《Black dragon (Spanish version)》 Cap铆tulo 0 La ca铆da del drag贸n
Cap¨ªtulo 0 La ca¨ªda del drag¨®n Dragones, seres majestuosos y llenos de poder. Su origen es un misterio. Algunos alegan que son tan antiguos como el mism¨ªsimo mundo. Otros especulan que un hechicero, en su af¨¢n por practicar las artes oscuras, los cre¨® experimentando con esclavos, vagabundos y enfermos, personas que perdieron la raz¨®n de vivir. Estas criaturas adoptan forma humana, piensan, sienten y eligen por s¨ª solos. Dos caras de una misma moneda, dos razas de dragones se dividieron, igual que el bien y el mal; luz y oscuridad. Mientras los dragones plateados se empecinan en servir y proteger a sus reyes, los dragones negros, lo hacen en destruir. Era la primera madrugada de luna llena. Esta se alzaba en los cielos, la ¨²nica que iluminaba el bosque. Los dragones plateados detestaban la luna, m¨¢s si interfer¨ªa en sus batallas. Pose¨ªan hermosas escamas, similares a largos p¨¦talos de flores, que reflejaban la luz cual si fuese un enorme espejo que los delataba. El¨ªas deb¨ªa servir a su rey, esa era la tarea que le encomend¨® el haber nacido como un drag¨®n plateado. Si aquel hombre le ordenaba asesinar a un drag¨®n negro, ¨¦l lo har¨ªa sin dudarlo. Se elev¨® d¨¢ndole la espalda a la enorme esfera blanca, cubri¨¦ndola con sus alas. El contraste de sombra hizo que sus ojos celestes brillaran, mientras observaba con detenimiento su m¨¢s desafiante objetivo. La diferencia de fuerza entre las razas de dragones era importante. Los plateados estaban en desventaja desde tiempos inmemorables, pero a El¨ªas no le interesaba la historia, ni la desventaja; siempre ten¨ªa un as bajo la manga. No sol¨ªa actuar por impulso. Al contrario, era calculador, utilizar¨ªa cualquier m¨¦todo, fuera sucio o no, para triunfar. Solo le importaba complacer las ambiciones de su amo. El choque entre dragones se sinti¨® a kil¨®metros y kil¨®metros a la redonda. Las llamas azules no alcanzaron a los soldados, quienes aterrados, con armaduras y rostros sucios de cenizas, aguardaban el desenlace. A diferencia de las primeras, las llamas rojas s¨ª lo hicieron. Los cad¨¢veres se fueron multiplicando, carbonizados con la furia del drag¨®n negro. A pesar de los riesgos de permanecer bajo una batalla de estas indomables criaturas, la reina Megara, primera hechicera que ascendi¨® al trono, presenci¨® el espect¨¢culo con evidente disfrute. En aquel entonces, las hechiceras eran vistas como n¨®madas de reinos, aceptaban trabajos a cambio de oro. En cambio Megara, se qued¨® en un castillo gracias al amor que le ten¨ªa a su rey, el hombre que la liber¨® de la esclavitud. Incontables veces Empirio, su esposo, le hab¨ªa pedido que se vistiera adecuadamente, con vestidos dorados, portando joyas con tr¨¦boles de cuatro hojas, s¨ªmbolo del reino de Advaland. Pero Megara insist¨ªa en lucir el atuendo tradicional de una hechicera, desde la tela morada hasta el profundo escote, siempre manteniendo visible las marcas de su profesi¨®n. Llevaba una corona de oro con rub¨ªes, la sola evidencia de que era una reina. Observ¨® a los dragones volar de un lado para otro, arroj¨¢ndose bolas de fuego. El negro sab¨ªa que esa mujer era la culpable de sus ¨²ltimas desgracias, y ella, conservando la malicia en su sonrisa, sab¨ªa que serlo significaba tentar a la muerte. This novel is published on a different platform. Support the original author by finding the official source. El drag¨®n negro era c¨®mplice de la noche, la oscuridad de sus escamas puntiagudas, de los largos cuernos, le permiti¨® camuflarse mejor en el cielo. Se movi¨® a gran velocidad hacia su rival. Rabioso, lo tom¨® del cuello, aferr¨® las garras e intent¨® romper las escamas. El plateado trat¨® de liberarse, pero el otro le propici¨® una patada en el abdomen, para despu¨¦s sujetarlo de la cabeza y lanzarlo hacia Megara. La hechicera abri¨® los ojos como platos, la sensaci¨®n de peligro aumentaba, pero nada la moviliz¨®. Esper¨® a que el leal sirviente de Empirio cumpliera con su tarea, confiaba que los dragones plateados no le fallaban a sus amos. El¨ªas despleg¨® las alas y logr¨® frenar a tiempo, antes de aplastarla como su oponente deseaba. El viento movi¨® los cabellos viol¨¢ceos de la mujer. Ambos hicieron contacto visual, compartiendo el mismo pensamiento, ninguno de los dos regresar¨ªa al reino de Advaland con las manos vac¨ªas. El drag¨®n plateado regres¨® a la batalla. Un grupo de soldados, escapando de las llamas rojas, se acercaron a la mujer. ¡ªMi reina, ser¨¢ mejor que nos alejemos del combate, si no seremos v¨ªctimas de las bestias ¡ªsugiri¨® uno. Haciendo caso omiso a la advertencia, Megara extendi¨® sus manos y exclam¨®: ¡ª?Contemplen el sue?o de su rey hecho realidad! ¡ª?Nos asesinar¨¢n si nos quedamos! ¡ªinsisti¨® el soldado, temeroso. Megara volte¨®, el fuego rojizo del ambiente intensific¨® la mirada penetrante, enmarcada con largas pesta?as y maquillaje llamativo. Muchos de los habitantes de Advaland cre¨ªan que la reina utilizaba sangre de v¨ªrgenes para pintar sus p¨¢rpados y labios, por el rojo intenso de los mismos. ¡ªSon guerreros del reino de Advaland, hicieron un juramento. Sus vidas le pertenecen a un solo hombre. Deben sangrar por Empirio, sangrar por su sue?o ¡ªdijo amenazante. Era una soberana especial, capaz de torturar a sus s¨²bditos con sus propias manos. Era la pesadilla de las ni?as que no se comportaban como damas y de los soldados cobardes¡ª. Lanzar¨¦ una maldici¨®n a cualquiera que se atreva a mover un m¨²sculo para escapar. Les aseguro que le esperar¨¢ un destino peor que la muerte. Los caballeros retrocedieron y guardaron silencio. Algunos prefer¨ªan llamarla bruja en secreto, conociendo el significado de esa palabra. Las brujas no ten¨ªan c¨®digos, ni segu¨ªan la moral, eran malvadas, despiadadas, abusaban de su poder hasta que este consum¨ªa su cordura. Viv¨ªan aisladas en cuevas, y eran tan deformes que era com¨²n considerarlas como abominaciones. Nuevamente, las llamas de los dragones se encontraron. El pecho del drag¨®n negro se ilumin¨®; sus escamas ard¨ªan por el fuego acumulado en el interior. El plateado cerr¨® la mand¨ªbula, se estaba quedando sin aliento, necesitaba tomar un respiro y recuperarse, pero a su rival a¨²n le restaban fuerzas para continuar. Envi¨® un poderoso ataque. El¨ªas vio c¨®mo su campo de visi¨®n se redujo a una sola imagen, fuego. Se cubri¨® con las alas, salv¨¢ndose de ser consumido. Creer que un drag¨®n no se quemaba, era como creer que un humano pose¨ªa dientes que no lastimaban su carne. Incluso los ni?os peque?os conoc¨ªan historias de dragones carbonizados. El plateado retrocedi¨®; era tiempo de la segunda fase del plan. Huy¨® de su oponente para atraerlo a una trampa, que seg¨²n ¨¦l, ser¨ªa infalible. Si bien recordaba, el nombre del drag¨®n negro era Raito, cruzaron unas palabras antes de traicionarlo, y comprobar qu¨¦ tan lejos llegaba su ira. No parec¨ªa ser muy listo, o culto, analiz¨¢ndolo, parec¨ªa un guerrero obsesionado con su fuerza, alardeando de ella en su expresi¨®n indiferente hacia los dem¨¢s. Raito lo persigui¨®, incr¨¦dulo de que el capit¨¢n de la guardia del rey fuera un cobarde. De repente, tres seres encapuchados, en diferentes ubicaciones, extendieron sus brazos hacia el cielo. Tras hacerlo, tres c¨ªrculos se formaron bajo sus pies. Sin lugar a dudas era magia, sin embargo, una que solo aquellos seres pod¨ªan lograr, antigua como los dragones, o inclusive m¨¢s. Raito mir¨® abajo, v¨ªctima de una atracci¨®n inexplicable que lo oblig¨® a descender. De los c¨ªrculos surgieron cadenas brillantes, las cuales lo amarraron. Aunque fue capturado y cada intento por liberarse fuera contraproducente, no se rindi¨®. Rugi¨®, hacerlo represent¨® el dolor m¨¢s grande que hab¨ªa sentido. Una corriente de electricidad invadi¨® su cuerpo, el coraz¨®n se le acceler¨®, queriendo salir del pecho. Movi¨® los globos oculares hacia abajo, divisando a las causantes de su sufrimiento. Eran diminutas comparadas con el tama?o de un drag¨®n negro; eso solo lo humill¨® m¨¢s. Liber¨® un brazo, debilitando las cadenas que se encontraban entrelazadas entre s¨ª. Esto entorpeci¨® el hechizo de las criaturas encapuchadas. Una de ellas dej¨® ver el ¨²nico ojo que ten¨ªa. Era horrorosa, de piel blanca, casi gris, con una mand¨ªbula puntiaguda y cuatro dedos huesudos de u?as largas. Raito se prepar¨® para realizar el ataque definitivo, que pondr¨ªa fin a esos extra?os seres. Fue cuesti¨®n de segundos para que una cortina inmensa de fuego les cayera encima. Las criaturas soltaron un chillido mientras se desintegraban, reduci¨¦ndose a peque?as monta?as de cenizas sobre la tierra muerta del bosque. El¨ªas vol¨® en respuesta, a lo que Raito redireccion¨® un l¨¢tigo de fuego hacia ¨¦l. Consigui¨® quemar parte de su cuello, herida que lo forz¨® a retroceder. Las energ¨ªas del drag¨®n negro abandonaron su cuerpo, como si hubiesen sido drenadas en un ¨²nico intento. Escap¨® del lugar por los cielos adornados con chispas rojas y humo, hasta donde su trasformaci¨®n se lo permiti¨®. Una nube de vapor lo invadi¨®, se?al de que estaba retornando a su forma humana. Cay¨® desnudo sobre la copa de los ¨¢rboles, destruy¨¦ndolas con su peso. Se desplom¨® en el suelo, inconsciente. La raza a la que pertenec¨ªa era longeva (no se conoc¨ªa con exactitud la edad de un drag¨®n cuando se lo ve¨ªa con apariencia humana) pero Raito no aparentaba tener mucha. Era joven, alto y fornido, ten¨ªa el cabello negro y largo, aspecto que describ¨ªa a un guerrero que no hab¨ªa perdido ninguna batalla. Era costumbre que los suyos dejaran crecer su cabello y ¨²nicamente lo cortaran despu¨¦s de haber sido derrotados. El drag¨®n plateado aterriz¨® envolvi¨¦ndose en una intensa luz celeste, cautivadora a la vista. Era normal confundir la metamorfosis de un plateado con los esp¨ªritus alados de la naturaleza. En el suelo, se logr¨® diferenciar su apariencia humana. Era un joven rubio, apuesto, de piel clara, con estatura menor a su rival, pero que posiblemente compart¨ªa la misma edad. Conservaba una melena dorada al igual que sus pesta?as y una marca en su rostro y cuello del reciente enfrentamiento. El¨ªas se agach¨® sobre un mont¨®n de cenizas, restos de los seres conocidos por su pueblo como Fedreas. Entre ellos, alcanz¨® a diferenciar un peque?o huevo violeta. Lo tom¨® y lo observ¨®, comprendiendo que, pese a los sacrificios, su plan hab¨ªa dado resultado. Megara apareci¨® detr¨¢s cabalgando en su caballo blanco, junto a un grupo de soldados, inquieta con la desaparici¨®n del drag¨®n negro. ¡ª??D¨®nde est¨¢?! ¡ªexclam¨® con prepotencia. El¨ªas mantuvo la calma, la templanza que lo caracterizaba y respondi¨®: ¡ªSe ha ido.
Cap铆tulo 1 Bienvenida de los h茅roes Cap¨ªtulo 1 Bienvenida de los h¨¦roes A la ma?ana siguiente, transitando por un sendero del Bosque Carmes¨ª, una madrugadora sali¨® a ganarse el pan de cada d¨ªa. Naila, una joven mujer de largos rizos claros, vestida con atuendos color beige (dise?ados y cocidos por ella misma) acarre¨® una carreta destinada a los burros. No contaba con un animal que la transportara como los dem¨¢s campesinos de la zona, solo sus manos astilladas y la fuerza inusual de su delgado cuerpo, llevaron la cosecha del d¨ªa. Su clientela hab¨ªa disminuido ese ¨²ltimo tiempo, por culpa de la multiplicaci¨®n de la carne de venado en ¨¦pocas de caza. El bosque Carmes¨ª era denominado as¨ª por las hojas rojas de los ¨¢rboles en oto?o. Sin embargo, Naila sosten¨ªa la teor¨ªa de que su nombre proven¨ªa de las muertes de los herb¨ªvoros, los principales platillos de Advaland. Las personas del reino le arrebataban a los depredadores su comida, para engordar a su poblaci¨®n despreocupada y c¨®moda, ajena a lo que ocurr¨ªa en el exterior. Las batallas del Rey Empirio Virtanen no ced¨ªan, el reino se expand¨ªa al sur, hacia tierras m¨¢s fr¨ªas, arrasando con el ecosistema, junto a las razas que lo habitaban. Naila era consciente del cambio en su hogar, los soldados circulaban por los caminos reales, siempre cargando catapultas, grandes ballestas de madera y hierro, inclusive acompa?ados de aut¨¦nticos mercenarios como ogros. Pero ella solo pod¨ªa hacer una cosa en medio de esa situaci¨®n, esconderse e intentar sobrevivir. Camin¨® agotada, habiendo recorrido largas distancias en busca de nuevos clientes, interesados en comprar los vegetales de la huerta que cuidadosamente manten¨ªa pese a las adversidades. Nunca fue habilidosa en trabajos manuales, como s¨ª lo era el resto de su familia, pero su simpat¨ªa y buen humor la covnert¨ªan en una empresaria talentosa. No obstante, a pesar de su personalidad alegre, tambi¨¦n se desanimaba con facilidad. ¡ªNo hemos vendido vegetales hoy. Las personas prefieren comer carne y beber vino. Si esto sigue as¨ª, no podremos conseguir monedas ¡ªdijo, desganada. Sus lamentos fueron escuchados por sus acompa?antes, tres conejos que la segu¨ªan como una sombra. Nona, la coneja de pelaje oscuro, que siempre se ubicaba en su hombro derecho, tembl¨® al asociar la noticia con el hambre. En cambio, Lul¨², la coneja de pelaje dorado, ubicada en su hombro izquierdo, intensific¨® el deprimente ambiente. ¡ªNo te preocupes, Nona. Sobreviviremos, no moriremos de hambre. Son los ¨²ltimos vegetales que nos quedan, pero ya ver¨¢s, conseguir¨¦ un buen trabajo. No puede irme tan mal como la ¨²ltima vez. ¡ªIntent¨® animarla¡ª. ?Compraremos muchas semillas y cultivaremos la huerta m¨¢s grande de todas! ?Nuestros alimentos ser¨¢n los m¨¢s sabrosos, reviviremos en las personas el gusto por los vegetales! ¡ªexclam¨®; sin embargo la mirada desalentadora de Lul¨², hizo que sus esfuerzos fracasaran. ¡ª??Por qu¨¦ ninguna de ustedes conf¨ªa en m¨ª?! ¡ªgrit¨®, aturdiendo los delicados o¨ªdos de las conejas. En contraposici¨®n a las hembras, el tercer animal mordisque¨® una zanahoria, uno de los productos de la huerta dentro de la carreta, despreocupado por el futuro de la particular familia. ¡ªApuesto a que Toto s¨ª me apoya, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Naila, buscando la aprobaci¨®n del conejo, pero lo que hall¨® fue a un devorador de zanahorias en plena acci¨®n. Toto, con la boca llena, se detuvo, la mir¨® con los ojos negros y saltones, para luego continuar devorando el gran banquete. ¡ª?No te comas la mercanc¨ªa! ¡ªsuplic¨® apretando los pu?os, como sol¨ªa hacer cuando era una ni?a y encontraba a su padre comiendo directamente de la huerta. Sigui¨® avanzando. De repente, alertado por un interesante olor, Toto salt¨® hacia la cabeza de Naila, la que conservaba un largo pa?uelo cubri¨¦ndole el cabello. ¡ª?Qu¨¦ ocurre? ¡ªle pregunt¨® siguiendo la mirada del conejo, hasta que hall¨® a un hombre desnudo tirado a un costado del sendero. Naila crey¨® que su vista la enga?aba, ya que los asesinatos y asaltos en ese sector del bosque no eran muy frecuentes, por esa raz¨®n lo escog¨ªa para retornar a su hogar. De inmediato corri¨® hacia ¨¦l, deb¨ªa verificar si estaba muerto o necesitar¨ªa auxilio. Toto se adelant¨® a olfatearlo, para brindarle informaci¨®n precisa a su compa?era de aventuras. No identific¨® el olor del vino ni de la sangre, tan habitual en los moribundos. En su lugar, se encontr¨® con un aroma acre. ¡ª?Dices que no huele a sangre y a vino? ¡ªinterpret¨® Naila recogiendo una rama y pic¨¢ndole el brazo al extra?o¡ª. ?Unos bandidos habr¨¢n robado su ropa? Debi¨® ser un grupo numeroso para someterlo¡­ se ve amenazante. De pronto, Toto salt¨® sobre el derrotado y lo mordi¨® en el trasero para hacerlo reaccionar. Naila retrocedi¨® asombrada. Por un lado, tem¨ªa que el sujeto despertara enfurecido, y por otro, la verg¨¹enza que sentir¨ªa cuando lo viera, d¨¢ndose cuenta de que no estaba vestido frente a una dama. Pero todo eso se esfum¨®, cuando el dedo ¨ªndice del hombre apenas se movi¨® en respuesta. You could be reading stolen content. Head to the original site for the genuine story. ¡ªMiremos el lado positivo, est¨¢ con vida. ¡ªRespir¨® aliviada. Se puso de pie, limpi¨® su ropa polvorienta de tierra, para luego exclamar: ¡ª?R¨¢pido, hay que subirlo a la carreta y llevarlo a casa! Los conejos, confundidos por la orden de Naila, la miraron ladeando la cabeza. ¡ªOlv¨ªdenlo, yo me encargo ¡ªafirm¨® cruzando los brazos, un tanto nerviosa de acercarse al extra?o. Ninguno de sus compa?eros ten¨ªa las condiciones para ayudarla, despu¨¦s de todo, eran solo conejos. Naila tom¨® el brazo del sujeto y lo arrastr¨®, era pesado, m¨¢s de lo que imaginaba. Tard¨® en ubicarlo delante de la carreta, el doble para subirlo. Una vez estuvieron preparados para partir, avanzaron hacia el norte. Atardec¨ªa en el reino de Advaland. La caravana de soldados, liderados por la reina Megara, regresaban triunfantes con tres grandes jaulas de madera, cuyo contenido ense?aba la caza que hab¨ªan llevado a cabo en las monta?as. No se trataba de tres gigantes, los habitantes de aquellas elevadas zonas, sino de tres dragones negros, de menor tama?o que Raito. Los pobladores de Advaland aplaudieron a sus h¨¦roes, aclam¨¢ndolos y lanz¨¢ndoles flores a su paso. Las historias de los feroces dragones negros eran propias de los reinos del sur, serv¨ªan como advertencia para los aventureros que navegaban a otros continentes repletos de bestias mal¨¦volas. Se dec¨ªa que se alimentaban de carne humana y que enga?aban a los reyes ofreciendo sus servicios, para finalmente infiltrarse y comerse incluso a los beb¨¦s en los vientres de las madres. A pesar de las leyendas macabras, los ni?os no pod¨ªan evitar maravillarse por los dragones. Deseaban encontrarse con ellos, verlos expulsar las llamas rojas y volar por los cielos, levantando el techo de las chozas con la r¨¢faga que produc¨ªan sus alas. El¨ªas cabalg¨® a paso lento entre la multitud que se apartaba, abri¨¦ndole el camino hacia el castillo, pensando en lo est¨²pido que ser¨ªa recibir tantos halagos por algo que naturalmente hac¨ªa, asesinar en nombre del rey. Escuch¨® a un ni?o desear ver a los cad¨¢veres de los dragones negros volar. Cerr¨® los ojos en respuesta. No comprend¨ªa por qu¨¦ las historias no los asustaban. Se supon¨ªa que los ni?os deb¨ªan temerles. La caravana termin¨® a los pies del castillo. Las puertas del mismo se abrieron de par en par. Todos los soldados y pobladores se arrodillaron cuando sali¨® al exterior. El rey Empirio, sexto en su nombre, descendi¨® por las escaleras hacia los proclamados h¨¦roes. Lo cubr¨ªa un enorme tapado rojo, con pieles de zorro blanco en las puntas. Una corona adornada con rub¨ªes y esmeraldas se abrazaba a su cabeza. Los a?os le hab¨ªan dejado el cabello canoso. Ten¨ªa los ojos oscuros, tal y como pose¨ªan sus ancestros. No era un rey guerrero, pero insist¨ªa en entrenar a menudo las artes de la esgrima y el combate, para enfrentar a cualquiera que pretendiera tomar su vida por ideales, venganza o bienes materiales. Era un soberano amado por su pueblo, odiado por los esclavos y las criaturas fant¨¢sticas. Sol¨ªa levantar su brazo derecho a lo alto y bajarlo para cortar cabezas en la guillotina o quemar con llamas azules. Los prisioneros alegaban, agonizando mientras esperaban su condena, que ten¨ªa un poder en ese brazo, porque cada vez que lo alzaba alguien mor¨ªa. ¡ªSu majestad, hemos tra¨ªdo los dragones negros que pidi¨® ¡ªdijo Megara, tambi¨¦n arrodillada frente a su amado esposo. Empirio recordaba haberle pedido que no se arrodillara, una reina nunca lo hac¨ªa, pero Megara no era como las dem¨¢s reinas; sab¨ªa manejar las artes oscuras, asesinar y enga?ar. El rey mir¨® adelante, a las tres jaulas, serio. Contrat¨® a cuatro dragones para que llevaran a cabo una misi¨®n en su nombre, claramente faltaba uno. Regres¨® la vista hacia Megara y obligado a inclinarse, le elev¨® el ment¨®n con ternura y le susurr¨®: ¡ªHas cumplido el anhelo de tu rey; disfruta de nuestro momento de victoria. Se dirigieron a las jaulas, caminando entre los caballeros. La mayor¨ªa estaban heridos, con las mayas ensangrentadas, rozadas por el fuego rojo, las armaduras agrietadas y los yelmos abollados. Les costaba mantenerse firmes, sin desplomarse por la ardua traves¨ªa. Cualquiera que mostrara debilidad a los ojos del rey ser¨ªa severamente castigado. Esto forj¨®, a lo largo de la historia de Advaland, a cobardes de cortas vidas y fuertes hombres que terminaban su vejez con apenas un par de miembros. Empirio toc¨® las escamas del drag¨®n m¨¢s peque?o de los tres. Estaban fr¨ªas, como si el calor del fuego nunca hubiera habitado en ellas, no eran ardientes como Megara le hab¨ªa explicado. El Consejo de ancianos le sugiri¨® que no se casara con una hechicera, eran astutas y amaban el conocimiento, pero pod¨ªan asesinar a un simple mortal con el chasquido de sus dedos. Empirio conoc¨ªa los riesgos, no obstante, Megara era m¨¢s propensa a ser una protectora, que una enemiga. Era incre¨ªble lo que la libertad significaba para los esclavos. Aquella mujer morir¨ªa por el hombre que la liber¨®. ¡ªForjar espadas con estas escamas le otorgar¨¢ a su ej¨¦rcito un poder inimaginable ¡ªafirm¨®. Empirio no se permiti¨® dudar de la palabra de la reina, apart¨® la mano y mir¨® a El¨ªas, quien estaba preparado para contarle lo que sucedi¨® con el cuarto drag¨®n desaparecido. ¡ªMis disculpas, su majestad. Ha huido uno de los dragones. ¡ªCapit¨¢n, despreoc¨²pate. Tendr¨¢s oportunidad de cazar al ¨²ltimo de ellos. Adem¨¢s, ?d¨®nde se esconder¨ªa un drag¨®n negro? No existe territorio seguro bajo mis dominios. El sol se opuso y la noche rein¨® en el Bosque Carmes¨ª. Raito repos¨® sobre la cama de Naila, todav¨ªa hundido en un profundo sue?o. Los conejos se acostaron rode¨¢ndolo en custodia, previniendo que su despertar no fuera peligroso para su compa?era. Naila se encarg¨® de encender las velas de toda la casa, siempre intentaba que la iluminaci¨®n de su hogar no fuera intensa, para no atraer a los bandidos nocturnos. Una vez resueltas las tareas, se sent¨® a asearse. Despu¨¦s de recorrer el extenso sendero tirando de la carreta con un gran peso encima, estaba sucia y empapada de sudor. Se retir¨® el pa?uelo, para posteriormente verter agua sobre su cabeza. Al mover el cabello revel¨® su secreto, el que guardaba para no ser descubierta por los humanos. Unas largas orejas de conejo se alzaron, del mismo tono que sus rizos. El agua tibia recorri¨® su desnudez. La marca con el n¨²mero noventa y nueve en el abdomen segu¨ªa intacta como el primer d¨ªa, cuando fue marcada por hierro ardiente. Humedeciendo la esponja, comenz¨® a tararear una canci¨®n de cuna que cantaba su madre. La voz dulce de Naila viaj¨® hasta llegar a o¨ªdos de Raito. Reconoci¨® esa canci¨®n al instante, la escuch¨® muchas veces junto a sus hermanos en el bosque, entre los ¨¢rboles, con los esp¨ªritus de la naturaleza volando a su alrededor. El drag¨®n negro abri¨® los ojos para retornar a una realidad que no lo favorec¨ªa. Cap铆tulo 2 Primer encuentro Cap¨ªtulo 2 Primer encuentro Dos d¨ªas antes de los ¨²ltimos acontecimientos la caravana real se dirigi¨® a su pr¨®xima conquista. Los territorios de los gigantes en zonas de monta?as, ricos en minerales, eran su objetivo m¨¢s anhelado. El rey Empirio se caracterizaba por desafiar a criaturas peligrosas como estas, capaces de atacar su reino y destruirlo sin dificultades. Pero ten¨ªa confianza en sus planes, y en haber contratado a cuatro hermanos dragones negros para ayudarlo en tal haza?a. La reina Megara lider¨® el viaje, cabalgando en su yegua blanca, la m¨¢s veloz de todo Advaland. Le segu¨ªa un grupo importante de soldados acarreando catapultas y grandes ballestas, lo cual intrig¨® a la m¨¢s joven de los dragones negros, Raneri. ¡ª?Por qu¨¦ los humanos traen armas para luchar? ?Con nosotros no basta? ¡ªpregunt¨® a uno de sus hermanos mayores, Rakuzen, quien sol¨ªa investigar otras culturas para las misiones que les encomendaban. Mientras los dem¨¢s se concentraban en mejorar sus habilidades en combate, algunos estudiaban idiomas e historia. Por este motivo los dragones negros pose¨ªan una enorme biblioteca en la capital, Akarum, comentada por los extranjeros como la m¨¢s grande del continente Storang. ¡ªSon soldados, es l¨®gico que luchen para cumplir con los prop¨®sitos de su rey ¡ªrespondi¨®, sin lograr aclarar las dudas. ¡ªNo los entiendo ¡ªdijo Raneri colocando los brazos detr¨¢s de la nuca¡ª. Como sea, su l¨ªder ya nos pag¨® por esta misi¨®n. ¡ªSer¨¢ emocionante enfrentarnos a los gigantes ¡ªagreg¨® Rian Chu, el tercer hermano mayor para la muchacha, y el m¨¢s cercano a ella. Raneri borr¨® su sonrisa y mir¨® atr¨¢s. Al final del grupo se encontraba El¨ªas. Seg¨²n hab¨ªa escuchado era el capit¨¢n de la Guardia Real de Empirio. ¡ª?Por qu¨¦ ese sujeto no viste armadura? Ya agotado de las preguntas, y del largo camino que emprendieron, Rakuzen suspir¨® y se limit¨® a suponer que la fuerza del capit¨¢n le permit¨ªa afrontar a sus enemigos sin necesidad de protecci¨®n. Ley¨® que varios guerreros humanos se lanzaban a las batallas apenas con una espada o una lanza, abatiendo a criaturas que duplicaban su tama?o. Eran historias de h¨¦roes antiguos, que se propagaron primero en baladas y luego en escrituras. Raneri no pudo evitar burlarse, con el simple hecho de imaginar a un humano enfrent¨¢ndose valerosamente a un gigante, era absurdo. ¡ªUn solo golpe de un gigante lo volar¨ªa por los aires. En ese preciso momento, Raito pis¨® firme, provocando un temblor en el suelo que oblig¨® a sus hermanos a desequilibrarse y caer. Al mismo tiempo, el caballo de El¨ªas enloqueci¨®. ¡ªGuarden silencio ¡ªorden¨® Raito, poniendo a los hermanos en su lugar. ¨¦l era el que respond¨ªa por el grupo de dragones, trataba con los reyes y recib¨ªa la paga en nombre de todos. Siendo el mayor de su familia, deb¨ªa poner los l¨ªmites para no ser la burla de los dem¨¢s. Ten¨ªan prohibido juzgar a sus clientes, preguntar de m¨¢s o cuestionarlos. ¡ªOdio que hagas eso ¡ªse quej¨® Raneri, a¨²n en el suelo. ¡ªAvancen. Debemos arribar antes del anochecer, ser¨¢ noche de luna llena ¡ªnotific¨® El¨ªas detr¨¢s. Raito volvi¨® a verlo; tanto ¨¦l como el capit¨¢n intercambiaron miradas. La observaci¨®n de Raneri no pas¨® desapercibida. A pesar de las leyendas de humanos formidables en combate, El¨ªas no contaba con un gran f¨ªsico, ni una gran destreza para enfrentarse a una de las razas m¨¢s peligrosas y destructivas que exist¨ªan. El recuerdo de los ojos azules de El¨ªas, que parec¨ªan brillar con luz propia, permaneci¨® en su mente hasta que despert¨®. Raito experiment¨® una intensa jaqueca. Jam¨¢s hab¨ªa sentido algo as¨ª. Su cuerpo estaba d¨¦bil, a tal punto que apenas pod¨ªa mantenerse despierto. Se incorpor¨® en la cama, las im¨¢genes a su alrededor rotaban en un movimiento constante. Logr¨® diferenciar la luz tenue de unas velas, las paredes de piedra y barro. ¡ª?D¨®nde estoy? ¡ªpregunt¨® confundido. De repente, escuch¨® un estruendo, despu¨¦s visualiz¨® una olla con tizne rodar debajo de la cama. ¡ª?No puede ser! ?La comida se ha quemado! ?Toto! ??D¨®nde te escondiste?! ¡ªexclam¨® una voz femenina, aguda y escandalosa, que aturdi¨® a Raito aumentando su interminable confusi¨®n¡ª. ?Estabas a cargo de la comida mientras tomaba un ba?o! Respondiendo al enojo de la extra?a (que todav¨ªa no se presentaba ante el hu¨¦sped) un bulto se movi¨® debajo de la cama, acerc¨¢ndose a la pierna de Raito con rapidez. Alertado, levant¨® la s¨¢bana y observ¨® debajo. Se trataba de un conejo de pelaje marr¨®n. Raito no vio algo como eso en su larga vida de viajes realizando misiones, por lo que no supo si aplastarlo, o dejarlo ir. ¡ª?Una rata? Toto lo mir¨®. Crey¨® que el enfermo hombre necesitar¨ªa recuperar energ¨ªas, as¨ª que le ofreci¨® el resto de la zanahoria que estaba comiendo. Raito frunci¨® el ce?o. Los dragones no se alimentaban de vegetales, por lo que el gesto no ten¨ªa sentido, m¨¢s viniendo de un animal de tan limitada inteligencia. Lo que el reci¨¦n llegado no sab¨ªa, era que todo en esa casa carec¨ªa de sentido, incluso la propia propietaria, quien apareci¨® delante de ¨¦l. ¡ª?Toto! ?Te dije sobre la¡­! ¡ªNaila interrumpi¨® la oraci¨®n tras ver al sujeto consciente, mir¨¢ndola con evidente asombro¡ª. ?El invitado se ha despertado! ¡ªfestej¨® esbozando una sonrisa encantadora. Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator. Raito fij¨® la vista en las orejas de Naila, eran iguales a las de Toto, solo que a juego con su cabello. Era joven y voluptuosa, no cumpl¨ªa con el canon de belleza de los suyos, que valoraban m¨¢s a las hembras musculosas. Sin embargo, Naila despert¨® en ¨¦l una atracci¨®n inusual. No tuvo tiempo de formular una hip¨®tesis sobre el tipo de criatura que era, y su grado de peligrosidad, debido a que Naila llam¨® a sus otras compa?eras, Nona y Lul¨². Los conejos se le subieron a los hombros y la cabeza. Luego, ella exclam¨®: ¡ªBienvenido a nuestra morada. Le fue imposible comprender por qu¨¦ la extra?a mujer se mostraba alegre frente a un drag¨®n, cuando en el reino de Advaland todos identificaban a su raza, inclusive mostr¨¢ndose con apariencia humana. Altos, corpulentos, de piel ligeramente tostada y con la punta del cabello de color rojizo. ¡ª?Qu¨¦ sucede? ?Sigues enfermo? ¡ªSe le acerc¨® sin prestar cuidado, lo cual signific¨® una invitaci¨®n a la muerte. Inmediatamente, Raito estir¨® el brazo y la tom¨® de la cabeza con agresividad, no obstante, la falta de energ¨ªas le impidi¨® concretar su objetivo. Naila not¨® el peso de la mano, este se incrementaba a medida que transcurr¨ªan los segundos. ¡ªEs¡­ ?Una clase de saludo? ¡ªpregunt¨®, intrigada. ??Imposible! ?Con mi fuerza su cr¨¢neo habr¨ªa explotado! ??Por qu¨¦?! ??Por qu¨¦ no ha sangrado ni un poco?!?, pens¨® Raito. No era habilidoso analizando la situaci¨®n, menos si el tiempo era escaso para averiguar qu¨¦ suced¨ªa. Se volvi¨® costumbre matar si se sent¨ªa amenazado, o si sus instintos de supervivencia le indicaban que deb¨ªa hacerlo. ¡ªTienes una mano enorme ¡ªcoment¨® Naila comparando la de Raito con la suya, acci¨®n que lo moviliz¨®. ¡ª??Qui¨¦n eres?! ¡ªexclam¨®. ¡ª?Ah! ¡ªse exalt¨®¡ª. Olvid¨¦ presentarme, soy Naila. Y ellos son mis hermanos, Lul¨², Toto y Nona. Raito alej¨® la vista de los particulares individuos, al recordar moment¨¢neamente a los tres monstruos encapuchados de un solo ojo. ??Qu¨¦ pas¨® durante la pelea?¡­ Esas brujas¡­ algo le hicieron a mi cuerpo. Me siento¡­ muy d¨¦bil?. Esforzarse por obtener la respuesta que explicara su actual estado, dren¨® las energ¨ªas que recuper¨® durmiendo. La vista se torn¨® borrosa, apenas consigui¨® escuchar a Naila hablar. ¡ªTe hallamos inconsciente en el bosque. Decid¨ª traerte aqu¨ª para atenderte. No ten¨ªas heridas, pero estabas ardiendo en fiebre. A pesar de las insoportables jaquecas, llev¨® a su mente al l¨ªmite. Ahora, el drag¨®n plateado ocup¨® sus pensamientos. ?Ese desgraciado me tendi¨® una trampa.? ¡ªTodav¨ªa te ves enfermo. Ser¨¢ mejor que descanses hasta que te recuperes ¡ªaconsej¨® Naila, preocupada. ¡ªNo estoy enfermo. Tengo que salir de aqu¨ª ¡ªdijo poni¨¦ndose de pie, p¨¦sima idea para un cuerpo hechizado por magias antiguas. Oy¨® el latido de su coraz¨®n golpear con fuerza en el interior, de la misma forma que lo hizo en el pasado. Sin desearlo, se dej¨® caer sobre la cama. Naila lo sostuvo colocando la mano sobre el pecho. ¡ªEst¨¢s ardiendo demasiado¡­ ¡ªNaila retir¨® la mano y retrocedi¨®. Durante la ni?ez, ayud¨® a su madre, Iri, atendiendo casos de fiebre amarilla en los nobles del castillo Virtanen, pero nada se comparaba con lo que padec¨ªa Raito. Era imposible que alguien siguiera con vida en esa condici¨®n. Raito se recost¨® en la cama y cerr¨® los ojos, rindi¨¦ndose otra vez ante el sue?o. ¡ªEs extra?o ¡ªhabl¨® Naila acerc¨¢ndose junto a sus conejos. Al dormir, el rostro del hombre luc¨ªa calmado, totalmente diferente a cuando permanec¨ªa despierto¡ª. Tal vez solo necesite descansar ¡ªconcluy¨® regresando a la cocina. Megara se levant¨® temprano en la ma?ana para continuar con sus investigaciones. Las tareas de la reina de Advaland variaron con el tiempo, dependiendo de la mujer que ocupaba esa posici¨®n. Algunas participaban de las juntas con el Consejo, asesorando al rey en sus decisiones respecto a distintos asuntos, como la econom¨ªa del reino y la administraci¨®n de las tierras. Otras, como la fallecida madre de Empirio, se encargaban de mantener el castillo, contratar y despedir a los empleados, ya sea mucamas, maestros y soldados. Pero como bien sab¨ªan todos en aquel lugar, Megara no era una reina com¨²n. Pasaba sus ratos en una habitaci¨®n subterr¨¢nea, construida especialmente para desempe?ar sus macabros experimentos que involucraban magia negra. Esa ma?ana no fue como las anteriores, retornar al castillo con tres dragones negros era un gran m¨¦rito, por lo que la celebraci¨®n dur¨® toda la noche, entre copas y placeres. Rodeada de recipientes de cristal, cuyas sustancias en el interior brillaban en diferentes tonos de violeta y rojo, ley¨® las ¨²ltimas palabras de un antiguo libro deteriorado. Estaba escrito en un lenguaje poco conocido por las j¨®venes generaciones, no as¨ª para la culta Megara. Aprendi¨® a leer a una edad temprana, escapando de los d¨ªas aburridos en una pobre aldea del norte. Descifrar las extra?as letras de los Clefios, comprender la dif¨ªcil lengua hablada, le salv¨® la vida unas cuantas veces. El¨ªas baj¨® por las escaleras hasta toparse con la habitaci¨®n de la hechicera. Abri¨® la puerta sin golpear con anterioridad, h¨¢bito del capit¨¢n de la Guardia Real. Exist¨ªa confianza entre ellos, tanta que se llegaba a rumorear que eran c¨®mplices, compart¨ªan secretos y pecados que pondr¨ªan sus cabezas en estacas si fueran descubiertos. ¡ªEl¨ªas, querido. No era necesario que vinieras, acordamos encontrarnos en la madrugada ¡ªdijo Megara sin quitar la vista del l¨ªquido rojo que vert¨ªa en una probeta. ¡ªEl rey me orden¨® escoltarla al pueblo ¡ªnotific¨® paseando su vista por el per¨ªmetro visible. Le result¨® llamativa la oscuridad del sitio, las d¨¦biles llamas de las velas, principalmente en ciertos rincones de la habitaci¨®n. ¡ª?Con qu¨¦ motivo? ¡ªpregunt¨® la mujer, desinteresada en salir del castillo. ¡ªOfrecer¨¢ un banquete para los aliados de los reinos vecinos. Quiere que luzca la vestimenta apropiada para la ocasi¨®n ¡ªrespondi¨® El¨ªas descubriendo una sombra moverse en un rinc¨®n. Era una prisionera encadenada a la pared rocosa. ¡ª?Vestimenta apropiada? Mi esposo olvida que soy una hechicera, no una mujer noble de la alta sociedad ¡ªexpres¨® molesta¡ª. De seguro teme que aparezca el drag¨®n negro restante a atacarme, explicar¨ªa por qu¨¦ te envi¨® a una tarea tan in¨²til como esta. Cuando se hizo silencio entre los dos, El¨ªas escuch¨® quejidos provenientes de la prisionera. Megara no pudo esconder m¨¢s su perverso plan. Se acerc¨® a la mujer cargando una poci¨®n roja. ¡ªEs una asesina, se infiltr¨® en el castillo e intent¨® envenenar mi comida. Al parecer todav¨ªa hay personas que se oponen a m¨ª ¡ªcont¨® inclin¨¢ndose para lograr ver mejor el rostro maltratado de su siguiente v¨ªctima¡ª. Pobrecilla, plante¨® matarme desconociendo que soy inmune al veneno. ?Cu¨¢n est¨²pidos pueden llegar a ser? El¨ªas visualiz¨® a la reina sujetar el rostro de la prisionera. ¡ªLe cort¨¦ la lengua. Aunque hablaba el antiguo lenguaje de los Clefios, entend¨ª claramente sus insultos. Ambas provenimos del mismo lugar infernal, y aun as¨ª no compartimos los mismos ideales. Juzgarla ser¨ªa una p¨¦rdida de tiempo. Megara la forz¨® a tomar del recipiente. La desdichada asesina bebi¨® la mayor parte del l¨ªquido, entre d¨¦biles intentos por defenderse. Una vez terminado, la hechicera retrocedi¨® para ver a su doceava prueba ejecutarse. La piel de la mujer comenz¨® a ca¨¦rsele, como si reaccionara a un ¨¢cido. Se logr¨® ver, entre la espantosa forma desfigurada, un cuerno crecerle de la frente, similar al de los dragones negros. Escamas nacieron de su carne para cubrirle el rostro carcomido por el terrible dolor. El¨ªas desvi¨® su mirada al suelo, estaba al tanto de las locuras de su reina, pero presenciarlo era diferente. ¡ª?Guardar¨ªas mi secreto? ¡ªle pregunt¨® ense?¨¢ndole una mal¨¦vola sonrisa. ¡ªSi es lo que usted desea. ¡ªSe reverenci¨® el capit¨¢n. Megara camin¨® hacia ¨¦l, y se posicion¨® a su lado. ¡ª?C¨®mo surgieron los dragones? Me interesar¨ªa o¨ªr qu¨¦ opinan los de tu raza. Es dif¨ªcil saberlo, ustedes, los dragones plateados son fr¨ªos como el hielo. ¡ªSurgimos de la tierra y cuando morimos volvemos a formar parte de ella. ¡ªEs una creencia muy arcaica ¡ªcoment¨® Megara cruz¨¢ndose de brazos, pensativa¡ª. Prefiero seguir mi teor¨ªa, la que muchos hechiceros han intentado comprobar. Los dragones fueron creados por un poderoso hechicero. Utiliz¨® a un humano y logr¨® abrir una puerta. El martirio de la prisionera finaliz¨®, su cabeza de drag¨®n se despeg¨® del resto de su cuerpo y rod¨® a los pies de los presentes. ¡ªEl problema¡­ es que no consigo abrir esa puerta. El¨ªas avist¨® el ojo rojo de la criatura. Lo que Megara intentaba crear, era un drag¨®n, como seg¨²n ella, hizo el primer hechicero en explorar las artes oscuras de la magia. Ninguna de las razas de dragones se cruz¨® con otras que no fuera de su misma especie, por esta raz¨®n, nadie sab¨ªa con exactitud si pod¨ªa nacer un drag¨®n de cualquier vientre. Su poblaci¨®n descend¨ªa, exist¨ªan pocos nacimientos y a pesar de ser criaturas longevas, el poseer inteligencia los llev¨® a idear sus propias culturas que castigaban la debilidad. ¡ªOtro intento fallido ¡ªlament¨® la reina¡ª. Vamos, El¨ªas, iremos saldremos por un vestido. Cap铆tulo 3 Visitantes Cap¨ªtulo 3 Visitantes Transcurri¨® un d¨ªa m¨¢s, lejos de aquella fat¨ªdica madrugada. Las marcas de rasgu?os en la pared de roca se lo recordaron. Lul¨² las observ¨® en el s¨®tano, en medio de la oscuridad que proporcionaba el diminuto espacio, entre los resistentes barrotes de hierro que los proteg¨ªan durante la primera noche de luna llena. Las l¨ªneas estaban agrupadas en grupos de veintinueve, y actualmente todas se encontraban tachadas. Lul¨² conoc¨ªa a la responsable, tanto como el resto de sus hermanos conejos, pero ni ella, ni nadie pod¨ªan evitar el vestigio que dejaba la noche en la memoria de quienes estaban obligados a presenciarla. ¡ª?Lul¨²! ?Ay¨²dame como lo est¨¢n haciendo tus hermanos! ¡ªexclam¨® Naila desde el piso superior. La coneja de pelaje rubio subi¨® las escaleras, alertada por el llamado de su hermana. Hall¨® una escena nueva en la habitaci¨®n, era un combate de conejos contra el largo cabello de Raito. Jalaban de ¨¦l como si fueran cuerdas para amarrar a una bestia descontrolada. ¡ªNo tienes energ¨ªas para levantarte, d¨¦jame ayudarte con tu aseo. ¡ªForceje¨® Naila tom¨¢ndolo de un brazo para que soltara a Toto, animal que mord¨ªa ferozmente su cabello. ¡ª?Qu¨ªtame las manos de encima! ?No necesito asearme! ¡ªprotest¨® Raito ense?¨¢ndole los colmillos de un drag¨®n enfurecido. Naila, tambi¨¦n enfurecida con la actitud del enfermo, camin¨® hacia una cubeta de madera con agua, la levant¨® y grit¨®: ¡ª?En esta casa nos ba?amos seguido! Toto escap¨® a tiempo, Raito no tuvo la misma suerte. El agua helada ba?¨® su cuerpo y parte de la cama donde a¨²n reposaba. Naila no estaba al tanto de las preferencias de los dragones, tampoco ten¨ªa la menor idea de que estaba hospedando a uno. El fr¨ªo no era el mejor amigo de estas criaturas. Los negros viv¨ªan en zonas calurosas, cerca de volcanes, y los plateados en playas donde el sol participaba gran parte del d¨ªa. Detestaban las bajas temperaturas, escapaban de las tormentas de nieve y se refugiaban junto al fuego para combatir a su m¨¢s mortal enemigo. ¡ª?Desgraciada! ?Cuando me recupere voy a aplastarte la cabeza! ¡ªexclam¨® tiritando de fr¨ªo. ¡ªMe gustar¨ªa ver eso, pero hasta entonces deber¨¢s atenerte a las reglas. ¡ªNaila le freg¨® la cabeza con una esponja y sigui¨®¡ª: ?Sabes a cu¨¢ntos asesinos he cuidado? Te sorprender¨ªas con la respuesta. Muchos vagabundos y soldados de guerra han ca¨ªdo en este bosque. Raito reserv¨® sus palabras, estaba demasiado molesto como para entablar una conversaci¨®n con la mujer que lo humillaba constantemente con sus cuidados. ¡ªEl Bosque Carmes¨ª es especial. Mi madre dec¨ªa que los esp¨ªritus de la naturaleza que habitan aqu¨ª, obran en contra de las necesidades de los humanos m¨¢s ambiciosos. Por eso los reyes lo evitan. Si est¨¢s aqu¨ª es por una buena raz¨®n. ¡ª?Los esp¨ªritus? ?Qu¨¦ pueden hacer ellos m¨¢s que cantar? ¡ªpregunt¨®, mientras la esponja paseaba sobre su cabeza. ¡ªLos esp¨ªritus son sabios, est¨¢n en este mundo desde antes que cualquiera de nosotros. Pero no es mi trabajo cuestionar y preguntar, mi trabajo es atender a los necesitados. Esa siempre ha sido la tradici¨®n de los conejos. Nona mordi¨® otra esponja y se la entreg¨® a Naila. Raito observ¨® a los animales colaborar con ella, de a poco comprend¨ªa que no solo le obedec¨ªan, sino que persegu¨ªan la misma tradici¨®n. Todos en aquella casa eran hospitalarios con ¨¦l. ¡ªToma, puedes continuar solo. Preparar¨¦ el desayuno, debes estar hambriento ¡ªdijo Naila entreg¨¢ndole la esponja que le acerc¨® Nona. Raito la acept¨® y se qued¨® pensativo. ¡ªLos reyes evitan este lugar¡­ ¡ªsusurr¨® creyendo que ser¨ªa un buen escondite durante el tiempo que tarde en recuperarse¡ª. El rey de Advaland envi¨® a su drag¨®n a asesinarme. Rakuzen, Raneri, Rian Chu. ?D¨®nde estuvieron durante la batalla? ?Por qu¨¦ no consigo recordarlo? Nuevamente, la vista se nubl¨®. Se volvi¨® costumbre, cada vez que intentaba arribar a una respuesta, su cuerpo se lo imped¨ªa. Nona se le acerc¨®, subi¨® a la cama y se posicion¨® a su lado. ¡ª?Y t¨² qu¨¦ me ves? ¡ªSe molest¨® tratando de visualizar con nitidez al peque?o lagomorfo. Nona tembl¨®, asustada de la enorme presencia del drag¨®n, pero no escap¨®, continu¨® mir¨¢ndolo. ¡ªSon las ¨²ltimas zanahorias de la temporada ¡ªfestej¨® Naila cargando una bandeja de madera con un plato de sopa encima. ¡ª?Zana qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Raito, no entend¨ªa el significado de esa palabra, ya que no conoc¨ªa la mayor¨ªa de los extra?os alimentos que consum¨ªan ciertas especies. ¡ªHice mi especialidad, sopa de zanahorias. ¡ªSonri¨® Naila depositando la bandeja en el regazo de Raito. ¡ªEs un¡­ vegetal ¡ªbalbuce¨®. Era impensable que un drag¨®n ingiriera tal alimento, as¨ª como tambi¨¦n era impensable que un conejo consumiera carne. ¡ª?Qu¨¦ pasa? Tu cara luce terrible. ¡ªSe le acerc¨®, preocupada. ¡ªNo como vegetales, soy un¡­ ¡ªRaito se detuvo, revelar su verdadera identidad ser¨ªa un problema. Rakuzen mencion¨® al Bosque Carmes¨ª como parte de los territorios del Rey Empirio. Aunque no frecuentaba por esa zona, s¨ª pod¨ªan hacerlo sus soldados, los que seguramente estar¨ªan busc¨¢ndolo¡ª. Como carne, no vegetales. ¡ªLo siento, ninguno de nosotros consume carne. ¡ªSal a cazar. ¡ª?No puedo! Los conejos no cazamos, cultivamos nuestros alimentos. ¡ªC¨®mprala. ¡ªLo siento, no tengo monedas. Las ventajas y desventajas de permanecer en esa casa eran parejas. El drag¨®n las puso en una balanza, para decidir cu¨¢l ser¨ªa su pr¨®ximo movimiento, pero la expresi¨®n deprimida de Naila lo desconcentr¨®. ¡ª?C¨®mo sobrevives? Eres demasiado confiada con los extra?os y no tienes dinero. A estas alturas deber¨ªas estar siendo la cena de alg¨²n monstruo ¡ªexpres¨®. ¡ª?No digas cosas horribles! ¡ªexclam¨® aterrada, al imaginar a los monstruos que encontr¨® en sus viajes en busca de clientes. Uno de ellos, el m¨¢s espantoso, la persigui¨® toda una noche hasta que los rayos del sol en el amanecer lo petrificaron. ¡ªSupongo que algunos solo tienen suerte. Toto se aproxim¨® sigilosamente hacia la bandeja, con el firme objetivo de probar la sopa de su hermana. Naila no lo descubri¨® en su travesura, se qued¨® mirando al suelo, ideando una forma de que la conversaci¨®n con el hu¨¦sped no muriera. ¡ªA¨²n no me has dicho tu nombre. ¡ªEs innecesario que lo sepas. Me marchar¨¦ cuando comience a caminar. Toto se quem¨® con la sopa, y arrepentido corri¨® a los brazos de Naila. Ella lo recogi¨® y lo abraz¨®, cabizbaja. ¡ªEntiendo. Es natural que quieras irte. ??Qu¨¦ le sucede? Ni siquiera los ni?os de Akarum ponen esa expresi¨®n cuando sus padres se van a la guerra?, pens¨® Raito. Ignor¨® las razones y se concentr¨® en un asunto m¨¢s importante. ¡ª?Qu¨¦ har¨¢s con mi comida? Por mucho que me esfuerce, no podr¨¦ digerir vegetales. ¡ªPodr¨ªa buscar trabajo en el reino ¡ªdijo Naila. ¡ªEn el¡­ ?Reino de Advaland? ¡ªS¨ª, pero no ser¨¢ sencillo, soy muy mala en tareas manuales. La ¨²ltima vez que trabaj¨¦ como cocinera incendi¨¦ la cocina de una taberna. ?Esta mujer con orejas raras es un desastre?. ¡ªNo lo s¨¦, no lo s¨¦ ¡ªdud¨®, provocando m¨¢s molestia en Raito. No necesitaba ser listo para enga?arla, o poseer un amplio conocimiento como su hermano Rakuzen sobre otras especies. Naila parec¨ªa ser un ser torpe, nada desconfiado seg¨²n sus iniciales observaciones. Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. ¡ªEst¨¢ bien, t¨®mate tu tiempo. Mientras tanto me alimentar¨¦ de tus ratas. Lucen apetitosas, sobre todo el gordinfl¨®n come zanahorias. ¡ªRaito se mostr¨® tentado en tomar a Toto y dar el primer mordisco. Naila reaccion¨® e inmediatamente le hizo saber al drag¨®n, qui¨¦n ten¨ªa el mando en la casa. Dej¨® caer su mano sobre la cabeza del hu¨¦sped. ¡ª?Mis hermanos no son comida! ¡ªexclam¨®. Raito sob¨® su cabeza respondiendo al intenso dolor. El golpe lo dej¨® perplejo. La joven demostr¨® tener una incre¨ªble fuerza, imposible para sus delgados brazos. ???Es fuerte?! ?No, no, no, no! No es fuerte, el problema soy yo. Estoy en un estado de debilidad absoluta?, se convenci¨®. ¡ª?Lo siento! ?Por favor, perd¨®name! ?Es mi culpa por reaccionar as¨ª con un indefenso enfermo! ¡ªsuplic¨® Naila, avergonzada con su comportamiento. ?Vuelve a llamarme ¡°indefenso enfermo¡± y te quemar¨¦ viva?. Naila deposit¨® a Toto en el suelo, junto a las dem¨¢s. Era tiempo de dejar sus miedos e inseguridades de lado. La raza de los conejos segu¨ªa una tradici¨®n, y no era qui¨¦n para ponerle fin. El hombre recostado en su cama necesitaba ayuda. Era incapaz de moverse como quer¨ªa, pararse y caminar, a pesar de lo fuerte que luc¨ªa. ¡ªMi deber es otorgar la mejor atenci¨®n. As¨ª somos los conejos. Rendirse no es una opci¨®n. Nona volte¨® para verla, la ni?a alegre, fr¨¢gil que conoci¨® en el pasado, se hab¨ªa convertido en una adulta valiente y decidida. De los tres, era la coneja que m¨¢s temor mostraba con su personalidad, pero quien m¨¢s confiaba en Naila. Por otra parte, Raito not¨® la determinaci¨®n en la imagen inocente de una extra?a y cambiante mujer, que no terminaba de comprender. ¡ªLul¨², t¨² me acompa?ar¨¢s, ser¨¢s los ojos en mi espalda. Toto y Nona se quedar¨¢n a cuidarlo ¡ªorden¨® a sus hermanos. El drag¨®n negro la sigui¨® con la mirada. Naila se at¨® un pa?uelo, ocultando sus particulares orejas. Supuso que al igual que ¨¦l, estaba ocult¨¢ndose de algo o de alguien, que le imped¨ªa vivir en paz, disfrutando de sus sopas de zanahorias y cuidando de moribundos con sus mascotas, que consideraba como miembros de su familia. Lul¨² se acomod¨® dentro del bolso de Naila, para luego partir. El sol se elev¨® en el Reino de Advaland, en esa ¨¦poca del a?o los comerciantes estaban obligados a soportar los intensos rayos del mediod¨ªa, para lograr vender la mercanc¨ªa del d¨ªa y regresar a las zonas rurales. La mayor¨ªa eran campesinos provenientes de las afueras de las murallas. Estos deb¨ªan pagar elevados impuestos para poder instalarse en el mercado, por lo que solo los m¨¢s adinerados y trabajadores, ten¨ªan el privilegio de proveer a las familias nobles y bien posicionadas. Megara y El¨ªas, deambularon por el camino principal. Al ver a la soberana pasear, la multitud se arrodill¨® en se?al de respeto, no as¨ª de admiraci¨®n. A diferencia de las antiguas reinas, el pueblo no aceptaba a Megara por ser una hechicera. Sin embargo, esta cuesti¨®n era lo que menos le preocupaba, se mostr¨® desanimada por otra cosa. ¡ªEs una p¨¦rdida de tiempo ¡ªcoment¨® posando su cabeza entre los dedos. De repente, avist¨® las puertas del reino abrirse. Lo que ver¨ªa a continuaci¨®n modificar¨ªa su estado de ¨¢nimo por completo. Las personas dieron paso a una caravana que se extendi¨® a gran parte del camino principal. Se trataba de las familias reales de tres reinos vecinos, cuyas alianzas hab¨ªan sido formadas por el rey Empirio III, tatarabuelo del actual. Era habitual que la realeza llevara consigo un n¨²mero importante de soldados, ya que exist¨ªan muchos peligros en los bosques, con criaturas m¨¢gicas y monstruos habitando en ellos, no obstante la protecci¨®n de Empirio con sus aliados les dio la oportunidad de viajar con tranquilidad, y solo con los soldados imprescindibles. Teniendo en mente que un drag¨®n plateado sobrevolaba la zona, ning¨²n enemigo se atrev¨ªa a atacarlos. Los jefes de las familias encabezaban la caravana. Del reino de Galcrok, el rey Aidan Byrne, seguido por su esposa, Nessa Byrne, que tambi¨¦n era su prima. La princesa Deidre Byrne, de catorce a?os de edad, cabalgaba detr¨¢s, ansiosa por conocer el enorme castillo. El rey Gerlanch Zondervan del reino de Amsrott, se baj¨® de su caballo para saludar a Megara, mostrando una agradable sonrisa en el rostro. Era conocido por haber mantenido aventuras con otras mujeres, si¨¦ndole infiel a su esposa, la reina Liselot Piest, quien esperaba al segundo hijo. Al peque?o pr¨ªncipe, Gerrant Zondervan no le interesaba el castillo, sino el famoso drag¨®n plateado del que todos hablaban, as¨ª que, al igual que su padre, se baj¨® de su poni para seguirlo e investigar el paradero de la criatura. Por ¨²ltimo, del reino de Marratech, el matrimonio compuesto por el rey Hassan Aliod, veterano, primer conquistador en tomar las tierras des¨¦rticas, y su prometida, una mujer que lo superaba en altura, Amai Mout. ¡ªM¨ªralos, El¨ªas. Ya est¨¢n aqu¨ª, como sanguijuelas para succionar la sangre de nuestro rey ¡ªsusurr¨® Megara fingiendo una sonrisa de bienvenida¡ª. Apuesto a que emprendieron el viaje, cuando se enteraron que contratamos a los dragones negros. El¨ªas no respondi¨®, se limit¨® ¨²nicamente a observar el panorama. ¡ªReina de Advaland. La hechicera m¨¢s hermosa. Las historias de sus grandes haza?as han alcanzado mis o¨ªdos. Dichosos son mis ojos de contemplar su belleza ¡ªdijo Gerlanch, atrevi¨¦ndose a tomarla de la mano, para posteriormente besarla. ¡ªSean bienvenidos, queridos amigos. Espero que su estad¨ªa sea grata ¡ªhabl¨® Megara. ¡ªPadre, ?d¨®nde est¨¢ el drag¨®n plateado? Me dijiste que ver¨ªa a uno ¡ªprotest¨® el ni?o pr¨ªncipe. Sosten¨ªa entre sus manos, una escultura de un drag¨®n de madera, el juguete predilecto. ¡ª?El valiente pr¨ªncipe desea conocerlo? ¡ªpregunt¨® la hechicera con dulzura. ¡ªS¨ª, le¨ª sobre ellos antes de partir. Las llamas azules pueden reducir un reino entero a cenizas ¡ªcont¨® Gerrant. ¡ªHaces bien en mantenerte informado. Un hombre conocedor del mundo en el que vive, ser¨¢ un gran rey ¡ªlo elogi¨® acariciando el cabello rizado y rubio¡ª. Deseo que en un futuro cercano, los dragones plateados elijan proteger a tu reino. Naila ingres¨® a Advaland camufl¨¢ndose entre los dem¨¢s habitantes. Gracias al pa?uelo en su cabeza, cubriendo las orejas de conejo, y Lul¨² escondida en su bolso cuidando sus espaldas, logr¨® caminar con tranquilidad. Era veloz para arribar a diferentes lugares, sean lejanos o no. Utilizaba largos saltos y una asombrosa habilidad para trepar ¨¢rboles. ¡ªHa pasado tiempo desde la ¨²ltima vez que estuve aqu¨ª ¡ªmurmur¨®. Mientras recorr¨ªa los puestos, not¨® un enorme grupo de personas amontonadas en un solo sitio. Ser curiosa le hab¨ªa costado varias palizas en el pasado, tanto de soldados, como de campesinos. Era su maldici¨®n, una que no la abandon¨® a pesar de que se convirti¨® en una adulta cuidadosa. Se hizo paso entre los pueblerinos, hasta alcanzar a ver a las familias de la realeza. ¡ª?Son reyes!¡­ ?Qu¨¦ hacen en Advaland? ¡ªpregunt¨®, nerviosa. Seg¨²n los vecinos, Empirio no recib¨ªa muchos invitados en su castillo, principalmente aliados, salvo alg¨²n festival que ameritara un banquete y d¨ªas de caza. Esta clase de eventos pon¨ªa en peligro a los animales del bosque, por lo que la preocupaci¨®n de Naila aument¨®. Lul¨² asom¨® la cabeza para visualizar a un potencial enemigo. Un cuervo permanec¨ªa quieto en el hombro de un hombre. Los cuervos eran aves domesticables, usadas para enviar mensajes y controlar plagas como los roedores. Lul¨² sab¨ªa que los animales eran muy perceptivos, desde que se volvi¨® uno, pudo comprender la enorme utilidad de la domesticaci¨®n. Para infortunio de las conejas, el cuervo percibi¨® la presencia de ambos seres que no pertenec¨ªan a la raza humana. Alert¨® a su due?o batiendo las alas y emitiendo escandalosos graznidos. ¡ª?Tranquilo, tranquilo, tranquilo! ¡ªtrat¨® de calmarlo el hombre, pero el ave desobedeci¨®, se arroj¨® sobre la cabeza de Naila y comenz¨® a picotear con intenciones de arrebatarle el pa?uelo. Naila se protegi¨® sacrificando las manos para evitar que sus orejas sean expuestas. ¡ª?No salgas! ?Estar¨¦ bien! ¡ªexclam¨® haciendo todo lo posible por apartar al cuervo, pero el enojo de Lul¨² la incentiv¨® a salir del bolso y atacar al ave. ¡ª?Un conejo! ?Hay un conejo! ¡ªdescubri¨® una comerciante se?alando hacia arriba. Varios pueblerinos lograron ver a Lul¨² mordiendo las alas de su contrincante. Encontrar a un conejo en aquel entonces, era inusual. El ej¨¦rcito del rey Empirio los extermin¨® en un suceso que qued¨® marcado en la historia de Advaland como: ¡°El final de las tr¨¢gicas madrugadas de luna llena¡±. La exclamaci¨®n de la mujer fue o¨ªda por los reyes. Todos voltearon confundidos, intentando divisar lo que pasaba, entre la multitud que gritaba aterrorizada tras el descubrimiento. El cuervo se zaf¨® del agarre de la coneja, y en un brusco movimiento la dej¨® caer desde las alturas. ¡ª?No, Lul¨²! ¡ªNaila se tir¨® al suelo, atrap¨¢ndola en el acto. La abraz¨®, estaba asustada de perder a su preciada hermana, que se arriesg¨® para protegerla, para proteger su secreto. ¡ª?Esa mujer tiene un conejo! ¡ªla delat¨® otro comerciante. Megara frunci¨® el ce?o, pero no dej¨® que el enojo la dominara. Vencer a la enorme poblaci¨®n de conejos fue un trabajo dif¨ªcil, no perdonar¨ªa a nadie que estuviera cuidando de ellos, hacerlo significaba alterar la paz en Advaland. Una ejecuci¨®n en vivo delante de sus aliados, les mostrar¨ªa la verdadera justicia. Los monstruos de las madrugadas de luna llena, dejar¨ªan de atormentarlos para siempre. ¡ª?Capit¨¢n, acabe con la traidora y su bestia! ¡ªorden¨® la reina, sentenci¨¢ndola a morir. El¨ªas acat¨® la orden, desenvain¨® su espada. Naila sinti¨® un profundo terror, el caos a su alrededor no la priv¨® de escuchar la hoja cortar el viento. El mism¨ªsimo capit¨¢n de la Guardia Real estaba all¨ª, un temible verdugo que asesin¨® a cientos de hombres, cumpliendo con la tarea de su profesi¨®n, matar sin piedad en nombre del rey y la reina. Sus piernas se movilizaron, Naila corri¨® entre la gente, empujando con su cuerpo los obst¨¢culos humanos. Un hombre trat¨® de detenerla, la jal¨® del cabello para ofrec¨¦rsela a El¨ªas, pero Naila consigui¨® liberarse con facilidad. Era veloz, demasiado para que el drag¨®n plateado pudiera alcanzarla. Se escabull¨® entre los callejones oscuros y estrechos del mercado, saltando entre vagabundos, barriles de ron y carretas. La distancia entre ambos se fue haciendo cada vez mayor. Naila arrib¨® al l¨ªmite, se top¨® con la muralla que rodeaba el reino. No tuvo mejor idea que cavar un t¨²nel bajo tierra, ya que saltar la expondr¨ªa a las miradas de todos. Los habitantes de Advaland reconoc¨ªan los movimientos de su raza, muchos de ellos fueron viudos y hu¨¦rfanos de la luna llena. Momentos despu¨¦s, El¨ªas arrib¨® al t¨²nel. Reconoci¨® el trabajo de un conejo adulto, bastante habilidoso. Guard¨® su espada, se arrodill¨® para analizar el tama?o del agujero. Entrecerr¨® los ojos y expres¨®: ¡ªNo es una persona cualquiera, tampoco es una protectora de las bestias... es una exiliada, una mujer conejo.

Cap铆tulo 4 ?Aliados en el castillo? Cap¨ªtulo 4 ?Aliados en el castillo? Luego del ¨²ltimo incidente, las familias reales se dirigieron al castillo. Era esperable que el ambiente cambiara dr¨¢sticamente, ya que la persecuci¨®n de un miembro de la raza de conejos, alter¨® los nervios de quienes fueron testigos de la luna llena. Gerrant, el ni?o del grupo, se acerc¨® a su padre para preguntar sobre la antigua leyenda que los de su generaci¨®n nunca hab¨ªan presenciado. ¡ª?Es verdad que los conejos asesinan a las personas cuando hay luna llena? El rey Gerlanch recordaba muy bien los ataques de las bestias de ojos rojos y largas orejas, varios de ellos devoraron a sus soldados cuando apenas era un ni?o de la misma edad que ten¨ªa Gerrant. ¡ªNo te preocupes por los conejos. Nuestro amigo, su alteza, se encarg¨® de exterminarlos siete mil trescientos amaneceres atr¨¢s. Todo para protegernos ¡ªrespondi¨® mostrando una insegura sonrisa. ¡ª?No lo sabes? ¡ªhabl¨® Deidre, avanzando hacia el infante¡ª. Los conejos en noches de luna llena se transforman en monstruos horripilantes. Tengo evidencias de ello, hace no mucho tiempo, uno entr¨® al castillo Byrne. Hasta hoy su cabeza permanece clavada en una lanza, como exhibici¨®n en la sala de trofeos de caza de mi padre. ¡ª?Mientes! ¡ªexclam¨® Gerrant, enfurecido. ¡ªEres afortunado, esta noche no habr¨¢ luna llena, de lo contrario, amanecer¨ªa tu cad¨¢ver cubierto de sangre y con un corte profundo en la garganta ¡ªdijo la princesa moviendo la parte inferior del vestido, como si estuviera danzando al son de sus palabras. Megara se volte¨® hacia los ni?os. Pens¨® en las bromas, en las mentiras y en la inocencia de los peque?os. Desconoc¨ªan las consecuencias de la luna llena, el terror que infund¨ªa la raza de conejos, cuando su gran poblaci¨®n (que se reproduc¨ªa y se expand¨ªa por el continente) corr¨ªan y saltaban descontrolados, arrasando con todo ser vivo de pie. Al terminar de observarlos y pensar, desvi¨® la mirada hacia El¨ªas. La mano derecha posaba sobre la empu?adura de su espada, movi¨¦ndose junto con sus pasos. Haber fallado en capturar a un conejo y a su protectora, abrir¨ªa sospechas en el resto de las familias, principalmente en la m¨¢s astuta de las tres. Los Byrnes estuvieron a punto de ser elegidos por los dragones plateados para servirles en el reino de Galcrok. En la actualidad, eran sus rivales. Un reino que prosperaba m¨¢s que otro, llamaba la atenci¨®n de estas indomables criaturas, que crearon la tradici¨®n de servir y proteger, para asignarle un prop¨®sito a su enorme poder. Parec¨ªa que la hechicera le¨ªa mentes, porque la reina Nessa Byrnes se aproxim¨® a su esposo y le susurr¨®: ¡ªEl capit¨¢n de la Guardia Real es un incompetente, fracas¨® en atrapar a un conejo en su estado primitivo. ¡ªEl rey Empirio descuida a los humanos de su ej¨¦rcito por confiar en la fuerza de su drag¨®n. Podr¨ªamos aprovechar nuestra ventaja de un ej¨¦rcito m¨¢s eficiente y organizado para impresionar a las familias de dragones plateados ¡ªcontest¨® Aidan, concordando con la apreciaci¨®n¡ª. Sin un drag¨®n sirvi¨¦ndonos, no seremos capaces de conquistar Advaland. Una vez arribaron al sal¨®n del trono, el rey Empirio Virtanen hizo su aparici¨®n para darles la bienvenida. ¡ªQueridos amigos. Lamento no haberlos recibido como es debido. Su temprano arribo fue inesperado ¡ªexplic¨®. ¡ªNo se preocupe, su majestad. La reina Megara nos atendi¨® de maravilla ¡ªcoment¨® Gerlanch. ¡ªEra de esperarse. Por favor, perm¨ªtanme guiarlos en una recorrida por el castillo. Estos ¨²ltimos amaneceres, hemos reconstruido una de las torres m¨¢s altas, les agradar¨¢ contemplar la hermosa vista del paisaje. Las hojas de los ¨¢rboles del Bosque Carmes¨ª pronto cambiar¨¢n de color. Ser¨¢ ideal para cazar venados, espero que puedan quedarse para la cacer¨ªa. ¡ªNos encantar¨ªa participar ¡ªexpres¨® Aidan. Todo animal cuya cabeza pudiera caber en su muro de trofeos, val¨ªa la pena para ¨¦l. Las familias de reyes lo siguieron. El matrimonio del reino de Marratech, se detuvo a apreciar el trono. Estaba elaborado con hierro, ba?ado en oro. El respaldo y el asiento, lo cubr¨ªa varias capas de piel de venado, adornado con hilos dorados que un¨ªan los trozos, siempre manteniendo el bordado de tr¨¦boles de cuatro hojas, como s¨ªmbolo caracter¨ªstico de Advaland. El rey Hassan envidi¨® los lujos, su trono era de grueso roble exportado de las tierras del sur, donde los ¨¢rboles abundaban. Viniendo en zonas inh¨®spitas, apresado por extensos desiertos, evidentemente no contaba con los mismos recursos, por lo que reinar era un desaf¨ªo. ¡ªEs por aqu¨ª ¡ªles indic¨® El¨ªas. Amai, la reina, apret¨® el brazo de su esposo para traerlo de nuevo a la realidad. El hombre regres¨® la mirada al frente. ¡ªEs usted muy amable, ?capit¨¢n? A mi edad, es dif¨ªcil orientarme ¡ªdijo Hassan, dubitativo. El¨ªas se reverenci¨®: ¡ªAs¨ª es. Soy el capit¨¢n de la Guardia Real. ¡ªEs muy joven para serlo. Eso demuestra sus excelentes habilidades y su lealtad. Mis felicitaciones, capit¨¢n. ¡ªGracias, su alteza. ¡ªEl¨ªas levant¨® la cabeza. Los ojos de Amai estaban clavados en ¨¦l, como si intentara analizar cada uno de sus movimientos. Finalizada la breve conversaci¨®n, El¨ªas los escolt¨® con el resto del grupo. Amai, a¨²n aferrada al brazo de Hassan, le susurr¨® al o¨ªdo: ¡ªHuelo al drag¨®n plateado, es el olor inconfundible de un asesino que utiliza el fuego. Recuerdo mi hogar arder en llamas azules. El hombre cerr¨® los ojos, su bigote negro cubri¨® la leve sonrisa. Descubrir la identidad de un drag¨®n plateado, era una gran ventaja. Ellos eran cuidadosos con su apariencia humana, ya que la utilizaban para viajar entre reinos y volverse uno m¨¢s con la poblaci¨®n. Para los conejos como Naila, recorrer largas distancias no era un problema. Saltaban entre las copas de los ¨¢rboles, y pose¨ªan una incre¨ªble velocidad para moverse en distintos ambientes, tanto en las crueles y fr¨ªas Monta?as de Niels, como en bosques con abundante vegetaci¨®n. Sin embargo, Naila prefiri¨® cavar y cavar, hasta alcanzar una distancia que considerara segura. La visita de las familias reales aliadas de Empirio, moviliz¨® a los soldados, haciendo que estos se desplazaran al Bosque Carmes¨ª, cuidando de que ninguna criatura extra?a se acercara, m¨¢s estando al tanto de que un conejo fue visto. Naila sali¨® a la superficie, a¨²n los rayos del sol se sent¨ªan tibios, lo cual indicaba que segu¨ªa siendo mediod¨ªa. ¡ªTuvimos suerte de que no nos atraparan ¡ªdijo quit¨¢ndose tierra de su ropaje. Lul¨² salt¨® sobre su cabeza y mir¨® hacia el oeste, logrando visualizar el peque?o arroyo que se ubicaba cerca a la casa donde viv¨ªan. Juntas recorrieron el resto del camino. Como afirm¨® Empirio, las hojas de los ¨¢rboles se tornaban anaranjadas, la primera etapa para acabar con un color rojo intenso, que convert¨ªa al Bosque Carmes¨ª, en un sitio inseguro para los animales. ¡ªHemos vuelto a salvo ¡ªanunci¨® tras cerrar la puerta y toparse con una escena dif¨ªcil de ver. Raito hab¨ªa tomado al conejo Toto entre sus manos y estaba por devorarlo, mientras Nona lo presenciaba horrorizada. ¡ª??Qu¨¦ haces?! ?Suelta a mi hermanito! ¡ªexclam¨® Naila dando fuertes y contundentes pasos hacia Raito. El temblor en el suelo no tard¨® en desequilibrar los sentidos perturbados del drag¨®n negro, lo que provoc¨® que dejara escapar al apetitoso conejo. ¡ªNo es mi culpa que la rata se me acerque. Estoy hambriento ¡ªargument¨® Raito, todav¨ªa sentado en la cama sin poder levantarse¡ª. ?Conseguiste empleo? Naila respondi¨® con silencio, uno que lo explic¨® todo. Raito lo interpret¨® como un fracaso. ¡ª?Qu¨¦ sucedi¨®? ¡ªpregunt¨®. ¡ªDigamos que¡­ no le agradamos al rey Empirio ¡ªcontest¨® ense?ando tristeza en su sonrisa. Raito sospech¨® en la elecci¨®n de palabras, seguramente escond¨ªa un secreto, y no era merecedor de su confianza para conocerlo. This narrative has been unlawfully taken from Royal Road. If you see it on Amazon, please report it. ¡ªVolver¨¦ en la noche¡­ sola ¡ªhabl¨® decidida, pero sin conservar la misma motivaci¨®n que en la ma?ana. Los recuerdos de su infancia, la muerte de sus padres a manos de Empirio, regresaron para revivir los antiguos miedos que crey¨® vencer con el transcurso del tiempo. El resto de los conejos la observaron con preocupaci¨®n. Sab¨ªan los peligros de regresar, no obstante, la voz de su pueblo, de sus ancestros, de la tradici¨®n gritaban fuerte y Naila no pod¨ªa o¨ªr nada m¨¢s, salvo eso. Se hizo de noche. Empirio, tal y como lo prometi¨®, ofreci¨® un banquete a sus aliados. Las tres familias se instalaron en el comedor principal, destinado a grandes celebraciones. Solo el rey Aidan hab¨ªa llegado a compartir esa mesa con la nobleza de Advaland, cuando era un adolescente, aprendiz de su padre, cuya temprana muerte le otorg¨® el t¨ªtulo. En aquel entonces, la presencia de una dragona plateada coronada como reina era una novedad. Aunque Aidan apenas era un adolescente, pudo comprender por qu¨¦ Empirio hab¨ªa ignorado las tradiciones eligiendo a una dragona como esposa. Por unos instantes, vio a la hermosa Diana ocupar el lugar que ahora le pertenec¨ªa a Megara. La hechicera era una mujer diferente, por m¨¢s que se vistiera de dorado, que su diadema de diamantes brillara con el fuego azul de las velas, no se comparaba con ella, algo en esa mujer le despertaba inquietud. ¡ªSepan disculpar mi atrevimiento, pero sospecho que nuestros invitados tienen un asunto que tratar con su alteza, adem¨¢s de la pol¨ªtica ¡ªmencion¨® Megara, depositando una copa con vino sobre la mesa. Despu¨¦s de mantenerse al margen de la conversaci¨®n durante una buena parte de la cena, intervino para exponer las verdaderas intenciones de los visitantes. Detr¨¢s de los soberanos de Advaland, El¨ªas mir¨® a quien present¨ªa, ser¨ªa el sujeto que le responder¨ªa a su reina. El rey Aidan carraspe¨®. ¡ªAgradezco su hospitalidad. La generosidad que ha mostrado hacia nosotros es inmensa, pero la noticia sobre el grupo de dragones negros que contrat¨® nos desconcert¨®. Usted los enga?¨® pag¨¢ndoles para atacar una aldea de gigantes, esto pone en peligro el reino que usted y sus ancestros han construido. Temo que la alianza que forjamos tambi¨¦n est¨¦ peligrando. ¡ªLos asesin¨¦ sabiendo las consecuencias. Me enorgullezco de mi triunfo, pero no bajo la guardia. S¨¦ que existen muchos enemigos ansiosos por ver mi cabeza clavada en una estaca. En este caso, el pueblo de estas criaturas desear¨ªa verme arder. ¡ªEmpirio llev¨® la copa a sus labios, dio un sorbo y regres¨® su vista hacia Aidan¡ª. Descuide, mi estimado amigo. A los dragones negros no les interesan las alianzas entre familias reales. Megara sonri¨®, movi¨® la mano y la apoy¨® sobre la de Empirio. ¡ªMi esposo visualiza el futuro mejor que nadie. Este mundo le pertenece a los humanos. No importa lo poderosos que sean los gigantes o dragones, no levantan imperios, ni se expanden por horizontes desconocidos. Ellos destruyen y combaten por prop¨®sitos absurdos. Prefieren desaparecer de la historia como monstruos temidos, en vez de ser recordados. Siempre he pensado que son mutantes de una naturaleza enferma que muere paulatinamente. ¡ªLa ira de los dragones negros caer¨¢ sobre Advaland ¡ªagreg¨® la reina Liselot, resistiendo los movimientos bruscos de su beb¨¦ dentro, como si quisiera callarla. Megara cambi¨® el rumbo de su mirada hacia el vestido rosa de Liselot, percibi¨® los dedos temblorosos sobre su vientre hinchado. ¡ªDeja las tonter¨ªas, paranoica mujer. Los dragones negros representan una peque?a poblaci¨®n. La reina Megara tiene raz¨®n, mueren poco a poco. Cada vez nacen menos y dan la vida por su orgullo de guerreros, lo cual no los lleva a ning¨²n lado ¡ªexpres¨® Gerlanch, desprestigiando las palabras de Liselot. ¡ªSi oyeras otras voces, aparte de los gemidos de tus amantes, se?or esposo, descubrir¨¢s interesantes historias de los ancianos del castillo. Describen lo est¨²pidos e impulsivos que son los dragones negros. Muchos intentaron enga?arlos tendi¨¦ndoles trampas para desorientarlos. ¡ªLiselot hizo una pausa para contemplar la expresi¨®n estupefacta de su marido y sigui¨®¡ª: Alg¨²n d¨ªa ser¨¢ su majestad, el que forme parte de las historias de un viejo senil, que se reir¨¢ del valiente humano que jug¨® a ser un dios, con los est¨²pidos dragones que terminaron devor¨¢ndolo. Empirio emiti¨® una tranquila carcajada. Megara alarg¨® su sonrisa, cubri¨¦ndose los labios con los dedos, pintando la punta de los mismos de color rojo. ¡ªAprecio su preocupaci¨®n. Si terminara convirti¨¦ndome en una tr¨¢gica historia, anhelar¨¦ que mi nombre perdure como el valeroso rey que purific¨® esta naturaleza enferma. Sea mi final perforado por los colmillos de un monstruo o no, mi gente me recordar¨¢ por mis actos. Siempre proteger¨¦ a los m¨ªos. Cueste lo que cueste. Un silencio sepulcral inund¨® el comedor. Empirio demostr¨®, una vez m¨¢s, ser el rey aventurero que desafiaba a la muerte. ¡ªFu-fue un espl¨¦ndido banquete ¡ªcelebr¨® Gerlanch. Amai, la monarca del vestido verde, solt¨® los cubiertos. La velada hab¨ªa sido mejor de lo imaginado, principalmente por la intervenci¨®n de Liselot, mujer que al principio parec¨ªa solo la burla entre los nobles. ¡ªMe gustar¨ªa salir a tomar aire fresco. ?Un guardia podr¨ªa compa?arme? ¡ªpregunt¨®. ¡ªPor supuesto. Capit¨¢n, esc¨®ltala a los jard¨ªnes. All¨ª la brisa es agradable ¡ªorden¨® Empirio. El¨ªas acat¨® la orden y gui¨® a Amai hacia un rosedal elaborado en la segunda torre al oeste. Estaba repleto de rosas de diversos colores, incluso rodeando los arcos que se elevaban sobre los caminos que converg¨ªan en el centro del lugar. ¡ªEs un sitio precioso. ?Megara orden¨® crearlo? ¡ªcuriose¨® la invitada. ¡ªNo, fue construido para la antigua reina. ¡ªOh, he escuchado sobre Diana. Cuentan que su belleza era incomparable. Corr¨ªjame si me equivoco, capit¨¢n, pero ten¨ªa entendido que por desgracia ella enferm¨® a muy temprana edad, sin haber podido darle a su esposo un pr¨ªncipe. Es una pena que algo tan hermoso perezca. ¡ªAmai toc¨® los suaves p¨¦talos de las rosas, cuidando de no toparse con las filosas espinas, acci¨®n que El¨ªas observ¨® con detenimiento¡ª. Tambi¨¦n cuentan que Diana era una dragona plateada, y que la ¨²nica posibilidad que ten¨ªa de engendrar un hijo¡­ la desperdici¨® en un hombre que la abandon¨®. ¡ªSe alej¨® de las espinas, tras visualizar las llamas azules de las antorchas, alterarse con una repentina r¨¢faga de viento. ¡ªEl rey Empirio se lo advierte ¡ªhabl¨® El¨ªas, manteniendo su imperturbable calma, mientras los p¨¦talos m¨¢s d¨¦biles volaban alrededor de su oscura figura de ojos celestes y brillantes. ¡ª?Me lo advierte? Un hilo de sangre violeta escap¨® de la mejilla de Amai. No alcanz¨® a notar, c¨®mo su resistente piel se desprendi¨® al probar el filo de la espada del capit¨¢n, mucho menos divis¨® el movimiento r¨¢pido y certero. ¡ªSugiri¨® que su majestad, el rey de Marrachet, no viajara acompa?ado por usted. Quiso perdonarle la vida ¡ªexplic¨® El¨ªas, conservando la misma postura, la cual parec¨ªa no haberse movido de su posici¨®n inicial. ¡ª?El rey Empirio Virtanen quiso perdonar mi vida? ¡ªbalbuce¨® Amai. ¡ªNo ser¨ªa la primera vez. ¡ªLa provocaci¨®n de El¨ªas fue la gota que derram¨® el vaso. Comenzaron a nacer escamas verdosas en el rostro de la reina. Los dientes se contrajeron hasta desaparecer, y los colmillos superiores se alargaron. La lengua tambi¨¦n cambi¨®, se abri¨® en dos volvi¨¦ndose fina, igual a la de una serpiente. El cuello se deform¨®, estir¨¢ndose tanto, que cualquier humano no ser¨ªa capaz de ver la cabeza a lo lejos. La sombra de Amai se extendi¨® por el rosedal, haciendo que las llamas azules se redujeran a peque?as luci¨¦rnagas. El¨ªas no aguard¨® el final de la transformaci¨®n, cada segundo contaba para proteger su identidad como drag¨®n plateado. Confi¨® en sus habilidades, en la hoja de su espada, que hab¨ªa rebanado enormes monstruos por todo el continente. Desenvain¨®, calcul¨® la distancia ideal para saltar y acertar un golpe letal. ¡ª?T¨² y Empirio destruyeron Nido de Serpientes! ?Asesinaron a toda una poblaci¨®n! ¡ªSe escuch¨® la voz grave y distorsionada de Amai, llorando la muerte de su pueblo. El temblor del peso de la serpiente gigante, se sinti¨® en las torres del castillo, inclusive en los calabozos, a metros y metros de profundidad. Megara bebi¨® de la copa, al mismo tiempo que las familias reales abandonaban el comedor, espantados con el suceso. ¡ªQu¨¦ ni?o m¨¢s travieso. Arruin¨® el lugar favorito de su madre ¡ªcoment¨® apretando la mano derecha de Empirio, quien observaba desde el interior de la torre, la lluvia de p¨¦talos de rosas. El¨ªas se prepar¨® para atacar, tom¨® impulso y salt¨® hacia el cuerpo de la serpiente. Mordi¨® la empu?adura de la espada, para posteriormente trepar ayud¨¢ndose con las escamas. Amai se moviliz¨®, estrell¨® la punta de su cola en un muro. Los escombros se dirigieron a El¨ªas, pero los esquiv¨® a tiempo. El brillo en la mirada del capit¨¢n se intensific¨®, apoy¨® los pies sobre las escamas, y de nuevo se impuls¨® dando un salto para lograr alcanzar la cabeza del monstruo. Una vez en la cima, enterr¨® la punta de la espada en la frente de Amai. Los ojos amarillentos del reptil gigante de largos cuernos se centraron en El¨ªas, el hombre termin¨® de enterrar la hoja por completo. Era doloroso, pero un dolor soportable para una criatura as¨ª. Movi¨® la cabeza con violencia, lanzando a El¨ªas hacia el muro destruido. El capit¨¢n ingres¨® a la torre y se estrell¨® contra la pared. Amai, inquieta, envi¨® su cola con el af¨¢n de aplastarlo. El¨ªas la evit¨®, salt¨® sobre ella y corri¨® utiliz¨¢ndola como un puente que lo guiara de vuelta a su espada. Exhibiendo asombrosa agilidad, eludi¨® un mordisco y se lanz¨® hacia la frente. Sujet¨® la empu?adura en el aire, la quit¨® de un solo movimiento. Para rematar el combate, dio una voltereta y cay¨® con mayor agresividad dentro de la boca del monstruo. Amai crey¨® que lo hab¨ªa matado con cerrar su mand¨ªbula, pero no fue as¨ª. Cometi¨® un terrible error al cerrarle las salidas a un drag¨®n. El¨ªas se transform¨®¡­ el resultado, fue imaginable. Los trozos cayeron como escombros impactando contra el suelo, un diluvio de sangre violeta ti?¨® el ya arruinado rosedal. Entre el peligroso e inestable ambiente aparecieron los nobles, impactados con el incre¨ªble evento. Liselot abraz¨® a su hijo Gerrant para protegerlo de la sangrienta imagen del drag¨®n plateado, sin embargo, el ni?o pudo espiar y ver su sue?o hecho realidad. Empirio encabezando el grupo, elev¨® la vista haciendo contacto visual con su sirviente. El¨ªas lo interpret¨® y se arrodill¨®. ¡ªUn miembro de la raza de las serpientes atac¨® el castillo ¡ªconcluy¨® Empirio tras avistar restos del vestido de Amai. ¡ª?C¨®mo es posible? ¡ªse asombr¨® la reina Nessa. ¡ªTal vez Hassan consiga despejar nuestras dudas. El reino de Marrachet es vecino de Nido de Serpientes, y por lo visto su esposa era un monstruo con escamas ¡ªintervino Megara. Los adultos dirigieron sus acusadoras miradas al veterano. Cap铆tulo 5 El precio del poder Cap¨ªtulo 5 El precio del poder Hassan qued¨® acorralado, despu¨¦s de que su esposa, Amai, fuera derrotada por el drag¨®n plateado, en su intento de vengar a las serpientes muertas por ¨®rdenes del rey Empirio, soberano empecinado en exterminar las criaturas que consideraba peligrosas para los humanos. Era un objetivo noble, proteger a aquellos que no pose¨ªa un gran tama?o, ni un gran poder para defenderse de los atacantes. Los humanos conquistaban territorios gracias a los avances en su tecnolog¨ªa, y a las alianzas que formaban, sin embargo esto costaba a?os y a?os de arduo trabajo. Era habitual que los reyes murieran sin lograr ver el fruto de sus esfuerzos, ya que la expectativa de vida descendi¨® por las pestes y enfermedades entre especies. La dinast¨ªa Virtanen tard¨® siete generaciones en conseguir la atenci¨®n de los dragones plateados, con lo que eso ameritaba. Empirio no estaba dispuesto a perder ese preciado tiempo, perdonando a un est¨²pido y desorientado anciano. El traidor se arroj¨® a los pies de su antiguo aliado, suplicando por su vida entre escandalosos llantos. ¡ª?Por favor! ?Usted es un hombre piadoso! ?Perdone la vida de este anciano! ?Renunciar¨¦ a mi nombre! ?Me ir¨¦ al desierto y jam¨¢s volver¨¢ a saber de m¨ª! ¡ªEs una pena que se dejara manipular por una serpiente ¡ªcoment¨® Megara cruz¨¢ndose de brazos. ¡ªNo gastes saliva en vano. El rey Empirio no tolera la traici¨®n ¡ªhabl¨® el ¨²nico verdadero aliado, Gerlanch, el que segu¨ªa manteni¨¦ndose fiel a la generosidad de Advaland. ¡ª?Capit¨¢n! ¡ªEmpirio alz¨® la voz. El¨ªas lo oy¨® y volvi¨® a desplegar las alas. ¡ª?No, por favor! ?El drag¨®n no! ¡ªexclam¨® Hassan arrastr¨¢ndose en direcci¨®n contraria. ¡ªNo recuerdo que hayamos revelado su identidad ¡ªdescubri¨® la hechicera. El resto de los nobles, asombrados, dirigieron sus miradas hacia El¨ªas. Tener al drag¨®n como capit¨¢n de la Guardia Real, en el campo de batalla liderando a los soldados, volando, lanzando llamas, y custodiando la seguridad del pueblo, eran evidencias de las incre¨ªbles habilidades que desarrollaban los plateados. Hassan continu¨® arrastr¨¢ndose, alej¨¢ndose de su verdugo, esquivando las rocas en intentos in¨²tiles y torpes por escapar de la muerte. Empirio, silencioso, volte¨® y camin¨® regresando al interior del castillo, ignorando los vergonzosos ruegos del anciano. Megara lo sigui¨® detr¨¢s, hasta que la luz blanca de la luna dej¨® de iluminarla. All¨ª, elev¨® el brazo y con ¨¦l, las rocas se levantaron respondiendo al hechizo que acababa de activar con un susurro. ¡ªUstedes no ir¨¢n a ning¨²n lado. Gerlanch no entendi¨® por qu¨¦ la reina comenz¨® a bloquear la ¨²nica salida, su familia a¨²n pisaba una zona inestable, delante de un drag¨®n que no paraba de observarlos con ojos penetrantes. Su esposa lo descifr¨® primero, se lanz¨® contra las rocas, momentos antes de que la imagen de Megara desapareciera. ¡ª?Malditos! ?Mis hijos apenas son ni?os! ??Qu¨¦ da?o pueden hacerles?! ¡ªgrit¨® Liselot golpeando las rocas con sus d¨¦biles pu?os. ¡ª?Su¡­ majestad? ?Qu¨¦¡­ intenta hacer? ¡ªpregunt¨® Gerlanch sin comprender la situaci¨®n. ¡ª?Abre los ojos! ??No te das cuenta de que nos matar¨¢n?! ¡ªLo sacudi¨® la mujer. ¡ªEs imposible, su majestad no har¨ªa eso. Gerrant, en medio de sus padres, movi¨® la cabeza para contemplar a El¨ªas y le sonri¨® de oreja a oreja. El drag¨®n plateado entrecerr¨® los ojos evitando el contacto visual, actitud que Virtanen hubiera castigado como debilidad. ¡ªMam¨¢, ?esa mujer tiene raz¨®n? ?Nos matar¨¢n? ¡ªtemi¨® la joven Deidre liberando las primeras l¨¢grimas. ¡ªMantente firme, eres la princesa de Garlock ¡ªdijo Aidan colocando la mano sobre el hombro de su hija¡ª. Nuestra familia conf¨ªa en quienes dejamos atr¨¢s. La reina Nessa se quit¨® la corona y la deposit¨® cuidadosamente en el suelo. ¡ªFue un sue?o muy corto, esposo m¨ªo, pero he disfrutado de ¨¦l. Cada segundo siguiendo tus pasos. Estuvimos en la c¨²spide de la historia de Garlock, quienes dejamos atr¨¢s no olvidaran las llamas azules. ¡ª?Por qu¨¦? Mam¨¢, pap¨¢¡­ ?El rey Empirio no era nuestro amigo? Tanto Aidan como Nessa la tomaron de las manos y le ofrecieron un ¨²ltimo abrazo. Pese a las largas horas estudiando, aprendiendo sobre pol¨ªtica y t¨¢cticas de guerra para apoyar a su padre y a un futuro rey, Deidre no logr¨® arrancar su inocencia de ni?a. Estaba aterrada, sufriendo al saber que morir¨ªa sin comprender que la traici¨®n en una alianza, tra¨ªa desgracias para los involucrados. Empirio us¨® la ejecuci¨®n de Hassan para asesinar a tres l¨ªderes, dejar desprotegidos a los reinos e invadirlos. Los soldados que acompa?aban a las familias reales, fueron sorprendidos por sus actuales enemigos. Tambi¨¦n hab¨ªan sido abastecidos con un banquete para despistarlos. El n¨²mero no bast¨® para enfrentar la evidente amenaza de la Guardia Real. Fue una masacre, la orden de matar sin tomar prisioneros, hizo que el comedor se ti?era de rojo, que los pasillos se convirtieran en caminos de ¨®rganos humanos, para los sabuesos hambrientos que persiguieron hasta el ¨²ltimo de pie. Gerlanch, en un ataque de locura, intent¨® saltar hacia la siguiente torre, huyendo de la desesperante idea de ser carbonizado por el drag¨®n, pero la falta de equilibrio lo conden¨® a una horrorosa muerte. Cay¨® desde las alturas al suelo, pintando un enorme charco de sangre debajo. Liselot abraz¨® a Gerranch. El ni?o no despeg¨® los ojos de El¨ªas, ni de las llamas azules que se acercaban lentamente. ¡ªAlg¨²n d¨ªa, cuando sea un rey como pap¨¢, traer¨¦ a un drag¨®n plateado a Amsrott. Afuera del castillo, los habitantes de Advaland celebraron las llamas azules, brindando con cerveza y vino en las calles del pueblo. Entre la multitud, Naila logr¨® divisar las alas del drag¨®n aletear, hasta que el fuego se extingui¨®. Apret¨® con fuerza las manos sobre el pecho, como si este sintiera el calor abrasador quemarle por dentro. ¡ªSigue aqu¨ª ¡ªmurmur¨® llev¨¢ndose una enorme decepci¨®n. El transcurso de los a?os, solo contribuy¨® a que el peque?o drag¨®n creciera y se aferrara a su deber como protector del reino, lo cual significaba obedecer a un hombre que asesinaba sin control. Aunque la alegr¨ªa se apoder¨® del lugar, las peleas no tardaron en llegar. Los ebrios repartieron pu?os, provocando que las calles fueran peligrosas para una dama. Naila se refugi¨® de la violencia en un callej¨®n oscuro. Comprob¨® que no fue una buena idea reintentar en una noche de festejos, en un evento que no se hab¨ªa presentado nunca. Los antiguos reyes respetaban las alianzas con otros reinos, eran cautelosos y prefer¨ªan mantener amigos antes que enemigos, sin embargo, Empirio hab¨ªa demostrado que ser el centro de atenci¨®n lo era todo. Estar¨ªa en boca de todo el mundo como un l¨ªder odiado¡­ pero tambi¨¦n temido. El Consejo se reuni¨® tras enterarse del terrible suceso, lo llamaron demente, no obstante nadie se atrevi¨® a iniciar una rebeli¨®n, ni a cuestionar sus decisiones. Megara estar¨ªa all¨ª para escucharlos, y enfurecer a una hechicera de tal nivel era un suicidio. Ellos eran reemplazables, pero no los seres poderosos que lo rodeaban, tanto las llamas como la magia pod¨ªan arrasar con ej¨¦rcitos. Naila aguard¨® en la oscuridad, observando la mitad de la luna aparecer entre las nubes. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® una voz conocida. Naila mir¨® a un costado, era un hombre calvo, grande y obeso. Lo recordaba, era uno de los tantos cocineros del castillo que fueron despedidos cuando Diana falleci¨®. Se alegr¨® al reconocerlo. Jarol se dej¨® ver, ten¨ªa puesto un delantal blanco manchado de vino y cerveza. Del bolsillo colgaba un trapo sucio, se?al de que se encargaba de la limpieza de alguna taberna, o en el mejor de los casos, era due?o de una. ¡ªAs¨ª que t¨² eras la famosa mujer que apareci¨® con un conejo. ?Acaso has perdido la cabeza? ¡ªEs¡­ dif¨ªcil de explicar. Jarol liber¨® un suspiro: ¡ªAcomp¨¢?ame, iremos a mi taberna. La mujer acept¨® sin darle vueltas al asunto. Crey¨® que tal vez pod¨ªa convencerlo para que la ayudara a conseguir empleo. Ingresaron por la parte trasera de la taberna, el ¨²nico negocio que permaneci¨® cerrado a los festivos clientes. Se instalaron en la cocina para conversar. ¡ªEsconder a las mujeres y ni?os para que no presencien c¨®mo su drag¨®n quema a tres familias¡­ as¨ª es nuestro rey ¡ªcoment¨® Jarol mientras saboreaba el gusto del vino en su paladar. ¡ª?Cu¨¢ndo se detendr¨¢? ¡ªpregunt¨® Naila quit¨¢ndose el pa?uelo de la cabeza. Las orejas se alzaron y el largo cabello rizado cay¨® sobre su espalda. Jarol asoci¨® el tono claro de los mechones con los de Niels, el padre de Naila. ¨¦l era diferente a cualquier otro de su especie, era enorme para el tama?o promedio, m¨¢s como un monstruo de las nieves, tierras muy lejanas a las templadas zonas de bosques. Compart¨ªa la abundante cabellera casi albina con su padre, la actitud ani?ada y despreocupada como el gigante conejo, mientras que por otro lado, manten¨ªa viva la belleza de su madre, Iri. Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. ¡ªMe recuerdas mucho a tus padres. Me alegra saber que no se perdieron en mi memoria. ¡ªJarol le sac¨® una t¨ªmida sonrisa¡ª. No entiendo por qu¨¦ regresaste a este reino lleno de dolor para ti. ¡ªNecesito conseguir monedas. El negocio de los vegetales no funciona como esperaba. Hay¡­ alguien a quien estoy cuidando, un hombre moribundo que encontr¨¦ en el bosque. ¡ªLos conejos y sus est¨²pidas costumbres de servir ¡ªbuf¨® el hombre¡ª. ?Qu¨¦ han hecho los dem¨¢s por ustedes m¨¢s que marcarlos como una raza maldita? Te has estado escondiendo desde que eras una ni?a. No deber¨ªas preocuparte por nadie m¨¢s que por ti misma. ¡ªNo puede levantarse de la cama, ni caminar ¡ªdiscuti¨® Naila elevando levemente el tono de voz. ¡ª?Qui¨¦n es el desgraciado que te obliga a exponerte? ¡ªEl enojo en el viejo cocinero se increment¨®. Desde que conoci¨® a Iri y a Niels, supo que trabajar como mucamas y sirvientes, perseguir una tradici¨®n de esa magnitud, era una locura. Pero no era qui¨¦n para cuestionarlos, su historia los respaldaba, despu¨¦s de todo, eran criaturas diferentes a los humanos¡ª. ?Har¨¢s que te maten! ?Advaland no es el mismo reino que antes! ?Acabas de ver c¨®mo El¨ªas liber¨® sus llamas! ?Entiende que ya no existe nada para ti aqu¨ª! Nombrar al lejano drag¨®n que estaba oculto en su memoria, revivi¨® un sentimiento casi muerto. Ambos eran amigos de la infancia, viv¨ªan en el castillo del rey Empirio, cada uno cumpliendo con su rol. Eligi¨® callar, dejar que Jarol terminara, para luego partir en busca de otra taberna que la acepte como trabajadora, cargando con la angustia y el sufrimiento que guard¨® durante a?os lejos de su d¨ªa a d¨ªa. ¡ªEncuentra otro lugar donde vivir con tus conejos, uno lejos de las personas que se aprovechan de tu generosidad. ¡ªConoces nuestra historia¡­ mi raza s¨ª est¨¢ maldita¡­ por esa raz¨®n yo¡­ quiero mostrar que nuestra generosidad no es un pretexto para negar las noches de luna llena. ¡ªNaila volvi¨® a atar el pa?uelo para esconder su verdadera naturaleza y prosigui¨®¡ª: Un peque?o conejo se arroj¨® a las llamas para alimentar a un dios que lo necesitaba. Lo revivi¨® y lo convirti¨® en lo que somos ahora. Gracias a ello podemos vivir con estos cuerpos, pararnos en dos pies, pensar y hablar. El sacrificio, servir est¨¢ en lo que somos. ¡ªOlvidas la parte de la leyenda que involucra el descontrolado poder que ese dios les otorg¨® para que se defendieran de los depredadores. Todo en este mundo tiene su precio, sean las llamas o los ojos carmes¨ª. ?No crees que ya has pagado suficiente? Naila se puso de pie y se dirigi¨® a la salida. Dijera lo que dijera, nada la har¨ªa cambiar de parecer. Para los dem¨¢s era una respuesta sencilla, apartarse de los peligros y esconderse en otro lugar donde pudiera encontrar paz, sin embargo, para ella era distinto. Ve¨ªa a Raito ardiendo en fiebre, hambriento. Era un guerrero con una imponente presencia, sin la capacidad de poder valerse por s¨ª mismo. Si los esp¨ªritus del bosque lo posicionaron en su camino, deb¨ªa existir un motivo. ¡ªEl hombre moribundo que acog¨ª se ve fuerte¡­ mucho m¨¢s fuerte que t¨², que cualquier soldado de Advaland. ?Por qu¨¦ alguien as¨ª no logra levantarse de la cama? Algo le ocurri¨®, puedo deducirlo con solo mirarlo. No lo abandonar¨¦, y si no est¨¢s dispuesto a darme trabajo, buscar¨¦ en otra parte. ¡ªNaila no mir¨® atr¨¢s. Abri¨® la puerta, a lo que Jarol la detuvo. ¡ªEspera. De acuerdo, te aceptar¨¦, pero no saldr¨¢s de esta cocina. Ten presente que estar¨¦ vigil¨¢ndote. Un error y est¨¢s fuera. ?Fui claro? Las palabras del due?o de la taberna la hicieron saltar de la alegr¨ªa. Naila se lanz¨® a los brazos de Jarol, este la recibi¨® como si estuviera recibiendo a la hija que nunca tuvo. ¡ª?Pap¨¢ estar¨ªa muy contento de vernos trabajar juntos! ¡ªNo, por el contrario, Niels estar¨ªa estrangul¨¢ndome en este momento. La noche fue muriendo y con ella, la poca humanidad que le quedaba a El¨ªas. Se sent¨® sobre su cama a reflexionar. Estaba convencido de que los dragones eran distintos a los humanos, no obstante, vivir toda su vida con ellos, lo ayud¨® a desarrollar una clase de apego y debilidad hacia los m¨¢s indefensos, los ni?os. Quemar a un peque?o con la mirada esperanzada, a una mujer que albergaba otro dentro, a una familia que abrazados, enfrentaban la muerte, le dio mucho en qu¨¦ pensar. Fue criado en el castillo de Advaland, educado en todas las ¨¢reas del conocimiento, adoctrinado para obedecer a su rey. A pesar de eso, todav¨ªa albergaba, preso en su pecho, culpa y remordimiento, lo cual crec¨ªa constantemente. Envi¨® la punta de una daga a su pecho desnudo, este apenas toc¨® la piel. Se necesitaba m¨¢s que un pu?al para atravesar el coraz¨®n de un drag¨®n, aun en su forma antropomorfa. A El¨ªas no le import¨®, intentarlo lo calmaba, imaginar que esa vez s¨ª funcionar¨ªa. Trat¨® de hundir la hoja, pero se dobl¨® al instante. Desganado, arroj¨® la daga contra la pared destruy¨¦ndola en varios trozos. Si bien recordaba, las escamas de los dragones negros muertos le otorgar¨ªan mayor resistencia a las hojas de las espadas, eso afirm¨® Megara, as¨ª que, hasta que no estuvieran listas, no podr¨ªa saber si estas lo lastimar¨ªan. Deseaba que la hechicera no se hubiese equivocado, sab¨ªa que le era imposible morir en combate, a ojos de los soldados y de Empirio. Hacerlo en soledad, lo liberar¨ªa de las cadenas de haber nacido, pagando el precio de su poder desde el primer respiro. Se ech¨® hacia atr¨¢s recost¨¢ndose en la cama. Cerr¨® los ojos, se sent¨ªa mejor cuando se alejaba de la realidad, ya sea so?ando o recordando los momentos felices, aquellos que desaparec¨ªan poco a poco. Era una ma?ana soleada, de las ¨²ltimas que Diana presenci¨® sentada junto a la ventana de la habitaci¨®n matrimonial. A esas horas, Empirio se dedicaba a atender al pueblo, escuchar sus necesidades. Era una tarea que no le compet¨ªa a la reina, menos a¨²n, cursando una grave enfermedad. Los dragones plateados no sol¨ªan enfrentar enfermedades, sobreviv¨ªan a pestes y epidemias, pero Diana no logr¨® escapar de la m¨¢s inusual de todas. En el castillo la llamaron ¡°el invierno¡±, el cuerpo de los enfermos se enfriaba de a poco, hasta que el coraz¨®n dejaba de latir. Diana empez¨® a padecerla tiempo despu¨¦s de dar a luz a El¨ªas. Algunos sirvientes del castillo, supon¨ªan que su hijo hab¨ªa robado sus llamas, como castigo por casarse con un humano. Este rumor fue haci¨¦ndose popular, porque cada vez que un soldado lo o¨ªa, una ejecuci¨®n se presentaba en la ma?ana. Diana era una reina tranquila, hablaba solo lo necesario y no interven¨ªa en las decisiones de Empirio. Siempre se mostraba sonriente, vistiendo de color blanco y celeste. El rey ordenaba en cada temporada, que pintaran las rosas para sus lujosos vestidos, por esta raz¨®n s¨®lo en Advaland se conoc¨ªan las rosas celestes. Le gustaba sentarse junto a su ventana, a observar el inmenso rosedal. El entrenamiento matutino de El¨ªas era intenso, por lo que no lo ve¨ªa a menudo a tempranas horas, sin embargo aquella ma?ana, una traviesa coneja lo llev¨® por mal camino. ¡ª?Reina Diana! ?Mire lo que hallamos en los establos! ¡ªexclam¨® la peque?a Naila llevando apresado entre sus manos embarradas un roedor de cola esponjosa. Vest¨ªa lo que quedaba de un vestido rosa, con mo?os en las puntas ya deshechas. ¡ª?No entres a la habitaci¨®n de su majestad! ¡ªLa persigui¨® El¨ªas, enojado con el atrevimiento. En el pasado, los ni?os dragones plateados conservaban un uniforme blanco reluciente, con cadenas de oro blanco. Las botas de El¨ªas se encontraban sucias de lodo, por supuesto que en menor grado que su compa?era de aventuras. Ambos ten¨ªan personalidades opuestas, Naila escapaba de sus estudios, saltaba de torre en torre buscando sus ¡°tesoros¡±, animales que hospedaba en su cuarto y los convert¨ªa en sus amigos. En cambio El¨ªas, era exigente, responsable con sus estudios y su entrenamiento. Si corr¨ªa detr¨¢s de Naila, era para que esta no se metiera en problemas. En una ocasi¨®n la hall¨® comiendo zanahorias debajo de la mesa del Consejo, interrumpiendo el inicio de una audiencia importante con el rey, entre otras travesuras. ¡ªVeamos qu¨¦ tienes ah¨ª. Oh, es una cr¨ªa de ardilla ¡ªdijo Diana observando al animal durmiendo entre las manos de Naila. ¡ª?Una ardilla? ¡ªS¨ª, se parecen a tus ancestros, solo que¡­ en lugar de orejas largas tienen colas largas. ¡ªLe advert¨ª que estar¨ªa descansando y no quiso o¨ªrme ¡ªlas interrumpi¨® El¨ªas, el ¨²nico descontento con la situaci¨®n. ¡ª?Por qu¨¦ escapaste de tu entrenamiento? ¡ªDiana se puso seria¡ª. Conc¨¦ntrate en lo que debes hacer. El¨ªas, avergonzado, inclin¨® la cabeza. ¡ª?Perd¨®n! ¡ªLa naturaleza curiosa de un conejo es dif¨ªcil de controlar. ¡ªSonri¨® la reina peinando los rizos alborotados de la ni?a¡ª. Pero no son peligrosos, es m¨¢s, son serviciales. Mira a Iri, siempre est¨¢ cuid¨¢ndome. El¨ªas pens¨® en Iri. Era cierto que cumpl¨ªa su trabajo cuidando de Diana, pero esto a veces era contraproducente para su propia familia. Mientras preparaba el desayuno para la reina, Naila hac¨ªa de las suyas en todo el castillo. ¡ªHijo, ya que est¨¢s aqu¨ª. Hay algo que quiero mostrarte. ¡ªDiana se levant¨® de la silla, y despacio camin¨® hacia una pila de libros que guardaba para sus lecturas diarias¡ª. Ac¨¦rcate. El¨ªas obedeci¨®, Naila lo sigui¨® con la mirada, interesada en lo que la reina pretend¨ªa ense?arle. Diana abri¨® un libro y le devel¨® una p¨¢gina. ¡ªObserva con atenci¨®n. ?Qu¨¦ ves? ¡ªpregunt¨®. ¡ªEs una representaci¨®n de una batalla del reino de Advaland ¡ªacert¨® El¨ªas. Se pod¨ªa ver a los caballeros vencer a sus enemigos. Las armaduras eran distintas a las actuales, m¨¢s arcaicas, pero de igual forma parec¨ªan sorprendentes a ojos del ni?o. ¡ªCorrecto. Ahora mira de nuevo. Dejar¨¦ que esta p¨¢gina sea alcanzada por los rayos del sol. ¡ªDiana acerc¨® el libro a la ventana. Su hijo consigui¨® divisar, c¨®mo la silueta de un drag¨®n plateado nac¨ªa en el cielo de la ilustraci¨®n. ¡ªSorprendente, ?no? Este libro fue creado para nosotros, para decirnos que gracias a nuestra ayuda, los reyes pueden prosperar. A veces debemos ocultarnos entre los humanos, o volar entre las nubes blancas para poder atacar sin ser vistos, pero siempre estamos presentes en sus conquistas. ¡ª?Quiere decir que El¨ªas alg¨²n d¨ªa ser¨¢ como los dragones del libro? ¡ªcuriose¨® Naila. ¡ªS¨ª, su entrenamiento lo prepara para las batallas, para proteger a Advaland y hacerlo prosperar. Igual a como lo hice en mis mejores momentos. El¨ªas mir¨® al drag¨®n sobre la p¨¢gina, se cuestion¨® si en un futuro, tal y como afirm¨® Diana, podr¨ªa llegar a participar de batallas, ganarse el agradecimiento de su rey. Tomando como referencia su presente, dudaba de ello. ¡ª?Quiere decir que ganar¨¢ muchas monedas participando de batallas? ?Como los soldados del rey? ¡ªcontinu¨® preguntando Naila. Diana dej¨® escapar una carcajada, El¨ªas no reaccion¨® igual, su futuro no le generaba ninguna risa, sino un c¨²mulo de preocupaciones. ¡ª?Entonces podr¨¢ comprarme la huerta m¨¢s grande de todas! ?Una donde pueda plantar todos los vegetales que pueda! ¡ªexclam¨® la coneja. Su compa?era era escandalosa, pero exist¨ªa algo en ella que le imped¨ªa odiarla. A pesar de los problemas que lo oblig¨® a enfrentar, de las veces que debi¨® responder por su mal comportamiento, esa energ¨ªa inagotable que ten¨ªa, era contagiosa, lo hac¨ªa sentir que antes de ser un guerrero, tambi¨¦n era un ni?o. En el presente, el drag¨®n plateado abri¨® los ojos. Lo despertaron los relinchos, el sonido de las pezu?as de los caballos contra el suelo. Una caballer¨ªa partir¨ªa pronto, y no deb¨ªa quedarse atr¨¢s. Una nueva misi¨®n tocaba a su puerta, negarse o escapar, no era una opci¨®n. Cap铆tulo 6 Expansiè´¸n Cap¨ªtulo 6 Expansi¨®n El rey Empirio orden¨® una expedici¨®n hacia los nuevos reinos conquistados, para ello form¨® tres grupos especializados en introducirse en esos territorios. El Cruce de los Sedientos, que divid¨ªa el Bosque Carmes¨ª de Marrachet, era famoso por ser la parada en la que muy pocos llegaban. El cruel desierto, las enormes monta?as de arena, las criaturas como serpientes y escorpiones gigantes, que all¨ª se ocultaban para cazar a sus presas, lo convert¨ªan en una traves¨ªa que ¨²nicamente los m¨¢s expertos eran capaces de concretar. Los que participaban en este grupo, eran soldados especializados en combatir a altas temperaturas, buenos arqueros que disparaban con precisi¨®n pese a la dif¨ªcil visibilidad, mercenarios que se hab¨ªan enfrentado a colosales monstruos para sobrevivir y alimentarse d¨ªa a d¨ªa. Por ¨²ltimo, y no menos importante, estaban los delincuentes condenados a muerte que serv¨ªan como carnada, ya que ning¨²n depredador acechaba cad¨¢veres. El grupo minoritario parti¨® hacia Amsrott, los caminos eran conocidos por ser pac¨ªficos, gracias a las leyendas de los elfos que custodiaban sus antiguas tierras. Los ancestros del Rey Gerlanch acordaron quedarse all¨ª, cerca de la longeva raza, si promet¨ªan conservar la paz y nunca llevar la guerra, cuesti¨®n que facilit¨® la ruta de acceso. A Empirio no le interesaba perder la protecci¨®n de los elfos, tomando por la fuerza el reino, realmente no cre¨ªa que estos dedicaran sus esfuerzos en encargarse de cuidar a los humanos. El¨ªas observ¨® en su habitaci¨®n a los grupos prepar¨¢ndose para partir, su destino era diferente al de ellos, viajar¨ªa a Galcrok solo. Dej¨® la espada sobre la cama, cuando de repente, visualiz¨® la pared agrietarse. Oy¨® una voz aguda llamarlo ¡°amo El¨ªas¡±, de inmediato la identific¨®, antes de que el rostro de una Fedrea se moldeara sobre las rocas. Contadas personas las conoc¨ªan, y esos pocos las mal nombraban brujas, por su espantoso aspecto. Las Fedreas eran sirvientes de los dragones plateados. Seg¨²n las antiguas escrituras los acompa?aban para administrar su descontrolado y extraordinario poder. Eran criaturas de un ojo, pero capaces de ver mucho mejor que cualquiera que tuviera m¨¢s de uno. Se mov¨ªan por las superficies, adapt¨¢ndose a la necesidad de sus amos. Si un plateado necesitaba que la Fedrea conservara un enorme tama?o, solo deb¨ªa ped¨ªrselo, tambi¨¦n si quer¨ªa que creciera del agua, o del fuego. El¨ªas prefer¨ªa que fueran discretas, que conservaran un tama?o menor, y que circularan por las paredes del castillo, camufl¨¢ndose con el gris de las rocas. ¡ªHan pasado varios amaneceres desde que obtuvo los poderes del drag¨®n negro. ?Por qu¨¦ no se los ha entregado a su padre? ¡ªle pregunt¨®, asomando la mitad de su esquel¨¦tico cuerpo. ¡ªEs un asunto en el cual alguien como t¨² no deber¨ªan interferir ¡ªrespondi¨® El¨ªas. ¡ªMis m¨¢s sinceras disculpas, amo El¨ªas, pero es dif¨ªcil esconder el huevo de las dem¨¢s Fedreas. ¡ªHaz un esfuerzo. El corto intercambio fue interrumpido por un golpe en la puerta. El¨ªas permiti¨® que la visitante ingresara a la habitaci¨®n. No era nada m¨¢s ni nada menos que la reina Megara. Era inesperado que se presentara en una ma?ana agitada por las preparaciones y el constante flujo de movimiento en los pasillos y patios del castillo. ¡ª?Qu¨¦ se le ofrece? ¡ªVine a despedirte. Me enter¨¦ que tienes una misi¨®n en Galcrok ¡ªdijo Megara rodeando el cuello de El¨ªas con sus brazos, para luego besarlo en los labios. El drag¨®n la tom¨® de la cintura y con delicadeza la apart¨®. ¡ªNo deber¨ªa visitarme durante el d¨ªa. Megara disgustada, hizo a un lado la mirada, dirigi¨¦ndola hacia la pared donde hace unos momentos se ocult¨® la Fedrea. ¡ªA Empirio no le interesa lo que haga, en tanto contin¨²e satisfaciendo sus ambiciones. Estuvieron unos momentos en silencio, mientras la mujer recorr¨ªa la habitaci¨®n, como si estuviera inspeccion¨¢ndola solo con la vista. Se oy¨® el sonido de sus tacones, molesto a o¨ªdos de El¨ªas. Megara insultaba su posici¨®n de reina visti¨¦ndose como una ramera, con un escote pronunciado y la espalda descubierta, convirti¨¦ndose en el objeto de deseo de cualquier hombre. Estaba ocupando el lugar de su madre, destruyendo la imagen que sembr¨® como una reina respetuosa a las tradiciones de los humanos. La odiaba, m¨¢s que a cualquier otra mujer. Aunque luchara por esconderlo, ella era perspicaz, ese odio que sent¨ªa era la principal atracci¨®n, que la llevaba a irrumpir sus noches de soledad. ¡ª?Alguna vez escuchaste sobre la magia de restauraci¨®n? ¡ªpregunt¨® sent¨¢ndose en la cama, testigo de las incontables noches que mancillaba el orgullo de su esposo. ¡ªS¨ª, es una magia que devuelve objetos, elementos de la naturaleza, incluso cad¨¢veres a su estado original. Si algo muere, se deshace, o destruye, esta magia puede recuperarlo ¡ªcontest¨® con acierto. ¡ªEs muy ¨²til, sin embargo su efecto desaparece pronto. Los hechiceros investigadores la utilizan para averiguar la causa de muerte de reyes importantes cuando se sospecha de un asesinato ¡ªexplic¨®¡ª. Raito, si bien recuerdo, era el hermano mayor de los dragones negros¡­ era extremadamente poderoso. No habr¨ªa podido repeler sus llamas por m¨¢s que haya entrenado y aprendido infalibles hechizos. El¨ªas cerr¨® los ojos, todav¨ªa le erizaba la piel al recordarlo. Su enfrentamiento con Raito dej¨® vestigios en su rostro y memoria. Desafiar a los dragones negros era una locura, sin embargo, si los informantes de Empirio ten¨ªan raz¨®n, no habr¨ªa venganza que los alcanzara. Pertenec¨ªan a una raza de escaso intelecto, que valoraba la fuerza por sobre todas las cosas. Cuatro dragones derrotados no importaban. ¡ªEntiendo que tampoco hayas podido enfrentarlo como hubieses querido. Despu¨¦s de hallarte sobre una pila de cenizas esa noche, tom¨¦ una muestra de ellas y apliqu¨¦ la magia de restauraci¨®n. Como resultado se form¨® una mano delgada con cuatro dedos, id¨¦ntica a las de las Fedreas, los fieles sirvientes de tu familia. ¡ªMegara se levant¨®, dio un par de pasos hasta posicionarse a unos cent¨ªmetros de ¨¦l. Coloc¨® la mano sobre el pecho del capit¨¢n y sigui¨®¡ª: El¨ªas, cielo, entiendo tu frustraci¨®n, por eso ignorar¨¦ tu atrevimiento. Espero que sea la ¨²ltima vez que act¨²es por tu cuenta. No querr¨¢s que congele este hermoso cuerpo. Recibi¨® la advertencia, inexpresivo, consciente de que a Megara no le temblar¨ªa el pulso para castigarlo. Pod¨ªa perfectamente reducirla a cenizas, aplastarla como un insecto, pero la maldita era la persona m¨¢s importante de Advaland, despu¨¦s de su rey. La ¨²nica manera de deshacerse de ella, era por orden de Empirio. Megara se retir¨®, feliz de saber que ten¨ªa al drag¨®n plateado bajo control. ¡ªLa hechicera sospecha. Sea precavido, es astuta ¡ªadvirti¨® la Fedrea, form¨¢ndose de nuevo en la pared. ¡ªEs astuta, pero su problema es creer que es la ¨²nica. Raito se recuper¨® de su estado febril, la carne que le proporcion¨® Naila con la primera paga del d¨ªa, lo ayud¨® a reponer energ¨ªas. A Naila no le agrad¨® la idea de acarrear los restos del ciervo por el bosque, el simple aroma de la carne cruda la descompon¨ªa, pero no tuvo otra opci¨®n. Verlo de pie, con ropa rasgada, ajustada al enorme cuerpo, la llen¨® de dicha. Su trabajo estaba hecho, ahora el moribundo viajero podr¨ªa retomar su rumbo como dese¨® desde el comienzo. You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author. ¡ªDebes estar contento ¡ªdijo Naila mostrando una sonrisa. Raito asoci¨® las palabras como si se tratara de una mala broma. Nunca en su vida sinti¨® felicidad tras recuperarse de heridas. Para ¨¦l, haber ca¨ªdo en batalla, perder a sus hermanos en el camino, era una deshonra. Los conejos de la mujer corrieron hacia ella. Confiando en el olfato de Toto, se introdujeron en su bolso, en busca de fresas que Naila hab¨ªa tra¨ªdo a la casa. ¡ª?Pensaron que me olvidar¨ªa de ustedes? Son mis preciados hermanos, jam¨¢s me olvidar¨ªa ¡ªdijo dejando que se llenaran los hociquitos de dulces frutas del bosque. Raito se detuvo a observarlos. Escuchar con frecuencia que Naila se refer¨ªa a ellos como hermanos, lo hac¨ªa cuestionarse. Antiguamente no le interesar¨ªa, pero viviendo bajo ese techo, desmemoriado, siendo incapaz de transformarse, era un sujeto diferente. ¡ªNo parecen ser parte de tu familia, son distintos a ti ¡ªhabl¨®. ¡ªEs porque la hechicera reina los encant¨®. Conservan la apariencia de nuestros ancestros, antes de ser convertidos en lo que somos ahora ¡ªrevel¨® Naila. Hac¨ªa mucho que no la mencionaba. Megara era la villana de su historia, pero tambi¨¦n, la responsable de unirla con Toto, Nona y Lul¨². ¡ª?La hechicera reina? ?Te refieres a¡­? ¡ªMegara Liapsis ¡ªla nombr¨®. De solo hacerlo, los conejos se estremecieron del miedo. Raito percibi¨® el horror que provocaba aquella mujer que lo traicion¨®, eso reafirmaba m¨¢s lo malvado de su persona. ¡ª??Qu¨¦ sabes de ella?! ¡ªpregunt¨® exaltado. Naila se sorprendi¨® con la reacci¨®n del hu¨¦sped, no tuvo tiempo de sospechar el motivo, porque Raito avanz¨® y la sujet¨® de los brazos¡ª. ?Dime lo que sabes de la reina! ¡ªY-yo solo s¨¦ que fue una esclava que Empirio rescat¨®. ¡ª??Puede asesinar dragones?! ¡ªSacudi¨® con insistencia, provoc¨¢ndole dolor. ¡ª?Dragones? N-no lo s¨¦. ?Qu¨¦ te sucede? ?Por qu¨¦ de pronto te interesa la reina? ¡ªNaila no pudo ignorar la agresividad del hombre, el brusco cambio tras incluir a Megara en el tema de conversaci¨®n. Raito intent¨® recordar con m¨¢s exactitud las acciones de la hechicera, algo dentro de s¨ª lo alentaba a odiarla con todo su ser, pero no encontraba la explicaci¨®n del porqu¨¦. No fue la primera vez que un humano se aprovechaba de ellos en una misi¨®n, el mundo estaba repleto de desgraciados, el gran maestro sol¨ªa repet¨ªrselos. De pronto, una intensa jaqueca lo azot¨® llev¨¢ndolo a desplomarse. Naila impidi¨® que sus rodillas tocaran el piso, abraz¨¢ndolo por la cintura. ¡ª??Est¨¢s bien?! El drag¨®n negro relacion¨® la voz de Naila con la de Raneri, su hermana menor. Un recuerdo se apoder¨® de su mente, la joven corr¨ªa hacia ¨¦l, escapando de un hombre rubio de capa verdosa. Era extra?o, los ojos de aquel humano brillaban con una potente luz azulada. No conoc¨ªa a alguien de su raza que lo hiciera. La voz de Raneri alcanz¨® sus o¨ªdos, le dec¨ªa ¡°Nos traicionaron, los humanos nos traicionaron¡±. El capit¨¢n de la Guardia Real era un drag¨®n plateado. Ambas razas compart¨ªan el mismo origen, no obstante, con el paso de las ¨¦pocas, fueron olvid¨¢ndolo. Raito no pudo oler a otro drag¨®n, ni atender las sospechas de Rakuzen. Sinti¨® culpa, algo que nunca hab¨ªa experimentado. Grit¨®, los troncos en la estufa ardieron con fuego rojo. Nona fue la ¨²nica que visualiz¨® un aura rojiza envolverlo. Los dem¨¢s, concentraron su atenci¨®n en las inexplicables llamas que nacieron solas. Despu¨¦s de eso, Raito se desmay¨®. Naila no pudo sostenerlo m¨¢s. Raito se ve¨ªa indefenso cuando su cuerpo le imped¨ªa continuar. Para ella, era una prueba de que todav¨ªa deb¨ªa cuidarlo. Ofrecerle alimento no bast¨®, su hambre no se zacear¨ªa hasta que volviera a estar entero, habiendo reunido las memorias perdidas. ¡ª?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦ sigue desmay¨¢ndose? ¡ªlament¨® Naila, rendida. Nona se acerc¨® de a poco a ellos. El aura rojiza que vio le result¨® familiar. La invadi¨® un mal presentimiento, uno que no hab¨ªa tenido hace tiempo. El hu¨¦sped que Naila con dedicaci¨®n proteg¨ªa, era peligroso. Volar por las inmediaciones del reino de Galcrok era impensado. La flota del difunto rey Aidan eran de las mejores del continente. Siempre estaban custodiando el oc¨¦ano, ninguna criatura marina o alada pasaba sus fronteras sin ser bombardeada. Su pueblo hab¨ªa avanzado en tecnolog¨ªa ofensiva utilizando sus barcos como armas de guerra. Los hac¨ªan explotar f¨¢cilmente y disparaban pesadas esferas de piedras. El¨ªas no pod¨ªa viajar por los cielos, le era imposible ocultar su enorme figura de los ojos de los entrenados soldados. Las olas se agitaban con la presencia de un drag¨®n, como si la mism¨ªsima naturaleza advirtiera que se encontraban cerca, incluso ciertos monstruos de all¨ª, emigraban al intuir su llegada. Se aproxim¨® a los barcos de Galcrok navegando en un bote de madera con una bandera de Advaland. Los mensajeros cruzaban as¨ª, en peque?as embarcaciones para desviar sospechas del tr¨¢fico de armas y esclavos. Eran inspeccionados en la costa y el transporte era destruido. Para retornar a su hogar, le era designado un barco previamente aprobado por el gobierno. Teniendo estas precauciones en mente, ancl¨® y dej¨® que lo examinaran. No hallaron una espada, nada m¨¢s una daga para defenderse de ataques de piratas. El¨ªas cumpl¨ªa con las condiciones de un mensajero, personas que se arriesgaban a navegar sabiendo el riesgo que conllevaba. Conoc¨ªan muy bien las rutas de navegaci¨®n menos azarosas. El¨ªas fue educado para cubrir cualquier trabajo, servir como drag¨®n era importante, as¨ª como tambi¨¦n pasar desapercibido y poder camuflarse entre los humanos. Los caballeros lo guiaron hacia el primo del rey Aidan, quien se encargaba de reemplazarlo en su ausencia. Rodeado de enemigos, arrib¨® a la sala del trono. El gobernante beb¨ªa de una copa de vino, mientras disfrutaba de la sensaci¨®n de poder de un rey. A esa altura de la tarde, la vista empezaba a tornarse borrosa, contaba historias de sus d¨ªas de gloria como el capit¨¢n que dej¨® de ser por su edad, y elogiaba los traseros de las mucamas, tocando alguno que estuviera a su alcance. ¡ªAlteza, su primo me ha enviado para darle un mensaje ¡ªinici¨® El¨ªas arrodill¨¢ndose ante el hombre. ¡ªEspero que no sea una desagradable noticia, como la de que retornar¨¢ pronto ¡ªbrome¨® liberando un aliento apestoso a alcohol. El anciano consejero, a su lado, solicit¨® un pergamino por escrito, exigencia que El¨ªas previ¨® de antemano. No conservaba una nota escrita por Aidan, por lo que su actuaci¨®n estaba a punto de terminar. ¡ªLos ancianos y sus formalidades, olvida el pergamino. ¡ªEl sujeto baj¨® los escalones cubiertos por una extensa alfombra roja. Fue acortando la distancia entre ¨¦l y el reci¨¦n llegado¡ª. Qu¨ªtate la capa, levanta la cabeza, d¨¦jame contemplarte mejor. El mensajero obedeci¨®, descubri¨® la cara por completo, que hasta entonces estuvo oscurecida por las sombras, deslumbrando a¨²n m¨¢s al provisorio rey. El cabello dorado, al igual que las pesta?as, los ojos claros (inusitados en la poblaci¨®n) los rasgos delicados, despert¨® un notable inter¨¦s que trascendi¨® lo considerado correcto para un noble con gran prestigio. ¡ªCu¨¢nta belleza. Ni todas las mujeres de este reino podr¨ªan igualarla ¡ªexpres¨® deslizando los gruesos dedos por el ment¨®n de El¨ªas¡ª. Ni siquiera una cicatriz logra arrebatarte tu belleza. Ahora comprendo el mensaje de mi primo, no te envi¨® solo para ser su voz, sino para ocupar un lugar conmigo en la cama. El¨ªas observ¨® con repudio la saliva que escapaba de la boca del sujeto. No dud¨® en dar el golpe de gracia. Los escoltas detr¨¢s, no consiguieron visualizar el mortal movimiento del drag¨®n plateado. El hombre cay¨®, tratando de sostener sus entra?as, las que escapaban del interior de su cuerpo. ¡ª?Est¨¢ armado! ¡ªalert¨® el consejero. Los guardias se movilizaron empu?ando sus espadas. La sangre goteaba de la mano desnuda de El¨ªas, era innecesario recurrir a las armas, cuando pose¨ªa una propia que lo acompa?aba siempre. Hizo que sus ojos brillaran e inici¨® el proceso de transformaci¨®n. Hubo un fuerte estruendo en el castillo, el derrumbe de una de las torres fue visualizado por los pobladores. Jam¨¢s presenciaron el surgir de un drag¨®n. Las alas del plateado se desplegaron, destacando entre las rocas que ca¨ªan desde las alturas. No se despleg¨® una lluvia de flechas, ni los ca?ones se activaron para combatir, El¨ªas expuls¨® las llamas sin darles oportunidad de reaccionar. Por ¨®rdenes de Empirio, nadie deb¨ªa salir vivo. Galcrok era la mayor amenaza, si sobreviv¨ªa un noble con la misma sangre que Aidan, su gente lo seguir¨ªa como a un profeta. A pesar de que la flota era un recurso importante para proteger el reino del ataque enemigo, no se arriesgar¨ªa a albergar posibles amenazas. La fortaleza de Galcrok se basaba en la lealtad de sus habitantes. El¨ªas se asegur¨® de que no escaparan familias, incendi¨® casas, cualquier construcci¨®n que ve¨ªa en su camino. Ser cuidadoso, letal, era la verdadera misi¨®n, la cual no deb¨ªa fallar. Le estaba prohibido regresar a Advaland cargando con errores. Una vez acabado, envolvi¨® su desnudez con la bandera de Advaland y observ¨® el resultado de haber cumplido con las ambiciones de Empirio. Not¨® que no consigui¨® pulverizarlos a todos, darles una muerte r¨¢pida, a¨²n o¨ªa a algunos habitantes gritar de dolor, agonizando por las graves quemaduras. El capit¨¢n de la Guardia Real se cuestion¨® si su poder estar¨ªa debilit¨¢ndose, tras sentirse inferior a otro drag¨®n, ya que la ¨²ltima vez que lo us¨® en combate fue superado ampliamente. Apret¨® el pu?o, impotente. Comenz¨® a preguntarse si fue la mejor decisi¨®n dejar a Raito en su forma humana, esperando que los monstruos de la noche lo devoraran estando inconsciente. Imagin¨® que el peor final para un drag¨®n ser¨ªa ese, el morir indefenso a manos de criaturas que podr¨ªa vencer. ¡ª?Por qu¨¦ no me abandona la inquietud? Yo¡­ ?me habr¨¦ equivocado? Cap铆tulo 7 Al descubierto Cap¨ªtulo 7 Al descubierto A la ma?ana siguiente, Nona viaj¨® hacia una vieja madriguera. Los conejos m¨¢s ancianos, pasaban sus ¨²ltimos momentos en estas construcciones, para poder estar en calma y evitar el repentino ataque de un depredador. ¨¦sta en especial, permanec¨ªa intacta, oculta debajo de las ra¨ªces de un enorme ¨¢rbol. Nona se introdujo dentro de ella, y transit¨® por un extenso t¨²nel oscuro. Al final del recorrido, se top¨® con una puerta semicircular, elaborada con la firme corteza de un ¨¢rbol. En la misma, atraves¨® un peque?o hueco, que en el pasado form¨® con sus dientes para poder ingresar cuando quisiera. Toda esa traves¨ªa ma?anera tuvo su explicaci¨®n. Nona planeaba llegar a una vieja Fedrea, que se refugiaba junto con el abuelo de Naila. La habitaci¨®n sol¨ªa mantenerse en penumbras, ya que el anciano conejo humanoide hab¨ªa perdido el sentido de la vista, y su acompa?ante no necesitaba del fuego de las velas para visualizar el entorno, pero en esta ocasi¨®n, lo encendi¨® para la invitada. ¡ª?Qu¨¦ te trae por aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® la Fedrea en voz suave, mientras limpiaba el rostro tembloroso del abuelo. Apenas se pod¨ªa visualizar un largo tapado cubrir la encorvada espalda y el largo cabello canoso caer sobre el suelo. Nona salt¨® sobre una mesita de luz a un costado. Se detuvo un instante a contemplar al viejo conejo, quien hab¨ªa sido un miembro importante de la aldea. Se trataba del carpintero del lugar. Naitan, como fue nombrado por su madre, de las primeras inmigrantes a las tierras templadas del norte, se separ¨® de su hija, nieta y yerno, cuando estos se mudaron al castillo del Rey Empirio, para cumplir con su servicio. Nona lo recordaba siempre trabajando, rega?ando a los ni?os que ingresaban a su taller a jugar con los mu?ecos de madera sin permiso, levantando chozas destruidas por los temporales, llevando monumentos a Advaland y regresando feliz con los bolsillos llenos de monedas de oro. La vida en aquel anciano parec¨ªa apagarse con el paso de los segundos, le costaba respirar y emit¨ªa leves quejidos, aliviados por el tierno roce de los huesudos dedos de su protectora. Nona se esforz¨® para que la pena no se manifestara en su actual apariencia, aunque no tuviera rasgos faciales, segu¨ªa siendo f¨¢cil descifrar sus emociones. ¡ªNo te entristezcas, peque?a. La muerte no existe sin la vida, y la vida no existe sin la muerte. Todo llegar¨¢ a su fin alg¨²n d¨ªa ¡ªle dijo la Fedrea tomando una llama de una vela entre sus u?as¡ª. El fuego ha estado inquieto ¨²ltimamente. A veces se torna azul, otras veces rojo, rara vez mantiene el color natural que los esp¨ªritus eligieron. Nona sigui¨® la luz anaranjada con la mirada, al mismo tiempo que le comunicaba el motivo de su visita, de una manera que solo algunos seres pod¨ªan comprender. ¡ª?Naila protege a un bandido? ¡ªLa Fedrea hizo que las d¨¦biles llamas danzaran con movimientos lentos entre sus dedos y continu¨®¡ª: Un bandido de aura rojiza¡­ dime cu¨¢l es tu temor y te dir¨¦ si tu instinto de hechicera sigue vivo en ti. La coneja baj¨® la mirada, al igual que sus orejas. ¡ªEst¨¢ cuidando de un drag¨®n negro. Resumir¨¦ lo que s¨¦ de ellos¡­ son peligrosos. Superan a los plateados que ya conoces, en fuerza y habilidad. No vinieron a este mundo a servir¡­ en realidad ning¨²n drag¨®n ha venido con ese prop¨®sito ¡ªexplic¨®, cambiando la forma irregular de las llamas, en siluetas de dos dragones¡ª. Las criaturas poderosas solo pueden sentir compasi¨®n, por eso deciden proteger y ayudar a los d¨¦biles, o ambici¨®n, luchando por demostrar su grandeza. Sea una u otra¡­ siempre terminan siendo consumidos. ¡ªDicho lo ¨²ltimo, apag¨® el fuego, extinguiendo la existencia de las siluetas como si realmente estuvieran vivas, acto que toc¨® el coraz¨®n de Nona. Nunca tuvo oportunidad de reflexionar sobre el poder de los dragones, sobre su concepci¨®n del mundo, lo que sobrevivir significaba para ellos. La Fedrea volvi¨® a posar su mano en la frente del anciano y expres¨®: ¡ªLamento no poder ayudar a Naila. Mis hermanas me expulsaron, si salgo al exterior ser¨¦ asesinada por ellas. Las Fedreas no tenemos permitido abandonar a las familias de dragones plateados, hacerlo significa traici¨®n. Adem¨¢s, Naitan me necesita. Nona comprendi¨® sus temores, ser¨ªa su tarea convencer a Naila de abandonar a Raito y dejarlo a su suerte. Naila despert¨® con la mitad del cuerpo sobre la cama. Se hab¨ªa quedado dormida mientras cuidaba de Raito en la noche. Para su sorpresa, el hombre no se encontraba all¨ª. Preocupada, lo busc¨® por toda la casa, pero no lo hall¨® por ninguna parte. Descuidando su aspecto de fugitiva, sali¨® de la casa sin tomar las precauciones de siempre. Toto y Lul¨² la persiguieron haci¨¦ndole notar la ausencia de su pa?uelo, asunto que Naila decidi¨® ignorar. ¡ª??D¨®nde est¨¢s?! ?Debes regresar! ?Todav¨ªa no est¨¢s recuperado! ¡ªexclam¨® investigando entre los arbustos. Toto, enojado con la imprudencia de su hermana, salt¨® sobre su cabeza y le mordi¨® una oreja. ¡ª?Ahhhh! ??Por qu¨¦ me agredes?! ¡ªSe quej¨® quit¨¢ndose al animal de encima. El conejo le mostr¨® los dientes, Naila lo interpret¨®¡ª. ??Por qu¨¦ dices que no quiere regresar conmigo?! ?He sido amable con ¨¦l! Lul¨² se sum¨® a la discusi¨®n mordi¨¦ndole el tobillo. ¡ª?Su¨¦ltame! ??Qu¨¦ les sucede a ustedes dos?! Las escandalosas exclamaciones fueron o¨ªdas por un extra?o, que circulaba por el bosque a petici¨®n de su amo. Desde la tarde anterior, El¨ªas mantuvo dudas acerca del final de Raito. Envi¨® a m¨¢s de sus sirvientes a explorar las Monta?as de Gigantes y las inmediaciones del reino. El rostro del monstruo de un solo ojo se form¨® en el tronco de un ¨¢rbol. Reconoci¨® a la mujer conejo, las largas orejas de pelaje albino la delataban. Su objetivo no era asesinarla, pero dejar escapar a una pr¨®fuga ser¨ªa una grave equivocaci¨®n. Se abalanz¨® sobre su v¨ªctima con los brazos extendidos, ense?ando las filosas garras. Naila volte¨® por instinto, encontr¨¢ndose a la horrenda criatura con intenciones de matarla. De repente, un tercero intervino en medio de ambas. Raito pate¨® a la Fedrea, como resultado termin¨® estrell¨¢ndose contra los ¨¢rboles. Naila mir¨® la enorme figura del sujeto, estupefacta con el espectacular arribo. La postura erguida no guardaba pruebas de haberse enfrentado a una extra?a condici¨®n, que le arrebataba las energ¨ªas para levantarse y lo sum¨ªa en un profundo sue?o. ¡ªEsa cosa es¡­ ¡ªRaito se concentr¨® en asociar la imagen de la Fedrea, con el tr¨ªo que intervino en su combate con el capit¨¢n. Se le acerc¨®, interrogarla le dar¨ªa posibilidades de entender las visiones del pasado y hallar a sus hermanos perdidos. La recogi¨® del suelo sujet¨¢ndola del cuello y la elev¨® a su altura. La Fedrea ten¨ªa varios huesos rotos, lo cual le impidi¨® liberarse del agarre, sumado a lo anterior, Raito cerraba sus v¨ªas respiratorias con la fuerza de su mano. ¡ª?Qu¨¦ le hicieron a mi cuerpo? ?Qu¨¦ fueron esas cadenas que me detuvieron? ¡ªpregunt¨®. ¡ªNunca¡­ te¡­ lo dir¨¦... hacerlo¡­ significa¡­ traici¨®n ¡ªrespondi¨® entre dientes. ¡ª?Traici¨®n?¡­ ?A qui¨¦n le sirves? ?Al drag¨®n plateado? ¡ªsigui¨®, aflojando los dedos. Entonces una nueva visi¨®n se present¨®. Visualiz¨® al drag¨®n plateado en el cielo cubierto de humo, estrangulando a otro drag¨®n, a Raneri. Raito se sinti¨® impotente, sin la capacidad de moverse para detenerlo, as¨ª mismo, en la realidad que lo separaba del infierno, apret¨® con mayor intensidad el cuello de la criatura, como si estuviera apretando el su verdadero enemigo. Naila descubri¨® las intenciones de Raito e intervino: ¡ª?Su¨¦ltala! ?Est¨¢ sufriendo! ¡ª?Ap¨¢rtate, este no es asunto tuyo! ¡ªCon su mano libre, empuj¨® a la entrometida y retom¨® lo que estaba haciendo. Nona salt¨® de entre los arbustos hacia el rostro de Raito. Sus esfuerzos fueron en vano, se la quit¨® en un simple movimiento y la arroj¨® a los brazos de Naila. ¡ªAy¨²¡­ da¡­me, coneja ¡ªsuplic¨® la Fedrea¡ª. ¨¦l no es¡­ bueno¡­ Raito le quebr¨® el cuello a tiempo, antes de que pudiera terminar la oraci¨®n. El resto lo observ¨® anonadado, el hu¨¦sped que proteg¨ªan acababa de asesinar delante de sus ojos. Naila abri¨® la boca para preguntarle el motivo, pero Nona se le adelant¨® y revel¨® la identidad del drag¨®n. ¨²nicamente los de su misma raza lograron escucharla, lejos de que Raito se enterara de que su secreto hab¨ªa sido descubierto, Naila dej¨® caer a Nona de sus brazos y perdi¨® la fuerza en las piernas. Las rodillas tocaron el suelo. Raito volte¨®. ¡ª?Por qu¨¦ me ves as¨ª? Esa cosa te atac¨®. ?No merec¨ªa la muerte? This content has been unlawfully taken from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. La verdad convirti¨® al h¨¦roe que la rescat¨® de la muerte, en un asesino que la ten¨ªa acorralada. Su respiraci¨®n se aceler¨®, ahora entendi¨® la insistencia de Raito en que viajara a Advaland, su inter¨¦s por conocer m¨¢s sobre la reina. Era la primera vez que o¨ªa sobre la existencia de los dragones negros, eso la hac¨ªa temer m¨¢s de lo que fuera capaz de hacerles. La voz del conocimiento y la experiencia habl¨®. Naila la escuch¨®, de los presentes, era la ¨²nica que pod¨ªa intervenir para enga?arlo, hacerle creer que segu¨ªa siendo su aliada y no una enemiga. El silencio se prolong¨® m¨¢s de lo deseado. El hombre camin¨® hacia ella, la tensi¨®n en el ambiente aument¨®. ¡ªMe pierdo en este bosque. Necesito que me gu¨ªes, debo ir al castillo del rey de Advaland. Vamos, lev¨¢ntate. Naila agach¨® la cabeza. ¡ª?No me o¨ªste? Dije que te¡­ ¡ªNo puedes ir al reino, las personas sospechar¨¢n de ti ¡ªlo interrumpi¨®, controlando su temor, reemplaz¨¢ndolo con una seriedad inusual en ella. ¡ª?Qu¨¦ quieres decir? ¡ªM¨ªrate, tu cuerpo es grande y tu cabello es largo, llamas mucho la atenci¨®n. Creer¨¢n que eres una criatura con piel de humano. En el castillo de Advaland combatieron con una mujer serpiente, las personas est¨¢n alerta. El cambio de actitud lo sorprendi¨®. Actualmente, sin la capacidad de transformarse en drag¨®n, sin el h¨¢bito de ocultarse, era un blanco f¨¢cil para los soldados y el capit¨¢n. ¡ª?Qu¨¦ propones? Naila repiti¨® las palabras de Nona: ¡ªCavar un t¨²nel. Los conejos creamos madrigueras para los ancianos, para escondernos y huir de los cazadores. Puedo cavar un t¨²nel para ti. Me llevar¨¢ tiempo, pero podr¨¢s entrar al castillo sin ser detectado. La generosidad de la mujer fue en aumento. Raito no la cuestion¨®, sino que la utiliz¨® para su propio beneficio, a fin de cuentas, se mostr¨® colaborativa desde el comienzo. El d¨ªa transcurri¨® hasta alcanzar la noche. La luna crec¨ªa, oculta detr¨¢s de las nubes que apenas dejaban deslumbrar las estrellas. Todos comieron en la misma mesa, pero el men¨² era diferente. El drag¨®n devor¨® otro trozo de carne cruda, mientras Naila y sus hermanos disfrutaban de una ensalada de vegetales. Todo comenzaba a cobrar sentido, Raito adoraba la carne cruda, y si la sangre chorreaba, mejor sab¨ªa. Hace apenas unas horas, ella lo miraba con alegr¨ªa, cada peque?o avance en su recuperaci¨®n generaba una satisfacci¨®n m¨¢s. Le agradaba pensar que s¨ª pod¨ªa cumplir con la tarea de cuidar de los enfermos y ayudarlos a retomar el camino, sin embargo, en su presente se lamentaba de haberlo hecho. ¡ªTu rata me atac¨® ¡ªRaito termin¨® con la calma. Nona, identificada con la acusaci¨®n, par¨® de comer y envi¨® su vista a Naila. Su hermana, desganada, respondi¨® solo por compromiso. Le hab¨ªa dejado en claro que lo ayudar¨ªa, crey¨® que eso ser¨ªa suficiente para ¨¦l. No exist¨ªa forma de que descubriera lo que planeaba. ¡ªTrat¨® de defenderme, me hab¨ªas empujado al suelo. ¡ªQuiere decir que si te lastimo, las ratas me lastimar¨¢n ¡ªconcluy¨® limpi¨¢ndose el ment¨®n manchado de sangre. Toto tembl¨®, estaba demasiado asustado. Naila se puso de pie abruptamente. ¡ªTengo que trabajar. Si no llego a tiempo, mi jefe se molestar¨¢ conmigo. Raito guard¨® silencio. Nona y Lul¨² subieron a los hombros de Naila, Toto a su cabeza, ninguno estaba dispuesto a compartir la madrugada con un asesino. ¡ªMencionaste que en Advaland los persiguen. ?Por qu¨¦ te los llevas contigo? ¡ªla fren¨®. ¡ªMe acompa?ar¨¢n parte del camino ¡ªcontest¨® sin pensarlo demasiado. At¨® su pa?uelo, carg¨® el bolso y abandon¨® la casa. Naila visit¨® el arroyo, all¨ª, se detuvo y se sent¨® sobre una roca a descansar, procesar lo que acababa de pasar. ¡ª?C¨®mo enga?aremos a un drag¨®n negro? No sabemos nada sobre ¨¦l. ¡ªSe moj¨® la cara con el agua cristalina, ni siquiera con ello consigui¨® calmar el nerviosismo y la tensi¨®n en su cuerpo. Nona le explic¨® sobre los dragones negros, lo que la Fedrea de la madriguera le hab¨ªa comentado. El hecho de no poseer suficiente informaci¨®n, dificultaba el trato que de ahora en adelante tendr¨ªan con Raito. ¡ªPor lo visto busca al rey y a la reina. Conoci¨¦ndolos, seguro le dieron motivos para vengarse. Si lo llevo a ellos, el castillo podr¨ªa caer, las personas que nos esclavizaron y que asesinaron a nuestras familias, caer¨ªan tambi¨¦n. ¡ªMientras recordaba el calvario de su ni?ez, observ¨® su reflejo en el agua, junto con el de las estrellas ¡ª. Si vuelvo a revivir ese odio, ella se har¨¢ m¨¢s fuerte, y si ella se hace m¨¢s fuerte¡­ alg¨²n d¨ªa me consumir¨¢. Lul¨² baj¨® hacia su regazo y puso la patita sobre las manos mojadas. ¡ªNo intentes negarlo. Mi abuelo siempre tuvo raz¨®n, su predicci¨®n fue correcta¡­ mi luna llena es diferente a la de los dem¨¢s. Toto y Nona se unieron a Lul¨², d¨¢ndole ¨¢nimos para seguir adelante. Colaborar con el drag¨®n salvar¨ªa sus vidas, ya dieron el primer paso ayud¨¢ndolo con su recuperaci¨®n, servirle de gu¨ªa lo apartar¨ªa para siempre de sus vidas. ¡ª?Insisten con que siga adelante? ?Creen que soy tan fuerte para hacerlo? ¡ªLa presi¨®n sobre Naila provoc¨® que estallara en ira. Se quit¨® a sus hermanos de encima y se levant¨® con l¨¢grimas en sus ojos cansados¡ª. ?Ustedes no me conocen! ?No poseo la inteligencia de mi madre, ni la fuerza de mi padre! ?Tal vez sea mejor que el drag¨®n me mate! ?De esa forma dejar¨ªa de temer y huir todo el tiempo! El crujido de ramas en el piso, la silenci¨®. Gir¨® sobre s¨ª misma. Raito la estaba espiando, escuchando las palabras que salieron de su boca. ¡ªTom¨¦ una buena decisi¨®n al seguirte. Eras la mujer m¨¢s extra?a que he conocido, pero desde esta ma?ana, esa mujer desapareci¨®. Empezaste a comportarte como cualquier otra que haya conocido en mis viajes ¡ªdijo acerc¨¢ndose¡ª. ?C¨®mo descubriste que soy un drag¨®n? Aterrada, retrocedi¨® hasta toparse con un ¨¢rbol a sus espaldas. Raito la aprision¨® contra el grueso tronco. ¡ªEnga?ar a un drag¨®n negro se ha vuelto costumbre. Humanos, seres como t¨², no importa quienes sean, tienen el descaro de comportarse as¨ª con nosotros. El problema es que¡­ nuestras llamas no los alcanzan, porque si pagan por nuestro servicio es suficiente. El gran maestro nos aconseja que la venganza ensucia nuestra grandeza. ¡ªRaito divis¨® un m¨ªnimo movimiento en la mano de Naila para golpearlo y lo detuvo al instante. No ejerci¨® la misma fuerza que con la Fedrea, solo la justa para impedirle escapar¡ª. Estoy pensando seriamente, si el consejo del gran maestro es conveniente. En tanto no exista la venganza, ustedes seguir¨¢n burl¨¢ndose de nosotros. Los tres conejos se prepararon para atacar, una peque?a distracci¨®n servir¨ªa para que Naila se libere. ¡ªTe lo preguntar¨¦ de nuevo, ?c¨®mo supiste qui¨¦n era en realidad? Los animales reaccionaron. Raito lo anticip¨® y arrastr¨® a Naila hacia ellos, provocando que cayera sobre el tr¨ªo. Naila los abraz¨® y gir¨® para protegerlos, haciendo que la ca¨ªda solo fuera dolorosa para ella. ¡ª?Por favor no los lastimes! ?Te ayudaremos a vengarte! ?Entrar¨¢s al castillo, te lo prometo! ¡ª?LAVA ESA BOCA TUYA ANTES DE PEDIRME ESO! ?T¨² DESCONFIASTE DE M¨ª! ?NO PRETEND¨ªA HERIRTE, Y AUN AS¨ª PLANEABAS TENDERME UNA TRAMPA! Los gritos de Raito retumbaron por la zona, las ramas temblaron y las llamas rojas nacieron en los arbustos m¨¢s cercanos. ¡ªDeber¨ªa quemarte como deseaste, acabar con tu miseria, pero todav¨ªa te necesito ¡ªdijo recogiendo a los fr¨¢giles conejos con violencia¡ª. Los tomar¨¦ como prisioneros, cumple con tu trabajo, cava el t¨²nel y guarda mi secreto, o de lo contrario, me alimentar¨¦ de tu familia. Prot¨¦gelos como ellos te protegen a ti. Naila recibi¨® la amenaza con espanto, solo de esa manera pudo entender el peligro que corr¨ªan sus hermanos al acompa?arla en su d¨ªa a d¨ªa. Tambi¨¦n eran perseguidos por el rey, pero sus cuerpos eran m¨¢s d¨¦biles y sus posibilidades de luchar nulas. Su viaje al reino fue amargo, salt¨® las murallas que rodeaban Advaland, conservando la destreza en sus piernas, pese al desgano producto de las ¨²ltimas situaciones vividas. Asisti¨® al trabajo evitando que Jarol viera su estado de ¨¢nimo. At¨® su delantal, y se dispuso a concertar las tareas. Acarre¨® barriles de vino, del callej¨®n a la cocina, actividades que funcionaron como distractores para desviar su preocupaci¨®n. A Raito no le conven¨ªa matar a los conejos, por lo que por el momento no deb¨ªa afligirse por la seguridad de Lul¨², Nona y Toto. Despu¨¦s de que la luna desapareciera, una tormenta azot¨® Advaland. No era obst¨¢culo para quienes anhelaban un trago de vino, o buscar la compa?¨ªa femenina en los burdeles, pero despu¨¦s de largas traves¨ªas y exploraciones, lo ¨²nico que quer¨ªan los mercenarios y soldados era descansar. Los visitantes eran pocos, veteranos de guerra, sin piernas o brazos y alg¨²n que otro viajero llegando a altas horas de la madrugada para calmar su sed. Naila goz¨® de la tranquilidad remojando y secando jarras, oculta en el ¨²nico sitio que Jarol le permiti¨® estar, en la cocina. El viento se intensific¨®, tanto, que la puerta trasera del lugar se abri¨® de par en par. Naila se exalt¨®, el agresivo clima no le dio respiro, el agua ingres¨® en cuesti¨®n de segundos. Alertada, corri¨® a la puerta. Estando por cerrarla, visualiz¨® a una persona encapuchada afuera. La capa le cubr¨ªa incluso los pies, igual a un espectro oscuro de leyendas de horror. Ten¨ªa prohibido ser vista por los clientes, mucho menos interactuar con ellos, pero no pudo simplemente cerrar la puerta. Debajo de la capa, solo divis¨® una parte de la nariz p¨¢lida y la boca de un hombre joven. ¡ª?Puedo ayudarle? ¡ªpregunt¨®. En respuesta, el sujeto se movi¨® hacia ella desenvainando su espada. Naila intent¨® cerrar la puerta, pero el hombre reban¨® un trozo de la misma. La mujer se agach¨® y pas¨® en el espacio entre el atacante y la puerta, consiguiendo escapar de la segunda estocada. ¡ªEspere, no soy una criminal. Acept¨¦ el trabajo como cualquier otra persona ¡ªdecidi¨® razonar, pero el hombre no pensaba hacerlo. Volvi¨® a atacarla, fallando de nuevo. Naila subi¨® al techo con un incre¨ªble salto, imposible de presenciar en humanos. Esa fue la confirmaci¨®n que el extra?o estaba esperando. ¡ªTonta Naila, no debiste ¡ªse mortific¨®. El hombre retrocedi¨®, guard¨® su espada un momento, tom¨® impulso y tambi¨¦n salt¨® al techo. Naila corri¨®, la ¨²nica salvaci¨®n era saltar y saltar hasta que el agresor pudiera perderla de vista, pero no sucedi¨®. ¨¦l continu¨® sigui¨¦ndole el paso, desplaz¨¢ndose entre los techos de las casas, con evidente habilidad sobrehumana. De pronto, un poderoso rayo quem¨® un ¨¢rbol, el abrumador impacto la aturdi¨®. El o¨ªdo de los conejos era muy sensible a los ruidos. Esto la desorient¨® y sin esperarlo gir¨® para apartarse de las llamas. El hombre aprovech¨® la oportunidad, movi¨® la espada horizontalmente con un brazo y rode¨® la cintura de Naila con el otro, atray¨¦ndola hacia su cuerpo, salv¨¢ndola de la ca¨ªda. El pa?uelo de la coneja se parti¨® en dos, develando las largas orejas. Solo estando a cent¨ªmetros del individuo, logr¨® verle el rostro. Era joven, como supuso, varios mechones de cabellos dorados tapaban los claros ojos celestes. Naila quiso decir su nombre, pero ¨¦l la solt¨®, dej¨¢ndola caer sobre una monta?a de heno. El¨ªas guard¨® la espada y la mir¨® desde las alturas, juzg¨¢ndola como un ser todopoderoso. Ella jam¨¢s lo hab¨ªa visto en su forma de drag¨®n cara a cara, sin embargo, aquella madrugada lluviosa, pudo ver en sus ojos brillantes, la presencia cercana de uno. Cap铆tulo 8 Reencuentro Cap¨ªtulo 8 Reencuentro Ambos caminaron por los callejones oscuros y vac¨ªos. La tormenta fue su c¨®mplice, porque gracias a ella, pudieron ocultarse debajo de largas capas grises, y acudir a un sitio en el que los visitantes decid¨ªan igualar sus apariencias para ingresar. El¨ªas gui¨® a Naila todo el recorrido, sin pronunciar ninguna palabra desde su encuentro. Simplemente la tom¨® de la mano, formando una cadena que los mantuvo unidos. Naila no le pregunt¨® hacia d¨®nde se dirig¨ªan, sin embargo, de una cosa s¨ª estaba segura, su destino no ser¨ªa el castillo de Empirio. Entraron a una casa parecida a las anteriores del ¨²ltimo tramo. Temi¨® alzar la mirada, hacer contacto visual con cualquiera y ser reconocida por haber aparecido en el mercado con un conejo, pero los extra?os sonidos la obligaron a ver. Los primeros sectores de la residencia estaban divididos por biombos. Las parejas menos discretas copulaban a plena vista, sin recato. Nerviosa, presion¨® la mano de su compa?ero. El¨ªas se limit¨® a decirle que siguiera caminando. Los gemidos se fueron multiplicando, hab¨ªa prostitutas, campesinas endeudadas y esclavas, estas dos ¨²ltimas emitiendo tambi¨¦n gritos de dolor. Era insoportable, se fueron haciendo m¨¢s audibles, a medida que se introduc¨ªan al coraz¨®n de la propiedad. ¡ªSe?or, hoy vino acompa?ado ¡ªhabl¨® una voz frente a El¨ªas. Era un hombre de avanzada edad, llevaba una t¨²nica morada, con el s¨ªmbolo de Advaland bordado en las puntas de las mangas. Ten¨ªa gran experiencia en el rubro, todo el comercio y la distribuci¨®n del placer estaba a su cargo. Los nobles y allegados al rey ten¨ªan habitaciones especiales, y la mayor discreci¨®n de los profesionales que all¨ª trabajaban. Pod¨ªan llevar a quien quisieran, hacer lo que quisieran, estuviera dentro de la ley o no. ¡ªNo tiene de qu¨¦ preocuparse. Recibir¨¢ la mejor atenci¨®n. Usted es nuestro h¨¦roe, el vencedor de los malvados dragones negros, conquistador de las duras tierras de Galcrok¡­ ¡ªEs suficiente ¡ªlo silenci¨® El¨ªas. Naila reaccion¨® a lo dicho por el due?o del burdel, se enter¨® de que cab¨ªa la posibilidad de que Raito y El¨ªas ya se conocieran. Sin m¨¢s demoras avanzaron hacia la habitaci¨®n destinada al capit¨¢n. Al contrario del resto del burdel, era un sitio limpio, prolijo y bien adornado. La cama era amplia, las s¨¢banas de fina seda y las alfombras de pieles de animales cubr¨ªan la mitad del suelo. ¡ª?Cu¨¢ntas veces m¨¢s me forzar¨¢s a perseguirte? ¡ªpregunt¨® El¨ªas quit¨¢ndose la capa, dejando ver lo mucho que hab¨ªa crecido desde la ¨²ltima vez que lo vio. No conservaba la misma mirada, ahora era g¨¦lida, careciendo de toda pizca de sentimiento. Los rasgos faciales eran delicados, resaltando el atractivo de un hombre joven de aparentes veinte y tantos a?os. Naila observ¨® al nuevo El¨ªas, pregunt¨¢ndose cu¨¢nto tiempo hab¨ªa estado sin sonre¨ªr, lamentando la muerte de su madre, a quien tanto quer¨ªa y respetaba. ¡ªLas viejas costumbres no se pierden ¡ªbrome¨® Naila para alivianar el ambiente. El¨ªas arroj¨® la capa sobre la cama, y se sirvi¨® una copa de vino, ubicada sobre una mesa circular. ¡ª?Fue Jarol, el cocinero, el que te emple¨® en su taberna? ¡ªinterrog¨®, luego de dar el primer sorbo. ¡ªIntentaba ayudarme a sobrevivir. ¡ª?T¨²? ?Sobrevivir en Advaland? ?Acaso ha perdido la cabeza? ¡ªPuedo hacerlo, lo he hecho en las afueras del reino por un largo tiempo. Hubo un silencio inc¨®modo entre los dos. El capit¨¢n se sent¨® sobre la cama, movi¨® la copa ba?ada en oro, agitando el vino dentro. ¡ªTengo demasiados asuntos que atender, no tengo tiempo para ser tu ni?era. ¡ªYa no soy una ni?a. ¡ªEntonces deja de comportarte como una. No eres peque?a para escabullirte entre la gente, y por lo visto tampoco eres inteligente para enga?ar a otros, porque saltas en los tejados para huir. ?Si planeas actuar como una humana, al menos ten el conocimiento de que las mujeres humanas no saltan as¨ª! ¡ªEl¨ªas rompi¨® la copa con sus manos. Los filosos trozos no abrieron ninguna herida en sus dedos, pero de igual forma, Naila lo vio sufrir. Aguard¨® unos segundos, para retomar el habla: ¡ªEsperaba que fueras m¨¢s alto. El¨ªas frunci¨® el ce?o, Naila continu¨®: ¡ª?Traes a tus amigas a este desagradable lugar? El drag¨®n plateado opt¨® por seguirle el juego, us¨® su oportunidad de burlarse de ella. ¡ªNo a todas, solo a las v¨ªrgenes. Molesta, tom¨® una de las tres jarras de vino y la verti¨® sobre la cabeza de su antiguo amigo. La reacci¨®n al vaciarla, fue de lo m¨¢s inesperado, el hombre ri¨® a carcajadas. Hab¨ªa olvidado lo que se sent¨ªa re¨ªr as¨ª, sin importarle lo escandaloso que sonara, o lo rid¨ªculo que se ver¨ªa en un sirviente del rey. Naila suspir¨®, todav¨ªa manten¨ªa el rubor en sus mejillas (molesta por el comentario) y los pesados senos apoyados sobre sus brazos. El¨ªas la mir¨®, evit¨® hacerlo demasiado tiempo, porque sus encantos femeninos lo hipnotizar¨ªan. Lo ¨²ltimo que quer¨ªa era perder la raz¨®n. Llev¨¢rsela consigo, no a los pies del rey, ya hab¨ªa sido un terrible delito. Empirio se esmer¨® en asesinar a casi la totalidad de los seres de luna llena, como para perdonarlo a causa de un desliz. ¡ªPor favor, no arrases con el negocio de Jarol ¡ªpidi¨® la joven, sent¨¢ndose a su lado en la cama. La cercan¨ªa era peligrosa, pero Naila no ten¨ªa miedo, confiaba en ¨¦l. ¡ªNo lo har¨¦, en tanto t¨² me prometas no arrasar con Advaland. Nalia percibi¨® el cansancio en la voz del capit¨¢n de la Guardia Real. Sab¨ªa que se refer¨ªa a la primera noche de luna llena. De ni?o, vio a los caballeros ser destrozados por la incontrolable furia de las implacables bestias, ca¨ªdos sobre charcos de sangre y restos de ¨®rganos, incluso la reina Diana fue v¨ªctima de esa maldici¨®n. Las palabras de El¨ªas le dieron mucho en qu¨¦ pensar. Si continuaba ayudando a Raito, terminar¨ªa alimentando a ella, y cuando ella se fortalec¨ªa, no exist¨ªa nadie capaz de detenerla. Arrasar¨ªa con Advaland, con la gente, con todos los encargados de exterminar a su pueblo. Conflictiva con la situaci¨®n, dud¨® de si contarle la verdad o no, revelarle que un drag¨®n negro se hospedaba en su casa. ?El¨ªas ser¨ªa su salvaci¨®n? ?Acudir¨ªa junto a un gran ej¨¦rcito para asesinar a Raito? Sus problemas estar¨ªan resueltos, pero una vida se perder¨ªa como resultado de ello. ?Estaba dispuesta a delatarlo? ?Estaba dispuesta a condenarlo a muerte? Flaque¨®, los pensamientos la azotaron de tal modo, que su cuerpo lo expres¨®. Se dej¨® caer hacia un lado. El¨ªas la rode¨® con sus brazos, permiti¨¦ndole descansar sobre su pecho. ¡ªTranquila¡­ aunque te persiga, nunca voy a alcanzarte. Si un drag¨®n como yo no puede atraparte¡­ nadie m¨¢s lo har¨¢. ¡ªUn¡­ drag¨®n ¡ªsusurr¨® pensando en Raito, en la venganza que dijo no poder alcanzar. Podr¨ªa ser la primera en su lista por atraer al enemigo estando desprevenido, por darle cobijo y luego apu?alarlo por la espalda. Cerr¨® los ojos tras sentir los labios de El¨ªas roz¨¢ndole el cabello. Era reconfortante sentir el contacto suave, cuidadoso de las manos desliz¨¢ndose sobre su piel. Movi¨® las orejas, accidentalmente le hizo cosquillas en la mejilla, acci¨®n que lo impuls¨® a apartarse. This tale has been unlawfully lifted from Royal Road. If you spot it on Amazon, please report it. ¡ªLo siento. ¡ªSonri¨® Naila tomando distancia. Aceptar consuelo no era una sabia decisi¨®n. Deb¨ªa controlarse, sus hermanos la necesitaban. ¡ªVamos. Amanecer¨¢ pronto. Los nacientes rayos de sol se asomaron en el horizonte. Antes de que los habitantes salieran de sus hogares a emprender otro d¨ªa de trabajo, Naila y El¨ªas cruzaron la muralla en direcci¨®n al bosque. ¡ªEs tiempo de que t¨² regreses al castillo ¡ªle dijo la mujer. El consejo de El¨ªas no cambi¨®, siendo una traviesa ni?a o una adulta que llevaba las riendas de su vida, la despidi¨® con un ¡°ten cuidado¡±. La vio perderse en la espesura de la vegetaci¨®n. Momentos despu¨¦s, una Fedrea, de las que se encarg¨® de explorar la zona, apareci¨® form¨¢ndose a partir del suelo arenoso. ¡ªAmo El¨ªas, ha sucedido una tragedia. Hall¨¦ a una de mis hermanas muerta en el bosque. Ten¨ªa el cuello roto, fue asesinada. El hombre no le dio mucha relevancia al asunto, las preocupaciones que lo aquejaban eran otras. ¡ªQuiero que la sigas ¡ªdijo, inexpresivo. ¡ª?Siga a qui¨¦n? ¡ªA la mujer que se acaba de ir. Sabes cu¨¢l, esperaste a que se fuera para salir. ¡ª?Por qu¨¦ me lo pide?¡­ A su padre no le gustar¨¢ enterarse de que usted me usa para¡­ ¡ªintent¨® cuestionarlo, sospechando de la imprudencia que cometer¨ªa su amo. ¡ª?Obedece! ¡ªEl¨ªas elev¨® la voz, enfurecido. Volver a ver a Naila, sacudi¨® sus emociones, m¨¢s despu¨¦s de avistar la marca en el brazo que Raito le dej¨® al sujetarla con fuerza. Quer¨ªa conocer al responsable, hacerle una repentina visita para provocarle el doble de dolor. El capit¨¢n no ten¨ªa permitido ajustar cuentas personales, pero embriagado gracias a unas cuantas copas de vino, junto con la imagen cautivadora de su vieja amiga, lo que deb¨ªa y no deb¨ªa hacer, no le import¨®. Retornar a su hogar dej¨® de ser lo mismo. Naila camin¨® por el bosque observando la mejor ruta para cavar. Comenzar¨ªa con su trabajo, luego pensar¨ªa qu¨¦ hacer con Raito. Como le explic¨®, cavar el t¨²nel le llevar¨ªa tiempo, justo lo que necesitaba para tomar una decisi¨®n. Cruz¨® el arroyo de un salto, recorri¨® el ¨²ltimo tramo y escogi¨® el sitio indicado. Los troncos ca¨ªdos de varios ¨¢rboles ser¨ªan el escondite perfecto para la entrada de la construcci¨®n. Utiliz¨® sus brazos para perforar la tierra h¨²meda por el roc¨ªo, creando un profundo agujero de un solo movimiento. En su ni?ez, jugaba a esconderse haciendo agujeros como ese, la diferencia, fue que al tener el cuerpo de una adulta, el tiempo se redujo significativamente. Al parar, descubri¨® el gran avance que tuvo. La estructura se ve¨ªa s¨®lida, pero hac¨ªa falta altura. Pod¨ªa desplazarse arrastr¨¢ndose dentro del t¨²nel, sin embargo, considerando la estatura de Raito, no podr¨ªa lograrlo. Deb¨ªa pensar algo mejor; la larga distancia, la profundidad del suelo, las construcciones del reino, todos estos aspectos influ¨ªan para una perfecta planeaci¨®n. Por un instante, medit¨® sobre los errores. Sepultarlo durante su traves¨ªa al castillo ser¨ªa una tentadora salida. Naila dud¨® de nuevo, en eso, las ra¨ªces que se aferraban y ca¨ªan sobre ella, empezaron a moverse solas, cambiando de marr¨®n al intenso rojo de la sangre. Exist¨ªan ciertos ¨¢rboles m¨¢gicos en el Bosque Carmes¨ª, los primeros en proporcionar el color rojizo en sus hojas durante las ¨¦pocas de caza. Los aldeanos no hablaban de magia, sino de maldiciones. Afirmaban que los ¨¢rboles eran gigantes malignos, quietos, siempre expectantes, conocedores de miles de historias. Longevos, sabios, cargados de experiencias y secretos. Sinti¨® c¨®mo sus miembros superiores e inferiores eran envueltos por las ra¨ªces, limitando sus movimientos. Intent¨® recuperar el control de su cuerpo, pero m¨¢s ra¨ªces se extendieron para retenerla. Una de ellas rode¨® su cabeza y perfor¨® la sien, inyect¨¢ndole una toxina que la introdujo en una alucinaci¨®n. Los ojos de Naila se abrieron como platos, las escler¨®ticas se ti?eron de un tono rosado. De pronto ya no estaba bajo tierra, atada y amordazada. Se encontraba sobre las aguas de un lago cubierto de niebla. Percibi¨® la planta de sus pies mojarse, pero no se hundi¨®. El agua la sosten¨ªa, era firme para que pudiera caminar encima. Insegura, dio unos pasos. En la distancia divis¨® a otra persona. A medida que se fue acercando, not¨® que era una mujer, y que de la cabeza le nac¨ªan orejas de conejo. Estando a metros de distancia, la vio, se trataba de su propia imagen. ¡ª?D¨®nde estoy? ¡ªpregunt¨®. La voz hizo eco en el vac¨ªo. En respuesta, su imagen alz¨® la cabeza. Naila pudo ver qu¨¦ las diferenciaba. Primero que nada, la musculatura heredada de su padre, Niels, demostrando poseer una incre¨ªble fuerza f¨ªsica, y por ¨²ltimo, lo que m¨¢s le llam¨® la atenci¨®n, sus ojos atrayentes¡­ ojos completamente rojos. ¡ªEres¡­ ¡ªNo supo c¨®mo referirse a aquel ser, sol¨ªa usar la palabra ella, para no llamarla con su mismo nombre. ¡ªSiempre me dijiste ¡°ella¡±, afirmando que t¨² y yo somos distintas. Por ese motivo eleg¨ª llamarme Ela, suena elegante¡­ ?No crees? Conservaba una sonrisa mal¨¦vola, de las que los conejos no presentaban en la primera noche de luna llena. Estos se convert¨ªan en bestias descontroladas, sin la capacidad de razonar, lo ¨²ltimo que mostraban era una sonrisa, por m¨¢s que los sobrevivientes describieran lo contrario, confundiendo las largas bocas repletas de colmillos con una. ¡ªEsto no es real, estoy alucinando. Mam¨¢ lo dijo muchas veces: cavar en el Bosque Carmes¨ª es peligroso. Deb¨ª recordarlo ¡ªse mortific¨® toc¨¢ndose la frente. ¡ªSoy real, tan real como tu odio hacia Advaland. ¡ªEla camin¨® en c¨ªrculos alrededor de su otro yo¡ª. No te espantes con una tonta alucinaci¨®n. Salgas de aqu¨ª o no pronto, no cambiar¨¢ nada. Seguir¨¦ viviendo dentro de ti hasta la pr¨®xima luna llena. Siempre juntas, Naila. Un potente estruendo agit¨® las aguas, la pisada de un drag¨®n de escamas negras, hizo que el lugar (que parec¨ªa pac¨ªfico e inamovible) dejara de serlo. Naila volte¨®, el drag¨®n era enorme. A lo lejos, en las alturas, vio los ojos brillar entre la niebla, ojos llenos de ira. Supo que no ten¨ªa escapatoria, si Raito se transformaba bastar¨ªa con su aliento para destruirla. ¡ªEs curioso, ese drag¨®n te considera una aliada. Me pregunto qu¨¦ pasar¨¢ cuando nos encontremos ¡ªdijo Ela. El rugido de furia la aturdi¨®, tapando las palabras que salieron de la boca de Ela. ¡ª?Maldici¨®n! ¡ªgrit¨® Raito ejerciendo fuerza para arrancar las ataduras que se aferraban a Naila. Dificilmente pod¨ªa moverse en el estrecho t¨²nel. Y para empeorar la situaci¨®n, la tierra encima comenzaba a desprenderse. Era cuesti¨®n de segundos para que terminaran sepultados. ¡ª?Despierta! Entre varios desesperados intentos, uno surti¨® efecto. Las ra¨ªces se desprendieron. Tras hacerlo, sangre escap¨®, como si se trataran de venas que se aferraban a un coraz¨®n. Naila result¨® ser ese coraz¨®n, la fuente de su poder, lo que le daba energ¨ªas para que pudieran nutrir al resto del ¨¢rbol en la superficie. Raito puso su cuerpo como escudo, m¨¢s capas de tierra cayeron sobre ¨¦l. El sudor de su cuerpo se desplaz¨® al de Naila, una gota cay¨® sobre su mejilla, era tibia. Despert¨®, vio el rostro del drag¨®n negro con los colmillos crecidos y ojos brillantes. ¡ª?Por qu¨¦¡­ est¨¢s aqu¨ª? Raito luch¨® contra el derrumbe, contra el peso sobre su espalda. ¡ª?Suj¨¦tate de m¨ª! ?R¨¢pido! ¡ªorden¨®, prepotente. ?No te confundas¡­ me seguir¨¢ salvando hasta que se vengue?, pens¨® Naila, moviendo los brazos para abrazar el cuello de Raito. De nuevo, el aura rojiza apareci¨® en el cuerpo del drag¨®n ca¨ªdo. Una explosi¨®n abri¨® un hueco en el t¨²nel, cu¨¢l si fuese una erupci¨®n volc¨¢nica. Vapor caliente escap¨®, expandi¨¦ndose hacia una buena parte de la zona. Salieron a la superficie. Naila abri¨® los ojos al tocar tierra firme, a¨²n estaba sujeta a Raito. Le ard¨ªa la piel, un dolor que consigui¨® soportar. Por fortuna lo peor hab¨ªa pasado. De a poco la mirada luminosa de Raito retorn¨® a la normalidad, tambi¨¦n la temperatura corporal. Transformarse en drag¨®n le era imposible, no obstante, conservaba rastros de uno en su forma humana. El cabello negro y largo del mercenario los cubri¨®, ocultando sus rostros de la vista de la Fedrea esp¨ªa. ¡ªEllos son¡­ Naila apart¨® el cabello con ternura, hechizada por el momento. Se sent¨ªa mejor si imaginaba la bondad en ¨¦l. Enga?arse fue la anestesia para su temor. ¡ª...No hay dudas¡­ son el drag¨®n perdido y la hija de Niels. Cap铆tulo 9 Creencias y secretos Cap¨ªtulo 9 Creencias y secretos Un pergamino lleg¨® a manos del rey Empirio, proveniente del reino de Amsrott, donde parte de su ej¨¦rcito tomaba el dominio de las tierras faltantes de un rey y un sucesor, que pusiera a sus caballeros a defender el trono. Empirio repet¨ªa a su Consejo constantemente, Amsrott era bello, con hermosos paisajes, prados repletos de flores, cuna de los m¨¢s talentosos artistas, pintores que reflejaban el m¨¢gico entorno, pero la fortaleza era d¨¦bil. Los soldados eran inexpertos en guerras. No necesit¨® a su drag¨®n, o a su hechicera para triunfar. Sus guerreros tomaron el castillo en menos de un d¨ªa de combate. Como supuso, los elfos no se presentaron para defender al pueblo, que se arrodillaba y juraba obediencia a un nuevo soberano, un hombre que no ten¨ªa relaci¨®n sangu¨ªnea con ninguna de las familias nobles. En la ma?ana, se sent¨® en su trono a la espera de las tareas del d¨ªa. Sus consejeros no tardaron en rodearlo y comunicarle las novedades m¨¢s relevantes. Uno de sus mejores hombres arribar¨ªa al castillo. ¡ªEs descort¨¦s e impulsivo. No es un caballero digno de su atenci¨®n, majestad ¡ªdijo un anciano refiri¨¦ndose a la persona que atravesaba el largo de la sala en direcci¨®n a su rey. ¡ªOlvidas que es mi cu?ado, parte de mi familia. Contraer matrimonio con Megara tiene sus ventajas y desventajas ¡ªhabl¨® Empirio cuidando de que sus palabras no alcanzaran los o¨ªdos del reci¨¦n llegado. Claus era joven, apenas hab¨ªa abandonado las andanzas de adolescente y enderezado su camino hacia las ambiciones de Empirio, conociendo su lugar como caballero. De f¨ªsico musculoso y espalda ancha. Ten¨ªa el cabello viol¨¢ceo y los mismos ojos que su hermana mayor, Megara, desafiantes. Destacaba por sus habilidades en combate, por el dominio de la espada. Era ambidiestro como El¨ªas. Los dem¨¢s caballeros alegaban que quer¨ªa imitarlo, incluso superarlo, no obstante, hasta entonces solo era el hermano menor de la reina, alguien que enloquec¨ªa rebanando cabezas y ba?ando su cuerpo con la sangre de sus adversarios. ¡°?Alguna vez vieron al dragoncillo plateado alimentarse?¡± le gustaba decir, ¡°De seguro bebe la sangre de los insectos que aplasta cuando nadie lo mira. Ser¨¦ humano, pero no quiero perderme de probar esa satisfacci¨®n.¡± y luego de eso dejaba caer gotas de sangre de un brazo amputado sobre su lengua. Tras encontrarse a cinco escalones de distancia de Empirio, hinc¨® la rodilla en el suelo y se apoy¨® en su espada, como lo har¨ªa cualquier otro caballero de cuna noble. ¡ªSu majestad, la expedici¨®n ha sido un ¨¦xito. Empirio observ¨® la armadura maltratada de Claus, prueba de que estuvo liderando una batalla. ¡ª?Por qu¨¦ consideras que ha sido un ¨¦xito? ?Acaso trajiste ingredientes importantes para las pociones de mi reina? ?O solo mataste unos cuantos monstruos de camino? ¡ªMejor que eso, su majestad. Tom¨¦ al antiguo maestro de los Clefios, Megoz, como prisionero. Viv¨ªa en una de las minas de los gigantes. Experimentaba con magia negra como la reina. ¡ª?Piensas que capturar a un viejo decr¨¦pito es un logro? ¡ªcuestion¨® Empirio esbozando una sonrisa burlona. Claus clav¨® la mirada al suelo, era su rey, pero a la vez, el desgraciado que lo apart¨® de su hermana y le otorg¨® un poder que los distanciaba. Megara ten¨ªa menos tiempo para compartir con ¨¦l, y mucho m¨¢s importante, exist¨ªa otro hombre en su vida. ¡ªA Megara le interesar¨¢ tenerlo como gu¨ªa. Conoce secretos¡­ todos sabemos que los secretos de los antiguos hechiceros valen m¨¢s que mil soldados. Darle a mi hermana conocimiento, es brindarle a Advaland el control sobre otros reinos ¡ªexplic¨®. ¡ª?Cu¨¢ntos de mis hombres llevaste a tu expedici¨®n? Claus tard¨® en contestar. El n¨²mero era elevado, pero en tierras de gigantes, en los dominios de un hechicero de alto nivel, necesitaba refuerzos. ¡ªDoscientos hombres, su majestad. Las llamas de los dragones negros acabaron con una aldea, pero la vecina segu¨ªa intacta. Los tres consejeros protestaron. Empirio levant¨® el brazo para silenciarlos. ¡ªNo es el n¨²mero que acordamos. Comprendo que son zonas peligrosas. La ruta es dif¨ªcil, hay depredadores por todas partes, eso sin mencionar a los gigantes, una poblaci¨®n peque?a pero de gran poder. Sin embargo, dejar a Advaland sin sus protectores es arriesgado en los tiempos que corren. ¡ªLe aseguro que el sacrificio vali¨® la pena. Megoz es poderoso. Usaba a los gigantes en sus experimentos. Usted debi¨® verlos, los convierte en monstruos horripilantes que escupen lava, criaturas gelatinosas que repelan el filo de las espadas¡­ Empirio lo interrumpi¨®: ¡ªNo me parece correcto que Advaland se convierta en un reino de monstruos, por m¨¢s que estos sean creados para protegernos. Somos un reino de humanos, Claus, no olvides eso. ¡ªNo lo he olvidado. ¡ªEl guerrero alz¨® la cabeza y continu¨®¡ª: Delegar las tareas m¨¢s decisivas al capit¨¢n El¨ªas, contratar el servicio de los dragones negros para obtener m¨¢s, espero que usted tampoco lo haya olvidado. La respuesta de Claus dej¨® estupefactos a los consejeros, y en silencio al rey. El comentario podr¨ªa haberle costado caro. Ning¨²n caballero se atrev¨ªa a cuestionarlo, arriesgar as¨ª su posici¨®n o su vida. ¡ª?Querido hermano, ansiaba tu regreso! La aparici¨®n de Megara irrumpi¨® en el momento indicado. Empirio se levant¨® del trono y bes¨® la mano de su esposa, para luego guiarla hacia el asiento a su derecha. ¡ªTambi¨¦n yo, mi reina. ¡ªSonri¨® Claus. ¡ª?A d¨®nde te enviaron? ¡ªA Monta?as de Gigantes. Su majestad aprob¨® mi expedici¨®n. Megara mir¨® a Empirio, algunas cuestiones no le eran consultadas, como el destino de su hermano. ¡ªClaus insisti¨®. Sabes que a veces soy f¨¢cil de convencer ¡ªbrome¨® posando la mano sobre la de Megara. ¡ª?Y qu¨¦ encontraste all¨ª, hermano m¨ªo? ¡ªA Megoz. Lo traje especialmente para ti. Megara, estupefacta, se puso de pie tras escucharlo. La proeza de capturar a tal legendario hechicero requer¨ªa de una excelente estrategia, que permitiera acorralarlo hasta que se rindiera, o herirlo de gravedad para que ya no pudiera levantarse. Claus sonri¨® al ver la reacci¨®n. Aunque Empirio le diera el t¨ªtulo de reina, la libertad de explorar las artes oscuras, solo ¨¦l conoc¨ªa sus deseos. Megara amaba el conocimiento, y Megoz era la definici¨®n de ello. Hab¨ªa vivido m¨¢s de un siglo burlando a la muerte y a la vejez. Huy¨® de veinte condenas a la guillotina a lo largo de todo el continente por la pr¨¢ctica de magia negra. ¡ªCu¨¦ntame c¨®mo lo hiciste. ¡ªCost¨® doscientas carnadas humanas, lanceros, arqueros, caballeros de gran renombre ¡ªdevel¨® Empirio. ¡ªUn costo elevado, esposo m¨ªo, pero valdr¨¢ la pena. Los m¨²sicos cantar¨¢n historias sobre ellos y el nombre de sus familias perdurar¨¢. ¡ªDeseo que as¨ª lo sea. ¡ªEmpirio regres¨® la vista hacia los ancianos que esperaban comenzar con las audiciones del d¨ªa. El rey era sin¨®nimo de ley en aquel entonces, por lo que ten¨ªa la ¨²ltima palabra en las sentencias. ¡ªLlevar¨¦ a Claus a pasear por el castillo. Le agradar¨¢ ver las renovaciones, c¨®mo el jard¨ªn de la querida y difunta Diana, pas¨® a ser un ala m¨¢s de entrenamiento. Empirio not¨® cierto tono de disfrute. No era ning¨²n tonto, sab¨ªa que su actual esposa siempre estuvo celosa de la dragona plateada, sin embargo, consideraba los celos de las mujeres como un arma poderosa, por supuesto, si pose¨ªa la habilidad de usarla a su favor y no para convertirse en un generador de discusiones. Por este motivo, conserv¨® a la hechicera a su lado, cerca, funcionando como una aliada y consultora que lo apoyaba en sus decisiones. A diferencia de Diana, Megara ve¨ªa su mismo mundo. Los hermanos se separaron del resto. La reina abraz¨® el brazo de Claus, le costaba aceptar lo mucho que hab¨ªa crecido desde que arribaron a Advaland. Ahora era todo un hombre, no un chiquillo rebelde que trepaba los muros para fugarse y cazar monstruos en la oscuridad de la noche. El pasado que compart¨ªan era crudo, regido por una sola regla, la supremac¨ªa del m¨¢s fuerte. Cre¨ªan en esa regla, puesto que los ayud¨® a llegar hasta all¨ª. La manten¨ªan presente cada vez que sal¨ªan. ¡ª?Es correcto lo que dicen? ?Que el buen capit¨¢n El¨ªas Jasen quem¨® el jard¨ªn? ¡ªS¨ª, fue el escenario del genocidio de reyes. ¡ªCielos, me voy un tiempo y mi cu?ado decide desatar una guerra contra tres reinos aliados. Megara se detuvo y mir¨® hacia el patio principal, el arribo de los nuevos reclutas. Eran hijos, esposos, nietos, mayores de catorce a?os, provenientes de distintas clases sociales, que reemplazar¨ªan las bajas en Marratech, y actualmente, las bajas que su hermano trajo consigo. ¡ªNo lo llamar¨ªa guerra si no hay rivales que combatan a la par de Advaland. En un futuro, todo el continente Maorma ser¨¢ nuestro ¡ªafirm¨® la mujer con evidente avaricia. ¡ªVerte lograr tus objetivos es la raz¨®n de mi existir, mi reina, pero existen muchas tierras inexploradas, bosques encantados, volcanes mortales¡­ y est¨¢n los elfos. ?C¨®mo conquistar a esos seres celestiales? Han estado m¨¢s cerca del inicio de los tiempos que nosotros. Claus era astuto como su hermana, pero m¨¢s que astuto, era precavido. Se lanzaba a los peligros, sin importar bajo qu¨¦ ¨®rdenes estuviera, no obstante, antes colocaba una pila de cad¨¢veres, un muro de muertos, lo que fuera para no caer. ¡ªDetalles. ¡ªSonri¨® Megara¡ª. Cuanto m¨¢s nos expandamos, m¨¢s llamaremos la atenci¨®n de Eliot. Empirio ha deseado que ese drag¨®n plateado le sirviera desde que lo conoci¨®. Por m¨¢s que su hijo El¨ªas se esfuerce, es insuficiente. This story has been taken without authorization. Report any sightings. ¡ªSi no tuviera un objetivo ambicioso por cumplir, su reinado no tendr¨ªa sentido ¡ªagreg¨® el joven caballero. Megara dej¨® escapar un largo suspiro y apoy¨® la mano libre sobre el muro. ¡ª¡°La paz no deja huellas¡±, solo Empirio y yo lo entendemos. Por culpa de mi posici¨®n, los nobles me martirizaron, me llamaron esclava loca, bruja, pero m¨ªrame hoy, hermano m¨ªo, mi voracidad de poder me convirti¨® en una soberana. Rio a carcajadas sobre sus tumbas, sobre los profundos cortes que les hicieron los seres de luna llena. Sigo aqu¨ª, participando de la historia de Advaland. Prevaleciendo sobre los dem¨¢s. Claus sonri¨®, apoy¨® la frente sobre el hombro de la mujer. Extra?aba sentir su calor, la contenci¨®n de la ¨²nica familia que ten¨ªa. ¡ªEstar¨¦ contigo siempre. Ser¨¦ lo que necesites que sea. Megara se adue?¨® de esas palabras, desliz¨® los dedos sobre las mejillas del hombre con dulzura. Claus segu¨ªa sus pasos, dispuesto a complacerla en el aspecto que fuera. Lo amaba tanto como a su esposo, incluso m¨¢s. Era un hermano, pero tambi¨¦n un hijo, un c¨®mplice, un aprendiz. El Bosque Carmes¨ª era el espejo del alma de muchos de sus habitantes, as¨ª como le sucedi¨® a Naila. El otro ser que compart¨ªa su cuerpo, sali¨® a flote, ense?¨¢ndole que Ela participaba como una fiel espectadora de la vida que estaba teniendo con Raito, aguardando expectante su momento de liberarse. Lav¨® las quemaduras a la orilla del arroyo. Con ayuda de la fresca agua, pudo aliviar el ardor en la piel de los brazos y parte del rostro. Hab¨ªa sido testigo del poder de Raito en su forma humana, lo destructivo que era inclusive con esa apariencia. Al terminar de refrescarse, contempl¨® la lejana figura del hombre, sentado en un tronco ca¨ªdo. ¡ªNo hemos hablado desde lo del t¨²nel ¡ªsusurr¨® para s¨ª misma¡ª. Me recuerda a El¨ªas luego de nuestro encuentro. ?Ser¨¢ que los dragones son todos reservados? Inquieta, camin¨® hacia ¨¦l, sin pensar previamente de qu¨¦ manera iniciar el di¨¢logo. Estando a unos pasos de distancia, descubri¨® que Raito ten¨ªa la mirada perdida en las tranquilas aguas, en los peces nadando. Esper¨® unos momentos, tiempo que le sirvi¨® para reunir valor. ¡ªNi lo intentes ¡ªla fren¨®. ¡ª?Intentar qu¨¦? ¡ªpregunt¨® sorprendida. ¡ªHablar conmigo. Naila quiso volver a intentar, pero temi¨® alterar al sereno drag¨®n, as¨ª que simplemente se sent¨® a un lado, compartiendo el mismo tronco. Una familia de zorros arrib¨® para beber agua del arroyo, despu¨¦s varios p¨¢jaros volaron sobre las copas de los ¨¢rboles, arrojando sus porquer¨ªas sobre la espalda de Raito, y m¨¢s tarde algunas ardillas juguetearon con los largos rizos de Naila. ¡ª?Podr¨ªas parar ya? ¡ªpidi¨® Raito frunciendo el ce?o. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªA los animales, deja de atraerlos. Y si no es mucho pedir, deja de atraer problemas. ¡ª?Lo dices por el ¨¢rbol maldito? Raito la mir¨® de reojo, Naila no apartaba los ojos de ¨¦l, ojos rosados e inofensivos que lo sacaban de quicio. Era inaudito que tuviera que tomar la decisi¨®n de movilizarse para salvarla, cuando nunca se vio forzado a hacer algo as¨ª por una criatura como ella. Fijar el objetivo y destruirlo, era todo lo que le hab¨ªan ense?ado. ¡ªAhora que podemos hablar, quer¨ªa preguntarte, ?c¨®mo me encontraste? Estaba bajo tierra. ¡ªTus hermanos me guiaron, pero eso no importa. Ser¨¢ la ¨²ltima vez que interfiera, tenlo en mente. Naila sonri¨®, era la primera ocasi¨®n que lo escuchaba referirse a Nona, Toto y Lul¨² como sus hermanos, y no denomin¨¢ndolos ratas. ¡ª?Por qu¨¦ vuelves a sonre¨ªr? ¡ªnot¨® Raito, haciendo que se esfumara la sonrisa en Naila, reemplaz¨¢ndola con una expresi¨®n de confusi¨®n. ¡ª?Lo hice? Raito recogi¨® una piedra y la lanz¨® al agua, dando de lleno a un pez. Este flot¨® en la superficie. ¡ªTr¨¢elo ¡ªorden¨® se?alando al pez ya muerto. ¡ª?Por qu¨¦? T¨² est¨¢s m¨¢s cerca. ¡ªNo olvides cu¨¢l es tu lugar ¡ªle record¨® enviando una mirada fulminante. Naila buf¨®, pero obedeci¨®. Apenada por la muerte del animal, avanz¨® con sus pies descalzos. El agua le llegaba a las rodillas. Lo recogi¨®, era resbaladizo. Raito aspir¨® aire, para despu¨¦s liberar llamas rojas, envolviendo al pez en el acto. La mujer reaccion¨® al calor abrasador y lo solt¨®. ¡ªHay una creencia entre los dragones negros. Solo es una creencia porque no tenemos contacto con otras criaturas para confirmarlo ¡ªempez¨® diciendo Raito¡ª. Las llamas reaccionan al miedo, lastiman a quienes les temen. Son incomprendidas y eso les molesta. ¡ªPero¡­ las llamas no tienen vida propia ¡ªobjet¨® Naila. ¡ªConservan la vida, es casi lo mismo para nosotros. ?O acaso el fuego no te mantiene abrigada en la noche, cocina tus alimentos y te protege de los peligros de estar en la intemperie? Naila agach¨® la cabeza y observ¨® la palma de su mano, la que hace unos momentos sostuvo al pez. Reflexion¨® sobre lo dicho por Raito, seguramente sea la manera en la que un drag¨®n ve¨ªa las llamas que surgen de su cuerpo, como seres vivos que los ayudan a derrotar a sus enemigos y sobrevivir. Raito tom¨® otra piedra y sin levantarse la lanz¨® para que impactara en otro pez. Lo logr¨®, Naila no necesit¨® que le ordenara, lo tom¨® (esta vez con ambas manos). Ten¨ªa un agujero donde escapaba la sangre. Era impactante de ver para alguien que amaba a los animales, sin embargo se mantuvo firme, comprendiendo que para individuos como Raito, la muerte les brindaba vida. Se avecin¨® una nueva llamarada, Naila cerr¨® los ojos, pensando en las llamas como protectoras. Muchas noches acudi¨® a ellas para sobrevivir al fr¨ªo, para ahuyentar a los depredadores mientras dorm¨ªa con sus hermanos. ¡ªYo las entiendo ¡ªles dijo, pero al tocarlas, el calor despert¨® sus nervios y la oblig¨® a retroceder. Raito infiri¨® que era demasiado para ella, el fuego seguir¨ªa lastim¨¢ndola. ¡ªOlvida lo que dije. No entiendo por qu¨¦ quise comprobarlo. El fuego es odiado y los portadores de ¨¦l tambi¨¦n. ¡ªSe levant¨®, desganado. Naila se desesper¨® por retenerlo, no s¨®lo percib¨ªa rabia en el drag¨®n ca¨ªdo, sino una profunda tristeza que acababa de manifestarse. ¡ª?Espera!¡­ Anoche escuch¨¦ en Advaland sobre la derrota de otros dragones como t¨². ?Quiere decir que no viniste solo? Raito volte¨®, interesado. ¡ª?Qu¨¦ sabes al respecto? ¡ªEscuch¨¦ que fueron vencidos. Significa que est¨¢n¡­ ¡ªVencidos no significa muertos. Se necesita mucho poder para asesinar dragones negros. Adem¨¢s, ellos¡­ no se dejar¨ªan matar tan f¨¢cilmente. La frustraci¨®n se reflej¨® en el rostro de Raito. Sus recuerdos eran confusos. Raneri siendo estrangulada por el capit¨¢n, esa sola imagen no alcanzaba para esclarecer sus dudas. ?Hizo algo para salvarla? ?Rakuzen y Rian Chu intervinieron? Deb¨ªa hallar las respuestas. Present¨ªa en lo profundo de s¨ª que las encontrar¨ªa en el castillo. De pronto, un arbusto se movi¨® a sus espaldas, Raito envi¨® una llamarada para matar, antes de descubrir qui¨¦n o qu¨¦ cosa generaba el movimiento. Una mano humana atraves¨® el fuego rojo, quemada, la v¨ªctima no tuvo tiempo de gritar de dolor. Naila corri¨® a socorrerlo, se trataba de un anciano, un campesino que estaba recolectando bayas en el bosque. Proteger su secreto requer¨ªa de sacrificios. Fue all¨ª, con la imagen perturbadora de la muerte por fuego, cuando Naila por fin lo entendi¨®. Los guardias encerraron a Megoz en el calabozo del castillo. Era conocido como uno de los magos m¨¢s importantes del antiguo gremio de los Clefios. Para esta sociedad rechazada por la totalidad de los reinos gobernados por humanos, Megoz era descendiente del creador del primer drag¨®n. A pesar de que el inicio de los dragones era incierto, los miembros del gremio cre¨ªan fielmente en que un humano los hab¨ªa creado. Megoz era tan antiguo como el reino de Advaland, por m¨¢s que muchos desmintieran este hecho, asegurando que el nombre de Megoz era lo ¨²nico que permanec¨ªa vivo, y que los magos lo adoptaban para mantener su legado a trav¨¦s del tiempo. Lo cierto era que ese nombre infund¨ªa temor en quien lo o¨ªa. Se dice que hab¨ªa sido sorprendido en extra?os rituales en cuevas, rodeado de sombras alargadas, hombres con cabezas de cabras, mujeres con colas de reptiles y abominaciones que nac¨ªan de la tierra llorando igual a beb¨¦s. Distintas leyes intentaron juzgarlo, algunas quem¨¢ndolo en la hoguera, otras cort¨¢ndole la cabeza en la guillotina, colg¨¢ndolo, pero nada result¨®. Su poder parec¨ªa no ser de ese mundo. Lo encerraron en una celda aislada, rodeada de barrotes resistentes, de grueso hierro del sur, lugar donde el fr¨ªo pod¨ªa quebrar cualquier cosa. Megara orden¨® a los guardias que abandonaran el sector, que se ocuparan de otros prisioneros, porque Megoz pas¨® a ser de su propiedad. El mago se sent¨® en el suelo. A un lado ten¨ªa un plato de estofado reci¨¦n preparado y un barril de vino. Todav¨ªa conservaba la mitad de una t¨²nica gris que le cubr¨ªa por encima de las rodillas. Le faltaba una pierna. Estaba descalzo, ten¨ªa la melena casta?a enmara?ada y una larga barba con trenzas. Sus ojos permanec¨ªan escondidos detr¨¢s de los mechones despeinados, sin embargo se lograba diferenciar un tono descolorido, entre el gris y el verde. ¡ªEs un honor tenerlo aqu¨ª, gran mago. ¡ªSe reverenci¨® Megara. Megoz no respondi¨®, se limit¨® a mirarla, sin mostrar ni una pizca de emoci¨®n, tristeza o enojo. ¡ªMe disculpo por la rudeza de mi hermano y su ej¨¦rcito. ¡ªUn esclavo nunca podr¨ªa tener un ej¨¦rcito ¡ªhabl¨® Megoz. La palabra ¡°esclavo¡± estaba prohibida para dirigirse a los hermanos Liapsis. Despu¨¦s de que se volvi¨® reina, mandaba a cortarle la lengua a cualquiera que mencionara que una vez fueron esclavos. Empirio le suger¨ªa con frecuencia que no actuara con imprudencia, ya que esto solo demostraba que ocultaba algo. Generar desconfianza en su pueblo la perjudicar¨ªa con el tiempo. Existi¨® un rey en la antig¨¹edad, que muri¨® en manos de los ciudadanos. Lo ejecutaron en la guillotina, y repartieron su carne como alimento para los jabal¨ªes. Por cientos de amaneceres, se lo llam¨® "el rey mierda de cerdo." ¡ªMe expres¨¦ mal. El ej¨¦rcito le pertenece a mi amado esposo, el rey Empirio Virtanen, hombre que me hizo reina. Respeto su trabajo, la inmortalidad que ha conseguido. ¡ª?Qui¨¦n afirm¨® esa tonter¨ªa de que soy inmortal? ¡ªMegoz sigui¨® mostr¨¢ndose desafiante hacia Megara, como si conociera sus debilidades y los comentarios que la incomodar¨ªan. ¡ªAfirman muchas cosas sobre usted, yo decido qu¨¦ creer. Megoz call¨®, levant¨® el brazo y lo estrell¨® contra el suelo, aplastando a un par de ratas que planeaban arrebatarle su alimento. Megara conoc¨ªa el interior de incontables criaturas, por lo que no le desagrad¨® verlo. ¡ªPara ser una reina, te falta finura ¡ªcoment¨®. ¡ªSoy una reina fuera de lo com¨²n. Le propongo ser mi maestro, trabajar juntos para generar riqueza. Con riqueza me refiero al conocimiento, a la magia que tanto nos han prohibido practicar. ¡ª?Trabajar juntos o trabajar para ti? S¨¦ clara, esclava que pretende ser reina. Megara se aproxim¨® a los barrotes, seria. ¡ªEstoy muy cerca de crear un drag¨®n a partir de un humano. He logrado que la cabeza y los brazos adopten la forma de uno, pero necesito saber m¨¢s, develar el secreto para que crezca del tama?o correcto, que despliegue sus alas y lance fuego rojo. ¡ª?Quieres crear un drag¨®n negro? ?Por qu¨¦ uno as¨ª cuando un plateado est¨¢ al servicio de Advaland? La reina no quiso decirlo, pero sincerarse con el maestro que siempre dese¨® era la salida para conquistar su confianza. ¡ªLos dragones negros superan a los plateados. ¡ªEn otras palabras, lo que buscas es dominar el poder de los dragones negros. ¡ªS¨ª. El nivel m¨¢ximo de las artes oscuras. Megoz reconoci¨® que la esclava era habilidosa. Hab¨ªa hecho un avance abismal en su investigaci¨®n. Un empuj¨®n m¨¢s y lograr¨ªa su prop¨®sito. ¡ªNo tiene que darme su respuesta ahora. Medite en la noche y ma?ana vendr¨¦ a verlo. El¨ªas visit¨® la colina detr¨¢s del castillo, sitio que albergaba los restos de Diana. En Advaland se sol¨ªa quemar a los muertos, pero las llamas amaban a la reina, as¨ª que Empirio tuvo que dar la orden de enterrarla. Con el tiempo, en la colina creci¨® un ¨¢rbol, en el que (en determinadas ¨¦pocas del a?o) florec¨ªan flores celestes, el mismo color de las rosas que adornaban los vestidos de la dragona. Se sent¨® a los pies del ¨¢rbol a observar el paisaje. Seg¨²n sus creencias, los dragones volv¨ªan a la tierra y volv¨ªan a surgir de ella, por lo que Diana segu¨ªa viviendo all¨ª, en las flores, en las ramas, en la nueva vida que naci¨® con sus restos. ¡ªHe vuelto a verla, madre. No ha cambiado mucho de la Naila que conociste. Sigue siendo descuidada, tenaz, y su sonrisa contin¨²a cautiv¨¢ndome¡­ es como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros ¡ªcomenz¨® diciendo, mirando las flores caer sobre el pasto¡ª. Lo he mencionado antes, todas las veces que intento perforar mi dura piel y atravesar mi indestructible coraz¨®n. Vivir para cumplir con el prop¨®sito de alguien m¨¢s¡­ no es vivir para m¨ª. El¨ªas lamentaba no compartir el mismo inter¨¦s que el resto de los suyos, en servir y proteger a un rey, por m¨¢s que se esforzaba, matar para Empirio era un completo martirio. ¡ªLos dragones plateados nos enga?amos, queremos creer que la destrucci¨®n que generamos puede ser perdonada, por el simple hecho de ser los humanos quienes la inician. ?A qu¨¦ le tenemos miedo? ?Qu¨¦ podr¨ªa juzgarnos? ¡ªse pregunt¨®, dudando, pensando en la cantidad de v¨ªctimas que se agregaban a su lista a diario¡ª. Si tan solo pudiera huir. Se lo propondr¨ªa a Naila, viajar¨ªamos juntos buscando un lugar al cual pertenecer. No corr¨ªa peligro en so?ar, en imaginarlo, nadie le¨ªa su pensamiento como para sospechar que ese realmente era su deseo. Movi¨® la cabeza atr¨¢s, recost¨¢ndose al tronco del ¨¢rbol. ¡ªEstoy enloqueciendo. Diciendo esta clase de cosas sin miedo a que alguien me escuche ¡ªsusurr¨® cerrando los ojos. No hab¨ªa podido descansar en la noche, por perseguir a su amiga y regresar a sus aposentos al amanecer. Estaba acostumbrado a dormir con su espada en mano, para defenderse de cualquier ataque fuera del castillo, y con una daga debajo de la almohada en su habitaci¨®n, por si el enemigo se infiltraba, sin embargo, la espada reposaba en el suelo, lejos de su portador. Para El¨ªas, la tumba de Diana era el ¨²nico lugar para reflexionar y sentirse en paz. El atacante sab¨ªa muy bien que la memoria de la difunta reina de Advaland era sagrada para el pueblo, profanar ese espacio, derramar sangre en ¨¦l, era considerado un delito. Pero lo ¨²ltimo que le interesaba, era la memoria de una mujer que casi ni recordaba. El hombre desenfund¨® la espada y aprovech¨® la oportunidad. Cap铆tulo 10 Llamas rojas Cap¨ªtulo 10 Llamas rojas El¨ªas sujet¨® la punta de la espada, antes de que esta pudiera perforarle el coraz¨®n. Abri¨® los ojos, lo primero que visualiz¨®, fue el color inusual en la hoja. Era oscura y reflejaba las im¨¢genes de su alrededor en tonos rojizos. Lo segundo, fue a Claus empu?ando esa extra?a espada, con una sonrisa dibujada en su rostro. ¡ªNo esper¨¦ hallarlo dormido en la tumba de la reina Diana ¡ªmanifest¨® moviendo la espada hacia atr¨¢s. Tras hacerlo, un hilo de sangre corri¨® por la palma de la mano de El¨ªas. El capit¨¢n observ¨® la herida abierta. No pod¨ªa ser otro material m¨¢s que las escamas de los dragones negros, fundidas con el acero m¨¢s resistente. ¡ªHermosa, ?no? Acaba de salir de la herrer¨ªa ¡ªdijo el joven guard¨¢ndola de nuevo en su funda. ¡ªTe agrada desafiar a la autoridad ¡ªhabl¨® El¨ªas cerrando el pu?o¡ª. Una hoja que me haga sangrar no ser¨¢ suficiente. ¡ªLo s¨¦. ¡ªClaus ofreci¨® su mano para ayudarlo a ponerse de pie, pero El¨ªas lo rechaz¨® y lo hizo por su propia cuenta. ¡ª?Qu¨¦ quieres? ¡ªMi cu?ado organizar¨¢ un torneo en honor a las nuevas conquistas. Ahora que forjar¨¢n espadas con escamas de dragones negros, me emociona saber si estar¨¢ dispuesto a participar. El¨ªas recogi¨® su espada del suelo, la ajust¨® en su cintur¨®n y aclar¨®: ¡ªLas actividades que puedo compartir con los caballeros son muy pocas. Los torneos no son parte de ellas. ¡ªEstaba prohibido para usted por su identidad como drag¨®n plateado, pero no creo que sea un problema. Si sangra, el pueblo lo ver¨¢. ¡ªNo me interesa ¡ªrespondi¨® iniciando la marcha. No quer¨ªa perder m¨¢s tiempo con el hermano de la reina, y su obsesi¨®n con derrotarlo. Desde que se conocieron, El¨ªas hab¨ªa sido una especie de ejemplo a seguir, un guerrero con conocimientos y destrezas que variaban entre la esgrima, el combate cuerpo a cuerpo y la arquer¨ªa. ¡ªLo comprendo, debe estar muy ocupado en otros asuntos que no involucran el entretenimiento¡­ como la b¨²squeda del drag¨®n perdido. De solo mencionarlo, a El¨ªas le hirvi¨® la sangre. Le recordaba el fracaso. ¡ª?Cu¨¢l de los cuatro escap¨®? ?El obeso? ?La chica? No, no¡­ tal vez sea el del cabello largo. Megara me explic¨®, es parte de la cultura de los dragones negros, dejar crecer su cabello hasta que son derrotados. Apuesto todo el oro que tengo a que se trata de ese. ¡ªAcertaste. Ya sabes c¨®mo luce, por si lo ves mientras fornicas con las criaturas del bosque. Claus se enfureci¨® por el comentario. Estaba comprometido con una mujer noble de buena posici¨®n, sin embargo, ten¨ªa muchos hijos bastardos dentro y fuera del reino. Algunos aniquilados por sus fieles compa?eros, comprados por el oro que pose¨ªa como familiar de la reina, otros, muertos bajo su propia mano. El¨ªas conoc¨ªa sus secretos, Claus era un soldado m¨¢s de la Guardia Real. En sus traves¨ªas juntos, lo hab¨ªa visto hacerlo con cualquier criatura que se asemejara a una mujer. Dej¨¢ndolo sin palabras para defenderse de la insinuaci¨®n, regres¨® al castillo transitando por un camino de piedras, pensando en lo descuidado que fue al dormitar en aquel lugar. En realidad, no exist¨ªa sitio para descansar, hab¨ªa enemigos en todas partes esperando a que cometiera un error. Naila descans¨® en su antigua cama, la que ocup¨® Raito durante su recuperaci¨®n, mientras ¨¦l se concentraba en interpretar el mapa que ella le consigui¨® del reino, sacrificando monedas destinadas para comprar vegetales. Su hermano, Rakuzen, era el encargado de leer mapas, aprender los diferentes idiomas del continente para actuar como traductor, y estudiar la cultura y costumbres de cada regi¨®n, por lo que le cost¨® interpretarlo. El castillo se ubicaba al final de la ciudad principal, en una zona elevada. Para alcanzarlo deb¨ªa recorrer el largo de Advaland, o rodear las murallas cruzando el r¨ªo repleto de cocodrilos, trepar los alt¨ªsimos muros hasta arribar a la ventana m¨¢s baja de una de las torres. Cualquiera de las dos opciones era arriesgada. Los soldados estar¨ªan dispersos cubriendo las torres, custodiando el pueblo. Y el detalle m¨¢s importante, el drag¨®n plateado se presentar¨ªa para terminar el trabajo. Deseaba recuperar su capacidad de transformarse en drag¨®n y quemar el condenado reino, pero no era momento de desear lo que no pod¨ªa comprender. Ten¨ªa que pensar c¨®mo proceder, hacer lo que otros hac¨ªan en su lugar. Destruir un ¨¢rbol maldito, le sirvi¨® para entender el ambiente que lo rodeaba, incluso la vegetaci¨®n del lugar buscaba alimento en quienes pasaban. Mir¨® atr¨¢s, Naila dorm¨ªa pl¨¢cidamente. Sus quemaduras y los cortes de las ra¨ªces, se curaban poco a poco. Vivir con ella tambi¨¦n le brind¨® informaci¨®n sobre la raza de los conejos. F¨ªsicamente eran m¨¢s fuertes que los humanos y sus heridas se cerraban m¨¢s r¨¢pido. Esto ¨²ltimo calm¨® su preocupaci¨®n. A pesar de ser un drag¨®n negro, desinteresado en las dem¨¢s especies como todos los suyos, no pod¨ªa fingir total desinter¨¦s. Naila le salv¨® la vida y lo cuid¨® cuando lo necesitaba. Toto, Lul¨² y Nona, se subieron a la mesa donde estaba apoyado el mapa. No eran buenos conocedores del reino, solo Nona tuvo la oportunidad de recorrerlo, pero trataron de ayudarlo. Toto puso la patita sobre la palabra ¡°mercado¡± ¡ª?Qu¨¦ hay en el mercado? ¡ªpregunt¨® Raito. Toto se esforz¨® por hacerse entender, pero Raito no logr¨® captar el mensaje. ¡ªDice que durante el d¨ªa el mercado est¨¢ repleto de personas ¡ªexplic¨® Naila, somnolienta. ¡ªLos dragones negros preferimos no movilizarnos de d¨ªa. Nona se sum¨® a la conversaci¨®n, aunque de los dos, solo Naila la oy¨®. ¡ªDice que durante la noche el pueblo est¨¢ repleto de ebrios violentos. Baj¨® los pies de la cama, ten¨ªa las orejas ca¨ªdas, las que se camuflaban con su cabellera clara, y el cansancio de alguien que no durmi¨® lo suficiente. Raito tom¨® una zanahoria del cesto que utiliz¨® para recogerlas, y se la lanz¨®. Naila la atrap¨®, confundida. No recordaba haber comprado vegetales. ¡ª?De d¨®nde la sacaste? ¡ªpregunt¨® observando el tama?o de la zanahoria, los restos de tierra en ella. ¡ªLe rob¨¦ unas cuantas a un campesino ¡ªcontest¨® sin remordimientos. Tomar algo que no le pertenec¨ªa, no consideraba que fuera un motivo para ser juzgado, siempre y cuando otro lo necesite con mayor urgencia. Naila trabaj¨® toda la noche, estuvo cavando bajo tierra y fue atacada. Necesitaba recobrar energ¨ªas. La mujer mir¨® a sus hermanos, enojada. Intu¨ªa que Raito no era el ¨²nico involucrado en el crimen, como gu¨ªas que resultaron ser, era probable que hubieran participado. Los animales escaparon, lo cual increment¨® su grado de culpabilidad. ¡ª??A d¨®nde van?! ?Regresen! ¡ªD¨¦jalos. Saben que no me sirves estando d¨¦bil ¡ªel hombre le record¨® de nuevo su prop¨®sito. Ahora le serv¨ªa, no para cumplir con la tradici¨®n, sino para sobrevivir. Naila se levant¨®, camin¨® hacia ¨¦l, se sent¨® en una silla a su lado y revisando el mapa coment¨®: ¡ªAdvaland es uno de los reinos m¨¢s poblados. Y no solo eso, comerciantes y extranjeros llegan en cualquier momento del d¨ªa y de la noche. ¡ªCuando los dragones planeamos invadir un territorio extenso y con gran concentraci¨®n de personas, basta con volar sobre ellos lanzando fuego. Pero en esta situaci¨®n no es la soluci¨®n. Soy incapaz de transformarme. La joven se enter¨® de una importante verdad, posiblemente la verdad que m¨¢s la beneficiar¨ªa, sin embargo, Raito le hab¨ªa demostrado que era peligroso sin necesidad de volverse una enorme criatura con escamas y alas. Observ¨® la frustraci¨®n en el hu¨¦sped, le hab¨ªan arrebatado parte de su ser, junto con sus compa?eros. Algo similar le ocurri¨® al perder a su familia, su hogar y a todos los que conoc¨ªa en la aldea. ¡ªNo puedes pensar como un drag¨®n. Velo desde otra perspectiva. El razonamiento de la mujer lo dej¨® pensativo. ?Qu¨¦ ve¨ªa desde el cielo al atacar? ?C¨®mo reaccionaban las personas al enfrentar el ataque de un drag¨®n? La respuesta era sencilla, corr¨ªan, escapaban de la muerte. Si cambiaba su perspectiva, y en lugar de volar estaba en su forma humana pisando el mismo suelo, todo a su alrededor ser¨ªa un caos. No tendr¨ªa tiempo de pensar en nada m¨¢s que huir. ¡ªUna distracci¨®n. Necesito una distracci¨®n¡­ un peligro mayor que mantenga a los humanos ocupados. Un latido fuerte azot¨® a Naila. Apret¨® su pecho, sent¨ªa como si algo quisiera escapar, sab¨ªa exactamente de qui¨¦n se trataba. ?Es ella ¡ªpens¨®¡ª. Quiere mi cuerpo, vivir mi vida, decidir por m¨ª.? ¡ª?Qu¨¦ te sucede? ¡ªEl drag¨®n la not¨® agitada. ¡ªEstoy bien. ¡ªAlim¨¦ntate y descansa. Es una orden. La mujer obedeci¨® sin protestar, volvi¨® a acostarse en la cama. Raito dej¨® el mapa sobre la mesa y se dirigi¨® hacia los conejos. ¡ªT¨² me acompa?as a recorrer la zona. Ustedes dos se quedan con ella. Al igual que Naila, al repartir las tareas entre sus hermanos, Raito las design¨® reconociendo cu¨¢l de los conejos era el m¨¢s atento a los peligros. Lul¨², la de pelaje de color crema, subi¨® a su hombro derecho, lista para contribuir con sus objetivos. Segu¨ªan siendo rehenes, sin embargo, paulatinamente se convert¨ªan en aliados. Atacar Advaland no le parec¨ªa del todo descabellado. En el pasado, cuando caminaba con dos piernas, de los tres era la hermana con el fuerte sentido de la justicia. Para Lul¨², los criminales deb¨ªan recibir su condena. Advaland estaba lleno de criminales: esclavistas, violadores y asesinos, aquellos que participaron en la exterminaci¨®n y esclavizaci¨®n masiva de su pueblo. The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. Todav¨ªa o¨ªa los gritos de sus parientes, vecinos y compa?eros torturados en el calabozo. Ve¨ªa las espantosas im¨¢genes al cerrar los ojos e intentar dormir. Los hombres conejos trabajaban creando nuevas prisiones, catapultas y ballestas gigantes. Las mujeres como ella, eran mucamas de los nobles, otras prostitutas de los adinerados con preferencias especiales. Lo peor de todo, era el destino de los ni?os y ancianos, ser comidos por las jaur¨ªas de perros de la familia Virtanen. Si la venganza del drag¨®n negro le serv¨ªa para volver a tener pac¨ªficas noches de sue?os agradables, lo apoyar¨ªa sin importar la postura de sus hermanos. Los nuevos compa?eros de viaje recorrieron el Bosque Carmes¨ª. No hallaron nada fuera de lo habitual. De regreso, Lul¨² movi¨® las orejas al escuchar el relinchar de los caballos, las ruedas de las carretas y las firmes pisadas de caballeros vistiendo pesadas armaduras. Raito, alertado con el movimiento de la coneja, pregunt¨®: ¡ª?Viste algo? Lul¨² apunt¨® con una pata delantera hacia su izquierda, Raito camin¨® en esa direcci¨®n, pudiendo descubrir el origen de los sonidos. Se ocult¨® detr¨¢s de los arbustos. Era una caravana de guerreros portando estandartes del reino de Advaland. Algunos de ellos acarreaban en camillas construidas con troncos, a los heridos y muertos. Un buen n¨²mero caminaba con caras de agotamiento quemadas por el potente sol del norte, sucios de sangre y tierra. La minor¨ªa cabalgaba delante, a¨²n con sus yelmos puestos, resistiendo las altas temperaturas del mediod¨ªa, orgullosos de acabar montados en sus caballos y en una pieza. Hab¨ªa soldados de armadura plateada, mercenarios de cuerpos robustos cubiertos de cicatrices. Los cojos iban al medio. De vez en cuando uno ca¨ªa y era dejado atr¨¢s. Nadie quer¨ªa frenar la marcha, porque cuando llegaba la noche los peligros aumentaban. ¡ªEs¡­ ?El camino real? ¡ªdud¨® Raito, observando el sendero amarillento por el que circulaban. Record¨® levemente que, junto a sus hermanos dragones, marcharon por un camino similar en su trayecto hacia Monta?as de Gigantes, para cumplir con la misi¨®n que Empirio les encomend¨®. Un hombre cay¨® a la vista de Raito, no llevaba yelmo, apenas una pechera agrietada y la cota de malla ensangrentada con su propia sangre. Visualiz¨® sus ojos abiertos, secos. Ten¨ªa el rostro hundido y los labios arrugados. La traves¨ªa a los desiertos, para la posterior invasi¨®n a Marratech, fue un infierno para todos. Se toparon con monstruos que emerg¨ªan de las dunas, como si fueran criaturas marinas saliendo de las olas. Tambi¨¦n tormentas que cegaban y tragaban. Cien hombres de los mil quinientos que partieron, se instalaron en Marratech, para controlar a la poblaci¨®n humana que sobrevivi¨® a la invasi¨®n, y comenzar a poblar el nuevo reino. El matrimonio del rey Hassan era reciente. La reina Amai, una mujer serpiente, no pod¨ªa darle un heredero, sin embargo hallaron durmiendo en una cuna en el dormitorio principal custodiado por guardias, al beb¨¦ que cumplir¨ªa el papel de sucesor. Su muerte puso fin a la historia corta de Marratech. ?Vienen de la guerra?, pens¨® Raito. Era la primera vez que pensaba en los humanos como guerreros, y no como simples insectos entorpeciendo su camino. Ahora que no pod¨ªa transformarse en drag¨®n, era igual a ellos, apoy¨¢ndose en los dem¨¢s para crear una fuerza que pudiera concretar sus haza?as. Lul¨² jal¨® del largo cabello de Raito y le se?al¨® a dos heridos que hab¨ªan quedado por el camino. A uno le faltaba una pierna, el tronco que utilizaba para ayudarse a avanzar se rompi¨®. El segundo estaba tuerto de un ojo, desorientado y aturdido, posiblemente traumatizado por las experiencias vividas. ¡ªDejarlos con vida, es un riesgo que no estoy dispuesto a correr. Pueden acabar en la casa pidiendo ayuda. Lul¨² asisti¨® con la cabeza, Raito comenzaba a interpretar las se?ales de los conejos m¨¢s r¨¢pido de lo esperado. Crey¨® con seguridad que aquellos hombres participaron del exterminio de conejos, por lo que usar al drag¨®n para eliminarlos reforzar¨ªa su concepto de justicia. Aguardaron a que el grupo se alejara para salir del escondite. Tras hacerlo, la cara de una Fedrea se form¨® en el tronco de un ¨¢rbol. Era la misma que lo descubri¨® con Naila, despu¨¦s de que ambos escaparan del t¨²nel. La coneja volte¨® a tiempo para descubrir a la criatura encapuchada tomar su verdadera forma para atacarlos. Jal¨® de nuevo el cabello de su compa?ero. Raito reaccion¨®, la Fedrea se le vino encima y acert¨® un zarpazo en su espalda descubierta. A pesar de las filosas garras, solo logr¨® provocarle un rasgu?o. Como afirm¨® Raito, se necesitaba mucho poder para matar a un drag¨®n negro. ¡ª?Otra vez t¨²? ¡ªpregunt¨® el hombre, confundi¨¦ndola con su hermana Fedrea. Estas compart¨ªan las mismas caracter¨ªsticas f¨ªsicas, lo ¨²nico que las diferenciaba eran las canas que crec¨ªan cuando culminaba su ciclo de vida. La atacante era igual de espantosa que las dem¨¢s, sin embargo era joven, de cabello enrulado y verdoso, con un ojo grande de iris amarillo. ¡ªMe confundes. Asesinaste a una de mis hermanas. ?Yo soy quien te descubri¨® con esa coneja! ?Aunque me mates, divulgu¨¦ la informaci¨®n de tu paradero! ?Tarde o temprano el amo El¨ªas vendr¨¢ por ti! Nuevamente lo atac¨®, esta vez con mayor agilidad, enviando cuatro zarpazos alternando brazos. Raito la esquiv¨® retrocediendo. Era peque?a, del tama?o de un ni?o humano, pero daba saltos que alcanzaban su estatura. Lul¨² se aferr¨® al hombro de Raito, evitando caer por los bruscos movimientos. Si sus o¨ªdos no la enga?aban, escuch¨® que esa extra?a criatura los descubri¨®, lo cual significaba que si no mor¨ªa, estar¨ªan condenados. Impulsada por el temor de que su venganza se viera afectada, salt¨® hacia la Fedrea. Con el d¨¦bil cuerpo de un animal del bosque fue blanco f¨¢cil. Las garras del enemigo rasgaron su pelaje, luego su interior. Lul¨² fue lanzada hacia los arbustos, Raito la vio volar dejando un rastro de sangre en el aire. R¨¢pidamente corri¨® para atraparla. La Fedrea aprovech¨® el desliz del drag¨®n, form¨® parte del suelo lodoso y se desliz¨® hasta alcanzar el pie de Raito. Clav¨® las garras en ¨¦l. El hombre sinti¨® un dolor que jam¨¢s hab¨ªa experimentado en su indestructible cuerpo. No estaba bien, nada de lo que estaba ocurriendo estaba bien. Las Fedreas, esas criaturas le arrebataron su otra mitad y actualmente sent¨ªa en carne propia, el ser da?ado por una. Alarg¨® los colmillos, el aura rojiza regres¨®, convirtiendo en cenizas las hojas de los arbustos a su alrededor. Lul¨² abri¨® los ojos, estaba sangrando y temblaba por el repentino fr¨ªo que le hel¨® la piel debajo del pelaje extra¨ªdo. Record¨® a su madre muerta en una celda, a Nona encadenada. Se record¨® sosteniendo el l¨¢tigo en su mano temblorosa, el sentimiento de culpa y enojo por haberla azotado¡­ record¨® que negarse era motivo de castigo. Solo eso pod¨ªa rememorar, los momentos felices con su familia en su querida aldea, hab¨ªan quedado tan atr¨¢s, que ni siquiera los asociaba con sue?os, de esos que es dif¨ªcil explicar despu¨¦s de despertar. Crey¨® que morir¨ªa como un est¨²pido animal. Su vida no tuvo sentido, ?por qu¨¦ su muerte lo tendr¨ªa? Cerr¨® los ojos para esperar lo inevitable, pero Naila no estaba de acuerdo con los designios de la muerte. La recogi¨® de entre las hojas que quedaban intactas y la abraz¨® contra su pecho. ¡ªEstar¨¢s bien, lo prometo ¡ªsusurr¨®, para despu¨¦s aplastar la cabeza de la Fedrea con su pie. Raito fue testigo del suceso, primero, Naila la noque¨® con una poderosa patada, mientras ¨¦l concentraba su aura rojiza para hacerla explotar. Luego de eso, puso su pie sobre la cabeza y con ternura contuvo a su hermanita, antes de darle una r¨¢pida muerte a la agresora. Agotada, cay¨® sobre sus rodillas. Acun¨® a Lul¨² entre sus brazos. Sab¨ªa que no contaba con las herramientas para curarla. Los conejos eran fr¨¢giles. Por m¨¢s que Lul¨² no naci¨® siendo un peque?o animal, en su presente contaba con las caracter¨ªsticas de uno. Raito se acerc¨® a ellas y se arrodill¨®. ¡ª?Tu nombre es Naila? ¡ªpregunt¨®. La mujer lo mir¨®, los ojos vidriosos de l¨¢grimas reflejaban su imagen, gracias a ello, pudo ver su expresi¨®n al hablarle. Estaba mostrando pena. Naila asinti¨®. ¡ªNaila, es probable que no lo sepas, pero las llamas est¨¢n agradecidas contigo. Agradecen que les hayas dado otra oportunidad, agradecen que no las hayas abandonado en el bosque, apag¨¢ndose en la oscuridad ¡ªempez¨® diciendo Raito, al mismo tiempo que posaba su mano sobre el tajo abierto en Lul¨²¡ª. Lo s¨¦ porque ellas viven en m¨ª. Raito llam¨® a sus llamas hacia sus manos, y con ellas, cauteriz¨® la herida de la coneja. Naila observ¨® el danzar del fuego rojo, lo hermoso que se ve¨ªa cuando conservaba una vida. ¡ªPuedo verlas ¡ªsolloz¨®¡ª. De verdad est¨¢n vivas. El drag¨®n negro sonri¨®. Al acabar, Lul¨² movi¨® el hocico, segu¨ªa inconsciente, pero fuera de peligro. ¡ªMi nombre es Raito ¡ªse present¨® alejando la mano. ¡ªGracias, Raito. ¡ªSonri¨® Naila tomando la mano que se apartaba. Estaba caliente, pero no quemaba. Se hizo de noche en Advaland. La taberna de Jarol estuvo concurrida con los ¨²ltimos caballeros que arribaron desde Amsrott. Hubo motivos para festejar. La sobrepoblaci¨®n ya no era una preocupaci¨®n. Muy pronto podr¨ªan migrar a los nuevos territorios, Amsrott era uno de ellos. Tierras ricas para cultivar, paisajes hermosos, fauna de herb¨ªvoros, un lugar no muy extenso pero acogedor. A cualquier caballero le gustar¨ªa poblarlo, ya que tomaron muchos esclavos de all¨ª para que trabajaran como sirvientes. Jarol no aprobaba la esclavitud, fue cocinero para la familia real porque proven¨ªa de la clase media, fortuna que le sirvi¨® para no recibir azotes por sus errores, y obtener una buena paga en monedas de oro. Despu¨¦s de que Diana muri¨®, Megara se encarg¨® de despedir a quienes contrat¨®, para reemplazarlos con una nueva selecci¨®n de personal, entre tantos, un grupo numeroso de esclavos. Naila escuch¨® las escandalosas conversaciones de los soldados, mientras cocinaba una olla con restos de venado y patatas. Era frecuente el sonido de las jarras golpe¨¢ndose unas con otras, mesas derrumb¨¢ndose por peleas de ebrios y canciones desafinadas que narraban las incre¨ªbles batallas. Se asegur¨® de cerrar bien la puerta trasera de la cocina. Permanecer oculta de los humanos era prioridad, el ¨²nico requisito que Jarol le pidi¨® para contratarla, no obstante, un visitante se encarg¨® de abrirla con el uso excesivo de su fuerza. Desprendi¨® la puerta con una sola mano, acci¨®n que descubri¨® luego de ingresar. Se trataba de El¨ªas, conocedor de los trucos de Jarol para esconder a sus empleadas, e inmigrantes ilegales a los que proteg¨ªa a cambio de trabajo. ¡ª?Qu¨¦ haces aqu¨ª? ¡ªpregunt¨®, nerviosa, esforz¨¢ndose por no elevar el tono de voz. ¡ªSoy el capit¨¢n de la Guardia Real, no existe lugar donde se me proh¨ªba pasar ¡ªexplic¨®. Conservaba puesta la capa de seda verde que usaba habitualmente, con bordados dorados, inconfundible a la vista de los conocedores de la autoridad. ¡ª?Y si el rey envi¨® esp¨ªas para seguirte? No olvides que eres su preciado drag¨®n. ¡ªSi fuera su preciado drag¨®n me coronar¨ªa ¡ªbrome¨® con una sonrisa ir¨®nica¡ª. Despreoc¨²pate, el rey tiene asuntos m¨¢s importantes que atender. A Naila no le hizo gracia, tampoco crey¨® que fuera del todo cierto. Diana comenz¨® siendo la dragona protectora de Empirio, antes de que la escogiera como su reina. Sol¨ªa estar acompa?ada por caballeros, estuvieran cerca de ella o no. ¡ªTienes mi palabra de que nadie me sigui¨® ¡ªasegur¨® El¨ªas. Su tranquilidad no logr¨® convencerla. ¡ª?Por qu¨¦ viniste? Si Jarol entrara en cualquier momento y te viera¡­ Los temores de la mujer se hicieron reales. Jarol entr¨® a la cocina. ¡ª?T¨² eres¡­? ¡ªHa pasado tiempo, viejo ¡ªlo reconoci¨® El¨ªas. ¡ªNo deber¨ªa sorprenderme. ¡ªSuspir¨®¡ª. Tus hombres est¨¢n bebiendo, o te unes a ellos o te marchas. Tienes prohibido invadir mi cocina, sea por la raz¨®n que sea. ¡ªParece que el capit¨¢n de la Guardia Real no puede acceder a todos los lugares ¡ªcoment¨® Naila. ¡ªTe equivocas, derrumbar¨ªa esta taberna con un simple chasquido ¡ªpresumi¨®. ¡ªMe gustar¨ªa verlo, pero antes de que lo hagas, arregla mi maldita puerta ¡ªlo provoc¨® Jarol. Naila se interpuso entre los hombres. ¡ªTomar¨¦ mi descanso y llevar¨¦ al capit¨¢n bromista conmigo ¡ªpropuso quit¨¢ndose el delantal. ¡ªNo te ir¨¢s, eso es lo que ¨¦l quiere ¡ªdijo el due?o de la taberna¡ª. No es tu amigo, es tu enemigo. Te dir¨¢ que te extra?¨®, que nunca te sac¨® de su cabeza, te besar¨¢ y creer¨¢s todas sus mentiras. Cuando menos te lo esperes, sus hombres se abalanzar¨¢n sobre ti y te arrastrar¨¢n al calabozo del castillo. ¡ªEs un plan bastante elaborado ¡ªhabl¨® el rubio. Naila volte¨® hacia El¨ªas, bast¨® con una mirada para que no volviera a intervenir. ¡ªEntiendo que te preocupes por m¨ª. Estar¨¦ bien, s¨¦ cuidarme sola. Las palabras fueron simples, pero convincentes si eran dichas con una dulzura especial, que solo ella pose¨ªa. ?Niels, Iri¡­ su hija ha crecido. Desear¨ªa que siguiera siendo una ni?a para poder detenerla?, pens¨®, mientras la ve¨ªa partir. Cap铆tulo 11 Llamas azules Cap¨ªtulo 11 Llamas azules No todo era alegr¨ªa en Advaland por el triunfo en Amsrott y Marratech. Naila observ¨® a varios doctores enmascarados, cabalgando con prisa por los caminos reales hacia el castillo para atender a los heridos. Eran tiempos de guerra, la muerte estaba presente cada segundo. ¡ª?Por qu¨¦ nos dirigimos al bosque? ¡ªpregunt¨® caminando pasos atr¨¢s de El¨ªas. ¡ª?Recuerdas que cuando ¨¦ramos ni?os siempre me ped¨ªas que te llevara a dar un paseo? ¡ªhabl¨® sin detenerse. ¡ªS¨ª, me dec¨ªas que tu forma de drag¨®n no estaba destinada a complacer los caprichos de una ni?a ¡ªrespondi¨® con acierto. El¨ªas dud¨®. Gir¨® y mir¨¢ndola con ojos brillantes dijo: ¡ªHoy es la noche. Retrocede. Naila no entendi¨® a qu¨¦ se refer¨ªa, hasta que vio el cuerpo del hombre alumbrar con una intensa luz celeste. Se cubri¨® la vista para impedir que la hermosura de la transformaci¨®n de un drag¨®n plateado la cegara. Era todo un espect¨¢culo de ver, pero peligroso si no se conservaba una distancia segura. Las inmensas alas se abrieron cuidadosamente para que el viento no hiciera volar a la espectadora. Era enorme, la maravilla m¨¢s grande que hab¨ªa visto en su vida. Lo contempl¨® con los mismos ojos de la ni?a del pasado. El¨ªas se inclin¨®, ten¨ªa el cuello largo, as¨ª como las escamas en forma de p¨¦talos, relucientes y duras, igual que el diamante. ¡ª?No puedo creer que te hayas transformado en un drag¨®n! ¡ªexclam¨®, entusiasmada. El¨ªas tendi¨® la mano, invit¨¢ndola a subirse para dar el tan deseado paseo por las nubes. Naila acept¨®, salt¨® sobre la palma de la mano. El drag¨®n se enderez¨® y mir¨® el cielo. Era una hermosa noche estrellada, pero sab¨ªa que m¨¢s arriba la vista ser¨ªa mejor. Se impuls¨® y emprendi¨® el vuelo, alcanzando una altura superior al de las rocas gigantes expulsadas por las catapultas. Naila abraz¨® un dedo de El¨ªas, el viento era agresivo y la velocidad del drag¨®n aumentaba a medida que se adentraba entre las nubes. La luna parec¨ªa venirse encima, crey¨® que incluso ser¨ªa posible tocarla. Ya ni siquiera ve¨ªa el bosque, solo un piso de nubes, y estrellas por doquier, miles de ellas que adornaban el azulado cielo. ¡ªTodas las noches temo mirar el cielo ¡ªdijo, luego de que El¨ªas enlenteciera su vuelo, d¨¢ndole una oportunidad para sentarse, relajarse y disfrutar de la calma¡ª. S¨¦ que es mi tarea observar el tama?o de la luna, pero¡­ ¡ªCall¨®, se recost¨® y sigui¨®¡ª: Hoy, no tengo miedo de verla. El¨ªas dud¨®. El drag¨®n inclin¨® la cabeza, su amiga se ve¨ªa diminuta. Tem¨ªa lastimarla con solo intentar tocarle el cabello para sentirla. Tampoco pod¨ªa sonre¨ªrle como deseaba, hacerle entender que estaba feliz de haberla ayudado a vencer ese miedo com¨²n en su raza, por la maldici¨®n que tra¨ªa la luna llena. En cambio, Naila s¨ª pudo sonre¨ªr, en su caso, mostr¨¢ndole una sonrisa de agradecimiento. Viajaron hasta que El¨ªas decidi¨® que era suficiente. Un drag¨®n plateado era f¨¢cil de avistar de noche, no pretend¨ªa que su travesura dudara demasiado. Despu¨¦s de todo, estaba acompa?ado por una exiliada. Descendieron cerca de un acantilado. En tierra firme, Naila acomod¨® el pa?uelo sobre sus orejas, mientras el capit¨¢n regresaba a su forma humana. ¡ªGracias, El¨ªas, me has regalado hermosas vistas. ¡ªDirigi¨® la vista hacia el paisaje nocturno¡ª. Mira all¨¢, a lo lejos se pueden diferenciar las luces de las hadas del Bosque Encantado. Mam¨¢ dec¨ªa que las hadas se amontonan en los ¨¢rboles para iluminar el sendero de un viajero perdido. Son generosas en guiarlo hacia sus deseos. ¡ªSon capaces de enviar a un hombre desorientado hacia la boca de un hambriento monstruo, y as¨ª cumplir con el deseo de ese monstruo. Si lo ves desde ambas perspectivas, s¨ª son generosas ¡ªagreg¨® El¨ªas. ¡ªEso es mentira. Las hadas no alimentan a los monstruos. ¡ªSe molest¨®, volvi¨¦ndose hacia ¨¦l, descubriendo consigo la desnudez producto de la transformaci¨®n en drag¨®n¡ª. ??Por qu¨¦ est¨¢s desnudo?! ?C¨²brete! ¡ªAh, esto. ¡ªSe revis¨®¡ª. Es inc¨®modo llevar una muda de ropa extra. Era habitual que se mostrara libre de vestimenta despu¨¦s de cambiar de forma. Todo aquel que conoc¨ªa su identidad como drag¨®n plateado, sab¨ªa que acabar¨ªa as¨ª, por lo que no se esforzaba por cubrirse. ¡ª??Olvidas que soy una dama?! ¡ªvocifer¨®. No era el primer hombre que ve¨ªa desnudo, cuando auxili¨® a Raito tambi¨¦n se encontraba con sus partes al aire, desprotegido ante cualquier amenaza. Sin embargo, la situaci¨®n era distinta. El¨ªas jugaba constantemente con sus reacciones, pod¨ªa comprobarlo con solo mirar su expresi¨®n despreocupada. ¡ªNo creo que sea el primer hombre que veas desnudo ¡ªsospech¨®¡ª. Estando sola en el bosque, habr¨¢s visto muchos ebrios orinando por ah¨ª. ¡ªNo ahondar¨¦ en el tema. Naila abraz¨® sus brazos. En las alturas del acantilado, el fr¨ªo de la madrugada se hac¨ªa sentir. Su amigo lo not¨® y le ofreci¨® una salida, quedarse en el bosque calent¨¢ndose con una fogata de llamas azules. La mujer acept¨® la oferta con una condici¨®n, una que a El¨ªas le pareci¨® extremista, pero entendible viniendo de alguien como ella. Juntaron espalda con espalda, mientras el fuego azul contrarrestaba las bajas temperaturas. ¡ª?Permaneceremos as¨ª hasta que nos vayamos? ¡ªpregunt¨®, malhumorado. ¡ªS¨ª, no quiero escuchar protestas ¡ªcontest¨® en tono seco. Luego de unos momentos en silencio, El¨ªas retom¨® el habla. ¡ªLa ¨²ltima vez que nos vimos de ni?os, jur¨¦ arrancarte de mi mente. Me convenc¨ª de que no me necesitar¨ªas. Era peque?o¡­ pero entend¨ªa tu situaci¨®n, lo que te esperar¨ªa si te manten¨ªa a mi lado. If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation. Naila oy¨® con atenci¨®n lo que sal¨ªa de la boca de El¨ªas. Oy¨® su coraz¨®n hablar, el de un ni?o que fue adoctrinado para obedecer a un tirano. Un ni?o que creci¨® demasiado r¨¢pido en un mundo sanguinario. ¡ªHice todo lo que estuvo a mi alcance para mantenerte con vida. ¡ªHizo una pausa. El¨ªas dud¨®. ¡ªY lo seguir¨¦ haciendo. Por favor, jam¨¢s dudes de eso. Pase lo que pase¡­ tu vida siempre ser¨¢ lo m¨¢s importante para m¨ª. ¡ªPrometo que no dudar¨¦. La joven observ¨® c¨®mo las llamas azules de la fogata se agrandaron, respondiendo a los intensos sentimientos del drag¨®n plateado. ¡°Las llamas est¨¢n vivas¡±, era algo que le hab¨ªa ense?ado Raito, y las de El¨ªas parec¨ªan estarlo tambi¨¦n, conectadas con su creador. De pronto, sinti¨® una mano detr¨¢s de su nuca. El hombre la atrajo hacia sus labios con tal gentileza, que simplemente se dej¨® atrapar por ¨¦l, sin comprender por qu¨¦ decidi¨® besarla. Se separaron, Naila no pudo preguntar. El¨ªas la rode¨® con un brazo y con la mano restante tap¨® sus ojos. Le dio un segundo beso. Introdujo su lengua dentro de la boca oblig¨¢ndola a no cerrarla. Se convirti¨® en su maestro. Cortej¨® a tantas mujeres, que gracias a eso aprendi¨® sobre las artes del amor. Baj¨® la mano de la cara, al seno izquierdo. Le excit¨® comprobar que el tama?o era el que imaginaba. Lo apret¨® y, tras hacerlo, provoc¨® un gemido por parte de su vieja amiga, que lo incentiv¨® a probarlo un par de veces m¨¢s. El¨ªas estaba en el para¨ªso y Naila en un mar de confusiones. Hundirse en ese mar, fue lo mejor que se le ocurri¨® para explorar las nuevas sensaciones que experimentaba. El capit¨¢n liber¨® sus labios, la mujer ten¨ªa el rostro ruborizado, los ojos vidriosos y el pecho movi¨¦ndose de arriba a abajo en son de sus jadeos. ¡ªTe estar¨¢s preguntando por qu¨¦ un drag¨®n como yo, y una coneja como t¨², nos estamos excitando ¡ªsusurr¨® siguiendo con su mano el trayecto hacia la entrepierna, pasando por los gruesos muslos¡ª. Si los dioses existieran como profesan los humanos, nos juzgar¨ªan y nos castigar¨ªan sin dudarlo. El¨ªas ingres¨® con sus dedos al interior de Naila. Estaba estrecho, pero a¨²n era temprano para confirmar que era virgen, que ning¨²n otro hombre la hab¨ªa pose¨ªdo antes. Naila gimi¨® aumentando el volumen de voz y junt¨® las piernas involuntariamente. ¡ªEsto¡­ no est¨¢ bien ¡ªdijo resistiendo el dolor. ¡ª?Por qu¨¦ no est¨¢ bien? Dime, ?qui¨¦n m¨¢s podr¨ªa hac¨¦rtelo? Naila cre¨® una imagen borrosa en su mente, una silueta oscura e indefinida. El drag¨®n volvi¨® a besarla, agresivo, pero compasivo al mismo tiempo. La coneja sab¨ªa que los machos dominaban a las hembras, hac¨ªan que se perdieran y regresaran sumidas en placer, hasta que su semilla se plantara y floreciera un nuevo ser. Pero lo que estaba viviendo era diferente. El¨ªas era un drag¨®n, no era natural que la poseyera. La brisa sopl¨®, sin embargo, nada moviliz¨® m¨¢s las llamas azules que las emociones de su creador. La acost¨® sobre las hierbas. Naila abri¨® los ojos, solo pod¨ªa ver a un hombre sobre ella. No era quien conoci¨®, la inocencia de aquel ni?o hab¨ªa desaparecido. ¨¦l la miraba con otros ojos, como un depredador disfrutando de acorralar a su presa. Imagin¨® que la raz¨®n estaba vinculada a que era un drag¨®n, y ella solo una coneja d¨¦bil. La fue desnudando despacio, marc¨¢ndola con leves mordeduras en cada paso. Se escuch¨® a s¨ª misma gemir, un sonido nuevo al que se acostumbr¨® mientras El¨ªas avanzaba con cautela. El joven le separ¨® las piernas, vio que Naila tampoco era la ni?a que conoci¨®. El¨ªas dud¨®. Pero a esas alturas, poco le import¨®, la har¨ªa suya a toda costa. La penetr¨®, dejando escapar el nombre que Niels le otorg¨® a su hija al nacer. Esa palabra significa ¡°eternidad¡±, sol¨ªa decir, en un idioma antiguo, recordado por los longevos elfos. Naila fue eterna en sus recuerdos y estaba seguro de que despu¨¦s de separarse de ella, despu¨¦s de sobrevivir a las dudas, seguir¨ªa si¨¦ndolo. La mujer grit¨®, el cuerpo de El¨ªas era tibio y duro como las escamas plateadas. Sangr¨® de la entrepierna. El drag¨®n la vio, una sensaci¨®n de felicidad lo invadi¨®. No deber¨ªa sentirse as¨ª, llegando al punto que hab¨ªa llegado, traicionando su deber al actuar de manera incorrecta. Volvieron a unir sus cuerpos, haci¨¦ndolos uno solo. Anhel¨® que el tiempo se detuviera, que la luna no se moviera de su posici¨®n. Tanto tiempo estuvo esperando ese momento, que no permitir¨ªa que la cruda verdad lo estropeara. Naila lo abraz¨® e inesperadamente para ¨¦l, lo bes¨® en los labios. Los ten¨ªa temblorosos, pero deseosos de mantener el contacto con los suyos. Dudar, dudar, dudar. El¨ªas la volte¨® hacia abajo, si lo besaba otra vez por iniciativa propia, olvidar¨ªa porqu¨¦ la busc¨® y la llev¨® al bosque. Fue salvaje como los hombres del burdel, la mont¨® y la presion¨® contra el suelo, sin darle posibilidades de escapar. Con los ojos llenos de l¨¢grimas, Naila visualiz¨® el fuego azul chispeando, consumiendo los troncos a gran velocidad. Un mal presentimiento la invadi¨®, el placer termin¨® en el momento en el cual El¨ªas se convirti¨® en una bestia. ¡ªPor¡­ favor¡­ de-detente ¡ªsuplic¨®. Dol¨ªa, dol¨ªa mucho. ¡°?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦¡­ me hiciste¡­ eso?¡±, alcanz¨® a o¨ªrlo a sus espaldas con la voz d¨¦bil. Las llamas se alzaron al cielo, fue all¨ª cuando sinti¨® a El¨ªas plantar su semilla. El fuego se extingui¨®, sin embargo, la luz de la luna continu¨® iluminando el bosque. Naila se incorpor¨®, exhausta. El¨ªas se puso de pie y avanz¨® un par de pasos hacia los restos de la fogata. Hubo silencio. La mujer abri¨® la boca para manifestarle su inquietud, pero el siguiente suceso la detuvo. Cadenas brillosas nacieron del suelo y la sujetaron del cuello, cadenas similares a las que retuvieron a Raito en su forma de drag¨®n. La responsable, una Fedrea, apareci¨® de entre los arbustos. ¡ªAmo El¨ªas, no cabe dudas, es ella. Mi hermana la vio. El drag¨®n ca¨ªdo y ella est¨¢n colaborando ¡ªconfirm¨® la criatura de un solo ojo. Naila la identific¨®, era igual a la otra que la atac¨®. Para su infortunio, exist¨ªan muchas Fedreas al servicio de los dragones plateados, seis de ellas, al servicio de El¨ªas. El capit¨¢n evit¨® voltear, ver la expresi¨®n de culpabilidad de su querida amiga. Sinti¨® que no era suficientemente fuerte como para hacerlo. ¡ª?Qu¨¦ est¨¢ sucediendo? ?Qu¨¦ son estas cadenas? ¡ªpregunt¨® Naila tratando de quitarlas, quem¨¢ndose las manos y la piel del cuello en el intento. ¡ªEres una exiliada. Tu sola existencia es un delito, por eso tengo ¨®rdenes de ejecutarte. Sabes c¨®mo fue y c¨®mo es mi vida. El deber lo es todo para m¨ª. He quemado ni?os, he destruido familias, reinos enteros por mi deber. Yo¡­ dej¨¦ de lado mi deber por ti, y t¨² me enga?aste ¡ªla voz de El¨ªas sigui¨® siendo d¨¦bil e insegura¡ª. Dime d¨®nde est¨¢. ¡ª?No s¨¦ de qu¨¦ hablas! ¡ª?BASTA DE MENTIRAS! ?TE UNISTE A ¨¦L! ?QUI¨¦N SABE QU¨¦ COSAS EST¨¢N PLANEANDO! ?SI TE QUEDA UN POCO DE RESPETO POR NUESTRA AMISTAD! ?UN POCO DE RESPETO POR TODO LO QUE HE SACRIFICADO! ?DIME D¨®NDE EST¨¢ EL DRAG¨®N NEGRO! ?DIME D¨®NDE EST¨¢ RAITO! Su cuerpo se ilumin¨® sin previo aviso, seguido por un escandaloso estruendo. La intensidad de sus emociones lo hizo transformarse sin quererlo. Jam¨¢s mut¨® sin tener el plan de hacerlo, ni en sus peores d¨ªas de dudas y remordimientos. No pudo controlarse, emiti¨® un desgarrador rugido al volverse drag¨®n. El viento generado por sus alas hizo volar la vegetaci¨®n y consigo, a Naila. Una sola Fedrea no bast¨® para crear cadenas resistentes, estas se rompieron, liber¨¢ndola para estrellarse con una pila de ¨¢rboles. El humo y la tierra cubrieron el aire. Herida, se levant¨® luchando con el dolor en sus extremidades, abdomen y pecho. Apenas ve¨ªa a su alrededor, una cortina de humo se interpon¨ªa entorpeciendo su camino. No sab¨ªa hacia d¨®nde se dirig¨ªa, pero algo s¨ª era seguro, no regresar¨ªa sobre sus pasos. El¨ªas estar¨ªa all¨ª, record¨¢ndole que la us¨® y que su amistad sirvi¨® para enga?arla. Destrozada por dentro y por fuera, se desplaz¨® como pudo, apoy¨¢ndose en los troncos que hallaba a su paso, tropezando y levant¨¢ndose. ?Debo¡­ regresar¡­ a casa?, concentr¨® sus pensamientos en un ¨²nico objetivo. El drag¨®n plateado apart¨® la vegetaci¨®n en busca de Naila. Le urg¨ªa encontrarla, calmar sus miedos. El objetivo inicial era interrogarla, hacerla entrar en raz¨®n para que colaborara con ¨¦l, para que lo ayudara a mantenerla viva. Pero la ira que surgi¨® con solo pensar en Raito, fue el tropiezo que desat¨® el caos. Los rugidos se multiplicaron, alcanzando el sensible o¨ªdo de Naitan, el anciano que viv¨ªa sus ¨²ltimos d¨ªas oculto en una madriguera. ¡ªEs mi nieta¡­ mi nieta, mi nieta ¡ªdijo entre lamentos. Su acompa?ante moj¨® un pa?uelo y volvi¨® a colocarlo sobre su frente. ¡ªAs¨ª que nos escuchaste, a m¨ª y a la peque?a Nona ¡ªexpres¨® la Fedrea que lo cuidaba¡ª. Pero ese no es el rugido de un drag¨®n negro, es el rugido de un plateado. No puedo asegurarte qu¨¦ estar¨¢ sucediendo arriba. ¡ªNieta¡­ mi nieta¡­ por favor ¡ªsuplic¨® el anciano. ¡ªTu nieta, a quien acusaste de estar maldita. ¡ªSuspir¨® la Fedrea¡ª. Ord¨¦nalo, querido amigo, pon tu vida y la m¨ªa en la balanza, y ver¨¢s que la de Naila tiene m¨¢s peso. Naila es eternidad, al igual que Niels fue eternidad sin que lo supiera. ¡ªLos elfos¡­ nos abrir¨¢n el camino¡­ ?Estoy loco por pensar en el descanso que ellos puedan darnos? ¡ªpregunt¨® Naitan quit¨¢ndose el pa?uelo de la cabeza. ¡ªVamos¡­ deja de fantasear. Ord¨¦nalo y cumplir¨¦ con tu ¨²ltima voluntad. Naitan movi¨® los pesados p¨¢rpados, en su esfuerzo por abrir los ojos, ver a trav¨¦s de su ceguera, la sonrisa de despedida de su fiel amiga. ¡ªTr¨¢eme a mi nieta.