"Entonces, est¨¢ decidido", dije finalmente, respirando hondo y dejando que la determinaci¨®n se reflejara en mi voz.
"Vamos a construir nuestro hogar en la costa".
Luego de comer un poco, las gemelas se fueron junto a Mirella a cazar para tener m¨¢s pieles. Parece que Mirella ha cambiado la mentalidad con respecto a estar todo el d¨ªa a mi lado; eso es bueno y significa que realmente me escuch¨® cuando hablamos sobre eso.
Desarm¨¦ los palos que anclaban los bolsos hechos de hojas contra el suelo y empezamos a transportarlos hasta la playa. Realmente no s¨¦ qu¨¦ utilidad les voy a dar. Creo que me pas¨¦ al hacer doce.
Como apenas dos de ellos ten¨ªan algunas ramas, fue super f¨¢cil llevarlos hasta ponerlos en fila sobre la arena.
La casa ser¨¢ construida en un camino recto desde la salida de la cueva hasta la playa, as¨ª que pr¨¢cticamente la tenemos al lado. Lo bueno es que el espacio es bastante amplio como para hacer algo lo suficientemente grande para los diez. Y como si eso fuera poco, el terreno casi que no va en bajada hacia el agua, as¨ª que ese es otro punto a favor.
A todo esto, el sol ya estaba bajando y era el momento ideal para trabajar sin insolarse. Tengo que tener en cuenta eso para los siguientes d¨ªas de trabajo.
"?Ahora voy a probar a tirar un ¨¢rbol abajo, as¨ª que quiero que todos se alejen lo m¨¢s posible de los ¨¢rboles!" Grit¨¦, juntando mis manos alrededor de mi boca para que me escucharan mejor.
La mayor¨ªa estaba repartido por todo el lugar, as¨ª que solo miraron y asintieron, alej¨¢ndose hacia el agua. El ¨²nico que respondi¨® fue Tar¨²n, que segu¨ªa con una emoci¨®n incontrolable.
"?S¨ª, ya estoy lejos!"
"Aya, ven¨ª conmigo un momento. Necesito tu ayuda para asegurar que esto salga bien", la llam¨¦ con un gesto de la mano, tratando de mantener la voz fuerte. Ella se acerc¨® con su andar elegante, el yukata blanco ondeando con el viento.
"?Qu¨¦ necesitas, Luciano?"
"Voy a sacar un ¨¢rbol de ra¨ªz y necesito que me ayudes a empujarlo una vez que lo haya cortado. Quiero evitar que caiga en direcci¨®n al bosque y se quede trabado entre los otros ¨¢rboles, as¨ª que debemos estar atentos", expliqu¨¦, manteniendo la mirada fija en el ¨¢rbol m¨¢s cercano a la l¨ªnea de arena. No era tan alto como los dem¨¢s que uno ve¨ªa al adentrarse al bosque, pero era suficiente como para comenzar y probar t¨¦cnicas.
Aya asinti¨®, sus orejas puntiagudas movi¨¦ndose sutilmente al captar cada palabra.
"Entendido. Me asegurar¨¦ de intentar que el ¨¢rbol caiga donde lo planeas".
Me agach¨¦ junto al tronco del ¨¢rbol y apoy¨¦ las manos sobre la tierra, usando magia para comenzar a mover las ra¨ªces hacia fuera.
Me percat¨¦ de que si quitaba todas era posible que el ¨¢rbol cayera de inmediato, as¨ª que dej¨¦ algunas y me levant¨¦.
"Creo que para la pr¨®xima cortar¨¦ primero el ¨¢rbol y luego sacar¨¦ las ra¨ªces".
"Como te parezca mejor, solo dime qu¨¦ tengo que hacer".
Me qued¨¦ unos segundos procesando la situaci¨®n; creo que me equivoqu¨¦ al hacerlo de esta forma. Ahora, sin las ra¨ªces, el ¨¢rbol no iba a volver a crecer. Mierda... no me di cuenta de eso, solo pens¨¦ en hacer desaparecer el ¨¢rbol para que no quedara feo.
A pesar de haberme equivocado, nadie se dar¨ªa cuenta.
Haci¨¦ndome el tonto, segu¨ª hablando.
"Est¨¢ bien, voy a hacerle un corte al ¨¢rbol y luego vamos a empujar el tronco hacia all¨¢", dije, indicando hacia el bosque.
"Apenas me levante, empujamos uno de cada lado".
"Entendido".
Por un momento, me sent¨ª como el capataz de una obra. Menos mal que tengo a Aya, que es grandota y tiene bastante fuerza f¨ªsica.
Me volv¨ª a agachar y utilic¨¦ mi magia para hacer un corte r¨¢pido en la base del tronco. Para mi sorpresa, el ¨¢rbol no se movi¨®. Creo que el corte fue lo suficientemente r¨¢pido como para que quedara todo igual.
"?Ahora!" Grit¨¦, movi¨¦ndome hacia la derecha del tronco y comenzando a empujar.
Aya me sigui¨® de inmediato, empujando desde la izquierda.
Con un ¨²ltimo empuj¨®n, el ¨¢rbol cedi¨® por completo y se desplom¨® en direcci¨®n a la arena, levantando una nube de polvo dorado que se extendi¨® como un velo moment¨¢neo. Hojas verdes se desparramaron por todas partes, cayendo como una lluvia suave sobre la arena.
Aya se apart¨® un poco y me mir¨®, una sonrisa satisfecha asom¨¢ndose en sus labios.
"?Lo hice bien?"
"Lo hiciste perfecto. Gracias, voy a seguir necesitando tu ayuda".
En ese momento, pude sentir c¨®mo el grupo se acercaba desde la distancia.
"?Luciano! ?Est¨¢s bien?" La voz era de Rundia, y vi c¨®mo ella, seguida por Rin y Anya, corr¨ªan hacia nosotros desde la orilla.
Viendo un poco m¨¢s all¨¢, estaba mi verdadera mam¨¢ apoyada contra unos de los bolsones.
"S¨ª, s¨ª, todo bien. No sali¨® perfecto, pero ya s¨¦ c¨®mo hacerlo para la pr¨®xima".
"Menos mal..."
"Bueno, ya que estamos todos ac¨¢, necesito que me ayuden con esto", empec¨¦, y la atenci¨®n de todos se enfoc¨® en m¨ª.
"Voy a separar las ramas del tronco usando magia. Quiero que, una vez que est¨¦n separadas, las guarden en los bolsones. Ah, y las hojas tambi¨¦n gu¨¢rdenlas en otro. Esto nos va a servir para hacer cualquier otra cosa en un futuro y tendremos cerca los materiales".
Anya dio un paso al frente.
"?Pero las ramas no eran...?"
"S¨ª, son menos resistentes que la madera del tronco, pero tengo en mente cosas que no necesitan de tanta resistencia para usarlas".
Una de las principales cosas que quer¨ªa hacer era un balde para traer el agua m¨¢gica, pero ahora no era el momento para decirlo.
"Claro, tambi¨¦n podemos usarlas para cocinar", respondi¨® ella.
Era un buen pensamiento si pensamos en que el pescado ser¨¢ una de nuestras comidas principales al vivir en la playa.
"S¨ª, para cualquier cosa que necesitemos, los bolsones sirven para eso, para almacenar materiales".
Luego de esas palabras, me mov¨ª hasta poner las manos sobre el tronco.
Esta vez cerr¨¦ los ojos, ya que ten¨ªa que tener una mayor concentraci¨®n al ser tantos cortes los que ten¨ªa que hacer.
Escuchaba algunas voces de fondo; sobre todo eran de mis padres, que estaban hablando sobre conseguir m¨¢s pieles para crear m¨¢s calzados.
Al cabo de unos segundos y de gastar mis part¨ªculas m¨¢gicas hasta quedar solo una, logr¨¦ dejar el tronco solo, con todas las ramas y hojas desparramadas a su alrededor.
"?Luciano, esto est¨¢ quedando muy bien!" Exclam¨® Rundia, admirando el trabajo de organizaci¨®n que se iba formando. Vi c¨®mo se agachaba y comenzaba a recoger hojas, siendo la primera en guardarlas en un bols¨®n, marcando d¨®nde ser¨ªan guardadas las dem¨¢s.
Tar¨²n estaba saltando de un lado a otro, observando todo con los ojos muy abiertos, como si estuviera esperando que le dijera qu¨¦ hacer.
"??Qu¨¦ hago, Luciano?! ??Ayudo a mover las ramas?!"
"S¨ª, claro", respond¨ª sin mirarlo, concentrado en comenzar a agarrar varias ramas a la vez.
"Agarr¨¢ esas hojas y ponelas donde las dej¨® mi mam¨¢".
Con una sonrisa ansiosa, Tar¨²n comenz¨® a cargar las hojas con rapidez, demostrando que el entusiasmo pod¨ªa ser ¨²til. Los dem¨¢s hicieron lo mismo, con Rin y Rundia empezando a empujar las ramas hacia un lado.
Mientras segu¨ªamos trabajando, el sonido del viento moviendo las hojas y las voces de todos colaborando llenaron el ambiente de una extra?a armon¨ªa. Era como si, por un momento, la sensaci¨®n de comunidad y prop¨®sito se hubiera asentado sobre nosotros. Sent¨ª que, a pesar de los errores y las dudas, est¨¢bamos avanzando, y no solo en la construcci¨®n, sino en la creaci¨®n de un lazo m¨¢s fuerte entre todos.
En medio del bullicio, mir¨¦ alrededor y not¨¦ que todos estaban ocupados con su tarea. Era el momento perfecto para acercarme a Luc¨ªa sin levantar sospechas.
Me agach¨¦ para quedar a su altura. Con cuidado, toqu¨¦ su mejilla suave y c¨¢lida.
"?Te sent¨ªs bien, mami?" Susurr¨¦ lo m¨¢s bajo posible, cuidando que nadie m¨¢s lo escuchara.
Ella se removi¨® un poco, estirando sus peque?as manitos para, al igual que yo, tocarme la cara.
"?Por qu¨¦ no iba a estar bien?"
"Es que..." Mir¨¦ a los costados, viendo que Aya ven¨ªa cargando unas ramas. Deb¨ªa bajar mucho m¨¢s la voz o sus potentes o¨ªdos me escuchar¨ªan.
"Cuando crezcas un poco m¨¢s, vamos a poder hablar con normalidad. Te lo prometo".
Ella no respondi¨®.
"?Luciano, necesitamos ayuda para levantar este tronco!"
Era la voz grave de Rin. Lo vi de pie al lado del tronco, intentando moverlo junto a Rundia.
Solt¨¦ la mejilla de mi mam¨¢ y corr¨ª r¨¢pidamente hacia ellos.
"?No, eso no se alza!"
Todav¨ªa quedaba mucho por explicar.
Cap铆tulo 34: Nuevas creaciones.
Despu¨¦s de explicarles a mis padres que los troncos que consigui¨¦ramos los ¨ªbamos a ir dejando sobre la arena, terminamos de recoger las ramas y hojas del suelo, llenando dos bolsones y medio de ramas y uno de hojas. Esto ser¨ªa provisional, ya que dentro de poco voy a juntar las ramas y convertirlas en cubos peque?os.
"?Ma?ana seguimos?" Pregunt¨® Anya mientras se limpiaba la suciedad de las manos contra su ropa.
"Ah, s¨ª, de eso quer¨ªa hablarles. Intentaremos trabajar todos los d¨ªas, as¨ª que hay que organizarnos con el tema de la caza. O sea, va a haber d¨ªas en los que nos tengamos que dividir en dos grupos como hoy, donde unos vayan a cazar y los otros consigamos los recursos para la casa".
R¨¢pidamente, Rin contest¨®.
"Es cierto, hoy solo fueron tres a buscar comida, pero eso a veces no es suficiente. Es necesario tener a Aya tambi¨¦n".
"Ese es el problema principal, que Aya es la m¨¢s necesaria para ayudarme a derribar los ¨¢rboles".
Luego de hablar, pude ver unas part¨ªculas m¨¢gicas a lo lejos; era Mirella.
"?Entonces c¨®mo hacemos? Tal vez deber¨ªa hacer las dos cosas, Luciano", dijo Aya.
"Lo arreglamos ma?ana. Ahora mejor centr¨¦monos en ver qu¨¦ trajeron las chicas".
Al entrar a la cueva, una c¨¢lida corriente de aire me golpe¨®, record¨¢ndome lo peque?o que era este refugio comparado con todo lo que ten¨ªamos que construir. Pero era nuestro, y eso era lo que importaba.
"?Miren lo que trajimos!" Exclam¨® Samira al vernos; lleg¨® corriendo con Suminia pis¨¢ndole los talones. Las gemelas estaban cubiertas de un sudor brillante, pero una sonrisa de triunfo les iluminaba el rostro.
Suminia dej¨® caer dos conejos sobre la piedra del suelo. Samira le sigui¨®, colocando una serpiente que todav¨ªa conservaba los ojos entreabiertos y algunas papayas. Me acerqu¨¦ para revisar el bot¨ªn; la serpiente me llam¨® la atenci¨®n de inmediato. Su piel era brillante, moteada de un marr¨®n oscuro que me hizo pensar en la utilidad que podr¨ªa tener.
Por lo general, no suelen cazar serpientes. Tampoco me gusta mucho que lo hagan, ya que no tendr¨ªamos forma de tratar el veneno si es que muerde a alguien.
"Buen trabajo, chicas", dije, aunque mi mente ya se hab¨ªa puesto a trabajar. Podr¨ªa usar esa piel para hacer algo. ?M¨¢s calzado? O tal vez... ?Una bolsa de carga?
"A partir de ahora yo me encargar¨¦ de quitarles las pieles a los animales".
"Tomando el mando, ?eh?" Brome¨® Rin d¨¢ndome unos golpecitos en la espalda a la pasada.
A la pasada, acarici¨® las cabezas de las dos y las felicit¨®.
"?Y a ustedes c¨®mo les fue?" Pregunt¨® Suminia, su mirada dirigida m¨¢s que todo a m¨ª.
"Bien, solo que avanzamos poco a comparaci¨®n de todo lo que nos queda".
"?Poco? Pero si tiramos abajo un ¨¢rbol entero", dijo Rundia.
"S¨ª, tal vez parece bastante hacer eso, pero necesitamos tirar abajo muchos ¨¢rboles m¨¢s".
De pronto, Mirella se acerc¨® r¨¢pidamente a m¨ª, poniendo cara de sorprendida.
"??Tiraron un ¨¢rbol!? ?Me hubiera gustado estar ah¨ª!"
"?Te hubiera gustado estar ah¨ª? ?Acaso abandonar¨ªas a las chicas en su recolecci¨®n de comida?"
Mientras los dem¨¢s pasaban al fondo de la cueva, Mirella se qued¨® pensativa. Miraba a los costados, intentando buscar una soluci¨®n.
"Bueno... No s¨¦".
Tampoco pod¨ªa decirle que ser¨ªa poco ¨²til debido a su peque?o tama?o...
"Ya veremos eso, todav¨ªa no tengo decidido c¨®mo vamos a dividir los grupos, porque quiero que trabajemos todos los d¨ªas en la construcci¨®n de la casa. Sin embargo, no podemos dejar a un lado la caza, ya que vamos a estar m¨¢s cansados y debemos reponer m¨¢s energ¨ªa comiendo".
"Lo hablar¨¦ con Samira y Suminia", respondi¨® y se fue a ver lo que hab¨ªan tra¨ªdo.
La idea de que Mirella pudiera participar m¨¢s activamente en la caza era algo que pasaba en mi mente en este momento. Esto a la vez era un poco gracioso, porque hasta ayer, la relaci¨®n de Mirella con Suminia no era de las mejores. O sea, no se llevaban mal, pero no hablaban seguido y a veces la llamaba ''la tonta''. Estaba claro que ahora, al verme llevarme mejor con ella, est¨¢ tambi¨¦n intentando cambiar su relaci¨®n para mejor.
Organizar a todos de forma eficiente es clave.
Aya es fundamental en el derribo de ¨¢rboles, pero tambi¨¦n es la m¨¢s h¨¢bil en la caza de pescados. Rin es fuerte y sabe manejar la lanza; puede ayudar a cargar ramas grandes o participar en la caza si es necesario. Anya tiene buen ojo y sabe manejarse bien por la zona, adem¨¢s de ser muy buena recolectando frutas; lo ha demostrado al vivir tanto tiempo sola junto a Tar¨²n, al cual solo cuento para la recolecci¨®n de hojas y ramas peque?as.
Las gemelas demostraron ser eficientes cazadoras, m¨¢s que todo por Suminia, aunque todav¨ªa me preocupa que arriesguen tanto. Y luego estaba Mirella¡ Siempre al borde de mi campo de visi¨®n, con esa energ¨ªa que parec¨ªa capaz de mover monta?as, aunque fueran m¨¢s grandes que ella.
Ahora, si solo trabajamos cuando el sol comienza a bajar, podr¨ªamos cazar por la ma?ana y luego construir... Eso ser¨ªa duro para aquellos que lo hagan. Debo hablar con Aya, que es la que m¨¢s necesitamos y la que menos se ve beneficiada, porque ella no necesita comer.
Mirella, como si leyera mis pensamientos, vol¨® hacia m¨ª.
"Luciano, no todo se trata de sobrevivir, ?sab¨¦s? Tambi¨¦n podemos encontrar tiempo para divertirnos un poco".
La mir¨¦, sorprendido por la sencillez de sus palabras. Hab¨ªa estado tan enfocado en los detalles y en planificar, que se me olvidaba que ella lo ve¨ªa desde ese otro lado. Vi c¨®mo las gemelas ahora jugaban a lanzar una piedra entre ellas mientras Tar¨²n las animaba con saltos y risas.
"Ten¨¦s raz¨®n", admit¨ª, dejando que un poco de esa tensi¨®n se disipara.
"Eso espero, porque si segu¨ªs as¨ª, te vas a convertir en un viejo antes de tiempo", dijo mientras re¨ªa, un sonido que parec¨ªa iluminar toda la cueva.
Si supiera que yo cargo con veinte a?os de mi otra vida y que ella ahora solo tiene diecis¨¦is...
"No te preocup¨¦s, voy a ser joven por siempre".
Esas palabras me recordaron a una canci¨®n.
Antes de comer, estuve un rato quitando las pieles de los animales. Ma?ana ver¨¦ qu¨¦ hacer.
***
Me levant¨¦ temprano, m¨¢s temprano de lo usual, y me qued¨¦ admirando mi anillo hecho de zafiro. En mi vida anterior nunca me hab¨ªa puesto ni un solo anillo... Qu¨¦ s¨¦ yo, es divertido llevar uno si es que tiene un significado importante, al menos as¨ª lo veo ahora.
Creo que esta noche se me traspasaron algunas part¨ªculas m¨¢gicas de Mirella a m¨ª... Me hab¨ªa olvidado de eso, porque ayer se me acabaron todas cuando quit¨¦ las pieles a los animales.
Cosas buenas de dormir juntos.
De pronto, un pensamiento asalt¨® mi cabeza: deb¨ªa hacer sentir bien y tranquila a Aya. La mayor¨ªa de la comida se agot¨® anoche y hay que cazar bastante.
Me deslic¨¦ lentamente para no despertar a Mirella, cuidando de no hacer ruido, y avanc¨¦ hasta donde sab¨ªa que Aya sol¨ªa descansar. La encontr¨¦ envuelta en su yukata blanco, sentada contra una de las paredes, cerca de las gemelas. Dorm¨ªa profundamente; su pecho sub¨ªa y bajaba con un ritmo tranquilo.
Por un momento, me qued¨¦ simplemente mir¨¢ndola. Hab¨ªa algo casi hipn¨®tico en la forma en la que la luz suave del amanecer empezaba a filtrarse por la entrada de la cueva, dibujando reflejos en su pelo blanco. Sus orejas puntiagudas se movieron un poco, como si notara mi presencia, pero no se despert¨®. Era una figura de fuerza y serenidad, y al mismo tiempo, hab¨ªa algo en ella que despertaba una parte m¨¢s... humana de m¨ª. Mis dedos se movieron casi por reflejo y, con delicadeza, los apoy¨¦ en su hombro.
Aya abri¨® un ojo, parpadeando lentamente hasta que sus pupilas anaranjadas se enfocaron en m¨ª. Una sonrisa leve se form¨® en sus labios, y en lugar de apartarme, se movi¨® un poco para darme espacio.
"?Qu¨¦ haces despierto tan temprano, Luciano?"
"Nada... Me gustar¨ªa que te pusieras un poco de costado mientras hablamos un rato".
"?As¨ª?" Pregunt¨®, girando un poco sobre s¨ª misma en el suelo.
"S¨ª".
Casi de manera autom¨¢tica, mis manos comenzaron a apartar su cabello y a echar un poco hacia atr¨¢s la tela que cubr¨ªa sus hombros.
"La verdad es que pens¨¦ que un poco de atenci¨®n no te vendr¨ªa mal", agregu¨¦, comenzando a masajearle los hombros, sintiendo c¨®mo los m¨²sculos se relajaban bajo mis dedos.
En realidad, no ten¨ªa ni la m¨¢s m¨ªnima idea de c¨®mo hacer un buen masaje; solo mis dedos se mov¨ªan y ya.
Aya solt¨® un suspiro casi imperceptible y cerr¨® los ojos, dej¨¢ndose llevar por el momento. Su cuello se inclin¨® un poco hacia adelante, dejando al descubierto la curva de su nuca, y mis manos se deslizaron, tomando un poco m¨¢s de su piel.
"?Y qu¨¦ se supone que es este tipo de atenci¨®n?"
"Es para relajar tu cuerpo".
"Luciano..." Murmur¨®, y no pude evitar notar c¨®mo su voz se suavizaba, casi vulnerable.
"?Est¨¢s preocupado por algo?"
?C¨®mo explicarle que s¨ª, que siempre hab¨ªa algo que me preocupaba? De hecho, me preocupaba por dem¨¢s. La seguridad de todos, el futuro, la incertidumbre de lo que podr¨ªa pasar en un mundo tan primitivo... Pero ahora, en este momento, todo eso parec¨ªa esfumarse.
"Siempre hay algo, Aya", respond¨ª, manteniendo el tono bajo para no romper el encanto de la madrugada.
Me di cuenta de que mis manos segu¨ªan viajando por sus hombros y bajaban a sus brazos, abriendo un poco m¨¢s sus ropas. Su piel era c¨¢lida al tacto. De hecho, su temperatura corporal parec¨ªa ser m¨¢s alta que la de los humanos. Supongo que el vivir todo el tiempo con este tipo de ropa un poco m¨¢s abrigada que la nuestra la ha hecho as¨ª.
"Deber¨ªamos... prepararnos para el d¨ªa", susurr¨®, rompiendo el silencio mientras una de sus colas se enroscaba suavemente alrededor de mi mu?eca.
?Qu¨¦ significaba ese movimiento? M¨¢s all¨¢ de eso, parece poder mover las colas a su antojo.
Todos los d¨ªas se aprende algo nuevo.
La toqu¨¦ con la punta de mis dedos, sintiendo la suavidad sedosa de su pelaje.
"Todav¨ªa es temprano", sonre¨ª, con un dejo de travesura en la voz.
Luego, mir¨¦ hacia un costado, notando que las gemelas segu¨ªan completamente dormidas.
"Unos minutos m¨¢s no le hacen mal a nadie".
"?Y si los dem¨¢s se despiertan?" Pregunt¨®, aunque no parec¨ªa particularmente preocupada.
"Bueno, si los dem¨¢s se despiertan... que miren. Aunque dudo que les interese lo que hago por las ma?anas".
La verdad es que no ten¨ªa mucho sentido lo que dije. Solo quer¨ªa terminar el masaje para contentarla un poco antes de decirle que estar¨ªa activa casi todo el d¨ªa.
"Se siente bien..."
Aya se acomod¨®, permitiendo que mis manos viajaran un poco m¨¢s hacia su espalda. Su yukata se movi¨® ligeramente, dejando al descubierto un poco m¨¢s de piel.
Tengo que parar o esto se nos va a ir de las manos.
Me acerqu¨¦ a su o¨ªdo por detr¨¢s mientras le acomodaba la ropa a su posici¨®n normal.
"Estos d¨ªas vamos a necesitar que nos ayudes bastante. ?Podemos contar con vos?"
En ese momento, su cola, que antes estaba agarrada con fuerza a mi mu?eca, se desenrosc¨®.
"S¨ª, claro. Siempre estar¨¦ ayud¨¢ndoles en lo que necesiten", respondi¨®, girando la mirada hacia m¨ª.
Su voz, normalmente tan firme y segura, son¨® m¨¢s baja cuando volvi¨® a hablar, como si se le escapara sin querer.
"Luciano, hay cosas que me recuerdan... a un pasado muy lejano", dijo. Sus ojos se perdieron un segundo en alg¨²n punto del techo de la cueva, antes de volver a enfocarse en m¨ª.
?Qu¨¦ pasar¨ªa si realmente me hubiera dejado llevar? Si el mundo prehist¨®rico en el que est¨¢bamos no importara por unos momentos, si no fuera consciente de las diferencias, del hecho de que yo era mucho m¨¢s joven en cuerpo que ella. Aya siempre hab¨ªa sido una figura de madurez y fortaleza, pero ahora, en este momento, hab¨ªa algo de fragilidad en su expresi¨®n que me hac¨ªa cuestionarme todo.Stolen novel; please report.
Carajo... Debo dejar de pensar en cosas raras. Ac¨¢ no hay nada de romance, no por ahora.
Poco tiempo pas¨® hasta que todos finalmente se levantaron. Apenas quedaban algunas papayas y mandarinas para desayunar, as¨ª que era definitivo el hecho de que hab¨ªa que salir a cazar, y mucho.
Ya casi terminando de comer, tuve que hablar.
"Quiero que salgan a cazar todos, como si fuera un d¨ªa normal. Despu¨¦s veremos qui¨¦nes vamos a ir a seguir consiguiendo madera".
Antes de que alguien pudiera responder, Mirella se puso a volar en medio de todos.
"?Yo quiero ir a hacer la casa!"
"?Hey, yo tambi¨¦n quiero!" Le sigui¨® Samira.
Me levant¨¦ y les dirig¨ª una mirada a todos, intentando poner orden antes de que las cosas se descontrolaran.
¡°Escuchen bien, hoy necesitamos que todos salgan a cazar. Nos estamos quedando sin comida y no podemos permitirlo. Tar¨²n, Luc¨ªa y yo nos quedaremos aqu¨ª, ya que somos los menores y no queremos correr riesgos. Cuando baje el sol, todos juntos iremos a trabajar en la construcci¨®n de la casa¡±.
El chiste estaba en aprovechar este momento para alejar a Rundia de mi mam¨¢ y as¨ª poder hablar con ella.
Rundia levant¨® una ceja y me observ¨® por un segundo, como si evaluara mis palabras. Sab¨ªa que ella era protectora y que casi no sal¨ªa a recolectar comida.
Tras un breve momento, asinti¨® y esboz¨® una peque?a sonrisa de confianza. No hizo falta que dijera nada m¨¢s; sus ojos hablaron por ella.
El resto de los adultos y las gemelas se prepararon, tomando sus herramientas y asegur¨¢ndose de que todo estaba en orden antes de partir.
Rundia se acerc¨® a mi mam¨¢, que estaba sentada al lado m¨ªo, y le dio un beso en la frente.
"P¨®rtate bien y haz caso a tu hermano, ?s¨ª?"
"S¨ª, mam¨¢".
En poco tiempo, se oyeron los pasos de todos alej¨¢ndose. Aya se volvi¨® una ¨²ltima vez para mirarme y, con un gesto casi imperceptible, dej¨® que una de sus colas me rozara la mano, una especie de despedida silenciosa. Mirella, Samira y Suminia estaban a la cabeza del grupo, discutiendo qui¨¦n encontrar¨ªa m¨¢s presas primero. Y, finalmente, la cueva qued¨® en un silencio pac¨ªfico.
Suspir¨¦, aliviado. Un calor familiar me recorri¨® el cuerpo al darme cuenta de lo que significaba esta situaci¨®n. Por fin, Rundia se hab¨ªa marchado confiando en que Luc¨ªa estar¨ªa bien conmigo. No era com¨²n que me dejara a solas con ella, siempre tan atenta y protectora. El hecho de que hubiera accedido significaba que estaba muy comprometida con todo esto.
"Qu¨¦ obediente que sos, eh", susurr¨¦ antes de que Tar¨²n viniera correteando hacia nosotros.
"?Jugamos?"
Tra¨ªa una piedra bastante grande entre sus manos.
"?Y qu¨¦ se supone que jugar¨ªamos con eso?"
"Quiero que hagas lo que hiciste la otra vez con mi hermano Kiran, eso que rodaba y..."
Tir¨® una patada al aire.
"?Pum! Sal¨ªa disparada hacia delante".
Este quiere jugar al f¨²tbol.
"Ah... s¨ª. D¨¢mela y te hago esa cosa".
Casi de manera autom¨¢tica, ¨¦l me alcanz¨® la piedra y se puso a saltar por todos lados.
Bajo la atenta mirada de mi madre, me puse a moldear la piedra en una esfera hueca.
Una vez ya lista, se la entregu¨¦.
"Jug¨¢ un rato solo. En un ratito voy".
"?S¨ª!"
A los gritos, se puso a mover la esfera de piedra con las manos y con los pies.
"?Por cierto, eso se llama pelota!"
"?S¨ª! ?Pedota!"
"No, pelota se dice. Pe-lo-ta".
"?Pelota!" Grit¨® y volvi¨® a seguir jugando cerca de la salida de la cueva.
A veces es muy tierno.
¡°Bueno, parece que tenemos un rato para nosotros dos, ?no?¡± Dije mientras me giraba hacia ella.
Luc¨ªa me mir¨® y, por un instante, sent¨ª que esos ojos oscuros y profundos eran los mismos que yo ya conoc¨ªa muy bien de mi vida pasada.
Luc¨ªa me observaba en silencio, sin responder. La luz del d¨ªa iluminaba su peque?o rostro y resaltaba la pesta?a roja en su p¨¢rpado derecho.
¡°?Sab¨ªas que tu padre segu¨ªa vivo cuando me fui?" Solt¨® de repente, rompiendo el momento de silencio.
Sus palabras me golpearon como una ola de nostalgia, trayendo consigo una mezcla de emociones que no sab¨ªa c¨®mo manejar.
Ese era un tema que hab¨ªa tratado de no tocar, pero se ve que ella estaba dispuesta a hablar.
"?En serio?" Pregunt¨¦, tratando de disimular la sorpresa y la tensi¨®n en mi voz. Mis manos se cerraron y abrieron de manera inconsciente mientras me escuchaba.
"Lo siento mucho, mami. Todo fue por mi culpa".
Ella neg¨® con la cabeza mientras miraba hacia delante.
"No, no es culpa de nadie. As¨ª fue el destino".
"Entonces..."
"Hasta el ¨²ltimo momento, Leo estaba ah¨ª, cuid¨¢ndonos como siempre lo hac¨ªa. Fuerte, aunque su mirada a veces se notaba m¨¢s apagada. Y tu hermana... Bueno, ella se aferr¨® a todo lo que pudo. Estaba devastada, pero no dej¨® que la tristeza la venciera... Eso creo", continu¨® Luc¨ªa, con su voz a¨²n infantil pero cargada de una templanza imposible para su edad.
No pude evitar sonre¨ªr, aliviado por un instante al saber que, al menos, en la Tierra ellos segu¨ªan adelante. Pero esa chispa de felicidad pronto fue reemplazada por un pensamiento oscuro, insidioso y casi culpable... ?C¨®mo ser¨ªa si todos estuvi¨¦ramos aqu¨ª juntos? Si la vida tambi¨¦n hubiera reclamado a Leo y a Agustina...
Me estremec¨ª, sintiendo una punzada de verg¨¹enza al darme cuenta de lo que estaba pensando. ?Qu¨¦ clase de hijo soy al siquiera pensar eso?
Pero el deseo estaba ah¨ª, latente y sin pedir permiso. Parte de m¨ª quer¨ªa tenerlos cerca, aqu¨ª, en este mundo donde todo era tan desconocido y primitivo. Donde hab¨ªa aprendido a sobrevivir sin ellos, pero donde cada d¨ªa segu¨ªa ese hueco en el pecho que ning¨²n logro pod¨ªa llenar.
"Luciano, ?est¨¢s bien?" La voz de mi mam¨¢ me devolvi¨® al presente. Me di cuenta de que hab¨ªa estado mirando al suelo, con los m¨²sculos de la mand¨ªbula tensos.
"Perd¨®n, solo estaba... pensando".
Tar¨²n pas¨® corriendo, la pelota de piedra rodando delante de ¨¦l y risas infantiles llenando la cueva. Parec¨ªa que en ¨¦l no hab¨ªa lugar para las tristezas ni los pensamientos oscuros.
"Me pregunto si ellos tambi¨¦n sienten esta conexi¨®n. Si, de alguna manera, saben que estamos bien", murmur¨¦, m¨¢s para m¨ª que para ella.
"Supongo que solo queda seguir viviendo".
"Tal vez. Qui¨¦n sabe c¨®mo funcionan las cosas en este nuevo mundo. Lo que es seguro es que el amor no se va, Luciano. Ni en la Tierra, ni aqu¨ª".
Sonre¨ª.
"Es cierto", dije, levant¨¢ndome y sonriendo un poco m¨¢s sinceramente.
"Vamos a jugar un rato con Tar¨²n. Hoy es un buen d¨ªa para recordar por qu¨¦ seguimos adelante".
Mi mam¨¢ sonri¨® y asinti¨®, levant¨¢ndose con la torpeza de su peque?o cuerpo. Tom¨¦ su mano y caminamos hacia Tar¨²n, que segu¨ªa riendo y saltando, sin preocupaciones, como si el mundo entero estuviera en equilibrio solo por esa tarde.
A pesar de todas las complicaciones, y a pesar de esa enorme herida en el pasado, puedo decir que sigo siendo feliz. Eso es lo que importa y por lo que sigo luchando.
***
Pasaron varias horas hasta que todos volvieron con una gran carga de comida.
Si pongo el foco en los animales cazados, tenemos dos conejos, una iguana y ocho pescados. Aya se luci¨®.
"?Excelente trabajo, todos! Son incre¨ªbles, de verdad".
"Solo hicimos lo de siempre", respondi¨® Aya con modestia, aunque la curvatura de sus labios delataba una ligera sonrisa de satisfacci¨®n.
Mirella se pos¨® r¨¢pidamente sobre mi hombro.
"?Yo soy una gran cazadora! ?S¨ª!" Exclam¨®, haciendo un sonido de aprobaci¨®n para s¨ª misma que me hac¨ªa acordar a los gnomos.
Mientras todos pasaban hacia el interior de la cueva, nadie se dio cuenta de lo que llevaba puesto en mis pies.
"Esperen, ?realmente nadie se dio cuenta?" Dije al aire.
"?Qu¨¦ cosa?" Pregunt¨® Mirella.
Golpe¨¦ un poco el piso, la madera bajo mis pies sonando fuertemente.
"Miren mis pies. Me hice mi propio calzado, y todav¨ªa queda para hacer dos m¨¢s con lo que trajeron ahora".
"?Wow! ?Con raz¨®n no las vi, son diferentes!" Grit¨® al bajar al suelo.
Claro, este calzado no era como los anteriores que hice para las gemelas. Estas eran unas ojotas, de esas que hay que meter una tira entre el dedo gordo y el del lado. Pero no se quedaba solo ah¨ª, sino que para hacerlo m¨¢s c¨®modo para correr le puse dos tiras que se ataban detr¨¢s del tal¨®n.
De paso, no se escuchar¨ªa ese ''clap, clap, clap'' que se genera al caminar.
"?Luc¨ªa tambi¨¦n tiene calzado!" Grit¨¦.
Casi que no hab¨ªa terminado de hablar cuando Samira, con sus ojos brillando de curiosidad y las manos en la cadera, solt¨® una queja en voz alta.
¡°?Oye, yo tambi¨¦n quiero unas de esas! Mis pies necesitan algo m¨¢s c¨®modo. Las que hiciste para nosotras est¨¢n bien, pero ahora not¨¦ que se mojan mis pies¡±, protest¨®, inflando las mejillas en una mueca infantil.
No pas¨® un segundo antes de que Suminia se uniera al coro de quejas.
¡°?S¨ª, y a m¨ª se... se me meten piedritas dentro del pie! ?No es justo que Luc¨ªa y t¨² tengan algo mejor y nosotras no!¡±
Uh... Me acabo de dar cuenta de que cuando vivamos en la playa, se nos va a meter la arena entre los pies a cada rato.
Rundia, que acababa de terminar de acomodar las frutas, mir¨® mis pies de reojo y solt¨® una carcajada suave.
¡°Vaya, parece que tienes trabajo acumulado, Luciano. Te agradezco por hacerle la ropa a Luc¨ªa¡±.
"S¨ª, no fue nada".
De repente, todos comenzaron a hablar a la vez, creando un bullicio ca¨®tico en la cueva. Hasta Tar¨²n, que hab¨ªa estado durmiendo luego de haberse cansado de jugar tanto, se levant¨® y corri¨® hacia m¨ª.
¡°?Yo tambi¨¦n puedo tener esas... esas piedotas en mis pies?¡± Dijo, claramente confundido con el nombre, pero con los ojos llenos de emoci¨®n.
"Es un calzado, Tar¨²n".
Mirella, que hab¨ªa estado observando todo con un brillo competitivo en sus ojos, se cruz¨® de brazos y, desde el suelo, con su peque?a altura, elev¨® la voz.
¡°?Yo tambi¨¦n quiero unas! Quiero ir a perseguir animales y correr m¨¢s r¨¢pido sin preocuparme por lastimarme los pies¡±.
"?Pero si vos vol¨¢s!"
Mir¨¦ alrededor y me encontr¨¦ rodeado de caras expectantes. Todos quer¨ªan el mismo calzado. El murmullo de peticiones, comentarios y preguntas se intensificaba con cada segundo que pasaba.
Levant¨¦ las manos para tratar de calmar la situaci¨®n.
¡°?Est¨¢ bien, est¨¢ bien! Haremos unas ojotas para todos, pero voy a necesitar tiempo y m¨¢s materiales. Quiero que se organicen para ma?ana conseguir m¨¢s piel de conejo y yo har¨¦ lo mejor que pueda¡±.
"?Ojotas?" Pregunt¨® Anya.
"No entiendo".
"Ah... Ojotas, claro... Ese es el nombre de mi nuevo calzado".
"Pero si ya se llama calzado, ?por qu¨¦ le pondr¨ªas otro nombre?"
Me rasqu¨¦ la nuca, la verdad es que no sab¨ªa c¨®mo explicarle.
"Bueno, como se ve¨ªa distinto, quise ponerle otro nombre. Al mismo tiempo es un calzado, pero se llaman ojotas".
"Pero... no entiendo", respondi¨®, intentando buscar una mirada en Rundia, que tampoco parec¨ªa comprender lo que yo dec¨ªa.
¡°?No tiene sentido!¡± Elev¨® la voz, sacudiendo la cabeza.
¡°Si ya tenemos una palabra para eso, ?por qu¨¦ crear otra? ?No es solo m¨¢s confuso?¡±
Era la primera vez que ve¨ªa a Anya as¨ª. Creo que se est¨¢ frustrando.
"Es como cuando dije que la cueva y la casa son diferentes, aunque ambas sean lugares para vivir. Y si es un lugar para vivir y es nuestro, le llamar¨ªamos hogar, ?verdad? Lo mismo pasa con esto: hay tipos de calzado que se usan para diferentes cosas y tienen nombres diferentes. Estas ¡®ojotas¡¯ son un tipo especial de calzado que se usa para que tus pies respiren mejor y se sientan c¨®modos en climas calurosos".
"?Ojotas!" Grit¨® Luc¨ªa con un tono infantil mientras agarraba mi mano.
Parec¨ªa querer cortar un poco la tensi¨®n.
Anya abri¨® la boca para replicar, pero se detuvo. Vi c¨®mo su ce?o se relajaba poco a poco mientras asimilaba lo que dec¨ªa. Se llev¨® una mano al ment¨®n y mir¨® hacia la entrada de la cueva, donde las sombras se alargaban con la inminente llegada de la noche.
"Ma?ana organizaremos todo lo del calzado".
Finalmente, quit¨¦ las pieles de los animales, comimos una buena comida, recargamos part¨ªculas en el arroyo y nos fuimos todos para la playa.
Hab¨ªa llegado el momento de tomar una decisi¨®n importante. Mir¨¦ la l¨ªnea de ¨¢rboles que bordeaba la playa. ?Deb¨ªa seguir haciendo lo que, sin pensar, hice ayer y arrancarlos de ra¨ªz? ?O ser¨ªa mejor cortar una parte y permitir que, con el tiempo, esos troncos volvieran a crecer?
Me llev¨¦ la mano al ment¨®n mientras meditaba sobre las consecuencias. Si los dejaba a medias, tal vez la regeneraci¨®n de los ¨¢rboles tomar¨ªa a?os, pero podr¨ªa mantener algo de la naturaleza intacta. Sin embargo, sab¨ªa que, si quer¨ªa un ¨¢rea amplia y segura para los cultivos, lo mejor ser¨ªa retirarlos completamente. La magia que controlaba me permitir¨ªa hacerlo sin un esfuerzo f¨ªsico agotador.
Me acerqu¨¦ a Aya mientras intentaba decidirme.
"Aya, hoy tenemos que conseguir bastante madera. ?Te sent¨ªs muy cansada? Por lo que vi... lo hiciste muy bien con los pescados".
"?Te parece? La mayor¨ªa los cac¨¦ yo.
Y no, no estoy cansada, as¨ª que voy a ayudarte".
"Eso quer¨ªa escuchar, Aya. Ahora vayamos a conseguir la mayor cantidad de madera posible".
Una vez estando sobre donde estaba el ¨¢rbol que tiramos abajo ayer, finalmente me decid¨ª por quitar al menos unos doce o veinte ¨¢rboles y crear una especie de cuadrado donde en un futuro podamos arar la tierra.
La verdad es que no tengo ni idea de c¨®mo o qu¨¦ deber¨ªamos cultivar. Y si no hacemos eso, construir¨¦ un corral para criar animales.
Algo vamos a terminar haciendo.
Apoy¨¦ las manos sobre la tierra y, usando magia, extirp¨¦ las ¨²ltimas ra¨ªces que quedaban, junt¨¢ndolas y d¨¢ndoles una forma de cubo.
"Tom¨¢, Aya. Llev¨¢ esto a uno de los bolsones vac¨ªos y volv¨¦".
Ella tom¨® el cubo de madera entre sus manos y lo olfate¨® un poco antes de irse trotando hacia los bolsones que estaban cerca de la orilla. Ah¨ª estaban esperando los dem¨¢s para recoger todo lo que quedara cuando cayeran los ¨¢rboles.
Aya volvi¨® y volv¨ª a usar mi magia para hacer un corte r¨¢pido en el tronco.
"?Ahora!" Grit¨¦ y ambos empujamos de cada lado para que el ¨¢rbol caiga.
Esta vez me asust¨¦ un poco, porque cuando cay¨®, el mismo tronco rod¨® sobre la base que le quedaba y choc¨® contra otro ¨¢rbol cerca de m¨ª antes de caer hacia la arena.
El lugar se llen¨® de hojas y Aya se abraz¨® a m¨ª, por m¨¢s que ya hubiera pasado.
"?Est¨¢s bien?" Pregunt¨® r¨¢pidamente mientras me quitaba una hoja de la cabeza.
El coraz¨®n me lat¨ªa a mil por hora y solt¨¦ una carcajada nerviosa. Ver a Aya abrazada a m¨ª, mir¨¢ndome con preocupaci¨®n mientras intentaba despejarme de las hojas, me hizo tranquilizarme.
"Tranquila, tranquila, est¨¢ todo bien, fue solo un peque?o... error de c¨¢lculo. Supongo".
Antes de que pudiera decir algo m¨¢s, escuch¨¦ un par de pasos apurados acerc¨¢ndose. Era Rundia, que ven¨ªa corriendo con una expresi¨®n de alarma, y detr¨¢s de ella, Rin, que manten¨ªa el paso firme, pero miraba la situaci¨®n con el ce?o fruncido, claramente evaluando si hab¨ªa que preocuparse o si solo era una de mis locas ideas que hab¨ªa salido un poco mal.
"??Qu¨¦ pas¨®?!"
"Tranquila, mam¨¢. Solo fue un peque?o error de c¨¢lculo".
"Me hiciste dar un susto..."
Pas¨¦ al lado de Rin mientras miraba a Mirella volar cerca, pero sin decir nada.
La magia fluy¨® desde mis palmas hasta el ¨¢rbol, envolviendo mis dedos en un resplandor tenue. Cerr¨¦ los ojos y me concentr¨¦ en separar las ramas peque?as del tronco principal, dej¨¢ndolas caer al suelo mientras me enfocaba en pulir la estructura principal. Sent¨ª la textura de la madera ceder bajo el flujo de part¨ªculas, desprendi¨¦ndose algunas ramas un poco m¨¢s grandes.
Ni siquiera hizo falta decirles a los dem¨¢s que empezaran a recoger las ramas y hojas, ni siquiera a las gemelas o Mirella. Parec¨ªa que alguien ya les hab¨ªa hablado sobre nuestro anterior trabajo.
Los dej¨¦ seguir trabajando mientras me acercaba de nuevo a donde yac¨ªa la base de tronco con sus ra¨ªces bajo tierra.
"Tengo que buscar otra forma de corte. Tal vez... ?Un corte oblicuo? As¨ª caer¨ªa al instante", dije al aire mientras quitaba todo, dejando el suelo liso y cinco cubos de madera sobre el suelo.
No puedo decir que todos ellos ocupen el mismo volumen, pero¡ tienen aproximadamente veinticinco cent¨ªmetros cada lado.
Cargu¨¦ tres de ellos mientras sacaba c¨¢lculos matem¨¢ticos que realmente no servir¨ªan de mucho.
Dej¨¦ los cubos en un bols¨®n y me agach¨¦ un poco para ver el anterior cubo que dej¨® Aya. La manera en que los cubos estaban dispuestos en su interior me dio una idea de cu¨¢ntos m¨¢s podr¨ªa encajar en cada bolsa. Coloqu¨¦ un cubo junto a otro, marcando un patr¨®n imaginario de 3x3 en el fondo. Observ¨¦ la forma en que se podr¨ªan alinear, con los bordes toc¨¢ndose apenas.
De pronto se me ocurri¨® una idea que podr¨ªa mejorar la percepci¨®n de lo que es una casa. Voy a hacer una maqueta de madera con estos cubos.
Mir¨¦ un poco m¨¢s all¨¢ de la orilla. En el horizonte el sol ya se estaba poniendo; faltaban pocos minutos para que sea de noche. No importa, seguiremos trabajando.
Mir¨¦ los otros bolsones detenidamente. Ten¨ªamos este bols¨®n con los cubos, tres y medio con ramas y uno entero de hojas. Todav¨ªa quedaban seis libres.
Corr¨ª r¨¢pidamente hacia los ¨¢rboles. Aya estaba ah¨ª parada, mirando uno de los cubos que sosten¨ªa en su mano.
Mierda, mis pies comienzan a sudar. No me imagino c¨®mo deben estar transpirando los de Samira y Suminia. Ese tipo de calzado no es adecuado para este clima.
"?Seguimos?" Pregunt¨¦.
"Claro. ?Cu¨¢ntos m¨¢s faltan?"
"Al menos dos m¨¢s".
"Est¨¢ bien, sigamos".
Mir¨¦ mejor el siguiente ¨¢rbol; esta vez deb¨ªa probar el corte que hab¨ªa pensado.
"Voy a intentar hacerlo de otro modo".
"?Y qu¨¦ hago yo entonces?"
"Decile a los dem¨¢s que se alejen, que va a caer otro ¨¢rbol".
"?Oigan todos! ?Luciano va a dejar caer otro ¨¢rbol!"
Vamos, ahora s¨ª deb¨ªa funcionar.
Cap铆tulo 35: Un nuevo ayudante.
Usando magia, cort¨¦ r¨¢pidamente la parte baja del tronco de manera oblicua.
"?A un costado!" Grit¨¦, mi voz dirigida a Aya.
R¨¢pidamente, Aya dio un salto hacia atr¨¢s, pero el ¨¢rbol no se mov¨ªa. ?Fue un corte demasiado perfecto?
Me puse detr¨¢s del tronco y lo empuj¨¦ lo m¨¢s fuerte que pude; ah¨ª reci¨¦n comenz¨® a deslizarse hasta tocar el suelo y finalmente caer hacia delante.
"?Funcion¨®! Ahora lo har¨¦ de esta forma".
"No entend¨ª qu¨¦ pas¨®... ?C¨®mo hiciste?" Pregunt¨® Aya, que ya ten¨ªa a Mirella a su lado.
"?Qu¨¦ incre¨ªble, otro ¨¢rbol abajo!"
"Solo hice un corte especial para que cayera hacia delante", respond¨ª, se?alando el toc¨®n que hab¨ªa quedado.
Los dem¨¢s comenzaron a acercarse al escuchar la ca¨ªda del ¨¢rbol. Rundia y Samira llegaron primero.
"Estamos listos", dijo Rundia.
"Ah¨ª voy".
Volv¨ª a repetir el mismo proceso que antes: separ¨¦ las ramas del tronco principal y los dem¨¢s las fueron guardando.
Aya, que parece que se hab¨ªa quedado a mi lado mirando, se puso en frente m¨ªo.
"Luciano, hay algo en lo que he estado pensando. Si estamos construyendo un hogar, debemos protegerlo. Deber¨ªamos considerar una barrera, una protecci¨®n m¨¢gica".
La mir¨¦ mejor; estaba cargando los dos cubos que hab¨ªan quedado sueltos.
"Ah, s¨ª. Ya hab¨ªa pensado en eso. Quiero que vayas practicando a hacer barreras de diferentes formas, no solo que sean rectas".
"?M¨¢s... formas?"
"S¨ª, podr¨ªas ir practicando el deformar tus barreras. Puede ser dif¨ªcil, pero s¨ª vas a poder hacerlo".
Ella apret¨® los cubos contra su cuerpo m¨¢s fuertemente mientras los sosten¨ªa entre sus brazos.
"Nunca lo hab¨ªa pensado".
"?C¨®mo que no? No puedo ver las tres barreras que protegen nuestra cueva, pero... ?Acaso no lo hiciste a medida con los bordes? Y no son rectos".
Ella abri¨® muy grandes los ojos al escuchar mis palabras.
"Yo..." Murmur¨® y, de un momento a otro, una sonrisa colm¨® su rostro.
"?Me esforzar¨¦, te lo prometo!"
Con esas ¨²ltimas palabras llenas de emoci¨®n, se fue corriendo a guardar su carga.
"?D¨¦jalos bien acomodados!" Grit¨¦, pero justo en ese momento, un gru?ido a mis espaldas rompi¨® con la tranquilidad de la ahora noche.
"?Hmph! Ya veo que tienes una nueva mejor amiga, ?no? Todo solo porque te est¨¢ ayudando".
"Mirella, ya hab¨ªamos hablado sobre esto, que no deb¨ªas tener estos ataques de celos", respond¨ª a sus protestas, sent¨¢ndome sobre el tronco.
"No hay ninguna mejor amiga, ni hay nada raro, ni tampoco deber¨ªas preocuparte tanto por c¨®mo yo trato a los dem¨¢s".
"?Ah, s¨ª? ?Entonces solo tengo que dejar que la toques y ya? Porque se ve que te gusta mucho tocar su cuerpo".
Ah, lo del masaje...
Suspir¨¦ y observ¨¦ c¨®mo Mirella inflaba sus mejillas, los brazos cruzados frente a su pecho en un claro gesto de molestia. Las luces de sus part¨ªculas m¨¢gicas brillaban en su pelo lacio y rubio, resaltando sus ojos verdes que ahora me miraban con un brillo intenso, casi desafiante.
"Solo la estaba ayudando a relajarse".
Baj¨¦ la mirada al suelo, pensando en todas las veces que hab¨ªamos pasado juntos momentos similares, con Mirella celosa de algo o de alguien. Me pregunt¨¦ por qu¨¦ le afectaban tanto estas cosas. ?Era porque yo hab¨ªa sido quien la liber¨® de la piedra? ?O hab¨ªa algo m¨¢s...?
"?Ja! Siempre tienes una excusa perfecta, ?no? Pero, ?qu¨¦ hay de m¨ª? ?Cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que me miraste de esa forma o me tocaste como...?"
La tom¨¦ r¨¢pidamente entre mis manos, tap¨¢ndole la boca. Justo estaba pasando Rin frente a nosotros.
Le hice una risita nerviosa a la pasada. ¨¦l tambi¨¦n sonri¨® y sigui¨® cargando unas ramas.
Sent¨ª unos peque?os mordiscos antes de soltar su cuerpo. Ella sali¨® como una r¨¢faga de luz para mirarme desde arriba.
"?Hey!"
"Eso te pasa por hablar payasadas".
"??Qu¨¦ son payasadas!?"
A la pasada, Anya nos mir¨® raro.
"Nada, nada. Tengo que seguir trabajando para construir nuestra casa, as¨ª que si me lo permites..." Dije, pasando a su lado y yendo hacia el cuarto ¨¢rbol en fila para sacar.
Me acerqu¨¦ al siguiente ¨¢rbol, que estaba al lado del ¨²nico toc¨®n en pie, enfocando toda mi atenci¨®n en la base del tronco. Esta vez, el corte oblicuo ten¨ªa que hacer que cayera autom¨¢ticamente.
Deslic¨¦ la palma lentamente por el costado del ¨¢rbol, proyectando el corte en mi mente antes de ejecutarlo.
Un destello ilumin¨® un poco mis manos, y el tronco empez¨® a crujir con un sonido bajo y profundo. Di un paso al costado, atento a cualquier movimiento.
"?Todos atr¨¢s, va a caer!" Grit¨¦, asegur¨¢ndome de que nadie estuviera en el rango de ca¨ªda, aunque ya parec¨ªan haber terminado.
Le di un tiempo de espera y el ¨¢rbol comenz¨® a inclinarse, primero de forma lenta y luego con m¨¢s rapidez, como si entendiera que su destino ya estaba sellado. Cay¨® con un estr¨¦pito que hizo vibrar el suelo y levant¨® una nube de hojas y arena.
Al final, tard¨® como unos veinte segundos en caer. Creo que a los siguientes los terminar¨¦ empujando un poco y ya. Total, teniendo ese tipo de corte, no creo que caiga encima m¨ªo, ?no?
Con un movimiento de la mano sobre el tronco ca¨ªdo, canalic¨¦ m¨¢s magia para separar las ramas del tronco principal y las ramas terminaron cayendo en montones a los lados. Era como si el ¨¢rbol se desarmara por s¨ª solo ante mis ojos.
Creo que este fue el m¨¢s grande que conseguimos hasta ahora.
"?Perfecto!" Escuch¨¦ la voz de Samira a la distancia. Cuando mir¨¦ hacia ella, vi su expresi¨®n de alegr¨ªa. Tar¨²n y Suminia ya se acercaban con pasos r¨¢pidos para recoger todo.
Me permit¨ª un momento de pausa, observando la escena. Me di cuenta de que mi mam¨¢ estaba acostada sobre la arena, mirando hacia el cielo.
Lo que ella piensa sobre esta nueva vida todav¨ªa sigue siendo un enigma.
Mirella, a pesar de su reciente ataque de celos, tambi¨¦n estaba ayudando, aunque de vez en cuando lanzaba miradas furiosas hacia donde me encontraba. Me pregunto por qu¨¦ habr¨¢ dicho esas cosas, de que la mirara y la... tocara. Es un poco raro, m¨¢s sabiendo que yo fui el que par¨® lo que est¨¢bamos haciendo con Aya.
Ya lo hemos hablado tantas veces que va a llegar un punto en el que voy a pensar que tiene un problemita personal con eso. ?Ser¨¢ que el pacto de mejores amigos tendr¨¢ algo que ver?
***
Saltemos unos d¨ªas.
Hoy mi mam¨¢ cumpl¨ªa once meses. Qu¨¦ lindo, es una ternurita.
Al final, paramos de tirar ¨¢rboles abajo. En realidad, no terminamos trabajando todos los d¨ªas, ya que se hac¨ªa un poco repetitivo y empez¨® a ser agotador cuando comenc¨¦ a cortar los ¨¢rboles de m¨¢s atr¨¢s y tuvimos que empujar entre todos, porque no me iba a poner a cortarlos todos en fila. Quedar¨ªa feo y, adem¨¢s, no iba a poder cumplir mi objetivo secundario, que consist¨ªa en armar un lugar cuadrado o rectangular para futuros cultivos o lo que sea.
Como resumen del tema de la recolecci¨®n de materiales, terminamos con once ¨¢rboles menos y constru¨ª m¨¢s bolsones que se repart¨ªan entre doce con veintisiete cubos de madera cada uno y tres llenos de hojas.
Adem¨¢s de eso, ya todos vestimos las ojotas que dise?¨¦ y les ense?¨¦ a hacer el nudo ese que se hace en los zapatos. Con eso aprendido, tenemos las dos tiras atadas en los talones.
Al que m¨¢s le cost¨® fue a Tar¨²n, que intent¨® cientos de veces hasta que le termin¨® saliendo.
Actualmente tenemos varias pieles sobrantes de conejo, dos de serpiente y cuatro de iguana. Esto es algo nunca visto, porque la mayor¨ªa de las pieles se destrozaban cuando los adultos las quitaban con las manos, as¨ª que ahora se aprovecha mucho m¨¢s y no tenemos que comer comida con pelos.
"Entonces... ?A d¨®nde estamos yendo?"
La voz era de Mirella, que me estaba acompa?ando mientras yo caminaba por la playa.
Mir¨¦ hacia el cielo nublado. Por lo general, los d¨ªas suelen estar soleados. Al menos ahora tenemos un poco de sombra para as¨ª volver al trabajo.
"Estamos yendo a la cueva donde vive Tariq. ¨¦l me dijo que quer¨ªa hablar conmigo para que le explique lo que estamos haciendo".
"?Lo que estamos haciendo?"
"S¨ª, lo de la casa".
"?Ah! Entonces Tariq tambi¨¦n va a hacer una casa".
"Eso... es complicado. Por ahora vamos solo a hablar, ya veremos qu¨¦ pasa en un futuro".
"Est¨¢ bien, pero ?cu¨¢ndo vamos a seguir tirando ¨¢rboles al suelo?"
"Creo que hoy".
Observ¨¦ c¨®mo el oc¨¦ano, o mar, se estiraba hacia el horizonte, su ritmo constante y eterno. Hasta parec¨ªa ser una met¨¢fora de todo lo que a¨²n me faltaba por hacer, todo lo que intentaba ense?ar en este mundo que apenas comenzaba a conocer.
Hab¨ªa logrado que todos us¨¢ramos ojotas, s¨ª, y hab¨ªa mostrado mi habilidad para quitar las pieles sin destrozarlas, pero cada avance depend¨ªa de mi magia. No dejaba de pensar en c¨®mo ese hecho marcaba la diferencia entre yo y los dem¨¢s. ?C¨®mo ense?arles de verdad? ?C¨®mo hacer que ellos se desarrollaran sin depender de mis habilidades? Hasta ahora, todo lo que lograba era por mi capacidad de manipular la magia y mi conocimiento de una vida anterior, de un mundo que ellos nunca hab¨ªan visto ni entender¨ªan completamente.
Por ejemplo, ser¨ªa imposible ense?ar a hacer una casa; ni yo mismo podr¨ªa hacerlo ahora si no tuviera mi magia. Hab¨ªa que empezar a hacer hachas, clavos, martillos, etc. ?C¨®mo carajos se hac¨ªa eso? Si tuviera un material que sirviera como cuerda, al menos ser¨ªa menos complicado, pero incluso as¨ª...
Pens¨¦ un poco m¨¢s en mi vida anterior. Hasta en los videojuegos de supervivencia lograban hacerlo de alguna manera...
?Quiz¨¢s las enredaderas? Es lo m¨¢s parecido que se me ocurre para utilizar como cuerda. Habr¨ªa que probar su resistencia.
Al llegar a la cueva de Tariq, ¨¦l estaba esperando justo en la entrada, sin nadie m¨¢s a su alrededor. Me di cuenta de que le hab¨ªa crecido barba, algo que no se le notaba tanto antes.
Ahora que lo pienso, a Rin le est¨¢ pasando lo mismo, pero es m¨¢s como ''pelusita'', por decirlo de alguna manera.
"Hola, Tariq".
Mirella tambi¨¦n lo salud¨®.
Antes de que pudiera alcanzarlo, ¨¦l vino hacia m¨ª.
"Hola, chicos. ?Podemos ir al lugar donde est¨¢ lleno de cosas raras?"
"Ah, el lugar donde estamos por construir nuestra casa".
"S¨ª, algo as¨ª me dijo Tar¨²n. Quiero saber m¨¢s sobre eso".
"Claro. Solo quiero que sepas que no es nada peligroso, si es que lo dices por Tar¨²n. ¨¦l solo se encarga de mover ramas y hojas, nada m¨¢s".
"Est¨¢ bien... Realmente no era por eso, solo necesito averiguar qu¨¦ est¨¢n haciendo".
"Vamos entonces".
A paso r¨¢pido, Tariq me adelant¨®.
En ese momento, me di cuenta de que llevaba atadas unas pieles en los pies. ?Qu¨¦ carajos? Parece que est¨¢ queriendo copiar nuestros calzados.
"?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s? Hablo de Yume y Kiran".
"Ah, ellos est¨¢n buscando ramas para la fogata".
"Me alegro de que est¨¦n todos bien".
Ah¨ª qued¨® la conversaci¨®n. Tampoco es como si el recorrido fuera largo, pero no es como si supiera de qu¨¦ hablar con ¨¦l. Veremos qu¨¦ quiere.
Adem¨¢s, Mirella estaba muy callada. El d¨ªa en s¨ª estaba bastante apagado, al menos as¨ª lo estaba sintiendo por ahora. Hay que subir un poco los ¨¢nimos.Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings.
"Entonces, ?qu¨¦ quieres saber?" Pregunt¨¦ al llegar cerca de los bolsones.
"Todo. Quiero saber por qu¨¦ hay ¨¢rboles en el suelo, por qu¨¦ hay cosas dentro de esas cosas y tambi¨¦n por qu¨¦ no me dijeron nada".
Ah, pero qu¨¦ descarado.
"?Estamos por hacer una casa!" Interrumpi¨® Mirella.
"S¨ª, ya lo s¨¦... Bueno, nunca vi una casa, pero s¨ª s¨¦ que est¨¢n por hacer eso de alguna forma".
"No hac¨ªa falta decirte porque no era necesario. Sobre lo otro, estamos recolectando madera para hacer una casa, que es un lugar para vivir m¨¢s c¨®modo".
"?Un lugar m¨¢s c¨®modo para vivir? ?Por qu¨¦ no nos dijeron a los dem¨¢s sobre esto?" Pregunt¨® con un tono que parec¨ªa m¨¢s serio de lo que hab¨ªa anticipado.
"Ya lo dije; no hac¨ªa falta".
"Pero yo tambi¨¦n quiero un lugar m¨¢s c¨®modo para vivir".
"Lo entiendo. Eso podr¨ªamos hablarlo cuando terminemos nosotros, para saber si realmente funciona".
"?Y me vas a avisar?"
"S¨ª".
"?Y puedo llevarme una de estas cosas?" Pregunt¨®, tomando uno de los cubos.
"S¨ª, pero solo uno".
"Gracias".
Sin m¨¢s, se gir¨® y comenz¨® a alejarse con el cubo de madera bajo la mano derecha. Mirella y yo lo seguimos con la mirada mientras sus pasos se perd¨ªan entre la arena. Sin un adi¨®s, se fue tan r¨¢pido como lleg¨®, dejando solo una estela de preguntas en el aire.
?Qu¨¦ acababa de pasar? No lo s¨¦, pero lo bueno es que ya se fue. No soporto hablar mucho tiempo con ¨¦l.
Es raro que no haya preguntado acerca de mis ojotas y directamente haya intentado hacerse unas propias.
Desde que llegu¨¦ a este mundo, nunca pens¨¦ en la posibilidad de tener que lidiar con preocupaciones tan¡ cotidianas, y ahora aqu¨ª estaba, con un vecino curioso que se llevaba un cubo de madera sin aviso. Suspir¨¦, cansado y algo frustrado.
"Vaya, parece que no te gusta estar con ese se?or", dijo Mirella, rompiendo el inc¨®modo silencio.
"No es un se?or, es un tonto", respond¨ª mientras estiraba los brazos sobre mi cabeza y dejaba escapar un bostezo tan largo que sent¨ª c¨®mo se me humedec¨ªan los ojos.
"El d¨ªa est¨¢ aburrido, ?no te parece?" A?ad¨ª con una sonrisa ligera, tratando de disipar la incomodidad. Pero la sonrisa se desvaneci¨® tan r¨¢pido como hab¨ªa llegado; algo en mi interior segu¨ªa enrosc¨¢ndose en una sensaci¨®n de disgusto.
Mirella me observ¨® y su expresi¨®n se suaviz¨®.
"?Te sientes bien, Luciano?"
"Ah, s¨ª. Solo que me molesta hablar con este tipo, me pone de mal humor".
"?Entonces por qu¨¦ lo hiciste?"
"Para que ya no molestara m¨¢s... Ya se me va a pasar, no te preocupes".
"?Por qu¨¦ no descansamos un poco?" Sugiri¨® Mirella, dando un par de saltitos en el aire mientras su vestido celeste ondeaba levemente con la brisa. Su energ¨ªa era contagiosa, y por un momento, casi logr¨¦ dejar de lado el peso de mis pensamientos.
No iba a decir que no; la idea de un descanso me parec¨ªa genial. Me dej¨¦ caer sobre la arena, sintiendo c¨®mo los granos c¨¢lidos se adaptaban a la forma de mi cuerpo. El cielo azul y nublado se extend¨ªa sobre m¨ª.
"?Quer¨¦s acostarte?" Pregunt¨¦, dando golpecitos sobre la arena a mi lado.
"Est¨¢ bien".
Mirella se acomod¨® a mi lado, flotando por un momento antes de bajar y sentarse junto a mi cabeza. Sus peque?as manos se apoyaron sobre mis hombros, y se dej¨® caer suavemente, quedando tendida junto a m¨ª.
"?Est¨¢s tomando agua m¨¢gica?"
"S¨ª".
"Ya me parec¨ªa, est¨¢s m¨¢s grande. Avisame cuando quieras que te agrande el vestido".
"Por ahora no".
"Como quieras".
El murmullo del arroyo cercano y el golpe del viento contra los bolsones eran los ¨²nicos sonidos que romp¨ªan la calma. Sent¨ª mis p¨¢rpados pesados y, sin darme cuenta, empec¨¦ a cerrarlos. Mi respiraci¨®n se volvi¨® lenta y profunda, y la ¨²ltima imagen en mi mente fue la sonrisa de Mirella mientras ella tambi¨¦n se dejaba llevar por el sue?o, sus cabellos rubios cubri¨¦ndole parte del rostro.
No s¨¦ cu¨¢nto tiempo pas¨®; podr¨ªa haber sido un par de minutos o una hora entera. Pero mi sue?o fue interrumpido abruptamente por una voz que reconoc¨ª de inmediato, grave y persistente.
"?Luciano! ?Hey, despierten!"
Abr¨ª los ojos de golpe y un rostro apareci¨® ante m¨ª. Tariq estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresi¨®n mezcla de impaciencia y curiosidad. A su lado, Yume sosten¨ªa una papaya.
Bueno, al menos trajo a Yume. Siempre es bueno ver a una chica tan linda como ella. Intentar¨¦ no perder la paciencia.
Mirella tambi¨¦n se despert¨®, emitiendo un peque?o jadeo mientras se incorporaba y alisaba el vestido celeste que, por fortuna, a¨²n le quedaba bien. Parpade¨® varias veces, tratando de procesar la situaci¨®n.
"?Ahora qu¨¦ pas¨®?" Murmur¨¦, tratando de sonar lo m¨¢s tranquilo posible.
"Vine a hacer unas preguntas, y esta vez trajimos cosas para compartir".
A la mierda, esto es interesante.
Me incorpor¨¦ de inmediato, qued¨¢ndome sentado sobre el suelo.
"Ah, ya veo. ?Quieren que charlemos ac¨¢ sentados?"
Mirella me mir¨®, y luego lo mir¨® a ¨¦l. Creo que estaba un poco perdida.
"Est¨¢ bien, hablemos", respondi¨® y se sent¨® frente a m¨ª.
Tariq y Yume terminaron sentados uno al lado del otro, la papaya entre sus manos como una especie de ofrenda. Mirella, ahora m¨¢s atenta, se acomod¨® a mi lado, observando con curiosidad.
Yume, que hasta ahora se hab¨ªa mantenido en silencio, me mir¨® con una sonrisa que denotaba algo de timidez.
"Pensamos que podr¨ªamos charlar un poco sobre... eso de la casa y... los detalles. Ya sabes, para ayudar a Tariq".
"Entonces, Luciano, cu¨¦ntanos... eso de la casa... ?C¨®mo funciona exactamente? ?Es como una cueva?" Comenz¨® Tariq, rasc¨¢ndose la barba con expresi¨®n pensativa.
Casi solt¨¦ una risa, pero la contuve. La simpleza de la pregunta me hizo pensar en lo dif¨ªcil que fue explic¨¢rselo a mi grupo en aquel momento. Me pas¨¦ la mano por el pelo, sintiendo la aspereza del viento y la fina arena pegada a mi cuello.
"Bueno, no exactamente. Una casa es m¨¢s c¨®moda; pod¨¦s organizar cosas en diferentes habitaciones, hay un lugar especial para dormir, otro para cocinar... No es como una cueva, porque no es oscura ni h¨²meda", expliqu¨¦, tratando de usar t¨¦rminos que pudieran comprender.
Yume lade¨® la cabeza, sus ojos oscuros mir¨¢ndome con inter¨¦s.
"?Y esas habitaciones... qu¨¦ son?"
"Digamos que son las diferentes partes de la casa".
Ellos intercambiaron miradas, parec¨ªan no comprender lo que les dec¨ªa.
"?Y c¨®mo se te ocurri¨®?" Pregunt¨® Tariq.
"Se me ocurri¨® usando mi magia", ment¨ª, pero era la ¨²nica forma de zafar.
"Miren, as¨ª lo har¨ªa".
Me levant¨¦ y agarr¨¦ varios de los cubos de madera. Iba a hacerlo, iba a construir la maqueta de la casa.
"Miren, as¨ª me la imagino".
Poniendo de a un bloque, fui transformando la madera en suelo, paredes, mesas, puertas y dem¨¢s cosas.
La casa en miniatura termin¨® con una entrada principal dando a una especie de cocina-comedor. Luego, una puerta en frente que conectaba con un pasillo horizontal y tres puertas a lo largo. En la del medio hab¨ªa un ba?o y a los costados dos habitaciones. En los extremos del pasillo hab¨ªa otras dos habitaciones m¨¢s.
Un lugar donde cocinar y comer, un ba?o y cuatro habitaciones, as¨ª lo hab¨ªa pensado hasta ahora.
Dej¨¦ la maqueta sobre la arena, frente a nosotros. Era una casa en miniatura que, aunque rudimentaria, lograba transmitir lo que ten¨ªa en mente. Los ojos de Tariq y Yume se agrandaron, la curiosidad plasmada en sus rostros.
Mientras ellos inspeccionaban la maqueta, yo me permit¨ª un momento para reflexionar. Esto podr¨ªa ser una oportunidad enorme. Si lograba convencer a Tariq y a su familia de la utilidad de una casa de este estilo, podr¨ªan intercambiarme comida, ropa y otros suministros que nos vendr¨ªan bien. No es que estuvi¨¦ramos necesitados ahora, pero nunca se sabe cu¨¢ndo podr¨ªa surgir una emergencia. Y m¨¢s all¨¢ de eso, ser¨ªa un paso importante para hacer que este lugar evolucionara, para dejar mi huella en este mundo que, por m¨¢s salvaje que fuera, se estaba volviendo mi hogar.
"?Esto es... incre¨ªble! ?Y todo esto es parte de una casa de verdad?" Pregunt¨®, extendiendo una mano para rozar con cautela una de las peque?as puertas de madera.
"Pero es muy peque?a..."
"S¨ª", respond¨ª, obviando su frase final.
"Mir¨¢, esta parte de ac¨¢ es el comedor, donde se come y se pasa el tiempo con los dem¨¢s. Las habitaciones a los lados son para dormir, as¨ª cada uno tiene su espacio propio. Y ac¨¢, al fondo, est¨¢ el ba?o. Se usa para... bueno, para cuestiones de higiene", expliqu¨¦, observando c¨®mo sus expresiones se deformaban en un gesto confuso al o¨ªr esa ¨²ltima parte. Parec¨ªa que la idea de un espacio espec¨ªfico para esas necesidades era algo totalmente ajeno a ellos.
Yume se llev¨® una mano a la boca, tapando una sonrisa nerviosa.
"Y las cosas que hay dentro, ?qu¨¦ son?"
"Otros inventos que se me ocurrieron. Lo importante es que cada objeto tiene una funci¨®n espec¨ªfica".
De pronto, Mirella camin¨® por la arena hasta meterse dentro de la casa. Las paredes le llegaban a la cintura.
"Me imagino lo c¨®modos que estar¨ªamos en una casa as¨ª, Luciano".
"Podr¨ªamos hacer un trato", dije, quitando a Mirella de la casa.
"Yo les prometo que en un futuro construir¨¦ una casa como esta, pero a cambio, necesitar¨ªa su ayuda. Podr¨ªamos hacer intercambios de comida, ayuda en la construcci¨®n y, qui¨¦n sabe, quiz¨¢s en el futuro podr¨ªamos hacer m¨¢s cosas juntos".
Volvieron a intercambiar miradas por unos segundos. Era claro que la idea les atra¨ªa, aunque no entendieran del todo lo que implicaba.
"Esto es interesante, Luciano", dijo finalmente Tariq.
"No s¨¦ si podremos ayudarte con todo lo que pides, pero haremos lo posible. La idea de tener un lugar as¨ª... no lo s¨¦, parece incre¨ªble".
"Podr¨ªamos empezar con esto", agreg¨® Yume, estirando las manos para entregarme la fruta.
"Gracias. Estaremos hablando m¨¢s adelante sobre esto. ?Les parece?"
"De nada, Luciano", respondi¨® Yume, sin perder la calidez en sus ojos. Era una mujer con una gracia que pocas veces se ve¨ªa.
"Luciano, esto podr¨ªa cambiar muchas cosas. No s¨¦ c¨®mo lo pensaste tan bien, pero es... impresionante. Vendremos otro d¨ªa para ayudarles tambi¨¦n".
"?Eso es genial!" Grit¨® Mirella.
"?Por qu¨¦ no se quedan? Creo que hoy podr¨ªan ayudarnos. Claro, si es que est¨¢ bien que Kiran se quede solo".
"Yo ir¨¦ con ¨¦l, que Tariq se quede", dijo Yume, levant¨¢ndose r¨¢pidamente.
Asent¨ª con un gesto, agradecido.
"Perfecto. Te ver¨¦ en otro momento, Yume. Mandale un saludo a Kiran de mi parte".
"Eso har¨¦, adi¨®s".
Me qued¨¦ un momento mirando c¨®mo ella se alejaba, sin poder dejar de preguntarme qu¨¦ tanto estaba ocultando, o, mejor dicho, qu¨¦ tanto hab¨ªa dejado de mostrar desde que la conoc¨ª. Realmente, a m¨ª me parec¨ªa una buena chica con el hombre equivocado.
Despu¨¦s de un par de minutos, tom¨¦ la decisi¨®n de ir a buscar a los dem¨¢s en la cueva mientras Tariq esperaba en la playa. Todos se encontraban all¨ª, ya que hoy no salieron a recolectar nada.
Pero claro, a Anya no le caus¨® mucha gracia el ver a Tariq junto a nosotros.
"Anya..." Murmur¨® ¨¦l cuando ella pas¨® a su lado.
Anya esboz¨® una sonrisa bastante falsa.
¡°Oh, lo siento, no te vi ah¨ª. Estaba ocupada haciendo cosas importantes¡±, enfatiz¨® la ¨²ltima parte, como si clavase un cuchillo invisible en el pecho de Tariq. De hecho, si pudiera clavarle un cuchillo o tirarlo en medio del oc¨¦ano, yo creo que lo har¨ªa.
"Espero que realmente nos ayudes y no dejes las cosas a medio terminar, como a ti te gusta hacer".
Con esas ¨²ltimas palabras, dej¨® a Tariq con una mano colgando en el aire y se fue exagerando sus movimientos de la cadera, como si de una modelo desfilando se tratase. Qu¨¦ mujer.
Bueno, su modelaje ven¨ªa bien hasta que de repente se tropez¨® con la maqueta y cay¨® al suelo.
"?Qui¨¦n dej¨®... esta cosa aqu¨ª? ?Qu¨¦ es esto?"
"?Est¨¢s bien, Anya?" Pregunt¨® Rundia mientras la ayudaba a levantarse.
Me apresur¨¦ a llegar lo m¨¢s r¨¢pido que pude. Al final parece que solo se rasp¨® las manos y las rodillas.
"Mam¨¢, acompa?ala hasta el arroyo, as¨ª toma del agua sanadora".
"?Ves, te dije que la necesit¨¢bamos al lado nuestro!"
Solo atin¨¦ a agachar la cabeza. Todav¨ªa no hab¨ªa solucionado ese tema.
"No es nada, Rundia. No culpes a Luciano por esto", dijo Anya, sacudiendo la arena clavada a su piel.
"Yo dej¨¦ la casa de miniatura ac¨¢. Perd¨®n".
"?La casa en miniatura?"
Alc¨¦ la maqueta y la sostuve en mis manos.
"Hice la forma que va a tener nuestra casa, pero m¨¢s chica. Obviamente, cuando la construyamos, va a ser m¨¢s grande".
De pronto, todos los dem¨¢s se acercaron, curiosos.
"?Una casa m¨¢s peque?a? ?Eso es una casa?" Pregunt¨® Rin, tocando con el dedo una de las camas.
Samira tambi¨¦n meti¨® la mano, pas¨¢ndola por las sillas.
"?Y eso para qu¨¦ sirve?"
"Todas estas cosas ya las explicar¨¦ cuando creemos la casa".
"?Entonces hag¨¢mosla ya!" Grit¨® Samira en conjunto con su hermana.
Aya se acerc¨® al tumulto de gente.
"Si quieren terminarla r¨¢pido, entonces tendremos que seguir trabajando".
"Eso es cierto", respond¨ª, intentando recuperar la compostura y el control de la situaci¨®n.
"Vamos a necesitar mucha madera".
Lo cierto era que no lleg¨¢bamos ni a la mitad de madera de la que necesit¨¢bamos.
Lo bueno fue que esa noche, gracias a la ayuda de un adulto como lo era Tariq, logramos conseguir la madera de cuatro ¨¢rboles.
***
Saltemos un mes de recolecci¨®n.
?Feliz primer a?o para Luc¨ªa!
Bueno, lo importante es que creo que ya tenemos la suficiente madera como para empezar a construir. Para ello, terminamos bajando treinta y seis ¨¢rboles, formando una especie de cuadrado en el que hab¨ªa un 6x6 de ¨¢rboles.
Ahora falta extraer la piedra del suelo. No va a ser dif¨ªcil, porque en los d¨ªas libres ya estuve practicando el estirar un poco mi rango de trabajo.
Soy un chico ocupado, ?saben? Ahora s¨ª me puse serio, as¨ª que espero que Sariah est¨¦ observando atentamente desde arriba.
A todo esto, tambi¨¦n renovamos todas nuestras ropas de pieles y les hicimos... Bueno, hice las ojotas a Tariq, Yume y Kiran. Creo que nos estamos empezando a llevar un poco mejor.
Hablando de ellos, Tariq estaba de nuevo junto a nosotros en la playa.
"Luciano, te traje lo que me pediste".
¨¦l tra¨ªa en sus manos un mont¨®n de enredaderas.
"?Ah, las enredaderas! Muchas gracias, trajiste un mont¨®n.
?Podr¨ªas ponerlas ah¨ª?" Dije, se?alando uno de los bolsones vac¨ªos que hab¨ªa preparado justo para eso.
Lo cierto era que esta zona de la playa se hab¨ªa llenado de nuestro almacenamiento de madera y hojas.
Tariq se acerc¨® al bols¨®n y dej¨® las enredaderas que hab¨ªa conseguido, empuj¨¢ndolas lo m¨¢s al fondo posible.
"?Vas a necesitar m¨¢s?"
"S¨ª... Si es posible, quiero que traigas m¨¢s hasta llenar el lugar en donde reci¨¦n los pusiste".
"?Tanto hay que traer? ?Para qu¨¦ son?"
"No te preocupes, recuerda que todo esto es una ayuda para que en un futuro construyamos tu casa".
"?Ah, es cierto!" Contest¨®, levantando la voz con emoci¨®n.
"?Quer¨¦s quedarte? Ahora voy a empezar con el primer paso para mi casa".
"S¨ª, claro. Quiero aprender".
Aprender... Esa era la motivaci¨®n que necesitaba que todos ellos tuvieran, pero se me est¨¢ dificultando el ense?arles de un modo en el que no se necesitara magia. Esto me estaba sucediendo justo ahora, ya que estoy a punto de levantar toda una base de piedra para construir una casa. ?C¨®mo carajos lo hac¨ªa sin magia? S¨¦ que necesito cemento y cal, pero no s¨¦... Siento que me faltan los materiales.
"Entonces vamos con los dem¨¢s. Hoy va a ser un d¨ªa especial".
Me acerqu¨¦ junto a Tariq a la zona de construcci¨®n que, si lo miro desde el agua hacia el bosque, est¨¢ a la derecha de donde cortamos todos los ¨¢rboles. Ah¨ª es donde todos estaban recostados sobre la arena, mirando cada detalle de la maqueta.
"?Est¨¢n listos, chicos? Necesito que salgan del lugar as¨ª comienzo con el proceso".
Rin fue el primero en levantarse junto a Luc¨ªa.
"Ah, s¨ª. Te est¨¢bamos esperando".
"As¨ª que hoy vamos a hacer esa casa, ?eh! ?Qu¨¦ emoci¨®n!" Dijo Mirella mientras arrastraba la maqueta por el suelo.
Ahora est¨¢ un poquito m¨¢s grande; se nota el efecto del agua m¨¢gica.
Una vez que todos se alejaron del lugar, me recost¨¦ boca abajo contra la arena, hundiendo lo m¨¢s que pude mis manos sobre ella.
Empec¨¦ a tantear el fondo del terreno, hab¨ªa mucha tierra y mucha piedra. La idea que siempre tuve en mente consiste en llevar toda esta arena de la superficie hacia abajo, dejar la tierra como capa intermedia y extraer toda la piedra posible hacia arriba, dejando unos cent¨ªmetros por fuera de la superficie para equiparar la pendiente que tiene la playa.
Estaba poniendo en riesgo mi propio cuerpo al hacer esta locura, pero conf¨ªo en mis habilidades y tambi¨¦n conf¨ªo en las part¨ªculas m¨¢gicas, que s¨¦ que de alguna manera me ayudan. Mi mam¨¢ me dijo que es posible que tengan vida propia, porque ella escucha voces provenientes de aquellos que las portamos alrededor de nuestro cuerpo. Aunque claro, ella dice no poder verlas.
"?Mirella!" Grit¨¦, busc¨¢ndola con la mirada en la lejan¨ªa.
De pronto, ella apareci¨® volando frente a m¨ª.
"?Qu¨¦ pas¨®?"
"Bueno, yo necesito que... Necesito que te quedes sentada arriba de m¨ª. No s¨¦ si mis part¨ªculas van a alcanzar para hacer todo esto, as¨ª que necesito que me compartas alguna de las tuyas durante el proceso".
Mirella parpade¨® un par de veces, y una sonrisa cruz¨® su rostro.
"?Entendido!" Grit¨®, como si de una orden se tratara.
Se acomod¨® en mi espalda y sent¨ª c¨®mo se sentaba delicadamente, su vestido celeste tocando apenas mi piel.
"?Lista?" Pregunt¨¦, tratando de controlar mi respiraci¨®n.
"Siempre lista para ti, Luciano".
"Ah¨ª voy".
De repente, mi percepci¨®n se ampli¨®, como si pudiera sentir cada grano de arena y cada roca oculta bajo la superficie. La magia vibraba en mi cuerpo, bailando al comp¨¢s de mis pensamientos.
La primera parte del proceso era simple en teor¨ªa: desplazar la arena y hundirla hasta formar una capa estable, luego extraer la piedra de abajo.
Uno se podr¨ªa preguntar por qu¨¦ no dejo la arena m¨¢s arriba que la tierra, pues lo que pasa es que la arena es buena para drenar el agua, as¨ª que, si tenemos una capa de arena lo m¨¢s cerca posible, podemos crear un sistema para hacer un ba?o con un pozo entubado que llegue hasta la capa de arena o m¨¢s all¨¢ incluso.
Primero baj¨¦ la tierra m¨¢s cercana, desliz¨¢ndome por el suelo para acaparar toda esa esfera imaginaria que era mi campo de acci¨®n.
Pasaron varios minutos hasta que, en la parte superior, y debajo de la arena, solo se encontraba piedra. El siguiente paso era hundir la arena hasta el fondo, debajo de la tierra, y al mismo tiempo subir las otras dos.
Cap铆tulo 36: Obreros en un mundo prehist贸rico.
¡°Luciano, ?necesitas m¨¢s part¨ªculas m¨¢gicas?¡± La voz de Mirella sonaba m¨¢s seria que antes.
¡°No es como si te las tuviera que pedir, se transfieren autom¨¢ticamente¡±, respond¨ª con los dientes apretados.
El suelo bajo mis manos empez¨® a temblar cuando comenc¨¦ el proceso.
La magia requer¨ªa concentraci¨®n absoluta, y cualquier error podr¨ªa resultar en un accidente. El sudor ca¨ªa por mi frente y se mezclaba con la arena, creando peque?os regueros h¨²medos sobre la superficie.
La arena comenz¨® a descender junto a mi cuerpo, hundi¨¦ndose poco a poco bajo la presi¨®n de mi magia. La sensaci¨®n era intensa, como si cada part¨ªcula estuviera conectada a mi mente, obedeciendo mis ¨®rdenes. Pod¨ªa sentir el roce c¨¢lido de las manos de Mirella y c¨®mo se traspasaban sus part¨ªculas. Parec¨ªa que ella entend¨ªa la gravedad del momento, pues no se mov¨ªa ni un mil¨ªmetro, manteni¨¦ndose en silencio mientras continuaba en contacto con mi cuerpo.
El suelo comenz¨® a crujir, un sonido profundo que daba miedo, no solo porque yo estaba encima de toda la acci¨®n, sino porque estaba jugando con la mism¨ªsima naturaleza de este mundo.
La arena que antes hab¨ªa dominado la superficie se hund¨ªa m¨¢s y m¨¢s, como si yo fuera un gigante invisible que estaba empuj¨¢ndola hacia las entra?as de la tierra. Por encima de eso, las piedras y la tierra se elevaban gradualmente para dejar paso a la arena, formando una capa compacta que iba tomando forma justo donde quer¨ªa. Cada cent¨ªmetro ganado me costaba mucho esfuerzo, porque por momentos ten¨ªa que fusionar los materiales con la arena para que esta la atravesase.
¡°Luciano, las piedras est¨¢n subiendo¡ se ven desde aqu¨ª¡±, habl¨® en voz alta Aya desde un costado, su voz llena de asombro.
Ella rara vez mostraba una emoci¨®n tan evidente. Mir¨¦ de reojo y vi c¨®mo sus orejas puntiagudas se mov¨ªan inquietas, como si intentaran captar cada sutil vibraci¨®n del entorno.
Aya ten¨ªa raz¨®n, me di cuenta cuando una punta de piedra choc¨® contra mi pierna izquierda.
Las rocas que le siguieron eran irregulares, como una textura mal cargada en un videojuego, algunas estaban cubiertas de un musgo seco que desprend¨ªa el olor h¨²medo de la tierra. La piedra era clave para la base de lo que ser¨ªa nuestra casa, un fundamento s¨®lido que soportar¨ªa todo lo que vendr¨ªa despu¨¦s.
Y as¨ª segu¨ª por varios minutos hasta que se agotaron las part¨ªculas m¨¢gicas. Mirella fue a recargarlas r¨¢pidamente y volvi¨® para transfer¨ªrmelas.
Fui arrastr¨¢ndome por la piedra puntiaguda para seguir extrayendo m¨¢s y m¨¢s, ocupando todo el terreno que necesitaba.
Una vez con toda la piedra fuera, empec¨¦ a aplanarla, dejando una base recta que sobresal¨ªa de la arena que ten¨ªa a su alrededor. ¨ªbamos a tener que hacer una escalera del otro lado para tener una salida hacia la playa, porque la principal va a ser en la parte que da al bosque.
"?Ya termin¨¦!" Grit¨¦, levantando los brazos y mirando hacia los dem¨¢s.
Las miradas de todos se clavaron en el resultado. Me levant¨¦ con un peque?o dolor muscular recorriendo mi cuerpo. Un suspiro de alivio escap¨® de mis labios al ver la superficie completamente transformada. La base de piedra, lisa y compacta, era como un testimonio de los ¨²ltimos minutos de esfuerzo.
Rin se acerc¨® primero.
"Luciano... ?Esto es lo que ten¨ªas en mente? Porque en la casa de miniatura se ve diferente".
Se?al¨® la superficie con una ceja levantada, como si tratara de descifrar un misterio oculto.
Mirella estall¨® en una carcajada ligera.
"?Es solo el suelo! ?En serio pensaste que ya hab¨ªamos terminado, Rin?"
Me lanz¨® una mirada c¨®mplice, mientras balanceaba las piernas de forma despreocupada desde mi hombro.
Lo cierto era que ella se pas¨® un mont¨®n de tiempo dentro de la maqueta de la casa, estudiando cada parte.
"?Ah, es cierto!" Respondi¨® ri¨¦ndose y rasc¨¢ndose la cabeza.
Los dem¨¢s llegaron a paso r¨¢pido.
"?Es enorme!" Grit¨® Tar¨²n, y empez¨® a pisotear la piedra.
"?Cu¨¢ndo podremos jugar en la casa?" Pregunt¨®, casi rebotando de la emoci¨®n.
"Todav¨ªa falta un mont¨®n", contest¨¦.
Aya, por su parte, se manten¨ªa un poco apartada.
"Luciano tiene raz¨®n, no parece un espacio habitable todav¨ªa".
"El pr¨®ximo paso es traer los troncos hacia ac¨¢, as¨ª que necesito la ayuda de todos los adultos... Anya, mam¨¢, pap¨¢, Tariq y Aya. S¨ªganme".
Me mov¨ª r¨¢pidamente unos metros hacia donde estaban todos los troncos repartidos por la playa.
"?S¨ª, vamos!" Grit¨® Anya.
Lo bueno es que directamente ahora se ignoran con Tariq. Es como si ¨¦l no existiera para ella.
Tariq, con su altura superior al promedio y su postura recta, fue el primero en dar un paso al frente cuando llegamos al mont¨®n de troncos. Era f¨¢cil olvidarse de lo flaco que era y de que sus m¨²sculos no eran tan imponentes al verlo trabajar usando tanta fuerza. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ¨¦l asinti¨®, un gesto simple pero cargado de confianza.
Despu¨¦s estaba Aya, que ten¨ªa ese porte tan elegante que contrastaba con todo el trabajo que estaba haciendo. Sus cinco colas pomposas se meneaban tras ella y, de pronto, la vi acercarse a uno de los troncos m¨¢s finos. Se inclin¨®, rodeando el tronco con sus brazos y, sin esfuerzo aparente, comenz¨® a levantarlo, carg¨¢ndolo sobre su hombro.
Me acerqu¨¦ r¨¢pidamente.
"?Aya, se supon¨ªa que ten¨ªamos que hacerlos rodar!"
Sab¨ªa que ten¨ªa una habilidad natural para la defensa m¨¢gica, pero verla transportar un tronco, por m¨¢s que fuera peque?o, como si fuera una simple rama me dej¨® anonadado.
"Lo tengo todo controlado", contest¨® con una voz pausada, aunque pude notar un leve destello de orgullo en su mirada.
"B-Bueno... pero no quiero que te sobreesfuerces".
"Parece que Aya quiere impresionarte, ?no?" Murmur¨® Mirella desde mi hombro.
Cuando volte¨¦ para verla, sent¨ª m¨¢s cerca el ruido de la madera movi¨¦ndose; era Tariq, que segu¨ªa haciendo rodar un tronco ¨¦l solo.
Un poco m¨¢s atr¨¢s, estaban Anya y Rundia empujando otro.
"Mam¨¢, no te esfuerces demasiado", le advert¨ª, aunque sab¨ªa que Rundia era m¨¢s obstinada de lo que a veces parec¨ªa. Su hermoso pelo casta?o se mov¨ªa al comp¨¢s del viento mientras me lanzaba una mirada que reconoc¨ªa bien: la de alguien que no se dejar¨ªa intimidar por un desaf¨ªo.
"Ni lo sue?es, hijo. Esto es para nuestro nuevo hogar, y har¨¦ lo que haga falta", respondi¨® con una sonrisa que me trajo recuerdos de esas ¨¦pocas donde la vi levantarse una y otra vez ante las adversidades.
"?No nos vas a convencer, Luciano!" Grit¨® Anya mientras se esforzaba por empujar.
Fui caminando un poco m¨¢s atr¨¢s, dejando a las dos mujeres con sus cosas. Ah¨ª estaba Rin, empujando un tronco no muy grande ¨¦l solo.
Le hice una sonrisa a la pasada, pero creo que no me prest¨® atenci¨®n.
Los rayos de sol golpeaban fuerte, y la piel expuesta de todos empezaba a enrojecerse. Incluso as¨ª, no hab¨ªa quejas, solo el crujido de la madera siendo movida y el sonido de los pasos sobre la arena.
Por un momento, me sent¨ªa como el capataz de una obra, dirigiendo y observando a todos.
Al llegar al mont¨®n de troncos, vi a Luc¨ªa observ¨¢ndolos muy detenidamente.
"?Todo bien?" Pregunt¨¦.
"Ah. Hola, Luciano. Estaba viendo que hay algunos demasiado grandes, ?no te parece?"
"Podr¨ªa dividirlos a la mitad".
Lo cierto era que la mayor¨ªa de los troncos no eran muy grandes ni tan robustos.
"?Voy a buscar m¨¢s part¨ªculas?" Pregunt¨® Mirella.
"Eso ser¨ªa de gran utilidad, Mirella. Te espero ac¨¢".
"?Ya vuelvo!"
Tomando impulso contra mi hombro, hizo un gran salto y desapareci¨® volando entre los ¨¢rboles.
"?Me va a tocar seguir durmiendo con esos dos?"
"?Con Rin y Rundia? Y s¨ª, mami. ?Con qui¨¦n ir¨ªas a dormir, si no? Ten¨¦s que acostumbrarte a que son tus padres".
Ella chasque¨® la lengua.
"S¨ª, ya s¨¦... No digo que sean malos, pero no me acostumbro".
Sab¨ªa lo dif¨ªcil que deb¨ªa ser para ella seguir adapt¨¢ndose a una realidad tan distinta, siendo la reencarnaci¨®n de mi madre de la Tierra. Aunque lo manten¨ªamos en secreto, sus actitudes a veces dejaban entrever esa dualidad que solo yo pod¨ªa percibir.
"Es normal. Uno no se acostumbra de un d¨ªa para el otro. Me pas¨® lo mismo a m¨ª", respond¨ª, mirando su pesta?a roja.
"S¨ª..."
Ese d¨ªa trabajamos por varias horas. Hasta hicimos una hoguera en medio de la playa para poder comer.
Una vez que ya era de noche, ten¨ªamos todos los troncos sobre la gran base de piedra.
"?Les parece si seguimos ma?ana? Adem¨¢s, Tariq ya tiene que volver con su familia".
Tariq asinti¨®, un tanto aliviado.
"Claro, Luciano. Volver¨¦ ma?ana. Ser¨¢ mejor descansar un poco", dijo mientras saludaba con la mano.
"Y gracias por la comida".
"No es nada, nos ayudaste un mont¨®n".
"Entonces... ?D¨®nde dormimos hoy?" Pregunt¨® Samira con un poco de timidez.
"Vamos a dormir en la cueva hasta que tengamos finalizada la parte exterior de la casa", dije, agarrando la maqueta del suelo.
"Ac¨¢ no se ve, pero va a haber un techo, que es lo que nos cubrir¨¢ del sol".
"Ah... Supongo que est¨¢ bien as¨ª".
Realmente no s¨¦ si entendi¨®, pero finalmente partimos rumbo a nuestra cueva, un hogar que dentro de poco iba a quedar en el pasado. Vaya a saber si alg¨²n d¨ªa lo ocupar¨¢ otra familia.
Esa noche casi que no pude dormir pensando en tantas nuevas ideas que se me hab¨ªan ocurrido. Lo primero que deb¨ªa hacer era fabricar un balde para tener agua m¨¢gica cuando siga construyendo la casa. As¨ª Mirella no iba a tener que ir y venir para traerme part¨ªculas.
Me levant¨¦ mientras todos segu¨ªan durmiendo, cansados, y agarr¨¦ una papaya que hab¨ªa por el piso antes de partir hacia la playa mientras la com¨ªa.
Una vez ah¨ª, agarr¨¦ varios cubos de madera y los puse sobre la arena.
Utilizando mi magia, hice el balde que necesitaba, solo que la manija estaba firme hacia arriba. Ahora no tengo muchas ganas de ponerme en los detalles para hacer un buen balde. Adem¨¢s, tengo la idea de ense?arles a hacer sus propios recipientes con arcilla... La cual todav¨ªa hay que buscar.
Part¨ª rumbo al arroyo, pasando antes por la cueva y viendo que todos segu¨ªan durmiendo.
Estas part¨ªculas que formaban parte del agua m¨¢gica eran visibles solo para aquellos que pod¨ªan utilizarlas. De cierta manera, era un regalo que Sariah me hab¨ªa conferido cuando me trajo a este mundo. Sab¨ªa que con cada tarea extenuante mis reservas de part¨ªculas m¨¢gicas en mi cuerpo se reduc¨ªan, y eso era algo malo en un lugar donde la magia era tan ¨²til, al menos para la que yo puedo hacer con ella.
Fue entonces cuando Tariq apareci¨®.
"Luciano, ?qu¨¦ m¨¢s necesitas que haga hoy?"
La voz me sorprendi¨® mientras estaba cargando el balde con agua.
"?C¨®mo sab¨ªas que estaba ac¨¢?"
"Es que estaba buscando enredaderas y te encontr¨¦", respondi¨®, mostr¨¢ndome las que colgaban en una de sus manos.
Me limpi¨¦ las manos en la tela de mi rudimentaria ropa antes de contestar.
"Buen trabajo. Acordate que cuando ya no encuentres m¨¢s, las ten¨¦s que dejar donde pusiste las otras".
"Est¨¢ bien".
Este hombre es bastante trabajador... ?Y si utilizo a Tariq como mediador en mi plan de ense?arles a los dem¨¢s a hacer las cosas sin depender de la magia?
"Tariq, me parece que necesito algunas peque?as ayudas m¨¢s... Vos ya sab¨¦s que yo te hice las ojotas y tambi¨¦n te voy a construir una casa en el futuro..."
"?S¨ª...?"
"Adem¨¢s de seguir consiguiendo enredaderas, necesito que busques algo m¨¢s espec¨ªfico hoy, o cuando puedas".
"?Qu¨¦ cosa?"Stolen from Royal Road, this story should be reported if encountered on Amazon.
"Arcilla".
Tariq frunci¨® el ce?o, sus ojos negros apenas visibles bajo su expresi¨®n de confusi¨®n.
"?Arcilla? ?Qu¨¦ es eso?"
Me agach¨¦ y recog¨ª un poco de tierra h¨²meda entre mis dedos, mostr¨¢ndosela.
"La arcilla es un tipo de tierra que, cuando se mezcla con agua, se vuelve maleable. Se puede usar para moldear objetos, y cuando se seca, se endurece. Si encontramos suficiente, podr¨ªamos hacer recipientes como este, pero sin usar magia".
Levant¨¦ un poco el balde con mitad de agua.
Tariq asinti¨® lentamente, asimilando la idea.
"Eso suena... interesante. ?C¨®mo la reconocemos? ?Qu¨¦ es eso que hiciste?"
"Primero que nada, esto es un balde. Lo uso para transportar agua".
Se lo di para que lo agarrara de la manija.
"Es algo bastante ¨²til".
"Por lo general, la arcilla se encuentra cerca de r¨ªos o arroyos. Te ense?ar¨¦ a buscarla".
Hice un gesto para que me siguiera y juntos caminamos hasta el borde del arroyo.
Nunca hab¨ªa encontrado arcilla, aunque tampoco me hab¨ªa detenido a buscarla bien. S¨¦ que estuve un tiempo recolectando oro en el arroyo, pero nada m¨¢s que eso.
"Si esto es madera, ?c¨®mo vamos a hacer algo como esto, pero de tierra?"
"Como dije, luego se endurece. S¨¦ que no va a quedar igual, pero..." Me detuve un momento, pensando bien qu¨¦ iba a decir.
"Tampoco quiero que todo lo haga yo con magia, ?sabes? Tambi¨¦n quiero ense?arles para que lo hagan ustedes mismos".
"Realmente no s¨¦ c¨®mo se te ocurre todo esto o c¨®mo le das nombres a cosas raras. ?C¨®mo puedo hacer para que a m¨ª tambi¨¦n se me ocurran esas ideas?"
"Eh... Me parece que puede ser un efecto de la magia", ment¨ª.
"Pero si te tuviera que dar un consejo, deber¨ªas buscarle un segundo uso a las cosas".
"Eso suena dif¨ªcil".
"Entonces veamos si encontramos arcilla y luego hablamos sobre eso".
"Est¨¢ bien".
El suave sonido del agua corriendo a nuestro lado serv¨ªa de banda sonora para el d¨ªa que apenas comenzaba, y las primeras luces del amanecer ba?aban el paisaje, que ya de por s¨ª era hermoso. Tariq caminaba a mi lado, observando el entorno y sosteniendo el balde en su mano izquierda y las enredaderas en la derecha. No pude evitar recordar la primera vez que lo vi; en ese entonces, la sola menci¨®n de su nombre me produc¨ªa un nudo de desprecio en el est¨®mago. Hab¨ªa juzgado su abandono de Anya como un acto imperdonable. Pero en este momento, caminando juntos en busca de arcilla, me di cuenta de que mi percepci¨®n de su persona hab¨ªa cambiado sutilmente.
Aun as¨ª, nunca lo perdonar¨¦.
Al menos ahora, estaba dispuesto a colaborar y aprender, lo cual ya era un avance importante. Y si iba a seguir adelante con mi plan de ense?ar a los dem¨¢s a crear por s¨ª mismos, necesitaba un aliado que pudiera inspirar a otros humanos a seguir sus pasos. ¨¦l podr¨ªa ser esa chispa, o al menos un experimento para ver hasta qu¨¦ punto un humano com¨²n pod¨ªa innovar sin depender de la magia.
"Oye, ?te ha pasado alguna vez que ves algo y te imaginas que podr¨ªa servir para otra cosa?" Pregunt¨¦, rompiendo el silencio.
"S¨ª, el fuego sirve para cocinar la comida y tambi¨¦n para quemar cosas".
"Bueno, eso ser¨ªa algo que ya descubriste".
"Entonces..." Comenz¨®, mir¨¢ndose ambas manos.
"Podr¨ªamos hacer ropa con estas enredaderas".
Bueno... era un avance.
"Ser¨ªa complicado, pero es cierto que con hojas grandes s¨ª se podr¨ªa hacer ropa".
De repente, not¨¦ un cambio en el suelo, una textura m¨¢s densa y oscura que me llam¨® la atenci¨®n. Me agach¨¦ y hund¨ª los dedos en la tierra; ten¨ªa una consistencia m¨¢s pegajosa, como una masa de pan antes de hornearse. Era posible que hubi¨¦ramos encontrado lo que busc¨¢bamos.
"Mir¨¢ esto", dije, llamando a Tariq.
¨¦l se agach¨® a mi lado, dejando las cosas a un lado y observando c¨®mo manipulaba la tierra entre mis dedos.
"?Es eso... lo que vinimos a buscar?" Pregunt¨®, casi incr¨¦dulo.
"Exacto", respond¨ª con una sonrisa de triunfo, aunque en realidad no sab¨ªa si estaba en lo cierto.
El primer paso estaba dado. Sin esperar mucho, le expliqu¨¦ c¨®mo deb¨ªa juntar un poco y unirlo con otro poco. Mientras lo hac¨ªa, Tariq se mov¨ªa con torpeza, pero tambi¨¦n con determinaci¨®n. Era como si un nuevo inter¨¦s se hubiera encendido en ¨¦l. Eso era bueno.
Si esto funcionaba, Tariq podr¨ªa ser mi aliado en el futuro, alguien que ayudara a extender el conocimiento sin que yo estuviera presente. Pero, si no... bueno, siempre tendr¨ªa a los dem¨¢s para intentarlo.
"Tariq, quiero que hoy te quedes haciendo esto. Quiero que con la arcilla formes algo que sea parecido al balde que te di reci¨¦n, el que tiene agua dentro".
Tariq levant¨® la vista, claramente confundido.
"?Pero no ¨ªbamos a seguir construyendo todos juntos?"
"S¨ª, pero esto tambi¨¦n es importante. S¨¦ que no ser¨¢ f¨¢cil al principio, pero aprender a moldear esta arcilla puede abrir un mont¨®n de posibilidades para nosotros. Y, adem¨¢s, es algo que no depende de la magia. Es algo que vos pod¨¦s hacer por tu cuenta, ?entend¨¦s?"
Se qued¨® pensativo, uniendo y despegando dos trozos de arcilla.
"No s¨¦ si podr¨¦ hacerlo. Se ve complicado".
"Mir¨¢, no tiene que ser perfecto, ni siquiera parecido al que tengo yo. Solo quiero que experimentes. Si logr¨¢s moldear algo que pueda contener agua, habremos avanzado un mont¨®n. Y si no... bueno, al menos habr¨¢s aprendido algo en el intento".
Con esas palabras, me levant¨¦ del suelo, sacudiendo mis manos entre s¨ª.
"Podr¨ªas empezar haciendo algo peque?o".
"Voy a intentarlo. Solo debe tener un hueco donde entre agua, ?no?"
"S¨ª, como esto", dije mientras usaba magia para moldear un poco de arcilla, formando un vaso.
"Tom¨¢, usalo como ejemplo".
Tariq lo recibi¨® con sus manos sucias y lo observ¨® detenidamente; luego lo meti¨® al agua del arroyo. Claramente, el agua que tom¨® empez¨® a ponerse sucia.
"La arcilla debe endurecerse antes de poder usarla de verdad. Una vez que termines de moldearla, hay que dejarla en un lugar que le d¨¦ el sol".
"Ah, cierto. Ya me lo hab¨ªas dicho, perd¨®n".
"No importa, as¨ª es como se aprende", hice una risa suave.
"Me llevo el balde y las enredaderas. Vos quedate haciendo eso y despu¨¦s... Tambi¨¦n quiero que se lo expliques a Yume y a Kiran".
"Claro, si me va bien se los voy a mostrar".
"En realidad no es por el resultado en s¨ª, sino por el proceso de aprendizaje".
"?Ah! ?Un ni?o me est¨¢ ense?ando muchas cosas!"
"?Eh?"
¨¦l peg¨® un tercer trozo de arcilla a lo que ya ten¨ªa hecho.
"Es que me acord¨¦ cuando te dije que un ni?o no pod¨ªa decirme qu¨¦ hacer".
"Ah..."
Hice una risa absurda mientras buscaba el balde y las enredaderas.
"Supongo que soy un poco entrometido y me gusta hacer cosas nuevas".
"Por la magia..."
"Ya me tengo que ir, Tariq. Me voy a mi cueva. Chau".
A paso r¨¢pido, me esfum¨¦ entre los ¨¢rboles.
Luego de una breve explicaci¨®n sobre la utilidad del balde, ya est¨¢bamos en la playa, aunque sin las gemelas y Mirella, que fueron a cazar.
A pesar de que expliqu¨¦ que el balde serv¨ªa para transportar agua, los dem¨¢s humanos normales siguen sin entender lo de las part¨ªculas m¨¢gicas.
"Bien, esto tiene que funcionar", murmur¨¦ mientras me inclinaba hacia uno de los troncos que hab¨ªa puesto en el borde de la base de piedra.
La textura rugosa de la madera me rasp¨® los dedos al tantear cu¨¢l ser¨ªa la primera pieza que usar¨ªa.
A mi lado, Aya observaba con curiosidad el balde con agua y al mismo tiempo lo que yo hac¨ªa. Hab¨ªa desplegado sus cinco colas, que se mov¨ªan suavemente al ritmo del viento y de vez en cuando rozaban mi espalda.
"?Crees que funcionar¨¢?" Pregunt¨®, sus ojos anaranjados fijos en la madera.
"Obvio que va a funcionar".
Ella no respondi¨®, solo dej¨® escapar un peque?o suspiro y me dio un leve empuj¨®n con una de sus colas.
"Hazlo ya. Quiero ver si tu idea loca realmente funciona".
Claro, para alguien que no ha visto nunca una planificaci¨®n tan grande, esto podr¨ªa resultarle una locura.
"Ah¨ª voy".
A todo esto, Aya ya tiene cuarenta a?os. Debo decir que se mantiene en una espl¨¦ndida forma f¨ªsica.
Puse las palmas sobre un tronco y enfoqu¨¦ mi intenci¨®n. Quer¨ªa que se fusionara con la roca de una forma natural, como si ambos hubieran crecido juntos desde el principio. Al principio, la energ¨ªa titube¨®, pero porque yo titube¨¦. Todav¨ªa no hab¨ªa decidido el ancho de la pared...
Hag¨¢moslo de cinco cent¨ªmetros; es lo m¨¢ximo que puedo estirarme con la cantidad de madera que tenemos.
Lentamente, vi c¨®mo la base del tronco comenzaba a unirse con la piedra. Este era un proceso que conoc¨ªa muy bien y no me costaba nada de esfuerzo. Creo que hoy podr¨ªa terminar todas las paredes externas.
"?Aya, necesito que traigas ese tronco!" Orden¨¦, se?alando el m¨¢s cercano.
Sin ning¨²n tipo de reproche, Aya asinti¨® y se movi¨® con esa rapidez que la distingu¨ªa.
Cuando mir¨¦ hacia atr¨¢s, vi a todos los dem¨¢s parados fuera del suelo de piedra. Rin se estaba acercando.
"Luciano, ?quieres que ayude?"
"Tal vez necesite la ayuda de todos, porque quiero que ubiquen algunos de los troncos sobre los bordes de la piedra".
"?Claro que lo haremos!" Grit¨® Anya mientras ven¨ªa a ayudar.
La energ¨ªa flu¨ªa con una facilidad incre¨ªble desde mis manos hasta la base de cada tronco. Cada uni¨®n entre madera y roca era perfecta, como si estuviera viendo el nacimiento de una estructura viva, algo que pertenec¨ªa a este mundo pero que hab¨ªa salido de mi mente. Era casi adictivo. Sent¨ªa cada part¨ªcula m¨¢gica moverse seg¨²n mi voluntad, siguiendo un patr¨®n que ya se hab¨ªa vuelto casi instintivo.
"?M¨¢s troncos!" Grit¨¦, mi voz resonando por encima del sonido del c¨¢lido viento que ven¨ªa desde el mar.
"?M¨¢s madera!"
Aya apareci¨® casi de inmediato, arrastrando un tronco que parec¨ªa demasiado pesado. Lo dej¨® a mi lado con una expresi¨®n tranquila. A su lado, Rin, Anya y Rundia tra¨ªan m¨¢s madera.
"?Perfecto! P¨®nganlos aqu¨ª", exclam¨¦ y se?al¨¦ el borde donde estaba levantando la pared.
"R¨¢pido, r¨¢pido, que todav¨ªa tengo energ¨ªa para rato".
Aya inclin¨® la cabeza, apoyando una mano en su cadera mientras su cola m¨¢s cercana se balanceaba perezosamente.
"Pareces muy seguro de ti mismo, Luciano".
"?Lo estoy! Esto es incre¨ªble, ?no lo ves? Est¨¢ quedando perfecto. Este lugar ser¨¢ indestructible cuando terminemos. Ser¨¢ el comienzo de algo grande, Aya".
Con cada tronco que a?ad¨ªa, la pared sub¨ªa m¨¢s y m¨¢s. Pronto, la estructura comenz¨® a parecerse a algo real, algo funcional. Un espacio protegido, un refugio seguro. Algo que yo hab¨ªa imaginado y que ahora estaba tomando forma gracias a m¨ª.
Necesit¨¦ cuatro troncos para terminar una pared... Que ser¨ªa la del lado izquierdo del comedor si lo veo desde la perspectiva de la entrada que estar¨¢ del lado del bosque. A este paso, solo voy a terminar haciendo tres salas.
Est¨¢ bien, seguir¨¦ as¨ª y luego voy a tener que avisarles que falta mucha madera m¨¢s. Por lo pronto, achicar¨¦ el ancho en aproximadamente un cent¨ªmetro.
El siguiente objetivo era la entrada principal.
Este era el tipo de avance que me llenaba de energ¨ªa, no solo f¨ªsica, sino mental. Mir¨¦ hacia mi izquierda, donde iba la entrada principal, meditando en c¨®mo deb¨ªa dise?arla. Si esta ser¨ªa la primera estructura de verdad en este lugar, deb¨ªa tener una entrada que estuviera a la altura de las expectativas.
"Ahora viene la parte interesante", murmur¨¦ mientras med¨ªa mentalmente la distancia entre los bordes del marco de la puerta. No pod¨ªa ser muy bajo, o ser¨ªa inc¨®modo para los m¨¢s altos del grupo. Aya... claro, Aya es la clave ac¨¢.
"?Aya!"
"?Qu¨¦ pasa ahora? ?Te quedaste sin ideas?" Pregunt¨® con un tono ligeramente burl¨®n.
Creo que... ella me ha estado hablando de otra forma ¨²ltimamente. ?C¨®mo se dice cuando...? Ah, s¨ª. Entramos un poco m¨¢s en confianza y esta faceta suya me est¨¢ gustando.
"Al contrario. Necesito que pases por ac¨¢".
Se?al¨¦ el espacio donde ir¨ªa el marco de la puerta, a mitad del largo de la base de piedra de esta sala.
Se acerc¨® despacio, con ese andar elegante que la caracterizaba. Se detuvo justo al borde, cruzando los brazos sobre su pecho.
"?Y qu¨¦ se supone que haga?"
"Solo pas¨¢. Quiero calcular la altura. Sos la m¨¢s alta de todos, y no quiero que tengas que agacharte cada vez que entres".
"?Ah! Ac¨¢ va la puerta, ?no? ?Era as¨ª como dijiste que se llamaba?" Pregunt¨® mientras sus pies llegaban hasta la arena, que luego terminar¨ªa convirti¨¦ndose en tierra.
Observ¨¦ cada detalle: sus orejas puntiagudas, la longitud de su cuerpo, incluso la amplitud de sus hombros.
"S¨ª, ah¨ª va la entrada a la casa".
Ella se gir¨® para volver a entrar al suelo de piedra.
"?Ahora qu¨¦?"
"Necesito que traigan madera, m¨¢s troncos", respond¨ª, tambi¨¦n mirando a los dem¨¢s.
"?Ya lo escucharon!" Grit¨® Anya, y a los segundos se comenz¨® a sentir el crujido de la madera rodando.
Gastando un total de la mitad de mis part¨ªculas m¨¢gicas iniciales, termin¨¦ con toda la pared y el marco.
"Perfecto", dije, satisfecho.
"Ahora, a trabajar en las paredes que siguen".
Rundia se qued¨® un momento observando el marco de la futura puerta, acariciando uno de los bordes con una expresi¨®n pensativa.
"Tienes una forma interesante de hacer las cosas, hijo. No es solo por esa magia... es como si estuvieras haciendo algo que nosotros no llegar¨ªamos a pensar nunca".
Le sonre¨ª de reojo mientras comenzaba con la tercera pared, la paralela a la primera que hab¨ªa hecho.
"Es que no se trata solo de hacer una casa, mam¨¢. Es sobre c¨®mo podemos crecer juntos, hacer algo distinto¡ algo mejor. Si quer¨¦s empezar a ver las cosas de manera diferente, ten¨¦s que primero entender su significado y luego sus posibles utilidades".
Ella asinti¨® lentamente, sin apartar la vista del trabajo. Sus dedos segu¨ªan acariciando la madera, como si intentara entender c¨®mo algo tan simple pod¨ªa volverse tan... especial.
"?Y c¨®mo hago eso?"
Era un buen momento para que los dem¨¢s tambi¨¦n escucharan.
"Yo creo que el primer paso es ver m¨¢s detenidamente las cosas y buscarles una segunda utilidad".
Me tom¨¦ un momento para observarla en silencio. Hab¨ªa algo en esa mirada que me impuls¨® a profundizar m¨¢s, a buscar no solo que entendiera el prop¨®sito de lo que hac¨ªa, sino que encontrara su propia manera de verlo.
"Mam¨¢", comenc¨¦, mientras miraba que los dem¨¢s deten¨ªan su trabajo para tambi¨¦n prestar atenci¨®n.
"?Alguna vez pensaste en c¨®mo algo tan com¨²n como un ¨¢rbol puede ser mucho m¨¢s que solo un ¨¢rbol?"
Ella me mir¨®, con sus cejas ligeramente fruncidas.
"?M¨¢s que un ¨¢rbol? ?Te refieres a que puede darnos sombra o madera?"
"S¨ª, pero eso es solo lo b¨¢sico. Mir¨¢ esto, es un marco", dije se?al¨¢ndolo.
"A simple vista, es solo madera bien puesta. Pero si lo pens¨¢s, es m¨¢s que eso. Terminar¨¢ siendo el soporte para la futura puerta. Una idea. Una conexi¨®n entre lo que est¨¢ adentro y lo que est¨¢ afuera. Algo que cambia c¨®mo nos movemos, c¨®mo nos relacionamos con el lugar".
Fui girando la vista para ver a los otros tres.
"Ustedes han vivido mucho m¨¢s tiempo que yo, ?no es as¨ª? ?Nunca tuvieron nuevas necesidades? Como, por ejemplo... Pap¨¢, s¨¦ que te gusta cortarte el cabello porque me viste hacerlo una vez, ?pero no crees que usar una piedra afilada servir¨ªa para cortar otras cosas?"
¨¦l se acerc¨®, pero no lo dej¨¦ hablar.
"A partir de ahora, cada vez que vean algo, preg¨²ntense: ''?Qu¨¦ m¨¢s podr¨ªa ser esto?'' Y dejen que tu imaginaci¨®n haga el resto".
Me apoy¨¦ en el marco de madera reci¨¦n ensamblado, dejando que mis dedos recorrieran su superficie rugosa mientras ellos reflexionaban sobre lo que acababa de decir.
Hubo unos segundos de silencio donde ellos se miraron sin saber qu¨¦ decir. Hasta Aya se hab¨ªa quedado pensativa.
"No hace falta que act¨²en de inmediato. Solo quiero que observen mejor lo que est¨¢ a su alrededor... Tariq tambi¨¦n est¨¢ en eso".
"Ya veo..." Murmur¨® Anya.
Necesitaba m¨¢s part¨ªculas m¨¢gicas para seguir trabajando.
Mir¨¦ hacia el balde de agua. Estaba estrat¨¦gicamente colocado en un borde de la base de piedra. Me acerqu¨¦ con cuidado, manteniendo un aire despreocupado mientras Aya, Rin y Rundia segu¨ªan acomodando los troncos.
"Un momento, necesito revisar algo", dije, d¨¢ndome la vuelta r¨¢pidamente hacia el balde.
El problema era que ah¨ª estaban mi mam¨¢ y Tar¨²n.
"?Hola, chicos!" Alc¨¦ la voz mientras ve¨ªa que Luc¨ªa miraba atentamente dentro del balde primitivo.
"?Qu¨¦ hacen?"
"?Jugando!" Grit¨® Tar¨²n mientras saltaba en el lugar.
"Hola, Luciano", dijo ella haciendo un gui?o.
Realmente no sab¨ªa qu¨¦ estaban haciendo, pero no ten¨ªa mucho tiempo.
"A ver c¨®mo est¨¢ el agua..."
Haci¨¦ndome el desentendido, me inclin¨¦ como si simplemente estuviera inspeccion¨¢ndolo. Mi mano toc¨® la superficie del agua, y las part¨ªculas comenzaron a traspasarse violentamente, fluyendo hacia m¨ª con una velocidad nunca antes vista. Hasta parec¨ªa que se peleaban por venir hacia m¨ª.
En ese momento, Luc¨ªa acerc¨® su o¨ªdo hacia mi brazo.
Ah, ya veo... Est¨¢ escuchando cosas.
"?Qu¨¦ linda est¨¢ el agua!" Exclam¨¦, mirando a Tar¨²n.
"Recuerden que es del arroyo, as¨ª que t¨®menla cuando necesiten, ?s¨ª? P¨®rtense bien".
"?S¨ª, hermano!" Grit¨® mi mam¨¢, o, mejor dicho, mi hermana menor en este mundo.
A veces fing¨ªa bastante bien.
Me tom¨¦ un segundo para ver el bosque mientras mi mano se secaba. ?Les estar¨¢ yendo bien a las chicas con la cacer¨ªa? Mirella me dijo que ella se encarga de encontrar los animales y Suminia los caza.
Mi atenci¨®n se desvi¨® involuntariamente hacia la playa. Al principio pens¨¦ que solo era mi imaginaci¨®n jugando con las formas del paisaje. La arena se extend¨ªa blanca y lisa, un lienzo perfecto bajo la luz del sol. Pero entonces lo vi.
Una figura.
Era gigantesca, casi desproporcionada. Caminaba lentamente en direcci¨®n al bosque.
Desde la distancia, su silueta parec¨ªa una mezcla de humano y bestia, con cuernos que se retorc¨ªan en el aire. No... parec¨ªa tener uno quebrado o m¨¢s peque?o. La piel, o lo que pod¨ªa distinguir de ella, era de un color marr¨®n oscuro, casi negro. Tambi¨¦n parec¨ªa portar part¨ªculas m¨¢gicas en su cuerpo.
?Este es el Rey Demonio!
Entonces not¨¦ el objeto que arrastraba en su mano.
No. No era un objeto. Era un... cuerpo.
¨¦l sosten¨ªa el cad¨¢ver desde la cabeza, desde su cabellera oscura, como si fuera un mu?eco de trapo, mientras los restos desmembrados se balanceaban con cada movimiento. Parec¨ªa faltarle la mitad de una pierna y los dos brazos, pero no hab¨ªa rastros de sangre.
Cap铆tulo 37: Nuestra primera casa.
?Qu¨¦ hac¨ªa ac¨¢ el Rey Demonio del que me hab¨ªa hablado Aya? ?Por qu¨¦ tan cerca de nosotros? Mi mente comenz¨® a correr en todas direcciones, buscando explicaciones, pero no encontraba ninguna que tuviera sentido.
Mis piernas se sent¨ªan como de plomo. Quer¨ªa moverme, correr hacia los dem¨¢s, advertirles, pero no pod¨ªa. Era como si mi cuerpo se negara a responder. No... en realidad no quer¨ªa eso. Lo que realmente quer¨ªa era hacer como si no hubiera ocurrido nada. Necesitaba que ¨¦l se fuera para yo poder seguir construyendo.
Aun as¨ª, esto era... peligroso. ¨¦l parec¨ªa haber matado a alguien y yo no sab¨ªa el motivo.
El supuesto minotauro detuvo su paso, levantando la cabeza como si estuviera olfateando el aire. Mi coraz¨®n comenz¨® a latir con fuerza. ?Podr¨ªa olerme? ?Sentir mi presencia?
Me mir¨® desde la lejan¨ªa y se fue por el lado del bosque por el que nosotros no sol¨ªamos caminar.
Mir¨¦ hacia la sala que est¨¢bamos construyendo; pod¨ªa ver a Aya inclin¨¢ndose sobre un tronco mientras ayudaba a los dem¨¢s. Su figura siempre parec¨ªa irradiar calma. Pero, ?c¨®mo reaccionar¨ªa si supiera lo que acababa de ver? ?Y c¨®mo podr¨ªa asegurarme de que todos estuvieran a salvo si la presencia de ese monstruo era solo el comienzo de algo m¨¢s grande?
Decid¨ª no decir nada. No todav¨ªa. Mientras todos salgan fuera conmigo, o con Aya, o con Mirella a su lado, todo estar¨¢ bien. El volc¨¢n estaba lo suficientemente lejano como para decir que hab¨ªa que caminar por tres o cuatro horas seguidas hasta llegar ac¨¢, o viceversa. No deb¨ªa ser algo com¨²n; algo lo atrajo hacia ac¨¢.
?Por qu¨¦ matar a alguien? ?No habr¨¢ sido magia de ilusi¨®n? Ese cuerpo no parec¨ªa ser de alguien que yo conociera, y que no chorreara sangre tampoco era normal.
Camin¨¦ de regreso con los dem¨¢s, esforz¨¢ndome por mantener un semblante relajado. Hay que mantener la calma, todo estar¨¢ bien. Ya nos tendr¨ªa que haber atacado si hizo tanto recorrido para venir hasta ac¨¢. ¨¦l me vio... Me vio y no hizo nada.
Al llegar, Aya levant¨® la mirada y me sonri¨®.
"?Todo bien, Luciano?"
"S¨ª, claro", respond¨ª, forzando una sonrisa.
"Solo estaba revisando el balde. Todo en orden. Sigamos".
Cuando la tercera pared ya estaba finalizada, llegaron las chicas.
Pude verlas a trav¨¦s de donde en alg¨²n momento ir¨ªa la puerta de la entrada principal, las tres emergieron de entre los ¨¢rboles. Sin embargo, no cargaban nada de comida entre sus manos.
Agradec¨ª mentalmente la distracci¨®n despu¨¦s de lo que acababa de presenciar en la playa.
"?Hemos vuelto!" Anunci¨® Samira, animada, asom¨¢ndose por el marco.
"Y ya guardamos toda la comida en la cueva antes de venir. Creo que hoy comeremos bien".
Mirella dio un giro en el aire, observando a su alrededor antes de detenerse en el aire al ver la construcci¨®n. Sus ojos brillaron de emoci¨®n.
"?Guau, Luciano! ?Esto se ve incre¨ªble! No sab¨ªa que eras tan bueno armando cosas grandes".
Suminia se cruz¨® de brazos, echando un vistazo cr¨ªtico al trabajo mientras golpeaba la punta del mango de su lanza contra la piedra.
"Bueno, est¨¢ decente. Aunque... ?Por qu¨¦ es as¨ª? Digo... no se ve igual que la casa peque?a".
"Es porque esta es la casa a tama?o real", respond¨ª, intentando sonar despreocupado.
"?No te acord¨¢s de la parte de la entrada? ?O es que te parece raro el suelo? Es que ahora es de piedra y en la maqueta yo la hice de..."
"?Claro, era eso!" Dijo r¨¢pidamente, cortando mis palabras y haciendo una risa algo forzada.
"?C¨®mo es que no lo not¨¦ antes? Este nuevo lugar es hermoso..."
"?Hermana, vayamos a investigar!" Grit¨® Samira mientras la agarraba de la mano y se?alaba la otra punta del lugar, donde estaban los otros dos ni?os.
"?Ah¨ª est¨¢ Tar¨²n!"
"Bueno, pero..." Las palabras de la otra gemela se esfumaron al ser llevada a gran velocidad.
"Son encantadoras, ?no?" Le dijo Rundia a Anya, d¨¢ndole unos golpecitos en el brazo.
"S¨ª... Kuri las educ¨® muy bien".
Mirella se subi¨® a mi cabeza, pero yo no pude evitar seguir escuchando su conversaci¨®n mientras me centraba en sacar medidas para que la puerta que dar¨ªa al pasillo quedara centrada. Esta iba a ser la ¨²ltima pared del d¨ªa.
"Es una l¨¢stima lo que sucedi¨®... Bueno, ya sabes".
"A todos nos terminar¨¢ pasando lo mismo, ?no es as¨ª?"
"Yo... No voy a caer tan f¨¢cil. Quiero vivir por mucho tiempo".
"Realmente eres una chica muy valiente, Rundia. Te hiciste cargo de dos ni?as sin padres y ahora tambi¨¦n tienes dos hijos incre¨ªbles".
Sin padres... Entonces era cierto, se confirm¨® lo peor, lo que yo pensaba.
"Solo hice lo que deb¨ªa hacer. No pod¨ªa dejarlas solas".
Hubo un silencio por unos segundos.
"?Y t¨² piensas tener m¨¢s hijos... con otra pareja?"
"?Nueva pareja?" Pregunt¨® Anya con sorpresa.
No pude evitar ver su reacci¨®n: lade¨® ligeramente la cabeza hacia Rundia, como si no estuviera segura de si lo dec¨ªa en serio o si solo intentaba provocarla.
"S¨ª, nueva pareja. Has estado sola desde que Tariq se fue con Yume, ?no? No es que sea asunto m¨ªo, pero no creo que quieras pasar el resto de tus d¨ªas as¨ª".
"Ay, Rundia... ?No se supone que eres mi amiga?"
"?Qu¨¦ tiene que ver?"
"?Para qu¨¦ crees que necesito a alguien m¨¢s? Estoy bien as¨ª. Adem¨¢s, no es como si hubiera muchos para elegir".
"Puede que tengas raz¨®n".
En ese momento, Mirella revolote¨® alrededor de mi cabeza, distray¨¦ndome de la conversaci¨®n.
"?Qu¨¦ escuchas tanto, Luciano? ?Es tan interesante eso para ti?"
Negu¨¦ con la cabeza, fingiendo estar absorto en mi trabajo.
"Solo planeando c¨®mo terminar esta ¨²ltima pared. No te preocupes, todo est¨¢ bajo control".
Lo cierto era que hasta ahora no hab¨ªa hecho nada, y Rin me estaba mirando desde una esquina, poni¨¦ndome nervioso.
Anya, con un leve tono de iron¨ªa, desvi¨® la conversaci¨®n hacia un terreno inesperado.
"Rundia, ?y qu¨¦ opinas de Aya? Es... ya sabes, interesante. Tiene presencia".
Rundia levant¨® una ceja, claramente desconcertada por el cambio de tema. Aunque bueno, Aya estaba casi que a su lado.
"?Aya?" Repiti¨® lentamente, dejando caer la palabra como si probara su peso.
"Bueno, supongo que... S¨ª, es interesante. Aunque no s¨¦ si es el tipo de persona que busca compa?¨ªa de ese tipo".
"?Y por qu¨¦ no? No sabemos casi nada de ella, pero es fuerte, hermosa... y est¨¢ sola. Quiz¨¢s no le ir¨ªa mal alguien que... bueno, le diera algo de compa?¨ªa".
?Pero si acababa de molestarse porque le dijeron lo mismo!
Sent¨ª c¨®mo un nudo se formaba en mi est¨®mago. Aya estaba sentada en la misma sala, observando con aparente calma, pero sus orejas se movieron ligeramente, captando cada palabra.
Ten¨ªa mucha curiosidad por escuchar algo del pasado de Aya.
"?Est¨¢n hablando de m¨ª?"
Anya levant¨® las manos, fingiendo inocencia, pero su sonrisa no ayudaba a suavizar la situaci¨®n.
"No es nada malo, Aya. Solo est¨¢bamos diciendo que podr¨ªas considerar... ya sabes, no estar sola todo el tiempo".
"Anya, no me conoces lo suficiente para hablar de eso".
"No quise ofenderte, Aya. Solo pens¨¦..."
Sin decir nada m¨¢s, se levant¨® y camin¨® hacia donde yo estaba trabajando.
Me detuve un momento, intentando descifrar qu¨¦ decir o si realmente deb¨ªa decir algo.
Aya se puso a mi lado, aparentemente concentrada en la pared que estaba por construir.
"?C¨®mo puedo ayudar?"
"S-S¨ª... Este... Creo que deber¨ªas ir juntando los troncos sobrantes del otro lado. No necesitamos m¨¢s madera ac¨¢".
Mientras la observaba moverse, no pude evitar preguntarme qu¨¦ tantas cosas no sab¨ªa de ella. Siempre hab¨ªa sido una gran amiga, pero era evidente que hab¨ªa algo debajo de esa fachada tan elegante. Algo que prefer¨ªa no compartir.
De todas formas, todos tenemos algo que no queremos contar a los dem¨¢s, ?no? Yo lo s¨¦ mejor que nadie.
Si quer¨ªa hablar, lo har¨ªa a su tiempo.
M¨¢s magia, m¨¢s madera, m¨¢s de mi esfuerzo y el de los dem¨¢s para terminar las paredes... Ya est¨¢, tenemos la primera sala lista. No en su totalidad, claro. Todav¨ªa falta el techo, las ventanas, puertas y dem¨¢s.
***
Han pasado tres d¨ªas desde que construimos las paredes de la cocina-comedor. Desde ese momento no hemos parado de hacer cosas. Sin embargo, no estuvimos trabajando directamente sobre la casa, sino que estuvimos sacando ¨¢rboles para conseguir la madera faltante. Para ser exactos, sacamos trece ¨¢rboles en total y se llenaron nuevos bolsones con mis cubos de madera.
No tuvimos mucho problema con las lluvias, pero una peque?a llovizna me advirti¨® que ser¨ªa mejor terminar lo m¨¢s r¨¢pido posible las paredes externas para as¨ª poder construir un techo que cubra el interior de la casa.
En cuanto a Tariq, justo estoy junto a ¨¦l y Mirella a orillas del arroyo.
Mirella estaba rodeando con los brazos lo que Tariq acababa de terminar de crear con la arcilla.
"As¨ª que esto es un vaso..."
"S¨ª, ya est¨¢ terminado", respondi¨® Tariq.
"?Y para qu¨¦ sirve?"
"Para meter agua dentro. Eso dice Luciano".
"Pero primero se tiene que secar", a?ad¨ª a sus palabras.
"?Y c¨®mo lo secamos? ?Con magia de luz?"
No hab¨ªa pensado en esa opci¨®n...
"Es una posibilidad, aunque primero quiero probar si podemos secarlo bajo el sol. La idea es crear algo sin magia, por eso le estoy ense?ando a ¨¦l".
"?Entonces llev¨¦moslo a la playa! Ah¨ª hay mucho sol", contest¨®, intentando levantarlo entre sus brazos.
"No, no, no".
Se lo quit¨¦, d¨¢ndoselo a Tariq.
"Es pesado para vos. Acordate que todav¨ªa segu¨ªs creciendo".
"?Ohhh! ?Entonces qu¨¦ voy a hacer yo?"
"Yo puedo ense?arte a hacer un vaso", interrumpi¨® Tariq.
"Bueno... Reci¨¦n estoy aprendiendo, pero creo que me gusta".
Y vaya si le gusta, si se la ha pasado ac¨¢ todo el tiempo. Eso es bueno, justo lo que estoy buscando.
"?S¨ª!"
"?En serio lo har¨ªas, Tariq? No queremos molestarte en esto, pero si le vas ense?ando a Mirella o a cualquiera que conozcas, yo podr¨ªa darte un regalo".
"?Qu¨¦ regalo?"
"Bueno... Has visto la lanza que tiene mi padre, ?no?"
"?La lanza de tu padre? ??Eso con lo que ¨¦l sale a cazar!?" Respondi¨® Tariq, alzando la vista hacia m¨ª. Sus ojos brillaban como si le hubiera ofrecido el arma de un h¨¦roe legendario. Pude notar c¨®mo tragaba saliva, claramente emocionado.
"?De verdad me dar¨ªas algo as¨ª? Es... incre¨ªble".
Una sonrisa un tanto maliciosa se mostr¨® en mi rostro. Si bien el seguir creando cosas peque?as con magia no era lo que estaba buscando, era bueno para motivar a los dem¨¢s.
"Claro que s¨ª. Pero tiene que ser un intercambio justo, ?no? Ense?a a Mirella y a los dem¨¢s todo lo que aprendas sobre moldear la arcilla, y en cuanto domines lo b¨¢sico, te dar¨¦ una lanza. Ser¨¢ algo especial, hecho por m¨ª. Una que te servir¨¢ en cualquier situaci¨®n".
Agarr¨¦ unas enredaderas que ¨¦l hab¨ªa dejado a un lado.
"Quiero que Yume y Kiran aprendan al mismo tiempo, si es posible".
Tariq parec¨ªa que iba a explotar de felicidad. Sujet¨® el vaso de arcilla con ambas manos, como si ya sostuviera su preciada lanza.
This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon."?Lo har¨¦! Prometo que lo har¨¦. ?Voy a aprender bien y a ense?ar a todos lo que pueda!"
Sab¨ªa que este hombre hab¨ªa intentado copiarnos las ojotas en su momento; no es alguien que se quede atr¨¢s en las cosas. Es activo y se esfuerza por avanzar.
?Ser¨¢ por eso que las mujeres se interesan en ¨¦l?
Lo cierto era que tampoco me convenc¨ªa mucho el darle un arma a alguien que reci¨¦n estaba comenzando a conocer. Pero bueno, tambi¨¦n les di un machete a mis abuelos, as¨ª que no creo que pase algo raro. ¨¦l nos ha ayudado mucho y debo devolv¨¦rselo de alguna manera.
Tambi¨¦n quiero que piense que yo soy alguien confiable, alguien que deber¨ªa tener de su lado.
Luego de unos pasos por el bosque, ya est¨¢bamos en la playa, a unos metros de la futura casa y de donde estaban algunos de los de mi grupo.
Mirella volaba a nuestro alrededor mientras saludaba desde la lejan¨ªa a las gemelas.
"?Ah¨ª voy! ?Esp¨¦renme!"
Lanc¨¦ al suelo algunas piedras que hab¨ªa tra¨ªdo en el camino y constru¨ª una peque?a base sobre el suelo.
"Tariq, ahora pon¨¦ el vaso de arcilla sobre esa piedra".
Tariq se arrodill¨® y coloc¨® el vaso con sumo cuidado, como si estuviera depositando algo fr¨¢gil. Luego se sent¨® junto al vaso, observ¨¢ndolo como si esperara que el proceso sucediera de inmediato.
"Ahora solo tenemos que esperar", dije, sent¨¢ndome a su lado.
"El sol har¨¢ el resto".
Mirella, incapaz de quedarse quieta, se pos¨® sobre la peque?a base de piedra.
"?Y cu¨¢nto tiempo vamos a esperar?"
"Creo que un d¨ªa o dos", respond¨ª, disfrutando de su expresi¨®n de horror.
"??Tanto?! ?Y mientras qu¨¦ hacemos?"
Tariq, a¨²n emocionado, levant¨® la mirada hacia m¨ª.
"Podr¨ªamos hacer m¨¢s vasos con la arcilla. Ahora que entiendo c¨®mo moldearla, puedo intentarlo de nuevo".
"Necesito que intentes hacerlos m¨¢s grandes, para terminar llegando a un tama?o parecido al balde que te mostr¨¦".
"Entiendo. Intentar¨¦ hacer vasos m¨¢s grandes".
"Escuchen", dije mientras observaba el peque?o vaso de arcilla sec¨¢ndose al sol.
"Quiero que cada uno aproveche su tiempo al m¨¢ximo. Mirella, vos vas a aprender de Tariq durante las ma?anas. Quiero que te enfoques bien, no solo en c¨®mo moldear la arcilla, sino en entender por qu¨¦ lo hacemos de esta manera. Sin magia. Es importante".
"?Claro! ?Voy a ser la mejor hacedora de vasos de todos los tiempos!" Exclam¨® con una sonrisa que le iluminaba el rostro. Luego se gir¨® hacia Tariq, y con dramatismo agreg¨®:
"Espero que est¨¦s listo para ense?arme tus secretos m¨¢s profundos".
Tariq rio por lo bajo.
"Si me sigues el ritmo, seguro que aprendes r¨¢pido".
"Pero por la tarde", continu¨¦, interrumpiendo su breve camarader¨ªa.
"Quiero que te unas a las gemelas para salir de caza. No podemos olvidarnos de la comida".
"Pero... ?Y t¨²?"
Espero salir de esta.
"Yo voy a construir la casa".
"?Entonces vamos a estar todo el d¨ªa separados!" Grit¨®, moviendo los brazos desesperadamente.
"Bueno, no es todo el d¨ªa", dije, tratando de calmarla mientras levantaba una mano en se?al de paz.
"Por la tarde vas a estar con las gemelas, y eso tambi¨¦n es importante. Adem¨¢s, cuando regreses, vamos a seguir vi¨¦ndonos. ?No te parece bien?"
"?No, no me parece bien!" Contest¨®, cruzando los brazos.
"Yo quiero estar contigo todo el tiempo, Luciano. ?Es mucho pedir?"
Suspir¨¦ profundamente. Mirella ten¨ªa un don para ponerme en aprietos con sus incesantes arranques emocionales.
"Mirella, esto es por el bien de todos. Si aprend¨¦s bien de Tariq y ayud¨¢s con la caza, est¨¢s contribuyendo a que nuestra vida sea m¨¢s f¨¢cil. Pens¨¢ en la casa que estamos construyendo. Cada uno tiene un papel importante en todo esto, y el tuyo no es la excepci¨®n. Yo conf¨ªo en vos. ?Pod¨¦s confiar tambi¨¦n en m¨ª?"
Despu¨¦s de unos segundos de silencio, finalmente asinti¨®, aunque con un leve puchero en su rostro.
"Est¨¢ bien... pero m¨¢s te vale que me des un mont¨®n de atenci¨®n cuando termine todo esto", dijo con tono resignado.
"Trato hecho".
Cuando ella se estaba a punto de ir con las chicas, Tariq la fren¨® con su voz.
"?Mirella, espera! Quiero hacerte una pregunta".
"?S¨ª?" Respondi¨®, su mirada expectante.
"Tengo una pregunta que me est¨¢ rondando desde hace un tiempo... ?T¨² estuviste en la lucha contra el Rey Demonio? Ya sab¨¦s, con la mujer de fuego y el barbudo".
Uy... Yo hab¨ªa tratado de no preguntarle eso.
Mirella parpade¨® varias veces, claramente desconcertada. Su energ¨ªa habitual desapareci¨® al instante, reemplazada por una expresi¨®n de genuina confusi¨®n.
"?Qu¨¦? ?De qu¨¦ est¨¢s hablando?" Pregunt¨®, inclinando la cabeza hacia un lado.
"Yo ni siquiera sab¨ªa que ¨¦l exist¨ªa hasta que Aya me lo cont¨®".
"?En serio? Pero estoy seguro de que alguien m¨¢s estaba all¨ª... ?Entonces fue Aya? No, ella es demasiado grande como para no notarla".
"?Tariq!" interrump¨ª con un tono m¨¢s fuerte de lo que planeaba, pero necesario para frenar lo que claramente era un camino complicado.
"No es momento para esas preguntas. Tenemos cosas m¨¢s importantes en las que enfocarnos. Adem¨¢s, vos tambi¨¦n ya deber¨ªas ir a cazar un poco, ?no?"
"Tienes raz¨®n. No puedo perder mucho tiempo; le promet¨ª a Yume que llevar¨ªa comida".
"Dale. Acordate de que si hac¨¦s un buen trabajo con lo de la arcilla e ir ense?ando a los dem¨¢s, te voy a dar esa lanza".
"?Me voy!"
Despu¨¦s de saludar a Mirella y las gemelas, me dirig¨ª hacia la casa. Hoy solo estaban Aya, Anya, Rin y Rundia se hab¨ªa quedado en la cueva junto a Luc¨ªa y Tar¨²n.
Por mi parte, aprovech¨¦ el tiempo para inspeccionar las maderas que hab¨ªamos acumulado durante estos d¨ªas. La cocina-comedor necesitaba m¨¢s ajustes, y el pensamiento de la lluvia me pon¨ªa nervioso. Si las paredes externas no estaban listas a tiempo para soportar el techo, se podr¨ªa formar humedad y terminar¨ªa da?ando parte de lo que hab¨ªamos construido hasta ahora.
Si hay algo bueno en esto, es que el suelo es de piedra.
Agarr¨¦ la maqueta de la casa que estaba al lado del balde con agua.
"Vengan, quiero mostrarles qu¨¦ vamos a hacer hoy", dije en voz alta.
"?Ah¨ª vamos!" Grit¨® Anya, d¨¢ndole un empujoncito a Aya por la espalda.
S¨ª, ya hicieron las paces. Anya no es alguien que le guste llevarse mal con aquellos que aprecia.
Una vez que ya estaban los tres al frente m¨ªo, comenc¨¦ con la explicaci¨®n.
"Bueno, miren. Hoy vamos a construir esta parte de ac¨¢", dije, apuntando al pasillo que conectaba las habitaciones.
"Este pasillo es clave porque va a dar acceso directo a las cuatro habitaciones principales y al ba?o central".
"Ese pasillo... ?No ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil dejar un espacio abierto y listo? Nunca me convenci¨® eso del ''pasillo''".
"Entiendo que parezca un poco in¨²til, pero nos ayuda a mantener varias habitaciones sin hacer la casa demasiado grande. Adem¨¢s de eso, va a ser f¨¢cil para todos llegar a ellas".
"Eso es cierto. Supongo que debemos construirlo para ver si realmente es como t¨² dices, ?no es verdad?"
"Supongo que s¨ª".
"?Entonces qu¨¦ debemos hacer nosotros?" Pregunt¨® Anya.
"No es mucho. Solo necesito que me alcancen los troncos cuando se los pida".
Menos mal que ya hab¨ªamos acomodado troncos cubriendo todos los extremos de la base de piedra cuando los trajimos por primera vez.
"Entonces solo esperaremos a que nos avises".
"S¨ª. Voy a empezar por la izquierda del pasillo".
Si tuviera la perspectiva a¨¦rea de lo que estamos construyendo actualmente, podr¨ªa decir que, si lo vemos desde el bosque hacia el agua, la base de piedra tiene una forma de ''T''. Donde el rect¨¢ngulo de abajo es la cocina-comedor, y el gran rect¨¢ngulo en horizontal es todo el c¨²mulo de habitaciones junto con el ba?o. Por lo tanto, ahora voy a empezar a alargar la pared que ya tenemos construida para as¨ª formar una parte del pasillo.
Entonces, me arrodill¨¦ sobre el suelo, que estaba bastante caliente.
Visualic¨¦ las part¨ªculas m¨¢gicas a mi alrededor. Una suave corriente pareci¨® recorrer mis dedos mientras concentraba mi energ¨ªa en la madera que estaba al borde del suelo de piedra. Mi intenci¨®n era clara: unir los troncos con la base de piedra y la otra pared como si fueran una sola pieza s¨®lida.
Pas¨® tan solo un instante hasta que unos pocos cent¨ªmetros de madera se alzaron frente a m¨ª.
"Tr¨¢iganme otro tronco, por favor".
Mir¨¦ hacia atr¨¢s y la primera en reaccionar fue Anya, que parece que ya estaba lista para empujar uno de costado y en forma paralela a la pared.
"Ah¨ª est¨¢ bien, gracias", dije cuando ya estaba frente a mis pies.
La historia se volvi¨® a repetir una y otra vez mientras cada uno de los tres se turnaba para alcanzarme m¨¢s madera. As¨ª es como primero termin¨¦ la parte faltante del pasillo y luego segu¨ª por el per¨ªmetro restante del rect¨¢ngulo que abarcaba todas las habitaciones y el ba?o.
En conclusi¨®n, las paredes que daban al exterior ya estaban listas.
Ahora faltaba planificar el techo, al d¨ªa siguiente.
La forma de ''T'' media deforme de la casa era un dise?o relativamente pr¨¢ctico, pero planteaba un problema evidente: si no lo hac¨ªa correctamente, la acumulaci¨®n de agua podr¨ªa convertirse en un desastre por el material con el que estamos construyendo. No pod¨ªa permitirme ese error, especialmente ahora que las paredes externas estaban completas.
"Buenos d¨ªas", salud¨® Aya con voz calmada al notar que me sentaba. Se hab¨ªa despertado bastante temprano.
"Te ves preocupado, Luciano. ?Es por la construcci¨®n? ?Necesitas que hoy descansemos? Trabajamos demasiado ayer".
"S¨ª... Bueno, no s¨ª en el sentido de que quiero descansar, sino que estoy algo indeciso porque todav¨ªa no termin¨¦ de ver todos los detalles. Necesitamos hacer el techo, que es una parte que no est¨¢ en la casa en miniatura. Quiero un dise?o que desv¨ªe el agua de lluvia lejos de las paredes y de la intersecci¨®n de la casa. Si no lo resolvemos, va a ser un problema".
Aya inclin¨® ligeramente la cabeza, como si procesara la informaci¨®n.
"?La... inters... inters...?" Balbuce¨®.
"Es una forma de decir que la forma de la cocina-comedor choca con la forma del pasillo".
"?Entonces tu padre ten¨ªa raz¨®n?"
"Realmente no, solamente necesito buscar una buena soluci¨®n.
Si no lo manejo bien, el agua se acumular¨¢ all¨ª, encima nuestro, encima de la casa".
Me levant¨¦, sacudiendo un poco de tierra detr¨¢s de mis piernas, y camin¨¦ hasta agarrar la maqueta que la hab¨ªa tra¨ªdo hasta la cueva para observarla mejor.
El simple hecho de verla no me convenci¨®, as¨ª que extraje un poco de piedra de la pared y comenc¨¦ a jugar haciendo dise?os.
Anya y Rin se levantaron poco despu¨¦s, seguidos por Mirella, que flotaba sobre mi hombro con una sonrisa alegre. Su humor contrastaba con mi tensi¨®n.
"?Luciano! ?Buenos d¨ªas!" Exclam¨® Mirella, revoloteando frente a mi cara.
"?Hoy siguen con la casa? Estoy lista para ayudar. ?Dame algo que hacer!"
"Buenos d¨ªas, Mirella. S¨ª, seguimos con la casa. Hoy toca el techo", respond¨ª.
"Pero vos ten¨¦s que ir con Tariq, acordate".
"Ah..." Murmur¨®.
Todav¨ªa no parec¨ªa del todo convencida con nuestro acuerdo, pero ella hab¨ªa aceptado hacer cosas con arcilla.
"Tranquila, porque si volv¨¦s r¨¢pido, vas a poder ayudarnos".
"?S¨ª!"
Anya nos interrumpi¨® mientras todav¨ªa se despabilaba.
"?C¨®mo lo haremos a eso del techo? Necesitamos algo que sea bueno, pero tambi¨¦n r¨¢pido. No tenemos mucho tiempo para esta parte; la lluvia podr¨ªa llegar cualquier d¨ªa... Como t¨² nos dijiste".
Me qued¨¦ pensativo por un momento, y entonces una idea se form¨® en mi mente, basada en recuerdos de mi vida pasada y tambi¨¦n en la casa de Sariah.
"Vamos a hacer un techo inclinado, pero a dos aguas. La parte superior tendr¨¢ una ligera inclinaci¨®n hacia los extremos. Tambi¨¦n existe la posibilidad de hacer una canaleta a los costados para llevar el agua a un determinado lugar.
Usar¨¦ hojas para cambiar la textura del techo y que el agua se deslice m¨¢s r¨¢pido".
Todos me miraron raro; estaba claro que no entendieron nada.
La primera en formar una palabra fue Anya.
"Ca-na-l... ?Qu¨¦?"
Intent¨® buscar alguna mirada con los dem¨¢s.
"Supongo que hay que confiar en que saldr¨¢ bien", dijo Rin.
"Tranquilos, ya saben que les estoy explicando todo para que puedan visualizarlo mejor", respond¨ª mientras terminaba de moldear la piedra para hacer el techo para la maqueta.
"Lo que voy a intentar explicar ahora es c¨®mo vamos a hacer el techo", comenc¨¦, mientras se?alaba la parte superior de la maqueta.
"Primero, inclinamos cada lado del techo para que el agua de lluvia baje hacia los bordes. Esto es lo que llamo techo a dos aguas. Luego, en los extremos, vamos a poner algo parecido a un arroyo, si es que quieren verlo as¨ª. A eso le llamo canaleta, un lugar por donde el agua pasa sin caerse hacia los costados y sin quedarse estancada".
Esta vez, la que contest¨® fue Aya. Claro, ella ten¨ªa experiencia al haber vivido todo el tiempo al lado del arroyo.
"?No ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil si solo hacemos que el agua caiga hacia los costados? Porque si ese techo va hacia abajo, entonces el agua tambi¨¦n va a terminar cayendo sobre el suelo".
Anya ten¨ªa un buen punto, y por un momento consider¨¦ su idea. ?De verdad era necesario complicarme tanto? Si simplemente dej¨¢bamos que el agua cayera a los lados, el proceso ser¨ªa mucho m¨¢s r¨¢pido, y podr¨ªamos dedicar nuestra energ¨ªa a otros detalles importantes. Pero algo me dec¨ªa que no era tan sencillo.
Mir¨¦ hacia fuera de la cueva por un instante, imaginando la lluvia cayendo en torrentes sobre la casa reci¨¦n terminada. Visualic¨¦ el agua golpeando el techo inclinado, desliz¨¢ndose hacia los costados... y luego acumul¨¢ndose r¨¢pidamente alrededor de las paredes. Tierra y arena mojada por dem¨¢s. Barro en la entrada que viene desde el bosque. El agua buscando su camino hacia las bases de la casa, debilit¨¢ndolas.
"No, no podemos hacer eso", dije finalmente, sacudiendo la cabeza.
"La casa ocupa un espacio bastante considerable, y el agua que cae directamente al suelo cerca de la casa puede convertirse en un problema con el tiempo. Si empieza a acumularse mucho, podr¨ªa afectar la estabilidad de las paredes. Adem¨¢s, se formar¨ªa demasiado barro en la entrada que viene del bosque, y vamos a pisarlo cada vez que salgamos o entremos. Ser¨ªa inc¨®modo y sucio".
Mirella se rio desde mi hombro.
"Luciano, siempre piensas en un mont¨®n de cosas antes de decidir algo. Me gusta, pero... "?Seguro que no est¨¢s exagerando?"
"No".
A pesar del comentario ligero de Mirella, los dem¨¢s se miraron entre s¨ª de nuevo, intercambiando expresiones de desconcierto. Incluso Aya, normalmente la que era un poco m¨¢s inteligente, frunc¨ªa ligeramente el ce?o mientras observaba mi maqueta y trataba de entender la idea de las canaletas. Anya suspir¨®, evidentemente frustrada, y Rin cruz¨® los brazos, rasc¨¢ndose la barbilla como si tratara de encontrarle sentido a lo que dec¨ªa.
Atr¨¢s estaban los ni?os y Rundia, que parec¨ªan no querer meterse en la conversaci¨®n y empezaron a armar una fogata.
"Entonces... "?Esa cosa de las canaletas es como un arroyo... pero en el techo?" Pregunt¨® Rin, levantando una ceja.
"S¨ª, m¨¢s o menos. Es como una especie de arroyo peque?o que dirige el agua hacia un lugar donde no haga da?o, ?entienden?" Intent¨¦ explicar de nuevo, gesticulando y se?alando la maqueta con las manos para reforzar mis palabras.
"Si cae el doble de agua en el suelo, complicar¨ªa las cosas".
Anya me mir¨®, con los brazos en jarra.
"Pero... si ya cae al suelo, ?no es m¨¢s f¨¢cil que simplemente deje de preocuparnos? ?Por qu¨¦ tanto l¨ªo? Parece que solo estamos complicando las cosas".
"?Exacto! Adem¨¢s, ?estamos hablando de agua!" A?adi¨® Mirella desde mi hombro, haciendo un puchero.
"Es como... ?Agua! ?Qu¨¦ tan malo puede ser que caiga al suelo?"
?Tan dif¨ªcil era de entender el concepto que, hasta Mirella, que siempre sal¨ªa a favor m¨ªo, terminara dudando?
"Miren, el problema no es que caiga agua alrededor de nuestra casa, el problema es que adem¨¢s de esa agua de lluvia, caiga tambi¨¦n la que deber¨ªa caer en el terreno donde estamos construyendo. Adem¨¢s, hacerlo bien desde el principio evita problemas a futuro.
Imaginen esto: un techo inclinado as¨ª", form¨¦ la parte superior de un tri¨¢ngulo equil¨¢tero con una mano, "hace que el agua fluya hacia los costados. Ahora, si en lugar de que el agua caiga directo al suelo, creamos unas canaletas, podemos dirigir el agua hacia un lugar donde no haga da?o".
Anya parpade¨®, frunciendo el ce?o.
"Lo dices como si fuera... no s¨¦, magia de agua o algo raro. ?C¨®mo vamos a hacer que el agua te obedezca as¨ª?"
"?No es magia, es f¨ªsica!" Grit¨¦, tap¨¢ndome la boca.
Mierda, no debo largar esas cosas raras que no podr¨ªa explicar luego.
"Perd¨®n, no quer¨ªa gritar. Lo que quiero decir es que solo necesitamos darle una salida, como un camino. Es... es simple, de verdad".
De pronto, Rundia se puso en medio de nosotros.
"Chicos, ?no les gustar¨ªa hablar de esas cosas mientras comemos?"
"S¨ª..." Respond¨ª por todos, soltando un suspiro.
Cost¨®, pero ese mismo d¨ªa todos terminaron entendiendo el concepto.
***
Pasaron siete d¨ªas desde que terminamos las paredes externas. Trabajamos y sudamos mucho hasta que finalmente... Qued¨® terminada toda la estructura de la casa. Y cuando digo estructura, me refiero a que est¨¢n listos todas las paredes, los marcos, las ventanas, el techo y tambi¨¦n la canaleta que termina en un ca?o de madera que da a un enorme fuent¨®n, tambi¨¦n hecho de madera. Ah¨ª se iba a acumular el agua limpia de lluvia que utilizar¨ªamos para beber sin tener que soportar lo salado del mar.
Con respecto a las paredes interiores, fueron hechas con la madera en forma de cubos que estaba dentro de los bolsones. As¨ª que solo tuvimos que arrastrar los bolsones y acomodar los cubos uno encima del otro. Fue super f¨¢cil y pr¨¢ctico.
Estaba sentado en la entrada mirando hacia dentro, observando el fruto de nuestro trabajo. Lo cierto era que estaba vac¨ªa y poco iluminada, pero al menos era reconfortante el verla ah¨ª, aunque ni siquiera tuviera puertas.
Aya se uni¨® a m¨ª.
"Qued¨® hermosa, Luciano. Aunque todav¨ªa no entiendo del todo c¨®mo funcionan algunas cosas. Pero si t¨² dices que est¨¢ bien, conf¨ªo en ti".
"Gracias, Aya. No fue f¨¢cil, pero vali¨® la pena. Creo que ac¨¢ podremos vivir una vida tranquila... o al menos eso espero".
Mirella apareci¨® flotando a mi lado, con su t¨ªpico entusiasmo.
"?Eres un genio, Luciano! Pero, oye, ?ya podemos vivir aqu¨ª? Porque ahora que veo la casa, estoy harta de dormir en esa cueva inc¨®moda. ?Quiero un lugar donde mi vestido no se llene de tierra cada vez que me siento!"
"Primero tenemos que acondicionar el interior. Faltan hacer varios objetos, y adem¨¢s necesitamos trasladar todas nuestras cosas. Pero s¨ª, estamos cerca de mudarnos".
"?Yupi!" Grit¨® Mirella, girando en el aire con alegr¨ªa.
Me asom¨¦ levemente por el marco de la puerta para ver hacia fuera. Desde la lejan¨ªa se pod¨ªan ver a los dem¨¢s en la zona en donde se secaban las cosas de arcilla.
Me devolv¨ª y mir¨¦ a Aya. Ten¨ªa que decirle la verdad.
"Aya".
"S¨ª, dime".
Tragu¨¦ saliva. Hab¨ªa evitado hablar del tema hasta ahora porque no quer¨ªa preocupar a nadie, pero sab¨ªa que no pod¨ªa seguir guard¨¢ndomelo.
A pesar de que oculto mi verdadera identidad, no me gusta ser tan mentiroso.
"Aya, yo... Yo vi al Rey Demonio. Fue hace unos d¨ªas, cuando reci¨¦n est¨¢bamos haciendo las paredes del exterior".
Cap铆tulo 38: Aya y la playa.
Aya parpade¨® varias veces seguidas, procesando lo que acababa de escuchar.
"?Qu¨¦ dijiste?"
Sus orejas se alzaron por completo, y su cuerpo entero parec¨ªa tensarse como un arco a punto de disparar.
"?El Rey Demonio?" Pregunt¨® Mirella mientras se posaba sobre el suelo, entre mis piernas.
"Eso no es algo bueno, ?no?"
"?Claro que no es bueno! ??D¨®nde lo viste!?"
"Estaba en la playa, casi donde comienza el bosque. No hizo nada... raro, pero me observ¨® y despu¨¦s desapareci¨®".
La expresi¨®n de Aya cambi¨® de inquietud a terror en cuesti¨®n de segundos. Sus colas comenzaron a agitarse descontroladamente detr¨¢s de ella, como si intentaran expresar lo que sus palabras a¨²n no pod¨ªan. De pronto, llev¨® las manos a la cabeza, entrelazando los dedos en su cabello blanco.
"?No, no, no! ?Esto no puede estar pasando!"
Mirella retrocedi¨® un poco, claramente sorprendida por la reacci¨®n de Aya.
"Aya, calmate, por favor".
Intent¨¦ acercarme, pero ella se levant¨® y dio un paso atr¨¢s, levantando una mano para detenerme.
"No entiendes, Luciano. Si ¨¦l apareci¨®, significa que sabe d¨®nde estamos. ?Nos est¨¢ observando! ?Tenemos que hacer algo, ahora mismo!" Sus palabras sal¨ªan atropelladas una tras otra.
"Aya... Hay que mantenernos tranquilos, por favor", dije en un segundo intento de intentar calmarla, pero ella ya estaba en otro mundo. Se gir¨® abruptamente hacia fuera de la casa, escaneando el espacio abierto como si buscara un lugar para empezar.
"?Barreras m¨¢gicas! Necesitamos barreras m¨¢gicas alrededor de toda la casa. Y no cualquiera; deben ser fuertes, reforzadas... ?No s¨¦ si tengo suficiente energ¨ªa para cubrir tanto, pero lo intentar¨¦! Tambi¨¦n deber¨ªamos establecer puntos de vigilancia... ?Luciano, esto es un desastre!"
Si bien admiraba su instinto de protecci¨®n, creo que esto se estaba yendo de las manos.
Mirella, que sol¨ªa bromear incluso en los momentos m¨¢s tensos, se hab¨ªa mantenido callada hasta ahora.
"Aya, rel¨¢jate un poco", dijo, flotando m¨¢s cerca.
"Sabemos que Luciano puede manejar estas cosas. ¨¦l no nos pondr¨ªa en peligro, ?verdad?" Su intento de consuelo fue bien intencionado.
Sin embargo, Aya apenas pareci¨® escucharla.
"No entiendes, Mirella. ¨¦l es la amenaza m¨¢s grande que existe. No puedes simplemente... simplemente ignorarlo. ?No podemos ignorarlo! ?T¨² deber¨ªas saberlo mejor que nadie!"
"?Yo...?"
Hasta Aya se dio cuenta, ?no? No quiero que este tema termine perjudicando a Mirella y que se sienta mal o algo as¨ª por no acordarse de lo que le sucedi¨® antes de que la liberara de esas piedras.
"No estoy ignor¨¢ndolo", dije firmemente, levantando la voz lo suficiente para que me escuchara.
"Pero tampoco podemos perder la cabeza. Necesitamos pensar con claridad. S¨ª, el rey demonio est¨¢ ah¨ª afuera, siempre lo estuvo, pero no nos atac¨®. Si hubiera querido, ya lo habr¨ªa hecho. Por ahora, estamos a salvo".
"?Luciano tiene raz¨®n!" Grit¨® Mirella.
Aya me mir¨®, con sus orejas a¨²n tensas y sus colas agit¨¢ndose nerviosamente. A pesar de eso, su mirada parec¨ªa suavizarse un poco.
"?C¨®mo puedes estar tan tranquilo, Luciano? Esto... esto no es algo que se pueda dejar pasar".
"Porque si entro en p¨¢nico, todos entran en p¨¢nico. Y no podemos permitirnos eso. Vamos a establecer defensas, s¨ª. Pero vamos a hacerlo con calma y l¨®gica. No quiero que te desgastes levantando una barrera gigante que no podamos mantener. Esto ser¨¢ un esfuerzo conjunto, ?entendido?"
Hubo un silencio tenso. El viento sopl¨® ligeramente, levantando un poco de arena.
Finalmente, Aya dej¨® caer los hombros y cerr¨® los ojos, respirando profundamente.
Antes de que pudiera decir algo, reforc¨¦ mis palabras.
"Adem¨¢s, ?no te hab¨ªa dicho que practicaras poner barreras de diferentes formas? As¨ª vamos a proteger mejor nuestra casa".
"Est¨¢ bien. Pero tienes que prometerme que no subestimar¨¢s esto, Luciano. No podemos correr riesgos innecesarios", respondi¨® en voz baja, aunque a¨²n se notaba un temblor en sus palabras.
"Y s¨ª, he estado practicando un poco eso de las barreras de diferente forma... Necesito m¨¢s tiempo... Estuve demasiado ocupada ayud¨¢ndolos a todos a construir la casa, tambi¨¦n a cazar..."
Me acerqu¨¦ a ella, intentando transmitir un poco de tranquilidad con mi mirada de ni?o.
"Tranquila, Aya..."
Tom¨¦ su mano derecha con mis dos manos. Pod¨ªa sentir su anillo de zafiro bajo mi palma.
"Gracias por preocuparte tanto por nosotros. Te agradecemos por todo lo que hac¨¦s por nosotros. ?No es cierto, Mirella?" Dije, mir¨¢ndola y haci¨¦ndole un gui?o que no s¨¦ si entendi¨®.
"?S¨ª! ?Aya es una gran amiga y es muy fuerte! La quiero mucho".
La termin¨® abrazando la cara mientras estaba parada sobre su hombro.
Tiempo atr¨¢s podr¨ªa haber dicho que la estaba abrazando por el cuello, pero desde hace un tiempo estaba claro que Mirella hab¨ªa comenzado una nueva etapa de crecimiento gracias al agua m¨¢gica.
"Gracias, chicos. Yo tambi¨¦n los quiero mucho, as¨ª que seguir¨¦ protegi¨¦ndolos como me sea posible".
Levant¨¦ la mano que tapaba el dorso de la suya; as¨ª pude ver esa hermosa joya que yo mismo hab¨ªa creado. No s¨¦ si realmente es zafiro, pero es algo que Forn hab¨ªa dejado con alg¨²n prop¨®sito y debo admitir que me molesta no saber cu¨¢l es. Solo espero no haber ca¨ªdo en alguna especie de trampa.
"Entonces, Aya... Confiamos en vos para crear la mejor barrera que hayas hecho hasta ahora. Pod¨¦s pedirle ayuda a Mirella para ver si es resistente y seguir practicando en tus tiempos libres. Lo m¨¢s importante de la casa ya est¨¢ terminado, as¨ª que no te voy a pedir ayuda con eso".
Ella asinti¨®, bajando la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.
"Est¨¢ bien. Trabajar¨¦ en las barreras, pero... Luciano, si detecto cualquier actividad inusual, te lo har¨¦ saber de inmediato. No quiero que ninguno de nosotros sea tomado por sorpresa".
"?Yo ayudar¨¦ a Aya!"
"Eso suena justo", respond¨ª con una sonrisa, soltando su mano lentamente.
"Y no est¨¢s sola en esto. Todos colaboraremos para mantenernos a salvo. Ahora voy a ver qu¨¦ podemos hacer con el interior de la casa mientras vos planific¨¢s esas barreras de diferentes formas".
Me di la vuelta y ech¨¦ otro vistazo al interior de nuestra nueva vivienda. Las sombras de la tarde se colaban entre las ventanas sin cristales, iluminando un poco la sala principal. A pesar de estar vac¨ªa y carente de decoraci¨®n, hab¨ªa algo acogedor en la simpleza de su estructura. Era un lugar que, con esfuerzo y dedicaci¨®n, se convertir¨ªa en un verdadero hogar.
Eso s¨ª, hac¨ªa mucho calor.
El siguiente paso a seguir era l¨®gico: construir algo de mobiliario b¨¢sico, tales como camas, una mesa para comer, sillas, cajas para almacenar herramientas y comida, estanter¨ªas y muchas cosas m¨¢s.
Antes que todo eso, debo dise?ar una puerta o no vamos a poder mantener la privacidad en nuestras habitaciones. El problema es que no s¨¦ c¨®mo crear una cerradura.
En mi vida anterior, estas cosas eran tan b¨¢sicas que ni siquiera pensaba en ellas o en c¨®mo se fabricaban. Ahora, todo depend¨ªa de mi magia, de mi memoria y de mi inteligencia para crear algo funcional.
Me acerqu¨¦ un poco a la ventana; desde ah¨ª se pod¨ªa ver a los dem¨¢s ya volviendo por la playa. Hab¨ªan seguido trabajando duro, pero ahora en el tema de la arcilla. Ya casi estaban logrando llegar a hacer un recipiente del tama?o de un balde y eso me pon¨ªa contento.
Los salud¨¦ con la mano.
"Luciano", la voz de Mirella me sac¨® de mis pensamientos. Se hab¨ªa sentado en la peque?a parte que sobresal¨ªa del marco de la puerta, balanceando las piernas. Su forma diminuta todav¨ªa era lo suficientemente ¨¢gil para ese tipo de cosas.
"?Qu¨¦ vamos a hacer ahora? ?Hay algo m¨¢s que quieras que haga aparte de ayudar a Aya? ?O sigo con la arcilla?"
"A ver..."
Tampoco quer¨ªa ser alguien visto como el que mandaba a todos. Aun as¨ª, me estaba empezando a endulzar el tema de que todos comenzaran a ayudar a crear cosas nuevas y aprender de ello.
"S¨ª, segu¨ª con la arcilla. Quiero que me sorprendas, Mirella. Quiero que, a pesar de que no puedas cargarlo, hagas algo lo m¨¢s parecido al balde. Ese es el objetivo".
"?Ohh!"
"?Eh? ?Dije algo raro?"
"No, es que me sorprendi¨® que lo dijeras tan seguro".
Mientras tanto, Aya miraba desde afuera.
"Bueno, lo que pasa es que conf¨ªo mucho en vos y pienso que en alg¨²n momento vas a terminar siendo la que les ense?e a los dem¨¢s".
"??En serio!?" Grit¨®, tir¨¢ndose desde el marco hasta el suelo.
"?Entonces voy a seguir esforz¨¢ndome!"
Unas palabras dulces y llenas de motivaci¨®n no ven¨ªan mal antes de pedirle que me ayudara a crear un sistema de iluminaci¨®n para la casa.
Que s¨ª, ser¨ªa f¨¢cil decir que deje de usar magia y comience a crear electricidad, pero en este momento no me daba la cabeza para comenzar algo as¨ª y tampoco ten¨ªa los recursos necesarios. Necesitar¨ªamos empezar a recolectar minerales.
"Eh, Mirella... Ya que estamos hablando de esforzarse, ?no te gustar¨ªa ayudarme en una cosa? Es f¨¢cil".
Justo antes de que ella pudiera contestar, Tar¨²n grit¨® por la ventana.
"?Luciano, ya volvimos! ?Hey, estoy aqu¨ª! ??Me ves!?"
Me gir¨¦ y lo salud¨¦ con la mano.
"?Hola, Tar¨²n! ?Te divertiste con la arcilla?"
"?S¨ª, mucho!"
Luego, los dem¨¢s empezaron a ingresar por la entrada principal. Se los ve¨ªa bastante transpirados y encima la temperatura dentro de la casa no ayudaba mucho.
?Acaso tambi¨¦n ten¨ªa que fabricar un aparato que cumpla la funci¨®n de ventilador? Yo y la mayor¨ªa elegimos construir la casa en la playa, as¨ª que ahora hay que aguant¨¢rsela.
"?Qu¨¦ calor!" Grit¨® Anya.
"?Hoy est¨¢ insoportable!" Agreg¨® Rundia a sus palabras.
Espera... ??Qui¨¦n querr¨ªa un ventilador viviendo en plena playa!? ??C¨®mo pude olvidarlo tan r¨¢pido!?
"??D¨ªa de playa!!"
El grito sali¨® de mi boca casi sin pensar. Fue algo autom¨¢tico, como si el calor me hubiera derretido no solo la paciencia, sino tambi¨¦n las neuronas.
"?D¨ªa de qu¨¦?" Pregunt¨® Aya desde la entrada, ladeando la cabeza con curiosidad.
Qu¨¦ afortunada es Aya de no sufrir tanto el calor como nosotros. Porque con esas ropas que lleva encima...
"De playa. ?Ya saben, meterse al agua para refrescarse! Es algo que se hace... por diversi¨®n".
El silencio que sigui¨® fue como una bofetada. Los dem¨¢s me miraban como si acabara de proponer una locura. Tar¨²n frunci¨® el ce?o, mientras Rin y Rundia se miraban entre ellos, confundidos.
"?Meterse al agua... solo porque s¨ª?" Pregunt¨® Rundia, arrastrando las palabras con incredulidad.
"Pensaba meterme al agua luego, pero ten¨ªa pensado ba?arme, no por diversi¨®n".
"?Record¨¢s lo que dije de ver las cosas con diferentes significados, no? Bueno, este es un claro ejemplo: se puede disfrutar jugando con el agua y en compa?¨ªa de los dem¨¢s".
Ella se qued¨® pensativa hasta que Mirella sorprendi¨® a todos con un grito alegre.
"?Entonces vayamos a divertirnos ya!"
Despu¨¦s de un rato de insistir y usar a Mirella como aliada, quien volaba emocionada alrededor de los dem¨¢s, apoyando mi propuesta con entusiasmo desmedido, logramos convencerlos. Al final, la curiosidad gan¨®.
Eso s¨ª, Aya se mostraba un poco reacia a la idea. Siempre hab¨ªa sido as¨ª con respecto a su intimidad. Ella siempre se ba?¨® sola.
Nos quitamos las ojotas primitivas y caminamos esos pocos metros por la arena hasta llegar a la orilla.
Mientras tanto, Rundia y Anya ahora parec¨ªan tomarse el tema con m¨¢s naturalidad, como si estuvieran acostumbradas a la idea de adaptarse r¨¢pido. Para mi sorpresa, Rundia solt¨® la mano de Luc¨ªa y se quit¨® su parte superior de piel sin pensarlo dos veces, quedando desnuda de torso.
"?Eh?" Balbuce¨¦, tratando de no parecer demasiado obvio al quedarme mir¨¢ndola.
Anya, que siempre ten¨ªa una confianza desbordante, no se qued¨® atr¨¢s. Se despoj¨® de su ropa con total tranquilidad, como si fuera lo m¨¢s normal del mundo. Bueno, en este mundo primitivo s¨ª era algo normal.Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation.
"?Qu¨¦ pasa, Luciano?" Pregunt¨® Anya al notar mi mirada fija.
"?Acaso no tenemos que divertirnos como si fu¨¦semos a ba?arnos? Es mejor as¨ª".
Tuve que apartar la mirada r¨¢pidamente, pero no antes de notar c¨®mo el sol resaltaba cada curva de sus cuerpos. No era la primera vez que ve¨ªa algo as¨ª en este mundo. De hecho, Rundia lo estaba haciendo a menudo para amamantar a Luc¨ªa, solo que no pens¨¦ que mi idea de divertirnos terminar¨ªa as¨ª.
Nadie parec¨ªa inmutarse; para ellos era simplemente algo l¨®gico.
Por suerte, nadie se quit¨® sus prendas bajas.
Suspir¨¦ y me met¨ª al agua, esperando que me ayudara a enfriar un poco la cabeza.
"?Vamos, chicos! No tengan miedo, el agua est¨¢ buen¨ªsima".
Poco a poco, los dem¨¢s se animaron. Tar¨²n chapoteaba torpemente, intentando imitar mis movimientos mientras Aya se quedaba en la orilla, observando con atenci¨®n. Mirella volaba cerca del agua, salpic¨¢ndonos con peque?as gotas mientras re¨ªa a carcajadas.
En un momento hasta se form¨® un c¨ªrculo en el que est¨¢bamos Tar¨²n, las gemelas, Mirella y yo tir¨¢ndonos agua como desaforados.
Todo iba bien, hasta que al mirar atr¨¢s, vi a Aya todav¨ªa parada sobre la orilla sin hacer nada.
Su figura destacaba en la orilla, con las olas acariciando la arena a sus pies. Su ropa se notaba algo mojada, tal vez por haber sido salpicada por alguna que otra gota tonta. Estaba tranquila, como siempre, pero hab¨ªa algo en su postura que me resultaba... distante. Las manos las manten¨ªa entrelazadas frente a su cuerpo, y aunque su expresi¨®n era neutra, sus orejas se mov¨ªan sutilmente.
"Chicos, ya vengo", dije, desapareciendo r¨¢pidamente de la escena para acercarme a ella.
"Aya, ?todo bien? ?No te gustar¨ªa acompa?arnos? Est¨¢ divertido, y el agua est¨¢ muy refrescante".
Si bien ya sab¨ªa la respuesta, quer¨ªa entrar suavemente en un terreno delicado.
"No estoy segura, Luciano..." Su voz sali¨® m¨¢s baja de lo normal.
"Nunca he hecho algo como esto. No frente a todos".
Sonre¨ª levemente. Sab¨ªa que Aya era reservada con este tipo de cosas, pero tambi¨¦n entend¨ªa que, en el fondo, quer¨ªa ser parte del grupo.
"No te preocupes por eso", respond¨ª mientras me acercaba un poco m¨¢s, hasta quedar a su lado. La arena mojada se pegaba a mis pies y se sent¨ªa agradable.
"Puedo ayudarte con eso. Pero lo m¨¢s importante es que te sientas c¨®moda, ?s¨ª? Si no quieres, no pasa nada, aunque ser¨ªa lindo verte disfrutar con nosotros".
"?En serio... te gustar¨ªa?"
"S¨ª, claro. No quiero que te quedes afuera de la diversi¨®n".
La brisa marina despeinaba suavemente su cabello blanco y hac¨ªa ondear las mangas de su yukata. Aprovech¨¦ el momento para acercarme un poco m¨¢s y, con cuidado, apoy¨¦ mi mano en su brazo.
"?Sabes?" Dije, intentando captar su atenci¨®n.
"S¨¦ que puede parecer extra?o al principio. Pero a veces, hacer cosas nuevas puede ser divertido. Estoy ac¨¢ contigo, Aya, no ten¨¦s que preocuparte por nada".
"Est¨¢ bien", respondi¨® finalmente, llev¨¢ndose un dedo a la boca.
"Pero... ?C¨®mo resolveremos lo de... mi ropa? ?Me tengo que meter con la ropa puesta? No s¨¦ qu¨¦ hacer..."
Solt¨¦ una leve carcajada al notar su nerviosismo.
"Dej¨¢melo a m¨ª. No te olvid¨¦s que siempre encuentro una soluci¨®n. Tenemos magia".
Realmente no sab¨ªa con certeza si esta prueba iba a funcionar.
Extend¨ª las manos hacia su yukata y cerr¨¦ los ojos por un momento, concentr¨¢ndome en solo enfocarme en la ropa. Pod¨ªa sentir c¨®mo la tela respond¨ªa a mi toque, como sucedi¨® con la de Mirella, molde¨¢ndose con suavidad bajo mi control.
"??Q-Qu¨¦ est¨¢s haciendo?!"
Lentamente, y sin prestar atenci¨®n a Aya, el yukata comenz¨® a encogerse, ajust¨¢ndose a su figura. Transform¨¦ las mangas largas en tirantes finos y el obi rojo en una especie de lazo que sujetaba la parte superior del bikini. La parte inferior del yukata se convirti¨® en una falda con cortes circulares en los bordes. Era algo modesto, para asegurarme de que ella se sintiera c¨®moda.
Me puse delante de Aya para ver mejor el resultado y, por un momento, me qued¨¦ completamente boquiabierto. Aya se ve¨ªa¡ impresionante. No hab¨ªa otra forma de describirlo. Su figura, que normalmente quedaba oculta bajo la larga tela, ahora resaltaba de una manera que jam¨¢s hab¨ªa imaginado.
La tela blanca y el lazo rojo contrastaban perfectamente con su piel clara y el cabello blanco. Sus cinco colas, siempre majestuosas, parec¨ªan ondear con m¨¢s gracia que nunca. Pero lo que realmente me dej¨® sin palabras fue lo enorme y voluptuosa que se ve¨ªa su figura ahora que estaba m¨¢s expuesta. Sab¨ªa que Aya era hermosa, pero esto era otro nivel.
Aya, en cambio, se qued¨® congelada. Sus ojos anaranjados estaban abiertos de par en par mientras miraba hacia abajo, inspeccionando la transformaci¨®n de su ropa. De repente, su rostro se torn¨® de un rojo tan intenso que casi compet¨ªa con el color de la tela que hab¨ªa usado para sujetar la parte superior.
"?L-Luciano!" Su voz sali¨® en un chillido agudo, muy poco caracter¨ªstico de ella. Inmediatamente trat¨® de cubrirse con las manos, aunque con su tama?o y proporciones, era una tarea completamente imposible. Us¨® los brazos para cubrir su pecho, pero eso solo hac¨ªa que se acentuara m¨¢s su silueta. Baj¨® una de sus colas para intentar ocultar su parte inferior, pero eso dej¨® otra parte al descubierto.
"?Esto es... es... indecente!" Balbuce¨®, mirando hacia otro lado.
"Pero solo es ropa m¨¢s c¨®moda, y te queda bien".
Antes de que pudiera responder, se escuch¨® un grito desde el agua.
"?Miren, Aya tiene ropa nueva!" La voz era de Samira.
Ese grito fue como una campana que llam¨® la atenci¨®n de todos. En cuesti¨®n de segundos, el grupo entero comenz¨® a acercarse a la orilla, saliendo del agua como si estuvieran presenciando un espect¨¢culo ¨²nico. Tar¨²n lleg¨® primero, corriendo descalzo por la arena y dejando un rastro de huellas h¨²medas detr¨¢s de ¨¦l.
"?Wow, Aya! ?Te ves diferente!" Exclam¨®, sin filtro alguno.
"?Aya, est¨¢s preciosa!" Coment¨® Samira con una sonrisa inocente, mientras miraba la ropa con curiosidad.
"Luciano, ?puedes hacer algo as¨ª para m¨ª tambi¨¦n?"
"?A m¨ª me gustar¨ªa algo m¨¢s largo!" A?adi¨® Suminia.
Intent¨¦ interponerme entre los dem¨¢s y Aya, pero la figura desnuda de Anya llegando en frente de m¨ª me hizo retroceder.
Ella dej¨® escapar una risa juguetona mientras se acercaba con Rundia a su lado. Ambas parec¨ªan genuinamente impresionadas.
"?Ves, Rundia? Te dije que esta mujer es hermosa".
"Luciano, te esmeraste, ?eh?" Coment¨® Rundia, ladeando la cabeza con una sonrisa que parec¨ªa de madre orgullosa.
Aya, que hasta ese momento hab¨ªa estado ocupada tratando de cubrirse sin mucho ¨¦xito, ahora parec¨ªa deseosa de desaparecer. Se hab¨ªa arrodillado sobre la arena y sus orejas blancas estaban completamente inclinadas hacia abajo, y sus ojos evitaban cualquier contacto visual.
"Yo no ped¨ª esto..." Murmur¨®, pero su voz apenas era un susurro que se perdi¨® en el ruido de los dem¨¢s.
Mirella, que hab¨ªa estado revoloteando cerca, intentando ver por entre los dem¨¢s, tard¨® unos segundos en procesar la escena.
Su expresi¨®n pas¨® r¨¢pidamente de la sorpresa al desconcierto, y luego, como un rel¨¢mpago, se instal¨® en un enfado evidente. Vol¨® hacia m¨ª, plant¨¢ndose justo frente a mi cara, tan cerca que casi pod¨ªa sentir el aire de sus peque?as alas.
"??Qu¨¦ es esto, Luciano?!" Chill¨®, con las mejillas hinchadas y los brazos cruzados.
"?Por qu¨¦ Aya tiene esa ropa tan bonita y a m¨ª nunca me hiciste algo as¨ª? ?Esto no es justo!"
La intensidad de su reacci¨®n me tom¨® por sorpresa, y retroced¨ª un paso, levantando las manos en se?al de rendici¨®n.
"Mirella, no es lo que parece. Solo estaba ayudando a Aya para que se sintiera m¨¢s c¨®moda y pudiera jugar con nosotros. Tambi¨¦n era un experimento para ver hasta qu¨¦ punto pod¨ªa modificar sus ropas m¨¢gicas".
"?M¨¢s c¨®moda? ?Y yo qu¨¦? ?Siempre estoy contigo, ayud¨¢ndote en todo, y ni siquiera me diste una ropa nueva!"
?C¨®mo hab¨ªa terminado en esta situaci¨®n? Solo quer¨ªa que Aya se sintiera incluida, y ahora ten¨ªa a un hada celosa exigiendo justicia fashionista frente a todo el grupo.
Tom¨¦ aire y levant¨¦ la voz, ignorando el reclamo de Mirella.
"?Escuchen todos! Solo intent¨¦ ayudar a Aya, pero si realmente quieren ropa nueva, podemos organizar algo. Pero no ahora, ?est¨¢ bien? Estamos aqu¨ª para relajarnos, no para estresarnos con qui¨¦n lleva qu¨¦ puesto".
Cuando gir¨¦ la mirada para ver a Aya, Luc¨ªa le estaba susurrando algo en el o¨ªdo. No logr¨¦ captar exactamente qu¨¦ dec¨ªa, pero parec¨ªa tener un efecto inmediato. Aya asinti¨® levemente, aunque segu¨ªa sin atreverse a levantar la mirada. El contraste de su piel p¨¢lida con el tono rosado que hab¨ªa aparecido en sus mejillas la hac¨ªa ver a¨²n m¨¢s vulnerable.
Rundia, que hab¨ªa estado observando la escena junto a Anya, finalmente dio un paso adelante y Luc¨ªa se apart¨® de inmediato.
Extendi¨® una mano hacia Aya, sonriendo.
"Ven, Aya. No te preocupes por esto. Vamos al agua antes de que se haga de noche".
Aya levant¨® la mirada lentamente, sus ojos buscando los de Rundia como si evaluara si realmente pod¨ªa confiar en esa invitaci¨®n. Finalmente, tras unos segundos que parecieron eternos, tom¨® la mano de Rundia con delicadeza. La vi dudar mientras se pon¨ªa de pie, sus colas movi¨¦ndose de forma insegura detr¨¢s de ella, pero Rundia le dio un ligero apret¨®n, casi como dici¨¦ndole que estaba bien.
"Gracias", murmur¨® Aya, tan bajo que apenas lo escuch¨¦, pero fue suficiente para notar que el gesto de Rundia hab¨ªa roto algo de la tensi¨®n que la ten¨ªa paralizada.
As¨ª, las dos se fueron de la mano seguidas por los dem¨¢s.
Mi mam¨¢, a la pasada, me mir¨® y me gui?¨® el ojo. Vaya a saber qu¨¦ carajos le habr¨¢ dicho. Solo espero que no sea algo que se pueda malentender.
Claro, todav¨ªa ten¨ªa un ''peque?o'' problema pendiente. Aunque bueno, ojal¨¢ el problema fuera tan peque?o como lo era su cuerpo.
Mirella segu¨ªa ah¨ª flotando, agitando sus diminutas manos frente a mi cara como para enfatizar cada palabra.
"?Luciano, no me ignores! ?Estoy hablando en serio! No es justo que ella tenga toda tu atenci¨®n. ?Quiero algo especial tambi¨¦n, y lo quiero ya!"
Di un suspiro mientras me acomodaba el cabello largo y mojado hacia atr¨¢s. Alg¨²n d¨ªa de estos me lo tengo que cortar.
"Est¨¢ bien, Mirella. Te lo voy a hacer, pero vos ya sab¨¦s muy bien que esta no es la forma de pedirlo ni de actuar. Ya hemos hablado un mont¨®n de veces sobre estas actitudes tuyas".
"Bueno, s¨ª... ?Pero igual no te voy a dejar que te salgas con la tuya tan f¨¢cil!" Esta vez su tono era m¨¢s orgulloso que enojado.
No pude evitar re¨ªr mientras la agarraba y pon¨ªa sobre la arena.
"A ver qu¨¦ te quedar¨ªa mejor..."
En un movimiento r¨¢pido de part¨ªculas, logr¨¦ ajustar su vestido celeste m¨¢s a su piel, formando un traje de ba?o de una pieza con una abertura en rombo en la espalda para darle paso a sus alas.
Cuando termin¨¦, Mirella hizo un giro en el aire, inspeccion¨¢ndose desde todos los ¨¢ngulos.
"Bueno... est¨¢ aceptable. ?Por qu¨¦ no lo hiciste como el de Aya?"
No pod¨ªa decirle que porque era planita...
"Porque esto se adapta mejor a tu tama?o de cuerpo y te queda lindo.
Ahora vamos a divertirnos al agua, que los dem¨¢s ya deben estar pregunt¨¢ndose qu¨¦ estamos haciendo ac¨¢".
"?S¨ª, vamos a divertirnos!"
Lo mejor del d¨ªa lleg¨® cuando vi que las colas de Aya, que sol¨ªan ser bien pomposas, estaban tan mojadas que apenas ten¨ªan el grosor de una rama.
"?Oigan, ya les dije que paren!" Grit¨®, pero nadie se detuvo ante sus plegarias y le siguieron tirando agua, especialmente Anya.
"?Vamos, Aya! ?As¨ª no vas a divertirte!"
De un momento a otro, justo cuando me estaba por sumar para tirarle agua, Aya levant¨® una mano y cre¨® una barrera que nunca antes hab¨ªa visto; ten¨ªa la forma de una media esfera.
Lo incre¨ªble no solo era la forma nueva de la barrera, sino que tambi¨¦n pod¨ªa verla en un verde trasl¨²cido. No era com¨²n poder ver las barreras m¨¢gicas que ella hac¨ªa.
Pero si reci¨¦n hab¨ªa dicho que necesitaba tiempo y no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s, ?no? O es muy buena o simplemente se quer¨ªa hacer la importante.
"?Una barrera?" Se pregunt¨® Anya, dejando de tirar agua.
Poco a poco, todos se fueron acercando.
"?La maginica!" Grit¨® Tar¨²n.
Aya se les qued¨® mirando. No parec¨ªa poder explicar por qu¨¦ hizo eso. Aunque tal vez tampoco sab¨ªa c¨®mo hab¨ªa creado algo as¨ª.
"?Aya! ?Esto es incre¨ªble!" Grit¨¦, mientras me acercaba para inspeccionarla de cerca. La barrera brillaba levemente con la luz del atardecer, y las gotas de agua chorreaban hacia abajo.
Aya me mir¨®, cambiando su expresi¨®n a una m¨¢s de sorpresa. Sus orejas se alzaron un poco, dejando claro que mis palabras le hab¨ªan llegado.
"?Incre¨ªble? Bueno, yo... Lo siento, no deb¨ª hac..."
"No. No. No", cort¨¦ sus palabras de inmediato mientras sacud¨ªa la cabeza.
"?Esto es justo lo que te ped¨ª! ?Una barrera diferente!"
"?Una barrera diferente? ?Esto te parece bien?" Pregunt¨® r¨¢pidamente Suminia, poni¨¦ndose al lado m¨ªo y tocando la barrera, que claramente era s¨®lida.
Me llev¨¦ las manos a la cabeza.
"??Que si me parece bien!? ?Esto es lo mejor que pod¨ªa haber pasado! Madre m¨ªa... Que alguien mejore su magia es beneficioso para todos".
Me acomod¨¦ el pelo hacia atr¨¢s mientras ve¨ªa a Aya sacudir sus colas dentro de la especie de c¨²pula.
"Yo le hab¨ªa pedido a Aya que empezara a practicar hacer barreras m¨¢gicas de distintas formas para as¨ª proteger nuestra casa de una manera m¨¢s eficiente. ?Y ahora ella lo hizo sin querer! ??Pueden creerlo!?
Aunque claro, ustedes f¨¢cilmente podr¨ªan haber dicho: ''pero Luciano, solo hubi¨¦ramos puesto cuatro barreras alrededor de la casa y as¨ª formar un cuadrado''".
Me detuve un momento, pensando en si realmente sab¨ªan qu¨¦ era un cuadrado. Bueno, no importa.
"?Obviamente algo tan ineficiente no iba a servir! Aya me hab¨ªa dicho que le era dif¨ªcil mantener tantas barreras activas y ahora solo necesitar¨ªa una en vez de cuatro".
"?No se dan cuenta de lo que significa?" Segu¨ª de inmediato, ignorando la mirada de ''por favor, c¨¢llate'' de Suminia.
"Una barrera de esta forma implica que podemos protegernos en todas direcciones, desde abajo, desde arriba, ?desde los costados! Si llega una tormenta el¨¦ctrica, o alguien nos ataca, o, no s¨¦, un mont¨®n de gnomos deciden volverse malos de repente, ?Aya podr¨¢ mantenernos a salvo sin desperdiciar m¨¢s energ¨ªa de la necesaria!" Mi voz se alz¨® un poco, y al darme cuenta, me forc¨¦ a bajar el tono. No quer¨ªa parecer demasiado loco o exagerado... aunque puede que ya lo estuviera logrando.
Volv¨ª a mirar a Aya y luego a Mirella; verlas con la ropa que yo mismo hab¨ªa creado me puso orgulloso y me hizo pensar en otra cosa buena.
"?Y no solo eso!" Continu¨¦, ahora caminando en c¨ªrculos alrededor de la barrera como un profesor apasionado en medio de una clase.
"Una barrera como esta no es solo funcional; es est¨¦tica. Miren el color; un verde transl¨²cido que combina perfectamente con el entorno. Si alguien nos ve desde lejos, ni siquiera sospechar¨¢ que estamos protegidos... Bueno, o tal vez s¨ª. Sin embargo, parece un camuflaje natural al estar al lado del verde intenso del bosque".
En ese momento, Aya desactiv¨® la barrera.
"Y ahora, a todos los dem¨¢s que est¨¢n ac¨¢, ?les digo algo!" Dije, gir¨¢ndome dram¨¢ticamente hacia ellos. Esto hizo que Samira se enderezara y me mirara con atenci¨®n.
"No olviden lo que pas¨® hoy. No solo fue una tarde de diversi¨®n, no. Fue el d¨ªa en que Aya demostr¨® que, con dedicaci¨®n y pr¨¢ctica, cualquiera de nosotros puede superar cualquier obst¨¢culo. Si ella puede hacerlo, ?ustedes tambi¨¦n pueden! ?Y vamos a lograrlo juntos, como grupo, como familia!
?As¨ª que espero que hagan el balde de arcilla!"
S¨ª, el cierre fue bastante absurdo.
***
Luego de pasar una ¨²ltima noche en la cueva y de devolver las ropas de las chicas a la normalidad. A la ma?ana siguiente, las gemelas salieron a cazar junto a Rin y Mirella. Tar¨²n, Rundia, Luc¨ªa y Aya se fueron junto a Tariq para seguir trabajando con la arcilla.
La ¨²nica que quedaba, que era Anya, vino conmigo para ayudarme en la mudanza. Justo ahora est¨¢bamos trayendo un bols¨®n vac¨ªo cada uno desde la playa hacia la cueva.
"As¨ª que no te convenci¨® la idea de trabajar junto a Tariq".
"Para nada. Ayer no pod¨ªa ni verlo. Lo odio... Bueno, eso ya lo saben todos ustedes".
"Bueno, yo no tengo mucha idea sobre esas cosas", empec¨¦, intentando no sonar tanto como un adulto.
"Pero a m¨ª no me gustar¨ªa para nada que mi padre me abandonara solo para irse con otra mujer. Me parece correcto c¨®mo piensas en este momento".
"Ay... Eres tan dulce, Luciano", respondi¨®, refreg¨¢ndome su mano libre contra la parte superior de mi cabeza.
Lo bueno era que ella ya hab¨ªa tocado mi pelo rojo.
"No es nada. Solo dije lo que pensaba".
Una vez en la cueva, Anya se puso a meter algunas frutas y un poco de carne que hab¨ªa por ah¨ª. Yo me encargu¨¦ de ir metiendo la gran cantidad de pieles que ten¨ªamos acumuladas, algunas ropas usadas y tambi¨¦n la almohada de Rin.
Tampoco es que tuvi¨¦ramos muchas cosas de valor. Eso es algo que va a cambiar de un momento a otro, porque la casa va a estar llena de cosas nuevas.
"?Sabes, Anya? Hoy vamos a tener que decidir qui¨¦nes van a dormir en cada habitaci¨®n".
"?Y c¨®mo funciona eso?" Pregunt¨® mientras pon¨ªa una ¨²ltima mandarina dentro de su bols¨®n.
"Tenemos cuatro lugares que se llaman habitaciones. En esas habitaciones vamos a dividirnos para dormir. Por ejemplo, vos tendr¨ªas tu habitaci¨®n junto a Tar¨²n".
"Es cierto, ?pero y los dem¨¢s?"
"Es por eso que vamos a decidirlo cuando estemos todos".
"?Y qu¨¦ vamos a hacer mientras tanto? Por cierto, ya no hay m¨¢s comida por aqu¨ª".
"Por ahora volvamos a la casa y despu¨¦s te digo qu¨¦ hay que hacer".
"Est¨¢ bien".
Ya que mi carga era m¨¢s pesada, intercambiamos los bolsones para la vuelta.
"Estas cosas se dejan adentro, ?no?" Pregunt¨®, se?alando la entrada a la casa.
Esa era una buena pregunta. Tal vez necesit¨¢bamos un lugar que funcionara de almac¨¦n.
"Creo que por ahora solo vamos a dejar adentro la comida. Vos dej¨¢ ese bols¨®n ah¨ª fuera, al lado de la entrada".
"Est¨¢ bien".
Carg¨¢ndolo con los dos brazos, lo dej¨® donde le acababa de decir. Mientras tanto, yo entr¨¦ dentro de la casa arrastrando mi carga hasta una esquina de la sala principal.
Me acerqu¨¦ al pasillo, que por ahora era el lugar m¨¢s oscuro de la casa, y observ¨¦ las habitaciones sin puertas.
Creo que voy a exigir dormir con Aya y Mirella. Tengo algunas excusas en mente para que me den la raz¨®n.
Cap铆tulo 39: Dame una raz贸n.
"Luciano, ?est¨¢s viendo algo?" La voz de Anya me sac¨® de mis pensamientos.
Me di la vuelta, viendo c¨®mo su esbelta figura era iluminada por las ventanas a sus costados.
"Ah, es que pensaba en cu¨¢l podr¨ªa ser la mejor habitaci¨®n para m¨ª. Te lo dije antes, ?no? Hoy tenemos que hacer la divisi¨®n de habitaciones".
Ella puso las manos sobre su cintura.
"S¨ª, me dijiste que yo iba a dormir junto a Tar¨²n. Y yo supongo que t¨² vas a estar junto a tus padres y tu hermana".
Ah... Eso es lo que todos deben pensar como lo l¨®gico.
"Anya, me sorprende que todav¨ªa no te hayas dado cuenta..."
"?De qu¨¦ cosa?" Respondi¨®, frunciendo el ce?o.
"Bueno, es que yo voy con Mirella y Aya. Creo que los motivos son claros".
Lo cierto era que me hubiera gustado compartir habitaci¨®n con mi verdadera madre, pero sab¨ªa que hab¨ªa muchas cosas que lo impedir¨ªan, as¨ª que era tonto el solo hecho de intentarlo.
Ella esboz¨® una sonrisa acompa?ada de una risa corta.
"?Ah, s¨ª? No entiendo cu¨¢les ser¨ªan esos ''motivos'', pero no creo que a tus padres les parezca correcto, ?no?"
"?C¨®mo que no? Podr¨ªa estar todo el d¨ªa d¨¢ndoles motivos. Yo no hago las cosas porque s¨ª, siempre lo hago con un objetivo claro. Eso ya lo debes saber".
"Eso es cierto", dijo y hubo un silencio por un momento.
"A ver... Dame una raz¨®n".
"?Solo una? Pfff. ?Qu¨¦ poco!" Exclam¨¦ mientras me pon¨ªa a caminar al lado de las paredes de la futura cocina-comedor.
"Yo tengo que dormir junto a ellas dos porque somos los ¨²nicos que podemos usar magia".
"?Y eso es tan importante?"
"Sin magia no hubi¨¦ramos podido construir la casa, ?no?"
"Tienes raz¨®n".
Lo cierto era que esa excusa estaba incompleta. Aun as¨ª, a ella le pareci¨® algo v¨¢lido.
Saqu¨¦ una manzana de la bolsa que reci¨¦n hab¨ªa dejado dentro de la casa y se la ofrec¨ª.
"Tom¨¢, deber¨ªas comer para recuperar fuerzas".
Ella la tom¨® de inmediato.
"?Gracias! ?Pero t¨² no vas a comer?"
"Ya com¨ª cuando me despert¨¦ temprano", respond¨ª mientras sacaba unos cubos de madera de uno de los otros bolsones.
"Por cierto, me gustar¨ªa que hoy salieras a favor m¨ªo si es que a mis padres no les gusta mi idea de que yo duerma junto a Aya y Mirella".
Hubo unos segundos de silencio hasta que ella termin¨® de tragar.
"Ah, s¨ª... No hay problema, no creo que tus padres se molesten si les dices el motivo. Eres un buen ni?o y t¨² has hecho la mayor¨ªa de este lugar".
Me mov¨ª de un lado a otro mientras pon¨ªa los cubos apilados bajo el umbral de la entrada principal.
"De cierta manera, es como si yo fuera el due?o de este lugar".
"?Qu¨¦ significa ser un due?o?"
"Es como si..."
Detuve mis palabras, y lo que estaba haciendo, para terminar acerc¨¢ndome a ella.
"Esta manzana", empec¨¦, se?alando la fruta que iba por la mitad, "te pertenece. Por lo tanto, t¨² eres la due?a".
"Entonces, ser due?o de algo significa que eso es tuyo".
"Exactamente", respond¨ª luego de voltearme para seguir buscando m¨¢s bloques de madera.
Pasados unos minutos, sent¨ª el calor de unos brazos rode¨¢ndome por la espalda. La suavidad que se presionaba contra m¨ª era inconfundible. Mis movimientos se detuvieron, y mis pensamientos quedaron atrapados entre la sorpresa y algo m¨¢s que prefer¨ª ignorar.
"Gracias, Luciano", susurr¨® Anya cerca de mi o¨ªdo, su voz suave pero cargada de emoci¨®n.
Su aliento c¨¢lido roz¨® mi piel, y el peso de sus palabras me dej¨® sin reacci¨®n inmediata.
Gir¨¦ un poco la cabeza hacia ella, tratando de verle el rostro sin moverme demasiado, pero su frente estaba apoyada contra mi hombro.
"?Por qu¨¦ me das las gracias?"
"Por darle una vida mejor a Tar¨²n... y a m¨ª", respondi¨®. Su tono era serio, sincero, lleno de algo que no supe identificar al instante.
"Me alegro de haber aceptado unirme a ustedes".
Sent¨ª que aflojaba el abrazo, pero antes de apartarse, me dio un beso en la mejilla. Fue r¨¢pido, pero lo suficientemente prolongado como para que el calor de sus labios quedara marcado ah¨ª.
"Anya..."
Me gir¨¦ del todo para mirarla, y ella me observaba con una peque?a sonrisa en los labios.
"No tienes que decir nada, Luciano. Solo quer¨ªa que supieras cu¨¢nto te aprecio".
Su sonrisa se ensanch¨® un poco y de pronto me se?al¨® con un dedo.
"?Quiero que sepas que siempre estaremos a tu lado, mi hijo y yo!"
?Cu¨¢nta determinaci¨®n, mujer!
"Gracias, Anya. Sos una persona que aprecio mucho".
Pas¨¦ un tiempo ideando la puerta mientras Anya se hab¨ªa ido a poner bloques bajo las entradas de las dem¨¢s habitaciones.
Siendo sincero, no era tan dif¨ªcil hacer una puerta con dos bisagras y un picaporte que la dejara trabada, sino que el problema era la cerradura; no ten¨ªa ni idea de c¨®mo hacerla...
Para no hacer una puerta lisa, como lo eran todas las paredes, hund¨ª un poco la madera con magia para formar dos rect¨¢ngulos verticales y paralelos entre s¨ª que iban de punta a punta por el frente y dorso.
Ya que iba a abrirse de adentro hacia afuera, la ensambl¨¦ del lado del frente de la casa, apoy¨¢ndola contra los bordes internos del marco.
Una vez puesta y vi¨¦ndola que quedaba bien de la forma que estar¨ªa cuando se cerrara del todo, empec¨¦ a hacer las bisagras, que b¨¢sicamente eran dos tubos con extremos circulares y con un agujero en el centro para hacer pasar el trozo de madera que vendr¨ªa de la puerta para que as¨ª se pudiera deslizar y mantenerse en el lugar para abrirla y cerrarla.
Ahora, el picaporte: todo el mecanismo fue sencillo, porque lo hice de manera horizontal y de una pieza completa, as¨ª que cuando se bajaba, el trozo de madera que funcionaba como pestillo se hund¨ªa hacia dentro. Lo prob¨¦ varias veces y parec¨ªa funcional, solo que con el tiempo iba a terminar desgast¨¢ndose la madera y el picaporte caer¨ªa solo.
A pesar de todav¨ªa no tener una cerradura con una llave que impidiera abrir la puerta, al menos pod¨ªa abrirse y cerrarse de manera correcta. Algo es algo.
Era la primera vez que hac¨ªa algo as¨ª desde cero, y aunque no era perfecta, me sent¨ª un poco orgulloso.
"?Anya, ven¨ª a ver esto!" Grit¨¦ hacia dentro mientras cerraba la puerta primitiva detr¨¢s de m¨ª.
"?Ya hiciste esa cosa, Luciano?" Pregunt¨® antes de aparecer desde el pasillo.
Era evidente que ya hab¨ªa asumido que todo lo que yo intentara hacer ser¨ªa algo completamente fuera de lo com¨²n para ellos.
Cuando la vi llegar, sonre¨ª y se?al¨¦ la puerta con un gesto teatral, como si estuviera mostrando una obra de arte.
"Mir¨¢, nuestra primera puerta oficial. ?No solo cierra, sino que tambi¨¦n se abre!"
"?Eso es lo que llamas puerta?"
"S¨ª. Dej¨¢ que te muestre".
Mov¨ª el picaporte hacia abajo, dejando que el pestillo se hundiera suavemente hacia dentro del interior de la puerta. La abr¨ª de par en par, haciendo un gesto exagerado como si estuviera presentando algo m¨¢gico. Luego la cerr¨¦ y levant¨¦ el picaporte para que quedara el pestillo hacia fuera.
"?Ves? F¨¢cil y seguro".
Anya dio un paso adelante, inclin¨¢ndose para observar de cerca el mecanismo del picaporte. Su rostro pas¨® de la duda al asombro en cuesti¨®n de segundos. Toc¨® la madera con las yemas de los dedos, como si necesitara confirmar que era real.
"?T¨² hiciste esto solo?"
"S¨ª, ?qui¨¦n m¨¢s iba a hacerlo?" Respond¨ª con una sonrisa de suficiencia.
"Ah, es cierto".
"Aunque no voy a mentir, fue un poco complicado".
"No puedo creerlo", murmur¨® mientras segu¨ªa examinando la puerta.
"Esto... esto es incre¨ªble, Luciano. Nunca hab¨ªa visto algo as¨ª, a pesar de que estaba en la casa de miniatura".
Sus ojos brillaban como los de un ni?o viendo un juguete nuevo.
"Ahora vos. Probalo".
"?Yo? ?Y qu¨¦ se supone que tengo que hacer?" Pregunt¨®, retrocediendo un poco como si temiera romperlo.
"Es f¨¢cil, Anya. Solo agarr¨¢s esta parte, la baj¨¢s y empuj¨¢s la puerta. Dale, conf¨ªo en vos".
Ella dud¨® por un instante, pero finalmente extendi¨® la mano y tom¨® el picaporte con cuidado, como si estuviera manejando algo fr¨¢gil. Baj¨® el mecanismo, y cuando la puerta se abri¨® sin resistencia, solt¨® un peque?o jadeo de sorpresa. Sus ojos se encontraron con los m¨ªos, y pude ver la emoci¨®n en ellos.
"?S¨ª funciona!" Grit¨® mientras se re¨ªa.
Empez¨® a dar peque?os saltitos en su lugar, sus pies golpeando suavemente el suelo de madera. Sus manos iban y ven¨ªan del picaporte a su boca, cubriendo una sonrisa radiante como si no pudiera contenerla.
"?No lo puedo creer, Luciano! ?De verdad funciona! ?Funciona de verdad!" Gritaba entre risas, mientras abr¨ªa y cerraba la puerta repetidamente sin levantar el picaporte para que saliera el pestillo.
Yo no pod¨ªa evitar sonre¨ªr ante su reacci¨®n. Ver a alguien tan emocionado por algo tan simple como una puerta me recordaba lo distinto que era este mundo. Aqu¨ª, cada peque?o avance era un milagro.
Despu¨¦s de su peque?a celebraci¨®n, me puse manos a la obra con las dem¨¢s puertas. Ahora que ya ten¨ªa claro el proceso, result¨® mucho m¨¢s f¨¢cil replicarlo. Anya, mientras tanto, se qued¨® cerca, anim¨¢ndome hasta que lleg¨® el momento de recargar part¨ªculas en el balde. Ah¨ª fue cuando la mand¨¦ a que cocinara un pescado para cada uno.
Al final termin¨¦ las cuatro puertas de las habitaciones y la del ba?o. Todas se abr¨ªan hacia adentro para dejar el paso en el pasillo. En contraparte, la puerta que conectaba a la mitad del pasillo con la sala principal, que era la cocina-comedor, abr¨ªa hacia dentro de ella.
Tampoco era muy necesario explicarle esto a alguien, pero tuve que tener en cuenta varias cosas para despu¨¦s no tener que hacer trabajo doble.
Luego de que Anya hiciera una fogata por primera vez sobre la arena y cocinara un pescado para cada uno, nos pusimos a hablar un poco sobre las cosas que quedaban por hacer, de la arcilla, de por qu¨¦ se me ocurr¨ªan tantas cosas nuevas, de la magia y un mont¨®n de cosas m¨¢s. No s¨¦ cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que me sentaba a charlar con un humano normal sobre tantas cosas.
Ac¨¢ lo interesante es que ella me cont¨® un poco de su pasado... Resulta que ella no viv¨ªa tan cerca de los dem¨¢s y, cuando era muy joven, sus padres salieron a cazar junto a su hermana mayor, pero nunca volvieron. A partir de ah¨ª, ella comenz¨® a vivir sola e intentar valerse por s¨ª misma hasta que un d¨ªa conoci¨® a Tariq en una de sus tantas salidas.
Ella no lo dijo directamente, pero yo entend¨ª que a ella le atrajo el sentirse protegida por ¨¦l. O sea, s¨ª, Tariq es un tipo que no se queda quieto. Encima, a eso se le suma que es alguien alto y tiene fortaleza f¨ªsica. Para ella debe haber sido como su ¨²nica salvaci¨®n en un momento de desesperaci¨®n.
Pero bueno... Al final se mudaron a esa cueva que est¨¢ cerca de la playa y ¨¦l la abandon¨® el d¨ªa que Tar¨²n naci¨®... Vaya a saber qu¨¦ mierda le habr¨¢ pasado a Tariq para hacer semejante estupidez... Ya est¨¢, no hay forma de cambiar el pasado.
Debo decir que su historia me hizo lagrimear un poco. Es una mujer que sufri¨® la realidad de un mundo muy cruel.
Esa es otra raz¨®n para quererla mucho m¨¢s.
Est¨¢bamos separando las pieles en distintos bolsones hasta que todos llegaron desde el bosque con una gran cantidad de comida. Se ve que en alg¨²n momento se hab¨ªan juntado para recolectar provisiones.
Levant¨¦ la cabeza justo a tiempo para ver a Mirella volando hacia m¨ª, agitando sus diminutas manos que sosten¨ªan dos na?as. Parec¨ªa una peque?a bola de furia, con sus mejillas sonrojadas.
"??Luciano!! ?Esto es una injusticia absoluta!"
"?Qu¨¦ pas¨® ahora, Mirella?" Pregunt¨¦ mientras me incorporaba, conteniendo la risa al ver su estado.
"?Luc¨ªa me arruin¨® todo! ?Era mi momento de brillar, Luciano! ??Mi momento!!"
Luego de ese grito, tir¨® las frutas al suelo con mucha rabia.
"?De qu¨¦ est¨¢s hablando?" Pregunt¨¦, aunque ya ten¨ªa una idea por d¨®nde iba todo esto al ver a mi verdadera madre pasar a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences.
De pronto, Rundia se acerc¨®.
"?Hijo! ?Tu hermana fue...!"
"?No, yo voy a explicarle!" Grit¨® Mirella, cortando sus palabras.
"?Y estoy hablando del balde! ?De la arcilla! ?De todo! Me dijiste que yo ser¨ªa la primera en lograrlo, y tu hermana... ?Esa adorable traidora! ?Lo hizo antes que yo y a la primera!"
Rundia volvi¨® a interrumpir, pero esta vez se puso en frente de m¨ª, empujando a la peque?a hada con la cabeza.
"?Mis dos hijos son incre¨ªbles! ?Nunca pens¨¦ que...!"
"?Ay, ya! ?A qui¨¦n le importa un tonto balde! ?Yo voy a hacer algo m¨¢s genial!"
Se fue volando hacia la entrada de la casa, pero se choc¨® contra la puerta.
"??Qui¨¦n puso esta tonter¨ªa aqu¨ª!?"
No pude evitar llevarme las manos a la cara mientras Rundia me ve¨ªa con los ojos como dos estrellas.
"Es una puerta", respond¨ª a su furiosa pregunta.
Mirella, sob¨¢ndose la frente y todav¨ªa flotando en el aire, golpe¨® ligeramente la puerta con sus diminutos pu?os.
"?Pues no me gusta esta cosa! ?Ni siquiera avisaste que la ibas a poner! ?Uno entra volando tranquilamente y se encuentra con... esto!"
Es cierto, exist¨ªa la posibilidad de que Mirella no tuviera la fuerza suficiente como para abrir una puerta.
"?La puerta!" Grit¨® Samira, que estaba con un mont¨®n de mandarinas entre sus brazos.
Mir¨¦ a todos los dem¨¢s; parec¨ªan cansados y esperando a que ese trozo de madera se corriera del medio.
Bueno, me tocar¨¢ ense?arlo de vuelta.
(Unas horas despu¨¦s)
Ya era de noche y dentro de la casa no se ve¨ªa una mierda hasta que Mirella, de mala gana, puso una bola de luz en el aire.
Todos los dem¨¢s, menos Mirella, Aya y yo, estaban esperando afuera mientras cocinaban y com¨ªan.
"Mirella, ya no est¨¦s enojada. Seguro que a Luciano se le va a ocurrir otra cosa para que hagas... ?Cierto, Luciano?"
"Ah, s¨ª, claro..."
"??En serio, Luciano!? ?Entonces d¨ªmelo ya, algo que solo sea para m¨ª!"
Primero hab¨ªa que reeducarla.
"A ver, Mirella. ?Cu¨¢ntas veces hemos hablado sobre este comportamiento? Es inapropiado que un hada como vos conteste de esa manera", dije, fingiendo una voz seria.
"??Inapropiado!? ?Desde cu¨¢ndo tengo que seguir un modo de hablar? ?Yo soy as¨ª!" Exclam¨® con los brazos cruzados, inflando las mejillas como si fuera un pez globo.
"No se trata de ser as¨ª o no. Se trata de respeto, especialmente cuando estamos en grupo. Si act¨²as de esta manera, ?c¨®mo esperas que te tomen en serio cuando realmente necesites que te escuchen?"
Su expresi¨®n cambi¨®; segu¨ªa con los brazos cruzados, pero ahora me miraba de reojo, como si estuviera debati¨¦ndose entre continuar con su berrinche o aceptar lo que le estaba diciendo.
"Adem¨¢s", continu¨¦, suavizando ligeramente mi tono.
"Quiero que hagas algo que te haga sentir ¨²til, pero tambi¨¦n que ayude al grupo. Si solo est¨¢s buscando atenci¨®n con estas actitudes, no est¨¢s mostrando todo el potencial que ten¨¦s".
"Bueno, s¨ª..." Respondi¨®, agachando la cabeza un poco.
"Voy a intentar portarme mejor y no enojarme contigo".
"S¨ª, pero siempre dec¨ªs lo mismo..."
"?Esta vez es cierto!" Alz¨® la voz de un modo que parec¨ªa que estaba a punto de quebrarse.
De inmediato puse mis dos manos unidas y abiertas en frente de m¨ª; ella reaccion¨® al instante, pos¨¢ndose sobre mis palmas.
"Mirella, ya deber¨ªas conocerme bien para saber que no me interesa una promesa como esa del balde... No quiero que te sientas mal solo por no poder lograr algo", dije, acariciando su cabecita mientras ve¨ªa a Aya acercarse para verla de cerca.
"Adem¨¢s, tengo una nueva cosa que podr¨ªas hacer, para la casa y tambi¨¦n con la arcilla".
"??En serio!?"
Aya solt¨® una risita suave mientras se inclinaba un poco m¨¢s hacia mis manos.
"S¨ª, primero voy a decirte qu¨¦ ten¨¦s que crear con la arcilla".
Con un empuj¨®n de mis manos hacia arriba, Mirella comenz¨® a volar en el aire.
"Quiero que crees un plato. ?Te acord¨¢s c¨®mo era? Se los mostr¨¦ cuando est¨¢bamos en el santuario".
Antes de que Mirella contestara, Aya alz¨® una mano.
"?Yo s¨ª! Era una cosa que serv¨ªa para comer... o algo as¨ª. Ten¨ªa esta forma", dijo, juntando sus manos e intentando hacer un c¨ªrculo.
"Yo no me acuerdo de eso".
"Entonces te lo vuelvo a mostrar".
Me acerqu¨¦ a uno de los pocos bolsones que quedaban dentro de casa y saqu¨¦ un cubo de madera. Con un movimiento r¨¢pido de magia, lo transform¨¦ en un plato simple y circular.
"Es esto. Mir¨¢, es hondo en el centro para que la comida se quede dentro".
Ella se acerc¨® volando y puso las manos por el borde.
"Se ve bonito. Tambi¨¦n es m¨¢s peque?o que el balde".
"Es por eso que lo vas a poder hacer m¨¢s r¨¢pido que todos, ya que solo vos y Aya saben de esto... Bueno, puede que Tariq tambi¨¦n reconozca la forma".
Nunca supe qu¨¦ pas¨® con el plato y el tenedor que quedaron en nuestra cueva la vez que nos fuimos al santuario. Solo s¨¦ que Tariq ten¨ªa el cuchillo.
"?Entonces s¨ª lo har¨¦!"
"?Y cu¨¢l es la otra cosa, Luciano?" Pregunt¨® Aya.
"Ah, es que tenemos que hacer un sistema de iluminaci¨®n para la casa. Algo que sea permanente".
"Eso es cierto. Pero eso es algo que solo Mirella podr¨ªa hacer".
"?Claro que lo har¨¦!"
La luz de Mirella iluminaba el interior de la casa apenas lo suficiente como para que no tropez¨¢ramos, pero ese ambiente tenue no era algo que quisiera mantener para siempre. Me qued¨¦ pensativo por un momento, observando los n¨²meros en las sombras de las chicas.
"La casa ahora tiene cuatro habitaciones, el ba?o, la cocina-comedor y un pasillo que conecta todo. No podemos depender de que Mirella reponga a cada rato sus esferas de luz. Tienen que quedar ah¨ª para siempre".
Mir¨¦ a Mirella y ella me mir¨® a m¨ª.
"Mirella, ?crees que sea posible hacer una esfera de luz que ilumine poco y no desaparezca?"
"?Yo creo que s¨ª! Hubo muchas que duraron por un mont¨®n de tiempo, as¨ª que ahora me esforzar¨¦ todav¨ªa m¨¢s".
Sonre¨ª. Sab¨ªa que Mirella no iba a decepcionarnos, al menos no en actitud.
"Entonces... Primero, necesitamos soportes. Algo que mantenga las luces en su lugar y sea est¨¦tico".
Me gir¨¦ de nuevo hacia los cubos de madera.
"Voy a transformar esto en algo ¨²til".
Las dos se acercaron mientras me ve¨ªan trabajar con magia; hice ocho palos de medio metro, los cuales en uno de sus extremos ten¨ªan una forma circular, que ser¨ªa donde ir¨ªa la bola de luz m¨¢gica.
Los aline¨¦ cuidadosamente en el suelo frente a m¨ª, como si fueran una especie de columnas en miniatura.
"Estos van a ser los soportes. Los colocar¨¦ en el centro de cada sala y dos en los extremos del pasillo. Pero para fijarlos al techo, necesitar¨¦ ayuda".
Lo cierto era que tener un techo empinado era algo feo est¨¦ticamente y se hac¨ªa dif¨ªcil llegar a ¨¦l.
Aya se acerc¨®, sus ojos anaranjados se ve¨ªan lindos bajo la poca luz de la sala.
"?Quieres que yo te ayude? Puedo alzarte, si es lo que necesitas".
"Pero deber¨ªa subirme encima de tus hombros. ?No te importa?"
"Claro que no me importa, Luciano. Aunque, con lo pesado que te est¨¢s poniendo ¨²ltimamente... quiz¨¢s termine quej¨¢ndome despu¨¦s".
Hizo una pausa, como si estuviera esperando que le siguiera el juego o algo as¨ª.
"?Era una broma! Es que todav¨ªa eres tan peque?o..."
Ah, s¨ª... Gracias por recordarme que soy enano.
"Claro, porque todav¨ªa soy un ni?o".
Suspir¨¦ y me quit¨¦ las ojotas.
Mirella flotaba cerca, observ¨¢ndonos con las manos en la cintura, claramente disfrutando del espect¨¢culo.
"Est¨¢ bien, Aya, voy a subirme. Pero ten¨¦ cuidado, ?s¨ª? Si me caigo, te culpo a vos".
"Conf¨ªa en m¨ª", dijo mientras se agachaba para que pudiera subir. Sus manos firmes me sujetaron por los costados mientras yo intentaba encontrar equilibrio sobre sus hombros.
Esta era la primera vez que hac¨ªa algo as¨ª. Pero luego de tantas locuras que hab¨ªa hecho en esta vida, esto era una tonter¨ªa.
Aya se levant¨® lentamente, sus cinco colas balance¨¢ndose detr¨¢s de ella para mantener la estabilidad. Desde ah¨ª arriba, el techo se ve¨ªa m¨¢s cerca, aunque no lo suficiente como para que dejara de sentir v¨¦rtigo.
"?Todo bien all¨¢ arriba, Luciano?" Pregunt¨® Mirella desde alg¨²n lado, con una risita.
"S¨ª, s¨ª... Estoy bien", respond¨ª, intentando mantener el equilibrio y no mirar hacia abajo.
"Alcanzame uno de los soportes, porfa".
"?C¨®mo t¨² ordenes!" Respondi¨® y r¨¢pidamente lo trajo volando entre jadeos.
"Gracias".
No s¨¦ por qu¨¦ se me vino esto a la mente, pero creo que si Aya mirara hacia arriba, ver¨ªa mi... Bueno, tampoco hace falta aclararlo.
Tom¨¦ el soporte de madera y lo posicion¨¦ en el techo. Usando magia, lo fij¨¦ en su lugar, asegur¨¢ndome de que quedara bien firme. Cuando termin¨¦, Mirella se acerc¨® volando con una peque?a esfera de luz entre las manos.
"?D¨®nde la pongo?"
"?Ah¨ª!" Se?al¨¦ el extremo del palo, donde estaba el c¨ªrculo en forma horizontal.
Cuidadosamente y con una precisi¨®n perfecta, ella lo puso en el lugar correcto.
"Listo. ?Y ahora?"
Coloqu¨¦ mis manos sobre la esfera.
"Voy a hacer una cosa que descubr¨ª hace un tiempo".
Sent¨ª las part¨ªculas m¨¢gicas fluir desde mis manos hacia la luz, aliment¨¢ndola. A pesar de ser muy peque?a, la esfera comenz¨® a brillar con m¨¢s intensidad, llenando la sala con una luz c¨¢lida y constante.
"?Perfecto! Ahora tenemos iluminaci¨®n... permanente, supongo".
"?Wow! ?Qu¨¦ hiciste? ?Acaso ya puedes usar magia de luz?" Pregunt¨® Mirella, acerc¨¢ndose a su esfera de luz para verla de m¨¢s cerca.
"No. Solo le traspas¨¦ part¨ªculas para que fuera m¨¢s potente sin que t¨² tuvieras que crearla potente desde un principio".
Parec¨ªa que sab¨ªa lo que hac¨ªa, pero realmente las part¨ªculas actuaban por su propia cuenta.
"Luciano, creo que falta algo", coment¨® Aya desde abajo, interrumpiendo la conversaci¨®n.
"?Qu¨¦ cosa?" Pregunt¨¦ mientras me empezaba a agachar para bajar.
De repente, Aya dio un peque?o salto, haciendo que mi equilibrio se tambaleara.
"?Aya!" Grit¨¦, tratando de agarrarme del soporte para no caerme.
Mirella tambi¨¦n se aferr¨® a mi mano, como si realmente pudiera ayudar en algo.
Ella solt¨® una carcajada mientras me sosten¨ªa firme con sus manos.
"Rel¨¢jate, Luciano. Solo estaba probando si eras ¨¢gil".
"?No tiene gracia! ?Y si romp¨ªa algo?" Protest¨¦, colg¨¢ndome del soporte con una mano mientras intentaba estabilizarme con la otra.
"Bueno, al menos ahora sabemos que los soportes son resistentes".
"?Aya, eres una tonta! ?No puedes hacerle esas bromas a Luciano!"
De pronto, la puerta principal se abri¨® r¨¢pidamente. Era Rundia.
"?Hijo, escuch¨¦ un grito y...! ??Qu¨¦ est¨¢n haciendo!?"
En ese momento, Aya se agach¨® r¨¢pidamente para dejarme bajar y se qued¨® con la cabeza gacha.
"Eh¡ ?Nada, nada!" Dije r¨¢pidamente, tratando de suavizar la situaci¨®n, aunque no s¨¦ si mi tono era tan convincente.
"Es solo que Aya... eh... Est¨¢bamos instalando la luz para la casa".
"?Ah, s¨ª? ?Entonces por qu¨¦ gritaste?"
Aya, por fin, pareci¨® darse cuenta de la gravedad de lo sucedido y levant¨® la cabeza, mirando a Rundia con una leve sonrisita nerviosa.
"Te debo una disculpa, Rundia. Hice una broma tonta y no pens¨¦ que Luciano fuera a... perder el equilibrio de esa manera".
?Encima me echa parte de la culpa a m¨ª!
Rundia la mir¨® fijamente durante un segundo, luego solt¨® una ligera risa, como si la escena no fuera tan seria como todos pens¨¢bamos.
"Ay, Aya... ?Por qu¨¦ hacer bromas? T¨² no eres as¨ª".
Dio un suspiro.
"Solo ten m¨¢s cuidado con Luciano, ?entendido? ¨¦l, a pesar de que hace este tipo de cosas raras, todav¨ªa es un ni?o, ?s¨ª? Es mi ni?o", enfatiz¨® la ¨²ltima parte por alguna raz¨®n.
"?Lo prometo!" Aya respondi¨® r¨¢pidamente, inclinando la cabeza hacia adelante como si estuviera haciendo una reverencia.
Rundia asinti¨® con una sonrisa tranquila.
"Mejor. Ahora, Luciano, ?est¨¢s bien?"
"S¨ª... s¨ª, estoy bien", respond¨ª, quit¨¢ndome un poco la tensi¨®n mientras me ergu¨ªa por fin.
"Solo fue un peque?o susto".
"?Seguro que est¨¢s bien, Luciano? Creo que te has vuelto un poco torpe", brome¨® Mirella, d¨¢ndome un peque?o empuj¨®n en el hombro para intentar desviar el tema.
Sin hacer m¨¢s bromas, terminamos de poner todas las l¨¢mparas primitivas hechas con magia y se las mostramos a los dem¨¢s, que quedaron impresionados.
Ahora bien, faltaba hablar sobre la distribuci¨®n de las habitaciones... Luc¨ªa fue la primera en hablar de eso, como si lo estuviera haciendo a prop¨®sito. Me pregunto qu¨¦ pensar¨¢ de mi idea.
"?Luciano ya lo tiene todo listo!" Respondi¨® Anya mientras sonre¨ªa y me miraba de reojo.
"Ah, s¨ª. Bueno, yo pens¨¦ que pod¨ªa tener una habitaci¨®n que compartir¨ªa con Aya y Mirella".
Hice una pausa, levantando un dedo.
"Creo que es bastante obvio que no pueden vivir m¨¢s de tres personas en una habitaci¨®n".
"?Y eso por qu¨¦, hijo?" Pregunt¨® Rundia.
"Yo, la verdad, es que no entiendo mucho de esto..." Acot¨® Rin.
"S¨ªganme, les explico", dije, abriendo la puerta que daba al pasillo y girando hacia la izquierda, hasta la habitaci¨®n del fondo.
"Todo se trata de estrategia", comenc¨¦, mintiendo de cierta manera, y entrando a la pieza vac¨ªa para luego girarme hacia mis padres.
"Pi¨¦nsenlo bien, nosotros tres somos los ¨²nicos que podemos usar magia, que es la cosa m¨¢s ¨²til para defenderse en caso de que pase algo. Es por eso que debemos estar juntos".
"Ah, entonces es porque quieres cuidarnos, ?no? Siempre eres tan atento..." Dijo Rundia, cayendo en la trampa.
Lo cierto era que a ellos nunca les import¨® mucho d¨®nde yo dorm¨ªa. Cuando era un beb¨¦, siempre me dejaban durmiendo solo.
"?Exactamente! Imag¨ªnense que, cuando Aya ponga la barrera, de pronto alguien la rompe. ?Ah¨ª ella deber¨ªa avisarme a m¨ª de inmediato y a Mirella! No podr¨ªamos permitir demoras en ese tipo de situaciones", dije, negando con el dedo ¨ªndice.
"Y eso no es todo, ya que Mirella es muy ruidosa por la noche. ?Acaso alguno de ustedes estar¨ªa dispuesto a soportar no dormir por las noches? ?Claro que no!"
Eso ¨²ltimo s¨ª que era una mentira.
"?Eso no es cierto!" Grit¨® Mirella en respuesta.
"?Aunque estoy feliz de poder seguir durmiendo contigo!"
Not¨¦ que Rundia y Rin intercambiaron miradas c¨®mplices, intentando ocultar algunas risas.
Aya, por su parte, se mantuvo sin decir nada. Su erguido porte elegante y su yukata blanco daban la impresi¨®n de que estaba completamente al margen de la conversaci¨®n, pero sus orejas blancas ligeramente tensas delataban que estaba atenta a cada palabra. No le consult¨¦, pero no creo que tuviera problema con la decisi¨®n.
De pronto, Luc¨ªa se acerc¨® a m¨ª riendo y gritando. Me tom¨® de la mano y la tirone¨® hacia abajo, como si quisiera que me agachara.
Cuando lo hice, me abraz¨®, rodeando mi cuello.
Toda su supuesta ternura se termin¨® cuando empez¨® a susurrarme en el o¨ªdo.
"?Qu¨¦ pasa, Lucianito? ?Est¨¢s invirtiendo a futuro? Antes no hac¨ªas estas cositas tan p¨ªcaras".
"?Qu¨¦ hermanita m¨¢s linda que tengo!" Grit¨¦, refreg¨¢ndole la espalda en un gran abrazo.
Je.
Ella me solt¨® y se qued¨® a mi lado, sosteniendo mi mano.
"?Y qu¨¦ hay del resto? ?D¨®nde dormir¨¢n los dem¨¢s?" Pregunt¨® Rin.
"?Yo voy con mi hermana!" Grit¨® Samira.
"Ay, Sami, eso es obvio. ?Con qu¨¦ otra persona ibas a dormir si no?" Coment¨® Suminia, como si estuviera tomando la decisi¨®n por s¨ª misma.
"Entonces vayamos a ver las dem¨¢s habitaciones", dije mientras pasaba entre medio de todos.
Al final, y vi¨¦ndolo de izquierda a derecha a partir de mi habitaci¨®n, la segunda pieza qued¨® para mis padres y Luc¨ªa. La siguiente, que es la que est¨¢ del otro lado del ba?o, termin¨® siendo para las gemelas. La ¨²ltima fue para Anya y Tar¨²n.
Con todos los dem¨¢s ya ubicados en sus lugares, ahora estaba junto a mis dos compa?eras en una sala vac¨ªa que solo ten¨ªa iluminaci¨®n y nosotros la llam¨¢bamos habitaci¨®n. Bueno, al menos es m¨¢s est¨¦tico que el interior de una cueva.
Ma?ana deb¨ªa empezar con las camas, mesas, muebles y dem¨¢s cosas. Lo bueno era que nadie se iba a quejar, pues nunca tuvieron la oportunidad de gozar de una buena vivienda.
"?En d¨®nde tenemos que dormir?" Pregunt¨® Mirella mientras todav¨ªa volaba cerca de su esfera de luz. Se ve que qued¨® impactada con eso.
"Yo no veo ninguna hoja. ?Hay que traerlas?"
"?Se acuerdan de las camas?"
"?Yo s¨ª! Hab¨ªas dicho que era un lugar para dormir", respondi¨® Aya.
Se estaba acomodando sentada contra una de las esquinas, la que estaba m¨¢s cerca de la ¨²nica ventana de la pieza.
"Buena memoria, Aya. Es exactamente lo que acab¨¢s de decir, las camas sirven para dormir, solo que no llegu¨¦ a hacerlas porque ya me sent¨ªa un poco cansado despu¨¦s de hacer las puertas".
No era cansancio f¨ªsico, sino mental. De alguna forma, la magia responde a lo que yo imagino, y el estar trabajando en tantas cosas seguidas me hace doler un poco la cabeza.
"?Sabes qu¨¦, Luciano? A m¨ª no me importa dormir en donde sea que me digas", dijo Mirella de repente, alzando la voz.
"Solo me importa dormir contigo".
"Claro, claro..." Respond¨ª, rasc¨¢ndome la nuca con algo de incomodidad.
"Pero tampoco es para tanto. Haremos las camas ma?ana. Hoy nos toca improvisar un poco".
"?Vayamos con Aya!" Grit¨® Mirella.
"?Quer¨¦s que durmamos los tres juntos?" Pregunt¨¦ tranquilamente, aunque dentro de m¨ª se estaba formando una sonrisa al pensar en la situaci¨®n.
"?S¨ª, todos juntos!"
Aya, por su parte, manten¨ªa su serenidad habitual que hoy hab¨ªa perdido al momento de hacer bromas. Estaba sentada contra la esquina, con las piernas dobladas hacia un lado y su yukata perfectamente arreglado. Miraba hacia el lado de la ventana con esa tranquilidad que parec¨ªa ser parte de su esencia. Las cinco colas esponjosas se mov¨ªan apenas, como si estuvieran reflejando su estado relajado.
"Bueno, creo que no es mala idea dormir juntos, Mirella. Total, es solo por hoy", dije, siguiendo mirando hacia Aya de reojo.
"Al menos hasta que tengamos camas decentes".
Veamos qu¨¦ pasa, ?no?
Cap铆tulo 40: Entendiendo a una madre soltera.
Todav¨ªa estaba junto a mis dos nuevas compa?eras de cuarto y est¨¢bamos a punto de irnos a dormir los tres juntitos.
Aya dej¨® de mirar hacia la ventana y gir¨® la cabeza hacia m¨ª.
"Si eso es lo que prefieren, no me molesta en absoluto. Aunque... ?Seguro que estar¨¢s c¨®modo en el suelo?"
"Como dije antes, no tenemos camas, as¨ª que nos va a tocar seguir durmiendo en el suelo".
Me acerqu¨¦ y me dej¨¦ caer en el suelo, cerca de donde estaba Aya, y lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Mirella se acomod¨® r¨¢pidamente sobre mi pecho, cruzando los brazos como si estuviera reclamando un espacio que era ¨²nicamente suyo.
"?Y vos, Aya? ?No te molesta dormir as¨ª sentada?" Pregunt¨¦.
"No... Es la costumbre; casi siempre he dormido as¨ª".
Pasaron unos minutos en silencio, en donde Mirella todav¨ªa segu¨ªa despierta mir¨¢ndome y Aya ya estaba comenzando a entrecerrar los ojos.
El ambiente se llen¨® con nuevos sonidos nocturnos del exterior, m¨¢s que todo del agua subiendo y bajando por la costa.
Poco a poco, sent¨ª c¨®mo mi cuerpo se relajaba. Sin pensarlo mucho, me deslic¨¦ hacia un lado hasta que mi cabeza qued¨® justo al lado de las piernas de Aya. Ella abri¨® los ojos.
"Aya, ?podr¨ªa usar tus piernas como almohada?" Pregunt¨¦ con cierto descaro.
"Eso no es algo que suelo escuchar..." Murmur¨®, aunque no parec¨ªa molesta. De hecho, not¨¦ c¨®mo pon¨ªa sus piernas rectas hacia delante.
"Pero si eso te ayuda a descansar, Luciano, no tengo inconveniente", respondi¨® en su tono usual, calmado, pero sus mejillas adquirieron un leve rubor que, bajo la luz tenue de nuestra improvisada l¨¢mpara, era apenas perceptible.
"?Espera un momento!" Interrumpi¨® Mirella, levant¨¢ndose de golpe de mi pecho. Su voz, normalmente dulce, sonaba ahora m¨¢s aguda, como si intentara marcar territorio.
"?Por qu¨¦ necesitas usar las piernas de Aya como almohada? ?Yo estoy justo aqu¨ª! ?Soy mucho m¨¢s c¨®moda!"
La mir¨¦, aguant¨¢ndome una risa.
"Porque las piernas de Aya son... eh... m¨¢s grandes", respond¨ª, sin pensar demasiado y finalmente puse la cabeza sobre su muslo.
"??Qu¨¦ quisiste decir con eso!?" Mirella casi grit¨®, dando vueltas en el aire como si buscara una manera de atacarme verbalmente.
Aya, por su parte, parec¨ªa entretenida por la situaci¨®n.
"Tranquila, Mirella. Solo es una almohada, como la de Rin. No es nada raro", coment¨® suavemente, posando una mano sobre mi cabello, como si quisiera calmar tanto a Mirella como a m¨ª.
Para mi sorpresa, su toque fue delicado, casi maternal. Sus dedos acariciaron mi cabello casta?o claro con una ternura inesperada. Me relaj¨¦ al instante, dejando escapar un suspiro que no supe si proven¨ªa del alivio f¨ªsico o de la c¨¢lida sensaci¨®n de ser cuidado como un ni?o peque?o.
Espera, ?y si ella termina tocand...?
"???Aggghhh!!!" Un grito desgarrador sali¨® de mi garganta justo en el momento en el que sent¨ª el chispazo.
El origen estaba claro: su mano toc¨® uno de los dos pelos rojos que atraviesan mi cabello.
Una descarga recorri¨® todo mi cuerpo, desde la base del cr¨¢neo hasta los dedos de los pies. Era como si un rayo me hubiera atravesado, sin permiso ni advertencia.
Me levant¨¦ de golpe, tropezando con mis propios pies. Mirella dio un salto en el aire, gritando algo que no llegu¨¦ a entender en el momento. Aya, sorprendida, retir¨® r¨¢pidamente la mano y me mir¨® con preocupaci¨®n.
"?Luciano! ??Qu¨¦ te pasa!?" Grit¨® Mirella, volando a mi alrededor mientras yo tambaleaba por la habitaci¨®n.
El calor y la presi¨®n se acumularon en mi garganta como si estuviera a punto de explotar. Las luces de nuestra l¨¢mpara improvisada parec¨ªan parpadear, y los sonidos del exterior se distorsionaban. Todo a mi alrededor comenz¨® a moverse, ondulando como si la habitaci¨®n fuera un barco en una tormenta.
??Qu¨¦ me est¨¢ pasando!? ?Un mont¨®n de gente hab¨ªa tocado mi pelo rojo y solo hab¨ªa sentido la electricidad de siempre!
Me llev¨¦ las manos a mi cuello en un intento in¨²til de aliviar la presi¨®n. Sent¨ªa un hormigueo el¨¦ctrico en cada rinc¨®n de mi cuerpo, y mi visi¨®n comenzaba a nublarse.
En un intento por estabilizarme, me tambale¨¦ hacia la pared y Aya me agarr¨®, diciendo cosas que no pude entender.
Me apart¨¦ de su agarre, buscando algo de aire en la ventana. Mi cabeza entraba entre medio de los dos barrotes de madera.
Pero de pronto pude divisar que una figura conocida me observaba desde la costa... Sariah...
Su cabello rojo parec¨ªa arder bajo la luz de la luna, movi¨¦ndose como llamas al viento. Estaba ah¨ª, de pie, con una sonrisa de oreja a oreja y esa mirada penetrante que nunca parec¨ªa dejarme del todo en paz. Su vestido rojo era largo y ondeaba suavemente, aunque no hab¨ªa viento visible. Levant¨® una mano, como si estuviera salud¨¢ndome, o tal vez llam¨¢ndome.
Y entonces, el efecto se disip¨®, junto con su figura.
"?Luciano! ??Qu¨¦ te pasa?! ?Dinos algo!" Grit¨® Mirella, desesperada.
"Perd¨®n. Perd¨®n..." Respond¨ª, tomando algo de aire.
"Solo me empez¨® a faltar el aire de la nada. No s¨¦ por qu¨¦, pero ya estoy bien", ment¨ª.
Antes de que alguien pudiera decir algo, la puerta se abri¨® de repente. Rundia pas¨® corriendo junto a Luc¨ªa.
"??Hijo!?" Grit¨® Rundia, busc¨¢ndome con la mirada hasta que me encontr¨® y se acerc¨® r¨¢pidamente.
"Escuch¨¦ gritos... ?Est¨¢n todos bien?"
Me levant¨® la cabeza con una mano bajo mi barbilla.
La figura de Sariah a¨²n danzaba en mi mente. ?Por qu¨¦ estaba aqu¨ª? ?Me estaba observando o solo fue una alucinaci¨®n? Las preguntas se enredaron en mis pensamientos mientras trataba de volver al presente.
"Luciano, m¨ªrame", dijo Rundia con firmeza, mientras sosten¨ªa mi barbilla. Sus ojos marrones me buscaban con una intensidad que solo una madre puede tener. En ese instante, pens¨¦ en lo ir¨®nico que era tener dos madres. Rundia, que hab¨ªa sido una figura protectora desde que reencarn¨¦, y Luc¨ªa, quien, en esta nueva vida, no era m¨¢s que una ni?a peque?a. Pero en el fondo... a¨²n pod¨ªa sentir la esencia de mi madre terrenal en ella.
"Estoy bien, mam¨¢. Solo fue... un susto. No s¨¦ por qu¨¦, pero me falt¨® el aire de repente", dije, intentando sonar convincente.
Ella frunci¨® el ce?o, no muy convencida, pero suspir¨® y retrocedi¨® un paso.
Mientras tanto, Rin miraba desde la entrada de la habitaci¨®n. Parec¨ªa que ya hab¨ªa estado durmiendo.
"Si necesitas algo, solo ll¨¢mame", respondi¨® antes de mirar a Aya y Mirella como si les estuviera delegando mi cuidado.
Luego sali¨® de la habitaci¨®n tomando a mi verdadera madre de la mano, que inicialmente se resisti¨® un poco antes de ceder al agarre.
Suspir¨¦ profundamente, dejando que el aire llenara mis pulmones, tratando de recuperar algo de tranquilidad.
"Luciano", Aya me llam¨® con su tono serio.
"Tal vez deber¨ªas descansar de verdad".
"S¨ª, ?y lo mejor ser¨ªa que ahora te recuestes sobre m¨ª!" Interrumpi¨® Mirella, agitando los brazos en el aire como si fuera su manera de declararlo un hecho inamovible.
Me re¨ª, pese al hormigueo que a¨²n sent¨ªa en mi cuerpo.
"?No est¨¢bamos en eso ya?"
Sin esperar una respuesta, volv¨ª a acercarme a Aya y esper¨¦ a que se posicionara en su lugar. Esta vez me tumb¨¦ con cuidado sobre sus piernas.
"Permiiiiso".
Su expresi¨®n no cambi¨® mucho, pero pod¨ªa sentir c¨®mo tensaba ligeramente sus m¨²sculos, probablemente a¨²n algo nerviosa por lo ocurrido.
"?Realmente est¨¢s bien, Luciano? Me preocup¨¦ mucho", dijo Mirella mientras se acomodaba con los codos sobre mi pecho y sus palmas sobre sus cachetes.
"Perd¨®n si las hice preocupar. No me hab¨ªa pasado algo as¨ª antes", respond¨ª mientras le acariciaba su peque?a frente con un dedo.
"Debo haberme tragado sin querer un pelo de las colas de Aya", brome¨¦.
"?Eso es cierto, Aya?" Pregunt¨® la peque?a hada.
"Si es un pelo m¨ªo, entonces tal vez deber¨ªa ser m¨¢s cuidadosa con mis colas", respondi¨® con su tono calmado, pero pude notar un atisbo de sonrisa en sus labios.
Sin previo aviso, movi¨® sus colas hacia nosotros, envolvi¨¦ndonos suavemente como si fuera una manta c¨¢lida y esponjosa. Cada una de las cinco colas blancas se acomod¨® alrededor, cubri¨¦ndonos por completo.
El tacto de las colas era indescriptible. Sin embargo, mi mente traicionera no pudo evitar hacerme notar lo ¨ªntimo del gesto.
"?Qu¨¦ haces, Aya? ?Esto me hace cosquillas!" Exclam¨® Mirella, retorci¨¦ndose en mi pecho. Su risa llen¨® la habitaci¨®n mientras sus peque?as manos intentaban apartar las colas, sin mucho ¨¦xito. Aya parec¨ªa disfrutar de su reacci¨®n, ya que las mov¨ªa con un ritmo pausado, casi burl¨®n.
"Estoy cuid¨¢ndolos", respondi¨® Aya; su voz ten¨ªa un tinte de diversi¨®n apenas perceptible.
"Pens¨¦ que esto podr¨ªa ayudarlos a relajarse".
A pesar de que ten¨ªa calor, cerr¨¦ los ojos, dejando que el suave ritmo de la respiraci¨®n de Aya y la presencia juguetona de Mirella me arrullaran. Sin embargo, una parte de m¨ª no pod¨ªa evitar preguntarse si las dos estaban completamente conscientes del efecto que ten¨ªan sobre m¨ª.
A la ma?ana siguiente, Aya nos despert¨® a m¨ª y a Mirella.
Al pasar por el pasillo, era curioso ver la tranquilidad de tener privacidad entre todos. Digo, ahora no s¨¦ si del otro lado de la puerta las personas est¨¢n despiertas o no. Se siente como algo nuevo, algo fuera de lo que ac¨¢ era com¨²n.
Lo que s¨ª fue fuera de lo com¨²n fue ver a Tariq mirar desde una de las ventanas de la sala principal, la que hoy ser¨ªa convertida en nuestra cocina-comedor.
Me acerqu¨¦ a ¨¦l mientras Mirella estaba sentada sobre mi cabeza.
"Hola, Tariq. ?Todo bien?"
"Hola, Luciano. ?Ya est¨¢n viviendo en este lugar?"
"Ah, s¨ª. No est¨¢ del todo terminado el interior, pero no pudimos aguantarnos y al final nos mudamos. ?Te gusta c¨®mo qued¨®?"
Tariq mir¨® un poco el espacio vac¨ªo que hab¨ªa dentro y luego volvi¨® su vista hacia m¨ª con su caracter¨ªstico aire despreocupado. Se pas¨® una mano por el cabello largo y despeinado antes de responder.
"S¨ª, qued¨® bien. Muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Pero, oye... ?Cu¨¢ndo vamos a empezar con la m¨ªa?"
Su tono era relajado, pero pod¨ªa sentir la expectativa detr¨¢s de sus palabras. Tariq era de esos que no se pod¨ªan quedar quietos y a veces presionaban, pero sab¨ªa que ¨¦l y su familia necesitaban un espacio propio, y despu¨¦s de ver el progreso de nuestra casa, seguramente le resultaba dif¨ªcil esperar.
Sonre¨ª, tratando de calmarlo.
"Tranquilo, Tariq. No nos hemos olvidado de ustedes. Dame un poco m¨¢s de tiempo para organizar las cosas. Quiero asegurarme de que todo salga bien ac¨¢ para luego hacer bien la tuya, ?s¨ª?"
¨¦l cruz¨® los brazos y apoy¨® un hombro contra el marco de la ventana, mirando al bosque que se extend¨ªa m¨¢s all¨¢.
"Lo entiendo, pero me est¨¢ costando un poco. Ver c¨®mo t¨² ya tienes esto... no s¨¦.
Adem¨¢s, yo tambi¨¦n fui parte de esto".
Debo decir que Tariq es bastante descarado para decir algunas cosas.
"S¨ª, entiendo, Tariq. Solo que no est¨¢ terminada, ya te lo dije", respond¨ª mientras notaba un poco de tensi¨®n en Mirella al tironearme algunos mechones.
"?Qu¨¦ tal si tra¨¦s algunas piedras y te hago la lanza que te promet¨ª? Vi que trajiste muchas enredaderas y estuvieron trabajando mucho con la arcilla. Sigan as¨ª".
"??En serio!? ?C¨®mo la que tiene Rin?"
"S¨ª, eso es una lanza, algo que sirve para cazar a larga distancia".
"?Perfecto!" Grit¨® y se fue corriendo hacia el bosque.
Fui a abrir la puerta, y desde esa posici¨®n se pod¨ªa ver claramente c¨®mo iba buscando por el suelo.
"?Mira, Luciano, ah¨ª viene Aya!" Grit¨® Mirella.
Al darme la vuelta, la se?orita de cinco colas caminaba hacia nosotros tranquilamente.
"?Vino Tariq? Algo as¨ª escuch¨¦ mientras fui a despertar a los dem¨¢s".
"S¨ª, ahora lo mand¨¦ a buscar algunas piedras para hacerle una lanza".
"?Hoy tienes muchas cosas para hacer? Lo de las camas y eso".If you stumble upon this narrative on Amazon, it''s taken without the author''s consent. Report it.
"S¨ª, bastante", respond¨ª y cerr¨¦ la puerta.
"Pero no me importa, porque disfruto haci¨¦ndolo y son cosas que necesitamos. Adem¨¢s, hoy parece ser un buen d¨ªa para trabajar".
Luego de que el mujeriego se fuera feliz de la vida con su lanza y de que la mayor¨ªa se fuera de caza, salvo mis dos madres, me puse a construir las camas, ocho en total.
El dise?o final fue bastante sencillo y poco pulido. A decir verdad, no me puse a hacerle tantos detalles o me cansar¨ªa r¨¢pido.
B¨¢sicamente, ten¨ªan las cuatro patas, varios tablones en medio con poca separaci¨®n que formaban un rect¨¢ngulo y un poco de bordes en los extremos. Supongamos que tambi¨¦n ten¨ªan alrededor de un metro ochenta de largo y estaban hechas completamente de madera.
Eso s¨ª, la cama para mis padres la hice un poco m¨¢s ancha. Ella la aprob¨® y le gust¨®.
La distribuci¨®n fue sencilla: dos camas por habitaci¨®n. Luego, cada uno decidir¨ªa d¨®nde ubicarlas.
Al terminar las camas, comimos los tres un par de frutas y despu¨¦s me puse a unir varias pieles para formar algo que se parec¨ªa a un saco de dormir, ya que ten¨ªa vac¨ªo el interior y una abertura en un extremo. Hice las mediciones con respecto a las camas y repet¨ª el procedimiento con las siete restantes. Eso hizo que me acabara todas las pieles que hab¨ªamos conseguido hasta ahora.
Retoqu¨¦ un poco el largo de la cama de Aya y las dej¨¦ a las dos rellenando con hojas los colchones primitivos mientras fui a cargar el balde en el arroyo, ya que parece que entre varios se hab¨ªan tomado todo el agua o vaya a saber qu¨¦ pas¨®.
Al volver, cerr¨¦ el invento que estaba llamando colch¨®n y distribu¨ª equitativamente con magia las hojas de dentro mientras pensaba en lo bueno que fue el guardar absolutamente todos los recursos cuando quitamos los ¨¢rboles.
Una vez ya terminados, mand¨¦ a Rundia a que los pusiera en las camas mientras Luc¨ªa y yo nos sentamos en la arena a comer unas frutas.
"?C¨®mo te va con el cambio de alimentaci¨®n? Menos mal que ya dejaste la teta", dije con una risita suave.
Luc¨ªa se limpi¨® con la lengua un rastro de jugo de mandarina que le hab¨ªa quedado en los labios. Aunque su cuerpo era el de una ni?a de un a?o y un mes, su mirada cuando habl¨¢bamos cargaba una madurez que siempre me pon¨ªa en una posici¨®n extra?a. Era mi hermana en esta vida, pero tambi¨¦n segu¨ªa siendo mi madre. A veces me costaba separar esas dos realidades.
"Es un alivio no tener que depender de... bueno, t¨² ya sabes. Comer frutas no est¨¢ tan mal, aunque extra?o mucho las comidas de siempre, las elaboradas", dijo, sonriendo levemente.
"S¨ª, yo tambi¨¦n. ?Sab¨¦s lo que dar¨ªa por un buen t¨¦ con leche y con medialunas? Este lugar tiene de todo, pero a¨²n no consigo algo que lo reemplace. Lo peor es que cada vez que pienso en eso, m¨¢s me acuerdo de lo lejos que estoy de todo lo que conoc¨ªa".
Escup¨ª una semilla sobre mi mano.
"Es por eso que trato de no pensar mucho en eso; prefiero centrarme en el objetivo que me dio Sariah".
"Yo creo que vas bien".
"Vos sos buena con las manualidades, ?no? Quiero que de a poco le vayas ense?ando a los dem¨¢s a moldear arcilla. A Mirella la mand¨¦ a hacer un plato, pero no s¨¦ c¨®mo le va a ir".
"No te voy a negar que esa diosa tambi¨¦n me dijo varias cosas sobre eso. Y no te preocup¨¦s, voy a hacer todo lo que est¨¦ a mi alcance".
Ella se acerc¨® a m¨ª luego de terminar de comer, apoyando su cabeza contra mi brazo.
"Ahora d¨¦jame escuchar las voces dentro de ti".
Pas¨® varios segundos en el que ella ten¨ªa los ojos cerrados y hasta parec¨ªa haberse dormido.
"Es una pena que no puedas ver las part¨ªculas m¨¢gicas", murmur¨¦.
De pronto, ella abri¨® los ojos y alz¨® la mirada.
"No las veo, pero me las puedo imaginar..."
"?Y? ?Escuchaste algo? La verdad es que ten¨¦s unos poderes medio raros".
"Pero es divertido, porque cada vez que escucho las voces tuyas, me da un cosquilleo en la cabeza y se me pone la piel de gallina".
"?Y eso por qu¨¦? ?Es por lo que escuch¨¢s?"
"Es que est¨¢n como... ?Excitadas? No s¨¦ c¨®mo describirlo, pero parecieran que tienen demasiadas emociones positivas al mismo tiempo".
Me re¨ª por lo bajo.
"Me cuesta creerte, la verdad".
"?Por qu¨¦? Hay algo en tu magia que las hace... No s¨¦, es como un sentimiento c¨¢lido, protector. Es como si fueras el centro de todo para ellas".
"?Pero realmente te dicen algo?"
"Repiten mucho tu nombre, con diferentes tonos de voz. Tambi¨¦n repiten el de Sariah".
?Acaso las part¨ªculas m¨¢gicas pod¨ªan ser seres vivos que comprendieran lo que sucede a su alrededor? Nunca nadie hab¨ªa mencionado ese nombre por ac¨¢.
A pesar de eso, me pone contento el llevarme bien con ellas.
Mir¨¦ hacia la casa para ver si Rundia todav¨ªa no ve¨ªa.
"Bueno... Ayer la vi".
"A la noche, ?no?"
"S¨ª. Sin embargo, fue raro, porque Aya toc¨® mi pelo rojo y tuve esa t¨ªpica electricidad que te da cuando pasa eso. El problema fue que esa fuerza pareci¨® atorarse en mi garganta y no pod¨ªa respirar.
Cuando intent¨¦ agarrar algo de aire acerc¨¢ndome a la ventana, la vi a ella parada sobre la arena. No s¨¦ si fue una alucinaci¨®n por la falta de aire, pero lo sent¨ª demasiado real".
"?Hijos, vengan a ver c¨®mo qued¨®!" El grito de Rundia nos sac¨® de la conversaci¨®n.
Y s¨ª, hab¨ªa quedado todo perfecto y bien puesto.
A pesar de no tener almohadas, se sent¨ªa muy c¨®modo. Era como tener algo de lujo.
Al verlas y probarlas, a todos les encant¨® y se emocionaron mucho. En especial Rin, que le expliqu¨¦ que pod¨ªa usar su almohada normalmente junto con la cama.
Por nuestra parte, ubiqu¨¦ la cama de Aya contra la esquina en la que hab¨ªamos dormido ayer, y del otro lado de la ventana puse la que era para Mirella y yo.
El problema era que Aya segu¨ªa queriendo dormir sentada sobre la cama y apoyada contra la pared... Qu¨¦ le vamos a hacer.
El sol comenzaba a filtrarse por la ventana cuando despert¨¦. La brisa fresca del amanecer entraba junto al olor de arena mojada y vegetaci¨®n del bosque. Estir¨¦ los brazos y me incorpor¨¦ lentamente, notando que la casa estaba m¨¢s silenciosa de lo habitual.
Espera... ?Y las chicas?
Me levant¨¦ r¨¢pidamente y me puse las ojotas.
Al abrir la puerta, pude ver el pasillo completo frente a m¨ª junto con todas las puertas cerradas.
?Por qu¨¦ las chicas se ir¨ªan sin avisarme? Eso no ser¨ªa algo normal en ellas.
El silencio que inundaba la casa me empez¨® a poner nervioso. Me qued¨¦ unos segundos parado en el umbral de la puerta, mirando el pasillo vac¨ªo, como si esperara que alguien apareciera de repente o que Mirella apareciera volando hasta estamparse contra mi cara. Pero no pas¨® nada. Mi respiraci¨®n empez¨® a acelerarse y, sin pensarlo dos veces, camin¨¦ hacia la primera puerta, la de mis padres.
Abr¨ª con cuidado, como si temiera encontrarme algo desagradable del otro lado. Pero no hab¨ªa nadie. Solo estaban las dos camas perfectamente acomodadas contra la pared, una al lado de la otra. La cerr¨¦.
La siguiente puerta era la del ba?o. Al abrirla hacia dentro, obviamente no hab¨ªa nadie; solo estaba la luz de Mirella alumbrando el lugar vac¨ªo.
Todav¨ªa tengo pendiente esta parte de la casa.
La tercera pieza era la de las gemelas. Esta vez toqu¨¦ la puerta lo m¨¢s fuerte que pude.
"?Sami? ?Sumi?"
No hubo respuesta, as¨ª que la abr¨ª, pero efectivamente tampoco estaban all¨ª.
¡°Ok, seguro salieron todos juntos¡¡± Murmur¨¦ para calmarme un poco.
?Y si estoy en un sue?o o en una alucinaci¨®n como la que tuve al ver a Sariah?
Ni siquiera vi la habitaci¨®n siguiente. Sal¨ª de la casa casi corriendo y me dirig¨ª hacia la costa. Me inclin¨¦ hacia el agua y me lav¨¦ la cara con las manos temblorosas. El agua salada me recorri¨® como un latigazo, y por un segundo, sent¨ª que volv¨ªa a la realidad.
Entonces escuch¨¦ un leve movimiento de arena detr¨¢s de m¨ª.
Al girar la cabeza, vi a Anya de pie. Su cabello negro brillaba con los primeros rayos del sol.
¡°?Te asust¨¦?¡± Pregunt¨®, cruz¨¢ndose de brazos mientras me observaba con una ceja levantada.
¡°Anya¡ ?D¨®nde est¨¢n todos?¡± Pregunt¨¦ con la voz algo temblorosa mientras me levantaba del suelo.
¡°Se fueron temprano con... Tariq¡±, respondi¨®, encogi¨¦ndose de hombros.
¡°A trabajar con la arcilla, como t¨² les pediste¡±.
¡°?Y vos por qu¨¦ no fuiste?¡± Pregunt¨¦ sin pensar.
¡°No quiero verlo ni de lejos¡±, dijo con frialdad.
Su mirada era firme, como si ese tema no estuviera abierto a discusi¨®n.
Suspir¨¦, sacudiendo el agua de mis manos.
¡°Bueno, entonces sos de nuevo la ¨²nica que me va a ayudar hoy. Necesito seguir d¨¢ndole forma al interior de la casa¡±.
"Perfecto", respondi¨® sigui¨¦ndome de vuelta a la entrada, donde se detuvo al frente del bols¨®n donde solo quedaban pieles de camaleones y serpientes.
"As¨ª que te acabaste todas las otras".
"S¨ª, para los colchones".
Ya dentro, com¨ª una na?a mientras miraba el espacio vac¨ªo de la sala principal. Hab¨ªa tanto por hacer, pero lo primero era lo esencial: una mesa, unas sillas y algunas estanter¨ªas.
Cuando termin¨¦ la fruta, arrastr¨¦ uno de los bolsones que conten¨ªa los cubos de madera y empec¨¦ a apilarlos en cuatro lados.
"Anya, ?sab¨¦s por qu¨¦ no me despertaron?"
Cerr¨¦ los ojos y concentr¨¦ la magia en mis manos. Sent¨ª las part¨ªculas fluir desde mis brazos hasta mis dedos y fui formando las cuatro patas que tendr¨ªan m¨¢s o menos setenta y cinco cent¨ªmetros de altura, ya que hab¨ªa tres cubos por cada una.
"Aya y Mirella dijeron que te ve¨ªas muy tierno".
Visualic¨¦ la siguiente forma en mi mente: un rect¨¢ngulo simple, hecho de madera y magia, que deber¨ªa ser resistente y duradero.
"?Ah, s¨ª? Realmente no me gusta que coman todos sin m¨ª".
"Pero tu madre dijo que estuviste trabajando mucho por todos, es por eso que te dejamos descansar".
La tabla termin¨® siendo tan larga que consumi¨® todos los cubos de madera que hab¨ªa tra¨ªdo.
"?Sab¨¦s lo que es despertarse y sentir que te dejaron fuera de todo?" Dije con un tono exagerado, mientras la miraba y simulaba secarme una l¨¢grima imaginaria.
"Ac¨¢ estoy, sacrific¨¢ndome, dando todo por ustedes, y ni siquiera me despiertan para el desayuno".
"Ay, qu¨¦ exagerado... Si te hubi¨¦ramos despertado, quiz¨¢s estar¨ªas quej¨¢ndote de que no te dejaron dormir lo suficiente".
Acomod¨¦ las patas, intentando que quedaran lo m¨¢s rectas posible.
"Ay, qu¨¦ exagerada sos, Anya... Si sabes que estoy bromeando".
Levant¨¦ un extremo de la tabla grande.
"Me ayudar¨ªas a levantarla y ponerla sobre estas patas".
"?Qu¨¦ patas?" Pregunt¨® mientras se agachaba.
Levantamos juntos la parte superior de la mesa.
"Son esos cuatro trozos de madera que soportan el peso de la parte de arriba, para que no se caiga y se mantenga estable".
"Tiene sentido si son cuatro... Como los animales".
Entonces s¨ª sab¨ªa lo que significaba la palabra... Alguna vez deber¨ªa hacerles un cuestionario para saber qu¨¦ es lo que saben y qu¨¦ es lo que no, porque hasta ahora estoy sorprendido por el vasto vocabulario que tienen a pesar de estar viviendo en una ¨¦poca casi de la prehistoria.
Me concentr¨¦ en el siguiente paso: las sillas.
"Anya, alcanzame el otro bols¨®n con madera, porfa".
"Como usted ordene, Luciano".
Me qued¨¦ mirando al suelo mientras visualizaba un dise?o sencillo, algo que se pudiera hacer r¨¢pido pero que tambi¨¦n fuera c¨®modo.
"Diez sillas". murmur¨¦.
"No, mejor hago once, porque seguro Aya va a querer una extra para sentarse en diagonal o algo raro".
"Oye, Aya no va a hacer nada de eso..."
Chasque¨¦ la lengua.
"Ay, Anya, si era una broma".
Ella me mir¨® sin decir nada y con los ojos entrecerrados, como si fuera un gato.
Entonces me puse mano a la obra con las sillas de madera. Anya prob¨® la primera y le gust¨®, as¨ª que segu¨ª con las otras nueve.
"Anya, ?no crees que Tar¨²n cambi¨® un poco desde que lleg¨® Tariq?"
"Luciano, ya sabes que no me gusta hablar de ese hombre".
Me detuve un momento para mirarla a la cara.
"S¨ª, ya s¨¦, pero ?no te parece que ¨¦l ya no est¨¢ tan pegado a vos? Antes no pod¨ªa despegarse de tu lado".
"?Y qu¨¦ opinas t¨² de eso?"
"Me parece que es parte del crecimiento. Y no est¨¢ mal, porque as¨ª va aprendiendo a relacionarse m¨¢s con otra gente sin tener que depender de nadie".
No hubo respuesta de su parte; se puso a quitar lentamente uno por uno los dem¨¢s bloques de madera hasta dejarlos sobre el suelo.
Pasamos varios minutos en silencio hasta que, cuando termin¨¦ de acomodar las sillas, decid¨ª hablar.
"Anya, perd¨®n si me entromet¨ª de m¨¢s. No quer¨ªa que te sintieras inc¨®moda", empec¨¦, apoyando el antebrazo izquierdo sobre el respaldar de una de las sillas.
"Voy a intentar no hablar de Tariq contigo".
Ella tom¨® un bloque sobrante entre sus manos.
"No, Luciano, yo deber¨ªa disculparme contigo por ser tan testaruda. Todav¨ªa eres un ni?o y siempre cuidas de Tar¨²n... pero en alg¨²n momento entender¨¢s los verdaderos problemas de los adultos", respondi¨® y estir¨® sus manos para entregarle el bloque, inclin¨¢ndose para ponerse cara a cara conmigo.
"Ojal¨¢ que cuando seas grande puedas encontrar a una mujer que te quiera mucho, y que t¨² tambi¨¦n la quieras. As¨ª no tendr¨¢n que sufrir por estas cosas".
Sus palabras me golpearon con una calidez inesperada, como si una llama peque?a se encendiera en mi pecho. ''Una mujer que me quiera mucho, y que yo tambi¨¦n la quiera...'' Pens¨¦ en esa frase mientras observaba a Anya, inclinada frente a m¨ª, con su mirada dulce y un leve destello de tristeza en sus ojos oscuros. Hab¨ªa algo profundamente humano en todo esto, algo tan universal que me sorprend¨ªa encontrarlo incluso aqu¨ª, en este mundo prehist¨®rico donde las palabras ''amor'' y ''problemas de adultos'' parec¨ªan lujos modernos.
?Acaso el amor no es siempre un problema, sin importar la ¨¦poca o el mundo en el que vivas? Quiz¨¢s eso era parte del simple hecho de ser humano.
Me qued¨¦ en silencio unos segundos, tomando el bloque de madera que me entreg¨®. Sus manos eran de esas mujeres trabajadoras, marcadas por el esfuerzo de criar a un hijo sola y sobrevivir en un entorno tan inh¨®spito. Era f¨¢cil imaginarla en otro lugar, en otra ¨¦poca, con otro destino. Si nos hubi¨¦ramos encontrado en mi vida anterior, quiz¨¢s... quiz¨¢s habr¨ªa sido diferente. Ella podr¨ªa haber sido la mujer indicada.
No...
Me sacud¨ª ese pensamiento absurdo antes de que tomara m¨¢s fuerza de la que hab¨ªa tomado a lo largo de todos estos a?os. Anya es... bueno, Anya es Anya. Madre de Tar¨²n, mujer con su propio pasado, con sus propios dolores. Yo soy solo un joven, un intruso en este mundo que intenta hacer que todo tenga sentido. Aunque hay una conexi¨®n especial entre nosotros, ser¨ªa un error confundirla con algo m¨¢s.
Es un amor imposible, debo aceptarlo.
"Gracias, Anya", murmur¨¦ al fin, bajando la mirada hacia el bloque en mis manos.
Lo gir¨¦ lentamente, sintiendo la perfecci¨®n de la madera bajo mis dedos, esa que solo mi magia podr¨ªa crear. Al levantar la vista de nuevo, le sonre¨ª, pero esta vez con sinceridad.
"Tus palabras me llegan m¨¢s de lo que crees. Pero no te preocup¨¦s, ?eh? No pienso crecer tan r¨¢pido como para dejar de entenderte".
Ella solt¨® una peque?a risa, esa que aparece cuando alguien sabe que est¨¢s intentando aliviar la tensi¨®n. Se enderez¨®, cruz¨¢ndose de brazos, mientras observaba las sillas alineadas. Hab¨ªa tres contra tres y dos contra dos.
"Pues m¨¢s te vale, ni?o sabelotodo", respondi¨®, sin perder el tono de broma. Luego se?al¨® una de las sillas con la barbilla.
"Ahora que terminaste, ?te parece si probamos los dos juntos la mesa?"
"Claro que s¨ª".
Mientras me sentaba del lado en que hab¨ªa dos sillas, me dije a m¨ª mismo que, sin importar lo que sucediera, ten¨ªa que mantener el equilibrio en este peque?o grupo que hab¨ªamos formado. Aunque hubiera tensiones, diferencias o problemas, al final todos est¨¢bamos ac¨¢ por algo. Y aunque nunca lo admitir¨ªa en voz alta, sent¨ª que Anya ten¨ªa raz¨®n: un d¨ªa, quiz¨¢s encontrar¨ªa a alguien con quien compartir mi coraz¨®n. Alguien que pudiera llenar los espacios vac¨ªos que, por ahora, estaban destinados a ser solo m¨ªos.
Solo el tiempo lo dir¨¢.
***
(Mismo momento, en el espacio Inter dimensional de Sariah)
La habitaci¨®n, que en la anterior llegada de Luciano ten¨ªa unas relucientes paredes blancas, hab¨ªan sido transformadas en un rojo oscuro. Tampoco hab¨ªa un techo, por lo que apenas ese lugar se pod¨ªa llamar hogar.
La mujer de rojo no paraba de dar vueltas alrededor de su sof¨¢ blanco y de mirar la palma de su mano izquierda. Hab¨ªa un rastro de molestia en su rostro perfecto.
"?Por qu¨¦ esos pensamientos, Luciano?" Pregunt¨® al aire, como si realmente el chico pudiera escucharla a trav¨¦s de esa pantalla que ella misma hab¨ªa hecho aparecer y que abarcaba toda la palma de su mano izquierda.
Sariah apret¨® sus labios pintados de rojo, intentando calmar la tormenta interna que le provocaban los pensamientos de ese ni?o. Observaba la pantalla en su mano, donde las im¨¢genes de ¨¦l y Anya avanzaban hasta ver aparecer a Mirella trayendo un plato hecho de arcilla todav¨ªa h¨²meda.
"?Por qu¨¦ dejarse llevar tanto por esa mujer? Debes aceptar la promesa que me hiciste, Luciano. No intentar relacionarte amorosamente con mujeres mancilladas.
Luciano, est¨¢s destinado a ser alguien perfecto. Eres un ser que moldear¨¢ el mundo con la pureza de tu l¨®gica y la fuerza de tu voluntad. Y, sin embargo, ah¨ª est¨¢s, dejando que una simple mortal plante semillas de debilidad en tu coraz¨®n".
"?Acaso deber¨ªa arrancarte tu precioso coraz¨®n, Luciano? ?Me lo dar¨¢s como pago alguna vez?"
Sus ojos rojos, siempre tan intensos, parec¨ªan encenderse a¨²n m¨¢s mientras se cruzaba de brazos. Se detuvo frente al sof¨¢ blanco y clav¨® su mirada en ¨¦l, como si pudiera proyectar su frustraci¨®n en ese objeto inerte. La pantalla en su mano se disip¨® como humo, pero la imagen de su preciado Luciano segu¨ªa grabada en su mente.
"Estar¨¦ esperando a que vengas conmigo, Luciano. Vendr¨¢s y yo te ense?ar¨¦ c¨®mo es la mujer a la que debes aspirar".
Sariah comenz¨® a caminar de nuevo, esta vez con movimientos m¨¢s lentos, calculados, como si cada paso estuviera medido para evitar que sus emociones se desbordaran.
"Yo te ense?ar¨¦ lo que es sentir la verdadera lujuria, aquella a la que debe aspirar alguien como t¨² para as¨ª poder servir a una mujer que sea de mis creaciones".
Se sent¨® en el sof¨¢, cruzando sus piernas; su vestido largo y rojo ten¨ªa una abertura que dejaba ver toda su perfecta pierna izquierda.
"No puedes fallar, Luciano, porque si t¨² fallas, yo tambi¨¦n lo har¨¦. Y eso es inaceptable".
Relatos absurdos: Luciano el avaro.
El d¨ªa comenz¨® como cualquier otro en este mundo extra?o que ahora llamaba mi mundo. El sol apenas se asomaba por el horizonte del oc¨¦ano, la brisa del mar acariciaba mi hermoso cabello, los p¨¢jaros cantaban... No, mentira, en este lugar no hab¨ªa p¨¢jaros.
Lo importante era que este d¨ªa no era uno cualquiera para m¨ª. Este d¨ªa, mi avaricia despert¨®.
Hab¨ªa estado pensando en lo que vi hace mucho tiempo, cuando un reflejo fugaz en el arroyo me ceg¨® mientras estaba lavando un plato de piedra que hab¨ªa creado. Era oro. Oro puro, brillando como el sol.
Y s¨ª, hoy sent¨ª que era el momento en el que tocaba ir a por ellos. Tambi¨¦n tengo un trozo de oro en mi bolsillo, el cual todav¨ªa no s¨¦ en qu¨¦ usarl... ?No! ?Quiero todo el oro del lugar!
?Y si eran cientos de pepitas? No... ?Y si eran miles? Solo un tonto dejar¨ªa seguir pasando semejante oportunidad, ?no? As¨ª que tom¨¦ una decisi¨®n cuestionable: ir solo a recolectarlo, sin decirle nada a nadie. Ni a Luc¨ªa.
Con un balde en mano y mi herramienta m¨¢s valiosa, la magia que Sariah me hab¨ªa regalado, me adentr¨¦ en el bosque, directo al arroyo. Mientras caminaba, la idea de ese oro llenaba mi mente. No era solo oro, era el inicio de algo m¨¢s grande. ?Qu¨¦ podr¨ªa hacer con ¨¦l? Comprar... No, espera. Nadie usaba oro como moneda aqu¨ª. Pero eso no importaba. Lo que importaba era que tendr¨ªa algo m¨ªo. Todo ese oro ser¨ªa para m¨ª y para mis creaciones.
Al llegar al arroyo, me encontr¨¦ con una escena tan hermosa como tentadora. Las part¨ªculas doradas flotaban en el agua, destellando bajo la luz del sol. Era como si el arroyo me hablara, susurrando: "Luciano, este oro te pertenece. Hazlo tuyo".
?Seguro que eso era lo que Luc¨ªa hubiera escuchado!
"Bueno, no voy a contradecir a un arroyo m¨¢gico", dije, ri¨¦ndome de mi propia broma mientras sumerg¨ªa el balde, que ten¨ªa unos huequitos en el fondo.
Pasaron horas. Saqu¨¦ baldes y baldes de pepitas doradas, amonton¨¢ndolas en una pila que brillaba tanto que me hac¨ªa entrecerrar los ojos. Us¨¦ magia para consolidarlas en un lingote y luego lo mir¨¦ con una sonrisa un tanto man¨ªaca. Pero algo en m¨ª no estaba satisfecho. Quer¨ªa m¨¢s. M¨¢s oro, s¨ª, pero tambi¨¦n m¨¢s cosas. Algo dentro de m¨ª dec¨ªa: Esto no es suficiente. Podr¨ªas hacer tanto m¨¢s con esto.
Entonces se me ocurri¨® una idea.
"?Y si hago algo ¨²til? Algo del viejo mundo, como un... celular".
Fue una idea absurda, lo admito. Pero ten¨ªa magia, oro y tiempo. ?Por qu¨¦ no?
Primero molde¨¦ una carcasa brillante, completamente dorada. Le di forma a los botones, una pantalla plana y hasta un peque?o orificio para lo que ser¨ªa la c¨¢mara. Era perfecto. Bueno, visualmente perfecto.
"?Hola, s¨ª! Luciano ac¨¢, report¨¢ndome desde otro mundo", dije, sosteniendo mi falso celular como si estuviera en una videollamada.
"?C¨®mo est¨¢ todo por casa? ?Siguen los cortes de luz? ?Qu¨¦ est¨²pidos! Ac¨¢ con la magia de luz de mi hadita me la paso diez puntos".
Me re¨ª solo de mi propia ocurrencia y continu¨¦.
"?Qu¨¦ dijiste? ?Que por qu¨¦ todav¨ªa no invent¨¦ la electricidad? ?Me est¨¢s cargando, amigo? ?Sab¨¦s lo que es armar un circuito cuando la herramienta m¨¢s avanzada que posee este mundo es una piedra puntiaguda? Encima, ac¨¢ la gente no entiende el concepto de un interruptor. ?Para eso la uso a Mirella y listo!"
Me levant¨¦ del suelo, caminando de un lado a otro con el celular ahora pegado a mi oreja. Esto ya era personal.
"?Qu¨¦ me dec¨ªs? ?Que los gnomos ya hicieron todo un sistema de t¨²neles subterr¨¢neos y pretenden armar un sistema de energ¨ªa nuclear a trav¨¦s de la extracci¨®n indiscriminada de uranio, monopolizando as¨ª los recursos gracias a su desquiciado trabajo en equipo? Est¨¢s loco, amigo. Encima, el oro lo estoy sacando yo solito del arroyo. ?Del arroyo, pap¨¢! ?Sab¨¦s lo que me tard¨¦ en juntar estas pepitas? Vos porque all¨¢ lo ten¨¦s f¨¢cil, con tus monedas virtuales y no s¨¦ qu¨¦ otras mierdas m¨¢s".
La risa empez¨® a ganarme, pero no pod¨ªa detener el show. Mir¨¦ el celular como si estuviera leyendo algo en una pantalla.
"Ah, mir¨¢, ahora me mandaste un mensaje de texto. ''Luciano, sos un desastre, as¨ª nunca vas a avanzar. Al menos acostate con alguna de tus amigas, as¨ª dej¨¢s de ser un virg...''.
Bueno, creo que no hace falta seguir leyendo esas palabras de aliento. Qu¨¦ bueno que del otro lado del universo tengo a un fan tan dedicado, ?no? ?Por qu¨¦ no me mand¨¢s un tutorial de YouTube mientras est¨¢s? Oh, cierto, no tengo internet porque no le cargu¨¦ cr¨¦dito, qu¨¦ l¨¢stima. Pero vos segu¨ª pidi¨¦ndome cosas imposibles, dale".
Despu¨¦s del celular, mi ambici¨®n subi¨® de nivel.
"Necesito un micr¨®fono", dije en voz alta, como si ahora realmente alguien me estuviera escuchando. Con el oro del celular y un poco de magia, arm¨¦ un micr¨®fono dorado con una base s¨®lida. Era un desastre no funcional: no amplificaba nada, pero reflejaba mi rostro con un brillo espectacular.
"?Buenas noches, p¨²blico! Ac¨¢ Luciano, en vivo desde¡ bueno, un lugar donde no tenemos ni pan ni mate, pero miren este micr¨®fono de lujo".Love this novel? Read it on Royal Road to ensure the author gets credit.
Hice mi mejor imitaci¨®n de un locutor de radio, entrevistando a¡ nada. Us¨¦ voces para inventar personajes argentinos:
"¡®Luciano, contame, ?c¨®mo es eso de vivir en otro mundo?¡¯"
"Bueno, Facu, te cuento que ac¨¢ la inflaci¨®n no existe, pero tampoco hay empanadas, as¨ª que estoy sufriendo. Aunque estoy desarrollando tecnolog¨ªa m¨¢gica, ?viste? Mir¨¢ este micr¨®fono".
"?Luciano, me encanta tu micr¨®fono!"
"?Cu¨¢l? ?El de oro o el de carne?"
El p¨²blico rio ante semejante chiste.
"??Qu¨¦ me dijiste, flaco?!"
"Y si sos re goloso, Facu. Todo el barrio lo dice, hasta Marcelo".
"?Qu¨¦ Marcelo?"
"Agachate y conocelo".
"?Te voy a romper la cara de una pi?a!"
La decadencia ya hab¨ªa llegado r¨¢pidamente.
"Esto no es suficiente", dije mirando el suelo despu¨¦s de que cancelaran en vivo el programa.
Necesitaba m¨¢s cosas in¨²tiles. Constru¨ª una computadora port¨¢til de oro s¨®lido. No ten¨ªa teclas funcionales ni pantalla que mostrara nada, pero ten¨ªa un dise?o impecable.
?Quiero m¨¢s!
Me acerqu¨¦ a un peque?o trozo de oro, pensando que, tal vez, si usaba la magia correctamente, podr¨ªa hacer que el televisor apareciera de la nada. Estaba tan metido en mi locura que no me di cuenta de lo mucho que hab¨ªa cambiado. Estaba perdiendo la noci¨®n del tiempo, de la realidad. Mi ¨²nico objetivo era seguir creando.
"Facu, la puta madre... Nos cerraron el programa", dije mientras pon¨ªa una mano en mi frente.
"Y si te fuiste a la mierda", replic¨® ¨¦l en mi cabeza.
"Ya s¨¦, pero... Necesito algo para grabar un video de eso y enviarlo a la Tierra".
"?Qu¨¦ video?"
"El de tu... ?Hasta cu¨¢ndo te vas a regalar as¨ª?"
"?Sos un est¨²pido, Luciano! No me vengas con eso, ya basta, ?me est¨¢s cansando! ?No te das cuenta de que te est¨¢s volviendo loco con todo esto? Es pat¨¦tico. Est¨¢s perdiendo el rumbo. ?D¨®nde est¨¢ el Luciano que conoc¨ªa? El que ten¨ªa las ideas claras, el que lideraba... ?Este es tu legado? ?Un mundo de oro y fantas¨ªas in¨²tiles?"
Entonces le cort¨¦ el audio.
Tom¨¦ la netbook entre mis manos, convirti¨¦ndola en dos lingotes de oro no tan grandes. Luego saqu¨¦ el pedazo de oro que ten¨ªa en mi bolsita y lo un¨ª a lo dem¨¢s, tambi¨¦n usando magia.
Me mir¨¦ en el reflejo del tan preciado metal. ?De qu¨¦ me estaba riendo? ?Qu¨¦ hab¨ªa hecho con mi vida? Pero no pod¨ªa parar. Necesitaba m¨¢s. La necesidad de crear, de tener algo m¨¢s tangible que el oro... Era como una adicci¨®n.
Entonces cre¨¦ a un mini Facu de oro. Sin embargo, ¨¦l se ve¨ªa... Se ve¨ªa...
No lo reconoc¨ª, ¨¦l no era nadie en mi vida. Ni en esta ni en la anterior.
Fue en ese momento que me di cuenta de que esto no estaba bien. Estaba delirando por algo que no ten¨ªa el valor que yo esperaba.
Entonces lo volv¨ª a convertir en dos lingotes.
El d¨ªa estaba terminando, y yo, el gran creador de cosas in¨²tiles, me encontraba sentado junto al arroyo. El sol comenzaba a hundirse en alguna parte de este universo, ti?endo el agua de un dorado que me recordaba al fruto de mi avaricia. A mi lado, los lingotes de oro reluc¨ªan, inmutables, como si se burlaran de m¨ª.
Me pas¨¦ la mano por el cabello, despein¨¢ndolo m¨¢s de lo habitual. Mi reflejo en el agua me devolvi¨® una mirada cansada, casi desconocida. ?En qu¨¦ momento me hab¨ªa convertido en esto?
"?Qu¨¦ estoy haciendo?" Dije en voz alta, esperando que el arroyo y su agua m¨¢gica respondieran con alguna revelaci¨®n, aunque sab¨ªa que no lo har¨ªan.
"?Desde cu¨¢ndo soy tan... superficial?"
Mir¨¦ los lingotes a mi lado, una y otra vez, hasta que ca¨ª en la realidad. Era rid¨ªculo. Hab¨ªa pasado horas de mi vida acumulando algo que aqu¨ª no ten¨ªa valor alguno, moldeando objetos que no ten¨ªan sentido, buscando recrear un mundo que ya no exist¨ªa para m¨ª. Peor a¨²n, un mundo que me hab¨ªa dejado atr¨¢s.
Pens¨¦ en la Tierra. Mi Argentina querida, con su caos, su humor absurdo, su olor a comida. Extra?aba todo eso, s¨ª, pero¡ ?Qu¨¦ estaba haciendo? Intentar replicarlo aqu¨ª era como tratar de atrapar humo con las manos. Este no era mi viejo mundo, y nunca lo ser¨ªa a pesar de que mi misi¨®n era hacerlo avanzar de alguna forma.
El arroyo segu¨ªa murmurando suavemente, su corriente interminable llevando consigo hojas y peque?os fragmentos de ramas. Era un recordatorio de que la vida segu¨ªa avanzando, sin importar cu¨¢nto tratara de aferrarme al pasado.
Apoy¨¦ los codos en las rodillas y me sostuve la cabeza con las manos. ?Por qu¨¦ en este momento me costaba tanto dejar ir lo que ya no estaba? Mi vieja vida estaba llena de momentos buenos y malos, pero al final, hab¨ªa terminado. Ac¨¢ ten¨ªa una segunda oportunidad, un nuevo comienzo, y, sin embargo, segu¨ªa arrastrando cadenas invisibles.
Deb¨ªa parar.
Deb¨ªa dejar de pensar en lo que no pod¨ªa recuperar y centrarme en lo que s¨ª ten¨ªa: un nuevo mundo lleno de posibilidades. Personas que confiaban en m¨ª, que me segu¨ªan. Un futuro que a¨²n pod¨ªa construir... No con un metal que en este momento era in¨²til, sino con acciones que realmente importaran.
Entonces me levant¨¦ y los tom¨¦ entre mis manos, llev¨¢ndolos conmigo de vuelta a mi casa de madera.
Saliendo del bosque, me encontr¨¦ con la puerta principal en frente de m¨ª. Estaba ah¨ª, tan sola, tan solitaria. En este momento era como yo.
Entonces la abr¨ª; sab¨ªa que no hab¨ªa nadie. Hoy estaban todos fuera con el tema de la arcilla y la recolecci¨®n de comida.
Segu¨ª caminando hasta llegar a mi habitaci¨®n, que en este momento ten¨ªa la puerta abierta para que no se atrapara tanto el calor dentro.
El lugar estaba tan vac¨ªo como yo por dentro, pero eso no importaba ahora, as¨ª que me acerqu¨¦ a la cama en donde dorm¨ªamos Mirella y yo, que estaba a la izquierda de la de Aya, y me agach¨¦, poni¨¦ndolos debajo.
?Para qu¨¦ iban a servirme esos dos trozos de metal dorado en un momento como este? No ten¨ªa ni idea. Sin embargo, s¨ª ten¨ªa algo claro: deb¨ªa guardarlos y no tocarlos muy seguido para no volver a tener un episodio como el de hoy.
Tal vez, y tan solo tal vez, en alguna parte de este loco mundo pueda haber un lugar donde el oro s¨ª tenga el valor que mi mente sigue pensando que tiene. Si alg¨²n d¨ªa llego a ese lugar, festejar¨¦ como nunca, y posiblemente terminar¨ªa siendo alguien muy rico, alguien que pueda darse muchos gustos a trav¨¦s del sistema capitalista.
A veces es bueno so?ar, ?no?
Alg¨²n d¨ªa de estos me pondr¨¦ a hacer otra mini estatua, como la que quise hacer hace unos minutos. Creo que podr¨ªa ayudarme a afinar mi magia y despejar mi mente.
Cap铆tulo 41: Mejorando nuestra calidad de vida.
Mirella se aferr¨® con tanta fuerza al cuello de Luc¨ªa que por un momento pens¨¦ que iba a hacer que ambas cayeran y terminaran rodando por el suelo.
"Bueno, bueno, basta de dramatismos, ?no? Mirella, si seguimos as¨ª no llegamos m¨¢s", interrump¨ª, soltando una risita mientras apartaba suavemente a Mirella de Luc¨ªa.
"?Es que es tan tierna! ?Me dan ganas de protegerla como si fuera mi hermanita!" Exclam¨® Mirella, ahora revoloteando alrededor de Luc¨ªa.
"Hermano mayor... ?Por qu¨¦ siempre me met¨¦s en estos problemas?" Pregunt¨® Luc¨ªa, juntando sus antebrazos como si fuera una ni?a indefensa.
"Porque sos mi hermana menor, y eso te convierte autom¨¢ticamente en la v¨ªctima perfecta para estas aventuras".
"?Qu¨¦ malvado!"
Sab¨ªa que, aparte de estudiar para ser profesora de m¨²sica, ella por un a?o estuvo practicando teatro para ser profesora suplente de esa materia en el colegio secundario. Pero esto... Lo cierto es que me gusta que sea as¨ª.
Mirella segu¨ªa ah¨ª, mir¨¢ndonos como si esperara que le dij¨¦ramos algo m¨¢s.
"No vayas a dec¨ªrselo a nadie, ?eh!"
"?Te aseguro que no romper¨¦ esta promesa!"
"Est¨¢ bien, vamos entonces".
Mirella volvi¨® a liderar el camino mientras empezamos a ir por el borde del arroyo.
Nunca supe bien del todo por qu¨¦ nunca exploramos esta parte de lo que ya terminaba siendo una selva. Aunque bueno, yo tampoco puedo afirmar tanto eso porque no salgo con ellos a cazar y recolectar frutas.
"?Falta mucho?" Pregunt¨® Luc¨ªa en tono de broma, aunque su mirada curiosa delataba que estaba disfrutando de la aventura tanto como nosotros.
"?Ya casi llegamos!" Respondi¨® Mirella desde adelante, gir¨¢ndose en el aire para mirarnos con una sonrisa que reflejaba su emoci¨®n.
Sus alas brillaban d¨¦bilmente con la luz que se filtraba a trav¨¦s de los ¨¢rboles, como si absorbieran la misma esencia del bosque.
El arroyo, que hasta ese momento hab¨ªa sido una compa?¨ªa constante y tranquila, comenz¨® a dividirse en dos corrientes. Una segu¨ªa su curso hacia adelante, mientras la otra se desviaba hacia la izquierda, adentr¨¢ndose en la penumbra de lo que parec¨ªa ser la entrada a una cueva inmensa. El aire cambi¨® de inmediato; una corriente fresca emanaba del interior, cargada de un leve aroma a humedad y piedra.
"Es aqu¨ª hasta donde explor¨¦", anunci¨® Mirella, deteni¨¦ndose justo en la entrada de la cueva y gir¨¢ndose hacia nosotros con un gesto triunfal.
"?Tampoco explor¨¦ tanto! ?No fui tan mala amiga!"
"Tranquila, Mirella", respond¨ª con una sonrisa.
"?Ac¨¢? ?Una cueva?" Pregunt¨® Luc¨ªa, arqueando una ceja mientras examinaba la abertura.
Observ¨¦ un poco el interior luego de soltarle la mano a mi mam¨¢-hermana.
"Parece que s¨ª".
La entrada era lo suficientemente grande como para que un elefante pudiera pasar c¨®modamente, pero lo que llamaba la atenci¨®n era el resplandor tenue que emanaba desde el interior, por el suelo. Las part¨ªculas m¨¢gicas que sol¨ªan ser casi imperceptibles en el agua m¨¢gica ahora brillaban con intensidad bajo la oscuridad del lugar.
"Es m¨¢s que una simple cueva, ya ver¨¢s", asegur¨® Mirella, mientras comenzaba a avanzar.
"?No era que hasta ac¨¢ llegaste?"
"Bueno, s¨ª... Hasta llegar al fondo".
"Vamos, entonces", dije, volviendo a agarrar la mano de Luc¨ªa.
Mirella puso una bola de luz en el aire que la segu¨ªa a ella, revelando los detalles del interior. Las paredes de la cueva estaban con un poco de musgo y hab¨ªa estalactitas muy grandes que colgaban desde el techo.
Luc¨ªa me mir¨® con unos nervios fingidos antes de agarrarse de mi brazo.
"?Est¨¢s seguro de que no hay nada peligroso aqu¨ª?"
"?Qu¨¦ puede pasar con Mirella como gu¨ªa?" Respond¨ª, tratando de sonar despreocupado, aunque una peque?a parte de m¨ª no pod¨ªa ignorar la sensaci¨®n de inquietud que me provocaba este lugar. Era hermoso, s¨ª, pero tambi¨¦n ten¨ªa algo... familiar.
Conforme avanz¨¢bamos, el sonido del agua se hac¨ªa m¨¢s profundo al haber m¨¢s eco y el zumbido de las alas de Mirella se escuchaba m¨¢s fuerte.
Espera... ?Esta no ser¨¢ la cueva que llevar¨ªa a la parte subterr¨¢nea de los gnomos? Recuerdo haberla visto cuando me qued¨¦ solo al buscar a Forn. Esta cueva deber¨ªa llegar a aquel segundo lugar que se parece al anterior santuario de Aya.
"Mirella, creo que esta cueva lleva a un lugar que se parece al anterior santuario de Aya. Pero no al que entramos y vos estabas pintando tu pelo de rojo, sino que este es otro igual".
Mirella detuvo su vuelo al escucharme. Su figura peque?a se gir¨® lentamente hacia m¨ª, y su expresi¨®n dulce y radiante se transform¨® en algo que mezclaba decepci¨®n y enojo. Su ce?o fruncido dej¨® en claro que algo hab¨ªa herido su orgullo.
"?C¨®mo que ''esta cueva lleva a un lugar que ya viste''?" Comenz¨®, remarcando cada palabra como si fueran cuchillos que me lanzaba. Su voz, normalmente ligera y juguetona, ahora ten¨ªa un filo que hac¨ªa rato no ve¨ªa.
"?Eso significa que ya investigaste este lugar sin m¨ª? ?Sin tu mejor amiga, la ¨²nica que sabe de esto? ?Luciano, eso es imperdonable!"
"Eh... No es lo que parece, Mirella", intent¨¦ aclarar, levantando las manos en un gesto conciliador.
"Yo no vine por ac¨¢, vine por... otros pasadizos subterr¨¢neos. Ni siquiera sab¨ªa que este arroyo llevaba a la misma cueva".
Lo ¨²ltimo era casi una mentira, porque yo ya sab¨ªa que llegaba agua m¨¢gica al final.
"?Oh, claro! Pasadizos subterr¨¢neos. ?Qu¨¦ conveniente! ?Y cu¨¢ndo planeabas decirme que andabas explorando solo?" Respondi¨®, dando un par de vueltas r¨¢pidas en el aire, como si necesitara moverse para desahogar su frustraci¨®n.
"Fue algo inesperado, te lo juro. No es como si lo hubiera planeado. Solo ocurri¨®, ?s¨ª?"
"??Solo ocurri¨®?!" Repiti¨® ella, acerc¨¢ndose a mi rostro hasta que su diminuta nariz choc¨® contra la m¨ªa.
"?Y qu¨¦ m¨¢s ''solo ocurre'', eh? ?Descubriste un lugar m¨¢gico? ?Te enfrentaste a alg¨²n peligro sin siquiera pensar en llamarme?"
"Bueno, s¨ª... y no", respond¨ª, rasc¨¢ndome la nuca con incomodidad. Luc¨ªa me miraba con diversi¨®n, como si no supiera si deb¨ªa intervenir o dejar que esta discusi¨®n siguiera.
"Mirella, fue cuando busqu¨¦ a Forn. Termin¨¦ en ese lugar sin querer. Adem¨¢s, no vine por el arroyo, ni siquiera sab¨ªa de su... existencia".
"?Eso no cambia nada! ?Y si te hubieras metido en problemas? ?Qui¨¦n te habr¨ªa protegido? Porque, obviamente, necesitas alguien que te cuide, ya que claramente no sabes cuidarte solo", continu¨®, con su voz subiendo de volumen. Sus mejillas estaban ahora encendidas de un rojo intenso, un contraste que hac¨ªa que su indignaci¨®n se viera hasta... linda. Aunque no me atrev¨ªa a dec¨ªrselo en este momento.
"Mirella, escucha... Yo s¨ª me s¨¦ cuidar solo", trat¨¦ de razonar, pero ella me interrumpi¨®, alzando una mano diminuta.
"?No, no quiero escuchar tus excusas! Si no me necesitas para estas cosas, ?para qu¨¦ estoy aqu¨ª, eh?" Pregunt¨®, mir¨¢ndome con los brazos abiertos como si esperara una respuesta que no pod¨ªa darle.
Suspir¨¦, tratando de mantener la calma.
"Mirella, eso no es justo. Por supuesto que te necesito. Esto no fue algo que planeara hacer solo, simplemente pas¨®. Adem¨¢s, vos siempre has sido mi compa?era en todo. ?Qu¨¦ har¨ªa yo sin vos?"
Su expresi¨®n se suaviz¨® un poco, aunque a¨²n ten¨ªa los labios fruncidos.
"Pues m¨¢s te vale que lo recuerdes, porque si vuelves a meterte en algo sin m¨ª... no s¨¦ qu¨¦ har¨¦, pero no ser¨¢ agradable, ?entendido?"
"?Eso es una amenaza?"
Se escuch¨® un breve "uhhhh" proveniente de mi mam¨¢.
"?Claro que lo es!"
"?Ah, s¨ª? Te recuerdo que vos tambi¨¦n viniste sola, y lo hiciste siendo consciente de lo que hac¨ªas... Encima, despu¨¦s viniste llorando como un beb¨¦".
Le saqu¨¦ la lengua y comenc¨¦ a avanzar al trote a pesar de que no ten¨ªa luz.
"?Ah, bueno! As¨ª que yo ahora tengo la culpa de todo, ?no?"
Ella me alcanz¨® r¨¢pidamente, volando a un costado de mi cara.
"?Oye!"
Luc¨ªa, que hab¨ªa estado observando todo el intercambio, finalmente se atrevi¨® a hablar, intentando contener una risa.
"?Siempre son as¨ª ustedes dos? Porque es como ver una pareja discutiendo".
"??Qu¨¦?! ?No somos una pareja!" Exclam¨® Mirella, gir¨¢ndose r¨¢pidamente hacia Luc¨ªa con las mejillas a¨²n m¨¢s rojas.
"S-Solo somos mejores amigos..."
"Eh... Claro, claro", respondi¨® ella, levantando las manos con inocencia fingida.
"Lo que vos digas".
"?Vamos, sigamos explorando antes de que Luciano me haga enojar a¨²n m¨¢s!" Orden¨® Mirella, agit¨¢ndose en el aire.
Decid¨ª que era mejor no contestar nada.
Hubo unos minutos de silencio hasta que Mirella habl¨®, titubeando y sin mirarnos.
"?Y c-c¨®mo funciona lo de... escuchar part¨ªculas m¨¢gicas?"
Luc¨ªa tom¨® la palabra.
"No puedo verlas, pero Luciano dijo que est¨¢n en los lugares donde yo escucho voces".
"C-Claro, voces..." Hizo una pausa, como si estuviera pensando si seguir.
"?Y ahora est¨¢s escuchando... algo?"
"No, porque debo ponerme m¨¢s cerca de ustedes o del agua".
"Ah, ya entiendo".
"Dale, Mirella, no hace falta que sigas haci¨¦ndote la enojada".
Mirella solt¨® un suspiro dram¨¢tico.
"Bueno, al menos estamos juntos ahora, ?verdad? Aunque algunos no valoren mi compa?¨ªa como deber¨ªan..."
"As¨ª que ahora tir¨¢s indirectas, ?eh? Me quedo tranquilo entonces, porque yo siempre voy de frente".
Mirella segu¨ªa lanz¨¢ndome miradas fugaces de indignaci¨®n mientras volaba a mi lado. Su energ¨ªa, normalmente chispeante y alegre, estaba te?ida por una nube de molestia, y aunque sab¨ªa que no era nada grave, tampoco pod¨ªa dejarlo pasar.
Me detuve un momento.
A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation."Mirella, ven¨ª ac¨¢", le dije, con un tono m¨¢s serio del que estaba utilizando.
Se detuvo en el aire, sorprendida, y me mir¨® sin avanzar.
"?Qu¨¦? ?Ahora qu¨¦ vas a decir? ?Otra excusa?"
Luc¨ªa tambi¨¦n se detuvo, aunque su cara ahora era un poco m¨¢s seria.
"No. Ven¨ª", repet¨ª, esta vez se?alando un punto justo frente a m¨ª.
Dud¨® un momento, pero al final se cruz¨® de brazos y flot¨® hasta quedar a la altura de mi rostro.
"?Qu¨¦ quieres ahora?"
La mir¨¦ directo a los ojos. Sus brillantes ojos verdes trataban de mantener esa fachada de enojo, pero not¨¦ c¨®mo su mirada titubeaba.
"Escuchame bien, Mirella. S¨¦ que te molesta que haya ido a ese lugar antes, y en cierta parte ten¨¦s raz¨®n. Quiz¨¢s deber¨ªa hab¨¦rtelo contado, pero no fue algo planeado. Ahora, quiero que entiendas una cosa: siempre te voy a necesitar. Sos mi compa?era, mi mejor amiga y, te guste o no, alguien en quien conf¨ªo m¨¢s que en m¨ª mismo a veces".
Ella parpade¨®; su enojo parec¨ªa empezar a desmoronarse.
"?Eh...?"
"Y te voy a decir otra cosa: cuando est¨¦s enojada conmigo, no hace falta que me tir¨¦s indirectas, porque eso es una de las ¨²nicas cosas que me molestan. ?Estamos claros? Espero que s¨ª, porque ya hablamos tantas veces de estas actitudes tuyas que ya me estoy empezando a cansar".
Por un momento, no dijo nada. Luego, su ce?o se suaviz¨® y dej¨® escapar un suspiro.
"Bueno... quiz¨¢s... QUIZ¨¢S fui un poco exagerada. Es que... me preocupo, ?sabes? Y... no quiero que te pase nada".
"S¨ª, ya s¨¦... El problema es que termin¨¢s exagerando las cosas por dem¨¢s".
"?Bueno, s¨ª!" Empez¨® gritando mientras mov¨ªa sus pu?itos de arriba abajo.
"?Es que me molesta no haber podido estar contigo!"
"Entonces seguimos siendo buenos amigos, ?no?"
"?Buenos no! ?Mejores amigos!"
"Eso, eso. Somos los mejores amigos del mundo".
"?Entonces ahora s¨ª! ?Vamos a ese tonto lugar y listo!"
Su tono todav¨ªa era fuerte, pero ya no parec¨ªa ser de enojo hacia m¨ª.
"S¨ª, vamos".
Mir¨¦ a Mirella, que ahora volaba tranquila a mi lado, aunque sus mejillas estaban un poco rojas. Luc¨ªa caminaba unos pasos detr¨¢s de m¨ª; su expresi¨®n serena, como si se sintiera c¨®moda explorando este lugar desconocido con nosotros. La tensi¨®n de la discusi¨®n con Mirella se hab¨ªa disipado, y el aire volv¨ªa a sentirse menos pesado.
"Perd¨®n por hacerte esperar, hermana menor", dije, volviendo a mirar hacia atr¨¢s.
"No tengo ning¨²n problema con eso, hermano mayor".
Al llegar a la zona amplia, el sentimiento de vac¨ªo que reflejaba me hizo preguntar qu¨¦ carajos est¨¢bamos haciendo ac¨¢, que para qu¨¦ terminamos bajando tantos metros para encontrarnos con un lugar en el que no necesit¨¢bamos estar.
A pesar de eso, era bueno que Luc¨ªa lo supiera.
"Mirella, creo que al final ya hab¨ªamos estado ac¨¢ los dos. En este lugar liberamos a Forn".
"S¨ª..."
Ya lo he dicho un mont¨®n de veces, pero nunca est¨¢ de m¨¢s recordar que el ''santuario'' de Aya, al igual que este lugar, es una especie de ortoedro con las paredes de roca con irregularidades. Siempre lo asoci¨¦ m¨¢s a un b¨²nker que a otra cosa.
"Es como el santuario de Aya", coment¨® mi mam¨¢.
"?Por qu¨¦ se ve igual?"
"Debe ser por culpa de los gnomos", respond¨ª.
"?Qu¨¦ preferir¨ªan hacer ahora? Tenemos dos opciones: podr¨ªamos intentar rastrear a los gnomos, ver si todav¨ªa est¨¢n en esta zona y qu¨¦ est¨¢n tramando... o podr¨ªamos seguir explorando por donde segu¨ªa el arroyo y ver hasta d¨®nde nos lleva".
"?Claro que no quiero ir con Forn! ?Ya te olvidaste lo que ¨¦l dijo de ti?"
"Ah, Forn..." Murmur¨¦.
"Ahora que lo pienso mejor, deber¨ªamos seguir el arroyo, porque si nos demoramos mucho, Rundia se va a preocupar por Luc¨ªa".
"?Obvio que s¨ª, si nos la llevamos a la fuerza!"
"Mirella, ten¨¦s que tranquilizarte un poco", dijo Luc¨ªa, con un tono conciliador.
De pronto abri¨® los brazos.
"Ven, dame un abrazo".
"B-Bueno".
Volando lentamente, se dej¨® caer sobre su pecho y ah¨ª se quedaron abrazadas por unos segundos.
"Tus voces dicen que debes portarte mejor".
"?Las voces? ?En serio?"
La ni?a asinti¨®.
Mirella empez¨® a juguetear con sus manos.
"Est¨¢ bien... Ser¨¦ una buena hada a partir de ahora".
"Siempre dec¨ªs lo mismo", acot¨¦.
Mirella se acerc¨® volando a m¨ª. Por un momento la bola de luz titil¨®.
"Luciano... yo..." Baj¨® la mirada por un momento, sus manos diminutas jugueteando con el dobladillo de su vestido celeste.
"S¨¦ que siempre digo que voy a portarme mejor y luego hago las mismas tonter¨ªas. Pero esta vez lo digo en serio. Fui demasiado lejos. Estaba tan... molesta, porque no quiero que nada te haga da?o".
Me qued¨¦ mir¨¢ndola. Esta escena se hab¨ªa repetido tantas veces que ya no sab¨ªa de qu¨¦ otra manera responderle.
"No hace falta que te preocupes tanto por m¨ª, Mirella. Yo soy fuerte".
Luc¨ªa, que hab¨ªa estado observando, sonri¨® con ternura.
"Eso fue muy valiente, Mirella. A veces, reconocer nuestros errores es m¨¢s dif¨ªcil que cualquier pelea".
"S¨ª, supongo que s¨ª..." Respondi¨® Mirella, su voz recuperando algo de su tono habitual. Luego, flot¨® hasta mi hombro y se pos¨® all¨ª.
"Gracias, Luciano. Prometo que voy a intentar, de verdad, ser mejor".
Le di un suave golpecito con el dedo en la cabeza.
"Lo s¨¦, Mirella. Pero tampoco te preocupes tanto por ser perfecta".
Ella se acerc¨® tanto a mi o¨ªdo que pude sentir su respiraci¨®n haci¨¦ndome cosquillas.
"S¨ª ser¨¦ perfecta... Solo para ti".
Con una risita de por medio, dio un salto y se fue en direcci¨®n a la salida.
La bola de luz que rodeaba a Mirella comenz¨® a disminuir su intensidad mientras se alejaba, flotando hacia la salida de aquel lugar. La vi avanzar con movimientos err¨¢ticos, como si la emoci¨®n que acababa de confesar la dejara un poco aturdida.
Me qued¨¦ mirando en silencio.
?Por qu¨¦ Mirella a veces se comporta as¨ª conmigo? Esa era una pregunta que siempre rondaba mi cabeza, pero a la que nunca lograba darle una respuesta definitiva. Desde que la liber¨¦ de aquella piedra, su lealtad hacia m¨ª hab¨ªa sido absoluta, casi obsesiva. Pero hab¨ªa momentos en los que esa lealtad daba paso a algo m¨¢s... algo que me costaba entender.
Mientras la luz se hac¨ªa m¨¢s distante, mis pensamientos se amontonaban uno sobre otro. ?Qu¨¦ esperaba ella de m¨ª? ?Un agradecimiento eterno por haberla salvado? ?Un tipo de v¨ªnculo que yo no entend¨ªa a¨²n?
Mirella era m¨¢s que una simple hada compa?era; hab¨ªa estado conmigo en los momentos m¨¢s dif¨ªciles y, a su manera, siempre intentaba protegerme. Pero su forma de actuar¡ esa manera de volcar toda su atenci¨®n en m¨ª, a veces me resultaba abrumadora.
Luc¨ªa me sac¨® de mi ensimismamiento cuando se acerc¨® y tir¨® suavemente de mi mano.
"Hermano mayor, ?est¨¢s bien?" Pregunt¨®, con sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue de la cueva. Hab¨ªa un toque de preocupaci¨®n en su voz, como si percibiera mis pensamientos.
"S¨ª, estoy bien, solo¡ pensando en Mirella".
Mi respuesta sali¨® m¨¢s autom¨¢tica de lo que quer¨ªa, pero Luc¨ªa sonri¨®, como si entendiera m¨¢s de lo que yo hab¨ªa dicho.
Ella baj¨® la mirada, pensativa.
"Creo que Mirella te quiere mucho, y a veces no sabe c¨®mo mostrarlo. Por eso se esfuerza tanto¡ pero creo que tambi¨¦n tiene miedo. Miedo de que te alejes de ella".
"Mmm..."
?Alejarme de Mirella? Jam¨¢s hab¨ªa pasado por mi cabeza algo as¨ª. Ella siempre hab¨ªa estado a mi lado, como una especie de constante en este mundo ca¨®tico. Pero¡ ?Podr¨ªa ser eso lo que alimentaba sus comportamientos? ?Un temor latente a perder ese v¨ªnculo que compart¨ªamos?
Volv¨ª la vista a la salida del lugar, donde la luz de Mirella se hab¨ªa reducido a un peque?o punto, como una estrella a punto de extinguirse.
"?Qu¨¦ hacemos ahora?" Pregunt¨® Luc¨ªa, interrumpiendo nuevamente mis reflexiones.
Le di una sonrisa para tranquilizarla.
"Seguimos. No podemos quedarnos aqu¨ª todo el d¨ªa. Mirella nos est¨¢ esperando afuera".
Tom¨¦ su mano, y comenzamos a avanzar por el mismo camino por el que Mirella se hab¨ªa ido.
Yo, por lo pronto, esperaba no tener que volver a ver a Mirella comportarse de esa forma.
Al final salimos de la cueva y seguimos por el camino junto al arroyo, donde Mirella en un momento nos salv¨® matando una serpiente, la cual cargu¨¦ para la vuelta. Al menos ser¨ªa de utilidad para no quedar tan mal si nos preguntan por qu¨¦ nos demoramos tanto.
Despu¨¦s de caminar como por veinte minutos, terminamos llegando a un lugar extra?o... Era un claro donde hab¨ªa un hueco con forma de c¨ªrculo casi perfecto y de m¨¢s o menos cinco metros de di¨¢metro. Dentro de ¨¦l estaba el agua a nivel que se conectaba con el arroyo y hab¨ªa muchas, pero muchas, part¨ªculas m¨¢gicas en el agua.
Hab¨ªa algo inquietante pero fascinante en el lugar. Las part¨ªculas m¨¢gicas se mov¨ªan m¨¢s r¨¢pido de lo normal bajo y sobre el agua, formando patrones irregulares que parec¨ªan casi deliberados. No era algo que se viera todos los d¨ªas, incluso en este mundo.
A todo esto, ?c¨®mo es que de ac¨¢ sale el agua m¨¢gica? No tiene sentido que un arroyo se forme en un lugar plano.
"Qu¨¦ incre¨ªble..." Murmur¨® Mirella, qued¨¢ndose quieta en el aire.
Luc¨ªa avanz¨® unos pasos, observando el agua con curiosidad.
"Este lugar se ve raro", murmur¨®, mientras una brisa ligera acariciaba su cabello oscuro.
"Luc¨ªa", dije, acerc¨¢ndome a ella mientras se?alaba el agua.
"?Ves algo especial en el agua?"
"Ya sab¨¦s que no puedo".
"Cierto... ?Pero podr¨ªas escuchar las voces? En esta parte hay muchas part¨ªculas".
"Est¨¢ bien".
Camin¨® hasta el borde del hueco, arrodill¨¢ndose lentamente. Cerr¨® los ojos y puso el o¨ªdo sobre el agua, dejando que el silencio del claro la envolviera.
Por un momento, todo qued¨® en calma.
Mientras tanto, Mirella se qued¨® en silencio mientras se posaba lentamente al lado de ella. De vez en cuando intentaba poner la oreja, pero claramente no iba a escuchar nada.
"Est¨¢n hablando", dijo mi mam¨¢ con voz baja, casi un susurro.
"Sus voces son suaves, pero las entiendo. Est¨¢n diciendo¡ ''Luciano''. Te est¨¢n llamando".
"?Otra vez?"
"S¨ª".
"?Luciano, eso parece ser algo incre¨ªble!"
"?Y qu¨¦ dicen sobre m¨ª?"
"Te est¨¢n llamando, hermano mayor", comenz¨® diciendo, con un tono exageradamente misterioso.
"Dicen que¡ que eres su esperanza. Que necesitan que vengas aqu¨ª, al agua".
"?Tienen un motivo?"
"No".
?Qu¨¦ perd¨ªa al hacerles caso? Las part¨ªculas m¨¢gicas hab¨ªan hecho llevadera esta nueva vida en este extra?o mundo, as¨ª que intentar devolverles una peque?a parte de su ayuda no estar¨ªa mal. Tampoco creo que tengan malas intenciones... Bah, en realidad ni siquiera sabemos si son seres vivos.
"Ah¨ª voy", respond¨ª finalmente mientras me arrodillaba en el borde, quedando Mirella en medio de los dos.
"?Te dieron alguna instrucci¨®n?"
"No".
Supongo que solo debo meter una parte del cuerpo dentro... Como siempre.
Cuando met¨ª la mano derecha dentro de la calmada agua, fue extremadamente fuera de lo com¨²n lo que pas¨®: todas las part¨ªculas que rondaban por el lugar, hasta las m¨¢s lejanas, se amontonaron contra mi mano.
De pronto mi mam¨¢ se sobresalt¨® y se tap¨® los o¨ªdos con las palmas de las manos.
"?Ahhh! ?Est¨¢n gritando muy fuerte!"
En ese momento, quise quitar la mano para intentar ver si ella se encontraba bien, pero Mirella me detuvo; ella me sosten¨ªa con la mayor fuerza que pod¨ªa hacer con sus dos manos.
"?Yo me encargo de ella, t¨² conc¨¦ntrate en las part¨ªculas!" Grit¨® y me solt¨®, corriendo hacia Luc¨ªa, que se notaba media aturdida mientras yac¨ªa arrodillada sobre el suelo.
Solo me limit¨¦ a asentir mientras pensaba por qu¨¦ estas cosas amarillas estaban tan desesperadas por estar a mi lado a pesar de que ya no pod¨ªan unirse m¨¢s a m¨ª, ya estaba en ese l¨ªmite imaginario que estaba impuesto sobre cada cuerpo de los seres que podemos usar magia.
Sent¨ª c¨®mo las part¨ªculas m¨¢gicas se acumulaban alrededor de mi mano como si fueran un enjambre vivo, vibrando con intensidad. Su luminosidad amarilla segu¨ªa brillando con fuerza, iluminando incluso el aire a mi alrededor. Mis dedos se entumecieron por la presi¨®n; era como si todo el arroyo quisiera converger en m¨ª.
"?Q-Qu¨¦ hago? ?Sigo?" Pregunt¨¦ al aire, algo nervioso, pero ninguna de las dos parec¨ªa estar prestando atenci¨®n a lo que suced¨ªa en el agua.
Jam¨¢s hab¨ªa experimentado algo tan sin sentido como esto...
De un momento a otro, las part¨ªculas comenzaron a cambiar de color, pasando de amarillo a un suave rosa que irradiaba una calidez extra?a hacia mi cuerpo. ?Era amor?
Mi mam¨¢ se levant¨® y se alej¨® un poco de la escena, apoy¨¢ndose contra un ¨¢rbol.
"?Ahhh! ?Ya c¨¢llense! ?Ya dejen de hablar tanto de Luciano!"
Antes de que Mirella volara junto a ella, la detuve con un grito.
"?Mirella, mir¨¢! ?Las part¨ªculas cambiaron de color!"
Ella ya estaba en el aire cuando se dio la vuelta.
"??Qu¨¦?! ?Eso es bueno?"
"No tengo la m¨¢s m¨ªnima idea..."
Mi mano, aunque rodeada por aquella energ¨ªa, no sent¨ªa dolor, sino una extra?a mezcla de cosquilleo y presi¨®n, como si estuvieran tratando de fusionarse conmigo.
De pronto, el rosa dio paso a un negro profundo... Se sent¨ªa como algo malo, como si, por tan solo un instante, ellas fueran el enemigo. Sent¨ª un escalofr¨ªo recorrer mi columna.
"?Son negras!"
El negro no dur¨® mucho; en cuesti¨®n de segundos, el color volvi¨® al amarillo inicial, pero no se dispersaron. En su lugar, se movieron con una fuerza todav¨ªa mayor, envolviendo mi brazo y comenzando a cubrir todo mi cuerpo. Las part¨ªculas claramente no eran s¨®lidas, pero sent¨ªa el peso de su poder.
A pesar de todo, una parte de m¨ª no pod¨ªa evitar sentirse emocionada.
"?Luciano! ?Ellas est¨¢n subiendo m¨¢s r¨¢pido! ?Dime si est¨¢s bien!"
"?Estoy m¨¢s que bien!" Respond¨ª mientras una sonrisa se formaba en el rostro.
Al final me dej¨¦ caer sobre el pasto, dejando que ellas envolvieran el aire a mi alrededor.
Creo que apenas pasaron unos segundos hasta que hubo un estallido de energ¨ªa desde mi pecho, como si una onda invisible hubiera sido liberada desde el centro de mi ser. Las part¨ªculas, en sincron¨ªa, fueron repelidas con fuerza hacia arriba, esparci¨¦ndose por el aire como si una fuerza invisible las hubiera expulsado. Quedaron flotando por un momento, cayendo como copos de nieve, antes de regresar al arroyo, calmadas y dispersas como si todo lo ocurrido nunca hubiese pasado.
Dej¨¦ caer mi vista hacia un costado y vi a Mirella avanzando hasta apoyarse sobre mi pecho.
"?Est¨¢s... bien?"
"Yo..."
Las palabras se quedaron trabadas en mi boca. No s¨¦ en qu¨¦ momento sucedi¨®, pero me encontraba jadeando con la lengua afuera.
"S¨ª, estoy bien", contest¨¦ finalmente, recomponi¨¦ndome sobre el suelo.
Luc¨ªa se acerc¨® tambale¨¢ndose. Todav¨ªa parec¨ªa mareada.
"Hermano... eso fue raro", murmur¨®.
"Las voces¡ Ya no las escucho, como deber¨ªa ser".
"Menos mal... Solo espero que esto no haya sido nada malo".
Al final cargu¨¦ la serpiente muerta en mi hombro y volvimos a casa. Debo decir que estuvimos un poco callados los tres. Creo que fue un momento de demasiada confusi¨®n, porque cada uno estaba metido en una cosa distinta. Para colmo, Mirella y yo no escuchamos las voces y mi mam¨¢ no ve las part¨ªculas, as¨ª que fue un l¨ªo.
Al menos Rundia y Rin no se molestaron tanto como yo pensaba. Me parece que m¨¢s que todo fue porque Mirella y yo podemos usar magia, y eso tranquiliza un poco con respecto a la seguridad de quienes nos acompa?an.
***
Pas¨® un mes desde que recorrimos el misterioso arroyo hasta el final. Todav¨ªa me da un poco de repel¨²s el pensar en lo extra?o que fue todo ese momento a pesar de que lo disfrut¨¦ mientras suced¨ªa...
Tampoco tiene l¨®gica que el agua de un arroyo se genere en un terreno llano, ?no?
No creo volver ah¨ª por un buen tiempo.
Lo importante es que en este preciso instante estamos transportando bayas de roclora rojas y moradas en uno de los recipientes de arcilla para plantarlas. No sin antes arar la tierra en el lugarcito ese donde quit¨¦ los ¨¢rboles.
Cuando hablo de ''estamos'', es porque estoy junto a Tariq, Rin y Aya, los cuales habl¨¦ personalmente para que, con sus potencias f¨ªsicas, me ayuden en esto.
Ayer ya hab¨ªa hecho tres azadones y un rastrillo, as¨ª que vamos a ver qu¨¦ tal.
Llegamos al lugar y la tierra estaba h¨²meda y blandita despu¨¦s de la ¨²ltima lluvia. Creo que fue hace un d¨ªa y medio, as¨ª que por eso estoy aprovechando de hacer esto ahora.
¡°Bueno, empecemos con lo b¨¢sico¡±, dije sin perder mucho tiempo, levantando uno de los azadones de madera y piedra que hab¨ªa hecho. El mango de madera era lo suficientemente grueso para un buen agarre, pero no tan pesado como para ser inc¨®modo. Lo balance¨¦ un poco, mostrando c¨®mo se usaba. ¡°Esto se llam... Lo llam¨¦ azad¨®n. Es para romper la tierra y prepararla, y cr¨¦anme, funciona mucho mejor que hacerlo con las manos¡±.
Rin tom¨® uno y lo examin¨® con curiosidad, pasando los dedos por la madera pulida.
¡°?Y dices que con esto es m¨¢s r¨¢pido que cavar con ramas o nuestras manos?¡± Pregunt¨®, inclinando la cabeza con una ceja levantada.
"No es que sea m¨¢s r¨¢pido para cavar, sino que sirve para romper la tierra, como dije antes".
Antes de que surgiera alguna pregunta, segu¨ª hablando.
"La tierra se rompe para quitar todo lo que haya crecido antes. En este caso ser¨ªa el pasto. Entonces as¨ª podremos hacer crecer cosas nuevas".
"Ahhh..." Se escuch¨® al un¨ªsono.
Entonces tom¨¦ el rastrillo.
¡°Esto, en cambio, lo llamo rastrillo. Es para nivelar la tierra despu¨¦s de usar el azad¨®n. As¨ª las semillas tendr¨¢n una base pareja y suave para crecer.¡±
Aya dio un paso adelante, con las manos juntas sobre su obi rojo.
¡°Luciano, ?por qu¨¦ la tierra necesita estar nivelada? Si las plantas son fuertes, ?no deber¨ªan poder crecer en cualquier lugar como en el bosque? Y aparte, ?qu¨¦ son las sem... semi...?¡±
Ahhh... Aya no sabe qu¨¦ es porque nunca come frutas, ?no? Supongo que los dem¨¢s s¨ª saben el nombre.
Sonre¨ª.
¡°No es que no puedan, pero al nivelar la tierra les das la mejor oportunidad. Es como cuando construimos la casa: necesit¨¢s un suelo firme para que no se derrumbe. Pens¨¢ en esto como darles a las plantas su mejor oportunidad de vivir.
Y las semillas son¡¡±
Una nueva pregunta cort¨® mis palabras.
¡°??Plantas vivas¡!? Entonces, ?son como nosotros?¡±
¡°Exacto¡±.
Me acerqu¨¦ al recipiente de arcilla donde llev¨¢bamos las bayas de roclora. Agarr¨¦ una roja, redonda y jugosa... Bueno, realmente no deber¨ªa pensar as¨ª de ellas, porque se supone que no se pueden comer.
La sostuve en alto para que todos la vieran.
¡°Esto es un fruto que nos brinda la naturaleza, pero dentro tiene una semilla. Es como¡ la forma en la que las plantas tienen hijos¡±.
Hoy deb¨ªa tener paciencia para responder como mejor pudiera sus preguntas, porque este era, probablemente, el comienzo de uno de los mayores avances para que se formara una civilizaci¨®n.
Cap铆tulo 43: A cultivar la tierra.
La baya en mi mano era peque?a, del tama?o de una cereza, y su superficie rojiza brillaba con una capa de humedad que parec¨ªa un roc¨ªo perpetuo.
Todos estaban atentos mientras me miraban sacar un muy peque?o cuchillo de piedra que llevaba guardado en mi bolsita de hojas que colgaba a un costado de mi ropa. Lo hab¨ªa hecho hace poco para aprovechar el espacio vac¨ªo.
¡°Ahora voy a mostrarles algo interesante. Presten atenci¨®n porque esta es la clave de todo lo que estamos haciendo ac¨¢¡±.
Us¨¦ el cuchillo y, con cuidado, cort¨¦ la baya por la mitad. La pulpa era transl¨²cida, casi como un gel, y en el centro se ve¨ªa la semilla: dura, redonda y de un color marr¨®n oscuro.
Todos se acercaron un poco m¨¢s, pero todav¨ªa sin decir nada.
¡°Esa cosita dura en el medio es la semilla¡±, dije, levant¨¢ndola con cuidado para que la vieran.
¡°Esto es, literalmente... Bueno, supongamos que es el hijo de la planta. Si la plantamos en la tierra, le damos agua, sol y tiempo, eventualmente crecer¨¢ y se convertir¨¢ en una planta nueva, igual a la que dio esta fruta¡±.
Y entonces surgi¨® la primera duda. Tariq fue el que comenz¨® a hablar mientras me quitaba la semilla de mis dedos.
"?Y qu¨¦ tan seguro est¨¢s de que esto funciona?"
¡°Buena pregunta, Tariq¡±, respond¨ª, manteniendo un tono tranquilo.
"Te voy a demostrar c¨®mo funciona. Pero primero, necesitamos entender que las plantas no son como nosotros, no se mueven ni hablan, pero viven y necesitan cuidados para crecer¡±.
Aya levant¨® un poco una de sus manos, sus largas u?as blancas reluciendo bajo la luz del sol.
¡°?C¨®mo las cuidamos, Luciano? Si no se mueven, ?c¨®mo sabemos qu¨¦ necesitan?¡±
¡°Bueno, las plantas necesitan cosas b¨¢sicas. Piensen en ellas como una familia. Primero, necesitan una casa, que es la tierra. Es por eso que rompemos y preparamos el suelo. Segundo, necesitan comida, que es el agua. Las ra¨ªces, que son como los pies de la semilla, la beben desde abajo, como si estuvieran tomando sorbos. Y tercero, necesitan luz, que viene del sol. Es como su energ¨ªa¡±.
¡°Entonces, ?la tierra, el agua y el sol son como una madre, un padre y un amigo para ellas?¡±
Esa analog¨ªa era perfecta.
¡°Exacto, Aya. Lo explicaste mejor que yo. Cada parte de lo que hacemos aqu¨ª es para que las plantas tengan su familia lista para ayudarlas a crecer fuertes¡±.
"Mirella se pondr¨ªa feliz al escuchar todo esto".
"S¨ª..."
Rin, que hasta ahora se hab¨ªa mantenido callado, se apoy¨® un poco m¨¢s sobre el mango del azad¨®n, claramente curioso.
"?C¨®mo sabes todo eso, Luciano? Lo dices como si lo hubieras visto todo antes".
Su pregunta no me agarr¨® desprevenido. De hecho, ¨²ltimamente tengo en cuenta que este tipo de preguntas pueden llegar a surgir, as¨ª que tengo una historia inventada para cada cosa nueva.
"Bueno, no es que sea un experto ni nada", empec¨¦, tratando de sonar casual.
"Pero hace tiempo, cuando estaba explorando con Mirella, pas¨® algo que me dej¨® pensando".
La mirada de Rin era expectante, como si intentara analizar si mi historia era real.
No s¨¦ por qu¨¦, pero me sent¨¦ con las piernas cruzadas sobre el suelo, como si ese gesto me ayudara a generar m¨¢s confianza.
"Resulta que un d¨ªa estaba comiendo una fruta en el bosque... una mandarina que estaba especialmente jugosa".
Me inclin¨¦ un poco hacia adelante, bajando la voz como si fuera a contar un secreto.
"Mientras caminaba", hice el movimiento de avanzar con dos dedos de la mano, "se me cay¨® una de las semillas sin darme cuenta. No le prest¨¦ atenci¨®n y segu¨ª mi camino, obviamente".
Me levant¨¦, intentando desviar un poco la atenci¨®n con mis movimientos.
"Despu¨¦s de un tiempo, cuando pas¨¦ por ese mismo lugar mucho tiempo m¨¢s tarde, me encontr¨¦ con un ¨¢rbol peque?o. Pens¨¦ que era solo una coincidencia, pero cuando me acerqu¨¦, vi que ten¨ªa el mismo tipo de frutas. Ah¨ª fue cuando me di cuenta: la semilla que hab¨ªa dejado atr¨¢s hab¨ªa crecido y se hab¨ªa convertido en ese ¨¢rbol".
Hice una pausa para darle dramatismo, observando sus reacciones. Tariq miraba hacia el bosque como si intentara imaginarse el proceso, mientras que Aya parec¨ªa completamente encantada con la historia. Rin, por su parte, a¨²n estaba apoyado con las manos sobre el azad¨®n, claramente analizando cada palabra.
"As¨ª que, t¨¦cnicamente, no hay mucho m¨¢s que eso", a?ad¨ª, tratando de sonar humilde.
"Pero vi que funcionaba. Y si un ¨¢rbol puede crecer de esa forma, estoy seguro de que podemos hacerlo con otras plantas tambi¨¦n, como la roclora".
Rin finalmente asinti¨®, aunque parec¨ªa seguir un poco esc¨¦ptico.
"Hmm. Supongo que tiene sentido. Aunque parece que se necesita mucha paciencia".
"S¨ª. Cultivar cosas no es r¨¢pido, pero vale la pena. Imaginate tener comida a mano sin tener que ir a buscar lejos. Podr¨ªa cambiar muchas cosas".
Aya se?al¨® el suelo bajo nuestros pies.
"?Entonces vamos a poner la semilla?"
De pronto, Tariq la tir¨® al suelo.
"Listo".
Sacud¨ª las manos de un lado a otro.
"No, no, no. Recuerden que primero hay que preparar el suelo".
"Ahhh..."
"Para eso los traje ac¨¢. Ustedes son los que m¨¢s me pueden ayudar con su fuerza f¨ªsica".
Tom¨¦ uno de los tres azadones.
"Esto se hace... ?As¨ª!" Elev¨¦ mi tono de voz cuando clav¨¦ el filo contra la tierra, llev¨¢ndose un poco de pasto consigo.
"Bueno, m¨¢s o menos es la idea... Hay que romper todo el suelo de esa forma".
Tom¨¦ el azad¨®n m¨¢s firme esta vez y comenc¨¦ a romper la tierra con movimientos controlados y no muy fuertes. La herramienta funcionaba sorprendentemente bien; la tierra h¨²meda se deshac¨ªa con relativa facilidad, dejando un terreno m¨¢s uniforme. Los dem¨¢s me miraban con atenci¨®n, y despu¨¦s de un par de golpes, Rin tom¨® su propio azad¨®n y comenz¨® a imitar mis movimientos. Su t¨¦cnica era m¨¢s brusca, pero eficiente.
"Eso es, pap¨¢. No te preocupes si no es perfecto. Lo importante es que el suelo quede suelto".
Tariq tambi¨¦n se uni¨®. Cada vez que golpeaba el suelo, miraba alrededor como si esperara que algo interesante ocurriera de inmediato.
Aya, en cambio, estaba m¨¢s interesada en el rastrillo.
"?Puedo usar esto?" Pregunt¨®, ya sosteni¨¦ndolo con ambas manos.
"Eso va al ¨²ltimo, primero us¨¢ esto".
Le entregu¨¦ mi azad¨®n en intercambio por el rastrillo.
Aya tom¨® el azad¨®n con firmeza, como si temiera que la herramienta se le escapara de las manos.
Ella comenz¨® a trabajar con movimientos delicados, casi elegantes, aunque no tan efectivos como los de Rin o Tariq. Su yukata blanco se agitaba ligeramente mientras levantaba y bajaba el azad¨®n, y su expresi¨®n era de concentraci¨®n absoluta.
¡°?As¨ª est¨¢ bien?¡± Pregunt¨®, levantando la vista hacia m¨ª con un ligero movimiento de sus orejas blancas.
"Est¨¢s mejorando, pero no tengas miedo de golpear m¨¢s fuerte. Esto no se trata de ser sutil, Aya. Necesitamos que la tierra se rompa bien".
"Lo intentar¨¦, pero no s¨¦ si tengo la fuerza suficiente para esto..."
?Que no va a tener fuerza suficiente? Pfff... No se da cuenta de que es la m¨¢s fuerte del grupo.
"Imaginate que en este momento los gnomos est¨¢n ah¨ª abajo y vos ten¨¦s la oportunidad de..."
De pronto ella levant¨® la herramienta hacia arriba y la baj¨® con todo. El golpe fue tan fuerte que toda la tierra blanda salt¨® contra ella.
"Creo que Aya se pas¨® un poquito", coment¨® Rin.
Sus orejas blancas se hicieron hacia atr¨¢s, y sus labios se curvaron en una sonrisa.
"Eso estuvo mejor, ?no?" Dijo mientras se limpiaba con el dorso de la mano un poco de barro que hab¨ªa salpicado en su mejilla. Su yukata blanco ya no estaba tan impecable; ten¨ªa manchas de tierra h¨²meda junto con pasto en las mangas y en el dobladillo.
"Mejor que antes, eso seguro", respond¨ª, intentando contener una sonrisa.
"Aunque creo que ahora la tierra est¨¢ m¨¢s en tu ropa que en el suelo".
"?Eso no importa!"
Aya levant¨® el ment¨®n, inflando ligeramente el pecho.
"Si romper la tierra de esta manera es lo que se necesita, seguir¨¦ haci¨¦ndolo. ?Me acostumbrar¨¦!"
?Se emocion¨® o se enoj¨® por el ejemplo que puse?
"Est¨¢ bien, sigan trabajando duro".
Me qued¨¦ apoyado con el ment¨®n sobre el mango del rastrillo.
El sol estaba alto en el cielo, y el calor empezaba a hacerse sentir. La luz se reflejaba en la piel blanca de Aya y en su cabello, haciendo que pareciera brillar. El sudor le perlaba la frente, y el yukata comenzaba a pegarse a su figura. Pero ella no se detuvo.
"Luciano, ?qu¨¦ miras?" Su voz me sac¨® de mis pensamientos.
Me di cuenta de que hab¨ªa estado observ¨¢ndola fijamente, quiz¨¢s por demasiado tiempo.
"Solo me aseguro de que no te vayas a rendir. Aunque parece que vas a necesitar un ba?o despu¨¦s de esto".
Ella se detuvo un momento, apoyando el azad¨®n en el suelo, y me mir¨® directamente.
"No me voy a rendir. Puedo con esto, aunque me ensucie todo el cuerpo. ?O acaso dudas de m¨ª?"
"No, no dudo. Pero tampoco me sorprender¨ªa que terminaras cubri¨¦ndote de tierra de pies a cabeza a este ritmo", brome¨¦.
"Entonces, cuando termine de usar el azzz... azadad..." Se trab¨®.
"Simplemente me lavar¨¦ en el arroyo. No ser¨¢ la primera vez que me ensucio tanto".
Volvi¨® a levantar la herramienta primitiva con renovado entusiasmo.
"Se dice azad¨®n".
"S¨ª, eso..."
Mientras tanto, me puse a sacar algunas semillas de las bayas.
Al rato, Rin se tom¨® un descanso y se puso a mi lado.
"Luciano, ?no crees que esta ser¨ªa una buena cosa para salir a recolectar comida?"
?Acaso ¨¦l estaba comenzando a verle una segunda utilidad a las cosas?
"?Y exactamente c¨®mo te la imagin¨¢s us¨¢ndola?"
"Bueno, eh... Me imagino que podr¨ªa llegar a romper cosas, como las ramas donde est¨¢n las mandarinas".
Je.
"Entonces hacelo".
"?Entonces esta cosa es m¨ªa ahora?"
"S¨ª".
"?Y puedo probar eso ahora?"
"No, porque no terminamos".
"Lo har¨¦ despu¨¦s. Ir¨¦ con Rundia".
"?Creo que ya casi terminamos esta parte!" Exclam¨® Tariq, enderez¨¢ndose con una mueca de satisfacci¨®n y sec¨¢ndose la frente con el brazo.
"Muy bien, Tariq", contest¨® Rn mientras se acercaba a ver el terreno.
"Parece que ya est¨¢".
"Luciano", dijo Aya de repente, levantando la vista hacia m¨ª luego de haber clavado el filo del azad¨®n contra la tierra arrasada.
"?Qu¨¦ sigue despu¨¦s de esto? ?Hay m¨¢s cosas m¨¢gicas que nos ense?es a usar?"
"Primero, Aya, no son m¨¢gicas solo por haberlas creado con magia. Y segundo, despu¨¦s de romper la tierra, tenemos que quitar el pasto sobrante y nivelar el suelo. Para eso se usa esto".
Levant¨¦ el rastrillo que estaba apoyado contra mi pierna y lo gir¨¦ para mostr¨¢rselo.
"Rast... rasti..."
Aya entrecerr¨® los ojos, luchando con la palabra.
Por alguna raz¨®n, a ella le costaba pronunciar una palabra nueva por primera vez a pesar de tener una buena memoria.
"Rastrillo", la correg¨ª, intentando mantenerme serio.
"Eso mismo. ?C¨®mo funciona?"
"F¨¢cil", respond¨ª mientras le hac¨ªa se?as para que se acercara.
"Sostenelo de esta forma, con ambas manos, y lo arrastr¨¢s por el suelo hacia vos. La idea es que juntes lo que sobra, como el pasto o las piedras, y al mismo tiempo, nivel¨¢s la tierra para que quede m¨¢s lisa".
Aya dej¨® el azad¨®n con cuidado y se coloc¨® frente a m¨ª. Tom¨® el rastrillo, imitando mis movimientos mientras yo le mostraba c¨®mo usarlo. Sus manos eran firmes, pero hab¨ªa algo torpe en sus gestos, como si la herramienta estuviera en conflicto con su elegancia natural.
"?As¨ª est¨¢ bien?" Pregunt¨® despu¨¦s de un par de intentos, gir¨¢ndose para mirarme.
"Vas bien, pero movelo con m¨¢s fluidez, no lo levantes tanto del suelo".
Me coloqu¨¦ a su lado y agarr¨¦ el mango junto a sus manos para guiarla.
"Mir¨¢, hacelo as¨ª..."
Aya asinti¨® y sus orejas se movieron ligeramente hacia los costados.
If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.Ella sigui¨® mis indicaciones, esta vez con m¨¢s precisi¨®n. Poco a poco, el suelo comenz¨® a lucir m¨¢s limpio y parejo.
"Estas cosas son geniales", coment¨® Tariq mientras quitaba el azad¨®n que Aya hab¨ªa dejado clavado.
"?Ya entiendo!" Exclam¨® la mujer zorro y me apart¨® con suavidad para seguir haci¨¦ndolo sola.
"Esto es incluso m¨¢s f¨¢cil que el azad¨®n".
Cuando finalmente terminamos, el ¨¢rea luc¨ªa mucho mejor. Hab¨ªamos removido las malas hierbas y el suelo estaba listo para plantar lo que fuera que decidiera crecer ah¨ª.
Aya dej¨® el rastrillo tirado en el piso y se sacudi¨® las manos. Su yukata estaba completamente cubierto de tierra, y un pedazo de pasto hab¨ªa quedado atrapado en su cabello blanco.
"Voy a lavarme al arroyo", anunci¨®, sacudi¨¦ndose un poco m¨¢s.
"?Pero no vas a quedarte para poner las semillas?"
"?Ah, cierto!"
Recog¨ª las semillas que hab¨ªa estado separando: cinco de las rojas y cinco de las moradas.
"Miren, s¨¦ que les debe parecer un poco absurdo el querer tener bayas que dicen no ser comestibles, pero, como siempre les digo, hay una segunda utilidad para todas las cosas".
"?Quieres copiar a los... gnomos?" Pregunt¨® Aya con un tono no muy amigable.
"S¨ª", respond¨ª y mir¨¦ a los otros dos.
"Los gnomos nos mostraron que ellos usan el jugo de las bayas para darle color a las cosas. Por ejemplo, ellos le dieron color a parte de su ropa de color rojo. Eso se llama pintar... Me lo dijeron ellos".
Antes de que pudiera responder, Aya se dio media vuelta. Sus colas blancas se mov¨ªan de manera err¨¢tica.
"Creo que ser¨¢ mejor que me vaya al arroyo".
"Pero Aya..."
Su andar fue tan r¨¢pido que ya se hab¨ªa metido al bosque antes de que pudiera formar una frase.
"?Hay alg¨²n problema con ella?" Pregunt¨® Rin.
"Me equivoqu¨¦ al hablar sobre los gnomos. A ella no le cae bien".
"Ah, los gnomos... Hace mucho tiempo que no los veo".
"Ellos destruyeron la cueva de mi familia", acot¨® Tariq.
"Eso me dijeron mis hermanos".
"S¨ª... Los gnomos tuvieron un momento donde eran un poco molestos".
Nos quedamos unos segundos en silencio en donde yo no sab¨ªa si ir a buscar a Aya o seguir.
"Pero no se preocupen por eso ahora, vamos a ponernos con las semillas".
Las sostuve en mis manos unos segundos antes de repartirlas entre Rin y Tariq. La tensi¨®n en el ambiente por la reacci¨®n de Aya todav¨ªa estaba presente, pero trat¨¦ de enfocarme en la tarea.
"Vamos a hacer esto bien", dije, se?alando el terreno ya limpio.
"Las semillas para las bayas rojas, que son las que ten¨¦s vos, pap¨¢, las plantamos en esta fila de ac¨¢, y las moradas en la siguiente, dejando algo de espacio entre cada semilla. No queremos que se estorben cuando crezcan".
Tariq asinti¨®, inclin¨¢ndose hacia adelante con una sonrisa ansiosa.
"?Cu¨¢nto espacio dejamos entre una y otra?"
"Unos dos pasos entre cada una deber¨ªan ser suficientes. Despu¨¦s, las cubrimos con tierra".
Rin examin¨® las semillas que le hab¨ªa entregado, rod¨¢ndolas entre sus dedos con cuidado.
"?Y estas bayas¡ cu¨¢nto tiempo tardar¨¢n en crecer?"
"Perd¨®n, pero no tengo idea de eso".
"Ah... No hay problema".
Me agach¨¦ al costado de la tierra que hab¨ªamos preparado.
"Hagan un huequito en el suelo con un dedo y pongan la semilla dentro", dije mientras segu¨ªa los pasos de mis palabras.
Tariq empez¨® a imitarme, usando sus dedos para cavar en la fila asignada a las semillas de las bayas moradas. Luego dio dos pasos e hizo otro hueco en el suelo.
Cuando terminamos de plantar las semillas, me enderec¨¦ y sacud¨ª las manos para quitarme la tierra. Tariq y Rin estaban agachados, terminando de tapar las semillas por encima. El terreno empezaba a tomar forma, y no pude evitar sentir una leve satisfacci¨®n al ver lo que hab¨ªamos hecho. Aunque esto no era m¨¢s que el inicio, y era muy peque?o, al menos era un paso hacia un futuro m¨¢s organizado para nosotros.
"Bien, creo que eso es todo por hoy", dije mientras observaba el trabajo terminado.
"Solo queda esperar a ver si estas cosas deciden crecer".
Tariq se ve¨ªa algo dubitativo.
"?No falta por hacer algo m¨¢s?"
"S¨ª, el agua, pero la tierra ya est¨¢ bastante h¨²meda como para que la mojemos m¨¢s".
"?Y eso ser¨ªa malo?"
"S¨ª".
"?Y no vamos a poner semillas de mandarina?" Pregunt¨® Rin.
"Es una opci¨®n, pero como crecen en ¨¢rboles, ser¨ªa un poco complicado. Por el espacio digo".
"Est¨¢ bien. Yo voy a buscar a Rundia, as¨ª pruebo eso que te dije".
Tomando el azad¨®n entre sus manos, pas¨® por mi lado.
"?T¨² qu¨¦ vas a hacer?"
"Voy a ver que Aya no se haya enfadado conmigo".
"Pero ella siempre nos dice que se lava sola".
"Pero esto es algo importante. Solo vamos a hablar y aclarar las cosas".
Lo bueno era que en este mundo a la gente no le importaba si la ve¨ªan desnuda o no.
"Est¨¢ bien, pero no est¨¦s tanto tiempo solo, ?s¨ª?"
"S¨ª, pap¨¢".
Me desped¨ª de Tariq, acomod¨¦ un poco las tres herramientas que quedaron junto al recipiente de arcilla y tom¨¦ el mismo camino que Aya.
Hab¨ªa sentido su reacci¨®n cuando habl¨¦ de los gnomos, c¨®mo su rostro hab¨ªa cambiado, tenso y distante. Algo en mi interior me dec¨ªa que no pod¨ªa dejar esto as¨ª. Ten¨ªa que asegurarme de que estuviera bien, aunque no tuviera idea de c¨®mo abordarla.
Aya ten¨ªa un o¨ªdo fino y un olfato mucho m¨¢s desarrollado que cualquiera de nosotros. No hab¨ªa forma de que no supiera que me acercaba.
Entonces la vi de espaldas a m¨ª, sentada con las piernas sobre el agua del arroyo. Su yukata, siempre impecable y ajustado, colgaba de una rama cercana, dejando su cuerpo completamente desnudo bajo la luz tenue que se filtraba entre las hojas.
Era la primera vez que ve¨ªa toda su piel al descubierto, tan p¨¢lida y lisa, como si fuera de porcelana. Las cinco colas que normalmente adornaban su figura ni siquiera se mov¨ªan.
"Luciano", dijo, sin siquiera voltear. Su voz era tranquila, casi como si hubiera estado esper¨¢ndome.
"Perd¨®n por venir a molestarte. No quer¨ªa que est¨¦s enojada conmigo", respond¨ª mientras avanzaba hacia ella a trav¨¦s de la hierba alta.
Aya se gir¨® ligeramente, lo suficiente para que pudiera ver el perfil de su rostro. Una sonrisa apenas perceptible curv¨® sus labios.
"Con tu aroma, es imposible no saberlo...
Y no estoy enojada contigo".
Me arrodill¨¦ a unos metros detr¨¢s de ella, poniendo mis manos cerradas sobre mis muslos.
"?Entonces est¨¢s enojada con los gnomos?"
Las gotas de agua en su piel brillaban a la luz del sol, resbalando lentamente por su espalda.
"Un poco s¨ª. Aunque bueno, esa es solo una parte de lo que me hizo estar molesta".
Aya se gir¨® completamente hacia m¨ª, aunque sus colas hicieron un movimiento r¨¢pido, cubriendo estrat¨¦gicamente partes de su cuerpo.
"Cada vez que recuerdo el santuario, me acuerdo de lo sola que estaba en ese tiempo".
?Entonces no tiene tan buenos recuerdos de ese lugar?
"Lo entiendo", respond¨ª, mi voz m¨¢s baja de lo habitual.
"Debi¨® ser muy dif¨ªcil para vos estar ah¨ª todo ese tiempo... sola".
Aya suspir¨®, alzando una mano para apartar un mech¨®n de su cabello blanco que ca¨ªa sobre su rostro.
"Ah¨ª vienen Mirella y las dem¨¢s..." Comenz¨® diciendo, se?alando a su derecha.
"Por favor, no quiero que me vean as¨ª".
"Est¨¢ bien", respond¨ª mientras me levantaba r¨¢pidamente.
"Por cierto, no quiero que pienses que vine a espiarte".
"Claro que no".
"Nos vemos m¨¢s tarde".
Me acerqu¨¦ a la direcci¨®n que Aya hab¨ªa se?alado, procurando hacer ruido para que Mirella y las gemelas notaran mi presencia antes de llegar al arroyo. Al verlas aproximarse, levant¨¦ una mano en se?al de saludo y me dirig¨ª hacia ellas con una sonrisa.
"?Hola! ?C¨®mo est¨¢n? Justo ven¨ªa a buscarlas", improvis¨¦, intentando desviar su atenci¨®n.
Mirella me mir¨® con curiosidad.
"?Ah, s¨ª? ?Para qu¨¦?"
"Quiero mostrarles c¨®mo plantamos las semillas".
"?Eso que quer¨ªas hacer sin m¨ª?"
"Vamos, Mirella..."
"?Era una broma!"
Se puso a re¨ªr forzadamente mientras las gemelas la miraban con cara extra?a.
Lo bueno es que despu¨¦s de eso Aya volvi¨® a la normalidad.
***
Los d¨ªas siguientes transcurrieron con una rutina que, aunque algo mon¨®tona, nos brindaba una sensaci¨®n de estabilidad.
El primer mes, la peque?a huerta que hab¨ªamos iniciado comenz¨® a mostrar signos de vida. Las primeras semanas fueron de incertidumbre, pero pronto vimos brotes verdes asomando t¨ªmidamente a trav¨¦s de la tierra oscura.
Cada ma?ana, despu¨¦s de desayunar algunas frutas con los dem¨¢s, me dirig¨ªa a la huerta para inspeccionar el progreso. Observaba c¨®mo las plantas crec¨ªan, algunas m¨¢s r¨¢pido que otras, y tomaba nota mental de sus avances. La satisfacci¨®n de verlas desarrollarse era indescriptible; en medio de la adversidad, hab¨ªamos logrado crear algo con nuestras propias manos.
Mand¨¦ a Tariq, Rin, Rundia y Mirella a buscar m¨¢s cosas por los alrededores, especialmente semillas o frutos a los cuales no hayan prestado atenci¨®n antes. Hasta ahora no hab¨ªan tra¨ªdo nada diferente, pero el simple hecho de explorar de ese modo nos manten¨ªa activos.
Poco despu¨¦s, el segundo grupo de investigaci¨®n fue formado por Anya y Aya, las cuales s¨ª tuvieron ¨¦xito. No me sorprendi¨®, ya que Anya era de las que m¨¢s conoc¨ªa c¨®mo moverse por esta zona.
Lo que encontraron fueron tomates, pero no de esos que tienen forma aplastada como una mandarina, sino que estos eran los ovalados, los tomates perita.
Despu¨¦s de examinarlos con cuidado y probar un peque?o mordisco, confirm¨¦ que eran comestibles, como en mi anterior mundo.
¡°Vamos a plantar estas semillas tambi¨¦n. Podr¨ªan ser nuestra primera gran adici¨®n¡±.
C¨®mo me encantar¨ªa tener sal...
Samira y Suminia los estaban tocando con un dedo. Ellas no participaban tanto de las plantaciones, ya que sol¨ªan estar cazando, pero les llamaba mucho la atenci¨®n el tener nuevas comidas.
Todav¨ªa recuerdo que hace unos a?os ellas excavaban la tierra en busca de lombrices.
"Yo una vez vi algo as¨ª, pero pens¨¦ que eran las bayas rojas", coment¨® Samira.
Esta vez le toc¨® a Aya plantar las semillas de tomate. Decidimos que empezar con diez era mejor.
***
El tiempo pas¨® r¨¢pido, y las plantas comenzaron a mostrar los primeros signos de vida al segundo mes. Los arbustos de bayas crec¨ªan robustos y erguidos, como si quisieran imitar a un pino. Era un espect¨¢culo esperanzador. Las bayas, parec¨ªan m¨¢s cercanas a convertirse en una realidad que a un simple experimento. Sin embargo, los tomates... bueno, ellos a¨²n se resist¨ªan. No hab¨ªa se?ales de brotes, y cada vez que revisaba la parcela, me encontraba con la misma tierra desnuda y aparentemente inm¨®vil.
Suspir¨¦, mirando el lugar donde los hab¨ªa sembrado. ?Habr¨¦ hecho algo mal? Me pregunt¨¦ mientras revolv¨ªa la tierra ligeramente con un palo para airearla un poco. A pesar de mis conocimientos del viejo mundo, la pr¨¢ctica aqu¨ª era una historia diferente.
Fue entonces cuando Rin se me acerc¨®, con el azad¨®n al hombro.
"Luciano, creo que el azad¨®n no sirve para recolectar frutas. Ya intent¨¦ muchas veces, pero termino haciendo un desastre y algunas mandarinas se rompen".
A pesar de que no pensaba que en este momento me dijera eso, me hizo acordar que todav¨ªa no hab¨ªa empezado a hacerles crear sus propias herramientas primitivas.
"Pap¨¢, tal vez necesites una cosa diferente para eso. No te preocupes, ya voy a ver qu¨¦ hago".
"Est¨¢ bien", respondi¨® mientras dejaba la herramienta en el suelo.
"?Y c¨®mo van los tomates? Estaban ricos los que comimos".
"Se ve que les falta un poco de tiempo".
"Bueno, av¨ªsame si necesitas m¨¢s ayuda con eso... ¨²ltimamente tengo bastante tiempo libre".
"S¨ª, yo te aviso cualquier cosa".
Hoy deb¨ªa ense?ar a Tariq a fabricar armas primitivas. No pod¨ªa postergarlo m¨¢s. En un mundo como este, depender exclusivamente de herramientas hechas por m¨ª no era suficiente. Necesit¨¢bamos algo m¨¢s... primitivo, algo que saliera hecho de sus propias manos, como los recipientes hechos de arcilla.
Por cierto, mi mam¨¢ se puso a crear floreros de arcilla que puso en su cuarto. Le dije que podr¨ªamos pintarlo con las bayas y ella me dijo que lo hagamos juntos, as¨ª que tengo eso pendiente.
Esa misma tarde, junto a Mirella, fui a buscar a Tariq. Lo encontr¨¦ sentado en la costa, limpiando unas pieles. Su mirada era distante, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos. Me acerqu¨¦ con un saludo.
"Tariq, ?ten¨¦s un momento?"
¨¦l levant¨® la vista, parpadeando un par de veces antes de asentir.
"Claro, ?qu¨¦ necesitas, Luciano?"
¨¦l se qued¨® mirando las tres cosas que tra¨ªa en mi mano.
Mientras Mirella se puso a flotar sobre el agua, me sent¨¦ junto a mi vecino.
"Pens¨¦ que tal vez te gustar¨ªa empezar a crear cosas para cazar. Como las que yo hago con magia".
"?Con arcilla?"
"?Claro que no!" Grit¨® Mirella mientras se re¨ªa y nos tiraba algunas gotitas de agua con sus pies.
"?Y entonces c¨®mo las voy a hacer?"
¨¦l dej¨® las pieles a un lado.
"Con madera, piedra y enredaderas", respond¨ª.
"Quiero que aprendamos todos a fabricar un hacha. Esto", le mostr¨¦ una piedra que hab¨ªa tra¨ªdo junto a m¨ª, "ser¨¢ el filo. Solo necesitamos un buen palo como este", le mostr¨¦ un palo grueso que tra¨ªa en mi otra mano, "y m¨¢s o menos estar¨ªa listo, terminando en algo parecido a esto".
Un¨ª las dos cosas con magia, formando un hacha.
"Un hacha sirve para cortar cosas... Como madera, principalmente".
Sin pedir permiso, ¨¦l la tom¨® del mango.
"?No era para cazar?"
"Tambi¨¦n pod¨¦s cortar carne".
"Pero no parece muy grande".
"?Solo hazle caso!" Volvi¨® a gritar Mirella.
"Bueno, supongo que ustedes tienen raz¨®n. Por lo general, las cosas que Luciano hace salen bien", respondi¨® mientras me la devolv¨ªa.
Con una sonrisa de complicidad, desarm¨¦ el hacha que hab¨ªa formado con magia. La piedra cay¨® al suelo, mientras que el palo qued¨® desnudo en mis manos. Era importante que Tariq aprendiera desde cero, sin depender de mis habilidades m¨¢gicas.
Luego, ¨¦l expandir¨ªa sus conocimientos hacia los dem¨¢s.
¡°Vamos a hacerlo como se debe¡±, dije, recogiendo la piedra.
¡°Lo primero que hay que hacer es elegir una piedra con punta, como esta. Tiene que ser resistente, no cualquier piedra sirve¡±, expliqu¨¦, sosteniendo la piedra frente a ¨¦l.
¡°Despu¨¦s, el palo debe ser grueso, pero lo suficientemente ligero para manejarlo sin problemas. Este que traje funciona bien".
¨¦l lo examin¨®, pas¨¢ndolo de una mano a otra, como si intentara sentir su peso y equilibrio. Asinti¨® lentamente.
¡°?Y luego qu¨¦?¡± Pregunt¨® y me lo devolvi¨®.
"Tenemos que meter la parte con punta de la piedra contra el palo", contest¨¦ mientras se?alaba la parte puntiaguda de la piedra.
Puse el palo en la arena y lo sostuve con mis dos pies, uno de cada lado. Luego de eso pens¨¦ en empotrarla con toda contra el palo, pero ser¨ªa un poco peligroso para que los dem¨¢s lo replicaran, as¨ª que con magia extraje un poco de piedra de debajo del suelo.
"?Wow!" Exclam¨® Mirella.
"?Cierto que Luciano es incre¨ªble, Tariq?"
"Uhmmm..."
"?Di que s¨ª!"
"Bueno, es que todav¨ªa no lo vi cazar".
Antes de que Mirella le respondiera, hice ruido golpeando varias veces una piedra contra la otra, para as¨ª clavarla contra el palo.
"Listo... Deber¨ªa quedar algo as¨ª".
"A ver..."
Tariq quiso sacarme el hacha, pero la sostuve fuertemente.
¡°Esperate, todav¨ªa no est¨¢. Luego de esto viene la parte importante: asegurarse de que la piedra quede fija al palo. Usamos enredaderas para eso. Mir¨¢, hay que enrollarlas en forma de ¡®X¡¯ alrededor de la uni¨®n¡±.
Tom¨¦ del suelo una de las enredaderas que hab¨ªa tra¨ªdo.
¡°Hay que tensarla bien, porque si queda floja, se va a desprender en el primer golpe¡±.
"?Qu¨¦ es equis?"
Mierda, no me hab¨ªa dado cuenta de eso. Al menos ahora s¨¦ que no saben las letras.
"Eh... Es una forma de decir que tengo yo".
"?Y c¨®mo se hace? Quiero que lo hagas t¨² primero para verlo".
"As¨ª, mir¨¢".
Comenc¨¦ a pasar la enredadera por las esquinas opuestas que se formaban entre piedra y madera. Luego de varias vueltas, la cort¨¦ con los dientes y volv¨ª a hacer lo mismo con el otro lado, quedando los dos tramos de enredaderas en perpendicular.
"Listo. Ahora es tu turno de probarla".
"?Y para qu¨¦ era que serv¨ªa?"
"Para cortar cosas. Ahora podr¨ªamos probar con madera".
"Est¨¢ bien".
Tariq tom¨® el hacha con cierta curiosidad, gir¨¢ndola entre sus manos para examinarla.
Se par¨®, dejando atr¨¢s las pieles que estaba limpiando antes de que lleg¨¢ramos, y se enfoc¨® en un ¨¢rbol cercano. Camin¨® hacia ¨¦l y eligi¨® una rama baja y seca como objetivo.
"?Crees que esto aguante?" Pregunt¨®, colocando el filo de la piedra contra la madera.
"?Y as¨ª est¨¢ bien?"
"Deber¨ªa. Dale con confianza que as¨ª est¨¢ bien".
"?Vamos!" Apoy¨® Mirella.
¨¦l respir¨® profundo y alz¨® el hacha sobre su hombro. Con un movimiento decidido, la hizo descender hacia la rama. El impacto produjo un ruido, y aunque no la cort¨® por completo en el primer golpe, la madera mostr¨® una hendidura clara. Tariq sonri¨® por primera vez en todo el rato.
"?Funciona!" Exclam¨®, golpeando de nuevo. Esta vez, la rama cedi¨® y cay¨® al suelo.
"?Viste? No necesit¨¢s magia para crear herramientas ¨²tiles".
"?Luciano es el mejor!"
Tariq asinti¨®, mirando el hacha con un brillo nuevo en los ojos.
"Esto podr¨ªa cambiar mucho. Si hago m¨¢s, podr¨ªamos usarlas para otras cosas, como cazar... Como t¨² dijiste".
"Exacto. Pero quiero que intentes hacer una por tu cuenta. Tomate el tiempo que necesites y prob¨¢ con distintas piedras y palos. Si necesit¨¢s ayuda, pedime".
"Lo intentar¨¦".
Antes de irme, no pude evitar soltar una peque?a broma.
"Ah, y otra cosa. Esa barba te hace parecer m¨¢s viejo de lo que sos. Quiz¨¢s deber¨ªas hablar con mi padre para que te muestre c¨®mo cortarte los pelos".
¨¦l se se?al¨® el ment¨®n.
"?Hablas de esto?"
"Obvio que s¨ª. Te queda muy mal".
"Ah..."
Nos despedimos y, mientras ¨¦l se alejaba con la intenci¨®n de volver a la orilla, junto a Mirella partimos rumbo a casa. La tranquilidad del lugar me invad¨ªa, pero hab¨ªa algo...
Fue entonces cuando lo sent¨ª.
El tiempo pareci¨® detenerse. Cada sonido, cada movimiento, incluso el viento que soplaba levemente, qued¨® suspendido en el aire como si alguien hubiera pulsado un bot¨®n de pausa en el universo. Mis pies estaban fijos en el suelo... No, todav¨ªa ten¨ªa uno en el aire.
De repente, todo comenz¨® a rebobinarse. Los movimientos que hab¨ªa hecho Tariq para cortar la madera, lo que hice al atar la enredadera... Todo retrocedi¨®, todo. Mis manos repitieron las acciones al rev¨¦s con una precisi¨®n inquietante. La conversaci¨®n con Tariq se deshizo como si nunca hubiera ocurrido.
Cuando el tiempo volvi¨® a avanzar con normalidad, estaba sentado exactamente en el momento en que hab¨ªa comenzado a atar el hacha.
Un nudo se form¨® en mi est¨®mago. Sab¨ªa lo que significaba.
?Qui¨¦n hab¨ªa muerto? ?D¨®nde? ?Por qu¨¦? ?C¨®mo?
?L-Luc¨ªa...? ?Mi mam¨¢!
Cap铆tulo 44: Derrota.
Mi respiraci¨®n se aceler¨®, mi coraz¨®n palpitaba con fuerza como si quisiera salirse del pecho. El sudor, tan fr¨ªo como la par¨¢lisis del tiempo, me recorri¨® la frente mientras dejaba caer todo lo que ten¨ªa en las manos. No importaba nada m¨¢s.
Luc¨ªa... Mi mam¨¢.
Corr¨ª por la playa como un loco, sin detenerme ni un segundo a pensar en otra posibilidad. Ten¨ªa que llegar a casa. Ten¨ªa que verla, saber que estaba bien, que no hab¨ªa sido ella la que hab¨ªa muerto.
El suelo bajo mis pies parec¨ªa desmoronarse con cada paso, pero me obligu¨¦ a seguir. Mi mente estaba atrapada en un remolino de pensamientos oscuros: ?Y si esto era tan solo un juego de Sariah? No... ?Y si ella hizo reencarnar a m¨¢s gente como yo, con sus recuerdos?
Detr¨¢s de m¨ª se escuchaban gritos. No s¨¦ si eran de Tariq, de Mirella, o del que mierda fuera que estaba intentando detenerme.
La casa apareci¨® en mi campo de visi¨®n como un faro en medio de la tormenta. Sin frenar, llegu¨¦ hasta la puerta y la abr¨ª de golpe, casi arranc¨¢ndola de sus bisagras.
"??D¨®nde est¨¢ Luc¨ªa?!" Grit¨¦, con la voz rasposa por el esfuerzo y la ansiedad. Mis ojos recorrieron el interior como si buscaran una respuesta inmediata.
Aya y Anya estaban sentadas en la mesa, mir¨¢ndome con sorpresa. Aya alz¨® una ceja, dejando unas hojas a un lado, mientras que Anya dio un respingo.
"?Luciano? ?Qu¨¦ pasa contigo?" Pregunt¨® Aya, con su tono sereno habitual.
"No tengo tiempo para explicaciones. ??D¨®nde est¨¢ mi hermana?!" Insist¨ª, avanzando hacia ellas con pasos r¨¢pidos. Mi mirada se mov¨ªa fren¨¦tica entre sus rostros.
Anya se levant¨®, levantando las manos como para calmarme.
"Espera, espera, Luciano. Tus padres se la llevaron. Salieron hace un rato a buscar m¨¢s comida nueva para plantar".
"?Buscar comida...?" Repet¨ª, intentando procesar la informaci¨®n mientras mi respiraci¨®n segu¨ªa agitada.
Rin hab¨ªa dicho que ten¨ªa mucho tiempo libre...
"S¨ª, dijeron que volver¨ªan antes de que se hiciera tarde", a?adi¨® Aya, mir¨¢ndome con algo m¨¢s de seriedad.
Mi mente segu¨ªa en blanco. El rebobinado del tiempo no era algo com¨²n. De hecho, era la primera vez que lo sent¨ªa, pero sab¨ªa que significaba peligro. La calma con la que hablaban solo hac¨ªa que mi desesperaci¨®n creciera m¨¢s.
"?Qu¨¦ tan lejos fueron? ?Cu¨¢nto tiempo llevan fuera?"
Empec¨¦ a sentir peque?os golpecitos en mi espalda. Era Mirella, que estaba intentando hablarme y no me gir¨¦ a verla.
"Calma", insisti¨® Aya, poni¨¦ndose de pie con la gracia que siempre la caracterizaba. Sus orejas de zorro se movieron ligeramente mientras hablaba. "Dijeron que no se alejar¨ªan mucho, que solo ser¨ªa un rato. ?Por qu¨¦ tanta urgencia? ?Qu¨¦ est¨¢ pasando?"
"No importa. Voy a buscarlos", solt¨¦, ignorando la pregunta.
"Luciano, est¨¢s actuando raro", dijo Anya, cruz¨¢ndose de brazos.
"?Qu¨¦ te pasa? ?El tonto te hizo algo?"
Agarr¨¦ m¨¢s fuerte el picaporte mientras retroced¨ªa.
"?No se les ocurra salir de casa hasta que yo regrese! ??Me escucharon!?"
Al ver sus caras de sorpresa ante mis gritos, me di cuenta de que estaba demasiado exaltado con ellas.
"Perd¨®n... Lo que quise decir es que existe la posibilidad de que afuera sea peligroso, as¨ª que les pido que se queden dentro de la barrera. Por favor.
No se preocupen por m¨ª, Mirella me estar¨¢ cuidando, como siempre".
Con esas palabras, tranqu¨¦ la puerta m¨¢s fuerte de lo que ten¨ªa pensado y apoy¨¦ la espalda sobre ella, soltando un suspiro.
Mirella flotaba justo en frente de m¨ª. Su expresi¨®n era de preocupaci¨®n.
"Luc..."
Levant¨¦ una mano abierta, cortando sus palabras.
"S¨ª, ya s¨¦ que mi reacci¨®n de hace un rato fue extra?a. Pero sent¨ª que algo no estaba bien con Luc¨ªa, as¨ª que debemos ir a buscarla al bosque. Es urgente... ?Vendr¨¢s conmigo?"
"Sabes que yo siempre estar¨¦ a tu lado, ?verdad? Solo tienes que darme las ¨®rdenes".
"Si lo dec¨ªs de esa manera, suena extra?o".
"Solo dime y ya".
Me pas¨¦ las dos manos por la cara, de arriba abajo. Luego me acomod¨¦ mi molesto y largo pelo por detr¨¢s de la oreja.
"Est¨¢ bien... Nos vamos a meter dentro del bosque. Vos vas a ir por una direcci¨®n y yo por la otra, as¨ª dividiremos la b¨²squeda. Simplemente hay que encontrarlos y ver que est¨¦n bien, nada m¨¢s que eso".
"?Pero no iba a protegerte?"
"Vos solo haceme caso, ?s¨ª? Yo tambi¨¦n tengo magia y puedo defenderme solo".
Ella se qued¨® mir¨¢ndome por unos segundos. No sab¨ªa si esperarla o arrancar a correr ya mismo.
"?Est¨¢ bien! ?Lo haremos por Luc¨ªa!"
Sin dejarme responderle, se fue a toda velocidad hacia la izquierda, donde estaba Tariq parado en medio de la playa.
Le dijo algo de cerca y se meti¨® de lleno en el bosque.
¨¦l se fue rumbo a su casa cargando lo que todav¨ªa era un hacha a medio terminar. Luego debo disculparme.
El bosque estaba ah¨ª, en frente de m¨ª, y me envolvi¨® tan pronto como cruc¨¦ su umbral. Pude sentir la mirada de Aya y Anya mir¨¢ndome por la ventana, pero no volte¨¦ a verlas. No pod¨ªa detenerme, ni siquiera para pensar con claridad. Mis pasos eran r¨¢pidos y ruidosos, aplastando ramas secas y hojas ca¨ªdas con cada zancada.
En este momento agradec¨ª el haberme hecho un calzado.
Mientras avanzaba, me empec¨¦ a autoconvencer de que Luc¨ªa no podr¨ªa haber sido la que muriera. Ella era inteligente y estaba siendo cuidada por mis dos padres en este mundo, aquellos que han sobrevivido a?os enteros cazando por su cuenta. No caer¨ªan ahora, menos teniendo armas m¨¢s avanzadas que en aquella ¨¦poca.
Cada ¨¢rbol, cada roca cubierta de musgo, cada sombra parec¨ªa igual a la anterior. Mi respiraci¨®n era un caos, profunda y err¨¢tica, como si mis pulmones no pudieran decidir si necesitaban m¨¢s aire o si quer¨ªan colapsar.
?Y si Sariah eligi¨® a alguien m¨¢s para lograr su objetivo? No... No, no puede ser.
Pero... ?Y si ella piensa que yo estoy avanzando demasiado lento?
?Por qu¨¦ siento este sentimiento extra?o en este momento?
La pregunta me golpe¨® tan fuerte como una rama que no vi venir, rasgu?¨¢ndome la frente. Me llev¨¦ la mano al corte, pero no me detuve. Algo en mi interior ard¨ªa, un sentimiento que no lograba comprender del todo. Era como si... como si tuviera miedo de ser reemplazado.
?Reemplazado? ?Por qu¨¦? No soy el ¨²nico que Sariah pudo haber elegido, eso ya lo sab¨ªa... pero... ?Por qu¨¦ me duele pensar en eso?
La idea de que otra persona pudiera ocupar mi lugar, pudiera ser especial para ella o para los dem¨¢s como lo era yo, me carcom¨ªa. No ten¨ªa sentido. Era rid¨ªculo. ?Acaso eran celos?
El pensamiento me hizo tropezar, literalmente. Una ra¨ªz sobresaliente atrap¨® mi pie, y antes de darme cuenta, estaba en el suelo. Mi cara choc¨® contra la tierra h¨²meda, y sent¨ª el sabor feo del barro en mi boca.
Me qued¨¦ ah¨ª por un momento, con los brazos extendidos y la frente contra el suelo, mientras mi pecho sub¨ªa y bajaba con violencia.
?Celos...? ?De qu¨¦? ?De alguien que ni siquiera s¨¦ si existe? ?De alguien que podr¨ªa haber sido elegido por Sariah?
Me empuj¨¦ para sentarme y quitarme el barro de la cara, apoyando la espalda contra un ¨¢rbol cercano. Mi coraz¨®n segu¨ªa martillando dentro de mi pecho, y no pod¨ªa decir si era por el esfuerzo f¨ªsico o por las emociones que me invad¨ªan.
Luc¨ªa es especial tambi¨¦n, lo s¨¦. Pero... ?Y si no es ella? ?Y si alguien m¨¢s fue elegido y yo simplemente fui... una opci¨®n temporal?
El nudo en mi est¨®mago se apret¨® a¨²n m¨¢s. No ten¨ªa sentido. Sariah me eligi¨® por una raz¨®n. Tengo un prop¨®sito aqu¨ª. Pero... ?Qu¨¦ pasa si alguien m¨¢s puede hacerlo mejor que yo? Alguien m¨¢s capacitado, alguien m¨¢s capaz, alguien con m¨¢s experiencia en la vida.
No...
"?Qu¨¦ carajos me pasa?" Murmur¨¦ para m¨ª mismo.
"?Por qu¨¦ estoy pensando estas cosas? Yo soy Luciano, el que ha hecho m¨¢s de lo que cualquiera ac¨¢ hubiera imaginado. Mold¨¦ la materia con mis propias manos, salv¨¦ vidas, enfrent¨¦ a seres m¨¢gicos y tambi¨¦n me hice amigo de ellos. ?Yo constru¨ª esto!"
Y entonces me levant¨¦.
La diosa no me hizo cobarde; me dio poder, amor y dominio propio. Es por eso que seguir¨¦ luchando, por ella, por ellos... Por m¨ª.
Justo cuando di el primer paso, un sonido pesado y r¨ªtmico reson¨® a mi lado, como si algo enorme estuviera aplastando la tierra. Mi instinto me grit¨® que deb¨ªa correr, pero mis piernas se congelaron en el lugar.
"Hola".
La voz era fuerte, ronca, ¨¢spera, horrible... Pero por sobre todas las cosas, era una voz tan fuera de lo com¨²n que me hac¨ªa estremecer.
Apenas me di la vuelta, la bestia se abalanz¨® contra m¨ª y, con una fuerza abrumadora, cerr¨® sus enormes manos alrededor de mis mu?ecas y me levant¨® como si no pesara nada y me empotr¨® contra un ¨¢rbol. La presi¨®n era insoportable, sus dedos eran como grilletes de hierro caliente que me quemaban la piel. Intent¨¦ forcejear, pero no hab¨ªa escapatoria.
Cuando le vi la cara y el cuerpo, pude confirmar lo que m¨¢s me tem¨ªa: la bestia era el minotauro, el Rey Demonio.
Lo que me sosten¨ªa era una masa de m¨²sculos y furia con pelaje marr¨®n oscuro. Sus cuernos eran curvados hacia dentro y le faltaba la mitad del izquierdo.
Sus ojos, tan negros como el carb¨®n, se fijaron en m¨ª con una intensidad que me atraves¨® el alma.
"Dije hola. ?No me escuchaste?"
"?Soltame!" Grit¨¦, luchando por liberar mis brazos, pero ¨¦l simplemente me observ¨® con esa cara que se parec¨ªa a la de un toro, pero era un poco m¨¢s aplastada de lo que uno imaginar¨ªa.
Realmente daba miedo. Mucho miedo.
"?As¨ª que este eres t¨²? Desde lejos parec¨ªas m¨¢s peligroso".
"?Eh?"
"?As¨ª que t¨² eres el que va a salvar este mundo? D¨¦bil. Arrogante. Insignificante. Y encima lleno de dudas. No eres m¨¢s que un juguete para los caprichos de la est¨²pida diosa de este mundo, ?no es as¨ª?"
El aire pareci¨® congelarse a mi alrededor, al igual que mi cuerpo. Me qued¨¦ inm¨®vil, sin siquiera intentar liberarme de su agarre.
?C¨®mo sab¨ªa sobre Sariah? ?Qui¨¦n era este tipo? ?Ella lo envi¨®? ?Es posible que tambi¨¦n venga de... mi mundo?
El minotauro me sosten¨ªa con facilidad, como si no fuera m¨¢s que un mu?eco de trapo en sus manos. La presi¨®n en mis mu?ecas era insoportable, y sent¨ªa c¨®mo la corteza del ¨¢rbol detr¨¢s de m¨ª cruj¨ªa bajo la fuerza con la que me empujaba. Pero nada de eso importaba en ese momento.
"Vamos, hombrecito. Di algo, ?no? ?No estabas tan motivado antes?"
?Por qu¨¦ me daba tanto miedo? ?Era por su fuerza, por su voz, por su cara o por el hecho de que hab¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor?
Estaba claro que este tipo... Esta bestia era una creaci¨®n de Sariah, pero por alguna raz¨®n, ¨¦l estaba en contra de ella. Y como si eso fuera poco, ¨¦l sab¨ªa de su existencia. ¨¦l no cre¨ªa en un Dios llamado Ad¨¢n, como lo hac¨ªan la gente de este lugar, sino que estaba consciente de qui¨¦n era la verdadera entidad que nos observaba desde arriba.
?Y si era ¨¦l el que acababa de morir hace unos minutos? No, era imposible. No creo que hubiera alguien que pudiera hacerle frente.
"Yo... Yo no entiendo c¨®mo es que conoces a Sariah".
"?Sorprendido, hombrecito?"
Su sonrisa se torci¨®, mostrando una fila de dientes amarillentos y afilados.
"Oh, claro que lo est¨¢s. Todos los que hablan con ella deben pensar que tienen un prop¨®sito. Que son especiales. Pero la realidad es que solo son piezas desechables de alguien muy arrogante. ?O acaso crees que eres el ¨²nico al que le ofrecieron esa gran oportunidad?"
"?Qu¨¦... qu¨¦ est¨¢s diciendo?" Logr¨¦ balbucear, aunque mi voz son¨® rota.
"?Yo la rechac¨¦! ?La rechac¨¦ porque su propuesta era demasiado arrogante! ?Odio la gente que tiene el ego tan grande! ?Odio a la gente que se cree perfecta!"
No le respond¨ª. En ese momento sent¨ª que el miedo se empezaba a transformar en ira. Sent¨ª que le estaban faltando el respeto, a ella y a m¨ª.If you stumble upon this tale on Amazon, it''s taken without the author''s consent. Report it.
"No eres el primero. Ni ser¨¢s el ¨²ltimo. Esa diosa que tanto veneras... ?De verdad crees que solo tiene ojos para ti? ?Se cree superior y ni siquiera sabe qu¨¦ recuerdos dejar! ??Puedes creer que decid¨ª olvidar todo y ella se olvid¨® de borrar la charla que tuvimos!? ??Puedes creerlo!? ?La odio! ?Me gustar¨ªa poderla agarrar y hacerle as¨ª! ?As¨ª!"
¨¦l empez¨® a hacerme hacia delante y hacia atr¨¢s, golpeando todo mi cuerpo contra el tronco del ¨¢rbol.
"?As¨ª! ??Y AS¨ª!! ??Quiero matarla!! ?Quiero encerrar su alma como lo hice con todos los dem¨¢s!"
"?Ya c¨¢llate! ?Ya basta! ?No ten¨¦s idea de lo que est¨¢s hablando! ?No insultes a Sariah! ?No me insultes a m¨ª!" Grit¨¦ entre jadeos mientras mi espalda estaba siendo destruida poco a poco.
Entonces el minotauro fren¨®. Por su horrible rostro apareci¨® una mirada de enojo.
"?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? ?Acaso crees que me estoy volviendo arrogante por hacer todo esto? Pero est¨¢ bien... De cierto modo estoy siendo cobarde al hacerle esto a alguien que no puede defenderse".
¨¦l me solt¨®, y en ese momento quise usar magia para transformar algo y matarlo, pero no pude. Mis manos no respond¨ªan, no se mov¨ªan.
Cuando levant¨¦ la vista, ¨¦l se estaba yendo.
"Crece y ven a visitarme a las llamas eternas. Estar¨¦ esper¨¢ndote para encerrar tu alma y la de tus dos amigas".
Gir¨® la cabeza y me mir¨® por encima del hombro.
"Y no se te ocurra escapar, porque te buscar¨¦ y te aseguro que lamentar¨¢s haber involucrado a m¨¢s personas de las necesarias".
Me qued¨¦ ah¨ª, arrodillado en el sucio piso. Todav¨ªa temblando, pero con mucha ira contenida dentro de m¨ª. La furia me estaba carcomiendo.
"?No soy insignificante! ??Me escuchaste!? ?Yo no soy insignificante y nunca lo ser¨¦!"
No se detuvo ni un paso. Ni siquiera mir¨® hacia atr¨¢s.
"?No huyas, maldito idiota! ?Maldito idiota! ?S¨ª, sos un cobarde! ?Un cobarde que se va a morir solo, porque yo...! ?Yo...! ??Yo te matar¨¦!!"
"??Me escuchaste!? ??Me escuchaste!? ?No voy a permitir que le faltes el respeto a Sariah!"
"Y si yo no te venzo... Ella tomar¨¢ venganza... Ella..."
"?Ahhggg!"
Un sollozo escap¨® de mi garganta por un rato largo, uno que no pude detener, uno que me quebr¨®. Mis manos, que se sent¨ªan como mu?ones, cayeron al suelo mientras l¨¢grimas calientes rodaban por mis mejillas y se mezclaban con la suciedad en mi rostro.
No quer¨ªa admitirlo en voz alta, pero en ese momento me sent¨ª derrotado, humillado. Hab¨ªa perdido m¨¢s que una pelea f¨ªsica. Me hab¨ªan arrebatado mi dignidad... Un maldito minotauro.
A pesar de haber perdido contra ¨¦l, nunca me dejar¨ªa enga?ar por sus horribles palabras.
?Qu¨¦ m¨¢s da si se equivoc¨® al modificar sus recuerdos? ?Qu¨¦ m¨¢s da si se equivoc¨® al reclamar la totalidad de mi alma? Realmente eso no me importaba; no iba a cambiar la imagen que tengo de ella, porque me dio la oportunidad de seguir viviendo, una y otra vez. Y no solo eso, sino que me dio la posibilidad de poder seguir compartiendo la vida junto a mi madre, y eso lo es todo para m¨ª.
Es por eso que me levantar¨¦ a pesar de haber sido humillado y seguir¨¦ creciendo para hacerme m¨¢s fuerte. Solo as¨ª podr¨¦ hacerle frente a este mundo tan cruel que a veces me termina llevando al l¨ªmite.
Y as¨ª fue como le hice caso a mis propias palabras, levant¨¢ndome del suelo y empezando a caminar, porque todav¨ªa ten¨ªa piernas y la fuerza necesaria para hacerlo.
Termin¨¦ llegando al arroyo, y como no pod¨ªa usar mis manos, me acost¨¦ y beb¨ª tranquilamente de ¨¦l, notando c¨®mo mis heridas sanaban al instante.
"Gracias, part¨ªculas m¨¢gicas. Realmente, ustedes ya se convirtieron en el motor que hace funcionar la parte de mi vida en la que tengo que cumplir con el objetivo por el cual fui enviado con mis anteriores recuerdos. Les estar¨¦ agradecido eternamente".
En ese momento, lleg¨® Aya.
"?Luciano, aqu¨ª est¨¢s!"
"Ah... Hola, Aya", respond¨ª mientras me incorporaba hasta pararme.
"?Hay alguna novedad?"
"?Est¨¢s... bien? Bueno, s¨ª tengo algo para decirte: Luc¨ªa y tus padres est¨¢n bien. Mirella ya los encontr¨® y volvieron a casa. Solo que Mirella dijo que no pod¨ªa encontrarte por ning¨²n lado. ?Por qu¨¦ te fuiste tan lejos?"
Gracias a Sariah... Menos mal que ella est¨¢ bien.
"?Por qu¨¦ no viniste con Mirella? Si ya sab¨ªas que yo estaba ac¨¢".
"Bueno... Es que no quer¨ªa decirle eso... Ya sabes, lo del olor".
"Ah..."
"?No vas a responder lo que pregunt¨¦ antes?"
Me tocar¨¢ contar la historia a medias.
"Aya, acabo de encontrarme con el Rey Demonio y me advirti¨® que en alg¨²n momento tendr¨ªa que luchar contra ¨¦l".
Aya empez¨® a mover sus orejas de izquierda a derecha. El movimiento era tan fuerte que, desde mi posici¨®n, a unos tres metros, pod¨ªa escuchar el sonido perfectamente.
"P-Pero... ?El Rey Demonio? ?Otra vez...? ?Luchar¡?"
"S¨ª, otra vez. Ya no tengo escapatoria, Aya. O muere ¨¦l o muero yo".
"Est¨¢s bromeando, ?verdad? ?Verdad...? S-Solo es una de esas bromas que hacen los... ni?os, ?no? Como Tar¨²n, cuando..."
"No, Aya", dije, cortando sus palabras.
"Esa es la verdad... ¨¦l nos odia, es por eso que no nos quiere vivos y termin¨® encerrando a Mirella, a Forn y a otra criatura m¨¢gica que todav¨ªa no conozco".
"?Pero es peligroso! ?Nunca te permitir¨¦ ir!"
Avanc¨¦ un poco hasta mantenerme de pie frente a ella, notando c¨®mo sus orejas segu¨ªan movi¨¦ndose con fuerza, un tic que parec¨ªa intensificarse cuanto m¨¢s pensaba en mis palabras.
"La idea no es ir ahora. Debo crecer primero, hacerme m¨¢s fuerte y luego visitar las llamas eternas".
"?C¨®mo puedes decir algo as¨ª con ese tono tan... tan despreocupado? ?Es el Rey Demonio! ?Sabes lo que eso significa? ?No estamos hablando de un oso o un animal! ?Es una amenaza que supera cualquier cosa que hayamos enfrentado antes!"
"S¨ª, s¨ª, ya lo s¨¦, Aya".
Me encog¨ª de hombros mientras trataba de suavizar mi voz, como si estuviera hablando de algo banal.
"Pero, vamos, no es como si estuviera planeando ir ahora mismo con una lanza y un poco de coraje, ?verdad? Me voy a preparar. Tiempo hay de sobra".
"??Tiempo?! ??De sobra?! ?De verdad te escuchas?"
Aya dej¨® caer los brazos con fuerza, haciendo que su yukata ondeara ligeramente. Sus colas blancas se agitaban con una energ¨ªa inquieta, como si reflejaran las emociones del momento.
"?Qu¨¦ pasa si no tienes tiempo, Luciano? ?Qu¨¦ pasa si ¨¦l decide venir antes de que est¨¦s listo? ?Y si t¨²...?"
Su voz se quebr¨® en ese momento, y por un segundo, vi algo m¨¢s all¨¢ de su enfado: miedo.
"Hey..."
Me acerqu¨¦ un poco, intentando no intimidarla m¨¢s.
"Aya, entiendo lo que dec¨ªs. Pero, por eso mismo, estoy ac¨¢. Me voy a preparar y luchar¨¦ por nuestra libertad. ?Acaso no lo he hecho antes?"
Ella me mir¨® fijamente, buscando algo en mi rostro, tal vez una pizca de inseguridad que confirmara sus miedos. Pero no encontr¨® nada. Aunque, siendo sinceros, estaba m¨¢s tranquilo por fuera que por dentro. Yo tambi¨¦n ten¨ªa miedo. Sin embargo, no pod¨ªa demostrarlo en este momento. No pod¨ªa demostrarle que yo ya perd¨ª.
Sus orejas dejaron de moverse un momento, pero sus colas segu¨ªan inquietas.
"No me basta con eso, Luciano. ?Esto no es algo que puedas manejar solo! Si piensas enfrentarte a esa cosa, no lo har¨¢s sin m¨ª. ?Entendido?"
"?Qu¨¦? ?Vos tambi¨¦n vas a luchar?"
"?C-Claro...!" Titube¨®.
En ese momento, un brillo nos interrumpi¨®, y de pronto, Mirella apareci¨® volando a toda velocidad, sus alas revoloteando con intensidad.
"?Ah¨ª est¨¢s, Luciano! ?Te estuve buscando por todos lados!" Exclam¨® mientras aterrizaba suavemente sobre la cabeza de Aya, como si no se hubiera dado cuenta del remolino de emociones que ella estaba atravesando.
"?Qu¨¦ estabas haciendo aqu¨ª con Aya? ?Hablando de m¨ª a mis espaldas?"
Como era de esperarse, las dos orejas de Aya se alzaron como antenas.
"?Puedes bajarte de mi cabeza, por favor? Este no es momento para tus bromas".
"?Qu¨¦ tiene de malo mi compa?¨ªa? Adem¨¢s, est¨¢s tan tensa que siento como si estuviera parada sobre una piedra".
Aya se qued¨® inm¨®vil un momento, con los ojos entrecerrados mientras su rostro se tensaba de manera casi c¨®mica.
"?De verdad no te importa nada de lo que est¨¢ pasando, Mirella?" Aya habl¨® al fin, su voz temblorosa, claramente al borde del colapso.
"?Eh? ?De qu¨¦ hablas? Si ya est¨¢ todo bien. Ya encontr¨¦ a Luc¨ªa y todo eso".
"Mirella, por favor. Ahora pas¨® algo m¨¢s grave", dije, intentando que su discusi¨®n no escalara a algo peor.
"?Qu¨¦ pas¨®?"
"El Rey Demonio vino a decirme que tenemos que pelear a muerte".
"??Ehhh!? ??Queeeee!?"
"Como escuchaste, dentro de un tiempo ir¨¦... Bueno, tal vez podr¨ªamos ir los tres a intentar derrotarlo a las llamas eternas".
"??C¨®mo se atreve a hacerte esto!? ?Yo misma ir¨¦ a derrotarlo!"
Mirella empez¨® a volar de un lado a otro apretando los pu?os y moviendo los brazos bruscamente.
"?Odio al Rey Demonio!"
De pronto Aya le agarr¨® una pierna, deteni¨¦ndola en el aire.
"Mirella, ?acaso no lo escuchaste? Vamos a ir los tres. No seas tonta".
Ella no intent¨® zafarse del agarre, simplemente esper¨® a que ella la soltara para responder.
"Entonces... hagamos una promesa de mejores amigos. Los tres. Pase lo que pase, iremos juntos, pero no antes de estar completamente preparados. ?Les parece?"
"?Est¨¢n seguras de que quieren arriesgar su vida por m¨ª? ?Realmente lo har¨ªan... una vez m¨¢s?"
"?Claro que s¨ª! ?Lo har¨ªamos siempre! ?O no, Aya?"
"As¨ª es, Mirella... No dejaremos que el mal nos venza".
Me qued¨¦ en silencio por un momento, procesando las palabras de ambas. Aya, con su seriedad temblorosa, y Mirella, con su energ¨ªa desbordante, acababan de reafirmar algo que, en el fondo, siempre hab¨ªa sabido: no estaba solo. Por m¨¢s oscuras que fueran las amenazas, ten¨ªa a dos seres incre¨ªbles dispuestos a arriesgar todo por m¨ª.
Una sonrisa, primero peque?a, luego creciente, se dibuj¨® en mi rostro. Fue una sonrisa honesta, como hac¨ªa tiempo que no ten¨ªa. Una de esas que surgen desde el pecho, caldeadas por alivio y felicidad.
Luego de conversar un poco m¨¢s, caminamos de vuelta a casa. Pero entonces, el peso de una pregunta empez¨® a formarse en mi mente como una nube oscura.
?Est¨¢ bien esto?
Segu¨ª caminando, intentando no mostrar mi inquietud. Sin embargo, dentro de m¨ª, las dudas, como siempre, comenzaban a abrirse paso. Acab¨¢bamos de hacer una promesa de enfrentarnos al dichoso Rey Demonio. Pero, ?era realmente correcto tomar venganza por nuestra cuenta? ?Realmente ¨ªbamos a caer en su trampa?
Record¨¦ el incidente con los hombres p¨¢jaro. Hab¨ªan atacado a mi gente, a mi familia, y yo... yo los extermin¨¦ junto a ellas dos. En ese momento, lo justifiqu¨¦ como una acci¨®n necesaria, como una acci¨®n de defensa propia. Hasta Sariah me dio permiso pidi¨¦ndome algo a cambio. Pero al pensarlo ahora, con la perspectiva que da el tiempo, algo se retorc¨ªa en mi interior.
?Y si esa era otra prueba de Sariah? ?Qu¨¦ pensar¨ªa ella de que eliminara a sus creaciones sin dudarlo? Porque, al fin y al cabo, todo lo que existe en este mundo surgi¨® de su voluntad. Incluso el minotauro.
Mis pensamientos se volvieron m¨¢s oscuros. Por un instante, una idea espeluznante cruz¨® mi mente, una que me dej¨® helado. Si Sariah estaba en ese plano superior, observando y escuchando todo... tal vez la ¨²nica forma de obtener una respuesta definitiva ser¨ªa... ?Matarme?
El pensamiento me hizo temblar. ?De verdad estaba considerando eso? No. Era absurdo. Yo hab¨ªa prometido vivir, luchar, proteger. No pod¨ªa renunciar a todo eso por una pregunta, por m¨¢s importante que fuera. Pero, al mismo tiempo, la incertidumbre era un peso que no pod¨ªa ignorar.
Por lo pronto, dejar¨¦ que el tiempo nos siga llevando por el buen camino.
***
Me encuentro en mi cama, con Mirella durmiendo sobre mi pecho. Por mi parte, no ten¨ªa mucho sue?o, pero ella me inst¨® a que viniera a acompa?arla en su sue?o, ya que se encontraba demasiado cansada.
Han pasado diez meses desde que tuvimos... tuve el encuentro con la bestia malvada. Hemos intentado no mencionar mucho sobre el tema para no alarmar a los dem¨¢s. Sin embargo, seguimos siendo precavidos con respecto a ese tema, as¨ª que siempre el que salga al bosque o lejos por la playa, va acompa?ado de Mirella, Aya o yo. M¨¢s o menos como ven¨ªamos haciendo desde que lo vi por primera vez.
Tambi¨¦n me di varios momentos para hablar con Luc¨ªa, as¨ª que le pregunt¨¦ sobre si sinti¨® que el tiempo se rebobin¨®, y ella respondi¨® que s¨ª, que lo sinti¨®, pero nuestros padres no, que los ve¨ªa normal, como si no hubiera pasado nada.
Me pregunt¨® por qu¨¦ hab¨ªa pasado eso, pues claro, ella todav¨ªa no hab¨ªa sentido lo que era morir y que Sariah volviera atr¨¢s el tiempo hasta un momento en el que estuviera viva.
Al responderle, entr¨¦ en detalles precisos de qu¨¦ sucedi¨® y qu¨¦ favores ped¨ª luego de mis dos muertes.
Al final concluimos que hubo otro reencarnado que muri¨® y volvi¨® a la vida.
Los dos lo pensamos, pero no quisimos hablar sobre... Bueno, que tal vez... Quiz¨¢s... Hab¨ªa una posibilidad de que aquella persona fuera alguien que conoci¨¦ramos en nuestra anterior vida.
Sobre la peque?a huerta, ya no era tan peque?a, porque ahora seguimos expandiendo plantando m¨¢s bayas, tomates y a eso se le sum¨® la acelga.
Al principio ellos no cre¨ªan que una hoja podr¨ªa ser un buen alimento. De hecho, se nos hizo complicado saber d¨®nde estaba la semilla, pero al final encontramos la forma de plantarla y luego la cosechamos.
Para demostrarles que esas cosas que parec¨ªan simples hojas se pod¨ªan comer, tuve que iniciar un nuevo proceso: hervir agua.
Primero, cre¨¦ una olla de piedra usando magia. Fue un proceso algo r¨¢pido donde ten¨ªa que moldear y alisar la piedra con mucho cuidado para que no se rompiera al entrar en contacto con el calor. Una vez que estuvo lista, constru¨ª un soporte simple sobre la playa. Us¨¦ palos gruesos que clav¨¦ firmemente en la arena y los un¨ª con magia al suelo para mantener la olla suspendida sobre la hoguera. A simple vista parec¨ªa un sistema rudimentario, pero era efectivo.
El sabor de la sal¡ No puedo describir cu¨¢nto lo extra?aba. En mi vida anterior, era algo tan b¨¢sico, tan cotidiano, que nunca me detuve a valorarlo. Pero aqu¨ª, en este mundo, el concepto de sazonar los alimentos no exist¨ªa y ni siquiera hab¨ªa sal. Cada bocado sab¨ªa plano, repetitivo, casi aburrido. As¨ª que, cuando se me ocurri¨® usar agua de mar para hervir las acelgas, pude volver a sentirlo.
Aunque debo decir que no era del todo rico... S¨ª, sab¨ªa como si le hubi¨¦semos puesto sal, pero ten¨ªa otro sabor medio fe¨ªto que lo arruinaba un poco.
Entonces se me ocurri¨® intentar algo m¨¢s: usar agua del arroyo m¨¢gico. Al principio no estaba seguro de si ser¨ªa seguro. Despu¨¦s de todo, sab¨ªa que el agua ten¨ªa propiedades curativas gracias a las part¨ªculas m¨¢gicas, y tem¨ªa que el calor las destruyera o, peor a¨²n, que algo extra?o ocurriera al consumirla.
Al final Luc¨ªa me dio el permiso, as¨ª que lo probamos y funcion¨® mejor de lo esperado; las part¨ªculas m¨¢gicas segu¨ªan ah¨ª como si nada.
Debo decir que no hab¨ªa punto medio... O no hab¨ªa casi sabor o el sabor era demasiado exagerado, as¨ª que puse en marcha la segunda parte: hacer hervir el agua salada hasta solo dejar la sal.
S¨ª, tambi¨¦n era obvio que est¨¢bamos creando demasiado humo, pero era necesario para mejorar nuestra calidad de vida, as¨ª que hice m¨¢s ollas y expliqu¨¦ c¨®mo se obten¨ªa y para qu¨¦ serv¨ªa la sal. Ellos, como ven¨ªa siendo costumbre, aceptaron mis ense?anzas y les gust¨® mucho este nuevo agregado a nuestro d¨ªa a d¨ªa.
Como claramente era de esperarse, puse a Tariq al mando de recolectar la sal, explic¨¢ndole los riesgos de la olla y el agua caliente. Creamos un punto intermedio, que era cerca de donde ponen las cosas de arcilla a secar, en el que estar¨ªamos hirviendo el agua. De esa manera el humo no nos molestar¨ªa.
La sal qued¨® guardada en dos recipientes de arcilla. Uno para la familia de Tariq y otro para nuestro grupo.
Volviendo al presente, vi a Mirella respirar suavemente; su pecho sub¨ªa y bajaba con cada inspiraci¨®n mientras permanec¨ªa profundamente dormida sobre m¨ª. Su cabello lacio, corto y rubio ca¨ªa como un r¨ªo dorado desordenado sobre mi pecho, y me resultaba dif¨ªcil no sonre¨ªr ante lo tranquila que parec¨ªa. Hab¨ªa crecido en estos meses, no solo emocionalmente, sino tambi¨¦n f¨ªsicamente.
Era sorprendente. Cuando la liber¨¦, apenas med¨ªa unos... ?Dieciocho cent¨ªmetros? No s¨¦, pero estoy seguro de que no llegaba a los veinte.
Ahora, gracias al agua m¨¢gica, rondaba los treinta y cinco cent¨ªmetros. A este ritmo, tendr¨ªa que preguntarle si pensaba seguir creciendo indefinidamente. No es que me molestara; verla florecer era reconfortante, pero comenzaba a preguntarme si el crecimiento constante no tendr¨ªa alg¨²n tipo de efecto colateral. Aunque, si lo tuviera, Mirella no lo mostrar¨ªa; esa hada es demasiado testaruda como para admitir algo que la haga parecer vulnerable frente a m¨ª.
Deslic¨¦ mi mano suavemente por su cabello, sintiendo su textura sedosa mientras mis pensamientos vagaban hacia el futuro. Todo lo que hab¨ªa hecho desde que llegu¨¦ a este mundo hab¨ªa sido para construir un hogar seguro para mi familia y amigos. Sin embargo, en el horizonte, el Rey Demonio segu¨ªa siendo una amenaza inminente. No pod¨ªamos ignorarlo para siempre, no despu¨¦s de lo que presenci¨¦ en el bosque.
Mir¨¦ el techo de la casa; creo que era la parte m¨¢s fea de la casa, ya que estaba empinado de la misma forma que se ve¨ªa por fuera... No tengo ganas de recolectar tanta madera como para hacer un techo interior plano. Adem¨¢s de eso, no s¨¦ qu¨¦ har¨ªamos con el hueco que quedar¨ªa en medio.
Dejando de un lado lo est¨¦tico, ten¨ªa la sensaci¨®n de que este per¨ªodo de relativa calma era solo el preludio de algo m¨¢s grande.
En este momento ni siquiera sab¨ªa cu¨¢l era el siguiente paso a seguir para hacernos m¨¢s fuertes. ?Tal vez deber¨ªamos seguir explorando el lugar? ?Ser¨ªa mejor ir con Forn y preguntarle c¨®mo fue su anterior pelea? ?Y si primero liberamos a la mujer de fuego?
Al final de todo, era inevitable seguir relacion¨¢ndose con otros seres m¨¢gicos, que era lo que estaba intentando evitar para seguir extendiendo este periodo pac¨ªfico.
Entrecerr¨¦ un poco los ojos y una ¨²ltima mirada se fij¨® en Mirella. Su expresi¨®n era pac¨ªfica, como si en sus sue?os todo estuviera en orden. La envidia fue un pensamiento fugaz, pero tambi¨¦n una fuente de fuerza. Si pod¨ªa mantener esa paz para ella, para los dem¨¢s, entonces todo val¨ªa la pena.
Prevaleceremos.
----------- FIN DEL VOLUMEN 3 -----------
Cap铆tulo 45: Reuni贸n familiar.
Hoy era un d¨ªa especial. No por lo que ten¨ªa planeado hacer, sino porque justamente hoy estoy cumpliendo ocho a?os.
Bueno, el tema es que eso no es todo lo que tengo para contar, porque en este momento me encuentro justo en la puerta de mi casa, junto a Luc¨ªa, y en frente nuestro tenemos a un mont¨®n de personas que parecen un poco molestas por algunas cuestiones en particular que todav¨ªa no nos han dicho.
Hay algunos que conozco y otros que no. Por ejemplo, est¨¢n mis dos abuelos, el padre de Yume, los dos hermanos y la hermana de Tariq, hay otro hombre m¨¢s, m¨¢s mujeres, m¨¢s hombres, tambi¨¦n ni?os... B¨¢sicamente, debe estar toda la poblaci¨®n de este lugar reunida justo en este lugar y en casa no hay nadie m¨¢s que Luc¨ªa y yo. Todos los dem¨¢s estaban fuera cazando animales y tratando de buscar m¨¢s cosas que plantar, ya que, desde que plantamos la acelga, no encontramos nada nuevo.
"Yo hablar¨¦ primero", exclam¨® Harlan poni¨¦ndose en frente de m¨ª, como si quisiera empezar a liderar la discusi¨®n.
Como era de esperarse, Ayla, mi abuela, le dio un empuj¨®n que lo hizo caer al suelo.
"T¨² no podr¨ªas hablar normalmente ni con un conejo, est¨²pido".
"Pero, amor, este ni?o..."
Ella puso aceleradamente un dedo en su boca.
"Sh. Sh. Sh. C¨¢llate, siempre me haces pasar verg¨¹enza".
?C¨®mo acab¨¦ metido en medio de una discusi¨®n de cuarentones?
"Este..."
Bajo la atenta mirada de toda la tropa detr¨¢s suya, me mir¨® fijamente. Esta mujer impon¨ªa bastante, y no solo por su f¨ªsico, ya que estaba portando en una mano el machete que yo les regal¨¦.
"Luciano..." Murmur¨® para luego toser y mirar a un costado.
"Sabes que eres nuestro querido nieto, as¨ª que hemos venido a..."
"?Ya te dije que esa no es la manera de decirlo!" Grit¨® mi abuelo.
Su barba era lo suficientemente espesa como para casi no verle el movimiento de boca.
"?Que te calles o te vas!"
La situaci¨®n se estaba poniendo inc¨®moda r¨¢pidamente. Mir¨¦ a Luc¨ªa, quien parec¨ªa tan tranquila como siempre, jugando con el borde de su falda como si todo esto no tuviera nada que ver con nosotros. Su actitud despreocupada parec¨ªa que intentaba cumplir con su papel de ni?a indefensa. Frente a nosotros, la multitud comenzaba a susurrar entre s¨ª, y pod¨ªa sentir el peso de sus miradas inquisitivas clavadas en m¨ª.
De la nada, mientras mis abuelos se miraban con mala cara, mi mam¨¢ camin¨® hasta Ayla, tironeando un poco su ropa inferior de pieles hacia abajo.
"?A-Abuela?"
Alya se qued¨® sorprendida, con sus ojos marrones clavados en ella.
"?No me digas que t¨²...?"
"?Ya te lo hab¨ªa dicho, ella es la segunda hija de Rundia!" Grit¨® Fausto desde atr¨¢s.
De pronto, Harlan empez¨® a correr hacia el bosque.
"?Aghhh! ?Odio a toda la familia de Rundia! ?No la quiero ver nunca m¨¢s!"
Fausto sali¨® corriendo detr¨¢s de ¨¦l.
"?Espera, Harlan!"
Hubo un silencio inc¨®modo hasta que Ayla volvi¨® a hablar, bajando la mirada hacia mi mam¨¢.
"Ni?a... ?C¨®mo te llamas?"
"Luc¨ªa".
Ella se inclin¨® un poco hacia delante, toc¨¢ndole suavemente la cabeza.
"Ese es un nombre muy lindo, ?eh? Pero ahora necesito hablar con tu hermano, ?est¨¢ bien?"
"?Ch¨ª!"
A pesar de su respuesta, se sigui¨® quedando a su lado.
Carajo, su voz era tan exagerada que ya hasta me estaba poniendo nervioso.
"Luciano", comenz¨®, poniendo una mano en su cadera, provocando que se note una gran cantidad de vello corporal bajo su axila.
"Estamos al tanto de que has tra¨ªdo cosas nuevas ¨²ltimamente. Cosas que no entendemos. Tariq ha estado caminando entre nosotros, mostr¨¢ndonos cosas, hablando de ideas que no conocemos. Dice que t¨² eres quien lo ha ense?ado. Y todos aqu¨ª..."
Se?al¨® a la multitud con un movimiento amplio de su mano libre.
"Nos estamos preguntando qu¨¦ est¨¢ pasando. ?De d¨®nde sacas todo esto? ?Qu¨¦ planeas hacer?"
?De qu¨¦ se estaban quejando? ?Acaso no tienen otra cosa que hacer?
Tragu¨¦ saliva y me esforc¨¦ por mantener la calma.
"?A qu¨¦ te refieres con ''cosas nuevas''?" Pregunt¨¦, tratando de ganar tiempo a pesar de que la pregunta era clara.
"Deja de hacerte el desentendido. Esto es algo serio. Has tra¨ªdo cosas raras.
Esa cosa que tienes y Tariq llama ''casa'', ?c¨®mo la hiciste realmente? Nadie entiende c¨®mo lograste hacer algo tan... tan s¨®lido. Es por la magia, ?no?"
"Y lo de la comida..." Agreg¨® otra mujer alta y de pelo negro desde la multitud. No la reconoc¨ª, pero su tono acusador era inconfundible.
"Mi hijo dijo que tienes comida guardada y que tambi¨¦n le has hecho darte. Alimentos que podr¨ªan alimentar a todos, pero los tienes ah¨ª, acumulados. ?Por qu¨¦ no compartes con los dem¨¢s?"
??Ehhh!? ?Esta era la madre de Tariq? Bueno, eso no es lo raro en este momento, sino que... ?Acaso estos tipos eran comunistas? La idea me arranc¨® una sonrisa involuntaria, pero r¨¢pidamente la borr¨¦ antes de que alguien la notara.
"?En serio est¨¢n ac¨¢ porque creen que estoy escondiendo comida? Ni siquiera tenemos tanta, y son solo frutas. Suena a que est¨¢n intentando sumar cosas para intentar culparme de algo".
"?T¨² tienes el poder del Rey Demonio!" Grit¨® alguien desde atr¨¢s.
Era alguien que no pude ver, pero con la voz de un hombre.
El comentario me golpe¨® como un pu?etazo en el est¨®mago. ?El poder del Rey Demonio? Esa comparaci¨®n me prendi¨® fuego por dentro, encendiendo una furia que pocas veces hab¨ªa sentido. Apret¨¦ los pu?os mientras mis ojos recorr¨ªan a la multitud, buscando al imb¨¦cil que hab¨ªa soltado semejante barbaridad.
"??Qui¨¦n dijo eso?!" Pregunt¨¦, dando un paso hacia adelante. La gente retrocedi¨® un poco, como si mi enojo fuera algo tangible que los empujaba.
"?Dale! ?Repetilo si ten¨¦s huevos!"
Mi mirada saltaba de un rostro a otro, buscando al culpable, pero nadie parec¨ªa dispuesto a enfrentarse a m¨ª.
Justo cuando iba a avanzar m¨¢s entre la gente, Ayla extendi¨® una mano y me detuvo.
"?Alto, Luciano!"
Su machete en la otra mano hac¨ªa que nadie se atreviera a intervenir.
"Esto no se soluciona gritando como un tonto. ?C¨¢lmate! Ya hablar¨¦ yo con ellos".
"??C¨®mo quer¨¦s que me calme!? ?Est¨¢n compar¨¢ndome con la peor mierda que hay en este mundo!"
Mi voz temblaba de indignaci¨®n mientras intentaba apartar su brazo, pero Ayla no cedi¨® ni un cent¨ªmetro.
"?Luciano! ?No les des la raz¨®n mostr¨¢ndoles esa actitud!" Grit¨® mi mam¨¢ desde mi derecha mientras me tironeaba del brazo.
De pronto, un hombre alto sali¨® de entre la multitud. Caminaba con pasos desafiantes.
Su piel era oscura, su cabello era negro y desordenado, mezclado con canas, y sus ojos oscuros ten¨ªan un parecido inconfundible con alguien que ya conoc¨ªa.
Este tipo era el padre de Tariq.
"?Fui yo quien lo dijo! Y lo sostengo. Me contaron que tienes un poder que nadie entiende, cosas que no deber¨ªan existir en este lugar. ?Qu¨¦ diferencia hay entre t¨² y el maldito Rey Demonio, eh? ?Ambos traen caos!"
Mis dientes rechinaron, y di un paso hacia ¨¦l.
"??Caos!? ?Todo lo que hice hasta ahora es tratar de ayudar a toda la gente de este lugar, in¨²tiles desagradecidos!"
El hombre me se?al¨® con un dedo acusador.
"?No te atrevas a hablarme as¨ª, mocoso! ?Ni siquiera nos has ayudado en algo! ??En qu¨¦ me has ayudado t¨² a m¨ª!? Guardas secretos, te construyes esa ''casa'' y haces cosas que nadie entiende. ?Eso no es normal, ni seguro!"
"?Y vos no entend¨¦s nada porque prefer¨ªs quedarte siendo un ignorante!
?Es f¨¢cil se?alar con el dedo cuando vos no hac¨¦s nada ¨²til, ?verdad?! ?Tu hijo es m¨¢s trabajador que vos, viejo de mierda!"
Eso lo encendi¨®. Su rostro se puso rojo y, antes de que alguien pudiera detenerlo, dio un paso adelante y me empuj¨® con ambas manos. Tropec¨¦ un poco hacia atr¨¢s, pero me mantuve firme.
Antes de que alguien pudiera hacer o decir algo, un grito agudo e hist¨¦rico reson¨® a mi lado.
"??C¨®mo te atreves a tocarlo?!"
Era Luc¨ªa, mi mam¨¢-hermana, que corr¨ªa hacia ¨¦l como un rayo, su rostro desencajado por la ira. Su peque?o cuerpo se mov¨ªa con una energ¨ªa desproporcionada, y antes de que pudiera detenerla, ya estaba frente al hombre, agitando los brazos fren¨¦ticamente.
"?Ni siquiera sab¨¦s lo que ¨¦l hace por todos, bruto! ?Todos ustedes son unos muertos de hambre! ??V¨¢yanse de nuestra casa!!"
El hombre retrocedi¨® medio paso, sorprendido por la peque?a figura de tres a?os que lo enfrentaba. Creo que ninguno de los presentes nos esper¨¢bamos tantos insultos degradantes, pero se lo merec¨ªan.
Antes de que alguien pudiera decir algo, Ayla se gir¨®, mirando a los dem¨¢s y haciendo un gesto con las manos como si los empujara imaginariamente.
"Ahora ya es hora de irse. D¨¦jennos solos".
La gente murmur¨® en desacuerdo, pero la mirada autoritaria de la abuela malvada no dej¨® lugar a dudas. Uno por uno, empezaron a dispersarse, aunque algunos miraban por encima del hombro, claramente interesados en c¨®mo se resolver¨ªa esto.
Luego de poner unas manos tranquilizadoras sobre los hombros de mi mam¨¢, fui el primero de los tres en hablar.
"Oye... Jugaste bastante sucio, ?no? Y eso que apenas nos conocemos. No pens¨¦ que quer¨ªas llevarte as¨ª con nosotros".
No recuerdo bien si fue as¨ª desde el primer momento que la vi, pero no sent¨ªa ni un ¨¢pice de conexi¨®n emocional con esta mujer, ni con Harlan. Menos ahora.
?Acaso deber¨ªa seguir fingiendo y aceptar este lazo familiar con esta mujer, que nunca se dign¨® a visitarnos en ocho a?os, y que justamente viene ahora a cuestionar mis acciones?
"No era esa la idea. Todo esto se nos fue de las manos".
"?Se nos fue...?"
Me mord¨ª el labio inferior para no comenzar una nueva pelea verbal.
"No necesitamos hablar contigo. Por favor, andate".
"Luciano, solo estoy intentando entender todo esto que est¨¢s..."
"As¨ª no es la manera", comenc¨¦ diciendo, cortando sus palabras.
"Pero no te preocup¨¦s... Ya nos veremos de nuevo muy pronto, y esta vez ser¨¢ a mi manera".
"?A tu manera?"
Comenc¨¦ a suavizar un poco los hombros de mi mam¨¢ con mis manos, porque parec¨ªa empezarse a poner nerviosa al hundir la arena m¨¢s profundo con sus peque?os pies.
"S¨ª, ustedes lo hicieron a su manera, as¨ª que ahora me toca a m¨ª. ?Acaso eso no es justo luego de haberme faltado el respeto? Igualmente, no se preocupen, porque no soy alguien tan rencoroso, y tampoco debo serlo.
Pronto los visitar¨¦ y les ense?ar¨¦ las cosas que no saben, porque ese es mi deber. Adi¨®s".
Ella habl¨® mientras me daba la vuelta.
"Est¨¢ bien, Luciano... Estar¨¦ esperando a que nos des una buena explicaci¨®n".
Tomados de la mano, entr¨¦ a casa junto a ella y vimos a nuestro grupo llegar desde la lejan¨ªa de la playa. Hoy parec¨ªa ser un buen d¨ªa para ellos, al menos en lo que a comida respecta.
"Mami, creo que vamos a tener que posponer el buscar a Forn".
"?Pero voy a poder conocerlo?"
Apoy¨¦ la frente contra uno de los barrotes horizontales de la ventana.
"No s¨¦... Hoy era un buen d¨ªa porque Mirella no estaba.
Pronto recolectaremos algo de comida de la huerta y no estar¨¢n saliendo mucho afuera".
"?Por qu¨¦ te preocupa tanto Mirella?"
"Vos sab¨¦s bien que no le gusta que la deje fuera de mis cosas.
Y s¨ª, ya s¨¦ que est¨¢ siendo un poco m¨¢s abierta en ese sentido que antes, pero tampoco quiero llevar tanto al l¨ªmite esa brecha".
"Entonces llevala con vos ma?ana. Vayan a ver a esa gente est¨²pida y ens¨¦?enles todo lo que les ense?aste a los dem¨¢s".
Llevar a Mirella conmigo... S¨ª, eso podr¨ªa funcionar. As¨ª se sentir¨¢ incluida, y qui¨¦n sabe, tal vez tambi¨¦n impresione a esos idiotas con sus habilidades. Adem¨¢s, no quer¨ªa que ella se sintiera que en este ¨²ltimo tiempo no ha hecho nada. Si algo hab¨ªa aprendido de Mirella, era que siempre buscaba demostrar su val¨ªa.
"Est¨¢ bien", respond¨ª mientras comenc¨¦ a llevarla hacia su habitaci¨®n sin previo aviso.
"?Hey! ?No los vamos a esperar en la puerta?"
"No, porque estoy por cometer una locura".
Al abrir la puerta, vi de frente, contra la pared, esa especie de altar de Rundia hecho para su Dios Ad¨¢n. Siempre que lo veo me da un poco de pena.The genuine version of this novel can be found on another site. Support the author by reading it there.
"?Vas a decirles? ?En serio?"
"S¨ª", respond¨ª mientras tra¨ªa una de las tres sillas de madera libres hacia el centro de la habitaci¨®n.
"Est¨¢s conmigo, ?no?"
Luc¨ªa pareci¨® entender la situaci¨®n al instante, porque su sonrisa se ampli¨® y asinti¨® con energ¨ªa. Sab¨ªa que ella siempre estaba de mi lado, sin importar cu¨¢n absurdas fueran mis ideas.
Cuando finalmente escuch¨¦ los pasos de Rin y Rundia acerc¨¢ndose, mi coraz¨®n comenz¨® a latir con fuerza, pero no iba a retroceder. Ellos entraron, hablando entre ellos, pero se detuvieron al verme sentado all¨ª.
"?Ah, ah¨ª est¨¢n, chicos!" Grit¨® Rundia mientras avanzaba hacia nosotros.
Se detuvo de nuevo al verme con una expresi¨®n que no correspond¨ªa a un ni?o de mi edad.
"?Est¨¢ todo bien, hijo?"
"?Pasa algo? ?Luc¨ªa, te peleaste con tu hermano?" Pregunt¨® Rin desde atr¨¢s.
Respir¨¦ hondo y me enderec¨¦ en la silla. Luc¨ªa segu¨ªa firme delante de m¨ª.
"Necesitamos hablar".
Rundia, que ya parec¨ªa estar agotada por el d¨ªa, suspir¨® y puso los brazos en jarra.
"?De qu¨¦ se trata?"
"Quiero que me den permiso para moverme por toda la zona, solo", mi voz sali¨® firme, sin titubeos.
Ambos me miraron, primero confundidos, luego sorprendidos. Rin fue el primero en hablar.
"Luciano, sabes que no podemos permitir eso. Es peligroso... T¨² mismo nos lo dijiste una vez, ?no?"
Levant¨¦ una mano para detenerlo.
"D¨¦jenme terminar. Hoy tuve un enfrentamiento con Ayla y Harlan. S¨ª, los padres de mam¨¢ y tambi¨¦n con la otra gente que vive en esas cuevas. Ellos me acusaron de cosas absurdas, me empujaron, me insultaron y, lo peor de todo, se atrevieron a cuestionar todo lo que hago".
El rostro de Rundia cambi¨® dr¨¢sticamente al escuchar esto. Sus ojos, normalmente dulces, parec¨ªan llenarse de ira.
"?Mis padres? ??Qu¨¦ hicieron!?"
Me tom¨¦ un segundo para observar el rostro de Rundia. Esa mezcla de rabia y desilusi¨®n me hizo entender que estaba pisando un terreno delicado. Sus ojos comenzaron a llenarse de l¨¢grimas contenidas mientras Rin, detr¨¢s de ella, parec¨ªa meditar en silencio lo que acababa de escuchar.
"?No puedo creer que hayan hecho eso! ?Esos dos no pueden...! ?Luciano, no quiero que te acerques a ellos nunca m¨¢s! ?Entendiste?" La voz de mi madre se alz¨® con una intensidad que rara vez usaba conmigo.
El solo hecho de que me llamara por mi nombre significaba que se sent¨ªa muy mal.
Respir¨¦ profundo, buscando la forma de calmarla sin que mi plan se viniera abajo. Sab¨ªa que ya no pod¨ªa responder con la misma intensidad; eso solo empeorar¨ªa las cosas.
"Mam¨¢..." Susurr¨¦ mientras me levantaba de la silla y me acercaba lentamente, dejando a Luc¨ªa atr¨¢s.
Puse una mano en su hombro y otra en su cintura. Mi altura apenas alcanzaba su pecho.
"Entiendo por qu¨¦ te sent¨ªs as¨ª. S¨¦ lo que te hicieron... y lo que les hicieron sentir a los dos en su momento. Pero no puedo ignorarlos. No puedo ignorar a esa gente, porque, tarde o temprano, van a querer relacionarse con nosotros. Como empezaron haciendo hoy".
Ella me mir¨® fijamente; sus ojos ya empezaban a derrochar l¨¢grimas.
"?C¨®mo puedes siquiera pensar en perdonarlos? ?Despu¨¦s de todo lo que me hicieron? ?Despu¨¦s de c¨®mo dijiste que te trataron hoy!"
De pronto se quiso ir de la habitaci¨®n, pero la sostuve fuertemente del brazo.
"Mam¨¢, no se trata de perdonarlos, no todav¨ªa", le dije con calma.
"Se trata de cambiar las cosas. De cambiar este lugar. Sab¨¦s que no me gusta limitarme a lo que est¨¢ cerca, a lo que me resulta f¨¢cil... Soy alguien que pretende seguir mejorando la situaci¨®n que nos rodea".
Rundia neg¨® con la cabeza y apart¨® la mirada, pero no retrocedi¨®. Eso era una buena se?al. Sent¨ª la mirada de Rin a un costado, pero no lo mir¨¦ para enfrentarlo todav¨ªa. Este momento era de ella y m¨ªo. Aunque tampoco parec¨ªa querer entrometerse.
"Ellos no van a cambiar, Luciano", dijo con un tono lleno de amargura.
"No lo hicieron por m¨ª, no lo van a hacer por ti. La gente como ellos no aprende a ser mejor".
"Eso mismo pueden haber pensado ustedes en alg¨²n momento", respond¨ª con una leve sonrisa.
"Tal vez llegaron a pensar que no pod¨ªamos tener algo mejor que las cuevas, que vivir del d¨ªa a d¨ªa era suficiente. Y m¨ªranos ahora lo bien que estamos".
La mir¨¦ directamente a los ojos, tratando de transmitirle toda la determinaci¨®n que sent¨ªa.
"Mam¨¢, yo puedo hacerlo. Pero necesito que conf¨ªes en m¨ª, porque yo quiero convertirme de manera definitiva en un l¨ªder para ustedes y para cualquiera que quiera sumarse".
Ella apret¨® los labios y baj¨® la mirada. Por un momento, el silencio llen¨® la habitaci¨®n, solo roto por los suaves pasos de Luc¨ªa, que se acerc¨® a tomarle la mano.
"Yo conf¨ªo en Luciano, mam¨¢", dijo con su vocecita firme.
"¨¦l siempre sabe qu¨¦ hacer, ?o no?"
En ese momento sent¨ª que necesitaba abrazarla, pero no porque fuera parte de la persuasi¨®n, parte del plan, sino que fue un instinto impulsivo que tuve al tenerla tan cerca. Ella ten¨ªa un trato tan maternal que a veces me daba l¨¢stima que yo solo fuera un farsante ante ella. Alguien que no deb¨ªa estar en este momento, en este mundo.
Y as¨ª me qued¨¦, aplastando mi cabeza contra su plano vientre. Los pelos del pelaje de su prenda que tapaba sus pechos me hac¨ªan cosquillas en la frente.
?Hace cu¨¢nto que no le demostraba un poco de afecto?
Not¨¦ que Rin puso una mano sobre el hombro de Rundia mientras Luc¨ªa se sumaba al abrazo.
"Rundia, ?crees que estar¨¢ bien dejarlo? ?No deber¨ªa ense?arle a cazar primero?"
Rundia intent¨® responder a Rin, pero cuando abri¨® la boca, las palabras no salieron. Un sollozo silencioso brot¨® de su garganta, y cerr¨® los ojos con fuerza mientras las l¨¢grimas corr¨ªan por su rostro. Su cuerpo temblaba ligeramente bajo mi abrazo. Sent¨ª una punzada en el pecho; odiaba verla as¨ª. Rundia no lloraba tan f¨¢cilmente, y saber que estaba al borde del llanto por mi decisi¨®n o por su remolino de emociones me hac¨ªa cuestionar si la estaba presionando demasiado.
Tampoco es como si fuera a decirles lo del Rey Demonio en este momento, pero creo que deb¨ªa ponerle pa?os fr¨ªos al asunto.
"Est¨¢ bien, mam¨¢, est¨¢ bien", susurr¨¦ mientras le daba unas palmaditas suaves en la espalda, tratando de calmarla.
"No se preocupen. No voy a andar solo por ah¨ª como si nada. Solo quer¨ªa saber si ten¨ªa su permiso o no, as¨ª que la mayor¨ªa de las veces que salga, voy a estar acompa?ado. Mirella nunca me deja solo. Aya siempre est¨¢ dispuesta a ayudarme... incluso Luc¨ªa puede acompa?arme si es necesario. Saben que ninguno de ellos me va a dejar meterme en problemas sin intervenir".
Hice una pausa, sintiendo el peso de sus miradas sobre m¨ª.
"Solo necesito su permiso para intentarlo. No quiero desobedecerlos, no quiero crear conflictos entre nosotros. Pero tampoco puedo quedarme quieto cuando hay tanto por hacer con otra gente. Ustedes siempre me ense?aron que las cosas importantes requieren esfuerzo... y a veces, riesgos".
La ¨²ltima frase era un poco inventada. Sin embargo, serv¨ªa para la situaci¨®n.
Luego de esas palabras, Rundia me abraz¨® mucho m¨¢s fuerte que antes contra ella. Al girar la cabeza, pude ver que por el otro lado de la puerta hab¨ªa varios escuch¨¢ndonos. Al menos pude ver la peque?a cabeza de Mirella, que al notar que la vi se escondi¨® de inmediato.
¡°Chicos, ya no hace falta esconderse. S¨¦ que est¨¢n ah¨ª, as¨ª que¡ mejor entren de una vez, ?no?¡±
Unos segundos de silencio inc¨®modo siguieron a mis palabras. Luego, uno por uno, comenzaron a asomar las cabezas. Primero Mirella, con su cabello amarillo brillando por sus part¨ªculas como si nada, seguida de Aya, que avanz¨® con paso tranquilo y una sonrisa apacible. Detr¨¢s de ellas vi a Tar¨²n, Anya... Estaban todos.
¡°Yo no estaba escuchando, ?solo pasaba por aqu¨ª!¡± Mirella alz¨® la barbilla, cruz¨¢ndose de brazos con una mueca que pretend¨ªa ser seria, pero no pudo sostenerla mucho tiempo. Sus ojos verdes chispearon de emoci¨®n al volar hacia m¨ª y posar una de sus manos diminutas sobre mi cabeza, como si quisiera marcar territorio.
¡°?Y por supuesto que no vas a salir solo, Luciano! ?Eso jam¨¢s pasar¨¢ mientras yo est¨¦ aqu¨ª!¡±
Rundia, todav¨ªa con los ojos enrojecidos por las l¨¢grimas, dej¨® escapar una peque?a risa, al igual que Rin, que neg¨® con la cabeza ante la actitud de Mirella.
¡°?Por qu¨¦ no voy a salir solo?¡± Pregunt¨¦, sigui¨¦ndole el juego mientras alzaba una ceja.
¡°??En serio me lo preguntas!?¡± Exclam¨® Mirella, llev¨¢ndose una mano al pecho como si estuviera ofendida.
¡°?Soy tu compa?era, tu hada protectora! Si alguien quiere hacerte da?o, yo misma me encargar¨¦ de quitarlos de tu camino. ?No pienso dejarte ni un momento, aunque lo intentes! ?Ya me has dejado sola muchas veces en este ¨²ltimo tiempo!¡±
Aya dej¨® escapar una leve risa detr¨¢s de su mano, pero su voz serena pronto se hizo escuchar.
¡°Creo que Luciano no tendr¨¢ oportunidad de estar solo, aunque lo desee¡±.
¡°?Exactamente!¡± Mirella se gir¨® hacia ella, asintiendo con vehemencia.
"Si alguien lo acompa?a, ser¨¦ yo".
¡°Est¨¢ bien¡±, dijo Rundia finalmente, su voz todav¨ªa algo quebrada, pero con m¨¢s serenidad.
¡°Pero tengan cuidado. No quiero que ninguno de los dos salga lastimado, ?s¨ª?¡±
"Bueno, supongo que ustedes ganan", murmur¨¦.
El grupo se ech¨® a re¨ªr, incluso Suminia solt¨® una leve sonrisa, aunque parec¨ªa no interesarle mucho lo que est¨¢bamos discutiendo.
***
Decid¨ª darme una semana de descanso sin hacer nada luego de recibir, a medias, el permiso de caminar libremente por la zona.
Aprovech¨¦ para recargar algo de energ¨ªas, calmar un poco mi mente y, de paso, empezar a rezar y agradecerle a Sariah por dejarnos vivir esta nueva vida. Sobre eso ¨²ltimo, no s¨¦ por qu¨¦ se me ocurri¨®, pero me di cuenta de que hacerle llegar algunas palabras de agradecimiento a mi diosa me hac¨ªa sentir mejor conmigo mismo y tal vez a ella tambi¨¦n le servir¨ªa, pues esta gente solo cree en un dios llamado Ad¨¢n, al menos los humanos. No les he preguntado a Aya y Mirella.
Se lo coment¨¦ a mi mam¨¢ y ella me dijo que un par de veces lo hab¨ªa hecho, aunque dijo no recordar exactamente si Sariah le mencion¨® que pod¨ªa escuchar sus pensamientos. De todas formas, ambos lo hacemos a la noche.
Volviendo al presente, estoy en el lugar que anteriormente llam¨¢bamos santuario de Aya junto a Mirella, llevando un balde cargado con algo de agua m¨¢gica. Estamos yendo por los pasadizos subterr¨¢neos hacia la dem¨¢s gente, pero no sabemos qu¨¦ camino tomar. Bah, realmente el que no sabe soy yo.
Era curioso c¨®mo ese lugar, que en alg¨²n momento hab¨ªa sido un refugio, ahora parec¨ªa tan ajeno y lleno de incertidumbre.
"?Por qu¨¦ est¨¢s tan indeciso, Luciano?"
"Porque el ¨²nico pasadizo que lleva hacia los dem¨¢s que conozco es el que da a la cueva de mis abuelos, y no creo que sea buena idea comenzar por ah¨ª".
"?Y cu¨¢l es ese?"
"Ese de ah¨ª", respond¨ª se?alando el pasadizo que ten¨ªamos en frente, el que estaba en el medio de la pared donde estaba la pictograf¨ªa.
"Entonces tendr¨ªamos para ir por el que est¨¢ a la izquierda o el que est¨¢ a la derecha".
"Bueno, yo ir¨¦ a donde t¨² decidas".
"Mirella, no hace falta que siempre aceptes lo que yo diga. Eres perfectamente capaz de decidir o de opinar lo que te parece mejor. De hecho, prefiero que lo hagas. Me gusta escucharte, ?sabes?"
Bajo la bola de luz que nos iluminaba, logr¨¦ divisar un ligero rubor en sus mejillas.
"?Te gusta... escucharme?"
"S¨ª, ten¨¦s una voz muy linda".
Ella parpade¨® varias veces, sorprendida, mientras el brillo de su luz ahora fluctuaba un poco.
"Entonces¡ vamos por el de la derecha. Siento que es el m¨¢s seguro".
Asent¨ª sin dudar.
"Perfecto. Vamos por ah¨ª".
Comenzamos a avanzar por el estrecho pasillo que Mirella hab¨ªa elegido. Las paredes de roca eran bastante irregulares, lo que me hizo volver a preguntar c¨®mo hac¨ªan los gnomos para realizar tales excavaciones.
El aire era ligeramente h¨²medo, con un leve eco de mis pasos resonando en la distancia. Mirella parec¨ªa m¨¢s tranquila ahora, movi¨¦ndose con un peque?o vaiv¨¦n que resultaba hipn¨®tico.
"Mirella", dije despu¨¦s de unos minutos de caminar, rompiendo el silencio.
"Se me vino una cosa a la mente, algo que te quiero preguntar".
"?Qu¨¦ cosa?"
Gir¨® su cabeza hacia m¨ª, curiosa. Hab¨ªa una ligera sonrisa en su rostro que me tranquilizaba m¨¢s de lo que estaba.
"Es sobre lo que me dijiste cuando nos conocimos. Dijiste que pod¨¦s detectar a los seres malvados. ?Eso es cierto o solo era algo que inventaste para impresionarme?"
"Bueno¡ quiz¨¢s s¨ª intentaba impresionarte un poco. Lo cierto es que todav¨ªa sigo pensando que puedo hacerlo, aunque todav¨ªa no haya sucedido".
"Eso es bueno", respond¨ª mientras cambiaba a la mano izquierda el balde con agua m¨¢gica.
Acerqu¨¦ un dedo hacia ella, que por un instante no supo qu¨¦ quer¨ªa hacer, pero al final dej¨® que le acariciara el cabello, por detr¨¢s de la oreja.
"Hoy te ves bien".
Ella solt¨® una suave risita.
"Y t¨² hoy est¨¢s bastante amable, ?no?"
Volv¨ª la mano a su posici¨®n natural.
"Lo que pasa es que me mentalic¨¦ para estar calmado y no discutir con nadie. Para vos tambi¨¦n va esto: necesito que est¨¦s tranquila a pesar de que los dem¨¢s nos digan cosas que no nos gusten".
"Pero sabes que no puedo controlarme cuando alguien te dice algo malo".
"Quiero que esta vez te controles. Necesito que lo hagas por m¨ª".
Ella se adelant¨® bastante en su vuelo, casi dej¨¢ndome sin luz, as¨ª que corr¨ª hasta atraparla con mi mano libre.
Abr¨ª la mano y ella se qued¨® sentada ah¨ª, con sus piernas estiradas y los brazos cruzados.
"Vamos, Mirella. No te enoj¨¦s, por favor".
Cada vez que la sosten¨ªa con una mano, notaba que era m¨¢s pesada. Todav¨ªa no hablamos sobre eso.
"?Aysh...! Se supone que nadie debe decirte cosas feas".
"S¨ª, ya s¨¦ que no deber¨ªa ser as¨ª... Pero es solo por esta vez. Les mostraremos nuestro lado bueno para comenzar a entendernos mejor".
"Est¨¢ bien. Solo lo har¨¦ por hoy", respondi¨® mientras se recostaba sobre mi mano, apoyando la cabeza sobre mi mu?eca.
Segu¨ª avanzando lo poco que quedaba de trayecto hasta que llegamos a una cueva en la que no hab¨ªa nadie. Eso era extra?o, no creo que los gnomos hayan excavado hasta un lugar donde no vive nadie.
"Deben haber ido a recolectar comida", murmur¨¦ al ver que no hab¨ªa comida por los suelos, pero s¨ª los restos de una fogata.
Mirella dio un salto desde mi mano y se puso a volar hacia la salida; estaba claro que est¨¢bamos en medio de la selva, porque la luz que entraba era muy pobre y la cantidad de ¨¢rboles altos y hierba era inmensa.
"Qu¨¦ l¨¢stima que Aya no quiso venir. Parece un lugar complicado", coment¨® Mirella al salir a la superficie.
"Cierto, podr¨ªa habernos ayudado a escuchar si hay animales cerca... Tengamos cuidado con las serpientes".
"T¨² s¨ªgueme a m¨ª. Yo te cuidar¨¦".
"Est¨¢ bien".
Mirella decidi¨® no eliminar la bola de luz que nos acompa?aba y comenz¨® a liderar el avance volando bajo mientras grit¨¢bamos para ver si encontr¨¢bamos a alguien.
Menos mal que no traje uno de los recipientes de arcilla y me traje un balde liviano creado por m¨ª, sino ya estar¨ªa cansado de los brazos.
Dir¨ªa que estuvimos avanzando entre los ¨¢rboles y enredaderas como media hora cuando, de repente, un olor nauseabundo comenz¨® a llenar el aire. Al principio, pens¨¦ que era simplemente la vegetaci¨®n en descomposici¨®n, pero pronto se volvi¨® insoportable. El hedor parec¨ªa pegarse a mi garganta, cada respiraci¨®n era un reto. Me detuve y cubr¨ª mi nariz con la mano libre.
"Mirella, ?vos tambi¨¦n ol¨¦s eso?"
"S¨ª... Es horrible".
No necesitaba preguntar m¨¢s. Sab¨ªa lo que significaba ese olor, aunque no quer¨ªa aceptarlo. Un cuerpo. O, peor, varios. El est¨®mago se me revolvi¨® al pensar en lo que pod¨ªamos encontrar.
Solo espero que sea de un animal.
Pocos metros m¨¢s adelante, entre las ra¨ªces de un ¨¢rbol, vi lo que parec¨ªa un bulto oscuro. Al acercarme, confirm¨¦ mis peores temores. All¨ª estaban los restos de dos cuerpos. Uno m¨¢s grande, claramente una mujer adulta, y otro m¨¢s peque?o, probablemente una adolescente. Ambos estaban en avanzado estado de descomposici¨®n. Sus pieles estaban desgarradas y carcomidas, con marcas de lo que parec¨ªan ser mordidas de animales. Tambi¨¦n se le notaban los huesos, principalmente en la cara y manos. Lombrices se arrastraban por los restos, haciendo que mi est¨®mago diera un vuelco.
Me llev¨¦ una mano a la boca, pero no fue suficiente. Vomit¨¦ de inmediato hacia un costado, dejando caer el balde mientras me inclinaba hacia un costado. El l¨ªquido ard¨ªa en mi garganta, pero lo peor era el peso en mi pecho. Ten¨ªa muchas n¨¢useas.
"Luciano..." Mirella susurr¨® mi nombre; su voz temblaba.
Hab¨ªa bajado su luz casi al m¨ªnimo y flotaba a mi lado, abraz¨¢ndose a s¨ª misma mientras trataba de no mirar los cuerpos.
Me enderec¨¦ como pude, con las piernas tambale¨¢ndome. Limpi¨¦ mi boca con el dorso de la mano y volv¨ª a mirar. Hab¨ªa algo familiar en ellas, algo que no pod¨ªa ignorar. El cabello negro, aunque sucio y revuelto, me hizo recordar una conversaci¨®n que hab¨ªa tenido con Anya.
"No puede ser..." Murmur¨¦, sintiendo un nudo en la garganta.
"No puede ser..."
Record¨¦ c¨®mo, meses atr¨¢s, Anya me hab¨ªa contado que su madre y su hermana hab¨ªan desaparecido cuando ella era apenas una chica jovencita. Nunca volvi¨® a saber nada de ellas, y la incertidumbre la hab¨ªa atormentado desde entonces.
"?Te sientes bien?" Pregunt¨® Mirella con un tono de voz nasal.
"Ellas son... Ellas eran la ¨²nica familia que le quedaba a Anya".
Las piernas me fallaron y ca¨ª de rodillas frente a los cuerpos. L¨¢grimas comenzaron a brotar sin control mientras apretaba los pu?os contra el suelo.
"Maldici¨®n... Ya sab¨ªa que esto hab¨ªa pasado, pero me hace mal verlo con mis propios ojos".
Mirella se qued¨® en silencio.
Abr¨ª mis palmas sobre el suelo y comenc¨¦ a canalizar mi magia, haciendo que el suelo comenzara a moverse hacia abajo. No quer¨ªa que sus restos quedaran expuestos de nuevo.
Al final quedaron enterrados y el olor comenz¨® a disiparse lentamente.
De pronto, Mirella me abraz¨® por detr¨¢s, del cuello. Sus brazos ahora eran tan largos que pod¨ªa rodearme por completo.
No hizo falta que nos dij¨¦ramos ni una palabra; los dos pod¨ªamos entendernos mutuamente en ese momento.
Mientras un peque?o rayo de luz del d¨ªa se filtraba entre los ¨¢rboles, nos quedamos all¨ª, sobre el suelo, frente a lo que ahora era una tumba compartida, dejando que el dolor siguiera su curso.
Cap铆tulo 46: Hora de hablar.
Luego del dif¨ªcil momento que acababa de pasar junto a Mirella, decidimos intentar volver a la cueva de la que hab¨ªamos venido, ya que no ten¨ªamos agua m¨¢gica luego de que se me cayera el balde al suelo.
Por un momento pens¨¦ en volver a casa y contar lo que nos hab¨ªa sucedido... Al final, cre¨ª que lo mejor ser¨ªa seguir adelante y ayudar a todas estas personas para no tener que volver a ver una escena tan aterradora. Hay que ser fuertes y seguir. No quiero tener que arrepentirme por dejar para ma?ana las cosas que podr¨ªa haber hecho hoy.
Por suerte, ella logr¨® encontrar relativamente r¨¢pido el camino, as¨ª que caminamos durante unos minutos y volvimos a atravesar el pasadizo subterr¨¢neo hasta la gran cueva, donde cargamos un poco de agua m¨¢gica y volvimos a la cueva vac¨ªa. Esta vez decidimos esperar ah¨ª hasta que llegara alguien.
Antes Mirella hab¨ªa encontrado un ¨¢rbol de na?as, as¨ª que me qued¨¦ sentado sobre una piedra plana mientras com¨ªa.
Ella estaba sentada sobre mi rodilla derecha, pero con el cuerpo mirando hacia m¨ª.
Al terminar la primera de las dos frutas gelatinosas, decid¨ª romper el silencio que nos envolv¨ªa.
"Mirella, ahora que estamos a solas quiero hablar de algo importante".
"Dime".
"Es sobre tu crecimiento. Quiero saber hasta cu¨¢nto ten¨¦s pensado crecer. No quiero que despu¨¦s te arrepientas".
Ella se qued¨® pensativa un rato, moviendo sus pies por los costados de mi pierna.
"Yo... No s¨¦ realmente. Creo que siempre quise ser de tu tama?o, eso es todo".
"?Por qu¨¦ quer¨¦s ser de mi tama?o?"
"Porque tengo miedo de que crezcas tan alto, y yo ser tan peque?a, que ya no puedas verme".
Hizo una pausa, como si estuviera buscando un poco de aire para seguir hablando.
"Quiero ser como t¨², alguien grande y fuerte que protege a todos. Quiero seguir si¨¦ndote ¨²til".
Cuando Mirella dijo eso, no me sent¨ª muy bien. Su voz era temblorosa, cargada de inseguridad. ?Por qu¨¦ esta peque?a hada me ve¨ªa de esa forma? ?Como alguien a quien alcanzar? Su deseo de ser ¨²til, de estar a mi altura, me llenaba de una extra?a mezcla de orgullo y culpa. Orgullo porque ten¨ªa a alguien tan leal y valiente a mi lado, pero culpa porque parec¨ªa que hab¨ªa depositado demasiado de su identidad en m¨ª.
Me qued¨¦ en silencio, observ¨¢ndola, pensando qu¨¦ decirle. Su peque?o rostro reflejaba la misma seriedad que el m¨ªo.
Mov¨ªa los pies de un lado a otro, como si el balanceo la ayudara a calmar los nervios. Su vestido celeste se ajustaba a su ahora no tan diminuto cuerpo, que a pesar de su tama?o irradiaba una energ¨ªa ¨²nica. Me pregunt¨¦ cu¨¢ntas veces hab¨ªa puesto su bienestar en segundo plano por mi causa.
"?Sabes? Siempre he pensado que ya sos incre¨ªblemente fuerte, Mirella. No importa tu tama?o. Sos valiente, decidida y m¨¢s que capaz de protegerme... y a los dem¨¢s tambi¨¦n".
Le acarici¨¦ el cabello con delicadeza, sintiendo la suavidad de sus mechones rubios entre mis dedos.
"No necesit¨¢s ser de mi tama?o para ser alguien grande, porque tu coraz¨®n ya lo es".
Ella alz¨® la vista, y sus ojos verdes brillaron con una emoci¨®n que no pude descifrar del todo.
"Pero quiero crecer", insisti¨®.
"No solo por ti, sino porque siento que a¨²n no soy suficiente. Si soy m¨¢s grande, podr¨¦ hacer m¨¢s cosas, ?no? Podr¨¦ ayudarte mejor".
Suspir¨¦, bajando la mirada a mis manos, ahora descansando sobre mis rodillas.
"Mirella... no quiero que pienses que ten¨¦s que cambiar por m¨ª. Me duele que sientas que no sos suficiente. Pero si crecer es algo que realmente deseas, quiero asegurarme de que lo hagas por vos, no porque creas que es lo que yo quiero o lo que espero de vos".
Ella se qued¨® callada un momento, con sus peque?as manos jugando con el dobladillo de su vestido. Su mirada baj¨® a mis piernas, pero pod¨ªa notar que estaba reflexionando sobre mis palabras.
Finalmente, asinti¨® lentamente.
"Lo har¨¦ por m¨ª tambi¨¦n", dijo con un tono m¨¢s decidido.
"Quiero ser m¨¢s fuerte tambi¨¦n por m¨ª misma... Aun as¨ª, me gusta y me pone feliz pensar que tambi¨¦n ser¨¢ por ti, porque quiero estar a tu lado de todas las formas posibles".
Hab¨ªa algo profundamente genuino en su confesi¨®n, algo que me hac¨ªa querer protegerla a¨²n m¨¢s, aunque claramente ella no necesitara que lo hiciera.
"Entonces est¨¢ bien si esa es tu decisi¨®n. Eso s¨ª, me tengo que asegurar de que todo est¨¦ en orden con tu cuerpo. Tengo que revisarte".
"?Qu¨¦ significa eso?"
"Significa que, si vas a seguir creciendo, quiero estar seguro de que tu cuerpo est¨¢ bien proporcionado. No quiero que te pase algo por beber tanta agua m¨¢gica sin control.
As¨ª que necesito que te desvistas, as¨ª veo tu cuerpo".
"Est¨¢ bien", respondi¨® sin dudar.
Entonces se dio la vuelta y empez¨® a levantarse el vestido, encogiendo las alas hacia dentro para que salieran por el hueco de la ropa.
Cuando se sac¨® el vestido y lo dej¨® sobre mi otra rodilla, revelando su peque?o cuerpo, no pude evitar sentir un poco de responsabilidad. No hab¨ªa nada inapropiado en lo que estaba haciendo, al menos no desde mi perspectiva. Esto era por su bienestar.
Pas¨¦ mis ojos sobre su figura, asegur¨¢ndome de que no hubiera algo que se me pasara a simple vista. Su peque?o pecho sub¨ªa y bajaba con una respiraci¨®n que parec¨ªa tranquila. Claro, para esta gente el verse desnudos no era algo anormal.
Al verle la piel entre las alas, me di cuenta de que estaba un poco sucia, as¨ª que la tom¨¦ por las axilas y la apoy¨¦ sobre el borde del balde.
"Tranquila, no te preocupes", le dije para hacerle entender que no hab¨ªa nada mal en ella.
"Solo tengo que limpiarte un poco".
Moj¨¦ un poco el dedo en el agua y se lo refregu¨¦ contra la piel. La mugre sali¨® f¨¢cilmente.
Luego de eso, un¨ª sus dos alas y compar¨¦ el tama?o; todo estaba perfecto. Lo siguiente a revisar fueron los brazos, as¨ª que los estir¨¦ hacia arriba y parec¨ªan ser iguales.
Despu¨¦s la levant¨¦ y la acost¨¦ sobre mi pierna. Ahora tocaba verle sus piernas, as¨ª que pas¨¦ mis dedos por la superficie, verificando cualquier posible irregularidad. La textura de su piel era tersa, con una leve calidez. Ambas piernas estaban perfectamente proporcionadas y sin se?ales de alg¨²n problema. Sus huesos tambi¨¦n parec¨ªan ser iguales.
"Mirella, estir¨¢ los pies hacia adelante", le ped¨ª mientras me inclinaba un poco.
Ella obedeci¨® sin dudar, moviendo los dedos con una agilidad que casi parec¨ªa un juego. Observ¨¦ la alineaci¨®n y el tama?o de sus pies y dedos, asegur¨¢ndome de que no hubiera signos de crecimiento desbalanceado.
"Todo parece estar bien ac¨¢ tambi¨¦n", dije con voz calmada, mientras ella sonre¨ªa apenas.
Me di cuenta de que este momento tambi¨¦n ten¨ªa un peso emocional para ella, aunque intentara ocultarlo bajo una actitud despreocupada.
Luego la sent¨¦ para revisar su rostro. Me inclin¨¦ cerca, tomando suavemente su barbilla entre mis dedos. Sus ojos verdes me miraron fijamente, con un poco de curiosidad. Gir¨¦ su cabeza ligeramente hacia ambos lados, verificando la simetr¨ªa de su mand¨ªbula y p¨®mulos.
"?Est¨¢s bien? No te duele nada, ?verdad? No quiero que me ocultes nada", dije mientras le agrandaba m¨ªnimamente su anillo.
"No, nada de nada".
Pas¨¦ mis dedos por debajo de su cabello, tocando sus orejas. Parec¨ªan estar bastante sucias en la parte trasera.
"Mirella, no te olvides de lavarte bien las orejas cuando te ba?es".
"?Uy! Siempre se me olvida", dijo soltando una risita.
Aprovech¨¦ el momento para cortarle las u?as de las manos y de los pies.
Hablando de u?as, quiero contar que todos en este mundo se las cortan con los dientes. S¨ª, hasta las u?as de los pies.
Por suerte, yo tengo este tipo de magia y ya no me hace falta hacer eso.
"Listo. Est¨¢s en perfectas condiciones, as¨ª que pod¨¦s seguir tomando agua m¨¢gica, pero de a poco".
"Gracias por preocuparte por m¨ª", dijo en voz baja mientras se vest¨ªa.
Me puse a comer otra na?a hasta que de repente empez¨® a o¨ªrse movimiento fuera. De a poco empezaron a aparecer varias personas; al primero que vi fue a Fausto, ese hombre que ten¨ªa unas cejas tan prominentes que era dif¨ªcil olvidarlo. Luego a su lado apareci¨® una mujer un poquito m¨¢s alta que ¨¦l; ella ten¨ªa el cabello muy negro, una piel un tanto quemada por el sol y vest¨ªa con ropa de pelajes grises con negro. A su lado caminaba de la mano un ni?o que parec¨ªa tener alrededor de un a?o y medio.
Por ¨²ltimo, entr¨® una ni?a que era m¨¢s o menos de mi edad. Parec¨ªa un poco torpe, porque en tan solo un par de metros se le cay¨® dos veces la misma papaya.
Supongo que los dos ni?os eran sus hijos, ya que compart¨ªan la misma gen¨¦tica que sus padres: ojos negros y cabello negro. Solamente faltar¨ªa Yume, que actualmente vive con Tariq.
Se pusieron a acomodar la comida que trajeron contra una de las paredes de la cueva. Parec¨ªa que todav¨ªa no nos hab¨ªan visto, ya que Mirella hab¨ªa apagado la bola de luz. Algo curioso es que Fausto cargaba un recipiente no muy grande de arcilla. Se ve que Tariq logr¨® esparcir un poco esos nuevos conocimientos.
Entonces decid¨ª acercarme a ellos.
Fausto fue el primero en percatarse de mi presencia. Levant¨® la vista, y sus ojos negros, por un instante, mostraron un poco de sorpresa. A pesar de nuestro encuentro previo, no era un aliado, al menos no del todo.
A pesar de eso, siempre se mostr¨® como una buena persona.
"?Luciano...?" Se pregunt¨®.
La mujer junto a ¨¦l, que estaba claro que era su pareja, se gir¨® con una expresi¨®n de desconfianza evidente. Su mirada recorri¨® mi figura, deteni¨¦ndose en mi cabello. La ni?a, en cambio, mostr¨® una expresi¨®n completamente diferente: curiosidad. Sus ojos parecieron iluminarse al verme, y not¨¦ que reprim¨ªa una sonrisa.
"Eres el ni?o del que todos hablan, ?cierto? ?Yo te vi el otro d¨ªa!" Dijo la ni?a antes de que nadie m¨¢s pudiera decir algo. Su voz ten¨ªa un tono inocente, casi emocionado.
La mujer chasque¨® la lengua y coloc¨® una de las papayas en un rinc¨®n de la cueva, claramente irritada por mi presencia.
"Supongo que s¨ª. Todos ustedes ya fueron a verme, ?no? Supongo que ya saben que me llamo Luciano, as¨ª que creo que es mejor presentarles a..."
Mirella de repente se sent¨® sobre mi cabeza, lo que me hizo morder un poco la lengua.
"?Yo soy Mirella! ?Soy un hada y la mejor amiga de Luciano! ?Encantada de conocerlos!"
La cueva se llen¨® de silencio por un momento hasta que la ni?a empez¨® a correr hacia nosotros, pero en su entusiasmo tropez¨® con una piedra y cay¨® de rodillas contra el suelo de la cueva. Su grito de sorpresa fue seguido por un llanto inmediato.
"?Ay, no!" Exclam¨® Mirella, volando r¨¢pidamente hacia la ni?a.
"Tranquila, tranquila. Nosotros te ayudaremos".
La madre solt¨® la mano de su hijo y corri¨® r¨¢pidamente, d¨¢ndole la espalda a Mirella.
"?Por qu¨¦ eres tan torpe, Vicenta?" Pregunt¨®, aunque no hab¨ªa rastro de maldad en sus palabras.
La ni?a, o, mejor dicho, Vicenta, no paraba de llorar diciendo que le dol¨ªa, as¨ª que tom¨¦ el balde r¨¢pidamente y me arrodill¨¦ del otro lado del que estaba su madre, que intentaba levantarla.
"No te preocupes, vinimos preparados para mostrarles algo que les va a ayudar mucho".
"?Ayudarla?" Pregunt¨® la mujer con el ce?o fruncido.
"Traje agua m¨¢gica. ?Saben para qu¨¦ sirve?"
Lo m¨¢s seguro era que Yume ya les hubiera contado.
"?Claro que s¨ª!" Grit¨®, intentando arrebatarme el balde a la fuerza.
Justo en ese momento apareci¨® Fausto para intentar calmar a la mujer, tom¨¢ndola del brazo.
"No deber¨ªas tratarlo as¨ª, amor. D¨¦jalo que haga lo que necesite hacer... ?Acaso no escuchaste todo lo que nos cont¨® nuestra hija? ¨¦l no es el que todos piensan que es".
Ella apret¨® los dientes y finalmente cedi¨®, sin decir nada.
No perd¨ª m¨¢s tiempo y cre¨¦ con magia un peque?o vaso con la piedra de la pared. Luego lo llen¨¦ y se lo ofrec¨ª.
The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident."Bebe, por favor".
Vicenta tom¨® el vaso con mucho cuidado, aunque realmente parec¨ªa no tener idea de c¨®mo funcionaba.
Se puso todo el borde contra la boca, haciendo que el l¨ªquido cayera para cualquier lado, moj¨¢ndose ella y tambi¨¦n el suelo.
A pesar de su movimiento brusco, pareci¨® lograr tomar algo mientras tos¨ªa por el ahogo.
Su madre parec¨ªa lista para lanzarme una mirada m¨¢s acusatoria, pero Fausto la contuvo con un leve gesto de su mano. Mientras tanto, yo observaba atentamente a Vicenta, esperando que el agua surtiera efecto. Siempre me sorprend¨ªa lo r¨¢pido que actuaba.
Vicenta dej¨® de quejarse de repente, mirando sus rodillas con asombro. El rasp¨®n que se hab¨ªa hecho al caer estaba desapareciendo, la piel regener¨¢ndose ante nuestros ojos. Y no solo eso, ya que varias heridas diversas se notaban que desaparec¨ªan, dejando una piel lisa y hasta dir¨ªa yo que m¨¢s blanca que antes.
¡°?Mam¨¢, mira!¡± Grit¨® con entusiasmo, moviendo la pierna para demostrar que ya no hab¨ªa dolor.
¡°?Es la maginica de verdad!¡±
La madre frunci¨® el ce?o, como si quisiera mantenerse esc¨¦ptica, pero no pudo evitar agacharse para inspeccionar el cuerpo de su hija m¨¢s de cerca. Pas¨® la mano por la piel sana, y su expresi¨®n endurecida se suaviz¨® un poco, aunque no lo suficiente para borrar del todo su desconfianza.
¡°Es impresionante¡±, admiti¨® Fausto mientras alzaba a su hijo menor.
"Yo la he bebido pocas veces... No es f¨¢cil conseguirla estando tan lejos.
Me par¨¦ para poder hablar mejor con ¨¦l.
"Fausto, ?por qu¨¦ no usan el recipiente de arcilla para traer agua m¨¢gica? Adem¨¢s, si van por los pasadizos subterr¨¢n..."
"?No! ?Los vamos a hacer enfadar!"
"?Eh...? ?Le tienen miedo a los gnomos?"
"?Esos hombres destruyeron nuestra cueva! Si los hacemos enfadar de nuevo..."
"No, no, no. No es que los hicieran enfadar. Ellos estaban buscando algo, es por eso que romp¨ªan todo a su paso.
Pueden usar el camino para llegar a la gran cueva y de ah¨ª sacar el agua m¨¢gica. De paso podr¨ªan hablar con los hombres, que se llaman gnomos, y van a ver que ellos no est¨¢n enojados con ustedes".
"?Est¨¢s seguro?"
"S¨ª, a m¨ª tambi¨¦n me lo hicieron".
De pronto, otra conversaci¨®n se desarrollaba detr¨¢s de m¨ª.
¡°Oye, ?t¨² tambi¨¦n puedes usar maginica?¡± Escuch¨¦ que le preguntaba Vicenta a Mirella.
¡°?Por supuesto! Yo soy un hada, ?qu¨¦ esperabas? Luciano apenas sabe lo b¨¢sico. D¨¦jame mostrarte algo¡±.
?Lo b¨¢sico?
Antes de que pudiera decir algo para detenerla, Mirella extendi¨® las manos y comenz¨® a formar una esfera de luz. La cueva se llen¨® de un brillo c¨¢lido, como el de un amanecer.
Vicenta grit¨® de emoci¨®n y se levant¨® del suelo mientras los dem¨¢s observaban en silencio. Incluso la madre de la ni?a, aunque claramente intentaba mantener su expresi¨®n neutral, no pudo evitar mirar con un poco de asombro.
¡°?Es incre¨ªble!¡± Exclam¨® la ni?a, saltando sobre sus pies.
¡°?Yo tambi¨¦n quiero aprender a hacer eso!¡±
"Eso es imposible, los humanos no pueden usar magia", coment¨¦.
"?No le mientas a mi hija!" Arremeti¨® la mujer, levantando un dedo acusador,
"?Ya sabemos que t¨² s¨ª puedes usar la maginica! ??Acaso quieres guardarte el secreto para siempre?! ??Por qu¨¦ solo t¨²?!"
Luego de esas palabras, todo comenz¨® a encajar en mi cabeza: su hostilidad, la mirada desconfiada de los adultos, las preguntas curiosas pero cargadas de intenci¨®n de la gente, las acusaciones... No era miedo lo que sent¨ªan hacia m¨ª; era frustraci¨®n. Frustraci¨®n por algo que no pod¨ªan comprender ni poseer. Para ellos, yo no era solo un extra?o; era un recordatorio constante de lo que ellos no pod¨ªan hacer.
"Entiendo", dije con un tono calmado, dejando que las palabras salieran despacio para no encender m¨¢s las tensiones.
"As¨ª que eso es lo que piensan... Que me estoy guardando algo, ?no?"
La mujer no respondi¨® de inmediato, pero su mirada era suficiente. Fausto, que hasta ahora hab¨ªa tratado de ser un mediador, desvi¨® la vista, inc¨®modo. Incluso Vicenta, en su inocencia, parec¨ªa captar que algo m¨¢s serio se estaba discutiendo.
"Escuchen, no es que no quiera compartir lo que s¨¦ o c¨®mo lo consegu¨ª. Es que... no funciona as¨ª", empec¨¦ diciendo, mintiendo un poco.
"La magia, o la ¡®maginica¡¯, como le dicen ustedes, no es algo que cualquiera pueda usar. No se trata de un secreto que yo pueda ense?arles, ni de algo que est¨¦ guard¨¢ndome para m¨ª. Es como¡ No s¨¦, como tener un color de ojos diferente. No es algo que uno elige, es algo con lo que uno nace".
"Entonces, ?por qu¨¦ t¨² s¨ª? ?Qu¨¦ te hace especial? Porque nosotros tambi¨¦n tenemos manos, y tambi¨¦n tenemos deseos de proteger a nuestras familias..."
De pronto, se quebr¨® y comenz¨® a llorar.
"?Por qu¨¦ no puedo construir un mejor hogar para mis hijos? ?Por qu¨¦ no puedo crear armas para traer m¨¢s comida para ellos? ?D¨ªmelo! ??Por qu¨¦ t¨² s¨ª y yo no!?"
Su impotencia era demasiado grande.
Carajo... Yo tambi¨¦n estoy lagrimeando, no lo puedo evitar.
Me acerqu¨¦ un poco a ella, refregando su brazo mientras ella se tapaba la cara, llorando desconsoladamente.
"Tranquila... se?ora.
Solo puedo decir que no ped¨ª ser diferente. Simplemente... pas¨®. No puedo cambiar eso, pero lo que s¨ª puedo hacer es usar lo que tengo para ayudarlos a ustedes. Eso es todo lo que intento hacer".
En ese momento, el ni?o tambi¨¦n se larg¨® a llorar mientras Fausto lo sosten¨ªa entre sus brazos.
Lo peor de todo era que estaba tergiversando la historia en sus caras para ocultar el hecho de que yo era un reencarnado al que la diosa de este mundo le implant¨® una porci¨®n de su poder. Era imposible explicar algo as¨ª, y ni siquiera pod¨ªa hacerlo a pesar de que esta mujer estaba llorando frente a m¨ª.
Lo ¨²nico que puedo hacer es ayudar y que ellos aprendan de m¨ª.
La ni?a se qued¨® abrazada a su madre, con la cara contra su panza.
"Mam¨¢, ya no llores..."
Mirella, que hab¨ªa estado en silencio todo este tiempo, decidi¨® intervenir con un estilo despreocupado.
"?Claro que pueden confiar en Luciano! Si no fuera por ¨¦l, yo seguir¨ªa atrapada en esa roca horrible. Adem¨¢s, ¨¦l nunca hace nada malo... Bueno, casi nunca".
Me lanz¨® una mirada juguetona, como si intentara aligerar el ambiente.
La mujer dej¨® de llorar gradualmente, aunque su rostro segu¨ªa tenso y agotado. Era como si el peso de varios a?os de frustraciones se hubiera derramado en un instante. Su marido permanec¨ªa en silencio, acariciando suavemente la cabeza del ni?o, quien sollozaba contra su pecho.
"Escuchen... no quiero que piensen que estoy ac¨¢ para imponerme o para presumir algo que ustedes no tienen.
No vine para demostrar que soy diferente, ni para que ustedes se sientan menos. Vine porque creo que, juntos, podemos cambiar las cosas. Si yo tengo un poder especial, quiero usarlo para ustedes, pero necesito que conf¨ªen en m¨ª, aunque sea un poco. ?Podemos empezar por ah¨ª?"
La mujer movi¨® la cabeza lentamente; sus ojos estaban enrojecidos.
"?Y c¨®mo piensas hacer eso? ?Por qu¨¦... nosotros?"
"Es que no hay ninguna raz¨®n en especial. Simplemente llegu¨¦ ac¨¢ desde los pasadizos subterr¨¢neos, intentando encontrar a alguien con el que hablar y aclarar que yo no soy alguien malo. Yo no soy alguien que tiene el poder del Rey Demonio, como dijo el padre de Tariq.
Mi objetivo es que todos podamos empezar a mejorar nuestras vidas mediante nuevas cosas, como el agua m¨¢gica".
Hice una pausa, tomando el vaso de piedra que hab¨ªa quedado en el suelo y lo cargu¨¦ de nuevo. En ese momento, Fausto se fue al lado de su mujer y le entreg¨® al ni?o.
"Primero que nada, mi magia sirve para moldear los materiales a mi antojo. Puedo modificar la forma de cualquier cosa menos las que sean creadas por otra magia.
Es por eso que pude crear esta cosa a la que llam¨¦ vaso".
Lo levant¨¦ un poco hacia ellos y lo mov¨ª un poco para que el l¨ªquido se notara m¨¢s.
"Es como los recipientes de arcilla, pero m¨¢s peque?o. Sirve para tomar agua".
"Pero el agua se cae", acot¨® Vicenta.
"Eso es porque lo tomaste mal. Hay que poner el borde contra la boca para que el agua vaya cayendo de a poco".
Lo demostr¨¦ haciendo el gesto, bebiendo un poquito de agua.
"Seguro que deben pensar que esta agua es igual que cualquiera que hayan visto... Por cierto, ?de d¨®nde sacan el agua para beber o ba?arse?"
"Hay un arroyo muy cerca. Acabamos de venir de ah¨ª", contest¨® Fausto mientras se tocaba un poco su desordenada barba.
"Ah, perfecto. Bueno, como dec¨ªa, todas las aguas lucen iguales, pero justamente la que est¨¢ en el otro arroyo tiene esta particularidad, que es el poder curar cualquier herida.
Realmente no hay forma de diferenciarlas..." Dije, tosiendo un poco al tratar de evitar hablar sobre las part¨ªculas m¨¢gicas.
"Mientras la saquen de ah¨ª, van a saber que esa es la buena".
Los adultos se miraron entre s¨ª, tal vez no entendiendo muy bien a d¨®nde llevaba esta conversaci¨®n.
"Yo les propongo una cosa: quiero que cambien de cueva y vayan a vivir cerca de nosotros, a la cueva que anteriormente era de Kuri. ?Conocen d¨®nde es?"
"?Claro que no!" Neg¨® rotundamente la mujer.
Nadie se atrevi¨® a decir nada m¨¢s; parec¨ªan estar de acuerdo con su decisi¨®n.
"Bueno, yo pens¨¦ que ser¨ªa algo bueno. As¨ª me ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil ense?arles c¨®mo vivimos y dem¨¢s... ?Qu¨¦ les parece si nos empiezan a visitar a menudo a nuestra casa?"
"Pero Harlan se enojar¨ªa", respondi¨® Fausto, rasc¨¢ndose la cabeza de manera nerviosa.
"?Y qu¨¦ tiene que ver Harlan? ?Qu¨¦ m¨¢s da si se enoja? La idea es que ustedes puedan mejorar su vida y la de sus hijos".
"Es que ¨¦l a veces nos da comida... Carne".
"Entonces cacen peces, ?no? Si me acaban de decir que tienen un arroyo cerca".
Asom¨¦ un poco la cabeza intentando mirar el lugar donde hab¨ªan dejado lo que recolectaron. No parec¨ªa haber nada m¨¢s que frutas.
"Ah, los peces... Ya hace tiempo que no hay".
?Acaso estaban sufriendo por haber cazado indiscriminadamente, por decirlo de alguna manera?
"Ah, ya veo..."
Ese comentario me dej¨® pensativo. Si ellos ya hab¨ªan agotado los peces del arroyo, ?qu¨¦ garant¨ªa ten¨ªa de que no har¨ªan lo mismo con otros recursos? Es m¨¢s, ?qu¨¦ pasar¨ªa si yo, con mi grupo, tambi¨¦n comenzara a consumir carne sin control? Si est¨¢bamos en una isla, no ser¨ªa un lugar enorme, y aunque el bosque y la selva ofrec¨ªan abundancia ahora, esa abundancia no ser¨ªa eterna. Tendr¨ªamos que idear una forma de sostenernos a largo plazo, algo como una granja... pero en este mundo prehist¨®rico, eso era m¨¢s f¨¢cil de imaginar que de implementar.
Aunque claro, nosotros ya hab¨ªamos empezado por otro lado, cultivando la tierra.
"Entiendo... Entonces, no hay peces porque los han cazado todos, ?verdad?" Pregunt¨¦ con calma, intentando no sonar acusador.
"No lo s¨¦... Antes hab¨ªa, pero se fueron acabando poco a poco".
"Eso significa que necesitan encontrar otra forma de conseguir comida. Una que no dependa de lo que la naturaleza les da de forma inmediata", dije, tratando de plantar la idea en sus mentes sin sonar demasiado cr¨ªtico.
La mujer frunci¨® el ce?o, confundida.
"?Qu¨¦ quieres decir? ?De d¨®nde m¨¢s podr¨ªamos sacar comida?"
"Les estoy diciendo que podemos trabajar juntos para crear un lugar donde puedan cultivar plantas para comer. Es algo que donde vivimos lo hacemos. Pero claro, necesitar¨ªamos organizarnos y aprender c¨®mo hacer que sea para todos", respond¨ª, observando sus reacciones.
"?Ahhh...! ?Es lo que nos cont¨® Yume, amor!" Exclam¨® el hombre, asintiendo con la cabeza y mirando a su mujer, la cual todav¨ªa no s¨¦ su nombre.
"Nos dijo que hac¨ªan aparecer nuevas comidas de la tierra porque met¨ªan dentro algo que era... Ah, s¨ª, las semillas".
"S¨ª, las semillas. Las semillas son una parte que tienen la mayor¨ªa de las frutas y dem¨¢s cosas comestibles que crecen de las plantas y ¨¢rboles.
Si uno mete las semillas bajo tierra y les da agua y sol, al tiempo esa planta crecer¨¢ y dar¨¢ m¨¢s frutas. Pueden verlo si nos visitan, estamos consiguiendo bayas, tomates y una hoja llamada acelga de esa manera. Tambi¨¦n estamos hirviendo agua para cocinar la acelga, la carne y tambi¨¦n para conseguir sal".
La expresi¨®n en sus rostros comenz¨® a cambiar lentamente, como si las palabras que les estaba diciendo fueran peque?as semillas de esperanza. La mujer, que hab¨ªa estado tan cerrada y un poco hostil antes, ahora parec¨ªa algo menos tensa. Fausto tambi¨¦n se ve¨ªa un poco m¨¢s relajado, como si algo en su interior estuviera comenzando a hacer clic, como si la idea de un futuro mejor comenzara a tomar forma. Me observaban como si estuvieran tratando de desentra?ar qu¨¦ tan real pod¨ªa ser lo que les propon¨ªa.
Vicenta, la ni?a que segu¨ªa abrazada a su madre, levant¨® la cabeza al escuchar la conversaci¨®n.
¡°?Entonces¡ todos tendr¨ªamos comida suficiente?¡±
¡°S¨ª, con tiempo y esfuerzo, todos podr¨ªan tener suficiente. No se trata de hacer magia, sino de trabajar juntos y compartir lo que sabemos. ?Se imaginan no tener que preocuparse por la comida todos los d¨ªas?¡± Les lanc¨¦ una mirada significativa, buscando que la idea se metiera en sus mentes.
¡°?Eso suena demasiado bueno para ser verdad!¡± Exclam¨® Fausto, como si le costara creer que algo as¨ª pudiera funcionar.
¡°Pero si nuestra hija nos dijo que funciona, y t¨² nos dices que podemos ver c¨®mo funciona¡¡±
"Exactamente. Mi grupo y yo hemos empezado a hacerlo ya. Por eso les dije que vengan a ver c¨®mo lo estamos haciendo. Puedo mostrarles c¨®mo preparar la tierra, plantar las semillas y cuidar las plantas. No es nada que tenga que ver con la magia, solo trabajo en equipo y paciencia".
"?S¨ª! ?A m¨ª no me gusta comer, pero las plantaciones de Luciano son geniales y muy coloridas!" Grit¨® Mirella, que estaba quedando un poco relegada de la conversaci¨®n.
"?Pero y si Harlan...?" Murmur¨® Fausto.
Tir¨¦ el agua m¨¢gica del vaso en el balde de madera y deshice la piedra, junt¨¢ndola con la del suelo.
"Yo solo se los dejo para que lo piensen. Despu¨¦s es decisi¨®n de ustedes si deciden venir o no", dije mientras tomaba el asa del balde.
"Aun as¨ª, les recomiendo que no se dejen llevar tanto por lo que los otros les dicen. Si no, despu¨¦s pueden llegar a arrepentirse".
Not¨¦ que ¨¦l se humedeci¨® un poco los labios, tal vez intentando pensar en alguna respuesta inmediata. Luego mir¨® a su mujer, que tampoco parec¨ªa saber qu¨¦ responder.
"No se preocupen, pronto hablar¨¦ con mi abuelo sobre la situaci¨®n. Quiero involucrar a todas las personas".
Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s a ellos, mirando a la mujer.
"Por cierto, se?ora, todav¨ªa no s¨¦ su nombre ni el de su hijo. ?Ser¨ªa tan amable de dec¨ªrmelos?"
"Yo soy Dana, y este peque?o aqu¨ª", dijo mientras pasaba una mano cari?osa por la cabeza del ni?o que no dejaba de observarme con un par de dedos en la boca.
"Es mi hijo Felipe".
"?Felipe! ?Felipe!" Empez¨® a gritar el ni?o mientras mov¨ªa las manos.
Parec¨ªa darle gracia o algo as¨ª el simple hecho de decirlo, porque se re¨ªa mientras lo hac¨ªa.
"Es un gusto conocerlos, Dana, Felipe.
Ahora ya debo irme. Espero volver a verlos pronto; ya saben que los estar¨¦ esperando".
"?Yo tambi¨¦n los estar¨¦ esperando!" Exclam¨® Mirella.
La peque?a hada se subi¨® a mi hombro y me gir¨¦ para irme, pero entonces sent¨ª un tir¨®n en mi brazo izquierdo. Era Vicenta. Sus ojos grandes se clavaron en los m¨ªos con una intensidad que me desarm¨® por completo.
¡°?Yo s¨ª quiero volver a verte, Luciano!¡± Grit¨® de repente, con un tono firme y esperanzado que contrastaba con su cuerpo peque?o, que en realidad era del mismo tama?o que el m¨ªo.
"Quiero aprender lo que t¨² haces... y tambi¨¦n ver esos colores que dijo Mirella".
Sonre¨ª ampliamente.
"Entonces espero verte pronto, Vicenta. Vos tambi¨¦n pod¨¦s aprender a cuidar las plantas, y quiz¨¢, alg¨²n d¨ªa, podr¨ªas ense?¨¢rselo a otras personas".
Ella asinti¨® vigorosamente, pero de repente, para mi sorpresa, se lanz¨® hacia m¨ª y me abraz¨® con fuerza. Fue un gesto torpe y espont¨¢neo, pero lleno de sinceridad. Por un segundo me qued¨¦ congelado, sorprendido por lo inesperado, pero luego levant¨¦ la mano y le di un par de palmadas suaves en la espalda.
"Eres una buena ni?a, como tu hermana, ?sabes? Yume tambi¨¦n es una chica muy buena, muy educada".
"S¨ª, Yume es genial, pero ahora casi que no puedo verla... ?Ella est¨¢ bien?"
"S¨ª. Ella est¨¢ viviendo bien; Tariq la cuida".
"Qu¨¦ bueno".
Cuando ella se alej¨® un poco, aprovech¨¦ para quitar el vaso con agua desde dentro del balde.
"Tom¨¢, es mejor que se lo queden ustedes... Digamos que es como un regalo".
"?En serio es para m¨ª?" Pregunt¨® mientras lo tomaba entre sus manos.
"S¨ª. Ah¨ª hay agua m¨¢gica, as¨ª que asegurate de que no se te caiga y b¨¦banla cuando les haga falta. Recuerden que siempre pueden buscar m¨¢s avanzando desde los pasadizos subterr¨¢neos hasta alguna de las dos grandes cuevas".
"?Gracias!"
Ella levant¨® la cabeza y me sonri¨®, aunque ten¨ªa los ojos un poco h¨²medos.
¡°Entonces, te ver¨¦ pronto¡±, dijo, como si fuera una certeza absoluta, algo que ni siquiera sus padres pod¨ªan cuestionar.
Luego de despedirnos, me di la vuelta y comenc¨¦ a caminar de regreso por los pasadizos subterr¨¢neos. En ese momento sent¨ª algo dentro de m¨ª cambiar. Era como si, por primera vez en mucho tiempo, hubiera tocado algo verdaderamente humano en esas personas. La desconfianza, el miedo, la desesperanza... todo eso que parec¨ªa tan arraigado en este mundo empezaba a mostrar peque?as grietas.
"Vaya, Luciano. Eres realmente asombroso".
"?Por qu¨¦ lo dec¨ªs?"
"No lo s¨¦, pero yo digo que sigas haciendo lo que haces".
"No te preocupes, no cambiar¨¦".
Uh... Creo que me olvid¨¦ un trozo de na?a en esa cueva.
Cap铆tulo 47: Un Rey Demonio sin encanto.
Es la ma?ana siguiente al d¨ªa que visit¨¦ a la familia de Yume junto a Mirella.
Justo en este momento me acabo de escapar de casa a escondidas usando magia para moldear la madera que funciona como barrotes para la ventana. Creo que ninguna de mis dos compa?eras de cuarto not¨® mis movimientos, as¨ª que espero no asustarlas para cuando despierten.
Mir¨¦ hacia el horizonte y confirm¨¦ lo que hab¨ªa pensado desde dentro: el sol todav¨ªa no parece estar por salir; deben ser como las cuatro y media de la ma?ana, si tomo como referencia los horarios de la Tierra.
?Pero por qu¨¦ estoy saliendo tan temprano? Bueno, es que casi no pude dormir de los nervios por todo lo que me queda por hacer. Mi idea es ir con Forn y hablar cara a cara, sin nadie que pueda interrumpirnos. Es por eso que trat¨¦ de evitar que Mirella o cualquier otro viniera.
Me saqu¨¦ las ojotas un momento y entr¨¦ de nuevo a la casa por la que, por ahora, sigue siendo la ¨²nica puerta de entrada. Saqu¨¦ la t¨ªpica papaya que me llevo al hacer estas salidas tan tempranas y me puse en marcha hacia la gran cueva.
Con respecto a la iluminaci¨®n, convenc¨ª a Mirella de que pusiera una bola de luz adicional por esa noche, excus¨¢ndome de que ten¨ªa un poco de miedo, as¨ª que ahora me acompa?a su magia, aunque es un poco menos potente que las que suele hacer a menudo.
Una vez abajo, en el que podr¨ªa decirse que es la sala principal de los pasadizos, no vi ning¨²n gnomo, as¨ª que tom¨¦ el camino que lleva al lugar donde liberamos a Forn.
Al llegar al final del pasadizo, hab¨ªa un gnomo parado justo en la entrada, como si ya hubiera escuchado que yo estaba por llegar.
"Gnomo rojo", dijo con esa voz ins¨ªpida que los caracteriza.
Y entonces, comenz¨® a caminar de manera acelerada hacia el espacio abierto, desapareciendo de mi vista.
Al intentar seguirlo, not¨¦ que todos los gnomos de sombrero rojo se estaban marchando en fila por el camino de la gran cueva que lleva al desv¨ªo del arroyo. Decid¨ª no llamarlos.
La bola de luz ilumin¨® un poco m¨¢s all¨¢, mostrando al hombre que yo ven¨ªa a ver. ¨¦l se encontraba sentado sobre una pila de pepitas de oro, sosteniendo una de ellas entre sus dedos.
"?Te gusta el oro?"
Decid¨ª no saludar. Por ahora no se lo merec¨ªa.
¨¦l se acomod¨® un poco el sombrero verde. No parec¨ªa sorprendido de verme a pesar de que ya hab¨ªan pasado como dos a?os desde que lo liber¨¦.
"A los gnomos nos gusta todo tipo de mineral".
Me acerqu¨¦ al centro del lugar y puse una mano sobre el suelo rocoso, extrayendo algo de piedra para formar dos sillas, una al frente de la otra.
"Te invito a sentarte para que hablemos. Solo vos y yo, sin nadie que nos interrumpa".
"Me parece bien".
Se incorpor¨® de un peque?o salto, dejando la pepita con las dem¨¢s. Luego sigui¨® mis movimientos y se subi¨® a la silla improvisada; sus pies no llegaban al suelo a pesar de tener unas grandes botas negras.
Puse mis codos sobre mis rodillas y entrelac¨¦ mis dedos, poniendo mi barbilla sobre ellos.
"Contame, querido Forn. ?Vos te quer¨¦s llevar mal conmigo?"
"Cre¨ª ya haberte dicho que no, querido Luciano".
"?Entonces por qu¨¦ me hiciste enojar? ?Por qu¨¦ me tendiste una trampa? Yo no me olvid¨¦ de lo que me hiciste pasar, por m¨¢s que vuelva ahora, mucho tiempo despu¨¦s".
"Pero te hice aprender una cosa nueva".
"?Qu¨¦ cosa? Solo me hiciste decir cosas horribles".
¨¦l se levant¨® un poco y tir¨® hacia atr¨¢s la capa roja que llevaba puesta. Al parecer se hab¨ªa sentado sobre ella y le molestaba.
"A ver... No me gusta revelar los secretos de los dem¨¢s. Es por eso que te hice verlo por tu cuenta".
"?Qu¨¦ secretos? ?De qui¨¦n?"
"De tu amiga. Pero al parecer ni siquiera te diste cuenta, o no quieres darte cuenta".
?Este tipo estaba jugando conmigo o realmente dice la verdad? No termino de entender sus objetivos.
Sin responderle, agarr¨¦ con una mano la bola de luz, que empez¨® a hacerse m¨¢s potente, y la lanc¨¦ de una forma que empezara a dar vueltas volviendo hacia m¨ª. As¨ª es como pude ver la sombra de Forn, que marcaba sesenta y cuatro a?os de edad con un mes.
"?Ves? Por eso te dije que no quiero llevarme mal contigo. Alg¨²n d¨ªa podr¨ªas salirte de control".
"?Por qu¨¦ pens¨¢s eso? ?Es porque me le¨ªste las manos?"
Volv¨ª a ponerme en la misma posici¨®n que antes, mirando c¨®mo la bola terminaba de dar peque?os giros sobre s¨ª misma, como si su centro de gravedad estuviera sobre mi cabeza.
"En realidad, le¨ª tu cuerpo".
"?Qu¨¦ es leer?"
"No lo s¨¦ con exactitud".
Hubo unos segundos de silencio. Realmente no sab¨ªa qu¨¦ responderle.
"?Me ten¨¦s miedo?"
"No".
"?Y entonces...?"
"Solo protejo a mi familia".
?Desde cu¨¢ndo este tipo se convirti¨® en alguien de pocas palabras? ?Siempre fue as¨ª? Ciertamente, no lo conozco mucho.
"Nuestro objetivo es relativamente similar, pero usamos m¨¦todos diferentes para cumplirlo".
"?En serio?"
"Me parece que s¨ª. Yo creo cosas, ?y vos?"
"Yo encanto cosas".
Forn dec¨ªa estas cosas como si no entendiera la magnitud de lo que implicaban. Encantar cosas¡ ?De qu¨¦ estaba hablando exactamente? ?Podr¨ªa, por ejemplo, ponerle magia ofensiva a una simple roca? ?O magia de curaci¨®n a un arma? ?O magia de control mental a un... anillo? Si eso era verdad, su habilidad no solo era peligrosa, sino absurdamente desproporcionada. La posibilidad me dio escalofr¨ªos.
Lo estuve observando detenidamente mientras hablaba. Sus movimientos eran pausados y algo cortantes, como si pesara cada palabra antes de dejarla salir. No parec¨ªa consciente de c¨®mo esa revelaci¨®n pod¨ªa ponerme en alerta. Aunque, siendo sinceros, Forn siempre hab¨ªa sido un enigma.
"?Qu¨¦ significa encantar?" Pregunt¨¦ haci¨¦ndome el tonto.
"Ponerle un poder a algo. A un mineral".
"?Puedo saber m¨¢s?"
"Simple. Tomo un mineral y lo conecto con las part¨ªculas m¨¢gicas que me rodean".
Es por eso que tiene anillos con piedras preciosas. Son cuatro en total: dos con gemas rojas en su mano izquierda y dos con gemas azules en la derecha. No parec¨ªa haber part¨ªculas m¨¢gicas justamente en esos anillos.
"?Y ese encantamiento dura para siempre? ?O tiene una especie de tiempo l¨ªmite?"
"No lo s¨¦".
"En tus anillos ten¨¦s encantamientos, ?no? ?Alguno hasta ahora se te cancel¨®?"
Si este tipo tiene sesenta y cuatro a?os, como dice su sombra, supongo que debe tener, al menos, un encantamiento que tenga m¨¢s de treinta a?os.
"No, nunca".
Me da la sensaci¨®n de que este hombre no era as¨ª de serio cuando nos conocimos. ?Ser¨¢ que reci¨¦n se despierta?
"Forn, ?te sent¨ªs mal?"
"S¨ª".
Su respuesta me tom¨® de imprevisto, porque hab¨ªa hecho la pregunta pensando en que responder¨ªa que no.
"Entonces, contame qu¨¦ te pas¨®".
¨¦l se baj¨® del asiento y fue a buscar una pepita de oro. Luego volvi¨® r¨¢pidamente.
Durante ese ¨ªnterin de tiempo, aprovech¨¦ para hacer una mesa de piedra redonda entre los dos.
"Desde que me liberaste... ya no siento la misma conexi¨®n con los minerales que antes", confes¨® de repente, girando la pepita entre sus manos como si estuviera buscando algo en ella.
"Antes, cada trozo de mineral ten¨ªa un significado, un prop¨®sito. Ahora... aunque obtenga m¨¢s y m¨¢s oro, eso ya no me hace feliz".
"?En serio me est¨¢s diciendo eso? ?O est¨¢s queriendo jugar conmigo otra vez?" Mi tono fue m¨¢s duro de lo que pretend¨ªa.
No quer¨ªa sonar agresivo, pero algo en su confesi¨®n no me terminaba de cerrar. Tal vez yo tengo esa figura de que las personas que son, y se ven, mayores tienen esa sabidur¨ªa que puede llegar a responder a las preguntas m¨¢s profundas.
Forn no respondi¨® de inmediato. Solo dej¨® caer la pepita sobre la mesa y mir¨® sus propias manos, como si no las reconociera.
"No tiene sentido que te mienta. Mi vida... ha cambiado desde que esa bestia me encerr¨®".
"?Y qu¨¦ es lo que quer¨¦s ahora? ?Un prop¨®sito? ?Algo que te haga sentir esa conexi¨®n otra vez?"
"Quiz¨¢s".
Esa palabra qued¨® flotando en el aire, y yo me sent¨ª atrapado entre dos caminos. Pod¨ªa ignorarlo y seguir con mi peque?a desconfianza, o pod¨ªa intentar ofrecerle algo que lo mantuviera ocupado, que desviara cualquier intenci¨®n peligrosa hacia un objetivo m¨¢s productivo. ?Y si lograba convertirlo en un aliado, alguien que pudiera ense?arme sus t¨¦cnicas y su magia?
Hab¨ªa algo genuino en su voz, una mezcla de melancol¨ªa y cansancio que no pod¨ªa ignorar del todo. Pero al mismo tiempo, no pod¨ªa dejar de preguntarme si sus palabras eran del todo verdaderas, si este gnomo, a pesar de su aparente honestidad, ten¨ªa alg¨²n plan oculto.
Respir¨¦ hondo y observ¨¦ la pepita de oro que hab¨ªa dejado sobre la mesa. Era un objeto con brillo, pero sin vida. Solo un trozo de metal, tan vac¨ªo como Forn dec¨ªa sentirse. Yo una vez me sent¨ª igual que ¨¦l, intentando buscar algo de consuelo en lo material.
Fue tan pat¨¦tico que me da verg¨¹enza recordarlo ahora.
Bueno, si lo que el hombre de sombrero verde buscaba era un prop¨®sito, tal vez pod¨ªa darle uno. Claro, con precauci¨®n.
"Escuchame, Forn".
Me inclin¨¦ ligeramente hacia ¨¦l, cruzando los brazos sobre la mesa de piedra.
"Si realmente quer¨¦s un cambio, hay algo que podemos hacer, porque tengo una propuesta para vos. Podr¨ªamos hacer un pacto de no agresi¨®n. Nada de trampas, nada de problemas".
"?Estar¨ªas dispuesto a hacer otro pacto m¨¢s aparte de los dos que ya tienes con el hada?"
"?Acaso hay algo malo en hacer varios?"
"Que luego no puedes deshacerlo. El pacto s¨ª es para siempre".
"Forn, si es correcto lo que pienso, vos adquiriste consciencia propia cuando estabas encerrado dentro de las piedras. Eso significa que ya deber¨ªas saber que estoy un poco loco, ?no?"
"Puede ser... Aunque solo estaba despierto a veces, cuando sent¨ªa m¨¢s potencia m¨¢gica a tu lado".
?Acaso estaba refiri¨¦ndose a Luc¨ªa? Recuerdo que la vez que se meti¨® en mis sue?os me advirti¨® que mi mam¨¢ estaba intentando robarse la piedra m¨¢gica.
"Entonces quiero confirm¨¢rtelo: estoy loco. Es as¨ª, muchas veces hago cosas que para los dem¨¢s no ser¨ªan algo normal. Digo cosas que algunos no entienden e invento cosas que a nadie se le hubiera ocurrido".
Lo que s¨ª era loco era el tener que disfrazarme de loco para no decir que soy un reencarnado.
Forn esboz¨® una peque?a sonrisa por primera vez en esta ma?ana tan peculiar.
"?En serio? Parece interesante... ?Y por qu¨¦ har¨ªas eso? ?Por qu¨¦ arriesgarte tanto?"
"Porque as¨ª protejo a mi familia".
No nos queda m¨¢s que seguir viviendo por ella.
Relatos absurdos: Luciano el perezoso.
El entierro de Anya fue silencioso. No hubo palabras, solo llantos ahogados y respiraciones pesadas. Rundia fue quien la envolvi¨® con una manta de piel de conejo que yo fabriqu¨¦; sus manos temblaban al hacerlo. Tar¨²n se mantuvo de rodillas, incapaz de moverse, incapaz de reaccionar. Tariq¡ ¨¦l solo miraba el suelo. Ni siquiera se atrevi¨® a acercarse.
Pero, ?por qu¨¦ la enterramos, si ellos a Kuri la quemaron? Bueno, la verdad es que tuve que contarles lo que pas¨® con la familia de Anya, que las encontr¨¦ a las dos muertas y las enterr¨¦ bajo el suelo. Les expliqu¨¦ tambi¨¦n que no ¨ªbamos a poder soportar el olor, y que no ten¨ªamos recursos suficientes para hacerlo.
Simplemente aceptaron. Bah, en realidad, nadie ten¨ªa ganas de discutir algo en este momento.
Cuando todo termin¨®, cuando la piedra cubri¨® el cuerpo de Anya y solo qued¨® su tumba en mitad de la sala como recordatorio de que alguna vez estuvo con nosotros, mi cuerpo se sinti¨® m¨¢s pesado que nunca.
Mi mente volv¨ªa una y otra vez a los ¨²ltimos momentos, a su sonrisa que ahora era un recuerdo, a su voz que ya no volver¨ªa a escuchar, a su hermosa cara que ya no podr¨ªa volver a ver. Me dol¨ªa el pecho, como si me hubieran arrancado algo de adentro y dejado un hueco imposible de llenar.
No ten¨ªa ganas de hablar con nadie. No ten¨ªa ganas de mirar a nadie. No ten¨ªa ganas de que mis piernas se siguieran moviendo.
No ten¨ªa ganas de nada, porque la pereza me estaba consumiendo por dentro.
As¨ª que me fui del amontonamiento de gente. Camin¨¦ sin rumbo por todas las habitaciones que hab¨ªa hecho hasta encontrar un rinc¨®n solitario, lejos de todos. Me dej¨¦ caer al suelo y me acurruqu¨¦ en posici¨®n fetal, hundiendo la cabeza entre los brazos.
No pod¨ªa con esto. No esta vez.
Pens¨¦ en Tar¨²n de nuevo... ¨¦l no hab¨ªa dicho nada despu¨¦s del entierro. Se qued¨® ah¨ª, de pie, mirando la tumba de su madre hasta que alguien lo llev¨® hacia otro lado. No s¨¦ si Rundia o Rin lo sacaron de ah¨ª. No s¨¦ si Tariq se atrevi¨® a hablarle. No s¨¦ nada.
Pero incluso con el silencio que me rodeaba, hab¨ªa algo que no desaparec¨ªa. Mirella hab¨ªa estado dando vueltas cerca de m¨ª desde hace rato. Pod¨ªa sentir el leve batir de sus alas y escuchar su vocecita intentando llamar mi atenci¨®n.
"Lucianooo..."
No respond¨ª.
"?Luci-Lucii! ?Sab¨ªas que si haces as¨ª con los dedos...?"
?POP!
Un ruido un tanto extra?o me hizo abrir un ojo apenas. Mirella hab¨ªa hecho explotar algo cerca de mi cuerpo. ?Acaso lo hizo con magia de luz? No lo pude ver.
"...Hmpf".
Nada impresionante.
Mirella frunci¨® el ce?o y cruz¨® los brazos.
"?Oye! ?No puedes quedarte as¨ª para siempre! ?Qu¨¦ pasa si ma?ana te conviertes en una piedra sin emociones y empiezas a hablar como esos ancianos raros que solo est¨¢n amargados y no hacen nada divertido?"
?Se refer¨ªa a Harlan y R¨®mulo? ?Por qu¨¦ querr¨ªa yo pensar en esos tipos justo en este momento?
No reaccion¨¦.
Silencio otra vez. Hasta que¡
"?TAN TATAAAN! ?MIRELLA HACE SU GRAN ENTRADA AL LUGAR!"
Gir¨¦ apenas la cabeza y la vi. Mirella estaba sobre una bola de luz, haciendo poses exageradas y parec¨ªa balancear su cuerpo, tambi¨¦n de manera exagerada.
"?He venido desde una isla muy muuy muuuy lejana para desafiarte, oh gran Luciano, al duelo definitivo!"
Me se?al¨® con un dedo.
No respond¨ª. Todo esto era una tonter¨ªa.
"?Eh? ?No? ?Nada? ?Bah, qu¨¦ ni?o tan aburrido!"
"Mirella, eso suena a lo que me dijo el Rey Demonio cuando me desafi¨® a una batalla a muerte. No da risa".
"?En serio...? No sab¨ªa... Lo siento".
Pasaron unos segundos y entonces sent¨ª algo en mi cabeza. Como si... como si alguien hubiera puesto algo encima. Abr¨ª un ojo y me encontr¨¦ con Mirella parada sobre m¨ª, con los brazos en jarra y la parte superior de la pi?a que hab¨ªamos comido sobre la cabeza.
¡°?Soy el Gran Hada Mirella! ?He venido a salvarte de la maldici¨®n de la Tristeza Tonta!¡±
Cerr¨¦ el ojo. ?Por qu¨¦ me estaba molestando as¨ª? Solo quiero dormir en paz.
Mirella chasque¨® la lengua.
¡°Bueno, veo que es una maldici¨®n bastante fuerte¡ Pero nada que mi magia no pueda solucionar. Despu¨¦s de todo, yo soy la ¨²nica hada de este lugar¡±.
Sent¨ª que se alejaba unos segundos y, de repente, algunas cosas me golpearon la cara. No con fuerza, pero lo suficiente como para que lo sintiera. Abr¨ª los ojos con fastidio y vi varias semillas sobre m¨ª y sobre el suelo.
¡°?Me acab¨¢s de tirar semillas?¡± Pregunt¨¦, quit¨¢ndolas de mi cara; parec¨ªan ser de manzana y tomate, justo las que yo hab¨ªa separado por si las dudas.
Unlawfully taken from Royal Road, this story should be reported if seen on Amazon.
Mirella flotaba con cara de culpable.
¡°Eh¡ ?No? La Gran Hada Mirella nunca har¨ªa algo as¨ª¡±.
La mir¨¦ fijamente.
¡°Bueno, s¨ª, pero era parte de la curaci¨®n de la Gran Hada para quitar maldiciones. Ahora necesito¡ d¨¦jame ver¡ ?Un poco de barro!¡±
Volv¨ª a cerrar los ojos. ?Quiero dormir!
Sent¨ª c¨®mo se iba, murmurando cosas para s¨ª misma, y luego algo h¨²medo aterriz¨® en mi brazo.
¡°??Me est¨¢s untando barro!? ??En serio, Mirella!?¡±
Mirella solt¨® una risa nerviosa.
¡°Es que¡ bueno, este¡ ?Es magia, Luciano! ?Magia de hadas grandiosas! ?Desaparece la tristeza y deja la piel hermosa! ?Doble efecto!¡±
No respond¨ª.
Mirella suspir¨® y luego escuch¨¦ c¨®mo tomaba aire.
¡°?AHHHHHH, NOOOOO, LA MALDICI¨®N SE EST¨¢ EXTENDIENDO! ?TENGO QUE HACER ALGO DR¨¢STICO!¡±
No me mov¨ª, pero me estaba comenzando a molestar demasiado que Mirella estuviera jodiendo con el tema de las maldiciones.
Entonces, de repente, algo cay¨® sobre mi cabeza acompa?ado de un sonido de su boca. Algo ligero. Algo... mojado.
¡°?Me acab¨¢s de escupir? ?Sos idiota?¡±
Mirella solt¨® otra risa nerviosa.
¡°?Fue la super saliva de hada! ?Es muy buena! ?Cura la tristeza, las maldiciones y las heridas!¡±
Volv¨ª a cerrar los ojos, inhal¨¦ profundamente y exhal¨¦.
"Mirella, dejame de molestar ya. No estoy de humor ahora".
Mirella parec¨ªa frustrarse m¨¢s y m¨¢s con cada intento fallido. Se qued¨® callada un momento y luego¡
¡°Luciano, si no reaccionas a las tres¡ ?Voy a caminar desnuda arriba de tu cabeza!¡±
Ignor¨¦ la amenaza. Era obvio que nadie ser¨ªa tan tonto para hacer algo as¨ª.
¡°?Uno¡!¡±
No dije nada. Ojal¨¢ solo terminara de contar y se fuera a molestar a otra persona.
¡°?Dos¡!¡±
Segu¨ªa sin moverme. Esto era est¨²pido... ?Acaso hab¨ªa aprendido lo de ''a las tres'' de cuando cargamos al Rey Demonio?
¡°?Tres!¡±
Silencio total de mi parte.
Al ver que no suced¨ªa nada, abr¨ª un ojo con desconfianza y la vi flotando con los brazos cruzados, haciendo un puchero.
¡°No pensabas hacerlo, ?no?¡±
Mirella desvi¨® la mirada.
¡°Eh¡ bueno, no. Pero si quieres, lo hago¡¡±
"Definitivamente no".
Suspir¨® y cambi¨® de t¨¢ctica. Esta vez s¨ª se subi¨® a mi cabeza. S¨ª. Literalmente, aterriz¨® sobre mi cabeza y se acost¨® ah¨ª, boca abajo y con las piernas sobre mi hombro.
"Ahhh¡ S¨ª, s¨ª¡ Esto es c¨®modo¡"
No reaccion¨¦.
"Luciaaaaaanoooooo voy a hacer que huelas mis pies sucios si no te levantas".
"..."
"Voy a lamer tu cara".
"..."
Me imagin¨¦ a Mirella inflando las mejillas con frustraci¨®n cuando empez¨® a sacudir un poco mi cabello.
"?Reacciona! ?Aunque sea, dime que te molesto! ?No puedes estar as¨ª!"
Nada. Silencio absoluto de mi parte.
"?Ay, no! ?Volv¨ª a arrancarte cabello!"
Ese era otro tema.
"No pasa nada... And¨¢ a dormir... o mejor andate a molestar a Aya, o a quien mierda sea".
"?No!"
"Pfff..."
Pasaron unos segundos antes de que escuchara un susurro en mi o¨ªdo.
"Luciano es un bicho feo que se porta tan mal que... que..."
Levant¨¦ apenas una ceja, pero esta vez no le respond¨ª.
"Luciano huele raro, como huelen las... las..."
Segu¨ª qued¨¢ndome callado.
"Luciano tiene pies feos, se parecen a... a..."
Eso fue bajo. ?Se estar¨¢ refiriendo a que no tengo las u?as?
"A Luciano¡"
La escuch¨¦ tragar saliva.
"A Luciano le gustan las colas y las orejas de Aya".
Lentamente levant¨¦ la cabeza.
"?Qu¨¦ dijiste?"
Mirella cay¨® de espalda contra el piso y sonri¨® con nerviosismo, agitando las manos.
"?Es broma, es broma! Una broma muy tonta..."
Dej¨® caer sus brazos contra el suelo, como si estuviera derrotada.
Al fin, solo deb¨ªa esperar que se fuera para dormir tranquilo y no pensar en nada. Solo espero que despu¨¦s no venga nadie m¨¢s a molestarme.
Volv¨ª a acostar la cabeza contra el suelo de costado, expectante y sin cerrar los ojos.
La vi suspirar y volar un poco lejos de m¨ª. Esta vez no dijo nada por un rato.
Hasta que¡ Un peque?o sollozo.
Levant¨¦ la vista solo un poco y la vi; Mirella estaba temblando, sus ojitos verdes llenos de l¨¢grimas. Se las restreg¨® con el dorso de las manos, pero no pod¨ªa detenerlas.
"?Tonto, tonto, tonto!"
Su vocecita se rompi¨®.
"?Siempre logras hacerme re¨ªr! ?Siempre logras hacer que todos se sientan mejor! ??Por qu¨¦ ahora no puedo hacer lo mismo contigo?!"
Baj¨® la cabeza, y sus hombros temblaron m¨¢s fuerte.
"?No quiero verte as¨ª! ?No quiero que te quedes as¨ª!"
Mirella, quien siempre estaba llena de energ¨ªa, quien siempre sonre¨ªa sin importar qu¨¦¡ ahora estaba llorando, por m¨ª.
Mirella... Siempre es alguien risue?a, bromista. No importa la situaci¨®n, siempre encuentra la manera de hacer un chiste, de re¨ªrse o de fastidiar a alguien con su presencia. A veces lo hace para molestar, otras veces para aliviar tensiones, pero ahora estaba de nuevo as¨ª¡ tan vulnerable.
?Pero por qu¨¦? ?Por qu¨¦ est¨¢ llorando ahora?
Anya muri¨®. ?Por qu¨¦ no llor¨® por ella? ?Por qu¨¦ no se sinti¨® triste cuando vio todo lo que pas¨®?
No, espera¡ Tal vez s¨ª lo hizo, pero lo ocult¨®. Tal vez se forz¨® a seguir sonriendo, a seguir con su actitud de siempre solo para que yo no me derrumbara. Tal vez, todo este tiempo, estuvo sosteniendo su propia tristeza, reprimi¨¦ndola, porque pens¨® que yo la necesitaba fuerte, que no deb¨ªa mostrarme su dolor.
?Y ahora? Ahora est¨¢ llorando porque no puede hacerme re¨ªr. Porque no puede hacerme olvidar el peso que llevo en los hombros.
Es gracioso, en cierto modo. Yo nunca pens¨¦ que Mirella fuera tan as¨ª. Que sintiera que ten¨ªa que hacerme re¨ªr, que deb¨ªa estar para m¨ª cuando yo no pod¨ªa estar para m¨ª mismo. Siempre la vi como un torbellino de energ¨ªa, una fuerza de la naturaleza que simplemente hac¨ªa lo que quer¨ªa, sin importarle las consecuencias. Pero no... No es as¨ª.
Tal vez sea porque yo siempre estoy intentando verle las cosas positivas a las cosas, que siempre sigo adelante sin importar lo que nos suceda, que siempre ve que tengo una soluci¨®n para las cosas. Sin embargo, ahora fall¨¦ y Anya ya no est¨¢ a nuestro lado, y s¨¦ que eso es algo irreparable.
Ella realmente se preocupa. Ella est¨¢ sufriendo por m¨ª.
No me lo merec¨ªa en este momento. Pero ella estaba ah¨ª, con el rostro lleno de l¨¢grimas y la voz temblando por la frustraci¨®n de no poder ayudarme.
Sin pensarlo demasiado, me arrastr¨¦ hasta ella, extend¨ª la mano y le di un leve golpecito en la cabeza. No con fuerza. Solo lo suficiente para que reaccionara.
Ella parpade¨® varias veces y me mir¨® con la boca entreabierta.
"?Eso fue... un coscorr¨®n?"
?As¨ª se le dec¨ªa a eso?
"S¨ª".
"?Por qu¨¦?"
"Porque te pasaste todo este tiempo intentando sacarme de mi miseria... pero nunca te diste tiempo para estar triste vos".
Sus labios se apretaron y su expresi¨®n se contrajo en una mueca a punto de explotar. Sus ojitos verdes brillaron con nuevas l¨¢grimas y, sin decir nada m¨¢s, se lanz¨® contra m¨ª, abrazando mi brazo con toda la fuerza que ten¨ªa.
"?Tonto! ?Tonto, tonto, tontoooo!"
Nos quedamos as¨ª, en silencio por un tiempo.
"Perd¨®n por decirte idiota", dije.
"Y yo te pido perd¨®n por decirte tonto y todas esas cosas raras. No eran verdad, solo estaba bromeando".
"?Lo de Aya tambi¨¦n era broma?"
"Bueno... No s¨¦, supongo que eso solo lo sabes t¨²".
"Bueno, supongo que s¨ª me gustan un poco sus colas y el ruido que hace al mover las orejas".
"?Tonto!"
Un nuevo golpecito lleg¨® a mi pecho.
Tal vez ma?ana sea un d¨ªa mejor. Tal vez ma?ana sea un mundo mejor.
Tal vez.
Cap铆tulo 58: ?Amigo o enemigo?
Reci¨¦n acabo de despertarme luego de dormir junto a Mirella por no s¨¦ cu¨¢nto tiempo. Se ve que durante ese transcurso en el que estuve dormido, a nuestro lado se sumaron las gemelas, Luc¨ªa y Aya.
Luc¨ªa era la que estaba m¨¢s cerca de m¨ª. De hecho, choqu¨¦ sin querer mi brazo contra ella al despabilarme.
"?Te sientes un poco mejor?"
"No s¨¦... ?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s? ?En la sala principal?"
"S¨ª. Dijeron que iban a rezarle a Ad¨¢n o algo as¨ª. Est¨¢n junto a la l¨¢pida que hiciste".
"Ah..."
Vi hacia mi otro costado; Mirella segu¨ªa durmiendo, Aya tambi¨¦n y las gemelas estaban sentadas, mirando al infinito y con los ojos algo rojos.
"?Ustedes no rezan?"
Samira fue la ¨²nica que me mir¨®, porque Suminia apoy¨® la frente contra sus rodillas, ocultando su rostro.
"No tenemos ganas de hacer nada".
"Ya veo... Yo tampoco, pero tengo que seguir adelante para poder salir de este maldito lugar y que no muera nadie m¨¢s".
Samira no respondi¨®, simplemente cerr¨® los ojos y dej¨® escapar una l¨¢grima.
Toqu¨¦ suavemente con un dedo el cuerpo de Mirella.
"Mirella, ?quer¨¦s acompa?arnos a ver c¨®mo est¨¢ todo afuera?"
Ella apenas se gir¨® hacia m¨ª, pero no abri¨® los ojos.
"Ah... S¨ª... S¨ª..."
"?Quer¨¦s que te acompa?e yo?" Pregunt¨® mi mam¨¢ al ver que Mirella no abr¨ªa los ojos.
"Puede ser... Aunque si no vamos con Mirella, no ver¨ªamos nada porque no vamos a tener luz".
Antes de que pudiera volver a hablarle a Mirella, Samira me interrumpi¨®. Su ment¨®n estaba apoyado sobre sus rodillas.
"Luciano, ?c¨®mo haces para ser tan fuerte?"
"?A qu¨¦ te refer¨ªs?"
"A que siempre est¨¢s intentando mejorar o hacer cosas nuevas, y que siempre est¨¢s luchando contra la gente mala. ?C¨®mo haces para siempre seguir a pesar de que salgan mal las cosas?"
?C¨®mo podr¨ªa responder a eso sin mentirle? ?Sin decirle que fui mandado ac¨¢ con un objetivo tan grande que me empuja a tener que seguir adelante?
"Supongo que es porque tengo la magia, y eso me hace poder y querer protegerlos a todos ustedes".
"?Y t¨² sabes qu¨¦ fue todo eso que pas¨® fuera? ?Por qu¨¦ le pas¨® eso al volc¨¢n?"
"Yo tambi¨¦n estoy perdido con ese tema, porque no s¨¦ por qu¨¦ sucedi¨® justo ahora, justo despu¨¦s de vencer al Rey Demonio. Solo s¨¦ que lo que sucedi¨® se llama erupci¨®n, y que sale lava desde dentro del volc¨¢n hacia fuera".
"?Y qu¨¦ vamos a hacer ahora?"
"Estoy en eso, Sami".
Est¨¢ bien".
Ella ocult¨® su cara apoyando la frente contra sus rodillas, adoptando la misma postura en la que estaba su hermana.
"Gracias por todo..." Escuch¨¦ que murmur¨®.
Volv¨ª a tocar suavemente el hombro de Mirella.
"Mirella, ?podr¨ªas ponerme una bola de luz que me acompa?e?"
"Ah... S¨ª... S¨ª..."
Dormida y sin todav¨ªa abrir los ojos, levant¨® una sola mano y una bola de luz no muy grande apareci¨® hasta llegar arriba de mi cabeza.
"Gracias", respond¨ª, levant¨¢ndome del suelo.
No respondi¨® nada, solo se dio la vuelta y sigui¨® durmiendo.
Estir¨¦ las manos hacia Luc¨ªa para ayudarla a levantarse y luego me acerqu¨¦ a las gemelas, viendo c¨®mo a su lado Aya estaba durmiendo sentada contra la pared.
Ellas no se mov¨ªan demasiado, solo estaban ah¨ª, atrapadas en su propio dolor. Me arrodill¨¦ frente a ellas y, sin decir nada, las envolv¨ª con mis brazos, atray¨¦ndolas a m¨ª. Samira se dej¨® caer contra mi hombro sin oponer resistencia, mientras que Suminia, aunque m¨¢s r¨ªgida, tampoco se apart¨®.
Pude sentir c¨®mo las dos temblaban ligeramente, con sus respiraciones entrecortadas, cargadas de emociones contenidas. Por un momento, se sent¨ªa como estar abrazando a la misma persona por doble.
Suspir¨¦, apoyando la barbilla sobre sus cabezas.
"No voy a decirles que lo superen de inmediato, porque s¨¦ que eso es imposible ahora. Tampoco voy a decirles que dejen de pensar en ella, porque siempre estar¨¢ en nuestros corazones¡ pero s¨ª quiero que sepan algo: vamos a seguir adelante cueste lo que cueste. Vamos a vivir, aunque duela. Porque eso es lo que Anya querr¨ªa, ?verdad?"
Samira asinti¨® d¨¦bilmente contra mi pecho, sin levantar la cara. Suminia tard¨® m¨¢s, pero finalmente, dej¨® escapar un peque?o suspiro y movi¨® la cabeza apenas, refreg¨¢ndose un poco contra mi ropa.
"Juro que no voy a dejar que esto nos derrumbe como familia. No importa lo que venga, lo que pase¡ siempre vamos a encontrar la forma de seguir adelante".
Samira hizo un ruido ahogado, como si estuviera conteniendo el llanto, y escondi¨® m¨¢s la cara contra m¨ª.
"Gracias¡" Murmur¨® de nuevo.
"Siempre estaremos a tu lado y al lado de tu familia".
"Gracias por decir eso".
Me qued¨¦ un rato m¨¢s abraz¨¢ndolas, d¨¢ndoles ese poco de calor que pod¨ªa ofrecerles, hasta que sent¨ª que ya era momento de irme. Les di un suave apret¨®n a ambas antes de soltarlas y levantarme.
Pero justo en ese momento, una de ellas me tom¨® de la mano con fuerza, fren¨¢ndome. Al darme la vuelta, pude ver que era Suminia.
"No vas a..."
Parec¨ªa estar dudando de si hablar o no. No hizo contacto visual conmigo.
"No vas a hacer nada tonto, ?verdad?"
Inclin¨¦ un poco el cuerpo hacia ella, haciendo que me vea de frente.
"Solo voy a hacer lo necesario para que todos sigamos viviendo y no sufrir m¨¢s".
Ella solt¨® mi mano de inmediato.
"E-Est¨¢ bien..."
Supe que no deb¨ªa decir nada m¨¢s, y tampoco ella querr¨ªa, as¨ª que me fui de la habitaci¨®n de piedra.
Luc¨ªa se acerc¨® a m¨ª en silencio y juntos salimos de la habitaci¨®n, seguidos por la luz flotante que Mirella hab¨ªa creado para m¨ª.
Cuando llegamos a la sala principal, la escena que vi me peg¨® bastante fuerte. Todos estaban ah¨ª, algunos cuantos reunidos alrededor de la l¨¢pida de Anya, con la cabeza baja. Algunos se ve que murmuraban oraciones en voz baja; otros solo miraban el suelo, supongo que atrapados en sus pensamientos.
Pero mi mirada se detuvo en un rinc¨®n al fondo a la derecha.
Tar¨²n estaba acurrucado en el suelo, con el rostro enterrado entre sus brazos, igualito a como yo estaba hace un rato. Sus hombros temblaban ligeramente, aunque no hac¨ªa ruido alguno. A su lado, Tariq ten¨ªa una mano sobre su espalda, intentando consolarlo, pero se notaba que no sab¨ªa qu¨¦ hacer. Rin y Rundia tambi¨¦n estaban all¨ª, con expresiones sombr¨ªas, pero parec¨ªan estar habl¨¢ndole.
No me acerqu¨¦. No era el momento. No era el lugar. Tampoco quer¨ªa hacerlo.
Aprovech¨¦ para ver que la mayor¨ªa de bandejas estaban vac¨ªas y segu¨ª caminando con Luc¨ªa, alej¨¢ndonos de todos.
"Sigamos, mami".
"S¨ª..."
El comienzo de la cueva estaba en penumbra, apenas iluminado por la esfera de luz. La roca h¨²meda del suelo reflejaba el brillo tenue, d¨¢ndole un aire extra?o y melanc¨®lico al lugar.
Lo cierto era que a cada paso que d¨¢bamos, el aire se sent¨ªa un poco m¨¢s h¨²medo. Debe ser que el agua est¨¢ siendo absorbida por la tierra.
Por lo pronto, yo aprovech¨¦ para recargar mi cantimplora con la poca agua que hab¨ªa quedado estancada en el suelo.
Luc¨ªa caminaba a mi lado en silencio.
"Te ves m¨¢s serio que antes¡" Murmur¨®, mir¨¢ndome de reojo mientras se acomodaba un poco su prenda superior.
"Porque estoy pensando en algo que no te cont¨¦ todav¨ªa", respond¨ª, sin girar hacia ella.
"?Algo que todav¨ªa no me contaste?"
"?Viste que yo siempre te cuento todo a vos?"
"S¨ª... ?Me estuviste ocultando algo? No deber¨ªas ocultarle cosas a mam¨¢".
Me detuve, tom¨¦ aire y, sin decir nada, pas¨¦ una mano por mi cabello y tir¨¦ suavemente de un mech¨®n.
Los cabellos se desprendieron con una facilidad absurda, cayendo en peque?os hilos sobre mi palma.
Ella se qued¨® mirando en silencio; sus ojos oscuros y sorprendidos brillando a la luz de la esfera.
"Estoy maldito", dije finalmente.
Ella frunci¨® el ce?o.
"No digas esas cosas, hijo. ?Por qu¨¦ estar¨ªas maldito? ?Acaso hay brujas en este mundo y yo no las vi?"
Levant¨¦ la mano, dej¨¢ndole ver los cabellos ca¨ªdos.
"Es en serio. Fue la magia del Rey Demonio que me maldijo antes de morir. Lo ¨²nico que no sabemos es por qu¨¦ eligi¨® esta maldici¨®n.
Y no se me cae solo el de la cabeza, sino que cualquier tipo de pelo del cuerpo".
Luc¨ªa tom¨® los cabellos con delicadeza, intercalando la mirada entre su palma y mi cabeza.
"?Pero entonces us¨¢ tu magia para peg¨¢rtelos de nuevo!"
Hasta ahora no hab¨ªa probado a hacer eso porque estaba realmente seguro de que no funcionar¨ªa, pero por probar no perdemos nada...
"A ver, d¨¢melos".
Ella obedeci¨® de inmediato, y yo me llev¨¦ esos pelos a un costado de la cabeza, justo donde me hab¨ªa hecho el degrad¨¦ y donde ahora ya no hab¨ªa nada de pelo.
Un¨ª las puntas a mi cuero cabelludo, y claramente no funcion¨®. Hab¨ªa algo que parec¨ªa impedirles unirse a mi cuerpo, cay¨¦ndose a los segundos y sin que yo los tocara.
"No hay soluci¨®n, solo queda esperar y ver qu¨¦ pasa".
"?C¨®mo que ''esperar''?" Su tono cambi¨® por completo.
Ahora ten¨ªa los labios tensos y los ojos bien abiertos, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
"?No podemos simplemente esperar! ?Se te est¨¢ cayendo el pelo, Luciano! ?Eso no es normal!"
"Obvio que ya s¨¦ que no es normal".
De repente, se acerc¨® y me toc¨® bruscamente una de mis cejas. Luego se mir¨® el dedo.
"?Mir¨¢! ?Las cejas tambi¨¦n!"
Me encog¨ª de hombros.
"?Y qu¨¦ quer¨¦s que haga? No encontr¨¦ una forma de revertir la maldici¨®n con magia, y no tengo idea de c¨®mo funciona. Ni siquiera Forn, que uno pensar¨ªa que sabe bastante de esto, supo decirme una soluci¨®n".
Luc¨ªa apret¨® los dientes y se agarr¨® la cabeza con ambas manos.
"?No pod¨¦s estar tan tranquilo con esto! ?No pod¨¦s!"
"No estoy tranquilo, de verdad. Solo que no puedo seguir poni¨¦ndome nervioso o frenar mis cosas por algo que s¨¦ que no le voy a encontrar la vuelta".
"?Qu¨¦ estupidez todo esto!"
No respond¨ª. Sab¨ªa que estaba asustada, pero yo tambi¨¦n lo estaba. No me gustaba admitirlo tanto, ya que el hecho de que mi magia no funcionara con esto me hac¨ªa sentir vulnerable. En otro momento me habr¨ªa re¨ªdo de la idea de quedarme calvo tan joven, pero ahora era diferente. No era un simple problema est¨¦tico, sino algo impuesto por el Rey Demonio antes de morir, y eso me daba mala espina.
"Una pregunta: ?todav¨ªa tengo los dos pelos rojos?"
"S¨ª..."
"Bueno, gracias".
Con Luc¨ªa resoplando de frustraci¨®n detr¨¢s de m¨ª, seguimos avanzando por la cueva.
"Te har¨¦ un sombrero de hojas. No pienso dejar que te vean as¨ª", dijo de repente.
"Gracias..." Respond¨ª, mirando mi falta de u?as en los pies.
"Yo creo que una vez que se caiga todo va a volver a crecer. Esa es mi teor¨ªa".
"?Como si se hubiera cumplido la maldici¨®n?"
"Algo as¨ª".
"Mientras no te agarre otra cosa aparte de eso..."
"Esperemos que no".
"No te olvides de rezarle a Sariah".
"Lo hago todas las noches".
Tras varios minutos de caminata, finalmente llegamos a la salida¡ o lo que antes era la salida de la cueva.
Todav¨ªa estaba esa enorme pared de piedra que sellaba el camino, s¨®lida y sin la m¨¢s m¨ªnima grieta por donde se pudiera asomar la luz del exterior.
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"As¨ª que casi los agarra el agua, ?eh!"
"Zafamos con lo justo".
"Qu¨¦ locura todo esto que est¨¢ pasando. Todas son malas noticias".
"Ahora toca ver c¨®mo est¨¢ todo afuera, porque si nos quedamos ac¨¢, nos vamos a terminar asfixiando".
Justo cuando iba a empezar a moldear la roca para abrir un camino, un grito agudo retumb¨® en la cueva.
"?Luciaaaanooooo!"
El chillido me hizo girar de golpe, justo a tiempo para ver una peque?a bola de luz acerc¨¢ndose a toda velocidad.
Mirella se detuvo frente a m¨ª, flotando con el ce?o fruncido y los brazos en jarra. Estaba un poco despeinada.
"??Por qu¨¦ no me avisaste que te ibas?! ??Qu¨¦ clase de amigo abandona a su adorable hada dormida y se larga sin decir nada?!"
"?Holaaaa! Yo tambi¨¦n estoy ac¨¢, ?eh! Luciano no est¨¢ solo. Adem¨¢s, vos estabas re dormida", dijo Luc¨ªa.
"Bueno... No s¨¦ si es verdad eso".
Me pas¨¦ una mano por la cara y solt¨¦ un suspiro.
"Mirella, estabas demasiado dormida. Te mov¨ª un poco dos veces y ni reaccionaste casi. Solo me diste una bola de luz y nada m¨¢s".
Ella se llev¨® las manos a la cara, refreg¨¢ndosela de arriba abajo.
"?Pues hubieras esperado a que despertara! ?O me hubieras llevado en tus brazos!"
"No pod¨ªa esperarte".
"?Ayyyshhh! ?Qu¨¦ tonter¨ªa todo esto!"
"Bueno, ya est¨¢s ac¨¢", dije, volviendo mi atenci¨®n a la roca sellada.
"Ahora dejame trabajar".
Pero Mirella ya hab¨ªa cambiado su cara en un instante y estaba observando la situaci¨®n de cerca con inter¨¦s.
"?Yo puedo ayudar!" Exclam¨®, se?alando la selladura.
"Soy peque?a y puedo volar. Si haces un pasadizo peque?o, puedo pasar y ver qu¨¦ hay del otro lado".
Lo pens¨¦ por un momento. No me gustaba la idea de enviarla sola, pero era cierto que su tama?o la hac¨ªa perfecta para la tarea.
"Est¨¢ bien", acept¨¦.
"Voy a hacer un t¨²nel justo del tama?o tuyo para que puedas pasar".
Mirella ahora estaba sonriendo ampliamente, como si estuviera disfrutando la idea de una misi¨®n especial.
Si le dec¨ªa que no, la iba a tener todo el d¨ªa reclam¨¢ndome por eso.
Coloqu¨¦ las manos sobre la piedra y us¨¦ mi magia para moldearla, creando un t¨²nel lo suficientemente grande para que ella pudiera deslizarse a trav¨¦s. La roca cedi¨® lentamente bajo mi control, formando un pasaje oscuro que atravesaba la piedra por la parte superior, lo suficientemente alto para que no tenga ning¨²n problema si hay un nivel considerable de agua.
La verdad es que ni me hac¨ªa falta fijarme si hab¨ªa agua, porque la idea era salir ya, sea como sea.
Mirella se estir¨®, como si estuviera calentando antes de un vuelo importante, y luego se meti¨® en el t¨²nel con agilidad.
Luc¨ªa y yo nos quedamos esperando en silencio mientras la vimos salir.
"?Es de d¨ªa!"
"?En serio? Perfecto entonces".
"?Ya vuelvo! ?Esp¨¦renme ah¨ª!"
"?S¨ª! ?Ten¨¦ cuidado y no hagas nada que te ponga en peligro!"
"?Entendido!"
Nos quedamos parados mirando la pared.
Un minuto.
Dos minutos.
Cinco minutos.
Nos sentamos en el suelo los dos.
"Eu".
"?S¨ª?"
"Siempre me pregunt¨¦ por qu¨¦ Sariah hizo que yo pudiera escuchar las part¨ªculas m¨¢gicas y no que pudiera usar magia, como vos".
"Pienso que ella lo hizo para complementar mi avance en este mundo".
"?En serio?"
"Si los dos tuvi¨¦ramos magia, ser¨ªa como extra?o y poco funcional para los dem¨¢s humanos", respond¨ª, agarrando un segundo la bola de luz para que iluminara m¨¢s el lugar.
"En vez, ahora, vos teniendo una habilidad ¨²nica conectada con la magia nos ayudas a todos los que usamos magia a entender c¨®mo funcionan las cosas. Por ejemplo, descubrimos que las part¨ªculas son seres que tienen inteligencia y pueden expresarse. Sariah tambi¨¦n debe buscar que los que usamos magia sepamos eso, aunque solo Mirella lo sepa por ahora".
"Cierto. A veces es un poco divertido escuchar cosas que los otros no pueden. Y si te ayuda, mejor entonces".
"Ahora podr¨ªas acercarte y preguntarles c¨®mo quitar mi maldici¨®n".
Ella chasque¨® los dedos.
"?Es cierto!" Grit¨®, apoyando su oreja contra mi hombro.
Yo esper¨¦ en silencio hasta que ella terminara de escuchar.
"Solo dicen que est¨¢n asustadas... Y como siempre, repiten tu nombre y el de Sariah".
"Qu¨¦ pena..."
Ella sigui¨® apoyada en mi hombro. Estuvimos as¨ª como cinco minutos m¨¢s.
"Las part¨ªculas sugieren que vayamos a buscarla".
"?En serio dicen eso y nada sobre la maldici¨®n?"
Ella se separ¨® y asinti¨®.
"S¨ª, de verdad".
Todo esto de las part¨ªculas no paraba de sorprenderme cada vez que mi mam¨¢ las escuchaba. La verdad es que este mundo est¨¢ lleno de misterios y, como dijo Forn, uno nunca termina de entender la magia.
"Si lo dicen ellas, es porque debe ser importante. Vamos".
Fabriqu¨¦ una lanza exclusivamente de piedra y con su punta fui tocando la pared para abrir el pasadizo que nos llevar¨ªa fuera.
Me adelant¨¦ y le hice un gesto a Luc¨ªa para que me siguiera.
Cuando quedaba tan solo un par de cent¨ªmetros de espesor, me di la vuelta.
"?No ser¨ªa mejor que llam¨¢ramos a Aya? Por si las dudas".
"La hubieras despertado antes..."
"Ya... Todav¨ªa estamos a tiempo, ?no?"
"Pero perder¨ªamos un mont¨®n de tiempo en bajar y subir, y no sabemos si Mirella est¨¢ en peligro".
"Est¨¢ bien. Sigamos".
Cuando emergimos, el mundo parec¨ªa otro.
El aire denso del ''refugio'' dio paso a un viento h¨²medo y pegajoso que tra¨ªa consigo el aroma salado del mar mezclado con el hedor de la tierra revuelta. Tambi¨¦n hab¨ªa algo de llovizna que ca¨ªa sobre nosotros.
La selva, antes frondosa y llena de vegetaci¨®n, estaba ahora arrasada por la furia del tsunami. ¨¢rboles gigantes hab¨ªan sido arrancados y estaban apilados unos sobre otros como si fueran algo insignificante. Charcos de agua brillaban bajo el sol, reflejando los destrozos. El suelo estaba cubierto de ramas, barro y piedras, todo revuelto por todos lados.
Me mord¨ª el interior de la mejilla, conteniendo un suspiro. El paisaje que ten¨ªa a mi alrededor era bastante desalentador.
Lo primero era encontrar a Mirella y luego ver mejor los da?os.
"?Mirella!" Grit¨¦, avanzando con dificultad entre los primeros ¨¢rboles ca¨ªdos.
Luc¨ªa hizo lo mismo.
Al menos me sent¨ª aliviado al notar que el fuego y la lava no hab¨ªan llegado hasta ac¨¢. Eso era una buena noticia en medio de tanta destrucci¨®n. Ni siquiera hab¨ªa humo en el cielo. Esa nube negra que se hab¨ªa formado ya no estaba.
Decid¨ª dirigirme a la playa. Tal vez Mirella podr¨ªa estar ah¨ª, cerca de nuestra casa... O lo que quede de ella.
Cada vez se hac¨ªa m¨¢s dif¨ªcil avanzar, as¨ª que us¨¦ la lanza y mi magia para apartar troncos y despejar el camino. El uso constante de la magia me iba consumiendo part¨ªculas poco a poco, pero no pod¨ªa darme el lujo de detenerme ahora.
"?Mirella! ??D¨®nde est¨¢s?!"
Cuando la arena finalmente apareci¨® bajo mis pies, pude ver algo muy feo.
Nuestra casa¡ estaba destruida.
Las partes de madera que hab¨ªa levantado con tanto esfuerzo estaban esparcidas por el suelo y estampadas contra los ¨¢rboles como si fueran basura. La estructura principal estaba hecha pedazos, las paredes colapsadas y el techo ni siquiera sab¨ªa d¨®nde estaba. Nuestras camas, nuestros muebles... Todo estaba roto.
"Qu¨¦ pena..." Murmur¨® Luc¨ªa.
"Bueno, era bastante obvio que iba a pasar esto".
Una llamarada de ira creci¨® dentro de mi cuerpo. No solo por la casa en s¨ª, sino por lo que simbolizaba para todos. Hab¨ªa sido un hogar c¨¢lido, un lugar seguro en este mundo primitivo. Y ahora¡ no quedaba nada. Ni siquiera estaba la piedra que aplast¨® el cuerpo de Anya.
Anya... Hab¨ªamos perdido el hogar en el que ella vivi¨® junto a nosotros todo este tiempo.
"Qu¨¦ erupci¨®n de mierda, loco. Se arruin¨® todo lo que hab¨ªamos venido haciendo hasta ahora. Seguro que la huerta tambi¨¦n se fue a la mierda".
"S¨ª..."
Mi atenci¨®n no se qued¨® en las ruinas por mucho tiempo porque mi mam¨¢ me toc¨® el hombro, se?al¨¢ndome hacia m¨¢s all¨¢ en la playa, muy cerca del agua.
A varios metros de la casa derrumbada, Mirella flotaba en el aire, gritando y agit¨¢ndose con furia frente a una mujer que no reconoc¨ª qui¨¦n era.
Ten¨ªa un cabello rojo y largo, combinando con una piel demasiado blanca.
Me fui acercando mientras la ve¨ªa detenidamente. Ten¨ªa una forma demasiado similar a... Sariah. De hecho, las alturas eran similares... Aunque tal vez esta mujer sea un poco m¨¢s petiza.
Iba descalza y vest¨ªa un short rojo de tela de jean con un cintur¨®n dorado. Arriba ten¨ªa puesto un top rojo de mangas largas.
Lo que realmente me puso en alerta al verla de costado fueron sus cuernos extra?os: eran dos cosas moradas que empezaban desde sus sienes y se curvaban por su frente, apuntando directamente a sus ojos y deteni¨¦ndose la punta justo sobre sus cejas. O sea, en vez de ir hacia arriba, como los del minotauro, iban hacia abajo, y no eran largos.
Era como una especie de demonio con forma humana.
¡°?No voy a seguir tus tontas ¨®rdenes!¡± Grit¨® Mirella, enojada.
¡°?No te conozco, as¨ª que no puedes darme ¨®rdenes como si fueras mi mejor amiga! ?Yo solo sigo a Luciano! ?Eres una tonta!¡±
Luc¨ªa y yo intercambiamos miradas antes de acercarnos del todo.
¡°?Mirella?¡± Llam¨¦, pero ella apenas me mir¨®.
La mujer extra?a gir¨® su vista hacia nosotros, revelando unos ojos demasiado rojos. Ten¨ªa una expresi¨®n altiva, como si se sintiera superior ante nosotros. Me mir¨® de arriba abajo y chasque¨® la lengua.
¡°Solo son humanos¡±, murmur¨®, como si eso le causara fastidio.
Antes de que pudiera preguntar qui¨¦n era, ella alz¨® la barbilla con arrogancia y se?al¨® el suelo.
¡°Arrod¨ªllense¡±.
Frunc¨ª el ce?o.
¡°?Qu¨¦?¡±
¡°?Que se arrodillen, dije! Seres inferiores como ustedes no deber¨ªan estar de pie ante m¨ª. No deber¨ªan siquiera dirigirme la palabra¡±.
Luc¨ªa y yo nos quedamos en silencio por un segundo, procesando su actitud. En ese momento pude ver que ella ten¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas movi¨¦ndose a su alrededor. Definitivamente no era Sariah la que hab¨ªa bajado del cielo, sino que deb¨ªa ser la mujer de fuego.
¡°Eh¡ No, mujer de fuego. No podemos hacer eso¡±.
Su expresi¨®n se tens¨®.
¡°??C¨®mo me llamaste?!" Grit¨®, apretando los pu?os.
"??Y c¨®mo que no?! ?T¨² solo debes limitarte a callarte y obedecer!¡±
Vaya que s¨ª tiene un ego grande... Forn ten¨ªa mucha raz¨®n.
El problema ac¨¢ era que yo no ten¨ªa demasiada paciencia como para andar lidiando con esta situaci¨®n. A esta clase de gente hay que domarla a la fuerza si es necesario.
Al final no respond¨ª, solo me qued¨¦ observ¨¢ndola. Debo decir que llevaba una ropa bastante provocativa, diferente a lo que he solido ver de las creaciones de nuestra diosa.
Ella era la ¨²ltima de las entidades atrapadas en las piedras m¨¢gicas, y eso me puso a pensar. ?Acaso fue liberada autom¨¢ticamente al morir el Rey Demonio o es que la lava hizo chocar, con demasiada suerte, las piedras entre s¨ª y as¨ª se liber¨®?
"?Responde de una vez!"
Luego de ese grito, ella pareci¨® notar algo en m¨ª porque su actitud cambi¨® de inmediato.
Entrecerr¨® los ojos y se acerc¨® con pasos lentos. Su mirada se clav¨® en mi pecho, en mi brazo, en mi alrededor.
¡°?Por qu¨¦¡?¡± Pregunt¨® con extra?eza.
Su tono no era el mismo que antes. Hab¨ªa dejado de sonar como alguien que se cre¨ªa superior para sonar¡ confundida.
¡°?Por qu¨¦ tienes magia a tu alrededor?¡±
Mirella cruz¨® los brazos y se interpuso entre nosotros.
¡°Eso no te importa, tontita¡±.
Ella no le prest¨® atenci¨®n a Mirella, solo se qued¨® mir¨¢ndome.
"?Te molesta que yo tambi¨¦n tenga part¨ªculas m¨¢gicas? ?Acaso est¨¢s interesada en ver si puedo usar m¨¢gica?"
"No... ?No puede estar pasando esto!"
"S¨ª, s¨ª puede".
"?Te estoy diciendo que no!"
Su cuerpo empez¨® a cambiar de forma brusca. Sus ojos, antes tan rojos, empezaron a arder en fuego, literalmente. Desde sus pies comenz¨® a burbujear un l¨ªquido incandescente: lava. Se derramaba como un charco que se formaba desde la planta de sus pies y luego m¨¢s lava comenz¨® a serpentear en el aire a su alrededor.
Pero lo m¨¢s extra?o de todo fue su ropa. Su short y su top rojo parecieron derretirse y luego volverse a formar, pero ya no como tela, sino como pegatinas negras y rojas que apenas cubr¨ªan su piel. Empezaban desde sus pies, abarc¨¢ndolos por completo hasta sus rodillas, como si fueran unas botas. Sus muslos estaban expuestos, y desde su entrepierna surg¨ªa una especie de ''v'' que se disparaba como ra¨ªces hacia arriba y los costados, envolviendo su panza y llegando hasta formarse un color rojo intenso que cubr¨ªa sus pechos medianos. Desde ah¨ª, en dos tirantes, surg¨ªa una especie de cuello alto y negro.
"?Esto no puede estar pasando! ?Un humano no puede usar magia!" Grit¨®, levantando una mano, que tambi¨¦n estaba cubierta con forma de guante de color negro por fuera y rojo en su palma.
Yo ya me estaba preparando.
En cuanto vi que con un movimiento de su mano enviaba la lava a su alrededor hacia m¨ª, tuve que actuar.
Hund¨ª el extremo de la lanza en el suelo y canalic¨¦ mi magia a trav¨¦s de ella. La tierra, la arena y las piedras a nuestro alrededor respondieron de inmediato. Ni siquiera me hizo falta cerrar mis ojos, porque se alzaron como si fueran masas moldeables y en menos de un parpadeo se cerraron sobre la mujer de fuego, formando un domo grueso e impenetrable.
El impacto de su ataque contra las paredes del domo hizo un ruido extra?o, como si fuera simplemente agua chocando contra algo. Desde el interior se o¨ªan sus alaridos de furia, golpes y m¨¢s explosiones de lava.
No perd¨ª el tiempo y concentr¨¦ mi magia, haci¨¦ndole peque?os orificios dispersos por toda la estructura.
"Mirella", llam¨¦ sin apartar la vista del domo.
"Met¨¦ r¨¢pido una bola de luz dentro".
Ella sonri¨® de inmediato, casi como si estuviera disfrutando de la situaci¨®n.
"?Con gusto, mi gran MEJOR AMIGO Luciano!"
S¨ª, hizo ¨¦nfasis en que yo era su mejor amigo.
Alz¨® sus manos y form¨® una esfera brillante y peque?a que atraves¨® uno de los orificios. En segundos, el interior del domo se ilumin¨®, revelando en partes la silueta fren¨¦tica de la mujer de fuego, golpeando las paredes, tratando de salir.
"No vayas a expulsar lava por los huecos, ?eh! No me hagas enojar m¨¢s de lo que ya estoy".
"?Maldito! ?Deja de hablarme como si nada!"
Yo comenc¨¦ a caminar alrededor de la prisi¨®n de piedra, despacio, con una calma absoluta.
"?Sab¨¦s qu¨¦?" Dije en voz alta, lo suficiente para que ella me oyera a pesar de los ruidos en el interior del lugar.
"Podr¨ªa matarte ahora mismo si quisiera. Podr¨ªa simplemente apretar este lugar con mi magia y hacer que se cierre por completo. Ni siquiera te dar¨ªa tiempo a gritar".
"??Qu¨¦...?!"
"O mejor, puedo simplemente usar mi magia, adentr¨¢ndome por el suelo hasta tu cuerpo, y hacer explotar tu coraz¨®n".
Sus golpes se hicieron m¨¢s violentos.
"?Maldito ni?o idiota! ?Ya deja de hablarme!"
Sonre¨ª.
"Pero no lo voy a hacer, obviamente. Porque vos, aunque no lo sepas, sos nuestra aliada y pr¨®ximamente nuestra amiga".
"?Nunca ser¨ªa amiga de ti, idiota!"
Mis pasos eran tranquilos, pausados. Hab¨ªa aprendido a base de golpes que no hab¨ªa que dejarse pisotear por los dem¨¢s, menos si tengo las capacidades m¨¢gicas para dar batalla y ganar.
"Quiero entender qu¨¦ sos, qu¨¦ pretend¨¦s y, sobre todo... por qu¨¦ carajos te cre¨¦s tan superior como para llamarnos seres inferiores".
Empec¨¦ a achicar el domo, como para darle menos tiempo de reacci¨®n.
"Pero bueno, puedo perdonarte si ped¨ªs perd¨®n".
"?Nunca va a pasar eso!"
Pude sentir el calor aumentando dentro de mi estructura.
Yo empec¨¦ a cerrar los huecos poco a poco, porque ella empez¨® a tirar lava fuera. Adem¨¢s, tuve que trazar un muro exterior entre el domo y Luc¨ªa y Mirella.
"Tambi¨¦n quiero que entiendas algo... Nosotros no somos malos, pero si intentan atacarnos, vamos a defendernos. Lo hemos hecho siempre, y vamos a seguir haci¨¦ndolo, porque as¨ª somos".
Esta vez no respondi¨®.
Mirella abandon¨® su posici¨®n y empez¨® a volar por encima de la estructura, que ya se hab¨ªa reducido a la mitad de su tama?o, dejando escapar una risa burlona.
"?Vaya, vaya! ?La gran mujer de fuego est¨¢ atrapada como una gran tonta!"
"??C¨¢llate, est¨²pida!!"
Pude ver c¨®mo la figura de la mujer se mov¨ªa fren¨¦ticamente dentro del domo, haciendo escapar m¨¢s lava por los pocos huecos que quedaban.
"Uhhh, qu¨¦ miedo, qu¨¦ miedo...
Si eres tan poderosa, ?por qu¨¦ no sales? Ah, claro, porque Luciano te tiene bien controladita con su fuerte magia".
No voy a decir que me preocupaba un poco que Mirella estuviera tan cerca, pero me estaba gustando demasiado el escuchar decirle todas esas cosas que yo tambi¨¦n querr¨ªa decirle en este momento.
Los gritos dentro de la prisi¨®n de piedra se intensificaron, y el calor aument¨® tanto que la superficie del lugar comenz¨® a resquebrajarse y fundirse en algunos puntos. Tuve que utilizar m¨¢s magia para reforzar la estructura y ya me estaba quedando sin part¨ªculas.
"?No me puede hacer esto un humano! ?Soy Pyra, la guardiana de esta isla!"
?Pyra? Qu¨¦ lindo nombre tiene, combina con su magia.
Sobre lo otro...
"?Guardiana, eh?"
Con un leve movimiento hacia adelante de la lanza, dej¨¦ de reducir el espacio del domo.
"Muy bien, Pyra", dije en voz alta.
"Es un gusto conocernos. Yo me llamo Luciano, y la ni?a que estaba a mi lado se llama Luc¨ªa y es mi hermana menor".
"?Y yo soy un hada y me llamo Mirella!"
"?Me importa una mierda sus nombres!"
Re¨ª por lo bajo y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s.
"Pero hay algo que s¨ª me importa¡ Dijiste que sos la guardiana de esta isla. Explicame bien qu¨¦ significa eso, porque yo no te vi cuid¨¢ndonos cuando el Rey Demonio quer¨ªa matarnos, cuando el volc¨¢n erupcion¨® y cuando vino el tsunami".
Hubo un breve silencio.
"?Yo soy la portadora de la magia de fuego, y fui yo quien hizo retroceder la lava hacia el volc¨¢n!"
Esta vez fui yo quien se qued¨® callado. ?Era en serio lo que dec¨ªa? Ten¨ªa bastante sentido al ver c¨®mo esta parte de la isla no se hab¨ªa quemado.
Si lo que dec¨ªa era cierto, entonces esta mujer, que hace un momento intentaba atacarme sin pensar, hab¨ªa salvado esta isla de la destrucci¨®n total.
Exhal¨¦ despacio y deshice el domo por completo. Desde dentro sali¨® un mont¨®n de lava.
"No vayas a hacer nada raro".
Pyra estaba de pie en el centro de toda esa lava, su cuerpo a¨²n envuelto en ese extra?o traje pegado a su piel y su mirada ardiendo de orgullo.
Le sostuve la mirada sin vacilar.
"Si eso es verdad, te lo agradezco. En serio lo digo. Yo fui el que construy¨® la pared enorme, pero no s¨¦ si funcion¨®".
Ella parpade¨®, mostrando un breve atisbo de sorpresa antes de volver a fruncir el ce?o.
"?T¨² fuiste ese...?"
Mir¨® hacia un costado.
"No necesito tu agradecimiento, ?idiota!"
"Y, sin embargo, te lo di igual, porque no quiero ser tu enemigo".
Veamos qu¨¦ pasa...
Cap铆tulo 59: La familia primero.
Pyra segu¨ªa frente a m¨ª, todav¨ªa con esas cosas que parec¨ªan pegatinas pegadas a lo largo de su cuerpo.
"?Amigos? ?Perdonar? ?Agradecer? ?Qui¨¦n te crees que eres?"
"Eso mismo podr¨ªa preguntarte yo".
"Te est¨¢s burlando de m¨ª, ?no? Todo porque eres diferente a los dem¨¢s humanos".
"No me estoy burlando ni nada parecido. De hecho, te estoy tratando con m¨¢s respeto que vos a m¨ª".
"Encima hablas raro..."
Se dio cuenta del voseo.
"Es que soy raro. ?No ves que puedo usar magia siendo humano?"
Su boca se torci¨® en una mueca de molestia, pero no respondi¨®.
Me toc¨® volver a tomar la palabra.
"A todo esto, ?vos qu¨¦ sos? Porque parec¨¦s humana, pero ten¨¦s dos cuernos en la cabeza".
"Eso... Ni siquiera pienso dec¨ªrtelo".
"A m¨ª me parece que ni siquiera sab¨¦s que sos", dijo Luc¨ªa de repente, soltando una risa corta.
Pyra chasque¨® la lengua.
"Qu¨¦ molestos son los humanos. Siempre entrometi¨¦ndose en todo".
"Podemos llevarnos bien y ser amigos, Pyra. No hay necesidad de pelear m¨¢s. Ya te dije que no somos enemigos".
Ella apret¨® los pu?os y desvi¨® la mirada; su ego deb¨ªa de estar luchando contra la situaci¨®n, porque hab¨ªa un leve color rojo en sus mejillas. Era evidente que no estaba acostumbrada a que alguien le hablara con tanta calma despu¨¦s de un enfrentamiento, menos un humano, a los que ella parec¨ªa considerar como seres inferiores. Para colmo, sali¨® perdiendo.
Mirella, a¨²n flotando cerca, puso las manos en sus mejillas con fingido asombro.
"?Miren eso! ?Se est¨¢ sonrojando? ?Qu¨¦ tierna la mujer de fuego!"
"?C¨¢LLATE, EST¨²PIDA CRIATURA M¨¢GICA INSOPORTABLE!"
De pronto, su ropa empez¨® a volver a la normalidad r¨¢pidamente. Se ve que todas las ropas que Sariah les da a sus creaciones son bastante extra?as y maleables para con la magia.
"?Te dije que soy un hada!"
Sonre¨ª ligeramente despu¨¦s de tanto tiempo mientras volvimos a cruzar miradas con Luc¨ªa. Conocer a esta mujer podr¨ªa ser un nuevo comienzo para todos.
"Bueno, se?orita Pyra. ?Podr¨ªas decirnos qu¨¦ pas¨® que terminaste siendo encerrada?"
"?Encerrada? ?Yo? Nunca pas¨® nada parecido a eso, porque yo soy la m¨¢s fuerte de este lugar".
Empez¨® a hacer una risa demasiado forzada, pero se termin¨® atragantando y tosi¨®.
"S-Solo ca¨ª en una sucia trampa, nada m¨¢s que eso".
"B¨¢sicamente, perdiste contra el Rey Demonio y ¨¦l us¨® su magia de maldecir para encerrar tu alma".
"Claro que eso no sucedi¨®", respondi¨®, cerrando los ojos y levantando sus palmas a la altura de sus hombros.
"Adem¨¢s, no tengo por qu¨¦ contarte todos los detalles".
Bueno, no hab¨ªa forma de ganarle.
Mientras tanto, la mayor¨ªa de la lava que la rodeaba antes empez¨® a deslizarse poco a poco hacia el agua, solidific¨¢ndose en una superficie negra y rugosa. El lugar estaba hecho un desastre.
Pyra se cruz¨® de brazos, mir¨¢ndome de nuevo con esa mirada altiva.
"Y para que lo sepas, ese tipo al que llamaban ''Rey Demonio'' est¨¢ muerto".
"?Ah, s¨ª?"
"Al final no era tan fuerte, ?eh! Lo encontr¨¦ muerto mientras caminaba hasta aqu¨ª, as¨ª que no debes tener m¨¢s miedo de ¨¦l, humano entrometido".
Mirella y yo nos miramos. Esto era inesperado. Aunque ahora ten¨ªa una oportunidad perfecta para hacerle entender algo.
"Bueno, debe ser porque yo mismo mat¨¦ al maldito infeliz ese".
"?Eh?"
Pyra pareci¨® quedarse petrificada ante nosotros por un momento.
"En serio".
La cara de Pyra se transform¨® en un gesto de burla.
"?Ja! No me hagas re¨ªr. Un humano como t¨² jam¨¢s podr¨ªa hacer algo as¨ª".
"Te estoy diciendo que yo lo hice".
"Mentira".
"Te digo la verdad".
"?Es imposible!"
Mirella vol¨® a su lado con una sonrisita burlona.
"?No ser¨¢ que no lo quieres creer porque te hace sentir menos poderosa? Despu¨¦s de todo, dices ser ''la m¨¢s fuerte'', pero resulta que alguien m¨¢s ya hizo el trabajo por ti, guardiana de esta isla".
"?C¨¢LLATE, HADA FASTIDIOSA!"
"Sabes que tengo raz¨®n, ?o no?"
Pyra chasque¨® de nuevo la lengua y desvi¨® la mirada, visiblemente molesta.
"Entonces... Si su cad¨¢ver estaba en el bosque y vos lo viste, decime, ?c¨®mo estaba?"
"Se lo ve¨ªa... bien. No s¨¦ por qu¨¦, pero no le vi ninguna herida en el cuerpo, sin contar el cuerno quebrado".
"S¨ª, bueno, en eso ten¨¦s raz¨®n. No fue una batalla normal, porque, como te dije antes, yo ahora ataco directo al coraz¨®n con mi magia de moldear los materiales".
Ella entrecerr¨® los ojos.
"?Y pretendes que te crea? Solo porque lo dices con tanta seguridad..."
"?Por qu¨¦ no? Si encontraste su cad¨¢ver de esa forma, entonces sab¨¦s que es cierto lo que yo digo".
Pyra apret¨® los dientes. Su orgullo la deb¨ªa de estar frenando. Pero la duda seguro que ya se hab¨ªa sembrado en su mente.
"Bah. No me interesa. Muerto est¨¢, eso es lo que importa".
"Aj¨¢. Aun as¨ª, al menos deber¨ªas reconocer que fui yo quien lo hizo".
"?Reconocer que un humano de aspecto com¨²n mat¨® a un ser m¨¢gico que me venc...?"
Casi termina la frase, pero la cort¨® justo al final y nos dio la espalda.
"Ya no voy a hablar m¨¢s con ustedes, solo estoy perdiendo el tiempo".
Aspecto com¨²n era lo que menos ten¨ªa yo.
Mirella se llev¨® las manos a la boca, ocultando una risita.
"Si lo reconoces, te har¨¢ m¨¢s fuerte. Aceptar la realidad es bueno para crecer, ?sab¨ªas?"
"?Basta ya!"
Pyra pisote¨® el suelo con frustraci¨®n.
"Digan lo que quieran, pero yo no me voy a rebajar a aceptar algo as¨ª".
Mmm... Ya que estaba tan orgullosa, pod¨ªa devolverle la jugada.
"Vaya, qu¨¦ coincidencia, yo tampoco me quiero rebajar".
Ella se dio la vuelta y parpade¨® varias veces seguidas.
"?Eh? ?De qu¨¦ hablas?"
"Si no me cre¨¦s, entonces hagamos esto de otra manera. Ya que me atacaste sin siquiera conocerme, deber¨ªas arrodillarte y pedirme perd¨®n. ?No crees que es lo justo?"
El rostro de Pyra se endureci¨® en un instante.
"??Arrodillarme?! ??Yo?!"
"Exacto. Si realmente sos la m¨¢s fuerte, entonces deber¨ªas ser capaz de aceptar tus errores y disculparte cuando te equivoc¨¢s. Porque hasta ahora, no has hecho m¨¢s que insultarnos y tratarnos mal, y hoy yo no tengo mucha paciencia que digamos".
"?Eso jam¨¢s pasar¨¢!"
Mirella vol¨® hasta posarse sutilmente sobre mi cabeza.
"Oh, pobrecita. ?Su orgullo es demasiado grande para admitir que se equivoc¨®?"
"?No me equivoqu¨¦ en nada!"
"Mirella, por favor, ya no la molestes m¨¢s", dije para suavizar la situaci¨®n, pero por dentro quer¨ªa que lo siguiera haciendo.
"?Ohhhh! ?Pero, Luciano!"
"Si segu¨ªs diciendo esas cosas, no puedo hablar normalmente con ella".
No hubo respuesta de su parte. Aunque sigui¨® parada sobre mi cabeza.
Volv¨ª mi mirada a la mujer de fuego.
"Entonces... ?Est¨¢s diciendo que estuvo bien atacarme sin motivo? ?Y si me hubieras matado?"
Por unos segundos, pareci¨® estar atrapada en un conflicto interno. Sus labios temblaban un poco, como si estuviera a punto de decir algo y no pudiera terminar de decidirse. Su orgullo seguro que se bat¨ªa en duelo contra algo m¨¢s fuerte.
Y entonces ocurri¨®.
Casi sin darse cuenta, sus rodillas comenzaron a flexionarse hasta que una toc¨® la arena.
"Yo¡ lo sien¡"
Se detuvo de golpe, como si algo en su interior sonara como una alarma. Sus ojos se abrieron grandes y sus mejillas ard¨ªan de verg¨¹enza, y no precisamente por su magia de fuego.
Se enderez¨® y se par¨® de inmediato, retrocediendo un paso como si acabara de hacer algo malo. Luego se tap¨® la cara con ambas manos, aunque yo pude ver sus ojos rojos abiertos entre sus dedos.
Mirella solt¨® una carcajada a pesar de que le dije que no se entrometiera.
"?Uy, eso estuvo cerca! ?Por poco te arrodillas de verdad!"
"??Q-Qu¨¦ me est¨¢n haciendo hacer, idiotas?!"
Me fulmin¨® con la mirada, aunque ahora parec¨ªa m¨¢s avergonzada que furiosa.
Se acerc¨® y se plant¨® a escasos cent¨ªmetros de m¨ª, elevando su rostro para sentirse m¨¢s superior. Pude notar que emanaba un poco de calor de su cuerpo a pesar de no estar usando magia.
"Solo voy a disculparme si t¨² tambi¨¦n lo haces", exigi¨®.
"?Me encerraste en esa cosa sin darme la oportunidad de pelear de verdad! ?Eso fue una humillaci¨®n total!"
Empez¨® a se?alar desenfrenadamente hacia donde estaba la lava.
As¨ª que se sinti¨® humillada...
"Es que ese es mi tipo de magia. ?Te parece demasiado poderosa o algo as¨ª?"
"?Disc¨²lpate ya!"
"Est¨¢ bien. Me disculpo por haberte atrapado sin previo aviso y por haberte dicho que pod¨ªa matarte si quisiera".
Sus labios se expandieron con satisfacci¨®n, pero antes de que pudiera interrumpirme, agregu¨¦ algo m¨¢s.
"Pero no me arrepiento. En ese momento, no ten¨ªa otra opci¨®n. No pod¨ªa arriesgarme a que me lastimaras a m¨ª o a alguien m¨¢s".
Su expresi¨®n ahora se torci¨® con un poco de molestia. Parec¨ªa que esperaba otra respuesta, tal vez algo m¨¢s sumiso o arrepentido. Pero lo ¨²nico que le di fue la verdad de mis pensamientos.
"?Hmph! ?Qu¨¦ fastidio!"
Apart¨® la mirada, cruz¨¢ndose de brazos y mirando a Luc¨ªa, que estaba a mi lado.
"Est¨¢ bien... Me equivoqu¨¦ al atacarte sin conocerte".
Me mir¨® de reojo y, aunque su tono sonaba orgulloso, lo que dijo a continuaci¨®n ten¨ªa un matiz de sinceridad.
"Lo siento... ?Y se los digo a los tres!"
No se arrodill¨®, claro, pero conociendo lo terca que era, el hecho de que hubiera dicho eso era m¨¢s que suficiente.
Antes de que pudiera responderle, sent¨ª que mi mam¨¢ se movi¨®. Baj¨¦ la mirada y encontr¨¦ a Luc¨ªa abrazada a la pierna de Pyra con una expresi¨®n de adoraci¨®n fingida, sus ojos brillando con una ternura exagerada.
"?Pyra es tan linda y tierna!" Exclam¨®, restregando su mejilla contra la pierna de la eg¨®latra.
Pyra se qued¨® completamente r¨ªgida. Su rostro pas¨® de la confusi¨®n a la absoluta incredulidad, y luego al puro horror.
"??Qu¨¦ est¨¢s haciendo?! ?Su¨¦ltame ahora mismo! ?Me est¨¢ tocando un humano!"
"?Hasta ten¨¦s un short customizado y todo!"
"?Que me sueltes!"
"?No! ?Eres suavecita y calientita!"
Supongo que Pyra terminar¨¢ siendo una muy buena amiga en un futuro. La har¨¦ cambiar y mostrarle que los humanos no somos seres inferiores.
Seguro que a Sariah tambi¨¦n le gustar¨ªa que hiciera eso.
***
Est¨¢bamos yendo de regreso a la cueva. Ahora Pyra ya no estaba a nuestro lado, porque se neg¨® rotundamente a seguir hablando con m¨¢s humanos. Dijo que se ir¨ªa a ver c¨®mo estaba toda la otra parte de la isla, y nosotros aprovechamos para pedirle que incinerara el cuerpo del Rey Demonio, lo cual ella acept¨®.
Todav¨ªa sigue siendo un misterio c¨®mo se liber¨®, porque ahora que lo sigo pensando mejor, si ella hubiera sido liberada porque el Rey Demonio muri¨®, como pens¨¦ antes, entonces yo ya no tendr¨ªa esta maldici¨®n.
Sin embargo, podr¨ªa llegar a haber sucedido que, al ser una maldici¨®n contra el alma y no contra el cuerpo f¨ªsico, Sariah haya tenido algo que ver ah¨ª, salvando su alma o algo as¨ª... Aunque bueno, sus cuerpos f¨ªsicos tambi¨¦n desaparecen, as¨ª que yo ya no entiendo nada.
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Aprovech¨¦ esta caminata para limpiar todo lo que estorbaba el avance del agua del arroyo m¨¢gico y que no se desbordara.
Pyra¡ Esa mujer era todo un personaje. Exageradamente orgullosa, temperamental y con un ego que rozaba lo rid¨ªculo, pero al mismo tiempo, era imposible ignorar su presencia. Su fuego, su lava, su ropa, su actitud desafiante, esa arrogancia que me sacaba de quicio y que, por alg¨²n motivo, tambi¨¦n me hac¨ªa re¨ªr y querer seguir hablando con ella...
A pesar de que casi me mataba hace un rato, no pod¨ªa decir que me ca¨ªa mal del todo.
Era poderosa y ten¨ªa una magia que podr¨ªa servirnos mucho. De eso no hab¨ªa dudas. Y eso era lo que m¨¢s me interesaba.
Me di cuenta de que, en cierta forma, me hab¨ªa alegrado al conocerla. No s¨¦ si fue porque su personalidad contrastaba tanto con la m¨ªa y con la de los dem¨¢s, o porque hab¨ªa algo fascinante en ver a un ser tan fuerte y orgulloso como ella. Pero lo cierto es que, a pesar de todo lo que hab¨ªa pasado, sent¨ªa algo de emoci¨®n.
Y ah¨ª fue cuando me di cuenta de lo que estaba pensando. Anya hab¨ªa muerto hace unas pocas horas. Y, sin embargo, ah¨ª estaba yo, sinti¨¦ndome emocionado porque hab¨ªa conocido a una nueva criatura m¨¢gica.
Tal vez era normal¡ Tal vez era un mecanismo de defensa para no derrumbarme despu¨¦s de todo lo que pas¨®. Pero no pod¨ªa evitar sentirme un poco¡ ?Insensible? ?Ego¨ªsta?
Al llegar a la sala principal, pude notar que ya no hab¨ªa casi gente; parec¨ªan haberse dispersado por las otras habitaciones. Ac¨¢ solo estaban Tariq y Tar¨²n, en la misma esquina donde antes los acompa?aban mis padres.
Deb¨ªa hablarle, y no solo quedarme contento por haber conocido a Pyra.
Mir¨¦ a mis dos acompa?antes.
"?Quieren ir con los dem¨¢s e irles avisando que ya es seguro salir fuera?"
"Est¨¢ bien", respondi¨® Luc¨ªa, y Mirella la acompa?¨®.
Me acerqu¨¦ a ellos, intentando no hacer contacto visual con Tariq. No ten¨ªa ninguna intenci¨®n de dirigirle la palabra, porque todav¨ªa me herv¨ªa la sangre el recordar todo lo que le hab¨ªa hecho a Anya.
Pensar que yo en su momento cre¨ªa que lo hab¨ªa perdonado... Qu¨¦ tonto fui; al final siempre qued¨® ese rencor guardado dentro de m¨ª.
Intent¨¦ centrarme en Tar¨²n; el chico estaba sentado con la espalda contra la pared, los brazos envolviendo sus rodillas y la mirada perdida en alg¨²n punto del suelo. Ni siquiera pesta?eaba. No reaccionaba a nada de lo que suced¨ªa a su alrededor, ni siquiera a mis movimientos.
Me agach¨¦ frente a ¨¦l, tratando de captar su atenci¨®n.
"Tar¨²n", susurr¨¦.
No hubo respuesta.
Suspir¨¦ y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s, apoyando una mano en el suelo para equilibrarme.
"Escuchame, s¨¦ que esto es dif¨ªcil... Quiero que sepas que no est¨¢s solo en todo esto. No voy a dejarte solo, ?s¨ª? Nadie de nosotros va a hacerlo, porque vamos a seguir a tu lado.
S¨¦ que nada de lo que diga ahora va a cambiar lo que pas¨®, pero ac¨¢ estoy. Estoy a tu lado, como siempre lo he estado desde que ustedes se mudaron con nosotros".
No respondi¨® nada. Ni un solo parpadeo de su parte.
No quer¨ªa presionarlo demasiado, aunque tampoco pod¨ªa dejarlo en este estado.
"Todos ya pueden salir fuera, ?sab¨ªas?" Continu¨¦, viendo de reojo que Tariq apoyaba una mano sobre su pierna.
"Decid¨ª que voy a reconstruir la casa cuando se seque la madera, porque con el desastre que hubo fuera se rompi¨® todo... ?Te gustar¨ªa ayudarme a hacerlo?"
¨¦l segu¨ªa duro, sin hacer ning¨²n movimiento.
"Tambi¨¦n estaba pensando en que podr¨ªamos hacer ropas nuevas para todos, como las que tengo yo. Podr¨ªamos hacerlo junto a Mirella, ?quer¨¦s?
Primero deber¨ªa conseguir un poco de pelaje de Aya... No creo que me lleve mucho tiempo si hablo con ella".
Nada...
"Vamos fuera, vayamos a buscar a Fufi para ver si ¨¦l y su familia est¨¢n bien".
Estir¨¦ una mano hacia ¨¦l para ayudarlo a levantarse. Pero en lugar de tomarla, Tar¨²n reaccion¨® como si lo hubiera quemado.
De repente, sus ojos se abrieron con un brillo rabioso, y su expresi¨®n se transform¨® en pura desesperaci¨®n.
"?No quiero ir a ning¨²n lado!"
?Qu¨¦ carajos?
"?No quiero tu ayuda! ?No quiero nada de ti!"
Sus palabras me golpearon fuerte. Nunca pens¨¦ que me dir¨ªa algo tan hiriente.
"Tar¨²n¡ ?Qu¨¦ te pasa? Si nosotros somos amigos, ?no te acord¨¢s? S¨¦ que no te sent¨ªs bien, pero no me pod¨¦s decir esas cosas".
"?Todo es tu culpa! ?Mi mam¨¢ muri¨® porque quiso salvarte y t¨² no pudiste hacer lo mismo por ella!"
Sus ojos oscuros se llenaron de l¨¢grimas, pero no de tristeza. Era rabia. Rabia pura y desbordante.
"Hijo, no debes gritarle as¨ª a Luciano".
"?Pero yo se lo ped¨ª por favor! ?¨¦l siempre salva a todos y no pudo hacerlo con mi mam¨¢! ?Lo odio! ?Lo odio!"
Tar¨²n me odiaba. No estaba molesto, no estaba triste¡ Me odiaba. Y su odio era tan profundo que su voz temblaba y sus ojos estaban llenos de un resentimiento que nunca antes hab¨ªa visto en ¨¦l.
Podr¨ªa seguir dici¨¦ndole que no ten¨ªa derecho a culparme, que no era justo. Pero no, esta vez me fren¨¦.
Respir¨¦ hondo; ten¨ªa que ponerme en su lugar por un momento. ¨¦l hab¨ªa perdido a su madre hace solo unas horas. ?Era su madre!! Era la persona que lo hab¨ªa cuidado y protegido desde siempre. Y en su cabeza, yo era el responsable. No importaba lo que yo dijera, no importaba lo que realmente hab¨ªa pasado; en su coraz¨®n y mente, la culpa reca¨ªa sobre m¨ª, y tal vez un poco en Luc¨ªa.
Quiz¨¢s, si la situaci¨®n fuera al rev¨¦s, yo tambi¨¦n buscar¨ªa a alguien a quien culpar.
"Tar¨²n, yo intent¨¦ salvarla¡" Mi voz sali¨® serena, porque no pod¨ªa permitir que su rabia me arrastrara con ¨¦l.
"Intent¨¦ curarla con el agua m¨¢gica, pero¡ esta vez no funcion¨®".
¨¦l segu¨ªa mir¨¢ndome con los ojos llenos de l¨¢grimas.
"Si pudiera volver el tiempo atr¨¢s siempre que me equivoco y corregir todos los errores que he cometido a lo largo de mi vida, lo har¨ªa... Y me es duro decir que no puedo. Lo ¨²nico que me queda es seguir adelante y hacer lo mejor que pueda.
Siempre intento dar lo mejor de m¨ª, Tar¨²n¡ Creeme... Vos lo viste todo este tiempo que vivimos juntos".
No s¨¦ si me escuch¨®. No s¨¦ si quer¨ªa escucharme.
"Tar¨²n, en serio... Yo lo intent¨¦, y no quiero que me odies por eso".
Apret¨® los dientes con fuerza y empez¨® a taparse los o¨ªdos con las manos.
"?No quiero o¨ªrte! ?No quiero escucharte m¨¢s!"
Su voz temblaba, su cuerpo temblaba. No era solo enojo, era dolor. Un dolor que no sab¨ªa c¨®mo manejar.
Pero no pod¨ªa dejarlo as¨ª. No quer¨ªa que su odio hacia m¨ª se quedara grabado en su coraz¨®n para siempre.
"Tar¨²n, escuchame..."
"?No! ?C¨¢llate!"
"Voy a reconstruir la casa donde viv¨ªamos todos, para que podamos..."
"?No quiero tu casa! ?Ya no quiero nada de ti! ?No quiero verte nunca m¨¢s!"
Me hice un poco para atr¨¢s, sorprendido. ¨¦l me mir¨® con los ojos rojos por las l¨¢grimas, pero con una furia que parec¨ªa consumirlo por dentro.
"??No voy a estar m¨¢s a tu lado!! ??No voy a ser m¨¢s tu amigo!!"
Me qued¨¦ helado. Tar¨²n no estaba teniendo ni un poco de piedad al hablar.
"???YO ME QUEDO CON MI PAP¨¢!!!" Grit¨® demasiado fuerte, como cuando toda esta desgracia comenz¨®.
Me tom¨® un segundo entender lo que acababa de decir.
Me tom¨® otro segundo sentir c¨®mo esas palabras me atravesaban el pecho.
?Tar¨²n¡ se iba? ?Tar¨²n iba a elegir a la persona que lo abandon¨®, la persona que su madre m¨¢s odiaba en su corta vida?
?De verdad hab¨ªa elegido a Tariq antes que a nosotros? No pod¨ªa creerlo. No quer¨ªa creerlo.
Solt¨¦ una risa nerviosa.
"Tar¨²n... No pod¨¦s decirme eso... No a nosotros, que te acompa?amos cuando estaban solos y desprotegidos".
"?Entonces hubiera sido mejor nunca haberte conocido!"
No... ¨¦l no pod¨ªa decir estas cosas. ¨¦l no pod¨ªa elegir a Tariq. No despu¨¦s de todo lo que hab¨ªamos pasado, despu¨¦s de todo lo que su madre siempre dijo.
Apret¨¦ los pu?os, sintiendo una furia fr¨ªa recorrerme la espalda.
"Tar¨²n¡ ?Me est¨¢s diciendo en serio que vas a traicionar los deseos de tu madre?"
No respondi¨® nada, solo se tap¨® m¨¢s los o¨ªdos, negando fren¨¦ticamente con la cabeza.
No me import¨®. No me iba a quedar callado.
"?Te olvidaste de todo lo que ella nos dijo? ?Anya siempre dijo que ustedes dos estar¨ªan con nosotros! ?Que todos ¨¦ramos una familia!"
Al final, su rabia me termin¨® llevando consigo.
"?C¨¢llate!"
"No, no me voy a callar, Tar¨²n. No despu¨¦s de que hayas dicho algo as¨ª. ?Tariq se fue cuando naciste! ?No puedo creer que elijas a quien los abandon¨® y volvi¨® reci¨¦n cuando todo estaba bien!
??En serio ahora quer¨¦s quedarte con ¨¦l?!"
"?Pap¨¢ ahora es bueno! ?No lo entiendes!"
"?Claro que lo entiendo!" Volv¨ª a gritar, ahora se?al¨¢ndolo con el dedo.
"?Entiendo que est¨¢s cegado por el dolor y no quer¨¦s pensar! ?Pero no me vengas con esto! ?No me hagas creer que realmente quer¨¦s irte con ese tipo!"
¨¦l sigui¨® con los o¨ªdos tapados y negando fren¨¦ticamente con la cabeza.
"?Quiero que te mueras! ?Mu¨¦rete! ?Mu¨¦rete!"
No...
Tariq, hasta ese momento, hab¨ªa estado observando con los labios fruncidos, con esa expresi¨®n de maldita incomodidad que alguien pone cada vez que no quiere enfrentar las cosas. Pero en cuanto la conversaci¨®n empez¨® a escalar, levant¨® una mano con gesto de calma.
"Luciano¡ No es el momento de discutir esto. Est¨¢ dolido, se siente mal. Hay que cuidarlo¡"
Mov¨ª bruscamente mi mirada hacia ¨¦l.
"?No me vengas con eso, Tariq! ?No me des lecciones de moral, porque no te queda para nada! ?No despu¨¦s de lo que hiciste!"
¨¦l trag¨® saliva.
"Yo¡"
"?No te hagas el sorprendido!"
Me acerqu¨¦ a ¨¦l, con los ojos clavados en los suyos.
"Enga?aste a Anya con Yume cuando Tar¨²n acababa de nacer. ??Sab¨¦s lo que significa eso?! ?Sos una porquer¨ªa de persona!"
Por primera vez en todo este tiempo se lo hab¨ªa dicho.
Vi c¨®mo la mirada de Tariq se endurec¨ªa.
"Eso ya pas¨®. Tar¨²n me perdon¨® por todos mis errores".
"?Y eso lo hace menos repugnante?"
Me burl¨¦ con una risa corta.
"Hiciste mierda la confianza de la mujer que te dio tu primer hijo, la abandonaste cuando m¨¢s te necesitaba, y ahora ven¨ªs a hacerte el padre preocupado. ?Te cre¨¦s que porque trabaj¨¢s mucho y me ayudaste a hacer cosas te convertiste en una buena persona?"
Tariq respir¨® hondo, pero sus pu?os tambi¨¦n estaban apretados.
"Luciano, ya basta. Te dije que eso qued¨® en el pasado para todos".
"??Para Anya eso no qued¨® en el pasado nunca!!"
Ya estaba descontrolado.
"?Y no voy a parar! Porque lo que m¨¢s importa en esta vida no es qu¨¦ tanto trabajes, ni cu¨¢ntas cosas crees con tus manos. ?Lo m¨¢s importante es tener principios, Tariq! ?Principios que vos nunca tuviste ni tendr¨¢s!"
Escuch¨¦ que detr¨¢s de m¨ª hab¨ªa bastantes murmullos.
Mientras tanto, Tar¨²n segu¨ªa cubri¨¦ndose los o¨ªdos y negando con la cabeza con violencia.
"?C¨¢llate ya!"
"?No!"
"?C¨¢llate, c¨¢llate, c¨¢llate!"
"?No te voy a dejar hacer esto! ?Tu madre nunca querr¨ªa esto, Tar¨²n! ?Nunca querr¨ªa que eligieras a este hombre en lugar de la familia que de verdad estuvo para ustedes!"
"??C¨¢llate!!"
"?No me voy a callar, porque vos no entend¨¦s que esto no es lo que Anya quer¨ªa para tu vida!"
Entonces, sent¨ª que alguien me sujetaba por detr¨¢s.
"?Luciano, ya debes parar!"
Era Rin.
Sus manos me atraparon los brazos con firmeza, y a su lado, Rundia hizo lo mismo.
"?Su¨¦ltenme! ?Tengo que hacerle entender que se est¨¢ equivocando!"
Rin y Rundia no aflojaron. Me arrastraron hacia atr¨¢s, apart¨¢ndome de Tar¨²n, de Tariq, de todo lo que estaba ocurriendo.
Vi pasar hacia la cueva a los hermanos y padres de Yume junto a mis abuelos.
No s¨¦ por qu¨¦, ya que no ten¨ªa sentido, pero en ese peque?o instante sent¨ª como si todos estuvieran abandonando el lugar con algo de rencor guardado hacia m¨ª. Tal vez solo era mi imaginaci¨®n.
Tar¨²n no me mir¨®. No me dirigi¨® ni una sola palabra m¨¢s. Se aferraba con fuerza a su cabeza, tap¨¢ndose los o¨ªdos, como si mis palabras fueran veneno. Como si ya no quisiera saber nada de m¨ª. Pero yo no pod¨ªa permitirlo.
"?Tar¨²n¡! ?No importa cu¨¢nto digas que me odias ahora! ?No importa si quer¨¦s alejarte de m¨ª, porque alg¨²n d¨ªa vas a comprender lo que Anya quer¨ªa para vos!"
¨¦l se movi¨® apenas, pero no dijo nada.
Yo tampoco baj¨¦ la voz.
"?Yo no me voy a rendir, Tar¨²n! No importa cu¨¢nto intentes alejarme¡ Yo seguir¨¦ cuid¨¢ndote como pueda. ?Porque eso es lo que una familia hace!"
Rin me tirone¨® con m¨¢s fuerza, y Rundia tambi¨¦n. Pero antes de que me alejaran del todo para girar en una de las habitaciones, solt¨¦ una ¨²ltima frase.
"?S¨¦ que nunca me odiaste ni me odiar¨¢s! ?Alg¨²n d¨ªa te vas a dar cuenta!"
Rin y Rundia no aflojaron hasta que estuve bien lejos de Tar¨²n y Tariq. Me dejaron caer con cierta brusquedad contra una de las paredes de la habitaci¨®n improvisada, donde me qued¨¦ sentado, respirando con dificultad. La frustraci¨®n me carcom¨ªa por dentro, como si casi todas esas relaciones que hab¨ªa construido hasta ahora se estuvieran desmoronando frente a mis ojos y yo no pudiera hacer nada al respecto.
Rundia se puso de cuclillas a mi lado.
"Ya no hay forma de hacerlo entrar en raz¨®n, hijo", dijo con suavidad, aunque su tono dejaba en claro que era una verdad inquebrantable para ella.
"Lo entendemos¡ Entendemos por qu¨¦ est¨¢s enojado, pero Tar¨²n tambi¨¦n nos dijo lo mismo a nosotros. Quiere quedarse con su verdadera familia, con su padre, por m¨¢s que haya hecho cosas indebidas".
Rin se manten¨ªa de pie mirando hacia la familia de Tariq, que se hab¨ªa empezado a movilizar, pasando por delante nuestro.
"No podemos obligarlo", murmur¨®.
"Y tampoco podemos hacer que vea las cosas como t¨² las ves. Es complicado".
"Pero pap¨¢... No es como yo lo veo, sino como Anya lo ve¨ªa".
"Hay que esperar a que se calme para poder hablar mejor con ¨¦l. Aunque no creo que cambie de opini¨®n".
Cerr¨¦ los ojos por un momento, dejando que sus palabras se hundieran en mi cabeza. No quer¨ªa aceptarlo. No quer¨ªa creer que, despu¨¦s de todo lo que hab¨ªamos vivido, Tar¨²n realmente prefer¨ªa apartarse de m¨ª, de nosotros. ?De verdad pensaba que Tariq era su ''verdadera'' familia? ?Despu¨¦s de todo lo que le hizo? Apenas viv¨ªa con ¨¦l unos pocos d¨ªas al mes y ya lo hab¨ªa perdonado; eso no ten¨ªa sentido.
Golpe¨¦ el suelo con el pu?o, sintiendo una impotencia horrible.
Pero antes de que pudiera perderme en alg¨²n pensamiento oscuro, sent¨ª una presencia c¨¢lida acerc¨¢ndose r¨¢pidamente desde detr¨¢s de Rundia. Dos, en realidad.
Cuando levant¨¦ la vista, Suminia y Samira ya estaban justo en frente m¨ªo y a un costado, tan cerca que apenas pod¨ªa apartar la mirada. Ambas se hab¨ªan arrodillado a mi lado, con sus expresiones cargadas de una firmeza que no hab¨ªa visto hace un momento, cuando simplemente estaban perdidas.
"Nosotras no nos iremos de tu lado", dijo Samira en voz baja.
"Nunca", a?adi¨® Suminia, mir¨¢ndome fijamente, como si quisiera asegurarse de que entendiera lo que hab¨ªa dicho, porque no lo volver¨ªa a repetir.
"Chicas..."
Fue en ese momento cuando realmente las observ¨¦. No solo por sus palabras, sino porque algo en ellas¡ Algo en su presencia me impact¨®.
Las conoc¨ª cuando apenas eran unas ni?as, siendo yo m¨¢s peque?o que ellas. Eran un par de ni?as de unos once o doce a?os que hab¨ªan vivido la mayor parte de su vida en una cueva con su abuela. Recuerdo c¨®mo Samira sol¨ªa esconderse detr¨¢s de Suminia cuando algo la asustaba, y c¨®mo Suminia siempre intentaba hacerse la fuerte, pero en realidad no sab¨ªa c¨®mo reaccionar ante muchas situaciones. Aun as¨ª, se las arreglaban para cazar y sobrevivir en este mundo tan primitivo.
Y s¨ª, tambi¨¦n recuerdo c¨®mo Suminia me golpe¨® contra el suelo hasta que me desmayara... Supongo que eso qued¨® en el pasado, como a Tariq le gusta decir.
Pero ahora¡ Ahora ya no hab¨ªa rastro de esas peque?as ni?as.
Ten¨ªan casi dieciocho a?os, y eso se notaba, no solo en la madurez de sus palabras y de su mirada, sino tambi¨¦n f¨ªsicamente. Hab¨ªan crecido y mucho. Samira, aunque segu¨ªa siendo delgada, ten¨ªa un porte m¨¢s prominente, con una figura estilizada pero bien definida. Su piel, siempre un poco bronceada, resaltaba a¨²n m¨¢s con su cabello negro cayendo sobre sus hombros.
Suminia, por otro lado, era un poco m¨¢s robusta en musculatura que su hermana, con una presencia m¨¢s fuerte, casi desafiante. Sus ojos negros brillaban con una intensidad distinta, m¨¢s imponente.
Fue un choque darme cuenta de lo r¨¢pido que hab¨ªa pasado el tiempo. De lo mucho que hab¨ªan cambiado.
?Por qu¨¦ lo not¨¦ ahora? No lo s¨¦. Tal vez porque eran pocas las situaciones en las que las dos me brindaban su cari?o al mismo tiempo.
"T¨² nos cuidaste la mayor parte de este tiempo, a pesar de que eres alguien m¨¢s peque?o que nosotras", continu¨® Samira.
"No solo t¨², sino que tus padres tambi¨¦n. Nos dieron un lugar donde vivir, donde sentirnos seguras¡ y donde no crecer solas".
Suminia se levant¨®, no sin antes decir algo m¨¢s.
"As¨ª que, aunque Tar¨²n quiera irse con su padre, nosotras no somos como ¨¦l. No vamos a irnos, porque..."
Intent¨® no hacer contacto visual.
"Porque tampoco tenemos a nadie m¨¢s con el que irnos..."
De un momento a otro, su respiraci¨®n se volvi¨® irregular, y cuando parpade¨®, vi el brillo h¨²medo en sus ojos oscuros.
Se gir¨® bruscamente, como si ese movimiento pudiera evitar que not¨¢ramos lo que estaba sintiendo. Como si pudiera evitar que la vi¨¦ramos en su momento de vulnerabilidad. Pero ya era tarde para ocultarlo.
"No nos queda nadie¡" Murmur¨® en voz baja, apenas audible.
Mi mirada se desvi¨® a su hermana, y pude ver que apret¨® los labios ante lo que estaba sucediendo, intentando mantenerse firme, pero en sus ojos tambi¨¦n hab¨ªa un destello de tristeza.
Y entonces, escuch¨¦ a Suminia soltar un leve sollozo.
No era un llanto fuerte, no era un desbordamiento de emociones. Era algo que no pod¨ªa detener.
Rundia no dud¨® ni un segundo. Se acerc¨® sin pensarlo y envolvi¨® a Suminia en un abrazo fuerte, c¨¢lido, el tipo de abrazo que una madre dar¨ªa sin necesidad de palabras.
La chica se qued¨® r¨ªgida al principio, como si no supiera c¨®mo reaccionar. Aun as¨ª, se dej¨® llevar.
Su frente se apoy¨® en el hombro de Rundia, y sus manos se cerraron con fuerza sobre su propia ropa, temblando levemente.
Ver a Suminia as¨ª¡ Me dej¨® en silencio.
Ella siempre se mostraba fuerte, arisca; incluso antes era hostil conmigo en muchas ocasiones. Sin embargo, en este momento, esa coraza que siempre llevaba puesta se estaba resquebrajando frente a mis ojos y los de todo mi grupo.
Samira se levant¨® y dio un paso adelante, sum¨¢ndose al abrazo.
No dijo nada. No hac¨ªa falta.
Yo observaba la escena en silencio, sintiendo algo en mi pecho que no pod¨ªa describir con facilidad. Era una sensaci¨®n extra?a. Algo c¨¢lido, algo que me hac¨ªa pensar en cosas que quiz¨¢s antes no hab¨ªa querido aceptar del todo.
Desde que llegaron aquel momento a la cueva, luego de perder a su abuela, Samira y Suminia siempre estuvieron a nuestro lado. A pesar de la frialdad de una y la amabilidad de la otra, en el fondo, las dos hab¨ªan encontrado un lugar en esta familia.
En alg¨²n punto, Rin y Rundia pasaron a ser figuras importantes para ellas. No s¨¦ si las ve¨ªan como sus padres, pero era claro que las cuidaban de una manera que las hac¨ªa sentir bien.
Y yo¡
Era un poco extra?o pensarlo, pero si lo ve¨ªa bien, ellas eran mis hermanas, y esta vez no lo digo pens¨¢ndolo a la pasada o como una broma, como lo hice una vez, lo digo en serio. No exist¨ªa la adopci¨®n en este mundo, pero si existiera, no hab¨ªa duda de que lo ser¨ªan.
Lo eran. Samira y Suminia eran mis hermanas adoptivas.
Y, a diferencia de Tar¨²n, que ahora se ir¨ªa con su padre, ellas no se ir¨ªan a ninguna parte.
Las iba a cuidar. Las iba a proteger. No importaba lo que pasara, no ¨ªbamos a separarnos.
S¨ª, Tar¨²n... La familia es lo primero.
Cap铆tulo 60: Luciano vs Rey Demonio, ronda 2.
Acab¨¢bamos de salir a paso lento de la cueva que hab¨ªa actuado de mitad refugio, mitad prisi¨®n por unas cuantas horas.
No nos fuimos sin dejar algunas flores, un poco da?adas por el agua, al lado de la l¨¢pida de Anya. Ellos no entendieron bien el significado, pero Luc¨ªa y yo nos sentimos bien haci¨¦ndolo.
El lugar estaba demasiado oscuro como para tener una l¨¢pida en medio con la que alguien pudiera tropezarse, as¨ª que Mirella me prometi¨® que dejar¨ªa una bola de luz en esa sala por tiempo indeterminado. Adem¨¢s, as¨ª sent¨ªamos que el cuerpo de Anya no iba a ser olvidado.
Tambi¨¦n aprovech¨¦ para rezarle un poco a Sariah junto a Luc¨ªa, alegando que le est¨¢bamos rezando a ese tal Ad¨¢n.
Otra cosa que hice fue dejarles a los gnomos el lugar como estaba antes, abriendo los pasadizos que hab¨ªa cerrado y haciendo drenar un poco el agua que hab¨ªa quedado atrapada en la sala de al lado.
Finalmente tom¨¦ mi anterior lanza y nos despedimos de ellos, partiendo rumbo hacia la playa.
Ya pasada la llovizna, ahora el sol ca¨ªa sobre nuestras cabezas cuando finalmente emergimos del destruido bosque y pisamos la arena de la playa. El sonido de las olas rompiendo contra la sucia orilla llenaba el aire, pero algo en la escena se volvi¨® a sentir diferente.
Luc¨ªa y Mirella, que ya sab¨ªan lo que nos esperaba en este lugar, se mantuvieron cerca de m¨ª, sin decir nada.
Y entonces, al ver el lugar donde ten¨ªamos anteriormente nuestra casa, las expresiones de los dem¨¢s se congelaron.
"No..." Murmur¨® Rundia, llevando una mano a su boca.
Aya, que hab¨ªa vivido en carne propia el tsunami, se qued¨® con su mirada fija en los escombros de madera; sus colas agit¨¢ndose con inquietud.
"Ya me parec¨ªa que pod¨ªa haber pasado esto.
Qu¨¦ l¨¢stima... Era una casa tan linda y tan llena de cosas..."
Rin, por otro lado, apret¨® los pu?os con fuerza.
"Nos quedamos sin casa", dijo, sin mucha emoci¨®n en su voz, como si no quisiera aceptarlo.
"Sin casa... ?Qu¨¦ haremos ahora?"
Suminia y Samira no dijeron nada. Solo observaron, con algo de tristeza, mientras se tomaban de las manos.
Creo que todos estaban demasiado cansados como para seguir lament¨¢ndose por m¨¢s malas noticias. No es que iban a ponerse a gritar, llorar o algo as¨ª.
Yo suspir¨¦ y apoy¨¦ la punta de la lanza contra la arena h¨²meda.
"Voy a ser directo con respecto a esto. Podemos reconstruirla, pero para eso hay que esperar a que la madera se seque. Y, sinceramente¡ no s¨¦ si vale la pena hacerlo".
Pude notar que la base de piedra de la casa s¨ª hab¨ªa sobrevivido por completo.
Varios levantaron la mirada al escucharme decir eso.
"?A qu¨¦ te refieres?" Pregunt¨® Rin.
"Tengo pensado irme de esta isla, y ustedes me van a acompa?ar", respond¨ª sin dar muchas vueltas.
Hubo un silencio pesado. Aun as¨ª, Rin volvi¨® a tomar la palabra.
"?Y por qu¨¦? ?Y a d¨®nde ir¨ªamos?"
"No sabr¨ªa decirles a d¨®nde terminar¨ªamos yendo. Lo que s¨ª s¨¦ es que nos debemos ir porque este lugar ya est¨¢ demasiado destruido, y es posible que, junto con la ca¨ªda masiva de ¨¢rboles que daban frutas, varios de los animales hayan muerto y nos quedemos sin comida dentro de poco".
"?Entonces este lugar ya no sirve para vivir?"
"No s¨¦ todav¨ªa los detalles, pero s¨ª es casi seguro que la mitad de la isla ya no sirva para nada, al menos no hasta un tiempo bastante lejano".
"Si lo dices tan convencido, entonces supongo que debe ser verdad, Luciano. Aun as¨ª, no me gustar¨ªa tener m¨¢s problemas de los que ya tuvimos".
Rin mir¨® a Rundia.
"Nos gustar¨ªa que nos contaras todo lo que piensas hacer de ahora en adelante... No quiero que se vuelva a repetir tu mal comportamiento cuando te fuiste sin hacernos caso".
Uh...
"Entendido. Y me disculpo por eso. En el momento sent¨ª que era necesario para que no me frenaran... Ahora me arrepiento un poco".
"Est¨¢ bien. Decidimos con tu madre que no te castigar¨ªamos, siempre y cuando todas estas cosas malas no hayan sucedido por culpa de eso".
Negu¨¦ r¨¢pidamente con la cabeza.
"No, no, no. Matar al Rey Demonio era algo que se ten¨ªa que hacer, pero eso no tuvo nada que ver con el volc¨¢n, la lava y el agua".
Eso es lo que quer¨ªa creer...
Rundia se acerc¨® hasta ponerse a mi lado, abraz¨¢ndome de costado.
"Hijo, debes prometer que hablar¨¢s m¨¢s con mam¨¢ y pap¨¢ a partir de ahora".
Yo le devolv¨ª el gesto poniendo una mano en su espalda.
"S¨ª, mam¨¢. Perd¨®n por todo lo que te hice pasar antes. No quise hacerte llorar".
Ella me dio un beso en la cabeza, y pude ver que luego se llev¨® la mano a la boca para sacarse un pelo.
"Recuerda que debes portarte bien, o si no Ad¨¢n podr¨ªa castigarte, y yo no quiero eso".
Y dale con el Ad¨¢n de mierda ese.
"S¨ª, mam¨¢".
El tema este de la maldici¨®n m¨ªa era como una cuenta regresiva de una bomba de la que todav¨ªa no sab¨ªamos si pod¨ªa estallar. Ellos todav¨ªa no lo saben. Aunque s¨¦ que se los deber¨ªa decir pronto, si no es que se le escapa a Mirella antes.
"Luciano, ?quieres decir¡ irnos de verdad?" Pregunt¨® Samira con cuidado cuando cruzamos miradas.
"S¨ª, exactamente eso. Pero esperemos a la noche para que les explique bien el plan que tengo para cruzar la enorme cantidad de agua que tenemos alrededor nuestro".
El silencio se prolong¨® unos segundos m¨¢s antes de que finalmente empezaran a asentir con diferentes niveles de comprensi¨®n.
"?S¨ª, nos iremos volando de esta isla!" Grit¨® Mirella, y no s¨¦ si realmente lo dec¨ªa en serio o en broma.
"Por ahora, hay cosas que hacer", continu¨¦, se?alando hacia el bosque.
"No sabemos cu¨¢nta comida qued¨® a salvo en la huerta y sus alrededores, as¨ª que, pap¨¢, mam¨¢, Aya y Luc¨ªa, necesito que me hagan el favor de ir a revisarla. Si qued¨® algo que se pueda comer, re¨²nanlo y tr¨¢iganlo hasta ac¨¢".
Espero no estar sonando como si estuviera dando ¨®rdenes.
Los cuatro asintieron, pareciendo no estar en desacuerdo con mi pedido. Aunque bueno, hubo alguien que se me qued¨® mirando.
"Yo tengo una pregunta", dijo Aya.
"?S¨ª?"
"?Ahora volvemos a nuestra vida normal?"
"Eh..."
No sab¨ªa qu¨¦ responderle. La pregunta era algo extra?a para este momento.
"No s¨¦ si ''normal'' es la palabra correcta, pero entre todos intentaremos vivir lo mejor posible. Es por eso que hay que actuar r¨¢pido".
"?Y d¨®nde vamos a dormir hoy?"
"No tengo ni idea. Primero recolectemos comida y luego hablamos de eso".
"Supongo que en la cueva de siempre", coment¨® Rundia, mirando a Aya.
Se quedaron hablando entre ellas, as¨ª que aprovech¨¦ para mirar a las que hab¨ªan quedado libres.
"Samira, Suminia, Mirella, necesito por favor que ustedes tres vayan a cazar algo, y de paso quiero que vean si Fufi est¨¢ bien. No sabemos c¨®mo le fue con todo este desastre, y me gustar¨ªa saber si sigue viviendo en nuestra cueva".
Mirella infl¨® el pecho con determinaci¨®n.
"?S¨ª! ?Yo puedo buscarlo!"
Siempre me pareci¨® curioso que no quieran comerse a Fufi. Supongo que le tienen algo de aprecio.
"Hmp, qu¨¦ conveniente..." Murmur¨® Suminia, cruz¨¢ndose de brazos, pero sin rechazar la tarea.
"Bueno, supongo que somos las indicadas para hacer eso".
Samira, por su parte, simplemente asinti¨® con una leve sonrisa.
Me quit¨¦ la pulsera de oro, la que no hab¨ªa servido para nada, y revest¨ª la punta de mi lanza con el oro. Luego me acerqu¨¦ a Suminia.
"Tom¨¢, Sumi. Esta es tu nueva lanza para cazar. Es un poco m¨¢s pesada que la otra, pero supongo que no ser¨¢ problema, porque vos sos fuerte".
Not¨¦ su cara de desconcierto, todav¨ªa sin recibir el arma.
"?Para m¨ª...?"
"S¨ª, lo vas a necesitar".
La lanza de punta dorada parec¨ªa brillar m¨¢s de lo normal con el reflejo del sol. Un silencio inc¨®modo se form¨® entre nosotros hasta que, finalmente, estir¨® la mano y la tom¨®, con cierto recelo.
"Gracias... Ser¨¢ ¨²til, supongo", murmur¨®, mirando m¨¢s a la lanza que a m¨ª.
No esperaba que saltara de felicidad ni nada, pero al menos la acept¨®. Mejor que nada.
"No se apuren mucho al caminar; recuerden que est¨¢ todo hecho un desastre el lugar. Prefiero que mejor vayan en b¨²squeda de algunos animales medio muertos".
"Ya. Ya. No hace falta que digas lo obvio".
Suminia fue la primera en darse la vuelta e irse y las otras dos la siguieron de inmediato.
"?Y t¨² qu¨¦ har¨¢s?" Pregunt¨® Rin de repente.
No me hab¨ªa dado cuenta de que estaba al lado m¨ªo.
"?Te acord¨¢s del cuerpo del Rey Demonio?"
"S¨ª".
"Antes de la erupci¨®n, o sea, la salida de la lava del volc¨¢n, su cuerpo muerto qued¨® a la deriva. Necesito saber si sigue por ah¨ª. Por si las dudas nom¨¢s, no quiero que suceda nada extra?o".
Lo cierto era que me iba a ir a buscar a Pyra, aunque la excusa era buena.
Rin frunci¨® el ce?o.
"?Por qu¨¦ ir solo? Puedes ir con Aya o Mirella".
"Porque yo lo mat¨¦, entonces yo debo encargarme de su cuerpo".
Rin me mir¨® un poco; creo que estaba viendo si ten¨ªa mi cantimplora o algo con lo que protegerme.
"Bueno, pero no vayas muy lejos".
"No, pap¨¢".
"Vas a hacerme caso, ?no?"
"Siendo sincero, no hay mucho lugar al que ir. Ustedes tambi¨¦n deber¨ªan explorar un poco y ver c¨®mo qued¨® el lugar".
"Est¨¢ bien. Lo hablar¨¦ con Rundia".
Empec¨¦ a crear una lanza con la piedra de debajo del suelo, como para darle m¨¢s seriedad al asunto.
"Ah, y decile a Aya que es posible que haya algunos pescados por el bosque. Dile que intente encontrar alguno".
"?Y eso por qu¨¦?"
"Vos no lo viste, pero la lava del volc¨¢n hizo mover muy fuerte el agua hacia ac¨¢, y es por eso que puede haber algunos peces que hayan muerto qued¨¢ndose sin agua en el bosque".
Haci¨¦ndome el apurado, tom¨¦ el rumbo opuesto al que iban a ir ellos. O sea, el lado opuesto a la casa de Tariq. Aunque, bueno, la huerta estaba a muy pocos metros.
No es que juegue a adivinar d¨®nde carajos est¨¢ Pyra, sino que ella se fue por este lado cuando nos despedimos.
"?Te esperaremos aqu¨ª!"
Puse en alto mi lanza, sin mirar atr¨¢s.
"?S¨ª, ya vuelvo!"
Un poco cansado, camin¨¦ hasta por fin llegar a un punto que llam¨® mi atenci¨®n: el final de la muralla enorme. Ah¨ª estaba, toda destruida, formando escombros en la costa del oc¨¦ano. No solo era eso lo destruido, sino que, del otro lado, varios metros m¨¢s all¨¢, se ve¨ªa todo lleno de cenizas. Parec¨ªa que Pyra se hab¨ªa llevado la lava mucho antes de que impactara con el muro destruido.
Menos mal que ya le agradec¨ª, porque la verdad es que hizo un trabajo inmenso con tanta lava. Despu¨¦s supongo que la llovizna hizo lo suyo para frenar el fuego.
Pyra... Esa chica es interesante. No debo perder la oportunidad de sumarla a mi grupo.
Bueno, supongo que todav¨ªa me queda un poco de margen de tiempo para explorar un poco la parte de la isla quemada.
Haci¨¦ndome camino con mi magia, segu¨ª por la playa.
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A medida que avanzaba, la sensaci¨®n de soledad y desolaci¨®n se volv¨ªa m¨¢s evidente. Hab¨ªa caminado casi un kil¨®metro desde la muralla, siguiendo el rastro de destrucci¨®n que hab¨ªa dejado la lava y el fuego. Lo que antes era un bosque y selva lleno de vida, ahora no era m¨¢s que cenizas y troncos calcinados.
Algunos de los ¨¢rboles que quedaban en pie no eran m¨¢s que esqueletos ennegrecidos que se desmoronaban con el m¨¢s leve soplo de viento. El suelo, agrietado y endurecido por el calor extremo, desped¨ªa un olor amargo, una mezcla de piedra quemada y carne carbonizada.
Incluso la costa no se hab¨ªa librado del desastre. El agua, que siempre fue cristalina y limpia, ahora parec¨ªa una masa negra, densa y muerta.
No se escuchaban animales, ni el sonido del viento entre las hojas. No hab¨ªa vida. Solo el sonido de mis propias pisadas sobre la ceniza.
Era horrible estar ac¨¢, m¨¢s que todo por el olor insoportable a ceniza que hab¨ªa. Ya ten¨ªa demasiado con estar oliendo el humo de las fogatas todos los d¨ªas.
Fue entonces cuando lo escuch¨¦; hab¨ªa pasos cercanos, que parec¨ªan provenir de detr¨¢s m¨ªo. Pasos pesados, firmes. Como si algo grande estuviera caminando al acecho.
Lo primero que se me ocurri¨® que podr¨ªa ser era alg¨²n oso que haya quedado atrapado entre esta zona muerta y la muralla, y ahora deambulaba perdido y asustado.
Apret¨¦ con fuerza la lanza de piedra que hab¨ªa creado y me di la vuelta de golpe.
Y entonces lo vi. Mi cuerpo se tens¨® por completo. Mi respiraci¨®n se detuvo por un momento.
Frente a m¨ª, de pie y con el fondo de los ¨²nicos ¨¢rboles sanos y frondosos, se alzaba una figura muy grande.
Un minotauro.
Era ¨¦l. El Rey Demonio. El mismo que yo hab¨ªa matado.
No pod¨ªa ser. Su cuerpo... su coraz¨®n... yo lo hab¨ªa destrozado con mi magia. Lo vi morir con mis propios ojos.
Yo mismo me burl¨¦ de su muerte, en su cara, sobre su cad¨¢ver. Yo fui el que le grit¨® que ¨¦l hab¨ªa perdido y yo hab¨ªa ganado. Pero ah¨ª estaba, de pie, inm¨®vil. Con su enorme cuerpo intacto, como si nada hubiera pasado, como si no lo hubiera matado.
No hablaba, no se mov¨ªa. Y aun as¨ª... estaba ah¨ª, mir¨¢ndome fijo con los ojos apagados.
Algo dentro de m¨ª se rompi¨®.
¡°?No! ?Vos est¨¢s muerto! ?Muerto! ?And¨¢ a molestar a otro mundo, a otra parte!¡±
A pesar de mis gritos, de mi rabia, ¨¦l no reaccion¨®. Algo en su aspecto me resultaba extra?o.
Su rostro... era un horror sin vida. Sus ojos, antes llenos de furia y soberbia, ahora eran pozos vac¨ªos de absoluta nada. No hab¨ªa odio, no hab¨ªa furia, no hab¨ªa ese instinto asesino que lo caracterizaba.
No hab¨ªa nada. Era como si estuviera ah¨ª, pero al mismo tiempo no.
Algo estaba terriblemente mal. Esto se parec¨ªa demasiado a aquella pesadilla que tuve ayer, solo que esta situaci¨®n era aun m¨¢s aterradora, porque sab¨ªa que esto no pod¨ªa ser un sue?o, pero al mismo tiempo sab¨ªa que era imposible que sucediera algo as¨ª.
"?Dec¨ª algo, maldito!"
Nada, ni un movimiento de su parte... ?Por qu¨¦ justo detenerse ah¨ª? ?Estaba esperando algo de m¨ª?
La mente me empez¨® a correr a mil por hora. ?Qu¨¦ posibilidades hab¨ªa? ?Qu¨¦ explicaciones pod¨ªa haber? ?Y si Sariah lo hab¨ªa revivido?
Lo ¨²nico que puedo saber en este instante es que alguien lo revivi¨®. Pero no pod¨ªa ser una resurrecci¨®n completa. Su alma ya no deber¨ªa estar en ese cuerpo. Lo ve¨ªa en sus ojos. Lo sent¨ªa en la quietud de su cuerpo. Este no es el mismo ser que luch¨® conmigo.
?Alg¨²n hechizo de necromancia? ?Alguna magia oscura que pueda levantar un cuerpo sin vida y hacerlo caminar otra vez?
No. Eso no deber¨ªa existir, al menos no en esta isla, que ya la conozco muy bien.
Si hubiera alguien con ese poder en este lugar, ya lo habr¨ªa notado o alguien me lo hubiera contado. Y, adem¨¢s, no tiene sentido. ?Para qu¨¦ revivirlo sin su alma o con la de otro? Pyra hubiera actuado si fuera as¨ª, porque yo mismo la mand¨¦ a incinerar su cuerpo. Al menos hubiera venido a buscarme y decirme que ya no estaba donde ella lo vio.
?Y si se hizo el muerto? Tal vez solo se le acabaron sus part¨ªculas m¨¢gicas cuando... No, imposible, hab¨ªamos estado empuj¨¢ndolo luego de morir, as¨ª que se le hubieran transferido nuestras part¨ªculas hacia ¨¦l.
O tal vez ¨¦l mismo se puso una maldici¨®n para que no se le pudieran transferir part¨ªculas m¨¢gicas. No s¨¦... Justamente ahora no se le ve ninguna.
No tiene l¨®gica. No puede ser real lo que estoy viendo. No le encuentro la vuelta para explicar la situaci¨®n tan absurda que estoy viviendo.
Apret¨¦ la mand¨ªbula con fuerza. Sea lo que sea, no voy a quedarme mirando como un est¨²pido. Voy a matarlo cien veces si es necesario.
Di un paso adelante, con la lanza bien sujeta en mi mano, hasta acercarme y llegar a una distancia en la que pudiera actuar sobre su cuerpo. Esta vez no me iba a arriesgar a tocarlo con mi lanza.
¨¦l todav¨ªa no se mov¨ªa, y eso era preocupante.
"Bien. Si no vas a moverte, yo me encargar¨¦ de hacerte desaparecer, porque estoy dispuesto a matarte las veces que sean necesarias para que no vuelvas a arruinar nuestras vidas".
Respir¨¦ hondo y plant¨¦ fuertemente la lanza en el suelo. Cerr¨¦ los ojos un segundo, porque ten¨ªa que imaginar bien el trayecto por dentro de su cuerpo, y extend¨ª mi magia.
Vamos¡ solo necesito tocarlo con mi poder y se termin¨®.
La tierra, a pesar de estar en malas condiciones, era mi aliada. Desde donde estaba, mi magia pod¨ªa viajar bajo el suelo como una sombra, avanzando sigilosamente hasta alcanzar su objetivo. No ten¨ªa que acercarme. No ten¨ªa que arriesgarme.
Conect¨¦ mi poder a la lanza, enviando mi control a trav¨¦s del suelo.
Ya casi¡
Mi magia avanz¨® con facilidad hasta llegar a donde estaban sus pies.
Y ah¨ª¡ Ah¨ª algo estaba mal.
Ah¨ª desapareci¨® todo. Fue como si en ese punto su cuerpo f¨ªsico no existiera. Como si las plantas de sus pies no estuvieran conectadas con el mundo real.
Abr¨ª los ojos de golpe.
?Qu¨¦ carajo fue eso? No hab¨ªa resistencia. No hab¨ªa bloqueo. Simplemente¡ no hab¨ªa nada.
?Ese monstruo no est¨¢ realmente ah¨ª?
Fue en ese momento cuando el minotauro se movi¨® sin hacer ning¨²n gesto previo. Simplemente, en un instante estaba corriendo hacia m¨ª.
?Ese era su objetivo, que yo me acercara?
Mis m¨²sculos se tensaron autom¨¢ticamente.
Era enorme. Sus patas destrozaban el suelo con cada paso, levantando nubes de ceniza negra.
Pero lo peor de todo¡ Lo peor de todo era el sonido. No gru?¨ªa, no bufaba, no gritaba. No hac¨ªa ninguno de los sonidos que hab¨ªa hecho en nuestra anterior pelea. Solo estaba el sonido de sus pisadas, como martillazos contra la tierra, y ven¨ªa derecho hacia m¨ª.
Hund¨ª m¨¢s la lanza en el suelo, intentando sortear toda la capa de ceniza, y comenc¨¦ a moldear la tierra y la piedra, formando en frente de m¨ª un muro grueso y curvado hacia ¨¦l en la parte superior.
Entonces empec¨¦ a moverme con el objetivo de formar un c¨ªrculo con mis pasos. Ten¨ªa que usar a mi favor que ¨¦l solo supiera de mi ubicaci¨®n a trav¨¦s del sonido y no de su vista.
Sent¨ª que empez¨® a romper a pu?etazos el muro. ?Acaso no le importaba su integridad f¨ªsica? As¨ª iba a terminar quebr¨¢ndose los huesos.
Mientras comenzaba a usar la misma f¨®rmula que contra Pyra, formando un domo, tambi¨¦n molde¨¦ la zona en la que se supon¨ªa que estaba golpeando, creando pinchos que sal¨ªan de todas partes. Tal vez con eso podr¨ªa inmovilizarlo.
¨¦l rompi¨® la estructura en ese punto, justo en el momento en el que yo hab¨ªa cerrado el domo, as¨ª que me apur¨¦ a cerrar la abertura de inmediato y caminar hacia ese lado.
"?No vas a poder escapar de mi magia, as¨ª que dej¨¢ de golpear y decime c¨®mo mierda reviviste!"
Solo se limit¨® a responder a mis gritos con sus pu?os, volviendo a golpear con todas sus fuerzas el domo desde dentro. Claramente no le importaba si se destru¨ªa las manos.
Maldici¨®n... Quer¨ªa intentar que hablara, que dijera por qu¨¦ carajos estaba ac¨¢ intentando matarme de nuevo, pero no hab¨ªa forma, este tipo no iba a responder.
"Sos una porquer¨ªa tan grande que ni siquiera te tendr¨ªa que haber dado la oportunidad de hablar..."
Luego de mis palabras, not¨¦ que los golpes cesaron y solo se escuchaban pasos. Aun as¨ª, volv¨ª a activar mi magia y comenc¨¦ a compactar el domo hacia el centro.
Justo en ese momento, la parte que estaba frente a m¨ª cedi¨® de un ¨²nico golpe fuerte, y de dentro provino el minotauro, que corr¨ªa hacia m¨ª con su cabeza hacia delante.
Not¨¦ que hab¨ªa perdido la mitad del ¨²nico cuerno que ten¨ªa sano. ?Acaso...? ?Acaso hab¨ªa utilizado su propia cabeza para romper la roca?
Era imposible esquivarlo; estaba demasiado cerca.
Clav¨¦ la lanza en el suelo r¨¢pidamente y constru¨ª frente a ¨¦l una pared peque?a que le llegaba hasta las rodillas. Se la llev¨® puesta y, a pesar de que la destruy¨® por completo, pude lograr que tropezara y cayera al suelo. Eso me dio tiempo para alejarme y pensar.
?Lo atrapo? ?Huyo y busco ayuda? ?Sigo intentando usar mi magia para llegar a su cuerpo?
Irme y dejarlo escapar no tiene pinta de ser una buena opci¨®n, y mi magia nunca ha fallado hasta ahora, as¨ª que, por m¨¢s que siga intentando, no voy a poder hacer explotar su coraz¨®n.
No quedaba otra opci¨®n que mejorar el escenario con mi magia y darle el golpe final con mis propias manos, por m¨¢s que no me guste hacerlo as¨ª.
El tipo no era normal. No parec¨ªa sentir dolor. No reaccionaba con l¨®gica. Algo lo hab¨ªa tra¨ªdo de vuelta, pero no como un ser vivo, sino como una abominaci¨®n. Esto era una burla a la muerte. Y yo ten¨ªa que corregir eso.
Mientras ¨¦l intentaba levantarse, aprovech¨¦ mi conexi¨®n con el suelo. Extend¨ª mi magia m¨¢s r¨¢pido esta vez, sin perder un segundo.
La tierra vibr¨® bajo su cuerpo y, de repente, gruesas ra¨ªces de piedra emergieron desde la ceniza. Se enroscaron con fuerza alrededor de sus piernas, subiendo por sus muslos. Lo mismo pas¨® con sus brazos; donde el mismo formato de rocas lo sujet¨® con brutalidad, forz¨¢ndolo a mantener sus extremidades quietas.
¨¦l ni siquiera gru?¨® o hizo una mueca de frustraci¨®n al quedar inmovilizado. Solo forcejeaba en silencio, como si su voluntad no estuviera realmente ah¨ª, como si solo obedeciera una programaci¨®n sin sentido dentro de su cerebro.
No me importaba. Segu¨ª aumentando la presi¨®n. M¨¢s y m¨¢s.
"?No vas a ir a ning¨²n lado!"
Desde el suelo, comenzaron a emerger m¨¢s estructuras, arque¨¢ndose sobre ¨¦l como si fueran una especie de costillas. Se encajaron con fuerza, presionando contra su espalda; lo atraparon completamente.
No iba a darle la oportunidad de darle un ''segundo round'' en esta batalla.
"?Morite, hijo de puta! ?Vos nos cagaste la vida! ?A m¨ª ya a todas las personas de este lugar!"
Corr¨ª hacia ¨¦l con la lanza bien sujeta y con la punta hacia delante. Mi pulso retumbaba en mis o¨ªdos. Cada m¨²sculo de mi cuerpo estaba tenso, listo para terminarlo de una maldita vez.
"??Hyaaaaa!!"
La punta de mi arma se hundi¨® directo en su cr¨¢neo con un impacto contundente en medio de sus cuernos partidos.
Me dio mucha repulsi¨®n el hacerlo, porque si soy sincero, no me gusta atacar f¨ªsicamente; es por eso que no salgo a cazar con los dem¨¢s.
Pero... algo estaba mal. No hubo la sensaci¨®n de carne atravesada, ni hueso roto, ni siquiera hizo un espasmo reflejo que har¨ªa cualquier criatura viviente que est¨¢ siendo atacada.
Solo fue un sonido vac¨ªo. Y luego¡ nada. Nada de sangre. Nada de reacci¨®n. Nada de nada.
Al quitar la lanza, pude ver el motivo; su cabeza estaba vac¨ªa. S¨ª, literalmente no hab¨ªa nada all¨ª. Era un cascar¨®n vac¨ªo con la forma exterior del Rey Demonio.
"?Q-Qu¨¦ carajos es esto...?"
?Puede ser que esto ya lo vi antes? S¨ª... Recuerdo que el mism¨ªsimo Rey Demonio en su momento arrastraba el cuerpo de una persona desmembrada, pero que no chorreaba sangre desde sus heridas.
Esto parece que no comenz¨® hoy; ya ven¨ªa arm¨¢ndose hace rato.
Observ¨¦ de nuevo el agujero perfectamente limpio que hab¨ªa quedado en su cabeza. No sal¨ªa sangre, ni hab¨ªa un cerebro, ni huesos. Era como si su cuerpo fuera solo algo vac¨ªo por dentro, una burla grotesca de lo que una vez fue. Ya no s¨¦ ni de cu¨¢ntas formas llamarle. Esto es demasiado absurdo como para cre¨¦rselo.
Y aun as¨ª¡ se mov¨ªa.
Su cuerpo se retorci¨® con brusquedad, como si mi ataque no hubiera significado absolutamente nada. Sus piernas, a¨²n atrapadas por la piedra, intentaron empujar con una fuerza ciega, sin coordinaci¨®n. Sus brazos forcejearon contra las rocas, lo que me hizo retroceder un paso.
La adrenalina, que antes me impulsaba, ahora se mezclaba con un enojo puro y horrible.
"?Basta ya!" Grit¨¦, sin saber bien a qui¨¦n le hablaba.
"?Estoy cansado de toda esta mierda!"
Tal vez le hablaba a ¨¦l, o al mundo, o a la propia realidad que parec¨ªa querer burlarse de m¨ª.
Todo esto¡ Todo esto parec¨ªa una broma de mal gusto.
El mundo no me dejaba ganar. No me dejaba avanzar. Siempre hab¨ªa algo m¨¢s, algo que se interpon¨ªa en mi camino, que hac¨ªa que todo mi esfuerzo culminara en esto, en sentir dolor.
No importaba cu¨¢nto planeara, cu¨¢nta ventaja individual y grupal tuviera. Siempre pasaba algo. Siempre.
Supongo que este es el precio por vivir en un mundo fantasioso. No me queda otra opci¨®n que seguir luchando hasta que pueda encontrar un punto de paz total.
No iba a poder quedarme de brazos cruzados y ver c¨®mo la maldad de este mundo ganaba.
Dej¨¦ ir la lanza sin pensarlo dos veces y lo transform¨¦ en un machete grande, con un filo grueso y pesado.
No hab¨ªa nada m¨¢s que hacer. Si el mundo quer¨ªa que yo actuara como un salvaje, entonces lo har¨ªa.
"Solo espero que luego de esto, no vuelvas a aparecer ante m¨ª. Ya no s¨¦ ni c¨®mo decirlo, pero te odio con todo mi ser. Sos la porquer¨ªa m¨¢s grande que conoc¨ª en treinta a?os de vida".
Con ambas manos, levant¨¦ el machete y lo baj¨¦ con toda mi fuerza.
La hoja pas¨® limpiamente y demasiado f¨¢cil por su cuello, separando la cabeza del cuerpo en un solo tajo.
Si yo pensaba que todo lo sucedido anteriormente era absurdo, lo que estaba pasando ahora era peor.
El cascar¨®n vac¨ªo del Rey Demonio empez¨® a desintegrarse ante mis ojos, a deshacerse poco a poco hasta no quedar rastro de ¨¦l, dejando en el aire la piedra que lo estaba inmovilizando.
?Por qu¨¦ muri¨® ahora y no cuando le clav¨¦ la lanza? ?Acaso son como zombis?
"?Ya gan¨¦? ?Ahora ya puedo ser libre?"
Solt¨¦ el machete y me dej¨¦ caer sobre la ceniza con los brazos abiertos, sintiendo la textura ¨¢spera y molesta peg¨¢ndose a mi piel y mi ropa.
"Estoy cansado de esta isla rara... Estoy cansado de los problemas, de las personas que me dan problemas..."
Ni siquiera me hab¨ªa dado cuenta de que el cielo se hab¨ªa vuelto a poner nublado.
Mi mente trataba de buscar una respuesta l¨®gica, pero no encontraba ninguna, porque el Rey Demonio estaba muerto, lo sab¨ªa, yo lo hab¨ªa matado. Y bueno, ahora lo hab¨ªa hecho por segunda vez, aunque ni siquiera parec¨ªa ser el mismo de antes.
Esto ya no parec¨ªa ser una resurrecci¨®n. No era magia de curaci¨®n. Esto se parec¨ªa m¨¢s a una farsa.
Alguien o algo hab¨ªa puesto esto delante de m¨ª. Alguien estaba tirando de los hilos detr¨¢s de todo esto.
La ¨²nica que se me ocurre que podr¨ªa hacer algo as¨ª es Sariah, pero claro, ser¨ªa absurdo que ella estuviera intentando matarme as¨ª, de la nada... A no ser que sea una invitaci¨®n para que yo vaya con ella.
?Tendr¨¢ algo que contarme? La verdad es que tengo muchas ganas de verla y de hablar con ella.
Cerr¨¦ los ojos un momento, tratando de calmar mi respiraci¨®n. Todo este enfrentamiento¡ esta situaci¨®n absurda¡ me hab¨ªa dejado agotado. No era solo cansancio f¨ªsico, que arrastraba de hace dos d¨ªas, sino que era mental y emocional.
Si hay algo bueno en todo esto, es que siento que me estoy volviendo m¨¢s poderoso, m¨¢s inteligente al usar mi magia. Dentro de mi rango de unos siete metros, tengo la victoria casi asegurada contra cualquiera.
Pas¨® un tiempito hasta que volv¨ª a abrir los ojos; el cielo nublado me recibi¨® con su inmensidad gris.
"Por lo menos esto sigue siendo normal".
Observar el cielo as¨ª, sin pensar en nada m¨¢s que en su inmensidad, me daba una sensaci¨®n de calma. Era como si, por un momento, el mundo no estuviera en mi contra, como si pudiera simplemente existir sin que todo se derrumbara alrededor m¨ªo.
La tranquilidad de la naturaleza siempre era buena. Pero la paz nunca dura, al menos no para el chico reencarnado que se llama Luciano.
La primera gota de lluvia cay¨® sobre mi mejilla. Luego otra. Y otra m¨¢s. No era una lluvia intensa, sino un goteo lento, disperso, como si el cielo estuviera tanteando el terreno antes de desatarse con todo.
Cerr¨¦ los ojos de nuevo, intentando disfrutar la sensaci¨®n de las gotas desliz¨¢ndose por mi rostro.
"Me va a tocar lavar esta ropa de nuevo..."
Y entonces, escuch¨¦ algo en la lejan¨ªa: un grito de una mujer.
Me incorpor¨¦ de golpe sobre el suelo, alertado.
Ven¨ªa desde la parte donde la vegetaci¨®n volv¨ªa a ser verde y viva. Al principio, solo distingu¨ª una figura corriendo desde la playa, pero cuando el viento me despej¨® la vista, vi los detalles con claridad.
Cabello rojo... ?Pyra?
Corr¨ªa como si la persiguieran, pero no hab¨ªa nada detr¨¢s de ella. ?Se estar¨¢ ocultando bajo los ¨¢rboles por la lluvia?
Me levant¨¦ del suelo, aprovechando para tomar un poco de agua m¨¢gica, y camin¨¦ hacia ella.
Aunque bueno, estaba un poco lejos todav¨ªa.
Al llegar, vi que Pyra se estaba como tapando la cabeza con sus brazos.
"?Eh, Pyra! ?Todo bien?"
Parec¨ªa sorprendida de verme ah¨ª, pero su expresi¨®n enseguida cambi¨® a una de molestia. Baj¨® un poco los brazos con un gesto r¨ªgido y desvi¨® la mirada.
"Claro que estoy bien", respondi¨® r¨¢pido, como si hubiera ensayado esa frase, pero su postura, tensa y algo encorvada, dec¨ªa otra cosa.
Frunc¨ª el ce?o y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s. La lluvia hab¨ªa comenzado a intensificarse, aunque a¨²n no era fuerte. Desde cerca, not¨¦ algo extra?o en su piel: unas peque?as marquitas rojizas que resaltaban en sus manos y un poco en su cara y piernas.
"?Y esas marcas de qu¨¦ son?" Pregunt¨¦, se?alando con la cabeza.
?Estar¨¢ enfermando?
Cap铆tulo 61: Buscaremos un nuevo destino.
Pyra ten¨ªa unas manchas rojas y peque?as en su piel. No s¨¦ si llegaban a ser granos, porque bajo los ¨¢rboles no hab¨ªa mucha iluminaci¨®n, pero era extra?o que tuviera algo as¨ª, ya que hasta hace unas horas ella estaba normal.
"?Y esas marcas en tu piel de qu¨¦ son?" Pregunt¨¦, se?alando con la cabeza.
?Estar¨¢ enfermando de repente? ?Ser¨¢ alg¨²n tipo de alergia?
"Tch... Es solo algo pasajero", murmur¨®, sin mirarme.
"No es nada grave, humano entrometido".
"?No es nada grave? ?En serio? ?Y por qu¨¦ te pas¨® eso?"
Ella estaba a punto de responder cuando de repente hizo un salto hacia delante luego de mirar hacia arriba.
"?Ayyy!"
Parec¨ªa haber esquivado una gota de agua que hab¨ªa ca¨ªdo de una de las hojas.
Ese simple gesto ya me dejaba claro que la lluvia, o espec¨ªficamente el agua, le hac¨ªa mal. Seguramente no iba a morir ni nada, pero claramente le molestaba m¨¢s de lo que quer¨ªa admitir.
"Pyra".
"?S-S¨ª...?"
"El agua te hace mal, ?no?"
Ella parpade¨® un par de veces. Su mirada se encontr¨® con la m¨ªa por un instante, antes de volver a desviar la vista con incomodidad.
"Supongo que eso es un s¨ª".
"?Claro que no!"
"Pyra, no hace falta que te hagas la fuerte conmigo. No soy de esos que se burlan de las debilidades ajenas.
En realidad, no suelo burlarme de nadie, a no ser que se burlen primero de m¨ª o que estemos en mucha confianza".
"No es¡ eso", dijo en voz baja.
"Es solo que¡ el agua es mala conmigo".
?C¨®mo carajos hac¨ªa para ba?arse entonces?
"Debe ser por tu magia, o por tu cuerpo caliente, que no resiste el contacto con el agua".
"?P-Pero eso no me hace m¨¢s d¨¦bil!"
"?Acaso yo dije eso? Todos tenemos debilidades, Pyra. Yo tampoco soy invencible".
Ella se qued¨® en silencio, tal vez un poco asustada, mirando hacia arriba y hacia los costados. La lluvia segu¨ªa cayendo, y yo no quer¨ªa que siguiera moj¨¢ndose, as¨ª que me puse a buscar materiales r¨¢pido. Primero arranqu¨¦ un trozo de madera del tronco de un ¨¢rbol, luego arranqu¨¦ un par de hojas grandes.
"?Qu¨¦ haces?"
"Fabricando una cosa que se llama paraguas", respond¨ª sin pausa, concentr¨¢ndome en moldear la madera con mi magia para que adoptara la forma de un mango y un soporte que rodeara toda la circunferencia superior con uniones hacia el medio. Despu¨¦s us¨¦ m¨¢s magia para fijar las hojas en la parte superior, entre la madera, para crear algo que al menos sirviera para cubrirnos de la lluvia.
Levant¨¦ mi creaci¨®n con satisfacci¨®n y la puse arriba de mi cabeza, aunque la vegetaci¨®n me imped¨ªa un poco moverla con libertad.
"Listo, algo improvisado que nos puede funcionar".
Pyra observ¨® el paraguas con una expresi¨®n de sorpresa que trat¨® de disimular r¨¢pido con una pregunta en tono serio.
"?Qu¨¦ es un paraguas?"
"Es esto que acabo de hacer. Sirve para protegernos de la lluvia".
Pyra se cruz¨® de brazos, todav¨ªa con sus ojos alertas.
"Hmpf¡ Supongo que no est¨¢ tan mal tu magia".
"?Te gusta mi magia?"
"No te pases de listo, humano entrometido. Solo me refer¨ªa a que es ¨²til en algunas cosas, nada m¨¢s".
"Ya veo..."
Empec¨¦ a caminar hacia la playa.
"Vamos, tenemos que ir con los dem¨¢s".
"?Con los dem¨¢s...?"
Not¨¦ que empez¨® a correr detr¨¢s de m¨ª.
"?O-Oye! ?Esp¨¦rame!"
Al salir de nuevo al exterior, puse el paraguas arriba de nosotros, aunque no s¨¦ si ella estaba captando su utilidad, porque a los pocos minutos empez¨® a susurrar cosas y a fruncir el ce?o.
"Deja de chocarme con tu brazo", dijo finalmente.
"?Chocarte? Estoy caminando normal a tu lado".
"No voy a permitir que un humano me toque", insisti¨®, alej¨¢ndose apenas unos cent¨ªmetros, lo justo para que al salir del ¨¢rea cubierta por el paraguas su top rojo se mojara en la parte del hombro.
Obviamente, volvi¨® a su posici¨®n anterior al instante, actuando como si no hubiera pasado nada.
"Si me alejo m¨¢s, te vas a mojar, como acaba de pasar ahora".
"?Yo no me moj¨¦!"
"?En serio?"
"S-S¨ª..."
"Entonces, si no te mojaste, pod¨¦s alejarte vos misma, as¨ª no te toco sin querer".
"?Ah, pero qu¨¦ listo! ?Pues entonces no ser¨ªa mejor que movieras m¨¢s esta cosa de mi lado?"
La mir¨¦ de reojo, incr¨¦dulo.
"?Ah, s¨ª? ?Y yo qu¨¦? ?Me mojo yo ahora?"
"?Eres t¨² quien hizo esta cosa!"
"Te dije que se llama paraguas... ?Y te lo estoy compartiendo!"
Ambos nos detuvimos un momento, mir¨¢ndonos con el ce?o fruncido. La lluvia segu¨ªa golpeando el suelo a nuestro alrededor, y en el fondo el sonido del mar acompa?aba nuestra discusi¨®n absurda.
"Bah... Qu¨¦ tonter¨ªa todo esto".
?C¨®mo habr¨¢ hecho la loca esta con el agua del tsunami? Me la imagino saltando los charcos y todo.
Por cierto, su cuerpo estaba emanando calor. No quiero preguntarle ahora eso, aunque es algo extra?o que suceda si no us¨® magia hace poco.
Creo que era hora de hablar de lo importante.
"Pyra, ?qu¨¦ pas¨® con el cuerpo del Rey Demonio?"
Si me dice que no lo encontr¨®, me muero.
Ella gir¨® su rostro hacia m¨ª, apenas levantando el ment¨®n con arrogancia contenida.
"Lo quem¨¦", dijo con frialdad, como si fuera algo sin importancia.
"?Lo incineraste por completo?" Repet¨ª, sorprendido.
"?Que lo quem¨¦!"
"?Pero si es lo mismo!"
"?Ay, qu¨¦ raro hablas!
?Y para qu¨¦ preguntas algo que es obvio?"
"Solo para... saber".
"Obvio que lo quem¨¦. No iba a dejar que su presencia hiciera m¨¢s da?o a esta isla", agreg¨®, como si la sola menci¨®n del cad¨¢ver le diera asco.
"Adem¨¢s, no quedaba nada que valiera la pena conservar".
"B¨¢sicamente, lo hiciste porque yo te lo dije, porque la primera vez pasaste de largo".
Ella chasque¨® la lengua.
"Solo tuviste una buena idea, nada m¨¢s que eso".
Al menos sigue reconociendo las cosas buenas que hacen los dem¨¢s. Eso es bueno.
"Supongo que¡ gracias por encargarte de eso", dije, sincero, mientras segu¨ªamos caminando.
"De nada".
Por dentro, mi mente estaba pensando en lo que sucedi¨® antes. ?Qu¨¦ carajos era esa cosa con la que pele¨¦?
Me dio un peque?o mareo al recordar los ojos vac¨ªos, el aura antinatural y esa sensaci¨®n sofocante que me apretaba el pecho cada vez que se acercaba. Si el verdadero cuerpo del Rey Demonio hab¨ªa sido destruido por Pyra, entonces¡ ?C¨®mo era posible que existiera un clon tan perfecto por fuera, pero vac¨ªo por dentro?
Yo ya no entiendo nada. Lo ¨²nico que quiero es que ya no aparezca ning¨²n cad¨¢ver en vida, ni del minotauro, ni del hombre p¨¢jaro, ni de nadie que sea malvado. Solo quiero paz y seguir creando cosas que ayuden a avanzar este mundo.
La voz de Pyra interrumpi¨® mis pensamientos.
"Deja de chocarme con el brazo. ?Cu¨¢ntas veces tengo que repet¨ªrtelo?"
Parpade¨¦, desconectado por un segundo de la conversaci¨®n.
"?Eh?"
"?Te dije que no me toques, humano entrometido!"
Se alej¨® de nuevo, solo para que su cabeza rozara el borde del paraguas y se empapara al instante. Su expresi¨®n cambi¨® a una mezcla de molestia y frustraci¨®n mientras regresaba a su posici¨®n original bajo el refugio.
"Si no te acerc¨¢s a m¨ª, te vas a mojar, Pyra", expliqu¨¦ con calma.
"Adem¨¢s, no estoy toc¨¢ndote. Solo camino normal, el espacio es reducido, ?qu¨¦ esperabas? Ten¨¦s cada arranque m¨¢s raro vos".
"??Podr¨ªas hablar normal por solo un momento?!"
"No. Yo hablo as¨ª y punto. Es como si yo te dijera que ya no grites tanto. ?Lo vas a hacer solo porque yo te lo digo? Obviamente que no".
Era un poco entretenido verla intentar mantener su dignidad mientras la lluvia le acechaba desde cada gota que se escapaba del borde del paraguas.
"Si no fueras tan tonto, habr¨ªas creado dos paraguas y no hubiera tenido que gritar, ?sabes? Es tu culpa que yo grite".
Empez¨® a caminar cruzada de brazos. El gesto le hizo parecer una ni?a malcriada, aunque seguramente ya ten¨ªa sus varios a?os viviendo.
Y... es interesante que haya pensado en esa soluci¨®n.
"Es cierto, pero as¨ª es m¨¢s divertido... Solo quer¨ªa... despejar la mente de algunas cosas".
?Acaso segu¨ªa refugi¨¢ndome en Pyra para cambiar el chip? ?Para hacer de cuenta que todo a mi alrededor no era un caos?
Ella no contest¨®.
El sonido de la lluvia golpeando las hojas era un murmullo constante, como un concierto musical de fondo que no ten¨ªa intenci¨®n de detenerse. Cada gota parec¨ªa arrastrar conmigo un poco del peso que se me hab¨ªa ido acumulando desde que todo esto comenz¨®.
Pyra caminaba a mi lado, pero sus pasos ahora eran m¨¢s suaves, menos tensos. El silencio entre nosotros empez¨® a sentirse menos como una guerra y m¨¢s como una tregua.
De repente, su tono cambi¨®, apenas un susurro que contrastaba con su usual agresividad.
"?Por qu¨¦ viniste a este lado de la isla, Luciano?"
?Es esta la primera vez que me llama por mi nombre?
No pude evitar suspirar. Iba a cont¨¢rselo.
"Porque sal¨ª a buscarte y me termin¨¦ encontrando y peleando con alguien. Alguien que ya no deber¨ªa existir".
Ella gir¨® levemente el rostro, sin detenerse, pero claramente interesada.
"?Alguien como qui¨¦n?"
Ya veo... No escuch¨® mis gritos.
"Era como el Rey Demonio. Un reflejo perfecto, como si estuviera¡ vivo otra vez".
Las palabras me salieron cada una pesando m¨¢s de lo que deb¨ªa.
"Pero no era ¨¦l. No pod¨ªa ser ¨¦l. No despu¨¦s de que yo lo matara y vos¡ lo quemaras".
Su expresi¨®n se endureci¨® por un instante, pero esta vez no por enojo.
"?Est¨¢s seguro?"
"S¨ª".
"No entiendo muy bien lo que quieres decir... ?Acaso volviste a luchar contra el Rey Demonio? ?Y tambi¨¦n ganaste? No tiene sentido, si ya sabemos que lo matamos".
"Eso es justamente lo que no entiendo, porque el que acabo de vencer estaba vac¨ªo por dentro, Pyra. Vac¨ªo. Y eso es lo que no puedo entender".
"No s¨¦... No parece ser algo que pueda suceder".
"Pod¨¦s ir vos misma al lugar y fijarte si no es cierto que estuve luchando contra alguien".
Ella ahora me miraba de reojo.
"Luciano, t¨² en serio no mientes, ?verdad? Quiero decir... ?No eres un humano mentiroso?"
No s¨¦ por qu¨¦, pero me dio la sensaci¨®n de que hab¨ªa un segundo significado en su pregunta.
"No. O sea, no me considero mentiroso, pero tampoco puedo negar que cada uno tiene sus secretos que no quiere contar, y eso no me parece mal, siempre y cuando no interfiera en la vida de otra persona".
"?Entonces es verdad lo que dijiste del Rey Demonio?"
"?No era que no me cre¨ªas?"
"Solo responde y ya".
"No miento, en serio. De alguna manera apareci¨® ante m¨ª para atacarme, pero cuando lo venc¨ª, not¨¦ que su cuerpo estaba vac¨ªo por dentro y luego desapareci¨®. As¨ª como te lo digo, desapareci¨® sin dejar rastro".
Pyra me observ¨® con una expresi¨®n que no esperaba de ella: neutral, sin rastro de burla o irritaci¨®n. Solo una mirada directa.
"Est¨¢ bien, te creer¨¦... por ahora", murmur¨®, como si sus palabras estuvieran ba?adas en cierta duda.
"Vamos a tener que tener mucho cuidado si vuelve a suceder algo as¨ª".
"S¨ª..."
Seguimos caminando, con el sonido de las olas chocando contra la arena a nuestra izquierda. La lluvia no hab¨ªa cesado, pero bajo el paraguas improvisado que sosten¨ªa, solo algunas gotas se filtraban en los bordes, golpeando mi hombro ocasionalmente, porque ahora lo hab¨ªa movido un poco m¨¢s hacia Pyra.
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Baj¨¦ la mirada por un instante. La arena h¨²meda hab¨ªa quedado marcada por la suela de madera de mis ojotas en el camino de ida, y fue entonces cuando me di cuenta de una cosa: Pyra iba descalza, como siempre, pero el ver sus pies hundi¨¦ndose ligeramente en la arena mojada me hizo preguntarme algo absurdo: ?no le hac¨ªa da?o la humedad y las peque?as gotas del suelo? Despu¨¦s de todo, hab¨ªa dicho que el agua le hace mal¡ Aunque ella no parec¨ªa ni un poco inc¨®moda al caminar.
Mis ojos se quedaron fijos en sus pies por un rato m¨¢s de lo necesario. Realmente su cuerpo estaba tan bien delineado que me hac¨ªa acordar demasiado a Sariah.
"?Qu¨¦ tanto miras mis pies, humano?"
"?Te molesta que te mire?"
Me dio un peque?o golpecito con su pie contra mi tobillo.
"Solo responde y ya".
As¨ª que tambi¨¦n agrede f¨ªsicamente, ?eh? Bueno, mientras no sea tan fuerte, no me molesta.
"No es lo que pens¨¢s. Solo estaba pensando en si el agua del suelo no te har¨ªa mal. Est¨¢s descalza y la arena est¨¢ mojada. No s¨¦, por alg¨²n motivo me pareci¨® raro que no te duela o algo as¨ª".
Ella se qued¨® en silencio por un momento, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa.
"Siempre ha sido as¨ª. Nunca supe por qu¨¦, pero el agua nunca me hizo da?o en la parte de abajo de los pies".
Me arriesgu¨¦ a mirarla de reojo. Parec¨ªa sincera, aunque con Pyra nunca se pod¨ªa estar completamente seguro.
"De la parte de abajo de los pies te sale lava cuando us¨¢s magia. Al menos la otra vez pas¨® eso, y yo pienso que ese podr¨ªa ser el motivo por el que no sufr¨ªs dolor ah¨ª".
"?Eso no va a volver a pasarme! Solo fue un error de mi magia, ?s¨ª? Yo no voy... volver a... lava".
"?Eh?"
"?Entrometido!"
Definitivamente est¨¢ loquita esta mujer. Por ser una creaci¨®n de Sariah, seguro que le debe haber faltado un poco de afecto maternal.
Pasaron unos segundos hasta que sus ojos se desviaron r¨¢pidamente hacia mis pies. Se ve que estaba buscando algo con qu¨¦ vengarse.
"Ahora que lo pienso¡ ?Y t¨²? ?Por qu¨¦ no tienes u?as en los pies?"
Uy... Justo pregunta eso despu¨¦s de la conversaci¨®n de antes, donde dej¨¦ en claro que no era un mentiroso... Y ah¨ª estaba, a punto de hacerlo.
"No es... gran cosa", murmur¨¦, forzando una sonrisa casual.
"Las perd¨ª en la pelea contra los hombres p¨¢jaro. Fue un enfrentamiento complicado y, bueno, no sal¨ª del todo ileso".
Ella se detuvo, lo que me hizo detenerme a m¨ª tambi¨¦n, con los ojos abiertos bien grandes. Sus ojos eran demasiado rojos como para no quedarse observ¨¢ndolos con detenimiento.
"?T¨²¡ los venciste? ?A todos? ?Y a ¨¦l tambi¨¦n?"
"S¨ª", ment¨ª con el peso de la culpa apret¨¢ndome el pecho, pero la mentira sali¨® con sorprendente facilidad.
"Fue dif¨ªcil, pero Mirella y Aya estaban ah¨ª, as¨ª que lo hicimos en equipo... Bueno, realmente Mirella se encarg¨® de matarlos a casi todos".
Por un momento, su expresi¨®n se qued¨® congelada. Sus labios estaban entreabiertos, y ten¨ªa esa mirada que no estaba llena de desprecio ni arrogancia, sino de¡ ?Respeto? Algo raro viniendo de ella, aunque hizo una expresi¨®n similar cuando le dije que hab¨ªa matado al Rey Demonio.
"Vaya..."
Baj¨® la mirada.
"Supongo que no eres tan d¨¦bil como pens¨¦".
Sinceramente, no supe c¨®mo sentirme al respecto. Aun as¨ª, no puedo decirle la verdad de todo esto, de Sariah y las reencarnaciones.
"Mis compa?eras tampoco son d¨¦biles".
Volvimos a caminar.
"?Sabes¡?" Comenc¨¦ diciendo, rompiendo el silencio que hab¨ªa quedado tras su supuesta muestra de respeto.
"No sos tan insoportable como pens¨¦ al principio. De hecho, sos una persona bastante peculiar, que solo necesita entender mejor a los dem¨¢s y a s¨ª misma".
"?Eso que dices se supone que es algo bueno, humano?"
?Y ahora me dice humano de nuevo!
"Puede ser que as¨ª sea.
Lo que intento decir es que podr¨ªamos ser amigos".
"?Amigos?" Repiti¨® la palabra como si fuera un concepto ajeno, como si no pudiera creer que alguien pudiera sugerir algo as¨ª con sinceridad.
"?Otra vez con eso?"
"S¨ª, amigos. Digo, no me parece que seas mala persona¡ Solo sos medio complicada".
Me encog¨ª de hombros, tratando de mantener la naturalidad.
"Y bueno, me ca¨¦s bien. A tu manera rara y violenta, claro".
Por un momento, pens¨¦ que me iba a prender fuego con su magia, pero en vez de eso, solt¨® un peque?o resoplido.
"Haz lo que quieras. No me interesan esas cosas".
Una peque?a sonrisa se dibuj¨® en mi rostro. Puede que para cualquier otro esas palabras hubieran sonado despectivas, pero viniendo de Pyra, era casi lo m¨¢s cercano a un ''s¨ª'' sincero que iba a obtener.
"Bueno, gracias por aceptar mi amistad".
Ella chasque¨® la lengua... ?Cu¨¢ntas veces iba a hacerlo en una conversaci¨®n?
"Entonces, como buenos amigos¡"
Me inclin¨¦ un poco hacia ella para que me prestara atenci¨®n, bajando la voz.
"?Podr¨ªas mantener en secreto lo que te cont¨¦ reci¨¦n? Lo del Rey Demonio que me encontr¨¦".
Al menos logr¨¦ que me mirara.
"?Est¨¢s bromeando? Eso es peligroso. Los dem¨¢s deber¨ªan saberlo; podr¨ªan estar en riesgo".
Sab¨ªa que dir¨ªa eso. Despu¨¦s de todo, ella se autoproclam¨® la guardiana de esta isla, y seguro que en el fondo le preocupa mucho que alguien salga lastimado.
"Yo conf¨ªo en que no volver¨¢ a aparecer algo as¨ª. En todo caso, parece que solo me buscaba a m¨ª.
Y siendo sinceros, no creo que haga falta alarmar a todos ahora. Bastante han pasado ¨²ltimamente como para que tengan que cargar con otro problema m¨¢s".
¡°?Y si s¨ª vuelve a pasar? ?Qu¨¦ har¨¢s entonces, confiar¨¢s en que m¨¢gicamente desaparecer¨¢ otra vez?¡±
"No va a pasar".
"?Y c¨®mo puedes estar tan seguro?"
"Tengo una teor¨ªa", comenc¨¦ respondiendo, viendo que ya nos faltaba poco para llegar.
"Si alguien mand¨® a esa cosa, seguro que decidi¨® que el Rey Demonio era la opci¨®n m¨¢s fuerte para matarme, y viendo que yo lo derrot¨¦ tan r¨¢pido. Seguro que pasar¨¢ bastante tiempo hasta que consiga a alguien mejor".
Ella entrecerr¨® los ojos, claramente no convencida, pero antes de que pudiera abrir la boca, solt¨¦ mi carta maestra.
¡°Adem¨¢s¡ si lleg¨¢s a decir algo¡¡±
Me inclin¨¦ un poco m¨¢s cerca, bajando la voz hasta convertirla en un susurro casi c¨®mplice.
"Le dir¨¦ a todos que tuve que salvarte de la malvada agua de lluvia¡±.
Su rostro se qued¨® congelado en una expresi¨®n de puro desconcierto. Pero en lugar de explotar en furia, solt¨® un gru?ido casi imperceptible.
¡°?Te atreves a amenazarme con eso?¡±
¡°?Amenazar? Yo prefiero verlo como un trato justo entre amigos¡±.
Ella me fulmin¨® con la mirada, pero sus mejillas, para mi sorpresa, se ti?eron de un leve rojo m¨¢s intenso que sus ojos y gir¨® su cabeza hacia el otro lado.
¡°?Amigos? Para m¨ª m¨¢s bien eres... despreciable¡±.
¡°Y, sin embargo, segu¨ªs caminando a mi lado¡±.
No hubo respuesta de su parte, solo levant¨® los hombros.
El viento cambi¨® de direcci¨®n, trayendo consigo el aroma del mar. Por un momento, me pregunt¨¦ si este extra?o momento de paz entre nosotros dos durar¨ªa mucho m¨¢s. Con las cosas que hab¨ªan estado sucediendo ¨²ltimamente, era cuesti¨®n de tiempo antes de que la calma se rompiera otra vez.
Al fondo ya se ve¨ªan mis padres y Aya; parec¨ªan estar recogiendo el desastre que hab¨ªa dejado el tsunami contra nuestra casa, llevando trozos de madera del bosque hacia un punto central. Trabajaban a pesar de estar moj¨¢ndose. Aunque bueno, la lluvia ya solo eran simples gotitas que ca¨ªan dispersas por el lugar. Solo le estaba haciendo el aguante a Pyra para que no se mojara.
"Yo me voy aqu¨ª", dijo ella de repente, deteni¨¦ndose y acomod¨¢ndose hacia atr¨¢s un mech¨®n de pelo que se le hab¨ªa quedado encajado entre los cuernos.
Yo tambi¨¦n me tuve que detener.
"?Pero no vas a conocer a mi familia y amigos?"
Pyra me dio la espalda.
"Ser¨¢... en otra ocasi¨®n".
Al menos no dijo que no lo har¨ªa.
"Bueno, est¨¢ bien. Si cre¨¦s que todav¨ªa no es el momento para hacerlo, no voy a meterme en eso. Adem¨¢s... no todos est¨¢n de ¨¢nimos como para estar conversando con una nueva persona".
"Solo cu¨ªdate, ?s¨ª?"
Sin mirar atr¨¢s, camin¨® a paso r¨¢pido la poca distancia que nos separaba del bosque.
"?Esper¨¢, Pyra!" Grit¨¦, acerc¨¢ndome hacia ella bajo los ¨¢rboles.
Ella se gir¨® y yo aprovech¨¦ para extender el brazo, ofreci¨¦ndole el paraguas que todav¨ªa sosten¨ªa en mi mano derecha. La parte superior estaba empapada, pero a¨²n pod¨ªa protegerla de las gotas traicioneras que segu¨ªan cayendo desde las hojas.
"Tom¨¢, mejor qued¨¢telo vos".
"Era obvio que ibas a d¨¢rmelo", murmur¨®, casi como si me estuviera desafiando.
Sus dedos delgados tomaron el mango del paraguas con delicadeza, como si no quisiera admitir que le agradaba el gesto.
"?Y por qu¨¦ te preocupa tanto si me mojo o no?"
?En serio me preguntaba eso luego de estar como media hora cuid¨¢ndola con un paraguas?
"Porque somos gente que se cuida entre s¨ª".
A todo esto, ella ya no ten¨ªa las marcas rojas en la piel.
"Bueno, supongo que eso es bueno, pero no necesito de tu ayuda todo el tiempo".
"Espero que te sirva. Yo me voy tambi¨¦n; espero que nos veamos pronto".
Si le dec¨ªa algo m¨¢s, iba a alargar la conversaci¨®n innecesariamente.
Ahora solo quedaba comer un poco, separar las maderas para que m¨¢s tarde se secaran al sol y, a la noche, contarles mi plan de escape.
***
Est¨¢bamos todos sentados sobre la piedra de la base de la casa, alrededor de la fogata que hab¨ªamos encendido hace unos minutos. A pesar de que ya hab¨ªamos comenzado a comer, casi ninguno de nosotros cruz¨® palabras, solo alguna que otra frase corta sobre si ya estaban cocinados los pescados o si alguien necesitaba ayuda en algo.
Ante tal escenario, ni siquiera me dieron ganas de armar una mesa y sillas improvisadas; simplemente est¨¢bamos viviendo como lo hac¨ªamos en mis primeros a?os de vida en este mundo.
Qu¨¦ feo...
Todos lo sent¨ªamos. Sent¨ªamos esa soledad de no tener a nuestro lado a alguien en nuestras tareas diarias, y a todos nos dol¨ªa darnos cuenta de que ella ya no volver¨ªa, y tal vez Tar¨²n tampoco quisiera saber nada de nosotros.
Y, sin embargo, nadie dijo nada al respecto, nos lo guardamos para nosotros mismos, con las cabezas gachas y las miradas perdidas.
Si hab¨ªa una buena noticia en todo esto, era que la cantidad de comida que ten¨ªamos era bastante grande. Dir¨ªa que hay frutas y carne como para una semana entera o m¨¢s. Nos ayud¨® mucho que hayan encontrado un ¨¢rbol de na?as tirado sobre el suelo, uno que se ve que no hab¨ªamos encontrado antes.
Y con respecto a Fufi, Mirella me dijo que toda su familia se hab¨ªa escondido en la cima de un ¨¢rbol gordo de la selva. Tiene sentido, porque recuerdo que uno de los huevos de esos animales lo encontr¨® Mirella hace mucho tiempo en la copa de un ¨¢rbol.
A mi izquierda ten¨ªa justamente a Mirella, que me miraba atentamente mientras com¨ªa, y a mi derecha estaba Rundia, que no hab¨ªa comido ni un cuarto del pescado, y eso que era peque?o.
?Estaba bien si les dec¨ªa tambi¨¦n lo de la maldici¨®n? ?O era demasiado sumarles otro problema m¨¢s?
Por lo pronto, nadie se dio cuenta. Debe ser porque me hice hace poco este nuevo corte de pelo.
"Oigan..." Dije de repente, y creo que solo Aya y Luc¨ªa me miraron, aparte del hada.
"Quer¨ªa saber si ten¨ªan ganas de que les explicara mejor lo que les dije, lo de salir de esta isla".
El silencio que reinaba alrededor de la fogata se sinti¨® a¨²n m¨¢s pesado cuando todos levantaron la cabeza para mirarme.
Fue Luc¨ªa quien rompi¨® el hielo primero; sab¨ªa que solo lo hac¨ªa para ayudarme a avanzar en la conversaci¨®n.
"?En serio? ?De verdad podemos, hermano mayor?"
Termin¨¦ de tragar el ¨²ltimo bocado de mi pescado antes de responder.
"S¨ª, podemos".
"A ver, cu¨¦ntanos".
"?C¨®mo lo haremos, exactamente?" A?adi¨® Aya.
"El agua debe ser demasiado grande como para cruzarla as¨ª como as¨ª".
Mierda, record¨¦ que no habl¨¦ con Aya con respecto a su miedo al agua... Aunque no not¨¦ nada raro en ella desde que salimos de la cueva, y eso que estamos en la playa, al lado del vasto oc¨¦ano. Sumado a eso, acaba de hacer un comentario de lo m¨¢s normal, como si antes no hubiera pasado ni dicho nada.
"Justamente vos vas a ser la que nos ayudar¨¢ a lograrlo, Aya", me arriesgu¨¦ a responder.
"?En serio? ?Y c¨®mo puedo ayudarte yo en eso?"
"Tu magia es de hacer barreras, ?no? Bueno, yo me di cuenta de que cada vez las hac¨¦s m¨¢s potentes y claramente pueden soportar varias cosas por encima de ellas si es que las pon¨¦s acostadas, por decirlo de alguna manera".
"?Como cu¨¢ndo...?"
No pudo terminar la pregunta y agach¨® la cabeza.
"S¨ª... Aunque no quiero que..."
"Perd¨®n, no quiero hablar de eso ahora", dijo de repente, cortando mis palabras y gir¨¢ndose hacia el lado opuesto a la fogata.
"Uhm..."
El crepitar de la fogata ahora parec¨ªa m¨¢s fuerte, llenando el vac¨ªo de las palabras no dichas, las heridas que segu¨ªan abiertas y que nos doler¨ªan por toda la eternidad.
Entend¨ª que no deb¨ªa presionarla. No ahora. No despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa pasado.
Aya me hab¨ªa preguntado si ahora ¨ªbamos a poder vivir una vida normal, aunque claramente se nota que nada va a ser como antes.
Suspir¨¦, dejando que el aire escapara de mis pulmones con un dejo de frustraci¨®n que intent¨¦ disimular.
"Bueno... podemos dejar esta charla para m¨¢s adelante. No tiene sentido planificar si no estamos listos".
"Est¨¢ bien, Luciano", dijo Mirella.
Nadie m¨¢s respondi¨®.
Luego de darle varias vueltas a todo esto, decid¨ª que necesit¨¢bamos un lugar mejor para dormir, porque la idea de pasar una noche en nuestra anterior cueva me resultaba insoportable; era como un recordatorio constante de todo lo que hab¨ªamos perdido.
Apagu¨¦ la fogata a los pisotones y apoy¨¦ mis manos en el suelo, comenzando a extraer piedra para formar paredes a nuestro alrededor.
Antes de que pudiera terminar, Rundia se acerc¨® a m¨ª.
"Hijo, ?no vamos a dormir en la cueva?"
"No, mam¨¢. Esta es nuestra casa, y decid¨ª que no voy a renunciar a ella, no hasta que nos vayamos de la isla".
"Est¨¢ bien, solo que no quiero que te presiones mucho con todo esto. No hace falta que intentes hacer todo por tu cuenta".
"No te preocupes, mam¨¢, me siento bien".
Sin mediar m¨¢s palabras, termin¨¦ de moldear la habitaci¨®n cuadrada con tres ventanas y un marco de puerta. Claramente no era un hogar, pero al menos nos proteger¨ªa del viento fresco de la noche y una nueva posible lluvia.
Ni siquiera me hizo falta decirle a Mirella que pusiera una bola de luz, porque lo hizo al instante.
"?Ya vuelvo, traer¨¦ hojas grandes para todos!" Grit¨® Mirella, saliendo volando por una de las ventanas, sin darnos tiempo a responder.
Mi mirada se desvi¨® hacia Aya, que ya se hab¨ªa sentado en una de las esquinas, con la cabeza gacha y sus orejas blancas casi ca¨ªdas por completo hacia delante, como si llevaran el peso de toda la culpa del mundo.
Me acerqu¨¦ despacio y me sent¨¦ a su lado. No dije nada al principio, solo dej¨¦ que el silencio se acomodara un poco entre nosotros.
Finalmente, habl¨¦ en voz baja.
"?Sab¨¦s qu¨¦ creo, Aya? Creo que est¨¢ bien lamentarse, pero no eras la ¨²nica que pudo haber hecho algo m¨¢s. Yo tambi¨¦n estuve ah¨ª, y tampoco llegu¨¦ a tiempo... Creo que ya te hab¨ªa dicho algo similar".
Ella apret¨® las manos con fuerza sobre la tela baja de su yukata.
"Yo... deb¨ª haberlo hecho mejor. Para eso tengo este poder, Luciano. Para protegerlos".
"Y aun as¨ª, no pod¨¦s protegernos de todo, porque nadie es perfecto en esta vida.
S¨¦ que es raro que te lo diga un ni?o, pero aprend¨ª que la vida es as¨ª, injusta y cruel a veces".
Hice una pausa, acomod¨¢ndome un poquito m¨¢s cerca de ella, hasta chocar de costado nuestros brazos.
"Ahora, si dej¨¢s que esto te detenga, si dej¨¢s que la memoria de Anya se convierta en una pesadilla en lugar de una raz¨®n para seguir adelante... entonces realmente habremos perdido m¨¢s de lo que creemos".
"?Y eso qu¨¦ significa?"
"Que nos levantaremos y seremos m¨¢s fuertes por ella, y tambi¨¦n por nosotros, porque no podemos permitir que algo as¨ª vuelva a suceder".
No respondi¨®, solo se qued¨® mirando sus piernas estiradas.
Lentamente, apoy¨¦ mi cabeza en su hombro. No hab¨ªa nada m¨¢s que decir. A veces, simplemente estar ah¨ª era suficiente.
Pasados unos segundos en esa posici¨®n, el cansancio me golpe¨® con fuerza, haci¨¦ndome sentir como si mi cuerpo se hundiera en la tristeza y todos los sentimientos que hab¨ªa intentado contener durante todo el d¨ªa. Mis p¨¢rpados empezaron a ceder poco a poco.
Justo cuando estaba a punto de quedarme dormido por completo, una voz aguda rompi¨® la paz.
"?Ya te olvidaste de m¨ª tan r¨¢pido?"
Parpade¨¦, aturdido, mientras Mirella flotaba delante de nosotros.
"No es eso¡" Murmur¨¦.
Mirella baj¨® su vuelo lentamente hasta posarse justo frente a m¨ª. Al bajar la vista, pude ver que hab¨ªa varias hojas grandes esparcidas por el suelo.
"Entonces, ?qu¨¦ es?"
"Solo ten¨ªa sue?o, nada m¨¢s".
"?Ah, s¨ª?"
En un movimiento r¨¢pido y decidido, se acomod¨® entre nosotros dos, apoyando su cabeza entre medio de nuestros brazos.
"Bueno, entonces no te voy a dejar solo. No esta noche".
"?Y qu¨¦ noche me has dejado solo?"
"No lo s¨¦..."
"La verdad es que preferir¨ªa dormir sobre el suelo..."
***
Abr¨ª los ojos con pesadez, y lo primero que not¨¦ fue el brillo de la luz m¨¢gica de Mirella flotando cerca del techo improvisado. La piedra que hab¨ªa moldeado anoche segu¨ªa all¨ª, intacta, como una promesa silenciosa de refugio. Pero lo que realmente me sorprendi¨® fue la calidez que me rodeaba.
Las hojas grandes que Mirella hab¨ªa recogido estaban perfectamente distribuidas bajo nuestros cuerpos, formando una especie de nido. Y all¨ª, en ese peque?o refugio, todos se hab¨ªan acercado mientras dorm¨ªa. Luc¨ªa estaba abrazada a mi costado, con su carita tranquila apoyada en mi brazo. Incluso las gemelas y mis padres estaban cerca, compartiendo el mismo calor que el resto.
Me qued¨¦ as¨ª, inm¨®vil, durante largos minutos, observ¨¢ndolos a todos. Cada respiraci¨®n, cada movimiento leve en medio del sue?o, me recordaba por qu¨¦ segu¨ªa adelante.
Al mismo tiempo, no pod¨ªa ignorar la ausencia que se sent¨ªa como un agujero en medio de la habitaci¨®n; faltaban Anya y Tar¨²n.
Ella¡ hab¨ªa desaparecido para siempre, arrebatada por un destino que ninguno de nosotros pudo evitar. ¨¦l... bueno, su partida fue una decisi¨®n consciente, pero igual de dolorosa. El hecho de que Tar¨²n decidiera quedarse con su padre deb¨ªa de ser l¨®gico desde su punto de vista, pero no desde el m¨ªo. Era otro vac¨ªo, otra voz que ya no estar¨ªa junto a la fogata.
Con cuidado, para no despertar a ninguno, me levant¨¦ y sal¨ª en silencio afuera. El sol reci¨¦n comenzaba a salir, aunque el clima parec¨ªa seguir nublado.
"Mierda, al final me dorm¨ª sentado y ahora me duele la espalda y el cuello..."
Me par¨¦ en la arena h¨²meda, dejando que el viento fresco de la ma?ana me despabilara. Tambi¨¦n me lav¨¦ la cara con el agua de la costa.
La gran pregunta que me hac¨ªa ahora era si realmente podr¨ªamos dejar esta isla.
?Y si el mundo afuera era a¨²n m¨¢s cruel que este peque?o pedazo de tierra en medio del oc¨¦ano? ?Y si todo lo que ven¨ªa despu¨¦s solo tra¨ªa m¨¢s p¨¦rdidas?
Me hab¨ªa prometido protegerlos, a todos. Pero la realidad era clara: hab¨ªa fallado. Y aunque todos los otros segu¨ªan a mi lado, el grupo ya no era el mismo.
Anya hab¨ªa muerto; ese era mi gran fracaso.
Sin poder evitarlo, una l¨¢grima solitaria rod¨® por mi mejilla. No fue una explosi¨®n de llanto, no hubo sollozos ni gritos ahogados, solo ese peque?o hilo de agua que marcaba la verdad de lo que sent¨ªa en lo m¨¢s profundo de mi ser.
Y el futuro... No ten¨ªa idea de lo que nos esperaba del otro lado del agua.
Quiz¨¢s habr¨ªa m¨¢s p¨¦rdidas. Tal vez los d¨ªas por venir ser¨ªan incluso m¨¢s duros que todo lo que hab¨ªamos enfrentado hasta ahora. O, con algo de suerte y esfuerzo, encontrar¨ªamos un nuevo hogar, nuevas personas, nuevos seres m¨¢gicos, un lugar donde las heridas pudieran empezar a sanar de verdad.
Lo ¨²nico que sab¨ªa era que se ven¨ªan tiempos de cambios, y deb¨ªa estar preparado para ello.
----------- FIN DEL VOLUMEN 4 -----------
Cap铆tulo 62: Mi amiga la eg贸latra.
Han pasado siete d¨ªas desde que salimos a la superficie.
Durante ese tiempo, me enfoqu¨¦ en reconstruir nuestra casa. La estructura principal ya est¨¢ terminada: las paredes, el techo y la entrada principal ya est¨¢n listas. Us¨¦ todo el material que hab¨ªamos separado para secar, aunque tuve que tumbar algunos ¨¢rboles m¨¢s para completar toda la estructura y que quedara exactamente igual que antes, con sus cuatro dormitorios, el ba?o y la sala principal.
Por ahora, lo ¨²nico que hay en el interior es lo esencial. Logr¨¦ volver a hacer la mesa, tambi¨¦n ocho sillas y seis camas, en las cuales solo una tiene colch¨®n de hojas: la cama doble, la de mis padres. Lo que pas¨® es que ellos solo encontraron dos colchones de los que ten¨ªamos antes, y esos los un¨ª para formar uno grande y mantenerlos c¨®modos.
La dem¨¢s piel de animales la utilizamos para que pudieran renovar sus ropas por ¨²ltima vez hasta que yo les hiciera la nueva ropa como la que llevo yo.
Por mi parte, no he tenido contacto con nadie m¨¢s aparte de los de mi grupo. Ni siquiera con Tar¨²n. Desde el momento en que decidimos separarnos, supe que no deb¨ªa esperar ninguna se?al de ¨¦l, pero¡ algo dentro de m¨ª segu¨ªa pendiente de cualquier sonido extra?o en el bosque, como si en cualquier momento fuera a aparecer de regreso. Pero no lo hizo.
Espera... Ahora que lo pienso, s¨ª vi a alguien m¨¢s que no es de mi grupo. El otro d¨ªa pas¨¦ a renovar las flores de la tumba de Anya y cruc¨¦ unas palabras con Forn. Nada m¨¢s que eso.
Desde que Anya muri¨®, la atm¨®sfera del grupo cambi¨®, aunque ya he empezado a notar que hay m¨¢s motivaci¨®n por parte de todos, incluso en Rundia, que fue una de las m¨¢s afectadas emocionalmente.
Aya tambi¨¦n se empez¨® a sentir mejor, m¨¢s cuando ella misma encontr¨® uno de los peines de oro y yo comenc¨¦ a peinarle las colas.
Luc¨ªa, por su parte, sigue siendo la m¨¢s peque?a del grupo, pero tambi¨¦n de las m¨¢s resilientes. No s¨¦ c¨®mo lo hace, pero su presencia hace que todo parezca un poco m¨¢s llevadero, tanto para m¨ª como para nuestros padres en este mundo.
Por las noches, espero un poco hasta que Aya y Mirella se duerman y me alejo un poco de la casa para mirar las estrellas. No por costumbre, sino porque en estos d¨ªas me he sentido algo... inquieto. Como si algo malo estuviera por pasar. No s¨¦ si es paranoia por lo del clon del minotauro o simple instinto, pero la sensaci¨®n de que alguien me est¨¢ vigilando nunca me abandona del todo.
Justamente, ahora estaba recostado mirando al cielo hasta que algo me sac¨® del trance. Vi un destello rojo a mi derecha, cerca de la pared de mi habitaci¨®n. Parpade¨¦ y enfoqu¨¦ la vista. Era Pyra, parada ah¨ª, con su pelo rojo largo cay¨¦ndole como fuego sobre la piel blanca y el top rojo de mangas largas que dejaba ver su piel blanca antes de que el short rojo tomara el relevo. Estaba tocando la pared con una mano, con los dedos desliz¨¢ndose por la piedra como si no entendiera c¨®mo mierda hab¨ªa surgido eso ah¨ª. Luego se acerc¨® a una de las ventanas, espiando adentro con la cabeza ladeada.
Me qued¨¦ vi¨¦ndola en silencio por un momento. A pesar de que estaba casi durmi¨¦ndome, verla me hac¨ªa sentir... alegre. No pod¨ªa explicarlo del todo, pero cada vez que la ve¨ªa, mi ¨¢nimo se elevaba un poco. Quiz¨¢s era su actitud descarada, su manera de ver las cosas o simplemente el hecho de que, a pesar de todo lo que pasaba a nuestro alrededor, ella hab¨ªa aparecido all¨ª, ahora con esa curiosidad infantil que la hac¨ªa parecer ¨²nica.
Tambi¨¦n podr¨ªa ser que no la ve¨ªa desde hace ya una semana.
Me mord¨ª el labio, reprimiendo una sonrisa. Ten¨ªa un plan tonto form¨¢ndose en mi cabeza. Me quit¨¦ las ojotas despacio para no hacer ruido y camin¨¦ sigiloso, pisando con cuidado, y me acerqu¨¦ por detr¨¢s. Ella estaba tan concentrada que ni me sinti¨® venir. O sea, estaba tan perdida en la estructura que, al llegar ac¨¢, ni siquiera prest¨® atenci¨®n a que yo estaba a tan solo unos metros de ella.
Cuando estuve a un paso, estir¨¦ las manos y le toqu¨¦ los costados de su espalda.
"?Buh!"
Lo que ocurri¨® despu¨¦s fue digno de una tragedia teatral.
"???KYAAAAAAAH!!!"
Pyra peg¨® ese grito tan agudo y fuerte que me dolieron los o¨ªdos. Dio un salto de casi medio metro en el aire y gir¨® sobre s¨ª misma, mir¨¢ndome con los ojos abiertos de par en par.
"?L-L-Lu-Luciano!" Balbuce¨®, llev¨¢ndose ambas manos al pecho, como si su coraz¨®n estuviera a punto de explotar.
El problema fue que su alarido despert¨® a todos los dem¨¢s, y yo lo vi desde un costado de la ventana.
Mirella peg¨® un salto y empez¨® a mirar hacia los costados.
"Luciano, ?d¨®nde est¨¢s?" Pregunt¨® al aire mientras me buscaba hasta debajo de la cama.
Y Aya... Apenas se le ve¨ªan los ojos y las orejas por encima del marco de la ventana. Ella ya hab¨ªa encontrado de d¨®nde proven¨ªa el ruido.
"?Qu¨¦ pasa¡?" Murmur¨® con voz adormilada.
Creo que desde esa posici¨®n no pod¨ªa ver del todo a Pyra.
Pyra, en cambio, estaba en p¨¢nico total.
"?No-no-no era mi intenci¨®n hacer ruido! ?Yo solo...!"
"?Por qu¨¦ gritaste como si te estuvieran haciendo da?o?" Le pregunt¨¦ con una sonrisa burlona.
"?Porque me asustaste, idiota!" Grit¨®, a¨²n con el rostro rojo.
Rin, ya fuera de la casa, ten¨ªa una lanza en sus manos. Aunque al verme... simplemente suspir¨®, dejando la lanza apoyada contra la pared.
"As¨ª que eres t¨², Luciano... ?Qui¨¦n es ella? ?Y por qu¨¦ grit¨® as¨ª?"
Rundia, Luc¨ªa y las gemelas aparecieron por detr¨¢s de ¨¦l.
"Ella es la mujer de fuego".
"??La mujer de fuego?!" Pregunt¨® con sorpresa Aya, sacando la cabeza por la ventana.
Luego la vi correr hacia fuera de la habitaci¨®n.
Pyra se qued¨® r¨ªgida. Se gir¨® lentamente hacia el grupo, como si apenas ahora se diera cuenta de que todos la miraban.
"Ehh¡ ah¡ yo¡"
Mirella, que ya hab¨ªa salido por la ventana, flot¨® a su lado con una sonrisa traviesa.
"??Ehhh?! ?Por qu¨¦ Pyra est¨¢ con Luciano afuera y siendo de noche?"
"?Pyra?" Pregunt¨® Rundia.
Luc¨ªa tambi¨¦n la miraba.
"?S¨ª, s¨ª! ?Deciles qui¨¦n sos!"
Pyra trag¨® saliva.
"Yo... bueno..."
Se aclar¨® la garganta, acomod¨® los hombros y levant¨® la cabeza con dignidad. Parec¨ªa renovada en cuesti¨®n de segundos.
"?Mi nombre es Pyra! ?Malditos humanos entrometidos! ?Soy la guardiana de esta isla y la que utiliza magia de fuego, as¨ª que deben obedecer lo que yo les ordene!"
Uh... No se supon¨ªa que deb¨ªa decir eso.
Obviamente, los cuatro que no la conoc¨ªan se quedaron desconcertados, mir¨¢ndose entre ellos.
Rin fue el que habl¨®.
"No entendemos muy bien lo que dices... ?Por qu¨¦ nos dar¨ªas ¨®rdenes?"
"Bueno, pues porque los humanos son..."
"?Nada, nada!" Grit¨¦, cortando sus palabras mientras agitaba los brazos, poni¨¦ndome delante de ella.
"Ella solo se llama Pyra y usa magia de fuego. Es mi amiga, as¨ª que espero que puedan llevarse bien con ella".
"?Tu amiga?"
Aya apareci¨® de repente en la escena, pasando apresurada entre Rundia y Rin. Se acerc¨® a Pyra y la observ¨® con atenci¨®n, con su mirada aguda repasando cada detalle de su apariencia. Hasta jurar¨ªa que la estaba olfateando desde lejos.
"?Hola, yo soy Aya! Hace mucho tiempo que estaba esperando conocerte. ?C¨®mo te liberaste? ?Acaso Luciano te ayud¨® en secreto? Desde lejos escuch¨¦ que te llamas Pyra".
"?Liberarme? ?Luciano? ?Acaso no sabes que yo soy la m¨¢s fuerte de esta isla? Nunca nadie podr¨ªa atraparme, ni mucho menos encerrarme".
"?Eh? Pero si se supone que el Rey Demonio te encerr¨® con una maldici¨®n".
Aya entrecerr¨® los ojos, claramente esperando una respuesta seria, pero Pyra solo se cruz¨® de brazos y alz¨® m¨¢s la barbilla con orgullo.
"?Tch! ?Eso es un malentendido! Yo jam¨¢s fui derrotada por nadie. Si el Rey Demonio hizo algo, seguramente fue porque..."
Levant¨® sus palmas abiertas a la altura de sus hombros.
"Porque claramente tem¨ªa de mi poder y porque no pod¨ªa vencerme en combate. ?Nadie es superior a m¨ª en magia!"
Aya parpade¨® un par de veces, sorprendida. Luego inclin¨® la cabeza ligeramente.
"?Entonces¡ dices que nunca estuviste atrapada? ?Y entonces por qu¨¦ no nos conocimos antes?"
"Eso es cierto", acot¨® Suminia.
"Mi abuela una vez me cont¨® que hab¨ªa algunas personas que la hab¨ªan visto, que era alguien que ten¨ªa los ojos con fuego. Aunque otros le dijeron que era mentira, que solo era el Rey Demonio".
"?No nos conocimos porque yo no quer¨ªa! ?Y a m¨ª nadie me hizo nada!"
Aya se qued¨® en silencio, analiz¨¢ndola con cuidado. Al principio parec¨ªa emocionada por conocerla, pero ahora su mirada se iba apagando poco a poco.
"Eso es raro... porque yo hab¨ªa escuchado que el Rey Demonio te ech¨® una maldici¨®n, como al gnomo Forn, por ejemplo".
Pyra se qued¨® r¨ªgida un segundo, pero r¨¢pidamente solt¨® una risa forzada.
"?Ja! ?Pues entonces o¨ªste mal! ?No te creas todo lo que dicen los humanos, ellos siempre exageran y se entrometen!"
Aya baj¨® las orejas y suspir¨®.
"?Ah, s¨ª? ?Que exageran y se entrometen? La verdad es que yo pensaba que ser¨ªas una persona diferente... M¨¢s amable, quiz¨¢s. Pero ahora que te conozco, solo pareces alguien para nada amable que se niega a admitir la verdad".
Pyra chasque¨® la lengua y le lanz¨® una mirada molesta.
"??Qu¨¦ dijiste?! ?No puedes decirme cosas as¨ª sin conocerme!"
Aya no le respondi¨®. Simplemente gir¨® el rostro, como si ya no le interesara seguir la conversaci¨®n.
De esta forma, Pyra no va a poder integrarse a mi grupo... Cada vez que habla, la caga m¨¢s.
Espera, su sombra dice que¡
Mierda, Luc¨ªa se est¨¢ acercando a ella con una sonrisa demasiado amplia.
"Pyra, mejor comp¨®rtate", empez¨® diciendo, con las manos detr¨¢s de la espalda.
"O tendr¨¦ que contarles a todos sobre... eso".
Un poco precavidos, Rin y Rundia se pusieron detr¨¢s de Luc¨ªa, aunque no dijeron nada.
"?Q-qu¨¦ cosa?"
Luc¨ªa lade¨® la cabeza, con una dulzura fingida.
"Ya sab¨¦s... lo que pas¨® cuando conociste a Luciano".
Los ojos de Pyra se abrieron muy grandes. De inmediato, me mir¨® como si esperara que la defendiera, pero yo solo alc¨¦ las cejas. Esto era demasiado entretenido, aunque a la vez se estaban arruinando todos mis planes.
"E-espera, espera", tartamude¨®, levantando las manos con nerviosismo.
"No hay necesidad de andar contando cosas irrelevantes, ?verdad?"
"Oh, yo creo que s¨ª", intervino Mirella.
"Estar¨ªa bueno que le contaras a todos c¨®mo se conocieron".
"Nosotros tambi¨¦n queremos saberlo", dijo Rin, mirando a Rundia por un momento.
"Recuerdo que una vez Tariq me dijo que hab¨ªa alguien peligroso que ten¨ªa fuego a su alrededor, as¨ª que debes ser t¨²".
Pyra mir¨® a todos, notando que ahora la atenci¨®n estaba completamente sobre ella. Su ego estaba en juego.
Con su t¨ªpico movimiento, alz¨® la nariz con altaner¨ªa.
"?Escuchen bien, insignificantes humanos! Es cierto que tuve un enfrentamiento con Luciano... ?Y decid¨ª no pelear en serio porque ¨¦l no lo merec¨ªa!"
"??Enfrentamiento?!" Pregunt¨® Rundia en voz alta, acerc¨¢ndose a Luc¨ªa y tirone¨¢ndola un poco hacia ella desde los hombros.
Rin tambi¨¦n puso una mano sobre el hombro de Luc¨ªa.
"?Enfrentamiento? ?Quieres decir que atacaste a Luciano? ?A mi hijo?"
Su tono era serio, y su postura se volvi¨® r¨ªgida, como si de repente estuviera evaluando si deb¨ªa considerarla una amenaza.
"?Pffft! ?Nada de eso!"
Pyra agit¨® una mano con desd¨¦n.
"Yo solo... prob¨¦ su fuerza, eso es todo. No lo llamar¨ªa un ataque, fue m¨¢s bien un... desaf¨ªo".
"Que lo atacaste, dices..."
Rin apret¨® los labios. Su mirada se volvi¨® a¨²n m¨¢s severa.
"Si mi hijo tuvo que enfrentarte en una pelea, no lo veo como algo bueno. Eso no me gusta nada".
Pyra le devolvi¨® la mirada, con un destello desafiante en sus ojos carmes¨ª.
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"Bueno, ?y qu¨¦? ?No es mi culpa que se haya metido en mi camino!"
Rin ahora mir¨® a su hija.
"Luc¨ªa".
"?S¨ª, pap¨¢?"
"?Es verdad que esta mujer atac¨® a tu hermano? ?T¨² la viste?"
"S¨ª, ella us¨® magia de fuego, pero claramente Luciano era m¨¢s fuerte".
Je.
La vena en la sien de Rin se marc¨® con fuerza. Respir¨® profundo, como si intentara contenerse.
"Esc¨²chame bien, Pyra. Si eres del tipo de gente que va por ah¨ª atacando a los dem¨¢s solo porque s¨ª, no eres bienvenida aqu¨ª".
Pyra parpade¨®, como si no creyera lo que acababa de escuchar.
"?Ah? ?Me est¨¢s echando? ??T¨², un simple humano?!"
"S¨ª, vete de aqu¨ª", respondi¨®, se?alando hacia m¨¢s all¨¢ en la playa.
Hubo un silencio tenso. Se notaba claramente que los ojos de Pyra ard¨ªan con furia, pero tambi¨¦n con algo m¨¢s en su gesto... ?Sorpresa? ?Humillaci¨®n? Era dif¨ªcil de decir. Lo cierto es que mir¨® a Rin como si acabara de recibir una bofetada en el orgullo.
"?Me est¨¢s echando¡ a m¨ª?" Repiti¨®.
"?Est¨¢s echando a la guardiana de esta isla?"
"S¨ª, no quiero tener a alguien peligroso cerca de mi familia".
Uh...
Y entonces, con una sonrisita de lo m¨¢s c¨ªnica, ella ech¨® la cabeza hacia atr¨¢s y dej¨® escapar una carcajada.
"?Pero qu¨¦ gracioso! ??Crees que me puedes echar solo porque quieres?! ?T¨², un humano? ?Pat¨¦tico! ?Esto es una burla hacia m¨ª!"
Pyra ya se est¨¢ yendo a la mierda y no parece querer parar. Esto ya no me gusta nada.
"Si tanto dices que no quieres estar con humanos, ?por qu¨¦ no te vas? Nadie te retiene".
Pyra chasque¨® otra vez la lengua y desvi¨® la mirada, molesta. Su orgullo la hab¨ªa metido en una trampa que ella misma se hab¨ªa creado. Si se iba, ser¨ªa como aceptar que ¨¦l la ech¨®. Pero si se quedaba, estar¨ªa...
"No me voy a ir", declar¨® de golpe, cruz¨¢ndose de brazos y girando la cabeza con indignaci¨®n.
"Voy a quedarme aqu¨ª, solo para demostrarles lo equivocadas que est¨¢n sus rid¨ªculas ideas sobre m¨ª".
Espera, ?psicolog¨ªa inversa?
"?Eh?"
Rundia parpade¨® confundida.
"Pero dijiste que no quer¨ªas estar con humanos. Adem¨¢s, no me gusta c¨®mo nos hablaste. Yo tampoco quiero que te quedes, por m¨¢s que mi hijo diga que son amigos".
"?Eso dije, pero cambi¨¦ de opini¨®n!
Voy a demostrarles que soy superior en todo sentido, ?y que ustedes no pueden venir a decirme qu¨¦ hacer!"
"?Te das cuenta de lo rid¨ªcula que suenas?"
Suminia intervino con los brazos cruzados y una expresi¨®n de absoluto desagrado. Directamente estaba degrad¨¢ndola con la mirada.
"Nos tratas como si fu¨¦ramos menos que t¨², pero igual te quieres quedar. Eso solo significa que seguro que no tienes un mejor lugar a donde ir".
Pyra chasque¨® la lengua, otra vez, mir¨¢ndola de reojo con molestia.
"No necesito un lugar a donde ir. Puedo vivir donde me d¨¦ la gana".
"No aqu¨ª".
Suminia le sostuvo la mirada sin titubear, y yo ya sab¨ªa que esto pod¨ªa terminar mal.
"Si nos desprecias tanto, vete".
Pyra dio un paso hacia adelante.
"?Y t¨² qui¨¦n eres para darme ¨®rdenes, humana?"
"Soy la que vive aqu¨ª, a diferencia de ti".
Mirella iba y ven¨ªa con una sonrisita divertida, disfrutando del caos. Aya me miraba con desaprobaci¨®n, seguro que esperando a que yo hiciera algo, y Suminia se manten¨ªa firme, como si con solo su voluntad pudiera hacer que Pyra desapareciera.
Antes de que las dos tsunderes se terminen agarrando de los pelos, decid¨ª intervenir.
"Miren, no vamos a discutir esto toda la noche... Pyra, ven¨ª conmigo".
"?Eh?"
"Vamos a hablar. Ahora".
Le tom¨¦ la mu?eca sin esperar su respuesta y tir¨¦ de ella en direcci¨®n hacia el bosque. Sent¨ª su resistencia inicial, pero al final me sigui¨®, aunque protestando.
"?Oye! ?Qu¨¦ crees que est¨¢s haciendo?"
No respond¨ª, me limit¨¦ a mirar hacia atr¨¢s.
"Esperen ah¨ª un momento. Tengo que hablar esto con Pyra".
Creo que Rin dijo que me esperar¨ªan. No pude entenderle bien porque la loca segu¨ªa gritando.
"?Oye! ?Te hice una pregunta!"
"Estoy d¨¢ndote lo que quer¨¦s".
"?No quiero que me tomen y me lleven as¨ª!"
"Entonces comportate como alguien razonable y no tendr¨¦ que hacerlo".
Nos adentramos un poquito en el bosque, alej¨¢ndonos del grupo hasta una distancia considerable para que nadie nos escuchara. Solt¨¦ su mu?eca y me gir¨¦ para encararla.
"Escuch¨¢ bien lo que te voy a decir, Pyra, porque no te lo voy a volver a repetir".
Ella se cruz¨® de brazos, frunciendo el ce?o con altivez.
"No necesito escucharte".
"S¨ª, s¨ª lo necesit¨¢s. Porque ac¨¢ hay algo que ten¨¦s que entender de una vez: a mi familia no le falt¨¢s el respeto, ?entendiste?"
Vi c¨®mo su ce?o se frunc¨ªa a¨²n m¨¢s, pero antes de que pudiera abrir la boca para soltar otra de sus respuestas arrogantes, continu¨¦.
"Me importa un carajo lo que pienses de los humanos. Si est¨¢s ac¨¢, en mi territorio, vas a respetar a los m¨ªos.
All¨¢ fuera podemos ser todo lo amigos o enemigos que queramos. Si quer¨¦s, pod¨¦s insultarme o lo que mierda se te ocurra, pero a mi familia y amigos no".
"Pues a m¨ª no me gusta c¨®mo me est¨¢s hablando".
Puse los brazos en jarra y la mir¨¦ fijamente. Debo decir que este peque?o juego de palabras me gustaba, porque estaba seguro de que iba a ganar.
"?Ah, s¨ª? ?Y qu¨¦ vas a hacer al respecto?"
Ella abri¨® la boca para responder, pero no le di oportunidad.
"?Te olvidaste de lo que pas¨® la ¨²ltima vez que intentaste hacerte la fuerte conmigo?"
Vi el tic en su mand¨ªbula, el enojo evidente en sus ojos. No necesitaba que respondiera para saber que recordaba perfectamente la humillaci¨®n de haber sido derrotada en tan solo unos segundos. Aunque tal vez le gustaba sentirse desafiada, y yo estaba tomando ese camino peligroso.
"Si vos quer¨¦s quedarte con nosotros, y no quer¨¦s que eso se repita, vas a tener que comportarte bien. Y no me importa cu¨¢nto te cueste o cu¨¢nto tiempo te lleve lograrlo. Lo importante es que lo entiendas y lo intentes".
Pyra desvi¨® la mirada, pero no dijo nada.
"?Me escuchaste o no?"
"?S¨ª te escuch¨¦!"
Todav¨ªa no me miraba.
"Entonces, ?te vas o te qued¨¢s?"
"Me quedo, ?no te hab¨ªa quedado claro ya?"
"Est¨¢ bien. Ahora que nos estamos entendiendo mejor, vamos a charlar un poco. Para empezar, ?por qu¨¦ viniste a espiarme justo ahora, a la noche?"
Ahora s¨ª me miraba.
"Porque... no volviste a buscarme luego de que nos vimos cuando llov¨ªa".
Levant¨¦ las cejas, asintiendo lentamente al mismo tiempo.
"?Eso te molest¨®?"
"?No dije eso!" Se apresur¨® a responder, con las mejillas ligeramente enrojecidas.
"Solo... me pregunt¨¦ si segu¨ªas vivo. Ya sabes... por lo del Rey Demonio".
"No, estuve viviendo bastante... tranquilo".
Lo cierto era que me sent¨ªa un poco inquieto inconscientemente.
"Como te dije, no creo que vuelva a aparecer".
"Ya..."
Me re¨ª por lo bajo.
"Bueno, ac¨¢ estoy, entero. Ahora, siguiente pregunta: ?c¨®mo vas a comportarte de ahora en adelante?"
Suspir¨®, cerrando los ojos un momento antes de responder.
"Yo voy a... Voy a disculparme..."
"?Y qu¨¦ m¨¢s vas a hacer para que los otros se den cuenta de que est¨¢s hablando en serio?"
"Voy a... ayudar en lo que necesiten".
Mov¨ª la cabeza con desaprobaci¨®n.
"Ahora decilo todo junto".
Ella me fulmin¨® con la mirada, pero respir¨® hondo y repiti¨® con un tono m¨¢s claro.
"Voy a disculparme. Y voy a... ?Voy a ayudar en lo que necesiten! ??Est¨¢s satisfecho ahora?!"
Hab¨ªa terminado desbordando su ira, pero al menos entendi¨® las reglas m¨ªnimas de convivencia.
"No se trata de si estoy satisfecho o no, porque tambi¨¦n ten¨ªas la opci¨®n de no decirlo y no vivir con nosotros. Entonces, si decidiste decirlo, es porque te diste cuenta de que actuaste mal, y eso es bueno".
"?Siempre encuentras la forma de hacerme gritar! ?Te odio!"
Esboc¨¦ una sonrisa.
"Y, sin embargo, decidiste vivir conmigo".
No hubo respuesta de su parte, solo me dio la espalda y pate¨® una piedrita del suelo, que se perdi¨® entre la hierba.
Esta chica... Todav¨ªa no puedo entenderla del todo. S¨¦ que nos conocemos hace poco, pero est¨¢ comenzando a sacar cosas de m¨ª que no sab¨ªa que pod¨ªa sentir ni decir. Y tampoco s¨¦ si ella me hace esto a prop¨®sito para que yo me ponga as¨ª.
Cuando me qued¨¦ en silencio y la observ¨¦ de espaldas, not¨¦ algo en su postura, aparte de que era una belleza de pies a cabeza. No era solo molestia, hab¨ªa algo m¨¢s. Un leve temblor en sus manos, una respiraci¨®n m¨¢s profunda de lo normal.
Me qued¨¦ pensando.
Pyra no era una persona f¨¢cil de entender, y no lo digo porque sea un ser m¨¢gico, lo digo porque parece vivir en un constante conflicto entre lo que dice y lo que realmente quiere. Grita independencia, superioridad, poder... Pero cada vez que la enfrento directamente, cada vez que la hago sentir que ella no es superior, su reacci¨®n no es tanto de desafiarme con la misma intensidad, sino ceder, aunque sea por un segundo o solo en un par de frases.
Esos peque?os destellos de sumisi¨®n en ella eran extra?os, contradictorios. No encajaban con la imagen que quer¨ªa dar de s¨ª misma.
?Acaso le gustaba que yo tomara el control?
No pod¨ªa asegurarlo, pero hab¨ªa momentos donde parec¨ªa perderse en el peso de mi presencia, como si... estuviera buscando algo que no pod¨ªa conseguir por s¨ª sola.
Y ah¨ª estaba la otra parte del asunto.
Pyra no pod¨ªa lograr en m¨ª lo que yo lograba en ella. No pod¨ªa hacerme someterme, porque no soy alguien sumiso. No puedo serlo, no con alguien como ella, que solo respeta la fuerza. Si me mostraba d¨¦bil, me devorar¨ªa. Pero al mismo tiempo, cuando la controlaba, cuando la dominaba en una conversaci¨®n o en una situaci¨®n... ella reaccionaba extra?o. No reaccionaba realmente como alguien humillado, sino como alguien que tal vez hab¨ªa encontrado lo que estaba buscando sin darse cuenta.
Quiz¨¢s, dentro de todo su orgullo y arrogancia, lo que realmente busca es a alguien que la supere, alguien que pueda desafiarla, alguien que pueda hacerle sentir que no era ella quien tiene que estar siempre en lo m¨¢s alto de la cima.
Pero tambi¨¦n yo quiero ser alguien que la cuide, que le ense?e lo que est¨¢ bien y lo que est¨¢ mal, porque, a pesar de todo lo que ella quiere representar, seguro que estuvo sola por mucho tiempo, y eso la debe de haber hecho construirse una imagen de s¨ª misma que, en el fondo, puede no ser completamente real.
Y yo... no s¨¦ qu¨¦ va a pasar con ella en el futuro.
Esto pod¨ªa terminar mal. Muy mal. Pyra pod¨ªa ser un problema constante, una bomba de tiempo que, cuando explotara, har¨ªa imposible que conviviera con nosotros, y eso me traer¨ªa muchos problemas de confianza para con mis amigos y familia.
O... pod¨ªa terminar demasiado bien. Si encontrara su lugar en este grupo, si todos la aceptaban, podr¨ªa aprender, podr¨ªa cambiar su forma de ver a los dem¨¢s y finalmente ser alguien que te trate de igual a igual.
Y si eso pasaba, si realmente yo lograba hacer que entendiera su lugar ac¨¢, entonces... tal vez ella misma terminar¨ªa eligiendo su destino de una forma que ni siquiera ella esperaba.
Y, a pesar de todo esto que acabo de pensar sobre ella, a pesar de que digo que yo puedo ense?arle sobre la vida y la convivencia, hay un detalle que no se puede pasar de largo: Pyra tiene novecientos noventa y dos a?os y un mes.
S¨ª, literalmente est¨¢ por cumplir un milenio dentro de ocho a?os.
Qu¨¦ locura... Y pensar que, en alg¨²n momento de su vida, Sariah decidi¨® crear a un ser m¨¢gico que, si le quitamos los cuernos, es igualita a ella. ?En qu¨¦ habr¨¢ estado pensando al hacer eso? ?Habr¨¢ querido crear una imagen de ella sobre su propio mundo?
?Habr¨¢ m¨¢s Pyras en este lugar o ella ser¨¢ la ¨²nica? Esa es una buena pregunta, porque quiz¨¢s al pasar tanto tiempo, a Sariah se le ocurri¨® crear otra Pyra por alguna parte de su mundo. Aunque es extra?o que justo esta mujer est¨¦ ac¨¢, en esta isla. Y es todav¨ªa m¨¢s curioso que tambi¨¦n est¨¦n Forn, Mirella y Aya... Aunque ella diga que vino desde el otro lado del agua.
Y antes estuvieron el minotauro y el hombre p¨¢jaro... ?Qu¨¦ planeaba Sariah al traer tantas de sus creaciones a esta isla?
A todo esto... ?Entonces Pyra es inmortal? Siempre y cuando alguien no la asesine, obviamente... ?Y Aya, Mirella y Forn tambi¨¦n lo ser¨¢n?
?Acaso yo tambi¨¦n ser¨¦ inmortal?
Tengo demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Lo ¨²nico que s¨¦ es que imaginarme un escenario rom¨¢ntico con ella en un futuro ser¨ªa medio morboso. Digo, por la diferencia de edad.
Maldici¨®n... ?En qu¨¦ carajos estoy pensando?
"Sabes... Para alguien que parece haber vivido tanto tiempo, me sorprende lo mucho que te cuesta admitir ciertas cosas que ya deber¨ªas haber aprendido".
Sus manos, que antes estaban en pu?os, se abrieron ligeramente, pero no se gir¨® hacia m¨ª. La observ¨¦ en silencio. No hac¨ªa falta que dijera su edad, aunque seguramente ni entendiera de n¨²meros y de a?os, meses y dem¨¢s.
"V¨¢monos", solt¨® con tono serio.
"?Por qu¨¦?"
La fui rodeando para intentar mirarle el rostro.
"Es mejor volver con los dem¨¢s. No quiero hacerlos esperar m¨¢s", respondi¨®, con la mirada a¨²n fija en el suelo.
"?Te hice sentir mal con eso que dije?"
"No... No es eso. Solo volvamos y ya".
Interesante. ?Por qu¨¦ no quer¨ªa hablar de eso? ?Qu¨¦ historia escond¨ªa su edad? ?Por qu¨¦ su reacci¨®n era tan distinta a lo usual?
No insist¨ª m¨¢s. Si quer¨ªa que hablara, ten¨ªa que hacerlo en sus propios t¨¦rminos. As¨ª que simplemente asent¨ª.
"Est¨¢ bien, volvamos".
Todav¨ªa me quedan muchas cosas que hablar con Pyra.
Cuando llegamos con los dem¨¢s, el ambiente estaba tenso. Todos nos miraban, pero nadie parec¨ªa demasiado contento de ver a Pyra de vuelta. Samira incluso tom¨® a Suminia del brazo, como si quisiera asegurarse de que se mantuviera alejada de los problemas. Aya estaba apoyada contra la pared de la casa, con su habitual postura elegante, pero con una clara expresi¨®n de desconfianza en sus ojos anaranjados.
"Pyra tiene algo que decirles", anunci¨¦, d¨¢ndole un suave empujoncito desde la parte baja de su espalda.
Ella me lanz¨® una mirada de pocos amigos, pero sab¨ªa que no pod¨ªa echarse atr¨¢s ahora. Se aclar¨® la garganta y mir¨® a todos con seriedad.
"Escuchen todos... Tengo algo que decirles sobre c¨®mo me comport¨¦ antes".
"?Qu¨¦ interesante!" Exclam¨® Mirella, ahora sentada en el borde de la ventana, moviendo sus piernas hacia delante y hacia atr¨¢s.
"Me disculpo por c¨®mo me comport¨¦ antes", dijo, con una firmeza inesperada.
"Y tambi¨¦n voy a ayudar en lo que necesiten, porque voy a vivir con ustedes".
El silencio que sigui¨® fue denso. Nadie pareci¨® convencido.
"Aj¨¢", murmur¨® Suminia, mirando hacia otro lado.
"Qu¨¦ conveniente. ?Piensas que solo pidiendo perd¨®n todo pasar¨¢?"
Aya entrecerr¨® los ojos y habl¨® con un tono neutro, mas no menos cortante.
"?Por qu¨¦ deber¨ªamos creerte?"
"Disculpen, pero a m¨ª no me convence lo que dice esta mujer", dijo Rin, y Rundia asinti¨® luego de sus palabras.
Luc¨ªa se mantuvo al margen, todav¨ªa con esa sonrisa que manten¨ªa desde que comenz¨® todo este drama.
Me quiero ir a dormir...
Pyra apret¨® los labios, claramente conteni¨¦ndose de responder con su usual arrogancia. Aun as¨ª, relaj¨® su postura poniendo las manos en su cintura, con los pulgares por dentro de su short.
"Esc¨²chenme..."
"No, no te escucharemos", interrumpi¨® Suminia, ahora avanzando hacia ella.
"T¨² vas a ser la que va a escucharm..."
"Bueno..." Intervine antes de que todo se fuera al carajo otra vez.
"Podemos empezar por las cosas ¨²tiles que Pyra puede hacer con su magia de fuego".
No obtuve m¨¢s que miradas esc¨¦pticas, pero no me import¨®. Continu¨¦.
"Ella puede prender fogatas al instante".
Nada. De hecho, Mirella cambi¨® la cara a una menos amable.
"?Y puede calentar cosas que necesitemos!"
M¨¢s silencio.
Me detuve un momento. ?Qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa decir? Ten¨ªa que pensar en algo realmente grande...
Ya lo s¨¦.
"Pero, sobre todo, ella fue la que se llev¨® toda la lava del volc¨¢n, toda esa lava de la que tuvimos que ocultarnos".
Hice una peque?a pausa y vi c¨®mo sus expresiones cambiaban.
"Si no fuera por ella, ninguno de nosotros podr¨ªa estar viviendo ac¨¢ afuera".
Rundia fue la primera en hablar, con una voz mucho m¨¢s suave que la que ven¨ªan usando.
"?Eso es cierto¡?"
Pude ver la duda en su rostro, la ligera inclinaci¨®n de su cuerpo hacia adelante, como si buscara confirmar que no estaba escuchando cualquier mentira.
Asent¨ª.
"S¨ª, mam¨¢, yo no te mentir¨ªa. Pod¨¦s ir a verlo vos misma del otro lado de la selva si quer¨¦s. La lava no desaparece as¨ª como as¨ª".
Ella desvi¨® la mirada, pensativa. No tard¨® en mirar hacia Pyra, esta vez con una expresi¨®n menos hostil.
"Si realmente no tienes malas intenciones, ?por qu¨¦ nos tratas as¨ª?"
Pyra parec¨ªa indecisa. Sus ojos se movieron por un momento, como si buscara una respuesta en el aire. Pero no dijo nada, solo se limit¨® a mirarla, apretando fuertemente los dedos de sus pies contra la arena.
Era una pregunta dif¨ªcil, ?no? Porque, en el fondo, dudo que ella misma supiera la respuesta.
Eso me llev¨® a otra cuesti¨®n: ?realmente ten¨ªa un motivo para odiar a los humanos? S¨ª, nos menospreciaba, nos trataba como inferiores, como si fu¨¦ramos algo insignificante para ella. Pero... ?Por qu¨¦? ?Hab¨ªa pasado algo en su vida que la hizo llegar a este punto? ?O simplemente era as¨ª porque s¨ª?
Si lo pienso bien, su actitud no es igual a la de alguien que simplemente siente odio. He conocido gente que odia a los dem¨¢s, como el maldito minotauro, y su desprecio es fr¨ªo, es abominable. Pyra, en cambio, era explosiva, confrontativa. No nos ignoraba, no nos despreciaba en silencio... Ella quer¨ªa que sinti¨¦ramos su rechazo.
Eso ten¨ªa que tener alg¨²n significado oculto. Aunque bueno, este no era el momento para analizarlo demasiado.
Cap铆tulo 63: Evoluci贸n.
Mir¨¦ a los dem¨¢s. No parec¨ªan convencidos. Segu¨ªan con sus expresiones serias, sin bajar la guardia. Pyra pod¨ªa haber salvado la isla de la lava, pero si realmente no demostraba que quer¨ªa vivir ac¨¢, eso no significaba que confiaran en ella del todo.
"Est¨¢ bien, miren... No estoy diciendo que la abracen y la acepten como si fuera una m¨¢s del grupo desde hoy mismo.
Pero s¨ª creo que deber¨ªan darle una oportunidad. Aunque sea como un simple agradecimiento por habernos salvado de terminar muertos".
"S¨ª, hijo. Seguro que esta mujer trabaj¨® mucho para hacer todo eso y que estuvi¨¦ramos a salvo. El problema es que todos sabemos que no nos puede tratar de esta forma".
"S¨ª, mam¨¢, entiendo todo. Es por eso que yo ya habl¨¦ de ese tema con ella, y me dijo que va a cambiar para llevarse mejor con todos, porque quiere vivir a nuestro lado".
Me acerqu¨¦ un poco, tom¨¢ndole una mano con mis dos manos. Como cuando Forn me lee el cuerpo.
"?Acaso no pas¨® algo as¨ª conmigo hace mucho tiempo? ?Acaso no estaban enojados porque me fui sin avisar para aprender magia? S¨¦ que pasaron cosas feas mientras estaba fuera, pero el resultado final fue mucho mejor de lo esperado, porque la magia es algo que necesitamos para poder vivir mejor".
Mis padres se quedaron en silencio. Not¨¦ c¨®mo se miraban entre ellos, como si simplemente eso bastara para comunicarse. Fue Rundia la primera en hablar.
"S¨ª... Me acuerdo de eso... Aunque quisiera no recordar las peleas familiares".
¨¦l exhal¨® lentamente por la nariz, rasc¨¢ndose la nuca.
"S¨ª, yo tambi¨¦n recuerdo que no me gustaba que tuvieras la magia y ni siquiera sab¨ªa muy bien qu¨¦ era. Tambi¨¦n recuerdo que Mirella la usaba primero que t¨², y s¨ª, siempre fue ¨²til, aunque no quisiera admitirlo desde un principio.
Pero no creo que haya sido algo malo el castigarte, porque actuaste mal en ese momento".
"S¨ª... No voy a negarlo, me port¨¦ mal".
"Lo bueno es que al final nos demostraste que la magia s¨ª era buena".
"Y eso no es todo", extend¨ª los brazos con una sonrisa confiada.
"No solo aprend¨ª magia, sino que constru¨ª casas, armas, ropa, hicimos herramientas nuevas, cultivamos plantas y dem¨¢s... Todo eso, en parte, fue gracias a la magia".
Rundia se mordi¨® el labio inferior, pero no pudo evitar asentir.
"Es cierto. Ahora vivimos mejor que nunca, gracias a lo que est¨¢s haciendo. Aunque bueno, no solo t¨², sino que Mirella y Aya tambi¨¦n ayudan, y con ellas nos sentimos seguros".
"Y ahora estamos usando las cosas creadas con magia todos los d¨ªas", agreg¨® Rin, bostezando luego.
Era el reconocimiento que quer¨ªa escuchar. Si ellos pudieron cambiar su mentalidad a lo largo del tiempo y aceptar que la magia era algo bueno, entonces tambi¨¦n pod¨ªan darle una oportunidad a Pyra.
Y justo en ese momento, Mirella aprovech¨® para saltar al ruedo.
"?Pues yo s¨ª voy a darle una oportunidad!" Grit¨® con su habitual energ¨ªa, poniendo una mano arriba.
"Siempre y cuando no moleste a Luciano, claro".
Solt¨¦ una risa nasal. Si Mirella estaba de mi lado en esto, entonces el camino para que los dem¨¢s aceptaran a Pyra iba a ser un poco m¨¢s f¨¢cil. Porque, aunque ella era peque?a, llevaba mucho tiempo con nosotros y ten¨ªa una gran influencia sobre el grupo.
"?Ven? Hasta Mirella lo dice", insist¨ª.
Luc¨ªa levant¨® una mano desde atr¨¢s.
"?Yo tambi¨¦n quiero que Pyra se quede! ?Por favor, mam¨¢!"
?Bien, eso era justo lo que necesitaba que dijera ahora!
"Tal vez ella no sea tan mala, ?no? Ya se disculp¨®", dijo Samira, aunque su hermana la fulmin¨® con la mirada.
"Aunque deber¨ªa trabajar bastante para demostrar que va a portarse bien".
Mientras tanto, Aya se mantuvo al margen; solo miraba. Se hab¨ªa llevado una gran decepci¨®n, y en este momento yo no sab¨ªa si tambi¨¦n estaba decepcionada de m¨ª.
Rundia y Rin intercambiaron miradas una vez m¨¢s.
Finalmente, Rin suspir¨®.
"Est¨¢ bien, aceptaremos que se quede. Pero no quiero problemas, Luciano. Si esta mujer sigue actuando como lo hizo hoy, no la vamos a volver a perdonar".
"Eso es justo lo que le dije antes", respond¨ª.
"Si quiere vivir ac¨¢, tiene que cambiar su actitud, y ya me dijo que s¨ª lo har¨¢".
Todos miraron a Pyra.
Ella chasque¨® la lengua. Aun as¨ª, asinti¨® con lentitud, sin mirar a nadie en particular.
"Har¨¦ un esfuerzo", dijo, sin su tono arrogante de siempre.
Supongo que comienza una nueva etapa en nuestras vidas. Ahora que ya tenemos a Pyra de nuestro lado, solo falta contarles mi plan de escape y ver cu¨¢ndo y con qui¨¦nes partimos de esta isla.
***
Primer d¨ªa de convivencia con Pyra: durmi¨® en la habitaci¨®n que anteriormente era para Anya y Tar¨²n. A la ma?ana la mand¨¦ con un balde de madera a recoger las plantas rotas de la huerta y a quitar las hierbas. El ¨²nico inconveniente fue que Mirella dijo que ella deb¨ªa controlarla, y que tambi¨¦n la ayudar¨ªa a reconstruir toda esa zona, as¨ª que tom¨¦ la decisi¨®n de yo tambi¨¦n ir, porque s¨¦ muy bien que la probabilidad de que se peleen es muy alta.
Hoy no era un d¨ªa nublado, as¨ª que el sol ya estaba en lo alto cuando sal¨ª de casa y llegu¨¦ a la huerta. La arena de la isla parec¨ªa estar algo h¨²meda por una leve llovizna de la noche, pero eso no hac¨ªa menos evidente el desastre que ten¨ªamos enfrente. Partes de la tierra estaban removidas, algunas plantas yac¨ªan marchitas, y entre las malas hierbas se pod¨ªan ver restos de los brotes que hab¨ªan intentado sobrevivir. No era un panorama alentador, pero nada que no pudi¨¦ramos arreglar con un poco de trabajo.
Me apoy¨¦ en un tronco y mir¨¦ a Pyra, que estaba en cuclillas. Ten¨ªa a su lado el balde de madera sobre el suelo y en el rostro la expresi¨®n de alguien a quien le acaban de asignar una tarea que considera indignante. Sus labios se mov¨ªan a cada rato, murmurando frases incomprensibles mientras recog¨ªa las plantas rotas. A juzgar por su cara de fastidio, no era dif¨ªcil adivinar qu¨¦ tipo de cosas estaba diciendo.
"No puedo creer que est¨¦ haciendo esto..." Logr¨¦ escuchar que susurr¨®, lanzando al balde un pu?ado de ra¨ªces arrancadas.
"Yo, la guardiana de esta isla, recolectando estas porquer¨ªas de la tierra".
"?Algo que decir?" Pregunt¨¦ con una sonrisa demasiado amplia.
Pyra me lanz¨® una mirada afilada y chasque¨® la lengua, pero no dijo nada m¨¢s. Se movi¨® levemente para arrancar otra hierba sin siquiera mirarme.
En parte era entretenido verla en ese estado, porque sab¨ªa que lo que dec¨ªa era m¨¢s por orgullo herido que por verdadera indignaci¨®n. Era obvio que le costaba adaptarse a la idea de que, si quer¨ªa quedarse, ten¨ªa que contribuir.
Fue entonces cuando Mirella apareci¨® desde los ¨¢rboles, flotando con su energ¨ªa habitual y sosteniendo una regadera.
"?Hola, Luciano! ?Traje el agua, como pidi¨® Pyra!"
"Hola, Mirella. ?Acaso ya le contaste todo lo necesario para hacer que las plantas crezcan?"
"?S¨ª!"
"Vaya, qu¨¦ r¨¢pido".
"?Siempre soy r¨¢pida!"
Ella se acerc¨® a m¨ª y pude ver que desde la regadera sal¨ªan part¨ªculas m¨¢gicas.
"Espera un momento", dije, frunciendo el ce?o y poni¨¦ndome en puntas de pie para ver mejor.
"Mirella, ?trajiste agua m¨¢gica del arroyo?"
"?Sip!" Respondi¨® con orgullo.
"?Y por qu¨¦ no usaste el agua normal? No deber¨ªamos usar esta agua para estas cosas".
"?Porque yo traje agua de la playa, pero Pyra me dijo que mejor trajera esta!"
Me gir¨¦ a la aludida con las cejas levantadas.
"?Vos le dijiste eso?"
Pyra ni siquiera me mir¨® mientras arrojaba otro mont¨®n de hierbas al balde.
"S¨ª, ?y qu¨¦?"
De pronto, Mirella se puso en frente de mi cara, levantando un poco la regadera.
"?Pyra me dijo que el agua de la playa es mala! ??Eso es verdad?!"
Me qued¨¦ en silencio por un momento y luego solt¨¦ una carcajada.
"?De qu¨¦ te r¨ªes?" Pregunt¨® Pyra, gir¨¢ndose con una mirada de fastidio.
"De que le dijiste eso a Mirella, pero no le diste toda la explicaci¨®n completa".
"Porque no es necesario decir eso".
"??Y cu¨¢l es la explicaci¨®n completa?! ??Pyra es una mentirosa?!"
"No, no... Dej¨¢ que te explico.
El agua normal solo le hace mal a la piel de Pyra, dej¨¢ndole marcas rojas. No te preocupes, que a todos los dem¨¢s no nos pasa nada raro".
"?En serio?"
"S¨ª".
"?No se supon¨ªa que deb¨ªas dec¨ªrselo!"
Pyra empez¨® a apretar unas hierbas muy fuertemente.
"Es que hay que contarlo, Pyra. Si no, vas a confundir a los dem¨¢s".
Ella chasque¨® la lengua y volvi¨® a agacharse para remover la ¨²ltima de las malas hierbas, como si no quisiera seguir con la conversaci¨®n.
Mirella, en cambio, hab¨ªa cambiado su cara y ahora se re¨ªa bajito mientras se elevaba en el aire.
"A todo esto, Pyra... ?El agua m¨¢gica no te hace da?o a la piel?"
"No, porque esa agua es buena".
"Interesante..."
Esto es algo a tener en cuenta para un futuro.
Nos pusimos manos a la obra y yo ar¨¦ la tierra, ense?¨¢ndole a Pyra las distintas herramientas y c¨®mo se utilizaban. Tambi¨¦n plant¨¦ semillas de papaya para comenzar, ya que me pareci¨® que era tonto plantar las bayas, m¨¢s sabiendo que supuestamente no podemos comerlas y tambi¨¦n por la falta de comida que hay por la zona. Ya las plantaremos cuando nos asentemos en otro lugar.
Y s¨ª, ya s¨¦ que probablemente no terminemos comiendo nada de lo que surja de estas plantas, pero la idea es dejar registro de c¨®mo y qu¨¦ plantar en una huerta.
Luego seguir¨¢n la acelga, los tomates y las pi?as.
Una vez que estaba todo listo, Mirella se alz¨® sobre la huerta y comenz¨® a regar con movimientos suaves, dejando caer el agua con destellos m¨¢gicos sobre la tierra reci¨¦n preparada.
"No se ve nada mal", coment¨® Pyra, sacudi¨¦ndose entre s¨ª sus manos sucias.
"S¨ª, la naturaleza es muy bella".
"S¨ª..."
"Por cierto, ?a vos te gusta comer?" Pregunt¨¦, apoy¨¢ndome en el azad¨®n un segundo.
"Obvio que no. Nunca tengo ganas de comer algo".
"Ah, entonces sos como los dem¨¢s seres m¨¢gicos".
Al volver a mirar la huerta, no tard¨¦ en notar que algo extra?o estaba pasando.
Las semillas de papaya que hab¨ªamos enterrado comenzaron a responder al agua de inmediato. La tierra pareci¨® estremecerse levemente antes de que peque?os brotes verdes emergieran con un vigor inusual.
"?Eh?"
Me acerqu¨¦ con la mirada fija en las pl¨¢ntulas. Era un crecimiento antinatural, imposible. Normalmente, un ¨¢rbol de papaya tardaba meses en desarrollarse, pero lo que estaba viendo era otra cosa.
Las plantas crec¨ªan a una velocidad absurda, sus tallos engros¨¢ndose y sus hojas despleg¨¢ndose en cuesti¨®n de segundos. En menos de un minuto, ya eran diez ¨¢rboles j¨®venes, con una altura cercana a los dos metros cada uno.
Mi mand¨ªbula casi se descolg¨®:
"No puede ser... Esto no es normal".
Pyra y Mirella tambi¨¦n miraban la escena con los ojos abiertos como platos.
Mirella fue la primera en reaccionar, volando con emoci¨®n alrededor de los ¨¢rboles.
"?Luciano! ?Luciano, mira lo que hice!" Exclam¨®, dejando la regadera en el suelo y viniendo hacia m¨ª.
"?Soy la mejor, ?verdad?!"
"Fue mi idea usar esa agua", intervino Pyra, poni¨¦ndose a su lado.
"?Pero fui yo la que reg¨®! ?Luciano, dime qui¨¦n fue la que lo logr¨®!"
Yo todav¨ªa estaba procesando lo que acababa de ver. Nunca, en todos los usos que le hab¨ªamos dado al agua m¨¢gica, hab¨ªamos notado que pudiera hacer algo as¨ª con las plantas. Era un descubrimiento importante... pero hab¨ªa un problema evidente.
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"No se emocionen tanto. Crecieron r¨¢pido, s¨ª... pero no hay frutos. No hay papayas".
Ambas se giraron y miraron hacia los ¨¢rboles, d¨¢ndose cuenta de lo mismo que yo.
Los ¨¢rboles hab¨ªan crecido de golpe, pero ni una sola papaya colgaba de sus ramas. Aunque tal vez le faltaba algo para que eso sucediera.
"Oh..." Murmur¨® Mirella, con su entusiasmo disip¨¢ndose un poco.
"?Habr¨¢ que ponerle m¨¢s agua m¨¢gica?"
"Mmm..."
Me qued¨¦ en silencio por un momento, pensativo.
Si el agua m¨¢gica pod¨ªa hacer crecer las plantas, ?por qu¨¦ no hab¨ªa hecho que dieran frutos? ?Acaso hab¨ªa alg¨²n l¨ªmite en su efecto? ?O se deb¨ªa a que, aunque la planta hab¨ªa crecido r¨¢pido, a¨²n no hab¨ªa pasado el tiempo suficiente para la producci¨®n de frutos?
Era algo que ten¨ªa que investigar, en conjunto con alguien m¨¢s.
"Yo no entiendo nada de esto", coment¨® Pyra.
"Se supone que las plantas crecen con una buena tierra, sol y agua, pero no a esta velocidad. Esto no es lo que ven¨ªamos haciendo hasta ahora, Pyra, as¨ª que ninguno de nosotros est¨¢ entendiendo qu¨¦ sucedi¨®".
"?Entonces lo hicimos mal?"
"Todav¨ªa no lo s¨¦".
Mirella infl¨® las mejillas, poniendo los brazos en jarra con un gesto de fastidio en la cara.
"?Pero fue incre¨ªble lo que hice!"
"No digo que no lo haya sido. Solo que tenemos que entender bien c¨®mo funciona esto antes de emocionarnos demasiado".
"?Entonces ech¨¦mosle m¨¢s agua para que sea m¨¢s incre¨ªble!"
"No creo. Si regamos demasiado, podr¨ªamos afectar a la planta de alguna forma negativa. Es mejor esperar y ver si en unos d¨ªas aparecen los frutos de forma natural.
Y si no llegan a aparecer, sabremos que no hay que regar m¨¢s este tipo de plantas con esa agua".
"Est¨¢ bien..."
"F¨ªjense si pueden plantar la acelga y las dos partes de la pi?a que ya les dej¨¦ separadas a un costado".
"?S¨ª! ?Nos encargaremos de todo eso!"
"Voy a hablar una cosa con Luc¨ªa. Nos vemos despu¨¦s".
"?S¨ª, adi¨®s!"
Pyra no respondi¨® nada. Eso s¨ª, logr¨¦ ver que pate¨® algo del suelo con fuerza, aunque no pude ver qu¨¦ era.
Camin¨¦ por la playa con el sol peg¨¢ndome en la nuca, dejando atr¨¢s la huerta. Necesitaba encontrar a Luc¨ªa. Lo que acababa de pasar con las plantas era demasiado extra?o, y si alguien pod¨ªa darme una pista sobre las part¨ªculas m¨¢gicas, era ella, porque su conexi¨®n con este mundo era algo que ni siquiera yo entend¨ªa del todo.
Al llegar a la casa de madera, abr¨ª la puerta principal y entr¨¦, ajustando mis ojos a la penumbra del interior. Las voces de Rin y Rundia me llegaron desde el otro lado del pasillo, mezcladas con las risitas agudas de Luc¨ªa. Me acerqu¨¦ intentando no hacer demasiado ruido, aunque las ojotas siempre terminaban haciendo ruido contra el suelo de piedra.
Asom¨¦ la cabeza por la puerta entreabierta. Luc¨ªa estaba sentada en el suelo, jugando con unas piedras lisas que hab¨ªa apilado en forma de torre. Rin, con su barba desprolija y sus ojos negros fijos en ella, le pasaba m¨¢s piedras mientras Rundia los observaba sentada en la cama.
Miren que yo no soy de espiar, pero... ?Por qu¨¦ a ella le gusta tanto fingir ser una ni?a? S¨¦ que le divierte un poco, pero lo hace demasiado bien para ser algo fingido.
Aunque tal vez lo haga para levantarles el ¨¢nimo a ellos y, de paso, ayudarme para que no se fijen tanto en m¨ª.
Los tres parec¨ªan inmersos en su peque?o mundo, y por un segundo dud¨¦ en interrumpirlos. Sin embargo, lo que hab¨ªa visto en la huerta no pod¨ªa esperar.
"?Hola!" Dije, entrando con una sonrisa forzada que me sali¨® m¨¢s nerviosa de lo que esperaba.
"Perd¨®n que me meta as¨ª, pero pas¨® algo incre¨ªble en la huerta. Tienen que verlo".
Rin levant¨® la vista.
"?Incre¨ªble c¨®mo? ?Esa mujer ya hizo algo que no deb¨ªa hacer?"
"No... Bueno, algo as¨ª. Pyra le dijo a Mirella que regara las semillas de papaya con agua m¨¢gica, y al hacerlo, los ¨¢rboles crecieron en un instante. Aunque no tienen frutos, y eso es raro".
Rundia se incorpor¨® de la cama, par¨¢ndose en el suelo.
"?Crecieron de golpe? ?Por qu¨¦ pas¨® eso?"
"Se ve que fue culpa del agua m¨¢gica. Necesito que vayan a echar un vistazo, a ver qu¨¦ opinan".
Luc¨ªa, que desde que entr¨¦ hab¨ªa estado callada, gir¨® la cabeza hacia m¨ª, y esa pesta?a roja en su p¨¢rpado derecho pareci¨® destellar bajo la luz que se colaba por la ventana.
"?¨¢rboles m¨¢gicos, hermano mayor?"
"S¨ª, algo as¨ª", respond¨ª, gui?¨¢ndole un ojo.
"Por eso necesito que pap¨¢ y mam¨¢ vayan a ver. Es muy importante".
"No s¨¦ qu¨¦ tan raro pueda ser eso de las plantas", dijo Rin, rasc¨¢ndose levemente la barba.
"Pero si crecieron as¨ª de r¨¢pido, seguro que algo anda mal con esa agua que usaron".
"Por eso quiero que vayan a verlo", insist¨ª, apoy¨¢ndome en el marco de la puerta para parecer m¨¢s casual de lo que me sent¨ªa.
"Pyra y Mirella todav¨ªa est¨¢n all¨¢, y entre todos podr¨ªan entender qu¨¦ pas¨®. Yo no tengo ni idea de c¨®mo manejar algo as¨ª... Necesito que lo vea un adulto".
Rundia asinti¨® lentamente, y su mirada se suaviz¨® un poco.
"Est¨¢ bien, hijo. Vamos a ver qu¨¦ est¨¢ pasando con la huerta. No vaya a ser que esa mujer de cabello rojo arruine todo".
Rin le sacudi¨® el cabello a Luc¨ªa con una mano.
"Ya volvemos, Luc¨ªa. Despu¨¦s seguimos jugando".
"?S¨ª, pap¨¢!"
Sonre¨ª, aunque por dentro estaba contando los segundos para que se movieran.
"Gracias. Seguro entre los dos encuentran algo que a m¨ª se me pas¨®".
"Vamos, Rundia".
Rin se adelant¨®, saliendo primero de la habitaci¨®n, aunque se dio la vuelta poco despu¨¦s.
"?T¨² no vienes?"
"No puedo dejar que mi hermanita se quede jugando sola, ?no?"
"Bueno, qu¨¦date con ella. Ya volvemos".
"?Entonces nos vemos despu¨¦s!" Dije, levantando una mano mientras Rundia sal¨ªa por el pasillo rumbo a la puerta principal. Apenas escuch¨¦ sus pasos alejarse, me agach¨¦ r¨¢pido junto a Luc¨ªa.
"Vamos al arroyo. Necesito de tu ayuda".
Ella parpade¨®, y una sonrisa traviesa se le dibuj¨® en la cara.
"?Ya sab¨ªa que ibas a decir algo as¨ª!" Respondi¨® en voz baja, dejando caer las piedras sobre el suelo. Se puso de pie de un salto, sacudi¨¦ndose la falda.
"?Secuestro expr¨¦s!"
Salimos por la ventana, aprovechando que la casa era tan grande que no podr¨ªan vernos desde ese lado.
Al llegar al bosque, not¨¦ c¨®mo todo segu¨ªa siendo un desastre. El tsunami hab¨ªa sido brutal, y aunque la casa fue reconstruida con mi magia, toda la isla no corr¨ªa la misma suerte. Pensar en eso me hizo apurar el paso. Si el agua m¨¢gica estaba actuando raro, tal vez ten¨ªa que ver con todo lo que hab¨ªa pasado ¨²ltimamente.
Luc¨ªa trotaba a mi lado, con su cabello casta?o oscuro saltando a cada paso.
"?Era cierto eso de las papayas, Lucianito?"
"S¨ª, pero te cuento cuando lleguemos", respond¨ª, manteniendo la vista al frente para no perderme.
"Es algo que no entiendo, y creo que vos sos la ¨²nica que puede ayudarme con esto".
Ella solt¨® una risita.
"?Siempre soy la que salva el d¨ªa!"
"No te agrand¨¦s tanto, mami, que todav¨ªa no llegamos".
"?As¨ª le contest¨¢s a tu madre?"
Solt¨¦ una risita corta.
"S¨ª, soy un ni?o maleducado".
"Ya sab¨ªa yo que Rundia no te hab¨ªa educado correctamente", respondi¨® con un tono burl¨®n.
Cuando llegamos al arroyo, not¨¦ que estaba hecho un desastre. El agua, que normalmente brillaba con ese tono cristalino lleno de destellos m¨¢gicos, ahora estaba turbia, llena de hojas podridas, hierbas y ramas rotas que flotaban en la superficie. El tsunami hab¨ªa arrastrado toda la mierda de la isla hasta ac¨¢.
Me qued¨¦ parado en la orilla, con las manos en las caderas.
"Mir¨¢ este desastre, mami. No me extra?a que las cosas est¨¦n raras".
Luc¨ªa se acerc¨® al borde, agach¨¢ndose para mirar el agua de cerca.
"Huele feo", coment¨®, arrugando la nariz.
"Aunque vos m¨¢s o menos ya sab¨ªas que esto estaba as¨ª, ?no?"
"Dir¨ªa que s¨ª... Realmente no le hab¨ªa prestado mucha atenci¨®n, pero es l¨®gico que el arroyo est¨¦ todo sucio. Al menos, el agua no est¨¢ estancada en esta parte".
"Habr¨ªa que limpiar un poco el agua".
"Ya..."
Entrecerr¨¦ los ojos, enfoc¨¢ndome en el agua. Ah¨ª estaban, esas part¨ªculas diminutas de luz que solo los que usamos magia podemos ver. Flotaban entre la mugre como si no pasara nada.
"Bueno, por lo menos las part¨ªculas parecen estar ah¨ª, eso es bueno".
Ella asinti¨®, seria por primera vez en todo el d¨ªa.
"Eu, contame lo de las plantas. Todo".
Respir¨¦ hondo y me arrodill¨¦ en el suelo, mirando el agua mientras hablaba.
"Plantamos semillas de papaya en la huerta. Mirella us¨® agua m¨¢gica del arroyo porque Pyra le dijo que lo hiciera y, en segundos, los ¨¢rboles crecieron como locos. Dos metros de altura en un minuto o menos. Pero no tienen frutos. Nada. Solo el tronco y las hojas".
Mi mam¨¢ se qued¨® callada, con la mirada perdida en el arroyo.
"?Todo bien?"
"Preguntale a las part¨ªculas qu¨¦ les pasa. En voz alta. Yo las voy a escuchar".
"?Por qu¨¦ en voz alta?"
"Porque s¨ª".
"Qu¨¦ gran respuesta, che".
"?Ahora, dale!" Insisti¨®, d¨¢ndome un empujoncito en el brazo.
"Pregunt¨¢ ya, as¨ª te escuchan y me responden a m¨ª".
Suspir¨¦ e inclin¨¦ la cabeza hacia el agua, sinti¨¦ndome un poco est¨²pido.
"Part¨ªculas m¨¢gicas... ?Por qu¨¦ hicieron crecer las plantas de la huerta tan r¨¢pido? ?Qu¨¦ est¨¢ pasando con ustedes?"
Hice una pausa. Tal vez no hab¨ªa sido tan claro al poner un ejemplo directo.
"Quiero decir, ?por qu¨¦ si ustedes tocan una semilla las hacen crecer mucho m¨¢s r¨¢pido de lo normal?"
El silencio que sigui¨® fue pesado, roto solo por el murmullo del agua. Luc¨ªa cerr¨® los ojos, inclinando la cabeza como si realmente estuviera escuchando algo, haciendo que las puntas de su cabello se mojen.
Yo no o¨ªa nada, obviamente.
De pronto, ella abri¨® los ojos.
"Dicen que est¨¢n evolucionando", dijo, con la voz tembl¨¢ndole un poco de emoci¨®n.
"?Evolucionando?" Repet¨ª, par¨¢ndome de golpe.
"?Qu¨¦ carajo significa eso?"
Luc¨ªa se puso de pie tambi¨¦n, mir¨¢ndome con esa intensidad que me recordaba demasiado a nuestra vieja vida, donde ella era una adulta.
"Aparte de seguir diciendo ''Sariah'' y ''Luciano'' repetidamente, dicen que han estado cambiando. Que se est¨¢n mezclando con todo lo de la isla... Supongo que se refieren a la tierra, las plantas, los troncos, el agua normal... todo lo que el tsunami revolvi¨®. Por eso est¨¢n as¨ª, cambiando".
Me qued¨¦ helado, procesando lo que acababa de decir. Las part¨ªculas evolucionando. Mezcl¨¢ndose con la naturaleza. Era una locura, pero ten¨ªa sentido. El tsunami hab¨ªa revuelto la isla entera, y si el arroyo estaba lleno de vegetaci¨®n, las part¨ªculas m¨¢gicas deb¨ªan haber estado absorbiendo todo eso. ?Y si por eso las plantas crecieron tan r¨¢pido? Porque las part¨ªculas estaban... ?Adapt¨¢ndose al terreno?
Todo esto era una situaci¨®n tan loca que casi parec¨ªa un delirio, pero viniendo de Luc¨ªa, ten¨ªa que tomarlo en serio. Ella nunca mentir¨ªa con algo as¨ª.
"?Evolucionando por un tsunami?" Murmur¨¦, m¨¢s para m¨ª que para ella.
"Esper¨¢ un segundo... Mami, escuch¨¢ otra vez. Escuchalos para ver si tienen algo m¨¢s para decir".
Ella me mir¨® con una ceja levantada, como si ya supiera que estaba pidi¨¦ndole demasiado, pero igual cerr¨® los ojos y lade¨® la cabeza hacia el agua. Sus dedos juguetearon con el borde de su falda mientras esperaba, y yo me qued¨¦ ah¨ª, conteniendo la respiraci¨®n como idiota, como si eso fuera a ayudar.
Pasaron unos segundos eternos hasta que ella abri¨® los ojos otra vez y se encogi¨® de hombros.
"Nada. No dicen m¨¢s. Solo repiten ''Sariah'' y ''Luciano'' como siempre, y eso de que est¨¢n evolucionando".
"?Nada m¨¢s? ?Ni una pista de qu¨¦ significa eso de ''evolucionando''?"
"No", respondi¨®, sacudiendo la cabeza.
"Ya no dicen nada ¨²til. Creo que se cansaron de hablar o algo les limita el vocabulario".
Solt¨¦ un suspiro largo y me pas¨¦ una mano por la cara, notando c¨®mo un pelo se me quedaba entre los dedos. Maldita maldici¨®n.
"Bueno, est¨¢ bien. Vamos a tratar de sacarle el jugo a lo que tenemos entonces".
Luc¨ªa se sent¨® en la orilla, sac¨¢ndose las ojotas y metiendo los pies descalzos en el agua sucia sin importarle la mugre.
"?Qu¨¦ pens¨¢s vos de todo esto?"
"Que, si las part¨ªculas est¨¢n cambiando por mezclarse con la naturaleza, como dec¨ªs vos, tal vez por eso hicieron crecer las plantas tan r¨¢pido", empec¨¦, caminando de un lado a otro al borde del arroyo mientras ordenaba mis ideas.
"Capaz que al estar en contacto con la tierra y las semillas, se adaptaron a ellas. Como si aprendieran a hacerlas crecer, pero no saben c¨®mo hacer los frutos todav¨ªa".
Ella asinti¨®, pateando el agua.
"Pero entonces, ?por qu¨¦ curan heridas tambi¨¦n?"
Me detuve r¨¢pidamente, mir¨¢ndola. Nunca hab¨ªa intentado darle muchas vueltas a eso, pero ahora que estaban cambiando...
"Esa es buena pregunta. Siempre pensamos que el agua m¨¢gica curaba heridas porque simplemente era especial en ese sentido. Pero ac¨¢ tampoco es que todos lo supieran de entrada. Por lo que parece ser, todos los de este lado de la isla beb¨ªan del agua de la costa, o nunca notaban que se les curaba la piel al beber del agua m¨¢gica".
"?Qu¨¦ quieres decir con todo eso?"
"Que si imaginamos que ellas evolucionaron por estar en contacto con los humanos, ser¨ªa medio extra?o, ya que, como vimos ahora, la cosa que genera esa evoluci¨®n debe estar en constante contacto con el agua, como si las part¨ªculas necesitaran estudiar y absorber todo sobre esa cosa".
"?Y si no es por los humanos?" Sugiri¨® ella, desviando la vista hacia m¨ª.
"?Y si es por los animales o los seres m¨¢gicos? Como Aya o Mirella... Por ejemplo, Aya estuvo mucho tiempo en el santuario, ?no? Y Forn o los gnomos tambi¨¦n. Ah¨ª desemboca siempre el agua".
Sent¨ª un clic en la cabeza, como si una pieza del rompecabezas encajara de golpe.
"Ten¨¦s raz¨®n. Los animales de la isla deben haber estado bebiendo de este arroyo desde siempre. Y tambi¨¦n los seres m¨¢gicos como Aya o Pyra, que llevan qui¨¦n sabe cu¨¢nto tiempo en contacto con las part¨ªculas...
Tal vez las part¨ªculas se adaptaron a ellos primero, y luego aprendieron a curar heridas porque vieron c¨®mo los cuerpos de los seres vivos se romp¨ªan y se arreglaban".
"Hermano mayor, creo que nos estamos olvidando de algo obvio".
"?Qu¨¦ cosa?"
"?Los peces! ?Los peces est¨¢n todo el tiempo dentro del agua!"
"Los peces..."
Carajo, eso s¨ª que ten¨ªa sentido.
"?Entonces las part¨ªculas estuvieron estudiando a los peces como seres vivos y luego se expandieron a los dem¨¢s?"
Luc¨ªa sonri¨®, satisfecha.
"?Debe de ser as¨ª!"
"Incre¨ªble... Si las part¨ªculas pueden adaptarse al estar en contacto con algo, como la naturaleza o los animales, entonces son m¨¢s inteligentes de lo que pensaba. No son solo energ¨ªa flotando por ah¨ª. Tienen que estar... aprendiendo, como dijimos".
Ella lade¨® la cabeza, pensativa.
"?Y si son todas una sola cosa?"
"?Qu¨¦ quer¨¦s decir?"
"Que capaz no son muchas part¨ªculas separadas", explic¨®, juntando las manos como si quisiera mostrarme algo invisible.
"Capaz son una sola mente, todas conectadas. Como si hablaran entre ellas y decidieran qu¨¦ hacer juntas".
Me qued¨¦ helado otra vez, mir¨¢ndola con la boca entreabierta.
Una conciencia colectiva... Era una idea tan loca que casi me daban ganas de re¨ªrme, pero al mismo tiempo, no pod¨ªa descartarla. Si las part¨ªculas tambi¨¦n se transfer¨ªan entre nosotros con contacto f¨ªsico y se equilibraban, ?por qu¨¦ no pod¨ªan estar comunic¨¢ndose entre ellas todo el tiempo? ?Como una red viva que abarcaba la isla entera?
"Eso explicar¨ªa por qu¨¦ reaccionaron tan r¨¢pido con las semillas", dije lentamente, sent¨¢ndome a su lado en la orilla.
"Si son una sola mente, pudieron decidir todas juntas que quer¨ªan hacer crecer las plantas. Pero como no saben c¨®mo hacer frutos, se quedaron a mitad de camino".
"?Y si no hacen frutos porque saben que no pueden darle los nutrientes necesarios, o lo que sea, y creen que eso nos har¨¢ mal al est¨®mago?"
Sent¨ª un hormigueo en la panza, una mezcla rara entre nervios y una felicidad que no pod¨ªa controlar del todo. Era como si algo dentro de m¨ª estuviera dando saltos, imaginando todo lo que esto pod¨ªa significar. Mir¨¦ a Luc¨ªa, que segu¨ªa pateando el agua con esa expresi¨®n satisfecha, y por un segundo no supe qu¨¦ carajo decirle.
"No s¨¦ qu¨¦ responderte a eso", admit¨ª, rasc¨¢ndome la nuca, donde ya no ten¨ªa pelo, mientras una sonrisa se me escapaba.
"Pero creo que pod¨¦s tener mucha raz¨®n. Si las part¨ªculas est¨¢n aprendiendo y deciden juntas qu¨¦ hacer, capaz que no hacen frutos porque saben que algo les falta todav¨ªa. Como si fueran lo bastante listas para no darnos comida que nos haga mal, y eso significar¨ªa que est¨¢n demasiado de nuestro lado".
Ella asinti¨®, moviendo los pies en el agua como si nada, pero yo ya estaba en otra. Si las part¨ªculas estaban evolucionando, si pod¨ªan adaptarse a la naturaleza y a nosotros, entonces esto no se quedaba solo en ¨¢rboles sin frutos. Esto era m¨¢s grande. Mucho m¨¢s grande.
"De repente, en un futuro", segu¨ª, sintiendo c¨®mo la emoci¨®n me sub¨ªa por la garganta,
"Podr¨ªan evolucionar m¨¢s. Aprender a hacer frutos, a controlar c¨®mo crecen las plantas, a... No s¨¦, a reconstruir cosas".
Luc¨ªa gir¨® una vez m¨¢s la vista hacia m¨ª.
"?Como la mitad de la isla que se quem¨® con el volc¨¢n?"
Eso que acaba de decir... Record¨¦ el volc¨¢n, la erupci¨®n que se hab¨ªa llevado a Anya, que hab¨ªa dejado la mitad de la isla como un desierto de cenizas y roca negra. Pensar en eso siempre me hace mal, pero ahora... Ahora ve¨ªa una posibilidad. Si las part¨ªculas pod¨ªan hacer crecer plantas en segundos, ?qu¨¦ me imped¨ªa usarlas para devolverle vida a esa zona muerta?
"?S¨ª!" Grit¨¦, apretando los dos pu?os en el aire.
"Podr¨ªamos reconstruir toda esa parte. Imaginate, Luc¨ªa: ¨¢rboles nuevos, tierra f¨¦rtil otra vez, ?hasta un bosque entero si quisiera! Con el agua m¨¢gica, Mirella en el aire y un poco de trabajo, podr¨ªamos borrar lo que dej¨® el volc¨¢n".
Ella sonri¨®, pero levant¨® un dedo como si quisiera frenarme.
"Es posible, hermano mayor. Pero primero ten¨¦s que sacar las cenizas y renovar la tierra. Las part¨ªculas no van a poder hacer nada si todo sigue muerto ah¨ª".
Ten¨ªa raz¨®n, claro. Siempre ten¨ªa raz¨®n, aunque a veces me costara admitirlo. Las cenizas eran un problema: cubr¨ªan todo como una capa gris y seca que ahogaba cualquier posibilidad de vida. Pero eso no me desanimaba. Al contrario, me encend¨ªa m¨¢s. Si limpi¨¢bamos toda esa zona y d¨¢bamos a las part¨ªculas una base para trabajar, podr¨ªan hacer milagros.
"Ten¨¦s toda la raz¨®n. Voy a empezar con eso. Paso a paso. Primero el arroyo, despu¨¦s las cenizas y por ¨²ltimo la vegetaci¨®n nueva".
Luc¨ªa sac¨® los pies del agua, sacudi¨¦ndose las manos para quitarse la mugre antes de soplarse los pies como si fueran una fogata que necesitaba apagarse. Era un gesto tan simple, tan de ella, que me sac¨® una risita mientras la miraba.
"Ya que estamos con el arroyo, voy a hacer trabajar m¨¢s a Pyra. Que saque algunas ramas y hojas de ac¨¢ para que el agua no se estanque en alguna parte".
"Ella va a odiarte por eso", respondi¨® Luc¨ªa con una risita traviesa, sec¨¢ndose los pies con las manos otra vez.
"Ya me odia por hacerla arreglar la huerta".
"Pero te encanta, ?no?"
"?Eh? ?Qu¨¦ cosa?"
Ella empez¨® a ponerse las ojotas.
"Que te gusta verla... Principalmente abajo, con ese short cortito y ajustado".
"Na, na, na. Ya est¨¢s empezando a hablar pavadas".
Me gir¨¦ de inmediato y comenc¨¦ a caminar a ritmo acelerado.
Ella no tard¨® en alcanzarme.
"Se parece a Sariah... Yo ya le di el visto bueno. Para dentro de unos a?os, obvio".
Pyra solo es una amiga...
Cap铆tulo 64: La isla florece.
El camino de vuelta a casa fue tranquilo, porque Luc¨ªa no sigui¨® insistiendo tanto con lo de Pyra y su short ajustado. Y, si bien hizo un comentario m¨¢s que no voy a mencionar ahora, no me sorprende, ya que siempre ha sido boca sucia al hablar. Aunque el que lo haga con esta forma de ni?a me descoloca un poco.
Mientras avanz¨¢bamos por el bosque, no pod¨ªa sacarme de la cabeza la idea de las part¨ªculas como una mente colectiva. ?Qu¨¦ tan inteligentes pod¨ªan ser? ?Hasta d¨®nde pod¨ªan llegar si segu¨ªan evolucionando? Pensar en eso me pon¨ªa nervioso, pero tambi¨¦n me emocionaba. Si pod¨ªa entenderlas, tal vez podr¨ªa usarlas para algo m¨¢s grande. Algo que Sariah estar¨ªa mirando desde su espacio interdimensional, probablemente con una expresi¨®n indescifrable.
"?Ya llegamos!" Exclam¨® ella de repente, se?alando la casa con un dedo.
La puerta principal estaba entreabierta, y desde el pasillo se escuchaban las voces de Aya y Suminia discutiendo algo sobre unos peces.
"Esper¨¢", le dije a Luc¨ªa, fren¨¢ndola con una mano en el hombro antes de que diera otro paso hacia la casa.
"Mejor vayamos a la huerta primero. Quiero ver c¨®mo est¨¢n pap¨¢ y mam¨¢ con lo de las plantas".
"?Y si ya no est¨¢n ah¨ª?"
"Entonces voy a tener que inventar una excusa por habernos escapado".
Ella me mir¨® con una ceja levantada, como si sospechara que estaba evitando algo, pero asinti¨®.
"?Bueno! Igual quiero ver si Pyra sigue enojada".
"Vos quer¨¦s ver el mundo arder, ?eh!"
"?Yo? Si solo soy una ni?a inocente que no le hace mal a nadie..."
Solt¨¦ una risita corta.
"Claro, claro... Mejor vamos".
Caminamos por la playa, rodeando la casa para no pasar por la puerta. No tuvimos que acercarnos mucho para saber que ellos s¨ª estaban ah¨ª, porque las voces de Rin y Rundia no sonaban precisamente felices.
"?...y ahora qu¨¦ hacemos con esto?" Dec¨ªa Rin.
"Esto no se supon¨ªa que era lo que ¨ªbamos a hacer".
"Ya s¨¦, pero esas dos no paraban de pelear. Si no fuera por eso, esto no estar¨ªa as¨ª", respondi¨® Rundia, m¨¢s resignada que enojada.
Frunc¨ª el ce?o mientras aceleraba el paso, con Luc¨ªa sigui¨¦ndome de cerca. Cuando llegamos a la huerta, la escena me dej¨® con la boca abierta por un segundo. Los ¨¢rboles de papaya segu¨ªan ah¨ª, altos y sin frutos, pero ahora hab¨ªa algo nuevo: una cantidad absurda de acelgas crecidas, con hojas verdes y brillantes que se extend¨ªan por la tierra como si alguien hubiera decidido convertir el lugar en una selva de verduras... Bueno, tampoco tanto, pero s¨ª era imposible que eso fuera natural. Otra vez el agua m¨¢gica, seguro.
Rin estaba de pie con los brazos cruzados, mirando las acelgas como si fueran un enemigo personal. Rundia estaba agachada en cuclillas a su lado, arrancando una hoja con cara de no saber qu¨¦ hacer con ella. Ni Pyra ni Mirella estaban a la vista, lo que ya me daba mala espina.
"?Qu¨¦ pas¨® ac¨¢?" Pregunt¨¦, acerc¨¢ndome con Luc¨ªa pis¨¢ndome los talones.
Rin gir¨® la cabeza hacia m¨ª, y su expresi¨®n no era precisamente amigable.
"?Que qu¨¦ pas¨®? Tus amigas armaron un l¨ªo, eso pas¨®".
Rundia se puso de pie, sacudi¨¦ndose las manos.
"Pyra y Mirella se pusieron a discutir de la nada. Parece que Pyra dijo que no hab¨ªa que hacerte caso, que regar con el agua m¨¢gica era mejor idea. Mirella insisti¨® en que s¨ª ten¨ªas raz¨®n y que hab¨ªa que parar de regar".
Qu¨¦ incre¨ªble que Mirella haya dicho eso, porque hasta hace un rato quer¨ªa tirarle mucha agua m¨¢gica a las papayas. Me parece que se influencia mucho por mis palabras, aunque eso no ser¨ªa una novedad.
O tal vez solo le llevaba la contraria a Pyra por querer llevarme la contraria a m¨ª.
"?Y c¨®mo terminaron las acelgas as¨ª?" Pregunt¨¦, se?alando todo lo verde que ten¨ªamos enfrente.
"Se pelearon por la cosa esa que se llama regadera", explic¨® Rin, frot¨¢ndose la frente como si le doliera la cabeza.
"Se la empezaron a sacar una a la otra, y al final el agua se derram¨® sobre las semillas que hab¨ªan plantado. Esto es lo que sali¨®".
Luc¨ªa solt¨® una risita detr¨¢s de m¨ª, tap¨¢ndose la boca con las manos.
"?Son unas tontas!"
"No te r¨ªas, que esto es serio", le dijo Rundia, aunque se le escap¨® una sonrisa chiquita.
"Ahora tenemos un mont¨®n de acelgas que ni sabemos si se pueden comer".
"A ver..."
Me acerqu¨¦ a las plantas, agach¨¢ndome para mirarlas de cerca. Las hojas eran grandes, quiz¨¢s m¨¢s grandes de lo normal. Era como si el agua hubiera decidido que, ya que estaba derramada, iba a hacer crecer la planta todo lo que pudiera. Pens¨¦ en lo que Luc¨ªa y yo hab¨ªamos hablado en el arroyo: las part¨ªculas evolucionando, mezcl¨¢ndose con la naturaleza, aprendiendo. Esto era otra prueba de eso, aunque no estaba seguro de si me gustaba el resultado.
Qu¨¦ s¨¦ yo... Si solo la acelga son hojas, entonces podr¨ªamos probar y ver si son comestibles, lo cual har¨ªa verdadera nuestra teor¨ªa de que las part¨ªculas se preocupan por nosotros.
Me puse de pie y sacud¨ª mis manos.
"No pasa nada. A la noche las hervimos y las probamos para ver si son comestibles".
Rundia me mir¨® como si me hubiera vuelto loco.
"?Probarlas? ?Y si te hacen mal?"
"Na, no creo. El agua m¨¢gica es buena".
"Pero, hijo..."
"Mam¨¢, es raro que justo vos no te hayas dado cuenta".
"?De qu¨¦ cosa?"
Levant¨¦ un dedo, cerr¨¦ un ojo y me inclin¨¦ un poco hacia Rundia, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto importante.
"?En serio no te diste cuenta, mam¨¢? Esto es una bendici¨®n que nos envi¨® Ad¨¢n para que podamos vivir tranquilos despu¨¦s de tantas desgracias".
Ella parpade¨® varias veces seguidas, y ¨¦l frunci¨® el ce?o, pero no dijo nada todav¨ªa. Yo segu¨ª, manteniendo el tono conspirador.
"Pi¨¦nsenlo. Despu¨¦s de todo lo que pas¨® con el tsunami, el volc¨¢n, la muerte de Anya... ?Y justo ahora las plantas comienzan a crecer de repente? Esto no es casualidad. Ad¨¢n quiere que vivamos tranquilos, que tengamos comida. Es un regalo de ¨¦l, como cuando lleg¨® de la nada el agua m¨¢gica a curarte de tu herida, mam¨¢".
Por dentro, estaba conteniendo una carcajada. Sab¨ªa que era una excusa barata, un truco malvado para convencerlos usando algo en lo que ellos cre¨ªan ciegamente, especialmente Rundia. Ella era la que siempre hablaba de Ad¨¢n como si fuera el gran salvador de este mundo, la que se pon¨ªa como loca si alguien siquiera insinuaba algo en contra de ¨¦l. Yo no cre¨ªa en eso, claro. Para m¨ª, la ¨²nica que ten¨ªa poder real era Sariah, la que me trajo ac¨¢ y me dio esta segunda vida. Pero si mencionar a Ad¨¢n iba a hacer que dejaran de preocuparse por las acelgas, entonces lo iba a usar sin dudar.
Rundia abri¨® los ojos de par en par, y su expresi¨®n cambi¨® de golpe. Era como si una luz se hubiera encendido detr¨¢s de sus ojos marrones.
"?Una bendici¨®n de Ad¨¢n?" Murmur¨®, llev¨¢ndose una mano al pecho.
"?De verdad piensas eso, hijo?"
"Obvio. Miren c¨®mo crecieron. No es algo que pase todos los d¨ªas. Tiene que ser cosa de ¨¦l para ayudarnos".
Rundia se qued¨® callada un segundo, mirando las acelgas como si las viera por primera vez. Luego, de repente, solt¨® un grito de alegr¨ªa que me hizo dar un paso atr¨¢s.
"?Es verdad! ?Ad¨¢n nos est¨¢ bendiciendo otra vez! ?C¨®mo no lo vi antes! Esto es incre¨ªble, un regalo despu¨¦s de tanto sufrimiento... ?Tenemos que estar agradecidos!"
Rin me mir¨® de reojo, todav¨ªa con el ce?o fruncido. Sab¨ªa que cuando Rundia se pon¨ªa as¨ª, no hab¨ªa forma de discutirle.
Ella sigui¨®, dando un paso hacia las acelgas y tocando una hoja con una reverencia que casi me hace re¨ªr.
"Y todo gracias a Pyra tambi¨¦n", agreg¨®, gir¨¢ndose hacia m¨ª con una sonrisa enorme.
"Si no fuera por ella, esto no habr¨ªa pasado. Al final, su idea de usar el agua m¨¢gica fue lo que trajo este regalo. Ya no la voy a ver como alguien mala. ?Ella debe ser alguien muy buena, estoy segura!"
Rundia ya estaba arrancando hojas con un entusiasmo que no le hab¨ªa visto en mucho tiempo, murmurando algo sobre c¨®mo iba a cocinarlas. Yo aprovech¨¦ para mirar a Luc¨ªa, y le hice un gesto con la cabeza para que me ayudara a juntar m¨¢s acelgas.
Mientras carg¨¢bamos las hojas bajo el brazo, me qued¨¦ viendo a Rundia un rato. Estaba radiante, con una felicidad inmensa que le sal¨ªa de los poros. Sus manos temblaban un poco de emoci¨®n mientras arrancaba las acelgas, y su sonrisa era tan grande que casi no le cab¨ªa en la cara. Por un segundo, me sent¨ª bien de verla as¨ª, como si realmente hubiera hecho algo bueno por ella. Pero entonces, me invadi¨® un poco la culpa.
Esto era una mentira. Una mentira piadosa, s¨ª, pero mentira al fin. Rundia estaba tan feliz porque cre¨ªa que Ad¨¢n nos estaba cuidando, pero yo sab¨ªa la verdad: esto no ten¨ªa nada que ver con su dios. Era cosa de las part¨ªculas, de Sariah, de este mundo m¨¢gico que ella no entend¨ªa. Y si alg¨²n d¨ªa se enteraba, si alg¨²n d¨ªa la verdad sobre Sariah sal¨ªa a la luz y Rundia descubr¨ªa que le hab¨ªa mentido... ?Qu¨¦ iba a hacer? ?C¨®mo iba a mirarla a la cara despu¨¦s de hacerle ilusiones falsas? Ella, que me hab¨ªa criado con tanto cari?o, que confiaba en m¨ª incluso cuando dudaba de todo lo dem¨¢s. Sent¨ª un nudo en el est¨®mago, y por un momento, mis manos se detuvieron sobre una hoja.
"?Qu¨¦ pasa, hermano mayor? Est¨¢s raro".
"Nada", ment¨ª, sacudiendo la cabeza y forzando una sonrisa.
"Solo estoy pensando en c¨®mo vamos a hervir todo esto. Tal vez deber¨ªamos dejar algo para los d¨ªas siguientes".
"Claro..."
Ella no parec¨ªa muy convencida, pero no insisti¨®. Sigui¨® juntando hojas, tarareando algo bajito mientras yo intentaba sacarme esa sensaci¨®n de encima. No era el momento de ponerme a darle vueltas a eso. Hab¨ªa funcionado; Rundia estaba contenta, Rin no estaba protestando demasiado y ten¨ªamos mucha comida para probar. Adem¨¢s, ellos dos ni siquiera se dieron cuenta de que nos hab¨ªamos ido solos al arroyo.
"Bueno... Vamos llevando estas hojas a casa. Despu¨¦s vemos si Pyra y Mirella vuelven".
Rin me mir¨®.
"Pyra se fue para el bosque; estaba diciendo que no necesitaba escuchar a nadie. Mirella sali¨® volando detr¨¢s de ella".
"Ya las voy a encontrar despu¨¦s. Por ahora, a casa".
Mientras volv¨ªamos por la playa, con el sol ya casi perdido en el horizonte, no pod¨ªa evitar mirar a Rundia de reojo. Si alg¨²n d¨ªa se enteraba de la verdad, no sab¨ªa c¨®mo iba a explicarle que todo esto hab¨ªa sido un enga?o para mantenerla tranquila.
Por ahora, solo pod¨ªa seguir adelante y esperar que ese d¨ªa no llegara nunca.
***
Han pasado cuatro d¨ªas desde el gran descubrimiento. Durante ese tiempo me estuve dedicando a quitar todo el muro que hab¨ªa construido para retener la lava, a enviar toda la ceniza hacia la cueva que era del Rey Demonio y a renovar absolutamente toda la tierra de la zona quemada, enviando toda la superficie inservible hacia lo m¨¢s profundo y trayendo hacia arriba la tierra que s¨ª estaba buena.
Todo fue un proceso duro y lento, pero finalmente pude terminar todo. Gracias a la magia, obviamente.
Mientras caminaba por la playa y cargaba un balde con semillas, no pude evitar pensar en c¨®mo hab¨ªan cambiado las cosas desde aquella noche en la huerta. Las acelgas, esas que Pyra y Mirella hab¨ªan regado por accidente con el agua m¨¢gica, resultaron ser un ¨¦xito, porque las hervimos esa misma noche y nadie tuvo ni un dolor de panza, ni un malestar, nada. Eran totalmente comestibles, con un sabor suave pero rico, como si las part¨ªculas hubieran sabido exactamente qu¨¦ hacer para que nos sirvieran. Desde entonces, hemos estado us¨¢ndolas en grandes cantidades para acompa?ar la comida.
Hasta Suminia, que siempre est¨¢ buscando algo en contra de Pyra, dijo que le gustaban. Un punto para las part¨ªculas que ellos no conocen, supongo.
La convivencia con Pyra tambi¨¦n dio un giro inesperado. El primer d¨ªa fue un desastre, con ella refunfu?ando por todo y terminando en una pelea con Mirella, pero ahora las cosas est¨¢n... diferentes. No es solo porque Rundia la trata como si fuera su mejor amiga de toda la vida, agradeci¨¦ndole cada dos por tres por ''traer el regalo de Ad¨¢n'', sino que ella tambi¨¦n est¨¢ queriendo cambiar. Ayer, por ejemplo, vino caminando hacia m¨ª mientras yo estaba revisando la tierra renovada, con los brazos cruzados y esa cara de ''no es que quisiera venir aqu¨ª por mi cuenta'' y me cont¨® que ya guard¨® el paraguas en su habitaci¨®n y que se sent¨ªa ''aburrida'' luego de quitar las ramas del arroyo, as¨ª que me pregunt¨® si quer¨ªa que ayudara en algo m¨¢s.
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B¨¢sicamente, todo este balde lleno de semillas de todo tipo que traigo en la mano lo llen¨® ella, aunque la mayor¨ªa de semillas ya las hab¨ªa separado yo y dejado en mi habitaci¨®n.
Esa es Pyra, supongo. Todav¨ªa tiene ese ego del tama?o del volc¨¢n, pero al menos pregunta en vez de quedarse sin hacer nada.
Por cierto, no la he hecho usar su magia de fuego todav¨ªa, y no es porque no se me ocurra c¨®mo aprovecharla, sino que Mirella me dej¨® clar¨ªsimo que ella es la encargada de las fogatas, que es lo primero que se me ocurri¨® al pensar en una utilidad sencilla para el fuego.
Lo ¨²nico que me molesta es que Aya y Pyra se est¨¦n ignorando. Pr¨¢cticamente no las he visto conversar... Supongo que habr¨¢ que darles tiempo para que arreglen sus diferencias. Con un poco de ayuda m¨ªa, obviamente.
Al llegar a la zona sin vegetaci¨®n, mir¨¦ alrededor, viendo c¨®mo lo que antes era un desierto de cenizas ahora empezaba a verse un poco m¨¢s vivo. Todav¨ªa no hab¨ªa plantas, claro, pero la tierra estaba lista. Con un poco de paciencia y agua m¨¢gica, esto pod¨ªa convertirse en algo grande. Un bosque, como le hab¨ªa dicho a Luc¨ªa. Algo que empezara a borrar las cicatrices que hab¨ªa dejado la erupci¨®n del volc¨¢n.
Cualquiera podr¨ªa pensar que yo no ten¨ªa ninguna necesidad de hacer todo esto, que pod¨ªa tranquilamente haberme ido de esta isla hace d¨ªas. Hoy mismo, incluso. Pod¨ªa haber agarrado a mi grupo, Aya, Mirella, Pyra, Luc¨ªa, a todos los que quisieran venir, y haber dejado de una vez por todas este pedazo de tierra ubicado en el culo del mundo, dejando que Tariq, Fausto, Harlan y los dem¨¢s se las arreglaran solos para sobrevivir entre las cenizas y el desastre del tsunami.
Nadie me obligaba a quedarme, a estar removiendo tierra, oler ceniza y traer semillas para empezar de nuevo. Podr¨ªa haberme largado y listo.
Pero no era as¨ª. No era yo. Nunca me gust¨® dejar las cosas a medias, menos ahora que sab¨ªa cu¨¢l era mi objetivo en este mundo. Sariah me hab¨ªa tra¨ªdo ac¨¢ por una raz¨®n: hacer que este lugar avanzara, que dejara de ser un p¨¢ramo prehist¨®rico donde todos luchaban por no morirse de hambre o ser comidos por un animal salvaje. Si me iba, estar¨ªa d¨¢ndole la espalda a eso, a ella y a m¨ª mismo. No pod¨ªa hacerlo. Cada pedazo de tierra que renovaba, cada semilla que plantaba, era un paso hacia algo m¨¢s grande. Un futuro que valiera la pena. Y aunque a veces me agotaba, aunque el sudor me corriera por la espalda y mi mente se cansara de tanto usar magia, val¨ªa la pena. Porque si no lo hac¨ªa yo, ?qui¨¦n carajo lo iba a hacer?
Hoy mismo deb¨ªa hablar con todos sobre el plan. Hab¨ªa estado d¨¢ndole vueltas a eso desde que Mirella me dijo que est¨¢bamos en una isla, y m¨¢s cuando Aya me dijo que hab¨ªa venido del otro lado del agua...
Era el plan de escape, como lo llamaba en mi cabeza. Aunque no era exactamente huir, sino avanzar.
"?Cu¨¢ndo empezamos a plantar?" Pregunt¨® Pyra.
"A-Ah... Ahora".
No solo estaba Pyra a mi lado, sino tambi¨¦n Rundia, Rin, Luc¨ªa y Mirella, que ya ten¨ªa lista su regadera con agua m¨¢gica. Aya y las gemelas se quedaron cazando algunos peces, aunque tambi¨¦n les dije que intenten investigar c¨®mo andan las dem¨¢s familias. Para ver si siguen bien y eso.
Lo ¨²nico que puedo asegurar del estado de los dem¨¢s es que todos los que ten¨ªan casas se volvieron a las cuevas, ya que se deben haber destruido por completo, al igual que sucedi¨® con la nuestra.
Agarr¨¦ un pu?ado de semillas del balde y las levant¨¦ para que todos las vieran, sintiendo c¨®mo se mezclaban entre mis dedos.
"Escuchen bien", dije, mir¨¢ndolos uno por uno.
"Ac¨¢ hay de todo: semillas de bayas moradas, rojas y verdes, tambi¨¦n de papaya, tomate, manzanas rojas, na?as y mandarinas. Planten donde sea, pero quiero que est¨¦n bastante separadas. No se metan en el lugar donde est¨¢ plantando otro. Solo t¨ªrenlas al suelo y ¨¦chenles un poco de tierra encima, nada m¨¢s. No se demoren mucho con cada una o no vamos a terminar nunca".
"?Y por qu¨¦ tienen que estar plantadas tan separadas?" Pregunt¨® Rin.
"Porque tenemos semillas de ¨¢rboles, y si plantan los ¨¢rboles tan cerca, se van a chocar entre s¨ª".
"Ah, claro. Los ¨¢rboles son grandes".
Lo cierto era que ese solo era el motivo que ellos pod¨ªan comprender f¨¢cilmente, ya que, si uno plantaba muy cerca entre s¨ª todas estas plantas que hac¨ªan crecer frutos, los nutrientes del suelo iban a acabarse con facilidad. Siempre suponiendo que el agua m¨¢gica no genere nutrientes de la nada, porque ese ya ser¨ªa otro tema. Hasta ahora desconocemos pr¨¢cticamente todo su funcionamiento interno.
"Ahora voy a repartirles las semillas".
Le pas¨¦ el primer pu?ado a Rundia, luego a Rin, Pyra y Luc¨ªa, guardando el balde conmigo para ir plantando mientras los miraba. Me qued¨¦ un paso atr¨¢s, con el balde en una mano y dos semillas en la otra, observando c¨®mo las movilizaban entre sus manos.
"?Todos a plantar!"
Todos asintieron, algunos con m¨¢s entusiasmo que otros, y se pusieron manos a la obra. Yo empec¨¦ a caminar en paralelo al ¨¢rea con vegetaci¨®n, buscando mi propia zona, mientras tiraba semillas al suelo y les echaba tierra con el pie. Despu¨¦s las pisaba un poquito, como para asegurar que se hundieran.
Cada tanto levantaba la vista para ver c¨®mo iban, asegur¨¢ndome de que no se chocaran entre s¨ª.
Rundia y Rin, como siempre, estaban demasiado cerca uno del otro. Ella esparc¨ªa las semillas con cuidado, manteniendo una sonrisa en su rostro. Rin, en cambio, las tiraba con fuerza, como si quisiera terminar r¨¢pido, y sus zonas se cruzaban todo el tiempo. Cada tanto se miraban, pero no dec¨ªan nada, solo segu¨ªan trabajando en su caos compartido.
Lo bueno de esta zona era su planicie; al ser el lugar m¨¢s cercano al volc¨¢n, toda la superficie estaba casi al nivel del mar, y luego iba en aumento al ir hacia el centro de la isla y tambi¨¦n hacia el volc¨¢n, aunque este era bastante empinado.
Luc¨ªa estaba en su mundo, corriendo de un lado a otro y tirando semillas como si fuera una granjera loca. Algunas ca¨ªan a metros de donde apuntaba, pero al menos no se met¨ªa en el espacio de nadie.
"?Hey, hermana menor! ?Ten¨¦s que ponerle un poquito de tierra por encima!"
Ella se detuvo para mirarme.
"?Ya vas a ver que s¨ª sirve esta forma de plantar!"
Parece que me lo estaba haciendo a prop¨®sito. Pero bueno, me sacaba una sonrisa verla as¨ª, tan despreocupada.
Pyra, en cambio, era otra cosa. Me impresion¨® desde el primer segundo. Sus ojos rojos recorr¨ªan el terreno con una precisi¨®n que no le hab¨ªa visto antes, como si estuviera calculando cada paso. Miraba d¨®nde plantaban los dem¨¢s, analizaba los espacios libres y se mov¨ªa con una calma que contrastaba con su ego habitual. Tiraba de a una semilla con un gesto r¨¢pido, cubri¨¦ndola con tierra como si lo hubiera hecho toda la vida. No como Rundia y Rin, que estaban amontonando todo sin darse cuenta. Pyra parec¨ªa m¨¢s... inteligente. Buscaba su propia zona bien lejos, asegur¨¢ndose de no cruzarse con nadie, y cada movimiento suyo parec¨ªa planificado. Me qued¨¦ mir¨¢ndola un rato, admirando c¨®mo se las arreglaba tan bien sin que nadie le dijera nada.
Pas¨® el tiempo y not¨¦ que Mirella no estaba regando como deber¨ªa. En vez de eso, flotaba a mi lado, sigui¨¦ndome como una sombra con esa regadera en las manos, y cada vez que cambiaba de direcci¨®n, ella ajustaba su posici¨®n para no perderme de vista.
"?Por qu¨¦ me est¨¢s siguiendo as¨ª?" Pregunt¨¦, gir¨¢ndome hacia ella mientras dejaba caer una semilla m¨¢s y las cubr¨ªa con tierra.
Ella parpade¨®, como si la hubiera agarrado desprevenida, y luego lade¨® la cabeza con una sonrisa traviesa.
"?Por qu¨¦ observas tanto a Pyra?"
Me qued¨¦ quieto un segundo. ?Tanto se notaba? No era que estuviera mir¨¢ndola por algo raro, solo estaba... sorprendido por lo bien que lo hac¨ªa. Pero claro, con Mirella, cualquier cosa que tuviera que ver con otra mujer y yo iba a terminar en uno de sus comentarios acosadores.
"No la estoy observando tanto. Solo estoy viendo que todos hagan lo que les ped¨ª. Y vos deber¨ªas estar regando, no pegada a m¨ª como si fuera a escaparme".
"A m¨ª me parece que le prestas m¨¢s atenci¨®n a ella que a m¨ª", murmur¨®.
No pude evitar que se me escapara una sonrisa ante su tono celoso.
"Mirella, vos ten¨¦s el agua m¨¢gica. Lo que hac¨¦s es clave para que esto funcione. Necesito que te concentres en regar las semillas, no en lo que estoy mirando yo".
"?Pero es m¨¢s divertido estar contigo!" Protest¨® ella, flotando m¨¢s cerca y haciendo que la regadera se tambaleara un poco.
"Mirella, en serio... Ten¨¦s que ir a regar todo el lugar o no vamos a terminar m¨¢s".
Ella suspir¨® con un dramatismo que solo ella pod¨ªa alcanzar.
"Est¨¢ bien, est¨¢ bien... Voy a regar la tierra".
"Listo entonces".
"Pero no te vayas lejos, ?eh? Quiero tenerte cerca por si pasa algo raro".
"Tranquila, no me muevo de ac¨¢".
Ella se fue volando hacia la zona donde hab¨ªamos comenzado a plantar, y yo la segu¨ª con la vista por un momento. Mirella pod¨ªa ser un torbellino de emociones a veces, pero sab¨ªa que en el fondo solo quer¨ªa sentirse parte de todo esto.
Mir¨¦ a Pyra de reojo; ahora estaba agachada, colocando una semilla con concentraci¨®n. Su cabello rojo ca¨ªa sobre un hombro y m¨¢s all¨¢, y la luz del sol le pegaba en la cara, haciendo que sus cuernos morados brillaran un poco.
S¨ª, lo estaba haciendo bien. Mejor que bien, en realidad.
Volv¨ª a mi tarea, dejando caer m¨¢s semillas y cubri¨¦ndolas con tierra, pero al cabo de unos instantes, mir¨¦ hacia donde estaba Mirella. Ahora s¨ª estaba trabajando en serio, regando las semillas con cuidado.
Casi de inmediato vi c¨®mo peque?os brotes verdes comenzaban a asomar. Las plantas emerg¨ªan de la tierra a una velocidad imposible, algo que en este momento solo la magia pod¨ªa lograr.
No era solo una planta o dos; era todo el terreno que Mirella estaba regando. Bayas, papayas, tomates¡ lo que sea que hubi¨¦ramos plantado, estaba brotando a una velocidad que me pon¨ªa la piel de gallina.
"?Luciano, mir¨¢ eso!" Grit¨® Luc¨ªa desde abajo de un ¨¢rbol, saltando como loca mientras se?alaba el suelo bajo ella.
Corr¨ª hacia donde estaba, esquivando a Rin y Rundia, que tambi¨¦n hab¨ªan parado para mirar. Cuando llegu¨¦, me qued¨¦ vi¨¦ndolo. Un ¨¢rbol de mandarinas perfectamente formado ya ten¨ªa como tres metros de altura y, aunque no hab¨ªa frutos todav¨ªa, la rapidez con la que hab¨ªa crecido era absurda. Mir¨¦ a mi alrededor: hab¨ªa arbustos bajos, ¨¢rboles y tomateras, siendo estas ¨²ltimas las menos resistentes al no tener un soporte.
"Esto es una locura¡"
Las part¨ªculas m¨¢gicas estaban haciendo de las suyas otra vez, y aunque ya lo hab¨ªa visto con las papayas y las acelgas, esto era diferente. Era algo m¨¢s grande.
Rundia se acerc¨® a nosotros.
"?Es incre¨ªble! ?Ad¨¢n nos est¨¢ bendiciendo otra vez, hijo!"
Sonre¨ª por reflejo, aunque el nudo de culpa en mi est¨®mago se apret¨® un poco m¨¢s. Ella segu¨ªa con lo de Ad¨¢n, y yo segu¨ªa sin corregirla. No era el momento de arruinarle la ilusi¨®n, no cuando estaba tan feliz. Pero igual me sent¨ªa mal por mentirle as¨ª.
"S¨ª, mam¨¢¡ Parece que s¨ª".
Rin se acerc¨®, mirando una semilla entre sus dedos.
"No s¨¦ si esto es tan bueno como parece. ?Y si crecen as¨ª de r¨¢pido, pero no sirven para nada? Como las de papayas esas sin frutos".
Ten¨ªa un punto, y lo sab¨ªa. Rin estaba en lo cierto: eran ¨¢rboles y dem¨¢s sin frutos, y tal vez esto no nos serv¨ªa de mucho. Todav¨ªa no entend¨ªa por qu¨¦ las part¨ªculas no terminaban el trabajo. ?Era como dijo Luc¨ªa, que no quer¨ªan darnos comida que nos hiciera mal? ?O simplemente no sab¨ªan c¨®mo hacerlo todav¨ªa?
"No te preocupes, pap¨¢. Si no dan frutos, igual la gente puede usar las hojas o la madera. Y si dentro de un tiempo terminan dando frutos, mejor todav¨ªa. Estaremos vigilando a ver qu¨¦ pasa".
"Est¨¢ bien".
¨¦l se acerc¨® para ver mi balde, el cual apenas ten¨ªa m¨¢s o menos diez semillas.
"Mirella se fue a buscar m¨¢s agua... ?Hay que plantar m¨¢s?"
"Dejemos que Mirella termine de regar y esperemos un tiempo a ver c¨®mo evoluciona. Tampoco creo que sea muy conveniente plantar todo de una".
Si imagin¨¢bamos al trozo de isla que est¨¢bamos resembrando como un tri¨¢ngulo equil¨¢tero, ese que tiene sus tres ¨¢ngulos iguales, apuntando hacia el volc¨¢n, dir¨ªa que hab¨ªamos puesto semillas solo en la mitad inferior.
¨¦l tir¨® la semilla dentro del balde.
"Eso tambi¨¦n pensaba yo".
"Adem¨¢s, me gustar¨ªa esperar a ver si crecen por su cuenta un poco de hierba o plantas que no den frutos".
"Si vemos la parte de la selva, este lugar se ve extra?o", dijo, se?alando a unos metros de nosotros, donde estaban los ¨¢rboles altos que Pyra hab¨ªa logrado salvar.
"No te preocupes. Ahora que ac¨¢ ya hay buena tierra, seguro que la selva se ir¨¢ expandiendo poco a poco, mezcl¨¢ndose con estos nuevos ¨¢rboles".
¨¦l puso una mano en mi hombro, y yo estaba rogando que no me tocara la cabeza.
"Siempre ves todo, ?eh? Qu¨¦ hijo tan inteligente tengo".
"S¨ª... Gracias, pap¨¢".
Inteligente... La palabra ''farsante'' me quedar¨ªa mejor.
Rundia ya estaba tocando las hojas de un arbusto de bayas como si fueran un tesoro sagrado.
"?Miren qu¨¦ lindas son! Seguro que algo bueno sale de esto".
Pyra, que se hab¨ªa alejado bastante de nosotros, se acerc¨® caminando despacio, aunque no nos miraba a nosotros, ya que sus ojos estaban fijos en los ¨¢rboles, y por un segundo me pareci¨® ver un destello de curiosidad en ellos.
"?Mirella se fue a buscar m¨¢s agua?"
"S¨ª".
Ella no dijo nada m¨¢s. Se qued¨® mirando los brotes, y yo aprovech¨¦ para observarla un segundo. Luc¨ªa y yo ten¨ªamos raz¨®n en una cosa: se parec¨ªa a Sariah. No solo por el pelo, los ojos y su figura delineada, sino tambi¨¦n por esa actitud que la hac¨ªa ver especial, resaltando entre los dem¨¢s.
"?Qu¨¦ opin¨¢s vos de toda esta idea que tuve?" Le pregunt¨¦.
Pyra me lanz¨® una mirada de reojo, como si no quisiera admitir que le interesaba el tema.
"No s¨¦... Se siente raro estar haciendo esto, porque mis llamas no hacen cosas as¨ª. Queman y listo. Esto¡ esto es diferente".
"Capaz que con el tiempo entendemos c¨®mo funciona y lo usamos para algo mucho m¨¢s grande".
Ella no respondi¨®, pero vi c¨®mo apretaba los labios, como si estuviera pensando en algo que no quer¨ªa decir. Tal vez estaba comparando su magia de fuego con esto, midiendo si era mejor o peor. Conoci¨¦ndola, seguro que le jod¨ªa un poco no ser ella la ¨²nica que pudiera hacer algo as¨ª.
Aunque claro, esto no era la magia de nadie, era ¨²nicamente obra de las part¨ªculas m¨¢gicas.
Mirella vino volando desde la selva, con la regadera aparentemente llena y una sonrisa enorme en la cara.
"?Ya volv¨ª! ?Voy a terminar de regar!"
"?S¨ª, te esperamos ac¨¢!"
Qu¨¦ chica tan alegre...
Mientras yo analizaba el ¨¢rbol de mandarinas con mi magia, Mirella volvi¨®.
"?Luciano, termin¨¦! ?Viste lo que hice? ?Soy la mejor, ?verdad?!"
"S¨ª, sos incre¨ªble", respond¨ª, d¨¢ndole una palmadita en la cabeza que la hizo re¨ªrse y flotar m¨¢s alto.
"Esto no habr¨ªa pasado sin vos".
"?Claro que no! ?Soy la due?a de las plantas ahora!" Exclam¨®, girando en el aire como si estuviera celebrando, aunque la regadera se le cay¨®, lo que hizo escapar una risa corta de Luc¨ªa.
"?Oigan, no se r¨ªan!"
Pyra puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. Mirella, por supuesto, lo not¨® y se acerc¨® a ella, flotando a su altura.
"?Qu¨¦ pasa, Pyra? ?Est¨¢s celosa porque mis plantas son geniales?"
"No estoy celosa de nada", contest¨® Pyra, cruz¨¢ndose de brazos y girando la cara.
"De todos modos, esto no es tan ¨²til si no da comida".
"?Ya va a dar comida! ?Solo hay que esperar!" Insisti¨® Mirella, acerc¨¢ndose m¨¢s a ella.
"Esperar no llena el hambre de los humanos", murmur¨® Pyra, y por primera vez desde que la conoc¨ªa, su tono no son¨® arrogante. Son¨®¡ pr¨¢ctico, casi preocupado.
Eso me hizo parar la oreja. Pyra no sol¨ªa hablar as¨ª. Siempre era todo ego y ''yo soy la mejor'', pero ahora parec¨ªa genuinamente interesada en que esto funcionara. Tal vez, en el fondo, s¨ª le importaba quedarse con nosotros y hacer que la isla fuera habitable... Eso es algo que ya hab¨ªa pensado antes, y ahora parece estar reflej¨¢ndose en la realidad.
"Pyra tiene raz¨®n. Por ahora no hay frutos, y necesitamos comida..."
Ellos no sab¨ªan que la idea m¨ªa era irnos de este lugar lo m¨¢s pronto posible.
"Pero esto es un comienzo. Si el agua m¨¢gica pudo hacer esto, pronto vamos a tener algo que comer".
Mirella infl¨® las mejillas, pero no le dijo nada m¨¢s a Pyra. Pyra me mir¨® un segundo, y aunque no sonri¨®, sus ojos se suavizaron un poco. Fue raro, pero por un momento sent¨ª que me estaba dando algo parecido a una aprobaci¨®n.
Me acerqu¨¦ a Mirella, casi al lado de su oreja.
"Mirella, necesito hablar con vos un momento".
"?Qu¨¦ pasa, Luciano?"
Sin responder, mir¨¦ a los dem¨¢s por encima de mi hombro.
"Chicos, voy un momento hacia un ¨¢rbol que me quiere mostrar Mirella. Ya volvemos".
"S¨ª, hijo. Te esperamos ac¨¢", respondi¨® Rundia, que ya estaba hablando de nuevo con Pyra.
Mirella deb¨ªa saber el trasfondo de todo esto... Y tambi¨¦n deb¨ªa dejarle dicho un par de cosas para que estuviera a mi favor cuando les contara a los dem¨¢s sobre mi plan de escape.
Cap铆tulo 65: Plan de escape.
Hab¨ªa logrado alejarnos del grupo junto a Mirella. Tengo que decirle algunas cosas importantes.
"?Cu¨¢nta agua m¨¢gica usaste para regar todo esto?" Pregunt¨¦, se?alando el terreno.
"Hmm..."
Puso un dedo en la barbilla, pensativa.
"Como dos regaderas llenas. Fui al arroyo dos veces".
"Dos regaderas¡ ?Y notaste algo raro en el agua cuando la sacaste?"
"No, estaba igual que siempre. ?Por eso funcion¨® tan bien!"
"Claro..."
"?Est¨¢s preocupado?" Pregunt¨® Mirella, flotando m¨¢s cerca y mir¨¢ndome con esos ojos verdes enormes.
"Ahora mismo solo estoy pensando.
Esto es raro... Pero bueno, solo tenemos que entenderlo mejor".
"?Yo te ayudo a entenderlo!"
De pronto, levant¨® la regadera vac¨ªa como si fuese una espada.
"?Vamos a hacer que las plantas den frutos s¨ª o s¨ª!"
Me apoy¨¦ un poco contra el tronco del ¨¢rbol que parec¨ªa ser de manzanas, mirando de reojo al grupo; solo Luc¨ªa miraba hacia ac¨¢.
"Mirella, ?te acord¨¢s de ese secreto que nunca ten¨¦s que contarle a nadie?"
"?S¨ª!"
"?Y cu¨¢l es?"
Ella se inclin¨® un poco hacia m¨ª, bajando la voz.
"El de Luc¨ªa, que puede escuchar a las part¨ªculas m¨¢gicas".
"Perfecto. Te quer¨ªa contar que hace poco Luc¨ªa pudo escuchar algo m¨¢s de ellas".
"??En serio?!"
Le tap¨¦ la boca de inmediato, aunque no pude detener ninguna de sus dos palabras.
"Shhhh... No grites tanto o van a venir a ver qu¨¦ estamos haciendo".
Cuando quit¨¦ mi mano, ella se movi¨® un poco, intentando que el poco grosor del tronco del ¨¢rbol tapara su peque?a figura.
"Perd¨®n... Pero quiero saber qu¨¦ dijeron".
"Dijeron que est¨¢n aprendiendo cosas de las plantas. Por eso es que ahora el agua m¨¢gica hace crecer los ¨¢rboles y eso, pero todav¨ªa no sabemos por qu¨¦ no hace crecer las frutas".
"Eso suena incre¨ªble".
"S¨ª, la verdad es que es algo incre¨ªble, pero necesito que sigas manteniendo este secreto, ?s¨ª?"
"Por supuesto. No le dir¨¦ nada a nadie".
Volv¨ª a mirar de reojo a los dem¨¢s; todav¨ªa estaban charlando entre ellos.
"Necesito decirte una cosa m¨¢s".
"?Qu¨¦ cosa?"
"No s¨¦ si hoy a la noche o en estos d¨ªas les voy a intentar contar de nuevo a todos sobre la forma en la que vamos a salir de la isla y cruzar la enorme cantidad de agua".
"Oh... Eso tambi¨¦n suena incre¨ªble".
"Me vas a apoyar en eso, ?no? Tengo pensado usar las barreras m¨¢gicas de Aya para caminar sobre ellas".
Ella asinti¨® dos veces seguidas.
"?S¨ª, s¨ª! Siempre te apoyar¨¦ en todo".
"?Eso significa que esta noche me vas a dejar a solas con Aya para que la convenza?"
Mirella parpade¨® r¨¢pido, y su sonrisa se torci¨® un poco mientras ladeaba la cabeza. Sus manos apretaron la regadera vac¨ªa contra su pecho, como si de repente fuera lo ¨²nico que la manten¨ªa en el aire.
"?Dejarlos solos? ?Qu¨¦ piensas hacerle a Aya?" Pregunt¨®, con un tono que empez¨® dulce, pero se fue cargando de sospecha.
Me qued¨¦ mir¨¢ndola un segundo, con las cejas levantadas. ?Qu¨¦ carajo hab¨ªa interpretado de lo que dije? Por un momento pens¨¦ que quiz¨¢s mi frase hab¨ªa sonado mal, como si estuviera planeando algo raro con Aya. ?Tan mal me hab¨ªa explicado?
"?Eh? No, no, par¨¢. No le voy a hacer nada raro a Aya. Solo quiero hablar con ella a solas, nada m¨¢s".
Mirella entrecerr¨® los ojos, flotando un poco m¨¢s cerca hasta que su cara qued¨® a cent¨ªmetros de la m¨ªa. Sus mejillas estaban infladas, y ese brillo travieso en sus ojos verdes ahora ten¨ªa un toque de desconfianza.
"?Hablar de qu¨¦? ?Por qu¨¦ tiene que ser a solas? ?Qu¨¦ es tan importante que no puedo estar yo?"
Respir¨¦ hondo, intentando no re¨ªrme de lo exagerada que se estaba poniendo. Era t¨ªpico de ella, pero igual me pon¨ªa nervioso cuando se pon¨ªa as¨ª. No quer¨ªa que esto se convirtiera en una pelea justo ahora que necesitaba su apoyo.
"Mirella, escuchame bien", dije, bajando la voz para que sonara tranquilo.
"Es por lo del plan de escape. Aya me dijo una vez que ella vino del otro lado del agua. Me lo cont¨® hace poco tiempo, cuando nos hab¨ªamos salvado del agua y logramos entrar a la cueva. Ella me dijo que le ten¨ªa miedo al agua, pero ahora act¨²a como si nunca hubiera dicho eso. Necesito hablar con ella a solas para entender qu¨¦ pas¨®, para ver si realmente quiere ayudarnos".
Ella se qued¨® callada un segundo, todav¨ªa mir¨¢ndome como si intentara encontrar una mentira en mis palabras.
"?Y por qu¨¦ no me lo dijiste antes? ?Yo tambi¨¦n quiero saber esas cosas! Aya a veces es rara. ?Y si no te dice la verdad?"
"No s¨¦ si me va a decir la verdad o no... Por eso quiero hablar con ella a solas. Si est¨¢s vos, capaz que se pone nerviosa o no suelta todo. Vos sab¨¦s c¨®mo es, Mirella. Aya es tranquila, pero a veces parece que guarda m¨¢s de lo que dice. Y si vino del otro lado del agua, tiene que saber algo ¨²til".
Mirella infl¨® las mejillas otra vez, y por un segundo pens¨¦ que iba a protestar m¨¢s, pero luego solt¨® un suspiro largo y baj¨® la mirada.
"Est¨¢ bien... Pero no me gusta que te quedes solo con ella. ?Y si te dice algo raro y yo no estoy para defenderte?"
Solt¨¦ una risita corta, porque la idea de que Aya me hiciera algo raro era absurda.
"No creo que Aya me haga nada, Mirella. Tal vez guarde alg¨²n que otro secreto, s¨ª, pero nunca he pensado que sea alguien mala. Solo quiero entenderla mejor. No te voy a dejar afuera de esto. Solo necesito este momento con ella".
"Bueno... est¨¢ bien. Pero si veo que Aya se te acerca demasiado, voy a aparecer volando y le voy a tirar la regadera en la cabeza".
"?Est¨¢s diciendo que nos vas a estar mirando desde alg¨²n lugar oculto?"
"Mmm... No lo s¨¦".
"Dale, decime que no".
"?Entonces ir¨¦ a molestar a Pyra!"
"Esa es la actitud", respond¨ª, ri¨¦ndome un poco.
"Na, mentira. Mejor podr¨ªas charlar con ella para ver si se entienden mejor".
"Puede ser..."
"Ahora mejor volvamos".
"S¨ª".
Al acercarme a los dem¨¢s, levant¨¦ la voz para que todos me oyeran.
"Bueno, nosotros ya estamos listos.
Dejemos que las plantas sigan... creciendo solas un tiempo m¨¢s. Vamos a ver si dan frutos o no. Si no dan, ya pensaremos qu¨¦ hacer despu¨¦s".
"Bueno, hijo. Vayamos a casa ahora".
"S¨ª, mam¨¢".
Cuando llegamos a la casa, Aya estaba en la puerta, esper¨¢ndonos con su yukata blanco impecable. Las gemelas estaban atr¨¢s, Suminia con un par de pescados en las manos y Samira hablando con ella.
"?Qu¨¦ pas¨® all¨¢?" Pregunt¨® Aya, inclinando la cabeza mientras sus ojos anaranjados me segu¨ªan.
"Hicimos crecer un mont¨®n de cosas con agua m¨¢gica".
Entr¨¦ junto a los dem¨¢s, menos con Pyra, que se qued¨® fuera, y dej¨¦ el balde vac¨ªo en un rinc¨®n.
"Crecieron rapid¨ªsimo, pero no hay frutos todav¨ªa".
"Interesante... El agua m¨¢gica est¨¢ cambiando, ?verdad?"
La mir¨¦ fijo, sorprendido.
"?Vos tambi¨¦n lo notaste?"
Ella asinti¨® despacio.
"Mientras iba a ver a los dem¨¢s, como me pediste, pas¨¦ a investigarla y not¨¦ algo nuevo en su olor".
Eso me dej¨® descolocado. Aya ten¨ªa esa naturaleza de zorro m¨ªstico que le daba una sensibilidad que los humanos no ten¨ªamos. Si ella sent¨ªa que el agua estaba cambiando, entonces no era solo una teor¨ªa loca m¨ªa y de Luc¨ªa. Algo estaba pasando de verdad.
Antes de que pudiera responder, ella se acerc¨® a mi o¨ªdo.
"Su olor se parece bastante al tuyo".
De repente, escuch¨¦ un zumbido detr¨¢s de mi cabeza.
"Aya, ?qu¨¦ le est¨¢s diciendo a Luciano?"
"Nada importante, Mirella", contest¨®, y se dio media vuelta, yendo hacia las gemelas.
Mirella me lanz¨® una mirada extra?a, aunque yo no le di mucha importancia en ese momento, porque lo que Aya hab¨ªa dicho era demasiado raro...
?El agua m¨¢gica teniendo mi mismo aroma? ?En serio? Ya hasta me da un poco de miedo todo esto...
Esa noche, mientras todos com¨ªan los pescados que hab¨ªan cazado, yo me qued¨¦ mirando el fuego de la fogata, perdido en mis pensamientos. Las part¨ªculas, el agua, las plantas... Todo estaba conectado. Y si Aya ten¨ªa raz¨®n, si tambi¨¦n estaban cambiando su aroma a uno parecido al de mis pelos rojos, entonces no me sorprender¨ªa que en un futuro las part¨ªculas m¨¢gicas terminen vi¨¦ndome como la persona m¨¢s importante en este mundo, m¨¢s sabiendo que mencionan mi nombre constantemente.
Tal vez ellas s¨ª sepan de mi conexi¨®n con Sariah...
Sent¨ª un cosquilleo en los dedos, como si la magia dentro de m¨ª estuviera reaccionando a esa idea.
Mir¨¦ a Pyra: estaba sentada al otro lado de la fogata, con las piernas cruzadas y el ment¨®n apoyado en una mano, tal vez aburrida porque ella no estaba comiendo nada. No hablaba mucho esta noche, pero cada tanto ella tambi¨¦n me miraba, y yo le devolv¨ªa la mirada sin saber bien por qu¨¦.
"?Qu¨¦ miras tanto?" Pregunt¨® de repente, rompiendo el silencio que se hab¨ªa formado absurdamente entre nosotros.
"Nada. Solo pienso".
"Seguro que s¨ª", replic¨® ella, con un tono que dejaba claro que no me cre¨ªa.
?Por qu¨¦ estaba observando de nuevo a Pyra? Encima, me acabo de dar cuenta de que Luc¨ªa me est¨¢ mirando de reojo con una sonrisa demasiado amplia.
Tengo que concentrarme en Aya... Voy a comer r¨¢pido y esperarla en la habitaci¨®n.
***
Ahora mismo estoy sentadito al borde de la cama, con un poco de miedo porque no s¨¦ d¨®nde se meti¨® Mirella. Supongo que se fue a la pieza de Pyra, como hab¨ªamos quedado antes.
Tengo el peine de oro en mis manos... Supongo que es una buena idea hablarle de todo eso mientras le peino las colas.
Lo gir¨¦ para todos lados, observ¨¢ndolo detenidamente hasta que la puerta de madera se movi¨®. Levant¨¦ la vista justo cuando Aya entr¨®. Su yukata blanco parec¨ªa absorber la luz de la habitaci¨®n, y sus colas pomposas se mov¨ªan despacio detr¨¢s de ella, chocando contra el marco de la puerta.
Me mir¨® con esos ojos anaranjados que siempre parec¨ªan ver m¨¢s de lo que yo quer¨ªa mostrar y luego cerr¨® la puerta.
"?Ya te estabas por ir a dormir?"
"No. En realidad, te estaba esperando".
Ella parpade¨® r¨¢pido, sorprendida, pero no dijo nada de entrada. Camin¨® despacio hasta el borde de su cama y se sent¨® frente a m¨ª, poniendo las manos sobre sus rodillas con esa elegancia natural que siempre me dejaba medio hipnotizado. Sus ojos recorrieron la habitaci¨®n, observando a sus costados, y supe de inmediato qu¨¦ estaba pasando por su cabeza.
"Mirella no est¨¢ ac¨¢ ahora", dije antes de que ella preguntara, manteniendo la voz firme para que no sonara como algo sospechoso.
Aya asinti¨® levemente, y luego me mir¨® fijo.
"?Qu¨¦ quer¨ªas hablar conmigo?"
Sonre¨ª un poco, levantando apenas el peine en el aire y d¨¢ndole vueltas entre los dedos.
"Antes que nada... ?Quer¨¦s que te peine las colas? Se te ven un poco enredadas despu¨¦s de todo el d¨ªa".
Ella me mir¨® un segundo, como si intentara descifrar si hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de esa oferta tan tentadora, pero termin¨® sonriendo un poco.
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"Est¨¢ bien. Eso siempre me tranquiliza".
Se gir¨® con un movimiento fluido, poni¨¦ndose de rodillas sobre la cama y d¨¢ndome la espalda. Sus colas se alzaron un poco, cayendo justo frente a m¨ª, y el aroma dulce que siempre llevaba consigo me peg¨® de lleno. Era como flores mezcladas con algo que no pod¨ªa identificar, algo que me recordaba al bosque despu¨¦s de una lluvia.
Tom¨¦ el peine y empec¨¦ a pasarlo por la primera cola que mi mente dijo que era la mejor. Lo hice espacio, dejando que los dientes dorados se deslizaran por el pelaje blanco. Era suave, como siempre, y mis dedos rozaron la superficie mientras trabajaba, sintiendo c¨®mo se relajaba bajo mi tacto.
"As¨ª est¨¢ bien, ?no?" Pregunt¨¦, manteniendo el tono ligero mientras segu¨ªa peinando, dejando que mis manos jugaran un poco m¨¢s de lo necesario, rozando de vez en cuando la base de las colas con las yemas de los dedos.
"S¨ª. Es agradable, como siempre", respondi¨® ella, y not¨¦ c¨®mo su voz se suavizaba, casi como si estuviera a punto de cerrar los ojos.
Me puse de puntas de pie y me inclin¨¦ un poco m¨¢s cerca de ella, aunque sin querer me aspir¨¦ algunos pelos sueltos.
"Sab¨¦s, Aya, estaba pensando en algo importante. En el plan para salir de la isla. Vamos a necesitar tu ayuda... Aunque ya lo sab¨ªas".
Le corr¨ª un poco las colas, parando de peinar y concentr¨¢ndome en susurrarle al o¨ªdo.
"Esas barreras m¨¢gicas tuyas¡ podr¨ªan terminar siendo perfectas para cruzar el agua. Imaginate, todos caminando sobre ellas, dejando este lugar atr¨¢s y comenzando una nueva vida. Vos nos vas a ayudar con eso, ?no?"
"Luciano, sobre eso..."
Puse r¨¢pidamente una mano en su hombro.
"No hace falta que lo imagines ni lo pienses ahora, porque ya s¨¦ que la ¨²ltima vez tuviste malos recuerdos. Solo quiero saber si puedo contar con vos para hacer esto dentro de poco".
Ella se qued¨® quieta un momento, pero no gir¨® la cabeza. Sus colas temblaron levemente bajo mis manos, como si la idea la hubiera tocado m¨¢s de lo que esperaba.
"S¨ª", dijo al fin, con voz baja.
"En realidad, nunca dud¨¦ en ayudarlos, solo que necesitaba un poco de tiempo para intentar superar el dolor. Pero s¨ª, mis barreras deber¨ªan de poder sostenernos a todos".
Sonre¨ª, dejando que el peine volviera a deslizarse por el pelaje, pein¨¢ndola con suavidad.
"Sos incre¨ªble, Aya. Sab¨ªa que pod¨ªa contar con vos. Pero... una cosa. ?No ten¨¦s miedo del agua? Porque vamos a estar rodeados de ella, y no quiero que te sientas mal o algo por el estilo".
Ella gir¨® la cabeza apenas, lo justo para mirarme de reojo.
"?Miedo del agua? ?Por qu¨¦ tendr¨ªa miedo del agua?"
Uh... ?En serio estaba diciendo eso? Recordaba clarito lo que me hab¨ªa contado en la cueva, despu¨¦s del tsunami. C¨®mo se hab¨ªa aferrado a m¨ª, temblando, diciendo que el agua la pon¨ªa mal, que ella ven¨ªa del otro lado. Y ahora actuaba as¨ª, como si nada. ?Me estaba tomando el pelo o realmente lo hab¨ªa olvidado?
"Eh¡ No s¨¦. Solo pens¨¦ en eso porque una vez me dijiste algo sobre el agua. No quiero que te sientas inc¨®moda cuando pasemos por encima del agua".
"?Que te dije qu¨¦ cosa?"
Dej¨¦ r¨¢pidamente una bola de pelo sobre el suelo. Esto ya me estaba poniendo nervioso.
"?No te acord¨¢s? Cuando nos salvamos del agua al entrar en la cueva y despu¨¦s vos me dijiste de repente que ven¨ªas del otro lado del agua".
Aya se gir¨® un poco m¨¢s, pero sin perder esa calma que siempre la envolv¨ªa como un manto. Sus colas dejaron de moverse bajo mis manos, qued¨¢ndose quietas. El peine se me qued¨® trabado en un nudo peque?o, y lo dej¨¦ ah¨ª, suspendido, mientras intentaba descifrar qu¨¦ estaba pasando.
"?Del otro lado del agua?"
Sus cejas blancas se alzaron apenas, y una leve arruga se form¨® en su frente, como si estuviera genuinamente confundida.
"Luciano, no recuerdo haber dicho algo as¨ª. ?Est¨¢s seguro de que no lo escuchaste en un sue?o?"
Esto parec¨ªa ya surreal.
Saqu¨¦ el peine dorado de entre sus colas y lo dej¨¦ sobre la cama, que en realidad solo era madera sin colch¨®n, con un movimiento m¨¢s brusco de lo que pretend¨ªa. ?So?arlo? ?En serio estaba diciendo eso? Me cruc¨¦ de brazos, inclin¨¢ndome un poco hacia atr¨¢s para mirarla mejor.
"?So?arlo? Aya, no estoy inventando nada. Fue en la cueva, despu¨¦s del tsunami. Estabas toda asustada, temblando como loca, y me dijiste clarito que ven¨ªas del otro lado del agua, que te daba miedo. ?C¨®mo me voy a inventar algo tan espec¨ªfico?"
Ella lade¨® la cabeza, y esa leve sonrisa que hab¨ªa estado llevando desde que comenc¨¦ a peinarla se torci¨® un poco, como si estuviera conteniendo algo. Sus manos, que hasta ahora hab¨ªan estado quietas sobre sus rodillas, se apretaron ligeramente contra la tela de su yukata.
"Luciano, con todo el respeto que te tengo, creo que est¨¢s confundiendo las cosas. S¨ª, estaba en la entrada de la cueva contigo en ese momento, pero no recuerdo haber dicho nada de eso. Tal vez estabas agotado por usar tanta magia o el miedo te hizo escuchar cosas que no eran. Yo s¨¦ exactamente que t¨² simplemente cerraste la entrada y te fuiste hasta abajo de la cueva, donde estaban los dem¨¢s".
"?Que el miedo me hizo escuchar cosas?
Aya, vos sos la que est¨¢ equivocada. Me acuerdo perfecto de c¨®mo me lo dijiste, agarr¨¢ndome la mochila, con esa cara de p¨¢nico que no te vi nunca antes. No me vengas con que me lo imagin¨¦, porque no soy tan idiota como para inventar cosas as¨ª".
Ella entrecerr¨® los ojos, apenas un poco. Sin embargo, fue suficiente para que notara el cambio. Su postura segu¨ªa impecable, elegante como siempre, pero hab¨ªa una tensi¨®n en sus hombros que no estaba ah¨ª antes.
"No estoy diciendo que seas idiota, Luciano. Solo digo que quiz¨¢s malinterpretaste lo que pas¨®. Estaba agotada, s¨ª, y la gran cantidad de agua que vino fue horrible para todos, pero no tengo memoria de haberte dicho algo tan¡ fuera de lugar. Si insistes en que lo hice, entonces tal vez deber¨ªas preguntarte por qu¨¦ est¨¢s tan seguro de algo que yo no recuerdo".
Mientras hablaba, su voz segu¨ªa siendo tranquila, aunque hab¨ªa un filo sutil, como una daga escondida bajo seda.
"?Por qu¨¦ no le preguntas a alguien m¨¢s si eso que dices sucedi¨®?" Insisti¨®.
"Porque solo est¨¢bamos nosotros dos..."
No respondi¨®.
Me qued¨¦ mir¨¢ndola, con la mand¨ªbula apretada. ?Por qu¨¦ estaba tan segura de que yo era el que ment¨ªa? Esto no era una idiotez que se me pod¨ªa haber mezclado en la cabeza. Yo sab¨ªa lo que hab¨ªa escuchado, y verla a ella actuando como si nada me estaba poniendo los nervios de punta.
Inclin¨¦ mi cabeza hacia delante, se?al¨¢ndola con un dedo, aunque sin alzarlo demasiado.
"Aya, voy a ser bien claro: no estoy confundiendo nada. Me lo dijiste, solo que ahora parece que quer¨¦s borrarlo como si nunca hubiera pasado. ?Qu¨¦ pasa? ?No quer¨¦s que sepa de d¨®nde ven¨ªs o qu¨¦?"
Ella respir¨® hondo, y sus colas se alzaron un poco, como si estuvieran reaccionando a mi tono. Cuando volvi¨® a hablar, su voz segu¨ªa baja, pero hab¨ªa un dejo de fastidio que no pod¨ªa esconder del todo.
"Luciano, no estoy borrando nada. Si no lo recuerdo, es porque no lo dije. Y si crees que te estoy ocultando algo, entonces est¨¢s viendo cosas donde no las hay. No aprecio que insin¨²es que miento, especialmente cuando siempre he sido sincera contigo".
"?Sincera? Vos solo est¨¢s jugando conmigo, me parece".
Aya gir¨® del todo hacia m¨ª, y sus ojos se clavaron en los m¨ªos.
"No estoy jugando contigo, Luciano. No tengo motivos para ocultarte nada, y me ofende que pienses que te trato como a un tonto. Solo digo que, si alguien est¨¢ mintiendo aqu¨ª, no soy yo".
"?Ah, bueno! ?Lo ¨²ltimo que me faltaba ahora, que me trataran de mentiroso!"
De la nada, Mirella entr¨® volando como un torbellino por la ventana. Sus ojos verdes iban de m¨ª a Aya como si estuviera escaneando nuestras expresiones.
"?Oigan, no peleen!" Exclam¨®, flotando entre nosotros con los brazos abiertos, como si quisiera separar una pelea de pu?os que no exist¨ªa.
"?Los escuch¨¦ desde afuera! ?No se enojen, por favor!"
Me qued¨¦ con el dedo todav¨ªa apuntando a Aya y la boca entreabierta. ?Ella estaba afuera? ?Entonces esta hadita s¨ª nos estaba espiando? Seguro que hab¨ªa estado escuchando todo mientras estaba escondida detr¨¢s de la ventana. ?Cu¨¢nto hab¨ªa o¨ªdo? ?Lo del agua? ?La discusi¨®n entera? Mi mente se la imagin¨® pegada al marco, con la oreja contra la madera...
"?No quiero que se peleen! ?Somos amigos, ?no?!" Insisti¨®, girando la cabeza de un lado a otro para mirarnos a ambos.
Aya relaj¨® los hombros, soltando un suspiro leve pero audible, y volvi¨® a sentarse derecha, alis¨¢ndose el yukata con las manos como si quisiera borrar el momento entero.
"No estamos peleando, Mirella. Solo est¨¢bamos hablando".
"S¨ª, claro... No pasa nada, Mirella. Solo fue un malentendido".
Lo ¨²nico que sab¨ªa con certeza era que esto arruinaba mis planes...
***
Tuvieron que pasar siete d¨ªas para que la tensi¨®n entre Aya y yo se disipara por completo, aunque todav¨ªa no s¨¦ muy bien qu¨¦ le pas¨® a ella como para que la situaci¨®n terminara as¨ª.
Supongo que mientras ella nos ayude, deber¨¦ dejar de lado ese tema. Al menos hasta que a ella se le ocurra querer contarme algo, porque forzarla a hablar no va a funcionar, y con el plan de escape casi en marcha, necesito que est¨¦ de mi lado, no en mi contra.
Tambi¨¦n logr¨¦ contarles a todos sobre el plan de escape. Y si bien aceptaron, mis padres me dijeron que todav¨ªa no quieren irse, no hasta saber qu¨¦ suceder¨¢ con los ¨¢rboles crecidos con agua m¨¢gica.
Pero no todo es color de rosa; la maldici¨®n del Rey Demonio est¨¢ empeorando, y ya no puedo ignorarlo. Antes de ayer, Rundia me llam¨® a la sala principal con esa cara de preocupaci¨®n que pone cuando algo no le cierra.
"Hijo, ?viste cu¨¢ntos pelos hay por la casa?" Me pregunt¨®, sosteniendo un mech¨®n casta?o entre los dedos como si fuera una prueba de un crimen. No supe qu¨¦ contestarle, as¨ª que me hice el tonto y le dije que capaz se me hab¨ªa enganchado en alguno de los ¨¢rboles que hab¨ªamos plantado y que el viento los estaba trayendo adentro. Pero no se lo crey¨®, lo vi en sus ojos.
Despu¨¦s fue Rin, que mientras com¨ªamos pescado me mir¨® raro y me solt¨®: "?Qu¨¦ te pasa en la ceja, Luciano? Parece que te falta un pedazo".
Intent¨¦ re¨ªrme y respond¨ª que me hab¨ªa rascado fuerte sin darme cuenta, pero ¨¦l no es de los que se tragan cualquier excusa. Y ayer, hasta Samira, la dulce y tierna Samira, me pregunt¨® por qu¨¦ hab¨ªa pelos m¨ªos sobre la mesa.
"Los vi tirados ah¨ª, Luciano, ?est¨¢s bien?" Dijo con una vocecita temblorosa que me hizo sentir como un monstruo por mentirle.
Luc¨ªa y Mirella no han dicho nada, claro. Ellas saben de la maldici¨®n. Les ped¨ª que no dijeran una palabra, y hasta ahora cumplieron. Luc¨ªa me mira con esa mezcla de l¨¢stima y complicidad que solo ella puede tener, como si quisiera decirme algo, pero no encuentra las palabras. Mirella, en cambio, hace como si nada, flotando a mi alrededor con su risa y sus bromas, aunque a veces la miro mir¨¢ndome el pelo con disimulo. Pero los dem¨¢s... los dem¨¢s no saben, y cada vez lo notan m¨¢s. Me observan como si me estuviera pasando algo malo, como si algo en m¨ª estuviera rompi¨¦ndose y ellos no pudieran entender qu¨¦ es.
Por eso adopt¨¦ esta forma de dormir con la que estoy ahora, tan recta que parece que estoy muerto. No me muevo, no me doy vuelta, nada. Me acuesto mirando el techo, con los brazos pegados al cuerpo y las piernas estiradas, como si cualquier movimiento fuera a arrancarme lo poco que me queda de pelo. Pero no es solo el pelo lo que me est¨¢ matando: es el cuello. Cada ma?ana me despierto con un dolor que me sube desde los hombros hasta la nuca, como si alguien me hubiera estado apretando el pescuezo toda la noche. Al principio era soportable, pero ahora es un pinchazo constante que no se va del todo ni con el agua m¨¢gica del arroyo. Me paso el d¨ªa girando la cabeza despacio, como si tuviera miedo de que se me parta, y cada vez que alguien me habla, tengo que girar todo el cuerpo para mirarlo porque el cuello no me da para m¨¢s.
No solo cambi¨¦ mi postura, sino que tampoco me puedo lavar el pelo ni toda la cara...
No s¨¦ si puedo aguantar m¨¢s. No puedo seguir as¨ª, fingiendo que todo est¨¢ bien mientras voy perdiendo parte de mi cuerpo. La maldici¨®n me est¨¢ comiendo vivo, y aunque el plan de escape sigue en pie, aunque Aya ya dijo que nos va a ayudar con sus barreras, siento que no voy a llegar a ese momento de la misma manera en la que estoy ahora. Y lo peor es que no s¨¦ cu¨¢nto tiempo me queda antes de que los dem¨¢s empiecen a hacer preguntas que no puedo esquivar, y si Rundia o Rin se enteran, si se dan cuenta de que esto fue culpa del Rey Demonio y no por una tonter¨ªa que pueda inventarme, todo se puede llegar a venir abajo.
Si soy sincero, estoy realmente harto. Harto de despertarme con el cuello hecho mierda, harto de ver pelos en el suelo y sobre la cama como si fueran migajas de lo que soy, harto de todav¨ªa tener la maldita presencia del hijo de mil puta del minotauro en mi cuerpo. Si el plan de escape se arruina por esto, si tengo que contarles todo y se arma un quilombo...
?Qu¨¦ hago?
***
Han pasado unos d¨ªas y Luc¨ªa me dijo que me esperaba en el arroyo, que ten¨ªa algo que darme para ayudarme con el tema de la maldici¨®n. No s¨¦ qu¨¦ carajos tiene en mente, pero viendo que los frutos siguen sin crecer, cualquier cosa puede ayudarme en este momento.
Me la encontr¨¦ escuchando las part¨ªculas, con la cabeza ladeada hacia el agua.
"Hola, mami".
"Ah, hola", respondi¨®, levant¨¢ndose del suelo y pas¨¢ndose las manos por las rodillas para limpiarse la tierra.
"No te sigui¨® nadie, ?no?"
"No, nadie".
"Bien".
"?Te dijeron algo las part¨ªculas?"
"M¨¢s o menos..."
Ella mir¨® hacia otro lado, y en ese momento me di cuenta de que su semblante no era el mismo de siempre.
"?Ah, cierto! Te hab¨ªa llamado ac¨¢ para darte una cosa".
Sin esperar mi respuesta, camin¨® hacia uno de los ¨¢rboles cercanos, uno de esos que hab¨ªan sobrevivido al tsunami. La segu¨ª con la mirada, curioso, mientras ella se pon¨ªa de puntas de pie frente a ¨¦l.
De pronto, sac¨® algo desde el otro lado del tronco con las dos manos y me mir¨® con una expresi¨®n que intentaba ser alegre, pero no le sal¨ªa del todo.
"Tom¨¢", dijo, acerc¨¢ndose y extendi¨¦ndome lo que ten¨ªa.
Era un sombrero, pero no uno cualquiera. Estaba hecho de hojas trenzadas, como si hubiera pasado horas teji¨¦ndolas con cuidado para que tomaran la forma de un sombrero. Las hojas eran de un verde intenso y el trenzado era tan prolijo que casi no pod¨ªa creer que lo hubiera hecho ella sola.
Lo agarr¨¦ con las dos manos, gir¨¢ndolo para verlo mejor.
"Wow, mami... Esto es incre¨ªble".
No estaba mintiendo, era una obra de arte, algo que en mi vida anterior habr¨ªa sido un accesorio de lujo para algunas vacaciones en una... isla tropical.
"?Viste? Mam¨¢ sabe de estas cosas".
Me lo puse despacio, ajust¨¢ndolo sobre la cabeza, y sent¨ª c¨®mo las hojas frescas rozaban mi frente. Por un segundo, olvid¨¦ el dolor del cuello y la ca¨ªda del pelo.
"Gracias, de verdad. Te qued¨® genial".
Ella sonri¨®, pero fue una sonrisa chiquita, casi inexistente.
"Me alegra que te guste".
Me acerqu¨¦ al arroyo y me mir¨¦ en el reflejo del agua, aunque mi cara se entrecortaba por la mugre y algunas hojas que pasaban flotando. El sombrero me quedaba bien, aunque tapaba toda la parte superior, donde s¨ª ten¨ªa pelo.
"?No cre¨¦s que pareciera que estoy pelado as¨ª?"
"No, te queda bien".
Pero entonces el pinchazo en el cuello volvi¨®, record¨¢ndome por qu¨¦ estaba ac¨¢. Suspir¨¦ y me gir¨¦ hacia ella.
"Est¨¢ buen¨ªsimo, mami, en serio, pero... esto no me va a ayudar con lo de dormir, que es lo que m¨¢s me est¨¢ jodiendo ahora. Me despierto con el cuello hecho mierda, como si estuviera todo duro".
Luc¨ªa baj¨® la mirada un segundo, y cuando volvi¨® a levantarla, hab¨ªa algo serio en su expresi¨®n, algo que no le ve¨ªa seguido.
"Aguant¨¢ un poco m¨¢s, hijo. Estoy intentando buscar una soluci¨®n, te lo prometo. Esto del sombrero es solo... algo para que no te sientas tan mal mientras tanto".
Me dijo hijo y no hermano mayor...
Asent¨ª despacio, aunque por dentro no estaba tan seguro de poder aguantar mucho m¨¢s.
"?Una soluci¨®n? ?Qu¨¦ ten¨¦s en mente?" Pregunt¨¦, ajust¨¢ndome el sombrero con una mano mientras la miraba fijo.
Ella no contest¨® de inmediato. En vez de eso, se agach¨® y agarr¨® una hoja suelta de entre la hierba, jugueteando con ella entre los dedos.
"No s¨¦ todav¨ªa. Las part¨ªculas me est¨¢n diciendo cosas... Cosas raras. Solo necesito un poco m¨¢s de tiempo para entenderlas".
Hizo una pausa y me mir¨® de reojo.
"Por cierto, los dem¨¢s te van a preguntar si ellos pueden tener algo as¨ª, como tu sombrero. Est¨¢ lindo, ?no? Van a querer uno".
Solt¨¦ una risita corta, aunque el cuello me castig¨® por el movimiento.
"?En serio? ?Van a ponerse celosos por un sombrero de hojas?"
"Seguro", dijo ella, y por un segundo su voz tuvo un dejo de la Luc¨ªa traviesa de siempre... ?O solo estaba actuando?
"As¨ª que vas a tener que hacerles ropas nuevas para disimular tu cambio de look. Pod¨¦s usar los pelos de las colas de Aya, como hiciste con tu remera y tu bermuda. Mezclalo con las bayas que tenemos guardadas y listo".
Mir¨¦ mi ropa actual: la remera verde y la bermuda del mismo color, hechas con el pelaje blanco que hab¨ªa salido de peinar tantas veces a Aya y te?idas con jugo de bayas verdes. Era primitivo, pero a m¨ª me gustaba, y ahora con el sombrero parec¨ªa un poco m¨¢s¡ completo, supongo.
M¨¢s que el ni?o de oro, ahora era el ni?o de verde.
"Ten¨¦s raz¨®n, hasta combina con el color de mi ropa".
Levant¨¦ la vista para mirarla otra vez y fue entonces cuando lo vi: sus ojos estaban brillando m¨¢s de lo normal, y no era por la poca luz del sol que se colaba entre los ¨¢rboles, sino por las l¨¢grimas que se le acumulaban en silencio. No dec¨ªa nada, no hac¨ªa ruido, pero ah¨ª estaban, corriendo despacio por sus mejillas mientras apretaba esa hoja como si fuera lo ¨²nico que la manten¨ªa en pie.
Me acerqu¨¦ r¨¢pidamente a ella.
"?Mami...? ?Por qu¨¦ est¨¢s llorando? ?Qu¨¦ pasa? ?Por qu¨¦ te sent¨ªs mal?"
Ella parpade¨® r¨¢pido, como si quisiera esconder las l¨¢grimas, pero no pudo. Solt¨® la hoja al suelo y se empez¨® a intentar secar las l¨¢grimas torpemente con las palmas de sus manos.
"No me gusta verte as¨ª, hijo. No me gusta que te est¨¦s¡ desgastando en silencio, sin que nadie pueda ayudarte¡ M¨¢s sabiendo que vos siempre ayud¨¢s a todos", respondi¨®, con su voz saliendo baja, temblorosa, casi rota.
"?Por qu¨¦ no puedo ayudarte a mejorar?"
Me qued¨¦ mir¨¢ndola, con la boca entreabierta, mientras intentaba procesar lo que acababa de decir. ?Desgast¨¢ndome en silencio? Claro que estaba cansado, claro que la maldici¨®n me estaba quitando una parte del cuerpo con el pasar del tiempo, pero siempre pens¨¦ que lo llevaba bien, que lo escond¨ªa m¨¢s o menos bien. Al menos lo suficiente como para que los dem¨¢s no se preocuparan a tal punto de llorar. Pero mi mam¨¢... ella lo ve¨ªa todo.