ¡ªYa me lo imaginaba, est¨¢s bien. ¡ª?NO TIENES LA HERIDA! ¡ªgrit¨® sorprendida Hammya. Candado mir¨® su brazo, aunque la bala hundi¨® un poco en la zona del impacto. ¡ªOh, eso, ya te dije antes, yo siempre salgo ileso de las situaciones. ¡ªLo dije una vez y lo dir¨¦ de nuevo, est¨¢s bien ¡ªdijo Nelson mientras lo sosten¨ªa en el aire todav¨ªa. Candado no respondi¨®, solo mantuvo su mirada en los ojos del anciano, mientras que este segu¨ªa d¨¢ndole vueltas y vueltas en el aire. ¡ª?Podr¨ªas bajarme? ?Por favor? Nelson se detuvo y lo baj¨® al suelo con delicadeza. ¡ªGracias, ahora.... Y antes de poder decir algo, Hammya lo abraz¨® con fuerza, seguida por Clementina, Hip¨®lito, Nelson, Andersson, Roc¨ªo, Gerald y Yara. ¡ªDoble cielos, creo que voy a romperme la espalda. ¡ªC¨¢llate, aguafiestas ¡ªdijo Clementina. ¡ªS¨ª, yo tambi¨¦n me alegro de verlos, pero no es para exagerar. Luego, Candado sinti¨® su hombro h¨²medo, baj¨® la vista y mir¨® a Hammya. ¡ªOye, ?Est¨¢s llorando? ¡ªNo ¡ªdijo ella con una voz quebradiza. ¡ªS¨ª, claro ¡ªdijo Candado de forma sarc¨¢stica. Tom¨® a Hammya de los hombros y la separ¨® de ¨¦l para mirarla bien a los ojos. Efectivamente, estaba llorando. ¡ª?Ahora qu¨¦ vas a decirme? ?Qu¨¦ est¨¢s sudando por los ojos? ¡ªS¨ª. Candado estaba a punto de re¨ªrse por lo que le hab¨ªa contestado, pero en su lugar se mordi¨® los labios disimuladamente, mir¨® a todos e hizo una se?a para que le abrieran paso. Todos se alejaron de ¨¦l y despu¨¦s dijo. ¡ªBien, me alegra que ustedes.... ¡ª?En serio? Porque no te veo muy animado ¡ªinterrumpi¨® Clementina. ¡ªLuego te sacar¨¦ los ojos, pedazo de chatarra ¡ªaclar¨® su garganta y continu¨®¡ªcomo iba diciendo, me alegra que ustedes se hayan preocupado por m¨ª. Ahora s¨ª, pueden volver todos a lo que estaban haciendo; de seguro tienen asuntos importantes que atender, ?verdad? ¡ª?A caso te importa? ¡ªinterrumpi¨® nuevamente Clementina. ¡ªMe vas a sacar de quicio. Hip¨®lito baj¨® su pu?o suavemente en la cabeza de Clementina. ¡ªSilencio, ni?a. ¡ªBien.... Bueno, saben qu¨¦.... Pueden seguir con lo que estaban haciendo antes. Ni bien dijo eso, todos volvieron a abrazar a Candado. ¡ª?Pero qu¨¦ hacen? ¡ªDijiste que hici¨¦ramos lo que est¨¢bamos haciendo, ?no? ¡ªNo me refer¨ªa a eso, Clementina, no me refer¨ªa a eso. ¡ªUna vez m¨¢s ?s¨ª? ¡ªsuplic¨® Yara. ¡ªOh Isidro m¨ªo, est¨¢ bien, est¨¢ bien. Todos celebraron y siguieron por m¨¢s de diez minutos abrazando a Candado, hasta que este por fin pudo sentirse libre una vez que todos pudieron alejarse de ¨¦l. Candado cont¨® por qu¨¦ se demor¨® tanto, as¨ª como tambi¨¦n c¨®mo lleg¨® aqu¨ª. Si bien Nelson pudo entender d¨®nde se hab¨ªa quedado, los dem¨¢s no entendieron nada. Y una vez que termin¨® de contar todo lo sucedido, ocultando ciertas cosas, todos volvieron a sus quehaceres. Hip¨®lito volvi¨® a la casa para preparar la cocina, mientras la abuela no estaba, y sus padres tampoco. Nelson volvi¨® a su casa con su auto tiroteado, y para evitar llamar la atenci¨®n, tom¨® el sendero del bosque, jodido de manejar, pero f¨¢cil de evitar los ojos de las dem¨¢s personas. Candado hab¨ªa intentado mandar a Yara a su casa, pero esta se rehusaba a volver, quer¨ªa jugar un poco m¨¢s con sus nuevos amigos, as¨ª que estuvo al lado de su padre. Por otra parte, Candado quer¨ªa hablar un poco con Andersson, aunque era bastante f¨¢cil, ya que Candado sab¨ªa sueco y no le result¨® dif¨ªcil hablarlo, aunque a Andersson le costaba un poco hablar espa?ol, pero no era un problema. Ahora que ten¨ªan todo el tiempo del mundo, Candado llev¨® a Andersson y a los dem¨¢s al prado donde ¨¦l y Yara jugaron aquella vez, mientras que ellos se sentaban bajo el ¨¢rbol para charlar un poco sobre la situaci¨®n. Hammya y Clementina llevaban a los peque?os a jugar. Andersson se sent¨ªa c¨®modo al ver que sus peque?os hermanos estaban divirti¨¦ndose. ¡ªBra, jag hoppas att den h?r platsen passar dig (Bien, espero que este lugar sea de tu agrado). Andersson inclin¨® la cabeza, aceptando lo que hab¨ªa dicho Candado. ¡ªTack f?r hj?lpen. (Gracias por la ayuda). ¡ªInget att (No hay de que). ¡ªBra, vad ville du prata om? (Bien ?De qu¨¦ quer¨ªas hablar?). ¡ªJag vill att du ber?ttar f?r mig om ditt liv och dina syskon (Quiero que me hables de tu vida y de tus hermanos) ¡ªBra Andersson empez¨® por explicarle lo fundamental, de lo que tuvo que pasar de como hab¨ªa personas que los buscaban, encontronazos contra agentes. De c¨®mo se enfrent¨® a una mujer en un buz con un n¨²mero ocho en su frente. ¡ªJag f?rst?r, jag beklagar att jag f?r dig att ber?tta det h?r (Ya veo, siento que me cuentes esto) ¡ªNej, inga problem (No, no hay problema)¡ªluego mir¨® a sus hermanos, quienes estaban jugando con el cabello de Yara¡ªDet ?r fantastiskt att vi har kommit s? h?r l?ngt, ?rligt talat, jag trodde aldrig att jag skulle leva h?r (Es incre¨ªble que hayamos llegado hasta aqu¨ª, sinceramente, nunca pens¨¦ que llegar¨ªa vivo hasta aqu¨ª). ¡ªMen h?r ?r du (Pero aqu¨ª est¨¢s). ¡ªJa, det var mycket absurd (S¨ª, fue muy absurdo)¡ªluego baj¨® su mirada y continu¨®¡ªsanningen, aldrig visste jag om vi har oss, jag och mina br?der, ?r en g?va eller ett straff (La verdad, nunca supe si lo que poseemos nosotros, yo y mis hermanos, es un don o un castigo). ¡ªVad menar du? (?Qu¨¦ quieres decir?). ¡ªVeras v?n, det gjorde jag inte be om detta, gjorde ingen, men vi ?r h?r, jag f?rlorade mina f?r?ldrar p? grund av kretsen, vad h?nde med mig var dumt, hela mitt liv har jag l?rt mig att misstro m?nniskor, men din hj?lp (Ver¨¢s amigo, yo no ped¨ª esto, nadie lo hizo, sin embargo aqu¨ª estamos, yo perd¨ª a mis padres, por culpa del Circuito, lo que me pas¨® a m¨ª fue est¨²pido, toda mi vida aprend¨ª a desconfiar de la gente, sin embargo acud¨ª a tu ayuda). ¡ªAndersson, f?r du inte t?nka p? det, jag vet att ditt liv var sv?rt, men beh?ver inte straffa dig sj?lv (Andersson, no debes pensar en eso, s¨¦ que tu vida fue dif¨ªcil, pero no tienes que castigarte a ti mismo)¡ªluego movi¨® sus ojos a la izquierda moment¨¢neamente¡ªTitta, n?r var sista g?ngen du s?g dem skratta s?d?r? (Mira, ?cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que los viste re¨ªr de esa forma?). ¡ªBra, Jag f?rst?r inte vad du betyder f?r mig (Bien, No entiendo lo que me quieres decir). ¡ªLivet ?r alltid sv?rt, men nej, vi kommer inte att ge upp. Att vilja ta ditt liv var en feg handling, f?r om du g?r det, skulle du l?mna dina br?der ensamma i denna v?rld och tvinga dem att ?verleva p? egen hand, l?ngs d?liga v?gar (La vida siempre es dura, pero no por eso nos vamos a rendir. Querer quitarte la vida fue un acto de cobard¨ªa, porque si lo hicieras, dejar¨ªas a tus hermanos solos en este mundo y los obligar¨ªas a sobrevivir por s¨ª mismos, tomando malos caminos). Andersson suspir¨®. ¡ªBra (Bien) Luego puso su mano en su hombro y continu¨®. ¡ªJag vet inte om jag hittade dig av en slump, men jag m?ste s?ga att det var en l?ttnad att hitta dig den h?r g?ngen (No s¨¦ si te encontr¨¦ por casualidad, pero debo decir que fue un alivio encontrarte aquella vez). ¡ªGud, ja du ?r v?rd ber?m (Dios, s¨ª que mereces elogios). ¡ªDu ?r v?lkommen (De nada). ¡ªJag skulle vilja g?ra n?got f?r dig (Quisiera hacer algo por ti). ¡ªF?rst, l?r dig att tala mitt spr?k, och sedan, stanna kvar i denna stad. Det skulle vara trevligt om min lilla lekte med dina br?der (Primero, aprende a hablar mi idioma, y luego qu¨¦date a vivir en este pueblo. Ser¨ªa agradable que mi peque?a jugara con tus hermanos). ¡ªDet ?r okej (Est¨¢ bien). En ese momento, Yara vino corriendo y tom¨® las manos de Candado. ¡ªVen a jugar con nosotros. ¡ªYa voy, princesa ¡ªdijo Candado con una sonrisa. Luego se levant¨® y la tom¨® de la cintura, provocando que gritara de alegr¨ªa. ¡ªSoy un monstruo que se comer¨¢ a la peque?a Yara ¡ªdec¨ªa Candado mientras la manten¨ªa en el aire. Pero ni bien hizo eso, los dos hermanos de porcelana agarraron a Candado de las piernas y tiraron con fuerza hacia atr¨¢s, provocando que Candado cayera, dando su pecho contra el suelo. ¡ªEl monstruo ha ca¨ªdo ¡ªdijo Gerald mientras se paraba en su espalda. ¡ªBien ¡ªaplaudi¨® Roc¨ªo y continu¨®¡ªhas sido castigado por secuestrar a una damisela. ¡ªClaro, el monstruo ha ca¨ªdo ¡ªluego solt¨® a Yara y se dio vuelta, mirando el cielo y sacando la lengua, como si estuviera muerto¡ªmor¨ª, dah. Luego Clementina se le acerc¨® y le pic¨® con una ramita que hab¨ªa ah¨ª. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® Yara. ¡ªS¨®lo verificando que est¨¦ muerto. Luego le pic¨® en el est¨®mago. ¡ªNo tengo cosquillas, as¨ª que deja de hacer eso ¡ªdijo Candado mientras manten¨ªa sus ojos cerrados. Pero justo despu¨¦s de decir eso, Yara salt¨® en su panza, haciendo que se despertara y se levantara. ¡ªTe dije que no hicieras eso. Luego abraz¨® a Candado, rodeando con sus delgados brazos alrededor de su cuello, mientras se re¨ªa. Fue acompa?ado tambi¨¦n por los abrazos de Gerald y Roc¨ªo, mientras que Clementina y Hammya se re¨ªan de la escena. Andersson se sent¨ªa m¨¢s tranquilo al ver c¨®mo se divert¨ªan sus hermanos. Yara se transform¨® en serpiente y se arrastr¨® por su cuerpo hasta su cabeza, donde se enroll¨® as¨ª misma y se relaj¨® ah¨ª. ¡ªYo tambi¨¦n quiero hacer eso ¡ªdijo Roc¨ªo. Candado trat¨® de contener su risa al escuchar tal disparate de la peque?a. Pero Hammya carg¨® a la peque?a y la subi¨® a los hombros de Candado. ¡ª?Qu¨¦ crees que haces? ¡ªCumpliendo su sue?o. Candado mostr¨® una sonrisa y se puso de pie, luego mir¨® a Gerald, y de alguna extra?a forma, Candado dio un peque?o pisot¨®n en el piso y producto de eso, de la nada, aparecieron dos perros, solo que esta vez, eran cachorros, ya no ten¨ªan sus caracter¨ªsticas llamas, solo su pelaje era violeta. Aunque en un principio asust¨® a Gerald, estos peque?os cachorros saltaron sobre ¨¦l y empezaron a lamerle por toda la cara. ¡ªImpresionante ¡ªfelicit¨® Clementina¡ªes el mismo truco que us¨® en la pelea con la se?orita Fereshteh. ¡ªJe, es una magia muy vieja, la cre¨® mi abuelo hace ya mucho tiempo. ¡ªPero¡­ son muy peque?os. ¡ªEs f¨¢cil hacerlos as¨ª, siempre y cuando use magia m¨ªnima. Los cachorros eran iguales a los grandes, solo que eran un poco m¨¢s peque?os y con rostros bellos, ten¨ªan pocos dientes, sus ladridos eran muy agudos, eran muy juguetones y no sab¨ªan quedarse quietos, daban vueltas y vueltas, jugando con el peque?o Gerald. ¡ªOh, perritos ¡ªdijo de manera tierna. Candado se inclin¨® y la ni?a baj¨®, acompa?ada por Yara, quien se hab¨ªa convertido nuevamente en humana. ¡ªCuando se trata de ni?os eres muy amable. Candado mir¨® a Hammya, con una actitud indiferente, como lo hace siempre, incomod¨¢ndola un poco, pero despu¨¦s mostr¨® una sonrisa. ¡ªGu¨¢rdate esos comentarios, ?quieres? Hammya y Clementina quedaron desconcertadas por ver esa expresi¨®n, poco usual, en Candado. ¡ª?Qui¨¦n eres t¨²? ¡ªdijeron ambas. ¡ªNo me hagan enojar ¡ªdijo Candado mostrando su actitud fr¨ªa. Luego camin¨® con las manos en los bolsillos hasta los ni?os, quienes felizmente jugaban con los cachorros. Candado se inclin¨® y coloc¨® sus ambas manos en las cabezas de Yara y Gerald. ¡ª?Qu¨¦ hacen? ¡ªpregunt¨® mientras mostraba una sonrisa. ¡ªEstamos jugando con los perritos ¡ªdijo Roc¨ªo. ¡ªVaya, es muy relajante, ?verdad? ¡ª?Por qu¨¦ no te unes? ¡ªpregunt¨® Gerald. Candado neg¨® con la cabeza. ¡ªNo, creo que los voy a mirar. Luego se sent¨®, mientras los chicos se alejaban de ¨¦l, ya que jugaban a perseguir a los cachorros. Candado se sent¨ªa contento al verlos jugar, sobre todo a Yara, quien hab¨ªa empezado a abrirse ante los dem¨¢s. Jam¨¢s la hab¨ªa visto tan alegre con otras personas; tiempo atr¨¢s estar¨ªa llorando y gritando el nombre de su padre o de Mauricio. Candado llev¨® su mano al ment¨®n y pens¨®. Ahora que hab¨ªa hecho la observaci¨®n sobre su peque?a, todo empez¨® porque Hammya apareci¨®. Era bastante extra?o; a¨²n ella desconoce de sus poderes, a pesar de que los us¨® dos veces, tres con esa vez que Declan habl¨® en su lengua para molestar a Viki. Era demasiado r¨¢pido para sacar conclusiones todav¨ªa, pero Candado sospechaba que Hammya tuviera doble personalidad. Candado apart¨® su mano y luego mir¨® a Hammya; esta estaba jugando con Yara, elev¨¢ndola por los aires imitando a Candado. Era extra?o, las dos veces que utiliz¨® sus poderes los ojos y su personalidad cambiaron. Pero despu¨¦s de pensar en ellos, se recost¨®, tom¨® una peque?a flor que estaba a su lado y la mir¨® atentamente. ¡ªEres demasiado intrigante, Hammya Saillim ¡ªluego solt¨® la flor y el viento se la llev¨®¡ª demasiado intrigante ¡ªdespu¨¦s cerr¨® sus ojos. Cuando se enteraron de que Candado estaba demasiado lejos de ellos, volvieron r¨¢pidamente hacia donde estaba recostado. Cuando llegaron, Candado se hab¨ªa quedado totalmente dormido, estaba muy agotado. Yara postr¨® su cabeza en el pecho de Candado para sentir los latidos de su coraz¨®n. ¡ªSigue vivo. ¡ªEs obvio que sigue vivo, ni?a, est¨¢ durmiendo ¡ªdijo Clementina. ¡ªBien, ?ahora qu¨¦ hacemos? ¡ªpregunt¨® Roc¨ªo. ¡ªCreo que es mejor que Candado descanse un poco ¡ªdijo Andersson mientras se acercaba detr¨¢s de ellos con las manos detr¨¢s de la espalda¡ª luego lo despertaremos. ¡ªAndersson, ya has aprendido a hablar, bien hecho. ¡ªGracias, lady Clementina. ¡ªPero¡­ Candado es quien nos organiza, si est¨¢ durmiendo, entonces ?qu¨¦ hacemos nosotros? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ª?Por qu¨¦ no hacemos lo mismo? Despu¨¦s de decir eso, Andersson se recost¨® en el suelo boca arriba, luego mir¨® a los dem¨¢s. ¡ªVenga, ¨²nanse. ¡ªNo creo que¡­ ¡ªEs relajante ¡ªinterrumpi¨® Gerald. Clementina se dio vuelta y vio a los tres ni?os recostados detr¨¢s de ella. ¡ªVan a ensuciar sus prendas ¡ªse rasc¨® la cabeza¡ª. Bien, total, despu¨¦s de todo, ¨¦l tambi¨¦n est¨¢ relajado ¡ªdespu¨¦s de decir eso, se acost¨® en el suelo. Los dos hermanos acariciaban a los cachorros que ten¨ªan, cada uno en su panza mientras miraban el cielo. Yara, en cambio, estaba acostada del lado derecho mientras tomaba su mano. Fue en ese momento que Yara se hab¨ªa dado cuenta de que la mano de Candado era grande. Andersson estaba mirando y parloteando sobre las nubes, diciendo cosas como que algunas se parec¨ªan a un auto, avi¨®n o un pato, mientras que Clementina escuchaba lo que dec¨ªa con menos o sin importancia alguna, m¨¢s que solo concentrarse en el ruido que hab¨ªa al su alrededor, as¨ª poder advertir a Candado de un peligro inminente. Hammya, por otro lado, se acost¨® del lado izquierdo de Candado. Mirando el cielo y con su mano derecha en su abdomen, observaba las nubes y sonre¨ªa al sentir paz a su alrededor, mientras estaba perdida mirando las cosas bellas que imaginaba al ver el cielo celeste, decidi¨® bajar la vista y vio a Candado, quien estaba durmiendo tan pl¨¢cidamente. Su respiraci¨®n era lenta, sus ojos estaban bien cerrados y su rostro fr¨ªo e inexpresivo permanec¨ªa mientras el viento mov¨ªa algunos mechones de cabello que estaban en su frente. Hammya no pudo evitar enternecerse, sonri¨® y movi¨® su mano hasta la suya, sus dedos se enrollaron con los de ¨¦l. Candado segu¨ªa sin despertar, es m¨¢s, no hab¨ªa notado siquiera la mano de Hammya, pero aun as¨ª, ella se sent¨ªa feliz, feliz de poder estar con ¨¦l. HACIA LOS ESCOMBROS El postigo de la puerta se desplom¨® al suelo con estr¨¦pito; las rejas resonaban, y el sonido se extend¨ªa por toda la zona y sus alrededores. Aquella noche de tormenta en la ciudad de Buenos Aires dejaba las calles vac¨ªas. La lluvia ca¨ªa inclemente sobre los hombros de Esteban y su fiel camarada, Addel, quien lo segu¨ªa por ¨®rdenes de Maldonado. La ira del caballero se manifest¨® en la fuerza brutal de una patada. Al igual que Candado, Esteban no hab¨ªa cerrado los ojos desde que conoci¨® la tr¨¢gica muerte de su compa?ero. Desde el funeral, su ¨²nico prop¨®sito fue buscar al asesino, sin descanso ni tregua. En los meses que sucedieron a los eventos con los Sem¨¢foros, Esteban enfrent¨® el arrollador embate de cr¨ªticas y elogios. No permitir¨ªa que lo destituyeran sin una respuesta. Se encarg¨® de dirigir a sus equipos hacia cada rinc¨®n del mundo, buscando limpiar el nombre del F.U.C.O.T. La rabia y la desesperanza empezaban a desbordarse en su mente; cada paso y cada segundo resonaban con la repetitiva idea de humillar a Candado. Aunque muchos insinuaban que su liderazgo se estaba pudriendo, ¨¦l hizo o¨ªdos sordos y continu¨® su incansable b¨²squeda. Hac¨ªa apenas unos d¨ªas que Esteban recibi¨® un mensaje de un conocido. Se encontraba en el lugar donde hab¨ªan asesinado a su compa?ero y amigo, Guillermo. Su estado mental se deterioraba minuto a minuto, incluso su novia no lograba hacer entrar en raz¨®n a Esteban. No se dar¨ªa por vencido hasta encontrar al asesino de su amigo. La direcci¨®n lo condujo hasta una casa abandonada en el conurbano bonaerense. No ten¨ªa la intenci¨®n de ser amable con el testigo que se encontraba residiendo en ese lugar tan desolado. El primer paso fue lo m¨¢s sencillo para ¨¦l: aventurarse en la casa. Una vez que destruy¨® la puerta y el postigo con una fuerte patada, era hora de revisar la zona donde lo hab¨ªan encontrado. El olor a podredumbre impregnaba el lugar; estaba sucio, con goteras notables, sin luz, muebles ni personas que habitaran el lugar. El suelo estaba hecho a?icos, los azulejos se desprend¨ªan de las paredes y estas estaban carcomidas por la humedad. Era m¨¢s que evidente que la casa estaba abandonada. ¡ªNo veo nada ¡ªdijo Addel. Esteban observ¨® una de las paredes y encontr¨® un interruptor. Se acerc¨® y le dio un pu?etazo tan fuerte que atraves¨® la pared, luego dio una descarga el¨¦ctrica que proporcion¨® una tenue luz, aunque apenas hab¨ªa focos. ¡ªAhora s¨ª, puedo ver ¡ªcoment¨®. Esteban no respondi¨®, simplemente se dedic¨® a recorrer la casa en busca de algo ¨²til para la investigaci¨®n. Afortunadamente, la casa no ten¨ªa muchas habitaciones; parec¨ªa un departamento, pero m¨¢s grande y con un poco m¨¢s de espacio. Addel camin¨® por la sala de estar, y al pisar los escombros sinti¨® algo. Se agach¨®, comenz¨® a apartar pedazos de madera y rocas uno por uno, hasta que encontr¨® algo. Era una extra?a moneda con la cara de Harambee. ¡ª?Qu¨¦ hace esto aqu¨ª? ¡ªpregunt¨®. Addel se levant¨®, quit¨® la tierra de la moneda para poder observarla mejor. ¡ª?ESTEBAN! ¡ªluego sopl¨® la moneda¡ªcreo que encontr¨¦ una moneda Gremial. Estaban volte¨® y se dirigi¨® hasta ¨¦l. ¡ªMira ¡ªdijo ¨¦l mientras le entregaba la moneda¡ªesto es una de esas cosas que nunca pensabas ver. ¡ªEs una moneda falsa ¡ªdijo mientras se lo entregaba de nuevo¡ªno me sirve. ¡ª?Moneda falsa? ¡ªEs un m¨¦todo que usan los gremiales para poder ver los canales de televisi¨®n secretos de la O.M.G.A.B. cosas como noticieros, informes ¡ªluego se acerc¨® a una especie de librero fabricado por ladrillos y pas¨® sus dedos ah¨ª¡ª y cosas gremiales ¡ªluego mir¨® sus dedos negros como el holl¨ªn¡ªAgh, qu¨¦ asco, por lo visto ya nadie limpia aqu¨ª. ¡ªInteresante, podr¨ªa usar esto para analizar al enemigo y... ¡ªPierdes tu tiempo. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªEsas monedas solo se usan una vez; despu¨¦s de ser utilizadas, su capa o chip se destruye y ya no sirven m¨¢s. ¡ªOh, qu¨¦ pena. ¡ªAunque me parece bastante llamativo. ?Qu¨¦ hace una moneda as¨ª en un lugar tan deteriorado como este? ¡ªSeguramente esta fue la casa de uno de ellos. Esteban entrecerr¨® los ojos y luego mir¨® a Addel. ¡ªMejor gu¨¢rdala, creo que nos ser¨¢ ¨²til, por ahora. Esteban se dirigi¨® a una sala que, por intuici¨®n, identific¨® como la cocina. En ese lugar no hab¨ªa piso, solo escombros, con un agujero grande en el techo por donde la lluvia penetraba. ¡ªAqu¨ª no hay nada que me sirva ¡ªpens¨® en voz alta. Luego cruz¨® hacia el otro extremo, donde encontr¨® una sala completamente destruida. ¡ªNunca pens¨¦ ver un lugar tan deteriorado como este. Se detuvo al ver una rajadura poco usual en una pared que no estaba podrida ni invadida por hongos. Ten¨ªa un ligero golpe agrietado que se extend¨ªa desde su lugar de origen. Intrigado, coloc¨® su dedo ¨ªndice en la grieta y lo sigui¨® hasta su lugar de origen, golpeteando tres veces con el mismo dedo. ¡ª?ADDEL! ¡ªgrit¨® mientras observaba la grieta en la extra?a pared. Addel apareci¨® en ese instante, a¨²n sosteniendo la moneda. ¡ª?Sucede algo, se?or? ¡ªMira esto, la grieta de esta pared no concuerda con este golpe; est¨¢n bastante desparejos, sin mencionar que esta pared parece bastante nueva. ¡ª?Qu¨¦ sugiere, se?or? Esteban meti¨® la mano en el peque?o agujero y sac¨® un trozo de escombro que se deshizo en su mano. Despu¨¦s llev¨® la misma mano hasta su nariz y oli¨® cada dedo. ¡ªQu¨¦ curioso, est¨¢ h¨²medo. ¡ªDebe ser por la lluvia. ¡ªNo creo. Esta zona no est¨¢ h¨²meda, sobre todo si hay demasiados escombros para evitar que el agua llegue hasta esta ¨¢rea en particular. Es imposible que llegue hasta aqu¨ª. Luego se puso de pie y, sin mirar a Addel, dijo: ¡ªQuiero que me digas qu¨¦ hay detr¨¢s. ¡ªPan comido ¡ªdijo ¨¦l mientras guardaba la moneda en su bolsillo. Se par¨® en medio de la pared, dio cinco pasos hacia atr¨¢s y corri¨® con todas sus fuerzas hacia el muro, pero no lo atraves¨® ni lo traspas¨®. En cambio, choc¨® contra ¨¦l y cay¨® al suelo muy adolorido. ¡ªCre¨ª haberte dicho que lo atravesaras, no que te estampillaras. ¡ªLo intent¨¦ ¡ªdijo ¨¦l mientras trataba de ponerse de pie¡ª. Es solo que aqu¨ª pasa algo extra?o; el muro anul¨® mis poderes. Esteban camin¨® hasta la pared y coloc¨® su mano izquierda en ella, luego cerr¨® sus ojos. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªShhhh, estoy concentrando mis poderes en una zona. Averiguaremos de una forma u otra lo que se oculta detr¨¢s de esta pared. Pero en el momento en que puso su mano, la pared se fragment¨® nuevamente y empez¨® a hacer ruidos extra?os. ¡ª?Eso ten¨ªa que pasar? ¡ªEse no fui yo ¡ªdijo Esteban mientras alejaba su mano cautelosamente¡ª. No deber¨ªa pasar algo as¨ª ¡ªluego mir¨® la grieta; esta crec¨ªa y crec¨ªa, sus ra¨ªces se fragmentaban a medida que se extend¨ªa. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ ocurriendo? Esteban no contest¨®, solo se limit¨® a alejarse de aquel muro. ¡ªSea lo que sea, parece que lo "abr¨ª". Cuando el muro se hab¨ªa rajado por completo, comenz¨® a caer lentamente, revelando una puerta. ¡ªVaya, eso s¨ª es extra?o ¡ªluego se sacudi¨® el hombro y camin¨® hasta ella. ¡ªSe?or, espere. Esteban se dio vuelta y lo mir¨®. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® de manera esc¨¦ptica. ¡ªD¨¦jeme a m¨ª entrar primero. Creo que ser¨¢ mejor que yo verifique el lugar. Esteban no respondi¨®; solo hizo una mueca y procedi¨® a abrir la puerta con una patada. ¡ªGracias por el alago, pero no ¡ªdijo mientras se sacud¨ªa las manos¡ª. Vamos, no quiero h¨¦roes ¡ªa?adi¨® mientras sacaba su linterna personal, que era b¨¢sicamente una esfera de electricidad que emanaba de su palma derecha. La habitaci¨®n estaba oscura, no hab¨ªa nada, solo un escal¨®n que se dirig¨ªa hacia las profundidades, perdi¨¦ndose de vista. Cada escal¨®n era dif¨ªcil de ver a medida que se descend¨ªa. ¡ªRayos, esto es lo que yo llamo "Habitaci¨®n secreta", una horrible y tenebrosa habitaci¨®n secreta ¡ªdijo Addel.Stolen from its rightful place, this narrative is not meant to be on Amazon; report any sightings. Esteban dio cuatro pasos, se detuvo, volte¨® y dijo: ¡ªMant¨¦n los ojos abiertos ¡ªluego paus¨® un momento para reflexionar y continu¨®¡ª. Este lugar es demasiado peligroso; tendr¨¢s que tener mucho cuidado. Si tus poderes fracasaron para pasar una inofensiva pared, no me imagino con lo que podr¨ªamos encontrarnos ah¨ª abajo. ¡ªS¨ª, se?or, tendr¨¦ cautela. Una vez que Esteban dio su advertencia, comenzaron a dirigirse por las escaleras. Aunque no lo pareciera, Addel estaba muy nervioso, tanto que su rostro blanco comenz¨® a volverse naranja. ¡ªC¨¢lmate un poco, no pasar¨¢ nada ¡ªdijo Esteban sin mirarlo. ¡ªLo siento, se?or, soy claustrof¨®bico, odio los lugares peque?os y estrechos. ¡ªVos, una persona que aparece y desaparece en momentos de peligro, ?c¨®mo es posible que tenga miedo? ¡ªCuando me pongo nervioso, mis poderes fallan, y no puedo desmaterializarme. ¡ªRel¨¢jate, porque muerto no me sirves. ¡ªGracias, ahora s¨ª voy a estar tranquilo. ¡ªVamos, chamigo, rel¨¢jate... Un ruido agrio y ¨¢spero, que se asemejaba a un aullido, provino de lo m¨¢s profundo del lugar. Aunque Addel se aterr¨®, Esteban no. Es m¨¢s, encendi¨® su otra mano y corri¨® hasta llegar al final de las escaleras, donde hab¨ªa otra puerta, pero m¨¢s dura y resistente. Lleg¨® como un loco haciendo su entrada triunfal, derribando la puerta y prepar¨¢ndose en posici¨®n de ataque. Aunque fue exagerado e imprudente, porque podr¨ªa haberse muerto si hubiera alguien realmente peligroso. Pero en lo m¨¢s profundo del coraz¨®n tembloroso de Addel, se sent¨ªa c¨®modo al saber que Esteban ten¨ªa esa mente grande y, en la mayor¨ªa de las veces, peligrosa, como la suya. Daba bastante car¨¢cter y suficiente motivo para sentirse protegido con alguien as¨ª a su lado. ¡ª?No hay nadie? ¡ªpregunt¨® un Addel paralizado del miedo. ¡ªNegativo. ¡ª?Y eso qu¨¦ significa? ¡ªSignifica que no hay nadie, boludo. As¨ª que baja. Addel se apresur¨® y baj¨® las escaleras r¨¢pidamente, hasta llegar con su compa?ero. ¡ªCheca esto, es extra?o ¡ªdijo Esteban mientras bajaba una palanca que hab¨ªa a su costado. ¡ªOh, dios m¨ªo. El lugar era una sala de experimento, parec¨ªa una morgue. Todo estaba ensangrentado y en el momento en que Esteban baj¨® la palanca, la luz se encendi¨®, pero hab¨ªa unos focos que parpadeaban. El suelo ten¨ªa sangre seca y negra, hab¨ªa dos camillas, un escritorio volteado y varios estantes en el suelo. ¡ª?Qu¨¦ es este lugar? ¡ªpregunt¨® Addel mientras se llevaba la mano derecha¡ªno deber¨ªamos estar aqu¨ª¡ªconcluy¨®. Esteban estaba lejos de estar sorprendido; ni siquiera mostr¨® reacci¨®n al ver tal desorden. Pero despu¨¦s de unos minutos, se rasc¨® la mejilla y camin¨® hasta uno de los estantes en el suelo. Luego se agach¨® e inspeccion¨® todo lo que estaba a sus pies. ¡ªMe gustar¨ªa que revisaras alrededor, por favor ¡ªdijo Esteban mientras analizaba un pedazo de vidrio roto. Addel baj¨® la cabeza y sigui¨® la orden de Esteban. Camin¨® hasta una especie de pasillo, se alegr¨® al saber que solo era un ba?o, pero luego sigui¨® caminando en c¨ªrculos, observando sin tocar nada, hasta que vio una puerta en la direcci¨®n donde estaba Esteban, quien a¨²n estaba agachado analizando los restos que hab¨ªa a sus pies. ¡ªAqu¨ª hubo una disputa. ¡ª?Se?or? ¡ªS¨ª, el vidrio de este estante fue destruido por el cuerpo de alguien ¡ªdijo mientras pasaba su dedo pulgar por el vidrio quebradizo. ¡ª?Qu¨¦ sugiere? ¡ªNo tengo idea, solo s¨¦ que alguien pele¨® aqu¨ª. No s¨¦ qui¨¦n y no s¨¦ por qu¨¦, pero eso es lo que me dice la escena. ¡ª?Podr¨ªamos analizar esa sangre? ¡ªNo sirve de nada, esa sangre ya est¨¢ muerta. Por lo que yo veo, hemos llegado tarde ¡ªluego mir¨® a Addel¡ªy bastante. ¡ª?Qu¨¦ hacemos? ¡ªpregunt¨® Addel mientras miraba a su alrededor. ¡ªMiremos un poco m¨¢s. Es un laboratorio, ?no? Deber¨ªa haber un diario, expediente, notas o grabaciones, no s¨¦, algo, algo para que nos ilustre un poco m¨¢s sobre esta porquer¨ªa ¡ªluego meti¨® su mano en su gabardina y sac¨® unos chicles. Tom¨® uno y ofreci¨® a Addel el otro. ¡ªGracias, me hacen falta. Cuando Esteban estaba desenvolviendo el chicle, vio algo a sus pies que antes no hab¨ªa notado. Encogi¨® los ojos, se llev¨® el chicle a la boca y se inclin¨® para tomar lo que estaba en el suelo. Luego se levant¨® y lo observ¨® atentamente. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªmurmur¨® Esteban. Luego se dio cuenta de que ten¨ªa tierra. Sac¨® de uno de sus bolsillos un pa?uelo y lo pas¨® por el objeto mugroso. Cuando qued¨® totalmente limpio. ¡ªSanto cielo. ¡ª?Qu¨¦ sucede, se?or? ¡ªpregunt¨® Addel. ¡ªEsto es un broche de su pa?uelo. ¡ªPero ?qu¨¦ hace eso aqu¨ª? Es imposible que eso est¨¦ aqu¨ª si la puerta estaba cerrada. ¡ªDebe haber una salida m¨¢s por aqu¨ª. Seguramente, cuando subi¨® las escaleras y se top¨® con los ladrillos, se fue por donde vino ¡ªen ese momento se le iluminaron los ojos¡ª. ?R¨¢pido! ?Busca! Addel se apresur¨® y se dirigi¨® hasta la puerta que hab¨ªa visto al frente de Esteban. Mientras ¨¦l hac¨ªa eso, Esteban se qued¨® consternado al ver el broche favorito de su amigo. Fue en ese instante que record¨® el primer d¨ªa que se lo dieron. En ese momento, Esteban estaba sentado en su escritorio leyendo un libro titulado "Relato de una mentira", escrito por Lorenzo Pierre, un escritor famoso para los Circuistas. Esteban estaba subrayando las ideas principales, como para pasar el tiempo. Cuando de repente irrumpi¨® Guillermo. ¡ªHola, jefe ¡ªsalud¨® ¨¦l mientras bajaba una caja al lado de un estante. ¡ªOh, hola ¡ªluego cambi¨® de p¨¢gina¡ª?Se te ofrece algo? ¡ªTan euf¨®rico como siempre ¡ªdespu¨¦s se recost¨® en un sill¨®n que hab¨ªa al frente¡ª. La verdad, nah, solo vine a reorganizar mis cosas. ¡ªSuerte ¡ªluego levant¨® su mirada y vio algo peculiar en el cuello de su pa?uelo¡ªHey, espera ¡ªinterrumpi¨® Esteban. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªHe notado que llevas algo, bastante costoso. ¡ª?Te da envidia? ¡ªNo, solo que me parece extra?o que llevaras algo as¨ª, nada m¨¢s. ¡ªEsto es un regalo de Lisa ¡ªdijo mientras se?alaba el pendiente y continu¨®¡ªfue un muy bonito detalle. ¡ª?De d¨®nde sac¨® el dinero? ¡ª?De casualidad todo tiene que ver con eso o es una investigaci¨®n tuya? ¡ªMe parece extra?o que esa ni?a tan desprevenida como ella tuviera esa suma de dinero. ¡ªEst¨¢s... ?Est¨¢s siendo prejuicioso? ¡ª?Yo? No, claro que no. ¡ªMenos mal ¡ªdijo mientras se llevaba la mano al pecho¡ªte romper¨ªa la boca. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªOh, nada, solo cosas m¨ªas ¡ªluego acarici¨® el pendiente y continu¨®¡ªes un ¨¢ngel y tambi¨¦n es muy hermosa. Dijo que mi pa?uelo se ver¨ªa mucho mejor con un pendiente como este. ¡ª?...? ¡ª?Qu¨¦? ?No vas a decir nada? Esteban cerr¨® el libro y lo mir¨® a los ojos. ¡ªTemo decir algo que perjudique tus dientes. ¡ª?Mis dientes? Tus dientes. ¡ªNo, tus dientes. ?O vos te pens¨¢s que voy a dejar que me golpees sin que yo haga algo al respecto? ¡ªBuen punto... Espera ?NO! ¡ªBien, me alegra que tengas eso en claro. ¡ªUfa, Esteban, siempre eres as¨ª. ¡ªPero por otro lado, me gusta el broche. ¡ªGracias, hermano. Planeo llevarlo conmigo hasta la muerte. ¡ªEvita decirme eso cuando otros est¨¦n presentes; no quisiera tener al G.C.G en mis espaldas. ¡ªNo pasar¨¢ nada. Como dije antes, planeo guardarlo hasta la muerte. ¡ªNo exageres, falta bastante para que mueras. Guillermo se ri¨® a carcajadas por lo que hab¨ªa dicho Esteban. Qui¨¦n hubiera dicho que seis meses despu¨¦s de esa conversaci¨®n, morir¨ªa su m¨¢s grande amigo. En un momento, Esteban es interrumpido. No era el lugar ni el momento, ya que estaban en una zona desconocida y en una casa desconocida. R¨¢pidamente sinti¨® la mano de Addel en su hombro; el simple toque de su compa?ero hizo que se volviera a concentrarse en el asunto. ¡ªSe?or, creo que encontr¨¦ una salida. ¡ªBien, ens¨¦?ame. Addel se adelant¨®, y Esteban lo sigui¨® detr¨¢s de ¨¦l mientras guardaba el pendiente en su bolsillo. Al final, la puerta que Addel hab¨ªa encontrado estaba cerrada, no pod¨ªan abrirla, hasta que Esteban us¨®, nuevamente, la fuerza bruta. Dando un golpe bien fuerte, la puerta cay¨® al suelo, mostrando un inmenso pasillo angosto y oscuro. ¡ªNo me agrada ese camino. ¡ªPues aguante ¡ªdijo Esteban de manera directa y molesta. Luego ambos siguieron aquel camino tenebroso para Addel y se aproximaron a otra puerta, solo que esta estaba destruida y totalmente astillada. Al parecer, Guillermo hab¨ªa provocado eso, ya que ¨¦l era un poco parecido a Esteban. Al entrar al lugar donde estaba la puerta rota, vieron que era un antiguo dep¨®sito de maquinarias, el mismo lugar donde hab¨ªan encontrado el cuerpo sin vida de Guillermo. ¡ªOh genial, nada, el viaje fue una p¨¦rdida de tiempo. ¡ªNo, Addel, no lo fue. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? Luego se escuch¨® un ruido detr¨¢s de ellos. R¨¢pidamente voltearon y notaron que la puerta por donde hab¨ªan salido ya no estaba; en su lugar, hab¨ªa un extra?o muro que se cerr¨® de repente. ¡ªCualquier cosa que haya visto Guillermo, caus¨® que huyera de ah¨ª. Algo o alguien lo asust¨®. ¡ª?Qu¨¦? ?C¨®mo? ¡ªEl laboratorio estaba destruido, s¨ª, pero fue a causa de una pelea. Por lo visto, Guillermo encontr¨® algo y quer¨ªa avisarnos, pero lo descubrieron y lo atacaron, y como ya sabemos, muri¨®. ¡ª?C¨®mo sabes eso? Esteban camin¨® en c¨ªrculos mientras sacaba un dado de su bolsillo del chaleco y comenz¨® a jugar con ¨¦l en su mano. ¡ªTiempo de la hip¨®tesis ¡ªtir¨® el dado al aire y cay¨® en su mano con el n¨²mero uno, y continu¨®¡ª. Sabemos que descubrimos algo, pero ?qu¨¦? La escena que vio Guillermo no es la misma que nosotros vimos, pero por lo menos nos hemos acercado a algo. S¨¦ que Guillermo tom¨® este sendero ¡ªluego se agach¨® y comenz¨® a gatear, siguiendo un posible sendero donde pudo haber caminado Guillermo¡ª. ¨¦l encontr¨® algo, ?pero qu¨¦? Sab¨ªa que, si yo iba a esa reuni¨®n, no me matar¨ªan sino me har¨ªan otra cosa mucho peor; sin embargo, ¨¦l fue de todos modos. Eso me da a entender que dej¨® pistas, pistas que t¨² y yo seguir¨ªamos. ¡ªNo entiendo lo que me est¨¢ diciendo. Esteban se puso de pie, tir¨® el dado al cielo de nuevo y cay¨® en su mano nuevamente, pero esta vez con el n¨²mero cinco. ¡ª"El orden de las cosas". Guillermo se encontr¨® con alguien, y creo que fueron m¨¢s de una persona, ya que la herida que ten¨ªa estaba en la espalda. Alguien a traici¨®n lo mat¨® mientras fijaba su atenci¨®n en algo o alguien. ¡ª?Por qui¨¦n? ¡ªEsa es la pregunta, ?por qui¨¦n? Mis hip¨®tesis y las evidencias me dicen que no fue un gremialista, y sea quien sea el que dijo eso, fue enga?ado o m¨¢s bien, fue comprado ¡ªluego sac¨® el pendiente de su amigo y lo observ¨® atentamente¡ª. Los camaradas nunca se van sin dejar rastros, sab¨ªa que algo pod¨ªa salir mal, por eso nos prepar¨® un camino al cual seguir. Tir¨® el dado al aire de nuevo, y cuando estaba por caerse, Esteban lo agarr¨® en el aire, mostrando el n¨²mero uno. ¡ª"Conclusi¨®n". Guillermo arm¨® un juego, en el cual no dej¨® jugadores, pero s¨ª elementos, solo pistas ciegas, las mismas que hay aqu¨ª. ¡ª?Qu¨¦ significa eso? ¡ªGuillermo nos guard¨® un lugar para empezar a jugar ¡ªluego guard¨® ambos objetos (dado y pendiente) en su bolsillo. Se agach¨® nuevamente y vio unas marcas en el suelo casi borrosas "De + Po". Esteban pas¨® sus dedos por esa marca. ¡ª?Y qu¨¦ haremos? Esteban se puso de pie, volte¨®, y mostrando una sonrisa contest¨®. ¡ªVamos a jugar este juego. Pero en la misma zona, una persona lo estaba observando a escondidas, ten¨ªa una capucha, manos de metal y una sonrisa. Lamentablemente, Esteban no not¨® su presencia y desapareci¨® sin que este lo supiera. Y mientras corr¨ªa bajo la lluvia, se top¨® con alguien, una persona muy peligrosa para cualquier ser viviente. ¡ªDesza, ya lo segu¨ª. ¡ªBien, seguramente querr¨¢ acercarse a la verdad lo suficiente como para desproteger su estatus. ¡ª?Qu¨¦ sugiere? ¡ªMa?ana se vendr¨¢ de visita una presidenta, mientras busca qui¨¦n mat¨® a su amigo, t¨² lo seguir¨¢s, mientras que nosotros armamos el caos en esta ciudad. Creo que es hora de que el mundo vea nuestra marca. ¡ªGran estrategia, se?or. ¡ªNo me decepciones, P¨®ker. Si quieres ser l¨ªder, tendr¨¢s que matarlo de una forma que parezca que los gremios tuvieron que ver. ¡ªAs¨ª lo har¨¦, se?or. Luego, ambos desaparecieron esa noche. El plan estaba en marcha, algo muy grande se estaba acercando y amenazaba al mundo tal como lo conocemos. A la ma?ana siguiente, una limusina negra paseaba por las calles de Buenos Aires. La presidenta Julekha Chandra saludaba a sus electores, y hab¨ªa risas y elogios por parte del p¨²blico, tanto adultos como ni?os. Era una persona bastante amable y comprensiva. A su lado estaba su vicepresidente, Rem Koirala, quien tambi¨¦n estaba alegre por saludar a sus electores. Pero entre las risas se encontraban los alborotadores, quienes llevaban las insignias de un Borrador. Entre ellos, estaba J?rgen, quien usaba un sombrero para cubrir su rostro. ¡ªEstoy en posici¨®n, se?or. ¡ªExcelente ¡ªdijo Desza, quien estaba observando todo desde un tercer piso de un hotel¡ª. Ahora hazlo, que el mundo sepa de nuestra marca. ¡ªA la orden, se?or. J?rgen tom¨® una piedra del suelo y la tir¨® hacia arriba. Luego, esta cay¨® sobre un chico, y este le golpe¨® y arm¨® una escena. ¡ªOh, ay¨²denme, hermanos, me est¨¢n atacando. Un Borrador, quien estaba aplaudiendo, vio c¨®mo su "camarada" estaba siendo golpeado por un gremialista. La ira salt¨® de su interior y le dio un golpe bien fuerte en la cara. ¡ª??C¨®MO TE ATREVES A METERTE CON MIS HERMANOS!? El muchacho se reincorpor¨® con la ayuda de otros dos. ¡ªEres una mierda, si te metes con un gremialista te metes con nosotros. Luego empez¨® la locura, mientras estos se golpeaban, J?rgen aprovech¨® y se escap¨® de ah¨ª. Mientras corr¨ªa entre la multitud, se iba sacando toda la ropa que lo identificaba como un Borrador. Mientras el caos se expand¨ªa r¨¢pidamente, un muchacho, quien estaba viendo todo, corri¨® hasta un hotel cercano y avis¨® a Rozkiewicz, quien estaba desayunando. ¡ªSe?or, hay l¨ªos en la plaza. ¡ª??C¨®MO?! ¡ªS¨ª, se?or. ¡ªNo te quedes ah¨ª parado, llama a los refuerzos. Necesitamos proteger a la presidenta. Luego se puso de pie y corri¨® hasta el ¨²ltimo piso del hotel, y desde all¨ª pudo ver con horror lo que estaba ocurriendo. ¡ªEsto... No puede estar pasando. EMERGENCIA Las calles resonaban nuevamente, pero no era el eco de forajidos escapando de los Sem¨¢foros, sino el estallido de un conflicto entre ellos y los Borradores. Julekha Chandra, presidenta de la agencia tricolor, paseaba por las calles de Buenos Aires en preparaci¨®n para su pr¨®xima candidatura. Sin embargo, la armon¨ªa se rompi¨® cuando un Borrador fue atacado por un gremialista, desencadenando el caos en las calles. Rozkiewicz, el presidente interino debido a la suspensi¨®n del actual mandatario por inadecuado comportamiento, declar¨® el estado de defensa para poner fin al conflicto y proteger a la presidenta. Para esta misi¨®n cr¨ªtica, Rozkiewicz seleccion¨® a los mejores agentes: Maxi Esteeman, Caba?a Nicol¨¢s, Maidana Leandro, Reinhold Krauser, Moneda, Ruth, Arce Catherine, Fiore Isaurralde y Pe¨®n Mar¨ªa Celeste. Estos individuos se volvieron esenciales para la protecci¨®n de la presidenta. Maxi era la fuerza bruta, su corteza de metal lo hac¨ªa invulnerable. Nicol¨¢s representaba la agilidad, movi¨¦ndose con rapidez y precisi¨®n para evitar cualquier da?o. Leandro se especializaba en el enga?o, transform¨¢ndose en cualquier persona y actuando como un agente encubierto. Krauser personificaba el miedo y el terror, con su fuerza y regeneraci¨®n ¨²nicas. Moneda actuaba como el inspector, alerta a cualquier peligro en el entorno. Ruth era la infanter¨ªa, con su fuerza y resistencia, lista para el escape en situaciones cr¨ªticas. Arce desempe?aba el papel de asistencia m¨¦dica, capaz de salvar vidas en cualquier situaci¨®n. Fiore, experta en explosivos, se encargaba del sabotaje. Finalmente, Celeste, con su ojo de halc¨®n y habilidades con el rifle francotirador, a?ad¨ªa su toque ¨²nico al equipo. Este grupo ser¨ªa el apoyo principal para la presidenta, observando todo desde el balc¨®n de un edificio. Krauser fue el primero en expresar su descontento. ¡ª?Este es el plan? ?Esperar aqu¨ª y ver c¨®mo nuestros camaradas est¨¢n en peligro? ¡ªTranquilo, Krauser. La idea es esperar hasta que Desza d¨¦ su golpe. ¡ª?Debe de ser una broma? ¡ªcuestion¨® Fiore. Rozkiewicz se volvi¨® con frialdad y respondi¨®. ¡ªNo, no lo es ¡ªluego volvi¨® a dirigir su mirada hacia el caos en las calles y continu¨®¡ªla presidenta no corre ning¨²n peligro, conf¨ªen en m¨ª. ¡ª?Cu¨¢nto m¨¢s vamos a estar aqu¨ª sentados? ¡ªEl tiempo que sea necesario, Caba?a. Ahora si¨¦ntate y observa. ¡ªNo, no lo har¨¦. En estos momentos pudimos hacer algo en vez de eso. Estamos aqu¨ª, observando el caos. Celeste dio un pisot¨®n en el suelo con fuerza, resonando con sus botas de diamante. ¡ªCaba?a, rel¨¢jate. No tolero disputas entre amigos. Creo en ¨¦l, as¨ª que te sugiero que hagas lo mismo. Antes de que Nicol¨¢s pudiera decir algo, Rozkiewicz levant¨® su ment¨®n y cuchillas emergieron de sus mangas. ¡ªEl malnacido est¨¢ aqu¨ª. Del tejado baj¨® Moneda y comenz¨® a olfatear. ¡ªEse olor es intachable. Ese es el olor de un ser que ya est¨¢ podrido. Krauser apret¨® con fuerza sus pu?os. ¡ªBastardo ¡ªdijo Krauser mientras su rostro blanco mostraba sus peligrosos dientes y ojos¡ª. No descansar¨¦ hasta destriparte. ¡ªAhora, hay que movernos. Y recuerden, no se atrevan a alejarse de la zona ¡ªdijo Rozkiewicz. ¡ªEntendido ¡ªrespondieron todos. ¡ªBien, es hora de su castigo. ?POR HARAMBEE! Despu¨¦s del grito de batalla, todos saltaron del balc¨®n que ten¨ªa unos diez pisos. Al caer al suelo, se dispersaron en diferentes direcciones. Aunque no ten¨ªan problemas con atacar a los Borradores, segu¨ªan buscando a Desza en la zona. Como hab¨ªa previsto Rozkiewicz, ¨¦l no estar¨ªa solo; sus lacayos tambi¨¦n estar¨ªan presentes. Por eso solicit¨® la ayuda de cinco personas importantes: Sof¨ªa Ibarra de Zapir¨®n, Frederick Fliipoff, Walter Dussek, Cantero Amana Agostina y Anastasia Natalia. Estas personas eran la raz¨®n por la que Rozkiewicz no se atrevi¨® a defender a Chandra. Camuflados como guardaespaldas, lograron sacar a la presidenta sin que los Borradores se dieran cuenta, dejando la sensaci¨®n de que ella segu¨ªa all¨ª malherida. Mientras el grupo corr¨ªa atacando a todos los Borradores posibles, Celeste subi¨® a uno de los muchos edificios de la ciudad de Buenos Aires para identificar a los Testigos. Era obvio que atacar¨ªan la zona donde supuestamente estaba Julekha Chandra. Como francotiradora, ten¨ªa un don especial: pod¨ªa identificar a su objetivo entre la multitud. Su cuerpo creaba una reacci¨®n qu¨ªmica que llenaba sus ojos de varios tintes de colores, cambiando constantemente y permiti¨¦ndole identificar a su presa. Mientras buscaba a su objetivo, su o¨ªdo capt¨® un ruido proveniente de su espalda. Celeste se gir¨® r¨¢pidamente y vio a una persona peligrosamente cerca con un cuchillo. Sac¨® su segunda arma, una daga, y la lanz¨®. Sin embargo, los reflejos de su atacante eran notables, casi tan buenos como los suyos. El movimiento brusco hizo que se le cayera la capucha, revelando su rostro. Efectivamente, era el rostro de Dockly. ¡ª?Qui¨¦n eres, idiota? Dockly decidi¨® sacar su tarjeta de presentaci¨®n con dos armas Eagle que hab¨ªa extra¨ªdo de sus ropas y comenz¨® a disparar. Sin embargo, Celeste esquiv¨® las balas y se refugi¨® detr¨¢s de un muro cercano. ¡ªNo hay donde correr, se?orita. Mejor r¨ªndase ahora. ¡ª?NUNCA! ¡ªgrit¨® mientras sacaba sus otras armas. Mientras el camino de Celeste hab¨ªa sido bloqueado por su enemigo, Rozkiewicz, acompa?ado indirectamente por Krauser y Nicol¨¢s, descubrieron el paradero de Desza. Este estaba parado en medio de la multitud, mostrando su sonrisa diab¨®lica con el machete desenfundado. ¡ªHijo de puta ¡ªmurmur¨® Krauser mientras se dirig¨ªa hacia ¨¦l. ¡ª?ESPERA, IN¨²TIL! ¡ªgrit¨® Rozkiewicz. Pero sus gritos no detuvieron al sediento Krauser. ¡ªImb¨¦cil tarado ¡ªluego mir¨® a Nico¡ª. Adel¨¢ntate y ve tras ¨¦l. Seguramente es una trampa. ¡ªComo digas, Rozki. Nico se lanz¨® hacia ¨¦l. ¡ªCuando esto acabe, voy a matarlo. Corriendo tras de ¨¦l, Rozkiewicz se dio cuenta de que ten¨ªa raz¨®n; era una trampa. A lo lejos pudo sentir a otras personas, al menos dos de ellos. Entre la multitud, pudo distinguir a Joel y a J?rgen. ¡ªInfelices, lo sab¨ªa. Es una trampa. Mientras Rozkiewicz intentaba acercarse a sus compa?eros, Krauser se transform¨® en lo mismo que aquella noche. ¡ªOh, me alegra de que se haya recuperado de sus mortales heridas ¡ªdijo Desza. ¡ª?DESZA! ¡ªgrit¨® Krauser. ¡ªVen con papi. Cuando Krauser estuvo cerca de ¨¦l, Desza escap¨®, causando la indignaci¨®n de Krauser y su decidida venganza en seguirlo. ¡ª?VUELVE! Entre la multitud, se escuchaba la risa psic¨®tica de Desza. ¡ª?ATR¨¢PAME SI PUEDES! ¡ªgrit¨® Desza mientras se re¨ªa. En ese momento, apareci¨® Nicol¨¢s para detener a su amigo, quien estaba cegado por la ira. De repente, Johan apareci¨® e incrust¨® su espada en el abdomen de Nicol¨¢s. ¡ªT¨²... traidor. ¡ªNo soy un traidor, soy un mercenario, y trabajo para aquellos que me pagan lo suficiente ¡ªluego quit¨® su espada y continu¨®¡ª. No es nada personal, solo son negocios. Nicol¨¢s se arrodill¨® en el asfalto, sus manos cubr¨ªan el sangrado de su herida mortal. ¡ª?Por qu¨¦? Ellos trataron de matarte. Ten¨ªas un contrato con nosotros. ¡ªEl contrato expir¨®, Caba?a. Me pagaron mucho m¨¢s de lo que ustedes podr¨ªan pagarme. ¡ªSucio traidor. Sab¨ªa que no era una buena idea contactar con personas como vos ¡ªluego escupi¨® sangre. Johan se acerc¨®, puso su espada en el cuello y dijo. ¡ªLo siento, me agradabas chiquitito, pero la vida es as¨ª.Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. ¡ªP¨²drete. Johan se ri¨®, y cuando estaba por degollarle, apareci¨® Maxi y le golpe¨® en la cintura, alej¨¢ndolo de Caba?a, quien sonri¨® y se desmay¨®. Entre la maleza de gente apareci¨® Krauser y Rozkiewicz. ¡ª?CABA?A! ¡ªgrit¨® el presidente Rozkiewicz mientras cargaba el cuerpo inconsciente de su amigo. ¡ªHay que llevarlo r¨¢pidamente con la sanadora Escanciano ¡ªdictamin¨® Krauser. ¡ªLl¨¦vense al enano de aqu¨ª, yo me encargar¨¦ del traidor. Johan se puso de pie y guard¨® su espada, para oprimir un bot¨®n en su mu?eca y sacar dos oz que sal¨ªan de su contra mu?eca. ¡ªVamos a desbautizar a negros inmundos, as¨ª como su preciosa Harambee. Rozkiewicz coloc¨® el cuerpo de Caba?a en los brazos de Krauser y dio un paso al frente. ¡ªRetira lo que has dicho en este preciso momento. ¡ªNo pienso hacerlo. ¡ªRecuerda Johan, que fue una negra la que nos salv¨® de la esclavitud de los Circuitos, su nombre era Ndereba Harambee, la misma persona que t¨² osaste traicionar. Johan trat¨® de mantener su sonrisa ante un discurso tan burdo de una persona de piel oscura. ¡ªLos negros no merecen ser parte de la humanidad. ¡ªEsteeman¡­ ¡ªVete Krauser, tienes a un herido entre tus brazos ¡ªluego volte¨® y lo mir¨® a la cara¡ª. Vos no sos de los que dejan a un compa?ero herido para seguir su meta, ?verdad? ¡ªNo ¡ªluego carg¨® el cuerpo de Caba?a y, usando sus tent¨¢culos, cubri¨® su herida¡ª. Bien, volver¨¦. Hasta entonces, me retiro moment¨¢neamente de la misi¨®n. ¡ªAs¨ª se habla ¡ªdijo Maxi orgullosamente. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s Rozkiewicz? ¡ªpregunt¨® Krauser. ¡ªLa misi¨®n sigue en pie. No voy a dejar que Desza consiga su objetivo. Ir¨¦ tras ¨¦l, incluso si eso implica arriesgar mi vida. Eso es lo que Barreto har¨ªa. ¡ªYa, pero Barreto no perseguir¨ªa a un desquiciado con machete solo. ¡ªPero yo s¨ª ¡ªdijo Rozkiewicz sonriente. Luego de decir eso, se dispar¨® hacia la multitud, mientras Krauser volv¨ªa a toda velocidad para salvar a su compa?ero. ¡ªNo te lo permitir¨¦ ¡ªdijo Johan a Rozkiewicz. Luego sac¨® su espada y se dirigi¨® hacia ¨¦l. Pero Maxi, transform¨® su piel en acero y golpe¨® nuevamente a Johan. ¡ªNegro y la recon¡­ ¡ªSeguir¨¢s diciendo eso, o pelear¨¢s. ¡ª?GRACIAS NEGRO! ¡ªgrit¨® Rozkiewicz mientras se alejaba y se perd¨ªa en la multitud. ¡ªBien, ahora somos t¨² y yo. ¡ªPelearemos r¨¢pido. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªNo quiero que se haga de noche, ser¨¢ dif¨ªcil pelear contra una sombra. ¡ªQue gracioso. Mientras Johan se entrenzaba en la lucha con Maxi, Leandro hac¨ªa bien el papel de infiltrado, neutralizando a los Borradores, tomando sus aspectos y noque¨¢ndolos con un golpe en la nuca para luego asumir su apariencia. Tuvo la suerte de no enfrentarse contra alguien especial, solo pelear contra insignificantes como los Borradores. Arce se dedicaba a salvar a los heridos, con la ayuda de Cantero, quien desoy¨® las ¨®rdenes de Rozkiewicz de hacer da?o y se dedic¨® a ayudar tanto a Sem¨¢foros como a Borradores. Debido a su respeto ganado por sus poderes, nadie se atrevi¨® a molestarle. Mientras el caos se esparc¨ªa r¨¢pidamente por la ciudad, los polic¨ªas y gendarmes comenzaron a llegar, pero no se atrevieron a meterse en la pelea con personas con poderes. Estaba claro que no quer¨ªan salir lastimados, as¨ª que solo se dedicaron a observar detr¨¢s de sus escudos. Sus rifles estaban preparados por si alguien se dirig¨ªa a atacarlos, pero siempre hay un idiota que hace las cosas sin pensar. Uno de los polic¨ªas dispar¨® una granada lacrim¨®gena a la multitud que estaba peleando. Pero para su desgracia, las personas, en su mayor¨ªa adultos, se lanzaron hacia la polic¨ªa y gendarmer¨ªa. Aun con sus escudos, estos fueron inservibles contra los poderes de la multitud. Rozkiewicz, quien hab¨ªa perdido el rastro de Desza, sinti¨® que los polic¨ªas y gendarmes se unieron a la lucha. Corri¨® hacia el lugar donde estaban sus refuerzos, en un hotel cercano. Estaban en el techo, observando el caos. Rozkiewicz salt¨® al techo y aterriz¨® mal, dando un movimiento en falso y cayendo al frente de ellos. ¡ªBonita forma de aterrizar ¡ªdijo Frederick. ¡ªMe ense?¨® tu novia. ¡ª?Ya! No peleen, hay demasiados problemas ah¨ª abajo como para pelearnos. ¡ªLo siento Sof¨ª. ¡ªBien, ?cu¨¢l es el plan? Rozkiewicz se puso de pie y dijo. ¡ªLos Testigos quieren robar la llave de Alfons¨ªn, es un collar con el que se puede abrir el santuario donde est¨¢ encerrado Tanatos. No hay que permitir que caiga en sus manos. ¡ªBien, el plan es detenerlos, as¨ª que vamos a hacerlo. ¡ªMe gusta tu forma de ser Sof¨ª ¡ªdijo Rozkiewicz. ¡ªEs hora de acabar con ellos. ¡ª?Adelante! Mientras se dispersaban por las calles, Desza, disfrazado de un Sem¨¢foro, y que hab¨ªa escuchado la conversaci¨®n, sonri¨® y dijo. ¡ªIlusos. Se quit¨® el disfraz y corri¨® hacia la multitud levantando su machete, cuyo objeto lo pudieron ver todos sus seguidores, quienes dejaron de hacer lo que estaban haciendo y comenzaron a seguirlo. Todos excepto Dockly, quien a¨²n estaba peleando con un oponente dif¨ªcil de aplastar. ¡ª?Hasta cu¨¢ndo vas a seguir luchando? ¡ªpregunt¨® ¨¦l mientras cargaba su Winchester. ¡ªHasta que uno de los dos muera o se nos terminen las balas. ¡ªGrandes palabras ¡ªluego sali¨® de su escondite y empez¨® a disparar con precisi¨®n. Esto provoc¨® que Celeste saliera de su escondite y le disparara con una Magnum roja. Las balas hicieron enormes agujeros en los muros, como si un meteorito peque?o se estrellara contra ellos. Dockly rod¨® por el suelo y empez¨® a dispararle. Se puso de pie, guard¨® su Winchester y sac¨® una espada. Celeste trat¨® de dispararle, pero se hab¨ªa quedado sin balas, las tir¨® a un lado y corri¨® hacia ¨¦l. Cuando estaba lo suficientemente cerca, Dockly baj¨® su espada con la intenci¨®n de decapitarla, pero ella se hizo a un lado y su espada toc¨® el suelo. Aprovechando esto, Celeste pis¨® con fuerza el sable, clav¨¢ndolo en el suelo y dej¨¢ndolo sin poder sacarlo de ah¨ª. Luego, Celeste lo tom¨® de la cintura y lo tir¨® contra el suelo, despu¨¦s se puso de pie y le pis¨® en el pecho. Dockly la tom¨® de la pierna y la lanz¨® a un lado. Luego vio que su brazo estaba brillando, se?al de que Desza lo estaba llamando. ¡ªLo siento, princesa, pero parece que dejaremos esto para m¨¢s tarde. Luego, corri¨® hasta el borde del techo y salt¨®, para despu¨¦s aterrizar con su paraca¨ªdas peque?o. Celeste se puso de pie y lo apunt¨® con su rifle, disparando al paraca¨ªdas, pero Dockly se solt¨® y cay¨® de pie, sin salir herido, para despu¨¦s perderse detr¨¢s de una casa. ¡ªHijo de mil¡­ ?Ah! Luego ir¨¦ tras tu cabeza. En la otra punta de la situaci¨®n, Maxi pudo acabar f¨¢cilmente con Johan, sus habilidades con la espada no fueron rival para un cuerpo tan duro como el de Esteeman. ¡ªVolver¨¦ por tu cabeza. ¡ªTe esperar¨¦ sentado, Johan. Y en un intento desesperado de golpearlo, Maxi lo tom¨® de su brazo, lo arroj¨® por los aires y lo lanz¨® contra un edificio, que estaba a trescientos metros lejos de ¨¦l. ¡ª?ANOTACI¨®N! ?Y LA MULTITUD ENLOQUECE! Luego, vio un machete prominente entre la multitud y corri¨® hacia ¨¦l. Lentamente, una gran tormenta se estaba acercando; todo apuntaba en una direcci¨®n, la llave de Julekha Chandra. El peligro se sent¨ªa en los corazones del equipo, estaban muy asustados. Desza hab¨ªa asaltado la agencia tricolor y robado los papeles de la magia para liberar a Tanatos. Todos hac¨ªan la carrera para detenerlo. Mientras m¨¢s miedo sent¨ªan los gremiales, m¨¢s satisfacci¨®n sent¨ªa Desza; el miedo en sus rostros causaba un alborozo en su interior, su machete reclamaba m¨¢s y m¨¢s vidas. Nadie iba a estar a salvo mientras Desza siguiera respirando. El camino se hac¨ªa m¨¢s y m¨¢s peque?o a medida que se acercaba, ante el refugio de Julekha Chandra. Y cuando salt¨® de la multitud, r¨¢pidamente los guardaespaldas de la presidenta saltaron a defenderla. Entre ellos estaban Frederick, Sof¨ªa, Walter, Krauser, Rozkiewicz y Fiore. Estas eran las ¨²nicas personas que estaban disponibles para ayudarla; el resto estaba ocupado peleando. Cuando Desza lleg¨®, todos sus esbirros llegaron despu¨¦s. Muchos de ellos ten¨ªan cuentas pendientes, entre ellos se pod¨ªa notar la situaci¨®n de Walter y Joel o de R?sse?s y Sof¨ªa. ¡ªMaldito cad¨¢ver, no pasar¨¢s de aqu¨ª. ¡ªTodos sabemos que eso no va a pasar, Krauser. El resultado ser¨¢ el mismo. ¡ªMaldito canalla, ?Detenedlo! Y de esas palabras, el equipo se lanz¨® hacia ellos. R?sse?s se encarg¨® de alejar a Sof¨ªa de la escena, y Walter y Joel se encargaron de su inconclusa pelea. Mientras que Desza se encarg¨® de sus dos insignificantes n¨¦mesis, Krauser y Rozkiewicz, la pelea hab¨ªa comenzado. Los atropellos y la ingenuidad eran dos caras de la misma moneda. Fiore usaba sus explosivos para pelear contra Isabel, Frederick empez¨® su segundo round con Dockly. Su inteligencia y su invisibilidad lo ayudar¨ªan mucho en ese combate. Krauser atacaba con fiereza a Desza, pero no funcionaba. Su destreza en el machete lo hac¨ªa ¨²nico, cortando sus tent¨¢culos y lleg¨¢ndole a golpear con el mango o con sus pu?os, lo hac¨ªa un campe¨®n. Rozkiewicz se encargaba de la defensa. Si bien estaba bastante ansioso por matarlo, no pod¨ªa dejarse llevar por la ira, ya que morir¨ªa seguro y entonces no tendr¨ªa otra oportunidad de atraparlo. Desza balanceaba su machete de lado a lado, pero ninguna de sus estocadas llegaba a sus enemigos. Aunque Rozkiewicz sab¨ªa que si ese machete le llegase a tocar, ser¨ªa el fin, en el caso contrario de Krauser, se dejaba cortar los tent¨¢culos, como si no le importara, ya que se regeneraban de nuevo. As¨ª fue por casi diez minutos, hasta que lleg¨® Maxi e irrumpi¨® en la lucha. Salt¨® y le dio un golpe en la espalda; Desza se puso de pie y arremeti¨® con su machete, pero no le hizo nada, su machete se quebr¨®, pero no se rompi¨®. Luego, Rozkiewicz le dio una patada en el pecho y lo impuls¨® por los aires. Una vez ah¨ª, Krauser lo agarr¨® con sus tent¨¢culos y lo estampill¨® contra el suelo varias veces. Todos sus esbirros vieron esta cruel escena. J?rgen noque¨® a Frederick y se lanz¨® hacia su jefe, cort¨® los tent¨¢culos de Krauser y carg¨® el cuerpo de su jefe inconsciente. Usando sus pies, pudo vencer a Rozkiewicz y a Krauser. Cuando iba a por Maxi, vio que Desza estaba escupiendo sangre, y ¨¦l al ver esto, huy¨® de la escena cargando el cuerpo de Desza, y en el camino habl¨® telep¨¢ticamente con sus amigos; el plan hab¨ªa fallado. R?sse?s perdi¨® contra la habilidad de Sof¨ªa. Esta hab¨ªa usado las ra¨ªces de los ¨¢rboles y la tom¨® por sorpresa. Como consecuencia, su cuerpo tuvo que soportar dolorosos golpes contra el asfalto, muros y autos. Usando sus poderes de la lava, pudo soltarse y huir. Dockly hab¨ªa huido para ayudar a Joel, salt¨® entre la multitud y salv¨® su vida. Dispar¨® contra Walter, pero este no sufri¨® da?o alguno debido al cactus, aunque ten¨ªa que huir ya que no aguantar¨ªa mucho m¨¢s el impacto de esas balas. Cuando todos se reunieron sobre el techo de un colectivo, miraron a todos los presentes. ¡ª?ESTO NO HA ACABADO! ?VOLVEREMOS Y ENTONCES TEMBLAR¨¢N! ¡ªgrit¨® J?rgen lleno de ira. Y antes de poder hacer algo, desaparecieron sin dejar rastros. Rozkiewicz levant¨® la mano y dio la orden de despejar el ¨¢rea; hab¨ªan ganado, pudieron detener a Desza, pero no era el momento de celebrar. Hab¨ªa problemas a¨²n en las calles. Rozkiewicz se transform¨® en una gran serpiente, para que ambos bandos lo vieran, y levantando la mano dijo, con una voz muy tenebrosa. ¡ªFue suficiente. Por ahora, nosotros perdonaremos su osad¨ªa de atacar a Julekha Chandra. Ahora, cesen la pelea y m¨¢rchense. Tal como hab¨ªa dicho, todos se detuvieron y se ayudaron entre s¨ª. Ya se hab¨ªan olvidado del por qu¨¦ hab¨ªan empezado a luchar. Los heridos fueron llevados a la enfermer¨ªa, Chandra se fue vestida de otra forma para evitar llamar la atenci¨®n de los dem¨¢s. El resto se qued¨® para reconstruir las calles y pedir perd¨®n a los oficiales y gendarmes de la zona. Muchos aceptaron y volvieron a sus trabajos (Fue por miedo, m¨¢s que otra cosa, ?Qu¨¦ podr¨ªan hacer unos cuantos palos, escudos y pistolas de perdigones contra un ej¨¦rcito de sujetos con poderes?). Caba?a se salv¨® de la muerte gracias a las manos curadoras de Cantero. Johan hab¨ªa desaparecido, y Rozkiewicz lo hab¨ªa declarado un pr¨®fugo de la justicia de los Sem¨¢foros, por atreverse a violar el contrato que hab¨ªa firmado. Sof¨ªa, Walter y Cantero se hab¨ªan unido oficialmente a la causa de la captura de los Testigos. El equipo de Rozkiewicz jur¨® ser parte de la agencia que ¨¦l mismo hab¨ªa creado, llamado la Cromg¨²la, un ente que ser¨ªa la junta de los campeones. Rozkiewicz pidi¨® ayuda a Candado Barret por tel¨¦fono. Ahora ya no pod¨ªa contar con nadie m¨¢s que no sea ¨¦l, y este acept¨® gustosamente. No solo eso, sino que tambi¨¦n sus agremiados (Anzor, Declan, Hammya, Clementina, Ana Mar¨ªa Pucheta, Matlotsky, Lucia, Erika, Lucas, German, T¨ªnbari, Viki, Pio y H¨¦ctor), sus amigos los Bailak (Kevin y Martina), el ni?o de porcelana (Andersson) y su seguidora hasta la muerte (Carolina). Era hora de contar con el equipo pesado para una misi¨®n pesada. AJENO A LAS CONSECUENCIAS El tel¨¦fono reson¨® a las 5:00 de la madrugada, un lugar poco adecuado en la habitaci¨®n, sac¨¢ndolo abruptamente de su sue?o y revelando su ansia de vivir con ese rostro notoriamente demacrado. Candado, entre bostezos, descolg¨® el tel¨¦fono y atendi¨® la llamada de uno de los seguidores de la agencia tricolor, El¨ªas Vergara, conocido como el pino. ¡ª?Qu¨¦ sucede? Son las cinco de la ma?ana, debo ir a la escuela en una hora. ¡ªPues falta, te necesitamos. Candado, molesto, encendi¨® la luz, se frot¨® la cara, los ojos y la boca, y luego continu¨®. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªHan atacado a la presidenta Julekha Chandra, es hora de que vengas aqu¨ª. ¡ªPero ya habl¨¦ con Rozkiewicz sobre este asunto. ¡ªHubo cambio de planes, ven lo m¨¢s pronto posible. ¡ªEs temprano. ¡ªY aqu¨ª tambi¨¦n, ?Pero ves que me estoy quejando? No seas payaso y ven. ¡ªPor eso solo limpias las cagadas que hacen los Borradores, nunca vas a ascender. ¡ª¡­ ¡ª?Est¨¢s ah¨ª? ¡ªLo siento, me qued¨¦ dormido escuchando tus discursitos. ¡ª¡­ ¡ª?Hola? ¡ª¡­ ¡ª?Candado est¨¢s ah¨ª? Luego, inflando sus cachetes de aire, dijo. ¡ª?EN SEGUIDA ESTOY ALL¨¢! En ese instante, se escucharon varios golpes detr¨¢s de la l¨ªnea, ruidos como una silla cay¨¦ndose y el muchacho profiriendo maldiciones mientras se reincorporaba. ¡ªBien, ahora¡­ Candado colg¨® r¨¢pidamente el tel¨¦fono, manteniendo su actitud fr¨ªa. Despu¨¦s de diez segundos, coment¨®. ¡ªJe, pero qu¨¦ torpe ¡ªluego mostr¨® una sonrisa¡ª. Es hora de trabajar. Baj¨® de la cama, se dirigi¨® al ba?o, encendi¨® la luz y gir¨® la llave, pero para su sorpresa, no sali¨® agua. ¡ªOh vamos, no tengo tiempo para esto ¡ªluego golpe¨® tres veces con su dedo ¨ªndice la llave, hasta que emiti¨® un ruido extra?o. Candado encendi¨® su dedo y lo coloc¨® en la canilla. Pero esta comenz¨® a vibrar y hacer ruidos extra?os, y cuando Candado estaba a punto de tocar la llave, la canilla explot¨® y el agua termin¨® en su rostro, un chorro enorme que no parec¨ªa tener fin. Cuando finalmente se detuvo, Candado tom¨® la toalla y se limpi¨® la cara. ¡ªLa¡­ que me pari¨®, asesinar¨¦ a Clementina. Luego colg¨® nuevamente la toalla y sali¨® del ba?o. Camin¨® hasta su cama y ah¨ª se detuvo, levant¨® su brazo izquierdo y chasque¨® los dedos, y, como siempre, las ropas volaron de su ropero hasta su cuerpo, usando exactamente la ropa que siempre lleva. Solo que, en lugar de su buzo, opt¨® por su chaleco elegante rojo con botones blancos. Luego se puso su boina como accesorio final. ¡ªBien, estoy listo para el laburo. Candado sali¨® de su habitaci¨®n y se dirigi¨® hacia donde descansaba Hammya. Abri¨® la puerta con suavidad y se acerc¨® a ella. Dorm¨ªa pl¨¢cidamente, con su rostro tranquilo y sereno sobre la almohada, abrazando a un oso de peluche y cubierta con frazadas, vistiendo pijamas verdes. Candado se sent¨® en la cama y pos¨® su mano en el hombro de Hammya. ¡ªNi?a, despierta, ya es hora de trabajar ¡ªsusurr¨® ¨¦l. Hammya hizo gestos con su cara, pero no se despertaba. Se dio vuelta y tom¨® el brazo de Candado. ¡ªNi?a, despierta, es hora de trabajar. Hammya abri¨® moment¨¢neamente los ojos, vio el rostro borroso de ¨¦l, sonri¨® y volvi¨® a cerrarlos. Candado, ya desesperado, abri¨® y cerr¨® sus manos repetitivas veces, se?al clara de que estaba perdiendo los estribos. Luego alz¨® su mano izquierda, con el mecanismo en proceso, se acarici¨® la nuca, inhal¨® y exhal¨® el aire que ten¨ªa dentro, y comenz¨® de nuevo. ¡ªNi?a ¡ªaclar¨® su garganta y continu¨®¡ª, despi¨¦rtate, hay que... ¡ªNo, Candado, no quiero comer morcilla. ¡ª?LA PU¡­! ¡ªSe tap¨® la boca y dio un grito mudo. Estaba claro que iba a explotar, pero r¨¢pidamente se tranquiliz¨®, retir¨® sus manos de su boca, ajust¨® su corbata y continu¨®¡ª. Nena, quiero que abras los est¨²pidos ojos que tienes, que muevas tus dos ineptas piernas y salgas de esta pieza, antes de que yo te saque a mi manera. Hammya se dio vuelta y abri¨® los ojos. ¡ªBuenos d¨ªas, Candado ¡ªdijo ella con una sonrisa somnolienta. ¡ªBuenos d¨ªas. Ahora, hazme el maldito favor de levantarte. ¡ª?Por qu¨¦ est¨¢s enojado? ¡ªNo lo estoy ¡ªse levant¨® de la cama y camin¨® hasta la puerta¡ª. V¨ªstete ahora; tendremos una larga y amarga ma?ana. Candado cerr¨® la puerta con fuerza y se encamin¨® hacia donde dorm¨ªa Clementina. Se acerc¨® a la sala, apart¨® un cuadro y all¨ª estaba ella, dormida en la posici¨®n de un fara¨®n egipcio. Candado coloc¨® su dedo ¨ªndice en su frente, y Clementina se despert¨® lentamente, emitiendo ruidos extra?os. Abri¨® los ojos y ofreci¨® un pron¨®stico. ¡ªCarga al 100%, las mejoras est¨¢n en funcionamiento ¡ªluego dirigi¨® su atenci¨®n a Candado¡ª. Buenos d¨ªas, se?or. ?Necesita algo? ¡ªS¨ª, la verdad es que s¨ª. ¡ªGenial, huelo a peligro. ¡ªPensaba en descuartizarte. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque estuviste jugando con las ca?er¨ªas. ¡ª?Yo? ¡ªS¨ª, t¨² jugaste con las malditas ca?er¨ªas. ¡ªFue un accidente. Candado se llev¨® la mano a la frente. ¡ªOlv¨ªdalo, no tengo tiempo para esto. ¡ª?Tiene trabajo por casualidad? ¡ªExacto ¡ªluego levant¨® su mano¡ª. Acomp¨¢?ame. Candado y Clementina salieron del recinto y se dirigieron a la sala de estar. Se sent¨® en un sill¨®n y mir¨® a Clementina. ¡ªQuiero que pases esta llamada a todos mis compa?eros ¡ªluego levant¨® su dedo ¨ªndice¡ª sin excepciones. ¡ª?Se refiere a los que no est¨¢n agremiados tambi¨¦n? ¡ªExacto. ¡ªBien, entonces¡­. Candado levant¨® la mano. ¡ªMe equivoqu¨¦, quiero que no venga uno. ¡ª?Qui¨¦n, se?or? ¡ªMauricio. ¡ª?Puedo preguntar por qu¨¦? ¡ªNo quiero que deje a Yara sola con esa gente extra?a para ella. No tolero verla llorar; me parte el alma. ¡ªBien, eliminando a Mauricio de los contactos y¡­. listo ¡ªluego empez¨® a hacer ruidos chirriantes y continu¨®¡ª localizados, ?D¨®nde quiere que se re¨²nan? ¡ªEn la agencia Tricolor. ¡ªEnviados. Solo hay que esperar a que sus comunicadores suenen. ¡ªBrillante, ahora voy a esperar. ¡ªNo especific¨® hora, se?or. ¡ªNo hace falta, todo saldr¨¢ bien ¡ªdijo Candado mientras chasqueaba los dedos, y de la cocina llegaba un termo y un mate. ¡ªLa vida es corta, para m¨ª, es mejor disfrutarla mientras a¨²n tenga tiempo. ¡ªSe?or, no debe ser tan negativo. ¡ªNo lo soy, solo digo posibles finales para m¨ª en la vida. Puedo salir de la casa y que me atropelle un auto, o me puedo morir ahogado al momento que tome de mi mate. La vida es una continua lucha, el hecho de que estemos vivos nos hace victoriosos de la guerra. ¡ªSe?or¡­. ¡ªNo pongas esa cara, Clem. Todav¨ªa estoy vivo, y vos tambi¨¦n lo est¨¢s. Clementina mir¨® al suelo, decepcionada por lo que estaba escuchando de Candado. Claramente, ¨¦l se estaba resignando en la lucha contra lo que lo estaba matando, lo que le daba a entender que estaba esperando la muerte (T¨ªnbari) sentado. Aun as¨ª, Clementina levant¨® la cabeza y lo mir¨® a los ojos, los mismos ojos que tem¨ªa ver cuando le preguntaba sobre algo que lo incomodara o molestara. ¡ªSe?or, no tiene que decir eso. Usted tiene que librarse de lo que lo est¨¢ matando. Candado baj¨® su mate y la mir¨® a los ojos, y como era de suponerse, Clementina estaba aterrada. ¡ªNo s¨¦ lo que vos pens¨¢s, pero no me interesa. Te voy a dejar algo bien claro: yo jam¨¢s me rindo ante nadie, ni siquiera ante la muerte. ¡ªPero usted¡­ ¡ª?SHHH! ?SILENCIO! Nunca m¨¢s vuelvas a tratarme como un pobre anciano al que no puede cruzar la calle, porque no soy esa clase de personas. Si quisiera librarme de este maldito veneno, lo hubiera hecho. Pero no hay forma, m¨¢s que encontrar al maldito que me hizo esto. ¡ªNo veo que usted se esfuerce por encontrarlo. Candado dio un golpe fuerte a la mesa con su mano. ¡ª?NO TE BURLES DE M¨ª! ¡ª.Luego camin¨® hasta estar cara a cara con Clementina¡ª d¨¦jame decirte algo, pedazo de chatarra. Vos no sabes nada de m¨ª, nada. Crees que soy el mismo sumiso que lloraba y ped¨ªa ayuda a mam¨¢. No. ¡ªPara m¨ª, siempre ser¨¢ el mismo ni?o amable y cari?oso que tuve el m¨¢s grande honor de cuidar. ¡ªPues lo hiciste bien, pero ya no. T¨² no est¨¢s las veinticuatro horas del d¨ªa pegada a mi espalda. ?Crees que no me esfuerzo en buscar al sujeto que me hizo esto? ?TE EQUIVOCAS! De repente, la beb¨¦ Karen empez¨® a llorar, y Candado mir¨® al techo, se puso de pie y se acerc¨® a ella. ¡ªNo te atrevas ¡ªluego cerr¨® los ojos¡ª no, nunca m¨¢s vuelvas a entrometerte en mis cosas. Luego se separ¨® de ella y se dirigi¨® hasta la habitaci¨®n de su peque?a hermana. Cuando se fue, Clementina perdi¨® el equilibrio y se cay¨®; sus sensores estaban al rojo vivo. Nunca antes estaba tan aterrada como era ahora, pero para su agrado, Hammya hab¨ªa escuchado parte de la conversaci¨®n y estaba oculta detr¨¢s del muro que separaba la cocina de la sala. Hammya decidi¨® dejarse ver para ayudar a Clementina a ponerse de pie. ¡ªSe?orita Hammya, no la detect¨¦ en mis radares. ¡ªSeguramente debe ser por el miedo que estabas experimentando con Candado. ¡ªSoy una tonta. Jam¨¢s dud¨¦ de ¨¦l, y ahora lo hice. Soy una est¨²pida, ?c¨®mo pude hacer eso? ¡ªCreo que todo el mundo sigue ciegamente a Candado. ¡ªNo deb¨ª meterme en sus asuntos. Qu¨¦ est¨²pida. ¡ªNo, hiciste lo correcto. Te metiste en sus asuntos porque est¨¢s preocupada por ¨¦l. Eres parte de esta familia lo suficiente como para preocuparte de esa forma. Eres como la hermana de Candado. Clementina no contest¨®; solo se qued¨® procesando lo que le acababa de decir. ¡ªNo creo que yo sea tan cercana a Candado como para considerarme de esa forma. ¡ªEres su hermana y se acab¨® la historia. ¡ªS¨ª, pero... ¡ªSe termin¨® y punto. Clementina qued¨® confundida con la ansiedad de ella de que sea desesperadamente la hermana. ¡ªBueno, no me opongo a eso. Soy, indirectamente, su hermana. ¡ªBien, ya que todo est¨¢ arreglado, perm¨ªteme ayudarte. Por cierto, ?qu¨¦ ha pasado con esa actitud? Clementina no quer¨ªa responder a eso, aunque ser¨ªa est¨²pido decirle que no, ya que ella volver¨ªa a preguntar. As¨ª que decidi¨® molestarle de la forma m¨¢s ¨ªntima posible. ¡ª?Acaso te gusta Candado? ¡ªNo, claro que no ¡ªdijo tartamudeando. ¡ª?Entonces por qu¨¦ te enfocas en ayudarlo todo el tiempo? ¡ªT¨² tambi¨¦n lo haces. ¡ªS¨ª, pero yo no lo hago por un inter¨¦s amoroso, sino por un inter¨¦s personal. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªLos humanos tienen motivos; yo, en cambio, tengo un protocolo. Si bien yo soy independiente de tomar las ¨®rdenes que yo quiera, me siento prisionera moralmente de la familia que me trat¨® como un igual, y mi deber es ayudar a todos los que integren la familia Barret. ¡ªAcabo de perder mi cerebro. ¡ªLo entender¨¢s alg¨²n d¨ªa; aqu¨ª, en esta casa, se aprenden nuevas cosas d¨ªa a d¨ªa. No s¨¦ por qu¨¦, pero es as¨ª. ¡ª?Eso me har¨¢ inteligente? ¡ªNo, solo te va a ayudar a que te concentres mejor. ¡ªBueno, yo... ¡ªPero no cambies de tema, te hice una pregunta. ¡ª?Pregunta? ?Cu¨¢l pregunta? ¡ªPor todos los bytes ¡ªdijo Clementina exaltada y continu¨®¡ª, ?si guardas un sentimiento rom¨¢ntico hacia Candado? ¡ªBueno, yo... En ese momento, baj¨® Candado e interrumpi¨®. ¡ª?Dijeron mi nombre? ¡ªS¨ª, fui yo, pero no te estaba llamando, sino que estaba haciendo una pregunta. Candado se acerc¨® a ellas y pregunt¨®. ¡ªY... ?Qu¨¦ clase de pregunta? ¡ªCosas de chicas. ¡ªEntonces no me interesa. Clementina aclar¨® la garganta y pregunt¨®. ¡ª?Nos vamos ya, se?or? ¡ªS¨ª, nos iremos en taxi. ¡ªAdivinar¨¦, Nelson. ¡ªNo, su auto est¨¢ algo averiado, y no podr¨¢ tenerlo listo hoy. ¡ª?Entonces en Uzoori? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªExacto. ¡ªPero se?or, Uzoori no puede volver por s¨ª solo a casa. ¡ªNo pasa nada, ¨¦l estar¨¢ bien comiendo el abundante pasto que hay en la agencia, hasta que yo vuelva, claro. ¡ªPero hay espacio para tres. ¡ªS¨ª, Uzoori es grande, cabr¨ªan hasta cuatro personas. ¡ªBien, por qu¨¦ no, hag¨¢moslo. Candado subi¨® hasta el establo, mientras que las dem¨¢s sal¨ªan de la casa a esperar que ¨¦l bajara el caballo. Hac¨ªa mucho fr¨ªo por la ma?ana; casi no hab¨ªa sol. Se escuchaban los ladridos de los perros, el ruido de los p¨¢jaros y uno que otro canto de un gallo que hab¨ªa por ah¨ª cerca. El asfalto estaba h¨²medo y las calles tambi¨¦n; parec¨ªa como si hubiera nevado. Clementina y Hammya se pusieron a un costado, para no interponerse en el camino de Candado. Cuando el garaje se abri¨®, este sali¨® con su caballo a paso lento; se ve¨ªa que estaba a¨²n dormido. Cada paso que daba era torpe, pero a pesar de eso, el caballo segu¨ªa adelante. ¡ªSubid. Candado tom¨® la mano de Clementina y la subi¨® detr¨¢s de ¨¦l; luego esta tom¨® la mano de Hammya y se sent¨® detr¨¢s de ella. ¡ªSuj¨¦tense, por favor; habr¨¢ que llegar lo m¨¢s r¨¢pido posible. ¡ªA la orden. Candado dio unos golpecitos al cuello del caballo, y este empez¨® a acelerar. Los tres se fueron acompa?ados por la soledad y el silencio en las calles. Luego de que el grupo se fuera del pueblo, terminaron llegando a la ciudad de Resistencia, donde s¨ª se notaba el movimiento de las personas, gente que se dirig¨ªa a su trabajo. Candado iba tomando atajos para poder llegar m¨¢s r¨¢pido. Hasta que por fin pudieron ver los muros de la agencia, ahora ya con m¨¢s personal de seguridad. A medida que se iban acercando, Candado levant¨® la mano con su insignia, dej¨¢ndoles el paso y la puerta libre. En su interior estaban algunos de sus cuantos compa?eros; a¨²n faltaban algunos por venir. Los que faltaban eran Kevin, Martina, Anzor, German y Viki; el resto estaba ah¨ª, charlando entre ellos, pero cuando vieron a Candado, se detuvieron y lo miraron. Candado baj¨® de su caballo y ayud¨® a las ni?as a bajarse de su corcel. En ese momento, Mario, el guardia que Nelson hab¨ªa salvado, salud¨® a Candado d¨¢ndole un apret¨®n de manos, tom¨® las riendas del caballo y lo llev¨® a una zona donde no estorbara. Luego, Candado se acomod¨® un poco, aclar¨® la garganta y se acerc¨® a sus amigos. ¡ªSaludos, hermanos. ¡ª?Se puede saber por qu¨¦ nos despertaste a esta hora? ¡ªPucheta ¡ªluego se llev¨® la mano a los ojos y continu¨®¡ª, silencio, no he terminado de hablar. ¡ªBueno, est¨¢ bien. ¡ªC¨®mo iba diciendo, me alegro que se hayan despertado a esta hora. Seguro muchos de ustedes se preguntar¨¢n por qu¨¦ los convoqu¨¦ aqu¨ª y la... ¡ªS¨ª, quiero saber por qu¨¦ estoy aqu¨ª ¡ªinterrumpi¨® Pucheta. Candado desorbit¨® sus ojos moment¨¢neamente mientras entrecerraba sus manos, pero luego de unos segundos se calm¨®, se acomod¨® la corbata y sigui¨®. ¡ªProsigo, los he llamado aqu¨ª porque hay problemas en la ciudad de Buenos Aires y seguramente necesitar¨¢n nuestra ayuda, pero s¨¦ muy bien que esto no es como las dem¨¢s situaciones que hemos tenido con enemigos pobres. Puede ser peligroso y... ¡ªCandado ¡ªinterrumpi¨® nuevamente Pucheta. ¡ª?PERO LA PUTA MADRE! ??QU¨¦ QUER¨¦S AHORA?! Pucheta, entre risas y ahogos de la carcajada, dijo. ¡ªEso ya lo sabemos, lo que queremos saber es ?qu¨¦ tan peligrosa es la misi¨®n? ¡ª??POR QU¨¦ NO ESPERAS ENTONCES?! ¡ªPorque es aburrido; una vez que hablas, no hay quien te pare. ¡ª??PARE?! ?UN PARO CARDIACO ME VAS A DAR POR TU INSOLENCIA! Los dem¨¢s se re¨ªan de la situaci¨®n, excepto Declan, quien estaba escuchando atentamente a Candado. ¡ªBien, creo que es hora de... ¡ªAguarda ¡ªdijo Clementina. ¡ª?MIERDAAAAA! ¡ªEstoy sintiendo la aproximaci¨®n de cinco personas ¡ªcontinu¨® Clementina. Candado afloj¨® los hombros y se arregl¨® la boina. ¡ªEspero que ellos no interrumpan mis palabras ¡ªdijo ¨¦l. Luego de las cortas palabras de Candado, la puerta delantera hizo un ruidoso sonido al momento de abrirse, y de las afueras de los muros aparecieron cinco personas, conocidas para la mayor¨ªa de los presentes. Y para cuando las puertas se abrieron del todo, decidieron entrar, con Anzor a la cabeza. A su costado izquierdo estaba Kevin, encapuchado, y German, y de su lado derecho estaban Martina, tambi¨¦n encapuchada, y Viki. Quienes se acercaron a Candado y al grupo. ¡ªDisculpa por el retraso. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªluego mir¨® a los dem¨¢s y continu¨®¡ªbien, ahora que estamos todos reunidos, proseguir¨¦¡­ ¡ªEspera ¡ªinterrumpi¨® Ana Mar¨ªa Pucheta. ¡ª?TE VOY A SACAR LA LENGUA! ¡ªOlvid¨¦ decirlo, buenos d¨ªas Candado. Su ojo izquierdo comenz¨® a tener un tic nervioso, obviamente lo hab¨ªa hecho a prop¨®sito solamente para molestarlo. Candado estaba a punto de perder los estribos, no sab¨ªa si quitarle la lengua o quitarle las cuerdas vocales, pero una mano toc¨® su hombro justo antes de hacerlo. Se trataba de Glinka, quien estaba acompa?ada de Antonela. ¡ªSaludos, ?Hay espacio para nosotras? Glinka: Lara Talavera Glinka de ojos rojos (Dios sabe por qu¨¦), cabello blanco cenizo, nariz recta y firme, piel blanca, tiene una actitud honorable y dispersa por el aire, compa?era de Joaqu¨ªn, amable y de un enorme coraz¨®n, sus ropas son de unos pantalones largos de color blanco y botamangas grandes que cubren sus talones (Por alguna raz¨®n no se ensucia) zapatos violetas, camisa roja y con un list¨®n blanco. Poderes: La composici¨®n de la materia y todo relacionado con los metales. Habilidad: Desconocida para Candado, pero conocida para Ruth, por lo tanto no se encuentra registros. Antonela: De cabello negro y ojos celestes, muy brillantes, viste de ropas muy formales, como si fuera alumna de un colegio privado de color azul, medias blancas que llegaban hasta sus rodillas y zapatos negros. Debido a su seriedad, muchos le temen, pero tiene un gran coraz¨®n, es amiga de Candado y muchas veces cuida de que no se meta en problemas afuera de su pueblo. No le gusta que la traten con inferioridad. Poderes: Ps¨ªquicos Habilidades: Es buena en todo. ¡ªOh, son ustedes dos. ¡ªSiempre con esa alegr¨ªa, Candado ¡ªdijo Glinka sarc¨¢sticamente. ¡ª?Qu¨¦ quieren? ¡ªLo que o¨ªste, Candado, vamos contigo. ¡ªNi hablar. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Antonela. ¡ªPorque es peligroso. ¡ªSi quieren puedo dar mi lugar para ustedes ¡ªdijo Matlotsky levantando la mano. ¡ªBaja la mano, imb¨¦cil ¡ªdijo Candado sin mirarlo. ¡ªOkey ¡ªdijo ¨¦l mientras se achicaba ante Candado. ¡ªVamos, nuestros amigos est¨¢n ah¨ª. ¡ªNo es no, ?qu¨¦ acaso no lo entienden? ¡ªNo, porque t¨² no me das ¨®rdenes, as¨ª que iremos quieras o no. ¡ªYa veo ¡ªinterrumpi¨® Clementina. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpregunt¨® Glinka. ¡ªNo quieres que ellas vengan, porque son insoportables. ¡ªNo, no es eso, es que¡­ ¡ª?Es que qu¨¦, Candado? ¡ªAy, a qui¨¦n enga?o, ambas son muy buenas peleando, y siempre se meten en problemas, lo que me cuesta a m¨ª; cada vez que voy a alg¨²n lugar con ustedes, termino aumentando mis problemas. ¡ªPero¡­ ?Por qu¨¦ no nos dijiste antes? ¡ªpregunt¨® Glinka. ¡ªLo he hecho m¨¢s de siete veces, pero jam¨¢s me escuchan. ¡ªQu¨¦ bonita es la luna, ?no? Antonela. ¡ªS¨ª, es verdad. Luego, Glinka mir¨® a Candado. ¡ªPerd¨®n, ?dijiste algo? ¡ªPor favor, suban a otro avi¨®n o pueden irse al carajo. ¡ªParece que alguien tiene grandes deseos de matar ¡ªsusurr¨® Kevin a Martina. ¡ª?Vos crees? ¡ªYa da igual ¡ªdijo Glinka, luego mir¨® a Antonela y continu¨®¡ª. Vamos, subamos al avi¨®n. Dicho esto, Glinka tom¨® de la mano a Antonela y se fueron corriendo al avi¨®n de Candado, dejando al grupo solo y confundido. Candado hizo una mueca y levant¨® su brazo. ¡ªSaben qu¨¦, subamos al puto avi¨®n antes de que me pegue un tiro.A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. ¡ªYa escucharon a Candado, suban todos al avi¨®n ¡ªdijo Clementina mientras aplaud¨ªan. ¡ªVamo'' loco, vamo'' loco al avi¨®n. ¡ªMatlotsky, c¨¢llate ¡ªluego lo tom¨® de la nuca¡ªyo te ayudo a subir. Y con una fuerza incre¨ªble, levant¨® a Matlotsky y se lo llev¨® adentro del avi¨®n, mientras que todos los miraban. ¡ª?Qu¨¦ fue eso? ¡ªpregunt¨® Kevin a H¨¦ctor. ¡ªAh, ellos son as¨ª siempre, dale, subamos al avi¨®n. Kevin mir¨® a Martina y se encogi¨® de hombros, d¨¢ndole igual la situaci¨®n, y entr¨® al avi¨®n junto con los dem¨¢s. Para cuando todos estuvieron adentro, Viki presion¨® un bot¨®n y la puerta se cerr¨®, mientras que los dem¨¢s se sentaban en sus asientos; claro que hab¨ªa m¨¢s. H¨¦ctor estaba sentado en la sala de juegos hablando con Andersson y con los hermanos Bailak. Pucheta corr¨ªa por todo el avi¨®n, jugando con Glinka y Pio; Anzor y Declan meditaban en sus asientos, hablando en su idioma; las mellizas tambi¨¦n hablaban con Andersson, German le¨ªa las varias revistas de la O.M.G.A.B. donde cada una ten¨ªa el rostro de los presidentes. La de Candado mostraba el pu?o izquierdo levantado a la altura de su mejilla derecha, con su actitud seria y mirando al p¨²blico con una frase diferente a la anterior: "La uni¨®n hace la fuerza, y ustedes hacen nuestra fuerza". Luego hab¨ªa otra de Yuuta, Kirinyaga, Shaoran, Banu, Jacqueline, Alejandra, Ra¨²l, Armando y Aurora. La de Yuuta era con su mano en su coraz¨®n mientras miraba al cielo y con una frase que dec¨ªa: "Nuestros corazones cambiaron al mundo, ay¨²danos a que sigan latiendo". La de Kirinyaga era con sus ambas manos levantadas mientras miraba al p¨²blico y con una frase que dec¨ªa: "Harambee cambi¨® nuestro mundo, ustedes tambi¨¦n pueden hacerlo". La de Shaoran era de brazos cruzados mientras estaba de perfil, con una frase que dec¨ªa: "Ustedes no son soldados, son nuestros hermanos". La de Jacqueline era de brazos cruzados mientras miraba al p¨²blico: "No se queden sentados, lev¨¢ntense y luchen a nuestro lado". La de Alejandra era se?alando con su mano derecha mientras que con la izquierda, la ten¨ªa en su cintura; su frase era: "Pelea y lucha por tus derechos, que nadie os pisotee". La de Armando era sentado en una silla, con su boina en su pierna mientras miraba al p¨²blico con una frase as¨ª: "Nosotros somos defensores de sus patrias, pero ustedes lo son m¨¢s". La de Ra¨²l era con un pu?o en su pecho mientras miraba al p¨²blico: "Nosotros damos la cara por ustedes, ?y ustedes dar¨ªan la cara por nosotros?". La de Banu era sentada en una silla y con ambas manos en su regazo, con una frase que dec¨ªa: "Harambee luch¨® por nosotros y nosotros luchamos por Harambee". Y por ¨²ltimo, la frase de Aurora, quien estaba en la misma posici¨®n que Candado, pero con su mano derecha y una frase diferente: "Ay¨²danos a cambiar al mundo". Claro que ¨¦l no estaba leyendo todas a la vez; s¨®lo le¨ªa la de Candado, mientras que su compa?ero, Lucas, le¨ªa la de Banu. ¡ªEs incre¨ªble ¡ªdijo Lucas. German baj¨® la revista y lo mir¨®. ¡ª?Qu¨¦ es incre¨ªble? ¡ªBanu Fereshteh tiene un ¨ªndice de aprobaci¨®n del 79% de los votos en la isla de Kanghar. ¡ª?Es porque su actitud es adorable! ¡ªgrit¨® Candado desde su asiento, que estaba muy lejos de ellos. Antonela ve¨ªa la tele con Viki y Carolina. Mientras que Candado estaba sentado, compartiendo asiento con Hammya, quien jugaba con una consola de Ana Mar¨ªa, y Clementina, quien le¨ªa un libro, igual que la otra vez, solo que el asiento donde estaba sentado Nelson estaba vac¨ªo. Candado estaba recostado sobre su brazo en los apoyabrazos, postrando su cabeza en su pu?o y con un rostro demacrado. ¡ªOdio el ruido. ¡ªEntonces, vete a otra habitaci¨®n ¡ªdijo Clementina sin mirarlo. ¡ª?Quieres que pida silencio? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo, no hace falta. ¡ª?Por qu¨¦ no va a dormir un rato? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªNo, tampoco hace falta. Hammya tom¨® la mano de Candado y lo mir¨®, aunque este tard¨® en mirarla a ella. ¡ªVe a dormir, lo necesitas. ¡ªEscucha a las se?oritas, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari, parado en medio del pasillo mientras Pucheta lo atravesaba. Candado acarici¨® su cabeza y se puso de pie. Con las manos en los bolsillos, abandon¨® el pasillo para dirigirse a una de las habitaciones y descansar un poco, ya que estaba un poco agotado, y mucho. Abri¨® la puerta, camin¨® hasta la cama y se recost¨® en ella, pero esta vez, no se quit¨® la boina como las otras veces, y mir¨® el techo. ¡ªOdio esta cama, siempre me dan pesadillas cuando me acuesto aqu¨ª. ¡ªPre¨¢mbulos y pre¨¢mbulos, ?Por qu¨¦ no duermes de una vez y ya? Estoy interesado en lo que podr¨¦ ver ahora. ¡ªEspero que sea la ¨²ltima vez que duerma en una cama a estas alturas, es por eso que detesto los aviones, despiertan mis temores. ¡ªY por culpa de eso tienes pesadillas, s¨ª eso ya lo s¨¦, ahora duerme de una vez y divi¨¦rteme. ¡ªS¨®lo digo que puede ser peligroso. ¡ª?Por qu¨¦ no duermes de una vez? ¡ªPorque estoy hablando contigo. ¡ªYa, y parece que el culpable soy yo, ?verdad? ¡ªPues s¨ª, as¨ª que c¨¢llate, necesito dormir un poco, si de verdad lo quieres. ¡ªBien, entonces yo estar¨¦ por ah¨ª sentado. ¡ªPor m¨ª te puedes ir bien lejos, recontra mil lejos. ¡ªEso no va a pasar, y lo sabes muy bien. Candado no respondi¨®, solo qued¨® mirando al techo, con una sonrisa algo s¨ªnica, pero al final termin¨® por dormirse. Los sonidos del viento y de los motores lentamente fueron desapareciendo en la mente de Candado, dej¨¢ndolo en paz y serenidad. Sin embargo, eso no detuvo las pesadillas. Despu¨¦s de una hora, estas comenzaron a crecer cada vez m¨¢s y m¨¢s. La oscuridad comenz¨® a extenderse una vez m¨¢s en sus pensamientos m¨¢s profundos, pero cada pesadilla era diferente a la anterior. De vez en cuando aparec¨ªan, pero siempre se frecuentaban cuando dorm¨ªa en el avi¨®n. Era como si esa cama funcionara de esa forma. La transpiraci¨®n recorr¨ªa su cuerpo, forcejeaba en la cama. Una y otra vez repet¨ªa el nombre de Desza y de Pullbarey. Sus manos se encend¨ªan y se apagaban, y m¨¢s de una vez quem¨® las s¨¢banas. Esta vez, no pod¨ªa controlarse. Los impulsos de aquel tormentoso sue?o lo volv¨ªan loco, su cordura se estaba desvaneciendo lentamente. T¨ªnbari observaba atentamente, con mucha ansiedad y preocupaci¨®n. ¡ªVamos, vos pod¨¦s, resiste un poco. En el sue?o de Candado, se encontraba en un paisaje sombr¨ªo, todo estaba muerto a su alrededor. Hab¨ªa fuego, sangre y putrefacci¨®n. Candado estaba parado en una pila de cad¨¢veres, observando como el cielo era consumido por el trueno y por un extra?o remolino que surcaba las nubes, trag¨¢ndose todo a su paso, casas, cuerpos y edificios. Pero luego de unos segundos, Candado comenz¨® a sentir la presencia de alguien. Mir¨® a su alrededor, y por la espalda recibi¨® una flecha, pero no sinti¨® dolor alguno. Candado se volte¨® y se vio a s¨ª mismo, solo que con tonos m¨¢s oscuros, cabello muerto, boina negra, ojos rojos con sangre chorreante en ellos, piel inhumanamente blanca, como un muerto, y sus ropas eran iguales, solo que eran un poco m¨¢s sombr¨ªas. Nuevamente, Candado iba a pelear consigo mismo. Se quit¨® la flecha y corri¨® hasta su enemigo, sin titubear, corriendo por los escombros de lo que alguna vez fue un vecindario, hasta llegar a su enemigo. Pero al momento de llegar, este desapareci¨® al frente de sus ojos, y no solo eso, sino que el paisaje sombr¨ªo se fue con ¨¦l, dej¨¢ndolo en una habitaci¨®n oscura. Armado con su fac¨®n y su poderosa flama, Candado comenz¨® a recorrer la zona, caminando hacia ning¨²n lugar aparente. Pero luego de unos largos pasos, comenz¨® a escuchar una risa, y esa risa ya la conoc¨ªa. En ese instante, comenz¨® a quemar todo lo que estaba a su alrededor, pero nada pasaba, y la burla segu¨ªa. Hasta que la misteriosa persona apareci¨® en la espalda de Candado y le susurr¨®. ¡ªFallaste, mi amigo. Candado volte¨® y lanz¨® una llamarada muy fuerte. Sin embargo, Desza se segu¨ªa burlando de ¨¦l. A cada paso que Candado malgastaba su energ¨ªa, su cuerpo se iba deteriorando. Comenz¨® a escupir sangre y a perder el equilibrio, hasta llegar a arrodillarse y soltar todo lo que ten¨ªa dentro, tosiendo y escupiendo sangre. ¡ª?Qu¨¦ te sucede, Candado? ?Est¨¢s enfermo? ¨¦l se puso de pie y mir¨® a su alrededor, con la esperanza de encontrar a esa otra voz, pero era imposible para ¨¦l. Todo era negro y oscuro, no pod¨ªa verlos, y cada momento que escuchaba sus burlas lo pon¨ªa enfermo. No pod¨ªa m¨¢s, y empezaba a luchar a ciegas, dando golpes en falso. Mientras en la realidad, Candado estaba descontrolado. Hab¨ªa roto un florero y un despertador, y entre los ruidos y destrozos que hac¨ªa, provoc¨® que los dem¨¢s lo escucharan. Sus compa?eros ingresaron a su habitaci¨®n; todos observaron a un Candado gritando de agon¨ªa, movi¨¦ndose de un lado a otro, soltando todo su dolor, sufrimiento y amargura. Fue en ese momento que Kevin tom¨® los hombros de Candado, mientras Andersson sosten¨ªa sus piernas. Todos gritaban una y otra vez su nombre. T¨ªnbari no estaba en su silla; en su lugar, estaba agarrando la frente de ¨¦l. ¡ª?RESISTE! ?YA FALTA POCO! ¡ªgritaba T¨ªnbari. Hammya, con ambas manos en la mejilla de ¨¦l, gritaba su nombre, pero Candado segu¨ªa dormido y su sufrimiento aumentaba cada vez m¨¢s. En su sue?o, esos contactos f¨ªsicos daban una falsa impresi¨®n a Candado. En ¨¦l, Candado estaba siendo acorralado por personas que eran sus m¨¢s grandes enemigos: J?rgen, Desza, Ocho, Chesulloth, Azricam, Joel, Jane, Rose, R?sse?s, Guz, Dockly e Isabel, agarr¨¢ndolo de todos lados, imposibilit¨¢ndolo para escapar. ¡ª?SU¨¦LTENME! ?LOS VOY A LIQUIDAR! ¡ªInt¨¦ntalo ¡ªdijo Desza. Candado encendi¨® su pu?o y le dio un golpe en la quijada, creyendo que hab¨ªa golpeado a Desza, cuando en realidad, el golpe lo recibi¨® Kevin, quien retrocedi¨® abruptamente y termin¨® en el suelo con sangre entre la nariz y sus labios. ¡ª?KEVIN! ¡ªgrit¨® Martina. ¡ªViki, ll¨¦vatela de aqu¨ª, es peligroso ¡ªrespondi¨® mientras se pon¨ªa de pie e intentaba nuevamente parar a Candado. ¡ªBien ¡ªViki solt¨® a Candado y tom¨® a Martina de las manos y la sac¨® de ah¨ª. Mientras ella miraba con horror la escena. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ ocurriendo? ¡ªpregunt¨® Andersson. ¡ªEst¨¢ teniendo una pesadilla, hay que despertarlo antes de que haga una locura ¡ªcontest¨® H¨¦ctor mientras trataba de hacer algo para despertarle. ¡ª?Locura? ¡ªpregunt¨® Carolina. ¡ªSi esto sigue as¨ª, podr¨¢ destruir el avi¨®n ¡ªcontest¨® Declan mientras lo tomaba de los brazos. ¡ªSolo un poco m¨¢s ¡ªsusurr¨® T¨ªnbari. Declan fij¨® su atenci¨®n en el demonio. ¡ª?T¨²! Declan solt¨® a Candado y corri¨® hasta T¨ªnbari, estampill¨¢ndolo contra la pared, provocando que se sentara, y una vez en el suelo, Declan puso su espada en su cuello. ¡ªT¨² le hiciste esto, sabes muy bien que Candado no puede dormir en espacios a¨¦reos, sabes que le provocan pesadillas, las cuales son muy perjudiciales. ¡ªVamos, ?En serio piensas que me har¨¢ da?o un escarbadientes? ¡ªEres el mal en persona. ¡ª?YA BASTA DECLAN! ¡ªgrito Andersson. ¡ªNo te metas ¡ªdijo sin mirarlo. ¡ªEscucha a tu amigo ¡ªdijo T¨ªnbari de manera burlona. ¡ªHaces m¨¢s da?o a Candado que protegerlo, me das asco. En ese momento, Candado solt¨® un grito de agon¨ªa. Declan, al escuchar esto, solt¨® su espada y corri¨® hasta donde estaba su amigo. ¡ªTiene que despertar, est¨¢ da?¨¢ndose as¨ª mismo, puede morir. Hammya, al escuchar esto, trat¨® de despertarlo de todas las formas posibles. ¡ªCandado, soy yo, Hammya, tu amiga. ¡ª?LIB¨¦RENME! ¡ªgritaba ¨¦l dormido. ¡ªYa, despierta por favor, te necesitamos de regreso ¡ªdijo Clementina. Candado comenzaba a encender sus ambos pu?os, y ya comenzaba a ser dif¨ªcil sostenerlo. ¡ªNo podremos retenerlo por m¨¢s tiempo ¡ªdijo Declan. ¡ª?RESISTAN! ¡ªgrit¨® Kevin. Hammya comenzaba a asustarse, sin embargo, sigui¨® intentando. ¡ªCandado despierta, todos te estamos esperando, no debes dejar que eso te consuma, es un sue?o, no es real ¡ªdijo Anzor. Y lentamente Candado iba escuchando las voces de sus compa?eros, pero la que m¨¢s resaltaba en esa situaci¨®n, era la dulce voz de Hammya, quien suplicaba que abriera los ojos. Pero a medida que iba luchando con su pesadilla, m¨¢s dolor le causaba. Hasta que su cuerpo colaps¨®, su pecho se levant¨® en el aire y dio un grito desgarrador, sus ojos se volvieron violetas, su voz se fue volviendo m¨¢s grave a medida que su grito segu¨ªa, el cielo de la ma?ana cambi¨® de color, dej¨® de ser celeste a ser violeta, causando terror a todos los presentes. Desde las afueras del avi¨®n, Pullbarey, quien estaba sentado en un sill¨®n y con un libro de biolog¨ªa en su regazo, levant¨® sus ojos y mir¨® al cielo. Aunque su ubicaci¨®n era en un hotel de Buenos Aires, pudo ver un poco de esa energ¨ªa e incluso, pudo sentirla. Cerr¨® el libro, lo puso a un lado y camin¨® hasta la ventana enorme del hotel, colocando su mano derecha en el vidrio mientras que la otra estaba en su espalda. ¡ªConque, has vuelto ¡ªluego volte¨® y grit¨®¡ª. ?GREG! ?PREPARA EL AUTO! Vamos a cazar a cierta persona. Fue en ese instante que tendr¨ªa un encuentro cara a cara con Candado, y lentamente, la situaci¨®n estaba cambiando para su beneficio. Mientras por los aires, Candado segu¨ªa sufriendo sus malestares, despu¨¦s de que sus convulsiones cesaron, Kevin convirti¨® su palma en una extra?a energ¨ªa blanca, que termin¨® golpeando su pecho con todas sus fuerzas, causando que Candado se despertara violentamente. Cuando este estuvo despierto, todos se relajaron; Kevin se tumb¨® en el suelo y se recost¨® en un mueble que hab¨ªa all¨ª. ¡ª?Por qu¨¦ no hiciste eso desde un principio? ¡ªpregunt¨® Matlotsky mientras inhalaba y exhalaba salvajemente. ¡ªPorque no se quedaba quieto. Luego todos se pusieron de pie y se acercaron a Candado, quien estaba despierto y sentado sobre la cama, mirando hacia el techo. Aunque se hab¨ªa despertado, sus ojos segu¨ªan siendo violetas. Nadie se acerc¨®; todos ten¨ªan algo de miedo, hasta que T¨ªnbari fue el primero en acercarse. A su espalda estaba Hammya, Declan, Kevin y Clementina, quienes caminaban detr¨¢s de T¨ªnbari. Este coloc¨® su mano normal en el hombro derecho de Candado, pero no reaccion¨® y segu¨ªa mirando al techo. Cuando T¨ªnbari sacudi¨® su hombro para que reaccionara, Candado comenz¨® a hablar en una extra?a lengua, una lengua desconocida para todos, pero conocida para Kevin. Este, muy alarmado y sorprendido, se puso de pie y camin¨® hasta ¨¦l. ¡ªEst¨¢ hablando Belelayko, nuestro idioma. ?C¨®mo es posible? S¨®lo yo y Martina hablamos ese idioma. ¡ª?Qu¨¦ dice? Trad¨²celo, pronto. ¡ªEn seguida. Y entonces, continu¨®; todo lo que Candado hablaba, lo traduc¨ªa ¨¦l. ¡ªLas campanas ya sonaron, los diez grandes han de regresar a sus destinos, las flores que caen en los arroyos ser¨¢n la advertencia de los presentes, los cielos comenzar¨¢n a desprenderse y la luna se te?ir¨¢ de la sangre de los incr¨¦dulos. La oscuridad ir¨¢ de la mano con el sufrimiento. No existir¨¢ otra palabra que no sea la de ¨¦l. La tierra y la lluvia ser¨¢n el alimento de los perdedores. Los banquetes de la alianza oscura ser¨¢n vuestra perdici¨®n. Nadie saldr¨¢ y nadie entrar¨¢. Todos ustedes son los hijos de uno de las miles del camino que hay en el mundo. No se rindan y no se arrodillen. Que toda vida se levante y luche por el terror que vendr¨¢. ¡ªHa valido la pena ¡ªdijo T¨ªnbari. Luego de que Candado terminara de hablar en ese idioma, sus ojos se apagaron y se desvaneci¨® en los brazos de T¨ªnbari, aunque los ¨²nicos que no conoc¨ªan a T¨ªnbari eran los hermanos Bailak, quienes cre¨ªan que este estaba flotando. ¡ªHammya, no sab¨ªa que ten¨ªas esas capacidades ¡ªdijo Martina en forma de elogio. Lo hab¨ªa dicho porque Candado estaba en esa posici¨®n al frente de Hammya. ¡ªEh, no, no, no, no soy yo, es ¨¦l. ¡ª?Y qui¨¦n es ¨¦l? ¡ªpregunt¨® Kevin. ¡ªBueno, ¨¦l, no lo podr¨¢n ver, debido a que ustedes no tocaron a Candado ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ crees que hice cuando Candado estaba convulsion¨¢ndose? Lo agarr¨¦ de los hombros, porque te aseguro que no utilic¨¦ mis poderes mentales para detenerlo. ¡ªS¨ª, ?pero acaso tocaste su piel? ¡ªBueno, no. ?Acaso tengo cara de manoseador de hombres? ¡ªNo me refiero a eso. ¡ª?Entonces qu¨¦? En ese momento, Candado se despert¨®. ¡ªPor favor, ya c¨¢llense los dos, son insoportables. En ese instante, T¨ªnbari lo solt¨® y cay¨® al suelo. ¡ªEres un¡­ ¡ªC¨¢lmate ¡ªdijo Clementina mientras lo ayudaba a ponerse de pie. Y cuando se reincorpor¨®, se acomod¨® la corbata, la boina y pregunt¨®. ¡ª?Qu¨¦ ha sucedido? ¡ª?No lo recuerdas? ¡ªpregunt¨® Lucas. ¡ªSi fuera as¨ª, entonces no preguntar¨ªa. ¡ªTuviste una pesadilla ¡ªdijo Declan. ¡ªAh, ya veo ¡ªluego aclar¨® la garganta e hizo unas se?as con sus manos¡ªbueno, no hay nada que ver as¨ª que, afuera. ¡ªNo, creo que no, acabaste de hablar mi lengua. ¡ª?Qu¨¦? Lo siento, pero yo no hablo Belelayko, Kevin, ser¨ªa imposible. ¡ªClaro que es posible ¡ªdijo Martina. ¡ªNo, es improbable, primero y principal porque su cultura se perdi¨® as¨ª como su idioma, por lo tanto, es imposible que yo pueda hablar as¨ª. ¡ªCreo que hay cosas que no sabes de tu cuerpo, Candado ¡ªdijo T¨ªnbari de manera burlona. ¡ªCierra la boca ¡ªluego volte¨® y lo mir¨®¡ªconozco mi cuerpo mejor que nadie. ¡ªParece que no. ¡ª?SILENCIO! ¡ª?A qui¨¦n le gritas? ¡ªA T¨ªnbari, ?Qu¨¦ no te das cuenta, cabeza de nabo? ¡ª?PUES LO SIENTO! ?PERO NO TODO EL MUNDO PUEDE VER A ESA PERSONA! ¡ª?NO ME LEVANTES LA VOZ! ¡ªRompiste mi cara cuando estaba ayud¨¢ndote, tarado. ¡ª?En qu¨¦ momento? Yo no te hice nada. ¡ªS¨ª lo hiciste. ¡ªEntonces, ?D¨®nde est¨¢ la herida? ¡ªSoy un Bailak, por lo tanto me curo por s¨ª solo. ¡ª??Y DE QU¨¦ TE QUEJAS?! ?PELOTUDO! ¡ªCreo que deben calmarse los dos ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ª?YA! ?C¨¢LLATE! ¡ª?NO DIJE NADA! ¡ª?NO ERA PARA TI! ¡ª?DEJA DE GRITAR! ¡ª?VOS NO ME GRITES! Y en esa conversaci¨®n caliente, salt¨® Declan en el medio para evitar una posible batalla. ¡ªSuficiente ¡ªluego mir¨® a Candado¡ªse?or, debe calmarse, yo le explicar¨¦ todo. Declan llev¨® a Candado fuera de la habitaci¨®n y se sentaron en la habitaci¨®n de al lado, y ah¨ª charlaron sobre lo que ocurri¨® mientras estaba dormido. Le cont¨® todo, sus pesadillas, la agresi¨®n f¨ªsica de Kevin, las palabras que pronunci¨® en Belelayko y su grito de dolor. Candado iba escuchando punto por punto, no pod¨ªa creer lo que estaba diciendo, Declan nunca mentir¨ªa, por eso Candado estaba sorprendido, pero despu¨¦s de que ¨¦l terminara de contar todo, Candado lo mir¨®, con su misma expresi¨®n de siempre. ¡ªVaya, creo que le debo una disculpa a Kevin. ¡ªSi hay algo que aprend¨ª, es que todos cometemos errores, pero muy pocos lo reconocen. ¡ª?Qui¨¦n te cont¨® eso? ¡ªFue usted. ¡ªOh, vaya, no me acordaba. ¡ªPuedes disculparte con ¨¦l ahora, despu¨¦s de todo es tu amigo. ¡ªGracias Declan. ¡ªNo hay de qu¨¦ se?or. Luego se puso de pie y se fue de la habitaci¨®n, para sentarse en los asientos que hab¨ªa en el pasillo, para terminar de leer la revista publicitaria de la O.M.G.A.B. Mientras que por otro lado, Candado tambi¨¦n se puso de pie y se dirigi¨® hasta el cuarto donde estaba Kevin y Martina, en un principio no quer¨ªa abrir la puerta y se limit¨® a postrar su mano en el picaporte, pero despu¨¦s de meditarlo unos segundos, decidi¨® abrirla y entrar. Kevin y Martina estaban charlando con Hammya y con Andersson, el resto del grupo ya no estaba. Cuando la presencia de Candado fue notable, este se acerc¨® y lo mir¨® de arriba abajo, inhal¨® un poco de aire y dijo. ¡ªLo siento¡ªluego se sac¨® la boina¡ªme exalt¨¦ un poco contigo. ¡ª?Un poco no m¨¢s? ¡ªBueno s¨ª, me exalt¨¦ bien feo, pero el tema es que quiero disculparme. ¡ªEst¨¢ bien, no pasa nada, yo no deb¨ª, tambi¨¦n, alzar la voz. ¡ªOh, que monada¡ªdijo Hammya. ¡ª?Quieres que te tire del avi¨®n?¡ªpregunt¨® Candado fr¨ªamente. ¡ªNo. ¡ªEntonces c¨¢llate. Luego se escuch¨® una voz rob¨®tica en la habitaci¨®n. ¡ªSu atenci¨®n por favor, dentro de unos minutos aterrizaremos en la estaci¨®n de los Sem¨¢foros de la ciudad de Buenos Aires. ¡ªMe salv¨¦¡ªsusurr¨® Hammya. ¡ªDiablos, otra vez llegu¨¦ tarde¡ªmaldijo Candado. ¡ªBien, creo que la hora del trabajo se acerca¡ªdijo Andersson con una sonrisa. El avi¨®n termin¨® aterrizando en la zona acordada, donde Rozkiewicz, Sof¨ªa y Celeste los esperaban a que ¨¦l llegara y los refuerzos, cuando la nave aterriz¨® al frente de ¨¦l, m¨¢s o menos veinte metros, la puerta se abri¨® y el primero en salir fue Candado con las manos en los bolsillo, quien al poder distinguirlo, levant¨® mano al cielo, en forma de saludo. Luego baj¨® las escaleras y se dirigi¨® hasta ¨¦l para estrecharle la mano. ¡ªHola amigo. ¡ªHola Candado, me alegro de que est¨¦s aqu¨ª. ¡ªBien ahora que te veo el rostro, te importar¨ªa contarme un poco de lo que est¨¢ ocurriendo, no me diste mucha informaci¨®n ese d¨ªa que hablamos por tel¨¦fono. ¡ªS¨ª, seguro¡ªluego puso su mano en la espalda de Candado y lo gu¨ªo por la zona¡ªpor aqu¨ª por favor. Mientras que ellos dos recorr¨ªan la zona, sus amigos bajaron del avi¨®n y estiraron las piernas, Kevin y Martina hab¨ªan ocultado sus rostros al momento de bajar, a¨²n no confiaban en el resto de los gremiales, y mucho menos los Sem¨¢foros. En ese momento, hab¨ªan aparecido unas tres figuras, que resultaron ser, Ramiro Zicman, el presidente de los Sem¨¢foros de Buenos Aires, luego a su derecha estaba Franco P¨¦rez Lauren, el maestro de la banda roja, y Alejandro Fischer, el maestro de la banda amarilla. Quienes iban a saludar a los refuerzos. ¡ªSaludos¡ªdijo Ramiro mientras le daba la mano a Kevin. ¡ªHola. ¡ªMi nombre es Ramiro, soy el presidente de esta secci¨®n, me alegro conocerlo se?or¡­ ¡ªSoy Baltazar. ¡ªBien Balta, estos son mis compa?eros. ¡ªFranco. ¡ªEs un honor. ¡ªY Alejandro. ¡ªHola, mucho gusto¡ªdijo con una voz refinada. ¡ªVeo que son partidarios de Barreto. ¡ªPelee con ¨¦l por las elecciones presidenciales, lo cual yo gan¨¦. ¡ªSin embargo no le sirvi¨®, ya que gan¨® Julekha¡ªdijo Alejandro. ¡ªS¨ª Ramiro, eres un perdedor. ¡ª?Qui¨¦n es presidente de la agencia en Buenos Aires? ?Eh? ¡ªBueno, vos, pero¡­ ¡ªAs¨ª que c¨¢llate. ¡ª?Vamos hacer lo mismo?¡ªpregunt¨® Alejandro. ¡ªEn fin, me alegra tenerlos aqu¨ª, tuve una conversaci¨®n con Barreto hace unas horas, me dijo que est¨¢ hasta el cuello con una infracci¨®n. ¡ªS¨ª, es verdad, rompi¨® una norma de la agencia¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ªNo es habitual ver que un presidente rompa una norma¡ªdijo Ramiro. ¡ªYo sab¨ªa que era un corrupto¡ªdijo Franco. ¡ªPara ti, todos son corruptos¡ªdijo Alejandro. ¡ªEn realidad, no es as¨ª. ¡ªBueno, todav¨ªa falta mucho para atrapar a los enemigos, as¨ª que vamos a comer y a beber. ¡ªEs muy amable por su parte, se?or Ramiro¡ªdijo Martina. ¡ªGracias, siempre lo he sido. Por otro lado, Rozkiewicz hablaba con su amigo sobre los problemas que hab¨ªan tenido ¨²ltimamente, por ejemplo; la rebeli¨®n de los Borradores, el grupo extremista de los Circuitos se sintieron indignados al ver a la presidenta de los Sem¨¢foros caminando por sus zonas, pero tambi¨¦n cont¨® lo sobre Desza el profanador. Y con el s¨®lo hecho de escuchar el nombre de aquel asesino, se le iluminaron los ojos. ¡ª?Desza est¨¢ metido en esto? ¡ªComo lo has o¨ªdo, el malnacido ese, est¨¢ metido en este asunto. Candado se llev¨® la mano al ment¨®n y pens¨® un rato, para luego decir. ¡ªTal vez, no sea tan as¨ª. ¡ª?Qu¨¦ insin¨²as? Yo lo vi. ¡ªNo dudo que lo hayas visto amigo, pero me has dicho que viste a Desza entre la multitud ¡ªluego llev¨® sus manos a la espalda y comenz¨® a jugar con sus dedos¡ªpero ?Has visto a esa multitud ayudarlo a ¨¦l? ¡ªNo, pero¡­. ¡ªExacto, no es as¨ª ¡ªluego su dedo pulgar comenz¨® a tocar su dedo mayor¡ªsi piensas un rato, puedo decir que Desza incit¨® a una violencia para su beneficio, usando el caos, estar¨ªan muy ocupados para pelear como para prestarle atenci¨®n a ellos ¡ªluego su dedo se detuvo en el ¨ªndice¡ªpero, conoci¨¦ndote, estoy bien seguro que alguien como t¨², pudo notarlos en la multitud. En ese momento, Rozkiewicz comenz¨® a recordar lo sucedido, ahora que lo dec¨ªa Candado, s¨ª, ¨¦l pudo observar a Joel y J?rgen en aquella trifulca, en ese momento hab¨ªa pensado que ellos har¨ªan una trampa a Krauser, pero se equivoc¨®, y ahora que lo meditaba, ellos en ning¨²n momento se hab¨ªan movido de sus lugares, s¨®lo observaron. Era como si estuvieran esperando el momento preciso para moverse. ¡ªTenes raz¨®n, los not¨¦, pero¡­. No me atacaron. ¡ªVos no eras su objetivo ¡ªluego meti¨® sus manos en los bolsillos. Luego los ojos de Rozkiewicz se desviaron para terminar mirando el suelo. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªHay algo que no te dije por tel¨¦fono. ¡ª?Y qu¨¦ es? Rozkiewicz se dio vuelta y puso sus manos detr¨¢s de su espalda. ¡ªAcomp¨¢?ame ¡ªdijo ¨¦l con una voz triste, que apenas se pudo notar. Luego se adelant¨® y Candado lo sigui¨®. Ambos caminaron hasta una casa que hab¨ªa por ah¨ª a la vuelta de la agencia, en ning¨²n momento Rozkiewicz habl¨®, s¨®lo camin¨® hasta llegar a la casa. Donde entr¨® sin pedir permiso, era como si se tratara de la suya. El lugar estaba limpio y bien aseado, no hab¨ªa desorden, pero no ten¨ªa casi muebles. Rozkiewicz camin¨® hasta una habitaci¨®n que ten¨ªa una cortina en ella, ¨¦l se detuvo al frente, luego mir¨® a Candado, coloc¨® su mano en la cortina, y la hizo a un lado con todas sus fuerzas. Adentro, hab¨ªa algo que dej¨® a Candado casi perplejo, pero su actitud segu¨ªa igual. Su amigo y compa?ero, Nicol¨¢s Caba?a, estaba conectado a un respirador, estaba parcialmente desnudo, ten¨ªa vendas por todo su pecho, y conectado a unas m¨¢quinas. A su lado estaban, Leandro, quien estaba de espalda y en ning¨²n momento volte¨® para mirar qui¨¦n era el que hab¨ªa entrado, Krauser quien estaba recostado por un muro sentado y con una banda roja en sus manos, perteneciente a Nico, Esteeman, quien estaba inspeccionando las m¨¢quinas y una persona femenina que Candado no conoc¨ªa. Candado casi no pod¨ªa creer lo que estaba viendo, pero despu¨¦s de un rato mir¨® a Rozkiewicz y pregunt¨®, de una manera indiferente y poco comprensible. ¡ª?Qu¨¦ ha ocurrido? ¡ªJohan nos traicion¨® ¡ªdijo Esteeman. Candado se mir¨® los dedos y dijo. ¡ªEra obvio, despu¨¦s de todo, era un mercenario, es una verdadera pena que haya decidido trabajar para aquellos que lo han intentado matar. Krauser apret¨® con fuerza la banda. ¡ªHijo de puta ¡ªmaldijo ¨¦l enrabiado. Candado lo mir¨® por un momento, pero despu¨¦s su atenci¨®n se concentr¨® en aquella mujer misteriosa que no le dirigi¨® la mirada, a pesar de estar en una posici¨®n que podr¨ªa notarle. ¡ªDisculpe, ?qui¨¦n es usted? ¡ªPierdes tu tiempo ¡ªdijo Leandro, luego volte¨® y continu¨®¡ª. No ha dicho ninguna palabra desde que llegamos. ¡ªPens¨¦ que era un familiar o una amiga de ¨¦l, por lo cual permit¨ª que pasara ¡ªdijo Rozkiewicz. ¡ªEsa ni?a no me agrada ¡ªdijo T¨ªnbari, mostrando una leve sospecha. Candado puso sus manos en los bolsillos y sali¨® de la habitaci¨®n, no sin antes murmurar algo que nadie escuch¨®, excepto T¨ªnbari. ¡ªA m¨ª tampoco me agrada. Pero antes de que pudiera alejarse del lugar, Rozkiewicz sali¨® de la casa y se le acerc¨®. ¡ª?Qu¨¦ quieres ahora? ¡ªpregunt¨® Candado mientras tomaba un frasco con el l¨ªquido del Bari. ¡ªOlvid¨¦ decirte otra cosa. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªJulekha Chandra quiere verte. ¡ªVaya, ser¨¢ interesante saber qu¨¦ querr¨¢ decirme ahora ¡ªluego lo mir¨®¡ª, ll¨¦vame all¨ª entonces. Rozkiewicz llev¨® a Candado ante Chandra, la presidenta de los Sem¨¢foros. Aunque el lugar donde se reunieron estaba lejos de ser humilde, Candado decidi¨® establecer una conversaci¨®n con ella. Si bien Candado la conoci¨® como una persona cargosa y terca, sab¨ªa que si lo citaba de esa forma, era muy serio. Candado entr¨® a la casa, donde, mires por donde lo mires, era para personas de mucho dinero. Este decidi¨® no prestarle atenci¨®n y se dirigi¨® hasta la habitaci¨®n donde estaba ella. Candado abri¨® la puerta suavemente, asom¨® la cabeza y, afortunadamente, estaba ah¨ª, sentada mientras le¨ªa algunos informes de lo que estaba pasando. Su rostro de preocupaci¨®n estaba presente en cada paso que le¨ªa los informes. Su preocupaci¨®n era tal, que ni siquiera not¨® a Candado, quien estaba al frente de ella. Y cuando ¨¦l tuvo la oportunidad, aclar¨® la garganta y dijo. ¡ªVeo que la situaci¨®n te ha demacrado, ?no? Julekha levant¨® la cabeza. ¡ªHas llegado ¡ªdijo ella con su acento nepal¨ª. Julekha: Una adolescente de diecis¨¦is a?os de edad, de cabello celeste y ojos negros, su piel es morena. Viste ropas regionales de esa naci¨®n (Nepal) de colores claros. Casualmente tiene una actitud muy optimista de la situaci¨®n, as¨ª como tambi¨¦n su manera de ser es demasiado imperativa, burlona y de un car¨¢cter que solo Dios puede aguantar. Poderes: Los rel¨¢mpagos. Habilidad: Por suerte, ninguna. ¡ªS¨ª, ten¨ªa que venir despu¨¦s de todo. ¡ªGracias a Dios que has venido. ¡ªS¨ª, yo tambi¨¦n me alegro de venir. ¡ªGracias a Dios. ¡ªYa c¨¢llate. ¡ªS¨ª, perd¨®n, creo que me entusiasm¨¦ un poquito. Candado hizo una mueca y continu¨®. ¡ªDime, ?para qu¨¦ me necesitas? ¡ªEs terrible, Candado, secuestraron a mi amigo y vicepresidente de los Sem¨¢foros. ¡ª?Ah? ?Rem Koirala? ¡ªS¨ª, ¨¦l, durante el ataque, se lo llevaron, dijeron que quer¨ªan que les entregara la llave¡ªluego se exalt¨®¡ªest¨¢ en peligro y todo por mi culpa si no hago algo pronto lo asesinar¨¢n y.... Candado puso sus manos en sus hombros y la tranquiliz¨®. ¡ªC¨¢lmate, por el amor de los cielos, eres una presidenta, ir¨¦ a salvarlo y volver¨¦ con ¨¦l, pero con una condici¨®n. ¡ª?Cu¨¢l? ¡ªQue regreses a Joaqu¨ªn de nuevo a sus tareas. ¡ª?Qu¨¦ Joaqu¨ªn? Tengo miles de Joaqu¨ªn. ¡ªNo te burles de m¨ª, lo conoces muy bien ni?ita. ¡ªBien, bien, lo har¨¦, pero s¨¢lvalo. ¡ªHecho. Luego se dio vuelta y se larg¨® por donde vino, y cuando estaba a medio camino, se detuvo y dijo. ¡ªChandra, no te preocupes, todo saldr¨¢ bien, as¨ª que rel¨¢jate. ¡ªBien, lo intentar¨¦. Candado mostr¨® una sonrisa y sigui¨® caminando. Al salir, Rozkiewicz lo estaba esperando afuera. ¡ª?Y bien? ?Qu¨¦ te dijo? ¡ªHan secuestrado a su novio, creo que ser¨¢ hora de ir a salvarlo. ¡ªConoci¨¦ndote, dir¨ªa que hiciste un acuerdo ?verdad? ¡ªS¨ª ¡ªluego meti¨® su mano en su bolsillo y sac¨® un caramelo¡ªpodr¨ªa decirse que s¨ª¡ªluego se lo comi¨®. ¡ª?Y bien? ?Cu¨¢l es? ¡ªBueno, dentro de unos d¨ªas ya no ser¨¢s presidente de nuevo. ¡ª?ME DESTITUYERON! ??C¨®MO ES POSIBLE?! ¡ªOh no, claro que no, solo que ya consegu¨ª que Joaqu¨ªn vuelva a su cargo. ¡ªUf, menos mal, pens¨¦ que me despidieron. ¡ªCr¨¦eme, es muy dif¨ªcil deshacerse de las plagas. Luego puso las manos en los bolsillos y se fue. ¡ª??ME LLAMASTE PLAGA!? Despu¨¦s de que Candado se reuniera con Chandra, se dedic¨® a investigar un poco d¨®nde estar¨ªan ocultos, hasta que recibi¨® una llamada de Desza solicitando que se les entregue lo que hab¨ªan ordenado. Candado rastre¨® la llamada con Clementina y enseguida consigui¨® las coordenadas de esa llamada. Para cuando ya supo el lugar donde se escond¨ªan, Candado se reuni¨® con su equipo, m¨¢s el de Rozkiewicz, en un gran sal¨®n del edificio Sem¨¢foro. ¡ª?Est¨¢n todos? ¡ªpregunt¨® Candado a Rozkiewicz. ¡ªS¨ª, claro. ¡ªBien, podemos empezar. En ese instante levant¨® la mano Pucheta. ¡ªCandado, tengo una duda. Candado se tap¨® la cara, como si tuviera un dolor de cabeza, y se atrevi¨® a preguntar. ¡ª?Qu¨¦ quer¨¦s? ¡ª?Por qu¨¦ estamos aqu¨ª? ¡ªPara poder hablar sin interrupciones, ?Est¨¢ bien? ¡ªS¨ª, ya lo entiendo. ¡ªBien, creo que es hora de hablar de nuestra misi¨®n. ¡ªPero¡­. ¡ª?SI HABLAS UNA VEZ M¨¢S TE ARRANCAR¨¦ LA LENGUA! Pucheta guard¨® silencio y se sent¨®. ¡ªGracias¡ªluego se acomod¨® la corbata y continu¨®¡ªbien, tenemos una crisis, el vicepresidente Rem Koirala ha sido secuestrado, y es nuestra misi¨®n salvarlo. ¡ªPregunta. ¡ª?Cu¨¢l es tu pregunta, Lucas? ¡ª?Los Testigos estar¨¢n presentes? ¡ªClaro que s¨ª, despu¨¦s de todo, ellos fueron los que lo secuestraron. ¡ªEso ser¨¢ magn¨ªfico¡ªdijo Leandro mientras jugaba con su navaja. ¡ªS¨ª, claro¡ªluego aclar¨® su garganta y continu¨®¡ªlos objetivos son claros, salvar a Rem y salir, punto y se termin¨®, no m¨¢s discusi¨®n. S¨¦ que muchos de ustedes quieren vengarse por el incidente de Resistencia, pero no es el momento ni el lugar, matarlos no les traer¨¢ de nuevo a la vida. Debemos capturarlos y hacerlos hablar. ¡ªEs injusto, ?Insin¨²as que hay que dejarlos vivir despu¨¦s de lo que nos hicieron? ¡ªNo, Krauser, te equivocas. Yo no soy Jean Valjean o San Francisco de As¨ªs. Si los asesinan, entonces no podr¨¦ recopilar informaci¨®n que me compete a m¨ª, no es por moral, m¨¢s bien beneficio propio. ¡ª?Por qu¨¦ dice eso? Usted es la persona m¨¢s amable que he visto¡ªdijo Carolina. ¡ªPorque ustedes se lo merec¨ªan, pero yo soy de esas personas que le encanta hacer sufrir a las personas que han hecho atrocidades. ¡ª?Y si se arrepiente?¡ªpregunt¨® Anzor. ¡ªEn ese caso, le perdonar¨ªa. ¡ª?Y si¡­.? ¡ªBueno ya, ?Vamos a concentrarnos o vamos a hablar de mi vida personal? ¡ªLo segundo¡ªdijo Ana Mar¨ªa. ¡ªNunca lo pens¨¦ de vos, ya tengo un dolor de cabeza llamado Matlotsky, no necesito otro. ¡ªMe resigno a guardar en silencio. ¡ªM¨¢s te vale¡ªluego se acaeci¨® sus ambas sienes mientras ten¨ªa los ojos cerrados y continu¨®¡ªbien, creo que ya todos entienden la idea. ¡ª¡­ Candado, de forma irritada, continu¨®. ¡ªBien, el que no entendi¨® que levante la mano. En ese instante, quien alz¨® la mano fue Matlotsky. Candado cerr¨® los ojos y se atrevi¨® a preguntar. ¡ª?Qu¨¦ no entendiste? ¡ª?Haremos la misi¨®n o hablaremos de tu vida? Candado mantuvo sus ojos bien abiertos por tal pregunta, pero luego de unos segundos, comenz¨® a re¨ªrse sarc¨¢sticamente, para luego mostrar su aspecto fr¨ªo y mal¨¦volo. ¡ªAlguien golp¨¦elo. Kevin y Declan le dieron un pu?etazo/paliza a Matlotsky. ¡ªGracias, sus acciones ser¨¢n recompensadas m¨¢s tarde¡ªluego se acomod¨® la boina y mir¨® a todos nuevamente¡ªbien, es hora de cumplir la misi¨®n, por Harambee. ¡ª?POR HARAMBEE! Despu¨¦s de que Candado diera tan conmovedor discurso (sarcasmo), decidieron seguir las coordenadas de Clementina. Primero, visitaron la casa, Leandro y Frederick, para inspeccionar c¨®mo ser¨ªa la zona, la entrada y la posible salida por si todo saliera mal. Luego, enviaron a Clementina y a Hammya (por capricho m¨¢s que por otra cosa, ya que le estaba dando un terrible dolor de cabeza) para que visualizaran el ¨¢rea y le dijeran c¨®mo estaba estructurada la casa desde su interior. Y por ¨²ltimo, Celeste y Arce har¨ªan guardia y se encargar¨ªan de contar todo lo que estaba pasando, sin mencionar que si los objetivos segu¨ªan ah¨ª, as¨ª que Clementina fue enviada tambi¨¦n. La operaci¨®n se llev¨® a cabo hasta el atardecer. Como la casa estaba en medio de la nada, bajo un puente y casi sin civilizaci¨®n alrededor, fue sencillo realizar la operaci¨®n. Cuando cay¨® el sol, Candado y los dem¨¢s prepararon el asalto a la casa. No ser¨ªa f¨¢cil, pero tampoco lo ser¨ªa para los Testigos. Con el equipo especializado, estaban acorralados, era hora de la caza. Candado reuni¨® a todos los presentes y explic¨® la estrategia. Todos la entendieron a la perfecci¨®n, salvo Matlotsky, a quien tuvo que explicarle m¨¢s de tres veces. Pero m¨¢s all¨¢ de eso, todo sali¨® perfecto. El plan fue el siguiente: Dada la amplitud de la casa, la operaci¨®n ser¨ªa sorpresa. Gracias a la tecnolog¨ªa y habilidades de H¨¦ctor, Andersson y Lucas, pudieron fabricar una especie de capa protectora. Con ella, los Testigos no podr¨ªan sentir las fuerzas m¨¢gicas que emanaban. Clementina, Candado y Matlotsky no llevaron mencionadas capas, ya que Clementina y Matlotsky no ten¨ªan poderes, uno era un robot y el otro un humano com¨²n y corriente. Candado, por su parte, pose¨ªa un Bari que ocultaba su magia a la perfecci¨®n, raz¨®n por la que era inatrapable. Cuando cay¨® la noche, Candado lider¨® al equipo. Se encargar¨ªan de acabar con Desza y su equipo de una vez por todas. El grupo rode¨® la casa, esperando las ¨®rdenes de Candado, quien conoc¨ªa la ubicaci¨®n exacta de la puerta principal. Sacando su fac¨®n, Candado dio la esperada orden del ataque, y sus compa?eros irrumpieron en la casa como si fueran polic¨ªas, destrozando todo a su paso. Volcando libreros, muebles y cualquier otra cosa en su camino, buscaban a los Testigos. Mientras tanto, Candado recorr¨ªa la casa con las manos detr¨¢s de la espalda, caminando tranquilamente, buscando a su manera a los malnacidos. De repente, una persona escondida detr¨¢s de un muro salt¨® y dispar¨® a Candado con un arma grande y balas gruesas, incrust¨¢ndolas en su pecho y haci¨¦ndolo volar contra una pared. Cuando Esteeman intent¨® encargarse de la situaci¨®n, Candado extrajo una segunda pistola y le dispar¨® en el t¨®rax, sac¨¢ndolo fuera de la casa. Luego recarg¨® las armas y grit¨®. ¡ª?SE?OR, ES HORA DEL ATAQUE! Luego sali¨® por la ventana para seguir disparando al resto de las personas que estaban afuera. Declan lleg¨® a cortar las balas que se dirig¨ªan a ¨¦l o a cualquiera de sus amigos, incluyendo a Hammya, quien se sinti¨® disgustada y se lo reproch¨®. ¡ªS¨¦ m¨¢s cuidadosa, est¨²pida. A lo cual ella afirm¨® con la cabeza. Luego corri¨® a toda velocidad contra la persona que estaba disparando, Dockly. Antes de poder llegar, una segunda persona interrumpi¨® el combate. Declan pudo ver claramente qui¨¦n era: J?rgen Czacki. Este fren¨® su estocada con su brazo derecho mientras se dispon¨ªa a perforarle el pecho con el otro, pero Declan, especializado en combate, logr¨® pararlo a tiempo. Antes de que J?rgen pudiera hacer algo, apareci¨® Anzor y, con su espada, detuvo un posible ataque mortal hacia Declan. J?rgen us¨® su velocidad y los atac¨® a ambos, tom¨® los brazos de Anzor y lo elev¨® por los aires, estrell¨¢ndolo en el suelo, pero se hab¨ªa olvidado de Declan, quien estaba a una distancia cr¨ªtica a sus espaldas. Su velocidad no podr¨ªa salvarle, hasta que apareci¨® Isabel, quien, usando sus poderes de la tierra, fren¨® a Declan y lo alej¨® de J?rgen. ¡ªGracias por eso ¡ªdijo J?rgen mientras pegaba su espalda con la de ella. ¡ªNo hay de qu¨¦, para eso estoy yo. ¡ª?R¨ªNDANSE! ?EST¨¢N RODEADOS! ¡ªgrit¨® Rozkiewicz. Y al momento de decir eso, una bala roz¨® su mejilla. ¡ª?Esa respuesta te sirve? ¡ªpregunt¨® Dockly mientras recargaba su arma. ¡ªSucios, mal nacidos, ?H¨¢GANLOS TRIZAS! Las ¨®rdenes volvieron a hacerse claras, y nuevamente se lanzaron hacia ellos. Pero cuando cre¨ªan que la batalla la ten¨ªan ganada, surgieron los refuerzos de los Testigos de la Tierra. Todos fijaron su atenci¨®n en Desza, cuya risa mentalmente inestable son¨® como un eco por todo el lugar, surgiendo de los escombros con un meg¨¢fono en la mano. ¡ªDamas y caballeros, les agradezco que hayan aparecido en este nuevo cap¨ªtulo de la historia nacional Argentina. Vean y presencien la destrucci¨®n ¡ªluego rompi¨® en carcajadas y continu¨®¡ª de esta ciudad ¡ªdespu¨¦s volvi¨® a re¨ªr. En ese instante, se lanzaron hacia Krauser y Rozkiewicz, pero sus lacayos no se lo permitieron. R?sse?s quem¨® el suelo para que nadie se les acercara, Sof¨ªa, al ver a la mujer que la hab¨ªa humillado, fue la primera en ir tras ella, Frederick fue tras Dockly y Walter fue tras Joel. ¡ªSon demasiados, se?or ¡ªdijo J?rgen mientras peleaba con Anzor, H¨¦ctor, Declan y Ana Mar¨ªa Pucheta. ¡ªNo os preocup¨¦is, ya pens¨¦ en esto ¡ªluego volvi¨® a re¨ªr. Luego aplaudi¨® con fuerza, y al hacerlo, Clementina sinti¨® algo en sus sensores, estos le avisaban de un peligro enorme. Luego mir¨® la estructura de la casa. ¡ª?Bombas? ?En qu¨¦ momento? ¡ªluego corri¨® hacia ¨¦l¡ª. ?CANDADO, SAL DE AH¨ª AHORA! Pero la casa explot¨® antes de que pudiera llegar a ¨¦l. Todos los que estaban cerca de la casa fueron despedidos por la ola expansiva, permitiendo a Desza y a su equipo huir de la escena, mientras dejaba escapar una macabra sonrisa. Dejando al grupo abatido y sin esperanzas de seguir peleando, ya que Candado hab¨ªa muerto. Pero cuando todo parec¨ªa perdido, una figura surgi¨® entre las llamas en direcci¨®n hacia ellos. Afortunadamente, no le pas¨® nada, pero se encontraba disgustado. ¡ªHan destruido toda la informaci¨®n que pose¨ªan, maldici¨®n. ¡ª?Qu¨¦ hacemos? ¡ªpregunt¨® Walter. ¡ªLos cazaremos, ?ES HORA DE QUE PAGUEN! Dichas estas palabras, Candado y el resto los persiguieron; era hora de que pagaran por sus cr¨ªmenes. Ya en el camino, Desza hab¨ªa dado la orden de que se separaran, y cada uno se fue por su lado. Estaba claro que habr¨ªa un l¨ªo muy grande. Como la ciudad era grande, donde hab¨ªan huido parec¨ªa un poblado. Les fue m¨¢s f¨¢cil esconderse, pero gracias a Clementina, pudieron perseguirlos a cada uno de ellos. El equipo se dividi¨® para capturarlos, pero Candado, Krauser y Rozkiewicz quer¨ªan el premio mayor: Desza. Las calles estaban bien iluminadas. Todos sab¨ªan el caos que se avecinaba, pero eran incapaces de pararlo, m¨¢s que tratar de arreglar lo que ¨¦l hac¨ªa. ¡ª?SON DEMASIADO LENTOS! ¡ªgrit¨® Desza, mientras corr¨ªa por los techos de los edificios. Candado y el d¨²o lo segu¨ªan tras de ¨¦l, cada uno con su propio objetivo: justicia, venganza y odio. Estos tres sentimientos ser¨ªan un calvario para cada uno de ellos, ya que jam¨¢s se rendir¨ªan hasta atraparlo. Pero a medida que Desza iba corriendo, se dio cuenta de que todo esto ser¨ªa demasiado aburrido para ¨¦l. Decidi¨® oprimir un bot¨®n que ten¨ªa guardado entre su cintur¨®n, causando una ola de explosiones por todo el lugar. Todo el equipo fue testigo de la cat¨¢strofe que se estaba deleitando delante de sus ojos. Las explosiones se alzaron y masacraron a muchas personas del lugar; el fuego comenz¨® a hacerse cada vez m¨¢s fuerte y a cobrarse a los desafortunados civiles, causando la ira de todos los presentes y alimentando cada vez m¨¢s sus objetivos. La rabia se despert¨® una vez m¨¢s en el equipo. El caos hab¨ªa comenzado. RAZONES Y OBJETIVOS Las calles estaban invadidas por el caos y el sufrimiento; hab¨ªa muertos y heridos por todos lados. El fuego y la destrucci¨®n se esparc¨ªan por todos los rincones de la ciudad, como si hubiera sido bombardeada por aviones militares, similares a los del golpe de estado de 1955. El sonido de la ciudad se volv¨ªa cada vez m¨¢s terrible; los gritos de sufrimiento recorr¨ªan todo el lugar, como si nadie pudiera detenerlos. Las carcajadas de Desza crec¨ªan, y el odio de los que lo persegu¨ªan tambi¨¦n; ahora ten¨ªan claro que Desza no necesitaba una prisi¨®n, sino ser eliminado con una dolorosa y asquerosa muerte. Ya no quedaba raz¨®n para poner la otra mejilla. Candado y el d¨²o lograron alcanzar a Desza en una vieja f¨¢brica de tela. Sus rostros estaban inyectados de ira, excepto el de Candado, que parec¨ªa un h¨¦roe tr¨¢gico. Todo le parec¨ªa tan normal y doloroso que no val¨ªa la pena mostrar culpa por ello. ¡ª?BASTARDO! ¡ªgrit¨® Rozkiewicz lleno de ira. ¡ª?ERES UN C¨¢NCER PARA LA SOCIEDAD! ¡ªgrit¨® Krauser, mostrando parcialmente sus cuencas. ¡ªHas causado demasiado da?o, Desza. Es hora de que pagues por ello. Desza explot¨® en risas, pero era una risa enferma y desquiciada. ¡ªEl mundo es cruel, sucio, malvado e hip¨®crita. No necesita h¨¦roes como ustedes; necesita ser castigado por el mismo mal. ¡ªLuego mir¨® a Candado¡ª. S¨¦ que est¨¢s de acuerdo conmigo. Tus ojos est¨¢n muertos y me dicen que has visto demasiadas injusticias. ?Por qu¨¦ pelear conmigo cuando sus enemigos son ustedes mismos? Candado sac¨® su fac¨®n y, con una actitud fr¨ªa y sin sentimiento, dijo: ¡ªNunca me unir¨ªa a un desequilibrado mental. En el otro lado de la situaci¨®n, J?rgen sosten¨ªa una dura pelea con Declan y Anzor. Sus espadas no eran rivales para sus brazos de acero. ¡ªR¨ªndete, nunca podr¨¢s conmigo ¡ªdijo Anzor. ¡ªEso ya lo veremos. J?rgen corri¨® hacia ¨¦l y lo agarr¨® del brazo, pero Anzor le dio un pu?etazo en la cara. Aun as¨ª, J?rgen no lo solt¨® y le respondi¨® con un rodillazo en el pecho. Luego, Declan intervino con su esgrima; su velocidad era magn¨ªfica. Sin embargo, J?rgen utiliz¨® su rapidez y lo agarr¨® del cuello, comenzando a propinarle pu?etazos a una velocidad incre¨ªble. Declan hac¨ªa lo posible por frenar los golpes. En ese instante, Anzor corri¨® hacia ¨¦l con su espada, y J?rgen, al sentirlo acercarse, lanz¨® el cuerpo de Declan hacia ¨¦l. ¡ªSon unos d¨¦biles de mierda. Mientras ayudaba a poner de pie a su amigo, Anzor dijo: ¡ªNunca subestimes a un ruso; nunca sabes hasta d¨®nde llega su poder. Despu¨¦s, sus ojos brillaron y adquirieron un tono rojo, mientras los de Declan resplandec¨ªan en verde. ¡ª?Listo, hermano? ¡ªCuando quieras ¡ªrespondi¨® Declan con una sonrisa. Ambos se reincorporaron y prepararon sus espadas. De repente, unas criaturas surgieron de sus espaldas, desde la cintura hacia arriba. La de Anzor era roja, musculosa y ten¨ªa cuatro brazos, cada uno sosteniendo una espada. Pose¨ªa un tercer ojo en la frente, un bigote negro, ojos blancos y daba la impresi¨®n de ser un anciano. La de Declan era verde, musculosa, con dos brazos, calva y con cuernos similares a los de un toro. Sus ojos eran azules, llevaba brazaletes de oro en las mu?ecas y sosten¨ªa dos sables katana con cadenas conectadas a su arma. ¡ªCielos, veo que esto ser¨¢ dif¨ªcil. ¡ªVer¨¢s lo que es el verdadero poder de la Confederaci¨®n Rusa. ¡ªNo lo creo ¡ªdijo J?rgen mientras hac¨ªa crecer la cuchilla de su brazo derecho. Ambos corrieron hacia ¨¦l a una velocidad incre¨ªble, dificult¨¢ndole a J?rgen verlos. Anzor apareci¨® detr¨¢s de ¨¦l, y la criatura de cuatro espadas descendi¨® con todo su poder. J?rgen apenas pudo defenderse y detenerlo con sus dos brazos convertidos en cuchillas. Luego, Declan atac¨® por la espalda de J?rgen. Este se percat¨® y le dio una patada, pero la criatura solt¨® sus armas y lo agarr¨® de la pierna. Despu¨¦s, lo alz¨® por los aires y lo arroj¨® al suelo. Anzor intent¨® encadenarlo, pero J?rgen se recuper¨® r¨¢pidamente y salt¨® lo suficientemente alto como para estar sobre sus cabezas. Decidi¨® atacar al que le dificultar¨ªa menos la vida, eligiendo a Anzor. Descendi¨® con todas sus fuerzas, golpeando a la criatura en la cabeza y en el cuello con sus piernas. Anzor incrust¨® su espada en el muslo de J?rgen, quien, lejos de sentir dolor, se solt¨® y con el mismo pie herido, dio un golpe tremendo en la espalda de Anzor. Luego, Declan atac¨® con una velocidad impresionante, haci¨¦ndole dif¨ªcil a J?rgen esquivarlo. Se notaban desgarres en sus ropas, pero en un momento, J?rgen tom¨® el brazo de Declan y lo fractur¨® con un golpe fuerte en el codo, provocando un grito de dolor. Con ese sufrimiento, su criatura reaccion¨® y lo atac¨® con el doble de velocidad, pero J?rgen le dio una patada en el ment¨®n y despu¨¦s un pu?etazo en el pecho. Declan, lejos de rendirse y a¨²n dolorido, sac¨® su segunda espada e intent¨® incrust¨¢rsela en el pecho de J?rgen. Este se dio cuenta y le dio una patada en el brazo, haciendo que soltara la espada. Luego, lo tom¨® del cuello, le dio un pu?etazo y lo empuj¨® lejos. ¡ª?No dec¨ªas que me dar¨ªas mi merecido? ¡ªpregunt¨® J?rgen con su actitud fr¨ªa. ¡ª?DECLAN! ?ES HORA DE JUGAR! Ambos se pusieron de pie, y sus cuerpos brillaron nuevamente. Sus criaturas comenzaron a curar a sus due?os; el brazo de Declan se cur¨® y las heridas de Anzor tambi¨¦n. ¡ªEs hora del castigo ¡ªdijo Declan mientras pon¨ªa en posici¨®n su esgrima. Anzor fue el primero en atacar; su velocidad le permiti¨® desgarrar la espalda de J?rgen. Luego, intent¨® asestar un golpe mortal con sus cuchillas, pero Declan lo detuvo con su esgrima y le propin¨® un fuerte golpe con la cabeza. Su criatura tom¨® a Anzor del cuello y lo estamp¨® contra el suelo, haciendo que J?rgen escupiera sangre. ¡ª?SUFRE LA C¨®LERA DE HARAMBEE! ¡ªgrit¨® Declan mientras segu¨ªa propinando golpes en el suelo. Mientras la pelea entre estos tres continuaba, Walter, Sof¨ªa y Frederick sosten¨ªan una dura batalla con R?sse?s, Azricam y Guz. ¡ªMalnacida perra ¡ªdijo Sof¨ªa a R?sse?s. ¡ªAc¨¦ptalo, tus florecitas y animalitos no podr¨¢n contra mi lava y fuego. ¡ªR?sse?s, no te comportes de manera infantil, pelea en serio. ¡ªAmargado. ¡ª?ESCUCHEN! R¨ªndanse, no hay raz¨®n para luchar. No tenemos nada contra ustedes. Solo v¨¢yanse y nunca m¨¢s vuelvan a pelear con nosotros ¡ªdijo Guz. ¡ª?JAM¨¢S! ¡ªgrit¨® Walter¡ª. ?Piensan que tomaremos nuestras cosas y nos iremos as¨ª nom¨¢s? Se equivocan. Nosotros no somos cobardes. ?Y qu¨¦ es eso de no pelear porque no nos conocen? Ustedes no conoc¨ªan a nadie de los que atacaron ese d¨ªa. Son unos malditos asesinos e hip¨®critas, y no parar¨¦ hasta acabar con cada uno de ustedes. ¡ªSon tan cerrados y est¨²pidos, creen tanto en Harambee, una persona que no ha hecho nada por ustedes, pero s¨ª ustedes por ella ¡ªreplic¨® Azricam. ¡ªEn eso se equivoca, hermosura. Harambee nos liber¨® de gente como ustedes, y si hubiera una forma de traerla a la vida, entonces yo dar¨ªa lo que sea, hasta mi vida ¡ªdijo Frederick. ¡ªS¨®lo porque es bella ¡ªdijo Sof¨ªa. ¡ªBueno, ese ser¨ªa el 80% de mi objetivo, pero el resto es por convicci¨®n (mentiroso). ¡ªC¨¢llense, creo que la diplomacia no funcion¨®, Guz. ¡ªEs una pena que las cosas hayan llegado a este punto. Es triste derramar sangre m¨¢gica. ¡ªHip¨®crita ¡ªdijo Walter. Las palabras no funcionaron; ambas partes proteg¨ªan su ideolog¨ªa. Las cosas no hac¨ªan m¨¢s que empeorar. En medio de las calles destruidas, estos tres frentes desatar¨ªan su m¨¢s grande odio. R?sse?s fue la primera en atacar, atacando claramente a Sof¨ªa. Las concentraciones de su venganza se volv¨ªan m¨¢s fuertes; cada uno de ellos quer¨ªa destruir al otro. Walter tom¨® la iniciativa de llevar a Azricam por delante de los edificios, estampill¨¢ndolo con cualquier estructura que encontraba al frente, alej¨¢ndolo m¨¢s de la cercan¨ªa de sus camaradas. Frederick decidi¨® enfrentarse a Guz, quien no tuvo mejor idea que brindarle asistencia a Sof¨ªa peleando a su lado. ¡ªEs hora de acabar con la basura. Guz, con la mano en la espalda, hizo una se?a para que viniera. Frederick lo tom¨® como un reto y lo acept¨®, corriendo hacia ¨¦l. Y Guz, con las manos en la espalda, invoc¨® a uno de sus tent¨¢culos, pero Frederick se volvi¨® invisible, causando que estos fallaran y que su enemigo le diera un pu?etazo por la retaguardia. Sin embargo, Guz lo detuvo con su mano izquierda, mientras la otra permanec¨ªa en su espalda. ¡ªNada mal. ¡ªPues d¨¦jame mostrarte m¨¢s. Frederick se liber¨® de la mano de Guz y desapareci¨® nuevamente. Para protegerse de un luchador tan escurridizo como Frederick, Guz invoc¨® un peque?o c¨ªrculo de sombras extra?as con formas de brazos, en el cual se encontraba en el medio. ¡ªBrillante, pero no te servir¨¢ de nada. Luego, Frederick apareci¨® sobre su cabeza, y antes de que pudiera hacer algo para defenderse, llam¨® a sus perros y lo atacaron. Despu¨¦s, cay¨® en medio del c¨ªrculo y le dio una patada en el pecho. Luego, aplaudi¨®, y sus animales se dispersaron. Guz, que estaba estampillado en el muro de una tienda, se puso de pie y se fij¨® la m¨¢scara. ¡ªVeo que eres muy h¨¢bil, a pesar de que tu forma de ser dice otra cosa. ¡ªSiente la fuerza de Frederick Fliipoff. Guz sac¨® dos tent¨¢culos verdes de su espalda y los us¨® como extremidades m¨¢s de su cuerpo para pelear. ¡ªAh¨ª viene ¡ªdijo Frederick en forma de broma. Luego, volvi¨® a hacerse invisible y repiti¨® su t¨¢ctica. Pero Guz era inteligente, se asegur¨® de que no le hiciera el mismo truco dos veces. As¨ª que, usando sus poderosos tent¨¢culos provenientes de su espalda, se elev¨® por los aires, manteniendo ambas manos detr¨¢s de su espalda, como si fuera un profesional. ¡ªVeamos hasta d¨®nde llega tu especialidad. Frederick volvi¨® a dejarse ver, mostrando una sonrisa traviesa. ¡ªDemasiado f¨¢cil. Luego, se subi¨® a un auto que hab¨ªa en la zona, le dio un pu?etazo en donde se pon¨ªan las llaves y el auto arranc¨®. Despu¨¦s, se dirigi¨® a una velocidad incre¨ªble hacia los tent¨¢culos de Guz. Este, al enterarse tarde de lo que estaba por hacer, no pudo evitar que Frederick atropellara sus medios de estar de pie en los aires, y cayera a un edificio que hab¨ªa por ah¨ª cerca. Como Frederick no sab¨ªa frenar el coche, lo abandon¨® y salt¨® a un lado de la carretera. Luego, vio c¨®mo el auto se dirig¨ªa hacia donde estaba Guz, que se estaba recuperando de la ca¨ªda, y lo termin¨® chocando. ¡ª?SOY UN CAMPE¨®N! ¡ªgrit¨® Frederick. Por otro lado, estaba Sof¨ªa, quien peleaba con R?sse?s. Aunque parec¨ªa que ella sufr¨ªa desequilibrio mental, era solo su forma burlona de ser. El fuego y la lava estaban por todas partes, por lo que R?sse?s ten¨ªa toda la ventaja del mundo. Sof¨ªa estaba en una zona donde no hab¨ªa nada a su favor, casi no hab¨ªa ¨¢rboles, c¨¦sped o hierbas, por lo que le result¨® muy dif¨ªcil. Ten¨ªa que ingeni¨¢rselas, pero a¨²n as¨ª, sin naturaleza, se dio cuenta de que ella ten¨ªa las mismas habilidades que R?sse?s, ya que manejaba el fuego y la lava, sorprendiendo a su rival. Este le dio una muestra de su poder al lanzarle toda la lava que ten¨ªa a su alrededor. ¡ªEs imposible, se supone que manejas la naturaleza. ¡ªNo ment¨ª, yo manejo la naturaleza. El fuego y la lava son parte de la naturaleza, solo que son desastres naturales. Sof¨ªa sonri¨® y utiliz¨® la lava como una armadura. Su b¨¢culo se hab¨ªa convertido en algo m¨¢s que solo ramas; se hab¨ªa transformado en diamante. ¡ªEs hora de la venganza. Sof¨ªa corri¨® hacia ella y se encarg¨® de devolverle todos los golpes que le hab¨ªa dado ese d¨ªa en Resistencia. Sus poderes y habilidades mejoraron mucho aquel d¨ªa. R?sse?s hab¨ªa transformado sus pu?os en piedra caliza y procedi¨® a dar golpes con ellos, pero Sof¨ªa los esquivaba. Finalmente, R?sse?s la tom¨® del brazo derecho y la arroj¨® a un lado con todas sus fuerzas. Sin embargo, R?sse?s, siendo una profesional, quem¨® el suelo con la lava que sal¨ªa de las plantas de sus pies. Se sumergi¨® en ellas y sali¨® del otro extremo. Sof¨ªa se alej¨® de ella y le dio un golpe en el pecho, pero R?sse?s lo detuvo y, mostrando una sonrisa, la lanz¨® por los aires. Despu¨¦s de hacerla girar un rato, la hizo volar hacia una de las casas all¨ª. Sof¨ªa apag¨® la lava de su cuerpo y se transform¨® en piedra, y su b¨¢culo cambi¨® de forma, dejando de ser diamante para convertirse en metal. ¡ªHaz mejorado mucho, ni?a ¡ªdijo R?sse?s mientras creaba una esfera chorreante de lava. Sof¨ªa, como respuesta, lanz¨® su b¨¢culo hacia ella, pero R?sse?s lo esquiv¨®. Cuando se dio vuelta, Sof¨ªa ya no estaba. Luego, escuch¨® un ligero susurro en su oreja izquierda. ¡ªDetr¨¢s de ti. Asustada por el mensaje, R?sse?s se dio vuelta y lanz¨® sus poderes a ciegas, quemando todo lo que encontr¨® a su paso. Se detuvo al chocar con un cami¨®n que estaba all¨ª y lo deshizo por completo. La respiraci¨®n de R?sse?s estaba acelerada; nunca antes le hab¨ªan hecho eso. Luego, volte¨® y recibi¨® un golpe sorpresa de Sof¨ªa con el b¨¢culo que hab¨ªa volado antes. ¡ªSorpresa. R?sse?s se indign¨®, y su cuerpo comenz¨® a endurecerse; sus ojos se volvieron negros y de sus cuencas sal¨ªa una sustancia blanca como si fuera sangre. ¡ªEs hora de acabar con esta tonter¨ªa. Sof¨ªa la empuj¨® y se alej¨® de ella lo m¨¢s que pudo. Luego, se puso en posici¨®n mientras golpeaba el suelo con su b¨¢culo m¨¢s de tres veces. ¡ªLa canci¨®n de la naturaleza caer¨¢ sobre ti. Las cosas se estaban volviendo muy peligrosas en el centro de las dos. Frederick se dio cuenta de que no ser¨ªa un lugar seguro si desataban todos sus poderes y, al igual que Guz, quien hab¨ªa salido de los escombros, huyeron de all¨ª para pelear en otro sitio. Por otro lado, Walter y Azricam estaban sac¨¢ndose el odio a golpes, la armadura blanca y bizarra de Azricam contra la "armadura" de Walter hecha de un cactus. ¡ªBestia, animal, asesino, no mereces esa armadura. ¡ªPues qu¨ªtamela ¡ªluego sac¨® una espada de su cintura y lo se?al¨® con ella¡ªac¨¦rcate y qu¨ªtamela de mi cuerpo. Walter hizo un gesto de repugnancia en su rostro y le dispar¨® con espinas con las palmas de sus manos. Pero era in¨²til; sus espinas no pod¨ªan atravesar la coraza dura de esa armadura. ¡ªLlora, peque?o conejo ¡ªdijo Azricam de forma burlona. ¡ªEres malo para las frases ingeniosas. ¡ªEs que no estoy hecho para eso. ¡ªNi yo. Luego, estir¨® sus brazos y le dio un golpe en el pecho. Azricam a medias pudo detener ese mortal ataque, pero todav¨ªa pod¨ªa luchar. Se puso de pie, sac¨® de la espalda una segunda espada y comenz¨® a girar en su propio eje a una velocidad incre¨ªble que ni el propio Walter Dussek pod¨ªa ver. ¡ªOh, demonios ¡ªdijo Walter mientras reforzaba su armadura con pinchos por todas partes, pero estos eran m¨¢s fuertes, m¨¢s grandes y m¨¢s duros. ¡ª?MUERE!Unauthorized duplication: this narrative has been taken without consent. Report sightings. ¡ªNo. Walter corri¨® hacia la tormenta que lo amenazaba con cortar. Luego peg¨® un salto y cay¨® al otro lado, volte¨® y mostr¨® sus pu?os bien afilados con espinas y los lanz¨® desde sus nudillos. Sin embargo, estas eran muy duras y pesadas, sirvieron para frenar aquel remolino mortal al darle en el pecho y en el muslo. Esto hizo que explotara y volara por los aires, cayendo en el asfalto. La fricci¨®n del metano que emanaba el remolino, junto con los pinchos de metal, provocaron una reacci¨®n qu¨ªmica que termin¨® con una explosi¨®n inminente, pero no lo suficientemente fuerte como para matar a Azricam. ¡ª?Yo hice eso? ¡ªse pregunt¨® Walter mientras se miraba la mano. Luego salt¨® del edificio en llamas para caer hacia donde estaba su enemigo, tirado en el suelo y desmayado. ¡ªCreo que todo termin¨®. Azricam abri¨® los ojos y agarr¨® los pies de Walter. Luego le incrust¨® su espada en el pecho de Walter, pero para su sorpresa, este lo detuvo con ambas manos, sus palmas sangraban. ¡ªEso estuvo cerca, enano. Walter sali¨® de su armadura de la misma forma como lo hizo con Joel y se acerc¨® a ¨¦l. Luego lo tom¨® de las manos y le dio un mortal cabezazo. Su cabeza recibi¨® un duro golpe s¨ª, pero no tanto como lo sufri¨® su contrincante. ¡ª?Tienes la cabeza de piedra o qu¨¦? ¡ªle pregunt¨® mientras se sosten¨ªa el casco. Al ver que Walter ten¨ªa una franja de titanio en la frente, Azricam se sorprendi¨® y se call¨® la boca. ¡ªNo solo el cactus es mi fuerte. Azricam se puso de pie y lo mir¨® atentamente. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªAver¨ªgualo. Hab¨ªa un secreto que ocultaba aquel muchacho conocido como Walter Dussek, pero no ser¨ªa revelado ese d¨ªa. Pero no todos peleaban afuera. Leandro, Celeste y Fiore tuvieron que luchar dentro de un hotel abandonado debido a los ataques explosivos desde hace unos instantes. El tr¨ªo estaba persiguiendo a Dockly, quien hab¨ªa sido descubierto en el tejado tratando de dispararle a Candado en la cabeza. Su rifle fue destruido por un tiro certero proveniente de un arma m¨¢gnum de la mano de Celeste, quien no us¨® una mira telesc¨®pica para destruirlo a m¨¢s de treinta metros. Dockly, al ser descubierto, busc¨® refugio adentro del edificio para reorganizar un plan, ya que tres personas lo persegu¨ªan, una de las cuales no quer¨ªa volver a ver: Leandro Maidana de P?chcl¨¢mak, con quien ten¨ªa muchas diferencias y peleas. La raz¨®n por la que hu¨ªa segu¨ªa siendo un misterio. El tr¨ªo lleg¨® a una zona que parec¨ªa el comedor, grande y desordenado por las explosiones afuera. Leandro comenz¨® a buscar a su alrededor, consciente de que lo estaban observando. ¡ªOh demonios¡ªdijo Walter mientras reforzaba su armadura con pinchos por todas partes, solo que eran m¨¢s fuertes, m¨¢s grandes y m¨¢s duras. ¡ª?MUERE! ¡ªNo. Walter corri¨® hacia la tormenta que lo amenazaba con cortar, luego peg¨® un salto y cay¨® del otro lado, volte¨® y mostr¨® sus pu?os bien afilados con las espinas y las lanz¨® de sus nudillos, pero estas eran muy duras y pesadas, por lo cual sirvieron para frenar aquel remolino mortal con darle en el pecho y en el muslo. Haci¨¦ndolo explotar y volar por los aires y caer en el asfalto, la fricci¨®n del metano que emanaba ese remolino que hab¨ªa creado ¨¦l, m¨¢s los pinchos de metal, hicieron una reacci¨®n qu¨ªmica que termin¨® con una explosi¨®n inminente, pero no lleg¨® a hacer lo suficientemente fuerte como para matar a Azricam. ¡ª?Yo hice eso?¡ªse pregunt¨® Walter mientras se miraba la mano. Luego salt¨® del edificio en llamas, para caer hacia donde estaba su enemigo, tirado en el suelo y desmayado. ¡ªCreo que todo termin¨®. Azricam abri¨® los ojos y lo agarr¨® de los pies, luego le incrust¨® su espada en el pecho de Walter, pero para su sorpresa, este lo detuvo con ambas manos, su espada no lleg¨® a traspasar su t¨®rax, pero sus palmas sangraban. ¡ªEso estuvo cerca, enano. Walter sali¨® de su armadura, de la misma forma como lo hab¨ªa hecho con Joel, y se acerc¨® a ¨¦l, luego lo tom¨® de las manos y le dio un mortal cabezazo, su cabeza recibi¨® un duro golpe s¨ª, pero no tanto como lo sufri¨® su contrincante. ¡ª?Tienes la cabeza de piedra o qu¨¦?¡ªle pregunt¨® mientras se sosten¨ªa el casco. Pero al ver que Walter ten¨ªa una franja de titanio en la frente, se sorprendi¨® y se call¨® la boca. ¡ªNo solo el cactus es mi fuerte. Azricam se puso de pie y lo mir¨® atentamente. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªAver¨ªgualo. Hab¨ªa un secreto que ocultaba aquel muchacho, conocido como Walter Dussek, pero no ser¨ªa revelado ese d¨ªa. Pero no todos peleaban afuera, Leandro, Celeste y Fiore, tuvieron que pelear adentro de un hotel abandonado, debido a los ataques explosivos desde hace unos instantes. El tr¨ªo estaba persiguiendo a Dockly. Quien hab¨ªa sido descubierto en el tejado tratando de dispararle a Candado en la cabeza, pero su rifle fue destruido por un tiro certero proveniente de un arma m¨¢gnum de la mano de Celeste, sin usar una mira telesc¨®pica lo destruy¨® a m¨¢s de treinta metros. Dockly, al ser descubierto, busc¨® refugio adentro del edificio que estaba a su alcance para reorganizar un plan, ya que le persegu¨ªan tres personas, una de las cuales no quer¨ªa volver a ver, se trataba de Leandro Maidana de P?chcl¨¢mak, ten¨ªa muchas diferencias con ¨¦l as¨ª como peleas, la raz¨®n por la que ¨¦l hu¨ªa segu¨ªa siendo un misterio. El tr¨ªo lleg¨® hasta una zona que parec¨ªa el comedor, era bastante grande y desordenado, seguramente por las grandes explosiones que ocurrieron afuera, Leandro comenz¨® a buscar a sus alrededores, se hab¨ªa percatado de que lo estaban observando. ¡ªCele. ¡ªS¨ª, lo s¨¦¡ªdijo ella mientras sacaba sus armas. ¡ª?Qu¨¦, que saben?¡ªpregunt¨® Fiore. ¡ªEl enemigo est¨¢ cerca y me gustar¨ªa que no usaras tus dotes de explosivo para esta ocasi¨®n¡ªdijo Leandro. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªEl edificio caer¨ªa sobre nosotros¡ªconcluy¨® Celeste. Y desde la oscuridad, parado en un candelabro, apunt¨® con su escopeta w¨ªnchester, su habilidad era muy incre¨ªble, se mov¨ªa tan cuidadosamente que el candelabro no se mov¨ªa ni hacia ruido alguno, era bastante profesional, pero su suerte no dur¨® mucho, cuando quit¨® el seguro de su arma hizo un ruido peque?o e insignificante, pero este lleg¨® a los o¨ªdos de Leandro. ¡ª?ARRIBA! Celeste se dio vuelta y dispar¨® al aire, claro que no prest¨® atenci¨®n a su objetivo sin mencionar que estaba oscuro, pero las balas asustaron a Dockly y se cay¨® de donde estaba parado y termin¨® en el suelo. ¡ªEs hora de matar¡ªdijo ¨¦l mientras los apuntaba con su Winchester. ¡ªDockly amigo, creo que has cambiado bastante desde la ¨²ltima vez que nos vimos. ¡ªS¨ª, la misi¨®n de la casa de los subyugados ?Lo recuerdas? ¡ª?C¨®mo olvidar? ¡ªT¨² viste lo que hac¨ªan los gremialistas. ¡ªEllos no eran gremialistas. ¡ªConfi¨¦ en Harambee y ella me traicion¨®. ¡ª... ¡ªEres un sucio corrupto. Leandro levant¨® las manos y tir¨® su cuchillo. ¡ªVamos, no quiero lastimarte, somos amigos desde hace tiempo. ¡ªYa no lo somos¡ªluego quit¨® el seguro nuevamente del arma. Y cuando estaba por disparar, Leandro se hizo invisible y grit¨®. ¡ª?AHORA! Dockly apunt¨® a Celeste y le dispar¨®, pero ella se escondi¨® detr¨¢s de una mesa, luego Fiore, armada de un pico, corri¨® hacia ¨¦l y lo desarm¨®. Luego apareci¨® nuevamente Leandro, pero por la espalda, y tom¨® de los brazos de Dockly. ¡ªEst¨¢s arrestado. ¡ªCreo que debes sacarte ese pasamonta?as de mierda, no enga?as a nadie. ¡ªVamos, creo que ya es hora de que te rindas. Dockly se ri¨®. ¡ªNunca lo har¨¦. Luego se solt¨®, y trat¨® de golpearlo, pero Leandro detuvo todo sus ataques con su mano izquierda. ¡ªSiempre diste asco con las peleas de cuerpo a cuerpo. Celeste sali¨® y comenz¨® a dispararle, pero Dockly tom¨® su w¨ªnchester y comenz¨® a dispararla, pero ninguna de las balas le dio. Fiore tambi¨¦n era h¨¢bil en la pelea cuerpo a cuerpo, lo que dificultaba que Dockly pudiera mantenerse a raya. Sin embargo, todo cambi¨® cuando Dockly sac¨® dos granadas de su cartera y las arroj¨® al aire, para luego correr y ocultarse en otra habitaci¨®n. ¡ª?ABAJO! ¡ªgrit¨® Celeste. Pero Fiore reaccion¨® r¨¢pidamente, intercept¨® ambas granadas en el aire y las lanz¨® por una ventana cercana, alejando as¨ª la explosi¨®n mortal y los da?os potenciales. Cuando las granadas estallaron, solo se rompieron algunos fragmentos de vidrio. ¡ª?B¨²SQUENLO! ¡ªorden¨® Leandro. A pesar de que Dockly hab¨ªa logrado escapar moment¨¢neamente, a¨²n ansiaba luchar contra su antiguo amigo. Mientras los conflictos se desataban en todas partes, el equipo de Candado, liderado por H¨¦ctor, se ocupaba de ayudar a los heridos y enfrentarse a extra?os lacayos hechos de piedra cuyo origen resultaba desconocido. Carolina se encontraba inmersa en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con Chesulloth. Con la ayuda de Clementina, la ametralladora mortal del androide, la situaci¨®n se volv¨ªa complicada. Carolina, acostumbrada a entrenar con Candado en los ¨²ltimos meses, mostraba habilidades destacadas en combate y hasta ahora le iba bastante bien. Mientras tanto, Kevin, Martina, Andersson y Hammya se encontraron con los hermanos Wandering e Isabel. Uno de ellos demostr¨® estar bastante feliz al encontrarse con Hammya. ¡ªVeo que nos encontramos de nuevo, ni?a del cabello verde. ¡ª?VOS ERES AQUELLA LOCA! ¡ªgrit¨® ella mientras se ocultaba detr¨¢s de Martina. ¡ª?Ya se conocen? ¡ªTrat¨® de matarme hace unos meses atr¨¢s, est¨¢ desquiciada. ¡ªVeo que mostraste tu verdadera naturaleza, ?No es as¨ª, Jane? ¡ªC¨¢llate, Isabel, recuerda que el enemigo est¨¢ al frente. ¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ se conocen, pero a m¨ª parecer, esto ser¨¢ brillante ¡ªcoment¨® Andersson. ¡ªLo que haya dicho el ruso. ¡ªPor ¨²ltima vez, Kevin, soy sueco. ¡ª?Al ataque! ¡ªdijo ¨¦l, ignorando a Andersson. Kevin fue en busca de Joel, mientras Andersson se qued¨® para proteger a Hammya, quien no era muy h¨¢bil en este tipo de situaciones. Martina se dirigi¨® hacia Jane, quien, a ojos de los dem¨¢s, demostraba ser bastante temeraria. ¡ªNo se aleje de m¨ª, se?orita Hammya. ¡ªEs que yo puedo sola. ¡ªNo, en serio, no se aleje de m¨ª, porque Candado me orden¨® expl¨ªcitamente protegerla. ¡ª?¨¦l hizo eso por m¨ª? ¡ªS¨ª, as¨ª que no se aleje. A pesar de sentirse conmovida, Hammya comprendi¨® que no era el momento ni el lugar para dejarse llevar por esos sentimientos. Mantuvo la alerta m¨¢xima mientras Andersson luchaba contra Isabel. ¡ªEres bueno, para ser alguien de Cer¨¢mico. ¡ªSoy de porcelana ¡ªluego se arregl¨® el pa?uelo y corri¨® hacia ella. Isabel, armada con una peque?a hacha, comenz¨® a atacar a Andersson. Aunque no se notaba, Andersson era h¨¢bil en ese tipo de combate. Permiti¨® que le cortaran el brazo izquierdo para luego agacharse, darle una patada en el abdomen, y alejarla de ¨¦l y de Hammya. ¡ª?Vali¨® la pena hacerlo? ¡ªpregunt¨® Isabel con tono burl¨®n. Pero se sorprendi¨® al ver que el brazo de Andersson volv¨ªa a su lugar, los pedazos se un¨ªan y conectaban de nuevo a su herida. ¡ªS¨ª ¡ªluego abri¨® y cerr¨® la mano que hab¨ªa perdido¡ª, vali¨® la pena. A lo lejos, Gabriel observaba la pelea desde un edificio, pisando la nuca de un individuo muerto. A sus espaldas, miles y miles de cad¨¢veres y sangre se extend¨ªan por todas partes. ¡ªDespejado ¡ªexpres¨® Gabriel, quit¨¢ndose el sombrero. Uno de los cuerpos se mov¨ªa, a¨²n estaba vivo. Sac¨® un arma de su bolsillo y lo apunt¨®. Gabriel, entretenido y de espaldas, coment¨®: ¡ªEso es de mala educaci¨®n ¡ªsusurr¨® al o¨ªdo del individuo, poco antes de enterrar su mano en su espalda y arrancarle el coraz¨®n. Gabriel lo observ¨® y luego lo tir¨®. ¡ªMi trabajo est¨¢ hecho ¡ªmanifest¨® Gabriela mientras abandonaba el edificio con las manos en los bolsillos. Kevin y Martina se enfrentaron a Jane y Joel. ¡ªSon d¨¦biles ¡ªdijo Jane. A lo que Kevin respondi¨® tomando a Jane del cuello y lanz¨¢ndola al aire. ¡ªUps, perd¨®n por ser d¨¦bil. Luego apareci¨® Joel y envolvi¨® a Kevin con una especie de hilo de metal por todo el cuerpo, clav¨¢ndole agujas en el brazo, el t¨®rax y las piernas. Martina intervino, cortando los hilos y ahuyentando a Joel. ¡ªMaldita rata ¡ªdijo Kevin mientras se sacaba las agujas. Despu¨¦s, Jane apareci¨® con su espada desenvainada y corri¨® hacia Kevin, quien le hizo cortes por todo el cuerpo. Kevin tom¨® la espada y la apret¨® con fuerza hasta destruirla. ¡ªCreo que romp¨ª tu juguete, ahrre. Jane invoc¨® cadenas de su espalda y del suelo, atacando a Kevin. Sin embargo, este tom¨® las cadenas que sal¨ªan de su espalda y dio un tir¨®n muy fuerte hacia ¨¦l. Luego la alz¨® por los aires, la revole¨® por m¨¢s de seis segundos y la solt¨®. Jane se estrell¨® contra un muro, que no se rompi¨®, pero s¨ª su espalda. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨® Jane mientras se pon¨ªa de pie. Kevin se par¨® firme, llevando su brazo al pecho en forma de escuadra, mientras que el otro lo llevaba a su espalda. ¡ªSoy un gremialista ¡ªdijo con orgullo. De repente, una cadena se envolvi¨® alrededor de sus pies. ¡ªBueno, esto no me lo esperaba. Luego, Jane hizo un gesto con la mano y lo arroj¨® al aire, bien lejos. ¡ª?KEVIN! ¡ªgrit¨® Martina mientras peleaba con Joel. ¡ªNo te preocupes, ir¨¦ tras ¨¦l ¡ªdijo Jane. Luego sac¨® cuatro cadenas de su espalda y lo sigui¨®. El cuerpo de Kevin cay¨® en un zool¨®gico, en una jaula vac¨ªa, pero con agua de hecho. ¡ªDios, esa pelotuda s¨ª que hace da?o. Luego se puso de pie y comenz¨® a caminar por el lugar hasta encontrar una salida. Kevin le dio un golpe y abri¨® la puerta, luego recorri¨® la zona. Era un zool¨®gico vac¨ªo, no hab¨ªa ning¨²n animal, o eso pensaba. Pudo notar que hab¨ªa por lo menos tres animales: un delf¨ªn, una lechuza roja de Madagascar con ojos azules y un oso panda beb¨¦, aparentemente asustado. ¡ªPero qu¨¦... Luego sinti¨® algo bajo su pie; este se hizo a un lado y vio una tortuga peque?a que se ocult¨® dentro de su caparaz¨®n. ¡ªUy, perd¨®n. Luego se inclin¨® y agarr¨® la tortuga, le quit¨® la tierra que ten¨ªa en su caparaz¨®n y le mir¨® por el agujero donde ten¨ªa oculta la cabeza. ¡ªMe alegra que est¨¦s bien y que tu caparaz¨®n sea duro. Cuando dijo eso, la tortuga sac¨® la cabeza y sus cuatro extremidades para caminar por la palma de ¨¦l. Kevin mostr¨® una sonrisa. Pero esa alegr¨ªa no dur¨®, ya que Jane apareci¨® y destruy¨® la puerta de la entrada. ¡ªAqu¨ª est¨¢s, animal. Kevin puso la tortuga en su bolsillo y se prepar¨® para el ataque. ¡ªVeo que eres una rencorosa, ?PREP¨¢RATE! Jane corri¨® hacia ¨¦l, y con sus brutas cadenas que sal¨ªan de su espalda, como unos brazos m¨¢s, tomaron a Kevin por sus piernas, pero este se liber¨® con pisotearlas. Luego, huy¨® de ah¨ª y se ocult¨® en una de las jaulas que hab¨ªa all¨ª, donde estaba oculto un panda beb¨¦. Jane lo busc¨® por todo el lugar, ya que le hab¨ªa perdido de vista en el momento cuando Kevin hab¨ªa dado la vuelta para ocultarse. ¡ªSal, amigo, porque destruir¨¦ todo este lugar. El panda gru?¨® cuando ella pas¨® cerca, provocando que esta se volteara y vuelva por donde hab¨ªa o¨ªdo aquel sonido. Kevin le tap¨® la boca con las dos manos y mir¨® a su alrededor, buscando un lugar donde salir, hasta que encontr¨® uno de los barrotes de la jaula fuera de lugar. Tom¨® al panda bajo su brazo y corri¨® al otro extremo de la jaula, provocando que Jane lo viera. ¡ªAh¨ª est¨¢s ¡ªluego comenz¨® a dispararle con extra?as balas de metal que sal¨ªan de la palma de sus manos. Pero Kevin las esquivaba todas y lo hizo as¨ª, hasta llegar a la otra punta de la jaula del oso. Le dio un pu?etazo y sali¨® de ah¨ª, luego solt¨® al panda y le hizo se?as para que se alejara. En un principio funcion¨®, pero para cuando se dio vuelta, el panda le estaba abraz¨¢ndolo. ¡ªNo, no, no, no, l¨¢rgate. Luego comenz¨® a agitar su pierna. ¡ªSultame, te digo, deja mi pierna en paz. Pero el oso segu¨ªa agarrado a ¨¦l. ¡ªBola de pelos en blanco y negro, su¨¦ltame. Pero entre m¨¢s y m¨¢s perd¨ªa el tiempo tratando de sacarse el panda de encima, Jane apareci¨® al frente de ¨¦l, destruyendo una pared de ladrillos que los separaba. ¡ªGenial, los problemas no hacen m¨¢s que multiplicarse. Kevin tom¨® al panda una vez m¨¢s y huy¨® del lugar. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Tienes miedo? ¡ªpregunt¨® Jane mientras acariciaba sus cadenas. ¡ªHammya ten¨ªa raz¨®n al decir que est¨¢ desquiciada. Kevin dobl¨® una esquina y vio un ¨¢rbol, y al verlo, le dio una idea y entonces lo trep¨® y puso el oso en una de las miles de ramas resistentes. ¡ªAhora s¨¦ un buen oso panda y d¨¦jame en paz. Kevin baj¨®, se acomod¨® la m¨¢scara y fue tras ella, y cuando esta le vio, prepar¨® sus cadenas para atravesarlo. ¡ªEs hora de que mueras. Pero mientras Kevin iba corriendo y se dirig¨ªa hasta Jane, sus pu?os comenzaron a crear una esfera de energ¨ªa de color azul con blanco con sus ambas manos, y a medida que se iba acercando, la esfera crec¨ªa y crec¨ªa, lentamente, pero crec¨ªa. Jane, al notar esto, comenz¨® a re¨ªrse de ¨¦l y guard¨® sus cadenas de nuevo en su espalda, para invocar nuevas desde los suelos y atacarlo a ¨¦l. ¡ªS¨ª as¨ª quieres jugar, pues bien, no permitir¨¦ que te acerques a m¨ª. Las cadenas segu¨ªan y segu¨ªan, y cada una de ellas atacaba a Kevin, pero este, muy audazmente, las elud¨ªa a cada una de ellas, y cuando estaba lo bastante cerca. Jane sac¨® una cadena de su pecho y se dirigi¨® hasta ¨¦l, Kevin se asust¨® y se movi¨® a un lado, provocando que la cadena cortara uno de los pliegues de su m¨¢scara, y que esta se callera en el suelo. Jane se ri¨® de ver que por un pelo iba a estar muerto, y que su magia hab¨ªa desaparecido, probablemente por la ca¨ªda. ¡ª?Qu¨¦ te ha parecido? Kevin se puso de pie y volte¨® para verle a los ojos, provocando que Jane borrara esa sonrisa de su cara. ¡ª?Qu¨¦? ?Un Bailak? Y antes de poder hacer algo, Kevin corri¨® hacia ella y la peg¨® con su energ¨ªa, la misma que estaba creando hace unos segundos, en su pecho, causando que ella volara por los aires y se estrellara con una de las jaulas, rompiendo los barrotes y el muro. En ese instante, Joel, quien estaba peleando con Martina en el techo de un edificio, sinti¨® una mala se?al que recorr¨ªa desde su cintura hasta su cabeza. ¡ªJane ¡ªdijo mientras forcejeaba con Martina, luego mir¨® a sus espaldas¡ª hermana. Luego volvi¨® a concentrarse, la empuj¨® con todas sus fuerzas lejos de ¨¦l, y mir¨® hacia el zool¨®gico, sent¨ªa que su hermana estaba en peligro. Despu¨¦s sac¨® de su bolsillo unas agujas muy grandes atadas a hilos de metal y se tir¨® del edificio, y armado con esas agujas, lanz¨® muchas de ellas a casa para seguir su camino, como hacen los monos con las lianas. ¡ª?JOEL! ¡ªgrit¨® Isabel, quien estaba viendo c¨®mo este hu¨ªa de la batalla. Luego mir¨® a Andersson, quien no hab¨ªa sudado ni estropeado sus ropas durante el combate. ¡ªSiento no poder seguir con esto, un cobarde acaba de huir, y yo no puedo sola. ¡ª?Qu¨¦? Isabel golpe¨® el suelo con su pu?o, y de la nada emergi¨® un extra?o humo verde. ¡ªSe est¨¢ escapando, s¨ªganla ¡ªdijo Hammya. Andersson, quien se abanicaba con su mano para alejar el humo, dijo. ¡ªParece que Kevin est¨¢ en problemas, hay que seguirla ¡ªse arregl¨® el pa?uelo y mir¨® a Martina¡ª ?HEY! Tu hermano est¨¢ en peligro, hay que seguirla. Mientras Andersson y los dem¨¢s segu¨ªan a los Testigos, pasaba algo en el zool¨®gico, tal vez lo m¨¢s importante de todas. Kevin tom¨® su m¨¢scara y el pliegue que se le hab¨ªa cortado, lo coloc¨® de nuevo, soldando con su dedo convertido en un soplete, luego se la coloc¨® y camin¨® hasta donde estaba Jane. Cruz¨® la jaula que hab¨ªa sido destruida por el impacto del cuerpo de Jane, salt¨® el muro, o lo que quedaba de ¨¦l, y lleg¨® hasta una moribunda Jane. ¡ªVos¡­ Se supon¨ªa que ya no quedaban m¨¢s de ustedes. ¡ªPues el mundo no es lo que parece. ¡ª?Por qu¨¦ una raza tan fuerte y pura como ustedes est¨¢n del lado de los Gremios? Se supone que ellos les dieron la espalda cuando los exterminaban. ¡ªYo no sigo al gremio. ¡ªPero dijiste que¡­ ¡ªDije que era un gremialista, pero no uno de la O.M.G.A.B., sino uno de Candado. ¡ª?C¨®mo puedes seguirlo? ¡ªPorque ¨¦l me mostr¨® algo que nunca vi en los gremialistas, confianza. ¡ªElegiste un mal bando. ¡ªEso lo dir¨¢ el tiempo, cosa que nunca m¨¢s volver¨¢s a ver. ¡ª?¡­? ¡ªMe has visto, como dijiste, los Bailak ya no existen, por lo tanto, debe seguir si¨¦ndolo. ¡ªEl mundo es tan llamativo. Kevin transform¨® su brazo derecho en una espada pero, cuando estaba por matarla, apareci¨® Joel a su espalda y le cort¨® el brazo con sus hilos. Kevin, ajeno al dolor, volte¨® y quiso matar a la persona que ven¨ªa tras de ¨¦l, pero Joel apareci¨® a su lado derecho y le cort¨® la cabeza. Tom¨® a su hermana inconsciente y sali¨® de all¨ª. Al segundo llegaron Martina, Andersson y Hammya, quienes vieron a Kevin tirado en el suelo con su cabeza cercenada y un charco de sangre enorme. Hammya y Andersson soltaron l¨¢grimas al ver a su amigo muerto. ¡ª?Por qu¨¦ lloran? ¡ªpregunt¨® Martina. ¡ª?No est¨¢s triste? Tu hermano se fue ¡ªdijo Hammya. En ese momento, Martina tom¨® la cabeza de Kevin y la uni¨® con su cuerpo. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® Andersson. ¡ªKevin, hermano, fuiste muy descuidado ¡ªdijo ella mientras un¨ªa la cabeza como si fuera una tapita de gaseosa. ¡ªMierda, eso s¨ª doli¨® ¡ªdijo Kevin mientras tos¨ªa. ¡ªEst¨¢s vivo ¡ªdijo Andersson muy feliz. ¡ªS¨ª, lo estoy ¡ªluego se puso de pie, con ayuda de Martina, y mir¨® al d¨²o¡ª ?Qu¨¦ cuentan? Andersson qued¨® sorprendido, y Hammya se desmay¨®, pero antes de que cayera al suelo, Andersson la detuvo. ¡ªVeo que la ni?a no est¨¢ acostumbrada a todo esto. ¡ªDale tiempo ¡ªdijo Andersson mientras trataba de ponerla de pie. En ese momento, su brazo creci¨® de nuevo y sus ropas se arreglaron. ¡ªBien, es hora de irse. Pero cuando Kevin dio un paso, sinti¨® su pierna m¨¢s pesada, luego baj¨® la vista y ah¨ª lo vio, el oso panda agarrado a su pierna. ¡ªVos otra vez, ?No ten¨¦s otra cosa que hacer? En ese instante, un b¨²ho rojo se par¨® en el hombro de Andersson. ¡ª?Qu¨¦? ?Y vos qui¨¦n sos? La lechuza cant¨® y se anid¨®. ¡ªNah, que se le va a ser, te voy a llamar Redy. Luego acarici¨® su cabeza. ¡ªMe alegro por ti, ahora ay¨²dame a quit¨¢rmelo de encima. ¡ª?Por qu¨¦ no lo adoptas? Mam¨¢ dijo que los Bailak eleg¨ªan a sus animales y ellos a los Bailaks ¡ªdijo Martina. ¡ªS¨ª, pero no estoy preparado ¡ªluego comenz¨® a tirar de las patas traseras del oso¡ªsu¨¦ltame de una vez. ¡ªVamos, te va agradar. Kevin cedi¨® y se agach¨® y mir¨® al oso fijamente, este bostez¨®, pero a¨²n ten¨ªa sus ojos en ¨¦l, pero luego de unos segundos, los ojos del panda se volvieron celestes y brillaron. ¡ª?Qu¨¦ hiciste? ¡ªpregunt¨® Martina. ¡ªLo adopt¨¦. ¡ª?Con hacerle una competencia de miradas? ¡ªNo, lo que us¨¦ se llama L¨ªnguro, que en nuestro idioma significa amigo, es una magia en la cual intercambiamos almas y corazones, manteni¨¦ndonos unidos para siempre. ¡ªGuau ¡ªdijo Andersson, tratando de que Hammya no se caiga, pero despu¨¦s de unos golpecitos, esta se levant¨®. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªVeo que has despertado. ¡ªKevin, est¨¢s vivo. ¡ªPues claro que estoy vivo, soy un Bailak ¡ªluego volte¨®¡ª?Verdad Martina?.... Ah, ?D¨®nde se meti¨®? En ese instante se escuch¨® un ruido proveniente de la zona acu¨¢tica y un grito de alegr¨ªa. ¡ª?YUPI! En ese instante, vino con una pecera que brillaba, y con un delf¨ªn diminuto. ¡ª?No es bonito acaso? ¡ª?Qu¨¦ le hiciste a ese delf¨ªn? ¡ªLo adopt¨¦, y con mi magia L¨ªnguro, pude hacerle peque?o para que entrara aqu¨ª. ¡ªDios, todos tienen mascota menos yo ¡ªdijo Hammya. En ese momento, Kevin meti¨® su mano en su bolsillo y sac¨® una tortuga, luego la coloc¨® en las manos de Hammya. ¡ªBien, con eso ya est¨¢. ¡ª?HURRA! Te voy a poner Lentejuela. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Kevin. ¡ªPorque es lento. ¡ªOh, entonces a ti te pondr¨¦ Masha ¡ªdijo Martina a su delf¨ªn. ¡ªBien, me alegro. ?Podemos irnos? ¡ª?C¨®mo le pondr¨¢s a tu amigo? ¡ªpregunt¨®. Kevin mir¨® al panda y dijo. ¡ªNo tengo idea. ¡ªPiensa un nombre. ¡ªBien, lo har¨¦ ¡ªluego se llev¨® la mano a la cabeza, y despu¨¦s de unos minutos, dijo¡ª. Lo llamar¨¦ Pochongi. Todos se rieron del nombre tan gracioso que le puso. ¡ª?Qu¨¦ les ocurre? ¡ªPochongi, el panda. Todos volvieron a explotar de la risa. En un momento de tensi¨®n, ellos lo aliviaban con risas y se siguieron riendo mientras sal¨ªan del zool¨®gico. VENGANZA Todos manten¨ªan una pelea al margen: Frederick contra Guz, Sof¨ªa contra R?sse?s, Anzor y Declan contra J?rgen, Clementina y Carolina contra Chesulloth, Leandro, Fiore y Celeste contra Dockly, y ahora, Krauser, Rozkiewicz y Candado contra Desza, el sujeto m¨¢s odiado de todos. Provocaba rabia con solo mirarlo. En la cima del edificio, Candado y los dem¨¢s peleaban contra Desza, pero ninguno le hac¨ªa da?o; sus ataques parec¨ªan insignificantes con sus h¨¢biles maniobras defensivas. ¡ª?D¨®nde est¨¢ esa sed de sangre? Sus ojos me dicen una cosa, pero sus pu?os, otra. ¡ª?Quieres ver mi poder? Pues te lo voy a mostrar ¡ªdijo Krauser. Entonces, su cuerpo se deform¨®: las manos tomaron una forma tenebrosa, sus dedos se convirtieron en peligrosas cuchillas, sus piernas se unieron y formaron cantidades de tent¨¢culos negros, su pecho se abri¨® y de ¨¦l salieron dientes afilados. Su rostro cambi¨® nuevamente; sus cuencas oscuras se mostraron, en aquellos agujeros se revelaron unos c¨ªrculos rojos, y de su boca emergieron dientes puntiagudos con una lengua negra y larga. Cuando termin¨®, era un monstruo de quince metros de altura. ¡ªTe mostrar¨¦ lo que es la muerte ¡ªdijo Krauser con una voz deformada. ¡ªGenial ¡ªdijo Desza. Rozkiewicz y Candado retrocedieron, dejando a Krauser pelear en paz. ¡ª?Segunda ronda? Pues ah¨ª va. Desza corri¨® hacia la abominable criatura con su caracter¨ªstica locura, cortando todo a su paso. Dado que Krauser era grande, era muy lento para moverse; Desza, utilizando esta estrategia, comenz¨® a cortar todo lo que pod¨ªa, partes de sus tent¨¢culos y parte de su t¨®rax. ¡ª?NO TE BURLES DE M¨ª! ¡ªgrit¨® Krauser. Luego tom¨® una forma m¨¢s peque?a y comenz¨® a atacarle con todo lo que ten¨ªa: sus tent¨¢culos iban hacia ¨¦l con toda velocidad, pero Desza cortaba todo lo que se le acercaba. A veces, pasaba su arma a su otra mano y viceversa, ya que cada tent¨¢culo se mov¨ªa de forma independiente hacia su cuerpo. Aprovechando la situaci¨®n de que Desza estaba desconectado cortando tent¨¢culos, Candado y Rozkiewicz lo tomaron por cada uno de los brazos, imposibilit¨¢ndolo de cualquier ataque que quer¨ªa dar. Por un momento, Desza estuvo asustado, pero ese miedo desapareci¨® cuando golpe¨® a Rozkiewicz con su pierna derecha en su ment¨®n, empuj¨¢ndolo lejos de ¨¦l. Luego baj¨® con su machete en el brazo de Candado, pero este, ya experimentado con la primera vez, lo solt¨®, para luego tomarle del cuello y hacerlo volar contra una pared, lesion¨¢ndolo de gravedad. ¡ªNo quiero volver con una herida de este encuentro ¡ªdijo Candado mientras se acomodaba la corbata. Desza sonri¨® y corri¨® hacia ¨¦l. Candado, con los brazos cruzados, agarr¨® a Desza del brazo donde ten¨ªa el machete, y con su otra mano, lo golpe¨® en la clav¨ªcula con su contra palma, haciendo que, de alg¨²n modo, su brazo se durmiera. De manera muy eficaz, volvi¨® a tomarlo del cuello y lo tir¨® contra el suelo, poniendo un pie sobre su pecho. ¡ªEres un asco, r¨ªndete. ¡ª?Vos crees? En ese instante, Candado sinti¨® un mal presentimiento y se apart¨® r¨¢pidamente. Efectivamente, hizo lo correcto, ya que del cintur¨®n de Desza sali¨® un cuchillo enorme. ¡ªOh, veo que todav¨ªa tienes trucos bajo la manga ¡ªdijo de forma fr¨ªa. En ese momento, aparecieron Rozkiewicz y Krauser, ya con su forma original, rode¨¢ndolo. ¡ªEs momento de que pagues por lo que hiciste a la agencia tricolor. ¡ªSoy inocente en ese tema. ¡ª?Te atreves a mentirnos en la cara? ¡ªpregunt¨® Rozkiewicz. ¡ªNo, porque me asegurar¨¦ de que eso nunca haya pasado. ¡ªLuego meti¨® su mano en su bolsillo y oprimi¨® un bot¨®n. De la nada, el edificio comenz¨® a tambalearse y a temblar, como si se avecinara un terremoto. Krauser fue el primero en enterarse de lo que estaba pasando, ya que corri¨® hacia la barandilla que hab¨ªa all¨ª y mir¨® abajo. Result¨® que el edificio estaba derrumb¨¢ndose. ¡ªEl... ?El... ?EL EDIFICIO EST¨¢ COLAPS¨¢NDOSE! Desza explot¨® de risa y dijo. ¡ª?MORID! Luego, salt¨® sobre una columna de hierro. Todo empez¨® a temblar y desequilibrarse. Rozkiewicz se aferr¨® a una de las barandillas, Krauser us¨® sus tent¨¢culos para agarrarse a algunos postes publicitarios, mientras que Candado no tuvo tanta suerte, pues cay¨® y rod¨® hasta una de las barandillas destruidas; los tent¨¢culos de Krauser no llegaron a salvarle. ¡ª?CANDADO! ¡ªgritaron ambos. ¡ª?LA MUERTE ES UN VIAJE DE IDA Y VUELTA! ?NO SE PREOCUPEN! ?TENGO BOLETO! ¡ªgrit¨® Candado mientras ca¨ªa del edificio. Y justo cuando todo parec¨ªa perdido, y su amigo hab¨ªa ca¨ªdo hacia su muerte, Candado contest¨®. ¡ª?ESTOY BIEN! ¡ª??CANDADO!? ¡ªgritaron ambos nuevamente. Luego, de la nada, Candado se alz¨® en el aire, siendo ayudado por una persona con alas grises que brotaban de su espalda. ¡ªSin m¨ª no son nada, boludos. ¡ª?Esteeman? ¡ªPara servirles, par de zopencos. Luego, ayud¨® a Candado a llegar al techo. ¡ªNo podr¨¢n hacer nada, y el pobre Rem morir¨¢ como en las torres gemelas. Candado grit¨®. ¡ªRozkiewicz, ?HAZLO AHORA! ¡ªA la orden, Candado. Rozkiewicz se solt¨® y corri¨® en picada hacia abajo. Luego, salt¨® y en el mismo aire, se transform¨® en una gran criatura del tama?o del edificio, una criatura que se asemejaba a una serpiente, pero esta ten¨ªa brazos y se parec¨ªa a un naga, una de las criaturas mitol¨®gicas. Y una vez transformado, sostuvo el edificio con su espalda. ¡ª?Todo en orden? ¡ªpregunt¨® Rozkiewicz con una voz deformada. ¡ªBien hecho, grandote. Nosotros nos encargamos del resto ¡ªdijo Esteeman. ¡ªBien. Y una vez que el edificio volvi¨® a estar de pie, Candado se dirigi¨® al interior de este para salvar a Rem. ¡ªNo te lo permitir¨¦ ¡ªdijo Desza mientras bajaba con su potente machete. Krauser lo cubri¨® con su brazo derecho deformado y lo tir¨® contra una pared. ¡ªVe amigo, Rem necesita tu ayuda. ¡ªNosotros nos encargamos del resto ¡ªdijo Esteeman mientras se arremangaba la camisa. ¡ªNo mueran, ?quieren? ¡ªdijo Candado mientras abr¨ªa la puerta y se marchaba. ¡ª?Tan poca fe nos tiene? ¡ªpregunt¨® Krauser. Candado corri¨® por el edificio, a¨²n da?ado por la explosi¨®n, sosteni¨¦ndose de cualquier cosa que hab¨ªa a su alcance para evitar caerse. Mientras iba corriendo, gritaba el nombre de Rem para que este pudiera responderle. Aunque a¨²n se escuchaban explosiones en el interior. ¡ªDemonios, si no me doy prisa, todo esto se caer¨¢ encima, o peor, podr¨ªa morir Rem ¡ªluego se detuvo y se arregl¨®¡ªse ver¨ªa muy mal en mi expediente, aunque me da igual. ¡ª?Quieres darte prisa? ¡ªC¨¢llate, T¨ªnbari, estoy en eso. ¡ªNo, no lo parece. ¡ª?PUES AYUDAME ENTONCES! T¨ªnbari se separ¨® de ¨¦l e hizo una mirada r¨¢pida en la zona. Despu¨¦s de unos segundos, dijo: ¡ªEst¨¢ en el piso 70a del edificio. ¡ª?Y en qu¨¦ piso estoy? ¡ªEst¨¢s en el n¨²mero 90a, solo son veinte pisos m¨¢s abajo. ¡ªOdio a los arquitectos, pero odio m¨¢s a Desza. Candado se acomod¨® la corbata y comenz¨® a correr con todas sus fuerzas, saltando escritorios, camas, todo lo que era un obst¨¢culo, ¨¦l lo saltaba. Cuando hab¨ªa algo en el camino, ¨¦l lo destru¨ªa; cuando hab¨ªa fuego, ¨¦l lo apagaba con su flama violeta, as¨ª lo hizo hasta llegar donde estaba su objetivo. Pero fue ah¨ª donde las cosas comenzaron a empeorar. Candado se top¨® con un fuego que no pod¨ªa apagarlo con sus poderes, por dos razones: una, porque si lo hac¨ªa, har¨ªa explotar el edificio, y la segunda, porque sus poderes har¨ªan m¨¢s agresivo al fuego, equivaldr¨ªa echar nafta al fuego. ¡ªGenial, pedir¨¦ una recompensa econ¨®mica la pr¨®xima vez. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s? Yo no puedo controlar el fuego. ¡ª?Vos? ¡ªluego se quit¨® la boina y se la entreg¨® en las manos¡ªcu¨ªdame esto. Despu¨¦s se afloj¨® la corbata, se arremang¨® las mangas y corri¨® hacia el fuego.You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author. ¡ª?EST¨¢S LOCO! ¡ª?CLARO QUE NO! ?SOY UN GENIO! ¡ªgrit¨® Candado mientras se adentraba en el fuego. En su interior era todo caliente y casi no pod¨ªa ver por tantas llamas; solo segu¨ªa su instinto, evitaba quedarse quieto, ya que el fuego lo consumir¨ªa, o pod¨ªa usar sus poderes de la flama ya que solo acrecentar¨ªa el fuego. As¨ª que solo se manten¨ªa en movimiento constante, destruyendo libreros o cualquier otra cosa con sus pu?os. Luego de unos segundos, Candado pudo encontrar la salida y salt¨® hacia la habitaci¨®n donde estaba Rem, quien estaba atado y desmayado, probablemente por el humo. Candado sac¨® su fac¨®n, cort¨® las sogas y tom¨® el cuerpo desmayado de Rem; luego, meti¨® una patada a una ventana enorme, rompiendo el cristal y haciendo m¨¢s grande el fuego en el proceso. ¡ªIsidro, ay¨²dame por favor. Aclar¨® su garganta y salt¨® al vac¨ªo con el cuerpo de Rem en sus brazos. En ese preciso momento, Declan, quien estaba peleando con J?rgen, cuyo resultado segu¨ªa siendo parejo, vio caer a Candado desde un edificio. ¡ªSe?or ¡ªluego guard¨® su espada y corri¨® hasta donde estaba Candado. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªC¨²breme, Anzor. ¡ªLo que digas, hermano. Luego, Declan guard¨® a su demonio de nuevo en su espalda, salt¨® al vac¨ªo, sac¨® su esgrima y at¨® una soga a ella. Cuando estaba cerca de ¨¦l, tir¨® su esgrima a la columna del edificio y se columpi¨® en ella, hasta llegar a Candado. ¡ªDeclan, ?c¨®mo? ¡ªPara servirle, se?or. Pero antes de poder llegar al otro extremo, J?rgen lanz¨® un cuchillo y cort¨® la soga, provocando que Candado y Declan cayeran. ¡ªJaque mate ¡ªdijo J?rgen fr¨ªamente. Pero antes de que tocaran el suelo, frenaron a unos cent¨ªmetros de ¨¦l. ¡ª?Esto es cosa tuya? ¡ªNo se?or, no lo es. Y desde las sombras apareci¨® Cantero. ¡ªOh, eres la del esp¨ªritu humanista ¡ªdijo Candado. ¡ªS¨ª, los vi caer y decid¨ª darles una mano. ¡ªGracias, pero ?c¨®mo hago para poder tocar el suelo? Cantero golpe¨® una vez el suelo con su b¨¢culo, y ambos cayeron de pie. ¡ªMe alegro que est¨¦s aqu¨ª, tenemos un herido entre nosotros, me gustar¨ªa que le brindes atenci¨®n m¨¦dica. ¡ªEnseguida, Candado. Cantero levit¨® el cuerpo de Rem y sali¨® corriendo de ah¨ª. ¡ªBien, Declan, tengo unos asuntos que atender con Desza. ¡ªY yo tengo que volver a por Anzor. ¡ªGracias por la mano. ¡ªNo hay de qu¨¦. Luego se separaron, y cada uno fue por su cuenta. Declan corri¨® por los edificios hasta llegar a su objetivo, mientras que Candado, ahora sin preocupaciones, liber¨® todo el poder y la rabia que ten¨ªa adentro y subi¨® al edificio a una velocidad incre¨ªble. Encar¨® a Desza y le dio un golpe en el pecho con su flama violeta; la fuerza del impacto lo sac¨® de ah¨ª, dejando a los dem¨¢s sorprendidos por tal golpe. En ese momento, apareci¨® T¨ªnbari y le puso la boina, mostrando una sonrisa y volviendo a desaparecer. ¡ªEs hora de la venganza ¡ªdijo Candado mientras se arreglaba las mangas de su camisa y su corbata. Candado encendi¨® sus ojos de la flama violeta y vol¨® hacia donde estaba Desza, y mientras este se estaba poniendo de pie, recibi¨® un rodillazo en su pecho. ¡ª?SIENTE LA C¨®LERA DE HARAMBEE! Luego le tom¨® de la pierna y lo tir¨® por los aires, para despu¨¦s lanzarle llamaradas de su fuego violeta. Esto lleg¨® a da?arlo, pero a¨²n mostraba su sonrisa. Descendi¨® con todas sus fuerzas con su machete, pero Candado lo detuvo en el aire. Sin embargo, Desza le dio una patada en la cara, cuyo golpe no le hizo nada, solo mostr¨® su actitud seria, mientras sus ojos reflejaban el fuego violeta. ¡ªEsa es la mirada que quer¨ªa ver. Candado lo tom¨® del cuello y lo tir¨® contra el suelo. Desza se puso r¨¢pidamente de pie y comenz¨® a atacarlo, de arriba a abajo, izquierda a derecha, pero Candado deten¨ªa todos sus ataques. Incluso, no le dio oportunidad de defenderse, as¨ª que le propin¨® golpes en el est¨®mago, la cara y la nuca. Desza, de forma traicionera, sac¨® un cuchillo de su bota y se lo clav¨® en la cintura. Sorprendentemente, Candado no sinti¨® dolor, le dio un pu?etazo en la cara, lo agarr¨® del cuello nuevamente y lo tir¨® contra un muro. Luego, se sac¨® la daga y la destruy¨® con su fuego, la herida se cerr¨® y se cur¨® por s¨ª sola. ¡ªEres una rata y un imb¨¦cil, nunca podr¨¢s matarme con tus juguetes cortantes. Desza se ri¨® y se puso de pie. ¡ªEsto es muy divertido. ¡ªTu sanidad mental est¨¢ por los suelos, ya no eres el mismo Desza que alguna vez mostr¨® su compromiso con los gremios. ¡ªSorpresa, dios abri¨® mis ojos y me mostr¨® lo que ten¨ªa que ver. El mundo es malo, y lo malo debe ser castigado. ¡ªNo comparto tu punto de vista. ¡ªSoy la persona que los salvar¨¢ de ustedes mismos. ¡ªEs est¨²pido pensar eso. Uno no cambia el mundo matando, sino con buenas acciones. Uno tiene que llevar a las personas por el buen camino, no asust¨¢ndolas y mat¨¢ndolas. T¨² no eres un salvador, eres un asesino con una mentalidad destruida. Desza explot¨® en carcajadas. ¡ªM¨ªrate, no eres m¨¢s que una persona que ha ca¨ªdo muy bajo. No eres un dios, no eres un h¨¦roe, ni siquiera un salvador. Solo eres un pobre idiota que piensa que hacer esto lo har¨¢ sentir mejor. Solo eres un ego¨ªsta loco. Desza volvi¨® a re¨ªrse, pero esta risa fue m¨¢s salvaje que la anterior. ¡ªDios me dio un objetivo por el cual saltar, y ese eres t¨². As¨ª que solo tengo que matarte ¡ªluego levant¨® su machete al aire y lo se?al¨®¡ªeres un demonio, eres el mal en persona. ¡ªYo no lo soy, nunca se me ocurrir¨ªa matar a gente inocente. ¡ªPero lo piensas. ¡ªNo, por lo visto no me conoces. ¡ªPullbarey, creo que ya o¨ªste de ¨¦l. Y de la nada, una persona apareci¨® a su lado, un humo negro. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªBuenas noches, Candado Ernest Barret. ¡ªVos eres el que me maldijo, el que mat¨® a mi abuelo. ¡ªCandado, Candado, creo que no lo entiendes, t¨² me robaste algo que me pertenece. ¡ª?Qu¨¦ fue? ¡ªLos poderes que posees son m¨ªos por derecho. ¡ªNo, no lo son. ¡ªVoy a matar¡­ ¡ªNo puedes, mi cuerpo f¨ªsico est¨¢ oculto. Lo que est¨¢s viendo es un producto de mi poder. Estaba esperando a que Desza pronunciara mi nombre para poder aparecer. ¡ªMaldito, solo¡­ Candado tir¨® su poderosa flama mientras manifestaba su odio, quemando todo el cuerpo de Pullbarey, pero como este dijo, no le hizo da?o, solo cort¨® la conversaci¨®n. ¡ª?C¨®mo? Eres un bastardo. ¡ªNunca lo entender¨¢s, Candado, jam¨¢s. ¡ªNo me interesa si lo entiendo o no, solo quiero matarte. Desza volvi¨® a romper a carcajadas. ¡ªCandado, t¨² y yo lo sabemos, en este camino no hay inocentes, todos somos culpables, yo lo soy, pero dios me dio una oportunidad de limpiar mi alma. ¡ªEres un desquiciado, Desza. ¡ªNo, todos somos desquiciados, yo s¨¦ que vos me entend¨¦s. ¡ªVaya, qu¨¦ mente m¨¢s atrofiada ¡ªluego levant¨® su pu?o¡ªno eres m¨¢s que un pobrecillo que es marioneta de Pullbarey. Desza se ri¨® nuevamente y dijo. ¡ª?Yo? Claro que no, solo soy la mano derecha de dios. ¡ªOyik, Harry Joaqu¨ªn Desza. Luego, de su pu?o, apareci¨® una energ¨ªa violeta que creci¨® de la nada y se lo lanz¨® a ¨¦l, pero antes de que esto ocurriera, Desza salt¨® hacia el vac¨ªo y huy¨®. Candado inclin¨® sus hombros y apag¨® la esfera de energ¨ªa, puso sus manos en los bolsillos y camin¨® hasta donde Desza hab¨ªa saltado, y ah¨ª lo pudo ver, huyendo con sus camaradas, los cuales hab¨ªan sido derrotados por el equipo de Candado y de Rozkiewicz. Pudo notar la sonrisa psic¨®pata que hab¨ªa hecho todo este desastre; ¨¦l hab¨ªa subestimado su inteligencia. Sin poderes, ¨¦l segu¨ªa siendo peligroso para todos. Candado le dio la espalda y fue a ayudar a sus compa?eros; despu¨¦s de todo, el edificio estaba colaps¨¢ndose, as¨ª que sac¨® a sus amigos y los llev¨® al suelo, mientras que Rozkiewicz se encargaba de detener el edificio, al menos temporalmente, para poder soltarlo. En ese momento, Hammya visualiza a Candado y corre a saludarlo y, de paso, saber si estaba bien. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de ¨¦l, Candado pas¨® de largo, con las manos en los bolsillos y con T¨ªnbari sigui¨¦ndole a su izquierda; este volte¨® y le mostr¨® una sonrisa, dando, por alguna raz¨®n, un poco de tranquilidad a la ni?a. Pero al volver a ver la espalda de Candado, volvi¨® su preocupaci¨®n por ¨¦l. Nunca se supo por qu¨¦ Candado no sigui¨® a Desza aquella noche, tampoco cont¨® la conversaci¨®n que tuvo con el mismo. Hay algunos cuantos rumores que dicen que Candado quer¨ªa ver hasta d¨®nde iba a llegar con su locura y por eso le dio otra oportunidad; otros dicen que Candado sent¨ªa l¨¢stima por Desza, ya que alguna vez fueron amigos, y los del c¨ªrculo m¨¢s ¨ªntimo dicen que Candado quer¨ªa que se destruyera as¨ª mismo. Pero sea cual sea la respuesta, Candado no lo persigui¨® aquella noche y jam¨¢s habl¨® del tema; la raz¨®n sigue siendo un misterio para todos, pero no para uno, o en este caso, una de los presentes de la masacre de ellos. Esa misma noche, en los escombros de la ciudad de Buenos Aires, una figura femenina caminaba entre los restos de la caba?a donde Candado y los dem¨¢s pelearon con Desza horas antes de la destrucci¨®n de la ciudad. La misteriosa figura avanzaba sobre ladrillos y rocas, inclin¨¢ndose para apartar algunas piedras y descubrir un libro envuelto en una tela vieja. ¡ªNo son muy inteligentes. La mujer se quit¨® la capucha, revelando ser la misma chica que estuvo en la habitaci¨®n de Nicol¨¢s. Despu¨¦s, retir¨® un parche que coincid¨ªa con su tono de piel, revelando el tatuaje del n¨²mero ocho que resplandec¨ªa en verde. Abri¨® el libro, arranc¨® una p¨¢gina y sonri¨® al mirar la luna llena de color amarillo. ¡ªEstoy cada vez m¨¢s cerca de conseguir mi objetivo. Justo cuando Ocho lograba su objetivo, Caba?a, herido y postrado en una cama, abri¨® los ojos en una habitaci¨®n oscura. La ¨²nica luz proven¨ªa de la m¨¢quina a la que estaba conectado, hasta que sinti¨® la presencia de otra persona. Nicol¨¢s gir¨® la cabeza y vio a Ramiro sentado ah¨ª, utilizando su celular. ¡ªHola, veo que has despertado. Nico agarr¨® el respirador y se lo quit¨®. ¡ª?D¨®nde estoy? ¡ªEst¨¢s en el hospital de la agencia. Tuviste suerte. No muchas personas sobreviven a una herida como esa. Si no fuera por la velocidad de Krauser y los poderes curativos de Cantero y Aldana, no habr¨ªas sobrevivido. Caba?a se exalt¨®. ¡ª?Y los dem¨¢s? ?Qu¨¦ pas¨®? ?C¨®mo¡­? ¡ªRel¨¢jate, todav¨ªa est¨¢s en recuperaci¨®n. Los dem¨¢s est¨¢n bien y todo est¨¢ bajo control. Podr¨¢s volver a estar en forma dentro de tres d¨ªas. Luego se recost¨® en la cama. ¡ª?Qu¨¦ hace aqu¨ª el presidente de la agencia? ¡ªHaciendo guardia. Dentro de unas horas vendr¨¢ tu amigo, el sujeto bien vestido y con un pasamonta?as en la cabeza. ¡ªLeandro. ¡ªExacto. Nico mir¨® por la ventana nuevamente. ¡ª?Qu¨¦ habr¨¢ pasado afuera? A la ma?ana siguiente, despu¨¦s de que la polic¨ªa y la gendarmer¨ªa llegaran, Candado hab¨ªa dado la orden de ayudar a las personas heridas en la ciudad. Como muestra de su poder adquisitivo, indemniz¨® a toda la ciudad de Buenos Aires y a cada familia que sufri¨® p¨¦rdidas, tanto f¨ªsicas como materiales. Con la ayuda de los Sem¨¢foros, Borradores y algunos gremios, la ciudad fue reconstruida en tan solo cuatro d¨ªas. Durante este tiempo, Candado no comi¨® ni durmi¨®, afectado por lo sucedido aquella noche. Sus amigos se preocuparon al ver que no se mov¨ªa del hotel. Pas¨® los cuatro d¨ªas en el balc¨®n, aparentemente mirando hacia la nada. Hammya lo observaba cada noche, sin comprender lo que estaba ocurriendo. Candado hab¨ªa pagado un avi¨®n privado para su equipo, pero estos se negaron a irse sin ¨¦l, alargando as¨ª su estancia. Una noche, mientras Hammya ca¨ªa rendida por el sue?o, Candado pronunci¨®, por primera vez, una palabra: "Todos somos desquiciados, no lo entiendo. ?Por qu¨¦ sabes eso?" Estas palabras quedaron guardadas en la memoria de ella justo antes de quedarse dormida. Pero al quinto d¨ªa, mientras Hammya se levantaba, vio a Candado tirado en el suelo. Asustada, corri¨® hacia ¨¦l y, utilizando sus poderes descubiertos hace unos meses, los cuales le permit¨ªan sumergirse en los recuerdos (que estaba tratando de aprender para conocer m¨¢s a Candado), pudo revisar completamente las acciones de esa noche. Tambi¨¦n vislumbr¨® fragmentos de su sue?o, donde ¨¦l estaba sentado en medio de cad¨¢veres, volvi¨¦ndose loco poco a poco, dando la impresi¨®n de que ¨¦l mismo lo hab¨ªa causado. Este descubrimiento result¨® abrumador para ella. Decidi¨® abandonar su sue?o y tratar de despertarlo. Cuando Candado abri¨® los ojos, la tristeza de su alma era evidente. Mientras que otros lo percib¨ªan como una persona fr¨ªa y sin sentimientos, ella lo ve¨ªa como alguien roto y herido. As¨ª que Hammya, mientras esperaban a que Candado se recuperara de la fatiga, busc¨® consejo de Walter sobre la personalidad abrupta de Candado. Walter, experto en el an¨¢lisis del comportamiento humano por consejo de Cantero, le sugiri¨® hablar con una persona llamada Agustina Oviedo, asegurando que ser¨ªa de gran ayuda en esa situaci¨®n. Hammya sigui¨® su consejo y busc¨® la ayuda de Agustina. Le relat¨® todos los detalles de la noche que Candado vivi¨®, punto por punto, hasta que Agustina respondi¨®. ¡ªEl problema con Candado es que ¨¦l se siente totalmente abandonado. Al darle un enigma como ese, trata de extraer un significado que, aunque para nosotros no tenga importancia, para alguien con una mente m¨¢s amplia como la suya, se convierte en algo personal. Por lo general, personas como ¨¦l toman una frase como esa y la analizan en relaci¨®n con su entorno familiar o algo relacionado con su pasado. Seguramente, cuando encontr¨® la respuesta, se sinti¨® completamente herido. Al ser alguien que busca respuestas a toda costa, es obvio que querr¨ªa hallar una. Pero no estaba preparado para recibir una respuesta como esa, lo que llev¨® a su mente a defenderse mediante el desmayo. ¡ªSuena complicado. ¡ªMe recuerdas mucho a un amigo llamado Alan. No te preocupes, eres la ¨²nica que puede ayudarlo. Lo necesitamos m¨¢s que nunca, Hammya Saillim. Estas palabras, de alg¨²n modo, le dieron una idea. Aunque Candado se sent¨ªa acomplejado con su familia y, al encontrar esa respuesta, empeor¨®, decidi¨® abrirle los ojos y mostrarle que estaba totalmente equivocado. En ese momento, surgi¨® una idea y era el momento de actuar. RESONANCIA Despu¨¦s de que Desza huyera aquella noche y el grupo estuviera m¨¢s de seis d¨ªas ah¨ª, Candado rescat¨® a Rem Koirala. Lo entreg¨® sano y salvo ante la presidenta Chandra, quien cumpli¨® su promesa de perdonar a Joaqu¨ªn de sus cargos y permitirle volver a su mando. Rozkiewicz estuvo contento de que ¨¦l volviera y sigui¨® con su cargo de vicepresidente. Todas las personas que acompa?aron a Rozkiewicz ese d¨ªa volvieron a sus hogares en Resistencia. Candado llev¨® a sus compa?eros de vuelta a casa, los hermanos Bailak se fueron acompa?ados por sus mascotas. Solo Dios sabe c¨®mo hicieron para convencer a Candado de llevar un panda, una lechuza, un delf¨ªn diminuto y una tortuga en el avi¨®n, pero fue as¨ª. Hammya, quien hab¨ªa hecho algunas llamadas, mantuvo una sonrisa todo el trayecto. Cuya sonrisa le causaba cierta incomodidad a Candado, pero trataba de mirar a otro sitio que no sea su cara feliz, y al momento de llegar, Hammya baj¨® del avi¨®n y se subi¨® al caballo Uzoori, apresurando a Candado de qu¨¦ la llevara a casa, para as¨ª planear su objetivo. A Candado no le interesaba saber lo m¨¢s m¨ªnimo en lo que ella estaba planeando. Al d¨ªa siguiente, Candado disfrutaba, relativamente, de la vida. Volv¨ªa a ser s¨¢bado, el glorioso s¨¢bado para los estudiantes. Aunque para Candado no solo era un d¨ªa m¨¢s de los 365 d¨ªas del a?o, sino que lo consideraba un sagrado d¨ªa de descanso, y planeaba pasar el d¨ªa entero en su casa, solo y sin compa?¨ªa en su cuarto, recostado en su cama leyendo un libro. Cuando de repente sinti¨® tres ligeros golpes en su puerta. ¡ªLargo ¡ªdijo ¨¦l mientras cambiaba de p¨¢gina. A¨²n con la respuesta ruda de Candado, la puerta se abri¨® de todas formas y de ella se asom¨® Hammya. ¡ªHey, ?tienes un minuto? ¡ªNo. ¡ªVamos, por favor. Candado hizo una mueca con la vista y se levant¨® de la cama. ¡ªHazlo r¨¢pido ¡ªdijo mientras dejaba el libro abierto en su escritorio. ¡ªBien, quisiera que me acompa?aras. ¡ªNo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque es s¨¢bado, lo que significa que hoy es mi d¨ªa libre. ¡ª?Y? ¡ª?C¨®mo "Y"? ¡ªNo voy y punto. Luego se acerc¨® a ¨¦l y se sent¨® en su cama, provocando que Candado retrocediera y quedara su espalda pegada a la pared. ¡ªHey, no te acerques. ¡ªVamos, ?cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que hicimos algo juntos? ¡ª?Hicimos algo juntos? ¡ªS¨ª, me llevaste a lugares lejos, como la O.M.G.A.B., Buenos Aires y Resistencia. ¡ªTe colaste en el ¨²ltimo. ¡ªLo que sea, el punto es que no puedes pasar el s¨¢bado entero aqu¨ª. ¡ª?Ah no? ¡ªluego se baj¨® de la cama y se puso al frente de ella ¡ªintenta sacarme de aqu¨ª ¡ªdijo ¨¦l de brazos cruzados. ¡ª?Qu¨¦ hay de Uzoori? ¡ª¨¦l estar¨¢ bien, lo saqu¨¦ ayer, as¨ª que no pasa nada. ¡ªDeja de encontrar una excusa, no es sano que est¨¦s aqu¨ª. ¡ªY vos deja de buscar una excusa para sacarme de aqu¨ª, soy feliz en mi habitaci¨®n y se termin¨®. ¡ª?No ver¨¢s c¨®mo est¨¢n los hermanos de porcelana? ¡ªEllos est¨¢n bien, les di cobijo en el restaurante, el due?o me deb¨ªa un favor, ahora que todos sus hijos ya crecieron, no estar¨ªa mal que se sintiera padre una vez m¨¢s. ¡ª?Y el d¨²o? ¡ªSon felices viviendo en el monte, as¨ª que est¨¢ bien. ¡ª?Yara? ¡ªEst¨¢ con Mauricio en su otro mundo. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªUn mundo que te contar¨¦ en otro momento, o mejor dicho, cuando tenga ganas. ¡ª?Saldr¨¢s? ¡ªEres muy insistente, ?No? ¡ªluego puso su dedo ¨ªndice en su frente y le pic¨® ¡ªno pienso salir de mi c¨®moda cama. ¡ªVamos. ¡ªNo. ¡ªVamos. ¡ªNo. ¡ªVamos. ¡ªNo. ¡ªVamos. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ?El jard¨ªn de ni?os? No y no, se acab¨® la historia. Hammya inclin¨® la cabeza, muy apenada por lo que dijo, pero al poco tiempo levant¨® la cabeza y dijo. ¡ªVamos. ¡ª?QUE NO! ¡ªDale, no seas as¨ª. Candado se llev¨® la mano a la frente y la mir¨® fijamente. ¡ªNo me voy a mover de aqu¨ª, que te entre en la cabeza. ¡ªVamos. ¡ª??ES QU¨¦ NO SABES OTRA PALABRA O QU¨¦?! ¡ªS¨ª, dale, ven¨ª conmigo por favor. ¡ªNo s¨¦ qui¨¦n es m¨¢s pesado si vos o T¨ªnbari. ¡ªTal vez no sea pesada si aceptaras venir en vez de renegarme. ¡ª?Renegarme? Vaya, se ve que te caus¨® dolor de cabeza al decir una palabra tan complicada. ¡ª?Me est¨¢s insultando? ¡ªS¨ª, ?Qu¨¦ har¨¢s al respecto? ¡ª?Por qu¨¦ lo haces? ¡ªPorque soy un hijo de puta, no querr¨¢s a uno a tu lado. ¡ªBuen intento, sabes que no me ir¨¦ si no es contigo a mi lado. Candado apret¨® los pu?os y su ceja izquierda comenz¨® a palpitar, pero luego se relaj¨®, se acomod¨® su pa?uelo y se quit¨® la boina. ¡ªEst¨¢ bien, la princesa gana. ¡ª?De verdad? ¡ªS¨ª, as¨ª que ¡ªluego extendi¨® su mano¡ª?Me acompa?as? Hammya tom¨® la mano de Candado y la ayud¨® a ponerse de pie. ¡ªSab¨ªa que pod¨ªa convencerte. ¡ªS¨ª, claro que s¨ª. Luego ambos caminaron hasta la puerta, y Candado, de forma cort¨¦s, abri¨® la puerta, se inclin¨® y le se?al¨® el camino. ¡ªLas damas primero. ¡ªOh, gracias. Ni bien Hammya sali¨® de la habitaci¨®n, Candado cerr¨® con todas sus fuerzas la puerta y la llave¨®. ¡ªMe ir¨¦ ¡ªluego se puso la boina¡ªcuando yo quiera. Mientras que del otro lado, Hammya estaba golpeando la puerta. ¡ªAbre, no es justo. ¡ªLa vida no es justa ¡ªdijo Candado mientras se sentaba en su escritorio y hojeaba algunos apuntes. ¡ªAbre, o la tirare abajo. ¡ªQuisiera que lo intentaras ¡ªluego tom¨® una hoja, de las miles que ten¨ªa ah¨ª, la dobl¨® y la coloc¨® dentro de un libro¡ªser¨ªa gracioso ver c¨®mo te rompes un brazo o tu cabeza. ¡ª?CANDADO! ¡ªGrita todo lo que quieras, no voy a abrir ¡ªluego sac¨® de su caj¨®n un vaso de vidrio y una botella de gaseosa¡ªEs mi d¨ªa libre, te salv¨¦ tu refinado cabello en m¨¢s de una ocasi¨®n, fui int¨¦rprete de unos desconocidos que me salvaron, fui perseguido por unos malditos Testigos y aqu¨ª estoy, creo que me merezco esto¡ªluego bebi¨®. ¡ªPor eso, ven conmigo y estar¨¢s m¨¢s relajado. ¡ª?Con qu¨¦? Lo ¨²nico que quiero es que dejes de golpear la puerta y me dejes disfrutar mis quince horas libres ¡ªdespu¨¦s mir¨® el reloj, ya eran las diez en punto¡ªmejor dicho mis catorce horas. Luego hubo silencio, no se escucharon m¨¢s golpes ni la voz de Hammya. ¡ª?Ni?a? ¡ª¡­ ¡ª?Ni?a? ?Est¨¢s ah¨ª? ¡ª¡­ ¡ªBah, creo que ya se cans¨® de estar parada ah¨ª. Candado termin¨® de beber su gaseosa, se fue al ba?o y lav¨® su vaso para despu¨¦s guardarlo en el caj¨®n. Luego camin¨® hasta su cama y se recost¨®, para seguir leyendo. Cuando de repente vio a Hammya en su cuarto de nuevo.The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. ¡ª?No pensaste que te dejar¨ªa as¨ª como as¨ª? Candado ocult¨® su rostro detr¨¢s de su libro. ¡ªTe dije que te largaras, ni?a. ¡ªDebes cerrar la ventana, as¨ª no te entran a robar. ¡ªOdio a la gente como vos. ¡ªLuego me lo explicas, el por qu¨¦ los odias. Ahora vamos a divertirnos. ¡ªNo. ¡ªNo sirve de nada que te niegues. ¡ªCreo que estoy perdiendo mi paciencia. ¡ªVamos. ¡ªNo. ¡ªBien, no me dejas otra alternativa, aumentar¨¦ mi apuesta. Candado baj¨® su libro y la vio a los ojos levantando su ceja. ¡ª?Apuesta? ¡ªS¨ª, aunque no s¨¦ si voy a arrepentirme, pero bueno, yo quer¨ªa esto. ¡ªVe al grano, luego te arrepientes. ¡ªBueno, s¨ª sales har¨¦ cualquier cosa que me pidas. ¡ªNo ¡ªluego volvi¨® a leer su libro. ¡ª?Qu¨¦? Pero ?Por qu¨¦? ¡ªPorque no necesito nada de vos, salvo que me dejes en paz, pero como a vos te importa un carajo y no me haces caso, no me sirve. ¡ªOh, vamos, ni con eso ?Qu¨¦ puedo hacer para que salgas de tu pieza? ¡ªNada. ¡ªVamos, cualquier cosa. ¡ªNo, nada de ti me es ¨²til. Ni bien dijo eso, Hammya se estaba por dar por vencida, cuando de repente se fij¨® en el libro que estaba leyendo "?Qu¨¦ hacer?" de Vladimir Lenin. Fue en ese instante que se le ocurri¨® algo. ¡ªEsp¨¦rame aqu¨ª, ya vuelvo. Hammya quit¨® el seguro de la puerta y se fue de la habitaci¨®n. Candado no le dio importancia y sigui¨® con su lectura, pero despu¨¦s de unos ef¨ªmeros minutos, Hammya volvi¨®, pero con las manos en la espalda, ocultando algo. ¡ªEso fue r¨¢pido. ¡ªVeo que te gusta la lectura, sobre todo esa clase de libros. Candado mir¨® la portada de su libro y luego la mir¨® a ella. ¡ªS¨ª, ?Y? ¡ªEs por eso que quiero hacer un trato. ¡ªNo me interesa ¡ªdijo mientras ocultaba su rostro en el libro nuevamente. ¡ª?No? ¡ªluego sac¨® las manos detr¨¢s de su espalda y mostr¨® un libro y continu¨®¡ª?Ni siquiera por esto? Candado cerr¨® el libro, se?al de que ya se hab¨ªa hartado. ¡ªTe dije que¡­ ?OH POR ISIDRO! ¡ªse sorprendi¨® Candado. ¡ªVeo que te gusta ¡ªdijo soberbiamente Hammya. ¡ª?ES UN LIBRO DE ARTURO JAURETCHE! ¡ªluego aclar¨® la garganta y continu¨®¡ª?D¨®nde lo sacaste? ¡ªMi pap¨¢ le gustaban muchos libros de temas como estos, su biblioteca estaba llena de estos libros. ¡ª?Qu¨¦ clase de sujeto fue? ¡ªDa igual, el punto es¡­ ?Te gusta el libro? ¡ª?S¨ª me gusta? Me encanta, es muy dif¨ªcil conseguir un libro de Jauretche. ¡ªTe lo doy si sales de aqu¨ª. Candado se apret¨® sus p¨¢rpados y labios, y de una forma desinteresada dijo. ¡ªBien, acepto, todo sea por ese libro. Ni bien dijo esas palabras, Hammya puso el libro en su mano y sonri¨®. ¡ªBien te lo ganaste, ahora v¨ªstete, te espero abajo. Dichas estas palabras, Hammya sali¨® de la habitaci¨®n, dejando a Candado solo con su nuevo libro. Este le dio vuelta y ley¨® el t¨ªtulo "Ej¨¦rcito y Pol¨ªtica". ¡ªRayos, a mi abuelo le hubiese encantado leer uno de estos libros ¡ªdijo Candado en voz alta. Y, como prometi¨®, se levant¨® de la cama, puso el libro en su estante y chasque¨® los dedos, el procedimiento fue el mismo, pero la ropa no lo fue; una camisa de mangas largas de color negro, pantalones oscuros, una corbata y un chaleco refinado blanco, zapatos oscuros y sus caracter¨ªsticos guantes con el mismo color blanco. Luego camin¨® hasta su espejo y se mir¨® de arriba abajo, levant¨® su ment¨®n y lo gir¨® a la derecha y a la izquierda. ¡ªEspero que con esto est¨¦ bien ¡ªdijo ¨¦l mientras se acomodaba la corbata. En ese instante, Clementina, quien solo estaba pasando por ah¨ª, vio a Candado mir¨¢ndose en el espejo y pas¨® de largo. Luego, al ver eso, dio unos cuantos pasos atr¨¢s, imitando el sonido de un cami¨®n de carga que da marcha atr¨¢s, y se detuvo al frente de la puerta abierta de Candado. Se llev¨® el dedo ¨ªndice y el pulgar a la boca y silb¨®. ¡ªQu¨¦ casanova por mil censores ¡ªsilb¨® otra vez, pero sin los dedos en su boca, y continu¨®¡ªes un gal¨¢n, un Romeo, un Gardel, un Luis Miguel, un Sandro, un Frank Sinatra, un Elvis Presley, un Brad Pitt, un Belgrano, un.... ¡ªC¨¢llate. Candado afloj¨® sus hombros y, mir¨¢ndola por el espejo y con la mano a¨²n en su corbata, dijo. ¡ª?No tienes otra cosa mejor que hacer? ¡ªAhora que lo dices, s¨ª, tengo algo que hacer, irme con usted, con la se?orita Hammya y con los se?ores Barret de viaje. A Candado se le iluminaron los ojos cuando dijo eso, tanto, que casi se ahorca con su corbata, luego volte¨® y con una voz exaltada y pobre dijo. ¡ª?En serio? Imposible. ¡ªOh s¨ª, no sab¨ªa que Hammya tendr¨ªa ¨¦xito. ¡ªPero¡­. Ella no me dijo nada de...¡ª Candado se llev¨® la mano izquierda a su frente, luego continu¨®¡ªAh, no es nada¡ªluego mostr¨® una sonrisa que Clementina no pudo mirar y susurr¨®¡ªesa ni?a es muy espeluznante. ¡ª?Joven? ?Pasa algo? Candado, ocultando su contento solo por el hecho de saber que iba a volver a pasar un tiempo con sus padres, como en el pasado, dijo, pero con una voz pausada y suave. ¡ªEs incre¨ªble, ?Cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez? ¡ªluego sonri¨® y unas cuantas l¨¢grimas brotaron de sus ojos¡ªpap¨¢, mam¨¢, ?Es cierto? Clementina se sent¨ªa un poco inc¨®moda al ver a un Candado tan sentimental, tanto que decidi¨® cerrar la puerta sin decir nada. Cuando pas¨® eso, y la puerta se cerr¨® del todo, Candado se tap¨® los ojos con su mano y llor¨® de alegr¨ªa. ¡ªEs incre¨ªble, es incre¨ªble, no me han abandonado. En ese momento apareci¨® T¨ªnbari atr¨¢s de su espalda, con su caracter¨ªstico humo, se acerc¨® a ¨¦l y le dio un abrazo. Y Candado, al sentir los brazos de T¨ªnbari, pregunt¨®. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo llevas escondido? ¡ªDesde que irrumpi¨® Hammya, pensaba molestarte un rato, pero al ver que estabas llorando, no me atrev¨ª. T¨ªnbari pos¨® sus ambas manos en su hombro, y dio vuelta a Candado, para que este lo mirara, luego se arrodill¨®, y con su mano humana chasque¨® los dedos, y desde el ropero vol¨® hasta su mano un pa?uelo rojo. T¨ªnbari lo agarr¨® y le limpi¨® las l¨¢grimas. ¡ªVamos, Candado, tus padres no querr¨¢n verte as¨ª. ¡ªGracias. ¡ªNo hay de qu¨¦, puede que yo sea un pesado a veces pero, de verdad, eres como un hijo para m¨ª ¡ªluego mostr¨® una sonrisa¡ªCandado no llora, Candado sonr¨ªe. Luego Candado abraz¨® a T¨ªnbari. ¡ªMuchas gracias ¡ªdijo ¨¦l mientras trataba de detener sus l¨¢grimas. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªluego palme¨® su espalda y continu¨® ¡ªeres mi usufructuario. Despu¨¦s se puso de pie, le quit¨® la boina y le acarici¨® la cabeza hasta despeinarlo. ¡ªNos vemos m¨¢s tarde. Luego le puso la boina y se fue, dejando a un Candado sonriente. Camin¨® hasta su espejo y se pein¨® nuevamente. Y, para cuando termin¨®, irrumpi¨® Hammya, vestida exactamente igual, solo que esta vez, su vestido verde ten¨ªa pu?os y cuello blanco, usaba un pantal¨®n verde fuerte, apenas distinguible por su vestido, y los zapatos negros que ¨¦l le hab¨ªa arreglado. ¡ª?Ya est¨¢s listo? Candado se puso la boina, de manera fina, y la mir¨® con una sonrisa. ¡ªS¨ª, lo estoy. ¡ªBien, pues, andando ¡ªluego mostr¨® una sonrisa ¡ªme alegra volver a verte feliz. Y antes de poder decir algo, Hammya cerr¨® la puerta, dejando a Candado con su dedo ¨ªndice en el aire, pero luego se calm¨® y baj¨® su brazo. Se arregl¨® su corbata y armado con una felicidad muy grande, sali¨® de su habitaci¨®n. Corri¨® por el pasillo, se desliz¨® por la barandilla de las escaleras y aterriz¨® en el suelo de la forma m¨¢s espectacular posible, levantando sus manos como un atleta ol¨ªmpico. Para su sorpresa, era verdad lo que dec¨ªa Clementina, los padres de Candado se estaban alistando, y cuando vieron que su hijo hab¨ªa aparecido de la nada, ya que no vieron cuando Candado se desliz¨® por la barandilla, se sorprendieron, y, debido al corto tiempo que pasan juntos, se sent¨ªan algo inc¨®modos al ver a su hijo, y m¨¢s su madre, ya que la ¨²ltima vez que se vieron hab¨ªan discutido, y a partir de ah¨ª, ninguno de los dos se dirigi¨® la palabra ni intercambiaron saludos ni miradas; y al momento de encontrarse con su hijo, se sinti¨® inc¨®moda y nerviosa, las palabras no flu¨ªan con claridad, hasta que su marido coloc¨® su mano en su hombro tembloroso. ¡ªHola hijo ¡ªluego aclar¨® su garganta ¡ª?C¨®mo est¨¢s? Candado respondi¨® con un abrazo, aunque ella se sent¨ªa inc¨®moda, acept¨® con gusto el abrazo de su hijo, y por primera vez, en varios a?os sinti¨® el c¨¢lido cuerpo de su hijo en sus brazos, la se?ora Barret no pudo evitar soltar l¨¢grimas. ¡ªLo siento, lo siento, no deb¨ª hablar as¨ª, estaba molesto, enojado ¡ªdec¨ªa Candado mientras su agarre se hac¨ªa cada vez m¨¢s fuerte. ¡ªNo, yo soy la culpable, no deb¨ª tratarte as¨ª, no deb¨ª tratarte as¨ª, mi amor, nunca ¡ªluego llev¨® su mano hasta su cabeza ¡ªya, ya, ya, tranquilo, ya estoy aqu¨ª. ¡ªMam¨¢ ¡ªdijo Candado antes de perder su voz en el llanto. Debido a que su rostro no era visible, ya que su cara estaba hundida en su pecho, no se pudo ver sus expresiones. El dolor y el odio se fue apagando, el cambio rotundo de una personalidad frustrada y ajena al cari?o, se hab¨ªa convertido en eso, una persona muy dolida, pero que con el amor de sus padres pudo volver a sentir lo que ¨¦l hab¨ªa olvidado, el cari?o de su padre y de su madre hab¨ªan vuelto. Tras la escena, Hammya soltaba alguna que otra l¨¢grima, estaba muy conmovida por lo que estaba viendo. Candado, hundido en el pecho de su madre, se escuchaba su voz quebradiza que se disculpaba, una y otra vez lo dec¨ªa sin parar, y a medida que lo hac¨ªa, m¨¢s se notaba su dolor. Su madre no hac¨ªa nada m¨¢s que abrazarlo, mientras trataba de apaciguar su dolor, una y otra vez dec¨ªa lo mismo, le dol¨ªa en el alma ver a su hijo triste y no tener la fuerza de calmarlo, aun as¨ª lo intentaba. ¡ª?Qu¨¦ te hice? Perd¨®name ¡ªdec¨ªa ella mientras ten¨ªa a su hijo en sus brazos. El plan de Hammya hab¨ªa triunfado, hab¨ªa quitado esa mancha en el coraz¨®n de Candado, ahora pod¨ªa sentir que, a pesar de que doliera, estaba expulsando todo el dolor que hab¨ªa guardado por casi tres a?os. ¡ªNo soy Gabriela, pero quiero que ustedes me quieran como lo hicieron con ella, solo eso pido. En ese momento, el se?or Barret los abraz¨® a los dos. ¡ªSiempre te quisimos, solo que ten¨ªamos miedo, miedo de seguir adelante, y de que alg¨²n d¨ªa, ya no recordemos el rostro y el nombre de nuestra ¨¢ngel. Fuimos tan tontos, quer¨ªamos cuidar a alguien que ya no estaba con nosotros, que te hemos descuidado a ti y a tu hermana, sin raz¨®n ¡ªluego rompi¨® en llanto¡ªlo siento, siento ser un p¨¦simo padre. ¡ªPap¨¢¡­ ¡ªJuro¡­ juro que nunca m¨¢s volver a dejarte solo, juro estar ah¨ª cuando est¨¦s triste, juro estar ah¨ª cuando est¨¦s feliz, lo juro. Y entre las l¨¢grimas de los tres, Candado pudo mostrar una sonrisa, una sonrisa aut¨¦ntica, la que nunca hab¨ªa mostrado, ni a sus amigos. Clementina, Hip¨®lito y Hammya se sintieron victoriosos al volver a ver a un Candado verdaderamente feliz. El abrazo dur¨® un tiempito m¨¢s, hasta que el se?or Barret decidi¨® terminar con eso y pedir a su hijo que se alistara, que iban a salir de viaje. Candado acept¨® y se fue al ba?o a lavarse la cara, sin dejar de mostrar su sonrisa. Luego toda la familia se subi¨® al auto y emprendi¨® su viaje a una zona remota y tranquila, llena de ¨¢rboles y de un c¨¦sped limpio y bien podado. En la cual la familia baj¨® y decidi¨® hacer ah¨ª su descanso y su diversi¨®n. Curiosamente, ah¨ª era donde viv¨ªan los hermanos Bailak, quienes estaban hablando con Mauricio acompa?ado de Yara, y tambi¨¦n, la zona donde viv¨ªa Ruccim¨¦nkagri, quien sentada en un tronco hueco y bebiendo mate. ¡ªVeo que el caballero sin armadura encontr¨® lo que hab¨ªa perdido ¡ªdijo ella mientras miraba con ternura la escena. Mauricio, Yara y los hermanos Bailak, al ver que Candado estaba aqu¨ª, decidieron darles la bienvenida. Cuando Candado not¨® su presencia, los sorprendi¨® con una sonrisa que los hizo frenar a unos cent¨ªmetros de ¨¦l, exceptuando a Yara, quien abraz¨® su pierna. ¡ªHola princesa. ¡ª?Qu¨¦ hiciste con Candado? ¡ªVamos, Kevin, soy yo ¡ªdijo ¨¦l con una sonrisa. ¡ª?Qu¨¦ hiciste con ese cascarrabias de Candado? ¡ª?Cascarrabias? ¡ªpregunt¨® ¨¦l de manera confundida. ¡ªChicos, es Candado, solo que ahora est¨¢ contento, eso es todo ¡ªaclar¨® Clementina. ¡ªQu¨¦ susto nos has dado ¡ªdijo Mauricio. Candado alz¨® a Yara y luego los mir¨®. ¡ª?Qu¨¦ hacen aqu¨ª? ¡ªVivimos aqu¨ª ¡ªdijo Martina. ¡ªYa veo. ¡ªPero ?Qu¨¦ haces vos aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Kevin. ¡ªS¨®lo estoy pasando el d¨ªa con mis padres. ?Nos acompa?an? ¡ªBien, no estar¨ªa mal conocer a tus padres ¡ªdijo Kevin. Cuando dijo eso, se adelantaron y fueron a saludar a los se?ores Barret. Candado hizo una mueca en forma de iron¨ªa y camin¨®, acompa?ado de Clementina y de Yara, para ver c¨®mo se presentaban. Luego de que saludaron a los padres de Candado, se unieron al banquete que hab¨ªa preparado la se?ora Barret. Candado se sent¨®, con Yara en su regazo y con Hammya a su izquierda y su amigo Mauricio a la derecha. ¡ªCandado, me alegra que vuelvas a re¨ªr ¡ªdijo Mauricio mientras com¨ªa algunas galletitas dulces. Candado no respondi¨®, solo hizo un gesto con su cabeza, que no significaba nada, pero luego volvi¨® a mostrar una sonrisa al ver a sus padres hablando con sus amigos, Martina, Kevin y Yara, que por razones extra?as dej¨® de estar sentada en el regazo de ¨¦l y quiso sentarse en el medio del mantel. Se pod¨ªa ver c¨®mo Yara hablaba con ellos sin tener miedo, por lo cual le dio a¨²n m¨¢s orgullo sobre su peque?a. ¡ªHammya, gracias por hacer esto ¡ªluego se quit¨® la boina y lo dej¨® en su regazo¡ªte estoy muy agradecido. Hammya, quien se hab¨ªa encargado de sacar fotos a la familia entera, dej¨® a un lado la c¨¢mara, se acerc¨® a Candado y le dio un beso en la mejilla. Candado se sinti¨® extra?ado por tal acci¨®n, pero afortunadamente, nadie not¨® esto, solo Candado y Mauricio, quien guard¨® silencio por cuesti¨®n de respeto. ¡ª?Y eso por qu¨¦ fue? ¡ªpregunt¨® Candado, mostrando otra vez su actitud fr¨ªa. ¡ªEs un regalo m¨¢s de mi parte, por dejarme vivir contigo ¡ªluego le sonri¨® y continu¨®¡ªdespu¨¦s de todo, gan¨¦ la apuesta. Candado no reaccion¨® a esa actitud, solo le sonri¨® nuevamente y mir¨® a su familia con regocijo y felicidad; hab¨ªa encontrado lo que hab¨ªa perdido hace a?os. Hab¨ªa recuperado su familia, y ese d¨ªa, aquel s¨¢bado de ese a?o, Candado lo recordar¨ªa siempre. Aunque ten¨ªa muchas cosas que hacer, entre las cuales estaban los Testigos y curarse de ese conjuro que lo estaba matando, pudo olvidar su incertidumbre, al menos por un d¨ªa. Encontrarse con su familia y sentirse feliz de estar con ellos. ¡ªMe gustar¨ªa que esto durase siempre ¡ªdijo Candado con los ojos cerrados. ¡ªPodemos hacerlo otro d¨ªa. ¡ªS¨ª, tienes raz¨®n, gracias. ¡ªVamos, no pongas esa cara. ¡ªGracias Hammya, gracias por darme este momento. Hammya tom¨® su mano, provocando que este abriera sus ojos y fijara toda su atenci¨®n en ella, luego dijo: ¡ªAl fin y al cabo, te lo mereces, eres una persona maravillosa, quiero ayudarte. ¡ªYa me has ayudado. 5 de mayo de 1916, Ndereba Harambee. Las ma?anas son frescas para m¨ª, no hay momento en el que no me sienta feliz, feliz de vivir. Todo el tiempo me preguntan, qu¨¦ fue lo que me impuls¨® a llevar acabo esta lucha, y yo les contest¨¦, la familia, s¨ª, la familia, no hay nada m¨¢s importante que la familia, nada, sin familia no hay amor, y sin amor no hay vida, las guerras rompen este v¨ªnculo, y nos convertimos en muertos vivientes. Esa es la raz¨®n por la cual luchamos, para defender la familia, el hogar y la vida, por eso existimos los gremios.Y CONTINUAR¨¢... NEFOFOBIA Era domingo, para ser m¨¢s precisos, el 1 de julio del a?o 2013, lo que significaba que las vacaciones de invierno estaban a la vuelta de la esquina. Ese d¨ªa, Candado estaba sentado bajo un ¨¢rbol, tomando mate y leyendo el libro de Arturo Jauretche, el mismo que Hammya le hab¨ªa regalado. Sobre ¨¦l se extend¨ªa un hermoso cielo celeste, salpicado de algunas nubes. Candado estaba relajado, sintiendo el viento fr¨ªo del invierno en las pocas partes de su cuerpo que estaban ligeramente abrigadas. Su pa?uelo blanco, atado al cuello, ondeaba de un lado a otro con la brisa suave y tranquila. En su regazo, dorm¨ªa Yara, bien abrigada con una chaqueta de cuero negro, botas blancas tambi¨¦n de cuero, y sin gorro, aunque con una bufanda alrededor de su peque?o cuello. Estaba acurrucada en su regazo como si fuera un cachorro. Sentado ah¨ª, Candado se sent¨ªa en paz, aunque su rostro segu¨ªa mostrando esa expresi¨®n fr¨ªa e inexpresiva mientras le¨ªa atentamente aquel libro, un verdadero tesoro para cualquiera que hubiera o¨ªdo hablar de ese autor. Con su mano izquierda sosten¨ªa el libro, mientras que con la derecha acariciaba la cabeza de Yara, a quien le cantaba una suave melod¨ªa de cuna, la misma que utilizaba para hacer dormir a su hermana. Curiosamente, el lugar donde descansaba no era habitual para ¨¦l. Normalmente iba a un prado, a la plaza o, la mayor¨ªa de las veces, se quedaba en casa. Sin embargo, esta vez hab¨ªa elegido una zona muy alejada del pueblo. La raz¨®n era que Candado quer¨ªa explorar nuevos lugares donde relajarse, un pasatiempo que hab¨ªa adquirido recientemente, despu¨¦s de que sus padres comenzaran a pasar m¨¢s tiempo con ¨¦l, lo que provoc¨® un cambio en su rutina y personalidad de la noche a la ma?ana. Aunque segu¨ªa siendo un cascarrabias, se notaba una leve mejor¨ªa en su coraz¨®n cerrado y triste. Aquel d¨ªa en particular, sus padres llegar¨ªan tarde a casa, ya que estaban ajustando sus horarios para poder pasar m¨¢s tiempo con ¨¦l. Mucho hab¨ªa sucedido en los ¨²ltimos cuatro meses, mereciendo un breve resumen. En marzo, conoci¨® a Hammya, una ni?a que a veces era t¨ªmida y otras veces terca y molesta (seg¨²n Candado), pero con un gran coraz¨®n y determinaci¨®n que se gan¨® el respeto del chico. Despu¨¦s conoci¨® a Nelson Torres, un viejo exc¨¦ntrico con un gran afecto por las armas de fuego, a quien Candado ve¨ªa como un segundo abuelo. Sin embargo, nunca volvi¨® a ver al equipo de Nelson despu¨¦s de que le contaran la historia de Cotorium. Luego conoci¨® a los hermanos Bailak. Kevin, una persona que tend¨ªa a ponerse violento y a convertir lo absurdo en algo l¨®gico, aunque su actitud alegre y sobreprotectora captaron la atenci¨®n de Candado. Martina, la hermana de Kevin, siempre estaba a la sombra de su hermano. A pesar de sentirse acomplejada por su baja estatura, ya que incluso Hammya la sobrepasaba, era alguien a quien las cr¨ªticas sobre su altura le entraban por un o¨ªdo y le sal¨ªan por el otro. Candado la consideraba peligrosa en combate, m¨¢s que necesitar un protector, ella necesitaba controlar su ira. Tambi¨¦n estaban los Pojkar, como Candado los hab¨ªa bautizado: Gerald, Ros¨ªo y Andersson, sus mejores amigos. Por ¨²ltimo, la familia Fern¨¢ndez, que sol¨ªa visitarlo hasta hace poco. Ver¨®nica jugaba con Yara y Thomas, mientras que Candado ense?aba a Carolina a pelear. Los padres de los Fern¨¢ndez pasaban el tiempo conversando con los padres de Candado, quienes les contaban c¨®mo su hijo les hab¨ªa ayudado. Esto llev¨® a los Fern¨¢ndez a investigar la vida de Candado durante los ¨²ltimos tres a?os, pero gracias a las elaboradas mentiras de Erika, ensayadas para todos excepto para Candado, la verdad solo se cont¨® a medias. En los meses siguientes, hubo incontables p¨¦rdidas de vidas en Buenos Aires y en los sem¨¢foros de Resistencia. Cada viernes, Candado visitaba las tumbas de los ca¨ªdos de la agencia tricolor. Tambi¨¦n tuvo desagradables encuentros con Desza y sus lacayos. Fiel a su naturaleza col¨¦rica, Candado nunca olvidaba, lo que lo llev¨® a muchos ataques de ira con desastrosos finales. Su enfermedad o veneno segu¨ªa carcomi¨¦ndolo; ya no solo tos¨ªa sangre, sino que hab¨ªa empezado a vomitarla, por lo que Clementina y Hammya trataban de mantenerlo calmado en todo momento. Por eso Candado hab¨ªa comenzado este nuevo hobby, para relajarse un poco de todo. Mientras le¨ªa su libro, por segunda vez, un escalofr¨ªo recorri¨® su columna. Algo no estaba bien. Levant¨® la vista y mir¨® hacia su derecha, donde hab¨ªa una carretera. Justo en ese momento un colectivo se detuvo all¨ª. Candado llev¨® el mate a su boca mientras observaba fijamente. Vio los pies de alguien bajando del colectivo, la puerta mec¨¢nica se cerr¨®, y el veh¨ªculo sigui¨® su camino, dejando a la vista a una chica con una maleta. Candado hizo un leve gesto con los ojos, baj¨® el mate y sigui¨® leyendo. No le hab¨ªa llamado la atenci¨®n, ni un poco. Aquella chica vest¨ªa de forma peculiar. Llevaba una armadura gris brillante que cubr¨ªa su torso, guantes negros, una gran falda azul que llegaba hasta sus tobillos, y botas del mismo material que su armadura. Ten¨ªa el cabello largo y atado, y se pod¨ªa notar una espada en su espalda. Mir¨® a su alrededor y vio a Candado. Tom¨® su maleta y se dirigi¨® hacia ¨¦l. A cada paso, el rechinido de su armadura se escuchaba claramente. Cruz¨® la calle y se detuvo a unos cent¨ªmetros de ¨¦l. ¡ªDisculpe. Candado baj¨® su libro y la mir¨®. ¡ªD¨ªgame. ¡ªEstoy buscando a Candado Ernest Barret. ?Lo conoce? ¡ª?Para qu¨¦ lo quiere saber? ¡ªQuiero eliminarlo. ¡ªGuau, ?puedo preguntar por qu¨¦? ¡ª?No lo sabes? Candado posee una informaci¨®n que otorga a cualquiera que la lea un poder incre¨ªble. Quiero obtenerla para hacerme m¨¢s fuerte. ¡ªAh, pues, suerte ¡ªdijo de manera as¨¦ptica, volviendo a su lectura. ¡ª?Y bien? ?Sabe d¨®nde est¨¢? ¡ªEst¨¢ de vacaciones, as¨ª que segu¨ª participando. ¡ªQu¨¦ pena ¡ªdijo, relajando sus hombros, pero r¨¢pidamente se reincorpor¨® y se sent¨® a su lado¡ª. Creo que voy a esperar a que vuelva. ¡ªBien, hazlo. Ambos se quedaron en silencio. Candado, sumido en su lectura, olvid¨® su presencia e incluso que ella quer¨ªa matarlo. Despu¨¦s de casi una hora, ella decidi¨® hablar. ¡ªDime, ?es tu hermana? ¡ªpregunt¨®, se?alando a Yara, quien segu¨ªa durmiendo. ¡ªNo, es mi hija. ¡ªOh, ya veo. La tratas como si lo fuera. ¡ªNo, de verdad es mi hija. ¡ªComo si eso fuera posible. En ese momento, Yara se dio vuelta y, dormida, murmur¨®: ¡ªPapi, tengo fr¨ªo. Candado sac¨® una prenda similar a un poncho de su bolso, que ten¨ªa al costado, y envolvi¨® a Yara en ella. Luego sonri¨® y le acarici¨® la cabeza. ¡ª?Est¨¢s bromeando? ¡ªNo, no bromeo ¡ªdijo ¨¦l, sin apartar la mirada de ella. ¡ªBueno, no quiero saber c¨®mo es eso posible, soy muy perceptiva. ¡ªBueno. ¡ªNo creo que me agrade. ¡ªDale. ¡ªPero¡­ ¡ªA todo esto, ?c¨®mo te llamas? ¡ªLiv, Liv de Milagros Bord¨®n. ¡ªQu¨¦ nombrecito. ¡ª?Y el tuyo? ¡ªCandado Ernest Catriel Barret ¡ªdijo mientras segu¨ªa leyendo. ¡ªMucho gusto ¡ªdijo ella, extendi¨¦ndole la mano. Se quedaron en silencio por un buen rato, hasta que Liv proces¨® lo que ¨¦l hab¨ªa dicho. ¡ª?C¨®mo dijiste que era tu nombre? ¡ªCandado Ernest Catriel Barret, ?eres sorda acaso? ¡ª?No dijiste que estaba de vacaciones? ¡ªLo estoy. ?Y vos no dijiste que eras muy perceptiva? ¡ªBueno, s¨ª, pero¡­ ¡ª?Y entonces? ¡ªBueno, s¨ª, pero no de ese tipo de cosas. ¡ªYa, ?entonces hay clasificaciones de percepci¨®n? ¡ªDa igual ¡ªdijo, poni¨¦ndose de pie. Sac¨® su espada y la apunt¨® a la contratapa del libro¡ª. Vine por vos, as¨ª que r¨ªndete. Candado baj¨® su libro y movi¨® la espada de Liv a un lado con su dedo ¨ªndice, para luego seguir leyendo. ¡ªVete a molestar a otro. Liv, tomando sus palabras como una burla, baj¨® con todas sus fuerzas su espada hacia la cabeza de Candado. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Candado la detuvo con su fac¨®n a la altura de su mejilla, mir¨¢ndola fijamente a los ojos. ¡ªMira, no quiero que me molestes, especialmente si tengo a mi nena durmiendo en mi regazo. ¡ªPues d¨¦jala a un lado y pelea. ¡ªNo pienso hacerlo. No pienso moverme de este lugar solo para satisfacer tu capricho ¡ªluego levant¨® la mirada y la observ¨®¡ª. Si no lo haces, tendr¨¦ que romper algo m¨¢s que tu espada. ¡ªQuiero verlo ¡ªrespondi¨® Liv con una sonrisa. ¡ªNo me provoques, ni?a. ¡ªTenemos la misma edad, deja de decirme ni?a. ¡ªNo, eres una ni?a. ¡ªVas a sentir lo que esta ni?a puede hacer. Liv levant¨® su espada al cielo, pero accidentalmente cort¨® unas cuantas ramas de un ¨¢rbol, que le cayeron encima. ¡ªMe equivoqu¨¦. No eres una ni?a, eres una tonta. Liv retrocedi¨® y se prepar¨® para otro intento, asegur¨¢ndose de que no hubiera nada sobre su cabeza. Pero al levantar la vista al cielo, se desmay¨®, dejando a Candado muy confundido. ¡ªOh, ya veo. Candado se puso de pie con calma, guard¨® su libro y su mate en su bolso, luego carg¨® a Yara en brazos y se march¨®. Caminaba sin prisa, como si estuviera paseando. A lo largo del trayecto, salud¨® a amigos y conocidos que se encontraba en el camino. Vio a Andersson trabajando como mozo en un restaurante, quien lo salud¨® con la cabeza, pues ten¨ªa las manos ocupadas. Tambi¨¦n vio a Germ¨¢n y Lucas, que ayudaban a Nelson con su auto, pero estaban tan ocupados que no notaron su presencia. Finalmente, dobl¨® en una esquina y lleg¨® a su casa. Toc¨® la puerta suavemente para no despertar a Yara. Hip¨®lito fue quien abri¨®. ¡ª?Candaduuu! ¡ªShh, silencio. ¡ªUps ¡ªcontinu¨® en voz baja¡ª. Candaduuu. ¡ªDejame pasar, viejo ¡ªdijo Candado, haci¨¦ndose a un lado. Entr¨®, y mientras Hip¨®lito iba a la cocina, Candado subi¨® las escaleras hasta su dormitorio. Abri¨® la puerta con cuidado y recost¨® a Yara en la cama. Le quit¨® el poncho y lo dej¨® sobre el escritorio. Luego la tap¨® con una frazada liviana, tom¨® un peluche que ten¨ªa ah¨ª, un camello con una joroba, y lo puso al costado de ella. Cerr¨® las cortinas de ambas ventanas y sali¨® sin hacer ruido. Antes de irse, volte¨®, la mir¨® una vez m¨¢s, sonri¨® y cerr¨® la puerta con cuidado. Al girar, se choc¨® con Clementina, lastim¨¢ndose la nariz, mientras que ella no reaccion¨® en absoluto. ¡ª?Demonios! ¡ªmurmur¨®, sujet¨¢ndose la nariz con ambas manos¡ª. ?La puta madre! ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Clementina. Candado le tap¨® la boca con una mano mientras segu¨ªa sosteni¨¦ndose la nariz con la otra. ¡ªHaz silencio, Yara est¨¢ durmiendo y no quiero que hagas ruido ¡ªsusurr¨®. Clementina apart¨® la mano de Candado y respondi¨®: ¡ªBien, hablemos abajo. Baj¨® las escaleras, seguida de Candado, quien antes de seguirla mir¨® una vez m¨¢s hacia su dormitorio. Una vez abajo, Clementina fue la primera en hablar. ¡ªHay algo importante de lo que quiero hablar. ¡ª?Sobre qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªVer¨¢, joven... ¡ªSi terminas la frase con ¡°patr¨®n¡±, te voy a desconectar. ¡ªEjem, digo, se?or. Quisiera saber si los deberes del gremio han finalizado. ¡ªS¨ª, ?por qu¨¦? ¡ªJoaqu¨ªn llam¨®. Dijo que ten¨ªa informaci¨®n sobre cierto sujeto en Entre R¨ªos. ¡ªBien, lo ver¨¦ ma?ana, hoy no. ¡ªPero parece importante. ¡ªNo lo es, porque si lo fuera, me habr¨ªa dado los datos concretos. Adem¨¢s, si fuese urgente, encontrar¨ªa la manera de contactarme. Es solo curiosidad, nada m¨¢s. ¡ªSi usted lo dice, entonces no es importante. ¡ª?Eso es todo? ¡ªNo ¡ªrespondi¨®, sacando una carta de su bolsillo¡ª. El se?or H¨¦ctor me pidi¨® que te entregara esto. Candado mir¨® la carta de arriba abajo. ¡ªPero esto... est¨¢ abierto. ¡ªLo hice por seguridad. No sab¨ªa si era realmente de H¨¦ctor. ¡ªEres una chismosa. ¡ªClaro que no, son por razones de seguridad. ¡ªOtra vez con lo mismo. No quiero que te metas en mi correo. ¡ªLo har¨¦ cuando sea necesario. Tu vida es m¨¢s importante que una carta. Candado hizo una mueca, abri¨® la carta y la ley¨®. Siento mucho molestarte, amigo, pero en unos d¨ªas mi hermana tocar¨¢ el viol¨ªn ante todo el mundo, y est¨¢ muy nerviosa. Como yo estoy fuera del pa¨ªs, en la isla de Kanghar, por ciertos asuntos con el presidente paraguayo, te pido que le hagas un favor: escucha la melod¨ªa que est¨¢ practicando. Eso le dar¨¢ el valor para tocar frente a todos. Gracias. Tu buen amigo, H¨¦ctor Bonamico Mateo ¡ªOh, rayos. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ª?Por qu¨¦ me lo preguntas si ya lo has le¨ªdo? ¡ªEn realidad, no. Solo analic¨¦ las letras para verificar la autenticidad, pero no la le¨ª por respeto. En ese momento, apareci¨® Hammya, saliendo del ba?o con una bata negra y el cabello mojado. ¡ªVeo que te ba?aste. Y, otra vez, te te?iste el cabello. ¡ªEs culpa de la estaci¨®n ¡ªrespondi¨® ella con una sonrisa. ¡ª?Te gust¨® el ba?o? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªS¨ª, estuvo espectacular. Muy relajante. Candado ignor¨® el comentario y se volvi¨® hacia Clementina. ¡ªBueno, las cosas son estas: tengo que ir a ver a Bel¨¦n. Tiene un concierto pronto y, seg¨²n H¨¦ctor, ha estado asustada. ¡ªHazlo. ¡ªPor supuesto. ?Crees que voy a pedirte permiso? ¡ª?Ad¨®nde vas? ¡ªinterrumpi¨® Hammya. ¡ªA ning¨²n lado. Solo ir¨¦ a ver a una amiga. ¡ªNo me gusta c¨®mo suena eso. ?Puedo ir? ¡ªNo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPor tres razones ¡ªdijo Candado, levantando tres dedos¡ª. Primero: ella no te conoce, y la carta dice que yo debo ir, porque soy con quien se lleva mejor. Segundo: Bel¨¦n es una chica muy t¨ªmida, le tiene miedo hasta a los p¨¢jaros. No quiero imaginar c¨®mo se sentir¨ªa con tu presencia. Y tercero: eres muy caprichosa. As¨ª que no, no vas a ir, hasta que entiendas que no puedes conseguir todo lo que quieras. ¡ªSe?or, creo que ser¨ªa una buena idea llevarla. Despu¨¦s de todo, tocar¨¢ ante centenares de personas. ¡ª?Insin¨²as que Bel¨¦n se sentir¨¢ m¨¢s c¨®moda si alguien como Hammya est¨¢ con ella? ¡ªpregunt¨® Candado, esc¨¦ptico. ¡ªBueno, no usar¨ªa la palabra "c¨®moda", es una chica, y seg¨²n entiendo, se lleva bien con las de su mismo g¨¦nero. ¡ªNo, ella se lleva bien con las que son "t¨ªmidas", no necesariamente con las de su g¨¦nero. ¡ª?C¨®mo hizo para llevarse bien con alguien tan fr¨ªo como vos? ¡ªEs una larga historia. ¡ªBueno, ?y si se va? ¡ª?Ahora? ¡ªS¨ª, ?por qu¨¦ no? ¡ªClementina, son las 9:00 de la ma?ana. No todos somos madrugadores, seguramente est¨¦ durmiendo. ¡ªPor sus h¨¢bitos, no lo creo. ¡ª?Qu¨¦ insinu¨¢s? ¡ªNada, s¨®lo digo que est¨¢ despierta. Candado se llev¨® la mano a la frente y pens¨®. ¡ªEst¨¢ bien, ir¨¦, despu¨¦s de todo, no tengo nada que hacer. Pero luego me vas a contar c¨®mo sab¨¦s si est¨¢ despierta o no. Clementina sonri¨® y asinti¨®. ¡ªAs¨ª se habla. ?Puedo ir? ¡ªPor supuesto que... ¡ªS¨ª, v¨ªstase pronto. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpregunt¨® Candado, mir¨¢ndola con confusi¨®n. ¡ªS¨ª, corra, se?orita ¡ªdijo Clementina sin mirarlo. ¡ªSon lo m¨¢ximo, ya vuelvo. Hammya subi¨® corriendo las escaleras hasta su dormitorio, dejando solos a Clementina y Candado. Este la tom¨® suavemente por la oreja y la atrajo hacia ¨¦l. ¡ªCreo que soy lo suficientemente grande como para tomar mis propias decisiones. Luego la solt¨®. ¡ªLo es ¡ªle respondi¨®, mir¨¢ndolo a los ojos¡ª, pero es mejor que yo las tome por usted. Candado cerr¨® los ojos, mordi¨¦ndose los labios; era evidente que Clementina se burlaba de su actitud. ¡ªBien ¡ªdijo finalmente, abriendo los ojos¡ª, pero vos te qued¨¢s aqu¨ª. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªYara est¨¢ durmiendo en mi cama, y no quiero que se despierte y no encuentre a nadie. Eso la pondr¨ªa mal. ¡ªLa paternidad te sienta bien. Est¨¢ bien, me quedar¨¦ y la cuidar¨¦ como hago con la peque?a Karen. ¡ªM¨¢s te vale. ¡ªNo se preocupe ¡ªrespondi¨® despreocupada¡ª, s¨¦ que tanto Yara como Karen te importan mucho. No pasar¨¢ nada, te lo juro. ¡ªS¨ª, que no les pase nada. ¡ªCandado, te preocup¨¢s demasiado, como aquella vez que Yara se perdi¨® en el pueblo y saliste como loco a buscarla casa por casa, avenida por avenida, hasta que la encontraste cerca del r¨ªo. Dir¨ªa que hasta estuviste llorando. ¡ªVos... ¡ª?YA ESTOY! ¡ªgrit¨® Hammya mientras bajaba las escaleras. ¡ª?Baj¨¢ la voz! ?Yara est¨¢ haciendo nono en mi cama! ¡ªgrit¨® Candado en voz baja. ¡ªUps, lo siento, Candado. Cuando Hammya baj¨®, su atuendo verde llam¨® la atenci¨®n: un tapado largo, pantalones de corderoy y botas negras. Adem¨¢s, llevaba una cinta verde que hac¨ªa juego con su cabello. A Candado se le entrecerraron los ojos al verla vestida as¨ª. ¡ªVaya, parece que Candado es muy estricto con Yara. ¡ªLo siento, no lo sab¨ªa. Tendr¨¦ m¨¢s cuidado. Candado se quit¨® la boina y se rasc¨® la cabeza. ¡ªNo vuelvas a levantar la voz. Respeta a los m¨¢s chicos. ¡ªDe acuerdo, lamento haberlo hecho. No volver¨¢ a pasar. ¡ªBien, v¨¢monos antes de que ocurra algo m¨¢s y me arrepienta de llevarte. Candado meti¨® las manos en los bolsillos y se dirigi¨® a la puerta. Luego sac¨® la mano izquierda para abrirla, notando el fr¨ªo del exterior y la figura de una chica con armadura que lo buscaba. Candado cerr¨® la puerta y, sin mirar atr¨¢s, dijo:Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. ¡ªClementina, dame la boina blanca, por favor. Chasque¨® los dedos y, desde su habitaci¨®n, vol¨® hacia ¨¦l una gabardina negra que se ajust¨® perfectamente cuando extendi¨® los brazos. Se abroch¨® los botones, cubriendo todo su cuerpo excepto las rodillas y las manos, y luego at¨® el cintur¨®n, formando un nudo id¨¦ntico a los de taekwondo. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªPrecauciones, Esmeralda, precauciones. En ese momento, Clementina regres¨® con la boina blanca. ¡ªAqu¨ª tiene, se?or, la boina blanca que me solicit¨® ¡ªdijo entreg¨¢ndosela. Candado se quit¨® la boina que llevaba y se puso la nueva. ¡ª?Tienes el dispositivo? ¡ª?Cu¨¢l? ¡ªLa estrella, Clementina, la estrella. Clementina sac¨® de su chaleco una estrella de cinco puntas. Candado la tom¨® y se la coloc¨® en la sien derecha. Al presionar un bot¨®n, sus ojos cambiaron a un azul celeste. ¡ª?Qu¨¦ te pas¨®? ¡ªpregunt¨® Hammya sorprendida. ¡ªOtro invento de Lucas ¡ªrespondi¨®, guardando el dispositivo bajo su boina. ¡ª?Hay alguien afuera, verdad? ¡ªS¨ª, Clementina. Y desgraciadamente es alguien que quiere verme muerto. ¡ª?Quiere que me haga cargo? ¡ªNo, har¨ªas mucho ruido. Podr¨ªas despertar a Yara o a Karen, as¨ª que no hagas nada est¨²pido. Candado levant¨® el cuello de la gabardina, tap¨¢ndose casi por completo. Luego abri¨® la puerta y sali¨®. Hizo una se?al a Clementina para que la cerrara, lo cual ella entendi¨® y asegur¨® la puerta. ¡ªCanda... ¡ªShh, no hables ni digas mi nombre. Candado puso su mano derecha en el bolsillo y, con la izquierda, tom¨® la mano de Hammya, provocando que ella se sonrojara. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªSilencio. Candado se ajust¨® la boina mientras caminaba con Hammya de la mano. Ella se sent¨ªa feliz, pero ¨¦l, inquieto, segu¨ªa sintiendo la presencia de Liv cerca. ¡ªNo la veo, pero la siento cerca. Hammya no dijo nada y se dej¨® llevar por el paisaje, disfrutando del momento a pesar de la tensi¨®n palpable en Candado. ¡ª?Qu¨¦ es esto? Se supone que no est¨¢ detr¨¢s m¨ªo, pero a¨²n la siento m¨¢s cerca. Candado sent¨ªa que algo no estaba bien. No pod¨ªa verla f¨ªsicamente, pero s¨ª pod¨ªa sentir su presencia. Despu¨¦s de que ambos caminaran durante algunos minutos, Candado la volvi¨® a sentir, pero esta vez, peligrosamente m¨¢s cerca. En ese momento, una hoja de un ¨¢rbol muerto, producto del invierno, se desprendi¨® de una de sus ramas y vol¨® hacia donde estaba Candado. Sin embargo, la hoja sobrevol¨® su hombro y se detuvo al chocar con algo, como si hubiera una pared invisible. Candado reaccion¨® r¨¢pido, meti¨® su mano dentro de su ropa, volte¨® r¨¢pidamente y arroj¨® su fac¨®n hacia atr¨¢s. Para su sorpresa, el fac¨®n fue desviado por un objeto invisible a su vista. Como su cuchillo estaba atado a su mu?eca, Candado tir¨® de ¨¦l y el arma volvi¨® a sus manos. Luego corri¨® hacia lo desconocido e invisible, dobl¨® su brazo derecho y, con el codo, termin¨® golpeando algo. La cosa que recibi¨® el golpe empez¨® a parpadear, primero se ve¨ªa y luego no, hasta que finalmente se dej¨® ver completamente: era Liv. Candado vio que su espada estaba en el suelo y, por intuici¨®n, supo que deb¨ªa acercarse cuidadosamente para atravesarle la espalda. ¡ªNi?a, corre ¡ªdijo ¨¦l sin mirarla y con expresi¨®n fr¨ªa. ¡ªNo pienso irme. ¡ªNo me desaf¨ªes y huye ahora. ¡ªNo voy a huir. Candado solt¨® la mano de Hammya y se puso en posici¨®n defensiva. ¡ªEsto no es un juego. No eres buena en el combate, as¨ª que huye ahora. Sin embargo, Hammya fue la que dio un paso al frente, adelant¨¢ndose a Candado. ¡ªEres un dolor de cabeza. Bien, ?quieres pelear? Pues pelea. Candado corri¨® hacia donde estaba Liv con los pu?os en llamas. Ella sonri¨® mientras su rostro se cubr¨ªa con el casco de un caballero medieval. Se puso de pie, tom¨® su espada y se lanz¨® contra ¨¦l. Candado la fren¨® con su fac¨®n y la desvi¨®, solo para darle otro codazo en el pecho. Pero antes de que Candado pudiera dar un segundo golpe, Liv lo agarr¨® del cuello con su mano derecha y con la izquierda lo sujet¨® de la mu?eca donde sosten¨ªa su fac¨®n. Sinti¨¦ndose en peligro inminente, Candado us¨® una vieja llave que hab¨ªa aprendido hace mucho. Con sus dos pies, enroll¨® alrededor del cuello de Liv, usando su peso para derribarla. ¡ªSi pensabas que yo era un debilucho, te equivocaste ¡ªdijo Candado de manera fr¨ªa y seria. Liv perdi¨® el equilibrio y cedi¨® ante la fuerza de Candado. Sin embargo, Liv no se rindi¨®; us¨® toda la fuerza que ten¨ªa guardada y se puso de pie. Candado levant¨® una ceja al ver tal resistencia, pero decidi¨® soltarla y alejarse. Se par¨® al lado de Hammya, quien no tuvo tiempo de reaccionar o ayudar al ver la fren¨¦tica batalla. ¡ªEres resistente ¡ªdijo mientras se acomodaba la boina¡ª. Creo que ser¨¢ interesante. Hammya qued¨® inmovilizada, incapaz de contestar a Candado. Liv guard¨® su espada y se prepar¨® para usar sus pu?os. ¡ªEn esta ocasi¨®n no har¨¢ falta usar una espada. ¡ªBien ¡ªCandado sac¨® su fac¨®n y se lo entreg¨® a Hammya, quien lo trat¨® como un portavasos en lugar de un sirviente¡ª. Estoy listo. Candado volvi¨® al ataque. Liv lanz¨® un pu?etazo que Candado esquiv¨® al agacharse, y luego le dio un golpe por debajo del ment¨®n, el cual Liv bloque¨® con su palma, apretando con fuerza. Candado, con su otra mano, le dio un golpe en la nuca, haciendo que ella soltara su agarre. Luego, Candado se prepar¨® para darle un rodillazo en el pecho, que ella detuvo con su pierna. Despu¨¦s, Liv le dio un cabezazo a Candado. La frente de este sangr¨®, pero no mostr¨® dolor alguno. Luego, la tom¨® del cuello y la levant¨® en el aire. ¡ªOyik, Liv Milagros de Bord¨®n. Candado encendi¨® su pu?o derecho con una llama violeta, dispuesto a romperle la cara. Pero, antes de poder alzar su mano siquiera, Liv mir¨® hacia arriba accidentalmente y se desmay¨® al ver el cielo. Candado, que estaba a punto de golpearla, qued¨® completamente confundido y la solt¨®. Luego se dio vuelta y guard¨® las manos en los bolsillos. ¡ªBien, esto s¨ª que no me lo esperaba ¡ªdijo mientras miraba a Hammya¡ª. V¨¢monos, todav¨ªa tengo algo que hacer. ¡ª?La vas a dejar aqu¨ª? Candado sac¨® un pa?uelo de su bolsillo y se lo pas¨® por la frente. Luego, volte¨® y respondi¨®: ¡ªS¨ª, no es mi problema. ¡ªPero¡­ ¡ªC¨¢llate y s¨ªgueme. Hammya guard¨® silencio y lo sigui¨®, dejando atr¨¢s la inexplicable inconsciencia de Liv. A partir de aquel desencuentro, Candado y Hammya llegaron a la casa de H¨¦ctor. ¡ªBien, aqu¨ª es. ¡ªCreo que es la primera vez que estoy aqu¨ª. ¡ªCr¨¦eme, Hammya, es la primera vez ¡ªluego susurr¨® para s¨ª mismo¡ª. Ni?a tonta. Candado se acerc¨® a la puerta y toc¨® cuatro veces. Mientras esperaba, se sac¨® el dispositivo que cambiaba el color de sus ojos y comenz¨® a mirar su reloj con tranquilidad. Cuando alguien abri¨® la puerta, Candado cerr¨® los ojos, se quit¨® la boina y se inclin¨® ante la persona que le hab¨ªa abierto. ¡ªBuenos d¨ªas, se?orita. De repente, unos tent¨¢culos salieron del interior para atacarlo, pero Candado los esquiv¨® sin abrir los ojos, saltando y movi¨¦ndose de un lado a otro con tranquilidad y sin temor. Cuando los tent¨¢culos dejaron de atacar, Candado enderez¨® la espalda, se coloc¨® la boina y abri¨® los ojos. ¡ªDeb¨ª imaginar que estar¨ªas aqu¨ª, Grenia O¡¯P?hner. La persona misteriosa sali¨® de las sombras para mostrarse ante ambos. Grenia: Hermana melliza de Krauser, es exactamente igual a ¨¦l. No tiene cara, ojos, nariz ni orejas (a simple vista), pero tiene un cabello largo y negro. Se viste con ropa formal de color negro: camisa blanca, pantal¨®n oscuro, chaleco formal oscuro y corbata roja. Tiene una actitud muy competitiva, por lo que es peligroso estar cerca de ella para cualquier actividad. Todo el mundo, excepto Candado, quien se dirige a ella por su apellido o a veces por su nombre, la llama cari?osamente ¡°maniqu¨ª¡±. Poder: Tiene las mismas cualidades que su hermano, pero usa un arpa en lugar de un viol¨ªn, y con ella utiliza su melod¨ªa para sanar los malestares de sus compa?eros. Habilidad: Es muy buena con cualquier instrumento musical. ¡ªBien, se podr¨ªa decir que no esperaba que vinieras por aqu¨ª, por cierto. ¡ªNo me interesa lo que hayas pensado o no ¡ªdijo Candado mientras se acercaba a ella y la apartaba a un lado¡ª. Tengo un compromiso. Por cierto, aqu¨ª est¨¢ todo oscuro. Abre una ventana, por lo menos. Hammya lo sigui¨®, no sin antes estrechar la mano de Grenia. ¡ªPerdona la rudeza de Candado. Soy Hammya Saillim, mucho gusto. ¡ªIgualmente. ?Sabes? Si tuviera una cara normal como las dem¨¢s personas, seguramente te dir¨ªa que eres extra?a por ese color de cabello. Pero como no la tengo, te dir¨¦ que eres muy bonita. ¡ªAh, guau, gracias entonces. ¡ª?Vas a entrar o qu¨¦? ¡ªYa voy, Candado ¡ªrespondi¨® ella, soltando su mano para darle una palmadita en el hombro¡ª. Bonito traje. Despu¨¦s de decirle eso, Hammya se apresur¨® para llegar a donde estaba Candado, quien se encontraba en el sal¨®n, mientras Grenia miraba su traje, feliz por el cumplido y tarareando. La ni?a pas¨® al frente del ni?o de la boina y se sent¨® en el sill¨®n. Candado, que estaba parado al lado de ella, chasque¨® los dedos e hizo una se?a para que se pusiera de pie. ¡ªArriba, vamos. Hammya se levant¨® sin protestar. ¡ª?Qu¨¦ hice? ¡ªNi?a ¡ªsusurr¨® ¨¦l mientras avanzaba¡ª. Candado se quit¨® la boina y camin¨® hacia una habitaci¨®n con una puerta blanca. Al acercarse, puso su oreja en la puerta por unos breves segundos, luego se apart¨® y habl¨®. ¡ªBel¨¦n, ?est¨¢s ah¨ª? ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªpregunt¨® una voz desde el interior de la habitaci¨®n. ¡ªSoy yo, Candado. Se escucharon pisadas acerc¨¢ndose a la puerta. Candado dio un paso atr¨¢s y la puerta se abri¨® lentamente. De su interior sali¨® una ni?a de cabello blanco, que parec¨ªa tener unos siete a?os, vestida con un camis¨®n largo y morado. Sus ojos estaban vac¨ªos, no se distingu¨ªa el color, y no ten¨ªa ning¨²n tipo de poder; solo era una persona ciega. Bel¨¦n camin¨® con la mano izquierda levantada a una altura intermedia, movi¨¦ndola despacio de un lado a otro. Candado se agach¨® suavemente, tom¨® su mano y la llev¨® hasta su cara. Se pod¨ªa sentir c¨®mo Bel¨¦n exploraba cada parte de su rostro: mejilla, nariz, frente, ment¨®n y sien. ¡ª?Eres t¨²? S¨ª, eres t¨² ¡ªdijo Bel¨¦n con alegr¨ªa. Candado sonri¨® y, mientras se quitaba la boina, respondi¨®: ¡ªSoy yo, claro que s¨ª. Luego se coloc¨® detr¨¢s de ella y le puso las manos en los hombros. ¡ªAhora rel¨¢jate y deja que yo te gu¨ªe. Candado comenz¨® a empujarla con delicadeza hasta el sal¨®n. La gui¨® a sentarse en el sill¨®n, el mismo en el que Hammya se hab¨ªa sentado. Bel¨¦n, que estuvo sonriente todo el tiempo, mostr¨® una actitud de curiosidad cuando se sent¨®. ¡ª?De casualidad hay alguien m¨¢s aqu¨ª? ¡ªS¨ª, yo ¡ªdijo Grenia, mientras se sentaba a su lado. ¡ªNo, t¨² no ¡ªdijo Bel¨¦n sonriente. ¡ªDe hecho, s¨ª, hay alguien m¨¢s. ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªSoy Hammya Saillim. Me alegra conocerte. Bel¨¦n mir¨® hacia el techo, tratando de seguir la voz de Hammya. ¡ªNo s¨¦ qui¨¦n eres, pero tienes una dulce voz. ¡ªHaces que me sonroje. Pero el comentario de Hammya tuvo el efecto contrario, y termin¨® sonrojando a ella. Grenia abraz¨® a Bel¨¦n. ¡ªEres tan hermosa cuando haces eso. ¡ªBien ¡ªdijo Candado, poniendo su mano en la cabeza¡ª. Me enter¨¦ de que tocar¨¢s el viol¨ªn para la escuela. ¡ª?C¨®mo supiste eso? ¡ªDigamos que un pajarito me lo cont¨®. ¡ª?Pajarito? ¡ªS¨ª, uno blanco ¡ªdijo, apretando suavemente su nariz¡ª. Como t¨², lindura. ¡ªBueno, es verdad. Es el mes que viene, pero no s¨¦ si voy a tocar. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Grenia. ¡ªEs que todav¨ªa le tengo miedo a la gente. ¡ªPero¡­ eres ciega ¡ªdijo Hammya. Candado frunci¨® el ce?o, se quit¨® un zapato y se lo lanz¨® con todas sus fuerzas, provocando que Hammya cayera al suelo. ¡ª?Qu¨¦ fue ese ruido? ¡ªpregunt¨® Bel¨¦n. ¡ªNada, princesa, solo se cay¨® Hammya ¡ªdijo Candado, mir¨¢ndola mientras encend¨ªa sus ojos con la llama violeta¡ª. ?Verdad? ¡ªS¨ª, fue un error m¨ªo. Candado se acerc¨® a ella y tom¨® su zapato, mir¨¢ndola por unos breves segundos con su rostro fr¨ªo e inexpresivo. Luego volte¨® y cambi¨® su actitud respecto a Bel¨¦n. ¡ªBien ¡ªdijo, aplaudiendo¡ª. ?Por qu¨¦ no tocas para m¨ª? ¡ªNo s¨¦, tal vez¡­ ¡ªVamos, hazlo, despu¨¦s de todo eres muy buena con el viol¨ªn ¡ªinterrumpi¨® Grenia. Bel¨¦n golpeaba sus dedos sobre sus rodillas y dijo: ¡ªBien, lo har¨¦. Cuando dijo esto, intent¨® ponerse de pie para buscar su viol¨ªn, pero Candado le gan¨® de mano y fue a traerle su instrumento, por lo que sigui¨® estando bajo los brazos prisioneros de Grenia. ¡ªYa puedes soltarme. ¡ªNo, no dejar¨¦ que te escapes. En ese instante, Candado volvi¨® con el viol¨ªn de Bel¨¦n y se lo entreg¨® en las manos. Ella lo abri¨® y comenz¨® a explorar con sus manos el instrumento. Luego lo sac¨® y comenz¨® a afinar las cuerdas del viol¨ªn, sabiendo c¨®mo hacerlo a pesar de ser ciega. Despu¨¦s, tom¨® el arco y pas¨® su dedo ¨ªndice por el pelaje. ¡ª?Qu¨¦ es todo este ritual? ¡ªsusurr¨® Hammya, a tal punto que Bel¨¦n no pudo escuchar. Candado la mir¨® con los ojos encendidos, ya que ¨¦l s¨ª la oy¨®. Sac¨® su mano que ten¨ªa guardada detr¨¢s de la espalda, levant¨® su dedo pulgar y se lo pas¨® a la altura de la garganta. Era claro que era una amenaza. Sin embargo, Bel¨¦n sigui¨® con lo suyo, ignorando completamente lo que estaba pasando a su alrededor. Se puso de pie, levant¨® el viol¨ªn y el arco, se lo coloc¨® en el hombro y comenz¨® a tocar. Su m¨²sica era suave y tranquila. En el momento en que el arco toc¨® las cuerdas del viol¨ªn, se olvid¨® de todo lo que hab¨ªa a su alrededor. Sus ojos estaban cerrados y, a cada segundo que tocaba, se sent¨ªa m¨¢s tranquila y en paz. Candado, Grenia y Hammya contemplaban en silencio la m¨²sica de Bel¨¦n. Exceptuando a Grenia, cuyo rostro Candado hab¨ªa solicitado que dibujara una sonrisa para mostrar su alegr¨ªa, o al menos para que se enteraran los dos. La m¨²sica segu¨ªa y, a medida que ella mov¨ªa el arco con finura, se iba perdiendo m¨¢s en su arte. Sus ojos se atenuaron y comenz¨® a perder el miedo. Su rostro se volvi¨® cada vez m¨¢s feliz, y todo su miedo desapareci¨®. Finalmente, mostr¨® una sonrisa tierna. Candado estaba regocijado al ver a Bel¨¦n tocando sin miedo alguno. Los movimientos de Bel¨¦n comenzaron a ser cada vez m¨¢s lentos y suaves. Candado lleg¨® a soltar una l¨¢grima, se quit¨® la boina y se puso el dedo pulgar y el ¨ªndice en los ojos cerrados. Bel¨¦n se detuvo al escuchar la inhalaci¨®n forzada de Candado. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Grenia, mientras pon¨ªa su mano en su hombro. ¡ªNada ¡ªdijo Candado con una voz r¨ªgida pero tierna¡ª. Es solo que tu canci¨®n fue muy hermosa, me hizo recordar algo muy doloroso y a la vez feliz. Hammya se sinti¨® un poco triste al ver a Candado de esa forma, pero solo se mantuvo en silencio. ¡ªBien, ?c¨®mo te sentiste cuando tocaste para nosotros? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo lo s¨¦, ?feliz? Creo. ¡ªExacto. A m¨ª tambi¨¦n me hizo feliz, y tambi¨¦n a Grenia y a Hammya. As¨ª que imag¨ªnate c¨®mo se sentir¨¢n el resto de las personas cuando escuchen tu m¨²sica. ¡ªNo s¨¦, todav¨ªa tengo miedo de tocar frente a otros. Candado se arrodill¨® y puso sus manos sobre sus hombros. ¡ªS¨¦ que te asusta, y yo no soy nadie para obligarte a hacerlo... ¡ªPero lo har¨ªa si estuvieras a mi lado. ¡ªEntonces yo¡­ espera, ?qu¨¦? ¡ªS¨ª, quiero que est¨¦s a mi lado cuando toque, as¨ª me sentir¨¦ m¨¢s segura. H¨¦ctor hac¨ªa lo mismo. Ahora que ¨¦l no est¨¢, podr¨ªas hacerlo t¨². Candado encontr¨® l¨®gica la respuesta de la ni?a, as¨ª que acept¨® lo que ella le hab¨ªa ofrecido. ¡ªBien, no tengo nada que perder. Despu¨¦s de todo, es muy sencillo. ¡ªGenial, me gusta. ¡ªCandado, ?est¨¢s seguro? Solo estar¨¢s parado frente al p¨²blico sin hacer nada. ¡ªYa se me ocurrir¨¢ algo, Grenia. Ya se me ocurrir¨¢. ¡ªBien, me alegra que te guste. As¨ª podr¨¢s pulir un poco m¨¢s tu amabilidad. ¡ªNo me gust¨® lo que est¨¢s insinuando, Hammya. Te sugiero que cierres la boca. ¡ªLo tendr¨¦ en cuenta. Candado se arregl¨® la corbata y camin¨® hasta un sill¨®n que hab¨ªa all¨ª. Tom¨® una almohada que estaba en ¨¦l, la tir¨® al suelo y empuj¨® a Bel¨¦n para que ella cayera en la almohada. Luego la levant¨®, con Bel¨¦n sentada en ella, e hizo un gesto con su mano izquierda. ¡ªAs¨ª la llevar¨¦ en el acto. Estar¨¢ sentada en un almohad¨®n que tendr¨¦ listo para ti esa noche. ¡ªGenial, no s¨¦ por qu¨¦, pero genial. Luego se inclin¨® y la baj¨®. ¡ªBueno, parece que har¨¢s exhibicionismo con la ni?a ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Me est¨¢s llamando Marcelo Tinelli? ¡ªNo, no, claro que no. ¡ªMenos mal, porque te hubieras comido mi pu?o. ¡ª?Eres agresivo con Hammya? ¡ªpregunt¨® Bel¨¦n. ¡ªBueno, yo... ¡ªNo, no lo es. Solo a veces lo hago enojar. La mayor¨ªa del tiempo es amable. ¡ªChupa medias ¡ªdijo Grenia de brazos cruzados. Candado qued¨® totalmente sorprendido al escuchar lo que dijo Hammya. Sinti¨® una culpa enorme en su coraz¨®n, tanto fue el dolor, que instintivamente se toc¨® el pecho con su mano derecha. ¡ªCandado es una buena persona. Solo es que yo lo hago enojar con mis comentarios infantiles y... Candado tap¨® la boca de Hammya y le dio un abrazo. ¡ªNi?a, no hagas eso, haces que me duela. ¡ªOh ¡ªse enterneci¨® Hammya y le dio un abrazo¡ª. Eres un ¨¢ngel con alas de vidrio, muy transparente. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªNada, Candado, solo es un cumplido. ¡ªA m¨ª me son¨® a algo disfrazado. ¡ªDa igual, el tema es... ¡ªOlv¨ªdalo mejor, no quiero arrepentirme de lo que dije, por favor ¡ªluego se acomod¨® la corbata y mir¨® a Bel¨¦n¡ª. Estar¨¦ presente ese d¨ªa, digo, noche. ¡ªGenial, gracias. ¡ªOh, veo que... ¡ªDi cualquier pelotudez. S¨¦ lo que soy y c¨®mo soy, mi querida amiga Grenia. En ese instante tocaron la puerta. ¡ªYo ir¨¦ a abrir ¡ªdijo Grenia. ¡ªS¨ª, hazlo ¡ªdijo Candado haciendo gestos con los ojos. Grenia abri¨® la puerta, y detr¨¢s de ella estaba Liv, con una ira enorme y con su espada, temblorosa por los nervios de su rabia. ¡ª?D¨®nde? ?D¨®nde est¨¢? ¡ªPor Dios, ?qu¨¦ le ha ocurrido? Liv la tom¨® de la corbata y la llev¨® hasta su cara con furia. ¡ªNo juegues conmigo, s¨¦ que ¨¦l est¨¢ aqu¨ª. En ese momento, Candado interrumpi¨®, llevando un vaso de agua en la mano. ¡ªOh, veo que ya no te gusta seguir desmay¨¢ndote. Liv empuj¨® a Grenia a un costado. ¡ªUna vez que acabe con tu existencia, ya no me volver¨¦ a desmayar. ¡ªTienes toda la raz¨®n del mundo. Toma un candado y destr¨²yelo. Buena suerte. Luego se volte¨®, llev¨® el vaso de agua a la boca, causando que Liv se enojara. Liv mantuvo firme su espada y corri¨® hacia ¨¦l. Candado, sin darse vuelta, se hizo a un lado, provocando que Liv avanzara m¨¢s. Luego le golpe¨® en la cabeza con el vaso. ¡ªL¨¢rgate antes de que me enoje. Liv apret¨® los dientes hasta que hicieron ruido, volte¨® e intent¨® dar una estocada, la cual Candado esquiv¨®. Sin embargo, Candado agarr¨® su espada, la lanz¨® hacia ¨¦l y la sac¨® de la casa. Luego camin¨® hasta donde estaba Liv, bebi¨® lo ¨²ltimo del agua mientras caminaba y dej¨® el vaso en una mesita cercana. Se arregl¨® la corbata, los guantes y la boina. Luego cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l, justo cuando apareci¨® Hammya, corriendo por el pasillo para ayudar a Grenia. Candado camin¨® hasta donde estaba Liv, tirada en el suelo con algunas heridas del asfalto. ¡ªNo me interesa saber qui¨¦n o qu¨¦ te contrat¨® ¡ªdijo mientras se ajustaba el guante izquierdo. ¡ª?T¨²...! Luego la tom¨® del cuello. ¡ªNo termin¨¦. ¡ªSer¨¢s... basura ¡ªdec¨ªa ella mientras trataba de respirar. ¡ªPuedo soportar que me quieras matar, puedo soportar que me golpees, pero no voy a tolerar que uses tus fuerzas y tus malditos objetivos delante de unos ni?os. Luego la solt¨®, para tomarla del ment¨®n y hacerla mirar hacia arriba. ¡ªSufre el ataque del cielo. Cuando Liv alz¨® la mirada, sus ojos se dilataron y luego se desmay¨®. Al perder sus fuerzas, Candado la lanz¨® lejos de ¨¦l. Candado tom¨® la espada de Liv y la examin¨® de arriba abajo. Cuando planeaba destruirla, vio que en la hoja hab¨ªa unas marcas que dec¨ªan ¡°Para mi querida hija¡±. Candado se detuvo y mir¨® a Liv, quien estaba a m¨¢s de quince metros de ¨¦l. Encogi¨® sus ojos y se acerc¨® a ella, clavando la espada al lado de sus pies. Ese acto logr¨® despertar a Liv, y al ver la espada en la mano de Candado, supo que iba a morir, por lo que no tuvo problema en decir todo lo que ten¨ªa guardado. ¡ªVen, hazlo y m¨¢tame. Candado la mir¨® fijamente a los ojos. No hab¨ªa claridad en ellos, ni reflejo; era la mirada de un muerto. ¡ªNo, no pienso hacerlo. ¡ª?Qu¨¦? ?ERES UN COBARDE! ¡ªGrita todo lo que quieras, ins¨²ltame, mald¨ªceme, pero no voy a matarte ¡ªluego mir¨® las palabras en la espada¡ª. M¨¢s si alguien espera tu regreso. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªMira, no importa cu¨¢ntas veces lo intentes, jam¨¢s podr¨¢s matarme. Luego le dio la espalda y se retir¨®, volviendo a entrar en la casa, dejando claro que no iba a pelear contra Liv. Una vez dentro de la casa, Candado no mir¨® hacia atr¨¢s, cerr¨® la puerta y camin¨® hasta el sal¨®n, donde estaban Hammya, armada con una bandeja de pl¨¢stico, y Grenia, que hab¨ªa manifestado sus tent¨¢culos. Ambas proteg¨ªan a Bel¨¦n. ¡ªTodo est¨¢ bajo control, no hay de qu¨¦ preocuparse. ¡ª?La mataste? ¡ªNo, Grenia, no mat¨¦ a nadie. ¡ªEntonces s¨ª es un problema. ¡ª?P?HNER! Rel¨¢jate, no pasa nada, todo est¨¢ en orden. ¡ªEstoy confundida. ?Estamos bien o mal? ¡ªBel¨¦n, ?sigues viva? ¡ªS¨ª, claro que s¨ª. ¡ªEntonces est¨¢s bien. ¡ªVaya l¨®gica la tuya, Candado. ¡ªNo molestes, Hammya. Luego son¨® su reloj. Candado meti¨® la mano en el bolsillo de su chaleco, lo sac¨® y mir¨® la hora. ¡ªBien, son las 10:00 de la ma?ana. ¡ª?Qu¨¦ significa eso, Candado? ¡ªQue me voy a casa ¡ªluego mir¨® a Grenia y a Bel¨¦n¡ª. Agradezco mucho haber estado en esta casa. Nos vemos ese d¨ªa... ¡ªNoche ¡ªcorrigi¨® Grenia. ¡ªLo que sea. El punto es que, mientras tanto, practica, mi ni?a. ¡ªAs¨ª lo har¨¦, Candado. As¨ª lo har¨¦. Candado hizo una se?a a Hammya para que lo siguiera. Ella, de manera despistada y atontada como siempre, se despidi¨® de Grenia d¨¢ndole un apret¨®n de manos y de Bel¨¦n acarici¨¢ndole la cabeza. ¡ªNos vemos. Luego corri¨® hacia donde estaba Candado, adelant¨¢ndose y dej¨¢ndolo atr¨¢s, confundido. ¡ª?Qu¨¦ le pasa? ¡ªNada, Grenia. Solo est¨¢ algo dispersa. Luego ambos salieron de la casa. Candado se detuvo al notar que Liv ya no estaba en el lugar donde la hab¨ªa dejado. Hammya, que hab¨ªa notado la pausa de Candado, volte¨®. ¡ª?Te sucede algo? ¡ªluego mir¨® a su alrededor de forma aterrada¡ª. ?Sigue ella aqu¨ª? ¡ªNo, ya no. Candado meti¨® la mano en el bolsillo y sac¨® un caramelo. Lo desenvolvi¨® y se lo llev¨® a la boca. Sigui¨® su camino, con las manos en los bolsillos de su gabardina, adelant¨¢ndose y dejando atr¨¢s a Hammya. La ni?a, algo preocupada, se mantuvo cerca de Candado. ¡ª?A d¨®nde vamos ahora? ¡ªAl gremio. Tengo algo que hacer. ¡ª?Tengo que acompa?arte? ¡ªNo ¡ªdijo Candado fr¨ªamente. ¡ªEntonces, ?puedo volver a casa? ¡ªEso s¨ª puedes, ?verdad? Cuando dijo esto, Hammya mir¨® hacia atr¨¢s con miedo, pero luego se acerc¨® a Candado. ¡ªPens¨¢ndolo bien, mejor te acompa?o. ¡ªPuedes ir a casa, te doy permiso ¡ªdijo Candado con sarcasmo. ¡ªNo, gracias. Estoy bien as¨ª, de verdad. ¡ªEst¨¢ bien ¡ªdijo ¨¦l, mir¨¢ndola a la cara¡ª. Puedes soltarme ahora, me da cosa que me toquen. ¡ª?Las mujeres? ¡ªNo, cualquiera en general. En ese momento, se escuch¨® el crujido de una rama, lo que hizo que Hammya lo soltara y se ocultara detr¨¢s de ¨¦l. Candado no reaccion¨®, simplemente mir¨® hacia el lugar de donde proven¨ªa el ruido. ¡ªS¨®lo es un gato ¡ªdijo ¨¦l de manera esc¨¦ptica. Hammya no se apart¨® de ¨¦l. ¡ªEstoy empezando a enojarme. ?Qu¨¦ te ocurre ahora? Hammya se hizo a un lado y se qued¨® quieta unos segundos, hasta que se escuch¨® el canto de los p¨¢jaros volando. ¡ªEst¨¢ bien, haz lo que quieras ¡ªdijo ¨¦l, ya rendido. Candado se limpi¨® el hombro derecho y continu¨® su camino, con Hammya asustada sigui¨¦ndolo o pegada a ¨¦l. Durante el trayecto, Candado se concentraba en el ambiente que lo rodeaba, atento a cualquier ruido que pudiera ser perjudicial para ¨¦l o para Hammya. Sin embargo, ten¨ªa claro que a esas horas de la ma?ana no hab¨ªa nadie, as¨ª que sab¨ªa que no hab¨ªa nada que pudiera molestarlo. El d¨ªa estaba nublado y se sent¨ªa el viento. En ese momento, a Candado se le ocurri¨® ir al gremio. ¡ªNi?a. ¡ª??QU¨¦?! ¡ªgrit¨® Hammya sorprendida. Candado sac¨® su mano izquierda del bolsillo, levant¨® el me?ique, y luego se lo llev¨® al o¨ªdo, se rasc¨® y, sin sacar el dedo de su oreja, la mir¨®. ¡ª?Todav¨ªa vas a seguir molestando? ¡ªPerd¨®n, pero siento que hay alguien cerca de m¨ª, muy, pero muy cerca. Candado quit¨® el dedo de su oreja, la mir¨® y luego lo volvi¨® a meter en el bolsillo. Levant¨® la mirada y la mir¨® a los ojos. ¡ªVaya, por primera vez tienes raz¨®n, alguien est¨¢ muy, pero muy cerca de ti. ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªpregunt¨® Hammya mirando en todas direcciones. ¡ªYo, ni?a tonta. ?Qui¨¦n m¨¢s iba a ser? ¡ª?Acabas de insultarme? ¡ªRayos ¡ªdijo ¨¦l, sacando un billete de cien pesos de su billetera, enroll¨¢ndolo y arroj¨¢ndoselo¡ª. Y pensar que tu idea empez¨® con cinco pesos. Hammya guard¨® el dinero con una sonrisa y luego mir¨® a Candado. ¡ªS¨¦ que dijiste que ser¨ªas m¨¢s cort¨¦s conmigo, y tambi¨¦n s¨¦ que intentas hacerlo, pero no puedes contigo mismo. Es por eso que me pagar¨¢s cien pesos cada vez que me insultes. Candado se cruz¨® de brazos y se acerc¨® a ella de manera amenazante. ¡ªEs que no aguanto a la gente como t¨². Hammya se alej¨® y le acarici¨® la cabeza. ¡ªSi seguimos por este camino, vamos a hacer de ti una persona buena. Candado tom¨® su mano y la apart¨®. ¡ªNo me interesa que alguien como t¨² me convierta en algo que ya soy. ¡ªPodr¨¢s ser bueno en ciertas cosas, pero tu car¨¢cter es bastante horrible. Candado no dijo nada, solo la mir¨® un rato antes de darse la vuelta y marcharse. ¡ª?A d¨®nde vas? ¡ªAl gremio. Tengo cosas que hacer. ¡ª?Me vas a dejar as¨ª? ¡ªS¨ª. Hammya permaneci¨® en silencio un rato, hasta que se dio cuenta de que ¨¦l se estaba alejando r¨¢pidamente. ¡ª?ESPERA! Luego corri¨® hasta alcanzarlo a la m¨¢xima velocidad. Cuando llegaron al gremio, notaron que las ventanas estaban abiertas por fuera. Tambi¨¦n vieron a Anzor y Erika llevando una pila de libros de un lado a otro. Ambos se miraron entre s¨ª; ella, confundida, y ¨¦l, con frialdad, luego volvieron a centrarse en la ventana. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢n haciendo? Candado no respondi¨®. En lugar de eso, se dirigi¨® a la puerta, subi¨® las escaleras y golpe¨® tres veces con el nudillo de su dedo ¨ªndice y medio. ¡ª?Qui¨¦n es? Ejemplo: si eres Candado, golpea una vez la puerta; si eres el inspector Joaqu¨ªn de la A.T.S. (Agencia Tricolor de los Sem¨¢foros), golpea dos veces; si eres un Bailak, golpea tres veces; si eres otra persona que no sea las mencionadas, golpea cuatro veces. Si eres un circuito, por favor vuelve antes de que te liquidemos en este instante. Para finalizar, vete y no molestes. Hammya se re¨ªa entre dientes, mientras que Candado hizo un gesto con los ojos, evidente que no toleraba bromas como esa. ¡ªEse est¨²pido. Y haciendo un gran esfuerzo para no matarlo, dio un ligero golpe en la puerta. ¡ªUsted ha afirmado ser Candado, pero lamentablemente no hay nadie hoy en este gremio. Por favor, d¨¦jese la vuelta y v¨¢yase. Estamos ocupados atendiendo a gente m¨¢s importante que usted. Candado frunci¨® el ce?o y atraves¨® la puerta con su pu?o izquierdo, mientras el otro lo manten¨ªa en el bolsillo. Agarr¨® del cuello de la camisa al sujeto y lo arrastr¨® violentamente contra la puerta, estampill¨¢ndolo y dej¨¢ndolo atrapado bajo la mano de un Candado furioso. Una vez en su poder, dijo con voz suave y sarc¨¢stica: ¡ªHola, operador. Quiero que me abras la puerta antes de que te fracture el cuello. Del otro lado de la puerta, Matlotsky, que hab¨ªa hecho ese chiste de mal gusto para Candado, decidi¨® seguir con el juego, aunque esta vez no estaba tan seguro de s¨ª mismo. ¡ªSi eres un asesino compulsivo, no importa cu¨¢ndo me lo digas, nadie te har¨¢ caso. Candado afloj¨® su agarre, lo apart¨® de la puerta y luego lo arrastr¨® violentamente m¨¢s de cuatro veces, dej¨¢ndolo inconsciente y delirante. ¡ªCreo que las estrellas fugaces est¨¢n frente a m¨ª. Luego de decir eso, Matlotsky se desmay¨® en el suelo. Candado dobl¨® su brazo a la derecha, quit¨® el seguro de la puerta, la abri¨®, se acomod¨® la corbata y se sac¨® algunas astillas de su elegante saco. ¡ªMaldito imb¨¦cil. ¡ªCandado, creo que te has excedido ¡ªdijo Hammya, preocupada. ¡ª?T¨² crees? Yo pienso que lo hice m¨¢s guapo. Luego, se acomod¨® la boina y se dirigi¨® a la sala de reuniones, dejando a Hammya sola con un Matlotsky inconsciente. Candado pas¨® por la sala de juntas y vio que todos estaban ordenando papeles y carpetas. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Candado, mirando a su alrededor. ¡ª?Qu¨¦ pregunta, jefe? Estamos ordenando ¡ªcontest¨® Pucheta. Candado se dio la vuelta y vio a una persona oculta en la oscuridad. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªSoy un enigma. Luego, una luz ilumin¨® su cuerpo. ¡ª?ERIKA! Arruinaste mi presentaci¨®n. Candado volte¨® y vio a la ni?a con una linterna y una sonrisa maliciosa en su rostro. ¡ªTe lo mereces por andar vagueando ¡ªdijo ella, mientras soltaba su risilla diab¨®lica. Candado hizo una mueca y le quit¨® la linterna de las manos. Luego se acerc¨® a la habitaci¨®n y la ilumin¨® en la cara. ¡ªNunca pens¨¦ que volver¨ªas a pisar este lugar, Barreto Kruger. Kruger: De cabello negro y peinado al estilo de Candado (Gardel), con los p¨¢rpados pintados de rojo. Viste una camisa blanca, corbata azul, pantalones de gala grises, chaleco formal gris, zapatos negros formales con agujetas bien hechas y guantes negros. Tiene una gran autoestima, es muy serio y un poco demente psic¨®tico. Aunque es indirectamente parte del gremio Roob¨®leo, fue expulsado por no asistir a las reuniones. Vive en Resistencia, pero pasa la mayor parte del tiempo con su t¨ªo en la isla. Es hermano gemelo de Joaqu¨ªn Barreto. Poder: Electricidad y rayos. Habilidad: Es muy bueno en ataques sigilosos y macabros, y maneja muy bien el cuchillo militar que posee. ¡ªYa, quita esa maldita linterna de mi cara. ¡ªMe sorprende que tu hermano te soporte ¡ªdijo Kruger, mientras apagaba la linterna y la arrojaba, sin darse la vuelta, a las manos de Erika¡ª. Dime, ?qu¨¦ haces t¨² aqu¨ª? ¡ªJe, no pensaba venir, solo acompa?¨¦ a mi amigo. ¡ª?Amigo? ?Tienes un amigo? ¡ªEso fue innecesario, Sektur. ¡ªMaldito... ¡ªDejando eso a un lado, creo que ya es hora de que lo veas. ¡ª?A qui¨¦n? ¡ªBuenos d¨ªas, Candado. Se escuch¨® a sus espaldas, provocando que Candado volteara y lo viera. ¡ª?Walsh? Walsh: De cabello rojo y crespo, con ojos verdes. Se viste igual que Kruger, pero con tonos verdes y morados. Usa guantes rojos con el rostro de un le¨®n blanco en la palma. Tiene una actitud alegre, sincera y amable, y es muy juguet¨®n. Poder: Fuego celeste. Habilidad: Limpieza. ¡ªHan pasado a?os desde la ¨²ltima vez que te vi. ¡ªWalsh, solamente fueron siete meses y nueve semanas. ¡ªHe estado muy ocupado en Tierra del Fuego. Pens¨¦ en llamarte, pero despu¨¦s de ese incidente, no sab¨ªa c¨®mo volver a verte la cara. ¡ªRenunciaste. ¡ªS¨ª, lo hice. Fue culpa m¨ªa que haya pasado eso. ¡ªTe dije que no hubo heridos. ¡ªLo s¨¦, pero pudo haberlos por culpa de mi ineptitud. En ese instante, irrumpi¨® Matlotsky, agarr¨¢ndose la frente. ¡ªParece una telenovela de Ho¡­ El fac¨®n de Candado roz¨® la mejilla de Matlotsky, evitando que pudiera terminar de decir la frase, y se incrust¨® en la pared. ¡ªCa¡ªll¨¢¡ªte ¡ªdijo Candado sin mirarlo. Matlotsky volvi¨® a desmayarse. Luego, Declan camin¨® hasta el muro, sac¨® el fac¨®n y se lo entreg¨® a Candado. ¡ªGracias ¡ªdijo Candado sin mirarlo. ¡ªEspero que est¨¦ bien ¡ªdijo Walsh de manera preocupada. ¡ªNo te preocupes, estar¨¢ bien ¡ªdijo Candado mientras guardaba su fac¨®n, y continu¨®¡ª. Y bien, me alegra que hayas regresado a nuestro gremio. ¡ªLuego camin¨® hasta Walsh y le extendi¨® la mano¡ª. Bienvenido. Walsh, al ver la mano de Candado, se sinti¨® un poco inseguro, pero despu¨¦s de pensarlo unos minutos, levant¨® la mano y acept¨® el apret¨®n. ¡ªMe alegra haber vuelto. ¡ªMaricas ¡ªdijo Kruger de manera burlona. ¡ªTe arrancar¨¦ la lengua. Kruger se encogi¨® de hombros, tom¨® unas cajas que hab¨ªa all¨ª y se fue del lugar. ¡ªBien, con eso, tu estad¨ªa en el gremio ha sido renovada. ¡ªGracias. En ese instante, se escucharon golpes en la puerta. ¡ª?GOLPEAN! ¡ªgrit¨® Viki desde la otra sala, sentado y hojeando algunos apuntes. Candado hizo una mueca y se dirigi¨® hasta la puerta, acompa?ado por Anzor y Declan. ¡ª?Qu¨¦ hacen? ¡ªSomos tus guardaespaldas ¡ªdijeron ambos. ¡ªNo me jodan. Candado lleg¨® hasta la puerta, que ten¨ªa un gran agujero, puso su mano en el picaporte y la abri¨®. ¡ªDisculpa por la puerta, se ha¡­ Por Isidro. Detr¨¢s de la puerta estaba Liv mir¨¢ndolo a los ojos con una expresi¨®n apagada. ¡ª?Volviste a matarme? Ni bien dijo eso, Anzor y Declan sacaron sus espadas y las apuntaron al pecho de Liv, esperando asustarla, pero fracasaron. ¡ªVine aqu¨ª para que me ayudes. ¡ªCesen. Anzor y Declan guardaron sus espadas y se pusieron firmes. ¡ªAhora dime, ?qu¨¦ necesitas? ¡ªQuiero unirme a este gremio. ¡ªOlv¨ªdalo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªNo me llamas la atenci¨®n. Aqu¨ª solo entran los que despiertan una gran curiosidad en m¨ª. ¡ªS¨¦ que est¨¢s enojado porque intent¨¦ matarte, pero por favor, ?qu¨¦ puedo hacer para entrar? ¡ªNada. ¡ªDebe haber algo. Candado record¨® los desmayos que presenci¨® mientras peleaba con ella, por lo que se interes¨® un poco en ella en ese aspecto. Tambi¨¦n le llamaba mucho la atenci¨®n la armadura que usaba, y quer¨ªa saber qu¨¦ hab¨ªa cambiado en su conversaci¨®n. Candado se rasc¨® la sien izquierda con su mano y pens¨® durante unos minutos. Luego la mir¨® de arriba abajo. ¡ªPuedes entrar si vences a estos dos. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªpreguntaron ambos. ¡ªBien, lo har¨¦. ¡ªPero antes de que empieces, ?puedo preguntar por qu¨¦ quieres unirte? ¡ªPorque sufro de nefofobia, temor a las nubes. Por eso quiero que me ayudes a superar mi miedo a ellas. Ese es mi objetivo personal. Candado qued¨® con los ojos muy abiertos al escuchar lo que hab¨ªa dicho, aunque su expresi¨®n no cambi¨®. ¡ªAh, auch, lo siento. Debe ser horrible temer a algo absolutamente normal. Luego mir¨® a Anzor y a Declan. ¡ªPeleen, por favor, en la sala inferior. Anzor se inclin¨® y ofreci¨® su mano a Liv. ¡ªPor favor, se?orita, acomp¨¢?ame. ¡ªNo hagas tonter¨ªas y no te dejes ganar ¡ªdijo Declan de manera malhumorada. Anzor invit¨® a Liv a entrar en la casa y la llev¨® hasta la sala, mientras Candado llamaba a los dem¨¢s. Declan se encargaba de asegurar todas las entradas y salidas del gremio. Declan camin¨® hasta una puerta roja, se acerc¨®, la abri¨®, y adentro hab¨ªa una escalera que conduc¨ªa a un lugar profundo y oscuro. Declan toc¨® un bot¨®n a su derecha y encendi¨® todas las luces que hab¨ªa en su interior, provocando que Liv retrocediera. ¡ª?Le temes a la oscuridad? ¡ªNo, parece que me har¨¢n algo. ¡ªNo seas as¨ª. Si vas a unirte a nosotros, tendr¨¢s que confiar en nosotros ¡ªdijo Anzor. ¡ªBien ¡ªrespondi¨® Liv, y luego camin¨® sola por las escaleras. Cuando lleg¨® al final, se top¨® con una puerta redonda de madera. Puso su mano en el picaporte y la abri¨®. Al entrar, se encontr¨® con un espacio muy grande, con asientos y una enorme cancha de arena. ¡ªDios m¨ªo. ¡ªFascinante, ?no? Lo construy¨® Matlotsky como compensaci¨®n por lo que le rob¨® a Candado ¡ªdijo Anzor mientras caminaba hacia el centro de la cancha. Liv camin¨® hasta donde estaba ¨¦l y se qued¨® all¨ª, esperando al otro contrincante. Despu¨¦s de unos minutos, Candado baj¨®, acompa?ado por sus compa?eros. ¡ªBien, me alegra que est¨¦s c¨®moda aqu¨ª, ya que me vas a mostrar de lo que eres capaz con ellos. ¡ª?ES ESA LOCA! Candado le tap¨® la boca y la apart¨® a un lado. ¡ªDisculpa los modales de Hammya. S¨¦ que ella y yo tuvimos un encuentro poco amigable la primera vez, o la segunda, pero ahora act¨²a como si nada. Luego, Candado us¨® su fuerza y oblig¨® a Hammya a sentarse mientras mostraba una mirada perdida. ¡ªBien, ?qu¨¦ tengo que hacer? Candado salt¨® al campo y camin¨® hasta Liv. ¡ªEs muy sencillo: para entrar, debes ser castigada. ¡ª?Castigada? ¡ªPor dos razones. Por intentar matarme y por atacarme por la espalda. Por eso vas a pelear con dos personas, y agradece que no son tres o cuatro, o peor. ¡ª?Peor? ¡ªConmigo ¡ªdijo mientras pegaba su frente con la de ella. ¡ªOh, bien. Luego se separ¨® y se dio la vuelta. ¡ªPerfecto, ahora necesitas ganar ¡ªdijo ¨¦l mientras regresaba a su asiento. En ese instante, Declan salt¨® de la tribuna y cay¨® frente a ella. Luego levant¨® su brazo en forma de escuadra y coloc¨® su codo bajo el ment¨®n de Liv. ¡ªNo ser¨¦ benevolente ¡ªdijo fr¨ªamente. Despu¨¦s, se separ¨®, se acomod¨® los guantes blancos y sac¨® su espada, clav¨¢ndola en la tierra y apoyando ambas manos en ella. ¡ª?Qu¨¦ haces? Declan no contest¨® y solo la observ¨® atentamente a los ojos. Luego, escuch¨® el desenvaine de una espada a sus espaldas, lo que hizo que Liv se diera vuelta y mirara hacia atr¨¢s. ¡ªSuerte, ni?a ¡ªdijo Anzor mientras hac¨ªa exactamente lo mismo que Declan. Liv comenz¨® a sentir nervios al ver a ambos de esa forma. Candado, que estaba en la tribuna, levant¨® una mano con una bandera roja y la onde¨® de arriba abajo tres veces. ¡ª?EMPIECEN! Cuando el grito de Candado lleg¨® a los o¨ªdos de Anzor y Declan, reaccionaron y la atacaron. Liv dio un peque?o salto hacia atr¨¢s, pero ellos se movieron r¨¢pidamente y fueron tras ella. Liv sac¨® su espada y amenaz¨® con un ataque, pero no tuvo ¨¦xito alguno. Esto provoc¨® que Liv usara la invisibilidad. ¡ªEso no funciona conmigo ¡ªdijo Declan, dejando escapar un resplandor verde en sus ojos azules. Luego se dirigi¨® a la zona donde estaba ella y comenz¨® a dar estocadas con fiereza, dando la sensaci¨®n de que estaba atacando al aire. Anzor, por otra parte, solo observaba, ya que ¨¦l no ten¨ªa esa habilidad. Despu¨¦s de unos minutos, Declan pudo atraparla de la mu?eca y tirarla al suelo. Luego hizo girar su espada de manera vigorosa y la incrust¨® con todas sus fuerzas en ella. Pero, antes de que su espada llegara a tocarla, Liv logr¨® detenerla de manera eficaz e incre¨ªble con los dientes, provocando que todos los presentes se sorprendieran, excepto Candado, quien, sentado con los brazos cruzados, levant¨® una ceja. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªdijo Declan, sorprendido. Luego se dio vuelta r¨¢pidamente y le dio un golpe en el pecho. Por sus espaldas, Anzor ven¨ªa a una velocidad incre¨ªble, salt¨® y se par¨® en sus hombros. ¡ªEst¨¢ jugando con ellos ¡ªdijo Walsh a Kruger. ¡ªEs interesante ¡ªdijo Candado mientras observaba atentamente. Luego de que Liv estuviera parada en los hombros de Declan sin perder el equilibrio, baj¨® de ¨¦l y le propin¨® una patada en los om¨®platos, lo que hizo que ¨¦l soltara la espada. Antes de que pudiera celebrar su victoria, apareci¨® una hermosa criatura blanca de la espalda de Liv, sorprendiendo nuevamente a todos los presentes. ¡ªUn maestro de la espada, entonces esta tal Liv hace honor a esas armaduras ¡ªdijo Lucas. Candado frunci¨® el ce?o al escuchar lo que hab¨ªa dicho Lucas. ¡ªMaestro de la espada ¡ªsusurr¨® Candado para s¨ª mismo. La criatura era hermosa, con piel celeste clara y la forma de una bella mujer. Llevaba un tapado que cubr¨ªa parcialmente su cuerpo, su cabello era gris y ten¨ªa un casco id¨¦ntico al de la diosa Atenea. Sus ojos eran blancos y cristalinos, su rostro mostraba una actitud fr¨ªa, llevaba hombreras de oro y portaba una lanza de diamantes. Declan estaba asombrado por lo que hab¨ªa visto, pero no se dej¨® intimidar. Hizo lo mismo, sus ojos se volvieron verdes y de su espalda emergi¨® su propia criatura. ¡ªManejas muy bien a tu mascota ¡ªdijo Declan. Luego se lanz¨® hacia ella. ¡ªTen cuidado ¡ªdijo la criatura de Liv, sin mover los labios. Liv vacil¨® un poco, luego corri¨® hacia ¨¦l, sac¨® su espada y se lanz¨® contra Declan a una velocidad incre¨ªble. La criatura de Liv incrust¨® con todas sus fuerzas su lanza en el pecho de la criatura de Declan, pero este, con la fuerza que ten¨ªa, tom¨® la lanza de Liv y la trab¨®. Mientras ambas criaturas peleaban, Liv y Declan luchaban ferozmente, espada contra espada. Cada estocada del irland¨¦s hac¨ªa cada vez m¨¢s dif¨ªcil para ella detenerlo. ¡ªNo est¨¢ peleando en serio, quiere cansarte para luego darte el golpe de gracia ¡ªdijo la criatura de Liv. ¡ªGracias, Mid¨¦n. En ese instante, apareci¨® Anzor e invoc¨® a su criatura, uni¨¦ndose a la pelea con Declan. ¡ªEsto se va a poner feo ¡ªdijo Liv. Despu¨¦s de decir eso, se agach¨®, extendi¨® sus pu?os a cada lado de su contrincante y, de repente, sus guantes de armadura se desprendieron de ella y golpearon el pecho de ambos. Luego se puso de pie, tom¨® su espada y comenz¨® a girar sobre su eje. De repente, un peque?o remolino apareci¨® sobre su cabeza y empez¨® a atacar a ambos, pero Declan lo fren¨® con su palma. Cuando estaban a punto de desatar toda su energ¨ªa, Declan salt¨® de la polvareda que hab¨ªa emergido del suelo a causa del remolino y, con su espada en mano, corri¨® hacia ella. Anzor, por su parte, se posicion¨® a su espalda, corriendo hacia ella con fiereza. Parec¨ªa que todo estaba perdido para Liv; su criatura no podr¨ªa defenderla de dos ataques al mismo tiempo. Pero cuando el combate estaba a punto de culminar, Candado se puso de pie y grit¨®: ¡ª?BASTA! En ese instante, todos se detuvieron. Declan mostr¨® disgusto en su rostro, pero no desobedeci¨® a Candado. Se detuvo y guard¨® su espada, lo mismo hizo Anzor. ¡ªTe has salvado ¡ªdijo Declan con voz ¨¢spera. Por otro lado, Anzor golpe¨® los hombros de Liv con alegr¨ªa. ¡ªBuen combate. Espero que lo repitamos. En ese instante, Candado salt¨® de su asiento y se dirigi¨® hasta Liv. Luego tom¨® su mano izquierda y le entreg¨® una insignia. ¡ªFelicidades, has sido aceptada. ¡ªPero no he ganado. ¡ªSi hubieran seguido peleando, probablemente habr¨ªan destruido este lugar. Lo importante es que me has dejado satisfecho ¡ªluego mir¨® a su alrededor¡ª. De ahora en adelante, ella ser¨¢ nuestra nueva compa?era. Todos estallaron en gritos y alabanzas, repitiendo el nombre de Liv una y otra vez. Anzor le dio una palmadita en la espalda, como dici¨¦ndole que lo hab¨ªa logrado, y luego corri¨® hacia Declan y se acerc¨® a ¨¦l. ¡ªVamos, se?or disgustado, vamos a comprar algo para comer. ¡ªNo pienso pagar otra vez tu comida. ¡ªOh, vamos. Mientras Liv observaba c¨®mo el d¨²o se alejaba, Hammya apareci¨® y le extendi¨® la mano. Liv la mir¨® extra?ada, pero, temblorosamente, acept¨® su mano. ¡ªPerd¨®n por llamarte loca. Ahora que est¨¢s aqu¨ª, me gustar¨ªa saber que no volver¨¢s a actuar de esa forma. ¡ªSiento haberte atacado. Creo que debo disculparme cort¨¦smente. ¡ªNo hace falta. As¨ª est¨¢ bien. Gracias. En ese momento, irrumpi¨® Ana, acerc¨¢ndose a las dos. ¡ªVamos, hagamos una fiesta. ¡ªNo te atrevas ¡ªdijo Candado mientras pasaba de largo desenvolviendo un caramelo. ¡ªOh, vamos, no seas desagradable. ¡ªVete un poco a la mierda ¡ªdijo Candado mientras sub¨ªa las escaleras. ¡ª?CANDADO! Hammya y Liv se rieron de lo que acababan de ver. COINCIDENCIA
Mientras en la Isla se celebraba la aceptaci¨®n de Liv al Gremio, el l¨ªder del Circuito, quien a¨²n estaba en Buenos Aires desde hac¨ªa un mes, segu¨ªa investigando el asesinato de su amigo. Cada paso que daba lo alejaba m¨¢s de su objetivo. Guillermo hab¨ªa creado un juego sin jugadores: no lograba encontrar al sujeto que hab¨ªa acabado con su amigo. Cuanto m¨¢s investigaba, m¨¢s se privaba de sue?o, comida y bebida. A pesar de que Addel intentaba hacerlo entrar en raz¨®n, Esteban segu¨ªa sin escuchar las ¨®rdenes de su compa?ero. Las causas se acumulaban sin cesar. Addel inform¨® a Maldonado de la situaci¨®n, y este r¨¢pidamente orden¨® abortar la misi¨®n. Sin embargo, la respuesta de Esteban fue clara: no volver¨ªa al Chaco hasta encontrar lo que hab¨ªa empezado a buscar. ¡ª?JAM¨¢S! ¡ªgrit¨® Esteban. ¡ªSe?or, su estado ha deca¨ªdo. No ha progresado en la misi¨®n ni ha mejorado f¨ªsicamente. ¡ªSolo... necesito m¨¢s tiempo, ?s¨ª? No puedo irme sin haber hecho lo suficiente. ¡ª?Tiempo? Eso es lo que has estado desperdiciando. M¨ªrate, no has dormido ni comido en una semana. Est¨¢s demacrado. ¡ª... No sabes lo que es perder a alguien, ?verdad? ¡ªSe?or, Guillermo tambi¨¦n era un gran amigo m¨ªo. Si ¨¦l estuviera vivo, te dir¨ªa que te detuvieras. Esteban se ri¨®, pero su risa era triste. ¡ªSi ¨¦l estuviera vivo, no habr¨ªa hecho todo esto ¡ªdijo mientras se recostaba en la barandilla del edificio¡ª. Mira ah¨ª abajo, son como hormigas. ¡ªEs un edificio en construcci¨®n. Creo que deber¨ªas alejarte de ah¨ª. Esteban ignor¨® a Addel y sigui¨® recostado un poco m¨¢s. ¡ªAlguien nos traicion¨®, alguien fue lo suficientemente astuto para traicionarnos. Cuando lo encuentre... Esteban comenz¨® a deslizarse por la pared, lo que preocup¨® a su amigo. ¡ª?Se?or, Esteban! ?Resp¨®ndeme! ¡ªdijo Addel con angustia. Los ojos de Esteban estaban abiertos, pero no escuchaba; el cansancio lo estaba consumiendo. Poco a poco, fue perdiendo la conciencia. Mientras Esteban se desmayaba en los brazos de Addel, bajo sus pies caminaban dos personas que no estaban en la agenda de su amigo: Krauser, acompa?ado por Maidana, quien no llevaba su pasamonta?a. ¡ªDios, odio esta ciudad ¡ªse quej¨® Krauser. ¡ªDeja de quejarte ¡ªrespondi¨® Maidana, baj¨¢ndose las mangas para ver su reloj¡ª. Mierda, son las 15:39. ¡ªMira qui¨¦n habla de quejarse. ¡ªEstoy hasta el cuello con esta tonter¨ªa, y para colmo tengo que soportar este maldito fr¨ªo contigo. ¡ªLa misi¨®n era opcional. Desde que Joaqu¨ªn volvi¨® al mando, ha estado intentando solucionar los problemas dentro y fuera. Y t¨² decidiste aceptar la misi¨®n. ¡ªSolo lo hice porque nadie m¨¢s quer¨ªa tomar los papeles de la mesa. Oye... ?por qu¨¦ demonios te estoy contando esto? Mejor dime, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªYo solo quer¨ªa encontrarme con mi yo viajero. ¡ªSer¨ªa incre¨ªble ver c¨®mo ese ¡°otro yo¡± se hace pedazos cuando vea esto ¡ªdijo Krauser mientras sacaba una foto de su bolsillo, que termin¨® en manos de Maidana. Maidana mir¨® la foto y sus ojos se abrieron con sorpresa. ¡ª??QU¨¦ ES ESTA PENDEJADA!? ¡ªEs lo que ves. Kruger ha vuelto. ¡ªOdio a esa copia barata, obtusa, odiosa y sanguinaria de Barreto. ¡ª?Cu¨¢l es la maldita diferencia entre t¨² y ¨¦l? Ambos son asesinos. ¡ªNunca me compares con ese perdedor. Pens¨¦ que hab¨ªa quedado claro qui¨¦n de los dos es mejor. ¡ªNo me interesa saber qui¨¦n es mejor, mientras no se crucen en mi camino, todo estar¨¢ bien. ¡ªYo... ¡ªSilencio ¡ªdijo Krauser, colocando su mano en el pecho de Maidana. Luego se gir¨® y mir¨® al frente. A pesar de la multitud a su alrededor, not¨® a un individuo encapuchado. ¡ªCreo que ese es el que hemos estado buscando. Es id¨¦ntico al de las c¨¢maras de seguridad. ¡ªPerfecto, ya me estaba aburriendo. Maidana se coloc¨® su pasamonta?as y Krauser se ajust¨® el sombrero. ¡ªVamos a seguirlo¡ªRecuerda, no lo mates. Maidana hizo una mueca y contest¨®: ¡ªBien, pero d¨¦jame disfrutarlo. Una vez que Krauser ubic¨® al individuo, comenzaron a seguirlo desde una distancia considerable. El sujeto continuaba su camino sin percatarse de que lo estaban siguiendo. A medida que pasaban por las veredas de la capital, reconstruida tras aquel incidente, la ciudad estaba repleta de polic¨ªas y militares; la seguridad era muy alta. Los gremiales colaboraban con la presidenta de la naci¨®n para proteger a los ciudadanos. El control hac¨ªa cada vez m¨¢s dif¨ªcil avanzar; ten¨ªan que presentar identificaci¨®n y nombre en varias ocasiones. Sin embargo, lograron burlar la seguridad repetidamente gracias a su eficacia y, finalmente, pudieron alcanzarlo a tiempo. Las cualidades del individuo eran extra?as. En ning¨²n momento parec¨ªa sospechar que alguien, en este caso, ellos, lo segu¨ªa. Al caminar, mov¨ªa su cuerpo de manera involuntaria, como si tuviera un problema neurol¨®gico. A medida que se acercaban m¨¢s, comenzaron a escuchar los delirios que el hombre murmuraba. ¡ªEl techo, el techo, el techo, no hay nada m¨¢s... No hay nada m¨¢s en sus corazones, no laten, no se mueven, no sienten compasi¨®n... Je... vaya cabeza la m¨ªa. Despu¨¦s de repetir lo mismo m¨¢s de seis veces, el sujeto dobl¨® hacia la derecha en una calle angosta llena de puestos de vendedores. Krauser y Leandro lo siguieron por ese camino hasta que el hombre se detuvo frente a una casa amarilla, totalmente deteriorada. Golpe¨® la puerta dos veces: la primera vez suavemente y la segunda con fuerza, dejando en claro que no pod¨ªa controlar bien su cuerpo. ¡ªSe?ores, ti, tan, ta, tan, goton, betem, retan, tit¨¢n, ojos verdes, cabello rojo, Poseid¨®n del cielo, Atlas de los cursore... y el gran T, para los muertos y, y, y, y, pa, pa, pa, para los mu, mu, muer, muertos. ¡ªParanoico como siempre, pasa de una vez, Paulo. ¡ª?Paulo? ¡ªsusurr¨® Maidana. ¡ª?Lo conoces? Maidana entrecerr¨® los ojos un momento. ¡ªS¨ª, en el pasado, cuando Dockly y yo ¨¦ramos amigos, fuimos tras su captura. Es un chico con una mentalidad inestable. ¡ªEntonces... ¡ªShhh, mira. La puerta se abri¨® y Paulo entr¨®. Krauser y Maidana retrocedieron y se ocultaron para trazar un plan. ¡ªBien, ya lo seguimos y sabemos d¨®nde se esconde. Ahora hay que destruirlo. ¡ªNo, creo que ser¨ªa mejor entrar y escuchar la conversaci¨®n. Tengo la sensaci¨®n de que esto todav¨ªa no ha terminado. ¡ªS¨¦ claro, Maidana, no te entend¨ª ni una mierda. ¡ªLo que quiero decir es que hay que espiar la conversaci¨®n. ¡ª?C¨®mo mierda sugieres que hagamos eso? Maidana sonri¨® y tom¨® la forma de Krauser. ¡ªD¨¦jamelo a m¨ª ¡ªdijo, imitando la voz de Krauser. Se levant¨®, recuper¨® su forma normal, se acomod¨® la corbata y camin¨® hacia la puerta. La toc¨® y se hizo invisible. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªEl violador de tu madre. La puerta se abri¨® de golpe, y un hombre musculoso sali¨® disparado del interior, corriendo hacia la vereda y mirando en todas direcciones. ¡ª??D¨®NDE EST¨¢S, HIJO DE PUTA?! Krauser, oculto, se llev¨® una mano a la cara. ¡ªQu¨¦ imb¨¦cil ¡ªdijo, recost¨¢ndose contra un muro y mirando hacia donde hab¨ªa entrado su amigo¡ª. Por favor, que no te maten. El hombre, despu¨¦s de hacer un berrinche, regres¨® a la casa refunfu?ando e insultando. Cerr¨® la puerta, pero al girarse, se encontr¨® frente a Maidana. Este se llev¨® un dedo a los labios, cubiertos por el pasamonta?as, y luego le coloc¨® un pa?uelo impregnado de cloroformo en la cara. El hombre, est¨²pidamente, aspir¨® con fuerza para tratar de contener la respiraci¨®n, lo que lo hizo caer inconsciente en los brazos de Maidana. ¡ªBuen beb¨¦ ¡ªdijo Maidana mientras lo acomodaba en una silla¡ª. Buen beb¨¦. Tomando su aspecto, estatura, f¨ªsico y voz, Maidana lo carg¨® hasta un ba?o que estaba abierto. Lo sent¨® en el inodoro, cerr¨® la puerta con llave y coloc¨® un letrero que dec¨ªa: "Fuera de servicio". Mientras Maidana estaba de espaldas, una persona se le acerc¨® y le toc¨® suavemente. Se dio vuelta bruscamente, pero al ver que era Rose, sosteniendo un dibujo en su mano izquierda, se tranquiliz¨®. ¡ª?Lo asust¨¦? ¡ªS¨ª, pens¨¦ que era alguien m¨¢s. Rose mir¨® hacia arriba y sonri¨®. ¡ªLe hice un dibujo, se?or Roberto. ¡ª?En serio? ¡ªpregunt¨® Maidana, con tono sarc¨¢stico. ¡ªClaro ¡ªdijo Rose, levantando la hoja y entreg¨¢ndosela. Obviamente no era un Van Gogh ni un Quinquela, m¨¢s bien parec¨ªa un Milo. Era un dibujo lleno de rayas que iban de un lado a otro, con colores rojo, violeta, marr¨®n y otro color indescifrable. La figura representada era m¨¢s bien un c¨ªrculo con cuatro l¨ªneas que sal¨ªan de ¨¦l: brazos y piernas, y una sonrisa desproporcionada en el rostro. Maidana mir¨® el dibujo, confundido, y luego la observ¨®. ¡ª?Cu¨¢ntos a?os tienes? ¡ªTengo nueve ¡ªdijo sonriendo. ¡ªEso lo explica todo ¡ªdijo Maidana, llev¨¢ndose la mano al ment¨®n y mirando el dibujo con detenimiento. ¡ª?Le gusta? ¡ªOh, s¨ª, claro que s¨ª. ¡ªMe alegro, le har¨¦ otro. Rose tom¨® el dibujo de sus manos y sali¨® corriendo. Maidana la observ¨® alejarse y murmur¨®: ¡ª?Cu¨¢l es el chiste de hacerme un dibujo para despu¨¦s quit¨¢rmelo? Luego camin¨® hacia una sala donde varias personas charlaban entre s¨ª. En una esquina, un muchacho de aspecto llamativo estaba recostado contra una pared, jugando con una consola PSP. Al ver acercarse a Maidana, levant¨® una mano para saludarlo. ¡ªRoberto, qu¨¦ gal¨¢n, siempre un casanova ¡ªdijo un chico extra?o mientras se le acercaba. ¡ªOh, claro que no, solo soy empleado. ¡ªNo seas humilde. Aquel muchacho ten¨ªa la piel hecha de hielo, y vapor sal¨ªa de su cuerpo lentamente. Llevaba un esmoquin rojo brillante con un pa?uelo negro. ¡ª?Recitando poemas? ¡ªClaro que no.This story has been taken without authorization. Report any sightings. ¡ªVamos, Roberto, siempre me das uno. ¡ªPero hoy me olvid¨¦. ¡ªNo te preocupes, nos pasa a todos ¡ªluego volte¨® y mir¨® a su alrededor¡ª, sobre todo cuando alguien como Desza vendr¨¢ hasta aqu¨ª. A Maidana se le iluminaron los ojos al escuchar ese nombre. ¡ªNo entiendo la mentalidad de ese muchacho. ?Cu¨¢l es el chiste de hacer una reuni¨®n aqu¨ª, justo en el lugar donde atac¨® hace unos d¨ªas? ¡ª?Desza vendr¨¢ hoy? ¡ª?Acaso eres de memoria corta? S¨ª, fuiste t¨² el que pas¨® la voz a todos los presentes. ¡ªCierto, lo olvid¨¦ ¡ªdijo Maidana con una sonrisa c¨ªnica. ¡ª?C¨®mo puedes olvidarte? Dios santo, no es normal que seas as¨ª de descuidado. ¡ªEs que he estado muy nervioso estos ¨²ltimos d¨ªas. ¡ªYa, la verdad es que eso nos pasa a todos. Desde que se enteraron de que Desza dio un golpe fuerte a los Sem¨¢foros, nos hemos sentido un poco ansiosos. ¡ª?De verdad? ¡ªClaro, todo el mundo, bueno, la mayor¨ªa so?¨® siempre con acabar con el linaje de los gremios, y este muchacho, Desza, nos ha dado un incentivo para seguir con esta lucha. Es un h¨¦roe. ¡ªVaya, me gustar¨ªa que eso se haga realidad. ¡ªYo tambi¨¦n, Roberto, yo tambi¨¦n ¡ªluego mir¨® su reloj¡ª. En fin, te dejo, tengo que mandar un mensaje en este momento. Hablaremos despu¨¦s. Le dio un apret¨®n de manos y se fue del lugar. Mientras tanto, Maidana, ya habiendo acabado su conversaci¨®n, comenz¨® a indagar un poco m¨¢s por el lugar. No hab¨ªa muchas personas, de hecho, eran pocas; hab¨ªa doce personas en total, cada uno charlando entre s¨ª. Estaba claro que no se conoc¨ªan la mayor¨ªa, pero Maidana quer¨ªa saber m¨¢s de Paulo, el muchacho encapuchado, as¨ª que abandon¨® la sala para buscarlo. Primero, fij¨® su atenci¨®n en una puerta cerrada, pero que dejaba ver la luz del sol por debajo. Arm¨¢ndose de valor, toc¨® la puerta. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªSoy Roberto, el guardia de la entrada. ¡ª?Guardia? No sab¨ªa que ten¨ªamos guardia. ¡ªS¨ª, bueno¡­ es que me dieron la orden de estar ah¨ª. ¡ªAh¡­ ah, ya s¨¦, ese fui yo. Adelante, pasa. Maidana se limpi¨® el sudor de la frente y procedi¨® a abrir la puerta. Adentro, hab¨ªa tres personas. Una era la voz que le hab¨ªa hablado: una mujer de cabello corto rubio, piel morena, ojos marrones, con vestimenta formal de un colegio privado. La otra era Paulo, sin su capucha, con cabello naranja claro, aunque sus cejas eran rojas, y ojos verdes que se manten¨ªan en constante movimiento como si estuviera aterrado. Vest¨ªa ropas formales de color celeste brillante, con zapatos blancos, chaqu¨¦ y pa?uelo amarillo. El tercero era un ni?o, sentado al lado de un inquieto Paulo. Ten¨ªa el cabello negro largo, peinado hacia atr¨¢s y amarrado en una cola de caballo trenzada. Sus ojos eran completamente negros, como si sus pupilas estuviesen dilatadas al m¨¢ximo. Vest¨ªa una gabardina que le llegaba hasta las rodillas, pantalones y zapatos del mismo color. En sus manos, cubiertas con guantes blancos, hab¨ªa el s¨ªmbolo de una estrella de cinco puntas con un ojo en el centro. ¡ªVaya, qu¨¦ bueno verte por ac¨¢. ¡ªGracias, se?ora. ¡ªSe?orita, tengo quince a?os. ¡ªLo siento. ¡ªSiempre me dices lo mismo, es como si... ¡ª?Podemos seguir hablando de este tema, por favor? ¡ªdijo Paulo mientras se rascaba la sien en¨¦rgicamente. ¡ªQu¨¦ tonta, contin¨²a, amigo ¡ªluego mir¨® a Maidana¡ª. Cierra la puerta, Roberto. Es algo privado, no queremos que alguien m¨¢s nos escuche. ¡ªBien. Maidana cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l y se qued¨® parado frente a ella. ¡ªComo iba diciendo, las cosas pronto se nos escapar¨¢n de las manos. Paulo sabe muy bien que estas cosas siempre son as¨ª, siempre son las primeras en descontrolarse. ¡ªNo hay nada que temer, todo es parte de la causa, y todos lo sabemos. ¡ªSea de la causa o no, siempre habr¨¢ consecuencias, je, je, je. Paulo no es tonto, Paulo es inteligente, sabe muy bien el precio que hay que pagar. ¡ªDeja de desvariar, no pasar¨¢ nada. ¡ª?Nada? Eso jam¨¢s ocurre en los cambios. Siempre pasa algo, sea bueno o malo, productivo o catastr¨®fico. ¡ªVamos, no exageres, por favor. ¡ªNo puedo calmarme, eh, eh, eh, no puedo calmarme si la situaci¨®n est¨¢ peor de lo que parece. ¡ªS¨ª, la situaci¨®n es complicada, pero¡­ creo que todo ha quedado claro, o quiz¨¢ no¡­ tal vez¡­ ¡ªCierra la boca. ¡ªCi¨¦rrala t¨², Sheldon. Ser clon de Candado no te ha servido de nada. Tu padre, el cient¨ªfico Dar¨ªo, nunca fue¡­ En ese momento, Sheldon chasque¨® los dedos, prendiendo fuego a su dedo ¨ªndice con una flama azul. ¡ªNi se te ocurra¡ªsopl¨® su dedo¡ªhablar mal de Dar¨ªo. Sheldon sigui¨® leyendo, pero Maidana qued¨® sorprendido al escuchar la charla. Sheldon era el clon de Candado: sus rostros eran id¨¦nticos, la piel y la mirada tambi¨¦n. La ¨²nica diferencia era su cabello largo y trenzado, sus ojos azules y la ropa. ¡ªTodos odiamos a Candado, todos en esta casa. Por eso existimos. Las ideolog¨ªas de ese muchacho son peligrosas para el mundo. No me importan ni los Circuitos ni los Gremios, s¨®lo ¨¦l. ¡ªSheldon, siempre tan puntual. ¡ªLa ¨²nica raz¨®n por la que estoy aqu¨ª es para encontrarme con Candado... y matarlo. ¡ªPaulo sabe que Sheldon es un rencoroso, siempre persiguiendo a la polilla, je, je, je. Pero Paulo tambi¨¦n sabe que es muy dif¨ªcil derrocar a Esteban. Nadie sabe lo que el G.C.G. est¨¢ planeando. Son incre¨ªblemente poderosos. (?El derrocamiento de Esteban?), pens¨® Maidana, alarmado. ¡ªS¨ª, Paulo, s¨¦ que suena imposible, pero con la mala reputaci¨®n que tiene Esteban, nada lo es. ¡ªExacto. Pero Paulo te dir¨¢ qu¨¦ otra cosa es imposible. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªAtacar Kanghar. La O.M.G.A.B. es indestructible. Su democracia es m¨¢s fuerte que cualquier otro estado mundial. Maidana se alarm¨® a¨²n m¨¢s. (No puedo creer lo que est¨¢n diciendo¡­ ?atacar la O.M.G.A.B.? ?Derrocar a Esteban? ?Qu¨¦ es todo esto?). ¡ªPor eso existen las alianzas. ¡ªExacto, peque?o loco. ¡ªBien, esto queda entre nosotros, ?de acuerdo? ¡ªS¨ª, mi ni?a, entre los tres. ¡ªPero somos cuatro. ¡ª¨¦l no cuenta ¡ªdijo Sheldon se?alando a Maidana. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Paulo. ¡ªPorque es un esp¨ªa. ¡ªEs rid¨ªculo, Roberto es mi t¨ªo. Sheldon sac¨® una peque?a campana de su bolsillo y la hizo sonar suavemente. De repente, el disfraz de Maidana desapareci¨®, revelando su verdadera identidad. ¡ªEres bueno, pero no lo suficiente para m¨ª. Maidana, lejos de intimidarse, decidi¨® actuar con astucia. ¡ªBravo, se?or, pero los asesinos necesitamos estar vivos para compartir esta gloriosa informaci¨®n ¡ªdijo inclin¨¢ndose de forma caballerosa. Todos se levantaron para atacarlo, excepto Sheldon, que lo observaba con desconfianza. La chica desat¨® cuatro pinzas de acero desde su cintura, y Paulo transform¨® su brazo izquierdo en una extra?a pistola. ¡ªEnga?aste a Paulo, je, je. Pero eso se va a arreglar. ¡ª?D¨®nde est¨¢ mi t¨ªo? Maldito traidor. ¡ªEst¨¢ bien, tranquilo¡ªcontest¨® Maidana, alzando la vista con una sonrisa. Sheldon se alarm¨® y grit¨®: ¡ª?RETROCEDAN! Maidana sac¨® una pistola y dispar¨® a Paulo, empuj¨¢ndolo lejos. Luego apunt¨® a la chica y le dispar¨® en el brazo. Cuando iba a disparar a Sheldon, ¨¦ste ya estaba a su lado. ¡ªMierda. Fue lo ¨²nico que pudo decir Maidana antes de que Sheldon le diera un fuerte golpe en el abdomen, lanz¨¢ndolo contra la puerta. ¡ªSheldon¡­ ¡ª?Est¨¢n vivos? ¡ªpregunt¨® Sheldon mirando a Paulo y a la chica. ¡ªPaulo se dio cuenta, son electrodos, est¨¢n afectando mi energ¨ªa m¨¢gica. ¡ª?Estar¨¢n bien? ¡ªEs temporal. Paulo estar¨¢ bien, al igual que Nina. ¡ªOh, diablos, esto se ver¨¢ muy mal en mi expediente ¡ªdijo Maidana poni¨¦ndose de pie y quit¨¢ndose astillas de sus ropas. ¡ª?UN SEM¨¢FORO! ¡ªgrit¨® alguien desde la tribuna. Maidana tom¨® su arma y dispar¨® a Sheldon, que esquiv¨® el disparo y le lanz¨® una silla. Maidana se volvi¨® invisible y la esquiv¨®. ¡ªOh no, eso no ¡ªdijo Sheldon mientras daba un pisot¨®n en el suelo. Esto hizo que Maidana volara y se estrellara contra el techo, volviendo a ser visible al caer al suelo. ¡ª?Est¨¢ muerto? ¡ªpregunt¨® una muchacha. En ese momento, la puerta de la entrada se rompi¨®, y Krauser apareci¨®. Maidana abri¨® los ojos, tom¨® la pierna de uno de los presentes y le dio una descarga el¨¦ctrica, dej¨¢ndolo inconsciente. Se levant¨®, agarr¨® a Sheldon del cuello y lo empuj¨®, d¨¢ndole un rodillazo en el est¨®mago. Krauser corri¨® hacia su amigo, pegando su espalda con la de ¨¦l. ¡ªMal momento para olvidar mi viol¨ªn en casa. ¡ªTocas horrible, hermano. Ded¨ªcate a otra cosa. ¡ªBueno, y¡­ ¡ª?ATR¨¢PENLOS! ¡ªgrit¨® Sheldon, justo antes de recibir un disparo de una de las mangas de Maidana. ¡ªQu¨¦ molesto de mierda ¡ªdijo Maidana, con el brazo extendido de donde hab¨ªa salido el proyectil. ¡ªHablemos luego ¡ªa?adi¨® Krauser mientras se preparaba para el ataque, ajustando su sombrero y mostrando parcialmente sus dientes mal¨¦volos. Krauser despleg¨® sus tent¨¢culos y sujet¨® a cuatro de ellos por la cintura, estamp¨¢ndolos contra el muro. Un disparo alcanz¨® su sien izquierda, lo que hizo que se girara y, con un tent¨¢culo que surgi¨® de su mu?eca, tomara al tirador por el cuello y lo arrojara contra la pared. ¡ªLos necesitamos vivos ¡ªcoment¨® mientras combat¨ªa junto a Sheldon. ¡ªEste es el peor plan que he visto en mi vida. ¡ªAcost¨²mbrate ¡ªrespondi¨® Krauser, d¨¢ndole una patada a un desconocido que ven¨ªa corriendo hacia ¨¦l con un cuchillo en mano¡ª. El trabajo siempre es impredecible. En ese momento, Guz y J?rgen hicieron su aparici¨®n. ¡ª?USTEDES! ¡ªgrit¨® Krauser, soltando a los dem¨¢s y corriendo hacia ellos. ¡ª?KRAUSER, NO LO HAGAS! ¡ªadvirti¨® Sheldon. Guz, sin moverse, invoc¨® un tent¨¢culo del suelo que atrap¨® a Krauser por las piernas, lanz¨¢ndolo por toda la habitaci¨®n. Su sombrero vol¨® entre los escombros, y Krauser qued¨® atrapado en el aire por la fuerza del tent¨¢culo. Maidana, viendo la escena, corri¨® en su ayuda, pero antes de llegar, J?rgen, con su incre¨ªble velocidad, lo atrap¨® por el cuello y lo estrell¨® contra el muro, inmoviliz¨¢ndolo. ¡ªMaldito... ¡ªjade¨® Maidana mientras intentaba liberarse. J?rgen no dijo nada, s¨®lo lo observaba fr¨ªamente con una mano guardada en su bolsillo. ¡ªVaya, vaya, esto es un aut¨¦ntico desastre ¡ªse escuch¨® una voz desconocida¡ª. No s¨¦ por qu¨¦ me molest¨¦ en convocarlos aqu¨ª. ¡ªEsa voz... ¡ªmurmur¨® Krauser, petrificado al reconocerla. Las pisadas se acercaban, cada vez m¨¢s fuertes, hasta que la figura de Desza se revel¨®. ¡ªOh, Krauser. ¡ª?DESZA! ¡ªgrit¨® ¨¦l con furia contenida. ¡ªQu¨¦ tremenda coincidencia encontrarte aqu¨ª. ¡ªCuando me libere, voy a cortarte el cuello ¡ªamenaz¨® Krauser. Desza solt¨® una risa y observ¨® el lugar con desd¨¦n. ¡ªUstedes dos s¨ª que han hecho un desastre. Miren este sitio, es un asco. ¡ªSe?or¡­ ¡ªdijo una voz proveniente de la cocina. Desza camin¨® hacia all¨ª y abri¨® la despensa, encontrando a Rose, aterrorizada. ¡ªOh, mi rosa, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªBurton me invit¨® ¡ªrespondi¨® la chica, temblorosa. Desza le extendi¨® la mano y la ayud¨® a salir de la despensa. ¡ªVe afuera, tu hermano estaba muy preocupado busc¨¢ndote ¡ªdijo mientras acariciaba su mejilla¡ª. Yo tambi¨¦n me preocup¨¦. Rose sonri¨®, lo abraz¨® y sali¨® corriendo hacia la salida. ¡ªEres un c¨ªnico, Harry ¡ªdijo Maidana con desd¨¦n. ¡ªNo lo soy. S¨®lo soy una persona normal ¡ªrespondi¨® Desza. ¡ª?Normal? ?Alguien que mat¨® a innumerables inocentes durante la traves¨ªa en Italia? ?Eso es lo que llamas normal? Eres un asesino, lo mires por donde lo mires. ?De verdad cre¨ªas que¡­ escuelas, hospitales, orfanatos¡­ eran tus objetivos? ¡ªNadie era inocente, Krauser. A veces, hay que hacer sacrificios. ¡ªSiempre dices lo mismo, pero ?qu¨¦ significa? ?Qu¨¦ te llev¨® a matarlos? ¡ªDios me lo dijo. ¡ªT¨²... ¡ªBueno, basta de discursos. Es hora de actuar. Indignado por las palabras de Desza, Krauser tom¨® el tent¨¢culo que lo envolv¨ªa, se liber¨® y le dio una patada en el pecho, empuj¨¢ndolo hacia J?rgen y logrando que soltara a Maidana. ¡ªEs la hora ¡ªdijo Krauser, acerc¨¢ndose amenazante a Desza. En ese instante, la puerta se derrumb¨® y entraron Dockly y R?sse?s. El primero le vol¨® la cabeza a Krauser, pero este no perdi¨® el control. De su cuello cercenado emergi¨® un tent¨¢culo blanco que golpe¨® a Dockly en el abdomen. Desza se inclin¨® r¨¢pidamente y lo cort¨®, haciendo que el tent¨¢culo desapareciera al instante. Aunque Krauser estaba decapitado, de alguna manera segu¨ªa luchando contra los que se encontraban ah¨ª. Por otro lado, Maidana se puso de pie y corri¨® hacia Desza, pero este lo detuvo con un golpe en el pecho utilizando el mango de su machete. ¡ªD¨¦bil ¡ªdijo Desza burlonamente. Maidana reaccion¨®, sac¨® un cuchillo que ten¨ªa guardado en el bolsillo interno de su traje y se abalanz¨® sobre ¨¦l, logrando hacerle un peque?o corte que descend¨ªa desde su sien hasta la mejilla. ¡ªNo te burles de un rango amarillo, imb¨¦cil. Cambiando de mano el cuchillo, Maidana se lanz¨® nuevamente sobre Desza. A pesar de que Desza estaba armado con un machete, la rapidez y agilidad de Maidana, quien portaba solo un cuchillo, le daban la ventaja en la pelea. En medio del combate, Sheldon emergi¨® de entre los escombros y corri¨® hacia Maidana, pero fue frenado por un cuchillo que ten¨ªa oculto en su zapato. ¡ª?Candado? ¡ªpregunt¨® Desza sorprendido. Sheldon intent¨® fracturarle el pie a Maidana, pero este sac¨® una peque?a pistola de p¨®lvora y le dispar¨® en el pecho. La bala no fue lo suficientemente fuerte para matarlo, pero s¨ª lo desconcert¨®. Aprovechando el momento, Maidana gir¨® y le dio una patada en el cuello. Dockly apareci¨® de repente con su w¨ªnchester, corri¨® hacia Maidana y le apunt¨® al pecho, pero Maidana desvi¨® el arma con el brazo, provocando que el disparo impactara en el hombro de Sheldon, quien intentaba apu?alar a Krauser, que estaba ocupado luchando contra J?rgen y Guz al mismo tiempo. Maidana atrap¨® el antebrazo de Dockly, lo mir¨® a los ojos y, ante la sorpresa de este, cambi¨® de forma, lo que caus¨® una gran impresi¨®n en Dockly. ¡ª?C¨®mo te atreves, Leandro? ¡ªespet¨® Dockly. Sin responder, Maidana lo golpe¨® en el cuello y lo arroj¨® dentro de una habitaci¨®n. Tom¨® el rifle w¨ªnchester en el aire y dispar¨® a Guz por la espalda. J?rgen reaccion¨® de inmediato, corri¨® hacia ¨¦l, pero Maidana gir¨® el rifle en el aire y lo golpe¨® con el mango, haci¨¦ndolo caer al suelo. Desza apareci¨® entonces detr¨¢s de Maidana, con su machete en alto, dispuesto a atacar. Maidana fren¨® el golpe con el rifle, quedando el machete atascado en el arma. ¡ª?AHORA! ¡ªgrit¨® Maidana mientras retomaba su forma. Krauser salt¨® hacia Desza, lo envolvi¨® con sus tent¨¢culos y empez¨® a golpearlo por todo el cuerpo, sus ojos brillando de furia. ¡ª?HAY QUE MATAR A LA BESTIA! ¡ªgritaba Krauser una y otra vez mientras lo bombardeaba con golpes y patadas. Luego, alz¨® a Desza por los aires y lo lanz¨® contra una pared, destruy¨¦ndola con su cuerpo. En ese momento, los seguidores de Desza llegaron con furia en los ojos y atacaron a Krauser y Maidana con fiereza. ¡ª?MALDITOS! ¡ªrugi¨® Krauser. Sac¨® tent¨¢culos de su espalda y deform¨® su rostro. Corri¨® hacia ellos, primero atrapando la mano de Joel y lanz¨¢ndolo hacia donde estaban su hermana Jane y R?sse?s. Luego, tom¨® a Azricam por el cuello, amenazando con devorarle la cabeza con su monstruosa boca. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Dockly entr¨® en acci¨®n, despeinado y desalineado. Sac¨® una escopeta de dos tiros de su cintura y dispar¨®, pero err¨® el tiro. Krauser lo lanz¨® hacia ¨¦l, pero Dockly esquiv¨® el ataque, tir¨® su arma y corri¨® hacia Krauser. ¡ª?TODOS! ?MANIOBRA N¡ã78! ?AHORA! ¡ªorden¨® Dockly. J?rgen apareci¨® desde los pies de Krauser y le dio un pu?etazo. Luego, Dockly salt¨® al aire con sus manos en alto. Al verlo, Jane sac¨® su espada y se la lanz¨®. Dockly la atrap¨® en pleno vuelo y, con todas sus fuerzas, la clav¨® en la cabeza de Krauser, dej¨¢ndolo atrapado entre el suelo y la espada. Krauser solt¨® un espeluznante grito de dolor mientras R?sse?s se deslizaba por la sala y quemaba sus piernas, dej¨¢ndolo arrodillado mientras luchaba por liberarse. ¡ª?LOS MATAR¨¦! ?LOS MATAR¨¦! ?LOS MATAR¨¦! ?LOS MATAREEEEEEEEEEEEE! ¡ªgritaba Krauser con desesperaci¨®n, incapaz de regenerarse. Maidana salt¨® para ayudarlo. Golpe¨® sin piedad a J?rgen, quit¨® la espada y empuj¨® a Krauser hacia una ventana. En ese momento, Dockly, con una vena hinchada de furia, apunt¨® su arma hacia Maidana, pero este se hizo invisible y lo golpe¨® en la nuca. R¨¢pidamente, Maidana recuper¨® su arma y dispar¨® a Isabel, quien fue protegida por J?rgen. Luego, corri¨® hacia J?rgen, le quit¨® el arma con una patada y lo atrap¨® por el cuello, arroj¨¢ndolo contra un muro. ¡ªSe termin¨® ¡ªdijo J?rgen mientras se sacud¨ªa las manos. Los presentes rodearon a Maidana. Guz se puso de pie, expulsando la bala de su espalda. Desza, sangrando por la cabeza, se acerc¨® a Maidana con una sonrisa psic¨®tica. ¡ªVaya, vaya, parece que has ca¨ªdo. Maidana, arrodillado, lo mir¨® a los ojos. ¡ªNo, los animales caen. Los hombres nunca lo hacen. ¡ªEntonces creo que debemos tratarte como a un animal. M¨¢tenlo. Maidana sac¨® una estrella roja con un bot¨®n blanco en el centro y sonri¨®, aunque el pasamonta?as en su rostro ocultaba su expresi¨®n. ¡ªLo siento, Joaqu¨ªn. Parece que no podr¨¦ volver a la agencia. Cuando estaba a punto de presionar el bot¨®n, un estruendo sacudi¨® el lugar. Maidana abri¨® los ojos, y el temblor que se aproximaba se hizo m¨¢s evidente. De repente, el muro se derrumb¨®, y dos individuos aparecieron. El primero agarr¨® a J?rgen y a Guz por el cuello y los lanz¨® lejos. La segunda figura emergi¨® del suelo con una m¨¢scara en la cara, la cual ten¨ªa una abertura como la de un buz¨®n. La figura infl¨® el pecho y solt¨® un grito potente, destruyendo los cristales y expulsando a todos los presentes. Maidana cay¨® desmayado al instante en que su cuerpo toc¨® el suelo, sintiendo c¨®mo se debilitaba poco a poco. Apenas consciente, percibi¨® que una tercera persona lo levantaba y lo cargaba. Aunque sus sentidos estaban nublados, logr¨® ver lo que suced¨ªa a su alrededor. ¡ªBonito sombrero. Creo que me lo llevar¨¦ ¡ªdijo una voz extra?a. De repente, un tent¨¢culo atraves¨® la ventana, tom¨® el sombrero y una voz replic¨®: ¡ªEs m¨ªo. El due?o del tent¨¢culo se coloc¨® el sombrero y mir¨® a Maidana. ¡ª?Qu¨¦ le est¨¢n haciendo? ¡ªTenemos que salir de aqu¨ª, r¨¢pido ¡ªurgi¨® una voz femenina. ¡ªNo te preocupes, estamos de su lado. Maidana cerr¨® los ojos, y se perdi¨® en la oscuridad absoluta. SOY LO QUE SOY Lejos de la Ciudad de Buenos Aires, en el pueblo de Isla del Cerrito, se encontraba Ana Mar¨ªa Pucheta, quien iba de un lado a otro sacando de quicio a Candado. Para alejarla de ¨¦l durante todo el d¨ªa, le encomend¨® la importante misi¨®n de ense?arle el pueblo a Liv, y de paso, llevarse a Hammya para que ¨¦l pudiera firmar en paz los formularios de Liv, necesarios para que ella se quedara en los gremios. Al salir, el cielo se nubl¨® y parec¨ªa que pronto llover¨ªa. Justo cuando Hammya, la ¨²ltima en salir, cruz¨® la puerta, se gir¨® para mirar a Candado. ¨¦l la observ¨®, luego mir¨® el cielo con expresi¨®n neutral, abri¨® la puerta nuevamente, tom¨® un paraguas y lo coloc¨® en el pecho de Hammya. ¡ªSuerte ¡ªdijo con frialdad. Cerr¨® la puerta y la asegur¨® con llave. Hammya se alej¨® de la casa y abri¨® el paraguas. Mientras caminaban, la puerta se abri¨® de repente y Walsh sali¨® corriendo para alcanzarlas. ¡ª?Esperen! ¡ªgritaba mientras se acercaba. ¡ª?Hola, Walsh! ¡ªNo hac¨ªa falta gritarme ¡ªrespondi¨® con una sonrisa. ¡ª?Puedo ayudarte en algo? ¡ªpregunt¨® Hammya, colocando el paraguas sobre su cabeza, pues empezaba a lloviznar. ¡ªS¨ª, me gustar¨ªa acompa?arlas. No te conozco a ti ni a la espada china. ¡ªSoy Liv. ¡ªBien, hola Liv. Walsh aclar¨® la garganta y extendi¨® la mano hacia Hammya, quien la acept¨® cort¨¦smente. ¡ªSoy Dar¨ªo Walsh, miembro del gremio Roob¨®leo. ¡ªEs nuestro director de registros. En otras palabras, ¨¦l agenda todo lo que sucede dentro y fuera del c¨ªrculo. Ha estado fuera unos meses. Tambi¨¦n es un estratega. ¡ªPero no hab¨ªa ninguna placa en su asiento ¡ªcoment¨® Liv. ¡ªEs porque su silla est¨¢ guardada en la sala. Por eso no la viste. ¡ªVaya, cre¨ª que todos se hab¨ªan olvidado de m¨ª ¡ªdijo Walsh, bromeando. ¡ªEso no es cierto. El gremio no es lo mismo sin ti. Ahora que est¨¢s de vuelta, todo ser¨¢ m¨¢s divertido ¡ªdijo Hammya. ¡ªPero... si siempre vagueas ¡ªintervino Clementina. ¡ªSilencio, no es divertido hacerlo sola. Es mejor en grupo. ¡ªGracias, me siento mucho mejor ahora. Pens¨¦ que ser¨ªa una molestia ¡ªrespondi¨® Walsh. ¡ªLos amigos nunca son una molestia ¡ªasegur¨® Pucheta. ¡ªExcepto usted ¡ªdijo Clementina, con sarcasmo. ¡ªNo seas as¨ª, Clementina ¡ªreplic¨® Walsh, intentando mediar. ¡ªUuuy, qu¨¦ tierno ¡ªdijo Pucheta mientras lo abrazaba. Clementina lo tom¨® del hombro y lo apart¨® de ella. ¡ªCelosa ¡ªse burl¨® Pucheta. ¡ªTus abrazos acabar¨ªan con cualquier ser vivo. El grupo se ri¨® y sigui¨® su camino, dejando al presidente dentro de la casa, ocupado ayudando a sus compa?eros. Candado estaba limpiando su oficina, pasando plumero, franela y escoba. Ten¨ªa arremangada su camisa blanca para no ensuciarla. Era un poco complicado quitar el polvo del suelo de madera, pero gracias a sus poderes, lo pudo eliminar y desechar sin problemas. Limpi¨® su escritorio y se dedic¨® a pasar la franela por cada uno de los libros del estante antes de volverlos a colocar en su lugar. En ese momento, tom¨® un libro de tapa blanca y lo limpi¨® hasta que se detuvo al leer el t¨ªtulo: Lluvia de sue?os, de Axel Miguel Copas, una historia contada por el propio autor. Era un libro que Gabriela sol¨ªa leerle cuando ten¨ªa miedo a la oscuridad, ya que se identificaba con la protagonista, pues ambos tem¨ªan a la oscuridad. Ella cre¨ªa en la existencia de demonios y duendes malignos, en especial el Pombero, mientras que Candado tem¨ªa quedarse ciego para siempre al desaparecer la luz, o que alguna entidad le robara la vista. Gabriela encend¨ªa la luz de su mesita de noche y le le¨ªa ese libro, que narraba c¨®mo una ni?a enfrentaba sus peores miedos para salvar a su familia. De esta manera, alentaba a su hermano a enfrentar sus propios temores de manera indirecta. Candado sonri¨® al ver el libro nuevamente en sus manos. Nunca lo hab¨ªa le¨ªdo por s¨ª mismo, siempre era Gabriela quien lo hac¨ªa por ¨¦l. A medida que fue creciendo, y aunque ya pod¨ªa leerlo solo, ella continu¨® ley¨¦ndoselo, dici¨¦ndole que as¨ª estar¨ªa preparada para cuando tuviera un hijo. Esas fueron sus palabras cuando Candado le pregunt¨® una vez sobre su forma de tratarlo. Sin embargo, esa no era la ¨²nica raz¨®n, tambi¨¦n lo hac¨ªa porque lo quer¨ªa mucho. De pie, sosteniendo el libro, sonriendo mientras lo miraba, Candado pos¨® su mano sobre el lomo. ¡ªVaya, ?vas a moverte o te quedar¨¢s ah¨ª parado, mirando el libro como un bobo? ¡ªdijo una voz. Candado levant¨® la mirada y se dio vuelta, a¨²n con el libro en las manos. ¡ªVaya, Kruger, tan repulsivo como siempre. Kruger sosten¨ªa un trapeador en una mano y un balde rojo en la otra. Ten¨ªa las mangas remangadas y un delantal negro atado alrededor de su cuerpo. Usaba guantes de l¨¢tex rojo que casi le llegaban hasta los codos. ¡ªNo soporto la suciedad, me desagrada completamente. Candado se mordi¨® los labios para no re¨ªrse del aspecto de Kruger, quien se autodenominaba asesino, cruel, malvado, s¨¢tiro, s¨¢dico y psic¨®pata. Resultaba ir¨®nico verlo vestido como un ama de casa que entra en una vivienda invadida por ara?as, suciedad, moho y polvo. ¡ªBien, "mega asesino" ¡ªinfl¨® las mejillas y solt¨® un ruido raspante de sus labios. Luego se cubri¨® la boca con el pu?o, aclar¨® la garganta y continu¨®¡ª: Dime, ?necesitas algo? ¡ªS¨ª, el ¨¢rea donde guardas tus papeles es un desastre total. ¡ª?Pasaste el trapeador, verdad? ¡ªS¨ª, aunque no puedo creer que alguien como t¨² deje las pilas de papeles en el suelo. ¡ªVaya, eres... ¡ª?Silencio, no he terminado! Dime, ?por qu¨¦ demonios no guardas tus malditos apuntes en un mueble que venden aqu¨ª a la vuelta? ¡ªEs f¨¢cil encontrar las cosas as¨ª, al menos para m¨ª, claro. Kruger arque¨® las cejas y se march¨® del lugar. ¡ªAl final, parece que los hermanos Barreto son muy parecidos ¡ªdijo mientras sal¨ªa. Candado se gir¨® y guard¨® el libro en su lugar. ¡ªVaya, pens¨¦ que har¨ªas otra cosa, pero me equivoqu¨¦. ¡ªT¨ªnbari, ?por qu¨¦ no me sorprende? ¡ªrespondi¨® de manera ir¨®nica. ¡ªRel¨¢jate, solo vine a decirte algo. ¡ª?Algo? Pucheta y los dem¨¢s llegaron a la plaza, donde se relajaron despu¨¦s de una larga caminata. ¡ª?M¨¢s o menos sabes d¨®nde est¨¢ cada ubicaci¨®n? ¡ªpregunt¨® Pucheta mientras se abanicaba con ambas manos. ¡ªClaro. ¡ª?Tienes calor? ¡ª?T¨² no, Hammya? ¡ªHace 15 grados cent¨ªgrados ¡ªdijo Clementina. ¡ªC¨®mo me gustar¨ªa tener esa cualidad ¡ªdijo Walsh mientras temblaba. ¡ªSi quieres, yo te caliento ¡ªofreci¨® Pucheta con los brazos extendidos. ¡ªNo, gracias. Clementina se sent¨® junto a Walsh, sac¨® una taza de caf¨¦ caliente de su pecho y se la entreg¨®. ¡ªGracias ¡ªdijo ¨¦l, tomando la taza con ambas manos. ¡ªPara eso est¨¢n los amigos ¡ªrespondi¨® Clementina con amabilidad. Luego volvi¨® a su lugar y se sent¨® junto a Hammya, que estaba distra¨ªda. ¡ª?Te pasa algo? ¡ªpregunt¨® Clementina ¡ªNo, nada ¡ªvacil¨®. ¡ªEn serio, has estado muy pensativa ¨²ltimamente ¡ªdijo Pucheta, que segu¨ªa abanic¨¢ndose. ¡ªEs que¡­ ¡ª?Es que qu¨¦? ¡ªQuer¨ªa saber¡­ ?c¨®mo conociste a Candado, Ana? ¡ªBueno, esa es una larga historia, pero te har¨¦ un resumen. ¡ªBien. ¡ªYo viv¨ªa en Resistencias, en aquel entonces era la l¨ªder de un gremio llamado Los Iluminados. Ten¨ªa nueve integrantes. No ¨¦ramos famosos, pero ¨¦ramos felices haciendo nuestros trabajos, hasta que sucedi¨® algo. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªPas¨® que mis amigos me traicionaron y me echaron de mi gremio. Nunca supe por qu¨¦, pero as¨ª fue. Intent¨¦ recuperarlo varias veces, pero no funcion¨®. Entonces decid¨ª luchar contra los gremios y me un¨ª a los Circuistas para hacerlos sufrir¡­ y lo consegu¨ª. Los incrimin¨¦ por cosas mucho peores, lo que provoc¨® que fueran expulsados de la O.M.G.A.B. para siempre. Pero mi avaricia no termin¨® ah¨ª. Quer¨ªa hacer sufrir a los gremios a¨²n m¨¢s, y comenc¨¦ a trabajar para el Circuito. D¨ªa tras d¨ªa atacaba a los gremiales, y estaba en la cima. Incluso me nombraron teniente. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªLo que ten¨ªa que pasar. Mi siguiente objetivo era el gremio Roob¨®leo¡­ y su Candado ¡ªse ri¨®¡ª. Perd¨®n, Candado Ernest Barret. Hammya trag¨® saliva y pregunt¨®: ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? Para ese momento, Liv y Walsh tambi¨¦n estaban interesados en la historia. ¡ªSab¨ªa que el Circuito lo odiaba, nunca supe por qu¨¦. Si quer¨ªa seguir subiendo, ten¨ªa que acabar con ¨¦l. Pero mentir¨ªa si dijera que fue solo por eso¡­ la verdad es que lo odiaba mucho y quer¨ªa destruirlo. Cuando vi su anuncio en la tabla de misiones, pens¨¦ que finalmente ten¨ªa algo que me llevar¨ªa lejos, as¨ª que tom¨¦ la misi¨®n y fui a la Isla del Cerrito para acabar con ¨¦l. ¡ª?T¨² sola? ¡ªpregunt¨® Liv. ¡ªNo, fui con dos personas m¨¢s. Hammya, ansiosa, hizo un gesto de desesperaci¨®n. No pod¨ªa soportar m¨¢s interrupciones, la curiosidad la estaba consumiendo. ¡ªContin¨²a, quiero saber qu¨¦ pas¨® ¡ªdijo, mientras tragaba saliva y aplaud¨ªa r¨¢pidamente. ¡ªEsperamos a que Candado saliera de la escuela ¡ªAna se detuvo un momento y mir¨® al suelo. ¡ª?Ana? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªVaya, s¨ª que fue hace mucho. Parece como si todo esto fuera una enorme iron¨ªa de la vida. Hace tres a?os... Candado caminaba por la vereda, acompa?ado por Clementina. Llevaba su mano izquierda en el bolsillo y en la derecha sosten¨ªa una carpeta negra que estaba leyendo. ¡ªAh¨ª est¨¢, el presidente de la O.M.G.A.B. y Candado del gremio Roob¨®leo. ¡ª?En serio? No me di cuenta, Ricardo. Muchas gracias por tu colaboraci¨®n. ¡ª?Pucheta! ¡ª?Qu¨¦ quieres, Rico? ¡ªDej¨¢ de burlarte de ¨¦l ¡ªdijo Tiffany. Pucheta carcaje¨® y cort¨® r¨¢pidamente su risa. ¡ªYa en serio, hay que seguirlo. ¡ªPodemos acabar con ¨¦l ahora mismo.Stolen content warning: this tale belongs on Royal Road. Report any occurrences elsewhere. ¡ªNo, Tiffany. No quiero involucrar a gente inocente. Es mejor que vayamos a un lugar donde no sea un problema. ¡ªVamos a seguirlo. El grupo se puso en marcha para capturar a Candado. Caminaban a una distancia de nueve metros de ¨¦l, ya que, seg¨²n las investigaciones de Pucheta sobre las personas que hab¨ªan sido derrotadas por Candado, ¨¦l pod¨ªa sentir la presencia de alguien a m¨¢s de cinco metros. Para estar seguros, se alejaron unos cuatro metros adicionales. Aunque, en la mente de Pucheta, que Candado se diera cuenta o no, no importaba. Estaba convencida de que lo vencer¨ªa de todas formas. ¡ªOh, qu¨¦ extra?o, se detuvo ¡ªdijo Pucheta. ¡ªS¨ª, ?y qu¨¦? ¡ªrespondi¨® una voz a sus espaldas. Pucheta gir¨® r¨¢pidamente, lanzando un pu?etazo sin mirar a su objetivo, pero golpe¨® el aire, ya que no hab¨ªa nadie all¨ª. ¡ªTus reflejos no est¨¢n mal, pero tampoco est¨¢n bien ¡ªse escuch¨® la misma voz. Pucheta y sus acompa?antes voltearon y vieron a Candado parado frente a ellos, con los brazos detr¨¢s de la espalda. ¡ª?Por qu¨¦ me siguen? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª??QU¨¦ TE IMPORTA!? ¡ªgrit¨® Ricardo. ¡ª?COME TORTA! ¡ªgrit¨® Candado en respuesta. ¡ª?NO GRITES! ¡ªexclam¨® Pucheta. ¡ªBien, no grito ¡ªrespondi¨® Candado con calma. T¨ªffany corri¨® hacia ¨¦l, pero Candado la tom¨® del cuello y la empuj¨® suavemente de regreso al mismo lugar donde estaba antes. ¡ªEso no fue gracioso ¡ªdijo Candado. Pucheta dio un paso al frente y se acerc¨® a ¨¦l hasta estar a escasos cent¨ªmetros. ¡ª?Qu¨¦ quiere un Circuito de m¨ª, ni?a? ¡ªTu vida ¡ªrespondi¨® Pucheta, sonriendo. ¡ªOtra frase clich¨¦. Cr¨¦eme, he visto rostros m¨¢s aterradores que el tuyo, ni?a. ¡ªNo me interesa. Voy a... ¡ªAcepto. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªLo que has o¨ªdo. Si quieres pelear, puedo ayudarte. ¡ªBueno. ¡ªPero que no sea en un lugar p¨²blico. ¡ª?Temes da?ar a alguien? ¡ªpregunt¨® Pucheta, sarc¨¢stica. ¡ªNo, simplemente odio las multitudes. Ana respondi¨® con un pu?etazo, que Candado detuvo sin esfuerzo. ¡ªDas pena en lo que respecta a la paciencia, ni?a... ¡ª?DEJA! ¡ªgrit¨® Pucheta, apretando los pu?os. Luego se calm¨® y continu¨®¡ª De llamarme ni?a. Soy Ana Mar¨ªa Pucheta. ¡ª?Pucheta? ?Como el puchero de mi mam¨¢? ¡ªpregunt¨® Candado, mostrando una sonrisa seria. Pucheta se enfureci¨®, pero luego esboz¨® una sonrisa de oreja a oreja. ¡ªVeo que te gusta molestar a los dem¨¢s. ¡ªTodo depende, ni?a. ¡ª?NO SOY UNA NI?A! ¡ªEntonces, vieja. ¡ª?Quieres que te mate aqu¨ª y ahora? ¡ªVen al parque dentro de... ¡ªCandado sac¨® un reloj de su chaleco y lo mir¨®¡ª Oh, vaya, no tendr¨¦ tiempo para comer ¡ªluego lo guard¨® y la mir¨® a la cara¡ª Dentro de veinte minutos. ¡ªNo pensar¨¢s que... Candado se dio media vuelta y comenz¨® a alejarse. ¡ªEst¨¢ escapando ¡ªdijo T¨ªffany. ¡ªNo, se?orita, no ser¨ªa capaz de eso. ¡ª?Entonces a d¨®nde va? ¡ªA donde me gu¨ªe el viento y dicte mi coraz¨®n. ¡ªSe dirige a la plaza ¡ªdijo Ricardo. ¡ª?C¨®mo lo sabes? ¡ªS¨¦ cuando alguien miente, Pucheta. Su coraz¨®n me dice, literalmente, que se dirige a la plaza. ¡ªCorrecci¨®n, yo no miento ¡ªdijo Candado mientras se alejaba. ¡ªEso... eso es cierto... qu¨¦ extra?o. ¡ª?Extra?o? Eso me gusta ¡ªdijo Pucheta, sonriendo, y luego apresur¨® el paso. ¡ªEs hora de moverse ¡ªdijo T¨ªffany mientras segu¨ªa a Pucheta. Ricardo qued¨® mirando la espalda de Candado. ¡ª?Nos vamos o no? ¡ªpregunt¨® T¨ªffany. Ricardo sigui¨® observando la figura de Candado. ¡ª?Ricardo, pasa algo? ¡ªHay que tener cuidado con Candado. Su coraz¨®n es blanco. ¡ª?Blanco? Ricardo baj¨® la mirada de golpe y empez¨® a toser. Luego se arrodill¨®, con l¨¢grimas rojas brotando de sus ojos. ¡ª?Dios! ?Qu¨¦ te pasa? ¡ªT¨ªffany se acerc¨® a ¨¦l y lo ayud¨® a ponerse de pie. Las palabras de T¨ªffany alertaron a Pucheta, quien estaba alej¨¢ndose, pero al ver a Ricardo en el suelo, tosiendo y sufriendo, corri¨® hacia ellos, mirando a Candado. Este permanec¨ªa quieto, con las manos en los bolsillos de sus pantalones, de espaldas, sin voltear a ver lo que estaba ocurriendo. T¨ªffany ayud¨® a Ricardo a reincorporarse y limpi¨® las marcas de sangre en sus mejillas y labios. ¡ªYa, ya, ya, ya pas¨® ¡ªlo consol¨®. Pucheta volte¨® hacia Ricardo. ¡ª?Qu¨¦ viste? ¡ªSu coraz¨®n est¨¢ en blanco, Ana. No creo que sea buena idea pelear con ¨¦l. Trat¨¦ de acercarme m¨¢s, pero sent¨ª... ¡ª?Qu¨¦ sentiste? ¡ªpregunt¨® Pucheta. ¡ªMiedo. Sonar¨¢ loco, pero sent¨ª que Candado me estaba estrangulando. Pucheta mir¨® la silueta de Candado desapareciendo al doblar una esquina. ¡ªCandado, ?qu¨¦ eres? ¡ªpregunt¨® Pucheta con una sonrisa. El tr¨ªo lleg¨® a la plaza, donde, para su sorpresa, Candado ya los esperaba, acuclillado, observando c¨®mo un grupo de hormigas pasaba frente a ¨¦l. Pucheta se acerc¨® por detr¨¢s. ¡ªEres bastante intrigante. ¡ªNo me importa ¡ªrespondi¨® Candado, sin levantar la mirada. Pucheta se acerc¨® m¨¢s y levant¨® el pie para aplastar las hormigas, pero Candado reaccion¨® r¨¢pidamente, colocando la palma de su mano en el lugar donde ella iba a pisar, sorprendiendo tanto a ella como al grupo. Hab¨ªa detenido un golpe mortal. ¡ªEl hombre es violento, como todo en la naturaleza, pero... ¡ªCandado alz¨® la mirada¡ª nosotros tenemos las herramientas para hacer m¨¢s da?o que cualquier otra especie. Pucheta retir¨® su pie y retrocedi¨® abruptamente al ver sus ojos violetas. Candado baj¨® la cabeza y continu¨® observando a las hormigas. ¡ªDa?amos a los que nos rodean, talamos m¨¢s ¨¢rboles de los que necesitamos, matamos m¨¢s animales de los que necesitamos comer, llev¨¢ndolos a la extinci¨®n. ¡ªEres un desquiciado. Candado levant¨® la vista y sus ojos se encendieron con una llama violeta. ¡ªTodos somos desquiciados. Luego se puso de pie y encendi¨® su pu?o. ¡ªYo como carne, t¨² tambi¨¦n. Yo uso cuero, t¨² tambi¨¦n. Nos da asco ver c¨®mo se mata a un animal, pero ingerimos su carne de todos modos. Todos somos desquiciados, pero no hablemos de m¨ª. Quer¨ªas una pelea, pues te la dar¨¦. Candado apareci¨® peligrosamente cerca de ella en un abrir y cerrar de ojos. Pucheta, asustada, us¨® su codo para golpearlo en el pecho, pero justo cuando iba a tocarlo, Candado desapareci¨® y reapareci¨® a su espalda. Pucheta se agach¨® y lanz¨® una patada hacia sus piernas, pero Candado salt¨®, la tom¨® de la cabeza y la arroj¨® contra una escultura cercana. Pucheta, usando su mano, decapit¨® la escultura sin dejar de mirar a Candado. Luego tom¨® la cabeza de la estatua y se la lanz¨®. Candado se par¨® firmemente, esperando a que la cabeza lo golpeara, pero justo cuando estaba lo suficientemente cerca, esta se desintegr¨® al entrar en su aura. ¡ªPerd¨®n por el arquitecto ¡ªdijo Candado. Pucheta salt¨® de la escultura y corri¨® hacia ¨¦l a una velocidad incre¨ªble, causando que los ¨¢rboles cercanos se sacudieran. ¡ªMala idea ¡ªcoment¨® Candado. Se inclin¨® y extendi¨® las manos, abri¨¦ndolas y cerr¨¢ndolas pausadamente, mientras dejaba de parpadear. Cuando la bola de humo impulsada por Pucheta estaba lo suficientemente cerca, Candado apret¨® las manos y tir¨® de ella hacia ¨¦l. Cuando el polvo se disip¨®, ten¨ªa las piernas de Pucheta en sus manos. Luego, se puso de pie y la lanz¨® hacia la derecha, impactando contra un pared¨®n en construcci¨®n. Candado sac¨® de su bolsillo una agenda y, anotando en voz alta, dijo: ¡ªPagar al profesor Sonsa por la destrucci¨®n de su casa. Guard¨® su agenda mientras Pucheta, llena de ira, emerg¨ªa de los escombros sosteniendo un ladrillo en su mano derecha. ¡ªNi?a, nunca debes usar la velocidad conmigo. Para m¨ª es muy sencillo detener a alguien as¨ª. Pucheta apret¨® los dientes y sus ojos comenzaron a tornarse de un rojo intenso. Candado entrecerr¨® los ojos y sac¨® su fac¨®n. Pucheta lanz¨® el ladrillo, que Candado cort¨® con su fac¨®n, pero detr¨¢s del objeto apareci¨® una luz roja que se aproximaba a gran velocidad. Candado, sorprendido, no pudo reaccionar a tiempo, y la luz lo golpe¨® en el pecho, impuls¨¢ndolo fuera de la plaza e impactando contra un auto, que destroz¨® con su cuerpo. Los ojos de Pucheta volvieron a su color original mientras sonre¨ªa. ¡ªQu¨¦ satisfactorio ¡ªdijo, mientras se ataba el cabello alborotado. Un se?or sali¨® corriendo y comenz¨® a gritarle a Candado por el destrozo de su auto. Candado, malhumorado, recogi¨® su sombrero, sac¨® un lingote de oro de su bolsillo y se lo lanz¨® al conductor antes de correr hacia Pucheta con furia. Pucheta sonri¨® y corri¨® hacia ¨¦l. Cuando estuvieron lo bastante cerca, un estruendo sacudi¨® el suelo, levantando una polvareda mientras el suelo se agrietaba. Ricardo y T¨ªffany corrieron hacia el lugar de los hechos. Al llegar, no vieron nada. El polvo era tan denso que no se distingu¨ªa nada. Sin embargo, desde el interior de la polvareda se o¨ªan golpes, y se ve¨ªa una luz que brillaba primero en violeta y luego en rojo. Era evidente que el rojo pertenec¨ªa a Ana y el violeta a Candado. Cuando el polvo se disip¨®, Pucheta estaba visiblemente feliz, mientras Candado manten¨ªa su expresi¨®n seria. La ni?a quer¨ªa acabar con Candado, pero al ver lo formidable que era, decidi¨® prolongar la lucha para debilitarlo. Pero no fue as¨ª. La pelea continu¨® y continu¨®, hasta que cay¨® la noche, y ninguno de los dos estaba cansado. Los espectadores, en completo silencio, no se hab¨ªan movido de su lugar. Pucheta soltaba todo lo que ten¨ªa dentro, pero no era suficiente. Hasta que Candado se detuvo. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® ella. ¡ªFue agradable jugar contigo, pero tengo que volver a casa, se me hizo tarde y seguro peocupar¨¦ a alguien. Ricardo y T¨ªffany se colocaron detr¨¢s de Candado. ¡ªNo te ir¨¢s hasta que esto termine ¡ªdijo Ricardo. ¡ªYa termin¨®, t¨² has ganado ¡ªrespondi¨® Candado con calma. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Pucheta, incr¨¦dula. ¡ªDijiste que quer¨ªas ganarme, pero hay muchas formas de vencer a alguien, no solo en una pelea. ¡ª?Vas a irte as¨ª? ¡ªClaro. Indignada, Pucheta se lanz¨® tras ¨¦l, pero Candado la tom¨® del cuello y la estamp¨® contra el suelo con fuerza. ¡ªNo me obligues a hacerte da?o de verdad. Ya ganaste, ?qu¨¦ m¨¢s quieres? ¡ªQuiero que los gremios desaparezcan. Todos y cada uno de ellos. Ricardo y T¨ªffany corrieron a auxiliarla, pero Candado se alej¨® de ella, observ¨¢ndolos con atenci¨®n. ¡ªSeguidor sucio de Harambee ¡ªdijo Pucheta, furiosa. ¡ªNo te atrevas a provocarme, Arjona. No podr¨¢s ganarme ¡ªrespondi¨® Candado, impasible. ¡ªEso ya lo veremos ¡ªdijo Ricardo, transform¨¢ndose en humo y avanzando hacia Candado. ¡ªInteresante ¡ªcoment¨® Candado, sin inmutarse. El humo comenz¨® a crecer y a acercarse peligrosamente. Candado sac¨® su fac¨®n, lo lanz¨® y lo clav¨® en el humo. ¡ªPredecible ¡ªmurmur¨® Ricardo mientras esquivaba el arma y se abalanzaba sobre ¨¦l. Pero Candado atrajo violentamente el fac¨®n de regreso, hiriendo el hombro de Ricardo, lo que lo oblig¨® a materializarse. Aprovechando el momento, Candado retir¨® el fac¨®n del hombro de Ricardo y lo golpe¨® en la nuca, alej¨¢ndolo de un golpe. ¡ªUno menos ¡ªdijo Candado, guardando su arma. ¡ªSigo consciente ¡ªcontest¨® Ricardo, adolorido. ¡ªNo, hazte a un lado, Ricardo. Esta pelea es m¨ªa ¡ªintervino Pucheta, decidida. ¡ª?Tanto me odias? ¡ªpregunt¨® Candado, frunciendo el ce?o. ¡ªTodos los gremios son basura ¡ªespet¨® Pucheta. Candado suspir¨® y entrecerr¨® los ojos. ¡ªOtra vez con eso¡­ ¡ªsusurr¨®. Pucheta, decidida, se lanz¨® hacia ¨¦l. Candado permaneci¨® inm¨®vil, esperando. Cuando ella estaba a punto de golpearlo, ¨¦l la sujet¨® de los hombros y la mir¨® fijamente a los ojos. ¡ª?PUCHETA! ¡ªgritaron Ricardo y T¨ªffany, corriendo en su auxilio, pero algo o alguien los deten¨ªa. Pucheta forcejeaba, pero no pod¨ªa soltarse de Candado. Fue entonces cuando sus ojos comenzaron a oscurecerse por completo. ¡ªAhora dime, ?por qu¨¦ odias tanto a los gremios? ¡ªpregunt¨® Candado con una voz suave pero autoritaria. ¡ª?Pucheta, resiste! ¡ªgrit¨® T¨ªffany, angustiada. Candado mantuvo su mirada fija en ella. ¡ªMu¨¦strame lo que ocultas en lo m¨¢s profundo de tu coraz¨®n ¡ªorden¨®. Los ojos completamente negros de Candado vieron todos los recuerdos de Pucheta. Sus amigos, su familia, sus compa?eros... hasta el d¨ªa en que fue traicionada, juzgada por los Sem¨¢foros y expulsada. Lo comprendi¨® todo en ese momento. Al recolectar lo que necesitaba, Candado la solt¨® y mir¨® al vac¨ªo. ¡ªYa veo, eso fue lo que pas¨®. Pucheta se levant¨®, y el campo que los rodeaba desapareci¨®. ¡ª?Pucheta! ¡ªexclamaron Ricardo y T¨ªffany al alcanzarla. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® T¨ªffany, preocupada. Pucheta hizo un gesto con la mano, apart¨¢ndolos, y dio un paso al frente. ¡ª?Qu¨¦ me hiciste? ¡ªle pregunt¨® a Candado. Candado gir¨® lentamente la cabeza y la mir¨® a los ojos. ¡ªSolo vi tus recuerdos y tus rencores. ¡ª??C¨®mo te atreves?! No voy a¡­ ¡ªEres una est¨²pida ¡ªla interrumpi¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦ dijiste? ¡ªpregunt¨® Pucheta, indignada. ¡ª?Por qu¨¦ no fuiste a verme despu¨¦s de lo que te hicieron? ¡ª?Por qu¨¦ habr¨ªa de ir con el que pidi¨® que me echaran? Los ojos de Candado volvieron a la normalidad. ¡ª?De qu¨¦ est¨¢s hablando? Yo no firm¨¦ nada, jam¨¢s se me comunic¨® algo as¨ª. ¡ª?Eres un imb¨¦cil! Pucheta dio sus m¨¢s leales servicios a los gremios, y la trataron como basura, as¨ª son todos los gremialistas. Das todo, tu sudor, sangre y l¨¢grimas, y te echan a la basura ¡ªdijo Ricardo, interrumpiendo la conversaci¨®n. Candado lo mir¨® fijamente. ¡ªJam¨¢s he expulsado a alguien injustamente. Mi posici¨®n conlleva una gran responsabilidad, y lo que le pas¨® a Pucheta ocurri¨® a mis espaldas. Pero puedo devolverte tu gremio. ¡ªYa no existe. Todos fueron expulsados y se dispersaron. Una vez vac¨ªo, lo quem¨¦. ¡ªBueno, en ese caso¡­ ¡ª?Qu¨¦? ?Vas a decir que soy una criminal? ¡ªNo, de ninguna manera. Solo voy a decir que eres una est¨²pida. Indignada, Pucheta se lanz¨® hacia ¨¦l con furia. ¡ªNo importa lo que hagas. Pucheta lanz¨® un pu?etazo, y Candado lo bloque¨® con su palma. ¡ªNo importa lo que digas. Ella intent¨® de nuevo, pero Candado esquiv¨® el golpe y la empuj¨®. ¡ªEres una persona que fue enga?ada. Yo nunca habr¨ªa echado a alguien tan formidable como t¨² ¡ªdijo Candado con firmeza. Candado sac¨® una insignia de su chaleco y se la arroj¨®. Instintivamente, Pucheta la atrap¨® y la observ¨®. ¡ªPor negligencias de los Sem¨¢foros y, por supuesto, mi culpa, fuiste expulsada de los gremios. Te sentiste traicionada, pero... ¡ªCandado alz¨® la vista, mirando la banda atada a su brazo¡ª. Si uno es fiel a Harambee, sigue ayudando desde las sombras. El error de muchos es pensar que la O.M.G.A.B. es Harambee, cuando en realidad, Harambee es Harambee. Nadie puede sustituirla, ni siquiera yo. ¡ª?Qu¨¦ me quieres decir con todo esto? ¡ªpregunt¨® Pucheta, confusa. ¡ªT¨² eres quien eres. Yo soy quien soy. Y Harambee es Harambee. Candado se arrodill¨®, bajando la cabeza y llevando su mano derecha al coraz¨®n. ¡ªPido disculpas por no haberme dado cuenta del mal que te hice, tanto yo como la organizaci¨®n. Un candado debe velar por el bien de su gente, y no pude hacerlo contigo. Lo siento. Pucheta no pod¨ªa creerlo. Ten¨ªa arrodillado frente a ella al l¨ªder de la O.M.G.A.B., el hombre m¨¢s poderoso de todos. ¡ªLev¨¢ntate, es vergonzoso ¡ªle exigi¨®. ¡ªPor eso lo hago ¡ªrespondi¨® Candado¡ª. T¨² pasaste la verg¨¹enza de ser exiliada, yo voy a pasar por lo mismo. ¡ªPero a ti te da igual lo que piensen los dem¨¢s, por eso lo haces. ¡ªSiento decir que no me importa lo que piensen de m¨ª, sino lo que mi familia piense de m¨ª. ¡ªEres muy raro. ¡ªNo puedo devolverte a tu antiguo gremio, pero s¨ª puedo ofrecerte un lugar en el m¨ªo. ¡ª?Y si me niego? ¡ªPucheta lo ret¨® con la mirada. ¡ªNo podr¨¦ hacer nada, y estar¨¦ dispuesto a sufrir cualquier castigo. Pucheta sonri¨® y dijo: ¡ªT¨ªffany, Ricardo, a partir de ahora seremos enemigos. ¡ª?Qu¨¦? ?No vas a confiar en su palabra? ¡ªpregunt¨® T¨ªffany, sorprendida. ¡ªHe prejuzgado a Candado injustamente. Siempre he seguido a Harambee, pero olvid¨¦ por qu¨¦ lo hac¨ªa. Ella... ella fue alguien genial, valiente. Estaba cegada por el odio hacia las personas falsas que se hac¨ªan llamar seguidores de Harambee. Yo tambi¨¦n debo disculparme por haber actuado as¨ª. ¡ªLo entiendo ¡ªrespondi¨® T¨ªffany, con un suspiro. ¡ªT¨ªffany¡­ ¡ªElla ya ha tomado su decisi¨®n ¡ªdijo Ricardo, acerc¨¢ndose y tendi¨¦ndole la mano¡ª. Siempre ser¨¦ tu amiga, Pucheta, pero no puedo abandonar mis principios de los Circuitos. Quiero cambiar el F.U.C.O.T. ¡ªEspero que seas una buena peleadora cuando nos volvamos a ver ¡ªcontest¨® Pucheta con una sonrisa desafiante. Pucheta mir¨® a Candado, se acerc¨® y, poniendo ambas manos sobre sus hombros, lo levant¨® con facilidad, como si fuera una bolsa de supermercado. Luego lo dej¨® de pie, firme. ¡ªDime, Presi ¡ªle dijo, con una sonrisa. ¡ª?S¨ª? ¡ªrespondi¨® Candado mientras se arreglaba la ropa que ella le hab¨ªa arrugado. ¡ª?D¨®nde hay que firmar, jefe? Presente ¡ªA partir de ese d¨ªa, me convert¨ª en gremialista nuevamente ¡ªnarraba Pucheta mientras observaba la insignia del gremio¡ª. Y esta es mi nueva insignia, la cual jur¨¦ proteger. ¡ªGuau, es la primera vez que te escucho decir eso ¡ªcoment¨® Clementina, intrigada. ¡ªPues s¨ª, la verdad, me sorprendi¨® cuando se arrodill¨® ¡ªagreg¨® Liv, todav¨ªa impresionada. ¡ªVaya, Candado arrodill¨¢ndose ante alguien como t¨² ¡ªa?adi¨® Hammya divirtiendose. ¡ªNo sab¨ªa nada de eso ¡ªdijo Walsh, algo desconcertado. ¡ªDebo decir que Candado es un gran amigo ¡ªdijo Pucheta, mirando a Hammya¡ª. Pero en ti veo un futuro romance con ¨¦l. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya, ruborizada. ¡ªClementina me cont¨® todo cuando fueron de viaje al prado donde custodia Mauricio. Hammya mir¨® a Clementina, mostrando su enojo. ¡ª?En serio, mi Hammyita? ?Un beso? ?Un beso en la mejilla? ?Uy, casi se me salen los sesos de la emoci¨®n! ¡ªVeo que est¨¢s muy animada ¡ªexpres¨® Walsh con una sonrisa. ¡ªEstoy m¨¢s que emocionada. ?Es excitante! ¡ªVaya, nunca imagin¨¦ algo parecido ¡ªcoment¨® Liv. ¡ª?Algo parecido a qu¨¦? ¡ªpregunt¨® una voz detr¨¢s de ellos. Una figura con una gabardina blanca y una boina azul apareci¨® detr¨¢s de las chicas. ¡ª?CANDADO! ¡ªgritaron sorprendidas Hammya y Pucheta al un¨ªsono. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, curioso. ¡ªNo, no, nada. Nada de nada. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo llevas aqu¨ª? ¡ªDesde que escuch¨¦ la palabra "excitante". ¡ªMenos mal ¡ªdijo Hammya, soltando un suspiro. ¡ª?Menos mal qu¨¦? Esperen... ?Estaban hablando mal de m¨ª? ¡ªNo, para nada. ¡ª?Por qu¨¦ siento que te est¨¢s burlando de m¨ª? ¡ªCandado entrecerr¨® los ojos. ¡ªVamos, Candado, no te lo tomes a pecho ¡ªdijo Walsh, tratando de calmar la situaci¨®n. ¡ªWalsh, no hables. ¡ªS¨ª, se?or. ¡ªHe venido porque he recibido un informe de parte de T¨ªffany. Seguro la conoces ¡ªdijo Candado, mientras met¨ªa la mano en su gabardina y sacaba un sobre. ¡ªEsa es m¨ªa ¡ªrespondi¨® Ana Mar¨ªa con una sonrisa de satisfacci¨®n. Candado hizo una mueca antes de entregarle la carta. ¡ªFelicidades, Ana Mar¨ªa. Tu amiguita ha entrado al Gran Concejo General ¡ªdijo mientras le entregaba el sobre. ¡ªGracias, jefe ¡ªrespondi¨® Pucheta al tomar la carta. ¡ªNo me llames as¨ª ¡ªreplic¨® Candado, algo molesto. Luego dirigi¨® su mirada a Liv y a?adi¨®: ¡ªEn cuanto a ti, todo est¨¢ en orden. Ya eres parte del gremio en los papeles. ¡ªGracias ¡ªrespondi¨® Liv, agradecida. ¡ª?Qui¨¦n te entreg¨® la carta? ¡ªpregunt¨® Pucheta, mirando el sobre que sosten¨ªa. ¡ªT¨ªnbari. Saque¨® el correo ¡ªcontest¨® Candado, con tono indiferente. ¡ªLe dar¨¦ las gracias cuando la vea ¡ªdijo Pucheta con una sonrisa. ¡ªVaya, la peque?a lo logr¨®. Me alegro mucho. Ha pasado tiempo desde que la vi ¡ªcoment¨® Candado. ¡ªNo te preocupes por eso, jefe. Estoy segura de que con ella all¨ª, habr¨¢ muchos cambios ¡ªdijo Pucheta con confianza. ¡ª?Por qu¨¦ sigues llam¨¢ndome as¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado, frunciendo el ce?o. ¡ª?Lo has olvidado, jefe? Soy lo que soy. El CAMINO Maidana despert¨® desorientado en un lugar desconocido. Una luz inmensa y cegadora le daba directamente en la cara. ¡ªQuiten esta porquer¨ªa de mi cara ¡ªgru?¨®, extendiendo la mano hacia la luz, en un intento de apartarla. ¡ªVaya, has despertado ¡ªdijo una voz, justo cuando la luz se apagaba. Confundido, Maidana se sent¨® en la cama y se cubri¨® el rostro con ambas manos. ¡ªQu¨¦ dolor de cabeza... ¡ªmurmur¨® para s¨ª mismo. Se dio un par de palmadas en las mejillas, tratando de despejarse¡ª. Espera... ?d¨®nde est¨¢ mi m¨¢scara? En ese momento, el pasamonta?as cay¨® en sus manos. ¡ª?Qui¨¦n rayos eres t¨²? ¡ªpregunt¨®, a¨²n desorientado. ¡ªAlan ¨¢rapdor Fern¨¢ndez. Fui yo quien san¨® todas tus heridas despu¨¦s de aquel incidente. Maidana se coloc¨® la m¨¢scara con rapidez, sinti¨¦ndose m¨¢s seguro al hacerlo. Luego, se levant¨® de la cama de un salto. ¡ªAlguien m¨¢s ven¨ªa conmigo ¡ªdijo con urgencia. ¡ª?El tipo ese que parece Slenderman? ¡ªrespondi¨® Alan con una sonrisa. ¡ª?Sabes d¨®nde est¨¢? ¡ªEst¨¢ abajo. ¡ªGracias. Sin perder tiempo, Maidana sali¨® apresuradamente hacia la planta baja. Al llegar, se encontr¨® con un extenso pasillo lleno de puertas, m¨¢s de veinte en total, alineadas a ambos lados. ¡ªCreo que deb¨ª preguntar cu¨¢l es la puerta correcta ¡ªmurmur¨®, deteni¨¦ndose un momento. Se decidi¨® por la puerta frente a ¨¦l y la abri¨® con cautela. Afuera ya hab¨ªa oscurecido. ¡ªVaya, ?cu¨¢nto tiempo he estado dormido? ¡ªse pregunt¨® en voz alta. ¡ªDos d¨ªas, amigo ¡ªrespondi¨® una voz familiar a sus espaldas. Maidana se gir¨® r¨¢pidamente. ¡ªKrauser, ?est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨®, aliviado de ver a su compa?ero. ¡ªSoy un elemento del terror ¡ªdijo Krauser con tono despreocupado¡ª, con eso te lo digo todo. Maidana mir¨® a su alrededor, a¨²n desconcertado. ¡ª?D¨®nde estamos? ¡ªpregunt¨®. ¡ªEst¨¢n en mi gremio ¡ªrespondi¨® una voz proveniente de las sombras. Maidana gir¨® hacia la derecha, buscando el origen de la voz, pero no vio a nadie. De repente, una figura emergi¨® de la pared. ¡ª?Para d¨®nde mir¨¢s? ¡ªpregunt¨® la figura con una sonrisa burlona. Maidana se dio la vuelta bruscamente. ¡ª?Qui¨¦n se supone que eres? ¡ªSoy Eugenia B¨¢rce, pero todos me dicen Karinto. ¡ªBien... Karinto ¡ªdijo Maidana, con tono esc¨¦ptico¡ª, ?por qu¨¦ demonios estoy aqu¨ª? ¡ªLa se?orita Karinto nos ayud¨® ¡ªintervino Krauser antes de que ella pudiera responder. ¡ª?Y qu¨¦ pas¨® con Desza? ¡ªpregunt¨® Maidana, recordando a su otro compa?ero. ¡ª?El gringo? Micaela lo hizo correr. ¡ª?Cu¨¢ntos son ustedes aproximadamente? ¡ªSomos cinco, antes ¨¦ramos nueve, pero... pasaron cosas ¡ªdijo Karinto, encogi¨¦ndose de hombros¡ª. Ya ves c¨®mo es. Maidana observ¨® a Krauser, quien, desde que lo vio, no hab¨ªa dejado de beber tranquilamente de una taza, sosteniendo un peque?o plato de porcelana en la otra mano. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Krauser, notando la mirada de Maidana. ¡ª?C¨®mo puedes estar tan tranquilo? ¡ªreplic¨® Maidana, irritado. ¡ªRel¨¢jate ¡ªrespondi¨® Krauser, con una sonrisa¡ª. Avis¨¦ a Joaqu¨ªn de nuestra posici¨®n en cuanto te desmayaste. ¡ª?He estado dormido dos d¨ªas! ?Desza se escap¨® otra vez, y t¨² lo tomas todo a la ligera! ¡ªCreo que deber¨ªas calmarte ¡ªdijo Karinto, cruzando los brazos¡ª. A¨²n est¨¢s d¨¦bil. ¡ª?Por supuesto que estoy d¨¦bil! ¡ªexclam¨® Maidana, exasperado¡ª. ?No he comido y no me he ba?ado en dos d¨ªas! ¡ªBueno, cada quien pasa sus d¨ªas como puede, ?no, Karinto? ¡ªcoment¨® Krauser con tranquilidad. ¡ªExacto, mi amigo ¡ªrespondi¨® Karinto, esbozando una sonrisa. Maidana cerr¨® los ojos, frustrado, y dej¨® caer la cabeza contra la pared. ¡ª?Oye! Solo era una broma ¡ªdijo Krauser, sin perder su calma. ¡ªFracasamos en la misi¨®n, Krauser. ?Qu¨¦ vamos a decirle a Joaqu¨ªn... o a la agencia? ¡ªMaidana se desliz¨® por la pared, cubri¨¦ndose el rostro con las manos¡ª. Solo de pensar en todo el papeleo me quiero cortar las venas. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Karinto, mir¨¢ndolo con preocupaci¨®n. ¡ªD¨¦jalo, est¨¢ cansado ¡ªinterrumpi¨® Krauser¡ª. Tuvo una misi¨®n dif¨ªcil, estuvo al borde de la muerte y se desmay¨®. Obviamente, no est¨¢ bien. Entre los murmullos y quejas de Maidana, Krauser finalmente lo interrumpi¨®. ¡ªLeandro, deja de lloriquear y dime todo lo que sabes de esa reuni¨®n. Maidana se enderez¨®, apart¨¢ndose de la pared, y mir¨® a su amigo con seriedad. ¡ªTienes raz¨®n, tengo que contarles todo. Karinto los condujo a una habitaci¨®n m¨¢s privada. Se sentaron en un c¨®modo sof¨¢ rojo, con una mesa de vidrio frente a ellos, sobre la cual descansaban papeles, l¨¢pices y varios vasos. ¡ªBien, ?qu¨¦ viste? ¡ªpregunt¨® Krauser, cruzando los brazos. ¡ªHab¨ªa muchas personas adentro ¡ªcomenz¨® Maidana¡ª. Aparentemente, planean derrocar al presidente del Circuito y aniquilar la O.M.G.A.B. ¡ªEso no es nada nuevo ¡ªreplic¨® Krauser, desinteresado¡ª. Siempre es lo mismo. ¡ªCr¨¦eme, parece que fue una p¨¦rdida de tiempo total ¡ªMaidana suspir¨®. ¡ªNo, no, no, no, espera. A¨²n hay m¨¢s ¡ªdijo Karinto, inclin¨¢ndose hacia adelante. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s? ¡ªVi a un clon de Candado. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Karinto, sorprendida¡ª. ?Est¨¢s seguro? ¡ªMuy seguro. Ambos miraron a Krauser, que hab¨ªa permanecido en silencio hasta ese momento. Se inclin¨® hacia adelante y habl¨® en tono bajo. ¡ªEs cierto. Existen cuatro clones de Candado, pero ninguno ha podido superarlo. Cada uno tiene la capacidad de emanar fuego, pero no el violeta. Eso lo hace ¨²nico. Las llamas de los clones son azul, negro, rosa y rojo, pero, aunque son fuertes para nosotros, son d¨¦biles comparados con Candado. ¡ª?Qu¨¦ antecedentes tiene el presidente? ¡ªpregunt¨® Maidana. ¡ª?No es Candado el presidente? ¡ªpregunt¨® Karinto, extra?ada. ¡ªLe decimos presidente porque su nombre es un rango, y ser¨ªa confuso llamarlo de otra forma. Sin embargo, para evitar individualidades, ¨¦l llama "presidente" a los dem¨¢s de la mesa, aunque en realidad son todos Candados. En Argentina, desde que est¨¢ Candado, es el ¨²nico pa¨ªs que llama presidentes a sus representantes, en lugar de usar la jerga oficial. ¡ªVaya, no sab¨ªa nada de eso ¡ªdijo Maidana, sorprendido. ¡ªOlvidando eso por un momento ¡ªinterrumpi¨® Krauser¡ª, la situaci¨®n se est¨¢ volviendo m¨¢s dif¨ªcil de manejar. Los Testigos est¨¢n buscando aliados. No podemos ignorar esto. Incendiaron Buenos Aires. No quiero imaginar lo que har¨¢n al pa¨ªs o al mundo. ¡ªCiertamente, las cosas est¨¢n empeorando ¡ªasinti¨® Maidana¡ª. Desza ha sido el ¨²nico que ha llegado a este nivel. Creo que estos a?os de paz nos han debilitado, llen¨¢ndonos de un falso ego de que esto nunca volver¨ªa a ocurrir, pero la situaci¨®n se est¨¢ descontrolando. Maidana despert¨® desorientado en un lugar desconocido. Una luz inmensa y cegadora le daba directamente en la cara. ¡ªQuiten esta porquer¨ªa de mi cara ¡ªgru?¨®, extendiendo la mano hacia la luz, en un intento de apartarla. ¡ªVaya, has despertado ¡ªdijo una voz, justo cuando la luz se apagaba. Confundido, Maidana se sent¨® en la cama y se cubri¨® el rostro con ambas manos. ¡ªQu¨¦ dolor de cabeza... ¡ªmurmur¨® para s¨ª mismo. Se dio un par de palmadas en las mejillas, tratando de despejarse¡ª. Espera... ?d¨®nde est¨¢ mi m¨¢scara? En ese momento, el pasamonta?as cay¨® en sus manos. ¡ª?Qui¨¦n rayos eres t¨²? ¡ªpregunt¨®, a¨²n desorientado. ¡ªAlan ¨¢rapdor Fern¨¢ndez. Fui yo quien san¨® todas tus heridas despu¨¦s de aquel incidente. Maidana se coloc¨® la m¨¢scara con rapidez, sinti¨¦ndose m¨¢s seguro al hacerlo. Luego, se levant¨® de la cama de un salto. ¡ªAlguien m¨¢s ven¨ªa conmigo ¡ªdijo con urgencia. ¡ª?El tipo ese que parece Slenderman? ¡ªrespondi¨® Alan con una sonrisa. ¡ª?Sabes d¨®nde est¨¢? ¡ªEst¨¢ abajo. ¡ªGracias. Sin perder tiempo, Maidana sali¨® apresuradamente hacia la planta baja. Al llegar, se encontr¨® con un extenso pasillo lleno de puertas, m¨¢s de veinte en total, alineadas a ambos lados. ¡ªCreo que deb¨ª preguntar cu¨¢l es la puerta correcta ¡ªmurmur¨®, deteni¨¦ndose un momento. Se decidi¨® por la puerta frente a ¨¦l y la abri¨® con cautela. Afuera ya hab¨ªa oscurecido. ¡ªVaya, ?cu¨¢nto tiempo he estado dormido? ¡ªse pregunt¨® en voz alta. ¡ªDos d¨ªas, amigo ¡ªrespondi¨® una voz familiar a sus espaldas. Maidana se gir¨® r¨¢pidamente. ¡ªKrauser, ?est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨®, aliviado de ver a su compa?ero. ¡ªSoy un elemento del terror ¡ªdijo Krauser con tono despreocupado¡ª, con eso te lo digo todo. Maidana mir¨® a su alrededor, a¨²n desconcertado. ¡ª?D¨®nde estamos? ¡ªpregunt¨®. ¡ªEst¨¢n en mi gremio ¡ªrespondi¨® una voz proveniente de las sombras. Maidana gir¨® hacia la derecha, buscando el origen de la voz, pero no vio a nadie. De repente, una figura emergi¨® de la pared. ¡ª?Para d¨®nde mir¨¢s? ¡ªpregunt¨® la figura con una sonrisa burlona. Maidana se dio la vuelta bruscamente. ¡ª?Qui¨¦n se supone que eres? ¡ªSoy Eugenia B¨¢rce, pero todos me dicen Karinto. ¡ªBien... Karinto ¡ªdijo Maidana, con tono esc¨¦ptico¡ª, ?por qu¨¦ demonios estoy aqu¨ª?This book''s true home is on another platform. Check it out there for the real experience. ¡ªLa se?orita Karinto nos ayud¨® ¡ªintervino Krauser antes de que ella pudiera responder. ¡ª?Y qu¨¦ pas¨® con Desza? ¡ªpregunt¨® Maidana, recordando a su otro compa?ero. ¡ª?El gringo? Micaela lo hizo correr. ¡ª?Cu¨¢ntos son ustedes aproximadamente? ¡ªSomos cinco, antes ¨¦ramos nueve, pero... pasaron cosas ¡ªdijo Karinto, encogi¨¦ndose de hombros¡ª. Ya ves c¨®mo es. Maidana observ¨® a Krauser, quien, desde que lo vio, no hab¨ªa dejado de beber tranquilamente de una taza, sosteniendo un peque?o plato de porcelana en la otra mano. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Krauser, notando la mirada de Maidana. ¡ª?C¨®mo puedes estar tan tranquilo? ¡ªreplic¨® Maidana, irritado. ¡ªRel¨¢jate ¡ªrespondi¨® Krauser, con una sonrisa¡ª. Avis¨¦ a Joaqu¨ªn de nuestra posici¨®n en cuanto te desmayaste. ¡ª?He estado dormido dos d¨ªas! ?Desza se escap¨® otra vez, y t¨² lo tomas todo a la ligera! ¡ªCreo que deber¨ªas calmarte ¡ªdijo Karinto, cruzando los brazos¡ª. A¨²n est¨¢s d¨¦bil. ¡ª?Por supuesto que estoy d¨¦bil! ¡ªexclam¨® Maidana, exasperado¡ª. ?No he comido y no me he ba?ado en dos d¨ªas! ¡ªBueno, cada quien pasa sus d¨ªas como puede, ?no, Karinto? ¡ªcoment¨® Krauser con tranquilidad. ¡ªExacto, mi amigo ¡ªrespondi¨® Karinto, esbozando una sonrisa. Maidana cerr¨® los ojos, frustrado, y dej¨® caer la cabeza contra la pared. ¡ª?Oye! Solo era una broma ¡ªdijo Krauser, sin perder su calma. ¡ªFracasamos en la misi¨®n, Krauser. ?Qu¨¦ vamos a decirle a Joaqu¨ªn... o a la agencia? ¡ªMaidana se desliz¨® por la pared, cubri¨¦ndose el rostro con las manos¡ª. Solo de pensar en todo el papeleo me quiero cortar las venas. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Karinto, mir¨¢ndolo con preocupaci¨®n. ¡ªD¨¦jalo, est¨¢ cansado ¡ªinterrumpi¨® Krauser¡ª. Tuvo una misi¨®n dif¨ªcil, estuvo al borde de la muerte y se desmay¨®. Obviamente, no est¨¢ bien. Entre los murmullos y quejas de Maidana, Krauser finalmente lo interrumpi¨®. ¡ªLeandro, deja de lloriquear y dime todo lo que sabes de esa reuni¨®n. Maidana se enderez¨®, apart¨¢ndose de la pared, y mir¨® a su amigo con seriedad. ¡ªTienes raz¨®n, tengo que contarles todo. Karinto los condujo a una habitaci¨®n m¨¢s privada. Se sentaron en un c¨®modo sof¨¢ rojo, con una mesa de vidrio frente a ellos, sobre la cual descansaban papeles, l¨¢pices y varios vasos. ¡ªBien, ?qu¨¦ viste? ¡ªpregunt¨® Krauser, cruzando los brazos. ¡ªHab¨ªa muchas personas adentro ¡ªcomenz¨® Maidana¡ª. Aparentemente, planean derrocar al presidente del Circuito y aniquilar la O.M.G.A.B. ¡ªEso no es nada nuevo ¡ªreplic¨® Krauser, desinteresado¡ª. Siempre es lo mismo. ¡ªCr¨¦eme, parece que fue una p¨¦rdida de tiempo total ¡ªsuspir¨® Karinto. ¡ªNo, no, no, no, espera. A¨²n hay m¨¢s ¡ªdijo Maidana, inclin¨¢ndose hacia adelante. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s? ¡ªVi a un clon de Candado. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Karinto, sorprendida¡ª. ?Est¨¢s seguro? ¡ªLo que dice es cierto¡ª respondi¨® Krauser sin dudar. Ambos lo miraron. Este se inclin¨® hacia adelante y habl¨® en tono bajo. ¡ªEs cierto. Existen cuatro clones de Candado, pero ninguno ha podido superarlo. Cada uno tiene la capacidad de emanar fuego, pero no el violeta. Eso lo hace ¨²nico. Las llamas de los clones son negro, azul, rosa y rojo, pero, aunque son fuertes para nosotros, son d¨¦biles comparados con Candado. ¡ª?Qu¨¦ antecedentes tiene el presidente? ¡ªpregunt¨® Maidana. ¡ª?No es Candado el presidente? ¡ªpregunt¨® Karinto, extra?ada. ¡ªLe decimos presidente porque su nombre es un rango, y ser¨ªa confuso llamarlo de otra forma. Sin embargo, para evitar individualidades, ¨¦l llama "presidente" a los dem¨¢s de la mesa, aunque en realidad son todos candados. En Argentina, desde que est¨¢ Candado, es el ¨²nico pa¨ªs que llama presidentes a sus representantes, en lugar de usar la jerga oficial. ¡ªVaya, no sab¨ªa nada de eso ¡ªdijo Karinto, sorprendida. ¡ªOlvidando eso por un momento ¡ªinterrumpi¨® Maidana¡ª, la situaci¨®n se est¨¢ volviendo m¨¢s dif¨ªcil de manejar. Los Testigos est¨¢n buscando aliados. No podemos ignorar esto. Incendiaron Buenos Aires. No quiero imaginar lo que har¨¢n al pa¨ªs o al mundo. ¡ªCiertamente, las cosas est¨¢n empeorando ¡ªasinti¨® Krauser¡ª. Desza ha sido el ¨²nico que ha llegado a este nivel. Creo que estos a?os de paz nos han debilitado, llen¨¢ndonos de un falso ego de que esto nunca volver¨ªa a ocurrir, pero la situaci¨®n se est¨¢ descontrolando. ¡ªKrauser, s¨ª que piensas en estas cosas ¡ªcoment¨® Karinto con una sonrisa, mirando de reojo a su compa?ero. Krauser lo observ¨® en silencio antes de preguntar: ¡ªDime, ?c¨®mo es que estuviste ah¨ª? ¡ª?Ah¨ª? ?Oh!, eso¡­ bueno, est¨¢bamos esperando esa oportunidad para atrapar a Nina. ¡ª?Nina? ¡ªEs la ni?a con la cual estuve hablando¡ª respondi¨® Maidana. ¡ªExacto. Ella forma parte de un organismo fuera del Circuito y el Gremial. Se la considera neutral, no est¨¢ de parte de nadie. Generalmente esa clase de gente no es un problema, pero... hay organismos como ellos, que siguen a T¨¢natos, ya que est¨¢n descontentos con el Circuito. Krauser frunci¨® el ce?o. ¡ªVaya, esa chica ser¨¢ muy problem¨¢tica. Habr¨¢ que tener cuidado. Karinto solt¨® una risa burlona. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Le temes a las ni?as? ¡ªNo, le temo al peligro. Krauser hizo una mueca, casi resignado. ¡ªComo todos. Karinto lo mir¨® con una ceja levantada y le pregunt¨® con tono sarc¨¢stico: ¡ª?Y vos qu¨¦, maniqu¨ª? ¡ªNada ¡ªreplic¨® Krauser, sin inmutarse¡ª. De por s¨ª soy la muerte y el terror en persona. ¡ªVaya. Antes de que Karinto pudiera replicar, una tercera voz interrumpi¨® con un tono molesto: ¡ªDejen de coquetear ¡ªprotest¨® Maidana, cruzando los brazos¡ª. ?No se dan cuenta de la gravedad de la situaci¨®n? Karinto, siempre despreocupado, se encogi¨® de hombros. ¡ªRel¨¢jate, mascaritas. Nunca han logrado nada como oposici¨®n, as¨ª que descuida, no te preocupes. ¡ªSea como sea ¡ªintervino Krauser, con un aire m¨¢s relajado¡ª, no podemos ser serios todo el tiempo. Eso d¨¦jaselo a Candado, Joaqu¨ªn, Declan, Ruth o Sim¨®n. ¡ª?Y por qu¨¦ no estoy en esa lista? ¡ªpregunt¨® Karinto, fingiendo ofenderse. ¡ªQui¨¦n sabe ¡ªrespondi¨® Krauser con una sonrisa ir¨®nica. Maidana rod¨® los ojos. ¡ªMira, Krauser, no me interesan tus chistes. Dan asco, rabia y no son para nada graciosos. Eso d¨¦jaselo a Moneda. ¡ªBien, c¨¢lmate Leandro ¡ªrespondi¨® Krauser, levantando las manos en se?al de rendici¨®n¡ª. Y dime, ?qu¨¦ sugieres? ¡ªSugiero ir lo m¨¢s r¨¢pido posible a Resistencia e informar a la agencia tricolor. Krauser y Karinto escucharon con atenci¨®n. ¡ªCada vez el tiempo se nos agota. Tenemos que impedir que estas dos cosas pasen¡ª. Maidana continu¨®, su tono cargado de preocupaci¨®n¡ª Si Esteban es derrocado, entrar¨ªamos en guerra contra el Circuito, y esta vez, no importar¨¢ qui¨¦n sea el ganador. S¨®lo habr¨¢ caos y destrucci¨®n. Krauser mir¨® a Maidana. ¡ªTenemos que llevar estos informes a Resistencia. ¡ªIr¨¦ con ustedes ¡ªdijo Karinto con una sonrisa. Krauser la mir¨® con cuirosidad. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªEsto va a ser entretenido ¡ªrespondi¨® Karinto, encogi¨¦ndose de hombros. A la ma?ana siguiente, el grupo se reuni¨® en una central del Sem¨¢foro de Buenos Aires, prepar¨¢ndose para regresar al Chaco. Mientras esperaban ser atendidos, Krauser no pudo evitar dirigir una mirada curiosa a Karinto. ¡ªOye, ?no tienes padres a los cuales avisar que vas a estar lejos? ¡ªS¨ª, mis padres viven en Resistencia. Krauser frunci¨® el ce?o, confundido. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªS¨ª ¡ªexplic¨® Karinto con calma¡ª. Ver¨¢s, yo antes viv¨ªa aqu¨ª, as¨ª que mis padres me enviaron de vacaciones con mis t¨ªos. Krauser inclin¨® la cabeza hacia el peque?o grupo detr¨¢s de ellos. ¡ª?Y ellos? ¡ªTambi¨¦n son del Chaco. ¡ªVale, no voy a preguntar por qu¨¦ ¡ªdijo Krauser, desistiendo. ¡ªComo quieras ¡ªrespondi¨® Karinto, con su habitual despreocupaci¨®n. En ese momento, Maidana regres¨® con una carpeta en la mano. ¡ªLeandro, ?ya lo obtuviste? ¡ªClaro ¡ªrespondi¨® Maidana, entreg¨¢ndole los documentos. Krauser y Karinto se pusieron de pie. ¡ªVamos ¡ªorden¨® Krauser. Cuando estaban a punto de partir, una sombra los detuvo. ¡ªDisculpen ¡ªdijo una voz familiar. Krauser levant¨® la vista. ¡ª?Schr?dinger? El hombre sonri¨® con desgana. ¡ªHola, Krauser. De todos los rostros que esperaba ver, y al mismo tiempo no. Maidana lo mir¨® con cautela, su mano desliz¨¢ndose hacia el rev¨®lver en su cintur¨®n. ¡ª?Vas a atacarnos o qu¨¦? ¡ªNo, claro que no ¡ªrespondi¨® Addel con un gesto tranquilizador¡ª. Necesito su ayuda. Karinto levant¨® una ceja. ¡ª?Nuestra ayuda? ¡ªAs¨ª es ¡ªAddel se gir¨® hacia Krauser¡ª. Necesito que vengas conmigo. He o¨ªdo que eres un curandero y m¨¦dico. ¡ª?Lo eres? ¡ªpregunt¨® Maidana, incr¨¦dulo. ¡ªShhh ¡ªKrauser llev¨® un dedo a sus labios, haciendo un gesto de silencio¡ª. Eso es un secreto. Luego, mir¨® a Schr?dinger con desconfianza. ¡ª?C¨®mo sab¨ªas eso? ¡ªTe espi¨¦ ¡ªrespondi¨® Addel, sonriendo¡ª. Para alg¨²n d¨ªa saldar cuentas. Krauser suspir¨®. ¡ªBien, ve al punto. ¡ªEsteban ha estado inconsciente por casi tres d¨ªas ¡ªexplic¨® Addel, su tono m¨¢s serio¡ª. Y comienzo a preocuparme. ¡ª?Por qu¨¦ yo? ¡ªpregunt¨® Krauser¡ª. ?Por qu¨¦ no un m¨¦dico? ¡ªYa lo intent¨¦, pero esos dichosos doctores no pudieron hacer nada. ¡ª?Qu¨¦ pasa si me reh¨²so? ¡ªIncendiar¨¦ la ciudad, matar¨¦ a tus amigos y¡­ Un sonido mec¨¢nico interrumpi¨® sus palabras. Maidana frunci¨® el ce?o, reconociendo el ruido. ¡ª?Es una bomba? ¡ªsusurr¨®. ¡ªEst¨¢s loco ¡ªdijo Karinto, retrocediendo. Maidana desenfund¨® su rev¨®lver y lo apunt¨®. ¡ªInsolente ¡ªmurmur¨® Addel, sin perder la calma. Krauser levant¨® la mano. ¡ªBaja el arma, Leandro. ¡ªPero¡­ ¡ªHazlo ¡ªintervino Karinto, empujando suavemente el brazo de Maidana hacia abajo. Krauser dio un paso al frente. ¡ªAyudar¨¦, pero¡­ acaba con esto. Addel sonri¨® y levant¨® la mano, deteniendo el ruido. Luego mostr¨® su mu?eca, revelando un simple reloj. ¡ªRuidoso, ?no? ¡ªdijo con una sonrisa maliciosa. ¡ª?Y la bomba? ¡ªpregunt¨® Maidana, todav¨ªa desconfiado. ¡ª?Qu¨¦ bomba? ¡ªrespondi¨® Addel con una risa¡ª. S¨®lo era mi alarma. Maidana mir¨® a Krauser, preocupado. ¡ª?No crees que es mejor ignorarlo? ¡ªNo ¡ªreplic¨® Krauser con un tono firme¡ª. Conociendo Addel, no creo que est¨¦ mintiendo. Es mejor que te vayas. Es de vital importancia que esa informaci¨®n llegue a la O.M.G.A.B. lo m¨¢s pronto posible. Maidana asinti¨®, palmeando dos veces el hombro de Krauser antes de marcharse con los dem¨¢s. Mientras, Krauser y Addel se adentraron en la ciudad. En el camino, los recuerdos de sus enfrentamientos pasados comenzaron a resurgir, cada palabra cargada de resentimiento y heridas no sanadas. ¡ªDime, Schr?dinger ¡ªpregunt¨® Krauser¡ª, ?por qu¨¦ est¨¢s vos y Esteban aqu¨ª? ¡ªEs un secreto ¡ªrespondi¨® Schr?dinger, esquivo. ¡ªYa veo ¡ªreplic¨® Krauser, con una sonrisa ir¨®nica¡ª. Entonces, ?qu¨¦ buscan? ¡ªEs un secreto. ¡ªYa veo¡­ ?Lo encontraron? Addel lo mir¨® de reojo. ¡ªEs un secreto. ¡ª?Hay algo que no sea un secreto? ¡ªpregunt¨® Krauser, frustrado. ¡ªLim¨ªtate a preguntar, cabeza de huevo ¡ªespet¨® Addel, sin perder la compostura. Ambos llegaron finalmente a las puertas de un convento. ¡ª?Aqu¨ª es? ¡ªpregunt¨® Krauser, mirando el edificio frente a ellos. Addel no dijo nada mientras abr¨ªa las enormes puertas del convento. Al poner un pie dentro, se quit¨® el sombrero y apag¨® el humo blanco que lo rodeaba, dejando ver su rostro. ¡ªRecuerda tus modales. Luego camin¨® hacia una caja de donativos y dej¨® un billete de cien pesos. Se arrodill¨® e hizo una r¨¢pida se?al de la cruz, murmurando un Ave Mar¨ªa y un Padre Nuestro. ¡ª?Tengo que hacer esto? Soy ateo ¡ªdijo Krauser, sin mucho entusiasmo. Addel se levant¨® y se dirigi¨® hacia una puerta a su derecha, sin responder. Krauser, que se hab¨ªa quedado fuera, mir¨® hacia atr¨¢s por un instante, dudando si deb¨ªa seguir o no. ¡ªNo puedo creerlo ¡ªmurmur¨® Krauser. Finalmente, entr¨® al convento, se quit¨® el sombrero y camin¨® hasta la caja de donativos. Se palp¨® los bolsillos del saco y del pecho, buscando algo. Despu¨¦s de un breve momento, mir¨® su mano izquierda, que descansaba sobre su pecho. Se quit¨® el guante y desliz¨® un anillo de oro de su dedo ¨ªndice, deposit¨¢ndolo en la caja de donativos. Cuando intentaba seguir a Addel, lo encontr¨® esper¨¢ndolo en la puerta, recostado contra el marco, observ¨¢ndolo en silencio. Krauser inclin¨® la cabeza y retrocedi¨®, dirigi¨¦ndose hacia el altar de Jes¨²s. ¡ªMenos mal que Joaqu¨ªn no est¨¢ aqu¨ª ¡ªmurmur¨® mientras se arrodillaba y hac¨ªa el Padre Nuestro. Al volverse, vio a Addel, quien jugaba con su sombrero y lo miraba con una sonrisa burlona. Hizo un gesto para que lo siguiera. Krauser obedeci¨® y ambos caminaron por un largo pasillo con m¨¢s de veinte puertas de madera, cada una adornada con una cruz. Addel se detuvo ante una de ellas y la abri¨®, provocando un leve rechinido. La habitaci¨®n era sencilla: una cama, un escritorio, una mesa con dos sillas y un librero. Esteban yac¨ªa acostado en la cama, mientras que un hombre calvo, con gafas y una barba prominente y blanca, estaba sentado a su lado. ¡ªPadre Hank, ?c¨®mo sigue? ¡ªpregunt¨® Addel. El hombre se quit¨® las gafas y respondi¨®: ¡ªLa fiebre ha bajado, pero regresar¨¢. Por ahora, est¨¢ estable. ¡ªEntiendo. He tra¨ªdo a un conocido para que nos ayude. Krauser dio un paso adelante y se inclin¨® ante el anciano. ¡ªUn placer. Hank lo observ¨® con curiosidad. ¡ª?No tienes rostro? Krauser entrecerr¨® los ojos, dejando ver lo poco visible de su expresi¨®n. ¡ªSoy un h¨ªbrido, lo que com¨²nmente llaman un monstruo. El padre Hank solt¨® una risa jovial. ¡ªVaya. ¡ª?No le doy miedo? ¡ªpregunt¨® Krauser con tono ir¨®nico. ¡ªNo, claro que no ¡ªrespondi¨® Hank, a¨²n riendo, y le extendi¨® la mano¡ª. Soy el padre Hank Maurice. Krauser asinti¨® con la cabeza y dirigi¨® su atenci¨®n a Esteban. ¡ª?Qu¨¦ tiene? ¡ªpregunt¨® Addel. ¡ªNo lo s¨¦, a¨²n no lo he examinado ¡ªrespondi¨® Krauser. Diciendo esto, entreg¨® su sombrero al padre Hank y extendi¨® ambas manos, una a la altura del pecho y la otra a la del abdomen. Permaneci¨® en esa posici¨®n unos minutos. De repente, el cuerpo de Esteban comenz¨® a elevarse lentamente, quedando suspendido a pocos cent¨ªmetros de la cama, justo entre las manos de Krauser. ¡ªVaya ¡ªmurmur¨® Krauser mientras mov¨ªa las manos sobre la cabeza y la pierna izquierda de Esteban. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Addel. ¡ªTiene un co¨¢gulo de energ¨ªa, tanto en su magia como en su cuerpo. Hay lesiones en el coraz¨®n y el cerebro, pero no son graves. Addel dio un paso hacia adelante. ¡ª?Tiene cura? ¡ªS¨ª, podr¨ªa decirse ¡ªrespondi¨® Krauser con un tono ir¨®nico. Justo en ese momento, las manos de Krauser comenzaron a descomponerse, transform¨¢ndose en lo que parec¨ªan ser peque?os par¨¢sitos que se incrustaron en varios puntos del cuerpo de Esteban: nuca, frente, codos, rodillas, pecho y abdomen. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ¡ªpregunt¨® el padre Hank, alarmado. ¡ªEstoy limpiando y reparando su sistema. Ha estado bajo mucho estr¨¦s y ha acumulado una gran cantidad de energ¨ªa negativa. Su poder se est¨¢ convirtiendo en un veneno para su propio cuerpo. ¡ª?Qu¨¦ significa eso? ¡ªpregunt¨® Addel con preocupaci¨®n. ¡ªEs parecido al c¨¢ncer, solo que este s¨ª tiene cura. Despu¨¦s de unos segundos, las manos de Krauser volvieron a la normalidad, y el cuerpo de Esteban descendi¨® lentamente hasta la cama. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® Addel. ¡ªNada, ahora deber¨ªa estar bien. Elimin¨¦ toda la magia acumulada y me asegur¨¦ de que su sistema funcione correctamente. ¡ªMenos mal. ¡ªNo lo tomes a la ligera, Schr?dinger. Es probable que lo que le haya causado esto vuelva a suceder. Parece que est¨¢ luchando contra algo. ¡ªSeguramente tiene que ver con Guillermo. ¡ª?Su hermano? Krauser se coloc¨® el sombrero y se sent¨® en una silla. ¡ªMe parec¨ªa bastante raro que alguien como ¨¦l se viera tan afectado, sobre todo cuando atac¨® a Candado bajo la lluvia ese d¨ªa. Estaba muy dolido, especialmente por esa conversaci¨®n que manten¨ªa con la silla vac¨ªa de su ¡°amigo¡±. ¡ªEres un... ?LO ESPIASTE! ¡ªYo tambi¨¦n me prepar¨¦¡ª se burl¨® de manera desafiante ¡ª?NO! ¡ªAddel se acerc¨® peligrosamente¡ª. No ten¨ªas ning¨²n derecho, metete conmigo, no con ¨¦l. ¡ªSupuse que era un tab¨² ?No es as¨ª?. ¡ªNo ten¨ªas raz¨®n para hacerlo. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s? ?Matarme? ¡ªOh no claro que no, lo que te har¨¦ ser¨¢ peor que la muerte, incluso rogaras por ella. ¡ªSoy un monstruo, no me asusta tus amenazas ¡ªdijo Krauser recost¨¢ndose en la silla, con los brazos cruzados. ¡ªMe asegurar¨¦... ¡ª?Hey, hey! C¨®rtenla, muchachos. Est¨¢n en la casa del Se?or, y mis hermanos y hermanas est¨¢n descansando ¡ªintervino el padre Hank. ¡ªTe salvaste, fen¨®meno ¡ªdijo Addel. ¡ªMira qui¨¦n habla. En ese momento, apareci¨® una ni?a en la puerta, vestida con pijamas. ¡ªPadre Hank, ?qu¨¦ sucede? ¡ªNada, mi ni?a, nada. ¡ªPens¨¦ que este lugar era un convento ¡ªcoment¨® Krauser. ¡ªLo es, pero tambi¨¦n ofrecemos refugio a personas sin hogar ¡ªrespondi¨® el padre Hank. ¡ªVaya ¡ªdijo Krauser, con tono indiferente. Addel, notando su actitud, decidi¨® molestarlo un poco. Y qu¨¦ mejor manera de hacerlo que encarg¨¢ndole un mandado. ¡ªSlenderman. ¡ªNo me llames as¨ª, no soy ni delgado ni alto. ¡ªDa igual, trae agua. Esteban la necesita. ¡ªDame una raz¨®n por la cual deber¨ªa ser su criado. ¡ªSi lo haces, te compartir¨¦ un secreto. Un secreto que Esteban y yo descubrimos. ¡ªNo es raz¨®n suficiente. Seguramente, cuando vuelva, terminar¨¢s minti¨¦ndome. ¡ªAddel¨¢ndromechkrin Schr?dinger lo jura. ¡ªTus padres deb¨ªan amar los trabalenguas. ¡ªLo que sea. Solo trae el agua. Krauser se levant¨® y mir¨® al padre Hank. ¡ª?D¨®nde est¨¢ el ba?o? ¡ªEl ba?o est¨¢... ¡ªAlto ah¨ª, camarada ¡ªinterrumpi¨® Addel. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® Krauser. ¡ªA Esteban no le dar¨¢s agua del ba?o. Dale agua limpia y pura. ¡ªLo siento, pero aqu¨ª no hay monta?as ni minas, y dudo mucho que haya un r¨ªo cerca. ¡ª?Por qu¨¦ no vas a la cocina? ¡ª?Cu¨¢l es la diferencia? Toda el agua del convento viene del mismo tanque. ¡ªNo, tenemos tanques separados ¡ªaclar¨® el padre Hank. ¡ªNo me jodas. ?Y d¨®nde est¨¢n esos tanques? ¡ªDeja que la ni?a te acompa?e. Despu¨¦s de todo, el ba?o est¨¢ en la misma direcci¨®n ¡ªdijo el padre Hank. ¡ª?Y a m¨ª por qu¨¦ me importa d¨®nde est¨¢ el ba?o si no voy a ir de todos modos? ¡ªNo es por ti, es por ella. Por la forma en que est¨¢ parada, parece que necesita ir al ba?o. Krauser mir¨® a la ni?a y, efectivamente, estaba temblando de pie. Luego, volte¨® hacia el sacerdote. ¡ªVaya, tu capacidad para leer a las personas me recuerda a alguien. ¡ª?A qui¨¦n? ¡ªNada. Quiz¨¢s alg¨²n d¨ªa, en alg¨²n momento o a?o, lo sabr¨¢s. Krauser se ajust¨® el sombrero y sali¨® por la puerta, llevando una palangana de pl¨¢stico en su mano derecha. Lleg¨® hasta la ni?a. ¡ªLl¨¦vame a la cocina. ¡ªClaro. La ni?a se adelant¨® a pasos r¨¢pidos, mientras Krauser la segu¨ªa lentamente, sin prisa alguna. Mientras caminaba, miraba al vac¨ªo, observando la escasa iluminaci¨®n en el pasillo. De repente, not¨® que la ni?a se hab¨ªa detenido en seco, justo en el l¨ªmite entre la luz y la oscuridad que dominaba el resto del pasillo. Al fondo, una puerta abierta dejaba ver una cocina iluminada con lavavajillas y algunos muebles. Cuando Krauser lleg¨® a su lado, se detuvo tambi¨¦n. Los peque?os pies de la ni?a no se atrev¨ªan a tocar la parte oscura del suelo. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Krauser, desinteresado. ¡ªNo quiero ir ah¨ª. La oscuridad es mala. ¡ª?Cu¨¢ntos a?os tienes? ¡ªCumplir¨¦ ocho el 18. ¡ªEntonces, este jueves. ¡ªCorrecto, creo. ¡ªQu¨¦ bien. ¡ª?Y t¨²? ¡ªCumpl¨ª 13 el primero de julio. ¡ªEres grande. ¡ªMe alegro. Ahora, ?podemos cruzar? ¡ªNo. Las piernas de la ni?a comenzaron a temblar, a pesar de que su rostro se manten¨ªa sereno. ¡ªSi te quedas ah¨ª, te vas a orinar encima. La ni?a apret¨® los dientes y se acuclill¨®. ¡ªEn serio, creo que debes ir. Solo son diez metros, m¨¢s o menos. ¡ªNo, la oscuridad es mala. Krauser manifest¨® dos tent¨¢culos que, muy lentamente, se acercaron a la ni?a y la envolvieron en la cintura. Ella se sorprendi¨®, alz¨® la mirada y, antes de que pudiera decir algo, la elev¨® en el aire. ¡ªMira, ser¨ªa un problema si apestaras. Dicho esto, Krauser se adentr¨® en el oscuro pasillo, primero con su cuerpo y luego con los tent¨¢culos que sosten¨ªan a la ni?a. En el momento en que estaba a punto de entrar en la oscuridad, ella se asust¨®, cerr¨® los ojos y comenz¨® a temblar mientras cantaba: ¡ªMam¨¢, mam¨¢, mam¨¢, me da besos en las noches, me arropa, me mima, me protege (...). El pasillo era largo, y Krauser pod¨ªa escuchar el peque?o y tembloroso canto de la ni?a, quien estaba aterrorizada. ¨¦l mir¨® atr¨¢s, desconcertado y curioso por la forma en que ella se comportaba. Al final de la oscuridad, Krauser baj¨® a la ni?a y guard¨® sus tent¨¢culos en su espalda. Luego se inclin¨® y la mir¨®. ¡ªHey, ya puedes abrir los ojos y... dejar de cantar. La ni?a abri¨® los ojos y vio a su alrededor; ya estaba en un lugar iluminado. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªVete al ba?o de una vez. La ni?a reaccion¨® y corri¨® hacia una puerta que hab¨ªa all¨ª; afortunadamente, hab¨ªa luz en los ba?os. Una vez que desapareci¨®, Krauser puso la palangana en el lavavajillas y abri¨® la llave para que el agua saliera. ¡ªLa oscuridad es mala ¡ªdijo en voz baja¡ª. Dockly dec¨ªa algo parecido hace tiempo. Mientras el agua ca¨ªa del grifo, Krauser se sinti¨® nost¨¢lgico, pero no pudo disfrutar del momento, ya que todo lo relacionado con ¨¦l le hac¨ªa enfadar. Escuchar o recordar aquel nombre hac¨ªa que le hirviera la sangre. ¡ªTraidor. Fueron las palabras que salieron de aquella monstruosa boca con dientes afilados; sus cuencas comenzaron a desprenderse. ¡ªDockly, aliarte con alguien tan perverso como Desza. En ese momento, sinti¨® algo en su brazo. Krauser se volvi¨® y mostr¨® su mal¨¦volo rostro, con dientes puntiagudos y cuencas vac¨ªas iluminadas por una luz roja. ¡ª?Est¨¢s enojado? ¡ªpregunt¨® la ni?a de forma natural. Krauser la mir¨® durante unos segundos. ¡ªDime, ?no te doy miedo? La ni?a se palme¨® la cabeza, la cara, las mejillas, el pecho, los brazos, los muslos y las piernas. ¡ªNo. Krauser cambi¨® su rostro y lo volvi¨® a como era antes. ¡ª?Hac¨ªa falta hacer eso? La ni?a se encogi¨® de hombros. ¡ªVeo que lo ¨²nico que te aterra es la oscuridad ¡ªdijo Krauser mientras cerraba la canilla. ¡ªS¨ª. Krauser manifest¨® sus tent¨¢culos, tom¨® la palangana y la elev¨® por los aires, situ¨¢ndola sobre su cabeza. ¡ª?Cruzamos? ¡ªNo, la oscuridad es mala. Krauser suspir¨®, volvi¨® a manifestar sus tent¨¢culos y tom¨® la palangana, luego extendi¨® su mano. ¡ªPor lo menos podr¨ªas tomar mi mano. Si cruzamos juntos, estoy seguro de que no te pasar¨¢ nada. La ni?a no contest¨®, pero acept¨® la proposici¨®n de Krauser y tom¨® su mano. Aunque segu¨ªa teniendo miedo, cuando cruzaron, ella sosten¨ªa con fuerza su mano y manten¨ªa los ojos cerrados. Krauser, por su parte, solo se limitaba a mirar hacia adelante y a tener cuidado con la palangana que llevaba sobre la cabeza, queriendo evitar que se le cayera el agua encima. Al llegar al otro lado, Krauser la solt¨®. Al no sentir su mano, la ni?a abri¨® los ojos y lo mir¨®. ¡ªLlegamos. ¡ªVaya, que eres lista, ni?a. ¡ªCasandra, no ni?a. ¡ªEntendido, ni?a. Casandra miraba expectante. ¡ªKrauser ¡ªdijo con un suspiro. ¡ªKrauser. ¡ªS¨ª. ¡ªKrauser. ¡ªS¨ª, ese es mi nombre. La ni?a sonri¨®, lo que provoc¨® que Krauser se extra?ara. ¡ªOye, ?no te doy miedo? ¡ªpregunt¨®, se?al¨¢ndose a s¨ª mismo con el dedo ¨ªndice. La ni?a se palme¨® la cabeza, las mejillas, la frente, los brazos, la cadera, el pecho, el est¨®mago y las piernas. ¡ªNo. ¡ª?Te burlas de m¨ª? La ni?a mir¨® sus pies y sus manos. ¡ªTampoco. Krauser se cubri¨® la cara con su mano izquierda y dej¨® escapar una risilla. Luego meti¨® la mano en su bolsillo y sac¨® una linterna de metal. Se acerc¨®, se arrodill¨® y le puso la linterna en la mano derecha. ¡ªUn regalo ¡ªdijo la ni?a, asombrada al ver la linterna. Krauser se puso de pie y sigui¨® caminando. ¡ª?Para qu¨¦ sirve? ¡ªpregunt¨® Casandra mientras la inspeccionaba. Krauser, sin detenerse, se?al¨® hacia atr¨¢s, donde estaba la oscuridad de donde hab¨ªan salido. ¡ªSirve para ellos. ¡ªGuau, KrauKrau. ¡ª?KrauKrau? ¡ª?Vendr¨¢s a mi fiesta? ¡ª...Somos desconocidos. ¡ª?Vendr¨¢s a la fiesta? ¡ªNo pararas hasta que diga que si ?Verdad? Casandra asinti¨® con la cabeza comicamente. ¡ªEst¨¢ bien. ¡ªYupi. Krauser lleg¨® a la habitaci¨®n donde estaban los dem¨¢s. ¡ªBuenas, he vuelto. ¡ªNo me di cuenta ¡ªdijo Addel sarc¨¢sticamente. Krauser lo ignor¨® y, en su lugar, baj¨® la palangana al lado de la cama de Esteban. Guard¨® sus tent¨¢culos y se sent¨® en una silla de madera. ¡ªSabes, creo que esto me va a volver loco. ¡ª?Por qu¨¦ lo dices? ¡ªpregunt¨® el padre Hank mientras mojaba un trapo y lo pasaba por la frente de Esteban. ¡ªNunca pens¨¦ que terminar¨ªa ayudando a un Circuito. ¡ªYo tampoco. En ese preciso momento, Casandra se sent¨® en el regazo de Krauser a jugar con la linterna. ¡ªBien, espumitas, dime lo que tienes para m¨ª. ¡ªBien, bien, bien, lo dir¨¦. Por casi veinte minutos Addel cont¨® lo que vieron, lo que escucharon y descubrieron, Krauser no dijo nada solo escuch¨® con atenci¨®n, para cuando termin¨® este solo respondi¨®. ¡ªEs lo que necesitaba, gracias humitos. Krauser sali¨® del convento y se detuvo a medio camino. Volte¨® y se despidi¨® de ellos levantando la mano. Addel, el padre Hank y la ni?a le devolvieron el saludo. Casandra mov¨ªa su mano de izquierda a derecha con la linterna que ¨¦l le hab¨ªa regalado. Krauser les salud¨® gentilmente una vez m¨¢s y se alej¨® de ellos, caminando con las manos en los bolsillos adentr¨¢ndose en las calles iluminadas de la provincia de Buenos Aires. Miraba al frente, mostrando sus ojos y su boca, causando terror a la mayor¨ªa de las personas y burl¨¢ndose de la expresi¨®n de sus rostros. ¡ªA m¨ª no es a quien deben temer, es a Desza a quien deben temer. ?Feliz nueve de julio! ¡ªdec¨ªa mientras soltaba una carcajada ruidosa y temeraria. Krauser hab¨ªa descubierto algo entretenido. DILEMA Era una ma?ana lluviosa de viernes, 13 de julio. Candado estaba en su gremio, sentado en una silla, leyendo el diario El Ocaso. No hab¨ªa m¨¢s que malas noticias: Chile hab¨ªa perdido dos gremios la noche anterior en un incendio misterioso. Paraguay reportaba cinco gremialistas desaparecidos, mientras las familias reclamaban a Ra¨²l por la b¨²squeda. Argentina hab¨ªa sufrido atentados contra los sem¨¢foros en Mendoza, Catamarca, Corrientes y Santa Cruz. En Brasil, Antonio Da Silva, el reconocido y famoso gremialista, fue encontrado muerto en la azotea de una escuela en Brasilia. Candado nunca antes hab¨ªa visto noticias como esas, pero su rostro no mostraba exaltaci¨®n ni impresi¨®n. Se manten¨ªa sereno, aunque, en su interior, estaba preocupado. Recordaba lo que T¨ªnbari le hab¨ªa dicho tres d¨ªas atr¨¢s. Hace tres d¨ªas. ¡ªRel¨¢jate, solo vine a decirte algo ¡ªdijo T¨ªnbari. ¡ª?Algo? ¡ªpregunt¨® Candado, mientras tomaba un libro y le quitaba el polvo. ¡ªS¨ª, es¡­ muy grave. Candado entendi¨® la seriedad de la situaci¨®n y dej¨® el libro sobre la mesa. ¡ªYa veo. Supongo que es algo bastante importante, ?verdad? ¡ªPuedes llamarlo como quieras. ¡ªBien ¡ªCandado chasque¨® los dedos de su mano izquierda, y una silla se acerc¨® a ¨¦l, donde se sent¨®¡ª. Supongo que ser¨¢ largo. ¡ªEncontr¨¦ a mis hermanos. ¡ªOh, los Bari. ?Y? ¡ªCinco de ellos viven en esta provincia. ¡ªYa conozco a uno, creo que se llama Slonbari. ¡ªPero no es el ¨²nico. Te dije que son cinco, y no he podido contactarlos. No me dejan, excepto uno: Arr¨¢bari, el padre de los ¨¢rboles. Me cont¨® algo sobre Pullbarey. ¡ª?Y qu¨¦ cosa? ¡ªSabemos c¨®mo es Pullbarey. Los ojos de Candado se iluminaron. ¡ª?C¨®mo es? S¨¦ que posey¨® a un humano, pero no conozco su apariencia. ¡ªTiene el aspecto de un ni?o de tu edad, lleva una m¨¢scara y siempre est¨¢ acompa?ado por un anciano bien vestido. ¡ªTodo esto es interesante, pero no veo cu¨¢l es la gravedad del asunto. ¡ªDurante el ¨²ltimo encuentro con Desza, todos los Bari que estuvieron presentes te vieron. Muchos de ellos te odian; detestan saber que la sangre del poderoso Keplant corre por el cuerpo de un humano. La sangre violeta es muy sagrada para los cotorianos. ¡ª?Sangre violeta? ¡ªSe dice que cuando Keplant desapareci¨®, entreg¨® su coraz¨®n a su hijo, Roob¨®leo, quien lo escondi¨® en una runa que tom¨® un color violeta. El agua, la tierra, las plantas, los ¨¢rboles y los animales¡­ toda la vida silvestre, excepto la mayor¨ªa de sus habitantes, es de ese color. Candado se mir¨® la mano. ¡ªYa veo ¡ªluego la envolvi¨® con sus llamas¡ª. Sangre violeta. Desza me dio un machetazo, pero la sangre que fluy¨® de mis heridas ese d¨ªa fue roja. ¡ªSe le llama sangre violeta al fluido de la magia. En tu caso, es tu segalma (segunda alma). ¡ª?Qu¨¦ intentar¨¢n hacerme? ¡ªMatarte. Arr¨¢bari me advirti¨® que cinco Bari vendr¨¢n por ti. Lo siento, Candado, pero tu idea de pasar desapercibido ante mis hermanos ya no es una opci¨®n. Presente Candado sinti¨® una mano en su hombro, pero no se movi¨®. Solo sigui¨® leyendo el diario. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ª?Aparento estar mal? ¡ªNo. ¡ªEntonces ah¨ª tienes tu respuesta. ¡ªOh, bueno... ¡ªHammya lo rode¨® y se sent¨® frente a ¨¦l. Candado segu¨ªa leyendo atentamente mientras Hammya lo observaba fijamente. Eran las 8:11 de la ma?ana del viernes y no hab¨ªa nadie m¨¢s en el gremio. Candado se hab¨ªa levantado temprano para recoger el diario y leerlo (aunque era probable que no hubiera dormido nada). Hammya se hab¨ªa encontrado con ¨¦l en el camino. En un principio, Candado quer¨ªa ir solo a la caba?a, pero Hammya insisti¨® y lo sigui¨® hasta all¨ª. ¡ªCandado ¡ªinterrumpi¨® Hammya. ¡ªEme. ¡ªHas cambiado mucho. Candado levant¨® la vista y luego la bajo. ¡ª?T¨² crees que he cambiado? ¡ªpregunt¨® Candado, sin apartar la vista del diario. ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® Hammya¡ª. Los primeros meses que estuve en tu casa, eras muy severo. No quer¨ªas que nadie entrara a tu habitaci¨®n. ¡ªNo. No quer¨ªa que t¨² entraras a mi habitaci¨®n ¡ªcorrigi¨® ¨¦l, finalmente bajando el peri¨®dico y mir¨¢ndola con seriedad¡ª. Y sigo pensando lo mismo. Solo que me cans¨¦ de repet¨ªrtelo. Que est¨¦s ah¨ª no significa que me agrade. ¡ªOh, bueno ¡ªdijo ella, sonriendo con un toque de picard¨ªa, y continu¨®¡ª. Tambi¨¦n has cambiado la forma en la que me tratas. Ahora eres m¨¢s caballeroso. Candado suspir¨®, apoyando el peri¨®dico sobre sus piernas. ¡ªEs una forma de agradec¨¦rtelo por haber hecho que mis padres volvieran a mi lado ¡ªsu mirada se perdi¨® en el techo mientras sonre¨ªa¡ª. Ayer estuve jugando f¨²tbol con mi pap¨¢ hasta las dos de la ma?ana. ?Cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que hicimos eso? ¡ªsu voz sonaba nost¨¢lgica. De repente, Candado se llev¨® una mano a la boca y comenz¨® a toser. ¡ª?Candado! ¡ªgrit¨® Hammya, poni¨¦ndose de pie de inmediato. Candado levant¨® la mano, pidi¨¦ndole que se calmara mientras segu¨ªa tosiendo. Cuando finalmente logr¨® detenerse, baj¨® la mano. Afortunadamente, no hab¨ªa sangre. ¡ªGracias a Dios ¡ªmurmur¨® Hammya, soltando un suspiro aliviado antes de volver a sentarse. ¡ªEsto empeorar¨¢ con el tiempo ¡ªdijo Candado sin inmutarse, volviendo a enfocar su atenci¨®n en el diario. ¡ªS¨ª ¡ªasinti¨® Hammya con tristeza. ¡ªNo tienes que poner esa cara. El que va a morir soy yo, no t¨². ¡ªPero yo no quiero que mueras ¡ªdijo ella con un hilo de voz, casi ahogada por la emoci¨®n. Candado baj¨® lentamente el diario y la mir¨® directamente a los ojos. ¡ª?Por qu¨¦? No me conoces lo suficiente para decirme eso. ¡ªEres mi amigo ¡ªrespondi¨® Hammya, su voz ahora m¨¢s firme¡ª. Y no solo yo me sentir¨ªa mal. Todos los dem¨¢s tambi¨¦n. ¡ªYa veo ¡ªdijo Candado, volviendo a su lectura, mientras el silencio regresaba al espacio que compart¨ªan. Pasaron unos minutos en los que Hammya se qued¨® en silencio, observando el pecho de Candado. En el lado izquierdo de su chaqueta, brillaba la insignia de la O.M.G.A.B. ¡ªCandado ¡ªdijo finalmente, rompiendo el silencio. ¡ªDime. ¡ª?Por qu¨¦ eres gremialista? ¡ªpregunt¨®, con una expresi¨®n curiosa en el rostro. ¡ªYa te lo hab¨ªa contado, ?no? ¡ªS¨ª, pero lo dijiste de una forma muy general, como todos lo har¨ªan. Solo quiero saber por qu¨¦ lo hiciste t¨². Conoci¨¦ndote, estoy segura de que podr¨ªas haber elegido el camino del Circuito para terminar esa guerra fr¨ªa que viven. Candado la mir¨® sorprendido por un momento, pero luego esboz¨® una peque?a sonrisa. ¡ªNo est¨¢s del todo equivocada ¡ªadmiti¨®¡ª. Es cierto que tom¨¦ el camino de los Circuitos con la intenci¨®n de terminar la guerra, pero... lamentablemente, no pude convivir con esa decisi¨®n. ¡ªIncre¨ªble ¡ªmurmur¨® Candado, mientras escuchaba. ¡ªVer¨¢s ¡ªcontinu¨® la voz frente a ¨¦l¡ª, cuando me echaron de los Circuitos, aprend¨ª muchas cosas... muchas cosas. Candado se inclin¨® hacia adelante, atento a cada palabra. ¡ªYo odio la sociedad del hombre ¡ªafirm¨®¡ª. No hay otra raz¨®n. La sociedad juzga al hombre, y eso es lo que m¨¢s me molesta. La sociedad dicta tus normas: te dice qu¨¦ ropa ponerte, qu¨¦ debes comer, c¨®mo debes hablar, qu¨¦ puedes mirar, qu¨¦ puedes preguntar y c¨®mo debes vivir. La sociedad del hombre est¨¢ da?ada, y sigue empeorando. Muchas veces, es la misma sociedad la que crea a su villano, as¨ª como tambi¨¦n a su h¨¦roe. En esta sociedad, no puedes ser diferente. Hizo una pausa, como si las palabras se cargaran de una gravedad que Candado pod¨ªa sentir en el aire. ¡ªHab¨ªa una ni?a ¡ªcontinu¨®¡ª, que quer¨ªa ser parte de un grupo de chicas, pero no la aceptaban porque era diferente. Hablaba diferente, vest¨ªa diferente, se comportaba diferente. Fue acosada y molestada por sus compa?eras, pero los profesores la castigaban a ella, creyendo las mentiras de los otros. Era m¨¢s f¨¢cil creerle a alguien bien vestido que a ella. Candado sinti¨® que las palabras comenzaban a pesarle. ¡ªY no solo eso. Perdi¨® a sus padres porque un polic¨ªa los mat¨®. Su madre qued¨® herida, pero termin¨® muriendo porque no ten¨ªan dinero para recibir atenci¨®n m¨¦dica. El polic¨ªa sali¨® exonerado, sin enfrentar ning¨²n castigo. La ni?a se qued¨® sin hogar, y lo poco que ten¨ªa le fue robado por un hombre de negocios. Aun as¨ª, ella, confiando en la justicia, pidi¨® ayuda a otro polic¨ªa que pasaba por ah¨ª. Pero este la ignor¨®. Rog¨®, llor¨®, suplic¨®, pero nadie la escuch¨®. Nadie la levant¨®, nadie le dio comida, nadie le dio agua. Un profundo silencio sigui¨® al relato, antes de que la voz volviera a alzarse con una nota amarga. ¡ªFue entonces cuando comprendi¨® la cruda realidad. La ni?a se levant¨®, empez¨® a robar, a manipular, a asesinar. Al final, uno es lo que hace con lo que hicieron de ¨¦l. No hab¨ªa raz¨®n para perdonar a quienes hab¨ªan convertido su vida en un infierno. Su nombre era Laila, y termin¨® siendo parte del c¨ªrculo de T¨¢natos. La sociedad la pisote¨®, escupi¨® sobre ella, y Laila no tuvo m¨¢s opci¨®n que vengarse. Se veng¨® del polic¨ªa, de los doctores, de los ni?os y ni?as que la maltrataron, de todos los rostros que pudo recordar en sus momentos de agon¨ªa. Se convirti¨® en la peor genocida de la historia, destruy¨® un pa¨ªs entero y no tuvo clemencia con ning¨²n adulto. Dej¨® a innumerables hu¨¦rfanos. La sociedad la destruy¨®, y T¨¢natos la acogi¨®, le dio sustento, un hogar y una familia. Candado se mantuvo en silencio, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros. ¡ªT¨¢natos fue inteligente ¡ªcontinu¨® la voz¡ª. Tom¨® a los excluidos de la sociedad, y por eso le fue tan f¨¢cil conquistar el mundo en un a?o. Es triste, pero T¨¢natos ayud¨® a las personas de la calle y las entren¨® para sus filas. Puede parecer extra?o, pero ¨¦l realmente quer¨ªa un mundo mejor. Sin embargo, su forma de pensar y la ejecuci¨®n de su plan no eran las correctas. Cre¨ªa que para lograrlo, hab¨ªa que destruir la sociedad actual, y eso significaba asesinar a todos los que estuvieran en desacuerdo con su visi¨®n: mujeres, ni?os, incluso reci¨¦n nacidos. Candado sinti¨® una opresi¨®n en el pecho. Las palabras que segu¨ªan parec¨ªan m¨¢s oscuras con cada momento. ¡ªCuando Harambee derrot¨® a T¨¢natos, comprendi¨® todo esto. Entonces decidi¨® hacer algo similar a lo que T¨¢natos quer¨ªa, pero con una diferencia crucial: en lugar de crear caos, Harambee construy¨® una sociedad aparte. Una sociedad en la que todos fueran libres, donde se aceptara a los diferentes. Por eso cre¨® los gremios y eligi¨® a los ni?os. Los ni?os son los seres m¨¢s puros del mundo, los que carecen de maldad, los m¨¢s f¨¢ciles de guiar por el buen camino. Harambee no form¨® un ej¨¦rcito, no form¨® ac¨®litos. Form¨® una sociedad. Una sociedad por y para los ni?os. La tercera opci¨®n. Candado inclin¨® la cabeza, tratando de entender la magnitud de lo que narraba. ¡ª?Y por qu¨¦ estoy de este lado? ¡ªla voz se volvi¨® m¨¢s firme¡ª. Porque los gremios brindaron salud, justicia, paz, solidaridad, seguridad, esperanza, educaci¨®n, comunicaci¨®n... y tambi¨¦n un hogar. Harambee tom¨® las ideas de T¨¢natos y las perfeccion¨®. Luch¨® por un mundo mejor, junto con sus amigos, entre ellos mi bisabuelo. Lucharon por aquellos que no ten¨ªan nada. Eso fue Harambee, y eso son los gremios: una familia.The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement. Candado se puso de pie, coloc¨® la mano en su insignia y mir¨® al cielo. ¡ªEs por eso que soy gremial. Es por eso que sigo a Harambee. Ella dio esperanza y un hogar a los que no lo ten¨ªan, les dio una familia, y esa familia, por la que padres y madres como los representantes de la O.M.G.A.B. lucharon, es nuestra responsabilidad y obligaci¨®n defenderla. Eso somos los gremios, una familia. Baj¨® la mirada y vio que Hammya lo observaba fijamente, escuchando cada palabra con atenci¨®n. Candado, inc¨®modo, se sonroj¨® y volvi¨® a sentarse. ¡ªCreo que habl¨¦, otra vez, con demasiada pasi¨®n sobre este tema. Hammya qued¨® sorprendida al verlo en ese estado. Nunca antes lo hab¨ªa visto as¨ª, pero, como era de esperarse, Candado se recuper¨® r¨¢pido y fij¨® sus ojos en ella. ¡ªBueno, es por eso que soy gremial ¡ªrepiti¨®, con un tono m¨¢s calmo. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® con esa chica que mencionaste? ¡ªpregunt¨® Hammya. Candado se puso de pie nuevamente y le dio la espalda. ¡ªJack Barret no tuvo el valor de matarla. Le salv¨® la vida y le borr¨® sus recuerdos. Renaci¨® como una persona nueva y vivi¨® el resto de sus d¨ªas en la isla de Kanghar. ¨¦l y Rosa le dieron un hogar y se encargaron de difundir su supuesta muerte para que pudiera vivir en paz. ¡ªPero... ?eso no est¨¢ mal? ¡ªcuestion¨® Hammya. ¡ª?Por qu¨¦ estar¨ªa mal? ¡ªEsa mujer asesin¨® a innumerables inocentes. Candado se gir¨® lentamente, con las manos en la espalda. ¡ª?Qu¨¦ crees que debieron hacer con ella? ¡ªCastigarla. ¡ª?C¨®mo? ¡ªEh, bueno... Candado se acerc¨®, sus ojos fijos en Hammya. ¡ªHammya, ?cu¨¢l es la respuesta correcta en este mundo? La sociedad la trat¨® como a una cucaracha, la colectividad le destruy¨® la vida, y ella solo devolvi¨® lo que recibi¨®. ?Por qu¨¦ ella es la villana y no la sociedad? ?Acaso un d¨ªa simplemente decidi¨® despertar y destruir una poblaci¨®n? ?Es la maldad de ella, o de la sociedad? Hammya rebati¨®. ¡ªPese a todo el mal que le hiciero, el casitigo fue desproporcionado. ¡ªSon lingas palabras, pero ellos hicieron lo que cre¨ªan justo. ¡ªPero¡­ ¡ªEn este mundo, el bien y el mal no existen ¡ªcontinu¨® Candado¡ª. Son solo palabras que los hombres cre¨® y les di¨® significado, aqu¨ª soy bueno por dejar vestirte como se te canta, pero en el muno musulm¨¢n ser¨ªa todo un idolo el pecado por dejar vestirte as¨ª. ¡ªClaro que existe el bien y el mal ¡ªreplic¨® Hammya, con un tono desafiante. Candado cerr¨® los ojos y camin¨® hacia un estante de libros, con las manos cruzadas detr¨¢s de su espalda. Se detuvo a unos cent¨ªmetros de ¨¦l y habl¨®. ¡ª?Sabes algo de historia? ¡ª?Historia? ¡ªS¨ª, la que ense?an los profesores ¡ªrespondi¨® Candado mientras pasaba el dedo por los lomos de los libros. ¡ªOh, claro. Era bastante buena en eso ¡ªdijo Hammya, con una sonrisa. ¡ª?En serio? ¡ªCandado detuvo su dedo en un libro bermell¨®n, lo sac¨® y, con el libro abierto entre sus manos, la mir¨®¡ª. ?Qu¨¦ pas¨® el 12 de octubre de 1492? Hammya se recost¨® en su silla, pensativa. ¡ª?Ya s¨¦! Crist¨®bal Col¨®n descubri¨® Am¨¦rica. ¡ªSi fuera un profesor, te dir¨ªa "Muy bien, un diez para Hammya". ¡ª?Y t¨² qu¨¦ me dir¨ªas? ¡ªYo te pondr¨ªa un cero ¡ªdijo Candado, cerrando el libro con un golpe seco y desliz¨¢ndolo entre sus manos. ¡ª?Por qu¨¦? Eso es lo que dec¨ªa el libro de historia. Candado se sent¨® nuevamente, cruzando las piernas. ¡ª?Qu¨¦ significa descubrir? ¡ªEncontrar algo nuevo o crear algo que no exist¨ªa antes. ¡ª?Y Am¨¦rica apareci¨® de la nada cuando Col¨®n lleg¨® aqu¨ª? ¡ªNo. ¡ªExacto. Am¨¦rica ya estaba habitada desde hace m¨¢s de 14.000 a?os antes de que Col¨®n siquiera la pisara. Ese italiano s¨®lo trajo tres barcos, plant¨® una bandera, saque¨® tesoros y llev¨® a algunos nativos a Europa. Despu¨¦s de eso, los espa?oles volvieron, destruyeron Tenochtitlan, mataron, saquearon y violaron. Para nosotros, fueron crueles invasores; para ellos, trajeron su idioma, costumbres y religi¨®n. ¡ª?Y qu¨¦ tiene eso que ver con lo que hablamos? ¡ªQue Am¨¦rica "se descubri¨®", pero en realidad fue invadida. Trajeron la civilizaci¨®n, la cultura y a Dios. Dime, ?de verdad crees que eso fue algo bueno? ¡ªNo lo s¨¦, no lo entiendo del todo. ¡ªEs que el bien y el mal no existen como conceptos absolutos, Hammya. Son ideas humanas. Si el bien realmente existiera de forma objetiva, Tenochtitlan seguir¨ªa en pie y no ser¨ªa una ruina. Tampoco existe el mal en s¨ª mismo. Los humanos actuamos seg¨²n lo que nos conviene. Mira, si un hombre intenta violarte y yo tengo un arma, lo matar¨ªa sin dudarlo para salvarte. Pero eso, ?me convierte en una mala persona por haberle quitado la vida? He hecho algo malo para lograr algo bueno. Hammya lo miraba con la boca entreabierta, sin saber qu¨¦ decir. ¡ªNo es necesario que est¨¦s de acuerdo conmigo. Es solo mi forma de ver las cosas. El bien y el mal son construcciones de la moral y la religi¨®n. Por ejemplo, hay quienes creen que la vida es sagrada. Pero si la vida de alguien a quien aman est¨¢ en peligro y tienen un arma en la mano, tendr¨¢n que decidir entre su moral o su familia. ¡ª?Y c¨®mo llamas a eso? ¡ªEs un dilema, un conflicto entre lo que consideramos correcto y lo que estamos dispuestos a hacer. Candado se levant¨® y camin¨® hacia el estante para devolver el libro. Hammya lo interrumpi¨®. ¡ªCandado... ¡ªEme¡ªrespondi¨® ¨¦l mientras colocaba el libro en su lugar. ¡ª?De verdad har¨ªas algo as¨ª en mi situaci¨®n? Candado volte¨® y la mir¨® fijamente. ¡ªPor supuesto. Eres mi amiga, vives en mi casa. Es mi deber cuidar de todo lo que est¨¦ en mi hogar. Antes de que Hammya pudiera responder, la puerta de la sala se abri¨®, acompa?ada por voces que se acercaban. Ella cerr¨® la boca de golpe, tom¨® un diario y fingi¨® leerlo, aunque lo ten¨ªa al rev¨¦s. Candado se tap¨® la boca, tratando de no re¨ªrse, divertido por la torpeza de Hammya. Justo en ese momento, H¨¦ctor entr¨® con una carpeta bajo el brazo. ¡ªBuenos d¨ªas, ?adivina qui¨¦n lleg¨®? ¡ªdijo H¨¦ctor. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨® Candado con tono sarc¨¢stico. ¡ªEres cruel ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor. Declan entr¨® detr¨¢s de ¨¦l junto con German, colocando su mano en el hombro de H¨¦ctor. ¡ªNi la tormenta puede borrar tu estado de ¨¢nimo ¡ªdijo Declan sonriendo. ¡ªToda una mariposa¡ªagreg¨® German. H¨¦ctor sonri¨® y le dio, a ambos, unas palmadas en la espalda antes de dirigirse hacia Candado y extenderle la mano. ¡ªHola, amigo. Candado le estrech¨® la mano, pero H¨¦ctor lo jal¨® hacia ¨¦l para darle un abrazo. ¡ªVen aqu¨ª, no seas t¨ªmido. ¡ªMe est¨¢s cortando la circulaci¨®n, H¨¦ctor. H¨¦ctor lo solt¨®, riendo, y luego mir¨® a Hammya, quien segu¨ªa fingiendo leer el diario al rev¨¦s. ¡ªVaya, vaya, vaya... la ni?a de cabello verde. ?C¨®mo has tratado a Candado? ¡ªpregunt¨® ¨¦l en tono travieso. ¡ª?Disculpa? ¡ªrespondi¨® Hammya, confundida. ¡ªClementina me cont¨® todo sobre el "regalo" que le diste a Candado. ¡ªEl chisme del d¨ªa¡ªse burl¨® German. ¡ªEres todo un encanto de la comedia¡ªdijo Declan cansado. ¡ªJe ?Envida? Declan suspir¨®, y apareci¨® Candado. ¡ª?En serio? ?Un regalo? ¡ªintervin¨® Candado, ajustando su ropa, arrugada tras el abrazo. Las mejillas de Hammya se encendieron, su boca se sec¨® y empez¨® a sudar de la verg¨¹enza. Incapaz de soportarlo m¨¢s, se cubri¨® la cara con el diario. ¡ªD¨¦jame en paz ¡ªdijo, avergonzada. ¡ª(Pero solo me dio un libro ?Es para tanto?) ¡ªpens¨® Candado. ¡ªEres la ¨²nica chica que manifiesta un sonrojo muy llamativo. ¡ªErika hace lo mismo H¨¦ctor¡ªrefut¨® Candado. ¡ªElla no cuenta. H¨¦ctor solt¨® una risa y mir¨® a Candado. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Candado al instante. ¡ªNada, o tal vez s¨ª. ?Hiciste lo que te ped¨ª? ¡ª?Sobre tu hermana? ¡ªS¨ª, lo hice. ¡ªPerfecto, porque no podr¨¦ estar presente. ¡ª?Entonces volviste solo para decirme que no estar¨¢s, a pesar de haberlo dejado claro en la carta que me enviaste? H¨¦ctor desvi¨® la mirada. ¡ªAlgo as¨ª. ¡ªEst¨²pido. ¡ªDa igual, solo quer¨ªa ver c¨®mo estaban. ¡ªLa reuni¨®n no te fue bien, ?verdad? ¡ªDigamos que no. Candado suspir¨®, llev¨¢ndose la mano derecha a la frente. ¡ª?Qu¨¦ pediste para que te fuera tan mal? H¨¦ctor hizo un gesto para que Candado se acercara. Candado se inclin¨® y H¨¦ctor le susurr¨® algo al o¨ªdo. ¡ªEs un tema delicado. ?Podemos hablarlo en otro lugar? Candado se alej¨® un poco, lo mir¨® con sospecha y luego mir¨® a los dem¨¢s. ¡ªEst¨¢ bien. Candado se acerc¨® a un librero, coloc¨® ambas manos en ¨¦l y lo desliz¨® hacia un lado, revelando una puerta. La abri¨® y mostr¨® una escalera que descend¨ªa hacia la oscuridad. ¡ªH¨¦ctor y yo bajaremos. Por favor, no nos interrumpan. ¡ªClaro, t¨®mense su tiempo ¡ªrespondi¨® Declan. Declan asinti¨®, mientras Candado encend¨ªa las luces y hac¨ªa una se?al para que H¨¦ctor lo siguiera. Cuando ¨¦l empez¨® a bajar las escaleras dej¨® de sonre¨ªr y adopt¨® una expresi¨®n seria. German lo not¨® y frunci¨® el ce?o. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Lucas, preocupado. German r¨¢pidamente volvi¨® a sonre¨ªr. ¡ªNo, no pasa nada. Candado y H¨¦ctor desaparecieron en la oscuridad mientras bajaban las escaleras con cuidado. Al llegar abajo, se encontraron frente a una puerta roja. Candado se acomod¨® la boina y sac¨® una llave blanca para abrirla. ¡ªPens¨¦ que... ¡ªTodav¨ªa nadie me ha vencido ¡ªdijo Candado, mientras giraba la llave y abr¨ªa la puerta. Entraron y Candado encendi¨® las luces. El interior era una enorme sala llena de estanter¨ªas repletas de libros y montones de papeles escritos a mano. Lo m¨¢s sorprendente era que el lugar estaba impecable, sin rastro de polvo ni telara?as. Las luces proven¨ªan de un gran candelabro, que alguna vez fue dise?ado para velas, pero modificado para bombillas el¨¦ctricas. El suelo de madera antigua estaba perfectamente conservado, y las paredes eran de piedra y cemento. Candado se sent¨® en una mesa redonda con cinco sillas. H¨¦ctor cerr¨® la puerta tras ¨¦l y se acerc¨®. ¡ªDime, ?qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Candado. H¨¦ctor sonri¨® y puso las manos en su espalda. ¡ª?Est¨¢s loco, Candado? ?Enfermo? ?O acaso perdiste la cabeza? Candado se recost¨® sobre su pu?o izquierdo y, de manera desinteresada, pregunt¨®: ¡ª?A qu¨¦ te refieres con eso? H¨¦ctor golpe¨® la mesa con los pu?os, mostrando su ira. ¡ª?NO TE HAGAS EL TONTO CONMIGO! Candado cerr¨® los ojos y continu¨®. ¡ªDeb¨ª imaginarlo, la ¨²nica raz¨®n por la cual me llamas a este lugar es para gritarme. ¡ª?En serio, Candado? ?Cre¨ªste que no me iba a dar cuenta? Candado abri¨® su ojo derecho. ¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ hablas. ¡ª?OCULTASTE A RUCCIM¨¦NKAGRI! Candado abri¨® ambos ojos. ¡ª?Y qu¨¦ con eso? H¨¦ctor golpe¨® la mesa nuevamente. ¡ª??QU¨¦ CON ESO?! ¡ªH¨¦ctor Ram¨ªrez Bonamico Mateo, deja de gritar, no soy un perro ni un gato, soy un ser humano, y hablamos con altura. ¡ª?Altura? ¡ªH¨¦ctor comenz¨® a caminar sin rumbo por el lugar¡ª. Altura... altura. ¡ªTienes que calmarte. ¡ª?Calmarme? Candado, sabes qui¨¦n es ella, sabes lo que hizo, pero ?por qu¨¦? Candado observ¨® sus dedos por un momento, luego lo mir¨® a los ojos. ¡ªElla me lo cont¨® todo. No sab¨ªa qui¨¦n era o qu¨¦ era, pero si tuvo el valor de contarme su pasado, entonces, ?por qu¨¦ negarle mi ayuda? ¡ª?Ha matado a miles de nosotros en el pasado! ?Miles! ?MILES! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor mientras golpeaba la mesa otra vez. Candado se levant¨® y camin¨® hacia ¨¦l. ¡ªDime, amigo, ?acaso pensaste que saldr¨ªamos inc¨®lumes tras nuestros abusos a la naturaleza? Cazas masivas, extinci¨®n de innumerables especies, millones de ¨¢rboles talados, r¨ªos contaminados. Dime, ?de verdad crees que la naturaleza iba a permitirlo? ¡ªNo, no, no, eso no funciona conmigo Barret¡ª dijo mientras empezaba a golpetear la mesa¡ª. Ella esta en busca y caputura, literalmente est¨¢s violando la ley. Tu palabarer¨ªo sobre el punto m¨¢s elocuente no me afecta, amigo. H¨¦ctor empez¨® a caminar en c¨ªrculos, mostrando frustraci¨®n y preocupaci¨®n. ¡ª?Debemos asumir que ella es la maldad? ?Por qu¨¦ tendr¨ªa que ser benevolente? ¡ª?Est¨¢s justificando sus acciones? Candado puso su dedo ¨ªndice en el pecho de H¨¦ctor. ¡ªH¨¦ctor, ?t¨² te quedar¨ªas de brazos cruzados si una multitud destruye tu casa? Nosotros pensamos solo en nuestras necesidades y, para satisfacerlas, estamos dispuestos a pasar por encima de todo aquel que se interponga, sin importar el da?o. Si tienes hambre, tomas un arma y cazas; si tienes fr¨ªo, talas un ¨¢rbol y haces fuego. Ella podr¨ªa aceptar eso, pero el ser humano cre¨® el capitalismo y el comercio, y para eso necesitaba m¨¢s de lo que la naturaleza le pod¨ªa dar. H¨¦ctor apart¨® altaneramente la mano de Candado de su pecho. ¡ªEso no justifica la sangre de inocentes. Ruccim¨¦nkagri es la criminal m¨¢s peligrosa del mundo. Debemos juzgarla, tendr¨¢ sus motivos, todo lo que quieras, con ese criterio perdonamos a todos los criminales de todo le mundo, debe ser castigada. ¡ªYa ha sido castigada. El hombre triunf¨®. Cada a?o se pierde un bosque; el crecimiento de la poblaci¨®n provoca la desaparici¨®n de miles de ¨¢rboles, vegetales y animales. Ella ya no puede hacer nada m¨¢s que proteger el lugar donde se refugia. H¨¦ctor se qued¨® en silencio. ¡ªSi ella es mala, entonces, ?qu¨¦ somos nosotros? H¨¦ctor sonri¨® y se afloj¨® la corbata. ¡ªSiempre buscas la manera de ganar las discusiones... y siempre ganas. Pero las dem¨¢s personas no pensar¨¢n as¨ª cuando se enteren de esto. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s? ¡ªNo dir¨¦ nada, no comparto para nada tu visi¨®n, amigo. Pero har¨¦ como si no hubiera visto nada, no lo olvides: alg¨²n d¨ªa lo sabr¨¢n, y cuando eso ocurra, ser¨¢s expulsado. ¡ªNo me da miedo la expulsi¨®n. ¡ªPuede que no, pero a m¨ª no me gustar¨ªa que mi amigo fuera echado de la O.M.G.A.B. Candado camin¨® de regreso a su asiento y recost¨® su sien en su pu?o izquierdo. ¡ªPero me da miedo otras cosas, H¨¦ctor. ¡ª?Por los testigos? ¡ªSobre Pullbarey. ¡ªAh, el sujeto que me contaste. ¡ªHa estado secuestrando ni?os. ¡ªSupongo que es el que maneja el conjuro de rucrenia. ¡ªSupongo, pero ?no te parece extra?o? ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªNada, olv¨ªdalo. H¨¦ctor se acerc¨® a Candado. ¡ªNo has estado durmiendo, ?verdad? Candado no contest¨®. ¡ªSabes, creo que deber¨ªas descansar un poco, por tu salud. ¡ª?Mi salud? ¡ª?Crees que lo olvid¨¦? Aquel d¨ªa, afuera de la casa del anciano, vi sangre. El asombro de Candado fue fugaz; sus ojos se dilataron, pero trat¨® de mantener la calma. ¡ªNo s¨¦ qu¨¦ te ocurre, pero es bastante grave como para que te lo guardes. ¡ªOlvida eso. ¡ªComo t¨² digas ¡ªluego se arrodill¨®, forzando a Candado a mirarlo¡ª, pero recuerda, si veo otra vez sangre en tu tos, me ver¨¦ obligado a actuar. ¡ªOlvida eso ¡ªrepiti¨® fr¨ªamente. H¨¦ctor se ri¨® y se levant¨®. ¡ªBien, es hora de subir, me gustar¨ªa divertirme un poco. Candado se levant¨®, poniendo las manos en los bolsillos. ¡ª?Termin¨® tu rega?o? H¨¦ctor se ri¨® y se arrim¨® a Candado, como colegas del trabajo. ¡ªNo, claro que no, solo me tomar¨¦ un descanso. Candado y H¨¦ctor subieron las escaleras, donde los esperaban los dem¨¢s. A lo lejos de la casa, Clementina, la robot que cuidaba de Candado, no estaba presente. Se hab¨ªa quedado en casa para ayudar a la familia Barret, ahora que los padres de Candado hab¨ªan regresado. Clementina se dedicaba a hacer de todo un poco, desde lavar los platos hasta cocinar, pero la mayor parte del tiempo se encargaba de la beb¨¦ Karen, ahora de tres a?os. Su cumplea?os fue el 10 de julio, y ese d¨ªa, Candado estuvo a su lado todo el tiempo, jugando y cantando con ella, claro que con la compa?¨ªa de sus padres. Fue la primera vez que Candado no se mostr¨® fr¨ªvolo ni vac¨ªo; estaba completamente feliz. Sin embargo, Clementina hab¨ªa notado algo en la se?orita Barret. Europa estaba sentada en el sill¨®n, deca¨ªda, mirando su ¨¢lbum de fotograf¨ªas. Al pasar por ah¨ª, Clementina decidi¨® acercarse y mirar por encima de sus hombros. ¡ªRecuerdo esa fotograf¨ªa. Europa salt¨® del susto y volte¨® r¨¢pidamente. ¡ªClementina, ?cu¨¢ndo...? ¡ªHace un momento. Clementina rode¨® el sill¨®n y se sent¨® a su lado. ¡ª?Sucede algo, se?orita Barret? Europa trag¨® saliva. ¡ªSolo estaba mirando cu¨¢n miserable he sido. ¡ªNo debe decir eso, usted es la voz de esta casa. ¡ªTal vez... Europa contempl¨® el ¨¢lbum y mir¨® una foto de Candado en sus brazos. Puso su mano sobre ella. ¡ªYo tambi¨¦n recuerdo ese d¨ªa. Candado estaba llorando porque se le hab¨ªa ca¨ªdo su caramelo en el agua. ¡ªFue espantoso. Europa se ri¨®. ¡ªClaro, pero as¨ª era ¨¦l. Clementina mostr¨® una expresi¨®n de pena. ¡ªElla tom¨® la foto. ¡ªElla era un ¨¢ngel. Su muerte me rompi¨® el coraz¨®n. ¡ªS¨ª, no solo a usted. Europa abraz¨® el ¨¢lbum y, sin mirar a Clementina, pregunt¨®: ¡ªDime todo sobre Candado. Clementina vacil¨® y mir¨® su rostro. ¡ª?Qu¨¦? ?Sobre qu¨¦? ¡ª?Qu¨¦ pas¨® despu¨¦s del funeral? ¡ªpregunt¨® Europa mientras forzaba su abrazo en el ¨¢lbum. Clementina dud¨®, baj¨® la mirada y comenz¨® a contar. ¡ªDespu¨¦s del funeral, Candado se dirigi¨® directamente a la caba?a. Nosotros lo seguimos en silencio. H¨¦ctor y Erika intentaron hablar, pero al final no dijeron nada. Nadie dijo nada. ?Qu¨¦ se pod¨ªa decir? Hab¨ªa perdido a un ser irremplazable. Ninguna palabra nuestra iba a ayudarlo. Europa solloz¨®, pero se mantuvo firme. Clementina empez¨® a dudar, pero continu¨®. ¡ªEl joven patr¨®n ten¨ªa las manos temblorosas, no pod¨ªa abrir la puerta de la casa. Sin embargo, lo logr¨®. Cuando lleg¨® a la sala, se arrodill¨® inexplicablemente. Nadie quiso acercarse a ¨¦l. Clementina se detuvo. ¡ªContin¨²a. Clementina la mir¨®. Las l¨¢grimas de Europa empezaban a brotar, pero aun as¨ª, ella se las sec¨® con la mu?eca. ¡ªContin¨²a, por favor. Clementina tom¨® valor y sigui¨®. ¡ªAl final, fue H¨¦ctor quien intervino. Entonces, Candado explot¨®. La ira sali¨® de su cuerpo, destruy¨® todo lo que estaba a su alrededor: mesas, sillas, cuadros, objetos... Todos nos mantuvimos en silencio y observamos c¨®mo Candado soltaba todo el dolor que ten¨ªa guardado. Una y otra vez suplicaba que ella regresara con su familia, pero nada cambiaba. Clementina se detuvo nuevamente y mir¨® a Europa, quien parec¨ªa a punto de quebrarse. ¡ªSigue, no te detengas ¡ªpidi¨® Europa, con una voz temblorosa. ¡ªCandado perdi¨® el equilibrio y cay¨® al suelo. Una y otra vez maldec¨ªa el nombre de Dios y a s¨ª mismo. Cuando iba perdiendo el conocimiento, repet¨ªa su nombre una y otra vez: Gabriela... Europa cedi¨® al llanto, dej¨® caer el ¨¢lbum y se tap¨® la cara. No pod¨ªa soportarlo, pero aun as¨ª insisti¨®: ¡ªNo te detengas ¡ªdijo con esfuerzo. ¡ªCandado no durmi¨®, no habl¨® ni comi¨® durante tres d¨ªas y tres noches. La ma?ana siguiente, cuando intent¨¦ que saliera de su habitaci¨®n, lo encontr¨¦ en el suelo, exhausto. Aprovechamos cuando se desmay¨® y le dimos todas las vitaminas mediante inyecciones. Estaba muy d¨¦bil y no despert¨® hasta el d¨ªa siguiente. Todos tom¨¢bamos turnos para verlo. Europa se desmoronaba lentamente. ¡ªCandado busc¨® a sus padres, pero ustedes ya no eran los mismos. No pod¨ªa soportar la soledad, no quer¨ªa a sus amigos, quer¨ªa a sus padres a su lado. Quer¨ªa llorar en los brazos de su madre, pero estaba solo. Su madre y su padre no estaban. Llor¨® y llor¨®, pero no, sus padres no estaban ah¨ª para ¨¦l. Fue entonces cuando decidi¨® encerrarse en su habitaci¨®n. No quer¨ªa a nadie m¨¢s, solo a sus padres, pero nunca tocaron la puerta. Europa estall¨® en llanto. Cada palabra que sal¨ªa de Clementina era m¨¢s dolorosa. ¡ª?D¨®nde estaba? ¡ªpregunt¨® Europa, maldici¨¦ndose a s¨ª misma. ¡ªDespert¨® a la ma?ana siguiente, pero ya no era el Candado alegre y dulce. Hab¨ªa despertado un Candado diferente, vac¨ªo y de coraz¨®n fr¨ªo. "Gabriela", fue lo que dijo. En sus ojos se ve¨ªa el reflejo del dolor mismo; ya no era un ser humano, era un cascar¨®n vac¨ªo. "Mis padres me odian", eso fue lo que me dijo. ¡ª?Qu¨¦ le he hecho? Hice sufrir a mi hijo. ?Qu¨¦ clase de madre soy? ?D¨®nde estuve cuando m¨¢s me necesitaba? Europa lloraba desconsoladamente. Sab¨ªa que hab¨ªa ignorado a su hijo y su dolor, un dolor que lo cambi¨® para siempre. Nada pod¨ªa detener sus l¨¢grimas. ¡ªEse d¨ªa lloramos por Rueda, y olvidamos a nuestro hijo. No puedo imaginar el dolor que sinti¨® al considerarse olvidado. ¡ªHammya lo comprendi¨® ¡ªdijo Clementina. Europa se calm¨® un poco y mir¨® a Clementina. ¡ªAquel d¨ªa, tal vez no me di cuenta porque estaba feliz de tener a un nuevo residente, pero Hammya entendi¨® el dolor de Candado. Ella fue la ¨²nica que pudo saberlo. Ese d¨ªa pregunt¨® por el caballo y tambi¨¦n que quer¨ªa verlo. Pero no solo eso, tambi¨¦n quer¨ªa estar a su lado, hacerlo re¨ªr, hacerlo enojar, entristecerlo... Hammya encontr¨® el equilibrio de Candado. Europa guard¨® silencio, pero las l¨¢grimas continuaban cayendo. ¡ªMe gustar¨ªa saber qu¨¦ hizo para que volvieran con su hijo. ¡ªAh, eso... ¡ªEuropa se limpi¨® las l¨¢grimas¡ª, fue una lar-ga charla por tel¨¦fono, casi cuatro horas. Me cont¨® todo lo que pas¨® mi hijo: el dolor, el desprecio, c¨®mo arriesg¨® su vida sin importar lo peligroso que fuera ¡ªsolt¨® una risilla¡ª. Soy una est¨²pida... darme cuenta de mi deber de madre a trav¨¦s de una ni?a. ¡ªLo importante es que ahora est¨¢ aqu¨ª con ¨¦l, y desde entonces Candado ha estado muy feliz. Esa ni?a ha logrado algo que nosotros no pudimos en su momento: hacerlo re¨ªr y mantener esa sonrisa por m¨¢s tiempo. ¡ªSi ella no me hubiese llamado¡­ ¡ª¡­Me gustar¨ªa que uno de estos d¨ªas vayamos a Resistencia otra vez. ?No te parece, Candado? ¡ªdijo una voz desde afuera. ¡ªOlv¨ªdalo, puedes hacerlo vos, Hammya. No hace falta que yo est¨¦ ah¨ª. Europa se puso de pie al escuchar la voz de su hijo en la puerta. ¡ªNo seas as¨ª, debe ser bonito. Es como la primera vez que te divertiste y quieres recordarlo. ¡ªRecuerdo la primera vez que me divert¨ª. ¡ª?S¨ª? ?Y qu¨¦ pas¨®? ¡ªFue horrible. ¡ªFuuu... La puerta se abri¨® y Candado entr¨®. Al poner un pie dentro, vio a su madre, de pie frente a ¨¦l, a¨²n con l¨¢grimas en los ojos. ¡ª?Mam¨¢? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ª?S¨ª? ¡ª?Estuviste llorando o picando cebollas? Europa comenz¨® a re¨ªr, pero al mismo tiempo volvi¨® a llorar. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªMam¨¢ ¡ªCandado se acerc¨® y extendi¨® su mano¡ª, sea lo que sea, lo siento. Europa se arrodill¨® y abraz¨® a Candado con fuerza, haciendo que su boina cayera al suelo, rodando hasta los pies de Hammya. ¡ª?Mam¨¢? Ella segu¨ªa llorando. Su abrazo ten¨ªa atrapado a Candado, quien apenas pod¨ªa moverse, m¨¢s all¨¢ de sus brazos. Su rostro fr¨ªo y habitual cambi¨® a uno de preocupaci¨®n. ¡ª?Pasa algo, mami? ¡ªSiento no haber estado ah¨ª para ti y para Karen. Perd¨®n por no haber tocado la puerta antes ¡ªEuropa abraz¨® a su hijo con m¨¢s fuerza¡ª. Te hice da?o, no estuve a tu lado. Deb¨ª haber tocado la puerta, deb¨ª haber entrado, deb¨ª haber escuchado tu dolor. Candado la abraz¨® de vuelta. ¡ªTe quiero. Europa llor¨®, y llor¨®, y llor¨®. No hac¨ªa otra cosa m¨¢s que eso. Se hab¨ªa perdido dos a?os de la vida de su hijo por el dolor. Ella y su marido se hab¨ªan quedado atrapados en el pasado, mientras que Candado hab¨ªa caminado solo hacia el futuro. Lo que ella hab¨ªa hecho parec¨ªa incorregible. Pero Candado no la odiaba, nunca lo hizo; en realidad, pensaba que ella no lo quer¨ªa. Europa se sent¨ªa est¨²pida, pero no pod¨ªa dejar de llorar, abrazando a su hijo y pidi¨¦ndole perd¨®n una y otra vez, hasta quedarse sin voz. Clementina observaba la escena con una sonrisa, mientras que Hammya, con la boina de Candado en la mano, soltaba una que otra l¨¢grima. Candado solo abrazaba a su madre; ella estaba muy dolida, pero ¨¦l escuchaba su disculpa una y otra vez. En un momento, Clementina not¨® algo inusual en el rostro de Candado: ¨¦l tambi¨¦n estaba llorando. Las l¨¢grimas llenaban sus ojos y recorr¨ªan sus mejillas, casi imperceptibles. Aunque apenas lo mostrara, ¨¦l tambi¨¦n sent¨ªa ese dolor. El sufrimiento fortalece el v¨ªnculo de la familia. Europa nunca m¨¢s dejar¨ªa solo a su hijo. Nunca m¨¢s. EL NúMERO DEL INFINITO
Esa misma noche, Desza y su equipo a¨²n eran buscados, pero bajo las ¨®rdenes de Pullbarey, Desza hab¨ªa tenido que permanecer en las sombras. Hab¨ªa estado bajo tierra, gracias a un regalo de su jefe, pero ese tiempo estaba por acabar. Hab¨ªa recibido la visita de Pullbarey en persona.
Pullbarey entr¨® a la habitaci¨®n de Desza acompa?ado de dos figuras encapuchadas. A juzgar por su estatura, eran ni?os, uno de trece y el otro de doce a?os.
¡ªBienvenido, alien¨ªgeno ¡ªdijo Desza mientras pul¨ªa su machete.
¡ªEres un humano peculiar. Nunca antes hab¨ªa visto tal brutalidad contra otro ser humano ¡ªrespondi¨® Pullbarey.
¡ªOh, me siento halagado, muy halagado ¡ªsonri¨® Desza.
¡ª?Qu¨¦ pas¨® con esa reuni¨®n? ¡ªpregunt¨® Pullbarey.
Desza se levant¨® y camin¨® hacia ¨¦l.
¡ªSe cancel¨®.
¡ªYa veo. Entonces, no conseguiste nada.
¡ªOh, no, claro que no. Yo nunca me voy sin obtener algo a cambio.
¡ªNo me sirven de nada los golpes mortales que recibes ¡ªdijo Pullbarey, se?alando la venda en la frente de Desza.
¡ªTuve algunos percances ¡ªrespondi¨® Desza, acarici¨¢ndose la frente¡ª, pero no soy un fracaso. Pude hablar con Sheldon.
¡ª?Sheldon? ¡ªPullbarey pregunt¨® extra?ado.
¡ªUn clon de Candado. S¨®lo bast¨® mencionar su nombre para que nos prestara su ayuda.
¡ª?Solo ¨¦l?
¡ªNo. ?Crees que me conformo con migajas? Tengo la ayuda de todos.
¡ªBien. A¨²n necesito m¨¢s personas para este gran proyecto.
¡ªEs verdad, hay muchas cosas que a¨²n necesitamos, pero da igual. Se podr¨¢n conseguir en otro momento.
¡ªNo tenemos suficientes refuerzos.
¡ªYo tambi¨¦n soy voluntaria ¡ªreson¨® una voz desde la oscuridad.
Desza se inclin¨® a un lado, tratando de ver detr¨¢s de Pullbarey.
Una figura encapuchada estaba parada en la puerta. Los guardias voltearon y se prepararon para atacar, pero Pullbarey levant¨® el pu?o, indicando que se detuvieran.
¡ªVaya, vaya ¡ªdijo Desza, interponi¨¦ndose entre la figura encapuchada y Pullbarey¡ª, debes ser muy valiente para venir hasta aqu¨ª.
El individuo dio un paso al frente y se quit¨® la capucha, revelando su rostro: ojos negros, cabello rojo, y un tatuaje del n¨²mero ocho en la frente que brillaba tenuemente.
¡ªOh, vaya, eres una mujer ¡ªcoment¨® Desza.
¡ªMi nombre es Ocho ¡ªdijo ella con calma.
¡ª?Ocho? Vaya nombrecito. ?Qu¨¦ quieres de m¨ª?
¡ªVine a unirme a usted.
¡ª?A m¨ª? ¡ªDesza arque¨® una ceja.
¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® Ocho.
Desza guard¨® su machete en la espalda y comenz¨® a caminar en c¨ªrculos alrededor de ella.
¡ªVaya, has entrado aqu¨ª sin que nadie te notara. Impresionante.
¡ªNo hab¨ªa nadie en la entrada ¡ªdijo Ocho con una sonrisa.
¡ªGenial, genial ¡ªrespondi¨® Desza, deteni¨¦ndose frente a ella¡ª. ?EQUIPO! ¡ªgrit¨® al aire.
En ese instante, los compa?eros de Desza aparecieron por una puerta que hab¨ªa all¨ª. Al notar la presencia de Ocho, se pusieron en alerta.
¡ª?Qui¨¦n es ella? ¡ªpregunt¨® Azricam.
¡ªTranquilos, no pasa nada. Ella es Ocho y quiere ser nuestra amiga.
¡ª?Y? ?Estoy con ustedes o no? ¡ªinquiri¨® Ocho.
¡ªVaya, eres muy r¨¢pida. Pero no cualquiera se une a m¨ª. Antes ¨¦ramos m¨¢s, pero la debilidad de algunos hizo que nuestro n¨²mero disminuyera. Tendr¨¢s que demostrarme que vales algo.
Ocho mir¨® a los compa?eros de Desza.
¡ª?Ese es tu equipo?
¡ªOh, claro que s¨ª. Ellos ser¨¢n tu examen.
¡ª?A s¨ª? ¡ªpregunt¨® Ocho, desinteresada.
¡ªClaro, pero antes voy a darte dos condiciones.
¡ªHabla.
¡ªGuau, la primera: si aceptas y peleas, tienes que ganar. Porque si no lo haces, voy a matarte. Odio a los d¨¦biles.
¡ªEso no me asusta.
Desza se ri¨® y continu¨®.
¡ªLa segunda: puedes rechazar mi oferta e irte tranquilamente a tu casa. Una ofrenda de mi respeto a alguien como t¨², que me hizo frente. Amo a la gente con agallas.
¡ªBien, ?terminaste?
Desza volvi¨® a re¨ªrse.
¡ªS¨ª, creo que s¨ª. Entonces, ?vas a pelear o vas a rechazarme?
¡ªPelear.
¡ªBien, me alegro. Sigues siendo valiente ¡ªluego mir¨® a los dem¨¢s¡ª. Oigan, ya pueden lucir sus cualidades.
Todos se acercaron a Ocho, menos uno, ya que Desza lo detuvo a medio camino.
¡ªT¨² no, J?rgen.
¡ª?Se?or?
¡ªT¨² ser¨¢s el postre.
¡ªComo ordene ¡ªrespondi¨® J?rgen, coloc¨¢ndose al lado de Desza.
¡ª?Qu¨¦ har¨¢s, Pullbarey?
¡ªNo me interesan sus asuntos triviales. Nos vemos m¨¢s tarde.
Dicho esto, Pullbarey desapareci¨® junto con sus guardias.
¡ªJa, qu¨¦ l¨¢stima ¡ªdijo Desza, mirando a su equipo¡ª. Que comience la diversi¨®n.
Ocho se quit¨® la capa para poder moverse y se puso en posici¨®n. Llevaba una camisa roja de mangas largas, pantalones refinados negros y un chaleco del mismo color, guantes met¨¢licos blancos, zapatos triangulares, tambi¨¦n de color blanco y met¨¢licos.
¡ªEstoy lista.
¡ªRose, qu¨¦date atr¨¢s ¡ªdijo Joel.
La ni?a asinti¨® y se coloc¨® detr¨¢s de Desza.
¡ªEs hora de pulir mis habilidades ¡ªdijo Chesulloth.
Todos se pusieron en posici¨®n.
¡ªEsto va a ser entretenido ¡ªdijo R?sse?s.
¡ªTen cuidado, Isabel ¡ªadvirti¨® J?rgen.
¡ªNo te preocupes.
Hubo silencio por unos segundos, hasta que Desza dio la orden.
¡ª?ATAQUEN!
Dockly sac¨® su w¨ªnchester y apunt¨® a Ocho. Sin embargo, ella estaba frente a ¨¦l en un abrir y cerrar de ojos. Tom¨® el ca?¨®n del arma y desvi¨® la bala, para despu¨¦s darle un pu?etazo en la cara y un rodillazo en el pecho, provocando que Dockly soltara su arma. Ocho la utiliz¨® y dispar¨® a Guz, da?ando su m¨¢scara y provocando que cayera de espaldas. Luego dispar¨® a R?sse?s en el pecho, haci¨¦ndolo arrodillarse. Pero cuando estaba por disparar el tercer cartucho, Jane le quit¨® el arma con su espada. Ocho retrocedi¨® y us¨® sus manos para bloquear el ataque.
Joel apareci¨® a sus espaldas y comenz¨® a lanzarle sus agujas. Ocho gir¨® y detuvo algunas con su mano izquierda.
Guz se puso de pie, sacando sus tent¨¢culos de la espalda. Su cara ten¨ªa un hoyo en la mejilla derecha, donde la bala hab¨ªa quedado atorada. La furia se reflejaba en sus ojos mientras atacaba a Ocho. Ella tom¨® uno de los tent¨¢culos que la atacaban, lo envolvi¨® en su mu?eca izquierda y corri¨® hacia donde estaba Joel. En el camino, era perseguida por los violentos ataques de la espada de Jane y los par¨¢sitos de Guz. Al llegar ante Joel, quien sac¨® m¨¢s agujas para lanzarle, Ocho le dio un golpe en el pecho, fractur¨¢ndole el brazo derecho con su pierna y envolviendo su cuello con el tent¨¢culo que ten¨ªa en la mu?eca. Luego empuj¨® a Joel contra su hermana.
Azricam y Chesulloth corrieron hacia Ocho, pero antes de que pudieran hacer algo, R?sse?s se puso de pie. A¨²n con sangre en el est¨®mago por la bala, la agarr¨® del guante, provocando que se quemara. Pero, a pesar de eso, Ocho logr¨® liberarse d¨¢ndole un cabezazo en la cara y, con su mano adolorida, us¨® la otra para repeler los ataques de espada de Azricam y Chesulloth.
Ocho tom¨® el brazo de la ¨²ltima, le golpe¨® la cintura y luego asest¨® una patada en la rodilla, provocando que se inclinara. Despu¨¦s, us¨® su brazo para golpear a Azricam en la cara, haci¨¦ndolo retroceder. Esto le dio a ella el tiempo necesario para finalizar con Chesulloth, golpeando su pecho con la palma de la mano y soltando una descarga el¨¦ctrica de color rojo. Luego, volte¨® y vio a Azricam. Corri¨® hacia ¨¦l, pero este, r¨¢pidamente, levant¨® su espada, blandi¨¦ndola contra su cuello. Sin embargo, Ocho se inclin¨®, lo tom¨® por la cintura y lo derrib¨® contra el suelo. Se puso de pie y levant¨® su palma envuelta en electricidad roja, pero antes de poder golpearlo, su brazo fue brutalmente herido por una bala en medio de su mu?eca.
Ocho levant¨® la vista y vio a Dockly de pie, apunt¨¢ndola con su w¨ªnchester.
¡ªGoodbye ¡ªdijo Dockly mientras liberaba el cartucho del ca?¨®n.
Ocho salt¨® hacia Dockly, pero ¨¦l le dispar¨® en la pierna, imposibilitando m¨¢s su movimiento. En cuesti¨®n de segundos, todo el mundo la rode¨®.
¡ªEres una basura ¡ªdijo Azricam.
Ocho sonri¨®.
¡ªCayeron.
Se levant¨® y tom¨® del cuello a Dockly, le dio un golpe en la cintura, luego volte¨® y tom¨® a Jane de los hombros, us¨¢ndola como impulso para salir. Hizo brillar la marca en su frente, ilumin¨¢ndose de color rojo.
¡ªSe acabaron los juegos.
Ocho golpe¨® a cada uno de ellos; a Jane le quit¨® la espada y la golpe¨® en la nuca, caus¨¢ndole un desmayo. Joel, enfurecido, se lanz¨® hacia ella, pero Ocho us¨® su c¨®lera en su contra, ya que ¨¦l tiraba sus agujas de manera salvaje y predecible, lo que le facilit¨® esquivar todos sus ataques. Finalmente, lanz¨® el suyo, tom¨® a Joel del cuello y lo avent¨® contra una pared. Luego, los guantes que llevaba crecieron hasta llegar a la altura de sus codos.
¡ªEsto se termina aqu¨ª.
Ocho fij¨® su atenci¨®n en R?sse?s, quien lanz¨® lava de la palma de su mano. Ella esquiv¨® y le dio un rodillazo en la herida de bala, dej¨¢ndolo inconsciente. Despu¨¦s, tom¨® del cuello a Azricam y lo lanz¨® al aire, chocando contra el techo y cayendo de espaldas, desmay¨¢ndose en el acto. Luego, se dirigi¨® hacia Chesulloth y la noque¨® con un fuerte golpe en la cabeza, dejando solo a Guz, Dockly e Isabel, quien no hab¨ªa hecho nada a¨²n.
Ambos dieron lo mejor de s¨ª. Dockly prepar¨® nuevamente su rifle, Guz fij¨® su m¨¢scara e Isabel se puso en guardia.
¡ªSupongo que ustedes son los ¨²ltimos.
Dockly respondi¨® con un disparo.
¡ªS¨ª, eso tem¨ªa.
Ocho corri¨® hacia ellos, sac¨® un l¨¢tigo de su espalda y golpe¨® primero a Guz. Isabel salt¨® en escena y le dio una patada en el t¨®rax, lastim¨¢ndola gravemente. Sin embargo, Ocho no se rindi¨®, se reincorpor¨® del dolor y devolvi¨® el golpe, esta vez diez veces m¨¢s fuerte, en su est¨®mago. Luego comenz¨® a recibir disparos; Dockly disparaba como un profesional, pero Ocho era ¨¢gil y esquivaba cada uno de ellos, hasta llegar hasta ¨¦l. Pero antes de poder golpearlo, Guz la protegi¨® y la tom¨® de los pies con sus tent¨¢culos. Luego vol¨® hacia ella y trat¨® de darle un rodillazo, pero Ocho lo fren¨® con ambas manos. Dockly tom¨® su arma, la recarg¨® y la puso en la mira. Ocho, sabiendo lo que iba a pasar a continuaci¨®n, se liber¨® y se alej¨® de Guz, aunque ¨¦l a¨²n le pisaba los talones. Esta vez era una pelea cuerpo a cuerpo, en la que Guz era muy h¨¢bil; sus objetivos eran el pecho, el abdomen y la cabeza. Sin embargo, Ocho tambi¨¦n era buena en defensa; sab¨ªa que no pod¨ªa dar un ataque directo, ya que Guz se mov¨ªa demasiado r¨¢pido.
En ese instante, Dockly temblaba, incapaz de disparar todav¨ªa, con su compa?ero al frente, mientras que Isabel se reincorpor¨® y se dirigi¨® hacia ella. Ocho se dio cuenta y separ¨® a Guz de ella, amenaz¨¢ndolo con quitarle la m¨¢scara, lo que provoc¨® que retrocediera abruptamente, d¨¢ndole tiempo a Dockly para disparar. Ocho se inclin¨® y la bala impact¨® en el hombro de Isabel, quien cay¨® al suelo. J?rgen qued¨® estupefacto al ver eso y trat¨® de ir hacia ella, pero Desza se lo impidi¨®, colocando su machete en su camino y mostrando una sonrisa.
No solo J?rgen qued¨® at¨®nito; Dockly y Guz tambi¨¦n. Ocho aprovech¨® la situaci¨®n y noque¨® a Guz, d¨¢ndole un golpe en el cuello, y a Dockly, asest¨¢ndole un golpe en la cabeza. Solo quedaba Ocho de pie, sonriente.
¡ªHe ganado.
Desza retir¨® su machete y lo guard¨® en su estuche en la espalda.
¡ªBien, terminaste con la cena; ahora viene el postre.
J?rgen salt¨® en escena, corriendo hacia Isabel, quien yac¨ªa inconsciente en el suelo. Con un pa?uelo grande de su bolsillo, vend¨® sus heridas. Isabel estaba agonizante; le dol¨ªa, pero su vida ya no estaba en peligro. J?rgen coloc¨® su mano derecha sobre la herida y estir¨® los dedos con fuerza, lo que provoc¨® que Isabel gritara de dolor. Permaneci¨® as¨ª unos segundos, hasta que algo sali¨® disparado de la herida hasta su mano: J?rgen hab¨ªa extra¨ªdo la bala. Sin perder un segundo, vend¨® la herida de Isabel.
Luego se puso de pie y estir¨® los brazos. De inmediato, todos los cuerpos de sus compa?eros ca¨ªdos comenzaron a levitar y a desaparecer del lugar, incluyendo a Isabel.
¡ª?Sabe, se?orita? Usted no tiene la culpa de que ella est¨¦ herida, pero aun as¨ª, la odio.
Sus ojos, muertos por el insomnio, reflejaban ira.
Desza mostr¨® una espeluznante sonrisa.
¡ªQu¨¦ excitante, J?rgen est¨¢ molesto ¡ªdijo mientras tomaba a Rose del brazo y la ocultaba tras su espalda¡ª. Ser¨¢ un problem¨®n.
J?rgen Czacki, hu¨¦rfano, hab¨ªa conocido un hogar en un orfanato de monjas, donde contaba con cientos de hermanos y hermanas, y cientos de madres y padres. Todo eso se desvaneci¨® en una noche: una noche de fuego y muerte. J?rgen se hab¨ªa quedado dormido en el s¨®tano de la iglesia y, al despertar, el humo lo impuls¨® a salir de all¨ª, solo para encontrarse con el fuego abrazador. Los culpables hab¨ªan desaparecido, y todos sus hermanos, hermanas, padres y madres, estaban muertos. J?rgen grit¨®, y ese grito llam¨® la atenci¨®n de un joven llamado Desza, que pasaba por all¨ª. El profanador vio en los ojos del muchacho la ira, la misma ira que experimentaba en ese preciso momento.
¡ªFascinante ¡ªdijo Desza.
J?rgen se puso en posici¨®n, mientras Ocho aguardaba el ataque. La marca en su frente, el n¨²mero infinito, comenz¨® a brillar de color rojo. Ella sonri¨® y se lanz¨® hacia ¨¦l, a pesar de que ¨¦l esperaba su ataque; fue ella quien primero lo lanz¨®.
J?rgen se inclin¨®, transformando su brazo en un metal punzante y peligroso, y lo lanz¨® hacia su pecho. Ocho detuvo el golpe con las manos y enroll¨® sus piernas alrededor de ¨¦l, haciendo que cayera. Sin embargo, J?rgen, de alguna manera, logr¨® soltarse y alejarse de ella. Su brazo izquierdo comenz¨® a tomar forma met¨¢lica, y de su mano surgi¨® una pir¨¢mide de color negro.
¡ªLa pir¨¢mide del olvido.
En un abrir y cerrar de ojos, J?rgen hab¨ªa desaparecido delante de sus narices, reapareciendo detr¨¢s de ella. Ocho volte¨® y contrarrest¨® el poder de J?rgen usando sus brazos como escudo. La habitaci¨®n se estremeci¨® cuando el poder de J?rgen se disolvi¨®. Sin embargo, Ocho comenz¨® a ponerse seria. Lanz¨® un pu?etazo a su rostro, pero J?rgen lo desvi¨®, tomando su brazo y atray¨¦ndola hacia ¨¦l. Ocho lanz¨® un segundo pu?etazo; J?rgen se inclin¨® y tom¨® a Ocho por el pecho, elev¨¢ndola por los aires y estampill¨¢ndola contra el suelo. Pero, ya en el suelo, ella se prendi¨® de su cabeza con las piernas y lo derrib¨®.
Luego se puso de pie y comenz¨® a golpearlo en el rostro hasta dejarlo inconsciente. Sin embargo, J?rgen agarr¨® su pu?o y la apart¨® de encima. Para alejarse de ella, transform¨® sus brazos en cuchillas y se lanz¨® nuevamente hacia ella, esta vez aprovechando su velocidad, una velocidad que Ocho no pod¨ªa controlar, lo que la llev¨® a recibir varios golpes. Pero Ocho no ten¨ªa pensado rendirse. Golpe¨® el suelo con tanta fuerza que provoc¨® un temblor en todo el lugar, haciendo que J?rgen se quedara quieto por unos breves segundos, lo que le dio la oportunidad de golpearlo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Ocho extendi¨® su mano derecha y lo golpe¨® con una esfera roja de electricidad, impact¨¢ndolo directamente en el pecho y lanz¨¢ndolo contra la pared. Sin embargo, ¨¦l se reincorpor¨® y levant¨® su mano; esta vez no era una pir¨¢mide, sino algo diferente: un peque?o pent¨¢gono que llev¨® hasta su cintura y comenz¨® a hacer crecer.
Al observar esto, Ocho no iba a dejar que J?rgen terminara lo que estaba haciendo, as¨ª que comenz¨® a atacarlo. Sin embargo, J?rgen cerr¨® los ojos por un momento y, al volver a abrirlos, mostr¨® sus orbes completamente oscuros. Corri¨® hacia ella, la tom¨® del cuello y, con ira reflejada en su rostro, golpe¨® su pecho con todas sus fuerzas, provocando una explosi¨®n que lastim¨® gravemente a Ocho. Mientras J?rgen caminaba hacia ella, su cuerpo comenz¨® a atenuarse lentamente. Pero, cuando se acerc¨®, Ocho se levant¨® y se sent¨®.
¡ªEs la primera vez que me pasa esto ¡ªdijo.
J?rgen no respondi¨®.
Ocho se puso de pie una vez m¨¢s, juntando ambas manos y dejando una distancia considerable entre ellos.
¡ªEste es el da?o que nunca debiste haberme ocasionado.
Luego, se ri¨®, y de aquel espacio vac¨ªo en su interior, comenz¨® a tomar forma una figura de color rojo: un ocho. De repente, todas sus heridas comenzaron a sanar.
¡ªEl n¨²mero infinito ¡ªmurmur¨®.
El ocho creci¨® solo con pronunciar esas palabras y, al abrir sus ojos, se lanz¨® hacia J?rgen. ¨¦l intent¨® frenarlo, pero el n¨²mero lo consumi¨®, se comprimi¨® y desapareci¨®. J?rgen se arrodill¨®, comenzando a sangrar por varias partes de su cuerpo.
Desza aplaudi¨®.
¡ªBravo, bravo, bravo, eres digna de unirte a m¨ª.
Ocho se acerc¨® a J?rgen y le entreg¨® su mochila.
¡ª?Qu¨¦ significa esto? ¡ªpregunt¨® ¨¦l.
¡ªAhora somos compa?eros, por lo que tendr¨¢s que curarlos ¡ªrespondi¨® Ocho, mientras met¨ªa la mano en el bolsillo de su pantal¨®n¡ª. Este es para tu novia; curar¨¢ sus heridas.
¡ªGracias ¡ªdijo J?rgen, d¨¢ndole la espalda¡ª. Y, por cierto, no es mi novia.
¡ªQu¨¦ hombre tan reservado ¡ªcoment¨® Ocho, sonriendo.
Desza camin¨® hacia ella.
¡ªDime, ni?a, ahora que est¨¢s de nuestro lado, ?por qu¨¦ quieres ser parte de esto?
¡ªLa misma raz¨®n que usted, se?or.
¡ª?La misma raz¨®n?
¡ªCandado¡­ ?MUERTO! LAZOS
Era lunes 15 de julio, el ¨²ltimo d¨ªa de clases para todos. Aunque previamente no hab¨ªan tenido clases debido a un paro docente, este s¨ª ser¨ªa el verdadero ¨²ltimo d¨ªa. Candado, quien hab¨ªa ganado fama de "mafioso" por dos razones: su personalidad, actitud y car¨¢cter, y por llevar siempre una maleta negra que daba la impresi¨®n de que cargaba un arma, estaba inusualmente feliz esa ma?ana. Mostraba una sonrisa de oreja a oreja, y llevaba as¨ª desde que se despert¨®. Por lo general, Candado odiaba levantarse temprano, as¨ª como cualquier ruido o voz a su alrededor, pero lo que m¨¢s detestaba eran las preguntas, fueran inteligentes o completamente tontas.
Sin embargo, esa ma?ana algo era diferente. Estaba tan feliz que incluso incomodaba a Clementina y a Hammya, todo porque su madre lo hab¨ªa abrazado esa ma?ana, liberando toda su amargura y dolor en ¨¦l.
Mientras caminaban hacia la escuela, Candado balanceaba su maleta de un lado a otro.
¡ªEs una l¨¢stima que mis padres no pudieron llevarme a la escuela esta ma?ana ¡ªdijo Candado.
¡ªS¨ª, una l¨¢stima ¡ªrespondi¨® Clementina, evitando mirar la espalda de Candado por la incomodidad que sent¨ªa.
¡ªPero dijeron que vendr¨ªan a recogerme hoy. No puedo esperar a que sean las 12:30, estoy muy ansioso.
¡ªEs cierto, debe ser todo un logro ¡ªagreg¨® Hammya con su habitual sonrisa.
El tr¨ªo lleg¨® hasta el port¨®n de la escuela, que estaba abierto. El conserje limpiaba y silbaba, tambi¨¦n de buen humor. Candado camin¨® hacia su sal¨®n, con Hammya y Clementina a su lado. Inhal¨® profundamente, luego exhal¨®, y puso su mano en la perilla para abrir la puerta.
¡ª?Hola, amigos! ¡ªdijo Candado alegremente.
Pero ese saludo dej¨® tensos a los presentes: Declan, Lucas, Walsh, H¨¦ctor, Viki, Germ¨¢n y Clementina (Hammya no ten¨ªa idea de lo que estaba sucediendo). Especialmente Clementina, quien qued¨® con la boca abierta. En el sal¨®n hab¨ªa una chica. Era bonita, con ojos marrones, una cicatriz en el ojo izquierdo, y el cabello largo, casta?o oscuro, atado en una cola de caballo con trenzas, adornada con mo?os blancos. Llevaba unos aretes con peque?os diamantes colgantes, una boina azul oscura, pantalones largos y finos de color negro, zapatos del mismo tono con hebillas doradas, una camisa blanca, un pul¨®ver azul con corbata roja, y guantes blancos con el s¨ªmbolo de un coraz¨®n negro en la palma.
¡ªHola, tanto tiempo ¡ªdijo la chica, levantando la mano exageradamente mientras sonre¨ªa.
Candado no dijo nada. Se qued¨® petrificado, con la misma expresi¨®n con la que hab¨ªa llegado.
¡ªCandado, no es lo que piensas ¡ªintervino H¨¦ctor.
En ese momento aparecieron Liv, con su uniforme escolar, y Pucheta, con su habitual atuendo.
¡ªOh, pero si es Luis.
¡ª?Luis? ¡ªpregunt¨® Hammya.
Candado dej¨® caer su maleta y corri¨® hacia Luis, con el pu?o bien cerrado. Luis lo esquiv¨® r¨¢pidamente, y en su lugar, Candado golpe¨® la pared. Su cara de alegr¨ªa cambi¨® lentamente, pasando de una felicidad fingida a una expresi¨®n casual, luego seria, fr¨ªa, disgustada, enojada y, finalmente, furiosa, con los ojos llenos de ira. Parec¨ªa un robot al cambiar de personalidad.
El Candado feliz solo hab¨ªa durado unas pocas horas. El nuevo Candado hab¨ªa vuelto, y esta vez m¨¢s sanguinario.
¡ªTe lo dej¨¦ muy claro aquella vez: si volv¨ªa a verte, te har¨ªa pedazos.
¡ªS¨ª, lo escuch¨¦ fuerte y claro ¡ªrespondi¨® Luis con indiferencia.
Candado volte¨®, levant¨® el brazo y apunt¨® hacia Luis. La tensi¨®n en el ambiente aumentaba; todos sab¨ªan lo que vendr¨ªa.
¡ª?Candado, detente! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor, vacilante.
En ese momento, H¨¦ctor, Declan, Germ¨¢n y Lucas se lanzaron sobre ¨¦l, tir¨¢ndolo al suelo, intentando tranquilizarlo.
¡ª?Candado, detente! Vas a destruir la escuela ¡ªinsisti¨® Germ¨¢n, tratando de detener su brazo.
¡ªQue se destruya, tengo suficiente dinero para reconstruirla cuantas veces sea necesario ¡ªrespondi¨® Candado con frialdad.
¡ªEse no es el punto ¡ªdijo H¨¦ctor.
Candado forcejeaba cada vez m¨¢s, mientras Luis observaba todo desde el escritorio del profesor, sentada y con una sonrisa despreocupada. Esto enfurec¨ªa a¨²n m¨¢s a Candado, quien poco a poco se liberaba de sus compa?eros, fortalecido por la rabia.
Hammya, comprendiendo lo que suced¨ªa, camin¨® hasta ponerse entre Candado y Luis, llamando la atenci¨®n de esta ¨²ltima.
¡ªSe?orita... ¡ªvacil¨® Clementina.
Hammya gir¨® hacia Candado, cerr¨® los ojos, inhal¨® y exhal¨® profundamente. Luego los abri¨® y mir¨® atentamente a un Candado completamente furioso.
¡ª?Sabes que si destruyes la escuela, tambi¨¦n destruir¨¢s la bandera? ¡ªdijo Hammya con serenidad.
Al escuchar esto, Candado se detuvo instant¨¢neamente, lo que permiti¨® que sus compa?eros lo soltaran lentamente. Luego, se arregl¨® la ropa, mir¨® por un momento a Hammya, y despu¨¦s fij¨® su atenci¨®n en Luis, mostrando claramente su repugnancia hacia ella. Meti¨® las manos en los bolsillos y sali¨® del sal¨®n.
¡ª?A d¨®nde va? ¡ªpregunt¨® Hammya.
¡ªSe fue a disculparse con la bandera ¡ªdijo Lucas mientras se limpiaba el sudor de la frente.
Luis baj¨® del escritorio y camin¨® hacia Hammya, extendi¨¦ndole la mano con una sonrisa.
¡ªHola, nunca pens¨¦ que alguien como t¨² pudiera hacer algo as¨ª. Me alegra que...
¡ª?Qui¨¦n sos? ¡ªinterrumpi¨® Hammya.
¡ªAntip¨¢tica ¡ªrespondi¨® Luis.
¡ª?Qui¨¦n sos? Candado nunca reacciona as¨ª.
Luis baj¨® el brazo y, de manera suave, peg¨® su frente contra la de Hammya, sonriendo traviesamente.
¡ª?Qu¨¦ sabes de ¨¦l?
Declan camin¨® hacia ellas y puso una mano en Luis.
¡ªNo te atrevas.
Luis volte¨® para ver a Declan sosteniendo el mango de su espada.
¡ªOh vaya ¡ªdijo Luis, alej¨¢ndose de Hammya y llamando la atenci¨®n de todos¡ª. Por favor, solo vine de visita al pueblito del Cerrito.
¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Clementina.
¡ªPor diversi¨®n.
En ese momento, son¨® el timbre, y Luis huy¨® por la ventana, prometiendo que volver¨ªa. Hammya se qued¨® mirando por la ventana, observando su partida.
¡ªTienes que formar, ni?a ¡ªdijo Declan con tono molesto.
Hammya vacil¨® un momento antes de adelantarse a Declan, dej¨¢ndolo atr¨¢s.
Cuando todos estaban afuera, formando filas para izar la bandera, Candado ya estaba all¨ª, atando la bandera al m¨¢stil. Al sonar el segundo timbre, comenz¨® a izarla lentamente, con la frente en alto y sin su boina. El himno sonaba mientras la bandera ascend¨ªa, y cuando finalmente toc¨® el cielo, la m¨²sica se detuvo. El director dijo unas breves palabras y luego permiti¨® que los estudiantes regresaran a sus salones. Sin embargo, Candado se qued¨® un poco m¨¢s en su lugar. El director lo observ¨® con una sonrisa.
¡ª?Quiere que le llame la atenci¨®n? ¡ªpregunt¨® el subdirector, mirando al muchacho con desprecio.
¡ªNo, no, no. Es bueno ver que alguien respete los s¨ªmbolos patrios. Personas como Candado me recuerdan por qu¨¦ me gusta dar clases ¡ªdijo el director, sonriendo mientras enrollaba los cables del micr¨®fono.
El subdirector refunfu?¨®, pero no dijo nada m¨¢s.
Las clases comenzaron, pero Candado segu¨ªa visiblemente molesto. Ni siquiera la lectura lograba mejorar su humor. Su cuaderno y ¨²tiles estaban sobre la mesa, pero no los hab¨ªa usado en toda la clase. Intentaba relajarse, pero saber que Luis estaba presente lo alteraba profundamente. La ira de Candado preocupaba a Hammya. ?Qu¨¦ hab¨ªa hecho ella para ponerlo as¨ª? Era la pregunta que rondaba su cabeza.
Cuando lleg¨® la hora del recreo, ocurri¨® casi un milagro: Candado hab¨ªa logrado contenerse hasta ese momento. Todos los alumnos se dirigieron al patio, incluso los hermanos Bailak, excepto los compa?eros de Candado.
Walsh fue el primero en levantarse. Camin¨® hasta su amigo y le puso una mano en el hombro izquierdo.
¡ª?Vas a salir, verdad?
Candado cerr¨® su libro con fuerza y mostr¨® una espeluznante sonrisa.
¡ªPor supuesto que s¨ª.
Walsh suspir¨®, pero se coloc¨® frente a ¨¦l.
¡ªCandado...
¡ªDime ¡ªrespondi¨® Candado, poni¨¦ndose de pie y dirigi¨¦ndose a la puerta.
¡ª?Puedo hablar contigo un momento? ¡ªWalsh alz¨® la mano derecha y mostr¨® tres dedos.
Al hacerlo, todos los dem¨¢s se levantaron y se dirigieron al patio. Sin embargo, cuando Hammya estaba por hacer lo mismo...
¡ªT¨² no, ni?a. Mira sus dedos ¡ªdijo Candado, manteniendo la vista fija en Walsh.
Declan mir¨® a Hammya con disgusto antes de cerrar la puerta detr¨¢s de ¨¦l, siendo el ¨²ltimo en salir. Cuando todos se hab¨ªan ido, Candado habl¨®.
¡ªBien, dime. ?Qu¨¦ quieres? ?Sermonearme?
Walsh suspir¨® y tom¨® una silla para sentarse.
¡ªCandado, si¨¦ntate.
Candado accedi¨®, mientras Hammya los observaba desde su lugar.
¡ªSupongo que ser¨¢ largo ¡ªdijo Candado.
¡ªEso depende de ti, amigo.
Candado frunci¨® el ce?o, pero luego se calm¨® y mir¨® a Walsh a los ojos.
¡ªHabla.
¡ªCandado, tanto t¨² como yo sabemos lo que ella hizo... o al menos, lo que te hizo a ti.
¡ªUna aberraci¨®n. Solo su existencia me da n¨¢useas.
¡ªSin embargo, no tienes por qu¨¦ dejarte llevar de esa forma, ella no pidi¨® eso.
¡ªLo haya pedido o no, no cambia nada, la agon¨ªa de este mundo es de los humanos, no de ella.
Candado se levant¨® del asiento y abandon¨® el sal¨®n. Antes de irse, mir¨® la espalda de Walsh.
¡ªElla jam¨¢s ser¨¢ perdonada, jam¨¢s.
Abri¨® la puerta y se fue, dejando solos a Walsh y Hammya.
¡ªSiento que hayas tenido que presenciar eso ¡ªdijo Walsh.
¡ªNo te preocupes, Candado estar¨¢ bien ¡ªrespondi¨® Hammya, aunque su sonrisa era algo dudosa.
Walsh se acerc¨® y se sent¨® a su lado.
¡ªSabes, desde el primer d¨ªa que te vi, supe que vos eras la causa del cambio en Candado.
¡ª?Cambio?
¡ªS¨ª, ver¨¢s, Candado viv¨ªa encerrado en s¨ª mismo. Aunque nosotros intent¨¢bamos que se abriera, nunca lo hizo. Para ¨¦l, nuestra amistad era la de un jefe con empleados. Las conversaciones con ¨¦l duraban solo nueve minutos. Pero contigo¡­
¡ª?Conmigo?
¡ªT¨² lo cambiaste, lo hiciste mejor. Ese d¨ªa, cuando lo vi interactuando con los dem¨¢s, me di cuenta de que estaba mejorando. Y cuando ¨¦l me estrech¨® la mano, vi tu sonrisa y supe que pensabas lo mismo.
Hammya sonri¨® y juguete¨® con sus pulgares.
¡ª?Puedo hacerte una pregunta?
¡ªLo que quieras, cari?o.
¡ª?Cari?o?
¡ªPerd¨®n, es como hablo con mi hermana. ?Te molesta?
¡ªNo, para nada. Bueno... ?Qui¨¦n es Luis?
Walsh baj¨® la mirada, melanc¨®lico.
¡ªBueno, Candado la odia, pero ella no es mala. Su imagen... desata y abre su herida m¨¢s dolorosa.
Hammya se qued¨® en silencio.
¡ªLuis es el clon de Candado, pero en cuanto a sangre y fuerza. Su aspecto f¨ªsico, sin embargo, pertenece a Gabriela.
¡ªEntonces...
¡ªS¨ª, lleva la sangre de Candado, pero la apariencia de Gabriela. No lo notaste porque Gabriela se ve¨ªa as¨ª cuando ten¨ªa trece a?os. Por eso, cada vez que ¨¦l la ve, cada vez que la escucha, su coraz¨®n se llena de frustraci¨®n, de dolor, de ira. Pero lo que m¨¢s lo consume es... la indignaci¨®n consigo mismo, con su propia existencia.
En el tejado de la escuela:
¡ªNo ten¨ªas por qu¨¦ volver ¡ªdijo Candado con rabia en el rostro, mirando la espalda de Luis.
En el sal¨®n:
¡ªCandado se lastima cada vez que la mira. Aunque su aspecto es casi id¨¦ntico al de ¨¦l, fue creada con el ADN de Gabriela: su voz, su personalidad, sus gustos, sus miedos.
¡ªNo puedo creerlo.
¡ªEs m¨¢s el clon de Gabriela que el de Candado.
En el tajado:
El viento soplaba suavemente cuando Luis se gir¨® para mirarlo.
¡ªMe alegro de verte.
Candado, indignado, puso su mano en la espalda, tocando el mango de su fac¨®n.
¡ªEst¨¢s muy cerca de acabar con mi paciencia, aberraci¨®n.
Luis cerr¨® los ojos y esboz¨® una sonrisa.
¡ªNo importa lo que digas, nunca podr¨¢s hacer que abandone lo que siento por ti.
¡ªEsos sentimientos no te pertenecen. Fuiste creada solo por los caprichos de ese doctor. Nada de lo que eres te pertenece, ni siquiera el afecto que sientes.
Luis abri¨® los ojos, seria.
¡ªCandado, Sheldon est¨¢ en tu contra.
¡ªNo me importa lo que ¨¦l haga.
¡ªSe uni¨® a Desza.
Candado desvi¨® la mirada y cerr¨® los ojos un momento.
¡ª?Pasa algo?
¡ªNo quiero tus preocupaciones.
¡ª?Ah? Ah, eso, no pasa nada, siempre me preocupare, cueste lo que cueste.
¡ª?C¨¢LLATE!¡ªgrit¨® Candado.
En ese momento, Candado record¨® que Gabriela le hab¨ªa dicho algo parecido.
¡ªPerd¨®n, perd¨®n por haber existido. Pero sabes, me odies o no, tengo que protegerte.
Candado frunci¨® el se?o y, sin voltear, dijo:
¡ªHemos terminado.
Antes de poder dar un paso al frente, Luis se abalanz¨® sobre ¨¦l y lo abraz¨®. Candado qued¨® inm¨®vil, incapaz de luchar o reaccionar.
¡ªEres mi hermano, Candado. Para ti ser¨¦ una aberraci¨®n, un error, pero para m¨ª eres mi hermano. ?Nac¨ª solo para eso? Pude matarte muchas veces, pero no lo hice. Te proteg¨ª y lo sigo haciendo. Sheldon te odia, quiere matarte, pero yo no lo permitir¨¦. Siento envidia de esa ni?a, Gabriela.
Luego, Luis lo solt¨®, y cuando Candado volte¨®, ella ya no estaba.
¡ªAberraci¨®n ¡ªmurmur¨® Candado, mirando a la nada con una expresi¨®n fr¨ªa.
Cuando Candado volvi¨® al sal¨®n, estaba visiblemente deprimido. Sosten¨ªa su libro con una mirada triste y vac¨ªa. Sus ojos estaban fijos en las p¨¢ginas, pero no le¨ªa. Hammya, al notarlo, se preocup¨® por ¨¦l, viendo su semblante vac¨ªo. Candado baj¨® el libro y mir¨® hacia el pizarr¨®n.
Hammya toc¨® su mano r¨ªgida. Candado tard¨® un momento en reaccionar. Alz¨® la cabeza y mir¨® la mano de Hammya, cuyos dedos ¨ªndices, anular y pulgar descansaban sobre su palma. Al mirarla a los ojos, su mirada era la de alguien roto, pero Hammya le sonri¨®.
¡ªNo olvides que tus padres vienen hoy.
Los ojos de Candado parecieron volver a la realidad, como si hubiera estado dormido y esas palabras lo despertaran.
¡ªCierto ¡ªrespondi¨® mientras retomaba el libro¡ª. Cierto.
Aunque esas palabras lo calmaron, no mostraba contento, solo su habitual expresi¨®n.
¡ªLudmila, Uva, Inspectora, Sirena.
¡ª?Perd¨®n?
¡ªJunta las iniciales de las palabras que escuchaste.
¡ªL¡­ U¡­ I¡­ S. Espera... ¡ªHammya volte¨®¡ª. ?Luis! ?LUIS! ¡ªexclam¨® sorprendida.
¡ªLudmila era su segundo nombre, las uvas sus frutas favoritas, su seud¨®nimo era la Inspectora, y las sirenas eran sus criaturas mitol¨®gicas preferidas.
¡ªEntonces, Luis¡­
¡ªB¨¢sicamente, su nombre est¨¢ compuesto por los gustos de ella, rebuscado y estupio, pero ella eligi¨® ese nombre.
Candado mir¨® hacia el techo con los brazos cruzados, luego cerr¨® los ojos.
¡ªQu¨¦ d¨ªa m¨¢s...
¡ªBueno ¡ªlo interrumpi¨® Hammya.
Candado abri¨® los ojos y la mir¨® mientras bajaba la cabeza.
¡ª?Ah?
¡ªTus padres, Candado. No los olvides.
¡ªCierto, cierto.
Candado se recost¨® contra el respaldo de la silla y mir¨® el pizarr¨®n, mostrando una sonrisa. Era como si se hubiera liberado de un gran peso, pero era la sonrisa de un ni?o amargado y venenoso.
Aunque me gustar¨ªa decir que esa sonrisa se mantuvo, fue todo lo contrario: empeor¨®. Al relajarse, sus manos tocaron instintivamente su bolsillo derecho. Candado lo palp¨® dos, tres, hasta cuatro veces.
¡ªMi billetera¡­ ¡ªsusurr¨®.
¡ª?Eh? ?Pasa algo con eso?
El rostro de Candado se cubri¨® de sudor. Se puso de pie r¨¢pidamente y comenz¨® a revisar todos los bolsillos de su ropa. Palmada aqu¨ª, palmada all¨¢, hasta que sus manos se detuvieron en su pecho. Su expresi¨®n pas¨® de asombro a pensativa y, finalmente, a macabra.
¡ª?Hija de¡­! ?Me bolsille¨®?
Candado corri¨® hacia la ventana, la abri¨® y salt¨®.
¡ª?HIJA DE PUTAAAAAAAAAAAA!
Su grito se desvanec¨ªa a medida que se alejaba.
¡ª?Qu¨¦? ?Billetera? ?Hija de¡­? ?Eh? ¡ªse preguntaba la profesora, demasiado tranquila y bondadosa como para hacer algo al respecto.
Hammya, perdida en el momento y en el breve episodio de locura de Candado, gir¨® la cabeza hacia las mellizas, quienes estaban sentadas detr¨¢s de ella y Candado.
¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® con curiosidad.
Luc¨ªa intercambi¨® una mirada con su hermana antes de responder.
¡ªParece que Luis le rob¨® la billetera ¡ªrespondi¨® Erika.
¡ª?Luis? ¡ªHammya frunci¨® el ce?o, sorprendida¡ª. Pero pens¨¦ que...
¡ªNosotras tambi¨¦n lo pens¨¢bamos ¡ªinterrumpi¨® Luc¨ªa.
¡ªLuis lo quiere mucho ¡ªcontinu¨® Erika¡ª. Hace esas peque?as bromas para que Candado le preste atenci¨®n, para que sepa que ella es Luis, no Gabriela.
¡ªEs como un ni?o buscando la atenci¨®n de sus padres ¡ªa?adi¨® Luc¨ªa.
¡ªExacto, algo as¨ª ¡ªErika asinti¨®, luego mir¨® a su hermana con una sonrisa¡ª. ?Te acuerdas de cuando Candado comi¨® tiza por accidente?
Luc¨ªa solt¨® una peque?a risa.
¡ª?C¨®mo olvidarlo? Pensaba que eran facturas cubiertas de az¨²car. Ese d¨ªa solo est¨¢bamos nosotras y Germ¨¢n en el gremio.
Hace seis meses.
Candado estaba sentado en su escritorio, leyendo el diario, cuando extendi¨® la mano hacia lo que cre¨ªa que era una medialuna sobre la mesa. La llev¨® a su boca y le dio un mordisco. Al instante, escupi¨®, tosiendo violentamente, mientras una nube de polvo blanco cubr¨ªa sus labios.
¡ª?Mierda! ¡ªexclam¨®, llev¨¢ndose la mano a la garganta.
Mir¨® la caja de las supuestas medialunas, inspeccionando detenidamente su contenido. Su expresi¨®n cambi¨® al descubrir la verdad.
¡ª?La puta madre! ?Esto es tiza con az¨²car! ¡ªgrit¨®, escupiendo los restos en el tacho de basura.
Erika, notando el desastre, le pas¨® un vaso de agua.
¡ª?Qu¨¦ pasa, Canda? ¡ªle pregunt¨®, preocupada.
¡ªEsto es cosa de Luis ¡ªdijo, agitando una carta que ven¨ªa con la caja.
Germ¨¢n tom¨® la carta y la ley¨® en voz alta.
¡ª"Muchas gracias por tu postre" ¡ªcit¨®.
Candado se levant¨® de un salto.
¡ªEsa malparida me hizo comer tiza. ?Le voy a hacer tragar un pizarr¨®n! ¡ªgrit¨® furioso, abriendo la puerta de una patada¡ª. ?LUIS!
Presente.
Las mellizas estallaron en carcajadas.
¡ªPerd¨®n, es que recordarlo es demasiado gracioso ¡ªdijo Erika, limpi¨¢ndose una l¨¢grima.
¡ªDebiste ver lo enfadado que estaba ¡ªagreg¨® Luc¨ªa, con una sonrisa maliciosa.
¡ªEs cruel ¡ªcoment¨® Hammya, aunque sonri¨® un poco.
¡ªAunque sea cruel, Luis lo quiere de verdad ¡ªrespondi¨® Erika¡ª. Hasta ahora, la ¨²nica manera que ha encontrado para acercarse a ¨¦l es haci¨¦ndolo enojar.
¡ªPero parece que ¨¦l la odia ¡ªmurmur¨® Hammya.
¡ªSi Candado realmente la odiara, ella ya no estar¨ªa molest¨¢ndolo ¡ªsentenci¨® Luc¨ªa.
¡ªNo seas tan dura, Luc¨ªa. Candado nunca ser¨ªa capaz de odiarla de verdad ¡ªle recrimin¨® Erika.
Hammya, ignorando la conversaci¨®n, mir¨® por la ventana por la que Candado hab¨ªa saltado.
¡ª?Qu¨¦ estar¨¢ haciendo ahora? ¡ªsusurr¨® para s¨ª misma.
En alg¨²n lugar del bosque.
Candado corr¨ªa a toda velocidad por un sendero lleno de vegetaci¨®n.
¡ªYegua, yegua, yegua, yegua, yegua ¡ªrepet¨ªa una y otra vez, como un mantra, para mantener fresco su prop¨®sito.
Corri¨® sin descanso, siguiendo las rutas m¨¢s accesibles para alejarse del pueblo.
¡ª?D¨®nde est¨¢s? ¡ªse preguntaba, jadeando, mientras miraba a su alrededor.
Finalmente, la vio. Estaba sola, sentada sobre un ¨¢rbol muerto, de espaldas a ¨¦l.
Candado se acerc¨® sigilosamente.
¡ªSe acabaron los juegos. Dame mi billetera ¡ªorden¨®, con voz fr¨ªa.
¡ªPens¨¦ que no te importaba el dinero ¡ªrespondi¨® Luis, sin siquiera girarse.
¡ªNo me importa el dinero ¡ªCandado sac¨® su fac¨®n¡ª, pero devu¨¦lveme lo que es m¨ªo.
Luis se dio la vuelta, su expresi¨®n era seria. Meti¨® la mano en su escote y le lanz¨® la billetera.
Candado guard¨® r¨¢pidamente el cuchillo y abri¨® la billetera con ansiedad. Suspir¨® aliviado al ver lo que buscaba: una foto de ¨¦l, de cinco a?os, en el regazo de Gabriela.
¡ªIba a hacerte una broma ¡ªdijo Luis, observ¨¢ndolo¡ª, pero cuando vi la foto, me sent¨ª mal. Por eso te esper¨¦.
Candado la mir¨® con furia. Cerr¨® la billetera y la guard¨® en su bolsillo sin decir una palabra.
¡ªPerd¨®n, ella fue importante para ti, ?no? ¡ªdijo Luis, mir¨¢ndolo con seriedad.
Candado lo fulmin¨® con la mirada, apretando el pu?o sobre el fac¨®n.
¡ª?T¨² qu¨¦ sabes del dolor? ¡ªrespondi¨® con voz dura¡ª. Eres un engendro de la ciencia, nacida de un maldito y envidioso cient¨ªfico. Todo lo que has pasado, lo que sientes, lo que te gusta o te duele, todo eso te fue implantado. Nada es real.
Luis se puso de pie lentamente, sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y determinaci¨®n. Camin¨® hacia ¨¦l, pero Candado levant¨® el fac¨®n otra vez, apuntando directo hacia ¨¦l.
¡ªAtr¨¢s. No te acerques ¡ªgru?¨®.
Luis se detuvo por un momento, pero sigui¨® caminando, alzando una mano con calma. Tom¨® la mano r¨ªgida de Candado, a¨²n preparada para atacar, y, con un gesto lento y firme, logr¨® que bajara el arma. Sin decir una palabra, lo abraz¨®.
¡ªNo planeaba dec¨ªrtelo, pero Ocho se uni¨® a los Testigos ¡ªsusurr¨® Luis.
Candado lo apart¨® bruscamente y lo mir¨® con desd¨¦n.
¡ª?Me hablas de esa traidora? ¡ªdijo, con el ce?o fruncido¡ª. Me sorprende que sepas de ella, considerando que ni siquiera exist¨ªas cuando yo la conoc¨ª.
Luis mantuvo la mirada, dolida, pero sin responder a la provocaci¨®n.
¡ªElla est¨¢ en mis recuerdos ¡ªdijo, bajando la vista.
¡ª?Tus recuerdos o los de mi hermana? ¡ªreplic¨® Candado con veneno en la voz.
Luis apret¨® los labios, ignorando el comentario, y continu¨®.
¡ªOcho planea un ataque en tu contra, Sheldon y los testigos, al parecer tienes m¨¢s enemigos ahora.
Candado entrecerr¨® los ojos, intrigado y furioso al mismo tiempo.
¡ª?Cu¨¢ndo? ¡ªpregunt¨®, su tono m¨¢s controlado.
¡ªNo lo s¨¦ ¡ªcontest¨® Luis, encogi¨¦ndose de hombros.
¡ª?No lo sabes? ?Me avisas de algo que ni siquiera sabes con certeza? ¡ªCandado lo miraba con incredulidad.
¡ªNo. Pero s¨ª s¨¦ algo ¡ªrespondi¨® Luis, desviando la mirada¡ª. Dijeron que atacar¨ªan cuando... cuando la m¨²sica llegara a mis o¨ªdos.
Candado se qued¨® en silencio, perplejo.
¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨®, como si no hubiera escuchado bien.
¡ªLa informaci¨®n me la dio un infiltrado. Le puse un grabador para escuchar sus conversaciones ¡ªexplic¨® Luis, m¨¢s tranquilo.
Candado se sent¨® en el suelo, pensativo, con la mirada fija en alg¨²n punto lejano.
¡ªTodos somos desquisiados... ¡ªmurmur¨® para s¨ª.
¡ª?Qu¨¦ has dicho? ¡ªpregunt¨® Luis, frunciendo el ce?o.
Candado se levant¨® de golpe y le dio la espalda.
¡ªGracias, Luis ¡ªdijo con tono distante.
¡ªCandado, espera ¡ªinsisti¨® Luis, preocup¨¢ndose¡ª. ?Qu¨¦ significa?
¡ªDesza est¨¢ jugando. Sabe que hay un infiltrado. Quiere que sigas su juego, que lo persiga hasta el fin del mundo.
¡ª?Y el ataque? ¡ªpregunt¨® Luis.
¡ªLo har¨¢ ¡ªafirm¨® Candado¡ª, pero no hoy, ni ma?ana. Esperar¨¢ hasta que yo haga el primer movimiento, se agradece la informaci¨®n, pero no har¨¦ nada, la O.M.G.A.B. ya lo hace.
Luis esboz¨® una sonrisa leve.
¡ªEntonces me quedar¨¦ unos meses aqu¨ª ¡ªanunci¨® de pronto.
Candado la mir¨® aturdido.
¡ª?Qu¨¦ dijiste?
¡ªQue me quedar¨¦ unos meses aqu¨ª ¡ªrepiti¨® Luis con tranquilidad.
Candado inclin¨® la cabeza, pensativo, y luego solt¨® un suspiro.
¡ªA veces me pregunto si esto funcionar¨¢ ¡ªmurmur¨® Luis, casi para s¨ª misma.
¡ª ?Qu¨¦ cosa?
¡ªNada de nada, segur¨® que s¨ª funciona ?Verdad?
¡ªPero qu¨¦¡­ya¡­ mejor ni me caliento por eso.
Candado decidi¨® ya no intentar y se march¨® por el mismo camino por el que hab¨ªa venido, dejando a Luis atr¨¢s.
De vuelta en la escuela, solo hab¨ªa pasado una hora desde su partida. Candado borde¨® el edificio y lleg¨® hasta una de las ventanas del aula, que a¨²n no hab¨ªan cerrado. Con un impulso, salt¨® hacia adentro, rodando por el suelo y sorprendiendo a todos, incluido el profesor. Se levant¨® r¨¢pidamente, se sacudi¨® el polvo y mir¨® a sus compa?eros. Erika y Luc¨ªa se re¨ªan a escondidas; Hammya estaba petrificada, con el borrador a¨²n en la mano, interrumpida en mitad de su tarea. H¨¦ctor se tapaba los ojos, abrumado por la verg¨¹enza ajena. Declan, German, Ana, Lucas y Viki lo observaban maravillados, aplaudiendo en silencio con exageraci¨®n. Matlotsky, como siempre, dorm¨ªa en su escritorio, incapaz de adaptarse a las ma?anas, incluso despu¨¦s de cuatro a?os. Los hermanos Bailak soltaron risillas, mientras Walsh observaba preocupado. Esteban lo miraba sin ninguna expresi¨®n visible en su rostro. Anzor y Liv, por otro lado, ni siquiera prestaban atenci¨®n.
A pesar de la conmoci¨®n general, el profesor de Ciencias Sociales, un hombre de cuarenta a?os, pelirrojo y con un bigote estilo candado, recuper¨® la compostura. Sus ojos verdes y su semblante severo lo hac¨ªan ideal para tratar con los alumnos m¨¢s revoltosos. Vest¨ªa un guardapolvo blanco, con corbata azul, pantalones oscuros y zapatos negros, y su expresi¨®n estaba cargada de molestia mientras observaba a Candado desde su escritorio.
¡ªBien, se?or Barret ¡ªdijo el profesor, cruzando los brazos¡ª. ?Tiene algo que decir para explicar su entrada triunfal?
¡ªEs gracioso que lo pregunte, no.
¡ªBarret¡ªdijo el profesor.
¡ªD¨ªgame.
¡ªA la direcci¨®n.
Declan se enfureci¨® y puso su mano sobre el sable, pero fue detenido por su compa?ero de banco, Anzor.
¡ªMira Barret, la profesora de Lengua me lo cont¨®.
¡ª?Su novia?
¡ªNo, Candado, no es mi novia.
¡ª?OHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!¡ªGritaron todos, excepto la brigada de Candado.
¡ª?CALLENSE!¡ªEl profesor, molesto, golpe¨® el escritorio con fuerza.
¡ªDisculpe mi osad¨ªa, me dirigir¨¦ inmediatamente a la direcci¨®n ¡ªdijo Candado con calma.
¡ªS¨ª, ser¨¢ mejor se?or.
Candado hizo un gesto con la mano izquierda a sus compa?eros, indicando que mantuvieran el orden. Luego camin¨® hasta la direcci¨®n y abri¨® la puerta, donde lo esperaba el director.
¡ªOh, es la octava vez que te veo, y eso que te dirig¨ª unas muy buenas palabras.
¡ªNovena, se?or, novena, pero gracias por las bellas palabras¡ªrespondi¨® Candado mientras se sentaba frente a ¨¦l.
¡ª?Qu¨¦ fue esta vez?
¡ªSalt¨¦ por la ventana y malas palabras.
¡ªVaya, vaya¡ªEl director abri¨® un caj¨®n y le ofreci¨® una lata de gaseosa.
¡ªGracias¡ªdijo Candado mientras la abr¨ªa con su fac¨®n.
¡ªTe dije muchas veces que no trajeras eso a la escuela.
¡ªAh, lo olvid¨¦.
¡ªEres id¨¦ntico a tu padre.
¡ª?En serio? Todos dicen que me parezco m¨¢s a mi mam¨¢, Rodolfo.
¡ªMi nombre no es Rodolfo, es Rudolph. No s¨¦ por qu¨¦ me llamas as¨ª.
¡ªMam¨¢ te llamaba as¨ª.
El director suspir¨®.
¡ª?C¨®mo est¨¢n tus padres?
¡ªBien. Deber¨ªas venir a comer con nosotros un d¨ªa de estos.
¡ªOjal¨¢ pudiera, tengo muchas responsabilidades.
¡ªS¨ª, lo veo, sentarse y decir que tiene responsabilidades.
¡ªOsado se?or Barret, muy osado.
¡ªSigue habiendo robos en esta escuela.
¡ªEso ya no, se termin¨®, Candado. Ya no habr¨¢ m¨¢s saqueos legales.
¡ª?De verdad?
¡ªClaro, no miento.
¡ªJe, ya veo, eres el legendario ni?o de hielo.
¡ªY uste el Candado sin llave.
¡ª?Qui¨¦n dice eso?
¡ªTodas las personas que conozco.
¡ª?Son treinta, verdad?
¡ªS¨ª.
¡ªBueno, si vos lo dec¨ªs.
¡ªCambiando de tema, ?c¨®mo le va a Saillim?
¡ªBien, bien. Tenerla bajo el mismo techo es algo insoportable, pero est¨¢ bien.
¡ªEso es nuevo. ?Vive contigo?
¡ªClaro.
Rodolfo se reclin¨® en su silla.
¡ªHuelo a romance escandaloso. Es bueno ser joven.
¡ª¨²ltimamente me lo est¨¢n diciendo bastante, por lo visto parece que nadie sabe mantener una relaci¨®n de amistad con alguien un sexo distinto, pobres infelices.
Luego procedi¨® darle un sorbo a su gaseosa.
¡ªTu madre era igual. Aunque ella fue la enamorada de tu padre, recuerdo que era toda una estrella inalcansable.
¡ªLa verdad, a¨²n no se lo he preguntado, pero cu¨¦ntame.
Rodolfo se reclin¨® a¨²n m¨¢s.
¡ª?En serio?
¡ªVoy a estar aqu¨ª hasta que termine la clase, as¨ª que cu¨¦ntame¡ªdijo mientras volv¨ªa a tomar su gaseosa.
¡ªBueno, tu madre era una persona igualita a vos. De hecho, sacaste su mirada intimidatoria y sus gustos en la forma de vestir.
¡ªS¨ª, esa parte la s¨¦, lo vi en una foto.
¡ªTodo empez¨® cuando tu madre nos llam¨® a nosotros: a m¨ª, a Laura (la madre de H¨¦ctor), a Mercedes (madre de Joaqu¨ªn y Kruger) y a Han (Thuy Han).
¡ªVaya, ?s¨®lo ustedes?
¡ªEn ese momento s¨ª. Recuerdo que tu madre nos llev¨® a Villa ¨¢ngela.
Hace 26 a?os:
¡ª?Qu¨¦ sucede, general?¡ªpregunt¨® la en¨¦rgica Laura.
¡ªHoy hemos hecho mucho trabajo, es hora de un descanso.
¡ªGenial, despu¨¦s de un duro combate, es bueno vaguear un poco¡ªdijo Mercedes.
¡ªBien, peleemos.
¡ªOlv¨ªdalo, Laura. Estoy cansada, y en verdad, quiero descansar un poco. Me duele todo el cuerpo.
¡ªEs bueno tomar un descanso, relaja los huesos y la mente.
¡ªLo has dicho Thuy, vamos a flojear.
¡ªDe d¨®nde sacas tanta energ¨ªa Ram¨ªrez, y eso que ayer te dieron de alta en el hospital.
¡ªQue ingenuo Rodolfito, siempre doy el 100% de mi potencial en el d¨ªa¡ªdijo Laura.
¡ªS¨®lo Europa tiene permitido llamarme as¨ª.
¡ªMajadero.
¡ªEres una¡­.
¡ª?De d¨®nde sacas tanta energ¨ªa, Ram¨ªrez? Y eso que ayer te dieron de alta en el hospital.
¡ªQu¨¦ ingenuo, Rodolfito. Siempre doy el cien por ciento de mi potencial cada d¨ªa ¡ªdijo Laura.
¡ªSolo Europa tiene permitido llamarme as¨ª.
¡ªMajadero.
¡ªEres una¡­
¡ªSuficiente ¡ªMercedes se interpuso entre ambos¡ª. No deben pelear aqu¨ª, sobre todo si est¨¢ Europa presente.
¡ªHablaremos luego ¡ªdijo Rodolfo.
Europa aclar¨® la garganta.
¡ªSiento mucho haberlos preocupado de esa manera. No es muy¡­ perd¨®n, es bastante com¨²n que yo no diga nada a las personas que me rodean, as¨ª que lo siento. No obstante, los llam¨¦ a todos para poder compensar mi descortes¨ªa. Hoy nos divertiremos.
¡ª?Vamos a ello!
¡ªTranquil¨ªzate, Laura. Abrir¨¢s tus puntos.
Laura la ignor¨® y comenz¨® a correr por el parque, riendo a carcajadas. Sin embargo, mientras corr¨ªa, un bal¨®n la golpe¨® en la cara, haci¨¦ndola caer de espaldas.
¡ª?Soldado herido, soldado herido! ¡ªrepet¨ªa una y otra vez mientras se arrastraba por el suelo, simulando una herida de bala.
Sus compa?eros llegaron hasta donde estaba ella, tendida boca arriba, con la cara lastimada y la lengua afuera, como si fuera un cad¨¢ver. Mercedes fue la primera en llegar.
¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Thuy Han.
Mercedes le dio un d¨¦bil pu?etazo en el abdomen, en la zona de su herida.
¡ª?MIS PUNTOS! ¡ªgrit¨® Laura, retorci¨¦ndose de dolor en el suelo.
¡ªEst¨¢ muerta ¡ªdijo Mercedes mientras se quitaba la boina blanca.
¡ª?Estoy viva, estoy viva! ¡ªdec¨ªa Laura, con un dolor fingido en su rostro.
Todos comenzaron a re¨ªrse. Europa mir¨® un momento la pelota, se acerc¨® a ella y la tom¨®.
¡ª?Y esto?
Mir¨® a su alrededor y vio a un muchacho que ven¨ªa hacia ella levantando la mano, se?alando que ¨¦l era el due?o del bal¨®n.
¡ªEso es m¨ªo ¡ªdijo, y luego coloc¨® sus manos en la pelota, arranc¨¢ndola de las manos de Europa¡ª. Muchas gracias y adi¨®s.
Europa se sinti¨® molesta, sac¨® de su manga un gancho y lo envolvi¨® en su tobillo izquierdo, arrastr¨¢ndolo hacia ella, poniendo su pie en su pecho y mostrando una actitud fr¨ªa.
¡ªDisc¨²lpame si tienes prisa, pero golpeaste a una amiga. Creo que lo m¨ªnimo que debes hacer es disculparte, ?verdad?
¡ª?CHICOS! ?AYUDEN!
De la nada, una cadena sali¨® del suelo, donde estaba el sujeto a sus pies, y roz¨® la mejilla de Europa, oblig¨¢ndola a alejarse de ¨¦l bruscamente y cayendo en los brazos de Mercedes.
¡ª?Qu¨¦ fue eso? ¡ªpregunt¨® Laura mientras se pon¨ªa de pie y cubr¨ªa a su amiga.
El muchacho logr¨® liberarse de las ataduras de Europa y se alej¨® lo m¨¢s que pudo de ella, ocult¨¢ndose detr¨¢s de su salvador.
¡ªEs de mala educaci¨®n tratar as¨ª a mi hermano, mocosa ¡ªdijo un ni?o pelirrojo mientras la cadena del suelo se enrollaba en su antebrazo.
Rodolfo dio un paso al frente y se interpuso entre Laura, quien cubr¨ªa a Mercedes y Europa.
¡ªMuy valiente, muy valiente¡ªdijo el sujeto.
Rodolfo no contest¨®, pero sus pu?os de hielo lo hicieron en su lugar.
¡ª?ALTO! ¡ªgrit¨® una voz a las espaldas del desconocido.
A su espalda, un muchacho ven¨ªa corriendo a toda velocidad, acompa?ado por cuatro personas m¨¢s. Cuando lleg¨®, el individuo estaba muy cansado, sin aliento.
¡°Qu¨¦ pat¨¦tico¡±, pens¨® Europa.
¡ªVaya por Dios y los cielos, te quito los ojos de encima por unos segundos y ya est¨¢s ocasionando problemas.
¡ªEllos estaban atacando a Felipe.
¡ª?Ellos?
¡ªNo, fue mi error. ?Fue ELLA! ¡ªdijo el sujeto se?alando a Europa.
¡ªOh, ya veo ¡ªdijo, interponi¨¦ndose entre ¨¦l y Rodolfo, provocando que los dem¨¢s rodearan a Europa para protegerla. A¨²n estaba d¨¦bil despu¨¦s de ese ¨²ltimo combate, sin embargo, no serv¨ªa de mucho, ya que ¨¦l med¨ªa un metro setenta y ella un metro cuarenta y cinco, siendo la m¨¢s baja del grupo. Rodolfo era un poco m¨¢s alto, con un metro cincuenta y nueve.
¡ªRel¨¢jense, no quiero pelear. Soy una persona agradable, como ustedes ¡ªdijo el desconocido.
¡ªAl¨¦jate de ella ¡ªrespondi¨® Mercedes, frunciendo el ce?o.
¡ªNo quiero hacerle nada.
¡ª?Mientes! Todo el mundo la odia e intenta lastimarla. ?Por qu¨¦ vos tendr¨ªas que ser diferente? ¡ªLaura abrazaba con fuerza a Europa.
¡ª?Eh? ?C¨®mo pueden odiar a una chica linda?
Europa mir¨® al grandote con confusi¨®n.
¡ªLaura, su¨¦ltame ¡ªdijo con frialdad.
¡ªNo soltar¨¦ a mi beb¨¦. Nadie se llevar¨¢ tu lindura, ni siquiera ¨¦l.
¡ªSoltame te digo ¡ªrespond¨ªa mientras forcejeaba sin ¨¦xito alguno.
Mercedes tom¨® a Laura por la espalda y la alej¨® de Europa.
¡ªPesada, ruidosa y escandalosa. Europa quiere su espacio.
¡ªNo, no, no, quiero estar al lado de ella.
¡ªOtra vez exagerando ¡ªdijo Thuy Han.
Una vez que Laura la solt¨®, Europa comenz¨® a arreglarse la ropa arrugada. Hizo una se?a para que le abrieran paso. Cuando Rodolfo, la ¨²ltima barrera, se hizo a un lado, Europa pudo apreciar al sujeto que ten¨ªa enfrente.
¡ªOh, vaya, eres bajita.
Europa no respondi¨®.
¡ª?Cu¨¢ntos a?os tienes? ¡ªpregunt¨® el muchacho, inc¨®modo.
¡ª?Cu¨¢ntos tienes t¨²?
¡ª?Yo? 16.
¡ªAyer cumpl¨ª 13.
¡ªGuau, eres una ni?a.
¡ªS¨ª, ?y qu¨¦ hay con eso? Se?or¡­
¡ªOh, qu¨¦ tonto soy, mi nombre es Arturo Storni.
¡ªEuropa Barret.
¡ªVaya, dama, quisiera disculparme por lo que ocurri¨®. Ver¨¢s¡­ mi amigo Bacone no es bueno siendo¡­ ya sabes¡­ ¡°cordial¡±, as¨ª que me disculpo.
Europa se cruz¨® de brazos.
¡ªEspero que no se vuelva a repetir.
¡ªNo lo har¨¢, lo juro.
¡ªLo siento, pero no conf¨ªo mucho en los desconocidos que dan su palabra.
Arturo se llev¨® la mano derecha al ment¨®n y pens¨®.
¡ªTiene l¨®gica. Yo pensar¨ªa lo mismo si estuviera en tu posici¨®n. Por eso¡­ ¡ªArturo se arrodill¨® y tom¨® su mano, sorprendiendo a Europa¡ª haremos esto.
¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® ella, entrecerrando los ojos.
Arturo sonri¨®.
¡ªUn juramento gremial antiguo. Se dice que cuando Jack Barret iba a la ciudad de Italia para ayudar a la resistencia, hizo un juramento con Rosa Vel¨¢zquez, tomando su mano y otorg¨¢ndole un preciado objeto.
Arturo sac¨® de su bolsillo una arm¨®nica roja y se la entreg¨® a Europa.
¡ªTen, una ofrenda de paz de un gremial. La arm¨®nica de mi difunto padre.
Europa mir¨® la arm¨®nica detenidamente.
¡ªNo eres un gremial, lo dices no es una muestra de buena voluntad, y no se practica.
¡ªDiablos¡­que mal, siento mentirte, jaja. Pero la historia es cierta.
¡ªLo es, pero si quieres tener una buena realci¨®n contesta a una sola pregunta, ?Eres un Circuito?
¡ªClaro, no me averg¨¹enzo de ello.
Europa lo mir¨® detenidamente, sin saber c¨®mo reaccionar. Pues pudo notar que no minti¨® esta vez. Sin embargo, al ver lo que ¨¦l hab¨ªa hecho un ritual extra?o de buena voluntad, decidi¨® probar ese m¨¦todo.
¡ªBueno, no veo mentira en tus palabras, as¨ª que¡­
Europa se quit¨® la boina, dejando al descubierto su cabello largo y negro, lo que maravill¨® a todos.
¡ªCreo que es la primera vez que te veo sin tu¡­ gorro ¡ªdijo Mercedes, sorprendida.
¡ªBueno, no me parece justo que solo t¨² hagas algo as¨ª. As¨ª que ten ¡ªEuropa puso su boina en la mano de Arturo, como si fuera un perchero¡ª. Es una boina que me compr¨® mi madre, es muy importante para m¨ª.
Arturo sonri¨® nuevamente.
¡ªBien, lo har¨¦, Europa.
Presente.
¡ª?Qui¨¦n lo hubiera dicho? M¨¢s tarde, J?n habr¨ªa salido con ese hombre. La verdad, no lo puedo creer.
¡ªOye, est¨¢s hablando de mi padre.
¡ªLa verdad, cuando J?n me dijo que estaba embarazada pens¨¦ que¡­ dios m¨ªo. Ella s¨®lo ten¨ªa 16 a?os cuando llevaba su tercer mes.
¡ªVe al punto, ?Qu¨¦ pensaste de ¨¦l?
¡ªQue era un violador.
Candado no dijo nada y solo trat¨® de procesar la informaci¨®n que hab¨ªa obtenido de Rodolfo, una informaci¨®n muy cruda.
¡ªOh, ?No pensaste, aunque sea un poquito, que fue amor?
¡ªTu madre ten¨ªa 16 a?os y tu padre 20. ?Qu¨¦ quer¨ªas que pensara? Ante mis ojos, solo era una adolescente y tu padre, un adulto, dime lo que quieras, pero eso haza usted lo sabe que es un delito.
¡ªEran otros tiempos, aun as¨ª, siguen siendo mis padres.
¡ªEs factico s¨ª¡­ en verdad ella lo ama.
¡ªPor supuesto.
En ese momento, el timbre son¨®.
¡ªVaya, tu tiempo se acab¨®.
Candado se puso de pie, tom¨® su maleta y le dio un apret¨®n de manos.
¡ªFue bueno charlar con usted.
¡ªLo mismo digo.
Candado se ajust¨® la boina.
¡ªNos vemos ma?ana como civiles.
¡ªS¨ª, ma?ana.
Candado se coloc¨® la boina y abandon¨® la habitaci¨®n a toda prisa.
¡ªOh, Canda, has salido ¡ªdijo Lucas.
¡ª?Nos reunimos en el gremio?
¡ªMe temo que no, Walsh. Hoy mis padres vienen.
En ese momento, Hammya corri¨® hacia ¨¦l y tom¨® su mano.
¡ª?Ap¨²rate, vi el auto! ¡ªdec¨ªa mientras lo arrastraba a toda velocidad.
¡ªNos vemos ma?ana, chico.
¡ªNos vemos, Candado ¡ªse despidieron todos.
¡ªHammya, no hace falta que hagas esto.
¡ªSolo guarda silencio.
Candado y Hammya frenaron a las afueras de la escuela, donde estaba Clementina esper¨¢ndolos.
¡ªOh, joven patr¨®n, est¨¢s aqu¨ª.
¡ªNo molestes.
¡ª?Ah¨ª vienen! ¡ªse?al¨® Hammya.
Candado sonri¨®.
¡ªS¨ª, aqu¨ª est¨¢n.
El auto rojo, marca Perono (modelo creado por la empresa automotriz Barret), era conducido por Europa, mientras su esposo estaba sentado a su lado.
¡ª?Suban, chicos! ¡ªdijo Arturo mientras les abr¨ªa la puerta.
Clementina se hizo a un lado para dejar pasar a Hammya, luego a Candado, quedando ella en medio de los dos.
¡ªOh, vaya. ?C¨®mo est¨¢n? ¡ªpregunt¨® Europa, como si fuera una taxista.
¡ªBien ¡ªcontestaron todos con una sonrisa.
¡ª?C¨®mo les fue en la escuela?
¡ªBien ¡ªdijo Clementina.
¡ªNormal ¡ªdijo Candado.
¡ªDivertida ¡ªdijo Hammya.
¡ªGenial.
Luego, Europa mir¨® por la ventana y vio a Rodolfo observando desde su casa, con una sonrisa.
¡ªBenjam¨ªn Rodolfo, muy buenas, gracias por cuidar a mis ni?os.
¡ª(Su cambio de actitud me abruma) ¡ªpens¨® Rodolfo y continu¨® con¡ª. Solo hago mi trabajo, cu¨ªdense.
¡ªIgualmente dulzura.
Europa arranc¨® y se puso en marcha.
¡ªEspero que se hayan divertido hoy ¡ªdijo Arturo.
¡ª?Por qu¨¦ la se?ora Barret est¨¢ vestida de forma casual?
¡ªHoy no trabajo y solo fui a buscar a mi cari?o al trabajo.
¡ª?Qu¨¦ rom¨¢ntico! ¡ªdijo Hammya.
¡ªS¨ª, lo soy ¡ªrespondi¨® ¨¦l, gui?¨¢ndole un ojo a Arturo.
¡ªOh, vaya, tus padres son lo mejor, Candado¡ªdijo Hammya burlandose.
¡ªNo conozco a otros padres, pero s¨ª, son buenos.
¡ªCuando hablas de esa forma, eres igual a tu madre¡ªdijo Arturo.
¡ªOye, no lo digas de esa forma.
Todos se rieron, excepto Candado, quien solo mostr¨® una sonrisa en su rostro, cautivando a Hammya.
¡ªOye, Candado.
¡ªDime.
¡ªTienes una hermosa sonrisa.
¡ªAduladora Esmeralda, aduladora. ALIANZA PROFANA
Cae la noche sobre la ciudad de Montevideo, acompa?ada de una tormenta que inunda las calles con su estruendo. Gritos desgarradores resonaban desde todas partes. Una madre acababa de ver el cuerpo descuartizado de su hijo: sin ojos, sin lengua. Desza hab¨ªa sido el autor de esa atrocidad, y ahora toda la ciudad estaba como loca, busc¨¢ndolo desesperadamente. Pero en el viento solo se o¨ªa la risa de un demente, retumbando en los ecos de la tormenta, alarmando a las autoridades. Los polic¨ªas corr¨ªan de un lado a otro, intentando seguir esa risa siniestra, pero siempre que se acercaban, la carcajada parec¨ªa alejarse m¨¢s y m¨¢s. Desza estaba jugando con ellos. No hab¨ªa disfrutado lo suficiente con su v¨ªctima y quer¨ªa seguir entreteni¨¦ndose un poco m¨¢s, esquivando a la polic¨ªa y a los Sem¨¢foros de la O.M.G.A.B. con astucia.
Sin embargo, el juego tuvo que detenerse. Hab¨ªa recibido una llamada de su compa?ero, J?rgen Czacki.
¡ªEl rat¨®n cay¨® en la trampa ¡ªdijo la voz al otro lado.
Desza sonri¨®.
¡ªVoy en seguida.
Decidido a terminar el juego, Desza se dej¨® ver por los agentes, su machete en la mano. Antes de que pudieran reaccionar, ¨¦l se lanz¨® sobre ellos y los degoll¨® con precisi¨®n.
¡ªQu¨¦ aburridos son los polic¨ªas ¡ªmurmur¨®, limpiando la sangre de su machete en el uniforme de uno de los oficiales ca¨ªdos.
Luego, guard¨® el machete y, con las manos en los bolsillos, se mezcl¨® con la multitud. Las personas trataban de consolar a la madre destrozada, que abrazaba los restos de su hijo entre gritos de dolor. Mientras tanto, el culpable caminaba entre ellos, esbozando una sonrisa.
Desza lleg¨® a un viejo edificio en construcci¨®n. Sin vacilar, abri¨® la puerta de una patada y se desliz¨® por la barandilla de las escaleras con una risa infantil.
¡ª?Escuchaste eso? ¡ªpregunt¨® Azricam.
¡ªEs ¨¦l ¡ªrespondi¨® J?rgen, mientras se lavaba las manos, a¨²n manchadas de sangre.
Cuando Desza apareci¨®, se desliz¨® con la gracia de un bailar¨ªn hasta J?rgen.
¡ª?D¨®nde est¨¢ mi regalo, Czacki?
¡ªEn esa habitaci¨®n ¡ªdijo J?rgen, se?alando con el ment¨®n mientras se secaba las manos.
Desza se dirigi¨® hacia la puerta, parcialmente destrozada, y la abri¨® con delicadeza, solo para cerrarla con fuerza, haciendo que R?sse?s y Dockly, quienes estaban dentro, se sobresaltaran. Frente a ellos, una joven de entre trece y catorce a?os, ensangrentada pero a¨²n consciente, estaba atada a una silla.
¡ªJefe ¡ªdijo Dockly, en tono de respeto.
¡ªYeah, ?d¨®nde est¨¢ la manada?
¡ªEst¨¢n con Ocho, haciendo un recado para la cara de metal ¡ªrespondi¨® R?sse?s.
¡ªPara Pullbarey ¡ªaclar¨® Dockly.
¡ªS¨ª, ese.
¡ªPueden retirarse.
¡ªComo ordene, se?or ¡ªcontest¨® Dockly con respeto, antes de salir junto a R?sse?s.
Cuando se quedaron solos, Desza arrastr¨® una silla hasta colocarse frente a la chica. Solo una mesa los separaba.
¡ªBien, ?qu¨¦ tenemos aqu¨ª? Arce Catherine Lourdes en persona. Una de las tres capaces de quitar la magia de la segunda alma.
Arce lo mir¨® con odio y, sin pensarlo, le escupi¨® sangre en la cara. Desza se qued¨® inm¨®vil, inmutable.
¡ªEstoy acostumbrado a que la sangre salte a mi cara, se?orita ¡ªdijo con calma.
¡ªEres basura, Desza.
Con una sonrisa fr¨ªa, Desza puso su mano sobre la cabeza de Arce, como lo har¨ªa un padre con su hija, y de un violento movimiento la estrell¨® contra la mesa que los separaba.
¡ªEs gracioso que sigas siendo valiente, incluso despu¨¦s de lo que te hizo J?rgen. Te dej¨® hermosa. No lo culpo, lo felicito. Despu¨¦s de todo, eres Arce, la que destruy¨® la vida normal de Isabel.
¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ me hablas.
¡ªJ?rgen no lo sabe ¡ªdijo Desza, solt¨¢ndola y volteando la mesa para acercarse m¨¢s¡ª. Pero esos dos han estado bastante acaramelados ¨²ltimamente, y yo, por supuesto, deb¨ªa aprovechar la situaci¨®n.
Desza la observ¨® detenidamente, su voz tomando un tono m¨¢s serio.
¡ªEscucha bien, no es gracioso que algunos piensen que somos los Testigos de hace cincuenta a?os. No arrancamos almas ni implantamos otras. Es est¨²pido.
¡ªEso a m¨ª no me interesa ¡ªrespondi¨® Arce con desprecio.
¡ªDeber¨ªa, ya que habr¨¢ una guerra entre ustedes, las cucarachas, y los Circuitos, los traidores.
¡ªEso no va a pasar.
¡ª?No? Esteban est¨¢ muy ocupado buscando al asesino de su hermano marica, que por cierto soy yo. Candado, por otro lado, estaba bastante c¨®modo viviendo su pac¨ªfica vida mientras la O.M.G.A.B. me busca. Sus l¨ªderes est¨¢n tan distra¨ªdos mirando el exterior de su sociedad, que ni se imaginan lo que pasar¨¢ en su interior.
¡ªSubestimas mucho a Candado.
¡ªCandado es la cereza del pastel, no puedo vencerlo ahora que est¨¢ en la c¨²spide de todo. Muy pocos saben de ¨¦l, al menos f¨ªsicamente, pero todo eso est¨¢ por cambiar.
¡ªEso tambi¨¦n est¨¢ por terminar. Mi equipo ir¨¢ por tu cabeza.
Desza sonri¨® y sac¨® de su mochila cinco insignias de los Sem¨¢foros, tres de ellas manchadas de sangre.
¡ª?Este equipo?
Arce las mir¨® con asombro y dolor, sobre todo las que llevaban sangre.
¡ªEran... un mont¨®n de mierda.
¡ª?HIJO DE PUTA! ¡ªgrit¨® Arce, lleno de ira, mientras forcejeaba para liberarse de los grilletes que lo manten¨ªan prisionero.
¡ªEse metal es especial. Impide que puedas usar tus poderes, de cualquier tipo.
Arce luchaba con furia descomunal. Todos ellos eran sus amigos. Mientras tanto, Desza, con una sonrisa burlona, se manten¨ªa a una distancia prudente.
¡ª?VOY A MATARTE!
¡ªPens¨¦ que Krauser estar¨ªa contigo, pero me equivoqu¨¦... Me estaba aburriendo. Es curioso: cada uno de ellos, antes de morir, grit¨® "?Viva Arce!".
Arce, consumido por la rabia, intentaba romper sus ataduras, pero Desza le propin¨® una bofetada, y luego otra, mientras re¨ªa.
¡ªQuieres morir, quieres que te mate... Pero no lo har¨¦. Quiero que recuerdes mi rostro. Quiero que seas t¨² quien cuente qui¨¦nes somos. Y por lo que m¨¢s amo, quiero que les digas que yo, Desza el Profanador, castigar¨¦ a este mundo.
Acto seguido, Desza pate¨® la silla de Arce, tumb¨¢ndola hacia atr¨¢s. Arce, dolido, tanto f¨ªsica como emocionalmente, sent¨ªa el peso de la p¨¦rdida de sus preciados amigos.
Desza sali¨® de la habitaci¨®n y se dirigi¨® hacia J?rgen.
¡ªEso fue todo un espect¨¢culo.
¡ªMe halagas. Siempre quise ser comediante, pero ser un asesino y comediante es mucho mejor.
¡ª?Qu¨¦ hacemos con ella?
¡ªGolp¨¦ala un poco m¨¢s y luego lib¨¦rala. Ella se encargar¨¢ de esparcir mi nombre, Czacki.
¡ª?Y si no lo hace?
¡ªLo har¨¢, por eso la eleg¨ª.
¡ª?Y ahora qu¨¦?
¡ªVeamos... S¨ª... Necesitamos una cosa. Iremos a ver a alguien muy importante.
Desza subi¨® las escaleras silbando una melod¨ªa extra?a. Justo cuando iba a colocar su mano en el picaporte de la puerta, esta se abri¨®. Desde la tormenta de afuera apareci¨® una figura: una persona vestida con una gabardina negra, guantes oscuros, pantalones y botas del mismo color. Su rostro mostraba una sonrisa siniestra, iluminada por el destello moment¨¢neo de un trueno.
¡ªMoneda ¡ªdijo Desza, con nerviosismo.
Moneda respondi¨® d¨¢ndole un pu?etazo en el pecho, lanz¨¢ndolo escaleras abajo.
¡ª?SE?OR! ¡ªgrit¨® J?rgen, corriendo hacia la habitaci¨®n.
¡ªVaya, nunca imagin¨¦ que el perro de Barreto vendr¨ªa hasta aqu¨ª ¡ªdijo Desza, poni¨¦ndose de pie lentamente.
Moneda descendi¨® por las escaleras, deslizando su mano por la barandilla como si fuera due?o del lugar.
¡ªHace mucho fr¨ªo all¨¢ afuera, gracias por dejarme pasar. Me sorprende que hayan sido tan est¨²pidos como para secuestrar a la jueza m¨¢s importante de la O.M.G.A.B.
¡ªFuerza... la gran proeza que reconozco ¡ªrespondi¨® Desza, con un deje de burla mientras intentaba recomponerse.
Moneda corri¨® hacia ¨¦l, lo tom¨® del cuello y lo estamp¨® contra la pared.
¡ªQu¨¦ indigno.
J?rgen intent¨® abalanzarse sobre Moneda, pero este lo intercept¨®, tom¨¢ndolo del antebrazo y disloc¨¢ndoselo con un golpe seco. Luego lo agarr¨® de la nuca y lo estamp¨® contra el suelo.
¡ªJ?rgen Czacki Urumbo Axel. Trece a?os. Poderes: velocidad, metal y resistencia.
¡ªT¨²...
¡ªLos estudi¨¦ antes de venir. S¨¦ todo sobre ustedes. Tambi¨¦n s¨¦ que intentaron matar a Joaqu¨ªn. Eso es intolerable, y no lo dejar¨¦ pasar.
Desza solt¨® una carcajada mientras se pon¨ªa de pie.
¡ªSolo fue una broma. El mensaje era para Candado. Jam¨¢s pens¨¦ que ese idiota estar¨ªa all¨ª.
Moneda, con furia, corri¨® hacia Desza y le propin¨® un pu?etazo en la cara, estamp¨¢ndolo nuevamente contra la pared.
¡ªNo permitir¨¦ ninguna ofensa del inspector.
R?sse?s se lanz¨® hacia Moneda para golpearlo, pero este lo detuvo tom¨¢ndolo del cuello y lo estamp¨® contra las escaleras. Azricam desenvain¨® su espada y se abalanz¨® tambi¨¦n, pero cada estocada era esquivada con facilidad.
¡ªDemasiado lento, caracol.
Moneda rod¨® hacia ¨¦l y le dio una patada en el casco, haci¨¦ndolo perder el equilibrio y caer al suelo. Entonces, lo tom¨® de las piernas y lo lanz¨® contra el techo.
¡ªTrabajo f¨¢cil, dinero f¨¢cil.
De entre los escombros de la pared emergi¨® Desza con un machete en la mano.
¡ªMuere.
Moneda se gir¨® y lo desarm¨® con un rodillazo en la mu?eca, luego lo sujet¨® del cuello con ambas manos y lo levant¨® en el aire.
¡ªEsper¨¦ tanto tiempo para este momento... es un gran regocijo.
Comenz¨® a apretar el cuello de Desza con furia, aunque en su rostro solo hab¨ªa una sonrisa de satisfacci¨®n. Sin embargo, Desza volvi¨® a re¨ªrse.
¡ªEres fuerte y habilidoso, sin mencionar que eres muy listo, pero ¡ªdijo mientras forzaba las manos de Moneda¡ª, mi locura es mucho m¨¢s fuerte que el miedo y el dolor.
Con un esfuerzo desesperado, Desza logr¨® soltarse y le dio un rodillazo en la frente, obligando a Moneda a retroceder bruscamente. Pero Moneda sonri¨®.
¡ªBien, creo que fue suficiente.
Golpe¨® la insignia del Sem¨¢foro que llevaba en el pecho.
¡ªSe termin¨® el tiempo.
Desza mir¨® alarmado hacia la puerta de la habitaci¨®n donde ten¨ªa prisionera a Arce.
¡ªDockly.
Desza baj¨® la guardia y corri¨® hacia la habitaci¨®n. Dentro, solo encontr¨® un agujero en la pared y a Dockly inconsciente. Desza sonri¨® con incredulidad.
¡ªSon unos zorros.
Moneda reapareci¨® y le asest¨® un pu?etazo en el abdomen.
¡ªSigo siendo tu contrincante.
Desza le respondi¨® con un cabezazo, luego recogi¨® su machete, y la pelea se reanud¨®. Cuando sus subordinados se dispon¨ªan a intervenir, Desza levant¨® una mano.
¡ª?Alto! No se metan. Vayan a ayudar a Dockly y l¨¢rguense.
J?rgen, reajust¨¢ndose el brazo, acept¨® y dio la orden.
¡ªSeguro fue Glinka, ?verdad? Ella es la ¨²nica que puede hacer algo as¨ª sin hacer ruido.
¡ªCuerpo ruso, coraz¨®n argentino, la favorita de los Sem¨¢foro ¡ªmascull¨® Desza entre dientes, con un toque de fascinaci¨®n.
¡ªSeguro se sentir¨ªa alagada por ese cumplido.
¡ªJa, ?Tregua?
Moneda respondi¨® con un cabezazo, seguido de un pu?etazo en el pecho y una patada en el cuello que tumb¨® a Desza al suelo. Sin perder tiempo, Moneda le pis¨® el cuello con fuerza.
¡ªVeo que no ¡ªdijo Desza mientras sufr¨ªa.
¡ªEl juego ha terminado, Desza. Los gremios ganan, t¨² pierdes.
Pero en ese momento, el techo se vino abajo y una figura cay¨® de las sombras.
¡ªLo siento, cinco centavos, pero necesito al gringo.
Desza lo mir¨® y su expresi¨®n cambi¨® al reconocerlo.
¡ª??CANDADO?!
¡ªNo, no me confundas con ese cretino.
¡ª?Lo ves? Soy tan famoso que hasta la versi¨®n mejorada de Candado me conoce ¡ªdijo Desza, riendo con desprecio.
Moneda presion¨® su pie con m¨¢s fuerza en el cuello de Desza.
¡ªMuere, maldito.
La figura, que result¨® ser Sheldon, reaccion¨® y golpe¨® a Moneda en el pecho.
¡ªOdio repetir las cosas dos veces.
Moneda se puso de pie y los mir¨® a ambos.
¡ªEsto no quedar¨¢ as¨ª. Volver¨¦ por ustedes.
Sin decir m¨¢s, Moneda escap¨® por el agujero en la pared por donde Arce hab¨ªa huido. Sheldon mir¨® a Desza, que segu¨ªa en el suelo ri¨¦ndose d¨¦bilmente.
¡ªQu¨¦ destino tan loco ¡ªdec¨ªa entre risas ahogadas.
¡ªEres demasiado grande para perder la cabeza, ?verdad?
Desza se incorpor¨®, sacudi¨¦ndose el polvo.
¡ª?Qu¨¦ hace una cara tan familiar en mi morada?
¡ªVine porque no pude finalizar aquella reuni¨®n. Muchos huyeron, pero yo quiero una alianza. Mi familia quiere una vida en la que Candado no respire nuestro aire.
Desza aplaudi¨® lentamente.
¡ªBravo, bravo. Me alegra ver que hoy en d¨ªa hay m¨¢s motivaci¨®n.
¡ªQuiero matar a Candado.
¡ªTe adoro, te amo. Si tan solo hubiera m¨¢s personas con un deseo tan hermoso, tan excitante, tan¡­ bello.
¡ªMe dijeron que estabas loco, veo que ten¨ªan raz¨®n, pero ?qu¨¦ har¨¢s ahora que dos Sem¨¢foros se infiltraron en la reuni¨®n? Es seguro que hayan divulgado la informaci¨®n.
¡ªEso no interesa. No hay nada que ocultar; quiero que el mundo sepa de nuestra existencia.
Sheldon lo mir¨®, evalu¨¢ndolo.
¡ªEres un loco.
Desza ri¨®, exultante.
¡ªNo puedo esperar a ver al mundo hundido en el terror¡­ en el terror de T¨¢natos y el m¨ªo.
¡ªMe gustar¨ªa saber hasta d¨®nde quieres llegar.
¡ªBusquemos a mi equipo y ah¨ª lo discutimos.
¡ªEspero que esta alianza no falle.
¡ªNo fallar¨¢.
De repente, las alarmas de la polic¨ªa comenzaron a sonar desde la calle. Parec¨ªan ser muchos m¨¢s que la ¨²ltima vez.
¡ªJa, ja, ja, ?JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sheldon mir¨® a Desza con cierta desconfianza.
¡ªAqu¨ª es imposible aburrirse.
Desza tom¨® su machete.
¡ªS¨ªgueme, novato.
Subieron las escaleras a toda velocidad, y al llegar a la cima, Desza rompi¨® la puerta de una patada. El edificio abandonado daba a una calle transitada y, tal como esperaba, la polic¨ªa ya estaba all¨ª, bloqueando la salida.
¡ª?TIREN SUS ARMAS Y LEVANTEN LAS MANOS!
¡ªComo diga, oficial.
Sheldon alz¨® las manos, pero al hacerlo, las patrullas comenzaron a elevarse violentamente, solo para caer con estruendo sobre el asfalto. Desza no perdi¨® el tiempo; corri¨® hacia los polic¨ªas, degoll¨¢ndolos uno por uno con cortes r¨¢pidos y precisos, empap¨¢ndose el rostro de sangre.
¡ªAdoro la sangre. Sheldon mir¨® con frialdad aquel sujeto que hab¨ªa acabado con esas vidas. SE?AL Mientras Desza y Sheldon entablaban una alianza desconocida para Candado, ¨¦l y su familia disfrutaban de d¨ªas pac¨ªficos en su pueblo. H¨¦ctor, antes de marcharse al inicio de las vacaciones, dio una orden ¡ªo, mejor dicho, una solicitud¡ª de ocultar tanta informaci¨®n como fuera posible sobre la situaci¨®n que los rodeaba, como los Testigos y Circuitos. Deseaba que Candado pudiera relajarse y disfrutar al menos un mes junto a su familia, ya que se estaba recuperando f¨ªsica y mentalmente, seg¨²n confirmaban Clementina y Hammya. Las gotas de la llovizna golpeaban la ventana de Hammya, despert¨¢ndola. Su cabello, por otra parte, hab¨ªa comenzado a cambiar de color hac¨ªa unas semanas, torn¨¢ndose de un rojo claro. Seg¨²n ella, esto suced¨ªa cada mes de julio. ¡ªDios, no quiero levantarme ¡ªmurmur¨® mientras se tapaba la cara con la frazada¡ª. Hace fr¨ªo. Finalmente, apart¨® la frazada, se sent¨® en la cama, estir¨® los brazos y bostez¨®. ¡ªTengo que despertar a Candado. Se baj¨® de la cama y se mir¨® en el espejo, arregl¨¢ndose el cabello antes de salir de la habitaci¨®n. A¨²n somnolienta, se dirigi¨® al cuarto de Candado, se acical¨® y abri¨® la puerta. ¡ªCon permiso ¡ªsusurr¨® Hammya. El cuarto estaba oscuro. En el escritorio, una pila de libros y papeles; en la cama, Candado dorm¨ªa con un libro sobre la cara. ¡ªOh, vaya, trasnoch¨® otra vez. Hammya camin¨® hasta ¨¦l, le retir¨® el libro y puso su mano en su mejilla. Sin embargo, en cuanto su palma toc¨® su rostro, una mano emergi¨® de las s¨¢banas y la atrap¨®. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® Candado con los ojos cerrados. ¡ª?Est¨¢s despierto? ¡ªHammya, no hagas eso. ¡ªPerd¨®n. Candado apart¨® la mano y abri¨® los ojos. ¡ª?Dormiste bien? ¡ªle pregunt¨® mientras se levantaba de la cama. ¡ªS¨ª, gracias por preguntar ¡ªdijo, observando el desorden de papeles y libros en el escritorio¡ª. A ti no te pregunto; ya me lo imagino. ¡ªEra necesario, no pude pegar un ojo en toda la noche. No me llegan los diarios ni noticias de los dem¨¢s gremios, as¨ª que tuve que distraerme para aliviar el estr¨¦s. ¡ª(Eso es porque suger¨ª a H¨¦ctor que bloqueara las noticias) De todos modos, no es bueno para tu salud. Candado sali¨® de la cama, vestido con un pantal¨®n negro y una remera roja. Se dirigi¨® al ba?o, encendi¨® la luz y tom¨® su cepillo de dientes, mir¨¢ndose en el espejo. ¡ª?A¨²n sigues ah¨ª? ¡ªSolo quiero asegurarme de que no te vas a dormir de nuevo. Candado comenz¨® a cepillarse los dientes, sin prestarle demasiada atenci¨®n, luego se enjuag¨® la boca y volvi¨® a mirarse en el espejo. ¡ª?Clementina no te necesita? ¡ª?Me est¨¢s echando? ¡ªpregunt¨® con una mirada tierna y ojos suplicantes. ¡ªS¨ª, si no quieres ir por la puerta, tambi¨¦n puedes salir por la ventana¡­ aunque no tenemos escaleras. ¡ªLuego tron¨® los dedos¡ª. ?Cu¨¢l prefieres? Te recomiendo la ventana; llegas m¨¢s r¨¢pido. Hammya solt¨® una carcajada. ¡ªOye, ?eres consciente de lo que dijiste, verdad? ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® entre risas. ¡ªNo vayas a mear en mi habitaci¨®n. Hammya se re¨ªa tanto que termin¨® arrodillada, perdiendo la compostura. ¡ªC¨¢lmate ni?a est¨¢s exagerando ahora, no soy un payaso ni un comediante. Hammya se recuper¨® y, suspirando profundamente, salt¨® sobre Candado, tir¨¢ndolo al suelo y quedando encima de ¨¦l. Coloc¨® una mano en su cuello y acerc¨® un borrador de l¨¢piz a sus ojos. ¡ªVenganza ¡ªsonri¨®. Candado la mir¨® a los ojos. ¡ªYa veo, es por aquello, cuando entraste aqu¨ª y te tir¨¦ al suelo. Pero¡­ ¡ªse?al¨® el borrador¡ª no ten¨ªa un arma tan cutre como esa. ¡ªNo importa, una victoria es una victoria. Me sorprende que hayas bajado la guardia. ¡ªEstoy en mi casa, no tengo por qu¨¦ estar en alerta con mi familia. Aunque t¨² eres la excepci¨®n. Hammya sinti¨® algo en su abdomen, baj¨® la mirada y vio que era la mano de Candado sosteniendo un cepillo. ¡ªPero¡­ ¡ªHammya lo mir¨®, perpleja¡ª. ?Qu¨¦ es esto? ¡ªTe falta mucho, pero mucho. Hammya solt¨® el borrador y se apart¨® de ¨¦l. ¡ªSi fueras un enemigo, mi cepillo estar¨ªa rojo en lugar de rosado. ¡ª?No lo hab¨ªas guardado? ¡ªCuando te vi con esa actitud, supuse que me har¨ªas algo¡­ algo que solo t¨² podr¨ªas provocar. Hammya mir¨® el cepillo. ¡ªDa igual. Si no tienes nada m¨¢s en mente que venganza, puedes irte ya. ¡ª?Por qu¨¦ el cepillo es rosado? Candado lo examin¨® y lo alz¨® a la altura de sus ojos. ¡ª?Qu¨¦? ?Es extra?o? ¡ªBueno, no s¨¦¡­ no es muy¡­ Candado encogi¨® los ojos. ¡ª?Muy que? ¡ª¡­Nada, solo pens¨¦ que eras m¨¢s del morado, violeta o hasta el purpura Candado hizo un gesto con los labios. ¡ªHammya... mi color favorito es el rosado. ¡ªOh, eso no me lo esperaba ni en diez vidas. ¡ªPero te llam¨® la atenci¨®n, ?no? ¡ª?Por qu¨¦ no uno azul, rojo o algo as¨ª? Digo, hasta tu boina es azul. ¡ªPorque me me gusta el color, y se acab¨®. ¡ªBueno, mientras seas feliz, no me importa. ¡ª?No te importa? A Hammya se le subi¨® la temperatura. ¡ªSe supone que a m¨ª no me deber¨ªa importar, pero ?por qu¨¦ no te importa a ti? Hammya se tranquiliz¨® lentamente, aunque su verg¨¹enza no se fue tan r¨¢pido, y en esa situaci¨®n no pod¨ªa hablar sin tartamudear o decir algo sin pensarlo.This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there. ¡ªPero si dices que no te importa, entonces est¨¢ bien, creo. Candado guard¨® su cepillo de dientes, se volvi¨® hacia Hammya y la mir¨®. ¡ªNi?a, s¨¦ que a ti te importa poco todo lo que te digo, pero ahora me voy a desvestir para poder ba?arme y cambiarme. ¡ªOh, bueno, te espero abajo, pero antes¡­ ¡ªL¨¢rgate. Hammya guard¨® silencio, se encogi¨® de hombros y sali¨® de la habitaci¨®n. La puerta se cerr¨® a sus espaldas. ¡ª¡­ ¡ªTodav¨ªa escucho tu respiraci¨®n. Hammya ri¨® por lo bajo y se alej¨®. Mientras bajaba las escaleras, un suave tarareo suyo llenaba la casa y llegaba a los o¨ªdos de la beb¨¦ Karen, quien sonre¨ªa y aplaud¨ªa, llamando la atenci¨®n de Europa. ¡ª?Qu¨¦ pasa, mi cielo? ¡ªpregunt¨® Europa mientras la alzaba y le besaba la mejilla. ¡ªEs la se?orita Hammya ¡ªdijo Clementina, recostada en el sill¨®n con una almohada en la cabeza. ¡ªHola. ¡ªBuenos d¨ªas, Hammya. ?Dormiste bien? ¡ªS¨ª, muy bien, gracias por preguntar. Baj¨® un escal¨®n m¨¢s y mir¨® a Clementina. ¡ª?Te pasa algo? ¡ªNada, se?orita Hammya. Estoy aburrida, no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s hacer ¡ªdijo, rodando hacia su izquierda y cayendo boca abajo en el suelo¡ª. Qu¨¦ aburrida es la vida de un robot como yo, no hay nada que hacer, nada que ver y nadie a quien molestar. Europa solt¨® una risilla y fij¨® su atenci¨®n en Hammya. ¡ª?Fuiste a ver a mi hijo? ?Sigue durmiendo? ¡ªNo, ya se ha levantado. ¡ªBueno, yo¡­ ¡ªEstupendo ¡ªinterrumpi¨® Hip¨®lito, vestido como un chef franc¨¦s, sin su gorro tradicional¡ª. Ll¨¢malo para desayunar. ¡ªEnseguida ¡ªdijo Hammya con una sonrisa. Subi¨® las escaleras nuevamente, se acerc¨® a la puerta de Candado y comenz¨® a golpear suavemente mientras dec¨ªa: ¡ªHola, hola, hola, hola, hola, hola, hola, hola. La puerta se abri¨®, y apareci¨® un Candado envuelto en una bata negra, con el cabello mojado y sosteniendo una toalla alrededor del cuello. Sus ojos, llenos de ira, reflejaban su paciencia agotada. ¡ª??QU¨¦ ES LO QUE QUIERES?! ¡ª?Estabas ocupado? ¡ª?SAL¨ª DE MI BA?O CALIENTE PARA ATENDER LOS MALDITOS GOLPES EN MI PUERTA Y LOS DOLOROSOS SONIDOS DE TUS MALDITAS CUERDAS VOCALES! Candado se agitaba, pero Hammya sonri¨®. ¡ªPerd¨®n, pero te llaman, el desayuno est¨¢ listo. Candado cerr¨® la puerta. Justo cuando Hammya estaba por volver a llamar, Candado la abri¨® de nuevo, con una mirada intensa. ¡ªQue ni se te ocurra ¡ªluego cerr¨® la puerta¡ª. Ahora vete. Candado se alej¨® de la puerta y se dirigi¨® al ba?o. ¡ª?Necesitas ayuda? ¡ªpregunt¨® un T¨ªnbari en la ba?era. ¡ªEmpieza por irte de aqu¨ª, luego te dar¨¦ m¨¢s instrucciones. T¨ªnbari le gui?¨® el ojo izquierdo, provocando que Candado le lanzara el champ¨², pero antes de que lo golpeara, T¨ªnbari desapareci¨® y el champ¨² se estrell¨® contra el muro, derramando su contenido. ¡ªQu¨¦ hijo de¡­ Por otro lado, Hammya bajaba las escaleras dando saltitos. ¡ªMisi¨®n cumplida, el objetivo ya ha sido avisado; est¨¢ d¨¢ndose un ba?o ¡ªdijo Hammya, haciendo un saludo militar. ¡ªBien hecho, cadete ¡ªdijo Europa. Ambas chocaron los cinco. ¡ª?La se?ora ha vuelto a su estado infantil? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªClaro que no, su actitud cambi¨® dr¨¢sticamente cuando naci¨® Gabriela ¡ªdijo Arturo, sentado en el sill¨®n viendo la tele. ¡ª?En serio? ¡ªOh s¨ª, era muy fr¨ªa, pero cuando la conoc¨ª, empez¨® a derretirse lentamente. Pero cuando naci¨® Gabriela, la frialdad desapareci¨® ¡ªdijo Arturo, mirando a Europa¡ª. No importa cu¨¢ntos a?os pasen, sigue siendo hermosa. ¡ªYa veo, debe ser mutuo. ¡ªClaro que lo es ¡ªdijo el se?or Barret sonriente. En ese momento, Candado baj¨® las escaleras, vestido con pantalones largos rojos, zapatos marrones, camisa blanca, chaleco rojo y su caracter¨ªstica boina azul. ¡ªHace fr¨ªo hoy ¡ªdijo ir¨®nicamente el se?or Barret. ¡ªLo sent¨ª venir, as¨ª que no te preocupes ¡ªrespondi¨® Candado, devolviendo la burla. Europa y Hammya salieron de la cocina en perfecta coordinaci¨®n. ¡ªEso fue r¨¢pido ¡ªse sorprendi¨® Hammya. ¡ªCuando no tengo ganas, acelero mi ba?o. ¡ªOh, hijo, est¨¢s aqu¨ª. ¡ªNo, estoy arriba¡­ ¡ªCandado se atragant¨® y comenz¨® a sudar¡ª. Carajo, lo hice sin pensar. Cuando volte¨®, ten¨ªa frente a ¨¦l la figura de su madre. ¡ªLo siento. Resignado, Candado se quit¨® la boina, inclin¨® la cabeza y cerr¨® los ojos. Europa, en vez de molestarse, le acarici¨® la cabeza. ¡ªYa, ya, no pasa nada; yo tambi¨¦n hac¨ªa eso. Candado levant¨® la cabeza y se coloc¨® la boina de nuevo sin dejar de mirar a su madre. ¡ªPerd¨®n, tendr¨¦ cuidado, mami. La se?ora Barret palme¨® la cabeza de Candado una vez m¨¢s y regres¨® a la cocina, no sin antes gui?ar un ojo a Hammya y levantar disimuladamente el pulgar. ¡ªMe alegra que est¨¦s de buen humor hoy ¡ªdijo la abuela Andrea. ¡ªNo te metas en mi mente. ¡ªLo siento, no puedo evitarlo. Cuando Candado estaba a punto de hablar, su madre lo interrumpi¨®. ¡ªA comer. Todos se levantaron y se dirigieron a la cocina. Candado tambi¨¦n se preparaba para ir, cuando alguien llam¨® a la puerta. Candado se detuvo y mir¨® hacia la entrada, pero Clementina fue m¨¢s r¨¢pida. ¡ªVaya a comer, se?or. Yo me encargo. Candado se acomod¨® la boina y sali¨® de la sala. Clementina lleg¨® a la puerta, se acomod¨® la corbata y la abri¨®. Detr¨¢s, hab¨ªa un rostro familiar y sonriente: German. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª con este viento? ¡ªVine porque necesito ver a Candado. ¡ª?Es urgente? ¡ªNo, claro que no ¡ªdijo German elegantemente. Clementina se hizo a un lado y lo dej¨® pasar. ¡ªAdelante, el se?or est¨¢ comiendo. ¡ªOh, lamento interrumpir. Creo que volver¨¦ luego. ¡ªNo, no pasa nada, hasta los psic¨®patas son bienvenidos. Acomp¨¢?anos. ¡ªMe alaga saber que tengo un lugar ah¨ª. En ese momento, el se?or Barret regresaba del lavabo. ¡ªBen¨ªtez, ?C¨®mo anda la familia? ¡ªluego abraz¨® a German y le dio palmadas en la espalda. ¡ªMe alegro de que el don se haya dado cuenta de que tiene un hijo. German siempre hablaba de forma tajante, aunque sonriendo. Nunca perdon¨® a los padres de Candado por desatender a su hijo. ¡ªBueno, esos d¨ªas quedaron atr¨¢s. ¡ªM¨¢s le vale, se?or ¡ªdijo German sin perder la sonrisa. ¡ªNo peleen aqu¨ª. ¡ªNo te preocupes, Clem. Pasar¨¦ humildemente la invitaci¨®n. ¡ªMi cielo, ven a comer ¡ªdijo la se?ora Barret desde la cocina. German, que estaba a punto de irse, se detuvo y mir¨® a Clementina con una sonrisa traviesa. ¡ª?La se?ora Barret est¨¢ aqu¨ª? ¡ªClaro. ¡ªBien. German cerr¨® la puerta y camin¨® hacia Clementina. ¡ªEso cambia todo. Acepto la invitaci¨®n. Luego, camin¨® hacia la cocina mientras se quitaba los guantes negros. ¡ªCreo que va a hacer lo mismo con mi esposa. ¡ªNo lo dude, se?or Barret. German ha querido hacer esto hace tiempo, pero nunca tuvo la oportunidad. German hizo una entrada dram¨¢tica, exagerando su lenguaje corporal. Estaba bastante animado. ¡ªBuenos d¨ªas, familia Barret ¡ªdijo, inclin¨¢ndose ante ellos. ¡ªNo somos de la nobleza ni monarcas. As¨ª que, por favor, lev¨¢ntate ¡ªdijo Candado. ¡ªOh, claro que s¨ª, claro que s¨ª. German puso toda su atenci¨®n en la se?ora Barret, quien le sonri¨®. ¡ªSi¨¦ntate. Mi mesa es tu mesa. ¡ªGracias, Candado. German se sent¨® a la derecha de Candado; a su izquierda estaba Hammya. Apenas se sent¨®, Clementina se acerc¨® y le puso algo punzante en la nuca, disimuladamente. ¡ªYo le servir¨¦, German ¡ªluego se inclin¨® y susurr¨® en su o¨ªdo¡ª. Si te atreves a incomodar a la se?ora Barret o a Candado, te har¨¦ pagar de la forma m¨¢s cibern¨¦ticamente posible. ¡ªTr¨¢eme un vaso de agua ¡ªluego German la mir¨® con una sonrisa intimidatoria¡ª. Por favor. Clementina, molesta, fue a la cocina. Cuando regres¨®, coloc¨® el vaso de mala gana a su lado y se sent¨® a la derecha de la se?ora Barret. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªNo, nada, se?ora Barret. Clementina lanz¨® una mirada de advertencia a German, quien respond¨ªa con una sonrisa. La familia estaba completa, a excepci¨®n de Hip¨®lito, quien no est¨¢ dise?ado para comer, y la abuela Andrea. La familia disfrutaba del estofado de arroz, uno de los platos favoritos de Candado. Conversaban, y Hammya dec¨ªa cosas sin sentido, pero hac¨ªan re¨ªr a todos. Clementina, sin embargo, no bajaba la guardia. Cuando todos terminaron de comer, German habl¨®. ¡ªEntonces¡­ Clementina reaccion¨®, transformando su mano izquierda en un arma de balines. ¡ª?Entonces? ¡ªpregunt¨® Candado. German cerr¨® los ojos. ¡ªTodos est¨¢n felices, todos son una familia. ¡ªClaro ¡ªdijo Candado con una sonrisa. ¡ªMe alegro. ¡ª?Qu¨¦? ¡ª?Sucede algo, Clementina? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªNo, nada. No te preocupes por m¨ª. Clementina se tranquiliz¨® un poco, pero no baj¨® la guardia. ¡ªMe alegro por usted, Candado. German se levant¨®, llev¨® su plato a la cocina y luego volvi¨® hacia Candado. ¡ªNecesito que venga conmigo, por favor. ¡ª?Ahora? ¡ªAhora. ¡ª?Sucede algo? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. ¡ªNo pasa nada, tranquila. Candado se levant¨®, chasque¨® los dedos, y su silla se guard¨® sola. Fue a la cocina, se lav¨® las manos y regres¨®. ¡ªBien, vamos afuera. ¡ªTen cuidado, mi cielo ¡ªdijo la se?ora Barret. ¡ªNo vuelvas tarde ¡ªdijo el se?or Barret. ¡ªNo se preocupen. Candado sali¨® con German y cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l. ¡ª?C¨®mo sab¨ªas que te iba a sacar de la casa? ¡ªNo lo sab¨ªa. Solo quer¨ªa estar en la calle. ¡ªYa veo. Candado se recost¨® en el faro junto a la puerta. ¡ª?Qu¨¦ sucede? Germ¨¢n sac¨® de su bolsillo un sobre celeste con lunares blancos. ¡ªEsto es poco habitual ¡ªsuspiraba Candado mientras agarraba la carta. ¡ªParece que se enter¨® de la ni?a Saillim. Candado mir¨® a Germ¨¢n entrecerrando los ojos. ¡ªNo me digas. Luego, mir¨® el sobre, lo abri¨® con cuidado y meti¨® su mano izquierda dentro, sacando una cadena con un coraz¨®n hecho de rub¨ª. ¡ª?Truth? ¡ªAs¨ª es, la de las ruedas bonitas. ¡ªParece que descubri¨® algo importante como para darme ese collar. ¡ª?Qu¨¦ significa? ¡ªLo siento, pero eso es algo entre ella y yo. ¡ªYa veo, entonces, ?ir¨¢s? ¡ªClaro que ir¨¦. ¡ªCandado guard¨® el collar en su bolsillo, luego abri¨® la puerta¡ª. ?Hammya, v¨ªstete y ven! Luego cerr¨® la puerta. ¡ªVeo que lo llevas bien. ¡ª?Disculpa? ¡ªSupe que esa ni?a est¨¢ haciendo bien las cosas. ¡ªYa veo, me alegro. ¡ªSuena vac¨ªo eso, ?hay algo m¨¢s? ¡ªLa verdad, le tengo miedo. Germ¨¢n borr¨® su sonrisa. ¡ª?Miedo? ¡ªLa verdad, es muy aterrador su forma de ser. Germ¨¢n volvi¨® a su habitual sonrisa. ¡ªYa veo, no me preocupes, pens¨¦ que era algo serio. ¡ª?Qu¨¦ pensaste? ¡ªNada, mi amigo. ¡ªHammya es la primera persona que conozco que hace mucho ruido, es molesta, terca y amable¡­ y que hizo que yo le est¨¦ muy agradecido desde el fondo de mi coraz¨®n. ¡ªYa lo creo. En ese momento, la puerta se abri¨®. ¡ªYa estoy lista. Candado mir¨® a Hammya. ¡ªEsmeralda, ?Cu¨¢ndo es tu cumplea?os? ¡ªEl 6 de diciembre, ?por? ¡ªSolo quer¨ªa saberlo, me gustar¨ªa darte algo especial. ¡ª?Me dar¨¢s un regal¨®? ¡ªTal vez s¨ª o...bueno, es posible que te d¨¦ algo. ¡ªJejeje, ahora tengo un motivo m¨¢s para esperar con ansias mi cumple. Luego Candado le dio la espalda, chasque¨® los dedos, y de su ventana vino su gabardina de cuero negro. ¡ªGenial, sigue siendo espectacular ¡ªdijo Germ¨¢n. ¡ªMuy bien, en marcha. SAGRADA VERDAD Despu¨¦s de un largo viaje en micro hasta la ciudad de Resistencia, Candado suspir¨® al bajar del autob¨²s, seguido de cerca por German, quien no tard¨® en protestar. ¡ªCandado, ?por qu¨¦ tuvimos que venir de este modo? ¡ªPara ahorrar gastos. ¡ªNo me gusta el transporte p¨²blico ¡ªcoment¨® German con una sonrisa, sacudiendo su traje. Candado mir¨® alrededor, como si buscara algo. ¡ª?D¨®nde est¨¢ el¡­? ¡ªAll¨ª est¨¢ Ern¨¦st ¡ªse?al¨® German hacia un coche rojo que se acercaba. Candado entrecerr¨® los ojos al reconocer a la conductora. ¡ª?Alicia? ?Qu¨¦ hace ella aqu¨ª? ¡ªEs nuestra chofer, Ern¨¦st ¡ªrespondi¨® German. ¡ªSe supon¨ªa que tomar¨ªa un remis ¡ªrefunfu?¨® Candado. ¡ªSubamos, es gratis ¡ªdijo Hammya, corriendo hacia el auto con entusiasmo. ¡ªUno de estos d¨ªas, German, recuerda mis palabras: la van a secuestrar por ser demasiado confiable. Vamos, andando. Candado y German se apresuraron a subir al coche. German tom¨® el asiento delantero, ya que Alicia se lo hab¨ªa prohibido a Hammya. ¡ªHola, Candado, y gracias nuevamente por darme este empleo ¡ªdijo Alicia, sonriendo mientras ¨¦l cerraba la puerta del coche. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªrespondi¨® Candado, abroch¨¢ndose el cintur¨®n de seguridad. Mir¨® de reojo a Hammya, que estaba enfurru?ada. ¡ªNo es justo, yo quer¨ªa ir adelante ¡ªse quej¨® ella. Candado, con una sonrisa apenas disimulada, tom¨® el cintur¨®n de Hammya y lo abroch¨® como si fuera una ni?a peque?a. ¡ªOh, gracias¡­ ?Espera! ?Yo pod¨ªa hacerlo sola! ¡ªexclam¨®, molesta. ¡ªC¨¢llate ¡ªrespondi¨® ¨¦l, y luego mir¨® a Alicia¡ª. Arranca, por favor. ¡ªSim¨®n ¡ªdijo Alicia, poniendo el auto en marcha. Unos minutos despu¨¦s, Alicia mir¨® a Hammya por el espejo retrovisor. ¡ªPor cierto, Candado, ?qui¨¦n es la ni?a? ¡ªAh, ella es Hammya Saillim. Hammya, ella es Alicia S¨¢nchez. ¡ªUn gusto, ni?a¡­ de cabello verde ¡ªcoment¨® Alicia, sin poder evitar mencionar el detalle. German solt¨® una risa breve. ¡ªAlicia tiene una habilidad especial: puede percibir los sentimientos de las personas. ¡ªGenial, dime, ?qu¨¦ ves? ¡ªpregunt¨® Hammya, intrigada. Candado intervino, advirti¨¦ndole en tono serio. ¡ªHammya, cometiste un error. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªElla contar¨¢ todas tus intimidades. ¡ªNo te preocupes, Candado, me controlar¨¦ ¡ªprometi¨® Alicia, aunque miraba a Hammya con una expresi¨®n de curiosidad en sus ojos. Alicia volvi¨® a mirarla por el espejo retrovisor. ¡ªMmm¡­ tus latidos son suaves, eres una persona gentil. Tu primer esp¨ªritu es bondadoso, carism¨¢tico y un poco¡­ tambaleante. ¡ªGenial ¡ªrespondi¨® Hammya, interesada. ¡ªA¨²n no termino. Silencio, hija m¨ªa. ¡ªTienes veinte a?os; no hables como si tuvieras treinta ¡ªbrome¨® Candado. ¡ªShhh, silencio, Candado ¡ªdijo Hammya, haci¨¦ndole un gesto para que dejara de hablar. Alicia continu¨®. ¡ªTu segundo esp¨ªritu es salvaje, terco y admirable. Parece un mar de fuego, arena y agua. Eres muy decidida cuando se trata de proteger a tus amigos y familiares, pero te cuesta enfrentarte a tus propios miedos. Adem¨¢s¡­ oh, vaya. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Dime, dime! ¡ªinsisti¨® Hammya. Alicia dej¨® escapar una risilla. ¡ªEres audaz, pero muy dependiente de una figura importante para ti, alguien que tiene un lugar reservado en tu coraz¨®n. German la mir¨® por el espejo, curioso. ¡ªEs alguien a quien admiras profundamente, alguien a quien deseas ver feliz. Hay tanto sentimiento en esa persona que podr¨ªa pasar la vida entera describiendo c¨®mo te sientes y no ser¨ªa suficiente. ?Qui¨¦n es esa persona a quien le das un abanico de sentimientos? Hammya, avergonzada, baj¨® la ventanilla y asom¨® la cabeza, buscando un poco de aire fresco. ¡ª?Oye! ¡ªgrit¨® Candado, agarr¨¢ndola de los hombros y tirando de ella hacia adentro¡ª. ?Est¨¢s loca? Es peligroso sacar la cabeza con el auto en movimiento. ¨¦l la observ¨® con atenci¨®n, notando algo extra?o. ¡ªTu temperatura no es normal¡­ est¨¢s sudando mucho, y tu cuello y mejillas est¨¢n rojos. ¡ªEs solo que¡­ fue un golpe duro, muy duro. ¡ªPerd¨®n, creo que me pas¨¦ otra vez. No deb¨ª decir tanto ¡ªse disculp¨® Alicia. ¡ªNo, es mi culpa. ¡ª?Por qu¨¦ no hablamos del clima? ¡ªsugiri¨® German, buscando desviar la conversaci¨®n. ¡ªBuena idea, entonces¡­ el clima hoy es¡­ Una hora de conversaciones triviales despu¨¦s, el auto lleg¨® a su destino: una gran mansi¨®n blanca, elegante pero no excesiva. El coche se detuvo frente a la entrada. ¡ªLlegamos ¡ªmurmur¨® Candado, mirando por la ventana. ¡ªGran observaci¨®n ¡ªreplic¨® Hammya, vacil¨¢ndolo. Sin decir nada, Candado le apret¨® suavemente la mejilla con la mano izquierda, sin despegar la vista de la ventana. ¡ªVeo que te has vuelto m¨¢s impertinente ¡ªcoment¨®, sonriendo mientras la manten¨ªa atrapada con la mano. Hammya chillaba y trataba de soltarse, mientras German y Alicia observaban la escena con diversi¨®n. ¡ªGracias por traernos ¡ªdijo German, agradecido. ¡ªEs lo m¨ªnimo que puedo hacer ¡ªrespondi¨® Alicia, con una sonrisa c¨¢lida¡ª. Todav¨ªa me queda mucho por agradecerles. ¡ªEst¨¢s exagerando ¡ªreplic¨® Candado, mientras a¨²n apretaba las mejillas de Hammya. ¡ª?Su¨¦ltame, buh! ¡ªse quej¨® ella, frot¨¢ndose las mejillas. ¡ªClaro ¡ªCandado estir¨® sus mejillas una vez m¨¢s y luego procedi¨® a soltarla. Candado baj¨® del coche y camin¨® hacia la entrada de la casa. Hammya lo sigui¨®, a¨²n toc¨¢ndose la cara donde ¨¦l hab¨ªa presionado con sus dedos. ¡ªPerd¨®n¡­ ¡ªdijo Hammya, en voz baja. ¨¦l la observ¨® en silencio, y luego se quit¨® el guante de su mano derecha, mostrando su palma. Levant¨® su mano hacia su propio ment¨®n y presion¨® los dedos sobre la piel con fuerza. ¡ªCandado¡­ Levant¨® la mano izquierda, indic¨¢ndole que no continuara. Luego retir¨® la mano de su ment¨®n, dejando a la vista varias marcas. En ese momento, German baj¨® del auto y estaba a punto de unirse a ellos cuando Alicia lo detuvo. ¡ªOye, ?la persona a la que ella guarda en su coraz¨®n... es ¨¦l? ¡ªpregunt¨® con una sonrisa. ¡ª?Qui¨¦n sabe? ¡ªrespondi¨® German, tambi¨¦n sonriendo. ¡ªBien, me la juego a que si es as¨ª entonces. ¡ªInteresante apuesta, nos vemos luego. ¡ªVoy a dar unas vueltas por la zona. Ll¨¢menme cuando terminen. ¡ªLo har¨¦. ¡ªBye Alicia subi¨® la ventanilla y se alej¨® en el auto. En ese instante, la puerta de la casa se abri¨®, y apareci¨® un hombre calvo, de bigote y gafas. Al ver a Candado, esboz¨® una expresi¨®n sorprendida. ¡ªVaya, Candado, qu¨¦ sorpresa ¡ªluego se fij¨® en los moretones de su rostro¡ª. ?Qu¨¦ te pas¨®? ¡ªMe lastim¨¦. ¡ªDios m¨ªo, pasa ¡ªluego mir¨® a Hammya y a German¡ª. Ustedes tambi¨¦n, adelante. Una vez dentro, el hombre tom¨® a Candado de la mano y lo llev¨® a la cocina. ¡ªVoy a darte algo para que no se inflame. ¡ª?Oh? Bueno. Mientras tanto, German se acerc¨® a Hammya y le puso una mano en el hombro. ¡ªAcomp¨¢?ame. German la gui¨® hasta el sal¨®n, un espacio amplio y decorado con gran lujo. ¡ª?Ya hab¨ªas estado aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªS¨ª, no me gusta, pero s¨ª. ¡ªMe sorprende que lo digas as¨ª. ¡ªTener una mala actitud complica mucho las cosas para todos, nos lleva a tomar decisiones equivocadas, por ende, decisiones molestas. ¡ªPero¡­ ¡ª?S¨ª? ¡ªNunca dejas de sonre¨ªr. ?Por qu¨¦? ¡ª?Qui¨¦n sabe? Sonre¨ªr es lo que me ha dado fuerzas. ¡ª?Fuerzas? ¡ªO quiz¨¢ pereza, no s¨¦. No tengo una historia tr¨¢gica ¡ªdijo German, tomando un diario que estaba sobre la mesa. Hammya observ¨® una cicatriz en su rostro y estuvo a punto de preguntar, pero se contuvo, siempre tuvo la duda del porque ten¨ªa una cicatriz tan llamativa ?Por qu¨¦ parec¨ªa un cuatro?. ¡ªOye, lo siento, pero escuch¨¦ que discut¨ªas con el pap¨¢ de Candado. ¡ªOh, tienes buen o¨ªdo, especialmente porque lo hice en un lugar donde nuestras voces no deber¨ªan escucharse desde la cocina. ¡ªBueno, mi mam¨¢...la se?ora Barret, me dijo que me lavara las manos antes de comer, pero cuando volv¨ª del lavabo, o¨ª su conversaci¨®n. Cre¨ª que ibas a discutir con ¨¦l por la forma en la que te dirigiste a ¨¦l. ¡ªUn equivocaci¨®n llamativa, pero quer¨ªa hacerlo, de verdad. Quer¨ªa darle un serm¨®n, pero no me atrev¨ª porque Candado estaba feliz, ser¨ªa molesto e impr¨¢ctico hacerlo.Unauthorized usage: this tale is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. ¡ª?Feliz? Ten¨ªa la misma expresi¨®n seria de siempre en la mesa. ¡ªSu voz no era ¨¢spera ni dura como suele ser la mayor parte del tiempo. Era suave y tranquila, y hasta sonri¨® durante la conversaci¨®n. ¡ª?Y? ¡ªSi Candado est¨¢ feliz, entonces no hay necesidad de armar un esc¨¢ndalo¡­ por ahora. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªTodav¨ªa quiero darle un serm¨®n a Europa. Esperar¨¦ el momento adecuado. ¡ª?Para hacer qu¨¦? ¡ªinterrumpi¨® Candado, entrando con unas peque?as vendas. ¡ªNada, es algo personal. ¡ªBien, andando. Hammya, no te separes de m¨ª. ¡ª?D¨®nde est¨¢ la se?ora de la casa? ¡ªpregunt¨® German. ¡ªEn el jard¨ªn, regando. ¡ª?Las plantas? ¡ªpregunt¨® Hammya, inocente. Candado cerr¨® los ojos con fuerza. ¡ª (Contr¨®late, haz de cuenta que no lo dijo.) ¡ªEn fin, es hora, quisiera terminar para regresar a casa lo antes posible ¡ªdijo Candado, mirando su reloj. ¡ªClaro, lo que digas ¡ªrespondi¨® German. Candado hizo una se?al con su boina, y German, entendiendo de inmediato, asinti¨®. Hammya, en cambio, no comprendi¨® el gesto, pero se dej¨® guiar por el ambiente. El tr¨ªo subi¨® al segundo piso hasta la habitaci¨®n de Holy. La puerta era de madera fina, de un color salm¨®n suave. ¡ªPrep¨¢rate, Esmeralda ¡ªle susurr¨® German a Hammya. Candado toc¨® la puerta. ¡ªPasen. La puerta se abri¨® sola, d¨¢ndoles paso. La habitaci¨®n era grande, con el aspecto de una sala de estar m¨¢s que de un dormitorio. Solo ten¨ªa una ventana, enorme, con una cortina blanca que cubr¨ªa toda su extensi¨®n. Tambi¨¦n hab¨ªa una puerta de cristal que daba al balc¨®n. La decoraci¨®n era infantil, con peluches, juguetes y un tapizado rosa con un gran coraz¨®n rojo en el centro. En medio de todo, sentada en una silla de ruedas, estaba Sara de Holy Truth, una joven de cabello negro, ojos rojos y vestida con un camis¨®n blanco. ¡ªBuenos d¨ªas, Candado, German y Hammya. Los estaba esperando. Candado coloc¨® una mano en el hombro de Hammya, deteni¨¦ndola un poco. ¡ªEres muy insistente, Sara. En un d¨ªa como hoy¡­ ¡ªLamento interrumpir tu descanso, pero no pod¨ªa esperar. ¡ªEres muy caprichosa, se?orita Sara ¡ªdijo German, adelant¨¢ndose. ¡ªGerman, tan arrogante como siempre. ¡ªBasta de discusiones ¡ªdijo Candado¡ª. Aqu¨ª estoy, Sara. ?Qu¨¦ es lo que quieres exactamente? ¡ªSolo quer¨ªa verla a ella. ¡ªTen¨ªa raz¨®n¡­ ¡ªsusurr¨® German a Candado. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªSolo quer¨ªa saludar a alguien como ella. Candado alz¨® una ceja. ¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªpregunt¨® German, esbozando una sonrisa. ¡ªAntes de nada, muestra tu verdadera forma ¡ªorden¨® Candado. La ni?a alz¨® una ceja y se recost¨® en su silla, esbozando una leve sonrisa. ¡ªSi Candado lo dice, entonces lo har¨¦. Al instante, la piel de Sara comenz¨® a tornarse azul, y de su cabeza brotaron dos cuernos peque?os, similares a los de un alce. Sus dientes se transformaron en colmillos afilados como los de un tibur¨®n, mientras que sus p¨¢rpados y parte de sus sienes se ti?eron de blanco. En su frente apareci¨® un sol eclipsado de color negro, y una cola puntiaguda, semejante a la de un lagarto, surgi¨® en su espalda baja. ¡ªSe siente bien mostrarme ante ustedes. Fingir tanto tiempo es agotador ¡ªdijo Sara, relajada. Hammya, entre asombrada y horrorizada, la mir¨® con los ojos bien abiertos. ¡ª?Qu¨¦ eres? ¡ªSoy como t¨²¡­ un monstruo. ¡ªHammya no es as¨ª, Sara ¡ªintervino German. ¡ªClaro que lo es, German. Ella es igual a m¨ª. ¡ª?Sara! ¡ªexclam¨® Candado, furioso. Hammya pos¨® suavemente una mano en su hombro, logrando calmarlo. Candado respir¨® hondo, se seren¨® y aclar¨® su garganta antes de continuar. ¡ªNo la llames as¨ª. ¡ªNo soy yo quien la llama as¨ª ¡ªreplic¨® Sara¡ª. Ustedes, las personas, nos llaman de esa forma: a m¨ª, a Krauser, a la innombrable, a Luis, a Grenia¡­ y qui¨¦n sabe a cu¨¢ntos m¨¢s. ¡ªYo no soy ellos, no te confundas. No soy la sociedad ni la humanidad; yo hablo solo por m¨ª. Nunca he usado esa palabra contigo ni con nadie m¨¢s. Sara lo mir¨®, impresionada. ¡ªSiempre has sido alguien interesante, Candado, pero la conversaci¨®n es con ella. ¡ªNo me provoque, se?orita Truth ¡ªdijo German, avanzando un paso con una sonrisa ir¨®nica¡ª. Solo alguien muy temerario se atrever¨ªa a hablarle a Candado as¨ª en mi presencia. Sara sonri¨® con frialdad. ¡ªEso qued¨® claro la primera vez que nos vimos, s¨¦ptimo monstruo. La sonrisa de German desapareci¨®, reemplazada por una expresi¨®n seria. ¡ªNo me provoques. Hammya avanz¨® un paso. ¡ªPor favor, no quiero que peleen. Sara lade¨® la cabeza y la observ¨® detenidamente. ¡ª?De d¨®nde la sacaste, Candado? ¡ªpregunt¨® con curiosidad. Hammya sigui¨® caminando hacia ella. ¡ª?Sabes qui¨¦n soy? ¡ªinquiri¨® Hammya. ¡ªPor supuesto, pero como dije, la conversaci¨®n es contigo. Por eso les pedir¨¦ a los caballeros que se retiren. ¡ªNi en broma ¡ªrespondi¨® Candado, cruz¨¢ndose de brazos. Hammya se gir¨® y lo mir¨® directamente a los ojos. ¡ªPor favor, Candado¡­ quiero saber. Vete ¡ªle pidi¨® con una sonrisa tranquila¡ª. Estar¨¦ bien. Candado relaj¨® su expresi¨®n y mir¨® a Sara con advertencia. ¡ªNo te preocupes; estar¨¢ bien ¡ªsusurr¨® la voz de T¨ªnbari en su mente. ¡ªVamos, German. V¨¢monos ¡ªdijo Candado con resignaci¨®n. Ambos se dirigieron a la puerta. Candado la abri¨®, dej¨® pasar a German y ech¨® una ¨²ltima mirada a Hammya, quien le devolvi¨® una mirada llena de confianza. ¡ªTranquilo ¡ªle susurr¨®¡ª. Estar¨¦ bien. ¡ªNo te preocupes, ahora sal ¡ªsusurr¨® T¨ªnbari nuevamente. Candado cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªEntonces ¡ªpregunt¨® Hammya, volvi¨¦ndose hacia Sara con firmeza¡ª, ?Qui¨¦n soy? Sara sonri¨®. Mientras tanta, afuera de la habitaci¨®n. Candado y German esperaban fuera de la habitaci¨®n, observando la puerta en silencio. ¡ª?Y ahora qu¨¦ hacemos, Ernest? ¡ªpregunt¨® German. ¡ªSalgamos un momento. Necesito aire. Candado meti¨® las manos en los bolsillos y comenz¨® a bajar las escaleras, seguido por German. Una vez fuera de la casa, se sentaron en el borde de la acera. ¡ª?De qu¨¦ crees que est¨¢n hablando? ¡ªpregunt¨® German, cerrando los ojos y sonriendo. ¡ªNo lo s¨¦. Quiz¨¢ le est¨¦ hablando de su verdadera naturaleza, de por qu¨¦ es diferente a los dem¨¢s. ¡ª?En serio? Pens¨¦ que Hammya ya se valoraba a s¨ª misma. ¡ªQue se valore no significa que no sienta curiosidad por saber qui¨¦n es y por qu¨¦. ¡ªTiene sentido. Quiz¨¢ sea algo nuevo sobre ella. Candado sonri¨® levemente. ¡ªEl otro d¨ªa me cont¨® que su cuerpo cambia con las estaciones. En verano, su cabello es de un verde brillante; en oto?o e invierno, se vuelve rojizo, lo mismo que sus cejas y p¨¢rpados. En primavera, su cabello regresa a su color natural. German solt¨® una carcajada y mir¨® al cielo. ¡ªCuriosa chica, menuda novedad. ¡ª Seguro. ¡ªVaya, pensar que su cabello sigue siendo del mismo color, a pesar de que cuando la conocimos era diferente. ¡ªSeg¨²n ella, depende del clima. Lucas le hizo un an¨¢lisis de sangre, a pedido suyo, porque se preocup¨® como una mujer preocupada por su periodo. ¡ªDiablos. ¡ªResulta que tiene anticuerpos similares a los de una hiedra, por lo que es un poco m¨¢s resistente al oto?o y al fr¨ªo. ¡ªYa veo, ?pero por qu¨¦ ahora? ¡ªParece que el estr¨¦s reciente hizo que su cabello perdiera clorofila. A diferencia de nosotros, que por el estr¨¦s perdemos cabello o nos salen canas, a ella se le descolora m¨¢s r¨¢pido, en cuestion de horas o d¨ªas si el estr¨¦s es grave o persistente. ¡ªEntiendo, pero no la veo diferente. ¡ªAhora se ha te?ido, usa lentes de contacto y un resaltador para las cejas. Le da verg¨¹enza que la vean as¨ª. La semana pasada, su cabello empez¨® a deste?irse y se volvi¨® rojo, parec¨ªa un rub¨ª, igual que sus ojos. ¡ªParece m¨¢s un ¨¢rbol que otra cosa. ¡ªEso he notado. Sus poderes se debilitan en invierno, toma mucha agua y se da duchas largas. Seguramente es muy vulnerable al fr¨ªo. ¡ªLa tiene dif¨ªcil. ¡ªNo, le encantan los ba?os calientes. La factura del agua se duplic¨®, pero no es nada que no se pueda pagar, tiene suerte de que podamos permitirnos gastos como esos. ¡ªMenos mal que ustedes son asquerosamente ricos. Muchas veces me pregunto por qu¨¦ siguen viviendo aqu¨ª. ¡ªEl dinero no importa, casi no lo usamos. La ropa que vestimos la hacen a mano mi madre, mi padre, Hip¨®lito, mis abuelos y Clementina, con tela de nuestros propios campos. La comida viene de las estancias familiares. Solo usamos dinero para pagar a los empleados. Las ganancias se dividen a partes iguales entre la empresa y los trabajadores. El combustible no es problema, ya que solo lo usamos para el auto de mis padres. Nuestros trabajadores usan sus poderes para la cosecha, as¨ª que no necesitamos depender de eso. ¡ªNo era necesaria tanta explicaci¨®n. ¡ªLo s¨¦. ¡ªAh, quer¨ªas presumir. ¡ªTal vez. ¡ª?Y entonces? ¡ªDiversi¨®n. German se ri¨®. ¡ª?Sabes algo? ¡ª?Qu¨¦? ¡ªJoaqu¨ªn consigui¨® informaci¨®n sobre la ni?a. ?Por qu¨¦ no te reuniste con ¨¦l? ¡ªPens¨¦ que ser¨ªa mejor que ella me hablara de su pasado. ¡ª?Sab¨ªas tambi¨¦n que est¨¢ molesto? ¡ªLe di una caja de bombones. ¡ªA ¨¦l no le gustan los bombones. ¡ªPor eso se los di. Candado y German soltaron una risa jovial. ¡ªEspero que no le pase nada malo ¡ªdijo Candado, mirando su reloj. Cuando German estaba por hacer otro comentario, una pelota vol¨® en su direcci¨®n. Candado, sin apartar la vista de su reloj, la atrap¨® al vuelo. ¡ªApenas son las 10:00 a.m. Baj¨® la pelota. ¡ªBuenos reflejos, Ern¨¦st. ¡ªGracias. Desde lejos, un muchacho de piel morena, con uniforme escolar y cabello negro, se acerc¨® corriendo. ¡ª?Lo siento! Fue un accidente. Candado y German se pusieron de pie. ¡ªHola, Candado. ¡ª?Nos conocemos? ¡ªOh, perd¨®n. ¡ªEl muchacho tom¨® el bal¨®n de las manos de Candado y le dio un apret¨®n de manos¡ª. Soy Erick G¨®mez. Pas¨¦ por aqu¨ª el otro d¨ªa. Hace unas cuadras de aqu¨ª, usted defendi¨® a un ni?o. ¡ªLa verdad, no me fij¨¦ en los que me rodeaban. ¡ªNo se preocupe. Candado lo mir¨® de arriba a abajo. ¡ªConque G¨®mez... es bueno saberlo. Erick ri¨®, algo nervioso. ¡ªYa veo. ¡ªNo hay necesidad de estar nervioso, chico. Candado no muerde. ¡ªGerman mir¨® a Candado¡ª. Todav¨ªa. ¡ªY me lo dice un perro. ¡ªLobiz¨®n. ¡ªLo que sea. ¡ªDisculpe. ¡ªOh, ?qu¨¦ sucede, Erick? ¡ª?Es conocido de Sara? Candado mir¨® hacia atr¨¢s. ¡ªOh. ¡ªVolvi¨® la vista al muchacho¡ª. ?Por qu¨¦ preguntas? ¡ªEs raro que Sara hable con personas. Solo tiene dos amigos: yo y Cantero. ¡ªLa bruja del alba. ¡ªNo es una bruja, German. Solo es un esp¨ªritu humanitario. ¡ªOh, grandioso, otro samaritano ¡ª dijo con una sonrisa sarc¨¢stica. ¡ªEn fin, ?qu¨¦ sucede si soy amigo de Sara? ¡ªSea amable con ella, por favor, Candado. ¡ªEste muchacho tiene una idea equivocada de su personalidad. ¡ªEst¨¢ bien, no planeo ser mala persona con ella. ¡ªGrande, se?or, grande ¡ª alab¨® German con una evidente falsedad. ¡ªDeja de hacer eso. En ese momento, la puerta se abri¨® y Hammya sali¨® con una sonrisa. ¡ª?Estaban aqu¨ª? ¡ª(Ignora su idiotez, ignora su idiotez)¡ªpens¨® Candado. ¡ªPor supuesto. ?No nos ves aqu¨ª, se?orita? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n en tono de vacilo. ¡ªOh, cierto. Qu¨¦ tonta. Eres m¨¢s que eso¡ª luego continu¨® con¡ª. ?Todo bien all¨¢? ¡ªClaro. ¡ªMe tengo que ir a casa, lo siento ¡ªinterrumpi¨® Erick. ¡ªOh, bueno. ¡ªCandado le dio un apret¨®n de manos¡ª. Nos vemos luego. ¡ªAdi¨®s, se?or. Ha sido un placer. Erick se despidi¨® cort¨¦smente de Hammya y German, y sali¨® corriendo con su pelota. ¡ªQu¨¦ chico amable ¡ªcoment¨® Hammya. ¡ªS¨ª, lo es, todo un iluso ¡ªdijo German, mirando la espalda del muchacho antes de volverse a Hammya¡ª. ?Y bien? ?Qu¨¦ te dijo? ¡ªEs un secreto. ¡ªVaya, era obvio, ?no? Candado sonri¨® al comentario de Germ¨¢n. ¡ªPodr¨ªa ser entretenido tu secreto. Apuesto a que s¨¦ la respuesta. Hammya se mostr¨® levemente sorprendida. ¡ªDeb¨ª imaginarlo. Candado bostez¨®. ¡ªDeb¨ª imaginarlo ¡ªsusurr¨® Hammya. Hace treinta minutos. ¡ª?Qui¨¦n soy? ¡ªLa verdad es incre¨ªble; tu organismo, tus c¨¦lulas, todo es muy distinto a m¨ª y a los humanos. ¡ª?C¨®mo lo sabes? ¡ªEs mi naturaleza. Pero dejando eso a un lado, digamos lo que quieres saber. Hammya asinti¨®. ¡ªEl olor que emanas no es muy com¨²n por aqu¨ª. Seguramente, antes ol¨ªas m¨¢s fuerte. Debe ser por estar rodeada de humanos. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªHammya. ¡ª?S¨ª? ¡ª?De verdad quieres saberlo? ¡ªS¨ª. ¡ªNo eres humana, tampoco eres de este planeta. T¨² eres de Coleriam. Hammya suspir¨® aliviada, aunque inconscientemente. ¡ªNo pareces muy impactada, ?verdad? ¡ªAh, sobre eso, ya lo sab¨ªa. Sara sonri¨®. ¡ªBueno, parece que no consegu¨ª el efecto que quer¨ªa. Hammya ri¨® levemente. ¡ªBueno, ya que no hay nada m¨¢s, me retiro. Hammya se volvi¨® y se dispuso a salir de la habitaci¨®n. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo enga?ar¨¢s a Candado? La mano de Hammya se detuvo antes de llegar al picaporte, y su frente se humedeci¨® levemente. ¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ hablas. ¡ªS¨®lo te advertir¨¦ de una cosa: esa mentira que llevas es muy buena, pero tambi¨¦n muy fr¨¢gil. Ten eso en mente, se?orita Hammya. De vuelta a la realidad. ¡ªEsmeralda. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya, exaltada. ¡ª?Otra vez en las nubes? ¡ªLo siento, Candado. ¡ªDa igual. ?Quieres o no? ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªComer, ?de qu¨¦ otra cosa estar¨ªa hablando? ¡ªPerd¨®n, no prest¨¦ atenci¨®n. Candado hizo una mueca; estaba molesto, pero luego tuvo que calmarse. Hab¨ªa notado algo en ella, algo que lo dej¨® preocupado y asombrado. Sac¨® las manos de su bolsillo y camin¨® hasta ella. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªluego dio un paso atr¨¢s¡ª. ?Qu¨¦ ocurre? Candado levant¨® la mano izquierda y se acerc¨® a la cara de Hammya, provocando que ella cerrara los ojos. ¡ªPerd¨®n por no prestar atenci¨®n ¡ªse disculp¨®, aterrada. Pero, de manera ins¨®lita para ella, sinti¨® la mano de Candado en su mejilla. Hammya abri¨® los ojos y vio a Candado mir¨¢ndola atentamente. ¡ªNo te muevas. Luego, Candado cerr¨® los ojos un momento y los abri¨® de nuevo, esta vez completamente envolventes de color violeta. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n. Los ojos de Candado volvieron a la normalidad. ¡ªVamos a casa. ¡ª?Qu¨¦? ?Por qu¨¦? ¡ªEst¨¢s enferma, Hammya. Si no vamos a casa de inmediato, te pondr¨¢s peor. ¡ªLos ojos del terror, ?no? ¡ªClaro que no, Germ¨¢n. Es una de las pocas habilidades que obtuve. ¡ªBien, llamar¨¦ a Alicia ¡ªdijo Germ¨¢n mientras sacaba su celular. ¡ªCandado, estoy bien. ¡ªNo dir¨¢s eso cuando pasen quince segundos. ¡ªPero... ¡ªNo discutas conmigo. Tu sistema inmunol¨®gico es d¨¦bil con el fr¨ªo. ¡ªNo es cierto. En ese preciso momento, el cabello de Hammya se volvi¨® negro. ¡ª[...] Oh, y que sea r¨¢pido. ¡ªTe lo dije. ¡ªNo puede ser, mi cabello. Germ¨¢n guard¨® su celular y camin¨® hacia ellos. ¡ªVaya, vaya. S¨ª que act¨²as como un ¨¢rbol, pero no dijiste que era de color rojo. ¡ªEso tambi¨¦n me lo estoy preguntando. ¡ªLe dijiste. ¡ªPor supuesto. Hammya se cubri¨® la cara de verg¨¹enza. ¡ªMi cabello. ¡ªAnteriormente dijiste que no importaba qu¨¦ tinte usaras, siempre se volv¨ªa verde. ¡ªEso es cierto. ¡ªEso... no tendr¨ªa que cambiar si es invierno, ?verdad? Ya que es la misma situaci¨®n. ¡ª... ¡ªSupongo que es la primera vez que pruebas este m¨¦todo, sin saber que el resultado es el mismo. ¡ª... ¡ªHammya desvi¨® la mirada. ¡ªTonta. ¡ªMe robaste las palabras de la boca, Germ¨¢n. ¡ª?YA! No se burlen. Me olvid¨¦ de ese detalle. Pens¨¦ que ser¨ªa distinto, pero dur¨® mucho. ¡ªCinco horas. ¡ªEs mucho. ¡ª?Cu¨¢nto dur¨® la otra vez? ¡ªUna hora. ¡ªSupongo que al hacer fr¨ªo, tu cambio de color es m¨¢s lento que cuando es verano ¡ªargument¨® Germ¨¢n. Hammya empez¨® a toser. ¡ªY ahora te vas a morir porque seguramente usaste toda tu energ¨ªa para volver a tu color natural ¡ªdictamin¨® Candado. Hammya inhal¨® y luego exhal¨®. ¡ªEstoy bien. ¡ªTu cara est¨¢ roja. ¡ªNo es nada serio. ¡ªOh, ah¨ª viene Alicia ¡ªinterrumpi¨® Germ¨¢n, y continu¨®¡ª. ?ALICIAAAA! ¡ªgrit¨® mientras ladeaba su brazo derecho en el aire como un saludo. El auto fren¨® delante de ellos, la puerta se abri¨® y Alicia presion¨® el claxon. ¡ªServicio de taxis, Alicia Corporation ¡ªcontinu¨® con una melod¨ªa¡ª. Ra, ra, ra, ra, Germ¨¢n, man, man, man, ra, ra, man, man, man, ra, man, man, ra, ra, ger, ger, ger, man, man... Germ¨¢n la sigui¨®. ¡ª[...] Ra, ra, ra, ger, ger, ger, man, ra, ra, ra, man, man, ger, ger, man, man... ¡ªSube al puto auto, Germ¨¢n. ¡ªLo siento Ern¨¦st¡ªse disculp¨® ¨¦l mientras le hac¨ªa caso, pero manteniendo su sonrisa. Hammya se ri¨® de la escena, pero pronto volvi¨® a toser. ¡ªOh, ?qu¨¦ le pas¨® a tu cabello? ¡ªSe me desti?¨®. Alicia dej¨® escapar un silbido. ¡ªAdentro. Candado tom¨® su mano y la ayud¨® a subir al coche. ¡ªLl¨¦vanos a casa, por favor. ¡ªSus deseos son ¨®rdenes, ra, ra, ra, ger, ger, ger, [...]. Germ¨¢n se uni¨®. ¡ªRa, ra, ra, ger, ger, ger, man, man, ra, ger, man, ra, ra, ra, ger, ger, man, ger, ger, man, ger, ger, man, [...]. ¡ªEsto ser¨¢ un infierno ¡ªdijo Candado, apoyando la cabeza mientras miraba por la ventanilla. Hammya comenz¨® a aplaudir, dando ritmo a la m¨²sica que creaban, mientras sonre¨ªa. Candado la observ¨® en el momento en que empez¨® a aplaudir; su atenci¨®n se vio atra¨ªda por ella, y no pudo evitar sonre¨ªr. Hammya, notando que ¨¦l la estaba mirando, decidi¨® preguntarle. ¡ª?Qu¨¦ ocurre? ¡ªNada. ¡ª?Nada? Hammya empez¨® a toser de nuevo. ¡ªAs¨ª es, ni?a ¨®nix. Germ¨¢n y Alicia dejaron escapar una carcajada. ¡ª?Qu¨¦? ?Qu¨¦ es un ¨®nix? ¡ª?Por qu¨¦ no una carbonada? ¡ªpregunt¨® Germ¨¢n, ri¨¦ndose a¨²n m¨¢s¡ª. Un diamante negro proveniente de Brasil. ¡ªNo sean malos. ¡ªPerd¨®n, se?orita ¨®nix ¡ªdijo Alicia. Germ¨¢n explot¨® en risas. ¡ª?Oigan! No sean as¨ª. Candado empez¨® a re¨ªrse, su risa provoc¨® que guardaran silencio y lo miraran asombrados, mientras ¨¦l no paraba de re¨ªr. Alicia se sorprendi¨®, Germ¨¢n mir¨® a su amigo un momento y luego se recost¨® en el sill¨®n con su habitual sonrisa. En cuanto a Hammya, observar la alegr¨ªa de Candado la hizo sentir feliz, tanto que se ri¨® con ¨¦l, compartiendo ambos esa alegr¨ªa. Germ¨¢n y Alicia se gui?aron un ojo. ¡ªVictoria ¡ªsusurraron ambos. SECUELAS Esa misma tarde, Ruccim¨¦nkagri sali¨® de su casa y comenz¨® a pasear por la zona. ¡ªNo te vayas muy lejos ¡ªdijo Logan. ¡ªNo te preocupes ¡ªrespondi¨® ella con una sonrisa. Ruccim¨¦nkagri camin¨® hasta un campo, ya que una vez al mes se encarga de proveer nutrientes a la naturaleza. Se sent¨® en una piedra y comenz¨® a recitar palabras en el idioma de la naturaleza, o al menos eso dir¨ªan los humanos. Ella lo llamaba "Kray¡¯norf¨ªa", que en espa?ol significaba ¡°Claro y tranquilo¡±, una forma de proteger los nutrientes y favorecer el buen crecimiento de los ¨¢rboles, plantas y flores. Ese d¨ªa, como todos los anteriores, hac¨ªa fr¨ªo, y para protegerse llevaba puesto un poncho. Su cabello, hecho de hojas que ahora eran casi completamente rojas, sus pies, formados de ra¨ªces, y sus brazos, hechos de piedra, ayudaban a resguardarla del clima. Esa era su vestimenta para el fr¨ªo. Sentada ah¨ª, finaliz¨® su ritual tal como lo hab¨ªa comenzado. ¡ªKray¡¯norf¨ªa. En ese momento, escuch¨® las pisadas de una persona. ¡ªMe alegra verla aqu¨ª. Ruccim¨¦nkagri abri¨® los ojos y gir¨® la cabeza. ¡ªSof¨ªa Ibarra Zapir¨®n. ¡ªUna vez m¨¢s, gracias por darme un lugar donde vivir. ¡ªSab¨ªa que Candado te ayudar¨ªa. Despu¨¦s de todo, ese chico ser¨¢ lo que digan, pero nunca dejar¨ªa de lado a alguien que necesita ayuda. ¡ªGracias. ¡ªAdem¨¢s, es una muestra de gratitud. Gracias por ense?arme a usar mi magia. Este b¨¢culo es de gran ayuda, en verdad. ¡ªNo hay de qu¨¦. Pero... ?pasa algo? ¡ªNo, en realidad no. Solo vine a visitarte, Gabriel Teacher. ¡ªSobre eso... ten¨ªa que tener un apellido y segundo nombre. ¡ªYa me di cuenta. ¡ªNo puedes enga?arme con eso, Ibarra. S¨¦ que ocultas algo m¨¢s. Sof¨ªa mostr¨® una expresi¨®n seria. ¡ªLos Testigos han incendiado la ciudad de Buenos Aires. ¡ªEstoy informada. ¡ªY tambi¨¦n han hecho desaparecer a muchos gremiales ¨²ltimamente. Desaparecen un d¨ªa y al otro encuentran sus cuerpos mutilados. Lo extra?o es que parece obra de un individuo. Estoy bastante segura de que se trata de Desza. ¡ªEse muchacho. Siento l¨¢stima por lo que ocurri¨®... ¡ª?S¨ª? es a quien Candado le arrebat¨® los poderes. ¡ª Candado, Arce y C¨¦sar. ¡ª?Los conoces?. ¡ªS¨ª, los conozco, ?Terminaste? ¡ªNo, me gustar¨ªa hablar de algo. ¡ª?De qu¨¦? ¡ª... Ruccim¨¦nkagri cerr¨® los ojos por un momento. ¡ªBien ¡ªluego los abri¨®¡ª. Hablemos. Candado estaba sentado en su cama, con una estufa sobre su escritorio, jugando un videojuego que sus padres le hab¨ªan regalado. Hab¨ªa llegado a casa sin problemas; Alicia se hab¨ªa despedido de ¨¦l y de Hammya y se ofreci¨® a llevar a Germ¨¢n a casa. ¡ªVaya, qu¨¦ aburrimiento. Candado solt¨® el mando; hab¨ªa terminado el juego en dos horas. Luego se puso de pie y sali¨® de su habitaci¨®n, caminando hacia el dormitorio de Hammya, donde encontr¨® a Clementina afuera de la puerta. ¡ªOh, joven... ¡ªPatr¨®n, s¨ª, ya s¨¦ c¨®mo va esto: t¨² me molestas, yo te grito; t¨² te burlas, yo vuelvo a gritar, y regresamos a lo de siempre. ¡ª¡­ ¡ªEn fin, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªLa se?orita Hammya est¨¢ siendo atendida por Europa; su resfriado no la deja moverse. ¡ª?Y por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado, fr¨ªamente. ¡ªPara evitar que usted o cualquier persona del sexo opuesto cruce esta puerta. Candado la mir¨® fijamente, sin ninguna expresi¨®n en su rostro. ¡ªClementina. ¡ª?S¨ª? ¡ªSabes que todas las puertas de esta casa tienen seguro. ¡ªDesde que Gabriela y Facundo se volvieron muy... ¨ªntimos, s¨ª. ¡ªNo era necesario ese dato ¡ªsuspir¨®¡ª. S¨¦ cu¨¢ndo un humano miente, pero no cuando lo hace una m¨¢quina. Sin embargo, sabiendo que la puerta tiene seguro por dentro, no hay necesidad de un "guardaespaldas". ¡ª?Qu¨¦ quiere decir con eso? ¡ªAqu¨ª veo dos posibilidades. Primera, Hammya es tan despistada que olvid¨® que la puerta tiene seguro y te pidi¨® que la vigilaras, y t¨², como encuentras la situaci¨®n graciosa, aceptaste sin dudar. ¡ª?La segunda? ¡ªpregunt¨® Clementina, conteniendo la risa. ¡ªQue ustedes est¨¢n planeando algo y no me gusta. Candado puso la mano en la perilla, pero Clementina coloc¨® su mano sobre la suya. ¡ªCosas de chicas. ¡ªC¨®mo me gustar¨ªa que estuviera aqu¨ª. ¡ªRet¨ªrese, se?or, o me ver¨¦ forzada a usar la fuerza. ¡ª?Quieres un alfajor? ¡ªNo me sobornar¨¢ con eso. ¡ª?Una caja de alfajores? ¡ªTrato hecho ¡ªluego mir¨® la puerta y cerr¨® los ojos¡ª. Lo siento, se?orita. Candado meti¨® la mano en su bolsillo y sac¨® una llave roja, luego se la entreg¨®. ¡ª?Sabes d¨®nde es? ¡ªClaro que s¨ª. Clementina se fue brincando, llena de alegr¨ªa. Candado mir¨® la puerta, pos¨® su mano en la perilla nuevamente y la abri¨® con cautela. ¡ª?Qu¨¦ demonios? ¡ªluego abri¨® la puerta con fuerza¡ª ?HAMMYA! ¡ªgrit¨® Candado. ¡ª?Ahhhhhhhhhh! Candado ten¨ªa raz¨®n para gritar: la ni?a estaba forzando su cuerpo a levitar, lo que aumentaba su fiebre considerablemente. Sus ropas estaban h¨²medas y llenas de sudor. Al notar la presencia de Candado, Hammya se asust¨® y cay¨® al suelo. Candado se apresur¨® a ayudarla a ponerse de pie, apoy¨¢ndola en su hombro. ¡ª?As¨ª que esto era lo que quer¨ªas ocultarme? ¡ªEstaba probando algo... ¡ªCielos, est¨¢s ardiendo ¡ªdijo Candado, quit¨¢ndose el guante y poniendo su mano en la frente de Hammya. ¡ªJustamente por eso puse a Clementina en la puerta ¡ªreplic¨® ella, empezando a toser. ¡ªDebes tomar un ba?o, y pronto. Candado la llev¨® hasta la tina. ¡ªPuedo hacerlo sola. ¡ªOh, no, no, no, no. Este ba?o tiene una ventana lo suficientemente grande como para que escapes. ¡ªRayos ¡ªmurmur¨® Hammya. ¡ª?Qu¨¦ dijiste? ¡ªDegenerado. Candado la tom¨® por la mejilla y le dio un leve tir¨®n. ¡ªDuele, duele, estoy enferma. ¡ªMe da igual. Candado la acomod¨® en la tina. Luego, con el dedo ¨ªndice de la mano sin guante, lo acerc¨® a su boca y sopl¨® ligeramente, formando una peque?a llama. Puso su dedo en la frente de Hammya, y la llama desapareci¨®. ¡ª?Qu¨¦ haces? Candado respondi¨® dando una palmada, haciendo que Hammya terminara solo en ropa interior. ¡ª?Qu¨¦ haces? ?De...! ¡ª[Golpeada por una esponja del tama?o de su cara]¡ª. ¡ªAhora b¨¢?ate ¡ªdijo Candado, abriendo la llave de agua tibia y cerrando la cortina antes de sentarse en un banco cercano. Hammya se quit¨® la esponja de la cara y la lanz¨® lejos de ella. ¡ªYo pod¨ªa hacerlo sola. Eres un degenerado. Candado tir¨® de la cadena del inodoro. ¡ª?AHHHHHHHHHH! ?EST¨¢ CALIENTE! ¡ªDeja de chillar. Volver¨¢ a entiviarse. ¡ªNo es bueno para m¨ª. ¡ªB¨¢?ate. Hammya peg¨® su cuerpo contra la pared para evitar el agua fr¨ªa. ¡ª?C¨®mo lograste convencer a Clem? ¡ªLa soborn¨¦ con alfajores. ¡ªNuestra amistad no vale nada. ¡ªAs¨ª es. ¡ª?ESO ES CRUEL! ¡ªNo grites, est¨¢s enferma. Hammya se calm¨® y se sumergi¨® en la tina mientras cerraba la llave. ¡ª?A¨²n sigues aqu¨ª? ¡ªClaro. ¡ª?No tienes otras cosas que hacer? ¡ªNo. ¡ª?Puedo ba?arme sola? ¡ªSi el ba?o no tuviera ventana, me ir¨ªa. ¡ªNo voy a escapar. ¡ªMientes. ¡ªDe verdad. ¡ªMientes.This story originates from Royal Road. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there. ¡ªNo estoy mintiendo. ¡ªLo haces. Hammya burbuje¨® el agua. ¡ª?C¨®mo lo sabes? ¡ªPr¨¢ctica ¡ªOh... ¡ªAdem¨¢s, alguien que dice la verdad no se rinde y pregunta c¨®mo hago para saber si mienten. Hammya golpe¨® el agua. ¡ªNo lo pensaste, ?verdad? ¡ªTe odio. ¡ªMientes. ¡ªYa, no hagas eso. En ese momento, a Hammya se le ocurri¨® hacer lo mismo que antes, aprovechando la cortina como escondite, levant¨® la mano al aire. ¡ªM¨¢s te vale no hacer lo mismo aqu¨ª, o quitar¨¦ la cortina y te vigilar¨¦ directamente. Hammya baj¨® resignada el brazo. ¡ª?Por qu¨¦ insistes? Desde que llegaste quieres hacer eso. Si no fuera porque mam¨¢ te encontr¨® tirada en el suelo, estar¨ªas mucho peor. ¡ª... ¡ª?Qu¨¦ te dijo Sara? Hammya suspir¨®. ¡ªNada. ¡ªEso es una verdad a medias. ¡ªAnal¨ªzalo, Sherlock. ¡ªTe dio informaci¨®n, pero no es la que esperabas. ¡ªCorrecto. Hace unas horas. ¡ªLa verdad, es que estoy algo sorprendida de que ya lo sepas, pero supongo que tambi¨¦n sab¨ªas que eres similar a Candado en cuanto a los poderes. ¡ª?Qu¨¦? No, no, no. Debes estar equivocada. ¡ªTus poderes, los mismos que siento ahora, son casi id¨¦nticos a los de Candado; est¨¢n en la misma frecuencia que el meteoro de hace cien a?os. Eres como una pionera, solo que mucho m¨¢s fuerte que ¨¦l. ¡ª?Qu¨¦? Imposible. ¡ªPero lo que percibo es cierto. ¡ªPero... ¡ªSin embargo, igual que Candado, guardas una segunda vida en tu interior, aunque la tuya parece m¨¢s un guardi¨¢n que otra cosa. ¡ª?Un guardi¨¢n? ¡ªAlgo as¨ª, parece uno, es el mismo que usaste para defender a Candado una vez y tambi¨¦n cuando lo atacaste. Tu procedencia es de otro lugar, fuera de este planeta; no eres humana ni un renacido como yo. Eres diferente. Tus poderes te revelar¨¢n m¨¢s con el tiempo. Desde que nacemos, nuestra segunda alma ya guarda recuerdos. ¡ª?Podr¨¦ saberlo? ¡ªAs¨ª como est¨¢s ahora, no, pero con el tiempo aprender¨¢s a controlarlo. Tus habilidades son exquisitas, Hammya. Puedes comprender cualquier idioma. En ese momento record¨® una conversaci¨®n con Declan. ¡ªNo le hagas caso, es un durubu. ¡ªSe dice d¨²r, Viki, y no es as¨ª. ¡ªLo que sea, eres un idiota que habla gracioso. ¡ªY vos sos un t¨¢ t¨² le muc an ¡ªhorrendo. Viki se puso nerviosa, mientras Declan le hablaba en irland¨¦s. Entonces, los ojos de Hammya brillaron. ¡ªEres un cerdo muy horrendo. ¡ª?Qu¨¦? Encima que te estoy defendiendo. ¡ªNo, no es lo que t¨² crees. Eso es lo que significa lo que ¨¦l dijo en ingl¨¦s. ¡ª?C¨®mo pas¨® eso? ¡ªLa situaci¨®n despert¨® lo m¨¢s profundo de tu poder. Pensaste que eso te hac¨ªa ¨²nica y te esforzaste en mantenerlo en secreto. Grave error, porque cuando no usas tu poder, este se queda dormido. Eso es lo que te pasa hoy. ¡ª?Significa que... necesito usar magia para saber mi pasado? ¡ªAs¨ª es, puede que funcione o puede que no. Presente ¡ªYa veo, eso fue lo que dijo. ¡ªS¨ª, pens¨¦ que si forzaba mi cuerpo, obtendr¨ªa todo lo que necesitaba... un recuerdo o algo. ¡ªHammya. ¡ª?S¨ª? ¡ª?De d¨®nde viene ese nombre? ¡ªMi padre me lo puso. Dijo que lo vio en un collar. ¡ª?No tuviste problemas en la escuela? ¡ªNo, a nadie le importaba mi nombre. Sin embargo... ¡ª?Sin embargo? ¡ªNada, olv¨ªdalo. Candado se puso de pie y camin¨® hasta la puerta. ¡ª?Candado? ¡ªEstar¨¦ en la habitaci¨®n. ¡ª?Pero qu¨¦ pasa con la vigilancia? ¡ªConfiar¨¦ en que no saldr¨¢s por la ventana. Luego Candado cerr¨® la puerta detr¨¢s de ¨¦l y se recost¨® en ella. ¡ª?Qu¨¦ fue esa sensaci¨®n? Mir¨® al techo por un momento y luego se frot¨® la cara con su mano derecha, a¨²n con el guante puesto. Pero cuando dio un paso hacia adelante, se arrodill¨® abruptamente y se tap¨® la boca. Entre las aberturas de sus dedos, un l¨ªquido rojo comenz¨® a escurrirse y a caer al suelo. ¡ªNo, no, no, no, no. Hizo un esfuerzo por no soltar todo lo que ten¨ªa en la garganta, intentando tragar la sangre en su boca. Sin embargo, fue en vano; no pod¨ªa hacerlo, y as¨ª que entr¨® al ba?o nuevamente. ¡ªVolviste. Candado la ignor¨® y se arrodill¨® r¨¢pidamente frente al inodoro, soltando todo lo que ten¨ªa en la boca. ¡ª?Candado, est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® Hammya mientras se cubr¨ªa con una toalla y se pon¨ªa de pie. ¡ª?NO!... No muevas esa cortina. No quiero que me mires; da?ar¨ªas tus ojos. ¡ªOh, vamos, no es... ¡ª?HAMMYA! La mano de la ni?a se detuvo antes de tocar la cortina. ¡ª?Est¨¢s bien? La canilla del lavamanos se abri¨®. ¡ªClaro que estoy bien ¡ªdijo Candado con la respiraci¨®n forzada. A pesar de su respuesta, Hammya movi¨® unos cent¨ªmetros la cortina y lo espi¨®. Lo que vio la dej¨® impactada: en solo cinco segundos grab¨® en su memoria la imagen de ¨¦l reflejada en el espejo. Candado ten¨ªa sangre entre los labios y su ojo izquierdo estaba completamente amarillo. La imagen la asust¨®, y r¨¢pidamente se escondi¨® de nuevo. ¡ªNi?a. ¡ª?S¨ª? ¡ªEstar¨¦ en mi habitaci¨®n. Si necesitas ayuda, p¨ªdesela a Clementina. Voy a estar ocupado ¡ªluego solt¨® un quejido acompa?ado de un susurro¡ª. Arde. ¡ªCandado. ¡ª?Hmm? ¡ªNo te sobre esfuerces. Candado mir¨® la cortina que los separaba y not¨® una peque?a abertura por donde intuy¨® que ella lo hab¨ªa espiado, hecho que le dio algo de gracia. Pero, sin poder confirmarlo, la respuesta permaneci¨® ambigua. Entonces llev¨® su mano derecha al bolsillo mientras con la otra tomaba el picaporte. ¡ªCuando termines, vuelve a la cama. ¡ª?Qu¨¦...? ¡ªse pregunt¨® ella, sorprendida por esa frase. Dicho esto, Candado abandon¨® el ba?o y se dirigi¨® a su habitaci¨®n, abriendo la puerta con elegancia y cerr¨¢ndola detr¨¢s de ¨¦l. ¡ªPor Isidro... ¡ªdijo, recostado contra la puerta. Luego se dirigi¨® hasta el espejo y se mir¨® fijamente. ¡ªEst¨¢s podrido, Candado ¡ªmurmur¨®, esbozando una risilla¡ª. ?D¨®nde est¨¢s, T¨ªnbari? Candado pos¨® su mano sobre su ojo izquierdo, ahora completamente negro. ¡ªNo me gusta nada de esto, Candado. Al escuchar esa voz, volte¨® alarmado, solo para ver a T¨ªnbari de pie, con las manos en la espalda y envuelto en humo negro. ¡ªPens¨¦ que har¨ªas un chiste. ¡ªEl conjuro avanza r¨¢pidamente; no hay momento para el buen humor. Candado mostr¨® una sonrisa s¨¢dica. ¡ªNo me interesa. ¡ªCandado, esto es serio. No te hagas el tonto; tu vida est¨¢ en juego. ¡ªT¨ªnbari, mi vida siempre ha estado en juego. Desde que entr¨¦ en tu esfera fui consciente de que cada segundo pod¨ªa morir, de hecho lo hice mor¨ª, pero aun as¨ª me arriesgu¨¦. Ser insensible a lo que me pase significa que ya he visto la cara de la muerte muchas veces, y no necesariamente la tuya, T¨ªnbari. Solo vi dos Baris en mi vida, bueno y escuch¨¦ de uno, pero es algo que te cura de espanto. ¡ªCandado... ¡ªSin embargo, es necesario guardar el secreto ante los dem¨¢s. ¡ª?C¨®mo planeas ocultar ese cambio? Candado fue hasta su caj¨®n y sac¨® un costurero de mimbre. ¡ªCon arte se puede todo. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªMe har¨¦ un parche. Uno bastante chulo. ¡ªNo me gusta tu actitud, Candado. ¡ªNi a m¨ª la tuya. As¨ª que estamos a mano. Candado se sent¨® en su escritorio y comenz¨® a seleccionar una tela para su parche. ¡ªD¨ªa a d¨ªa te debilitas y ni siquiera muestras un grado de preocupaci¨®n. ¡ªFuiste vos quien me convirti¨® en esto. ¡ªNo, t¨² lo hiciste. Con esas palabras, T¨ªnbari se desvaneci¨® con una expresi¨®n de decepci¨®n en su rostro. ¡ªDemonto... ¡ªdijo Candado, mientras segu¨ªa cosiendo. Mientras tanto, en la sala de estar, Clementina estaba sentada en el sill¨®n con Karen en su regazo, mirando la tele y compartiendo una caja de alfajores con la beb¨¦. ¡ª?Ves, peque?a se?orita? Ese es id¨¦ntico a tu hermano. Karen aplaudi¨®, mostrando una actitud id¨¦ntica a la de su hermano. ¡ªParece que es hereditario. Clementina abraz¨® a Karen como si fuera un peluche y comenz¨® a hacerle cosquillas, provocando una carcajada en la peque?a. En ese instante, irrumpi¨® la se?ora Europa Barret desde la sala contigua, vestida con unos pantalones largos, pantuflas blancas, una polera negra y un chaleco bermell¨®n. ¡ª?Qu¨¦ hacen mis ni?as? ¡ªpregunt¨®, con una sonrisa. ¡ªJugando ¡ªrespondi¨® Clementina. Europa se sent¨® a su lado, y Clementina le ofreci¨® cargar a Karen, quien acept¨® encantada, empezando a llenarla de besitos. ¡ªHola, mi muchachita linda de mam¨¢ ¡ªdijo Europa, hablando en un tono cari?oso que hizo re¨ªr a la ni?a. ¡ªPfff. ¡ª?Y los chicos? ¡ªpregunt¨® Europa. ¡ªCandado est¨¢ en la habitaci¨®n de Hammya, seguramente expresando su amor. ¡ªCandado es incapaz de hacer eso¡­ creo. ¡ªEra broma ¡ªri¨® Clementina. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ haciendo el se?or? ¡ªDurmiendo. Ayer trabaj¨® mucho, as¨ª que se lo merece. ¡ªEres muy amable, se?ora Barret. ¡ªEs mi esposo, y aunque a veces se muestre duro, no quiero que se desmaye. ¡ªMe alegra o¨ªrlo. En ese instante, alguien llam¨® a la puerta. ¡ªVoy a ver ¡ªdijo Clementina. Se puso de pie y se dirigi¨® hasta la puerta, que abri¨® para encontrar a Mauricio al otro lado. ¡ªHola. ¡ªHola, Mauricio. El joven Candado est¨¢ arriba. ¡ªSi te escuchara decir eso, te har¨ªa trizas. ¡ªCandado es como un perro que ladra y no muerde. ¡ªLuego te armar¨ªa y te har¨ªa trizas otra vez por compararlo con un perro. Clementina solt¨® una risita y se hizo a un lado. ¡ªAdelante. Mauricio se quit¨® el sombrero. ¡ª?Qui¨¦n era? ¡ªpregunt¨® Europa. ¡ªOh, sigue siendo tan hermosa como siempre, se?ora Barret. ¡ªOh, bienvenido, Mauricio. ?C¨®mo est¨¢s? ¡ªEstoy mucho mejor, ahora que la veo. ¡ªHalagador, Es un alivio escucharlo. ¡ªBueno, no quiero ser descort¨¦s, pero necesito hablar con Candado. ¡ªNo hay problema, pasa nom¨¢s. ¡ªGracias. Mauricio palme¨® la cabeza de Clementina, dej¨® su b¨¢culo recostado contra la pared y subi¨® las escaleras. Camin¨® por el largo pasillo y se detuvo ante una puerta que ten¨ªa un letrero en lat¨ªn: Cogito ergo sum. Sonri¨® y llam¨® a la puerta. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªChe ha''e yke¡¯y (Soy yo, hermano). ¡ªPeho (Adelante). Mauricio abri¨® la puerta y vio la espalda de su amigo. ¡ª?C¨®mo est¨¢s, Candado? ¡ªLo de siempre: golpes, tiros, peleas¡­ ¡ªCandado gir¨® para mirarlo, revelando un parche rojo sobre su ojo¡ª y sangre. ¡ª?Qu¨¦ le pas¨® a tu ojo? ¡ªMe lastim¨¦. ¡ªOh, vaya¡­ ?duele? ¡ªNo, no duele. ¡ªGuau, guau, y triple guau. ¡ª?Qu¨¦ quieres, perro? ¡ªEjem, necesito hablarte de un tema importante. ¡ª?Sobre qu¨¦? ¡ªSobre Yara. Candado se inclin¨® hacia adelante. ¡ªTe escucho. ¡ªEl otro d¨ªa, mientras pase¨¢bamos por la ciudad de Barranqueras¡­ ¡ª?Por qu¨¦ la llevaste ah¨ª? ¡ªNo cambies de tema. ¡ªLuego te voy agarrar, contin¨²a. ¡ªComo dec¨ªa, mientras pase¨¢bamos, Yara me dijo que quer¨ªa ir al jard¨ªn. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªComo lo o¨ªste, quiere ir al jard¨ªn. ¡ªEs¡­ cierto que cumpli¨® cinco hace cuatro meses, pero es muy pronto. ¡ªS¨ª, tambi¨¦n me sorprendi¨®; parec¨ªa muy decidida. ¡ªEs una ni?a fuerte. ¡ªAunque algo dependiente de nosotros. Candado se reclin¨® en su silla. ¡ªLa verdad, no quiero que vaya, pero es necesario para que pueda desenvolverse en la vida. ¡ªEs raro escucharte decir eso. ¡ªEstoy haciendo un esfuerzo para no armar una escena. ¡ªMe lo imaginaba. ?Qu¨¦ har¨¢s al respecto? ¡ªEs julio, as¨ª que no hay clases, pero el treinta vuelven. ¡ªEso significa que¡­ ¡ªS¨ª, Yara ir¨¢ al jard¨ªn. ¡ªVaya. Candado gir¨® su silla y continu¨® escribiendo. ¡ªEso es todo, ?verdad? ¡ªS¨ª, claro. ¡ªCandado, ?hay algo que quieras decirme? Candado levant¨® la vista, deteniendo su l¨¢piz. ¡ªNo, no hay nada. ¡ªYa, creer¨¦ en ti. Mauricio sali¨® de la habitaci¨®n, pero antes de cerrar la puerta, mir¨® la espalda de su amigo con intriga. ¡ªNos vemos. Minutos despu¨¦s, la puerta se cerr¨®. ¡ªEsto es agotador ¡ªdijo Candado, dejando el l¨¢piz a un lado de la hoja, para despu¨¦s ponerse de pie. En el pasillo, Candado se dirigi¨® a la habitaci¨®n de Hammya y llam¨® a la puerta. ¡ªHola, ?puedo pasar? ¡ªClaro. Candado abri¨® la puerta y vio a Hammya acostada en la cama, mirando el techo. ¡ªQu¨¦ aburrimiento¡­ Candado se acerc¨® y le puso una mano en la frente. ¡ªTe baj¨® un poco la fiebre. Pero vas a quedarte en cama hasta que te mejores. ¡ªNo quiero. Oye¡­ ?qu¨¦ le pas¨® a tu ojo? ¡ª?Esto? ¡ªpregunt¨® Candado, llev¨¢ndose la mano al parche. ¡ªS¨ª, eso. ¡ªNada grave, se solucionar¨¢. ¡ª(Mientes). Seguramente fue... ?Un mosquito? Son odiosos, s¨ª. ¡ªClaro que lo son. Candado se sent¨® en la cama y mantuvo su mano sobre la frente de Hammya. ¡ª(?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦, Candado, me ocultas eso?) Oye, ?por qu¨¦ est¨¢s haciendo esto? ¡ªTu cabello es m¨¢gico. Al usar ese tinte, obligaste a tu cuerpo a deshacerse del "intruso" y a eliminar la poca magia de defensa que ten¨ªas, dejando pasar bacterias da?inas a tu cuerpo sin reservas de protecci¨®n. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEn otras palabras, t¨² misma te enfermaste con tu poder. ¡ªYa veo. Y¡­ ?por cu¨¢nto tiempo estar¨¢ tu mano en mi frente? ¡ªEstoy compartiendo un poco de mi poder; la fiebre deber¨ªa disminuir con esto. Hammya se alarm¨® y apart¨® bruscamente la mano de Candado. ¡ª?No! Candado no reaccion¨®. ¡ªVaya, eso es inesperado. ¡ªT¨² lo necesitas m¨¢s que yo. ¡ª?Perd¨®n? ¡ªNada. Candado se acerc¨® a Hammya. ¡ª?Qu¨¦ sucede? D¨ªmelo. ¡ªNo lo har¨¦. Candado suspir¨® y se alej¨® de ella. ¡ªBien, no lo digas entonces; no puedo obligarte. Solo quiero pedirte algo a cambio. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNo abandones tu cama por ning¨²n motivo. ¡ª?Y si quiero ir al ba?o? ¡ªMe refiero a que descanses aqu¨ª y no hagas ning¨²n sobresfuerzo. ¡ªEst¨¢ bien. ¡ªDespu¨¦s de todo, est¨¢s enferma. ¡ªLos dos estamos enfermos. ¡ªTal vez s¨ª, tal vez no ¡ªdijo Candado fr¨ªamente. ¡ª(Evasivo) ?Tienes que llevar ese parche? ¡ªS¨ª, hasta que est¨¦ sano. ¡ªBueno. Candado volvi¨® a poner su mano en su frente. ¡ª?Sabes? S¨¦ que hay algo que te preocupa. Tambi¨¦n s¨¦ que me hablas en silencio. Tal vez ya lo haya preguntado antes, pero lo har¨¦ de nuevo: ?por qu¨¦ te preocupas? ¡ªPorque soy tu amiga. Y tambi¨¦n porque conozco esa sensaci¨®n. Mi padre hac¨ªa lo mismo que t¨²: ocultaba cosas, y por las noches se iba al ba?o a sufrir. Yo no hice nada por ¨¦l, yo¡­ Candado volvi¨® a poner su mano en su frente. ¡ªAunque hubieras hecho algo, no le habr¨ªas salvado de todas formas. El c¨¢ncer te quita la vida de cualquier manera. As¨ª que deja de preocuparte. Tal vez es cierto que yo tambi¨¦n muera por esta mierda, pero eso es algo que yo eleg¨ª. En ese momento, Hammya vio a su padre en la figura de Candado. ¡ªNo¡­ ¡ªHammya, deja de preocuparte por m¨ª. Aparte de que es molesto, solo te har¨¢s da?o; todas tus acciones son in¨²tiles. Hammya apart¨® lentamente la mano de Candado de su frente y se cubri¨® con la frazada, molesta por lo que ¨¦l hab¨ªa dicho. ¡ªQuiero estar sola. ¡ªClaro. Candado se puso de pie, guard¨® las manos en los bolsillos y sali¨® de la habitaci¨®n. En cuanto Candado cerr¨® la puerta, Hammya se quit¨® la frazada y mir¨® al techo. ¡ªMis acciones no son in¨²tiles. Voy a ayudarte, est¨¦s o no de acuerdo. Hammya salt¨® de la cama, abri¨® un armario y comenz¨® a vestirse, abrig¨¢ndose bien: botas de cuero negro, un saco de lana gris, bufanda naranja y un sombrero. Luego abri¨® la ventana y salt¨® hacia una de las ramas del ¨¢rbol, agarr¨¢ndose de la m¨¢s fuerte. Con cuidado, comenz¨® a bajar hasta llegar al suelo. ¡ªEsto es una locura. Hammya se coloc¨® unos guantes de cuero marr¨®n, salt¨® el muro del jard¨ªn y se adentr¨® en el bosque. ¡ªTengo que avisarles, tengo que avisarles ¡ªse repet¨ªa mientras corr¨ªa con todas sus fuerzas; seg¨²n ella, ya era hora de la verdad. Al otro lado, en el gremio, Matlotsky planeaba otra broma para su jefe usando el equipo de Lucas. ¡ªTe dije que no tocaras mis cosas. ¡ªNo pasa nada, soy un alba?il. ¡ªY yo un cient¨ªfico e inventor genial. No toques nada; la ¨²ltima vez dejaste calvo a Candado. ¡ªY ¨¦l me enterr¨® vivo. Estuve todo el d¨ªa bajo tierra, estamos a mano. ¡ªEres un maldito masoquista. ¡ªNada de eso, mi negro, nada de eso, a dem¨¢s que puede ser peor que un peluche que muerde. ¡ªNo metas a Tadeo en esto, alba?il. En ese momento, German irrumpi¨® con una taza de leche caliente. ¡ªOigan, ?planean molestar a Candado? ¡ªS¨ª. ¡ªNo. ¡ªVaya, d¨¦jenme unirme. ¡ª?German! ¡ªTranquilo, Lucas. ¡ªPodemos usar el queros¨¦n para ponerlo en su botella de agua. ¡ªEso es muy extremo ¡ªdijo Anzor mientras pul¨ªa su espada. ¡ªSin mencionar que lo hiciste el a?o pasado ¡ªagreg¨® Pucheta mientras jugaba con su celular. ¡ªEs verdad; hasta me colg¨® del m¨¢stil y me llam¨® "la bandera de los tarados". ¡ªTe saqu¨¦ muchas fotos ¡ªagreg¨® Pucheta. ¡ªNo me lo recuerdes, Anzor. ¡ªVaya estupidez. No hacen m¨¢s que causar problemas a Candado ¡ªdijo Declan mientras le¨ªa un libro. ¡ªSiempre llevas la contraria, irland¨¦s; eres aburrido. ¡ªNo me explico c¨®mo Candado no te echa. ¡ªCalma, calma, Declan, b¨¢jale un cambio; no pasa nada. No hay por qu¨¦ castigar a Matlotsky, ya que la vida lo hizo feo. ¡ªExac¡­ ?Oye! ¡ªNunca vi una verdad existencial jam¨¢s revelada en el universo cu¨¢ntico, German. Todos se rieron. Pero en medio de las risas, un estruendo en la puerta interrumpi¨®. ¡ª?Qu¨¦ ocurre? ¡ªpregunt¨® Pio, quien estaba pintando un cuadro. La puerta se abri¨® y, desde el pasillo de la esquina, apareci¨® ella, conocida por todos como la nueva alumna. ¡ª?Hammya? ¡ªpregunt¨® Luc¨ªa, ajust¨¢ndose las gafas. ¡ªNecesito¡­ hablarles¡­ sobre¡­ ¡ªWo, wo, wo, primero, ?qu¨¦ le pas¨® a tu cabello? ¡ªLucas se acerc¨® a Hammya¡ª y segundo, respira profundo y luego exhala, porque parece que corriste una marat¨®n. ¡ªQu¨¦ d¨¦bil ¡ªdijo Declan con una sonrisa. ¡ªNo seas as¨ª. Algunas mujeres no podemos correr en el fr¨ªo ¡ªcritic¨® Viki. ¡ªQu¨¦ ridiculez ¡ªdijo Declan. Lucas, notando la irregularidad en su respiraci¨®n, coloc¨® su mano izquierda en su frente. ¡ªTienes fiebre. Madre m¨ªa, ?has estado corriendo as¨ª? Mamita. Declan, quien estaba por marcharse de la habitaci¨®n, se detuvo y mir¨® atr¨¢s, concentrando su mirada en el rostro p¨¢lido de Hammya. ¡ªNo debes forzar tu cuerpo ¡ªdijo Erika. Hammya se recuper¨®, se puso firme y mir¨® a todos, quienes la observaban con intriga. Con determinaci¨®n y sin temor, dijo: ¡ªTengo algo que contar sobre¡­ Candado. Todos mostraron preocupaci¨®n por sus palabras y la forma en que las dijo. Los ojos de Hammya eran inquietantes. NADA DE SECRETOS Candado estaba encerrado en su habitaci¨®n y no planeaba salir. Era m¨¢s que obvio que se deb¨ªa al parche en su ojo; quer¨ªa evitar dar explicaciones a su familia, especialmente a su abuela, quien, para su mala suerte, ten¨ªa el don de leer mentes. ¡ªEsto es molesto ¡ªmurmur¨®, irritado. Ten¨ªa razones para quejarse. No pod¨ªa leer ni ver televisi¨®n sin sentir incomodidad. Hacerlo con un solo ojo resultaba agotador y le provocaba dolor de cabeza o sue?o. La ¨²nica actividad que parec¨ªa quedarle era quejarse. De vez en cuando, se levantaba de la cama y se miraba en el espejo; su ojo segu¨ªa amarillo, aunque no se alarmaba al respecto. ¡ªAh¡­ ¡ªexhal¨®, con resignaci¨®n. De pronto, un ruido en el ¨¢rbol llam¨® su atenci¨®n. Se acerc¨® a la ventana, la entreabri¨® y chasque¨® los dedos. ¡ªAsin¨®h. Al susurrar esta palabra, una llama violeta se filtr¨® por la abertura, transform¨¢ndose en un perro llameante. ¡ªInvestiga. El animal inclin¨® la cabeza y salt¨® al ¨¢rbol. Candado se qued¨® mirando por la ventana, esperando que su criatura infernal volviera con noticias. Al cabo de unos instantes, el perro regres¨®, saltando de vuelta por la ventana. Candado se hizo a un lado para dejarlo pasar. ¡ª?Encontraste algo? El perro neg¨® con la cabeza. Candado acarici¨® su cabeza, esbozando una leve sonrisa. ¡ªNo pasa nada, descansa, amigo. El perro se desvaneci¨®, y Candado volvi¨® a su cama. Justo cuando iba a acostarse, el reflejo en el espejo lo sobresalt¨®: all¨ª estaba su propia imagen, sentada con una expresi¨®n seria y un fac¨®n en la mano. Para colmo, sus ojos en el reflejo eran completamente negros. ¡ªTe dije que volver¨ªa, Candado. ¨¦l lo mir¨® con los ojos entrecerrados, sin sorpresa. ¡ªOh, pens¨¦ que te sorprender¨ªas ¡ªdijo la figura en el espejo mientras se pon¨ªa de pie, acerc¨¢ndose¡ª. Candado, ?no tienes algo que decirme? ¡ªNo tengo nada que hablar contigo. Vuelve a tu celda. ¡ªNo creo que sea necesario. Tu cuerpo me ha dejado libre por s¨ª solo. Desde que llevas ese conjuro¡­ cada v¨®mito, cada tos, cada estornudo y cada sobresalto han debilitado mi prisi¨®n hasta que ya no queda nada. ¡ªPuedo usar mi poder para encerrarte de nuevo. ¡ªPero no lo har¨¢s. ¡ªEse conjuro¡­ y el maldito que lo hizo¡­ ¡ªCandado apret¨® los dientes¡ª. Juro que har¨¦ que pague. Despu¨¦s de todo, us¨® a un muchacho inocente para convocarme. La figura reflejada solt¨® una carcajada amarga. ¡ª?Un muchacho inocente? Candado¡­ eres un cobarde. Te has rebajado demasiado. ¡ªNo estuviste all¨ª. Luch¨¦ con todas mis fuerzas. El cobarde¡­ ¡ªEso es lo que recuerdas. ¡ªS¨ª¡­ ¡ªmurmur¨® Candado, desviando la mirada¡ª. No s¨¦ por qu¨¦ pierdo el tiempo contigo. El reflejo inclin¨® la cabeza, su sonrisa volvi¨¦ndose siniestra. ¡ªParece que no la quer¨ªas. Candado lo mir¨® con furia. ¡ª?De qu¨¦ hablas? ¡ªDe Gabriela. La menci¨®n de su hermana lo hizo hervir de rabia. ¡ªC¨¢llate. No sabes cu¨¢nto la amaba. Dar¨ªa mi vida por ella. El reflejo sonri¨® y, de repente, su mano atraves¨® el espejo, sujetando a Candado por el cuello. ¡ª?La amabas? No me mientas en la cara. Tu ira, envidia, dolor y venganza me hicieron fuerte durante todos estos a?os. Yo te proteg¨ª todo el tiempo. ?Y c¨®mo me lo pagaste? Candado sujet¨® el brazo del reflejo con fuerza. ¡ªEncerr¨¢ndote. ¡ª?NO! Intentaste matarme. Y cuando ella¡­ cuando ella te necesitaba, la defraudaste. Eres una maldita basura. El brazo del reflejo comenz¨® a desintegrarse lentamente. ¡ªSe te acaba el tiempo ¡ªse burl¨® Candado. ¡ªPuede que haya sido de la manera m¨¢s cobarde posible, pero te lo dir¨¦ aqu¨ª y ahora: t¨² la asesinaste. Candado qued¨® petrificado, sus ojos se ensancharon al escuchar eso. Sin embargo, el reflejo continu¨®. ¡ªCuando te des cuenta de lo que te dije, me necesitar¨¢s. Y volver¨¦ a ser fuerte. Despu¨¦s de todo, yo soy la maldad, la ira, el dolor, la envidia. Todo lo negativo me fortalece, porque soy Odadnac. Solt¨® a Candado y desapareci¨®, esbozando una sonrisa. ¡ªNo soy ning¨²n cobarde ¡ªmurmur¨® Candado mientras se arreglaba la corbata. Pero, pese a la firmeza de sus palabras, comenz¨® a dudar. Su coraz¨®n lat¨ªa con fuerza. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªse pregunt¨® en voz baja, apoyando la mano en su pecho. En ese momento, alguien llam¨® a su puerta. ¡ª?Qu¨¦? Desde el otro lado de la puerta, una voz respondi¨®: ¡ªSoy yo, Hammyi. ¡ª(?Hammyi? ?Acaso es una ni?a de cinco a?os?) L¨¢rgate ¡ªdijo con frialdad, mirando la puerta¡ª. Y ll¨¦vate a los que te acompa?an. No quiero ver a nadie. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® ella, confundida. ¡ªNo te hagas la tonta. S¨¦ que est¨¢s con Declan, Anzor, P¨ªo, Viki, Lucas, Luc¨ªa, Erika, Pucheta, Walsh, Germ¨¢n y¡­ Germ¨¢n. ¡ª?No dijiste mi nombre! ??LO OMITISTE ADREDE!? ¡ªgrit¨® Matlotsky desde el otro lado. ¡ªC¨¢lmate, Matlotsky ¡ªle susurr¨® Erika. ¡ªCandado, solo queremos hablar ¡ªdijo Walsh. ¡ªQu¨¦ gracioso, porque yo no. V¨¢yanse. Y t¨², Hammya, ve a descansar; tienes fiebre. ¡ªLo sabemos ¡ªrespondi¨® Pucheta, preocupado. ¡ªBueno, cu¨ªdenla y l¨¢rguense. ¡ªHammya nos cont¨® todo ¡ªdijo Lucas. Candado cerr¨® los ojos y baj¨® los hombros, inclinando la cabeza levemente hacia la izquierda. ¡ªNo puede ser¡­ ¡ªsusurr¨®. ¡ª?Por qu¨¦ no nos dijiste nada? ¡ªNo s¨¦ de qu¨¦ hablan. ¡ªErn¨¦st, sabemos que est¨¢s enfermo y que lo que mat¨® a Gabriela no fue una enfermedad, sino un conjuro. El mismo conjuro que t¨² llevas. ¡ªHammya¡­ no sabes cu¨¢nto te odio en este momento. Cualquiera que hayan sido mis palabras, elogios o buenos tratos, olv¨ªdalos. Quedas oficialmente expulsada del gremio Roob¨®leo. Del otro lado de la puerta, Hammya sinti¨® una punzada de tristeza. Sus ojos se humedecieron, pero intent¨® mantenerse fuerte, mientras Viki y Erika la abrazaban. Por primera vez, Declan sinti¨® empat¨ªa por Hammya y dio un paso adelante. ¡ªSe?or, desde que lleg¨® Hammya, siempre quise que se fuera para evitar que sucediera lo mismo con Ocho¡­ pero si ha corrido desde su casa hasta aqu¨ª con cuarenta y dos de fiebre, es algo digno de admiraci¨®n. ¡ªMe sorprende escucharlo de ti, que desconf¨ªas de todo. Pero eso no cambia las cosas. Es cierto que necesito sus votos para echarla, pero como presidente del gremio, tengo el poder de cerrarle las puertas a nuestras reuniones. ¡ªNo lo har¨¢s, amigo. ¡ªEsa voz¡­ ?H¨¦ctor? ¡ªCandado gir¨®, sorprendido¡ª. ?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªHola, Candado ¡ªsalud¨® H¨¦ctor mientras cerraba la ventana tras de s¨ª. ¡ªSe supon¨ªa que¡­ ¡ªRecib¨ª la llamada de Hammya. Cancel¨¦ mis planes; esto es m¨¢s importante que cualquier viaje. ¡ªH¨¦ctor¡­ sal de mi habitaci¨®n. ¡ªNo lo har¨¦. No despu¨¦s de lo que acabas de decirle a Hammya. ¡ªSal, Candado, ahora ¡ªorden¨® Viki. ¡ªEs hora de que nos des una explicaci¨®n ¡ªa?adi¨® Matlotsky. ¡ª?C¨¢LLENSE! ¡ªgrit¨® Candado, y un trueno retumb¨® a la par de sus palabras. Hammya reaccion¨®, solt¨¢ndose de los brazos de Viki y Erika. ¡ªNo, no lo presionen, por favor. Se pondr¨¢ peor. Todos se detuvieron al escucharla. ¡ª?Peor? ¡ªpregunt¨® Lucas. Matlotsky sac¨® un juego de llaves y desbloque¨® la puerta. ¡ªVamos, ya est¨¢ abierta. Lucas empuj¨® la puerta y todos entraron. ¡ªCandado, por favor, detente ¡ªsuplic¨® Hammya. ¨¦l se volvi¨® hacia ellos y les grit¨® nuevamente. ¡ª?NO QUIERO SU PREOCUPACI¨®N! ¡ªCandado, c¨¢lmate. H¨¦ctor dio un paso al frente. ¡ªYa basta, Candado. No puedes seguir siendo as¨ª con nosotros. Durante a?os no hemos hecho otra cosa que velar por ti, sacrific¨¢ndonos sin esperar nada a cambio. ¡ªNo, dejen de excusarse con sus "buenas intenciones". Dejar de ser¡­ ¡ª?Amigos? Candado, digas lo que digas, no cambiar¨¢ el hecho de que cuidamos de ti. Se lo prometimos a Gabriela. ¡ªDetente. ¡ªNo me detendr¨¦. Nos hemos acostumbrado demasiado a tus ¨®rdenes, y t¨², a ignorar todo lo que sentimos. Tienes que superarlo. ¡ªSilencio. ¡ªNo puedes seguir ocult¨¢ndonos cosas importantes como estas. Conf¨ªa en nosotros; nunca te traicionar¨ªamos. ¡ªBasta ¡ªmurmur¨® Candado, llev¨¢ndose la mano a la sien, donde ten¨ªa el parche. ¡ªCandado¡­ ¡ªsusurr¨® Hammya. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Walsh. ¡ªH¨¦ctor, ya basta. Lo est¨¢s presionando demasiado.If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. ¡ªNo, Hammya, Candado necesita entender que no todo puede ser risas y bromas. Necesita hablar con nosotros, confiar en nosotros, dejar de guardarse secretos. ¡ªBasta, H¨¦ctor. Te aseguro que no quieres saber lo que guardo en mi coraz¨®n. Llevo tres a?os acumulando esto¡­ tres a?os amargos. ¡ªEs justamente de eso de lo que hablo. No es sano. Tienes que soltar todo ese dolor; no puedes seguir almacenando tus sentimientos, o te destruir¨¢s. Candado esboz¨® una sonrisa ir¨®nica. ¡ª?Ahora les importa? Por tres a?os, estuvieron ah¨ª en mi sombra. Es la primera vez que hablamos de esto de forma tan directa. ¡ªEs cierto, fue un error. Te dejamos solo. Yo te dej¨¦ solo, observando c¨®mo el ni?o alegre que eras desaparec¨ªa poco a poco. Le fall¨¦ a Gabriela. Pero no te fallar¨¦ a ti. Esa ni?a de la que hablas, Hammya¡­ pens¨¦ que era un peligro, pero me equivoqu¨¦. Ella hizo lo que nosotros no hicimos: acercarse a ti, desafiarte, hacerte enojar, devolverte poco a poco lo que perdiste. En tres a?os no vi ninguna otra expresi¨®n en ti que no fuera seriedad. Pero ella¡­ ella te hizo re¨ªr, te hizo llorar, te hizo enojar. Sent¨ª envidia de Hammya, porque logr¨® lo que yo no pude. Pero no voy a retroceder. En¨®jate, gr¨ªtame, golp¨¦ame. La voz de Candado tembl¨®. ¡ªYa¡­ basta. ¡ªNo lo har¨¦. ¡ªMe¡­ lastiman¡­ Solo hagan silencio. H¨¦ctor se acerc¨®, y Candado retrocedi¨®, alarmado. ¡ª?Candado? El parche se hab¨ªa ca¨ªdo, y su ojo, en otro tiempo amarillo, ahora era completamente negro. Pero lo que realmente impact¨® a H¨¦ctor fue que Candado temblaba, no por miedo o desconfianza, sino por dolor. La coraza impenetrable hab¨ªa ca¨ªdo; frente a ellos estaba un ser humano tembloroso, vulnerable. Intent¨® retroceder, pero los dem¨¢s lo rodeaban. ¡ª?Se?or? ¡ªpregunt¨® Declan. El cuerpo de Candado reaccionaba solo, temblando de dolor, luchando por mantenerse en pie. ¡ª?Qu¨¦ me han hecho? Siento dolor¡­ mucho dolor. Los ojos de Candado comenzaron a llenarse de l¨¢grimas mientras miraba a Hammya con rabia. ¡ªTodo esto es... tu culpa... ?ME DUELE! ¡ªgrit¨®, antes de lanzarse hacia ella y hacerla a un lado. ¡ª?Pers¨ªganlo! ¡ªorden¨® H¨¦ctor. Candado baj¨® las escaleras a toda prisa, tropezando y rodando hasta el suelo, lo que llam¨® la atenci¨®n de Clementina y de su madre. ¡ª?Se?or? ¡ªdijo Clementina, preocupada. ¡ª?Hijo? ¡ªpregunt¨® su madre. Candado las mir¨® con una expresi¨®n de furia mientras se pon¨ªa de pie. Un tatuaje en forma de c¨ªrculo apareci¨® moment¨¢neamente en su frente y mejilla derecha, brillando en un intenso color amarillo, lo cual alarm¨® a su madre. Sin decir una palabra, apart¨® la mirada y vio a sus amigos bajando las escaleras detr¨¢s de ¨¦l. Se levant¨® r¨¢pidamente, abri¨® la puerta de una patada y sali¨® corriendo. Lucas fue el primero en llegar a la puerta. ¡ªMaldici¨®n. ¡ª?Qu¨¦ le pasa a mi hijo? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret. Clementina mir¨® a Hammya, quien neg¨® con la cabeza, incapaz de ofrecer respuestas. ¡ªJoven patr¨®n... ¡ªmurmur¨® Clementina, afligida. ¡ªNo se queden quietos, ?hay que ir detr¨¢s de ¨¦l ahora! ¡ªorden¨® Viki. Clementina salt¨® del sill¨®n. ¡ªBusquen por todo el pueblo. ¡ªVayan ustedes. Yo me quedar¨¦ con la se?ora Barret ¡ªdijo Matlotsky. ¡ªGracias, Matlotsky ¡ªagradeci¨® Declan. ¡ªNo hay problema. ¡ªHijo... ?qu¨¦ le pasa? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret, preocupada. ¡ªNo se preocupe, se?ora Barret. Traeremos a Candado a casa; es mi deber ¡ªla tranquiliz¨® Declan. ¡ª?Hay que darse prisa! ¡ªapremi¨® German. ¡ªYo voy con ustedes. ¡ªNo, claro que no. Est¨¢s enferma, Hammya ¡ªintervino la se?ora Barret. ¡ªNo voy a mejorar hasta que Candado est¨¦ aqu¨ª. Mientras pueda estar de pie, no me detendr¨¦ ante nada. ¡ªEso es ser obstinada. Lo ¨²ltimo que necesitamos es que te desmayes ¡ªdijo Pio. ¡ªD¨¦jenla. Que venga, yo me har¨¦ cargo ¡ªdijo Declan sin mirarlos. ¡ªTavis Declan Murphy Kennedy, no puedo creerlo. ?El irland¨¦s ap¨¢tico defendiendo a la persona que m¨¢s odia! ¡ªbrome¨® Matlotsky. ¡ªCierra la boca, Matlotsky ¡ªgru?¨® Declan, apunt¨¢ndole con su espada al cuello. ¡ªBien, hay que darse prisa ¡ªapresur¨® Luc¨ªa, mirando a los dem¨¢s¡ª. Vamos, busqu¨¦moslo. En alg¨²n lugar del monte... Candado corr¨ªa por el bosque, atormentado por el dolor. Su ojo derecho se hab¨ªa vuelto completamente negro. ¡ª??Qu¨¦ es esto!? ¡ªgrit¨® de dolor. ¡ªEs tu culpa, amigo m¨ªo ¡ªdijo una voz en su mente. ¡ª?Silencio! ?Ya no eres parte de m¨ª! ¡ªvocifer¨®, agarr¨¢ndose la cabeza. ¡ªNo puedes deshacerte de m¨ª. Candado cay¨® de rodillas en el barro, hundiendo su cabeza entre las manos. ¡ª??Qu¨¦ es esto!? Duele... no para de doler. Mi cabeza arde... siempre he soportado el dolor, ?por qu¨¦ ahora no? ¡ªLas cosas han cambiado. Te has debilitado. ¡ª?Ya basta! ¡ªTu ira solo me fortalece, Candado. Me alimento de tus sentimientos negativos. Candado se levant¨®. ¡ªBien, haz lo que quieras. Te mostrar¨¦ un dolor irremediablemente grande. Una sonrisa distorsionada apareci¨® en su rostro. ¡ª?No te dol¨ªa? ¡ªdud¨® la voz. ¡ªNo sabes c¨®mo duele... es peor que una bala o una espada. Mucho peor. Candado empez¨® a correr en direcci¨®n al gremio. ¡ªVer¨¢s de lo que soy capaz. ¡ªMe gustar¨ªa verlo. ¡ªTe arrepentir¨¢s de tus palabras. Aceler¨® el paso, hasta encontrarse accidentalmente con Lucas. ¡ªCandado, me alegra encontrarte... ¡ªHazte a un lado. ¡ªNo, se?or. Tienes un conjuro que te est¨¢ matando. No me har¨¦ a un lado. ¡ªHoy parece que todos sufren de H¨¦cterismo. ¡ªNo pienso apartarme despu¨¦s de ver tu rostro, se?or. Esos ojos vac¨ªos y negros no son buena se?al. ¡ªEs curioso que t¨² lo digas. Lucas se puso en guardia. ¡ªAdelante. ¡ªParece que tendr¨¦ que hacerte suficiente da?o para que no puedas levantarte. Lucas levant¨® el dedo ¨ªndice y lo hizo chocar contra su pulgar. Pero Candado retrocedi¨® bruscamente, arranc¨® una rama de un ¨¢rbol y la lanz¨® contra ¨¦l. Lucas calcin¨® la rama al instante y se abalanz¨® hacia Candado, pero este se inclin¨® hacia adelante y lo golpe¨® en la frente, estrell¨¢ndolo contra un ¨¢rbol. Lucas intent¨® usar su teletransportaci¨®n, pero Candado, anticip¨¢ndose, dio un codazo a ciegas y le acert¨® en el pecho. ¡ªTe conozco demasiado bien, amigo m¨ªo ¡ªdijo Candado con seriedad. Lucas retrocedi¨® sin rendirse. ¡ªSi pudiera usar mis poderes, te vencer¨ªa, pero aqu¨ª, en el bosque, solo puedo usar mi teletransportaci¨®n y mis pu?os. Candado arremeti¨® de nuevo, invocando su flama violeta. Lucas, obligado a desaparecer una vez m¨¢s, reapareci¨® apenas un instante antes de que Candado lo atrapara del brazo izquierdo, elev¨¢ndolo en el aire y luego propin¨¢ndole un pu?etazo en el pecho que lo dej¨® arrodillado en el suelo, jadeante. ¡ªQu¨¦date abajo. ¡ªNo, amigo m¨ªo. No lo har¨¦. ¡ªTu estupidez es irremediable, ?verdad? Candado elev¨® su brazo. ¡ªBuenas noches. En ese instante, un objeto vol¨® hacia Candado a toda velocidad. No lo percibi¨® hasta que estuvo a unos cent¨ªmetros de su cara, oblig¨¢ndolo a soltar lo que ten¨ªa en las manos y atraparlo al vuelo. Era una carta, el rey de espadas. ¡ªHas ido muy lejos, Candado ¡ªdijo H¨¦ctor desde la distancia. ¡ªH¨¦ctor, no estoy de humor para jugar al truco ¡ªrespondi¨® Candado mientras calcinaba la carta con su mano. ¡ªVen con nosotros y hablemos. ¡ªNo tengo tiempo ni paciencia para sus estupideces ¡ªrespondi¨® con frialdad¡ª. Debo irme. ¡ªSi no vienes por las buenas, vendr¨¢s por las malas. ¡ªAsin¨®h ¡ªsusurr¨® Candado. Al pronunciar esa palabra, dos enormes perros llameantes emergieron del suelo. ¡ªCu¨¦ntales tus problemas a ellos ¡ªdijo Candado antes de salir corriendo hacia el bosque. ¡ªTe atrapar¨¦, amigo... lo juro ¡ªmurmur¨® H¨¦ctor mientras alrededor de ¨¦l comenzaban a danzar ochenta cartas. Candado empez¨® a correr, aunque cada paso intensificaba su dolor. Sin embargo, no se deten¨ªa, impulsado por la determinaci¨®n de llegar a su destino. Tras unos minutos de carrera, divis¨® la casa. ¡ªPerfecto ¡ªcelebr¨® en un susurro. Sin m¨¢s pre¨¢mbulo, se precipit¨® hacia la puerta, la abri¨® y entr¨®. Al voltear, vio a sus compa?eros acerc¨¢ndose a toda velocidad. ¡ª?It¨®h! ¡ªmurmur¨® Candado mientras cerraba la puerta. De la nada, unas llamas violetas de casi veinte metros rodearon la casa. ¡ª?Det¨¦nganse! ¡ªgrit¨® Walsh. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªpregunt¨® Hammya, perpleja. ¡ªEs la ira de Candado ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor. Dentro de la casa, ¨¦l avanzaba pegado a las paredes. ¡ªLo que me obligan a hacer... Los odio... Odio a Hammya ¡ªsusurr¨® mientras su ojo derecho se tornaba completamente negro. ¡ªEste no eres t¨², Candado, recapacita ¡ªuna voz se oy¨® a sus espaldas. ¡ªT¨ªnbari ¡ªrespondi¨® con repugnancia. ¡ªEl conjuro te est¨¢ afectando. Has usado tu poder por demasiado tiempo. Es hora de que... ¡ªEs hora de nada, nada, est¨²pido demonio ¡ªinterrumpi¨® Candado. ¡ªHace mucho que no te ve¨ªa as¨ª. Si sigues, solo har¨¢s lo que ¨¦l quiere. ¡ªVoy a encerrarlo de nuevo. Ha tomado el espejo... Creo que es hora de que su celda sea a¨²n m¨¢s perturbadora para ¨¦l. Candado se acerc¨® al espejo y se mir¨® fijamente. ¡ªNo act¨²es como si nada. Su reflejo comenz¨® a moverse por cuenta propia, y su ropa se torn¨® negra. ¡ªVaya, vaya... Parece que estoy haciendo un buen trabajo ¡ªdijo el reflejo, burl¨®n. ¡ªNo sabes cu¨¢nto dolor estoy soportando, y cu¨¢nto deseo tengo de acabar contigo ¡ªrespondi¨® Candado con voz temblorosa. ¡ªNo puedes matarme, Candado. Ante esas palabras, Candado cay¨® de rodillas frente al espejo. ¡ª?Duele, verdad? As¨ª me sent¨ª cuando me atacaste y traicionaste a ella. ¡ªTus poderes lo est¨¢n destruyendo, detente ¡ªintervino T¨ªnbari. ¡ªYo no estoy haciendo nada. ¨¦l mismo me est¨¢ liberando, despu¨¦s de encerrarme en lo m¨¢s profundo del Limbo. Candado se puso de pie, su expresi¨®n de dolor estaba acompa?ada de una sonrisa amarga. ¡ªT¨²... No eres m¨¢s que una versi¨®n oscura de m¨ª. Extendi¨® ambas manos hacia el espejo, lo que alarm¨® a T¨ªnbari y al reflejo. ¡ªLo que significa que lo que me haga a m¨ª, tambi¨¦n lo sentir¨¢s t¨² ¡ªdijo con una sonrisa adolorida. Candado encendi¨® sus manos con llamas violetas. ¡ª?Planeas derretir el espejo? ¡ªse burl¨® el reflejo. ¡ªNo... Solo quiero que esto te mantenga lejos de m¨ª. Esto no lo hizo el maldito conjuro de Pullbarey, sino t¨² cuando me distraje. Con ambas manos envueltas en llamas, las acerc¨® a su pecho. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari, alarmado. ¡ªNo te metas en esto, Demonto ¡ªmurmur¨® Candado antes de mirar al reflejo¡ª. Voy a destruirte ahora. Candado inhal¨® profundamente y solt¨® toda su energ¨ªa, quemando su interior. El dolor fue tan intenso que lanz¨® un grito desgarrador, uno que reson¨® en toda la casa. ¡ªCandado est¨¢... ¡ªmurmur¨® Hammya. ¡ªS¨ª... ¡ªasinti¨® H¨¦ctor, con el rostro contorsionado por el dolor y l¨¢grimas en los ojos. ¡ªCandado, no permitir¨¦ esto nunca m¨¢s. H¨¦ctor corri¨® hacia el muro de llamas, envolvi¨¦ndose con las cartas que guardaba en su cintur¨®n. Cruz¨® la muralla de fuego, perdiendo todas sus cartas en el proceso, pero lleg¨® al otro lado con su escudo protector destruido. ¡ªGracias, compa?eras ¡ªmurmur¨® H¨¦ctor con tristeza. Justo en ese momento, vio a Hammya, que tambi¨¦n hab¨ªa cruzado la barrera de fuego. ¡ª?C¨®mo...? ¡ªNo lo har¨¢s solo. ¡ªHammya, esa muralla calcina a cualquiera. ?C¨®mo es posible que est¨¦s ilesa? ¡ª?As¨ª? H¨¦ctor sacudi¨® la cabeza. ¡ªHablaremos de eso despu¨¦s. Ahora hay que salvar a Candado. Ambos corrieron hasta la puerta. H¨¦ctor fue el primero en abrirla, y atravesaron el pasillo hasta la sala de estar. All¨ª encontraron a Candado... o m¨¢s bien a su reflejo oscuro. Sus ojos y su ropa eran completamente negros. ¡ªCandado... No, t¨² eres Ira Odadnac, el sentimiento destruido por Candado. ¡ª?De verdad pens¨® que pod¨ªa vencerme solo con eso? Aunque debo admitir que doli¨® mucho... Por fin soy libre para hacer lo que quiera. ¡ª?Qu¨¦ le has hecho, maldito? ¡ªNada. Todo lo hizo ¨¦l solo. Con ese pat¨¦tico discurso provocaste que Candado sintiera dolor y arrepentimiento, un sufrimiento que nunca hab¨ªa podido controlar. ¡ª...Hijo de puta... ¡ªOh, la ni?a que hizo todo esto posible. Estoy orgulloso de ti. ¡ªMira, te lo advierto, suelta a Candado ¡ªdijo H¨¦ctor enojado. ¡ªMientras yo est¨¦ aqu¨ª, Candado no morir¨¢ jam¨¢s. ¡ªEso no me importa ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor. Odadnac se dio vuelta y, sin pensarlo dos veces, le dio un pu?etazo, ech¨¢ndolo fuera de la casa. Luego, se acerc¨® a Hammya y coloc¨® su dedo ¨ªndice en su frente. ¡ªEres muy buena, Hammya, muy buena. Gracias por liberarme, gracias por traicionar la confianza de Candado. Nunca lo vi tan dolido como ahora. Eres demasiado buena para ser mala. Te amo, ni?a. Le bes¨® en la frente, logrando que Hammya retrocediera con temor. ¡ªUjtais nawaja ah¨®t (Gracias, chica demonio). Guard¨® sus manos detr¨¢s de la espalda y camin¨® hacia la puerta. Apenas puso un pie afuera, la tormenta arreci¨®; el fuego violeta se apag¨®, y su figura se hizo visible para todos, con una sonrisa en el rostro. ¡ª?T¨²? ¡ªpregunt¨® alguien incr¨¦dulo. ¡ªVaya, vaya... German Santiago Ben¨ªtez, cu¨¢nto tiempo sin vernos. Luc¨ªa se interpuso para proteger a su hermana. ¡ªJam¨¢s olvidar¨¦ lo que me hicieron. Es hora de que paguen. Odadnac alz¨® los brazos y se inclin¨® levemente. ¡ªAhora descansen por favor. De repente, Clementina irrumpi¨® en escena, transformando su mano izquierda en un arma y disparando contra ¨¦l. Odadnac esquiv¨® los tiros y se lanz¨® hacia ella, tom¨¢ndola del brazo. ¡ªNo quiero lastimarte, eres muy importante para m¨ª. Clementina convirti¨® su brazo derecho en un machete y lo arremeti¨® contra ¨¦l, pero Odadnac retrocedi¨® justo antes de que la hoja lo alcanzara. ¡ªUsted no es mi joven patr¨®n. Odadnac sonri¨®. ¡ªClaro que no, nunca lo ser¨¦, pero as¨ª es. Se elev¨® por los aires y comenz¨® a re¨ªr, mirando a todos desde arriba. ¡ªTodos ustedes, peque?as hormigas. Sin embargo, algo lo oblig¨® a bajar, un golpe de una roca, o mejor dicho, de tres rocas. ¡ª?Qu¨¦...? ¡ªmurmuraron sorprendidos. De entre la maleza sali¨® una figura conocida para algunos y temida por otros. ¡ª?RUCCIM¨¦NKAGRI! ¡ªgritaron. Ella sonri¨®, pero la mayor¨ªa reaccion¨® con desconfianza, excepto H¨¦ctor, Clementina y Hammya. Lucas la mir¨® con hostilidad. ¡ªT¨®matelas de aqu¨ª¡ªorden¨®. T¨ªnbari se interpuso para defenderla. ¡ªElla no es una enemiga. ¡ªClaro, no lo es para un demonio ¡ªreplic¨® Anzor con sarcasmo¡ª, pero esa se?orita es culpable de la muerte de muchos inocentes. ¡ªLo s¨¦, ruso, lo s¨¦, pero est¨¢ bajo el cuidado de Candado. La revelaci¨®n dej¨® a todos estupefactos. No pod¨ªan creer que Candado defendiera, u ocultara, a alguien como ella. ¡ªHablaremos de esto despu¨¦s. Ahora, mi amigo necesita ayuda. Ruccim¨¦nkagri avanz¨® hasta Odadnac, quien la mir¨® con arrogancia. ¡ªVaya, vaya... ¡ªNo pienso pelear ¡ªrespondi¨® ella, tranquila¡ª. Dej¨¦ eso hace mucho tiempo. ¡ªPeor para ti. Odadnac corri¨® hacia ella, pero antes de que pudiera tocarla, ra¨ªces emergieron del suelo y lo encadenaron, oblig¨¢ndolo a arrodillarse. ¡ªGrave error ¡ªsise¨® ¨¦l. ¡ªNo lo es ¡ªrespondi¨® Ruccim¨¦nkagri. Odadnac intent¨® incinerar las ra¨ªces, pero no pudo. ¡ªGracias, Candado ¡ªdijo Ruccim¨¦nkagri. ¡ªImposible... Soy due?o de este cuerpo. Ruccim¨¦nkagri coloc¨® su mano sobre su pecho. ¡ªDuerme, muchacho malo. Su mano comenz¨® a brillar de un blanco intenso, y poco a poco el cuerpo de Candado recuper¨® su aspecto normal. Exhausto y tambaleante, Candado volvi¨® a ser ¨¦l mismo. ¡ªGracias, Ruccim¨¦nkagri. Ella sonri¨® y solt¨® las ra¨ªces que lo aprisionaban. ¡ªTen m¨¢s cuidado la pr¨®xima vez. Candado hizo un esfuerzo por ponerse de pie. ¡ª?Lo oyes todav¨ªa? ¡ªYa no, pero s¨¦ que lo escuchar¨¦ de nuevo. Candado mir¨® a sus compa?eros, que se acercaban a ¨¦l. ¡ªGenial... Se coloc¨® frente a Ruccim¨¦nkagri cuando Anzor lo encar¨®. ¡ªCandado, habla ahora de esto, ya ¡ªexigi¨®. ¡ªHola a todos. Me alegra verlos y... me disculpo con todos, menos contigo, Hammya. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Pio, intrigado. ¡ªPorque me minti¨®, porque no sabe callarse y porque no me hizo caso cuando le dije que se quedara en cama. Los dem¨¢s notaron a Ruccim¨¦nkagri y volvieron a mirarla con hostilidad, pero Candado se interpuso de nuevo. ¡ªAtr¨¢s, camaradas. ¡ªEs Ruccim¨¦nkagri, la terrible druida. La m¨¢s grande delincuente que haya existido junto con T¨¢natos el conductor, Cronos el relojero, Laila la carnicera y V¨ªctor el juez ¡ªreclam¨® Declan. ¡ªEsos tiempos quedaron atr¨¢s. ¡ªEl hombre no olvida, Candado ¡ªdijo Declan. ¡ªPero s¨ª puede perdonar, sin mencionar que pas¨® mucho tiempo. Anzor desenfund¨® su espada. ¡ª?GUARDA TU ARMA! ¡ªNo lo har¨¦. Durante los a?os Circuistas, en Siberia, los bosques masacraron a los pueblerinos locales. Esa herida sigue abierta en mi patria. Candado tom¨® la hoja de la espada con su mano derecha. ¡ªNo me hagas enojar, Vladimir Anzor Dima Clementina se interpuso entre ellos. ¡ªNo peleen, por favor. Erika y Walsh pusieron sus manos en los hombros de Anzor, logrando que bajara el arma. Candado ocult¨® su mano detr¨¢s de la espalda. ¡ªBien, quieren respuestas... De repente, Candado se arrodill¨® con un quejido de dolor. ¡ª?Candado! ¡ªexclamaron todos. Ruccim¨¦nkagri se acerc¨® a ¨¦l. ¡ªNo es nada, s¨®lo tengo hambre. ¡ªS¨ª, claro. ?Nos est¨¢s diciendo que todo este esc¨¢ndalo fue porque... ten¨ªas hambre? ¡ªExactamente ¡ªrespondi¨® ¨¦l, poni¨¦ndose de pie¡ª. ?Alg¨²n problema, Lucas Silva De Los Santos? ¡ªNinguno. ¡ªS¨¦ lo que vas a decir, pero tengo que hacerlo. Candado, necesitas descansar, te guste o no. ¡ªRuccim¨¦nkagri, te agradezco lo de hace un momento, pero lo que haga con mi cuerpo es asunto m¨ªo. ¡ªSi no hubiera estado cerca, habr¨ªas matado a tus amigos y destruido el pueblo. Walsh se abri¨® paso y se acerc¨® a Candado. ¡ªH¨¢blanos, Candado. Deja de cargar solo con esa pesada carga. Somos tus amigos, y sabes que har¨ªamos cualquier cosa por ti. Candado esboz¨® una sonrisa ir¨®nica. ¡ªTodos ustedes¡­ son una molestia para m¨ª, pero¡­ ¡ªhizo una pausa, como si pesara cada palabra¡ª son una molestia necesaria. Los aprecio¡­ mucho. Con esas ¨²ltimas palabras, Candado cerr¨® los ojos. Su cuerpo perdi¨® el equilibrio y cay¨® en los brazos de sus compa?eros. Mientras su conciencia se desvanec¨ªa lentamente, las voces de cada uno de sus amigos se volv¨ªan un eco lejano, una ¨²ltima melod¨ªa antes de apagarse por completo. LA CRUDA VERDAD Candado segu¨ªa en la cama, inm¨®vil, sin haberse despertado desde el d¨ªa anterior. Ya era medianoche, y su respiraci¨®n se manten¨ªa apenas perceptible. A su lado, Hammya le sosten¨ªa la mano con una mezcla de esperanza y temor. Nelson, quien tomaba su pulso, lo observaba atentamente, mientras sus padres, visiblemente preocupados, no apartaban la vista de su hijo. En una esquina de la habitaci¨®n, Mauricio se apoyaba contra la pared, tocando su sombrero nerviosamente con el pulgar. ¡ª?Qu¨¦ le sucede? ¡ªpregunt¨® la se?ora Barret con voz temblorosa. Nelson no respondi¨® de inmediato. Manten¨ªa una mano sobre el pecho de Candado mientras sosten¨ªa un cilindro brillante en la otra. ¡ªNo hay respuesta ¡ªdijo finalmente, con seriedad. ¡ªHas estado all¨ª por cinco horas, ?y no hay respuesta? ¡ªla se?ora Barret alz¨® la voz, quebrada por la desesperaci¨®n. ¡ªCari?o¡­ ¡ª?No! ?Me niego a enterrar a otro hijo! ¡ªgrit¨®, sofocando un sollozo. Mauricio se acerc¨® y, con suavidad, toc¨® la nuca de la se?ora Barret con su b¨¢culo. ¡ªKasit¡­ ¡ªmurmur¨® en un tono bajo. La se?ora Barret cerr¨® los ojos y cay¨® rendida en los brazos de su esposo. ¡ª?Qu¨¦ le hiciste, Mauricio? ¡ªpregunt¨® el se?or Barret, sorprendido y preocupado. ¡ªSolo duerme. Es un hechizo de descanso; no ser¨ªa bueno que entrara en crisis, no ahora ¡ªMauricio le hizo un gesto al se?or Barret, quien acarici¨® la cabeza de su esposa y le dio un beso en la frente antes de cargarla en brazos y salir de la habitaci¨®n. ¡ªVaya espect¨¢culo que armaste, Mauricio ¡ªmurmur¨® Nelson, entrecerrando los ojos. ¡ªSilencio, viejo, haz tu trabajo. La vida de mi hermano est¨¢ en peligro. Nelson resopl¨® y volvi¨® su atenci¨®n a Hammya. ¡ªNi?a, has estado aqu¨ª cuatro horas, arrodillada y sin hacer m¨¢s que sostenerle la mano. Ve a descansar. ¡ª?C¨®mo podr¨ªa descansar? Esto es culpa m¨ªa¡­ yo cre¨ª que lo estaba ayudando. ¡ªY lo ayudaste. Hammya alz¨® la vista, confundida. ¡ª?T¨ªnbari? ¡ªHas conseguido retar a Candado, lo cual no es poca cosa. Has hecho m¨¢s de lo que piensas. ¡ª?En qu¨¦ lo ayud¨¦? Solo logr¨¦ que se pusiera hist¨¦rico. Traicion¨¦ su confianza tratando de ayudarlo y solo empeor¨¦ su salud. Mauricio baj¨® el b¨¢culo sobre la cabeza de Hammya con una ligera sacudida. ¡ªAntes eras una esmeralda; ahora eres un ¨®nix. Cambiaste tu cabello, pero no cambies tu esencia ¡ªsusurr¨®, firme¡ª. Es verdad, Candado est¨¢ en esta situaci¨®n por algo que hiciste, pero no dir¨ªa que fue culpa tuya. Hubiera sido peor si te lo hubieras guardado y dejaras que ¨¦l se pudriera por dentro. Eres una hero¨ªna. Hammya, frot¨¢ndose la cabeza, desvi¨® la mirada. ¡ªDuele ¡ªmurmur¨®. ¡ªNo tanto como la forma en la que te menosprecias ¡ªreplic¨® Mauricio, sin vacilar. Nelson, quien hasta entonces hab¨ªa permanecido en silencio, se acerc¨® a Hammya, sosteniendo una fotograf¨ªa de Candado con su hermana Gabriela y su abuelo. ¡ªSeguro te dijo algo hiriente¡­ ¡ªdijo, mirando a Hammya con comprensi¨®n¡ª. Todos cometemos errores; yo tambi¨¦n discut¨ª con mi hermano una vez y le dije cosas terribles. Sin embargo, ¨¦l me perdon¨®. Estoy seguro de que Candado har¨¢ lo mismo contigo. ¡ªQuiz¨¢¡­ Nelson suspir¨® y dej¨® la fotograf¨ªa en su lugar. ¡ªVoy abajo. Tengo sed, me pregunto si habr¨¢ chacol¨ª. Sali¨® de la habitaci¨®n, dejando a Hammya y a Mauricio en un silencio tenso. ¡ª?Y ahora qu¨¦? ¡ªpregunt¨® ella, sin atreverse a levantar la vista. ¡ªNada, solo queda observar¡­ yo, al menos, esperar¨¦ el momento justo para actuar. ¡ª?Para usar qu¨¦? Mauricio esboz¨® una sonrisa enigm¨¢tica. ¡ªYa lo ver¨¢s, peque?a. Ya lo ver¨¢s. Abajo, en la sala, estaban todos los amigos de Candado: H¨¦ctor, Germ¨¢n, Luc¨ªa, Erika, Walsh, Lucas, Ana, Viki, Clementina, Anzor, Declan, Pio, Andersson, Kevin, Martina, Logan, Diana, Matlotsky, Joaqu¨ªn, la abuela Andrea e Hip¨®lito. Nadie dec¨ªa nada; el ambiente era tan pesado que solo se escuchaban los pasos de Nelson bajando las escaleras. ¡ª?C¨®mo est¨¢? ¡ªpregunt¨® Andersson. ¡ªNo mejora ni empeora. Solo est¨¢ dormido por ahora. ¡ª?Sabe el motivo? ¡ªpregunt¨® Clementina, con una voz cargada de decepci¨®n. ¡ªPodr¨ªa ser cansancio, estr¨¦s¡­ cualquier cosa. Erika se acerc¨® a Clementina y la tom¨® de la mano. ¡ªDespertar¨¢ ¡ªsusurr¨®, intentando sonre¨ªr. Nelson se rasc¨® la nuca y se fue a la cocina. En ese momento, H¨¦ctor se levant¨® de forma abrupta, atrayendo la atenci¨®n de todos, y sali¨® de la sala hacia el patio sin decir palabra. Un minuto despu¨¦s, Walsh se puso de pie y lo sigui¨®, cerrando la puerta suavemente al salir. Cuando Walsh lleg¨® al patio, encontr¨® a H¨¦ctor sentado bajo un ¨¢rbol, con la cabeza entre las manos, golpe¨¢ndose la frente con los pulgares. ¡ªLo arruin¨¦ otra vez ¡ªmurmur¨® H¨¦ctor, sin alzar la vista. ¡ªNo arruinaste nada ¡ªdijo Walsh con una voz calmada¡ª. Siempre fuiste muy duro contigo mismo. ¡ªWalsh, siempre eres amable¡­ ?por qu¨¦ te niegas a ver la realidad? Walsh se sent¨® a su lado. ¡ªCada quien tiene su punto de vista sobre la realidad. Eso aprend¨ª de Candado ¡ªrespondi¨® con suavidad¡ª. H¨¦ctor, eres de las personas que mejor lo conocen; no deber¨ªas castigarte por lo que ya pas¨®. H¨¦ctor suspir¨® y mir¨® al cielo, sin decir nada. ¡ªClaro que s¨ª. ¡ªNo, no es as¨ª, H¨¦ctor. Vos y yo, o cualquiera de nosotros, no somos expertos en lidiar con la muerte de un ser querido. Era obvio que no podr¨ªamos hacer mucho; ¨¦ramos demasiado j¨®venes. Entendimos su dolor, pero no c¨®mo aliviarlo. Despu¨¦s de todo, un ser querido es irreemplazable. Por m¨¢s regalos que le di¨¦ramos, chistes que cont¨¢ramos o aventuras que le ofreci¨¦ramos, nada iba a reparar ese dolor. Y, como vos, yo tambi¨¦n tuve miedo de hacer algo. ¡ªMientes. ¡ª¡­ ¡ªWalsh, cuando ella muri¨®, vos estuviste m¨¢s tiempo con ¨¦l. Eras el ¨²nico que cruzaba esa puerta. Te quedabas hasta que ca¨ªa el sol, todos los s¨¢bados y domingos. En lugar de hacer otra cosa, estuviste a su lado durante seis meses. Walsh no dijo nada; su expresi¨®n qued¨® en blanco. ¡ªSi tuviera que decirlo, Walsh, eres mucho mejor que yo. Aunque desataste su ira aquella vez, seguiste viniendo. ¡ªEso no me hace mejor que vos, H¨¦ctor. Haber reaccionado en ese momento no me convierte en una mejor persona. Solo hice lo que cre¨ª correcto, y lo correcto es subjetivo. Record¨¢ eso, H¨¦ctor. ¡ª?De d¨®nde aprendiste todo eso? ¡ªDe alguien llamado Candado Ernest Catriel Barret. Un joven como vos y yo, solo que a ¨¦l le gusta pensar mucho. Le interesa saber por qu¨¦ una piedra es piedra o por qu¨¦ la gente dice lo que dice y no lo que realmente piensa. ¡ª?Y vos? ¡ªYo soy yo, y ensayo respuestas con lo que veo. H¨¦ctor ri¨®. ¡ªEres un loco, Walsh. ¡ªTal vez, tal vez. Walsh se puso de pie. ¡ª?Te vas? ¡ªS¨ª, pero no solo ¡ªle extendi¨® la mano¡ª. V¨¢monos juntos. H¨¦ctor tom¨® su mano y se levant¨®. ¡ªBien, no puedo decepcionar a los otros, ?no? ¡ªEres el Candado mientras ¨¦l duerme. ¡ªSe oye confuso. ¡ªBueno, eres el presidente hasta que Candado despierte. ¡ªNo me trates de tonto ¡ªdijo H¨¦ctor con una sonrisa burlona. Cuando estaban a punto de entrar en la casa, se escuch¨® un estruendo en el segundo piso, acompa?ado de un grito. ¡ª?Qu¨¦¡­? La puerta se desplom¨® y de su interior fueron expulsados los cuerpos de Declan y Clementina. ¡ª?Chicos! Walsh reaccion¨® primero. ¡ª?CUIDADO! Empuj¨® a H¨¦ctor hacia la derecha, evitando que una lanza lo atravesara. ¡ªFall¨¦ ¡ªdijo una voz desde dentro de la casa. Clementina se puso de pie y transform¨® su brazo derecho en un machete, el ¨²nico brazo que le quedaba. ¡ªSon Baris. Vienen por Candado. Los ojos de H¨¦ctor brillaron de asombro al ver que, a trav¨¦s de la cortina de humo, emerg¨ªa una figura de piel p¨¢lida y ojos completamente oscuros. Vest¨ªa un abrigo negro descolorido, acompa?ado de un sombrero desgastado; la tela, que alguna vez fue blanca, estaba manchada de negro y rojo. ¡ª?Qu¨¦ eres? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªAtr¨¢s, criatura ¡ªdijo Declan, poni¨¦ndose de pie con furia. La criatura sonri¨®. ¡ªSolo venimos por la sangre violeta, no por ustedes. No molesten. ¡ªSe la llevar¨¢n sobre mi cad¨¢ver ¡ªdeclar¨® Declan. ¡ªNo hay problema. La criatura extrajo de su pecho una lanza de dos metros de largo, lo que caus¨® gran temor en los presentes. Todos menos Declan, que estaba completamente enardecido por la humillaci¨®n. ¡ªLo repetir¨¦ una vez m¨¢s: solo queremos la sangre violeta, no ustedes. Entonces se escuch¨® otro estruendo, esta vez desde la habitaci¨®n de Candado. La ventana estaba destrozada, y, en medio de los restos, estaba Matlotsky, con un martillo en mano, salud¨¢ndolos. La criatura se distrajo un instante, un segundo que el anciano Nelson aprovech¨®. Desde la cocina, irrumpi¨® armado con un fusil de asalto, disparando contra la espalda de la criatura. Al acercarse, sac¨® una magnum y dispar¨® directo a su cabeza hasta agotar las balas. ¡ª?LLEVEN AL MUCHACHO! ¡ªgrit¨® Nelson. Mauricio y Hammya saltaron por el enorme agujero, cargando a su amigo. ¡ªEst¨¢ a salvo ¡ªasegur¨® Mauricio. ¡ª?NO! ¡ªgrit¨® la criatura. Atrap¨® a Nelson por los brazos y lo estrell¨® contra la pared, aunque aquello no fue suficiente para dejarlo inconsciente.Stolen content warning: this tale belongs on Royal Road. Report any occurrences elsewhere. Matlotsky baj¨® del techo y se plant¨® frente a la criatura. ¡ªA tu novio lo dej¨¦ inconsciente. Retrocede, imperfecto. ¡ª?EST¨¢S LOCO! ¡ªgrit¨® Declan. La criatura extendi¨® su mano derecha y lo atrap¨® por el cuello en un instante. ¡ªTe atreves a golpear a un Keplanio. ¡ª?DEJA A MATLOTSKY! Declan corri¨® hacia la criatura con su espada desenfundada y salt¨® hacia ¨¦l. Sin embargo, la criatura lanz¨® a Matlotsky contra Declan, tumb¨¢ndolos a ambos en el suelo. Cuando se preparaba para atravesarlos con su lanza, apareci¨® Diana en escena, con una herida en el rostro. Su expresi¨®n de ira y su sonrisa desquiciada, junto a sus ojos dilatados, reflejaban un frenes¨ª incontrolable. La sien le sangraba. ¡ª?JUEGA CONMIGO! La criatura se gir¨® hacia ella, d¨¢ndole a Declan la oportunidad de cortarle un tend¨®n. La criatura cay¨® de rodillas, observando a Diana que avanzaba con una guada?a en mano. Esta fue incrustada en su pecho, y, sin soltarla, Diana procedi¨® a morderle el cuello con una sonrisa. La criatura logr¨® liberarse y retrocedi¨® mientras sosten¨ªa su herida. Diana sonre¨ªa, con los labios goteando sangre y una mirada desafiante. ¡ªNadie ataca a mis hermanos. ¡ªLos humanos s¨ª que dan miedo. ¡ª?De d¨®nde viene esa voz? ¡ªpregunt¨® Diana, mirando a su alrededor. ¡ªAqu¨ª arriba. Todos levantaron la vista y vieron a otra criatura de pie sobre una rama del ¨¢rbol. Llevaba una capucha que le ocultaba el rostro, con ojos rojos brillantes. Su armadura reluc¨ªa en las rodillas, hombros, manos, antebrazos, piernas y espinillas, y sosten¨ªa un martillo de dos metros. Diana lo mir¨® y se lanz¨® hacia ¨¦l. ¡ª?DETENTE! Diana lo ignor¨® y arremeti¨® contra la criatura, pero fue en vano. ¨¦l le dio un golpe a su guada?a, oblig¨¢ndola a retroceder. ¡ªSaludos, humanos. Soy el Bari del tiempo, B¨®rrbari. ¡ªH¨¦ctor, Hammya. Ll¨¦vense a Candado de aqu¨ª ¡ªorden¨® Diana. ¡ªEntendido. No mueran ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor. ¡ª?Tan desconfiable soy, H¨¦ctor? ¡ªdijo Declan, esbozando una sonrisa. H¨¦ctor y Hammya cargaron a Candado y se apresuraron a salir. Ante los que permanec¨ªan de pie ¡ªClementina, Matlotsky, Declan, Mauricio, Diana, Nelson y Walsh¡ª aparecieron tres criaturas. Una de ellas emergi¨® de los escombros; su apariencia era m¨¢s humana, salvo por sus ojos oscuros. Llevaba una gabardina negra y una cruz colgaba de su cuello. ¡ª?Est¨¢s bien, Suen? ¡ªpregunt¨® B¨®rrbari. ¡ªTodos est¨¢n inconscientes; me he alimentado de sus sue?os, as¨ª que s¨ª ¡ªrespondi¨® Suen. ¡ªSon Baris ¡ªmurmur¨® Mauricio. ¡ªGran observaci¨®n, humano ¡ªcontest¨® Suen, con una sonrisa ir¨®nica. ¡ªNo perdamos m¨¢s tiempo, hay que ir tras ¨¦l ¡ªdijo Dess impaciente. B¨®rrbari levant¨® una mano para detenerlo. ¡ªNo te desesperes, Dess. No ir¨¢n a ning¨²n lado. ¡ª?D¨®nde est¨¢ T¨ªnbari cuando se le necesita? ¡ªsusurr¨® Matlotsky. ¡ª?T¨ªnbari? Ah, claro, el fugitivo. No esperaba mucho de ¨¦l; despu¨¦s de todo, dej¨® de ser un Bari hace tiempo. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEs de admirar c¨®mo defiende a un humano m¨¢s que a su propia familia. Walsh se arrodill¨® al escuchar esas palabras. ¡ª?Se rinden? ¡ªpregunt¨® Dess, con tono soberbio. ¡ªLa Hermandad no se rinde ¡ªreplic¨® Walsh, esbozando una sonrisa. Luego pas¨® su dedo por el c¨¦sped. ¡ªEsto es nuestro poder. El tr¨ªo de Baris volte¨® r¨¢pidamente al ver a Walsh, y detr¨¢s de ¨¦l, a todos los humanos que Suen hab¨ªa puesto a dormir, encabezados por Europa Barret. ¡ªVaya pesadilla ¡ªdijo Joaqu¨ªn, ajust¨¢ndose la corbata. ¡ªY que lo digas ¡ªrespondi¨® Andersson. ¡ªNo permitir¨¦ que se acerquen a Candado ¡ªafirm¨® Logan. Todos estaban sorprendidos, excepto B¨®rrbari, quien mir¨® fijamente a Walsh, que manten¨ªa su sonrisa. ¡ªEsto es la Hermandad, esto es el gremio. ¡ªNo puedo volverlos a dormir ¡ªadmiti¨® Suen, frunciendo el ce?o. ¡ªCreo que ser¨¢ mejor matarlos ¡ªpropuso Dess. ¡ªSer¨ªa imprudente despertar la ira del portador. ¨¦l es el ¨²nico que puede matar a un Bari ¡ªdijo B¨®rrbari. ¡ªEscuchen: nadie tocar¨¢ a Candado mientras estemos de pie ¡ªdijo Anzor con firmeza. ¡ªNo hay remedio ¡ªrespondi¨® B¨®rrbari, sacando su mazo de la espalda¡ª. Por lo general, hay una regla no escrita que dice "no usar la fuerza total contra un humano". Pero como no hay castigo¡­ B¨®rrbari se puso en guardia. ¡ªVayan tras Candado; yo me quedar¨¦ aqu¨ª. Ambos Baris desaparecieron frente a sus ojos, sorprendiendo a todos. ¡ªBien, ahora empecemos. Hammya y H¨¦ctor, cargando el cuerpo de Candado, corr¨ªan por el bosque, tratando de alejarse lo m¨¢s posible. ¡ª?A d¨®nde vamos? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªAl gremio. Es el ¨²nico lugar donde estaremos a salvo. ¡ª?C¨®mo pudo suceder esto? ¡ªexclam¨® Hammya, angustiada¡ª. ?C¨®mo nos encontraron? Esto es extra?o¡­ Joder, T¨ªnbari¡­ ¡ª?Crees que estar¨¢n bien? ¡ªSomos de la Hermandad Roob¨®leo; estamos m¨¢s preparados para una guerra que nadie. ¡ªYa veo¡­ Hammya mir¨® la espalda de Candado y not¨® que su sudor iba en aumento. ¡ªH¨¦ctor¡­ ¡ª?Ah¨ª est¨¢! ?El gremio! H¨¦ctor tom¨® la mano de Hammya. ¡ª?Qu¨¦¡­? ¡ªCierra los ojos. H¨¦ctor aceler¨® el paso, acerc¨¢ndose a la puerta a tal velocidad que Hammya, asustada, no sab¨ªa si detenerse, gritar o simplemente cerrar los ojos. Opt¨® por la ¨²ltima. H¨¦ctor, por su parte, continu¨® corriendo hasta llegar a la puerta y la atraves¨® como si fuera transparente. Hammya abri¨® los ojos al darse cuenta de que se hab¨ªan detenido de pronto. ¡ª?Qu¨¦ ha pasado? ¡ªAtravesamos la puerta. H¨¦ctor entr¨® en una habitaci¨®n al lado de la sala de juntas, donde hab¨ªa una cama. Baj¨® a Candado y lo recost¨® con cuidado. Hammya entr¨® momentos despu¨¦s. ¡ª?C¨®mo est¨¢? H¨¦ctor abri¨® el p¨¢rpado derecho de Candado con el pulgar; sus c¨®rneas estaban rojas, y las venas palpitantes de sus ojos mostraban un rastro de sangre. ¡ªLo sab¨ªa¡­ ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEfecto domin¨®. Luego se puso de pie y mir¨® a Hammya. ¡ªCandado est¨¢ sufriendo otra vez, y no podemos hacer nada. Las manos de H¨¦ctor temblaban al decirlo. ¡ªDebe haber otra forma. H¨¦ctor forz¨® una sonrisa. ¡ªTienes raz¨®n. Es muy pronto para rendirse. Ir¨¦ a ver qu¨¦ puedo hacer. ¡ªPodr¨ªas empezar por entregarme al muchacho. Hammya y H¨¦ctor se estremecieron al descubrir la presencia de Dessbari. Hammya corri¨® hasta la cama de Candado para protegerlo, mientras H¨¦ctor manifestaba sus barajas de cartas. ¡ªD¨¦jenlo en paz. Ya no lo molesten m¨¢s. ¡ªEso es imposible ¡ªluego golpe¨® su lanza contra el suelo, pudriendo la madera donde la toc¨®. Hammya se horroriz¨®; su rostro reflejaba desesperaci¨®n y miedo mientras abrazaba a Candado. En cambio, H¨¦ctor, aunque tambi¨¦n estaba aterrorizado, no dej¨® que el miedo fuera lo suficientemente grande como para hacerlo retroceder. En su expresi¨®n se mezclaba la determinaci¨®n de proteger a Candado y a Hammya con el terror a perder la vida. ¡ªHazte a un lado. H¨¦ctor lanz¨® una carta que roz¨® el rostro de Dess. ¡ªMe asegurar¨¦ de que sufras la desesperaci¨®n de tus heridas antes de morir. H¨¦ctor se abalanz¨® contra Dess, usando sus cartas como armas. El Bari, sinti¨¦ndose superior, quer¨ªa jugar con ¨¦l, aunque a¨²n tem¨ªa la determinaci¨®n que ve¨ªa en el muchacho, esa que lo impulsaba hacia una muerte segura. As¨ª que Dess lanz¨® estocadas mortales sin vacilar. H¨¦ctor hizo todo lo posible por esquivarlas; muchas de las estocadas apenas rozaban su ropa, pero ninguna lleg¨® a tocarle la piel, ya que significar¨ªa una muerte segura. Sab¨ªa que era imposible atravesar la lanza, un artefacto que parec¨ªa inhumano, y comprendi¨® que solo pod¨ªa moverse de un lado a otro, buscando una oportunidad de atacar. Cuando crey¨® haber encontrado una abertura, Dess solt¨® la lanza y lo tom¨® del cuello. ¡ªEres muy escurridizo. Dess sonri¨® y comenz¨® a estrangularlo. Hammya salt¨® de su lugar y corri¨® hacia ¨¦l. ¡ª?YA BASTA! Dess la mir¨® y le dio una patada, estrell¨¢ndola contra un librero, que se vino abajo y cay¨® sobre ella. ¡ª?Ha¡ªHammya! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor, apenas pudiendo hablar. ¡ªDebiste haber tomado el camino f¨¢cil. El cuello de H¨¦ctor comenz¨® a oscurecerse, sus ojos se llenaron de sangre, y de su boca brotaba baba. ¡ªD¨¦jate abrazar por la muerte. Los quejidos de H¨¦ctor se iban apagando poco a poco, su vida escapaba de su cuerpo. Justo cuando parec¨ªa que todo estaba perdido, una ra¨ªz emergi¨® desde el suelo, golpeando a Dess, quien solt¨® a H¨¦ctor y cay¨® inconsciente. Dess cort¨® la ra¨ªz y sigui¨® su rastro con la vista, descubriendo que ven¨ªa de debajo del librero. Justo cuando Dess planeaba ¡°inspeccionar¡± el lugar, el librero se levant¨®, revelando a Hammya, furiosa, con su cabello y ojos verdes brillantes. ¡ªVaya, entonces... Hammya le lanz¨® el librero, dejando claro que no quer¨ªa escuchar sus palabras. Aunque el impacto no lo lastim¨®, Dess tom¨® su lanza y se lanz¨® hacia ella. Hammya alz¨® la palma y la lanza choc¨® contra su mano como si fuera de metal; no hab¨ªa sido herida en absoluto. Su rostro a¨²n reflejaba ira, y de su palma surgieron ra¨ªces que envolvieron la lanza por completo. Dess no se inmut¨® y se liber¨® de las ra¨ªces, dirigi¨¦ndose hacia la cama de Candado. Hammya se interpuso en su camino y recibi¨® el ataque directamente, pero no sufri¨® ning¨²n da?o. ¡ªTonto Bari, no puedes da?arme a m¨ª. ¡ªEsa voz... eres... ¡ª?QU¨¦ RUIDOSOS! Ambos voltearon. Candado estaba despierto, sosteniendo su fac¨®n, con su ojo derecho de color negro. ¡ªVeo que Hammya despert¨® su segunda personalidad. ¡ªKeplant... ¡ª?Keplant? Soy Candado, ni?ita silvestre. Dicho esto, se levant¨® de la cama y mir¨® a Dess. ¡ªEres el Bari m¨¢s cobarde que he visto, atac¨¢ndome mientras estaba inconsciente y arremetiendo contra mis amigos y familia. Qu¨¦ poca dignidad bariatiaca tienes. Dess retrocedi¨® y se concentr¨® nuevamente. Candado dio unos pasos al frente hasta que vio a su amigo, deteni¨¦ndose al instante. ¡ªH¨¦c... tor. Al ver a su amigo con sangre en la boca y una gran marca en el cuello, sus ojos comenzaron a dilatarse. H¨¦ctor yac¨ªa en el suelo, aparentemente muerto. ¡ªNo veo problema ¡ªmurmur¨®¡ª. Una vez, T¨ªnbari dijo que quiz¨¢s alguien de su raza vendr¨ªa alg¨²n d¨ªa a buscarme, a matarme y arrebatar mis poderes. Je... por m¨ª est¨¢ bien. Luego alz¨® la vista, llena de una frialdad mortal. ¡ªDigo, no soy un asesino si mato a un Bari, ?verdad? Dess se sinti¨® intimidado, pero no retrocedi¨®. ¡ªVen aqu¨ª y... En un abrir y cerrar de ojos, Candado hab¨ªa desaparecido y reaparecido detr¨¢s de ¨¦l, fac¨®n en mano. ¡ªComo ordenes. Luego enterr¨® su fac¨®n en la nuca de Dess, baj¨¢ndolo hasta su espalda y ba?¨¢ndose en la sangre violeta de su enemigo, mientras su rostro segu¨ªa impasible. Dess solt¨® un grito desgarrador que dej¨® a Hammya moment¨¢neamente sorda, aunque Candado no sinti¨® ninguna molestia. ¡ªNo puedo matarte con esto. Despu¨¦s de todo, las heridas mortales para los humanos son solo un dolor desgarrador para ustedes, pero no corren peligro de vida. T¨ªnbari me lo dijo. ¡ªTraidor, sab¨ªa que deb¨ª matarte yo mismo y no ¨¦l. Candado parpade¨®, frunciendo el ce?o. ¡ªOh, eso. Tom¨® a Dess de un pu?etazo y lo sac¨® de la casa, escapando de ah¨ª al instante. ¡ªAquello que el humano teme, ven aqu¨ª; te lo ordeno. De la nada, un humo negro se manifest¨® ante sus ojos. ¡ªVaya ¡ªbostez¨® T¨ªnbari¡ª, qu¨¦ flojera. ¡ªLuego mir¨® a su alrededor¡ª. ?Por qu¨¦ no me invitaron? Candado lo agarr¨® de los cuernos. ¡ª?Esto no es una fiesta juvenil, IDIOTA! ¡ª?Ay, ay, ay, su¨¦ltame, Candado, duele! ¡ª??QU¨¦ ESTABAS HACIENDO QUE NO ESTABAS EN TU POSICI¨®N, MALDITA SEA!? ¡ªSent¨ª un aura id¨¦ntica a la de mis hermanos, y fui a investig... ?AUCH! ?NO TIRES! ¡ªCandado tir¨® con m¨¢s fuerza¡ª. Est¨¢ bien, est¨¢ bien, por favor, no tires m¨¢s. ¡ªSer¨¢s... H¨¦ctor comenz¨® a toser violentamente, como si intentara inhalar todo el aire a su alrededor con desesperaci¨®n y dolor. Candado solt¨® a T¨ªnbari y corri¨® hasta donde estaba H¨¦ctor. ¡ªRayos, amigo ¡ªdijo Candado mientras se arrodillaba, apoyando la cabeza de H¨¦ctor en su antebrazo¡ª. ?Qu¨¦ te han hecho? ¡ªNada... ya sabes c¨®mo es esto, d¨¢ndote el cuello ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor con una sonrisa, llev¨¢ndose la mano al cuello. ¡ªMe alegra que est¨¦s bien. ¡ª?D¨®nde est¨¢ el imb¨¦cil? ¡ªLo ahuyent¨¦. H¨¦ctor empez¨® a toser. ¡ªDescansa, amigo. H¨¦ctor se puso de pie y se dej¨® caer en un sill¨®n cercano. ¡ªDame unos segundos; estar¨¦ bien. ¡ªClaro, amigo. En ese momento, Hammya irrumpi¨® en la habitaci¨®n, sus ojos a¨²n brillantes. ¡ªVaya, eres muy rudo. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªEso es cruel, Candado. Soy yo, tu Hammya. ¡ªNo eres Hammya ni m¨ªa ni de nadie. ?Qui¨¦n rayos eres? ¡ªBueno, no puedo enga?arte. Este cuerpo es tanto de Hammya como m¨ªo, pero¡­ ¡ªDame tu nombre de una maldita vez. La figura, a¨²n con la apariencia de Hammya, pos¨® su mano en el hombro de Candado. ¡ªMi nombre no importa. Solo ten en mente que si le haces da?o o la entristeces, te har¨¦ sufrir. Candado apret¨® la nariz de la figura. ¡ªAy, ay, ay... duele. ¡ªNo me amenaces, pero la cuidar¨¦. Luego la solt¨®, y ella comenz¨® a frotarse la nariz. ¡ªDisc¨²lpate correctamente con ella. Adi¨®s. De repente, el brillo en los ojos de Hammya se apag¨®, su cabello volvi¨® a ser rojo, y cay¨® en los brazos de Candado. ¡ªCreo que le debo una disculpa ¡ªdijo Candado mientras la recostaba en la cama. T¨ªnbari hizo un gesto sarc¨¢stico con las manos. ¡ªHazme el favor y muere, ?s¨ª? ¡ªNo puedo morir, y por m¨¢s que me ruegues, no lo har¨¦. H¨¦ctor solt¨® una peque?a risa. ¡ªCandado, me gustar¨ªa ayudarte en esto m¨¢s que nadie, pero ahora soy un in¨²til. ¡ªDessbari es el Bari de los desalmados, los asesinos, los ladrones. Su toque pudre la piel de cualquiera que lo recibe. ¡ªMe sorprende que hayas sobrevivido ¡ªcoment¨® Candado. ¡ªDessbari no puede corromper a quienes tienen un coraz¨®n y un alma pura. Las personas sin maldad son inmunes a su toque... aunque parece que logr¨® hacerte bastante da?o. Candado se llev¨® la mano al ment¨®n. ¡ªSupongo que yo me pudrir¨ªa m¨¢s r¨¢pido que H¨¦ctor. ¡ªPor supuesto. ¡ªMmm... me importa un bledo. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNo le temo a los Baris, y no voy a tolerar que hagan lo que quieran solo porque estoy inconsciente. ¡ªSabia decisi¨®n, Candado. ¡ªH¨¦ctor, cuida de Hammya. Mejor, solo vig¨ªlala. ¡ª?Y si despierta? ¡ªDile que se quede en la cama y que espere. Tengo que hablar con ella despu¨¦s. ¡ªOh, bueno. Candado hizo un gesto con su boina y sali¨® de la habitaci¨®n, acompa?ado de T¨ªnbari. ¡ªBien, ?d¨®nde est¨¢n tus hermanos? T¨ªnbari se adelant¨®, respondiendo a su pregunta. ¡ªBien ¡ªsonri¨® Candado¡ª, gu¨ªame hacia ellos. Mientras se dirig¨ªan a su objetivo, Suenbari, oculto en las sombras de la casa, sali¨® de su escondite y observ¨® la espalda de Candado con una expresi¨®n de orgullo. ¡ªPerd¨®nenme, hermanos, pero no puedo atacar a alguien a quien Keplant eligi¨®. ¡ªEstamos cerca. ¡ªSiento que¡­ no, debemos darnos prisa. Candado chasque¨® los dedos. ¡ªAsin¨®h. De la nada apareci¨® un enorme perro envuelto en llamas, al que Candado mont¨®. ¡ªUzoori se pondr¨ªa celoso si te viera as¨ª ¡ªbrome¨® T¨ªnbari. Candado no respondi¨®; sus ojos, especialmente el izquierdo, reflejaban una preocupaci¨®n intensa. Al llegar al lugar, se encontraron con una escena desgarradora: en su jard¨ªn, todos sus amigos y familiares estaban convertidos en diamantes. Su madre levantaba el pu?o, su padre proteg¨ªa a Lucas y a Liv, Nelson ten¨ªa el brazo derecho extendido con una pistola lista para disparar, Diana estaba en el suelo con su guada?a preparada para atacar, y Mauricio y Logan se manten¨ªan en posici¨®n defensiva. Todos hab¨ªan sido petrificados en pleno enfrentamiento. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªmurmur¨® Candado, arrodill¨¢ndose mientras la angustia inundaba su rostro. Su dolor era tan profundo que no pudo controlar a su perro, que termin¨® desvaneci¨¦ndose. ¡ªFue obra de B¨®rr ¡ªsusurr¨® T¨ªnbari. Candado levant¨® la vista hacia una figura encapuchada que flotaba en el aire, golpeando su mazo contra el suelo mientras tarareaba. La luz de la luna y las estrellas iluminaban su figura. ¡ªLo esperaba de Hach, pero de ti, no. El tarareo y el golpeteo cesaron. ¡ªT¨ªnbari, despu¨¦s de tanto tiempo, el cobarde muestra su rostro. Candado se levant¨® r¨¢pidamente, lleno de rabia, y se lanz¨® contra B¨®rrbari, pero T¨ªnbari lo detuvo, sujet¨¢ndolo firmemente por el brazo derecho y el pecho. ¡ªHijo de puta¡­ B¨®rrbari descendi¨® hasta el suelo y se acerc¨®, quedando a una distancia de cinco metros. ¡ªSiento tu sed de venganza, pero tranquilo, matar humanos no es mi estilo. Candado estaba lejos de calmarse; la furia segu¨ªa ardiendo en ¨¦l. ¡ªMe retirar¨¦ por hoy, pero la pr¨®xima vez volver¨¦ por la sangre violeta... y por ti, traidor ¡ªdijo B¨®rrbari. T¨ªnbari reaccion¨® al comentario y, con rapidez, puso a Candado a dormir al posar su mano endemoniada sobre su cabeza. El muchacho perdi¨® las fuerzas y cay¨® desvanecido en el regazo de T¨ªnbari. ¡ªVeo que ¨¦l no lo sabe ¡ªcoment¨® B¨®rrbari. ¡ªNunca se lo voy a decir. B¨®rrbari dej¨® escapar un suspiro. ¡ªNo soy qui¨¦n para darte lecciones, pero... a¨²n no olvido lo que hiciste por m¨ª. Sin embargo, la situaci¨®n en la que est¨¢s nos obliga a actuar. Lingari es nuestro l¨ªder, y nos guste o no, debemos escuchar sus ¨®rdenes. Ojal¨¢ tuviera tu valor, T¨ªnbari... no sabes cu¨¢nto te envidio. B¨®rrbari golpe¨® suavemente su mazo contra el suelo, y, en un acto m¨¢gico, todos los que estaban petrificados volvieron a la normalidad. ¡ª?Eso es todo? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari, observando a su alrededor. ¡ªS¨ª. Solo quer¨ªamos saber qu¨¦ tan fuerte era el humano. Ahora, siete de nosotros, junto con tus aliados, saben d¨®nde vive Candado y lo que representa. ¡ª?Por qu¨¦ me dices esto? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari. ¡ªMe salvaste la vida una vez y... lo agradezco. ¡ªB¨®rrbari esboz¨® una leve sonrisa y empez¨® a desvanecerse¡ª. Nos vemos, hermano. ¡ªNunca me arrepentir¨¦ de mis actos ¡ªsusurr¨® T¨ªnbari, mirando a Candado¡ª. No tengo nada de qu¨¦ arrepentirme, nada. T¨ªnbari carg¨® a Candado en brazos y ech¨® un vistazo a su alrededor. Las personas que hab¨ªan estado petrificadas comenzaron a moverse y a recuperar sus formas originales. ¡ªDios, pens¨¦ que no sal¨ªa de esta ¡ªdijo Matlotsky, con un suspiro de alivio. Europa, quien a¨²n sent¨ªa el dolor de la experiencia, se arrodill¨® para luego ponerse de pie con esfuerzo. Su mirada recorri¨® el lugar hasta detenerse en T¨ªnbari, quien sosten¨ªa a su hijo inconsciente en brazos. Ante la presencia visible de T¨ªnbari, algunos como Kevin intentaron atacar, pero Walsh lo detuvo. La se?ora Barret corri¨® hasta su hijo, l¨¢grimas de angustia y alivio en sus ojos. Al llegar junto a T¨ªnbari, este le entreg¨® a Candado en sus brazos. ¡ªEst¨¢ vivo, Europa ¡ªle dijo, intentando calmarla. Ella se arrodill¨®, sosteniendo a su hijo contra su pecho, mientras un llanto desconsolado brotaba de ella. Todo el miedo que hab¨ªa experimentado con su hija Gabriela se repet¨ªa ahora con Candado. A excepci¨®n de Arturo Barret, nadie se atrevi¨® a moverse; todos observaban a T¨ªnbari con preocupaci¨®n. Y el demonio, conocido por su carisma y su actitud burlona, no tuvo el valor de mirarlos a los ojos. Solo mir¨® a Candado, con una expresi¨®n llena de rabia y dolor, consciente de que el tiempo para ¨¦l se agotaba inexorablemente. ESE NO SOS VOS Pasadas las dos de la madrugada, todos hab¨ªan vuelto ya a sus casas por orden de T¨ªnbari, quien aseguraba que no hab¨ªa nada de qu¨¦ preocuparse. Aunque pocos creyeron en su palabra, algo de raz¨®n ten¨ªa: no pod¨ªan hacer nada en ese momento, y quedarse all¨ª solo habr¨ªa servido para preocupar a¨²n m¨¢s a sus familias. As¨ª que, sin otra opci¨®n, aceptaron la orden sin protestar. Candado no despert¨® hasta la noche siguiente, a las once en punto. Al abrir los ojos, vio su habitaci¨®n iluminada por la luz de la luna llena y escuch¨® el canto de los grillos en la quietud de la noche. Intent¨® recordar lo ocurrido, pero su memoria estaba nublada. Al tratar de moverse, se dio cuenta de que algo lo abrazaba; gir¨® con cuidado y encontr¨® a su madre, profundamente dormida a su lado. Ten¨ªa los p¨¢rpados hinchados, se?al de que se hab¨ªa refregado las l¨¢grimas muchas veces. Aun en su descanso, las mejillas de su madre segu¨ªan h¨²medas, y de sus ojos cerrados brotaban l¨¢grimas silenciosas. ¡ª?Qu¨¦ me pas¨®? ¡ªsusurr¨® Candado, angustiado. ¡ªYa veo¡­ no lo recuerdas ¡ªrespondi¨® una voz familiar. ¡ª?T¨ªnbari? Oigo tu voz, pero no te veo. ¡ªEstoy dentro de ti. Candado se dio una palmada en el pecho, inc¨®modo. ¡ªSiento esto como una violaci¨®n. T¨ªnbari dej¨® escapar una risita. ¡ªVeo que sigues siendo el mismo. Esc¨²chame, Candado: cuando uno de tus ojos se volvi¨® completamente negro, not¨¦ que se acercaba tu fin. Ahora est¨¢ normal, pero lo que hago no detendr¨¢ el...conjuro. ¡ªYa veo¡­ ¡ªLo siento, Candado. Debido a los eventos recientes, tu madre, tu padre y todos los dem¨¢s ya saben que padeces la misma "enfermedad" ¡ªhizo una pausa¡ª, el mismo que mat¨® a Gabriela. Candado llev¨® una mano a la frente. ¡ªNo puede ser ¡ªdijo con preocupaci¨®n. ¡ªEstar¨¦ temporalmente desconectado por esta noche. Tu esp¨ªritu se volvi¨® tan d¨¦bil que permiti¨® escapar a Odadnac. ¡ª?Qu¨¦ hace en estos momentos? ¡ªEst¨¢ encerrado; no podr¨¢ molestarte por ahora. Tu ojo ha vuelto a la normalidad porque le cort¨¦ cualquier contacto con tus guardianes. Mente, Coraz¨®n, Pulm¨®n y Alma han estado ayud¨¢ndome. ¡ªNunca imagin¨¦ que habr¨ªa una guerra civil dentro de m¨ª. ¡ªPor ahora descansa, todo est¨¢ bajo control. Candado solt¨® un suspiro y mir¨® a su madre. ¡ªLo har¨¦. ¡ªBien, con eso dicho, nos vemos. ¡ªYa¡­ Cu¨ªdate, y suerte. En el interior de Candado, en una dimensi¨®n oculta, estaba T¨ªnbari. El lugar donde se encontraba parec¨ªa una habitaci¨®n con una l¨¢mpara que iluminaba solo un peque?o c¨ªrculo a su alrededor. En las sombras, otras cuatro figuras permanec¨ªan a su lado, pero la luz apenas revelaba sus piernas. Una vest¨ªa de verde, otra de rojo, otra de blanco y la ¨²ltima de celeste. ¡ª?Qu¨¦ dijo? ¡ªpregunt¨® la figura de pantalones rojos desde la oscuridad. ¡ªDijo que descansar¨ªa ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari. Luego gir¨® la cabeza para mirar a Odadnac, encadenado de pies y manos a una roca. ¡ªAhora dime, ?qu¨¦ deber¨ªa hacer contigo? Odadnac levant¨® la cabeza. ¡ªSon todos unos buenos para nada. Este cuerpo colapsar¨¢ sin mi ayuda. ¡ªNo necesitamos tu ayuda ¡ªreplic¨® la figura de pantalones celestes. ¡ªEst¨¢n enga?ados¡­ ?Sus memorias fueron bloqueadas para protegerse, o son demasiado d¨¦biles para enfrentar la realidad? Me da asco ser parte de ¨¦l¡­ y de ustedes. T¨ªnbari chasque¨® los dedos. Enseguida, cada uno de los guardianes tom¨® una de las cadenas y comenzaron a estirarlas con todas sus fuerzas, desmembrando lentamente a Odadnac. A pesar de su evidente dolor, no emiti¨® ning¨²n grito, aunque el sufrimiento se reflejaba en su rostro. ¡ªTe lo advierto, Ira u odio, como sea que te identifiques, no vuelvas a entrometerte. Debiste aceptar la condena de Candado. Odadnac sonri¨® con desaf¨ªo. ¡ªNo entiendes¡­ Su eclipse ha terminado. Ya no hay nada de ¨¦l que tenga que ocultar, ni siquiera a m¨ª. No puedes matarme; si ¨¦l no pudo, menos podr¨¢n ustedes. Y cuando estas cadenas se rompan, desear¨¢n no haber presenciado ese momento. Mi fuerza no proviene de este cuerpo, sino del exterior. Todo lo que vea, todo lo que sienta o escuche ser¨¢ mi alimento. ¡ªEres muy pesado¡­ y soberbio. Pero si Candado lo quiso as¨ª, as¨ª ser¨¢. Despu¨¦s de todo, tengo una promesa con Gabriela. ¡ªSos un canalla¡­ ¡ªTal vez, ante tus ojos. ¡ªT¨ªnbari gir¨® sobre sus talones y orden¨®¡ª: ?Jaula! Las cuatro figuras extendieron sus manos, y unos barrotes de lava emergieron del suelo, rodeando a Odadnac y a T¨ªnbari antes de solidificarse en una prisi¨®n de piedra volc¨¢nica. ¡ªEsta jaula est¨¢ hecha con mi material ¡ªdijo T¨ªnbari, se?alando el techo. ¡ª?Y eso qu¨¦? ¡ªbuf¨® Odadnac, despectivo. ¡ªSignifica que no podr¨¢s romperla. Solo alguien del exterior podr¨ªa destruirla¡­ y ese soy yo. ¡ªEsta jaula no me detendr¨¢ por mucho tiempo. ¡ªClaro que s¨ª. T¨ªnbari se fue alejando de ¨¦l, atravesando los barrotes como si fueran un holograma. Odadnac observ¨®, impotente, c¨®mo el guardi¨¢n se desvanec¨ªa en la penumbra. ¡ªHasta nunca ¡ªse despidi¨® T¨ªnbari. Luego volte¨® hacia los otros¡ª. Vamos, tenemos muchas cosas que hacer en esta zona. ¡ªNos vemos ¡ªreplic¨® Odadnac con una sonrisa torcida. Candado observaba a su madre mientras pensaba en qu¨¦ decirle cuando ella abriera esos ojos enrojecidos y se fijara en ¨¦l. ¡ªMam¨¢ ¡ªmurmur¨®. Pos¨® suavemente su mano en la mejilla de ella, limpi¨¢ndole las l¨¢grimas, pero su toque fue suficiente para que Europa Barret despertara. Sus ojos se abrieron y, al verle, se incorpor¨® con un movimiento r¨¢pido, sin apartar la mirada. ¡ªCandado... ¨¦l no tuvo el valor de mirarla a los ojos y baj¨® la cabeza. ¡ªLo siento, mam¨¢. Europa lo abraz¨® con fuerza. ¡ªPrimero Gabriela, y ahora t¨²... ?Cu¨¢ntas cosas m¨¢s piensan arrebatarme? ¡ªYo... ¡ªNo, Candado... ya he perdido demasiado. Si te pierdo a ti tambi¨¦n, ser¨¢ mi fin. No puedo volver a pasar por eso, no puedo ver morir a otro hijo. ¡ªLo siento. Ella lo apret¨® m¨¢s fuerte, temiendo que, si lo soltaba, lo perder¨ªa para siempre. Candado, sin embargo, sab¨ªa que ese abrazo no resolver¨ªa nada. ¡ªMam¨¢, no te aferres a m¨ª s¨®lo porque me estoy debilitando. No quiero que te pase lo mismo que me ocurri¨® a m¨ª con Gabriela. ¡ªNo hables como si ya estuvieras resignado a ese destino. No permitir¨¦ que te lleve. ¡ªPor m¨¢s esperanzador que eso suene, mam¨¢, no cambiar¨¢ lo que est¨¢ sucediendo. A¨²n no estoy muerto, y si la muerte quiere buscarme, tendr¨¢ que enfrentarse a un camino muy dif¨ªcil. Har¨¦ que se agobie de m¨ª y me deje. Candado se separ¨® de ella, esbozando una d¨¦bil sonrisa. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªTengo hambre. Europa salt¨® de la cama, sorprendida. ¡ªEs verdad. No te he preparado nada. ?C¨®mo no lo pens¨¦ antes? ¡ª?Karen ya ha comido? ¡ªpregunt¨® ¨¦l. Europa se detuvo a medio paso, notando el escalofr¨ªo en sus palabras, aunque evit¨® profundizar en lo que realmente sent¨ªa. ¡ªS¨ª, ya ha comido. ?Por qu¨¦ preguntas? ¡ªEs que siempre soy yo quien la alimenta. ¡ªNo te preocupes, hijo, Karen est¨¢ durmiendo con el est¨®mago lleno. ¡ªMenos mal. Europa se apresur¨® a salir, dejando a Candado solo en su habitaci¨®n, iluminada por la luz de las estrellas. Se qued¨® pensativo, repasando los acontecimientos recientes. Todos hab¨ªan descubierto su secreto, unos Baris intentaron asesinarlo a ¨¦l y a su familia, se hab¨ªa dejado llevar por la ira y el dolor, y adem¨¢s hab¨ªa dicho palabras crueles a Hammya, quien no merec¨ªa su trato. Todo aquello hab¨ªa ocurrido en un solo d¨ªa. Sin embargo, tambi¨¦n hab¨ªa comprendido cu¨¢nto lo amaban sus amigos y su familia, especialmente su madre, una mujer bondadosa y de un coraz¨®n tan tierno que cualquier persona envidiar¨ªa. Candado suspir¨®. ¡ªMam¨¢... ?por qu¨¦ tienes que ver morir a tus hijos? La idea de causarle ese sufrimiento nuevamente lo dol¨ªa profundamente. Sab¨ªa que ella era fuerte, pero incluso la fuerza ten¨ªa un l¨ªmite. Sent¨ªa que si ¨¦l mor¨ªa, su madre colapsar¨ªa. No pod¨ªa permitir que ella pasara por eso, ni ella ni su padre, pese a esos roces, aun la amaba. En otra habitaci¨®n, Hammya reposaba en su cama, con un pa?uelo h¨²medo sobre la frente. Tras todos los eventos del d¨ªa, el agotamiento, el estr¨¦s y el uso excesivo de su magia la hab¨ªan llevado al l¨ªmite de una fiebre alta. H¨¦ctor hab¨ªa insistido en que no deb¨ªa moverse de la cama, y ahora ten¨ªa estrictamente prohibido levantarse, ni siquiera para ver a Candado.Unauthorized usage: this tale is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. ¡ªEspero que est¨¦ bien ¡ªmurmur¨® con voz ronca. ¡ªClaro que lo estar¨¢ ¡ªrespondi¨® Clementina, quien estaba sentada en el escritorio, leyendo el diario Soliant. En la portada de ese d¨ªa, aparec¨ªa una imagen de Krauser saliendo de una iglesia bajo la lluvia, con el encabezado: "?El inspector Krauser, religioso?" Clementina solt¨® una peque?a risa. ¡ªPobre tonto. ¡ª?Pasa algo, Clem? ¡ªNada, se?orita, nada que deba preocuparle. Hammya mir¨® al techo, donde algunas palabras estaban escritas. ¡ªClementina... ?qu¨¦ significa eso que est¨¢ escrito ah¨ª? ¡ªEs algo que Gabriela sol¨ªa decirle a su hermano: "Tienes tarea que hacer." Seg¨²n ella, ver esa frase le recordaba que cada d¨ªa era una nueva oportunidad para ser feliz. ¡ªSuena hermoso. ¡ªGabriela ten¨ªa talento para crear frases as¨ª. ¡ª?Y Candado? ?¨¦l tiene algo as¨ª? ¡ªAh, bueno... cuando termina una pelea, suele decir "Oyik". Es una man¨ªa suya, la verdad. ¡ªYa veo... ¡ªHammya sonri¨® d¨¦bilmente, toc¨¢ndose la toalla h¨²meda¡ª. Quiz¨¢ ma?ana me sienta mejor. Clementina cerr¨® el diario y se recost¨® en la silla. ¡ªEsperemos que as¨ª sea. ¡ªClem, ?puedo...? ¡ªNo ¡ªrespondi¨®, adivinando su intenci¨®n. ¡ªPero... ¡ªNo, se?orita Hammya. No ver¨¢ a Candado hasta que se recupere. ¡ªS¨®lo quiero saber si est¨¢ bien. ¡ªNo, ¨¦l est¨¢ bien es lo que necesitas saber. Mientras tanto, Candado hab¨ªa dejado su habitaci¨®n y se dirig¨ªa al establo para alimentar a Uzoori. All¨ª, encontr¨® una presencia familiar. Matlotsky lo esperaba, apoyado en una columna de madera. ¡ªVaya, es interesante ver que rompas las reglas de la mami, ?no es as¨ª? ¡ª?Qu¨¦ haces en mi casa? ¡ªpregunt¨® Candado, sin ocultar su molestia. ¡ªCuid¨¢ndote ¡ªrespondi¨® Matlotsky, con un lenguaje corporal exagerado. ¡ªVete de mi casa. ¡ªClaro que no. Hoy planeaba hacerte una broma, pero por cosas del destino terminamos en esta situaci¨®n. ¡ªSeguramente era algo que me har¨ªa perder la paciencia, pero me alegra que haya fracasado. ¡ªCandado, no es divertido ver c¨®mo haces llorar a tu madre. Eso casi lo llev¨® al l¨ªmite. Candado respir¨® hondo, sintiendo la tensi¨®n en su cuerpo. ¡ªEntiendo ¡ªrespondi¨® amargamente. Pero Matlotsky no pensaba detenerse ah¨ª. Para ¨¦l, ocultar un problema de esa magnitud era una falta de respeto hacia la amistad y la confianza. ¡ª?Sabes? Nunca imagin¨¦ que entrar¨ªas por esa puerta con esa actitud. Pasamos por todo esto, y aun as¨ª, siempre te muestras duro y fr¨ªo ante cualquier problema. Candado cerr¨® los ojos. ¡ª?Ya? ?Eso es todo lo que vas a decir? Al o¨ªr esas palabras arrogantes, Candado abri¨® los ojos, y en la penumbra de la habitaci¨®n, sus iris brillaron en un intenso color violeta. ¡ªTodo lo que dijiste es verdad hasta cierto punto. Tu ira es id¨¦ntica a la m¨ªa, y entiendo que la uses conmigo por lo que te hice pasar, pero¡­ Sus ojos volvieron a la normalidad. ¡ª?Pero qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Matlotsky. ¡ªTu alma se ti?e de negatividad. Creo que es hora de que vayas a casa y duermas. ¡ªNo tengo poderes, Candado, es imposible que t¨²¡­ ¡ªEs cierto, pero todos tenemos un alma. Eso es algo en lo ¨²nico en lo que la Biblia ha acertado. Matlotsky se recost¨® en la pared y empez¨® a re¨ªr. ¡ªEres y siempre ser¨¢s el candado, Candado. ¡ªNo uses mi nombre para burlarte de mi rango. ¡ªPor ahora, el candado es H¨¦ctor. ¡ªOye. ¡ªPero ser¨ªa entretenido que el candado de los candados fuera Candado. ¡ªA eso se le llama Mariscal. ¡ªAunque ser¨ªa gracioso si te llamaras Sekur. ¡ªHey¡­ ¡ªPero¡­ ¡ª?YA! Matlotsky se acerc¨® a la ventana. ¡ªSe?or Candado de los Candados del candado del candado de Candado, es hora de que me retire a dormir, pero antes¡­ Candado tom¨® un cepillo que usaba para limpiar a su caballo y se lo lanz¨®, provocando que Matlotsky perdiera el equilibrio y cayera de la ventana. ¡ªInsoportable ¡ªdijo Candado, con frialdad. Se acerc¨® a su caballo, Uzoori, y le acarici¨® el cuello. ¡ªLo siento, amigo, no pude sacarte a pasear hoy. El caballo relinch¨® y lami¨® su rostro, arranc¨¢ndole una leve sonrisa. Candado acarici¨® la cabeza de su fiel compa?ero y, sin colocarle la silla, se subi¨® al corral y se recost¨® sobre el lomo de Uzoori. ¡ªEsto me trae recuerdos¡­ Cinco a?os antes El 9 de diciembre del a?os 2008. En alguna parte del impenetrable monte chaque?o, dos j¨®venes caminaban entre la espesura. Gabriela, de diecis¨¦is a?os, avanzaba con su hermano menor, Candado, de ocho, en busca de algo que solo ellos cre¨ªan real. ¡ª?Falta mucho, Gabi? ¡ªClaro que s¨ª, Candy. Si no fuera por el machete, estar¨ªamos d¨ªas aqu¨ª. Candado suspir¨® y se limpi¨® el sudor de la frente. ¡ª?Est¨¢s segura de que aqu¨ª est¨¢ el Pombero? ¡ªLa inspectora nunca se equivoca. Con este calor y el machete en mano, puedo oler al Pombero, te lo aseguro. ¡ªEstoy cansado. Llevamos una hora caminando. Gabriela clav¨® el machete en el suelo, se acerc¨® a Candado y lo mir¨® fijamente, una sonrisa divertida asom¨¢ndose en su rostro empapado de sudor mientras contemplaba la carita enrojecida y sudorosa de su hermano. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Candado, evitando su mirada. ¡ª?Sabes qu¨¦ estoy pensando ahora? ¡ªTu sonrisa me da miedo, Gabi. ¡ªMe encanta ¡ªdijo Gabriela, abraz¨¢ndolo con fuerza¡ª. ?Adoro tu ternura! ?Es hora de refrescarse! ?Al rio Nilo! El grito reson¨®, haciendo que algunas aves y reptiles huyeran. Candado mir¨® a su hermana con desaprobaci¨®n. ¡ª?Gabi, no hagas tanto ruido! Podr¨ªamos espantar al Pombero¡­ De repente, la yerba alta comenz¨® a moverse y se vislumbr¨® un sombrero de paja andante. ¡ª?Gabi, ah¨ª! ¡ªsusurr¨® Candado, poni¨¦ndose nervioso. Gabriela observ¨® el sombrero que se alejaba y, sin perder tiempo, subi¨® a Candado a Uzoori, el caballo que los acompa?aba, sin montura. ¡ª?Vamos, Uzoori! ?Tras el duende! ¡ªOye¡­ Gabi, esto es peligroso. ¡ªNada es peligroso cuando la peligrosa soy yo. Por supuesto, no lograron alcanzar al Pombero. Despu¨¦s de una hora de persecuci¨®n, llegaron a una laguna, donde parec¨ªa que el duende los hab¨ªa burlado una vez m¨¢s. Gabriela, frustrada, flotaba en el agua, maldiciendo su mala suerte, mientras Candado, sentado en una roca con los pies en el agua, la observaba. ¡ªGabi, ?no crees que deber¨ªas ponerte, al menos, la ropa interior? ¡ªNo quiero; me estoy ba?ando. ¡ªEl Pombero te va a secuestrar. ¡ªNo lo creo, porque t¨² me defender¨¢s. ¡ªClaro¡­ siempre. Gabriela nad¨® lentamente hacia ¨¦l, imitando a un caim¨¢n acechando a su presa. ¡ªGabi, eso da miedo y no es higi¨¦nico, es agua con muchas bacterias¡­ Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levant¨® los brazos y solt¨® un rugido juguet¨®n. ¡ª?Voy a devorar a un ni?o mejill¨®n! ¡ª?Gabi, me has salpicado! ¡ªse quej¨® Candado, sec¨¢ndose las gotas de agua. Gabriela lo levant¨® por la cintura, y ambos cayeron al agua. Candado, sin saber nadar, comenz¨® a inquietarse. Al notarlo, Gabriela lo subi¨® a su espalda. ¡ªTranquilo, aqu¨ª est¨¢s seguro. ¡ªGabi, estoy mojado y no s¨¦ nadar, pero¡­ ¡ª?Pero qu¨¦? ¡ªPonte algo de ropa. ¡ª?Tienes miedo de que alguien me vea? ¡ªVa a refrescar y te enfermar¨¢s. Gabriela lo mir¨®, divertida, y finalmente suspir¨®. ¡ªEst¨¢ bien. Vamos a la orilla. ¡ªGracias, Gabi. Gabriela obedeci¨® y lo llev¨® de regreso a la orilla. ¡ªVolvamos; ya se hace tarde ¡ªmurmur¨® Candado. ¡ªLo s¨¦¡­ solo me divierto mucho estar aqu¨ª contigo. ¡ª?Conmigo? ¡ªS¨ª, es lindo tener un hermano, siento que cada vez que te veo me dan ganas de dar lo mejor de m¨ª, como tambi¨¦n abrazarte. Candado sonri¨®. ¡ªYo tambi¨¦n. Presente ¡ªSinceramente, me gustar¨ªa que estuvieras aqu¨ª, Gabriela ¡ªmurmura Candado, mientras sus ojos se llenan de l¨¢grimas. Uzoori menea la cabeza, moviendo las orejas en se?al de comprensi¨®n. ¡ªYa entend¨ª, ya entend¨ª ¡ªresponde, como si pudiera comprender sus palabras. Candado se limpia las l¨¢grimas, da un profundo suspiro y desciende del caballo. ¡ªEstoy hambriento ¡ªdice, acariciando a Uzoori con cari?o¡ª. Ma?ana te sacar¨¦ a pasear. Se separa de ¨¦l y se dirige hacia la puerta de la casa, pero antes de alcanzar el picaporte, la puerta se abre de repente. Detr¨¢s de ella aparece Clementina, con un costal que, por el olor, parece contener comida para Uzoori. ¡ª?Joven patr¨®n? ¡ªdice ella, sorprendida. ¡ª...Clementina. ¡ª?Sucede algo, se?or? ¡ªNo, nada¡­ solo estaba jugando con Uzoori. ¡ªPero... ¡ªDisc¨²lpame. Candado sale de la habitaci¨®n apresuradamente, dejando a Clementina sin la oportunidad de terminar su frase. ¡ªSe?or¡­ ¡ªalcanza a murmurar, vi¨¦ndolo desaparecer mientras baja las escaleras. La habitaci¨®n est¨¢ oscura; si no fuera por la luz que se filtra del pasillo, Clementina no lo habr¨ªa reconocido. La tenue luz ilumina apenas su pecho y parte del cuello, dejando su rostro en sombras. Sin saberlo, Candado oculta as¨ª sus l¨¢grimas, aquellas que no desea que nadie, especialmente Clementina, descubra. Mientras baja las escaleras, se seca los ojos con rapidez. ¡ªEso estuvo cerca ¡ªmusita para s¨ª. Se dirige a la cocina, la ¨²nica habitaci¨®n con luz, donde encuentra a sus padres, Europa y Arturo, cocinando juntos. ¡ªBien, ya est¨¢ ¡ªanuncia Europa¡ª. Ir¨¦ a llamar a Candado. ¡ªNo ser¨¢ necesario ¡ªdice ¨¦l al entrar. ¡ª?Hola, papi! ¡ªexclama Arturo, riendo. Europa deja la olla y se acerca a su hijo, toc¨¢ndole la frente con preocupaci¨®n. ¡ª?Est¨¢s bien? ?Fiebre, cansancio o algo? ¡ªEstoy bien, mam¨¢ ¡ªresponde Candado, sosteniendo su mano con suavidad. Europa asiente, aliviada, y regresa a la cocina. ¡ªClaro, debes tener hambre. Te servir¨¦ enseguida. Arturo se le acerca, mir¨¢ndolo con una expresi¨®n seria. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunta Candado. Arturo hace una mueca antes de abrazarlo con fuerza. ¡ªNos ten¨ªas muy preocupados ¡ªdice, mirando por encima del hombro de su hijo, donde T¨ªnbari observa en silencio. T¨ªnbari sonr¨ªe y cierra los ojos antes de desvanecerse, sin que Candado se percate de su presencia. Candado se sienta a la mesa, contemplando el ambiente familiar. ¡ª?Qu¨¦ ha cocinado la chef? ¡ªpregunta, olfateando el aire. ¡ªGuisado de ravioles ¡ªresponde Europa con una sonrisa, mientras se sienta a su izquierda y Arturo ocupa el asiento a su derecha. Candado observa a sus padres, que lo rodean con una sonrisa forzada, y percibe el brillo de tristeza en sus ojos. ¡ªYa¡­ ¡ªsonr¨ªe con dulzura¡ª. Pueden llorar. Ambos miran su rostro, tan similar al de Gabriela, y no pueden contenerse m¨¢s. Europa es la primera en quebrarse. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªsolloza, abraz¨¢ndolo¡ª. ?Por qu¨¦ tiene que pasarnos esto a nuestra familia? Candado observa a su padre, que intenta mantenerse fuerte. ¡ªNo hace falta que te contengas, pap¨¢. Arturo finalmente se rinde y lo abraza, dejando que las l¨¢grimas fluyan. ¡ª?Es esto un castigo? ¡ªpregunta entre susurros. Ambos lo abrazan con todas sus fuerzas, como si temieran que Candado se desvaneciera entre sus brazos. ¡ªNo voy a morir ¡ªdice ¨¦l, con firmeza. ¡ª?Ella dijo lo mismo! ¡ªgrita Europa, recordando las palabras de Gabriela¡ª. Hasta el ¨²ltimo momento, segu¨ªa diciendo eso¡­ Candado no se inmuta. ¡ªNo lloren, de verdad, no pasa nada. ¡ª?C¨®mo puedes decir eso? ¡ªpregunta su madre, desconsolada. ¡ªPap¨¢, mam¨¢¡­ ¡ªCandado les sonr¨ªe con determinaci¨®n¡ª. Luchar¨¦ y ganar¨¦. Los abraza, y su voz se llena de una calidez que no pueden ignorar. ¡ªSentir su amor, su tristeza, su enojo¡­ me hace feliz. Me hace ver que me quieren, que se preocupan por m¨ª. Por primera vez, me siento realmente querido. ¡ªSuspira¡ª. No saben cu¨¢nto me alegra que est¨¦n conmigo. Estos dos a?os de tristeza¡­ quiero recuperarlos, quiero vivir, quiero seguir aqu¨ª, junto a ustedes. No voy a morir. Voy a pelear con todo lo que tengo. Europa y Arturo lo miran, con una mezcla de orgullo y dolor. ¡ª?Y ahora¡­? ¡ªpreguntan ambos, expectantes. ¡ªAhora¡­ ¡ªdice ¨¦l, tomando el plato¡ª a comer. Tengo hambre. Ambos r¨ªen y lo abrazan nuevamente, reconfortados por su actitud habitual. (Tengo algo que hacer despu¨¦s de esto), piensa Candado. La comida sigui¨® sin ning¨²n otro percance. En la habitaci¨®n de Hammya, Clementina y ella conversan en voz baja. ¡ªClementina, ?crees que Candado est¨¦ bien? ¡ªNo s¨¦¡­ cuando iba camino a alimentar a Uzoori, lo vi salir a toda prisa del establo. ¡ª?Por qu¨¦ no lo seguiste? ¡ªPorque no recib¨ª una orden de los se?ores Barret. ¡ªOh¡­ supongo que no puedes desobedecer. ¡ªNo, no es eso. ¡ª?Entonces? ¡ªSi abandono mi puesto, te escapar¨ªas. ¡ªAh¡­ entiendo. ¡ªPero no pasa nada. Si Candado no quer¨ªa que lo viera, debi¨® ser por algo importante. ¡ªS¨ª¡­ siempre debe ser por algo. Clementina frunce el ce?o, pensativa. ¡ªClaro que s¨ª. ¨¦l nunca hace nada sin pensar¡­ probablemente. De pronto, la puerta se abre de golpe, y Candado entra desde el oscuro pasillo. ¡ª?Se?or? ¡ªdice Clementina, sorprendida. Candado la mira. ¡ª?Probablemente? ¡ªAh, eso¡­ disc¨²lpame. Se dirige hacia Hammya, quien lo mira con una mezcla de terror y sorpresa, incluso trat¨® de retroceder inconscientemente. ¡ªNi?a, no tengo sarna. Hammya se queda quieta, mir¨¢ndolo con curiosidad. ¡ªRub¨ª ¡ªdijo Candado fr¨ªamente, por el color que ten¨ªa en ese preciso momento. ¡ª?Viniste a molestarme? ¡ªpregunt¨® ella. ¡ªS¨ª. ¡ªEntonces, l¨¢rgate. ¡ªNo. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque no he terminado. ¡ª?De molestarme? ¡ªNo, de disculparme. Hammya lo observa, sorprendida. ¡ªSi bien traicionaste el secreto que te cont¨¦ y eso me molest¨®¡­ ¡ªcomienza Candado, aunque Hammya lo interrumpe. ¡ªYa entend¨ª la primera parte, Candado¡ªdijo ella arrepentida. ¡ªPero¡­ lo sab¨ªa desde el principio, que en alg¨²n momento abrir¨ªas la boca. Aunque no esperaba que lo hicieras tan pronto. Sin embargo¡­ gracias por ayudarme. Lamento mucho lo que te dije ¡ªmurmura Candado, poniendo su mano izquierda en la frente de Hammya¡ª. Eres un dolor de cabeza, pero¡­ fuiste t¨² quien logr¨® que mis padres est¨¦n a mi lado en este momento. Nunca pens¨¦ que este d¨ªa llegar¨ªa, y menos por una ni?a como t¨². ¡ª?Se?or¡­ est¨¢ llorando? Hammya aparta suavemente la mano de Candado para poder ver su rostro, y nota que una l¨¢grima tenue brilla en sus ojos. Nunca lo hab¨ªa visto as¨ª. La primera vez que lo vio llorar, Candado escondi¨® su rostro en el pecho de Nelson; la segunda y tercera vez, en los brazos de su madre. Esta era la primera vez que pod¨ªa verlo con claridad, vulnerable. ¡ªAdelante, puedes burlarte. ¡ªNo ¡ªHammya toma la s¨¢bana, se levanta de la cama y le seca las l¨¢grimas con suavidad¡ª. As¨ª est¨¢ mejor. Clementina sonr¨ªe en silencio, observando la escena. ¡ªConsid¨¦ralo un pago por aquella vez ¡ªdice Hammya. ¡ª?Aquella vez? Candado se queda pensativo, hasta que recuerda el momento en que ¨¦l le dio su pa?uelo para que se secara las l¨¢grimas. Al rememorarlo, sonr¨ªe. ¡ª?Ya te acordaste? ¡ªpregunta Hammya, esbozando una peque?a sonrisa. ¡ªS¨ª, pero en aquella ocasi¨®n yo no te limpi¨¦ las l¨¢grimas. Fuiste t¨² quien se las limpi¨®. ¡ªNo tiene que ser igual esta vez, ?verdad? A sus espaldas, Clementina reprime una risa mientras escribe un mensaje de texto a escondidas, dirigi¨¦ndolo a Krauser, uno de los mejores amigos de Candado, quien no estuvo presente ese d¨ªa. El celular de Krauser vibra, pero con ambas manos ocupadas sosteniendo a una ni?a, no puede sacarlo del bolsillo. Entonces, extiende un tent¨¢culo de su espalda para tomar el celular y leer el mensaje. "Ya ha despertado XD" Krauser suelta una risita casi inaudible. ¡ªMe alegra saber que est¨¢ bien. KRAUSER Generalmente, Krauser es confundido con Slenderman, tanto por su aspecto como por su personalidad reservada. ¨¦l, junto a H¨¦ctor, Joaqu¨ªn, Declan y anteriormente Ocho, son quienes conocen a Candado desde los d¨ªas del jard¨ªn de infancia. Vive en la ciudad de Resistencia y es vecino de Joaqu¨ªn. Krauser llama la atenci¨®n cuando camina por la calle debido a su falta de rostro visible; sin embargo, en realidad, tanto ¨¦l como su hermana melliza, Grenia O¡¯P?hner, poseen ojos. Krauser y Grenia ocultan sus ojos detr¨¢s de p¨¢rpados inusuales que, desde afuera, parecen cerrados, pero desde dentro permiten ver como los espejos de interrogatorio de las pel¨ªculas policiales. Ambos son h¨ªbridos, nacidos de la uni¨®n de un monstruo con un humano, lo que les otorga algunos rasgos humanos; los ojos, por ejemplo. Krauser tiene gl¨®bulos oculares negros con retinas rojas, mientras que Grenia los tiene verdes. Debido a la oscuridad de sus ojos, ambos son muy sensibles a la luz del sol y prefieren mantenerlos cerrados la mayor parte del d¨ªa, abri¨¦ndolos solo en la seguridad de su hogar o al caer la noche. La familia de Krauser est¨¢ compuesta por su madre, Kr?ma O¡¯P?hner Barret, una criatura adoptada por Europa Barret. Kr?ma es un monstruo con una larga cabellera negra y, al igual que sus hijos, no posee rostro; aunque a diferencia de ellos, carece de ojos. Su padre, Javier Reinhold, es un humano de cabello rubio y bigote recortado que, seg¨²n Europa y Mercedes, es ¡°m¨¢s bondadoso que cualquier dios¡±; una persona incapaz de maldad, dispuesta a abrazar el fuego por su generosidad. Luego est¨¢n sus hermanas, Grenia y Beatriz Reinhold O¡¯P?hner Griselda. Beatriz, a diferencia de Krauser y Grenia, tiene rasgos faciales humanos, aunque su piel es anormalmente p¨¢lida. Hered¨® los ojos verdes de Javier y la palidez y el cabello de Kr?ma. Finalmente, est¨¢ ¨¦l: Krauser Lautaro Reinhold O¡¯P?hner. Esa ma?ana, Krauser se levant¨® temprano, alrededor de las 8:00, ya que no hab¨ªa clases por una jornada institucional. A¨²n en su cama, abri¨® los ojos y se incorpor¨®, vistiendo una pijama azul. ¡ªQu¨¦ fiaca ¡ªmurmur¨® mientras se acercaba al ropero. Se cambi¨® de ropa, optando por una camisa blanca, un chaleco marr¨®n sin botones, pantalones del mismo color, sandalias negras y un pa?uelo rojo alrededor del cuello. Despu¨¦s, camin¨® hacia el espejo y se mir¨® detenidamente. ¡ªHmm, bien ¡ªdijo, acomod¨¢ndose el pa?uelo. Abri¨® la puerta de su cuarto, sali¨® y la cerr¨® detr¨¢s de ¨¦l. La casa de su familia es sencilla, de una sola planta. En la cocina, como de costumbre, su padre Javier ya estaba despierto y tarareaba mientras preparaba el desayuno. ¡ªHola, pap¨¢ ¡ªsalud¨® Krauser, abriendo la despensa para sacar unas galletas. ¡ªLauty, buenos d¨ªas. ¡ªAdivinar¨¦: tortillas con dulce de leche. ¡ªPi, pi, pi, bingo ¡ªrespondi¨® Javier, divertido. Krauser mostr¨® una leve sonrisa. ¡ª?Ya se levant¨® Grenia? ¡ªJe, je, no, todav¨ªa no ¡ªrespondi¨® Javier, quit¨¢ndose el delantal¡ª. Ir¨¦ a despertar a tu madre. Mientras su padre dejaba la cocina, Krauser aprovech¨® para a?adir miel a las tortillas de su hermana, sabiendo que ella prefiere eso al dulce de leche. Javier lleg¨® al cuarto y abri¨® la puerta con cuidado. Se acerc¨® a Kr?ma, quien dorm¨ªa con un camis¨®n blanco decorado con flores verdes, y, con ternura, pos¨® su mano en su mejilla. Aunque Kr?ma no tiene ojos, Javier sab¨ªa cu¨¢ndo dorm¨ªa; al despertar, frunc¨ªa el ce?o y emit¨ªa un suave ronroneo. La luz solar le resultaba da?ina, as¨ª que Javier siempre la despertaba suavemente. ¡ªQuerida, despi¨¦rtate, es hora de desayunar. Kr?ma frunci¨® el ce?o y ronrone¨®, sin querer despertar a¨²n. Javier sonri¨®, y, sabiendo que ser¨ªa dif¨ªcil hacerla levantarse, la alz¨® en brazos como a una princesa y le bes¨® la frente. ¡ªSi no quieres venir a la cocina, yo te llevar¨¦. Mientras tanto, Grenia hab¨ªa llegado a la cocina con el cabello alborotado. ¡ªBuenos d¨ªas, Krau. ¡ªBuenos d¨ªas, Grenia ¡ªrespondi¨® Krauser, sin dejar de leer el diario. ¡ªTortillas, mi favorito... y con miel. ¡ªDisfruta ¡ªdijo Krauser. Javier lleg¨® a la cocina cargando a Kr?ma en brazos. ¡ªPap¨¢, la consientes demasiado. Yo tambi¨¦n quiero, ?no es justo! ¡ªse quej¨® Grenia. ¡ªBuenos d¨ªas, cari?o ¡ªdijo Javier, mientras acomodaba cuidadosamente a Kr?ma en una silla¡ª. Vamos, el desayuno es importante. Kr?ma se enderez¨® y tom¨® un tenedor. ¡ªMam¨¢, primero tienes que cortar las tortillas ¡ªcoment¨® Krauser, sin apartar la vista del diario. Kr?ma infl¨® las mejillas y emiti¨® un bufido infantil. Kr?ma es un monstruo sint¨¦tico, creado en un experimento humano para dar vida artificial. Los cient¨ªficos fracasaron en crear un humano completo, y su aspecto qued¨® incompleto: sin ojos, orejas, labios o boca. Al saber que planeaban destruirla como ¡°un error de la ciencia,¡± escap¨® hasta Argentina, donde comenz¨® a desarrollar ¨®rganos ¨²nicos. Aunque no tiene ojos, su cerebro encontr¨® la forma de percibir el entorno mediante una vena que se enroll¨® en sus cuencas, formando una especie de gema roja que reacciona a sus emociones. Cuando est¨¢ enojada, la gema brilla intensamente, irradiando calor y quemando sus fr¨¢giles p¨¢rpados, oblig¨¢ndola a llorar l¨¢grimas de sangre para enfriarse. Aunque este dolor es extremo, Kr?ma lo soporta cuando su ira la domina. Aun as¨ª, raras veces se muestra en ese estado. En el caso de su boca, Kr?ma no desarroll¨® labios, pero s¨ª tiene cuerdas vocales, dientes y lengua. Sin embargo, no son suficientes para que pueda hablar. De hecho, pas¨® un a?o entero sin poder o¨ªr hasta que su cerebro desarroll¨® un sistema auditivo m¨¢s eficiente que el de un humano o un animal. Es raro que hable; generalmente, Kr?ma se comunica mediante lenguaje de se?as o por escrito. En su vida familiar, es muy atenta con sus hijos y esposo, aunque a veces Krauser demuestra ser m¨¢s ingenioso que ella. Kr?ma infl¨® las mejillas, intentando cortar su tortilla con esfuerzo. ¡ªMam¨¢, el diente del cuchillo est¨¢ al rev¨¦s ¡ªobserv¨® Krauser sin levantar la vista del diario. Kr?ma hizo un puchero, y Grenia se levant¨® para ayudarla, riendo mientras cortaba las tortillas. ¡ªSiempre ocurre algo as¨ª contigo ¡ªcoment¨® Grenia, dejando escapar una risilla. Krauser cerr¨® el diario, lo coloc¨® bajo la silla y comenz¨® a comer. Con habilidad, cort¨® su tortilla por la mitad, abri¨® la boca de una forma casi inhumana y devor¨® ambas mitades de un bocado. ¡ªKrauser, los modales ¡ªle reprendi¨® Javier, mientras daba de comer a la peque?a Beatriz, quien, a su corta edad, ya ten¨ªa dos tent¨¢culos diminutos saliendo de sus om¨®platos. ¡ªPerd¨®n, pap¨¢. ¡ªOigan, ?qu¨¦ tal una adivinanza? ¡ªpropuso Javier. Kr?ma aplaudi¨® emocionada, Grenia asinti¨®, y Krauser... ¡ªNo me gustan tus adivinanzas. ¡ªOh, vamos, int¨¦ntalo esta vez. ¡ªNo, gracias. ¡ªEst¨¢ bien ¡ªmurmur¨® Javier con decepci¨®n. ¡ªAnda, sigue ¡ªlo anim¨® Grenia, entusiasta. ¡ªMuy bien. A ver, ?qu¨¦ es lo que siempre est¨¢ con nosotros, no podemos modificarlo ni tocarlo, pero podemos sentirlo? Algo que no podemos ver, aunque gracias a ¨¦l vemos, y a lo que los ni?os se aferran hasta que son mayores. ¡ªEso debe ser¡­ El tel¨¦fono comenz¨® a sonar desde la sala de estar. ¡ªMam¨¢, ?puedes atender? Kr?ma, sin pensarlo, se levant¨® de inmediato y corri¨® hacia la sala. ¡ªSabes que mam¨¢ no puede hablar ¡ªrecord¨® Grenia. ¡ªUps, lo olvid¨¦ ¡ªrespondi¨® Krauser, fingiendo una disculpa. Pocos segundos despu¨¦s, Kr?ma regres¨® haciendo pucheros. Krauser solt¨® una risa. ¡ªIr¨¦ yo ¡ªdijo ¨¦l, levant¨¢ndose de su silla. ¡ªMam¨¢, no seas tan inocente ¡ªle aconsej¨® Grenia. Krauser se dirigi¨® al tel¨¦fono, lo tom¨® y lo llev¨® al o¨ªdo. ¡ªFamilia Reinhold, habla Krauser. ¡ªOh, me alegra que contestes. Soy Hammya, Hammya Saillim. ¡ª?Hammya? Ah, claro, la chica de cabello verde que estaba con Candado aquella noche. ?C¨®mo est¨¢s? ¡ªYo estoy bien... pero es sobre Candado ¡ªla voz de Hammya se torn¨® sombr¨ªa. Krauser se puso serio. ¡ª?Qu¨¦ ocurre con ¨¦l? ¡ªAnoche¡­ tuvo un accidente. Y no despierta. ¡ª?C¨®mo que no despierta? ¡ªNo lo hace. Siempre se levanta temprano, pero hoy no. Ya intent¨¦ de todo¡­ Dijeron que t¨² eras m¨¦dico y que tal vez podr¨ªas ayudar. ¡ª?D¨®nde est¨¢ Clementina? ¡ªMe escap¨¦ de ella. Estoy algo enferma, con fiebre, pero no puedo descansar si ¨¦l est¨¢ as¨ª ¡ªdijo Hammya, soltando un sollozo. ¡ªIr¨¦ enseguida. Mientras tanto, t¨² descansa. Colg¨® el tel¨¦fono y regres¨® a la cocina. ¡ªEscuchen, la familia Barret tiene problemas. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªexclam¨® Javier. Kr?ma se levant¨®, alarmada, mientras Grenia se pon¨ªa de pie tambi¨¦n. ¡ªDebemos ir a verlos ¡ªdijo Grenia. ¡ªEso haremos ¡ªconfirm¨® Javier. Krauser se dirigi¨® a su habitaci¨®n, donde se puso su gabardina roja y su sombrero marr¨®n, abrochando con prisa los botones mientras murmuraba para s¨ª: ¡ª?Qu¨¦ habr¨¢ pasado? De regreso, encontr¨® a sus padres ya preparados, y a su madre usando una chaqueta sobre su camis¨®n. Javier hab¨ªa sacado el auto, y todos subieron r¨¢pidamente: Krauser primero, seguido de Kr?ma, Javier y Grenia, quien cargaba en brazos a la peque?a Beatriz. El auto arranc¨®, y la tensi¨®n llen¨® el ambiente. ¡ªEspero que no sea nada grave ¡ªsusurr¨® Grenia. Krauser cerr¨® los ojos. ¡ªYo tambi¨¦n lo espero. Una hora despu¨¦s. El auto se detuvo frente a la casa de los Barret. Krauser fue el primero en bajar y correr hacia la puerta, donde empez¨® a golpear con impaciencia. Al poco tiempo, su familia le sigui¨® el ejemplo. ¡ªYa llam¨¦ ¡ªdijo Krauser. La puerta se abri¨®, y apareci¨® Europa, con los ojos enrojecidos. ¡ª?C¨®mo est¨¢ ¨¦l? ¡ª?C¨®mo se enteraron? ¡ªpregunt¨® Europa. ¡ªDigamos que tenemos informantes ¡ªrespondi¨® Krauser sin vacilar. Europa se hizo a un lado, permiti¨¦ndoles entrar. Kr?ma la abraz¨®, mientras Javier hablaba con Arturo, que estaba junto a ella. Krauser y Grenia subieron las escaleras y entraron en la habitaci¨®n de Candado, donde Clementina y H¨¦ctor aguardaban en silencio. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªNos dijeron que Candado no despierta ¡ªrespondi¨® Krauser. ¡ª? Nos dijeron? ¡ªrepiti¨® Clementina, desconcertada. H¨¦ctor y Clementina intercambiaron miradas. Krauser se quit¨® el sombrero e inclin¨® la cabeza ante ellos. ¡ªLo siento, pero no puedo revelar la fuente. ¡ªEst¨¢ bien, pero no es grave, en serio. Solo est¨¢ desmayado. ¡ªVamos, H¨¦ctor, no me vengas con eso. ¡ªDebe estar muy cansado. ¡ªSi es como dices, no har¨¢ da?o que lo revise. H¨¦ctor mir¨® a Clementina, como si pidiera su permiso, y ella inclin¨® la cabeza en se?al de aceptaci¨®n. ¡ªGrenia, ve afuera. ¡ªYo puedo llevarla con Hammya. ¡ªClem... ¡ª?S¨ª? ¡ª?Vive Hammya aqu¨ª por casualidad? ¡ªS¨ª, lo hace. ?Por qu¨¦? ¡ªPor nada. Clementina gui¨® a Grenia fuera de la habitaci¨®n, dejando a Krauser con H¨¦ctor. ¡ªBien, creo que es hora de trabajar ¡ªdijo Krauser mientras se quitaba la gabardina. ¡ª?Qu¨¦ pas¨® con la marr¨®n? ¡ªEst¨¢ en casa ¡ªrespondi¨® Krauser, colgando la gabardina en el respaldo de una silla. Se acerc¨® al costado de la cama, alz¨® los brazos y comenz¨® a levitar el cuerpo de Candado, usando el mismo m¨¦todo que hab¨ªa implementado con Esteban. ¡ªNo siento¡­ Espera, ?qu¨¦ es eso? ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªEsto es inusual. Hay un co¨¢gulo desconocido en su segunda alma. Esto no es normal. ¡ª?Puedes hacer algo? ¡ªVoy a intentarlo. De su espalda emergieron tent¨¢culos, uno de los cuales se pos¨® en el pecho de Candado, que empez¨® a brillar con una luz tenue y serena. ¡ªUn poco m¨¢s... ya casi lo logro... ?ARGH! ¡ª?KRAUSER! Los tent¨¢culos que estaban en el pecho de Candado empezaron a derretirse, causando un dolor inmenso a Krauser, quien abri¨® la boca en un grito desesperado. ¡ª?QUEMA! ¡ª?SU¨¦LTATE! ¡ª?NO PUEDO! Yo... ?ARGH! H¨¦ctor tom¨® a Krauser de la cintura y tir¨® hacia atr¨¢s con todas sus fuerzas, logrando separarlo de "la trampa". Ambos cayeron al suelo. ¡ª?Qu¨¦... qu¨¦ fue eso? ¡ªjade¨® H¨¦ctor. ¡ªNo tengo idea. En ese momento irrumpieron en la habitaci¨®n los padres de Krauser y los de Candado. ¡ª??Qu¨¦ ocurre!? ¡ªexclam¨® Arturo. Clementina y Grenia tambi¨¦n entraron. ¡ªEscuch¨¦ un grito ¡ªdijo Grenia. H¨¦ctor ayud¨® a Krauser a ponerse de pie. ¡ªIntentaba sanarlo, pero algo me lo impidi¨®. Europa se acerc¨® a su hijo y puso una mano en su frente. ¡ªEst¨¢ sudando. ¡ªDebe ser la medicina ¡ªcontest¨® Krauser. ¡ª?Medicina? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEl sudor ayudar¨¢ a limpiar las bacterias que lo afectan; eso diluir¨¢ lo que lo perjudica... excepto esto. Krauser mostr¨® sus tent¨¢culos casi derretidos. ¡ªNunca hab¨ªa visto algo tan poderoso. Me hizo mucho da?o. Kr?ma se arrodill¨® junto a su hijo y tom¨® sus tent¨¢culos heridos, cuatro en total. Canalizando su energ¨ªa, comenz¨® a sanarlos lentamente. ¡ªGracias, mam¨¢. Kr?ma asinti¨®, abri¨® la boca, y, como si fuera una iguana, le lami¨® la mejilla con afecto. ¡ªSigues siendo tan amorosa con tus hijos ¡ªdijo Europa, esbozando una sonrisa. Kr?ma asinti¨® en¨¦rgicamente. ¡ªSiento ser fr¨ªo, pero podemos retirarnos y dejar que Candado descanse ¡ªinterrumpi¨® Arturo. ¡ªYo me quedar¨¦ ¡ªdijo Krauser. ¡ªKrauser... ¡ªHay algo maligno dentro de ¨¦l; tengo que sacarlo. ¡ªLo sabemos ¡ªdijo Clementina. ¡ªTodos, de hecho ¡ªagreg¨® H¨¦ctor. ¡ªEntonces, ?por qu¨¦ no hacen algo? ¡ªpregunt¨® ¨¦l altaneramente. Los ojos de Europa se llenaron de preocupaci¨®n al escuchar esas palabras. Arturo se esforz¨® por no enfadarse con Krauser. ¡ªKrauser, por favor, no hables as¨ª ¡ªpidi¨® H¨¦ctor con tristeza. Kr?ma abraz¨® a Europa para tranquilizarla, mientras Javier posaba su mano en el hombro de Krauser, intentando calmarlo. ¡ªHablemos abajo ¡ªsugiri¨® Javier amablemente a los dem¨¢s. Mir¨® a Kr?ma, y esta asinti¨®. Los adultos abandonaron la habitaci¨®n, quedando solo Krauser, H¨¦ctor y Clementina. ¡ªEscucha, s¨¦ que esta situaci¨®n es dif¨ªcil y que est¨¢s enojado, pero no vuelvas a hablar de ese modo. ¡ªH¨¦ctor, yo creo¡­ ¡ªNo Clementina. Debe escuchar. ¡ª?Qu¨¦ debo escuchar? ¡ªpregunt¨® Krauser. H¨¦ctor vacil¨®, pero su determinaci¨®n fue m¨¢s fuerte que su duda. ¡ªCandado sufre lo mismo que Gabriela. Krauser abri¨® los ojos, incr¨¦dulo. ¡ªDebes estar bromeando. ¡ª?Crees que estoy jugando? Krauser se llev¨® la mano izquierda al rostro. ¡ªNo... otra vez... ¡ªmurmur¨®. Luego, peg¨® su espalda contra la pared y fue desliz¨¢ndose hasta el suelo¡ª. No puede estar pasando de nuevo. ¡ªEs por eso que nadie te llam¨®, Krauser. Sab¨ªamos que no podr¨ªas hacer nada para ayudarlo. ¡ªKrauser, sabemos lo que esto signific¨® para ambos: para Candado, por no poder protegerla; y para ti, por no haberla salvado. ¡ª?BASTA! No quiero escucharlo ¡ªexclam¨® Krauser, cubri¨¦ndose el rostro. Luego, se puso de pie de un salto. ¡ª?Krauser? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ªEsto es diferente, no soy m¨¢s un simple ignorante, todav¨ªa puedo.Cancelar¨¦ mi asunto pendiente para quedarme aqu¨ª con ¨¦l. ¡ªEspera, espera... ?qu¨¦ asunto piensas cancelar? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor. ¡ª?Importa acaso? ¡ªS¨ª. Eres un inspector de los Sem¨¢foros, no puedes cancelarlo as¨ª como as¨ª. ¡ªRel¨¢jate, H¨¦ctor; no tiene que ver con mi empleo. ¡ªAlto. Primero que nada, ?qu¨¦ asunto es? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªEs algo clasificado... no, es personal. Clementina se llev¨® la mano al ment¨®n, pensativa. ¡ªNo me convence ¡ªdijo, luego mir¨® a Krauser¡ª. Especialmente eso de que no es importante. Dime. Krauser cerr¨® los ojos, exhalando con resignaci¨®n. ¡ªCumplea?os ¡ªsusurr¨® en con una voz muy baja. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Clementina. ¡ªUn cumple. ¡ª?Una Cumbre¡­? ¡ªbalbuce¨® H¨¦ctor, confundido. ¡ª?CUMPLEA?OS! ¡ªrepiti¨® Krauser con ¨¦nfasis. ¡ªYa veo ¡ªdijo Clementina, mir¨¢ndose con H¨¦ctor. ¡ªEl cumplea?os de Candado y de Joaqu¨ªn es el 12 de noviembre ¡ªse?al¨® H¨¦ctor. ¡ªEs cierto. Y el de Declan es el primero de febrero; el tuyo, el 21 del mismo mes. Y el de Ocho era el 5 de septiembre. ¡ªNo hables de esa traidora ¡ªreplic¨® H¨¦ctor, malhumorado. ¡ªEsperen, ?qu¨¦ quieren decir con todo esto? ¡ªBueno... H¨¦ctor, dile t¨² ¡ªdijo Clementina, anim¨¢ndolo con un leve empuj¨®n. ¡ª?Yo? Bueno... solo que t¨² has asistido a esos cumplea?os toda tu vida: el m¨ªo, el de Candado, el de Joaqu¨ªn, curiosamente del de Declan y el de Ocho. Ninguno m¨¢s. ¡ª?Y eso qu¨¦ tiene de malo? ¡ªNo tiene nada de malo, solo es raro que te inviten. Entonces, ?Qui¨¦n fue esta vez? ¡ªUna ni?a de Buenos Aires llamada Casandra. ¡ªGuau... todo un gal¨¢n ¡ªcoment¨® H¨¦ctor con una sonrisa traviesa. ¡ªTiene ocho a?os. ¡ªOh, ya veo ¡ªse disculp¨® H¨¦ctor, un poco avergonzado. ¡ªDe cualquier modo, vas a ir ¡ªdijo Clementina con determinaci¨®n. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªConcuerdo, lo har¨¢s. No puedes decepcionar a una ni?a; est¨¢ mal. Tienes que ir. ¡ªEspera, H¨¦ctor. No puedo irme mientras mi amigo est¨¦ inconsciente y en este estado. Est¨¢ muy grave. ¡ªNosotros nos encargaremos. ¡ªPero¡­ ¡ª?Tus padres lo saben? ¡ªS¨ª, les avis¨¦ con anticipaci¨®n. ¡ª?Y aceptaron? ¡ªS¨ª, pero, con todo lo que est¨¢ pasando, dudo que ahora me dejen ir. En ese momento, la puerta se abri¨® y Javier asom¨® la cabeza. ¡ªKrauser, tengo que hacerte una pregunta. ¡ª?Sobre qu¨¦? ¡ª?Vas a ir o no a la fiesta de cumplea?os? Dijiste que estar¨ªas all¨ª a las 10:00, y ya son las 9:20. Krauser frunci¨® el ce?o, incr¨¦dulo. ¡ª?En serio, pap¨¢? H¨¦ctor se acerc¨® a ¨¦l y a?adi¨®: ¡ªS¨ª, se?or Reinhold, ¨¦l va a ir. Lo prometi¨®, y va a cumplirlo. Krauser mir¨® a H¨¦ctor con disgusto. ¡ªSer¨¢s canalla, H¨¦ctor ¡ªsusurr¨®. ¡ªVas a ir, Candado se enfadar¨ªa si supiera que hiciste sentir mal a una ni?a, ?entiendes? Ni-?a. ¡ªH¨¦ctor eso suena muy mal, a Candado le agradan los ni?os en general, m¨¢s all¨¢ de su genero ¡ªExplic¨® Clementina. Krauser suspir¨® y mir¨® a su padre. ¡ªEst¨¢ bien. Ll¨¦vame al aeropuerto de los Sem¨¢foros. Antes de salir, mir¨® a Clementina y H¨¦ctor. ¡ªAv¨ªsenme si despierta, por favor. ¡ªLo haremos ¡ªrespondi¨® Clementina. Krauser cerr¨® la puerta y sali¨® con su padre. Mientras caminaban, Javier lo observ¨® con curiosidad. ¡ª?Qu¨¦ estar¨¢ haciendo tu hermana? ¡ªpregunt¨® Javier. ¡ªNo lo s¨¦. Pasaron junto a una puerta entreabierta, donde ambos se detuvieron a espiar discretamente. Dentro de la habitaci¨®n, se escuchaba una conversaci¨®n animada. ¡ª... y as¨ª fue como pas¨®. En verdad, ni siquiera puedo creerlo, pero fue as¨ª. ¡ªRayos ¡ªla voz de una chica son¨® divertida antes de soltar una risa¡ª. Hammya, te envidio. Me hubiese encantado ver a Candado re¨ªr as¨ª. ¡ªS¨ª, fue fabuloso. ¡ªYa veo. ¡ªMe gusta cuando sonr¨ªe. ¡ªEntiendo. A m¨ª tambi¨¦n me gusta hacer re¨ªr a la gente. ¡ªEntonces... Fuera de la habitaci¨®n, Javier sonri¨®. ¡ªVeo que se llevan bien ¡ªcoment¨®, notando un cambio en el color del cabello de la chica¡ª. ?Se volvi¨® rojo? Vaya, le gusta mucho te?irse. ¡ªS¨ª, ya lo creo ¡ªrespondi¨® Krauser, con una sonrisa leve. ¡ªV¨¢mos. Ambos descendieron las escaleras hasta llegar a la sala, donde Kr?ma estaba abrazando a Europa con una expresi¨®n preocupada. ¡ªCari?o, llevar¨¦ a Krauser al aeropuerto. Tiene que irse ¡ªanunci¨® Javier, dirigi¨¦ndose a Kr?ma. Ella extendi¨® dos tent¨¢culos desde su espalda y comenz¨® a escribir en su agenda personal. ¡ªTengan cuidado ¡ªdijo ella. ¡ªLo haremos ¡ªafirm¨® Krauser, mientras asent¨ªa. Despu¨¦s de despedirse, salieron y Krauser sinti¨® una atm¨®sfera extra?a en el aire. ¡ª?Por qu¨¦ siento que esto saldr¨¢ mal? ¡ªpregunt¨® con inquietud. ¡ªHijo, debes tener fe y tratar de divertirte. Javier abri¨® la puerta del coche. Krauser subi¨® y se ajust¨® el cintur¨®n, echando un ¨²ltimo vistazo a la casa mientras abr¨ªa ambos ojos. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Javier al acomodarse en el asiento. ¡ªNo, nada. Javier arranc¨® el coche, mirando de reojo a su hijo. ¡ª¨¦l estar¨¢ bien. Ten fe.The narrative has been taken without permission. Report any sightings. Krauser cerr¨® los ojos y susurr¨®: ¡ªNo soy bueno para tener fe. El trayecto al aeropuerto de los Sem¨¢foros en Resistencia fue tenso y silencioso. Ninguno de los dos habl¨®, y la densidad del ambiente era palpable. Sin embargo, cuando llegaron, Krauser baj¨® del auto, mir¨® a su padre y, con una voz inesperadamente suave, dijo: ¡ªLuz... ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Javier, sorprendido. ¡ªLa adivinanza de esta ma?ana, la respuesta era la luz. Vemos gracias a ella, y los ni?os, com¨²nmente temerosos de la oscuridad, suelen aferrarse a su presencia. La sentimos tambi¨¦n, porque seg¨²n la posici¨®n del sol, nos da fr¨ªo o calor. ¡ªCreo que es... la primera vez que contestas una de mis adivinanzas desde que ibas al jard¨ªn ¡ªdijo Javier, esbozando una sonrisa y algo avergonzado. Krauser no respondi¨®. Ni siquiera volte¨®. Solo se toc¨® el sombrero. Estaba claro que tambi¨¦n estaba avergonzado; su piel tan blanca dejaba ver el rubor que asomaba en sus mejillas, lo que intent¨® disimular bajando el ala de su sombrero. Javier, por su parte, sonri¨® y subi¨® al auto. ¡ªAv¨ªsame cuando llegues a tu destino. ¡ªClaro. Javier puso en marcha el veh¨ªculo y se alej¨®, mientras Krauser lo observaba hasta que el coche desapareci¨® de su vista. Luego, se dirigi¨® al aeropuerto y lleg¨® hasta una cabina donde lo atend¨ªa un anciano. ¡ªDisculpe. ¡ªD¨ªgame, joven. ¡ªReserve un vuelo para Buenos Aires. ¡ªApellido y nombre, por favor. ¡ªO¡¯P?hner Reinhold Krauser Lautaro. ¡ªEn la Pista, lleg¨® hace unos momentos, pas¨¦ por favor. ¡ªGracias. Krauser levant¨® su sombrero en se?al de cortes¨ªa y se dirigi¨® hacia la pista. Una vez all¨ª, subi¨® al avi¨®n y se acomod¨® en uno de los muchos asientos vac¨ªos. Sin embargo, cuando estaba a punto de relajarse, alguien se sent¨® junto a ¨¦l. ¡ªHola, maniqu¨ª. ¡ª?Glinka? ¡ªClaro, soy yo. ¡ª?Qu¨¦ haces en este avi¨®n? Hay como diez asientos libres. Glinka solt¨® una risa exagerada. ¡ª?Qu¨¦ es tan gracioso? ¡ªTengo que ir a Buenos Aires. Ya sabes, yo, Moneda y Ruth somos los mejores inspectores del Chaco. ¡ª?Y? ¡ªPues, nos necesitan. Hace poco secuestraron a Arce Catherine. ¡ªLo s¨¦, te luciste bastante bien all¨¢. ¡ªS¨ª, y ahora vuelvo para ayudar. El avi¨®n comenz¨® a moverse. ¡ª?Oh, nos estamos moviendo! ¡ªdijo Glinka, emocionada. ¡ªNo creo que sobreviva estos cuarenta y cinco minutos contigo ¡ªmurmur¨® Krauser. ¡ª?Dijiste algo? ¡ªNo, nada. El avi¨®n despeg¨®, y Glinka mir¨® con entusiasmo por la ventana, observando c¨®mo el suelo se alejaba. ¡ªDime, Krauser. ¡ª?S¨ª? ¡ªJuguemos a las escondidas. ¡ªNo eres una ni?a. ¡ªClaro que lo soy, ?quieres comprobarlo? ¡ªD¨¦jame en paz, Glinka. Glinka le dio un peque?o golpe en la cabeza y le quit¨® el sombrero. ¡ª?Las traes! Dicho esto, comenz¨® a correr por los pasillos del avi¨®n. ¡ª???GLINKA!!! Tras unos agobiantes cuarenta y cinco minutos, el avi¨®n aterriz¨® en la Agencia de los Sem¨¢foros en Buenos Aires. Las puertas se abrieron y la escalera comenz¨® a descender. ¡ªLlegamos ¡ªdijo Glinka con entusiasmo. Por otro lado, Krauser apenas pod¨ªa ponerse de pie. ¡ªTe odio ¡ªle dijo, arrebat¨¢ndole el sombrero de las manos. Glinka se ech¨® a re¨ªr. ¡ªNos vemos, Krau. Voy a reunirme con Ruth y Moneda ¡ªdijo mientras se alejaba corriendo¡ª. ?Los saludar¨¦ de tu parte! ¡ªPlaga ¡ªmurmur¨® Krauser mientras se colocaba el sombrero y se dirig¨ªa a un remis. Aunque no hab¨ªa muchos autos en Plaza Don Alum¨ªd Ger¨®nimo, tambi¨¦n conocida como Plaza Centella por su peculiar silencio nocturno, logr¨® conseguir uno que lo llevara hasta su destino. La plaza, fundada en 1913, era amplia y frondosa, con zonas boscosas y un estacionamiento apartado para veh¨ªculos impulsados por magia. Krauser, a pesar de su apariencia, no suele tener problemas en la sociedad gremial o en la agencia para la que trabaja. En Buenos Aires es conocido como el primer "Monstruo" en alcanzar el rango de Mariscal Supremo de la O.M.G.A.B., un cargo militar otorgado en tiempos de guerra por decisi¨®n de los "candados" o "presidentes". Se rumorea incluso que podr¨ªa ser m¨¢s inteligente que Candado, el presidente de los gremios, y que podr¨ªa ocupar su cargo, aunque Krauser no parece interesado en postularse. Sumido en sus pensamientos, el auto fren¨® frente a la iglesia. Como era su costumbre, Krauser ya hab¨ªa calculado el importe exacto de la tarifa y la pag¨® al instante. Sin embargo, en cuanto puso un pie en la acera, fue recibido con miradas de asombro y miedo. La sociedad porte?a ajena a los gremios, a veces cruel, lo observaba con recelo. ¡ªOh, genial. Krauser se quit¨® el sombrero, mostrando su rostro. ¡ª?Slenderman! ¡ªsusurr¨® alguien entre la multitud. Krauser abri¨® los ojos de par en par, mir¨® fijamente a las personas y, de repente, solt¨® un grito profundo y estremecedor. Fue suficiente para que todos huyeran, excepto un anciano y una ni?a. ¡ªTe est¨¢bamos esperando, muchacho. Krauser baj¨® la mirada y ocult¨® su boca y ojos. ¡ªHola, padre Hank ¡ªdijo mientras se volv¨ªa a poner el sombrero. ¡ªOh, viniste. ¡ªHola, Casandra. Me alegra verte bien. ¡ªSalimos a hacer algunas compras para la fiesta y nos encontramos con este tumulto de gente afuera de la iglesia. ¡ªS¨ª, odio las multitudes. ¡ªVamos, entra, entra. Krauser cruz¨® la puerta, y el padre Hank lo detuvo. ¡ªNo te preocupes por quitarte el sombrero; no haremos la fiesta aqu¨ª. Ser¨¢ al aire libre. ¡ªVaya... Casandra abraz¨® la pierna izquierda de Krauser. ¡ª?Quieres algo? ¡ªBienvenido ¡ªdijo ella con una mirada seria. ¡ªParece que le agradas. Hace eso solo conmigo y con Flor. ¡ªOh, s¨ª... ejem, por favor, su¨¦ltame. Casandra lo solt¨® y tom¨® su mano. Krauser mir¨® al padre Hank, quien lo ignor¨® por completo. ¡ªParece una mu?eca. Sin embargo, acept¨® la peque?a mano de Casandra y camin¨® con ella hasta el patio. All¨ª se pod¨ªan ver guirnaldas colgadas por las paredes, mesas grandes de madera afuera (m¨¢s o menos tres), numerosas sillas de pl¨¢stico blancas, bonetes coloridos, platos y cubiertos esparcidos por doquier. ¡ªEsto... parece un jard¨ªn de ni?os. ¡ª?Qu¨¦ esperabas de un orfanato? ¡ªrespondi¨® el padre Hank con tono burl¨®n. Casandra solt¨® su mano y corri¨® hacia una ni?a que estaba ayudando a colgar unas guirnaldas sueltas. ¡ªFlor. La ni?a volte¨®. ¡ª?Ah, Casandra! Flor dej¨® las guirnaldas en la mesa, se baj¨® de la silla y corri¨® hacia Casandra. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, salt¨® a sus brazos. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Casandra. ¡ªDecid¨ª ayudar. Desde lejos, Krauser observaba el encuentro entre las dos ni?as. ¡ªVaya, es cierto que abraza a las personas que le caen bien. Luego mir¨® a su alrededor. ¡ªSolo hay diez adultos, once con el anciano, cinco mujeres y seis hombres. A este paso, la fiesta tardar¨¢ una eternidad. Krauser mir¨® su celular. ¡ª11:34 a. m. En fin, creo que echar¨¦ una mano... o tent¨¢culos. Krauser se par¨® en medio del jard¨ªn y extendi¨® treinta y dos tent¨¢culos desde su espalda, asombrando a todos. Si no fuera por la advertencia del padre Hank, ya los habr¨ªan atacado por miedo. Los tent¨¢culos de Krauser se mov¨ªan de un lado a otro, algunos colgaban guirnaldas que faltaban, otros ataban y colgaban globos, otros colocaban manteles, otros organizaban platos y cubiertos, otros acomodaban las sillas y algunos limpiaban lo que sobraba. Para cuando termin¨® con esas tareas, en solo unos minutos, los tent¨¢culos regresaron a su espalda. Casandra observaba asombrada, aunque su rostro no expresaba mucho, solo se pod¨ªa ver la sorpresa en sus ojos. ¡ªCon eso, ya terminamos. El padre Hank comenz¨® a aplaudir. ¡ª?Genial! Y gracias por ayudarnos. ¡ªGra... gracias. Krauser no estaba acostumbrado a recibir elogios de extra?os. A pesar de ser muy conocido por todos los sem¨¢foros del pa¨ªs, Krauser evitaba las multitudes para que no se le acercaran, por lo que rara vez recib¨ªa reconocimiento por sus actos. ¡ªNos alegra que nos ayudaras ¡ªdijo una mujer joven. Krauser ajust¨® su sombrero para que no se viera su rostro, ya que su piel blanca dejaba al descubierto su leve sonrojo. ¡ªS¨ª... me alegra que est¨¦n felices. En ese momento, una puerta se abri¨® y de ella salieron un grupo de ni?os. ¡ªOh, se despertaron ¡ªdijo el padre Hank. Los ni?os se quedaron bastante sorprendidos al ver el jard¨ªn. ¡ªCreo que hubiese tenido m¨¢s sentido sorprender a la cumplea?era en lugar de a los invitados. ¡ªTranquilo, no me molesta ¡ªdijo Casandra, levantando el pulgar. ¡ªEres extra?a. En ese momento, Flor se acerc¨® a Krauser. ¡ª?Necesitas algo? ¡ªGracias por la ayuda. ¡ªEres muy educada. ¡ªSoy Florencia Iglesia. No soy hu¨¦rfana, pero vivo aqu¨ª con mam¨¢. Florencia ten¨ªa la piel blanca, cabello rubio y ojos celestes. Llevaba un camis¨®n azul y unos zapatitos blancos, parec¨ªa tener catorce a?os. ¡ªCasandra habl¨® de un hombre calvo y de piel blanca, id¨¦ntico a un mu?eco que tiene ella. Krauser solt¨® una risita. ¡ª?No me tienes miedo? ¡ªClaro que no. No le temo a los mu?ecos. ¡ª?Cu¨¢ntos a?os tienes? ¡ªTrece. ¡ªYa veo, eres muy madura para tu edad. ¡ªClaro. ¡ªFlorencia es genial, sabe muchas cosas ¡ªdijo Casandra con orgullo. ¡ªObvio. ¡ªNo me gusta su actitud, me recuerda a Glinka. ¡ªMuchachos ¡ªinterrumpi¨® el padre Hank¡ª, ya es hora de soplar la vela. Casandra mostr¨® asombro y corri¨® hacia el padre Hank. ¡ª?Vamos, chicos! Florencia se despidi¨® de Krauser y sigui¨® al padre Hank. Krauser, por su parte, los sigui¨® con las manos en los bolsillos. Todos se sentaron, salvo Krauser, que se recost¨® junto a un ¨¢rbol que estaba all¨ª, desde donde pod¨ªa observar a Casandra. Ella estaba sentada en la segunda mesa del medio, en la punta de la misma, con un bonete en la cabeza. Cuando el pastel lleg¨®, con una vela en forma del n¨²mero ocho, todos comenzaron a cantar el "Feliz cumplea?os" y aplaudieron, incluido Krauser. Casandra comenz¨® a sonre¨ªr de oreja a oreja. ¡ªPide un deseo, cielo ¡ªdijo el padre Hank. Casandra cerr¨® los ojos y luego sopl¨®. Todos comenzaron a aplaudir nuevamente. ¡ª?Feliz cumplea?os, Casandra! ¡ªgritaron todos. La ni?a parec¨ªa feliz al ver c¨®mo la felicitaban. ¡ªAs¨ª que sabe poner otras expresiones ¡ªmurmur¨® Krauser para s¨ª mismo. El pastel era peque?o, pero se hab¨ªan horneado m¨¢s para poder alimentar a todos los ni?os. Mientras repart¨ªan las porciones, Krauser, que se hab¨ªa asegurado de que su plato tuviera una porci¨®n decente, observaba a su alrededor. Not¨® algo raro: solo cuatro personas estaban con Casandra. Una de ellas era Florencia, y los otros tres eran una chica y un chico. ¡ªNo tiene muchos amigos ¡ªdijo Krauser mientras llevaba una rodaja de pastel a su boca. Pero al probarlo, su mirada se perdi¨® en el panorama. En su mente, la imagen de los ni?os de su pasado apareci¨®. Vio a Candado, H¨¦ctor, Joaqu¨ªn y Ocho. ¡ªQue curiosa vista ¡ªdijo Krauser con nostalgia. En ese preciso momento, el padre Hank apareci¨® a su espalda. ¡ª?Por qu¨¦ no te unes? ¡ªNah, estoy bien. ¡ªYa veo. ¡ªPadre. ¡ª?S¨ª? ¡ªD¨ªgame, ?qu¨¦ clase de hu¨¦rfana es ella? ¡ªNo le entiendo. Krauser comenz¨® a morder su tenedor de pl¨¢stico. ¡ªEsa ni?a... le teme a la oscuridad, ?verdad? ¡ªEn efecto. ¡ª?Le importar¨ªa decirme por qu¨¦? ¡ªNo, pero... ?por qu¨¦ lo quiere saber? Krauser inhal¨® y exhal¨®, luego se quit¨® el tenedor de pl¨¢stico de la boca y lo dej¨® sobre el plato. ¡ªEn Chaco tengo un amigo. ¨¦l ama a los ni?os, los cuida, los mima y los protege demasiado. ¡ªVaya. ¡ªPero para m¨ª, simplemente son odiosos. Gritan, lloran, pelean y son ego¨ªstas. ¡ªOh¡­ ya veo, no lo parec¨ªas cuando estabas con esas dos. ¡ªSiendo honesto, padre, no quer¨ªa venir hoy. Tengo un amigo que est¨¢ posiblemente en coma, y lo dej¨¦ para venir hasta aqu¨ª, donde hay dos cosas que realmente me molestan: una, es esta iglesia, y dos, son los ni?os. ¡ªVeo que eres uno de esos, ?verdad? ¡ªLa religi¨®n no ha hecho m¨¢s que da?o a mi familia y a mi especie. Somos los hijos del demonio, nacimos para causar caos y odio entre los humanos. Madre fue brutalmente maltratada por todo tipo de iglesias. El padre Hank se puso de pie y puso su mano en su hombro. ¡ªNo est¨¢ mal pensar as¨ª, no te reprimas, expulsa todo eso. ¡ªSinceramente, los odio. Se escudan en algo que no existe para justificar sus acciones. ¡ªLo malo son ellos, no Dios. ¡ªSi lo vamos a poner as¨ª, est¨¢ bien. Krauser volte¨® y abri¨® los ojos. ¡ªEsto¡­ es una estructura humana, ni de Dios ni de los santos. Es humana. La Biblia la escribieron los hombres, y pusieron lo que les parec¨ªa correcto. Fabricaron su Dios. La Biblia en s¨ª es un libro de ciencia ficci¨®n. Hasta la misma palabra ¡°Dios¡±¡­ ustedes lo llaman as¨ª, utilizando el lenguaje humano: en espa?ol, "Dios", en ingl¨¦s, "God", y otras tantas palabras dentro de la religi¨®n. ?Y si Dios no utiliza ninguno de esos idiomas para comunicarse? ?Acaso alguna vez dio su nombre? El dar nombres a las cosas es un concepto humano. A un vaso lo llamamos "vaso", pero preg¨²ntaselo a un animal o a un alien¨ªgena, o inclusive a Dios. Crearon algo falso, esparcieron rumores y lograron que esta falacia siga existiendo. El padre Hank puso su mano en su cabeza y, mostrando una sonrisa, dijo: ¡ªTodo lo que dices es cierto, pero mi creencia no viene de la Biblia ni de los sacerdotes. Viene de m¨ª. Y tal vez sea cierto que no exista, pero¡­ yo a¨²n creo que ¨¦l podr¨ªa existir, no en el cielo ni bajo tierra, sino con nosotros y en cada hombre. ¡ªSeguir¨¢s con eso, ?no? El padre Hank se arrodill¨® y puso ambos brazos sobre los hombros de Krauser. ¡ªDime, ?te sentiste bien al soltar todo eso? ¡ªS¨ª, da igual, ahora contesta mi pregunta. El padre Hank sonri¨®. ¡ªBien, bien ¡ªluego se puso serio, solt¨® sus hombros y continu¨®¡ª. La verdad es que ella sufr¨ªa violencia infantil. ¡ª?Violaci¨®n? ¡ªNo sexual, pero s¨ª f¨ªsica y psicol¨®gica. De hecho, quiero que vengas conmigo un rato. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªElla ha estado haciendo dibujos bastante extra?os, y por la forma en que me hablaste de la religi¨®n, pienso que podr¨ªas interpretarlos. Krauser pens¨® un momento. ¡ªLo har¨¦. ¡ªLuego dej¨® su plato vac¨ªo en una mesa de madera y lo sigui¨®. El padre Hank gui¨® a Krauser por el camino, mientras se alejaban de la fiesta de celebraci¨®n. Krauser mir¨® atr¨¢s, pod¨ªa notar c¨®mo Casandra sonre¨ªa al hablar con ese cuarteto de personas. Cuando entraron en la iglesia, se sinti¨® un silencio absoluto. El ¨²nico ruido que se percib¨ªa eran las pisadas de ambos al caminar. Tras unos segundos de caminar por un inmenso pasillo, llegaron a una puerta con el nombre de ella y de una tal Carolina. ¡ª?Habitaci¨®n compartida? ¡ªS¨ª, son dos personas por habitaci¨®n. Despu¨¦s de todo, son 60 ni?os los que viven aqu¨ª. El padre Hank meti¨® su mano en su bolsillo, sac¨® una llave, la insert¨® en la cerradura y la gir¨® a la izquierda hasta que la puerta hizo un ruido. Luego la abri¨®. ¡ªVaya ¡ªexpres¨® Krauser. Dentro hab¨ªa dos camas, una del lado izquierdo, pegada a la pared, y la otra del lado derecho, tambi¨¦n contra la pared. Ambos lugares ten¨ªan un librero, un escritorio y un ropero. La expresi¨®n de Krauser se debi¨® a que, del lado derecho, todo estaba desordenado, mientras que el lado izquierdo estaba perfectamente ordenado. ¡ªDisculpa el desorden, Flor no le gusta limpiar y mucho menos tender su cama. ¡ªMe lo imaginaba. El padre Hank camin¨® hasta el armario de Casandra, que era de color burdeos, lo abri¨®, y dentro hab¨ªa una gran variedad de prendas. Pero lo importante no era la ropa, sino lo que hab¨ªa debajo de ella: un ba¨²l de madera. ¡ªCasandra hizo esto con sus propias manos el a?o pasado ¡ªdijo el padre Hank mientras sacaba el ba¨²l. Krauser se acerc¨®, se arrodill¨® y lo abri¨®. ¡ª50 cent¨ªmetros de largo y 30 de ancho, vaya. Dentro hab¨ªa una variedad de cosas: rocas, hojas secas arboles, juguetes, tapas de botellas de gaseosa y dos corchos. ¡ªColeccionista, ?no? ¡ªdijo el padre Hank con una sonrisa. ¡ªYa, H¨¦ctor hac¨ªa eso antes. ¡ª?H¨¦ctor? ¡ªUn amigo m¨ªo. De momento, mu¨¦strame lo que me quer¨ªas ense?ar. El padre Hank apart¨® los objetos como juguetes y otras cosas, y sac¨® una carpeta de dibujo bastante gruesa. Krauser tom¨® el libro de las manos del padre Hank y lo abri¨®. ¡ªVaya, es bastante normal. Es un ¨¢rbol y un¡­ ?gato de dos piernas? ¡ªQuiso hacerle efecto. ¡ªYa. Luego cambi¨® de p¨¢gina. ¡ªHmmm, es ella con su amiga Florencia jugando a la pelota, aunque est¨¢ muy mal dibujada. ¡ªNo sabe hacer c¨ªrculos. ¡ªYa. Pasaron a la tercera p¨¢gina. ¡ªBueno¡­ en esta parte, esto es un ¨¢rbol muerto y esto es ella, sentada, jugando con un ave bastante deforme. ¡ª?Significa algo? ¡ªS¨ª, el dibujo no es lo suyo. ¡ªNo es eso, s¨®lo tiene siete¡­ digo, ocho. ¡ªYa. Las primeras p¨¢ginas no mostraban nada fuera de lo normal, hasta que lleg¨® a la d¨¦cima y d¨¦cima primera p¨¢gina. ¡ªOh, esto s¨ª que es interesante. ¡ª?Qu¨¦ ves? ¡ªEscribi¨® mal la palabra ¡°hacer¡± (la escribi¨® como aser) y ¡°dormir¡± (la escribi¨® como bomir). Sobre todo me llama la atenci¨®n la ¨²ltima, ?c¨®mo puedes fallar en esa? Bomir... ?Qu¨¦ es un Bomir? El Bomir, ellos Bomir, nosotros Bormimos. ¡ª?Krauser! ¡ªreprendi¨® el padre Hank. Bueno... no parec¨ªa nada grave, pero la p¨¢gina siguiente s¨ª era bastante oscura. ¡ªBien, esto s¨ª es interesante. ¡ª?Qu¨¦ ves? ¡ªUn dibujo. ¡ªKrauser... ¡ªVale, vale, no m¨¢s bromas (Candado me has contagiado...) El dibujo mostraba a una ni?a acostada en una cama, y un hombre mayor frente a ella. Pero no era normal, el hombre ten¨ªa dos cabezas. En la ventana se ve¨ªa una luna atrofiada, y el cuarto estaba hecho un desastre. Los ojos de Krauser se abrieron. ¡ªSu padre era un alcoh¨®lico. ¡ª?En serio? ¡ªEsta persona tiene dos cabezas, una est¨¢ feliz y la otra est¨¢ enojada. Creo que ¨¦l era un buen padre cuando no beb¨ªa, se puede notar que lo hac¨ªa por la noche. ¡ª?Crees que eso fue lo que sucedi¨®? ¡ªNo. Si bien ten¨ªa miedo de que llegara la noche, eso no es suficiente como para temerle a los lugares oscuros incluso durante el d¨ªa. ¡ªEntiendo. Krauser cambi¨® de p¨¢gina. Esta vez estaba completamente rayada de color negro, mientras que en la siguiente aparec¨ªa un dibujo bastante extra?o: una persona con el cuello largo, otra con cuatro brazos y una m¨¢s sin cabeza. ¡ª¡°Se?or negro, se?or torcido y se?or vac¨ªo.¡± Krauser cerr¨® los ojos un momento. ¡ª?Pasa algo? ¡ªCasandra est¨¢ mentalmente inestable... esto debi¨® ser. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªAl parecer, estuvo bastante equivocada cuando dijo que s¨®lo sufri¨® abuso por parte de su padre. Parece que estas personas tambi¨¦n la hicieron sufrir. ¡ª?Por qu¨¦ llegas a esa conclusi¨®n? ?No son solo monstruos? ¡ªMira c¨®mo est¨¢ dibujado. El negro est¨¢ bastante detallado, con estas l¨ªneas. Seguramente estaba oscuro cuando irrumpieron en su habitaci¨®n. Ella dice que ten¨ªa cuatro brazos, pero en realidad s¨®lo ten¨ªa dos. Los otros salen de su cintura, por lo que especulo que ten¨ªa su abrigo atado ah¨ª. Y sobre la figura sin cabeza... ella nunca pudo verlo claramente. El se?or torcido...no logr¨® decifrarlo. ¡ªPero cuando la llev¨¦ al hospital dijeron que... ¡ªNo ten¨ªa nada. ¡ªUn caso maltrato curioso. Krauser cambi¨® de p¨¢gina. Nada fuera de lo normal, hasta que encontr¨® otro dibujo. Uno era normal, pero el siguiente era tenebroso: una figura negra con enormes brazos sobre una ni?a. ¡ªEsto ya es producto de su propio cerebro. Identifico que lo oscuro representa el mal, por eso el dibujo es as¨ª. ¡ªYa veo ¡ªdijo el padre Hank con voz triste. Krauser sigui¨® pasando p¨¢ginas hasta que vio una figura femenina al lado de la ni?a. ¡ª?Qui¨¦n es ella? ¡ªSeguramente su madre. M¨¢s adelante aparece. Krauser lade¨® la cabeza. ¡ª?Madre? ¡ªS¨ª. ¡ª(No lo creo. No aparece este personaje en la habitaci¨®n...) Ya veo, su madre. ¡ªS¨ª, su madre ¡ªafirm¨® el padre Hank. ¡ª?Puedo tomarle una foto? ¡ªAdelante. Krauser sac¨® su celular, enfoc¨® la imagen y tom¨® la foto. Pero al hacerlo, se qued¨® mir¨¢ndola detenidamente. ¡ª?Sucede algo? ¡ªNo, nada. Luego, Krauser mir¨® por la ventana de la habitaci¨®n y vio a Casandra, muy feliz. El padre Hank, notando c¨®mo Krauser la observaba, dijo: ¡ªElla podr¨¢ ser una persona que no sabe expresarse, pero tiene un gran coraz¨®n de oro. ¡ªSalgamos de aqu¨ª ¡ªdijo Krauser, estrepitosamente. ¡ª?Krauser? Espera... ¡ªTengo hambre. "?Desde cu¨¢ndo soy tan considerado con los ni?os humanos?" pens¨® Krauser para sus adentros. Krauser sali¨® de la iglesia, mirando la foto que hab¨ªa tomado. Pero cuando intent¨® tomarse un descanso sentado, Casandra apareci¨® de la nada a su lado, asust¨¢ndolo un poco. ¡ª?En qu¨¦ momento? ¡ª?Te diviertes? ¡ªAh... S¨ª, creo. ¡ªMe alegro, creo. ¡ªNi?a. ¡ªCasandra. Krauser se mostr¨® reacio a esa forma de hablar. ¡ªCasandra. ¡ª?S¨ª? ¡ªDime... ?c¨®mo era tu madre? ¡ª?Qu¨¦? Krauser se puso r¨¢pidamente de pie. ¡ªNo, nada, olvida lo que pregunt¨¦. ¡ªBien... pero, ?pasa algo? ¡ªNo, no pasa nada. Krauser sac¨® sus tent¨¢culos de su espalda y la envolvi¨® por la cintura. ¡ªVamos a la fiesta. ¡ª?Yay! ¡ªexpres¨® Casandra secamente. Krauser abri¨® los ojos. ¡ªSolo por esta vez, muestra lo que m¨¢s deseas, ni?a ¡ªdijo para s¨ª mismo. Krauser llev¨® a Casandra nuevamente al centro de la diversi¨®n, donde hab¨ªa un castillo inflable. Ociosamente, Krauser tuvo que entrar por insistencia de la ni?a, saltando de un lado a otro, hasta que comenz¨® a disfrutarlo. Despu¨¦s de todo, como todos, ¨¦l tambi¨¦n hab¨ªa tenido ocho a?os. Los dem¨¢s ni?os, al ver c¨®mo Krauser llevaba a Casandra con sus tent¨¢culos, quisieron que hiciera lo mismo por ellos. Aunque a ¨¦l no le resultaba ning¨²n inconveniente, los adultos tem¨ªan que los ni?os se lastimaran. En tan solo treinta minutos, Krauser se convirti¨® en una celebridad entre aquellos ni?os que tanto odiaba. Hizo cosas ingeniosas, como malabares creativos con sus manos y tent¨¢culos, creando figuras de animales y objetos inanimados. A pesar de lo tedioso que resultaba, el solo hecho de ver a Casandra sonre¨ªr era m¨¢s que suficiente para que Krauser mostrara todo su potencial como monstruo. ¡ª?Prep¨¢rense, damas y caballeros! Tras decir esto, Krauser estir¨® sus piernas hasta alcanzar los diez metros de altura, como si llevara zancos gigantes. Luego estir¨® sus brazos y comenz¨® a fragmentarse en el aire. En solo unos segundos, sus brazos se transformaron en algo parecido a las ra¨ªces de un ¨¢rbol. Despu¨¦s, peque?as part¨ªculas blancas, id¨¦nticas a la nieve, brotaron de sus brazos, esparci¨¦ndose entre los ni?os. Aunque no era fr¨ªo, su forma era similar a la nieve, pero parec¨ªa un diente de le¨®n en sus manos. ¡ª???OHHHHHHHH!!! Gritaron los ni?os con alegr¨ªa, contentos y maravillados por lo que ve¨ªan. Luego, Krauser volvi¨® a su forma habitual y se acerc¨® a Casandra, solo para inclinarse y mostrarle su dedo ¨ªndice. ¡ªFeliz cumplea?os ¡ªdijo Krauser, abriendo los ojos. De su dedo ¨ªndice sali¨® una rosa negra de vidrio. Casandra qued¨® maravillada. Sac¨® un pa?uelo de su vestido azul, envolvi¨® la rosa y la tom¨® con mucho cuidado. ¡ªGracias, Krauser ¡ªdijo ella con una sonrisa. Y ¨¦l, por primera vez desde que lleg¨®, agriet¨® su rostro para mostrar una sonrisa. Aunque era un poco tenebrosa para los presentes, Casandra sonri¨® al verlo y se sent¨ªa profundamente feliz de ello. Aunque la celebraci¨®n hab¨ªa concluido a las 13:30, la fiesta a¨²n no llegaba a su fin. El padre Hank hab¨ªa alquilado dos colectivos para llevar a los ni?os al zool¨®gico. Krauser pens¨® que todo hab¨ªa terminado, pero no era as¨ª; todav¨ªa deb¨ªa quedarse, ya que, poco despu¨¦s de que terminara la celebraci¨®n, hab¨ªa intentado irse, pero Casandra no se lo permiti¨®. De hecho, le hizo prometer que se quedar¨ªa con ella todo el d¨ªa. Una vez que todos subieron al transporte, conducido por el padre Hank y una de las hermanas, Krauser, que detestaba el transporte p¨²blico, se vio atrapado. Casandra se sent¨® en su regazo, dejando que Flor ocupara el asiento de al lado, asegur¨¢ndose de que no tuviera forma de escapar. ¡ªCasandra, hay miles de asientos disponibles, ?por qu¨¦ en mis piernas? ¡ªse quej¨® Krauser. ¡ªPara evitar que huyas ¡ªrespondi¨® Casandra, con una sonrisa traviesa. Krauser cerr¨® los ojos y apoy¨® la cabeza en el respaldo de la silla, resignado, mientras soltaba un suspiro. ¡ªAll¨¢ vamos ¡ªdijo el padre Hank, entusiasmado. El colectivo arranc¨® y comenz¨® su recorrido. Durante todo el trayecto, los ni?os, para pasar el tiempo, empezaron a cantar. Curiosamente, otros ni?os viajaban en colectivos cercanos, cruz¨¢ndose de un lado a otro. Era sorprendente lo tranquilos que estaban, aunque algo exasperante tener que soportar la misma canci¨®n una y otra vez. El tr¨¢fico ese d¨ªa era intenso, y si ten¨ªan suerte, llegar¨ªan en una hora. Finalmente, tras un largo trayecto, llegaron al zool¨®gico. Cuando las puertas se abrieron, todos los ni?os bajaron r¨¢pidamente, pero Krauser fue el primero en salir. Con rapidez, extendi¨® sus tent¨¢culos, formando un cuadril¨¢tero que bloque¨® una de las salidas para asegurarse de que los ni?os no se dispersaran. ¡ªGracias, Krauser ¡ªdijo el padre Hank, aliviado. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªrespondi¨® ¨¦l, mientras se acomodaba el sombrero. ¡ªBien, ni?os, no se separen de los adultos. Todos ag¨¢rrenle la mano a su compa?ero ¡ªles indic¨® el padre Hank. Flor y Casandra se tomaron de la mano, y estas, a su vez, agarraron a Krauser. ¡ªCu¨ªdanos, se?or Maniqu¨ª ¡ªdijo Flor con una sonrisa. El padre Hank se puso al frente de los ni?os y, tomando la mano de uno de ellos, comenz¨® a guiarlos por el zool¨®gico. Aunque todos estaban emocionados de ver a los animales, Krauser no encontraba atractivo en observar a seres encerrados. A pesar de esto, comprendi¨® los gustos de Casandra y Flor. Por lo visto, los animales preferidos de Casandra eran el panda, la tortuga de las Gal¨¢pagos, el carpincho y el tat¨² carreta. Mientras que a Flor le gustaban el gorila, el ping¨¹ino, el oso polar y el le¨®n. Casandra tiraba de la mano de Krauser para llevarlo a un lugar espec¨ªfico, y ¨¦l aceptaba sin quejarse, asegur¨¢ndose de que no se metiera en problemas ni se lastimara. Vieron de todo: leones, tigres, ping¨¹inos, monos, entre otros. Tambi¨¦n se not¨® lo fascinadas que estaban al ver las jirafas. ¡ª?Qu¨¦ lindas! ?Qu¨¦ son? ¡ªpregunt¨® Casandra. ¡ªSon jirafas ¡ªrespondi¨® Krauser. ¡ª?Por qu¨¦ tienen el cuello tan largo? ¡ªNo lo s¨¦ Casandra, la evoluci¨®n lo quiso as¨ª. ¡ªKrauser se inclin¨®, sin arrodillarse, y mir¨® la mir¨®¡ª. ?Por qu¨¦ no se lo preguntas a ellas? ¡ª?Jirafa! ?Por qu¨¦ tiene el cuello tan grande! ¡ªpregunt¨® Casandra, riendo. ¡ªKrauser, ?Las jirafas hablan? ¡ªpregunt¨® Flor con de forma burlesca. ¡ªQui¨¦n sabe, nadie lo ha intentado ¡ªrespondi¨® ¨¦l, encogi¨¦ndose de hombros. Flor se detuvo, visiblemente desanimada. ¡ªSolo era una broma ¡ªdijo, intentando disimular. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªKrauser la mir¨®, confundido ¡ªAh, no¡­ no, no es por eso. Krauser se par¨® a su lado, mientras Casandra segu¨ªa observando las jirafas, claramente emocionada. ¡ªEntonces, ?qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Krauser, preocupado. Flor lo mir¨® fijamente a los ojos, o por lo menos donde deber¨ªan estar. ¡ªTengo que contarte algo ¡ªdijo, en un tono serio. Durante la excursi¨®n, como suele suceder, los ni?os se separaban a veces, y resultaba complicado mantenerlos juntos. Krauser se encargaba de las dos ni?as, pero tambi¨¦n estaba atento al resto del grupo. Sus sentidos estaban en alerta m¨¢xima, ya que los ni?os a menudo se alejaban o se quedaban distra¨ªdos viendo algo, perdiendo la noci¨®n del tiempo. Varias veces tuvo que usar sus tent¨¢culos para evitar que se alejaran demasiado. As¨ª pas¨® durante casi tres horas, hasta que finalmente, a las 18:36, pudieron irse del zool¨®gico. El regreso al orfanato se produjo a las 19:50, cuando el sol comenzaba a esconderse tras los edificios. Muchos de los chicos estaban cansados y somnolientos; despu¨¦s de todo, se hab¨ªan divertido mucho. Corrieron, saltaron, gritaron, rieron, y ahora el agotamiento se hac¨ªa evidente. Krauser, por su parte, tambi¨¦n estaba exhausto. Hab¨ªa protegido a todos durante todo el d¨ªa, evitando muchas veces expresar su frustraci¨®n o irritaci¨®n frente a los ni?os. Sin embargo, su rostro reflejaba el cansancio y la irritaci¨®n. Su madre siempre dec¨ªa que, cuando se enojaba, su rostro se transformaba, y aunque Krauser trataba de ocultarlo con su sombrero, las venas en su cara se hinchaban cuando estaba estresado o molesto. No le gustaba que lo notaran, por lo que evitaba mirar a los dem¨¢s. A pesar de todo, hab¨ªa aprendido a controlar su ira, aunque no siempre lo lograba. Cuando los ni?os finalmente salieron del colectivo, Casandra y Krauser se quedaron solos. Flor se hab¨ªa quedado dormida durante el trayecto, agotada por la fiesta de la ma?ana, y su madre la hab¨ªa llevado consigo para asegurarse de que no se lastimara. Casandra miraba por la ventanilla del colectivo mientras el sol se ocultaba tras los edificios. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Krauser, al notar que Casandra parec¨ªa pensativa. ¡ªLa oscuridad ¡ªrespondi¨® ella en voz baja. Krauser puso su mano en su cabeza, reconociendo su estado de ¨¢nimo. ¡ªAnda, ve con tus compa?eros. Casandra se levant¨® del asiento y se dirigi¨® a la puerta. Pero, antes de bajar, se volvi¨® hacia ¨¦l. ¡ªYo ir¨¦ en un segundo ¡ªdijo ¨¦l, con una leve sonrisa. Casandra le sonri¨® y Krauser asinti¨® y se qued¨® all¨ª, solo, mientras ella bajaba del colectivo. En su mente, las palabras de Flor resonaban, reviviendo la conversaci¨®n que hab¨ªan tenido cerca de los ba?os, antes de que todo se descontrolara. Hace unas horas... ¡ª... ?Y? ?Qu¨¦ pasa con eso? O mejor dicho, ?por qu¨¦ deber¨ªa importarme d¨®nde te mudar¨¢s despu¨¦s de volver? ¡ªTe lo cuento porque Casandra hablaba mucho de ti. ¡ª?Y? ¡ªElla le tiene mucho miedo¡­ no, le tiene terror a la oscuridad. Pero no puede mantener las luces encendidas. Hasta ahora, nunca ha estado sola cuando la oscuridad la rodea. ¡ªLe di una linterna de regalo, que se las arregle con eso. ¡ªNo, no entiendes. Eso no sirve. Ella piensa que alguien aparecer¨¢ y la¡­ la¡­ ¡ª?La? ¡ªElla dice que vendr¨¢n a jugar con ella. Un juego que no le gusta, y siempre termina lastimada. Krauser record¨® el dibujo. ¡ª?Y qu¨¦ quieres que le haga? No puedo quedarme a vivir con ella. ¡ªYa lo s¨¦, pero¡­ por lo menos hoy¡­ no, esta noche quiero que te quedes con ella. Flor se arrodill¨®, suplicando que le escuchara, pero Krauser la detuvo. Liber¨® un tent¨¢culo de su cintura, que se apoy¨® en su pecho y sus rodillas. ¡ªNo hagas eso. Los Sem¨¢foros deben arrodillarse ante ustedes, no al rev¨¦s. Har¨¦ lo mejor que pueda. Flor sonri¨® agradecida. Presente: ¡ª?Qu¨¦ har¨ªas t¨², Candado, en mi lugar? Krauser se puso de pie y sali¨® del colectivo. Los ¨²ltimos rayos del sol se apagaban en esa zona de la ciudad. Cuando estaba por alejarse, el padre Hank se interpuso en su camino. ¡ª?Sucede algo? ¡ªPerd¨®n por detenerte, pero quiero saber algo que en su momento no pude preguntarte en esa habitaci¨®n. ¡ª?Qu¨¦? ¡ª?A qu¨¦ edad se manifiestan los poderes? Krauser abri¨® los ojos al escuchar la pregunta del anciano. Casandra estaba en su habitaci¨®n, sentada en la cama, mientras ve¨ªa c¨®mo su amiga empacaba sus pertenencias. Aunque su rostro permanec¨ªa inexpresivo, sus manos temblaban mientras sosten¨ªa la pelota de tenis que sol¨ªa usar para pasar el tiempo. Flor la mir¨® por el reflejo del espejo del ropero. ¡ªPerd¨®n ¡ªdijo con voz temblorosa. Casandra dej¨® la pelota en la cama, se levant¨® y camin¨® hasta ella. ¡ªNo pasa nada. Yo estaba de acuerdo con esto. ¡ªNo es as¨ª. Flor volte¨® y la mir¨® fijamente. ¡ªAnteriormente, se cre¨ªa que los poderes nac¨ªan en los ni?os, pero no es as¨ª. Es como una enfermedad, se manifiestan cuando estos superan los tres a?os, cinco a lo sumo ¡ªexplic¨® Krauser. ¡ªPor favor, Casandra, no me mientas as¨ª ¡ªdijo Flor con voz quebrada. ¡ª?Qu¨¦ pasa, Flor? ¡ªNo todo el mundo los tiene, padre Hank. Hay personas que nacen con una especie de defensa anti-¡°Segalma¡± al momento de nacer ¡ªdijo Krauser mientras mostraba sus tent¨¢culos. ¡ª?Segalma? ¡ªpregunt¨® el padre Hank ¡ªSegunda alma, abreviada en t¨¦rminos cient¨ªficos. ¡ª?Sucede algo, Flor? Casandra no entend¨ªa por qu¨¦ su amiga lloraba. ¡ªNo digas¡­ ¡ªGeneralmente, la Segalma nace para respaldar nuestra alma, pero para poder nutrirse y sobrevivir necesita vitaminas. No cualquier tipo. Te har¨¦ un ejemplo muy burdo y demasiado exagerado para que lo entiendas: Un n¨¢ufrago llega a una isla donde el mar es lava, y cualquier intento de escapar es peligroso. La lava puede matarlo y quemar la ruta de escape, pero la isla no est¨¢ desierta, tiene cocos, bananas y frutas de todo tipo. El n¨¢ufrago sabe que nunca saldr¨¢ y tendr¨¢ que pasar all¨ª el resto de su vida. Para alimentarse, comer¨¢ lo que la isla le ofrezca, y al hacerlo, se volver¨¢ parte de ella. Su ADN se mezclar¨¢ con el de la isla. Pero llega un momento en que se cansa de alimentarse solo de lo mismo. Sabe que necesita otras cosas para sobrevivir. As¨ª que usa los poderes de la isla para plantar su propia comida: papas, naranjas, manzanas, tomates, lechugas. Y si quiere carne, crear¨¢ animales para poder comerlos. Si quiere una casa, fabricar¨¢ los materiales, y as¨ª sucesivamente ¡ªdetall¨® Krauser ¡ª?C¨®mo ser¨ªa esto de forma cient¨ªfica? ¡ªPregunt¨® Hank ¡ªCasandra, s¨¦ cuando alguien miente, y en este momento no est¨¢s diciendo la verdad. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªse alarm¨® Casandra. ¡ªLo s¨¦ ¡ªdijo Flor, con los ojos rojos. ¡ªLa Segalma est¨¢ en el aire. Cuando un beb¨¦ nace, el par¨¢sito entra en sus pulmones. No puede ser visto con m¨¢quinas humanas, no se puede ver, oler ni tocar, pero s¨ª se puede sentir. A sus ojos, ustedes no pueden verla ni con herramientas cient¨ªficas. Pero nosotros, los monstruos, s¨ª. Este par¨¢sito se alimenta de las c¨¦lulas (como los cocos y las bananas), pero eso no es suficiente. Necesita desarrollarse, entonces crea su propio alimento para sobrevivir. Esto sucede cuando el individuo tiene entre tres y cinco a?os. ¡ª?Por qu¨¦ ¡°segunda alma¡±? ¡ªPuedo ver la verdadera ¡°t¨²¡± ¡ªdijo Flor, levantando la mano y se?alando al costado de Casandra¡ª a la izquierda de ti. ¡ªEn un principio se pens¨® que era un esp¨ªritu, pero Harambee desminti¨® eso al ver c¨®mo este par¨¢sito se aferraba a algo para sobrevivir. Este algo se lo llam¨® pared o frontera, es el l¨ªmite que separa lo invisible del par¨¢sito. Se descubri¨® que eso era un alma, un alma invisible. Pero a medida que el par¨¢sito progresaba, esa parte invisible empez¨® a adquirir color. El alma, la fuerza m¨¢gica que nos mantiene vivos, es la raz¨®n por la que el coraz¨®n late y el cerebro act¨²a de la manera en que lo hace. Este par¨¢sito naci¨® de un meteorito que cay¨® hace cien a?os. ¡ªYa veo. ¡ª?Por qu¨¦ quer¨ªas saber esto? ¡ªEs que¡­ Flor tiene, y creo que es la ¨²nica en este lugar, un don especial. ¡ª?Un don especial? ¡ªS¨ª, Flor sabe cu¨¢ndo alguien miente. No solo eso, tambi¨¦n puede sentir lo que los dem¨¢s est¨¢n sintiendo. ¡ªNo veo nada de eso¡ªdijo Casandra, con tono esc¨¦ptico. Flor alz¨® la vista. Al hacerlo, vio dos Casandras frente a ella. Una con su t¨ªpica mirada inexpresiva, y la otra, la real, estaba llorando. Lloraba sin parar. ¡ªEst¨¢s sufriendo¡ªdijo Flor, su voz llena de suavidad. ¡ªNo es as¨ª¡ªrespondi¨® Casandra, con el rostro impasible. Flor la abraz¨® sin pensarlo. ¡ª?Por qu¨¦ lo haces?¡ªpregunt¨® Casandra, con un suspiro. ¡ªPorque si yo llorara aqu¨ª, ser¨ªa a¨²n m¨¢s dif¨ªcil para ti irte. ¡ªCasandra, perd¨®n, perd¨®n, perd¨®n, perd¨®n¡­¡ªrepiti¨® Flor, casi sin aliento. Casandra la abraz¨® en silencio, pero no dijo nada. ¡ªS¨¦ que Casandra le teme a la oscuridad, pero tiene que superarlo. Muchos ni?os temen dormir en la oscuridad, pero si le dejo dormir con la luz encendida, todos los dem¨¢s querr¨ªan lo mismo y¡­ ¡ªSer¨ªa terrible ver los n¨²meros de la factura de luz, ?no?¡ªinterrumpi¨® Casandra, esbozando una sonrisa a medias. ¡ª¡­El orfanato est¨¢ pasando por sus peores meses. ¡ªTodos aqu¨ª se sienten culpables, Flor por no poder quedarte a su lado, y Casandra por no poder superarlo. ¡ª?Qu¨¦ puedo hacer? No toda la vida tendr¨¢ que vivir con la luz encendida, se que suena que soy cruel, pero tiene que superar ese miedo, sino nunca podr¨¢ avanzar y se arrepentir¨¢ toda su vida. ¡ªHablas como si tu hubiese pasado algo similar. Hank ignor¨® esa afirmaci¨®n de Krauser, en su lugar pregunt¨®. ¡ª?Qu¨¦ deber¨ªa hacer? ¡ªUsted es el adulto, no yo. Tras esas palabras, Krauser se retir¨®, perdi¨¦ndose en la esquina de la calle. La noche cay¨®, y Krauser no volvi¨® a la iglesia. Flor se despidi¨® de Casandra con l¨¢grimas. No quer¨ªa irse, pero sab¨ªa que no pod¨ªa quedarse. Casandra, por su parte, le sonri¨®, aunque su sonrisa era falsa. Ambos sab¨ªan que los verdaderos sentimientos de Casandra eran otros. La ni?a estaba sentada en la cama, hojeando un libro ilustrado, pero no pod¨ªa disfrutarlo. Cada minuto miraba el reloj. Las luces se apagar¨ªan a las 23:00 p.m., y cuando ese momento lleg¨®, la puerta de su habitaci¨®n se abri¨®. Apareci¨® la cabeza del padre Hank. ¡ªApagar¨¦ las luces¡ªdijo ¨¦l, con tono suave. Eso no la tranquiliz¨®. Al escuchar esa palabra, sus pupilas se dilataron de miedo. El padre Hank, al notar su terror, cerr¨® la puerta de golpe, la cerr¨® con llave y apag¨® la luz. ¡ªPerd¨®name, pero tienes que soportarlo. Tienes que crecer. Casandra salt¨® de la cama y corri¨® hasta la puerta. Se aferr¨® a la perilla y empez¨® a girarla con desesperaci¨®n. ¡ª?PADRE, PADRE, ABRA, ABRA! El padre Hank se tap¨® los o¨ªdos, y con l¨¢grimas en los ojos, huy¨® por el pasillo. Casandra, a solas, comenz¨® a golpear la puerta con sus manos, con todas sus fuerzas. Sus pu?os se lastimaron, pero sigui¨® golpeando. Tambi¨¦n le daba patadas, una tras otra, intentando destruirla. Pero la puerta era demasiado fuerte. Su desesperaci¨®n creci¨®. Se tir¨® al suelo, buscando una linterna. Era la misma que Krauser le hab¨ªa regalado. La apretaba una y otra vez, pero no encend¨ªa. Las l¨¢grimas segu¨ªan brotando de sus ojos, y su voz se volv¨ªa m¨¢s desesperada. Sus manos temblaban y sudaban. El terror la invadi¨® tanto que la linterna se le cay¨® de las manos y se perdi¨® en la oscuridad. Casandra comenz¨® a buscarla, pero no la encontraba. Lleg¨® un punto en que no pudo soportar m¨¢s el miedo. Subi¨® a su cama y se acurruc¨® en un rinc¨®n, abraz¨¢ndose a s¨ª misma. Dec¨ªan que el miedo te hac¨ªa ver cosas que no eran reales. Casandra estaba en ese punto, completamente aterrada. Lloraba sin cesar, sin nadie a su lado. Intent¨® calmarse cantando, pero no lo logr¨®. ¡ªCasandra, juguemos un juego. La ni?a se alarm¨®. La voz era familiar, pero no pod¨ªa ver a nadie. Solo la escuchaba. ¡ªVamos a jugar. Casandra, temblorosa, agarr¨® su almohada y comenz¨® a golpear el aire. ¡ªVamos, soy yo, el se?or torcido. ?No me recuerdas? ¡ª?BASTA, BASTA! ¡ªNo nos temas¡ªla voz dijo de manera burlona. ¡ª?NOOOOOOOO! ?AYUDA! ?AYUDA! ?QUIERO LUZ! ?MAM¨¢! ?PAP¨¢! De repente, sinti¨® un roce en sus piernas. El terror la invadi¨® a¨²n m¨¢s. ¡ª?D¨¦JENME EN PAZ! Las voces se re¨ªan. ¡ª?YAAAAAAAAAAAAAAA! La ventana se abri¨® abruptamente y una figura extra?a entr¨® en la habitaci¨®n. Meti¨® la mano en su bolsillo, sac¨® una linterna, la encendi¨® y comenz¨® a guiarse por los llantos hasta dar con Casandra. Se acerc¨® a ella, quien se abrazaba la cabeza, luchando contra el miedo mientras segu¨ªa llorando. ¡ªHey, ni?a. Casandra aspir¨® con sorpresa. ¡ªNo era para tanto. ¡ªKra¡­ Kraukrau¡­ ¡ªS¨ª, soy yo Kraukrau... ?Eh? Krauser se alarm¨® al ver c¨®mo estaba Casandra. Sus ojos estaban rojos, ten¨ªa moretones en las manos y las piernas. La boca de Krauser se abri¨® involuntariamente. ¡ª?Qui¨¦n te hizo esto?¡ªpregunt¨® con voz grave, casi siniestra. Casandra comenz¨® a llorar a¨²n m¨¢s. ¡ª?Qui¨¦n te hizo esto? (?Por qu¨¦ me estoy enojando?) ¡ªYo¡­ yo¡­ Krauser la abraz¨®, y ella hundi¨® su cara en su pecho. ¡ªEstoy aqu¨ª. No pasa nada. "Padre Hank, ?De verdad es necesario esto?" pens¨® ¨¦l. Krauser la carg¨® en sus brazos como si fuera una princesa. Casandra no paraba de llorar, a¨²n temerosa de la oscuridad, y sobre todo, sin poder verla, solo sentirla. ¡ªLas noches tambi¨¦n tienen cosas lindas¡ªdijo, intentando calmarla. Casandra oy¨® aquellas palabras, pero no pudo responder. Krauser la condujo hasta la ventana por donde hab¨ªa entrado. Luego salt¨® hacia el exterior, extendi¨® sus tent¨¢culos y, aferr¨¢ndose a las paredes de la iglesia, comenz¨® a escalarla. Casandra miraba a su alrededor con el rabillo del ojo, sintiendo el viento fresco acariciando su rostro y su piel. Poco a poco, se tranquiliz¨®, aunque sus manos segu¨ªan aferradas al abrigo de ¨¦l. Cuando Krauser alcanz¨® el punto m¨¢s alto de la iglesia, sac¨® un tent¨¢culo de su cintura y lo introdujo en el bolsillo de su saco. De all¨ª, sac¨® un control de dos botones, uno rojo y otro verde. Al presionar el bot¨®n rojo, todas las luces de la ciudad se apagaron instant¨¢neamente. Ese control, de hecho, hab¨ªa sido un regalo de Karinto cuando parti¨® al Chaco. Aunque las luces de la ciudad se apagaron, la oscuridad comenz¨® a asustar a Casandra, quien ocult¨® su rostro en el pecho de Krauser. ¡ªNi?a, no mires hacia abajo. Solo mira hacia arriba. Casandra dud¨®, pero lentamente comenz¨® a separarse del pecho de Krauser y sigui¨® su consejo. Al mirar hacia arriba, sus ojos se quedaron maravillados. Un mar de estrellas brillantes dominaba el cielo nocturno. Aunque no hab¨ªa luna llena, las estrellas brillaban con el m¨¢ximo resplandor de la noche. ¡ªCuando tengas miedo y mires hacia arriba, las luces te miran, Casandra. Dicen "Feliz cumplea?os". Ella guard¨® silencio, absorbiendo la belleza del cielo. ¡ªQuiero que las mires, Casandra. M¨ªralas y contempla su belleza ¡ªdijo Krauser, con la vista fija en las estrellas. ¡ªEs hermoso ¡ªmurmur¨® ella, casi sin palabras, admirando el espect¨¢culo celestial. ¡ªEste mismo cielo lo vio Van Gogh cuando pint¨® su obra "Noche estrellada". En la oscuridad, Casandra, podr¨¢s ver esto. No todo lo que ves es malo. Casandra dej¨® de observar el cielo nocturno y mir¨® a Krauser. Las estrellas parec¨ªan hacerlo brillar a ¨¦l. ¡ªGracias, son lindas. Krauser la mir¨® y, abriendo sus ojos, cuyos brillantes ojos rojos resplandec¨ªan en la oscuridad, intent¨® mostrar una sonrisa, aunque su rostro se manten¨ªa serio. ¡ªNo hay de qu¨¦ ¡ªrespondi¨® ¨¦l. Ambos permanecieron mirando el cielo durante una hora m¨¢s. Casandra comenz¨® a recordar el primer momento que conoci¨® a Krauser, luego cuando apareci¨® en su fiesta, despu¨¦s cuando ¨¦l y Flor fueron al zool¨®gico, y ahora, cuando ¨¦l hab¨ªa venido a salvarla de la oscuridad. Casandra no pudo evitar llorar y sonre¨ªr al mismo tiempo. ¡ªGracias ¡ªdijo con la voz temblorosa. Krauser apoy¨® su frente en la de ella, luego se apart¨® un poco y la bes¨® en la frente, como lo hac¨ªa con su hermano y hermana. ¡ªEres la primera ni?a humana que no odio ¡ªdijo, con una leve sonrisa en su rostro. Casandra sonri¨® y volvi¨® a mirar al cielo. Poco a poco, el sue?o comenz¨® a vencerla. No quer¨ªa dormirse, quer¨ªa seguir junto a Krauser, pero el cansancio termin¨® por apoderarse de ella, y se qued¨® dormida en sus brazos, rodeada por el cielo estrellado. El celular de Krauser vibr¨®, pero como ten¨ªa las manos ocupadas sosteniendo a Casandra, sac¨® un tent¨¢culo de su espalda y tom¨® el tel¨¦fono del bolsillo. ¡ª"Ya ha despertado XD" ¡ªle¨ªa el mensaje. Krauser dej¨® escapar una risita casi muda. ¡ªMe alegro de que est¨¦ bien. A la ma?ana siguiente, Casandra se despert¨® en su cama. Mir¨® a su alrededor, pero no vio a Krauser. Se frot¨® los ojos, y al tocarlos, sinti¨® una molestia. Al apartar las manos, vio que estaban vendadas. Mir¨® el reloj: eran las 10:00 de la ma?ana. El sol entraba por su ventana, iluminando la rosa negra que Krauser le hab¨ªa regalado. La luz se reflej¨® en la rosa y luego en su rostro. Casandra apart¨® las s¨¢banas y se acerc¨® a la rosa. Al levantarla, encontr¨® una nota debajo de ella. La tom¨® y ley¨®. Para Casandra: Cuando vuelvas a temer a la oscuridad y no puedas ver las estrellas, usa esta rosa para que te ilumine. Utiliza la linterna que te regal¨¦ y refleja su luz en ella, y ver¨¢s la magia. Pd: Recuerda comprar ?PILAS! Para la linterna. Hoy las compr¨¦ yo, y durar¨¢n lo que tengan que durar. Casandra cerr¨® la carta y la guard¨® en su caj¨®n. Luego, tom¨® la rosa y se meti¨® nuevamente bajo las s¨¢banas, donde la oscuridad no la asustaba. Con la mano izquierda sostuvo la rosa, mientras con la derecha encend¨ªa la linterna. En pocos segundos, la rosa negra comenz¨® a reflejar luces por las paredes de la frazada: estrellas de cuatro puntas acompa?adas de una luna llena y una medialuna. Casandra empez¨® a girar la rosa sobre su eje, usando el pulgar y el ¨ªndice. A medida que giraba la rosa, comenz¨® a re¨ªr, una y otra vez. El padre Hank estaba en la puerta, escuchando c¨®mo se divert¨ªa la ni?a. En sus manos, llevaba una bandeja con su merienda: un vaso de leche caliente y galletitas, acompa?ados de una nota que solo dec¨ªa "Lo siento". El padre Hank dej¨® la bandeja sobre el escritorio vac¨ªo de Flor y cerr¨® la puerta lentamente, queriendo escuchar un poco m¨¢s las risas de la inexpresiva Casandra. Luego, se alej¨® de la habitaci¨®n de Casandra, pero cuando estaba lo suficientemente lejos, volte¨® y, poniendo su mano derecha sobre su cruz, expres¨® con cari?o: ¡ªMe gustar¨ªa que adultos como nosotros aprendi¨¦ramos de ni?os como ¨¦l, Reinhold Krauser. Mientras tanto, una figura de rostro p¨¢lido, conocida como "Slenderman", caminaba por el aeropuerto con las manos en los bolsillos. Subi¨® a su avi¨®n, el de los Sem¨¢foros, y mir¨® por el espejo durante unos segundos, observando c¨®mo el avi¨®n comenzaba a elevarse hacia el cielo. SOMBRA Y REFLEJOS Unos d¨ªas despu¨¦s de lo ocurrido en Buenos Aires, el 22 de julio, Esteban hab¨ªa vuelto a su trabajo habitual sin recordar los eventos que lo llevaron al desmayo, cortes¨ªa de Krauser. Sin embargo, su ira a¨²n no se hab¨ªa disipado. Esteban hab¨ªa regresado al Chaco para reunirse con ciertas personas, a quienes no toleraba. Mientras caminaba por las calles de Resistencia, sus pasos lo guiaron al lugar de la reuni¨®n: ¡°MORES¡±, un local que supuestamente era una panader¨ªa com¨²n y corriente. ¡ªQu¨¦ asco ¡ªmurmur¨® Esteban momentos antes de entrar. ¡ªBuenas... oh, eres Esteban, el resto te est¨¢ esperando abajo ¡ªdijo el due?o de la tienda, con tono altanero y malhumorado. (Odio las panader¨ªas), pens¨® Esteban. ¡ªGracias ¡ªrespondi¨® fr¨ªamente. Se dirigi¨® a una puerta blanca, la abri¨®, y en su interior encontr¨® una mesa con cuatro sillas. Tres estaban ocupadas, mientras que la cuarta, vac¨ªa, era la suya por defecto. Los otros asistentes eran rostros conocidos, cada uno con dos guardaespaldas. En la primera silla estaba Sebasti¨¢n Maldonado, acompa?ado por sus guardaespaldas Jerem¨ªas Facundo, un hombre con antifaz negro y vestimenta de guerrilla, y Florencia Talavera, una mujer pelirroja con uniforme escolar, algo comprensible, ya que eran las 13:50 de la tarde. En la segunda silla se encontraba Joaqu¨ªn Barreto, junto a sus guardaespaldas Kruger Barreto y Ruth Van Grace, quienes claramente detestaban a Maldonado. En la tercera estaba Sara Holy Truth, acompa?ada de sus guardaespaldas: Victorino Aurelio, distinguible por sus cuernos, cola de lagarto y ojos blancos que lo hac¨ªan parecer ciego, vistiendo un traje negro y corbata amarilla; y Camila Zaracho, que, al compararse con los dem¨¢s, parec¨ªa la persona m¨¢s normal de la sala. ¡ªSaludos ¡ªdijo Maldonado. Esteban movi¨® la silla y se sent¨® en ella. ¡ªEs obvio que tu odio hacia nosotros es comprensible ¡ªdijo Sara, en tono burl¨®n. ¡ªUn Sem¨¢foro de los gremios y una S¨ªndica de los Recreadores, o mejor dicho los Nubenors, dos enemigos en una misma mesa. ¡ªBasta, Esteban, no traigas problemas a esta mesa ¡ªadvirti¨® Maldonado. ¡ªD¨¦jalo, que suelte todo su odio; le har¨¢ bien¡ªluego mir¨® a Esteban ¡ª. Recreador o Nubenores, como le sea m¨¢s como. ¡ªEs muy gracioso escuchar eso de un monstruo. ¡ªEso es lo que somos ¡ªrespondi¨® Sara. ¡ª?Por qu¨¦ no hablamos de otra cosa? ¡ªpregunt¨® nervioso Maldonado. ¡ªNo vine a hablar del clima. Estoy aqu¨ª porque se me contact¨® por una emergencia, y la ¨²nica raz¨®n por la que acept¨¦ fue porque pens¨¦ que Candado estar¨ªa aqu¨ª. ¡ªCandado no vendr¨¢ ¡ªinterrumpi¨® una voz a sus espaldas, haciendo que todos voltearan. Para la mayor¨ªa de los presentes, la voz era casi desconocida, en especial para Maldonado y Esteban. ¡ªLuis ¡ªsalud¨® Joaqu¨ªn. ¡ª?Qui¨¦n eres? ?Qu¨¦ significa eso de que Candado no vendr¨¢? ¡ªEst¨¢ indispuesto. Ayer, Candado tuvo ciertos problemas que le impiden presentarse hoy. ¡ªLa innombrable L29K5873-08F-R3G... o Luis. ¡ªSabes mi nombre. ¡ªNunca olvido los nombres de quienes ayudan a los Recreadores. Es un honor. ¡ªYa veo, eres una vida manufacturada por la ciencia. ¡ªAs¨ª es ¡ªdijo Luis, luego camin¨® hasta un sill¨®n y se recost¨® en ¨¦l¡ª. Por diversas razones, Hachipusaq no podr¨¢ mostrar su verdadera identidad, as¨ª que hoy lo suplantar¨¦. ¡ªHace m¨¢s de un maldito a?o que se esconde de nosotros; empiezo a creer que en verdad no existe. Luis, relajado, le respondi¨® a Esteban. ¡ªClaro que existe, chico; solo est¨¢ en una situaci¨®n complicada. ¡ªNo te burles. ¡ªHachipusaq necesitar¨¢ su ayuda para lo que est¨¢ por venir. ¡ª?Y qu¨¦ ser¨ªa eso? ¡ªEso, mi querido amigo, lo ver¨¢s m¨¢s tarde. ¡ªTe corta el rostro, Esteban. ¡ª?C¨¢LLATE! No s¨¦ por qu¨¦ tengo que soportar a un mugroso Sem¨¢foro como t¨² aqu¨ª. Kruger y Ruth reaccionaron, pero Joaqu¨ªn los detuvo. ¡ªBueno, le sugiero que se calme; no necesitamos pelearnos entre nosotros en momentos como estos. ¡ªLos Borradores nunca podr¨¢n trabajar con los Sem¨¢foros ¡ªexpres¨® Facundo. ¡ªNo quiero escuchar eso de una organizaci¨®n cuyo prop¨®sito era eliminar amenazas, siendo los mayores genocidas conocidos ¡ªcontest¨® provocativamente Kruger. ¡ª?Quieres que ti?a de tu sangre la habitaci¨®n? ¡ªInt¨¦ntalo, basura humana. ¡ªSiempre lo mismo ¡ªdijo Luis mientras se llevaba la mano a la frente¡ª. Ya, ya, ya, no hagan nada est¨²pido, por favor. ¡ªKruger, atr¨¢s ¡ªorden¨® Joaqu¨ªn. Obedeciendo a su hermano, Kruger volvi¨® a su posici¨®n. ¡ªT¨² tambi¨¦n, Facundo ¡ªdijo Maldonado. Facundo refunfu?¨®, pero obedeci¨® la orden. ¡ªProsigo ¡ªLuis aclar¨® su garganta y continu¨®¡ª. Como ya saben, los escritos de Ndereba Harambee, los mismos que us¨® para encerrar a T¨¢natos, fueron robados de la agencia de los Sem¨¢foros. ¡ªNo veo el problema ¡ªcoment¨® deliberadamente Maldonado. ¡ªHay un problema con eso, Borrador ¡ªJoaqu¨ªn se levant¨® y lo mir¨® fijamente¡ª. Estos escritos son muy importantes, incluso para ti. Los poderes que encierran son lo suficientemente potentes como para romper las cadenas que retienen al sujeto m¨¢s peligroso de todos: T¨¢natos, el constructor. Maldonado no se dej¨® intimidar y se levant¨® tambi¨¦n. ¡ªSin embargo, a¨²n necesitan algo m¨¢s, ?me equivoco? Ruth se coloc¨® delante de Joaqu¨ªn para protegerlo, pero ¨¦l puso su mano en su hombro derecho, indic¨¢ndole que retrocediera. ¡ªEs cierto lo que insin¨²as. ¡ªLo sab¨ªa. ¡ªMaldonado, no es momento para ser soberbio ¡ªintervino Esteban. ¡ªPerd¨®n. ¡ªEsc¨²chame, Sem¨¢foro. Sabemos perfectamente que existen dos llaves para liberar a T¨¢natos: los escritos y¡­ ¡ªLa lanza de Harambee ¡ªconcluy¨® Sara. Esteban se mordi¨® los labios con frustraci¨®n. ¡ªExacto, pero los Testigos han estado ocupados y no han intentado tomar la lanza. El mes pasado estuvieron ocultos y tranquilos, pero hace unas semanas volvieron a masacrar a miembros de gremios y circuitos. ¡ªDesza, el Profanador ¡ªaclar¨® Joaqu¨ªn. ¡ªUn demente que no distingue entre locura y raz¨®n ¡ªagreg¨® Esteban. ¡ªNo hay nada m¨¢s peligroso que un enfermo mental movilizando masas. ¡ªNo te preocupes, Aurelio; por ahora, solo tiene alrededor de diez seguidores. ¡ªPerdi¨® a casi todos sus hombres en el asalto a los Sem¨¢foros en Resistencia; algunos murieron y otros fueron apresados ¡ªdijo Joaqu¨ªn. Esteban interrumpi¨®. ¡ªHasta ahora solo hemos hablado de lo que ya sabemos ¡ªluego mir¨® a Luis¡ª. ?Qu¨¦ sugiere Hachipusaq? ¡ªDestruir lo que buscan, y con ello, a los Testigos. ¡ª?C¨®mo? ¡ªpregunt¨® Florencia por primera vez.A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation. ¡ªNuestra l¨ªder est¨¢ ocupada ideando el momento de atacar y destruir. ¡ªLuis¡­ No es tan simple como soplar y hacer botellas, y tampoco tenemos mucho tiempo. El Gran Consejo General me est¨¢ presionando para tomar una decisi¨®n o me destituir¨¢n. Solo quieren destruir a esos gremios. ¡ªHay que tener paciencia, se?or Esteban. ¡ª?Paciencia? ?Eso es lo mejor que podemos hacer? ¡ªEso es algo que har¨¦ yo. Una voz reson¨® en la habitaci¨®n. ¡ªDamas y caballeros, les presento a Faustino, Fausto para los amigos ¡ªdijo Luis. ¡ªPara servirles ¡ªsalud¨® la voz mientras se abr¨ªa la puerta. ¡ªHola, hola, hola. ?Un hombre de hielo? ¡ªpregunt¨® Maldonado. ¡ªEse emblema¡­ eres un Circuito ¡ªdijo Camila. ¡ªEl lobo es el s¨ªmbolo de mi bandera. ¡ªExpl¨ªcales, camarada, ?qu¨¦ fue lo que hiciste? ¡ªPor supuesto, se?orita Luis ¡ªrespondi¨® Fausto, mirando a la audiencia¡ª. Hace un tiempo tuve un enfrentamiento con Candado, el cual perd¨ª miserablemente, pero ese era el prop¨®sito de la prueba. Pude notar, gracias a mis heridas, que Candado lleva un mortal conjuro en su cuerpo, uno muy peligroso que lo est¨¢ matando lentamente. Desza est¨¢ aprovechando que Candado est¨¢ herido para acelerar su plan. Despu¨¦s del combate, entregu¨¦ los informes a la se?orita Hachipusaq, y aunque no pude ver su rostro, pude sentir el dolor que le causaba leer mi reporte. As¨ª es, damas y caballeros: el temible caudillo est¨¢ muriendo lentamente, y aparentemente nada puede detenerlo. Todos quedaron asombrados por lo que oyeron, incapaces de creerlo. ¡ª?Candado muriendo? ¡ªpregunt¨® Esteban. ¡ªAs¨ª es. ¡ªEs por eso que Hachipusaq est¨¢ buscando c¨®mo ayudarlo. ¡ª?Y qu¨¦ te hace pensar que yo lo ayudar¨¦? ¡ªLo har¨¢s, Esteban Everett Bonaparte. ¡ªEs un maldito gremial, Fausto. T¨² y yo somos del Circuito. ¡ªEsto es diferente. En el Circuito usted es mi presidente, pero aqu¨ª, usted y yo somos iguales. Y si se interpone, lo enfrentar¨¦. Maldonado se levant¨®. ¡ªTranquilos, caballeros, no vamos a pelear entre nosotros. ¡ªMaldonado, no¡­ ¡ªNo est¨¢ en nuestra jurisdicci¨®n. Haga lo que quiera, pero mientras yo est¨¦ aqu¨ª, no har¨¢s nada. ¡ªVeo que los Borradores tienen m¨¢s poder que el presidente del Circuito. ¡ªSoy el archivero. A diferencia de ti, que eres inspector solo en Argentina, yo tengo jurisdicci¨®n mundial. ¡ªTu poder pol¨ªtico da pena, Sebasti¨¢n ¡ªdijo Kruger burlonamente. ¡ªAl menos no vivo a la sombra de Joaqu¨ªn. ¡ªEs mi deber ¡ªreplic¨® Kruger orgulloso. ¡ªBueno, ya basta ¡ªintervino Sara. Sin m¨¢s interrupciones, Fausto continu¨®. ¡ªComo dec¨ªa, Candado est¨¢ d¨¦bil. Pero eso no es todo; Desza est¨¢ formando alianzas con tres figuras: Nina Fern¨¢ndez del Valle, Paulo Caba?a Villarroel y Sheldon Gray, tambi¨¦n conocido como Z15G9736-02J-T8T. ¡ª?Y eso me afecta? ¡ªpregunt¨® Maldonado. ¡ªClaro que s¨ª. Me infiltr¨¦ en la reuni¨®n, pero antes de obtener toda la informaci¨®n, dos malditos Sem¨¢foros interfirieron: Reinhold Krauser y Leandro Maidana. ¡ªEsos... son mis subordinados ¡ªdijo Joaqu¨ªn con amargura. ¡ªLo s¨¦, y tambi¨¦n s¨¦ que fuiste t¨² quien los envi¨® all¨ª ¡ªrespondi¨® Fausto, enfatizando las ¨²ltimas palabras. ¡ªLo siento. ¡ªFausto, contin¨²a, por favor ¡ªintervino Sara. ¡ªClaro, ejem... resulta que s¨ª deber¨ªa importarte, amigo m¨ªo, ya que estos tres, no s¨¦ c¨®mo ni por qu¨¦, conocen la debilidad de Candado Barret y planean usarla para su beneficio propio. ¡ª?Y? ¡ªEsteban, cuando Candado no pueda mover un dedo, vendr¨¢n por ti. ¡ª?Por m¨ª? ¡ªS¨ª, se?or. Su objetivo es ver a Esteban derrocado. Tras estas ¨²ltimas palabras, un silencio atroz inund¨® la sala; nadie quiso decir nada, estupefactos por lo que acababan de escuchar. ¡ªSe?or, su oposici¨®n pol¨ªtica es menor, pero no tanto como para ignorarla. No hay que olvidar que, cuando gan¨® las elecciones, hubo una manifestaci¨®n en su contra, y tampoco que fue gracias a Candado que usted est¨¢ al frente de la organizaci¨®n. ¡ª?Entonces quieres que pague mi deuda con ¨¦l protegi¨¦ndolo hasta que se recupere? ¡ªNada me har¨ªa m¨¢s feliz, se?or. Esteban cerr¨® los ojos, exhal¨® profundamente, luego los abri¨® y mir¨® a Fausto. ¡ªNo s¨¦ qui¨¦n es Hachipusaq, pero si alguien como esa persona ha logrado que alguien obediente y leal como t¨² est¨¦ aqu¨ª, enfrent¨¢ndome, entonces debe de ser alguien formidable ¡ªdijo sonriendo¡ª. Y a m¨ª me gustan las personas formidables. Est¨¢ bien, Faustino, ganaste. Ayudar¨¦ a Candado hasta que ese ser miserable se cure de lo que sea que lo est¨¦ matando. ¡ªMe alegra que haya tomado la decisi¨®n correcta, se?or. Estoy muy orgulloso de haber votado por usted. ¡ªYo no decepciono a mis electores. ¡ªHachipusaq ha dedicado todo su tiempo a Candado ¡ªdijo Luis, dando un paso al frente. ¡ªNo me sorprende, yo tambi¨¦n lo har¨ªa ¡ªcoment¨® Sara. ¡ªIncluso yo ¡ªdijo Joaqu¨ªn, levantando la mano. ¡ªYo no lo har¨ªa si no me conviene, pero con las cosas como est¨¢n, me conviene ayudarle. Luego miraron a Maldonado, quien, sintiendo sus miradas, se puso de pie y los mir¨® a todos. ¡ªDar¨¦ todo lo que pueda para ayudar. Luis, con una enorme sonrisa, dio por concluida la reuni¨®n diciendo: ¡ªAhora que todos estamos de acuerdo, explicar¨¦ todo antes de que se vayan. Cada uno de ustedes investigar¨¢ por su parte a los enemigos Nina del Valle, Paulo Villarroel y Sheldon Gray. Con esto dicho, la reuni¨®n finaliza. Todos se levantaron y, uno a uno, le dieron un apret¨®n de manos a Luis y a Fausto antes de abandonar la habitaci¨®n. ¡ªGracias por avisarme de mi planeado derrocamiento ¡ªdijo Esteban antes de cerrar la puerta detr¨¢s de ¨¦l. Cuando todos se fueron, Luis y Fausto fueron los ¨²nicos que permanecieron en la sala. Luis se sec¨® el sudor de la frente y mir¨® la cortina detr¨¢s de ¨¦l. ¡ª?Lo hicimos bien? La cortina se desliz¨® hacia la izquierda, revelando a dos personas. Una estaba de pie y vestida elegantemente; la luz iluminaba todo su cuerpo, excepto su rostro, oculto en sombras. Se distingu¨ªa una barba larga. La otra persona permanec¨ªa en la oscuridad, sentada en una silla, con sus guantes de diamantes como ¨²nica parte visible. ¡ªLo hicieron perfectamente ¡ªdijo una voz femenina. ¡ªMe alegro. ¡ªFausto. ¡ªSe?orita. ¡ªEnv¨ªa la carta, es hora de hacer la jugada. ¡ªComo ordene, Hachipusaq. Mientras en la panader¨ªa se planeaba algo, al otro lado de la ciudad Nelson Torres, algo aburrido y sin nada que hacer, estaba con su amigo Bruno G¨®mez en un restaurante. Mientras Nelson beb¨ªa cerveza, Bruno tomaba caf¨¦, a¨²n sin quitarse esa boina militar. ¡ªM¨ªrate. Si Alfred estuviera aqu¨ª, estar¨ªamos riendo a gusto, ?no crees? ¡ªEso ya pas¨®, ahora solo somos vos y yo. ¡ªLo que digas. ¡ª?C¨®mo est¨¢n los salvajes? ¡ªEst¨¢n bien, todos est¨¢n bien. Miguel pasa tiempo con su nieto Lisandro, Elsa y Sim¨®n disfrutan de su jubilaci¨®n, Rosa sigue investigando a los mercenarios, y Aldana disfruta de su vida. ¡ªYa veo. ¡ª?Y tus hijos? ?C¨®mo est¨¢n Susana y Alejandro? ¡ªSusana se volvi¨® a casar con un tal ¨¢lvarez. Vino el mes pasado con su nuevo esposo a quedarse en casa estas vacaciones. Me cont¨® que su anterior marido la hab¨ªa enga?ado, as¨ª que se divorci¨® y ahora es feliz con este ¨¢lvarez; est¨¢ esperando un hijo de tres meses. Ella cree que ser¨¢ var¨®n. Alejandro tambi¨¦n vino con su esposa y su hija Roc¨ªo a quedarse durante las vacaciones, como todos los a?os. ¡ª?Roc¨ªo? ?Es rebelde? ¡ªPens¨¦ que lo ser¨ªa, por su actitud parecida a la de mi Teresa, pero es muy entusiasta y siempre escucha las historias que les cuento a Alejandro y Susana. ¡ªOh, vaya. ¡ª?Y tu esposa? ¡ªAnda por ah¨ª. Le dije que descansara, pero parece que quiere seguir siendo doctora. ¡ª?C¨®mo anda Antonio? ¡ªDesde que su mujer muri¨®, ha estado criando a su hija solo. ¡ªEspero que pueda seguir adelante. Perder a alguien as¨ª es un dolor incomparable. ¡ªOh, vaya, Nelson, ?preocupado? ¡ªCreo que deber¨ªas borrar esa sonrisa de tu cara. No me gusta. ¡ªViejo amargado. ¡ªT¨² tambi¨¦n eres viejo; tienes 77 a?os y a¨²n puedes moverte ¡ªdijo Nelson con sarcasmo. ¡ªSon 76, viejo; vos sos el ¨²nico con 77. ¡ªEs lo mismo. Bruno se ri¨®. ¡ªEst¨²pido. Bruno se limpi¨® las l¨¢grimas de risa y continu¨®. ¡ªPero ya en serio, tenemos que hacer algo. Lo que pas¨® hoy fue peligroso. Nunca antes hab¨ªa visto a un Bari intentar cazar a un humano, y eso que hemos visto muchos en el pasado. ¡ªEl chico siempre pens¨® que s¨®lo hab¨ªa dos Baris. ¡ª?Dos? ¡ªCandado no sabe de la existencia de Amabaray. ¡ª?En serio? ¡ªS¨ª, cuando Europa estaba por dar a luz a Candado, los doctores dijeron que uno de los dos iba a morir. ?Y qu¨¦ crees? ¡ªS¨ª, ya s¨¦ la historia, estuve ah¨ª. Europa ofreci¨® su vida a cambio de su hijo. ¡ªAmabaray qued¨® destrozada. No quer¨ªa que su vieja amiga muriera sin conocer a su hijo, as¨ª que rompi¨® una de las reglas fundamentales de los Baris: intervenir en la vida de un humano. Amabaray actu¨® y salv¨® la vida de su hijo y de su amiga, pero¡­ ¡ªPero se debilit¨®, y como consecuencia decidi¨® dormir hasta recuperarse. Para evitar que su compa?era del alma se pusiera triste, borr¨® sus recuerdos. Fue triste para su marido, su padre, su madre y su hija; ni t¨² ni yo pudimos contarle la verdad. Nelson golpe¨® el vaso con la u?a de su dedo ¨ªndice. ¡ªS¨ª, es triste ¡ªexhal¨® y continu¨®¡ª, pero eso no cambia el hecho de que, a causa de ese sacrificio, puso en la mira a su "hermano" Luzbari. Supongo que quiere vengarse de ella quit¨¢ndole la vida a su hijo. ¡ª?Es as¨ª? ¡ªNo, es una suposici¨®n. ¡ªProteger al muchacho ser¨¢ dif¨ªcil: mercenarios, Cirquistas, Baris y ahora los Testigos. ¡ª?Crees que Greg est¨¦ detr¨¢s de esto? ¡ªClaro, ese lamebotas fue quien masacr¨® a nuestros compa?eros en los laboratorios C.I.C.E.T.A. ¡ª?Por qu¨¦ Pullbarey colaborar¨ªa con un humano? ¡ªNo lo s¨¦. Quiz¨¢s sea por aquellas palabras que dec¨ªa que lo aprisionaban. 1949 Alfred tom¨® a la criatura Pullbarey de la solapa de su saco, debilitada por la lanza de oro incrustada en su abdomen. ¡ªTu error fue interpretar a la raza humana en vez de conocerla, por eso perdiste, criatura est¨²pida. La m¨¢scara de Pullbarey comenz¨® a desmoronarse, mostrando sus horrendos dientes. ¡ªAlfred Vel¨¢zquez Cristian Barret, nada se ha acabado. Podr¨¢s encerrarme, pero nunca podr¨¢s matarme. Alfred ignor¨® la advertencia, retir¨® la lanza de su abdomen y empuj¨® la piedra a la que Pullbarey estaba atado, dej¨¢ndolo caer al abismo mientras lo observaba desaparecer poco a poco de su vista. Presente ¡ªSinceramente, creo que fue por eso que busc¨® un enemigo en com¨²n. ¡ªYa veo, parece que Greg era la mejor opci¨®n. ¡ªNo es que fuera la mejor opci¨®n, Bruno, es que era la ¨²nica. La inteligencia de Greg rivalizaba con la de Alfred. ¡ª?Adul¨¢ndolo otra vez? ¡ªTe voy a encajar esa taza en la cabeza. ¡ªDesperdiciar¨ªas mi caf¨¦ ¡ªdijo Bruno mientras se recostaba en la silla y beb¨ªa tranquilamente. Nelson se calm¨® y sigui¨® bebiendo. ¡ªChe. ¡ª?Qu¨¦? ¡ª?Qu¨¦ tal si nos reunimos en tu casa? ¡ª?Eh? ¡ªCreo que encontr¨¦ una manera de traer de vuelta a Amabaray. ¡ªHan pasado m¨¢s de trece a?os desde ese incidente; no creo que ni t¨², ni Europa ni yo podamos verla. ¡ªEso no importa, podemos contar con Candado. ¡ª?Est¨¢s loco, Bruno? ?No o¨ªste lo que te dije? ¡ªClaro que s¨ª, pero si logramos salvarla a ella, podemos salvar la vida de Candado. ?O es que planeas mantenerlo estable con frascos de sangre de Slonbari? ¡ªS¨¦ lo que piensas, Bruno, y no va a funcionar. Esa teor¨ªa qued¨® descartada hace a?os. ¡ªNo hay que rendirse. Reunir¨¦ al equipo ¡ªluego Bruno dio un ¨²ltimo sorbo a su caf¨¦ y continu¨®¡ª. Esta noche en tu casa. ¡ªEst¨¢ mi familia. ¡ªEn el s¨®tano, pibe, en el s¨®tano. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªSigues con los proyectos de Alfred, ?verdad? S¨¦ que intentas construir un portal para Cotorium. ¡ªEse siempre fue su sue?o, quiero al menos terminarlo. ¡ªBien, ma?ana por la noche entonces. ¡ªNo decid¨ª eso. ¡ªNos vemos. Bruno se ech¨® a correr. ¡ª?OYE! ¡ª?NO TRAJE DINERO! ¡ª?HIJO DE PUTA! Todos los presentes miraron a Nelson. ¡ªSigan con sus porquer¨ªas. ¡ªSe?or ¡ªinterrumpi¨® el camarero con una voz lenta y pausada. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªHay ni?os presentes. Si termin¨® de beber, p¨¢guenos y m¨¢rchese. ¡ª?Cree que estoy ebrio? ¡ªNo dije eso, se?or; s¨®lo que si va a quedarse aqu¨ª, no haga esc¨¢ndalo. ¡ªMaldito anciano, no puedo creer que ca¨ª otra vez en su maldita broma ¡ªsusurr¨® Nelson. ¡ª?Se?or? ¡ªYa entend¨ª, pagar¨¦ la cuenta ¡ªdijo Nelson mientras pon¨ªa cien pesos sobre la mesa. Luego se puso de pie. ¡ªSu vuelto. ¡ªQu¨¦datelo ¡ªdijo Nelson sin voltear. Cuando sali¨® del restaurante, camin¨® por la ciudad de Resistencia. ¡ªAy, Alfred ¡ªsuspir¨® Nelson¡ª, me dejaste un trabajo dif¨ªcil; me hubiera gustado que estuvieras aqu¨ª en momentos como este. Luego mir¨® un espejo en una muebler¨ªa que estaba en oferta, trescientos cincuenta pesos. Nelson se mir¨® de arriba abajo. ¡ªAunque no puedo creer que he estado en este planeta 77 a?os ¡ªluego se arregl¨® la bata blanca, se acomod¨® el cabello y el bigote canoso, y continu¨®¡ª. M¨ªrate, Domingo Nelson Bautista Torres, viejo pero guapo, canoso, pero con cabello; arrugas, pero fuerte. Sonri¨® y, en su reflejo, vio a su yo de ni?o. Con una sonrisa en el rostro, Nelson abandon¨® la vidriera y cruz¨® la calle solo. ¡ªAunque es divertido estar con Candado, no te preocupes, amigo. Cuando veo al muchacho, es como verte a ti, en serio, ¨¦l lleva tu sangre, ¨¦l lleva la sangre violeta ¡ªpens¨® Nelson con una sonrisa en el rostro. CANCIóN DE UNA PROMESA Era las 8:30 de la ma?ana de un 23 de julio. Candado se despert¨® sintiendo un ambiente c¨¢lido a su alrededor. No era extra?o: su madre estaba a su lado, abraz¨¢ndolo, mientras la estufa encendida manten¨ªa a raya el fr¨ªo exterior. ¡ªMam¨¢... ¡ªmurmur¨®. Candado sonri¨® y pos¨® una mano sobre la mejilla de ella, disfrutando el momento. ¡ªNo quisiera levantarme si est¨¢s conmigo. Con los ojos a¨²n entrecerrados, intent¨® volver a dormirse. Pero entonces, la puerta de la habitaci¨®n se abri¨® con un leve chirrido. Una figura entr¨® de puntillas. Era Hammya. Candado, instintivamente, cerr¨® los ojos y agudiz¨® el o¨ªdo. Cada paso de la ni?a resonaba en el suelo limpio, libre de obst¨¢culos. Ella se acerc¨® hasta la cama, y ¨¦l entreabri¨® un ojo con disimulo. En la penumbra, distingui¨® el brillo de los ojos rojos de Hammya, intensos como brasas en la oscuridad. Su expresi¨®n parec¨ªa preocupada, algo que Candado entendi¨® de inmediato por la situaci¨®n en la que ¨¦l se encontraba. Hammya extendi¨® una mano, pos¨¢ndola suavemente sobre la cabeza de Candado, sin saber que ¨¦l estaba despierto. Despu¨¦s de unos segundos, sonri¨® y susurr¨®: ¡ªRecup¨¦rate, Candado... Todos te esperan. Yo te espero. ¡ªGracias. ¡ª?Eh? ¡ªLa sorpresa de Hammya qued¨® atrapada en su garganta. Candado sostuvo la mu?eca de Hammya y, con cuidado, se incorpor¨®. En la oscuridad, sus ojos no pod¨ªan captar sus expresiones faciales, pero segu¨ªa viendo el resplandor de los de ella. ¡ªBuenos d¨ªas, Hammya ¡ªdijo en un susurro. Ella intent¨® no gritar, mordi¨¦ndose los labios y asintiendo r¨¢pidamente. Candado solt¨® su mano y volvi¨® a centrarse en su madre. Con ternura, acarici¨® la mejilla de ella. ¡ªYa sali¨® el sol, mam¨¢ ¡ªdijo con suavidad. Europa frunci¨® ligeramente el ce?o y arrug¨® la nariz, despert¨¢ndose poco a poco. ¡ª?Cielo...? ¡ªNo, soy yo, mam¨¢. Los ojos de Europa se abrieron de golpe, y en un instante abraz¨® a su hijo con fuerza, su rostro iluminado por una sonrisa de satisfacci¨®n. ¡ªBuenos d¨ªas, mam¨¢. ¡ª?Buenos? No... son maravillosos d¨ªas. Tras un largo abrazo, Europa mir¨® a Hammya y la envolvi¨® tambi¨¦n entre sus brazos. ¡ªO... oye... ¡ªbalbuce¨® la ni?a, inc¨®moda. ¡ªBuenos d¨ªas para ti tambi¨¦n, ¨¢rbol sin clorofila. ¡ª(?Oh! Ya veo de d¨®nde sac¨® ese humor Candado...) Europa se levant¨®, estir¨® los brazos y sonri¨® a ambos. ¡ªIr¨¦ a preparar el desayuno. ¡ªPor favor ¡ªpidi¨® Candado. ¡ªGracias ¡ªdijo Hammya. Europa sali¨® de la habitaci¨®n, dejando a los dos solos. Candado se levant¨® de la cama, mostrando un pijama p¨²rpura con su nombre bordado en blanco con elegante cursiva. ¡ªMuy bien, voy a cambiarme. Si puedes irte, perfecto. Y si no... bueno, no tengo problemas. Extendi¨® el brazo derecho, y Hammya, ya anticipando lo que ven¨ªa, levant¨® las manos. ¡ª?STOP! ¡ª?Qu¨¦? ¡ªAh, digo, ya me voy ¡ªrespondi¨® Hammya, sonriente. ¡ªBien. Hazlo. Ella sali¨® de la habitaci¨®n riendo para s¨ª misma. Candado chasque¨® los dedos y comenz¨® a vestirse, eligiendo cuidadosamente cada prenda. Tras ajustar su chaleco, guantes y corbata, se pein¨® con un estilo hacia atr¨¢s. Se mir¨® en el espejo y, al posar una mano en el cristal, murmur¨®: ¡ªParece que la jaula est¨¢ funcionando otra vez... Suspir¨®, apart¨¢ndose del espejo, y sali¨® de la habitaci¨®n. En el pasillo, Hammya lo esperaba. ¡ª?Feliz esta ma?ana? Vaya ¡ªcoment¨® ¨¦l en voz baja. ¡ª?Quieres saber por qu¨¦? ¡ª(?Qu¨¦ gran o¨ªdo...!)¡ª Pens¨®, antes de responder: ¡ªNo s¨¦ por qu¨¦, pero no quiero preguntar. ¡ª?Ah, no? ¡ªNo. Hammya hizo un puchero, pero r¨¢pidamente volvi¨® a sonre¨ªr. Mientras Candado caminaba delante de ella, sac¨® las manos de detr¨¢s de su espalda. En ellas sosten¨ªa la boina de ¨¦l. ¡ªSorpresa ¡ªdijo, coloc¨¢ndosela de un movimiento r¨¢pido. Candado se detuvo y toc¨® el copete de la boina. ¡ªOh, vaya. Eres muy... ¡ª?Muy linda? ¨¦l la mir¨® en silencio, sin responder. ¡ª?Qu¨¦? Candado baj¨® las escaleras ignorando a Hammya, que lo segu¨ªa de cerca mientras trataba de obligarlo a contestarle. Al llegar al living, vio a Clementina sentada en el sill¨®n, con Karen en su regazo, viendo la televisi¨®n. ¡ªBuenos d¨ªas, Clementina ¡ªsalud¨® Candado. ¡ªBuenos d¨ªas, joven patr¨®n. ¡ªOlvida lo que te dije ¡ªrespondi¨® Candado, mostrando un destello flameante en sus ojos. Clementina hizo una mueca de advertencia, se?al¨¢ndole con la mirada la presencia de Karen. Antes de que la peque?a pudiera voltear, Hammya reaccion¨® r¨¢pidamente y le tap¨® los ojos a Candado. ¡ª?Qu¨¦¡­? ¡ªdijo ¨¦l, confuso. ¡ª?Pasa algo con Canda? ¡ªpregunt¨® Karen, ladeando la cabeza. ¡ªNo, nada. Es solo que¡­ estamos jugando ¡ªimprovis¨® Hammya con una sonrisa nerviosa. Candado tom¨® las manos de Hammya con calma. ¡ªYa est¨¢, puedes soltarme. Hammya retir¨® las manos con una expresi¨®n de duda. Mientras tanto, Candado se acerc¨® a Karen, y ella, sin previo aviso, se lanz¨® a abrazarlo. ¡ª?Algo que reportar? ¡ªpregunt¨® Candado con ternura mientras la alzaba en brazos. ¡ªKaren se port¨® bien ¡ªinform¨® Clementina, sonriente. ¡ªMe alegra. Eso es muy bueno. ¡ª?No es preciosa? ¡ªpresumi¨® Clementina, acariciando suavemente la cabeza de Karen. ¡ªS¨ª, lo es ¡ªadmiti¨® Hammya conmovida. En ese momento, Hip¨®lito apareci¨® en la sala, interrumpiendo la conversaci¨®n. ¡ªChicos, es hora del desayuno. ¡ªEso fue r¨¢pido ¡ªcoment¨® Candado mientras devolv¨ªa a Karen a su sillita. ¡ªClaro que s¨ª ¡ªrespondi¨® Hip¨®lito con una sonrisa. ¡ªNo exageres, anciano ¡ªbrome¨® Candado con sarcasmo. ¡ªDe acuerdo, muchacho. Candado lanz¨® una mirada significativa a su familia y se dirigi¨® a la cocina junto a Hammya, Clementina y Karen. ¡ªGenial ¡ªdijo al ver a todos reunidos alrededor de la mesa. Antes de sentarse, ayud¨® a Karen a ocupar su sillita especial. Aunque frunci¨® el ce?o al verla, no protest¨® demasiado. Sab¨ªa que, aunque prefer¨ªa sentarse como los mayores, la silla era necesaria por su seguridad. ¡ª?Otra vez esta silla? ¡ªrefunfu?¨® Karen. ¡ªEs por tu bien, peque?ita ¡ªle dijo Candado con una sonrisa amable mientras la aseguraba en su asiento. Karen lo mir¨® con disgusto fingido, pero al final le sonri¨®, resignada. Candado tom¨® su lugar entre Europa y Hammya. ¡ªBien, ?qu¨¦ tenemos hoy? ¡ªpregunt¨®. ¡ªLeche para los ni?os y caf¨¦ para los adultos, acompa?ado de medialunas y bizcochos dulces ¡ªanunci¨® la abuela Andrea mientras serv¨ªa las tazas. El desayuno transcurri¨® con normalidad, pero Andrea no pudo evitar notar la tensi¨®n oculta en Arturo y Europa. Aunque ambos manten¨ªan sonrisas en sus rostros, su madre sab¨ªa que estaban profundamente preocupados. Algo en ellos le recordaba los d¨ªas m¨¢s oscuros tras la muerte de Gabriela. Andrea observ¨® a Candado, quien parec¨ªa tranquilo, incluso distra¨ªdo, pensando en sus planes para el d¨ªa. Cuando sus ojos se encontraron, ¨¦l le sonri¨® con serenidad, como si intentara decirle: "Todo estar¨¢ bien." Andrea devolvi¨® la sonrisa, aunque una parte de ella segu¨ªa inquieta. ?Qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa hacer una madre en momentos as¨ª? Tras unos minutos m¨¢s de conversaci¨®n sobre an¨¦cdotas familiares y temas cotidianos, el desayuno termin¨®. Candado se levant¨®, recogi¨® m¨¢gicamente los platos y los llev¨® al fregadero, donde Hip¨®lito y Clementina ya lavaban. Despu¨¦s, tom¨® a Karen en brazos y regres¨® al living. All¨ª, Candado la sent¨® en su regazo y encendi¨® la televisi¨®n. Eligi¨® con cuidado un canal infantil, evitando cualquier contenido violento o aterrador. Karen se acomod¨® en sus brazos, completamente absorta en los dibujos animados. Candado hojeaba distra¨ªdamente los canales de televisi¨®n con el control remoto en la mano. ¡ªCandado est¨¢ eligiendo el canal otra vez ¡ªcoment¨® Andrea desde la cocina. ¡ª?Ah, s¨ª? ?Siempre lo hace? ¡ªrespondi¨® Hip¨®lito con curiosidad. ¡ªS¨ª, le gusta ver dibujos animados con Karen ¡ªinterrumpi¨® Clementina mientras secaba un plato. Andrea suspir¨® con una sonrisa nost¨¢lgica. ¡ªGabriela hac¨ªa lo mismo con ¨¦l cuando era peque?o. De pronto, Clementina dej¨® el plato a un lado y se dirigi¨® a Candado. ¡ªClementina, necesito que me acompa?e a la casa de un amigo. ¡ªPor supuesto. Nos vemos, se?orita Hammya. ¡ªHasta luego ¡ªrespondi¨® Hammya con un gesto vago. Andrea y Clementina salieron de la casa, dejando a Candado con Karen y Hammya en el living. Ella, sin perder tiempo, se dej¨® caer al lado de Candado en el sill¨®n. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªHablando por tel¨¦fono, ?qu¨¦ m¨¢s parece? ¡ªrespondi¨® Candado con iron¨ªa, sin apartar la vista de la pantalla. Hammya lade¨® la cabeza, divertida. ¡ªVeo que vuelves a ser el mismo de siempre. Candado frunci¨® el ce?o y, alarmado, mir¨® hacia Karen. ¡ªKaren, ?escuchaste algo? La ni?a, absorta en la televisi¨®n, no mostr¨® se?ales de haber escuchado la conversaci¨®n. Miraba la pantalla como si el mundo a su alrededor no existiera, con esa seriedad casi c¨®mica que siempre la caracterizaba. ¡ªGracias a Isidro, no me oy¨® ¡ªmurmur¨® Candado, aliviado. ¡ªTu hermana es¡­ interesante ¡ªcoment¨® Hammya, sin apartar la vista de Karen. ¡ªEst¨¢ disfrutando la tele. ¡ª?C¨®mo te sientes? ¡ªBien, bien¡­ Parece que vuelvo a tener control sobre mi cuerpo. Hammya se inclin¨® hacia ¨¦l, con una expresi¨®n m¨¢s seria. ¡ª?Qui¨¦n era esa persona? Candado parpade¨®, confundido. ¡ª?Persona? ¡ªS¨ª, ya sabes, el vos negro. El chico se acomod¨® en el sill¨®n, inc¨®modo, pero dispuesto a explicarse. ¡ªAh, te refieres a Odadnac. As¨ª lo llam¨® Gabi. ¡ª?Odadnac? ¡ªS¨ª, es complicado de explicar, pero no es un secreto, as¨ª que puedo cont¨¢rtelo. Hammya asinti¨®, intrigada. ¡ªAdelante. ¡ªOdadnac naci¨® de mi ira, celos, enojo, dolor y miedo. Es la personificaci¨®n de lo negativo en m¨ª. Seg¨²n mi abuelo, todos tenemos una parte as¨ª, algo que se activa cuando estamos en peligro. En mi caso, le di vida con mis poderes. No soy el ¨²nico; mi bisabuelo tuvo algo similar, por lo que me dijeron. ¡ªVaya¡­ Es incre¨ªble, como aterrador ¡ªdijo Hammya, a¨²n tratando de asimilarlo. Candado continu¨®, sus ojos se nublaron brevemente. ¡ªLo curioso es que Odadnac era diferente. Amaba a Gabriela. Fue ella quien le dio su nombre. ¡ª?Odadnac? ¡ªS¨ª, es mi nombre al rev¨¦s. ¡ª?Oh! ¡ªHammya se llev¨® una mano a la boca¡ª. Ahora tiene sentido. ¡ª?Apenas lo notaste? ¡ªCandado sonri¨® con cierta iron¨ªa antes de seguir¡ª. Pero lo cierto es que Odadnac me odia. Yo lo encerr¨¦ dentro de m¨ª, y eso lo enfureci¨®. Cuando mi salud se debilit¨®, su prisi¨®n comenz¨® a romperse, y logr¨® salir. Hammya coloc¨® una mano en su mejilla con ternura. ¡ªNo tienes que disculparte por nada. Candado asinti¨®, aunque retir¨® suavemente la mano de ella. ¡ªLo extra?o es que siento que hay algo que olvid¨¦. Cada vez que intento recordarlo, aparecen fragmentos de im¨¢genes, pero luego desaparecen. Intent¨¦ escribir todo lo que ve¨ªa. ¡ª?Cu¨¢ntas veces lo hiciste? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªDoscientas veces, seg¨²n mis notas. ¡ª?Doscientas? Eso es una locura. ¡ªLo s¨¦. La ¨²ltima p¨¢gina ten¨ªa una s¨²plica escrita con mi letra temblorosa: ¡°No lo intentes de nuevo. No ser¨¢ nada agradable¡±. ¡ª?Por qu¨¦ crees que escribiste eso? ¡ªDebi¨® ser algo demasiado doloroso ¡ªadmiti¨® Candado, frot¨¢ndose los ojos con las manos¡ª. Las hojas estaban arrugadas, como si hubiera llorado sobre ellas. ¡ªRel¨¢jate, no te esfuerces m¨¢s. Karen, como si percibiera el cambio de ¨¢nimo, dej¨® de mirar la televisi¨®n y se abraz¨® a Candado, sonriendo con dulzura. ¡ªNo crezcas nunca ¡ªmurmur¨® Candado, apret¨¢ndola contra su pecho. ¡ªVaya personalidad la tuya ¡ªbrome¨® Hammya, poni¨¦ndose de pie. Candado se ri¨® y, antes de que Hammya se marchara, le hizo una petici¨®n: ¡ªQuiero que vayas al gremio por m¨ª. Hoy no tengo ganas de salir. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªEstoy con Karen. Hammya sonri¨® y revolvi¨® el cabello de Candado antes de dirigirse a la puerta. ¡ªEst¨¢ bien, ir¨¦. Nos vemos. ¡ªS¨ª, nos vemos, Hammya. Con una sonrisa en los labios, la ni?a se despidi¨® de Candado, quien observ¨® su partida antes de decidirse a recorrer el camino al gremio. Sin embargo, no ten¨ªa prisa. Hac¨ªa tiempo que no disfrutaba de un paseo tranquila; las vacaciones hab¨ªan sido un torbellino de ocupaciones, incluso ti?¨¦ndose el cabello, otra vez, de verde en un arrebato que ahora le parec¨ªa innecesario. "Al menos Candado dijo que me ve¨ªa linda", pens¨® con una risita mientras tarareaba una melod¨ªa despreocupada. Ahora ya no le molestaba o se avergonzaba por el color rojo de su cabello. If you spot this story on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation. Al cruzar una esquina, se top¨® con Natalia, a quien muchos conoc¨ªan como Pio, en animada conversaci¨®n con otra chica, llamada Tarah. ¡ª?Hammya! ¡ªla salud¨® Natalia con entusiasmo. ¡ªHola, Pio. ¡ªLa "pelirroja" sonri¨® y luego dirigi¨® su mirada a la otra joven¡ª. ?Y t¨² qui¨¦n eres? ¡ªSoy Tarah Camila Ortega, l¨ªder del gremio Azulejo. ¡ªLa chica extendi¨® la mano, gesto que Hammya correspondi¨®. ¡ª?Eres t¨² quien nunca usa zapatos? ¡ªcoment¨® Hammya con una pizca de curiosidad. Tarah mir¨® sus pies descalzos y se encogi¨® de hombros. ¡ªNo me gustan, siempre me lastiman. Natalia se apresur¨® a a?adir: ¡ªEs la hija del intendente, por eso la ciudad siempre est¨¢ impecable. Hammya asinti¨® con aprobaci¨®n y luego, recordando su misi¨®n, continu¨®: ¡ªBueno, yo estoy aqu¨ª porque Candado me envi¨® al gremio. ¡ª?Ah! As¨ª que el jefe est¨¢ volviendo a ser el mismo de antes. ¡ªTarah dej¨® escapar una peque?a risa. La conversaci¨®n se torn¨® m¨¢s personal cuando Natalia coment¨®: ¡ªNosotras solo pas¨¢bamos cerca. ¡ª?Cerca? ¡ªHammya alz¨® una ceja. ¡ªVoy a visitar a mi novio ¡ªdijo Tarah con orgullo. ¡ª?Novio? ?Qui¨¦n es? ¡ªEsteban. ¡ª?¨¦l? ¡ªHammya no pudo disimular su incredulidad. ¡ªS¨ª, me gusta c¨®mo es, estoy muy enamorada. ¡ªNo lo entiendo. Tarah rio con ternura. ¡ªCuando encuentres a tu media naranja, o tu media manzana, lo entender¨¢s. Natalia, divertida, solt¨® una risita contenida. ¡ª?Otra vez meti¨¦ndote con mi cabello? ¡ªprotest¨® Hammya. ¡ªCari?o, cuando era verde perd¨ª la oportunidad de hacer bromas, pero ahora que es rojo, no la dejar¨¦ pasar. Tarah consult¨® la hora. ¡ªSanta Rita, ?se nos hace tarde! Nos vemos. Tras despedirse, Hammya sigui¨® su camino con renovado ¨¢nimo, brincando de alegr¨ªa y sintiendo el viento fresco acariciar su rostro. De repente, se encontr¨® frente a Andersson, quien ajustaba las letras de una pizarra en un negocio. ¡ªHola, Hammya. ?De compras? ¡ªNo, voy al gremio. ?Y t¨²? ?Qu¨¦ tal todo? ¡ªBien, aunque mis hermanos a¨²n est¨¢n durmiendo. ¡ªAndersson gir¨® hacia adentro del local al escuchar su nombre. ¡ªAndersson, cuando termines, descansa, ?de acuerdo? ¡ªse oy¨® una voz autoritaria. ¡ªS¨ª, se?or. De vuelta a la charla, Andersson coment¨®: ¡ª?C¨®mo est¨¢ H?ngl?s? ¡ª?GLaDOS? ¡ªNo, H?ngl?s, que es Candabo...candado, en sueco. Me cuesta mucho pronunciar su nombre en espa?ol. Hammya ri¨® ante la confesi¨®n. ¡ªHablar otro idioma no es f¨¢cil, pero sigue intentando, ?Bien? Seguro que mejorar¨¢s. ¡ªGracias, Hammya. ¡ª?Nos vemos luego! Con una despedida amistosa, Hammya se alej¨®, saludando a varias personas en el camino antes de finalmente llegar al gremio. ¡ªUf, qu¨¦ fr¨ªo. ¡ªSe frot¨® las manos mientras sub¨ªa las escaleras y golpeaba la puerta. ¡ª?Qui¨¦n es? ¡ªpregunt¨® una voz al otro lado. ¡ªHammya. Un inc¨®modo silencio sigui¨® a su respuesta. ¡ª?Declan? ?Por qu¨¦ no abres la puerta? ¡ªotra voz se escuch¨® acerc¨¢ndose. ¡ªNo quiero abrirla. ¡ªHace demasiado fr¨ªo para dejarla afuera. ¡ªTiene un techo al que volver. Hammya, cruzando los brazos, suspir¨® con una leve frustraci¨®n mientras esperaba que, finalmente, alguien decidiera dejarla pasar. Luego se escucharon un par de forcejeos. ¡ª?Ya basta, Wilson! ¡ªgrit¨® Lucas, mientras trataba de zafarse¡ª. ?Qu¨ªtame las manos de encima! Declan y Lucas segu¨ªan peleando, ignorando por completo la presencia de Hammya, que permanec¨ªa inm¨®vil, sin saber qu¨¦ hacer. ¡ªVaya... a¨²n me odia ¡ªsusurr¨® ella, con una leve sonrisa inc¨®moda. De repente, una voz femenina interrumpi¨® desde el otro lado de la puerta. ¡ªDisculpen, ?podr¨ªan abrir la puerta? ¡ª?VETE, ERIKA! ¡ªgritaron Declan y Lucas al un¨ªsono. Un estruendo sacudi¨® el lugar, haciendo eco por toda la entrada. ¡ª?NO LE GRITEN A MI HERMANA! ¡ªse oy¨® un rugido. Hammya dio un paso hacia atr¨¢s, con el coraz¨®n acelerado. ¡ª(Ya no quiero entrar. Esto da miedo...) Gir¨® sobre sus talones, intentando huir. ¡ªDescuiden, volver¨¦ en otro momento... Sin embargo, antes de que pudiera alejarse, la puerta se abri¨® lentamente. Del otro lado apareci¨® Erika, con una sonrisa tan elegante como inquietante. Cualquier observador habr¨ªa encontrado la escena extra?a: la inocente expresi¨®n de Erika contrastaba con el caos detr¨¢s de ella. Lucas estaba incrustado en la pared, mientras Luc¨ªa golpeaba a Declan en el suelo con sus pu?os, aunque este lograba defenderse parcialmente. ¡ªPerdona por el desastre ¡ªdijo Erika, como si nada ocurriera¡ª. Esto pasa solo cuando Candado no est¨¢ presente. ¡ªYa veo... ¡ªrespondi¨® Hammya, con evidente duda. Luego inclin¨® la cabeza y salud¨®¡ª. Hola, Luc¨ªa. ¡ª?Hola, dulzura! ¡ªcontest¨® Luc¨ªa, a¨²n sosteniendo a Declan por la solapa de su gabardina, con el pu?o levantado en se?al de amenaza. ¡ªHola, Declan. ¡ªHola, bestia ¡ªgru?¨® ¨¦l, sin emoci¨®n alguna. Hammya entr¨® a la casa, aprovechando la distracci¨®n, y salud¨® a Erika con un beso en la mejilla. ¡ªHola, Erika. Me alegra que est¨¦s bien. ¡ªIgualmente. ¡ªErika cerr¨® la puerta detr¨¢s de ella¡ª. ?Qu¨¦ te trae por aqu¨ª a estas horas de la ma?ana? ¡ªMe sorprende que sean tan madrugadores. ¡ªGeneralmente nos levantamos a las seis o siete para administrar el gremio. Aunque, claro, es un poco raro hacerlo sin Candado. ¡ªYa veo. ?Est¨¢ H¨¦ctor? ¡ªS¨ª, est¨¢ en la oficina con... ¡ª?LA PUERTA, ERIKA! ¡ªinterrumpi¨® Luc¨ªa, furiosa. Erika abri¨® la puerta de golpe, obedeciendo por reflejo. Luc¨ªa tom¨® a Declan de la solapa nuevamente y lo lanz¨® fuera de la casa, directo al barro del jard¨ªn, resultado de la lluvia de la noche anterior. Declan se levant¨®, observando sus ropas arruinadas. Apret¨® los pu?os con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. Sus dientes rechinaron y sus ojos se inyectaron de sangre, irradiando una ira contenida. Con un movimiento veloz, desenfund¨® su espada, sostenida en su mano izquierda. Al hacerlo, sus ojos comenzaron a brillar con un intenso color verde. ¡ªAy, no... Esto se puso feo ¡ªmurmur¨® Erika, preocupada. Luc¨ªa sonri¨® con diversi¨®n. Corri¨® hacia Declan y, justo al salir de la casa, peg¨® un salto, extendiendo una pierna que se convirti¨® en oro. ¡ªHasta la vista, irland¨¦s. ¡ªEres una... ¡ªcomenz¨® Declan, pero no termin¨® la frase. Luc¨ªa aterriz¨® sobre la espada de Declan, desvi¨¢ndola, y le propin¨® una patada en la cabeza que lo mand¨® al suelo. ¡ªEsto es un desastre... ¡ªsusurr¨® Hammya, cerrando la puerta con delicadeza. ¡ª?Pero...? ¡ªintent¨® decir Erika. ¡ªTranquila. Estar¨¢n bien ¡ªrespondi¨® Hammya, tomando la mano de Erika con calma¡ª. S¨ªgueme, necesito hablar con H¨¦ctor. ¡ªBien... ¡ªmurmur¨® Erika, lanzando una ¨²ltima mirada a la puerta, dudando si deb¨ªa intervenir o no. Al pasar junto a Lucas, que se sacud¨ªa el polvo tras salir de los escombros, Hammya lo salud¨®. ¡ªHola, Lucas. ¡ªHola, Hammya ¡ªrespondi¨® ¨¦l, sacando un tel¨¦fono del bolsillo y marcando un n¨²mero¡ª. Matlotsky, te necesito para reparar algo... otra vez. Hammya y Erika llegaron finalmente a la oficina de H¨¦ctor, aunque, t¨¦cnicamente, pertenec¨ªa a Candado. ¡ªVaya, creo que es la primera vez que entro aqu¨ª ¡ªcoment¨® Hammya, observando la puerta. ¡ªS¨ª. Por lo general, Candado est¨¢ adentro administrando el gremio, hablando con los otros presidentes... o mirando por la ventana durante horas, pensando en una soluci¨®n para cualquier problema que se le atraviese. ¡ªYa me hago una idea de c¨®mo es su rutina. Hammya toc¨® la puerta con suavidad. ¡ªAdelante ¡ªrespondi¨® una voz desde el otro lado. Al entrar, Hammya qued¨® maravillada por la oficina. Las paredes eran de madera pintada en un elegante verde, y al frente hab¨ªa una ¨²nica ventana sin barrotes, decorada solo con una cortina blanca que dejaba pasar la luz. A los lados, dos cuadros colgaban en lugares de honor. A la izquierda, el retrato de Gabriela Esperanza Barret, sonriendo con serenidad. A la derecha, Alfred Vel¨¢zquez Barret, joven y radiante. Una placa con su nombre confirmaba la identidad del segundo cuadro. Flanqueando cada retrato, hab¨ªa vitrinas de cristal que conten¨ªan una gran variedad de objetos, aunque ninguno era un libro. Esto llam¨® la atenci¨®n de Hammya, quien not¨® que en toda la oficina solo hab¨ªa cuatro libros, cuidadosamente dispuestos sobre una mesita. El suelo de azulejos blancos y amarillos reluc¨ªa, y al centro de la habitaci¨®n destacaba un escritorio negro de madera, despojado de decoraciones. Solo un enorme cuaderno reposaba sobre ¨¦l. Frente al escritorio, dos sillones rojos llamaban la atenci¨®n, sobre uno de los cuales Viki estaba recostada de manera despreocupada. ¡ª?Sucede algo? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor con una sonrisa amable. ¡ªNada, es que¡­ Candado no quer¨ªa venir. ¡ªYa veo ¡ªsuspir¨® H¨¦ctor mientras cerraba el libro¡ª. Deb¨ª imaginarlo. Pens¨¦ que mandar¨ªa a Clementina, como suele hacer, pero esto es bastante inusual. ¡ªEso significa que Candado conf¨ªa en ti ¡ªdijo Viki con leve entusiasmo. ¡ªTal vez, tal vez. H¨¦ctor se puso de pie y camin¨® hasta donde estaba Hammya. ¡ª?Qu¨¦ sucede? En realidad quer¨ªa que Candado viniera, pero parece que t¨² est¨¢s aqu¨ª en su lugar. Ah, parece que no le importa la situaci¨®n¡­ ¡ªSinceramente, no creo eso ¡ªinterrumpi¨® Hammya. ¡ªExpl¨ªcate. ¡ªBueno, ?recuerdas que Candado te golpe¨® en el pecho aquella vez? ¡ªS¨ª, aunque vale la pena aclarar que no era ¨¦l, sino Odadnac. ¡ªBueno, creo que se siente algo arrepentido y no sabe c¨®mo disculparse. H¨¦ctor se qued¨® pensando por unos momentos. ¡ªCreo que ser¨ªa mejor hacerle una visita. ¡ª?Ah? ?En serio? ¡ªClaro, Viki. Esto no es la primera vez que pasa ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor mir¨¢ndola. ¡ª?Primera vez? ?Esto ya hab¨ªa pasado? ¡ªOh, claro, t¨² no estabas ah¨ª. En el jard¨ªn hab¨ªa un chico que lo molestaba, pero Candado nunca hac¨ªa nada para defenderse. Cabe destacar que yo no era su amigo en ese entonces. Un d¨ªa, este chico se pas¨® de la raya y le escondi¨® la boina. Eso provoc¨® que Candado entrara en una ira enorme. Yo siempre vi en ¨¦l amabilidad y quer¨ªa que siguiera siendo as¨ª, pero cuando su pu?o se dirig¨ªa hacia el mat¨®n, instintivamente me interpuse, recibiendo el golpe. ¡ªVaya ¡ªdijo Erika sorprendida. ¡ª?No lo sab¨ªas? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo, en absoluto. ¡ªBueno, el asunto es que Candado se sinti¨® muy mal y falt¨® al jard¨ªn por unos d¨ªas, hasta que decid¨ª hacerle una visita a su casa. Afortunadamente, lo encontr¨¦ en la plaza jugando solo. Fue en ese momento cuando se me ocurri¨® que estar con ¨¦l ser¨ªa divertido. Desde ese d¨ªa le ofrec¨ª mi amistad, y ¨¦l me ofreci¨® una corbata ¡ªH¨¦ctor toc¨® su pecho¡ª, esta corbata. ¡ªQu¨¦ cursi ¡ªcoment¨® Viki. ¡ªSiento envidia en esas palabras cari?o ¡ªse burl¨® H¨¦ctor. ¡ªQu¨¦ gran historia ¡ªse enterneci¨® Erika. ¡ªYa veo, eso explica por qu¨¦ siempre llevas esa corbata blanca ¡ªcoment¨® Hammya, sin la m¨¢s m¨ªnima intenci¨®n de ofender. ¡ª?Ser¨¢ mi imaginaci¨®n, o est¨¢s insinuando que soy una persona de bajos recursos? ¡ªNo, nada de eso. Por cierto, ?puedo hacerte una pregunta? ¡ªdesvi¨® r¨¢pidamente Hammya. ¡ªClaro, adelante. ¡ªSiempre he tenido curiosidad: ?Qui¨¦n estuvo m¨¢s tiempo con Candado? ¡ªOh, eso. No es ning¨²n secreto. Supongo que quieres saber qui¨¦nes fueron los pioneros de este ¡°gremio¡±. ¡ªExacto. ¡ªBueno, yo, Krauser, Joaqu¨ªn, Ocho y Declan. Nosotros lo visit¨¢bamos mucho en su casa en Irlanda. ¨¦l no hablaba espa?ol, pero lo entend¨ªa. Luego, en primer grado, se unieron Lucas, Germ¨¢n, Matlotsky, Erika y Luc¨ªa. En segundo grado llegaron Walsh, Pio, Antonela y Frederick. En tercer grado, Candado se hizo amigo de alguien, pero esa persona no quiso unirse al gremio. Su nombre era Glinka, y daba mucho miedo acercarse a ella. En cuarto grado se nos uni¨® Ana Mar¨ªa Pucheta. En quinto, Viki y Anzor. En sexto no se uni¨® nadie nuevo. Y este a?o, que es s¨¦ptimo, conocimos a ti y a Liv, Andersson no cuenta porque formalmente no forma parte del gremio. ¡ªVaya. H¨¦ctor sac¨® un sobre de su bolsillo y se lo dio a Hammya. ¡ªNelson mand¨® esto hace unas horas. Ese anciano parece que no duerme; lo recib¨ª a las cinco de la ma?ana. ¡ª?Qu¨¦ hay adentro? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo lo s¨¦. No lo he abierto. ¡ª?Puedo abrirlo? ¡ªNo, esto es de Candado, no tuyo. ¡ªBuuu¡­ ¡ªYa. Env¨ªaselo a Candado. Personalmente quer¨ªa que ¨¦l lo retirara, pero si Nelson lo mand¨® tan temprano, debe ser importante. ¡ªSabes que son las 9:16 a.m., ?verdad? ¡ªintervino Erika. ¡ªMe comuniqu¨¦ con Nelson y le ped¨ª que esperara unas horas para que Candado pudiera descansar un poco. ¨¦l estuvo de acuerdo. ¡ªBien, me encargar¨¦ de entreg¨¢rselo. H¨¦ctor coloc¨® un dedo en la frente de Hammya. ¡ªS¨ª, muy lindo y todo, pero ni se te ocurra abrirlo. ¡ªLo entiendo. ¡ªH¨¦ctor, no seas grosero ¡ªdijo Erika, apartando su dedo. H¨¦ctor vio por la ventana que estaba Luc¨ªa viendo la escena con intensidad, incomodando un poco al H¨¦ctor, quien apart¨® su mano r¨¢pidamente y le dio un saludo. Luc¨ªa suspir¨® empe?ando el vidrio y se fue, dando a H¨¦ctor un suspiro de alivio. ¡ªGracias y adi¨®s ¡ªapresur¨® H¨¦ctor. ¡ª?Eh? Bien, si lo dices ¡ªdijo Erika Hammya sali¨® de la habitaci¨®n. Mientras caminaba por el pasillo, vio a Lucas y Matlotsky reparando el muro. ¡ªEsto es incre¨ªble, lo has dejado como nuevo. Estoy sorprendido ¡ªcoment¨® Lucas. ¡ªLo que me sorprende es c¨®mo rayos rompiste este muro de hormig¨®n con tu espalda ¡ªrespondi¨® Matlotsky. ¡ªFue durante una pelea con Declan. ¡ªYa sab¨ªa que los negros eran duros, pero no tanto. Lucas se rio del comentario. ¡ªHola, muchachos. ¡ªHola, Hammya ¡ªrespondieron ambos. ¡ªVeo que repararon el muro. Matlotsky, fingi¨® estar avergonzado. ¡ªNo seas payaso ¡ªrespondi¨® Lucas ¡ªC¨¢llate, retrato del espacio exterior ¡ªbrome¨® Matlotsky. Lucas ignor¨® el comentario. ¡ªBueno, veo que tienes prisa, as¨ª que no te detendr¨¦. ¡ªGracias, que tengan un buen d¨ªa. Tras decir eso, Hammya sali¨® de la casa. Planeaba despedirse de Luc¨ªa y Declan, pero estos segu¨ªan peleando como si su vida dependiera de ello, as¨ª que opt¨® por no interrumpir. Mientras tanto, en la casa de Candado, este estaba en su sill¨®n jugando adivinanzas con su hermana Karen. ¡ª?Qu¨¦ n¨²mero, sumado dos veces, da cuatro? ¡ªDos ¡ªrespondi¨® ella r¨¢pidamente. Candado aplaudi¨® y continu¨®. ¡ª?Qu¨¦ pasa por el mar y no se moja? ¡ªLa sombra. Candado volvi¨® a aplaudir con entusiasmo. ¡ª?Qu¨¦ es redondo, pero hueco, y vuela por el aire? ¡ªLas ruedas de un avi¨®n. ¡ª?Bravo! ¡ªexclam¨® Candado con una sonrisa. ¡ªOtra, otra, otra ¡ªpidi¨® Karen, emocionada. ¡ªDe acuerdo... ?Qu¨¦ es grande y fuerte como un le¨®n? Karen levant¨® su dedo ¨ªndice y declar¨® con firmeza: ¡ªVos. Candado qued¨® perplejo. ¡ªExac¡­ ?Qu¨¦? ¡ªVos ¡ªrepiti¨® Karen sin dudar. Candado ajust¨® su boina, baj¨¢ndola sobre sus ojos. ¡ª?Puedo...? ?Puedo saber por qu¨¦? Karen lo mir¨® con seriedad y respondi¨®: ¡ªCandado es grande, porque siempre me da las cosas que no alcanzo. Candado es fuerte, porque siempre me levanta en brazos, incluso con cajas pesadas. Y Candado es como un le¨®n, porque siempre me protege. Candado, ahora incapaz de ocultar su emoci¨®n, se cubri¨® el rostro con ambas manos. ¡ªPor Isidro... nunca me lo esper¨¦. Desde un rinc¨®n, Clementina, la androide, observaba la escena con una c¨¢mara en mano. Debido a que las "c¨¢maras" de sus ojos ten¨ªa lleno su almacenamiento de puras fotos que hac¨ªa, por lo que se compr¨® una c¨¢mara que cumpliera la misma funci¨®n. ¡ªPara el ¨¢lbum ¡ªdijo mientras capturaba el momento. Cuando Candado se recuper¨® de la verg¨¹enza, abraz¨® a Karen con ternura. ¡ªEres muy linda, Karen. Quisiera que nunca crecieras. ¡ªEso es imposible, vos y yo lo sabemos ¡ªrespondi¨® ella con sabidur¨ªa infantil. En ese momento, Arturo irrumpi¨® en la sala. ¡ª?Jugando a la casita? ¡ªNo, a las adivinanzas ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ªYa veo ¡ªdijo Arturo mientras se sentaba junto a ellos¡ª. Contin¨²a jugando con tu hermanita. Candado acomod¨® a Karen en su regazo. ¡ªEso estoy haciendo. Arturo esboz¨® una sonrisa. ¡ªPor cierto, ?C¨®mo te sientes? ¡ªMuy bien ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ª?No tienes dolores? ¡ªNo, nada. Arturo acarici¨® la cabeza de Candado con afecto. ¡ªYa veo. ¡ªYo tambi¨¦n ¡ªa?adi¨® Karen, inclin¨¢ndose para recibir caricias tambi¨¦n. Arturo sonri¨® y acarici¨® su cabeza. ¡ªSabes, cuando te veo con Karen, me recuerdas mucho a Gabi. Ella era muy cari?osa contigo. Candado baj¨® la mirada. ¡ªS¨ª... era la persona m¨¢s grandiosa que conoc¨ª. Esa bondad suya, esa sonrisa tan caracter¨ªstica... Siempre ve¨ªa lo bueno en las personas, dec¨ªa que solo necesitaban otra oportunidad. ¡ªEs doloroso pensar que ya no est¨¢ aqu¨ª. Un silencio pesado llen¨® el ambiente. ¡ªMuchas veces me ment¨ªa a m¨ª mismo ¡ªcontinu¨® Arturo¡ª. Cada vez que abr¨ªa la puerta, deseaba que ella viniera corriendo a abrazarme como sol¨ªa hacerlo despu¨¦s del trabajo. Quer¨ªa creer que estaba en la casa de una amiga o de excursi¨®n. ¡ªNunca ir¨ªa a una excursi¨®n ¡ªdijo Candado, esbozando una peque?a sonrisa. ¡ªLo s¨¦... pero quer¨ªa creer que a¨²n estaba viva. Es muy doloroso para un padre perder a un hijo por una enfermedad que lo consume poco a poco. Candado levant¨® la vista, con un brillo de esperanza en los ojos. ¡ªDonde sea que est¨¦, pienso que nos est¨¢ mirando con una sonrisa. Arturo asinti¨®, acariciando su cabeza. ¡ªPap¨¢... ¡ªLamento tanto haber sido un mal padre. Perderla me destroz¨®, y te descuid¨¦. Fui ego¨ªsta, pensando solo en mi dolor. T¨² tambi¨¦n sufriste, y debiste odiarnos mucho. Candado neg¨® con vehemencia. ¡ªPap¨¢, nunca los odi¨¦. Los quiero mucho. En ese momento, Hammya irrumpi¨® en la casa, jadeando y sudando. ¡ª?Candado! Padre e hijo la miraron con sorpresa. ¡ª?Pasa algo? ?Por qu¨¦ est¨¢s tan agitada? ¡ªpregunt¨® Arturo. ¡ªVine corriendo ¡ªrespondi¨® Hammya, sec¨¢ndose el sudor con la manga. ¡ªCreo que los dejar¨¦ solos ¡ªdijo Arturo, poni¨¦ndose de pie con incomodidad¡ª. Nos vemos m¨¢s tarde. Cuando Arturo se march¨®, Candado se dirigi¨® a Hammya. ¡ª?Y bien? Hammya le extendi¨® un sobre. ¡ªEsto es para vos. Candado lo tom¨® con curiosidad y suspir¨®. ¡ª?Y ahora qu¨¦? ¡ªQuiero saber qu¨¦ hay dentro. ¡ªEres una chismosa. ¡ªVamos, me fui con este fr¨ªo a ver a H¨¦ctor. Lo m¨ªnimo que pod¨¦s hacer es mostrarme el contenido. Candado exhal¨® resignado y abri¨® el sobre. Al ver lo que conten¨ªa, su expresi¨®n cambi¨®. Sac¨® una fotograf¨ªa tama?o A4. Mostraba a una mujer de cabello lila, piel viol¨¢cea y ojos cerrados. De inmediato, Candado guard¨® la foto y mir¨® hacia atr¨¢s con nerviosismo. ¡ªTranquilo ¡ªsusurr¨® una voz que surgi¨® del humo negro¡ª. Ella no est¨¢ aqu¨ª. ¡ª?D¨®nde est¨¢ ahora, T¨ªnbari? ¡ªpregunt¨® Candado, en un murmullo. ¡ªEst¨¢ en el jard¨ªn, haciendo gimnasia. Candado se levant¨® del sill¨®n. ¡ªClementina. La androide sali¨® de su escondite, ocultando torpemente la c¨¢mara detr¨¢s de su espalda. ¡ªD¨ªgame, joven patr¨®n. ¡ªMe guardar¨¦ los insultos, por ahora quiero que cuides de Karen. ¡ª?A d¨®nde vas, Canda? ¡ª?Yo? ¡ªpregunt¨® nervioso¡ª. Tu hermano va a hacer un trabajo, enseguida vuelvo. ¡ªNo tardes. ¡ªNo lo har¨¦ ¡ªrespondi¨® con una sonrisa. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Qui¨¦n es esa chica? ¡ªHammya, haz... ¡ª?Chica? ¡ªinterrumpi¨® Europa mientras sal¨ªa de la cocina con un pantal¨®n negro ajustado y una remera azul sin mangas. ¡ªMam¨¢, ?qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ª?Qu¨¦ musculosa! ¡ªadmir¨® Hammya. ¡ªGracias, Hammya. Y en cuanto a ti, Candado, esta es mi casa. No hay ning¨²n problema con que venga al living, ?o s¨ª? ¡ªNo, claro que no, ning¨²n problema. ¡ªEscuch¨¦ algo sobre una chica. ¡ªS¨ª, la verdad es que¡­ Candado le tap¨® la boca a Hammya y la arrim¨® hacia ¨¦l. ¡ªNo es nada, no te preocupes. Europa sonri¨® con picard¨ªa. ¡ªVaya, mi hijo est¨¢ en la etapa en la que las chicas de su edad lo buscan. ¡ªMmhmm, mhmm, mhmm ¡ªmurmur¨® Hammya bajo la mano de Candado. ¡ªS¨ª, lo entiendo. Candado es muy lindo, ?no es as¨ª, Hammya? ¡ªpregunt¨® Europa, divertida. Hammya se puso roja como un tomate. ¡ª?Di que no o c¨¢llate! ¡ªsusurr¨® Candado. Hammya vacil¨® y comenz¨® a mover la cabeza de arriba abajo. ¡ª?Eso no! ¡ªsusurr¨® de nuevo, exasperado. ¡ª?Verdad? No es guapo mi hijo. ¡ªMam¨¢, creo que... ¡ªEntonces los dejo solos. Ah, la juventud. Europa regres¨® a la cocina y, tras unos minutos, se dirigi¨® al patio para continuar ejercit¨¢ndose. Cuando la puerta del jard¨ªn rechin¨® al cerrarse, Candado solt¨® a Hammya. ¡ª?Qu¨¦ te pasa? ¡ªpregunt¨® ella, molesta. ¡ªNo hizo nada malo, se?or ¡ªintervino Clementina¡ª. S¨®lo dijo que eras lindo. ¡ªNo tengo ning¨²n problema con que me diga eso, pero no frente a mi madre. ¡ª?Te averg¨¹enza? ¡ªpregunt¨® Clementina con frialdad. ¡ªCanda es lindo ¡ªcoment¨® Karen con inocencia. Candado se enterneci¨®, pero r¨¢pidamente recuper¨® su seriedad. ¡ªNo, pero mi madre se pasar¨ªa una hora alab¨¢ndome y hablando de m¨ª. ¡ªEntonces te averg¨¹enza ¡ªafirm¨® Hammya. ¡ª?Hablar¨ªa de tu infancia? ¡ªpregunt¨® Clementina, intrigada. Candado la mir¨®, serio. ¡ªCr¨¦eme, no querr¨¢s o¨ªr sobre mi infancia. Hammya sonri¨®. ¡ªDa igual. ¡ªCandado tom¨® a Hammya de la mu?eca¡ª. Vamos a mi habitaci¨®n. Dicho esto, se ech¨® a correr llev¨¢ndola a rastras. ¡ª?Suerte, Hammya! ¡ªdijo Clementina con una sonrisa. ¡ªClem, dulce, dulce ¡ªpidi¨® Karen mientras Clementina la alzaba en brazos. ¡ªYa te dar¨¦ algo, cari?o ¡ªrespondi¨® con ternura. Cuando Candado lleg¨® a su habitaci¨®n, T¨ªnbari apareci¨® nuevamente. ¡ªVaya escenita. ¡ªSilencio y verifica que no nos escuche nadie. ¡ªYa voy, ya voy. ¡ª?Qu¨¦ pasa, Candado? ¡ªpregunt¨® Hammya, confundida. ¡ª?En qu¨¦ estar¨¢ pensando ese anciano...? ¡ª?Un sobre? ¡ªS¨ª, T¨ªnbari, pero el sobre no importa, sino lo que est¨¢ dentro. Candado sac¨® una fotograf¨ªa, lo que alarm¨® a T¨ªnbari, quien hasta ese momento se mostraba carism¨¢tico. ¡ª?Ella es¡­? ¡ªAhmm, Candado¡­ ¡ªS¨ª, es ella. ¡ª?Canda¡­! ¡ªNo puedo creerlo ¡ªexpres¨® T¨ªnbari. ¡ª?HEY! ¡ªgrit¨® Hammya, enfadada. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªEso quiero saber yo. ?Qu¨¦ pasa, qui¨¦n es ella y por qu¨¦ est¨¢n tan sorprendidos? Candado le entreg¨® la fotograf¨ªa a Hammya y luego se dej¨® caer en la silla de su escritorio. ¡ªSu nombre es Amabaray. ¡ª?Un Bari? ¡ªS¨ª y no. Es una Baray, que significa "madre" en Roob¨®leo. Ella sirvi¨® a mi madre. Como T¨ªnbari, era la Baray del amor y el deseo. ¡ª?Era? ¡ªMam¨¢ ten¨ªa un problema cuando yo iba a nacer. Estaba muy d¨¦bil, y parec¨ªa que no sobrevivir¨ªa al parto. ¡ª?T¨²? ¡ªNo, mi madre. Los doctores dijeron que s¨®lo uno de los dos vivir¨ªa. Mam¨¢ hab¨ªa consumido demasiado su esp¨ªritu para salvar al mundo de una guerra. Lamentablemente, hab¨ªa utilizado su fuerza estando embarazada de tres meses, lo que la dej¨® enfermiza. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªPas¨® lo que ten¨ªa que pasar. Mam¨¢ estaba dispuesta a salvarme a m¨ª, pero Amabaray no quer¨ªa eso. Ella quer¨ªa que su amiga pudiera verme. As¨ª que decidi¨® sacrificarse. ¡ª?Sacrificarse? ¡ªIntervino en la vida de un humano y detuvo la muerte de ambos usando su energ¨ªa vital. S¨®lo la energ¨ªa de la vida puede salvar otra vida. Fue la primera Baray en salvar a un humano a costa de la suya ¡ªexplic¨® T¨ªnbari. ¡ªVaya¡­ ?Por qu¨¦ le ocultaste esto a tu madre? ¡ªElla no lo recuerda. S¨®lo lo sabemos mi padre, mi abuelo, mi hermana y yo, porque Amabaray borr¨® sus recuerdos. Es como si nunca se hubieran conocido. ¡ª?C¨®mo sabes todo esto? Es extra?o. ¡ªGabriela me lo cont¨® cuando era ni?o. Siempre lloraba al hablar de ella. Debieron estar muy unidas. ¡ªYa veo. ¡ªPero aqu¨ª hay algo extra?o. ¡ª?Qu¨¦ cosa? ¡ªpregunt¨® Hammya, intrigada. ¡ª?C¨®mo sabe Nelson que yo conozco esta historia? Jam¨¢s se la cont¨¦ a nadie. Deber¨ªa creer que la ignoro. ¡ªEsa foto es reciente, Candado ¡ªdijo Hammya con seriedad. ¡ª?Sabes d¨®nde decidi¨® dormir? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, sin apartar la mirada de la fotograf¨ªa. ¡ªNo. Ella desapareci¨® una noche. Todo lo que pudimos encontrar fue una carta y un collar¡­ el mismo que usa tu madre ahora. Candado guard¨® silencio unos segundos, su mente trabajando a toda velocidad. Finalmente, se levant¨® y camin¨® hacia la ventana, con la mirada fija en el horizonte. ¡ªQuienquiera que sea ¡ªmurmur¨®¡ª, alguien sabe algo. Quiz¨¢ incluso m¨¢s que yo. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s? ¡ªpregunt¨® Hammya, siguiendo sus movimientos con atenci¨®n. ¡ªHablar¨¦ con H¨¦ctor. Candado abri¨® un caj¨®n y sac¨® su tel¨¦fono. Marc¨® r¨¢pidamente un n¨²mero mientras Hammya y T¨ªnbari lo observaban en silencio. Un minuto. Nadie contestaba. Dos minutos. Candado comenzaba a impacientarse. Cinco minutos. ¡ª?Que alguien agarre el maldito tel¨¦fono! ¡ªgru?¨® con irritaci¨®n. Finalmente, despu¨¦s de lo que pareci¨® una eternidad, una voz temblorosa contest¨®: ¡ª?Diga? ¡ª?YA ERA HORA! ¡ªgrit¨® Candado. ¡ª?Ca-Candado? ¡ªbalbuce¨® H¨¦ctor al otro lado de la l¨ªnea. ¡ªOh, lo siento ¡ªdijo Candado, con un tono algo m¨¢s calmado. ¡ªNo sabes c¨®mo est¨¢ mi coraz¨®n despu¨¦s de ese grito¡­ ¡ªY t¨² ni mi paciencia. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNada. Solo quiero saber: ?qui¨¦n te envi¨® el sobre? H¨¦ctor guard¨® silencio por un momento antes de responder: ¡ªSupongo que ya lo sabes. ?C¨®mo lo descubriste? ¡ªHab¨ªa ciertas cosas que no concordaban. H¨¦ctor suspir¨® al otro lado de la l¨ªnea. ¡ªEs verdad. El sobre no lo envi¨® Nelson. Lo siento. No planeaba mentirte, pero pens¨¦ que vendr¨ªas si cre¨ªas que lo hab¨ªa enviado ¨¦l. Candado chasque¨® la lengua. ¡ªAh, ya veo. ?C¨®mo lleg¨® el sobre a ti? ¡ªLo dejaron a las cinco de la ma?ana. Una persona extra?a me lo entreg¨® en mano. ¡ª?Puedes describirla? ¡ªNo pude verle la cara. Estaba muy oscuro, pero su voz¡­ era suave y cordial. ¡ª?Suave y cordial? ¡ªrepiti¨® Candado, con el ce?o fruncido. ¡ªS¨ª, algo como la de Germ¨¢n. Aunque dudo mucho que fuera ¨¦l, porque la voz era muy femenina. Candado permaneci¨® en silencio un momento, procesando la informaci¨®n. ¡ª?Dijo algo m¨¢s? ¡ªS¨ª. Me pidi¨® que te saludara y que te reunieras con Nelson esta noche. Luego¡­ dijo algo extra?o, como una melod¨ªa: ¡° Luna del sue?o, brilla en el cielo, Tu luz es mi gu¨ªa, mi faro y anhelo. Iluminas el sendero de la ni?a que canta, Con sus ojos al cielo, su alma se encanta. ¡± ¡ª¡°¡­ Luna del cielo, hazme el favor, Baja a mi encuentro, ven con tu amor. El deseo florece, mi alma te llama, Y en tu luz encuentro la paz que reclama. ¡± ¡ªcomplet¨® Candado en voz baja. ¡ª?Exacto! ?C¨®mo lo sab¨ªas? ¡ªEs una canci¨®n de cuna. ¡ª?Canci¨®n de cuna? ¡ªS¨ª, una que le cantaban a mi madre cuando era ni?a. H¨¦ctor pareci¨® meditar en silencio un momento. ¡ªHmm¡­ ?pasa algo? ¡ªpregunt¨® finalmente. ¡ªNo, nada importante. Sigue trabajando. ¡ª?Quieres que vaya contigo esta noche? ¡ªNo. S¨¦ que he ocultado muchas cosas, pero esta vez quiero hacerlo sin que mis amigos se enteren. Por favor. H¨¦ctor solt¨® una risa ligera. ¡ª?Amigos? ?Has dicho amigos? ¡ªS¨ª, ?alg¨²n problema? ¡ª?Cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que te escuch¨¦ decir eso con tanta sinceridad? Est¨¢ bien, no har¨¦ nada, pero quiero que nos cuentes todo despu¨¦s. ¡ªLo prometo. ¡ªNos vemos, Catriel. Candado guard¨® el tel¨¦fono y se gir¨® hacia Hammya y T¨ªnbari, que lo miraban expectantes. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo lo s¨¦. T¨² dime. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªOh, perd¨®n. Estaba pensando en otras cosas. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s, Candado? ¡ªIr¨¦ a ver a Nelson. BAJO LA CIUDAD Esa misma ma?ana, en el otro extremo de la provincia, Desza caminaba por las calles de la gran ciudad de Buenos Aires, como un ciudadano m¨¢s. ¡ªEsto apesta. No importa d¨®nde vaya, siempre oler¨¦ el pecado ¡ªmurmur¨® Desza, con voz grave. Sin embargo, ese d¨ªa no estaba de humor para masacrar a esas personas. De hecho, su rostro, normalmente impasible, hab¨ªa adoptado una expresi¨®n fr¨ªa y desinteresada. La raz¨®n era obvia: ten¨ªa que reunirse con alguien a quien preferir¨ªa ver muerto en vez de charlar. Pero no pod¨ªa desobedecer a Pullbarey. Si quer¨ªa conseguir su objetivo, deb¨ªa morderse la lengua y tragarse sus ganas de descuartizar a Johan Martines. El encuentro no era nada acogedor. De hecho, lo que Johan hab¨ªa asegurado, bajo las estrictas condiciones del contrato, le garantizaba una reuni¨®n sin violencia. En letras grandes, destacaba una cl¨¢usula: ?NO AGRESI¨®N! B¨¢sicamente, eso era lo que Desza tuvo que soportar al momento de firmar. El lugar de la cita tambi¨¦n era peculiar; una zona bastante transitada, y con ello quiero decir, el metro. Hab¨ªa un vag¨®n en el que podr¨ªan hablar sin molestias. De hecho, para llegar hasta all¨ª, Desza deb¨ªa atravesar un t¨²nel y encontrarse con Johan. Pero justo cuando se dispon¨ªa a saltar a la v¨ªa, un polic¨ªa lo detuvo. Pobre alma desgraciada. Desza clav¨® su machete en su pecho y le tap¨® la boca, dejando que se ahogara en su propia sangre, mientras la muerte le llegaba lenta y dolorosa. Tras este acto, Desza sonri¨®, carg¨® el cad¨¢ver y lo escondi¨® en el t¨²nel, tir¨¢ndolo a un lado de la v¨ªa, donde la oscuridad lo engull¨®. ¡ªMe siento mejor ¡ªsuspir¨® Desza. Se sacudi¨® las manos y, al fin, divis¨® el vag¨®n en el que deb¨ªa subir. Sin embargo, su satisfacci¨®n desapareci¨® en cuanto vio a Johan dentro del vag¨®n. Con una mueca en el rostro, Desza no tuvo m¨¢s opci¨®n que dirigirse hacia ¨¦l. Abri¨® la puerta con su machete y entr¨®. ¡ªHola, Desza ¡ªsalud¨® Johan. ¡ªHola, Johan ¡ªrespondi¨® Desza, con una calma tensa. ¡ªMe alegra que hayas aceptado mi invitaci¨®n. ¡ªCr¨¦eme, si Pullbarey no te necesitara, ya te habr¨ªa matado ¡ªrespondi¨® Desza, sin ocultar su desprecio. ¡ªNo me hagas re¨ªr, Harry. No eres tan poderoso ¡ªrespondi¨® Johan, con una sonrisa arrogante. Desza se sent¨® en una silla cercana mientras Johan se recostaba contra la pared, manteni¨¦ndose en la sombra. ¡ªYo ten¨ªa raz¨®n ¡ªdijo Johan, con tono soberbio. ¡ª?En qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Desza, algo vacilante. ¡ªVeo... eres tan genial, tan puro, tan elocuente, que eres humilde ante m¨ª. Pero ambos sabemos que no eres m¨¢s que un ca¨ªdo de los laureles. Desza desliz¨® lentamente su mano hacia el mango de su machete. Johan, con el rabillo del ojo, not¨® el movimiento. ¡ªPuedes hacerlo ¡ªcontinu¨® Johan, desafi¨¢ndolo¡ª. Cinco a?os, Desza, cinco a?os. Nos conocemos desde hace tanto. Escalaste lentamente, muchos dec¨ªan que Desza, el Protector, ser¨ªa el reemplazo de Candado en el candidato... Ja, pero todo cambi¨® con el incidente de Italia. ¡ªNo vine a hablar del pasado, maldito corredor ¡ªrespondi¨® Desza, con desd¨¦n. ¡ª?Corredor? ?Es as¨ª como me llaman ahora? Vamos, pibe. ¡ªQue te quede claro, aunque haya abandonado los gremios, no significa que haya abandonado mi odio hacia ti. ¡ªLo s¨¦. Ahora, siento mucho entretenerte. ?Qu¨¦ necesitas de m¨ª? ¡ªPullbarey necesita tu ayuda para algo importante. ¡ª?Luchar contra el gremio? Soy un mercenario, acepto todo, pero si sus acciones son lo suficientemente graves como para llevar este armonioso mundo a la guerra, entonces el precio ser¨¢ bastante alto. ¡ªEl dinero no es un problema. ¡ªAcepto. La ¨²ltima vez, no pens¨¦ que ese tal Jorge... ¡ªJ?rgen ¡ªcorrigi¨® Desza. ¡ªBueno, ese, nunca pens¨¦ que dos d¨ªas despu¨¦s tendr¨ªa una oferta de trabajo. Matar a Nicol¨¢s Caba?a... Debo decir que, por culpa de ese esclavo, casi pierdo la vida. Nunca imagin¨¦ tal brutalidad. ¡ªMaldigo a ese negro por no haberte matado ¡ªgru?¨® Desza. ¡ªHablemos de eso luego. ?Qu¨¦ puede hacer un humilde servidor? ¡ªCandado est¨¢ muriendo lentamente, pero, seg¨²n lo que me dijo Pullbarey, hay una posibilidad bastante alta de que Candado pueda curarse de ese conjuro. ¡ª?As¨ª? ¡ªClaro. Seguramente conocer¨¢s el mundo de los arc¨¢ngeles. Johan borr¨® su expresi¨®n de arrogancia. ¡ª?En serio? ¡ªEs la frontera entre nuestro mundo y el de los arc¨¢ngeles. No hay nada all¨ª m¨¢s que un campo de flores y un molesto cielo despejado. ¡ªSin embargo, sobreviviste. ¡ªNo es algo de lo que deba estar orgulloso. ¡ªMe corrijo, naciste all¨ª, eras llamado el arc¨¢ngel Johan. ¡ªMercenario Johan. Si hay algo que odio, son los arc¨¢ngeles. Desza sonri¨®, planeaba molestarlo un poco m¨¢s, pero se detuvo. Sab¨ªa que no val¨ªa la pena para su prop¨®sito. Si Johan hab¨ªa dejado de ser un arc¨¢ngel, debi¨® haber una raz¨®n de peso. ¡ªBien. S¨®lo alguien como t¨² puede ir y venir. ¡ªNo planeo hacerlo. ¡ªSe te pagar¨¢ por hacerlo. ¡ªAcepto. Supongo que Lilit estar¨¢ bastante molesta, pero estar¨¢ bien. ¡ªMe da igual lo que piense tu mujer. ¡ªBien. Parece que aceptar¨¦ este trabajo. Despu¨¦s de todo, necesito dinero. Johan se puso de pie y extendi¨® la mano. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªEs tradici¨®n. Cuando un contrato se establece, se da un apret¨®n de manos. ¡ªNo me agradas. No lo har¨¦. ¡ª?Piensas que Barack Obama y Ra¨²l Castro se agradan cuando se dan un apret¨®n de manos? Se odian, boludo. Yo tambi¨¦n odiar¨ªa mucho darle la mano a un negro. En ese momento, irrumpi¨® Ocho. ¡ªSe?or. ¡ª?Qu¨¦ sucede, Ocho? Dije que quer¨ªa venir solo. ¡ªNo pod¨ªa dejarlo solo, as¨ª que decid¨ª cuidarlo desde las sombras. Pero de todos modos, debe irse. Se aproximan Sem¨¢foros por todas partes. ¡ª?Cu¨¢ntos son? ¡ªCreo que unos cien. ¡ª?Cien? Qu¨¦ miseria. ¡ªMuy bien, nos reuniremos en la calle Congreso Desza. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªSea lo que sea, yo no planeo luchar contra cien personas. No soy as¨ª. Yo mato a mis objetivos, no a civiles. ¡ªComo quieras, m¨¢s para m¨ª ¡ªdijo Desza con una sonrisa. ¡ªR¨¢pido, se?or, tenemos que irnos. ¡ªNos vemos ¡ªdijo Johan, poco antes de desaparecer frente a sus ojos. ¡ªAndando, Ocho, luchemos. Desza sali¨® del vag¨®n con su machete desenfundado, solo para encontrarse con un rostro conocido. ¡ªMoneda. La sonrisa en su rostro denotaba locura. ¡ªNunca antes me hab¨ªan humillado de esa manera ¡ªdijo, desvi¨® su mirada y se centr¨® en Ocho¡ª. ?Y t¨²? ?Esto es lo que realmente quer¨ªas? Traicionar a Joaqu¨ªn, a Candado, a Krauser, a H¨¦ctor, a Declan, a Clementina, a Gabriela... ?No te suenan esos nombres?Unauthorized reproduction: this story has been taken without approval. Report sightings. Ocho mostr¨® una sonrisa torcida. ¡ªS¨ª, ?y qu¨¦? Los odio a todos, y m¨¢s a Candado. No hay nadie m¨¢s sentimental que ¨¦l. ¡ªJoaqu¨ªn ha dedicado gran parte de su tiempo para buscarte, Krauser nunca dej¨® de creer en ti. ?Qui¨¦n eres realmente? ¡ªUna Testigo. Desza explot¨® en carcajadas. ¡ªEs genial. Muy bueno. No puedo creerlo. Desza levant¨® su machete y lo se?al¨®. ¡ªEres demasiado loco para venir otra vez. Moneda ignor¨® a Desza y sigui¨® conversando con Ocho. ¡ªDime, ?qu¨¦ pensaste de Joaqu¨ªn? Quiero saber. ?De verdad lo quer¨ªas? ?Te importaba su amistad? Ocho baj¨® la cabeza hasta tal punto que no se le pod¨ªa ver el rostro. ¡ªHabla. Quiero saber. Despu¨¦s de unos segundos, Ocho levant¨® la cabeza, y con una expresi¨®n de felicidad enorme, contest¨®. ¡ªUna basura, un enfermo, una mierda. No hubo un solo momento en que no lo odiara con toda mi alma. ?C¨®mo puede ser tan inocente? Cree en todo el mundo, piensa que todos tienen una parte buena... Es un est¨²pido. ??C¨®MO ES QUE UN SER HUMANO COMO ¨¦L SIGUE VIVIENDO!? Moneda cerr¨® los ojos lentamente y record¨®. Hace dos a?os. En un manicomio, en una habitaci¨®n cerrada y acolchonada, ¨¦l estaba sentado mirando la puerta, imaginando qu¨¦ hab¨ªa detr¨¢s de ella, imaginando un mundo m¨¢s all¨¢ de esa celda. La puerta siempre estaba cerrada. Era muy peligroso; no dudaba en lastimar a cualquiera que se le acercara. Viv¨ªa de la forma m¨¢s cruel posible. Si los animales que le manten¨ªan con vida estaban cerca, los tratar¨ªa como tales. Su cabeza estaba atrapada dentro de una jaula para evitar que los mordiera. Sus brazos estaban atados a la espalda con vendajes cruelmente ajustados. Nunca antes se hab¨ªa visto tal salvajismo en un menor de edad, ni tampoco un menor tan cruel con otro ser humano. Detr¨¢s de la puerta, se escuch¨® la llave girando a la izquierda. ¡ª?Qui¨¦n ser¨¢? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, de manera juguetona. La puerta se abri¨®, y dos personas aparecieron: un ni?o de su edad y una mujer adulta, la doctora encargada de las precauciones. ¡ªS¨®lo diez minutos, no m¨¢s. Me he encargado de que no te ataque, y si llegases a hacerlo, ser¨¢ sedado. No puedo creer que Candado me obligara a hacer esto. ¡ªNo se preocupe, yo tambi¨¦n hice algo ilegal. Le ment¨ª a mi madre para venir aqu¨ª. La doctora refut¨®. ¡ªAnda, haz lo que tienes que hacer. ¡ªS¨ª, s¨ª. La doctora se fue, dejando la puerta abierta. El muchacho sonri¨® al ver lo notoria que era su cobard¨ªa, pero esa sonrisa se borr¨® al instante cuando su "visitante" cerr¨® la puerta detr¨¢s de s¨ª, mostrando seriedad. ¡ªBien, eres Mark Aurelio, bonito nombre. ¡ª... ¡ªEh, soy Joaqu¨ªn, Joaqu¨ªn Barreto. Esto debe ser confuso para ti, supongo. Mark mostr¨® una sonrisa torcida. ¡ªPodr¨ªa degollarte aqu¨ª. ¡ªEso s¨ª da miedo, pero no tanto como mi madre. ¡ª?Vas a golpearme, insultarme, preguntarme sobre mi ojo derecho o sobre c¨®mo me gusta meterme objetos en ¨¦l? ¡ªNada de eso. Me tiene sin cuidado el agujero y el algod¨®n que tienes ah¨ª. S¨®lo vine a sacarte de aqu¨ª. Joaqu¨ªn camin¨® hacia ¨¦l y se sent¨® frente a ¨¦l, peligrosamente cerca, sorprendiendo a Mark. ¡ª?Quieres que te mate? ¡ª?Conoces al Gremio? ¡ª?Ah? No. ¡ªBien, es normal. La verdad estoy corto de personal y quer¨ªa tener un ayudante. ¡ªD¨¦jame adivinar... ?Yo? ¡ªS¨ª, t¨². ¡ª?No te das cuenta de lo que podr¨ªa hacerte si me sacas de aqu¨ª? ¡ªSeguramente me matar¨ªas, pero... ?No es mejor empezar desde cero? ¡ªTodos son iguales, todos sanguinarios, traicioneros, les gusta causar dolor. ?Por qu¨¦ tendr¨ªa que empezar desde cero yo? ?Por qu¨¦ no se encargan ellos de sus vidas? ¡ªOdias a la sociedad. ¡ªS¨ª, incluso a ti. ¡ª?En serio? ¡ªS¨ª. ¡ª?De verdad? ¡ª??ERES SORDO!? ?S¨ª! ?LOS ODIO! ?LOS ODIO A TODOS! ¡ªQu¨¦ bien. Luego, Joaqu¨ªn lo abraz¨®, llev¨® su mano izquierda a la cerradura de la jaula y le quit¨® el seguro. ¡ªListo, eres libre ¡ªdijo mientras continuaba liber¨¢ndolo de todas sus restricciones. ¡ª?Qu¨¦? ?Qu¨¦?¡ª pregunt¨® tontamente Mark. ¡ªDijiste que odias a la sociedad, yo tambi¨¦n la odio. Es injusta, machista, sexista, corrupta, desigual, pero no pido su desaparici¨®n. De la mierda salen bellas flores, y es por esas peque?as cosas que tiene el mundo por lo que le damos una oportunidad. La sociedad no tiene por qu¨¦ aceptarte solo por hacer lo que dicen las autoridades, m¨¢s si son est¨²pidas. Yo creo en las segundas oportunidades. Si t¨² quieres vivir sin que te traten como basura, ven con nosotros. Yo te har¨¦ la envidia de la sociedad del hombre. Mark se tom¨® el cuello con ambas manos, pero no pudo hacer nada m¨¢s que temblar y mostrar una sonrisa psic¨®pata, que ven¨ªa acompa?ada de l¨¢grimas. ¡ª?Por qu¨¦? Deber¨ªa matarte sin dudar. ¡ªYo te dar¨¦ una segunda oportunidad. Presente. ¡ª(En ese momento, solo t¨² tomaste la mano de un loco, y sin titubear. ?Eso es un monstruo? Si t¨² utilizas las palabras como modo de defensa, entonces yo ser¨¦ tu arma.) ¡ªpens¨® Moneda. ¡ªYa veo¡ªdijo, abriendo los ojos¡ª. Veo que eres muy despreciable. Ruth, quien estaba presente, se molest¨® terriblemente. ¡ªVeo que lo entendiste. Moneda sonri¨® nuevamente. ¡ªSi Joaqu¨ªn no mata a nadie, entonces... ?YO ME ENCARGAR¨¦ DE MATAR A TODO AQUEL QUE LO HIZO SUFRIR! Tras decir esto, Moneda se lanz¨® hacia Ocho en vez de hacia Desza. ¡ª?Muere, traidora! Desza se dispuso a ayudarla, pero fue detenido por Ruth, quien le mostr¨® un gran desprecio. Ten¨ªa delante a Desza, el asesino de los gremialistas. ¡ªVamos, ni?a, eres muy lenta para m¨ª. Ruth no usaba las manos, se mov¨ªa de un lado a otro como una acr¨®bata, luchando incansablemente. Desza no parec¨ªa tener inter¨¦s en usar su machete contra ella, m¨¢s bien se limitaba a esquivarla y bloquear sus ataques. Despu¨¦s de todo, a ¨¦l le gustaba jugar un poco con sus v¨ªctimas. Por otro lado, Ocho manten¨ªa distancia de Moneda. Era demasiado peligroso acercarse a un loco como ¨¦l. Sin embargo, lleg¨® el momento en que Moneda logr¨® acercarse hasta su cuello. Pero no pudo saborear su victoria, pues Desza lanz¨® su machete hacia Moneda, oblig¨¢ndolo a soltarla. Tras una larga pelea, la ayuda de los Sem¨¢foros lleg¨®, liderada por Ramiro. ¡ª?ALL¨¢! ?ATR¨¢PENLOS! El ej¨¦rcito, compuesto en su mayor¨ªa por j¨®venes de 16 a 18 a?os, prest¨® su ayuda. Desza, al notar esto, se puso serio. Tom¨® a Ruth por el cabello largo y la atrajo violentamente hacia ¨¦l. ¡ªMe divert¨ª, pero debo marcharme. Luego le dio un cabezazo en la cara, haciendo que Ruth cayera de espaldas por el impacto. ¡ª?RUTH!¡ªgrit¨® Moneda. Ocho aprovech¨® la distracci¨®n para devolver el machete a Desza, quien lo tom¨® con mucho cari?o. ¡ª?VENGAN IN¨²TILES!¡ªgrit¨® Desza, balanceando su machete. Ramiro sonri¨®. ¡ª?Crees que podr¨¢s matarlos? Esto no es Chaco... Uno de los Sem¨¢foros detuvo el machete de Desza con su mano derecha, fractur¨¢ndole el brazo. ¡ª?ESTO ES BUENOS AIRES! ?LOS QUE VIVIMOS AQU¨ª ESTAMOS LAS 24 HORAS DEL D¨ªA PELEANDO CONTRA CIRCUISTAS! ?SOMOS LO MEJOR DE LO MEJOR! Desza se arrodill¨® de dolor, su brazo roto se mov¨ªa de un lado a otro como un p¨¦ndulo. Luego cambi¨® el machete de mano para seguir luchando contra el hombre a su izquierda, pero ¨¦l r¨¢pidamente lo bloque¨® sujet¨¢ndolo del brazo y d¨¢ndole una patada en las costillas. ¡ªAlto, Alex, no queremos matarlo. ¡ªQu¨¦ mala suerte. ¡ªComo ves, Desza, los Sem¨¢foros de aqu¨ª son mucho m¨¢s fuertes que los de Chaco, debido al simple hecho de que aqu¨ª la agresi¨®n por parte de muchos Borradores inmundos es m¨¢s evidente. Desza mir¨® a Alex. ¡ªOye, petero, espero que no te arrepientas por dejarme seguir respirando. Al segundos de decir eso, el muro estall¨®. ¡ª?CUIDADO!¡ªgrit¨® Franco. La tierra comenz¨® a temblar y todos entraron en p¨¢nico. Entre todo eso, Desza se puso de pie, sac¨® un frasco de su bolsillo y bebi¨® su contenido. ¡ªRiamos juntos¡ªdijo Desza, enterrando su machete en su abdomen. ¡ª?ALEX!¡ªgrit¨® Alejandro. Desza dobl¨® su machete y lo retir¨®, dejando gravemente herido a Alex. Alejandro salt¨® al rescate, pero Desza lo alcanz¨® antes de que pudiera hacer algo. Su velocidad se hab¨ªa incrementado. ¡ªRiamos, Alejandro. Desza se dispon¨ªa a cortarle la cabeza, pero si no fuera por la agilidad de Franco, quien lo tom¨® por el brazo y lo atrajo hacia atr¨¢s con todas sus fuerzas, alej¨¢ndolo con ¨¦xito de la hoja del afilado machete. ¡ªMe debes una. ¡ªVaya, te salvaste de m¨ª. Desza sonri¨® y mir¨® a Ocho, quien hac¨ªa unos segundos hab¨ªa podido librarse de Moneda. ¡ªVengan, Testigos. ?VENGAN! De pronto, del agujero salieron los lacayos de Desza. Dockly fue el primero en manifestarse, disparando a las piernas a uno de los Sem¨¢foros con su Winchester. ¡ªPar¨¢sitos¡ªmurmur¨® ¨¦l mientras cambiaba de cartucho. Luego, todos comenzaron a manifestarse desde el interior del agujero. ¡ª?PROTEJAN A DESZA!¡ªgrit¨® R?sse?s. ¡ªSean Testigos de su propia muerte ¡ªse burl¨® Dockly. Ramiro se puso en frente de sus hombres y carg¨® el cuerpo mal herido de Alex. ¡ªV¨¢yanse todos de aqu¨ª, necesitamos un m¨¦dico. Luego entreg¨® el cuerpo mal herido de Alex a uno de los suyos. ¡ªNo quiero perder m¨¢s vidas. Ll¨¦vense a Carlos tambi¨¦n, necesita ayuda. ¡ªPero... ¡ªEs una orden. Franco y Alejandro se quedaron firmes. No pensaban irse sin ¨¦l. ¡ªDije que se fueran. ¡ªSoy el vicepresidente, no lo har¨¦ ¡ªrespondi¨® Franco, decidido. ¡ªYo soy inspector, y tampoco lo har¨¦ ¡ªa?adi¨® Alejandro. Desza sonri¨®, una sonrisa fr¨ªa. ¡ªOcho y J?rgen, den un paso al frente. El resto, v¨¢yanse. ¡ªPero... Desza, no podemos dejarlo aqu¨ª ¡ªsuplic¨® Azricam. ¡ªNo olviden que tenemos que hacer preparativos para la fiesta, ?verdad? ¡ªintervino Desza, sin mostrar piedad. ¡ªDesza tiene raz¨®n, v¨¢monos ¡ªdijo Chesulloth, con tono decidido. El equipo comenz¨® a retirarse, dejando atr¨¢s al tr¨ªo para enfrentarse al triunvirato de los Sem¨¢foros. ¡ªHoy hemos perdido a dos grandes camaradas. Es hora de que pagues con tu vida ¡ªmurmur¨® Ramiro, con una sonrisa cargada de veneno. ¡ªEres tan infantil, Ramiro ¡ªrespondi¨® Desza, imperturbable. Tras esas palabras, los tres grupos se lanzaron a la batalla. J?rgen estrell¨® el cuerpo de Alejandro contra un muro, atraves¨¢ndolo y dej¨¢ndolo fuera de vista. Mientras tanto, Franco y Ocho sal¨ªan del t¨²nel y se adentraban en otra parte del campo de combate. Desza y Ramiro manten¨ªan un duelo equilibrado, machete contra pu?os. El l¨ªder de los Sem¨¢foros sab¨ªa que cualquier movimiento en falso podr¨ªa costarle la vida. ¡ªEres escurridizo ¡ªse burl¨® Desza, observando la agilidad de su oponente. ¡ª?VEN A M¨ª! ¡ªgrit¨® Ramiro, desafiante. Al otro lado de la ciudad, Johan estaba sentado en una banca en una plaza casi vac¨ªa. Sent¨ªa las miradas de las personas sobre ¨¦l, notando c¨®mo su apariencia generaba incomodidad en los dem¨¢s. Fue entonces cuando alguien se sent¨® a su lado. ¡ªVeo que a¨²n sigues molestando ¡ªdijo la voz, suave pero firme. Johan volte¨® hacia su interlocutor. ¡ªGabriel. El mercenario sonri¨® con suficiencia. ¡ªEs interesante ver a alguien como t¨² con los huevos bien puestos para escupirle al tratado de Joaqu¨ªn en la cara. ¡ªSoy un mercenario, Gabriel. Quien paga m¨¢s es mi jefe. ¡ª?Incluso si tus jefes son los que intentaron matarte? ¡ª?Incluso? No, no soy barato, soy demasiado caro para ellos. ¡ªPodr¨ªa matarte, Johan, por joder al presidente Joaqu¨ªn. ¡ªNi siquiera firm¨¦ un contrato con ¨¦l. Lo hice con Rozkiewicz. Gabriel se acomod¨® el sombrero, mirando con una mezcla de desd¨¦n y curiosidad. ¡ªSoy un Funcionario. Me encargo de proteger los tratados. ¡ªYa veo. ¡ªEres muy apegado a las reglas, ?no? ¡ªNo, s¨®lo hago lo que es correcto, ya sea la ley o no. Johan sonri¨® con sarcasmo. ¡ªEs est¨²pido atarse a ellas, Gabriel. Es muy de pavote hacer eso. ¡ª?Es por eso que abandonaste tu deber de arc¨¢ngel? La sonrisa de Johan desapareci¨® de inmediato. ¡ªPuede que t¨² tengas alas blancas y que las m¨ªas sean negras, pero est¨¢ claro que nadie te expuls¨®. ¡ªNo me provoques, gatito. Puede que parezca joven, pero tengo 6000 a?os. ¡ªYo tengo 10,000 a?os. He visto ir y venir a muchas personas, monstruos y ¨¢ngeles. He visto imperios levantarse y caer frente a mis ojos. He sido testigo de c¨®mo personas son asesinadas por intentar ayudar a la humanidad. ¡ªEres un Bailak. ¡ªBailak, humano, monstruo, Bari, alien¨ªgena, animal, pez, microbio, virus, tit¨¢n, dios, ¨¢ngel, demonio... Resulta que no soy nada de eso. No s¨¦ lo que soy, s¨®lo s¨¦ que soy superior a todo eso. Gabriel frunci¨® el ce?o, claramente molesto. ¡ª?Viniste a restreg¨¢rmelo en la cara? ¡ªNo, s¨®lo vine a darte una advertencia. ¡ª?Cu¨¢l? Johan lo mir¨® fijamente, su tono serio. ¡ªCaba?a Nicol¨¢s. Es muy amigo de Joaqu¨ªn y de Rozkiewicz. Sali¨® del hospital hace ya dos d¨ªas. ¡ªVeo que sobrevivi¨®, que bien. ¡ªSi vuelves a acercarte a ¨¦l... Gabriel lo mir¨® intensamente, su rostro de repente se deform¨® en una mueca monstruosa, los ojos oscuros y la mand¨ªbula retorcida, con dientes largos y puntiagudos. ¡ª?TE MATAR¨¦! Johan no se inmut¨® ante la amenaza. ¡ªLa intimidaci¨®n no va conmigo. Gabriel se cubri¨® la boca y se levant¨® del asiento, dejando escapar un gru?ido. ¡ªUn arc¨¢ngel como t¨² da mucho que desear. S¨®lo rezo para que nuestros caminos no se crucen con sangre. ¡ªQu¨¦ curioso ¡ªrespondi¨® Johan, levant¨¢ndose y cruz¨¢ndose de brazos de forma arrogante¡ª. Porque yo no lo har¨¦. Gabriel lo mir¨®, furioso, pero Johan ya se estaba alejando. Antes de marcharse, lanz¨® una ¨²ltima advertencia. ¡ªEl mundo est¨¢ por cambiar, Gabriel. Y cuando lo haga, ser¨¢ en este mismo lugar, a la misma hora, cuando nos crucemos. CIENCIA + MAGIA ≠ VERDAD La noche era fr¨ªa y el viento helado se colaba entre las nubes que cubr¨ªan el cielo. Candado y Hammya se encontraban frente a la puerta de una casa modesta, la de Nelson. En un principio, Candado hab¨ªa planeado ir solo, pero a petici¨®n de su madre, Hammya y T¨ªnbari deb¨ªan acompa?arlo. Sin embargo, T¨ªnbari hab¨ªa desaparecido sin dar explicaciones, dejando a Candado y Hammya solos para enfrentar lo que sea que les aguardara. Candado mir¨® la puerta con determinaci¨®n, mientras Hammya romp¨ªa el silencio: ¡ª?Est¨¢s listo? ¨¦l asinti¨®, aunque en su interior hab¨ªa dudas. ¡ªS¨®lo espero que no sea una trampa. ¡ªEstar¨¦ a tu lado, no te preocupes ¡ªrespondi¨® Hammya con convicci¨®n. Candado pens¨® en responder con algo sarc¨¢stico. "?C¨®mo se supone que me proteger¨¢ si apenas puede defenderse a s¨ª misma?", pens¨®. Era como si un conejo prometiera proteger a un lobo. Pero, por respeto, se guard¨® el comentario. ¡ªBien, cuento contigo. Hammya, sorprendida, parpade¨®. ¡ª?Eh? Pensaba que se burlar¨ªa de m¨ª... ¡ª?Bien! Lo har¨¦. Candado respir¨® hondo antes de golpear la puerta. ¡ªTranquilo, tranquilo ¡ªse dijo a s¨ª mismo, en un intento por calmarse. La puerta se abri¨® lentamente, y para sorpresa de ambos, quien los recibi¨® no era Nelson, sino una ni?a. Ten¨ªa el cabello largo y negro, rizado; llevaba gafas redondas y estaba vestida de manera sencilla: una camisa naranja, un chaleco de lana, pantalones de invierno y zapatillas rojas. Su voz era suave y amable cuando habl¨®: ¡ª?Necesitan algo? Candado titube¨® por un momento, mientras Hammya la miraba con seriedad. La ni?a, de una belleza peculiar, parec¨ªa iluminar la penumbra de la noche. Incluso Hammya sinti¨® un pinchazo de celos. ¡ª?Nelson vive aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado finalmente. ¡ªS¨ª, es mi abuelo. Candado mir¨® de reojo a Hammya, que segu¨ªa fija en la ni?a como si estuviera analizando cada detalle de su ser. ¡ªHey, tierra a Hammya, tierra a Hammya... ¡ª?Son hermanos? ¡ªpregunt¨® la ni?a, ladeando la cabeza. ¡ª?Hermanos? ¡ªrepiti¨® Candado, en tono sarc¨¢stico. Sac¨® una moneda de su bolsillo y la presion¨® contra la nuca de Hammya, quien se estremeci¨® con el fr¨ªo metal. ¡ª?Est¨¢ helada! ¡ªexclam¨®, girando bruscamente. ¡ª?Ya volviste? ¡ªbrome¨® Candado. Hammya parpade¨®, desconcertada. ¡ªAh, perd¨®n... ?Qu¨¦ dec¨ªas? Candado suspir¨® y guard¨® la moneda. ¡ªNada importante. La ni?a sonri¨® con curiosidad. ¡ªEres Candado Barret, ?verdad? Te reconozco. Ayudaste a mi amiga, a salir de una muy mala situaci¨®n. Siempre hablaba maravillas de ti. Candado qued¨® perplejo, atrapado en el instante en que iba a responder. Cerr¨® lentamente la boca, dio un vistazo r¨¢pido, y volvi¨® a abrirla con cautela. ¡ªYa veo... ?Est¨¢ Nelson? ¡ª?No quieres preguntar c¨®mo s¨¦ qui¨¦n eres? Candado la observ¨® fijamente. ¡ªCoatlicue Carolina Fern¨¢ndez. La ni?a qued¨® maravillada y sorprendida. ¡ª?C¨®mo lo supiste? ¡ªTres razones. Primera: usas el mismo champ¨² que Carolina, as¨ª que supongo que t¨² se lo dabas cuando no ten¨ªa dinero. Segunda: ella mencion¨® a una amiga llamada Roc¨ªo. Y tercera: llevas un collar de serpientes id¨¦ntico al que Carolina siempre lleva. La ni?a sonri¨®, algo avergonzada. ¡ªSoy Roc¨ªo Cleva Torres. ¡ªEncantado, Roc¨ªo ¡ªdijo Candado, inclin¨¢ndose levemente de manera caballerosa. ¡ªMucho gusto, Roc¨ªo ¡ªa?adi¨® Hammya, extendi¨¦ndole la mano. Roc¨ªo los invit¨® a pasar con un gesto amable. ¡ªPor favor, entren. Candado se quit¨® la boina en se?al de cortes¨ªa al entrar. ¡ªNelson est¨¢ en el s¨®tano ¡ªinform¨® Roc¨ªo mientras cerraba la puerta. ¡ª?Y d¨®nde queda el s¨®tano? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªYo los guiar¨¦. Candado, siempre cort¨¦s, la dej¨® pasar al frente. Roc¨ªo le agradeci¨® con una sonrisa armoniosa, pero Hammya no pudo contener su frustraci¨®n. ¡ª?Nunca me tratas as¨ª! ?Por qu¨¦ a ella s¨ª? Candado la mir¨® de reojo, fr¨ªamente. ¡ªPorque me apetece. La frase, tan directa y seca, dej¨® a Hammya inm¨®vil. "No puede ser tan hijo de...", murmur¨® para s¨ª misma. Llegaron finalmente a la puerta del s¨®tano. Roc¨ªo se?al¨® el lugar. ¡ªMi abuelo est¨¢ ah¨ª abajo con sus amigos. Me pidi¨® que no lo molestara nadie. Candado sac¨® una tarjeta de su bolsillo. ¡ªTengo una invitaci¨®n especial. Aqu¨ª est¨¢ la prueba. Roc¨ªo examin¨® la tarjeta y asinti¨®. ¡ªGracias, Roc¨ªo. ¡ªNos vemos m¨¢s tarde, Candado. La ni?a se retir¨®, dejando a Candado y Hammya solos frente a la puerta del s¨®tano. Hammya segu¨ªa fulmin¨¢ndolo con la mirada. ¡ª?De verdad me odias? ¡ªle espet¨®, dolida. Candado suspir¨®. ¡ªNo, no te odio¡ªluego continu¨® con¡ª. Nelson me dio esta tarjeta. Nunca especific¨® cu¨¢ndo o d¨®nde usarla. ¡ªPodr¨ªas usar el sentido com¨²n. ¡ªPara estas cosas, no. Hammya frunci¨® el ce?o, confundida. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir? Candado cruz¨® los brazos, como si estuviera explicando algo obvio. ¡ªHay veces que es necesaria ponerla en pr¨¢ctica, y otras veces no. ¡ªEst¨¢...?Bien? Candado sonri¨® ligeramente. ¡ªEntendible, si ya resolv¨ª tus dudas, pong¨¢monos en marcha ¡ªdijo ¨¦l mientras golpeteaba la tarjeta contra sus dedos. Candado tom¨® un respiro antes de bajar al s¨®tano. Pero Justo en ese instante, su celular vibr¨® en el bolsillo. Con movimientos r¨¢pidos, lo sac¨® y contest¨®. ¡ª??QU¨¦ SUCEDE?! ¡ªexclam¨®, casi al borde de un grito, pero en voz baja. ¡ª?Por qu¨¦ susurras? ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor al otro lado de la l¨ªnea, con evidente curiosidad. ¡ª?H¨¦CTOR, MANTENTE EN TU MALDITO LUGAR CON LOS DEM¨¢S HASTA QUE TE LLAME! ¡ªorden¨® Candado con brusquedad. ¡ªBueno, bueno, ya entend¨ª. Nos vemos. Candado colg¨® sin m¨¢s y guard¨® el celular en su bolsillo con un suspiro pesado. ¡ªYa. Andando. ¡ªS¨ª... ¡ªdud¨® Hammya, inquieta mientras lo segu¨ªa. Candado encendi¨® una peque?a luz junto al marco de la puerta y observ¨® hacia abajo. ¡ªEscaleras ¡ªdijo, se?alando el camino. ¡ªParece que nos invita a la muerte, ?no? ¡ªcoment¨® Hammya con un tono nervioso. ¡ªNo digas tonterias. Descendieron uno tras otro. Candado iba al frente, con Hammya sigui¨¦ndolo un escal¨®n m¨¢s atr¨¢s. El tramo no era largo, pero el aire parec¨ªa volverse m¨¢s pesado a medida que avanzaban. El recorrido termin¨® en un marco que daba paso a una estancia desordenada: montones de cajas, muchas de ellas rotas, y piezas de electrodom¨¦sticos esparcidas por todas partes. Hab¨ªa televisores, ventiladores y aires acondicionados desarmados que decoraban el caos. ¡ªEsto huele a taller mec¨¢nico ¡ªdijo Candado mientras inspeccionaba con la mirada. ¡ªNo hay nadie aqu¨ª ¡ªrespondi¨® Hammya tras echar un vistazo r¨¢pido. ¡ªNooooo, ?en serio? No me di cuenta ¡ªreplic¨® ¨¦l con sarcasmo, haciendo que Hammya inflara las mejillas de frustraci¨®n. ¡ªNo hagas eso ¡ªa?adi¨® Candado sin mirarla, enfoc¨¢ndose en algo m¨¢s al fondo. Una cortina colgaba extra?amente en una pared. ¡ªHammya. ¡ª?S¨ª? ¡ªrespondi¨® ella, dejando un peluche que hab¨ªa tomado de una de las cajas. ¡ªVen aqu¨ª. ¡ªVoy ¡ªcontest¨®, acerc¨¢ndose con curiosidad¡ª. ?Qu¨¦ sucede? ¡ª?Qu¨¦ ves ah¨ª? ¡ªpregunt¨®, se?alando la cortina. ¡ªEh... una cortina. ¡ªMuy bien, una cortina. Ahora dime, ?no te parece extra?o? ¡ªS¨®lo es una cortina com¨²n y corriente. Candado suspir¨® profundamente, llev¨¢ndose la mano al rostro con resignaci¨®n. ¡ªNelson, eres un genio si convives con esta gente ¡ªmurmur¨®. ¡ª?Eh? ?Qu¨¦ pasa? ¡ªTres cosas, Observaci¨®n, percepci¨®n y evaluaci¨®n, ni?a. Piensa. ?Para qu¨¦ sirven las cortinas? ¡ªPara bloquear el sol de las ventanas, o decoraci¨®n ?Tal vez?. ¡ªExacto. Entonces, ?qu¨¦ hace aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® mientras tomaba la cortina y la corr¨ªa a un lado con un movimiento firme. Lo que revel¨® no era una ventana, sino un muro blanco, sospechosamente liso y diferente del resto del s¨®tano. ¡ª?Lo ves ahora? ¡ªinquiri¨® Candado con una mueca de satisfacci¨®n. Hammya, avergonzada, desvi¨® la mirada. ¡ªEso... eso ya lo sab¨ªa. ¡ªS¨ª, Claro que s¨ª ¡ªdijo ¨¦l mon¨®tonamente. Candado se acerc¨® al muro, inspeccion¨¢ndolo con atenci¨®n. Su ojo izquierdo comenz¨® a brillar con un tono amarillo, permiti¨¦ndole ver los mecanismos ocultos detr¨¢s de la pared. ¡ª?Encontraste algo? ¡ªpregunt¨® Hammya, ya recuperada de su desconcierto. El brillo en el ojo de Candado desapareci¨® mientras respond¨ªa: ¡ªS¨ª, es una puerta. ¡ª?Puedes abrirla? ¡ªEstoy en ello. Candado toc¨® una l¨¢mpara de pared que gir¨® a la izquierda con un leve clic. Al hacerlo, revel¨® un peque?o panel con un teclado similar al de una calculadora. Presion¨® un bot¨®n rojo, y el dispositivo se encendi¨®. ¡ªTiene clave ¡ªobserv¨® Hammya, asom¨¢ndose por encima de su hombro. ¡ªS¨ª. ¡ª?La sabes? Candado no respondi¨® de inmediato. En su mente, intentaba unir las piezas. ¡ª(H¨¦ctor es un genio hackeando servidores... pero yo no entiendo estas cosas. Aunque... espera... tal vez...) ¡ªpens¨® ¨¦l. Comenz¨® a teclear algo en el panel, sus dedos movi¨¦ndose con rapidez mientras Hammya intentaba espiar sin ¨¦xito. Tecle¨® unos n¨²meros, y sali¨® error. Por un leve momento hubo confusi¨®n, pero luego encontr¨® la respuesta. ¡ªNo veo nada, Candado. ¡ªShh. Ya casi termino. Tras unos segundos, el panel emiti¨® un leve pitido y la puerta se abri¨®. ¡ªLo lograste ¡ªdijo Hammya, impresionada. ¡ªFue una contrase?a bastante llamativa. Del otro lado, una habitaci¨®n oscura se ilumin¨® autom¨¢ticamente cuando ambos cruzaron el umbral. ¡ª?Un ascensor? ¡ªpregunt¨® Hammya, mirando alrededor. ¡ªAs¨ª parece. Ambos subieron al elevador. Hammya observ¨® los botones del panel: tres pisos y uno de emergencia. ¡ª?Tres niveles bajo tierra? Parece que a Nelson le gusta esconderse. Candado presion¨® el bot¨®n del piso m¨¢s bajo sin dudar. ¡ªCandado, no sabemos ad¨®nde lleva esto. S¨¦ m¨¢s prudente. Quiz¨¢s haya otra forma de llegar sin usar esto. ¨¦l la mir¨® con expresi¨®n neutral, solo para presionar nuevamente el bot¨®n. ¡ªUps, mis dedos fueron hac¨ªa el bot¨®n aprop¨®sito. Hammya comenz¨® a temblar mientras el ascensor iniciaba su descenso. ¡ªC¨¢lmate, rub¨ª ¡ªdijo Candado con un suspiro mientras se recostaba contra la pared del ascensor y cerraba los ojos¡ª. Hay veinte metros de profundidad. Tardaremos unos minutos o m¨¢s en llegar abajo con este cacharro. Hammya segu¨ªa temblando, sus manos aferradas con fuerza a su vestido, arrug¨¢ndolo. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Candado, mir¨¢ndola de reojo. ¡ªCreo que no te lo dije, pero... ¡ª?Pero qu¨¦? ¡ªOdio los ascensores ¡ªconfes¨® ella, todav¨ªa temblorosa. Candado suspir¨®, visiblemente exasperado. ¡ª?Y por qu¨¦ no me lo dijiste antes? Soy malo, pero no monstruo. ¡ªNo quer¨ªa que lo supieras ¡ªrespondi¨® Hammya, evitando su mirada. Candado se inclin¨® hacia ella, quedando a su altura. Sus expresiones faciales eran severas, lo que hizo que Hammya pensara para s¨ª misma: "Pero tu cara da m¨¢s miedo que el ascensor, Candado". ¡ªAs¨ª me sent¨ª yo cuando contaste mis secretos a todos ¡ªdijo ¨¦l con tono sarc¨¢stico. ¡ª?Es¡­ un castigo divino? ¡ªpregunt¨® ella, tragando saliva. ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® ¨¦l, dejando escapar una sonrisa fugaz. Hammya temblaba a¨²n m¨¢s, sus manos crispadas sobre su vestido. Por un instante, Candado pareci¨® disfrutar verla as¨ª, recordando todas las veces que ella hab¨ªa causado problemas en su vida. Sin embargo, ese sentimiento se desvaneci¨® r¨¢pidamente; no pod¨ªa soportar la idea de torturarla de ese modo. De repente, estir¨® los brazos, tom¨® a Hammya por los hombros y la atrajo hacia s¨ª, envolvi¨¦ndola en un abrazo inesperado. Su cabello, un par de cent¨ªmetros m¨¢s corto que la altura de Candado, roz¨® su ment¨®n. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªpregunt¨® ella alarmada. ¡ªVaya, si que eres bajita. ¡ª?Oye! ¡ªC¨¢lmate ¡ªdijo Candado mientras le tapaba los ojos con su mano derecha, apoyando la izquierda sobre su espalda¡ª. Ahora mismo est¨¢s en una habitaci¨®n oscura. ¡ªPero¡­ ¡ªSolo escucha. Est¨¢s en una habitaci¨®n oscura. Hammya asinti¨® lentamente y respir¨® profundo, intentando calmarse. ¡ª?Ya? ¡ªS¨ª. Ahora, extiende los brazos. Ella obedeci¨®, aunque lo hizo muy lentamente, a¨²n temblorosa. Cuando finalmente extendi¨® sus brazos, Candado cerr¨® los ojos. ¡ªAhora b¨¢jalos ¡ªorden¨® ¨¦l. Hammya baj¨® los brazos, y Candado retir¨® su mano de sus ojos. Al instante, un bosque extenso apareci¨® frente a ella, un paisaje tan hermoso como irreal. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªpregunt¨®, maravillada. ¡ªUs¨¦ las manos del terror ¡ªrespondi¨® Candado. ¡ª?Las manos del terror? No parece algo aterrador. ¡ªManipul¨¦ tu mente para implantar esta visi¨®n. ¡ª?Son tus recuerdos? ¡ªAlgo as¨ª ¡ªrespondi¨® con un tono evasivo. Hammya estaba deslumbrada, quer¨ªa moverse, explorar el bosque, pero Candado no la solt¨®. ¡ªAlto ah¨ª ¡ªdijo con firmeza. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªAunque veas esto, seguimos dentro del ascensor. Todo lo que sientes, hueles y ves no es m¨¢s que una ilusi¨®n. Hammya entendi¨® y, con una sonrisa, se recost¨® contra ¨¦l. ¡ªNo sab¨ªa que eras d¨¦bil en los espacios cerrados ¡ªdijo Candado en tono burl¨®n. ¡ª?Vas a usar esto en mi contra? Candado mir¨® hacia arriba, como si reflexionara. ¡ªMmm¡­ podr¨ªa ser. ¡ª?Lo sab¨ªa! ¡ªEra una broma. No soy tan malo. ¡ªSi es as¨ª, entonces dime tu debilidad. Candado esboz¨® una sonrisa y apoy¨® una mano sobre su cabeza. ¡ªSi quieres verme d¨¦bil, golp¨¦ame en la nuca. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªToda mi energ¨ªa m¨¢gica se concentra ah¨ª. Un golpe fuerte genera un co¨¢gulo de magia que desactiva mis poderes por una hora. ¡ªVaya... creo que voy a molestarte con ese dato. ¡ªEl verdadero problema es alcanzarme. ¡ª?Alguna vez estuviste as¨ª de d¨¦bil? Antes de responder, el ascensor lleg¨® a su destino y las puertas se abrieron, disipando el bosque ilusorio. Delante de ellos, Nelson esperaba apoyado en su bast¨®n, con una sonrisa en los labios. Detr¨¢s de ¨¦l, un pasillo oscuro se extend¨ªa hacia lo desconocido. ¡ªVaya, vaya, vaya. ?Qu¨¦ tenemos aqu¨ª? ¡ªdijo Nelson con tono burl¨®n. Candado solt¨® a Hammya con naturalidad, poni¨¦ndose delante de ella para enfrentar al anciano. ¡ªNelson, tenemos que hablar. ¡ªLo supuse. Por algo est¨¢s aqu¨ª¡ªrespondi¨® Nelson, d¨¢ndoles la espalda mientras hac¨ªa un gesto con la mano para que lo siguieran. Candado guard¨® las manos en los bolsillos y sac¨® la tarjeta, para luego abentarselo. ¡ªToma tu cochinada. Luego procedi¨® a salir del ascensor. Hammya, a¨²n avergonzada tanto por la pregunta que hab¨ªa hecho como por la posici¨®n en que los hab¨ªa encontrado Nelson, vacil¨® antes de seguirlo. ¡ªSobre tu pregunta ¡ªdijo Candado, mirando por encima del hombro, mirando a Hammya¡ª, s¨ª, lo estuve. Luego avanz¨® por el pasillo oscuro, y Hammya, tras un momento de pensar la respuesta que le dio, corri¨® detr¨¢s de ¨¦l. A medida que caminaban, las luces se encend¨ªan lentamente, revelando el camino que Nelson lideraba hacia la oscuridad. ¡ªEs incre¨ªble que descubrieras la contrase?a ¡ªcoment¨® Nelson con una sonrisa. Candado tambi¨¦n sonri¨®. ¡ª4.46.26.52.1.74.17.8. ¡ªExacto, ?C¨®mo lo sab¨ªas? ¡ªPer¨®n asumi¨® la presidencia el 4 de julio de 1946. El 26 de julio de 1952 muri¨® Eva Duarte de Per¨®n, "Evita" para el pueblo. Y el 1 de julio de 1974 falleci¨® el general Per¨®n. Tambi¨¦n est¨¢ el 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y simpatizantes de Per¨®n, principalmente de sectores obreros y sindicales, se movilizaron espont¨¢neamente hacia la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Proven¨ªan en su mayor¨ªa de los suburbios y las ¨¢reas industriales cercanas a la ciudad. Siendo esa fecha "El D¨ªa de la Lealtad Peronista". Candado hizo una pausa y observ¨® a Nelson, quien esboz¨® una sonrisa burlona. ¡ªTe falta el ocho ¡ªdijo Nelson con tono jocoso. ¡ªDebo admitir que fue muy ingenioso poner el ocho ¡ªrespondi¨® Candado, ignorando el tono de burla. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® el anciano, divertido, tratando de vacilarlo. Candado lo eludi¨® con elegancia. ¡ªEl n¨²mero est¨¢ puesto a prop¨®sito para una palabra de siete letras como C¨¢mpora. En realidad, ser¨ªa: C-¨¢-M-P-O-R-A-V. La "V" que hay debajo de la letra "P" simboliza Per¨®n vuelve o Per¨®n Vence. ¡ª?C¨¢mpora! ¡ªexclam¨® Hammya, asintiendo lentamente "haciendo" que entend¨ªa. ¡ªGenial, eres muy listo muchacho. ¡ªNelson lo mir¨® con orgullo. ¡ªYo no entend¨ª nada...¡ªmurmur¨® Hammya, frunciendo el ce?o. ¡ªHammya, ?por qu¨¦ tienes esa cara? ¡ªpregunt¨® Candado alzando una ceja. ¡ªPor nada... Nelson se detuvo frente a una puerta de gran tama?o. ¡ª?Tiene clave? ¡ªpregunt¨® Candado, curioso. ¡ªNo, no tiene clave. Nelson abri¨® la puerta con su mano izquierda y entr¨®. ¡ªBienvenido a mi... ?laboratorio! El laboratorio de Nelson era inmenso. Hab¨ªa m¨¢quinas extra?as, computadoras y, al estar muy por debajo de la superficie, contaba con un aire acondicionado tan potente que el ambiente se sent¨ªa como la Ant¨¢rtida (m¨¢s o menos, pero si hac¨ªa frio). Libreros y mesas estaban desordenados, con papeles no solo sobre ellas, sino tambi¨¦n desperdigados por el suelo. Al fondo, destacaba una m¨¢quina que parec¨ªa una l¨¢mpara de lava, pero su interior conten¨ªa una esfera de energ¨ªa blanca que alimentaba todo el laboratorio y la casa. ¡ªSaludos ¡ªdijo de pronto una voz femenina y rob¨®tica. Candado gir¨®, sorprendido, y se encontr¨® con una figura que lo dej¨® perplejo: una ni?a con cabello largo y negro, ojos oscuros con iris rojos, vestida con un camis¨®n blanco adornado con un list¨®n negro. Estaba descalza y su rostro era id¨¦ntico al de Clementina. ¡ªBarret Ern¨¦st Candado Catriel, las instalaciones lo saludan. Yo lo saludo ¡ªdijo la androide, inclin¨¢ndose con elegancia. ¡ª?Qui¨¦n sos? ¡ªpregunt¨® Candado, devolviendo el saludo de forma educada. ¡ªSoy Clementine V01, llamada as¨ª por gusto de mis creadores. Usted puede llamarme como quiera. A pesar de su expresi¨®n seria, su comportamiento transmit¨ªa amabilidad. Nelson y Hammya, al verla, no pudieron evitar compararla con Clementina y re¨ªrse entre murmullos. ¡ªClementine, por favor. ¡ªRecordar¨¦ la orden. Grabando... espere... solicitud guardada. ?C¨®mo desea que lo llame? Candado cerr¨® los ojos y, al llevar la mano a su ceja izquierda, toc¨® accidentalmente su cicatriz. Al notarlo, comenz¨® a sobarla con el ¨ªndice, pensativo. ¡ªQu¨¦ tal... ¡ªbaj¨® la mano y la guard¨® en el bolsillo¡ª. Catriel. ¡ªSobrescribiendo archivo. Solicitud aceptada en el marco cibern¨¦tico memorial 6H. Nombre: Catriel. ¡ªLos ojos de Clementine brillaron un instante antes de apagarse¡ª. Se?or Catriel, ?qu¨¦ puedo hacer por usted? Candado mir¨® a Nelson con una mezcla de sorpresa y curiosidad. ¡ªSe parece a Clementina. Misma cara, mismos ojos ¡ªaunque de diferente color¡ª, y la misma sonrisa muerta.Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator. ¡ªEs su "hermana" por decirlo as¨ª¡ªrespondi¨® Nelson¡ª. A diferencia de Clementina, Clementine no puede pensar por s¨ª sola; solo hace lo que le program¨¦. Clementina, en cambio, fue la segunda androide fabricada por tu abuelo. Ella es la primera. ¡ªMmm, ya veo. ¡ªOriginalmente, Clementine iba a ser tu regalo de cumplea?os, pero Alfred lo cancel¨® a ¨²ltimo momento. Hasta hoy no s¨¦ por qu¨¦. Clementine ten¨ªa todo: vocabulario obediente, actualizaci¨®n de defensa... ¡ªY mi abuelo decidi¨® crear a Clementina con partes de la primera computadora argentina ¡ªlo interrumpi¨® Candado, sarc¨¢stico¡ª. ?Qu¨¦ cosa m¨¢s loca! ¡ªS¨ª, tu abuelo ten¨ªa ideas ¨²nicas ¡ªdijo Nelson, divertido. Candado lo observ¨® fijamente. ¡ª?D¨®nde est¨¢ Grivna? ¡ª?Ella? Nelson hizo un gesto para que lo siguieran, incluida Clementine. ¡ª?A d¨®nde vamos? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªGrivna est¨¢ con mis amigos. Se detuvieron frente a una puerta de madera. ¡ªDetr¨¢s de esto est¨¢ lo m¨¢s grandioso que hayas visto en tu vida. Con un movimiento firme, Nelson abri¨® la puerta de un manotazo. ¡ª?Diablos! ¡ªexclam¨® Candado, asombrado. La habitaci¨®n era enorme. En el centro, los amigos de Nelson conversaban animadamente. Dos ventanas gigantes revelaban el exterior: un paisaje fr¨ªo y oscuro. Todo el espacio estaba decorado con cuadros, fotos familiares y estantes repletos de libros. Al fondo, una luz blanca emanaba de un c¨ªrculo instalado en el techo, proyectando la figura de un ni?o transparente de veinte metros. ¡ªEl director est¨¢ entrando a la sala ¡ªanunci¨® una voz proveniente de los altavoces. Nelson se coloc¨® detr¨¢s de Candado, apoy¨® su mano en su hombro y se?al¨® el lugar con su bast¨®n. ¡ªEsto es una r¨¦plica exacta de la oficina de Alfred Barret, el creador y director de los laboratorios C.I.C.E.T.A. De repente, la luz blanca frente a Candado tom¨® forma, manifestando a un ni?o de rostro perfecto, ojos negros brillantes, chaqu¨¦ rojo, corbata violeta y guantes marrones ajustados. ¡ªSoy Manuel Belgrano V4¡ªdijo con voz solemne, llev¨¢ndose la mano al pecho¡ª. Es un honor recibir al nieto de mi padre, Alfred Barret. ¡ª?Manuel... Belgrano? Nelson sonri¨® y dio un paso adelante. ¡ªTu abuelo admiraba al revolucionario Don Manuel Joaqu¨ªn del Coraz¨®n de Jes¨²s Belgrano. Candado extendi¨® su mano, pero Belgrano la rechaz¨® con cortes¨ªa. ¡ªLo siento, ser¨ªa un insulto no aceptar la mano de un Barret, pero no tengo cuerpo f¨ªsico. ¡ªNo te preocupes ¡ªrespondi¨® Candado, inc¨®modo. Hammya solt¨® una carcajada detr¨¢s de ellos. ¡ªEsto ¡ªdijo Nelson con un tono solemne¡ª es mi laboratorio, el lugar donde yacen los Hopes and Dreams de Alfred. ¡ªYa deja de hablar en ingl¨¦s. ¡ª?Qu¨¦ es eso? ¡ªSue?os y esperanzas, Hammya. ¡ªYa veo. Candado mir¨® a su alrededor mientras Nelson intentaba calmar la confusi¨®n. ¡ªSe?or Candado, he o¨ªdo cosas muy positivas de usted por parte de Grivna ¡ªcoment¨® uno de los presentes. ¡ª?Y Grivna? ¡ªpregunt¨® Candado, intrigado. ¡ª?Hermana! ¡ªgrit¨® Manuel, buscando por todos lados. Los amigos de Nelson se levantaron y comenzaron a acercarse al grupo. ¡ª?Hermana! ¡ªinsisti¨® Manuel. ¡ªHola de nuevo, peque?o gaucho ¡ªdijo una voz detr¨¢s de ellos. ¡ªSaludos, Bruno¡ªrespondi¨® Candado, mientras Manuel segu¨ªa buscando alrededor fren¨¦ticamente. ¡ª?Hermana! ?D¨®nde se habr¨¢ metido? ?Grivna! ¡ªexclam¨® Manuel, girando sobre s¨ª mismo. De repente, un grito reson¨® en la sala: ¡ª??QU¨¦ QUER¨¦S!? Candado y los dem¨¢s se giraron hacia el origen del sonido. Un estante de libros se movi¨® y, de entre sus sombras, emergi¨® una mano met¨¢lica. ¡ªNo puedo creerlo ¡ªgru?¨® la figura mientras sal¨ªa¡ª. Uno no puede recargarse en paz despu¨¦s de tanto trabajo¡­ ?VOS! Candado la observ¨® detenidamente. La criatura frente a ¨¦l era diferente a cualquier otra. Su cuerpo estaba hecho de pl¨¢stico y metal negro y blanco. Una corriente el¨¦ctrica parpadeaba en una franja que recorr¨ªa sus mejillas. En lugar de un ojo izquierdo, ten¨ªa un cilindro chato con un punto brillante en el centro, coronado por un holograma en forma de tuerca que giraba lentamente. Su ojo derecho era m¨¢s humano, pero de un amarillo intenso. No ten¨ªa cabello; gruesos cables emerg¨ªan de su cabeza. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªpregunt¨® Candado, impresionado. ¡ª?Qui¨¦n soy? ?Qu¨¦ qui¨¦n soy? ¡ªrepiti¨® con sarcasmo¡ª. Humano senil, soy Grivna A.PRE.MA.SEG.MA.GE-003-V5. ¡ª?Y qu¨¦ significa eso? ¡ªCandado arque¨® una ceja. ¡ªSignifica Aut¨®mata Precursora de Mantenimiento y Seguridad de la M¨¢quina del Generador 003 Versi¨®n 5. Pero claro, eso seguramente es demasiado complicado para ti. Nelson intervino con una sonrisa. ¡ªGrivna es el aut¨®mata que Alfred y yo construimos. Es la responsable de mantener todo este sistema en funcionamiento. ¡ªParece m¨¢s humana que los dem¨¢s robots ¡ªcoment¨® Candado. Nelson se rio y dijo. ¡ªSu autonom¨ªa surgi¨® accidentalmente, le cay¨® un rayo a la casa mientras cargaba, no hubo da?os, pero se volvi¨® m¨¢s bocona e independiente a medias, pues sigue escuchando ordenes y hace lo que la matriz de su memoria ordena. ¡ªJe, m¨¢s sentimental que los dem¨¢s ?Eh? ¡ªSiento no estar a la altura de tus expectativas, se?or Barret ¡ªintervino Manuel, arrodill¨¢ndose frente a ¨¦l. Candado lo mir¨®, perplejo. ¡ª(?Qu¨¦ le pasa a este? Es demasiado leal para ser un holograma). Tranquilo, Manuel. No tienes que arrodillarte ante m¨ª. ¡ªEs muy bondadoso, igual que su abuelo ¡ªrespondi¨® Manuel, poni¨¦ndose de pie. Luego desapareci¨® y reapareci¨® en la planta alta, como buscando algo. Mientras tanto, Grivna comenz¨® a desconectarse de la pared, solt¨¢ndose de varios cables que estaban adheridos a su cuerpo. ¡ªGeneralmente odio saludar, pero siendo descendiente de Alfred, es una obligaci¨®n personal hacerlo. No significa que me agrade ¡ªdijo mientras se ajustaba algunos cables que a¨²n colgaban de su cabeza. ¡ªPero en tus registros hablabas muy bien de Catriel, hermana. ¡ª?C¨¢llate, Clementine! Candado observ¨® la escena con atenci¨®n. ¡ª(Un robot que oculta lo que piensa... Parece m¨¢s humano que m¨¢quina) Interesante. ¡ª?Qu¨¦ mir¨¢s? ¡ªpregunt¨® de forma altanera Grivna. ¡ªNada en particular...ejem...Bueno, espero que podamos llevarnos bien ¡ªdijo Candado, extendiendo la mano con cortes¨ªa. ¡ªLo captas r¨¢pido ¡ªrespondi¨® Grivna, cruz¨¢ndose de brazos. Sin embargo esta lo observ¨® detenidamente, solo para terminar aceptando. ¡ªNo significa que me agrades ?Bien? ¡ªEntendido. En ese momento, una figura cay¨® del techo con gracia y aterriz¨® frente a ellos. ¡ªMis m¨¢s respetuosos y cordiales saludos, se?or Ern¨¦st ¡ªdijo con una inclinaci¨®n. Candado lo mir¨® con escepticismo. ¡ª?Y t¨²eres? ¡ªSoy RuC¨¢Pe, abreviatura de Rucci C¨¢mpora Per¨®n. Candado no pudo evitar una sonrisa ir¨®nica. ¡ªEn serio Nelson debes dejar de nombrar a las cosas que tengan que ver con el peronismo¡ªluego mir¨® a RuC¨¢Pe¡ª.D¨¦jame adivinar. Eres una especie de defensa, leal y militar entrenado, ?cierto? ¡ªExactamente. ?C¨®mo lo supo? ¡ªSolo lo imagin¨¦ ¡ªrespondi¨® Candado, con una sonrisa forzada. RuC¨¢Pe ten¨ªa un rostro que recordaba al del presidente Per¨®n en su juventud. Vest¨ªa una gabardina negra, botas militares y una boina roja, muy de la moda de los a?os 50''. ¡ªAunque poseo sus caracter¨ªsticas f¨ªsicas, nunca podr¨ªa ser como el caballero Juan Domingo Per¨®n ¡ªaclar¨® el aut¨®mata. Candado asinti¨®. ¡ª(Su voz no es igual a la del general. Al menos eso es un alivio). ¡ª?Son todos? ¡ªpregunt¨® Hammya, interrumpiendo. ¡ªNo, falta la bibliotecaria ¡ªrespondi¨® Clementine. Un silencio inc¨®modo llen¨® la sala. ¡ª?D¨®nde est¨¢? ¡ªpregunt¨® Elsa, inquieta. De pronto, Nelson levant¨® su bast¨®n y lo coloc¨® sobre el hombro de Candado. ¡ªEst¨¢ detr¨¢s de ti. Candado gir¨® r¨¢pidamente. En la penumbra, unos ojos rojos brillaron intensamente. Una figura comenz¨® a avanzar hacia ellos, arrastrando un saco. ¡ªBuenas noches ¡ªdijo una voz femenina y rob¨®tica resonando en la habitaci¨®n¡ª. He atrapado a unos intrusos que intentaron ingresar a las instalaciones. Luego, la figura comenz¨® a caminar hacia ellos, cargando un saco o algo que parec¨ªa serlo, mientras se acercaba. Cuando la luz logr¨® iluminarlo, Candado pudo apreciar mejor su apariencia. Ten¨ªa un rostro bastante llamativo, con ojos aparentemente normales: gl¨®bulos oculares blancos y un iris casta?o. Vest¨ªa una camisa blanca y un chaleco negro, acompa?ado de una corbata azul marino. A simple vista, podr¨ªa parecer un humano com¨²n y corriente, de no ser por sus piernas, que lo delataban. Desde la cintura hacia abajo, pose¨ªa cuatro extremidades que recordaban las patas de una ara?a: eran delgadas, pero con la forma puntiaguda de una enorme aguja. Sus manos, hechas de metal, daban la impresi¨®n de estar cubiertas por guantes de armadura debido a su dise?o. ¡ªHola. Soy Juanita, la bibliotecaria... Candado se llev¨® la mano a la cara en se?al de frustraci¨®n. ¡ªJuana Larrauri de Abram¨ª. Una de las primeras senadoras de la historia argentina, electa en 1951 tras la incorporaci¨®n de las mujeres a la pol¨ªtica. Lo sab¨ªa ?NELSON! Luego Juanita solt¨® la soga que pose¨ªa y se pudo apreciar lo que era. Todos lo miraron con asombro, mientras el contenido del saco se revelaba a los presentes de la sala. ¡ªUstedes... s¨ª que son problem¨¢ticos ¡ªdijo Candado fr¨ªamente. Result¨® que el saco no era un saco, sino los amigos de Candado (H¨¦ctor, Declan, Anzor, Viki, Lucas, Liv, Pucheta, Germ¨¢n, Matlotsky, Walsh, Erika, Luc¨ªa, P¨ªo, Andersson y Clementina), atados y amordazados. ¡ª?Los conoce, se?or? ¡ªpregunt¨® Juanita. ¡ªS¨ª, los conozco ¡ªrespondi¨® Candado, fijando su mirada en Clementina¡ª. ?Cu¨¢nto tiempo seguir¨¢s con esa farsa? Clementina gui?¨® el ojo derecho. Sin m¨¢s, transform¨® su brazo derecho en un machete y cort¨® todas las sogas de un solo tajo. Sin embargo, la acci¨®n no fue del todo cuidadosa. Apenas las sogas se rompieron, sus compa?eros reaccionaron ofensivamente, lo que provoc¨® que los aut¨®matas presentes tambi¨¦n sacaran sus armas: Grivna despleg¨® l¨¢seres desde sus sienes, Per¨®n activ¨® un ca?¨®n de su brazo izquierdo, Clementine blandi¨® su brazo-machete derecho, y Manuel tom¨® control del sistema, activando las torretas instaladas en la sala. ¡ª?Suficiente! ¡ªdijo Nelson, intentando calmarlos. ¡ªDisp¨¦rsense. ¡ªPero¡­ ¡ªDije disp¨¦rsense, Declan. ¡ªEntendido. Todos guardaron sus armas, incluidos los androides. ¡ª?Qu¨¦ hacen aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. ¡ªPerdimos tu se?al, Candado. Pensamos que algo te pudo haber ocurrido ¡ªdijo Germ¨¢n. ¡ª?C¨®mo entraron aqu¨ª? ¡ªintervino Nelson. ¡ªHab¨ªa un camino que conectaba a este sitio ¡ªrespondi¨® Lucas. Candado mir¨® a Nelson. ¡ª?Hay otra forma de entrar aqu¨ª? ¡ªTenemos tres rutas de entrada: una por mi casa, otra por mi garaje y la ¨²ltima por los viejos laboratorios. ¡ªYa veo¡­ ¡ªLuego mir¨® a H¨¦ctor¡ª. ?Y ustedes por d¨®nde entraron? ¡ªA diferencia de ti, Candado, bajamos por las escaleras que hab¨ªa en el garaje. ¡ªNo puedo creerlo ¡ªcoment¨® Hammya. Candado suspir¨® y continu¨®: ¡ªClementina, dime que¡­ Sin embargo, Clementina y Clementine estaban mir¨¢ndose fijamente, inm¨®viles por el parecido entre ambas. ¡ªGemelas ¡ªexclamaron Erika y Luc¨ªa al un¨ªsono. ¡ª?Qu¨¦ haces? ¡ªpregunt¨® Candado. Clementina frunci¨® el ce?o, y sus ojos comenzaron a brillar. En respuesta, Clementine le pic¨® los ojos con rapidez. ¡ª?Mis sensores! ¡ªgrit¨® Clementine, cubri¨¦ndose el rostro. ¡ª??CLEMENTINE?! ¡ªgrit¨® tambi¨¦n Manuel. ¡ªNo es bueno que escanee mi cuerpo. ¡ª??POR QU¨¦ NO LO DIJISTE ENTONCES?! ¡ªEsto parece una comedia ¡ªmurmur¨® Candado para s¨ª mismo. Clementine parpade¨® un par de veces para ajustar sus gl¨®bulos oculares, hundidos hasta el fondo de sus cuencas. ¡ªYa est¨¢. Luego mir¨® a Clementina. ¡ª?Hermana? ¡ªV02. ¡ª?Se conocen? ¡ªmurmur¨® Candado, sorprendido. Clementina fij¨® la mirada en Clementine. ¡ªPan. ¡ªQueso. ¡ªEnero. ¡ªTero. ¡ª?Eres t¨²! ¡ªexclam¨® Clementina alegremente, abraz¨¢ndola¡ª. ?C¨®mo has estado? Despu¨¦s se separ¨® y le dedic¨® una gran sonrisa. ¡ª?Est¨¢ contenta? ¡ªmurmur¨® Candado. ¡ªTanto tiempo ¡ªdijo Clementine con una leve sonrisa. ¡ª?Ella tambi¨¦n? Me alegro¡­ ¡ªvolvi¨® a murmurar Candado, mientras Hammya parec¨ªa conmovida. Pero cuando todo parec¨ªa en calma, Clementine devolvi¨® el afecto con un pu?etazo en la cara de Clementina. ¡ª??CLEMENTINA?! ¡ªgritaron todos, excepto Candado. ¡ª?Qu¨¦ es esta situaci¨®n? ¡ªcoment¨® Candado con desgano. Clementina cay¨® al suelo. Clementine la levant¨® por el cuello de su camisa y comenz¨® a golpearla en el rostro. ¡ª?Siete a?os! Ni una tarjeta, ni un saludo, ni un regalo, ?ni siquiera una miserable felicitaci¨®n de cumplea?os! ?Siete a?os, siete a?os¡­! ¡ªrepet¨ªa mientras lanzaba cada golpe con pausa. Clementina ten¨ªa el rostro lastimado y rasgado. ¡ªPerd¨®n. Clementine se detuvo. ¡ª?Perd¨®n? ?Qu¨¦ pasa contigo? ¡ªLo olvid¨¦. El silencio inund¨® la sala. ¡ª?Te olvidaste? ?Eres un robot! ?UNA MALDITA CASETERA QUE REGISTRA TODO! ??C¨®MO SE TE PUEDE OLVIDAR?! ¡ªgrit¨® Candado, furioso. ¡ªNo lo s¨¦, perd¨ª algo de mis archivos, pero no recuerdo por qu¨¦. Clementine volvi¨® a golpearla. ¡ªEres horrible. Y yo que te mandaba tarjetas por tu cumplea?os¡­ ¡ª?Eras t¨²? ¡ªintervino Candado. Clementine lo mir¨®. ¡ªS¨ª, se?or Catriel. Cada primero de enero mandaba una carta y una tarjeta de cumplea?os. ¡ªMmm, lo recuerdo. Incluso te las entregu¨¦ en mano un par de veces. Clementine volvi¨® a mirar a Clementina. ¡ª?Las le¨ªste? ¡ªS¨ª, lo hice. ¡ª?Y? ¡ªNo recuerdo lo que dec¨ªan. Clementine le dio un cabezazo y la arroj¨® al suelo con un movimiento de judo. ¡ªA pesar de no mostrar emociones, estaba realmente enojada ¡ªcoment¨® Lucas. ¡ªEso fue obvio ¡ªconcluy¨® Grivna. Nelson, ignorando el caos, comenz¨® a aplaudir para atraer la atenci¨®n de todos. ¡ªBien, bien. Ya que nuestra estrella est¨¢ reunida, es hora de pasar al siguiente nivel. Nelson camin¨® hacia el centro de la sala, donde hab¨ªa sillones y una mesa. ¡ªTomen asiento. Clementina se puso de pie y sigui¨® a Candado y a Hammya. ¡ªTe recuperaste, qu¨¦ bien ¡ªcoment¨® Candado con tono as¨¦ptico. ¡ªMe alegra que te preocupe ¡ªrespondi¨® Clementina, con una iron¨ªa palpable. Nelson se sent¨® en un sill¨®n y mir¨® a Manuel. ¡ªHaznos el favor, Belgrano. ¡ªS¨ª ¡ªrespondi¨® Manuel. En ese instante, el cuerpo de Manuel comenz¨® a transformarse en lo que parec¨ªa un mapa tridimensional. ¡ªBien, seguro no lo sabr¨¢s, Candado, pero aqu¨ª vamos a organizar un operativo para salvar a alguien, ya que la hemos encontrado ¡ªdijo Nelson. ¡ªEs Amabaray, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Candado. Los ancianos se miraron entre s¨ª, sorprendidos. ¡ª?C¨®mo sabes eso? ¡ªinquiri¨® Nelson, claramente asombrado. Candado cerr¨® los ojos, cruz¨® los brazos y suspir¨®. ¡ªYa veo, entonces eso era de lo que se trataba. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Nelson, desconcertado. Candado abri¨® los ojos y los fij¨® en el grupo. ¡ªEscucha, Nelson, es cierto que yo no la conoc¨ª ¡ªdijo, con una calma que contrastaba con la tensi¨®n del momento¡ª. Pero Gabriela s¨ª pudo conocerla. Ella me contaba cosas, no, me corrijo, me hablaba de sus haza?as y c¨®mo Amabaray amaba a mi madre m¨¢s que a su propia vida. En ese momento, T¨ªnbari se manifest¨® ante todos. ¡ªDeb¨ª haberlo imaginado ¡ªmurmur¨®¡ª. Planean poner la vida de Candado en riesgo. ¡ª?T¨ªnbari? ¡ªpregunt¨® Candado, confundido. ¡ªNo es as¨ª, amigo ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari, con una calma que apenas lograba disimular su preocupaci¨®n. En ese instante, una figura m¨¢s apareci¨®, materializ¨¢ndose ante ellos. ¡ªSlonbari ¡ªanunci¨® una voz grave. ¡ªTanto tiempo, Candado ¡ªsalud¨® Slonbari, con tono solemne. Los amigos de Candado, especialmente los m¨¢s cercanos, se sorprendieron al ver a Slonbari. ¡ª?Un¡­ Bari? No puedo creerlo ¡ªdijo Lucas, estupefacto. ¡ªNo planeamos poner en riesgo la vida de Candado. Al contrario, queremos salvarlo ¡ªexplic¨® Slonbari. ¡ªAmabaray... no importa si logran llegar hasta ella, si la despiertan, morir¨¢ ¡ªdijo Nelson, con tono serio. ¡ªHay una forma de salvarla ¡ªdijo T¨ªnbari, volviendo a poner su atenci¨®n en los presentes¡ª. Y resulta que la respuesta est¨¢ aqu¨ª, en la sangre de Candado. Los ojos de T¨ªnbari se abrieron desmesuradamente al escuchar esa revelaci¨®n. ¡ªPlaneas usar su sangre violeta ¡ªdijo, incr¨¦dulo. ¡ªElla dio su vida para salvar otra vida, pero la sangre de un ¨²zergluk, o como la llamas, la sangre violeta de Candado, podr¨ªa salvarla ¡ªdijo Nelson, con determinaci¨®n. ¡ªSi es as¨ª, ?por qu¨¦ no lo hicieron con Europa? ?Por qu¨¦ tiene que ser ¨¦l? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari, buscando una explicaci¨®n l¨®gica. ¡ªEuropa no pod¨ªa hacerlo ¡ªrespondi¨® Nelson¡ª. Ella era la portadora de Amabaray. S¨®lo alguien ajeno, y que tenga la sangre de Keplant, podr¨ªa lograrlo. Candado se cruz¨® de brazos y se qued¨® pensativo por un momento, luego mir¨® directamente a los ojos de T¨ªnbari. ¡ª?Crees que...? ¡ªT¨ªnbari, s¨¦ que temes las consecuencias de lo que podr¨ªa suceder, pero debes confiar en nosotros ¡ªinterrumpi¨® Nelson¡ª. Candado no tiene m¨¢s tiempo. Esas palabras golpearon con fuerza a todos los presentes, quienes se quedaron en silencio, procesando la gravedad de la situaci¨®n. ¡ªRayos... ¡ªmurmur¨® Candado. ¡ª?Qu¨¦ es eso de que no tiene m¨¢s tiempo? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari, confundido. Slonbari mir¨® a Candado, o mejor dicho, dirigi¨® su rostro hacia ¨¦l, ya que no ten¨ªa ojos. ¡ªCandado, s¨¦ que esto puede sonar incre¨ªble, pero mientras m¨¢s usabas tus poderes y mientras ignorabas el dolor que te imped¨ªa seguir, tu tiempo se acort¨® terriblemente. ¡ª?Cu¨¢nto, Nelson? ¡ªpregunt¨® Slonbari, con tono sombr¨ªo. ¡ªUna semana. Y t¨² lo sabes muy bien ¡ªrespondi¨® Nelson, sin titubear. La noticia dej¨® a todos alarmados, excepto a Candado y los ancianos, quienes ya estaban al tanto de las consecuencias. ¡ªEso no¡­ puede ser ¡ªdijo Hammya, visiblemente asustada. ¡ª?Quieres salvar a Candado, T¨ªnbari? Porque yo s¨ª ¡ªdijo Nelson con firmeza¡ª. Yo se lo jur¨¦ a Alfred, proteger a los Barret. No voy a mentirle. Amabaray es la ¨²nica que puede salvarlo. Candado se levant¨® tranquilamente de su asiento, mirando a los presentes con seriedad. ¡ª?Puedo salvar a Amabaray? ¡ªpregunt¨®, su voz llena de determinaci¨®n. ¡ªCandado, creo que deber¨ªas preocuparte m¨¢s por tu salud ¡ªaconsej¨® Anzor, visiblemente preocupado. ¡ª?DIJE! ?Puedo salvar a Amabaray? ?S¨ª o no? ¡ªinsisti¨® Candado, con firmeza. ¡ªPuedes salvarla, s¨®lo tienes que darle un poco de tu sangre ¡ªrespondi¨® Nelson, tras una breve pausa. ¡ªNo le veo el problema ¡ªreplic¨® Candado, sin vacilar. ¡ª?Est¨¢s de acuerdo con ir all¨¢? ¡ªpregunt¨® Nelson, dirigi¨¦ndose a ¨¦l. ¡ªClaro ¡ªrespondi¨® Candado, con confianza. ¡ªBueno ¡ªdijo Nelson, poni¨¦ndose de pie¡ª. A sus posiciones. Los ancianos se levantaron y se dispersaron r¨¢pidamente por la sala, cada uno tomando su lugar. ¡ªPues ah¨ª te llevaremos ¡ªdijo Nelson con una sonrisa, mirando a Candado. ¡ªCandado... ?Por qu¨¦? ¡ªpregunt¨® T¨ªnbari, con una mezcla de preocupaci¨®n y confusi¨®n. ¡ªEs necesario para m¨ª ¡ªrespondi¨® Candado, mirando al demonio fijamente. ¡ªSi vas all¨¢, es seguro que mis hermanos estar¨¢n all¨ª ¡ªdijo T¨ªnbari, con tono grave. ¡ª?Por qu¨¦ los Baris ir¨ªan all¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado, sin comprender del todo. ¡ªAmabaray es la ¨²nica que puede quitar la sangre de Keplant, ya que ella es hija directa de Roob¨®leo ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari. ¡ªAlguien con un coraz¨®n como el de ella nunca har¨ªa eso ¡ªdijo Candado, sin dudar. ¡ªAmabaray es inocente, y f¨¢cilmente creer¨¢ sus mentiras ¡ªadvirti¨® T¨ªnbari. Candado tom¨® las manos del demonio, mir¨¢ndolo a los ojos. ¡ªT¨ªnbari, conf¨ªa en m¨ª. Yo s¨¦ lo que hago. Luego lo solt¨® y mir¨® a Nelson, quien a¨²n no se hab¨ªa movido. ¡ªDime, ?c¨®mo lleg¨® all¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado, impaciente. Nelson sonri¨®, una sonrisa enigm¨¢tica que denotaba algo importante por venir. ¡ªAcomp¨¢?ame ¡ªdijo, dirigi¨¦ndose hacia una gran ventana que daba al exterior de la caverna. Desde all¨ª, se pod¨ªa ver un enorme lago. ¡ª?Los ves? ¡ªpregunt¨® Nelson, se?alando hacia el horizonte. ¡ªS¨ª, ?y? ¡ªpregunt¨® Candado, sin comprender del todo. Nelson coloc¨® su mano sobre la ventana, cerr¨® los ojos e inhal¨® profundamente. ¡ª?BELGRANO! ¡ªgrit¨®, con voz firme. Un holograma apareci¨® detr¨¢s de ellos, manifest¨¢ndose como una figura fantasmag¨®rica. ¡ª?S¨ª? ¡ªrespondi¨® Manuel, nervioso. Nelson volte¨® y, apuntando con su bast¨®n, le orden¨®. ¡ª?Haz lo tuyo ahora! ¡ªA la orden ¡ªdijo Manuel, antes de desvanecerse. ¡ª?Qu¨¦ fue eso? ¡ªpregunt¨® Candado, extra?ado. De repente, fuera de la instalaci¨®n, el enorme pozo que se encontraba m¨¢s all¨¢ de la ventana comenz¨® a agitarse violentamente. Las olas chocaban entre s¨ª, levant¨¢ndose y rompiendo con furia. Y entonces, una enorme estructura emergi¨® del agua, pareciendo el marco de una puerta gigantesca. ¡ª?Qu¨¦ diablos? ¡ªexclam¨® Candado, levemente sorprendido. ¡ªVali¨® la pena, cinco a?os manipulando esa cosa para que se elevara y se hundiera a trav¨¦s de una comunicaci¨®n el¨¦ctrica con Belgrano ¡ªdijo Clementina, acerc¨¢ndose a su lado. ¡ªGenial ¡ªcoment¨® Hammya, peg¨¢ndose frente a la ventana como una ni?a frente a un acuario. ¡ª?Contempla! ?LA PUERTA! El medio que conecta este mundo con cualquiera que se te ocurra. ¡ªMenos Cotorium ¡ªaclar¨® Clementina. ¡ªYa veo. ¡ªVas a meterte ah¨ª ¡ªsonri¨® Nelson. ¡ª?Perd¨®n? ?Qu¨¦¡­? ¡ª?CHICOS! ?H¨¢ganlo! Sim¨®n y Elsa jalaron una palanca, lo que provoc¨® que el instrumental emitiera un peque?o temblor acompa?ado de un leve ruido. ¡ªEn posici¨®n. ¡ªNo me gusta nada de esto ¡ªdijo Hammya, aferr¨¢ndose a una columna. ¡ªTranquila, tranquila. La puerta brill¨® con un resplandor blanco. El brillo era tan intenso que Candado tuvo que cubrirse los ojos con la mano derecha. ¡ªCandado ¡ªsusurr¨® el viento al o¨ªdo de ¨¦l. No pudo evitar sorprenderse al o¨ªr esa voz tan familiar, que gir¨® r¨¢pidamente, mirando a su espalda, moviendo la cabeza de un lado a otro. ¡ªEsa voz¡­ ¡ª?AQU¨ª EST¨¢! Candado mir¨® a Nelson. ¡ª?LA PUERTA DEL MUNDO ARCANO! La luz dej¨® de brillar, revelando su gran belleza. Un hermoso campo de flores aguardaba al otro lado, un desierto tan bello que parec¨ªa sacado de un sue?o. El viento tenue se filtraba del exterior, y los p¨¦talos de las flores entraban a la habitaci¨®n, llevando consigo la frescura del paisaje. ¡ªAh¨ª¡­ esa es¡­ ¡ªLa frontera entre el mundo humano y el de las leyendas ¡ªconcluy¨® Nelson, mirando a Lucas. Candado mir¨® hacia atr¨¢s nuevamente. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® Walsh. Hammya mir¨® a Candado con inter¨¦s. ¡ª?Su voz? ¡ª?Su¡­ voz? ¡ªpregunt¨® Walsh, confundido. Candado cerr¨® los ojos y se rasc¨® la ceja izquierda mientras inhalaba y exhalaba suavemente. ¡ªOlv¨ªdalo, no pasa nada ¡ªdijo Candado, despreocupado. Nelson lo atrajo con brusquedad, usando su bast¨®n. ¡ªMira, muchacho, ah¨ª es donde ella est¨¢. Candado ajust¨® su boina. ¡ª?Por d¨®nde salgo? ¡ªPues por la puerta ¡ªrespondi¨® Nelson. Candado lo mir¨® con una expresi¨®n vac¨ªa. ¡ª?AC¨¢! ¡ªreaccion¨® r¨¢pidamente H¨¦ctor, intentando evitar que su amigo hiciera algo ¡°violento¡±. Bruno se levant¨®, sac¨® unas llaves del bolsillo y se acerc¨® a la puerta. La abri¨® con cuidado. ¡ªDebo aclarar que el otro lado es peligroso. No todos deber¨ªan ir all¨ª ¡ªadvirti¨® Clementina. ¡ªDonde ¨¦l vaya, iremos nosotros ¡ªdijo Declan con determinaci¨®n. Clementina parpade¨® lentamente. ¡ªYa veo. Nelson camin¨® hasta la puerta y la abri¨® con firmeza. ¡ªLos que tengan que irse, que se vayan. Nosotros nos quedaremos para mantener la puerta abierta. ¡ªDale, nosotros iremos tras Amabaray ¡ªdijo Candado, decidido. T¨ªnbari puso su mano sobre el hombro de Candado. ¡ªEsc¨²chame. ¡ªUna vez que entres, no podr¨¦ protegerte. Al ser un Bari de la muerte, mis poderes est¨¢n sellados. No podr¨¦ siquiera entrar a ese mundo, solo ver y o¨ªr lo que pase all¨ª. ¡ªNo te preocupes, volver¨¦ antes de que digas mi nombre. Candado volte¨® y se dirigi¨® hacia el portal, caminando con paso tranquilo, dejando atr¨¢s a T¨ªnbari, quien lo observaba con preocupaci¨®n. ¡ªCandado ¡ªsusurr¨® T¨ªnbari, con melancol¨ªa en la voz. Candado se detuvo frente al gran portal, algunos p¨¦talos y polvo entraban en la habitaci¨®n, junto con una tenue y dulce brisa. ¡ªEl viento¡­ es muy tranquilo ¡ªdijo Candado, mientras sent¨ªa la suavidad del aire acariciar su rostro. ¡ªTen cuidado, Candado ¡ªadvirti¨® Nelson. ¡ªClaro que lo tendr¨¦ ¡ªrespondi¨® Candado, con una sonrisa. Tras esas palabras, Candado puso un pie al otro lado del portal sin dudar. Luego sigui¨® el otro pie, entrando definitivamente al tranquilo descampado. Mir¨® a su alrededor, aspir¨® profundamente el aire y lo contuvo en sus pulmones, cerr¨® los ojos un momento y luego exhal¨® de manera serena. ¡ªQu¨¦ aire tan puro¡­ Se gir¨® y mir¨® a los dem¨¢s, que segu¨ªan atr¨¢s, sorprendidos, en la habitaci¨®n. Candado sonri¨® y, con un gesto decidido, se quit¨® el guante de la mano izquierda y la extendi¨® hacia ellos, invit¨¢ndolos a cruzar. ¡ªVamos. Declan fue el primero en tomar su mano, seguido por Germ¨¢n, Anzor, Lucas, Matlotsky (extra?amente), Pucheta, Liv, Viki, H¨¦ctor, Andersson, Pio, Lucia, Erika, Clementina y Walsh. Te¨®ricamente, Hammya ser¨ªa la ¨²ltima en tomar su mano. Ella se sinti¨® halagada por el gesto, pero en cuanto sus dedos tocaron la mano extendida de Candado, sus ojos brillaron con un resplandor verde. En ese momento, la mente de Hammya fue arrastrada hacia otro lugar. Vio una espiral roja y tormentosa, rodeada de una oscuridad aterradora, como un t¨²nel. Pod¨ªa escuchar las voces de personas que conoc¨ªa. ¡ªEs un hecho que el avi¨®n no volar¨¢ ¡ªbrome¨® Arturo Barret. ¡ª¡­No tienes por qu¨¦ enojarte por eso ¡ªrespondi¨® una voz femenina, calmante. ¡ªJoven patr¨®n, tiene que lucir elegante ¡ªdijo Clementina, con su tono habitual. ¡ª¡­Si no eliges un maldito camino, yo lo har¨¦ por ti ¡ªintervino Odadnac, intranquilo. ¡ªTienes que irte de aqu¨ª, no es seguro ¡ªexclam¨® T¨ªnbari, exaltada. ¡ª?NADIE DE USTEDES SABE LO QUE PAS¨®! ¡ªgrit¨® Candado, furioso. ¡ªFeliz cumplea?os, hermano ¡ªse oy¨® una voz femenina, alegre. ¡ªEstar¨¦ presente ah¨ª, solo tienes que guardarme un poco de ese pastel ¡ªbrome¨® Frederick. Las voces se desvanecieron, dejando a Hammya atrapada en una sensaci¨®n extra?a. ¡ª?Qu¨¦ fue lo que pas¨®? ¡ªpregunt¨® Europa Barret, preocupada. ¡ª?CANDADO, VUELVE AQU¨ª! ¡ªgrit¨® una voz masculina mayor, tambi¨¦n preocupada. ¡ªSiempre quise ser cient¨ªfico. Es algo que me inculc¨® un videojuego. No creo que lo tuyo sea m¨¢s vergonzoso que lo m¨ªo. ¡ªJoaqu¨ªn, avergonzado, intent¨® restarle importancia. ¡ªSonr¨ªe para la c¨¢mara, Ern¨¦st. ¡ªLucas, en¨¦rgico, intentaba que todo pareciera una broma. ¡ªTe quiero mucho. No quiero que me odies. ¡ªUna voz femenina, llena de tristeza, solloz¨®. ¡ª?CANDADO! ¡ªgrit¨® otra voz femenina, sorprendida. ¡ªNunca te odiar¨ªa, Gabi. ¡ªCandado, arrepentido, contest¨® con firmeza. ¡ªEso ya lo o¨ª, pero cont¨¦stame, ?piensas que esto es lo correcto? ¡ªpregunt¨® Matlotsky, con tono serio. ¡ªNo, no lo olvid¨¦. Te lo traer¨¦ enseguida. ¡ªUna segunda voz femenina, alegre, intent¨® tranquilizarlo. ¡ªPor favor, enti¨¦ndelo, no lo hice a prop¨®sito. Lo siento. ¡ªLa voz femenina volvi¨® a lamentarse, al borde de las l¨¢grimas. ¡ªGuarda la calma, por favor. Te conseguir¨¦ otro. Puedes tomar el m¨ªo, pero no llores, es un d¨ªa especial. ¡ªWalsh, agitado, trataba de calmar la situaci¨®n. ¡ªDetr¨¢s de los arbustos. ¡ªT¨ªnbari, condescendiente, se?alaba el lugar. Ruido de cristal rompi¨¦ndose. ¡ª?TE ODIO, GABRIELA! ¡ªgrit¨® Candado, furioso. ¡ªNo puedo creer lo que has hecho. Estoy decepcionado. ¡ªKrauser expres¨® su desd¨¦n. ¡ªHiciste llorar a tu hermana. Me averg¨¹enzo de ser tu amigo. ¡ªH¨¦ctor, enfadado, no pod¨ªa ocultar su decepci¨®n. ¡ªNo ten¨ªas por qu¨¦ irte tan lejos. Eres un desagradecido. Ojal¨¢ te pudras, Candado. ?Me escuchaste? ?QU¨¦ TE PUDRAS! ¡ªMatlotsky, furioso, estall¨® de rabia. ¡ªYo no... Yo no quer¨ªa esto. ¡ªCandado, con l¨¢grimas en los ojos, se lament¨®. ¡ª[¡­] el cielo ilumina el camino del ni?o de las campanas, y de un deseo latente que observa el cielo, ansiando su llegada a la tierra¡­ ¡ªuna voz femenina cantaba, suavemente, llenando el aire de misterio. ¡ªY pensar que lo ten¨ªa un ni?o¡­ ¡ªdijo una voz extra?a, llena de incredulidad. ¡ª?AL¨¦JATE DE ¨¦L! ¡ªgrit¨® una voz femenina, furiosa. ¡ªNo permitir¨¦ que lo lastimes. ¡ªT¨ªnbari, con determinaci¨®n, se puso en guardia. ¡ªPor favor, no cierres los ojos. No lo hagas, te lo suplico. Lo arreglar¨¦. ¨®diame si quieres, pero no cierres los ojos¡­ no... no los cierres. ¡ªLa voz femenina lloraba con desesperaci¨®n. Hammya despert¨® en un bosque totalmente oscuro, bajo una lluvia torrencial. La ¨²nica luz que iluminaba el entorno proven¨ªa de los rayos que cruzaban el cielo. A lo lejos, vio a dos personas enfrent¨¢ndose a una criatura. Todo a su alrededor estaba sumido en la oscuridad, solo se o¨ªan los truenos, la lluvia y el ruido de la lucha en curso. En un intento por entender mejor el lugar, sus ojos se posaron en una figura conocida: Candado, cuando era m¨¢s joven, tirado en un charco de agua, mirando a tres personas peleando. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªpregunt¨® ella, perpleja. De repente, una fuerza desconocida atrajo su cuerpo, y se fusion¨® con el de Candado. Ahora, ve¨ªa todo en primera persona. No pod¨ªa controlar el cuerpo, pero s¨ª pod¨ªa observar a trav¨¦s de sus ojos y escuchar a trav¨¦s de sus o¨ªdos. ¡ª?Estoy¡­ en su cuerpo? ¡ªpens¨®, at¨®nita. ¡ª?CANDADO, ESC¨²CHAME! ¡ªgrit¨® una voz urgente. La cabeza de Candado se gir¨® hacia un charco, en cuyo reflejo se ve¨ªa una mano extendida. ¡ªOdadnac. ¡ªToma mi mano, as¨ª podremos ayudarla. ¡ªNo puedo hacerlo. ¡ª?DEJA DE TEMBLAR! ?TOMA MI MANO! ¨²same para ayudarla, juntos podemos vencerlo. ¡ªTengo miedo. ¡ª?YA S¨¦ QUE TIENES MIEDO! Pero hazlo, solo as¨ª podr¨¢s ganar. Candado mir¨® hacia el frente, y en ese momento un trueno ilumin¨® a dos figuras conocidas: Gabriela y T¨ªnbari, peleando contra una entidad que sus ojos no pod¨ªan identificar. ¡ªElla no podr¨¢ vencerlo, su poder est¨¢ tambaleando, est¨¢ muy d¨¦bil. Por eso tiene que tomar mi mano. ¡ªdijo Odadnac, con angustia en su voz. ¡ª?T¨ªNBARI, PR¨¦STAME TU FUERZA! ¡ªgrit¨® Gabriela, mientras sus manos se envolv¨ªan en llamas violetas, invocando perros enormes y fuego. ¡ªYa no tengo m¨¢s que darte, tambi¨¦n estoy d¨¦bil. ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari, con voz cansada. ¡ª?NO DEJAR¨¦ QUE TE LE ACERQUES! ¡ªgrit¨® Gabriela, desafiando al enemigo. ¡ªVamos, hazlo. ¡ªla voz de Odadnac le suplic¨® nuevamente. Candado mir¨® su reflejo, la angustia se reflejaba en sus ojos. ¡ªPor favor, solo te pido esto. Si no lo haces, morir¨¢... ¡ªla voz de Odadnac temblaba de dolor¡ª. Por favor, te lo suplico, solo toma mi mano y ella estar¨¢ bien. Y t¨² tambi¨¦n. ¡ª?Qu¨¦ es esto? ¡ªse pregunt¨® Candado, lleno de confusi¨®n. ¡ªCandado, siempre te mostraste como una persona fuerte y seria. Le dabas una mirada fr¨ªa al peligro. S¨¦ que tienes miedo, pero por favor, toma mi... ?MANO! ¡ªla voz de Odadnac se rompi¨®. ¡ªNo puedo hacerlo, enojarse es malo. Mam¨¢ dice que... ¡ªCandado, con l¨¢grimas en los ojos, intent¨® justificar su temor. ¡ª?BASTA! ¡ªla voz de Odadnac explot¨®. Los ojos de Odadnac se dilataron y, con fuerza, sac¨® parcialmente su cuerpo del agua, extendiendo su mano hacia ¨¦l. ¡ª?TOMA MI MANO AHORA! ?NI?O IDIOTA, SI PUDIERA HACERLO SOLO LO HAR¨ªA, PERO NECESITO TU CUERPO, MALDITO EST¨²PIDO! ¡ª(Este es... la versi¨®n oscura de Candado, el mismo que lo posey¨®). ¡ªNo quiero hacerlo ¡ªdijo Candado entre sollozos. Odadnac rechin¨® los dientes, mirando a Gabriela. Quedaba poco tiempo, poca fuerza. Mir¨® nuevamente a Candado, y sus ojos se llenaron de sorpresa al ver su rostro. Hammya, observando a trav¨¦s de los ojos de Candado, no comprend¨ªa lo que ocurr¨ªa, pero al ver el reflejo de Candado en la laguna, lo entendi¨®. ¨¦l estaba sonriendo. T¨ªnbari se interpuso, pero fue in¨²til. El sujeto extendi¨® su mano, de la cual emergi¨® un cristal negro que termin¨® clav¨¢ndose en su abdomen. A pesar de la herida, T¨ªnbari sigui¨® adelante, decidido. El enemigo lo sujet¨® por el antebrazo y lo estamp¨® contra el suelo, inmoviliz¨¢ndolo y debilit¨¢ndolo a¨²n m¨¢s. Luego, se encarg¨® de destruir a los perros que defend¨ªan a Candado. Odadnac mir¨® a Candado con ira. ¡ª??Ves!? ??Qu¨¦ tanto dudas!? ?Toma mi mano ya! ?Ahora, ahora, AHORA! La figura se acerc¨® r¨¢pidamente a Candado, en un abrir y cerrar de ojos, y pis¨® la espalda de Odadnac. ¡ªToma¡­ mi mano, mocoso¡­ solo as¨ª podr¨¢s salvarla ¡ªdijo, completamente d¨¦bil. Odadnac extendi¨® su mano con todas sus fuerzas, pero la figura la perfor¨® con una lanza, clav¨¢ndola en el suelo y dejando que la sangre negra brotara de la herida. ¡ªCandado¡­ eres un maldito cobarde¡­ un cobarde desquiciado. Luego, el cuerpo de Odadnac desapareci¨®, dej¨¢ndolos a solas. Temblando de miedo, Candado se peg¨® a un ¨¢rbol, su cuerpo vibraba y su rostro estaba cubierto de l¨¢grimas. ¡ªDevu¨¦lveme la sangre violeta ¡ªdijo, mostrando una daga. Esa acci¨®n provoc¨® que, sin pensarlo, Hammya intentara ayudarlo, pero fue in¨²til. Luego, Candado se arrodill¨® e incrust¨® la daga en su propio pecho. ¡ª?AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡ªEres muy ruidoso ¡ªdijo la figura, con indiferencia. Hammya no pod¨ªa articular palabra, lo que ve¨ªa la dejaba sin aliento. Sin embargo, una fuerza misteriosa lo arranc¨® de su cuerpo y lo coloc¨® a un lado de Candado. Fue entonces cuando vio a Gabriela arrastr¨¢ndose, dejando un sendero de sangre. Las hojas, el pasto, la tierra, todo estaba empapado en una alarmante cantidad de sangre. Gabriela se levant¨®, con los ojos brillando de un intenso violeta. Su rostro se cubri¨® de tatuajes del mismo color y su ira era palpable. Respiraba con dificultad, pero no se deten¨ªa. Con esfuerzo, tom¨® su fac¨®n del suelo, y aunque su pecho sangraba m¨¢s, sigui¨® adelante, sin rendirse. Mir¨® la espalda de su objetivo, apret¨® el mango de su fac¨®n con fuerza y corri¨® hacia ¨¦l. El sujeto se volte¨® y extendi¨® su brazo, listo para atacarla con su lanza. Gabriela se inclin¨® hacia la derecha, cort¨® su mano y, con determinaci¨®n, se abri¨® paso hasta su cuello, hundiendo su mano en ¨¦l. ¡ªAl¨¦jate de ¨¦l ¡ªdijo Gabriela, con sangre en los labios. La sangre brot¨® en un chorro. El individuo escupi¨® m¨¢s sangre y, con un chillido inhumano, se alej¨® r¨¢pidamente. T¨ªnbari se puso de pie en el instante en que la magia del enemigo desapareci¨®, y asest¨® el golpe final en su pecho, fracturando su figura oscura. ¡ªDestruyeron mi recipiente, pero volver¨¦ por lo que es m¨ªo ¡ªdijo, antes de que su cuerpo se desintegrara en polvo. T¨ªnbari mir¨® a Gabriela, quien sosten¨ªa a su hermano inconsciente en sus brazos. ¡ª?ABRE LOS OJOS! ?ABRE LOS OJOS, CANDADO! ¡ªgritaba desesperada¡ª. Por favor, no los cierres, no lo hagas, te lo suplico, lo arreglar¨¦, ¨®diame si quieres, pero no cierres los ojos¡­ no los cierres. Hammya estaba petrificada, las l¨¢grimas no dejaban de caer. T¨ªnbari apareci¨® caminando, con la mano derecha sobre su brazo izquierdo, a¨²n sintiendo dolor. ¡ªD¨¦jalo ya, Gabriela. Fue apu?alado por una daga Cremull, o como se le conoce com¨²nmente entre ustedes los gremios, un conjuro. Gabriela abraz¨® a su hermano con fuerza. Sus ojos comenzaron a abrirse, pero estaban vac¨ªos. ¡ªEn este momento, Gabriela, tu hermano est¨¢ sufriendo un dolor inimaginable. El conjuro est¨¢ devorando su alma. No hay palabra ni cifra que pueda describir el dolor que est¨¢ sintiendo ahora. Una fractura de brazo o una apu?alada son cosquillas comparadas con esto. Gabriela se desesper¨®. ¡ª?No¡­ grita? ¡ªNo lo har¨¢. Esta daga est¨¢ hecha para evitar que la v¨ªctima grite o pida ayuda. Gabriela, abrazando a su hermano con a¨²n m¨¢s fuerza, mir¨® a T¨ªnbari con l¨¢grimas en los ojos. ¡ª?Qu¨¦ puedo hacer? Ver a mi hermanito sufriendo¡­ no quiero eso, no lo quiero. ?Qu¨¦ puedo hacer? T¨ªnbari se qued¨® callado un momento. ¡ªEs sencillo¡­ m¨¢talo. El rostro de Gabriela se inund¨® de terror. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? ?Matarlo? ¡ªpregunt¨® con la voz quebrada. ¡ªNo hay medicina humana que pueda salvarlo, mi maestro me lo asegur¨® y me dijo que me mantuviera alejado si ve¨ªa una, es una mala suerte, pero su vida ya termin¨®. ¡ªNo. ¡ªEl llanto es algo que no comparto contigo, lo perd¨ª cuando me convert¨ª en Bari. ¡ª?No tienes coraz¨®n? ?No sientes l¨¢stima? Estuviste con nosotros muchos a?os. ¡ªPodemos hablar todo el d¨ªa sobre c¨®mo un coraz¨®n solo sirve para bombear sangre y no para albergar sentimientos. Ahora tienes que ocuparte de ¨¦l. Tiene un d¨ªa de vida. Gabriela mir¨® a su hermano, sus ojos brillando de desesperaci¨®n. ¡ª?Un d¨ªa? ¡ªUn d¨ªa de sufrimiento. Gabriela se puso la mano en el pecho, luchando contra las l¨¢grimas. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s? Es in¨²til sentir su coraz¨®n. ¡ªNo. Voy a salvarlo. Absorber¨¦ su conjuro, como lo hice con el veneno aquella vez. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNo puedo destruirlo, ?verdad? Pero s¨ª puedo transferirlo a mi cuerpo. ¡ªFuiste atravesada por el arma de Pullbarey. Tienes un conjuro dentro de ti, el cual sanar¨¢ en un a?o. Es muy peligroso. ¡ªCandado no tiene un a?o. ¡ªSi lo haces, tendr¨¢s dos conjuros dentro de ti. Sufrir¨¢s como ning¨²n humano lo ha hecho. Y tu vida ser¨¢ corta. Este camino que has elegido¡­ te matar¨¢. ¡ªLo s¨¦, pero¡­ si puedo ayudarlo, si puedo salvarlo, e incluso, si puedo verlo sonre¨ªr, habr¨¢ valido la pena. ¡ªEso es una locura. ¡ªT¨ªnbari, prom¨¦teme una cosa. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªCuando yo muera, quiero que protejas a mi hermano. ¡ªEso es mi deber, Gabriela¡­ ¡ªY tambi¨¦n, que entiendas¡­ No, te ordeno que a partir de ahora tengas sentimientos. Los ojos de T¨ªnbari se ocultaron tras sus p¨¢rpados. ¡ªEs in¨²til, pero lo har¨¦. Gabriela cerr¨® los ojos, envolviendo su mano sobre el pecho de su hermano. Trag¨® saliva, no por miedo a lo que le pudiera pasar a ella, sino por la angustia que sent¨ªa por ¨¦l. ¡ªIsidro, pr¨¦stame tu fuerza ¡ªmurmur¨®, mirando al cielo¡ª. A cambio, te dar¨¦ mi vida. Alej¨® su mano del pecho de Candado, arrancando una extra?a corriente de humo amarillento mezclado con negro. La niebla comenz¨® a envolver su brazo, adue?¨¢ndose de su cuerpo. El dolor fue insoportable, como si su propia esencia fuera arrancada a la fuerza. Se mordi¨® los labios, luchando por contener los gemidos de agon¨ªa. Pero no se rend¨ªa. No lo har¨ªa. De repente, T¨ªnbari apareci¨®, interponi¨¦ndose entre ella y su hermano, separ¨¢ndola con fuerza. La magia de Gabriela se desvaneci¨®, y ella cay¨®, recost¨¢ndose por completo sobre el regazo del demonio. ¡ªBasta ¡ªdijo T¨ªnbari, con tono firme. Gabriela, agotada, apenas pudo responder: ¡ªNo he... terminado. ¡ªNo puedes retirar todo el conjuro ¡ªreplic¨® ¨¦l, evitando que ella siguiera¡ª. Ser¨ªa peligroso para ambos. Terminar¨ªas absorbiendo su vida en vez del conjuro. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo tiene? ¡ªpregunt¨® ella con voz d¨¦bil, mirando a su hermano. ¡ªLo extendiste por diez o quince a?os ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari, fr¨ªamente¡ª. Para entonces, habr¨ªa algo que pudiera contrarrestarlo y tu hermano estar¨ªa a salvo... pero... Gabriela asinti¨®, una ligera sonrisa esboz¨¢ndose en su rostro. Luego, comenz¨® a toser violentamente, escupiendo sangre. Aun as¨ª, su sonrisa no se desvaneci¨®. ¡ª?Cu¨¢nto tiempo tengo? ¡ªpregunt¨® con voz quebrada. ¡ªCuatro a?os ¡ªdijo T¨ªnbari, su tono sombr¨ªo¡ª. Morir¨¢s el 2 de noviembre de 2010. Felicidades, te has sentenciado a muerte por tu cuenta. Gabriela solt¨® una risa que no reflejaba alegr¨ªa, sino una aceptaci¨®n amarga. ¡ª?Eh? Yo no hago estas bromas ¡ªdijo T¨ªnbari, confundido. ¡ªSeguramente es por mi orden ¡ªrespondi¨® ella entre risas. ¡ªEres una idiota. Nadie puede salvarte. Sufrir¨¢s y morir¨¢s ¡ªT¨ªnbari suspir¨®¡ª. S¨®lo Amabaray podr¨ªa salvarte, pero no s¨¦ d¨®nde est¨¢. Gabriela acarici¨® su propio rostro con una expresi¨®n triste. ¡ªEs una l¨¢stima... Toda mi familia sufrir¨¢ por una decisi¨®n ego¨ªsta. Quiero que los cuides. Con esas palabras, Gabriela cerr¨® los ojos y se dej¨® llevar, sucumbiendo a su agotamiento. T¨ªnbari la carg¨® en sus brazos, sin decir palabra. En ese momento, los amigos y familiares de Candado llegaron, con linternas en mano. El cielo se despej¨® y una luna llena ilumin¨® el paisaje. ¡ª?Qu¨¦ pas¨®? ¡ªpregunt¨® Arturo, mientras cargaba a su hijo. ¡ªSe han desmayado por el cansancio ¡ªrespondi¨® T¨ªnbari, sin alterar su expresi¨®n. Europa, al frente de la multitud, se acerc¨® r¨¢pidamente. T¨ªnbari se acerc¨® a ella y deposit¨® a Gabriela en sus brazos. ¡ªEstaba muy feliz que termin¨® por desmayarse ¡ªcoment¨® T¨ªnbari con cierto sarcasmo. ¡ªGracias ¡ªrespondi¨® Europa con una leve sonrisa, mientras tomaba a su hija en brazos. Luego, alz¨® la vista para mirar a T¨ªnbari, pero su sonrisa se desvaneci¨® al notar algo inusual. ¡ªT¨ªnbari... Hammya, observando a su alrededor, tambi¨¦n se sorprendi¨® al ver algo extra?o. ¡ª?Sucede algo, se?ora Barret? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, sin dejar de mirar a Europa. ¡ªEst¨¢s... ?llorando? ¡ªpregunt¨® ella, con incredulidad. T¨ªnbari sonri¨®, pero era una sonrisa amarga. ¡ªLos humanos son aterradores y muy extra?os. De repente, una luz cegadora envolvi¨® a Hammya, y una voz reson¨® en su mente. ¡ªReacciona, ni?a, no te duermas parada. Una transpiraci¨®n fr¨ªa empez¨® a recorrer su cuerpo, y su respiraci¨®n se volvi¨® err¨¢tica. Mir¨® a su alrededor, desconcertada, como si alguien la estuviera acechando. Finalmente, sus ojos se fijaron en Candado, quien a¨²n sosten¨ªa su mano. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® ¨¦l, preocupado. Las l¨¢grimas comenzaron a brotar de los ojos de Hammya, mientras su respiraci¨®n se volv¨ªa cada vez m¨¢s agitada. ¡ª?Te sientes mal? ¡ªpregunt¨® Nelson, al notar su preocupaci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªdijo Candado, a¨²n m¨¢s preocupado. Hammya empez¨® a re¨ªr descontroladamente, intentando ocultar su tristeza, tanto de ¨¦l como de los dem¨¢s. Solt¨® la mano de Candado y, sin ayuda, camin¨® sola hacia el portal. ¡ªS¨®lo pensaba... que tu cara es id¨¦ntica a la de Pedro Eugenio Aramburu ¡ªdijo, con una sonrisa nerviosa. ¡ª??QUIERES QUE TE MATE O QU¨¦!? ¡ªexclam¨® Candado, furioso. Hammya solt¨® una carcajada, mientras las l¨¢grimas segu¨ªan cayendo de sus ojos. ¡ªNi siquiera te hice da?o ¡ªdijo Candado, con tono fr¨ªo. ¡ª(Por favor, no te des cuenta. No quiero que me veas llorar. S¨®lo querr¨¢s indagar, y s¨®lo te lastimar¨¢s... )Vamos con los dem¨¢s, Masera. ¡ª?HAMMYAAAAAAA! ¡ªgrit¨® Candado, persigui¨¦ndola. Hammya, entre risas, comenz¨® a correr. ¡ª?Vamos, tortuga! ¡ª?Me preocupas y te burlas de m¨ª? ?VUELVE AQU¨ª! Hammya, con una sonrisa llena de desd¨¦n, respondi¨® entre carcajadas, mientras algunos de los presentes la segu¨ªan. ¡ª?NO SE R¨ªAN SI NO LO SABEN! AMABARAY El grupo caminaba incansablemente, alej¨¢ndose cada vez m¨¢s del portal. A pesar de su aspecto pintoresco y majestuoso, aquel lugar ten¨ªa una atm¨®sfera inquietante que los manten¨ªa en alerta. Era grande, imponente y completamente desconocido para ellos. Las reacciones del grupo eran comprensibles, pero, incluso en medio de su incertidumbre, intercambiaban sonrisas y conversaciones para aligerar el ambiente. Candado lideraba la marcha con paso firme, ya que conoc¨ªa el camino. H¨¦ctor, sin embargo, no pod¨ªa ocultar su inquietud. Desde que hab¨ªan salido, su rostro hab¨ªa perdido toda alegr¨ªa. ¡ªH¨¦ctor. ¡ª?S¨ª? ?Pasa algo? ¡ªHammya no ha dejado de mirarme, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Candado con un leve gesto de irritaci¨®n. H¨¦ctor gir¨® la cabeza disimuladamente hacia la ni?a. ¡ªLo est¨¢ haciendo. ¡ªYa veo¡­ Desde que tom¨¦ su mano, ha estado actuando extra?o. Incluso intent¨® molestarme con chistes sin gracia. ¡ª?Y a d¨®nde quieres llegar? ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor, arqueando una ceja. ¡ªSinceramente¡­ me mira con dolor y l¨¢stima. ¡ª?Crees que debimos dejarla atr¨¢s? ¡ªNo lo s¨¦, H¨¦ctor. Ni siquiera entiendo por qu¨¦ la traje conmigo. H¨¦ctor desvi¨® la conversaci¨®n, buscando aligerar el ambiente. ¡ªHemos caminado mucho y a¨²n no llegamos. ¡ªSiento que est¨¢ cerca ¡ªreplic¨® Candado, firme. ¡ªNo me gusta este lugar. ¡ª?Los Baris? ¡ªpregunt¨® Candado, sabiendo a qu¨¦ se refer¨ªa. ¡ªExacto. Veo que t¨² tambi¨¦n lo percibiste. ¡ªNo soy el ¨²nico. H¨¦ctor ech¨® un vistazo r¨¢pido a los dem¨¢s. Clementina, Declan y Andersson estaban en alerta m¨¢xima, atentos a cualquier movimiento. ¡ªEs probable que nos est¨¦n observando ¡ªafirm¨® H¨¦ctor. ¡ªNo lo creo. No siento nada inusual en el ambiente. ¡ªEntonces, ?por qu¨¦ est¨¢s tan preocupado? ¡ªCasi me mata uno. ¡ªLo s¨¦. Estuve ah¨ª. Candado se detuvo de repente, levantando una mano para indicar silencio. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® H¨¦ctor, inquieto. Candado cerr¨® los ojos, llevando la mano derecha a su oreja como si estuviera concentr¨¢ndose. ¡ª?No lo escuchan? ¡ªdijo, en un susurro. Clementina activ¨® sus sensores y escane¨® a su alrededor. ¡ª?Un arroyo? ¡ªpregunt¨® ella. Candado abri¨® los ojos r¨¢pidamente, con una chispa de determinaci¨®n. ¡ªAh¨ª est¨¢. Estamos cerca. Sin esperar m¨¢s, comenz¨® a correr, seguido por el resto del grupo. El sonido del agua les gui¨® hasta un arroyo cristalino. Al llegar, se encontraron con un escenario impresionante. Del otro lado del arroyo, un majestuoso ceibo extend¨ªa sus ramas, ofreciendo sombra a una cama de cristal. Sobre ella descansaba un cuerpo femenino cubierto por ra¨ªces, hojas y cristales. A su alrededor, un camino de flores culminaba en un c¨ªrculo de rosas rojas. A pesar del tiempo que parec¨ªa haber transcurrido, las prendas blancas de la mujer luc¨ªan impecables. ¡ªAs¨ª que aqu¨ª es donde se ocult¨® todo este tiempo¡­ ¡ªmurmur¨® Candado, acerc¨¢ndose con cautela. Coloc¨® su mano sobre la de la mujer y sinti¨® un d¨¦bil pulso. ¡ªTodav¨ªa est¨¢ viva ¡ªdijo, con un destello de esperanza en su voz. Luego, mir¨® a los dem¨¢s¡ª. Ha estado dormida todo este tiempo. ¡ªDespert¨¦mosla ¡ªsugiri¨® Clementina, ansiosa. ¡ªNo puedo esperar a ver el rostro de mi madre cuando la vea otra vez ¡ªa?adi¨® Candado. Sac¨® un peque?o fac¨®n de su funda y, con cuidado, se pinch¨® un dedo. Dej¨® caer una gota de sangre en los labios de la mujer. Apenas la primera gota toc¨® su boca, el suelo comenz¨® a temblar y la cama de cristal se agriet¨® ligeramente. De repente, Erika reaccion¨® alarmada, con los ojos brillando intensamente. ¡ª?CANDADO, APUNTA A TU ABDOMEN! Una lanza emergi¨® de la cama, dirigi¨¦ndose justo a donde Erika hab¨ªa advertido. Candado la detuvo con calma, sujet¨¢ndola entre el pulgar y el ¨ªndice. ¡ªEsto no es gracioso ¡ªdijo con frialdad, arrancando la lanza y lanz¨¢ndola lejos. El ambiente se torn¨® ca¨®tico. Desde diferentes puntos, armas emergieron del suelo y atacaron al grupo. ¡ª?DECLAN, ATR¨¢S DE TI! ¡ªgrit¨® Erika, sus ojos brillando nuevamente. Declan reaccion¨® al instante, esquivando una espada que surgi¨® de una roca. Inclin¨¢ndose, cort¨® la piedra con precisi¨®n. ¡ªGracias, coneja ¡ªbrome¨®, aunque sin bajar la guardia. La tensi¨®n aument¨® con cada advertencia de Erika. ¡ª?A tus pies, Germ¨¢n! ¨¦l sonri¨® y se transform¨® en lobiz¨®n. Con un movimiento feroz, enterr¨® sus enormes brazos bajo tierra, sacando a alguien y lanz¨¢ndolo lejos de su grupo. Los ojos de Erika comenzaron a brillar nuevamente. Era tan intenso y simult¨¢neo que le empez¨® a doler la vista. ¡ª?LUCAS, INVISIBLE! ?LADO SUR, AHORA! El cient¨ªfico infl¨® el pecho y exhal¨® con fuerza, soltando un torrente de fuego que alej¨® a la persona que los amenazaba. Los ojos de Erika relampaguearon de manera salvaje. ¡ªAtr¨¢s de m¨ª ¡ªdijo ella incredula. Cuando Erika gir¨®, vio a una persona con una armadura negra acerc¨¢ndose peligrosamente, empu?ando un inmenso mazo con intenci¨®n de golpearla. El arma se balance¨® hacia ella, pero, justo antes del impacto, Viki lo detuvo con su brazo. El sonido de huesos rompi¨¦ndose reson¨® al frenar el ataque. Anzor corri¨® hacia el atacante con su espada desenvainada. El enemigo not¨® sus intenciones e intent¨® huir, pero Luc¨ªa actu¨® r¨¢pidamente, envolviendo sus piernas en oro fundido y dej¨¢ndolo inmovilizado. Anzor salt¨® con su espada al aire, dispuesto a atacar, pero el sujeto, aun empu?ando su mazo, planeaba golpearlo en pleno vuelo. Gracias a los reflejos de H¨¦ctor, un campo de fuerza hecho con cartas bloque¨® el golpe, protegiendo a su amigo. Anzor sonri¨®. En el ¨²ltimo momento, envain¨® su espada y, con un movimiento ¨¢gil, le dio una patada directa a la cara, arranc¨¢ndole el casco. Al aterrizar, sus ojos brillaron de un rojo intenso, y le propin¨® un pu?etazo brutal en el pecho que lo expuls¨® lejos. ¡ªAs¨ª se hacen las cosas ¡ªdijo con satisfacci¨®n. Candado termin¨® de sacar a la persona debajo de la cama y orden¨® a sus amigos. Finalmente, Candado logr¨® sacar a una figura oculta bajo la cama, ordenando a su grupo: ¡ª?J¨²ntense ahora! El grupo form¨® un c¨ªrculo apretado, oblig¨¢ndose a retroceder mientras se alejaban de Amabaray. Delante de ellos, figuras inquietantes comenzaron a manifestarse. ¡ªNing¨²n humano podr¨ªa detener ataques simult¨¢neos como estos ¡ªdijo una voz grave. Candado apret¨® los dientes, su mirada se endureci¨® al reconocer a quien hablaba. ¡ªB¨®rrbari¡­ ¡ªpronunci¨® con furia contenida. El aludido esboz¨® una sonrisa burlona. ¡ªEs triste que s¨®lo recuerdes mi nombre ¡ªrespondi¨® con aparente desd¨¦n. Candado lo observ¨®, lleno de ira y cautela. ¡ªVenimos por Amabaray y por ti, Candado. Los dem¨¢s pueden irse ¡ªdeclar¨® B¨®rrbari con frialdad. Declan dio un paso al frente, alzando la voz con indignaci¨®n: ¡ª??Irnos!? ?Nunca! Ustedes, criaturas usurpadoras de la humanidad, no pondr¨¢n un pie cerca de Candado. Las palabras de Declan resonaron en el grupo, llenando el ambiente de una tensi¨®n casi palpable. Todos quedaron sorprendidos por su valent¨ªa. H¨¦ctor, sin embargo, analiz¨® con detenimiento la situaci¨®n. Sus ojos se movieron de un lado a otro antes de fijarse en B¨®rrbari. ¡ªEres astuto¡­ Lo mismo sent¨ª aquel d¨ªa, Bari. Mu¨¦strales a tus malditos s¨²bditos ¡ªdijo con un tono lleno de desprecio. B¨®rrbari golpe¨® el suelo tres veces con su mazo. Al instante, cinco figuras surgieron entre sombras: cuatro ni?os y un adulto. ¡ªSorprendente ¡ªcoment¨® Walsh, cruz¨¢ndose de brazos con recato¡ª. Sab¨ªa que no pod¨ªan lograr tanto sin supervisi¨®n. Candado sinti¨® un escalofr¨ªo. Sus ojos se dilataron al reconocerlos, y una gota de sudor rod¨® por su frente. ¡ªEsto¡­ no puede ser¡­ ¡ªmurmur¨®. Anzor, alarmado, susurr¨®: ¡ª?Qu¨¦ sucede? Candado apenas pudo responder, con la voz tensa: ¡ªSon Baris. Terribles criaturas capaces de multiplicar su fuerza mil veces. Ustedes son demasiado d¨¦biles para enfrentarlos. No podr¨¦ protegerlos a todos¡­ De pronto, sus ojos se encontraron con los de Erika. Hab¨ªa l¨¢grimas rojas acumul¨¢ndose en ellos. ¡ªLuc¨ªa, v¨¦ndale los ojos a tu hermana ¡ªorden¨®, su voz firme. ¡ª?No, Candado! ?A¨²n puedo ayudar! ¡ªprotest¨® Erika. ¡ªNo est¨¢s acostumbrada a ese poder, y mucho menos de manera simult¨¢nea. Podr¨ªas perder la vista¡­ o algo peor. ¡ªPero¡­ ¡ªNo. Haz lo que te digo. Viki, Lucas, Anzor, y t¨², Luc¨ªa: prot¨¦janla a toda costa. Luc¨ªa asinti¨® con reluctancia y se encarg¨® de vendar los ojos de Erika, cumpliendo su deber de protegerla. Walsh avanz¨® un paso, con aire caballeroso. ¡ª?D¨®nde est¨¢n sus modales? ¡ªpregunt¨®, ir¨®nicamente educado¡ª. Por favor, pres¨¦ntense. Las figuras dieron un paso al frente, de izquierda a derecha. ¡ªSoy Marcelo Soto, y ¨¦l es Volbari, el Bari de los Volcanes ¡ªanunci¨® el primero. Marcelo vest¨ªa unos jeans azul marino, zapatillas deportivas, y una camisa blanca de manga corta. Su cabello oscuro y ojos casta?os no ocultaban su determinaci¨®n. A su lado, Volbari, una criatura deformada hecha de roca volc¨¢nica, luc¨ªa dos cuernos en su cabeza de piedra, con cuencas oculares que chorreaban lava. Su cuerpo, formado por ceniza y piedra, revelaba grietas por donde corr¨ªa magma incandescente. ¡ªSoy Daniela del Valle, y ¨¦l es Dessbari, el Bari de los Desalmados ¡ªdijo una joven de cabello rojo intenso, vestida con un uniforme de colegio privado: camisa blanca, corbata negra y pantal¨®n oscuro. Un parche negro con la figura de un coraz¨®n rojo cubr¨ªa su ojo derecho. The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement. ¡ªEmilia Lambda, y ¨¦l es B¨®rrbari, el Bari del Tiempo ¡ªdijo una mujer de cabello negro corto, con pantalones de vestir, botas de cuero marr¨®n oscuro y una camisa celeste. ¡ªDomingo Rojantr¨¦ll, y ¨¦l es Geobari, el Bari de la Tierra ¡ªanunci¨® un hombre de cabello blanco y ojos verdes. Vest¨ªa un chaqu¨¦ rojo con una corbata violeta. Geobari, su Bari, parec¨ªa hecho de roca y arena, perdiendo peque?as partes de su ¡°piel¡± al moverse. ¡ªSoy Katya C¨¦spedes, y ¨¦l es Tiebari, el Bari del Terror ¡ªdijo finalmente una joven ciega, con cabello rubio y un vestido blanco. Su Bari, una figura abstracta sin rostro, reflejaba una oscuridad iluminada por peque?as luces, como un firmamento estrellado. Matlotsky trag¨® saliva, nervioso. ¡ªEsto no es nada bueno¡­ ¡ªmurmur¨®. Candado cerr¨® los ojos, respir¨® profundo y se dirigi¨® a Declan. ¡ªDeclan, quiero que me hagas un favor. ¡ªDiga, se?or. ¡ªQuiero que retrocedan. ¡ª?Planea entregarse? ¡ªNo. Pero no quiero que intervengan. S¨®lo quiero que sean testigos de lo que suceda. Candado se quit¨® el saco y lo entreg¨® a Clementina junto con su fac¨®n. ¡ª?No lo necesitar¨¢? ¡ªpregunt¨® ella, preocupada. ¡ªAunque T¨ªnbari los odia, no quiero matar a sus hermanos ¡ªrespondi¨®, antes de caminar hasta quedar a un metro de distancia de B¨®rrbari. ¡ª?Te entregas? ¡ªpregunt¨® el Bari. ¡ªNo soy un paquete ¡ªreplic¨® Candado, ajust¨¢ndose la corbata¡ª. Amabaray est¨¢ esperando por mi madre. Terminemos con esto. B¨®rrbari sonri¨® con burla. ¡ªEres tan insolente como T¨ªnbari. Es una l¨¢stima que no pueda estar aqu¨ª. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªPorque en este lugar, aunque lo intentes, no morir¨¢s. Como ustedes dicen: la ley de este mundo. Candado sonri¨®, fr¨ªo y desafiante. ¡ª?As¨ª? Qu¨¦ curioso¡­ No lo sab¨ªa. Se quit¨® la boina y la lanz¨® hacia Clementina. ¡ªEntonces, eso lo cambia todo. El aire se volvi¨® pesado. ¡ªOye¡­ ¡ªmurmur¨® H¨¦ctor, con la voz temblorosa. ¡ªNo me digas que esto es en serio¡­ ¡ªa?adi¨® Lucas, sudando fr¨ªo. Por alguna raz¨®n, el grupo de Candado se alarm¨® al ver que ¨¦l se quitaba la boina, incluso Clementina. ¡ª?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® confundida Hammya. ¡ªCorran ¡ªdijo s¨²bitamente Declan. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªAl¨¦jense de esta ¨¢rea, r¨¢pido. Todos comenzaron a correr, salvo Hammya, quien estaba decidida a quedarse. Sin embargo, Declan, con la orden de protegerla, la tom¨® del brazo y la arrastr¨® con ¨¦l. ¡ª?No te quedes ah¨ª, ni?a est¨²pida! ¡ª?Se escapan! ¡ªalert¨® Emilia. Geobari y Domingo se prepararon para perseguirlos, pero apenas dieron un paso, un inmenso muro de fuego violeta, de m¨¢s de veinte metros de altura, emergi¨® de la palma de Candado, intimidando a todos, excepto a Tiebari, B¨®rrbari y sus humanas. ¡ªMe quieren a m¨ª, ?no es as¨ª? ¡ªpregunt¨® Candado. B¨®rrbari levant¨® su mazo, obligando a Geobari y Domingo a retroceder. Candado apag¨® su fuego. ¡ªSupongo que quieren hacer esto por las malas. Me habr¨ªa gustado conocerte en otras circunstancias, pero necesito tu poder para salvar a mi gente ¡ªdijo B¨®rrbari, disculp¨¢ndose. Candado se prepar¨® para pelear, mientras sus amigos lo observaban desde una distancia de cincuenta metros. ¡ª?Por qu¨¦ estamos tan lejos? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªCuando Candado se quita la boina en un combate, significa que no se contendr¨¢ ante nada ¡ªexplic¨® Anzor. ¡ªYa veo¡­ ¡ªrespondi¨® Andersson. ¡ª?Lo sab¨ªas? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªNo, pero cuando todos corrieron, decid¨ª hacer lo mismo. Hammya se sinti¨® tonta, pero se recuper¨® r¨¢pido y volvi¨® a preguntar: ¡ª?Es grave? ¡ªCandado ha hecho esto solo dos veces, y ambas fueron contra Esteban. Debo decir que s¨ª, fue muy grave ¡ªintervino H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ tan grave? ¡ªYa lo ver¨¢s. Candado cerr¨® los ojos, esperando el primer ataque. ¡ª?AHORA! ¡ªgrit¨® B¨®rrbari. Candado abri¨® los ojos, dejando que la llama violeta y los tatuajes de su rostro se manifestaran. Geobari fue el primero en lanzarse, pero Candado atrap¨® su mano y le dio un pu?etazo tan r¨¢pido que apenas pudo reaccionar. B¨®rrbari y Emilia atacaron al mismo tiempo, pero Candado no se inmut¨® y avanz¨® hacia su portador. Sin embargo, B¨®rrbari se interpuso. Candado chasque¨® los dedos, y una inmensa llama se alz¨®, quemando todo a su alrededor. Gracias a los reflejos de B¨®rrbari, Emilia se mantuvo a salvo, aunque ¨¦l sufri¨® heridas graves en el brazo izquierdo y casi perdi¨® su capa. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ pasando? ¡ªpregunt¨® Katya. Tiebari dio un paso adelante, tom¨® su mano y la coloc¨® junto a la cama de Amabaray. ¡ªQu¨¦date aqu¨ª, estar¨¢s a salvo. Cuando estaba por irse, Katya lo detuvo tom¨¢ndolo de la manga. ¡ªPor favor, ten cuidado. Tiebari no respondi¨®. Solo acarici¨® su cabeza y se alej¨®. ¡ªBien, es hora de que conozcas el terror. Tiebari se arrodill¨® y salt¨® hacia Candado, mientras de su cuerpo brotaban ojos en todas direcciones. ¡ªT¨¦meme ¡ªdijo con una voz aterradora. Candado volte¨® y qued¨® petrificado por una fuerza extra?a. ¡ª?HAZLO! ¡ªgrit¨® Tiebari. B¨®rrbari y Dessbari intentaron dar un golpe mortal, pero Candado sonri¨®. ¡ªPeyak (Espejo). En ese instante, su cuerpo desapareci¨®, dejando tras de s¨ª un humo violeta. ¡ª?Qu¨¦? ?C¨®mo? ¡ªvacil¨® B¨®rrbari. ¡ª?D¨®nde est¨¢? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªAh¨ª ¡ªse?al¨® Viki. Candado emergi¨® del suelo, pero algo hab¨ªa cambiado: su cabello y ropa eran rojos. ¡ª?Tras ¨¦l! ¡ªorden¨® Dessbari. ¡ªVaya molinete eres ¡ªdijo una voz detr¨¢s de Dessbari, justo antes de golpearlo en la espalda. Dessbari se gir¨® r¨¢pidamente y vio a otro Candado, esta vez con cabello y ropa blancos. ¡ª?Qu¨¦? ?Dos? ¡ªNo, claro que no. Del polvo surgi¨® una tercera figura que golpe¨® a B¨®rrbari y Geobari. Este Candado ten¨ªa cabello celeste y ropa a juego. Cuando el polvo se disip¨®, aparecieron dos figuras m¨¢s: uno con cabello y ropa verdes, y otro con los brazos cruzados. ¡ªRepresento el alma de Candado ¡ªdijo el de blanco, atacando a B¨®rrbari con su poder. ¡ªYo represento el coraz¨®n de Candado ¡ªa?adi¨® el de rojo, enfrent¨¢ndose a Dessbari. ¡ªYo represento los pulmones de Candado ¡ªdijo el de celeste, luchando contra Geobari. ¡ªYo represento la mente de Candado ¡ªconcluy¨® el de verde. ¡ª?Cuatro? ?No, CINCO! ¡ªse sorprendi¨® Hammya. Luego mir¨® a sus amigos¡ª. ?Ustedes sab¨ªan de esto? ¡ª?Es real, H¨¦ctor? Por favor, pell¨ªzcame ¡ªpidi¨® Viki. ¡ªCandado es genial ¡ªalab¨® Declan. ¡ªVaya, no me lo esperaba ¡ªadmiti¨® Lucas. ¡ªEntonces nadie sab¨ªa ¡ªconcluy¨® Hammya. Las figuras id¨¦nticas a Candado se reunieron y se fusionaron en uno solo. ¡ªQu¨¦ truco tan sucio¡­ Dessbari apareci¨® detr¨¢s de ¨¦l con una lanza. Sin embargo, unos brazos celestes emergieron de la espalda de Candado, deteniendo la lanza y sorprendiendo a todos. ¡ªEso s¨ª que es muy sucio ¡ªdijo Candado. Las manos en la espalda de Candado rompieron la lanza que intentaba atravesarlo y liberaron una llamarada violeta que impact¨® directamente en Dessbari, caus¨¢ndole heridas severas. ¡ªNo puedes morir ¡ªdijo Candado con una calma g¨¦lida, mientras su mirada se clavaba en Dessbari como un pu?al¡ª. Pero puedo hacerte la vida imposible. Sin vacilar, golpe¨® a Dessbari en el cuello y lo empuj¨® lejos. En ese momento, Tiebari intent¨® atacarlo desde atr¨¢s, pero Candado lo fren¨® tomando sus brazos con una fuerza implacable. ¡ªMu¨¦strame tu terror ¡ªsusurr¨® con un tono grave. De repente, el rostro oscuro de Tiebari se cubri¨® de ojos que lo miraban fijamente. La atm¨®sfera pareci¨® volverse m¨¢s densa, pero Candado solo sonri¨®. ¡ªCreo que est¨¢s confundido ¡ªdijo, apretando su agarre sobre los brazos de Tiebari¡ª. Yo no soy quien deber¨ªa temerte... T¨² eres quien debe temerme. Sus ojos brillaron intensamente mientras enterraba su mano izquierda en el rostro de Tiebari. ¡ªIt¨®h. El cuerpo de Tiebari se encendi¨® en llamas violetas. Antes de que pudiera reaccionar, Volbari apareci¨® desde atr¨¢s y lo roci¨® con lava hirviente. Candado alz¨® su mano derecha para protegerse. ¡ªEres un humano arrogante ¡ªbuf¨® Volbari, sonriendo con superioridad¡ª. Deber¨ªas arrodillarte. Cuando la lava dej¨® de fluir, Volbari observ¨® con satisfacci¨®n, creyendo que Candado hab¨ªa sido derrotado. Sin embargo, su sonrisa se desvaneci¨® al ver a su enemigo a¨²n de pie, firme, con una expresi¨®n fr¨ªa y calculadora. Candado baj¨® la vista hacia su mano derecha, ahora reducida a huesos. ¡ªInteresante... ¡ªmurmur¨®, levantando la mirada hacia Volbari, quien retrocedi¨® instintivamente ante su intensa presencia¡ª. Observaste la batalla sin moverte, esperando tu oportunidad para atacar. Qu¨¦ decepci¨®n. Me molestan los oportunistas soberbios. Con calma, envolvi¨® su mano esquel¨¦tica en fuego violeta. Sus amigos y enemigos quedaron boquiabiertos al presenciar c¨®mo Candado, a¨²n con la mano deshecha, no mostraba se?al alguna de dolor. ¡ªSe acabaron los juegos ¡ªdijo con voz grave¡ª. Una herida como esta... me ha enfadado mucho. El fuego comenz¨® a regenerar lentamente los tejidos de su mano. ¡ªEs hora de que muestre mi furia. Sin previo aviso, Candado carg¨® contra sus enemigos. B¨®rrbari balance¨® su mazo hacia su cabeza, pero Candado esquiv¨® con rapidez. Sintiendo la presencia de Tiebari a sus espaldas, gir¨®, atrap¨® una de sus manos y la rompi¨® con un movimiento brutal. B¨®rrbari intent¨® aprovechar el momento, pero Candado detuvo su mazo con una patada certera, aturdi¨¦ndolo brevemente. Tiebari, herido, trat¨® de desgarrarle la espalda con su otra mano, pero Candado reaccion¨® con un pu?etazo directo que lo lanz¨® lejos. Geobari golpe¨® el suelo, haciendo que la tierra se resquebrajara y de las grietas emergieran chorros de arena y piedra. Los ojos de Candado volvieron a brillar. ¡ªIt¨®h. El fuego violeta envolvi¨® a Geobari, silenciando su ataque. Dessbari avanz¨® con su lanza, pero Candado esquiv¨® h¨¢bilmente, golpeando a B¨®rrbari en la cabeza con una patada que lo hizo retroceder. Sin embargo, la hoja de la lanza alcanz¨® su palma izquierda, atraves¨¢ndola por completo. El guante blanco de Candado se ti?¨® de rojo, pero ¨¦l no emiti¨® ni una sola queja. Su mirada fr¨ªa y vac¨ªa hizo que Dessbari se paralizara de miedo. Con un movimiento brusco, gir¨® la mano y rompi¨® la lanza en dos, antes de lanzarse hacia Dessbari con una velocidad sobrehumana. Un golpe certero en el cuello lo envi¨® al suelo. Candado extrajo la hoja de su mano con calma, dej¨¢ndola caer al suelo mientras la sangre que brotaba te?¨ªa de rojo las flores cercanas. ¡ªUn paisaje bonito, ?no crees? ¡ªdijo en un tono ir¨®nico. Volbari intent¨® aprovechar la distracci¨®n para lanzar otro ataque. ¡ªAsin¨®h. Dos enormes perros formados por fuego violeta aparecieron detr¨¢s de ¨¦l y lo derribaron antes de que pudiera actuar. Tiebari, a pesar de sus heridas, carg¨® nuevamente hacia Candado. Este cerr¨® los ojos, inhal¨® profundamente y luego exhal¨®, abri¨¦ndolos con un grito: ¡ª?ES HORA DE TERMINAR CON ESTO! En un destello, su cuerpo se dividi¨® en cuatro r¨¦plicas id¨¦nticas. Mientras sus copias manten¨ªan ocupados a los Baris, Candado avanz¨® hacia el cuerpo de Amabaray, donde un grupo de humanos observaba aterrados la escena. ¡ª?ATR¨¢PENLO! ¡ªrugi¨® B¨®rrbari. Candado lleg¨® ante ellos con una sonrisa burlona y una falsa cortes¨ªa. ¡ªBuenos d¨ªas ¡ªdijo, inclin¨¢ndose con teatralidad mientras llevaba su brazo derecho al pecho. La tensi¨®n era palpable. Emilia fue la primera en atacarlo, pero Candado chasque¨® los dedos, envi¨¢ndola lejos con una onda de fuerza. Domingo intent¨® sorprenderlo desde atr¨¢s, pero recibi¨® un golpe en el ment¨®n que lo dej¨® fuera de combate. Daniela, armada con un garfio, logr¨® engancharlo por el hombro. Sin embargo, Candado atrap¨® su rostro con una mano mientras dec¨ªa con una sonrisa: ¡ªDemasiado amable para no desgarrarme el pecho y acabar conmigo. Sus ojos brillaron de un negro profundo. ¡ªLas manos del terror. El cuerpo de Daniela tembl¨® y l¨¢grimas silenciosas comenzaron a correr por su rostro, mientras un grito ahogado escapaba de su garganta. ¡ª?DANIELA! ¡ªgrit¨® Dessbari con furia, intentando avanzar hacia ella, pero una de las copias de Candado lo detuvo. De pronto, Candado sinti¨® golpes d¨¦biles en su espalda. Gir¨® lentamente, enfrent¨¢ndose a la nueva amenaza con la misma frialdad que lo hab¨ªa definido hasta ahora. ¡ª?Soltala, bravuc¨®n! ¡ªexclam¨® Katya, desesperada. Candado accedi¨®. El cuerpo de Daniela cay¨® con un sonido seco al suelo. Luego se gir¨® y tom¨® la mano izquierda de la ni?a, quien forcejeaba fren¨¦ticamente para soltarse. ¡ªVa contra mis principios pelear con alguien ciego como vos ¡ªdijo Candado con calma. ¡ªNo te tengo miedo ¡ªrespondi¨® Katya con firmeza. ¡ªS¨¦ que no lo ten¨¦s ¡ªmurmur¨® ¨¦l. Candado coloc¨® su mano suavemente sobre la mejilla de Katya. Ese simple gesto encendi¨® la ira de Tiebari, quien apret¨® los pu?os. De pronto, las r¨¦plicas de colores rojo y verde de Candado aparecieron, bloqueando su paso. Cuando Tiebari intent¨® abalanzarse hacia ¨¦l, la copia blanca se interpuso y lo golpe¨® en el pecho, deteni¨¦ndolo en seco. Con un movimiento r¨¢pido y preciso, Candado dej¨® inconsciente a Katya sin causarle da?o. Camin¨® luego hacia el cuerpo de Amabaray, cuya herida en el hombro sangraba profusamente. La sangre recorr¨ªa su brazo, cayendo en lentas gotas sobre la boca de la joven. Tres gotas bastaron para que Amabaray abriera los ojos. Los p¨¦talos de las flores comenzaron a envolver su cuerpo, mientras el ceibo que la rodeaba se agitaba violentamente. Sus hojas siguieron el remolino de p¨¦talos, y un viento salvaje irrumpi¨® en el lugar. Candado retrocedi¨® bruscamente, observando c¨®mo sus r¨¦plicas se desvanec¨ªan. Los Baris, testigos mudos, miraban con asombro. Los amigos de Candado sintieron una energ¨ªa descomunal que parec¨ªa rivalizar con la suya. Cuando el viento se apacigu¨® y los p¨¦talos se dispersaron, Amabaray estaba de pie. Sus ojos brillaban con un blanco intenso mientras dirig¨ªa su mirada al cielo. Candado avanz¨® un paso, pero la joven baj¨® la cabeza abruptamente y murmur¨®: ¡ªHumanos... Humanos... Yo... ¡ª?Amabaray, hermana, has despertado! ¡ªgrit¨® B¨®rrbari con j¨²bilo. Amabaray observ¨® los cuerpos que yac¨ªan a su alrededor. Sus ojos reflejaron primero confusi¨®n, luego ira. ¡ªYo... Yo... ¡ªSu voz se torn¨® un grito lleno de odio¡ª ?Yo odio a los humanos! De repente, su mano se transform¨® en una filosa cuchilla que apunt¨® directamente hacia el cuerpo inconsciente de Emilia. ¡ª???NOOOOO!!! ¡ªclam¨® B¨®rrbari desesperado. Candado reaccion¨® de inmediato, interponi¨¦ndose entre Emilia y la cuchilla. Sujet¨® el arma con su palma desnuda. En ese instante, sus amigos saltaron de su escondite, ignorando a los Baris como si fueran meros adornos. ¡ª?Anzor, Declan! Vayan por las personas y s¨¢quenlas de aqu¨ª ¡ªorden¨® Candado con urgencia. ¡ªEntendido ¡ªrespondieron al un¨ªsono. Amabaray, mientras tanto, parec¨ªa luchando contra algo en su interior. Mov¨ªa la cabeza de un lado a otro, murmurando frases ininteligibles en su lengua natal. Candado la observ¨® con atenci¨®n. ¡ªHey, despierta... Vos no odi¨¢s a los humanos. Amabaray retrocedi¨®. De su espalda crecieron alas de cristal, su t¨²nica se oscureci¨®, y un s¨ªmbolo desconocido emergi¨® de su pecho. ¡ªMorir¨¢n aqu¨ª ¡ªdeclar¨® fr¨ªamente. ¡ªNo pod¨¦s matarnos. Este mundo no permite la muerte ¡ªdijo Candado, sin apartar la vista de ella. Erika, que estaba cerca, se quit¨® apresuradamente las vendas de los ojos, revelando un brillo intenso en su mirada. ¡ª?No! ¡ªgrit¨® aterrada¡ª. Pero absorber¨¢ sus almas para s¨ª misma. ¡ª?Ll¨¦vense los cuerpos y m¨¢rchense! ¡ªinsisti¨® Candado. Las alas de Amabaray se extendieron a¨²n m¨¢s mientras se elevaba por los aires. Se?al¨® el suelo con ambas manos, y la amenaza era evidente. ¡ª?Atr¨¢s, atr¨¢s! ?Atr¨¢s! ¡ªvocifer¨® Candado. Desde las manos de Amabaray comenzaron a caer cristales puntiagudos como una lluvia mortal. ¡ª?Aqu¨ª, vengan a m¨ª! ¡ªllam¨® Lucas, activando un campo de fuerza que los protegi¨®. Hammya, m¨¢s lejos del grupo, recibi¨® un roce en su pierna y cay¨® al suelo. Candado la vio y chasque¨® la lengua con frustraci¨®n. Sin dudarlo, corri¨® hacia ella. ¡ª?CANDADO! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor. ¡ª?ACT¨ªVALA, LUCAS, AHORA! ¡ªorden¨® Candado. Lucas obedeci¨®, generando un paraguas de energ¨ªa protectora para el resto del grupo. Candado alcanz¨® a Hammya, golpeando los cristales que amenazaban con caer sobre ella. Movi¨¦ndose a una velocidad incre¨ªble, los fragmentos desgarraban su ropa y se incrustaban en su piel, pero no se detuvo. ¡ªAndate, Candado. No vas a aguantar mucho m¨¢s ¡ªle rog¨® Hammya. ¡ª?No lo har¨¦! ¡ª?VETE! ¡ª?Qu¨¦ clase de persona ser¨ªa si te dejo atr¨¢s? ¡ªCandado... ¡ªbalbuce¨® ella. ¡ª?NO! ?Jam¨¢s te abandonar¨¦! Una voz reson¨® en el aire, llena de eco y desd¨¦n. ¡ªHip¨®crita. Candado se detuvo, petrificado. La lluvia de cristales continuaba cayendo. ¡ªYa me hart¨¦ de esta hipocres¨ªa. Escuchar tu voz es un veneno para m¨ª. ¡ª?Qui¨¦n...? ¡ªOdadnac. El que viste y calza. Una oscura aura envolvi¨® a Candado, frenando los proyectiles en el aire. Luego, con un gesto, devolvi¨® los cristales con la misma fuerza hacia Amabaray, perforando su cuerpo y destruyendo sus alas. La joven cay¨® al suelo, estrell¨¢ndose con un estruendo. ¡ª?HERMANA! ¡ªgrit¨® B¨®rrbari con desesperaci¨®n. Los Baris se apresuraron hacia el cuerpo de Amabaray, pero antes de que pudieran alcanzarla, una estela negra envolvi¨® el cuerpo de la joven. ¡ªNo, no, no... Eso me pertenece. Necesito que curen al par¨¢sito que tenemos dentro ¡ªmurmur¨® Odadnac con voz rasposa. Candado se arrodill¨®, sintiendo un estremecimiento en su pecho. De su propio cuerpo comenz¨® a salir Odadnac, luchando por despegarse de ¨¦l. Primero fueron sus manos, que emergieron de su pecho. Luego, su pierna izquierda se desprendi¨® de la pierna de Candado, seguida de la derecha. Finalmente, el rostro sonriente de Odadnac apareci¨® de la cara de Candado. ¡ª????LIBERTAAAAAD!!!! ¡ªgrit¨® Odadnac, su voz llena de un ¨¦xtasis salvaje. Candado comenz¨® a gemir de dolor, un dolor agudo y punzante, cuando la entidad se desprendi¨® por completo de su cuerpo. Mir¨® a su alrededor, aliviado de haber dejado atr¨¢s la prisi¨®n que hab¨ªa sido su cuerpo. Sus ojos recorrieron a los Baris, que lo observaban, incr¨¦dulos y alertas. Inhal¨® profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco, y luego exhal¨® con una sonrisa siniestra. ¡ªHuele a porquer¨ªa cocida... ¡ªcoment¨® con desd¨¦n, sin apartar la mirada de los Baris. B¨®rrbari fue el primero en reaccionar. Con un rugido de rabia, levant¨® su gran mazo e intent¨® atacar a Odadnac. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acercarse, Odadnac invoc¨® unos perros de llamas negras, que lo embistieron con furia. ¡ªIt¨®h... ¡ªmurmur¨® Odadnac, despreciando a su oponente. En ese momento, una gigantesca muralla se erigi¨® frente a ellos, alcanzando m¨¢s de mil metros de altura y rodeando a todos los Baris. Nadie pod¨ªa atravesarla. ¡ªSon basura ¡ªdijo Odadnac con una sonrisa cruel, observando la confusi¨®n que hab¨ªa causado. Con un solo movimiento de su mano, Odadnac hizo levitar el cuerpo inconsciente de Amabaray. La acerc¨® a ¨¦l, mirando fijamente a Candado mientras lo hac¨ªa. Extendi¨® su mano hacia el rostro de Amabaray, sus ojos fijos en su antiguo hu¨¦sped. ¡ªHola, hip¨®crita ¡ªdijo con tono burl¨®n, como si estuviera saludando a un viejo conocido. MEMORIA El cuerpo de Candado comenz¨® a temblar de forma incontrolable. De su boca brotaba sangre como si fuese un grifo abierto. ¡ª?CANDADO! ¡ªgritaron todos al un¨ªsono, sus voces cargadas de desesperaci¨®n. Odadnac extendi¨® su brazo izquierdo, y del suelo surgieron extra?os hilos negros que comenzaron a envolver a todos, incluyendo a Hammya. ¡ªShhh... shhh... shhhh. ¡ªSu voz serpenteaba entre las sombras¡ª. Es una l¨¢stima que no puedan morir aqu¨ª. Un grito reson¨® desde atr¨¢s: ¡ª?ODADNAC! ¨¦l sonri¨® sin voltear. ¡ªVaya, hablando de hip¨®critas... Aqu¨ª viene el m¨¢s grande de todos. ¡ªYa basta de esto. ¡ªLa voz era grave, decidida. Odadnac gir¨® lentamente y se encontr¨® con T¨ªnbari. ¡ªT¨ªnbari. Me alegra verte... O eso me gustar¨ªa decir, considerando que me encerraste como a un animal. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª, T¨ªnbari? ¡ªpregunt¨® Candado, su voz d¨¦bil, pero firme. ¡ªEl portal se cerr¨®, Candado. Vine en cuanto sent¨ª que la jaula se destrozaba. Odadnac cruz¨® los brazos, su sonrisa se ensanch¨®. ¡ªLa muerte no tiene poder aqu¨ª. Eso te incluye, amigo m¨ªo. Sabiendo eso... ?por qu¨¦ viniste? T¨ªnbari guard¨® silencio, pero Odadnac no lo dej¨® escapar. ¡ªS¨ª, cont¨¦stale, T¨ªnbari. ?Por qu¨¦ arriesgarte? ¡ªSus dientes blancos relucieron mientras su sonrisa se estiraba de oreja a oreja¡ª. Vamos, h¨¢blale. Dile por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª. El rostro de T¨ªnbari se tens¨®. Sus ojos reflejaban terror, ese terror que las palabras disfrazadas de Odadnac despertaban en lo m¨¢s profundo de su ser. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Candado, forcejeando contra las cadenas negras que lo aprisionaban. ¡ª?Sabes...? ¡ªOdadnac inclin¨® la cabeza con malicia. ¡ª?NO! ?No lo hagas, por favor! ¡ªT¨ªnbari alz¨® la voz, su tono casi suplicante. ¡ªVaya, un demonio rogando. Esto s¨ª es nuevo. ¡ªLa risa de Odadnac era escalofriante. ¡ªT¨ªnbari, ?qu¨¦ te pasa? ?T¨² no eres as¨ª! ¡ªCandado estaba furioso y confundido. ¡ª?Sabes que en este mundo s¨ª se puede morir? ¡ªcontinu¨® Odadnac, ignorando a ambos. Candado alz¨® una ceja. ¡ª?Qu¨¦ estupidez est¨¢s balbuceando ahora? ¡ªHay una forma sencilla: el suicidio. ¡ªSu tono era tan casual que resultaba perturbador. Candado buf¨®, ir¨®nico. ¡ª?Y? ?Quieres que te d¨¦ un premio por descubrir algo tan obvio? ¡ªTodav¨ªa tienes fuerza para burlarte de m¨ª, incluso en este estado. Fascinante. ¡ªOdadnac lo se?al¨®, y unas cadenas negras emergieron del suelo, atrap¨¢ndolo de nuevo cuando intent¨® moverse. ¡ªPredecible, muy predecible. Mientras tanto, Hammya comenz¨® a abrir los ojos. ¡ªVaya, veo que la bella durmiente despierta. ¡ªOdadnac se burl¨®, pero su tono se endureci¨® al girarse hacia Candado¡ª. Es hora de trabajar. Camin¨® lentamente hacia ¨¦l, su figura irradiando una energ¨ªa temible. ¡ªCandado, estoy harto de tu hipocres¨ªa. Una vez que mueras, tomar¨¦ tu cuerpo y me encargar¨¦ de Pullbarey. Candado lo mir¨® con desprecio. ¡ª?S¨®lo por eso? Eres un completo idiota. La sonrisa de Odadnac desapareci¨®. Tom¨® a Candado del cuello y lo alz¨®. ¡ªMe pregunto cu¨¢nto m¨¢s podr¨¢s mantener la cordura, peque?o insolente. Candado apenas pod¨ªa respirar, pero su mirada no mostraba miedo. ¡ªAlguien como t¨² jam¨¢s podr¨¢ quebrarme. No lo lograste antes, y no lo har¨¢s ahora. Odadnac lo solt¨® con brusquedad, su rostro se oscureci¨®. ¡ª?Siempre tan vanidoso? Muy bien. D¨¦jame demostrarte lo contrario. Extendi¨® una mano hacia el rostro de Candado, pero antes de que pudiera tocarlo, T¨ªnbari grit¨®: ¡ª?NO! Odadnac se detuvo y gir¨® lentamente hacia ¨¦l. ¡ªBueno, bueno. Esto s¨ª es interesante. T¨ªnbari, ?suplicando otra vez? ¡ªSu tono era burl¨®n, pero sus ojos brillaban con una peligrosa curiosidad. Candado observaba la escena, desconcertado. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ pasando? ¡ªpregunt¨®, su voz cargada de frustraci¨®n. ¡ªGabriela no hubiera querido esto. El nombre reson¨® como un golpe. Los ojos de Candado se abrieron de par en par. ¡ª?Qu¨¦...? Odadnac sonri¨® con crueldad. ¡ªElla est¨¢ muerta. ?Si lo hubiera querido o no? Jam¨¢s lo sabremos. ¡ª?NO SE LO DIGAS! ¡ªgrit¨® T¨ªnbari con desesperaci¨®n. ¡ªOh, ?quieres que me calle? Arrod¨ªllate entonces. ¡ª?Qu¨¦? ¡ªT¨ªnbari vacil¨®, su rostro reflejaba un conflicto interno. ¡ªSi lo haces, no lo dir¨¦. Lo prometo. ¡ª?No lo hagas! ¡ªrugi¨® Candado, luchando contra sus cadenas¡ª. ?Es un truco! T¨ªnbari, temblando, se arrodill¨®. El silencio que sigui¨® fue absoluto. Incluso Hammya, a¨²n atrapada, estaba boquiabierta. ¡ª??QU¨¦ SIGNIFICA ESTO?! ¡ªCandado grit¨®, incapaz de procesar lo que ve¨ªa. Odadnac sonri¨® victorioso. ¡ªT¨² ganas, T¨ªnbari. No se lo dir¨¦. Por ahora. El alivio de T¨ªnbari fue breve. ¡ªSin embargo... De pronto, Odadnac coloc¨® su mano sobre la frente de Candado. ¡ªSe lo mostrar¨¦. T¨ªnbari abri¨® los ojos con desesperaci¨®n, su voz cargada de angustia. ¡ª?NO! ?NO LO HAGAS! Odadnac esboz¨® una sonrisa cruel mientras su mano comenzaba a brillar con un intenso color rojo. Sin previo aviso, liber¨® las cadenas que sujetaban a Candado y, en un giro inesperado, at¨® a T¨ªnbari. ¡ª?NO! ?Ese no era el trato! ¡ªexclam¨® T¨ªnbari con l¨¢grimas brotando de sus ojos. ¡ªCumpl¨ª mi palabra. Nunca dije que se lo dir¨ªa ¡ªrespondi¨® Odadnac con una mueca sarc¨¢stica¡ª. Pero no promet¨ª nada sobre hacerle recordar. Candado solt¨® un quejido, llev¨¢ndose ambas manos a la cabeza mientras su rostro reflejaba un creciente tormento. ¡ª?NO, Candado! ?No recuerdes! ?No recuerdes! ¡ªsuplicaba Hammya, su voz quebrada por el miedo. T¨ªnbari observ¨® a Hammya, incapaz de contener su confusi¨®n. ¡ª?Qu¨¦? ?C¨®mo¡­? Hammya, en un acto desesperado, logr¨® soltarse y corri¨® hacia Candado. ¡ªVaya, esto se pondr¨¢ interesante ¡ªcoment¨® Odadnac, resignado, antes de intentar atraparla de nuevo. Candado grit¨®, su voz llena de agon¨ªa. ¡ª??QU¨¦ ES ESTO?! ?ARDE! El suelo bajo sus pies comenz¨® a resquebrajarse mientras un temblor recorr¨ªa la habitaci¨®n. Hammya lo sostuvo por los hombros, el p¨¢nico evidente en sus movimientos. ¡ªNo, no, no, no. ?Candado, esc¨²chame! ?Lucha! ?No recuerdes! ¡ªrog¨® mientras sus manos temblaban al sujetar sus mejillas. Los ojos de Candado empezaron a oscurecerse, un negro profundo invadi¨¦ndolos, movi¨¦ndose de un lado a otro. ¡ª??QU¨¦ ES LO QUE NO TENGO QUE RECORDAR?! ¡ªgrit¨® con desesperaci¨®n. Hammya lo abraz¨®, las l¨¢grimas desliz¨¢ndose por su rostro. ¡ªPor favor, lucha. No lo hagas¡­ De repente, la mirada de Candado se alz¨®, y un intenso brillo dorado ilumin¨® sus ojos. Todo a su alrededor cambi¨®. En su mente, un abismo oscuro lo envolvi¨®. No hab¨ªa sonido, ni luz, ni presencia alguna, s¨®lo un vac¨ªo interminable. Entonces, una luz blanca rompi¨® la negrura, abriendo unas puertas imponentes que revelaron un torrente de recuerdos. Voces, im¨¢genes y emociones comenzaron a bombardearlo sin piedad. ¡ªSonr¨ªe, Candado (H¨¦ctor alegre).If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation. ¡ª?Te haces la idea del da?o que me hiciste? (Candado enojado). ¡ªLo siento, lo siento, no quise hacerlo (Gabriela, llorando). Candado se llev¨® las manos a las orejas. ¡ª?Basta! Pero las voces no se deten¨ªan. ¡ªFeliz cumplea?os a ti (Multitud). ¡ªTe quiero, hermano (Gabriela, alegre). ¡ªLas nubes del cielo, ?Aleluya! (Ocho celebrando). ¡ªTe odio (Candado furioso). ¡ª?BASTA YA! ¡ªgrit¨® Candado, cayendo de rodillas mientras las voces taladraban su mente. ¡ªNo, eso no fue as¨ª. Es una mentira. El flujo de recuerdos se intensific¨®, desarroll¨¢ndose ante sus ojos. ¡ªSue?a con dulces, amigo (Mauricio, jugando). ¡ªFue un accidente, no tienes por qu¨¦ llevarla lejos (Declan preocupado). ¡ª?VETE! ?TE ODIO! (Candado enfurecido). ¡ªPerd¨®n¡­ (Gabriela, llorando). ¡ª?ESO NO ES VERDAD! ¡ªgrit¨® Candado hacia las puertas. A pesar de su esfuerzo, la barrera mental se desmoron¨®. Record¨® todo: la tormenta, el enfrentamiento entre Gabriela y T¨ªnbari contra Pullbarey, su propia cobard¨ªa, el dolor de ser atravesado por una daga y el sacrificio de su hermana para salvarlo. Cada detalle lo aplast¨®. De vuelta al presente, Candado cay¨® de rodillas frente a Hammya. Sus ojos, ahora claros, estaban llenos de l¨¢grimas. ¡ªYo¡­ yo¡­ fui yo quien¡­ ¡ª?NO LO DIGAS! ¡ªgrit¨® Hammya, sabiendo exactamente lo que estaba por confesar. ¡ªYo¡­ fui quien la mat¨®. ¡ªNo es verdad, Candado. No tienes la culpa ¡ªdijo Hammya, con desesperaci¨®n en su voz. Odadnac estall¨® en carcajadas. ¡ªEst¨¢ al borde del abismo. ¡ª?HAZ ALGO! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor desde la distancia. ¡ª?NO DEJES QUE SE CONSUMA! ¡ªadvirti¨® Lucas. Las manos de Candado comenzaron a temblar incontrolablemente. Hammya intent¨® alcanzarlo, pero Odadnac la atrap¨® nuevamente con cadenas m¨¢gicas. ¡ªSuficiente por ahora, fue divertido pero el show debe continuar¡ªdijo Odadnac con desd¨¦n¡ª. No arruinemos la diversi¨®n tan r¨¢pido. Candado se puso de pie lentamente, mirando al cielo con una expresi¨®n vac¨ªa. Aunque su rostro estaba inm¨®vil, su cuerpo sudoroso y tembloroso dejaba claro el caos que lo consum¨ªa. Odadnac se acerc¨® lentamente a Candado, su presencia cargada de tensi¨®n. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ?Eso es todo? ¡ªpregunt¨® con burla. Luego, aplaudi¨®, como si una idea lo hubiera iluminado¡ª. Cierto, lo olvid¨¦. Candado nunca fue bueno para analizar el ambiente¡­ ni siquiera sus propios sentimientos. A un metro de distancia, Odadnac se detuvo. Candado, con la mirada perdida, parec¨ªa observar sin ver. Aprovechando el momento, Odadnac alz¨® su mano izquierda y chasque¨® los dedos, liberando a Amabaray. La criatura vol¨® hacia ¨¦l, lista para atacar, pero Odadnac, sin siquiera mirar, levant¨® la mano derecha a la altura de su oreja y form¨® un pu?o. Amabaray cay¨® al suelo desmayada de inmediato. Con un gesto fr¨ªo, la volvi¨® a atar y la atrajo hacia s¨ª. ¡ªSabes, Candado, es f¨¢cil hacer berrinches como esos. Te envidio. Yo solo puedo observar tus reacciones, pero no puedo manifestarlas. Eso fue lo que te dije una vez. ¡ªHizo una pausa, ladeando la cabeza¡ª. Pero ?qu¨¦ crees? Soy la materializaci¨®n de la ira. Me alimento de ella, me nutro de ella. Pensaba que con solo tener ira ser¨ªa feliz¡­ pero nunca imagin¨¦ conocer a Gabriela. Sin ira de su parte, mi coraz¨®n experiment¨® algo inesperado: felicidad. Amabaray, envuelta en ra¨ªces, fue posicionada junto a Odadnac como si fuera un trofeo. ¡ªEs incre¨ªble, ?no? Que la ira pueda sentir amor¡­ y tambi¨¦n odio hacia s¨ª misma. Odio, el odio que me siento, el odio por no haberla podido ayudar aquel d¨ªa. Y todo porque estoy ligado a vos. Odadnac dirigi¨® su mirada a T¨ªnbari, sus ojos cargados de desprecio. ¡ªEsa maldita criatura¡­ S¨ª, T¨ªnbari. Fuiste t¨² quien le pidi¨® que borrara tus memorias y te suplantara con una nueva versi¨®n. Solo hay una palabra para eso: cobard¨ªa. Pero ?adivina qu¨¦? ¡ªUna risilla amarga escap¨® de sus labios¡ª. T¨ªnbari no puede borrar memorias. No tiene ese poder. ?Sabes qu¨¦ hizo? Traspasarlas a otra persona para que las guardara. Esa persona fui yo. Su voz creci¨® en intensidad, casi rugiendo. ¡ªDurante seis a?os, no hice m¨¢s que verlas una y otra vez. ?Una y otra, y otra, y otra! ?Y otra m¨¢s! Gabriela salv¨¢ndote a costa de su vida¡­ tu maldita cobard¨ªa¡­ ese dolor agonizante. Los truenos resonaron con fuerza en el cielo, como si respondieran a su furia. ¡ªEste mundo est¨¢ bastante podrido, ?no crees? Es ir¨®nico que la ira pueda sentir amor y tristeza. Pero ya basta. Es hora de que vos¡­ ¡ªSilencio. Candado alz¨® la mirada, fija y determinada, se puso de pie y se mostr¨® fuerte hacia Odadnac. ¡ªYa no quiero o¨ªrte. ¡ª?Por qu¨¦? ?No quieres que te recalque lo cobarde que fuiste? ?Qu¨¦ pod¨ªas haber ayudado a tu hermana? ¡ªNo lo digas. ¡ªDebe ser muy fuerte para negar la realidad. Y cuando la realidad es innegable¡­ ?qu¨¦ haces? Creas otra, ?verdad? ¡ª?C¨¢llate! ¡ªgrit¨® Candado, su voz temblando de ira. ¡ª?CANDADO! ?SI TE ENFADAS, ¨¦L TE CONTROLAR¨¢! ¡ªexclam¨® Walsh desesperado. Candado vacil¨®, asimilando las palabras de Walsh, pero Odadnac no mostr¨® misericordia. ¡ªDices que la amabas, ?no? ¡ªdijo, burl¨¢ndose¡ª. S¨ª, me lo dijiste ese d¨ªa. ?La amabas de verdad? Candado baj¨® la mirada, sus pu?os temblaban. ¡ª?Claro que no! ?Por qu¨¦ borrar tus recuerdos entonces? Porque no quer¨ªas recordarla. Porque no la amabas tanto como dec¨ªas. Porque fuiste t¨² quien la asesin¨®, eres tan miserable que eres incapaz de acepar lo que ocurri¨® y "borraste" tu pasado. Hammya forcejeaba desesperadamente contra sus ataduras, tratando de liberarse. ¡ªEs interesante lo que le pediste a T¨ªnbari, ?sabes? Dijiste: ¡°Quiero recordar esa pelea, pero b¨®rrala a ella y ponme en su lugar. As¨ª podr¨¦ recordar su rostro y volverme fuerte¡±. ?Recuerdas esas palabras? Yo s¨ª. Candado se estremeci¨®, su mirada perdida en el suelo. Odadnac sonri¨®, sintiendo que su presa ced¨ªa. ¡ªEres como un globo, amigo. En alg¨²n momento ese aire va a estallar. ¡ª?CANDADO, C¨²BRETE LOS O¨ªDOS! ¡ªgrit¨® Hammya, su voz desesperada. Candado vacil¨®, pero Odadnac fue m¨¢s r¨¢pido. Lo tom¨® de las mu?ecas y lo mir¨® a los ojos. ¡ªSentiste alivio cuando Pullbarey la hiri¨® de muerte, o s¨ª, lo recuerdo muy bien...asqueroso canalla. El cuerpo de Candado se estremeci¨®, sus rodillas cedieron, una vez m¨¢s, hasta que toc¨® el suelo. Odadnac lo solt¨® con desd¨¦n. ¡ªTambi¨¦n recuerdo ver una sonrisa en tu rostro cuando Gabriela fue herida. ¡ªSu tono se volvi¨® un rugido lleno de odio¡ª. ?Qu¨¦ fue tan gracioso, Candado? ?Te gust¨® verla sufrir? ?Eh? ?Fue chistoso verla caer? ¡ªNo¡­ Yo¡­ yo¡­ Las l¨¢grimas brotaron de los ojos de Candado. Las memorias lo embargaron: los momentos felices con Gabriela, sus virtudes, todo lo que ella hizo por ¨¦l. Y la vez que, en un arranque de enojo, le dijo: ¡ª?OJAL¨¢ TE MUERAS! Ese recuerdo fue el detonante. El dolor reprimido por a?os lo aplast¨® y Candado no lo soport¨®. ¡ª???AAAAAAAAAAAH!!! Su grito desgarrador reson¨® en el aire, cargado de ira, tristeza y arrepentimiento. Candado solt¨® un grito desgarrador. Todo ese tiempo hab¨ªa estado negando la verdad: ¨¦l era el verdadero culpable. ¨¦l hab¨ªa causado la muerte de su hermana, peor, sent¨ªa que ¨¦l era el asesino de la persona que m¨¢s quer¨ªa. La voz de Odadnac resonaba en su mente como un eco cruel. ¡ªEres un hip¨®crita ¡ªdec¨ªa¡ª, odiabas a tu hermana. ?No pensaste que ser¨ªa mejor que muriera? Hammya, con esfuerzo sobrehumano, logr¨® liberarse de las ataduras que la reten¨ªan. Cay¨® al suelo, jadeando, pero sin perder tiempo, corri¨® hacia Odadnac. Cuando lleg¨® hasta ¨¦l, reuni¨® toda su rabia y lo golpe¨® en el rostro justo cuando este volteaba. Intent¨® acercarse a Candado, que lloraba desconsoladamente, pero no tuvo oportunidad. Odadnac se recuper¨® r¨¢pidamente y la golpe¨® brutalmente en el pecho, lanz¨¢ndola al suelo. Luego se dirigi¨® hacia Candado, una sonrisa triunfal en sus labios. ¡ªLo he roto. ¡ªLa voz de Odadnac goteaba satisfacci¨®n¡ª. Ahora su mente es m¨ªa. Con un simple gesto, se apoder¨® nuevamente de Candado, esta vez sin resistencia. El cuerpo del joven se volvi¨® p¨¢lido; sus ropas se oscurecieron, y sus ojos reflejaban un vac¨ªo aterrador. ¡ªPor fin lo he conseguido. Ahora es tiempo de vengarme. Hammya intent¨® detenerlo, envolviendo su cuerpo con ra¨ªces que surgieron del suelo, pero Odadnac las rompi¨® con facilidad. ¡ªPor favor, eso ni siquiera duele ¡ªse burl¨® con sarcasmo. Vol¨® hacia ella y la golpe¨® sin piedad: un rodillazo en el pecho, seguido de un pu?etazo en la espalda que culmin¨® con su cabeza bajo su bota. ¡ªEres d¨¦bil, ni?a. M¨¢rchate y no sufrir¨¢s m¨¢s. Hammya, con sangre verde saliendo de su boca, alz¨® la mirada hacia Amabaray, buscando desesperadamente una soluci¨®n. ¡ªNo puedo dejarlo. Con renovada determinaci¨®n, volvi¨® a atacar, envolvi¨¦ndolo con ra¨ªces a¨²n m¨¢s gruesas. Mientras lo manten¨ªa ocupado, huy¨® hacia Amabaray, rezando por un milagro. ¡ªAy¨²dame¡­ ¡ªsusurr¨® para s¨ª misma. Sus ojos brillaron de un verde intenso mientras extend¨ªa su mano hacia Amabaray. Al tocar su frente, algo despert¨® en ella. Odadnac, al notar el cambio, se detuvo moment¨¢neamente, sorprendido. Pero poco pudo hacer, ya que Amabaray se lanz¨® hacia ¨¦l para atacarlo, sin m¨¢s remedio tuvo que luchar. Sin perder tiempo, Hammya continu¨® cortando los hilos oscuros que atrapaban a los dem¨¢s. ¡ª?Ahora, r¨¢pido, lib¨¦ranos! ¡ªgrit¨® Anzor. Con cada corte, sus compa?eros recobraban la libertad. German sonri¨® al recuperar el control de la situaci¨®n. ¡ª?Genial! Ahora s¨ª podemos luchar. Hammya lleg¨® hasta T¨ªnbari, quien a¨²n parec¨ªa abatido. ¡ªT¨ªnbari, ?cu¨¢nto tiempo estuvo cerrada la puerta? ¡ª?Eso importa? ¡ªrespondi¨®, derrotado. ¡ª?CONTESTA! T¨ªnbari suspir¨®. ¡ªUnos minutos despu¨¦s de que ustedes se marcharan. Me retras¨¦ porque la puerta me alej¨® de ustedes. ¡ªEntonces, ?se puede abrir? ¡ªNo lo s¨¦. Hammya pate¨® las flores cercanas con frustraci¨®n. Los dem¨¢s la rodeaban mientras ella miraba a Amabaray y Odadnac enfrentarse bajo la lluvia. Su rostro se tens¨® al encontrar una idea. ¡ª?Ya s¨¦! H¨¦ctor y Lucas lo har¨¢n. ¡ª?Qu¨¦? ?Eso es imposible! ¡ªprotestaron ambos al un¨ªsono. ¡ªA ustedes les encanta la ciencia, pueden hacerlo. ¡ªPero no tenemos materiales ¡ªrefut¨® H¨¦ctor. ¡ªClaro que s¨ª, est¨¢ Matlotsky. Matlotsky parpade¨® sorprendido. ¡ª?Yo? ¡ªS¨ª. Puedes reparar cualquier cosa, y esa caja que llevas tiene de todo. Hammya se gir¨® hacia Erika, Luc¨ªa y Viki. ¡ªQuiero que distraigan a esos sujetos ¡ªdijo Hammya se?alando a los baris, quienes sal¨ªan de su prisi¨®n que estaba hace un momento rodeada por las llamas . ¡ª?Y c¨®mo ayudar¨¢ eso? ¡ªpregunt¨® Walsh. ¡ªNos dar¨¢ tiempo. Erika, t¨² puedes ver el futuro y mentir como nadie. Como nosotros tenemos a su compa?eros, diles que podemos matar a sus amigos si no cooperan, o algo as¨ª. Viki sonri¨® mientras asimilaba el plan. ¡ªAndando, se?oritas. H¨¦ctor detuvo a Viki antes de que se marchara. ¡ªTen cuidado. Viki le respondi¨® con un beso r¨¢pido. ¡ªLo estar¨¦. Sin m¨¢s palabras, las tres se alejaron hacia su peligrosa misi¨®n mientras la batalla y la tormenta arreciaban. Erika fue al lugar y ella lider¨® la conversaci¨®n, primero fue amable. ¡ªDebido a las circunstancias, vengo en son de paz y rugo por su ayuda. B¨®rrbari se burl¨® de ella. ¡ª?Por qu¨¦ tendr¨ªa que hacerlo? Erika cambi¨® el rumbo de la conversaci¨®n, mientras manten¨ªa una sonrisa amigable, pero una voz amenazaste, dijo: ¡ªPor favor, no queremos que Domingo le pase algo grave, o que Katya pierda algo m¨¢s que solo los ojos, ser¨ªa muy, pero muy malo. Ni hablar de Marcelo y Daniela, no queremos que pierdan sus extremidades accidentalmente. Los baris se pusieron a la defensiva. ¡ª?Te atreves amenazar a un bari? ¡ª?Yo? Jam¨¢s, no querr¨ªa eso, no se?or ¡ªdijo ella con sinceridad (mentira)¡ª. Solo quiero que me ayuden a que no les pase nada a sus acompa?antes, me doler¨ªa mucho que eso pasar, y m¨¢s cuando no pueden hacer nada sin nuestra ayuda. Los ojos de Erika brillaron y mir¨® a Dessbari. ¡ªEh, yo que usted no har¨ªa eso se?or, no queremos que su hu¨¦sped pierda una mano tan pronto ?Verdad? Erika le dio una sonrisa y continu¨®, mirando a B¨®rrbari. ¡ªEs cierto que son m¨¢s fuertes, pero seguro se dieron cuenta que no pueden marcharse porque, mi pa... mi amigo esta siendo controlado por algo malicioso, cerrando su salida y la nuestra. Sus amgas no pod¨ªan creer la gran mentira que estaba diciendo. ¡ªPueden ayudarnos para salir de aqu¨ª, aplazaremos este conflicto por el bien de sus hu¨¦spedes despu¨¦s de todo ?No les preocupa tambi¨¦n su vida? Erika hab¨ªa atacado justo en el blanco, pues not¨® como B¨®rrbari grit¨® de desesperaci¨®n cuando pens¨® que iba a pasarle algo malo a su acompa?ante. Mientras tanto. Hammya volvi¨® a observar a Odadnac, que segu¨ªa en su lucha con Amabaray. ¡ªResiste un poco m¨¢s ¡ªmurmur¨® para s¨ª misma. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s planeando, se?orita? ¡ªpregunt¨® Anzor, con una mezcla de curiosidad y preocupaci¨®n. ¡ªTraer a Europa. Todos los presentes voltearon a verla, incr¨¦dulos. ¡ªEs solo una teor¨ªa, pero si logramos conectar ambos mundos, la se?al de sangre deber¨ªa devolverle los recuerdos a ambas. Despu¨¦s de todo, ella nunca renunci¨® a Europa. Solo huy¨® y le borr¨® la memoria. T¨ªnbari, al escuchar esto, pareci¨® recobrar la compostura. ¡ªEso tiene sentido. La raz¨®n por la que un Bari no puede renunciar es porque ambos deben estar de acuerdo. Si el trato sigue vigente, cualquier magia perjudicial en el portador se anula por completo. Declan frunci¨® el ce?o, visiblemente irritado. ¡ª?Y c¨®mo sabes eso? ¡ªTe lo explicar¨¦ despu¨¦s... Perd¨®n, se los explicar¨¦ despu¨¦s ¡ªrespondi¨® Hammya, bajando la mirada antes de alzar la voz con determinaci¨®n¡ª. ?Ahora, salvemos a Candado! ¡ª?Por supuesto! ¡ªexclamaron todos al un¨ªsono. Cada uno se apresur¨® a cumplir su tarea. H¨¦ctor y Lucas empezaron a construir un portal con lo que tuvieran a mano. German, Andersson, Anzor y Declan vigilaban a los prisioneros, asegur¨¢ndose de que no escaparan ni causaran problemas. Walsh, Pio y Clementina ayudaban a Matlotsky con la construcci¨®n, mientras que Pucheta y Liv permanec¨ªan en alerta, listos para intervenir si las negociaciones con los Baris sal¨ªan mal. Hammya, desde una zona elevada, observaba con atenci¨®n a las tres chicas que intentaban negociar con los Baris. ¡ªEspero que todo salga bien ¡ªsuspir¨® Pucheta, nervioso. Viki volte¨®, alz¨® la mano izquierda y form¨® una V con los dedos. ¡ªVictoria ¡ªcelebr¨® Pucheta con entusiasmo. ¡ªA¨²n no ¡ªinterrumpi¨® Hammya fr¨ªamente, con la mirada fija en la escena. Finalmente, los Baris se separaron de las chicas y avanzaron para interrumpir la pelea entre Odadnac y Amabaray. ¡ªVamos ¡ªorden¨® Hammya, sin perder tiempo. Tras unos minutos tensos y agotadores, la m¨¢quina estuvo lista gracias a la velocidad de Matlotsky y la colaboraci¨®n de los dem¨¢s. ¡ªTenemos que terminar con esto ya ¡ªdijo Hammya. ¡ª?Funciona? ¡ªpregunt¨® Anzor, dubitativo. ¡ªNi idea. Hay que probarla ¡ªrespondi¨® H¨¦ctor mientras hac¨ªa un gesto para que todos se alejaran del artefacto, que parec¨ªa una puerta met¨¢lica cubierta de engranajes y cables. Lucas se prepar¨® junto al panel de control improvisado. ¡ªTres... dos... uno... ?Cero! ¡ªpresion¨® el bot¨®n con decisi¨®n. El artilugio emiti¨® un ruido ensordecedor, acompa?ado de chispas que se dispersaron por el aire. Un remolino azul comenz¨® a formarse en el centro, girando con velocidad creciente. ¡ª?Vamos, vamos, vamos! ¡ªrezaban Lucas y H¨¦ctor al un¨ªsono. De repente, con un destello cegador, el portal se estabiliz¨®, conectando con lo que parec¨ªa ser un laboratorio lleno de herramientas y maquinaria avanzada. ¡ª?Chicos? ??CHICOS?! ¡ªexclam¨® Nelson, sorprendido al ver la conexi¨®n desde su laboratorio. ¡ªPuta madre soy un genio ¡ªdijo Lucas sorprendido. ¡ªNo, somos¡ªcorrigi¨® H¨¦ctor. ¡ªHola, anciano ¡ªlo salud¨® Hammya una expresi¨®n seria. NO OLVIDAMOS En la casa de Candado. Arturo estaba sentado en el sill¨®n viendo una pel¨ªcula mientras cargaba a Karen en sus brazos. A su lado, la abuela Andrea les hac¨ªa compa?¨ªa. Mientras tanto, Europa se encontraba en su habitaci¨®n, frente al espejo, ajust¨¢ndose un atuendo formal: camisa blanca, pul¨®ver azul marino con escote en V, corbata violeta, guantes blancos, pantalones negros y zapatos finos oscuros. Sin embargo, por m¨¢s que trataba de concentrarse en su apariencia, su atenci¨®n se desviaba constantemente hacia el collar que llevaba puesto. Una y otra vez intentaba recordar su origen, pero la memoria le fallaba, a pesar de la respuesta que siempre le daba Arturo: ¡ªEs un regalo m¨ªo. ?Ya te olvidaste? Europa nunca le crey¨®. Cada vez que cerraba los ojos, un sue?o recurrente la acechaba: una figura negra tomaba su mano y le susurraba al o¨ªdo con voz serena: ¡ªSiempre estar¨¦ cerca. Durante trece largos a?os, el sue?o se repet¨ªa, cargado de una iron¨ªa desconcertante. Esa presencia cumpl¨ªa su promesa, pues jam¨¢s dejaba de decirle lo mismo. ¡ª?Qui¨¦n habr¨¢s sido? ¡ªse pregunt¨® Europa en voz baja. Suspir¨®, dejando atr¨¢s el peso de sus pensamientos, y sali¨® de la habitaci¨®n. Se dirigi¨® a la sala de estar, donde su madre y Arturo la esperaban. ¡ª?Te volviste a te?ir de rojo? ¡ªpregunt¨® Europa con un deje de curiosidad. ¡ªS¨ª, lo hice ¡ªrespondi¨® Andrea con una sonrisa radiante. ¡ªTe ves hermosa, mi cielo ¡ªa?adi¨® Arturo, mir¨¢ndola con ternura. Europa cerr¨® los ojos, resoplando con un aire de superioridad. ¡ªClaro que lo soy. Andrea rio suavemente. ¡ªMe trae tantos recuerdos verte vestida as¨ª. Es como si fuera ayer cuando te sentabas en mi regazo y ve¨ªamos la tele juntas. Europa le devolvi¨® una sonrisa nost¨¢lgica y se dispon¨ªa a sentarse junto a ellos cuando, de repente, un hormigueo extra?o recorri¨® su cabeza, haci¨¦ndola caer de rodillas al suelo. ¡ª?Qu¨¦ pasa? ¡ªexclam¨® Andrea, alarmada. En la casa de los Ram¨ªrez Laura despert¨® sobresaltada, su cuerpo ba?ado en sudor. Mir¨® a su esposo, que dorm¨ªa pl¨¢cidamente a su lado, y llev¨® una mano temblorosa a su rostro. ¡ªHa despertado ¡ªsusurr¨® con una mezcla de alegr¨ªa y temor mientras se levantaba de la cama. En un hotel de la Isla del Cerrito. Thuy Han sali¨® de la ducha, a¨²n envuelta en vapor, cuando habl¨® en una voz susurrante: ¡ªEuropa. Una sonrisa se dibuj¨® en sus labios. ¡ªIr¨¦ a ayudarte. A unas cuadras del hotel Mercedes y Pablo caminaban con prisa por las calles desiertas. ¡ªMami, creo que llegaremos tarde a casa ¡ªdijo Pablo con inquietud. Mercedes mir¨® hacia una direcci¨®n espec¨ªfica, como si algo la llamara. ¡ªEuropa me necesita. ¡ªSi ella va, seguramente Arturo tambi¨¦n ¡ªrespondi¨® Pablo, apretando el paso. Sin m¨¢s palabras, ambos comenzaron a correr. En un taller mec¨¢nico Terry estaba bajo un auto, ajustando los frenos, cuando una luz violeta ilumin¨® el taller. Rod¨® fuera del veh¨ªculo y alz¨® la vista hacia la luna te?ida de p¨²rpura. Sonri¨®, tomando una lata de cerveza y llev¨¢ndosela a los labios. ¡ªBonitas horas de regresar ¡ªmurmur¨® con sarcasmo antes de gritar¡ª: ?Felipe, cerr¨¢ vos! En la comisar¨ªa Cacho sinti¨® un pinchazo en la nuca mientras jugaba solitario. Se levant¨®, intrigado, y se asom¨® por la ventana. La luna parec¨ªa llamarlo. ¡ªCuantos m¨¢s a?os nos hiciste esperar, m¨¢s iba olvidando tu rostro ¡ªdijo con una sonrisa melanc¨®lica. Se coloc¨® el sombrero, ajust¨® su arma al cintur¨®n y sali¨® apresuradamente. ¡ªClaudio, hazme la gauchada y enc¨¢rgate un rato. ¡ªVe con cuidado ¡ªrespondi¨® Claudio desde su escritorio. Cacho asinti¨®, dej¨¢ndolo atr¨¢s. En el hospital Perrando Guti¨¦rrez Barret cerr¨® su consultorio y, al salir al estacionamiento, not¨® la luna violeta. Una sonrisa tranquila curv¨® sus labios. ¡ªParece que esta noche ser¨¢ larga. Guard¨® sus pertenencias en el auto y sali¨® corriendo a una velocidad sobrehumana rumbo a la casa de Europa. ¡ªPerd¨®n, Brenda. Hoy no llegar¨¦ a tiempo a casa ¡ªdijo r¨¢pidamente por tel¨¦fono antes de colgar. En Resistencia Samanta ve¨ªa televisi¨®n abrazada a Edgar cuando, de repente, se incorpor¨®, gritando: ¡ª?Es ella! ¡ª?Qui¨¦n? ¡ªpregunt¨® Edgar, alarmado. ¡ª?Amabaray! Sab¨ªa que volver¨ªa. Edgar sonri¨®. ¡ªEso es bueno. Lamento no poder acompa?arte. Samanta abri¨® un portal en la pared y lo mir¨® con dulzura. ¡ªCari?o, sal¨²dala por m¨ª. ¡ªPor supuesto. Cuida de los ni?os. En la familia Reinhold Kr?ma jugaba con su hija Beatriz sobre la alfombra, mientras Krauser le¨ªa un libro y Javier lavaba los platos. Un escalofr¨ªo simult¨¢neo recorri¨® sus espaldas. Kr?ma coloc¨® con cuidado a Beatriz en su cuna y corri¨® hacia su habitaci¨®n, dejando a Krauser perplejo. ¡ª?Mam¨¢? Javier, quit¨¢ndose los guantes de goma, habl¨® con seriedad: ¡ªKrauser, cuida a tus hermanas. Tu madre y yo debemos salir. ¡ªEntendido ¡ªrespondi¨® el ni?o, sinti¨¦ndose extra?ado. En la casa de los Barret. Hip¨®lito irrumpi¨® en la sala de estar, alzando con delicadeza a la peque?a Karen de los brazos de Arturo, para que este pudiera ayudar a su esposa. Europa conten¨ªa los gemidos de dolor, temblando hasta que, de repente, todo se detuvo. Un torrente de im¨¢genes cruz¨® su mente, recuerdos desdibujados que comenzaban a tomar forma. En cada uno de ellos, ella estaba all¨ª. ¡ªCari... ¡ªYa lo recuerdo, Arturo ¡ªinterrumpi¨® Europa con un susurro tembloroso. Arturo la mir¨® con sorpresa, justo cuando ella levant¨® la cabeza. Su rostro, marcado por tristeza, se ilumin¨® con una sonrisa inesperada, mientras las l¨¢grimas ca¨ªan. ¡ª?Amabaray? ¡ªdijo Arturo en un hilo de voz. Europa asinti¨® con la cabeza y, sin contenerse, abraz¨® a su esposo con fuerza. ¡ªLo record¨¦, Arturo. ?Lo record¨¦! Record¨¦ a Amabaray. Andrea, testigo de la escena, sonri¨® con alivio mientras Arturo se quedaba at¨®nito. ¡ªOigo su voz... ¡ªcontinu¨® Europa, separ¨¢ndose un poco de Arturo¡ª. Est¨¢ asustada, confundida y triste. La determinaci¨®n se dibuj¨® en su rostro. ¡ªTengo que ir. ¡ªVoy contigo ¡ªafirm¨® Arturo sin vacilar. ¡ªPero... ¡ªVayan tranquilos ¡ªintervino Andrea¡ª. Hip¨®lito y yo cuidaremos de la beb¨¦. Europa y Arturo se miraron, agradecidos. Europa bes¨® la mejilla de su hija, mientras Arturo le revolv¨ªa el cabello con cari?o. ¡ªCu¨ªdenla ¡ªdijo Arturo. ¡ªCuid¨¦ de usted cuando era ni?a ¡ªdijo Hip¨®lito con una sonrisa. ¡ªAl igual que yo ¡ªa?adi¨® Andrea, con aire triunfal. Sin m¨¢s, Arturo y Europa salieron corriendo por las calles oscuras del pueblo. Europa lideraba el camino, guiada por una certeza inexplicable. Arturo la segu¨ªa, preocupado pero decidido. A cada paso, los recuerdos volvieron a inundarla, trayendo consigo un peso que dol¨ªa y, a la vez, la llenaba de claridad. ¡ªAmabaray... Europa, 5 a?os. Amabaray la mir¨® con dulzura mientras ajustaba el lazo del vestido floreado. ¡ªEres una hermosura. Ese vestido combina con tus ojos... bueno, es un decir. No es que las flores rojas sean iguales a tus ojos. Europa ri¨® y corri¨® hasta ella, recost¨¢ndose en su pecho. Amabaray la abraz¨® con ternura. ¡ªEres muy hermosa. Europa, 6 a?os. ¡ªTodav¨ªa estoy nerviosa... ¡ªEuropa caminaba de un lado a otro sobre la cama. Amabaray sonri¨®, flotando hasta ella para alzarla en sus brazos. Ambas se recostaron juntas en la cama. ¡ªNo tienes por qu¨¦ preocuparte, estar¨¦ contigo si me necesitas. ¡ªAun as¨ª, tengo miedo. Mam¨¢, pap¨¢, el t¨ªo Hip¨®lito y t¨² siempre han estado a mi lado, pero... ¡ªTodo lo bueno empieza con un poco de miedo, ?no crees? Europa, 15 a?os.If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation. Los escombros ca¨ªan alrededor. Europa corri¨® hacia su amiga, pero Amabaray la detuvo, sujet¨¢ndola por la cintura. ¡ª?D¨¦jame ir! ?Tengo que ayudarla! ¡ªNo... Europa forceje¨®, desesperada, mientras ve¨ªa a su amiga atrapada bajo el techo que se derrumbaba. La ¨²ltima imagen fue la de Amabaray sonriendo y diciendo unas palabras que Europa entendi¨® sin o¨ªrlas: ¡°Gracias, mam¨¢.¡± El mundo se desmoron¨®. Arturo y Amabaray lograron sacar a Europa del t¨²nel, pero ella se resisti¨®, arrastr¨¢ndose de vuelta hacia la caverna mientras gritaba con todas sus fuerzas: ¡ª?Evaaaaaaaaa! Amabaray la sujet¨® con fuerza, llorando sobre su espalda. Arturo apenas pudo contener las l¨¢grimas mientras trataba de mantenerla a salvo. Europa, 24 a?os. ¡ªNo tienes otra opci¨®n, Europa. O tu beb¨¦ o tu vida ¡ªdijo Rodolfo con seriedad. ¡ªQuiero que nazca ¡ªrespondi¨® Europa, con voz firme¡ª. Aunque eso signifique mi muerte. ¡ªHemos perdido a muchos amigos... no quiero perderte tambi¨¦n. Amabaray intervino, abraz¨¢ndola con decisi¨®n. ¡ª?De verdad quieres que nazca? ¡ªS¨ª. ¡ª?Aunque eso te cueste la vida? ¡ªS¨ª. Amabaray sonri¨®. ¡ªYo me encargar¨¦ de que t¨² y tu beb¨¦ sobrevivan. ¡ªGracias... En el presente. Mientras corr¨ªan por el pueblo, Europa sinti¨® c¨®mo el dolor y la esperanza se entrelazaban en su coraz¨®n. ¡ªNi siquiera entonces te alejaste de m¨ª, Amabaray... deb¨ª saberlo ¡ªsusurr¨® con l¨¢grimas en los ojos. Europa corr¨ªa sin detenerse, hasta que sus pasos la llevaron frente a la casa de Nelson. All¨ª, esperaban sus viejos amigos: Javier Reinhold, Kr?ma O¡¯P?hner, Mercedes G¨®mez, Laura Ram¨ªrez, Rudolf ¡°Rodolfo¡± Decarte, Pablo Barreto, Thuy Han, Terry Bacone Salazar, Quisca ¡°Cacho¡± Daniel, Samanta Storni Alum y Guti¨¦rrez Hern¨¢n Danilo Barret. ¡ª?Qu¨¦ hacen aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Europa, desconcertada. Rodolfo sonri¨® mientras se?alaba hacia el cielo. Europa y Arturo alzaron la vista. El cielo estaba te?ido de un intenso color violeta. ¡ª¡°Mira el cielo. Cuando la luna est¨¦ violeta, significa que un Bari ha despertado de su sue?o. Aquellos ligados a su existencia podr¨¢n sentirlo¡± ¡ªrecit¨® Javier con solemnidad. ¡ªAmabaray ha despertado. Y parece que t¨² has recuperado tus recuerdos ¡ªdijo Mercedes. Europa los mir¨®, at¨®nita. ¡ª?Ustedes¡­? ¡ªCuando Amabaray finaliz¨® su trabajo, borr¨® tu memoria. Sab¨ªa que, despu¨¦s de lo que le pas¨® a Eva, no podr¨ªas soportar perder a alguien m¨¢s ¡ªexplic¨® Rodolfo. ¡ªPero nosotros nos negamos a olvidarla. Sab¨ªamos que volver¨ªa ¡ªa?adi¨® Pablo. ¡ªIntent¨® hacer lo mismo conmigo, pero no lo permit¨ª ¡ªintervino Guti¨¦rrez. ¡ªEstamos aqu¨ª para verla otra vez ¡ªdijeron todos al un¨ªsono. Arturo golpe¨® la puerta. Apenas un segundo despu¨¦s, esta se abri¨®, y Clementine apareci¨® en el umbral. ¡ªComo dijo Lady Hammya, aqu¨ª est¨¢n. Y son m¨¢s de los que esperaba. ¡ª?Hammya? ¡ªpregunt¨® Europa. ¡ªPor el s¨®tano, por favor ¡ªdijo Clementine, haci¨¦ndose a un lado para se?alar la entrada. Europa y los dem¨¢s entraron apresuradamente en la casa y se dirigieron al s¨®tano. Descendieron las escaleras con rapidez, hasta llegar a una habitaci¨®n. All¨ª encontraron dos puertas abiertas: una conduc¨ªa a un ascensor, y la otra, a unas escaleras. ¡ª?Por d¨®nde? ¡ªpregunt¨® Laura. ¡ªEl ascensor ¡ªse?al¨® Europa. Cuando llegaron al piso deseado, Europa irrumpi¨® en la habitaci¨®n de una patada. Del otro lado estaban Nelson y Hammya, junto a su grupo. Una ni?a permanec¨ªa junto al portal, mientras Nelson tecleaba en una computadora. ¡ª?D¨®nde est¨¢ ella? ¡ªexigi¨® Europa. ¡ªOh, Europa¡­ jurar¨ªa que hab¨ªa una puerta donde est¨¢s parada ¡ªrespondi¨® Nelson, con sarcasmo. ¡ªTu sentido del humor apesta en momentos como este ¡ªgru?¨® Rodolfo. ¡ª?Director? ?Mam¨¢? ¡ªH¨¦ctor mir¨® sorprendido a los reci¨¦n llegados. ¡ªHola, cari?o. Veo que sigues rompiendo las reglas ¡ªrespondi¨® Europa con una sonrisa. ¡ªLo siento. ¡ªNo hay de qu¨¦ preocuparse. Ser¨¢ nuestro secreto. ¡ª?C¨®mo llegaron tan r¨¢pido? ¡ªpregunt¨® Hammya, algo incr¨¦dula. ¡ªPor el ascensor ¡ªrespondi¨® Terry con simpleza. Hammya lanz¨® una mirada acusadora a Nelson. ¡ª?Qu¨¦? Tengo un ascensor de carga. Hay equipos que no puedo bajar por las escaleras o por ese ascensor peque?o ¡ªdijo Nelson con desd¨¦n. ¡ªYa veo ¡ªsuspir¨® Hammya. ¡ª?D¨®nde est¨¢ Amabaray? ¡ªpregunt¨® Europa con firmeza. Nelson se desliz¨® con su silla hasta quedar frente a ella. Se puso de pie, esbozando una sonrisa. ¡ªAmabaray est¨¢ afuera. Por desgracia, tu hijo tambi¨¦n fue all¨ª¡­ y parece que perdi¨® la cordura. Ha empezado a atacar a sus amigos. Europa entrecerr¨® los ojos y mir¨® a Hammya, notando los moretones en su rostro. ¡ª?Qu¨¦ te pas¨®, querida? Hammya intent¨® sonre¨ªr, aunque su rostro delataba la incomodidad de la situaci¨®n. ¡ªMe ca¨ª por las escaleras. Declan la mir¨® de reojo, incr¨¦dulo ante la excusa. ¡ªAhora, se?or y se?ora Barret, necesito su ayuda para salvar a Candado de s¨ª mismo. Nunca pens¨¦ que vendr¨ªan acompa?ados por tantos. ¡ª?Qu¨¦ le ocurri¨®? ¡ªpregunt¨® Arturo. ¡ªNo hay tiempo para eso, pero se los prometo, se los contar¨¦. Hammya extendi¨® una mano hacia Europa. Esta la tom¨® con decisi¨®n, y Arturo hizo lo mismo. El grupo cruz¨® el portal. Hammya los gui¨® hacia una orilla. El cielo estaba cubierto de nubes negras, y la lluvia ca¨ªa sin tregua. Hammya se?al¨® un punto m¨¢s adelante, donde Candado y Amabaray luchaban contra los Baris. ¡ª?Esos son...? ¡ªpregunt¨® Arturo. ¡ªS¨ª, se?or Barret. ¡ªMi hijo¡­ ¡ªCandado fue consumido por la ira, conocida como Odadnac ¡ªexplic¨® H¨¦ctor. ¡ª?Qu¨¦ sugieres que hagamos? ¡ªpregunt¨® Europa, sin apartar la vista de su hijo. ¡ªUstedes enc¨¢rguense de Amabaray. Nosotros nos ocuparemos de Candado. ¡ªEs arriesgado ¡ªmurmur¨® Arturo. ¡ªSi algo he aprendido de Candado, es que todo se trata de riesgos ¡ªreplic¨® Hammya con seguridad. Europa sonri¨® y acarici¨® la cabeza de Hammya con brusquedad. ¡ªHas cambiado mucho en estos cinco meses que te conozco. ¡ªLo que usted diga, se?ora Barret. ¡ªPuedes llamarme mam¨¢. ¡ªLo discutiremos luego. Arturo estir¨® sus m¨²sculos, prepar¨¢ndose. ¡ªHa pasado tiempo ¡ªcoment¨® Thuy Han. ¡ªY que lo digas ¡ªrespondi¨® Arturo, mientras Europa le palmeaba la espalda. ¡ªProcura que no te maten. Arturo le dedic¨® una sonrisa, luego mir¨® a Hammya. ¡ªNosotros nos encargaremos de Amabaray. Te dejo a mi hijo. ¡ª?Listo, cielo? ¡ªpregunt¨® Europa. ¡ªPor supuesto ¡ªrespondi¨® Arturo, con determinaci¨®n. Europa se lanz¨® al ataque con una velocidad incre¨ªble, seguida de cerca por los dem¨¢s. Amabaray volte¨® justo a tiempo para verla acercarse peligrosamente. Una sonrisa fr¨ªa se dibuj¨® en el rostro de Amabaray mientras saltaba hacia Europa, interponi¨¦ndose entre los Baris. ¡ªPres¡¯ kat niata, pres¡¯ kat niata. ¡ªEse idioma... ¡ªmurmur¨® B¨®rrbari, sorprendido. De inmediato dio la orden a Tiebari de retirarse. Conoc¨ªa esas palabras; era el idioma de Roob¨®leo, un t¨¦rmino que significaba "mi lucha". Europa continu¨® su carrera hacia Amabaray y, al llegar, la sujet¨® firmemente de ambos pu?os. ¡ª?Amabaray! ?Soy yo, J?n! Sin embargo, Amabaray no respondi¨®. Se liber¨® con brusquedad y empuj¨® a Europa. De su mu?eca emergi¨® una daga que dirigi¨® hacia el pecho de su adversaria, pero Arturo intervino con un preciso golpe de tal¨®n, desviando el ataque hacia el suelo. Rodolfo congel¨® los pies de Amabaray, y Thuy Han la golpe¨® en la cabeza con su sombrero vietnamita. Amabaray, lejos de rendirse, extendi¨® la mano. Una afilada cuchilla sali¨® de su palma, pero Terry la detuvo envolvi¨¦ndola con una cadena. Laura y Mercedes aprovecharon para arrancarle las armas incrustadas a cada lado de sus costillas. Antes de que pudieran completar su tarea, Amabaray se liber¨® violentamente y lanz¨® un pu?etazo hacia las cabezas de ambas. Pero Pablo y Arturo, con reflejos impecables, bloquearon sus golpes con las piernas. ¡ª?Dense prisa! ¡ªinst¨® Pablo. Amabaray liber¨® sus pies y se prepar¨® para atacar de nuevo, pero Kr?ma envolvi¨® su torso con sus tent¨¢culos. Mientras tanto, Javier, junto con Samanta y Guti¨¦rrez, analizaba posibles movimientos. ¡ªA la izquierda ¡ªindic¨® Javier. Kr?ma respondi¨® sacando un tent¨¢culo para atrapar una de las piernas de Amabaray. Samanta aprovech¨® para crear un portal y encerrarla. Pero Amabaray, con un rugido de furia, se liber¨® y continu¨® atacando. Fue entonces cuando Laura inhal¨® profundamente y liber¨® un gas verde desde su boca. ¡ª?C¨²BRANSE! Terry escupi¨® saliva ardiente que estall¨® al contacto con el aire. A pesar de todo, Amabaray parec¨ªa hacerse m¨¢s fuerte y m¨¢s peligrosa con cada segundo. Cacho desenfund¨® su arma y dispar¨® a las piernas de Amabaray, atrayendo su atenci¨®n. Luego, guard¨® su pistola, corri¨® hacia ella y la atrap¨® con su fuerza sobrehumana. Sus ojos comenzaron a brillar de un intenso color naranja, y de su cabeza surgieron tres cuernos de hierro. ¡ªGuti¨¦rrez, ?ay¨²dame! Guti¨¦rrez se acerc¨® con su velocidad caracter¨ªstica y comenz¨® a atarla. Pero Amabaray rompi¨® las ataduras, obligando a todos a retroceder. ¡ª?Yo me ocupar¨¦ de su ataque, vos hac¨¦ que reaccione! ¡ªorden¨® Laura¡ª. ?No quiero hacerle da?o! Europa intent¨® de nuevo. Esta vez, Amabaray sac¨® una segunda daga, pero Arturo desvi¨® el arma antes de que pudiera usarse. Europa, sin dudarlo, tom¨® a Amabaray de la cintura y la alej¨® de Odadnac para evitar que da?ara a los dem¨¢s. Amabaray se liber¨® y le dio un golpe en la espalda, insuficiente para sacarla de la pelea. Europa se prendi¨® de sus hombros y le habl¨® con desesperaci¨®n: ¡ª?Recuerdas cuando me abrazaste despu¨¦s de lo de Eva? La respuesta de Amabaray fue un cabezazo que tir¨® a Europa al suelo. Su nariz sangraba, pero no se rindi¨®. Amabaray levant¨® su pie para aplastarla, pero Kr?ma la apart¨® con sus tent¨¢culos, mientras Pablo y Arturo la empujaban con un golpe al pecho. ¡ªTen¨¦ m¨¢s cuidado ¡ªle dijo Arturo, ayud¨¢ndola a levantarse. Europa asinti¨®, corri¨® nuevamente hacia Amabaray y la abraz¨® con fuerza. ¡ª?Recuerdas cuando me lastim¨¦ las piernas y me llevaste a casa? Amabaray comenz¨® a golpearla furiosamente, pero Europa no se solt¨®. Los dem¨¢s intentaron detener los pu?os que ca¨ªan sobre ella. ¡ª?Recuerdas cuando estaba enojada y me diste esa tonta manzana? Europa apoy¨® la cabeza en el pecho de Amabaray, sonriendo con l¨¢grimas en los ojos. ¡ª?Recuerdas cuando te dije que me hab¨ªa enamorado de Arturo y prometiste ayudarme? Amabaray grit¨® con rabia, desplegando unas majestuosas alas de cristal. Con Europa a¨²n aferrada a ella, se elev¨® r¨¢pidamente. ¡ª??EUROPAAAA!! ¡ªgritaron todos desde el suelo. Una vez en el cielo, Amabaray rugi¨® furiosa. Sus ojos brillaban como llamas, y comenz¨® a golpear a Europa con pu?os met¨¢licos. ¡ª?Recuerdas cuando estaba perdida en mi ira y lo ve¨ªa todo negro, pero estuviste ah¨ª? Los golpes de Amabaray se intensificaron. ¡ª?Recuerdas cuando estaba embarazada de Gabriela y pon¨ªas tu cabeza en mi panza para escucharla? Amabaray vacil¨®. Sus movimientos comenzaron a volverse err¨¢ticos, y sus ojos brillaban y se apagaban como una luz defectuosa. ¡ª?YO LO DESTRUIR¨¦ TODO! ¡ªgrit¨® con furia. Europa, con el ¨²ltimo aliento, apoy¨® su cabeza en el pecho de Amabaray y comenz¨® a tararear. Pronto, su voz se transform¨® en una melod¨ªa suave y familiar: cant¨¢ndole como sol¨ªan hacer. ¡ªNunca te soltar¨¦, siempre estar¨¦ aqu¨ª. Quiero salvarte, pero necesito que t¨² tambi¨¦n luches por ti. Este no es tu lugar, no es donde perteneces. Por favor, recu¨¦rdame, y recuerda qui¨¦n eres en tu interior. Regresa a nosotros, vuelve al hogar. Nunca te abandonar¨¦, jam¨¢s te dejar¨¦ atr¨¢s. Amabaray comenz¨® a gritar mientras luchaba por liberarse del abrazo de Europa. Desde abajo, todos observaban con el coraz¨®n en un pu?o. La altura era peligrosamente alta, y las s¨²plicas por el bienestar de Europa comenzaron a llenar el aire. ¡ªEn mi coraz¨®n siempre te esper¨¦, aunque en mi mente cre¨ª olvidarte. En mis sue?os nunca te alejaste, habl¨¢ndome, cuid¨¢ndome, gui¨¢ndome siempre. Y ahora, despu¨¦s de tanto tiempo, sigues velando por m¨ª en silencio. La melod¨ªa resonaba en el aire, pero la mente de Amabaray era un torbellino. Im¨¢genes fragmentadas y voces extra?as se mezclaban en su cabeza. Esa mujer, esa humana que la abrazaba con tanta fuerza, ?era realmente un enemigo? Sus instintos le dec¨ªan que s¨ª, que deb¨ªa exterminarla. Despu¨¦s de todo, los humanos hab¨ªan usurpado el poder de Keplant. Ellos deb¨ªan ser sacrificados para ganar esa tormentosa guerra. Pero¡­ ?por qu¨¦ duele tanto? Con cada golpe que daba, sent¨ªa que una parte de su coraz¨®n se desmoronaba. Su mente, en conflicto, le jugaba una sucia treta. ?Qui¨¦n era J?n? ?Por qu¨¦ sent¨ªa que la hab¨ªa estado esperando? De pronto, un grito brot¨® desde lo m¨¢s profundo de su ser: ¡ª?YO ODIO A LA HUMANIDAD! Europa, a¨²n aferrada a ella, respondi¨® con dulzura: ¡ªAmabaray, eso no es verdad, odiar a alguien no est¨¢ en tu lugar. Solo pensarlo te hace doler, porque en tu esencia no puede caber. No est¨¢ en tu ser, no lo har¨ªas jam¨¢s. Amabaray rugi¨® de ira. ¡ª?YO NUNCA TE CONOC¨ª! ¡ªSiento llegar tarde ¡ªsusurr¨® Europa con voz temblorosa¡ª. Perdona si llegu¨¦ a olvidarte, lo siento, no fue mi intenci¨®n. Por favor, no dejes que esto acabe, no quiero perder tu coraz¨®n. Las l¨¢grimas comenzaron a correr por el rostro de Amabaray, mezcl¨¢ndose con el brillo furioso de sus ojos. Cada palabra de Europa perforaba su coraza. ¡ªS¨®lo est¨¢s asustada, triste y confundida. Entiende que no te voy a dejar. Despierta, por favor. Quiero volver a verte sonre¨ªr. Esa sonrisa que borraba la amargura. As¨ª que, por favor, despierta de una vez. Amabaray temblaba. Sus brazos, que antes golpeaban con furia, ahora apenas respond¨ªan. Los movimientos eran torpes y d¨¦biles. ¡ªEst¨¢s asustada, triste y confundida, pero no voy a dejarte, no tengas miedo. Despierta, por favor, vuelve a sonre¨ªr, esa sonrisa que me hac¨ªa ver el sol otra vez. As¨ª que, por favor, despierta de una vez. Europa cerr¨® los ojos, su cuerpo cediendo al agotamiento. Los golpes hab¨ªan sido demasiados. Entonces, algo cambi¨®. Los ojos de Amabaray perdieron su brillo furioso, volviendo a su color natural. Con ellos, regresaron sus recuerdos. ¡ª???J?N!!! Amabaray reaccion¨® al instante, lanz¨¢ndose en picada para alcanzarla. La abraz¨® con fuerza y despleg¨® sus alas de cristal para amortiguar el aterrizaje. En el suelo, todos corrieron hacia ellas. Amabaray ocult¨® sus alas, permitiendo que los dem¨¢s se acercaran. Europa abri¨® los ojos lentamente y encontr¨® el rostro de su amiga, inundado de l¨¢grimas. ¡ªJ?n, J?n, J?n¡­ ¡ªrepet¨ªa Amabaray, su voz rota por la emoci¨®n. Europa esboz¨® una leve sonrisa. ¡ªYa te o¨ª la primera vez ¡ªdijo, con una chispa de humor en su voz. Amabaray la abraz¨® a¨²n m¨¢s fuerte, como si temiera perderla otra vez. Amabaray enterr¨® su rostro en las mejillas de Europa mientras lloraba como una ni?a peque?a, abraz¨¢ndola con fuerza para nunca soltarla. Despu¨¦s de trece a?os, por fin hab¨ªa regresado a su lado. ¡ª?No estoy so?ando, verdad? ¡ªmurmur¨® con una voz temblorosa. ¡ªNo, Amab. No es un sue?o ¡ªrespondi¨® Europa con ternura. En ese momento, Amabaray sinti¨® los brazos de otras personas abraz¨¢ndola tambi¨¦n. Estaban llorando, no solo por la felicidad de tenerla de vuelta, sino porque la conoc¨ªan desde que eran ni?os. Estaban all¨ª: Europa, Arturo, Pablo, Mercedes, Kr?ma, Javier, Terry, Thuy Han, Laura y Rodolfo. Todos compart¨ªan una alegr¨ªa indescriptible por la reuni¨®n. Sin embargo, mientras el grupo celebraba y se sent¨ªa en paz, un estruendo cort¨® el ambiente como un trueno lejano. Proced¨ªa de unos cien metros m¨¢s adelante, donde la figura de Odadnac se estaba haciendo cada vez m¨¢s imponente. El rostro de todos se tens¨®. Hammya levant¨® la mano en se?al de advertencia para que el grupo se reuniera de inmediato. El eco de ese ruido era una amenaza ineludible. Cuando todos se agruparon cerca de la ni?a, escucharon atentamente el plan que ella hab¨ªa ideado para salvar a Candado. A pesar de que la misi¨®n parec¨ªa estar concluida, Hammya era la ¨²nica que no compart¨ªa el entusiasmo por el regreso de Amabaray. Su preocupaci¨®n segu¨ªa estando enfocada en Candado y no en la celebraci¨®n. ¡ªTenemos lo que necesitamos, ahora es el momento de que nos seas ¨²til ¡ªdijo Hammya con una frialdad que no pas¨® desapercibida. ¡ª?No est¨¢s siendo un poco grosera, Hammya? ¡ªadvirti¨® H¨¦ctor con una mirada firme. Hammya lo mir¨® con una expresi¨®n fulminante, sus ojos reflejaban determinaci¨®n y desconfianza. ¡ªTenemos que salvar a Candado primero, luego celebraremos ¡ªrespondi¨®, sin bajar la intensidad de su mirada. Arturo frunci¨® el ce?o y se acerc¨®. ¡ª?Cu¨¢l es el plan? ¡ªpregunt¨® con una voz firme, tratando de mantener el ¨¢nimo en la situaci¨®n. Hammya respir¨® hondo y respondi¨® con seriedad: ¡ªEs ah¨ª donde entran Amabaray y yo. Vamos a expulsar a Odadnac del cuerpo de Candado. El grupo qued¨® en silencio. La tarea no ser¨ªa f¨¢cil, pero la determinaci¨®n de Hammya era clara. Cada uno entendi¨® que no hab¨ªa tiempo que perder. LáGRIMAS DE ESPINAS Entonces comenz¨® el plan. ¡ªEso es una locura. ¡ªDe por s¨ª, todo esto es una locura, Declan. ¡ªNo lo entiendo, Hammya ¡ªdijo Europa. ¡ª?Hammya? ¡ªpregunt¨® Amabaray. ¡ªS¨ª, ese es mi nombre. ?Alg¨²n problema? ¡ªN... no ¡ªmurmur¨® Amabaray, visiblemente inc¨®moda. Hammya desvi¨® la mirada hacia el campo de batalla. ¡ªCandado est¨¢ en una etapa sensible ¡ªdijo, su voz grave y firme¡ª. Todo lo que hace refleja la ira y la tristeza que siente. Se?al¨® el enfrentamiento: Odadnac luchaba contra todos los Baris. ¡ªEst¨¢ jugando con ellos, prob¨¢ndolos. Eso significa que a¨²n no domina por completo su cuerpo. Hizo lo mismo aquel d¨ªa, cuando esa mujer us¨® las ra¨ªces para atraparlo. ¡ª?Esa mujer? Ah, te refieres a Ruccim¨¦nkagri ¡ªintervino Clementina. ¡ªComo mierda se llame ¡ªreplic¨® Hammya con frialdad¡ª. Lo que importa es que ¨¦l pudo haber escapado, o incluso matarla, pero no lo hizo porque Candado lo impidi¨®. Arturo se adelant¨®, frunciendo el ce?o. ¡ª?Est¨¢s diciendo que Candado est¨¢ luchando internamente con ese tipo? ¡ª?Luchando? No. Candado est¨¢ demasiado deprimido para resistirse. Si realmente estuviera peleando, su cuerpo ya habr¨ªa empezado a fallar y alguno de los Baris lo habr¨ªa herido hace tiempo. ¡ª?Entonces qu¨¦ significa? ¡ªinsisti¨® Arturo. Hammya exhal¨® con paciencia. ¡ªSignifica que Odadnac no puede controlar por completo el cuerpo de Candado. Est¨¢ utilizando esta pelea para probar sus l¨ªmites y lograr un dominio absoluto. Lo que necesito es que Amabaray cree un campo de fuerza alrededor de nosotros dos. H¨¦ctor frunci¨® el ce?o. ¡ª?Por qu¨¦ exactamente vos? Declan, m¨¢s directo, dio un paso al frente y la encar¨®. ¡ªS¨ª, Hammya, ?por qu¨¦ t¨²? Por primera vez, Hammya no sinti¨® la intimidaci¨®n habitual frente a Declan. Lo mir¨® directamente. ¡ªPorque yo s¨¦ c¨®mo salvarlo. S¨¦ c¨®mo separar a Odadnac de su cuerpo. Ninguno de ustedes puede hacerlo. Declan frunci¨® el ce?o, su voz era un desaf¨ªo. ¡ªEso no responde a la pregunta. ?Por qu¨¦? Hammya apret¨® los pu?os y respir¨® hondo. ¡ªPorque yo no estuve presente ese d¨ªa en su cumplea?os. Si ustedes van, Candado s¨®lo recordar¨¢ c¨®mo reaccionaron cuando insult¨® a Gabriela. ?Qu¨¦ cre¨¦s que pensar¨¢ si H¨¦ctor se le acerca? Recordar¨¢ lo que le dijo, y s¨®lo empeorar¨¢. Pero yo no tengo esa carga. Para ¨¦l, no soy un recordatorio de su dolor. Hammya se puso de pie y enfrent¨® las miradas inquisitivas de todos. ¡ª?Van a apoyarme o no? Viki fue la primera en levantarse, seguida por Clementina, Pucheta, Walsh y finalmente el resto. ¡ªBien, hag¨¢moslo. Hammya corri¨® hacia el campo de batalla. B¨®rrbari fue el primero en notarla y, con un gesto r¨¢pido, orden¨® a los Baris que se apartaran. Sin cuestionar, obedecieron. Odadnac, desconcertado, observ¨® c¨®mo sus oponentes retroced¨ªan, creando un espacio vac¨ªo a su alrededor. No tuvo tiempo de reaccionar cuando una figura se le acerc¨® a gran velocidad. Hammya salt¨® con precisi¨®n felina, su rostro impasible. Lo tom¨® de la cintura, lo alz¨® por los aires y lo estrell¨® contra el suelo frente al ¨¢rbol donde esperaba Amabaray. ¡ª?C¨ªRCULO! ¡ªgrit¨® Hammya. Odadnac intent¨® patearla mientras estaba distra¨ªda, pero ella bloque¨® el golpe con su antebrazo. A pesar de esto, el impacto fue suficiente para desequilibrarla y hacerla caer. Odadnac trat¨® de escapar, pero el c¨ªrculo ya estaba cerrado. Rodeado por sus enemigos, intent¨® atacar a H¨¦ctor, quien, seg¨²n su l¨®gica, era el m¨¢s d¨¦bil. Sin embargo, Lucas lo sorprendi¨® escupiendo fuego, Clementina dispar¨® certeramente, y H¨¦ctor le propin¨® una patada en el pecho que lo devolvi¨® al centro del c¨ªrculo. ¡ª?AMABARAY! ¡ªgrit¨® Hammya. Amabaray extendi¨® sus alas y se elev¨® en el aire. Con un movimiento preciso, gener¨® un campo de fuerza celeste que encerr¨® a Hammya y a Odadnac, dejando a los dem¨¢s fuera. Sin embargo este empez¨® a golpear violentamente el campo para poder salir, pero nada parec¨ªa siquiera agrietarlo. ¡ªNo funcionar¨¢ ¡ªdijo Hammya mientras caminaba hacia ¨¦l¡ª. Aqu¨ª la muerte no rige, y eso me da ventaja y le de ventaja a ella. Odadnac sonri¨® con malicia. ¡ªDeb¨ª haberte liquidado cuando tuve la oportunidad. Hammya corri¨® hacia ¨¦l, lanzando un golpe que Odadnac esquiv¨® f¨¢cilmente. Rode¨® sus manos con llamas violetas y dispar¨® una r¨¢faga de fuego, pero Hammya rod¨® por el suelo y evit¨® el ataque. Desde el exterior, los dem¨¢s observaban la intensa batalla. ¡ª?Qu¨¦ estar¨¢ haciendo? ¡ªpregunt¨® Walsh, preocupado. ¡ªLo que puede ¡ªrespondi¨® Pucheta con seriedad. Odadnac tom¨® a Hammya del cabello y comenz¨® a golpearla en el est¨®mago y el rostro. Ella, con un movimiento r¨¢pido, sac¨® un fac¨®n y le hizo un corte en la mano, oblig¨¢ndolo a soltarla. Entonces, ocurri¨® algo inesperado: Hammya comenz¨® a sangrar por la nariz, pero su sangre no era roja. Era verde. ¡ª?Qu¨¦ eres? ¡ªpregunt¨® Odadnac, at¨®nito. Hammya se refreg¨® la nariz y mostr¨® una sonrisa burlona. ¡ªSoy Hammya Saillim, tarado. Sus ojos brillaron con intensidad mientras se dirig¨ªa hacia ¨¦l. Odadnac reaccion¨® con un golpe al est¨®mago, pero ella no se dej¨® doblegar. Sin dudarlo, le propin¨® un fuerte golpe en la nuca. ¡ªAl poseer el cuerpo de Candado, adquiriste sus poderes y habilidades... pero tambi¨¦n su mayor debilidad. Al escuchar esas palabras, el cuerpo de Odadnac comenz¨® a parpadear como si estuviera perdiendo consistencia. ¡ª?T¨²! ¡ªrugi¨® mientras la tomaba del cuello con furia descontrolada. Hammya sonri¨® con tranquilidad, deshizo su agarre con un movimiento certero y, sorprendentemente, lo abraz¨®. ¡ªAhora me llevar¨¢s hasta donde est¨¢ ¨¦l. ¡ª???NOOOOOOO!!! Una esfera de humo y fuego se form¨® alrededor de ambos, ocult¨¢ndolos de la vista de los dem¨¢s. El plan segu¨ªa en marcha. El cuerpo de Odadnac y Hammya atravesaba un t¨²nel formado por nubes negras tormentosas y r¨¢fagas de viento violentas. La sensaci¨®n era sofocante, el entorno parec¨ªa una tormenta eterna. De repente, Odadnac comenz¨® a desmaterializarse. Su cuerpo se convirti¨® en ceniza que fue arrastrada por el viento. Hammya, en cambio, sigui¨® cayendo hacia lo que parec¨ªa ser un vac¨ªo sin fin: s¨®lo viento, tormenta y lluvia. Finalmente, todo cambi¨®. El mundo se torn¨® blanco. Hammya abri¨® los ojos y se encontr¨® de pie sobre un suelo cubierto de algo similar a c¨¦sped blanco. La tormenta parec¨ªa un recuerdo lejano; no estaba mojada, su ropa y su cabello hab¨ªan adoptado un extra?o tono blanquecino. Mir¨® a su alrededor, pero todo lo que ve¨ªa era un infinito vac¨ªo blanco interrumpido por unos pocos pinos dispersos. Confundida, Hammya gir¨® sobre s¨ª misma, buscando algo o a alguien. Dio tantas vueltas que termin¨® cayendo al suelo. Las manos tocaron el c¨¦sped, c¨¢lido y suave, confirmando que aquel lugar, aunque extra?o, era tangible. Al alzar la vista, lo vio: una figura de espaldas que resaltaba en aquel mundo monocrom¨¢tico. Hammya se levant¨® y camin¨® lentamente hacia ¨¦l. A medida que se acercaba, not¨® que el paisaje alrededor comenzaba a transformarse. Lo que antes era un vac¨ªo blanco ahora se convert¨ªa en un bosque inm¨®vil. Nada se mov¨ªa, ni las ramas ni las hojas. No hab¨ªa viento, s¨®lo un inquietante silencio. ¡ª?Candado? ¡ªpregunt¨® cuando estuvo lo suficientemente cerca. ¡ª¨¦l no est¨¢ aqu¨ª ¡ªrespondi¨® la figura de manera amable y tranquila. ¡ª?Qui¨¦n...? ¡ªLa persona que buscas no est¨¢ aqu¨ª. La persona se gir¨® hacia ella. Sus ojos violetas contrastaban con el resto de su cuerpo, completamente blanco. ¡ªYo s¨®lo cuido el alma de ¨¦l ¡ªa?adi¨®. ¡ª?Qui¨¦n eres? ¡ªinquiri¨® Hammya, entre desconcertada y cautelosa. ¡ªPuedes llamarme como quieras, pero ¨¦l y mis hermanos me conocen como el Guardi¨¢n Blanco. ¡ª?Eres como Candado? Parecen...id¨¦nticos. ¡ªEn parte s¨ª y en parte no. Podr¨ªa liquidarte si fueras una intrusa, pero, considerando lo que hiciste con Ira, te perdono. Dicho esto, volvi¨® a girarse, observando algo que Hammya no alcanzaba a ver. Se coloc¨® a su lado, intentando descifrar lo que ¨¦l miraba. Frente a ellos hab¨ªa una fuente con agua cristalina que ca¨ªa desde una escultura. ¡ªSi quieres llegar hasta ¨¦l, tendr¨¢s que bajar. ¡ª?Bajar? ?Te refieres a que entre al agua? ¡ªEstas aguas no pueden ahogarte, querida. La ¨²nica conexi¨®n entre nuestros mundos es este manantial. Hammya trag¨® saliva, dud¨® un instante y luego puso un pie en el agua. Cuando iba a sumergir el otro, el Guardi¨¢n coloc¨® una mano en su hombro. ¡ªTen cuidado. ¨¦l est¨¢ muy angustiado por lo que sucedi¨®. Intenta no empeorarlo o morir¨¢s all¨ª. Hammya asinti¨®, trag¨¢ndose el miedo, y avanz¨®. Cuando su torso estuvo completamente bajo el agua, murmur¨® para s¨ª misma: ¡ªOh, Hammya, mal momento para no saber nadar. Contuvo la respiraci¨®n y se sumergi¨®. De repente, apareci¨® en otro lugar. Todo parec¨ªa el interior de una casa, pero no cualquier casa: era la de la familia Barret. Sin embargo, estaba vac¨ªa. Hammya observ¨® con atenci¨®n; los p¨¢jaros cantaban fuera, los ¨¢rboles danzaban con el viento. Su cabello y su ropa hab¨ªan recuperado su color habitual, bueno casi, aun lo ten¨ªa rojo. Intent¨® salir por la puerta principal, pero al extender la mano hacia la perilla, su tacto la atraves¨® como si fuese un holograma. Intrigada, lo intent¨® con las ventanas, pero estas tampoco parec¨ªan abrirse, como si el mundo exterior estuviera vedado para ella. Finalmente, tras varios intentos infructuosos, se rindi¨® y empez¨® a buscar a Candado. Subi¨® las escaleras, que cruj¨ªan bajo sus pasos, y observ¨® c¨®mo todo parec¨ªa exactamente igual a como lo recordaba. Era como si jam¨¢s hubiese abandonado esa casa. Camin¨® por el pasillo de las habitaciones hasta detenerse frente a la puerta de la habitaci¨®n de Candado. Estaba entreabierta, sin seguro, lo que le dio una extra?a sensaci¨®n de compa?¨ªa, como si no estuviera completamente sola. Toc¨® el picaporte y, para su sorpresa, estaba tibio. Empuj¨® la puerta, y lo que vio al otro lado la dej¨® at¨®nita. La habitaci¨®n estaba en ruinas: las paredes estaban agrietadas y llenas de agujeros, los libreros astillados y tirados en el suelo, la ventana mostraba un enorme boquete por donde el viento ululaba. El armario y el escritorio yac¨ªan destrozados, y un olor acre a quemado impregnaba el aire. Libros chamuscados, ropa carbonizada y cuadros ennegrecidos se apilaban como testigos mudos de una tragedia. Incluso la cama estaba irreconocible.Support the creativity of authors by visiting Royal Road for this novel and more. Hammya se gir¨® para mirar la puerta por dentro. La perilla, ahora visible, estaba completamente derretida, lo que explicaba el calor que hab¨ªa sentido al tocar el picaporte. Aunque el caos era evidente, no era suficiente para asustarla. Decidida a continuar, se dirigi¨® a la habitaci¨®n vecina: la habitaci¨®n de Gabriela, que ella hab¨ªa adoptado como suya. La puerta estaba entrecerrada. Esta vez, Hammya la empuj¨® con la punta de su pie derecho. Un chirrido agudo rompi¨® el silencio mientras la puerta se abr¨ªa lentamente. All¨ª estaba ¨¦l. Candado estaba sentado en el borde de la cama, sosteniendo un marco de madera con una fotograf¨ªa en su interior. Era una imagen de ¨¦l abrazando a su hermana Gabriela durante su d¨¦cimo cumplea?os. Con una delicadeza casi reverente, pasaba los dedos ¨ªndice y mayor sobre el cristal, como si estuviera acariciando algo sagrado. Sus manos estaban cubiertas de cortes y sangraban ligeramente, y el guante que llevaba puesto ten¨ªa agujeros en los nudillos, probablemente a causa de los golpes que hab¨ªa dado. Hammya record¨® de inmediato los agujeros en las paredes, el techo y el suelo de la habitaci¨®n de Candado. La escena, impregnada de melancol¨ªa y ternura, la dej¨® sin palabras. All¨ª estaba ¨¦l, roto, pero a la vez aferr¨¢ndose desesperadamente a un recuerdo. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª?¡ªpregunt¨® Candado con voz tranquila. ¡ªVine a llevarte a casa. ¡ª?Casa? Estoy en casa. ¡ªNo en esta casa, a tu verdadera casa. Candado se detuvo por un momento, pero luego sigui¨® acariciando la foto que ten¨ªa entre las manos. ¡ª¨¢ndate de aqu¨ª. Quiero estar solo. Quiero estar con ella. ¡ªCandado¡­ ella ya falleci¨®¡ªrespondi¨® Hammya con suavidad. Dejando el marco de la foto sobre la cama, Candado mir¨® a los ojos de Hammya. ¡ªLo s¨¦, Hammya. No soy un retrasado mental, pero aun as¨ª quiero estar con ella. ¡ªCandado, volvamos a casa, todos te est¨¢n esperando. ¡ª?Qui¨¦nes me est¨¢n esperando?¡ªpregunt¨® con tono tajante. ¡ªTus padres, tus amigos y yo. ¡ªNo¡­ ellos no me esperan. De hecho, nadie me espera all¨¢. ¡ªCandado, eso no es cierto. Ellos, en verdad, te est¨¢n esperando. ¡ª??ESPERAR¨ªAN A UN ASESINO!?¡ªexclam¨®, poni¨¦ndose de pie abruptamente y dejando caer el marco de la foto al suelo. ¡ªNo eres un asesino¡ªdijo Hammya con una voz suave. Candado se burl¨® de ella. ¡ª?Qu¨¦ sabe alguien que solo me conoce desde hace cinco meses? ¡ªEs cierto, me conoces desde hace cinco meses. Pero sabes, Candado, en este tiempo te he visto. Vi lo que eres y lo que haces cuando alguien est¨¢ en problemas, ya sea financieros o de vida o muerte. Vi a una persona que trabaja duro por el bienestar de otros, que lleva sobre sus hombros grandes responsabilidades. Vi a alguien que, a pesar de su fragilidad, fue lo suficientemente fuerte como para impartir justicia. Vi a una persona que ama a su familia y cuida de sus amigos. Ese es el Candado que quiero. ¡ª?YO NO MEREC¨ªA ESO!¡ªgrit¨® con el rostro retorcido por el dolor. Hammya se acerc¨® un poco, pero Candado se ofusc¨® de inmediato. ¡ª?AL¨¦JATE DE M¨ª!¡ªexclam¨® con furia. Hammya se detuvo en seco. ¡ªEs cierto lo que ¨¦l dijo. Odadnac ten¨ªa raz¨®n. ¡ªNo es as¨ª¡ªrespondi¨® Candado con un tono cansado. ¡ªPor supuesto que s¨ª. Cuando ella fue herida de muerte, me sent¨ª feliz. Feliz porque hab¨ªa sido castigada. Yo quer¨ªa que la mataran y fui quien le dijo que se muriera. ¡ªSolo ten¨ªas cinco a?os, Candado. Ya deja de atormentarte¡ªrespondi¨® Hammya con un susurro. ¡ªFui un cobarde. Borr¨¦ mi pasado para poder vivir mi vida sin arrepentimiento. Odadnac ten¨ªa raz¨®n. Yo...no la quer¨ªa¡ªsus palabras salieron entrecortadas. ¡ª?NO! ?ESO NO ES AS¨ª!¡ªgrit¨® Hammya, con l¨¢grimas asomando en sus ojos ¡ª?VE LA REALIDAD, HAMMYA! ?SI FUERA CIERTO, ELLA ESTAR¨ªA VIVA! ?VIVA! ?VI-VA! Sus palabras se perdieron en el aire, y sus ojos se llenaron de dolor. ¡ªYo me estuve enga?ando todo este tiempo. Primero fue una enfermedad y despu¨¦s una pista falsa de que alguien la hab¨ªa matado. Pero no fue as¨ª... fui yo todo este tiempo. ¡ªTen¨ªas tan solo cinco a?os. No fue tu culpa¡ªdijo Hammya con una mezcla de tristeza y comprensi¨®n. ¡ª?Qu¨¦ sabes t¨²? ?Eh? Nada... soy un asesino. ?Ves estas manos, Hammya? M¨ªralas¡­ ?M¨ªRALAS! Estas manos pudieron haber salvado a Gabriela si le hubiera dado un poco de poder a Odadnac. Si no hubiera sido un miedoso, un mal hermano, ella a¨²n estar¨ªa viva. ¡ªEso no es tu culpa, Candado¡ªrespondi¨® Hammya con voz temblorosa. ¡ª?S¨ª LO ES! ?NO TE ATREVAS A DECIRLO PORQUE ES AS¨ª!¡ªsu voz fue un rugido de sufrimiento y enojo. El rostro de Candado estaba marcado por el dolor. ¡ªS¨¦ por lo que est¨¢s pasando, Candado. Conozco ese sentimiento. Lo sufr¨ª cuando muri¨® mi pap¨¢, pero aun as¨ª segu¨ª adelante. Me esforc¨¦ por no caer el dolor, porque ¨¦l no quer¨ªa eso. ¨¦l quer¨ªa que yo siempre sonriera. Por eso, t¨² tambi¨¦n debes seguir adelante. Candado lo mir¨® con ira. ¡ª?Candado? ¡ª?Seguir adelante? Claro, el mundo se mueve y yo me quedo atr¨¢s. ?Tengo que seguir simplemente porque t¨² lo dices? ¡ªYo no dije eso...¡ªmurmur¨® Hammya con tristeza. ¡ª?No dijiste eso y quieres que siga adelante? Eres una est¨²pida¡ªrespondi¨® Candado con desprecio. ¡ªCandado... ¡ªSoy consciente de ello, ni?a est¨²pida. S¨¦ que todos siguen adelante, que todos lo intentan, todos lo hacen, yo tambi¨¦n lo hice, segu¨ª, segu¨ª, segu¨ª ?SEGU¨ª! ?SEGU¨ª! ?SEGU¨ª! ?Y SEGU¨ª! Pero me di cuenta de algo: aunque el mundo siga avanzando, el dolor no se va. Te persigue, te atosiga, te asfixia. No hay otra cosa que ese dolor que recorre tu cuerpo todos los d¨ªas, record¨¢ndote que nada cambiar¨¢. Sus palabras colgaron en el aire, pesadas, como una sentencia. ¡ªLo entiendo, s¨¦ que duele¡­ ¡ªNo lo sabes. ?YA DEJA! De actuar como si lo entendieras, porque no es as¨ª¡ªCandado alz¨® la voz con furia contenida¡ª. No sabes lo que es despertarte todos los d¨ªas y ver, ah¨ª mismo, la habitaci¨®n donde ella sol¨ªa dormir. Ir a la plaza donde jugaba, pasar por la escuela a la que iba. Ver su foto en cada maldito marco todos los d¨ªas. Todo eso no hace m¨¢s que aumentar tu miseria, como si necesitara recordarte una y otra vez que el dolor nunca se ir¨¢, que jam¨¢s la volver¨¦ a ver, ni escuchar. Hizo una pausa, respirando con dificultad, y luego continu¨®: ¡ªDuele, todos los d¨ªas duele, Hammya. Todas las malditas ma?anas, tardes y noches. El dolor no se va. S¨®lo... s¨®lo tienes que soportarlo, pero estoy cansado de eso. Estoy cansado de ¨¦l. Lo aguant¨¦ suficiente, intent¨¦ resistir, pero... ya est¨¢, lo consigui¨®. Ced¨ª ante ¨¦l, y ahora solo quiero¡­ ¡ªQue ni se te ocurra decir eso ¡ªinterrumpi¨® Hammya con firmeza, su tono era serio, pero cargado de preocupaci¨®n¡ª. Nunca, Candado, no digas algo as¨ª, por favor. El rostro de Candado estaba cubierto por una sombra de desesperaci¨®n. Poco a poco, el peso de tres a?os de dolor y culpa iba desmoron¨¢ndolo. Hammya lo observaba sin saber qu¨¦ hacer. Quer¨ªa ayudarlo, pero las palabras parec¨ªan in¨²tiles frente a su tormento. ¡ªGabriela no habr¨ªa querido que te sintieras as¨ª ¡ªsusurr¨® ella, tratando de calmarlo¡ª. Querr¨ªa que siguieras sonriendo. ¡ªEso es lo que t¨² crees ¡ªrespondi¨® Candado, con una sonrisa amarga¡ª. No s¨¦ c¨®mo alguien como t¨² puede seguir sonriendo. Perdiste a tu padre, caminaste desde muy lejos, cargando solo una maleta llena de ropa. Pasaste hambre, fr¨ªo, calor¡­ y aun as¨ª tuviste la fuerza de entrar a una escuela, sentarte en clase y quedarte a mi lado. ¡ªVali¨® la pena ¡ªdijo ella, con una sonrisa que buscaba iluminar la oscuridad que rodeaba a Candado. ¡ªNo¡­ traicion¨¦ a mi hermana, ?por qu¨¦ ser¨ªa diferente contigo? Hammya lo mir¨® con una mezcla de tristeza y determinaci¨®n. ¡ªNo digas que eres el mal, porque no lo eres¡­ ¡ª?YA BASTA! De repente, la habitaci¨®n desapareci¨®, transform¨¢ndose en un bosque bajo la lluvia. Candado estaba alterado, sus ojos brillaban con rabia. ¡ª??CONOCES ESTE LUGAR?! ¡ªgrit¨®. Hammya lo reconoci¨®. Era el sitio donde Gabriela hab¨ªa luchado contra Pullbarey. ¡ªAqu¨ª fue donde pude salvarla, donde pude haber hecho algo ¡ªdijo ¨¦l, apretando los pu?os. ¡ªS¨ª, lo conozco ¡ªrespondi¨® Hammya con suavidad. ¡ªClaro que lo conoces ¡ªsigui¨® ¨¦l, con un tono acusador¡ª. Odadnac me mostr¨® c¨®mo escarbabas en mi memoria, buscando esto. ?Cu¨¢ntas veces lo hiciste para manipularme? ¡ªCandado, no sigas con esto. No hab¨ªa nada que un ni?o de cinco a?os pudiera hacer. ¡ªTe equivocas ¡ªrespondi¨® ¨¦l con dureza¡ª. Pude hacer algo, pero no lo hice. Porque ten¨ªa miedo. Porque la odiaba. Estaba enojado con ella por algo est¨²pido, puedo entender como funciona el mundo, puedo ser un desgraciado en dictar sus formas de vida, como si fuera un dios perfecto, pero no pude usar mi fuerza para ayudarla, no me escudes por mi corta edad "solo ten¨ªas cino", a esa puta edad era consiente de mi entorno, su muerte solo hizo reforzar mi visi¨®n. Hammya intent¨® acercarse. ¡ªCandado¡­ ¡ª?AQU¨ª LA SENTENCI¨¦ A MUERTE! ?FUE AQU¨ª DONDE LA ASESIN¨¦! Candado se desplom¨® de rodillas, l¨¢grimas corriendo libremente por su rostro. ¡ª?Por qu¨¦ sigui¨® sonriendo a pesar de lo que le hice? ??POR QU¨¦?! ??POR QU¨¦ DEMONIOS NO ME REPUDIASTE?! Hammya se acerc¨® y lo abraz¨®. Candado forceje¨®, intentando apartarla. ¡ª?SU¨¦LTAME! ¡ªgrit¨®, con un nudo en la garganta. Ella cerr¨® los ojos y lo abraz¨® con m¨¢s fuerza. ¡ªNo voy a soltarte. Candado dej¨® de resistirse y comenz¨® a llorar a¨²n m¨¢s fuerte. ¡ªTodos tienen raz¨®n en odiarme, mis amigos, mis padres... Ped¨ª su atenci¨®n de manera ego¨ªsta cuando fui yo quien mat¨® a su hija. ?Deb¨ª ser yo el que muriera! ¡ªEso no es cierto¡­ ¡ªDime, Hammya ¡ªcontinu¨®, entre sollozos¡ª. ?No soy una terrible persona? ?No soy el peor de todos, alguien que destruy¨® lo m¨¢s precioso que ten¨ªa a su lado? Tom¨¦ sentimientos que no me pertenec¨ªan, amor que nunca debi¨® ser m¨ªo. ¡ªTe equivocas. Yo no te veo as¨ª. Candado levant¨® la mirada hacia ella, su rostro empapado en l¨¢grimas. ¡ªDestru¨ª su futuro. Quer¨ªa ser madre. Hoy tendr¨ªa veinti¨²n a?os. Quiz¨¢s estar¨ªa estudiando para una carrera, o feliz con su novio. Pero yo... yo la asesin¨¦, le quit¨¦ todo. Dar¨ªa todo lo que tengo por volver en el tiempo, dar¨ªa hasta mi vida si eso significa que volviera. Hammya tambi¨¦n lloraba. Verlo tan roto la destrozaba. ¡ªNo eres un asesino, Candado. Eso no fue tu culpa. ¡ªEl mirar es lo mismo que asesinar, aun sabiendo lo que estaba pasando. ¡ªNo para un ni?o de cinco a?os. ¡ª?Por qu¨¦ no me dejas tranquilo? Hammya lo mir¨® fijamente, sus palabras resonaron en su mente antes de que las pronunciara. ¡ªPorque¡­ porque soy tu amiga. ¡ªYo no tengo amigos. Una persona tan amable como vos no merece tener a un amigo asesino, mereces muchos m¨¢s de lo que yo o el mundo pueda ofrecer. ¡ªNo eres un asesino, Candado. ¡ªClaro que lo soy. Yo destru¨ª algo que amaba mucho¡­ lo hice¡­ soy un monstruo¡ªCandado se aferr¨® con fuerza al abrazo de Hammya¡ª. Lo destru¨ª por algo est¨²pido. Quit¨¦ la vida a una persona maravillosa. Quiero morir¡­ ¡ªsu voz temblaba, cargada de un dolor desgarrador. Hammya intensific¨® el abrazo, su voz quebrada pero firme. ¡ªBasta, Candado. Deja de decir eso. Candado apret¨® los dientes, intentando contener el torrente de emociones que lo atravesaban. ¡ªSi yo¡­ si yo hubiese tomado la mano de Odadnac, ella estar¨ªa viva. Hammya guard¨® silencio, dejando que las palabras de Candado llenaran el vac¨ªo entre ellos. ¡ªEstar¨ªa aqu¨ª conmigo¡­ no en un caj¨®n bajo tierra. Las fuerzas de Candado se quebraron, y finalmente se rindi¨® al calor del abrazo de Hammya. Las l¨¢grimas comenzaron a fluir, incontenibles, llev¨¢ndose consigo todo el peso que hab¨ªa cargado en silencio durante a?os. Entonces, el entorno cambi¨®. El bosque lluvioso que los rodeaba se desvaneci¨®, transform¨¢ndose en una escuela. Hammya observ¨® en silencio c¨®mo la escena se desarrollaba: Gabriela ajustaba con cuidado el nudo de la corbata de Candado antes de plantarle un beso en la mejilla. La imagen se desvaneci¨®, dando paso a otra. Ahora estaban en la sala de su casa. La madre de Candado abrazaba a sus hijos mientras miraban televisi¨®n. Luego, la escena cambi¨® a un jard¨ªn. Gabriela levantaba a Candado por los aires, imitaba el sonido de un avi¨®n, y ambos re¨ªan a carcajadas. Pero el jard¨ªn desapareci¨®, y se encontraron en el hospital. Gabriela estaba en una cama, p¨¢lida, casi sin cabello y muy delgada. Aun as¨ª, su sonrisa persist¨ªa, intacta, como si nada pudiera arrebat¨¢rsela. La siguiente escena era oscura. La familia Barret dorm¨ªa en la habitaci¨®n del hospital. El se?or Barret estaba en un sill¨®n, Europa y Candado en la cama junto a Gabriela, quien abrazaba a su hermano. Candado la miraba con los ojos enrojecidos, luchando contra el sue?o. Gabriela le bes¨® la frente y le sonri¨® con dulzura. ¡ªCuida mucho a mam¨¢ y a pap¨¢. Pronto ser¨¢s un hermano mayor. Cuida de Karen¡­ estoy segura de que ser¨¢ una hermosa se?orita. Candado comenz¨® a llorar en silencio mientras Gabriela lo abrazaba, esa fue la ¨²ltima vez que sentir¨ªa su calor. La voz de ¨¦l se fue apagando, sus ojos se cerraron lentamente. ¡ªTe quiero mucho¡­ El mundo se oscureci¨® de nuevo. Candado rompi¨® a llorar con desesperaci¨®n. ¡ª?Por qu¨¦ sigui¨® queri¨¦ndome? ¡ªgrit¨® con la voz rota¡ª. ??Por qu¨¦?! Hammya lo abraz¨® con m¨¢s fuerza y comenz¨® a palmear su espalda, su propia voz te?ida de l¨¢grimas. ¡ªYa, ya¡­ estoy aqu¨ª¡­ ¡ª??Por qu¨¦ tuvo que morir?! ??Por qu¨¦ me dej¨® vivir?! ¡ªLa voz de Candado era un susurro desgarrado, cada palabra parec¨ªa rasgar su garganta¡ª. Gabi¡­ me duele mucho, demasiado¡­ ¡ªLo s¨¦¡­ ¡ªrespondi¨® Hammya, sollozando¡ª. Es un sentimiento horrible, lo s¨¦. Llora todo lo que necesites. Estoy aqu¨ª contigo. Candado sigui¨® llorando hasta que las l¨¢grimas se secaron. Su respiraci¨®n volvi¨® a ser pausada, aunque a¨²n temblaba. ¡ªVolvamos a casa ¡ªdijo Hammya con una voz suave y una leve sonrisa. Candado asinti¨®. El mundo comenz¨® a desmoronarse lentamente como si estuviera hecho de papel. El bosque, la casa, el jard¨ªn y el hospital desaparecieron frente a ellos. Cuando abrieron los ojos, estaban de vuelta en el p¨¢ramo viviente. Las nubes negras se despejaron, dejando que un rayo de luz c¨¢lida los envolviera. ¡ª?All¨¢ est¨¢n! ¡ªgrit¨® H¨¦ctor, se?al¨¢ndolos con alivio. Amabaray baj¨® la barrera que los rodeaba, y el grupo corri¨® hacia ellos. Alegr¨ªa y alivio inundaron sus rostros al verlos a salvo. Desde la distancia, Amabaray observ¨® c¨®mo sus hermanos se retiraban por un portal. Cada uno llevaba a su humano. B¨®rrbari, el ¨²ltimo en cruzar, gir¨® para inclinar levemente la cabeza hacia Amabaray, un gesto de despedida y promesa. Cuando el portal desapareci¨®, Amabaray se volvi¨® hacia Europa y los dem¨¢s. Todos abrazaban y aplaud¨ªan a Hammya. Para ese entonces, ella hab¨ªa vuelto a su personalidad habitual, avergonz¨¢ndose de los elogios que recib¨ªa. Europa y Arturo se acercaron a abrazar a su hijo. ¡ªMam¨¢, pap¨¢¡­ ¡ª?Qu¨¦ sucede? ¡ªpregunt¨® Arturo, preocupado. ¡ªHammya quiere decirles algo importante. Europa y Arturo intercambiaron una mirada, interpretando que Candado quer¨ªa estar un tiempo a solas. ¡ªTienes raz¨®n. Hablaremos con ella, pero volveremos despu¨¦s para llenarte de besos¡ªdijo Europa, plant¨¢ndole un beso en la frente. Candado respondi¨® con una sonrisa fr¨ªa. Arturo y Europa se alejaron, dej¨¢ndolo solo, y se dirigieron hacia Hammya para darle las gracias. En ese momento, Candado qued¨® completamente aislado. Todos estaban ocupados charlando y felicitando a Hammya. Incluso Declan estaba absorto en una conversaci¨®n con Andersson. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en el fac¨®n que yac¨ªa en el suelo, todav¨ªa ensangrentado. Al verlo, los recuerdos lo golpearon como un torrente. Pens¨® en Gabriela, en lo que le hab¨ªa causado a su querida hermana. El dolor y la culpa segu¨ªan all¨ª, tan vivos como el primer d¨ªa, y el llanto nunca hab¨ªa servido para aliviarlo. Camin¨® lentamente hacia el arma, la tom¨® y, al mirarse en la hoja afilada, vio reflejado a Odadnac. ¡ªEres un asesino. Nada ni nadie cambiar¨¢ eso ¡ªdijo el reflejo antes de desvanecerse. ¡ªLo s¨¦ ¡ªrespondi¨® Candado con voz llena de pesimismo y desesperanza. Mientras tanto, Hammya, rodeada de felicitaciones y palmaditas, comenz¨® a sentirse inc¨®moda. La multitud la alababa como a una hero¨ªna, pero algo no estaba bien. No pod¨ªa ver a Candado por ninguna parte. Mir¨® entre la gente hasta que, por un peque?o hueco, lo encontr¨®. Lo que vio la dej¨® paralizada. Su alegr¨ªa se transform¨® en puro terror. Erika, que celebraba junto a su hermana, lo not¨® tambi¨¦n, sus ojos brillaron moment¨¢neamente y mir¨® hac¨ªa la misma direcci¨®n de la visi¨®n de Hammya. Ambas se quedaron petrificadas al ver a Candado llevando el fac¨®n hacia su cuello, la hoja brillante a tan solo unos cent¨ªmetros de su piel. Todo se torn¨® en c¨¢mara lenta. Sus mentes gritaban, pero sus cuerpos no respond¨ªan. Nadie m¨¢s se hab¨ªa dado cuenta. La distancia no era grande, pero para ellas se sent¨ªa como un abismo. ¡ªCa¡­ ¡ªintent¨® vocalizar Hammya, pero las palabras no salieron. Desesperada, mir¨® a su alrededor, buscando ayuda. Declan, que hab¨ªa notado su comportamiento extra?o, sigui¨® su mirada. ¡ª?Qu¨¦¡­? ¡ªsusurr¨®, antes de que el p¨¢nico lo invadiera. Entonces grit¨® con todas sus fuerzas: ¡ª?CANDADOOOOOOOO! El grito de Declan rompi¨® el trance de Hammya. Sus ojos y cabello se volvieron de un verde brillante mientras su adrenalina la impulsaba hacia adelante. Candado, con la mirada baja, como un ni?o siendo rega?ado, murmur¨®: ¡ªLo siento, Gabi¡­ Cerr¨® los ojos, levant¨® los brazos y, sin dudarlo, los dej¨® caer violentamente, llevando el fac¨®n hacia su cuello. La hoja perfor¨® la piel, y un chorro de sangre salpic¨® su rostro. Pero algo era extra?o: segu¨ªa respirando. ¡ªLo...Lo siento...Ca...Candado, pero no soy tan fenomenal co...como para frenarlo con los dientes ¡ªdijo Hammya, su voz temblorosa. Candado abri¨® los ojos, temblando. La sangre que lo cubr¨ªa no era suya, sino de Hammya. Ella hab¨ªa detenido el fac¨®n con su palma. La hoja estaba enterrada profundamente, hasta el mango. Su sangre verde goteaba sobre el rostro de Candado, mientras la hoja se deten¨ªa a un mil¨ªmetro de su cuello. ¡ª?AAAAHHHHHHHH! Con un tir¨®n doloroso, Hammya arranc¨® el fac¨®n de las manos de Candado. La hoja qued¨® atorada en su propia mano izquierda. Candado qued¨® at¨®nito, y no solo ¨¦l. Todos estaban paralizados por la incre¨ªble rapidez con la que Hammya hab¨ªa intervenido. Hammya mir¨® a todos, pero fij¨® su atenci¨®n en Candado. ¡ªYo... Me alegro de que est¨¦s bien ¡ªdijo, forzando una sonrisa entre l¨¢grimas. La sangre segu¨ªa brotando de su herida. Con las fuerzas que le quedaban, apret¨® su brazo izquierdo, intentando detener la hemorragia, pero el dolor era insoportable. Finalmente, su cuerpo se desplom¨®. Antes de perder la conciencia, lo ¨²ltimo que vio fue a Candado corriendo hacia ella. "Me alegra haber llegado a tiempo". Ese fue su ¨²ltimo pensamiento antes de cerrar los ojos, dejando en su rostro una sonrisa serena y una l¨¢grima solitaria. EL FIN DEL DOLOR Y EL COMIENZO DE LA CICATRíZ Hammya despert¨® en su cama, sintiendo la c¨¢lida luz del d¨ªa que se filtraba a trav¨¦s de su ventana y se posaba suavemente en su rostro. Al abrir los ojos, pudo ver el cielo: un sol radiante acompa?ado de algunas nubes blancas y grises que danzaban en el horizonte. Sin embargo, algo extra?o la inquiet¨®. Not¨® que s¨®lo pod¨ªa ver con un ojo y un dolor agudo comenzaba a expandirse en su cuerpo, especialmente en las costillas y el pecho, sensaciones que nunca antes hab¨ªa experimentado. De pronto, un recuerdo se apoder¨® de ella, y la ansiedad la sacudi¨®. Necesitaba saber qu¨¦ hab¨ªa sucedido con ¨¦l. ¡ª?Candado! ?CAN¡­! ¡ªgrit¨® con la voz rota por el miedo. ¡ªEstoy aqu¨ª ¡ªrespondi¨® una voz fr¨ªa y cortante desde alguna parte. Hammya gir¨® la cabeza hacia la direcci¨®n de donde proven¨ªa el sonido y lo vio: all¨ª estaba ¨¦l, sentado, con un libro entre las manos y la misma actitud habitual que siempre lo caracterizaba. ¡ªNo hace falta que grites ¡ªdijo con indiferencia. Se levant¨® con calma y comenz¨® a caminar hacia ella. Al verlo de cerca, Hammya qued¨® petrificada. No ten¨ªa ninguna herida visible, como si nada le hubiera sucedido. Vest¨ªa una camisa blanca con una elegante corbata roja, un chaleco negro impecable, guantes blancos, pantalones oscuros ajustados y unos zapatos que hac¨ªan juego perfectamente con el conjunto. ¡ª?Candado? ¡ªpregunt¨® con un hilo de voz. El chico se rasc¨® la mejilla con su dedo ¨ªndice y mir¨® hacia la derecha. ¡ª?Acaso parezco otra persona? Antes de que pudiera responder, Hammya salt¨® de su cama y lo abraz¨® con tanta fuerza que ¨¦l perdi¨® el equilibrio y cay¨® al suelo. ¡ª?Est¨¢s bien! ¡ªexclam¨® con alivio. ¡ªOlv¨ªdate de m¨ª y preoc¨²pate por ti. Estuviste dormida durante dos d¨ªas ¡ªrespondi¨® ¨¦l, intentando ponerse de pie. Pero Hammya no prest¨® atenci¨®n a sus palabras. Sigui¨® abraz¨¢ndolo, como si no quisiera soltarlo nunca. ¡ªOye, ya estoy bien. S¨®lo pas¨¦ por una tonta fase ¡ªdijo ¨¦l, tratando de aliviar el peso de la situaci¨®n. Con cuidado, Candado la levant¨® en sus brazos y la sent¨® de nuevo en la cama. Luego observ¨® su guante y se percat¨® de una mancha verde en ¨¦l. ¡ªMira, abriste tu herida. Tengo que cambiarte la venda ¡ªdijo con un tono serio. Se dirigi¨® hacia un escritorio cercano para sacar el botiqu¨ªn del caj¨®n. ¡ª?D¨®nde estoy? ¡ªpregunt¨® Hammya, a¨²n aturdida. ¡ªEst¨¢s en tu habitaci¨®n ¡ªrespondi¨® ¨¦l mientras preparaba el material de curaci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ le pas¨® a los dem¨¢s? ¡ªEst¨¢n en sus casas. Son las 9:05 de la ma?ana y a¨²n est¨¢n durmiendo. Vendr¨¢n a verte a las 12:00 para saber c¨®mo est¨¢s ¡ªexplic¨® con una voz calmada. ¡ªMi cabello volvi¨® a ser verde ¡ªmurmur¨® Hammya con algo de extra?es. ¡ªVolver¨¢ a ser rojo ¡ªrespondi¨® ¨¦l con un tono seguro. Hammya no pudo evitar re¨ªrse ante la tranquilidad de sus palabras. ¡ª?Dormiste? ¡ªpregunt¨® de repente. ¡ªS¨ª, Clementina y mi madre me obligaron a descansar. No me quitaron los ojos de encima, ya sabes¡­ despu¨¦s de que intent¨¦ quitarme la vida ¡ªrespondi¨® con una mezcla de pesar y sinceridad. Hammya se mostr¨® preocupada mientras ¨¦l sacaba alcohol y algod¨®n del botiqu¨ªn. ¡ª?Y ahora? ¡ªpregunt¨® ella. ¡ªTuve que contarle todo, absolutamente todo, desde por qu¨¦ lo hice hasta por qu¨¦ intent¨¦ acabar con todo¡ªrespondi¨® con voz grave. Hammya se qued¨® quieta, mir¨¢ndolo con atenci¨®n. ¡ª?Qu¨¦ ocurri¨®? ¡ªMe abrazaron, todos, de hecho. Nadie se enoj¨® conmigo, nadie me agredi¨®. Aunque mi madre s¨ª lo hizo ¡ªdijo con una tristeza palpable mientras comenzaba a retirar el vendaje de sus manos. ¡ª?Te importar¨ªa mirar hacia arriba? ¡ªle pidi¨®. Hammya lo obedeci¨® y dirigi¨® su mirada hacia el techo, haciendo un gesto involuntario cuando la costra se desprendi¨® de su piel al quitar el vendaje. ¡ªVaya ¡ªmurmur¨®. ¡ª?C¨®mo est¨¢? ¡ªpregunt¨® Hammya. ¡ªTuviste suerte de que el fac¨®n no da?¨® tus huesos. S¨®lo tuviste un desgarre de la carne y el m¨²sculo. No hizo falta que te cosieran porque la hoja era muy fina ¡ªexplic¨® con profesionalidad. ¡ªTuve suerte ¡ªdijo ella de manera burlona. Con un pa?uelo mojado en agua, Candado comenz¨® a limpiar la herida suavemente. ¡ªFue muy est¨²pido lo que hiciste ese d¨ªa. Podr¨ªas haber perdido la mano, haber muerto¡ªdijo ¨¦l mientras limpiaba. ¡ªJejeje, no era posible, nadie pod¨ªa morir en ese, sin mencionar que, si no lo hac¨ªa, vos pod¨ªas haber muerto ¡ªrespondi¨® Hammya, con un tono serio. ¡ªPero pudiste perder tu mano. ¡ªPero no te hubiera perdido ¡ªcontest¨® ella con una sonrisa. ¡ª... Candado pas¨® alcohol con algod¨®n por la herida, y Hammya no pudo evitar quejarse del ardor. ¡ª?Ah! Arde ¡ªexclam¨®. ¡ªNo mires hacia abajo ¡ªdijo ¨¦l con una voz calmada. ¡ªBien, bien, no lo har¨¦ ¡ªrespondi¨® ella, haciendo pucheros. Con suavidad y cuidado empez¨® a limpiar su herida. ¡ª?Est¨¢s bien? ¡ªpregunt¨® ella con suavidad. ¡ªClaro que lo estoy ¡ªrespondi¨® ¨¦l indiferentemente. ¡ªNo me refiero f¨ªsicamente, me refiero a lo otro ¡ªinsisti¨® Hammya. ¡ªSobrevivir¨¦ ¡ªrespondi¨® ¨¦l con firmeza. Candado termin¨® su trabajo, asegur¨¢ndose de vendar la herida con cuidado. ¡ª?Por qu¨¦ lo hiciste? ¡ªpregunt¨® de repente. Hammya baj¨® la cabeza, pero ¨¦l la inst¨® a mirarle nuevamente. ¡ª?NO! No bajes la cabeza ¡ªdijo con firmeza. Hammya accedi¨® y continu¨® mirando el techo. ¡ªPorque habr¨ªas muerto, Candado, y yo no quer¨ªa eso. No quer¨ªa que murieras. Gabriela estar¨ªa enojada si supiera que muri¨® por nada ¡ªsusurr¨® con el coraz¨®n apretado. ¡ªNo estoy hablando de Gabriela, estoy hablando de ti ¡ªrespondi¨® ¨¦l, con voz temblorosa. Candado termin¨® de vendarla y la mir¨® con tristeza. ¡ªYa lo dije, porque no quer¨ªa que murieras ¡ªa?adi¨® ella, con una voz firme. ¡ªPero, ?por qu¨¦ lo hiciste? ¡ªpregunt¨® ¨¦l nuevamente, con un tono de duda. ¡ª?Por qu¨¦? No hay por qu¨¦. Te lo responder¨¦ con una pregunta: ?vos har¨ªas lo mismo? ¡ªS¨ª, lo har¨ªa ¡ªrespondi¨® ¨¦l sin titubear. ¡ªPues ah¨ª lo tienes. Yo tambi¨¦n ¡ªdijo Hammya, con una mezcla de soberbia y alivio. El silencio qued¨® entre ambos, roto solo por el sonido distante de los rayos de sol que segu¨ªan filtr¨¢ndose por la ventana. Candado termin¨® de vendarse la herida, guard¨® los utensilios en la caja y los dej¨® a un lado, solo para tomar su mano lastimada con la suya. ¡ªSab¨ªas que doler¨ªa mucho, sin embargo, lo hiciste ¡ªdijo mientras miraba y acariciaba la herida que ten¨ªa en la contra palma vendada. ¡ªPor supuesto que lo hice, y tambi¨¦n sab¨ªa que doler¨ªa, creo. De hecho, doli¨® mucho ¡ªrespondi¨® Hammya con una voz suave. Luego baj¨® la cabeza de forma lenta hasta pegar su frente con la cabeza de Candado. ¡ªPero este dolor no se compara con el dolor que sentir¨ªa si hubieras muerto. Los ojos de Candado se crisparon, y las l¨¢grimas que estaba esforz¨¢ndose por contener comenzaron a deslizarse por su mejilla hasta caer sobre la mano vendada de ella. Hammya lo not¨®, y con ternura comenz¨® a acariciar la espalda de Candado con su otra mano. ¡ªLo siento ¡ªmurmur¨® Candado, luchando para no ceder ante el llanto¡ª. Lo siento mucho. Hammya sonri¨®, se baj¨® de la cama y lo abraz¨® con fuerza. ¡ªShhhh, shhhh, shhhh, todo est¨¢ bien. ¡ªPerd¨®n por tu mano. ¡ªNo pasa nada. ¡ªPerd¨®n por tu ojo. ¡ªNo fue tu culpa, ya se curar¨¢. ¡ªPerd¨®n por todo lo que te hice. ¡ªNo hay nada que disculpar, nunca me hiciste nada malo. ¡ªPerd¨®n por lastimarte. Hammya lo abraz¨® a¨²n m¨¢s fuerte, sintiendo que ten¨ªa en sus brazos a un Candado fr¨¢gil, vulnerable. "Alg¨²n d¨ªa te dir¨¦ lo que guardo en mi coraz¨®n" pens¨® ella. Le quit¨® la boina y, mientras ¨¦l continuaba llorando, le dio un beso en la frente, logrando calmar un poco el torbellino emocional de Candado. Sumida en ese momento de alegr¨ªa y amor, Hammya se olvid¨® por completo de su entorno, hasta que una voz familiar la sac¨® de sus pensamientos. ¡ªEh, Hammya ¡ªdijo Europa, con un tono de confusi¨®n. Hammya se sobresalt¨® y se alej¨® de Candado, regresando a la cama con un movimiento r¨¢pido, como si el sonido la hubiera alertado. Mir¨® hacia donde proven¨ªa la voz, encontrando a Europa mir¨¢ndola directamente. ¡ªHola ¡ªdijo Hammya con un nerviosismo evidente. En ese momento, sinti¨® un instinto hostil en el aire, algo que la hizo soltar a Candado de inmediato y alejarse a¨²n m¨¢s.If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. ¡ªMam¨¢, iba a avisarte, pero¡­ ¡ªcomenz¨® Candado, al girar para mirar a su madre. ¡ªEso lo veo, hijo ¡ªrespondi¨® Europa con un gesto serio. ¡ªTu voz suena hostil. ?Pasa algo? ¡ªpregunt¨® ¨¦l. Europa se acerc¨® a Hammya, se sent¨® junto a ella en la cama y la mir¨® directamente. Luego mir¨® a su hijo, not¨® las l¨¢grimas de sus ojos, pas¨® su dedo pulgar en uno de ellos para limpiarle las l¨¢grimas y con una sonrisa dulce le dijo: ¡ªEl desayuno est¨¢ listo. Ve abajo, por favor. ¡ªDe acuerdo ¡ªrespondi¨® ¨¦l, con una leve verg¨¹enza que Hammya not¨® de inmediato. La puerta se cerr¨® detr¨¢s de Candado, dejando a las dos solas en la habitaci¨®n. Europa suspir¨® y mir¨® a Hammya con una sonrisa suave. ¡ªMe alegra verte bien. ¡ª?As¨ª? ¡ªpregunt¨® Hammya con algo de incertidumbre. ¡ªLo siento por eso. No estoy acostumbrada a ver que Candado sea abrazado por otra chica que no sea Gabriela. ¡ªYa veo ¡ªrespondi¨® Hammya. Europa la abraz¨®, con un gesto tan maternal que fue como si estuviera cuid¨¢ndola como si fuera su propia hija. Apoy¨® su mejilla en su cabeza y susurr¨®: ¡ªGracias. ¡ª?Gracias? ¡ªpregunt¨® Hammya, confundida. ¡ªSi t¨² no lo hubieras visto, si t¨² no lo hubieras parado¡­ ¡ªEuropa tens¨® su abrazo y trat¨® de contener las l¨¢grimas¡ª. Seguramente habr¨ªa enterrado a otro hijo¡­ me aterra solo el pensar eso. ?Qu¨¦ tal si nadie lo hubiera visto? ?Qu¨¦ tal si nadie lo hubiera parado a tiempo? Me aterra pensar que esto es un sue?o, pero cuando te vi abraz¨¢ndolo, todo ese miedo se disip¨®. Hammya sonri¨® y acarici¨® su espalda suavemente. ¡ªAmo a su hijo ¡ªdijo en voz baja. Europa vacil¨® un momento, pero se tranquiliz¨®. ¡ªLo s¨¦, lo supe aquella vez. ¡ª?Esa vez? ¡ªpregunt¨® Hammya, con una mezcla de nerviosismo y curiosidad. ¡ª?Crees que no te vi? ?Crees que no estoy enterada de que lo besaste en la mejilla durante el picnic? Hammya no contest¨® de inmediato. Se sent¨ªa algo nerviosa. ¡ªBueno, me alegra que me lo hayas contado y todo, pero¡­ ?no crees que son demasiado j¨®venes para eso? ¡ªpregunt¨® Europa con un poco de hostilidad. Hammya frunci¨® el ce?o. ¡ªNo creo que usted sea la indicada para decirme eso ¡ªrespondi¨® con algo de firmeza. Europa se atragant¨® con su saliva por el nerviosismo. ¡ªEjem¡­ Eso es diferente. ¡ª?En qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Hammya con el mismo tono desafiante. ¡ª¡­ ¡ªEuropa vacil¨® por un momento, insegura. ¡ªEstoy esperando ¡ªle dijo Hammya, con una mirada fija y directa. Europa no se sinti¨® intimidada por su desaf¨ªo. M¨¢s bien, le devolvi¨® la mirada con m¨¢s intensidad. ¡ªEn verdad son madre e hijo ¡ªcoment¨® Hammya de manera tranquila. ¡ª?Qu¨¦ te hizo dudarlo? ¡ªpregunt¨® Europa, a la defensiva. ¡ªNada, solo digo ¡ªrespondi¨® relajando su expresi¨®n. Le dio una palmada en la espalda y sonri¨®. ¡ªNo te cortar¨¦ el puente, as¨ª que tranquila. Antes de que pudieran seguir con la conversaci¨®n, una luz brillante emergi¨® de la ventana, manifestando la presencia de Amabaray. ¡ªOh, est¨¢s aqu¨ª ¡ªdijo Hammya con algo de alivio. ¡ªHola, J?n ¡ªrespondi¨® Amabaray, dirigi¨¦ndose a ella¡ª. Hola peque?a, ?c¨®mo te sientes? Hammya toc¨® su ojo vendado y sonri¨® con cierta timidez. ¡ªM¨¢s o menos bien ¡ªrespondi¨® con voz suave. Amabaray sonri¨® y le palme¨® la cabeza con cari?o. ¡ªPor cierto, ?vieron a T¨ªnbari? He estado busc¨¢ndolo toda la ma?ana. Hammya y Europa se miraron entre s¨ª, compartiendo una sonrisa de picard¨ªa con la ni?a que hizo a Amabaray fruncir el ce?o, confundido, mientras que Hammya no entend¨ªa nada. ¡ªIncre¨ªble, no es lo que crees, as¨ª que no te hagas la cabeza. Hammya entendi¨® esa mirada y lo que estaba pasando, as¨ª que se uni¨® a Europa con su sonrisa c¨®mplice y con ello, el juego. ¡ªPero¡­ ¡ª¡­Nosotras no dijimos nada ¡ªconcluy¨® Europa. Amabaray no era buena para mantener un rostro serio, por lo que se sonroj¨® al notar las miradas de las otras dos. ¡ª?Me voy! ¡ªse alter¨® Amabaray, saliendo de la habitaci¨®n con rapidez. Europa y Hammya rieron juntas al ver la reacci¨®n avergonzada de Amabaray. Sin embargo, pronto Hammya comenz¨® a quejarse de su herida. ¡ª?Duele todav¨ªa? ¡ªUn poco. ¡ªMe sorprendi¨® que tuvieras sangre verde. ¡ªLa verdad es que¡­ ¡ªNo tienes por qu¨¦ dec¨ªrmelo ahora, est¨¢ bien. No me gusta indagar en los secretos de los dem¨¢s. Cuando est¨¦s lista, cu¨¦ntame. ¡ªBien. Europa se puso de pie, se despidi¨® con una sonrisa y un giro de mu?eca antes de abandonar la habitaci¨®n. Hammya qued¨® sola, mirando alrededor. ¡ª?Qu¨¦ hago ahora? ¡ªse pregunt¨®, sinti¨¦ndose algo perdida. No tuvo mejor idea que acostarse en la cama y contemplar el techo. Mientras miraba el vac¨ªo, comenz¨® a recordar todo lo que hab¨ªa pasado en ese mundo. A medida que repasaba sus vivencias, una sensaci¨®n de tensi¨®n la embarg¨® al notar su cambio de personalidad. Se hab¨ªa vuelto fr¨ªa y calculadora para salvar a Candado, y a¨²n ten¨ªa v¨ªvida la sensaci¨®n de haberlo tenido entre sus brazos momentos antes. ¡ª(??QU¨¦ HICE?!) ¡ªpens¨® alarmada. Se tap¨® la cara con la almohada y comenz¨® a girar los pies en el aire como si estuviera pedaleando una bicicleta. Luego de unos largos segundos de ¡°pedaleo¡±, se quit¨® la almohada y volvi¨® a mirar el techo. ¡ªParece que algunas costumbres nunca cambian ¡ªmurmur¨® en voz baja. Europa baj¨® por las escaleras, sumida en sus pensamientos. Recordaba la conversaci¨®n que tuvo con Hammya y lo que sent¨ªa hacia su hijo. A pesar de todo, escuchar eso le hab¨ªa causado una extra?a felicidad, pues le trajo a la mente el d¨ªa en que Gabriela tuvo su primer novio. Europa hab¨ªa notado ese momento gracias a un dispositivo de vigilancia que hab¨ªa instalado durante el sue?o de su hija, justo para asegurarse de protegerla de posibles problemas. La t¨¦cnica, aunque invasiva, hab¨ªa funcionado, pero no sin consecuencias. Antes de ello, le hab¨ªa preguntado directamente a Clementina sobre sus romances, y esta le hab¨ªa mentido. Como castigo, le hab¨ªa colocado un sistema verbal y corporal que la obligaba a decir siempre la verdad ante preguntas familiares directas. Lo que no sab¨ªa era que, al implementar dispositivos de ese tipo sin las debidas claves, la memoria de quien los recib¨ªa pod¨ªa ser reseteada. As¨ª fue como Clementina perdi¨® recuerdos de su lugar de origen, una circunstancia que nunca lleg¨® a comprender hasta ahora. Europa lleg¨® a la cocina y, mientras preparaba algo, mir¨® hacia la ventana. All¨ª estaba Candado, sentado bajo el ¨¢rbol, comiendo solo. Una sonrisa de pena se dibuj¨® en su rostro. Sab¨ªa que su hijo estaba preocupado y que lo estaba evitando, pues cre¨ªa err¨®neamente que su madre lo odiaba. Europa cerr¨® los ojos, suspir¨® profundamente y decidi¨® acercarse a donde estaba su hijo para aclarar sus dudas, pues si bien ten¨ªa una excusa como velar por Hammya, esta ya no era infalible ni v¨¢lida ahora que despert¨®. Al abrir la puerta, un rechinido alert¨® a Candado. Se sobresalt¨®, levantando la vista justo cuando vio a su madre acerc¨¢ndose. Mir¨® hacia ambos lados, temeroso de que viniera a buscar a otra persona, pero antes de que pudiera reaccionar para escapar, Europa sonri¨® y se dirigi¨® hacia ¨¦l. Candado sinti¨® un instinto de defensa, pero fue demasiado tarde. Europa lo alcanz¨®, lo tom¨® por debajo de los brazos y lo levant¨® en el aire mientras re¨ªa a carcajadas. ¡ª?D¨®nde vas ahora? ¡ªpregunt¨® mientras lo abrazaba tan fuerte que los pies de su hijo no tocaban el suelo. ¡ªTengo¡­ ¡ªCandado vacil¨®, consciente de que no pod¨ªa mentir. ¡ª?Mmm? ¡ªYa, quer¨ªa irme. Europa sonri¨®. ¡ª?A d¨®nde? ¡ªVoy a¡­ ¡ªpero ella lo abraz¨® de nuevo, quit¨¢ndole la boina para que no sintiera calor. Candado luchaba para liberarse. ¡ªUps, perd¨®n. ¡ªPod¨ªa hacerlo solo. ¡ªLo s¨¦, pero no lo har¨¢s. Se tir¨® sobre el c¨¦sped mientras segu¨ªa abraz¨¢ndolo como si fuera un oso de peluche. ¡ªMe vas a despeinar. ¡ªA veces te comportas como una nena ¡ªcoment¨® con una sonrisa. Candado continu¨® luchando, pero no pudo evitar sonre¨ªr un poco, sinti¨¦ndose atrapado entre la calidez y el afecto de su madre. ¡ªPues adivina qu¨¦, me gusta cuando todo est¨¢ en orden. ¡ª(Se nota que sali¨® a m¨ª). Candado dej¨® de luchar en el momento en que Europa suspir¨® de forma aliviada, lo que entendi¨® de inmediato como una se?al de que ella estaba feliz. ¡ªMe acuerdo cuando te ense?aba a caminar. No quer¨ªas ponerte de pie, pero cuando extend¨ªa mis brazos como si fuera a abrazarte, r¨¢pidamente te levantabas y corr¨ªas hacia m¨ª con todas tus fuerzas. ¡ªNo lo recuerdo. ¡ª?Tonto! Es obvio. Ten¨ªas un a?o de edad, el pa¨ªs se ca¨ªa a pedazos, hab¨ªa caos y destrucci¨®n, pero a nosotros nunca nos falt¨® nada. A pesar de que mi amada Argentina era devorada por la miseria de un presidente incompetente, siempre encontr¨¢bamos razones para sonre¨ªr. ¡ªA?o 2001, el d¨ªa que Argentina se incendi¨® por la falta de pol¨ªtica social. Europa se acomod¨® bajo la sombra de un ¨¢rbol, a¨²n abrazando a su hijo, y recost¨® la espalda de Candado en su pecho. ¡ªVos fuiste muy afortunado. ¡ª?Por qu¨¦? ¡ªYo nac¨ª en 1976, a unos meses del golpe de estado. Crec¨ª viendo mi pa¨ªs en la ruina, nunca conoc¨ª la democracia como la conocemos ahora. Sin embargo, cuando escuchaba a mi padre y a mi madre hablar de ella y de c¨®mo hab¨ªa sido el pa¨ªs en su tiempo, no pod¨ªa creerlo. ?Eso era la Argentina? Yo tambi¨¦n quer¨ªa verlo. Pas¨¦ mi infancia observando la llegada de dictadores, la miseria que ellos tra¨ªan, el miedo de la gente, la desaparici¨®n de aquellos que simplemente se esfumaban ante mis ojos. ¡ªY luego lleg¨® la democracia, ?no es as¨ª? ¡ªS¨ª. Recuerdo a ese hombre parado en el balc¨®n de la Casa Rosada, hablando sobre democracia, y ver a mis padres llorar. No porque extra?aran el pasado, sino porque ese d¨ªa se hab¨ªa cumplido un sue?o. Sin embargo, la democracia no era lo que me imaginaba. El hambre no desapareci¨®. Volv¨ª a ver el mismo paisaje: un presidente elegido por el pueblo, d¨¦bil y echado. Despu¨¦s vino Carlos Sa¨²l Menem, un peronista que regalaba industria nacional a los extranjeros... ¡ªPerd¨®n que interrumpa tu historia muy simplificadora del contexto hist¨®rico y social, pero... ?qu¨¦ tiene que ver todo esto con lo que me pas¨®? Europa respir¨® hondo y continu¨®: ¡ªYo me sent¨ªa igual. Me sent¨ªa culpable, Candado. Me sent¨ªa culpable de que mi pa¨ªs estuviera as¨ª, de que todo estuviera perdido. Si tan solo hubiera nacido antes, quiz¨¢s mi voto podr¨ªa haber cambiado la historia y evitado que mis ojos viesen la miseria. Pero me di cuenta de que eso no era posible. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢s tratando de decirme? Disculpa, pero creo que hay una diferencia enorme en lo que est¨¢s contando. ¡ªLa historia es un proceso, Candado. Aunque existiera una m¨¢quina del tiempo que te llevara a 1955 para advertir al presidente Per¨®n sobre el bombardeo de la Casa Rosada, nada asegurar¨ªa que la historia habr¨ªa cambiado. Otros factores habr¨ªan intervenido. La Iglesia habr¨ªa usado el poder de sus s¨ªmbolos para declararlo el demonio, lincharlo con la ayuda de quienes segu¨ªan esa fe. Las empresas tambi¨¦n habr¨ªan encontrado formas de sabotearlo, subiendo los precios hasta hambrear al pueblo y culparlo de su propia miseria. Por m¨¢s que lo intentes, siempre tendr¨ªas el mismo resultado: el derrocamiento de Per¨®n. Candado permaneci¨® en silencio. ¡ªEs diferente... muy diferente¡ªsusurr¨® finalmente. ¡ªCandado, echarte la culpa de la muerte de tu hermana es una tonter¨ªa. Solo ten¨ªas cinco a?os cuando eso ocurri¨®. Cuando ten¨ªas esa edad, solo eras un ni?o alegre y juguet¨®n. No es tu culpa, no lo fue. Si hubieras tomado la mano de Odadnac cuando te la extendi¨®, quiz¨¢ habr¨ªas muerto, o te habr¨ªas dejado llevar por la ira. Pero la ira no es fuerza, Candado. Es debilidad. ¡ª?Debilidad? ¡ªS¨ª. Si hubieras tomado sus manos, habr¨ªas tenido poder, pero tambi¨¦n habr¨ªas muerto. Era muy joven para manejar algo as¨ª. El estr¨¦s y la angustia te habr¨ªan destruido. Pero si hubieras sobrevivido, no sabr¨ªas pelear y habr¨ªas muerto igualmente. ¡ªPero al menos Gabriela estar¨ªa aqu¨ª... Europa abraz¨® a su hijo con m¨¢s fuerza, pegando su mejilla contra la de ¨¦l. ¡ªYo tambi¨¦n pas¨¦ por cosas malas, mi sol. Perd¨ª a cinco de mis mejores amigos, uno de ellos significaba para m¨ª lo que Yara es para ti. Tambi¨¦n fui traicionada por el gremio que m¨¢s admiraba: el GreenBlood. Perd¨ª mi posici¨®n en la O.M.G.A.B. Perd¨ª a Amabaray, perd¨ª a mi hija... Y hoy estuve a punto de perderte por una raz¨®n absurda: echarte la culpa de una situaci¨®n que no te correspond¨ªa. Mientras lo abrazaba con fuerza, su voz se sent¨ªa tranquila y segura. Candado manten¨ªa su rostro oculto, llorando en silencio. Su expresi¨®n era fr¨ªa e inexpresiva, pero nada de eso pod¨ªa ocultar la paz que sent¨ªa en ese momento. ¡ª?C¨®mo es posible...? ¡ªmurmur¨® con la voz rota, sonriendo a trav¨¦s de sus l¨¢grimas¡ª. ?C¨®mo es posible que despu¨¦s de todo sea sentimental con ustedes dos? No lo entiendo... Europa sonri¨® y le dio un beso en la mejilla. ¡ªAunque digas que eres una p¨¦sima persona, yo estar¨¦ siempre a tu lado. Cuando llores, ap¨®yate en m¨ª. Cuando necesites ayuda, solo preg¨²ntame. Porque despu¨¦s de todo, soy tu madre, y es mi deber cuidarte, mimarte, abrazarte y, sobre todo, amarte, lamento haberte alejado de m¨ª, pero te prometo que jam¨¢s volver¨¦ a dejarte solo, jam¨¢s. Candado se quit¨® la mano de los ojos, gir¨® r¨¢pidamente el rostro para hundirlo en el pecho de su madre. ¡ª?Est¨¢ bien si lo hago ahora? ¡ªpregunt¨®. ¡ªNo tienes que preguntarme eso. Europa coloc¨® su mano derecha sobre la cabeza de su hijo y con la izquierda le dio palmaditas suaves en la espalda mientras escuchaba su llanto. ¡ªNo hace falta que te contengas, Candado. Suelta todo lo que escondes en tu coraz¨®n. A pesar del dolor, el peque?o accedi¨® a la petici¨®n de su madre. Nadie m¨¢s que Europa escuch¨® sus sollozos. Mientras ¨¦l lloraba, ella tarareaba una suave melod¨ªa de cuna, una canci¨®n antigua que hab¨ªa compartido con ¨¦l tantas veces. Y aunque sus l¨¢grimas no cesaban, la paz comenz¨® a fluir nuevamente en su coraz¨®n, mientras la melod¨ªa bailaba en ellos. "Luna del sue?o, farol en el cielo, Gu¨ªa al ni?o entre suaves campanas. Un deseo profundo eleva su vuelo, Ansiando el amor que en la tierra no alcanza. Am¨® a la Luna y rog¨® que bajara, Y al ver su fulgor, su coraz¨®n tembl¨®. Su amor era puro, como un r¨ªo que canta, La Luna escuch¨® y su alma abraz¨®. La Luna del cielo cumpli¨® su promesa, El deseo de hallar una dulce familia. Tom¨® de su mano y con luz lo bes¨®, Las campanas cantaron su tierna melod¨ªa. Las estrellas brillaron y lo acunaron. Suena, suena, suena, campana de amor, Bailando en la noche, bajo el resplandor. Canta para el viento, silba para el mar, Aplaude a la Luna, su eterna mirar. Pero el coraz¨®n no sabe esperar, Quiere abrazarla, quiere besarla, Es su deseo m¨¢s grande y total. La Luna baj¨® una vez m¨¢s a la tierra, Y su sonrisa al ni?o llen¨® de primavera. Tom¨® su mano, y juntos volaron, Sus almas unidas al cielo llegaron. En Sol ¨¦l cambi¨®, y en luz la envolvi¨®, Sus vidas eternas en astros brillaron. Las campanas resuenan, cantando su amor, El amor infinito del Sol y la Luna. Las campanas resuenan, bailando al fulgor, El amor eterno del Sol y la Luna. Las campanas resuenan, cantando su uni¨®n, El amor eterno del Sol y la Luna." Europa observ¨® con ternura a Candado, quien descansaba sobre su pecho. Su respiraci¨®n era profunda y acompasada, pero a¨²n se distingu¨ªan las l¨¢grimas que hab¨ªan surcado su rostro. Ella pas¨® suavemente una mano por su cabello y, con una sonrisa llena de amor, susurr¨®: ¡ªDescansa, hijo m¨ªo. El crujido de hojas secas rompi¨® la quietud del momento. Europa levant¨® la mirada y vio a Arturo aproximarse a ella con cuidado. ¡ªLuna del cielo¡­ ¡ªmurmur¨® ¨¦l, su voz cargada de nostalgia¡ª. Es una m¨²sica que te cant¨¦ hace mucho tiempo. Europa lo mir¨® sorprendida, pero no dijo nada. Arturo se sent¨® a su lado y se acomod¨® cerca, como si el peso de los a?os no hubiera erosionado el lazo que compart¨ªan. ¡ªCreo que me volv¨ª a enamorar de vos ¡ªdijo ¨¦l de repente, con una sonrisa suave y llena de sinceridad. Europa respondi¨® con otra sonrisa, c¨¢lida y tranquila, mientras segu¨ªa acariciando la cabeza de Candado. Arturo desvi¨® la mirada hacia el rostro del joven y permaneci¨® observ¨¢ndolo por unos instantes. Hab¨ªa algo en la forma en que dorm¨ªa, en la quietud de su expresi¨®n, que le hizo sentir un extra?o tipo de paz. Con cuidado, Arturo alz¨® una mano y limpi¨® las l¨¢grimas que a¨²n brotaban de los ojos de Candado. ¡ªNo importa cu¨¢nto haya madurado, sigue siendo un ni?o ¡ªcoment¨® con un tono de melanc¨®lica ternura, mientras dejaba reposar su mano en la cabeza de Candado¡ª. Para m¨ª, siempre ser¨¢ mi hijo. Europa asinti¨® y volvi¨® a mirar a Candado, que parec¨ªa haberse hundido a¨²n m¨¢s en sus brazos. ¡ªM¨ªralo ¡ªdijo ella con un suspiro lleno de cari?o¡ª. Parece que est¨¢ contento. Arturo tambi¨¦n sonri¨®. ¡ªS¨ª¡­ est¨¢ durmiendo tan pac¨ªficamente. Ambos se quedaron en silencio, observando c¨®mo Candado respiraba serenamente, como si en ese momento todo su mundo estuviera en calma. La brisa soplaba suavemente, llevando consigo un tenue aroma a tierra h¨²meda y hojas secas. Europa comenz¨® a tararear la melod¨ªa de cuna que tantas veces hab¨ªa cantado, y Arturo, despu¨¦s de un momento, se uni¨® a ella con su grave y c¨¢lida voz. Era un momento sencillo, pero lleno de significado: una madre, un padre y un hijo compartiendo la paz que llega despu¨¦s del caos. Y aunque el pasado estuviera lleno de cicatrices, en ese instante solo importaba el presente, la uni¨®n que les manten¨ªa juntos. A lo lejos. Clementina miraba la escena con una sonrisa. ¡ªDescanse joven patr¨®n.