《El pibe isekai [Español/Spanish]》 Cap铆tulo 1: Reuniè´¸n celestial. 21 de junio de 2049, Argentina. Remerita blanca, jeans negros... Listo para salir. Hoy era un d¨ªa normal en casa. Mis padres estaban trabajando, mi hermana menor ve¨ªa una serie en el celular mientras terminaba de desayunar y yo me preparaba para ir a la universidad. En realidad, ya estaba listo. Sal¨ª por la puerta de casa mientras mi hermana me se?alaba su celular desde una de las sillas junto a la mesa.. "?Dice la mami que le respondas los mensajes que te envi¨®!" "Que s¨ª, que s¨ª, voy apurado ahora. Despu¨¦s me fijo que me escribi¨®. Chau". Ella se acerc¨® y se escuch¨® que cerr¨® la puerta con llave. Siempre tengo la ligera sospecha de que cuando me voy y le queda la casa sola, ella pone la m¨²sica al palo. Bueno, ser¨ªa algo l¨®gico para una adolescente. Una brisa ligera me choc¨® la cara mientras caminaba por la vereda. Lo raro era que, por m¨¢s que hoy empezaba el invierno, estaba caluroso. Se ve que el cambio clim¨¢tico est¨¢ pegando fuerte. Me parece que cuando llegue el verano directamente vamos a terminar calcinados. Me sub¨ª al auto, con el que estoy endeudado, y comenc¨¦ a conducir por las calles del barrio con la mente en las clases, los mensajes de mam¨¢ y las tareas que ten¨ªa pendientes. Sobre lo de mi auto, es simplemente uno gris usado que me compr¨® mi pap¨¢. ¨¦l lo empez¨® a pagar en varias cuotas hace poco, solo que el tema es que yo le tengo que terminar pagando la mitad a ¨¦l. Por ahora le voy entregando pr¨¢cticamente todo el monto que cobro de la beca que me dan por ir a la facultad, pero me parece que tengo que ir pensando en buscar un trabajo. El mes que viene cumplo veintiuno... Ya veremos qu¨¦ pasa. Prend¨ª la radio un ratito hasta que todo cambi¨® en un momento. Un cruce complicado en una rotonda, un instante de imprevisto y, de pronto, el sonido ensordecedor de metal retorci¨¦ndose. El impacto contra otro auto fue brutal. Sent¨ª c¨®mo mi cuerpo era sacudido violentamente, y luego, un silencio horrible. En un abrir y cerrar de ojos, recuper¨¦ la conciencia. Me encontraba en un lugar extra?o, rodeado por nubes y bien iluminado. "??Hey, qu¨¦ sucedi¨®?!" Grit¨¦ al aire, como si realmente alguien fuera a contestarme. "?Acaso... acabo de morir? Creo que tuve hace unos segundos un... accidente. ?D¨®nde estoy? ?Qu¨¦ es este lugar?" Todas mis palabras desesperadas se desvanec¨ªan en el aire. Tard¨¦ unos segundos en procesar lo que realmente hab¨ªa sucedido y al final explot¨¦ en rabia y desconsuelo. "Maldici¨®n ?Maldito auto de mierda! ?Maldito! ?Maldito! ?Maldito idiota! ?Me arruinaste la vida!" Mis lagrimas ca¨ªan una tras otra mientras gritaba y golpeaba el suelo que apenas opon¨ªa resistencia. Mi cuerpo se sent¨ªa casi invisible y sin fuerza. Tengo que aceptarlo... Ya no soy lo que se podr¨ªa definir como algo f¨ªsico, mi cuerpo se siente diferente... Es horrible, ahora me siento vac¨ªo e invisible. Pero... ?Qu¨¦ hago ac¨¢? "?Ahhh! ?Mierda! ?No ten¨ªa que pasar esto!" Luego de unos segundos, me calm¨¦ y dej¨¦ de llorar, sec¨¢ndome las l¨¢grimas de la cara. Me levant¨¦ y comenc¨¦ a ver a mi alrededor, el suelo estaba cubierto de nubes bien blancas y en las lejan¨ªas se ve¨ªan planetas, estrellas y auroras de diferentes colores. "?D¨®nde carajos aparec¨ª? Dios... ?C¨®mo mierda se me vino a cruzar un auto as¨ª!" Avanc¨¦ pateando las nubes del piso, ya las consideraba algo molesto, en realidad toda esta situaci¨®n me molestaba. De pronto vi una casa un tanto extra?a que estaba en medio de la nada. Ten¨ªa pedazos de madera blanca flotando a su alrededor y desde fuera se pod¨ªa ver una parte del interior. Comenc¨¦ a caminar mientras pensaba en mi familia, sus rostros y nuestros momentos juntos. Es muy injusto saber que no voy a poder volver a verlos nunca m¨¢s, o eso creo.... Maldici¨®n. La casa parec¨ªa ser bastante peque?a. Su techo era en forma de tri¨¢ngulo, creo que se le llama ''a dos aguas'', igualmente eso no viene al caso. Sus paredes eran blancas y hab¨ªa un gran ventanal en el cual no se pod¨ªa ver del otro lado. Con bruteza toqu¨¦ la puerta, pero esta se cay¨® hacia dentro al primer toque, se nota que esta pseudo-casa se cae a pedazos. Me termin¨¦ de secar unas pocas l¨¢grimas de los ojos, si hubiera alguien ac¨¢ dentro, al menos me gustar¨ªa que no viera mi cara de perdedor. "?H-Hola? ?Hay alguien dentro? Creo que toqu¨¦ muy fuerte la puerta, lo siento", dije, con un tono nervioso y agitado, casi implorando por que hubiera alguien que me ayudara en esta situaci¨®n. Como nadie contest¨®, decid¨ª entrar a lo que parec¨ªa una ¨²nica sala amplia. All¨ª se encontraba sentada en un sof¨¢ una mujer de pelo rojo, ojos rojos y un vestido largo tambi¨¦n rojo.
La habitaci¨®n ten¨ªa un resplandor abrumador en sus paredes blancas. Hab¨ªa algunas estanter¨ªas con libros, dos sof¨¢s uno al frente del otro, una esfera celeste guardada en un mueble alto de madera y poco m¨¢s que pudiera destacarse. "Qu¨¦ ruidoso eres", dijo la mujer mientras se?alaba el sof¨¢ que estaba en frente suyo. Me rasqu¨¦ la cabeza de los nervios mientras la ve¨ªa, se notaba que impon¨ªa mucho respeto y autoridad. De hecho, comenc¨¦ a tenerle un poco de miedo. "No s¨¦ que es este lugar", fue lo ¨²nico que me sali¨® decir mientras me sentaba en el sof¨¢. Su gema celeste del colgante que llevaba puesto me encandilaba los ojos, casi como si no quisiera que la mirara mucho. Su sof¨¢ era blanco y perfecto, lleno de almohadas blancas. Todo super limpio y bien puesto. Sin embargo, mi sof¨¢ era una porquer¨ªa deforme con los colores blanco y negro entremezclados. "Yo... creo que acabo de morir", murmur¨¦, casi que intentando encender una tonta chispa de esperanza dentro m¨ªo. En realidad, lo ¨²nico tonto era yo mismo. If you encounter this story on Amazon, note that it''s taken without permission from the author. Report it.Juguete¨¦ un poco con mis dedos, entrelazando mis manos. No sab¨ªa c¨®mo iba a reaccionar esta mujer y eso me daba miedo. "Tranquilo, querido. Has sido reclamado por m¨ª, Sariah, la diosa de este mundo... poco poblado", respondi¨® con voz melodiosa, aunque su duda final me llam¨® la atenci¨®n. "Tu alma, llena de experiencias y conocimientos de tu mundo anterior, es preciosa para m¨ª. Necesito almas como la tuya para ayudar a hacer progresar este mundo". ?Eh? ?Almas? Ah, ya veo... eso es lo que soy ahora. Una pobra alma. As¨ª que esta mujer es una diosa, ahora ya entiendo el porqu¨¦ de la enorme aura que tiene. Tampoco es como si yo fuera la gran cosa como para hablar con un dios. Me observ¨® con curiosidad luego de hablar, aunque su mirada plana y media perdida me hac¨ªa pensar que su mente est¨¢ puesta en varios asuntos al mismo tiempo. "Est¨¢s en el espacio intermedio, el lugar donde las almas reci¨¦n fallecidas esperan ser reclamadas. Pero ahora est¨¢s bajo mi cuidado. Esta es mi morada, un lugar entre mundos donde gu¨ªo a las almas hacia su pr¨®ximo destino", dijo Sariah, mientras se levantaba del sof¨¢ y se acercaba a m¨ª, inspeccionando mis rasgos. Su mirada ahora hab¨ªa cambiado a una m¨¢s normal. "Disculpe, este... Solo soy un humano normal", dije, intentando que ella ya dejara de inspeccionar mi cara. Ignor¨¢ndome, Sariah sigui¨® hablando "Solo eres un humano normal, y tu gen¨¦tica tampoco tiene nada especial". ?Tal vez se refer¨ªa a mi pelo y ojos negros? As¨ª son todos en mi familia... Mi familia... Sariah se alej¨® de m¨ª, dejando un espacio entre nosotros mientras miraba hacia la ventana. "Hay mucho que necesitas saber sobre este lugar. Pero primero, debes comprender algo importante". Volvi¨® su mirada hacia m¨ª, sus ojos rojos brillando con una intensidad casi hipn¨®tica. "El accidente que sufriste fue solo el comienzo. Aqu¨ª, en este mundo intermedio, tu destino a¨²n est¨¢ por escribirse. Tu llegada aqu¨ª no es un giro del destino, pero conf¨ªa en m¨ª, encontrar¨¢s un nuevo prop¨®sito en este mundo. ?Est¨¢s listo para emprender este nuevo viaje, querido?" Agreg¨®, casi como intentando querer hacerme olvidar de mi vida pasada. "P-Pero yo quiero volver a ver a mi familia... Eso ya no es posible, ?no?" "Lo entiendo, es dif¨ªcil dejar atr¨¢s lo conocido." dijo, con una voz que ahora ten¨ªa un tinte de comprensi¨®n mientras se sentaba de nuevo frente a m¨ª. "Pero en este lugar, tu potencial es ilimitado. Cada alma que llega a un nuevo mundo tiene una oportunidad ¨²nica de moldear su destino, algo que muy pocos tienen en su primera vida". "Adem¨¢s..." Ella sigui¨® explicando que todos los dioses pueden reclamar almas para sus mondos, pero el dios del planeta tierra ya no reclama muchas porque la poblaci¨®n es demasiado grande. Esta diosa no hab¨ªa podido reclamar muchas almas ya que no era tan poderosa, de hecho, me dijo que yo fui el tercero en conocerla. En su mundo ya se hab¨ªan conformado diferentes razas de seres vivientes y pensantes, aun as¨ª ella necesitaba y quer¨ªa almas con experiencia para que su mundo progrese m¨¢s r¨¢pido, ya que al parecer era bastante primitivo. Sariah me hab¨ªa ofrecido un prop¨®sito que nunca hab¨ªa sentido en mi vida anterior. ''Si realmente puedo hacer una diferencia aqu¨ª... tal vez todo esto tenga sentido.'' pens¨¦, tratando de convencerme a m¨ª mismo de que hab¨ªa una raz¨®n para mi llegada. En este momento era tonto lamentarse por lo que pas¨®, nunca hubiera pensado que se pod¨ªa seguir viviendo otras vidas luego de morir. Agachando un poco la cabeza, respond¨ª: "Entiendo, entonces voy a tener que aceptarlo y dejar atr¨¢s la corta vida que viv¨ª hasta ahora. Est¨¢ bien, yo... yo acepto tu propuesta de empezar una segunda y nueva vida en tu mundo, pero me gustar¨ªa que me explicaras un poco mejor las cosas. Disculpe, todav¨ªa estoy un poco aturdido y perdido". Levant¨¦ la vista t¨ªmidamente mirando sus preciosos ojos rojos.
"??En serio!?" Sariah form¨® su primera sonrisa antes de continuar hablando. "Bueno, primero debes decidir si quieres mantener tus recuerdos o renacer como alguien nuevo, pero qui¨¦n querr¨ªa olvidar todo lo vivido, ?no? Eso ser¨ªa tonto", dijo, cambiando su forma de hablar a una m¨¢s entusiasta. Luego inclin¨® su cuerpo hacia delante y apoy¨® sus manos contra mis rodillas. "Para mantener tus recuerdos y conocimiento debo usar parte de mi poder, ?pero lo har¨ªa por ti! Y-Y adem¨¢s, si aceptas te dir¨¦ un secreto de mi mundo, hay algo que nunca hab¨ªas visto". Ella parec¨ªa algo desesperada por conseguir a alguien capaz de poder ayudar a evolucionar su mundo. ?Qu¨¦ habr¨¢ pasado con las otras dos personas que aceptaron vivir aqu¨ª? Tal vez eligieron olvidarlo todo y por eso ella me est¨¢ persuadiendo de esta manera. Es mejor no preguntar... "Ehm... est¨¢ bien, tambi¨¦n creo que ser¨ªa tonto olvidar mi conocimiento anterior, despu¨¦s de todo me est¨¢s diciendo que debo intentar mejorar tu mundo, ?no? No puedo no aceptar tu pedido, porque adem¨¢s estoy agradecido con usted por dejarme seguir viviendo e intentar hacer nuevas cosas". De la emoci¨®n, ella apret¨® m¨¢s fuerte sus dedos contra mis rodillas. "Entonces... Voy a hacer un peque?o cambio en ti". Ella estir¨® su mano derecha hasta ponerla sobre mi cabeza. "Listo, te he concedido la oportunidad de tener una ¨ªnfima porci¨®n de mi poder a trav¨¦s de un filamento de cabello rojo que ahora est¨¢ insertado entre tus mechones. Con esto podr¨¢s mantener tus recuerdos y conocimientos, pero a cambio yo podr¨¦ saber absolutamente todo lo que piensas. ?No es genial?" Mientras un tabl¨®n de madera flotante golpeaba una estanter¨ªa, ella agreg¨®. "Otra cosa, cada vez que un dios reclama un alma, se debe pagar un precio alto de energ¨ªa a los dioses m¨¢s fuertes, por lo tanto, si t¨² mueres de nuevo, debe perder una parte del cuerpo que tenga valor, ya sean dedos, extremidades... ¨®rganos". La idea de pensar en perder una parte de mi cuerpo era aterradora y siniestra, pero sab¨ªa que era algo justo para lo que se me estaba otorgando. En contraparte, me dijo que si yo lograba hacer cosas buenas o avances valiosos en su mundo, ella me recompensar¨ªa con algunos favores, como por ejemplo, al morir podr¨ªa elegir viajar a un punto mucho m¨¢s atr¨¢s en el tiempo para arreglar mis errores, o tal vez contarme un secreto de alguna persona del mundo. Pero para que ella sepa sobre otras personas del mundo, mi pelo rojo debe haber estado en contacto con esa persona. Escuchar tanta informaci¨®n junta me abrum¨®, todav¨ªa estaba procesando lo de mi muerte y ahora esto... Solo intentar¨¦ dar lo mejor de m¨ª y ya. Su mirada se perdi¨® unos segundos antes de seguir hablando. "Ya eleg¨ª donde vas a nacer. Solo quedan unos minutos, as¨ª que voy a contarte el peque?o secreto que te promet¨ª decirte sobre mi mundo. Resulta que... ?Es posible usar magia!" Ella lo dijo de una manera que parec¨ªa que estuviera contando el mayor logro de su existencia. "?Magia? Wow, eso es algo que solo podr¨ªa haber imaginado en una historia de fantas¨ªa, pero si me dices que es verdad... me parece incre¨ªble". Ella revole¨® los ojos y puso sus manos detr¨¢s de la espalda. "Ning¨²n humano ha dominado la magia hasta ahora, pero con nuestra conexi¨®n especial, las cosas deber¨ªan ser diferentes". Pesta?¨® varias veces luego de hablar. "?Ya casi es hora!" "Espera, espera, espera... Entonces voy a nacer como un beb¨¦, ?no? Pero con mente de adulto, as¨ª que me ser¨¢ f¨¢cil entender todo lo que me digan o escuche, a pesar de que ellos piensen que yo no entiendo. As¨ª podr¨¦ conseguir informaci¨®n, supongo". ?Estar¨ªa traicionando a mi familia si acepto esto? O tal vez... podr¨ªa buscar una forma de volver a mi mundo. De pronto ella contest¨®. "?Tonto! Ahora puedo escuchar todo lo que piensas, as¨ª que no te arrepientas y ponte nuevos objetivos". No sab¨ªa que funcionaba as¨ª, parece que se me acab¨® la privacidad... "Diosa, cuando nos reencontremos, te aseguro que me deber¨¢s muchos favores, ?y espero no tener que perder muchas partes del cuerpo! Ah, y..." La voz se me cort¨® cuando a mitad de mis palabras todo se desvaneci¨® a mi alrededor. Lo ¨²ltimo que vi fue a Sariah salud¨¢ndome con la mano en alto. Y as¨ª, el v¨ªnculo entre mi antigua y nueva vida se sell¨®, mientras me preparaba para el viaje hacia mi pr¨®xima aventura en un mundo lleno de magia y misterios por descubrir termin¨¦ siendo teletransportando hacia lo desconocido. Cap铆tulo 2: Nuevo ciclo de vida. Todav¨ªa no caigo, acabo de hacer contacto con un dios real... Comenc¨¦ esta nueva vida naciendo como un beb¨¦ reci¨¦n salido del interior de mi madre. Tom¨¦ verdadera consciencia reci¨¦n cuando era recibido por los brazos de una bella mujer de pelo casta?o y que estaba desnuda, eso es todo lo que pude ver. Mi vista a¨²n era algo borrosa y no pod¨ªa percibir al cien por ciento los peque?os detalles. Tambi¨¦n escuch¨¦ sordamente que dec¨ªan algo, pero se escuchaba todo medio distorsionado, as¨ª que no. Bueno, supongo que ella ser¨¢ mi madre, porque de inmediato me llev¨® a su pecho para amamantarme. Bueno, b¨¢sicamente tuve que aceptar r¨¢pidamente con mi boca que esta desconocida era mi nueva madre. Creo que no fing¨ª muy bien mi papel de beb¨¦ reci¨¦n nacido, ?deber¨ªa llorar un poco como para que no sospechen nada raro? Porque me qued¨¦ viendo a las personas y el entorno en vez de llorar. Cuando empec¨¦ a parpadear un poco, pude notar m¨¢s n¨ªtidamente las cosas. Nosotros dos est¨¢bamos en el suelo, ella sentada y apoyada contra una pared. Al costado de la mujer estaba parado un hombre de pelo negro y largo. ¨¦l ten¨ªa una sola prenda inferior que parec¨ªa estar hecha de piel marr¨®n de animal, le rodeaba la cadera como si fuese una falda. Supongo que ser¨¢ mi padre Al lado de ese hombre hab¨ªa una se?ora mayor que pareciera ser la partera. apenas se le notaban unos mechones negros que le llegaban hasta los hombros. Mi madre y mi padre al parecer son humanos normales, por lo que yo deber¨ªa seguir siendo un humano. Cuando la diosa me dijo que en este mundo hab¨ªa magia, me preocupaba el pensar que podr¨ªa encontrarme con alguna raza extra?a y que yo naciera no humano, por ejemplo, siendo un elfo o algo as¨ª, como en las historias de fantas¨ªa. "El ni?o es bastante calmado, ?no?" Dijo esa mujer, inclin¨¢ndose hacia delante. ?Espa?ol? Hab¨ªan pasado apenas algunos segundos desde mi nacimiento, pero parece que ahora s¨ª puedo entender a la perfecci¨®n lo que dicen, no s¨¦ si realmente hablan espa?ol o de alguna manera algo externo a mis conocimientos hace que pueda entenderlos. "Aunque parece que es un beb¨¦ fuerte y saludable", agreg¨® con una sonrisa, examinando mis rasgos con cuidado. Pude notar su piel arrugada y m¨¢s morena que la de mis padres, que eran blancos. "Sin duda, traer¨¢ alegr¨ªa a esta familia". A partir de este momento solo puedo fingir que soy un beb¨¦, no puedo hablar, aunque posea la capacidad de hacerlo. "S¨ª, es bastante tranquilo", dijo mi nueva madre, mirando hacia la mujer mientras me sosten¨ªa entre sus brazos. Luego me mir¨® a m¨ª, pude notar que sus ojos eran marrones. "Pero eres nuestro peque?o milagro, Luciano, ?sabes?" murmur¨®, mientras tocaba suavemente mi cabello. En el momento que ella toc¨® mi cabeza, sent¨ª una peque?a electricidad recorrer mi cuerpo. Creo que es por... Espera, ?acaso dijo Luciano? ?Ese es mi nombre en el otro mundo! ?Una coincidencia? No, debe ser que Sariah hizo algo para que esto suceda. De alguna manera me pone contento que siga llam¨¢ndome as¨ª. Por primera vez alguien hizo contacto con ese cabello rojo que me conecta con la diosa Sariah, entonces ahora ella podr¨¢ saber todo sobre mi madre. ?Se habr¨¢n dado cuenta que tengo un cabello rojo entre todo mi pelo? Por cierto, todav¨ªa no s¨¦ de qu¨¦ color es mi cabello, podr¨ªa ser negro, como mi padre; o casta?o, como mi madre. Mi supuesto padre, un hombre de aspecto robusto, pero no muy alto, me observaba atentamente antes de hablar. "Nuestro hijo ser¨¢ valiente y astuto, como su padre", dijo, con una mezcla de emoci¨®n y determinaci¨®n. Bueno, definitivamente este hombre es mi nuevo padre en este mundo. Creo que estamos dentro de una cueva. Apenas puedo ver lo que est¨¢ m¨¢s cercano a m¨ª, supongo que ser¨¢ as¨ª hasta que siga desarrollando mi cuerpo. Es curioso ver que las personas que me rodean est¨¢n semi desnudas, apenas un poco tapadas con ropas primitivas de pieles. Debe ser por el calor agobiante que hace. "Tiene tus ojos, Rundia". "S¨ª, amor", respondi¨® mi madre riendo ligeramente. Su voz se notaba algo cansada. ?Ella se llama Rundia? Que nombre m¨¢s raro. Luego de unos minutos ya estoy llenito y listo para descansar. Mientras mam¨¢ dormitaba sosteni¨¦ndome entre sus brazos, me surgieron muchas dudas, porque parece que Sariah s¨ª ten¨ªa raz¨®n con lo de que este mundo es primitivo, ahora mismo estoy desnudo, en una cueva y ni siquiera s¨¦ d¨®nde voy a hacer mis necesidades. ?Ayuda, mam¨¢! ?Cu¨¢ntos a?os tendr¨¢n mis padres? Porque parecieran que no pasan de los veinte, o sea, hasta yo era m¨¢s mayor que ellos hace unos d¨ªas y ahora parece que unos adolescentes son mis padres. Menores de edad no creo que sean, ?no? En realidad, ni siquiera s¨¦ c¨®mo se maneja el tema del tiempo en este mundo. Si es que no existe alg¨²n tipo de sistema horario, entonces en un futuro yo mismo tendr¨¦ que inventarlo. De pronto abr¨ª los ojos, creo que me qued¨¦ dormido bajo mis pensamientos. Ahora estoy recostado sobre una hoja lo bastante grande como para abarcar todo mi cuerpo. Mientras tanto me parece que mi padre est¨¢ comenzando a encender una fogata con algunas ramas y piedras que trajo de afuera. Al menos en estas tierras han descubierto el fuego, esa es una noticia muy buena. La otra mujer mayor ya no est¨¢. Estaba pensando que tal vez ella sea la madre de alguno de mis padres, o sea, mi abuela. Desde esta perspectiva puedo ver la entrada de la cueva, pareciera que se est¨¢ poniendo el sol, porque apenas entra una tenue luz con sombras de hojas movi¨¦ndose. Afuera supongo que habr¨¢ un bosque o al menos algunos ¨¢rboles, lo que no logro divisar del todo. Este nuevo comienzo es aburrido y divertido a la vez, y encima el hecho de pensar que la diosa sabe todo lo que pasa por mi mente me da un poco de repel¨²s. Sariah, si est¨¢s escuchando mi mente, quiero decirte que espero que hayas escogido una buena familia para m¨ª, ?eh! Por ahora solo deber¨ªa fingir que lloro, aunque no tenga la necesidad de hacerlo, debo fingir. *** Han pasado siete d¨ªas desde que nac¨ª. Si bien he disipado algunas peque?as dudas que ten¨ªa, me est¨¢ costando el poder recordar lo que sucede a mi alrededor. Debo encontrar una forma de contar las noches que voy pasando aqu¨ª. ?Tal vez dejando una marca de saliva contra la pared? No lo s¨¦, para colmo toda mi movilidad depende de mis padres, tsk. Luego de inspeccionar detalladamente la zona donde estoy siempre apoyado, la cual consta de una piedra que sobresale del piso de la cueva y por encima de ella una hoja en la que estoy recostado, decid¨ª que cortar¨ªa peque?os pedacitos de la hoja y los pegar¨ªa con saliva contra la pared. Ahora, si no se despegan, no voy a tener problema en contar cuantos d¨ªas llevo ac¨¢. Odio no poder decir ni una palabra, solo finjo llorar de vez en cuando. Adem¨¢s, debo hacer mis necesidades sobre esta hoja, ya que aqu¨ª no existen los pa?ales. As¨ª que ellos van trayendo nuevas hojas enormes cada d¨ªa. Oh, espera, est¨¢n hablando. "Rundia, nuestro hijo debe comenzar a ver m¨¢s all¨¢ de esta cueva. ?Hasta cu¨¢ndo piensas tenerlo aqu¨ª sin ba?arlo?" Personalmente, creo que s¨ª deber¨ªan ba?arme. Mi madre, Rundia, suspir¨® profundamente mientras ven¨ªa a buscarme. "Lo s¨¦. Pero es tan fr¨¢gil, tan peque?o... Temo que el mundo exterior sea demasiado para ¨¦l en este momento". Su voz estaba llena de preocupaci¨®n, y pude sentir su amor y protecci¨®n hacia m¨ª mientras me acunaba entre sus suaves brazos. "Entiendo, pero no podemos mantenerlo aqu¨ª para siempre. Necesita acostumbrarse a su entorno. Un ba?o ser¨ªa bueno para ¨¦l", dijo mi padre, con una mezcla de firmeza y suavidad. Bueno, despu¨¦s de todo ¨¦l tiene que ser el jefe de la familia. "Vamos, llev¨¦moslo al agua". Ojal¨¢ tuvieran un fuent¨®n o algo as¨ª para traer agua. ?Me ir¨¢n a llevar a un r¨ªo? Ahora me hacen extra?ar mi ducha... Rundia asinti¨®, aunque a¨²n parec¨ªa un poco reacia. "De acuerdo, pero iremos juntos. Quiero asegurarme de que est¨¦ seguro". Con ese acuerdo, ambos me envolvieron en la hoja grande y se dirigieron hacia la salida de la cueva. El aire fresco y el brillo del sol que se filtraba a trav¨¦s de la entrada me hicieron parpadear a mares. Era la primera vez que ve¨ªa el exterior claramente, y me sorprendi¨® la belleza del mundo que ahora era mi hogar. La cueva apenas se encontraba al borde de un bosque que daba directo al que supongo que ser¨¢ un oc¨¦ano o un mar. El ambiente y aire se sent¨ªa demasiado puro, los ¨¢rboles eran altos y frondosos, y el sonido de unos animales llenaba el aire. La naturaleza era vibrante y viva, mucho m¨¢s de lo que hab¨ªa experimentado en mi vida anterior. Lo cierto era que, si este es un mundo primitivo, no deber¨ªa haber construcciones artificiales, por lo tanto, tampoco deber¨ªa haber contaminaci¨®n en el ambiente. Es por eso que se siente tan bien respirar este aire. ?No ser¨¢ medio peligroso ba?arse en el oc¨¦ano? Bueno, aunque se ve bastante calmada el agua. "Ser¨¢ r¨¢pido, peque?o. No te preocupes", dijo Rundia en tono tranquilizador mientras me sumerg¨ªa suavemente en el agua. El contacto del agua fresca del oc¨¦ano me hizo estremecer, pero no era desagradable. Ellos me lavaron con cuidado, asegur¨¢ndose de no sumergirme demasiado. "Mira, mira, se porta muy bien Luciano. Siempre es tan calmado... ?No era que Anya te dijo que su hijo siempre lloraba?" Pregunt¨® mi padre, al cual notaba que ten¨ªa las manos callosas y lastimadas. Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation. ?Qui¨¦n es Anya? Ah, debe ser la mujer mayor, supongo. "S¨ª, eso dijo ella y yo tambi¨¦n lo vi. Se ve que cada uno es diferente". Mientras me ba?aban, escuch¨¦ sus otras conversaciones. Pap¨¢ hablaba de las tareas del d¨ªa, de c¨®mo deb¨ªan recoger frutas y cazar para la cena. Rundia respond¨ªa con detalles sobre lo que necesit¨¢bamos en casa, mostrando mucha organizaci¨®n y cuidado. Despu¨¦s del ba?o, me envolvieron nuevamente en la hoja y me llevaron de regreso a la cueva. Me sent¨ªa m¨¢s limpio y revitalizado, y not¨¦ que mam¨¢ parec¨ªa m¨¢s relajada al sostenerme. Unos d¨ªas despu¨¦s, exactamente cinco, contando los pedacitos de hojas, apareci¨® un hombre en la entrada de nuestra cueva, pero no parec¨ªa ser humano. Este ser, que era mucho m¨¢s alto que nosotros, no parec¨ªa estar armado ni representar una amenaza inmediata, pero su presencia me generaba intriga y preocupaci¨®n. Sus rasgos son diferentes a los de cualquier persona que haya visto antes: su piel tiene un tono oscuro y rugoso, sus ojos anaranjados y brillantes y su cabello parece estar formado por plumas blancas en lugar de cabello humano. Es como si fuera un p¨¢jaro con fisonom¨ªa humano, porque tiene un pico como boca.
Pap¨¢ se puso de pie, protegiendo a la familia mientras evaluaba al visitante con atenci¨®n. "?Qui¨¦n eres t¨² y qu¨¦ haces aqu¨ª?" Pregunt¨® con firmeza, todav¨ªa manteniendo una distancia prudente. El hombre mir¨® a toda la familia con curiosidad. "Soy un habitante de estas tierras, un ser de la selva", respondi¨® en un tono calmado pero cauteloso. "He venido en busca de intercambiar algo que me sea ¨²til". Uf, ese tipo da miedo, pero creo que podr¨ªa ser conveniente hacer alg¨²n tipo de trato con ¨¦l. ?Diablos! Me gustar¨ªa ser mayor para poder participar en estas cosas, pero apenas tengo doce d¨ªas de vida. El hombre de la selva observaba con una mirada penetrante, esperando una respuesta a su propuesta de intercambio. Mientras tanto Rundia me sosten¨ªa con firmeza, protegi¨¦ndome mientras evaluaban la situaci¨®n. La tensi¨®n en la cueva es palpable, y pap¨¢ parec¨ªa estar considerando cuidadosamente las palabras del hombre antes de responder. "?Qu¨¦ tipo de intercambio tienes en mente?" Pregunt¨®, sus ojos fijos sobre el extra?o visitante en busca de pistas sobre sus intenciones. El hombre sonri¨®, o por lo menos hizo una mueca similar, revelando unos dientes afilados. Luego dio unos pasos hacia delante. "Tengo cosas e informaci¨®n que pueden ser de gran valor para ustedes. Podemos negociar un acuerdo que beneficie a ambas partes". Tengo que hacer algo, ?carajo! ?Tal vez sus plumas? Eso nos ser¨ªa bastante ¨²til en nuestro desarrollo. Agarr¨¦ uno de los dedos de mi madre para as¨ª llamar su atenci¨®n y le se?al¨¦ la cabeza llena de plumas del hombre p¨¢jaro. Despu¨¦s me golpete¨¦ mi cabeza, intentando de alguna forma comunicarme con se?as. Espero que ella comprenda lo que intento decir. Mam¨¢ sinti¨® el tir¨®n en su dedo y se sorprendi¨® al verme. Al principio, parec¨ªa confundida, pero luego sigui¨® mi mirada. Creo que puedo arriesgarme a hacer estas cosas. Despu¨¦s de todo, no es como si esta gente fuera tan capaz mentalmente como para pensar que no soy un verdadero beb¨¦. "Y, ?qu¨¦ dicen? ?Tienen algo para intercambiar?" Insisti¨® la extra?a criatura. Rundia me observ¨® impresionada, luego se acerc¨® a pap¨¢ y le susurr¨® algo al o¨ªdo, haci¨¦ndole el mismo gesto que yo sobre su cabeza. ¨¦l asinti¨® y se acerc¨® al hombre con forma de p¨¢jaro. "?Qu¨¦ es lo que tienes en la cabeza y en el cuerpo?" Le pregunt¨®. ?Acaso no hay p¨¢jaros por aqu¨ª como para saber que esas son plumas? El se?or sac¨® una de las plumas como si nada y se la ense?¨® a mi padre. "Es mi pelaje, ?acaso lo quieres?". "A mi familia se le ha ocurrido que podr¨ªa llegar a tener alguna utilidad", respondi¨®, tomando la pluma blanca. El p¨¢jaro inspeccion¨® la cueva con la mirada, tal vez buscando algo que pueda serle ¨²til en este intercambio. "Entonces voy a necesitar algo valioso, informaci¨®n, herramientas o quiz¨¢..." Sus ojos feos se dirigieron hacia m¨ª. "Algo a¨²n m¨¢s preciado", dijo, para luego re¨ªr de forma entrecortada. "?C¨®mo te atreves, maldito!" Respondi¨® mi madre mientras se aferraba a mi peque?o cuerpo. Mi padre mir¨® a mi madre y le hizo una se?a abriendo la mano, como dici¨¦ndole que espere un momento. Luego se acerc¨® al hombre p¨¢jaro y ya no pude escuchar de qu¨¦ estaban hablando porque ella se puso a caminar de un lado para el otro mientras me cargaba. "Todo estar¨¢ bien, hijo..." Al final parece que todo qued¨® como una broma. Mi padre se despidi¨® diciendo: "Mi nombre es Rin, vuelve ma?ana entonces", pero el se?or solo se dio la vuelta y se fue de la cueva sin saludar. Al menos ya s¨¦ el nombre de mi padre, Rin. Por la noche pude escuchar que Rin le contaba a Rundia que quedaron en que nosotros les dar¨ªamos las ''cosas del agua'', que supongo que ser¨¢n corales, conchas de mar y dem¨¢s, porque dice que a ellos les hace mal el agua, o algo as¨ª entend¨ª. El d¨ªa siguiente lleg¨® con una luz tenue que se filtraba por la entrada de la cueva. Mis padres me dejaron solo, supongo que estaban ocupados recolectando las cosas para el intercambio con el hombre p¨¢jaro. Mientras tanto, yo segu¨ªa fingiendo ser un beb¨¦ normal, aunque mi mente estaba constantemente trabajando, tratando de comprender mejor este nuevo mundo y encontrar formas de adaptarme y, eventualmente, prosperar junto a los dem¨¢s. Ellos volvieron cargando varias cosas brillantes y blancas entre sus brazos. ?Perlas? No, parec¨ªan m¨¢s como unos brillitos. Rundia se acerc¨® a m¨ª con una sonrisa cansada. "Hoy es un d¨ªa importante, peque?o", dijo en tono suave mientras me acunaba. Por m¨¢s que se supon¨ªa que yo no le entendiera. "Vamos a ver si podemos obtener el pelaje de ese extra?o visitante... solo espero no tener que volverlo a ver..." Sus manos estaban h¨²medas y un poco temblorosas. Se sent¨® contra la pared de la cueva y me empez¨® a amamantar mientras ve¨ªamos trabajar a mi padre. Rin, por su parte, estaba afuera de la cueva, asegur¨¢ndose de que todos los elementos del intercambio estuvieran listos. Observ¨¦ c¨®mo organizaba los corales y otras cosas brillantes con un cuidado meticuloso, poni¨¦ndolas sobre una hoja grande. "Espero que este intercambio sea beneficioso para todos", murmur¨® para s¨ª mismo, aunque lo suficientemente alto como para que yo pudiera escucharlo. Finalmente, el hombre p¨¢jaro regres¨®, tal como hab¨ªa prometido. Su presencia volvi¨® a llenar la cueva de una extra?a tensi¨®n. "?Listos para el intercambio?", pregunt¨®, mirando con avidez las cosas sobre la hoja. Rin asinti¨®. "Aqu¨ª tienes lo que pediste. Ahora, ?cumplir¨¢s tu parte del trato?" Dijo, abrazando las cosas envueltas sobre la hoja. ¨¦l contest¨® empezando a tirar una por una las plumas que se iba quitando de todo el cuerpo. algunas eran marrones, otras negras y las dem¨¢s blancas. Al final qued¨® una pila de plumas sobre el piso, eran bastantes y de diferentes tama?os. Agarr¨® las cosas que le ten¨ªamos listas y luego mir¨® a mi madre. "Cuiden bien al peque?o", dijo, con una voz m¨¢s suave de lo que usaba para hablar. Levantando una de sus garras, agreg¨®: "Es especial". Sin esperar respuesta, sali¨® de la cueva y desapareci¨® entre los ¨¢rboles. Rundia me mir¨® con una mezcla de sorpresa y preocupaci¨®n. "?Qu¨¦ habr¨¢ querido decir con eso?" Murmur¨® mientras me acariciaba la cabeza. Rin, por su parte, estaba pensativo. Ni siquiera recogi¨® las plumas del piso. "Debemos ser cautelosos con ¨¦l. Aunque por ahora parece que sali¨® bien, no sabemos qu¨¦ m¨¢s podr¨ªa querer en el futuro". Esa noche, mientras mis padres com¨ªan pescado junto a la fogata, conversaban sobre si hab¨ªa alguna utilidad para darle a las plumas, pero pareciera que no llegaron a ninguna conclusi¨®n. Yo me permit¨ª un momento de reflexi¨®n... Aunque este mundo era primitivo y lleno de desaf¨ªos, tambi¨¦n parec¨ªa estar lleno de oportunidades. Si pod¨ªa usar mi conocimiento y experiencia de mi vida pasada, tal vez podr¨ªa ayudar a mi familia y a los dem¨¢s a progresar, aunque todav¨ªa falta para eso... Ahora me pregunto, ?habr¨¢ m¨¢s seres raros como este? Si los hay, solo espero que no sean tan feos... Con cuidado y precauci¨®n, mis padres escondieron las plumas en lo m¨¢s profundo de la cueva, un lugar que todav¨ªa no hab¨ªa visto. La valiosa mercanc¨ªa habr¨¢ quedado oculta bajo varias capas de rocas, supongo. La decisi¨®n de mantener las plumas en secreto es algo bueno para m¨ª, as¨ª no las utilizan antes de tiempo, porque yo pienso hacerme una almohada y dejar de dormir sobre esta porquer¨ªa de piedra y hojas. *** Creo que deben haber pasado aproximadamente dos meses. En el transcurso de estos d¨ªas, un viento vol¨® a la mierda los peque?os pedazos de hojas que contaban mis d¨ªas vividos, igual ya iban a empezar a sospechar sobre el porqu¨¦ hac¨ªa eso, as¨ª que de cierto modo es algo que deb¨ªa pasar. Todav¨ªa no recib¨ª alg¨²n tipo de contacto de la diosa, pero por suerte ya puedo movilizar un poco m¨¢s mi cuerpo, como las manos o pies, adem¨¢s mi vista ya es normal, pero no debo descuidarme mucho con las cosas que hago. "?Buaaaaaah buaaaaaaaah uaaaaaaaaaa!". Comenc¨¦ a fingir los t¨ªpicos alaridos de un beb¨¦ para que me prestaran algo de atenci¨®n, necesito un mejor lugar para estar, o algo debajo m¨ªo que me haga sentir m¨¢s c¨®modo. Rundia vino r¨¢pidamente a mi lado, con la expresi¨®n preocupada. "Oh. ?Qu¨¦ pasa, peque?o? No sueles llorar as¨ª", dijo, levant¨¢ndome en sus brazos, meci¨¦ndome suavemente. Mi llanto de mentira funcionaba siempre, pero esta vez, ten¨ªa un objetivo claro. Otra cosa es que se den cuenta o encuentren una soluci¨®n. Mam¨¢ revis¨® si necesitaba un cambio de hoja o si ten¨ªa hambre, pero obviamente no era eso. Comenz¨® a caminar por la cueva, tratando de calmarme. Al ver que no dejaba de llorar, Rin se acerc¨®, observando la escena con enojo. ¨²ltimamente ven¨ªa m¨¢s nervioso de lo normal en sus salidas de la cueva, seguro que tienen alg¨²n problema. Al verlo, pude notar que los ojos de Rin son negros. "??Podr¨ªas hacerlo callar ya de una vez?!" Rundia frunci¨® el ce?o ante el comentario de Rin. "Estoy haciendo lo mejor que puedo, Rin. Es solo un beb¨¦, y los beb¨¦s lloran... Se supone". "Lo s¨¦, lo s¨¦. Es solo que... hay mucho en mi mente ¨²ltimamente. No estoy pudiendo conseguir mucha comida..." "Lo s¨¦, amor. Todos estamos haciendo lo mejor que podemos. Tal vez necesitemos un poco de aire fresco. ?Qu¨¦ te parece si salimos a dar un paseo con Luciano? Puede que eso lo calme". "S¨ª, quiz¨¢s un cambio de lugar nos haga bien a todos. Vamos, tomemos un descanso". Rundia sonri¨® y se dirigi¨® hacia la salida de la cueva conmigo en brazos, mientras Rin nos segu¨ªa de cerca. El aire fresco y el suave susurro del oc¨¦ano nos dieron una bienvenida c¨¢lida y reconfortante. Caminaban lentamente, disfrutando de la tranquilidad del entorno. Yo creo que es un oc¨¦ano, porque realmente no se ve absolutamente nada en las lejan¨ªas. De repente, se quedaron en un peque?o claro en el bosque, donde el sol brillaba a trav¨¦s del dosel de los ¨¢rboles. Mam¨¢ se sent¨® en una roca plana y comenz¨® a amamantarme, mientras Rin se qued¨® de pie, observando el horizonte. "Amor", comenz¨® Rundia despu¨¦s de un rato de silencio, "?Qu¨¦ fue lo que te preocup¨® tanto en tus ¨²ltimas salidas? No has sido t¨² mismo ¨²ltimamente". Rin suspir¨® y se sent¨® junto a ella mientras me miraba a m¨ª. "Es dif¨ªcil de explicar. He visto cosas... cosas que no hab¨ªa visto antes. Animales y criaturas que parecen m¨¢s agresivos, m¨¢s... extra?os. Y no es solo eso. La caza se ha vuelto m¨¢s dif¨ªcil, y la comida est¨¢ disminuyendo. Me preocupa c¨®mo vamos a sobrevivir si las cosas siguen as¨ª". "Entiendo tus preocupaciones, Rin. Pero tambi¨¦n s¨¦ que somos fuertes. Hemos superado desaf¨ªos antes, y lo haremos nuevamente. Tenemos a Luciano ahora, y debemos ser fuertes por ¨¦l". De reojo, por detr¨¢s de mi padre, pude ver una figura de un ser con orejas altas que apenas asomaba su cabeza por detr¨¢s de un ¨¢rbol. ?Qui¨¦n nos est¨¢ vigilando? Acaso... ?Mi energ¨ªa o algo as¨ª est¨¢ produciendo alg¨²n cambio en este lugar? El hombre p¨¢jaro de alguna manera intuy¨® o supo que soy alguien diferente. De pronto la figura desapareci¨®, pero pude verla claramente. Tiene que ser otro ser extra?o. Ni siquiera s¨¦ por qu¨¦ estamos viviendo tan cerca del oc¨¦ano, eso podr¨ªa ser peligroso. Bah, en realidad no lo s¨¦ bien, tal vez m¨¢s adentro del bosque es m¨¢s peligroso. Definitivamente tengo muchas cosas que explorar y arreglar en un futuro... Cap铆tulo 3: Cumplir objetivos. Luego de aproximadamente seis meses desde que nac¨ª, contando de a 30 d¨ªas, empec¨¦ a movilizarme gateando. No debo descuidarme mucho o podr¨ªa lastimarme, adem¨¢s de que todav¨ªa estoy desnudo. Mi familia me observaba desde la entrada a la cueva, "?Mira c¨®mo se mueve Luciano!", grit¨® mam¨¢ con una sonrisa de oreja a oreja mientras me miraba movilizarme lentamente por la cueva. "Est¨¢ creciendo tan r¨¢pido..." Agreg¨®. Pasado todo este tiempo, ya hab¨ªa comenzado a agarrarles algo de cari?o a mis nuevos padres. Ellos se comportan muy bien conmigo y son gente muy sacrificada por la forma que les toca vivir. "Pronto estar¨¢ explorando este mundo por su cuenta", coment¨® Rin. "Pero por ahora, asegur¨¦monos de que est¨¦ seguro y protegido". "?Debemos mostr¨¢rselo a los chicos de la otra cueva!" Sobreexcitada, mam¨¢ me agarro y me llev¨® corriendo hacia otra cueva cercana. Rin nos persegu¨ªa gritando desde atr¨¢s mientras esquiv¨¢bamos los ¨¢rboles. "?Si sabes que su ni?o es mayor que Luciano y todav¨ªa no sabe moverse! ?No quiero que presumas demasiado!" Al llegar a la entrada de la cueva cercana, mam¨¢ me sostuvo con orgullo, respirando muy agitadamente por la carrera. La cueva vecina estaba aproximadamente a unos doscientos metros de la nuestra. Dentro estaba habitada por una mujer que estaba sentada sobre el suelo y un ni?o que, como dijo pap¨¢, parec¨ªa a simple vista mayor que yo. La que supongo era la madre del ni?o, ten¨ªa su torso descubierto. Era una mujer tan joven como mi mam¨¢, su cabello era largo y oscuro, con un suave flequillo cubriendo su frente. Ella sali¨® se levant¨® del suelo al escuchar el alboroto. "Rundia, ?qu¨¦ pasa? Se te ve emocionada". Mientras m¨¢s la segu¨ªa mirando, m¨¢s hermosa se me hac¨ªa. Ten¨ªa unos ojazos negros que contrastaban con su piel blanca y llevaba puesta una prenda inferior parecida a las de todos los dem¨¢s, una especie de falda hecha de pelajes negros y blancos. Por m¨¢s que sea algo primitivo, todo combinaba a la perfecci¨®n con su esbelto cuerpo Rundia, sin poder contener su entusiasmo, me baj¨® al suelo y me anim¨® a gatear. "?Mira, Anya! ?Luciano ya puede moverse por s¨ª solo!" As¨ª que esta es la mujer llamada Anya... ?Entonces como se llama la mujer que estuvo el d¨ªa en el que nac¨ª? Esta es la primera vez que me encuentro en el territorio de otros humanos, y al parecer todos son humanos ''modernos'' por as¨ª decirlo. No son como las personas de la era prehist¨®rica que habitaban en el planeta tierra. Como, por ejemplo, los... homo erectus o neandertales. Es como si tuvieran su entorno y conocimiento, pero en el cuerpo de un homo sapiens desarrollado en su plenitud. Lo que s¨ª parece ser cierto, es que las mujeres tienen hijos a muy temprana edad. Bueno, vamos a presumir un poquito, ?no? Je. Anya observ¨® mientras yo me desplazaba con algo de supuesta torpeza por el suelo de la cueva. Luego fing¨ª mejorar un poco. "As¨ª que este es tu hijito. Se ve que est¨¢ creciendo tan r¨¢pido". Aunque su voz era amable, hab¨ªa una sombra de preocupaci¨®n que cruz¨® su rostro al pensar en su propio hijo, que a¨²n no hab¨ªa alcanzado ese hito. Eso es lo que dijo Rin. Ellos tienen en su cueva a un animal extra?o, se le pueden ver los ojos brillantes en el fondo de la cueva. ?Ser¨¢ como su guardia? ?O ser¨¢ inofensivo? Mmm... Tambi¨¦n me acuerdo que la otra vez vi a un ser con orejas largas que nos observaba desde lo lejos, pero no parec¨ªa ir a cuatro patas como este. Es m¨¢s raro este mundo... Y as¨ª conoc¨ª al peque?o, que dijeron que se llamaba Tar¨²n, y a la se?orita Anya. Al ni?o no lo quise mirar mucho porque estaba completamente desnudo, pero pude ver que ten¨ªa el pelo negro y la piel m¨¢s morena que la de su madre. Ver a las personas desnudas es algo de lo que a¨²n no me acostumbro. *** Algunos d¨ªas aburridos despu¨¦s... Hoy decid¨ª sacarme una peque?a y tonta duda, ante la falta de cosas que hacer, y el ya no saber exactamente cu¨¢nto tiempo llevo en este mundo, me aburr¨ªa demasiado. Vi que nadie me estaba cuidando y me acerqu¨¦ a una piedra que Rin usa para salir a cazar. Tiene bordes bastante filosos y es bastante alargada. Despu¨¦s acerqu¨¦ un mech¨®n de pelo y lo empec¨¦ a refregar contra uno de los bordes filosos. ?Luego de unos segundos, el peque?o mech¨®n se cort¨® y finalmente pude saberlo, tengo pelo casta?o! En mi anterior vida era negro, as¨ª que... me encanta. ?Me ver¨¦ m¨¢s lindo? Quiz¨¢s en un futuro pueda tener una oportunidad con la se?orita Anya... No, mentira. De pronto se escuch¨®: "?Suelta eso, Luciano!" desde el fondo de la cueva, pap¨¢ ven¨ªa corriendo super enojado. "?Le dije a Rundia que llevarte lejos y presumir iba a causarnos problemas, pero no me hizo caso!" Dijo y me arrebat¨® la piedra de la mano. Luego me dio un golpe en la mano. "?Esto no se toca!" Rin me levant¨® con firmeza y me llev¨® al fondo de la cueva, donde mam¨¢ estaba esperando con una mano sobre la boca. "?Mira lo que tu hijo estaba haciendo!" Dijo Rin, mostrando el mech¨®n de pelo que me hab¨ªa cortado. Uh, me la mand¨¦... Todo por estar aburrido. Rundia se acerc¨®, observando la situaci¨®n. "Luciano, eso es peligroso. No deber¨ªas jugar con cosas peligrosas". Me rega?¨® suavemente mientras me tomaba en brazos. Se notaba que no le sal¨ªa el gritarme y enojarse conmigo. Entend¨ª la reprimenda, aunque sab¨ªa que mi curiosidad y mi deseo de aprender eran m¨¢s fuertes que el miedo al rega?o. Sin embargo, decid¨ª fingir un poco de arrepentimiento para tranquilizar a mis padres. Baj¨¦ la mirada, como si entendiera la gravedad del asunto. Rin suspir¨®, relajando un poco su expresi¨®n. "?Ya entendiste? Solo debes sacarlo fuera para ba?arlo, sino empezar¨¢ a hacer estas idioteces". Mam¨¢ simplemente se qued¨® callada mientras me llevaba de vuelta a mi lugar de siempre. Pasado un tiempo, segu¨ª gateando por la cueva e intentando caminar. Ellos ya casi que no me vigilaban mucho porque sal¨ªan m¨¢s seguido a cazar. Ahora tambi¨¦n sal¨ªa mam¨¢ y me dejaban solo en la cueva. No entiendo por qu¨¦ siempre hay buen clima, todos los d¨ªas tenemos un clima templado o caluroso, lo que hace que estar desnudo todo el tiempo no sea tampoco tan malo. ?Ser¨¢ posible que estemos en una isla tropical o algo as¨ª? A la primera que me haga m¨¢s mayor, voy a buscar algo para tapar mis partes nobles. Me fui gateando hacia el fondo de la cueva a ver que tal era. En un rato explorando encontr¨¦ las plumas que intercambiamos aquella vez, pero lo que m¨¢s me llam¨® la atenci¨®n fue que de algunas piedras incrustadas en la pared sal¨ªan unas diminutas cosas flotando de color amarillo, como si fueran unas part¨ªculas. ?Ser¨¢ eso parte de la magia que mencion¨® la diosa? Y si es as¨ª, ?c¨®mo podr¨ªa aprender a aprovechar su poder? Para colmo est¨¢n un poco altas para alcanzarlas en este momento. Lo raro es que ninguno de mis padres haya mencionado algo sobre esto, porque hasta parecer¨ªa que dan un poco de iluminaci¨®n... Intent¨¦ revolear piedras normales contra las piedras raras, pero mi fuerza no alcanzaba a ser suficiente como para alcanzarlas. Deber¨¦ seguir teniendo paciencia y seguir creciendo al menos unos meses m¨¢s. Se escucha movimiento fuera, mejor vuelvo a mi lugar de siempre... No vaya a ser que me rega?en de nuevo. *** Estuve investigando por aproximadamente seis meses estas rocas... bueno, si es que quedarse vi¨¦ndolas cuenta como investigar. Puedo concluir que solo yo puedo ver estas part¨ªculas, y creo que podr¨ªa llegar a tener algo que ver con mi conexi¨®n con la diosa. Ahora estoy terminando de preparar una piedra con punta super afilada que fui puliendo a golpes durante este tiempo en el que me dejan solo. Ya me cans¨¦ de gatear, as¨ª que ahora cuando vuelvan mis padres voy a caminar, total mis padres solo van a decir que soy inteligente y bla, bla, bla¡­ No van a sospechar nada, ni le va a parecer raro, hasta creer¨ªa que ya estoy en la edad adecuada. Ya me siento listo, hasta estuve intentando hace un rato y me parece que s¨ª puedo. Me estoy haciendo mierda las rodillas y las manos de tanto gatear, ya no aguanto m¨¢s. The author''s narrative has been misappropriated; report any instances of this story on Amazon. Finalmente, llegaron. ?Mam¨¢, solo pido que no hagas la misma idiotez de llevarme fuera otra vez! Bueno, aunque volver a ver a la hermosa Anya no ser¨ªa una mala idea. Mam¨¢ ten¨ªa una sonrisa en el rostro mientras entraba cargando algunas pocas frutas y pap¨¢ tra¨ªa un ramas y un animal que hab¨ªa cazado. ?Un conejo? "Miren qui¨¦n ha vuelto", dijo mam¨¢ con voz dulce mientras me miraba. Pap¨¢ dej¨® su carga en el suelo y se estir¨®, dejando escapar un largo suspiro. "Cada d¨ªa es peor... Vamos a preparar algo para comer", dijo mientras parec¨ªa que iba a comenzar a encender el fuego. Este era el momento que hab¨ªa estado esperando. Decid¨ª que era hora de impresionar a todos con mis nuevos logros. Me apoy¨¦ en una roca cercana y, lentamente, me puse de pie. La cueva parec¨ªa un poco menos grande desde esta nueva perspectiva. ''Miren esto'' pens¨¦, mientras daba un paso inseguro, seguido de otro. Mam¨¢ not¨® mi movimiento y sus ojos se abrieron de par en par. "?Amor, ven r¨¢pido! ?Luciano est¨¢ caminando! Grit¨® emocionada. Pap¨¢ gir¨® la cabeza con rapidez y, dejando todo a un lado, corri¨® hacia donde yo estaba. "?Lo est¨¢ haciendo, est¨¢ caminando!" Exclam¨®, su rostro iluminado por el fuego con una mezcla de orgullo y asombro. Mam¨¢ me levant¨® por las axilas y me llen¨® de besos en las mejillas. "Estoy tan orgullosa de ti, Luciano. Est¨¢s creciendo tan r¨¢pido". CAMINAR. AGGH... ?CAMINAAAAAAAAAR! ?SI, YA PUEDO CAMINAR! Era el mejor d¨ªa de mi nueva vida hasta que, corriendo hacia la salida de la cueva, me choqu¨¦ contra algo. Cuando levant¨¦ la mirada, lo vi, ¨¦l estaba parado mir¨¢ndome con sus ojos brillantes y su pico alargado. Esta vez not¨¦ que hab¨ªa dos de esas part¨ªculas amarillas recorri¨¦ndole el cuerpo, una en cada brazo. "?Por qu¨¦ est¨¢s tan apurado en progresar?" Dijo, con una voz turbia, casi esperando a que yo le responda la pregunta. Cuando empez¨® a acercar sus garras hacia mi cara fue la primera vez que sent¨ª terror de verdad, y tambi¨¦n la primera vez en la que parec¨ªa un beb¨¦ de verdad. Sal¨ª arrastr¨¢ndome hacia atr¨¢s, intentando que no me agarrara. De repente, una mano firme me levant¨® del suelo. Pap¨¢ estaba ah¨ª, con una expresi¨®n de ira y protecci¨®n en su rostro. "?Al¨¦jate de mi hijo!" Grit¨®, coloc¨¢ndome detr¨¢s de ¨¦l. Mam¨¢, que estaba lejos preparando las frutas, se acerc¨® corriendo, su rostro estaba p¨¢lido. "?Qu¨¦ pas¨®, Rin? ?Est¨¢s bien, Luciano?" Pregunt¨®, revis¨¢ndome r¨¢pidamente para asegurarse de que no estaba herido. De pronto el hombre p¨¢jaro tir¨® una de sus plumas al suelo, como entreg¨¢ndola. "Seguir¨¦ esperando a ver qu¨¦ se te ocurre hacer con esto", dijo mientras se iba haciendo otra vez su risa entrecortada. Pap¨¢ mir¨® a mam¨¢, sin darle importancia a lo que dijo el pajarraco. "S¨ª, est¨¢ bien. Pero ese... tipo... apareci¨® de la nada", dijo, su voz siendo un susurro. "?Qu¨¦ quiso decir con eso?" Maldito hombre p¨¢jaro... acaba de arruinar todos mis planes a futuro. ?Acaso me estaba desafiando? De pronto vino, dijo eso y se fue. Todo muy raro... Est¨¢ bien, p¨¢jaro de mierda, acepto tu est¨²pido desaf¨ªo. Aun as¨ª sea una trampa. Por la noche me qued¨¦ sacando cuentas sobre a qu¨¦ edad surg¨ªan las cosas en una vida normal, pero realmente no lo s¨¦. Si se supone que el pr¨®ximo paso es aprender a hablar, ?cu¨¢nto m¨¢s deber¨ªa esperar? Al d¨ªa siguiente, mis padres me regalaron una prenda de ropa hecha con la piel del animal que hab¨ªan cazado ayer, es la primera vez que tengo algo de ropa, y adem¨¢s cubre toda mi entrepierna. ?Con qu¨¦ poco soy feliz! Ellos tambi¨¦n parecen tener algunas prendas nuevas, en especial mam¨¢, la cual ahora cubre sus pechos m¨¢s regularmente. "Este regalo es porque eres muy inteligente y valiente", dijo Rin mientras me lo terminaba de acomodar alrededor de mi cadera. "Ya eres todo un muchacho apuesto, ?eh!" Mientras tanto, mam¨¢ se mord¨ªa las u?as, sin decir nada. La prenda era igual a la de mi pap¨¢, una especie de falda corta que cubre todo hasta antes de las rodillas. En los extremos de la ''tela'' tiene hecho un gran nudo. Vaya, no me hab¨ªa dado cuenta hasta ahora de que saben hacer nudos, eso es algo interesante para tomar en cuenta en un futuro. ¨¦l me acarici¨® la cabeza y volv¨ª a sentir esa electricidad estremecedora en el cuerpo, pero esta vez fue un poco m¨¢s fuerte y densa que la anterior. Se siente como si tocara algo de metal teniendo electricidad est¨¢tica en las manos, solo que esa sensaci¨®n se expande por todo mi cuerpo. Me pregunto qu¨¦ ser¨¢ el efecto que tiene ese pelo rojo cuando los otros lo tocan. No me acordaba que Rin todav¨ªa no hab¨ªa tocado mi ¨²nico pelo rojo. Lo cierto es que ¨¦l no demostraba mucho su afecto. "?Est¨¢s bien, hijo?" Pregunt¨® mam¨¢ al ver que me estremec¨ªa en un escalofr¨ªo. "Debe tener un poco de fr¨ªo, es por eso tambi¨¦n que tenemos que abrigarlo. Estos d¨ªas no est¨¢n siendo tan calurosos". Con que no eran calurosos se refer¨ªa a que hay m¨¢s viento de lo normal, nada m¨¢s. Igualmente se agradece que me vistan. "Gracias por cuidar de ¨¦l, amor", respondi¨® mam¨¢ d¨¢ndole un beso en la boca. Luego se fueron a sentar sobre una roca tomados de la mano ?Ay! El amor joven... creo que ninguno de los dos llega a los 20 a?os. Me pregunto c¨®mo se habr¨¢n conocido... ?Qu¨¦ ser¨¢ de la vida de sus padres? La anciana que estuvo cuando en el parto no la volv¨ª a ver, tal vez s¨ª era la partera como yo cre¨ª en un principio, porque no la vi nunca m¨¢s.
(Varios d¨ªas despu¨¦s) ''?...Y podr¨ªa ser que estemos ya en febrero? Es posible... s¨ª contabilizo que nac¨ª un 1 de enero en el calendario D.L (despu¨¦s de Luciano), eh... creo que nunca voy a saber con exactitud qu¨¦ edad tengo'', pens¨¦ en silencio. Estoy con una ramita haciendo cuentas r¨¢pidas sobre la arena antes de que mis padres vuelvan, creo que ya tengo un a?o y dos meses. Mejor borro esto r¨¢pido antes de que alguien lo vea... porque ayer pasaron dos ni?as por el frente de la cueva y me miraron raro. Romp¨ª enfadado la ramita con la mano mientras pensaba lo que pas¨® la otra vez con el hombre p¨¢jaro. "Hoy definitivamente voy a empezar a hablar", murmur¨¦ al aire, aclar¨¢ndome la garganta. Esper¨¦ sentado al borde de la cueva. La luna se ve¨ªa tan serena y sola... Siempre llena y yo tan vac¨ªo... Vivo con mi soledad... y cada luna llena pienso en ti... en ti... -Luciano se puso a tararear una canci¨®n que recordaba de su anterior vida- ?Ah¨ª vienen! Pap¨¢ y mam¨¢ volv¨ªan de otra jornada pobre de recolecci¨®n y caza. Solo pap¨¢ cargaba con orgullo tres peces que hab¨ªa atrapado. Al llegar a la entrada de la cueva, ah¨ª me vieron. Pap¨¢, observando mi mirada, se detuvo a su lado. "Tiene esa mirada de nuevo, Rundia. Seguro va a hacer algo raro". Me agarr¨® por debajo de las axilas y me llev¨® dentro de la cueva, seguramente con miedo de que el hombre p¨¢jaro volviera a aparecer. "Ma... m¨¢", dije con un tono vacilante, pero claro. Los ojos de mam¨¢ se llenaron de l¨¢grimas instant¨¢neamente. "?Rin, lo escuchaste? ?Dijo ''mam¨¢''!" Mi padre solo esboz¨® una sonrisa y se qued¨® acomodando los pescados. Estaba claro que ten¨ªa otras preocupaciones. "Mam¨¢ y pa... p¨¢", dije, como para equiparar las cosas. "Si est¨¢s tan mayor entonces supongo que ya no debes tomar del pecho de mam¨¢", dijo Rin, prendiendo la fogata para empezar a cocinar Qu¨¦ ten¨ªa que ver eso, ?no? Que mala onda. Rundia se qued¨® mir¨¢ndome a los ojos, asombrada. Luego se arrodillo frente a m¨ª. "Oh, mi peque?o, est¨¢s creciendo tan r¨¢pido", murmur¨® mientras me abrazaba. "Pero a¨²n eres mi beb¨¦. Ya empezar¨¢s a comer nuevas comidas dentro de poco". Luego ella se fue felizmente fuera de la cueva con sus pies descalzos, volviendo con algunos corales y cosas brillantes del agua, los que hab¨ªan utilizado para el comercio de las plumas. La segu¨ª mientras ella se dirig¨ªa al fondo de la cueva. La vi poner las cosas bajo una hoja y despu¨¦s se puso a susurrar algo mientras parec¨ªa rezar con las manos. ?Acaso ellos creen en un dios? Bueno, supongo que ser¨¢ Sariah... ?Supongo? Al d¨ªa siguiente fui a curiosear para ver que tal la zona esa, al levantar la hoja not¨¦ que estaba llena de corales, conchas de mar y cosas brillantes. Ay... ?Creo que me descubri¨®! "Luciano, no deber¨ªas faltarle el respeto a nuestro se?or Ad¨¢n", se escuch¨® de ella con un tono enfadado. Mam¨¢ me agarro y me llev¨® al lugar de siempre. "Si eres un ni?o malo, tendr¨¢s una vida llena de desgracias", agreg¨®. Esto parec¨ªa casi surreal. ?C¨®mo es que creen en otro ser divino que no es el suyo? No s¨¦ qu¨¦ pensara mi diosa Sariah de todo esto... pero si les revelo lo que s¨¦, seguro que voy a estar en un gran problema. Desde ya, esta es una de las primeras veces que la veo tan enojada conmigo. "Oh", dije haci¨¦ndome el tonto, como que apenas entend¨ªa lo que hablaba "?Sabes, Luciano? Ad¨¢n siempre nos protege y nos gu¨ªa. Es gracias a ¨¦l que encontramos comida y tenemos salud. Ya lo comprender¨¢s m¨¢s adelante", dijo y se fue a acomodar la hoja que tapaba todo, para luego volver a rezar, como si estuviera pidiendo perd¨®n por el accionar de su hijo... *** Finalmente, ya tengo la herramienta lista y oculta para usar hoy, es una especie de palo, pero de piedra con una punta afilada, como si fuera la punta de un pico. Al irse mis padres, los salud¨¦ y me puse manos a la obra corriendo hacia donde estaban las piedras con part¨ªculas. Ahora al tener alrededor de dos a?os de vida, mi cuerpo era un poco m¨¢s ¨¢gil. Entre trepada y trepada en la pared y piedras, pude llegar a la que estaba m¨¢s cerca y me puse a intentar romper la pared en donde estaba incrustada y sobresal¨ªa. Tard¨¦ varios d¨ªas para romper todo alrededor de la piedra incrustada en la pared, haciendo varios d¨ªas de descanso de por medio. A esa piedra la puse sobre una de las plumas y le hice un nudo para conservarla ah¨ª dentro. Luego la escond¨ª debajo de las hojas donde yo duermo. A los d¨ªas siguiente hice lo mismo hasta conseguir un total de tres de estas piedras raras. De pronto mi zona de dormir estaba llena de part¨ªculas amarillas volando alrededor. Que no se hayan dado cuenta de esto es una muestra m¨¢s de que lo m¨¢s probable es que no puedan ver esas part¨ªculas, como le digo yo. Mientras tanto la vida de mis padres continu¨® su curso habitual, ellos van y vienen, ocupados con las tareas de recolecci¨®n, mientras yo estoy metido cada vez m¨¢s en mis experimentos y descubrimientos en la cueva. Aunque disfruto de la compa?¨ªa de mi familia, s¨¦ que mi destino est¨¢ ligado a la b¨²squeda de mejorar este mundo y la aventura que me espera m¨¢s all¨¢ de los l¨ªmites de este hogar. Sariah, al final de cuentas tengo que cumplir tus objetivos, ?no? La supuesta magia de este mundo... Aunque yo tambi¨¦n tengo los m¨ªos. Cap铆tulo 4: Tiempos dif铆ciles. "?Has notado c¨®mo ese ni?o siempre est¨¢ hurgando en la cueva?" Coment¨® una ni?a a su compa?era de caza, mientras observaban desde lejos la entrada de mi cueva. "Es extra?o, ?no crees? Deber¨ªamos estar cazando o explorando en lugar de escondernos en cuevas todo el d¨ªa". Su compa?era asinti¨® con la cabeza, pero sin poder evitar sentir curiosidad por m¨ª y mis actividades misteriosas. "S¨ª, es extra?o", respondi¨® con una mirada pensativa. "Pero quiz¨¢s tenga sus propias razones. Tal vez est¨¦ buscando algo importante", dijo antes de marcharse junto a la otra. Si chicas, ya entend¨ª las indirectas hacia m¨ª. Pobre gente, nunca comprender¨ªan lo que estoy haciendo en este momento, je. Estas ni?as son las que hab¨ªan comenzado a pasar m¨¢s seguido por esta zona, las dos son bastante parecidas y de edades similares. Seguro que son hermanas. Solo espero que no me molesten. Estoy investigando hasta el ¨²ltimo cent¨ªmetro de nuestra cueva, debo asegurarme de que no queda ninguna m¨¢s esas piedras especiales, y as¨ª ma?ana ya salgo a buscar m¨¢s piedras afuera, porque estoy pensando en... "Eh, ??qu¨¦ pas¨®?! ?Una de las piedras ya no tiene nada! ??C¨®mo pas¨® esto!?" Agarr¨¦ la piedra y la observ¨¦ bien, ahora se hab¨ªa transformado en una com¨²n y corriente. Con la otra mano agarr¨¦ las otras dos que ten¨ªan las mismas part¨ªculas. "Ahora pareciera que una brilla m¨¢s que la otra", murmur¨¦. La piedra que menos part¨ªculas ten¨ªa se desliz¨® por mi mano y choc¨® contra la otra, traspas¨¢ndose autom¨¢ticamente sus part¨ªculas. "Ah... con que as¨ª funciona", dije al aire, mientras segu¨ªa probando. Efectivamente, al chocar una piedra con part¨ªculas contra otra que tambi¨¦n las tuvo o tiene, se traspasan estas part¨ªculas de una a la otra, como si sirvieran como recipiente. Esto soluciona muchas cosas... Ahora solo guardar¨¦ la piedra que acumula todas las part¨ªculas y descartar¨¦ las otras dos. Es una inc¨®gnita la cantidad de piedras como estas que existen, y tampoco s¨¦ para qu¨¦ sirven o hasta cuantas part¨ªculas pueden acumular en una sola. Al final decid¨ª salir de la cueva. Colgu¨¦ la pluma, que estaba atada a la piedra, al costado de mi ¨²nica prenda de ropa y sal¨ª por primera vez solo al exterior. Lo primordial era que nadie me descubriera, as¨ª que fui hacia el lado contrario del que hab¨ªan ido las otras chicas. Me parece incre¨ªble ver este mundo as¨ª, tan primitivo... Es pura naturaleza y nada m¨¢s, hasta que encuentras estas cosas m¨¢gicas de la nada. Bueno, en realidad no s¨¦ si es algo m¨¢gico, por ahora debo seguir investigando. El aire estaba h¨²medo, y las hojas de los ¨¢rboles dejaban pasar un poco la luz del sol, d¨¢ndole al lugar un tono verdoso casi m¨¢gico. Empec¨¦ a caminar por entre los ¨¢rboles, adentr¨¢ndome m¨¢s en el bosque encontr¨¦ una cueva en la cual no parece vivir nadie... "Con raz¨®n no vive nadie ac¨¢, si es horrible", dije al aire. Era super peque?a y llena de moho, pero en el techo s¨ª que hab¨ªa una piedra especial. El teorema por ahora dice que si choco dos piedras m¨¢gicas, la que tenga menos part¨ªculas se las traspasara a la que tenga m¨¢s. Finalmente lanc¨¦ la que era m¨ªa y terminaron chocando. Efectivamente era cierto, la otra piedra traspas¨® todas sus part¨ªculas a la m¨ªa. Me pregunto cu¨¢ntas de estas piedras estar¨ªan escondidas por aqu¨ª, cu¨¢ntos misterios m¨¢s guardar¨ªa este bosque. No es como si alguien de por aqu¨ª realmente lo entendiera. Para ellos, esto ser¨ªa solo una piedra m¨¢s, un simple pedazo de roca sin importancia. Pero yo... yo sab¨ªa que hab¨ªa algo m¨¢s. Cada part¨ªcula que brillaba en esas piedras me dec¨ªa que hab¨ªa algo grande esperando ser descubierto. Segu¨ª explorando el bosque. Las ramas y piedras en el suelo se clavaban en mi piel y empezaban a da?ar ligeramente mis pies descalzos. No era nada grave, pero s¨ª lo suficiente como para recordarme que deb¨ªa hacerme un calzado de alguna manera. Durante el trayecto me fui encontrando alg¨²n que otro animal peque?o, hasta que de pronto escuch¨¦ unas voces, de varias personas diferentes. Me ocult¨¦ detr¨¢s de un ¨¢rbol e intent¨¦ buscar de d¨®nde proven¨ªan. Estaban en un claro del bosque, pude distinguir que eran mis padres. Ah¨ª tambi¨¦n estaba la se?orita Anya y varios m¨¢s... ?La anciana del parto tambi¨¦n! ?Ser¨¢ que ac¨¢ se juntan a charlar o intercambiar cosas? La se?ora mayor parece estar muy enojada con... ?Mam¨¢? "?Te dije que no pod¨ªas cazar ese animal!" "P-Perd¨®n, es que no conseguimos nada de comida para Luciano". "?Mira la semejante herida que tienes ahora, por dios!" "Es tu culpa, Rundia. No puedes seguir as¨ª, poniendo en riesgo a toda la familia", dijo la anciana, reprendiendo a mam¨¢ con una voz firme, pero llena de preocupaci¨®n. Observ¨® la herida del brazo izquierdo de mam¨¢ con un gesto severo antes de suspirar profundamente. "?No entiendes que tu acci¨®n pone en riesgo a todos? No es solo por ti y tu familia, sino por todos nosotros". Rin estaba intentando parar el sangrado at¨¢ndole una hoja. Muy inteligente de su parte, eso es pr¨¢cticamente como dar primeros auxilios, pero con recursos limitados. Qu¨¦ l¨¢stima no poder hacer nada, por ahora solo puedo quedarme mirando. ?Maldito animal o lo que sea! Acaba de arruinar el hermoso cuerpo de mam¨¢. Anya, la madre del ni?o de la cueva vecina, se acerc¨® a ella. "Rundia, entiendo lo dif¨ªcil que puede ser. Pero debemos cuidar de nuestros hijos y de nosotros mismos. Si necesitas ayuda con la recolecci¨®n o la caza, estoy aqu¨ª para apoyarte, despu¨¦s de todo... en mi familia solo somos dos". No es como si pudiera hacer algo, y tampoco ten¨ªa que dejar que la curiosidad por seguir espi¨¢ndolos me detuviera, as¨ª que me fui del lugar en direcci¨®n a la cueva de Anya. Dentro, me encontr¨¦ con el hijito de Anya, Tar¨²n; el cual ya parec¨ªa caminar, dentro de lo que cabe, normalmente, pero parece que todav¨ªa no sabe hablar del todo bien, porque se acerc¨® a m¨ª y me balbuceaba algo que parec¨ªa ser un ''hola''. El objetivo segu¨ªa siendo entrar a las cuevas en b¨²squeda de part¨ªculas, ahora me las encontr¨¦ en el techo de la entrada.
Mientras Tar¨²n observaba, yo estaba tirando una y otra vez mi piedra hasta que chocara con las dem¨¢s, traspasando as¨ª todas las part¨ªculas a la m¨ªa. "No le vayas a decir a tu mam¨¢ de que yo anduve por ac¨¢, ?eh!" Le dije a Tar¨²n, bromeando. Aunque seguramente no entend¨ªa nada, o tal vez s¨ª... por las dudas. Me fui acomodando mi piedra dentro de la pluma, ahora estaba m¨¢s brillante que nunca. Hab¨ªa absorbido el poder de un total de seis piedras, ?acaso se supone que hay tantas? ?Y si son mil piedras? Esta zona apenas deber¨ªa ser un uno por ciento de lo que ser¨ªa un mundo entero. De las personas que conozco, solo queda la anciana... uno de estos d¨ªas tengo que seguirla para ver d¨®nde va. Ahora ya es muy tarde Una vez ya en la cueva, mam¨¢ volvi¨® junto a pap¨¢. Claramente esta hab¨ªa sido su peor salida desde que los conozco, directamente no tra¨ªan nada. "Mam¨¢..." Dije, mirando su brazo. "Luciano, ?est¨¢s bien?" Pregunt¨® ella con una sonrisa cansada. "No te preocupes por m¨ª, estar¨¦ bien. Solo necesito descansar un poco", dijo y se fue al fondo de la cueva, seguramente a rezar. No pude ver de cerca su herida, pero la hoja no era lo suficientemente grande como para cubrir no dejarme ver las l¨ªneas de sangre que parec¨ªan rasgu?os sobre su brazo. "Hijo, esto es lo que sobr¨® de ayer, hoy... Lo siento", dijo pap¨¢, angustiado, d¨¢ndome unos gajos de mandarina. Una de las frutas m¨¢s comunes que se encontraban en este clima tropical. Luego se fue junto a mam¨¢. Agarr¨¦ la escasa cantidad de comida y me fui a sentar al lugar en el que dorm¨ªa siempre. Mientras masticaba la mandarina, sent¨ª un sabor amargo en la boca, no tanto por la fruta en s¨ª, sino por todo lo que hab¨ªa visto hoy. ?C¨®mo hab¨ªa terminado todo as¨ª? Mi madre arriesg¨¢ndose, casi dej¨¢ndose la vida, solo para conseguir un poco de comida. Y yo, mientras tanto, en una cueva, persiguiendo piedras m¨¢gicas. Me sent¨ªa un in¨²til. El aura de esta noche era completamente decepcionante y deprimente, as¨ª que directamente me com¨ª la fruta, acomod¨¦ la piedra m¨¢gica bajo las hojas y a los minutos me fui a dormir. La situaci¨®n era preocupante... Al d¨ªa siguiente, mientras nos est¨¢bamos ba?ando en el agua del supuesto oc¨¦ano, vi la semejante herida de Rundia. Eran como cuatro marcas de garras bien profundas, vamos a ver c¨®mo avanza con el tiempo... "Amor, hoy no vas a salir, apenas puedes mover el brazo". "No puedo quedarme esperando sabiendo que no tenemos nada para comer. S¨ª voy a ir". "..." Pap¨¢ directamente sali¨® fuera sin decir una palabra, mam¨¢ lo sigui¨® por detr¨¢s. Luego de volver a ver pasar a las ni?as cazadoras, hice mi segunda salida en solitario a las afueras de la cueva. Me pregunto en qu¨¦ lugar cazar¨¢n y quienes son sus padres... eso me hace acordar que todav¨ªa me falta ver esa cueva, la de la mujer mayor. ?Y si mejor las sigo a ellas? Ante la falta de comida, es posible que ellas hayan encontrado cosas que nosotros no. Pero y si... En una fracci¨®n de segundos, imagin¨¦ mil escenarios distintos que podr¨ªan ocurrir. Al final, mi instinto de supervivencia inclin¨® la balanza y fui con las dos chicas. Las ni?as, que hasta podr¨ªan ser gemelas, ten¨ªan el cabello negro y largo, su piel parec¨ªa estar bien bronceada, como si hubieran estado expuestas al sol desde peque?as y vest¨ªan ropas bien hechas de pieles de animales, que le cubr¨ªan su pecho y caderas. Ellas se pusieron a buscar con agilidad entre el barro usando un palo. A los minutos sacaron varias... ?Qu¨¦ mierda es eso? "Atrapamos una grande hoy, ?no?" "S¨ª. Mov¨¢monos al segundo lugar, es mejor dejar que se sigan criando". "Est¨¢ bien, vamos". Acababan de encontrar unos bichos alargados que parec¨ªan lombrices. Desde lejos su grosor parec¨ªa como el de un dedo de la mano de un adulto. La verdad es que prefiero morirme de hambre antes que comer esa porquer¨ªa. No descubr¨ª nada que sea nuevo, solo se dedicaron a explorar y treparse a los ¨¢rboles para sacar frutas. Al final se estaba poniendo el sol, as¨ª que regres¨¦ r¨¢pidamente a mi cueva. Puse la piedra brillante justo en la entrada de la cueva, esta era la ¨²ltima prueba para saber de una vez por todas si solo yo pod¨ªa ver las benditas part¨ªculas que revoloteaban por esa piedra. Me qued¨¦ recostado en mi lugar esperando a que volvieran. Ah¨ª vienen... Acaban de pasar de largo y sin decir ni una palabra... "?Hola!" Dije, abalanz¨¢ndome contra Rundia. Hoy parec¨ªa haber sido un mejor d¨ªa, de paso aprovech¨¦ el abrazo para ver m¨¢s de cerca su herida. "Hola hijito. ?C¨®mo est¨¢s? Hoy pudimos conseguir m¨¢s comida que ayer", dijo mientras le ca¨ªan algunas l¨¢grimas por el rostro. This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. "?Mam¨¢?" "N-No pasa nada. Mam¨¢ solo se siente un poco mal", respondi¨® mientras se secaba las l¨¢grimas y se iba a ayudar a pap¨¢ a encender la fogata. Esa noche, ella apenas comi¨® unos bocados y se fue a dormir. ?Estar¨¢ enferma por culpa de esa herida? S¨¦ que existe la posibilidad de que una herida se pueda infectar, m¨¢s si fue hecha por un animal salvaje, solo que me parece que est¨¢ avanzando demasiado r¨¢pido. A la ma?ana, ella ya ten¨ªa el brazo morado. Tampoco comi¨® nada de lo que le sobr¨® de ayer... Pap¨¢ se acerc¨® al fondo de la cueva, donde estaba mam¨¢. "Amor, hoy voy a salir yo solo, ?est¨¢ bien? Voy a ver si Kuri puede ayudarnos". "?Kuri?" Pregunt¨¦, justo cuando pas¨® al frente m¨ªo, antes de que se fuera hacia la salida. "Creo que no la conoces, ella es una mujer mayor que nos ayud¨® cuando t¨² naciste". Se fue corriendo inmediatamente con su piedra que usaba para cazar. Me asom¨¦ hacia el fondo de la cueva y vi que Rundia estaba durmiendo. Agarr¨¦ mi piedra ''m¨¢gica'' del suelo y segu¨ª sigilosamente a pap¨¢. Era mi tercera salida en solitario Esta vez pap¨¢ pas¨® por el claro del bosque en el que se reunieron la otra vez y lleg¨® hasta la cueva de esta mujer. No estaba tan lejos, unos quinientos metros, tal vez. Eso s¨ª, mis pies se segu¨ªan lastimando poco a poco. Apenas supe d¨®nde era el lugar, me volv¨ª inmediatamente. Al menos hab¨ªa una buena noticia: desde lejos se ve¨ªan algunas de las part¨ªculas amarillas por dentro y fuera de la cueva. Kuri, la anciana, lleg¨® a los minutos a nuestra cueva junto a Rin, mi padre. La expresi¨®n en su rostro estaba te?ida de preocupaci¨®n. "Parece que el peque?o ha crecido bastante", dijo, mir¨¢ndome brevemente a la pasada, antes de dirigirse al fondo de la cueva, donde mam¨¢ se quejaba del dolor. Pude notar que ten¨ªa algo en la mano, como un trozo de madera con algo encima. "Desmejor¨® bastante desde la ¨²ltima vez que nos vimos, no se ve bien". "Kuri... Ya casi no puedo mover el brazo... el dolor tampoco me deja dormir por las noches". "Eso te pasa por imprudente..." "Lo siento... Pero ya te dije que lo hice para traer algo de comida para mi hijo". Mientras tanto se segu¨ªa quejando del dolor con peque?os gemidos. Luego de aplicarle una pasta que parec¨ªa hecha con hierbas, la mujer se levant¨® del suelo y nos mir¨® a pap¨¢ y a m¨ª con ojos sombr¨ªos. "Lo siento, ya no hay forma de sanar esta herida, me temo que hay que... cortar el brazo. A mi pareja le pas¨® lo mismo". Los dos quedamos en shock, tanto que me hizo volver a sentir la misma sensaci¨®n de desolaci¨®n que cuando mor¨ª en mi otra vida. Mam¨¢ comenz¨® a respirar r¨¢pido, con los ojos llenos de terror. Su brazo ya estaba completamente morado, y el dolor era evidente en su expresi¨®n. Respondi¨® casi entrando en una crisis nerviosa. "E-Espera, no estar¨¢s hablando en serio... ?Verdad?" Dijo mientras intentaba levantarse del suelo, su voz llena de p¨¢nico y desesperaci¨®n. A sangre fr¨ªa, la mujer comenz¨® a caminar hacia la salida, luego agreg¨®: "Los espero en mi cueva ma?ana temprano. Ir¨¦ haciendo los preparativos". Todo esto me parec¨ªa irreal, como si estuviera viviendo una pesadilla de la que no pod¨ªa despertar. Mi madre, siempre tan fuerte y segura, ahora estaba al borde de perder su brazo por una herida que empeor¨® demasiado r¨¢pido. Las preguntas comenzaron a inundar mi mente. ?C¨®mo llegamos a esto? ?C¨®mo no pude hacer nada para evitarlo? ?Es esta la ¨²ltima soluci¨®n? ?Y si hubiera encontrado alguna manera de ayudarlos antes? Pero no soy m¨¦dico ni tengo poderes curativos... solo esta extra?a habilidad de ver part¨ªculas m¨¢gicas. Pero, ?de qu¨¦ me sirve eso ahora? Rundia podr¨ªa morir lo mismo si no hacen la amputaci¨®n correctamente. De hecho, dir¨ªa que no tienen los materiales para hacerlo correctamente. Yo nunca vi a ese hombre que dice que es o fue su pareja, ?no ser¨¢ que se muri¨® tiempo despu¨¦s de amputarle el brazo? "?C-Como piensa hacer algo as¨ª?" Murmur¨® pap¨¢ mientras ella se iba. Esa noche dorm¨ª al fondo de la cueva junto a mis dos padres, envueltos en una tristeza profunda. Casi siempre dorm¨ªa solo, pero esta vez... lo necesitaba. Casi sin poder dormir, a la ma?ana siguiente me levant¨¦ junto a mis padres. Pap¨¢ se qued¨® charlando con mam¨¢ sobre la situaci¨®n y qu¨¦ iban a decidir. Mientras tanto yo caminaba de un lado a otro pensando en si podr¨ªa hacer algo. De repente vi que del piso proven¨ªan algunas part¨ªculas m¨¢gicas. ?Acaso no hab¨ªa recogido ya mi piedra? Revis¨¦ debajo de mi hoja y estaba ah¨ª, as¨ª que fui a ver qu¨¦ es lo que estaba pasando en el suelo. Hab¨ªa un peque?o hueco en la tierra, en donde estaba una hoja metida a presi¨®n y con un l¨ªquido, que parec¨ªa ser agua, dentro. Me qued¨¦ observando, sin saber muy bien qu¨¦ pensar, ?esto no es simplemente agua? No deber¨ªan salirle estas part¨ªculas amarillas. Levant¨¦ la hoja del mismo modo en que estaba puesta, intentando mantenerla como recipiente. Definitivamente esta agua la trajo alguien a prop¨®sito. ?Justamente ahora? Obviamente no era una casualidad. ?Por qu¨¦ alguien har¨ªa esto? Debe ser obra del hombre p¨¢jaro... Me asom¨¦ por el frente de la cueva, pero claramente no hab¨ªa nadie. "?Qu¨¦ pasa, hijo?" "Pap¨¢, alguien dej¨® un poco de agua en nuestra cueva, ac¨¢ en esta hoja". "?Agua? A ver eso..." ¨¦l tom¨® entre sus manos la hoja con el agua rara. "Cuidado, est¨¢ especialmente hecha para mantenerla ah¨ª dentro". "?Por qu¨¦ har¨ªan esto?" "Debe ser un mensaje, quiz¨¢s es... especial, para curar a mam¨¢". "No lo s¨¦... no creo. ?Por qu¨¦ tomar agua deber¨ªa curarla? Si ella ya estuvo tomando agua". Es cierto. ?Qui¨¦n carajos se iba a creer que tomar un agua que apareci¨® de la nada sanar¨ªa una herida fatal? Pero... ¨¦l no puede ver que de alguna manera es especial. No pod¨ªa dejar de mirar el agua. Algo me dec¨ªa que esta no era agua ordinaria, de hecho, tiene esas part¨ªculas flotando encima, pero convencer a pap¨¢ de eso no iba a ser f¨¢cil, ya que ¨¦l no pod¨ªa verlas. Suspir¨¦, tratando de organizar mis pensamientos. "Tal vez no es solo agua, pap¨¢... Yo no s¨¦ c¨®mo explicarlo, pero... siento que tiene algo m¨¢s. ?Qu¨¦ tenemos que perder? Antes de que pierda el brazo... No s¨¦". "Est¨¢ bien, probaremos. Si dices que apareci¨® ah¨ª de la nada, entonces es posible que alguien la haya dejado". Rin se fue de nuevo a hablar con Rundia, pero ahora con el recipiente primitivo entre sus manos. "Amor, Luciano dice que hab¨ªa esto puesto en la entrada de la cueva, ?crees que podr¨ªa ayudarte si lo bebes?" Rundia mir¨® el agua en la hoja. Su cara estaba p¨¢lida y su pelo casta?o estaba despeinado. Su semblante no era muy alentador. "?Qu¨¦ es esto? Auch..." Murmur¨®, su voz casi un susurro. Ella ya no pod¨ªa ni apoyarse en su brazo da?ado. "?Por qu¨¦ alguien nos dejar¨ªa agua aqu¨ª?" "Tal vez... es una bendici¨®n de nuestro se?or Ad¨¢n, que ha escuchado tus plegarias". Autom¨¢ticamente al escuchar eso, mam¨¢ ensanch¨® los ojos y agarr¨® el peque?o recipiente, bebiendo el poquito de agua que hab¨ªa dentro. "Amor, creo que..." Pap¨¢ y yo observamos, sin aliento, mientras la expresi¨®n de mam¨¢ cambiaba de dolor a sorpresa. "?Qu¨¦ es esto...? El dolor... se est¨¢ yendo," susurr¨®, mirando su brazo. De pronto, su brazo retom¨® r¨¢pidamente su color blanco y las garras marcadas desaparec¨ªan entre la piel que se regeneraba. ?INCREIBLE! Me tir¨¦ contra el brazo de mam¨¢, inspeccion¨¢ndolo de arriba a abajo. "?S¨ª funcion¨®! ?Es incre¨ªble!" ?As¨ª que esto es la magia, Sariah? Estoy totalmente impresionado por lo que este mundo puede llegar a hacerme ver. Me puse a saltar de la alegr¨ªa, no solo porque mam¨¢ se hab¨ªa curado, sino que estaba feliz por haber hecho semejante descubrimiento. Rundia, aunque a¨²n at¨®nita por la milagrosa curaci¨®n, no pudo evitar sonre¨ªr y llorar al mismo tiempo. "?Gracias, gracias, gracias, muchas gracias, se?or Ad¨¢n!" Grit¨®, con voz temblorosa, abraz¨¢ndome con fuerza. "Esto es realmente un milagro. No s¨¦ c¨®mo, pero... estamos bendecidos", agreg¨®. Pap¨¢ tambi¨¦n se uni¨® al abrazo, con una sonrisa que no hab¨ªa visto en mucho tiempo. "Parece que hemos recibido una bendici¨®n, hijo". Una bendici¨®n de Ad¨¢n, eh... Me pregunto qu¨¦ piensa mi diosa de todo esto, porque en este momento se supone que est¨¢ escuchando todos mis pensamientos. Con el brazo de mam¨¢ recuperado, las cosas comenzaron a mejorar lentamente. Al d¨ªa siguiente pap¨¢ y mam¨¢ salieron juntos a cazar y recolectar *** "Oye, ni?o idiota, no quiero que le causen problemas a mi familia, ?entendiste?" Habl¨® cruzada de brazos una de las dos ni?as cazadoras que pasaban todos los d¨ªas frente a mi cueva. La otra miraba en silencio con cara inc¨®moda. Simplemente levant¨¦ los hombros, fingiendo no entender de qu¨¦ hablaba, aunque por sus palabras, ten¨ªa la intuici¨®n de que eran de la familia de la anciana Kuri. Es cierto, ella nos esperaba para hoy a la ma?ana. ?Ser¨¢ por eso? "No te hagas el tonto. ?Te estoy hablando!" Me lanz¨® una piedra a la cabeza, que me doli¨® bastante. ?Por qu¨¦ me sigue molestando? ?No se da cuenta de que no quiero buscar pelea? Me fui al fondo de la cueva, esperando a que ya se fuera, pero empec¨¦ a escuchar sus pasos invadiendo mi territorio. "?Hermana, espera! ?Si la abuela se entera de que hicimos esto nos matar¨¢!" As¨ª que son hermanas... En un abrir y cerrar de ojos ya la ten¨ªa delante m¨ªo. Su cuerpo era m¨¢s robusto que la otra, y su pelo despeinado que tapaba ligeramente su cara me daba algo de temor. "E-Espera... creo... Creo que est¨¢s malentendiendo las cosas..." Dije, retrocediendo con una mano en la pared. De pronto se abalanz¨® contra m¨ª, haci¨¦ndome caer al suelo. "?Pedazo de mierda! ?Hiciste que Kuri utilizara la ¨²nica hierba medicinal que ten¨ªamos!" Comenz¨® a patearme el cuerpo mientras yo estaba en el piso, era imposible defenderme con mi peque?o cuerpo y encima ella era bastante fuerte a pesar de ser una ni?a. La furia en sus ojos me asust¨® de una forma que solo la hab¨ªa sentido al ver al hombre p¨¢jaro. Esta ni?a... ?De d¨®nde sac¨® tanta fuerza? Cada golpe que daba era preciso y firme, como si hubiera tenido que luchar por cada d¨ªa de su vida. Yo me retorc¨ªa en el suelo, tratando de protegerme con los brazos, pero ella no dejaba de patearme, aunque intentara aferrarme a su pierna, ella me pisoteaba la cabeza con la otra. "T-Tu... ?Kuri se ofreci¨®! ?Aghhh!" "??Qu¨¦ dijiste, pedazo de mierda!? ?Te voy a matar!" "?Hermana, con eso noooo...!" No logr¨¦ ver nada de lo que sucedi¨®, simplemente sent¨ª un gran golpe contra la cabeza y todo se desvaneci¨®. -Unas horas despu¨¦s- "?...despierta, Luciano!" Abr¨ª los ojos ante semejante grito al lado del o¨ªdo. Era mam¨¢, que me golpeteaba el cachete mientras me sosten¨ªa la cabeza. "Mam¨¢..." "Hijo, ?qu¨¦ te pas¨®? Estabas durmiendo en cualquier lado y... est¨¢s todo lleno de golpes". "Ah... yo..." Re¨ª nerviosamente. "Me ca¨ª por accidente y... c-creo que me golpe¨¦ la cabeza". Me dol¨ªa un mont¨®n el cuerpo, especialmente en la nuca. Mam¨¢ no parec¨ªa muy convencida, pero suspir¨® y me abraz¨® con fuerza. "Tienes que tener m¨¢s cuidado, Luciano. No deber¨ªas venir a este lado de la cueva, es peligros para ti". Rin se acerc¨®, observ¨¢ndome con una mezcla de preocupaci¨®n y curiosidad. "?Est¨¢s bien?" "S¨ª, pap¨¢. S-Solo fue un accidente tonto, sabes que siempre me porto bien". respond¨ª, tratando de sonar convincente, aunque sab¨ªa que en realidad no me portaba del todo bien, a pesar de que esto no fue culpa m¨ªa. "Mmm..." Murmur¨®. La verdad que pens¨¦ que iba a rega?arme. Zaf¨¦. Despu¨¦s del incidente, me recuper¨¦ d¨ªa a d¨ªa. Mis padres estuvieron m¨¢s atentos para cuidar de m¨ª, asegur¨¢ndose de que no me metiera en problemas. Aunque no les cont¨¦ la verdad sobre las ni?as cazadoras, sab¨ªa que ten¨ªa que estar m¨¢s alerta. A pesar de no conocerlas bien, mi desconfianza hacia esas ni?as aument¨® y no sab¨ªa qu¨¦ pod¨ªa suceder la pr¨®xima vez que vi¨¦ramos. Varios d¨ªas despu¨¦s, me decid¨ª en ir a la cueva de Kuri en el t¨ªpico horario de las salidas de mis padres, no sin antes cruzarme a las ni?as golpeadoras pasando frente a mi cueva. "?Hmph!" Dijo la m¨¢s molesta de las dos, la que me hab¨ªa golpeado. Me mir¨® con el ce?o fruncido y escupi¨® al suelo al pasar. *** Estoy justo en frente de la cueva de Kuri, supongo que no deber¨ªa haber nadie a estas horas... Encima hay varias part¨ªculas que recoger. Pero de pronto, lo vi ah¨ª sentado en una roca, el hombre p¨¢jaro estaba de nuevo perturbando mi existencia. Me mir¨® con sus ojos anaranjados y brillantes y su pico alargado. Se levant¨® y comenz¨® a avanzar hacia m¨ª. "As¨ª que viniste al final... ?Acaso t¨² tambi¨¦n puedes verlas?" Dijo y se?al¨® con su garra una de las piedras de las que sobrevolaban a su alrededor las part¨ªculas amarillas. "?Qu¨¦ divertido! Ja. Ja. Ja". Otra vez hizo esa est¨²pida risa de siempre. "Escuchame, ?vos dejaste esa agua m¨¢gica en nuestra cueva para que mi madre se sane?" Pregunt¨¦, confront¨¢ndolo por primera vez. Sab¨ªa que enfrentarlo era arriesgado, pero no pod¨ªa dejarlo pasar esta vez. "Ah... ya entiendo, tu madre se estaba muriendo, ?verdad?" "Eres el ¨²nico que nos sigue y nos vigila. ?Acaso no sabes lo que sucedi¨®?". "?El ¨²nico?" Su pregunta me dej¨® pensando, despu¨¦s de unos segundos, respond¨ª. "No me interesa, respond¨¦ a mi pregunta". "?Ser¨¢ que le llama la atenci¨®n esa forma tan particular que tienes de hablar? Mmm... Sobre lo de tu madre... habr¨ªa sido interesante verla rogarme por su vida". Cuando esas palabras salieron de su pico, una ira intensa empez¨® a hervir en m¨ª. Era como si un fuego invisible recorriera mis venas, pero ten¨ªa que... controlarme. No ten¨ªa sentido lanzarme contra ¨¦l; no en este momento. No quer¨ªa comerme otra paliza. Pero, maldita sea, quer¨ªa arrancarle esa mirada arrogante de su rostro. Apret¨¦ fuertemente los pu?os de la rabia, preparado para al menos insultarlo un poco. "?Sos una basura! ??Por qu¨¦ te divertir¨ªa verla sufrir?!" No solo era enojo contra el hombre p¨¢jaro, sino que estaba cansado de todo lo que me sucedi¨® ¨²ltimamente, cansado de que se aprovechen de que soy un ni?o. Que intenten menospreciarme y me pisoteen en el suelo, literalmente. El hombre p¨¢jaro sigui¨® avanzando como si nada hacia donde estaba yo, se fren¨® frente a m¨ª y se se?al¨® la cabeza. "Todav¨ªa no s¨¦ qu¨¦ tienes all¨ª, pero ya voy a descubrirlo..." Dijo, pasando al lado m¨ªo. Ni siquiera me di la vuelta cuando me sobrepas¨®, me qued¨¦ mirando al infinito intentando dilucidar si ¨¦l realmente se hab¨ªa dado cuenta de mi pelo rojo. Nadie nunca antes hab¨ªa mencionado algo as¨ª, ni mi madre, que siempre estuvo pegada a m¨ª los primeros meses. "Tal vez s¨ª deber¨ªa darte alguna ayuda, porque si mueres no podr¨¦ seguir divirti¨¦ndome. Ja. Ja. Ja". Cuando por fin me di la vuelta, ¨¦l ya hab¨ªa desaparecido entre los ¨¢rboles. "??Nadie necesita tu est¨²pida ayuda!!" Grit¨¦ desaforado, ya no me importaba si alguien me descubr¨ªa ah¨ª. Lo odio, lo odio con toda mi alma. Cap铆tulo 5: Grupo secreto. Todav¨ªa estaba en la cueva de Kuri, desquitando mi ira reventando las piedras entre s¨ª, traspas¨¢ndose violentamente las part¨ªculas de una a la otra. Ahora la m¨ªa estaba pr¨¢cticamente toda amarilla de tantas que ten¨ªa flotando alrededor. ?Cu¨¢nto ser¨¢ el l¨ªmite? Si supongo que esta es la ¨²ltima cueva de la zona... Por lo menos yo no conozco a nadie m¨¢s. Chocando las ¨²ltimas dos, la piedra empez¨® a tambalear sobre mi mano, como si fuera un huevo a punto de eclosionar. La mir¨¦ de arriba a abajo. "?Eh?" Dije al aire, cuando de pronto una enorme luz proveniente de la piedra me ceg¨® e ilumin¨® de amarillo toda la cueva. Cuando abr¨ª los ojos... eh... No sabr¨ªa c¨®mo explicarlo. "?Gracias por liberarme, mi se?or!" "Esto..." Ahora en mi mano hab¨ªa una peque?a criatura, solo un poco m¨¢s grande que mi mano, con alas brillantes, cabello rubio y ojos verdes. Inmediatamente reconoc¨ª que era un hada. "?Hola?" Fue lo ¨²nico que atin¨¦ a decir, todav¨ªa intentando aclarar mis ojos luego de la intensidad de la luz. "Gracias por liberarme, mi se?or", volvi¨® a repetir, pero esta vez inclinando su cuerpo hacia delante en forma de agradecimiento. Casi esperando a que yo actuara como su h¨¦roe. Sent¨ª el peso ligero de la criatura en mi palma, su mirada fija en m¨ª con su cuerpo todav¨ªa ligeramente inclinado, esperando alg¨²n tipo de respuesta. No pod¨ªa evitar preguntarme c¨®mo una simple piedra hab¨ªa albergado algo as¨ª. ?Cu¨¢nto tiempo llevaba esta... se?orita, atrapada ah¨ª? ?Y por qu¨¦ demonios me llamaba ''mi se?or''? Mi mente se llen¨® de preguntas, pero ninguna ten¨ªa una respuesta f¨¢cil. No esperaba que mis experimentos tuvieran consecuencias tan... tangibles. Me rasqu¨¦ la cabeza con la otra mano pensando qu¨¦ responderle. Mientras tanto su peque?o vestido celeste ondeaba por la suave brisa mientras algunas part¨ªculas amarillas le revoloteaban a su alrededor. Me aclar¨¦ la garganta antes de hablar. Deb¨ªa intentar no desilusionarla "De nada... supongo. Yo me llamo Luciano, ?y t¨²?" "Me llamo Mirella y soy un hada, mi se?or", dijo mientras me miraba con admiraci¨®n. Su presencia en la cueva era completamente inesperada y de alguna manera sent¨ªa que era incre¨ªble, algo que nunca pens¨¦ poder ver. ?Qu¨¦ se supon¨ªa que deb¨ªa hacer ahora? Me encontraba en medio de una cueva que no era la m¨ªa, con un hada reci¨¦n liberada, sin ning¨²n plan o idea de lo que vendr¨ªa despu¨¦s. No pod¨ªa dejarla aqu¨ª, eso era seguro. Pero tampoco sab¨ªa c¨®mo manejar la situaci¨®n. Tal vez lo mejor ser¨ªa conocerla mejor "Es un placer conocerte, Mirella", respond¨ª, tratando de asimilar la situaci¨®n, pero manteni¨¦ndome seguro en mis palabras. "?C¨®mo llegaste a estar atrapada en esa piedra?" "No lo s¨¦", dijo, casi que con un tono desinteresado mientras usaba sus alas para volar desde mi mano hasta mi cara, inspeccion¨¢ndola. "Bueno, supongo que yo era el indicado para liberarte". Mirella sonri¨® mientras descend¨ªa hasta pararse sobre el suelo. "?S¨ª, lo eres! Ahora que me has liberado, estar¨¦ a tu servicio. Mi magia est¨¢ a tu disposici¨®n". ??Eh?! ?A mi servicio? ?Qu¨¦ significaba eso en realidad? ?Qu¨¦ clase de poder hab¨ªa liberado sin darme cuenta? Hasta parec¨ªa un soldado, el cual acatar¨ªa mis ¨®rdenes incluso si eso significaba mandarla a conquistar todas estas tierras. Ahora esto habr¨ªa un mundo de posibilidades de cosas para hacer.
Su actitud era desconcertante, pero tambi¨¦n hab¨ªa algo en su presencia que me hac¨ªa sentir... responsable. No pod¨ªa simplemente ignorarla o actuar como si nada hubiera pasado. Hab¨ªa desatado algo grande, y no ten¨ªa la menor idea de c¨®mo manejarlo. "?Magia?" Pregunt¨¦, intrigado. ?Es esto de lo que hablaba Sariah? ?Por fin ya hab¨ªa encontrado la bendita magia o faltaba un paso m¨¢s? "S¨ª. Puedo ayudarte en tus aventuras, protegerte y guiar tu camino. Soy una hada de la luz, aqu¨ª para combatir la oscuridad que amenaza este mundo". Luego de hablar, levant¨® uno de sus bracitos manteniendo el pu?o cerrado. "Me gusta tu cabello, mi se?or Luciano", dijo y se sent¨® encima de mi cabeza. Bueno, al menos me hace cumplidos. Mir¨¦ alrededor de la cueva, pensando en todo lo que hab¨ªa pasado en tan poco tiempo. "Entiendo. Entonces, estamos juntos en esto. Ahora estoy un poco apurado, as¨ª que debemos irnos de ac¨¢, pero no puedo dejar que mis padres te vean". ?Lo dije muy brusco? No quer¨ªa herir sus sentimientos y hacerla pensar que era una carga para m¨ª, pero la realidad era que mis padres no pod¨ªan enterarse que estuve saliendo de la cueva a escondidas, y Mirella era una clara evidencia de mis salidas. "Como usted ordene, mi se?or Luciano", dijo , todav¨ªa sentada sobre mi cabello, luego se hizo un lugar entre mi cuello y mi pelo largo, que casi me llegaba hasta los hombros. Su peque?o cuerpo apenas deb¨ªa llegar a los veinte cent¨ªmetros y es bastante flaca, por lo que ocultarse en mi nuca no era una mala idea.. Se agarr¨® fuertemente de mis mechones mientras yo caminaba al trote. Si bien todav¨ªa parec¨ªa ser temprano, sab¨ªa que hay algo de comida todav¨ªa en casa y mis padres podr¨ªan regresar antes de lo esperado. "?Psk, psk! ?Mi se?or Luciano! ?Entonces nadie puede saber que estoy contigo? Eso es muy triste". "Por ahora s¨ª, eh... es que no s¨¦ c¨®mo reaccionar¨ªan mis padres, se supone que no deber¨ªa estar saliendo de mi cueva. ?Te podr¨ªas mantener escondida por ahora? Hacelo por m¨ª, por favor. Por cierto, simplemente llamame Luciano". "Luciano... Aj¨¢, ?entendido!" Fua, que f¨¢cil. Solo tengo que ser directo con ella, sin dar vueltas. (Ya adentro de la cueva) La saqu¨¦ de detr¨¢s de mi nuca, poni¨¦ndola en mis manos. "Escuchame, dijiste que te gustaba mi pelo, ?no?" "Es que... se siente como algo especial", dijo en voz baja. "Est¨¢ bien. ?Crees poder esconderte all¨ª? Creo que es lo suficientemente largo como para que no te vean. Lo que pasa es que, si me ven junto a ti, es posible que me meta en problemas. ?Qu¨¦ te parece?" Dije, intentando persuadirla. Si la gente la ve, no s¨¦ qu¨¦ har¨ªan. "Tu sugerencia suena razonable. Si puedo ocultarme en tu pelo, ser¨¢ mucho m¨¢s seguro para ambos. Podr¨¦ observar este peque?o lugar desde la seguridad de tu cercan¨ªa". Eh... seguridad y Luciano no combinan mucho por ahora, si supiera que la otra vez me dio una paliza una ni?a... Je. "Si necesit¨¢s decirme algo, susurrame al o¨ªdo", dije, entrando un poquito m¨¢s en confianza mientras ve¨ªa a mis padres viniendo desde la lejan¨ªa del bosque. Mirella asinti¨® con entendimiento. Con un ligero zumbido de sus alas, se escondi¨® h¨¢bilmente entre los mechones marrones de mi cabello, supuestamente manteni¨¦ndose fuera de la vista de cualquier persona. "Estoy lista para ayudarte en lo que necesites", me dijo al o¨ªdo, con una voz suave. Vamos a ver si me acostumbro a esta nueva experiencia... Desde que llegu¨¦ a este mundo soy una m¨¢quina de fingir cosas frente a mis padres. "Hola mam¨¢, hola pap¨¢", dije, como si todo estuviera normal. Pero en realidad sent¨ªa el ligero cosquilleo de la respiraci¨®n de la hadita. Sent¨ªa sus peque?as manos agarradas a mi cabello y cuello, como si fuera una mariposa posada en un tronco, y esperaba que no se moviera ni un cent¨ªmetro. "Hola, Luciano", dijo Rundia, mientras me daba un suave abrazo. "?C¨®mo estuvo tu d¨ªa? Nosotros logramos traer algo de comida gracias a Anya. Ella dijo que alg¨²n d¨ªa pod¨ªa venir Tar¨²n aqu¨ª as¨ª no te aburr¨ªas". "S¨ª, claro, mam¨¢. Anya es muy buena". Y muy hermosa... Rin se acerc¨® luego de dejar unas pocas frutas en el suelo. "Hola, hijo, esperamos que hayas estado bien". Al rato, despu¨¦s de comer mandarinas como cena, el cosquilleo en mi cuello no cesaba, confirm¨¢ndome que definitivamente iba a ser complicado ocultarla. ?Y si le digo que se vaya a dormir afuera? Mejor no... seguro que se pone triste. "Ya me voy a dormir", dije con la voz m¨¢s baja posible mientras iba al lugar donde estaban mis hojas para dormir, recost¨¢ndome sobre ellas y haciendo que Mirella se oculte entre mis largos mechones. "Ahora vas a tener que buscar como acomodarte para que no te aplaste mientras duermo". "Entendido, Luciano", susurr¨® en respuesta, su voz apenas un murmullo en la oscuridad de la cueva. "Gracias por cuidarme". Ante la soledad de todos estos meses, estaba acostumbrado a mantener conversaciones secretas conmigo mismo, pero esto era nuevo, tener a alguien m¨¢s en mi cabeza, alguien tan... peculiar como Mirella. Mi mente segu¨ªa trabajando en exceso, considerando las posibilidades. ?Podr¨ªa Mirella ayudarme a alcanzar los objetivos que Sariah me hab¨ªa confiado? ?Y qu¨¦ implicaciones tendr¨ªa para nosotros? La responsabilidad parec¨ªa crecer con cada segundo que pasaba, pero al mismo tiempo, hab¨ªa un sentimiento de emoci¨®n que no pod¨ªa ignorar. ?Mierda, no le di de comer! Esa ma?ana me despert¨¦ m¨¢s temprano que mis padres, los nervios de todo lo ocurrido y el hecho de que no ten¨ªa nada de comida para ofrecerle a mi nueva compa?era me pon¨ªa a¨²n m¨¢s de los nervios. Mir¨¦ para todos lados, pero ella no estaba. Segundos despu¨¦s encontr¨¦ a Mirella investigando la cueva, mirando la zona de mis padres desde detr¨¢s de una peque?a piedra en el suelo. ?Maldici¨®n, debe estar desesperada por encontrar algo de comida! Fui en silencio y la agarr¨¦ por detr¨¢s, ella solt¨® un leve quejido "Tonta, te pueden descubrir..." Dije susurrando, como si realmente el problema fuera otro. Mirella se sobresalt¨® ligeramente al sentir mi mano sobre ella, pero r¨¢pidamente se calm¨® cuando me reconoci¨®. Sus alas se agitaron suavemente con un movimiento nervioso mientras me miraba. "Lo siento, mi se?or... digo, Luciano", murmur¨® en voz baja, su voz apenas un susurro en la silenciosa cueva. "Solo estaba curioseando. Tendr¨¦ m¨¢s cuidado". "Espero que s¨ª... aunque bueno, es normal que quieras investigar, despu¨¦s de todo, esto debe ser algo nuevo para vos. Tenemos que hablar sobre muchas cosas todav¨ªa". Cuando escuch¨¦ que mis padres se despertaban, me call¨¦ para que no levantar sospechas. Mirella tambi¨¦n entendi¨® y empez¨® a subir por mi brazo hasta quedarse detr¨¢s de mi cuello. "Buenos d¨ªas, hijo", dijo mam¨¢ mientras se estiraba. "?Dormiste bien?" Asent¨ª con una sonrisa forzada, tratando de ocultar mi nerviosismo. "S¨ª, mam¨¢, dorm¨ª bien. ?Y ustedes?" "S¨ª, bastante bien. Vamos a salir a buscar m¨¢s provisiones. ?Quieres acompa?arnos hoy?" Pap¨¢ interrumpi¨® en seco. "Amor, ya sabes que reci¨¦n va a salir de nuestra cueva cuando su pelo haya crecido hasta por debajo de sus hombros". ?Eh? ?Y esas ideas raras? ?No hablen justo de eso ahora! Espera... ?No ser¨¢ una indirecta porque ya me vieron fuera? Puse las manos adelante y las palmas abiertas en se?al de calma. "S¨ª, s¨ª, mam¨¢. Todav¨ªa no soy tan grande como para salir afuera". Mirella, oculta en mi cabello, segu¨ªa en silencio, pero sent¨ªa su nerviosismo constante a trav¨¦s de los peque?os movimientos de sus alas. Rundia asinti¨® comprensivamente. "Est¨¢ bien, solo no te metas en problemas, ?de acuerdo?" Mientras mis padres se preparaban para salir nuevamente, me qued¨¦ sentado, intentando mantener una conversaci¨®n mental con Mirella. Era raro, tener a alguien tan cerca, tan dependiente de m¨ª. No quer¨ªa fallarle, ni a ella ni a mis padres, pero al mismo tiempo, no sab¨ªa si pod¨ªa cumplir con las expectativas de todos. Anya los esperaba fuera, ¨²ltimamente parecen que se han amistado m¨¢s con ella. Mirella sali¨® de su escondite y flot¨® frente a mi rostro, sus part¨ªculas amarillas brillaban intensamente a su alrededor. "Quiero saber todo lo que puedas contarme, Luciano. Este lugar es tan diferente a donde sol¨ªa estar. ?Qui¨¦nes son esos seres que viven contigo?" "Ellos son mis padres, Rin y Rundia, todos somos humanos normales y vivimos siempre en esta cueva", hice una pausa. "Ahora me toca preguntar a m¨ª... entonces decime, ?por qu¨¦ saliste de una piedra?" "No lo s¨¦", respondi¨®, otra vez con un tono desinteresado mientras que, por alguna raz¨®n, inspeccionaba poco a poco mi cuerpo. "?Por qu¨¦ tienes marcas moradas?" Pregunt¨®, tocando por encima uno de los moretones. ?Morado? Creo que esta es la primera vez en este mundo que escucho que nombran el nombre de un color, no es como si realmente hubiera hablado con muchas personas, pero a pesar de esa curiosidad de nombrar un color, es como si de alguna manera supieran hablar muy bien, y eso que parece que la raza humana no ha estado viviendo por mucho tiempo. Aun as¨ª, yo puedo comunicarme perfectamente con todos. ?Ser¨¢ una especie de memoria colectiva? Taken from Royal Road, this narrative should be reported if found on Amazon. Me pregunto qu¨¦ otros conocimientos est¨¢n enterrados en la mente de Mirella, esperando ser descubiertos, o si es m¨¢s un reflejo de las capacidades limitadas de los humanos aqu¨ª. Es como si hubiera capas de conocimiento que algunas personas o seres simplemente no pueden alcanzar, mientras que otros, como Mirella, podr¨ªan llegar a absorberla sin siquiera darse cuenta. Tal vez existen seres que son m¨¢s intelectualmente superiores que otros. Tambi¨¦n est¨¢ la cuesti¨®n de mis propios padres. Son personas simples, buenas, pero hay tantas cosas que no entienden. Viven en un mundo sin la menor idea de las infinitas posibilidades m¨¢s all¨¢ de esta cueva o incluso dentro de ella. Es como si yo tuviera la llave para desbloquear todo este potencial, pero ?qu¨¦ tan justo es eso? ?C¨®mo puedo ayudar a los dem¨¢s a ver lo que yo veo sin sobrecargarlos o sin que piensen que soy extra?o? Al fin y al cabo, lo ¨²ltimo que quiero es que mi familia y amigos me vean como un bicho raro, alguien demasiado diferente para ser comprendido. Adem¨¢s, mi edad todav¨ªa es una traba. "Luciano, ?todo est¨¢ bien? Solo quer¨ªa saber qu¨¦ te pas¨® aqu¨ª". Y despu¨¦s est¨¢ la otra cuesti¨®n: mi propio conocimiento. Aunque puedo ver las cosas desde una perspectiva m¨¢s amplia debido a mis recuerdos de la Tierra, hay tantas cosas que no s¨¦ sobre este mundo. No entiendo del todo la magia, ni las leyes que rigen este lugar, y cada d¨ªa me doy cuenta de lo mucho que a¨²n me falta aprender. ?Estoy realmente preparado para guiar a Mirella, a mi familia, y tal vez a todos los dem¨¢s que dependen de m¨ª? Tal vez solo estoy exagerando las cosas... Debo ser lo suficientemente humilde para admitir cuando necesito ayuda o cuando es mejor escuchar que hablar. Quiz¨¢s, de esa manera, pueda ayudar a otros a descubrir su propio potencial sin imponerles el m¨ªo. Lo que m¨¢s me preocupa es que, aunque tenga acceso a conocimientos m¨¢s avanzados, no tengo todas las respuestas. La sabidur¨ªa no siempre viene con el conocimiento, y el hecho de saber algo no necesariamente significa que uno pueda aplicarlo correctamente. Hay una l¨ªnea muy fina entre el conocimiento y la arrogancia, y me aterra cruzarla sin darme cuenta. "?Auch!" El toque fuerte de Mirella en mi moret¨®n me doli¨®. Me hab¨ªa quedado en mis pensamientos, todas esas cosas que no puedo contarle a nadie, solo me tengo a m¨ª mismo. Soy el ¨²nico de los que me rodean que conoce la magnitud de las cosas que oculta el universo. Si le cuento a alguien, ?qui¨¦n me creer¨ªa que existe la reencarnaci¨®n? Que despu¨¦s de morir existe la posibilidad de poder vivir una nueva vida en otro o en el mismo mundo. Ella se ech¨® para atr¨¢s asustada. "?L-Lo siento! No sab¨ªa que te dol¨ªa", se disculp¨® r¨¢pidamente con voz temblorosa. Esa diosa... En mi vida pasada, el concepto de dioses era algo abstracto, algo que la gente mencionaba en momentos de desesperaci¨®n o esperanza, pero nunca como una realidad tangible. Ahora, Sariah es una presencia constante en mi vida, aunque apenas y se haya manifestado en raras ocasiones. Ella me trajo aqu¨ª por una raz¨®n, pero... ?Qu¨¦ tan clara es esa raz¨®n, incluso para ella? Me pregunto si Sariah realmente tiene un plan meticuloso para m¨ª o si simplemente est¨¢ experimentando, viendo qu¨¦ sucede si pone a un humano con conocimientos de otro mundo en este entorno tan primitivo. A veces, siento que soy solo una pieza en un juego que ella est¨¢ jugando, y eso me irrita un poco. Aunque... tambi¨¦n podr¨ªa ser que ella est¨¦ tan perdida como yo, intentando comprender su propio prop¨®sito. "Luciano, ?me est¨¢s escuchando?" La voz dulce de Mirella interrumpi¨® mi flujo de pensamientos. "No, no pasa nada, es que esos son... unas peque?as marcas de golpes, pero ya van a sanar". Cambi¨® su cara con una sonrisa al ver que todo estaba bien. Parece ser bastante sentimental. "Por cierto, ?no comes nada?" "Creo que no me hace falta, nunca tuve ganas de comer como t¨² lo haces. ?Pero si quieres puedo intentarlo!" Vaya, me saqu¨¦ un peso de encima, porque tener otra boca que alimentar, y encima a escondidas, ser¨ªa dif¨ªcil. "Est¨¢ bien, cuando tengamos bastante comida te voy a compartir un poco. Ahora, me gustar¨ªa saber m¨¢s sobre tus habilidades m¨¢gicas que me dijiste que ten¨ªas. ?Qu¨¦ puedes hacer exactamente?" "Soy un hada de la luz", dijo, levantando sus brazos diminutos, como si quisiera explicar que eso para ella es algo muy impresionante. "Puedo iluminar lugares oscuros y protegerte con peque?as barreras de luz. Tambi¨¦n puedo sentir la presencia de la oscuridad y de seres malvados". Luego agreg¨®, a¨²n m¨¢s emocionada: "?Mira, mira!" Y desde su peque?a mano comenz¨® a formarse una bola de luz que ella llev¨® hacia el fondo de la cueva, donde la luz del sol ya casi no llegaba. "?As¨ª que la magia s¨ª existe! La cantidad de cosas que podr¨ªamos hacer con ella es inmensa, pero, ?hay alguna limitaci¨®n o algo as¨ª?" Intentaba saber si solo deber¨ªamos usar magia cuando realmente lo necesitemos. Mientras tanto miraba la bola de luz, que parec¨ªa como una lampara que iluminaba todo el lugar sin usar electricidad. "Creo que cuando uso magia, las cosas amarillas que flotan a mi alrededor empiezan a desaparecer... bueno, es que no recuerdo muy bien c¨®mo funciona esto", dijo, chocando la punta de sus dedos ¨ªndices entre s¨ª. "S¨ª, s¨ª, no te presiones. Record¨¢ que reci¨¦n sal¨ªs de esa piedra m¨¢gica, seguro que debe ser dif¨ªcil para ti. ?C¨®mo era tu vida antes? o ?por qu¨¦ terminaste as¨ª?" Justo antes de que Mirella conteste, afuera se empezaron a escuchar gritos de mujeres. Es posible que sean las ni?as gemelas, siempre pasan como a esta hora. Mirella se sobresalt¨® y vol¨® r¨¢pidamente hacia mi cabello, escondi¨¦ndose entre los mechones. "?Qui¨¦nes son?" susurr¨®, su voz apenas audible entre los gritos. Sal¨ª de la cueva para ver qu¨¦ estaba pasando. Reconoc¨ª las voces de las gemelas al adentrarme en el bosque, las nietas de la anciana Kuri. "Son solo las gemelas, suelen... jugar por aqu¨ª", respond¨ª a Mirella en voz baja. Vi a las dos ni?as discutiendo entre ellas. Ambas parec¨ªan estar muy agitadas. "?Eso no es justo, yo lo encontr¨¦ primero!". "?No, t¨² no lo viste! ?Fui yo!" "Hey, hey. C¨¢lmense", dije, acerc¨¢ndome a ellas, a pesar de que nuestro ¨²ltimo encuentro no termin¨® de buena manera. "?Qu¨¦ est¨¢ pasando?" La m¨¢s malhumorada gir¨® su cabeza hacia mi. "?Esto no es asunto tuyo!" "Este... pero sus gritos me est¨¢n molestando". "??Qu¨¦ dijiste, idiota!?" De pronto comenz¨® a caminar hacia m¨ª con cara enojada, la escena se volv¨ªa a repetir. Su hermana la tir¨® del brazo, intentando calmarla. "Suminia, basta. No es su culpa". Suminia, ese era el nombre de mi enemiga. Nunca le hice nada para que me odiara tanto, y sin embargo... ?Maldici¨®n! ?Es una mocosa arrogante que merece que le devuelvan cada golpe! Ella se detuvo, pero su expresi¨®n de enfado no cambi¨®. "Encontramos algo importante, y ¨¦l no tiene que meterse. Solo es un est¨²pido ni?o entrometido". "?Y qu¨¦ es eso tan importante? Digo, debe ser algo sorprendente como para que las haga gritar as¨ª, como locas", pregunt¨¦, intentando mantener la calma, aunque mi voz sal¨ªa m¨¢s tensa de lo que quer¨ªa. La ni?a llamada Suminia me mir¨® de arriba abajo, su ce?o fruncido cada vez m¨¢s marcado. No pod¨ªa evitar recordar c¨®mo me hab¨ªa golpeado la ¨²ltima vez, dej¨¢ndome inconsciente. Esa escena se repet¨ªa en mi mente una y otra vez, avivando el odio que sent¨ªa por ella. Ella es un problema. ?C¨®mo alguien puede tener tanto veneno en su interior a tan corta edad? Apenas deb¨ªa tener unos nueve o diez a?os, pero act¨²a como si quisiera destruir todo a su paso, especialmente a m¨ª. No s¨¦ si es rabia, envidia, o simplemente disfruta vi¨¦ndome sufrir. "Esta cosa", respondi¨® mientras estiraba su mano mostrando una pluma, que reconoc¨ª al instante. "La encontramos en el bosque, pero mi tonta hermana cree que solo ella deber¨ªa tenerla". "Ah... eso es una pluma del hombre p¨¢jaro". Mientras tanto, Mirella hac¨ªa ruiditos molestos al terminar de hablar, todo lo que ella no conoc¨ªa le llamaba la atenci¨®n. "Una p-p-plu... ?Qu¨¦ cosa? No me estar¨¢s tratando de tonta, ?no? ?No entiendo c¨®mo podr¨ªas saber qu¨¦ es esto! ?Nunca hab¨ªa escuchado esa palabra!" De nuevo los habitantes de esta zona no reconocieron lo que es una pluma. Lo mismo le hab¨ªa pasado a mi familia aquella vez que el hombre p¨¢jaro irrumpi¨® en nuestra cueva. Mientras tanto la otra ni?a miraba muy sorprendida la mano de su hermana, parec¨ªa que deseaba mucho tener esa pluma. "Bueno, es que el hombre p¨¢jaro una vez nos visit¨® y... ?Vi sus plumas! Las ten¨ªa por todo el cuerpo, era su pelaje". "P-P-Paj... ??Qu¨¦!? ?Qu¨¦ est¨¢s diciendo, idiota!" Su hermana, m¨¢s curiosa, se acerc¨® un poco a m¨ª. En ese momento las alas de Mirella empezaron a zumbar aceleradamente. "?Es verdad?", sus ojos llenos de asombro. "Viste a un hombre... ?Qu¨¦ cosa?" "?En serio nunca vieron un p¨¢jaro? De esos que vuelan por el aire". Sus caras desconcertadas me confirmaban que en este mundo no hab¨ªa de ese tipo de animal. "V¨¢monos, hermana, este ni?o solo sabe decir mentiras... Parece que est¨¢ buscando que le d¨¦ otra paliza". (Varios d¨ªas despu¨¦s) Muchas noches mand¨¦ a Mirella a dormir sobre los ¨¢rboles que hay al lado de la cueva, aunque siempre lo hace de mala gana. ¨²nicamente quiere estar a mi lado y encima cuando duerme all¨¢ fuera se despierta re tarde. Me sorprende lo r¨¢pido que Mirella se adapt¨® a estar conmigo. Se mueve por la cueva con una familiaridad inquietante, como si siempre hubiera estado a mi lado, a pesar de que apenas nos conocimos. A veces pienso que, quiz¨¢s, al igual que yo, ella tambi¨¦n fue tra¨ªda aqu¨ª por Sariah por una raz¨®n. Ahora que lo recuerdo, mi diosa dijo que hubo otras dos almas que ella reclam¨®, pero creo que no hab¨ªan mantenido sus recuerdos. Entonces, eso no quita que ella reclamara otras almas despu¨¦s de que yo reencarnara. Esto es todo un l¨ªo, y si me pongo a pensar en esas cosas, solo generar¨ªa desconfianza con los dem¨¢s. "?Lucianoooooooooo!" Se escuch¨®, era ella, volando a toda velocidad, para luego terminar estamp¨¢ndose contra mi frente. "?Mirella! Qu¨¦ hac¨¦s..." Mirella empez¨® a treparse por encima de mi pelo, pero de pronto sent¨ª esa sensaci¨®n estremecedora, una que solo hab¨ªa sentido solo dos veces en toda mi existencia. Mirella hab¨ªa tocado el filamento de cabello rojo. Justo, hablando de roma... Una enorme electricidad recorri¨® mi cuerpo por una fracci¨®n de segundos. Cada vez la sensaci¨®n era m¨¢s dolorosa. Debo evitar que toquen mi cabello, a no ser que sea necesario. Aunque pensar en eso me aterra, porque para hablar con Sariah deber¨ªa estar... muerto. Primero Rundia, luego Rin y ahora Mirella... Realmente no s¨¦ si necesito saber alg¨²n secreto sobre ellos. "Luciano, ?est¨¢s bien?" Dijo, bajando su rostro hacia mis ojos, mir¨¢ndome de al rev¨¦s. Pude ver sus hermosos ojos verdes de cerca. Realmente ella era una belleza en este mundo. "Yo... no es nada, creo que fue por el golpe que me diste". "?L-Lo siento! ?Perd¨®name! No me volver¨¦ a portar mal, ?lo prometo!" Que exagerada esta se?orita... pero se me hace demasiado tierna como para molestarme con ella. "Est¨¢ bien, est¨¢ bien. Sigue siendo como eres, solo fue una tonter¨ªa". "Solo debes jurarme lealtad eterna", agregu¨¦, en forma de broma. Ella bajo hasta el suelo. "?Quieres hacer un pacto de no agresi¨®n?" "?Eh?" "S¨ª, sirve para no atacarnos y... ?Ser felices para siempre!" No sab¨ªa si tomarme en serio esto, pero respond¨ª intentando tomarlo con el respeto que ella se merec¨ªa. "?Dices que existe un pacto as¨ª? Dejame que lo piense y te doy una respuesta". "Est¨¢ bien". ?De d¨®nde conocer¨ªa Mirella la palabra ''pacto''? Quiz¨¢ ella misma no entiende del todo lo que implica un pacto, tal vez solo repiti¨® algo que alguna vez escuch¨® en su vida pasada. Claro, si es que tuvo una vida antes de quedar atrapada en esa piedra m¨¢gica. O tal vez, la palabra ''pacto'' tiene un significado completamente diferente para ella. Despu¨¦s de todo, es un hada, un ser m¨¢gico con conocimientos que podr¨ªan ser muy distintos a los nuestros. Tal vez estoy d¨¢ndole muchas vueltas a lo que saben o no saben los dem¨¢s, quiz¨¢s s¨ª existen los pactos en este mundo, solo me falta familiarizarme m¨¢s con el tema de la magia y dem¨¢s. "?Qu¨¦ te parece si salimos un rato afuera y hacemos algunas cositas? Quiero probar algunas estrategias aprovechando que vos pod¨¦s volar y tener una mejor vista desde arriba". "?Siiiii! ?Voy a salir con Luciano!" Dijo y vol¨® emocionada hasta ponerse de nuevo sobre mi cabeza, la verdad es que es alguien que no se queda quieto. Una vez fuera, hablamos. "Primero necesito que vayas y encuentres el lugar en donde est¨¢n mis padres, para no ir en esa direcci¨®n o van a descubrir que sal¨ª de la cueva. Volv¨¦ cuando sepas su ubicaci¨®n, por lo general suelen ir en esa direcci¨®n", se?al¨¦ hacia donde estaba el claro en el bosque. Su peque?a figura se perdi¨® entre los ¨¢rboles mientras yo esperaba pacientemente. Observ¨¦ el entorno, asegur¨¢ndome de que nadie estuviera cerca para vernos. Despu¨¦s de unos minutos, Mirella regres¨® volando con una sonrisa en el rostro. "Tus padres est¨¢n buscando provisiones en donde dijiste. No est¨¢n muy lejos, pero no parece que vayan a volver pronto, porque vi que todav¨ªa no encontraron nada". "Perfecto. Gracias, Mirella, ahora vamos a explorar un poco, pero mantente siempre alerta, no quiero que nos descubran". Caminamos juntos por el bosque, con Mirella volando a mi alrededor y ocasionalmente pos¨¢ndose en mi hombro para descansar. Era una experiencia nueva y emocionante tener un hada como compa?era, m¨¢s sabiendo que hasta ahora siempre hab¨ªa salido en solitario. Mientras avanz¨¢bamos, le pregunt¨¦ m¨¢s sobre sus habilidades. "Mirella, mencionaste que pod¨¦s sentir la presencia de la oscuridad. ?Hay alguna forma de usar eso para evitar peligros o enemigos?" "S¨ª, puedo sentir cuando algo oscuro o malvado est¨¢ cerca. Y si hay alg¨²n peligro, puedo usar mi magia de luz para protegernos". "Eso suena incre¨ªble. ?Entonces est¨¢ todo bien por ac¨¢?". "No siento ninguna oscuridad cerca. Estamos seguros por ahora". "Me quedo m¨¢s tranquilo entonces". "Luciano, esto es hermoso", dijo Mirella, volando y admirando la naturaleza. "Me siento tan libre..." Comenz¨® a elevarse m¨¢s y m¨¢s entre las copas de los ¨¢rboles. "?Luciano! Encontr¨¦ algo que se parece a tu comida". Mirella baj¨® con una cosa que ten¨ªa forma de huevo, pero de color morado. Luego me lo entreg¨® en las manos. "Ehm... creo que esto no es algo que podr¨ªa comer en este momento. Es posible que de ac¨¢ nazca un animal". Realmente no s¨¦ qu¨¦ es eso. Si se supone que no hay aves. ?C¨®mo es que hay un huevo all¨ª arriba? Qu¨¦ curioso. "?Un animal? ?Eso es incre¨ªble!" "Toma, vuelve a dejarlo donde estaba y sigue volando por las alturas a ver si encuentras algo m¨¢s. La verdad es que estamos bastante faltos de comida". "?Entendido!" Tom¨® el huevo entre sus manos y sigui¨® con su vuelo. A los segundos se volvi¨® a escuchar: "?Luciano! ?Encontr¨¦ algo que se parece a tu comida" Esta vez baj¨® con algo de color verde. "Ay... ?Pesa, pesa, pesa, pesa!" Se quej¨® hasta dejarla caer en mis manos, aunque en realidad no era tan pesado, sino que era m¨¢s largo que ella y no lo pod¨ªa manejar. "Epa..." Me emocion¨¦, esto si ten¨ªa la textura de ser algo comestible, pero no era algo que haya visto antes. Es como con forma de un palo, pero medio blando y verde, como si fuera gelatinoso por dentro. La forma me hac¨ªa acordar a una ca?a de az¨²car, aunque era obvio que eso no era, porque esas crecen en el suelo, y estas estaban en los ¨¢rboles. "Gracias, voy a ver como sabe", dije y mord¨ª una punta. Al masticarlo, la textura se mezcl¨® con una sensaci¨®n un poco crujiente por fuera y tierna por dentro. Era refrescante, como morder algo que te alivia de la sed. No era un sabor fuerte, pero era agradable, ligero, casi como una fruta. Esto... no est¨¢ mal... Tom¨¦ otro pedazo mientras pensaba que quiz¨¢s podr¨ªa intentar cocinarlo en la hoguera luego, pero por ahora, al natural ya me estaba resultando bastante bueno. Mir¨¦ a Mirella, quien me observaba con curiosidad, esperando mi veredicto final. "?Y? ?Te gusta?" pregunt¨®, con una sonrisa triunfante. "S¨ª. ?Crees que podr¨ªas dejarlos caer m¨¢s desde arriba? No los veo desde ac¨¢ y me gustar¨ªa llevarme algunos para comer cuando no haya comida". "?Claro que s¨ª!" Respondi¨® y al cabo de un rato ya ten¨ªa seis de esas cosas. Luego volvimos a la cueva. "?Sabes qu¨¦? Creo que tengo un problema... si mis padres descubren esta comida que conseguimos. ?C¨®mo voy a explicarles d¨®nde la consegu¨ª?" "Yo puedo ayudarte a ocultarlos si es necesario. Tengo mi peque?o lugarcito en ese... ?Tonto ¨¢rbol en donde me mandas a dormir!" No hab¨ªa forma, ella siempre ten¨ªa que demostrar su enojo por no dejarla dormir dentro de la cueva... "Vamos, vamos, no te enojes. Te agradezco por siempre intentar ayudarme, pero el lugar en el que dorm¨ªs es otro tema". Acarici¨¦ su peque?a cabeza y tom¨¦ una de las cosas verdes, parti¨¦ndola por la mitad, notando c¨®mo la textura cambiaba desde el exterior m¨¢s firme hasta el centro suave y casi gelatinoso. Un aroma vegetal, ligeramente dulce, se desprend¨ªa, invit¨¢ndome a probarlo. "?Otro tema? ?Siempre es otro tema contigo!" Mirella vol¨® en c¨ªrculos sobre mi cabeza, visiblemente frustrada. "?Cu¨¢ndo vas a dejarme dormir en la cueva? ?Si t¨² tambi¨¦n duermes ac¨¢, deber¨ªa tener el mismo derecho!" Dijo, se?alando las hojas grandes en el suelo "Bueno, Mirella, si no te gusta el ¨¢rbol, ?por qu¨¦ no mejor te busc¨¢s otro? El bosque est¨¢ lleno de opciones, seguro hay uno m¨¢s c¨®modo por ah¨ª". "?Pero yo no quiero otro! Yo quiero dormir cerca tuyo", dijo, inflando las mejillas mientras se cruzaba de brazos, su peque?a figura flotando frente a m¨ª. Estir¨¦ una de las mitades de la nueva fruta verde. "Tom¨¢, ponelos parados, para que no se derrame lo de dentro". "?Ay, ya! ?Est¨¢ bien!" Grit¨®, y de mala gana se fue llevando de a una las once partes. Yo mientras tanto me qued¨¦ comiendo una de las mitades que hab¨ªa agarrado. "Mirella, con respecto a lo del pacto de no agresi¨®n... decid¨ª aceptar realizarlo, me di cuenta que sos alguien en la que puedo confiar". Realmente ella es bastante inocente como para darme alg¨²n problema, adem¨¢s eso de no agredirnos es una buena idea. Sus ojos se pusieron como dos estrellas, tal vez este era unos de los mejores d¨ªas de su vida. "?En serio!? ?Siiiiiii! Voy a hacer un pacto de no agresi¨®n por primera vez. ?Estoy tan contenta!" Sus alas aleteaban a gran velocidad, como cuando un perrito mueve la cola. "?Te parece si lo hacemos ma?ana cuando mis padres salgan? Por cierto, ellos salen todos los d¨ªas, pero esto no era as¨ª antes... Antes ten¨ªamos m¨¢s comida". "Lo siento por ellos... pero s¨ª, ser¨¢ mejor que lo hagamos ma?ana. Creo que es bastante r¨¢pido de hacer". ?Cu¨¢ntas cosas m¨¢gicas tiene este mundo? Es incre¨ªble. Cap铆tulo 6: Entre dos mundos. Mientras Mirella volaba alrededor m¨ªo, con esa energ¨ªa inagotable, no pude evitar sonre¨ªr un poco. Esta nueva vida... es tan diferente, tan llena de cosas inesperadas. Cada d¨ªa hay algo nuevo que descubrir. Magia, criaturas como Mirella, diosas, pactos¡­ Nunca pens¨¦ que estar¨ªa viviendo algo as¨ª. Al principio todo esto me parec¨ªa surrealista, como si en cualquier momento fuera a despertar en mi antigua vida, pero ahora... me siento feliz. Aunque no quiero decir que no me sentir¨ªa feliz si esto solo es un sue?o, todav¨ªa no dejo de pensar en todo lo que dej¨¦ en mi vida pasada. La verdad es que Mirella, con sus ocurrencias y ese car¨¢cter juguet¨®n, me hace los d¨ªas mucho m¨¢s entretenidos. Y aunque a veces se pone fastidiosa con sus caprichos, como el querer dormir siempre cerca de m¨ª, no puedo evitar sentir un cari?o especial por ella. Es como una peque?a compa?era, siempre est¨¢ ah¨ª, lista para ayudar o para hacer alg¨²n comentario que me saque una sonrisa. Adem¨¢s, siendo honesto, en este mundo lleno de cosas que aun no entiendo, es bueno tener a alguien en quien confiar, por m¨¢s peque?ita y caprichosa que sea. (Al d¨ªa siguiente) "Buenos d¨ªas, hijo". La que me saludaba era Rundia, d¨¢ndome un abrazo r¨¢pido. "Vamos a buscar m¨¢s provisiones. Qu¨¦date aqu¨ª y ten cuidado, recuerda lo que siempre te dice tu padre". Asent¨ª con una sonrisa y les dese¨¦ suerte. En realidad, solo quer¨ªa hacerme el ni?o bueno as¨ª se iban r¨¢pido, porque una vez que salieron, me dirig¨ª inmediatamente afuera para buscar a Mirella. Ella baj¨® inmediatamente de su ¨¢rbol. "?Te gustar¨ªa ayudarme a hacer una cosa antes de lo del pacto?" "Claro. ?Qu¨¦ tienes pensado hacer?" "Es un invento que se me ocurri¨®... para dormir mejor. Ven¨ª que te muestro". Llegamos al fondo de la cueva, donde estaban las plumas del hombre p¨¢jaro almacenadas ya hace como un a?o. "Estas se llaman plumas, son de las mismas que encontraron las ni?as y que se estaban peleando por ellas, no s¨¦ si llegaste a verla". "No, pero s¨ª entend¨ª todo lo que hablaron. Me pareci¨® que te trataron un poco mal, ?no?" "Bueno, s¨ª, pero eso no importa ahora. Mejor mir¨¢ esto, es un peque?o invento que se llama almohada". Agarr¨¦ todas las plumas entre mis manos y las cargu¨¦ hasta ponerlas sobre una de mis hojas grandes. Luego puse otra hoja por debajo, formando una cruz entre ellas y las un¨ª con un nudo en un punto c¨¦ntrico. "Listo, ahora es mucho m¨¢s suave". Prob¨¦ la almohada primitiva apoyando mi cabeza sobre ella. Esta era la primera cosa que hab¨ªa creado utilizando mi conocimiento del planeta tierra. "?Wow! Hay que tener mucha imaginaci¨®n para crear algo as¨ª. ?Yo tambi¨¦n puedo tener una? No s¨¦ para qu¨¦ sirve, pero se ve muy interesante". Vol¨® hasta sentarse en el borde de la almohada, apoyando sus pies descalzos sobre ella. "No creo, las plumas son demasiado grandes como para hacerte una almohada. Adem¨¢s, ya no tengo m¨¢s". "Uhm... entiendo tu punto. ?Pero debes prometerme que encontrar¨¢s la forma!" "S¨ª... s¨ª, tranquila. Ya vamos a ver qu¨¦ hacemos para solucionar esto. ?Podemos hacer el pacto ahora?" Mirella se sinti¨® m¨¢s entusiasmada, sus alas brillando con una luz suave. "?S¨ª! ?S¨ª! Estoy lista, ?vamos a hacerlo!" "?C¨®mo funciona exactamente?" "Es simple", explic¨® Mirella. "Solo necesitamos tomarnos de las manos, unir nuestra sangre a partir de una peque?a herida y decir unas palabras. Luego, una luz nos envolver¨¢ y el pacto estar¨¢ hecho. Prometemos no hacernos da?o y ser amigos para siempre". Estaba claro que lo de ser amigos estaba de m¨¢s. A veces es dif¨ªcil no verla como una ni?a peque?a, con esa mezcla de capricho y ternura que la caracteriza, pero a la vez, tiene una madurez extra?a para algunas cosas. Su lealtad es inquebrantable, y en este mundo lleno de incertidumbre, eso es algo que valoro m¨¢s de lo que podr¨ªa admitir. Ella siempre est¨¢ ah¨ª, lista para ayudar, aunque muchas veces su manera de hacerlo me saque de quicio. "?Unir nuestra sangre?" Pregunt¨¦, intentando saber de qu¨¦ manera lo har¨ªamos. "S¨ª, debemos tener un poco de nuestra sangre en las manos al juntarlas". Me qued¨¦ mir¨¢ndola por un segundo, admirado de c¨®mo tomaba todo con tanta naturalidad. En otro momento, y con esta explicaci¨®n con tanta falta de informaci¨®n, un pacto de sangre me habr¨ªa parecido algo demasiado serio, casi aterrador, pero con Mirella todo parec¨ªa m¨¢s sencillo. Era como si todo tuviera una soluci¨®n o un lado amable con ella a mi lado. "A ver..." Mord¨ª mi dedo e hice salir un poquito de sangre, que la distribu¨ª en mis dos manos. "No vayas a traicionarme, ?eh!" Brome¨¦, extendiendo mis manos hacia ella. Ahora que est¨¢bamos palma con palma, sentir su mano tan peque?a en la m¨ªa me hizo pensar en lo fr¨¢gil que parec¨ªa, pero a la vez sab¨ªa que ella era m¨¢s fuerte de lo que aparentaba. Mirella puede ser juguetona y a veces parecer despreocupada, pero es leal, protectora, y siempre est¨¢ dispuesta a todo por m¨ª. Ella copi¨® lo mismo que yo hice y su dedo ¨ªndice tambi¨¦n sangr¨®. "No, Luciano, todo est¨¢ bien". Entrecerr¨® un poco los ojos antes de continuar. "Yo, Mirella, prometo no hacer da?o a Luciano y ser su amiga para siempre". "Yo, Luciano, prometo no hacer da?o a Mirella y ser su amigo para siempre", dije, sigui¨¦ndole un poco el juego. De repente una luz empez¨® a envolvernos e inmediatamente la vista se me puso blanca. En ese momento todo mi cuerpo se adormeci¨® y ca¨ª desplomado al piso. Por una fracci¨®n de segundos pude ver la cara de mi diosa. Solo la cara. De pronto me encontraba en lugar super oscuro, ni siquiera supe si estaba en un lugar, porque se sent¨ªa como estar en un vac¨ªo negro. "?Eh? ?Qu¨¦ acaba de pasar?" Murmur¨¦ al aire, empez¨¢ndome a desesperar. Esta era la misma sensaci¨®n que sent¨ª cuando mor¨ª en mi anterior mundo, ten¨ªa un vac¨ªo en el alma a pesar de no saber qu¨¦ fue lo que realmente sucedi¨®. La sensaci¨®n de fr¨ªo me llegaba hasta los huesos. No se ve¨ªa absolutamente nada, trat¨¦ de moverme, pero solo mi brazo derecho respond¨ªa y lo notaba m¨¢s grande. Toqu¨¦ lo que hab¨ªa alrededor y parec¨ªa ser como... ?Metal? O al menos parec¨ªa algo similar. ?Qu¨¦ carajos acaba de pasar? Tal vez hacer el pacto me teletransport¨® bajo tierra o algo as¨ª. El terror me paraliz¨® por un instante cuando, al tocar mi cuerpo, lo not¨¦ m¨¢s grande, familiar. "?Soy yo!" Grit¨¦ desaforadamente, este era mi cuerpo en mi vida anterior. Pero si ya mor¨ª... ?Qu¨¦ acaba de suceder? Esto no deber¨ªa estar pasando... ?Magia de ilusi¨®n? No pod¨ªa respirar bien. El espacio era tan estrecho que me costaba moverme, apenas pod¨ªa alzar los brazos y se sent¨ªan como pesados. Mi mente intentaba desesperadamente encontrar alguna l¨®gica en lo que estaba pasando, pero no hab¨ªa ninguna. ?C¨®mo volv¨ª aqu¨ª? ?Este cuerpo ya no deber¨ªa existir! Las im¨¢genes de mi vida pasada comenzaron a surgir como una corriente descontrolada. Empec¨¦ a hiperventilar y sentir c¨®mo la claustrofobia se apoderaba de m¨ª. La oscuridad me oprim¨ªa, y el sonido de unos pasos distantes se hac¨ªa cada vez m¨¢s fuerte. La desesperaci¨®n me consum¨ªa a tal punto de comenzar a golpear el metal con los pies. "?Mirella! ?Mirella!" Fue lo ¨²nico que se me ocurri¨® gritar con todas mis fuerzas, esperando que ella pudiera escucharme y sacarme de este infierno. Si es que ella no ten¨ªa nada que ver con esta situaci¨®n. "?Qu¨¦ fue eso?" Alguien con voz de hombre contest¨®, pero no pude localizar d¨®nde estaba. "?Ayuda! ?S¨¢quenme de aqu¨ª!" Cuando grit¨¦, se escucharon pasos acercarse y de un momento a otro vi una luz llenar el peque?o sitio donde me encontraba casi congelado. "?AHHHHHHHHHH!" Apenas pude ver el rostro aterrado de ese hombre vestido con un uniforme celeste, que sali¨® gritando desaforadamente. Al fondo se ve¨ªan cajones blancos y con nombres, inmediatamente reconoc¨ª que yo estaba... Yo estaba en la morgue. Estaba en un maldito caj¨®n de una morgue. Todo esto era real. Sent¨ªa el fr¨ªo met¨¢lico bajo mis dedos, el olor a desinfectante denso en el aire. Mi vida, mis recuerdos¡­ todo me invad¨ªa de golpe. Con el cuerpo casi entumecido, pude apenas empujar y deslizarme por la salida de mi caj¨®n. Al verme el cuerpo bajo la luz del foco, ah¨ª pude darme cuenta de lo que era sentir la verdadera desesperaci¨®n. Ya no ten¨ªa mi brazo derecho "???Maldici¨®n!!! ?Agghh! ?No quiero estar aqu¨ª de esta manera! ?No quiero esto!" Grit¨¦, pero mi voz se ahogaba en el eco de la sala vac¨ªa. Lo raro era que no sent¨ªa nada de dolor, pero s¨ª el fr¨ªo, como si realmente estuviera muerto en vida, viviendo un maldito sue?o enfermizo y macabro. "?Qu¨¦ mierda me hizo Mirella? ?Maldita!" Al intentar bajarme del caj¨®n de la morgue me estamp¨¦ la cara contra el suelo, pero ya me daba igual... ?Qu¨¦ le hac¨ªa un golpe m¨¢s a este cuerpo? "Esto no es real... no puede ser real". Intent¨¦ convencerme mientras me arrastraba como una oruga contra la puerta que el hombre dej¨® abierta, pero la sensaci¨®n de cada baldosa bajo mi cuerpo magullado era aut¨¦ntica. La posibilidad de que tenga varias lesiones en las piernas era muy alta, de hecho, no s¨¦ c¨®mo todav¨ªa puedo moverlas. "Debe ser culpa de su magia... Control mental o algo as¨ª. Debo encontrar una salida de este lugar", dije, casi que minti¨¦ndome a m¨ª mismo. Esto se sent¨ªa tan real... Una vez que mi cuerpo tom¨® algo de calor, empec¨¦ a moverme rengueando hacia alg¨²n lugar. El pasillo del hospital estaba completamente vac¨ªo, pero se o¨ªan voces aterrorizadas a lo lejos. Tambi¨¦n varios pasos de personas que no pod¨ªa ver. ?C¨®mo es que ac¨¢ a lo pasaron a lo sumo tres d¨ªas y en el otro mundo ya pasaron m¨¢s de dos a?os? Grit¨¦ de nuevo, esta vez m¨¢s d¨¦bil, mi voz quebrada por el terror. "?Mirella! ??D¨®nde est¨¢s?!" Pero todo segu¨ªa siendo silencio. Ni una respuesta, ni una se?al de esa luz que nos hab¨ªa envuelto antes. La ¨²nica presencia era la m¨ªa y el eco de mis propios gritos en esta morgue infernal. Dios... esto es una pesadilla. Tiene que serlo. Llegu¨¦ a una bifurcaci¨®n en el pasillo, las se?ales de salida iluminadas tenuemente. A lo lejos, los murmullos aterrorizados de los trabajadores y pacientes se intensificaban. Sab¨ªa que mi aparici¨®n hab¨ªa causado p¨¢nico, y no pod¨ªa culparlos. Ver a un cad¨¢ver en los pasillos de un hospital no era algo que uno pudiera procesar ni creer f¨¢cilmente. "?Juro que lo vi! ?Un cad¨¢ver de la morgue revivi¨®!" Dec¨ªa uno de los m¨¦dicos. "Eso es imposible. Debes estar cansado", replic¨® una enfermera, aunque su voz temblaba. Era imposible salir, hay mucha gente en la salida del hospital y si me atrapaban todo pod¨ªa terminar en un esc¨¢ndalo. Voy a intentar ver si hay alg¨²n tel¨¦fono que pueda usar. El fr¨ªo en mi cuerpo se comenzaba a ir mientras me pon¨ªa m¨¢s y m¨¢s nervioso. Cuando encontr¨¦ un tel¨¦fono colgado contra la pared, us¨¦ mi mano izquierda para marcar... No s¨¦ realmente a qui¨¦n llamar. Mi mente corr¨ªa a mil por hora, y mi primera reacci¨®n fue llamar a alguien de confianza para que me ayudara. Mi madre... no, no pod¨ªa asustarla as¨ª. ?Alg¨²n amigo? Tampoco... ?C¨®mo le explicar¨ªa mi situaci¨®n? ?La polic¨ªa? Creer¨ªan que es una broma. Al final marqu¨¦ al novecientos once, mi idea era fingir que sufr¨ª un accidente... ?Dentro de un hospital? No... Antes de que pudiera arrepentirme, contestaron. "Servicio de emergencias, d¨ªgame su situaci¨®n". La voz del otro lado de la l¨ªnea era de un hombre Mi mente se nubl¨® por un momento mientras intentaba articular las palabras adecuadas. "Uh, hola, s¨ª, soy... s-soy Luciano. Estoy... fuera de un hospital... y... necesito ayuda". Mi voz temblaba ligeramente, tratando de mantener la compostura. "Se?or, ?est¨¢ herido? ?Puede especificar m¨¢s a detalle su situaci¨®n?" Pregunt¨® el operador con un tono de calma entrenada, como si todo esto fuera una rutina m¨¢s. Pero yo no pod¨ªa pensar con claridad. Cada palabra que intentaba formar en mi cabeza se mezclaba con la ansiedad desgarradora de mi situaci¨®n. "Estoy... en... Estoy fuera... del hospital", murmur¨¦, tragando saliva. Mi coraz¨®n golpeaba con fuerza en mi pecho, como si estuviera tratando de salir corriendo de este cuerpo extra?o que apenas reconoc¨ªa. ?C¨®mo demonios termin¨¦ aqu¨ª? Mis manos temblaban, y la falta del brazo derecho era una especie de vac¨ªo que sent¨ªa incluso m¨¢s que el miedo. Un silencio inc¨®modo rein¨® al otro lado de la l¨ªnea. El operador dud¨® por un momento. Lo s¨¦... suena rid¨ªculo. Debe pensar que es una broma. Pero esto no era una broma, y cada fibra de mi ser lo sab¨ªa. Aun as¨ª, algo dentro de m¨ª deseaba que todo fuera una pesadilla, que al despertar, estar¨ªa de nuevo en mi horrible e inc¨®moda cama de hojas. "Se?or Luciano, acabo de confirmar que la l¨ªnea de la que est¨¢ llamando figura adherida al hospital San Antonio. ?Podr¨ªa explicarme su situaci¨®n m¨¢s a detalle?" "No, creo... estoy confundido, perd¨®n. Es solo que... me despert¨¦ y... estoy asustado". Cada palabra era un esfuerzo para no sonar como una broma telef¨®nica o como un enfermo mental que escap¨® de un psiqui¨¢trico. "Por favor, espere en llamada mientras me comunico con el hospital para que puedan brindarle una ayuda m¨¢s r¨¢pida y adecuada". Inmediatamente cort¨¦ la llamada, mis piernas ya no soportaban el peso de mi cuerpo y termin¨¦ cayendo al suelo. Llor¨¦ en silencio por un rato, Era imposible creer lo que me estaba sucediendo. Me mord¨ª el labio inferior, sintiendo la frustraci¨®n y el terror acumularse como una tormenta en mi pecho, hasta que de repente escuch¨¦ pasos acerc¨¢ndose nuevamente. Me prepar¨¦ para lo peor, tal vez iban a matarme y deshacerse de m¨ª antes de que alguien se enterara. Un grupo de m¨¦dicos y personal de seguridad apareci¨® en la esquina del pasillo, mir¨¢ndome con una mezcla de miedo y asombro. "?Es ¨¦l!" Grit¨® uno de los m¨¦dicos. "?El paciente de la morgue!" "Tranquilos, tranquilos... No soy un monstruo", dije, sec¨¢ndome las l¨¢grimas. "Necesito ayuda". Un hombre mayor, con una bata blanca, dio un paso al frente. "?C¨®mo es posible esto?" pregunt¨®, m¨¢s para s¨ª mismo que para m¨ª. "?Qui¨¦n sos y qu¨¦ te pas¨®?" Al instante reconoc¨ª la tonada, claramente estaba en Argentina, mi pa¨ªs natal. "Soy Luciano... y... no s¨¦ c¨®mo explicarlo". Hasta ah¨ª llegaron mis palabras, no pude elegir las palabras adecuadas para expresarme. "Ya te hab¨ªa dicho que es un cad¨¢ver de la morgue", repiti¨® el hombre que hab¨ªa abierto mi caj¨®n. "Vamos a llevarte a un lugar seguro y ver qu¨¦ podemos hacer por ti, tu estado no es muy bueno... eh... todav¨ªa no logramos entender qu¨¦ pas¨®". Gir¨® la cabeza, mirando a otro doctor. "?Ya llamaste al encargado de los cuerpos de la morgue?" The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. "S¨ª, doctor. Dice que est¨¢ en camino al hospital". "Est¨¢ bien, no le comuniques esto a nadie m¨¢s, ?s¨ª?" "Entiendo... Aunque es posible que ya varios se hayan enterado, doctor". ¨¦l se mordi¨® el labio inferior y no respondi¨® nada. Me acostaron en una camilla y llevaron mi cuerpo a una sala de emergencia vac¨ªa. El m¨¦dico me mir¨® con atenci¨®n, evaluando mi cuerpo. Luego les dijo a los dem¨¢s que se fueran y cerr¨® la puerta. "Pibe, ahora decime la verdad. ?Qu¨¦ mierda te pas¨®? Necesito que me digas todo lo que recuerdes". El hombre parec¨ªa bastante molesto, sin poder entender qu¨¦ es lo que pasaba o por qu¨¦ nadie le daba una explicaci¨®n. Encendi¨® una estufa a gas colgada en la pared antes de que yo empezara a hablar. "Es que yo me despert¨¦ y estaba en la morgue. Lo que s¨ª, estoy consciente de que tuve un accidente en alg¨²n momento, tal vez hace dos a?os... dos d¨ªas, digo". "Entiendo, debe ser por un siniestro... Hab¨ªa escuchado algunos casos en los que encierran por error a los pacientes en la morgue, pero... se nota que tu cuerpo est¨¢ destruido. Est¨¢s hecho mierda". Mientras tanto comenz¨® a conectarme al suero. "Primero, estabilizaremos tu condici¨®n, mientras tanto vos intent¨¢ recordar todo lo que te pas¨® despu¨¦s del accidente". Me tom¨® la presi¨®n, temperatura y control¨® mi pecho. "?Che, en serio estas vivo vos? Est¨¢s helado, treinta grados me marca el term¨®metro". El m¨¦dico me miraba con los ojos bien abiertos, sin terminar de procesar lo que estaba viendo. Se notaba que intentaba mantener la calma. "Al menos, eso creo. Puedo sentir, pensar... Pero no s¨¦ c¨®mo estoy vivo". El hombre se apoy¨® contra la pared, exhalando profundamente. Se desat¨® los dos botones del guardapolvo y se lo quit¨®, quedando en su uniforme completamente celeste. "Mir¨¢, te voy a ser sincero. No entiendo una mierda. No s¨¦ c¨®mo es que est¨¢s consciente... tal vez tu sistema nervioso sigue activo por alg¨²n motivo raro. ?Un coma? Pero aun as¨ª... tendr¨ªa que haber signos vitales normales, y los tuyos no lo son. En realidad, no ten¨¦s pulso, pero s¨ª est¨¢s respirando, tal vez solo por instinto. Voy a tener que pedir una muestra de sangre". "Escuchame... si alguien m¨¢s se entera de esto, te van a tratar como un caso de estudio, o peor, te meten en alg¨²n laboratorio para ver qu¨¦ sos. No s¨¦ c¨®mo mierda pas¨®, pero no te veo como una simple persona m¨¢s. Vos no sos alguien normal en este momento". Mi coraz¨®n, o lo que quedaba de ¨¦l, dio un vuelco ante esas palabras. Sab¨ªa que algo muy extra?o me hab¨ªa pasado, pero escuchar a un m¨¦dico confirmarlo me pon¨ªa en una posici¨®n a¨²n m¨¢s fr¨¢gil. ¨¦l se inclin¨® hacia m¨ª y susurr¨®: "Vamos a averiguar qu¨¦ es esto. Pero necesito que te calmes y me digas todo lo que record¨¢s. Detalle por detalle. Primero que nada, ?me recordar¨ªas tu nombre? Yo me llamo Carlos". "S¨ª, me llamo Luciano. Todo lo que recuerdo estar en otro mundo, una especie de... isla tropical. Ah¨ª conoc¨ª a un hada llamada Mirella, hicimos un pacto y luego... todo se volvi¨® blanco. Me despert¨¦ ac¨¢, en mi cuerpo anterior, en la morgue". Carlos me miraba, claramente tratando de procesar mis palabras. No era la reacci¨®n t¨ªpica que esperaba; algo as¨ª deber¨ªa haberlo hecho re¨ªr o, al menos, preguntarme si estaba loco. Pero no, el tipo simplemente frunci¨® el ce?o, cruz¨® los brazos y apoy¨® la espalda contra la pared, como si estuviera intentando hacer sentido de todo lo que acababa de escuchar. "?Un hada? ?Una isla tropical?" repiti¨®, casi como si estuviera verificando que no lo hubiera malentendido. "Mir¨¢, si no estuviera viendo lo que tengo enfrente, te mandar¨ªa directo a psiquiatr¨ªa. Pero vos¡­ no ten¨¦s signos vitales. Eso ya me rompe cualquier esquema". Se rasc¨® los pocos pelos que ten¨ªa mientras pensaba. Me qued¨¦ callado por un momento. Sent¨ªa el peso de sus palabras, pero tambi¨¦n la confusi¨®n que me embargaba. Hab¨ªa una desconexi¨®n tan grande entre lo que viv¨ª en la morgue y lo que hab¨ªa experimentado antes. Mi cuerpo f¨ªsico, el que ten¨ªa ahora, estaba muerto. No hab¨ªa otra forma de explicarlo. Pero segu¨ªa funcionando, de alguna manera, segu¨ªa pensando y sintiendo. ?Qu¨¦ carajo estaba pasando conmigo? Carlos suspir¨®, caminando por la sala, claramente inc¨®modo. "Es que no tiene sentido, loco. Mir¨¢, vos no ten¨¦s idea de la cantidad de locuras que he visto trabajando ac¨¢, pero esto... esto es otra cosa". "Doctor, seguro que lograr¨¢ comprenderlo cuando..." De pronto la puerta de la sala se abri¨® de golpe. Un hombre alto, delgado y de lentes entr¨® apresuradamente. "Soy el encargado de la morgue. ?D¨®nde est¨¢ el pacien-t-t-t-t...?" Se qued¨® helado al verme, ni siquiera un experto podr¨ªa entender algo as¨ª. Se acomod¨® los lentes antes de hablar "?Usted... est¨¢ consciente? ?Puedes hablar?" "Si, s¨¦ que es dif¨ªcil de creer, pero necesito entender qu¨¦ est¨¢ pasando". El encargado de la morgue asinti¨® lentamente. "Esto es... sin precedentes. Pero intentaremos hacer todo lo posible para encontrar una explicaci¨®n a lo sucedido", dijo, acomod¨¢ndose el pelo negro hacia atr¨¢s con una mano "Carlos, ?te parece si me acompa?as a la morgue? Tengo que verificar algunas cosas". "Si, voy a dejar una enfermera a cargo del muchacho". Luego de eso, los dos salieron de la sala hablando. "?A Carla? Mir¨¢ que es confidencial esto". "S¨ª, me parece que ella..." Sus voces se perdieron en el pasillo y a los segundos entr¨® una enfermera a paso lento. Parec¨ªa ser bastante joven, no pasaba los treinta a?os. Llevaba puesto un barbijo celeste y en las manos una bandeja con algunos medicamentos y utensilios. Su expresi¨®n era una mezcla de asombro y preocupaci¨®n. "Hola, amor. As¨ª que vos sos Luciano, ?no?" Comenz¨®, su expresi¨®n era como si yo fuera un paciente m¨¢s. "Soy Carla, la enfermera de turno. ?C¨®mo te sent¨ªs?" "Hola, Carla. Estoy... confundido, asustado, pero estoy bien, supongo". Carla asinti¨® mientras preparaba una inyecci¨®n. "Entiendo. Me dijeron que pasaste por algo realmente fuera de lo com¨²n. ?Puedo preguntarte qu¨¦ es lo ¨²ltimo que record¨¢s?" Luego toc¨® un bot¨®n de debajo de la camilla y esta se elev¨® un poco a partir de mi cadera. "?As¨ª est¨¢s mejor, coraz¨®n?" Pude ver su cara m¨¢s de cerca, era como ovalada, con ojos negros y su pelo estaba te?ido de rubio. Eso se notaba claramente porque ten¨ªa las ra¨ªces negras. Su manera de hablar me hac¨ªa tranquilizar de a poco. Hasta dir¨ªa que era una atenci¨®n de lujo para el estado en el que yo estaba. "Recuerdo estar en otro lugar luego de morir, un mundo diferente... Conoc¨ª a alguien muy buena ah¨ª, un hada llamada Mirella. Hicimos un pacto y luego... todo se volvi¨® blanco. Y ahora estoy ac¨¢. S¨¦ que es dif¨ªcil de creer..." "Che, pero qu¨¦ historia interesante, Luciano. No te preocupes, he escuchado cosas m¨¢s raras. Bueno, quiz¨¢s no tan raras como esta, pero..." solt¨® una risita suave que hizo inflar su barbijo. "Lo importante es que est¨¢s ac¨¢, ?no? Vamos a cuidar de vos". Sent¨ª que sus palabras ten¨ªan algo especial, casi como si fuera capaz de apagar el caos que giraba en mi mente. Por un segundo, casi pude olvidarme de la locura en la que estaba atrapado. Carla segu¨ªa con sus cosas, revisando mis pupilas mientras me hablaba en ese tono dulce, como si estuvi¨¦ramos en un caf¨¦ charlando de la vida. Me pon¨ªa nervioso, pero al mismo tiempo me tranquilizaba de una forma que no sab¨ªa explicar. "No soy qui¨¦n para juzgar, he visto cosas extra?as en este hospital, pero esto definitivamente se lleva el premio", agreg¨® "Supongo que soy alguien especial... Por m¨¢s que parezca joven, viv¨ª alrededor de dos a?os en otra vida. En serio lo digo". Carla se inclin¨® un poco hacia m¨ª, con una aguja en la mano, su tono a¨²n m¨¢s dulce. "Entiendo... Ahora, amor, esto no te va a doler nada, ?s¨ª? Solo es para que nos aseguremos de que todo est¨¦ bien. Aunque, bueno, me parece que ya sab¨¦s que est¨¢s... un poco fuera de lo com¨²n". Gui?¨® un ojo mientras desinfectaba mi brazo. Sent¨ª un ligero pinchazo, pero comparado con todo lo que hab¨ªa vivido en ese d¨ªa, si es que se le pod¨ªa llamar d¨ªa, ni siquiera lo registr¨¦ del todo. Mientras ella terminaba, me di cuenta de lo surrealista que era todo esto. Un hada, un mundo nuevo, mi cuerpo t¨¦cnicamente muerto, pero a¨²n aqu¨ª, sintiendo todo. "Carla, ?qu¨¦ d¨ªa es?" "Hoy es..." Sac¨® su celular del uniforme azul. "Ya son las una y cincuenta y siete, as¨ª que ya es veinticuatro de junio. ?Hace falta que te diga el a?o?" "Dos mil cuarenta y nueve, ?no?" "?Exacto!" Exclam¨® mientras guardaba de nuevo su celular. "Che, y decime¡­ ?esa hada, Mirella, era copada? Porque parece que ten¨ªas una vida de lo m¨¢s interesante all¨¢, ?eh?" Me pregunt¨® con una chispa de curiosidad real en la voz, mientras guardaba los utensilios que hab¨ªa usado. Me encontr¨¦ sonriendo por primera vez desde que hab¨ªa vuelto a este cuerpo. "Si quer¨¦s te puedo contar un mont¨®n de cosas que nunca creer¨ªas que son reales, hasta que mueres". "A ver..." Dijo, agarrando una silla de la sala y tray¨¦ndola al lado de la camilla, luego se sent¨® y apoyo sus codos sobre la camilla. Pasamos unos pocos minutos hablando hasta que ¨²nicamente volvi¨® el se?or encargado de la morgue. Tra¨ªa consigo un malet¨ªn blanco y ahora puesto un barbijo igualito al de Carla. "Hola Luciano. Este... Bueno, por donde empezar, ?no? Esto es completamente nuevo para nosotros. No tenemos precedentes de que haya ocurrido algo as¨ª". Tom¨® uno de sus documentos del malet¨ªn y comenz¨® a explicar. "Luciano, seg¨²n el primer reporte forense, tu cuerpo fue encontrado sin signos vitales en la ma?ana del veintiuno de junio a las once y treinta a. m. A causa de un siniestro vial de impacto lateral". Muerte... Esa palabra no dejaba de rebotar en mi cerebro. ?C¨®mo es posible que me est¨¦ hablando de mi propia muerte? No era un accidente de alguien m¨¢s, no era una noticia lejana en la televisi¨®n. Era yo. Pero, ?c¨®mo pod¨ªa estar aqu¨ª ahora, respirando, viendo a este hombre? "Bueno, el informe tambi¨¦n detalla que el individuo del segundo veh¨ªculo involucrado se encuentra en estado estable luego de intentar darse a la fuga..." Dijo, salteando a la siguiente p¨¢gina. Mis ojos se fijaron en el malet¨ªn blanco que ten¨ªa parado en el suelo, mientras ¨¦l continuaba hablando. Dec¨ªa algo sobre procedimientos y reportes adicionales. ?Qu¨¦ habr¨ªa dentro de ese malet¨ªn? ?M¨¢s pruebas de que yo ya no existo? Cada segundo parec¨ªa distorsionarse mientras mi mente intentaba encontrar alg¨²n tipo de l¨®gica en esta situaci¨®n. Solo quer¨ªa irme de este lugar. "Seg¨²n protocolos est¨¢ndar, se realiz¨® una evaluaci¨®n completa del cuerpo en el lugar del siniestro y se te llev¨® a la morgue del hospital San Antonio, en el cual ten¨¦s obra social. Deb¨ªas permanecer almacenado temporalmente para reconocimiento, preparaci¨®n del cuerpo y posterior traslado al dep¨®sito funerario. Pero... claramente algo cambi¨®. Tu recuperaci¨®n de la conciencia y la funcionalidad motora son fen¨®menos extraordinarios y sin precedentes en nuestra experiencia m¨¦dica y tambi¨¦n cient¨ªfica. El hecho es que, seg¨²n todos los registros y pruebas, t¨² no deber¨ªas estar aqu¨ª". ?No deber¨ªa estar aqu¨ª? Maldito... Las palabras del m¨¦dico flotaban en mi cabeza como si no tuvieran ning¨²n sentido. Cada palabra que sal¨ªa de su boca me recordaba que, seg¨²n todos los protocolos y procedimientos, estaba muerto. Sin embargo, aqu¨ª estaba, respirando, con mi coraz¨®n bombeando sangre... Bueno, eso creo que no. Pero, ?c¨®mo demonios pod¨ªa suceder esto? El encargado de la morgue continu¨®: "La due?a del hospital, la doctora Alejandra Alarc¨®n, acaba de ser informada de la situaci¨®n y pretende declarar tu caso bajo completa confidencialidad hasta tomar una decisi¨®n definitiva. Aunque, personalmente, creo que esto ya lo sabe mucha gente a causa del alboroto que causaste en un principio, porque estabas muerto, ?entiendes?". El barbijo que llevaba el m¨¦dico hac¨ªa que su voz sonara distante, casi como si estuviera en un t¨²nel. Parec¨ªa un eco en mi mente, repitiendo lo mismo: est¨¢s muerto, est¨¢s muerto, est¨¢s muerto. Trat¨¦ de concentrarme, de seguirle el hilo a lo que dec¨ªa, pero mis pensamientos eran una mara?a imposible de desenredar. Mientras tanto, Carla me iba conectando al aparato que toma mis signos vitales. Para confirmar si era verdad lo de que no ten¨ªa signos vitales. Claramente la pantalla no marcaba nada, o por lo menos hab¨ªa una raya horizontal. "Realmente no s¨¦ qu¨¦ decirle, doctor", fue lo ¨²nico que me sali¨® decir. "Luciano," agreg¨® con tono m¨¢s suave, "entiendo que esto es mucho para asimilar, pero lo que necesitamos ahora es estudiar tu caso a fondo. No solo para entender lo que pas¨®, sino para evitar posibles riesgos... No sabemos si este estado es temporal, si tu cuerpo est¨¢ realmente funcionando o si, en cualquier momento, puede colapsar de nuevo". ?Colapsar? ?Qu¨¦ significaba eso en t¨¦rminos m¨¦dicos? Yo quiero seguir viviendo, no ser un sujeto de experimentos encerrado en una jaula. "?Te gustar¨ªa ver tu estado f¨ªsico actual? Puedo traerte un espejo si quieres". "Preferir¨ªa no saberlo ahora. Este... ya m¨¢s o menos me imagino como es el tema". "Perfecto entonces, ahora Carla se quedar¨¢ a tu cuidado. Estar¨¢s bien por ahora, no te preocupes. Me retiro hasta ma?ana". Y as¨ª, se fue con los documentos en mano. su pelo lacio rebotando sobre ¨¦l. La verdad que no parec¨ªa tan mal tipo, solo que es muy fr¨ªo al expresarse... Tengo mucho sue?o... voy a dormir... un rato.
?D¨®nde estoy? Ah... Carla... ?Me doparon? Al dormir pens¨¦ en mam¨¢, pap¨¢ y mi hermana, algo que hace rato que no me suced¨ªa. ?Ser¨¢ que est¨¢n todos bien? Ahora que estoy ac¨¢ quiero volver con ellos, explicarles todo lo que pas¨®. Mi accidente... deben pensar que estoy muerto. Debo decir que ya me hab¨ªa acostumbrado a mi nueva vida. El se?or encargado de la morgue, que no me hab¨ªa dicho su nombre, tambi¨¦n estaba en la sala con su malet¨ªn siniestro sobre una mesa. Se pon¨ªa unos guantes de l¨¢tex mientras lo miraba. Fuera se escuchaba el zumbido de un helic¨®ptero, por alguna raz¨®n sent¨ªa que el ambiente era sombr¨ªo y no sab¨ªa lo que estaba pasando. "Luciano", empez¨® diciendo el hombre. "Desde arriba ya nos dieron ¨®rdenes estrictas y... me temo que te vamos a tener que poner de vuelta a dormir". A sangre fr¨ªa me estaba diciendo que iban a cometer un... ?homicidio? Me qued¨¦ impactado porque hab¨ªa empezado a confiar en ellos. "E-Espere, se?or... esto debe ser un malentendido... dijeron que iban a ayudarm..." "Ac¨¢ el ¨²nico que entendi¨® mal las cosas fue usted", cort¨® en seco mis palabras. Mir¨¦ a Carla, pero ella no parec¨ªa sorprendida ni asustada. Parec¨ªa que todo era parte de un protocolo, pero para m¨ª, esto se estaba convirtiendo en una pesadilla de la que no pod¨ªa despertar. ?Ella no era buena? ?Solo estuvo endulzando mi o¨ªdo para divertirse? ?Era posible que ella estuviera completamente de acuerdo con esto? ?O simplemente estaba siguiendo ¨®rdenes? Intent¨¦ moverme para escapar, pero parece que ya lo ten¨ªan todo listo de antes. Mi cuerpo estaba completamente paralizado desde los hombros hacia abajo. No pod¨ªa mover nada m¨¢s que la cabeza "?Maldito, me la vas a pagar! ?Pedazo de mierda! ?Escoria! ?Idiota! ?Embustero!" Mov¨ª la cabeza para todos lados mientras ve¨ªa al hombre preparar una aguja. "?Auxilio! ?Auxilio! ?Me quieren matar!". ¨¦l simplemente tom¨® la aguja con sus manos enguantadas y la clav¨® por el tubo que transportaba el suero a mi brazo izquierdo. "?NO! ?NO! ?NO! ?NO! ?NO LO HAGAS, MALDICIOOOOOON! ?Pap¨¢! ?Mam¨¢! ?Mirella! ?Rin! ?Rundia! ?Alguien, quien sea, ay¨²deme!" Empec¨¦ a delirar en un llanto desconsolado mientras ve¨ªa que el l¨ªquido empezaba a fluir por el tubo transparente. De pronto, la puerta se abri¨® de una patada. "?Servicio de inteligencia argentino! ?No se muevan y pongan las manos sobre la cabeza!" Comenzaron a entrar uniformados armados vestidos de negro, ten¨ªan todo el cuerpo cubierto con un traje, as¨ª que no pod¨ªa ver sus rostros. En un momento de desesperaci¨®n, alcanc¨¦ el tubo con mis dientes, intentando cortar el flujo de l¨ªquido. El helic¨®ptero afuera hac¨ªa retumbar las paredes de la sala, y en ese momento me di cuenta de que lo que estaba pasando no era una simple intervenci¨®n. Hab¨ªa algo mucho m¨¢s grande sucediendo. Carla, que hasta ese instante hab¨ªa permanecido completamente impasible, comenz¨® a retroceder lentamente. "?Desconect¨¢ esa mierda!" Grit¨® y se?al¨® el que parec¨ªa ser el comandante de la operaci¨®n, el que hab¨ªa entrado primero. El encargado de la morgue, comenz¨® a balbucear. "No tienen idea de lo que est¨¢n haciendo... Este caso es... un fen¨®meno... ?no entienden las ¨®rdenes que me dieron!" Por detr¨¢s suyo manten¨ªa una mano sosteniendo un bistur¨ª, pero yo no pod¨ªa dec¨ªrselo a nadie porque ten¨ªa la boca ocupada mordiendo el tubo lo m¨¢s fuerte que pod¨ªa. "?Dije que todos con las manos en alto, carajo!" Cuando uno de los uniformados se acerc¨® a m¨ª para desconectarme la aguja del brazo, el doctor salt¨® sobre ¨¦l con el bistur¨ª en la mano. En un instante le vaciaron medio cargador en el pecho. Lo vi... morir frente a mis ojos. El susto me hizo apretar m¨¢s fuerte los dientes, parec¨ªa que en cualquier momento iba a terminar cortando el tubo de pl¨¢stico y iba a quebrar mis dientes. No me importaba la forma, solo me importaba el resultado final, sobrevivir¡­ Desde lo m¨¢s profundo de mi ser, sent¨ª algo de satisfacci¨®n al verlo muerto. Pero estaba asustado, nunca hab¨ªa visto una escena as¨ª. La sangre del encargado de la morgue comenzaba a formar un charco en el suelo, extendi¨¦ndose lentamente hacia mi camilla. Sent¨ª n¨¢useas, pero no pod¨ªa soltar el tubo; mi cuerpo a¨²n estaba paralizado, mi cabeza atrapada en un acto de pura supervivencia. El que hace un rato quer¨ªa matarme termin¨® siendo un cad¨¢ver, y en alg¨²n momento se encontrar¨ªa con un dios y comenzar¨ªa una nueva vida. El hombre de negro se levant¨® y me desconect¨® todo lo que ten¨ªa en el cuerpo. Al fin, solt¨¦ el tubo de mis dientes, mis mand¨ªbulas doloridas por la presi¨®n que hab¨ªa estado haciendo. "Bien hecho, muchacho, ahora nos vamos de ac¨¢". Aseguraron mi cuerpo a la camilla con unas fajas y r¨¢pidamente avanzaron por la sala moviendo la camilla. De reojo vi c¨®mo arrestaban a Carla. Mientras recorr¨ªamos a toda velocidad los pasillos del hospital, pensaba en si realmente esto era algo bueno o malo. ?Realmente estaba a salvo? S¨ª, me acababan de salvar la vida, pero no s¨¦ qui¨¦nes eran o qu¨¦ objetivo tienen conmigo. A¨²n con la mente nublada por el sedante y el caos que se estaba desatando a mi alrededor, pod¨ªa sentir el movimiento fren¨¦tico de la camilla mientras estos tipos me sacaban a toda prisa del hospital. Las luces del techo parpadeaban en un ritmo vertiginoso y las voces de los uniformados se entremezclaban con el estruendo ensordecedor del helic¨®ptero que parec¨ªa cada vez m¨¢s cerca. De repente, un sonido sordo y brutal retumb¨® por los pasillos. El piso vibr¨® bajo mis pies. ?Boom! Una explosi¨®n en alg¨²n lugar del hospital. El aire se llen¨® de polvo y escombros, y el caos se convirti¨® en puro infierno. "?Mierda, son los yankees!" Grit¨® uno de los agentes mientras el sonido inconfundible de disparos autom¨¢ticos retumbaba por el lugar. Balas silbaban por los pasillos, impactando contra las paredes de y rompiendo las ventanas de las puertas cercanas. ?Los Estados Unidos atacando Argentina? ?Lo ¨²nico que me faltaba era que comenzara una guerra por mi culpa! "?Contacto! ?Contacto! ?Necesitamos los refuerzos del helic¨®ptero!" Grit¨® otro agente mientras corr¨ªan empujando la camilla, apuntando sus armas en todas direcciones. Las balas continuaban volando. Vi a un m¨¦dico que trataba de escapar corriendo ser alcanzado por un proyectil. Cay¨® como un saco de papas, inm¨®vil en el suelo. Mi visi¨®n estaba borrosa por el miedo y el shock, pero todo se sent¨ªa peligrosamente real. "?Cubran al objetivo!" grit¨® el comandante del equipo argentino, acerc¨¢ndose r¨¢pidamente. Algunos avanzaron al frente m¨ªo, sacaron sus armas y devolvieron el fuego, apuntando hacia los atacantes que se acercaban desde el otro lado del pasillo. Varios enemigos cayeron al suelo mientras el fuego de las ametralladoras resonaba en el aire. Pero justo cuando pens¨¦ que hab¨ªamos ganado algo de ventaja, las paredes cercanas explotaron en pedazos, y un grupo de soldados enemigos entr¨® en tromba. Eran muchos. Demasiados. R¨¢pidamente una bomba de humo impregn¨® por completo el lugar y en ese momento me tiraron algo que cubr¨ªa mi torso y cabeza, pero no pude detectar qu¨¦ era. ?Algo anti balas? Traspasamos el humo y llegamos a la salida trasera del hospital, donde un helic¨®ptero esperaba con las h¨¦lices ya en movimiento. Hab¨ªa varios soldados haci¨¦ndonos una fila para que avanz¨¢ramos hacia ¨¦l. El viento era tan fuerte que casi se lleva toda la camilla entera, pero fue asegurada dentro del helic¨®ptero y este despeg¨® r¨¢pidamente, dejando atr¨¢s el caos del hospital. "Lo ¨²nico que nos faltaba era comenzar una guerra contra los yankees por un zombie..." Murmur¨® el piloto. Cap铆tulo 7: Premio y castigo. Observ¨¦ el caos que dejamos atr¨¢s, el humo a¨²n se levantaba en columnas negras y espesas, envolviendo lo que alguna vez fue el hospital San Antonio. El piloto hab¨ªa murmurado algo sobre una guerra por un zombi... ?Qu¨¦ demonios quer¨ªa decir con eso? ?Era yo? ?Estaba relacionado con lo que me pas¨®? Mierda, nada ten¨ªa sentido. El equipo a mi alrededor no dejaba de hablar en sus radios, pero apenas pod¨ªa escuchar entre el ruido de las h¨¦lices y mi propia confusi¨®n. Uno de los soldados me dio una palmada en el hombro. "?Est¨¢s bien? ?Pod¨¦s hablar?" "S¨ª... este... Pero solo puedo mover la cabeza". "Tranquilo, te tenemos bajo control". "?Podr¨ªan desajustar un poco la camilla? Es que esas fajas me aprietan demasiado". Se miraron entre ellos y asintieron. "Est¨¢ bien", dijo, mientras quitaba dos de las tres fajas que me aseguraban, quedando solo la del medio. "?As¨ª est¨¢s mejor?" Asent¨ª con la cabeza. "?A d¨®nde me llevan?" pregunt¨¦, manteniendo la atenci¨®n del soldado que me hab¨ªa ayudado. "Cerr¨¢ la boca, pendejo de mierda", se escuch¨® desde la delantera del helic¨®ptero. ?Otra vez el idiota del piloto? El insulto del piloto me dej¨® un sabor amargo en la boca, pero en este momento no ten¨ªa energ¨ªas para responderle. Estaba atrapado en una tormenta de preguntas y dudas. ?C¨®mo llegu¨¦ a estar en medio de esto? ?Por qu¨¦ Estados Unidos estar¨ªa involucrado? El otro de los soldados que me acompa?aban me mir¨® un momento, parec¨ªa que estaba dudando en si decirme algo o no. Finalmente, se inclin¨® un poco hacia m¨ª para que pudiera escucharle mejor sobre el rugido de las h¨¦lices y a trav¨¦s de su m¨¢scara protectora. "Te llevamos a una base segura. Las cosas est¨¢n complicadas en la ciudad. No te preocupes, ah¨ª te explicar¨¢n todo". No me tranquiliz¨® para nada. Cada palabra que sal¨ªa de su boca sonaba como una evasiva m¨¢s. ?Qu¨¦ carajos estaban ocult¨¢ndome? De repente, un pitido agudo se hizo presente en los parlantes de los soldados. Not¨¦ c¨®mo el ambiente se tens¨® al instante, pero no me dio tiempo a preguntar qu¨¦ suced¨ªa cuando el piloto grit¨® desesperado: "?Misil a las seis en punto! ?Mov¨¦ el puto helic¨®ptero!" El tiempo pareci¨® ralentizarse en mi mente. Por el vidrio, vi algo que se acercaba a gran velocidad, tan r¨¢pido que ni siquiera pude identificar qu¨¦ era. Sent¨ª una sacudida violenta mientras el piloto intentaba maniobrar, pero era in¨²til, o tal vez no tanto, porque el impacto pareci¨® ser en la cola del helic¨®ptero, provocando un enorme estruendo. "?Salt¨¢ con el chico, Fabi¨¢n!" "??Est¨¢s seguro?! ?Nos vamos a hacer mierda!" "?Dale, ten¨¦s que asegurar al objetivo! ??No ves que vamos cayendo en picada?! ?Va a explotar todo a la mierda!" El caos se apoder¨® del interior. Los soldados gritaban ¨®rdenes que ya no pod¨ªa entender mientras los cuerpos chocaban contra las paredes del helic¨®ptero. Yo, atado a la camilla, no pod¨ªa hacer nada. Sent¨ª el calor del fuego, el olor a combustible quemado. En un abrir y cerrar de ojos, el uniformado que nos instaba a saltar abri¨® la puerta del helic¨®ptero, que daba vueltas en el aire mientras ca¨ªamos. El otro se aferr¨® a mi camilla y salt¨® por el aire. No pod¨ªa creer la escena y tampoco me sal¨ªa ninguna palabra, estaba en estado de trance. Dimos un par de vueltas por el aire, pude ver toda la ciudad desde arriba mientras ¨ªbamos a terminar impactando contra alguna casa o lo que mierda sea. Por un instante, una luz blanca volvi¨® a envolverme de nuevo y pude ver el rostro de Sariah Sariah... S¨¢came de este infierno, por favor... El viento rug¨ªa en mis o¨ªdos y me hizo volver a entrar en consciencia. Mientras ca¨ªamos como una piedra, el soldado, o lo que fuera, Fabi¨¢n, gritaba algo, pero sus palabras se perd¨ªan en el rugido del aire y el caos de la ca¨ªda. Mir¨¦ hacia abajo. La ciudad se extend¨ªa debajo de nosotros, y en medio de ella, una iglesia destacaba. Su c¨²pula dorada parec¨ªa crecer con cada segundo que pasaba. El impacto era inminente. Nos acercamos r¨¢pido, muy r¨¢pido. Vi c¨®mo la c¨²pula se hac¨ªa gigante ante mis ojos. El soldado me abraz¨®, usando su cuerpo como escudo mientras colision¨¢bamos. El golpe fue brutal. Sent¨ª la estructura ceder bajo el peso de nuestra ca¨ªda, y el sonido de los escombros cayendo llen¨® mis o¨ªdos. Rodamos a trav¨¦s de los techos rotos, madera y escombros volando a nuestro alrededor, hasta que nos detuvimos en seco sobre el suelo del interior de la iglesia. Al enfocar mi vista, pude ver al cura al lado del altar, luego un mont¨®n de gente amontonada y cubri¨¦ndose con las sillas alargadas de madera. Una enorme explosi¨®n se escuch¨® de fondo, claramente hab¨ªa impactado el helic¨®ptero en alguna parte de la ciudad... Qu¨¦ desgracia. El uniformado de negro se hab¨ªa desplomado a mi lado, a¨²n respiraba, pero se ve¨ªa malherido. "?Hijo de puta...! ?Est¨¢s... bien?" Murmur¨® con dificultad, tosiendo sangre mientras intentaba levantarse. La camilla hab¨ªa absorbido parte del impacto, estaba vivo. No sab¨ªa c¨®mo, pero lo estaba. "S¨ª, ?ahora qu¨¦ hacemos?" Sin decir nada, ¨¦l afloj¨® la ¨²ltima faja que me un¨ªa a la camilla rota y me liber¨®. "Ten¨¦s que... salir de ac¨¢... Yo no s¨¦... si podr¨¦ seguir". Apenas pod¨ªa formular sus palabras mientras tos¨ªa y se aferraba a mi ropa del hospital. "Pero yo... casi no puedo moverme. Tengo lesiones y... el sedante". El cura, el mismo que vi apenas ca¨ª, se acerc¨® corriendo hacia m¨ª con ojos desorbitados. "?Es Luciano! ?¨¦l ha sobrevivido al juicio de Dios!" Grit¨® a los feligreses, su voz resonando en el lugar. Un murmullo comenz¨® a recorrer la multitud. Las personas, que momentos antes se cubr¨ªan aterradas, ahora se acercaban con cautela. Una mujer mayor cay¨® de rodillas a unos metros frente a m¨ª, su voz temblorosa. "?Santo, por favor, s¨¢lvanos! ?Ay¨²danos!" Sus palabras resonaron con una devoci¨®n desesperada. ?Qu¨¦ carajos estaban diciendo? No supe qu¨¦ responderles. Mir¨¦ a Fabi¨¢n, hab¨ªa que salir de esta iglesia. "?Al¨¦jense!" Grit¨®, sacando su arma y apuntando a la multitud. "?Retrocedan, hijos de puta! ?Retrocedan o disparo!" El cura y los dem¨¢s lo miraron con asombro, pero algunos en la multitud comenzaron a murmurar mientras retroced¨ªan solo un poco. Algunos se arrodillaban, otros se retiraban, creando una atm¨®sfera de p¨¢nico colectivo. "?T¨²!" Grit¨® Fabi¨¢n, apuntando con su arma al cura. "?Dinos una manera de salir de ac¨¢, que no sea la entrada principal! Hay que protegerlo, ?entiendes lo que te digo?" "Se?or..." Empez¨®, murmurando. "D¨¦jeme que le ayude". ¨¦l comenz¨® a avanzar hacia nosotros, pero Fabi¨¢n volvi¨® a apuntar su arma con m¨¢s ¨ªmpetu. "?No te acerqu¨¦s m¨¢s! ?Solo dinos la puta salida!" De pronto, desde fuera de la iglesia, se escuchaban sirenas. ?Amigas o enemigas? Las sirenas aumentaban en intensidad y encima a eso se le sum¨® el ruido de un helic¨®ptero. No pod¨ªa distinguir si eran del ej¨¦rcito argentino o de los de Estados Unidos, pero el sonido me pon¨ªa los pelos de punta. Fabi¨¢n estaba claramente perdiendo sangre, y aunque a¨²n intentaba mantener el control de la situaci¨®n, no pod¨ªa hacer mucho m¨¢s. "Mir¨¢, pibe. Si vienen ellos, estamos al horno. No podemos quedarnos ac¨¢. A no ser que sean compa?eros, solo que no mand¨¦ ninguna se?al porque mi radio est¨¢ rota", susurr¨® con una voz que se apagaba poco a poco. A¨²n sosten¨ªa su arma con fuerza. La multitud segu¨ªa murmurando, y el cura no dejaba de observarnos con una mezcla de miedo y reverencia, todav¨ªa sin responder nada. Los dos todav¨ªa est¨¢bamos en el suelo, yo tirado contra el piso y ¨¦l delante m¨ªo cubri¨¦ndome sentado, parec¨ªa que todav¨ªa pod¨ªa mover sus dos brazos. El cura, que hab¨ªa estado observando en silencio, dio un paso adelante. "Hay una salida trasera, una puerta que lleva a los jardines. Podr¨ªan escapar por ah¨ª, pero... tambi¨¦n es posible que los est¨¦n esperando". "?Est¨¢s loco! ??C¨®mo pens¨¢s que vamos a salir al aire libre si hay un puto helic¨®ptero afuera!?" "?Entonces por ac¨¢ vamos abajo, s¨ªganme!" Grit¨® el cura mientras caminaba hacia una puerta que estaba en una esquina. Intent¨® ponerse de pie, pero sus piernas no le respond¨ªan. Estaba hecho mierda, pero no hab¨ªa opci¨®n. Arrastr¨¢ndose sobre las rodillas, tom¨® la decisi¨®n antes de que pudiera decir nada. Con un esfuerzo tremendo, empez¨® a jalarme del brazo, arrastrando mi cuerpo torpemente por el suelo fr¨ªo de la iglesia. El cura nos se?alaba una puerta, mientras la multitud segu¨ªa observ¨¢ndonos, confundida entre el miedo y la extra?a adoraci¨®n hacia m¨ª. Cuando abri¨® la puerta, hab¨ªa una escalera de caracol que iba hacia abajo, empezamos a avanzar, pero justo cuando empez¨¢bamos a descender, una anciana, con el rostro surcado de arrugas profundas y los ojos brillando con una mezcla de fervor y desesperaci¨®n, se abalanz¨® sobre mis pies. Sus manos temblorosas, pero firmes, se cerraron sobre mis tobillos como si yo fuera la respuesta a todos sus rezos. "?S¨¢lvanos! ?Por favor, no te vayas!" Rog¨®, sus ojos llenos de l¨¢grimas. "?Soltame los pies, vieja de mierda!" Grit¨¦, pero no pod¨ªa patearla por culpa del sedante, todav¨ªa no parec¨ªa irse el efecto. Ella no ced¨ªa, aferr¨¢ndose a m¨ª como si su vida dependiera de ello, y entonces... el caos. La iglesia empez¨® a iluminarse desde el agujero por donde ca¨ªmos, era el maldito helic¨®ptero apuntando hacia nosotros. Tambi¨¦n en ese momento, la puerta principal de la iglesia se abri¨® de golpe, y un grupo de soldados armados hasta los dientes entr¨® en tromba. Solo pude ver sus figuras de reojo, y no pude detectar de qu¨¦ bando eran. Se mov¨ªan muy r¨¢pido. "?Soltalo, vieja hija de re mil putas!" Fabi¨¢n me tirone¨® m¨¢s fuerte justo cuando el suelo comenz¨® a llenarse de balas, llev¨¢ndose puesta a la mujer que me sujetaba. Era el helic¨®ptero baleando todo el lugar sin piedad, estaba claro que su objetivo era matarme. "?Servicio de inteligencia argentino! ?Todos evac¨²en la zona de inmediato!" Reson¨® por todo el lugar, no s¨¦ si era por un meg¨¢fono o que carajos estaba pasando dentro y fuera de la iglesia, pero Fabi¨¢n me tir¨® por las escaleras y no pude ver qu¨¦ suced¨ªa. Entonces empec¨¦ a rodar por las escaleras como un mu?eco de trapo, la piedra me quemaba la piel de la cara, pero en toda la otra parte del cuerpo no sent¨ªa nada. Finalmente ca¨ª en un tramo plano, donde estaba todo oscuro. Tampoco es como si eso importara mucho, ya que si no ven¨ªa nadie no iba a poder moverme. Mientras se escuchaban pasos bajar apresuradamente por las escaleras, me qued¨¦ pensando si los del helic¨®ptero eran los yankees u otros argentinos, porque no tendr¨ªa sentido que Estados Unidos ya hubiese invadido de esa manera nuestras tierras solo por m¨ª, aunque antes nos hab¨ªan dado con un misil en nuestro trayecto a¨¦reo, as¨ª que ya no entend¨ªa ni la mitad de las cosas que suced¨ªan a mi alrededor. Lo ¨²nico que necesitaba ahora era sobrevivir a toda costa hasta poder movilizarme por mis propios medios. El que baj¨® era el cura, pude verlo en el momento que ¨¦l prendi¨® la luz. Era un hombre petizo, con el pelo negro y canoso echado hacia atr¨¢s y todo vestido de blanco. Sus ojos se posaron en m¨ª, tirado en el suelo, incapaz de moverme por completo. La luz tenue apenas iluminaba el lugar, pero suficiente para ver las paredes de piedra gastadas, h¨²medas, llenas de moho. Parec¨ªa ser un dep¨®sito, porque hab¨ªa cajas y estanter¨ªas contra las paredes. ¡°Dios... por favor... que esto sea suficiente¡±, murmur¨®, como si estuviera hablando consigo mismo o implorando una fuerza superior. El cura se acerc¨® r¨¢pidamente, se arrodill¨® a mi lado y trat¨® de levantarme sin ¨¦xito, apenas logrando moverme unos cent¨ªmetros. "Tenemos que hacer algo antes que bajen... No s¨¦ cu¨¢nto m¨¢s durar¨¢ esto, pero si logran seguirnos, estamos muertos". "?Y Fabi¨¢n? Me parece que los que entraron por la puerta eran buenos, ?no? ?No te dijo nada?" "Fabi¨¢n... no s¨¦ qu¨¦ pas¨® con ¨¦l. Si son buenos o no, no importa, ya vienen por vos. Tenemos que ocultarte, r¨¢pido", susurr¨® mientras miraba alrededor, buscando algo. Sent¨ª el dolor en mi rostro al ser arrastrado nuevamente, esta vez hacia una caja de madera que estaba contra una de las paredes. La tapa se ve¨ªa podrida, y hab¨ªa marcas de humedad en las esquinas. Sin embargo, con la fuerza que a¨²n le quedaba, el cura logr¨® levantarla lo suficiente como para que pudiera meterme adentro. Me intent¨® levantar por el torso mientras mi espalda estaba contra la caja, as¨ª fue subiendo hasta que me tir¨® sin piedad, o tal vez no ten¨ªa la suficiente fuerza como para manejar mi cuerpo. El olor a moho y tierra vieja me llen¨® los pulmones, casi haci¨¦ndome toser, pero ni siquiera pod¨ªa hacer eso. "?No es medio peligroso quedarme ac¨¢?" "No hay otro lugar, mi se?or". ?Mi se?or? Bueno, en todo caso, si realmente eran del servicio de inteligencia argentino los que ven¨ªan a buscarme, quiz¨¢s esto no ser¨ªa mi fin, pero si me encontraban primero los yankees o si los mismos argentinos decid¨ªan que era un problema que no pod¨ªan manejar¡­ bueno, la caja pod¨ªa convertirse en mi tumba. El cura cerr¨® suavemente la caja con la tapa, pero justo en ese momento una enorme explosi¨®n hizo retumbar el techo y las paredes del lugar. ?Qu¨¦ carajos se estaba desatando fuera? Esto es una locura... Ya no s¨¦ si vale la pena sobrevivir si le va a costar la vida a tanta gente. Como si fuera poco, se empez¨® a escuchar piedras caer. Espera... ?Se est¨¢ derrumbando el lugar? No, no, no... No puede estar pasando esto. Las piedras empezaban a caer de manera intermitente, golpeando las paredes y el suelo. El eco de los escombros resonaba a mi alrededor mientras la caja en la que estaba empezaba a vibrar levemente. El aire se hac¨ªa m¨¢s pesado, m¨¢s espeso, y el olor a humedad mezclado con tierra vieja se impregnaba en cada respiraci¨®n. El cura, mientras tanto, no paraba de moverse por el lugar. O¨ªa sus pasos agitados, y en un momento lo escuch¨¦ rezar en voz baja, como si su fe fuera lo ¨²nico que le quedaba para aferrarse en medio de la cat¨¢strofe. "?Est¨²pido, sacame de ac¨¢!" Las piedras segu¨ªan cayendo, algunas golpeaban cerca de la caja, y el sonido me hac¨ªa estremecerme por dentro. La caja cruj¨ªa con cada impacto, como si en cualquier momento fuera a quebrarse y dejarme a merced de los escombros. De repente, escuch¨¦ pasos apresurados acerc¨¢ndose. Eran r¨¢pidos y decididos, no como los del cura, que se mov¨ªa con dificultad. Mi coraz¨®n lati¨® con fuerza, y un susurro de esperanza se encendi¨® en mi interior. Tal vez era el momento de salir, de encontrar una manera de sobrevivir a este caos. Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. "?Todos con las manos en alto! ?Estamos ac¨¢ para buscar a Luciano!" "?Q-Quienes son ustedes? ?No les dar¨¦ a Luciano, ¨¦l es nuestro salvador!" A pesar de las palabras del cura, las botas siguieron retumbando el piso junto al sonido del techo caerse encima nuestro. "?Tenemos ¨®rdenes de llevar a salvo a Luciano! ?B¨²squenlo por todo el lugar, r¨¢pido!" De pronto una luz parpadeante invadi¨® el peque?o lugar donde me encontraba. "?Ac¨¢ est¨¢! ?Lo tenemos!" Grit¨® un uniformado negro, claramente era de los mismos que me hab¨ªan rescatado en el hospital. La luz de su linterna me ceg¨® un segundo, pero despu¨¦s, mis ojos se ajustaron y vi sus ojos apenas visibles bajo la m¨¢scara. Me levantaron bruscamente, dos soldados tom¨¢ndome del cuello y mi ¨²nico brazo sin ning¨²n cuidado, a pesar de que yo no pod¨ªa moverme casi nada. "Lo tenemos, muchachos. ?V¨¢monos ya! ?Este lugar se viene abajo!" "?Agghhhhh!" El grito desgarrador de uno de los dos soldados reson¨® por la sala cuando el techo cedi¨® por completo, y un bloque enorme de piedra cay¨® directamente sobre nosotros. ¨¦l recibiendo todo el impacto por detr¨¢s. En ese momento me di cuenta de que el efecto del sedante estaba pasando, porque sent¨ª algo de dolor en mis piernas, probablemente ya no podr¨ªa utilizarlas m¨¢s... "?Defiendan el objetivo con su vida!" Grit¨® el que parec¨ªa ser el comandante, intentando tironear mi cuerpo desde debajo de los escombros mientras ten¨ªa sus pies sobre el primer escal¨®n. Sent¨ª un nudo en el est¨®mago. Tal vez no deber¨ªa haber estado ac¨¢. Tal vez... no tendr¨ªa que haber permitido que tanta gente muriera por mi causa. Negu¨¦ con la cabeza. "Comandante... o no s¨¦ qui¨¦n eres. Tengo que decirte algo". "?No hables como si fueras a morir, maldici¨®n! ?Te estoy intentando sacar!" Sent¨ª un dolor agudo al respirar, como si cada bocanada de aire me recordara lo fr¨¢gil que era mi situaci¨®n. A mi alrededor, el caos se apoderaba del lugar, con escombros cayendo, el techo derrumb¨¢ndose, y los soldados desesperados por sacarme de all¨ª. Sus gritos se mezclaban con el retumbar del colapso inminente. "Esc¨²cheme... Hay algo... algo que no sabes. Algo que nadie te ha contado. Mor¨ª m¨¢s de una vez... No solo aqu¨ª, sino que, en otro lugar, en otra vida". El que supon¨ªa que era el comandante dej¨® de tirar por un segundo, su respiraci¨®n pesada resonaba, y aunque no pod¨ªa verle bien el rostro bajo la m¨¢scara, pude sentir su confusi¨®n. "?Qu¨¦ demonios est¨¢s diciendo?" "No s¨¦ si es el mismo destino para todos, pero hay algo all¨¢ afuera. El universo es m¨¢s basto de lo que imaginamos los humanos. La muerte no es el final que la mayor¨ªa cree". "?Est¨¢s diciendo que... despu¨¦s de todo esto, todav¨ªa hay algo? ?Una vida m¨¢s despu¨¦s de morir?" Asent¨ª con la cabeza. "S¨ª... As¨ª que, por favor, ya no tires m¨¢s". El silencio que sigui¨® a mis palabras fue extra?o. Los pocos soldados que quedaban segu¨ªan corriendo, buscando alguna manera de salir de este caos, pero el comandante estaba quieto. Su mano, a¨²n aferrada a mi cuerpo, dej¨® de empujar con la misma fuerza. "?Comandante!" Grit¨® otro soldado. "?El techo est¨¢ cediendo m¨¢s r¨¢pido, tenemos que movernos ya o no vamos a poder salir por la escalera!" ¨¦l ni siquiera se gir¨® para ver al otro soldado, solamente segu¨ªa clavado frente a m¨ª. "No s¨¦ si lo que est¨¢s diciendo es verdad o no, pero no me mandaron hasta ac¨¢ para dejarte morir. Vamos a sacarte de ac¨¢, incluso si eso significa cargar con tu trasero moribundo a la fuerza". Debo decir que su vigor era un poco contagioso. No s¨¦ qu¨¦ objetivo ten¨ªan conmigo como para dar la vida por mantenerme vivo, pero ah¨ª estaban, maniobrando un tabl¨®n de madera haciendo palanca contra los escombros. "?No te rindas, maldici¨®n! ??No quer¨¦s ver a tu madre, puto ni?o de mierda?! ?Pens¨¢ en todas las cosas que todav¨ªa no hiciste! ?No pod¨¦s largarte ahora como un cobarde cualquiera!" No... no sigas... "??Tan buena era tu puta vida en ese mundo!? ?No me jodas! ?Te juro que te vamos a conseguir todo lo que quieras!" Ya basta... No quiero... "?Solo un poco m¨¢s!" Grit¨® uno de los soldados todav¨ªa en pie mientras me retiraba de debajo de los escombros. "Te lo dije... No tiene sentido. Si muero, solo... regresar¨¦. De una forma u otra". Mis palabras sal¨ªan entrecortadas, ni siquiera supe si dije lo que quer¨ªa decir, porque estaba empezando a perder la consciencia. Finalmente, logr¨¦ respirar profundamente cuando los escombros se apartaron lo suficiente para que me sacaran completamente. Sent¨ª el fr¨ªo del aire en mi cara, pero tambi¨¦n el peso de la incertidumbre. Todo alrededor era caos. Hab¨ªa dos soldados corriendo, el techo segu¨ªa desplom¨¢ndose, y el lugar entero se sacud¨ªa con una violencia que parec¨ªa imparable. El cura, que antes hab¨ªa gritado en mi defensa, estaba tendido en el suelo, con el cuerpo parcialmente cubierto de escombros. No se mov¨ªa. Alguien me carg¨® sobre sus espaldas con urgencia, casi a los tumbos, mientras los gritos y el estruendo del colapso llenaban mis o¨ªdos. El calor del lugar en llamas hac¨ªa que el aire fuera sofocante, y apenas pod¨ªa mantener los ojos abiertos, pero lo ¨²nico que distingu¨ªa eran siluetas borrosas movi¨¦ndose desesperadamente. ?Por qu¨¦ segu¨ªan estos hombres arriesgando tanto por m¨ª? ?Qu¨¦ sab¨ªan ellos que yo no? Tal vez no ten¨ªa importancia en ese momento, pero la duda me carcom¨ªa por dentro. Finalmente, salimos a la calle. El aire fr¨ªo golpe¨® mi rostro, y por un segundo sent¨ª algo parecido a alivio. Pero ese sentimiento fue r¨¢pidamente aplastado cuando vi lo que nos rodeaba. Ruinas. Humo. El lugar entero estaba devastado. Edificios a medio derrumbar, fuego por todas partes, y cuerpos¡­ demasiados cuerpos esparcidos en el suelo, sin vida. Veh¨ªculos blindados y soldados en formaci¨®n estaban rodeando la zona, y todo el lugar era un caos. Explosiones distantes sacud¨ªan el aire, y las balas silbaban por encima de nuestras cabezas, mientras los soldados trataban de evacuarme. La realidad se mezclaba con la confusi¨®n, y no pod¨ªa discernir si todo lo que ve¨ªa era producto del shock o si realmente la situaci¨®n era tan desesperada como parec¨ªa. Cuando nos acerc¨¢bamos al blindado que estaba con la puerta trasera abierta, sucedi¨® algo inesperado. Una sombra oscura se abalanz¨® desde el cielo, o de donde fuera que hab¨ªa ca¨ªdo, aterrizando justo frente a m¨ª. Una figura envuelta en un manto negro, no... ¨¦l era como un fuego negro. Parec¨ªa un ser humano muy alto, pero al mismo tiempo, una criatura humanoide. No era de este mundo. "?Qu¨¦... demonios es eso?" El soldado que me cargaba retrocedi¨®, apuntando con su arma. La criatura avanz¨® r¨¢pidamente hacia m¨ª, ignorando los disparos que traspasaban su piel negra e invisible. Pude ver que sus ojos estaban vac¨ªos, directamente no hab¨ªa nada all¨ª. "Luciano", una voz profunda y resonante habl¨®, pero no desde la criatura, sino como si fuera desde dentro de mi mente. "Tu tiempo aqu¨ª ha terminado". La criatura extendi¨® una de sus dedos hacia m¨ª, tocando mi frente. En ese momento, todo alrededor se detuvo. El sonido de las explosiones, los gritos, el dolor... todo qued¨® en silencio. Ah... Se termin¨® la barbarie. Mir¨¦ hacia abajo, mi cuerpo volvi¨® a verse como el de su mundo. Mor¨ª de nuevo, sin poder hacer absolutamente nada y encima causando un enorme desastre en mi propio pa¨ªs, si es que todav¨ªa puedo llamarle as¨ª. ?Tan in¨²til puedo ser? "No eres in¨²til". Ella me miraba de reojo mientras estaba sentada en su sof¨¢ blanco. Toda la sala segu¨ªa de color blanco, se ve¨ªa diferente a como estaba la ¨²ltima vez, un poco m¨¢s desgastada y rota, pero el lugar donde ella estaba segu¨ªa intacto, perfecto. Su cara ten¨ªa un atisbo de verg¨¹enza, casi esperando a que yo tomara la palabra. Ten¨ªa muchas cosas que preguntarle. "Diosa, yo... creo que tom¨¦ una decisi¨®n equivocada al confiar en esa hada, me hizo caer en una trampa y al final..." "No, te equivocas, Luciano. Yo fui qui¨¦n tuvo la culpa de lo que te sucedi¨®. Si¨¦ntate as¨ª puedo explicarte m¨¢s a detalle", dijo, cortando mis palabras usando un tono m¨¢s fuerte que el m¨ªo. ?C¨®mo? ?Su error? No lo pod¨ªa creer, no solo por sus palabras, sino porque la diosa, la cual uno pensar¨ªa que deber¨ªa ser segura y fuerte, estaba aceptando su error frente a un mortal como yo. Me qued¨¦ parado unos segundos, procesando todo lo que estaba ocurriendo y escuchando. Segu¨ª viendo mi cuerpo y toc¨¢ndolo, se sent¨ªa raro estar pasando de uno al otro, m¨¢s sabiendo lo que le pas¨® al otro... No pens¨¦ que este momento de volver a vernos llegar¨ªa tan temprano. Me acerqu¨¦ lentamente y tom¨¦ asiento en el sof¨¢ frente a ella, viendo que mis pies cortos de ni?o todav¨ªa no llegaban a tocar el suelo. Al verla mejor, not¨¦ un peque?o cambio en su estilo de ropa, esta vez se ve¨ªa un poco m¨¢s arreglada, m¨¢s elegante.
"?Te sientes bien? Gracias por el cumplido, supongo". Me hab¨ªa perdido en su figura toda te?ida de rojo. "S-S¨ª, solo que me siento un poco perdido". A los segundos record¨¦ que ella pod¨ªa leer mis pensamientos. "Te voy a explicar el problema que hubo. Al hacer ese pacto, tu alma y la suya iban a unirse de alguna manera, pero el problema fue que, al yo reclamar tu alma por primera vez, no lo hice de manera completa, por lo tanto, tu alma hab¨ªa quedado fragmentada entre dos mundos. Entonces la parte que estaba en este mundo rechaz¨® el pacto y se uni¨® con su otra parte, provocando que murieras al instante. As¨ª que te debo unas disculpas por eso. No s¨¦ los detalles... de lo que ocurri¨® en el planeta tierra, pero si pude volver a recuperar tu alma completa, eso significa que tambi¨¦n moriste all¨ª, ?no?" "S¨ª, fue bastante tr¨¢gico. Me tuvieron de un lado para otro intentando salvarme de otros que me quer¨ªan matar, y al final apareci¨® un ser extra?o de color negro. ?No sabes qu¨¦ era eso? ?No puedes ver mi memoria?". "Claro que no, solo puedo hacerlo cuando tienes ese pelo rojo, y en ese otro cuerpo no lo tienes". "Entiendo... Esa cosa no era de mi mundo". "Est¨¢s m¨¢s apenado por tu familia, ?no? Volviste a pensar en ellos... eso s¨ª que puedo detectarlo ahora. Quiero que sepas que por m¨¢s que hubieras querido, no ibas a durar mucho tiempo en ese mundo. Su dios no reclam¨® tu alma porque yo se lo ped¨ª, y para eso tuve que ceder bastante de mi energ¨ªa..." Dijo y se levant¨® del sof¨¢, empezando divagar en silencio por la sala. Pasaron unos minutos hasta que pude volver a retomar la palabra. "Ya hab¨ªa aceptado mi nueva vida, pero esto hizo que mis pensamientos se... revolvieran. Ahora quiero volver con mi familia de siempre, pero s¨¦ que debo seguir estando en tu mundo y aprender cosas nuevas". "Entiendo querido, y te vuelvo a pedir perd¨®n por haberme equivocado. Ya te hab¨ªa dicho que t¨² eras la tercera alma que atrapaba y, siendo sincera, reconozco que soy novata en estas cosas. En realidad, no deber¨ªa serlo. Soy una diosa, ?no?" Se volvi¨® a acomodar en el sof¨¢, con la cabeza gacha, al igual que yo. La imagen de mi familia cruz¨® mi mente nuevamente. Mi madre, mi padre, la vida que dej¨¦ atr¨¢s cuando llegu¨¦ a este nuevo mundo... La idea de no poder verlos nunca m¨¢s, de no poder abrazarlos, era m¨¢s dolorosa ahora que hab¨ªa tenido la oportunidad de regresar, aunque fuera por poco tiempo. Me di cuenta de lo mucho que los extra?o. Y ahora, estar aqu¨ª de nuevo... me siento dividido. "?Pude conseguir tener alg¨²n pedido a favor?" Pregunt¨¦. cortando con el silencio, pero sin mirarla a la cara. "S¨ª, si bien la mayor¨ªa de cosas que hiciste fueron acertadas, definitivamente liberar al hada fue lo mejor. Tambi¨¦n voy a sumarte un pedido adicional por haberme equivocado y tambi¨¦n voy a contarte otro secreto de mi mundo". Al levantar la mirada, sus ojos rojos estaban clavados fijamente en los m¨ªos. "?Primero quieres pagar para volver a la vida o prefieres cobrar tus dos favores?" Su mirada indicaba que una de las dos podr¨ªa ser m¨¢s beneficiosa que la otra, pero me decid¨ª ir por lo peor primero. "Voy a entregarte mis cinco u?as del pie izquierdo". ?Qu¨¦ acabo de decir? No, en realidad... ?Por qu¨¦ lo dije tan despreocupado? Estaba a punto de perder una parte, tal vez peque?a, de mi cuerpo, y yo dici¨¦ndolo as¨ª nom¨¢s. Debo estar un poco resignado por todo esto que sucedi¨® antes. Debo volver a la realidad lo m¨¢s pronto posible antes de que me afecte m¨¢s de lo que deber¨ªa. Ella cambi¨® el semblante y se levant¨® sonriente. "Mmm... me gusta mucho como piensas, ?sabes?" Se acerc¨® y puso su mano en mi ment¨®n, levantando mi cabeza suavemente. "Tienes mucho potencial, pero te siento un poco nervioso cuando hablamos. Debes confiar m¨¢s en m¨ª. Seamos como uno solo... ?No te gustar¨ªa ser uno solo conmigo?" Pregunt¨®, acariciando un poco mi piel antes de quitar su mano. ?Hab¨ªa segundas intenciones en esas palabras? No, ella lee mi mente. Debo dejar de pensar. "Es que se me hace un poco dif¨ªcil despu¨¦s de todo lo que pas¨¦. Siempre he confiado en usted, y siempre voy a hacerlo". "Ah, ya veo..." Dijo y en una fracci¨®n de segundos esa enorme aura que de alguna forma me hac¨ªa tenerle temor desapareci¨®. "Ahora vamos con lo importante, no te asustes". De pronto, con las manos ella hizo cambiar el sof¨¢ a una silla de fuerza, sosteniendo mis brazos y pies. "D-Diosa... no creo que sea necesario hacer algo as¨ª". "Es solo por seguridad", dijo mientras una pinza de mango rojo aparec¨ªa en sus manos. Lo que en su momento solo era un pensamiento tonto, ahora se hizo realidad. Estaba a punto de ser torturado. Estaba completamente aterrorizado. "Oye, oye, oye. ?No podemos hacerlo de otra maner...? ?Waaaaaaaahhh!" Un grito ahogado me consumi¨® cuando, sin previo aviso, arranc¨® la u?a del dedo gordo. El dolor se extendi¨® como un fuego por mi pie, quemando cada nervio. El grito que intent¨¦ contener se convirti¨® en un sonido siniestro, un jadeo entrecortado que apenas pod¨ªa controlar. Sent¨ª mi respiraci¨®n acelerarse, el sudor comenzando a gotear por mi frente. La diosa me observaba con una seriedad extra?a en su expresi¨®n. "As¨ª vas a aprender que debes hacerte m¨¢s fuerte y no volver a morir". Mi mente estaba nublada por la agon¨ªa, y cada palabra suya se sent¨ªa como un eco distante, como si estuviera en un t¨²nel de desesperaci¨®n. Las ataduras me manten¨ªan inm¨®vil, impotente. Intent¨¦ mover mis pies, pero era in¨²til. Estaba completamente a su merced. La pesadilla de hace unas horas se volv¨ªa a repetir, y ahora la culpable de todo era el ser en el que m¨¢s confiaba. Apret¨¦ los pu?os y dientes mientras ve¨ªa la pinza acercarse al siguiente dedo. "???Maldici¨®n!!!! ??Por qu¨¦...?! ??Por qu¨¦ tienes que hacerlo de esta manera?!" Ella sigui¨® arrancando una por una las 5 u?as. No hab¨ªa forma de aguantar el dolor. "Listo, mi peque?o Luciano". ?Se puede ser tan siniestra? El dolor finalmente ces¨®, pero mi cuerpo a¨²n temblaba. La silla me solt¨®, y me desplom¨¦ en lo que ahora volv¨ªa a ser el sof¨¢, jadeando. No pod¨ªa ni mirar mis pies. Sent¨ªa el latido punzante en cada dedo, como si el eco del dolor se quedara grabado en mi mente. Mis manos temblaban mientras intentaba estabilizarme, pero segu¨ªa viendo manchas negras delante de mis ojos. Ni siquiera s¨¦ qu¨¦ hizo con mis u?as, solo quiero pedir mis dos favores e irme de este sitio. "Podr¨ªas haber usado un favor y pedirme que te pusiera anestesia", dijo sin pudor, seguramente leyendo mis pensamientos. ?Estaba jugando un juego de entrenamiento mental conmigo o simplemente se estaba divirtiendo al verme sufrir? Aunque quiera, no puedo decirle nada. "Ya veo..." Suspir¨¦ por el dolor intenso. "Mi primer pedido es que, a partir de ahora, todas las veces que nos encontremos no puedas leer mis pensamientos. Y el segundo, es que me digas... ?C¨®mo es que Mirella tiene semejante vestido tan bien hecho? Todos los dem¨¢s tenemos ropas primitivas, pero ella...". Sariah sonri¨® y chasque¨® los dedos antes de decir: "Listo, tu primer pedido acaba de ser cumplido, con respecto al segundo... es porque yo misma cre¨¦ a Mirella y le puse esa ropa. ?No es genial?" Me qued¨¦ con la boca abierta, no sab¨ªa que los dioses interven¨ªan de esa manera, ?ser¨¢ por eso que Mirella puede usar magia? El hecho de que Mirella, esa hada que me hab¨ªa acompa?ado todo este ¨²ltimo tiempo, fuese creaci¨®n directa de Sariah me dej¨® desconcertado. A todo esto, ya no podr¨¢ leer mi mente, ?no? A ver si pienso... Sariah es una est¨²pida por no saber reclamar un alma como corresponde. Ella continu¨®. "Ver¨¢s, cada cierto tiempo mi energ¨ªa llega al m¨¢ximo, as¨ª que para no desperdiciarla la utilizo en crear alg¨²n ser vivo nuevo sacado de ideas de otros mundos. Eso es lo m¨¢ximo que puedo contarte, supongo que queda respondida tu pregunta". "?Eso significa que todo lo que ella siente o dice est¨¢... controlado por ti?" Pregunt¨¦ con cautela. Sariah neg¨® lentamente con la cabeza. "No del todo. La cre¨¦, pero le di libertad. Mirella tiene su propia personalidad, sus propios pensamientos, aunque en esencia ella terminar¨¢ sinti¨¦ndose atra¨ªda hacia ti y se transformar¨¢ en alguien demasiado cercano". "?Qu¨¦ significa eso?" "No puedo decirte m¨¢s, para eso deber¨¢s hacer algo lo suficientemente bueno como para darte otro favor... y obviamente volver a morir". "Entiendo... si te digo la verdad, me parece incre¨ªble las cosas que puede hacer un dios. Gracias por responder, supongo que ahora es hora de volver", dije mientras un tabl¨®n de madera flotante me golpeaba contra la cabeza. Tal vez la pr¨®xima vez le pregunte por qu¨¦ carajos su casa est¨¢ as¨ª de destruida en un lugar en especial. De hecho, veo que hay menos cosas en la sala... "Antes cumplir¨¦ la ¨²ltima parte de mi promesa dici¨¦ndote algo que probablemente nunca sabr¨ªas. En mi mundo puedo ver todo lo que sucede, pero lo ¨²nico que no puedo ver son los rostros de los seres con los que no he tenido contacto o no he visto, esto quiere decir que puedo ver el rostro de tus dos padres y Mirella, ?solo porque ellos tocaron tu cabello rojo! ?Adi¨®s!" Sin dejarme despedirme, autom¨¢ticamente aparec¨ª acostado con la cabeza sobre la almohada improvisada. "?Wow! Hay que tener mucha imaginaci¨®n para crear algo as¨ª, ?yo tambi¨¦n puedo tener una?" "?Huh? ?Te sientes bien, Luciano? Cambiaste la cara de repente". La idea de que ella fuera creaci¨®n directa de Sariah segu¨ªa rondando en mi cabeza. No lo hab¨ªa asimilado del todo, pero no ten¨ªa que empezar a darle vueltas al asunto. ?Mis dedos! Me levant¨¦ r¨¢pidamente para ver si no estaban mis u?as del pie izquierdo, y definitivamente solo tengo las del derecho. "Este... es que justo me acord¨¦ del pacto y me dio un poco de miedo", re¨ª tontamente, intentando cambiar el ambiente. Realmente no estaba de humor, pero hab¨ªa que seguir. "?No te preocupes, Luciano! Todo va a salir bien y vamos a ser amigos para siempre". Mierda, ac¨¢ vamos de nuevo... Cap铆tulo 8: Presentaciè´¸n en estado cr铆tico. Al final hicimos el pacto y sali¨® bien, al menos por ahora. Lo ¨²nico que cambi¨® desde aquella vez es que ahora no tengo cinco u?as y me siento inc¨®modo. ?Cu¨¢nto tiempo voy a durar hasta que alguien se d¨¦ cuenta? Mam¨¢... No, Rundia y Rin llegaron de su recolecci¨®n, parece que no les fue nada mal. Mientras tanto Mirella observaba desde la lejan¨ªa, sobre la rama de un ¨¢rbol. Me acerqu¨¦ a ellos y, sin decir nada, les mostr¨¦ la almohada primitiva hecha de plumas. "?Qu¨¦ es esto?" Pregunt¨® Rundia mientras la investigaba de arriba a abajo, luego se la dio a Rin para que la vea. "Se siente suave..." La aplast¨® con sus dos manos, as¨ª es como a esos doctores les hubiera gustado aplastarme la cabeza para que no causara m¨¢s problemas, ?no? Basta de pensar en lo que pas¨® antes. Ten¨¦s que volver a tu cruda realidad, Luciano... Respir¨¢ hondo... Tengo que concentrarme, ellos son mis padres y as¨ª va a ser por el resto de mi vida. Calma. Tengo que cambiar el chip, pensar en lo que viene y seguir actuando normal. "Es un invento que se me ocurri¨®, lo llam¨¦ almohada y sirve... para apoyar la cabeza mientras duermes". Cuando lo dije son¨® medio est¨²pido. Sin embargo, por primera vez hab¨ªa tra¨ªdo algo de mi conocimiento previo a este mundo, me siento renovado. Si es que se le puede decir as¨ª. "Me la quedo", dijo Rin. "??Eh?!" Caradura de mierda... Me aguant¨¦ las ganas de insultarlo de arriba a abajo, obviamente no pod¨ªa Rundia solt¨® una carcajada mientras el ladr¨®n de almohadas la apretaba con m¨¢s fuerza. "Vaya, Luciano. Esto es raro. Supongo que ahora podr¨¦ descansar mejor despu¨¦s de los largos d¨ªas de recolecci¨®n. Gracias". Bueno, al menos me dio las gracias. Tal vez fue mi culpa al no decirles que era algo para m¨ª. Ya fue. "Luciano, tienes que ense?arme c¨®mo hacer una de esas cosas para m¨ª tambi¨¦n". "Claro... mam¨¢". Me cost¨®, pero lo dije. El simple hecho de que algo tan b¨¢sico como una almohada pudiera sorprenderlos me record¨® lo diferente que era este mundo de mi vida pasada. De alguna manera, traerles estos peque?os inventos me hac¨ªa sentir que no todo estaba perdido, a pesar de lo que hab¨ªa vivido ¨²ltimamente. Mirella, desde su posici¨®n en la rama del ¨¢rbol, segu¨ªa observ¨¢ndome con sus ojos brillantes y llenos de curiosidad. En este momento solo yo pod¨ªa distinguirla gracias a sus part¨ªculas amarillas y brillantes que revoloteaban a su alrededor. Se balanceaba levemente, haciendo que su peque?o vestido celeste ondeara con la brisa, mientras yo segu¨ªa reflexionando sobre la confesi¨®n de Sariah acerca de su origen. La simple idea de que alguien la hubiera creado a partir de energ¨ªa divina me hac¨ªa sentir una especie de v¨ªnculo extra?o con ella, aunque ahora era a¨²n m¨¢s complejo. ?Qu¨¦ tanto de lo que dec¨ªa y hac¨ªa era realmente producto de su propia voluntad? La duda me quemaba, pero a la vez, no pod¨ªa tratarla de manera diferente solo porque ahora sab¨ªa m¨¢s. Tampoco pod¨ªa dec¨ªrselo, claramente. No me qued¨® del todo claro lo de que dijo Sariah sobre que su esencia es ser atra¨ªda hacia m¨ª o algo parecido es lo que dijo, no entend¨ª muy bien a qu¨¦ se refer¨ªa o si ten¨ªa doble sentido la frase. Pasa que ella nunca habla del todo claro y no responde todas mis preguntas. Y as¨ª termin¨® el d¨ªa en el que mi propio padre me rob¨® mi primer ''invento''. *** Saltemos varios d¨ªas. Ya hice las pases conmigo mismo. Pap¨¢ me despert¨® muy emocionado. "Hijo, hoy es un d¨ªa especial. ?Ya te diste cuenta? ?Tu pelo creci¨® hasta la altura de tus hombros!" Claro, lo dice el se?orito que se cort¨® el pelo ¨¦l mismo gracias a que me vio haciendo travesuras con una piedra filosa. ?M¨¢s te vale que tambi¨¦n me dejes cortarme el pelo en un futuro! "Ah, es verdad". "?Eso significa que ya eres lo suficientemente grande como para salir a explorar fuera de la cueva! ?No es emocionante?" Entonces no sabe que ya sal¨ª mil millones de veces fuera mientras ellos no estaban, Mirella se debe estar cagando de risa all¨¢ fuera. Bah, si es que est¨¢ despierta. "?Entonces puedo salir a buscar comida con ustedes?" Llevo un buen tiempo comiendo las na?as y ya no paso tanta hambre. Lo ideal ser¨ªa llevarlos a explorar hacia ese lado. Ah, las na?as son las cosas verdes comestibles, as¨ª las llam¨¦. "Claro, vas a salir con mam¨¢ y pap¨¢ y te ense?aremos las cosas b¨¢sicas que hay que hacer para conseguir comida". Mam¨¢ nos hac¨ªa se?as desde la salida de la cueva para que vayamos. "Vamos, Luciano. ?Salgamos fuera!" ?En serio me toca fingir todo esto? Que pereza... "?Si! ?Voy a salir afuera!" Rundia me agarr¨® de la mano para que vayamos juntos. Vi de reojo que Mirella segu¨ªa durmiendo, espero que no haga ninguna tonter¨ªa mientras est¨¢ sola. Es capaz de buscarme hasta en el mism¨ªsimo infierno solo para reprocharme que la dej¨¦ ah¨ª sin avisarle . Mis padres tomaron la direcci¨®n hacia el claro del bosque mientras me iban explicando algunas cosas sobre las plantas, cosas que no se deb¨ªan comer y dem¨¢s. Relativamente ya sab¨ªa todo, las mandarinas era la fruta que m¨¢s predominaba en la zona. Al llegar al claro en el bosque, estaba Anya con algunas frutas en la mano. "?Qu¨¦ sorpresa, trajeron al peque?o Luciano!" Rundia tom¨® la palabra luego de darle un abrazo. "S¨ª. Como puedes ver, ya le creci¨® el pelo hasta los hombros. Ahora es todo un muchacho" "A ver..." Dijo Anya mientras se pon¨ªa en cuclillas para verme mejor. "Estoy segura de que ser¨¢s un muchacho inteligente y muy apuesto". Si lo dice la hermosa Anya, entonces debe ser verdad, ?no? Me sonroj¨¦ un poco, no puedo evitarlo, aunque intent¨¦ disimularlo mirando hacia otro lado y jugando con una ramita en el suelo. Anya siempre ha sido tan c¨¢lida y amable De pronto su mano se acercaba hacia mi cabeza. ?Tengo que hacer algo r¨¢pido! Me aferr¨¦ a sus piernas, despu¨¦s de todo el sufrimiento no iba a poder soportar esa maldita sensaci¨®n de electricidad de nuevo. "?Gracias Anya, te quiero mucho!" Ay, que linda la inocencia de los ni?os. Anya se qued¨® sorprendida por el gesto repentino, pero no pudo evitar sonre¨ªr. Pude ver su rostro de cerca, aunque cualquier movimiento en falso iba a hacer que mi pelo rojo y largo terminara chocando con alguna parte de su cuerpo. "Vaya, tan cari?oso. Debo decir que me has tomado por sorpresa, Luciano". Esta vez me acarici¨® la espalda, menos mal. Mam¨¢ rod¨® los ojos con una sonrisa. "Luciano siempre sabe c¨®mo conquistar corazones". ?Y eso? ?Lo dice por ella misma? "Toma esto, peque?o. Es un regalito para que sigas creciendo mucho m¨¢s", dijo Anya, par¨¢ndose de nuevo y estirando su mano para regalarme una mandarina. Luego le dio otra a Rundia. Me voy a terminar poniendo anaranjado de tanto comer esta fruta, tampoco es como si me molestara verla, o sea, mi color favorito es el naranja. "Gracias, Anya. ?Sos muy amable!" Si bien segu¨ªa fingiendo ser un ni?o, lo que dije si era verdad, Anya siempre es muy amable. "Rundia, ?no crees que Luciano tiene una forma muy particular de hablar?" Uh, ?lo dice por el voseo? Es imposible no hacerlo. Esta se?orita es bastante directa, me gusta. Rundia sonri¨®, tal vez un poco sorprendida por el comentario de Anya. "S¨ª, a veces me pregunto de d¨®nde saca esas expresiones. Pero, bueno, los ni?os siempre tienen sus maneras curiosas de ver el mundo, ?verdad?" "Supongo que s¨ª. Es parte de lo que los hace tan especiales". ?D¨®nde estar¨¢ Tar¨²n? Digo, debe dejarlo solo como a m¨ª me dejaban solo hasta hace un d¨ªa. Recuerdo que ella dijo que en su familia eran solo dos, ?y su pareja? Mientras ellas hablaban, me dediqu¨¦ a pelar la mandarina que Anya me hab¨ªa dado. El aroma c¨ªtrico llen¨® el aire en frente m¨ªo. Anya nos acompa?¨® un rato, y no pude evitar notar c¨®mo la complicidad entre ella y mi madre hac¨ªa todo m¨¢s ameno. Era agradable ver c¨®mo compart¨ªan sus experiencias y an¨¦cdotas, mientras yo intentaba concentrarme en lo que dec¨ªa mi padre. ¨¦l me ense?aba c¨®mo identificar las huellas en el suelo, qu¨¦ ¨¢rboles daban mejor fruta en ciertas ¨¦pocas y c¨®mo movernos sin hacer ruido para no espantar a los animales. Mi teor¨ªa de que estamos en una isla tropical sigue vigente. Los ¨¢rboles en la costa parecen ser del estilo de una palmera y mientras m¨¢s te adentres en la espesura del bosque, se comienza a parecer a una selva. El clima es siempre c¨¢lido y hay pocas lluvias. Tambi¨¦n estamos rodeados de agua donde al horizonte no se ve nada de nada, aunque eso de que estamos rodeados de agua todav¨ªa tengo que confirmarlo m¨¢s adelante. Ellos se quedaron hablando un rato mientras yo miraba hacia los alrededores. Luego de un tiempo, pap¨¢ dijo que nos volv¨ªamos. "?Eh? Pero si no encontramos casi nada". "Pero... es porque es tu primera vez, no deber¨ªamos tardarnos mucho". "?P-Pero por all¨¢ vi algo!" Grit¨¦, se?alando hacia el lugar donde est¨¢ el ¨¢rbol de na?as. "Vamos, amor. Solo por esta vez, ?s¨ª?" Dijo Mam¨¢, intentando convencerlo a su modo. "Bueno, pero solo porque me hiciste esa cosa que sirve para dormir mejor..." "?Si!" Festej¨¦ y sal¨ª corriendo, pensando en que al menos esa almohada sirvi¨® de algo. "?Espera, hijo! ?No puedes salir corriendo as¨ª!" Mir¨¦ hacia arriba, se?alando las cosas verdes que colgaban del ¨¢rbol alto. En realidad, no las ve¨ªa, solo sab¨ªa que era en ese ¨¢rbol. "Eso debe poder comerse. ?No crees, pap¨¢?" "No veo nada, pero podr¨ªa ser... que hay un olor diferente. No entiendo como las encontraste tan r¨¢pido, pero voy a intentar subir". A los segundos, mam¨¢ lleg¨® corriendo agitada mientras pap¨¢ trepaba el ¨¢rbol con agilidad, sorprendi¨¦ndome con su habilidad. Desde las ramas altas, comenz¨® a recoger las na?as, lanz¨¢ndolas con precisi¨®n a mam¨¢, la cual no agarr¨® ni la mitad de las frutas. "Es incre¨ªble que hayas... encontrado esto... Luciano", dijo mam¨¢, falt¨¢ndole el aire. De alguna manera, ella siempre se agita r¨¢pidamente al correr. Esto ya lo hab¨ªa visto antes. ?No ser¨¢ asma? Capaz que estoy exagerando. Anya se acerc¨® a los segundos, recolectando con curiosidad las na?as que se hab¨ªan ca¨ªdo al suelo. "?C¨®mo se llaman estas frutas? Nunca las hab¨ªa visto antes. Debe ser porque est¨¢n muy arriba". "?Son riqu¨ªsimas!" Grit¨® Rin, probando una desde lo m¨¢s alto del ¨¢rbol. "Podr¨ªan llamarse...". Le puse un poco de suspenso, haci¨¦ndome el que pensaba c¨®mo llamarlas. "Na... Na?as!". Pap¨¢ y mam¨¢ rieron con el entusiasmo de la nueva palabra. "Na?as... me gusta. Es un nombre pegajoso", exclam¨® mam¨¢, mir¨¢ndome con una sonrisa de aprobaci¨®n. Anya tambi¨¦n sonri¨®, aunque su mirada reflejaba una mezcla de curiosidad y diversi¨®n. "Entonces, desde ahora llamaremos a estas frutas na?as. Gracias por el descubrimiento, Luciano". Ese nombre que le puse, hace ya un tiempo, fue porque me hacen acordar a las ca?as de az¨²car, ya sea por color como por lo que lleva dentro. Es probable que ac¨¢ tambi¨¦n existan las ca?as de az¨²car, ya veremos. Me acerqu¨¦ para regalarle una a Anya, devolvi¨¦ndole el favor. Luego ella se despidi¨® y se fue en direcci¨®n a su cueva. A los minutos se empezaron a escuchar gritos y llantos a lo lejos, estaba seguro que eran las voces de las gemelas. "Mam¨¢, ?qu¨¦ est¨¢ pasando? ?Vayamos a ver si podemos ayudar!" "Est¨¢ bien, es posible que sean las nietas de Kuri... Espero que est¨¦ todo bien". Agarr¨® firmemente las na?as bajo el brazo mientras comenzamos a caminar r¨¢pido junto a pap¨¢. Por alguna raz¨®n, el bosque empez¨® a sentirse m¨¢s dif¨ªcil de cruzar, los pies me dol¨ªan mucho m¨¢s que las anteriores veces y los quejidos de agitaci¨®n de mam¨¢ tampoco es que ayudaran mucho. Mientras m¨¢s nos acerc¨¢bamos, los gritos se escuchaban m¨¢s fuertes. "?Abuela! ?Abuela, despierta!" Cuando finalmente llegamos a su cueva, vimos el peor escenario. Kuri estaba tirada en el piso con el torso contra una de las paredes, aparentemente muerta, mientras las dos ni?as lloraban desconsoladamente a su lado. Rundia tir¨® la comida al piso e inmediatamente corri¨® a ver que suced¨ªa. En ese momento ya no importaba si del cansancio no pod¨ªa hablar bien o si se tambaleaba al caminar, ella ten¨ªa que socorrer a las ni?as. "?Chicas... qu¨¦... le pas¨®? ?Por qu¨¦... Kuri est¨¢...?" Dio una pausa, intentando asimilar la escena. "No puede ser... Lo siento mucho..." Lamentablemente, Kuri ya hab¨ªa fallecido. Pude confirmarlo al acercarme un poco y tocar su mu?eca. Ver a las gemelas llorar sobre el cuerpo inerte de Kuri me llen¨® de una sensaci¨®n extra?a en el pecho. Mi mente, por un segundo, intent¨® negar lo obvio. Kuri, la abuela que en su momento quiso ayudarnos, a su manera, con aquella herida de Rundia y hab¨ªa estado el d¨ªa de mi nacimiento, ya no estaba. Me qued¨¦ congelado, observando a Suminia y a su hermana, que todav¨ªa no s¨¦ el nombre, mientras se aferraban al cuerpo de su abuela. ?Qu¨¦ se supone que debo hacer? ?Qu¨¦ puedo decir en este momento? Sent¨ªa un nudo en la garganta, pero al mismo tiempo no me sal¨ªan las palabras. "Mam¨¢..." Susurr¨¦, sin saber realmente qu¨¦ decir. Rundia estaba inclinada junto a las ni?as, su rostro tenso, tratando de ofrecerles consuelo, pero se notaba que tambi¨¦n estaba afectada. A pesar de haber visto muchas muertes en mi peque?o regreso al planeta tierra, no hay comparaci¨®n al ver a dos ni?as llorando por su abuela, al parecer la ¨²nica persona que las cuidaba. No las conoc¨ªa muy bien a las tres como para entristecerme tanto por lo sucedido, pero el verlas llorar me hizo ponerme a lagrimear. Siempre me pasa, no puedo evitar llorar cuando una mujer llora al frente m¨ªo. "Lo siento tanto, chicas..." repet¨ªa mam¨¢, acariciando sus cabezas con ternura mientras ellas lloraban sin consuelo. No hab¨ªa palabras que pudieran cambiar lo que estaba ocurriendo. Suminia, con el rostro lleno de desesperaci¨®n, intentaba sacudir suavemente a Kuri, como si de alguna manera pudiera devolverle la vida. "Abuela, no te vayas... no nos dejes..." "Nuestra abuela no va a volver, ?verdad?" Dijo la otra hermana, tir¨¢ndose a abrazar a Rundia. "No se preocupen, ni?as, Ad¨¢n le dar¨¢ su bendici¨®n para que ella las cuide desde el cielo". Support the author by searching for the original publication of this novel. Rin se qued¨® caminando de un lado a otro, observando con una mezcla de tristeza y preocupaci¨®n. Luego se fij¨® en m¨ª. "Luciano, esto es parte de la vida. A veces, las personas que amamos se van, y debemos ser fuertes por los que quedan". Me arrodill¨¦ al lado de las gemelas, intentando consolarlas de alguna manera. "Lo siento mucho, chicas... es dif¨ªcil perder a alguien que amas". Pobres ni?as, se ve que la se?ora Kuri era la ¨²nica persona de su v¨ªnculo familiar. Las gemelas apenas pod¨ªan escucharme a trav¨¦s de sus sollozos. Rundia sigui¨® abraz¨¢ndolas con fuerza, intentando darles un poco de consuelo en ese momento de dolor. Suminia me mir¨® muy enojada, pero esta vez no me dijo nada. En este momento ya no hab¨ªa rivalidades ni espacio para discusiones tontas. El dolor que sent¨ªa era demasiado profundo como para preocuparse por mi presencia. Rin se acerc¨® a ver el cuerpo. "Nosotros vamos a ayudarles en lo que necesiten. Ahora debemos dejarla descansar, ?entienden?" Luego de eso, alz¨® el cuerpo de la mujer entre sus brazos. Las dos asintieron mientras se secaban las l¨¢grimas, lo aceptaron de una manera como si ya hubieran pasado por esto antes. No deber¨ªa ser su primera p¨¦rdida. Seguimos a pap¨¢ mientras la noche empezaba a caer sobre nuestras caras largas. Durante el camino, decid¨ª no decirles nada. Que el silencio se hiciera cargo de la situaci¨®n. Pero el silencio se hizo largo y tedioso. Los pasos de todos eran pesados, como si cada uno estuviera lidiando con la tristeza a su manera. Al mirar a las gemelas, supe que desde ahora todo ser¨ªa diferente para ellas. Me sent¨ª impotente ante su sufrimiento; hab¨ªa querido hacer algo m¨¢s, pero las palabras parec¨ªan vac¨ªas en esos momentos. Llegamos a la costa, el agua estaba calmada y mis padres empezaron a juntar ramas para luego encender una fogata. ?Acaso iban a...? Las gemelas se quedaron sentadas llorando en silencio mientras ve¨ªan la escena. "Es una pena", murmur¨® pap¨¢, con la mirada perdida en el fuego que ard¨ªa sobre la arena. "Su sabidur¨ªa y experiencia ser¨¢n extra?adas, que en paz descanses, Kuri". Su ''velorio'' termin¨® siendo ser incinerada al aire libre, dios m¨ªo... "Mam¨¢, ?por qu¨¦ queman a los muertos!" Pregunt¨¦, fingiendo ser un ni?o inocente. Aunque la realidad era fuerte, en la tierra no est¨¢bamos muy alejados de lo que estaban viendo mis ojos, solo que ac¨¢ no tenemos los recursos suficientes como para hacer la situaci¨®n m¨¢s amena. "Es una forma de honrar su memoria y permitirles seguir adelante en paz. Aunque puede parecer extra?o para ti ahora, es parte de nosotros y respetamos profundamente esta forma de despedirnos. Es mejor que vayas de vuelta a nuestra cueva, ?s¨ª?" Asent¨ª con la cabeza mientras me alejaba del intenso humo que envolv¨ªa el cruel ambiente. De pronto un d¨ªa hermoso, en el que recog¨ªamos frutas en familia, se transform¨® en uno horrible y pesado. Si ya de por s¨ª ¨¦ramos pocos en esta zona, ahora no queda casi nadie. Mientras caminaba hacia la entrada del bosque, donde estaba nuestra cueva, vi de reojo a Mirella oculta entre los ¨¢rboles, esperando a que yo llegara a casa. Seguro que de alguna manera nos estuvo siguiendo todo el tiempo, pero no me di cuenta. "?Luciano! ?Qu¨¦ fue lo que pas¨®? No entend¨ª lo que estaban haciendo". No se movi¨® del ¨¢rbol hasta que cruc¨¦ hasta dentro de la cueva. Me sent¨¦ en mis hojas de siempre antes de responderle. "Nada, es que... falleci¨® una mujer que era de la zona, alguien muy querida por mis padres". "Ah... entiendo". Se qued¨® abrazada a mi brazo, intentando darme un peque?o consuelo. "Lo siento por no estar hoy a tu lado, pero ya debes irte fuera o te descubrir¨¢n. S¨¦ una hadita buena, ?s¨ª? Ma?ana intentaremos hablar m¨¢s". Acarici¨¦ su cabecita y ella sonr¨ªo mientras se iba. Es tan inocente... Me sent¨ª agradecido por su compa?¨ªa y por la forma en que intentaba hacerme sentir mejor, aunque sab¨ªa que no pod¨ªa hacer mucho para cambiar la situaci¨®n. Tampoco hab¨ªa tiempo para hacer mucho. Unos minutos despu¨¦s, mis padres volvieron junto a las gemelas, que ten¨ªan los ojos llorosos y casi ni quer¨ªan verme a la cara. Rin tom¨® la palabra. "Hijo, ellas son Suminia y Samira. Por ahora se quedar¨¢n a vivir en nuestro hogar porque no tienen familia con la que vivir, espero que puedan conocerse mejor". As¨ª que Samira... Son bastante parecidos los nombres, eso lo hace m¨¢s complicado. La se?alo a cada una al nombrarlas, como para que no me confundiera. Pero eran f¨¢cilmente reconocibles por la forma de actuar de cada una. Igualmente, las dos tienen pelo negro y lacio hacia los costados, ojos negros, piel blanca, pero con un tono bronceado y visten ropas de pieles de animales bien perfeccionadas tanto arriba como abajo. Sin embargo, la ¨²nica distinci¨®n f¨ªsica reconocible es que Samira se pone el cabello detr¨¢s de las orejas, en cambio Suminia lo tiene as¨ª nom¨¢s. Otra peque?a distinci¨®n no f¨ªsica, es que Suminia tiene atada una pluma del hombre p¨¢jaro en el cabello. Son chicas lejanas del bosque. Hay algo raro en sus ojos. Miradas que inducen temor, y tambi¨¦n melancol¨ªa de esperar... Me acerqu¨¦ a ellas, como si antes de este d¨ªa nunca nos hubi¨¦ramos conocido. "Hola, yo soy Luciano. Espero que seamos muy buenos amigos". "Si, ya sabemos tu... nombre..." Murmur¨® Suminia mientras intentaba tapar su rostro con su cabello Seguramente tuvo que comerse una palabra entre ''tu'' y ''nombre'', algo como ''tonto''. Con ella tengo que tener paciencia infinita. Ellas se quedaron sentadas en un rinconcito de la cueva, se las ve¨ªa muy tristes. ?Ser¨¢ que sus padres tambi¨¦n murieron? Me dan mucha pena a pesar de lo que me hicieron, en realidad solo Suminia me trat¨® mal. El silencio se encarg¨®, de nuevo, de cumplir funci¨®n literaria. Escribiendo palabras en el aire para llenar el vac¨ªo. La muerte es terrible para cualquiera. Joven o viejo, bueno o malo, todo es lo mismo. La muerte es imparcial. No existe una muerte especialmente terrible. Por eso la muerte es tan temible. Tus obras, tu edad, tu personalidad, tu riqueza, tu belleza... Todo ello no tiene sentido ante la muerte. He muerto antes, varias veces, y en cada una de esas malditas ocasiones, he aprendido lo mismo: no importa cu¨¢ntas veces cruce ese umbral, su frialdad siempre es la misma. Es ese vac¨ªo sin prejuicio, que no distingue entre los poderosos y los d¨¦biles, ni entre los que tienen sue?os y los que se han resignado a sus pesadillas. *** Han pasado varios meses desde que Suminia y Samira empezaron a vivir con nosotros. Las cosas han cambiado para bien en nuestra supervivencia del d¨ªa a d¨ªa. Pero eso no es lo ¨²nico que cambi¨®, sino que todos lo hicimos f¨ªsicamente porque, aunque parezca extra?o, los cinco seguimos en etapa de crecimiento. Ellas son las que regularmente se encargan de cazar y recolectar frutos del bosque, por lo tanto, mis padres est¨¢n m¨¢s d¨ªas en la cueva y ¨²ltimamente no pude hablar con Mirella. "Luciano, nos vamos con Rundia a ver a Anya, dice que su hijo Tar¨²n va a salir por primera vez afuera, as¨ª que vamos a acompa?arlo. P¨®rtate bien, ?si? En un rato ya deben estar por venir las chicas". Toc¨® mi cabeza suavemente y se fue contento junto a mam¨¢. Mirella entr¨® volando inmediatamente, aprovechando que ya no hab¨ªa nadie. "?Luciano, eres muy malo! Ya no me hablas, ?es porque ya no me quieres?" Le sonre¨ª a Mirella, levant¨¢ndome del suelo. "Claro que te quiero, Mirella. Lo que pasa es que ahora mis padres pasan m¨¢s tiempo en la cueva. Pero siempre eres importante para m¨ª Si vos ya sab¨¦s la situaci¨®n, no hace falta que busques pelea". Mirella hizo un puchero, cruzando los brazos mientras volaba a mi alrededor. "Bueno, m¨¢s te vale. Porque me estoy sintiendo muy solita". Me acerqu¨¦ y extend¨ª mi mano para que se posara en ella. "Lo siento por decirlo de esa manera. ?Por qu¨¦ no aprovechamos este tiempo para ponernos al d¨ªa? Contame, ?qu¨¦ haces en tu tiempo libre?"
Mov¨ªa sus peque?os bracitos mientras me hablaba, pareciera que lo m¨¢s interesante de su d¨ªa era estar a mi lado, hablar y que yo de alguna manera la halague. "?...y as¨ª es como termin¨¦ encontrando agua m¨¢gica!" "?Agua m¨¢gica? ?Por qu¨¦ dec¨ªs que es m¨¢gica? No sab¨ªa que estabas explorando el bosque". "?Es por tu culpa!" Grit¨® enojada, d¨¢ndose la vuelta. "Ya, ya. ?Te gustar¨ªa que vayamos a explorar esa agua m¨¢gica juntos?" Volvi¨® a darse la vuelta hacia m¨ª y, completamente feliz, salt¨® hacia mi cabeza "?Siiiiiii! ?Voy a explorar con Luciano!" Nos quedamos charlando un rato hasta que, al estar por salir de la cueva, justo llegaron las chicas. De un susto, Mirella se meti¨® r¨¢pidamente como pudo entre mi pelo. "Hola, Luciano. ?Estabas por salir?" Pregunt¨® Samira mientras Suminia entraba a la cueva cargando algunas frutas y lombrices. Por suerte a mis padres no les gustaban las lombrices, as¨ª que solo se las com¨ªan ellas. "Eh... S¨ª, es que pens¨¦ en ir a ver si estaban bien". Titube¨¦ al final, soltando una risita que se parec¨ªa m¨¢s a un ''je''. Suminia se meti¨® en la conversaci¨®n. "Ni que pudieras ayudarnos, tontito". "?Hermana! ?Por qu¨¦ siempre le dices esas cosas al peque?o Luciano?" Estiro su mano, una na?a sobre su palma. "Toma, por ahora come esto hasta que vuelvan tus padres". Extend¨ª la mano para agarrar la fruta. "Gracias, Sami". Su cara se ti?¨® con un ligero rubor. "No... no es nada, solo cuidamos de ti". "As¨ª que te crees muy listo, ?no? Idiota..." Murmur¨® Suminia mientras me tiraba una na?a por la cabeza. Casi que no le prest¨¦ atenci¨®n al golpe en mi frente por culpa de que Mirella no paraba de hablarme cosas al o¨ªdo. ?Por qu¨¦ se pone tan celosa? Solo fue una forma m¨¢s amistosa de llamarla. Sami... Sumi... ?C¨®mo iba a decirle a ella, Mire? No pegaba. "?Te crees listo por llamarla Sami? ?Qu¨¦ tonto! Si no fuera porque tengo que esconderme, ya les habr¨ªa mostrado qui¨¦n es la mejor amiga de Luciano", susurraba, claramente celosa. No hab¨ªa motivo, pero ella lo estaba. No pude evitar sonre¨ªr, aunque era una situaci¨®n un tanto inc¨®moda. Por un lado, ten¨ªa a Mirella haci¨¦ndome sentir su peque?a furia, y por otro, a Suminia lanzando insultos con una facilidad que podr¨ªa hacer que cualquiera explotara. "?Bueno, adi¨®s...!" Me hac¨ªa el tonto mientras caminaba hacia fuera. "Idiota, sabes que no puedes salir solo. ?Acaso quieres que te de una paliza de nuevo?" Me di la vuelta, mir¨¢ndola. "Mir¨¢, no creo que te sea conveniente darle una paliza a un miembro de la familia que te acogi¨® en su hogar, ?sabes? Hasta dir¨ªa que somos como hermanos en este momento" Ella no contest¨®, de hecho, las dos comenzaron a verse con caras aterrorizadas mirando detr¨¢s de m¨ª. "?Pasa algo?" "L-Luciano... ?Sal¨ª de ah¨ª!" Grit¨® Suminia, se?alando a mi espalda. Apenas escuch¨¦ un rugido, me di la vuelta y vi que hab¨ªa un enorme... oso de pelaje denso y oscuro parado en la entrada de la cueva, comenc¨¦ a retroceder r¨¢pidamente. "Por favor no... no quiero sufrir de nuevo". Por un momento, mi mente se qued¨® en blanco. El aire se sent¨ªa pesado, como si cada sonido se multiplicara en eco. Mis pies, casi torpes, retroced¨ªan a la misma velocidad con la que mi coraz¨®n lat¨ªa. "?Vayan al fondo, r¨¢pido!" Grit¨¦ a las gemelas, que se movieron r¨¢pidamente detr¨¢s de m¨ª. "Luciano, ?qu¨¦ est¨¢ pasando?", dijo Mirella en un susurro. Ni siquiera pude pensar en qu¨¦ responderle, por un lado, podr¨ªa ser de mucha ayuda si... hago que ataque al oso, pero todos la terminar¨ªan descubriendo. Mis ojos segu¨ªan fijos en el oso. Era inmenso, su pelaje grueso y oscuro brillaba bajo los rayos de luz que entraban desde la entrada de la cueva, y cada movimiento suyo parec¨ªa m¨¢s una advertencia que una amenaza. Sab¨ªa que, si lo provocaba, ser¨ªa mi fin. No... no har¨ªa falta ni provocarlo, ¨¦l se abalanzar¨ªa en cualquier momento hac¨ªa m¨ª y me comer¨ªa. "?Y ahora qu¨¦...?" Murmur¨¦, buscando desesperadamente una salida con la mirada. El fondo de la cueva no parec¨ªa lo demasiado estrecho como para que el oso no cupiera, "?Luciano! ?Luciano!" Se comenz¨® a escuchar desde fuera, era la voz de pap¨¢, que comenz¨® a atacar al oso con la piedra con la que sal¨ªa de caza, atrayendo su atenci¨®n. "?Pap¨¢, no hagas eso!" Justo cuando el oso se dio vuelta para atacarlo, una enorme r¨¢faga de luz se dispar¨® hacia el oso, reventando su cabeza en mil pedazos. El silencio que sigui¨® fue brutal. El cuerpo del oso cay¨® al suelo con un golpe sordo. Me qued¨¦ completamente inm¨®vil, con los ojos a¨²n fijos en el lugar donde la cabeza del oso hab¨ªa estado un momento antes. Rin, con la piedra en la mano y todo el cuerpo cubierto de la sangre, mir¨® alrededor, desconcertado. "?Q-Qu¨¦... qu¨¦ fue eso?" Por el miedo sent¨ª como si el mundo hubiera dejado de moverse. Finalmente, el ruido de las pisadas lentas de mi padre me devolvi¨® a la realidad. Se acercaba con la piedra a¨²n en la mano, pero su mirada estaba puesta en el cad¨¢ver del oso. "?Est¨¢s bien?" Su voz sonaba tensa, casi ronca. Asent¨ª, pero no pude despegar la vista del desastre frente a m¨ª. No solo porque acababa de ver a un oso morir de la manera m¨¢s violenta posible, sino porque sab¨ªa perfectamente qui¨¦n lo hab¨ªa matado. Mirella. "Lo siento, Luciano... No pod¨ªa dejar que les pasara nada", susurr¨® en voz baja, apenas audible. Aunque su tono era suave, estaba cargado de determinaci¨®n, la misma que la hab¨ªa llevado a disparar esa r¨¢faga de luz. Tragu¨¦ saliva, pensando en si deb¨ªa responderle y decirles a todos la verdad, de lo que ocultaba desde hace bastante tiempo. Desde el fondo de la cueva, Samira se acerc¨® corriendo. "?Rin, est¨¢s bien? Dios m¨ªo... ?Qu¨¦ fue eso?" Rin asinti¨® lentamente limpi¨¢ndose la cara con la mano, aunque apenas pod¨ªa quitarse la sangre en la parte de los ojos y boca. "S¨ª, estoy bien. Pero... creo que algo nos salv¨® del oso. Fue como algo brillante que apareci¨® de la nada". Suminia sali¨® detr¨¢s de Samira, mirando hacia donde yac¨ªa el oso desintegrado. "Luciano, ?t¨² hiciste eso?" Antes de que pudiera responder, mam¨¢ lleg¨® corriendo muy agitada y se apoy¨® en la entrada de la cueva, directamente sin poder hablar. "Claro que no, bueno... no s¨¦ c¨®mo explicarlo sin mostrarles". Ya no hab¨ªa forma de ocultar al peque?o ser que se escond¨ªa en mi cabello. "Mirella, ya puedes salir", dije, estirando la mano para que se posara sobre ella. Ella se pos¨® t¨ªmidamente y esper¨® a que yo hablara. "Ella es un ser m¨¢gico, un hada, y me acompa?a en secreto desde hace un tiempo. Lo siento... estuve saliendo fuera sin su permiso. Tambi¨¦n quiero pedirte perd¨®n a vos, Mirella, te mantuve oculta todo este tiempo solo por un capricho m¨ªo". Agach¨¦ la cabeza, esperando la respuesta de todos. "H-hi...jo, ?e-est-¨¢s bien?" Balbuce¨® mam¨¢, al parecer sin escuchar lo que dije. Se tambaleaba en la entrada de la cueva, sus ojos a¨²n desorbitados por el horror que acababa de presenciar. La sangre del oso manchaba las piedras alrededor, y el aire a¨²n ol¨ªa a muerte y magia, por decirlo de alguna manera. Rin estaba tan sorprendido que parec¨ªa costarle procesar lo que yo hab¨ªa dicho. Samira y Suminia intercambiaron miradas incr¨¦dulas. "?Un hada, dices?" La que tom¨® la palabra fue Samira, acerc¨¢ndose lentamente a Mirella. "Nunca hab¨ªa visto... a alguien as¨ª". Mirella se intent¨® esconder en mi cabello de nuevo. "Tranquila, Mirella, todo est¨¢ bien, ?verdad?" Dije al aire, mirando a los dem¨¢s. "Debes buena y presentarte". Rundia finalmente encontr¨® su voz. "H-Hijo, esto es... incre¨ªble. No sab¨ªamos que estuvieras viviendo algo as¨ª". Pap¨¢ se acerc¨® lentamente a mam¨¢, aun sosteniendo su arma improvisada, pero su mirada iba y ven¨ªa entre Mirella y yo, tratando de procesar lo que acababa de revelar. "?Desde cu¨¢ndo est¨¢ esto contigo, Luciano?" Su tono era severo, pero la preocupaci¨®n estaba ah¨ª, apenas oculta bajo su firmeza. "Hace ya un tiempo... Bastante". Mirella finalmente se mostr¨® y empez¨® a volar lentamente, manteni¨¦ndose en el aire mientras quer¨ªa comenzar a hablar. "B-Bueno, yo... Yo me llamo Mirella y estoy junto a Luciano porque ¨¦l es el mejor y me liber¨®..." Mam¨¢ se le acerc¨® diciendo: "entonces t¨² salvaste a mi familia, ?cierto? Todos estamos eternamente agradecidos contigo, gracias. Mi nombre es Rundia y a partir de ahora eres parte de la familia". Rin se acerc¨®, todav¨ªa sacudiendo la sangre del oso de su ropa. "Yo tambi¨¦n te agradezco por salvarnos, querida Mirella". Luego agreg¨®: "liber¨®, ?dijiste? ?C¨®mo fue eso, Luciano? ?Qu¨¦ pas¨®?" Mirella le contest¨®, ganando un poco m¨¢s de confianza. "S¨ª, estaba atrapada en una piedra. Luciano me encontr¨® y me liber¨®, y desde entonces estoy con ¨¦l. ?Y somos mejores amigos!" Suminia, que hab¨ªa estado en silencio hasta ahora, se cruz¨® de brazos y solt¨® un suspiro. "As¨ª que nos ocultabas cosas... ?Qu¨¦ m¨¢s nos est¨¢s escondiendo? Pero bueno, esto explica muchas cosas. Solo que... sigue siendo peligroso que salgas solo, con hada o no. Y-Yo me llamo Suminia, por cierto". Sin agradecer, se fue a ver el cuerpo del oso. "Parece que vamos a tener bastante comida estos d¨ªas, ?no?" Coment¨® Rin. Rundia, algo emocionada, fue a hablar con pap¨¢ y salieron en direcci¨®n hacia el oc¨¦ano. Seguramente para darse un ba?o. "?Ya volvemos!" Samira sonri¨® suavemente al acercarse m¨¢s a Mirella, sus ojos bien brillantes. "Entonces, ?te quedas con nosotros? ?Vas a protegernos? ?Qu¨¦ es ''magia''? ?De d¨®nde sacaste esa ropa? Yo soy Samira". Se qued¨® tocando con los dedos el vestido celeste de Mirella. "?Siempre estar¨¦ al lado de Luciano y de su familia y amigos!" Realmente Mirella obvi¨® responder todas las otras preguntas, por ahora era mejor as¨ª. "Es muy tierna, ?no?" "S¨ª... Mirella es alguien incre¨ªble. ?Quiero saber todo sobre ella y ser su amiga!" "?S¨ª! Samira es muy buena con Luciano, as¨ª que vamos a llevarnos bien. Seremos buenas amigas" Se subi¨® a su cabeza, sent¨¢ndose sobre la cabeza de Samira. Samira sali¨® corriendo afuera de la cueva con Mirella en su cabeza, las dos se pusieron a corretear por ah¨ª. Bueno... al final todo sali¨® mejor de lo pensado, tal vez podr¨ªa haberla presentado antes, pero bueno, ya fue. Mirella es bastante fuerte, esta es la primera vez que la veo usar su magia para atacar a alguien, y vaya si lo atac¨®... No dud¨® ni un segundo en matar... para proteger a alguien. S¨ª, fue por eso, sino pap¨¢ iba a ser el que muriera. Literalmente le destruy¨® la cabeza. Mis pensamientos no paraban de ir de un lado a otro. Si Mirella no hubiera intervenido, pap¨¢... pap¨¢ habr¨ªa muerto. No pod¨ªa dejar de pensarlo. ?Qu¨¦ habr¨ªa hecho yo despu¨¦s? ?Habr¨ªa sido capaz de enfrentarme a una p¨¦rdida tan devastadora? No lo s¨¦. Pero... por suerte no tuve que descubrirlo hoy. No. Mirella nos salv¨®, y eso no lo olvidar¨ªa jam¨¢s. Debo decir que, por alguna raz¨®n, me dol¨ªa el orgullo, lo admito. Debe ser porque ¨²ltimamente no pude defenderme por m¨ª mismo de todo lo que me sucede. Sariah busca que me haga m¨¢s fuerte, pero... Es imposible si no tengo el f¨ªsico para hacerlo, debe darme m¨¢s tiempo. Lo importante es que todos seguimos vivos. El aire fresco de la tarde me ayud¨® a calmarme un poco despu¨¦s del susto del oso. Todav¨ªa estaba dentro de la cueva mientras Samira y Mirella daban vueltas por ah¨ª y mis padres estaban fuera. De repente, Suminia se acerc¨®. "Luciano, ya que tienes a Mirella, creo que deber¨ªamos explorar m¨¢s all¨¢ del bosque. Con su ayuda, tal vez podr¨ªamos encontrar nuevos lugares y recursos". ?Suminia hablando de forma normal conmigo? No, imposible "Tal vez, depende de qu¨¦ digan mis padres". Samira escuch¨® esto y se detuvo, mirando a su hermana. "?M¨¢s all¨¢ del bosque? ?No es peligroso? Aunque con Mirella, tal vez podamos hacerlo. Lo que no s¨¦ es qu¨¦ es la magia. ?Podr¨ªas dec¨ªrnoslo?". Mirella, a¨²n posada en la cabeza de Samira, dio un peque?o salto de alegr¨ªa. "?S¨ª, me encantar¨ªa! Mientras estaba sola... " Comenz¨® a toser, claramente una indirecta hacia m¨ª. "Estuve viendo un poco el lugar y, ?encontr¨¦ agua m¨¢gica!" ?Tonta, no se supone que le debas contar esas cosas a ellas! Intent¨¦ cortar la conversaci¨®n. "?Ah! S¨ª, es que Mirella no toma agua, por eso dice que es m¨¢gica", dije, riendo tontamente. "Lo de la magia tampoco sabemos muy bien qu¨¦ es". Mirella salt¨® de la cabeza de Samira y, justo cuando estaba por decir algo con cara enojada, lleg¨® mam¨¢ para salvar esta situaci¨®n. "?Mirella! ?Mirella!" Grit¨® con las manos llenas de corales y esas cosas brillantes que dejaba al rezarle al tal dios ''Ad¨¢n''. Se arrodill¨®, agach¨® la cabeza y las dej¨® esparcidas en el suelo. "Acepta esto como agradecimiento y como regalo por unirte a esta familia, gracias". Mirella, sorprendida y emocionada, vol¨® alrededor de Rundia y se pos¨® delicadamente en el piso. "?Son hermosos! Gracias, Rundia. ?Me encantan! Nunca hab¨ªa recibido algo tan bonito". Luego se recost¨® encima de las cosas. Investig¨¢ndolas de m¨¢s cerca. Y as¨ª, Mirella se hizo de un peque?o lugar en la cueva y todos la aceptaron a pesar de ser un ser que nunca antes alguien hab¨ªa visto. Esta noche y las siguientes comeremos mejor que nunca, era la primera vez que consegu¨ªamos carne de un animal tan grande. Esto es bueno para el crecimiento en altura, lo afirman las investigaciones hist¨®ricas. Es necesario comer carne y no tantas frutas, sino terminamos siendo enanos. Cap铆tulo 9: Punto de quiebre. Dentro de la cueva ya est¨¢bamos todos durmiendo tras el susto que nos llevamos hoy, solo que parece que Mirella se qued¨® con un poco de ganas de pelear. "?Tonto, Luciano tonto! ?Dijiste que era una mentirosa!" Grit¨® Mirella en voz baja. "Shhhh... Las cosas m¨¢gicas hay que mantenerlas en secreto, ?sabes? En estos d¨ªas iremos a ir a ver esa agua m¨¢gica que me mencionaste, pero s¨ª que te creo sobre eso". Le di unos golpecitos en la cabeza, haciendo que se tranquilice. Mirella baj¨® un poco m¨¢s la voz. "Bueno... te har¨¦ caso solo si me consigues m¨¢s de esas cosas brillantes que trajo tu mam¨¢". "Est¨¢ bien, ma?ana vamos a ir a la costa a recolectar esas cosas brillantes si es que mam¨¢ me deja. Ahora ve a dormir, ?s¨ª?". Ella asinti¨® y se fue a recostar sobre su peque?o lugar brillante que combinaba espl¨¦ndidamente con sus part¨ªculas que revoloteaban a su alrededor. Su aura era diferente a cualquier ser que haya conocido. Sin querer decirlo con malas intenciones, mirarla era un deleite visual. Al intentar dormir, no pude evitar pensar en lo que Suminia hab¨ªa propuesto, ese viaje m¨¢s all¨¢ del bosque, me generaba curiosidad, claro. Sin embargo, hab¨ªa algo en su tono que me inquietaba. No era solo una sugerencia inocente, no de su parte. Aunque me gustara la idea de descubrir m¨¢s sobre este mundo, no pod¨ªa dejar de pensar en los peligros que acechaban m¨¢s all¨¢ de lo conocido. En todo caso, hab¨ªa que superar el acecho del hombre p¨¢jaro, el cual no volv¨ª a ver desde aquella discusi¨®n que tuvimos en la cueva de la ya fallecida Kuri. "Luciano", escuch¨¦ la voz de Samira a lo lejos. Pens¨¦ que estaba so?ando, pero no. La peque?a se acerc¨® t¨ªmidamente, sus ojos bien abiertos a pesar de que pens¨¦ que estaba durmiendo. "?Qu¨¦ es esa cosa de la que hablaba Mirella? ?Agua m¨¢gica? ?Qu¨¦ significa ser m¨¢gica?" Me remov¨ª en mi lugar, inc¨®modo. Samira era curiosa, mucho m¨¢s que su hermana, y eso me pon¨ªa en situaciones inc¨®modas. No pod¨ªa darle una respuesta sencilla sin revelarle m¨¢s de lo que estaba dispuesto a contarle. Bueno, tampoco es que yo supiera mucho sobre esa agua, pero s¨ª sab¨ªa sobre la existencia de la magia. "Es... complicado, Samira", dije finalmente, intentando que mi tono no sonara brusco. "Ni siquiera yo s¨¦ qu¨¦ significa. Es un misterio". Me mir¨® con esos ojos negros, llenos de inocencia y, a la vez, de una astucia que no esperaba de alguien tan joven. "Bueno, ya me voy a dormir". "And¨¢ a dormir, Samira. Ma?ana ser¨¢ un d¨ªa largo". Por qu¨¦ iba a ser largo, ?no? Nada que ver. "Hasta ma?ana, Luciano". Al d¨ªa siguiente, mis padres me dieron permiso para salir con Mirella, se ve que ahora confiaban en que ella podr¨ªa protegerme si sucede algo. Las olas se meneaban suavemente, como siempre, y desde lejos se ve¨ªan algunos puntitos brillantes en la costa. Si bien hab¨ªa venido varias veces por ac¨¢ para ba?arme, no hab¨ªa notado que hay tantas de esas, son tan peque?as que hasta pareciera que no se pueden recoger. El clima era muy soleado, como casi siempre lo era en este lugar, el cual sigo suponiendo que es una isla. ?Todo este mundo ser¨¢ as¨ª o tuve la ''mala suerte'' de nacer en medio de la nada? Si se lo cuento a alguien pensar¨ªa que estoy viviendo en un para¨ªso, si bien no se aleja mucho de eso de manera f¨ªsica, la supervivencia ac¨¢ no lo hace sonar del todo como un para¨ªso.
"Luciano, ?en qu¨¦ piensas?" Pregunt¨® Mirella, tan atenta como siempre. "Este... es que estaba pensando en si podr¨ªamos hacer una escapada hacia el lugar en el que dijiste que hab¨ªa agua m¨¢gica". Las palabras salieron sin mucho filtro, demostrando por un momento mi verdadera forma de ser. ?Tener alrededor de tres a?os y algunos meses ser¨¢ suficiente para salir a explorar solos? Antes cuando sal¨ªa en secreto al menos mis padres estaban por la zona y Kuri tambi¨¦n andaba siempre por ah¨ª, pero ahora... todo se siente bastante solitario al salir de mi cueva. S¨¦ que un poco m¨¢s all¨¢ est¨¢ Anya, pero se supone que no hay nadie m¨¢s que ella. "Como quieras, yo te seguir¨¦ a donde t¨² vayas, ?pero primero quiero las cosas brillantes!" Una peque?a sonrisa se form¨® en sus labios al adelantarse un poco hacia la costa. "Bueno, se supone que las cosas brillantes est¨¢n aqu¨ª..." Me agach¨¦ sobre la arena mojada y empec¨¦ a recoger todo lo que hab¨ªa por ah¨ª. El agua tibia sub¨ªa por mis pies, provoc¨¢ndome una ligera sensaci¨®n molesta en los dedos de mi pie izquierdo, haci¨¦ndome recordar lo inc¨®modo que es no tener u?as. ''Debes soportar este dolor para recordar que tienes que hacerte m¨¢s fuerte'' fueron las palabras de Sariah aquella vez, o algo as¨ª hab¨ªa dicho. En cualquier caso, en estos meses no hab¨ªa pasado nada nuevo con respecto a mi avance en el objetivo principal. Que s¨ª, tal vez mantener a las gemelas dentro de nuestro grupo es un avance que no se notar¨ªa ahora, sino en el desenlace de acciones futuras. La idea es intentar a toda costa mantener con vida a todas las personas que voy conociendo, no vaya a ser que termine quedando yo solo o con alguien que no pueda cuidarme. Mientras recog¨ªa las cosas, mi cuerpo se reflejaba en el agua pura. Es cierto, casi que no le estuve prestando atenci¨®n a mi nueva apariencia f¨ªsica en este cuerpo, debe ser porque he estado tan absorto en lo que sucede alrededor que olvid¨¦ detenerme a observar qui¨¦n soy ahora. Mi cabello casta?o ca¨ªa desordenadamente sobre mi frente, y, por un instante, un reflejo rojo en ¨¦l brill¨® bajo el sol. Me gustar¨ªa tener un espejo, aquel que no agarr¨¦ del encargado de la morgue... "?Quer¨¦s mojarte los piecitos?" "Est¨¢ bien" Se par¨® sobre la arena mojada, esperando a que suba el agua. Por suerte no llegar¨ªa m¨¢s all¨¢ de sus rodillas. "?Me quieres, Luciano?" La pregunta me sorprendi¨® y, por un instante, no supe qu¨¦ decir. Mirella se qued¨® all¨ª, con los pies apenas rozando el agua, con una sonrisa traviesa y sus ojos verdes brillando bajo la luz del sol, como si escondieran algo m¨¢s detr¨¢s de esa inocente pregunta. "?Por qu¨¦ pregunt¨¢s eso? Claro que te quiero mucho", dije, y al darme vuelta para verla, dentro del bosque se ve¨ªa otra vez esa figura con orejas de gato. Era lo bastante grande como para notarlo desde lejos. "Mirella, alguien nos est¨¢ observando desde lejos. No te des la vuelta o se va a dar cuenta". "?Nos est¨¢n observando!?" Pregunt¨® Mirella, y sin hacer caso se dio la vuelta. ?Hubiera sido mejor no decirle nada! Inmediatamente, la figura comenz¨® a desaparecer entre los ¨¢rboles "?Espera!" Grit¨® Mirella y vol¨® a toda velocidad. Siempre pens¨¦ en que sus movimientos en el aire eran bastante r¨¢pidos y precisos, pero esto... Nunca hab¨ªa visto algo volar tan r¨¢pido. Posicion¨® su cuerpo hacia delante y sali¨® disparada como una bala "?Mirella, puede ser peligroso!" Grit¨¦, aunque Mirella ya se encontraba lo suficientemente lejos como para no escucharme, y aunque lo hiciera, no iba a frenar. Por un instante, algo de tonalidad verde cubri¨® el bosque, como si fuera una barrera posicionada en vertical. Mirella choc¨® contra ella y cay¨® al piso. "?Magia?" Escuch¨¦ que a lo lejos se preguntaba ella mientras se sobaba la cabeza. "?Auch!" "?Vos tambi¨¦n lo viste? Era como una barrera que no te dej¨® pasar. ?Est¨¢s bien?" La acerqu¨¦ un dedo para que se agarrara de ¨¦l y poder levantarse. "Si... y era alguien que no hab¨ªa visto hasta ahora. ?Deber¨ªamos buscarlo? La barrera ya desapareci¨®". "No, porque ya sabr¨ªa que estamos yendo tras ¨¦l y no sabemos qu¨¦ tan poderoso sea". Luego agregu¨¦: "mejor volvamos a la cueva con las cosas. Tal vez lo volvamos a ver cu¨¢ndo vayamos al lugar del agua m¨¢gica". "Est¨¢ bien..." Dijo Mirella de mala gana. Hablamos mientras volv¨ªamos a la cueva. "Entonces, ?no sab¨¦s qui¨¦n era? Yo vi que tiene como unas orejas puntiagudas hacia arriba". "Solo logr¨¦ ver que tiene mucho pelaje y... Y... ?Unas orejas enormes!" "Pero no caminaba a cuatro patas, eso significa que es alguien como nosotros, un ser inteligente y m¨¢gico". Para alguien que sea curioso, no le bastar¨ªa esa explicaci¨®n tan sin sentido, pero bueno. Es una conclusi¨®n racional al distinguir animales con humanos. Me qued¨¦ pensando en c¨®mo Mirella vuela tan r¨¢pido, me impresiona verla cuando las cosas se ponen en un momento cr¨ªtico, es como si se activara de repente y no le importaran las consecuencias. ?Es un instinto salvaje? Sea como sea, me siento seguro estando a su lado. *** Varios d¨ªas despu¨¦s, salimos junto a Suminia y Samira, aunque sab¨ªa que en alg¨²n momento del camino ten¨ªamos que separarnos para investigar mejor con Mirella acerca del agua m¨¢gica que ella hab¨ªa mencionado. Llegando al claro del bosque nos encontramos con Anya y Tar¨²n. "?Hola, chicos! Me dijo Rundia que tuvieron problemas con un oso y que una mujer... m¨¢gica, o algo as¨ª, los salv¨®. Me alegro mucho de que est¨¦n todos bien". Desvi¨® la mirada hacia Mirella luego de hablar. "Ah... ?As¨ª que debes ser t¨²! Menos mal que est¨¢n todos bien". Mientras tanto, Tar¨²n la miraba atento, casi como si quisiese decir algo. Mirella, visiblemente m¨¢s relajada al encontrarse con personas desconocidas, asinti¨®. "S¨ª, trato de proteger a Luciano y su familia lo mejor que puedo. ?Y me llamo Mirella!" Tom¨¦ la palabra. "Anya, ?no te gustar¨ªa venir a vivir con Tar¨²n a nuestra cueva? As¨ª estaremos todos m¨¢s seguros y acompa?ados. Seguro que a mis padres tambi¨¦n les parecer¨¢ una buena idea. Total, nuestra cueva es bastante grande". Anya es muy responsable, amable y hermosa, tenerla a nuestro lado ser¨ªa algo bastante bueno. Adem¨¢s, no quiero que le pase algo malo, si Mirella puede protegerla, entonces ser¨ªa mejor estar todos juntos. Ella sonri¨®, tal vez considerando la oferta. Derrotar un oso no es para cualquiera, eso deber¨ªa ser suficiente para inclinar la balanza si quiere proteger a su hijo. "Eso suena muy bien, Luciano. Pero tendr¨¦ que hablarlo con Tar¨²n primero. Estamos acostumbrados a vivir solos desde que..." Su voz se cort¨® de un momento a otro. "Creo que... vivir todos juntos podr¨ªa ser mucho m¨¢s seguro y divertido. ?Verdad, Tar¨²n?" Su hijo, que hasta ahora hab¨ªa estado observando en silencio, finalmente habl¨®. "S¨ª, mam¨¢. Me gustar¨ªa conocer a Mirella", dijo, abraz¨¢ndola de costado y mir¨¢ndola mientras se?alaba a la peque?a hada. "Est¨¢ bien, ya hablaremos con los padres de Luciano, ?s¨ª? A m¨ª tambi¨¦n me gustar¨ªa vivir con ustedes, ¨²ltimamente me estuve sintiendo un poco... sola", respondi¨®, girando la mirada hacia un costado. Suminia fue y la abraz¨® por la cintura, refregando un poco la cabeza sobre su est¨®mago mientras Samira tambi¨¦n caminaba hacia ella. "?Anya! No digas eso, sabes que siempre estaremos para ti. Ojal¨¢ vengas con nosotros". "Chicas, ?por qu¨¦ no acompa?an a Anya a recolectar un poco de frutas? Adem¨¢s, podr¨ªan contarle todo lo sucedido cuando nos atac¨® el oso". Si aceptaban la peque?a persuasi¨®n yo iba a poder irme con Mirella. "?Si! Voy a contarte lo genial que es Mirella", exclam¨® Samira mientras agarraba la mano de Anya y Tar¨²n. Empec¨¦ a recoger ramitas del suelo, intentando hacer tiempo y ver si Suminia se iba. "H-Hermana, ?espera!" Grit¨® Suminia y se gir¨® hacia m¨ª. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo, idiota? ?Vamos con las dem¨¢s!" Suminia se plant¨® frente a m¨ª, con los brazos cruzados y una expresi¨®n de desconfianza que ya se me hac¨ªa habitual. Samira, por otro lado, ya se alejaba con Anya, charlando alegremente como si fuera el paseo m¨¢s emocionante de sus vidas. "Eh... recolectando ramitas para la fogata de esta noche" Hice una sonrisa inc¨®moda, levantando una peque?a ramita del suelo para reforzar mi excusa. Suminia levant¨® una ceja, me mir¨® de arriba abajo y me apunt¨® con el dedo. "?Ramitas? ?En serio? ?Eso es lo mejor que se te ocurri¨® para zafarte de nosotras?" Mirella, que estaba revoloteando cerca, no pudo evitar soltar una risita. "Creo que te atraparon, Luciano. Aunque me parece que a Suminia le interesa bastante m¨¢s lo que haces que lo que dec¨ªs". "?C¨¢llate, Mirella!" Suminia se sonroj¨® y gir¨® la cara, refunfu?ando algo sobre hadas entrometidas. "No me interesa lo que hace este idiota, solo quiero asegurarme de que no termine meti¨¦ndonos en alg¨²n l¨ªo como siempre. ?As¨ª que no vayan a hacer nada raro!" Con esas palabras, la gemela malvada se fue corriendo tras los otros dos. Bien hecho, Mirella. "?Mirella...!". Ella asinti¨®, ya sabiendo sobre el plan secreto y me llev¨® a lo m¨¢s profundo del bosque, donde ya casi parec¨ªa volverse una selva. "Era por ac¨¢", dijo, mientras volaba entre las hojas. Nos pusimos en marcha, y mientras camin¨¢bamos, Mirella segu¨ªa zumbando alrededor de m¨ª, claramente disfrutando de la tensi¨®n entre las gemelas y yo. O por lo menos eso cre¨ªa, tampoco es como si le fuera a preguntar qu¨¦ opina de nuestra relaci¨®n. "?Tan lejos te fuiste? Se nota que estabas re al pedo en esa ¨¦poca, ?eh!" "?Re al pedo? ?Qu¨¦ es eso?" "Ah... no, nada. Quise decir r¨¢pida, o sea, que sos lo bastante r¨¢pida como para llegar tan lejos". "?Es ac¨¢! Por all¨¢ se ve el agua m¨¢gica" Me se?al¨® el lugar, que estaba solo un poco hacia la izquierda, con su diminuto dedo mientras yo esquivaba las densas plantas del lugar. Hice un suspiro de asombro. "Ten¨ªas raz¨®n, puedo ver que tiene de esas part¨ªculas m¨¢gicas. Este lugar es un arroyo". Nos fuimos acercando hasta finalmente llegar al borde del arroyo. El agua era cristalina y por encima y dentro flotaban de esas part¨ªculas amarillas, las que yo llamaba ''m¨¢gicas''. Estir¨¦ una mano para tocar el agua, y justo en ese momento, de alguna manera se sent¨ªa familiar el tacto, como si estuvieran ah¨ª esperando desde hace mucho tiempo. Cuando mis dedos se sumergieron m¨¢s dentro del agua, algunas de las part¨ªculas comenzaron a subir por mi brazo poco a poco. Como si de una fila de hormigas se tratara, pero estas dejaban varios cent¨ªmetros entre una y otra. "?Mirella, mir¨¢ lo que est¨¢ pasando! ?Parece que yo tambi¨¦n puedo tener de estas cosas en mi cuerpo, como vos!" Mis pensamientos se dispararon en todas direcciones al sentir la energ¨ªa m¨¢gica recorrer mi brazo. No pod¨ªa creerlo, ?por fin hab¨ªa logrado lo que tanto hab¨ªa estado buscando! El agua del arroyo parec¨ªa ser una fuente de poder, y ahora una parte de ese poder flu¨ªa dentro de m¨ª. Una sonrisa se apoder¨® de mi rostro mientras observaba las part¨ªculas doradas que se mov¨ªan como si tuvieran vida propia. ?Esto era el comienzo de algo enorme! "Me encanta esta agua m¨¢gica, ?pero eso significa que ahora puedes usar magia?" Las palabras de Mirella hicieron que me volviera loco por dentro, apenas pod¨ªa procesar lo que estaba ocurriendo. No era solo cuesti¨®n de poder, no... era una victoria personal. Contra este mundo, contra las limitaciones de mi vida anterior, contra la mism¨ªsima Sariah. Esa diosa me hab¨ªa tra¨ªdo aqu¨ª, d¨¢ndome un prop¨®sito que nunca ped¨ª, esperando que le rindiera cuentas. Pero esto... esto era algo que yo hab¨ªa conseguido por mis propios medios. Empec¨¦ a re¨ªrme solo, todav¨ªa mirando fijamente al agua, mi cabello tapando mi cara, que podr¨ªa rozar lo siniestro. "Yo... gan¨¦, Sariah. Gan¨¦. ?No quer¨ªas que descubriera la magia? Ah¨ª lo tienes. Est¨¢s escuchando, ?no?" Murmur¨¦. "Luciano, te pregunt¨¦ si es que ahora puedes usar mi magia". "?Y-Yo creo que podr¨ªa ser una posibilidad! No... S¨ª, voy a usar magia, ya lo vas a ver". De un momento a otro, las part¨ªculas dejaron de subir. Se hab¨ªa cortado el flujo y las que ya estaban por mi brazo comenzaron a dispersarse por todo mi cuerpo, al igual que pasaba con el cuerpo de Mirella. "?Mir¨¢! ?Mir¨¢! ?Tengo part¨ªculas m¨¢gicas!" De la felicidad comenc¨¦ a dar peque?os saltos y cantar alrededor del arroyo. Creo que era una de las primeras veces que verdaderamente me sent¨ªa como un ni?o peque?o. "?Tengo part¨ªculas maaaagicas! ?Maaaaaaagia! ?Maaaaaaagia! Tututuru". "?S¨ª! ?S¨ª! ?Luciano es el mejor!" Gritaba ella sum¨¢ndose a los festejos, sobrevolando el agua. "?Mira! ?A m¨ª tambi¨¦n me quieren!" Vi a que a Mirella tambi¨¦n se le transfer¨ªan estas part¨ªculas amarillas. Bueno, era algo obvio. Solo que parec¨ªa que no lo hab¨ªa descubierto hasta ahora. "Bien, ahora estamos repletos de magia, ?no? Pero y si... ?nos ba?amos ac¨¢?" "?S¨ª!" Mirella se meti¨® con ropa y todo adentro del arroyo. "?Hey, despu¨¦s vamos a tener que secar nuestra ropa!" Me tir¨¦ al agua, aunque tampoco era como si llev¨¢ramos mucha ropa, cada uno ten¨ªa solo una prenda. No pas¨® ni un minuto que ya est¨¢bamos jugando a tirarnos agua "?Tonto! ?Luciano tonto!" Ella se enoj¨® porque yo le tiraba mucha m¨¢s agua que ella. Claro, a pesar de ser un ni?o, mis manos eran mucho m¨¢s grandes que las suyas. "?Toma esto!" Grit¨®, d¨¢ndose la vuelta y agitando sus alas a toda velocidad, salpic¨¢ndome un mont¨®n de agua a la cara. "?Ah!" Intent¨¦ taparme con los brazos, pero igual me entr¨® agua a los ojos y boca. "Parece que no te gusta perder, eh" La mir¨¦, empapada y con el cabello pegado a la cara, pero aun moviendo sus alas. ?C¨®mo alguien tan peque?o y ligero pod¨ªa cargar tanto entusiasmo? Su energ¨ªa era contagiosa, y aunque me divert¨ªa mucho verla as¨ª, hab¨ªa algo en su mirada que me hac¨ªa recordar... recordar lo sola que debi¨® haberse sentido antes de que nos encontr¨¢ramos. ?C¨®mo fue su vida antes de que yo la liberara de esa piedra? A veces me preguntaba si ella misma lo sab¨ªa. Quise preguntarle algunas veces, pero nunca llegamos a ninguna conclusi¨®n. De pronto, empec¨¦ a sentir un ligero escozor en el pie izquierdo, como si me estuvieran echando alcohol en una herida. Inmediatamente supe que ten¨ªa algo que ver con mis dedos sin u?as, as¨ª que me tuve que aguantar la sensaci¨®n por unos segundos. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. "?Eh?" Mirella me mir¨® fijamente, esperando a que yo respondiera tir¨¢ndole m¨¢s agua. "Y-Yo tengo ganas de orinar, ya vengo". Sal¨ª del agua y me escond¨ª tras un ¨¢rbol. Al verme el pie, ya no hab¨ªa ninguna cicatriz... Qued¨® como piel normal, solo que sin u?as. ?C¨®mo es posible? No ser¨¢ que esta es la misma agua que... ?Qu¨¦ deformidad, dios m¨ªo! "?Luciano, quiero seguir tir¨¢ndote agua! ?Cu¨¢nto m¨¢s te vas a demorar?" "?S¨ª, ya voy!" Me acord¨¦ de la herida de Rundia... Tiene que haber sido esta agua, no hay otra explicaci¨®n. Es magia. Ya veo... esto es algo que tenemos que usar a favor. Esta agua podr¨ªa llegar a sanar cualquier herida que nos hagamos, de hecho, hasta mis pies callosos volvieron a su normalidad. Este mundo cada vez me sorprende m¨¢s y m¨¢s. Sal¨ª del ¨¢rbol con energ¨ªas renovadas y nos quedamos ah¨ª, en el arroyo, un rato m¨¢s junto a Mirella. "Ya debemos irnos". "Est¨¢ bien, sino tus padres nos retar¨¢n". Ella tambi¨¦n sali¨® muy mojada, su vestido goteando al igual que mi ropa. "Ahora debemos dejar la ropa al sol, ?sabes? As¨ª ya no est¨¢ mojada". "?S¨ª! Me encanta la luz del sol". Buscamos entre el bosque alg¨²n lugar donde entrara m¨¢s luz solar, porque en esta parte la vegetaci¨®n era bastante densa. "Ac¨¢ podemos dejar la ropa, a ver... Mir¨¢, voy a cerrar los ojos y vos vas a dame tu vestido". "?Y por qu¨¦ vas a cerrar los ojos?" "Eso es porque no nos podemos ver completamente desnudos. ?Es una regla muy importante!" "?Qu¨¦ regla tan tonta!". Cerr¨¦ los ojos y estir¨¦ la mano, esperando a que me diera su vestido mojado. Cuando la tela mojada roz¨® mis dedos, la agarr¨¦, me di la vuelta y colgu¨¦ el vestidito celeste en unas de las ramas. "Ahora me voy a sacar la ropa detr¨¢s del ¨¢rbol y vos te vas a quedar del otro lado, ?s¨ª?" Ella no contest¨®, pero igualmente hice lo que le hab¨ªa dicho. Mientras me sacaba esta prenda prehist¨®rica hecha de pelaje de animal, segu¨ª admirando las part¨ªculas que andaban alrededor de mi piel. Menos mal que no me andan por la cara, sino empezar¨ªan a ser una molestia en el d¨ªa a d¨ªa. Nos quedamos de espaldas al ¨¢rbol esperando a que se secara la ropa. El silencio era inc¨®modo, y m¨¢s sabiendo que ella estaba molesta por algo que no logra comprender. Yo tampoco s¨¦ c¨®mo explic¨¢rselo, pero no me parece que sea para molestarse tanto. "Al final si ten¨ªas raz¨®n con lo del agua m¨¢gica". "Hmmh". "Y tambi¨¦n nos divertimos mucho". Se comenz¨® a escuchar un aleteo suave, esos de los que hace ella cuando est¨¢ emocionada, pero la tonta quiere hacer berrinche. "Y ma?ana podr¨ªamos venir de nuevo..." El aleteo se hizo m¨¢s intenso. "?Ay, ya! ?Que se seque de una vez la tonta ropa!" Ya llevamos como un a?o o m¨¢s desde que nos conocimos y ella sigue igual de pegadiza a m¨ª. No puedo decir que me disguste, de hecho, me encanta que est¨¦ a mi lado... Sentado detr¨¢s del ¨¢rbol, con el la madera c¨¢lida calentando mi espalda desnuda, no pod¨ªa evitar sonre¨ªr al recordar lo que acab¨¢bamos de descubrir. El arroyo no era solo un lugar para refrescarse; era mucho m¨¢s. Era una fuente de poder, de sanaci¨®n, una pieza m¨¢s en el complicado rompecabezas de este mundo en el que hab¨ªa sido lanzado sin aviso ni preparaci¨®n. Pero hoy, por primera vez, sent¨ªa que ten¨ªa ventaja, que hab¨ªa dado un paso adelante, algo que ni siquiera la diosa Sariah podr¨ªa haber anticipado... Bueno, en realidad s¨ª. Igualmente, estoy lleno de un extra?o orgullo t¨¢cito que me hac¨ªa sentir en control de la situaci¨®n, al menos por un instante. Al rato nos vestimos y nos preparamos para volver al claro para ver si por esos lados andaban Suminia y los dem¨¢s, pero de pronto se escuch¨® un movimiento de hojas por la selva, como si alguien estuviera corriendo a gran velocidad. ?Un animal salvaje? "Mirella, creo que hay algo por ac¨¢. Mejor escond¨¢monos, no vaya a ser que sea el que nos esp¨ªa o un animal salvaje". "Est¨¢ bien, yo tambi¨¦n lo escuch¨¦". Ella solo atin¨® a esconderse en mi pelo, esperando a que yo hiciera todo lo dem¨¢s. Me escond¨ª de nuevo entre los ¨¢rboles y plantas altas, esperando a que lo que sea que hab¨ªa pasara de largo, pero... "?Es la mascota de Anya!" Grit¨¦, haciendo que Mirella saltara inmediatamente de entre mi pelo. "?Mascota?". "Este... es el animal que estaba en su cueva. Una vez lo vi, pero desde aquella vez no volv¨ª a encontrarme de nuevo con ¨¦l. ?Lo seguimos? Tal vez est¨¦ cazando algo., se supone que ¨¦l no es peligroso". "?S¨ª! Y hay que avisarle a Anya, vamos". El animal en cuesti¨®n se parec¨ªa m¨¢s a un peque?o monstruo que un animal. Ten¨ªa pelo entre azul y rojo, unas orejas m¨¢s grandes que su cara, ojos amarillos y una cola pomposa.
Podr¨ªa llevarnos a algo interesante... Algo que se llama comida. Empec¨¦ a correr, intentando alcanzar al bicho peludo de color azul, pero Mirella lo alcanz¨® primero, sobrevolando su cuerpo. "?Mirella, creo que vas a tener que seguirlo vos!" Grit¨¦, poni¨¦ndome las manos alrededor de la boca para que me llegara a escuchar. "?Est¨¢ bien!" Mi cuerpo de ni?o no era ni r¨¢pido ni resistente, as¨ª que a los segundos me dejaron atr¨¢s y los perd¨ª de vista. "Tal vez no fue tan buena idea dejar que Mirella se alejara de m¨ª. Ya me perd¨ª..." El arroyo parec¨ªa mi ¨²nica gu¨ªa en medio del caos. "Me parece que ser¨ªa bueno seguir el rumbo del arroyo", pens¨¦ en voz alta, tratando de calmar mi creciente ansiedad. "Que idiota, ?para qu¨¦ le dije que siguiera al animal ese?" El hambre me golpe¨® de repente. Gastar energ¨ªas jugando en el arroyo me hab¨ªa dejado con un apetito inmenso. Mientras caminaba, buscaba en el entorno en busca de algo comestible. Encontr¨¦ un ¨¢rbol de na?as, pero estaban demasiado altas para m¨ª. El bosque se volv¨ªa m¨¢s denso a medida que avanzaba. En realidad, ya no era un bosque, era una selva. El sonido del agua era relajante, pero no lo suficiente para calmar mis nervios. Cada crujido y sombra me recordaban que alguien nos espiaba y que el maldito hombre p¨¢jaro segu¨ªa por ah¨ª, aunque hac¨ªa rato que no lo ve¨ªa. Despu¨¦s de varios minutos de caminata, llegu¨¦ a un lugar diferente, una cueva. "?Este es el final del arroyo...? Supongo. No creo que una cueva sea el comienzo. No lo s¨¦". "?Mirella! ?Mirella!" Grit¨¦, esperando que estuviera por la zona o tal vez dentro de la cueva donde el agua se adentraba. Me sent¨¦ en una piedra cercana y comenc¨¦ a quitar las cosas que se me hab¨ªan pegado a los pies. Prob¨¦ el agua del arroyo para ver si las peque?as marcas de la planta del pie se iban. Luego de unos segundos las peque?as marcas desaparecieron, dejando mi piel en perfecto estado. ?C¨®mo ser¨¢ que funciona esta agua? ?Tendr¨¢ algo que ver con retroceder en el tiempo? ?Creaci¨®n de c¨¦lulas? ?Qu¨¦ estoy pensando? Ahora lo importante es encontrar a Mirella. Tengo hambre... De pronto se escucharon ramas crujir en la lejan¨ªa y apareci¨® el animal de nuevo. El peque?o peludo se detuvo frente a m¨ª, mir¨¢ndome de manera extra?a. Al principio pens¨¦ que quer¨ªa jugar, pero su mirada fija me dio escalofr¨ªos. "?Mirella... d¨®nde est¨¢s?" Murmur¨¦, esperando que apareciera pronto. Sus ojos casi parec¨ªan escanear los m¨ªos hasta que de repente dio un giro brusco y comenz¨® a emitir un chillido agudo. Mis o¨ªdos zumbaban y tuve que cubrirme los o¨ªdos para amortiguar el sonido. El chillido parec¨ªa resonar en toda la selva, y en cuesti¨®n de segundos apareci¨® Mirella volando hasta subirse en el lomo del animal, haciendo que deje de chillar. "?Luciano! ?¨¦l es mi nuevo amigo!" Ah... Ahora esta hadita se hace amiga de cualquiera que se le cruce por el camino. Solo le bastaron unos minutos, no me quiero imaginar qu¨¦ tonter¨ªas habr¨¢n pasado. "?En serio? ?Qu¨¦ genial! Yo tambi¨¦n quiero ser su amigo". ?Tambi¨¦n le habr¨¢ dicho que haga un sonido que me rompa los t¨ªmpanos? "?Si! Y hasta me hizo caso de venir a buscarte". Un hada montando un animal raro de color azul y rojo... Realmente este mundo tiene de todo, eh. Imposible aburrirse as¨ª. Me acerqu¨¦ y empec¨¦ a acariciar la cabecita del animal. "?Te gusta, peque?o? ?Muy buen chico! ?Qu¨¦ tal si le dec¨ªs que se vuelva con Anya? ?Seguro que ella est¨¢ muy preocupada por ¨¦l!" A veces deb¨ªa exagerar un poquito la situaci¨®n para que me hiciera caso. Mirella acarici¨® suavemente su lomo y le dijo con voz dulce "vamos, amiguito, es hora de volver con la se?orita Anya. Ella seguro te extra?a mucho". Luego se baj¨® de ¨¦l y le dio golpecitos en las patas. El cuadr¨²pedo se gir¨® y corri¨® r¨¢pidamente hasta desaparecer entre los ¨¢rboles. "?En serio podr¨¢ entendernos?" "Oye, ??me est¨¢s tratando de nuevo de mentirosa?!" Est¨¢ complicada la cosa hoy... "?Vas a seguir con esas cosas? Pens¨¦ que ya se te hab¨ªa ido el enojo". "P-Perd¨®n... es que estaba asustada por no encontrarte". ?Es la primera vez que la escucho disculparse o me parece a m¨ª? De todos modos, se sinti¨® muy tierno de su parte. "Est¨¢ bien... Lo importante es que estamos todos bien y no pas¨® nada malo. Mir¨¢, ac¨¢ en frente tenemos una semejante cueva, seguro que hay algo interesante. ?Qu¨¦ te parece si entramos?" Se?al¨¦ el interior de la oscura cueva, la cual parec¨ªa ser m¨¢s profunda que la nuestra. "Entremos entonces". "Pero tengo hambre, ?me ayudar¨ªas a recoger algunas na?as de un ¨¢rbol que encontr¨¦ hace un rato?" "Bueno, pero solo unas pocas, ?s¨ª?" "?Y por qu¨¦ solo unas pocas?" "Bueno, las que t¨² quieras". "As¨ª est¨¢ mejor". "?Te gusta que te responda de esa manera?" "En lo posible s¨ª, es mejor cuando sos amable". "Voy a tenerlo en cuenta entonces". "?Sabes? A veces me pregunto c¨®mo terminamos en estas situaciones tan extra?as". "S¨ª, es como si la aventura nos siguiera a donde quiera que vayamos. Me gusta que sea as¨ª. Me gusta estar junto a ti". "Y pensar que todo comenz¨® con un simple paseo por el bosque". "Pero lo hiciste a prop¨®sito, ?no?" "Tampoco te quer¨ªa hacer esperar tanto con el tema del agua m¨¢gica". "Gracias, Luciano". Luego de unos minutos ya estaba sentado en una piedra comiendo una na?a y con otras tres en la mano. "?Gratdzias Midella, sos da mejod!" Mirella me mir¨®, divertida, mientras intentaba hablar con la boca llena. Con un intento fallido de tragar r¨¢pido, solo logr¨¦ provocarle una risa. "?Luciano, no hables con la boca llena! Pareces un ni?o peque?o... Bueno, m¨¢s peque?o de lo que ya eres". Con las mejillas un poco ruborizadas se pos¨® sobre mis rodillas. "?Crees que es seguro ir a esa cueva? Sent¨ª algo denso ah¨ª dentro. Y-Yo... no quiero que nos pase nada malo", dijo, agachando un poco la mirada. "No pasa nada, vos sos muy fuerte y ahora est¨¢s llena de part¨ªculas m¨¢gicas. Si pasa algo solo usa magia y listo, ?no? Como contra el oso". "?Soy... fuerte?". Luego asinti¨® con una sonrisa t¨ªmida. "?S¨ª, soy fuerte!" Repiti¨®, como si necesitara cre¨¦rselo. "Sos fuerte, hermosa y mi mejor amiga, as¨ª que vamos a esa cueva de una vez y ojal¨¢ encontremos al acosador de mierda ese que ya me tiene re podrido". Bueno, creo que me exalt¨¦ un poco. Es que ya me hab¨ªan empezado a molestar la situaci¨®n. "?S-Si!" ?Le habr¨¢n contagiado mis palabras? Como sea... ella me sigui¨® volando de camino a la cueva. Me limpi¨¦ un poco la boca con el reverso de la mano mientras camin¨¢bamos por el costado del arroyo. "Cuando lleguemos voy a necesitar que ilumines dentro de la cueva, ?s¨ª? Porque vi que est¨¢ demasiado oscura al no llegarle tanta luz del sol". ?Entendido, mi se?or!" "Hace rato que no me llamabas as¨ª", re¨ª suavemente. Mir¨¦ a Mirella de reojo, tan peque?a y brillante. A veces me preguntaba qu¨¦ har¨ªa sin ella. No era solo su magia lo que me ayudaba, sino la forma en que siempre encontraba una manera de hacerme sonre¨ªr, incluso en los momentos m¨¢s tensos. Bueno, siempre y cuando no se pusiera celosa o molesta por algo, aunque tampoco es que le duren mucho los enojos. Al final terminamos adentr¨¢ndonos en la cueva y ella, con un leve movimiento de sus manos, hizo que las part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor comenzaran a brillar con m¨¢s intensidad. En ese momento se form¨® una bola de luz en el aire, que era tan grande como una pelota de handball, por poner un ejemplo. "?En serio esa luz puede seguirnos?" Pregunt¨¦ mientras descend¨ªamos por la cueva, mis pies completamente mojados por el agua m¨¢gica que segu¨ªa el descenso en la cueva. "En realidad me sigue a m¨ª, pero como yo te sigo a ti, entonces te sigue a ti". "Ya veo... Entonces te sigue a vos". "S¨ª, y a ti tambi¨¦n". Prefer¨ª no seguir hablando de eso. "Por cierto, ?no tomaste del agua m¨¢gica?" Estaba curioso por saber si a ella le hab¨ªa causado alg¨²n efecto en particular. Tal vez se le hab¨ªa sanado alguna herida o algo. "Algo de agua me entr¨® en la boca, pero no siento nada raro. ?T¨² tomaste agua?" "A m¨ª tambi¨¦n me entr¨® agua en la boca sin querer, tampoco sent¨ª nada raro. ?Sab¨ªas que, una vez antes de que nos conoci¨¦ramos, alguien dej¨® esta agua m¨¢gica en la entrada de nuestra cueva? En ese momento mi mam¨¢ estaba muy herida, y cuando tom¨® esta agua su herida san¨® por completo. Por eso es que supongo que esta agua tiene propiedades curativas. Debe ser la misma que en ese entonces". "?En serio? Menos mal que se pudo salvar... ?Y no sabes qui¨¦n la dej¨® ah¨ª?" "No, todav¨ªa sigue siendo un misterio". De pronto se comenzaron a escuchar movimientos de piedras, como si se estuvieran moviendo en la lejan¨ªa. "Luciano, vamos con cuidado, d¨¦jame ir adelante". "Es una buena idea, solo que si vemos a alguien primero intentamos hablar pac¨ªficamente, ?s¨ª?" "S¨ª, eso ya lo s¨¦". Su tono era un poco m¨¢s serio, como si hubiera activado ese instinto protector que la distingu¨ªa en estos momentos. Luego de unos segundos, un ser de mi tama?o y de color gris apareci¨® parado en medio de la poca agua en el suelo. Tom¨¦ la palabra mientras me manten¨ªa detr¨¢s de la peque?a hada. "?Hola? Venimos solo a investigar, yo me llamo Luciano y ella es Mirella. ?Puedes entender lo que digo?" La cosa rara no respondi¨®. Solo segu¨ªa manteni¨¦ndose de pie en el mismo lugar de donde hab¨ªa aparecido. "?Luciano te est¨¢ hablando!" Cuando Mirella se acerc¨® un poco m¨¢s a ¨¦l y la bola de luz la sigui¨®, logr¨¦ distinguir que estaba hecho de piedra... ?Acaso era un golem? No parec¨ªa tener ojos, solo un cuerpo con brazos y piernas. ?Deber¨ªamos irnos? No creo que podamos mantener una conversaci¨®n con esta cosa. "Mirella, no parece entender lo que le decimos, ?crees que es un enemigo? Antes dijiste que sent¨ªas algo denso en el lugar". De pronto aparecieron dos ''golems'' m¨¢s y se quedaron parados al lado del otro, como si estuvieran formando una barrera para no dejarnos pasar. "S¨ª, el ambiente es denso, pero estas piedras no parecen ser algo m¨¢gico, ?no? Parecen ser un problema, aunque hay algo m¨¢s ac¨¢ dentro... Algo m¨¢s fuerte". Lo que ella llamaba simples piedras yo los llamaba golems. Supongo que ser¨¢ algo nuevo para los dos. ?Y eso de alguien m¨¢s fuerte? ?Habr¨¢ m¨¢s enemigos? "?Avanzamos entonces? Depende de si crees poder luchar contra ellos". "S¨ª, pero despacio y mantente detr¨¢s de m¨ª". Comenzamos a avanzar por la cueva intentando rodearlos por un costado, pero ellos comenzaron a intentar bloquearnos el paso. "?Hola? Solo queremos hablar con ustedes, o con quien sea que haya ac¨¢ dentro". Uno de ellos era bastante inestable, como si las piedras de sus pies no fueran las adecuadas. ?C¨®mo es posible que estas cosas est¨¦n vivas? Mirella dice que no es magia. "?Luciano, cuidado!" Grit¨® Mirella cuando de pronto el primero de los golems se abalanz¨® a gran velocidad contra m¨ª. "?Al¨¦jate de Luciano!" Ella dispar¨® r¨¢pidamente un rayo de luz que revent¨® la piedra m¨¢s grande que se supon¨ªa que era su cabeza, pero aun as¨ª el golem segu¨ªa avanzando hacia m¨ª y ya hab¨ªa sobrepasado la posici¨®n de Mirella. Empec¨¦ a retroceder, pero me tropec¨¦ y ca¨ª de espaldas contra el suelo, mi espalda ahora mojada por el agua m¨¢gica. Con la mano derecha agarr¨¦ r¨¢pidamente una piedra para ver si pod¨ªa defenderme de alguna manera. La posici¨®n era bastante comprometedora, porque si Mirella intentaba disparar, lo m¨¢s seguro era que el rayo de luz me atravesara a m¨ª tambi¨¦n. Vino el primer golpe desde su pu?o derecho, logr¨¦ apenas desviarlo gracias a la piedra, pero el golpe hizo que se me terminara zafando de la mano y qued¨¦ desprotegido. "?Luciano!" Grit¨® Mirella, volando a gran velocidad mientras el golem estaba lanzando otro golpe con su pu?o izquierdo. Por una fracci¨®n de segundos vi que ella cre¨® una mini barrera a mi costado derecho, lo que fren¨® el impacto y le hizo ganar tiempo para rematarlo de m¨¢s cerca. En un grito furioso, puso sus manos sobre el golem y en una inmensa luz lo convirti¨® en polvo del torso hacia lo que quedaba de cuerpo. "?Cuidado, vienen los otros dos!" Le se?al¨¦ a su espalda. Ten¨ªa que actuar demasiado r¨¢pido como para acabar con dos a la vez. ?Pod¨ªa yo intervenir de alguna manera? Se supone que de alguna manera tengo la posibilidad de hacer magia... Se supone. Con su instinto casi salvaje, Mirella realiz¨® de nuevo su hechizo de luz y fulmin¨® al que yo hab¨ªa notado que era el m¨¢s d¨¦bil de los tres golems. Ese peque?o error nos cost¨® que el m¨¢s r¨¢pido le atacara, ella apenas pudo cubrirse con un escudo de luz, pero el fuerte impacto de la mano de piedra la hizo terminar estampada contra la pared. "?Mirella, no!" Grit¨¦ intentando buscar desesperadamente algo con lo que poder atacar, pero como no encontr¨¦ nada, lo ¨²nico que se me ocurri¨® fue tirarme contra ¨¦l. Intentando ganar algunos segundos hasta que Mirella se recompusiera. "?Golem de mierda!" Por m¨¢s que apretara los dientes lo m¨¢s fuerte posible, la fuerza de este cuerpo no era suficiente como para luchar con alguien tan fuerte y de mi tama?a. Como si eso no fuera poco, estos no son seres pensantes, ya lo vi antes cuando segu¨ªa avanzando hasta sin tener una cabeza. El golem me empuj¨® de una patada para luego encajarme un pu?etazo letal que me quebr¨® y desfigur¨® la mand¨ªbula. El dolor fue inmediato, fulminante, casi como si me hubiera golpeado un rayo. Sent¨ª c¨®mo el impacto me quebraba la mand¨ªbula y un grito sofocado sali¨® de mi garganta, aunque ni siquiera pude entender si era un grito o solo un lamento ahogado por la intensidad del da?o. Ca¨ª al suelo, incapaz de articular palabra alguna, con la mente nublada por el dolor y encima quedando del otro lado de donde estaba Mirella tirada. No pod¨ªa mover mi cabeza y estaba completamente aturdido, sent¨ª como si todo el lado izquierdo de mi cara hubiera explotado. La sangre comenz¨® a salir de mi boca y nariz, mis ojos se llenaron de l¨¢grimas por el dolor. Luch¨¦ por enfocarme en mi entorno, pero todo se ve¨ªa borroso y distorsionado, como si estuviera viendo a trav¨¦s de un cristal empa?ado. El golem se mov¨ªa de nuevo, con su cuerpo pesado y brutal acerc¨¢ndose m¨¢s a m¨ª. No termin¨® todo ah¨ª, de reojo vi borrosamente que aparec¨ªa otra figura acerc¨¢ndose a Mirella. ?Era otro golem? ?Pero si eran solo tres! Ya no pod¨ªa gritar, no pod¨ªa hablar, no pod¨ªa decirle a Mirella que hab¨ªa aparecido otro golem. No ser¨¢ que... ?Mirella muri¨®? Apoy¨¦ mi mano sobre la pared detr¨¢s de m¨ª. Estaba acabado... Vi venir al golem acercarse para darme el golpe final. De pronto vi una luz brillante que preven¨ªa de detr¨¢s m¨ªo. ?Mirella? No... son mis part¨ªculas m¨¢gicas. Ellas se mov¨ªan por mi cuerpo r¨¢pidamente hacia mi mano derecha, y cuando la quise mover, la piedra de la pared en donde estaba apoyado comenz¨® a revestir mi mano. ?Magia? Cerr¨¦ los ojos y solo atin¨¦ a cubrirme con las manos. Pero no me doli¨® cuando sent¨ª el impacto. Abr¨ª los ojos y vi que segu¨ªa teniendo a mano derecha completamente revestida de piedra. El golem segu¨ªa en frente m¨ªo. En cualquier momento vendr¨ªa el segundo golpe y yo solo pod¨ªa defenderme. De vuelta estoy siendo solo un lastre, por m¨¢s que me haya emocionado antes... Esta es la realidad, no puedo hacer nada por mi cuenta, siempre aparece alguien que me arruina la vida una y otra vez. "?No voy a dejar... que le hagas da?o!" A pesar de estar herida, se levant¨® con una determinaci¨®n feroz. La ira y el miedo se mezclaban en sus palabras mientras extend¨ªa sus manos hacia el golem que me quer¨ªa atacar. "?No te perdonar¨¦ esto!" Grit¨®, y una r¨¢faga de luz mucho m¨¢s intensa que antes eman¨® de sus manos. El golem fue destruido en un destello cegador, desintegr¨¢ndose en polvo. Ca¨ª destrozado, mi cara chocando contra la poca agua m¨¢gica en el suelo. La cueva estaba en silencio, roto solo por el sonido de mi respiraci¨®n agonizante y los d¨¦biles murmullos de Mirella. Vi otro destella iluminar la cueva y otro grito ahogado de Mirella. Quiz¨¢s ya hab¨ªa terminado con el ¨²ltimo, solo que para m¨ª ya era demasiado tarde. Parec¨ªan faltar segundos para que mis ojos se cerraran por completo. ?Todo termina ac¨¢? No puede ser, no puedo morir por culpa de unos peque?os golems. No quiero ver de nuevo la cara de Sariah. Por favor... Mirella, yo conf¨ªo en vos. ?No me dejes morir! Mientras mis ojos se desvanec¨ªan, vi una peque?a figura brillante frente a mi que se abalanzaba repetidamente sobre mi hombro, como cuando una tortuga ataca con su caparaz¨®n. Cuando mi cuerpo se puso boca arriba, empec¨¦ a sentir que algo fresco flu¨ªa junto a la sangre por mi garganta. Me ahogu¨¦ internamente muchas veces hasta que volv¨ª a sentir esa sensaci¨®n que sent¨ª en el arroyo, un dolor ligero pero satisfactorio. Sent¨ª como mi cara iba devolvi¨¦ndose a su estado original, Mirella hab¨ªa logrado darme de tomar el agua m¨¢gica a tiempo. Abr¨ª los ojos con esfuerzo, mi vista a¨²n borrosa, pero pude distinguir esa luz caracter¨ªstica que siempre la rodeaba. Su resplandor era m¨¢s tenue de lo habitual, y pod¨ªa ver el agotamiento en su diminuto cuerpo. Me hab¨ªa salvado... otra vez. Me revolv¨ª un poco, sent¨¢ndome con dificultad mientras intentaba ignorar el dolor que a¨²n resonaba en mi mand¨ªbula y el sabor met¨¢lico de la sangre en mi boca. Mirella estaba parada justo en frente m¨ªo. Sus labios temblaban ligeramente, como si luchara por decir algo, pero no hac¨ªa falta que hablara. La culpabilidad en sus ojos me lo dec¨ªa todo. "Y-Yo pens¨¦ que te hab¨ªa pasado algo malo... y yo..." Balbuce¨®, rompiendo en llanto mientras se abrazaba a mi pierna. "?Luciano! Perd¨®n... no quer¨ªa que te hicieran da?o. Te juro que intent¨¦... pero eran demasiados". Sus ojos verdes estaban rellenos de l¨¢grimas no derramadas, y ver eso me part¨ªa el alma. "Mirella... lo siento mucho. No quise preocuparte de esa manera", dije tratando de consolarla mientras le acariciaba la cabeza. "Gracias por salvarme". "V¨¢monos... ?s¨ª? Vamos de vuelta a nuestro hogar". "S¨ª, es mejor irnos". Despu¨¦s de quedarnos as¨ª por unos segundos, me levant¨¦ junto a ella. En ese mismo momento, desde las sombras del fondo de la cueva apareci¨® el ser con orejas de gato, pero esta vez pude verle mejor. Ten¨ªa forma humana, de una mujer. Parec¨ªa que... este maldito d¨ªa no quer¨ªa terminar bien. Era bastante alta y voluptuosa. Poco a poco su figura se fue develando gracias a la luz de Mirella, dejando ver un precioso pelaje blanco combinando con una ropa estilo japonesa de colores blanco y rojo. Estaba claro que este era otro ser creado por Sariah. Sus ojos naranjas me tra¨ªan... una extra?a tranquilidad. Quiero irme, pero... "Vaya, vaya. ?A qui¨¦n tenemos aqu¨ª?" Dijo con una voz melosa. "Parece que alguien cree haber tenido un mal d¨ªa. Pero no te preocupes, te he estado observando todo este tiempo y... creo que eres un chico muy especial".
Mirella se movi¨® r¨¢pidamente, interponi¨¦ndose entre la mujer y yo. "?Al¨¦jate de ¨¦l! ?No voy a permitir que le sigan haciendo da?o!" Grit¨®. ?Su voz parec¨ªa ser m¨¢s fuerte de lo normal? Algo... me est¨¢ pasando. Me estoy sintiendo raro... Vi como sus part¨ªculas m¨¢gicas se reun¨ªan en sus manos preparando un golpe letal. "?Acaso dije algo malo, Mirella?" "?C¨®mo sabes mi nombre? ?Ya c¨¢llate!" De un momento a otro, Mirella dispar¨® una enorme r¨¢faga de luz hacia la mujer que ten¨ªa rasgos felinos. Ella se defendi¨® creando una barrera verde que cubri¨® la cueva de extremo a extremo. Pude verla, era del mismo... color que cuando... El otro d¨ªa, ?no? ?Qu¨¦ estoy pensando? El haz de luz presion¨® y presion¨® contra la barrera hasta que la rompi¨® en una inmensa luz que me hizo retroceder mientras estaba completamente cegado. Cuando me di vuelta y abr¨ª los ojos... Las dos estaban hablando como si nada. Mirella sentada sobre su hombro y la otra mujer con una gran sonrisa en su rostro. ?Qu¨¦ pas¨®? Cap铆tulo 9.1: Punto de quiebre, parte dos. De pronto, se escucharon ramas crujir en la lejan¨ªa y apareci¨® el animal azul y rojo de nuevo. El peque?o peludo se detuvo frente a m¨ª, mir¨¢ndome de manera extra?a. Al principio pens¨¦ que quer¨ªa jugar, pero su mirada fija me dio escalofr¨ªos. "Mirella... ?D¨®nde est¨¢s?" Murmur¨¦, esperando que apareciera pronto. Sus ojos casi parec¨ªan escanear los m¨ªos hasta que de repente dio un giro brusco y comenz¨® a emitir un chillido agudo hacia la selva. Mis o¨ªdos zumbaban y tuve que cubr¨ªrmelos para amortiguar el sonido. El chillido parec¨ªa resonar en toda la selva, y en cuesti¨®n de segundos apareci¨® Mirella volando hasta subirse en el lomo del animal, haciendo que deje de chillar. "?Luciano! ?¨¦l es mi nuevo amigo!" Ah... Ahora esta hadita se hace amiga de cualquiera que se le cruce por el camino. Solo le bastaron unos minutos. No me quiero imaginar qu¨¦ tonter¨ªas habr¨¢n pasado en el medio. ?Tambi¨¦n le habr¨¢ dicho que haga un sonido que me rompa los t¨ªmpanos? "?En serio? ?Qu¨¦ genial! Yo tambi¨¦n quiero ser su amigo". "?S¨ª! Y hasta me hizo caso de venir a buscarte". Un hada montando un animal raro de color azul y rojo... Realmente, este mundo tiene de todo, ?eh? Imposible aburrirse as¨ª. Me acerqu¨¦ y empec¨¦ a acariciar la cabecita del animal. "?Te gusta, peque?o? ?Muy buen chico! ?Qu¨¦ tal si le dec¨ªs que se vuelva con Anya? ?Seguro que ella est¨¢ muy preocupada por ¨¦l! ?Pobre Anya!" A veces deb¨ªa exagerar un poquito la situaci¨®n para que me hiciera caso. Mirella abri¨® bien grandes los ojos y comenz¨® a acariciar r¨¢pidamente el lomo del animal. "Vamos, amiguito, es hora de volver con la se?orita Anya. Ella seguro que te extra?a mucho". Luego se baj¨® de ¨¦l y le dio golpecitos en las patas, como para que empezara a moverse. El cuadr¨²pedo pareci¨® entender y corri¨® r¨¢pidamente hasta desaparecer entre los ¨¢rboles. "?En serio podr¨¢ entendernos?" "Oye, ??me est¨¢s tratando de nuevo de mentirosa?!" Est¨¢ complicada la cosa hoy... "?Vas a seguir con esas cosas? Pens¨¦ que ya se te hab¨ªa ido el enojo". "P-Perd¨®n... es que estaba asustada por no encontrarte". ?Es la primera vez que la escucho disculparse o me parece a m¨ª? De todos modos, se sinti¨® muy tierno de su parte, m¨¢s vi¨¦ndola parada sobre el suelo, lo que hac¨ªa a¨²n m¨¢s peque?o su cuerpo. "Est¨¢ bien... Lo importante es que estamos todos bien y no pas¨® nada malo". "Mira, aqu¨ª hay una cueva muy grande. Seguro que hay algo interesante para ver antes de irnos, ?no? ?Qu¨¦ te parece si entramos?" Se?al¨® el interior de la oscura cueva, la cual parec¨ªa ser mucho m¨¢s profunda que la nuestra. "Pero... ?No deber¨ªamos volver? Me parece que Suminia se podr¨ªa enojar mucho con nosotros". "Vamos, es solo un ratito m¨¢s..." "Entremos, entonces. Pero solo un ratito, ?eh!" "?S¨ª, un ratito!" "Aunque... tengo hambre, ?me ayudar¨ªas a recoger algunas na?as de un ¨¢rbol que encontr¨¦ hace un rato? Esta vez s¨ª pude reconocer un ¨¢rbol de na?as". "Bueno, pero solo unas pocas, ?s¨ª?" "?Y por qu¨¦ solo unas pocas?" "Bueno, las que t¨² quieras". "As¨ª est¨¢ mejor". "?Te gusta que te responda de esa manera?" "En lo posible, s¨ª. Es mejor cuando sos amable". "Voy a tenerlo en cuenta, entonces". Comenzamos a caminar de vuelta por el costado del arroyo. "?Sabes? A veces me pregunto c¨®mo terminamos en estas situaciones tan extra?as". "S¨ª, es como si la aventura nos siguiera a donde quiera que vayamos. Me gusta que sea as¨ª. Me gusta estar junto a ti". "Y pensar que todo comenz¨® con un simple paseo por el bosque". "Pero lo hiciste a prop¨®sito, ?no?" "Tampoco te quer¨ªa hacer esperar tanto con el tema del agua m¨¢gica". "Gracias, Luciano". Luego de unos minutos, ya estaba sentado de vuelta en la piedra, comiendo una na?a y con otras tres en la mano. "?Gratdzias Midella, sos da mejod!" Mirella me mir¨®, divertida, mientras yo intentaba hablar con la boca llena. Con un intento fallido de tragar r¨¢pido, solo logr¨¦ provocarle una risa. "?Luciano, no hables con la boca llena! Pareces un ni?o peque?o... Bueno, m¨¢s peque?o de lo que ya eres". Con las mejillas un poco ruborizadas, se pos¨® sobre mis rodillas. "?Crees que es seguro ir a esa cueva? Se siente algo densa". "?Eh? Pero si vos acab¨¢s de decirme que quer¨ªas ir". "Bueno, no s¨¦..." "No pasa nada, vos sos muy fuerte y ahora est¨¢s llena de part¨ªculas m¨¢gicas. Si pasa algo, solo us¨¢ magia y listo, ?no? Como contra el oso". "?Soy... fuerte?". Luego asinti¨® con una sonrisa t¨ªmida. "?S¨ª, soy fuerte!" Repiti¨®, como si necesitara cre¨¦rselo. "Sos fuerte, hermosa y mi mejor amiga, as¨ª que vamos a esa cueva de una vez y ojal¨¢ que encontremos al acosador de mierda ese que ya me tiene harto". Bueno, creo que me exalt¨¦ un poco. Es que ya me hab¨ªa empezado a molestar tener a un acosador. "?S-S¨ª!" ?Le habr¨¢n contagiado mis palabras? Como sea... ella me sigui¨®, volando, de camino a la cueva. Me limpi¨¦ un poco la boca con el reverso de la mano mientras camin¨¢bamos por el costado del arroyo. "Cuando lleguemos, voy a necesitar que ilumines dentro de la cueva, ?s¨ª? Porque vi que est¨¢ demasiado oscura al no llegarle luz del sol". "?Entendido, mi se?or!" "Hace rato que no me llamabas as¨ª", re¨ª suavemente. Mir¨¦ a Mirella de reojo, tan peque?a y brillante. A veces me preguntaba qu¨¦ har¨ªa sin ella. No era solo su magia lo que me ayudaba, sino la forma en que siempre encontraba una manera de hacerme sonre¨ªr, incluso en los momentos m¨¢s tensos. Bueno, siempre y cuando no se pusiera celosa o molesta por algo, aunque tampoco es que le duren mucho tiempo los enojos. Al final terminamos adentr¨¢ndonos en la cueva. Ella, con un leve movimiento hacia arriba de sus manos, hizo que las part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor comenzaran a brillar con m¨¢s intensidad. En ese momento se form¨® una bola de luz en el aire, que era tan grande como una pelota de handball, por poner un ejemplo. "?En serio esa luz puede seguirnos?" Pregunt¨¦ mientras descend¨ªamos por la cueva, mis pies completamente mojados por el agua m¨¢gica que segu¨ªa el descenso en la cueva. "En realidad me sigue a m¨ª, pero como yo te sigo a ti, entonces te sigue a ti". "Ya veo... Entonces te sigue a vos". "S¨ª, y a ti tambi¨¦n". Esta conversaci¨®n podr¨ªa ser infinita. "Por cierto, ?no tomaste del agua m¨¢gica?" Estaba curioso por saber si a ella le hab¨ªa causado alg¨²n efecto en particular. Tal vez se le hab¨ªa sanado alguna herida o algo. "Algo de agua me entr¨® en la boca, pero no siento nada raro. ?T¨² tomaste agua?" "A m¨ª tambi¨¦n me entr¨® agua en la boca sin querer, y... tampoco sent¨ª nada raro. ?Sab¨ªas que una vez, antes de que nos conoci¨¦ramos, alguien dej¨® esta agua m¨¢gica en la entrada de nuestra cueva? En ese momento mi mam¨¢ estaba muy herida, y cuando tom¨® esta agua, su herida san¨® por completo. Por eso es que supongo que esta agua tiene propiedades curativas. Debe ser la misma que en ese entonces". "?En serio? Menos mal que se pudo salvar... ?Y no sabes qui¨¦n la dej¨® ah¨ª?" "No, todav¨ªa sigue siendo un misterio". De pronto se comenzaron a escuchar movimientos de piedras, como si se estuvieran moviendo en la lejan¨ªa. "Luciano, vamos con cuidado. D¨¦jame ir adelante". "Es una buena idea. Solo que, si vemos a alguien, primero intentamos hablar pac¨ªficamente, ?s¨ª?" "S¨ª, eso ya lo s¨¦". Su tono era un poco m¨¢s serio, como si hubiera activado ese instinto protector que la distingu¨ªa en estos momentos. Luego de unos segundos, un ser de mi tama?o y de color gris apareci¨® parado en medio de la poca agua en el suelo. Tom¨¦ la palabra mientras me manten¨ªa detr¨¢s de la peque?a hada. "?Hola? Venimos solo a investigar. Yo me llamo Luciano y ella es Mirella. ?Puedes entender lo que digo?" La cosa rara no respondi¨®. Solo segu¨ªa manteni¨¦ndose de pie en el mismo lugar de donde hab¨ªa aparecido. "?Luciano te est¨¢ hablando!" Cuando Mirella se acerc¨® un poco m¨¢s a ¨¦l y la bola de luz la sigui¨®, logr¨¦ distinguir que su cuerpo estaba hecho de piedra... ?Acaso era un g¨®lem? No parec¨ªa tener ojos, solo un torso con brazos, piernas y cabeza. ?Deber¨ªamos irnos? No creo que podamos mantener una conversaci¨®n con esta cosa. "Mirella, esta cosa no parece entender lo que le decimos, ?crees que es un enemigo? Antes dijiste que sent¨ªas algo denso en el lugar". De pronto aparecieron dos ''golems'' m¨¢s y se quedaron parados al lado del otro, como si estuvieran formando una barrera para no dejarnos pasar. "S¨ª, el ambiente es denso, pero estas piedras no parecen ser algo m¨¢gico, ?no? Ellos parecen ser un problema, aunque hay algo m¨¢s ac¨¢ dentro... Algo m¨¢s fuerte". Lo que ella llamaba simples piedras yo los llamaba golems. Supongo que ser¨¢ algo nuevo para los dos. ?Y eso de alguien m¨¢s fuerte? ?Habr¨¢ m¨¢s enemigos ac¨¢ dentro? "?Avanzamos entonces? Depende de si crees poder luchar contra ellos si es que nos atacan", dije. "S¨ª, pero despacio y mantente detr¨¢s de m¨ª". Comenzamos a avanzar por la cueva intentando rodearlos por un costado, pero ellos comenzaron a intentar bloquearnos el paso. "?Hola...? Solo queremos hablar con ustedes, o con quien sea que haya ac¨¢ dentro". Uno de ellos era bastante inestable, como si las piedras de sus pies no fueran las adecuadas. ?C¨®mo es posible que estas cosas est¨¦n vivas? Mirella dice que no es magia. "Mirella... Creo que nos vamos a tener que ir". "?Luciano, cuidado!" Grit¨® Mirella cuando de pronto vi al primer g¨®lem que apareci¨® corriendo a gran velocidad hacia m¨ª. "?Al¨¦jate de Luciano!" Un rayo de luz sali¨® de las manos de Mirella, reventando la piedra m¨¢s grande y redonda que se supon¨ªa que era su cabeza, pero aun as¨ª, el golem segu¨ªa avanzando hacia m¨ª y ya hab¨ªa sobrepasado la posici¨®n de Mirella, que se encontraba volando. Empec¨¦ a retroceder, pero me tropec¨¦ y ca¨ª de espaldas contra el suelo, mi espalda ahora estaba mojada por el agua m¨¢gica. Con la mano derecha agarr¨¦ r¨¢pidamente una piedra del suelo para ver si pod¨ªa defenderme de alguna manera. La posici¨®n era bastante comprometedora... En este momento, si Mirella intentaba disparar, lo m¨¢s seguro era que el rayo de luz me atravesara a m¨ª tambi¨¦n. En un movimiento r¨¢pido, vino el primer golpe desde su pu?o derecho; logr¨¦ apenas desviarlo gracias a la piedra, pero el choque hizo que se me terminara zafando de la mano y qued¨¦ desprotegido de nuevo. "?Luciano!" Grit¨® Mirella, volando a gran velocidad hacia m¨ª mientras el golem estaba lanzando otro golpe, ahora con su pu?o izquierdo. "?Mirella, atac¨¢!" Por una fracci¨®n de segundos vi que ella se posicion¨® frente a m¨ª, creando una especie de barrera de luz alrededor de su cuerpo, lo que fren¨® el impacto y le hizo ganar tiempo para rematarlo de m¨¢s cerca. Taken from Royal Road, this narrative should be reported if found on Amazon.En un grito furioso, puso sus manos sobre el golem y volvi¨® a disparar su luz contra ¨¦l, convirtiendo en polvo lo que le quedaba de cuerpo. Le se?al¨¦ hacia detr¨¢s de su espalda. "?Cuidado, vienen los otros dos!" Mirella ten¨ªa que actuar demasiado r¨¢pido como para acabar con dos a la vez... ?Pod¨ªa yo intervenir de alguna manera? ?Acaso no era que ten¨ªa magia? ??Maldici¨®n!! ??No puedo ser tan in¨²til en este momento!! Con su instinto casi salvaje, Mirella realiz¨® de nuevo su magia de luz y fulmin¨® al que yo anteriormente hab¨ªa notado que era el m¨¢s d¨¦bil de los tres golems. "?El otro!" Ese peque?o error nos cost¨® que el que se mov¨ªa m¨¢s r¨¢pido le atacara. Ella apenas pudo cubrirse con un escudo de luz, pero el fuerte impacto de la mano de piedra la hizo terminar estampada contra la pared. "?Mirella, no!" Grit¨¦ intentando buscar desesperadamente algo con lo que poder atacar, pero como no encontr¨¦ nada, lo ¨²nico que se me ocurri¨® hacer fue tirarme contra ¨¦l. ?Necesito ganar... algunos segundos hasta que Mirella se recomponga! "?Golem de mierda! ??Por qu¨¦ nos atacan sin raz¨®n!?" Por m¨¢s que apretara los dientes lo m¨¢s fuerte posible, la fuerza de este cuerpo no era suficiente como para luchar contra algo as¨ª, contra algo que no era normal y que pod¨ªa destrozarme de un solo golpe. Todav¨ªa forcejeando sobre el suelo, el g¨®lem me empuj¨® de una patada para luego encajarme un pu?etazo letal en la cara que me quebr¨® y desfigur¨® la mand¨ªbula. El dolor fue inmediato, fulminante. Hab¨ªa sentido en carne propia c¨®mo el impacto quebraba en mil pedazos mis huesos, y un grito sofocado sali¨® de mi garganta, aunque ni siquiera pude entender si era un grito o solo un lamento ahogado por la intensidad del da?o. Ca¨ª por completo al suelo, incapaz de articular palabra alguna, con la mente nublada por el dolor y, encima, quedando del otro lado de donde estaba Mirella tirada. "A-A-Aggh... Mi... Mirghh..." No pod¨ªa mover mi cabeza y estaba completamente aturdido; era como si todo el lado izquierdo de mi cara hubiera explotado. La sangre hab¨ªa comenzado a salir de mi boca y nariz y mis ojos se llenaron de l¨¢grimas por el inaguantable dolor. Luch¨¦ por enfocarme en mi entorno, pero todo se ve¨ªa borroso y distorsionado, como si estuviera viendo a trav¨¦s de un cristal empa?ado. El g¨®lem se mov¨ªa de nuevo, con su cuerpo pesado acerc¨¢ndose m¨¢s a m¨ª. No termin¨® todo ah¨ª... De reojo vi borrosamente que aparec¨ªa otra figura acerc¨¢ndose a Mirella. ?Era otro g¨®lem? ?Pero si quedaba solo uno de tres! Ya no pod¨ªa gritar, no pod¨ªa hablar, no pod¨ªa decirle a Mirella que hab¨ªa aparecido otro golem, no pod¨ªa decirle que no pod¨ªa ayudarla. No ser¨¢ que... ?Mirella...? A m¨ª tampoco me quedaba mucho tiempo. Apoy¨¦ la mano derecha contra la pared rocosa que estaba a mi costado antes de ver venir al golem acercarse para darme el golpe final, el que me enviar¨ªa de vuelta con Sariah. De pronto, vi una luz brillante que proven¨ªa de alguna parte alrededor m¨ªo. ?Mirella? No... son mis part¨ªculas m¨¢gicas. Ellas se mov¨ªan por mi cuerpo r¨¢pidamente hacia mi mano, y cuando la quise mover, la piedra de la pared comenz¨® a revestir el dorso de mi mano, como si fuera un guante de piedra. ?Esto es lo que uno llamar¨ªa magia? Cerr¨¦ los ojos y solo atin¨¦ a cubrirme la cara con las manos cuando vino el golpe. Pero no me doli¨® cuando sent¨ª el impacto. Al abrir los ojos... segu¨ªa teniendo la mano completamente revestida de piedra, ahora algo resquebrajada. El g¨®lem segu¨ªa enfrente de m¨ª. En cualquier momento vendr¨ªa el segundo golpe y yo solo pod¨ªa defenderme. De vuelta estaba siendo solo un in¨²til cuando algo quer¨ªa hacernos da?o. Por m¨¢s que me haya emocionado antes en el arroyo... Esta es la realidad: no puedo hacer nada por mi cuenta, y siempre aparece alguien que me arruina la vida una y otra vez. Y entonces, ella apareci¨®. "?No voy... a dejar... que le hagas da?o!" A pesar de estar herida, se hab¨ªa levantado con una determinaci¨®n feroz. La ira y el miedo se mezclaban en sus palabras mientras extend¨ªa sus manos hacia el golem que estaba a punto de volver a golpearme. "?Gyyaaaaaa!" Y entonces, una r¨¢faga de luz mucho m¨¢s intensa que antes surgi¨® de sus manos, impactando de costado al enemigo, haciendo que se desintegrara en polvo. Yo segu¨ªa ah¨ª, con la cabeza contra la poca agua m¨¢gica en el suelo. La cueva estaba en silencio, roto solo por el sonido de mi respiraci¨®n agonizante y los d¨¦biles murmullos de Mirella. La vista se me fue apagando poco a poco. En eso, vi otro destello iluminar la cueva, y otro grito ahogado de Mirella... Quiz¨¢s ya hab¨ªa terminado con el ¨²ltimo maldito g¨®lem, solo que para m¨ª ya era demasiado tarde. Parec¨ªan faltar segundos para que mis ojos se cerraran por completo. ?Todo termina ac¨¢? No puede ser... No puedo morir por culpa de unos peque?os golems. No quiero ver de nuevo la cara de Sariah. No quiero tener que pedirle perd¨®n. No quiero volver a perder una parte del cuerpo. Por favor... Mirella, yo conf¨ªo en vos. ?No me dejes morir! Mientras mis ojos se desvanec¨ªan, vi una peque?a figura brillante frente a m¨ª que se abalanzaba repetidamente sobre mi hombro, como cuando una tortuga ataca con su caparaz¨®n. Cuando mi cuerpo se puso boca arriba, empec¨¦ a sentir que algo fresco flu¨ªa junto a la sangre por mi garganta. Me ahogu¨¦ internamente muchas veces hasta que volv¨ª a sentir esa sensaci¨®n que sent¨ª cuando estaba en el arroyo: un dolor ligero pero satisfactorio. Sent¨ª c¨®mo mi cara iba devolvi¨¦ndose a su estado original en un instante. Mirella hab¨ªa logrado darme de tomar el agua m¨¢gica a tiempo. Abr¨ª los ojos con esfuerzo, mi vista a¨²n borrosa por las l¨¢grimas, pero pude distinguir esa luz caracter¨ªstica que siempre la rodeaba. Su resplandor era m¨¢s tenue de lo habitual, y pod¨ªa ver el agotamiento en su diminuto cuerpo. Me hab¨ªa salvado... otra vez. Me revolv¨ª un poco, sent¨¢ndome con dificultad mientras intentaba ignorar el dolor que a¨²n parec¨ªa resonar en mi mand¨ªbula, adem¨¢s del sabor met¨¢lico de la sangre en mi boca. Mirella estaba parada justo en frente de m¨ª. Sus labios temblaban ligeramente, como si luchara por decir algo, aunque a m¨ª me bastaba con que estuviera a mi lado. La culpabilidad en sus ojos me lo dec¨ªa todo. Ella siempre se sent¨ªa culpable si yo sal¨ªa lastimado. "Y-Yo pens¨¦ que te hab¨ªa pasado algo malo... y yo... ?Entonces yo...!" Balbuce¨®, rompiendo en llanto mientras se abrazaba a mi pierna. "?Luciano! Perd¨®n... n-no quer¨ªa que te hicieran da?o. Te juro que intent¨¦... pero eran demasiados". Sus ojos verdes estaban rellenos de l¨¢grimas derram¨¢ndose de a poco, y ver eso me part¨ªa el alma. No pude evitarlo; a m¨ª tambi¨¦n se me pusieron llorosos los ojos. "Mirella... lo siento mucho. No quise preocuparte de esa manera... No deber¨ªa haberte dicho que investig¨¢ramos esta cueva", dije tratando de consolarla mientras le acariciaba la cabeza con un dedo. "Igualmente, gracias por salvarme". "V¨¢monos... ?S¨ª? Vamos de vuelta a nuestro hogar, con tu familia". "S¨ª, es mejor irnos". Despu¨¦s de quedarnos as¨ª por unos segundos, limpi¨¢ndonos las l¨¢grimas, me levant¨¦ junto a ella, algo empapado. En ese mismo momento, desde las sombras del fondo de la cueva, apareci¨® el ser con orejas de gato, pero esta vez pude verle mejor; ten¨ªa forma humana, de una mujer. Bueno, en realidad era como una mezcla entre humano y gato, pero su rostro claramente era el de un humano. Parec¨ªa que... este maldito d¨ªa no quer¨ªa terminar bien. Esta mujer frente a nosotros era bastante alta y voluptuosa. Poco a poco su figura se fue develando gracias a la luz de Mirella, dejando ver un gran cabello blanco combinando con una ropa larga de estilo japon¨¦s de colores blanco y rojo. Estaba claro que este era otro ser creado por Sariah, porque nunca alguien podr¨ªa tener ese tipo de ropa en este mundo. Adem¨¢s, esta mujer ten¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas revoloteando a su alrededor. Sus ojos color naranja me tra¨ªan... una extra?a tranquilidad. S¨¦ que quiero irme, pero... "Vaya, vaya. ?A qui¨¦n tenemos aqu¨ª?" Dijo con una voz melosa. "Parece que alguien cree haber tenido un mal d¨ªa. Pero no te preocupes, peque?o, te he estado observando todo este tiempo y... creo que eres alguien muy especial, porque tu olor..." Mirella se movi¨® r¨¢pidamente, interponi¨¦ndose entre la mujer y yo. "?Al¨¦jate de ¨¦l! ?No voy a permitir que le sigan haciendo da?o!" ?Su voz parec¨ªa ser m¨¢s fuerte de lo normal? Algo... Creo que algo me est¨¢ confundiendo. Me estoy sintiendo raro... Vi c¨®mo las part¨ªculas m¨¢gicas de Mirella se reun¨ªan en sus manos, preparando un nuevo golpe letal. "?Acaso dije algo malo, Mirella?" "?C¨®mo sabes mi nombre? ?Ya c¨¢llate!" De un momento a otro, Mirella dispar¨® una enorme r¨¢faga de luz hacia la mujer de rasgos felinos. Ella se defendi¨® creando una barrera verde y trasl¨²cida que cubri¨® la cueva casi de extremo a extremo en forma de rect¨¢ngulo. Pude verla, era del mismo... color que cuando... El otro d¨ªa, ?no? ?En qu¨¦ estoy pensando? El haz de luz presion¨® y presion¨® contra la barrera hasta que la rompi¨® en una inmensa luz que me hizo dar la vuelta para no quedar completamente cegado. Cuando me volte¨¦ y abr¨ª los ojos... Las dos estaban hablando como si nada. Mirella sentada sobre su hombro y la otra mujer con una gran sonrisa en su rostro. ?Qu¨¦ pas¨® ac¨¢? Con un poco de dolor de cabeza y algo confundido, me acerqu¨¦ y me present¨¦, admirando sus ojos. "Hola, se?orita. Yo me llamo Luciano y vinimos a esta cueva para investigarla m¨¢s a fondo. ?Usted vive aqu¨ª? Disculpe si le estamos causando alg¨²n inconveniente". Intent¨¦ ser un poco formal, porque esta mujer parec¨ªa ser hasta m¨¢s mayor que mi actual madre, Rundia. Bueno, al menos puedo decir que es mucho m¨¢s alta que ella y que Anya... Tiene m¨¢s de un metro ochenta, seguro. "?Oh, peque?o Luciano! Eres muy amable. Mi nombre es Aya, y s¨ª, vivo en este lugar sagrado". Ella se inclin¨® y me acarici¨® el rostro desde la mejilla hasta el ment¨®n. Justo en la parte que hab¨ªa sido destruida minutos atr¨¢s. Me qued¨¦ anonadado; hab¨ªa algo en su porte f¨ªsico que la hac¨ªa parecer surrealista. Sus cinco colas blancas y pomposas se meneaban detr¨¢s de ella. ?C¨®mo pod¨ªan ser tan largas y peludas? Mientras tanto, Mirella volaba a su alrededor y tambi¨¦n parec¨ªa admirar la elegancia que irradiaba Aya. "?Mi nombre es Mirella, y soy la mejor amiga de Luciano! ?No lo olvides!" "Me alegro mucho por ti, Mirella. Tienes un gran amigo... Y no, yo no suelo olvidar las cosas". "?Por qu¨¦ dices que este lugar es sagrado? ?Sagrado para qui¨¦n es este lugar?" Pregunt¨¦. "Esto es un santuario, Luciano. Este lugar es sagrado para aquellos que lo habitan y lo protegen", respondi¨® en un tono tranquilo y elegante. "Los requisitos para entrar son simples en apariencia, pero profundos en significado. Deben tener respeto por la naturaleza y la magia, as¨ª como una intenci¨®n pura y noble". ?Era alguna especie de acertijo...? Acababa de decir cosas muy raras como para estar hablando de una simple cueva. Debe ser que se refiere al arroyo m¨¢gico. "Entonces s¨ª podemos entrar, ?cierto?" Pregunt¨® Mirella, tal vez pensando en que cumpl¨ªamos esos supuestos ''requisitos''. "Claro, acomp¨¢?enme al final". La se?orita Aya comenz¨® a caminar tomando la delantera; sus grandes caderas movi¨¦ndose de un lado al otro. S¨ª, era importante remarcar ese detalle. Por alguna raz¨®n, sent¨ªa que el ambiente era extra?amente relajador. Hab¨ªa algo en ella que me causaba una fascinaci¨®n inquietante, como si cada paso que daba retumbara en mi mente, nublando mis pensamientos. De alguna forma, el miedo que sent¨ª hace solo unos minutos ya no exist¨ªa. ?Acaso no est¨¢bamos luchando por nuestras vidas hace un momento? La confusi¨®n me envolv¨ªa, pero, por alguna raz¨®n, no parec¨ªa importarme ahora. Las colas de Aya se mec¨ªan suavemente, hipnotizando mi vista mientras avanz¨¢bamos detr¨¢s de ella. El interior de la cueva se volv¨ªa cada vez m¨¢s detallado y angosto, con estalactitas brillantes que colgaban del techo y la suave agua que comenzaba a desaparecer por entre el suelo rocoso. ?Hacia d¨®nde ir¨¢ ese agua? Mirella me lanz¨® una mirada fulminante. ?Acaso estaba mal admirar semejante belleza? Realmente parec¨ªa sacada de un anime. Espera... Ella se parece demasiado a alg¨²n personaje que podr¨ªa salir en un anime. Qu¨¦ raro. "Luciano, ?as¨ª que ya pudiste usar magia? Qu¨¦ curioso..." Solt¨® Aya, ri¨¦ndose suavemente mientras se tapaba la boca con la mano. "Bueno... Este... Simplemente sucedi¨® sin querer, supongo. Creo que fue gracias a las part¨ªculas m¨¢gicas". "?C¨®mo es que le llamas?" Pregunt¨®, mientras sus colas empezaban a menearse m¨¢s r¨¢pidamente de un lado al otro. "?Parece que contigo no me voy a aburrir!" No s¨¦ si me pareci¨®, pero luego de que habl¨®, escuch¨¦ que susurraba algo, como si repitiera una palabra varias veces. Mirella vol¨® hasta posicionarse al frente de Aya. "?O-Oye! Luciano es mi mejor amigo, ?no puedes hablarle as¨ª!" Aya solt¨® de nuevo una risa contagiosa y acarici¨® la cabeza de Mirella con suavidad. "Oh, peque?a hada, no te preocupes. Solo estoy bromeando un poco. Parece que eres muy protectora con Luciano, y eso es algo admirable. Veo que ambos tienen un v¨ªnculo muy especial". ?C¨®mo sab¨ªa que era un hada? Mirella infl¨® las mejillas, pero no pudo evitar ruborizarse ligeramente mientras miraba a Aya seguir avanzando. "?Es porque me importa! No quiero que le pase nada malo..." Mientras tanto, me qued¨¦ pensando sobre si me precipit¨¦ al decirle part¨ªculas... Mirella nunca cuestionaba las palabras que no conoce y hasta ahora me hab¨ªa manejado as¨ª. Al cabo de unos segundos de caminata, llegamos a donde la cueva se hac¨ªa mucho m¨¢s estrecha hasta hacerse una especie de grieta en lo que deber¨ªa ser el final. Luego parec¨ªa volverse m¨¢s abierta del otro lado. Aya se detuvo y se gir¨® hacia nosotros. "Ya llegamos. Tal vez no la vean, o tal vez s¨ª, pero justo aqu¨ª hay puesta una barrera m¨¢gica. Caminen recto y vean si pueden pasar". "?Barrera m¨¢gica? Yo realmente no veo nada. ?Y vos, Mirella?" "Yo tampoco, ?pero es emocionante!" Mirella vol¨® por en medio de la entrada y pas¨® sin ning¨²n problema. Aunque nos dej¨® casi sin iluminaci¨®n. Se escuch¨® un gritito de sorpresa con un poco de eco del otro lado. Camin¨¦ por la entrada yo tambi¨¦n y no pas¨® nada... Supongo que somos admitidos, entonces. "Listo, ?ahora qu¨¦ hacemos?" Pregunt¨¦, mirando alrededor m¨ªo. El lugar simplemente era abierto, casi como un cubo deforme con paredes de roca... Bueno, m¨¢s que un cubo, ser¨ªa como con forma de rect¨¢ngulo... ?C¨®mo se le dec¨ªa? Eh... ?Ah, s¨ª! Un ortoedro. En la pared del frente de la grieta estaban dibujadas algunas cosas interesantes que despu¨¦s deber¨ªa ir a ver. M¨¢s all¨¢ de eso, no hay nada m¨¢s. Se sent¨ªa m¨¢s como si estuvi¨¦ramos en un b¨²nker que en un santuario. Si bien, como dije antes, esto no parece un santuario, lo importante es que... ?Hay piedras con part¨ªculas! Supongo que ella tambi¨¦n las vio, y no s¨¦ si decirle algo o no al respecto. ?Podr¨ªa haber m¨¢s criaturas m¨¢gicas que nacieran de esas piedras? ?Otra hada? "Pueden quedarse cuanto tiempo necesiten. ??Bienvenidos a mi santuario!!" ?Y esa emoci¨®n? Pareciera como si fuese la primera vez que otra persona pisa este lugar. Me pregunto si mi familia podr¨ªa vivir ac¨¢. Este lugar tiene bastante potencial para actuar como un lugar seguro. "Aya, ?en qu¨¦ magia te especializas? Por ejemplo, Mirella es un hada que usa magia de luz". "Mirella parece ser incre¨ªble... Espero que nos llevemos bien". "?Claro que s¨ª!" "Con respecto a mi magia, me especializo en la defensa y... Solo eso". Hizo una expresi¨®n que no llegu¨¦ a comprender del todo. Eso s¨ª, sus orejas se mov¨ªan furiosamente hacia los costados. "Solo uso magia de defensa, as¨ª que puedo hacer barreras m¨¢gicas y proteger lugares con ellas. T¨² tambi¨¦n puedes usar magia, ?eh! A pesar de que todav¨ªa eres tan peque?o, pareces haber aprendido bastantes cosas¡­ de la vida". ?Eh? Mirella se me adelant¨® a hablar. "?Claro que Luciano puede usar magia! Luciano es el mejor y es muy inteligente". "Es que surgi¨® de repente. Cuando vi que la piedra se un¨ªa a mi cuerpo de la nada, pens¨¦ en que pod¨ªa ser ¨²til para defenderme y as¨ª logr¨¦ moldearla casi sin querer". ?Ser¨¢ que ese es mi tipo de magia? El manipular los materiales. "Por cierto, ?no sabes qu¨¦ eran esas cosas que nos atacaron?" Agregu¨¦, evitando llamarle por el nombre que yo conoc¨ªa. "As¨ª que simplemente imaginaste algo que sirviera en combate... ?Te gustar¨ªa que intente ense?arte a usar tu magia?" Evadi¨® mi otra pregunta... "?S¨ª! Tengo muchas ganas de aprender m¨¢s sobre la magia. Tal vez pueda volver a moldear la piedra. Adem¨¢s, tenemos un mont¨®n de part¨ªculas m¨¢gicas ah¨ª en el agua, as¨ª que podemos probarlo en cualquier momento". "Perfecto, Luciano. Veo que tienes una mente curiosa y las ganas de aprender. Eso es exactamente lo que necesitas para dominar la magia". Se fue hacia la pared de la derecha, si lo miramos desde la perspectiva de la entrada. "Ven, vamos a hacer una peque?a prueba". "Bueno, vamos a ver qu¨¦ pasa", respond¨ª y me puse a su lado. Casi que me sacaba un metro de altura esta mujer. Mientras tanto, Mirella se puso a ver los dibujos en la otra pared. Seguramente, despu¨¦s de esto, iba a estar enojada conmigo por ignorarla moment¨¢neamente. "Ahora pon las manos sobre la pared y cierra los ojos, intenta fluir tu energ¨ªa hacia tus manos e imagina algo que quieras crear", dijo Aya, haciendo todos los movimientos que mencion¨®. Apoy¨¦ mis peque?as manos sobre la pared y segu¨ª sus pasos. Estaba realmente emocionado por esta nueva experiencia. Era el paso final para logar lo que m¨¢s estaba buscando. Por unos segundos no sent¨ª nada, pero cuando empec¨¦ a imaginar lo que m¨¢s quer¨ªa, un tenedor y un cuchillo, mis manos se comenzaron a hundir en la pared rocosa. "?S¨ª, as¨ª!" Exclam¨® Aya mientras yo manten¨ªa los ojos cerrados. Luego de un momento de intentar, lo ¨²nico que pude hacer fue hundir mis manos en la pared, dejando la marca. Al menos pod¨ªa confirmar que este era mi tipo de magia. Si realmente puedo crear cosas a partir de recursos naturales, tengo una cantidad inmensa de cosas por hacer. De hecho, es demasiado conveniente para lo que es mi objetivo en este mundo. ?Ser¨¢ culpa de ella, de Sariah? Mir¨¦ a Aya. "Parece que tengo que seguir entrenando. Sin querer te dej¨¦ una marca en la pared. Lo siento, se?orita Aya". Ella toc¨® suavemente el relieve de la figura de mis manos en la pared y me mir¨®, negando con la cabeza. "No, esta marca representa tu primer gran paso hacia la magia. A partir de ahora tu vida va a cambiar por completo, porque eres alguien especial, Luciano, y s¨¦ que vas a lograr grandes cosas". Ella ten¨ªa raz¨®n; por fin encontr¨¦ lo que m¨¢s anhelaba. Este era el ¨²ltimo paso para intentar cambiar este mundo para mejor. Si pod¨ªa moldear las cosas as¨ª, las posibilidades eran infinitas. ?Qu¨¦ m¨¢s podr¨ªa hacer con esa habilidad? Construir herramientas, mejorar las condiciones de vida de los dem¨¢s... quiz¨¢s incluso crear armas para defendernos. "Tiene raz¨®n, se?orita Aya. Todo lo que dijo es cierto. Debo haber sido bendecido por alg¨²n dios", dije y re¨ª tontamente. Qu¨¦ gran iron¨ªa... Cap铆tulo 10: Desv铆o de ruta. Mirella flotaba cerca, examinando los dibujos en la pared con una concentraci¨®n poco com¨²n en ella. Sus peque?as alas vibraban levemente, y aunque no lo dec¨ªa, sab¨ªa que estaba molesta por la atenci¨®n que Aya me estaba dando. Pod¨ªa sentirlo en la manera en que evitaba mirarme directamente. Cada tanto, su mirada se desviaba hacia m¨ª, pero cuando intentaba decir algo, volv¨ªa a concentrarse en los dibujos como si nada m¨¢s importara. Me decid¨ª a ir hacia donde estaba ella. "Eu, me parece que tenemos que volver a la cueva. Ya debe ser de noche. ?O nos quedamos a dormir ac¨¢?" Apenas me mir¨® de reojo. "?Por qu¨¦ no vas y mejor le preguntas a la ''se?ora'' Aya? Se ve que ella es muy inteligente, ?no?" "No me digas que ya te enojaste". Mirella infl¨® las mejillas y cruz¨® los brazos, flotando a unos cent¨ªmetros del suelo. "Claro que estoy enojada! Primero casi te mueres, luego ella aparece y t¨²... t¨² solo te quedas admir¨¢ndola". Su voz fue bajando mientras hablaba, como no queriendo que Aya escuchara. Bueno, yo tampoco quer¨ªa que se enterara de eso. A veces termino en situaciones como esta. No puedo evitarlo. Cada vez que una nueva presencia femenina aparece en mi vida, mi mente puede llegar a divagar un poquito, como si un impulso primitivo se apoderara de m¨ª. Mirella tiene raz¨®n. No es que ella sea menos o algo as¨ª, es solo que... no s¨¦, simplemente me pierdo a veces. Pero no tiene nada de malo, ?no? Despu¨¦s de todo, son seres fant¨¢sticos, o por lo menos yo las veo as¨ª y me impresionan visualmente. Intent¨¦ tocarla con mi mano, pero ella retrocedi¨® volando. "Lo siento, s¨¦ que pasamos por muchas cosas en tan poco tiempo... Solo que este lugar se sinti¨® muy c¨¢lido y lleno de energ¨ªas renovadas que me hicieron olvidar lo que pas¨® antes". "Est¨¢ bien, me quedar¨¦ esperando all¨ª si es que quieres quedarte a dormir aqu¨ª o no s¨¦. Haz lo que quieras". Se?al¨® una de las esquinas del lugar y se fue volando hacia all¨¢. Me devolv¨ª hacia Aya, que cargaba una gran sonrisa al verme llegar. "Se?ora Aya, quer¨ªa preguntarle qu¨¦ opinaba sobre..." Ella cort¨® mis palabras de inmediato. "Pasa esta noche aqu¨ª, ?s¨ª? Afuera a veces hay seres... no muy amigables. Adem¨¢s, ya debe ser de noche". "S¨ª, mejor me quedo y me levanto bien temprano para poder salir a la ma?ana. ?Te molesta si dormimos con Mirella...? ?Por all¨¢?" Se?al¨¦ la esquina donde estaba Mirella, la que mirando desde la entrada estaba siguiendo la pared de la izquierda. "Claro, pueden dormir donde les parezca m¨¢s c¨®modo. Buenas noches", dijo y se fue a recostar en la esquina contraria. Qu¨¦ feo dormir as¨ª en el piso duro, ?no? ?C¨®mo hac¨ªa ella para vivir ac¨¢ en la oscuridad? Justo ahora tenemos la luz de Mirella, pero sino, no se ver¨ªa absolutamente nada ac¨¢ abajo. Mirella apag¨® la bola de luz y el supuesto santuario qued¨® sumido en una penumbra suave, apenas iluminada por las pobres part¨ªculas m¨¢gicas que flotaban por nuestros cuerpos. Me acerqu¨¦ a Mirella, que segu¨ªa con los brazos cruzados, y me sent¨¦ a su lado en silencio. El eco de la cueva amplificaba el suave murmullo del viento que se colaba por la grieta. Me acost¨¦ en el piso... Estaba duro y fr¨ªo. "Buenas noches, Mirella". "Adi¨®s". Simplemente me dio la espalda al recostarse. Luego, se escuch¨® un suave aleteo que iba intensific¨¢ndose con el pasar de los segundos. Estaba claro que no se aguantaba estar mucho tiempo enojada conmigo. "No me vas a dejar dormir con ese ruido que hac¨¦s", dije en voz baja. "?Ay, ya!" Respondi¨®, arrastr¨¢ndose con las caderas hasta acurrucarse entre mis brazos, deteniendo su aleteo poco a poco. No ten¨ªa suficiente experiencia con las mujeres como para entender del todo sus sentimientos, pero esta chica es demasiado predecible cuando se trata de sus berrinches. Mirella siempre empieza con ese tono molesto, pero al final termina buscando alguna excusa para estar cerca de m¨ª. Cerr¨¦ los ojos, intentando relajarme, pero mi mente no dejaba de correr en c¨ªrculos. Estar en este lugar oscuro, sin ning¨²n tipo de comodidad, me hac¨ªa pensar en lo vulnerables que realmente ¨¦ramos en este mundo, incluso con nuestras habilidades m¨¢gicas. ?Qu¨¦ criaturas podr¨ªan estar acechando fuera? Aya hab¨ªa mencionado seres no amigables. ?Ser¨ªan animales salvajes, o quiz¨¢s algo peor? Tal vez se refer¨ªa al hombre p¨¢jaro. No lo sab¨ªa, pero de todos modos, decid¨ª quedarme. No hab¨ªa otra opci¨®n sensata. Aya parec¨ªa ser poderosa, al menos f¨ªsicamente. Tambi¨¦n mencion¨® algo sobre una barrera, as¨ª que supongo que estamos a salvo. De repente, sent¨ª a Mirella moverse un poco m¨¢s, su peque?o cuerpo acomod¨¢ndose a¨²n m¨¢s cerca de m¨ª. A pesar de todo, ella siempre parec¨ªa encontrar la forma de dejar de lado sus emociones negativas, aunque fuera temporalmente. Pens¨¦ en lo mucho que hab¨ªa cambiado desde que la liber¨¦ de la piedra m¨¢gica. Se hab¨ªa vuelto tan protectora, a veces incluso de manera sofocante. Pero, a decir verdad, me sent¨ªa afortunado de tenerla a mi lado. *** Al despertarme, el lugar segu¨ªa oscuro y Mirella ya no estaba a mi lado; en la otra esquina estaba Aya sentada, la pod¨ªa ver por la tenue iluminaci¨®n de sus part¨ªculas. Al final parece que fui el ¨²ltimo en despertarse de los tres. "Se?ora Aya, ?vio a Mirella?" Pregunt¨¦ en voz alta. "Dijo que ya volv¨ªa". Se?al¨® en direcci¨®n a la salida del santuario que conectaba con la gran cueva. El est¨®mago me gru?¨ªa, ayer no hab¨ªa tenido la oportunidad de comer mucho. Me levant¨¦ para hablar con ella. "?Siempre vive bajo esta oscuridad?" "Lo ¨²nico que necesito son mis ojos y la iluminaci¨®n de mis par-part-". Se trab¨® al hablar; creo que estaba interesada en copiar el nombre que yo le hab¨ªa puesto. "Part¨ªculas m¨¢gicas, as¨ª es como las llamo". Se aclar¨® la garganta antes de volver a hablar. "Part¨ªculas y m¨¢gicas. Entiendo. Lo ¨²nico que necesito son mis ojos y la iluminaci¨®n de mis part¨ªculas, como t¨² le dices". "?Le parece bien llamarles as¨ª?" "Es interesante... Debe ser que los ni?os tienen mucha imaginaci¨®n". "Bueno, es que simplemente se me ocurri¨® llamarle as¨ª". Justo en ese momento, mi est¨®mago volvi¨® a gru?ir. "Se?orita Aya, creo que voy a salir para..." "?Qu¨¦ desconsiderada soy! Lo siento, voy a buscar algo que puedas comer. Hab¨ªa olvidado que los humanos necesitan comer para recuperar fuerzas". Se acomod¨® el cabello blanco hacia atr¨¢s antes de irse corriendo por la salida mientras sosten¨ªa la parte baja de su yukata... o kimono. Realmente no s¨¦ bien c¨®mo se llama, o si son lo mismo, pero se la ve muy elegante vestida as¨ª. Supongo que ella tampoco necesita comer, como Mirella. Estar en la oscuridad es un poco molesto. Ojal¨¢ pronto venga Mirella... Me pregunto qu¨¦ ir¨¢ a traer Aya de comida. Los gatos suelen atrapar p¨¢jaros, ?no? Solo que, salvo el hombre p¨¢jaro, no hay otros tipos de aves. Al cabo de unos minutos, Mirella regres¨® cargando una na?a entre los brazos. Parec¨ªa costarle mucho mantener el equilibrio. "?Luciano! Mira, te traje esto para que comas, ?s¨ª?" La tom¨¦ con las manos y la com¨ª desesperado en tan solo unos segundos. "Gracias, esto me pasa por levantarme un poquito tarde". "Luciano, por favor, acepta eso como una disculpa, es que yo... ?Yo no puedo controlar mis celos cuando le prestas atenci¨®n a otras personas! Pero ahora ya no voy a enojarme contigo por esas cosas y voy a ser una hadita bien portad-portad.... ?Luciano!" Grit¨® y se lanz¨® contra mi pecho. Acarici¨¦ suavemente la cabecita de Mirella, sintiendo su peque?o cuerpo temblar ligeramente mientras se aferraba a m¨ª. "Est¨¢ bien, Mirella. Lo entiendo, entiendo que no pod¨¦s evitar ser sentimental. No me molesta que hagas eso si solo es conmigo; solo no quiero que te termines enojando con la otra persona. No me molesta porque s¨¦ que somos dos amigos inseparables. Te prometo que siempre ser¨¢s importante para m¨ª". Sent¨ª su respiraci¨®n acelerarse, y por un segundo pens¨¦ que iba a empezar a llorar, pero, conoci¨¦ndola, probablemente solo estaba emocionada. "?Amigos inseparables?" murmur¨® en voz baja, como si saboreara esas palabras con la misma intensidad con la que yo las hab¨ªa pronunciado. "Claro, adem¨¢s, en nuestro pacto dijimos que ¨ªbamos a ser mejores amigos por siempre, ?no es as¨ª?" "Tienes raz¨®n. Gracias, Luciano, eres la mejor persona que conoc¨ª en toda mi vida. Nunca te vayas a separar de m¨ª. Yo voy a intentar cambiar para que nos llevemos mejor". Ella me devolvi¨® una sonrisa peque?a pero sincera antes de volar de nuevo, como si esa breve charla le hubiera devuelto toda su energ¨ªa. Luego puso una bola de luz en el aire. Aya lleg¨® al santuario con un pescado entre las manos. "?Esto sirve, Luciano?". "?Qu¨¦ bueno! S¨ª, me recontra sirve, solo que... Bueno, tambi¨¦n necesitar¨ªa palos y piedras para hacer una fogata y cocinar el pescado". Mirella se acerc¨® velozmente hacia ella, salud¨¢ndola como si la hubiera aceptado como una amiga m¨¢s. Sus relaciones se basan en ser amigo o no serlo. Ella lanz¨® el pescado al suelo. "?Entendido!", dijo y sali¨® corriendo de nuevo, dejando algunas gotas de agua a su paso. Su agilidad era casi animal, pero su comportamiento y modales eran notablemente refinados. Era dif¨ªcil no notar su aire misterioso, casi intimidante, como un gato que se desliza en la penumbra, siempre alerta, alguien acostumbrado a moverse en las sombras. Sus cinco colas, claramente impactantes, acentuaban esa imagen, como si representaran la dualidad entre la bestia y la mujer. A los minutos volvi¨® y trajo todo lo necesario para encender el fuego. "?As¨ª est¨¢ bien?" Se qued¨® mir¨¢ndome con sus ojos anaranjados, esos mismos ojos que parec¨ªan penetrar cualquier fachada que intentara mantener. A veces ten¨ªa la sensaci¨®n de que ella pod¨ªa ver m¨¢s de lo que yo mostraba, y eso me daba un poco de miedo. "S¨ª, perfecto. Ahora acomodo esto por ac¨¢..." Mientras acomodaba las cosas, pens¨¦ en c¨®mo Aya hab¨ªa interactuado con nosotros hasta ahora. Aunque era amable y hospitalaria, hab¨ªa algo en su comportamiento que me dec¨ªa que no deb¨ªa bajar la guardia. Los felinos son as¨ª, ?no? Aceptan tu compa?¨ªa, te observan, incluso pueden mostrarte afecto, pero nunca dejan de ser lo que son: cazadores. Aya ten¨ªa ese mismo aire. A pesar de la suavidad en su voz y sus palabras, no pod¨ªa olvidar que ella, en su esencia, era una criatura que viv¨ªa en la oscuridad. A todo esto, esta era la primera vez que intentaba armar una fogata, pero ya se me hab¨ªa ocurrido una mejor forma. "Mirella, ?podr¨ªas usar un poco de magia para ayudarme?" "?S¨ª! ?Qu¨¦ tengo que hacer?" Pregunt¨® con entusiasmo mientras se pon¨ªa en el suelo, al lado de las ramas. "Quiero que concentres tu magia de luz en un punto peque?o, justo en el centro de las ramas". Mirella asinti¨®, concentr¨¢ndose. Peque?as part¨ªculas luminosas comenzaron a brillar alrededor de sus manos mientras canalizaba su energ¨ªa hacia el centro de la fogata improvisada. Un momento despu¨¦s, un haz de luz suave empez¨® a calentar las ramas secas, hasta que, finalmente, un peque?o fuego chispe¨® desde dentro de ellas. "?Lo hice!" exclam¨® con una sonrisa radiante, levant¨¢ndose en el aire de un salto. "?Pude encender el fuego, como tu pap¨¢!" "Gracias, Mirella. Esto hace que cocinar sea mucho m¨¢s f¨¢cil". Me recost¨¦ en el suelo admirando a Mirella y su magia; es la primera vez que veo de tan cerca c¨®mo funciona la magia de luz. En cuesti¨®n de segundos, una peque?a llama apareci¨®, creciendo lentamente mientras alimentaba el fuego. Mientras pinchaba el pescado con una rama, me sorprend¨ª pensando en lo mucho que la magia pod¨ªa facilitar la vida cotidiana. Hasta ahora, la hab¨ªan usado mayormente para defenderme o proteger a otros, pero¡­ ?Qu¨¦ tal si empezara a explorar otras utilidades? Quiero decir, si Mirella puede encender un fuego con magia, ?no podr¨ªamos utilizar nuestras habilidades para simplificar a¨²n m¨¢s nuestras tareas diarias? La supervivencia en este mundo ser¨ªa mucho m¨¢s sencilla si pudi¨¦ramos aprovechar al m¨¢ximo lo que tenemos a nuestro alcance. Aunque claro, debo crecer m¨¢s para que no sospechen. Aya se qued¨® mirando con la boca abierta y con los ojos ensanchados. Espero que no se pregunte por qu¨¦ s¨¦ tantas cosas. Se levant¨® y sali¨® corriendo de nuevo, como si fuese a buscar algo. "Gracias, Mirella, ahora ya sab¨¦s que podemos hacer fuego con magia, simplemente hay que concentrar la luz en un punto y esperar a que encienda". "Entonces s¨ª sirvo para algo, ?verdad?" Su tono era algo sombr¨ªo, o tal vez eso solo era mi imaginaci¨®n. "No se trata de ser ¨²til o no, sino de dar lo mejor de ti para ayudar a tus amigos". This story originates from Royal Road. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there.La frase era un poco infantil, pero as¨ª podr¨ªa llegar a entenderlo mejor. Se qued¨® en el suelo abrazando mi cintura, sin decir nada. Era curioso c¨®mo, a pesar de su incre¨ªble habilidad, a¨²n buscaba validaci¨®n. Tal vez esa era otra de las consecuencias de estar tan atada a m¨ª. El pescado se terminaba de cocinar cuando Aya volvi¨® al santuario con otro pescado y una rama en la mano. "?Yo tambi¨¦n voy a probar!" Grit¨® mientras corr¨ªa hacia nosotros, sent¨¢ndose frente a la fogata. "Pero realmente no te hace falta comer, ?cierto?" Mirella dijo que a ella no le hac¨ªa falta comer, as¨ª que pens¨¦ que era una regla com¨²n la de que los seres m¨¢gicos no necesitan alimentarse. "Bueno, es que... ?Por qu¨¦ no probar algo nuevo?" Ella pinch¨® el suyo y comenz¨® a cocinarlo. Mirella, ahora con un semblante diferente, camin¨® hasta ponerse entre la fogata y mis piernas. "?Y-Yo tambi¨¦n puedo comer, Luciano? Por favor". "Claro, te voy a convidar parte del m¨ªo. Puedes morder del otro lado si quieres". Le di un mordisc¨®n al m¨ªo, para luego acercarle el otro extremo a ella. Se notaba su cara de disgusto al masticarlo. "Parece que no te gusta". Por m¨¢s que no le haga falta comer, tal vez al ser un hada ella sea herb¨ªvora o algo as¨ª. Mientras Mirella se apartaba ligeramente, escupiendo un trozo del pescado hacia el suelo y haciendo una mueca de asco, no pude evitar re¨ªr un poco. "Sab¨ªa que no te iba a gustar", le dije entre risas. Bueno, tampoco le pod¨ªa decir que yo odiaba el pescado y que solo lo com¨ªa porque no ten¨ªa nada m¨¢s. De hecho, la ¨²nica carne que me ha gustado hasta ahora fue la carne del oso. "Es... cierto. ?Pero eso no significa que no pueda comer contigo otra cosa!" Protest¨®, sacudiendo sus peque?as manos como si quisiera deshacerse del sabor amargo que quedaba en su boca. Aun as¨ª, se las arregl¨® para sonre¨ªrme, quiz¨¢s m¨¢s por amabilidad que otra cosa. Del otro lado de la fogata, Aya ya estaba comiendo. A simple vista parec¨ªa que estaba un poco crudo, pero se ve que le gustaba mucho. "Se?ora Aya, creo que ya debemos irnos". Sinceramente, lo que m¨¢s me instaba a irme era el humo de la fogata en este lugar cerrado. ?C¨®mo iba a apagarla? ?Pisote¨¢ndola? "Solo dime Aya, ?s¨ª? Tr¨¢tame como a una amiga. La verdad es que pens¨¦ que ibas a quedarte para seguir aprendiendo..." "Bueno, es que mis padres me deben estar buscando desesperadamente". "?Quieres que vaya volando y le diga lo que estamos haciendo?" Pregunt¨® Mirella. Me rasqu¨¦ la cabeza antes de hablar. ?Realmente era una buena idea aprender sobre la magia antes de volver a casa? No iba a tener la oportunidad de tener a alguien que me gu¨ªe o me escuche de la manera que lo hace Aya. ?Y si vuelvo ahora, qu¨¦ dir¨¢n mis padres? Claramente no van a dejarme volver con Aya, van a castigarme... "Tal vez sea una opci¨®n volver una vez que termine de aprender sobre mi magia. Aunque no creo que me vuelvan a dejar salir despu¨¦s de esto". Luego la mir¨¦ a Mirella. "Mirella, intent¨¢ no decirlo de una manera tan dram¨¢tica, no quiero que haya malentendidos. Simplemente diles que volver¨¦ con nuevo conocimiento; intenta poner una voz que sea... dulce. Que suene tierno. Conf¨ªo en ti". "Est¨¢ bien. ?Te aseguro que lograr¨¦ convencerlos!" Inmediatamente sali¨® volando mientras nos dejaba otra bola de luz a nosotros. Aya me miraba mientras dejaba a un lado su comida, el pescado todav¨ªa a medio terminar. Luego se acomod¨® un poco en el suelo y dej¨® ver un poco m¨¢s sus piernas al echarse el yukata hacia atr¨¢s. ?Era un movimiento deliberado? No creo, su cara no expresa esas intenciones. ?Qui¨¦n era yo ahora, el gran conocedor de expresiones? "Aya, ?vos sos un zorro m¨ªstico?" No... ?Qu¨¦ carajos acabo de decir? ?Me hab¨ªa preocupado tanto por seguir fingiendo ser un ni?o y ahora digo esta tonter¨ªa! Aya me mir¨® fijamente, ladeando un poco la cabeza hacia su izquierda. "?No me digas que ya viste a uno antes!" Grit¨®, inclin¨¢ndose desde sus rodillas y acercando su cabeza por encima de la fogata. Su... llam¨¦mosle yukata, casi parec¨ªa estar a punto de arder al sobrevolar las llamas. Realmente no s¨¦ por qu¨¦ lo dije, tal vez intentaba hacerme el inteligente. Ella era una figura que ya hab¨ªa visto antes en los animes y as¨ª los llamaban. "No, eres el primer zorro m¨ªstico que veo, fue solo intuici¨®n", re¨ª tontamente. Me encanta ver sus ojos anaranjados bien abiertos al sorprenderse; es mi color favorito. Pareci¨® tranquilizarse un poco al escuchar mis palabras y se devolvi¨® a su posici¨®n inicial, esta vez cubri¨¦ndose un poco m¨¢s las piernas. "Bueno, s¨ª. Soy un zorro m¨ªstico y tengo cinco colas, pero no me gusta hablar mucho de eso. ?Mejor hablemos de la comida! Me gust¨® mucho probar algo de comer, es la primera vez que lo hago". ?Sabe contar? Parecer¨¢ una tonter¨ªa, pero creo que nunca hab¨ªa escuchado a alguien decir un n¨²mero. "Me alegro, a m¨ª no me gusta mucho el pescado, pero es de lo que m¨¢s comemos y se podr¨ªa decir que ya me acostumbr¨¦ a su sabor. ?Crees que hoy pueda seguir probando usar mi magia?" Ella se levant¨® y se sacudi¨® la ropa antes de hablar. "S¨ª, tengo que seguir ense?¨¢ndote a usar tu magia, as¨ª puedes volver lo m¨¢s pronto posible con tu... tu familia". Fue bajando la voz al terminar de hablar. Prefer¨ª no preguntarle nada. Tal vez su pasado familiar no sea bueno. Los dos nos fuimos hacia la misma pared en la que hab¨ªamos practicado ayer. Todav¨ªa segu¨ªan las dos marcas de mis manos hundidas contra la roca. Al cabo de un rato de pr¨¢ctica, esta vez logr¨¦ hundir la piedra, solo que d¨¢ndole algo de forma. Hice c¨ªrculos y cuadrados hasta agotar mis part¨ªculas. "?Mejor¨¦?" "Claro que s¨ª. El siguiente paso es usar la magia sin cerrar los ojos". "S¨ª, solo que as¨ª mi imaginaci¨®n fluye mejor". "?Quieres ir al agua y recargar algo de part-part...?" "Part¨ªculas". "S¨ª, eso. Part¨ªculas". "Est¨¢ bien, ya vuelvo". Mientras caminaba, la bola de luz que dej¨® Mirella me segu¨ªa constantemente. Se ve que queda programada para seguir a un objetivo. Puse los pies sobre el agua y esper¨¦ un ratito hasta que se traspasaran todas las posibles. Antes de irme vi llegar a Mirella a toda velocidad. "?Y? ?Qu¨¦ te dijeron?" Ella se qued¨® mir¨¢ndome por unos segundos. "Bueno, habl¨¦ con ellos y dijeron que..." (Hace aproximadamente una hora, desde la perspectiva de Mirella.) Estoy tan feliz... ?Luciano me encarg¨® hacer algo muy importante y dijo que conf¨ªa en m¨ª! Vol¨¦ lo m¨¢s r¨¢pido posible hasta llegar a la entrada de la cueva. No hab¨ªa nadie, as¨ª que esper¨¦ en la cima del tonto ¨¢rbol en el que siempre me quedaba a dormir antes. "?Tonta Aya, espero que no est¨¦s haci¨¦ndole algo malo a Luciano!" Grit¨¦, no pude evitarlo. Me cruc¨¦ de brazos mientras esperaba a la familia. ?Ah¨ª vienen! Me baj¨¦ del ¨¢rbol y me pos¨¦ sobre una roca, esperando a que ellos me vieran. "?Miren, es Mirella!" Grit¨® la mam¨¢ de Luciano y vino corriendo hacia m¨ª, arrodill¨¢ndose sobre la tierra. "??Sabes d¨®nde est¨¢ mi hijo?!" "?S¨ª! ¨¦l me envi¨® para dejarles un mensaje muy, muy, muy importante". El pap¨¢ de Luciano se puso al lado de la mam¨¢ de Luciano y dijo: "?En serio? Por favor, dile que lo hemos estado buscando todo el d¨ªa". Mientras tanto, la amable Samira y su tonta hermana escuchaban atentamente detr¨¢s de ellos. "Luciano dice que aprendi¨® a usar magia y tambi¨¦n dice que va a practicar mucho para volver con mucho conocimiento nuevo". Cerr¨¦ los ojos, esperando a que al abrirlos todos tuvieran una gran sonrisa. "??C¨®mo!? ?Qui¨¦n se cree que es? ?Dile que vuelva ya mismo!" Abr¨ª un ojo lentamente al escuchar la voz fuerte del pap¨¢ de Luciano. S¨ª lo dije lo m¨¢s dulce posible, ?c¨®mo es que se enoj¨®? Mientras tanto, Rundia se qued¨® mir¨¢ndome, sin palabras. "??Qu¨¦ est¨¢s diciendo?! ?Luciano se est¨¢ esforzando mucho para aprender a usar su magia! Luciano est¨¢ con Aya... ?Ella lo est¨¢ cuidando! Y no est¨¢ haciendo nada peligroso, solo est¨¢ practicando para ser m¨¢s fuerte. ?De verdad quiere aprender a protegerlos a todos!" "?Magia? Luciano es solo un ni?o. ?No deber¨ªas dejar que haga cosas tan peligrosas! ?Dime ya d¨®nde est¨¢, as¨ª voy a darle una lecci¨®n!" En ese momento, me di cuenta de que probablemente deber¨ªa haber suavizado a¨²n m¨¢s el mensaje. Y mi intento de presentarlo de forma "dulce" solo hab¨ªa generado m¨¢s preocupaciones. No sab¨ªa qu¨¦ m¨¢s decir para calmarlos y ya me estaba empezando a enojar. "T-T¨² no tienes idea de nada de lo que Luciano puede hacer". De reojo pude ver a la tonta Suminia irse dentro de la cueva mientras yo discut¨ªa con el padre de Luciano. "?Ser¨¢s insolente!" Grit¨®, queri¨¦ndome agarrar con su mano, pero la madre de Luciano lo fren¨® agarr¨¢ndole el brazo. "Amor, por favor, d¨¦jala hablar. La culpa no es de Mirella, sino de nuestro hijo". Luego me mir¨® a m¨ª y me dijo: "Mirella, por favor, dile que vuelva a su hogar, que lo estaremos esperando. Y si no entra en raz¨®n, solo te pido que lo protejas". "?No voy a dejar que se salga con la suya!" Volvi¨® a gritar Rin, esta vez yendo hacia el interior de la cueva mientras hac¨ªa resonar fuertemente sus pasos, pero antes de desaparecer por completo, se detuvo y, sin girarse, murmur¨® con un tono de advertencia: "M¨¢s te vale que vuelva sano y salvo, Mirella... Si le pasa algo a mi hijo..." Me mord¨ª el labio, aguantando las ganas de responderle con alg¨²n comentario sarc¨¢stico, pero sab¨ªa que eso solo empeorar¨ªa las cosas. ¨¦l no entend¨ªa. Rin no ten¨ªa ni idea de lo que Luciano realmente era capaz. "Luciano ha estado diferente desde hace un tiempo, m¨¢s maduro..." Susurr¨®, pero pude escucharlo a la perfecci¨®n. "Por cierto, ?qui¨¦n es Aya?" "Ella es una nueva amiga y le ense?a sobre la magia a Luciano. Y s¨ª, prometo protegerlo y tambi¨¦n les prometo que volveremos dentro de poco". "La magia... Todav¨ªa no puedo entender esas cosas... ¨¦l es solo un ni?o, mi ni?o..." "?Luciano puede manejarlo!" Dije, cruz¨¢ndome de brazos. "Estar¨¢ bien, lo prometo". Sent¨ªa el peso de esa promesa en mi pecho, pero sab¨ªa que deb¨ªa mantenerme firme. Luciano estaba en un momento crucial, y la ¨²ltima cosa que necesitaba era que alguien lo detuviera. Para no causar m¨¢s inconvenientes y que a Luciano no le gustara c¨®mo hice las cosas, decid¨ª volver al santuario y me fui volando mientras saludaba a Samira con la mano. No me fue tan bien, pero bueno... ?S¨¦ que Luciano me entender¨¢, como siempre! Siempre estar¨¦ del lado de Luciano. "... y eso fue todo". Lo cont¨® con lujo de detalles, como si realmente fuera algo realmente importante para ella. "Ah, ya veo. Definitivamente fue como lo imagin¨¦, pero estoy decidido a terminar de aprender magia y luego volver con ellos. Gracias por todo, Mirella". Extend¨ª la palma de mi mano derecha para que se posara sobre ella. Ten¨ªa que consentirla un poquito. "?Y t¨² qu¨¦ est¨¢s haciendo ahora? ?No deber¨ªas estar dentro del santuario practicando magia? ?No me hagas quedar mal!" Se sent¨® sobre mi mano con las piernas cruzadas mientras me miraba con solo un ojo abierto. "Vine a recargar part¨ªculas para seguir probando mi magia". Ella inmediatamente salt¨® de mi mano y se tir¨® contra el agua m¨¢gica. "Yo tambi¨¦n necesito recargarlas, ?sabes? Y-Yo tambi¨¦n voy a intentar mejorar mi magia". "?Mejorar tu magia?" "Eh... S¨ª, voy a mejorar mi magia". "?Y c¨®mo se mejora la magia?" "?Ay, ya! ?Deja de hacer tantas preguntas!" Dej¨¦ escapar un suspiro mientras Mirella segu¨ªa jugando con el agua m¨¢gica. Su risa, aunque infantil y despreocupada, me llenaba de tranquilidad. Sobre lo que dijeron mis padres... Mi mente no es la de un simple ni?o; soy alguien con conocimientos y recuerdos de otra vida. A veces me pregunto si alguna vez podr¨¦ explic¨¢rselo a ellos, si alg¨²n d¨ªa entender¨¢n que no soy el Luciano que creen conocer. Ahora que lo pienso detenidamente, es como si yo hubiera usurpado el cuerpo de otra persona justo al momento de nacer. Si lo pienso de esa manera, suena aterrador. Es mejor no darle muchas vueltas a eso. No s¨¦ el porqu¨¦, pero me siento realmente a gusto viviendo ac¨¢. No por la forma del lugar, sino por la compa?¨ªa. Estar solo junto a Aya y Mirella me hace sentir calmado y alegre a la vez. Debe ser porque ahora s¨ª estoy viviendo la vida de fantas¨ªa que me imagin¨¦ al llegar aqu¨ª. Una vida completamente diferente, tal vez llena de problemas, pero al final del d¨ªa soy feliz y le agradezco a Sariah por darme esta oportunidad. Es emocionante vivir todos los d¨ªas aprendiendo algo nuevo y pensar en otras mil cosas nuevas por hacer. Finalmente volvimos al pseudo santuario. "Aya, ya estoy listo, sigamos". "?Aya, yo tambi¨¦n! Quiero mejorar mi magia para ser m¨¢s fuerte". "Est¨¢ bien, Luciano seguir¨¢ practicando lo que ya le ense?¨¦ y t¨² vendr¨¢s conmigo". Aya se puso a construir barreras m¨¢gicas para que Mirella las rompiera con su luz. Al menos supongo que son barreras, ya que son como paredes trasl¨²cidas de color verde. Mientras tanto, mis pruebas segu¨ªan igual y ya estaba llenando la pared de figuras geom¨¦tricas de distintos lados. Luego prob¨¦ a escribir letras usando solo un dedo, y de hecho me salieron bastante bien. Ahora en la pared dec¨ªa ''Mirella y Luciano, mejores amigos''. Antes de que vieran las letras, las superpuse con m¨¢s magia. Si llegasen a descubrir que hago cosas raras, no sabr¨ªa qu¨¦ responderles. Tambi¨¦n tengo que ense?arles a escribir y leer, supongo¡­ Y as¨ª fueron pasando nuestros d¨ªas de pr¨¢ctica en este nuevo lugar en el que casi no ten¨ªa noci¨®n del tiempo, porque hab¨ªa d¨ªas en los que no sal¨ªa fuera para no tener que encontrarme con mi familia, y tambi¨¦n porque me tardaba mucho en subir y bajar toda la cueva, lo que me cansaba mucho el cuerpo. "Aya, ?estos dibujos en la pared para qu¨¦ son?" "Bueno, yo los hice para contar la historia de c¨®mo el rey demonio trajo el mal a estas tierras hace mucho tiempo y encerr¨® el alma de tres criaturas m¨¢gicas". "?Encerrar? ?Rey demonio?" ?Tendr¨¢ algo que ver con las piedras m¨¢gicas? As¨ª es como surgi¨® Mirella. De hecho, hay varias en este lugar. "No s¨¦ qui¨¦nes eran o por qu¨¦ los encerr¨®, pero s¨ª s¨¦ que el rey demonio existi¨®. Yo lo vi con mis propios ojos". "?Est¨¢s segura? ?Hace cu¨¢nto?" "Claro que estoy segura, solo que fue hace mucho tiempo". Me qued¨¦ pensando, mirando los dibujos mal hechos en las paredes. No me creo eso del rey demonio, es que ser¨ªa medio raro. Parece tener cuernos, as¨ª que yo apostar¨ªa a que es una especie de minotauro o algo as¨ª. "?Nos dejar¨ªas mejorar tu dibujo? Creo que podr¨ªa decirle a Mirella que..." "?No! ?No los toquen!" Grit¨®, cortando mis palabras de inmediato. Apoy¨® su espalda contra la pared y estir¨® los brazos. Su respiraci¨®n era agitada. Mirella, que estaba encendiendo la fogata, vino volando al escuchar los gritos. "Luciano, ?est¨¢ todo bien?" "S¨ª, solo fue un malentendido entre nosotros, pero no pas¨® nada. Tranquila", dije, intentando que la situaci¨®n no terminara en un problema. Lo dej¨¦ ah¨ª y me retir¨¦ a seguir practicando mi magia. Mientras tanto, ellas dos se quedaron mirando sin decirse nada. La voracidad de Aya para defender lo suyo me sorprendi¨®, no por el hecho, sino por la manera en que lo hizo. Me hizo pensar que detr¨¢s de esos dibujos hay algo m¨¢s, algo que no me est¨¢ contando. Aunque no pude evitar una peque?a sonrisa al verla tan aferrada a su versi¨®n de la historia, como si fuese sagrada. Claro, lo del santuario deb¨ªa tener un significado, tal vez no por el mism¨ªsimo rey demonio, sino tal vez por ser una forma de ir contra ¨¦l. Digo, no la veo venerando a alguien malvado, m¨¢s la veo como alguien intentando contar su propia versi¨®n de la historia. Al final, este mundo es tan desconocido para m¨ª como para cualquier otro. A pesar de tener todos mis recuerdos y conocimientos, hay demasiadas inc¨®gnitas que no puedo resolver solo con l¨®gica. Me puse a dejar bien liso el suelo, ya que lo ¨²nico que sab¨ªa hacer hasta ahora era hundir las cosas. Lo bueno es que ya aprend¨ª a usar mi poder sin tener que cerrar los ojos. A los minutos, Aya se me acerc¨®, ahora pareciendo un poco m¨¢s tranquila. "Luciano, lo siento por gritarte, es que este santuario es algo sagrado para m¨ª y me asust¨¦ al pensar que podr¨ªas arruinar mi historia", dijo, inclinando su cuerpo hacia delante como disculpa. "No, est¨¢ bien, Aya. No tocaremos esa parte. No te molesta que arregle el suelo, ?no?" Es cierto, me hab¨ªa puesto a toquetear el santuario sin pedirle permiso. "No. De hecho, me gusta mucho que te preocupes por dejar m¨¢s lindo el lugar". "Aya, ?qu¨¦ har¨¢s si logramos liberar esas criaturas m¨¢gicas?", le pregunt¨¦ sin apartar la vista de la pared, como si fuera un comentario casual, algo para cambiar de tema. Pero en realidad, ten¨ªa curiosidad por saber m¨¢s de lo que ella pensaba sobre ese pasado que tanto protege. "No lo s¨¦, Luciano. Fue hace tanto tiempo que ni siquiera s¨¦ si sigue siendo posible. Pero si alguna vez llegamos a liberar esas criaturas... ser¨ªa algo bueno". "?No conoces a ninguna de esas criaturas m¨¢gicas?" "No". "?Y crees que el rey demonio es malo? Digo, tal vez las criaturas encerradas eran malas". "Luciano, no me preguntes eso", respondi¨®, algo cortante. "Pero es importante saberlo, ?no crees? Si realmente queremos entender lo que sucedi¨®, tenemos que cuestionar todas las partes de la historia, no solo una". Si el supuesto rey demonio hab¨ªa encerrado a esas criaturas, tal vez ten¨ªa una raz¨®n v¨¢lida. ?Y si estaban causando alg¨²n da?o y ¨¦l estaba protegiendo a la gente? Mientras tanto, yo segu¨ªa alisando el suelo, de vez en cuando mir¨¢ndola de reojo. Aya me mir¨® con los ojos entrecerrados. "El rey demonio trajo caos a esta tierra. No hay m¨¢s que discutir". "?Crees que podr¨ªas contarnos a Mirella y a m¨ª m¨¢s sobre el rey demonio? Quiero saber qu¨¦ pas¨® en ese momento". "Pero yo no lo s¨¦ todo, algunas cosas las he escuchado... por ah¨ª". Se acomod¨® hacia el costado el pelo que ca¨ªa sobre su frente. "No importa, solo quiero aprender". "Entonces vayamos a hablar al lado de la fogata mientras comes. Mirella ya la encendi¨®". Se?al¨® detr¨¢s de m¨ª. Lo cierto era que el humo ya se empezaba a sentir en el ambiente. Creo que me va a terminar quitando a?os de vida. Cap铆tulo 11: Atrapados bajo sus alas. Cocin¨¦ un pescado mientras la dejamos hablar, Mirella se sent¨® a mi lado y Aya estaba al frente. "Bien, el rey demonio era un ser muy malvado que habitaba bastante lejos de aqu¨ª, pero resulta que algunos seres m¨¢gicos enojados quisieron acabar con ¨¦l. Sin embargo, todo termin¨® mal y encerr¨® sus almas por alg¨²n lugar de estas tierras. Esto es en principio lo que escuch¨¦ de las personas que ven¨ªan desde lejos escapando del acecho del rey demonio, pero yo les juro que una vez lo vi merodeando por entre los ¨¢rboles. Ten¨ªa unas cosas alargadas en la cabeza y su cara era muy fea. Daba miedo. Con respecto a qu¨¦ le sucedi¨®... Yo no lo s¨¦ con certeza, solo escucho lo que susurra el bosque, y o¨ª dos versiones. Una es que muri¨® y la otra es que se sumergi¨® en las llamas eternas y all¨ª se esconde". "?Las llamas eternas?" Pregunt¨® Mirella. "Si, es un fuego que no desaparece y se esparce como el agua", respondi¨® Aya. Parec¨ªa un acertijo, yo dir¨ªa que es lava. Aya tom¨® una pausa, su mirada se perdi¨® en las llamas de la fogata antes de hablar. "Estas llamas eternas est¨¢n en un lugar muy lejos que pocos conocen y aun menos se atreven a visitar. Se dice que son una trampa creada por el mismo rey demonio, donde qued¨® atrapado al intentar usar su poder para controlarlas. Algunos creen que su esp¨ªritu sigue all¨ª, alimentando el fuego con su maldad. Pero no hay certeza, y muchos prefieren no averiguar la verdad". ?Tanto misterio para decir que el minotauro estaba en un volc¨¢n? "?Entonces vayamos a las llamas eternas!" Exclam¨® Mirella, muy ilusionada. "Incre¨ªble, Aya, eres tan valiente que hasta lograste ver al min... ?Al rey demonio! Te felicito y te doy las gracias por dejar estos dibujos aqu¨ª, tal vez en un futuro le sirva a alguien para que la lucha de esos seres m¨¢gicos no quede en el olvido". M¨¢s all¨¢ de la iron¨ªa, es interesante ver que alguien haya comenzado a hacer pictograf¨ªas en las paredes. ?Ser¨¢ que los seres m¨¢gicos tienen mayor capacidad intelectual al ser creados por Sariah? Aunque no es que se note mucho en Mirella... Es una bromita. Me hizo una sonrisa mientras mov¨ªa sus orejas y luego le respondi¨® a Mirella. "No es tan simple, Mirella. Las llamas eternas son extremadamente peligrosas y hay muchos obst¨¢culos en el camino. Adem¨¢s, si el rey demonio realmente est¨¢ all¨ª, enfrentarlo podr¨ªa ser mortal. Podr¨ªamos quedar encerrados nosotros". Mi pescado ya estaba cocinado y me puse a comer mientras las escuchaba hablar. "?Oh! ?Pero yo quer¨ªa conocer las llamas eternas!" "No, Mirella. Eso no se puede". "?T¨² ya las has visto?" "No, nunca quise acercarme ah¨ª. Adem¨¢s, me dijeron que est¨¢n muy lejos de aqu¨ª". "?Pero yo puedo ir volando!" "?Entonces vas a dejar a Luciano solo?" "?Claro que no! Solo... bromeaba". Ya con el pescado a la mitad, intervine en la conversaci¨®n. "S¨ª Mirella, en alg¨²n momento vamos a ir ?Quer¨¦s que te lleve?" "?S¨ª! ?Eres el mejor!" Aya suspir¨® y asinti¨®. "Pero Luciano, debemos estar preparados porque esto no es algo que podamos hacer impulsivamente. Necesitamos m¨¢s informaci¨®n y entrenamiento. Debemos ser cuidadosos y asegurarnos de tener un plan". Le hice un gui?o a Aya, aunque no s¨¦ si entendi¨® el gesto. Solo estaba intentando hacer que Mirella se pusiera feliz. Aya me mir¨® sorprendida, abriendo los ojos a¨²n m¨¢s. "?Est¨¢s loco, Luciano? Es un lugar extremadamente peligroso. No sabes lo que podr¨ªas encontrar all¨ª". "Pero si logramos encontrar alguna pista sobre ese rey demonio, podr¨ªamos evitar que otros seres malvados sigan sus pasos. Adem¨¢s, tengo a Mirella y a ti para ayudarme". Ella juguete¨® con su cabello mirando hacia otro lado. Sus colas se mov¨ªan de un lado a otro, casi como limpiando el piso. "B-Bueno... ya veremos entonces, ?pero primero debes ser m¨¢s adulto!" Estar¨ªa bueno ir, obvio. Sin embargo, ella tiene raz¨®n con lo que dice, al menos tiene sentido com¨²n como para cuidar a sus compa?eros de futuros peligros. Hasta dir¨ªa que a veces act¨²a como una madre. Quiero que Aya se convierta en mi nueva amiga, mi compa?era. S¨¦ que tiene un gran potencial para guiar a un grupo y eso me gusta. Aunque debo decir que hay otras cosas que me gustan de ella... "Entonces iremos en un futuro". Sin decir nada, se levant¨® y se fue a dormir a la esquina de siempre. Nosotros hicimos lo mismo con Mirella del lado contrario, luego de que ella me dijera las mil y una formas de ir a las llamas eternas. Al d¨ªa siguiente por fin pude notar un cambio en mi uso de la magia. "?Mira, Aya! Pude crear algo en vez de solo poder hundirlo", dije, mostr¨¢ndole que hab¨ªa quitado un trozo de piedra de la pared con forma de c¨ªrculo. "?Incre¨ªble! Entonces s¨ª es posible que transformes las cosas a tu gusto. ?Sab¨ªa que pod¨ªas hacerlo!" La impresion¨¦ m¨¢s cuando tom¨¦ el c¨ªrculo con las dos manos y lo transform¨¦ en una varilla peque?a. Para usar mi magia deb¨ªa concentrarme bien y pensar en qu¨¦ hacer. Una vez que le agarr¨¦ el gusto ya me sal¨ªan muy bien las cosas. Mirella se acerc¨® r¨¢pidamente. "?Wow! ?Qu¨¦ es eso? Se parece a una na?a, me encanta. ?Eres genial, Luciano!" Vol¨® cerca de mis manos mirando el objeto desde todos los ¨¢ngulos posibles. Sus movimientos eran algo exagerados, pero ella demostraba su curiosidad de esa manera. "?Te gusta? Te lo regalo... No, mejor esperame un segundo". Divid¨ª la peque?a varilla en tres partes e hice 3 anillos de piedra de diferentes tama?os. "Miren, esto es un regalo para ustedes, para que se vean m¨¢s bonitas. Estiren su mano". Ellas se quedaron mirando sorprendidas, casi sin poder entender para qu¨¦ serv¨ªa lo que hice, pero, aun as¨ª, me hicieron caso. "?Un... anillo?" Dijo Mirella. "A-A-Ani..." Volvi¨® a trabarse Aya. "Anillo. Lo acabo de inventar y mientras lo tengan puesto en uno de sus dedos significa que seguimos siendo amigos". Mirella, no pudo contener su emoci¨®n y comenz¨® a dar peque?os giros en el aire, agitando sus diminutas alas. "?Oh, qu¨¦ emoci¨®n! ?Yo tambi¨¦n quiero el m¨ªo! ?Luciano, d¨¢melo, d¨¢melo!" Sus manos se alzaban hacia m¨ª, esperando impacientemente. Le puse el anillo en el dedo ¨ªndice su mano derecha y su sonrisa era tan radiante como su magia de luz. Claramente no se lo iba a poner en el dedo anular, por m¨¢s que ellas no supieran el significado. Aya extendi¨® la mano izquierda luego, con cierta cautela, como si no supiera qu¨¦ esperar de m¨ª. Sus dedos largos y delicados parec¨ªan dudar por un segundo. Era gracioso c¨®mo, a pesar de su experiencia y sabidur¨ªa, todav¨ªa conservaba algo de esa inocencia, o tal vez simplemente no se fiaba de los gestos que yo sol¨ªa hacer. "Luciano, ?esto... es para m¨ª?" Pregunt¨® en voz baja, casi como si no quisiera que Mirella escuchara, pero igual lo hizo. "Claro que s¨ª, Aya. Es un peque?o detalle, nada m¨¢s", respond¨ª, tomando su mano para deslizarle el anillo que hab¨ªa hecho. El anillo encajaba perfectamente en su dedo. Me qued¨¦ mir¨¢ndolo un segundo m¨¢s de lo necesario, como si quisiera ver su reacci¨®n, pero tambi¨¦n, porque hab¨ªa algo reconfortante en ver el fruto de mi magia transformado en algo tan tangible. Aya, con su nuevo anillo en el dedo, miraba fijamente el objeto como si tratara de descifrar el prop¨®sito oculto detr¨¢s de ¨¦l. Sab¨ªa que a veces pod¨ªa ser dif¨ªcil para ella entender por completo mis intenciones. Sus colas, que normalmente se mov¨ªan de manera relajada, ahora parec¨ªan congeladas, como si algo en su mente estuviera trabajando en silencio, intentando comprender. Tambi¨¦n lo oli¨®, pero nada m¨¢s que eso. Luego me puse el ¨²ltimo anillo en el anular de mi mano derecha. ?Por qu¨¦ lo hice? Ni siquiera yo lo s¨¦, fue una reacci¨®n instintiva, tal vez "?Me encanta el anillo! ?Soy la mejor amiga de Luciano!" Grit¨® Mirella, mir¨¢ndolo de arriba a abajo. Aya sonri¨® t¨ªmidamente mientras observaba el anillo en su dedo. "Es un gesto muy bonito, Luciano. Gracias". Mirella, entusiasmada, mov¨ªa las manos para ver c¨®mo le quedaba el anillo de piedra. "?Es genial! ?Nunca hab¨ªa visto algo as¨ª! ?Puedo usarlo siempre? ?Te gusta c¨®mo me queda?" "Por supuesto, Mirella. Es tuyo ahora". "Es curioso c¨®mo has aprendido a usar tu magia tan r¨¢pido. ?Ser¨¢ que tienes un talento innato para esto? Les aseguro que seremos buenos amigos, Luciano y Mirella". Mirella se pos¨® sobre el hombro de Aya y la abraz¨® por su cuello. "Te quiero mucho, Aya". "Tal vez haya nacido con grandes poderes, solo espero poder mejorar y seguir estando con ustedes, aunque ahora que ya aprend¨ª a controlar mis poderes... ser¨¢n nuestros ¨²ltimos d¨ªas en este santuario". "Entiendo..." Dijo Aya, agachando la cabeza mientras acariciaba el anillo con su mano izquierda. "??Qu¨¦!? ?Acaso piensas abandonar a Aya?" "Mirella, no vamos a discutir sobre eso ahora..." Dej¨¦ una chispa de suspenso en el aire mientras me iba a recargar mis part¨ªculas m¨¢gicas. *** Dos d¨ªas pasaron r¨¢pidamente. Durante ese tiempo, segu¨ª practicando mis habilidades m¨¢gicas, intentando perfeccionarlas. Sab¨ªa que no pod¨ªamos quedarnos aqu¨ª para siempre, pero antes de irnos, quer¨ªa demostrar que realmente hab¨ªa aprendido a usar la magia. Reun¨ª a las chicas para mostrarle m¨¢s de mi magia. Creo que ya hab¨ªa desarrollado mis habilidades lo suficiente como para decir que realmente puedo usar magia. "Miren, ayer mientras estaba por dormir, pens¨¦ en m¨¢s cosas para crear", dije, intentando sonar con la emoci¨®n de un ni?o inocente. "Pero primero quer¨ªa saber si a Aya no le importaba que quitara algo de piedra de la pared". "No pasa nada, estoy interesada en saber qu¨¦ es lo que vas a hacer". "Gracias, Aya. Luego de lo del otro d¨ªa se me ocurrieron bastantes cosas". "Luciano, ?vas a hacerme otra cosa para que me vea m¨¢s bonita?" Los ojos de Mirella estaban mir¨¢ndome como dos estrellas, pero realmente no sab¨ªa qu¨¦ m¨¢s hacerle. "No te hacen falta m¨¢s cosas, porque ya eres la mujer m¨¢s bonita que he conocido". No fue solo una respuesta para hacerla feliz. Era la verdad. No por su apariencia f¨ªsica, sino por c¨®mo irradiaba esa luz que, en un mundo tan oscuro como este, era m¨¢s necesaria de lo que ella misma se daba cuenta. Mirella sonri¨® ampliamente, casi como si estuviera a punto de saltar en el aire de la felicidad. Pero m¨¢s all¨¢ de esa sonrisa, no pude evitar notar que Aya observaba la escena con una leve inclinaci¨®n de la cabeza, su mirada curiosa pero tranquila. Antes de hablar, Mirella me lanz¨® una mirada que a mi parecer fue algo coqueta. "Oh, Luciano, siempre sabes c¨®mo hacerme sentir especial". Luego se acomod¨® un poco el cabello mientras me miraba. Ya soy todo un gal¨¢n, ?eh? Aya, aclarando la garganta, dijo: "Bueno, ?qu¨¦ tienes planeado mostrar hoy con tu magia? Estoy intrigada". "Bueno, en realidad las cosas que voy a hacer ahora son para m¨ª, para facilitar las cosas del d¨ªa a d¨ªa". "?Oh! ?Por qu¨¦ solo para ti?" Intervino Mirella "Eso es porque esta vez solo pens¨¦ en m¨ª. Qu¨¦ ego¨ªsta soy, ?no?" "?S¨ª, eres un tonto!" "Tranquila, tranquila, ya voy a pensar en algo para hacerte". "Bueno..." Luego de ese ida y vuelta con Mirella, puse las manos contra la pared, cerr¨¦ los ojos y pens¨¦ en la forma de un plato. En realidad, no s¨¦ para qu¨¦ cerr¨¦ los ojos, pero eso lo hac¨ªa ver m¨¢s ¨¦pico. Lentamente pude ir hundiendo las manos en la piedra y saqu¨¦ un trozo que se parec¨ªa a un simple cuadrado, pero luego fui molde¨¢ndolo hasta formar un verdadero plato de piedra peque?o. "Miren, esto sirve para apoyar mi comida y no ensuciarme las manos", dije y se lo alcanc¨¦ a Aya, que se qued¨® observ¨¢ndolo junto a Mirella. Luego hice un cuchillo y un tenedor. "Esto es para pinchar la comida, un tenedor", dije, levantando la mano izquierda con la que sosten¨ªa el tenedor primitivo. "Y este es para cortar la comida, un cuchillo". "Incre¨ªble... En serio eres el mejor Luciano. No entend¨ª mucho, ?pero me encantan!" Aya parec¨ªa que practicaba algo en voz baja. "?Aya?" "?Tenedor y cuchillo!" Grit¨® fuertemente levantando su cabeza de manera brusca, su voz resonando por todo el santuario en un eco. Solt¨¦ una risita suave al escucharla. "Vaya, parece que te lo aprendiste a la primera. Qu¨¦ bueno". Luego, Aya me pidi¨® que le hiciera unos para ella. Mirella no se qued¨® atr¨¢s y tambi¨¦n me los pidi¨®, pero como deb¨ªan ser de un tama?o tan peque?os, no me salieron. "?Tonto Luciano! ?Tonto!" Se fue volando hacia la esquina donde siempre dorm¨ªamos. "?Ma?ana nos vamos, as¨ª que si te port¨¢s mal te dej¨® ac¨¢!" Me qued¨¦ con Aya hablando mientras com¨ªamos usando nuestras nuevas cosas. solo que no pude evitar ponerme a observar a Mirella, que desde la esquina me lanzaba miradas fulminantes mientras jugaba con el anillo en su mano. Su actitud era mitad berrinche, mitad algo m¨¢s que no lograba descifrar del todo. Era incre¨ªble c¨®mo pasaba de estar completamente feliz a enojarse en un segundo, solo porque no le hab¨ªa podido hacer un cuchillo y un tenedor a su medida. A veces parec¨ªa que quer¨ªa todo de inmediato, como una ni?a malcriada, pero¡­ ?acaso no era eso parte de su encanto? Aya, por su parte, observaba en silencio, con esa calma serena que siempre mostraba, casi imperturbable. Aunque hab¨ªa algo en su mirada, como si intentara comprender algo que no llegaba a decir en voz alta. La forma en que sosten¨ªa el plato de piedra que tambi¨¦n le hab¨ªa hecho, sus dedos desliz¨¢ndose suavemente por los bordes, me daba la impresi¨®n de que estaba m¨¢s sorprendida de lo que mostraba. Tal vez ella tambi¨¦n estaba intentando adaptarse a esta nueva vida, a este grupo tan peculiar que hab¨ªamos formado. "Aya, ma?ana ya nos vamos con Mirella. Gracias por haberme ayudado a usar mi magia y haberle hecho mejorar la magia a Mirella. Ella tambi¨¦n te lo agradece". "Luciano, eres tan dulce... Es una l¨¢stima que debamos separarnos tan pronto. ?Seremos buenos amigos mientras llevemos esto puesto?" Se?al¨® su anillo. "Claro, si mis padres me vuelven a dejar salir, te prometo que vamos a visitarte seguido y... ?me seguir¨¢s ense?ando m¨¢s sobre la magia!" Al final no le dije sobre las piedras con part¨ªculas que hay en este santuario... Despu¨¦s de c¨®mo reaccion¨® al querer tocarle sus dibujos en la pared, es mejor hablarlo la pr¨®xima vez o cuando entremos un poco m¨¢s en confianza. *** Reci¨¦n nos hab¨ªamos levantado y Mirella me recibi¨® con un par de na?as para desayunar. Pasamos un rato charlando hasta que lleg¨® el momento de irse. "?Adi¨®s, Aya! Te quiero mucho", dijo Mirella, saludando a Aya mientras me segu¨ªa junto a su bola de luz. Al pasar por la estrecha salida que conectaba el santuario con la cueva, me di la vuelta para saludarla con la mano, regal¨¢ndole una gran sonrisa. Mirella me iba tirando el agua del suelo para que vaya recargando mis part¨ªculas. Ayer me hab¨ªa olvidado.
"Luciano, espero que te vuelvan a dejar salir", dijo Mirella mientras sub¨ªamos la cueva. Hab¨ªa un atisbo de preocupaci¨®n en su tono. A ella no le gustaba nada la ¨¦poca en la que ten¨ªamos que salir a escondidas de vez en cuando y yo la hac¨ªa dormir sobre un ¨¢rbol. "Ya veremos..." Llevaba conmigo el plato y los cubiertos que hab¨ªa creado, listo para mostr¨¢rselo a mi familia. Esa iba a ser la primera impresi¨®n, algo que nos sirviera a todos. "Mirella, record¨¢ que dijiste que ibas a portarte mejor conmigo. Lo de los celos..." Mirella me mir¨® de reojo, sin responder de inmediato. Flotaba a mi lado con una expresi¨®n que no lograba descifrar del todo. Quiz¨¢s estaba pensando en c¨®mo responderme, o quiz¨¢s solo estaba irritada de nuevo por algo que ni siquiera hab¨ªa notado.This book''s true home is on another platform. Check it out there for the real experience. Finalmente, Mirella rompi¨® el silencio. "Est¨¢ bien... intentar¨¦ portarme mejor. Es solo que... no me prestas atenci¨®n". "Eso no es cierto". No contest¨® nada. Mientras segu¨ªamos nuestro camino hacia el exterior de la cueva, mi mente segu¨ªa dando vueltas. ?Qu¨¦ esperaba de m¨ª, exactamente? Sab¨ªa que nuestra relaci¨®n hab¨ªa cambiado desde el primer d¨ªa que la liber¨¦ de esa piedra, pero nunca me hab¨ªa detenido a pensar en las implicaciones. No solo era una compa?era de aventuras, tambi¨¦n era alguien que depend¨ªa de m¨ª de una manera que no entend¨ªa del todo. Ya fuera, la luz del sol que entraba por los ¨¢rboles me ceg¨® un poco, hac¨ªa rato que no sal¨ªa fuera. Con una mano haci¨¦ndome visera, me detuve un momento para admirar el paisaje que casi que hab¨ªa olvidado al estar encerrado dentro del santuario. Los ¨¢rboles se mec¨ªan suavemente con la brisa y todo era muy tranquilo ?Cu¨¢nto d¨ªas habr¨¦ estado? Yo creo que alrededor de un mes. "?Luciano, espera!" Se escuch¨® desde detr¨¢s nuestro, dentro de la cueva. Me di la vuelta y esboc¨¦ una sonrisa de satisfacci¨®n. Era obvio que no iba a quedarse de brazos cruzados habiendo encontrado a alguien tan extra?o como yo. Un humano que puede usar magia. "?Luciano! ?Mirella! Por favor, yo quiero... Yo..." Su respiraci¨®n era algo agitada. "?Yo quiero quedarme con ustedes y que sigamos aprendiendo cosas juntos!" Y as¨ª, tal y como lo hab¨ªa premeditado, se sum¨® un nuevo integrante a mi grupo. "?Est¨¢s segura de que quer¨¦s venir con nosotros?" Pregunt¨¦, tratando de darle una oportunidad para reconsiderar la situaci¨®n Aya asinti¨® vigorosamente, como si la duda no tuviera lugar en su mente. "Estoy segura, Luciano. He estado sola mucho tiempo, y desde que llegaron, me he dado cuenta de cu¨¢nto necesitaba compa?¨ªa. No quiero quedarme aqu¨ª encerrada nunca m¨¢s". "Est¨¢ bien. Aya, eres bienvenida a unirte a nosotros. Vamos, debo presentarte a mi familia". Un poco agitada, Aya se puso a caminar a nuestro lado. Con la situaci¨®n resuelta, emprendimos el camino hacia el bosque. El ambiente hab¨ªa cambiado. No era solo la brisa que nos acariciaba el rostro, ni el poco sol que calentaba nuestra piel; era algo m¨¢s profundo, algo en mi interior. Ten¨ªa la sensaci¨®n de que las cosas nunca volver¨ªan a ser las mismas despu¨¦s de la decisi¨®n que tom¨¦. Mirella, Aya y yo¡­ tres seres tan distintos, unidos por circunstancias extra?as, caminando juntos hacia lo desconocido. Bueno... en realidad solo ¨ªbamos a mi hogar. "Gracias por dejar quedarme con ustedes, siempre me hab¨ªa sentido muy sola y ahora creo que gracias a los dos puedo ver las cosas de una manera diferente". "?Eso es lo que hacen los amigos!" Exclam¨® Mirella, sent¨¢ndose sobre la cabeza de Aya. Ella rio tap¨¢ndose con la mano y cerrando los ojos. Tambi¨¦n mov¨ªa sus colas suavemente, con una sonrisa en el rostro. "Luciano, ?qu¨¦ es lo primero que vas a hacer cuando lleguemos?" Hab¨ªa algo de entusiasmo en su tono de voz. "Quiero mostrarles a todos mis nuevas habilidades. Creo que van a estar sorprendidos de ver lo que puedo hacer ahora". "?Y c¨®mo son tus padres?" "Ellos son amables, principalmente mam¨¢". "?Solo eso?" "Bueno, mam¨¢ es hermosa". Aya se detuvo en seco. "Hoy... el bosque est¨¢ raro... Escucho demasiado movimiento". "?La otra vez nos atac¨® un oso! Deber¨ªamos ir r¨¢pido", intervino Mirella, tomando la delantera. Cuando finalmente llegamos, not¨¦ algo extra?o. La cueva estaba en silencio, demasiado en silencio. No se escuchaban las risas y voces usuales de mi familia. Aunque es cierto, este es horario de salir a recolectar comida. Cuando llegu¨¦ a la entrada de la cueva, sent¨ª que definitivamente algo no estaba bien. "Ac¨¢ pas¨® algo raro", murmur¨¦, apurando el paso y dejando mis creaciones apoyadas fuera de la cueva. Aya se qued¨® asom¨¢ndose t¨ªmidamente desde la entrada de la cueva, Mirella me sigui¨® para ver si estaba todo bien. "No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada", empec¨¦ a escuchar repetidamente desde el fondo de la cueva. Samira se meceaba sentada en el final del lugar, con la cabeza contra sus rodillas. "?Samira! ?Qu¨¦ les pas¨®?" Me acerqu¨¦ corriendo hacia ella, su cuerpo se ve¨ªa m¨¢s flaco de lo normal y el tono de su voz era sombr¨ªo. Levant¨® la mirada, sus ojos negros estaban desorbitados y clavados en los m¨ªos. "?Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento!" Le di una sacudida en los hombros para que reaccionara. "Samira, ?dime qu¨¦ es lo que pas¨®! ?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s?" "Samira, ?qu¨¦... te pas¨®?" Pregunt¨® Mirella con voz temblorosa mientras pon¨ªa una bola de luz en el aire. "?S-Se los llevaron... a-a todos! Vinieron unos hombres raros... ?Vinieron unos hombres raros y...!" Grit¨® y se quebr¨® en llanto sobre mi hombro. Acarici¨¦ su espalda, intentando calmarla. Pod¨ªa notar claramente sus v¨¦rtebras al tacto. "Est¨¢ bien, Samira. Yo debo pedirles perd¨®n por dejarlos solos en estos d¨ªas, puse por encima mis propios intereses y me sali¨® mal... Siempre me salen mal las cosas". En realidad m¨¢s que calmarla a ella, me estaba hablando a m¨ª mismo. Mirella acarici¨® mi pierna, intentando darme ¨¢nimos. "Luciano, no es tu culpa..." Murmur¨® entre dientes. La separ¨¦ de mi hombro y la mir¨¦ fijo a los ojos. "Dime c¨®mo eran ellos y qu¨¦ les hicieron. Necesito saberlo, Samira". "Bueno..." Se sec¨® un poco las l¨¢grimas antes de continuar. "Ten¨ªan esas... ?plumas? Q-Que te mostramos u-una vez... y s-se... la qued¨® Suminia". Ella apenas pod¨ªa hablar en un llanto ahogado. ?El maldito hombre p¨¢jaro! "Tranquila, voy a intentar buscarlos a todos y los traeremos a salvo, ?si? Por favor, ya no llores..." Me qued¨¦ acariciando su cabello negro junto a Mirella, intentando consolarla de alg¨²n modo. Admito que yo tambi¨¦n estaba por llorar, pero me aguant¨¦ las l¨¢grimas. Le di una na?a de las que hab¨ªa tra¨ªdo durante el camino y fuimos hacia la salida de la cueva, donde me encontr¨¦ a Aya tirada en el piso, retrocediendo lentamente mientras me miraba asustada. "?Luciano, lo siento! ?Fue mi culpa! ?No deb¨ª convencerte de que te quedaras conmigo! ?Por favor, perd¨®nenme!" De un momento a otro comenz¨® a intentar quitarse el anillo. "?No merezco ser su amiga!" Ya no ten¨ªa paciencia para lidiar contra los problemas que se iban sumando una tras otro, as¨ª que fui y la agarre la cara con la mano, apretando sus cachetes con mis dedos. "?Basta ya! ?Levantate! ?Levantate, carajo! Levantate y luch¨¢ a nuestro lado, ?eso es lo que significa la amistad! Los verdaderos amigos no se abandonan, ??entendiste?!" Aya me mir¨® con ojos completamente abiertos, sorprendida por mi reacci¨®n. Sent¨ª c¨®mo temblaba bajo mi mano, pero lentamente dej¨® de retroceder. Mis palabras fueron duras, lo s¨¦. Seguramente ella no merec¨ªa que la trataran as¨ª, pero eran necesarias. En ese momento no pod¨ªa permitirme ser el Luciano amable y comprensivo que todos esperaban. No ahora. No cuando mi familia estaba en peligro. Solt¨¦ su rostro lentamente, viendo c¨®mo el terror en sus ojos comenzaba a menguar y, sin decir una palabra, se levant¨® frente a m¨ª, todav¨ªa sosteniendo con la otra mano el anillo que intent¨® quitarse. Me mir¨® con una determinaci¨®n renovada, pude sentirlo. "Lo siento..." Susurr¨®. Mirella asinti¨® apretando los pu?os en el aire, al parecer contagiada por mis palabras. "Vamos a necesitar un plan", sugiri¨®, mirando hacia el interior de la cueva donde Samira todav¨ªa se recuperaba emocionalmente. "Hablemos de camino al bosque, vamos a buscar a todos y traerlos sanos y salvo, ?s¨ª? ?Conf¨ªo en ustedes, vamos!" Grit¨¦, yendo hacia la salida, pero... Samira vino corriendo hacia nosotros, tropezando y cayendo al suelo. Se enderez¨® sobre ¨¦l, volviendo a llorar mientras apenas pod¨ªa mantenerse sentada apoyada contra la pared de la cueva. Su mirada se qued¨® perdida por un momento antes de hablar.
"Luciano... espera. T-Tengo que decirte algo..." Hizo una pausa antes de seguir, intentando limpiarse las l¨¢grimas del rostro. "Tu madre... nos hab¨ªa d-dicho que... ?Ella dijo que...!" Tosi¨®, ahog¨¢ndose en su propio llanto. ?Qu¨¦ estaba embarazada!" El mundo pareci¨® detenerse cuando las palabras de Samira golpearon mis o¨ªdos. Mi madre... ?embarazada? Sent¨ª c¨®mo una especie de v¨¦rtigo se apoderaba de m¨ª. Todo lo que hab¨ªa estado planeando, toda la rabia que ten¨ªa acumulada por lo sucedido, qued¨® en un segundo plano. No pod¨ªa procesarlo, no ahora, no despu¨¦s de todo lo que ya hab¨ªa pasado. Mi cabeza daba vueltas intentando unir las piezas, pero nada encajaba. Me empez¨® a doler el pecho muy fuertemente. Rundia estaba embarazada... Ahora estaba en peligro y yo mientras tanto estaba jugando a hacerme el mago cien metros bajo tierra. "?E-Embarazada dices?" Mi voz sali¨® m¨¢s baja de lo que esperaba, casi como si estuviera por quedarme af¨®nico. "?Es por eso que vinieron a buscarla!" Grit¨® y volvi¨® a llorar desconsoladamente mientras se tapaba la cara con las manos. Me detuve en seco y de pronto las piernas y manos me empezaron a temblar, dej¨¢ndome paralizado y acabando con toda esa determinaci¨®n que hab¨ªa tenido tan solo unos segundos atr¨¢s. Tom¨¦ una respiraci¨®n profunda, intentando calmar los latidos desenfrenados de mi coraz¨®n. "?Luciano, tranquil¨ªzate! ?Vamos a ir a buscarlos y traer a Rundia sana y salva!" La que hablaba era Mirella, pos¨¢ndose en mi hombro derecho. "?Los odio! ?Odio a todos los que hacen sentir mal a Luciano!" Aya me tom¨® de la mano, tal vez intentando devolverme la determinaci¨®n que yo le hab¨ªa contagiado. "Luciano, todos estamos de tu lado, as¨ª que daremos lo mejor de nosotros, ?s¨ª? Vamos, debemos arreglar nuestros errores". ?Errores? ?C¨®mo llegamos a esto? ?C¨®mo permit¨ª que las cosas se desmoronaran de esta manera? Tom¨¦ la ruta equivocada, no deb¨ª desviarme de lo natural, de lo que era lo normal... No deb¨ª seguir el arroyo, tampoco conocer a Aya. Si nos qued¨¢bamos en la cueva Mirella nos proteger¨ªa... Pero contra los golems se le hizo complicado... ?Entonces, cual fue el error? ?En qu¨¦ fall¨¦? ?Era Aya la clave de todo esto? ?Haberme encontrado con ella fue el principio del fin? No, no pod¨ªa culparla a ella. No fue su culpa que los hombres p¨¢jaro atacaran, pero... si nunca la hubiera encontrado.... No, si ella me hubiera dejado ir el mismo d¨ªa que la conocimos... tal vez mi familia estar¨ªa a salvo ahora. Pero no pod¨ªa haber sabido lo que suceder¨ªa, ?no? Era sensato hacerlo, lo hice por el bien de todos. Mirella hab¨ªa estado conmigo desde el principio, y siempre me hab¨ªa apoyado, pero quiz¨¢s deb¨ª haber sido m¨¢s cauteloso. Quiz¨¢s no deb¨ª dejar que nos distraj¨¦ramos. Pero ella tambi¨¦n entren¨® su magia, ahora se supone que es m¨¢s fuerte. Ya s¨¦, deber¨ªa encontrar a alguien que tenga magia de ver el futuro, as¨ª yo podr¨ªa... "Luciano ??Qu¨¦ te pasa?! ?Debemos irnos ya!" Grit¨® Mirella, cortando con mis pensamientos intrusivos. Me obligu¨¦ a mirar a Aya. A pesar del miedo que vi en sus ojos, tambi¨¦n hab¨ªa habido una chispa de valor en sus palabras. Tal vez esperaba que la reconfortara de la misma manera que lo hab¨ªa hecho antes. Pero... ?c¨®mo pod¨ªa hacer eso cuando ahora ni siquiera confiaba en m¨ª mismo? ¡°Luciano...¡± Comenz¨® a decir. ¡°S¨¦ que esto es dif¨ªcil... pero todav¨ªa podemos hacer algo. Podemos arreglarlo, ?no?¡± ?Arreglarlo? Claro, ella no entend¨ªa lo que esto realmente significaba. Era m¨¢s que solo un error. Esto era un abismo, una grieta que se hab¨ªa formado y que ahora estaba devorando todo lo que me importaba. "Esperen... no me siento bien. Necesito calmarme". Respir¨¦ hondo, pero el aire no llenaba mis pulmones como deber¨ªa. Sent¨ªa que el suelo bajo mis pies era inestable. Aya solt¨® mi mano y me carg¨® entre sus brazos. "?Vamos, Luciano! No te preocupes, nosotras te guiaremos". "?Samira, espera aqu¨ª hasta que volvamos!" Grit¨® Mirella. Aya se puso a la cabeza del grupo, gui¨¢ndonos con paso firme hacia el bosque. La luz del sol se filtraba entre los ¨¢rboles y Mirella flotaba cerca, su cuerpo brillando con el resplandor tenue de las part¨ªculas m¨¢gicas. Nunca hab¨ªa sentido una sensaci¨®n como esta, el ser apoyado tan fren¨¦ticamente por dos mujeres y tan desesperadamente al mismo tiempo. Mirella y Aya... me estaban guiando, pero yo me sent¨ªa m¨¢s perdido que nunca. "Primero, necesitamos encontrar alguna pista de d¨®nde se los llevaron", dijo Aya. "?Yo los encontrar¨¦!" Mirella sali¨® disparada volando por arriba de los ¨¢rboles. La perdimos de vista en un santiam¨¦n Me permit¨ª un minuto de paz mientras Aya me segu¨ªa sosteniendo entre sus brazos, como si yo fuera un beb¨¦. Sent¨ª la calidez de sus brazos alrededor de m¨ª, y por un momento me aferr¨¦ a esa sensaci¨®n, buscando estabilidad. Verla de m¨¢s cerca me hizo enfocarme en intentar mejorar mi respiraci¨®n. "No te preocupes, Mirella sabe cuidarse sola y es fuerte. Ahora debemos mantenernos enfocados y no perder tiempo", dijo y me dej¨® en el suelo. Yo segu¨ªa algo bloqueado y no sab¨ªa c¨®mo salir de ese estado. Todo se me acumul¨® de repente, pero... Ca¨ª arrodillado al suelo. Sacud¨ª la cabeza y golpe¨¦ mis cachetes, intentando despertarme. "?Piensa! ?Piensa, idiota! Puedo usar la mag..." Aya me call¨® de un cachetazo. "??No me hab¨ªas dicho que me levantara y luchara?! ?No cometas el mismo error t¨² tambi¨¦n!" Me extendi¨® su mano para que me levantara. Sonre¨ª y me llev¨¦ una mano a la mejilla, sorprendido por el golpe. ?Esto era lo que necesitaba? Empec¨¦ a re¨ªrme tontamente antes de tomarle de la mano. "Te hab¨ªas quedado con ganas de devolv¨¦rmelo, ?no?" "Bueno, puede ser..." Mir¨® hacia otro lado, esquivando mi mirada. "Gracias". Refregu¨¦ mis manos contra mi cara, limpiando algunas peque?as l¨¢grimas de dolor. Aya pod¨ªa haberse quedado en su santuario, pod¨ªa haber vivido su vida en paz. Pero eligi¨® seguirme, eligi¨® estar aqu¨ª, justo en este momento, cuando todo parec¨ªa estar al borde del colapso. Acomod¨¦ mi largo cabello hacia atr¨¢s antes de hablar. "Vamos, sigamos busc¨¢ndolos". Juntos y de la mano, nos adentramos en lo que empezaba a sentirse como una selva. Aunque lo que me inquietaba m¨¢s era Mirella, que a¨²n no hab¨ªa regresado. "Luciano, ?ya sabes qui¨¦n es el que se los llev¨®?" "Son los hombres p¨¢jaros, ya hab¨ªamos tenido un entredicho con uno de ellos en el pasado. Son altos y tienen un pico largo". Gesticul¨¦ con mis manos sobre mi cara, para que entendiera mejor. "Por cierto, mi madre es la que tiene el cabello igual al m¨ªo". "?Cuidado!" Exclam¨® Aya en una especie de grito contenido, llev¨¢ndome detr¨¢s de un ¨¢rbol. "Hay un animal cerca". Ella tap¨® mi boca con su mano. Se escuchaban pasos lentos en la lejan¨ªa, pero eran pocos y espaciados como para pensar que era un animal a cuatro patas. Corr¨ª un poco su mano para poder hablar. "Debe ser uno de ellos, de los hombres p¨¢jaro". Ella me volvi¨® a tapar la boca y se asom¨® por el costado del ¨¢rbol. Sus orejas se mov¨ªan r¨¢pidamente mientras parec¨ªa susurrar algo repetidamente en voz muy baja. "No puedo verlo, pero oigo sus pasos", finalmente dijo. "Sig¨¢moslo entonces", habl¨¦, apenas pudiendo hacerlo al intentar abrirme paso entre sus dedos. Ella no respondi¨® y me llev¨® de la mano hacia donde se escuchaban los pasos, pero el sonido incesante de las ramas y hojas bajo nuestros pies hizo que el que sea que estaba ah¨ª se diera cuenta de nuestra presencia. "?Hay alguien ah¨ª?" Pregunt¨®, su voz era parecida a la del hombre p¨¢jaro, mas no igual Aya se movi¨® r¨¢pidamente y se acerc¨® a ¨¦l, haciendo un movimiento con las manos. "Lo encerr¨¦ entre cuatro barreras", dijo al girar la vista para mirarme. "Tal vez no puedas verlas. As¨ª que no te acerques". "?Oye, t¨²! ?Eres un... hombre p¨¢jaro?" ¨¦l intent¨® correr, pero algo invisible no lo dejaba avanzar. "?Magia? Ya veo... El l¨ªder ten¨ªa raz¨®n". "?L¨ªder?" "Est¨¢s con ese ni?o, ?no? Supongo que ya se enteraron. Ja. Ja. Ja". Hizo la risa que nunca pude soportar o¨ªr, pero no me sal¨ª del ¨¢rbol donde me dej¨® esperando Aya. "?Eso no te interesa! ?Dime d¨®nde est¨¢ su madre y qu¨¦ quieren de ellos!" "Eres muy bonita y rara... ?No te gustar¨ªa unirte a nosotros esta noche? El l¨ªder est¨¢ buscando una nueva parej... ?Waaaaaghhhhh!" Su pico se quebr¨® a la mitad en tan solo un instante y, de alguna forma, el grito fue algo satisfactorio. "??Qu¨¦ hiciste, maldita?!" Apenas pude ver entre las hierbas largas que comenzaba a recoger los trozos de pico del suelo, pero algo invisible le imped¨ªa agacharse del todo. En ese movimiento que Aya hizo para romperle el pico, vi que gast¨® varias de sus part¨ªculas m¨¢gicas, solo que no pude entender bien lo que sucedi¨®. Aya no pudo contener su ira y apret¨® los pu?os con rabia. "Eso fue solo una advertencia. Si no quieres perder m¨¢s, dime lo que queremos saber", su voz m¨¢s suave de lo que pensaba que ser¨ªa. "Solo vivimos para que el l¨ªder se haga m¨¢s poderoso. ?¨¦l es el ¨²nico que puede usar magia! Vivimos y morimos por ¨¦l, as¨ª que no me importa lo que me hagas. ?Mu¨¦rete de rabia, maldita!" Me escap¨¦ de mi escondite y me lanc¨¦ sobre Aya, abraz¨¢ndola por su cintura. "?Aya, ya v¨¢monos! No debes caer en la trampa de este tipo, no debes mancharte las manos por m¨ª, por lo menos todav¨ªa no". Si bien tengo mucha ira acumulada, a este mundo no fui enviado a destruir, sino a construir. Es por eso que debo intentar no matar a seres m¨¢gicos que podr¨ªan terminar extingui¨¦ndose. Al menos no hasta saber qu¨¦ es lo que planean. "?Quieres dejarlo aqu¨ª?" Pregunt¨®, mir¨¢ndome y frunciendo el ce?o. "S¨ª, por favor. Que se quede encerrado ah¨ª si es posible... No s¨¦ bien qu¨¦ hiciste, pero dej¨¦moslo as¨ª por ahora". El hombre p¨¢jaro n¨²mero dos interrumpi¨® nuestra conversaci¨®n. "?Eres t¨²! ?Eres t¨² el ni?o de oro!" Sus pu?os golpeando la pared invisible que lo conten¨ªa. Me qued¨¦ m¨¢s sorprendido por la palabra ''oro'' m¨¢s que por el sobrenombre que me puso. ?Acaso ya descubrieron el oro? ?O ser¨¢ que saben el significado de mi conexi¨®n con Sariah? El oro, en cualquier mundo, es un metal que puede desatar guerras, codicia y ambici¨®n. Y si los hombres p¨¢jaro lo han descubierto antes que nosotros, podr¨ªan estar en una posici¨®n de poder considerable, m¨¢s de lo que ya imaginaba.. Tal vez solo es parte de una consciencia colectiva que tienen al ser creados por la diosa "?El ni?o de oro! ?Ni?o de oro! ?Ni?o de oro!" Gritaba y comenz¨® a saltar en el lugar mientras parec¨ªa querer arrancarse las plumas de la cabeza con sus garras. "Aya, tenemos que irnos", dije y esta vez fui yo quien le agarr¨® la mano, intentando convencerla. Aya asinti¨® y nos fuimos r¨¢pidamente hacia donde supon¨ªamos que iba el que ahora ten¨ªamos prisionero. "Algo viene, ?cuidado!" Grit¨®, intent¨¢ndose agachar, pero algo le golpe¨® la cabeza y termin¨® cayendo al suelo. "?Auch!¡± Escuch¨¦, la voz era de Mirella, que estaba sob¨¢ndose la cabeza mientras estaba sentada sobre el pecho de Aya. "?Tonta! ?Por qu¨¦ ven¨ªas tan r¨¢pido?" Aya estaba enojada. Quit¨® a Mirella de encima suyo y la puso sobre el suelo, como si de un juguetito se tratara. "?Ay! ?Es que ya los encontr¨¦ a todos! Es por all¨¢". Mirella se?al¨® el sendero por el que ven¨ªa volando a gran velocidad. "??En serio?!" Pregunt¨¦ emocionado. "Entonces dinos qu¨¦ es lo que viste, por favor". Mientras Aya se sacud¨ªa la ropa, Mirella se puso a hablar en el aire. "Bueno, esos hombres p¨¢jaro horribles est¨¢n justo en la entrada de una cueva que es muy rara. Tambi¨¦n logr¨¦ ver que dentro est¨¢n tu pap¨¢, tu mam¨¢, Anya, Tar¨²n y la tonta. Pero hay algo que no los deja mover del lugar en el que est¨¢n, como si estuvieran encerrados". Cuando escuch¨¦ que los nombraba uno por uno, sent¨ª una mezcla de alivio y frustraci¨®n. Alivio porque parec¨ªan estar vivos, pero tambi¨¦n frustraci¨®n porque la situaci¨®n era un poco peor de lo que hab¨ªa imaginado. Est¨¢n atrapados, y ahora no solo tenemos que enfrentarnos a los hombres p¨¢jaro, sino tambi¨¦n descubrir c¨®mo liberarlos de esa extra?a cueva. "?La tonta?" Pregunt¨® Aya, sin conocer a las personas que hab¨ªa mencionado Mirella. "?S¨ª! ?La odio a la tonta Suminia!" "Bueno, bueno, ahora no hablemos sobre eso. Lo importante es que ya sabemos d¨®nde est¨¢n, ahora hay que pensar c¨®mo los vamos a salvar". "Yo har¨¦ lo que t¨² me digas, Luciano", dijo Mirella. Estaba claro que siempre va a intentar buscar que primero yo le d¨¦ una orden para hacerme caso. "Si quieres podemos estar a tu disposici¨®n, Luciano. Seguro que t¨² sabes mejor que nadie c¨®mo ayudar a tu familia, recuerda todo lo que aprendiste", dijo Aya, cedi¨¦ndome el liderazgo del grupo que hasta ahora hab¨ªa mantenido ella. Ellas hablaban como si yo fuera alguien en quien confiar. Confiaban en un ni?o que a lo sumo podr¨ªa tener... ?Cuatro a?os? Ni siquiera creo que llegue a esa edad. ?Ser¨¢ por mi forma de hablar o porque parezco saber mucho m¨¢s que ellas? Aunque si por Mirella fuera, me seguir¨ªa hasta el mism¨ªsimo infierno. La verdad era que, aunque hab¨ªa visto y vivido cosas en mi vida anterior, este mundo prehist¨®rico con sus criaturas y dioses me hac¨ªa sentir igual de perdido que cualquiera. El sol apenas se colaba entre los densos ¨¢rboles mientras intentaba regresar mi determinaci¨®n inicial de regreso, deb¨ªa tomar el control de la situaci¨®n y pensar en un plan de rescate. Puse a Mirella sobre el hombro de Aya para que nos mir¨¢ramos todos de frente y respir¨¦ hondo antes de hablar, de cierto modo estaba ansioso por intentar usar mi magia, pero tambi¨¦n me sent¨ªa nervioso porque las cosas pod¨ªan salir muy mal y estaba mi familia en juego. Ya no era cuesti¨®n de intentarles mostrar lo que pod¨ªa hacer, sino que ten¨ªa que ser algo ¨²til que nos ayudara en este momento cr¨ªtico. "Est¨¢ bien, si son muchos, entonces debemos usar toda la magia que tenemos a disposici¨®n. La idea es rescatarlos sin tener que herir a nadie, as¨ª que de entrada yo ir¨¦ solo y me presentar¨¦ para hablar con ellos. Detr¨¢s de todo eso ustedes ir¨¢n posicion¨¢ndose estrat¨¦gicamente en caso de que todo salga mal, que es la opci¨®n m¨¢s probable. Mirella esperar¨¢ lejos y en lo alto de alg¨²n ¨¢rbol justo detr¨¢s de mi posici¨®n. Aya intentar¨¢ rodear la supuesta cueva sin que la vean y mientras yo intento atraer su atenci¨®n". "Es que no es como nuestra cueva, Luciano. ?Es como si se hubiera hundido la tierra y por encima siguen los ¨¢rboles!" Exclam¨® Mirella, sin explicarse del todo bien. Pero me daba m¨¢s o menos una idea de c¨®mo era. "Entonces, Aya, vos vas a ir por encima y esperar para ver c¨®mo termina mi conversaci¨®n, si me atacan te tocar¨¢ defenderme desde lo lejos, ?s¨ª?" "Entiendo, pero, ?y Mirella?" "Mirella, vos tambi¨¦n vas a esperar, pero en caso de que todo salga mal, vas a tener que utilizar tu luz para cegarlos, o sea, cuando vean tu luz brillante no van a poder ver nada con sus ojos. Por eso es que te vas a poner detr¨¢s m¨ªo, para no darme con tu luz a m¨ª". "Luciano, eres muy inteligente", dijo Mirella, saltando sobre el hombro de Aya. La verdad es que tener todas las part¨ªculas m¨¢gicas al m¨¢ximo nos daba una ventaja enorme. "Vamos entonces. ?Vamos a salvar a todos!" Segu¨ª por el sendero mientras Aya se desv¨ªo hacia la derecha y Mirella hacia la izquierda. La selva se oscurec¨ªa sobre el sendero a medida que me adentraba m¨¢s en la direcci¨®n que hab¨ªa se?alado Mirella. El aire se volv¨ªa denso y el silencio era perturbador, porque uno pensar¨ªa que la selva estar¨ªa llena de sonidos de animales o algo as¨ª, pero el silencio era total. El miedo de caminar solo se mezclaba con la adrenalina. Sin embargo, mis pasos eran firmes al recordar que ten¨ªa a dos seres m¨¢gicos de mi lado listas para ayudarme en todo lo que estuviera a su alcance. Frente a m¨ª, el paisaje era imponente y extra?o. Los ¨¢rboles alrededor se inclinaban hacia la abertura como si hubieran sido atra¨ªdos por una fuerza que se originaba en el suelo. La entrada de la cueva no era como la que conoc¨ªamos, con sus paredes de roca bien definidas; esta parec¨ªa un enorme cr¨¢ter natural, como si la tierra se hubiera abierto abruptamente, dejando un hueco que descend¨ªa en picada. Las paredes de roca se erosionaban con suavidad hacia abajo, creando escalones irregulares que llevaban al fondo de lo que parec¨ªa ser una depresi¨®n profunda cubierta de musgo y vegetaci¨®n baja. Desde mi posici¨®n, vi a cinco hombres p¨¢jaro vigilando lo que a simple vista uno reconocer¨ªa como la entrada, pero ninguno llevaba las part¨ªculas m¨¢gicas que si llevaba el que yo ya hab¨ªa conocido. Sus siluetas eran altas e imponentes, con sus plumas oscuras y esos picos largos que los hac¨ªan parecer criaturas de pesadilla. Sal¨ª de entre los ¨¢rboles, acerc¨¢ndome a ellos. Tuve que hacer algo que llamara la atenci¨®n porque parec¨ªa que a Aya se le estaba complicando rodear el lugar. "?Hey! ?El ni?o de oro ya est¨¢ aqu¨ª! Vine a recuperar a mi familia. No quiero violencia, pero har¨¦ lo necesario para proteger a los m¨ªos". Hubo un murmullo entre los hombres p¨¢jaro antes de que uno de ellos se apartara, probablemente para informar a su l¨ªder. Luego de unos segundos, del hueco sali¨® el hombre p¨¢jaro de toda la vida, el que ten¨ªa los ojos anaranjados brillantes, algunas part¨ªculas m¨¢gicas y me molestaba el solo verle la cara. "Tanto tiempo... ?no? Te has estado escondiendo de m¨ª". Cap铆tulo 12: En el nido del pè°©jaro. Me encontraba frente al hombre p¨¢jaro y sus secuaces detr¨¢s de ¨¦l. No sab¨ªa c¨®mo encararlo ni ten¨ªamos un plan que pudiese llamarse perfecto. Aun as¨ª, estaba ah¨ª, a unos metros de ¨¦l y las chicas estaban acomodadas estrat¨¦gicamente para lo que pudiera ocurrir. Me acomod¨¦ mi largo cabello casta?o por detr¨¢s de mis orejas antes de hablar. "Voy a ser r¨¢pido, ?qu¨¦ quieres de mi madre? Viniste por ella, eso me han dicho". "Seguro que esa ni?a de la cueva ya te cont¨® algo, ?no?" Se?al¨® su panza con una de sus garras antes de agregar una ¨²ltima frase. "Si t¨² naciste especial, entonces el pr¨®ximo tambi¨¦n lo ser¨¢". El comentario del hombre p¨¢jaro me dej¨® pensando. ?Qu¨¦ significa eso? ?El pr¨®ximo tambi¨¦n lo ser¨¢? Mi mente comenz¨® a trabajar a toda velocidad, buscando alguna pista o sentido en sus palabras. De alguna manera era como si ¨¦l estuviera intentando adivinar mi origen. Pobre tipo, no sabe nada sobre m¨ª, ni sobre Sariah y mi conexi¨®n con ella. Me obligu¨¦ a despejar mi mente, a concentrarme en lo que estaba frente a m¨ª: los hombres p¨¢jaros, la cueva y mi familia prisionera en alg¨²n lugar all¨ª dentro. "?En serio? ?Y qu¨¦ piensas hacer con mi madre? Si tienes algo que decir, hazlo ahora". El hombre p¨¢jaro inclin¨® la cabeza, su largo pico apuntando hacia el suelo mientras soltaba un sonido que parec¨ªa una mezcla entre un graznido y una risa baja. "Oh, lo sabr¨¢s pronto, peque?o. Lo sabr¨¢s. Pero ya has hecho suficientes preguntas por ahora. D¨¦jame plantearte una, a ver si puedes responder... ?Qu¨¦ estar¨ªas dispuesto a sacrificar por tu familia?" La pregunta me tom¨® por sorpresa, pero intent¨¦ no mostrarlo. Aunque la verdad era que no sab¨ªa c¨®mo responder. ?Qu¨¦ estar¨ªa dispuesto a sacrificar? Absolutamente nada, nosotros ¨ªbamos a ganar. "Yo soy el que hace las preguntas ac¨¢, as¨ª que respondeme lo que quiero saber", dije e hice un paso hacia delante. "Voy a decirlo una ¨²ltima vez", agregu¨¦, sabiendo que no ten¨ªa muchas opciones. "Libera a mi familia y podremos evitar un conflicto que terminar¨¢ mal para todos. No tienes que seguir por este camino". ¨¦l frunci¨® las cejas de una manera que pareciera que quisiera formar una sonrisa con su pico, aunque no pudiera. "Me encanta tu manera de hablar, pero... ?En serio crees que est¨¢s en posici¨®n de decir eso?" En ese momento, los otros pajarracos comenzaron a avanzar lentamente hasta ponerse en fila con su l¨ªder. Aya todav¨ªa no hab¨ªa llegado a su posici¨®n y, por m¨¢s que hab¨ªa logrado captar la atenci¨®n de los enemigos para que ella avanzase en secreto, no pod¨ªa ganar tanto tiempo. De pronto ¨¦l tom¨® la palabra antes de que yo pudiera decir algo. "Est¨¢ bien, te voy a decir qu¨¦ voy a hacer con ese beb¨¦..." Levant¨® firmemente su cabeza antes de continuar. "?Me lo voy a comer! ?Y as¨ª voy a ser...!" Sus violentas palabras se cortaron cuando un enorme haz de luz intervino por el aire hacia ¨¦l, pero de alguna forma lo detuvo en un choque de fuerzas opuestas. El sonido del impacto reson¨® como un trueno en el aire, y mis ojos apenas pod¨ªan seguir el brillo que desprend¨ªa el enfrentamiento entre el haz de luz y la energ¨ªa que el hombre p¨¢jaro hab¨ªa invocado para protegerse. La luz parec¨ªa pulsar con una intensidad que solo pod¨ªa venir de Mirella. Por el rabillo del ojo, la vi flotar unos metros sobre el suelo, con las alas de luz vibrando a una velocidad inhumana. Su peque?o cuerpo resplandec¨ªa como si fuera un sol en miniatura. Estaba claro que Mirella no hab¨ªa acatado para nada las ¨®rdenes que hab¨ªamos planteado anteriormente. Hab¨ªa actuado por su instinto de protecci¨®n hacia m¨ª al escuchar esas palabras y ya no sab¨ªa si eso era conveniente o no. Ni siquiera ten¨ªa tiempo para pensar qu¨¦ diablos pasaba por la cabeza de este monstruo que ten¨ªamos delante nuestro. Pero a pesar del poder de Mirella, el hombre p¨¢jaro permanec¨ªa firme. Pod¨ªa sentir el aire agitarse a mi alrededor, y el instinto me gritaba que algo muy malo estaba a punto de suceder. Cuando movi¨® sus alas una vez m¨¢s, una inmensa cantidad de aire me hizo salir volando hacia atr¨¢s, golpe¨¢ndome contra el tronco de uno de los ¨¢rboles. Todo el lugar se convirti¨® en un remolino de hojas y polvo por todos lados. "?Uughh!" En una fracci¨®n de segundo, el cual parec¨ªa eterno y ef¨ªmero a la vez, la sangre empez¨® a brotar desde la parte superior de mi torso. Por alguna raz¨®n no le di importancia en ese preciso instante, sino que solo estaba intentando dilucidar si este tipo hab¨ªa usado magia de aire. Cuando me di cuenta de que no pod¨ªa moverme del lugar, finalmente not¨¦ que estaba clavado al ¨¢rbol por culpa de una especie de rama lo suficientemente grande como para atravesar mi hombro izquierdo. El dolor era intenso, como una llama que se extend¨ªa desde mi hombro hasta todo mi cuerpo. Cada intento de moverme hac¨ªa que la madera que me atravesaba crujiera de forma espeluznante. Mi respiraci¨®n se volvi¨® entrecortada, tratando de no empeorar la situaci¨®n, pero la adrenalina corr¨ªa tan r¨¢pido por mi sistema que apenas pod¨ªa pensar con claridad. No pude encontrar a nadie que me ayudara, todo frente a mi vista eran hojas, ramas y dem¨¢s cosas volando en un remolino de viento. Finalmente me mov¨ª bruscamente hasta terminar quebr¨¢ndola. Me arrastr¨¦ hasta el otro lado del ¨¢rbol, mirando que en la palma de mi mano ten¨ªa mucha sangre de la herida. Mirella... segu¨ªa luchando. Era consciente de que ella no podr¨ªa sostenerse o contenerse mucho tiempo. A pesar de su poder, este hombre p¨¢jaro parec¨ªa estar a otro nivel, y aunque me costara admitirlo, est¨¢bamos en una gran desventaja por culpa de no saber sobre su habilidad. ?C¨®mo podr¨ªamos vencer a alguien que resist¨ªa incluso el poder de Mirella? Lo malo tambi¨¦n ser¨ªa que ella se descontrolara y de alguna manera todo se fuera a la mierda. Pens¨¦ en lo que dijo el hombre p¨¢jaro en ese momento... ?Acaso quer¨ªa comerse un feto por una suposici¨®n? ?O quer¨ªa esperar hasta que naciera? Es imposible tratar con un psic¨®pata as¨ª. Desde dentro se o¨ªa a Mirella gritando con voz desenfrenada. "?Mu¨¦rete! ?Mu¨¦rete! ?Mu¨¦rete! ??C¨®mo te atreviste a decir eso!? ?Muere!". Estaba claro que el plan se hab¨ªa ido al garete en cuesti¨®n de segundos y encima la sangre no paraba de salir por mi espalda, lo que me hizo intentar buscar algo para detener la hemorragia. Cuando intent¨¦ levantarme, vi la figura de Aya apenas pudiendo avanzar por culpa de las intensas r¨¢fagas de viento que le lanzaba el hombre p¨¢jaro a Mirella. "Luciano... ?Dios m¨ªo!" Grit¨®, sosteniendo mi brazo izquierdo. "Voy a quitarte esta rama". "No... ?No! ?Espera!" A pesar de mis palabras, ella avanz¨® con su mano como si su vida dependiera de ello. "?Waaaghhh! ?Mierda!" El dolor que sent¨ª cuando Aya arranc¨® la rama fue indescriptible. Un calor abrasador se extendi¨® por todo mi cuerpo, como si estuvieran arrancando la vida misma de mi hombro. Mis ojos se nublaron por un instante, y el grito que brot¨® de mis labios no fue nada comparado con el ardor que sent¨ªa atravesando mi torso. La sangre fluy¨® libremente, empapando la parte inferior de mi torso, mientras intentaba, sin ¨¦xito, contener las l¨¢grimas de rabia y desesperaci¨®n. ?Por qu¨¦ hab¨ªa hecho eso? ?Qu¨¦ pensaba? En realidad, ella no pensaba, actuaba por instinto, as¨ª que me aguant¨¦ las ganas de insultarla. "?Dame eso!" Grit¨¦, toc¨¢ndole la tela roja que envolv¨ªa su yukata. "??P-Para qu¨¦ lo quieres?!" "?Qu¨¦ me lo des, maldita sea!" "?E-Est¨¢ bien!" Con un poco de verg¨¹enza en su cara, se lo desat¨®, haciendo que apenas quede la tela blanca de su yukata sobre su cuerpo. Apresuradamente intent¨® cubrirse como pudo y me dio la tela. La recib¨ª y sostuve un extremo con mis dientes para poder pasar el otro extremo por debajo de mi brazo izquierdo. Le di varias vueltas y lo at¨¦, ocupando todo el espacio entre el hombro y mi axila. "Eso... ?As¨ª se curan las heridas?" "Es algo provisional hasta que pueda ir a tomar agua m¨¢gica". Claramente ahora se hab¨ªa sumado un peque?o problema. Su vestimenta hab¨ªa quedado algo suelta, dejando entrever mucho m¨¢s de lo que normalmente mostraba. El contraste entre la pureza del blanco de su ropa y la piel p¨¢lida que apenas cubr¨ªa no pod¨ªa pasar desapercibido. Los pliegues de la tela ondeaban con el viento violento que a¨²n nos rodeaba, y aunque intentaba cubrirse, la forma en la que sus voluptuosos pechos se mov¨ªan con cada intento era molesto, m¨¢s en un momento de urgencia como este. Agarr¨¦ una piedra peque?a del suelo y la molde¨¦ hasta hacerla lo m¨¢s fina y afilada que pude, como si fuera una especie de clip. "Ven aqu¨ª", dije y tom¨¦ los pliegues de su ropa entre mis manos. Ella intent¨® darse la vuelta para que no la viera, pero r¨¢pidamente cubr¨ª bien su cuerpo. "No te muevas", dije mientras cruzaba la peque?a creaci¨®n por entre la tela para que la prenda no se abriera. "?Qu¨¦ es esto?" Lo toc¨® y se pinch¨® el dedo con una de las puntas. "?No podemos perder m¨¢s tiempo!" Grit¨¦ y me met¨ª dentro de la cortina de polvo y hojas. All¨ª vi una batalla desenfrenada entre el pajarraco y una des alborotada Mirella volando y disparando rayos de luz por todos lados. "?Aya, una barrera ah¨ª!" Le se?al¨¦ el frente del lugar donde ten¨ªan a todos cautivos. Era la hendidura en la tierra, justo donde iba en descenso. De alguna manera, Aya hace que sus barreras a veces no puedan verse y a veces s¨ª, lo que hace complicado saber si est¨¢ puesta o no, pero conf¨ªo en ella. Con una supuesta barrera para que los dem¨¢s no pasen junto a nosotros, avanc¨¦ junto a Aya hasta bajar por la tierra. "?Pap¨¢! ?Mam¨¢!" Ellos fueron los primeros a los que me acerqu¨¦. Todos estaban envueltos en unos mini tornados individuales e invertidos, con un viento que no dejaba pasar nada hacia el otro lado. Como si fuera una jaula de aire. Notaba que mov¨ªan sus bocas, pero no lograba escuchar nada. Intent¨¦ usar mi magia sobre el remolino, pero al no ser algo f¨ªsico, no serv¨ªa de nada el intentar manipularla. "Aya, ?hab¨ªas visto este tipo de magia antes?" "No, debe ser esa magia que usa el hombre p¨¢jaro, como t¨² lo llamas. Nunca la hab¨ªa visto". La ¨²nica forma que se me ocurr¨ªa de cortar con una corriente de aire tan intensa era crear una contracorriente, pero ser¨ªa imposible igualar la velocidad a la que va la que est¨¢ en frente m¨ªo. Me qued¨¦ ah¨ª, delante de ese maldito remolino de aire, intentando encontrar una soluci¨®n. Ten¨ªa que pensar en una forma de contrarrestar este hechizo. La adrenalina y el dolor me manten¨ªan en pie, pero a la vez nublaban un poco mi capacidad de concentraci¨®n. "Pap¨¢, mam¨¢..." Murmur¨¦ para m¨ª mismo al seguir vi¨¦ndolos atrapados en esos mini tornados de viento. Ver sus rostros distorsionados por el miedo y la impotencia me golpe¨® en el pecho como un martillo. No pod¨ªa escucharlos, pero sus labios movi¨¦ndose desesperadamente dec¨ªan todo lo que necesitaba saber. Mi mente divagaba mientras trataba de buscar soluciones r¨¢pidas, pero todo me llevaba a la misma conclusi¨®n: no ten¨ªa el poder suficiente para resolver esto por mi cuenta. "Aya, intent¨¢ poner una barrera que cruce por ese aire", dije, mirando a Rundia que intentaba golpear desde dentro con sus manos, pero el viento la enviaba hacia atr¨¢s. Aya asinti¨® y extendi¨® sus manos, creando una barrera que esta vez s¨ª se ve¨ªa y era de color verde. Se notaba que el viento se ralentizaba por apenas uno o dos segundos, pero volv¨ªa en s¨ª mismo, repiti¨¦ndose el ciclo cada vez que lo intentaba. Cuando vi que sus part¨ªculas fueron disminuyendo poco a poco, la agarr¨¦ del brazo, haciendo que se detenga. "Espera, ya no sigas o acabar¨¢s con todas tus part¨ªculas. Tengo otra idea". La adrenalina me empujaba a seguir movi¨¦ndome. No pod¨ªa quedarme quieto. Ten¨ªa que hacer algo m¨¢s, aunque cada movimiento me recordaba el dolor punzante en mi hombro. Puse las manos contra la pared de piedra, quitando con magia un trozo en forma de rect¨¢ngulo, pero al hacerlo tan grande, me ca¨ª al suelo con la piedra encima m¨ªo. "?Luciano, me hubieras pedido ayuda!". Aya me lo quit¨® de encima con un grito. "?Y ahora qu¨¦ hacemos con esto?" Pregunt¨®, sosteniendo el gran rect¨¢ngulo de piedra entre sus manos. Me enderec¨¦, retomando la compostura antes de hablar. "Tienes que..." Empec¨¦ diciendo, aunque una punzada de dolor me hizo cortar mis palabras. "Tienes que clavarlo en el piso justo luego de poner una de tus barreras. El viento no deja pasar nada hacia el otro lado, ?no? Entonces el flujo se cortar¨¢ cuando choque en su interior contra algo". Mientras tanto, fuera del hueco, Mirella gritaba, cada vez m¨¢s furiosa, cada vez m¨¢s descontrolada. Si no la deten¨ªa, podr¨ªa llegar al punto de no retorno. Su magia de luz era poderosa, pero cuando perd¨ªa el control, no sab¨ªa d¨®nde terminar¨ªa. Tampoco pod¨ªamos usarla de se?uelo por tanto tiempo. "La piedra se romper¨¢, Luciano". "El viento rompe tus barreras porque son hechas con magia, necesitamos algo f¨ªsico. Ya compact¨¦ la piedra, as¨ª que ser¨¢ m¨¢s resistente de lo normal". "?Compact...?" "?Solo haz lo que te digo, maldici¨®n!" Ella dud¨® un poco, tal vez no entendiendo muy bien mis palabras, pero me hizo caso y volvi¨® a ponerse en posici¨®n. Mientras Aya se preparaba para clavar la piedra en el suelo y crear su barrera, volv¨ª a mirar a mis padres, todav¨ªa atrapados en el v¨®rtice de viento. Sent¨ª una punzada de culpa atravesarme el pecho. No puedo fallarles. No esta vez. El rostro de mi madre, p¨¢lido y lleno de miedo, me persegu¨ªa cada vez que cerraba los ojos. Y mi padre... ¨¦l siempre hab¨ªa sido fuerte, siempre hab¨ªa sido el que proteg¨ªa, pero ahora... Ahora era yo quien deb¨ªa hacerlo. Y no estaba seguro de si estaba a la altura. Por supuesto, m¨¢s hacia la derecha estaban los dem¨¢s: Suminia, Anya y Tar¨²n. Tambi¨¦n deb¨ªa salvarlos a ellos. Aya extendi¨® una mano hacia el viento y con la otra sosten¨ªa la piedra. Cre¨® una barrera justo en medio de la jaula de aire, en el lugar perfecto para que la barrera no hiriera a mi madre. El viento se ralentiz¨® moment¨¢neamente cuando una de sus pocas part¨ªculas en su cuerpo desapareci¨®. "?Ahora!" Grit¨¦, inst¨¢ndola a actuar r¨¢pidamente. Aya empuj¨® la piedra hacia adelante, incrust¨¢ndola en el suelo h¨²medo. como qui¨¦n clava una l¨¢pida en el suelo. Tal vez la met¨¢fora ser¨ªa buena si pensara que est¨¢bamos cavando nuestra propia tumba, pero eso no iba a ser as¨ª, no lo permitir¨ªa. El viento se desvi¨® y se dispers¨® al romper la barrera m¨¢gica y luego chocar contra la piedra, creando una interrupci¨®n en el flujo de aire.Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. "?Mam¨¢!" Corr¨ª hacia ella, que no se ve¨ªa en muy buen estado, y la abrac¨¦. Ten¨ªa algunos rasgu?os y las manos magulladas, seguramente debido a intentar escapar. "Aya, ?hagamos lo mismo con los dem¨¢s!" Sin decir nada, inmediatamente se fue moviendo hacia la siguiente prisi¨®n de viento, las cuales estaban separadas por aproximadamente un metro. "Hijo, gracias por venir... Pens¨¦ que nunca volver¨ªas con tu madre, pero me equivoqu¨¦..." Ella me abraz¨® mucho m¨¢s fuerte luego de hablar, clavando sus u?as en mi espalda. Algunas de sus l¨¢grimas me ca¨ªan sobre el cabello. "?Qu¨¦ es eso que tienes atado a tu cuerpo?" Dej¨¦ de abrazarla y alc¨¦ la mirada hacia ella. "No tengo tiempo para explicarlo ahora. Despu¨¦s tenemos que hablar de muchas cosas, pero antes debo liberar a los dem¨¢s y salir de este horrible lugar". La dej¨¦ hablando sola mientras me iba corriendo hacia la pared de piedra. Con Aya esperando en el siguiente mini tornado y yo caminando hacia la pared nos prepar¨¢bamos para finalmente terminar con este calvario, hasta que de reojo logr¨¦ ver que algo peque?o ven¨ªa desde fuera a gran velocidad para estamparse contra mi cabeza. Justo cuando estaba por impactarme, unos rayos de color rojo nos separaron y comenc¨¦ a sentir una sensaci¨®n de electricidad en todo el cuerpo, similar a cuando alguien toca mi cabello rojo por primera vez. La sensaci¨®n el¨¦ctrica me sacudi¨® con tal intensidad que por un momento todo a mi alrededor se volvi¨® confuso. Sent¨ª mis m¨²sculos tensarse, como si un mill¨®n de peque?as agujas recorrieran cada fibra de mi cuerpo. El destello rojo que me envolv¨ªa se sent¨ªa extra?o, familiar de alguna manera, pero tambi¨¦n peligroso. Intent¨¦ moverme, pero mi cuerpo no respond¨ªa como quer¨ªa. Era como si estuviera atrapado en una red de magia que no controlaba. En medio de la extra?a situaci¨®n, detect¨¦ que la figura que estuvo a punto de estamparse contra m¨ª se trataba de Mirella, que yac¨ªa paralizada en el aire, tambi¨¦n atrapada por esos rayos rojos que nos hac¨ªan separar y atraer al mismo tiempo. Not¨¦ que mam¨¢ tir¨® de mi cuerpo, intentando separarme de esa fuerza magn¨¦tica que se hab¨ªa formado, pero no hab¨ªa forma de separarnos, por m¨¢s que ahora Aya empezara a tironear del cuerpo de Mirella. No hab¨ªa forma. "Luciano, ??qu¨¦... te est¨¢ pasando!?" Grit¨® Rundia. Ten¨ªa el rostro enrojecido por el esfuerzo, y su mirada se cruz¨® con la m¨ªa. No sab¨ªa c¨®mo explic¨¢rselo, no ten¨ªa ni la m¨¢s m¨ªnima idea de c¨®mo poner en palabras lo que estaba pasando, porque ni siquiera yo lo entend¨ªa del todo. Poco tiempo despu¨¦s, la situaci¨®n se calm¨® cuando Mirella y yo nos desplomamos sobre el suelo, pero no sent¨ªa ninguna molestia m¨¢s que mi brazo izquierdo herido. ?Ser¨¢ que una fuerza m¨¢gica me salv¨® de la... muerte de alguna forma? Con Rundia revisando mi herida en el brazo, gir¨¦ la cabeza hacia Aya y Mirella. "Mirella, ?est¨¢s bien?" Fue lo primero que se me ocurri¨® decir, sin pedir explicaciones de lo sucedido. Ella esboz¨® una ligera sonrisa mientras su peque?o cuerpo se levantaba con la ayuda de las manos de Aya. "?S¨ª! Nuestro pacto nos salv¨®", dijo Mirella, pero mi atenci¨®n se desvi¨® m¨¢s a las part¨ªculas que se transfer¨ªan entre ellas dos, equilibr¨¢ndose en cantidad. Si ya de por s¨ª no entend¨ªa mucho la situaci¨®n, que las part¨ªculas m¨¢gicas se traspasaran de la una a la otra hac¨ªa la situaci¨®n m¨¢s extra?a de lo que ya era. "El pacto de no agresi¨®n, eh..." "??Pacto!?" Preguntaron Aya y Rundia al mismo tiempo. Una de ellas seguro ni sab¨ªa qu¨¦ significaba la palabra y la otra seguro que se asombr¨® de la tonter¨ªa que hicimos sin pensarlo dos veces. Pero bueno, eso nos acababa de salvar la vida. O por lo menos nos evit¨® el tener que llevarnos un susto innecesario. Me levant¨¦ lentamente, sintiendo el peso de la misi¨®n sobre mis hombros. "Todav¨ªa no terminamos lo que vinimos a hacer. Pap¨¢, Anya, Tar¨²n y Suminia todav¨ªa est¨¢n atrapados. Ya hablaremos de esas cosas m¨¢s tarde". Lo cierto era que segu¨ªa posponiendo mis explicaciones. No solo les ocultaba cosas cruciales, sino que cada vez sumaba m¨¢s secretos a una lista interminable. Era como si estuviera caminando sobre un fino hilo que podr¨ªa romperse en cualquier momento. Y si lo hac¨ªa, ?qu¨¦ pasar¨ªa entonces? ?C¨®mo reaccionar¨ªan todos cuando escucharan al menos una de las cosas que les he ocultado? Tal vez deber¨ªa haberles contado algo antes¡­ pero, maldita sea, ?c¨®mo iba a explicar todo esto? Ni yo mismo lo comprend¨ªa del todo. Aunque les explicara lo del pacto y lo de la magia.... Iba a seguir ocultando mi verdadero pasado. El envi¨®n no me dur¨® ni un paso al ver que los hombres p¨¢jaros se hab¨ªan amontonado fuera de la barrera invisible, golpe¨¢ndola con sus garras. La cantidad de golpes parec¨ªa amenazar con romperla en cualquier momento, pero al parecer el l¨ªder no ten¨ªa m¨¢s part¨ªculas m¨¢gicas. Al menos eso es lo que divisaba desde mi posici¨®n. El viento rug¨ªa y giraba alrededor de los dem¨¢s atrapados, creando un ambiente de desesperaci¨®n. Mirella, ahora supuestamente recuperada, volaba a mi alrededor, lista para actuar en cualquier momento. Ni siquiera le pregunt¨¦ qu¨¦ hab¨ªa pasado fuera de nuestro refugio temporal como para que saliera volando hacia m¨ª a esa velocidad. De hecho, ten¨ªa algunas heridas en las piernas y manos. "Mam¨¢, ?puedes ayudarme a sostener esto?" Pregunt¨¦, tambaleando sobre mis pies luego de quitar otro trozo de piedra. "As¨ª que esto es lo que estuviste aprendiendo, ?no? Esto es ins¨®lito, Luciano". Tom¨® la piedra entre sus manos, poni¨¦ndose al lado de Aya. "Yo la ayudar¨¦, se?orita", dijo con total seguridad, como siempre que se dirige a alguien. Era la primera vez que Aya ve¨ªa a mi madre y a los dem¨¢s. Espero que luego de esto todos podamos vivir tranquilos. "Gracias", respondi¨® Aya y las dos juntas repitieron el procedimiento. Aya segu¨ªa a nuestro lado, su rostro tenso y el sudor perl¨¢ndole la frente. Sab¨ªa que estaba agotada, que sus part¨ªculas m¨¢gicas estaban al l¨ªmite, pero no se quejaba. No iba a dejar de luchar hasta que todos estuvieran a salvo. Eso me daba fuerzas para seguir adelante, aunque cada m¨²sculo de mi cuerpo gritara en protesta. El intento fue un ¨¦xito y Rin fue liberado. Pap¨¢ se ajust¨® y sacudi¨® su prenda inferior hecha de piel de animal antes de abrazar a su querida esposa. Aunque en realidad ser¨ªan m¨¢s como unos novios. Aya me mir¨®, hab¨ªa un atisbo de preocupaci¨®n en su rostro. "Luciano, ?la barrera principal est¨¢ a punto de romperse!" Sus ojos demostraban que necesitaba una orden urgente para actuar. Claro, yo todav¨ªa segu¨ªa siendo el l¨ªder y los dem¨¢s necesitaban que actuara como tal. Me acerqu¨¦ a ella r¨¢pidamente y le agarr¨¦ la mano, sosteni¨¦ndola bien fuerte. "Mir¨¢, Aya. No preguntes el porqu¨¦, pero si no tenemos las part¨ªculas al m¨¢ximo, estas se traspasan hacia el que menos tenga, para as¨ª quedar en la misma cantidad". Su mirada se clav¨® en la m¨ªa, como si tratara de encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera hab¨ªa formulado. Levant¨® nuestras manos unidas, intentando mirar m¨¢s de cerca qu¨¦ es lo que suced¨ªa. "?Entonces me est¨¢s dando tus part¨ªculas?" De pronto, los hombres p¨¢jaros lograron pasar la barrera, pero Aya con un movimiento r¨¢pido pudo volver a crear otra unos metros m¨¢s hacia nosotros. Pude notarlo al ver que todos se volv¨ªan a estampar contra un muro invisible para luego empezar a golpearlo desesperadamente. Hab¨ªan acortado considerablemente la distancia y ya se encontraban al borde de lo que separaba el hueco con el nivel normal de la tierra. As¨ª que nosotros est¨¢bamos debajo de ellos. Encima, sus altas figuras se ve¨ªan bastante imponentes. Ahora, con menos espacio disponible, Mirella volaba fren¨¦ticamente a mi alrededor con su energ¨ªa nerviosa tangible en el aire. "Tenemos que darnos prisa", dije, mirando a Aya. "Vamos a liberar a los dem¨¢s antes de que esa barrera caiga". "?Gracias por las part¨ªculas!" Nos dirigimos hacia el siguiente mini tornado. Aya y mi madre se colocaron en posici¨®n para repetir el procedimiento. Por alguna raz¨®n, Rundia se ve¨ªa bastante motivada a pesar del contexto y estaba haciendo las cosas a la perfecci¨®n. Siempre hab¨ªa sido as¨ª, firme, inquebrantable. Y ahora, en este caos, su esp¨ªritu no se doblegaba. El viento rug¨ªa a nuestro alrededor, pero no nos afectaba directamente a nosotros, sino que el problema lo ten¨ªan aquellos que estaban dentro. Intent¨¦ mantener la calma mientras observaba a mi padre, que ahora estaba junto a nosotros, listo para ayudar. Aunque, a pesar de que pap¨¢ se ve¨ªa como la mejor opci¨®n para cargar con el trozo de piedra gracias a su f¨ªsico, volv¨ª a elegir a mam¨¢. "Mam¨¢, sost¨¦n esto", le dije, entreg¨¢ndole otra pieza de piedra que hab¨ªa moldeado con mi magia. "Aya, otra vez, por favor". Mis padres observaban lo que yo hac¨ªa sin entender c¨®mo funcionaban las cosas, pero sab¨ªan que seguir mis movimientos era la ¨²nica manera de salvar a todos. El tiempo se estaba acabando y lo sab¨ªa. No solo lo sent¨ªa en la vibraci¨®n del suelo bajo mis pies, sino tambi¨¦n en el cansancio que ve¨ªa reflejado en los ojos de Aya y Mirella, en la tensi¨®n que emanaba de cada uno de los que me rodeaban. La verdad es que me hab¨ªa acostumbrado a lidiar con situaciones desesperadas. Desde que hab¨ªa sido arrancado de la Tierra, cada d¨ªa en este mundo hab¨ªa sido una lucha constante, un desaf¨ªo tras otro. Y, a pesar de todo, aqu¨ª estaba, liderando a mi familia y a estas personas que, de alguna manera, se hab¨ªan convertido en parte de mi vida. Lo que m¨¢s me atormentaba, sin embargo, era la incertidumbre que me acompa?aba, la falta de claridad sobre el prop¨®sito final de todo esto. Pero ahora no ten¨ªa tiempo para dudar. El viento se desvi¨® una vez m¨¢s frente a los ojos de Anya y Tar¨²n, creando una interrupci¨®n en el flujo de aire. Se levantaron r¨¢pidamente del suelo h¨²medo para agradecerles. Me fui corriendo tan r¨¢pidamente que no escuch¨¦ lo que me dijeron. Desde la ¨²ltima prisi¨®n de aire empec¨¦ a hacerle se?as a Aya y a mam¨¢ para que me siguieran. "Vamos, todav¨ªa queda Suminia". ¡°Luciano¡±, la voz de Mirella me sac¨® de mi concentraci¨®n. Volaba a mi alrededor, inquieta. ¡°No podemos seguir as¨ª por mucho m¨¢s. La barrera no va a resistir y Aya no puede levantar otra tan fuerte. Tenemos que hacer algo m¨¢s¡±. ¡°Vamos a liberar al ¨²ltimo¡±, le respond¨ª, sin dejarme llevar por la urgencia en su voz. ¡°Despu¨¦s encontraremos una salida. No te preocupes, todo est¨¢... bien, Mirella¡±, titube¨¦ al final. Solo estaba intentando hacerla sentir mejor, sab¨ªa que mis palabras val¨ªan el doble a comparaci¨®n de cualquier otra al pasar por sus o¨ªdos. Gastando casi sus ¨²ltimas part¨ªculas m¨¢gicas, Aya construy¨® la ¨²ltima barrera, luego Rundia coloc¨® la piedra y el viento se cort¨®, mostrando la p¨¢lida cara de Suminia, que hasta parec¨ªa que no quer¨ªa levantarse. Ella estaba acostada en posici¨®n fetal y se tapaba la cara con su cabello negro. Not¨¦ que a¨²n conservaba en su cabello aquella pluma del hombre p¨¢jaro que hab¨ªan encontrado junto a su hermana. "?Suminia! Tenemos que irnos de este lugar, ?ya lev¨¢ntate de una vez!". La tirone¨¦ del brazo, pero ella se resist¨ªa. Sent¨ª el tir¨®n en mi pecho al ver a Suminia as¨ª, acurrucada en el suelo, neg¨¢ndose a moverse. La conoc¨ªa lo suficiente como para saber que, cuando se escond¨ªa detr¨¢s de su cabello, estaba luchando contra algo interno que no quer¨ªa mostrar. Aunque siempre eso terminaba en un insulto hacia m¨ª, pero esta vez era diferente. "Todav¨ªa hay alguien esperando que regreses, Samira est¨¢ llorando por ti. ?Acaso quieres dejarla sola?" La sacudida de mis manos no logr¨® hacerla reaccionar, ni siquiera cuando mencion¨¦ a Samira. Sab¨ªa que su hermana era su punto d¨¦bil, su raz¨®n para pelear, pero ni eso parec¨ªa sacarla del abismo en el que estaba sumida. Sent¨ª una ola de frustraci¨®n, impotencia... y miedo. Los golpes de las garras de los hombres p¨¢jaro resonaban por el aire, cada vez m¨¢s cerca, cada vez m¨¢s violentos. No ten¨ªamos tiempo, y, sin embargo, no pod¨ªa dejarla ah¨ª. Ella solo murmur¨® algo, pero su voz era inaudible bajo el rugido del viento. Vi a Aya acercarse, agotada, pero firme, intentando ayudarme a levantarla. Incluso mi madre estaba cerca, mir¨¢ndome con la misma preocupaci¨®n que sent¨ªa yo. Pero esto no era algo que pudieran arreglar con fuerza o magia. Esto era algo que estaba dentro de ella, algo con lo que solo ella pod¨ªa pelear. "Suminia", le dije en voz baja, esta vez sin gritar, sin exigirle nada. "S¨¦ que est¨¢s cansada, s¨¦ que todo este panorama no es el mejor¡­ que parece que nunca va a terminar. Lo entiendo m¨¢s de lo que crees. Pero, por favor¡­ no te rindas. Volvamos a nuestro hogar, debemos hacerlo as¨ª puedes jugar con Mirella y seguir rega?¨¢ndome cuando me porto mal". "Samira..." Creo que murmur¨®, su voz era casi inaudible entre el caos que nos rodeaba. "Por favor, Suminia", susurr¨¦, mi voz casi quebr¨¢ndose. "Lev¨¢ntate. No puedo hacer esto solo". No s¨¦ si fue esa ¨²ltima frase, o si finalmente algo dentro de ella decidi¨® reaccionar, pero de repente, su cuerpo se movi¨®. Lentamente, con dificultad, empez¨® a enderezarse. No levant¨® la mirada, pero sus brazos se separaron de su cuerpo y, con esfuerzo, se puso de rodillas. Pod¨ªa ver el cansancio en cada uno de sus movimientos, la lucha interna que estaba librando solo para hacer algo tan simple como ponerse de pie. Mirella solt¨® un suspiro de alivio y Aya dio un paso hacia adelante, lista para ayudarla a levantarse por completo. Sin prestar atenci¨®n a los dem¨¢s, yo la tom¨¦ del brazo y nos levantamos juntos. Suminia estaba de pie, aunque apenas. Su cuerpo temblaba, pero al menos hab¨ªa dejado de resistirse. Pod¨ªa sentir su tensi¨®n, el peso del mundo sobre sus hombros. Parec¨ªa que cada uno de sus movimientos le costaba un esfuerzo monumental, como si el simple hecho de existir en este momento fuera una batalla. Y tal vez lo era. No sab¨ªa qu¨¦ pensamientos la estaban atormentando, pero por lo poco que hab¨ªa logrado escuchar y ver, Samira segu¨ªa siendo su ¨²nica ancla a la realidad. La sostuve con m¨¢s fuerza, haci¨¦ndole saber que no la iba a soltar, no ahora que por fin hab¨ªa mostrado se?ales de lucha "Chicos, t¨®mense todos de las manos para que no nos separemos", dije mientras deslizaba mi mano por el brazo de Suminia hasta llegar a su mano. Aya y Mirella me miraban, esperando que terminara de tomar la pr¨®xima decisi¨®n. Sab¨ªa que todos depend¨ªan de m¨ª, o tal vez, yo hac¨ªa que ellos terminasen dependiendo de m¨ª. No pod¨ªa permitirme dudar, no ahora. Pero el peso de todo lo que a¨²n no hab¨ªa dicho, todo lo que segu¨ªa ocultando, me estaba aplastando. A veces me preguntaba si alguien m¨¢s, en mi lugar, habr¨ªa hecho las cosas mejor. Si les hubiera contado todo desde el principio, tal vez las cosas no habr¨ªan llegado a este punto. "Mirella, vos ponete arriba m¨ªo y, para cuando salgamos, lanz¨¢ una enorme luz que ocupe todo el lugar. No importa si gastas todas tus part¨ªculas. Este es el momento de escapar". "?As¨ª lo har¨¦!" Inmediatamente se subi¨® a mi cabeza, aplastando su peque?o cuerpo contra mis mechones casta?os. Tom¨¦ un respiro antes de volver a hablarles a todos. "Vamos a salir, ?s¨ª? ?No vayan a soltarse de las manos! No importa si no ven nada, yo voy a guiar el paso, ?entendido?" Todos asintieron. Algunos se ve¨ªan m¨¢s asustados que otros, en especial Tar¨²n y Suminia. Anya, que era la ¨²ltima en la fila, fue la ¨²nica en hablar. "No entiendo algunas de las cosas que hacen, pero creo que todos confiamos en ti, Luciano, as¨ª que salgamos de este lugar y volvamos a nuestro hogar". Les hice una sonrisa, de esas que se hacen para contagiar el entusiasmo a los dem¨¢s, pero realmente ten¨ªa mucho peso sobre mis hombros. ?Deb¨ªa compartir un poco la carga con alguien m¨¢s? "Mirella, ten¨¦s permiso para... matar..." Dije entre dientes. Mientras las palabras sal¨ªan de mi boca, sent¨ª una especie de vac¨ªo en el est¨®mago. ''Matar'' no deber¨ªa ser algo tan f¨¢cil de decir, ni mucho menos dar permiso para hacerlo. No era lo que quer¨ªa, ni lo que deb¨ªamos hacer. Pero en ese momento, las opciones se sent¨ªan tan limitadas que lo ¨²nico que parec¨ªa razonable era sobrevivir a toda costa, incluso si eso significaba perder una parte de nosotros mismos en el proceso. ?Acaso solo me quise quitar la presi¨®n de encima para no ser yo quien arruinara mi propia meta? Mirella es alguien que act¨²a sin pensar las consecuencias si mi vida o la de mi familia corren riesgo. Mirella me mir¨®, asom¨¢ndose por encima de mi cabeza. No s¨¦ si estaba esperando a que me moviera o en realidad no hab¨ªa entendido lo que le dije. Mir¨¦ a los enemigos por ¨²ltima vez. El hombre p¨¢jaro que yo conoc¨ªa era el ¨²nico que no golpeaba la pared invisible, en cambio lo que hac¨ªa era observarme mientras estaba sentado en cuclillas. ?Estaba observando mis movimientos o simplemente quer¨ªa causarme temor? Intent¨¦ no hacer contacto visual, pero el ver que a¨²n le quedaba una part¨ªcula m¨¢gica revoloteando a su alrededor cambi¨® mis planes. ?Ser¨¢ que tiene un as bajo la manga? Las preguntas incesantes en mi mente me hac¨ªan querer controlar y predecir todo lo que iba a pasar, pero solo me bloqueaban m¨¢s. "Luciano, ??qu¨¦ es lo que pasa!?" Pregunt¨® desesperadamente Aya, dos posiciones detr¨¢s de m¨ª en la fila humana. "?Hay que actuar ya!" Esa era la se?al que estaba esperando. El hombre p¨¢jaro comenz¨® a golpear la pared invisible con una de sus garras, como si estuviera tocando un vidrio para llamar la atenci¨®n del que reside del otro lado. "?En qu¨¦ piensas?" Pregunt¨® desde el otro lado mientras sus compa?eros se encargaban de seguir golpeando. "Si quieres, puedo comerte a ti y dejar¨¦ ir a los dem¨¢s. ?Qu¨¦ te parece?" Lo que ¨¦l no sab¨ªa era que yo solo estaba haciendo tiempo. En un instante, todos los hombres p¨¢jaros cayeron hacia delante. Mirella se par¨® sobre mi cabello y en un grito ahogado de furia lanz¨® uno de sus hechizos m¨¢s potentes. Ni siquiera cerr¨¦ los ojos, solo arranqu¨¦ a correr hacia delante sin parar. Suminia me agarraba tan fuerte la mano derecha que parec¨ªa que iba a quebrar mis peque?os huesos. "?No se detengan!" Grit¨¦, intentando buscar el sendero hacia el arroyo m¨¢gico. Se escuchaban algunos murmullos y gritos de los alados mientras intent¨¢bamos escapar. Tambi¨¦n de los nuestros "?Luciano, no veo nada!" La que gritaba era Suminia, aparentemente al mismo tiempo llorando, o por lo menos eso era lo que apenas pude escuchar. Me pregunt¨¦ si alguna vez hab¨ªa tenido la oportunidad de realmente conocerla. Sab¨ªa que, de alguna forma, ella me ve¨ªa como una amenaza, pero ?por qu¨¦? ?Qu¨¦ hab¨ªa detr¨¢s de esa barrera que hab¨ªa construido contra m¨ª? Y ahora, aqu¨ª est¨¢bamos, juntos, forzados a depender el uno del otro. Si sal¨ªamos de esta, tendr¨ªa que encontrar una manera de llegar a ella, aunque fuese para obtener una tregua. Cuando finalmente encontr¨¦ el camino y todo parec¨ªa ir encamin¨¢ndose para bien, algo cay¨® sobre mi cara, tap¨¢ndome la visi¨®n por completo. ?Mirella? Fue lo primero que pens¨¦ en mi mente, la figura me era familiar. Con mi mano izquierda apenas pude agarrar lo que me obstru¨ªa, cuando lo sostuve en mi mano no pude creer lo que estaba viendo, ?qu¨¦ le pas¨®? Mis piernas segu¨ªan movi¨¦ndose, pero mi mente se qued¨® congelada cuando vi el cuerpo de Mirella sobre mi mano, inerte, sin vida aparente. Mis dedos temblaban al sostenerla, su peque?a figura parec¨ªa tan fr¨¢gil en ese momento que sent¨ª un nudo en el est¨®mago, apret¨¢ndose cada vez m¨¢s. El mundo a mi alrededor segu¨ªa corriendo, el ruido de los pasos apresurados, los jadeos, los gritos... todo se sent¨ªa lejano. Me costaba procesar lo que estaba ocurriendo frente a m¨ª. Mirella hab¨ªa usado toda su magia, como le hab¨ªa pedido. Me hab¨ªa obedecido sin dudar, y ahora... ?este era el precio? "?Mirella! ?Mirella, despierta!" Fui gritando mientras segu¨ªa guiando al grupo por la selva. Me mantuve casi que con un ojo delante y otro en mi mano izquierda en la que yac¨ªa Mirella sin ninguna part¨ªcula m¨¢gica. El contraste de su piel blanca con los peque?os rasgu?os en su piel y su vestido ligeramente rasgado hac¨ªan la situaci¨®n m¨¢s aterradora de lo que ya era. Una ola de culpa me aplast¨® el pecho. La hab¨ªa mandado al frente, sabiendo que quiz¨¢s no tendr¨ªa suficiente poder para soportarlo. ?Qu¨¦ demonios estaba pensando cuando le dije eso? ?En qu¨¦ momento me volv¨ª tan ciego, tan fr¨ªo? "Mirella... no, por favor, no", murmur¨¦, pero mi voz no sali¨® como esperaba, apenas un susurro ahogado en la garganta. No pod¨ªa ser. No ahora. No ella. La desesperaci¨®n me invad¨ªa mientras la miraba sin poder hacer nada. "Luciano, ?qu¨¦ le pas¨® a Mirella?" Escuch¨¦ de la voz agitada de mam¨¢, que estaba entre pap¨¢ y Tar¨²n. "?N-No es nada!" No pod¨ªa dejar que los dem¨¢s se dieran cuenta de mi duda, de mi miedo. Sent¨ªa que todos los ojos estaban puestos en m¨ª, aunque nadie realmente sab¨ªa lo que estaba pasando. Mientras yo fuera delante nadie pod¨ªa saber lo que suced¨ªa, m¨¢s si supon¨ªa que la mayor¨ªa estaban todav¨ªa algo cegados. Mirella... siempre hab¨ªa estado a mi lado, confiando en mis decisiones, protegi¨¦ndome sin dudar. Y ahora, cuando m¨¢s la necesitaba, yo la hab¨ªa empujado al l¨ªmite. No hab¨ªa manera de negar lo evidente: la hab¨ªa matado, indirectamente, con mi imprudencia. Cap铆tulo 13: Retirada tè°©ctica. Todav¨ªa segu¨ªamos corriendo por la selva formando una fila humana al sostenernos de las manos. Tambi¨¦n, todav¨ªa segu¨ªa manteniendo a Mirella contra mi pecho. "No puedo perderla, no puedo perderla..." Me repet¨ªa en la mente, como si de alguna forma, mis pensamientos pudieran revertir lo que acababa de suceder. Pero ?c¨®mo? No pod¨ªa darle vida de nuevo. Ni siquiera entend¨ªa c¨®mo funcionaba del todo la magia que ella usaba. En medio de la carrera, una parte de m¨ª deseaba poder detener el tiempo. Poder parar y pensar, reflexionar sobre todo lo que hab¨ªamos dejado atr¨¢s y buscar una soluci¨®n, pero la realidad era que est¨¢bamos en medio de una huida desesperada. ?Qu¨¦ dir¨ªan los dem¨¢s si supieran lo que hab¨ªa sucedido? ?C¨®mo podr¨ªa mirarlos a la cara despu¨¦s de esto? Anya, Suminia, Aya... todos confiaban en m¨ª para guiarlos, para protegerlos. Y aqu¨ª estaba, fallando de la manera m¨¢s devastadora posible. "Mirella..." Susurr¨¦ una vez m¨¢s, apretando los dientes, casi como si supiera que era in¨²til. Y, aun as¨ª, la idea de seguir sin ella... no pod¨ªa aceptarla. "?S¨ª, Luciano?" Escuch¨¦ de una voz chillona y el alma me volvi¨® al cuerpo al darme cuenta de qui¨¦n hablaba. El alivio que sent¨ª al escuchar la voz de Mirella fue casi indescriptible, como si una ola c¨¢lida hubiera barrido todo el miedo y la culpa que hab¨ªa estado acumul¨¢ndose dentro de m¨ª. Baj¨¦ la mirada r¨¢pidamente, y ah¨ª estaba, abrazada a mi pecho, con esos ojos verdes que me miraban de vuelta, brillantes, aunque cansados. ?Fue por la magia? En este preciso momento, algunas de mis part¨ªculas se estaban traspasando hacia ella. Le acarici¨¦ la cabeza con la misma mano que la sosten¨ªa y segu¨ª avanzando. "?Luciano? ?Por qu¨¦ me miras as¨ª?" Su voz era suave, casi juguetona, pero tambi¨¦n not¨¦ una fragilidad en su tono. Estaba agotada, y yo lo sab¨ªa, incluso aunque ella no quisiera admitirlo. "Nada, solo quer¨ªa decirte que te quiero mucho". Finalmente, el arroyo apareci¨® ante nuestros ojos. El agua cristalina reflejaba la luz de una manera casi m¨¢gica, como si nos invitara a entrar y sanar nuestras heridas. Sab¨ªa que este arroyo no solo curar¨ªa nuestras heridas f¨ªsicas, sino tambi¨¦n las m¨¢gicas. Mirella podr¨ªa recuperarse, y yo... bueno, tal vez podr¨ªa aliviar un poco la carga que llevaba. Todos llegamos exhaustos, principalmente mam¨¢, que siempre se agitaba y cansaba r¨¢pidamente. "?El agua m¨¢gica!" Grit¨® Mirella, ya sabiendo a qu¨¦ ven¨ªamos. Se tir¨® de cabeza dentro, recargando sus part¨ªculas y bebi¨¦ndola para sanar heridas. Me di la vuelta para mirar a los dem¨¢s. "Chicos, esta agua es especial, porque si beben de ella sus heridas sanar¨¢n por completo". La breve explicaci¨®n era necesaria, porque claro, por m¨¢s que mam¨¢ la hubiera bebido en su momento, no hab¨ªa sido directamente del arroyo y nadie m¨¢s, salvo Mirella y yo, sab¨ªamos de sus propiedades curativas. Bueno, creo que Aya tambi¨¦n lo sab¨ªa. "?En serio?" Pregunt¨® Anya, todav¨ªa agarrando la mano de su hijo Tar¨²n. Los dos se metieron dentro del arroyo. "Ya hab¨ªamos venido aqu¨ª con mi mam¨¢, pero no sab¨ªamos que esta agua era especial", agreg¨® ahora Tar¨²n, sinti¨¦ndose seguro para hablar bajo el agarre de su madre. "No perdamos tiempo, por favor. Todos tomen del agua del arroyo y v¨¢monos a buscar a Samira". Suminia me mir¨® con una cara diferente a la de siempre, como si de alguna manera le gustara que me comprometiera a pensar tambi¨¦n en su hermana a pesar del caos que estamos viviendo ac¨¢. No pod¨ªamos perder nada, pero nada de tiempo, porque en cualquier momento podr¨ªamos tener a los pajarracos persigui¨¦ndonos por el bosque. Me acerqu¨¦ al borde del arroyo, bebiendo el agua de entre mis manos mientras Mirella se acercaba flotando por encima del agua, d¨¢ndome una sonrisa aliviadora despu¨¦s de lo que sucedi¨®. Aya, que fue la menos afectada f¨ªsicamente, se acerc¨® a m¨ª mientras los otros tomaban el agua. "?Ya est¨¢s mejor?" Pregunt¨® mientras tocaba suavemente su tela roja que ahora serv¨ªa de vendaje en mi hombro izquierdo. "A ver..." Comenc¨¦ a desatar el nudo en la tela, liberando mi brazo que ahora estaba en perfecto estado. "Esta agua tiene ese efecto de curaci¨®n. Vos ya lo sab¨ªas, supongo". "S¨ª, es la misma agua que baja por la cueva que llega hasta mi santuario". "?Es verdad!" Grit¨® Anya de repente, emocionada al sentir que la piel de sus manos quedaba como nueva. "?Gracias por decirnos sobre esto, Luciano!" "?Cierto!" Grit¨® mam¨¢, algo exaltada. "Yo recuerdo que hab¨ªa tomado un agua que me cur¨® de una herida, pero nunca supimos qui¨¦n la trajo. ?Cierto, amor?" Pregunt¨® y mir¨® a pap¨¢. Ellos se quedaron hablando de ese momento, mientras tanto Aya escuchaba atentamente. Recuerdo que en esos dos o tres d¨ªas la pasamos bastante mal... Bendita sea la magia de este mundo, nos salv¨® un mont¨®n de veces ya. Me puse a lavar r¨¢pidamente la tela de Aya para limpiar la sangre. Lo que le puse en su ropa es provisional y no quiero tener problemas de que se le salga y quede desnuda frente a todos. Una vez m¨¢s o menos limpia la tela, la estruj¨¦ lo m¨¢s fuerte posible y me acerqu¨¦ a Aya, agarr¨¢ndola del brazo. "Ven¨ª que te voy a acomodar la ropa. Est¨¢ algo h¨²meda, pero no importa". Asinti¨® con la cabeza. "Est¨¢ bien". Nos alejamos del grupo y nos pusimos detr¨¢s de unos de los ¨¢rboles. Esta vez Aya no se avergonz¨® al ver que alguien m¨¢s tocaba su ropa. Le quit¨¦ el alfiler de piedra improvisado y ajust¨¦ r¨¢pidamente la tela roja alrededor de su prenda, evitando ver su piel expuesta. Luego de envolver su tela alrededor de su cuerpo, ella se dio la vuelta y me dio permiso para atar la tela desde atr¨¢s. "Hiciste un buen trabajo guiando a todos fuera del peligro. Aunque a veces no entiendo bien tus m¨¦todos", dijo, mir¨¢ndome por encima de su hombro. "Mis m¨¦todos no siempre tienen sentido, ni para m¨ª", admit¨ª. "Pero en momentos como estos, no hay tiempo para pensar demasiado. Solo... act¨²o". Se me hizo un poco dif¨ªcil hacer el nudo por culpa de sus cinco colitas que se mov¨ªan de un lado a otro, rozando mis manos. A pesar de la situaci¨®n, no pude evitar sonre¨ªr ante lo curiosas que eran. Me preguntaba si Aya se daba cuenta de cu¨¢n poco discretas eran a veces., pero me abr¨ª paso y termin¨¦ de ajustar todo como estaba antes. Su pelaje y ropa contrastaban con la tela roja, ella emiti¨® un suspiro de alivio cuando termin¨¦. "Listo, ahora ya nos vamos a mi hogar, all¨¢ nos espera la chica que se llama Samira". Una vez ya de vuelta con el grupo, escuch¨¦ que cuchicheaban algo sobre Aya, pero r¨¢pidamente les cort¨¦ la inspiraci¨®n. "?Est¨¢n listos? Ya tenemos que irnos a la cueva... ?Y Suminia?" Mir¨¦ para todos los lados, pero no la encontr¨¦. "Chicos, ?no vieron a Suminia?" Pregunt¨¦, pero ten¨ªa m¨¢s ganas de decirles: ''?Son idiotas o descuidaron justo a la m¨¢s loca del grupo?'' Anya se acerc¨®, con Tar¨²n a su lado. "?Crees que ella se haya escondido por alguna raz¨®n? No parec¨ªa muy segura de s¨ª misma cuando la encontramos... Lo siento, pero yo no vi nada. Hay que buscarla urgente". Al instante, mi mente comenz¨® a correr a mil por hora. ?C¨®mo es posible que no la hayamos notado irse? Mir¨¦ a Mirella, que estaba cerca, flotando sobre el arroyo. "Mirella, ?la viste moverse en alg¨²n momento?" Ella neg¨® con la cabeza, su expresi¨®n era seria. "No... pens¨¦ que estaba con el resto del grupo todo el tiempo". Justo cuando Mirella termin¨® de hablar y mis padres se acercaban a m¨ª, una voz desde las sombras reson¨® por todo el ambiente. "?Todos quietos o la mato!" Fueron las palabras que se escucharon del... hombre p¨¢jaro al que Aya le hab¨ªa roto el pico. "?Ahora traigan a la madre del ni?o de oro!" El aire se llen¨® de tensi¨®n mientras todos nos qued¨¢bamos quietos mirando c¨®mo ¨¦l la ten¨ªa tomada por el cuello, con sus garras clavadas en ella para no dejarla escapar y matarla en cuanto hagamos un paso en falso. Ella parec¨ªa aterrorizada, con l¨¢grimas corriendo por su rostro sucio. El hombre p¨¢jaro nos miraba siniestramente. Salvo Mirella, todos quedamos paralizados al costado del arroyo cuando el hombre p¨¢jaro ten¨ªa de reh¨¦n a Suminia, era aqu¨¦l que dejamos encerrado entre cuatro barreras en medio de la selva, pero se ve que, al demorarnos tanto, logr¨® escapar... No lo tuvimos en cuenta y ahora est¨¢bamos en una encrucijada. ¨¦l la ten¨ªa tomada por el cuello, con sus garras clavadas en ella para no dejarla escapar y matarla en cuanto hagamos un paso en falso. "P-Por... Por f-favor ?Vayan con mi hermana!" Gritaba Suminia en un llanto ahogado casi sin poder respirar. Sus pies se arrastraban contra la tierra, intentando zafarse del agarre por sus propios medios. ?Cu¨¢nto tiempo m¨¢s voy a poder llevar esta situaci¨®n sin romperme? "?No te vamos a dejar ac¨¢, Suminia! ?O nos vamos todos o no nos vamos!" Mientras hablaba, miraba a mi alrededor, intentando idear alguna estrategia. "?Oye, t¨²! ?Dime, por qu¨¦ hacen esto?" "El ni?o de oro... Ya te dije que vivimos para nuestro l¨ªder. Necesitamos que ¨¦l se haga m¨¢s fuerte, as¨ª que tr¨¢eme a tu madre y los dejaremos en paz". "?No te daremos a nadie, ya larga a la ni?a!" Grit¨® Rin, enojado e intentando avanzar contra ¨¦l, pero lo fren¨¦ con la mano y lo mir¨¦ a la cara, dando un paso hacia delante para tomar la palabra. Algo de tiempo... Hab¨ªa que lograr algo de tiempo hasta que Mirella encuentre el momento adecuado para atacar, era la ¨²nica manera. Por m¨¢s que me pesara lo que le sucedi¨® antes, este ten¨ªa que ser el ¨²ltimo esfuerzo. Con todos detr¨¢s de m¨ª, di otro paso m¨¢s antes de volver a hablar, ahora con voz m¨¢s serena y persuasiva. "Hacerse fuerte a costa de matar a los dem¨¢s no es algo que est¨¦ bien, ?sabes? Adem¨¢s, ?por qu¨¦ quieres que otro se haga fuerte cuando vos tambi¨¦n ten¨¦s la oportunidad? ?O el problema es que le ten¨¦s miedo a tu l¨ªder?" Esperando su respuesta, por lo bajo le hice una se?a con la mano a Suminia para que no se moviera. El ambiente se tens¨® a¨²n m¨¢s mientras el hombre p¨¢jaro procesaba mis palabras. Su rostro, aunque en parte deformado por el pico roto, revelaba duda, quiz¨¢s hasta miedo. Mantuve mi mirada fija en ¨¦l, aprovechando cualquier fisura en su resoluci¨®n. Sent¨ª que cada segundo contaba, que, si bajaba la guardia, Suminia sufrir¨ªa las consecuencias. ¨¦l ensanch¨® los ojos al escucharme, ahora apretando menos el cuello de Suminia. "Yo... ?Hacerme m¨¢s fuerte? ?Me est¨¢s mintiendo!" "Tu l¨ªder me dijo que iba a comerse al futuro hijo de mi madre, as¨ª es como ¨¦l se volver¨¢ m¨¢s fuerte". Al escuchar eso, mam¨¢ retrocedi¨® con miedo y cay¨® al piso, pero yo no par¨¦ de hablar. "?Por qu¨¦ ¨¦l s¨ª y vos no? ?No te pusiste a pensar por qu¨¦ ustedes no pueden usar magia y ¨¦l s¨ª?" Comenc¨¦ a avanzar lentamente, haci¨¦ndolo retroceder. ?Cu¨¢nto m¨¢s puedo prolongar esto? Sent¨ªa la presi¨®n de cada mirada detr¨¢s de m¨ª. Mam¨¢, aterrada, estaba en el suelo, pap¨¢ listo para saltar en cualquier momento, y Mirella... No la ve¨ªa, pero seguro que estaba lista, lo sab¨ªa. "?No ser¨¢ que su l¨ªder lo quiere acaparar todo y ustedes son tan sumisos que hacen lo que ¨¦l quiere? Son escoria, basura, algo desechable para ¨¦l". Mis palabras resonaban en el silencio del bosque, pero tambi¨¦n en mi propia cabeza. Estaba jugando un juego peligroso, pero si hab¨ªa algo que entend¨ªa, era que estas criaturas viv¨ªan bajo la sombra de alguien m¨¢s. Un l¨ªder que los manipulaba, que los utilizaba. Y el orgullo herido era una herramienta poderosa. Cada paso que daba hacia ¨¦l era un riesgo, pero tambi¨¦n una apuesta que ten¨ªa que ganar. La duda que sembraba en ¨¦l era mi ¨²nica esperanza de ganar tiempo. Un minuto m¨¢s, solo un minuto m¨¢s... "?Al¨¦jate!" Respondi¨® ante mis agresiones, apunt¨¢ndome con una de sus garras. "?La voy a matar!" Hizo unos pasos m¨¢s hacia atr¨¢s y choc¨® de espalda contra uno de los ¨¢rboles. Logr¨¦ ver la diminuta figura de Mirella movi¨¦ndose r¨¢pidamente por entre los ¨¢rboles.Support the author by searching for the original publication of this novel. Yo segu¨ª avanzando a paso firme hacia ¨¦l. "Imag¨ªnate lo tan despreciable que sos que no pod¨¦s ni siquiera contra unos ni?os. Adem¨¢s, ya est¨¢s viejo, usado y roto". Pos¨¦ mi mano sobre mi boca, formando un pico con los dedos. "Sos una porquer¨ªa, algo que se usa hasta romperse y se tira para no tener que verlo nunca m¨¢s". El hombre p¨¢jaro se qued¨® callado por un momento, mir¨¢ndome fijamente. Pod¨ªa oler su sed de sangre mientras la presi¨®n en su garra sobre el cuello de Suminia aflojaba levemente. Ahora al que quer¨ªa matar era a m¨ª. Perfecto, ahora lo tengo donde quer¨ªa. "?C¨¢llate!" Grit¨® y patale¨®, rompiendo su silencio de rabia. "?No sabes nada sobre nosotros! Nuestro l¨ªder es poderoso, nos ha prometido poder y gloria. Nos ha... nos ha..." Aya, con su mirada fija en la escena, parec¨ªa calcular el momento oportuno para intervenir y empez¨® a avanzar desde mi derecha. "Aya, fuera. Que no se acerque nadie". Se?al¨¦ con mi dedo hacia atr¨¢s, para que retrocediera junto a los dem¨¢s. Volv¨ª a mirar al pajarraco, ahora con una mirada m¨¢s seria. "No te escuch¨¦, ?qu¨¦ dijiste que te dio?" La voz del hombre p¨¢jaro se llen¨® de duda por un instante. "Yo... yo..." Tir¨® a Suminia fuertemente a un costado y se abalanz¨® contra m¨ª a paso r¨¢pido, sus garras afiladas estiradas y listas para agarrarme. "?Maldito!" Por m¨¢s que nos separaban unos pocos metros, me qued¨¦ inm¨®vil, con mi m¨¢s plena confianza en Mirella. En estas circunstancias ella no falla, m¨¢s si ve que estoy en un peligro inminente. ''Permiso para matar'', le dije antes, pero en realidad, desde lo m¨¢s profundo de m¨ª, no quer¨ªa terminar matando a nadie... As¨ª no era el plan perfecto que hab¨ªa ideado. Seguro que as¨ª no lo querr¨ªa Sariah... Ya no s¨¦ ni qu¨¦ es lo correcto El tiempo parec¨ªa pasar a c¨¢mara lenta cuando el pajarraco corr¨ªa hacia m¨ª y Mirella todav¨ªa no atacaba. Lo que era plena confianza se fue transformando poco a poco en miedo. Antes de empezar a hacer un paso hacia atr¨¢s, ¨¦l choc¨® contra algo invisible, quebr¨¢ndose un poco m¨¢s el pico de lo que ya estaba y agarr¨¢ndoselo con dolor. Estaba claro que Aya fue la primera en actuar, pero ?por qu¨¦? "?Por qu¨¦ no te moviste? ?Idiota!" Grit¨® Aya. Era la primera vez que la ve¨ªa genuinamente enojada hacia m¨ª. Mi mente qued¨® en blanco. Aya me hab¨ªa salvado, pero la mirada que me lanzaba no era de alivio, ni mucho menos. Era una mezcla de ira y decepci¨®n, una combinaci¨®n que me hizo sentir peque?o, vulnerable. Su grito todav¨ªa resonaba en mi cabeza. No le respond¨ª nada, todav¨ªa estaba procesando lo que acababa de pasar, ?d¨®nde est¨¢ Mirella? Yo confiaba en ella, ?c¨®mo iba a saber que no actuar¨ªa a tiempo? Aya se acerc¨® al enemigo y pareci¨® encerrarlo una vez m¨¢s entre cuatro barreras m¨¢gicas. "?No vuelvas a poner en riesgo tu vida de esa manera!" Grit¨® pap¨¢ desde detr¨¢s m¨ªo. Sus palabras se sintieron fr¨ªas y repulsivas al chocar contra mi nuca, esparci¨¦ndose como un virus letal por dentro de mis o¨ªdos. Mi pecho se llen¨® de un calor sofocante. Mierda... sab¨ªa que hab¨ªa sido un error, pero, ?acaso no confiaban en m¨ª? Siempre soy yo el que se enfrenta a las situaciones m¨¢s peligrosas. El que, a fin de cuentas, termina lidiando con lo que nadie m¨¢s puede. Y Mirella... ?d¨®nde estaba Mirella? Su ausencia era una carga adicional. Confiaba en ella para hacer el golpe decisivo, pero no la hab¨ªa visto actuar. Tal vez estaba esperando el momento perfecto. O tal vez no estaba lista. No quer¨ªa pensar mal de ella, pero la incertidumbre me carcom¨ªa. Mir¨¦ hacia atr¨¢s, ah¨ª estaba mam¨¢ todav¨ªa intentando levantarse del suelo. Ella no ser¨ªa alguien que tambi¨¦n me rega?ar¨ªa, ?no? Siempre la hab¨ªa sentido m¨¢s comprensiva, m¨¢s dispuesta a apoyarme, pero aun as¨ª... ?qu¨¦ pensar¨ªa de todo esto? Me volv¨ª a acordar de la urgencia en las palabras de Samira, ella est¨¢ embarazada. A partir de ahora deb¨ªa mimarla y no causarle ning¨²n tipo de problema extra. Detr¨¢s estaban Anya y Tar¨²n, observando en silencio. "??Me escuchaste o no!?" Volvi¨® a gritar pap¨¢. "S¨ª... pap¨¢", respond¨ª sin mirarlo a los ojos, casi como si fuera una obligaci¨®n responderle esas dos palabras. Eso era lo que un ni?o deb¨ªa hacer. Fui directo a ver a Suminia, que ya estaba recomponi¨¦ndose solitariamente. "Suminia, ?est¨¢s bien?" Se sob¨® las marcas en su cuello antes de hablar. "S¨ª, estoy bien... deber¨ªas pensar m¨¢s en ti... tonto", fue bajando la voz mientras terminaba la frase y se cubri¨® la cara con el pelo. Me arrodill¨¦ junto a ella mientras escuchaba los pasos de mis padres al acercarse. "Menos mal..." Suspir¨¦ al ver que todo estaba bien, faltaba encontrar a Mirella y ya pod¨ªamos irnos. El hombre p¨¢jaro, atrapado ahora entre las barreras de Aya, gritaba y se retorc¨ªa, pero ya no era la amenaza inmediata. Estaba contenido. Hab¨ªa perdido su furia inicial, y ahora solo parec¨ªa pat¨¦tico, como un animal acorralado que, al darse cuenta de su debilidad, se desmorona. "Cierra la boca". "No, ?debes venir con nuestro l¨ªder!" Aya y el otro estaban discutiendo hasta que yo llegu¨¦. "Aya, v¨¢monos ya". "Est¨¢ bien, pero vamos a tener que hablar sobre muchas cosas que tienes que reconsiderar". ?Ella ya sonaba como si fuera mi madre! "?Ni?o de oro! ?Ni?o de oro!" Gritaba para llamar mi atenci¨®n el plumoso dentro de la jaula m¨¢gica. De pronto, en la lejan¨ªa de lo que ya era bosque... "?Mirella!" Grit¨¦ al ver algo brillante volando hacia nosotros a gran velocidad. "?S¨ª! ?Es el hada!" Exclam¨® Tar¨²n y se puso al lado m¨ªo, En ese momento me di cuenta de que es un poco m¨¢s alto que yo. Ella se fren¨® abruptamente frente a nosotros y se?al¨® el lugar desde donde ven¨ªa. Actuaba como si antes no la hubiera necesitado "Luciano, ?ellos ya nos encontraron! ?Qu¨¦ hacemos?" Mirella estaba frente a nosotros, su rostro reflejaba preocupaci¨®n y urgencia. Ella segu¨ªa se?alando en direcci¨®n al bosque, donde se escuchaban ruidos y movimientos. Los hombres p¨¢jaros estaban cada vez m¨¢s cerca. Aya, a¨²n enojada, se cruz¨® de brazos y me mir¨® con severidad. "No podemos quedarnos aqu¨ª. Si vienen m¨¢s, no podremos manejarlos a todos. Debemos movernos, y r¨¢pido". ?Acaso estaba intentando tomar el mando? Mir¨¦ al cielo, cubierto por las copas de los ¨¢rboles. ?Sariah estar¨ªa observando desde su reino Inter dimensional? En ese momento, dese¨¦ poder comunicarme con ella, pedirle consejo, una se?al, algo. Pero sab¨ªa que eso no suceder¨ªa, por m¨¢s que ella pueda escuchar todos mis pensamientos. Estaba solo en esto. Me hab¨ªa tra¨ªdo aqu¨ª para un prop¨®sito, pero ese prop¨®sito parec¨ªa cada vez m¨¢s confuso. Deb¨ªa responder. "Obvio, Aya. Vamos a seguir el plan original y llegar hasta la cueva con Samira", dije, intentando contrarrestar su flojo intento de autoridad. Luego desvi¨¦ la mirada hacia la peque?a hada. "Gracias por avisarnos y darnos algo de tiempo, Mirella". Estaba claro que no era momento de poner a reclamarle que hab¨ªa desaparecido sin previo aviso. Ahora nos hab¨ªa tra¨ªdo una informaci¨®n muy importante. Me dirig¨ª hacia los dem¨¢s, haci¨¦ndoles se?as con la mano, indicando que empez¨¢ramos a avanzar. "?Todos hacia la cueva, vamos! No podemos perder m¨¢s tiempo con este tipo". Suminia aprovech¨® para tomar un sorbo del agua m¨¢gica y curar su herida en el cuello. "?Ni?o de oro! ?Ni?o de oro!" El hombre p¨¢jaro continuaba con su insistente apodo est¨²pido desde su prisi¨®n m¨¢gica, pero sus palabras apenas eran un zumbido en mis o¨ªdos. Aya lo ten¨ªa atrapado, y aunque sab¨ªa que no representaba un peligro inmediato, su sola presencia me molestaba. Era un recordatorio viviente de los problemas que segu¨ªan acumul¨¢ndose, uno tras otro, sin que yo pudiera detenerlos. Salimos de la zona del arroyo, dejando encerrado al pico roto. "?Te juro que te voy a encontrar y te voy a hacer pagar lo que me hiciste, peluda de mierda! ?Maldita seas t¨² y el ni?o de oro!" Su voz se desvanec¨ªa entre los ¨¢rboles mientras corr¨ªamos a paso r¨¢pido. ''Peluda de mierda'' debe haber sido el insulto m¨¢s est¨²pido que hab¨ªa escuchado en mi vida. Bueno, al menos en Argentina nunca se escuchar¨ªa algo de tan bajo calibre. Mirella, siendo la m¨¢s ¨¢gil, lideraba el avance, ayud¨¢ndonos con una bola de luz que la segu¨ªa a gran velocidad por entre los ¨¢rboles. A mi lado estaban mis padres. Rundia ya se notaba algo agitada, mientras que Rin iba a paso firme, pero con una mirada muy seria, rozando el enojo. Por detr¨¢s nuestro iban los dem¨¢s... espero que est¨¦n bien y no suceda nada raro. "Mam¨¢, ?Mirella es incre¨ªble!" Escuch¨¦ de la voz de Tar¨²n, que parec¨ªa siempre emocionarle el ver a Mirella. Yo lo ten¨ªa como que era un poco t¨ªmido, pero parece que en este tiempo que estuve fuera, ¨¦l estuvo entrando en confianza con los dem¨¢s. Lo que s¨ª no se lo quita nadie es el ser mamero. No cost¨® mucho tiempo el darme cuenta que mi cuerpo de ni?o ya estaba al l¨ªmite. Me dol¨ªan los m¨²sculos de los brazos y las piernas las ten¨ªa casi adormecidas. Menos mal que ahora, ya casi de noche, llegamos a la bendita cueva. Hoy debo haber pasado el peor d¨ªa de mi vida, de mis dos vidas. Mirella redujo su velocidad para dejarme pasar primero. "Tranquilo, Luciano, ya llegamos". Mirella ten¨ªa una sonrisa en su cara, volando cerca de mi rostro. Su tono era m¨¢s calmado, casi maternal, como si supiera exactamente lo que necesitaba en ese momento. Por Dios, que Samira est¨¦ bien y podamos tener unos segundos en paz... Agitado, mir¨¦ de reojo los cubiertos y el plato que hab¨ªa fabricado para mostrarle a mi familia. Realmente ya no me importaba hacerlo, solo estaba pensando en c¨®mo salir de este problema con esos tipos que quieren arruinarnos la vida. Pas¨¦ de largo al lado de mis creaciones y por suerte, al mirar hacia el fondo, all¨ª estaba Samira, con sus ojos empa?ados en l¨¢grimas. Ella ni siquiera hab¨ªa terminado de comer la ?a?a que le dimos, espero que ahora mejore de ¨¢nimo al ver a su hermana, al ver que cumpl¨ª mi promesa de traerlos de vuelta. "Samira... mir¨¢ qui¨¦nes vinieron". Me hice a un costado para dejar pasar a los dem¨¢s, Suminia fue la primera en salir corriendo a abrazarla. Samira se levant¨® del suelo y corri¨® hacia Suminia como si todo el miedo y la angustia que llevaba acumulando se derritieran en ese abrazo. Las l¨¢grimas que hab¨ªa estado conteniendo finalmente se desbordaron, y ambas hermanas se quedaron ah¨ª, abrazadas, llorando juntas en un silencio que, por extra?o que parezca, tra¨ªa paz. No necesitaban palabras. Suminia acariciaba la cabeza de Samira, apart¨¢ndole el cabello del rostro mientras murmuraba palabras que no alcanzaba a escuchar. Solo por unos segundos, la cueva nos daba una sensaci¨®n de seguridad, de que ya hab¨ªamos superado todo. Claramente todo eso era solo pasajero. Rundia, todav¨ªa jadeante, se dej¨® caer sobre el suelo, de rodillas y apoy¨¢ndose con sus manos. "Ay... N-No puedo m¨¢s". "?Rundia, est¨¢s bien?" Rin controlaba que ella estuviera bien, m¨¢s sabiendo que est¨¢ embarazada. Luego camin¨® hacia la entrada de la cueva, mirando hacia un lado y hacia el otro. Los tres restantes llegaron en buen estado, esperando ver si decid¨ªamos algo. Anya, Tar¨²n y Aya eran esos tres que no pertenec¨ªan al cien por ciento a nuestro grupo, m¨¢s que todo por Aya, que ni siquiera la present¨¦ formalmente con los dem¨¢s. Y Anya y su hijo... Parece que al final hab¨ªan aceptado mi propuesta de quedarse con nosotros. Respir¨¦ profundamente una y otra vez, intentando calmar la agitaci¨®n que ten¨ªa, antes de hablar necesitaba sonar seguro. Sab¨ªa que tal vez no todos los presentes podr¨ªan estar de acuerdo en seguir con mi familia. A eso se le sumaba que podr¨ªa haber dudas culpa de lo que sucedi¨® antes. "Escuchen todos, supongo que ya se dieron cuenta que es peligroso seguir viviendo en esta cueva, lo m¨¢s seguro es que sigamos estando en la mira de esos tipos. De hecho, en este momento deben estar viniendo hacia ac¨¢ o planeando algo. Hay que moverse y dejar atr¨¢s el lugar, ya tengo la idea de un lugar donde podemos irn..." "?Por qu¨¦ sigues decidiendo por tu cuenta?" Pap¨¢ cort¨® en seco mis palabras. Su tono grave dej¨® claro que estaba dispuesto a discutir, y Rundia, visiblemente exhausta, se sent¨® en el suelo, intentando recuperar el aliento y sin decir nada. La situaci¨®n demandaba elegir mi decisi¨®n, algo r¨¢pido y de sentido com¨²n. Mir¨¦ a mi padre, pero esta vez con m¨¢s determinaci¨®n que cuando est¨¢bamos en el arroyo. No pod¨ªa simplemente dejar que la duda me comiera por dentro. Hab¨ªa tomado decisiones dif¨ªciles, y aunque algunas podr¨ªan haber sido impulsivas, siempre hab¨ªan sido con el bienestar de todos en mente "?Acaso quieres quedarte? No podemos quedarnos aqu¨ª, no despu¨¦s de lo que pas¨®. Solo estoy proponiendo un plan para protegernos". Me se?al¨® con el dedo antes de responderme, como si con solo ese gesto pudiera hacerme responsable de todo lo que estaba pasando. "?T¨² tienes que escuchar a tus padres y no meterte en cosas raras! ?Sabes que vinieron por tu madre porque t¨² te fuiste con estas dos mujeres y no me hiciste caso!" Sent¨ª que mi coraz¨®n lat¨ªa con m¨¢s fuerza de lo normal, como si el ritmo se descontrolara por la tensi¨®n del momento. ?Realmente ¨¦l cre¨ªa que todo esto era mi culpa? ?Que mis decisiones hab¨ªan puesto en peligro a mi madre? Intent¨¦ pensar bien en c¨®mo responderle, pero... ?C¨®mo le explicaba a este hombre, que s¨®lo me ve¨ªa como su hijo, que yo no era solo un ni?o? Que llevaba dos vidas dentro de m¨ª, dos historias, dos pasados. Y que una parte de m¨ª todav¨ªa estaba anclada en ese Luciano que hab¨ªa muerto en la Tierra, en ese chico que hab¨ªa vivido una vida completamente diferente. Quer¨ªa gritarle eso, hacerle entender que yo no era solo un ni?o, que hab¨ªa razones detr¨¢s de mis decisiones, aunque ¨¦l no pudiera verlas. Aya se qued¨® callada, sabiendo que, en su momento, ella impuls¨® la idea de quedarse en el santuario hasta que aprendiera la magia. Pero Mirella... "?T¨² eres el que debe escucharlo! ?Luciano se preocup¨® mucho por ustedes al querer aprender magia, as¨ª fue como los salv¨®! Si te crees m¨¢s inteligente que Luciano, entonces, por qu¨¦ no nos cuentas tu plan, ?eh?" Sus palabras sal¨ªan desenfrenadas una tras otra, sin pensar en mantener una conversaci¨®n calmada. Pap¨¢ no le respondi¨®, como si el peso de las palabras de Mirella fuera insignificante. Se acerc¨® a m¨ª, agarr¨¢ndome fuertemente del brazo y llev¨¢ndome hacia fuera de la cueva. Me revole¨® contra el suelo y me clav¨® una mirada fulminante. "Esc¨²chame bien lo que te voy a decir, a m¨ª no me van a faltar el respeto, ?s¨ª?" Dijo y me dio una cachetada. El impacto de la cachetada reson¨® en mi mejilla, dejando una sensaci¨®n ardiente que no solo dol¨ªa en la piel, sino tambi¨¦n en el orgullo. Pap¨¢ hab¨ªa cruzado una l¨ªnea, y aunque era el tipo de hombre que siempre hab¨ªa sido firme, nunca lo hab¨ªa visto perder el control de esa manera. Lo mir¨¦ desde el suelo, confundido y lleno de rabia contenida. "Adem¨¢s, ?qu¨¦ fue eso que dijiste all¨¢ fuera? ''Escoria, porquer¨ªa, desechable''... ?Mal educado de mierda! ?T¨² no eres quien deber¨ªa estar tomando decisiones! ?Yo soy el padre aqu¨ª, Luciano! ?Yo soy el que deber¨ªa decidir lo que es mejor para esta familia!" Solt¨¦ una sonrisa desafiante. "No sab¨¦s nada de lo que soy capaz... Hice m¨¢s de lo que imagin¨¢s para poder proteger a esta familia". Justo cuando estaba por darme otro manotazo a mano abierta, Mirella se interpuso y bloque¨® su golpe, creando una esfera de luz que rodeaba todo su peque?o cuerpo. "?Mirella, qu¨ªtate de en medio!" Orden¨® Rin, su voz cargada de desd¨¦n. Su mano, a¨²n levantada y magullada, parec¨ªa temblar de rabia contenida. "Esto es entre mi hijo y yo". Ella deshabilit¨® su protecci¨®n de luz y se pos¨® majestuosamente sobre mi rodilla, apoyando sus pies descalzos uno despu¨¦s de otro. "?Quieres salvar a tu familia o no?" Pregunt¨®, esta vez con un tono m¨¢s sombr¨ªo, casi como si quisiera que ¨¦l le temiera. "?Ya miraste a tu alrededor? Todos queremos irnos de este lugar, pero t¨² est¨¢s ¨²nicamente queriendo llevarle la contra a Luciano porque no quieres que tu hijo te d¨¦ ¨®rdenes. ?Eres su padre? S¨ª. Pero te tienes que dar cuenta de que estando de su lado todos pueden tener un futuro mejor". Su tono ahora era un poco m¨¢s conciliador, haciendo que Rin poco a poco bajara su mano, pero su cara demostraba que no pod¨ªa creer lo que estaba escuchando. "?Recuerdas esa almohada que Luciano hizo y t¨² te la quedaste? Ese solo fue el comienzo... No s¨¦ c¨®mo se lo imagina, pero ¨¦l tiene la capacidad de crear cosas nuevas de la nada. Y tambi¨¦n puede usar magia siendo tan peque?o, lo que lo hace a¨²n m¨¢s incre¨ªble. ?Qu¨¦ dices, vas a aceptar la realidad y confiar en ¨¦l?" ¨¦l se qued¨® pensando, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar. Mir¨® hacia dentro de la cueva, donde Tar¨²n estaba abrazado junto a las gemelas, Rundia lo miraba con l¨¢grimas en los ojos, Anya miraba a su hijo y Aya esperaba apoyada contra la pared de piedra. Sin decir nada, se dio la vuelta hacia la entrada de la cueva mientras acomodaba hacia atr¨¢s su pelo negro y corto, el cual hab¨ªa aprendido a cort¨¢rselo al verme a m¨ª, y camin¨® hasta el fondo, yendo hasta la zona donde dorm¨ªan junto a Rundia. Agarr¨® su almohada bajo el brazo izquierdo y volvi¨® hacia nosotros. Rin regres¨®, y en sus ojos hab¨ªa una mezcla de resignaci¨®n, lo que encend¨ªa una leve chispa de esperanza en m¨ª y en el avance del plan. Nos dio la espalda y nos mir¨® a Mirella y a m¨ª por encima del hombro. "Vas a tener un castigo muy grave. Solo as¨ª vas a aprender a respetar a tu padre". Mirella, todav¨ªa en mi rodilla, se volte¨® hacia m¨ª y me sonri¨® ligeramente, como diciendo ''Lo hiciste bien''. Ese peque?o gesto me reconfort¨® m¨¢s de lo que estaba dispuesto a admitir en ese momento. Ella siempre estaba ah¨ª, siempre dando la cara por m¨ª, incluso cuando los dem¨¢s dudaban. Era mi aliada incondicional, y eso significaba m¨¢s de lo que podr¨ªa decir con palabras. Al final decid¨ª no decirle que me equivoqu¨¦ al confiar ciegamente en ella, no fue su culpa, sino m¨ªa. A todo esto, Mirella por fin hab¨ªa logrado tener una conversaci¨®n en buenos t¨¦rminos al querer defender mi postura. ?Ser¨¢ porque es mi padre y por eso se contiene? Pero unos segundos antes le estuvo gritoneando... Al final Mirella no era tonta e ingenua como yo pensaba, de hecho, ahora que lo pienso, los seres m¨¢gicos son un poco m¨¢s inteligentes que los humanos. Me levant¨¦ del suelo y me sacud¨ª la ¨²nica prenda que ten¨ªa puesta, pensando en cu¨¢l ser¨ªa el castigo severo que me esperaba. A¨²n me duele el cachetazo que me pegaste, Rin... Cap铆tulo 14: El d铆a mè°©s largo de Luciano. "Entonces vamos al santuario, ah¨ª es el lugar m¨¢s seguro y en el que hemos estado este ¨²ltimo tiempo". El que hablaba no era yo. Era Mirella. Ella se mantuvo volando en el centro de todos y tom¨® el mando moment¨¢neamente hasta que yo me recompusiera. B¨¢sicamente, Mirella acababa de decir que ¨ªbamos a ir al santuario de Aya, pero nunca le consult¨® a ella para saber si le parec¨ªa bien la idea. "?Qu¨¦ es un santuario?" Pregunt¨® Anya, casi que hablando por todos los dem¨¢s. Aya r¨¢pidamente tom¨® la palabra, despu¨¦s de todo, era su lugar m¨¢s importante en el mundo. "Es un lugar sagrado para aquellos que lo habitan y lo protegen. Los requisitos para entrar son simples en apariencia, pero profundos en significado. Deben tener respeto por la naturaleza y la magia, as¨ª como una intenci¨®n pura y noble". Eso es algo que ya hab¨ªa o¨ªdo antes, dijo lo mismo que nos hab¨ªa dicho a Mirella y a m¨ª. Lo dice de una manera tan convencida que pareciera que hubiese estado practicando esas palabras por muchos a?os. ''Santuario'' lo hac¨ªa llamar, pero realmente no se veneraba a ning¨²n santo o cosa en especial. No s¨¦ de d¨®nde sac¨® la palabra. Solo hay un pictograma del supuesto rey demonio, la verdad es que todo era medio confuso. La cueva, aunque familiar y reconfortante, se sent¨ªa ahora solo como un refugio temporal, cargado de tensiones y miradas que reflejaban una mezcla de cansancio, preocupaci¨®n y frustraci¨®n. El ambiente dentro estaba cargado de la adrenalina de la huida y la tensi¨®n del conflicto reci¨¦n vivido. La calma llegaba gradualmente a medida que la noche se asentaba y todav¨ªa no nos atacaba nadie, pero la sensaci¨®n de amenaza segu¨ªa palpable. Eso es lo que pude observar los minutos que estuve esperando fuera de la cueva. Si bien no quer¨ªa perder tiempo, la situaci¨®n ameritaba esperar un rato hasta calmar las aguas. M¨¢s que todo por Rin. Cuando Aya termin¨® de hablar con los dem¨¢s, me un¨ª a Mirella en un punto central. Ahora no solo se trataba de sobrevivir, sino de establecer un nuevo camino para todos nosotros. "Hemos logrado salir de una situaci¨®n cr¨ªtica, pero no podemos quedarnos aqu¨ª. Ya que hemos pensado en un lugar m¨¢s seguro para todos, necesito saber qui¨¦nes est¨¢n preparados para cualquier cosa que venga. Lo que necesito es que me digan qui¨¦nes nos seguir¨¢n. Yo lo que s¨ª puedo asegurarles es que, junto a Mirella y Aya, vamos a dar lo mejor de nosotros para protegerlos". Solo dije esas palabras para sonar m¨¢s confiable, pero en realidad, a todos se les notaba en la cara que ¨ªbamos a seguir siendo un grupo unido. Por cierto, termin¨¦ de meter a Aya en nuestros problemas... Eh... Bueno, qu¨¦ le vamos a hacer, ?no? Al fin y al cabo, ella quiso seguirme. Anya tom¨® la palabra, como lo hac¨ªa regularmente. "Estamos todos en esto, Luciano. ?Recuerdas que nos hab¨ªas invitado a unirnos a tu familia? Ya hace un tiempo que tenemos claro que debemos seguir con ustedes. Adem¨¢s, si mi hijo y yo nos quedamos, nos vamos a aburrir mucho en este lugar, ?no es cierto?" "S¨ª, mam¨¢. Yo tambi¨¦n quiero quedarme con ellos". "Supongo que no tenemos otra opci¨®n que seguirlo a ¨¦l..." "?H-Hermana! No seas tan dura con Luciano, si antes me dijiste que..." La gemela malvada le tap¨® la boca y se tir¨® sobre ella para que no hablara. Eso siempre le pasa por querer ocultar sus pensamientos. Aya observ¨® el intercambio entre las gemelas con una leve sonrisa, su serena presencia ayudaba a calmar un poco el ambiente tenso. "Bueno, parece que la decisi¨®n est¨¢ tomada", dijo, girando su mirada hacia todos los presentes. "El camino hacia el santuario es siguiendo el agua en la que estuvimos antes, av¨ªsennos cuando est¨¦n listos". "?Y t¨² qui¨¦n eres? Todav¨ªa no te has presentado", dijo Rin, parado en la salida de la cueva. "Nunca hab¨ªa visto a alguien como t¨², ?de d¨®nde sacaste esas cosas que llevas puesta? No quiero que pienses que no estoy agradecido por habernos ayudado, pero... parece que alguien tiene una especialidad para atraer gente rara". Obviamente, luego me mir¨® a m¨ª. Ella se gir¨® hacia Rin, sus colas se mov¨ªan suavemente detr¨¢s de ella. "Me... disculpo", comenz¨® diciendo, hab¨ªa un poco de verg¨¹enza en su tono de voz. "Mi nombre es Aya, mi especialidad es la magia de defensa y soy de una especie llamada zorros m¨ªsticos..." Empez¨® a juguetear con la manga blanca de su yukata, como si no quisiera hablar mucho del tema. "Y sobre lo que llevo de ropa, creo que lo he llevado puesto toda mi vida". Debe ser dif¨ªcil para alguien que vive sola el comenzar a vivir una vida rodeada de gente nueva, pero seguro que mi presencia y la de Mirella la reconfortan para tomar valor. Somos amigos despu¨¦s de todo. Lo que Aya no sab¨ªa era que fue creada por una diosa y esa es su ropa predeterminada. Pap¨¢ volvi¨® a darnos la espalda y habl¨®. "Est¨¢ bien, ll¨¦vennos a donde sea que quede ese lugar". ¨¦l todav¨ªa sosten¨ªa su almohada bajo su brazo, tal vez aceptando que esa era la ¨²nica cosa material valiosa para ¨¦l. Estoy seguro de que va a terminar aflojando con el tiempo y va a aceptar que lo que hago es por el bien de todos. Mam¨¢ se acerc¨® a m¨ª, su c¨¢lida mano tocaba mi largo cabello que era igual al suyo. Necesitaba un poco de esto, un poco del cari?o maternal que hab¨ªa perdido en este tiempo. ?Ser¨¢ que, a pesar de no tenerlos a los dos como mis verdaderas figuras paternas, mi cuerpo de ni?o tiene el instinto humano de necesitar a alguien importante en su vida? Quiero a Rundia y hasta f¨ªsicamente me parece verdaderamente hermosa. Es tan joven que hasta siento algo de pena, ella me quiere tanto y yo solo soy un actor que sigue un importante papel en la obra. Si hay algo que en mi anterior vida no me gustaba hacer era mentir, pero bueno... Ahora las circunstancias son muy diferentes. "Todo va a estar bien si estamos juntos. Por favor, ya no te separes de nosotros, hijo". "Lo siento, mam¨¢..." Respond¨ª, sintiendo una ligera presi¨®n en el pecho. ?Lo sent¨ªa de verdad? No lo s¨¦. Por un lado, el peque?o Luciano necesitaba a su madre, pero mi verdadero yo... ese que fue arrancado de otra vida y lanzado a este caos... ?realmente lamentaba algo? ?Qu¨¦ era lo que lamentaba? ?Haberla hecho sufrir al apartarme o simplemente estar atrapado en esta compleja red de mentiras que hab¨ªa tejido? Antes de irnos, ella recogi¨® entre sus brazos una hoja con los corales, conchas de mar y cosas brillantes que le entregaba a su dios Ad¨¢n. Suminia destruy¨® la pluma que se hab¨ªa colgado en el cabello, los dem¨¢s recogieron algunas frutas que estaban dando vuelta por ah¨ª en el suelo y finalmente partimos camino al santuario. Volv¨ª a pasar junto a mis creaciones que estaban apoyadas junto a la entrada de la cueva. Nadie las not¨® y sinceramente yo no ten¨ªa ganas de cargarlas en mis manos. Tal vez, si las dejo aqu¨ª, alguien podr¨ªa encontrarlas y posiblemente puedan encontrar su utilidad. "Aya va a ir por delante marcando el camino y Mirella y yo al final. Aseg¨²rense de ir bien unidos y no separarse por ning¨²n motivo". "?Genial!" Grit¨® Mirella y se pos¨® sobre mi cabeza. Mientras avanz¨¢bamos por el bosque, el peso de la situaci¨®n me aplastaba. Cada paso hacia el santuario, cada mirada hacia los dem¨¢s, me hac¨ªa sentir m¨¢s atrapado en este ciclo sin fin. Mirella estaba sobre mi cabeza, balance¨¢ndose como si no hubiese una preocupaci¨®n en el mundo, pero yo... yo sent¨ªa el cansancio arrastr¨¢ndome, como una sombra ineludible. Estaba en un lugar que no era seguro, con personas que depend¨ªan de m¨ª m¨¢s de lo que jam¨¢s hubiese querido. Y no ten¨ªa escapatoria. Mirella golpeteaba mi cabeza con sus dedos, queriendo hablarme. "Luciano, ?y si ellos nos esperan dentro del santuario?" No respond¨ª de inmediato. Sent¨ªa sus peque?as manos golpeteando mi cabeza, pero no quer¨ªa contestar. ?Qu¨¦ pod¨ªa decirle? ?Qu¨¦ me sent¨ªa perdido? ?Que estaba harto de esta responsabilidad interminable? ?Que sent¨ªa que las piernas ya no me funcionaban? No era algo que pod¨ªa simplemente soltar en medio de una marcha por el bosque. De todos modos, su pensamiento era sensato. "?Lo dices porque vivimos por bastante tiempo ah¨ª y ellos podr¨ªan haber notado m¨¢s movimiento en la zona?" "S¨ª, y adem¨¢s no estamos tan lejos de donde capturaron a todos". "Nah, ellos no pueden ir por el agua. Adem¨¢s, ahora le voy a decir a Aya que ponga algunas barreras". Realmente no sab¨ªa si era verdad lo que el hombre p¨¢jaro nos hab¨ªa dicho sobre el agua aquella vez cuando comerciamos. Que a ellos les hac¨ªa mal el agua. Supuestamente, si vamos por el agua m¨¢gica, tendr¨ªamos part¨ªculas infinitas. "?En serio? Entonces vamos a estar bien". ?Cu¨¢ntas veces m¨¢s tendr¨ªa que poner una fachada de confianza? El bosque a nuestro alrededor se hac¨ªa m¨¢s denso, y el sonido de nuestras pisadas sobre las hojas secas parec¨ªa resonar en el aire silencioso. El santuario no estaba tan lejos, solo que cada paso se sent¨ªa como un esfuerzo monumental. Pod¨ªa sentir el cansancio acumulado en mis piernas, en mi espalda, en cada parte de mi ser. No era solo f¨ªsico, era mental. Tampoco hab¨ªa comido nada... Aya nos llev¨® hacia el arroyo y de ah¨ª comenz¨® a caminar por la orilla. Ya casi est¨¢bamos en la zona donde encerramos al p¨¢jaro de pico roto. "Aya, es mejor si vamos por el agua, quiero que vayas poniendo barreras a nuestros costados", exclam¨¦ desde la ¨²ltima posici¨®n de la fila. "Bien, todos mant¨¦nganse cerca y sigan el camino del agua. No se separen", dijo Aya, comunic¨¢ndose r¨¢pidamente desde la primera posici¨®n y bajando hacia el agua, que estaba bastante calmada. Sus colas se mojaban mientras avanzaba, sus pasos eran lentos pero seguros. Desde la lejan¨ªa de la fila, vi que su cuerpo ten¨ªa bastante movimiento de part¨ªculas que iban y ven¨ªan. Ah¨ª pude darme cuenta que est¨¢bamos siendo protegidos por su magia de defensa a nuestro alrededor. Rundia, que estaba justo delante m¨ªo, miraba a las gemelas que iban de la mano. M¨¢s adelante, Tar¨²n cargaba algunas frutas junto a Anya. Mirella segu¨ªa sobre mi cabeza, supongo que vigilando los alrededores mientras se agarraba de mis mechones de pelo, como si yo fuera un caballo y ella la jinete. Rin segu¨ªa en silencio, caminando detr¨¢s de nosotros con su almohada firmemente agarrada. Era obvio que su rabia inicial se hab¨ªa transformado en una resignaci¨®n amarga. Mientras tanto, yo era el que iba m¨¢s inc¨®modo. Al ser el de menor estatura, el agua me llegaba hasta la panza y hac¨ªa que mis piernas se cansaran r¨¢pidamente, lo que fue separ¨¢ndome poco a poco del grupo. Esa era la situaci¨®n actual. "Luciano, ?sabes cu¨¢nto falta para llegar?" Pregunt¨® Samira, girando la cabeza hacia m¨ª. En ese momento se dio cuenta de que yo no estaba del todo bien. "?Rundia, tenemos que ayudar a Luciano!" Rundia se gir¨® hacia m¨ª, con una expresi¨®n preocupada al ver que el agua me estaba haciendo retroceder. Sin pensarlo dos veces, solt¨® las cosas que ten¨ªa en sus manos y corri¨® hacia m¨ª. "?Aguanta, hijo!" Grit¨® mientras retroced¨ªa de su posici¨®n para ayudarme a avanzar. "Luciano, ?ag¨¢rrate de m¨ª!" Me grit¨® Rundia mientras se acercaba a trav¨¦s del agua, su mirada llena de preocupaci¨®n. Pod¨ªa ver el miedo reflejado en sus ojos, y no era tanto por la corriente o por el entorno, sino por el hecho de que ella sent¨ªa que me estaba perdiendo, de nuevo. Esa conexi¨®n entre madre e hijo era lo suficientemente fuerte como para hacerla olvidar todo lo dem¨¢s. La verdad es que me estaba agotando demasiado, y aunque no quer¨ªa mostrar debilidad delante de todos, mis piernas temblaban bajo el agua fr¨ªa. La corriente no era fuerte, pero el cansancio, la fatiga mental y f¨ªsica acumulada, comenzaban a hacer mella en mi resistencia. "G-Gracias..." Murmur¨¦, mientras ella me pasaba una mano por detr¨¢s de la espalda y me sosten¨ªa por debajo de la axila. Creo que no se dio cuenta de que perdi¨® todas las cosas que llevaba consigo, las cosas que entrega a su querido dios falso. Mirella, todav¨ªa sobre mi cabeza, dej¨® escapar un suspiro. "Ay, Luciano, me asustaste. Pens¨¦ que te ibas a hundir como una piedra". Sent¨ª sus peque?os dedos en mi pelo, pero no respond¨ª. No ten¨ªa fuerzas para devolverle una broma por m¨¢s que supiera que ella lo hac¨ªa para levantar los ¨¢nimos, ni siquiera para fingir que todo estaba bien. Ella parec¨ªa tan despreocupada. O tal vez lo entend¨ªa y simplemente eleg¨ªa no dejar que la afectara. ?Era yo el ¨²nico que sent¨ªa el peso de todo esto?You could be reading stolen content. Head to Royal Road for the genuine story. Suminia y Samira segu¨ªan adelante, una al lado de la otra, pero pod¨ªa notar la diferencia en sus posturas. Samira miraba hacia atr¨¢s cada tanto, preocupada por m¨ª, mientras que Suminia manten¨ªa su mirada fija en el camino, como si intentara ignorar lo que estaba sucediendo. Esa ni?a... siempre tan distante, tan reservada. El peque?o viaje termin¨® siendo m¨¢s seguro de lo pensado, todo bajo la unidad y fuerza del grupo. El ¨²nico misterio fue el no saber qu¨¦ sucedi¨® con el hombre p¨¢jaro atrapado entre las cuatro barreras, no lo vimos y Aya no mencion¨® nada al respecto. Finalmente entramos a la enorme cueva, lo que me record¨® a aquella batalla contra los mini golems... Nunca supe de d¨®nde salieron o c¨®mo se manejaban, realmente en mi cabeza lo recuerdo como algo confuso. Debe ser por el semejante golpe que me hab¨ªan propinado en la cara. "Mirella, vamos a necesitar luz. ?Podr¨ªas ayudarnos?" "?Como ordenes, Luciano!" Inmediatamente apareci¨® una esfera de luz que flotaba y nos segu¨ªa de cerca, iluminando la cueva desde la ¨²ltima posici¨®n de la fila humana. En realidad, no era una orden, pero ella siempre lo toma de esa manera. Todav¨ªa segu¨ª bajo el agarre de mi madre. De alguna manera se sent¨ªa bien caminar as¨ª, detr¨¢s de todos y siendo cuidado por un adulto. "Mira, mami, ?esa es la maginica del hada?" Pregunt¨® Tar¨²n, d¨¢ndose la vuelta para mirar la bola de luz. La mag¨ªnica, eh... Qu¨¦ gracioso. "Parece que s¨ª, hijo. Mirella es incre¨ªble". "Aya, tu santuario es muy bonito". Samira miraba hacia todos lados, pero en realidad... estaba equivocada. "Todav¨ªa no hemos llegado, peque?a, falta caminar un poco m¨¢s". Luego de tanta espera, al fin llegamos a la estrecha entrada. "Ya llegamos. Tal vez no la vean, o tal vez s¨ª, pero justo aqu¨ª hay puesta una barrera m¨¢gica. Caminen recto y vean si pueden pasar", dijo Aya, estirando su mano derecha majestuosamente. Espera... ?Otra vez? ?Esas palabras tambi¨¦n las hab¨ªa dicho antes! Fue cuando... "?Auch!" Mis pensamientos se detuvieron al escuchar el quejido. Todos los de detr¨¢s detuvimos el paso al ver que Rin, que era justo el primero en pasar, se hab¨ªa estrellado contra la barrera que a mi vista era invisible. "?Se?or Rin!" Aya intent¨® brindarle una ayuda a mi padre, que estaba tirado en el piso. "?Qu¨¦ es esta mierda que nos pusiste en frente?" Pregunt¨® enojado mientras se sobaba la frente, sin aceptar su ayuda. Despu¨¦s de lo que antes hab¨ªa pasado, todos decidimos quedarnos callados. Aya manten¨ªa una expresi¨®n serena, aunque sus orejas delataban su incomodidad con ese leve movimiento involuntario. "Lo siento, se?or Rin", respondi¨® con calma. "Esta barrera es para proteger el santuario. Pero si no puedes pasar, significa que tu coraz¨®n a¨²n tiene dudas o resentimientos que debes dejar atr¨¢s". Uh. Esas palabras eran lo ¨²ltimo que le pod¨ªan decir a este hombre en el estado de nervios en el que estaba. Por dentro, me sent¨ªa como si estuviera caminando en una cuerda floja. Mi propio cansancio me estaba jugando una mala pasada. Sent¨ªa el impulso de decir algo, de tratar de mediar entre ellos dos, pero... ?qu¨¦ pod¨ªa decir? Ambos eran adultos, y yo... bueno, era un adulto por dentro, pero en este mundo, todav¨ªa era un ni?o. Y no estaba seguro de que mis palabras sirvieran de algo, m¨¢s sabiendo lo que me dijo ¨¦l antes. Era mejor no meterse. "Luciano, ?a m¨ª tambi¨¦n me hab¨ªa pasado eso, o eso me parece...?" Susurr¨® Mirella a mi o¨ªdo, pero no lograba recordar cu¨¢ndo hab¨ªa sucedido. Supongo que lo imagin¨®. Rin se levant¨® con un ce?o fruncido y, contra todo pron¨®stico, parec¨ªa estar procesando las palabras de Aya. Sus miradas se cruzaron, y aunque no parec¨ªa estar completamente convencido, la tensi¨®n en su rostro empez¨® a ceder. "Entonces, que pasen los dem¨¢s a ver si pueden..." ¨¦l se hizo a un costado, poni¨¦ndose al lado de Aya. "Pero si esa cosa no se quita, no s¨¦ cu¨¢nto tiempo podremos estar aqu¨ª", dijo, pareciendo confiado en que a los dem¨¢s les pasar¨ªa lo mismo que a ¨¦l. "A ver..." Anya fue la primera en pasar y, al no haber ning¨²n problema, su hijo pas¨® corriendo detr¨¢s de ella. "?S¨ª! ?Lo logramos, mami!" Grit¨® Tar¨²n, abrazando a su madre por la cintura y apoyando la cabeza contra su panza. "Eso es porque eres un ni?o muy bueno". El ni?o se puso a mirar el sitio que Aya hac¨ªa llamar santuario. Pero lo vuelvo a repetir, este es un lugar muy normal a pesar de su nombre. Es un cub¨ªculo deforme de piedra, algunos dibujos en una de las paredes y en el suelo las cenizas de lo que hab¨ªa sido la fogata de esta ma?ana. Al menos el espacio era bastante amplio como para que vivamos nueve personas. Las gemelas, tomadas de la mano, siguieron su ejemplo y atravesaron la barrera con facilidad. Suminia, aunque con una expresi¨®n algo reacia, no solt¨® la mano de Samira en ning¨²n momento. "Tampoco es como si hubiera algo aqu¨ª, ?no?" Habl¨® Suminia al aire. "?Vamos?" Mi madre me invitaba a avanzar con ella, sus ojos encendidos con la esperanza de volver a brindarme el cari?o maternal que no hab¨ªa podido darme en este tiempo. ''Qu¨¦date conmigo'' imploraban esos ojos marrones oscuros. Bueno, tampoco era para tanto, ?no? "Claro, mam¨¢. De ahora en m¨¢s, siempre juntos". Al final todos quedamos del lado del santuario, solo faltaban pasar Aya y Rin, que hablaban entre ellos. "?Quieres volver a intentarlo?" "Quiero estar con mi familia, as¨ª que debo pasar de alguna manera". "Adelante entonces..." Rin se enderez¨®, sus hombros a¨²n tensos por la frustraci¨®n, pero con una determinaci¨®n renovada. Dio un paso hacia la barrera m¨¢gica, cerrando los ojos y tomando una respiraci¨®n profunda. Lentamente, extendi¨® la mano derecha hacia adelante. "Algunas personas tienen m¨¢s dificultades que otras para dejar atr¨¢s sus preocupaciones. Tal vez el tiempo y la paz aqu¨ª te ayuden a procesar tus sentimientos". Aya hab¨ªa lanzado algunas palabras motivadoras al aire, su apariencia f¨ªsica y elegancia verbal hac¨ªan verla como alguien muy sabia. Lo cierto era que, a su manera, realmente lo era. Finalmente, Rin sigui¨® avanzando con su mano en frente y... Acab¨® chocando de nuevo contra el muro invisible. Golpete¨® con sus dedos suavemente el lugar, tal vez intentando entender qu¨¦ era lo que le imped¨ªa pasar. "No puedo pasar, ?ahora qu¨¦ hago?" Pregunt¨®, gir¨¢ndose hacia Aya y volviendo las manos a su posici¨®n natural mientras todav¨ªa sosten¨ªa su almohada. Aya cruz¨® la estrecha entrada y le habl¨® desde el otro lado. "Esta barrera refleja m¨¢s que solo un simple impedimento. Puede que sea necesario enfrentar algunos sentimientos o resolver algunos conflictos internos". Rin se dej¨® caer al suelo, apoyando la espalda contra la pared rocosa, su expresi¨®n era una mezcla de agotamiento y reflexi¨®n. Se ve¨ªa claro que quer¨ªa estar con nosotros, pero sus propias barreras internas estaban deteni¨¦ndolo m¨¢s que la barrera m¨¢gica. "?Sentimientos? ?Qu¨¦ sentimientos? Solo quiero estar con mi familia", su voz estaba cargada de frustraci¨®n. R¨¢pidamente, mam¨¢ cruz¨® al otro lado y se sent¨® a su lado, los dos se quedaron hablando en voz baja. Me qued¨¦ observando a mis padres desde la distancia, del otro lado de la grita en la pared. Ver a mi padre ah¨ª, sentado contra la pared, derrotado por una barrera invisible... algo tan simb¨®lico, tan simple, y al mismo tiempo tan complicado. No se trataba tanto de magia. Era como si esa barrera representara todo lo que hab¨ªa entre nosotros, todo lo no dicho, las frustraciones, los silencios inc¨®modos, las expectativas no cumplidas. Suminia se acerc¨® a Aya, observando a Rin y Rundia de reojo. "Aya era tu nombre, ?cierto? Este... ?No hay ninguna forma de que ¨¦l pueda pasar de alguna manera?" Fue un buen gesto de parte de Suminia, como si realmente tratara buscar una soluci¨®n desde una posici¨®n neutral. "Ser¨ªa f¨¢cil quitar la barrera y dejarlo pasar, pero esa no es la manera de solucionar las cosas. Este lugar est¨¢ dise?ado para protegernos y, en algunos casos, tambi¨¦n para ayudarnos a enfrentarnos a lo que llevamos dentro". ?No ser¨¢ que Aya est¨¢ haciendo esto a prop¨®sito para que mi padre se arrepienta por lo que sucedi¨® antes o algo as¨ª? Si fuera por eso, ser¨ªa demasiado dif¨ªcil de hacer, aunque nosotros no tenemos mucha idea de c¨®mo es que funcionan sus barreras. Tampoco se lo hemos preguntado. Al menos explic¨® un poco cu¨¢l es la funci¨®n de este lugar tan sagrado para ella. No hab¨ªa pasado ni un d¨ªa desde que decidimos abandonar el santuario junto a Aya y Mirella que ya est¨¢bamos en el mismo lugar de vuelta, pero ahora con seis personas m¨¢s con nosotros. Si antes se me hac¨ªa tedioso vivir tantos metros bajo tierra, ahora... ya no s¨¦ qu¨¦ pensar. Me qued¨¦ apoyado contra una de las paredes mirando a Suminia y Samira, que estaban rearmando la fogata junto a Mirella, la cual parec¨ªa ansiosa por demostrarles que ella pod¨ªa encender el fuego con magia de luz. Mis ojos iban entrecerr¨¢ndose luego del largo y agotador d¨ªa. Cuando abr¨ª los ojos, ten¨ªa a Mirella durmiendo sentada en mi regazo. Los dem¨¢s tambi¨¦n dorm¨ªan junto al fuego. Solo faltaban Rin y mam¨¢, que se hab¨ªan quedado del otro lado de la barrera. "Pssss. ?Pssss! ?Mirella!" "Haaawwwnn..." ?As¨ª bostezan las hadas? "Eu, Mirella. ?Podr¨ªamos hablar un momentito? Sobre c¨®mo vamos a hacer las cosas a partir de ahora. Tambi¨¦n te quer¨ªa agradecer por salvarme cuando discut¨ªa con Rin". Acarici¨¦ su cabecita mientras ella segu¨ªa despabil¨¢ndose. Mirella levant¨® la vista y parpade¨® lentamente, estirando sus peque?os brazos. Luego se acomod¨® a¨²n m¨¢s sobre mi ropa hecha de pieles de animales. No es ninguna tonta, ?eh! Sabe que ya consigui¨® un lugar para dormir calentita. Sus ojos verdes brillaron gracias al fuego de la hoguera. A pesar de su tama?o diminuto, su expresi¨®n era muy tierna, sobre todo cuando su cabello rubio y lacio ca¨ªa en suaves mechones cortos alrededor de su rostro. "?Hmm? ?Qu¨¦ pasa, Luciano?" Susurr¨®. "Antes que todo, ?podr¨ªas hacerme un peque?o favor? Quiero que te asomes por la salida y veas si mis padres est¨¢n durmiendo". "Est¨¢ bien", dijo y se baj¨® caminando por mis piernas, sus pasos eran bastante largos, casi como si fuera dando saltitos que desafiaban la gravedad. Ver algo tan peque?o caminar as¨ª era un poco surreal, m¨¢s si siempre la veo yendo por el aire. Con sus manos sobre el borde de la grieta, la vi asomarse por all¨ª. Luego volvi¨® caminando de la misma manera en la que se fue. "Est¨¢n durmiendo cabeza con cabeza". Se acomod¨® de nuevo como estaba antes. Es la primera vez que estamos tan, pero tan pegados el uno con el otro. Debe ser por la temperatura, ac¨¢ bajo tierra se siente un poco m¨¢s fresco, eso ya lo hab¨ªamos notado. El silencio en la cueva, roto solo por el crujido ocasional de la fogata, hac¨ªa que cada susurro entre nosotros fuera m¨¢s ¨ªntimo, m¨¢s pesado de lo que deber¨ªa ser. Aunque parec¨ªa peque?a e inocente, su presencia siempre me resultaba tranquilizadora. "Gracias. Ahora quer¨ªa preguntarte tu opini¨®n sobre lo que pas¨®, ?crees que est¨¢ bien quedarnos ac¨¢ o va a ser un poco dif¨ªcil? Digo, tal vez se te ocurre otra estrategia". "Bueno, Aya y yo no tenemos problema viviendo aqu¨ª, pero si lo dices por los dem¨¢s, nosotras ayudaremos en todo lo que podamos para que puedan vivir bien. No te preocupes, Luciano, si proteger a tu familia es lo m¨¢s importante, tomaste una buena decisi¨®n. Adem¨¢s..." dijo apoyando su cabeza contra mi panza. "Yo me siento bien as¨ª". Suspir¨¦, apoyando mi cabeza contra la fr¨ªa pared de roca. "Es complicado... Siento que, si seguimos aqu¨ª, inevitablemente vamos a tener que enfrentarnos a todo. Y no s¨¦ si estoy preparado para eso. Lo que pas¨® con mi padre... nunca pens¨¦ que llegar¨ªa a esto. Pero tampoco podemos escapar de todo, ?no?" "Ya nos adaptamos antes, no te preocupes". "S¨ª, creo que tienes raz¨®n. A veces, adaptarse es solo cuesti¨®n de tiempo y esfuerzo. Aprecio mucho tu apoyo, Mirella. Tenerte ac¨¢, junto a Aya, realmente hace una gran diferencia". "A m¨ª tambi¨¦n me gusta estar a tu lado". "A todo esto, te quer¨ªa pedir perd¨®n por haberte dicho eso cuando escapamos de los hombres p¨¢jaro, lo de que no importaba si usabas todo tu poder. Al final te desmayaste y me puse mal. Quer¨ªa que sepas que s¨ª me importas, solo que estaba nervioso". Mirella se qued¨® en silencio un momento, como si estuviera digiriendo mis palabras mientras miraba al frente todav¨ªa sentada sobre mi regazo. "No tienes que disculparte por eso, Luciano", dijo finalmente, su voz era apenas un susurro en la oscuridad de la cueva, como si temiera romper el fr¨¢gil silencio que nos envolv¨ªa. "S¨¦ que solo quer¨ªas proteger a todos... Que quer¨ªas protegerme a m¨ª. Yo tambi¨¦n lo quer¨ªa, solo que¡­ a veces olvido que no soy invencible". "Lo ¨²ltimo que quiero es verte as¨ª, agotada o herida, especialmente por algo que yo dije. Fue un error m¨ªo, pens¨¦ que¡­ si nos qued¨¢bamos sin opciones, podr¨ªas salvarnos como siempre lo has hecho, pero nunca pens¨¦ en lo que eso te costar¨ªa. Y como si eso fuera poco, volv¨ª a repetir mi error minutos despu¨¦s. Perd¨®n". "Luciano¡­" Su voz tembl¨® ligeramente, y cuando hizo su cabeza hacia atr¨¢s y alz¨® la mirada, vi que sus ojos brillaban con l¨¢grimas que trataba de contener. "A veces¡­ a veces olvido que soy peque?a, que no puedo protegerte siempre como quiero. Pero t¨² nunca me trataste como algo fr¨¢gil. Me diste una raz¨®n para ser fuerte. Me diste una raz¨®n para luchar. Y, aunque me agote, aunque me desmaye o incluso si llegara a perderlo todo, nunca me arrepentir¨ªa de pelear por ti. Porque¡­ porque t¨² me salvaste primero". Mierda... no pens¨¦ que llegar¨ªa a admitirlo de esa manera. Esto es... fuerte. "A m¨ª no me importa si soy peque?a o si uso toda mi magia hasta no poder m¨¢s", continu¨®, sus l¨¢grimas ahora cayendo en silencio por sus mejillas. "Solo me importa que est¨¦s bien, que t¨² vivas, que sigas adelante, porque... Luciano, t¨² le das sentido a mi existencia. Antes de ti, no sab¨ªa lo que era vivir. No sab¨ªa lo que era sentir algo tan fuerte por alguien. Y ahora, solo quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre estar¨¦ a tu lado, aunque me cueste todo lo que soy". "No tienes que sacrificar todo por m¨ª", susurr¨¦. "No quiero que te destruyas por m¨ª. Tu vida¡­ Mirella, tu vida es igual de valiosa que la m¨ªa. Si algo te pasa, no s¨¦ c¨®mo podr¨ªa seguir. No quiero que pienses que siempre tienes que ser la fuerte, la que nos salva. A veces¡­ a veces tambi¨¦n necesito saber que est¨¢s bien. Que seas feliz. Eso es lo m¨¢s importante para m¨ª". Tos¨ª un par de veces mientras le acariciaba el cabello, no porque quisiera romper el momento, sino que el humo de la fogata impregnaba todo el lugar. "Por cierto, no debes prender fuego cuando estemos por dormir, solo cuando vayamos a comer". "Bueno..." Volvi¨® a acurrucarse sobre mi ropa para dormir. Justo en ese momento, una l¨¢grima cay¨® por mi mejilla. Ah¨ª me di cuenta de que era la primera vez que lloraba por alguien. El humo del fuego comenzaba a molestarme, haciendo que mis ojos picaran, o quiz¨¢s era otra cosa la que provocaba esa incomodidad. Las l¨¢grimas de Mirella, su confesi¨®n tan sincera y llena de vulnerabilidad, hab¨ªan tocado algo en m¨ª que no esperaba. ?Cu¨¢nto tiempo m¨¢s podr¨ªa seguir sin enfrentarme a la realidad de lo que ella sent¨ªa? ?Y c¨®mo demonios iba a lidiar con todo esto sin hacerle da?o? Porque lo sab¨ªa, tarde o temprano, iba a herirla, de alguna manera. Sariah hab¨ªa puesto una misi¨®n demasiado grande en m¨ª y s¨¦ que los problemas seguir¨¢n. Hoy saqu¨¦ algunas conclusiones sobre las part¨ªculas. Se supone que, si alguien se queda sin ellas, se desmayar¨¢, o por lo menos eso le pas¨® a Mirella. Luego est¨¢ lo del traspaso de una persona a la otra, ese es el tema m¨¢s curioso, porque a m¨ª nunca se me transfirieron las part¨ªculas cuando en el pasado Mirella estaba sobre mi cabeza o sobre mi hombro. No las obtuve hasta que toqu¨¦ el agua m¨¢gica. En el santuario, cuando practicaba mi magia, siempre las sol¨ªa recargar al instante, as¨ª que nunca voy a saber en qu¨¦ momento sucedi¨® o se activ¨® este nuevo sistema, pero es genial. Me qued¨¦ despierto hasta que por fin la fogata se consumi¨® y el humo comenz¨® a disiparse por la estrecha salida que conectaba con la gran cueva. Realmente no s¨¦ qu¨¦ nos deparar¨¢ este futuro tan cambiante, ni cu¨¢nto tiempo aguantaremos viviendo a tanta profundidad. Todo es incierto, y el camino hacia adelante est¨¢ lleno de sombras y luces. Cada obst¨¢culo, cada barrera, no solo prueba nuestra fortaleza f¨ªsica, sino tambi¨¦n nuestra capacidad para enfrentar las batallas internas que llevamos dentro. Mientras miro las piedras m¨¢gicas incrustadas en las paredes, me pregunto qu¨¦ otros misterios nos esperan en las profundidades de este mundo, porque la vida ac¨¢ no es simplemente un viaje hacia adelante, sino un viaje hacia el entendimiento profundo de m¨ª mismo y de aquellos que me rodean. A medida que avanzo, debo recordar que cada desaf¨ªo es una oportunidad para crecer, y cada dificultad, una lecci¨®n para aprender. No s¨¦ cu¨¢nto tiempo me llevar¨¢ resolver estos enigmas, pero mientras estemos juntos, cada paso, cada enfrentamiento, me acerca un poco m¨¢s a cumplir con mi prop¨®sito en este mundo. A¨²n me falta mucho por vivir y tengo mucho que entregar. ----------- FIN DEL VOLUMEN 1 ----------- Cap铆tulo 15: Un castigo para este ni?o mal educado. Mam¨¢ me despert¨® tray¨¦ndome una fruta para comer. "Hijo, ?est¨¢s bien? Esto es lo que podemos comer por ahora, estamos por salir a buscar m¨¢s". "Ah... ?S¨ª! Gracias por traerme algo de comida". Todav¨ªa medio dormido, tom¨¦ la ¨²nica fruta que ella ten¨ªa en su mano, era una na?a. Inmediatamente al intentar agarrarla, me di cuenta de que los brazos parec¨ªan pesarme cincuenta kilos, no... cien kilos. Casi no los pod¨ªa mover. "Por cierto, hay un ¨¢rbol de na?as muy cerca, al lado del arroyo. ?No quieren que Mirella los acompa?e? Ella sabe d¨®nde est¨¢". Aya, que estaba a punto de salir, intervino en la conversaci¨®n. "Ser¨ªa bueno que ella viniera, tendr¨ªamos m¨¢s protecci¨®n por si queremos seguir explorando. Aqu¨ª dentro no creo que pase nada. En todo caso tenemos puesta la barrera". "Bueno, entonces Mirella viene con nosotros". "?S¨ª!" La peque?a hadita sali¨® volando, parec¨ªa muy contenta por poder participar y ayudarlos en la b¨²squeda de alimento. "?Cu¨ªdense y traigan mucha comida!" Mam¨¢ me dio un beso en la frente y sali¨® junto a Anya, Mirella y Aya. Seguro que con pap¨¢ tambi¨¦n, pero no lo vi. Dentro del santuario solo quedamos los ni?os, las gemelas estaban interesadas en los pictogramas en la pared, mientras que Tar¨²n se qued¨® sentado en frente de la grieta, esperando a que Anya volviera. Su estad¨ªa tan est¨¢tica y su cara de preocupaci¨®n me molestaron un poco. "?Tar¨²n! ?Te gustar¨ªa que hablemos? Te puedo contar m¨¢s cosas sobre Mirella". "B-Bueno..." A pesar de siempre interesarle Mirella, la preocupaci¨®n por su madre era m¨¢s fuerte. Se sent¨® a mi lado, solo que, a diferencia de ¨¦l, yo casi no pod¨ªa mover mis m¨²sculos. Di el ¨²ltimo bocado a la na?a antes de hablar, mirando c¨®mo su tonalidad de piel marr¨®n clara era tan diferente a la de su madre. ?Su padre seguir¨¢ vivo? Esa es una gran inc¨®gnita "Mir¨¢, Tar¨²n, vos no te ten¨¦s que preocupar tanto por tu madre, ella es muy fuerte, ?s¨ª? Si te preocupas tanto, pareciera que no conf¨ªas en ella, mejor deber¨ªas hacer otras cosas mientras tanto e impresionarla cuando vuelva". "Pero..." Cort¨¦ sus palabras. "Nada de peros, no pod¨¦s estar todo el tiempo pensando en tu madre, ahora ella est¨¢ afuera y vos ac¨¢ adentro, as¨ª que mejor ponete a hacer otras cosas que sean m¨¢s productivas". Por m¨¢s que sea un ni?o, en este mundo no debe depender tanto de otras personas. As¨ª que debo ir ense?¨¢ndole eso para que le sirva en un futuro. "?Oye! ?Dijiste que ibas a hablarme de Mirella, no a retarme!" Me re¨ª ligeramente, viendo la mezcla de sorpresa y molestia en su rostro. Su exclamaci¨®n ten¨ªa un tono infantil y genuino que no pude evitar encontrar un poco gracioso. "Est¨¢ bien, est¨¢ bien, ten¨¦s raz¨®n. Tal vez si hablamos de Mirella te haga tener m¨¢s ganas de hacer otras cosas". Acomod¨¦ un poco m¨¢s mi espalda contra la pared antes de seguir. "Mir¨¢, todo empez¨® cuando me encontr¨¦ con unas piedras m¨¢gicas dentro de mi cueva..." Y as¨ª, como por una hora, nos quedamos charlando por primera vez desde que nos conocimos. Las gemelas tambi¨¦n se ve¨ªan curiosas escuchando a escondidas. Al principio no sab¨ªa si contarle todos los detalles, as¨ª que decid¨ª llegar hasta antes de hacer el pacto y omit¨ª la parte en la que sal¨ªamos a escondidas. "Qui¨¦n sabe, ?tal vez podr¨ªan salir m¨¢s criaturas m¨¢gicas de otras piedras!" "Woh, av¨ªsame si encuentras otra piedra maginica". "Se dice m¨¢gica, m¨¢-gi-ca". "Maggg-g-ginica. Magg..." "Es m¨¢gica, primero dec¨ªs ''magi'' y despu¨¦s ''ca''. No pongas el ''ni'' en medio". ¨¦l se rasc¨® la cabeza antes de volver a intentar. Despu¨¦s de todo sigue siendo un ni?o, aunque a pesar de eso, todos parecen tener un aprendizaje r¨¢pido, no como yo lo hubiera pensado en un principio de este mundo prehist¨®rico. De pronto, Samira se acerc¨® a nosotros con Suminia detr¨¢s de ella, pero ella miraba hacia otro lado. Mientras tanto de fondo se escuchaba a Tar¨²n intentando decir la palabra. "Luciano, yo..." Se acomod¨® su largo cabello negro detr¨¢s de las orejas antes de continuar. "Yo y Suminia quer¨ªamos agradecerte por haber sido tan valiente al salvar a todos. Ella ya me cont¨® todo sobre que usaste esa magia... o algo as¨ª. Nos gustar¨ªa saber si puedes contarnos m¨¢s sobre eso". Al terminar, ella juguete¨® con sus dedos e intentaba buscar alguna mirada c¨®mplice con Suminia, pero la otra se mostraba m¨¢s reservada, aunque estaba claro que compart¨ªa la curiosidad de su hermana. "En el tiempo que estuve viviendo en este lugar, pude aprender a usar magia de transformaci¨®n de materiales. As¨ª, miren", dije y transform¨¦ una peque?a piedra que hab¨ªa en el suelo en un cubo casi perfecto. Samira se arrodill¨® junto a m¨ª, fascinada por lo que hab¨ªa sucedido. "?C¨®mo hiciste eso?" Toc¨® con la punta de su dedo la creaci¨®n que yo sosten¨ªa en mi mano derecha. Luego agarr¨® otra de las piedras que hab¨ªa en el suelo y la manose¨® de todas las formas posibles. "?Por qu¨¦ yo no tengo magia?" Pregunt¨® al aire y compar¨® las dos piedras con resignaci¨®n. "Eso es porque eres alguien normal, no deber¨ªas juntarte mucho con los raritos..." Dijo Suminia y se sent¨® al lado de Tar¨²n, apoyando su espalda contra la pared rocosa. A esta ni?a no se le va con nada su odio hacia m¨ª, ?eh! Ya va a ver cuando cree las cosas que tengo pensado hacer... No le voy a dar ni mierda. "?Y t¨², Luciano? ?C¨®mo te sentiste cuando descubriste que pod¨ªas usar magia?" La pregunta de Samira, aunque simple, escond¨ªa algo m¨¢s profundo, como si intentara encontrar una conexi¨®n con esa habilidad que yo ten¨ªa y ella no. "No s¨¦... simplemente sucedi¨® y Aya me ayud¨® a mejorar". Claro, no pod¨ªa contarles sobre Sariah, el problema con los golems y dem¨¢s cosas que me sucedieron. Samira asinti¨®, como si comprendiera a medias, y su mirada se llen¨® de admiraci¨®n. No era la primera vez que lo ve¨ªa en sus ojos, pero algo en esa expresi¨®n me hizo sentir inc¨®modo. No quer¨ªa que me vieran como alguien inalcanzable. "?Y si un d¨ªa pudieras ense?arnos a tener maginica?" Propuso Tar¨²n, con esa inocente insistencia que solo los ni?os pueden tener. Sus ojos brillaban con la posibilidad de lo imposible. "Puede que eso no funcione as¨ª, Tar¨²n", le dije con suavidad, intentando no aplastar su ilusi¨®n por completo. "La magia no es algo que puedas simplemente aprender... bueno, al menos, no de la misma forma que se aprende a buscar frutas o encender el fuego. Pero quien sabe, tal vez hay m¨¢s cosas por ah¨ª que a¨²n no entendemos". "?Entonces voy a pedirle a Mirella que me ense?e!" "Tranquilo Tar¨²n, ya vamos a ver qu¨¦ hacemos al respecto". Mientras Samira segu¨ªa tocando la piedra transformada con una mezcla de curiosidad y algo de frustraci¨®n, pens¨¦ en lo que significaba para m¨ª todo este asunto de la magia. La forma en la que lo hab¨ªan aceptado, como algo natural, me descolocaba un poco. En la Tierra, esto hubiera sido motivo de incredulidad, de teor¨ªas y cuestionamientos. Aqu¨ª, sin embargo, era como si simplemente fuera una herramienta m¨¢s, solo que no todos pod¨ªan usarla. "Tom¨¢, te la regalo, Sami". "?En serio!? ?Gracias, Luciano! Esto es... incre¨ªble". Sus delgados dedos acariciaban la superficie lisa del cubo de piedra transformado, como si fuera un tesoro invaluable. Autom¨¢ticamente, Suminia se levant¨® del suelo. "?Samira! ?Acomp¨¢?ame un momento afuera!" Le agarr¨® la mano y se la llev¨® sin que ella pudiera decir ni una palabra. Hubo un silencio inc¨®modo luego de que el cubo chocara contra el suelo. "Luciano... ?Por qu¨¦ Suminia hizo eso?" "Simplemente ella es as¨ª conmigo. Pero no te preocupes, las cosas van a ir mejor. Por cierto, no hace falta que te aguantes", dije, mirando las piernas inquietas de Tar¨²n. "Est¨¢ bien, ya vengo". ¨¦l se fue del lugar mientras balbuceaba la palabra que no le sal¨ªa decir. "S¨ª, and¨¢ con cuidado, no te vayas a ir tan lejos". Al final me qued¨¦ solo, aunque lo hice a prop¨®sito para aprovechar de hacer mis necesidades. Como casi no puedo mover mi cuerpo... voy a tener que ingeni¨¢rmela con magia en el suelo. Luego de varias maniobras exitosas, me di cuenta de que la magia que tengo es algo incre¨ªble ?y me acababa de salvar la vida! Si uso la cabeza, transformar materiales puede servir para cualquier cosa. Luego de unos segundos de felicidad, por la entrada pas¨® aqu¨¦l que nunca pens¨¦ que iba a volver a ver. De un momento a otro lo ten¨ªa enfrente, con su cara peque?a, su pelaje largo azul y rojo, y su baja estatura. Era la mascota de Anya, que tra¨ªa un peque?o pez naranja entre sus dientes. Al pez, que segu¨ªa vivo, lo deposit¨® al lado de mis piernas. "Ah... Pero mir¨¢ qui¨¦n aparece ahora, ?si antes cuando m¨¢s te necesit¨¢bamos no estabas!" ¨¦l se me qued¨® mirando, entendiendo a la perfecci¨®n todo lo que le dec¨ªa. Ya hab¨ªamos descubierto esa habilidad junto a Mirella el d¨ªa en el que encontr¨¦ la cueva de Aya. "Est¨¢ bien, te perdono si nos segu¨ªs ayudando a traer comida. ?Entiendes?" Se tumb¨® en el piso con las cuatro patas abiertas mientras miraba c¨®mo agonizaba el pez. Me sent¨ª un poco mal por el pececito, pero yo no fui qui¨¦n lo mat¨®, eh... "?T¨² eres herb¨ªvoro? Con raz¨®n siempre andas por la selva", dije, rasc¨¢ndole suavemente detr¨¢s de las orejas e intentando hablarle claro. Aunque no ten¨ªa mucho sentido lo que dije. "Vamos a necesitar toda la ayuda posible para mantener a todos alimentados. ?Nos vas a ayudar o no?" El extra?o animalito solt¨® un suave gru?ido de satisfacci¨®n mientras cerraba los ojos, disfrutando de la caricia. A pesar de su aparente actitud indiferente, hab¨ªa algo en su comportamiento que me hac¨ªa pensar que estaba m¨¢s dispuesto a ayudar de lo que dejaba ver. Ojal¨¢ que sea as¨ª. De paso pude asegurarme de que ¨¦l no recib¨ªa mis part¨ªculas m¨¢gicas, por lo que es un animal com¨²n. Se supone. Luego volvieron Suminia, Samira y Tar¨²n. Los tres juntos. Samira vino a paso r¨¢pido hacia m¨ª. "?Luciano!" Grit¨® y se arrodill¨® junto a m¨ª. "Oye, ?est¨¢s bien? No sueles estar tan quieto. Pens¨¦ que ibas a venir a ver qu¨¦ hac¨ªamos". "Solo... me duelen un poco las piernas, las tengo cansadas por haber corrido tanto. Pero ya ma?ana voy a estar mejor, no te preocupes". "?Fufi! ?Fufi!" Tar¨²n se tir¨® contra el monstruito peludo mientras gritaba desaforadamente. "Ah, ese era tu peque?o amigo, ?no?" Dijo Samira mientras acariciaba suavemente el lomo de Fufi, o por lo menos as¨ª parec¨ªa ser como lo llamaban. "?S¨ª! ?Fufi es el mejor y se queda conmigo cuando mi mam¨¢ no est¨¢!" Suminia solt¨® un suspiro, claramente menos interesada en la mascota. "Bueno, mientras no cause problemas, no me importa". Tampoco es como si alguien hubiera pedido su opini¨®n, ?no? Se?al¨¦ el pescado en el suelo. "De hecho nos trajo comida". "S¨ª, Fufi es incre¨ªble". "Peque?o, ?por qu¨¦ no vas a ver si los dem¨¢s est¨¢n bien all¨¢ fuera? Y por favor... luego vuelve, porque me parece que a vos te gusta escaparte, pero ahora te necesitamos m¨¢s que nunca". Ante mis palabras, Fufi sali¨® rajando hacia fuera a una velocidad incre¨ªble. Todav¨ªa no entiendo c¨®mo es que entiende lo que le decimos. "Oh, Luciano, ?yo estaba con Fufi! ?Por qu¨¦ le dijiste que se fuera?" "Escuchen, creo que ya est¨¢n volviendo los dem¨¢s". Todo el grupo de adultos volvi¨® con bastante comida entre las manos, Aya tra¨ªa pescados y los otros, muchas frutas, principalmente na?as. "?Ya volvimos!" Grit¨® Anya, acerc¨¢ndose a nosotros. "?Todo estuvo bien?" "?S¨ª! Y tambi¨¦n anduvo Fufi por ac¨¢". Fui el primero en hablar, debo decir que siempre me emocionaba un poquito ver a Anya y hablarle, ella es tan hermosa, tan joven... Adem¨¢s es amable y trae buenas vibras. As¨ª lo siento yo. "?Ah, ?s¨ª? Fufi siempre anda por cualquier lado, pero ¨¦l es bueno". "El pobre Luciano dice que le duelen las piernas..." Acot¨® Samira, acariciando mi pierna izquierda, su tacto era suave y delicado, demostrando que yo le importaba bastante.A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. "No te preocupes, Samira. ?Seguro que ma?ana Luciano ya est¨¢ como nuevo!" Poco a poco Anya iba acercando su mano hacia mi cabeza. ?No! ?No! ?Todo menos la cabeza! ?Ese lugar est¨¢ prohibido! Cuando la mano de Anya choc¨® contra mi pelo rojo que se infiltraba entre los dem¨¢s de color marr¨®n, la electricidad recorri¨® internamente todo mi cuerpo y me hizo estremecer violentamente. "?Ah!" No pude evitar soltar un jadeo, a mitad de sorpresa y dolor. Cada vez que alguien tocaba mi pelo rojo, la diosa pod¨ªa saber todo el pasado y secretos de aquella persona, pero ten¨ªa que aguantarme el dolor que iba aumentando por cada persona que lo tocara. Anya retir¨® su mano bruscamente, mirando con preocupaci¨®n. "?Qu¨¦ pasa, Luciano? ?Algo te doli¨®?" "Bueno, es que... yo... T-Tu mano estaba..." Todav¨ªa no hab¨ªa inventado ninguna excusa "Luciano, ?te duele mucho el cuerpo? Puedo intentar buscar m¨¢s agua del arroyo... tal vez te alivie", sugiri¨® Aya con esa serenidad habitual. La sugerencia era buena, hasta demasiado buena dir¨ªa yo, aunque no quer¨ªa abusar demasiado de tomar el agua m¨¢gica. Todav¨ªa no sabemos si tiene alg¨²n efecto secundario. "?Qu¨¦ pasa que lo consienten tanto?" Rin, que parece que pudo cruzar la barrera, habl¨® antes de que yo pudiera responder. "Yo tengo mucho qu¨¦ hablar con ¨¦l". Dej¨® las frutas, que en su mayor¨ªa eran na?as, en el suelo y se acerc¨® a nosotros. La primera en irse de la escena fue Suminia, la cual fue inmediatamente seguida por su gemela. Anya se me qued¨® mirando con un dedo apoyado sobre los labios, luego mir¨® a Tar¨²n. "Hijo, creo que ya debemos irnos a comer". Luego de que Anya se fuera de la mano con su hijo, Rin me mir¨® muy enojado. "Ya te hab¨ªa dicho que te esperaba un castigo muy duro, ?no?" Mam¨¢ miraba desde atr¨¢s con resignaci¨®n, aparentemente sin poder meterse entre nosotros. No contest¨¦ nada, solo me qued¨¦ vi¨¦ndolo inexpresivamente. Adem¨¢s, me daba algo de verg¨¹enza que todos est¨¦n mirando desde lejos. La ¨²nica que no est¨¢ por ac¨¢ es Mirella. "Ya habl¨¦ con tu madre sobre esto, as¨ª que ahora vas a tener que obedecerle de una vez a tus padres. Se acab¨® el portarse mal. A partir de ahora no vas a volver a salir solo hasta que yo lo diga, y no me importa si dices que con tus amigas m¨¢gicas vas a estar seguro, porque ese no es el caso. Solo vas a salir acompa?ado por tu madre o por m¨ª. ?Entendiste?" "S¨ª, pap¨¢", respond¨ª, tratando de mantener la compostura, aunque por dentro bull¨ªa de rabia. No era solo por lo que me dec¨ªa, sino porque, en cierto modo, sab¨ªa que ten¨ªa raz¨®n. Hab¨ªa estado siendo imprudente. Las criaturas m¨¢gicas, las batallas... este mundo no era un juego. Pero tampoco pod¨ªa dejar que me ataran de manos. Ten¨ªa responsabilidades, un destino que cumplir. Algo que ellos nunca entender¨ªan. ¨¦l se agach¨® y agarr¨® el pescado del suelo. "?De d¨®nde sacaste esto?" Pap¨¢ me mir¨® con un gesto severo mientras sosten¨ªa el pescado. Su mirada era penetrante y llena de frustraci¨®n. "?De d¨®nde sacaste esto, Luciano?" Repiti¨®, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas de que buscar¨ªa la m¨¢s m¨ªnima cosa para enojarse conmigo. Mir¨¦ hacia el pescado que ¨¦l sosten¨ªa. La verdad es que no sab¨ªa qu¨¦ responder exactamente. El hecho de que la mascota de Anya lo hubiera tra¨ªdo por s¨ª mismo y luego se haya ido complicaba las cosas. "Eh... Fufi lo trajo", dije con un tono vacilante. "?Y por qu¨¦ te lo traer¨ªa justo a ti? ?D¨®nde est¨¢ ¨¦l?" Estir¨® hacia atr¨¢s la mano con la que sosten¨ªa el pescado, dejando que Rundia lo agarre. "No lo s¨¦". "Qu¨¦ es lo que no sab¨¦s, ?eh?" "Solo lo trajo y ya, ?acaso eso te enoja? Ahora tenemos m¨¢s comida". "?No le contestes as¨ª a tu padre!" "Perd¨®n... pap¨¢". "Est¨¢ bien... ?Solo espero que no se te ocurra desobedecerme, porque si no tu castigo ser¨¢ mucho mayor!" Con ese ¨²ltimo aviso, se dio la vuelta y se llev¨® consigo a Rundia hacia la fogata que estaba armando Anya. ?Qu¨¦ me importa si no puedo salir por un tiempo? Ya cumpl¨ª mi objetivo, la magia ya la obtuve y pronto vamos a tener un nuevo integrante en la familia. Solo tengo que jugar a ser un ni?o bueno que obedece a sus padres al pie de la letra... o m¨¢s o menos eso. Ya vas a ver, Rin, cuando en un futuro empiece a usar mi magia se te va a caer la baba. Ah¨ª te vas a dar cuenta de que me echaste la culpa por algo que yo no pod¨ªa manejar. *** Los d¨ªas pasaron y la rutina en el santuario se estableci¨®. Sus viajes para buscar comida se volvieron comunes, y todos comenzaron a adaptarse a su nuevo entorno. La relaci¨®n entre los miembros del grupo se mantuvo estable, y aunque las tensiones exist¨ªan, hab¨ªa una sensaci¨®n de comunidad y apoyo mutuo. Siempre y cuando yo siguiera sin hacer nada raro que molestara a Rin. Mam¨¢ est¨¢ un poco molesta hoy porque no puede traer sus ''ofrendas'' del oc¨¦ano para el dios en el que ella cree. De hecho, hubo d¨ªas en los que no quiso salir a buscar comida. Hoy es uno de esos d¨ªas. Yo estaba recostado en el suelo con Mirella encima de mi panza, algo que se hizo com¨²n mientras estamos aburridos. "Mirella, ?puedo enviarte a que busques algo afuera?" "?Qu¨¦ cosa?" Baj¨¦ un poco el tono de voz. "Bueno, es que a mam¨¢ se le cayeron las cosas brillantes al agua del arroyo aquel d¨ªa que llegamos al santuario, y son muy importantes para ella. Yo quer¨ªa saber si vos podr¨ªas ir trayendo de a poco las que vos ten¨ªas en la cueva. ?Te acord¨¢s? Esas que te regal¨® ella. Solo puedo confiarte estas cosas a vos, ya sab¨¦s que estoy castigado y afuera no se sabe qu¨¦ va a pasar con el tema de los hombres p¨¢jaro". "Est¨¢ bien, pero solo puedo cargar con algunas, as¨ª que las ir¨¦ trayendo de a poco", dijo, copiando mi tono de voz, pero todav¨ªa segu¨ªa recostada boca arriba. Su cabello lacio ca¨ªa como una cortina dorada a los lados de mi torso, cosquilleando mi piel cada vez que ella se mov¨ªa. Estaba claro que no ten¨ªa intenciones de levantarse de inmediato, y yo tampoco estaba precisamente apurado por dejar de disfrutar del calor de su peque?a figura. "?Gracias! Sos la mejor amiga del mundo". "No, t¨² eres el mejor amigo del mundo". "Y vos sos mi hada favorita". "?Tu hada favorita?" "Bueno, si no fueras mi hada preferida, tal vez no te dejar¨ªa recostarte sobre m¨ª cada vez que te da la gana. Pero ya que me cuidas, hago excepciones". "?Claro, claro! Soy una excelente hada guardiana. ?Qui¨¦n m¨¢s te cuidar¨ªa mejor que yo?" Pregunt¨®, cruzando los brazos detr¨¢s de su cabeza y cerrando los ojos, como si estuviera disfrutando de un d¨ªa soleado en la playa. A nuestro lado estaba Tar¨²n, el cual no parec¨ªa entender muy bien qu¨¦ era lo que est¨¢bamos planeando y hablando. Me miraba desde arriba con sus ojos negros llenos de curiosidad sobre m¨ª. "Tar¨²n, ?te gustar¨ªa ser mi amigo?" La pregunta era media tonta, pero creo que podr¨ªa llegar a alegrarlo un poco. En realidad, me sent¨ªa super aburrido. "?Amigo?" "S¨ª, un amigo es... Alguien con el que te gusta hablar y comparten gustos en com¨²n. No me vas a decir que le ten¨¦s que preguntar antes a tu mam¨¢, ?no?" "?Oye!" Mirella, que a¨²n estaba recostada sobre mi pecho, abri¨® un ojo para mirar al peque?o. "Claro que quiere ser tu amigo, ?qui¨¦n no querr¨ªa ser amigo de Luciano?" Dijo con una sonrisa burlona, agitando una mano despreocupadamente hacia arriba, aunque por alguna raz¨®n, me dio la sensaci¨®n de que estaba apuntando hacia una de las piedras m¨¢gicas del techo. "?Entonces s¨ª! Pero... ?tambi¨¦n puedo ser amigo de Mirella?" Mirella se enderez¨® y se gir¨® hacia Tar¨²n. "S¨ª, ?podemos ser amigos! Luciano y yo somos mejores amigos, as¨ª que todos sus amigos son mis amigos". "Bueno, pero ser mi amigo no es tan f¨¢cil, ?sab¨¦s?" Le lanc¨¦ la frase solo para hacerlo dudar un poco. "Hay reglas", a?ad¨ª, tratando de darle un poco de emoci¨®n a la situaci¨®n, aunque honestamente no ten¨ªa ni idea de a qu¨¦ me refer¨ªa. "?Reglas?" pregunt¨® Tar¨²n, con los ojos ahora a¨²n m¨¢s grandes, como si acabara de descubrir que la amistad ven¨ªa con un manual de instrucciones. O tal vez no entend¨ªa la palabra. Mirella se rio bajito. "Ay, no le hagas caso. Est¨¢ aburrido y siempre inventa cosas cuando se aburre". "Bue... Me cortaste la inspiraci¨®n, Mirella". "Entonces, ?qu¨¦ hacemos como amigos?" Pregunt¨® Tar¨²n. "Bueno, Luciano me regal¨® una cosa que se llam..." "?Hey! ?Hey! ?Hey! ?Por qu¨¦ mejor no le mostr¨¢s tu magia, hadita traviesa?" Cort¨¦ en seco sus palabras con la pregunta, Tar¨²n no deber¨ªa saber eso y tampoco me gustar¨ªa explicarle sobre el anillo. "?S¨ª, quiero ver su maginica!" Me llev¨¦ las manos a la cara al volver a escuchar ese invento de palabra, en cambio, Mirella parec¨ªa estar muy contenta. "?Mi maginica?" "Quiso decir magia, pero todav¨ªa no le sale la palabra". "?Ah! Ya entend¨ª. Si quieres, podemos ir a la parte de la cueva donde est¨¢ m¨¢s oscuro y te muestro lo que puede hacer la magia de luz". "?En serio? ?S¨ª! Vamos". "Yo los espero ac¨¢, divi¨¦rtanse", dije y me enderec¨¦. El otro d¨ªa Aya me dijo que puso tres barreras a lo largo de la cueva, as¨ª que ahora nos sentimos m¨¢s seguros. "Ya volvemos, luego ir¨¦ a buscar eso que me pediste". Mirella vol¨® al lado de Tar¨²n y los dos se fueron muy contentos mientras hablaban. El ambiente en el santuario se volvi¨®... silencioso. Apenas se escuchaban algunos murmullos provenientes de la esquina contraria a la m¨ªa, donde estaban las gemelas. Me levant¨¦, ya sinti¨¦ndome mejor f¨ªsicamente luego de descansar varios d¨ªas, y me sent¨¦ junto a mi madre. Apoy¨¦ mi cabeza contra su brazo antes de hablar. "Mam¨¢, ?qu¨¦ te parece el santuario de Aya?" "Est¨¢ muy lindo, hijo". "Bueno... Es bastante m¨¢s grande que nuestra cueva anterior. Y la vista y camino del arroyo es incre¨ªble". "S¨ª", su voz era algo cortante, como si no quisiera hablar en este momento. Me qued¨¦ en silencio unos segundos, tratando de pensar en algo m¨¢s para animarla. No me gustaba verla as¨ª. Mam¨¢ siempre hab¨ªa sido alegre, pero estaba claro que no ten¨ªa ganas de hacer nada. Yo supongo que es por lo que pens¨¦ antes, pero tambi¨¦n debe influir mi mala situaci¨®n actual con Rin, no creo que le guste vernos as¨ª. "Y... As¨ª que voy a tener un hermanito", dije, poniendo una mano sobre su vientre, el cual no se notaba tan diferente a lo normal. Tendr¨¢ un embarazo de unos tres meses, supongo. "S¨ª... Pronto tendr¨¢s un hermanito y jugar¨¢n juntos". "?Te parece bien si nos quedamos en este lugar hasta que ¨¦l o ella nazca? Luego podr¨ªamos encontrar un mejor lugar donde vivir en paz". "No s¨¦... Hay que ver qu¨¦ dice tu padre". Justamente luego de mencionarlo, ¨¦l pas¨® por la entrada, cargando algunos animales peque?os entre sus brazos, parec¨ªan conejos. La caza hab¨ªa mejorado luego de mudarnos aqu¨ª, al ser un lugar poco explorado est¨¢bamos consiguiendo m¨¢s comida. Detr¨¢s de ¨¦l ven¨ªan Aya y Anya, que cargaban frutas y pescados. Rin tir¨® los cuerpos junto a donde se preparaba el fuego y se dirigi¨® hacia nosotros. "?Luciano, quiero que me expliques algo, y nada de mentiras!" Luego se inclin¨® un poco, sus ojos negros clavados en los m¨ªos. "?Qu¨¦ era eso del pacto entre t¨² y el hada? ?Qu¨¦ fue eso que sucedi¨® entre ustedes cuando nos estaban liberando? ?Responde!" ?C¨®mo es que se acord¨® de eso de repente? ?Por qu¨¦ tendr¨ªa que sacarlo ahora? Estaba tan concentrado en evitar cualquier conflicto que hab¨ªa logrado esquivar ese tema por d¨ªas. S¨¦ que promet¨ª explicaciones, ?pero pens¨¦ que ya se hab¨ªan olvidado!. Apret¨¦ los labios, buscando la mejor manera de responder sin desatar su ira. "Un pacto es un acuerdo entre dos seres. El nuestro consiste en no atacarnos". "?Y qui¨¦n te dio permiso de hacer eso?" Me agarr¨® del cabello, tirone¨¢ndolo fuertemente. "?Ya no te metas en cosas raras! ??Me escuchaste?!" "S¨ª, ya entend¨ª". "?Qu¨¦? ?''S¨ª, pap¨¢'' se dice!" "S¨ª, pap¨¢", respond¨ª con esfuerzo, intentando no mostrar el dolor que sent¨ªa por el tir¨®n en mi cabello. ¨¦l me solt¨® con un gru?ido, claramente insatisfecho, pero dej¨® el asunto por el momento y se volvi¨® hacia los dem¨¢s que estaban acomodando las ramas y piedras para la hoguera. Gir¨¦ la vista hacia mam¨¢ y la vi llorar en silencio. Sus l¨¢grimas se deslizaban lentamente por su blanca y suave piel. Solo pude volver a apoyar la cabeza contra su brazo, intentando hacerle saber que yo estaba bien, que ella tambi¨¦n deber¨ªa estar bien. Recuerdo que, en tiempos pasados, ella siempre sal¨ªa a favor m¨ªo y defend¨ªa mis malos comportamientos, pero ahora las cosas cambiaron desde que me escap¨¦ de casa. Rin se volvi¨® m¨¢s agresivo y mam¨¢ debe sentir que no tiene fundamentos como para poder defenderme. "?Luciano! ?Mira lo que trajimos!" Se escuch¨® de la voz de Mirella, cuando rod¨¦ los ojos hacia la estrecha entrada de piedra, ah¨ª estaba Mirella cargando con algunas cosas brillantes y... Tar¨²n estaba cargando todos los corales y dem¨¢s restantes. "?Antes de que lo preguntes, lo encontramos en el agua de la cueva!" Grit¨®, levantando el dedo ¨ªndice de la mano derecha, justo en el que tiene puesto el anillo de piedra. En ese tonto movimiento, se le cayeron la mitad de las cosas al suelo. As¨ª que las cosas se fueron moviendo por la corriente de agua hasta llegar al fondo de la cueva... No lo hab¨ªa tenido en cuenta. Antes de que pudiera hablar, mam¨¢ se levant¨® inmediatamente y corri¨® hacia ellos. "?No puedo creer que las hayan encontrado!" Exclam¨®, arrodill¨¢ndose y tomando cuidadosamente los objetos brillantes de las manos de Tar¨²n y Mirella y luego del suelo. "?Gracias! ?Gracias!" Me acerqu¨¦ a Aya, que ve¨ªa la escena sorprendida. "Aya, ?crees que Rundia podr¨ªa tener un peque?o lugarcito en el santuario?" Tirone¨¦ suavemente la manga blanca de su yukata, intentando convencerla tiernamente. Realmente no s¨¦ si ella tiene alguna creencia religiosa... Se supone que un santuario deber¨ªa ser para eso. "Claro, Luciano, el santuario es de todos, as¨ª que cada uno puede poner las cosas que m¨¢s le gusten". "Gracias", agradec¨ª, mis palabras mezcl¨¢ndose con las que segu¨ªa diciendo mi madre. Mir¨¢ndolo desde la perspectiva de la entrada que conecta la cueva con el santuario, mam¨¢ puso todo contra la esquina superior derecha, all¨ª es donde duerme junto a Rin. Mirella y yo dormimos en la otra esquina de la derecha. Aya al frente de la entrada, donde est¨¢ la pared m¨¢s lisa y las pictograf¨ªas. Los dem¨¢s duermen esparcidos del lado izquierdo, donde suelen hacer la fogata. (Muchos d¨ªas despu¨¦s) Mam¨¢ ya no sale a recolectar comida por precauci¨®n, ya que tiene el embarazo m¨¢s avanzado y puede ser peligroso para ella hacer esfuerzo f¨ªsico, as¨ª que ahora la reemplazan Suminia y Samira. Ahora, me encuentro sentado junto a ella y Tar¨²n, todos los dem¨¢s est¨¢n fuera. "Mam¨¢, ?crees que ser¨¢ un ni?o o una ni?a?" Pregunt¨¦, mirando su gran panza. "Bueno, no lo s¨¦. Ya tuve un ni?o, as¨ª que me gustar¨ªa tener una ni?a. ?T¨² qu¨¦ opinas, hijo?" "Creo que cualquiera de los dos me gustar¨ªa por igual, lo importante es que crezca saludable". "?Qu¨¦ sea ni?o! ?Qu¨¦ sea ni?o!" Gritaba Tar¨²n levantando los brazos desde el otro lado de mi mam¨¢. "Tienes raz¨®n, lo importante es que crezca sano y fuerte, como t¨²", respondi¨® y solt¨® una risita. Se la ve¨ªa muy alegre. "Oigan, si utilizo un poquito de magia, ?guardar¨ªan el secreto y no se lo contar¨ªan a mi pap¨¢?" Me par¨¦ en frente de ellos luego de hablar. "Claro, hijo, a m¨ª no me molesta eso. Siempre y cuando no hagas nada malo o que pueda lastimarte". Tar¨²n empez¨® a dudar, nos miraba a m¨ª y a Rundia. "Bueno, yo... deber¨ªa preguntarle a mi mam¨¢..." "?En serio abandonar¨ªas a un amigo? Mmm... No esperaba eso de ti, Tar¨²n. Qu¨¦ decepci¨®n". Mov¨ª la cabeza de costado a costado. Tar¨²n se qued¨® en silencio por un segundo, mirando al suelo, claramente debatiendo internamente si deber¨ªa traicionar la confianza de su madre o la m¨ªa. El ni?o siempre ha sido muy apegado a su mam¨¢, pero tambi¨¦n he visto c¨®mo me admira. Finalmente, asinti¨® con la cabeza, aunque de manera un poco t¨ªmida. "Est¨¢ bien, no le dir¨¦ a nadie", susurr¨®, como si fuera un gran secreto. "Buen, pero no ser¨¢ nada incre¨ªble", dije, caminando hacia la otra parte del lugar, donde estaba incrustada en la pared una piedra con part¨ªculas m¨¢gicas. La altura era de aproximadamente un metro, siendo la piedra m¨¢s cercana a mi alcance de las cinco que hay. "Esta piedra... no me gusta c¨®mo se ve ah¨ª..." Puse las manos rodeando la piedra, y con magia la fui sacando poco a poco. Una vez ya fuera, alis¨¦ la pared... En realidad, lo que hice fue dejar el hueco en el fondo y traer roca del fondo hacia delante. Tar¨²n se acerc¨® a m¨ª. "?Por qu¨¦ no te gustaba la piedra?" "Es que... ?No crees que queda mejor as¨ª?" Estaba claro que no pod¨ªa decirle el verdadero motivo de sacar la piedra con part¨ªculas. "Bueno, creo que as¨ª se ve mejor. La maginica es genial". Puse una mano en su hombro. "Recuerda que esto se llama magia, y lo que pas¨® ahora es un secreto que no debes cont¨¢rselo a nadie, ?s¨ª?" Tar¨²n asinti¨® con un poco de temor, pero lo bueno es que ellos no pod¨ªan ver las part¨ªculas. Luego fui hacia las siguientes piedras m¨¢s altas, tirando la m¨ªa y haciendo que choque con las dem¨¢s. As¨ª es como se traspasan las part¨ªculas. "Hijo, ?a qu¨¦ est¨¢s jugando?" Al escucharla, fall¨¦ el tiro de la quinta piedra. "Es que estaba aburrido. ?Te gustar¨ªa intentar? Ten¨¦s que darle a esa que est¨¢ ah¨ª". Se?al¨¦ la que estaba en la esquina, justo arriba de donde Mirella y yo dormimos. Rundia observ¨® con curiosidad y se levant¨® con una leve sonrisa, manteniendo la mano izquierda en su vientre. "?A qu¨¦ debo darle?" Pregunt¨® y recibi¨® mi piedra entre sus manos. "Hay una piedra que sobresale justo ah¨ª, solo debes hacer que choquen". De pronto ella empez¨® a mirar la piedra de m¨¢s cerca, luego se la puso cerca de su oreja. "?Huh?" "?E-Est¨¢ todo bien?" Me empez¨® a agarrar miedo. Ella la sosten¨ªa con ambas manos, acerc¨¢ndola a su o¨ªdo como si esperara escuchar algo. El aire en la cueva se volvi¨® denso de repente, y sent¨ª un escalofr¨ªo recorrerme la espalda. ?Pod¨ªa percibir algo extra?o? No, eso era imposible. Ella no pod¨ªa ver las part¨ªculas m¨¢gicas. ?O s¨ª? Se supone que solo los seres m¨¢gicos pueden verlas. Mis pensamientos comenzaron a acelerarse y ella no respond¨ªa. "?Todo bien, mam¨¢?" Volv¨ª a preguntar, intentando que mi voz sonara casual, aunque por dentro estaba completamente alterado. "Pareciera como si hubiera algo dentro, pero no puedo explicarlo. Se siente... viva, de alguna manera". "Viva", repet¨ª para m¨ª mismo, mi coraz¨®n golpeando fuerte contra mi pecho. Las palabras de mam¨¢ no ayudaban a calmar mi ansiedad, solo la intensificaban. ?C¨®mo es posible que pudiera sentir algo? Eso no ten¨ªa sentido, ning¨²n humano ordinario deber¨ªa poder notar la energ¨ªa m¨¢gica en una simple piedra. Pero su instinto, su conexi¨®n natural como madre o algo m¨¢s profundo que desconoc¨ªa, la hab¨ªa alertado. ?Todo se acab¨® para m¨ª? Ya no iba a poder seguir escondiendo mis secretos si es que ella hab¨ªa activado, de alguna forma, alguna habilidad m¨¢gica. Cap铆tulo 16: Familia. Mientras mam¨¢ sosten¨ªa la piedra m¨¢gica sobre su oreja, por mi mente pasaron mil cosas. Era imposible que ella sintiera algo, ?no? Si es un humano normal. "Me pareci¨® escuchar algo... No importa... Debo estar imaginando cosas, esta es solo una piedra", dijo, para luego lanzarla contra la ¨²ltima piedra con part¨ªculas incrustada en una esquina del santuario. Di un suspiro de alivio antes de ir a recoger la piedrita que brillaba con mucha potencia, pero parec¨ªa que no se hab¨ªa llenado de part¨ªculas como para liberar al ser que estaba atrapado dentro. Por ahora, hab¨ªa esquivado la bala, pero el susto no se me pasaba. Esa fue una advertencia clara: deb¨ªa ser m¨¢s cuidadoso en el futuro... Cualquier peque?o desliz podr¨ªa ponerlo todo en riesgo. "?Ahora a qu¨¦ le tengo que apuntar?" "Creo... que ya est¨¢, tienes muy buena punter¨ªa, mam¨¢". "Bueno, me quedar¨¦ esperando a que venga tu padre", dijo y se fue hacia la salida del santuario que conectaba con la gran cueva. Me hice el distra¨ªdo cuando Tar¨²n se fue junto a Rundia y escond¨ª la piedra debajo de unas hojas que hab¨ªa sueltas en el piso. Todav¨ªa no tengo pensado dec¨ªrselo a Aya, aunque seguro que se va a dar cuenta sola. Luego de un tiempo, llegaron todos los dem¨¢s con bastante comida entre sus manos. Todo transcurri¨® normal hasta que a la noche despert¨¦ a Mirella. "Psk, psk, Mirella". Toqu¨¦ su peque?o cuerpo que reposaba sobre el m¨ªo. "?S¨ª?" Sorprendentemente ella parec¨ªa estar despierta. "Ya s¨¦, me vas a decir sobre lo que escondes bajo esas hojas... Puedo ver algo brillante y creo que son part¨ªculas". "?Ehhh?" Exclam¨¦ en un susurro intenso. "Bueno, s¨ª... No pens¨¦ que ya te hab¨ªas dado cuenta. No podemos hablar mucho, as¨ª que voy a ser breve, vos apareciste desde una piedra como esas, y ahora acabo de juntar todas las piedras que hab¨ªa en este lugar, pero parece que todav¨ªa faltan m¨¢s para liberar al ser m¨¢gico que est¨¢ dentro. Comun¨ªcale esto a Aya cuando est¨¦n a solas, yo no puedo. Gracias". Inmediatamente me hice el dormido. "?Hey!" Ella subi¨® uno de mis p¨¢rpados con sus diminutas manos, mir¨¢ndome desde cerca. "?C¨®mo es eso de que hay otro ser m¨¢gico?" "Habla m¨¢s despacio... Es como te dije, si ves m¨¢s piedras con part¨ªculas entonces me avisas. Chau, me voy a dormir". "?T-Tonto!", dijo y sent¨ª que se acomodaba bruscamente sobre mi panza. Mirella se qued¨® en silencio por un momento, seguramente procesando la informaci¨®n. Finalmente dej¨® escapar un suspiro. "?Otro ser m¨¢gico? ?Y si es un hada?" Murmur¨® para s¨ª misma. *** Me despert¨¦ en medio de la noche sintiendo un cosquilleo en los pies. Cuando abr¨ª los ojos, estaba Mirella investigando mi pie izquierdo. "Uhm... Algo no est¨¢ bien", murmur¨®, comparando con su vista ambos pies, mir¨¢ndolos desde todos los ¨¢ngulos. "Es como si faltara algo". Intent¨¦ no mostrar preocupaci¨®n y le respond¨ª en voz baja, "No te preocup¨¦s, Mirella. Es algo que ha estado as¨ª por mucho tiempo". Ella se sorprendi¨®, sin darse cuenta que ya me hab¨ªa despertado. "?H-Hola! ?Te despert¨¦? ?Lo siento!" Mir¨® fren¨¦ticamente hacia los costados e infl¨® los cachetes cuando detuvo su mirada en m¨ª. Parec¨ªa no poder aguantar el decir algo. "?No me digas que la otra hada te hizo esto!" El grito hizo despertar a varios de los dem¨¢s en el santuario. "??Q-Qu¨¦!? ??De qu¨¦ otra hada est¨¢s hablando!?" Mi voz sali¨® como un chirrido. Justo en ese momento, Aya se acerc¨® a nosotros. Aparentemente, estaba despierta y hab¨ªa estado observando desde una distancia prudente. "?Qu¨¦ pasa, chicos? ?Est¨¢ todo bien?" "?Luciano ha encontrado otra piedra m¨¢gica! ?Podr¨ªa haber otra hada atrapada dentro!" No, idiota... ?No se supon¨ªa que debas gritarlo para que escuche todo el mundo! "?Piedra m¨¢gica?" Se pregunt¨® Aya, poni¨¦ndose un dedo en el ment¨®n. "Luciano, ?es esto cierto?" Puse las manos con las palmas abiertas por delante m¨ªo, haciendo un gesto de calma. "S¨ª, s¨ª... Tranquilas, es solo que Mirella lo exager¨® un poco. Te explico, ahora no hay ninguna hada nueva ni tampoco hay ning¨²n ser m¨¢gico nuevo. Solo es una suposici¨®n m¨ªa, nada m¨¢s". De reojo pude ver a Rin viniendo hacia m¨ª, su rostro denotaba mucha furia. Empez¨® a sacudirme por los hombros. "??Qu¨¦ mierda te dije!? ??Qu¨¦ mierda te dije sobre que no te metieras en cosas raras!? ?Solo eres un ni?o!" Cada vez que dec¨ªa una frase, apretaba fuertemente los dientes. Estaba claro que siempre terminaba desquitando su ira contra m¨ª. "Pero... no hice nada para causar da?o", trat¨¦ de decir. Mi voz era algo temblorosa, pero no por miedo a ¨¦l, sino por lo que pod¨ªa pasar despu¨¦s de esto. "Solo quer¨ªa... liberar al ser atrapado. Es parte de mi deber". Al recordar mi objetivo en este mundo fue cuando comenc¨¦ a tomar un poco de valor. En ese momento solt¨® mis hombros y agarr¨® mi cabeza con ambas manos. Me mir¨® con una intensidad que nunca antes hab¨ªa visto. Sus ojos estaban llenos de furia, pero tambi¨¦n hab¨ªa una mezcla de preocupaci¨®n y desesperaci¨®n. "?Qu¨¦ deber, maldici¨®n? ?Por qu¨¦ no puedes comprender que no tienes que meterte en algo que yo no puedo entender? ?Solo quiero vivir en paz, eso de la magia me tiene harto!" El agarre de Rin en mi cabeza dol¨ªa m¨¢s emocionalmente que f¨ªsicamente. No era la primera vez que lo hac¨ªa, pero esta vez me golpe¨® m¨¢s fuerte. ''Solo quiero vivir en paz'', hab¨ªa dicho, pero... ?Acaso eso no era exactamente lo que yo quer¨ªa? ?Paz? ?Estabilidad? ?Seguir adelante en este mundo de la mejor manera posible? Pero parec¨ªa que ¨¦l no ve¨ªa lo mismo. ?Por qu¨¦ yo siempre ten¨ªa la culpa de todo? ¨²ltimamente todo era cuestionado, por m¨¢s que terminara siendo algo bueno o con buenas intenciones, para ¨¦l era una molestia. Si no fuera su hijo seguro me hubiera dejado a un lado hace rato, o peor todav¨ªa, si yo fuera un extra?o, seguro que estar¨ªa super contento. Todo por intentar usar magia... La magia era lo mejor que me pas¨® en esta vida y no tengo pensado abandonarla. Parec¨ªa que ¨¦l estaba a punto de quebrarse. En ese momento no me import¨®, porque su hipocres¨ªa esta vez s¨ª que me hizo molestar. En un ataque de furia, agarr¨¦ su cabeza de la misma forma que ¨¦l lo estaba haciendo con la m¨ªa, con una mano en cada costado. "Yo tambi¨¦n estoy harto... Estoy harto de que me est¨¦s hiriendo solo porque crees que nos atacaron por culpa de mi magia. ?Acaso crees que es culpa m¨ªa? ?Por qu¨¦ no vas y le gritas a esos est¨²pidos hombres p¨¢jaro que fueron los que quisieron arruinar nuestra vida? ?Yo no tengo la culpa de haber nacido con un don especial! Yo tambi¨¦n quiero vivir una vida en paz, una vida con ustedes, que son mi familia y los quiero a todos". Mir¨¦ a mi alrededor, donde todos estaban observando sin intervenir, seguramente sin poder entender c¨®mo es posible que haya confrontado de esta manera a mi padre apenas teniendo un pu?ado de a?os. Solt¨¦ las manos de su cabeza, ahora poni¨¦ndolas sobre sus brazos extendidos. "Por favor... Mirame a los ojos y decime si realmente me odias o te sent¨ªs orgulloso de lo que hago". El silencio que sigui¨® fue tenso, cargado de palabras no dichas y sentimientos reprimidos. Mirella, que siempre me defend¨ªa, supo que no deb¨ªa meterse. Por un momento me pregunt¨¦ si lo que dije estuvo bien, quiz¨¢s pod¨ªa haberme quedado callado, pero... Parec¨ªa que nuestro problema iba a terminarse m¨¢s tarde que temprano. Sus ojos a¨²n brillaban con una mezcla de emociones que parec¨ªan estar a punto de desbordarse y finalmente afloj¨® las manos, siendo guiadas hacia las m¨ªas. "Yo..." Comenz¨® diciendo mientras agachaba la cabeza. "No, tienes raz¨®n... Solo es que no puedo entender c¨®mo es que mi hijo acab¨® as¨ª, es como si no fueras realmente un ni?o..." Levant¨® la mirada, ahora s¨ª mir¨¢ndome a los ojos. Pod¨ªa notar que estaban brillosos, reteniendo las l¨¢grimas. "Aquella vez, cuando te fuiste de la cueva, sent¨ª que te escapabas de mis manos, que no supe c¨®mo controlar a mi hijo. ?Yo tambi¨¦n pens¨¦ que nos odiabas!" Cerr¨® fuertemente los ojos, dejando que las l¨¢grimas fluyan. Por primera vez ¨¦l estaba abriendo su coraz¨®n por completo y en frente de todos. "Y despu¨¦s apareciste de la nada para salvarnos... Haciendo cosas raras que llamabas magia, parec¨ªas tan seguro que yo..." Hizo una pausa mientras apretaba fuertemente los dientes. "?Yo no lo pude aceptar, maldici¨®n! ?T¨² estabas haciendo todo lo que yo no pod¨ªa hacer! ?Mi propio hijo! ?No lo pude aceptar! ?No lo pude aceptar! ?No lo quiero aceptar!" Sigui¨® repitiendo mientras golpeaba el piso con los pu?os cerrados. Mam¨¢ se acerc¨® y lo abraz¨® por detr¨¢s. "Amor, por favor... Ya est¨¢ todo bien", dijo mientras acariciaba el cabello negro de Rin. Durante todo el tiempo que ¨¦l estuvo hablando yo no supe qu¨¦ decir. Por un momento me pareci¨® que Rin estaba siendo el m¨¢s cuerdo de entre nosotros, diciendo las palabras, a su modo, que cualquiera con sentido com¨²n pensar¨ªa. ¨¦l ten¨ªa raz¨®n, ?c¨®mo es posible que un ni?o que no llega ni a los cinco a?os se desarrolle tan r¨¢pidamente? ?Qu¨¦ ni?o abandonar¨ªa a su familia en un mundo tan peligroso? ?Qu¨¦ ni?o te podr¨ªa mirar con una mirada tan adulta? Yo simplemente soy un farsante, alguien que finge ser lo que no es. ?Pero es imposible no serlo! Mi vida es diferente a las de los dem¨¢s, mis pensamientos son diferentes, mi vocabulario es diferente, pero nunca lo van a poder entender... ?porque no puedo decir la verdad que hay detr¨¢s de todo eso! Todo lo que quer¨ªa era gritarles la verdad, desatar todo lo que llevaba acumulando desde el d¨ªa en que me despert¨¦ en este maldito mundo. Pero no puedo. Porque si lo hiciera, perder¨ªa todo. A mi familia, a mis amigos, a Mirella, a Aya. Ninguno de ellos entender¨ªa lo que realmente soy. ?Qui¨¦n me creer¨ªa si les dijera que vengo de otro mundo? ?Que soy alguien que ya muri¨® y fue tra¨ªdo de vuelta por una diosa con un prop¨®sito que ni siquiera yo entiendo del todo? Estoy solo en esto. Siempre lo estar¨¦. "No puedo... no puedo entenderlo, Luciano. No puedo entender c¨®mo te convertiste en alguien que no puedo reconocer. ?Por qu¨¦ no dices nada? ?Por qu¨¦... por qu¨¦ no puedes ser normal?" Esa ¨²ltima pregunta sali¨® como un susurro, pero me hizo ver las cosas de otra manera. Mi coraz¨®n lat¨ªa tan r¨¢pidamente que parec¨ªa que mi pecho iba a explotar. No, no era miedo, sino una llama encendi¨¦ndose dentro de m¨ª, un fuego que parec¨ªa haberse estado formando poco a poco con distintos sentimientos, m¨¢s buenos que malos. Ese fuego es el que impulsaba a dejar atr¨¢s los resentimientos hacia los dem¨¢s para poder entendernos mejor, as¨ª es como pod¨ªa mantenerse unido un grupo. Yo debo ser el sost¨¦n de este grupo, hoy y para siempre, porque soy su l¨ªder. Me levant¨¦ y, aunque sab¨ªa que mi figura no impon¨ªa nada de respeto, me plant¨¦ en frente de todos. "Lo siento por no ser como mi padre pretende. Lo siento por no ser alguien normal y... lo acepto. Yo no soy normal, de hecho, no creo que nunca conozcan a alguien como yo, pero... Yo soy feliz as¨ª y quiero que los dem¨¢s lo sean al igual que yo, s¨¦ que no puedo hacer las cosas de manera perfecta y mis decisiones son tan raras que pueden terminar teniendo consecuencias en los que me rodean". Baj¨¦ la vista hacia Rin, que estaba arrodillado en el piso, sus l¨¢grimas hab¨ªan cesado, casi sin creer lo que estaba escuchando. "Pap¨¢, lo siento, pero no puedo ser como quieres que sea, solo eso. Nunca te faltar¨¦ el respeto ni mucho menos, solo pido que me tengas m¨¢s paciencia y me des m¨¢s tiempo. Te prometo que no te vas a arrepentir. Mi futuro es con la magia, mi futuro es junto a ustedes, Aya, Mirella, Samira, Suminia, Anya, Tar¨²n, mam¨¢ y pap¨¢. Ustedes son mi familia". Tom¨¦ aire antes de terminar de hablar. "Dicho esto, quiero que resolvamos nuestros problemas ahora, as¨ª que estoy dispuesto a escucharlos si es que creen que les he causado alg¨²n problema". Y as¨ª, esperando alguna respuesta, me di cuenta de algo: ya no era un ni?o, ni para m¨ª y seguro que ni para ellos. La supuesta inocencia se hab¨ªa perdido en alg¨²n punto, y ya no hab¨ªa forma de recuperarla. El tiempo pareci¨® detenerse cuando nadie respond¨ªa y solo se me quedaron mirando. ?Habr¨ªa hecho bien en hablar de esa manera? ?Habr¨ªa roto algo que no pod¨ªa repararse? Aunque trat¨¦ de mantenerme firme, la verdad es que empec¨¦ a sentir miedo. Mi mano temblaba un poco, pero la escond¨ª tras mi espalda, no quer¨ªa que nadie notara el nerviosismo que intentaba contener. "Luciano..." comenz¨® a decir pap¨¢, rompiendo el silencio con su voz ronca por la emoci¨®n. "Lo que no quiero es perderte, no quiero que te alejes tanto que no pueda alcanzarte. Pero si este es el camino que has elegido... entonces tendr¨¦ que aprender a caminar junto a ti, a mi manera". Se levant¨® del suelo, refreg¨¢ndose la cara y el pelo. "Solo... dej¨¦moslo as¨ª por ahora", dijo y se fue en direcci¨®n a su esquina, donde hasta hace un rato estaba durmiendo. A¨²n con pap¨¢ fuera de la escena, me qued¨¦ parado esperando las respuestas de los dem¨¢s. Rundia fue la primera que vino r¨¢pidamente hacia m¨ª, d¨¢ndome un fuerte y c¨¢lido abrazo. Pude sentir su panza de embarazada contra mis mejillas. "Mi peque?o... Siempre has sido especial para nosotros, no importa lo que pase o c¨®mo cambies, siempre ser¨¢s mi hijo. Estoy tan orgullosa de ti". "Rundia, tu hijo es muy valiente, ?no?" Dijo Anya, sum¨¢ndose al abrazo. "?L-Luciano! Lo siento por haberte metido en este l¨ªo, pero... A veces las cosas no son f¨¢ciles. Recuerda que yo siempre estar¨¦ a tu lado". "?Yo s¨ª creo que ¨¦l es normal! ?Y es un ni?o muy b-bueno con todos!" "Luciano es un poco tonto, pero... Supongo que todo ser¨ªa un poco aburrido sin ¨¦l... ??Q-Qu¨¦ estoy diciendo!?" "Bueno, supongo que ya no tengo que guardar el secreto sobre la maginica..." El ambiente en el santuario se hab¨ªa vuelto m¨¢s c¨¢lido luego de que todos hablaran. Hubo muchas emociones compartidas y verdades finalmente dichas. La tensi¨®n que hab¨ªa llenado el espacio parec¨ªa disiparse poco a poco.The narrative has been taken without permission. Report any sightings. Anya tom¨® la palabra y pareci¨® hablar por todos. "Luciano, todos aqu¨ª te queremos, sino no hubi¨¦ramos decidido quedarnos junto a ustedes. Yo te quiero mucho". "Gracias a todos", solt¨¦ en un abrazo grupal mientras se asomaba alguna que otra l¨¢grima tonta. *** Los d¨ªas y meses siguientes a la confrontaci¨®n fueron los m¨¢s alegres que hemos vivido juntos hasta ahora, con todos expectantes por el nacimiento del hijo de Rundia, as¨ª que tocaba hacer los preparativos. Tambi¨¦n en su momento tuve que intentar explicarle a Mirella sobre la situaci¨®n, ya que ella no lograba comprender del todo el tema de tener hijos. "?Conmigo no cuenten!" Grit¨® Aya, y sali¨® corriendo aterrorizada del santuario. Me sorprend¨ª un poco, realmente pens¨¦ que un zorro m¨ªstico de su edad pod¨ªa tener algo de experiencia en estas cosas. Tal vez no deber¨ªa sacar conclusiones apresuradas solo porque su apariencia se parece a la de un animal y es f¨ªsicamente la m¨¢s grande del grupo. "Este... ?Alguno se ofrece?" Anya dio un paso al frente con una sonrisa en el rostro. "Nunca dejar¨ªa a una amiga en estos momentos, as¨ª que yo la ayudar¨¦. Adem¨¢s, tambi¨¦n soy madre, as¨ª que creo que tengo algo de experiencia". Siempre me pregunt¨¦ cu¨¢l es la edad de Anya, es tan joven que apenas parece mayor de edad. ?Ser¨¢ que tuvo a Tar¨²n como a los quince a?os o por ah¨ª? Tampoco quise preguntar d¨®nde est¨¢ el padre, pero... Espero que nadie se haya aprovechado de ella. "Gracias, Anya. Seguro que mi mam¨¢ te lo agradecer¨¢ mucho. Ya tenemos a mi padre y a Anya, ?alguno m¨¢s quiere ayudar?" "B-Bueno... si me lo permiten, yo podr¨ªa intentar ayudar en algo". "Claro, Samira, todos pueden ayudar en lo m¨¢s m¨ªnimo que sea. Yo no estar¨¦, pero voy a dejarles hecho algo que seguro les va a servir mucho, vengan". Gracias a dios, todav¨ªa soy un ni?o y tengo esa excusa para no tener que participar en este momento. Me fui hacia el centro del lugar, donde iban a poder hacer las cosas m¨¢s c¨®modamente, y puse las manos sobre el suelo, empezando a elevar el terreno y formando una especie de camilla que en realidad se parece m¨¢s a... una tabla de planchar. Con una altura prudente para que Rundia se pueda subir, termin¨¦ de moldear la parte de arriba para que sea bien ancha y resistente. "Listo, si mi mam¨¢ se acuesta ac¨¢, va a ser m¨¢s c¨®modo para ella y ustedes. Cualquier cosa me avisan si necesitan que haga alg¨²n retoque". Mientras hablaba, todos se quedaron boquiabiertos. Hac¨ªa rato que no me ve¨ªan usar mi magia. "Luciano es incre¨ªble, ?no?" Dijo Mirella volando hasta posarse sobre la piedra. De pronto se acerc¨® mam¨¢, que apenas pod¨ªa caminar. Sosten¨ªa la mano en su vientre mientras llegaba a paso lento para ver lo que hab¨ªa hecho. "Mi hijo... es... incre¨ªble", apenas pudo decir mientras se la escuchaba suspirar por el dolor. Pap¨¢, que ya no parec¨ªa tan esc¨¦ptico con el tema de la magia, se apresur¨® para ayudarla a sostenerse. "Rundia... no debes caminar en este estado", dijo, y la dej¨® apoyada contra el borde de la camilla primitiva. "Mam¨¢, cuando sientas que... ya sabes, le ten¨¦s que avisar a Rin, as¨ª ¨¦l te ayuda a subir ac¨¢ arriba". "Estoy aqu¨ª contigo", le susurr¨® pap¨¢ a Rundia, sujet¨¢ndole la mano. "Todo va a estar bien". La atm¨®sfera en el santuario era una mezcla de nerviosismo y emoci¨®n. Anya, con su habitual confianza, empez¨® a preparar todo lo necesario para el parto. Puso la almohada de pap¨¢ sobre la camilla improvisada y algunas hojas grandes esparcidas por el lugar. Mientras tanto, Samira, aunque visiblemente nerviosa, hac¨ªa su mejor esfuerzo para ayudar en lo que pod¨ªa, aunque su ayuda iba a ser m¨¢s moral que otra cosa. "Creo... que quiero recostarme..." Murmur¨® mam¨¢, aunque su mirada se desviaba hacia la almohada que pap¨¢ se hab¨ªa apropiado en aquel momento. Me qued¨¦ mir¨¢ndolos, todav¨ªa no caigo en que nuestra familia se va a agrandar en un momento tan peligroso como este. Pensar que voy a tener una hermana o un hermano me hace feliz porque me hace recordar a mi vida pasada, aquella familia estaba compuesta por Leo, mi padre; Carolina, mi madre y Agustina, mi hermana menor. Luego estaba yo, Luciano, un muchacho normal que solo quer¨ªa vivir una vida tranquila como la que estaba teniendo, pero todo cambi¨® aquel maldito d¨ªa de junio del dos mil cuarenta y nueve. Si alguna vez llego a crear un calendario en este mundo, a ese d¨ªa lo voy a poner como feriado, algo as¨ª como ''el d¨ªa de la resurrecci¨®n''.... Mejor no, queda horrible. Morir se sinti¨® m¨¢s como una decepci¨®n que un dolor, se podr¨ªa decir que fue indolora pero devastadora. Despu¨¦s apareci¨® la diosa Sariah para darme una nueva vida. La verdad es que al principio no lo quer¨ªa aceptar, pero... otra opci¨®n no hab¨ªa. La realidad era esa, que estaba muerto. Volver a nacer en este mundo fue algo que ahora no me disgusta, pero los primeros d¨ªas lo pas¨¦ fatal. No quer¨ªa ser un beb¨¦, no quer¨ªa tener que depender de mis padres para limpiarme o movilizarme. Sin embargo, con el pasar del tiempo fueron apareciendo nuevas personas y nuevas experiencias. Un hada, un zorro m¨ªstico, la magia, los hombres p¨¢jaros... Bueno, eso no es un grato recuerdo, pero tambi¨¦n es algo que conoc¨ªa por primera vez. Pienso triunfar en este mundo, o por lo menos dar lo mejor de m¨ª para darle esa ayuda que le promet¨ª a mi diosa. Tengo cientos de cosas en mi mente, cosas que debo crear, cosas que quiero probar, cosas que quiero cambiar y tambi¨¦n quiero disfrutar. Pero tiempo al tiempo; si empiezo a hacer las cosas siendo tan peque?o, no s¨¦ c¨®mo podr¨ªan reaccionar los dem¨¢s, m¨¢s sabiendo todo lo que dije antes en ese peque?o discurso. Tambi¨¦n... quiero sentir lo que es amar y ser amado. Obviamente, por mi actual edad no encontr¨¦ a mi mujer ideal, pero siento que puedo intentarlo cuando crezca. Es un sentimiento que nunca pude experimentar, y eso que ya ten¨ªa veinte a?os cuando fallec¨ª. Qu¨¦ decepci¨®n... pero ac¨¢ hay muchas bellezas, as¨ª que si tengo un poco de suerte es posible que alg¨²n ser m¨¢gico se fije en m¨ª, aunque tener una esposa del tipo humano como Anya o Rundia tampoco estar¨ªa mal. Me pregunto c¨®mo se sentir¨ªan mis verdaderos padres si supieran que su hijo ahora vive en otro mundo, con otros padres, con otros amigos, con otro herman... "Luciano, ?crees que tu mam¨¢ va a estar bien? ?Qu¨¦ va a pasar ahora?" La voz de Mirella me hizo volver a la realidad luego de no s¨¦ cu¨¢nto tiempo pensando en mis cosas y mirando al infinito. Pap¨¢ me miraba con una cara como diciendo "?te vas o te quedas?" mientras sosten¨ªa la mano de mam¨¢. "S¨ª, Mirella, todo va a salir bien, ?quer¨¦s que salgamos a caminar un rato?" Al darme vuelta, todos los dem¨¢s ya se hab¨ªan esfumado. Al menos me hubieran tocado el hombro para avisarme, ?no? Fuimos subiendo la cueva junto a una de las esferas m¨¢gicas de Mirella. La luz que irradiaba era un poco m¨¢s tenue de lo normal, probablemente por su nerviosismo de no entender bien estas cosas de beb¨¦s, sexualidad y dem¨¢s. No la culpo, despu¨¦s de todo fue creada de la nada por un dios. Durante el recorrido no nos topamos con nadie del grupo, y como tampoco estaban mis padres, pod¨ªa aprovechar para volver a ver la luz del sol, aquella que no hab¨ªa visto desde que escapamos hace unos seis meses. "Mirella, si llegamos hasta la salida, ?crees que mi padre me rega?ar¨¢?" "No creo, nadie se va a dar cuenta de eso ahora. L-Lo importante es que Rundia est¨¦ bien". "Es cierto, solo vamos a disfrutar un poco del agua del arroyo". Luego cambi¨¦ de tema. "?No te parece que estamos un poco indefensos? Ya sab¨¦s, los hombres p¨¢jaros quieren al hijo de mi madre, as¨ª que no ser¨ªa raro que vuelvan a querer atacarnos luego de estar desaparecidos tanto tiempo. O por lo menos eso es lo que me dicen ustedes, que ellos no los estuvieron atacando y tampoco los vieron". "S¨ª, eso es cierto. No los hemos vuelto a ver en nuestras salidas. Tu padre tambi¨¦n me ped¨ªa que revisara a escondidas el lugar donde estuvieron, pero all¨ª no hab¨ªa nadie. Es como si hubieran desaparecido. ?Crees que los hombres p¨¢jaros realmente nos buscan? ?No deber¨ªan haberse olvidado de nosotros ya?" Pregunt¨® Mirella, su voz temblando ligeramente. La cueva empezaba a volverse un poco m¨¢s estrecha mientras ¨ªbamos avanzando hacia la salida. "Obvio que no, es posible que est¨¦n planeando algo grande, por eso no aparecen. No es f¨¢cil predecir qu¨¦ har¨¢n esos seres, especialmente cuando se trata de una obsesi¨®n. Voy a pedirle a Aya que ponga m¨¢s barreras m¨¢gicas, total tenemos el agua m¨¢gica al lado, ser¨ªa f¨¢cil para ella mantenerlas activas". Recordar al maldito hombre p¨¢jaro acos¨¢ndome toda mi vida me hizo estremecer. Su porte, su personalidad, su todo me daba temor. S¨¦ que si fuera m¨¢s adulto no le tendr¨ªa miedo, pero siendo un ni?o... todav¨ªa me siento indefenso. Mirella deshizo su esfera de luz cuando al fin llegamos a la salida. Todos estaban ah¨ª, esperando a que alguien les hiciera una se?al para poder entrar. Tampoco era necesario que se fueran hasta la salida, pero bueno... Parece que quer¨ªan acompa?ar a Aya, la cual estaba con las manos apoyadas contra el tronco de uno de los tantos ¨¢rboles de la selva, esperando el momento justo para cazar lo que parec¨ªa ser una... ?iguana? Que reposaba sobre una piedra lejana. "Aya, ?no tenemos suficiente comida ya? Me gustar¨ªa hablar con vos un rato". Ella sacudi¨® su ropa y dej¨® a los ni?os con la peque?a caza, luego se acerc¨® a nosotros, pero se la notaba algo inc¨®moda en sus movimientos. "No quiero hablar sobre lo de antes". Sus orejas de zorro, normalmente alertas, estaban un poco ca¨ªdas. "No es sobre el tema del parto", dije, viendo c¨®mo la tensi¨®n en Aya se relajaba ligeramente. No quer¨ªa ahondar m¨¢s en el tema por ahora, supongo que Aya tendr¨¢ sus motivos. "Quiero hablar sobre algo m¨¢s importante", agregu¨¦, se?alando el borde del arroyo. "?Nos sentamos un rato?" Los tres nos sentamos mientras mojamos nuestros pies en el agua m¨¢gica. A la derecha tengo a Aya y en mi hombro a Mirella. "Aya, ?cu¨¢ntas barreras m¨¢gicas ten¨¦s activas?" "Ya te hab¨ªa dicho, tres a lo largo de la cueva y una en la entrada al santuario". "Si, ya s¨¦ que me hab¨ªas dicho, pero necesitaba saber si las cosas segu¨ªan igual. La situaci¨®n es delicada". "Como dije, tengo tres barreras en la cueva y una en la entrada al santuario. Si crees que necesitamos m¨¢s, puedo intentar hacer una m¨¢s, pero eso requerir¨¢ tiempo y concentraci¨®n". Mov¨ª bruscamente los pies, un poco molesto por la contestaci¨®n de Aya. Estaba claro que no necesitaba tiempo y concentraci¨®n para hacer una barrera. "Es solo una sensaci¨®n, Aya", dije, rompiendo el silencio. "No me gusta c¨®mo se siente el aire. Algo va a pasar". Aya asinti¨® lentamente, pero no parec¨ªa del todo convencida. Su mirada fija en el agua, esas orejas ca¨ªdas que delataban lo que intentaba esconder. No era solo la tensi¨®n por mam¨¢, era algo m¨¢s profundo. "Entiendo tu preocupaci¨®n, Luciano, pero con las barreras activas, no deber¨ªa haber forma de que los hombres p¨¢jaros puedan atacarnos por sorpresa otra vez. Hemos aprendido de lo que ocurri¨®". Su tono era fr¨ªo, pero no distanciado, como si tratara de reafirmar m¨¢s para s¨ª misma que para m¨ª. Mis pensamientos volvieron al parto. Mam¨¢ ah¨ª, en la cueva, enfrent¨¢ndose a su propio tipo de batalla. ?Qu¨¦ tan seguro era todo realmente? Me dol¨ªa el est¨®mago solo de pensar que podr¨ªa suceder algo mientras nosotros aqu¨ª est¨¢bamos distra¨ªdos. Y si en alg¨²n momento los hombres p¨¢jaros encontraban una manera de romper las barreras... No. No pod¨ªa permitir que algo le pasara a mi familia. Ten¨ªa que asegurarme de que todos estuvi¨¦ramos preparados y con la guardia alta. Mirella not¨® la turbulencia del agua por culpa de mis movimientos y se sent¨® sobre la rodilla de mi pierna izquierda, haciendo una sonrisa tierna, pero mis ojos se terminaron desviando hacia un pececito que se detuvo justo entre mis pies. "?Luciano, mira! Creo que llamaste su atenci¨®n. ?No deber¨ªas hacer tanto ruido!" El peque?o pez era igual a aqu¨¦l que trajo Fufi una vez, naranja con algunos peque?os tintes azules. Se pod¨ªa ver claramente su cuerpo a trav¨¦s del agua cristalina. Pasaron unos segundos y el animal segu¨ªa ah¨ª, ?acaso quer¨ªa que lo cazaran? Tampoco es como si tuviera ganas de hacerlo yo mismo, pero Aya seguro que s¨ª, en alg¨²n momento se iba a activar su instinto felino. "Yo... no estoy haciendo ruido", respond¨ª a Mirella mientras ¨¦l parec¨ªa observarme a los ojos, lo que no era nada normal. ?No ser¨¢ que reencarn¨® para cobrarse venganza? Nah, no creo, pero el verle a los ojos me daba un ligero temor. "?Qu¨¦ est¨¢n viendo?" "Nada". "?C¨®mo que nada? ?Aya, es un pececito!" Luego de las palabras de Mirella, sent¨ª un pinchazo en la mano izquierda, la cual ten¨ªa apoyada contra el suelo. Con un quejido, la saqu¨¦ inmediatamente, viendo una fila de hormigas que avanzaban al borde del arroyo, o por lo menos parec¨ªan ser hormigas, porque eran negras y peque?as. "?Qu¨¦ hormigas de mierda!". Sacud¨ª la mano y me fij¨¦ si ten¨ªa alguna marca en el costado de la mano, pero no parec¨ªa verse nada. Mirella camin¨® por mi pierna, acerc¨¢ndose a ver si estaba todo bien. "Luciano, ?qu¨¦ pas¨®? ?Esos bichitos se llaman hormigas?" Las gemelas y Tar¨²n tambi¨¦n se acercaron luego de escuchar mi insulto. Samira y Suminia me hablaron nada m¨¢s verme levantarme. Entonces me di cuenta de que me deben ver como un ni?o mal educado... qu¨¦ se le va a hacer. "?Qu¨¦ te pas¨®, Luciano? ?Est¨¢s bien? ?Te duele algo?" "Menos mal que no te escuch¨® tu padre... Tanto grito por una tonter¨ªa, tontito". Tambi¨¦n volv¨ª a confirmar que Suminia aprovecha para insultarme cuando no est¨¢n mis padres. Tar¨²n se fue a ver las hormigas, que ahora hab¨ªan empezado a cambiar su rumbo. "Es que me pic¨® una de esas hormigas de mier... Una de esas hormigas de ah¨ª, del suelo". "?Hormigas?" Preguntaron las gemelas al un¨ªsono Al parecer los dem¨¢s no sab¨ªan que esos bichos se llamaban hormigas, o tal vez ac¨¢ en este mundo tienen otro nombre. No s¨¦ y tampoco me interesa mucho ahora. "Mejor me voy de vuelta a la cueva, ustedes recuerden no alejarse tanto". Los nervios me consum¨ªan mientras entr¨¦ de nuevo a la cueva, Mirella puso una bola de luz en el aire mientras me segu¨ªa sin decir una palabra. "Mirella, no s¨¦ qu¨¦ hacer. No s¨¦ si quedarme ac¨¢ por si llegan a venir los hombres p¨¢jaros o ir hasta el santuario para ver si todo sigue bien. Tal vez vos deber¨ªas quedarte junto a Aya y yo bajar... No, mejor deber¨ªamos bajar todos juntos... No s¨¦ para qu¨¦ carajos se quedaron afuera". Me empec¨¦ a rascar la mano izquierda, justo donde me hab¨ªa picado la hormiga. "Em... Bueno, si quieres voy a decirles que vengan todos adentro". Por culpa m¨ªa, Mirella siempre ten¨ªa que poner la cara o defenderme, aunque tampoco es como que siempre le pida que lo haga. La mayor¨ªa de veces se ofrece sola o act¨²a sin preguntar, pensando en que defender mi postura es la mejor opci¨®n. Mejor que se queden ah¨ª, hasta podr¨ªan terminar descubriendo si esas hormigas son buenas o malas. Tampoco quiero estar escuchando a Suminia rezongarme por yo quejarme de una picadura. "No, mejor vamos dentro nosotros solos, gracias igual". "Bueno, ?vayamos con tu madre entonces!" De pronto se me conectaron dos neuronas. ?Agua m¨¢gica! Es cierto, si la bebo ahora se me va a ir la molestia de la picadura. El agua del arroyo era algo que beb¨ªan a menudo aquellos que iban a buscar recursos fuera del santuario, porque curaba absolutamente todo, desde quebraduras de hueso hasta peque?os rasgu?os en la planta del pie, es por eso que nuestra piel puede mantenerse perfecta a lo largo del tiempo. El sabor es igual al agua com¨²n, adem¨¢s, parece ser que no tiene efectos secundarios como pensaba, pues yo ya la tom¨¦ por primera vez hace como un a?o o m¨¢s. Un poco de agua en mi mano, part¨ªculas amarillas revoloteando, la satisfacci¨®n de saciar la sed... Todo para nada, es m¨¢s, la comez¨®n se fue transformando en una punzada intensa. No sirvi¨®. Eso s¨ª, la peque?a mancha de la picadura que se fue formando ya no estaba. "?Luciano? Tienes una expresi¨®n extra?a... ?La picadura te duele mucho? ?No te preocupes, yo estoy aqu¨ª!" Su voz se notaba forzada, como un payaso intentando animar a un ni?o que llora. "Creo que..." Respond¨ª, mi voz sonando un poco m¨¢s tensa de lo que quer¨ªa. "Las cosas no est¨¢n yendo a mi favor". El ambiente en la cueva, que ya de por s¨ª era sombr¨ªo, parec¨ªa oscurecerse m¨¢s. El malestar en mi mano no era normal, y comenzaba a sospechar que no se trataba de una simple picadura. Ya s¨¦, es posible que el agua m¨¢gica no pueda interferir en lo que va por la sangre, recuerdo que un d¨ªa pap¨¢ se enferm¨® levemente y le dur¨® unos d¨ªas la tos y dem¨¢s. ¨¦l tomaba el agua a diario, as¨ª que es posible que no pueda curar enfermedades. Hay que pensar en positivo, solo es una picadura de una hormiga. Tal vez el dolor me dure dos o tres d¨ªas, no va a pasar nada. Ya me han picado hormigas en la tierra y no pas¨® nada, a lo sumo puedo ser al¨¦rgico ahora, pero nada m¨¢s que eso Mirella se adelant¨® en su vuelo, mir¨¢ndome de frente. "Por cierto, nunca me dijiste sobre lo de tu pie raro". "Nunca le digas a nadie sobre eso... No te preocupes, no es nada malo". No hac¨ªa falta traer el tema de mi pie sin u?as a la conversaci¨®n, ya demasiado era una molestia el tener que soportar ser deforme por culpa de un pacto de no agresi¨®n. Pero bueno, yo tambi¨¦n sentir¨ªa curiosidad por saber qu¨¦ pas¨® si veo a alguien que le falta una parte del cuerpo, aunque solo sean las u?as. Me pregunto si los dem¨¢s se habr¨¢n dado cuenta de eso, no creo que sean tan tontos de no notarlo. Mirella es la ¨²nica que me lo dijo y eso que ya estoy as¨ª hace como dos o tres a?os. No... si mam¨¢ se hubiera dado cuenta ya me hubiera preguntado, ser¨ªa su instinto maternal. Es cierto que cuando viv¨ªa solo con mis padres, ellos se la pasaban fuera recogiendo recursos porque siempre encontraban muy pocos, as¨ª que esa puede ser una de las razones para no notar el cambio repentino. Los dem¨¢s tal vez deben pensar que no me gustar¨ªa hablar de eso o quiz¨¢s les debe parecer normal. No s¨¦ la verdadera respuesta y tambi¨¦n me pone nervioso, nunca se me ocurri¨® qu¨¦ responderles si se diera el caso. Creo que deber¨ªa hacerme un calzado, aun as¨ª, sea hecho de hojas. Ya casi estamos llegando a la entrada del santuario, as¨ª que debo mantener la compostura al hablar con ellos o directamente no entrar y mirarlos desde lejos. Mierda, siento que estoy pensando demasiado las cosas, dije que deb¨ªa pensar en positivo. "?Luciano! ?Dime ya de una vez qu¨¦ es lo que te pasa! ?Est¨¢s caminando raro!" Mirella se hab¨ªa plantado en frente m¨ªo, volando a la altura de mi cabeza. Su rostro no intimidaba para nada, pero su voz era potente, distinta a la habitual. La sensaci¨®n de dolor comenz¨® a moverse lentamente desde mi mano hacia el brazo, causando un leve entumecimiento en los dedos. "Es un poco de dolor, nada m¨¢s. No te preocupes". Intent¨¦ esquivarla, pero al pasar a su lado ella me tom¨® del pelo. "??Qu¨¦ no me preocupe!? M¨ªrate, est¨¢s transpirando y no mueves una de tus manos al caminar. ??Por qu¨¦ cada vez que te pregunto sobre si est¨¢s bien me dices que no me preocupe!? ?Siempre repites lo mismo! ?Claro que me voy a preocupar por ti, siempre estoy a tu lado y te cuido porque eres mi mejor amigo!" Creo que ella segu¨ªa diciendo un mont¨®n de cosas, pero no pude entenderlas. La vista se me empez¨® a poner borrosa y me mare¨¦ hasta el punto de no poder mantenerme en pie. Ca¨ª de lleno contra la poca agua que hab¨ªa en el piso. Por un momento se sinti¨® como un deja vu. "?Luciano! ?Luciano! ??Qu¨¦ te pasa!?" No puedo responderle, mi cuerpo est¨¢ adormecido... No puedo pensar con claridad... No puedo moverme... Mirella... El aire se siente denso... ya no s¨¦ si estoy respirando. La oscuridad me envolvi¨®, pero en alg¨²n rinc¨®n de mi conciencia, escuchaba los gritos desesperados de Mirella. Era como si su voz viniera de muy lejos, una vibraci¨®n aguda y persistente que luchaba por alcanzarme. Cap铆tulo 17: Reconocimiento pè´¸stumo. 20 de junio de 2049, Argentina. La alarma de mi celular sobre la mesita de luz me estaba taladrando la cabeza hasta que por fin mi dedo lleg¨® a deslizar el bot¨®n de apagado. Me estir¨¦, pegando un bostezo que podr¨ªa haber despertado a cualquiera en la habitaci¨®n, pero por suerte no compart¨ªa habitaci¨®n con nadie. "Domingo y yo despert¨¢ndome a la ma?ana... En realidad, son las once y media¡±. Me estir¨¦ un poquito m¨¢s antes de buscar la ropa para cambiarme. Seguro que los dem¨¢s siguen durmiendo, salvo mi padre, todos somos unos dormilones y trasnochadores. Mi ropero no era muy grande, ten¨ªa dos puertas en la parte superior donde yo guardaba buzos, remeras y dem¨¢s. Del medio hacia abajo ten¨ªa cuatro cajones deslizables, dos para pantalones y dos para ropa interior y medias. "A ver..." Tampoco es como si tuviera mucha ropa, pero al final eleg¨ª un jean celeste y una remera mangas largas de color gris. Por m¨¢s que seguramente pase todo el d¨ªa en casa, me gusta estar siempre bien vestido y presentable. En contraparte, mi hermana menor suele andar m¨¢s desarreglada para andar en casa, algo raro para una se?orita viviendo su plena adolescencia a los quince a?os. Me puse las zapatillas y sal¨ª de mi habitaci¨®n para llegar al ba?o, por suerte no hab¨ªa nadie, as¨ª que pas¨¦ de una. Me lav¨¦ la cara con mi gel especial para pieles grasosas, el cual ya llevo usando hace como tres a?os, cuando por fin pude curar mi acn¨¦ gracias a un tratamiento especial con pastillas. Me qued¨¦ un ratito vi¨¦ndome al espejo, que estaba ubicado contra la pared y por encima del lavabo, y me sequ¨¦ la cara. Amo mi toalla color verde manzana a pesar de que mi color favorito es el naranja. Me pein¨¦ un poco mi cabello negro con las manos y sal¨ª en direcci¨®n a la cocina-comedor. Nuestra casa no es muy grande ni muy peque?a, lo justo como para que vivan c¨®modamente cuatro personas, tiene tres habitaciones, un ba?o, la cocina-comedor, un patio peque?o y el garaje. A m¨ª me encanta. El olor del caf¨¦ me lleg¨® antes de que pudiera ver a mi padre, Leo, sentado en la mesa cosiendo algunas medias de tela, como siempre hac¨ªa los domingos por la ma?ana. Estaba vestido con un su¨¦ter verde oscuro y un jean negro. A sus cuarenta y nueve a?os ya usa lentes para algunas cosas en particular, como leer o tejer. ¨¦l me mir¨® con sus ojos negros, iguales a los m¨ªos, y dej¨® las cosas en la silla siguiente a la suya. "?Buenos d¨ªas, campe¨®n!" "Hola, papi", dije mientras pasaba a su lado, poniendo una mano en su hombro. "Ya va siendo hora de que te compr¨¦s unas medias nuevas, ?no?" "Y vos ya va siendo hora de que te empieces a despertar m¨¢s temprano, ?no?" Retruc¨® mientras se re¨ªa. "Por cierto, ya puse la pava". "Uh, pero si hoy es domingo. Justo hoy no me pod¨¦s decir nada". Mientras tanto fui sacando mi taza blanca con patrones de c¨ªrculos, la az¨²car, leche en polvo y un saquito de t¨¦. "Ya est¨¢, ya est¨¢. ?Por qu¨¦ no vas a preguntarle a tu hermana si quiere que le prepares el desayuno?" "Na, si nunca se despierta a esta hora", respond¨ª mientras pon¨ªa dos cucharadas de az¨²car, una de leche en polvo y luego el agua caliente. ¨¦l se sac¨® los lentes y los puso sobre la mesa, luego se acomod¨® hacia atr¨¢s su pelo corto y negro. Siempre admir¨¦ su cabello, no tiene canas ni p¨¦rdida de pelo por ning¨²n lado. "Entonces voy yo, no puede ser que las dos mujeres de la casa se quieran despertar a estas horas". "Cuidado, ?eh!" "Hoy se supon¨ªa que ¨ªbamos a salir un rato en familia. Tiene que despertarse". "Bueno, dale. Yo voy tomando mientras". Pap¨¢ ha trabajado toda su vida, incluso desde que era menor de edad. ¨¦l y su familia viv¨ªan en un pueblo no muy lejos de la ciudad. Es por eso que le gusta ser responsable y tambi¨¦n sabe hacer un mont¨®n de cosas para el mantenimiento de la casa, la cual no es nuestra, pero en el contrato de alquiler, el due?o decidi¨® darnos un precio accesible porque casi no lo molestamos. Con el t¨¦ con leche hecho, busqu¨¦ un poco de pan, algunas galletitas surtidas que quedaron de ayer y me sent¨¦ en la mesa a tomar el desayuno, esperando a ver si los dem¨¢s ven¨ªan a desayunar. Al final alguien lleg¨® a la cocina, pero no era un humano, sino que era el gato persa de mi hermana. Un Himalaya de pelo blanco y gris. Me miraba con sus ojos entrecerrados mientras se sentaba perfectamente con sus cuatro patas sobre la silla de mi izquierda. "?Hola Fufi!" "?Fufi...?" A pesar de que la llam¨¦ por su nombre, algo me parec¨ªa extra?o. "No, no, Fif¨ª era. Igualmente, los dos nombres son igual de feos". El gato levant¨® una de sus patas delanteras, como si quisiera decirme algo, pero en su lugar, simplemente dej¨® escapar un maullido suave, casi inaudible y se empez¨® a lamer esa pata. Fif¨ª... El nombre no me convenc¨ªa, pero era mejor que nada. Mientras daba un sorbo a mi t¨¦, Fif¨ª se acurruc¨® en la silla, enrollando su esponjoso cuerpo blanco y cerrando los ojos como si ya fuera su hora de la siesta, a pesar de que apenas llegaba. "Tranquilo amigo, no te duermas que ahora te voy a dar tu comida", dije, pero justo cuando me estaba por levantar, volvi¨® Leo. Parec¨ªa tener un gesto de desilusi¨®n en la cara al caminar hacia la mesa. "No hay caso, sigue sin levantarse. Seguro que se quedar¨¢ dormida hasta la tarde". "Te lo dije... ?Podr¨ªas traerle la vasija con comida a Fif¨ª? Es que creo que tiene hambre". "S¨ª, lo que pasa es que tu hermana se levanta tan tarde que ni comida le da al gato", dijo y trajo la comida de la bajo mesada. "?Y la mami?" "Est¨¢ en el ba?o, dice que ya viene". Fif¨ª se baj¨® de la silla de un salto y se puso a comer su comida balanceada que pap¨¢ le hab¨ªa puesto. Estaba tomando el ¨²ltimo sorbo hasta que mi padre volvi¨® a hablar. "Mientras tanto voy a ponerme a revisar las cosas que tengo que hacer hoy. Si tu hermana se despierta, decile que venga a desayunar. No le conviene saltarse las comidas y despu¨¦s comerse algo recalentado de ayer". "Si, dale. Yo me voy a quedar ac¨¢ esper¨¢ndolas a las dos". Agarr¨® el par de medias, hilos y dem¨¢s y se fue al patio. Una vez que termin¨¦, busqu¨¦ mi celular en la pieza y volv¨ª a la cocina, poni¨¦ndome a tontear un rato al probar una inteligencia artificial de chat. Siempre me gustaron los avances tecnol¨®gicos y jugar con estas herramientas. Bueno, no por nada estoy en la carrera de ingenier¨ªa en sistemas... A los minutos lleg¨® Carolina, mi madre. "Hola, hijo. ?Ya desayunaste?" Se la ve¨ªa bien arreglada y maquillada, como si estuviera por salir en un rato. Ella es una mujer apenas m¨¢s baja que pap¨¢, con el cabello negro, lacio y suelto que le llega hasta los hombros. Ella siempre fue de tener una piel muy blanca, pero con el tiempo empez¨® a querer verse bronceada. Hoy estaba vestida con una camisa blanca con rayas negras y un jean azul bien oscuro. "Hola, mami. S¨ª, ya hace un ratito que termin¨¦ de desayunar, pero como no sab¨ªa si ibas a venir no te hice nada para vos". "Est¨¢ bien, no te preocupes. Ya me preparo algo r¨¢pido", dijo mam¨¢ con una sonrisa mientras se dirig¨ªa a la alacena para sacar un taz¨®n y un paquete de cereales. "Vos no ten¨¦s planes para hoy, ?no? No vas a salir, ?no?" "Eh... Si ya sab¨¦s que casi que no salgo yo". Ella ech¨® un poco de yogurt l¨ªquido en el taz¨®n y comenz¨® a mezclar los cereales con una cuchara. "Cuando yo ten¨ªa tu edad, no paraba de salir de casa los fines de semana". "Claro, pero yo soy un chico de casa", respond¨ª con una sonrisa ladeada, mientras miraba a mi mam¨¢ preparar su desayuno. La verdad es que, por m¨¢s que siempre me tiren indirectas para que salga m¨¢s, nunca me sent¨ª tan c¨®modo afuera como adentro. Adem¨¢s, no es que tenga muchos amigos con quienes compartir el fin de semana. "Pero es divertido salir, hay que vivir la juventud". "Eso ya lo s¨¦, pero la verdad es que no me llama mucho la atenci¨®n salir as¨ª nom¨¢s. Adem¨¢s, los fines de semana son para descansar un poco, ?no?" "Me parece que vos est¨¢s esperando que alguien especial te invite a salir. Alguna chinita". Hizo una risita, sabiendo que yo no era alguien que se metiera f¨¢cilmente en ese tipo de relaciones. "Si te haces rogar no vas a tener a nadie, eh". La conversaci¨®n inc¨®moda fue interrumpida por el sonido de pasos pesados en el pasillo. Era mi hermana menor, con su cabello negro despeinado y los ojos medio cerrados. Como si hubiera peleado con la almohada durante toda la noche. Entr¨® a la sala arrastrando los pies, como siempre lo hac¨ªa cuando reci¨¦n se levantaba. Llevaba una remera gigante, una de esas que parec¨ªan m¨¢s un vestido de lo grande que le quedaba. Era de color azul oscuro, con algunas letras estampadas que ya estaban medio resquebrajadas de tanto uso y lavado. Combinaba ese ''look'' con un pantal¨®n de algod¨®n gris que apenas le cubr¨ªa los tobillos. "Hola, Agus". "Buen d¨ªa, dormilona", dijo mam¨¢. "?Quer¨¦s que te prepare algo para desayunar?" "Ah... Hola. S¨ª, mami, tengo hambre. Gracias". Mientras mam¨¢ volv¨ªa a concentrarse en preparar otro desayuno, yo me qued¨¦ mirando a Agus. Se notaba que acababa de despertar y, como siempre, me sorprend¨ªa lo poco que le importaba su apariencia en casa. Si fuera yo, no me sentir¨ªa bien yendo por ah¨ª tan desarreglado, pero ella parec¨ªa estar en su zona de confort, sin darle mucha importancia. Envidiaba un poco esa capacidad que ten¨ªa para ser tan despreocupada. Se sent¨® al lado de mi madre mientras se acomodaba el flequillo hacia abajo, luego mir¨® su taza de yogurt y cereales sobre la mesa. "?Hey! Me dec¨ªs dormilona y vos tambi¨¦n reci¨¦n te despert¨¢s", contest¨®, como si reci¨¦n se hubiera dado cuenta de lo que le dijeron un minuto atr¨¢s. Mam¨¢ le sonri¨® con ternura. "Es domingo, hija. Todos estamos un poco m¨¢s relajados", dijo mientras vert¨ªa m¨¢s yogurt en un taz¨®n y se lo pasaba. "Ac¨¢ ten¨¦s. Desayun¨¢ tranquila". "Ah... Yogurt", murmur¨® Agustina, luego tom¨® el taz¨®n y comenz¨® a comer lentamente, sus movimientos todav¨ªa pesados por el sue?o. Aunque en parte parec¨ªa que no le convenc¨ªa el desayuno. Mientras tanto, mam¨¢ se acomod¨® en la silla frente a derecha. "Entonces, ?c¨®mo va la facultad? ?Ya esta semana termin¨¢s las clases?" "Ah, s¨ª... Despu¨¦s hay que ver si rindo alg¨²n examen final, todo depende de esta semana". El momento me hizo empezar a sentirme aburrido y molesto. No s¨¦ el porqu¨¦, pero de repente ya no ten¨ªa ganas de hablar con ellas, quer¨ªa irme... de casa. Mam¨¢ asinti¨® mientras se limpiaba con una servilleta el yogurt sobrante en los labios. "Espero que todo salga bien. Es un a?o muy importante para vos. Yo ma?ana tambi¨¦n termino de dar clases hasta despu¨¦s de las vacaciones de invierno". Mam¨¢ trabaja como profesora de m¨²sica en una escuela secundaria de por ac¨¢ cerca en el turno tarde, debe ser por eso que no le importa levantarse un poco tarde, est¨¢ acostumbrada a ese horario desde hace muchos a?os ya. "Ya te deben tener cansados los pendejos esos, ?no?" "Ni te imagin¨¢s". Hizo una sonrisa cansada. "Algunos parecen no tener idea de lo que significa responsabilidad. Pero, en fin, me encanta lo que hago, as¨ª que siempre me las arreglo para sobrellevarlo". "Pero la mami es re buena dando clases, un mont¨®n de alumnos la quieren", acot¨® Agustina. Claro, ella tambi¨¦n asist¨ªa al mismo colegio. Recuerdo que cuando ella ingres¨® a primer a?o, a m¨ª ya me tocaba el ¨²ltimo a?o de clases. Los dos hemos sido excelentes alumnos. "S¨ª, hija, pero ya sab¨¦s que siempre hay un grupito de tres o cuatro varones que no paran de molestar". "Ah... S¨ª, ten¨¦s raz¨®n. Adem¨¢s, a muchos no les gusta esa materia. ?Por qu¨¦ no das clases en otro lugar que no sea un colegio?" "Es que ac¨¢ me queda super c¨®modo". "Bah... seguro es porque me quer¨¦s vigilar". Por alguna raz¨®n, segu¨ª sintiendo muchas ganas de salir por la puerta principal de la casa, es como si alguien me estuviera llamando del otro lado, alguien muy poderoso. Instintivamente, me levant¨¦ de la silla y fui a buscar las llaves de la casa. Mientras agarraba el manojo de llaves que estaban colgadas en un adorno de madera contra la pared, una sensaci¨®n inusual me invadi¨®, como si una fuerza invisible estuviera tirando de mi brazo. La idea de salir de casa se hac¨ªa m¨¢s y m¨¢s irresistible, como si tuviera mi comida favorita servida en frente de mi cara, como si una hermosa mujer me invitara a su cama, como si... "Hijo, ?no dijiste que no ten¨ªas planes para salir hoy?" Se escuch¨® de fondo, pero no le prest¨¦ atenci¨®n, mi deber era abrir la puerta. Mi vida depend¨ªa de ello en este momento. Puse la llave y la gir¨¦ dos veces, pero mi hermana me agarr¨® el brazo antes de que pudiera abrirla. "?No ves que la mami te est¨¢ hablando?" Su mano en mi brazo me hizo hervir de ira, pero me contuve o terminar¨ªa arruinando mi misi¨®n. "Agustina, no me molestes o voy a tener que contarle a ella sobre tu noviecito de clases". La amenaza pareci¨® hacer que Agustina soltara mi brazo de inmediato. La vi dar un paso atr¨¢s, con sus ojos abri¨¦ndose de par en par, claramente sorprendida por la menci¨®n y por la forma en la que lo dije. Mam¨¢ dio un salto de la silla y empez¨® a caminar hacia nosotros. "?Agustina! ?Explicame ya eso que dijo tu hermano!" Aprovech¨¦ r¨¢pidamente la oportunidad y abr¨ª la puerta bajando el picaporte, sintiendo que la fuerza invisible que me hab¨ªa estado llamando estaba del otro lado. Por dentro marr¨®n y por fuera blanca, al parecer as¨ª era la puerta. Pero en ese nuevo lugar apenas se pod¨ªa ver algo, porque la inmensa potencia del sol me ceg¨® los ojos. Sin embargo, avanc¨¦ y cerr¨¦ la puerta detr¨¢s m¨ªa.Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. "Ah... ?no es el sol?" Murmur¨¦, aunque no s¨¦ si realmente llegaron a salir mis palabras, porque me era dif¨ªcil hablar al notar la enorme aura que irradiaba el lugar y al mismo tiempo oprim¨ªa mi pecho. "Lo siento mucho, pero tuve que hacer algo de tiempo antes de dejarte entrar", eso es lo que dijo la hermosa mujer de cabello y ojos rojos. En realidad, todo, menos su piel, era rojo: su vestido, sus labios, sus cejas, su coraz¨®n... Ella se acerc¨® majestuosamente y toc¨® mi cabeza. De pronto en ese momento mi mente volvi¨® a funcionar con normalidad. "Ah... Ya veo", volv¨ª a murmurar al aire. S¨ª, Sariah hab¨ªa jugado muy sucio. Todo lo de antes fue una tonta ilusi¨®n. Todo lo que hab¨ªa sentido en los ¨²ltimos minutos, las peque?as molestias, el enfado que crec¨ªa en mi interior, las ganas casi desesperadas de salir de casa, todo se desvaneci¨®. La realidad se desmoronaba a mi alrededor. No era m¨¢s que una ilusi¨®n, una mentira creada para mantenerme atrapado en una especie de rutina que ni siquiera exist¨ªa. En realidad, si exist¨ªa, solo que es parte de mi pasado, algo que ya hab¨ªa olvidado. "Vamos, Luciano, hay mucho de qu¨¦ hablar. Todav¨ªa recuerdas que moriste, ?no?" Me qued¨¦ paralizado, y por un instante, no pude responder a lo que ella dec¨ªa. Mis pensamientos volaban a una velocidad vertiginosa mientras intentaba conectar los puntos: mi mam¨¢, mi hermana, el desayuno, la conversaci¨®n casual... todo tan normal, tan cotidiano, tan real. Pero en este momento era una farsa. No hab¨ªa desayuno, ni casa, ni siquiera Agustina. Sent¨ª una punzada en el pecho, una mezcla de confusi¨®n, dolor y rabia. "Luciano, ?est¨¢s llorando?" Intent¨¦ contenerlo, pero era in¨²til. Era como si algo se hubiera roto dentro de m¨ª. Y entonces, sin m¨¢s, el llanto me sobrevino. No era solo una l¨¢grima solitaria, era un torrente incontrolable que parec¨ªa venir desde lo m¨¢s profundo de mi alma. Me di la vuelta y abr¨ª esa maldita puerta, pero cuando solt¨¦ el picaporte, sali¨® volando por el aire, dejando ver el ambiente desolado que vi la primera vez que llegu¨¦ ac¨¢, ese paisaje obsoleto poblado por nubes blancas como piso y planetas lejanos en el fondo. Me apoy¨¦ contra lo que era el marco de la puerta mientras las l¨¢grimas ca¨ªan sin control. Estaba completamente indefenso ante la verdad, y la ¨²nica cosa que pod¨ªa hacer era llorar. Mis hombros temblaban violentamente, y mi respiraci¨®n se volv¨ªa err¨¢tica. El dolor era como un cuchillo clavado en mi pecho, que no dejaba de girar y profundizarse m¨¢s. No pod¨ªa creer lo que Sariah hab¨ªa hecho. Todo lo que cre¨ªa conocer, todo lo que sent¨ªa, se desmoronaba a mi alrededor, y yo no ten¨ªa manera de detenerlo. Era como si la tierra misma me tragara y no pudiera luchar contra ello. Ella puso una mano en mi hombro, demostrando una elegancia que nunca antes hab¨ªa visto en ella. Pero al mismo tiempo sent¨ª como si se me estuvieran transmitiendo muchas emociones diferentes al mismo tiempo. "?No era real!" Grit¨¦, el sonido de mi propia voz se desintegraba en un sollozo ahogado "?Nada era real!" Gir¨¦ la vista y la volv¨ª a ver. Esta vez su vestido no ten¨ªa mangas, sino que eran dos tiras que pasaban por encima de sus hombros. Era largo, ce?ido y con un ligero escote que demostraba que sus pechos eran del tama?o ideal. No s¨¦ por qu¨¦ mis ojos se desviaron hacia ese lugar, pero de alguna manera sent¨ª que tal vez eso curar¨ªa mi tristeza. "?Por qu¨¦?" Logr¨¦ articular entre l¨¢grimas, sin poder mirarla a los ojos. "?Por qu¨¦ me hiciste esto?" "Lo siento mucho, Luciano. Hablemos sobre esto m¨¢s tranquilos". Me tom¨® de mi peque?a mano y me llev¨® hasta el centro de lo que era la ¨²nica sala del lugar. Entre l¨¢grimas, logr¨¦ ver que hab¨ªa un profundo blanco en las paredes, dos sof¨¢s blancos uno al frente del otro, unas ventanas grandes y algunos almohadones coloridos tirados por el piso. No es que siempre el lugar hubiera sido as¨ª, las dos veces anteriores que vine se ve¨ªa m¨¢s poblado de cosas, hab¨ªa estanter¨ªas, libros, cuadros y dem¨¢s. eso s¨ª, la estructura se ca¨ªa a pedazos. En este momento las paredes estaban impecables, pero no hab¨ªa techo. ?Ser¨¢ que tiene que mantener una especie de equilibrio? "?Te sientes mejor?" Pregunt¨® mientras se sentaba en uno de los sof¨¢s y me agarraba por las axilas para ponerme sobre su regazo. "No... Sariah... Yo quiero a mi familia..." Respond¨ª en un susurro casi inaudible, y entonces, sin previo aviso, romp¨ª a llorar de nuevo, esta vez con m¨¢s fuerza que antes. Mis manos se aferraron a su vestido, mis dedos hundi¨¦ndose en la tela mientras las l¨¢grimas ca¨ªan sin cesar. Mi cabeza se apoy¨® en su pecho, y aunque sent¨ªa su respiraci¨®n constante y su calma exterior, no pod¨ªa dejar de sentir el abismo en mi interior. "Shhh... est¨¢ bien... estoy aqu¨ª", susurr¨® Sariah, mientras sus manos, c¨¢lidas y reconfortantes, acariciaban mi cabello casta?o. Sus dedos trazaban l¨ªneas suaves sobre mi cabeza, una y otra vez, con una ternura inesperada. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente mientras sollozaba contra ella. No sab¨ªa si estaba llorando por la p¨¦rdida de mi anterior vida, o por el hecho de que me sent¨ªa completamente solo en este mundo, atrapado en una espiral de incertidumbre. Tal vez era por ambas cosas. O tal vez era el peso de todas las vidas que hab¨ªa dejado atr¨¢s, todo lo que hab¨ªa olvidado... todo lo que ahora parec¨ªa tan distante. "Esto... todo esto... no es justo", murmur¨¦ entre sollozos, mi voz quebrada. "No es justo lo que me has hecho. No es justo que me trajeras a el d¨ªa anterior a mi muerte". "Lo s¨¦", respondi¨® ella suavemente, continuando con sus caricias, sus dedos ahora trazando patrones sobre mi espalda. "No es justo. Pero fue la ¨²nica forma que se me ocurri¨® de hacer tiempo". ?Nos podemos quedar as¨ª por un tiempo?" "Todo el tiempo que necesites, mi peque?o. Deja que tu diosa te consienta". Por un instante... solo por un instante, Sariah se sinti¨® como mi tercera madre. No s¨¦ cu¨¢nto tiempo pas¨®, solo s¨¦ que en un momento determinado abr¨ª los ojos, me hab¨ªa dormido. Cuando despert¨¦, mi cabeza segu¨ªa apoyada en sus pechos, pero el ambiente ya no se sent¨ªa tan opresivo. "S¨ª... recuerdo que mor¨ª", respond¨ª a su pregunta inicial, viendo como la realidad de mi situaci¨®n comenzaba a asentarse. "Entonces ya podemos hablar". Sariah movi¨® mi cuerpo hacia el suelo y me condujo con firmeza, pero sin prisa, al sof¨¢ del frente. Solt¨® mi peque?a mano y se volvi¨® a sentar en el otro, sus movimientos eran fluidos y deliberados, como si cada gesto estuviera calculado a prop¨®sito para proyectar una mezcla de autoridad y encanto hacia m¨ª.
Tal vez lo de antes era un peque?o castigo por mi absurda muerte. No importa, ya est¨¢. Es bueno saber que la ¨²ltima vez que nos vimos utilic¨¦ uno de mis pedidos para hacer que ella no pueda leer mis pensamientos, eso me hace sentir un poco m¨¢s tranquilo. "Despu¨¦s de todo nadie puede escapar del pasado, ?no?" Acot¨¦. Ella cruz¨® las piernas, aun dejando su pie izquierdo descalzo sobre el suelo, ah¨ª pude ver que su vestido ten¨ªa un corte en vertical al lado de la pierna. Luego puso sus manos entrelazadas sobre su regazo. "Hubo cosas extra?as en el ambiente, pero al solo prestarte atenci¨®n a ti, no pude detectar bien qu¨¦ es lo que era esa cosa". Estaba claro que cambi¨® de tema. Yo tambi¨¦n not¨¦ cosas raras, m¨¢s que todo en el pez que me miraba sin ning¨²n sentido. Y a esas hormigas parec¨ªa que nadie las hab¨ªa visto antes. "Este... ?Puedo decir algo? Creo que cada vez se me hace m¨¢s dif¨ªcil vivir en tu mundo, digo... No tuvo mucho sentido lo que sucedi¨®". "Eso es porque eres un ni?o, ?m¨ªrate!", dijo, se?al¨¢ndome. Mir¨¦ hacia abajo, estaba vestido con la ropa de hace unos minutos, pero ahora me quedaba enorme. Estaba seguro que antes que me lo dijera no ten¨ªa esta ropa, sino la ropa primitiva hecha de pieles de animales que solo cubr¨ªa mis partes nobles. "?Por qu¨¦ tengo esta ropa todav¨ªa?" "?Para que te des cuenta de lo que te falta crecer! Hazte un hombre de verdad y reci¨¦n podr¨¢s hablar de sobrevivir." Su tono se hab¨ªa elevado, pero no lo hac¨ªa de una forma que me diera miedo. "Pero bueno... por ahora solo conc¨¦ntrate en pensar cu¨¢les ser¨¢n tus pedidos, eso te servir¨¢ para hacerte m¨¢s fuerte y sabio. Para serte sincera, has hecho todo perfecto". Antes de seguir hablando, se levant¨® del sof¨¢ y se par¨® enfrente m¨ªo, con la mano izquierda sobre su cintura y la otra extendida. "Aprendiste a usar magia, encontraste a otro ser m¨¢gico, conformaste un grupo bastante grande y pudiste manejarlo relativamente bien, creaste algunas cosas nuevas, solo que... necesito m¨¢s de eso. Tambi¨¦n te enfrentaste a algunos enemigos y saliste bien parado, descubriste los secretos de las part¨ªculas m¨¢gicas, descubriste los efectos del agua m¨¢gica, completaste tu primer pacto, y un mont¨®n de otras cosas. Es por eso que te otorgo tres pedidos". "Bueno, gracias. Es bueno saber que piensas que estoy haciendo las cosas bien. Sobre los pedidos... no estuve pensando en eso, ?realmente se puede pedir cualquier cosa?" Ella apunt¨® su dedo ¨ªndice hacia m¨ª y de pronto volv¨ª a tener la ropa de siempre, la del Luciano del mundo m¨¢gico. "Mira, eso que acabo de hacer me consumi¨® una diminuta fracci¨®n de mi poder. Por lo que, si me hubieras pedido hacer eso, te lo hubiera aceptado enseguida. ?Entiendes a lo que quiero llegar?" "Ya veo... entonces no deber¨ªa pedir algo que sea complicado." Era razonable, porque si pudiera pedir algo fuera de lugar, pedir¨ªa ser inmortal o cosas as¨ª. Solo tengo claro un pedido, ?pero y los otros dos? No s¨¦ qu¨¦ pasar¨ªa si pido algo desconsiderado y ella lo rechaza, ?contar¨ªa como pedido usado? A partir de ahora no puedo preguntarle nada. Mir¨¦ hacia arriba, las estrellas y los planetas lejanos combinaban en una vista hermosa para cualquiera que la observara. Este lugar es tan tranquilo que me dan ganas de quedarme por toda la eternidad. Luego ah¨ª estaba Sariah, con su imponente presencia, cada vez que nos encontramos la veo m¨¢s y m¨¢s linda a pesar de que a veces me hace sentir emociones extra?as. Es bueno saber que ya no puede leer mis pensamientos en este momento, la otra vez fue un poco vergonzoso. Su mirada no se despegaba de m¨ª, y en este momento era bastante seria. "Bueno, la ¨²ltima vez la pas¨¦ bastante mal con lo de las u?as... ya debes acordarte de eso". Sin mediar palabra y sin que yo pidiera el favor de forma directa, ella chasque¨® los dedos. "Listo, nunca m¨¢s te doler¨¢ el cuerpo mientras est¨¦s aqu¨ª, en este espacio inter dimensional. Primer pedido concedido", dijo de manera r¨¢pida, como si tuviera el tiempo contado. Me qued¨¦ igual de pensativo que antes, la verdad es que al primer favor ya lo hab¨ªa pensado en el momento en el que ella arranc¨® mis cinco u?as del pie izquierdo, y tampoco quiero desperdiciar los dem¨¢s en tonter¨ªas. Debe ser algo que me sirva para toda la vida. Ella se acerc¨® y se sent¨® a mi izquierda. "?En qu¨¦ piensas, Luciano? S¨¦ que esto te tom¨® de imprevisto y que pensabas tener una vida m¨¢s larga, pero... s¨¦ que eres fuerte mentalmente, he escuchado todos tus pensamientos y tambi¨¦n he visto cada uno de tus movimientos. Lo s¨¦ absolutamente todo. As¨ª que recuerda que tienes a una diosa de tu lado, ?s¨ª?" "Mi diosa..." Se me iluminaron los ojos al o¨ªr sus palabras. Si bien siempre lo supe a eso, escucharlo desde su propia voz era incre¨ªble. Sariah agarr¨® con suavidad mi mano y la llev¨® hasta apoyarla contra su muslo, justo donde el vestido se part¨ªa a la mitad. "Vamos, debes decidirte..." Su tono era m¨¢s calmado y endulzaba mis o¨ªdos, pero sin llegar a ser seductor. Su cabello rojo ca¨ªa en suaves ondas alrededor de su rostro, enmarc¨¢ndolo como un fuego que rodea una joya preciosa. Era un contraste tan llamativo con la blancura de su piel que parec¨ªa casi sobrenatural, como si el cabello mismo estuviera hecho de hilos de fuego, reforzando esa imagen de perfecci¨®n irreal. "Ahora que lo pienso", comenc¨¦ diciendo mientras mis dedos jugueteaban con el borde de su tela roja. "Creo que siempre quise saber las edades exactas de mi familia y compa?eros... ?Crees que habr¨ªa alguna forma de que pueda saberlas? Tambi¨¦n quiero agregar que ser¨ªa de la forma en que se usa en el planeta Tierra, con a?os, meses y eso." "Mmm... es una petici¨®n muy interesante, Luciano. Pero viniendo de ti ya nada me sorprende, eres tan extra?o... Pero debes saber que tendr¨¢ sus limitaciones, no puedo gastar mucho poder en este momento. Espero que lo entiendas". Luego de hablar, movi¨® lentamente su mano derecha hasta colocarla sobre mi cabeza. "Listo, ahora tienes dos pelos de color rojo. Bueno, en realidad solo alargu¨¦ el que ten¨ªas anteriormente, pasando por debajo de tu piel y saliendo por otro lado". Acarici¨® mi cabecita antes de seguir. "Pero no te preocupes, al ser el mismo pelo, no hace falta que los dem¨¢s lo vuelvan a tocar, s¨¦ que eso te ha molestado bastante". "Gracias. ?Crees que se nota demasiado? Hasta ahora nadie me ha dicho nada de mi pelo rojo". "Tener el cabello casta?o es bastante conveniente, pero no es una coincidencia". "Ah..." Hablar con Sariah es todo un misterio, porque a veces dice cosas que las deja a medio terminar o no responde del todo lo que quiero saber. Es posible que lo haga a prop¨®sito. Me gusta que sea as¨ª... Eh, creo que una ventana desapareci¨® de repente... ?o no hab¨ªa vidrio ah¨ª antes? Pero si estaba a su derecha... "Ah, por cierto, ?cu¨¢les son las limitaciones?" Pregunt¨¦, a¨²n sin despegar mi mano sobre su pierna. Ella dej¨® de acariciarme y puso su mano derecha sobre la m¨ªa. "Solo podr¨¢s verlo de noche y mientras tengas part¨ªculas m¨¢gicas en tu cuerpo. Y sobre c¨®mo ver tu edad... tendr¨¢s que recibir un poco de ayuda externa", dijo y se r¨ªo suavemente tap¨¢ndose la boca. Estaba claro que hab¨ªa algo m¨¢s en sus palabras, como si me estuviera instando a realizar un paso m¨¢s para lograr obtener todo lo que buscaba. No s¨¦ qui¨¦n me podr¨ªa ayudar... no importa, ya lo voy a averiguar. "Gracias, mi diosa. Ahora le pido mi tercer y ¨²ltimo deseo", dije, levant¨¢ndome para luego arrodillarme frente a ella. "Por favor, le pido su permiso para exterminar a los hombres p¨¢jaro". ?Fui demasiado lejos? Simplemente dije lo que pensaba, pero... no, estuve mal. ?Me dej¨¦ llevar porque me estuvo consintiendo? ?Ya... ya no hay vuelta atr¨¢s! Voy a recibir el castigo de una diosa por pasar mis l¨ªmites. ?Pero es que esos malditos hombres p¨¢jaro! Cerr¨¦ los ojos, ten¨ªa miedo de su respuesta. "Rep¨ªtelo de nuevo", las palabras resonaron suavemente en el aire estancado. Me esforc¨¦ por mantener mi voz firme mientras repet¨ªa, "Por favor, le pido su permiso... para exterminar a los hombres p¨¢jaro". Ya no hab¨ªa escapatoria, no pod¨ªa dudar de mis palabras. Al abrir los ojos y levantar la cabeza, lo primero que vi fueron los labios de Sariah curv¨¢ndose en una sonrisa que quer¨ªan alcanzar sus ojos. Su nariz era peque?a y perfilada, mientras que sus labios, perfectamente delineados, se curvaban en una sonrisa que, aunque sutil, mostraba una peligrosa mezcla de aprobaci¨®n y una oscura satisfacci¨®n. ?O era desprecio? Esa sonrisa era tan marcada que parec¨ªa que solo exist¨ªa para aquellos lo suficientemente cercanos como para notarla, y en ese momento, estaba seguro de que estaba dirigida solo a m¨ª. Sariah se inclin¨® ligeramente hacia adelante, acercando su rostro al m¨ªo, y pude ver de cerca c¨®mo sus ojos destellaban con un brillo peligroso, uno que me hizo sentir peque?o y vulnerable bajo su escrutinio. Su mano se desliz¨® lentamente por mi mejilla de arriba a abajo. Sus labios se entreabrieron para hablar, pero antes de que lo hiciera, se qued¨® en silencio, observ¨¢ndome unos instantes m¨¢s. Era como si estuviera disfrutando de mi incomodidad, como si se estuviera alimentando de la tensi¨®n antes de decidir sus palabras. "Luciano..." Su voz era un susurro, aunque nadie m¨¢s pudiera escucharnos, "me sorprende tu deseo, y debo admitir que admiro tu ambici¨®n." Su mano, que hab¨ªa estado descansando en mi mejilla, se desliz¨® hacia mi ment¨®n, levant¨¢ndolo ligeramente para que nuestros ojos se encontraran mejor. "Pero... ?sabes realmente lo que implica esa decisi¨®n?" Luego ella se par¨®, caminando lentamente sin rumbo con sus pies descalzos y dej¨¢ndome mirando al sof¨¢. "Veamos... Debo decir que tienes varias razones para querer que los hombres p¨¢jaros, como t¨² los llamas, desaparezcan. A ver, ellos te han acosado, secuestraron a tu familia, quisieron matar al futuro integrante de tu familia y no aceptaron arreglar las cosas verbalmente. Entiendo... as¨ª que ellos son defectuosos. Cre¨¦ a un ser repugnante". "No... no quise decir eso, es solo que ellos tambi¨¦n quieren matarnos..." "?Sabes? Por ah¨ª hab¨ªa le¨ªdo que estas cosas se dejan a juzgar ante la ira de dios". Hubo un silencio de mi parte. No contest¨¦. "Voy a aceptar tu pedido, pero tambi¨¦n cumplir¨¢s un pedido para m¨ª. En realidad, no es un pedido como tal, sino que quiero que me hagas una promesa. Y quiero que sepas que no puedes romper una promesa con una diosa. Bueno, en fin, debes prometerme que en alg¨²n momento de tu vida tendr¨¢s descendencia no humana, o sea, debes relacionarte con una criatura m¨¢gica. Hacer eso nos garantizar¨¢ mantener tu poder m¨¢gico. Tambi¨¦n puedes tomarlo como una forma de repoblar el mundo, si es que al final terminas matando a los hombres p¨¢jaros, claro". Sariah dej¨® la intensidad colgando en el aire, como si esperara que imaginara el resto en mi cabeza. El eco de sus palabras reverberaba en mi mente, dej¨¢ndome aturdido. ?Descendencia con una criatura m¨¢gica? ?Mantener mi poder a trav¨¦s de una promesa tan... extra?a? Bueno, esa promesa no era algo complicado de cumplir. De hecho, aunque ella no lo hubiera dicho, creo que lo mismo iba a terminar haciendo. Los seres m¨¢gicos son algo ex¨®tico, y eso me encanta de ellos. Tampoco es como si hubiera conocido muchas chicas no humanas, pero si, voy a cumplir la promesa. Despu¨¦s existen muchas variantes, como la posibilidad de que este cuerpo sea inf¨¦rtil, pero eso ser¨ªa algo muy raro. Tambi¨¦n, que la gen¨¦tica se termine manteniendo humana, pero creo que, al yo poder usar magia, las probabilidades de que tenga un hijo no humano aumentan. Todo es una teor¨ªa por ahora, y no s¨¦ si hay algo m¨¢s oculto en su pedido. "Lo prometo, tendr¨¦ un hijo no humano junto a otro ser m¨¢gico y me asegurar¨¦ de honrarla. Muchas gracias". "Entonces aseg¨²rate de cuidar bien a tu amiguito de abajo, no creo que quieras sorpresas. Vamos, ahora dime cual va a ser tu paga, supongo que las otras u?as de los pies, ?no?" Me levant¨¦ del suelo y me volv¨ª a sentar en el sof¨¢. "S¨ª... Que sean las cinco u?as de mi pie derecho". Esta vez el sof¨¢ no cambi¨® a algo m¨¢s t¨¦trico, sino que todo se mantuvo normal. Ella se acerc¨® mientras creaba de la nada una pinza en su mano derecha, luego se arrodill¨® frente a m¨ª. La pinza era relativamente peque?a y simple, m¨¢s que la vez anterior, y ten¨ªa un mango rojo. Tom¨® mi pie con delicadeza, aunque el acto era simple, estaba cargado de una tensi¨®n palpable. Sent¨ª el fr¨ªo de su piel contrastando con el calor de mi cuerpo. "Esta ser¨¢ la ¨²ltima vez que uses las u?as de tus pies como pago. Qu¨¦ triste". Entonces la pinza se acerc¨® a la u?a del dedo gordo. La escena me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes, pero al pasar los segundos no sent¨ªa nada. Ah¨ª fue cuando record¨¦ mi primer pedido, ella lo hab¨ªa cumplido al pie de la letra. Al abrir los ojos, la vi con el rostro junto a mi dedo, ella estir¨® su lengua para lamer una gota de sangre que se escapaba de la piel herida. Hab¨ªa algo en su gesto, algo que iba m¨¢s all¨¢ de la simple formalidad del acto. Como si en ese momento yo fuera el que mandaba. Extrajo una u?a tras otra, sus dedos se deslizaban sobre mi piel, dejando un rastro de una energ¨ªa casi el¨¦ctrica, una sensaci¨®n no del todo desagradable, aunque s¨ª perturbadora. Su respiraci¨®n era calmada, pero pod¨ªa sentirla tan cerca de m¨ª que era imposible ignorar lo ¨ªntimo de la situaci¨®n. Cuando termin¨®, Sariah se qued¨® un momento en esa posici¨®n, observando mi pie, como si estuviera admirando su obra. Luego levant¨® la vista, encontrando la m¨ªa de nuevo. "Adi¨®s". Y a pesar de todo, no pude evitar sentirme atra¨ªdo hacia ella, hacia ese poder que emanaba de cada poro de su ser. Era fascinante y aterrador en igual medida, pero hab¨ªa algo en esa oscuridad, en esa belleza perfecta e inalcanzable, que me hac¨ªa querer m¨¢s. Pero ahora... ahora tocaba volver a la realidad. Cap铆tulo 18: Luc铆a. La despedida con Sariah fue m¨¢s r¨¢pida de lo que esperaba, ni siquiera nos despedimos adecuadamente. Ella estaba actuando extra?o, extra?o para c¨®mo se estimaba que una diosa deb¨ªa comportarse. Ya hasta me hab¨ªan dado ganas de quedarme un ratito m¨¢s, qu¨¦ se le va a hacer... Antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, escuch¨¦ una voz, claramente era la de Aya. "...Tres a lo largo de la cueva y una en la entrada al santuario". Mis pies estaban en el agua... Ah, claro, el arroyo. Lo importante es mantener la calma. La sensaci¨®n en los dedos es fea, pero no tan dolorosa como para evitar que mantenga mi fachada. "Gracias, Aya. Ya debo irme". Me levant¨¦ r¨¢pidamente, intentando que mis pies le dieran la espalda a Aya. Sab¨ªa que en unos instantes aparecer¨ªa el pez misterioso. La idea era evitar la totalidad de esos acontecimientos extra?os. "?Me acompa?¨¢s, Mirella? Vos and¨¢ alumbrando delante m¨ªo", dije, comenzando a caminar rumbo a la entrada de la cueva. "?Eh? Pero si reci¨¦n llegamos. ?Por qu¨¦ tienes tanta prisa?". "Es que me preocupa mi familia, pens¨¦ que no ser¨ªa muy bueno dejarlos solos". "Claro, Luciano. ?Si es por eso, entonces deber¨ªamos ir!" Sus alas zumbaban mientras se adelantaba r¨¢pidamente A todo esto, Aya segu¨ªa sentada al borde del arroyo, sin decir ni una palabra. La mir¨¦ por encima de mi hombro antes de darle la advertencia. "Aya, ?sab¨ªas que hay unos bichos peque?os de color negro que te dan mala suerte si te tocan? Ten cuidado o podr¨ªas pasar un mal d¨ªa". Ella mir¨® a los costados antes de hablar. "Nunca hab¨ªa escuchado algo como eso, pero gracias igual... Supongo". Todav¨ªa es de d¨ªa, eso significa que a¨²n no puedo ver las edades de los dem¨¢s. Si es que no existen m¨¢s limitaciones que ella no me haya dicho. Siendo totalmente honesto, no fueron pedidos tan importantes los que le hice a mi diosa, si bien no quise sobrepasarme, tal vez deber¨ªa haber pedido cosas m¨¢s importantes. Supongo que se ver¨¢ con el tiempo. Debo liberar a la segunda criatura m¨¢gica de la piedra, as¨ª ya tengo asegurado un favor para la pr¨®xima vez que nos veamos, aunque si no nos vemos nunca m¨¢s, significar¨ªa que lo hice mejor de lo esperado y no volv¨ª a morir. El recorrido de la enorme cueva volv¨ªa a ser cansador bajo la luz de Mirella, me fatigaba mental y f¨ªsicamente, m¨¢s sabiendo que este fue mi horrible lecho de muerte hace relativamente unos minutos. Son cosas que no se pueden olvidar tan f¨¢cilmente, ni siquiera con la compa?¨ªa de una diosa. La sensaci¨®n de estar a punto de morir no va a desaparecer, esas son cosas que quedan grabadas de por vida. Tom¨¦ un sorbito del agua m¨¢gica a la pasada, sin que Mirella se diera cuenta. Ahora mis dos pies est¨¢n igual de deformes, con la piel cubriendo a la perfecci¨®n donde antes hubo u?as. "Mirella, quiero que cuando lleguemos al santuario vos te vuelvas con Aya. Existe la posibilidad de que los hombres p¨¢jaros vuelvan a atacar, ya sab¨¦s lo que ellos buscan de nosotros". Desde lejos se escuchaban los quejidos de Rundia, ya est¨¢bamos cerca de llegar al santuario. "Est¨¢ bien, me encargar¨¦ de proteger el lugar, Luciano". "Gracias... Te agradezco todo lo que haces por m¨ª y los dem¨¢s. Sos en la que m¨¢s conf¨ªo". "Yo tambi¨¦n conf¨ªo mucho en ti". "No, yo conf¨ªo m¨¢s en ti. Adem¨¢s, ?por qu¨¦ confiar¨ªas tanto en un ni?o?" Ella se detuvo en el aire, justo a mi altura, la esfera en el aire siguiendo su mismo movimiento. "Entonces no molestar¨¢ que haga esto", dijo y me dio un suave beso en la mejilla derecha. Luego me mir¨® a los ojos y se alej¨® volando r¨¢pidamente por donde hab¨ªamos venido. "?E-Espera, Mirella!" Mi mano extendida qued¨® suspendida en medio de la oscuridad. Eso fue... inesperado. S¨¦ que Mirella suele tener reacciones impulsivas, pero no para dar este tipo de afecto. El beso, inesperado y r¨¢pido, todav¨ªa lo sent¨ªa ardiendo en mi piel. Quer¨ªa decirle algo m¨¢s, algo que aclarara lo que estaba sucediendo entre nosotros, pero ?qu¨¦ podr¨ªa decir? ?Qu¨¦ sab¨ªa realmente de estas emociones que me estaban invadiendo? No era exactamente el mismo Luciano de antes de morir hace un rato, eso estaba claro. Ahora me encontraba aturdido por la s¨²bita intensidad de todo lo que me rodeaba, desde Sariah con sus oscuros deseos hasta Mirella, siempre tan cercana y protectora, pero ahora tambi¨¦n confusa. ''Debes tener un hijo no humano'' fueron las palabras que pasaron por mi mente. No... todav¨ªa no tengo que pensar en esa promesa ?Ay, Mirella! Pero no pude evitar seguir pensando. Yo soy un humano, limitado por los errores de mi vida pasada y las cargas de la presente. Ella, un ser m¨¢gico, tal vez inmortal, con una lealtad inquebrantable hacia m¨ª. Su lealtad era una bendici¨®n, pero tambi¨¦n un peso. ?Era justo para ella estar tan ligada a m¨ª? Mirella no sab¨ªa todo sobre mi vida anterior, sobre mis debilidades, sobre mis deseos. ?Y qu¨¦ pasar¨ªa si lo supiera? ?Seguir¨ªa confiando en m¨ª con la misma devoci¨®n? Sacud¨ª la cabeza y me golpe¨¦ los cachetes para despejar mi mente, pero lo que realmente no estaba despejado era el camino, no ve¨ªa casi nada ahora que Mirella se fue. A paso lento segu¨ª el rastro del agua en el suelo hasta por fin llegar a la estrecha entrada que dejaba pasar algo de luz desde dentro. Me asom¨¦ para asegurarme de que estuviera todo bien. Al parecer el beb¨¦ todav¨ªa no naci¨®, voy a esperar ac¨¢ afuera mientras busco alguna soluci¨®n para mis pies. ''Rundia, tienes que empujar'', ''solo un poco m¨¢s'', ''ya casi'' eran algunas de las molestas frases que se escuchaban del otro lado de la pared y que no me dejaban pensar con claridad. ?Tal vez unas u?as postizas? No s¨¦ cu¨¢l material ser¨ªa el mejor, aunque tampoco es como si hubiera mucha variedad de recursos para elegir. Prob¨¦ con la piedra y la verdad es que se ve¨ªa horrible por m¨¢s que la moldeara bien lisa, el color gris no pegaba con mi piel blanca y resaltaba todav¨ªa m¨¢s la falta de u?as. A ver... Ya s¨¦, el color de los corales es bastante parecido al color de una u?a. Debo aprovechar este momento de distracci¨®n para sacarle esas cosas a mam¨¢. En realidad no son corales, sino que son conchas de mar, pero siempre le hall¨¦ un doble sentido a la palabra... Las costumbres argentinas nunca se pierden. Mejor voy a llamarlas por su nombre: conchas de mar. Pas¨¦ por el umbral del santuario con los ojos mirando hacia el techo. "Permiiiiiiiso", dije, como si entrar en medio de un parto fuera lo m¨¢s normal del mundo. De igual manera, nadie puso ni un m¨ªnimo inter¨¦s en m¨ª, as¨ª que no hablar hubiera sido lo mismo. Camin¨¦ apresuradamente hac¨ªa la esquina donde descansaban las ''ofrendas'' para el dios Ad¨¢n de parte de mi madre. En un abrir y cerrar de ojos ya ten¨ªa las diez u?as en mi poder, perfectamente delineadas en un color blanco tirando a salm¨®n. ?Cu¨¢nto durar¨ªan estas u?as artificiales unidas con magia a mi piel? No lo s¨¦, pero todo sea por mantener mi enorme secreto. Me levant¨¦, probando las conchas ya adheridas en mis dedos. El trabajo no era perfecto, pero podr¨ªa enga?ar a los dem¨¢s. Me qued¨¦ unos momentos m¨¢s observando c¨®mo encajaban y c¨®mo mis pies, aunque deformes, ahora parec¨ªan m¨¢s... normales. Lo suficiente como para no levantar sospechas, al menos por ahora. La verdad es que todav¨ªa siento una sensaci¨®n extra?a al pensar que solo Mirella se dio cuenta de mi falta de u?as, en la... l¨ªnea temporal anterior, ella lo mencion¨® mientras ¨ªbamos por la cueva, pero ahora eso cambi¨® por un beso en la mejilla. Me pregunto qu¨¦ tantas cosas podr¨¦ cambiar si Sariah vuelve el tiempo lo suficiente como para poder cambiar un suceso importante. L¨ªneas temporales... vaya uno a saber si realmente es as¨ª, digo, tal vez en esa l¨ªnea temporal yo sigo muerto y vuelvo a... ?vivir? No, no tiene sentido, sino se har¨ªa una enorme mezcla de almas por todos lados, ?no? Ni yo mismo me entiendo, mejor no pensar en eso y tomarlo como que ella simplemente retrocede el tiempo y ya. Y entonces ah¨ª estaba yo, parado en un rinc¨®n, con mis nuevas u?as de concha de mar, sinti¨¦ndome completamente tonto. No hab¨ªa magia que pudiera usar para ayudar en esta situaci¨®n, no hab¨ªa conocimiento de mi vida pasada que pudiera aplicar. Todo lo que pod¨ªa hacer era esperar. Finalmente, el sonido de un peque?o llanto rompi¨® la tensi¨®n en el aire. El beb¨¦ hab¨ªa nacido. No era un llanto fuerte ni estridente, sino un sonido raro y fr¨¢gil. El sonido del beb¨¦ se hizo eco en cada rinc¨®n del santuario, y por un breve momento, mi coraz¨®n se aceler¨®, y una oleada de alivio y asombro me invadi¨® mientras el nuevo integrante de la familia llen¨® el santuario con un sentimiento de alegr¨ªa, al menos para m¨ª. Si hab¨ªa alguna cosa que me faltaba vivir en mis tantos a?os, era presenciar un parto en un contexto prehist¨®rico y pensando en l¨ªneas temporales y u?as postizas. "?Es una ni?a!" Dijo Anya sosteni¨¦ndola en sus brazos y llev¨¢ndola hacia Rundia. ?En serio? Tener una hermana menor me pone muy contento, me hace acordar a mi vida anterior. De hecho, creo que hasta la diferencia de edad coincide, unos cinco a?os. como Agustina... espero que su vida siga bien. ?Qu¨¦ estar¨ªa haciendo ahora? Si supiera que estoy aqu¨ª, reencarnado, lidiando con diosas y criaturas m¨¢gicas, ?se preocupar¨ªa por m¨ª? Esa vieja sensaci¨®n de nostalgia me golpe¨® en el pecho. Quer¨ªa saber c¨®mo le iba, si hab¨ªa seguido adelante sin m¨ª. O quiz¨¢s era mejor que nunca supiera de mi existencia en este lugar. Mam¨¢, exhausta, extendi¨® los brazos para recibir a la reci¨¦n nacida. Anya le entreg¨® con cuidado a la peque?a y el brillo en los ojos de Rundia lo dec¨ªa todo: una mezcla de amor incondicional y alivio. Me acerqu¨¦ a la escena, haci¨¦ndome el ni?o inocente mientras me ubicaba al lado de Samira. "Mam¨¢, ?ella es mi hermanita?" "Si... hijo. Ella es tu hermana, su nombre ser¨¢ Luc¨ªa, ?te gusta? Es como el tuyo, Luciano". De pronto, Luc¨ªa hizo un movimiento brusco y me mir¨® al escuchar mi nombre, ?acaso entendi¨® lo que mam¨¢ dec¨ªa? Luc¨ªa... Luciano... Qu¨¦ lindo nombre, me gusta. Me encanta. "Es un nombre muy bonito", dije acerc¨¢ndome a ella. Pap¨¢ me puso una mano en el hombro. "Ahora debes ser un buen hermano mayor, no lo olvides". "S¨ª, pap¨¢. Voy a cuidar de Luc¨ªa y ense?arle muchas cosas". Mientras observaba a Luc¨ªa, sent¨ª un peso sobre m¨ª. La responsabilidad, el hecho de que ahora ten¨ªa una hermana que depender¨ªa de nosotros, que crecer¨ªa en este mundo con todas sus dificultades. ?Y yo? ?Qu¨¦ ejemplo podr¨ªa darle? Claro, ten¨ªa el conocimiento de un mundo avanzado, pero aqu¨ª las reglas eran diferentes, el peligro acechaba en cada esquina. No pod¨ªa simplemente protegerla con ideas o ciencia, la magia, las criaturas, los hombres p¨¢jaros, todo eso era real y letal. La observ¨¦ mejor, ella tiene el pelo casta?o, tal vez un poco m¨¢s oscuro que el m¨ªo, era como el de mam¨¢. Le acarici¨¦ la cabecita, moviendo sus pocos mechones de pelo. Sus ojos estaban bastante abiertos, al parecer son de color negro, pero creo que con el tiempo pueden llegar a cambiar. Su calma al tomar del pecho de Rundia me hizo acordar a cuando yo reencarn¨¦ en este mundo, aunque su mirada era un poco inquietante, porque solo me miraba a m¨ª. En el supuesto caso de que sea una reencarnaci¨®n, debo buscar pistas y mantenerme al lado de ella. "?Est¨¢ todo bien, Luciano?" "Tu hijo debe estar muy emocionado por tener una hermana, ?eh, Rundia? Tienes dos hijos hermosos y saludables". "Ah, s¨ª... Es que Luc¨ªa es muy linda. Se parece a vos, mam¨¢". Samira se acerc¨® t¨ªmidamente al lado de la camilla primitiva. "?Es muy linda! Menos mal que todo sali¨® bien". "Eres muy valiente, Samira. Gracias por ayudarnos", dijo Anya con una sonrisa "No... en realidad no hice mucho". Mam¨¢ le devolvi¨® la sonrisa a Samira, quien pareci¨® relajarse un poco ante el reconocimiento. "S¨ª, gracias a todos ustedes. No s¨¦ qu¨¦ hubiera hecho sin su ayuda". Acun¨® a Luc¨ªa con cuidado mientras la peque?a segu¨ªa aliment¨¢ndose con tranquilidad. "Voy a acomodarte un poco esto, mam¨¢". Puse las manos en la parte donde antes reposaba su cabeza y molde¨¦ un poco la piedra utilizando magia, elev¨¢ndola para formar una especie de respaldar. As¨ª ella iba a estar m¨¢s c¨®moda al sentarse. "?As¨ª te parece bien?" "Ah, s¨ª. Gracias, Luciano. Eres muy atento". "La magia, eh..." Murmur¨® pap¨¢ mientras le acomodaba la almohada contra la cabeza de Rundia y el respaldar de piedra. Al rato llegaron al santuario todos los dem¨¢s, que se quedaron impresionados con mi peque?a hermana, salvo Aya, que simplemente felicit¨® a mi mam¨¢ e intent¨® no involucrarse mucho en el asunto. Esto reafirmaba que ella no estaba muy a gusto con la situaci¨®n o no le gustaban los beb¨¦s.This narrative has been purloined without the author''s approval. Report any appearances on Amazon. Cruzamos algunas miradas con Mirella, pero ella parec¨ªa no prestarme mucha atenci¨®n, estaba demasiado embelesada con la peque?a, la cual la miraba muy intensamente, al igual que a Aya. ?Tal vez malinterpret¨¦ las cosas? Anya, por otro lado, estaba radiante. Siempre me hab¨ªa parecido una mujer fuerte, pero verla as¨ª, con una sonrisa genuina mientras ayudaba a mi madre, me hac¨ªa apreciarla de una manera distinta. No pude evitar sentir cierta conexi¨®n entre nosotros, sabiendo que hab¨ªa estado al lado de mam¨¢ durante todo este proceso. Me pregunto si a ella le gustar¨ªa tener otro hijo. Tar¨²n, aunque era un ni?o, estaba en una edad en la que comenzaba a entender cosas, y me pregunt¨¦ c¨®mo le afectar¨ªa tener a Luc¨ªa como nueva figura en nuestras vidas. Samira estaba visiblemente emocionada, aunque su timidez la manten¨ªa un poco apartada del resto. La forma en que miraba a Luc¨ªa, con una mezcla de fascinaci¨®n y temor, me hizo sonre¨ªr. Me recordaba a m¨ª mismo cuando era peque?o, intentando comprender un mundo lleno de cosas que no pod¨ªa controlar. Samira siempre hab¨ªa sido una ni?a m¨¢s reservada, pero hoy se la ve¨ªa con una chispa de curiosidad que no pod¨ªa disimular. Bueno, en realidad las gemelas ya no ser¨ªan ni?as, ya ser¨ªan m¨¢s como unas adolescentes. Suminia tambi¨¦n andaba por ah¨ª, intentando colarse entre los dem¨¢s para observar mejor a mi hermanita. Se notaba que estaba muy contenta. El nacimiento de Luc¨ªa trajo un aire nuevo al santuario, una mezcla de euforia, alivio y cansancio que impregnaba el ambiente, pero para m¨ª tra¨ªa muchas inc¨®gnitas. A pesar de la atenci¨®n concentrada en la reci¨¦n llegada, mi mente segu¨ªa divagando en lo que podr¨ªa significar este nuevo miembro de la familia. ?Era posible que Luc¨ªa tambi¨¦n fuera una reencarnada? Si ese fuera el caso, ?qu¨¦ prop¨®sito tendr¨ªa su llegada? Es que su semblante me hace acordar a cuando yo fing¨ªa ser un reci¨¦n nacido, es calmada, mira para todos lados y casi no llora. Tal vez una persona normal no se dar¨ªa cuenta de esos detalles, pero para m¨ª... Tengo que seguir investigando, esto tambi¨¦n coincide con que Sariah me hizo esperar para aceptarme en su espacio inter dimensional, lo que me hace preguntar si estaba impidiendo que nos conoci¨¦ramos. Pero ser¨ªa muy obvio, ?no? Claramente Sariah no me dir¨ªa que estaba haciendo tiempo, ella ya deber¨ªa haber sabido que yo estaba a punto de morir, porque pasaron varios minutos entre la picadura y el fallecimiento. Es como si estuviera en medio de su peque?o juego mental. "?Eh? ?Y eso?" Murmur¨¦, viendo que las sombras de todos se ve¨ªan diferentes ?Esos son n¨²meros? En este preciso momento, sombras de las personas a mi alrededor proyectaban n¨²meros. Eran sutiles, apenas visibles dentro del contorno de sus formas sobre el suelo, pero ah¨ª estaban. Dos... No, veintid¨®s y diez. Esos eran los dos n¨²meros que parecieran ser parte de la sombra de pap¨¢, en ese orden y escritos en un tono gris¨¢ceo, casi como si quisieran mezclarse entre el oscuro negro de las sombras que se formaban gracias a la bola de luz de Mirella. Entre los dos n¨²meros solo hay un espacio, ?ser¨¢ su edad? Es posible que ya sea de noche, tal y como lo dijo Sariah. Veintid¨®s a?os y diez meses entonces, esa era la edad de mi padre, tan joven y con dos hijos... La de mam¨¢ por ahora no la quiero ni ver, ella parece a¨²n m¨¢s joven que ¨¦l. Bueno, aunque quisiera verla, no podr¨ªa porque est¨¢ durmiendo sentada en el mismo lugar donde tuvo el parto, y la esfera de luz de Mirella est¨¢ justo encima. A ver la m¨ªa... Mir¨¦ por entre mis piernas, por los dos costados de mi cuerpo, pero nada. Es cierto, Sariah dijo que necesitaba ayuda de alguien m¨¢s, pero no s¨¦ si todav¨ªa conozco a esa persona o ser m¨¢gico que me ayude a leer mi edad. Yo calculo que tengo alrededor de cinco a?os, deber¨ªa ver la edad de Tar¨²n, que se supone es un poco m¨¢s mayor que yo. Eso lo supe cuando lo dijeron mis padres, cuando yo empec¨¦ a caminar. Mirella, que estuvo todo el tiempo prest¨¢ndole atenci¨®n a la peque?a, se acerc¨® volando. "?Qu¨¦ est¨¢s viendo, Luciano?" Dijo y se detuvo en el suelo a mirar mis pies. Estaba bastante claro que ella ten¨ªa un ojo especial en m¨ª, tarde o temprano termina notando esos detalles que me gustar¨ªa ocultar. Al final no dijo nada y volvi¨® a sobrevolar el aire, esperando mi respuesta. "Bueno, eh... Solo estaba viendo un poco el lugar, para ver si puedo crear nuevas cosas con mi magia, como el lugar donde est¨¢ mi mam¨¢ ?Te gusta que cree cosas con magia?" "?S¨ª! Me gustan las cosas que haces, como este anillo", dijo, acercando su mano derecha hasta ponerla en frente de mis ojos. Por primera vez intent¨¦ buscar algo atractivo en ella, en su f¨ªsico, pero la diferencia de tama?os me tira abajo. Ella es una rubia de ojos verdes, flaca, de piel blanca y unas alitas que la hacen ver ex¨®tica. Es tal vez el tipo de mujer ideal para la mayor¨ªa de los hombres. Tambi¨¦n es alegre, fuerte, de buen humor y dedica todo su tiempo para m¨ª. Al principio, solo ve¨ªa a una criatura m¨¢gica m¨¢s, como parte de este mundo que a¨²n intentaba entender, pero ahora¡­ ?las cosas eran diferentes? Su lealtad inquebrantable y su presencia constante a mi lado hab¨ªan hecho que me acostumbrara tanto a ella que ya no la ve¨ªa simplemente como un hada m¨¢s. La culpa la tiene Sariah, esa promesa... Mirella not¨® mi mirada y, con una sonrisa, gir¨® en el aire, mostrando sus alas resplandecientes bajo la luz del santuario. "?Por qu¨¦ me miras as¨ª, Luciano? ?Te gusta lo que ves?" Pregunt¨® con un tono juguet¨®n, sabiendo que hab¨ªa captado mi atenci¨®n de alguna manera. Era una chica lista, despu¨¦s de todo, y aunque tratara de disimularlo, siempre notaba cuando algo me inquietaba. Y en ese momento, hab¨ªa demasiadas cosas rondando mi cabeza. Debo mantener la compostura... "Bueno, estaba pensando otras cosas que podr¨ªa regalarte". "?En serio hay m¨¢s cosas? ?qu¨¦ bueno! Me encantar¨ªa saber qu¨¦ m¨¢s puedes crear". A veces me sent¨ªa culpable por no ser completamente honesto con ella, pero hab¨ªa cosas que no pod¨ªa o no quer¨ªa compartir. Como lo que acababa de descubrir sobre las sombras. A¨²n estaba proces¨¢ndolo, y no sab¨ªa si deb¨ªa mencionarlo. Adem¨¢s, ?qu¨¦ podr¨ªa hacer ella con esa informaci¨®n? Mirella... quince a?os y dos meses. S¨ª, finalmente pude leer la letra peque?a que estaba en su sombra. Supongo que esto cuenta desde que la diosa la cre¨®, tambi¨¦n contando el tiempo que su cuerpo estuvo encerrado en las piedras. O sea, Mirella me saca como diez a?os, incre¨ªble. Me sent¨¦ un ratito en el piso, intentando divisar m¨¢s n¨²meros. La peque?a Luc¨ªa segu¨ªa mirando alrededor con esos ojos grandes y llenos de curiosidad, pero en un instante, su atenci¨®n se centr¨® en m¨ª. Sus ojos, aunque de un reci¨¦n nacido, parec¨ªan entender m¨¢s de lo que deber¨ªan. A pesar de que mam¨¢ dorm¨ªa en una posici¨®n algo inc¨®moda, ella segu¨ªa despierta entre sus brazos, observando el lugar. "Luciano, ?qu¨¦ est¨¢s haciendo ah¨ª tirado?" Pregunt¨® pap¨¢ acerc¨¢ndose. Lo vi desde mi posici¨®n, su rostro relajado, aunque con ese tono serio que sol¨ªa mantener. A pesar de todo lo del parto, le estaba dando de su tiempo a sus dos hijos. "Nada... solo descansando un poco", respond¨ª, tratando de no parecer demasiado pensativo. "Estaba pensando en que tal vez ma?ana nos podr¨ªas acompa?ar a recolectar comida. Ya sabes, te hemos mantenido mucho tiempo ac¨¢ dentro". "?En serio? Eso me encantar¨ªa". "?S¨ª! Luciano nos va a acompa?ar", acot¨® Mirella, mientras se hac¨ªa espacio en mi regazo. "Te quer¨ªa pedir perd¨®n nuevamente. Por no poder darte una vida m¨¢s tranquila, hijo". "No pasa nada, pap¨¢. Para m¨ª lo importante es que estemos todos bien y a salvo". "Ese es el problema... No deber¨ªas ser t¨² quien piense de ese modo, solo deber¨ªas disfrutar de tu ni?ez y ser feliz jugando con los dem¨¢s. Siendo sincero, no pude criarte como pens¨¦ que lo har¨ªa aquel d¨ªa en el que naciste. Las cosas cambiaron... Creo que yo tambi¨¦n cambi¨¦, porque, aunque suene extra?o, t¨² me has ense?ado m¨¢s cosas que yo a ti". Esas palabras de mi padre me golpearon m¨¢s fuerte de lo que esperaba. No me hab¨ªa dado cuenta de lo mucho que ¨¦l cargaba sobre sus hombros, pensando que deb¨ªa protegernos a todos y, al mismo tiempo, sinti¨¦ndose culpable por no poder darme una vida m¨¢s normal. Y, sin embargo, aqu¨ª est¨¢bamos, ambos navegando este mundo juntos mientras yo pensaba en ser el ¨²nico que deb¨ªa protegerlos a todos. "Pap¨¢..." Comenc¨¦, pero las palabras se me trabaron en la garganta. "Yo..." "Luciano", continu¨® pap¨¢, cortando mi balbuceo. "No tienes que responder ahora. Solo quer¨ªa que lo supieras. Siempre he intentado ser el padre que merec¨ªas, pero s¨¦ que he fallado en muchas cosas. Tu madre y yo... tuvimos que aprender sobre la marcha, y a veces... me pregunto si tomamos las decisiones correctas". "Pap¨¢, has hecho m¨¢s de lo que crees", respond¨ª finalmente, tratando de mantener la voz firme. "Todo lo que hemos pasado... ha sido por una raz¨®n, lo s¨¦. Y aunque a veces no lo parezca, estoy agradecido por todo lo que has hecho. No te preocupes por m¨ª. Estoy bien". El asinti¨® mientras se acomodaba en el suelo. "Estaba pensando que mejor saldr¨¢s en el siguiente d¨ªa, creo que ma?ana todav¨ªa no, es mejor que te quedes con tu madre. ?Te parece bien as¨ª?" "Por supuesto", respond¨ª, tratando de imitar su tono m¨¢s ligero. "?Yo tambi¨¦n me quedar¨¦!" Grit¨® de emoci¨®n Mirella. "Bueno, entonces ustedes dos ser¨¢n los encargados de ma?ana cuidar de Rundia y Luc¨ªa, ?s¨ª?" "?Entendido! Luciano y yo nos portaremos bien". "As¨ª, es, d¨¦janoslo a nosotros". El tono de pap¨¢, la manera en que hablaba sobre el pasado y el futuro, me hizo pensar en todas las cosas que no sab¨ªa de nuestra historia familiar. Hab¨ªa algo ah¨ª, una sombra que nunca hab¨ªa explorado del todo. "Pap¨¢", comenc¨¦, esta vez con m¨¢s seriedad. "Nunca te lo he preguntado antes, pero... ?tenemos m¨¢s familia? Nunca vi a nadie m¨¢s que ustedes dos". La pregunta pareci¨® tomarlo por sorpresa. ¨¦l frunci¨® el ce?o ligeramente, bajando la mirada al suelo como si estuviera decidiendo c¨®mo responder. El silencio se extendi¨® unos segundos, pero en ese breve lapso pude notar que algo lo incomodaba. Me prepar¨¦ para escuchar una historia que tal vez no estaba listo para o¨ªr. "Mis padres... bueno, ya no est¨¢n vivos, Luciano", comenz¨® con un tono m¨¢s apagado. "Ellos fallecieron cuando yo era muy joven. Es por eso que no los has conocido, ni habl¨¦ mucho de ellos. Mi padre muri¨® cuando yo era ni?o, como t¨² ahora. Mi mam¨¢ muri¨® tiempo despu¨¦s, pero ya en ese momento yo estaba junto a Rundia, as¨ª que ella y sus padres me ayudaron en el momento". "Lo siento, pap¨¢. No sab¨ªa que hab¨ªas pasado por algo as¨ª", dije finalmente, con un tono m¨¢s suave. "?Entonces mam¨¢ si tiene a sus padres?". "Supongo que todav¨ªa siguen vivos. Solo que hubo una discusi¨®n cuando Rundia les dijo que estaba embarazada... Bueno, ah¨ª los dos nos vinimos a vivir a esa cueva por recomendaci¨®n de Anya. Yo no estoy enojado con ellos, as¨ª fue su forma de decirnos que deb¨ªamos ser responsables y as¨ª es como suele ser en la mayor¨ªa de familias". "Entiendo... Gracias por contarme todo eso, pap¨¢". Nunca hab¨ªa pensado mucho en mis abuelos. En realidad, nunca tuve una referencia directa de lo que era una familia extendida. Para m¨ª, siempre hab¨ªan sido mi madre, mi padre y, en los ¨²ltimos a?os, las personas que se fueron uniendo a nuestro peque?o grupo. Pero al escuchar a pap¨¢ hablar de su propia experiencia, de la p¨¦rdida de sus padres y de la familia de mi madre, algo dentro de m¨ª se removi¨®. Era extra?o pensar que ten¨ªa abuelos, personas que, en teor¨ªa, deber¨ªan ser parte de mi vida, pero que hab¨ªan desaparecido de la misma antes de que yo naciera. Me qued¨¦ en silencio por unos momentos, procesando lo que me acababa de decir. Si mi madre y mi padre se hab¨ªan independizado tan j¨®venes, significaba que mis abuelos, al menos los de mi lado materno, no deb¨ªan ser tan viejos. Quiz¨¢, calculando los a?os, deb¨ªan tener algo as¨ª como treinta o cuarenta a?os en este mundo. Era raro imaginar a alguien tan joven siendo llamado ''abuelo'' o ''abuela'', pero claro, las cosas en este mundo funcionaban de manera diferente. Aqu¨ª, las responsabilidades llegaban r¨¢pido, y la vida no siempre ofrec¨ªa espacio para una juventud prolongada. "El padre de Rundia es bastante fuerte, ?sabes? Siempre me pareci¨® alguien incre¨ªble". "Ya veo... Ojal¨¢ alg¨²n d¨ªa pueda conocerlo". ¨¦l rio suavemente. "Tu madre no es alguien que perdone f¨¢cilmente, ?eh! Yo por las dudas te lo advierto". Con esas ¨²ltimas palabras, se levant¨® y se fue a ver a su hija. No sab¨ªa si lo dec¨ªa en broma o si hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s. A pesar de todo, siempre hab¨ªa visto a mam¨¢ como una persona alegre y bondadosa. Tal vez esa situaci¨®n con sus padres era m¨¢s profunda de lo que parec¨ªa, pero no quer¨ªa presionarla. De todos modos, el mundo en el que viv¨ªamos no daba espacio para esos lujos emocionales. Cada d¨ªa era una lucha por sobrevivir y encontrar sentido en este lugar tan diferente a la Tierra. *** El d¨ªa siguiente se desarroll¨® normalmente, porque la presencia serena de Luc¨ªa no provocaba ning¨²n inconveniente para los dem¨¢s del grupo. Rin, Aya, Anya, Samira y Suminia salieron a recolectar comida y recursos y Mirella se qued¨® dentro del santuario, yendo y viniendo por la enorme cueva. Hoy se tom¨® muy en serio lo de proteger a los dem¨¢s, especialmente por mi hermana. Realmente no hicimos nada importante en ese transcurso de tiempo, solo hablamos con Mirella y algunas palabras con Tar¨²n y mi madre. Luego todos volvieron sanos y salvos, junto a los n¨²meros en sus sombras. Al parecer el sol se hab¨ªa ocultado. Si esta ''noche'' se desarrollaba en una ¨¦poca moderna, los dem¨¢s hubieran pensado que soy un depravado, porque me la pas¨¦ detr¨¢s de todos intentando mirar las malditas edades escritas en sus sombras. Porque si gast¨¦ un deseo en esto, al menos debo hacer que valga la pena. ?Qui¨¦n podr¨ªa culparme? Era como si de repente tuviera acceso a un libro abierto de la vida de cada uno. Bueno, aunque las edades no lo revelan todo, pero s¨ª ofrecen una peque?a ventana al tiempo que cada uno ha pasado en este mundo. Tar¨²n fue el primer objetivo. Lo encontr¨¦ en el agua al borde de la entrada al santuario, salpicando el agua con las manos mientras jugaba con las gemelas. Me acerqu¨¦ con cautela, observando su sombra que apenas era proyectada en la piedra h¨²meda. La misma escritura gris¨¢cea se mostr¨®, se?alando el n¨²mero cinco y al lado otro cinco. "Qu¨¦ nos est¨¢s mirando tanto, ?eh?" Y apareci¨® el primer obst¨¢culo, Suminia. A pesar de eso, habl¨¦ como si no hubiera escuchado nada. "?Puedo jugar con ustedes, chicos?" "Claro, Luciano. ?Juguemos todos juntos!" Obviamente la que respond¨ªa tan alegre y amigable no era la gemela malvada, era Tar¨²n. "Gracias, mejor amigo", dije y me un¨ª al juego de tirarnos agua. Qu¨¦ interesante es saber que ellos no ven las part¨ªculas m¨¢gicas que rodean al agua, porque yo ahora las veo revoloteando por todos lados. Suminia solt¨® un bufido, volviendo la vista al agua mientras segu¨ªa chapoteando. "Haz lo que quieras, no me importa", dijo con un tono indiferente. No era sorpresa que ella fuera la m¨¢s dif¨ªcil de impresionar, siempre manteniendo esa actitud fr¨ªa y distante, especialmente hacia m¨ª. Entre gota y gota de agua que ca¨ªa sin querer en mi boca, not¨¦ que mis u?as postizas se desprend¨ªan de mi piel. Al parecer la piel se regeneraba, aunque el cambio sea m¨ªnimo. Nadie pareci¨® darse cuenta, lo malo es que despu¨¦s tendr¨¦ que recogerlas. ?Queda prohibido el consumo de agua m¨¢gica! Samira, doce a?os y once meses. Eso es lo que marcaba su sombra, obviamente la de su hermana gemela era la misma. Pr¨¢cticamente trece a?os De pronto se empezaron a escuchar murmullos dentro del santuario. "?D¨®nde est¨¢ Luciano?" Fue la principal pregunta que se repet¨ªa Aya pas¨® r¨¢pidamente el estrecho pasaje del santuario. "?Luciano, se rompi¨® una de mis barreras!" A ver su sombra... Wow. Treinta y nueve a?os y seis meses. Parec¨ªa mayor, pero no cre¨ªa que tanto... Casi toda una cuarentona la zorro m¨ªstico. ?Esta mujer no es madre todav¨ªa? Se mantiene bastante bien. " ??Luciano, me est¨¢s escuchando?!" Cuando not¨¦ la preocupaci¨®n en la voz de Aya, inmediatamente levant¨¦ la mirada, notando que sus orejas estaban m¨¢s puntiagudas de lo normal. "S¨ª, s¨ª. ?Qu¨¦ pas¨®?" La respiraci¨®n de Aya era agitada y su expresi¨®n algo tensa. A pesar de su apariencia elegante, era evidente que algo la ten¨ªa realmente preocupada. Sus colas se agitaban de un lado a otro. "Una de mis barreras m¨¢gicas se rompi¨®. Y... no fue una ruptura natural. Alguien o algo la forz¨® desde fuera". Los dos nos quedamos mirando con caras desconcertadas, pero no porque yo no supiera qu¨¦ decir, sino que la boca de Aya se abr¨ªa y cerraba nerviosamente. Algo le faltaba por decir. Si se rompi¨® una de las cuatro barreras... ?Esto significa que los hombres p¨¢jaros finalmente decidieron actuar? Aya finalmente tom¨® aire antes de soltar todas las palabras juntas. "L-Lu-Luciano... ?Es porque no te hice caso! T¨² me dijiste que no me dejara tocar por esos bichos negros porque me dar¨ªan mala suerte, ?pero yo no me mov¨ª y terminaron chocando contra mi pierna!" La confesi¨®n de Aya me tom¨® completamente por sorpresa. Mi mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar mientras ella segu¨ªa nerviosa, con las orejas m¨¢s erguidas de lo normal y sus colas movi¨¦ndose como si estuviera desesperada por una soluci¨®n. Todos los dem¨¢s se asomaron por la entrada del santuario, hasta mi mam¨¢ vino mientras cargaba a Luc¨ªa. "?En serio? Pero ahora no te duele la pierna, ?verdad?" Pregunt¨¦ "No". Pero Aya no est¨¢ muerta, entonces no la picaron. "Ah... entonces no pasa nada. Adem¨¢s, el que se rompa una barrera no ser¨ªa solo mala suerte para ti, sino que afecta a todos. Ahora a lo importante, reagrup¨¦monos dentro del santuario". Intent¨¦ mantener un tono calmado para mantener tranquilo al grupo. Si bien la situaci¨®n no era cr¨ªtica en este preciso instante, hab¨ªa algo de dudas en m¨ª. ?Entonces pueden caminar por el agua? Se supon¨ªa que no, pero solo era de palabra. A estas alturas debo considerar que todo es posible. Aya dej¨® de mover sus colas y se acomod¨® un poco el rostro antes de asentir y darse la vuelta. "Re... regruap... ?Qu¨¦ es eso?" Pregunt¨® inocentemente Tar¨²n. "Lo que quiero decir es que tenemos que hablar, vamos todos adentro". Esper¨¦ a que los ni?os pasaran hasta que de repente Aya volvi¨® a gritar. "?Rompieron la segunda barrera!" Cap铆tulo 19: Batalla por la libertad. El peligro se acerca... Ya no era una posibilidad lejana; era inminente. El santuario, que alguna vez hab¨ªa sido un lugar de paz y seguridad, ahora estaba expuesto. Las barreras que Aya hab¨ªa erigido con tanto esfuerzo eran nuestra ¨²ltima defensa, y dos de ellas ya hab¨ªan sido destruidas en una r¨¢pida sucesi¨®n. ?Maldici¨®n! Esto fue mucho m¨¢s r¨¢pido que la ¨²ltima vez que nos enfrentamos, no pasaron ni cinco minutos que ya rompieron dos barreras, a este paso no voy a tener tiempo de hacer nada. Tampoco es como si supiera exactamente d¨®nde estaban ubicadas esas tres barreras a lo largo de la cueva. ?Y si estaban relativamente cerca como para romperlas tan r¨¢pido? Tal vez ten¨ªamos m¨¢s tiempo de lo que pensaba. Mir¨¦ hacia dentro de la grieta que conectaba la cueva con el santuario, todos est¨¢ticos esper¨¢ndome hablar. ?Acaso todos esperaban que tome el mando despu¨¦s de lo que pas¨® la ¨²ltima vez con mi padre? Est¨¢ bien, esto se resuelve hablando. Tengo que recordar las palabras de mi diosa, ella est¨¢ de mi lado, es por eso que no tengo que temerle a nada ni a nadie. "?Pap¨¢!" Entr¨¦ gritando al santuario, mirando hacia todos lados hasta que lo vi en una esquina junto a mam¨¢ y la beb¨¦. Me acerqu¨¦ corriendo. "?Pap¨¢, dime qu¨¦ quieres que hagamos!" Su cara no transmit¨ªa demasiada confianza, es por eso que le hice una pregunta un poco tramposa. La presi¨®n har¨ªa que dejara las decisiones en manos de otro, o por lo menos esa era mi suposici¨®n. "?Qu¨¦ se puede hacer?" Pregunt¨® pap¨¢, con un tono que traicionaba su inseguridad. "No estamos preparados para una situaci¨®n as¨ª. ?Qu¨¦ sabemos de estos atacantes?" "?Se supone que son los hombres p¨¢jaros, ya sab¨¦s lo que quieren!" Grit¨¦ y se?al¨¦ a Luc¨ªa, que se aferraba al cuerpo de mam¨¢. "Luciano... Si crees que puedes hacer algo, entonces esta vez te apoyar¨¦. Pero no puedo decirte exactamente qu¨¦ hacer, porque no s¨¦ lo que es mejor para todos y no quiero arriesgar a tu madre, a tu hermana o a los dem¨¢s sin una estrategia clara. ?Dime si t¨² tienes una!" Mam¨¢, que hab¨ªa estado escuchando en silencio hasta ahora, dej¨® a Luc¨ªa en manos de pap¨¢, para luego acercarse a m¨ª. "Hijo m¨ªo, s¨¦ que siempre has tenido ideas que parecen venir de un lugar que no comprendo del todo, pero has demostrado que sabes lo que haces cuando se trata de defender a tu familia. S¨¦ que es un poco vergonzoso decir esto como madre, pero... estamos en tus manos y en las de Aya y Mirella, nosotros no tenemos la fuerza suficiente para luchar contra esas cosas. Solo... ten cuidado, por favor". Luego de hablar me dio un beso en la frente. "Est¨¢ bien. Les prometo que todo va a salir bien, que todos vamos a estar bien". Sal¨ª corriendo hasta la salida del santuario, puse las manos en ambos extremos de la grieta y comenc¨¦ a cerrarla usando la piedra de los costados. La teor¨ªa f¨ªsica era relativamente entendible, al estirar la materia desde ambos extremos, lo que hago es que los ¨¢tomos que la componen se desplacen y se acomoden en el centro, debilitando los extremos. Sent¨ª la resistencia de la roca, pero con un poco de esfuerzo y concentraci¨®n, logr¨¦ manipularla para cerrar la entrada del santuario casi por completo, solo faltaba la parte m¨¢s alta, donde mi alcance no llegaba. "Solo dinos cuando necesites ayuda", dijo Aya mientras me levantaba por debajo de las axilas. Aya, que me sacaba como medio metro, me elev¨® con facilidad, su fuerza era asombrosa para su elegante apariencia. Mientras me manten¨ªa en el aire, pude alcanzar la parte m¨¢s alta de la grieta. Mi mente estaba en plena actividad, calculando y reajustando el flujo de energ¨ªa para asegurarme de que la piedra se restableciera lo m¨¢s fuerte posible y dejar algunos peque?os huecos para que al menos fluyera algo de aire. "?Luciano! ?Qu¨¦ pasa ahora?" Escuch¨¦ la voz de Mirella desde un costado. La peque?a hada vol¨® cerca de mi hombro, sus alas apenas hac¨ªan ruido, pero su energ¨ªa siempre era palpable "Solo espera mis ¨®rdenes, Mirella". Luego de que Aya me baj¨®, Suminia me increp¨®. "?Est¨¢s loco? ?C¨®mo vas a dejarnos encerrados en este momento?" Camin¨¦ en paralelo a la pared que, mirando de frente hacia lo sellado, estaba a la derecha. Cuando llegu¨¦ a la esquina realic¨¦ el mismo procedimiento, hundiendo la piedra para formar una especie de ortoedro, lo que vendr¨ªa a ser un rect¨¢ngulo en 3D con aproximadamente una base de dos por tres metros y dos de altura. "Oye, ?me est¨¢s ignorando?" Entre esto y lo anterior, se me consumi¨® m¨¢s de la mitad de mis part¨ªculas m¨¢gicas. Mi pulsaci¨®n se empezaba a acelerar al pensar que en cualquier momento Aya gritar¨ªa que se rompi¨® la tercera barrera. "Vengan todos menos Aya y Mirella, por favor. ?Entren dentro antes de que se rompa la tercera barrera!". En mi mente el plan era bastante confiable. La idea era atrapar entre barreras de media altura a los hombres p¨¢jaro luego de que estos rompan la piedra, y ah¨ª Mirella los atacaba por encima. Rundia, con Luc¨ªa en brazos, fue la primera en entrar en el espacio reci¨¦n creado, seguida de Samira, quien arrastraba a una renuente Suminia. La resistencia de Suminia era molesta. "Samira, ?en serio vamos a obedecerle?" Murmur¨®, aunque permiti¨® que su hermana la guiara dentro. Luego de que Tar¨²n pasara, Rin y Anya se mantuvieron m¨¢s fuera que dentro, esperando recibir alg¨²n tipo de instrucci¨®n que pudiera surgir de imprevisto. "Luciano, la tercera barrera..." Dijo Aya entre dientes detr¨¢s m¨ªo, casi queriendo que los dem¨¢s no escuchasen "Por favor esperen todos dentro, les prometo con mi vida que todo va a salir bien, solo necesito que conf¨ªen". Hab¨ªa algunas miradas de confianza, especialmente en los adultos. Algunas otras eran de resignaci¨®n, de no poder decidir por su propia cuenta. Justo despu¨¦s de hablar, Mirella me toc¨® el hombro. "Luciano, ?yo qu¨¦ hago?" "Vengan las dos, tengo que contarles al o¨ªdo lo que hay que hacer". Mirella se subi¨® al hombro de Aya, la cual se inclin¨® hacia delante para estar a mi altura. "Te escuchamos". Mientras le contaba el plan, se empez¨® a escuchar movimiento del otro lado de la pared, solo quedaba una ¨²ltima barrera para que empezaran a golpear la pared que yo sell¨¦. "?Est¨¢s seguro? Entiendo... no hay otra forma de salvarnos, d¨¦janoslo a nosotras", dijo Aya. Sus ojos brillaban con una determinaci¨®n feroz, no solo ten¨ªa que proteger a sus amigos, sino que tambi¨¦n ten¨ªa que proteger su santuario, su adorado lugar. Aya estiro las manos, lo que suele hacer al poner las barreras. ?Las hizo como yo quer¨ªa? No lo puedo confirmar, porque al parecer las hizo invisibles. "Luciano, no te preocupes, vamos a protegerlos a todos", dijo Mirella y vol¨® hasta posicionarse contra el techo. De pronto se comenzaron a escuchar golpes contra la barrera que se supon¨ªa que estaba apenas a unos cent¨ªmetros del otro lado de la piedra. El tiempo se empezaba a agotar y el lugar comenzaba a sentirse m¨¢s peque?o y sofocante, como si sus paredes se estuvieran achicando un cent¨ªmetro por segundo que pasaba. Al mirar atr¨¢s, vi que Rin y Anya intercambiaban miradas preocupadas mientras los ni?os se agrupaban cerca de Rundia, que trataba de calmar a Luc¨ªa con suaves palabras y caricias. Me mov¨ª r¨¢pidamente y volv¨ª a hundir la piedra de la pared, pero esta vez en paralelo a por donde iban a entrar los enemigos. Este iba a ser el escondite temporal de Aya. Luego la tom¨¦ de la mano para guiarla y aprovechar el contacto f¨ªsico para transferirme algunas part¨ªculas m¨¢gicas. El llamado santuario hab¨ªa sido modificado estrat¨¦gicamente tantas veces que ahora parec¨ªa un refugio de guerra, donde all¨ª yac¨ªan aquellos que solo intentaban sobrevivir y no buscaban pelea. A decir verdad... A decir verdad, no quiero lastimar a nadie. Pero si no lo hago nos van a matar. Con eso en mente, no me queda m¨¢s que pelear para proteger al resto. Esa es la situaci¨®n actual. Tom¨¦ un gran suspiro antes de realizar el ¨²ltimo paso. Camin¨¦ hasta ponerme al frente de pap¨¢ y Anya. "Lo siento, pero deben mantenerse fuera de esto", dije con la cabeza gacha y empuj¨¦ a ambos dentro del espacio en el que se encontraban los dem¨¢s. "Espera, Lucian..." Las palabras de pap¨¢ se cortaron cuando con magia levant¨¦ el muro que terminar¨ªa sellando por completo el peque?o lugar en el que ahora hab¨ªan quedado atrapados. Creando apenas algunos peque?os huecos dispersos por la superficie para que pudieran respirar. Murmullos y golpes se escuchaban del otro lado, a los que se le sumaban los de los enemigos, que ya hab¨ªan terminado de romper la ¨²ltima barrera. Me posicione en frente de donde iban a venir los supuestos hombres p¨¢jaros, justo contra la pared opuesta. Ni siquiera ten¨ªa la certeza de d¨®nde estaban colocadas las barreras de Aya, porque no pod¨ªa verlas. Aun as¨ª, yo deb¨ªa ser la carnada. Finalmente, la pared empez¨® a resquebrajarse y volaron piedras de diferentes tama?os por todos los lados, seguramente por la magia de viento Antes de que pudiera ver quienes estaban del otro lado del polvo que se hab¨ªa levantado, todo el lugar empez¨® a temblar, oy¨¦ndose ruidos a trav¨¦s de las paredes. Es imposible, ?acaso lograron encontrar otros puntos por los cuales entrar? Entre la nube de escombros, los primeros hombres p¨¢jaro irrumpieron, golpeando el aire con otra corriente intensa. Sus ojos, brillando con una malicia instintiva, se fijaron en m¨ª, percibi¨¦ndome como la amenaza principal. Aunque en realidad, yo era el ¨²nico en su campo de visi¨®n. Como si fuera poco, el panorama empezaba a ser m¨¢s desalentador, las paredes y el piso segu¨ªan temblando a pesar de que ninguno de los enemigos parec¨ªa estar golpe¨¢ndolas. El sonido ven¨ªa de todas partes, como si varias personas estuvieran excavando a gran velocidad hacia esta direcci¨®n. ?Podr¨ªa ser un tipo de animal que rompa la roca? No lo s¨¦, y esto puede llegar a cambiar mis planes para peor. "Ni?o de oro... supongo que ya sabes a qu¨¦ hemos venido. ?Por qu¨¦ est¨¢s ah¨ª solo? ?No nos subestimes!" Dijo el jefe, el ¨²nico que ten¨ªa el poder de usar magia de viento, aquel que me atormentaba cuando yo era m¨¢s peque?o. En un instante, abri¨® sus brazos y el viento me hizo salir volando de mi posici¨®n inicial, estamp¨¢ndome contra una de las paredes del santuario. El impacto no fue tan fuerte, porque al parecer las barreras de Aya distorsionaron la corriente de aire. Ya gast¨® dos ataques sin poder recargar sus part¨ªculas en el agua, eso es bueno... Necesito que siga gastando sus part¨ªculas m¨¢gicas antes de ordenar el ataque. Me dol¨ªa la espalda, pero aun as¨ª me levante del suelo mientras ve¨ªa que otros tres cruzaban por la entrada. "Sal de donde quieras que est¨¦s, mujer zorro. Ya s¨¦ que te encanta esconderte, ?pero no piensas salvar al muchacho? ?Salgan todos los que est¨¦n escondidos!" Las ¨®rdenes hab¨ªan sido claras, nadie deb¨ªa actuar hasta que la mayor¨ªa de los pajarracos cruzaran la entrada, o al menos hasta que alguna de las dos barreras que conformaban el pasillo invisible estuviera por romperse. "Viniste con mucha confianza, ?no? Porque lamento decirte que ac¨¢ no se encuentra quienes ustedes buscan". Realmente pude decir eso solo porque Luc¨ªa no estaba llorando, o por lo menos la pared que los separaba de nosotros, sumado a los incesantes sonidos que provocaba el temblor no dejaban escuchar demasiado lo que suced¨ªa "Ni?o de oro... No nos hagas perder tiempo con tus estupideces. ?Acaso crees que te creo que est¨¢s solo?" ¨¦l mir¨® hacia ambos lados, pero cuando mir¨® hacia arriba, se encontr¨® con Mirella, que no tuvo m¨¢s opci¨®n que atacar. Ella junt¨® sus manos hacia delante, dejando salir un gran destello de luz a gran velocidad ¨²nicamente dirigido al l¨ªder, pero fue contrarrestada por una r¨¢faga de viento con la misma intensidad. Por alguna maldita raz¨®n, volv¨ª a tener un deja vu. Ayer lo mismo... ?Qu¨¦ me pasa? Ambas fuerzas batallaron en el aire, primero parec¨ªa que la luz de Mirella iba a terminar impactando sobre el p¨¢jaro, pero en poco tiempo ¨¦l logr¨® estabilizarse y mand¨® a volar a Mirella por los aires, cayendo contra una de las esquinas del santuario que estaba de mi lado. No s¨¦ si hab¨ªa una explicaci¨®n f¨ªsica factible para este fen¨®meno. ?C¨®mo era que la defensa de viento era m¨¢s r¨¢pida que la velocidad de la luz? ?Acaso solo debemos apelar a que son cosas de la magia? "?Mirella!" Grit¨¦ mientras corr¨ªa hacia la hadita, que estaba abatida contra la pared. Se levant¨® con dificultad, su peque?o cuerpo vibrando de esfuerzo. Su luz, normalmente brillante y c¨¢lida, titilaba mientras luchaba por recuperarse. El jefe de los hombres p¨¢jaro, satisfecho con su haza?a, emiti¨® una risa cruel. "?Eso es todo lo que tienen? Qu¨¦ pat¨¦tico. La ¨²ltima vez les fue mucho mejor, pero parece que bajaron la guardia. ?Acaso nos ten¨ªan miedo y por eso no sal¨ªan de este escondite? Vamos muchachos, rompan esas dos barreras, tal vez as¨ª salga la mujer zorro". De pronto ingresaron otros dos m¨¢s al lugar. Ahora entre ellos estaba el del pico roto y terminaban siendo siete enemigos que golpeaban con sus garras la barrera que a mi vista parec¨ªa invisible. El plan se hab¨ªa disuelto con la ca¨ªda de Mirella, ahora solo nos quedaba protegerla hasta que pudiera atacar de nuevo. Empec¨¦ a avanzar lentamente hacia ellos, aprovechando que todav¨ªa segu¨ªan atrapados. "?Qu¨¦ tantos problemas mentales tienes? ?Acaso te crees especial o superior al resto por tener unos poderes? Ya me ten¨¦s cansado a m¨ª y a todos nosotros, quer¨¦s destruir a una familia solo por suponer que te har¨¢s m¨¢s fuerte. Si tienes poderes entonces ¨²salos para ayudar y defender a los dem¨¢s, no para matar.Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. Pero est¨¢ bien... porque nosotros cuando tenemos que pelear, peleamos". "?Ayudar, dices? A ver, veamos..." Puso una garra en su ment¨®n, mirando hacia los costados, como si estuviera buscando algo. "?Realmente crees que la mujer de colas blancas es tu aliada? O ser¨¢ que... te est¨¢ ocultando algo". Me est¨¢... intentando confundir. ¨¦l sabe que Aya fue la ¨²ltima en unirse a nuestro grupo y se agarra de eso para inventar cosas. Aya es una gran amiga... me lo demostr¨® todo este tiempo que estuvo a nuestro lado. Ella nunca me ocultar¨ªa cosas importantes. Mirella, a¨²n tambale¨¢ndose, intent¨® volver a volar, pero su brillo estaba claramente debilitado. El golpe hab¨ªa sido m¨¢s fuerte de lo que parec¨ªa. "No le creas, Luciano..." Su voz tembl¨®, pero no parec¨ªa ser de miedo, sino de rabia. "No tiene idea de lo que est¨¢ diciendo. Solo quiere confundirnos..." El hombre p¨¢jaro de nuevo solt¨® esa horrible carcajada, con una mezcla de desprecio y burla. "Claro, claro... Pero dime, ?alguna vez te has preguntado por qu¨¦ ella te espiaba y se escond¨ªa de ti? No me digas que ya lo olvidaste". Sus plumas brillaban bajo la luz de la bola m¨¢gica de Mirella mientras a su lado los dem¨¢s trabajaban para poder liberarse. "?E-Espiarme?" Murmur¨¦, cuando de pronto un dolor intens¨® sacudi¨® mi cabeza. Una especie de fr¨ªo intenso se apoder¨® de mi cuerpo, como si cada palabra del hombre p¨¢jaro fuera un cuchillo de hielo abri¨¦ndose paso en mi mente. Hab¨ªa... ?recuerdos? Difusos que comenzaban a emerger, im¨¢genes fragmentadas de alguien observ¨¢ndome desde la distancia. El dolor se intensific¨®, las punzadas en mis sienes se volv¨ªan insoportables. "?Basta!" grit¨¦, cayendo de rodillas, mis manos aferr¨¢ndose a mi cabeza como si intentara detener el torrente de im¨¢genes. Debe ser un truco... No, soy yo que me estoy dejando influenciar. Aya es buena, ?ella es mi amiga! "?Basta ya! ?Retr¨¢ctate de tus palabras!" Grit¨¦ y lo se?al¨¦, siendo la ¨²ltima advertencia antes de atacar. "Qu¨¦ se le va a hacer..." Respondi¨® y estiro ambos brazos, trayendo consigo una enorme r¨¢faga que hizo hacer avanzar a sus compa?eros, los cuales salieron corriendo hacia m¨ª. Al parecer con ese ataque se rompieron las barreras y el lugar retumb¨® violentamente, como si la mism¨ªsima tierra se estuviera desplomando sobre nosotros. Ser¨ªa un desastre si se derrumbara todo el santuario encima nuestro. Tres ataques... No falta mucho para que se quede sin magia. Aya, que hasta ahora hab¨ªa permanecido oculta, finalmente emergi¨® de las sombras del santuario. Su rostro manten¨ªa una calma inquietante, pero sus ojos destellaban con una furia contenida. "Luciano... no necesitas prestar atenci¨®n a sus mentiras", dijo, su voz tan serena como siempre, aunque not¨¦ una tensi¨®n en su tono. Los que avanzaban para atacarme se toparon con una barrera, pero esta vez s¨ª la pod¨ªa ver con claridad. Era de un verde trasl¨²cido y cortaba horizontalmente todo el lugar. "?Esa maldita! ?Te voy a matar!" Grit¨® el p¨¢jaro al cual le hab¨ªamos roto el pico en nuestro ¨²ltimo encuentro. Estaba claro que entre Aya y ¨¦l hab¨ªan quedado asuntos pendientes. El l¨ªder de los hombres p¨¢jaro le ech¨® una mirada torva. "Ah, finalmente apareces, zorra. ?Crees que tu poder puede detenerme?" Aya cerr¨® los ojos por un breve momento y luego extendi¨® sus manos hacia adelante. El aura amarilla de sus part¨ªculas m¨¢gicas se intensific¨®, iluminando un poco m¨¢s el santuario. "No subestimes la fuerza de aquellos que protegen lo que aman. Ahora ver¨¢s lo que significa enfrentarse a mi verdadera magia de defensa". La barrera comenz¨® a deslizarse a gran velocidad hacia ellos, empotr¨¢ndolos contra la pared contraria. El sonido de los cuerpos de los hombres p¨¢jaro chocando contra la pared reson¨® por todo el santuario, seguido por un breve pero profundo silencio. La barrera se llev¨® por delante todo, hasta la esfera de luz de Mirella, dej¨¢ndonos a oscuras. No sab¨ªa que ella pod¨ªa mover las barreras, pens¨¦ que solo eran est¨¢ticas. Eso fue incre¨ªble. Cuando la peque?a iluminaci¨®n de Aya desapareci¨®, me di cuenta de que ella hab¨ªa consumido toda su magia en ese ataque. Aya yac¨ªa inerte en el suelo, sin energ¨ªa y completamente vulnerable. Mirella, ya recuperada, vol¨® por lo bajo hacia donde se encontraba tirada Aya, reponiendo la esfera de luz en el aire volviendo a iluminar todo el lugar. "Luciano, ??qu¨¦ hacemos?! Ella no se mueve. ?Luciano¡­ tenemos que proteger a Aya!¡± Corr¨ª lo m¨¢s r¨¢pido que pude hasta llegar a ellas y agarr¨¦ a Mirella entre mis manos. De un momento a otro ya est¨¢bamos fuera del santuario. Ten¨ªamos esa ventaja y hab¨ªa que aprovecharla. "Luciano, ??qu¨¦ est¨¢s haciendo!? ?Nos est¨¢s alejando de Aya!" Intent¨® zafarse de mi mano, pero no pudo escapar "Aya se qued¨® sin magia, ?debes transferirle algunas de tus part¨ªculas! Tienes que estar en contacto con su cuerpo para hacerlo", dije mientras sent¨¦ su peque?o cuerpo sobre el agua m¨¢gica que corr¨ªa por el suelo de la gran cueva Apoy¨¦ mi otra mano sobre el agua, as¨ª aprovechaba para recargar el doble de r¨¢pido las part¨ªculas. "?En serio? Ah... ?S¨ª!" "?Ahora and¨¢ y salv¨¢ a Aya!" Antes de que pudiera contestarme algo, la lanc¨¦ con todas mis fuerzas hacia la abertura destruida que era la entrada al santuario. Ella se estabiliz¨® r¨¢pidamente en el aire y gir¨® hacia la izquierda. "?S¨ª funciona!" Escuch¨¦ desde dentro. Cuando por fin pude entrar yo tambi¨¦n, Aya ya se estaba levantando. Tal vez solo hab¨ªamos ganado unos cinco o seis segundos de ventaja, pero eso pod¨ªa marcar la diferencia. "G-Gracias... no s¨¦ qu¨¦ me pas¨®". Me di la vuelta para ver si estaba todo bien, pero las vibraciones comenzaban a ser tan potentes que desde el techo comenzaban a desmoronarse peque?as piedras. Lo que fuera que se estaba moviendo a trav¨¦s de las paredes parec¨ªa estar cada vez m¨¢s cerca, amenazando con colapsar todo el lugar. "?Luciano, no s¨¦ qu¨¦ pasa, pero esto no va a aguantar mucho tiempo m¨¢s!" Exclam¨® Mirella, su voz cargada de preocupaci¨®n mientras intentaba mantener la transferencia de part¨ªculas m¨¢gicas a Aya. "?Qu¨¦ hacemos?" A pesar de todo, Mirella no se hab¨ªa quejado por tratarla tan brusco antes, me encargar¨¦ de pedirle perd¨®n luego. Escapar todos... era una posibilidad factible si Aya pod¨ªa mantenerlos contra la pared. ?Pero hasta cuando ¨ªbamos a seguir escapando? Esto se termina hoy. "?S¨ª, lo s¨¦, pero tenemos a todos encerrados tras el otro lado de esa pared! Voy a intentar sacarlos r¨¢pido". Me dirig¨ª a la esquina donde apenas se ve¨ªan los peque?os c¨ªrculos en la pared, mientras m¨¢s me acercaba, m¨¢s murmullos y golpes se escuchaban del otro lado. Estaba claro que m¨¢s de uno iba a quedar con claustrofobia despu¨¦s de esto. Con las manos apoyadas contra la piedra, deshice la pared que manten¨ªa a todos encerrados. "?Vamos, estamos en problemas! ?Tienen que salir todos afuera!" "?Luciano!" exclam¨® Rundia, apresur¨¢ndose a caminar hacia m¨ª con Luc¨ªa en brazos. "?Los temblores est¨¢n empeorando!" Rin, aunque manten¨ªa la calma, miraba alrededor con ojos calculadores, evaluando la situaci¨®n. "?Qu¨¦ est¨¢ pasando all¨¢ afuera? ?Estamos a salvo?" "Eso no importa ahora, ?salgan todos de inmediato!" Se?al¨¦ apresuradamente hacia la gran cueva, donde estaba todo oscuro. Samira y Suminia, aunque visiblemente asustadas, se manten¨ªan cerca la una de la otra, listas para segur a mis padres. Tar¨²n, con los ojos muy abiertos, segu¨ªa a su madre, pero no pod¨ªa ocultar su asombro ante lo que suced¨ªa a su alrededor. Cuando parec¨ªa que todos estaban por cruzar la salida del santuario, un viento a gran velocidad los hizo retroceder. Por suerte nadie cay¨® al suelo. Al mismo tiempo, pude escuchar c¨®mo se romp¨ªa la barrera verde, un sonido parecido al de un vidrio quebr¨¢ndose en miles de pedazos. Ahora los siete pajarracos estaban libres. Aya y Mirella tomaron la delantera, interponi¨¦ndose entre los dos grupos, listas para frenar su avance. Cuarto ataque... Se termina ac¨¢. "?Aya, necesitamos una barrera m¨¢s!" Aya reaccion¨® inmediatamente a mis palabras, poniendo otra barrera que no era invisible, sino de ese verde trasl¨²cido. "No va a aguantar mucho, ?huyan todos de aqu¨ª!" Antes de que cualquiera pudiera dar un paso, me interpuse en el camino de pap¨¢. Me agach¨¦ y de la piedra del suelo cre¨¦ una especie de lanza rudimentaria. En realidad, solo era un palo con un cono de punta afilada en uno de sus extremos. Era necesario tener un arma de largo alcance, ya que ellos son altos y de brazos largos. "Tom¨¢, utiliz¨¢ esto por si necesit¨¢s defenderte... Es una lanza". Pap¨¢ la tom¨® entre sus manos, sin saber muy bien c¨®mo funcionaba, pero no pregunt¨® nada. "Gracias, v¨¢monos entonces, hijo". "S¨ª... S¨ª, pasen ustedes primero. ?R¨¢pido!" Con la lanza en mano, comenz¨® a guiar a los dem¨¢s nuevamente hacia la salida, mientras Aya y Mirella permanec¨ªan firmes en su posici¨®n. No s¨¦ si fue por el miedo o por distracci¨®n, pero ninguno de ellos mir¨® hacia atr¨¢s para ver si yo los segu¨ªa. No debo decepcionarlos. El santuario estaba a punto de colapsar, lo sent¨ªa en cada vibraci¨®n que recorr¨ªa las paredes y el suelo. Las peque?as piedras que ca¨ªan del techo eran una advertencia clara de lo que ven¨ªa. El coraz¨®n me lat¨ªa a mil por hora mientras intentaba mantener la calma frente a mis amigos. La barrera de Aya, aunque fuerte, comenzaba a mostrar peque?as fisuras bajo la presi¨®n de los ataques de los p¨¢jaros. La magia de defensa de Aya no era infinita, y se notaba en su expresi¨®n la fatiga que comenzaba a sentir. Al menos es un alivio que las ¨²ltimas dos barreras hayan sido visibles, para as¨ª poder saber en todo momento lo que suceden en ellas. Me puse a su izquierda, agarr¨¢ndola de la mano. "Mirella, ahora dame la mano", dije, estirando mi dedo ¨ªndice. Ella aferr¨® su mano alrededor de mi dedo, cuando de repente las part¨ªculas m¨¢gicas comenzaron a circular entre nosotros, m¨¢s que todo partiendo desde Mirella hacia m¨ª. "Somos un equipo, ?no? Tambi¨¦n somos mejores amigos y nos cuidamos entre todos", tom¨¦ un suspiro antes de seguir. "Esto se acaba ahora, ya no vamos a seguir huyendo de ellos, ?entienden? All¨¢ fuera hay personas que nos esperan, as¨ª que den lo mejor de ustedes. Ya no hay vuelta atr¨¢s". Aya apret¨® mi mano derecha con m¨¢s fuerza, aunque su cuerpo temblaba ligeramente. Mirella, siempre la m¨¢s positiva, esboz¨® una sonrisa hacia el frente. "Siempre juntos, Luciano", susurr¨® Mirella, su voz apenas audible sobre el creciente grito de las criaturas. Los p¨¢jaros, que ahora se abalanzaban con furia contra la ¨²ltima barrera, se ve¨ªan distorsionados a trav¨¦s del verde trasl¨²cido, sus cuerpos alarg¨¢ndose y sus ojos anaranjados brillando con una energ¨ªa perturbadora. "??Qu¨¦ est¨¢n tramando, est¨²pidos!? ?Tr¨¢iganme ya a la ni?a!" Grit¨® desesperado el l¨ªder. Se ve que su desesperaci¨®n radicaba en que apenas ten¨ªa dos part¨ªculas m¨¢gicas en su cuerpo. Tal vez solo le quedar¨ªa un ataque antes de quedarse inm¨®vil o, al menos, no poder atacar m¨¢s. "Mirella, empez¨¢ a cargar un ataque contra ¨¦l, record¨¢ todo lo malo que nos hicieron, c¨®mo nos echaron de nuestro hogar. Aya, vos avisanos cuando est¨¦ a punto de romperse", murmur¨¦ por lo bajo. "En lo posible, no suelten mi mano". Mirella empez¨® a concentrar toda su energ¨ªa en su mano libre mientras una esfera de luz comenzaba a formarse frente a ella, brillando intensamente. "Voy a hacer que se arrepientan de habernos atacado... Los odio". Mirella apret¨® mi dedo con una intensidad que no le hab¨ªa visto antes y su magia comenz¨® a chupar todas nuestras part¨ªculas m¨¢gicas. "?No puedo creer que nos hayan perseguido hasta ac¨¢! ?Siempre intentan separarnos, siempre!" Grit¨®, su voz temblando de rabia contenida. Hasta ahora hab¨ªa mantenido la calma, pero parec¨ªa que mis palabras tocaron una fibra sensible en ella. Ah¨ª no termin¨® todo, sino que segu¨ªa tirando frases cargadas de ira. "?Nos quitaron nuestro hogar, nuestra seguridad!" Sus ojos estaban h¨²medos, pero no de tristeza, sino de rabia impotente. "?Los odio! ?Los odio! ?Los odio! ?Voy a hacer que se arrepientan de habernos atacado!" Aya, que segu¨ªa sujetando mi mano, observaba a Mirella con preocupaci¨®n. "Luciano... la barrera... est¨¢ a punto de ceder", murmur¨®, su voz tensa. "M-Mirella... debes mantener la calma". dije, pero sab¨ªa que cualquier cosa que le dijera era en vano, porque sus emociones ya hab¨ªan cambiado. Maldici¨®n, ella nos est¨¢ dejando secos. ?Qu¨¦ est¨¢ preparando? No pod¨ªa decirle que se detuviera ahora. Por un momento, sent¨ª una punzada en el pecho. Este no era el mundo que ella deber¨ªa estar experimentando. Ella era luz, era alegr¨ªa, y esos malditos la hab¨ªan llevado al borde. Pero... tambi¨¦n lo entend¨ªa. ?C¨®mo no estar tan lleno de rabia? No solo nos hab¨ªan hecho huir, nos hab¨ªan perseguido, destrozado nuestra vida una y otra vez, hasta llevarnos a este punto. Luego de que Aya y yo qued¨¢ramos con solo una part¨ªcula m¨¢gica en nuestro cuerpo, la esfera de Mirella comenz¨® a flotar lentamente por el aire en direcci¨®n a los enemigos. Parec¨ªa totalmente inofensiva, como si de un globo se tratase. Mirella solt¨® mi dedo y se subi¨® a mi hombro, solo que sus movimientos no eran normales. De un momento a otro, posicion¨® sus pies uno delante del otro e inclin¨® su cuerpo hacia el frente, propuls¨¢ndose hacia delante para luego usar sus alas en el aire. A una gran velocidad, extendi¨® la palma de su diminuta mano, llev¨¢ndose consigo su creaci¨®n de magia. "?Hyaaaah!" El grito de Mirella reson¨® por todo el santuario, mezcl¨¢ndose entre los ruidos desconocidos que a¨²n continuaban del otro lado de las paredes y piso. La bola de luz guiada por Mirella se llev¨® por delante la fr¨¢gil barrera. En un movimiento r¨¢pido, el hombre p¨¢jaro gast¨® toda su magia en intentar detener su avance. Las dos potencias batallaban por segunda vez en el mismo d¨ªa. En ese remolino de aire, la piedra con part¨ªculas, la que deb¨ªa contener a una criatura m¨¢gica, sali¨® disparada hacia m¨ª, chocando contra mi frente. Por suerte logr¨¦ agarrarla en el aire antes de que se me escapara. Yo segu¨ªa agarrado a la mano de Aya; si no, ya hubiera salido volando hace rato. Ella era enorme en comparaci¨®n con el promedio de altura de todo el grupo. "?Maldita...! T-Te vas a arrepentir de todo esto... Con ese ni?o vas... ?Vas a pasar toda una vida llena de desgracias!" Grit¨®, pero la inmensa energ¨ªa que tra¨ªa esa bola termin¨® impactando contra su pecho. ''Vas a pasar una vida llena de desgracias''... esas palabras se quedaron conmigo. ?Era una maldici¨®n real o simplemente la desesperaci¨®n de un ser que sab¨ªa que estaba perdido? No pod¨ªa evitar preguntarme si ten¨ªa algo de verdad. Algo en m¨ª se preguntaba si todas estas batallas, todas estas p¨¦rdidas, terminar¨ªan alg¨²n d¨ªa o si simplemente est¨¢bamos condenados a seguir luchando sin fin. "?Aaagh! ?Maldita hada! ?Me quemo! ?Me quemo! ?Quema!" El pecho del hombre p¨¢jaro comenz¨® a desintegrarse lentamente bajo la presi¨®n de la energ¨ªa. La carne, que ya de por s¨ª ten¨ªa una apariencia extra?a, se derret¨ªa y chamuscaba. Sus plumas negras, que parec¨ªan tan imponentes antes, ahora se tornaban en cenizas mientras ard¨ªan en llamas. Un escalofr¨ªo me recorri¨® el cuerpo cuando el hombre p¨¢jaro gritaba, esa mezcla de furia y dolor que resonaba en el santuario. Algo dentro de m¨ª quer¨ªa regocijarse al ver c¨®mo se consum¨ªa, como si fuera un justo castigo por lo que nos hab¨ªa hecho. Pero otra parte... otra parte de m¨ª se sent¨ªa inc¨®moda. Ese ataque no solo estaba cargado de venganza y frustraci¨®n, sino que ten¨ªa demasiada magia de luz compactada, como si hubiera puesto una bola de hierro a cientos y cientos de grados cent¨ªgrados. No... en realidad, era como si hubiese creado al mism¨ªsimo sol en miniatura. Mirella se alej¨® de la escena volando en retroceso, mirando c¨®mo los dem¨¢s hombres p¨¢jaro se tiraban contra su l¨ªder en un intento desesperado de auxiliarlo y quitarle la bola ardiente. Sin embargo, el fuego comenz¨® a expandirse de cuerpo a cuerpo. Uno a uno, los hombres p¨¢jaros cayeron, sus cuerpos retorci¨¦ndose en el suelo, incapaces de soportar el dolor. Finalmente, el l¨ªder de los hombres p¨¢jaro, o lo que quedaba de ¨¦l, se desplom¨® sobre sus rodillas, su rostro desfigurado en una mueca de dolor inhumano. Su carne se desintegraba, desliz¨¢ndose por sus huesos como si se desmoronara en polvo. ¨¦l levant¨® una de sus largas y esquel¨¦ticas manos hacia Mirella, como si quisiera alcanzarla con ella. "Te... maldigo... a todos... ustedes". No qued¨® nada de ¨¦l, ni siquiera una pluma. Todo se hab¨ªa reducido a polvo. El santuario, ahora lleno del olor a muerte y cenizas, era testigo mudo de nuestra brutal batalla. Mirella se gir¨® lentamente hacia m¨ª, sus alas temblando, sus ojos a¨²n llenos de l¨¢grimas que brillaban en la penumbra. "Luciano..." Su voz era un susurro cargado de dolor y culpa. "Lo siento... no pude detenerme... Pero... no pod¨ªa dejar que nos lastimaran de nuevo". Sent¨ª una mezcla de alivio y cansancio. Sab¨ªa que hab¨ªamos ganado esta batalla, pero tambi¨¦n sab¨ªa que esta victoria hab¨ªa dejado una marca en todos nosotros, especialmente en Mirella. Solt¨¦ la mano de Aya para acercarme a Mirella, pero antes de que pudiera decir una palabra, uno de los hombres p¨¢jaro que se retorc¨ªa en el suelo se levant¨® del suelo mientras ard¨ªa en llamas. Era aqu¨¦l que ten¨ªa el pico roto. "?Maldita zorra! ?Vas a morir t¨² tambi¨¦n!" Grit¨® mientras se dirig¨ªa hacia Aya. que estaba cerca de la salida. Cada paso que daba parec¨ªa agon¨ªa pura, pero eso no lo deten¨ªa. No, estaba m¨¢s decidido que nunca a llevarse a alguien con ¨¦l al infierno. Y lo peor... Aya, que estaba concentrada en intentar irse a recargar part¨ªculas, no lo hab¨ªa visto venir. Sab¨ªa que Aya ya no pod¨ªa conjurar m¨¢s magia porque si no quedar¨ªa inm¨®vil, as¨ª que corr¨ª y me tir¨¦ contra las piernas del pajarraco. Era a todo o nada, si esas llamas llegaban a tocar a Aya, era el fin para ella. Ser¨ªa imposible apagar el fuego en su enorme cuerpo y con semejante ropa que llevaba puesta. Los dos ca¨ªmos contra una de las paredes. A ¨¦l se le hab¨ªan quebrado las piernas, o eso me parec¨ªa. Mi piel empez¨® a quemarse por las llamas mientras forcejeaba con ¨¦l. "?Nunca te atrevas a tocarla!" Grit¨¦, agarrando la piedra en mi mano con todas mis fuerzas. La piedra m¨¢gica brill¨® en el aire antes de impactar con fuerza en la frente del hombre p¨¢jaro, perforando su d¨¦bil cr¨¢neo en un sonido sordo. No pude saber si realmente estaba muerto, porque de pronto la pared se derrumb¨® encima nuestro, quedando los dos bajo escombros de piedra. Ante la falta de ox¨ªgeno, las llamas comenzaron a apaciguarse, pero el ardor en mi piel, especialmente en mi rostro, era insoportable. Comenc¨¦ a sentir pasos encima m¨ªos, como si alguien estuviera cruzando a trav¨¦s de donde se hab¨ªa derrumbado todo. Pero aquellos que cruzaban no parec¨ªan ejercer mucha presi¨®n sobre mi cuerpo. Maldici¨®n... no me puedo mover. "?Gnomo rojo! ?Gnomo rojo! ?Gnomo rojo!" Se escuchaba repetidamente. ?Gnomo rojo? ??Qu¨¦ carajos est¨¢ pasando all¨¢ fuera!? El piso... sigue temblando y las paredes tambi¨¦n. ?Ser¨¢ un ataque sorpresa? Cap铆tulo 20: Visitantes nocturnos. La oscuridad era absoluta. El peso de los escombros sobre mi cuerpo hac¨ªa que cada respiraci¨®n fuera una batalla. Sent¨ªa el calor residual de las llamas extinguidas, y el olor a carne quemada se mezclaba con el polvo y la piedra rota. Mi rostro palpitaba por el dolor, la piel chamuscada por el fuego del hombre p¨¢jaro que hab¨ªa derrotado apenas segundos antes de que todo se viniera abajo. Intent¨¦ moverme, pero mi cuerpo apenas respond¨ªa. Estaba atrapado. Mi respiraci¨®n se volv¨ªa cada vez m¨¢s superficial. El aire era escaso, y el ox¨ªgeno se escapaba a trav¨¦s de las peque?as fisuras que se abr¨ªan en las rocas. Aun as¨ª, lograba escuchar lo que suced¨ªa fuera del peque?o lugar en el que estaba atrapado. "?Atr¨¢s, al¨¦jense de Luciano! ??Qui¨¦nes son ustedes?!" Escuch¨¦ de la voz de Mirella. "?No le hagan da?o! ?Retrocedan ahora mismo! ?La que va a quitar las piedras es Aya!" Insisti¨®, pero los murmullos continuaban, "Gnomo rojo... gnomo rojo..." Como si estuvieran recitando alg¨²n tipo de mantra. "?Resiste, Luciano! Estoy intentando sacarte de ah¨ª", esta vez la voz era de Aya. ?Qu¨¦ era lo que suced¨ªa y qui¨¦nes eran las personas que hab¨ªan cruzado por el lugar donde se rompi¨® la pared? No lo s¨¦... Solo pod¨ªa especular, mi mente corriendo a mil por hora. Sent¨ª una ligera vibraci¨®n cuando aquellas figuras, o lo que fueran, pasaban por encima del mont¨®n de escombros que me cubr¨ªa. Eran pasos, pero no los t¨ªpicos de alguien caminando con desesperaci¨®n o con fuerza. No. Estos eran pasos ligeros, casi como si esas criaturas estuvieran flotando, o quiz¨¢s caminando con mucho cuidado para no despertar algo que dorm¨ªa. De repente, sent¨ª c¨®mo algunas de las rocas que me cubr¨ªan comenzaban a moverse lentamente, desliz¨¢ndose hacia un lado. No estaba claro si estas criaturas estaban tambi¨¦n ayud¨¢ndome o si simplemente quer¨ªan verme. La presi¨®n en mi espalda disminu¨ªa gradualmente mientras el peso sobre m¨ª se aligeraba. Cuando la luz se empez¨® a filtrar entre las rocas, pude ver el rostro muerto y putrefacto del hombre p¨¢jaro. "?Buaagh!" Verlo desfigurado por las quemaduras y el olor a carne quemada me dio tanta repugnancia que me hizo vomitar sobre ¨¦l. Dios m¨ªo... qu¨¦ asco. Yo mismo lo mat¨¦... pero fue en defensa propia. Aya iba a morir si no hac¨ªa algo. "Dios m¨ªo. ?Qu¨¦ te pas¨®!" Grit¨® Aya, llev¨¢ndose las manos a la cara mientras me observaba el rostro. S¨ª, ni yo mismo querr¨ªa ver mi cara en este estado tan deplorable. "Necesito agua m¨¢gica", murmur¨¦ mientras empezaba a liberarme del peso sobre mis piernas. Justo a mi lado estaba Mirella intentando quitar las piedras m¨¢s peque?as, pero lo que m¨¢s me llam¨® la atenci¨®n fueron unos seres de muy baja estatura; unos cincuenta o sesenta cent¨ªmetros de altura. Ten¨ªan sombreros en punta de color rojo, barbas blancas y espumosas que apenas dejaban ver sus ojos y ropas bien delineadas, aparentemente hechas de pieles de animales. ?Otra de sus creaciones? Pero no veo part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor. Creo que son gnomos... justo lo que ellos estaban diciendo al un¨ªsono, solo que ahora estaban callados mirando atentamente mis movimientos. ?C¨®mo es que tienen esos sombreros tan bien hechos si sus ropas son similares a la nuestra? Yo tambi¨¦n quiero ese material rojo. Aya me ofreci¨® una mano para levantarme. "Gracias por salvarme antes..." Mirella, por otro lado, me hizo beber algo de agua de entre sus peque?as manos. Al parecer en un instante se hab¨ªa ido a buscarla a la cueva. "Luciano, nos hiciste dar un gran susto". "Gracias. No se preocupen, as¨ª es como nos cuidamos entre todos". Sent¨ª que mi piel comenzaba a regenerarse. Me limpi¨¦ con las manos el rostro y mir¨¦ a las criaturas, eran tres gnomos al frente m¨ªo. "Hola, soy Luciano". "Gnomo rojo". Por alguna raz¨®n, sus caras parec¨ªan de admiraci¨®n, pero yo nunca los hab¨ªa visto antes. Y eso de gnomo rojo... no s¨¦ si es para m¨ª o as¨ª se presentan ellos. De pronto, desde diferentes puntos del santuario, la pared comenzaba a ceder y se desmoronaba. Hab¨ªa otros gnomos de sombrero rojo ingresando al santuario. En sus manos solo ten¨ªan algunas piedras relativamente grandes para lo que era su tama?o. ?C¨®mo es que rompen la pared tan f¨¢cilmente? "Chicas, este lugar ya no es seguro. Aya, tu santuario..." No quise ser brusco con ella, su hogar se estaba viniendo abajo y no hab¨ªa forma de salvarlo. Si bien ella acept¨® relacionarse con nosotros, no es justo que le haya sucedido esto. "S¨ª, lo entiendo... Lo importante es que estamos todos a salvos. Vay¨¢monos, este lugar ya no es lo que era". Antes de que pudi¨¦ramos dar un paso al frente, todos los gnomos se formaron en fila bajo la salida. "Gnomo rojo, seguir gnomos", dijo el que estaba en primer lugar. Aunque si lo hubiera dicho cualquier otro, ser¨ªa lo mismo. Todos parecen tener la misma voz y son pr¨¢cticamente id¨¦nticos f¨ªsicamente. ?De d¨®nde salieron estos tipos? Son como unos diez en total. Adem¨¢s, llegar justo en este momento... Terminaron de destruir todo el santuario En sus sombras hab¨ªa variedad de a?os y meses. Los le¨ª as¨ª a la pasada, pero rondaban entre los quince y veinticinco a?os. "Est¨¢ bien, igualmente ¨ªbamos a terminar saliendo por ah¨ª", respond¨ª mientras quise buscar alguna de nuestras pertenencias, pero vi que la almohada primitiva de pap¨¢ estaba completamente destruida. Qu¨¦ l¨¢stima... Ya no hay m¨¢s plumas para hacer otra. "?Hey, Luciano! No hables tanto con ellos, no sabemos qu¨¦ es lo que traman". "Yo nunca hab¨ªa visto a ning¨²n ser as¨ª antes", murmur¨® Aya, mir¨¢ndolos de reojo. Los gnomos, sin embargo, no parec¨ªan hostiles. A pesar de su capacidad para destruir el santuario con facilidad, no mostraban se?ales de agresi¨®n directa hacia nosotros. Parec¨ªa m¨¢s que sus intenciones estaban relacionadas conmigo, como si esperaran algo o yo fuera especial para ellos. Vi la piedra brillar en mi mano. Ten¨ªa un poco de sangre, pero aun as¨ª se pod¨ªan ver las part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor. No ser¨¢ que la criatura encerrada es... "Gnomo rojo, seguir gnomos", repiti¨® otro de ellos, su tono igual de mon¨®tono, pero con una insistencia que no pod¨ªa ignorar. "Salgamos y veamos qu¨¦ pasa. Vamos". Me acomod¨¦ un poco el cabello hacia atr¨¢s mientras los segu¨ªamos. Una vez ya en la cueva, Aya se detuvo y se gir¨® hacia atr¨¢s, observando c¨®mo todo se desmoronaba poco a poco. Sus cinco colas se agitaban nerviosamente mientras intentaba procesar la situaci¨®n. El santuario hab¨ªa sido todo menos un santuario, y all¨ª fue donde pas¨¦ alrededor de seis o siete meses encerrado. Sin embargo, me alegra haber conocido a Aya en este lugar, y de que al menos se haya sentido como un refugio seguro. Se podr¨ªa decir que tengo buenos y aburridos recuerdos. Por un segundo, me imagin¨¦ si hubiera tenido que ver mi propia casa destruida de esa forma. Pero luego me acord¨¦ de que ni siquiera tengo un verdadero hogar aqu¨ª. Todo en este mundo es temporal. Un refugio moment¨¢neo antes de que algo lo arruine. Mirella, al ver la angustia en el rostro de Aya, se acerc¨® a ella y se le subi¨® al hombro. "Encontraremos otro lugar, amiga. Estaremos todos juntos, eso es lo que importa". "Lo s¨¦... lo s¨¦..." Murmur¨® Aya con la voz quebrada, tratando de mantener la compostura. Sus ojos anaranjados, normalmente serenos, estaban llenos de l¨¢grimas. Cruc¨¦ un brazo por detr¨¢s de su espalda, acarici¨¢ndola suavemente. "No quise que todo esto terminara as¨ª, perd¨®n. S¨¦ que no te sirve de consuelo unas disculpas, y tambi¨¦n s¨¦ que yo no tengo la culpa completa de que sucediera todo esto, pero quer¨ªa dec¨ªrtelo igualmente. Aun as¨ª, aunque hayamos perdido nuestro hogar, s¨¦ que todo estar¨¢ bien, Aya, porque todav¨ªa estamos todos juntos. Lo dijiste antes, ?no? Lo importante es que estamos todos a salvo". Nunca lo hab¨ªa pensado mucho, ni tampoco me interesaba tanto, pero creo que estoy empezando a aprender el verdadero valor de la amistad. Nunca tuve aquellos que se suelen llamar verdaderos amigos, yo los consideraba m¨¢s como compa?eros pasajeros. Los cuales pasaban al olvido cuando las actividades que nos reun¨ªan terminaban. ?Me arrepiento? Absolutamente no. Es m¨¢s, admiro mi suerte de poder ver las dos caras de la moneda, porque esta vez intentar¨¦ que no sean simplemente compa?eros, sino verdaderos amigos que se cuidan entre s¨ª. Pens¨¢ndolo bien, ya estoy atado a un pacto de amistad y no agresi¨®n con Mirella. Ja. A veces la vida te puede traer cosas buenas a partir de las malas. Intento basarme en esa filosof¨ªa si es que lo malo no lleva consigo la tragedia. En cualquier caso, hoy, tanto Mirella como yo, nos convertimos en asesinos. El rostro desfigurado del hombre p¨¢jaro segu¨ªa grabado en mi mente. Cada vez que cerraba los ojos, lo ve¨ªa, y el asco volv¨ªa a subir por mi garganta. Hab¨ªa sido una batalla en la que no tuve otra opci¨®n. Si no lo mataba, Aya habr¨ªa muerto. Pero, aun as¨ª, una parte de m¨ª se sent¨ªa... rara. M¨¢s all¨¢ del shock inicial y la asquerosidad que sent¨ª al verlo muerto, sentirme raro no significa estar mal conmigo mismo, todos actuamos en defensa propia y con el aval de mi diosa. No puedo dejar que esto me detenga. Este mundo es diferente, no puedo aplicar las mismas reglas que en la Tierra. Aqu¨ª, la supervivencia depende de decisiones r¨¢pidas y brutales. Luego de un rato de estar apoyados observando c¨®mo se desmoronaba el interior del santuario, Aya inclin¨® ligeramente la cabeza, sus orejas puntiagudas se movieron un poco al verme a los ojos. A pesar del dolor que evidentemente sent¨ªa, una ligera sonrisa apareci¨® en sus labios, aunque sus ojos todav¨ªa reflejaban tristeza. "Gracias, Luciano... Aprecio mucho tus palabras. Haremos de cualquier lugar que encontremos un nuevo hogar, uno donde podamos estar en paz". Mirella, todav¨ªa posada en el hombro de Aya, asinti¨®. "?Exacto! Yo por ahora me encargar¨¦ de la luz". Mirella puso una esfera flotante que emanaba una gran luz sobre nosotros. Siempre admiro que pueda usar magia de luz, esto nos facilita un mont¨®n las cosas. No me imaginar¨ªa una vida en la que tuvi¨¦ramos que llevar antorchas para todos lados. "Bueno, v¨¢monos de este lugar. Adem¨¢s, parece que los otros ya se nos adelantaron". Mientras segu¨ªamos el camino de la cueva, el agua m¨¢gica a nuestros pies nos iba proporcionando las part¨ªculas m¨¢gicas que hab¨ªamos perdido al usar magia en la batalla. Mirella me lanz¨® una mirada preocupada mientras volaba en retroceso frente a m¨ª. "?Est¨¢s seguro de que podemos confiar en ellos? Son tan... raros". "No s¨¦ si podemos confiar en ellos, pero tengo curiosidad de saber qu¨¦ es lo que buscan de nosotros. Es posible que esto tenga algo que ver..." Levant¨¦ la mano derecha, donde ten¨ªa la piedra m¨¢gica. "?Entiendes lo que quiero decir?" Ella segu¨ªa volando en retroceso mientras pensaba antes de responder. "?Quieres decir que ellos quieren llevarse nuestra piedra?" "No, Mirella. Lo que Luciano quiere decir es que ellos quieren destruirla para as¨ª no liberar a la criatura atrapada. Est¨¢ claro que tienen una gran habilidad para destruir cosas..." Esboc¨¦ una sonrisa. Si bien las dos ten¨ªan un buen punto, no era lo que yo estaba pensando. "Puede que tengan raz¨®n, pero lo que yo creo es que ac¨¢ adentro est¨¢ atrapado otro gnomo". "?Gnomo? ?Qu¨¦ es eso?" Dijo Mirella, luego de agarrar algo de agua m¨¢gica entre sus manos para luego beberla. Cierto... dijeron que nunca hab¨ªan visto un ser como ellos, no deben saber que as¨ª se llaman. Por lo menos as¨ª se les dec¨ªa en la Tierra. "Bueno, los seres peque?os con los que nos encontramos se llaman gnomos. ?No los escuchaste cuando dec¨ªan ''gnomo rojo''?" "Ah, ahora lo entiendo. No me gustan los gnomos, pero... ?C¨®mo sabes que hay uno atrapado en la piedra?" "Es solo una suposici¨®n. Es que los veo bastante interesados en m¨ª. Tal vez ya sepan que yo te liber¨¦ de una piedra como estas". Se?al¨¦ hacia delante, donde se ve¨ªan los gnomos en fila, pero ahora estaban est¨¢ticos. "Miren, ah¨ª est¨¢n. No vayan a decir nada sobre lo que hablamos", susurr¨¦. "?Son los dem¨¢s!" Grit¨® Mirella, aumentando la velocidad de su aleteo. "Padre gnomo rojo, estar agradecidos". "?Ustedes qui¨¦nes son? H¨¢ganse a un lado, tengo que buscar a mi hijo", exclam¨® Rin, manteniendo la lanza en su mano. Desvi¨® la mirada hacia m¨ª y vino inmediatamente. "?Luciano! ?Est¨¢ todo bien? Est¨¢bamos volviendo a buscarte porque no ven¨ªas". Me asombra lo bien que lo hicieron sin tener alguna luz que les ayudara a ver el camino. Me hab¨ªa olvidado de eso.If you come across this story on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. Logr¨¦ ver que la punta de la lanza ten¨ªa sangre. Y ¨¦l tambi¨¦n parec¨ªa tener algunas manchas de sangre sobre la piel. "Pap¨¢, ?todos est¨¢n bien?" Pregunt¨¦, pr¨¢cticamente siendo la misma pregunta que me hizo ¨¦l. "S¨ª. ?Qu¨¦ pas¨® con los hombres p¨¢jaro?" "Bueno, ellos..." Antes de que pudiera terminar de hablar, mam¨¢ se acerc¨® junto a Anya, la cual esta vez sosten¨ªa a Luc¨ªa en sus brazos. "Hijo, ?est¨¢s bien? Nos ten¨ªas preocupados". Me dio un gran abrazo mientras yo intentaba ver el escenario. Hab¨ªa un cuerpo contra la pared... Un hombre p¨¢jaro. "S¨ª, mam¨¢, estamos todos bien. Pero sobre el santuario... Ya no vamos a poder volver all¨ª". Anya me hizo una gran sonrisa cuando la mir¨¦ por encima del hombro de Rundia. Ah... qu¨¦ hermosa. Su sombra dice que tiene veinti¨²n a?os y diez meses... No pens¨¦ que fuera tan joven. O sea que fue mam¨¢ a los diecis¨¦is a?os y medio, qu¨¦ locura. Como dije varias veces, solo espero que nadie se haya aprovechado de ella, porque quedar embarazada a los quince... En mi anterior mundo no era normal eso. Tambi¨¦n estaban las gemelas y Tar¨²n, que miraban muy interesados a los gnomos. "Madre gnomo rojo, estar agradecidos". "No importa, hijo, lo importante es que est¨¦s bien. Eres muy valiente, ?sabes? Te quiero mucho". Me dio un beso en la frente. "?Y ellos qui¨¦nes son?" Pregunt¨®, mirando hacia los peque?os que portaban esos sombreros rojos en punta. "Eh... son gnomos. Aparecieron de la nada rompiendo la piedra del santuario luego de que pele¨¢ramos contra los hombres p¨¢jaro. Por cierto... no qued¨® ni uno". "Eso es... bueno". Pap¨¢ tom¨® la palabra mientras mam¨¢ recog¨ªa a Luc¨ªa de entre los brazos de Anya. "Nosotros tambi¨¦n tuvimos algunos problemas, pero lo resolv¨ª con esta cosa". Levant¨® la lanza con una mano mientras la giraba para observarla mejor. "Menos mal que te sirvi¨®, es una lanza. Otra cosa, pap¨¢, tu almohada ya no serv¨ªa, as¨ª que si quer¨¦s podemos sacarle las plumas a ese de ah¨ª y volver a hacer una nueva". Se?al¨¦ el cuerpo del hombre p¨¢jaro que ten¨ªa una gran herida en el pecho. "S¨ª, s¨ª, eso ahora no importa. Dijiste que ya no podemos volver al santuario, ?no? Hay que ver si volvemos a nuestra anterior cueva". "Gnomo rojo, encontrar salida". "S¨ª... se derrumb¨® todo el lugar". Samira se acerc¨® a verme. "Luciano, eres el mejor. Todos te vimos luchando junto a Aya y Mirella a trav¨¦s de los peque?os huecos". "Gracias, Samira. Solo intent¨¢bamos protegerlos a todos". "B-Bueno, yo... solo quer¨ªa agradecerte". Como siempre ocurr¨ªa cuando hablaba con Samira, Suminia se acerc¨® inmediatamente. "Oye, no te olvides que solo eres un ni?o. No... queremos que te pase nada raro". Con esas palabras, se dio la vuelta y fue la primera en irse, por m¨¢s que en frente estuviera todo oscuro Si esta situaci¨®n se hubiera dado sin que estuviera ning¨²n adulto, seguro que hubiera soltado un ''idiota'' o ''tonto'', pero bueno, creo que su odio sin motivo hacia m¨ª se est¨¢ suavizando con el pasar del tiempo. Eso es bueno para el grupo y para m¨ª tambi¨¦n. Los gnomos, que sin querer estaban siendo completamente ignorados, segu¨ªan en fila y no daban signos de querer interactuar m¨¢s all¨¢ de la misi¨®n que ten¨ªan en mente. Uno de ellos, el que parec¨ªa ser el l¨ªder por estar al frente, se dirigi¨® a m¨ª nuevamente, pero esta vez me toc¨® la pierna con su dedo. "Gnomo rojo, seguir salida". "Ya debemos irnos, veamos si podemos volver a nuestra anterior cueva", habl¨¦ para todo el grupo. Antes de irnos, pap¨¢ se encarg¨® de sacarle todas las plumas al hombre p¨¢jaro que yac¨ªa contra una de las paredes rocosas. Luego lo arrastramos hasta la salida, donde ¨¦l y Mirella se encargaron de incinerar su cuerpo. As¨ª es como se da un ''entierro'' en este mundo, as¨ª ocurri¨® con Kuri. Que en paz descanse. Mientras ellos hac¨ªan eso, aprovech¨¦ de agarrar algunas hojas grandes, poner las plumas encima y utilizar magia para unir las hojas y crear una nueva almohada. Esta ten¨ªa m¨¢s relleno y no hab¨ªa hueco por donde se escapasen las plumas. Todav¨ªa era de noche y ya comenzaba a tener sue?o y hambre. Los dem¨¢s, salvo los gnomos y Mirella, comenzaban a verse m¨¢s cansados mientras camin¨¢bamos por lo que yo llamo selva. Debo decir que este mundo no es muy peligroso en cuanto a animales salvajes o cosas as¨ª, por lo general podemos caminar tranquilos por esta zona sin ver a ning¨²n oso o dem¨¢s. En contraparte, lo malo de esto es que no comemos mucha carne, las cazas suelen ser peque?as, como conejos, iguanas y una gran variedad de peces. Los gnomos se mov¨ªan en silencio, sus peque?os pies haciendo un leve ruido sobre las hojas, mientras nosotros avanz¨¢bamos en medio de la oscuridad iluminada por la esfera de luz que Mirella hab¨ªa creado luego del derrumbe. El ambiente estaba cargado de una mezcla de agotamiento y alivio, como si algunos todav¨ªa intent¨¢ramos procesar lo que acababa de suceder. Al rato llegamos a la entrada de la cueva de toda la vida. Yo fui el primero en ver su interior, y all¨ª no vi lo que esper¨¢bamos ver... Un hombre y una mujer junto a un ni?o dorm¨ªan sentados inc¨®modamente cabezas con cabezas casi al borde de la entrada a la cueva. No los vi bien hasta que la luz de Mirella ilumin¨® mejor sus cuerpos. El hombre era de tez morena, cabello largo y negro y apenas ten¨ªa una prenda inferior corta hecha de pieles de animales. La mujer tambi¨¦n ten¨ªa el pelo largo y negro, pero su piel era blanca, not¨¢ndose varios rasgu?os en ella, no llevaba nada de ropa arriba, pero s¨ª una prenda rodeando sus caderas. Esta forma de vestir era t¨ªpico de las mujeres que todav¨ªa amamantan a sus hijos, Rundia tambi¨¦n sol¨ªa ir sin nada cubriendo sus pechos cuando yo era beb¨¦. Lo mismo hab¨ªa visto con Anya. El ni?o era parecido a Tar¨²n en cuanto a su color de piel y cabello, pero mucho m¨¢s peque?o y no llevaba ropa. Eso no fue todo lo inesperado, porque de repente desde la oscuridad de la cueva apareci¨® corriendo Fufi, la mascota de Anya. En alrededor de seis meses que pas¨¦ en el santuario, solo vino dos veces y se iba al rato, y por m¨¢s que le dije que no se fuera, ¨¦l no me hizo caso. Realmente no es alguien tan f¨¢cil de domesticar a pesar de que entiende bien lo que le decimos. El monstruito peque?o de pelaje azul y rojo se abalanz¨® con alegr¨ªa contra Anya apenas la vio llegar, aunque ella, apenas mir¨® hacia la supuesta familia, cambi¨® su cara para peor. Anya dej¨® a Fufi a un lado, ignorando su entusiasmo por completo. Su mirada se volvi¨® fr¨ªa y dura al posar los ojos en el hombre que, hasta hace un momento, dorm¨ªa pl¨¢cidamente. Un silencio inc¨®modo se apoder¨® del lugar mientras se acercaba lentamente a ¨¦l. Su postura era tensa, y sus ojos, normalmente c¨¢lidos y amables, parec¨ªan haber perdido todo rastro de la dulzura que me gustaba ver. "Anya... ?Est¨¢ todo bien? ?No ser¨¢ que ellos son...?" Pregunt¨® mam¨¢, intentando entrar al interior de la cueva mientras sosten¨ªa a su hija en brazos. Pap¨¢ intent¨® seguir a mam¨¢, pero se detuvo a mitad de camino para observar mejor a las personas. Tambi¨¦n pude apreciar que el plato y los cubiertos que hab¨ªa dejado abandonados aquella vez ya no estaban. El hombre, al o¨ªr el nombre de Anya, abri¨® los ojos lentamente, sus movimientos eran algo torpes por el sue?o interrumpido. Se incorpor¨® con un gru?ido, frot¨¢ndose los ojos antes de fijarlos en Anya. Al principio, su expresi¨®n era confusa, pero cuando pesta?e¨® un par de veces, su rostro se ilumin¨® con una sonrisa que parec¨ªa fuera de lugar en la situaci¨®n. "¨¦l es..." Murmur¨® Anya, con un tono que no admit¨ªa dudas, ellos dos se conoc¨ªan de alguna parte. Not¨¦ que su cuerpo era m¨¢s flaco que los nuestros, se le notaban algunas costillas y su clav¨ªcula estaba bien definida. Es posible que se deba un poco a su altura, que, si bien no sobrepasaba a la de Aya, es m¨¢s alto que Rin y todos los dem¨¢s. Yo no sab¨ªa si decir alguna palabra, primero porque no sab¨ªa qui¨¦nes eran estas personas, y segundo porque Anya parec¨ªa tan enojada que estaba seguro que cuando le dijera algo, ella podr¨ªa contestarme de una manera que no me gustar¨ªa escuchar. Entonces prefer¨ª ser un espectador m¨¢s, junto a las gemelas, Tar¨²n y los anonadados gnomos. "Anya... sab¨ªa que te encontrar¨ªa aqu¨ª". El hombre se levant¨® e intent¨® dar un paso hacia delante, pero Anya lo empuj¨® enseguida. "?Vete! ?Fuera! ?C¨®mo te atreves a volver luego de abandonar a tu hijo!" El grito despert¨® a los otros dos acompa?antes mientras el hombre ca¨ªa contra la pared luego del empuj¨®n. El ni?o no entend¨ªa nada, y la mujer se manten¨ªa observando desde el suelo, vaya a saber si ten¨ªa idea de su pasado. No me digas que este tipo... Ahora s¨ª yo tambi¨¦n me enoj¨¦. ?C¨®mo podr¨ªa abandonar a semejante mujer? Encima para irse con otra... y ahora aparec¨ªa aqu¨ª, como si nada hubiera pasado, con esa sonrisa que no ten¨ªa ni el m¨¢s m¨ªnimo derecho a mostrar. Qu¨¦ porquer¨ªa, lo odio. Y su edad... veintitr¨¦s a?os. Bueno, al menos eran pr¨¢cticamente de la misma edad. "Anya, vine a ver a mi hijo". De pronto Tar¨²n dio un paso adelante. "?Pap¨¢?" "Hijo, no te acerques a ¨¦l". Anya puso un brazo delante de Tar¨²n. "Y t¨²", dijo, se?alando al hombre. "?C¨®mo puedes decir eso luego de que te fuiste cuando naci¨® Tar¨²n? ??Acaso tienes idea de todo lo que tuvimos que pasar!? ?Hubo d¨ªas en los que no ten¨ªamos nada para comer!" No, Anya... Me vas a partir el alma si segu¨ªs diciendo eso. "Y mientras tanto t¨² estabas con esa mujer, ?no? Ya vete de aqu¨ª... ?No te quiero volver a ver nunca m¨¢s!" Fufi se interpuso entre los dos, haci¨¦ndole a ¨¦l un leve gru?ido que no le hab¨ªa escuchado hacer hasta ahora. Si bien su tama?o no era imponente, no se sab¨ªa c¨®mo pod¨ªa reaccionar, pero en su cerebro entend¨ªa perfectamente la situaci¨®n. El idiota no supo qu¨¦ responder, obviamente ella ten¨ªa raz¨®n en todo. ?Para qu¨¦ volvi¨®? Me dol¨ªan las piernas del cansancio, me hubiera gustado simplemente entrar e irme a dormir junto a Mirella, pero no... Est¨¢ este tipo ac¨¢, molest¨¢ndonos a todos y no tiene pinta de querer irse. El hombre baj¨® la cabeza, visiblemente afectado por sus palabras, pero luego alz¨® la mirada hacia Tar¨²n, que se escond¨ªa detr¨¢s de su madre. "Hijo, no puedo cambiar el pasado, pero quiero ser parte de tu vida ahora. Quiero hacer las cosas bien. No estoy pidiendo que me perdones, solo que me des una oportunidad para demostrarte que soy diferente". Esa fue una jugada sucia, ahora quer¨ªa intentar convencer al ni?o haci¨¦ndose el pobrecito. La mujer que estaba con ¨¦l se levant¨® lentamente, sin decir nada, simplemente miraba la escena con ojos tristes y llenos de... ?comprensi¨®n? Parec¨ªa que entend¨ªa que este no era su lugar, que su presencia s¨®lo empeoraba las cosas. Tar¨²n mir¨® al hombre y luego a su mam¨¢. "Mam¨¢... ?Por qu¨¦ pap¨¢ se fue? ?Es cierto lo que est¨¢s diciendo?" Antes de que ella pudiera decir una palabra, ¨¦l dio un paso hacia delante, a pesar de que la postura de Fufi se volv¨ªa m¨¢s agresiva. "Hijo, yo ya cambi¨¦, es por eso que vine para quedarme contigo. Entend¨ª que un padre debe estar con su hijo". "?No digas tonter¨ªas! ??Qu¨¦ piensas hacer con ¨¦l!?" Grit¨® Anya, se?alando al otro ni?o que estaba siendo tomado en brazos por la que supuestamente era su madre. "?Acaso piensas que puedes tener dos familias, as¨ª como si nada? ?No te dejar¨¦ tener a Tar¨²n, por m¨¢s que seas su padre! ?Vete ya!" La mujer se posicion¨® detr¨¢s del padre de Tar¨²n mientras miraba hacia otro lado, intentando no hacer contacto visual con ninguno de nosotros. La discusi¨®n se iba a seguir acalorando m¨¢s mientras el hombre no cambiara su postura. Mientras tanto, Suminia y Samira aprovecharon un espacio y se metieron dentro de la cueva. Por lo que he visto en este mundo, las dem¨¢s personas no se meten en los problemas familiares de los otros, es como una regla general. Es por eso que por m¨¢s que Rundia en este momento lo mire con una desagradable cara de desprecio, ella no acota nada. "Tar¨²n merece conocer a su padre, incluso si yo no lo merezco. Vine aqu¨ª porque quiero intentarlo, quiero ser parte de su vida y demostrar que soy un hombre diferente. Entiendo que est¨¦s enojada, pero... deja que ¨¦l elija". "Tar¨²n no necesita que vengas a confundirlo m¨¢s. ?Crees que unas palabras bonitas y arrepentimiento van a borrar todo el dolor y abandono?" "Tar¨²n, ?cierto que quieres conocer a tu pap¨¢? Mi nombre es Tariq", dijo, ahora comenzando a ignorarla y centrarse en persuadir al peque?o. "Es parecido al tuyo, ?no? Es porque yo lo eleg¨ª". Sent¨ª el impulso de intervenir, de decirle a Tariq que se largara, que no ten¨ªa derecho a volver despu¨¦s de tanto tiempo, pero algo me detuvo. Este no era mi lugar, esta era la lucha de Anya, y solo Tar¨²n ten¨ªa la decisi¨®n final. Pero no pod¨ªa contener mi enojo por dentro; apret¨¦ los pu?os, tratando de contener la rabia que crec¨ªa en mi pecho. Mirella se dio cuenta y se sent¨® en mi hombro, sab¨ªa que su propia presencia me tranquilizar¨ªa. Y entonces la escena se volvi¨® a repetir: Tar¨²n mir¨® a su padre y luego a su madre antes de hablar. "Yo... quiero estar con mi mam¨¢". Su madre sonri¨® entre l¨¢grimas mientras lo miraba y le acariciaba la cabeza. Tariq se qued¨® pasmado. Humedec¨ªa sus labios con la lengua, seguramente pensando qu¨¦ decir, sin embargo... "Pero tambi¨¦n quiero conocer a mi pap¨¢". Y al final, aunque siempre haya estado con su madre, ¨¦l se decidi¨® por los dos. Sin darme cuenta, solt¨¦ un suspiro que me hab¨ªa estado guardando. ?Qu¨¦ acababa de decir? Esa mezcla de inocencia y curiosidad infantil, el deseo de saber m¨¢s, de entender lo que hab¨ªa pasado con su padre, lo llev¨® a decir lo que nadie esperaba. Ni siquiera yo, que me las daba de entender algo de la psicolog¨ªa humana, vi venir esta vuelta. A final de cuentas, ?qui¨¦n podr¨ªa culpar a un ni?o por tener curiosidad de conocer a su padre? La sonrisa de Anya se borr¨® mientras ve¨ªa a Tariq avanzar hasta agarrar a su hijo por debajo de las axilas. Fufi no hizo m¨¢s que gru?ir y mirarlo. "Hijo m¨ªo..." Vi que algunas l¨¢grimas ca¨ªan de su rostro. Solo podr¨¦ saber la verdadera historia si dejo que ¨¦l toque mi pelo rojo. As¨ª podr¨ªa preguntarle a Sariah, pero eso realmente no me incumbe y no creo que cambiar¨ªa mucho mi pensamiento: los padres no deben abandonar a sus hijos. Ac¨¢ no hay abogados ni ninguna ley que pueda ayudar a solucionar estos problemas familiares. Todo se debe solucionar verbalmente o por la fuerza, as¨ª que, por m¨¢s que yo aborrezca a este hombre, al fin y al cabo, solo ellos pueden solucionar sus problemas. "Tar¨²n... no creas que yo voy a perdonar a este hombre, nunca lo har¨¦. T¨² haz lo que quieras, ya est¨¢, pero no te olvides que ¨¦l nos dej¨® para irse con otra mujer y tener otro hijo. No es una buena persona". Inmediatamente, el hombre contrarrest¨® las palabras de Anya. "Hijito, a veces los adultos no toman las mejores decisiones. A veces se equivocan y lastiman a las personas que m¨¢s quieren. Pero lo que importa ahora es lo que t¨² sientes. Nadie puede decirte qu¨¦ hacer, ni siquiera tu madre". ¨¦l segu¨ªa jugando sucio usando el sentimentalismo a su favor, y eso es lo que hac¨ªa enojar a Anya. Estaba claro que no le importaba ella y lo peor de todo es que tampoco sab¨ªamos las verdaderas intenciones de su regreso, pero ah¨ª estaba y se ve¨ªa dispuesto a salir victorioso. "Te odio. No sabes cu¨¢nto te odio. ?Escoria, basura, porquer¨ªa!" Y as¨ª, Anya se perdi¨® entre la oscuridad del interior de la cueva, donde la luz de Mirella todav¨ªa no llegaba. Las gemelas la vieron pasar mientras lloraban en silencio sentadas contra la pared. Seguramente esto le trajo alg¨²n que otro mal recuerdo sobre sus padres, los cuales no conozco y supongo que ya fallecieron. Ella hab¨ªa usado las mismas palabras degradantes que us¨¦ aquella vez contra el hombre p¨¢jaro que ten¨ªa a Suminia como reh¨¦n. Las reconoc¨ª al instante porque pap¨¢ me rega?¨® mucho por decir eso. Tar¨²n a¨²n segu¨ªa en brazos de su padre, pero se lo ve¨ªa preocupado. "Quiero conocerte, pero no quiero que mam¨¢ se ponga triste. ?Podr¨ªas... Podr¨ªas quedarte cerca pero no aqu¨ª?" "No te preocupes, voy a quedarme en la otra cueva, donde viv¨ªamos antes", respondi¨®, dej¨¢ndolo en el piso y se?alando a la mujer detr¨¢s de ¨¦l. "Ella es Yume, y ¨¦l es tu hermano, Kiran. Ya los conocer¨¢s mejor en otra oportunidad, ahora es mejor que nos vayamos". Tariq le dio un beso en la frente a Tar¨²n y ambos se despidieron sin decirse nada m¨¢s. En realidad, ya estaba todo dicho. Las sombras de los otros dos nuevos integrantes de su familia eran demasiado lejanas como para leer su edad, pero intuyo que la mujer es m¨¢s joven que Anya, y el beb¨¦ debe tener poco m¨¢s de un a?o. Me acerqu¨¦ lentamente a Tar¨²n, asegur¨¢ndome de no apresurarme para no asustarlo m¨¢s. "Tar¨²n... Sab¨¦s que nosotros estamos ac¨¢ para vos, solo no te olvides de hablar con tu mam¨¢, de decirle que la quer¨¦s mucho, ?s¨ª?" Le di unas palmaditas en la espalda, anim¨¢ndolo a ir al interior de la cueva. ¨¦l me mir¨® con sus ojos cansados y llenos de incertidumbre. "Luciano... ?Crees que mi pap¨¢ se quedar¨¢ esta vez?" "S¨ª, vos no te preocup¨¦s que todo va a estar bien. Ahora and¨¢ a dormir con tu mam¨¢". La verdad es que el que m¨¢s se quer¨ªa ir a dormir era yo. ¨¦l simplemente asinti¨® y se fue corriendo mientras su largo cabello negro se mov¨ªa de un lado al otro. Mirella, que hab¨ªa estado escuchando todo desde mi hombro, puso una nueva esfera de luz que se dirig¨ªa al centro de la cueva. "?Vamos a dormir?" Susurr¨® a mi o¨ªdo. En ese momento su voz se sinti¨® tan angelical que me podr¨ªa haber dormido ah¨ª mismo, de parado. Seguramente lo hab¨ªa hecho a prop¨®sito. "S¨ª... vamos a dormir los dos juntitos". Aya apareci¨® de repente detr¨¢s de nosotros. La hab¨ªa perdido de vista en toda esta discusi¨®n, al igual que los gnomos. Nos han pasado tantas cosas que ya no puedo estar al tanto de todo y de todos. "Chicos... estuve hablando con estos gnomos, como Luciano les dice, y me contaron que est¨¢n intentando liberar a su l¨ªder". "Ya veo... es un tema muy complicado ese. ?Te parece si lo charlamos ma?ana? Si pudieras dec¨ªrselo a ellos... te lo agradecer¨ªa". Lo ¨²nico que quer¨ªa era dormir, encima estaba con el est¨®mago vac¨ªo. "Claro, Luciano. Hoy ya pasaste por mucho, es mejor que descanses. Voy a asegurarme de que los gnomos est¨¦n c¨®modos y entiendan la situaci¨®n. Te lo encargo, Mirella", dijo, mir¨¢ndome a m¨ª. ?Me habr¨¢ visto tan mal? A la pasada salud¨¦ a mis padres y termin¨¦ desplomado sobre unas hojas. Me sent¨ªa agotado, tanto f¨ªsica como mentalmente, y ese era un recordatorio de lo duro que es vivir en este mundo, m¨¢s si cargo en mis espaldas a un grupo tan grande de personas. Al menos todo el esfuerzo de hoy vali¨® la pena. Ah... Qu¨¦ sue?o... Cap铆tulo 21: Una familia dividida. Me despert¨¦ al d¨ªa siguiente cuando mam¨¢ me estaba tocando el hombro. "Hijo, ya tienes que despertar. Tu padre y los dem¨¢s fueron a buscar algo de comida". Sent¨ª el calor de la luz del sol filtr¨¢ndose por la entrada de la cueva, algo de lo que me hab¨ªa perdido en este ¨²ltimo tiempo. "Mam¨¢... S¨ª, ya me despierto, es que estoy muy cansado". De pronto ella se arrodillo al lado de mis pies. "?Hijo! ?Qu¨¦ te pas¨® ac¨¢?" Pregunt¨®, tocando las puntas de mis dedos, donde antes hab¨ªa u?as. Tard¨® en darse cuenta sobre la falta de u?as en mis dedos de los pies. Pens¨¦ que era m¨¢s f¨¢cil darse cuenta cuando en una s¨ª hab¨ªa y en la otra no. "Ah, eso... Es que perd¨ª mis u?as en la pelea en el santuario. No s¨¦ c¨®mo pas¨®, solo me di cuenta despu¨¦s". Otra peque?a mentira no har¨ªa da?o, ?no? La realidad es que Sariah me las sac¨® de una manera un tanto... er¨®tica. Bueno, solo en la ¨²ltima vez. "?C¨®mo que no sabes c¨®mo pas¨®, Luciano?" Insisti¨®, mir¨¢ndome con una mezcla de preocupaci¨®n y confusi¨®n en el rostro, sus cejas fruncidas en una l¨ªnea fina. "Esas cosas no suceden simplemente sin una raz¨®n. Tienes que tener m¨¢s cuidado. Sabes lo importante que es mantenernos a salvo". "S¨ª, mam¨¢, lo s¨¦". Intent¨¦ tranquilizarla con una sonrisa, pero mi voz sonaba m¨¢s cansada de lo que esperaba. Es cierto, nadie ser¨ªa tan tonto como para creerse que alguien pierde sus diez u?as y no sabe c¨®mo sucedi¨®. "Prometo que la pr¨®xima vez tendr¨¦ m¨¢s cuidado. No fue nada grave de todas formas, ya se me ocurri¨® c¨®mo arreglarlo. Ya lo ver¨¢s". Mam¨¢ me mir¨® durante un momento m¨¢s, su expresi¨®n suaviz¨¢ndose un poco, aunque por alguna raz¨®n su vista se desviaba hacia mi hombro. "Luciano, no quiero que te lastimes, pero s¨¦ que siempre haces lo necesario para mantenernos seguros. Solo... ten m¨¢s cuidado, ?s¨ª?" "S¨ª, mam¨¢. Ahora deber¨ªas ir a ver si Luc¨ªa se porta bien". Luc¨ªa... todav¨ªa tengo que investigar si ella es una reencarnada o no. "Ahora debes ir a tomar del agua que cura". "Ya lo intent¨¦. No funciona en estos casos". "Ay... Luciano. Mi hijo... Realmente me sorprendes d¨ªa a d¨ªa". Con un suspiro de por medio, y a¨²n con una preocupaci¨®n visible en su rostro. Se levant¨® y se fue a donde hab¨ªa dejado a Luc¨ªa, que estaba recostada sobre unas hojas en el suelo. Luego se puso a amamantarla, a pesar de que ella estaba tranquila y no lloraba. ?Ahora deber¨ªa dejar los pies as¨ª o deber¨ªa crearme las u?as postizas? "No dejes que tu padre lo vea", grit¨® mam¨¢ desde la pared contraria, casi como si estuviera leyendo mi mente. "S¨ª, mam¨¢". Al lado m¨ªo estaba la piedra m¨¢gica tirada en el suelo. No debo perderla de vista, porque si bien la mayor¨ªa ya se enter¨® sobre el significado de la piedra y que posiblemente haya una criatura m¨¢gica atrapada, no pueden ver las part¨ªculas m¨¢gicas que la rodean y as¨ª es como podr¨ªan confundirla con una com¨²n. Adem¨¢s, mam¨¢ estuvo bastante curiosa aquella vez que la agarr¨®. Eso me dio mucho miedo, dijo que pod¨ªa sentir como si estuviera viva o algo as¨ª. La tom¨¦ en mi mano, pero cuando me quise enderezar, un leve toque en mi hombro me hizo retroceder. "Shhh, Luciano. Solo quiero asegurarme de que te sientas bien despu¨¦s de todo lo que has pasado... Solo estoy cuidando de ti, como me pidi¨® Aya". S¨ª, era Mirella, y parece que se estaba haciendo la dormida mientras manten¨ªa un solo ojo abierto. Dormir juntos ya se hab¨ªa hecho costumbre desde hace un tiempo, pero cre¨ªa que eso era solo porque dentro del santuario estaba un poco m¨¢s fresco que ac¨¢ y nos conven¨ªa a los dos para calentarnos. En realidad, m¨¢s a ella, pero bueno. Aun as¨ª, no me molesta. De hecho, me gusta... eh... ?C¨®mo lo digo...? Tener a una mujer al lado m¨ªo mientras duermo. ¨²ltimamente ella se ha vuelto m¨¢s cari?osa conmigo, hasta el otro d¨ªa me dio un beso en el cachete. Vaya a saber qu¨¦ es lo que pasa por su mentecilla. "Gracias por cuidarme por la noche. Ahora debemos levantarnos". Ella solt¨® una risa como si se estuviera felicitando a ella misma. Me enderec¨¦ y me qued¨¦ moldeando una de las hojas grandes sobre la que estaba sentado. "?Ohhh! ?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? ?Es algo para m¨ª?" Finalmente, la hoja tom¨® la forma de una bolsita muy chiquita con dos peque?as manijas. "No, es para guardar la piedra m¨¢gica. Me decid¨ª de utilizar un poco m¨¢s mi magia, as¨ª que estos d¨ªas me ver¨¢s hacer m¨¢s cosas que se me van ocurriendo". Met¨ª la piedra dentro y luego un¨ª las manijas a un costado de mi ¨²nica prenda de ropa hecha de piel de animal. "Eso es genial..." Dijo Mirella, manteniendo la boca abierta mientras admiraba lo que suced¨ªa. Nos quedamos charlando mientras ve¨ªamos a Tar¨²n esperar en la entrada y a Rundia junto a mi hermanita. ?Y los gnomos? Al rato volvieron todos con un gran cargamento de frutas y animales muertos. Era obvio que, al no estar por esta zona, los primeros d¨ªas ¨ªbamos a conseguir bastante comida. Todos nos saludaron a Mirella y a m¨ª a la pasada. Sin embargo, Aya se detuvo en frente nuestro. "Luciano, tenemos que hablar sobre esos gnomos". "S¨ª... no los vi por ac¨¢. ?Sab¨¦s d¨®nde est¨¢n?" "Bueno, es que... ellos se fueron". Ah, pero qu¨¦ bien... La verdad que no me esperaba esto. ?C¨®mo puede ser que los gnomos se hayan ido sin una respuesta? Si bien no s¨¦ detalladamente lo que buscaban hacer, ni siquiera llegamos a hablar del todo para aclarar la situaci¨®n entre ellos y yo. ?Se habr¨¢n sentido un poco ignorados? Bueno, es que nos pasaron tantas cosas... Tampoco es que perdi¨¦ramos mucho al ellos irse, pero necesitaba saber si ellos realmente ten¨ªan algo que ver con la piedra m¨¢gica y el supuesto ser m¨¢gico atrapado en ella. ?Realmente era ese l¨ªder que le mencionaron a Aya? Ella estaba ah¨ª, parada en frente m¨ªo, esperando una respuesta. Mientras tanto yo estaba sentado en el suelo junto a Mirella. Su figura siempre hab¨ªa sido imponente para lo que es mi tama?o, pero ahora los rayos del sol que se colaban por detr¨¢s suyo la hac¨ªan ver un poco m¨¢s especial. Tal vez sea por la sensaci¨®n de que ahora estamos un poco m¨¢s unidos, o por lo menos yo lo sent¨ªa as¨ª. "?Y qu¨¦ m¨¢s te dijeron?" Mi respuesta fue un poco evasiva, m¨¢s como intentando ganar algo de tiempo para procesar la situaci¨®n actual. El dolor muscular que sent¨ªa en mis piernas era algo molesto y no me dejaba pensar en qu¨¦ podr¨ªamos hacer al respecto. "Bueno, es que no les entend¨ª muy bien. Ya sabes... no se les entiende muy bien lo que dicen", respondi¨® Aya, moviendo sus orejas de aqu¨ª para all¨¢. Ten¨ªa un poco de raz¨®n, a m¨ª tambi¨¦n se me hizo complicado entenderles en lo poco que pude hablar con ellos. Es como si les costara hablar y conectar sus frases. Era l¨®gico que al sentir que no recibir¨ªan nuestra ayuda inmediata, prefirieran actuar por su cuenta. Pero, ?ad¨®nde podr¨ªan haber ido? Tal vez se fueron a buscar las dem¨¢s piedras. "Ya veo... ?Pero no te dijeron si iban a volver o algo as¨ª?" "Perd¨®n, lo que pasa es que no paraban de repetir algo sobre ''gnomo rojo'' y no pude entenderles bien. Pero s¨ª me pareci¨® que se iban por el mismo lugar en el que nosotros vinimos del mi santuario". "O sea, se fueron al arroyo, por as¨ª decirlo". "No, se fueron en direcci¨®n a mi santuario". ?Pero si el arroyo lleva al santuario! "Entiendo... No te preocupes, ya... Seguramente ya van a volver solos, as¨ª como cuando aparecieron en el santuario". "Tienes raz¨®n, no nos preocupemos tanto", dijo Aya mientras sus orejas dejaron de moverse y se iba a ayudar a los dem¨¢s con la comida. Esa noche al fin me decid¨ª, finalmente baj¨¦ la mirada para ver la edad de mi madre en su sombra, algo que hab¨ªa estado queriendo evitar levemente desde que obtuve este ''poder''. Veinti¨²n a?os y once meses... As¨ª que apenas es un mes mayor que su amiga Anya y un a?o menor que pap¨¢, que curioso. *** Los d¨ªas siguieron pasando, pues claro, no hab¨ªa forma de detener el tiempo Despu¨¦s de la partida silenciosa de los gnomos. Durante ese tiempo, intent¨¦ mantenerme ocupado ayudando a los dem¨¢s y pensando en nuevas maneras de utilizar mis habilidades m¨¢gicas, pero, por m¨¢s que hab¨ªa tenido un entusiasmo repentino por crear cosas, decid¨ª no usar mi magia. ?Por qu¨¦? A veces ni yo me entiendo, solo es que no est¨¢bamos en una mala situaci¨®n y prefer¨ª pasar ''desapercibido'' por un tiempo. Al menos hasta que sea un poco mayor. Si bien me sent¨ªa feliz y tranquilo sin los hombres p¨¢jaro, en el fondo no pod¨ªa evitar sentir una inquietud persistente acerca de los gnomos. Algo no encajaba. ?Por qu¨¦ hab¨ªan decidido irse tan abruptamente? Ellos estaban en mi mente todos los d¨ªas. El que tambi¨¦n decidi¨® volver a marcharse fue Fufi, bueno, en realidad siempre andaba desaparecido. Estar¨ªa bueno que se mantuviera m¨¢s cerca de nosotros. A medida que los d¨ªas pasaban, la rutina en la cueva se volvi¨® m¨¢s tranquila. Segu¨ªamos consiguiendo buena comida y todos parec¨ªan volver a adaptarse al entorno. Hasta Aya algunas veces se daba el lujo de comer algo de pescado. Parece que la lanza que le hice a pap¨¢ le est¨¢ sirviendo de mucho. Tambi¨¦n, el padre de Tar¨²n pasaba muy de vez en cuando por nuestra cueva para hablar con su hijo, hasta algunas veces se iba por un rato con ¨¦l y volv¨ªan a la noche. Pero un d¨ªa apareci¨® con los otros dos, su otra mujer y su otro hijo. El ni?o parec¨ªa ya saber caminar, pues la ¨²ltima vez solo andaba en brazos de su madre. Era de noche, igual que cuando nos conocimos. ?Acaso no sab¨ªan que el final del d¨ªa era el peor momento para discutir? Encima algunos segu¨ªan comiendo. Yo, mientras tanto, observaba toda la situaci¨®n de parado y apoyando un hombro contra la pared. En la entrada estaba Aya, as¨ª que ella fue la primera en recibirlos. "Hola se?or Tariq, veo que viene con compa?¨ªa". "Hola, s¨ª. Me pareci¨® un buen d¨ªa para que podamos conocernos todos juntos", dijo el hombre, que segu¨ªa igual de flaco que la ¨²ltima vez. ?Un buen d¨ªa? Aya mir¨® hacia atr¨¢s, buscando la aprobaci¨®n de alguien. Me mir¨® a m¨ª, ?acaso pensaba que yo pod¨ªa decir algo? Obviamente Anya fue la primera en reaccionar, levant¨¢ndose de cerca de la fogata para caminar r¨¢pidamente hasta al lado de Aya. "?Ya te dije que no vinieras por aqu¨ª con esa mujer!" "Anya, yo tambi¨¦n ya te dije que quiero seguir viendo a mi hijo. Es momento de presentarle a su hermano". "?No nos interesa tu otra familia, l¨¢rgate de nuestro hogar y no vuelvas!" Me sent¨ª un poco mal por la mujer y el ni?o, sinceramente no creo que ella hubiera sabido que ¨¦l ten¨ªa otra mujer y un hijo. Ser¨ªa dif¨ªcil para las nulas formas de comunicaci¨®n que existen. ¨¦l no contest¨® y comenz¨® a avanzar, pero de pronto, justo cuando iba a pasar por al lado de Anya, se detuvo en seco, como si se hubiera topado con algo invisible. "Disculpe, se?or, pero todav¨ªa nadie le permiti¨® pasar". Una barrera m¨¢gica... ?En qu¨¦ momento la puso? Aya estaba actuando como guardia de seguridad, con sus dos orejas apuntando hacia adelante en alerta, pero su rostro mostraba una calma casi letal. Esa barrera m¨¢gica que hab¨ªa levantado, aunque invisible para ellos, era completamente... perceptible para nosotros, por decirlo de alguna manera. Sab¨ªa que, detr¨¢s de esa serena mirada, hab¨ªa una fuerza descomunal y una disposici¨®n para defender lo que consideraba su territorio y su gente. "?Q-Qu¨¦ es esto?" Pregunt¨® el hombre, tocando con las palmas de su mano lo que a mi vista era invisible. "?D¨¦jenme pasar! No s¨¦ qu¨¦ es esto que est¨¢ ac¨¢, ?pero qu¨ªtenlo!" ?Tal vez deber¨ªa hacer algo? No quiero que mis padres me rega?en por eso, pero tampoco quiero que las cosas se vuelvan m¨¢s intensas. "?Esto es rid¨ªculo!" Grit¨® Tariq, golpeando el aire con el pu?o cerrado. "?Solo quiero ver a mi hijo!" "?Y ya lo viste!" Respondi¨® Anya, cruz¨¢ndose de brazos. "No tienes ninguna raz¨®n para traer a tu otra familia aqu¨ª. Este es nuestro lugar, no tu terreno de juego para jugar a ser padre". Observ¨¦ la escena mientras Tariq segu¨ªa golpeando la barrera m¨¢gica con frustraci¨®n. Mirella, que estaba sentada a mis pies momentos antes, vol¨® hasta mi hombro y susurr¨® en mi o¨ªdo. "?Vas a dejar que esto se salga de control? Tal vez deber¨ªas intervenir antes de que alguien salga herido". Suspir¨¦ mientras los gritos segu¨ªan de fondo. No es que tuviera muchas ganas de intervenir en este tipo de drama, pero tampoco quer¨ªa que las cosas se descontrolaran m¨¢s. Mir¨¦ a Aya, quien segu¨ªa manteniendo la calma de una manera casi sobrenatural. Ella no mostraba signos de querer quitar la barrera, y conoci¨¦ndola, no lo har¨ªa hasta que alguien o yo se lo pidiera. "Entonces necesito que est¨¦s cerca apoy¨¢ndome por si pierdo la discusi¨®n o la paciencia. Que seamos dos pensando lo mismo me ayudar¨ªa bastante". Antes de ir directo al l¨ªo, fui con Tar¨²n, que estaba sentado entre mis padres y hablando con ellos. Estir¨¦ mi mano hacia ¨¦l antes de hablar. "Tar¨²n, ?quieres venir as¨ª solucionamos este problema?"This story originates from a different website. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there. ¨¦l me mir¨® con sus ojos bien negros, no se lo ve¨ªa asustado, pero s¨ª un poco indeciso. Finalmente agarr¨® mi mano. "S¨ª, gracias. Es que no s¨¦ qu¨¦ decirles, pap¨¢ se enoja mucho y mam¨¢ tambi¨¦n". Mis padres tambi¨¦n se levantaron junto a ¨¦l, tal vez intentando saber qu¨¦ tanto iba a entrometerme. "Todo se puede solucionar conversando, vos no te preocup¨¦s que algo vamos a lograr hacer". "Hijo... no deber¨ªas meterte en los problemas familiares de los dem¨¢s", dijo pap¨¢. "Solo vamos a conversar, adem¨¢s, yo los siento a todos como parte de mi familia". Nunca viene mal tirar una frase algo ani?ada para comprar a mis padres. Aunque igual, esa conten¨ªa algo de verdad. Los dos fuimos tomados de la mano hacia Anya. "Anya, Tar¨²n y yo vinimos para poder arreglar las cosas de una forma m¨¢s tranquila. ?Crees que podr¨ªas dejarnos conversar con ¨¦l?" "Luciano, ??qu¨¦ haces aqu¨ª!?" Contest¨®, aunque luego de decir eso, su mirada se suaviz¨® un poco al ver a Tar¨²n a mi lado, quien me apretaba la mano con fuerza. Suspir¨® y mir¨® de reojo a Tariq, que segu¨ªa intentando atravesar la barrera de Aya con la mujer y el ni?o peque?o detr¨¢s de ¨¦l, esperando en silencio. "Solo queremos hablar", dije con un tono m¨¢s elevado, para que Tariq tambi¨¦n escuchara. "Luciano, no hay nada de qu¨¦ hablar con este hombre. ?No ves que lo est¨¢ haciendo a prop¨®sito para hacerme enojar?" "S¨ª, entiendo, solo venimos a hablar tranquilamente, ?cierto, Tar¨²n?" Tar¨²n no respondi¨® inmediatamente, solo se qued¨® pensando y sin soltar mi mano. Pude sentir c¨®mo temblaba ligeramente, lo cual era comprensible dado lo tensa que estaba la situaci¨®n. A pesar de todo, trat¨¦ de mostrar una sonrisa alentadora para calmarlo. "S¨ª, solo... solo quiero que pap¨¢ y mam¨¢ dejen de pelear". Su voz era d¨¦bil, pero dec¨ªa lo que realmente sent¨ªa. ¨¦l se qued¨® mirando a Anya con ojos esperanzados. "Hijo, tienes que entender que este hombre... ?Ay, dios! ?Est¨¢ bien, d¨ªganle lo que tengan que decirle y luego que se vaya!" "Gracias, Anya", le dije con calma, aunque sab¨ªa que todav¨ªa quedaba mucho por resolver. Me acerqu¨¦ a Tariq con Tar¨²n a mi lado, pero todav¨ªa siendo separados por la supuesta barrera. "Hola Tariq, yo me llamo Luciano y soy el hijo de Rin y Rundia", comenc¨¦, manteniendo mi tono calmado. "Entendemos que quieras ver a tu hijo, pero traer a toda tu otra familia ac¨¢ sin previo aviso no fue lo mejor. Esto no es un terreno neutral para discusiones familiares, ?entiendes? Siempre cuando viniste a ver a Tar¨²n vos solo no hubo tanto problema. Tal vez deber¨ªan llegar a un acuerdo para saber cu¨¢ndo y d¨®nde puedes ver a tu hijo, porque bien sab¨¦s que no ten¨¦s la aprobaci¨®n de su madre". Tariq se qued¨® en silencio por un momento. Mir¨® a Tar¨²n, y luego a la mujer y al ni?o peque?o que esperaban detr¨¢s de ¨¦l. Finalmente, suspir¨® antes de soltar las palabras. "Ni?o, entiendo lo que est¨¢s diciendo, de verdad. No quer¨ªa causar m¨¢s problemas, pero ustedes no quieren que mis hijos se conozcan. Yo quiero que sepa que tiene m¨¢s familia que solo a m¨ª. Solo quiero ser un padre para ambos". Anya buf¨®, visiblemente molesta, pero mantuvo su posici¨®n junto a Aya. Ella ten¨ªa los brazos cruzados y la mirada fija en Tariq, claramente reacia a permitirle cualquier tipo de acercamiento m¨¢s all¨¢ de lo necesario. "Bueno, Tariq. Pero estas cosas se hablan antes, no de sorpresa. Debemos encontrar un lugar neutral, como dec¨ªa, para que puedan conocerse, no as¨ª, en medio de la noche, cuando todos estamos cansados y tensos. O sea, no estoy diciendo que no puedas presentarle a su hermano, sino que necesitamos hacerlo de una manera que no cause conflictos". De pronto, su cara cambi¨® a una m¨¢s enfadada. "?S¨ª, s¨ª que lo est¨¢s diciendo! ??Por qu¨¦ quieres entrometerte entre mi familia y yo?! ?Un ni?o no me puede decir qu¨¦ hacer!" Luego de gritar, volvi¨® a golpear con sus pu?os la barrera invisible. "?Oye! ?C¨®mo te atreves a decirle esas cosas a Luciano!" Grit¨® Mirella mientras segu¨ªa observando desde detr¨¢s m¨ªo. "Luciano, atr¨¢s", exclam¨® Aya mientras nos cubr¨ªa a los tres con su cuerpo y brazos extendidos. "Se?or Tariq, ya det¨¦ngase". ¡°?Pap¨¢, para! No quiero que te lastimes¡±, suplic¨® Tar¨²n con una voz temblorosa. Tariq se tambale¨® un poco hacia atr¨¢s despu¨¦s de golpear la barrera m¨¢gica de Aya y cay¨® de espaldas contra el suelo, su frustraci¨®n era evidente en su rostro. Tar¨²n, nervioso, se aferr¨® al borde de la ropa de Anya con su otra mano. Un cuchillo sali¨® volando en el momento que ¨¦l cay¨® al suelo. Espera... ?Ese no era el que yo dej¨¦ abandonado cuando escap¨¢bamos hacia el santuario? Tambi¨¦n dej¨¦ un tenedor y un plato, todo hecho de piedra. La otra mujer, que no recuerdo su nombre, le ayud¨® a enderezarse mientras le hablaba. ¡°Cari?o, no vale la pena pelear de esta manera. Escucha a Tar¨²n. ¨¦l solo quiere paz¡­ tal vez deber¨ªamos reconsiderar c¨®mo estamos manejando esto¡±. Su voz era apenas audible y parec¨ªa tener mucha paz interior como para hablar tan tranquilamente en esta situaci¨®n. Tariq se levant¨® y se sacudi¨® el polvo del cuerpo. "Est¨¢ bien, pero volver¨¦ pronto... Antes de que se ponga el sol, cuando t¨² no est¨¦s, Anya", dijo, d¨¢ndose la vuelta y saliendo de la cueva. Realmente, todas las pocas veces que vino y pudo ver a Tar¨²n, fue de d¨ªa. No s¨¦ qu¨¦ se le pas¨® por la cabeza para justo ahora venir de noche. "?Nadie quiere verte por aqu¨ª, mujeriego!" Le grit¨® Anya, para luego agarrar la mano de su hijo e irse al fondo de la cueva. Aya relaj¨® un poco su postura y baj¨® las manos cuando Tariq se alej¨®, dejando escapar un suspiro de alivio. Luego se acerc¨® a levantar el cuchillo del suelo, examin¨¢ndolo cuidadosamente. "Luciano, ?esto no era tuyo?" Pregunt¨® cuidadosamente, estirando hacia m¨ª la mano con la que sosten¨ªa el cuchillo primitivo. Sus ojos anaranjados reflejaban la luz de la fogata que todav¨ªa se manten¨ªa encendida. Pronto Mirella pondr¨ªa una bola de luz en el aire y nos ir¨ªamos a dormir. "S¨ª, lo es," respond¨ª, tomando el cuchillo y convirti¨¦ndolo en una piedra com¨²n y corriente. Antes de seguir, baj¨¦ un poco la voz. "Debe haberlo encontrado cuando lleg¨® a esta cueva. Su nombre es cuchillo, pronto estar¨¦ haciendo m¨¢s de estas cosas". Aya asinti¨® y luego mir¨® en direcci¨®n a donde Anya y Tar¨²n se hab¨ªan marchado. "Esto se est¨¢ volviendo complicado, ?no crees?" "S¨ª... Tal vez Tariq quiera hacer lo correcto, pero la manera en que lo est¨¢ haciendo no es la adecuada". As¨ª se acab¨® el tema por un tiempo. En esos d¨ªas Anya no sali¨® a buscar comida junto a los dem¨¢s, sino que se quedaba para ver si ¨¦l regresaba, pero no lo hizo y todo volvi¨® a su estado normal. Supongo que se lo encontrar¨¢n cuando recolectan comida, pero no s¨¦ los detalles sobre eso, ya que yo no salgo fuera por m¨¢s que pap¨¢ me hubiera prometido hacerlo. Supongo que eso ya no es v¨¢lido. *** Hoy Luc¨ªa cumpli¨® cinco meses. No s¨¦ si fue coincidencia, pero por fin pap¨¢ me trajo algo de piel de animal para crearle ropa a mi hermanita. El tener que verla as¨ª, con todo el cuerpo desnudo, me daba mucho pudor y no sol¨ªa acercarme mucho a ella por ese motivo. Suelo mirarla desde lejos. Si es que ella es una reencarnada, entonces me lo va a agradecer mucho. El pelaje era de color blanco, estaba dividido en dos trozos relativamente medianos, lo que me hac¨ªa pensar que era piel de conejo. Hablando de conejos, todav¨ªa me falta mucho por aprender sobre la flora y fauna de este mundo, pero si quitamos a los seres m¨¢gicos que cre¨® Sariah, todo es bastante parecido a mi anterior mundo. Lo ¨²nico raro que vi hasta ahora fue a Fufi y las na?as. Fufi s¨ª que es un animal raro. Sobre los gnomos, todav¨ªa pienso que pueden ser un caso similar a los de los hombres p¨¢jaros, donde uno era especial y los dem¨¢s no. A veces pienso si esto de usar magia para moldear los materiales fue algo impuesto a prop¨®sito por Sariah, por ejemplo: Mirella usa magia de luz, Aya de defensa, los hombres p¨¢jaros usaban magia de aire... Pienso que es demasiado conveniente que justo que mi misi¨®n en este mundo es hacer que se desarrolle a trav¨¦s de la creaci¨®n de herramientas y dem¨¢s. Que yo pueda justamente moldear las cosas casi a mi antojo para crear lo que necesite es demasiado conveniente. Ahora no lo utilizo mucho solamente por el hecho de seguir fingiendo que soy un ni?o, pero m¨¢s adelante voy a intentar crear todo lo que pueda y est¨¦ a mi alcance. Pensamientos aparte, finalmente un¨ª los dos trozos de piel bajo la atenta mirada de Mirella. "Luciano, no me voy a cansar de decirlo todo el tiempo, pero eres incre¨ªble". "Gracias, Mirella. Esto es solo algo simple, pero de mucha utilidad para ella". Luc¨ªa estaba durmiendo boca arriba en una cama improvisada de hojas grandes, ajena a los pensamientos que corr¨ªan por mi mente. Sus peque?as mejillas se mov¨ªan suavemente con cada respiraci¨®n, y parec¨ªa estar disfrutando de un sue?o tranquilo. Mientras tanto, mam¨¢ rezaba un poco a su dios Ad¨¢n en su peque?o ''altar'' y pap¨¢ se hab¨ªa ido a limpiar su lanza fuera. Mirella se pos¨® delicadamente al lado de su cabeza y se qued¨® observando a Luc¨ªa con una sonrisa tierna en su rostro. "?Crees que alg¨²n d¨ªa ella ser¨¢ tan fuerte como t¨², Luciano?" Pregunt¨® en voz baja, girando su cabeza hacia m¨ª, mir¨¢ndome con esos encantadores ojos verdes. "Tal vez", respond¨ª mientras pasaba la ''tela'' por debajo de su cadera, para luego unir los extremos con magia, quedando como una especie de falda. "Depender¨¢ de c¨®mo la criemos y de las oportunidades que tenga para aprender". Aprovech¨¦ el momento para mantener mi mano sobre su panza. Pens¨¦ que tal vez se le transferir¨ªan las part¨ªculas m¨¢gicas, pero no sucedi¨®. Esto casi que confirmar¨ªa que ella no es una reencarnada, o al menos no tiene la posibilidad de usar magia. Espera... A m¨ª tampoco se me transfer¨ªan las part¨ªculas de Mirella hasta que tuve contacto con el agua del arroyo. "Bueno, ah¨ª tienes, hermanita", murmur¨¦ con una sonrisa ligera. "Un regalo de tu hermano mayor". En ese momento mam¨¢ se acerc¨® a nosotros. "Gracias por hacerle su ropa, hijo. Siempre te preocupas tanto por los dem¨¢s..." Dijo mientras secaba con el dorso de su mano algunas l¨¢grimas que se deslizaban por su rostro. "Estoy... tan feliz". Me acerqu¨¦ a ella de costado, pasando una mano por detr¨¢s de su espalda. "No es nada, mam¨¢. Solo hago lo que considero mejor para todos". "S¨ª... s¨¦ que ser¨¢s un buen hermano para Luc¨ªa". Me dio unos golpecitos en la cabeza y se fue a recibir a pap¨¢. "Mira, Luciano, se despert¨®". Mirella estaba moviendo sus peque?os brazos intentando llamar mi atenci¨®n. Me acerqu¨¦, poni¨¦ndome de rodillas, pero Luc¨ªa miraba atentamente a Mirella. "Hola, Luc¨ªa". Apenas me mir¨® unos segundos y volvi¨® a girar la cabeza hacia la hadita. "?Ay, eres hermosa!" Grit¨® Mirella. Justo en ese momento pap¨¢ se acerc¨® a nosotros. "Vaya, qu¨¦ r¨¢pido le hiciste la ropa a Luc¨ªa, yo siempre me tardo un mont¨®n". "Eso es lo bueno de la magia". A partir de ese d¨ªa me hice un poco m¨¢s cercano a mi hermana. Supongo. *** Hoy se me sali¨® mi primer diente, un incisivo inferior, que, si lo veo desde mi perspectiva, es el de la derecha de los dos del medio. Qu¨¦ molestia... y pensar que tengo que pasar por toda esta etapa de nuevo... Lo agarre y lo tir¨¦ al piso, a la mierda. ?Qu¨¦ pasar¨ªa si ahora tomo agua m¨¢gica? Na, no creo que salga el otro ah¨ª nomas. Solo sanar¨ªa la abertura que dej¨® el anterior diente. "?Qu¨¦ haces, tonto?" Uh, justo se ten¨ªa que dar cuenta la gemela malvada. "Mir¨¢, se me cay¨® un diente", abr¨ª la boca por completo, se?alando donde faltaba la pieza dental. "S¨ª, y lo tiraste al suelo, tontito". Suminia se acerc¨® a m¨ª con una mezcla de curiosidad y burla en su rostro. Se agach¨® y recogi¨® mi diente del suelo, mir¨¢ndolo de cerca como si fuera un objeto extra?o. "?Por qu¨¦ lo tiraste? Podr¨ªas haber hecho algo divertido con ¨¦l", dijo con una sonrisa. Sus ojos negros casi entrecerrados ten¨ªan una pizca de malicia, como si estuviera considerando alguna travesura. "?Ah? ?Y por qu¨¦ iba a hacer algo con un diente?" "Eres t¨² al que se le ocurren ideas raras. No me preguntes a m¨ª", respondi¨®, estirando su mano con el diente sobre su palma abierta. Recuerdo que hab¨ªa videojuegos de supervivencia en el que hab¨ªa tribus que hac¨ªan collares o cosas as¨ª con dientes. Qu¨¦ horrible. En todo caso, el esmalte natural de los dientes es bastante resistente y hacer alguna herramienta con ellos no ser¨ªa tan mala idea, pero el problema es que necesitar¨ªa como cincuenta o cien dientes para hacer algo que sea ¨²til, como... un pico... o un cincel. Algo as¨ª se me ocurre, pero ahora es imposible. "No, no voy a hacer nada con un diente". Lo tom¨¦ de su mano y lo arroj¨¦ fuera de la cueva. "Qu¨¦ desagradable eres..." Solt¨® un gru?ido y se dio media vuelta, yendo hacia su hermana. Tal vez su verdadera intenci¨®n era verme crear algo con magia. Qu¨¦ se le va a hacer, tampoco le voy a dar con el gusto si me trata tan mal, la desagradable es ella. M¨¢s tarde, mis padres se alegraron por la noticia del diente, es m¨¢s, hasta me dijeron que dentro de poco iban a empezar a dejarme volver a salir a recolectar comida con los dem¨¢s y hasta me dejar¨ªan explorar junto a Mirella o Aya. Los d¨ªas transcurr¨ªan normalmente hasta que Tariq y su familia aparecieron en la entrada de nuestra cueva. Tal vez hab¨ªan venido hoy al ver que nadie sali¨® a recolectar comida, porque hoy no lo necesit¨¢bamos. Se podr¨ªa decir que est¨¢bamos viviendo una buena vida. Salvo que ¨¦l viniera de mala manera a hablar, nosotros no ten¨ªamos la intenci¨®n de discutir, porque durante este tiempo yo ya hab¨ªa hablado con Anya y Tar¨²n para encontrar una soluci¨®n a este problema familiar. Ellos ven¨ªan agarrados de la mano, el ni?o al medio y sus padres a los costados. "Hola. ?D¨®nde est¨¢ Anya?" Pregunt¨® Tariq al aire, intentando buscarla con la mirada. "Aqu¨ª estoy", respondi¨® ella, caminando hacia ¨¦l mientras llevaba a su hijo de la mano. Se par¨® frente a ¨¦l, sin mirar a los otros dos. "Ll¨¦vate a Tar¨²n contigo hasta ma?ana. Ser¨¢ as¨ª por ahora, vendr¨¢s a buscarlo algunos d¨ªas y te quedar¨¢s con ¨¦l hasta el d¨ªa siguiente, pero no quiero volver a ver a tu otra familia por aqu¨ª. ?Entendiste?" Luego de hablar solt¨® la mano de Tar¨²n, quien se qued¨® sin saber qu¨¦ hacer. Anya se mantuvo firme frente a Tariq, con su postura r¨ªgida y el ment¨®n ligeramente levantado, como si quisiera demostrar que no iba a ceder ni un mil¨ªmetro. Aya se acerc¨® lentamente hacia Anya, por si las dudas. Igualmente, esta vez no parec¨ªa que la situaci¨®n pudiera escalar a algo peor. "Yume y Kiran no te han hecho nada. Si tienes problemas conmigo, resu¨¦lvelo conmigo, pero no los metas a ellos en esto". "No me hagas re¨ªr, Tariq. No es un asunto de lo que hayan hecho o no. Es el simple hecho de que no quiero que tu segunda familia est¨¦ cerca de m¨ª ni de Tar¨²n. No voy a permitir que ellos est¨¦n merodeando por aqu¨ª. Esto no es un sitio donde pueden venir cuando les plazca. Si quieres ver a Tar¨²n, lo haces solo t¨², y solo cuando yo lo decida". Su amenaza, aunque no expl¨ªcita, estaba clara. Y esa claridad hizo que Tariq se quedara callado unos segundos, como si estuviera evaluando sus opciones. "Est¨¢ bien, acepto. Lo haremos de esa manera, por ahora". Tariq agarr¨® la mano de Tar¨²n, soltando la de su otro hijo. "V¨¢monos, Tar¨²n. Regresaremos ma?ana". "Est¨¢ bien, pap¨¢", respondi¨® con resignaci¨®n. ?D¨®nde se supone que est¨¢ viviendo esta gente? Yo supongo que en la cueva donde viv¨ªa Anya, ser¨ªa lo m¨¢s l¨®gico seg¨²n lo que dijo ¨¦l la otra vez, que estaban en su anterior cueva, o algo as¨ª. A no ser que antes hayan vivido en otro lado. Cuando parec¨ªa que todo estaba solucionado, la mujer se qued¨® parada mirando a Anya. "Lo siento si somos una molestia para ustedes, pero no quiero que piensen mal de m¨ª y de mi hijo. Yo nunca supe que Tariq ten¨ªa otra muj..." "??Qu¨¦ est¨¢s diciendo, Yume!?" Grit¨® Tariq, cortando en seco sus palabras mientras la tomaba por detr¨¢s del brazo derecho. Yume solt¨® un peque?o jadeo de sorpresa cuando Tariq la tom¨® del brazo. Se la ve¨ªa visiblemente nerviosa, sus ojos se mov¨ªan inquietos entre Tariq y Anya. Yo observaba en silencio, sabiendo que cualquier palabra fuera de lugar podr¨ªa empeorar la situaci¨®n. "Su¨¦ltame, Tariq", dijo Yume con un tono firme, pero no muy fuerte mientras trataba de zafarse de su agarre. "Solo quiero que ellos entiendan mi lado. No es justo que Tar¨²n sufra por las decisiones que t¨² tomaste sin pensar en los dem¨¢s". A pesar de la apariencia que hab¨ªa mostrado anteriormente en el primer encuentro, se ve que no es para nada sumisa la mujer. "?No te metas en esto! V¨¢monos ya". Ella finalmente se zaf¨®. "No, si no se los explico ahora, no voy a poder decirlo m¨¢s adelante. Estaba diciendo que yo no sab¨ªa que Tariq ten¨ªa otra pareja. Vine aqu¨ª porque merezco respeto y mi hijo tambi¨¦n. No sab¨ªamos nada de ti, Anya. No sab¨ªa que ¨¦l ya ten¨ªa un hijo. ¨¦l nos enga?¨® a las dos, esa es la verdad". Qu¨¦ drama, che... Qu¨¦ molesto es todo este problema de infidelidades y dem¨¢s, ojal¨¢ que se termine r¨¢pido. Tariq en este momento estaba atrapado en una telara?a de mentiras y estaba tratando de manejar la situaci¨®n con una compostura que se desmoronaba r¨¢pidamente. "Eso ya lo s¨¦", dijo Anya, cruz¨¢ndose de brazos. "Pero no es justo que los ni?os sufran por esto". Tariq volvi¨® a interrumpir. "Yume, ya basta. No hace falta remover el pasado, ahora estamos tratando de buscar una soluci¨®n por los ni?os". Luego de decir eso, escap¨® de la escena, desapareciendo junto a Tar¨²n entre los ¨¢rboles del bosque. "Est¨¢ bien. Entonces espero que nos volvamos a ver. Adi¨®s". Logr¨¦ ver que Anya murmuraba algo, pero no escuch¨¦ bien lo que dijo. Una vez que ya se hab¨ªan ido la se?orita Yume y su hijo Kiran, Mirella se pos¨® en mi hombro. "Luciano, ?Tar¨²n estar¨¢ bien?" "Claro que s¨ª, Mirella. El problema es entre los adultos, nada m¨¢s". "Bueno, si t¨² lo dices, entonces todo va a estar bien". "Adem¨¢s, las condiciones ya est¨¢n puestas. Si las siguen como corresponde, no deber¨ªa haber m¨¢s problemas". Justo en ese momento, Luc¨ªa, que estaba recostada sobre unas hojas en el suelo, se larg¨® a llorar muy fuerte. Mam¨¢ y yo nos acercamos inmediatamente. "Tranquila. Tranquila, hija. Mam¨¢ ya est¨¢ aqu¨ª". Anya tambi¨¦n se acerc¨® r¨¢pidamente. "L-Lo siento, Rundia, no quise traer mis problemas aqu¨ª. Luc¨ªa debe estar molesta porque estuvimos discutiendo". "No, no es nada, Anya. Est¨¢ todo bien". A pesar de estar en sus brazos, ella no se calmaba y segu¨ªa de alarido en alarido. "Mam¨¢, ?qu¨¦ te parece si salimos afuera con Luc¨ªa? Tal vez nos venga bien despejarnos un rato". "Puede ser... Vamos al arroyo entonces, ese lugar es muy tranquilo". "?Puedo ir yo tambi¨¦n?" "S¨ª, Mirella, ser¨ªa bueno que nos acompa?ases, es m¨¢s seguro as¨ª". "?S¨ª!" Al salir de la cueva, not¨¦ que los cuatro estaban cruzando el bosque en direcci¨®n a la anterior cueva de Anya. Seguro que viven ah¨ª. Durante la caminata al arroyo m¨¢gico, Luc¨ªa se fue calmando mientras le hac¨ªa caras tontas desde detr¨¢s de Rundia, tambi¨¦n le demostr¨¦ mi magia creando varias figuras peque?as con piedras. Mam¨¢ y ella se sentaron al borde del arroyo mientras Mirella nos segu¨ªa por el aire. Este era el momento ideal para confirmar si mi hermana era una reencarnada. Solo tendr¨ªan que transfer¨ªrsele las part¨ªculas m¨¢gicas del agua. "Mam¨¢, ?qu¨¦ tal si la ba?as un poco? Tal vez necesite eso, un ba?o". "?Yo tambi¨¦n!" Grit¨® Mirella, sumergi¨¦ndose en el agua. ¨²ltimamente, ella no hab¨ªa estado gastando sus part¨ªculas para hacer magia, salvo en los momentos en los que necesit¨¢bamos iluminar la cueva por las noches, pero nada m¨¢s que eso. As¨ª que apenas se le recarg¨® una sola part¨ªcula. "Tienes raz¨®n, Luciano. Voy a ba?arla, adem¨¢s esta agua es muy buena". Cu¨¢ntos elogios para el lugar, ?no? Que no se note que le encanta. Me acerqu¨¦ y tambi¨¦n me sent¨¦ al borde del arroyo, moj¨¢ndome los pies mientras observaba el momento. Eso me record¨® que no hab¨ªa vuelto a hacerme las u?as postizas. Estoy indeciso con el tema ese. Cuando le quit¨® la prenda que yo le hice y le fue echando agua de a poco con su mano, pude confirmarlo al ver su rostro detenidamente... Luc¨ªa viene de otro mundo. Cap铆tulo 22: Dos crecimientos diferentes. Hay veces que no puedo comprender la magnitud y la grandeza que este mundo puede generar de las cosas m¨¢s peque?as, y eso que solo est¨¢bamos pasando un tiempo de descanso con mi familia junto al arroyo. Tan solo mam¨¢ estaba ba?ando a mi hermana con el agua m¨¢gica. Pero justo de ah¨ª viene el dilema... ?C¨®mo es que a mi hermana no se le transfieren las part¨ªculas m¨¢gicas? Esa era la pregunta que andaba dando vueltas en mi cabeza. Porque, observ¨¢ndola bien, ella tiene... una pesta?a roja en su p¨¢rpado derecho. Ese era mi gran descubrimiento de hoy. Ese detalle, que podr¨ªa haber pasado desapercibido para cualquier otro, para m¨ª era una alarma que resonaba m¨¢s fuerte que nunca. Que ingeniosa manera de ocultarlo, Sariah. Ya sab¨ªas que ella tendr¨ªa el cabello negro y entonces decidiste hac¨¦rmelo lo m¨¢s dif¨ªcil posible. Me encanta que seas as¨ª y s¨¦ que est¨¢s escuchando mis pensamientos en este momento. Me qued¨¦ mir¨¢ndola por unos segundos, intentando detectar por qu¨¦ no suced¨ªa la transferencia de part¨ªculas m¨¢gicas a pesar de tener una pesta?a roja. ?Ella deber¨ªa poder usar magia! ?Y si es un juego de Sariah para confundirme? Tal vez modific¨® de alguna forma su cuerpo para que la tuviera as¨ª... No, eso ser¨ªa demasiado macabro. Debo ser paciente, esperar e intentar decirle algunas indirectas mientras nadie se encuentre cerca. S¨ª realmente viene del mismo mundo que yo, entender¨¢ a la primera lo que le diga. Recuerdo que apenas naci¨®, reaccion¨® casi instintivamente a mi nombre. Desvi¨¦ la mirada hacia Mirella, que se encontraba flotando sobre el agua, desinteresada por m¨ª en este momento. "Mirella, cuidado que no te entre agua a la boca y nariz". "Pero es que esta agua es tan rica..." Respondi¨®, sin hacerme caso. "Solo deber¨ªas tomarla cuando te haga falta, no por diversi¨®n". Mirella no contest¨® y se alej¨® m¨¢s de la escena. ?C¨®mo podr¨ªa preguntarle a Luc¨ªa sobre si es una reencarnada? Sariah ser¨ªa el nexo entre nosotros dos. Tal vez hablar sobre ella funcione. ?Y si le toco la pesta?a roja? Deber¨ªa sentir esa electricidad recorriendo su cuerpo. La misma que yo siento cuando tocan mi pelo rojo. Si Luc¨ªa realmente viene del mismo lugar que yo, eso cambiar¨ªa todo... pero, ?qu¨¦ tipo de vida habr¨ªa tenido all¨¢? Mam¨¢, mientras tanto, segu¨ªa ba?ando a Luc¨ªa, ajena a mi tormento interno. Me sent¨ªa como si estuviera en medio de un rompecabezas gigantesco, donde cada pieza que encajaba me llevaba a nuevas preguntas en lugar de respuestas. Quer¨ªa decirle lo que estaba pensando, pero claramente no pod¨ªa hacerlo. "Ya est¨¢ mucho m¨¢s tranquila", dijo con una sonrisa cansada. Fing¨ª una risa entrecortada antes de contestar. "S¨ª, un ba?o siempre viene bien para cambiar los ¨¢nimos". Un suspiro pesado escap¨® de mis labios mientras me frotaba los pies mojados, observando c¨®mo el agua cristalina flu¨ªa. Todo este asunto de la magia, de las part¨ªculas, de las reencarnaciones... era abrumador. Cada vez que pensaba que ten¨ªa una pizca de control sobre la situaci¨®n, algo nuevo se revelaba y me volv¨ªa a colocar en un estado de confusi¨®n. Como si Sariah estuviera jugando conmigo, moviendo las piezas en un tablero invisible. A todo esto, nos hab¨ªamos sentado al borde del arroyo sin fijarnos si estaban las hormigas mortales. "Ma?ana puedes salir con Mirella si quieres. ?Qu¨¦ te parece?" "?Y qui¨¦n se va a quedar contigo en la cueva?" "Hijo... No te preocupes tanto, el lugar ya es seguro, ?no? Solo me quedar¨¦ con Tar¨²n y ya". "?Tar¨²n no sale?" "Anya ya le pregunt¨® varias veces, pero ¨¦l elige quedarse dentro, al menos por ahora". "Solo espero que no sea por miedo". "No s¨¦... Igualmente, todav¨ªa es un ni?o". "Bueno, gracias por darme permiso para salir". "Solo p¨®rtense bien, ?s¨ª?" "Claro. Mam¨¢, ?crees que Luc¨ªa ser¨¢ especial cuando crezca?" Pregunt¨¦, cambiando de tema y tratando de sondear un poco m¨¢s sin levantar sospechas. "Los dos son especiales para m¨ª". Me qued¨¦ en silencio ante la respuesta de mam¨¢, que, aunque dulce, no respond¨ªa a la duda que me estaba carcomiendo por dentro. "?Est¨¢s bien, hijo? Pareces preocupado", me pregunt¨®, con una mirada c¨¢lida que conoc¨ªa demasiado bien. "S¨ª, solo pensaba en lo r¨¢pido que est¨¢ creciendo Luc¨ªa", ment¨ª, mientras me rascaba la nuca. "A veces siento que se me escapan los d¨ªas y que no llego a disfrutar todo lo que quisiera con ella". "Siempre te preocupas demasiado. Pero s¨ª, Luc¨ªa est¨¢ creciendo bastante r¨¢pido, ?no? El otro d¨ªa quer¨ªa gatear". ?Gatear? No me hab¨ªa percatado de eso... Solo tiene cinco meses, eso ser¨ªa imposible para un beb¨¦ com¨²n. "C-Claro... Parece que va a ser una ni?a muy activa". Mirella, desde el arroyo, se levant¨® del agua sacudi¨¦ndose el cabello mojado y flotando hacia m¨ª con una expresi¨®n divertida. "Luciano, te est¨¢s perdiendo de lo mejor. El agua est¨¢ deliciosa hoy", dijo, con esa chispa traviesa que siempre llevaba consigo. "Te dije que no tomaras tanta", le respond¨ª, en un tono medio en broma, medio serio. Mirella hizo una mueca, pero no insisti¨®. En cambio, se pos¨® sobre mi rodilla, empapada, y me mir¨® con curiosidad. Sab¨ªa que Mirella era perceptiva, incluso si no siempre entend¨ªa las complicaciones de mis pensamientos. "Mirella, ?no sab¨¦s si Aya puso alguna barrera en nuestra cueva?" Se qued¨® unos segundos mir¨¢ndome. "No tengo idea. ?Quieres que se lo pregunte?" "No, ya se lo pregunto yo despu¨¦s, gracias igual". "Bueno, ya es hora de volver a la cueva", dijo mam¨¢, levant¨¢ndose con Luc¨ªa en brazos. "El d¨ªa ha sido largo y seguro que ella est¨¢ cansada". "S¨ª, vamos. En cualquier momento se hace de noche". El sol comenzaba a ponerse y el arroyo adquir¨ªa un tono dorado, reflejando un trozo del cielo anaranjado junto a los altos ¨¢rboles. Todo parec¨ªa tan pac¨ªfico en ese momento, pero sab¨ªa que esa calma era enga?osa. Mi mente segu¨ªa divagando, buscando una forma de confirmar lo que sospechaba sin levantar alarmas. Al d¨ªa siguiente, despert¨¦ antes de que el sol alcanzara su punto m¨¢s alto en el cielo. Lo primero que hice fue buscarla con la mirada. Luc¨ªa dorm¨ªa tranquilamente en los brazos de mam¨¢, mientras Mirella, con una energ¨ªa desbordante como siempre, flotaba cerca de la entrada junto a Aya, esperando a que le dijera algo. Era raro verla despertarse antes que yo. Me estir¨¦ y me puse de pie, sintiendo los m¨²sculos algo tensos de haber dormido en el suelo. Todav¨ªa estaba pensando en lo que hab¨ªa pasado el d¨ªa anterior. La idea de que Luc¨ªa fuera una reencarnada no me dejaba en paz, pero ten¨ªa que jugar bien mis cartas. No pod¨ªa precipitarme, mucho menos frente a mam¨¢ o los dem¨¢s. No hay apuro, hay tiempo de sobra. Com¨ª un desayuno de frutas r¨¢pidamente y me movilic¨¦ hacia la salida. "Mirella, ?lista para salir?" Pregunt¨¦, sabiendo perfectamente la respuesta. "?Por supuesto!" Grit¨®, volando alrededor m¨ªo, haciendo peque?os giros en el aire. "?D¨®nde vamos hoy? ?A cazar? ?A explorar alguna cueva nueva?" "Si ya sab¨¦s que yo no cazo". "Ah, por cierto, Aya dice que si quieres que ella ponga una barrera justo en la entrada de la cueva". "Mejor la llamo a ella". Aya mientras tanto estaba sentada cruzada de piernas justo en la entrada de la cueva, mirando hacia fuera. "?Hey, Aya! ?Pod¨¦s venir un momento?" Aya gir¨® la cabeza lentamente al escuchar su nombre. Con una gracia natural, se puso de pie y camin¨® hacia nosotros. "?S¨ª? ?Es por el tema de la barrera?" "S¨ª, me gustar¨ªa saber un poco m¨¢s sobre tu magia, sobre sus l¨ªmites". Mirella se puso sobre mi cabeza mientras esper¨¢bamos su respuesta. "Claro, mis barreras son muy poderosas". Se qued¨® ah¨ª, no dijo nada m¨¢s. "S¨ª, tus barreras son incre¨ªbles, solo que yo quiero saber hasta cuantas pod¨¦s poner y si tienen alguna duraci¨®n m¨¢xima". "Claro, mis barreras se quedan ah¨ª hasta que yo decido quitarlas o se rompen. No s¨¦ hasta cuantas puedo poner, pero s¨ª se me hac¨ªa complicado mantener las cuatro del santuario. Es como si se me hiciera m¨¢s dif¨ªcil crearlas cuando hay varias de gran tama?o". "Entiendo. Tambi¨¦n pod¨¦s moverlas, ?no? Como cuando lo hiciste contra los hombres p¨¢jaro en el santuario". Sus cinco colas se comenzaron a mover a mayor intensidad detr¨¢s de ella. "Creo que solo se puede si el suelo es perfecto. Es la primera vez que lo hac¨ªa y me consumi¨® toda mi magia". Yo hab¨ªa alisado el piso... Que suerte que se me ocurri¨® hacerlo, lo cierto es que ten¨ªa mucho tiempo libre. Antes de que pudiera responder, Mirella se me adelant¨®. "?Eso es porque Luciano hab¨ªa tocado el suelo del santuario!" Las colas de Aya comenzaron a moverse a¨²n m¨¢s fuerte. ?Qu¨¦ le pasa? "Luciano, ?tienes algo m¨¢s para decirme?" "Ah, s¨ª. Quiero saber si pod¨¦s poner una barrera doble en la entrada de la cueva". Ella frunci¨® el ce?o ligeramente, pero su tono segu¨ªa siendo calmado a pesar de su apariencia externa. "?Doble barrera? Expl¨ªcame mejor". "Lo que quiero decir es que pongas dos barreras con una separaci¨®n muy peque?a". A todo esto, Mirella se segu¨ªa acomodando sobre mi cabello, como si fuera un colch¨®n en el que ella pod¨ªa recostarse pl¨¢cidamente. "Una barrera doble... No lo he intentado antes, pero supongo que deber¨ªa ser posible. Eso s¨ª, me consumir¨¢ mucho tiempo hacer una barrera que sea perfecta en tama?o y forma". "No importa, t¨®mate tu tiempo. Lo importante es que quedemos protegidos, nunca se sabe qu¨¦ criaturas o personas podr¨ªan intentar algo. Quiero estar preparado, eso es todo". "Est¨¢ bien, lo har¨¦ en los d¨ªas que no tengamos que salir a buscar la comida para ustedes". "Gracias". Con eso dicho, Mirella volvi¨® a revolotear alrededor m¨ªo, claramente impaciente por moverse. Ella nunca era del tipo de quedarse quieta mucho tiempo, y yo tampoco pod¨ªa culparla. El aire fresco de la ma?ana me hac¨ªa sentir algo m¨¢s despejado. Sab¨ªa que pronto tendr¨ªa que enfrentar esta duda, pero por ahora, solo quer¨ªa mantener a todos seguros y esperar el momento adecuado para actuar. "Bueno, Mirella", dije mientras camin¨¢bamos por entre los ¨¢rboles. "Veamos si encontramos algo interesante hoy". "?Crees que encontraremos a alguien?" "Es una posibilidad". En los ¨²ltimos d¨ªas, parec¨ªa haber m¨¢s movimiento en el bosque. A veces, desde dentro de nuestra cueva, me parec¨ªa ver gente que iba y ven¨ªa por senderos que antes estaban vac¨ªos. Desde la muerte de los hombres p¨¢jaro, hab¨ªa una especie de movimiento extra?o. Era l¨®gico suponer que la noticia se hab¨ªa esparcido y los pocos que viv¨ªan en la regi¨®n ahora sab¨ªan que ellos ya no estaban. No s¨¦ con exactitud qu¨¦ relaci¨®n ten¨ªan con los humanos en general, pero si estaban dispuestos a comerse a uno... Aya, cuando cont¨® sobre el rey demonio, dijo que hab¨ªa escuchado varios rumores de otras personas, solo que hasta ahora yo no he conocido a nadie m¨¢s que los que est¨¢n en mi grupo. Me gustar¨ªa seguir conociendo gente, porque a veces siento que estamos demasiado solos y eso no me agrada. Mirella volaba en c¨ªrculos a mi alrededor mientras yo pensaba, de vez en cuando tir¨¢ndome alguna ramita peque?a o una hoja para molestarme. Ten¨ªa esa energ¨ªa infantil que no la dejaba quedarse quieta. A veces me preocupaba que su entusiasmo la metiera en problemas, pero por ahora solo parec¨ªa disfrutar de nuestra peque?a aventura. Mientras segu¨ªamos caminando sin rumbo, Mirella volvi¨® a hablar. "?Sabes? El otro d¨ªa, cuando yo estaba volando por sobre los ¨¢rboles para buscar comida, not¨¦ que hab¨ªa otras personas por el bosque. Solo que se me olvid¨® dec¨ªrselo a ustedes".If you come across this story on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. "Creo que es por la muerte de los hombres p¨¢jaro. Cuando algo tan grande ocurre, la gente se mueve, busca respuestas, trata de entender qu¨¦ pas¨®". Mirella asinti¨®, aunque no parec¨ªa completamente convencida. "?Pero no se supone que eso fue hace tiempo ya? ?Por qu¨¦ todav¨ªa estar¨ªan preocupados?" "Porque no se trata solo de los hombres p¨¢jaro. Es lo que ellos representaban, Mirella. Si algo tan peligroso puede morir, significa que hay algo m¨¢s fuerte, algo que pudo matarlos... Y eso asusta. Bueno, eso pensar¨ªa yo". Mirella se qued¨® en silencio unos segundos, procesando lo que hab¨ªa dicho, y luego asinti¨® lentamente. "Entiendo... ?Y crees que eso nos traer¨¢ problemas?" "Bueno... si se enteraran de que vos fuiste la culpable..." Dije en un tono de broma, para ver si le causaba miedo. Mirella, al escucharme, se detuvo de inmediato en el aire y abri¨® los ojos de par en par. Pude ver el brillo en sus ojos verdes tornarse algo inquieto por un segundo, pero r¨¢pidamente volvi¨® a su expresi¨®n juguetona, aunque con una peque?a risa nerviosa de por medio. "?Qu¨¦ dices? ?Ja! ?Ellos ni siquiera lo sabr¨ªan! Adem¨¢s, no me atrapar¨¢n... soy demasiado r¨¢pida para eso". Lo cierto es que era imposible que alguien hubiera descubierto que fuimos nosotros, pues el santuario se vino abajo y sus cenizas y cuerpos quedaron all¨ª. Aunque los gnomos... podr¨ªan haber dicho algo, desaparecieron de la nada y no los volvimos a ver. "Era solo una broma, todo est¨¢ bien. Ahora centr¨¦monos en explorar y buscar algo de frutas". "?Est¨¢ bien! Voy a buscarte algunas na?as". De un momento a otro, la perd¨ª por entre las hojas de los ¨¢rboles. La idea era no dejarme solo... Bueno, no importa. Mientras iba caminando solo en lo que ya se convert¨ªa en una selva, sent¨ª un poco de temor. No s¨¦ si porque me acostumbr¨¦ a estar acompa?ado o por las malas experiencias que tuve en este lugar. A veces me siento demasiado desprotegido. Mirella no tard¨® mucho en volver con dos na?as entre los brazos. "?No era que se te hac¨ªan pesadas? ?C¨®mo es que ahora pod¨¦s cargar dos al mismo tiempo?" "?Oye! ?No me vas a dar las gracias?" "S¨ª, s¨ª. Gracias, mi querida Mirella". Ella se me acerc¨® y me las entreg¨® en la mano. "Simplemente pude agarrarlas y ya. No s¨¦ qu¨¦ tiene de malo". "Yo no dije que ten¨ªa algo de malo", respond¨ª, estirando la palma de mi mano izquierda para que se posara en ella. Necesitaba saber si algo hab¨ªa cambiado en ella. Casi como si fuera por instinto, ella se pos¨® elegantemente sobre ella. "?Qu¨¦ quieres?" De inmediato not¨¦ algo que me descoloc¨®. No era solo su energ¨ªa juguetona o su sonrisa traviesa, era algo m¨¢s... algo que no hab¨ªa percibido antes. Su vestido celeste, que siempre le hab¨ªa quedado suelto y fluido, ahora parec¨ªa un poco m¨¢s ajustado, marcando suavemente las curvas de su cuerpo. "?Vos est¨¢s creciendo?" "?Creciendo?" "S¨ª, como que te veo diferente... no s¨¦. Tal vez es solo mi imaginaci¨®n, pero hay algo que cambi¨® en vos, Mirella", le respond¨ª, observ¨¢ndola de cerca. "Tu ropa te queda m¨¢s peque?a". Lo cierto era que se ve¨ªa apenas m¨¢s alta. Realmente no le veo mucho sentido a esto. ?De repente iba a comenzar a crecer? Si hace como cuatro a?os que nos conocemos y siempre hab¨ªa estado del mismo tama?o. Ella rio suavemente. "?Qu¨¦ tonter¨ªas dices, Luciano! Yo soy un hada. No crecemos como los humanos". ?Qu¨¦ tanto sab¨ªa ella sobre hadas y humanos? Le di un mordisco a una de las na?as mientras la miraba. Pensemos un momento, Mirella casi no come comida porque no le gusta el pescado y realmente no le hace falta comer. Tampoco come frutas... Lo ¨²nico que la veo hacer es tomar el agua del arroyo, de hecho, ayer tom¨® bastante. ?Ser¨¢ un efecto secundario? ?Pod¨ªa tener otros efectos en otros seres m¨¢gicos aparte de sanar? Si Mirella estaba bebiendo de esa agua m¨¢gica, podr¨ªa estar cambiando sin siquiera notarlo. "Bueno, no parece que est¨¦s creciendo tanto en estatura, pero algo me dice que te est¨¢s volviendo m¨¢s... no s¨¦... distinta". Mis pensamientos revoloteaban entre teor¨ªas y dudas, pero no quer¨ªa decirle todo lo que se me pasaba por la cabeza, no todav¨ªa. Era mejor mantenerlo en silencio hasta que estuviera seguro. "Te gusta el agua m¨¢gica, ?no? "?Luciano! Si piensas que me estoy haciendo m¨¢s vieja o algo as¨ª, te equivocas. Estoy tan perfecta como siempre", exclam¨®, inflando las mejillas en una expresi¨®n que intentaba ser seria pero que resultaba m¨¢s adorable que intimidante. "?Ja! No, no es eso. Est¨¢s igual de energ¨¦tica y molesta como siempre". Si Mirella realmente estaba cambiando por el agua m¨¢gica... ?Qu¨¦ significar¨ªa eso para ella? ?Ser¨ªa un cambio temporal o algo permanente? "?T¨² eres el molesto, con esas preguntas tan tontas!" "Pero si solo lo hago porque me preocupo por ti". "Bueno, ya basta de decir tonter¨ªas. ?Seguimos explorando o te vas a quedar aqu¨ª analizando cada detalle de mi maravillosa apariencia?" Su tono era burl¨®n. Decid¨ª no darle m¨¢s vueltas por ahora. "S¨ª, s¨ª. Sigamos, Mirella. Aunque ten cuidado con ese ego, no vaya a ser que termines volando tan alto que te pierdas en las nubes". Mientras camin¨¢bamos m¨¢s adentro de la selva, mis pensamientos volvieron a Luc¨ªa. La peque?a pesta?a roja en su ojo... ?Era tambi¨¦n un signo de algo m¨¢s? Todo estaba conectado de alguna manera, pero no ten¨ªa las piezas suficientes para entenderlo. No todav¨ªa. ?Ser¨ªa ella la cuarta reencarnada en este mundo? Sariah dijo que antes de m¨ª, hab¨ªa dos personas que reencarnaron, pero no mantuvieron sus recuerdos. Si supongo que eso era verdad... No s¨¦, Sariah me hace confundir demasiado. "?Qu¨¦ te parece si hacemos una peque?a pausa junto al arroyo?" Propuso Mirella. "Me parece bien", respond¨ª. Necesitaba un momento para ordenar mis ideas, aunque sab¨ªa que las respuestas no llegar¨ªan tan f¨¢cilmente. Pero algo me dec¨ªa que el agua m¨¢gica del arroyo ten¨ªa m¨¢s secretos por revelar, y que pronto los descubrir¨ªamos, nos gustara o no. Al final hab¨ªamos salido a explorar y terminamos llegando al mismo lugar de siempre. Cuando llegamos al arroyo, Mirella se adelant¨® volando y me sonri¨® mientras beb¨ªa un poco de agua. Se ve¨ªa despreocupada, feliz, como si nada de lo que pasaba a su alrededor le importara. Justo cuando estaba por sentarme junto al agua, escuch¨¦ unos pasos en la distancia. Me puse en alerta de inmediato, y cuando volte¨¦, vi que se acercaban Tariq y Yume, su nueva mujer. El simple hecho de ver su cara me enfureci¨®, pero intent¨¦ mantener la calma. No era el momento para una confrontaci¨®n impulsiva. ?C¨®mo pod¨ªa haber abandonado a Anya y Tar¨²n? Cada vez que lo veo, me acuerdo de eso. "Hola, ni?o. ?T¨² eras el hijo de Rin?" Comenz¨® diciendo ¨¦l, obviamente yo no iba a hablarle hasta que ¨¦l lo hiciera. "Hola, s¨ª. Mi nombre es Luciano". "?Est¨¢s perdido? ?Por qu¨¦ est¨¢s solo?" Por detr¨¢s de ¨¦l se acerc¨® Yume, a la cual le pude ver de m¨¢s cerca las cicatrices esparcidas por todo su cuerpo. Al menos ahora ten¨ªa ropa hecha de pelaje de animal que le cubr¨ªa los pechos. De alguna forma, es bastante parecida a Anya, solo que algo m¨¢s joven. Tiene el cabello negro con un suave flequillo, ojos negros y un cuerpo delgado. Muy linda. "No estoy solo, vine con Mirella". No pasaron ni dos segundos de decir su nombre que apareci¨® sobre mi hombro, su vestido goteando sobre mi piel y sus pies descalzos mojados me tomaron por sorpresa. "?Hola! Yo soy Mirella y soy la mejor amiga de Luciano". "Ya te hab¨ªa visto... Eres diferente a todos los dem¨¢s. ?Qu¨¦ eres? ?Un animal?" "?Soy un hada!" Su tono fue m¨¢s fuerte que cuando se present¨®. Tariq desvi¨® su mirada hacia m¨ª. ?Me ver¨¢ como alguien raro? Tampoco es como si me importara lo que ¨¦l piense. "?Es la se?orita de la maginica que nombr¨® Tar¨²n!" Grit¨® Yume, dando un paso hacia delante. Hab¨ªa una ligera sonrisa en su rostro. Ay, Tar¨²n... Ya le dije mil veces que se dice magia. "?Maginica? Magia, querr¨¢s decir", respondi¨® Mirella. Yume se rio nerviosa, tal vez por sentirse corregida. Tariq la mir¨® de reojo, como si estuviera un poco irritado por su comportamiento, pero no dijo nada. Me dio la impresi¨®n de que su paciencia con ella no era mucha. "Da igual eso, Mirella. Es culpa de Tar¨²n por no aprenderse la palabra", acot¨¦. "Magia, s¨ª... eso", corrigi¨® Yume en voz baja, mientras daba un paso hacia atr¨¢s, como si quisiera mantener cierta distancia. Tariq no le prest¨® atenci¨®n. "No sab¨ªa que pod¨ªas controlar cosas as¨ª", me dijo con una media sonrisa, se?alando a Mirella con la cabeza. "Es interesante, ?c¨®mo lo haces? ?Por qu¨¦ alguien as¨ª te seguir¨ªa? ?D¨®nde la encontraste?" No me gustaba el tono de su voz. Parec¨ªa una mezcla de curiosidad y desd¨¦n, como si no estuviera del todo convencido de lo que estaba viendo, pero tampoco le daba mucha importancia. Mi irritaci¨®n hacia ¨¦l aumentaba por momentos. "Es una historia larga, y el tiempo es corto. ?Entiendes?". "Entiendo... No les haremos perder m¨¢s tiempo. Aseg¨²rense de conseguir comida. Por cierto, hace un rato vimos a tu familia, as¨ª que te deber¨ªas ir con ellos". "Claro. Gracias por la recomendaci¨®n", dije sarc¨¢sticamente. ¨¦l pas¨® a mi lado, siguiendo el camino del arroyo. Yume, que estaba jugueteando con uno de sus mechones negros, mir¨® de reojo a Mirella por unos segundos m¨¢s y luego sigui¨® el mismo camino que su pareja. Solo que yo la detuve a mitad de sus pasos, agarr¨¢ndola de la mano y tirone¨¢ndola un poco hacia abajo. "Tienes que beber de esa agua. Luego me lo agradecer¨¢s", susurr¨¦. Yume se qued¨® inm¨®vil por un momento, con una mirada desconcertada, antes de asentir lentamente. Me pregunt¨¦ si entend¨ªa realmente lo que le estaba ofreciendo, pero lo cierto era que no me importaba demasiado. Sab¨ªa que beber de ese arroyo le har¨ªa bien y curar¨ªa sus heridas. Mientras m¨¢s personas conozcan sus propiedades, mejorar¨¢ la calidad de vida de todos. Me qued¨¦ observando c¨®mo se alejaban hasta que desaparecieron de mi vista. Algo me dec¨ªa que Tariq iba a seguir caus¨¢ndonos problemas de una manera u otra. No era un tipo con el que se pudiera hablar tranquilamente y sus reacciones eran un poco raras. "Mirella, ?hoy aprendimos algo nuevo?" Pregunt¨¦, aunque ni siquiera yo sab¨ªa por qu¨¦ pregunt¨¦ algo tan est¨²pido. Tal vez solo quer¨ªa hablar de algo con ella para calmar mi molestia. "Bueno... ?Aprendimos que soy m¨¢s fuerte?" "Es que creciste, ya te lo dije". "?Otra vez con eso? ?No crec¨ª, Luciano!" Replic¨® Mirella, entre risas. Se sacudi¨® las gotitas de agua que a¨²n quedaban en su vestido y vol¨® alrededor de mi cabeza, agitando sus peque?as alas transparentes. "?Y si vamos del otro lado del arroyo?" "?El otro lado? ?Est¨¢s hablando del comienzo del arroyo?" "?S¨ª!" "Mejor otro d¨ªa, sino se nos hace tarde. Adem¨¢s, no quiero toparme con Tariq otra vez". "?Me lo prometes?" Pregunt¨® Mirella, juntando los brazos a partir de los codos y apretando los pu?os. "Mir¨¢, ten¨ªa pensado hacer una exploraci¨®n completa de este lugar junto a vos y Aya". "?Entonces vamos a ir a las llamas eternas!" ?Todav¨ªa se acordaba de eso? "Obvio, pero ser¨ªa cuando yo crezca un poco m¨¢s". Mirella, con sus ojos verdes resplandecientes y ese brillo casi infantil de emoci¨®n, se detuvo de repente frente a m¨ª, su diminuto cuerpo flotando a escasos cent¨ªmetros de mi rostro. "??En serio vamos a ir?! ?Luciano, eso es incre¨ªble!" Grit¨® emocionada, dando vueltas en el aire alrededor de mi cabeza. Parec¨ªa que no pod¨ªa contenerse, y la energ¨ªa que irradiaba era tan contagiosa que me hizo sonre¨ªr sin darme cuenta. "Bueno, s¨ª. Es algo que quiero hacer desde hace tiempo", dije, pero antes de que pudiera terminar la explicaci¨®n, ya estaba lanzando exclamaciones de alegr¨ªa. "?Voy a preparar todo! ?Podr¨ªamos ir ma?ana! ?O esta misma noche! ?O ahora mismo, si quieres!" Su voz chillona era casi un canto de felicidad, y me resultaba dif¨ªcil seguirle el ritmo mientras lanzaba propuestas sin parar. Volaba de un lado a otro, sus peque?as manos gesticulando con un frenes¨ª que parec¨ªa que iba a explotar. Comenc¨¦ a avanzar en direcci¨®n a nuestra cueva. "Vamos a ir cuando sea m¨¢s grande, ya te lo dije". "?No, no! ?Tenemos que ir! ?He estado esperando esto desde que lo mencion¨® Aya la primera vez!" Gritaba mientras me adelantaba en un r¨¢pido vuelo. "Aya va a estar de acuerdo, estoy segura. Ella siempre est¨¢ lista para cualquier cosa, ?no?" "Lo entiendo, Mirella", dije, suspirando mientras me rascaba la nuca. "Pero tenemos que pensar en las cosas. No podemos ir sin estar completamente preparados". "Entonces, lo prometes, ?verdad? Vamos a ir, solo que m¨¢s adelante". esta vez, su tono era m¨¢s suave, pero no menos firme. "S¨ª, lo prometo. Iremos a las llamas eternas y veremos si est¨¢ el rey demonio". Finalmente est¨¢bamos llegando a la cueva luego de hablar largo y tendido con Mirella. Tuve que responder todo con detenimiento, buscando la palabra exacta para cada situaci¨®n. "?Sab¨¦s? A veces me pregunto qu¨¦ pasar¨¢ cuando todos crezcamos", dijo con un tono serio mientras yo segu¨ªa rodeando la ligera colina que daba a la cueva. "No me refiero solo a ti, sino a m¨ª tambi¨¦n... ?crees que cambiar¨¢ algo entre nosotros?" No llegu¨¦ ni a responderle cuando la situaci¨®n frente a nosotros me descoloc¨®. Luc¨ªa estaba gateando por el suelo fuera de la cueva, movi¨¦ndose con una agilidad que no encajaba con su edad. S¨®lo tiene cinco meses, pens¨¦, viendo c¨®mo sus peque?as manos agarraban piedras y ramas, analiz¨¢ndolas con una inteligencia inquietante. Rundia, sentada cerca, la observaba con una sonrisa tranquila, como si todo estuviera perfectamente normal. Pero no lo estaba. Algo dentro de m¨ª me dec¨ªa que Luc¨ªa no deb¨ªa comportarse de esa manera. Ni siquiera yo fui tan descarado como para hacer eso a tan temprana edad. "?Luciano?" Me llam¨® Rundia, levantando la mirada hacia m¨ª cuando not¨® mi presencia. "?Mira, Luc¨ªa ya est¨¢ explorando el lugar! Es incre¨ªble c¨®mo crecen tan r¨¢pido, ?verdad? Te lo hab¨ªa dicho ayer". Simplemente le devolv¨ª una sonrisa. Rundia parec¨ªa encantada por lo que estaba sucediendo. No pod¨ªa culparla, es su hija despu¨¦s de todo. Pero ?realmente no notaba lo extra?o que era esto? Me acerqu¨¦ lentamente, intentando no mostrar demasiada preocupaci¨®n. Ella parec¨ªa saber lo que hac¨ªa, cada movimiento calculado, cada gesto preciso. Hab¨ªa algo en sus ojos. Esos ojos negros con esa peque?a pesta?a roja en el p¨¢rpado derecho¡­ era como si me estuvieran estudiando. ?Me estaba poniendo a prueba? ?Y si fue mandada para eso? ?Para que yo revele mi verdadera identidad? Mi arrodill¨¦ junto a ella mientras estaba sentada sobre la tierra. "Luc¨ªa es muy inteligente", grit¨¦, para que pudiera escuchar que todo estaba bien. "?Tar¨²n! ?Mirella ya volvi¨® y creo que te quiere contar algo!" Volv¨ª a gritar, intentando sacar a Mirella de la escena. Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s a su o¨ªdo. "?Vos me est¨¢s tomando el pelo a m¨ª?" La increp¨¦ en un susurro lo suficientemente bajo para que Mirella no escuchara. Ella gir¨® la cabeza, sus ojos fijos en m¨ª, como si estuviera evaluando cada palabra que sal¨ªa de mi boca. Su peque?a mano a¨²n sosten¨ªa una ramita, como si fuera una espada m¨¢gica, lista para cortar cualquier duda que yo pudiera tener. Desde detr¨¢s m¨ªo se escuchaban los pasos de Tar¨²n y unos murmullos a los que no puse atenci¨®n, pero Mirella ya se hab¨ªa ido. "?Est¨¢s entendiendo lo que te digo?" Insist¨ª, inclin¨¢ndome un poco m¨¢s cerca. "Ya voy a descubrir qui¨¦n sos. ?Me entendiste?" Me alej¨¦ un poco para verle a la cara. Ten¨ªa ganas de tocarle la pesta?a y ver qu¨¦ suced¨ªa, pero resist¨ª el impulso. Deb¨ªa hacerlo cuando tengamos un momento a solas. "Estoy dispuesto a llevar una buena relaci¨®n, el resto es tu decisi¨®n". Le levant¨¦ del suelo, dej¨¢ndola ah¨ª con su rama en la mano. No habl¨®, no murmur¨®, no hizo nada. Simplemente se hizo la distra¨ªda mientras yo lanzaba frase tras frase. ?Qu¨¦ le pasa? ?Sariah le habr¨¢ dicho que se quede callada respecto a ese tema? Maldici¨®n, no puedo culparla... Yo tampoco le dije a nadie sobre mi reencarnaci¨®n. Quiz¨¢s todav¨ªa no lo asumi¨® del todo. Cuando me di la vuelta, mam¨¢ estaba detr¨¢s m¨ªo. Solt¨¦ un gemido ahogado del susto. "?No es hermosa?" Pregunt¨®. "Claro... mam¨¢. Luc¨ªa ser¨¢ alguien incre¨ªble". Ella pas¨® de largo y se la llev¨® en brazos hacia dentro de la cueva. Mierda... es por eso que hasta ahora no pude averiguar mucho m¨¢s. Rundia est¨¢ todo el d¨ªa encima de ella. Est¨¢ siendo todo lo sobreprotectora que no fue conmigo. Ser¨¢ dif¨ªcil, al menos hasta que mi hermana crezca m¨¢s. Aunque a este paso en cualquier momento est¨¢ hablando y caminando. "Mirella me dijo que iban a ir a las llamas teternas", grit¨® Tar¨²n, que en alg¨²n momento se hab¨ªa puesto a mi lado. "Son las llamas eternas. Y no, todav¨ªa falta tiempo para eso", respond¨ª con una sonrisa a medias. Hizo un puchero, pero no contest¨® nada. Simplemente se fue con Mirella. *** Era de noche cuando me despert¨¦ de golpe, algo me estaba molestando. Una sensaci¨®n extra?a, como si algo estuviera fuera de lugar. Abr¨ª los ojos lentamente, y lo primero que vi fue a Luc¨ªa, gateando silenciosamente junto a mi costado. Mi respiraci¨®n se detuvo por un segundo. No era normal que ella estuviera despierta a esta hora, y mucho menos aqu¨ª, junto a m¨ª. Sus peque?os dedos se mov¨ªan con destreza, intentando abrir la bolsita de hojas que colgaba de mi cintura. La misma bolsita en la que estaba guardada la piedra m¨¢gica, esa que supuestamente conten¨ªa a la segunda criatura que a¨²n no hab¨ªa liberado. Me qued¨¦ observando, intentando procesar lo que estaba ocurriendo. ?Qu¨¦ estaba haciendo? ?C¨®mo sab¨ªa ella que eso estaba all¨ª? Me incorpor¨¦ r¨¢pidamente y la agarr¨¦ del brazo. "Luc¨ªa..." Comenc¨¦, susurrando fuertemente. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo aqu¨ª?" Ella se qued¨® mir¨¢ndome sin responder ni intentar zafarse. Ella ya ten¨ªa siete meses y se hab¨ªa estado comportando normalmente desde nuestro encontronazo. "Luciano, ?est¨¢ todo bien?" Escuch¨¦, era la voz de Samira, que estaba sentada al lado de su hermana dormida. Ellas siempre dorm¨ªan de nuestra parte de la cueva junto a Aya, del lado m¨¢s cercano a la entrada. No pod¨ªa alarmar a nadie, no sin saber con certeza qu¨¦ estaba pasando, y mucho menos a Samira, que es propensa a entrar en p¨¢nico con facilidad. Me gir¨¦ lentamente para no despertar a los dem¨¢s. "Todo bien, Samira", le respond¨ª en un susurro, forzando una sonrisa mientras arrastraba a Luc¨ªa cerca m¨ªo. "Parece que ella quer¨ªa pasar tiempo con su hermano mayor. Ya sab¨¦s c¨®mo es... muy inquieta". Samira asinti¨®, aunque en la penumbra no pod¨ªa ver bien su expresi¨®n. Me sent¨ª un poco aliviado cuando not¨¦ que se recostaba de nuevo junto a Suminia, pero no pod¨ªa quitarme la sensaci¨®n de encima. Algo dentro de m¨ª sab¨ªa que deb¨ªa ser m¨¢s cuidadoso. Luc¨ªa estaba creciendo demasiado r¨¢pido y estaba tomando la iniciativa en cosas que, para otros, tal vez podr¨ªan ser algo normal. Pero yo sab¨ªa lo que realmente estaba pasando. Lo descubrir¨¦. Cap铆tulo 23: Ambiciè´¸n. Me despert¨¦ apenas unas horas despu¨¦s del intento de robo por parte de Luc¨ªa. De hecho, todav¨ªa nadie se hab¨ªa despertado y fuera estaba una tenue luz del sol que ni siquiera se notaba del todo. Hab¨ªa estado tenso y alerta toda la noche por culpa de un beb¨¦ de siete meses, esa es la realidad. Encima esa ni?a era mi hermana. Dej¨¦ a Mirella bien recostada contra las hojas y me fui a apoyar contra el borde de la cueva. Hace rato no tengo un momento a solas, casi siempre est¨¢ Mirella revoloteando a mi lado y eso complica las cosas para intentar hablar con Luc¨ªa. ?Por qu¨¦ quer¨ªa robarme la piedra? ?Esa era mi piedra! ?Mi criatura m¨¢gica! Yo voy a juntar todas las part¨ªculas m¨¢gicas que se necesitan para liberar a lo que sea que est¨¢ dentro. Ella no tendr¨ªa por qu¨¦ entrometerse. Maldici¨®n... de alguna forma tengo que adelantar la exploraci¨®n que le promet¨ª a Mirella. No quiero perder la oportunidad de conseguir todas las piedras m¨¢gicas y ganarme otro favor de Sariah. Tal vez esa criatura ser¨ªa la clave para obtener m¨¢s poder, o para entender mejor las reglas de este mundo, y Luc¨ªa, de alguna manera... ?lo sab¨ªa? Mientras segu¨ªa apoyado contra el borde de la cueva, sent¨ª la brisa suave del amanecer rozar mi rostro. El aire estaba c¨¢lido, y en ese momento, a pesar del caos interno que llevaba por dentro, disfrut¨¦ del silencio. Era de esos momentos en los que, por un instante, todo parec¨ªa en calma, como si el mundo estuviera dormido y yo fuera el ¨²nico consciente de lo que estaba ocurriendo. De paso me fui comiendo una papaya. Una fruta tropical t¨ªpica de estas tierras c¨¢lidas. En mi vida anterior nunca la hab¨ªa probado, pero debo decir que no est¨¢ nada mal. Lo ¨²nico malo es que est¨¢ llena de semillas por dentro, y supongo que no son comestibles. Hablando de semillas, deber¨ªa ir plantando algo, ?no? O sea, no es como si tuvi¨¦ramos un terreno amplio y liso como para plantar un ¨¢rbol, pero tener cultivos es algo que deber¨ªamos tener en cuenta si es que queremos tener una mejor calidad de vida en el futuro. Hasta ahora conozco las papayas, las mandarinas y las na?as, las cuales yo mismo nombr¨¦ as¨ª. Esas frutas verdes y alargadas eran un manjar gelatinoso. ?Y si construimos una casa y aramos la tierra? Me apart¨¦ de la cueva y camin¨¦ un poco m¨¢s all¨¢, donde el arroyo flu¨ªa lentamente. El agua cristalina reflejaba las primeras luces del d¨ªa, y por un momento me detuve a observarla, intentando encontrar algo de paz en ese paisaje. Cont¨¦ los pasos, unos setecientos metros desde la entrada de nuestra cueva hasta el punto m¨¢s pr¨®ximo al agua. El sonido del agua me calm¨® lo suficiente como para pensar m¨¢s claramente. Primero, tengo que asegurarme de que Luc¨ªa no vuelva a intentar robarme la piedra. Eso es lo primordial. No puedo perder esa piedra. El siguiente paso ser¨ªa convencer a Mirella de que tenemos que esperar m¨¢s tiempo antes de ir al volc¨¢n. No quiero romper mi promesa, pero al mismo tiempo, necesito m¨¢s tiempo para planificar. Este mundo no es el mismo que la Tierra. Ac¨¢ cualquier paso en falso pod¨ªa costarme la vida o algo peor. Mir¨¦ a mi alrededor. Hab¨ªa suficiente madera como para hacer un asentamiento completo. Hasta ahora no hab¨ªa pensado en grande, solo en cosas que podr¨ªa ser ¨²tiles en el d¨ªa a d¨ªa, como los platos y cubiertos, los cuales... no volv¨ª a crear. Me siento un poco presionado por el tiempo, pero no en el sentido de que tengo poco, sino que va demasiado lento. Me gustar¨ªa saltar en el tiempo y ser alguien mayor, que pueda valerse por s¨ª mismo y no pensar en qu¨¦ dir¨¢n los dem¨¢s si empiezo a crear tantas cosas que nunca en su vida hab¨ªan visto. Quiero decir, apenas tengo unos seis a?os o menos. Tar¨²n tiene seis, as¨ª que yo debo estar uno o dos meses detr¨¢s. No ser¨ªa normal que alguien as¨ª tenga tanta capacidad mental. No hay ninguna excusa para poner ante ello, las preguntas iban a llegar y yo no iba a saber qu¨¦ responder. Eso es lo que me pasa con Luc¨ªa al verla apresurarse demasiado. "Est¨¢ bien, deber¨ªa empezar con lo peque?o e ir viendo cu¨¢l es el l¨ªmite", dije al aire, aunque solo me escuch¨® un pez que nadaba tranquilamente por el arroyo. ?Y si ¨¦l tambi¨¦n es un reencarnado? Pensamientos tontos aparte, me sent¨¦ en el suelo y comenc¨¦ a juntar varias piedras, molde¨¢ndolas a todas y creando un plato de piedra. Ten¨ªa un formato ultra sencillo, un c¨ªrculo un poco hondo y el borde circular por fuera. Parec¨ªa m¨¢s una bandeja peque?a que un plato. Camin¨¦ hacia el arroyo para lavarlo, ya que ten¨ªa la suciedad de las piedras del suelo. En ese momento el pececito apur¨® el paso. Cuando acerqu¨¦ el plato al agua, lo sumerg¨ª lentamente, sintiendo c¨®mo las corrientes suaves se llevaban el polvo y los restos de tierra. El ruido del arroyo era como una melod¨ªa repetitiva que poco a poco me calmaba. El plato estaba tomando un aspecto brillante y limpio, pero algo capt¨® mi atenci¨®n. All¨ª, justo debajo de la superficie del agua, algo reluc¨ªa con un brillo distinto al de las piedras comunes. Al principio pens¨¦ que solo era un reflejo de la luz del sol, pero mientras lo miraba m¨¢s de cerca, ese brillo se manten¨ªa, constante, casi insistente. "No puede ser¡­" Murmur¨¦. Dej¨¦ el plato a un lado y hund¨ª la mano en el agua, buscando entre las piedras y los guijarros hasta que lo encontr¨¦: un peque?o trozo de piedra con pintas amarillentas. Lo frot¨¦ con los dedos, limpiando el barro y, ah¨ª estaba de nuevo, un rastro dorado. Mi coraz¨®n dio un vuelco. ?Oro! No pod¨ªa ser otra cosa. Pero... ?qu¨¦ tan ¨²til ser¨ªa en este mundo? Aqu¨ª no hab¨ªa mercados, ni monedas como en la Tierra, pero algo me dec¨ªa que el oro ten¨ªa valor en cualquier parte del universo. Espera... yo soy el ni?o de oro. As¨ª es como me apodaron los hombres p¨¢jaros. ?Acaso ellos ya lo hab¨ªan descubierto? Nunca lo podr¨¦ saber... Volv¨ª a meter las manos en el agua, buscando m¨¢s. A medida que remov¨ªa el lecho del arroyo, encontr¨¦ dos peque?as motas m¨¢s, dispersas entre las piedras. La posibilidad de lo que esto pod¨ªa significar me invadi¨® la mente. Oro significaba poder, no solo en t¨¦rminos de riqueza, sino de lo que podr¨ªa construir con ¨¦l. El descubrimiento comenz¨® a despertar algo dentro de m¨ª, algo que hac¨ªa tiempo que no sent¨ªa tan intensamente: ambici¨®n. No por ser un tirano o un dictador, sino por lo que pod¨ªa construir, crear... cambiar. Este peque?o grupo, esta familia, pod¨ªa convertirse en algo mucho m¨¢s grande de lo que jam¨¢s imagin¨¦. "Y si... Y si..." Mis pensamientos empezaron a ir a mil por hora. ?Qu¨¦ tal si empezamos con una casa de verdad? Una estructura s¨®lida, con paredes, habitaciones, un lugar donde podamos estar c¨®modos y seguros. Luego podr¨ªamos expandir, traer a m¨¢s personas a vivir con nosotros, empezar a formar algo m¨¢s organizado. Con los conocimientos de mi vida pasada, podr¨ªa dirigirlos, ense?arles a construir herramientas m¨¢s avanzadas, a cultivar la tierra de manera eficiente, a usar el oro para prop¨®sitos que ni siquiera ellos imaginar¨ªan y yo tampoco. Si hay buenas cantidades, podr¨ªamos usar el oro para muchas cosas que tuvieran un valor especial. El oro era el mejor conductor de la electricidad... S¨ª, ya s¨¦ que ser¨ªa dif¨ªcil crear electricidad, pero si tenemos el oro en nuestro poder, podr¨ªamos empezar a intentarlo de alguna manera junto a otros reencarnados. Me vi a m¨ª mismo supervisando la construcci¨®n de una ciudad. No una simple aldea, sino un lugar con caminos, edificios, fuentes de agua, defensas m¨¢gicas... un lugar donde mi gente pudiera prosperar sin miedo. Donde pudiera aprovechar lo que sab¨ªa de la Tierra y aplicarlo en este nuevo mundo. Pero claro, todo eso era un sue?o lejano. Junt¨¦ las tres pepitas en una sola usando magia y la guard¨¦ en la bolsita que me quisieron arrebatar ayer. Ahora se sent¨ªa m¨¢s pesada al llevar dos piedras, pero no me importaba. Sent¨ª una presencia a mi espalda. Me gir¨¦ lentamente y vi a Aya, acerc¨¢ndose en silencio, como sol¨ªa hacer. Sus ojos anaranjados brillaban con la luz tenue del amanecer, y su silueta, aunque femenina y delicada, transmit¨ªa una fuerza imponente. ?Desde cu¨¢ndo habr¨¢ estado observ¨¢ndome? Era dif¨ªcil saberlo con ella. ¡°?Luciano?¡± Su voz, suave y controlada, rompi¨® el silencio. ¡°?Hace cu¨¢nto tiempo que est¨¢s aqu¨ª? ?Pasa algo?¡± "?C¨®mo me encontraste?" "Te encontr¨¦ por tu aroma", respondi¨® Aya mientras sus orejas se mov¨ªan sutilmente, atentas a los peque?os sonidos del entorno. No pod¨ªa evitar quedarme unos segundos mir¨¢ndola. Esa serenidad, esa presencia... siempre me intrigaba. En comparaci¨®n con todos los dem¨¢s, ella era un ser completamente distinto. "?Mi aroma?" Claro, despu¨¦s de todo, ten¨ªa rasgos felinos. "El tuyo es distinto, algo que nunca hab¨ªa sentido antes de conocerte... y eso siempre me ha facilitado encontrarte¡±. "Que yo recuerde, esta es de las primeras veces que salgo afuera solo desde que est¨¢s en mi grupo". Ella detuvo su movimiento de orejas por un momento. "Es una forma... de decir". "?Por qu¨¦ no me dijiste nada antes?" Pregunt¨¦, ahora realmente curioso por ver qu¨¦ contestaba, de alguna forma la hab¨ªa llevado a un territorio extra?o. Siempre hab¨ªa algo en ella que me hac¨ªa sentir que sab¨ªa m¨¢s cosas de lo que dejaba ver. "''?Es que tu olor es especial!" Empez¨® gritando, antes de respirar hondo y calmar su voz. "Se siente tan potente... tan poderoso... Y hace poco, cuando naci¨® tu hermana, sent¨ª como si se empezara a propagar mucho m¨¢s lejos de lo que llegaba antes". Mierda... eso coincide justamente con cuando Sariah alarg¨® mi pelo rojo y lo puso de una manera que hiciera parecer que ahora ten¨ªa dos iguales dispersos por mi larga cabellera. Ten¨ªa que embarrar el terreno o el que saldr¨ªa m¨¢s perjudicado de esta conversaci¨®n iba a ser yo. Me fui acercando hacia ella lentamente, pude notar que no quer¨ªa hacer contacto visual conmigo. "Tan poderoso, ?eh?" Dije mientras apoyaba una mano en su vientre, apenas traspas¨¢ndole una part¨ªcula m¨¢gica. ¡°?Qu¨¦ haces¡­?¡± Murmur¨®, aunque sin moverse ni apartar mi mano. "No te olvides de recargar tus part¨ªculas m¨¢gicas. ?Estuviste haciendo lo de la barrera doble?" "Ya puse dos... pero pensaba poner una tercera". "Una tercera barrera suena excesivo", respond¨ª, manteniendo mi toque. "Pero claro, vos siempre vas un paso m¨¢s all¨¢ cuando se trata de proteger a los dem¨¢s". No le di tiempo a responder cuando de repente tom¨¦ su mano derecha. "Vamos, volvamos a la cueva". Sent¨ª c¨®mo su cuerpo se tensaba ligeramente al principio, pero luego afloj¨®, dejando que su mano quedara en la m¨ªa. "S¨ª, volvamos". ?C¨®mo es que mi ''aroma'' pod¨ªa haber cambiado? ?Qu¨¦ tan ligado estaba esto con el cambio en mi apariencia? La verdad es que no me esperaba esta revelaci¨®n. Uh, me dej¨¦ el plato al borde del arroyo. No importa, ma?ana voy a volver para buscar m¨¢s oro. "Entonces, la tercera barrera..." Dije, interrumpiendo mis propios pensamientos. Quer¨ªa mantener la conversaci¨®n en temas m¨¢s terrenales por el momento. "Si pensabas en poner una m¨¢s, hacelo. Nunca est¨¢ de m¨¢s tener un poco m¨¢s de seguridad. Al menos mientras estamos en esta fase de calma que podr¨ªa ser temporal". Aya asinti¨® suavemente, sus ojos anaranjados todav¨ªa mirando hacia el camino frente a nosotros. No parec¨ªa sorprenderse de mi decisi¨®n, como si ya hubiera esperado que la apoyara. "Entendido, seguir¨¦ con eso entonces". Seguimos caminando, el ambiente entre nosotros volvi¨¦ndose m¨¢s relajado, aunque el peso de lo que hab¨ªamos discutido a¨²n colgaba en el aire. Aya me hab¨ªa revelado algo importante: mi esencia misma hab¨ªa cambiado de una forma que ella, con sus sentidos agudizados, pod¨ªa percibir. "He estado pensando, Aya", dije de repente, sin mirarla. "?Te gustar¨ªa ir a las llamas eternas? Las que vos nos nombraste". "Las llamas eternas", repiti¨® lentamente. "All¨ª se supone que est¨¢ el rey demonio. No deber¨ªamos pisar su territorio". "Pero Mirella y yo estamos locos y vamos a ir en alg¨²n momento". "?Por qu¨¦ ir¨ªan a un lugar as¨ª?" Pregunt¨®, aunque sab¨ªa que su pregunta era m¨¢s ret¨®rica que otra cosa. "Curiosidad, supongo", respond¨ª, encogi¨¦ndome de hombros, tratando de sonar casual. Stolen novel; please report."Adem¨¢s, si hay algo que aprender o alguien a quien enfrentar all¨ª, prefiero ser yo el que lo haga primero. Prefiero no esperar a que el caos llegue hasta nosotros. ?Qu¨¦ pasar¨ªa si de repente el rey demonio quiere venir y encerrar nuestras almas? Me parece que deber¨ªamos actuar primero". Aya frunci¨® el ce?o, claramente no satisfecha con mi respuesta. Pero, en lugar de discutir, opt¨® por permanecer en silencio, evaluando lo que acababa de decir. Eso era t¨ªpico de ella, siempre sopesando los riesgos antes de tomar una decisi¨®n. La mir¨¦ de reojo, notando la preocupaci¨®n genuina en su rostro. No quer¨ªa que se preocupara por m¨ª, pero sab¨ªa que no pod¨ªa evitarlo. Yo era su l¨ªder, pero tambi¨¦n su amigo. "No te preocupes, todav¨ªa falta mucho para eso". "Si insistes en ir, no podr¨¦ detenerte", respondi¨®, su tono m¨¢s resignado que de costumbre. "La idea es que vos tambi¨¦n nos acompa?es", dije, justo cuando ya hab¨ªamos llegado a nuestra cueva. Ah¨ª termin¨® la conversaci¨®n. La cueva estaba llena de los murmullos t¨ªpicos de las ma?anas. Ya estaban todos despiertos. "?Oye! ??Por qu¨¦ me dejaste durmiendo sola!?" La voz era de Mirella, pero no logr¨¦ encontrarla hasta que mir¨¦ hacia abajo. Estaba parada sobre el suelo y con los brazos cruzados. "?No pod¨ªas volar hasta aqu¨ª?" Pregunt¨¦, m¨¢s curioso que otra cosa, aunque la respuesta era obvia. Mirella siempre volaba por todos lados; verla caminando me parec¨ªa extra?o. "Claro que puedo volar... solo que no me da la gana ahora mismo, ?s¨ª?" Su tono era desafiante, pero esa respuesta no me convenc¨ªa. Me mov¨ª hacia el centro de la cueva sin contestarle, pasando un pie por cada lado de ella. Rundia estaba terminando de amamantar a Luc¨ªa mientras Rin le ofrec¨ªa una parte de su pescado. Samira y Suminia estaban ocupadas, organizando algunas pieles que pap¨¢ prepar¨® hace unos d¨ªas, y Tar¨²n, como siempre, estaba correteando por todos lados con una energ¨ªa inagotable jugando con su madre. "Luciano, ?a d¨®nde te fuiste tan temprano?" Pregunt¨® pap¨¢ al verme entrar. Su tono era relajado, pero hab¨ªa una ligera preocupaci¨®n en sus ojos. "Es que quer¨ªa pensar en algunas cosas". "Ya sabes que siempre debes salir acompa?ado. Ya te lo hab¨ªamos dicho, ?recuerdas?" Me acerc¨® una papaya entre sus manos. "Perd¨®n, pap¨¢. No lo volver¨¦ a hacer. Por cierto, ya com¨ª. Gracias igual". De pronto, mam¨¢ intervino. "Vamos, amor. No te preocupes tanto, ahora el lugar es m¨¢s seguro". "S¨ª, ya s¨¦ que es un poco m¨¢s seguro que antes, pero ya sabes que pueden aparecer animales peligrosos en cualquier momento". "Entonces ir¨¦ acompa?ado de Mirella. No se preocupen, fue un descuido m¨ªo". "Est¨¢ bien, Luciano", dijo pap¨¢, apoyando una mano sobre mi cabeza, aunque estaba un poco sucia. Me devolv¨ª a mi lugar de siempre, en donde est¨¢n las enormes hojas para recostarme. A los segundos apareci¨® Mirella dando esos saltitos como si estuviera caminando, pero en realidad parec¨ªa retar las leyes de la gravedad La observ¨¦ con m¨¢s detenimiento. Su vestido celeste, el mismo con el que hab¨ªa sido creada, parec¨ªa estar un poco ajustado, sobre todo en el torso, aunque bueno, era la ¨²nica parte que se pod¨ªa notar que era peque?o. De repente, todo cobr¨® sentido. El agua m¨¢gica que tanto negaba que la hiciera crecer... probablemente estaba actuando en su cuerpo de maneras que ella a¨²n no hab¨ªa aceptado. Ella siempre hab¨ªa dicho que no crec¨ªa por m¨¢s que bebiera del agua, pero ahora las se?ales eran claras. Ya hab¨ªan pasado dos meses desde que not¨¦ cambios en su cuerpo. "?Est¨¢s bien con ese vestido? Parece un poco¡­ apretado", solt¨¦ antes de que llegara, probando suerte para ver c¨®mo reaccionaba. Sab¨ªa que a Mirella no le gustaba que le se?alaran algo que la hiciera sentir inc¨®moda, pero no pod¨ªa evitar preocuparme. Ella abri¨® los ojos como platos, claramente sorprendida de que lo hubiera notado. Luego se cruz¨® de brazos de nuevo, intentando ponerse seria. "?No est¨¢ apretado! Solo... bueno, tal vez un poquito, pero eso no tiene nada que ver con mi crecimiento, ?s¨ª?" Intent¨¦ no re¨ªrme, pero su terquedad me resultaba entra?able. "Claro, claro. No es que est¨¦s creciendo ni nada de eso", le dije con tono despreocupado, intentando no presionarla m¨¢s. Sab¨ªa que, en alg¨²n punto, iba a tener que admitirlo por s¨ª misma. Aya, que estaba callada durante toda la escena, simplemente observaba de reojo desde la entrada a la cueva. Sus orejas se mov¨ªan ligeramente, y aunque no dec¨ªa nada, yo sab¨ªa que estaba disfrutando de la peque?a discusi¨®n. Ella era buena para mantenerse neutral, pero esos peque?os detalles siempre la delataban. "?Por supuesto que no estoy creciendo!" Replic¨® Mirella, como si quisiera asegurarse de que su punto quedara claro. "El agua m¨¢gica no tiene ese efecto en m¨ª... lo he dicho muchas veces". "?Cu¨¢ndo mencion¨¦ al agua m¨¢gica yo?" Re¨ª ligeramente. "Vas a tener que admitirlo de una vez". De pronto Tar¨²n apareci¨® corriendo de repente. "?Mirella est¨¢ creciendo!" Grit¨®, como para que se enteraran todos. Mirella, sin prestarle atenci¨®n a Tar¨²n, me fulmin¨® con la mirada. Sus peque?as manos apretadas en pu?os mientras su rostro se pon¨ªa rojo. "?C¨¢llate, enano!" Grit¨®, aunque no con verdadero enfado. Mierda, nunca pens¨¦ que alguien se animar¨ªa a decirme la verdad en la cara. Es cierto que yo era un poco enano. "?Es verdad, te est¨¢s haciendo m¨¢s grande!" Insisti¨® Tar¨²n, dando vueltas alrededor de ella con una risa traviesa. En ese momento, escuch¨¦ a Samira acercarse, atra¨ªda por los gritos de Tar¨²n. La ni?a siempre parec¨ªa estar al tanto de lo que ocurr¨ªa alrededor de Mirella. Junto a Tar¨²n, eran los m¨¢s interesados en ella. "?De qu¨¦ hablan? ?Mirella est¨¢ creciendo?" Pregunt¨®, inclinando la cabeza ligeramente, con ese tono inocente. "?No, no lo estoy! ?Solo es que este vestido se encoge!" "Bueno, tal vez sea mejor que te hagas un nuevo vestido si este no te queda bien", sugiri¨® Samira con su usual tono pr¨¢ctico. "Aqu¨ª tenemos m¨¢s pieles, ?quieres que le pida a Rin que te haga uno?" Mirella neg¨® r¨¢pidamente con la cabeza. "?No! Estoy bien con este. Adem¨¢s, no necesito uno nuevo... a¨²n". Samira asinti¨® con una sonrisa, pareciendo satisfecha con su contribuci¨®n. Mientras tanto, Tar¨²n caminaba dando vueltas a su alrededor y haci¨¦ndola molestar m¨¢s. Obviamente, yo no iba a permitir que Mirella vistiera algo de pieles teniendo semejante vestido que le quedaba hermoso. Voy a intentar usar mi magia. Claro, si ella se deja. No pas¨® ni medio d¨ªa que se acerc¨® a m¨ª con cara de perrito mojado. ?Se habr¨¢ cansado de no poder volar por culpa de su incomodidad? "Luciano..." Comenz¨® diciendo. "Bueno... Me preguntaba si t¨² podr¨ªas usar tu magia para¡­ bueno, arreglar un poquito el vestido". "As¨ª que al final lo admitiste", coment¨¦, tratando de mantener mi tono casual, pero no pude evitar una peque?a sonrisa. "?No lo admito! Solo¡­ es que no puedo volar bien cuando est¨¢ tan ajustado", se apresur¨® a decir, agitando las manos como si quisiera borrar lo que acababa de decir. "Ver¨¦ qu¨¦ puedo hacer", dije y apoy¨¦ la palma de la mano sobre ella. Si intentaba simplemente agrandarla, tal vez no se desgarrar¨ªa inmediatamente, pero no pod¨ªa garantizar que resistiera mucho tiempo. Podr¨ªa debilitarse en las costuras, o incluso romperse en alg¨²n momento cr¨ªtico. Por otro lado, no quer¨ªa ver a Mirella sufriendo m¨¢s por ese asunto. Sent¨ª las part¨ªculas m¨¢gicas fluir alrededor de mis dedos, conect¨¢ndose con la tela de Mirella. La sensaci¨®n era extra?a, como si la tela misma se resistiera al principio, pero luego, al seguir fluyendo las part¨ªculas, comenz¨® a ceder. No era como trabajar con pieles o fibras normales. Era como si el material entendiera lo que estaba haciendo y ajustara sus propiedades para adaptarse. A medida que aplicaba la magia, pod¨ªa notar c¨®mo las fibras se alargaban, pero en lugar de estirarse de forma com¨²n, parec¨ªan tensarse, como si estuvieran absorbiendo parte de mi magia para reforzarse. Estaba claro que algo raro estaba pasando, no era como si estuviera reubicando los ¨¢tomos para alargar el material, si no que era m¨¢s como si los propios ¨¢tomos se estuvieran multiplicando al absorber mi magia y terminar respondiendo a mi pedido. Para entenderlo mejor, en t¨¦rminos de f¨ªsica, cuando un material se estira, lo hace normalmente a trav¨¦s de un cambio en la longitud de los enlaces entre los ¨¢tomos. Un material el¨¢stico tiende a regresar a su forma original al cesar las fuerzas, mientras que uno pl¨¢stico se deforma permanentemente. Entonces, ?qu¨¦ diablos era este vestido? Solo hab¨ªa una explicaci¨®n: el poder divino de Sariah. Mirella, quien hab¨ªa estado observando en silencio todo el proceso, se mir¨® a s¨ª misma una vez que termin¨¦. Dio un par de giros en el aire, aparentemente complacida con el resultado. "?Est¨¢ perfecto! ?Gracias!" Se subi¨® a mi hombro y me abraz¨® por el cuello. En ese momento sent¨ª que era verdad, Mirella estaba creciendo f¨ªsicamente. "?El anillo te aprieta tambi¨¦n?" Pregunt¨¦. "Solo un poquito... pero no quiero que lo toques por ahora". "Est¨¢ bien". *** Ha pasado poco m¨¢s de un mes desde que retoqu¨¦ el vestido de Mirella, despu¨¦s de ese momento, le hice prometer que no tomar¨ªa agua m¨¢gica hasta que yo le dijera. Hasta ahora no hay signos de crecimiento alguno. La teor¨ªa se va confirmando de a poco. Sobre el tema del oro, hasta ahora no pude volver a recoger m¨¢s. Tengo pensado hacerlo cuando comience la fase en la que Mirella comience a tomar agua del arroyo de nuevo. Ah¨ª me har¨¦ el tonto y conseguir¨¦ m¨¢s. Tambi¨¦n todos se dieron cuenta sobre el tema de mi falta de u?as por culpa de Tar¨²n. Tuve que poner la misma excusa, que las hab¨ªa perdido de alguna manera misteriosa durante la batalla contra los hombres p¨¢jaro. Todo lo anterior dicho era peque?o ante el acontecimiento de hoy, ya que Luc¨ªa comenz¨® a caminar de manera casi perfecta. ?Y apenas ayer cumpli¨® los nueve meses! Aunque todos celebraron como si fuera un evento normal, no pod¨ªa dejar de pensar que hay algo m¨¢s detr¨¢s de esto. Esta fue la gota que colm¨® el vaso, debo actuar, y ya. Ahora mismo solo est¨¢bamos Mirella, mi mam¨¢, mi hermana y yo en la cueva. Los dem¨¢s estaban fuera y a Tar¨²n lo vino a buscar Tariq. "Mam¨¢, ?puedo salir un rato con Luc¨ªa al agua? En donde siempre nos ba?amos. Yo podr¨ªa ayudarle a seguir caminando y ese lugar es bastante espacioso". De alguna forma, en ese momento pens¨¦ que ella no sabr¨ªa que se llamaba playa. Rundia levant¨® la vista, suspirando ligeramente mientras sonre¨ªa. "Hijo, no tienes que ped¨ªrmelo. Sabes que conf¨ªo en ti, y ese lugar siempre ha sido seguro y me encanta. Solo ten cuidado, ?s¨ª? Y cuida bien de tu hermana. No quiero accidentes, aunque s¨¦ que eres responsable", a?adi¨®, su tono protector, pero tambi¨¦n relajado. "Gracias, mam¨¢. No tardaremos mucho, lo prometo. Es solo un peque?o paseo", dije mientras tomaba la mano de Luc¨ªa, que estaba parada apoyada contra sus piernas. Era peque?a, pero cada d¨ªa hac¨ªa notar m¨¢s su independencia. Me dirig¨ª hacia la salida de la cueva, pero me di cuenta de algo... no estaba solo. Mirella estaba flotando cerca. Obviamente, hab¨ªa que sortear el segundo, y m¨¢s dif¨ªcil, problema. "Oye, Mirella", comenc¨¦ con un tono lo m¨¢s casual posible. "Voy a llevar a Luc¨ªa afuera, pero necesito que te quedes aqu¨ª esta vez. Quiero... bueno, quiero que ella tenga algo de tiempo conmigo a solas". Esper¨¦ por su reacci¨®n, pero, en el fondo, sab¨ªa que esto no iba a salir bien. Mirella, que hasta entonces hab¨ªa mantenido una sonrisa tranquila, dej¨® caer su expresi¨®n. Sus peque?as manos se apretaron ligeramente, y su ce?o se frunci¨® de una manera que ya hab¨ªa visto antes. "?Qu¨¦? ?Quieres que me quede aqu¨ª? ?Sola?" Exclam¨®, volando un poco m¨¢s cerca de m¨ª, cruzando los brazos en el aire. "No s¨¦ por qu¨¦ te empe?as en dejarme fuera cuando sabes que puedo ayudarte a cuidar a Luc¨ªa. Y ahora me pides que me quede. No tiene sentido". Sab¨ªa que, para ella, quedarse atr¨¢s era como un castigo, pero tambi¨¦n era justo lo que necesitaba. "Mirella, no es que no quiera que vengas. Es solo que Luc¨ªa y yo necesitamos este tiempo juntos, como hermanos. No siempre vamos a poder estar todos juntos, ?entiendes?" Ella resopl¨®, y por un momento pens¨¦ que iba a aceptar, pero entonces su mirada se suaviz¨®, cambiando de la molestia a una expresi¨®n m¨¢s herida. Sab¨ªa lo que ven¨ªa ahora. "Luciano... Yo tambi¨¦n quiero pasar tiempo contigo. No tienes idea de lo sola que me siento cuando no estoy cerca de ti. Sabes que te proteger¨¦, y... no puedo evitar sentir que me est¨¢s dejando de lado". Ay, dios... esta chica no puede ser m¨¢s exagerada para estas cosas. ?Solo iban a ser unos minutos! "?Por qu¨¦ no te quedas conmigo, Mirella? Podr¨ªas contarme sobre tus aventuras con Luciano", irrumpi¨® Rundia. Mirella rezong¨®, pero termin¨® cediendo sin decir una palabra. Su ¨²ltima mirada hacia m¨ª fue letal. Por suerte, mam¨¢ me hab¨ªa salvado. Por un lado, era lo que necesitaba en este momento, pero por el otro, no sab¨ªa qu¨¦ tanto pod¨ªa abrir la boca Mirella, m¨¢s sabiendo que se qued¨® muy enojada. Tom¨¦ la mano de Luc¨ªa y salimos r¨¢pidamente de la cueva, antes de que Mirella cambiara de opini¨®n o decidiera lanzar alguna r¨¦plica mordaz. El sol estaba comenzando a bajar, ti?endo todo de un tono dorado suave, perfecto para el peque?o paseo que hab¨ªa planeado. Mientras caminaba hacia la playa, not¨¦ que Luc¨ªa estaba sorprendentemente estable en sus pasos. Lo m¨¢s seguro era que, para cuando volvi¨¦ramos, ya estar¨ªan todos de vuelta en la cueva. Me agach¨¦ un poco para ponerme a su altura. "Vas bien, peque?a", le dije en un tono cari?oso mientras la guiaba por entre los ¨¢rboles. La distancia entre la cueva y el oc¨¦ano es de aproximadamente doscientos metros. Me acuerdo que, al principio de mi nueva vida, me parec¨ªa que est¨¢bamos demasiado cerca del agua, lo que podr¨ªa ser peligroso. Luego empec¨¦ a darme cuenta de que las aguas son super tranquilas, as¨ª que ahora hasta pienso que hacer una casa sobre la costa no ser¨ªa una mala idea. Bueno, tampoco es como si fu¨¦ramos a hacer una casa en un ¨¢rbol, no hay mucho espacio para elegir. Fui mirando hacia los costados y detr¨¢s nuestro, por suerte nadie nos segu¨ªa. Yo intent¨¦ no hablar, por si las dudas de que tuvi¨¦ramos a alguien cerca. Adem¨¢s, no sab¨ªa qu¨¦ decirle en este momento, porque no iba a responder nada. Finalmente sobrepasamos los ¨²ltimos ¨¢rboles y nuestros pies comenzaron a tocar la c¨¢lida arena mientras ten¨ªa que entrecerrar los ojos ante la fuerte luz del sol, el cual no se estaba poniendo como yo pensaba. Ser¨ªan como las siete de la tarde, por as¨ª decirlo. "Est¨¢ buena la vista, ?no?" Solt¨¦ al aire, al mismo tiempo que le solt¨¦ la mano. Ella ni siquiera me mir¨®, y se fue corriendo hacia delante. Su destreza era incre¨ªble para su corta edad, pero claro, eso no ser¨ªa un problema para un reencarnado. Mientras la segu¨ªa, fui tomando algo de arena entre mis manos, permitiendo que se escapara entre mis dedos, dejando fluir mis pensamientos. Me puse a pensar: ?la arena ser¨ªa un buen material para crear algo con mi magia? Ser¨ªa complicado unir tantos granos para crear algo bueno, y realmente no creo que se compacte lo suficiente como para que resista a los impactos, se desgranar¨ªa. S¨¦ que la mayor parte de la composici¨®n de la arena es el di¨®xido de silicio, por lo que para hacer algo ¨²til, deber¨ªa calentarla a gran temperatura y enfriarla r¨¢pidamente. As¨ª se hace el vidrio. B¨¢sicamente, imposible. No tenemos magia de fuego. Luc¨ªa se acerc¨® al agua, chapoteando con sus peque?os pies en la orilla. Se re¨ªa con una dulzura que me hac¨ªa olvidar por un momento mis preocupaciones. Me acerqu¨¦ y me sent¨¦ en la arena, observ¨¢ndola jugar. Pens¨¦ en Sariah, en c¨®mo ella controlaba todo desde las sombras. ?Acaso podr¨ªa haber hecho coincidir el nacimiento de Luc¨ªa con una reencarnaci¨®n de otro humano? ?La pesta?a roja de Luc¨ªa ser¨ªa como mi pelo rojo? Me sent¨¦ en la arena por unos minutos, intentando observar sus movimientos m¨¢s a detalle. Se notaba que ella intentaba ir a lo suyo e ignorarme. "Luc¨ªa, ?podr¨ªas venir un momento y sentarte a mi derecha?" Ella se detuvo y se gir¨® hacia m¨ª. Despu¨¦s de mirarme por un momento, se arrodill¨® sobre el mismo lugar en el que estaba, tocando la arena h¨²meda con sus manos. Ante mi intento fallido de que hiciera caso a algo que no deber¨ªa entender, me acerqu¨¦ a ella y vi que estaba marcando su peque?a mano en el suelo. "Luc¨ªa, tenemos que hablar. En serio lo digo". Ella segu¨ªa sin responder y mi mente volv¨ªa una y otra vez a las teor¨ªas que hab¨ªa desarrollado en los ¨²ltimos meses. Tal vez todo era parte de algo m¨¢s grande, algo que yo a¨²n no alcanzaba a comprender del todo. ¡°Luc¨ªa¡­¡± Insist¨ª, esta vez alzando un poco la voz. "Te lo digo en serio, tenemos que hablar. S¨¦ que pod¨¦s entenderme, aunque no lo demuestres". Me sent¨ª un poco rid¨ªculo al decirlo. Sin embargo, no pod¨ªa dejar que mi duda me detuviera. Algo en el fondo de mi ser me dec¨ªa que ten¨ªa que seguir adelante, insistir hasta obtener una respuesta, por m¨¢s peque?a que fuera. "Te voy a hacer una pregunta... ?Conoc¨¦s a la mujer de rojo?" Estaba decidido, hoy iba a hacerla confesar. No me importaba si eso tra¨ªa consigo revelar mi verdadera identidad por primera vez. Cap铆tulo 24: La ni?a de oro. Todav¨ªa segu¨ªamos junto a Luc¨ªa en la playa y yo segu¨ªa insistiendo con mis preguntas. Mencion¨¦ impl¨ªcitamente a Sariah, llam¨¢ndola ''la mujer de rojo'', estaba claro que era suficiente para que ella supiera a qui¨¦n me refer¨ªa. Ni se inmut¨® frente a mis palabras. Hasta se dio el lujo de seguir mir¨¢ndome fijamente. Inclin¨¦ el cuerpo hacia delante, apoyando las manos sobre mis rodillas y la mir¨¦ fijamente. Sus ojos eran bien negros, su cabello de color casta?o, pero no el mismo casta?o claro que el m¨ªo, sino que m¨¢s oscuro, como el de Rundia. Su piel era blanca, como la de toda nuestra familia. Y claro, en el medio de su p¨¢rpado derecho estaba esa maldita pesta?a roja que hab¨ªa sido una molestia desde que la descubr¨ª aquella vez junto al arroyo. Me enderec¨¦ y puse las manos sobre mi cintura, caminando con la misma postura de un lado a otro, un pie pasando por la arena h¨²meda y el otro por la seca, de vez en cuando la miraba de reojo y ve¨ªa que ella observaba cada uno de mis movimientos. Hora de pensar... ?Sigo insistiendo con palabras o doy un paso m¨¢s y hago contacto con su pesta?a? Supongamos que no termina siendo una reencarnada, lo que ser¨ªa absurdamente extra?o, pero bueno, pensemos en esa posibilidad. Si yo llegase a confesarle que vengo de otro mundo y todo eso, ella no llegar¨ªa a entender nada. Tampoco lo recordar¨ªa, ya que es una beb¨¦. As¨ª que con eso no hay problema, puedo hablar libremente. Ahora, si realmente mis dudas son ciertas y esta ni?a es una reencarnada como yo, hay varias posibilidades. El mejor escenario ser¨ªa que Sariah tambi¨¦n la haya mandado con mi mismo prop¨®sito y ella haya aceptado, por lo tanto, ella mantendr¨ªa sus recuerdos, de ah¨ª eso derivar¨ªa en que Luc¨ªa terminar¨ªa siendo mi mejor aliada. Segundo escenario, y el m¨¢s absurdo, ser¨ªa que Luc¨ªa haya decidido mantener sus recuerdos, pero no venga con el mismo objetivo que yo y, de alguna manera, nuestros intereses terminen chocando, acabando en una rivalidad entre los dos. Esto est¨¢ casi descartado, ya que no creo que Sariah haya decidido hacer eso, m¨¢s sabiendo que puede leer todos sus pensamientos. Lo ¨²ltimo que se me ocurre es que Luc¨ªa haya decidido no mantener sus recuerdos, pero por alguna raz¨®n, Sariah le haya implantado alg¨²n poder a trav¨¦s de esa pesta?a roja. Mierda, de pronto ella se levant¨®. "Luc¨ªa, ?todo bien?" Pregunt¨¦, pero ya era demasiado tarde para hablar. Ella empez¨® a correr en direcci¨®n a nuestra cueva. R¨¢pidamente, corr¨ª hacia ella. Me pareci¨® raro que intentara escapar, porque claramente no me fue muy dif¨ªcil alcanzarla. Me agach¨¦, tom¨¢ndola del brazo y, en el momento que gir¨® su cabeza hacia m¨ª, not¨¦ que su semblante no era el mismo que el de hace unos minutos. Se ve¨ªa m¨¢s seria. En un movimiento r¨¢pido, ella me tom¨® del pelo, tirone¨¢ndome levemente la cabeza hacia ella. No s¨¦ por qu¨¦, pero no pude hacer nada frente a sus acciones, ni siquiera dije una palabra. Simplemente me dej¨¦ llevar y esperar a ver qu¨¦ es lo que quer¨ªa hacer Ella desliz¨® su mano sobre mi cabeza y al instante lo sent¨ª m¨¢s fuerte que nunca, era esa maldita electricidad que recorr¨ªa mi cuerpo al momento de que alguien hac¨ªa contacto con alguno de mis dos pelos rojos. "Hyaaahhh", mi voz sali¨® como un gemido. De hecho, era la primera vez que liberaba el grito contenido cuando esto suced¨ªa. Desde que Sariah lo implant¨®, cada vez que alguien lo tocaba, sent¨ªa como si me atravesara una corriente, incapacit¨¢ndome por unos segundos. Era como si me robara la voluntad, mi capacidad de reaccionar. El dolor muscular se expand¨ªa desde mi cuello hacia abajo, endureciendo los hombros, tensando la espalda. Sent¨ªa que no pod¨ªa moverme, cada fibra de mi cuerpo se paralizaba. Ella se apart¨® r¨¢pidamente de m¨ª, cayendo sentada sobre la arena. No s¨¦ si realmente ella tambi¨¦n habr¨¢ sentido algo, pero se notaba que se asust¨® de verdad. De un momento a otro, la corriente el¨¦ctrica se disip¨®, y aunque el dolor segu¨ªa presente en mis m¨²sculos, la tensi¨®n comenz¨® a desvanecerse. Sent¨ª mis piernas temblar levemente, tratando de estabilizarse, mientras mi respiraci¨®n se aceleraba, intentando recuperar el control. Me arrodill¨¦ en la arena, jadeando, tratando de comprender qu¨¦ demonios acababa de pasar. "?Sos consciente de lo que acab¨¢s de hacer, Luc¨ªa?" Pregunt¨¦, mir¨¢ndola con la cabeza gacha. "?Qu¨¦ quer¨¦s demostrarme con esto?" Todav¨ªa no hab¨ªa perdido la paciencia, hasta dir¨ªa que estaba demasiado sereno para lo que acababa de ocurrir. Claramente asustar a un beb¨¦ no iba a ser la mejor manera de proceder. La tom¨¦ por las axilas y la volv¨ª a poner sobre la costa, justo en el mismo lugar donde est¨¢bamos antes. Ella se resisti¨® levemente mientras la transportaba, pero no fue para tanto. Me sent¨¦ al frente de ella con las piernas cruzadas. "Vamos, ya no pod¨¦s ocultarlo m¨¢s. ?O acaso pens¨¢s que pod¨¦s hacerlo pasar por una coincidencia?" "Te lo vuelvo a preguntar, ?conoc¨¦s a la mujer de rojo?" Me qued¨¦ un momento en silencio, esperando. El sonido de las olas rompiendo en la orilla llenaba el aire, y el viento jugaba con los mechones de mi cabello mientras observaba a Luc¨ªa. Su expresi¨®n segu¨ªa siendo la misma, impasible, con esos ojos oscuros que parec¨ªan perforar todo lo que miraban, sin decir una sola palabra. "Su nombre es Sariah". Sin respuesta. Esto empezaba a parecerse a un interrogatorio. Volv¨ª a mirarla, esta vez con m¨¢s intensidad. "Luc¨ªa, no puedo seguir ignorando lo que pasa. Esto no es normal, ni casual. S¨¦ que hay algo m¨¢s. Esa pesta?a, lo que acaba de pasar¡­ no te pod¨¦s quedar callada. Al menos dame una se?al, una palabra, algo". Ella segu¨ªa sin moverse, como una estatua, sus ojos fijos en los m¨ªos, pero no hab¨ªa emoci¨®n aparente en su mirada. Parec¨ªa distante, como si estuviera en otro lugar, lejos de m¨ª. La paciencia iba a ir acab¨¢ndose poco a poco, pero no quer¨ªa asustarla. "?Sab¨¦s lo que me pasa cada vez que alguien toca mi cabello?" Pregunt¨¦, se?alando el largo cabello que ca¨ªa sobre los costados de mi cara. "No es una simple reacci¨®n f¨ªsica. Cada vez que lo hacen por primera vez, siento una especie de descarga, como si me estuvieran drenando¡­ como si algo dentro de m¨ª se estuviera debilitando", baj¨¦ la voz, pero segu¨ªa con la mirada fija en ella. "?Quieres que te haga sentir la misma sensaci¨®n?" Por primera vez, Luc¨ªa movi¨® la cabeza, apenas un cent¨ªmetro, pero fue suficiente para que me quedara congelado. Su mirada segu¨ªa fija en m¨ª, pero ahora parec¨ªa m¨¢s atenta, m¨¢s alerta. El silencio se alarg¨® m¨¢s. Ella no respond¨ªa, pero esa leve reacci¨®n me dec¨ªa que estaba m¨¢s cerca de una respuesta de lo que pensaba. No iba a dejarla escapar esta vez. Me hice para delante, arrodill¨¢ndome sobre el suelo y estirando mi mano hacia ella. ?Estaba haciendo lo correcto? ?Estaba llevando esto demasiado lejos? Quiz¨¢ Luc¨ªa no era la persona que yo cre¨ªa que era. Ya no hay vuelta atr¨¢s. Intent¨® apartar su cabeza, pero logr¨¦ sostenerle la cara y posar la palma de mi mano sobre su ojo derecho, finalmente tocando su conexi¨®n con la diosa. Su cuerpo se estremeci¨® ligeramente. Claro, yo deb¨ªa de ser el primero que tocaba esa pesta?a. El dolor iba a ir aumentando a medida que m¨¢s personas lo tocaran por primera vez. Me devolv¨ª a mi posici¨®n inicial antes de seguir hablando. "Sab¨¦s lo que significa esto, ?no? Ahora solo tengo que pedirle a ella que me cuente sobre ti". Todav¨ªa no hab¨ªa respuesta. "Sariah te envi¨® tambi¨¦n, ?verdad?" Pregunt¨¦, mi tono m¨¢s firme esta vez. "?Ella te dio alguna misi¨®n? ?Sos como yo? ?Ven¨ªs de otro planeta?" Ella me miraba con esos ojos oscuros, inquebrantables, como si supiera algo que yo no pod¨ªa comprender del todo. Aunque segu¨ªa en silencio, la forma en que su mirada se clavaba en la m¨ªa me hizo sentir que estaba mucho m¨¢s presente de lo que aparentaba. No era una simple beb¨¦. Ten¨ªa que haber algo m¨¢s, alg¨²n prop¨®sito oculto detr¨¢s de su silencio. ?C¨®mo pod¨ªa quebrar su falta de palabras? En su anterior vida debe haber sido alguien especial o con experiencia encima. Alguien ya mayor que supiera manejar bien los momentos. Pens¨¦ en esa primera vez, cuando mi diosa me explic¨® que me hab¨ªa elegido para guiar este mundo hacia un nuevo desarrollo, que me hab¨ªa dado una misi¨®n... pero, ?y si no era solo yo? ?Y si no era el ¨²nico al que hab¨ªa tra¨ªdo aqu¨ª con ese objetivo? Mi coraz¨®n lat¨ªa con fuerza. Quiz¨¢ todo este tiempo hab¨ªa estado jugando el papel de una pieza m¨¢s en un tablero mucho m¨¢s grande del que era consciente. Tal vez no era tan especial como cre¨ªa. "Escuchame, si no pod¨¦s hablar... si hay algo que te impide responderme, dame una se?al. Lo que sea. No necesito palabras, solo... hac¨¦ algo que me muestre que entend¨¦s lo que estoy diciendo". Nada. El viento de la playa soplaba ligeramente, levantando la arena a nuestro alrededor. La tensi¨®n en el aire era casi insoportable. Me sent¨ªa atrapado en un punto de no retorno. Hab¨ªa hecho una apuesta al acercarme a ella de esta manera, y no sab¨ªa si iba a recibir alguna respuesta. "Te hago una propuesta. Si vos me dec¨ªs ahora qui¨¦n sos realmente. Yo te prometo que voy a protegerte con magia. Es m¨¢s, le voy a decir a Mirella que vos sos la prioridad. ?Me entend¨¦s? Ya le dije a Aya, la mujer de las cinco colas blancas, que pusiera tres barreras y ya lo hizo. As¨ª que se podr¨ªa decir que ya di el primer paso. Puedo crear lo que sea con mi magia de transformaci¨®n, as¨ª que te permito pedirme lo que sea que est¨¦ a mi alcance". Sab¨ªa que, tarde o temprano, conseguir¨ªa la verdad. Solo necesitaba ser paciente. Solo necesitaba esperar. Pero, justo en este momento, la paciencia no era una de mis virtudes. ?Se lo digo? ?Revelo mi verdadera identidad? Estaba claro que ella ya sab¨ªa que yo era un reencarnado, pero tal vez si yo le dec¨ªa mi historia primero, ella terminara hablando. Me levant¨¦ de nuevo, limpiando la arena de mis manos y piernas. Luc¨ªa segu¨ªa sentada frente a m¨ª, sin moverse. Esa pesta?a roja parec¨ªa brillar levemente bajo la luz del atardecer, como una marca que solo yo pod¨ªa ver, como una advertencia silenciosa. "?Por qu¨¦ no te convence nada de lo que te digo? Ya te ofrec¨ª todo lo m¨¢s que puedo". Hice una pausa, observ¨¢ndola de cerca, buscando cualquier cambio en su expresi¨®n, pero nada. Era como si me estuviera enfrentando a una pared. Me di la vuelta para mirar hacia el horizonte. Ah¨ª me di cuenta de que se me estaba haciendo tarde... En cualquier momento vendr¨ªa alguien a ver si estaba todo bien y me cortar¨ªa todo lo planeado. Me volv¨ª a sentar frente a ella. Ya me estaba empezando a poner nervioso. "Est¨¢ bien. ?Y si te cuento mi historia primero?" Inhal¨¦ profundamente, el aire lleno de incertidumbre entrando a mis pulmones. Si Luc¨ªa no iba a hablar, entonces tal vez compartir un poco de mi propia verdad servir¨ªa para romper este muro de silencio. "Luc¨ªa¡­ Yo no soy de este mundo. No nac¨ª ac¨¢. Ni siquiera soy de este tiempo. Fui alguien m¨¢s, en un lugar diferente. Un lugar al que me dijeron que ya no puedo volver. Mor¨ª all¨¢ y las cosas eran muy distintas. No hab¨ªa magia y las personas no pod¨ªan crear objetos con solo tocarlos". Hice una pausa, m¨¢s para organizar mis propios pensamientos que para darle suspenso al asunto. Mi mente volvi¨® a esos momentos finales de mi vida pasada, esa sensaci¨®n de despedida abrupta y todo lo que vino despu¨¦s. Era extra?o tener que decir esto en voz alta. Hasta ahora, todo lo que hab¨ªa vivido en este mundo se sent¨ªa como una segunda oportunidad, pero hablar de mi pasado terrenal lo hac¨ªa real otra vez. "Entiendo que puede sonar loco", a?ad¨ª con una risa amarga, m¨¢s dirigida hacia m¨ª mismo que hacia ella. "Pero es lo que hay. Y desde que llegu¨¦, he tratado de ayudar a la gente, de usar lo poco que s¨¦ para hacer que todo sea mejor. No siempre lo hago bien, pero lo intento".Stolen novel; please report. Luc¨ªa segu¨ªa en silencio, su peque?a figura quieta, casi como una estatua. Me hac¨ªa preguntarme si realmente me entend¨ªa o si simplemente estaba siendo demasiado cr¨ªptico. Pero ?c¨®mo podr¨ªa explicarlo de otra manera? Las palabras eran limitadas, y lo que yo hab¨ªa vivido era tan ajeno a este mundo que a veces ni siquiera yo pod¨ªa creerlo. ?Ten¨ªa que ser m¨¢s detallista? Mi discurso no estaba funcionando hasta ahora. "Se supone que a los ni?os se les suele contar cuentos, ?no? Te voy a contar una historia de algo que ocurri¨® aproximadamente hace seis a?os, solo espero que no te duermas". Me acomod¨¦ en la arena antes de seguir. "Bueno, esta es la historia de un muchacho que ten¨ªa veinte a?os, cerca de cumplir sus veintiuno. ¨¦l viv¨ªa en el planeta Tierra y era argentino. Su vida era completamente tranquila all¨ª, como a ¨¦l le gustaba. Su nombre era Luciano". Me detuve por un segundo, buscando su reacci¨®n. Hab¨ªa algo en su mirada, una atenci¨®n en su quietud, como si estuviera absorbiendo cada palabra. Not¨¦ que sus pies estaban m¨¢s inquietos que antes y los dedos de sus manos apretaban fuertemente la arena. Esos peque?os movimientos indicaban que estaba escuchando atentamente. "Resulta que su calma un d¨ªa se rompi¨®, porque las cosas no le salieron como ¨¦l quer¨ªa. M¨¢s bien, la mala suerte se hizo presente en un mal momento. Ese d¨ªa, exactamente el veintiuno de junio de dos mil cuarenta y..." No pude ni terminar mi frase que la vi ensanchar los ojos y acercarse a m¨ª. La vi apretar los dientes, como si estuviera a punto de explotar por dentro. Sus ojos, que hasta ese momento parec¨ªan tan distantes, se llenaron de una furia contenida, como si algo dentro de ella hubiera sido desatado por completo. La forma en que sus manos se enterraban en la arena ahora ten¨ªa un prop¨®sito diferente, ya no era mera tensi¨®n, sino algo mucho m¨¢s visceral. Se inclin¨® m¨¢s hacia adelante, acerc¨¢ndose a m¨ª como si quisiera decir algo que no pod¨ªa contener m¨¢s. ¡°?Qu¨¦¡­? ?C-C¨®mo sabes... esa fecha?¡± Su voz era un susurro, casi un grito atrapado en su garganta. La sorpresa me tom¨® por completo. ?Qu¨¦ acababa de pasar? Luc¨ªa nunca hab¨ªa hablado as¨ª. En realidad, nunca hab¨ªa hablado. Esto era lo que quer¨ªa, escuchar algo de ella... Pero no supe qu¨¦ responder. Antes de que pudiera siquiera pensar en c¨®mo reaccionar, las palabras siguieron saliendo de su boca, atropelladas, desesperadas. "?No pod¨¦s ser el mismo Luciano! No s¨¦ si me est¨¢s... mintiendo". "?Qu¨¦... qu¨¦ acab¨¢s de decir?" Mi voz sali¨® m¨¢s d¨¦bil de lo que esperaba, como si mi mente intentara protegerse de la verdad que estaba por desmoronarse sobre m¨ª. "Yo no miento, ese d¨ªa yo mor¨ª. Ese puto d¨ªa se me cruz¨® un auto justo cuando yo estaba yendo a...." Ella se abalanz¨® sobre m¨ª, volviendo a cortar mis palabras. "?Luciano! ?Luciano!" Grit¨®, abraz¨¢ndome fuertemente por encima de mis hombros. "?Eres t¨²! ?Te encontr¨¦, hijo m¨ªo!" En ese momento, hasta la playa se detuvo. El aire, el sonido de las olas, las part¨ªculas m¨¢gicas que sol¨ªan flotar alrededor¡­ todo desapareci¨®. Todo mi ser se concentr¨® en la presi¨®n de los brazos de Luc¨ªa alrededor de mi cuello, apret¨¢ndome con una fuerza que no esperaba de su peque?o cuerpo. Sent¨ª el calor de su piel contra la m¨ªa, su respiraci¨®n agitada en mi o¨ªdo, y una confusi¨®n inmensa me invadi¨®. "?Hijo...?" Murmur¨¦ Ella se separ¨® para mirarme de frente, nuestros rostros apenas distanciados por unos cent¨ªmetros. Su rostro comenzaba a llenarse de l¨¢grimas silenciosas. "?Soy Carolina! Yo soy... ?Yo soy tu madre! No lo puedo creer¡­ te encontr¨¦¡­ despu¨¦s de todo este tiempo¡­ Mi peque?o¡­ mi Lucianito". "Me est¨¢s diciendo que vos tambi¨¦n..." Sent¨ª como el nudo en mi garganta crec¨ªa con cada palabra. Mi pecho estaba a punto de estallar, una presi¨®n insostenible me golpeaba, pero mis piernas no respond¨ªan. Estaba inm¨®vil frente a ella, atrapado en ese torbellino de emociones que no pod¨ªa procesar. Mi mam¨¢, Carolina, una mujer que hab¨ªa quedado enterrada en mi vida anterior. Luc¨ªa¡­ No, Carolina, me miraba con una mezcla de desesperaci¨®n y alivio. Parec¨ªa estar al borde de desmoronarse, y su cuerpo temblaba mientras trataba de mantenerse firme ante m¨ª. "S¨ª, yo tambi¨¦n mor¨ª". Mi mam¨¢ muri¨®. Ella misma me lo estaba confesando, en otra vida, en otro cuerpo. ?Era esto una broma cruel del destino? ?Una trampa de la diosa Sariah? ?C¨®mo era posible que mi madre estuviera aqu¨ª, en este mundo, reencarnada tambi¨¦n, en el cuerpo de una ni?a peque?a, observando cada uno de mis movimientos sin que yo lo supiera? Mis manos temblaban, y las apret¨¦ contra la arena, buscando algo que me anclara a la realidad. Pero la realidad ya no ten¨ªa sentido. Era una broma retorcida, una que se re¨ªa en mi cara mientras todo lo que cre¨ªa saber se desmoronaba. Sent¨ª un nudo en la garganta que no pod¨ªa tragar, y el coraz¨®n lati¨¦ndome tan fuerte que sent¨ªa que en cualquier momento me explotar¨ªan las venas. No pod¨ªa pensar. No pod¨ªa moverme. Era como si mi cuerpo estuviera atrapado en una prisi¨®n de emociones descontroladas. "Luciano¡­" Su voz quebrada me rasgaba por dentro. "Despu¨¦s de que te fuiste, las cosas... las cosas no fueron f¨¢ciles para m¨ª, ni para tu pap¨¢, ni para tu hermana... No pude soportarlo". Mis ojos se nublaban, por las l¨¢grimas y por la desesperaci¨®n que comenzaba a engullirme. Mi mam¨¢ no ten¨ªa que haber muerto. ?No deb¨ªa haber muerto! Pero lo hizo. Y ahora estaba aqu¨ª, en esta forma, en este mundo. Quer¨ªa gritar, romper algo, pero no pod¨ªa. Estaba atrapado en mi propia mente, como si todo a mi alrededor hubiera dejado de importar. "Y de repente, en las noticias apareci¨® que un chico hab¨ªa... revivido. Mostraron tu cara... tu nombre... tu apellido. Todo coincid¨ªa. Y ese d¨ªa yo... Ese d¨ªa yo..." "?No tendr¨ªas que haber pasado por todo eso, mami! ?No tendr¨ªas que estar ac¨¢! ?Esto no es justo!" La rabia finalmente encontr¨® su voz, cortando sus palabras. En lugar de alivio, me sent¨ª m¨¢s hundido. Hab¨ªa gritado, s¨ª, pero nada hab¨ªa cambiado. Ella segu¨ªa ah¨ª, frente a m¨ª, con ese cuerpo que no le correspond¨ªa, con ese dolor que nunca debi¨® cargar. Ella no deber¨ªa haber muerto. No ten¨ªa que morir. Eso no era lo que estaba destinado a pasar. Era yo quien se fue primero, yo era el que no deb¨ªa seguir. Comenc¨¦ a golpear la arena con mis pu?os. Mis l¨¢grimas saliendo descontroladas. "?No es justo! ?Fue mi culpa! ?No deb¨ª hacer un pacto con Mirella!" Ella volvi¨® a aferrarse a m¨ª. "Hijo... Ya no hace falta que suframos m¨¢s. Empecemos a vivir esta nueva vida... los dos". "Mami..." Mis labios apenas pod¨ªan pronunciar esa palabra. Me sent¨ªa como un ni?o otra vez, indefenso, atrapado en algo que no entend¨ªa. "Veo que no perd¨¦s la costumbre de llamarme as¨ª, ?no?" Dijo, d¨¢ndome un beso en el cachete. "Mi anterior vida... Desde que llegu¨¦ a este lugar, nunca quise... dec¨ªrselo a alguien. Estuve solo todo el tiempo... una y otra vez. ?Yo solo! ?Yo solo!" Me quebr¨¦. "Nunca pude compartirlo con nadie¡­ ?Nunca tuve a nadie que pudiera cont¨¢rselo!" El nudo en mi garganta se hizo a¨²n m¨¢s fuerte, tanto que apenas pod¨ªa respirar. Sent¨ªa que me ahogaba en mis propias l¨¢grimas, en la rabia y la tristeza acumuladas. Todo lo que hab¨ªa intentado ignorar, todo lo que hab¨ªa reprimido, me golpeaba ahora con una intensidad abrumadora. Sus peque?as manos, esas manos que ahora parec¨ªan fr¨¢giles y tan equivocadas para la imagen que ten¨ªa de ella, comenzaron a secar mis l¨¢grimas, una a una. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. "Tranquilo. Puedo entender todo lo que est¨¢s sintiendo, en la corta vida que llevo ac¨¢, pude ver todo lo que has hecho por esta gente". Ella comenz¨® a acariciar mi cabello y mejillas. "Ahora, si crees que sea posible, quiero que me hables de todo, de lo que sentiste, de lo que pensaste y todo ese peso que cargaste sobre tus hombros. Quiero que me lo compartas". Las palabras de mi mam¨¢, su voz suave y tierna, empezaron a desgarrar cada barrera que hab¨ªa construido a lo largo de este tiempo. Ella quer¨ªa que compartiera todo, pero¡­ ?C¨®mo pod¨ªa poner en palabras todo lo que hab¨ªa sentido? Era como si estuviera cargando una monta?a en los hombros, una que se hab¨ªa hecho cada vez m¨¢s pesada con el pasar de los d¨ªas, de los a?os. "No... no s¨¦ si puedo..." Murmur¨¦, con la voz quebrada, apenas un susurro. Mi garganta dol¨ªa tanto que parec¨ªa que las palabras me rasgaran por dentro. "Lamento tanto no haber estado antes, hijo. Lamento que hayas tenido que cargar con todo. Pero no est¨¢s solo ahora. Ya no m¨¢s. Estoy ac¨¢¡­ y voy a estar para vos, pase lo que pase. Te prometo que no voy a dejarte solo nunca m¨¢s". Esas palabras, aunque simples, significaron todo para m¨ª. Me limpi¨¦ un poco la cara, llena de mucosidad y l¨¢grimas... Qu¨¦ desastre debo estar hecho. "Est¨¢ bien. Voy a contarte lo que sucedi¨® en mi ¨²ltimo d¨ªa en la Tierra y del comienzo de mi nueva vida". Y as¨ª, casi hasta que se puso el sol, un ni?o de aproximadamente seis a?os y su madre, de nueve meses, charlaron largo y tendido. Si se lo intento contar a alguien, no se lo creer¨ªa. "Par¨¢, ?me est¨¢s diciendo que vos no pod¨¦s ver las part¨ªculas m¨¢gicas? Pero si ten¨¦s esa pesta?a roja". "S¨ª, ya s¨¦ que la tengo, pero no veo eso que me dec¨ªs vos. No veo ning¨²n punto amarillo dando vueltas por tu cuerpo". "Con raz¨®n no se te traspasaban desde el agua del arroyo..." "Pero s¨ª hay algo raro que sent¨ª desde que nac¨ª en este mundo. A veces escucho cosas. Cuando estoy cerca tuyo, o de Mirella". Frunc¨ª el ce?o. "?Escuch¨¢s... cosas?" "S¨ª, cuando estoy cerca tuyo. Son como muchos susurros juntos, como si me quisieran decir algo". "Susurros..." Repet¨ª en voz baja, tratando de entender qu¨¦ significaba todo eso. Mi mente, ya sobrecargada por la revelaci¨®n de su muerte, apenas pod¨ªa procesar m¨¢s informaci¨®n, pero lo que ella dec¨ªa era crucial. ?Acaso ten¨ªa alguna conexi¨®n especial con la magia que a¨²n no comprend¨ªa? Aunque no pod¨ªa ver las part¨ªculas m¨¢gicas, como yo o los seres m¨¢gicos, parec¨ªa que estaba sintonizada con algo distinto, algo profundo. Un escalofr¨ªo recorri¨® mi espalda al pensar en las implicaciones. Era como si este mundo estuviera lleno de secretos que apenas empez¨¢bamos a entender. "Te voy a mostrar algo". Saqu¨¦ la piedra m¨¢gica de mi bolsita hecha de hojas. "Mir¨¢, esto es lo que vos me quer¨ªas sacar el otro d¨ªa. ?Por qu¨¦?" "Es que... de ah¨ª ven¨ªa una voz m¨¢s fuerte que las dem¨¢s. Perd¨®n". "A ver... fijate si ahora escuch¨¢s algo", dije, acerc¨¢ndosela a sus manos. Justo en ese momento, vi a Rundia y Rin atravesar el bosque, a espaldas de mi mam¨¢. "Ah¨ª vienen, silencio... Record¨¢ que hay que seguir fingiendo", susurr¨¦, volviendo a guardar la piedra con part¨ªculas m¨¢gicas junto al oro. Me sequ¨¦ la cara r¨¢pidamente, desechando cualquier rastro que quedara de las l¨¢grimas, intentando recobrar la compostura. Ver a Rin y Rundia aparecer justo en ese momento me puso en alerta. Ellos no pod¨ªan saber nada de lo que acababa de pasar, ni sospechar siquiera lo que estaba ocurriendo. Esto era un secreto demasiado grande para compartirlo con alguien m¨¢s. Luc¨ªa, o Carolina, como me costaba no pensar en ella as¨ª ahora, tambi¨¦n lo sab¨ªa. Asinti¨® sutilmente y adopt¨® una expresi¨®n m¨¢s neutral, casi como si nada hubiera pasado. Mis padres... Ya no sab¨ªa ni qu¨¦ pensar sobre mis relaciones familiares, esto lo hab¨ªa cambiado todo. Qu¨¦ ir¨®nico: los dos fingiendo una vida que no nos pertenec¨ªa realmente. Rin caminaba con su habitual paso firme, mientras que Rundia lo segu¨ªa un poco m¨¢s relajada, como siempre, manteniendo ese aire protector sobre sus hijos. Parec¨ªa que solo hab¨ªan venido a asegurarse de que todo estaba en orden o tal vez solo a disfrutar del paisaje despu¨¦s de un largo d¨ªa. Not¨¦ que, aunque su llegada romp¨ªa ese momento de intimidad, una parte de m¨ª estaba aliviada. Era como si la presencia de otras personas nos forzara a volver al mundo real, alej¨¢ndonos de todo ese caos emocional que acab¨¢bamos de desatar. "?Hijo!" Salud¨® Rundia mientras se acercaba. "?Se divirtieron? Vinimos a buscarlos porque ya es muy tarde para andar solos". "Se los ve muy unidos, ?no?" Agreg¨® Rin. "Estaba ac¨¢... Intentando ver si le ense?aba a hablar a Luc¨ªa". "Ahh, claro", respondi¨® Rundia con una risa suave, aunque su mirada no tard¨® en posarse sobre Luc¨ªa, que segu¨ªa sentada sobre el suelo. "Bueno, al menos se entretienen juntos". "S¨ª... Creo que se nos pas¨® un poquito el tiempo", hice una risa media atropellada. Durante los pocos metros que separaban la playa de la cueva, Rin me fue viendo de reojo, como si quisiera decirme algo. Finalmente habl¨®. "Luciano, Mirella estuvo hablando bastante sobre ti mientras estabas fuera, ?sabes?" Me hab¨ªa olvidado de eso, dej¨¦ a Mirella muy furiosa cuando me fui. Vaya a saber qu¨¦ les habr¨¢ dicho... Deber¨¦ afrontar las consecuencias. "Ah, ?s¨ª? Espero que sean cosas lindas". "Bueno... eso depende de a qui¨¦n le preguntes", su tono ten¨ªa una pizca de preocupaci¨®n y otra de advertencia, y no pod¨ªa culparlo. Mirella no era exactamente conocida por tener paciencia, y menos cuando se trataba de m¨ª. "Pero s¨ª, nosotros tambi¨¦n tenemos que hablar contigo sobre algunos temas en los que no te has comportado como deber¨ªas". "Est¨¢ bien, pa...p¨¢". Me cost¨® decirlo. Intent¨¦ poner cara de despreocupado, pero por dentro estaba en alerta. Me prepar¨¦ mentalmente para la tormenta que seguramente se avecinaba en la cueva. No ten¨ªa idea de qu¨¦ tan enojada estar¨ªa, pero ya conoc¨ªa esa sensaci¨®n: el peso en el est¨®mago, esa ansiedad de saber que alguien cercano est¨¢ molesto con vos, y encima, alguien tan importante como ella. A pesar de todo, Mirella se hab¨ªa convertido en una parte esencial de mi vida en este mundo. Y por m¨¢s que su comportamiento a veces fuera complicado de manejar, no quer¨ªa lastimarla. Luc¨ªa, o, mejor dicho, mi mam¨¢, jug¨® bien su parte. Se qued¨® callada, imitando los balbuceos t¨ªpicos de un beb¨¦, mientras yo intentaba mantener la calma. La cueva estaba como siempre, Anya junto a las gemelas com¨ªan alrededor de la fogata mientras que Aya estaba mirando atentamente las paredes rocosas. Realmente no s¨¦ qu¨¦ estar¨ªa pensando hacer. Luego Rin y Rundia se sumaron a los dem¨¢s. En un abrir y cerrar de ojos, el hada vol¨® hasta ponerse frente a mi cara, fren¨¢ndome justo en la entrada. "?No creas que te voy a perdonar esto, Luciano!" "Mirella, no te pod¨¦s enojar por estas cosas", respond¨ª, esquiv¨¢ndola por un costado y yendo hacia los dem¨¢s junto a la fogata. "Hola, chicos. ?Me guardaron algo de comida?" Anya, que estaba cocinando a dos manos, me acerc¨® un pescado pinchado en una rama. "Toma, Luciano. Creo que le falta un poco por cocinar, f¨ªjate". "Gracias, Anya". Me puse a cocinar el pescado sobre el fuego hasta que son¨® el siguiente grito. A pesar de ser peque?a, su voz pod¨ªa llegar a ser m¨¢s fuerte de lo pensado. "?Luciano, tienes que disculparte conmigo!" "Mirella, ahora estamos comiendo. Despu¨¦s hablaremos, antes de que nos vayamos a dormir". ?Por qu¨¦ siempre ten¨ªa que ser tan intensa conmigo? S¨ª, hab¨ªa desaparecido un buen rato cuando fui con Luc¨ªa, pero... ?tan grave era? Mi cabeza intentaba justificarme, pero, al mismo tiempo, una parte de m¨ª sab¨ªa que hab¨ªa fallado en comunicarme con ella. Era casi como si Mirella esperara algo m¨¢s de m¨ª. Cambi¨¦ la rama de lado mientras miraba a Anya. "Hoy fue un buen d¨ªa de recolecci¨®n, ?no? Menos mal". "S¨ª, me parece que ma?ana no va a hacer falta que salgamos". "?Luciano! ?Entonces si no te importo, me voy!" Grit¨®, desapareciendo entre los ¨¢rboles. El fuego comenz¨® a chisporrotear m¨¢s fuerte. Escuch¨¦ el movimiento de las hojas cuando Mirella desapareci¨® entre los ¨¢rboles. Sent¨ª un vac¨ªo inmediato, una sensaci¨®n de incomodidad, aunque no lo dej¨¦ ver. Hab¨ªa algo entre nosotros, algo que, si no manejaba bien, pod¨ªa escalar a niveles que no quer¨ªa ni imaginar. "Disculpen... Ya va a volver y vamos a arreglar nuestros asuntos", dije, mirando a los dem¨¢s mientras giraba el pescado. Rin tom¨® la palabra. "Luciano, ella dijo varias cosas antes... que no me gustaron. ?C¨®mo es eso de que sal¨ªas sin permiso cuando no est¨¢bamos?" "Uh, pero eso fue hace un mont¨®n, cuando viv¨ªamos nosotros tres solos. Fue para encontrar las piedras para liberar a Mirella y despu¨¦s descubrimos el arroyo". Tom¨¦ un trozo del pescado, quiz¨¢s un poco crudo, pero el hambre me gan¨®. Mastiqu¨¦ lentamente, d¨¢ndome tiempo para procesar la situaci¨®n antes de responder. "Pap¨¢, ya s¨¦ que algunas cosas no estuvieron bien... Me adelant¨¦ en muchas decisiones sin consultarlos, pero fue por el bien de todos. Lo del arroyo, lo de liberar a Mirella, lo que he hecho siempre fue pensando en c¨®mo mejorar nuestras vidas. Es importante planear las cosas a futuro". Rin me observ¨® con esa expresi¨®n de siempre, seria, pero sin malas intenciones. Sab¨ªa que no me odiaba ni nada por el estilo, pero estaba claro que ten¨ªa que haber una conversaci¨®n m¨¢s seria. "Lo entiendo, Luciano, pero... ?En qu¨¦ momento nosotros entramos en tus planes? ?En qu¨¦ momento nosotros decidimos contigo? No queremos quedarnos fuera". Por suerte, ya hab¨ªamos tenido entredichos sobre esto antes y, hablando, pudimos quedar bien. Ahora se lo nota m¨¢s amigable para tratar mis malas portaciones. Mir¨¦ de reojo a mi mam¨¢. Ella estaba sentada sobre unas hojas y me hizo una sonrisa apenas conectamos miradas. "Est¨¢ bien. Entonces voy a contarles algo que tengo en mente y en lo que necesito la ayuda de todos". Hice una pausa, terminando de pensar c¨®mo iba a decirlo. "Vamos a construir una casa". Relatos absurdos: Luciano el gula. Era un d¨ªa cualquiera. El sol brillaba sobre la piel de los mortales, y las actividades cotidianas transcurr¨ªan sin mayores sobresaltos. Las mujeres estaban ocupadas preparando cosas de mujeres, los ni?os correteaban por los alrededores, y los hombres afinaban sus sentidos de caza. B¨¢sicamente, no hac¨ªamos nada importante, pero yo¡­ yo ten¨ªa una misi¨®n mucho m¨¢s importante. Hoy, mi est¨®mago era el que mandaba. Desde que llegu¨¦ a este mundo, he tratado de mantenerme bajo control. Ya saben, no perderme en los placeres mundanos. Pero ese d¨ªa, lo juro, hab¨ªa algo en el aire, algo que encend¨ªa en m¨ª un hambre desmedida, insaciable. No, no era un hambre cualquiera. Era una necesidad carnal, un llamado casi divino que me ped¨ªa devorar todo a mi paso. Y lo peor de todo es que no hab¨ªa manera de resistirme. Comenz¨® de manera inocente, como casi siempre comienzan estas cosas. Vi un trozo de carne asada sobre la fogata, humeante, crujiente por fuera y jugosa por dentro. Ni siquiera sab¨ªa de qu¨¦ animal era, pero mis sentidos despertaron con fuerza, y, sin pensarlo dos veces, me acerqu¨¦ a la hoguera. Rundia estaba preparando la comida, y me mir¨® de reojo con una sonrisa. "No est¨¢ lista todav¨ªa, Luciano", me dijo, casi con un tono maternal. Pero yo ya no escuchaba. El sonido de sus palabras qued¨® ahogado bajo el rugido sordo de mi est¨®mago. Extend¨ª la mano y arranqu¨¦ el trozo de carne como si fuera mi derecho de nacimiento. La mord¨ª, y, madre m¨ªa, era gloriosa. El jugo chorre¨® por mi barbilla, y el crujido reson¨® en mi cabeza como la m¨¢s dulce de las melod¨ªas. Rundia me observ¨® con una mezcla de asombro y diversi¨®n mientras yo devoraba el trozo entero en cuesti¨®n de segundos. "Tienes hambre, ?eh?" Creo que coment¨® ella, mientras segu¨ªa con sus preparativos. Ni siquiera me molest¨¦ en responder. Mi mente ya estaba enfocada en lo siguiente. La carne, aunque deliciosa, hab¨ªa apenas encendido la chispa de mi gula. No era suficiente. Mi mirada se desvi¨® hacia las frutas que Samira hab¨ªa tra¨ªdo esa ma?ana. Papayas, mandarinas, y esas frutas locales cuyo nombre no me importaban pero que ten¨ªan un sabor tan dulce que te hac¨ªan olvidar la falta de az¨²car refinado en este mundo. Me acerqu¨¦ a sus brazos y tom¨¦ una manzana. Mord¨ª con fuerza, y su jugo explot¨® en mi boca. "?Luciano, no vas a esperar a que todos coman?" Escuch¨¦ la voz de Anya desde la distancia. Pero, nuevamente, las palabras no significaban nada para m¨ª en ese momento. Me hab¨ªa convertido en una bestia, un devorador, un pozo sin fondo. No hab¨ªa ni rastro del hombre racional que hab¨ªa sido antes. Tom¨¦ m¨¢s frutas, engull¨¦ndolas una tras otra. Cada bocado parec¨ªa despertar m¨¢s hambre. Y mientras com¨ªa, sent¨ªa una extra?a satisfacci¨®n al notar c¨®mo los dem¨¢s comenzaban a mirarme. Mirella, flotando cerca, se tapaba la boca para no re¨ªrse, mientras Aya cruzaba los brazos, con una ceja arqueada, como pregunt¨¢ndose qu¨¦ diablos me pasaba. "Vas a explotar si sigues as¨ª" Coment¨® Tar¨²n, entre risas, mientras cortaba m¨¢s carne. Espera, ?Tar¨²n cortando carne? No, ese era Rin. "?Explotar?" Dije entre mordiscos. "?No me hag¨¢s re¨ªr! Apenas estoy empezando". Y era cierto. Lo que vino despu¨¦s fue el cl¨ªmax de mi descenso a la locura. Frente a m¨ª hab¨ªa un banquete que en cualquier otro d¨ªa habr¨ªa bastado para todo el grupo. Pero ese d¨ªa, era solo m¨ªo. Hab¨ªa carne, frutas, carne y m¨¢s carne, todo listo para ser devorado. Y yo, sin pensarlo dos veces, me sumerg¨ª de lleno. Comenc¨¦ a mezclar sabores de manera absurda. Carne con frutas, frutas con carne, cualquier cosa que mis manos tocaran. Bueno, tampoco es como si hubiera tanta variedad. Samira y Suminia me miraban como si fuera un loco, y tal vez lo era en ese momento. Estaba en un trance alimenticio, cada bocado era mejor que el anterior, y nada, absolutamente nada, me detendr¨ªa. Quiero... una milanesa. Pero necesito huevos, pan rallado... mierda, va a ser complicado. "?Luciano, por favor, respira!" Dijo Mirella, mientras re¨ªa y flotaba a mi alrededor, con esa voz dulce suya, pero llena de diversi¨®n. Pero yo no respiraba. No hab¨ªa tiempo para eso. El hambre era tan inmenso, tan voraz, que mi ¨²nica misi¨®n en la vida era devorar. Sent¨ª c¨®mo mi est¨®mago comenzaba a quejarse, pero incluso ese dolor se convert¨ªa en una especie de placer. Era el precio a pagar por esta org¨ªa culinaria en la que me hab¨ªa sumergido voluntariamente. Rundia y Aya intentaron detenerme en un momento. Ambas se acercaron, intentaron apartar mis manos, pero yo, en un arranque casi animal, gru?¨ª. "?Es m¨ªo! ?Alejaos, vosotros sois seguidores del demonio!" Grit¨¦, protegiendo el ¨²ltimo pedazo de carne como si fuera un tesoro invaluable. Ambas retrocedieron, sorprendidas, y me dejaron continuar con mi fest¨ªn. Estaba perdido. Estaba m¨¢s all¨¢ de la raz¨®n. En alg¨²n momento, Tar¨²n se uni¨® a mi lado, anim¨¢ndome. "?Vamos, Luciano! ?Eres un glot¨®n!" Gritaba ¨¦l entre carcajadas, viendo c¨®mo met¨ªa un trozo m¨¢s en mi boca. Y as¨ª continu¨¦. No s¨¦ cu¨¢ntos minutos o quiz¨¢s horas pasaron. Todo se desdibujaba en una vor¨¢gine de sabores y texturas. En alg¨²n momento, comenc¨¦ a sentirme pesado, extremadamente pesado, pero aun as¨ª no par¨¦. Mis ojos se nublaban, pero mis manos segu¨ªan movi¨¦ndose, trayendo m¨¢s comida a mi boca.If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation. La euforia de mi vor¨¢gine alimenticia continu¨®. Mord¨ªa sin parar, probando combinaciones que jam¨¢s me hubiese imaginado en mi vida anterior. Alguien puso en mis manos un extra?o trozo de carne dorada, tan grande como mi cabeza, y lo devor¨¦ con ansias desmedidas. Los sabores se mezclaban en mi boca como si cada bocado fuese una sinfon¨ªa de jugos y texturas. Pero de repente, algo cambi¨®. El ambiente, la comida¡­ todo comenz¨® a transformarse ante mis ojos. Un aroma familiar invadi¨® el aire, algo que no deber¨ªa estar en este mundo. Ol¨ª el inconfundible perfume del carb¨®n quemando lentamente, el chisporroteo de la grasa derriti¨¦ndose sobre brasas ardientes. Sent¨ª un escalofr¨ªo recorrerme la espina dorsal. No pod¨ªa ser¡­ ?Un... asado? Me incorpor¨¦, mirando alrededor. Todo hab¨ªa desaparecido, reemplazado por largas parrillas llenas de cortes de carne perfectamente distribuidos. Y ah¨ª estaban: las achuras, los costillares, los chorizos¡­ y, ?la provoleta! ?Madre m¨ªa, t¨ªo! No entend¨ªa qu¨¦ estaba pasando, pero tampoco me importaba. Mis pies comenzaron a moverse solos, llev¨¢ndome hacia ese altar sagrado de carne, mientras el sonido del fuego y el aroma embriagante de la parrilla me envolv¨ªan por completo. Frente a la parrilla, vi a un grupo de personas que no pertenec¨ªan a este mundo. Hombres robustos con delantales de cuero, empu?ando largos tenedores y cuchillos como si fuesen gladiadores en su campo de batalla. Uno de ellos me salud¨® con una sonrisa. "?Eh, pibe, ven¨ª para ac¨¢!" Me grit¨®, mientras daba vuelta un costillar completo que crepitaba sobre el fuego. "?Esto est¨¢ en su punto!" Me acerqu¨¦, hipnotizado. Todo era tan real. La grasa chisporroteaba en el fuego, lanzando peque?as lenguas de llama hacia arriba. En realidad, no me gustaba mucho la grasa, pero en este momento eso ya no importaba. El aire estaba lleno del olor inconfundible de la carne cocin¨¢ndose a la perfecci¨®n, ese aroma que te despierta recuerdos de tardes de domingo con familia. No pod¨ªa apartar la vista de ese fest¨ªn. "?Quer¨¦s un poquito de vac¨ªo?" Me dijo otro de los parrilleros, acerc¨¢ndome un plato. El corte era perfecto, jugoso en el centro, dorado en los bordes. "S¨ª... s¨ª, claro" Respond¨ª, apenas consciente de mis palabras. Tom¨¦ el plato con las manos temblorosas, como si sostuviera una reliquia sagrada. El primer bocado fue celestial. El sabor de la carne jugosa explot¨® en mi boca, y mi mente viaj¨® autom¨¢ticamente a los d¨ªas en que mi familia se reun¨ªa alrededor de la parrilla, compartiendo risas y an¨¦cdotas. Sent¨ªa el sabor del chimichurri, de un vaso de gaseosa, de la tradici¨®n que no deber¨ªa existir aqu¨ª. Pero ah¨ª estaba. El fest¨ªn continuaba. M¨¢s carne, m¨¢s bebidas que nunca supe de d¨®nde hab¨ªan salido. Mi est¨®mago, que ya de por s¨ª estaba lleno, parec¨ªa tener espacio ilimitado para todo lo que me ofrec¨ªan. Los otros parrilleros segu¨ªan d¨¢ndome m¨¢s, bromeando entre ellos, brindando con vasos de vino tinto. Uno me gui?¨® un ojo mientras me ofrec¨ªa una morcilla, que, por alguna raz¨®n, se ve¨ªa m¨¢s apetitosa que cualquier cosa que hubiese probado en a?os. ?Por qu¨¦ me gui?¨® el ojo? "?Es la mejor, pibe! No te pod¨¦s perder esto". La mord¨ª y, por un segundo, sent¨ª una euforia tal que todo mi cuerpo vibr¨®. Estaba en casa, en Argentina, aunque sab¨ªa que no era real. Algo me dec¨ªa que esto no pod¨ªa estar pasando, pero cada bocado me alejaba m¨¢s de esa conciencia. Mi mente comenz¨® a nublarse entre los sabores y el vino que me pasaron. Todo era tan v¨ªvido y, al mismo tiempo, tan irreal. ?C¨®mo hab¨ªa llegado a este punto? "?Luciano, no te quedes ah¨ª!" Me grit¨® otro parrillero mientras sacaba un chorizo perfecto del fuego. "?Ac¨¢ viene lo mejor!" Mi boca estaba llena de jugo de carne, pero no pod¨ªa parar. Segu¨ªa comiendo como un pose¨ªdo, mientras el mundo a mi alrededor comenzaba a desdibujarse, como si el calor del fuego distorsionara todo a mi vista. De repente, una risa conocida rompi¨® el ambiente. Era Mirella. Me gir¨¦, y la vi flotando a mi alrededor, pero hab¨ªa algo raro en ella. Parec¨ªa m¨¢s peque?a de lo habitual, y sus alas¡­ estaban hechas de pedazos de carne asada. "?Luciano, sos un glot¨®n!" Se re¨ªa ella, mientras daba vueltas a mi alrededor, su cuerpo cubierto por una especie de chimichurri que goteaba de sus brazos. "Dej¨¢ de joder, Mirella". Mis manos estaban cubiertas de grasa, y de repente los chorizos se alargaban, convirti¨¦ndose en extra?as serpientes que se mov¨ªan por la mesa. El fuego de la parrilla crec¨ªa cada vez m¨¢s, hasta que parec¨ªa un gran horno infernal. Los parrilleros segu¨ªan cocinando, pero sus rostros comenzaban a deformarse, adquiriendo una expresi¨®n burlona y grotesca. "?No te gusta m¨¢s, Luciano?" Me dijo uno de ellos, con una sonrisa maliciosa, mientras me ofrec¨ªa un bife que ahora parec¨ªa tener ojos. Sent¨ª un nudo en el est¨®mago, pero no de hambre. Algo estaba mal. Muy mal. Todo a mi alrededor comenz¨® a girar. Los cortes de carne se transformaban en criaturas extra?as, las morcillas en grandes gusanos negros que se retorc¨ªan en los platos. Intent¨¦ levantarme, pero mis piernas estaban pesadas, como si estuviesen hechas de plomo. El calor del fuego me envolv¨ªa cada vez m¨¢s, sofocante, casi insoportable. "Luciano..." Escuch¨¦ la voz de Mirella, esta vez m¨¢s suave, pero sin dejar de re¨ªrse. "Despertate, pelotudo". De repente, todo se oscureci¨®. La carne, la parrilla, los hombres, todo desapareci¨®, y el aroma a asado se desvaneci¨® como humo en el viento. Sent¨ª que me estaba hundiendo, como si el suelo bajo mis pies desapareciera, y todo a mi alrededor se volviera negro. Abr¨ª los ojos de golpe. El cielo azul estaba sobre m¨ª. El sol segu¨ªa brillando, y el sonido de las hojas movi¨¦ndose con la brisa llenaba el aire. Me encontraba tirado en el suelo, sobre la arena. Mirella estaba flotando encima de mi cabeza, mir¨¢ndome con una sonrisa de oreja a oreja. "Te lo dije, glot¨®n" Dijo, divertida. Me incorpor¨¦ lentamente, sintiendo el peso de mi est¨®mago, que estaba hinchado como un globo. No pod¨ªa creer lo que acababa de so?ar. Tar¨²n estaba a mi lado, d¨¢ndome una palmada en la espalda mientras soltaba una carcajada. "?Qu¨¦ espect¨¢culo, Luciano! ?Nunca hab¨ªa visto a alguien comer tanto y tan r¨¢pido!" ?Hasta qu¨¦ punto fue un sue?o? Rundia me miraba con preocupaci¨®n por encima de mi cabeza, en realidad no pude ver su cara por completo, porque, por la perspectiva, la mitad de su rostro estaba tapado por sus pechos. "Estabas hablando en sue?os", dijo, mientras se arrodillaba mejor a mi lado. "Algo sobre un... ?asado? ?Qu¨¦ es eso?" Negu¨¦ con la cabeza, tratando de recomponerme. Todo hab¨ªa sido un sue?o, una absurda alucinaci¨®n provocada por mi glotoner¨ªa desmedida. Mi est¨®mago protestaba con un dolor punzante, record¨¢ndome que hab¨ªa comido m¨¢s de lo que deber¨ªa. "Nada¡­ nada importante", murmur¨¦, a¨²n algo aturdido. Pero mientras miraba el peque?o trozo de carne que todav¨ªa sosten¨ªa en mi mano, el recuerdo de ese asado imposible me hac¨ªa sonre¨ªr. Quiz¨¢s, en alg¨²n rinc¨®n de mi mente, la nostalgia por mi tierra segu¨ªa viva. Aunque claro, despu¨¦s de lo que acababa de vivir, quiz¨¢ era una buena idea mantenerme alejado de la parrilla¡­ al menos por un tiempo. Cap铆tulo 25: Mejores amigos. El silencio que sigui¨® a mi declaraci¨®n fue casi c¨®mico. Las miradas de todos estaban clavadas en m¨ª como si acabara de decir la mayor locura que hab¨ªan escuchado en sus vidas. Incluso Aya, que estaba examinando las paredes, levant¨® las orejas, claramente interesada pero tambi¨¦n confundida. Sab¨ªa que esto requerir¨ªa algo m¨¢s que solo decir la palabra ''casa''. Ellos no conoc¨ªan el concepto. Y s¨ª, lo hab¨ªa hecho a prop¨®sito. Anya fue la primera en hablar, como generalmente suced¨ªa. "?Una ca...sa? Nunca escuch¨¦ algo como eso. ?Es algo que se hace con tu magia?" Las siguientes reacciones no tardaron en llegar en cadena, el siguiente fue Rin. "Luciano, Luciano, Luciano... ?Qu¨¦ acabamos de hablar? Te dije que primero debes preguntarnos a nosotros y no decidir por tu cuenta. Adem¨¢s, est¨¢s hablando sobre algo que no tenemos idea de qu¨¦ es". "?Otra de tus ideas raras, Luciano?" Se escuch¨® de Suminia. "A m¨ª me parece que las ideas de Luciano s¨ª son buenas", dijo Samira, con un tono m¨¢s bajo que el de los dem¨¢s. De fondo, parec¨ªa que Aya murmuraba algo por lo bajo, aunque no llegu¨¦ a escuchar qu¨¦ dec¨ªa. Supongo que con oler mi aroma le basta. Ahora, explicar algo tan b¨¢sico, algo que en mi vida pasada era natural, no iba a ser f¨¢cil en este mundo. "D¨¦jenme que les explico, as¨ª no hay confusiones. Una casa... es una idea que tuve. Ser¨ªa como esta cueva, pero m¨¢s organizado y m¨¢s lindo. Es un lugar donde podemos vivir juntos, pero de forma m¨¢s c¨®moda. Con lugares para cada uno, un espacio para guardar nuestras cosas, y, lo mejor de todo, sin tener que movernos si algo le pasara a esta cueva, ya que una casa se podr¨ªa expandir. Ser¨ªa un lugar permanente, un hogar". Pude ver c¨®mo procesaban la idea. Rundia miraba a Rin con una ceja levantada, como buscando en ¨¦l alguna se?al de si todo esto ten¨ªa sentido. Las gemelas simplemente estaban sorprendidas, pero escuchaban en silencio. Anya, que siempre era m¨¢s abierta para hablar, parec¨ªa interesada. "?Y c¨®mo ser¨ªa eso?" Pregunt¨® Rin, visiblemente confundido. "?C¨®mo har¨ªamos algo as¨ª? No entiendo c¨®mo podr¨ªa ser mejor que esta cueva". Sab¨ªa que esto no iba a ser f¨¢cil. En este mundo, lo primitivo era lo normal, lo ¨²nico conocido. En mi vida pasada, ese era un simple concepto que hab¨ªa sido la base de una vida estructurada. Ahora me tocaba explicarles algo que ni siquiera imaginaban. A final de cuentas, a esto me enviaron a este mundo. "Bueno", comenc¨¦ mientras mord¨ªa otro trozo del pescado, "imaginen un lugar hecho con madera, piedra y alg¨²n que otro material resistente. Las paredes ser¨ªan s¨®lidas y, en lugar de tener que vivir todos en un mismo espacio, podr¨ªamos tener diferentes ¨¢reas. Un lugar donde podr¨ªamos comer, otro donde dormir, y otro para guardar nuestras cosas. Tambi¨¦n podr¨ªamos construir barreras m¨¢gicas para protegernos. Y, sobre todo, no tendr¨ªamos que preocuparnos de que algo nos ataque de repente o que nos expulse de nuestro hogar como pas¨® la ¨²ltima vez". Hice una pausa antes de continuar. "Una vez que tengamos la casa, cada uno ir¨¢ proponiendo ideas nuevas que se puedan usar para mejorar el lugar. Yo tambi¨¦n tengo m¨¢s ideas... raras, como dice Sumi. solo que necesito ponerlas a prueba para ver si funcionan". Suminia no pudo evitar ocultar su rostro tras su largo pelo oscuro. Ya sab¨ªa que le molestaba que la llamara as¨ª. Aya, que se fue acercando mientras yo explicaba, fue la primera en hablar tras un largo silencio. "?Pero... no ser¨ªa m¨¢s dif¨ªcil defender algo tan grande? Si algo o alguien intentara atacarnos, tendr¨ªamos que proteger no solo un refugio, sino todo ese espacio de madera y piedras". Ten¨ªa raz¨®n, y esa era una de las preocupaciones m¨¢s grandes que les podr¨ªa surgir al sentir que la cueva era algo seguro para todos. Pero tambi¨¦n hab¨ªa pensado en ello... Mas o menos, solo hac¨ªa falta hablarlo. "Aya, conf¨ªo en que vas a dar todo tu potencial para crear la mejor barrera que hayas hecho hasta ahora. Mirella y yo te vamos a ayudar. Ese parte es una de las m¨¢s importantes". Rin y Rundia intercambiaron una mirada r¨¢pida, y luego ¨¦l habl¨®, de nuevo. "Luciano, nunca hemos hecho algo as¨ª. Ni siquiera entendemos c¨®mo comenzar. ?De d¨®nde sacar¨ªamos los materiales? ?C¨®mo construir¨ªamos esas... paredes de madera? Si la ¨²nica madera que conseguimos son las ramas de los ¨¢rboles". Bien, me gusta que sepan algunos nombres y de los materiales que hablo. A veces limito un poco mi vocabulario, pero parece que, como yo ya hab¨ªa pensado, reconocen el nombre de todas las cosas que hayan visto. "Bueno lo primero que necesitamos es madera, como acab¨¢s de decir. Mucha madera. S¨¦ que parece algo grande, pero tenemos un mont¨®n a nuestro alrededor. Podemos empezar cortando algunos ¨¢rboles peque?os y trabajando juntos para transportarlos. De a poco iremos armando las paredes. No se preocupen mucho sobre eso, yo voy a usar mi magia para cortar y ustedes ayudar¨ªan a transportar las cosas". Rundia frunci¨® el ce?o, pensando en lo que dije. "Suena como mucho trabajo". "Lo es", respond¨ª r¨¢pidamente. "Pero pens¨¢ en el resultado, Rund... Mam¨¢. Pens¨¢ en Luc¨ªa, en darle un lugar donde crecer sin tener que... preocuparse por lo inc¨®modo que es vivir en una cueva, en el suelo. Pens¨¢ en nosotros, en vivir de manera m¨¢s c¨®moda". No pod¨ªa dejar de mirar a mi mam¨¢, que segu¨ªa mir¨¢ndome sonriente. En mi mente, la idea de darle una vida mejor, una m¨¢s parecida a lo que ten¨ªamos en la Tierra, se hac¨ªa m¨¢s fuerte cada vez. Quer¨ªa que ella creciera en un entorno m¨¢s estable, que tuviera una vida mejor de la que yo tuve aqu¨ª al principio. Y si eso significaba trabajar de sol a sol para construir algo desde cero, entonces lo har¨ªa. Antes de que alguien pudiera decir algo, continu¨¦. "No digo que lo empecemos ya. Es m¨¢s, todav¨ªa tenemos que ver cu¨¢l es el mejor lugar para construirla, solo digo que intentemos mejorar nuestra calidad de vida, yo s¨¦ que puedo y estoy intentando idear en mi cabeza distintas formas de usar mi magia para el bienestar de todos". "Yo estoy de acuerdo", dijo Anya. Luego agreg¨®: "Si podemos hacer algo que nos haga la vida m¨¢s f¨¢cil, vale la pena intentarlo. No tenemos mucho que perder". Realmente amo c¨®mo es Anya. No es solo por su apariencia, sino que tiene una forma de expresarse que la hace especial. "?Exactamente!" Respond¨ª con entusiasmo. "Es una inversi¨®n de tiempo y esfuerzo, pero a la larga, va a darnos muchos beneficios. Imag¨ªnense dormir en un lugar m¨¢s suave y c¨®modo" Rin se rasc¨® la cabeza, pensativo. "Si realmente crees que podemos hacerlo, entonces estoy dispuesto a ayudarte. Pero necesitamos algo claro, porque yo no termino de entender qu¨¦ es una casa". Lo mir¨¦ directo a los ojos, intentando transmitirle toda la confianza que ten¨ªa en esta idea. "Una casa es una versi¨®n mejorada de una cueva, por as¨ª decirlo... Lo haremos bien. Tengo una visi¨®n clara, y voy a liderar esto. No les voy a fallar. Cuento con todos ustedes y pronto les avisar¨¦ cuales son los pasos a seguir". "Es una l¨¢stima que no est¨¦ Tar¨²n para escucharte. Se pondr¨ªa muy contento", dijo Anya mientras comenzaba a comer su pescado. En ese momento, sent¨ª que a m¨ª tambi¨¦n me estaba faltando algo. Mirella. Su desaparici¨®n repentina me dej¨® con una incomodidad latente en el pecho. Sab¨ªa que, de alguna manera, tendr¨ªa que buscarla m¨¢s tarde y arreglar las cosas... O tal vez volver¨ªa sola. De todos modos, no pod¨ªa dejar que esto se quedara en el aire, pero primero ten¨ªa que terminar de organizar este plan con los dem¨¢s. "No te preocupes, ma?ana se lo contaremos". El silencio se hizo presente por un rato tras mi ¨²ltima frase. Sab¨ªa que algunos segu¨ªan sin entender bien la magnitud de lo que estaba proponiendo Samira, que hasta ese momento hab¨ªa estado muy callada, me mir¨® con sus grandes ojos oscuros. "A m¨ª me gustar¨ªa ayudar tambi¨¦n. No s¨¦ mucho sobre construir cosas, pero puedo aprender". Sonre¨ª ante su disposici¨®n. A pesar de su aparente timidez en algunas ocasiones, siempre se ofrece a ayudar y eso es algo que valoro mucho en ella y ayuda mucho al grupo. "Gracias, Samira. Toda ayuda es bienvenida". Y as¨ª terminamos la cena de hoy. Hubo alguna que otra aclaraci¨®n m¨¢s, pero nada que sea importante. Tampoco tuve la posibilidad de cruzar alguna palabra con mi mam¨¢, as¨ª que al rato me fui a dormir. Esa noche, tras la intensa conversaci¨®n que hab¨ªa tenido, tanto en la playa como en la cueva, el ambiente se torn¨® m¨¢s tranquilo. Hab¨ªa logrado plantar la semilla de la idea en todos, pero sab¨ªa que a¨²n faltaba mucho para que la aceptaran completamente. A pesar de todo, el d¨ªa hab¨ªa sido agotador, tanto f¨ªsica como mentalmente, y lo ¨²nico que quer¨ªa en ese momento era descansar. Mientras me recostaba sobre mis hojas, no pude evitar sentir la ausencia de Mirella. Su peque?a figura siempre rondaba por ah¨ª, haci¨¦ndome alg¨²n comentario sarc¨¢stico o simplemente burl¨¢ndose de m¨ª con su risa alegre. Ahora, su falta me dejaba un vac¨ªo extra?o, una sensaci¨®n de que algo no estaba bien. Era raro no tenerla cerca despu¨¦s de tant¨ªsimos d¨ªas compartiendo todo juntos. ?D¨®nde estar¨ªa? ?Y por qu¨¦ hab¨ªa desaparecido tan f¨¢cilmente? Me di vuelta para un lado, para el otro... Mir¨¦ al techo y a mis costados. No hubo forma de conciliar el sue?o. No s¨¦ si porque no me sent¨ªa c¨®modo o en realidad no ten¨ªa sue?o. Tal vez me sent¨ªa demasiado indefenso al dormir tan cerca de la entrada de la cueva y sin Mirella. ?Me hab¨ªa mal acostumbrado? Mir¨¦ hacia atr¨¢s, las primeras que segu¨ªan eran las gemelas, despiertas, y luego Aya, que ya dorm¨ªa apoyada contra la pared, que era un intento de separar dos zonas. ?Me mirar¨¢n raro si les pregunto si puedo dormir a su lado? La verdad es que lo que menos he desarrollado en este mundo es verg¨¹enza. Suspir¨¦ y me levant¨¦, acerc¨¢ndome a ellas mientras arrastraba dos hojas enormes en una mano. Por un momento observ¨¦ sus sombras, las cuales marcaban doce a?os y ocho meses para ambas. Menos mal que la bola de luz de la cueva sigue activa a pesar de que Mirella no est¨¦. "Oigan, ?creen que pueda dormir con ustedes por esta noche?" Mi voz era un susurro, tampoco quer¨ªa que todos se enteraran de este momento absurdo. "Claro que s¨ª, Luciano". Samira se movi¨® r¨¢pidamente, peg¨¢ndose m¨¢s contra su hermana para dejarme un espacio, aunque realmente no lo necesitaba. "Pero Samira... ?En serio vas a tratarlo tan bien despu¨¦s de c¨®mo me llam¨® hace un rato?" Mientras tanto, yo fui acomodando mis hojas sobre el suelo. "Hermana, ya te dije varias veces que no debes ser tan mala con el peque?o Luciano. ?No lo escuchaste reci¨¦n? Dijo que quiere lo mejor para todos nosotros". "Pero Samira..." Murmur¨® la hermana, para luego girarse hacia el otro lado. Todav¨ªa no entend¨ªa la molestia que le causaba a Suminia, fue desde el primer d¨ªa que nos conocimos y no veo que le haga lo mismo a Tar¨²n, eh. "Disculpen si soy una molestia", susurr¨¦ por lo bajo, haci¨¦ndome el pobrecito. "?No eres una molestia!" Samira dijo con entusiasmo, un poco m¨¢s alto de lo que esperaba. Suminia solt¨® un suspiro largo, casi como si estuviera frustrada, pero no dijo nada m¨¢s. A veces me preguntaba si era simplemente su car¨¢cter, o si hab¨ªa algo m¨¢s profundo. Lo que fuera, no iba a forzar nada. Cada quien tiene su ritmo, pero era agotador. Suspir¨¦ y cerr¨¦ los ojos, tratando de dejar todos esos pensamientos de lado. A lo mejor ma?ana tendr¨ªa una respuesta o, qui¨¦n sabe, tal vez nunca. Lo que s¨ª sab¨ªa es que necesitaba descanso. Ahora Samira hab¨ªa quedado en medio de los dos. Siento que ¨²ltimamente las he dejado un poco a un lado. Deber¨ªa hablar m¨¢s seguido con ellas y mejorar nuestra relaci¨®n. Gir¨¦ mi cabeza un poco para observar a Samira. Ella estaba mirando el techo, relajada. Tal vez a¨²n estaba pensando en lo que hab¨ªamos hablado antes, o en los cambios que yo hab¨ªa mencionado para el grupo. Quer¨ªa preguntarle en qu¨¦ estaba pensando, pero no quer¨ªa parecer que necesitaba tanto consuelo. A veces sent¨ªa que deb¨ªa ser m¨¢s fuerte, no mostrar mis dudas ante los dem¨¢s, pero esa barrera que manten¨ªa me hac¨ªa sentir solo de vez en cuando. Es por eso que ahora estoy intentando hablar m¨¢s con los dem¨¢s e ir solucionando nuestros problemas de esa manera. Creo que consegu¨ª mejores resultados as¨ª, de esa forma... Como lo de Aya y luego lo de mi mam¨¢. "Luciano..." Samira rompi¨® el silencio. You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author."?Crees que todos terminar¨¢n aceptando los cambios que propones? S¨¦ que tienes raz¨®n, pero a veces siento que es mucho para nosotros... siempre traes cosas tan nuevas". Not¨¦ la inseguridad en su voz. Ella hab¨ªa sido la m¨¢s abierta a lo que propon¨ªa, pero era obvio que tambi¨¦n ten¨ªa sus dudas. Despu¨¦s de todo, est¨¢bamos hablando de un cambio enorme, de transformar el d¨ªa a d¨ªa que conoc¨ªan. ?Era justo ponerles esa carga tan de golpe? "Es normal que te sientas as¨ª", respond¨ª en un tono bajo, casi en un murmullo, tratando de no despertar a los dem¨¢s. "Es mucho para asimilar, lo s¨¦. Pero no estamos solos en esto. Tengo fe en que lo vamos a lograr... con el tiempo". "Espero que tengas raz¨®n..." Luego gir¨® su cabeza hacia el otro lado, mirando c¨®mo Suminia volv¨ªa a darse la vuelta hacia nosotros. Quer¨ªa creer que ten¨ªa raz¨®n. Pero la verdad era que hab¨ªa muchas cosas fuera de mi control. Aunque trataba de pensar que mi conocimiento del mundo anterior ser¨ªa suficiente para guiarlos, el hecho era que esto no era la Tierra. Este mundo era m¨¢s salvaje, m¨¢s primitivo, y hab¨ªa elementos aqu¨ª que nunca hab¨ªa conocido en mi vida anterior. Pens¨¦ en Mirella otra vez, en su desaparici¨®n repentina. ?D¨®nde estaba? Tal vez se hab¨ªa ido a hacer algo por su cuenta para hacerme la contra, pero de todos modos me preocupaba. Con ella cerca, me sent¨ªa seguro, como si siempre tuviera un as bajo la manga. "La extra?as, ?no?" Suminia habl¨® de repente, rompiendo el silencio. Me sorprendi¨® que ella fuera la que hablara primero. "?De qui¨¦n hablas?" Pregunt¨¦, haci¨¦ndome el tonto. "De Mirella. S¨¦ que te hace sentir m¨¢s seguro. Es obvio". Aunque lo dijo en un tono seco, hab¨ªa algo en su voz que indicaba que lo entend¨ªa, a su manera. "Ah... s¨ª. Mirella es mi mejor amiga y es raro no tenerla cerca. Me acostumbr¨¦ a su presencia". Suminia no respondi¨® de inmediato, y por un momento pens¨¦ que hab¨ªa terminado la conversaci¨®n. Pero luego fue Samira la que habl¨®. "?Y si la vas a buscar ahora?" "No puedo... No tengo ninguna luz para salir en la oscuridad de la noche". "Ya veo... Av¨ªsame si cambias de opini¨®n". Quise contestarle, pero de un momento a otro, ya ten¨ªa sus ojos cerrados. Suspir¨¦, acomod¨¢ndome nuevamente en las hojas que hab¨ªa colocado junto a ellas. La noche afuera deb¨ªa estar oscura como la boca de un lobo, y sin Mirella, encontrar mi camino ser¨ªa complicado. Adem¨¢s, ?y si estaba exagerando? Mirella deber¨ªa ser independiente, capaz de manejarse sola. Yo tampoco era su padre como para estar pendiente de ella todo el tiempo. Pas¨® poco tiempo hasta que se repiti¨® una escena que no se deber¨ªa haber repetido... S¨ª, estaba comiendo papaya sentado en el marco de la entrada a la cueva. ?Y qu¨¦ tiene de malo eso? Bueno, es que estaba a punto de irme al arroyo mientras todos segu¨ªan durmiendo y justamente ayer me dijeron que no haga estas cosas. Fui silenciosamente hacia la parte donde dorm¨ªa mi mam¨¢. Si hab¨ªa algo bueno en caminar descalzo es que no hac¨ªa ruido. Le toqu¨¦ los piecitos y ella se dio cuenta al instante, viniendo gateando hacia m¨ª. La tom¨¦ entre mis brazos y la cargu¨¦ hasta llegar afuera. "?Para qu¨¦ me alzas?" Pregunt¨® una vez que la dej¨¦ en el suelo. La tom¨¦ de la mano y empezamos a avanzar unos cuantos metros antes de contestarle. "Porque te secuestr¨¦ para que me acompa?aras a buscar a Mirella". Tomamos el camino corto hacia el agua m¨¢gica, esos setecientos metros que se hac¨ªan r¨¢pidamente al estar acompa?ado de alguien. El aire se sent¨ªa c¨¢lido como siempre y el bosque estaba bastante oscuro, casi sin entrarle luz del sol. Esta debe ser la vez que m¨¢s temprano he salido fuera, supongo que ser¨¢n casi como las seis de la ma?ana en un d¨ªa de verano com¨²n en la tierra "?Y desde cu¨¢ndo te volviste tan malvado y desobediente?" "?Malvado? No s¨¦, este mundo me cambi¨® bastante, supongo que ya lo notaste. No en mi forma de pensar o de hablar, sino que en la forma con la que interact¨²o con los dem¨¢s". "Ya veo... hasta te das el lujo de dormir con mujeres por la noche, ?no?" "Quiero aclarar que Mirella es mi mejor amiga", dije, acomodando un poco la voz. "S¨ª... s¨ª, claro. Hasta vas a construirte un nidito de amor y todo". "?Qu¨¦ pasa, te quedaste con ganas de ser abuela?" Mi madre solt¨® una risa suave, pero not¨¦ la chispa en sus ojos. A pesar de que bromeaba, sus palabras ten¨ªan un trasfondo que me hac¨ªa pensar. Era extra?o tenerla de nuevo en mi vida, aunque en un cuerpo completamente diferente. Era un caos emocional intentar conciliar lo que hab¨ªa sido nuestra relaci¨®n en la Tierra con lo que es ahora. Ella no era la misma mujer que recordaba, pero a la vez lo era. Luc¨ªa... el nombre que le dieron en este mundo, la figura peque?a que me acompa?aba ahora, ?ser¨¢ que este mundo la habr¨¢ cambiado en alg¨²n sentido? "Siempre fuiste algo torpe con las chicas, pero parece que aqu¨ª... bueno, la cosa ha cambiado bastante. ?Es que ya olvidaste c¨®mo era en la Tierra?" "Antes no quer¨ªa conocerlas, ahora la diferencia es que me las encuentro sin querer". Ella solt¨® una risa m¨¢s fuerte que la anterior. "?Y qu¨¦ pens¨¢s hacer al respecto, eh?" "Por ahora solo pienso en seguir creciendo y dejar todo preparado para el futuro. Por cierto, ?qu¨¦ pens¨¢s sobre lo de la casa?" "Y... la idea es buena, solo que me faltar¨ªa ver m¨¢s de tu magia". "Ma?ana los voy a sorprender con algunas cosas, ya vas a ver". Luego de decir esas palabras, ya est¨¢bamos frente al arroyo. "?Qu¨¦ te parece si te lav¨¢s un rato los pies mientras yo busco a Mirella? Acordate que ten¨¦s que seguir fingiendo". Ella solt¨® un bufido mientras mov¨ªa nuestras manos unidas hacia adelante y atr¨¢s. "?Qu¨¦ aburrido! Yo quer¨ªa ver a los enamorados en acci¨®n". "Que no hay ning¨²n enamorado... Solo quedate ac¨¢ un rato". "No, me niego. Yo soy tu madre y sos vos el que deber¨ªa hacerme caso, ?sabes?" "Mierda..." Murmur¨¦ por lo bajo mientras intentaba parar el movimiento de sus manos. "Est¨¢ bien, pero no creas que es porque ten¨¦s la excusa de que sos mi mam¨¢, ?eh! Mir¨¢ que ahora sos mi hermanita menor, ten¨¦s que actuar como tal". Mi mam¨¢, o, mejor dicho, Luc¨ªa, solt¨® otra risita. ?Hasta cu¨¢ndo se iba a estar riendo? Sent¨ª un ligero tir¨®n en mi mano mientras camin¨¢bamos hacia la cueva que conecta con el santuario, y me di cuenta de lo fuerte que se hab¨ªa vuelto el lazo que compart¨ªamos en este mundo. Aunque su apariencia ahora fuera de una ni?a peque?a, todav¨ªa pod¨ªa sentir esa presencia familiar, esa esencia de quien hab¨ªa sido la persona m¨¢s importante para m¨ª en mi vida anterior. Pero todo se sent¨ªa distorsionado, como un reflejo en el agua que no termina de verse claro. Aun as¨ª, no pod¨ªa negar que su compa?¨ªa me hac¨ªa sentir un poco m¨¢s tranquilo en este mundo lleno de incertidumbre. La forma en que se aferraba a m¨ª, insistiendo en seguirme, era algo tan t¨ªpico de mi mam¨¢. ?Cu¨¢nto tiempo podr¨ªa sostener este secreto frente a los dem¨¢s? "Ah, no s¨¦ si ya te enteraste que si tom¨¢s de esta agua te pod¨¦s curar cualquier herida, hasta los simples raspones en los pies". "S¨ª, ya me enter¨¦". No pas¨® mucho tiempo hasta que notamos que hab¨ªa un cambio de iluminaci¨®n en frente. Se notaba claramente ante la falta de luz en lo que se empezaba a convertir en una selva. "Mirella..." Murmur¨¦. Al llegar a la entrada de la gran cueva, notamos que de all¨ª proven¨ªa la intensa luz. Al adentrarnos, pudimos ver un mont¨®n de bolas de luz en el aire, inm¨®viles. Eran de diferentes tama?os, algunas eran m¨¢s peque?as que las que Mirella hac¨ªa normalmente, esas se manten¨ªan normales, pero las que eran m¨¢s grandes parec¨ªan inestables al verlas titilar velozmente. "?Esto lo hizo tu amiguita?" "Parece que s¨ª, pero no es normal que haga esto". La inmensa iluminaci¨®n hizo que notara cosas brillando por el suelo, estancadas contra piedras m¨¢s grandes del suelo. Por el color amarillento, claramente era oro, el cual no debimos haber visto antes a causa de la poca iluminaci¨®n que ten¨ªamos. Bueno, tampoco es como si alguna vez le hubiera pedido a Mirella que pusiera tantas luces al mismo tiempo, siempre nos manejamos con una o dos. Mir¨¦ hacia arriba, realmente el lugar era m¨¢s grande de lo que cre¨ªa. Pude notar alg¨²n que otro mineral, pero estaban tan altos que ni siquiera ten¨ªa ganas de intentar llegar hacia ellos. "No vayas a tocar las bolas de luz, por las dudas te digo". "Est¨¢ bien". Mientras m¨¢s segu¨ªamos avanzando, la cantidad de iluminaci¨®n era la misma, hasta ya comenzaba a cansarme la vista. "Mami, vos quedate ac¨¢. Yo voy a ver si la encuentro". "?Est¨¢s loco? ?Yo tambi¨¦n quiero ver qu¨¦ est¨¢ haciendo!" "Te entiendo perfectamente, pero no quiero que te metas en un posible peligro, ?entend¨¦s? Te saqu¨¦ sin permiso y no quiero que pase algo raro", dije, solt¨¢ndole la mano. "Te voy a dejar una tarea muy importante, quiero que vayas recogiendo las piedras brillantes que est¨¢n al borde del agua. ?Las ves?" Agregu¨¦, se?alando hacia una de ellas, la que brillaba m¨¢s bajo la luz de una bola cercana. "?Y esas cosas brillantes qu¨¦ son? No me dig¨¢s que son esas tonter¨ªas que junta tu nueva madre". ?Eso piensa de ella? "?No ves el color? Es oro... Las cosas que junta Rundia para rezar a su dios vienen de la playa". "?Y desde cu¨¢ndo te interesa el oro?" Pregunt¨® con una ceja levantada, mientras se acercaba a una de las piedras con cierto desd¨¦n. "No es que me interese el oro en s¨ª. Es m¨¢s una cuesti¨®n pr¨¢ctica. En este mundo, cualquier cosa que tenga valor material puede ser ¨²til para construir en el futuro". "No te olvid¨¦s de lo importante. La gente que te rodea. Las personas son lo que realmente importa, no las piedras brillantes". Ella dej¨® caer una de las rocas al suelo, con un ruido seco, como si quisiera hacer ¨¦nfasis en sus palabras. Mientras recog¨ªa las piedras brillantes, mi mam¨¢ segu¨ªa hablando, y yo no pod¨ªa evitar sonre¨ªr al escucharla. Aunque su cuerpo ahora fuera de una ni?a peque?a, su personalidad segu¨ªa tan fuerte y dominante como siempre. Su actitud me hac¨ªa recordar a esos momentos en la Tierra cuando no dudaba en decirme lo que pensaba, sin filtro alguno. La dej¨¦ ah¨ª, haciendo su trabajo mientras se movilizaba ¨¢gilmente a trav¨¦s de los obst¨¢culos brillantes. Era bueno tener a alguien a quien compartirle todo lo que pienso y hago, cada vez que cruzo una palabra con ella me alegro de tenerla cerca y de haber descubierto su verdadera identidad. El calor que emanaban las esferas se sent¨ªa en mi piel, haci¨¦ndome sudar. M¨¢s al fondo de la cueva, pude vislumbrar a Mirella, flotando cerca de una de las paredes, rodeada por una cantidad absurda de peque?as bolas de luz. "Mirella", llam¨¦ su nombre en un tono firme pero preocupado. "?Qu¨¦ est¨¢ pasando ac¨¢? Vine a pedirte perd¨®n. No quiero que estemos as¨ª, separados". Ella se gir¨® lentamente hacia m¨ª. Hab¨ªa algo diferente en su expresi¨®n, una mezcla de satisfacci¨®n y ansiedad que rara vez hab¨ªa visto en ella. "?Luciano! Estaba esperando que llegaras", dijo, con una sonrisa que parec¨ªa demasiado amplia para su rostro. "?Te gusta lo que he hecho?" ?En serio me estaba esperando? Entonces no pensaba volver pronto. "?Qu¨¦ es todo esto?" Pregunt¨¦, haciendo un gesto con la mano hacia las luces que estaban flotantes por todas partes. "Nunca hab¨ªas hecho algo as¨ª antes". "Estoy practicando", respondi¨® con un tono dulce, casi infantil. "Quiero ser m¨¢s fuerte, Luciano. Quiero poder protegerte mejor. Quiero que me sigas usando en las peleas, como hicimos con los hombres p¨¢jaro. Quiero serte m¨¢s ¨²til". Sus palabras me tomaron por sorpresa. Siempre supe que Mirella ten¨ªa un fuerte deseo de protegerme, pero esta intensidad¡­ no era lo que uno llamar¨ªa normal. Debo elegir cuidadosamente mis palabras. "Mirella, necesito que hablemos sobre esto", exclam¨¦, acerc¨¢ndome a ella. "Ven¨ª, vamos a sentarnos ac¨¢". Me sent¨¦ sobre el suelo y apoyado contra la piedra rocosa, donde el agua no cruzaba. Ella se par¨® sobre el suelo, entre mis piernas. "No entiendes, Luciano. Si no me vuelvo m¨¢s fuerte, no podr¨¦ ayudarte cuando me necesites. ?Qu¨¦ pasa si algo m¨¢s peligroso aparece? ?Qu¨¦ pasa si alguien intenta hacerte da?o de nuevo? No quiero que me apartes de nuevo". "Como dije antes, vine a pedirte perd¨®n, no quise ignorarte. Pero, por otro lado, no me gusta que sigas pensando que yo te dejo de lado cuando quiero tener tiempo a solas con otras personas. Es simplemente eso, no es posible estar todo el tiempo juntos". Ella estaba a punto de hablar, pero puse las manos abiertas delante, indic¨¢ndole que espere un momento. "Voy a ser claro, no me gusta que tengas estas actitudes raras. Ni siquiera es que no me gusten, sino que no hacen falta. Esas actitudes solo generan malestar en los dem¨¢s, no pod¨¦s estar enoj¨¢ndote por algo tan tonto como lo es que alguien te pida un momento para hablar con otra persona". Luego agregu¨¦: "Y ya hab¨ªamos hablado algo parecido antes, cuando est¨¢bamos solos junto a Aya en el santuario. Me prometiste que ibas a intentar controlar los celos y la ira, ?no?" En realidad, lo de la ira lo agregu¨¦ yo. Mirella permaneci¨® inm¨®vil frente a m¨ª. Pod¨ªa ver la tensi¨®n en sus peque?as manos, apretadas en pu?os, mientras trataba de procesar mis palabras. El eco del agua cercana y las luces titilantes a nuestro alrededor s¨®lo intensificaban el silencio que se hab¨ªa formado entre nosotros. Respir¨¦ hondo, esperando su respuesta, sintiendo una punzada de ansiedad mientras observaba c¨®mo sus labios se entreabr¨ªan, pero sin emitir sonido alguno. "Luciano..." Comenz¨® finalmente, su voz suave, pero cargada de algo m¨¢s profundo. "No es tan simple para m¨ª. T¨² no entend¨¦s lo que pasa por mi cabeza cuando veo que no soy suficiente para ti". Luego de esas palabras, algunas de las esferas de luz desaparecieron. Apenas hab¨ªa sido alrededor de un diez por ciento del total, pero al menos era una se?al de que algo estaba cambiando. "Mirella, no es cuesti¨®n de ser suficiente o no. Sab¨¦s que me import¨¢s, ?no? Vos sos parte de todo esto, y siempre lo vas a ser. Pero ten¨¦s que entender que tambi¨¦n necesito a los dem¨¢s". Esto no se trataba s¨®lo de celos, ira o sentimientos as¨ª, sino de una inseguridad mucho m¨¢s arraigada. La promesa que me hizo, de estar siempre a mi lado, de protegerme, no era s¨®lo una promesa para m¨ª; era una promesa que se hab¨ªa hecho a s¨ª misma. Y lo peor de todo es que su miedo no era hacia los dem¨¢s, sino hacia la posibilidad de fallar. Ten¨ªa que ser firme. Mirella ten¨ªa una obsesi¨®n con estar a mi lado, y si no la ayudaba a controlarlo, todo se volver¨ªa insostenible. "Escuchame bien", dije, volviendo a tomar la palabra y asegur¨¢ndome de sonar claro y decidido. "Vos no ten¨¦s que ser la m¨¢s fuerte para ser importante para m¨ª. No es un tema de poder. Lo que me importa es que est¨¦s conmigo, que podamos confiar uno en el otro. Las peleas, la magia... todo eso es secundario. No quiero que te pongas en peligro s¨®lo para demostrarme algo. No ten¨¦s que demostrar nada... Creo que ya te lo hab¨ªa dicho". "Pero... pero siempre me dejas de lado, Luciano", replic¨® en un susurro. "Siempre est¨¢s con los dem¨¢s... y yo... yo solo quiero estar contigo. No quiero que me olvides". Dios m¨ªo, esta mujer tiene un problema grave con la exageraci¨®n. "A ver... decime cu¨¢ndo es ese ''siempre'', porque, que yo sepa, apenas fue una vez que te ped¨ª que no me siguieras". "Bueno... yo..." Y ah¨ª se qued¨®. Rod¨® los ojos hacia varios lugares, tal vez intentando buscar alguna excusa, pero no la hab¨ªa. "?Viste que yo tengo raz¨®n?" "Est¨¢ bien... lo voy a intentar", dijo finalmente, aunque todav¨ªa hab¨ªa un dejo de duda en su voz. "Pero tienes que prometerme que no me dejar¨¢s de lado, que no me vas a reemplazar". "?C¨®mo te voy a reemplazar si sos la ¨²nica hada que conozco? Adem¨¢s, somos mejores amigos. Eso no lo olvides nunca". De repente empez¨® a parpadear muchas veces, su cara molde¨¢ndose de distintas formas hasta que dej¨® salir un grito ahogado. "?Luciano!" Se acerc¨® r¨¢pidamente hacia m¨ª corriendo por mis piernas hasta abrazarme a la altura de la panza, buscando refugio en mi cercan¨ªa. Por un momento, todo el caos que hab¨ªa sentido antes comenz¨® a disiparse. La cueva ya no parec¨ªa tan amenazante, y las luces ahora se apagaban una a una, dejando s¨®lo una suave iluminaci¨®n alrededor nuestro. Mientras abrazaba su peque?a figura, pens¨¦ en lo dif¨ªcil que ser¨ªa manejar esta situaci¨®n a largo plazo. Mirella era fuerte, pero tambi¨¦n vulnerable en muchos aspectos. Si no la ayudaba a superar estos sentimientos, su devoci¨®n podr¨ªa convertirse en una obsesi¨®n peligrosa. Pero ten¨ªa fe en que, con el tiempo, ella encontrar¨ªa el equilibrio que necesitaba. Por ahora, al menos, hab¨ªamos logrado dar un peque?o paso hacia adelante... Bueno, hasta que ella levant¨® la mirada y habl¨®. "L-Luciano... no quiero que liberes a la otra criatura m¨¢gica". Se?al¨® varias veces la bolsita que colgaba de mi ropa, moviendo su dedo ¨ªndice hacia adelante y atr¨¢s. "?Te preocupa que ah¨ª haya otra hada?" Ya sab¨ªa que ella hab¨ªa armado una escena por eso antes. Aquella vez eso deriv¨® en que todos se enteraran de la piedra m¨¢gica y tambi¨¦n que yo tuviera una discusi¨®n con Rin. "Bueno... No s¨¦". Mierda... esto de seguir solucionando cada problema de manera verbal comenzaba a ser abrumador. ?Ahora c¨®mo le sacaba de la cabeza esa idea? Cap铆tulo 26: Vecinos. Mientras sent¨ªa el c¨¢lido abrazo de Mirella en mi est¨®mago, me di cuenta de lo compleja que era esta situaci¨®n. Siempre hab¨ªa sentido que su apego hacia m¨ª era inquebrantable, pero ahora, al ver c¨®mo sus inseguridades afloraban de una manera tan desesperada, entend¨ª que esto iba m¨¢s all¨¢ de lo que hab¨ªa imaginado. Acarici¨¦ su cabeza con suavidad, intentando transmitirle tranquilidad. Ella hab¨ªa mencionado la otra criatura m¨¢gica, y al instante supe que esto iba a ser un problema. ?Por qu¨¦ siempre ten¨ªa que complicarse todo? S¨®lo hab¨ªa tratado de avanzar con distintos objetivos para ganarme un favor de Sariah, pero cada paso que daba parec¨ªa despertar m¨¢s dudas, m¨¢s celos, m¨¢s conflictos. "?Por qu¨¦ te preocupa tanto lo que pueda haber en esa bolsita?" Le pregunt¨¦ en tono suave, aunque sent¨ªa la tensi¨®n subiendo de nuevo. "No lo s¨¦..." Murmur¨® Mirella, aferr¨¢ndose m¨¢s fuerte a m¨ª. "?Y si es alguien m¨¢s poderosa? ?O alguien que te guste m¨¢s?" Ah¨ª estaba otra vez. El miedo a ser reemplazada. Es incre¨ªble c¨®mo algo tan peque?o en tama?o pod¨ªa cargar con una inseguridad tan grande. Sent¨ª una mezcla de frustraci¨®n y compasi¨®n. ?C¨®mo pod¨ªa hacerle entender que no hab¨ªa nadie m¨¢s en su lugar, que no necesitaba competir por algo que ya era suyo? Adem¨¢s, ni siquiera sab¨ªamos a ciencia cierta si all¨ª estaba atrapada una criatura m¨¢gica. "Mirella, nadie va a ocupar tu lugar. No es as¨ª como funciona. Vos ya sos parte de m¨ª, de este grupo, de todo lo que estamos construyendo. Pero... tambi¨¦n tenemos que entender que no podemos avanzar solos. Necesitamos m¨¢s aliados. No podemos hacerlo todo nosotros dos. Adem¨¢s, ?no ser¨ªa injusto para aquel ser m¨¢gico que est¨¦ atrapado?" Sent¨ª que mi voz sonaba cansada, pero era la verdad. Ya me costaba suficiente mantener el equilibrio con los dem¨¢s. La ¨²ltima cosa que necesitaba era otra lucha interna entre nosotros. Pero sab¨ªa que, si no abordaba esto con calma, se convertir¨ªa en un problema mayor. Mirella se separ¨® apenas un poco mientras pisaba sobre mi ropa, lo suficiente para mirarme a los ojos. Su mirada ten¨ªa ese brillo que mezclaba desaf¨ªo y miedo. Estaba buscando una respuesta, algo que le diera seguridad. "?C¨®mo puedes estar tan seguro de que no cambiar¨¢s de idea?" Pregunt¨®, su voz era apenas un susurro. ?Seguridad? En este mundo, apenas pod¨ªa estar seguro de lo que iba a pasar en la pr¨®xima hora, menos a¨²n de lo que ocurrir¨ªa a largo plazo. Pero hab¨ªa algo que s¨ª sab¨ªa con certeza: Mirella era parte de mi vida, y no ten¨ªa ninguna intenci¨®n de cambiar eso. Era un ancla, a veces pesada, pero necesaria. "Mirella, si no confi¨¢s en m¨ª, entonces todo esto no tiene sentido. Vos sab¨¦s qui¨¦n soy, sab¨¦s lo que me importa y sab¨¦s mis ideales. Ya me conoc¨¦s mejor que nadie. Y si liberamos a esa criatura, no es para que te reemplace, sino para que nos ayude. As¨ª de simple". Tom¨¦ su peque?o cuerpo entre mis manos mientras me levantaba del suelo. "Ya no quiero m¨¢s discusiones, vamos a dejarlo as¨ª por ahora. Adem¨¢s, tengo a Luc¨ªa esper¨¢ndome". Ella pisote¨® un poco mis manos con furia, pero a los segundos se detuvo. "As¨ª me gusta, que te quedes quietecita", dije, riendo por dentro. Me qued¨¦ unos segundos con Mirella en las manos, mir¨¢ndola sin decir nada. Su peque?a figura irradiaba tanta energ¨ªa emocional que casi pod¨ªa sentir su tensi¨®n vibrar en el aire. Aunque el abrazo que me hab¨ªa dado hac¨ªa unos momentos era una especie de tregua, sab¨ªa que esto no se resolver¨ªa con simples palabras. Sus sentimientos estaban profundamente arraigados, y una parte de m¨ª comprend¨ªa su miedo, aunque no lo justificara. "Por cierto, ?podr¨ªas poner luz? O sea, antes hab¨ªa demasiadas y ahora no hay ninguna. Gracias". De mala gana, alz¨® las manos hacia arriba y puso una esfera m¨¢s grande que el promedio. "?Viste eso? Estuve practicando". "Eso fue incre¨ªble, Mirella. Cada d¨ªa te vas haciendo m¨¢s fuerte". Claramente, mis palabras deb¨ªan ser lo m¨¢s exageradas posibles, no pod¨ªa darle espacio para que se volviera a enojar. Su semblante fue cambiando durante el transcurso hasta la salida de la cueva, donde encontramos a mi mam¨¢ sentada en el borde del arroyo. Espero que ahora ella no est¨¦ molesta, eso ser¨ªa lo ¨²ltimo que me faltar¨ªa. "Mirella, tengo un encargo para vos, algo muy importante". "?Qu¨¦ cosa podr¨ªa ser tan importante en este momento?" "Quiero que vayas a nuestra cueva y le avises a mis padres que sal¨ª para buscarte y que vamos a volver en un rato". Mirella parec¨ªa algo confundida ante mi pedido, pero no replic¨®. Por un segundo, vi en su rostro esa mezcla de desconfianza y curiosidad que tan bien conoc¨ªa. Esa hada siempre estaba buscando algo m¨¢s en mis palabras, tratando de leer lo que no hab¨ªa dicho. Sin embargo, por una vez decidi¨® simplemente asentir. "Est¨¢ bien, ir¨¦ r¨¢pido. No te demores, ?eh?" Su tono segu¨ªa siendo un poco suspicaz, pero al menos se estaba alejando de las discusiones. "S¨ª, s¨ª... Solo voy a ir con Luc¨ªa a ver a Tar¨²n y vuelvo". "?Est¨¢ bien!" La vi elevarse con su luz brillante, desapareciendo entre los ¨¢rboles con una velocidad que s¨®lo ella podr¨ªa alcanzar. Mientras la observaba irse, dej¨¦ escapar un suspiro profundo, sintiendo c¨®mo el peso de la conversaci¨®n comenzaba a disiparse, aunque no del todo. Mirella era parte esencial de mi vida, pero cada vez m¨¢s me daba cuenta de que su protecci¨®n pod¨ªa volverse una espada de doble filo. Esa mezcla entre necesidad de sentirse ¨²til y miedo a ser olvidada podr¨ªa llevarla a lugares que ninguno de los dos quer¨ªamos explorar. "As¨ª que pudiste domar al hada loca". "Solo hablamos de nuestras cosas, nada m¨¢s". Ella se levant¨® ¨¢gilmente y pas¨® a mi lado, deteni¨¦ndose justo en el marco de la entrada a la cueva. "Mir¨¢, ac¨¢ ten¨¦s tu preciado oro", dijo, se?alando justo entre la tierra y la roca. Me acerqu¨¦ para ver mejor el lugar, eran cinco pepitas bien puestas y bien lavadas, en perfecto estado. Mis ojos se abrieron de par en par. "Mami, esto es incre¨ªble..." Murmur¨¦, junt¨¢ndolas a todas en una sola. "?Y qu¨¦ pens¨¢s hacer ahora? ?Vas a mostr¨¢rselo a los dem¨¢s?" "A los dem¨¢s no les interesa esto, ?sabes? Por ahora pienso seguir guard¨¢ndolo hasta que se me ocurra algo para hacer". Tom¨¦ el otro trozo que ten¨ªa en mi bolsita y lo volv¨ª a juntar; ahora era una sola bola peque?a de oro y m¨¢s grande que la piedra m¨¢gica. "Joyer¨ªa, obvio... ?Qu¨¦ m¨¢s podr¨ªas hacer sino?" La agarr¨¦ de la mano antes de contestar. "Solo s¨¦ que la joyer¨ªa es in¨²til por ahora. Vamos, no podemos perder mucho tiempo". "Bien que te hiciste un anillo de piedra, eh. Y a las chicas tambi¨¦n... ?Acaso estaban jugando al matrimonio?" Mientras Luc¨ªa soltaba aquella broma, sent¨ª un peque?o golpe en el pecho. A pesar de que hab¨ªa estado enfocado en sobrevivir y encontrar formas de ayudar al grupo, el hecho de que ellas llevaran esos anillos... era un s¨ªmbolo. Algo que, quiz¨¢s sin darme cuenta del todo, ya hab¨ªa trazado una l¨ªnea invisible entre nosotros. "Es solo un s¨ªmbolo de amistad, no te hagas ideas raras", respond¨ª tratando de quitarle importancia, pero una parte de m¨ª no pod¨ªa evitar pensar que tal vez hab¨ªa m¨¢s en todo esto. ?Qu¨¦ significaba realmente para Mirella o Aya? Lo bueno es que nosotros le dimos un significado propio. Carolina, o Luc¨ªa, no contest¨®. Caminamos en silencio por un rato; el bosque alrededor de nosotros se sent¨ªa m¨¢s vivo, como si cada paso que d¨¢bamos reverberara en la tierra. El viento suave acariciaba las hojas, y los rayos de sol ya se colaban entre los ¨¢rboles. Me fren¨¦ un momento. "Che, no comiste nada vos, ?no?" "No". "Vamos, te voy a dejar con Rundia, as¨ª mam¨¢s un rato". "Est¨¢ bien, pero si lo dec¨ªs as¨ª... suena raro". "Ten¨¦s raz¨®n... pasar por esta fase de ni?os es dif¨ªcil e inc¨®moda a la vez". "S¨ª..." No tardamos mucho hasta que llegamos cerca de la cueva y la dej¨¦ caminar hasta llegar dentro. Desde lejos se escuchaba la voz chillona de Mirella, solo que no logr¨¦ entender bien qu¨¦ dec¨ªa. Ojal¨¢ que sea suave en sus palabras, as¨ª no me retan. Rode¨¦ la cueva antes de que alguien me descubriera y me fui hacia la playa. De ah¨ª habr¨ªa un recorrido corto hasta la cueva en la que antes viv¨ªa Anya. ?Por qu¨¦ estoy yendo a ese lugar? Bueno, es que quiero darle con el gusto a Mirella y en cualquier momento ir a las famosas llamas eternas, as¨ª que para eso debo juntar algo de informaci¨®n sobre lo que hay m¨¢s all¨¢ del otro lado de la selva. Tariq debe ser el indicado para hablarme sobre eso. De paso conoc¨ªa un poco m¨¢s sobre ¨¦l y su familia. Como para hacer un paneo general, mi cueva est¨¢ super cerca de la playa. Si vemos desde la entrada hacia fuera, al este tenemos la cueva donde estoy yendo ahora. Al suroeste tenemos el camino m¨¢s cercano al arroyo y el santuario. Al sur la cueva que era de Kuri y las gemelas y tambi¨¦n un claro en el cual antes se juntaban todos a charlar mientras recolectaban, y si vamos incluso m¨¢s all¨¢, tenemos el lugar donde estaban los hombres p¨¢jaros el d¨ªa del secuestro. Al sureste est¨¢ esa cueva horrible llena de moho y que es super peque?a. Bueno, creo que hubiese sido m¨¢s f¨¢cil de explicar si lo dec¨ªa con respecto a la otra perspectiva... No importa, la cuesti¨®n es que hay que explorar hacia el oeste, por donde sigue el otro lado del arroyo, y m¨¢s hacia el sur. O tal vez ir costeando la selva. Tampoco es que tenga apuro en explorar y buscar al rey demonio, sino que mi idea es ir luego de construir la casa, siempre y cuando salga todo bien. Ya estoy ac¨¢... No me gusta tratar mucho con esta gente, pero el que est¨¦ Tar¨²n ac¨¢ ayuda un poco. Al fin y al cabo, ellos son nuestros vecinos y familia de integrantes de nuestro grupo. Avanc¨¦ hasta la entrada, par¨¢ndome ah¨ª mismo. "?Hola! Soy Luciano, vine a visitarlos". "?Luciano! ?Estoy aqu¨ª!" La voz de Tar¨²n reson¨® con una alegr¨ªa que no pod¨ªa evitar sacarme una sonrisa. El peque?o siempre estaba emocionado de verme, y eso hac¨ªa que cualquier incomodidad que pudiera sentir con los adultos se desvaneciera un poco. ¨¦l sali¨® corriendo hacia m¨ª, con su pelo largo desordenado y esa expresi¨®n de pura felicidad que siempre llevaba consigo. Me dio un fuerte abrazo y me mir¨® con esos ojos grandes y oscuros que parec¨ªan contener mucha emoci¨®n. Parece que no le iba mal con esto de tener que pasar una noche con su padre y su otra familia. Se lo ve¨ªa animado, hasta m¨¢s de lo normal, dir¨ªa yo. Eso es bueno. "?Viniste a jugar conmigo, Luciano?" Pregunt¨® con la inocencia que solo un ni?o puede tener. "Algo as¨ª, Tar¨²n. Pero... m¨¢s que todo vine a hablar, ?sabes d¨®nde est¨¢ tu padre?" En realidad, se los ve¨ªa claramente desde mi posici¨®n. Estaban todos alrededor de la fogata. Tar¨²n asinti¨® r¨¢pidamente y se?al¨® hacia el interior de la cueva. "Est¨¢ con mam¨¢ y Kiran. ?Est¨¢n hablando! Pero seguro querr¨¢n verte. Ven, yo te llevo. ?Y Mirella?" "Mirella est¨¢ en nuestra cueva. Ella debe estar esperando que regreses". "?En serio?" Le hice una sonrisa, sin responderle. Cuando finalmente llegamos a donde estaban los dem¨¢s, vi a Tariq y Yume sentados juntos, mientras Kiran terminaba de comer una mandarina. Tariq levant¨® la vista cuando nos acercamos, y sus ojos oscuros se entrecerraron ligeramente, como si estuviera evaluando mis intenciones antes de siquiera decir una palabra. Claro, si ya de por s¨ª era raro que alguno de nosotros los visitara, yo deb¨ªa ser el que menos pintaba ac¨¢. Pero bueno, yo soy medio rarito. Mir¨¦ a la se?orita Yume y parec¨ªa que realmente s¨ª me hizo caso con el tema del agua del arroyo. Ya no tiene esas cicatrices en el cuerpo.Love what you''re reading? Discover and support the author on the platform they originally published on. "Luciano", dijo Tariq, con voz profunda y tranquila. Parec¨ªa tener una buena ma?ana. "?Qu¨¦ te trae por ac¨¢?" Claro, si hab¨ªa un d¨ªa en el que pudiera charlar tranquilamente con ¨¦l, era justamente hoy, cuando est¨¢ junto a Tar¨²n. "Quer¨ªa hablar un poco contigo, Tariq. Quiero saber m¨¢s sobre este lugar, sobre lo que hay m¨¢s all¨¢ de la selva. Estoy pensando en explorar m¨¢s all¨¢ del arroyo, y pens¨¦ que tal vez podr¨ªas tener alguna informaci¨®n sobre el lugar en el que estabas viviendo antes de volver ac¨¢". ¨¦l levant¨® las cejas y se incorpor¨® del suelo. Por un momento, su figura flaca, alta y de tez morena me hizo acordar a los hombres p¨¢jaros. "No te hace falta saber esas cosas". Mierda, empezamos mal. Tampoco es como si ¨¦l fuera mi ¨²nica fuente de informaci¨®n, pero no ten¨ªa ganas de hablar con mis padres sobre esto. Aunque bueno, ¨¦l es el humano m¨¢s mayor de todos los que conozco actualmente, es posible que sepa m¨¢s cosas. "Por favor, necesito saber si hay m¨¢s gente del otro lado. S¨¦ que ha habido m¨¢s movimiento en el bosque en los ¨²ltimos tiempos... ?Ustedes tambi¨¦n lo notaron? La gente se est¨¢ empezando a movilizar m¨¢s". Pasaron varios segundos en los que ¨¦l se qued¨® en silencio, solo mir¨¢ndome fijamente. "?Pap¨¢?" Pregunt¨® Tar¨²n, acerc¨¢ndose a ¨¦l. Finalmente, ¨¦l habl¨® despu¨¦s de humedecerse los labios con la lengua. "Obvio que hay m¨¢s gente del otro lado". ?Vamos, hombre! ?Eso no me dice nada! "Pap¨¢, ?puedo ir a las llamas eternas con Luciano y Mirella?" Ante la pregunta de su hijo, Tariq abri¨® los ojos muy grandes y su mand¨ªbula empez¨® a endurecerse. ?No se supon¨ªa que deb¨ªas contarle eso, maldici¨®n! "?Nadie va a ir a ese lugar! ?No al lugar del Rey demonio!" El ambiente cambi¨® de golpe. La tensi¨®n en la cara de Tariq era notable, y su voz hab¨ªa salido con una autoridad que ya le hab¨ªa visto antes. Su reacci¨®n fue tan fuerte que me dej¨® paralizado por un segundo, sin saber bien c¨®mo manejar la situaci¨®n. Tar¨²n dio un salto hacia atr¨¢s, sorprendido, y su expresi¨®n se torn¨® de miedo. ¨¦l no esperaba esa respuesta tampoco. Yume se levant¨® del suelo y puso una mano en su hombro. "Amor, los ni?os no lo dicen de verdad... Solo est¨¢n jugando". "Tranquilo, Tariq", dije, intentando sumar tranquilidad a las palabras de su mujer. "No tengo intenci¨®n de poner a Tar¨²n en peligro. Solo quiero conocer m¨¢s sobre lo que hay m¨¢s all¨¢. No voy a ir a ning¨²n sitio sin estar preparado". ¨¦l hizo caso omiso a todo lo que le dijimos y me tom¨® por los hombros. "?No juegues con eso! ?Acaso quieres terminar como ellos?" "?C-Como ellos?" Murmur¨¦, sintiendo el apret¨®n de sus dedos sobre mi hombro. "?La mujer de fuego y el barbudo! Tambi¨¦n hab¨ªa alguien m¨¢s... Todos perdieron contra ¨¦l". Esto no era solo una advertencia, parec¨ªa m¨¢s una amenaza, o tal vez una advertencia disfrazada de amenaza. Pero algo me dec¨ªa que Tariq sab¨ªa m¨¢s de lo que estaba dispuesto a contar. "?Hablas de las tres criaturas m¨¢gicas encerradas? Ya me lo hab¨ªan contado". "??Entonces para qu¨¦ piensas ir!?" Me sacudi¨® m¨¢s fuerte. "?Pap¨¢, ya suelta a Luciano!" Grit¨® Tar¨²n, tironeando de uno de sus brazos. ¨¦l finalmente cedi¨®, pero su mirada segu¨ªa tensa. "Nadie debe pisar esas tierras, ?entendiste?" "S¨ª..." En realidad, iba a ir lo mismo. "?Podemos seguir hablando? No sobre eso... Quiero saber c¨®mo es el lugar de donde ven¨ªas y si conoc¨ªas a mis padres antes de que yo naciera". ¨¦l se cruz¨® de brazos. "Primero debes prometer que no meter¨¢s a mi hijo en nada peligroso. Debo serte sincero, no me gustan mucho tus intenciones". "?Pap¨¢! ?Por qu¨¦ le dices eso a Luciano? ¨¦l es mi amigo". "Hijo, ahora no te metas. Tu padre est¨¢ hablando con Luciano", intervino Yume. "Tranquilo, Tariq", le dije en tono bajo, levantando las manos en se?al de paz. "No pienso arriesgar a Tar¨²n ni a nadie. Prometo que no har¨¦ nada est¨²pido". "Eso espero..." Murmur¨®, pero su expresi¨®n se suaviz¨® ligeramente. A¨²n con un toque de recelo, pero ya no con la intensidad anterior. Me mir¨® fijamente por unos segundos m¨¢s, como evaluando mis palabras, y luego, casi de mala gana, se dej¨® caer sobre el suelo, apoyando su espalda contra la pared rocosa. La fogata la ten¨ªan bastante pegada a la pared, as¨ª que ¨¦l se puso a cocinar un pescado mientras tanto. Bueno, en realidad era la mitad de un pescado. ?Estar¨¢n pasando hambre? Yume, al ver que la situaci¨®n se hab¨ªa calmado un poco, acarici¨® el cabello de Tar¨²n y lo hizo sentarse al lado de su padre. Luego, se acerc¨® a mi o¨ªdo. "Gracias por el consejo del otro d¨ªa", susurr¨® con una gran sonrisa en la cara. Hasta se le pod¨ªan ver todos los dientes, los cuales estaban en perfecto estado. No tuve tiempo para responderle, ya que ella se fue r¨¢pidamente a sentarse del otro lado de Tariq, disimulando la escena. Yo, tratando de mantener el flujo de la conversaci¨®n anterior, me acerqu¨¦ tambi¨¦n, sent¨¢ndome enfrente de Tariq, las llamas y el humo haciendo de separaci¨®n entre los dos. "Cu¨¦ntame entonces... si no es mucho pedir", comenc¨¦, eligiendo bien mis palabras para evitar que se volviera a encender un nuevo problema. "?C¨®mo y d¨®nde eran las cuevas donde viv¨ªan antes? ?Conoc¨ªas a mis padres antes de que naciera? Me interesa saber m¨¢s de la historia de esta zona, del lugar de donde todos venimos". Tariq solt¨® un suspiro pesado, como si el tema lo trajera recuerdos que no estaba seguro de querer compartir, pero finalmente empez¨® a hablar. Lo hizo en un tono m¨¢s calmado, aunque a¨²n con algo de distancia. "Las cuevas... No es que fu¨¦ramos una gran comunidad o algo por el estilo. No siempre est¨¢bamos en el mismo lugar, pero nos mov¨ªamos por las mismas zonas. Rin y Rundia, por ejemplo, ya se conoc¨ªan desde antes. Sus familias viv¨ªan en cuevas vecinas, pero no hablaban mucho. Al menos eso es lo que yo notaba". Lo mir¨¦ intrigado. Esto era nuevo. Siempre hab¨ªa pensado que Rin y Rundia se hab¨ªan encontrado en alguna casualidad posterior, cuando las circunstancias los unieron. Pero ten¨ªa sentido, Rin hab¨ªa dicho que conoc¨ªa bien a los padres de Rundia y que le ca¨ªan bien, en particular su padre. "Rin... siempre fue un tipo reservado", continu¨® Tariq. "No era de hablar mucho, pero en esas ¨¦pocas, cuando ¨¦ramos j¨®venes, ¨¦l... Bueno, digamos que no era el m¨¢s amigable. Se enfocaba en estar con su familia y poco m¨¢s. Tal vez ya lo sepas, pero su padre muri¨® cuando ¨¦l era un ni?o peque?o, y luego tambi¨¦n falleci¨® su madre. Luego de quedarse solo, el padre de Rundia le llevaba comida. En realidad, todos intent¨¢bamos ayudarlo, solo que en mi familia ¨¦ramos demasiados como para regalar comida". Not¨¦ c¨®mo su mirada se perd¨ªa un poco en el pasado mientras hablaba. Lo que estaba contando era parte de su propia vida tambi¨¦n, no solo una historia ajena. Se ve que hab¨ªa vivido tiempos duros. "Disculp¨¢ que te interrumpa, pero, ?cu¨¢ntos son en tu familia?" "Tengo dos hermanos y una hermana. Tambi¨¦n est¨¢n mis padres y dos t¨ªas. Son ellos los que andan por aqu¨ª a veces". As¨ª que la familia de Tariq es parte de los que empezaron a caminar por nuestro bosque... Entendido, no voy a enemistarme con ¨¦l, eso no ser¨ªa bueno. "?C¨®mo era entonces vivir as¨ª? Parece que era todo un desaf¨ªo el vivir con tanta familia", coment¨¦, queriendo que continuara. ¨¦l gir¨® la mitad del pescado antes de continuar. "Lo era. Nunca sab¨ªas cu¨¢ndo ibas a tener que huir, o si lo que cazabas iba a durar lo suficiente para alimentar a todos. Cada d¨ªa era una lucha para m¨ª y para ellos. Rin, Rundia, sus familias, la m¨ªa, la de Yume... todos sobreviv¨ªamos como pod¨ªamos. Nos conoc¨ªamos de vista, pero no ¨¦ramos tan cercanos. Solo Rundia y Anya eran las que siempre hablaban entre s¨ª". "Entiendo... ?Y qu¨¦ puedes decirme sobre mi abuelo? Me gustar¨ªa conocerlo". "La ¨²ltima vez que anduve por all¨ª se lo ve¨ªa en perfecto estado... Ese hombre es una bestia, es el mejor cazador que han visto mis ojos". Luego me apunt¨® con la rama en la que ten¨ªa pinchado el pescado. "No se te ocurra ir a verlo, ¨¦l odia a tus padres". "?Es para tanto? S¨¦ que pap¨¢ me dijo que estaba enojado con mi madre, pero..." ¨¦l cort¨® mis palabras de inmediato. "No. No. No. ¨¦l los ech¨® a los dos de una patada en el culo, todo porque su hija qued¨® embarazada a corta edad. Si te apareces por ah¨ª, lo m¨¢s probable es que tambi¨¦n te quiera echar a ti. No hay forma de tratar con ¨¦l, en serio te lo digo". Las palabras de Tariq pesaron en mi mente. Mi abuelo, alguien a quien nunca hab¨ªa conocido, era un cazador formidable, pero con una actitud tan intransigente que hab¨ªa expulsado hasta a Rin, que todav¨ªa no era de su familia. A todo esto, qu¨¦ descarado por parte de Tariq decir eso tan a la ligera, ?no? Si ¨¦l dej¨® embarazada a Anya d¨ªas antes de que eso sucediera. No voy a mencionar el nombre de Anya por respeto a Yume, pero hay que tener la cara de piedra como para hablar tan tranquilo sobre este tema, eh. Finalmente asent¨ª, intentando calmar los pensamientos que empezaban a agolparse en mi mente. Las palabras de Tariq segu¨ªan retumbando, como si cada frase hubiera sido dise?ada para alertarme de un peligro que no comprend¨ªa del todo. Estaba claro que hab¨ªa mucho m¨¢s en la historia de mi familia, y de este lugar, que a¨²n desconoc¨ªa. Y cuanto m¨¢s me adentraba en esa realidad, m¨¢s me daba cuenta de que no ser¨ªa f¨¢cil obtener respuestas sin enfrentamientos. Mir¨¦ a Yume, quien segu¨ªa sonriente y observando en silencio, con una especie de ternura en sus ojos que contrastaba con la dureza en las palabras de su marido. Sab¨ªa que hab¨ªa mucho m¨¢s entre ellos, algo que no se expresaba en las palabras. ?Qu¨¦ tan diferentes habr¨ªan sido sus vidas si hubieran nacido en otras circunstancias? ?Si no hubieran tenido que luchar d¨ªa a d¨ªa por sobrevivir? Claro, pensar en todo eso era un poco absurdo. Y luego estaba Tar¨²n, sentado junto a su padre, todav¨ªa mirando el fuego, con sus ojos llenos de admiraci¨®n hacia m¨ª. ?C¨®mo pod¨ªa asegurarme de que no lo pondr¨ªa en peligro? En realidad, ¨¦l ya hab¨ªa estado en peligro. Cada vez que pensaba en las aventuras que quer¨ªa emprender, en lo que deseaba descubrir en este mundo lleno de misterios, me daba cuenta de que la curiosidad no era solo m¨ªa. Tar¨²n quer¨ªa seguirme, aprender, ser parte de ese futuro incierto. Creo que fue Rundia la que hace poco me dijo que Tar¨²n no quer¨ªa salir... Yo ac¨¢ veo todo lo contrario, vaya a saber si es solo porque se siente seguro al lado de Mirella como para salir a un lugar inexplorado. Tambi¨¦n estaba Kiran, jugando a patear algunas piedras en el suelo. Deber¨ªa presentarme formalmente. Aprovech¨¦ el momento en el que Tariq comenz¨® a comer el pescado y me acerqu¨¦ al ni?o. Ahora no pod¨ªa leer su edad, pero deber¨ªa tener poco m¨¢s de a?o y medio. "?Hola, Kiran! Yo soy Luciano, ?puedo unirme a tu juego?" Kiran levant¨® la vista, observ¨¢ndome con una mezcla de curiosidad y timidez. Parec¨ªa estar evaluando si era seguro dejarme participar en su peque?o universo de fantas¨ªa. Finalmente, asinti¨® con la cabeza y me ofreci¨® una t¨ªmida sonrisa, d¨¢ndome permiso para unirme. Me sent¨¦ en el suelo, justo frente a ¨¦l, dejando que la piedra rodara hacia m¨ª. Cuando la piedra me toc¨® la pierna, ¨¦l larg¨® una carcajada y se empez¨® a golpear las caderas, donde ten¨ªa envuelta un trozo de piel de animal haciendo la funci¨®n de ropa. "Luciano. Juga... Jugar", balbuce¨®. Bueno, al menos estaba claro que ¨¦l no era un reencarnado, o al menos fing¨ªa demasiado bien. Tom¨¦ la piedra entre mis dedos, notando la rugosidad de su superficie. Por un momento, me qued¨¦ mir¨¢ndola, y un pensamiento cruz¨® mi mente: ?qu¨¦ pasar¨ªa si la hiciera m¨¢s interesante para ¨¦l? Con un simple pensamiento y un toque de magia, la piedra comenz¨® a transformarse entre mis manos. Primero dej¨¦ hueco su interior y expand¨ª el restante hacia fuera, duplicando su volumen. Luego suavic¨¦ su superficie y termin¨¦ molde¨¢ndola en una esfera casi perfecta. La magia fluy¨® con naturalidad, y pronto tuve algo m¨¢s cercano a una pelota en lugar de una roca irregular. Kiran, con los ojos abiertos de par en par, solt¨® un peque?o "?Oh!" de sorpresa al terminar de ver la transformaci¨®n. Le sonre¨ª mientras me paraba y colocaba la pelota en el suelo, entre nosotros. "Vamos a hacer esto m¨¢s divertido, ?quieres?" Dije, d¨¢ndole un ligero empuj¨®n con el pie para que la pelota rodara hacia ¨¦l. El ni?o no se lo pens¨® dos veces. Con una risa espont¨¢nea, pate¨® la esfera hacia m¨ª, y de inmediato supe que est¨¢bamos listos para jugar. En ese momento comenc¨¦ a moverme lentamente, mientras ¨¦l intentaba alcanzarme junto a la pelota. Hab¨ªa algo reconfortante en esa sensaci¨®n, como si por un momento me transportara a aquellos tiempos en los que mi mayor preocupaci¨®n era marcar un gol. Sin embargo, esto no era una canchita de f¨²tbol en Argentina, sino un peque?o espacio entre rocas y el fuego. Pero la esencia estaba ah¨ª, intacta. Cada vez que la pelota rodaba hacia m¨ª, sent¨ªa la satisfacci¨®n de ver a Kiran re¨ªrse, disfrutando del juego con una intensidad que me hac¨ªa pensar en lo poco que necesit¨¢bamos para ser felices cuando ¨¦ramos ni?os. Y aunque ya no lo era, aunque mi vida en la Tierra hab¨ªa quedado atr¨¢s, este peque?o momento me record¨® la simpleza de la felicidad. Luego Tar¨²n se sum¨® al juego y le di con el gusto de jugar, como ¨¦l quer¨ªa. Sal¨ª de la cueva luego de despedirme de todos y, aunque pas¨¦ mucho tiempo fuera, nadie hab¨ªa venido a buscarme. Supongo que Aya les habr¨¢ dicho que estoy bien. Entonces voy a aprovechar para explorar un poco hacia este lado y de paso veo si encuentro un buen lugar para construir nuestra casa... Cierto, no le cont¨¦ a Mirella sobre eso. Llegu¨¦ hasta la playa y me puse a caminar m¨¢s all¨¢ de la cueva de Tariq mientras sacaba algunas conclusiones. ?Qui¨¦nes ser¨¢n las personas que mencion¨® Tariq? ¨¦l habl¨® de ''la mujer de fuego y el barbudo''; claramente a la mujer de fuego no la conozco y a los ¨²nicos barbudos que conozco son los gnomos, los cuales nunca m¨¢s vimos desde que se fueron. Qu¨¦ l¨¢stima. Me imagino que quiz¨¢s volver¨¢n en alg¨²n momento. Siendo sincero, no confiaba en ellos del todo, pero eran un misterio que me quedaba pendiente. Creo que tener de mi lado a alguien con magia de fuego ser¨ªa algo extremadamente bueno, porque facilitar¨ªa varias cosas del d¨ªa a d¨ªa, como prender fogatas de un toque, crear antorchas y hasta podr¨ªamos fundir cosas... Hace poco yo hab¨ªa pensado en crear vidrio. Tambi¨¦n, Tariq habl¨® de otra persona, a la que intuyo que ser¨¢ Mirella. Ella es la que estaba atrapada en la piedra, as¨ª que supongo que ella tambi¨¦n luch¨® contra el rey demonio, solo que no lo recuerda. ?Qu¨¦ papel jug¨® realmente Mirella en todo esto? ?Hab¨ªa sido tan poderosa en alg¨²n momento como para enfrentarse a semejante amenaza? Si ese era el caso, ?por qu¨¦ perdi¨® sus recuerdos? Nunca lo dijo directamente, pero si no recuerda el nombre del rey demonio ni sabe c¨®mo termin¨® encerrada en una piedra, es porque perdi¨® sus recuerdos por completo. El sonido de las olas rompiendo en la orilla era tranquilizador, un ritmo constante que acompa?aba mi andar. Pero luego de varios minutos de caminar, algo en el horizonte llam¨® mi atenci¨®n, un destello brillante m¨¢s all¨¢ de lo que sol¨ªa recorrer. Me detuve, entrecerrando los ojos para enfocar mejor. A lo lejos, casi oculto por una leve neblina, se levantaba una forma imponente. Era un volc¨¢n. ?Estas ser¨ªan las famosas llamas eternas? No pod¨ªa evitar pensar en la mujer de fuego de la que hab¨ªa hablado Tariq. Quiz¨¢s... Mis pensamientos fueron interrumpidos de golpe cuando algo, o, mejor dicho, alguien, me empuj¨® violentamente por la espalda. No tuve tiempo de reaccionar antes de sentir una fuerza aplastante que me tiraba al suelo. Apenas pude voltear la cabeza cuando vi unas figuras, borrosas al principio, que se acercaban a m¨ª a toda velocidad. Intent¨¦ incorporarme, pero antes de que pudiera hacer algo, uno de ellos, un hombre, me tom¨® por el brazo, con una fuerza sorprendente. "?Oye!" Grit¨¦, intentando zafarme, pero el agarre era firme. Otro hombre me apunt¨® con una especie de piedra afilada, mientras el tercero parec¨ªa examinarme de arriba abajo, sus ojos oscuros y desconfiados, esa era una mujer y llevaba su torso descubierto. Todos eran similares f¨ªsicamente, con el pelo negro, los ojos negros y la piel algo morena. ?Acaso me estaba secuestrando una tribu? "No hagas esc¨¢ndalo", dijo uno de ellos, el que me sosten¨ªa. Ten¨ªa la voz rasposa, casi como si no estuviera acostumbrado a hablar. Intent¨¦ verlos un poco mejor antes de hablar: Su ropa estaba hecha de pieles y sus aspectos feroces delataban que viv¨ªan en una situaci¨®n similar a la de nosotros, pero hab¨ªa algo en su postura... Estaban organizados, ten¨ªan un plan. "?Qui¨¦nes son ustedes?" Pregunt¨¦, intentando mantener la calma mientras mis pensamientos se aceleraban. No respondieron. Uno de ellos, la mujer; alta y musculosa, hizo un gesto con la mano, y los otros dos me empujaron hacia el interior del bosque, alej¨¢ndome de la playa. Trat¨¦ de resistirme, pero cada vez que intentaba liberarme, el hombre que me sosten¨ªa solo apretaba m¨¢s. "Ya sabemos qui¨¦n eres... Eres el hijo de Rundia", dijo la mujer con un tono fr¨ªo. Su voz era firme, y aunque ahora no pod¨ªa verle la cara con claridad debido a la penumbra de los ¨¢rboles, su presencia impon¨ªa respeto. Sab¨ªan qui¨¦n era. Eso cambi¨® las cosas. "?De qu¨¦ me acusan?" Insist¨ª, con m¨¢s fuerza esta vez, mientras camin¨¢bamos por el bosque. Estaban demasiado callados, como si no quisieran revelar m¨¢s de lo necesario. De pronto, uno de los que tomaban de los brazos habl¨®. "?Nura, este ni?o tiene algo oculto al costado de su ropa!" Y como si su grito no fuera poco, empez¨® a tantear y querer arrancarme la bolsita hecha de hojas en la que ten¨ªa mis dos pertenencias m¨¢s importantes. "?Detente! ?No les voy a dar nada!" "?Qu¨¦date quieto, ni?o!" "?Suelten a Luciano!" La voz imponente de Aya reson¨® por todo el bosque. Ah¨ª estaba, parada en frente de todos y con una mano extendida hacia delante. Menos mal... No me iba a contener si es que me trataban de robar. ?Habr¨¢ venido sola? Cap铆tulo 27: Te?ido de rojo. Cuando escuch¨¦ la voz de Aya entre los ¨¢rboles, sent¨ª una mezcla de alivio y tensi¨®n. Los tres secuestradores de ni?os se detuvieron en seco, observando a la imponente figura de la mujer-zorro con cautela. Su figura era elegante y grande, con su yukata blanco y las cinco colas ondeando suavemente tras ella. Es posible que Aya haya puesto una barrera invisible entre nosotros, puedo intuirlo por su postura con la mano hacia delante. "?Qui¨¦n eres t¨²?" Pregunt¨® la mujer, a quien hab¨ªan llamado Nura, claramente nerviosa. Su tono autoritario parec¨ªa haber perdido algo de firmeza al ver a Aya. "No importa qui¨¦n soy. Lo que importa es que no van a llevarse a Luciano", respondi¨® Aya, con una tranquilidad que dejaba claro que no ten¨ªa intenciones de negociar. Su mano, que segu¨ªa extendida, baj¨® hasta su posici¨®n natural. "Gracias a Sariah", pens¨¦. No estaba seguro de cu¨¢n lejos me llevar¨ªan estos tipos o qu¨¦ har¨ªan conmigo si Aya no hubiera intervenido. O, mejor dicho, no sab¨ªa hasta cu¨¢ndo iba a resistir antes de usar mi magia para defenderme. Nura, la mujer musculosa, retrocedi¨® un poco, mirando a sus dos compa?eros, que ya estaban claramente desconcertados. Se notaba que sab¨ªan que enfrentarse a alguien como Aya no era algo que quer¨ªan hacer. "?Te acuerdas de ella? La conocemos de vista", susurr¨® uno de los hombres, el que me hab¨ªa sostenido m¨¢s fuerte hasta ahora. Su voz se hab¨ªa suavizado ligeramente. "No sabemos tu nombre. ?Qu¨¦ eres?" Grit¨®, claramente habl¨¢ndole a Aya. Aya se limit¨® a observarlos con una calma casi inquietante. Su presencia lo llenaba todo, y los hombres comenzaron a retroceder, solt¨¢ndome al fin. Aprovech¨¦ para dar unos pasos hacia adelante, poni¨¦ndome un poco m¨¢s cerca de ella. "No tienes que saber mi nombre. Pero s¨ª sabr¨¢s lo que te conviene hacer. Si vuelves a tocar a Luciano, no mediar¨¦ una palabra m¨¢s con ustedes". Era raro, pero not¨¦ c¨®mo los tres intrusos intercambiaban miradas. Hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de esta situaci¨®n. No parec¨ªan ser simples asaltantes, aunque el hecho de que conocieran a mi madre tambi¨¦n era preocupante. "Est¨¢ bien, c¨¢lmate, no queremos problemas..." Dijo Nura, luego de soltar un suspiro. "Solo queremos hablar". ?Hablar? Me est¨¢n jodiendo estos. Mientras tanto, Aya no bajaba la guardia, y su postura me daba la seguridad suficiente como para avanzar en mis propios t¨¦rminos. Decid¨ª tomar la iniciativa y aprovechar que la situaci¨®n hab¨ªa cambiado. "Si solo quer¨ªan hablar, ?por qu¨¦ carajos me emboscaron? ?Qui¨¦nes son ustedes? Ya saben qui¨¦n soy yo, as¨ª que hablen". Los tres permanecieron en silencio por unos segundos, hasta que Nura, aparentemente la l¨ªder, se cruz¨® de brazos y me mir¨® fijamente, como si decidiera en ese momento si contarme la verdad o no. "No te vamos a hacer da?o. Somos... familia de Tariq. Hermanos". Me qued¨¦ en blanco por un segundo. ?Familia de Tariq? Eso explicaba muchas cosas, pero tambi¨¦n levantaba muchas preguntas. ?Por qu¨¦ me estaban atacando si ¨¦ramos, en alg¨²n sentido, aliados? Los observ¨¦ con m¨¢s detenimiento. Ahora que lo mencionaba, ve¨ªa el parecido. El hombre que me hab¨ªa intentado robar la piedra era m¨¢s robusto, pero ten¨ªa el mismo tipo de ojos oscuros que Tariq, y la mujer, Nura, compart¨ªa esa misma intensidad en su mirada. Claro, dos hermanos y una hermana... "Entonces..." Murmur¨¦, entrelazando las piezas en mi mente. "?Ustedes son los hermanos y la hermana de Tariq? Eso explica por qu¨¦ sab¨ªan qui¨¦n era yo. Pero, ?por qu¨¦ hacer toda esta escena?" Uno de los hombres, el m¨¢s callado, desvi¨® la mirada, claramente inc¨®modo con la confrontaci¨®n. Nura, en cambio, se mantuvo firme. "Tariq nos ha hablado de ti y de los tuyos... y tambi¨¦n de los problemas que han causado", su tono hab¨ªa vuelto a ser severo. "No sabemos en qu¨¦ andan, pero nos preocupa lo que pase con nuestra gente. Este lugar, nuestras tierras, se est¨¢n volviendo peligrosas desde que llegaste y trajiste a estas mujeres". Mi cabeza dio vueltas por un segundo. ?Peligrosas? ?Mujeres? Hab¨ªa estado haciendo todo lo posible para mejorar la situaci¨®n, no empeorarla. Entonces, ?qu¨¦ estaban insinuando? Mis pu?os se cerraron de manera instintiva, tratando de contenerme antes de soltar cualquier cosa que pudiera empeorar la situaci¨®n. Pero mi mente no pod¨ªa evitar desbordarse de pensamientos contradictorios. "?Peligrosas?" Repet¨ª, casi como un eco de sus palabras, mientras mi mirada se clavaba en ella. "?Qu¨¦ peligros he tra¨ªdo yo, exactamente?" Sab¨ªa que mi tono se volv¨ªa cada vez m¨¢s afilado. La frustraci¨®n era fea, no solo por lo que dec¨ªan, sino porque, una vez m¨¢s, me encontraba en una situaci¨®n en la que todos parec¨ªan saber m¨¢s de lo que me contaban, donde yo era se?alado como la ra¨ªz de problemas que ni siquiera entend¨ªa. "Desde que llegaste, todo ha cambiado", respondi¨® con una especie de resentimiento mal disimulado. "La gente ya no conf¨ªa en nosotros. Los animales del bosque se comportan de manera extra?a, y ahora hay rumores... cosas que no podemos ignorar". "Rumores", dije con una risa sarc¨¢stica. "?Qu¨¦ rumores? ?Qu¨¦ animales? ?Qu¨¦ gente?" Hab¨ªa pasado demasiado tiempo y demasiados momentos siendo tratado como si siempre estuviera bajo sospecha, como si todo lo que hac¨ªa fuera cuestionable. Yo vine a este lugar buscando mejorar las cosas, no para ser el maldito chivo expiatorio de todo lo malo que suced¨ªa. Y ese era el problema de la mayor¨ªa de esta gente... Rin, Suminia, Tariq y ahora estos hermanos... Se ve que era dif¨ªcil para ellos entender los cambios, ese es su problema. Es algo mental. "Se habla de maginica extra?a", continu¨® Nura, con un tono m¨¢s bajo, casi como si estuviera dudando de sus propias palabras. "De cosas que no deber¨ªan existir aqu¨ª. Y todo comenz¨®... desde que apareciste con esas mujeres". Maginica... Dios m¨ªo. "Si hay algo raro sucediendo, tal vez deber¨ªamos investigarlo juntos, en lugar de pelear entre nosotros, ?no crees?" Dije, d¨¢ndome media vuelta. "Aya, nos vamos". "No te hab¨ªamos tra¨ªdo aqu¨ª para hacer da?o", exclam¨® Nura, intentando tener la ¨²ltima palabra. "?No nos sigan faltando el respeto!" Arremeti¨® Aya, dando un paso hacia delante. Mientras tanto, fui moldeando la madera de un tronco. "Disculpen, en realidad solo quer¨ªamos hablar con este ni?o. Quer¨ªamos saber por qu¨¦ siempre consiguen tanta comida". Lo que parec¨ªa ser un ataque directo en realidad era un intento torpe de establecer contacto. Claramente, hab¨ªa una desconfianza profunda entre nuestros grupos. La gente de Tariq y su familia probablemente se sent¨ªan vulnerables por los cambios y las cosas desconocidas que tra¨ªamos con nosotros. Antes de que Aya pudiera contestar, quit¨¦ lo que estaba creando dentro del tronco: una lanza de madera. "Fijate si pod¨¦s hacer algo con esto, est¨²pida". Lanc¨¦ la lanza hacia el tipo que me hab¨ªa querido robar, clav¨¢ndose la punta justo entre sus pies. La burla de mi gesto qued¨® suspendida en el aire. Durante unos segundos, nadie dijo nada y el silencio se volvi¨® insoportable. Nura y su gente miraron el arma que acababa de crear con una mezcla de asombro y miedo en sus caras. No sab¨ªan qu¨¦ acababa de suceder, ni c¨®mo hab¨ªa transformado un simple trozo de madera en algo tan preciso y funcional. Pero lo que m¨¢s me sorprendi¨® fue ver que incluso Aya, con todo su conocimiento, parec¨ªa impresionada por mi movimiento. Tal vez no era por la lanza en s¨ª, sino por la forma extra?a con la que hab¨ªa actuado. Bueno, adem¨¢s solt¨¦ un insulto a la pasada... El hombre dio un paso atr¨¢s, mirando la lanza incrustada en el suelo como si fuera un objeto maldito. Me mir¨® de nuevo, esta vez con algo m¨¢s que simple recelo; hab¨ªa miedo en su expresi¨®n. Y a m¨ª, para ser sincero, no me importaba en lo m¨¢s m¨ªnimo. "?Qu¨¦... qu¨¦ fue eso?" Pregunt¨®. Trat¨¦ de calmarme antes de responder, intentando hacer caso omiso a lo que acababa de suceder antes. No ten¨ªa sentido perder los estribos por un grupo de gente que, evidentemente, no entend¨ªa lo que estaba sucediendo a su alrededor. Pero una parte de m¨ª tambi¨¦n quer¨ªa seguir con la peque?a escena. Dejarles claro que yo no era alguien con quien pudieran jugar o menospreciar. "Eso", dije se?alando la lanza con un leve movimiento de mi mano, "es lo que algunos llamar¨ªan... maginica. O, mejor dicho, magia, como debe dec¨ªrsele". Los ojos de Nura se abrieron m¨¢s de lo que ya estaban. Era como si no supiera si deb¨ªa retroceder o avanzar. Los otros hombres que estaban a su alrededor murmuraban entre ellos, tratando de entender lo que acababan de ver. Para ellos, todo esto probablemente parec¨ªa una especie de milagro o maldici¨®n. Y claro, viniendo de m¨ª, de alguien de fuera, siempre parec¨ªa inclinarse m¨¢s hacia lo segundo. "Maginica", repiti¨®. "?C¨®mo... c¨®mo hiciste eso? Nosotros no... no podemos hacer eso". Los vi intercambiar miradas nerviosas. Ya no se trataba solo de desconfianza. Ahora era puro desconcierto, y a m¨ª me gustaba ese cambio. No lo iba a negar. Me acerqu¨¦ lentamente, recogiendo la lanza con un tir¨®n seco. La examin¨¦ unos segundos, dejando que el silencio hiciera su trabajo, antes de girarla casualmente en mi mano. Luego cort¨¦ la punta y la reemplac¨¦ juntando algunas rocas del suelo. Ahora ten¨ªa una lanza con mango de madera y punta de piedra. En realidad, m¨¢s que una lanza, era un palo con un cono de punta afilada. "Sabes, no todos pueden hacerlo", respond¨ª con una sonrisa ladeada. "Pero yo puedo. Y los invito a que lo vean ustedes mismos". El murmullo creci¨® a mi alrededor, pero me mantuve firme, directo. Ellos no sab¨ªan lo que yo sab¨ªa. No ten¨ªan la m¨¢s m¨ªnima idea de lo que era capaz de hacer o de los cambios que podr¨ªa traer. Lo ¨²nico que los deten¨ªa era el miedo, y ese miedo era lo que pod¨ªa usar a mi favor. "?Ver qu¨¦?" Pregunt¨® Nura, cada vez m¨¢s confundida. "?De qu¨¦ est¨¢s hablando?" "Mi futura casa", respond¨ª, observando sus caras mientras procesaban esa palabra. Ver sus expresiones fue todo lo que necesitaba. No sab¨ªan lo que significaba, o al menos no en el sentido en el que yo la estaba usando. Para ellos, una ''casa'' no era m¨¢s que una palabra aleatoria, algo que no formaba parte de su realidad. En este mundo, la gente viv¨ªa en cuevas, en refugios hechos por la naturaleza. La palabra ''casa'' representaba algo mucho m¨¢s grande, algo m¨¢s elaborado. Uno de los hermanos de Tariq frunci¨® el ce?o, mir¨¢ndome como si estuviera hablando en otro idioma. "?Casa? ?Qu¨¦ es eso?" Sonre¨ª con un aire de suficiencia y clav¨¦ la lanza sobre la tierra, apoyando mis manos sobre la punta del mango de madera. "Es un lugar... mucho mejor que cualquier cueva en la que hayan dormido. Un lugar seguro, donde no tienen que preocuparse por la lluvia, el viento o los animales salvajes. Donde pueden guardar sus cosas, donde pueden vivir en paz. Eso es una casa". Por un momento, una casa se hab¨ªa convertido en una verdadera utop¨ªa. Sent¨ª la mirada de Aya en mi espalda, silenciosa pero llena de curiosidad. Ella sab¨ªa m¨¢s que estos tipos, pero, aun as¨ª, hab¨ªa cosas de las que yo hab¨ªa hablado que ni siquiera ella comprend¨ªa del todo. Y eso tambi¨¦n era un recordatorio constante para m¨ª: en este mundo, yo ten¨ªa una ventaja. Una ventaja que ellos nunca lograr¨ªan comprender. "?Y c¨®mo podemos ir a ese lugar?" Pregunt¨® el mismo hombre. "Pronto... Tomar¨¢ tiempo construirlo, pero valdr¨¢ la pena". El viento sopl¨® entre los ¨¢rboles, moviendo las hojas y llenando el aire con un susurro inquietante. Me qued¨¦ en mi lugar, observando c¨®mo Nura y los suyos intentaban decidir qu¨¦ hacer. El peso de mis palabras ca¨ªa sobre ellos, pero yo no iba a presionarlos m¨¢s. Ya hab¨ªa sembrado la semilla, y tarde o temprano, esa semilla dar¨ªa fruto. "Por cierto, antes de irme me gustar¨ªa saber sus nombres". "Yo soy Nura", respondi¨®... Nura, como si todav¨ªa no nos hubi¨¦ramos dado cuenta. "Yo soy Nilo", dijo el hombre m¨¢s alto de los tres, el que hab¨ªa intentado robarme. "Y yo soy Abel", finaliz¨® el ¨²ltimo, el que no hab¨ªa hablado mucho hasta ahora. Cuando ya hab¨ªa terminado la presentaci¨®n de los tres hermanos de Tariq. Tom¨¦ la lanza con mi mano derecha y apunt¨¦ a Nilo. "Vos, ?ten¨¦s ganas de saber qu¨¦ guardo ac¨¢?" Pregunt¨¦, tocando mi bolsita colgada al costado de mi ropa. "Porque no me gusta la gente que toca las pertenencias de los dem¨¢s". "No... Solo que no entend¨ªa c¨®mo lo hab¨ªas atado a tu ropa". Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author.No not¨¦ nerviosismo en su voz, tal vez estaba diciendo la verdad. Dej¨¦ de apuntarle y puse el otro extremo de la lanza apoyada contra el suelo. "En todo caso, no deben ser tan desconsiderados con los dem¨¢s. No crean que porque soy un ni?o pueden hacer lo que quieren". "Lo sentimos, no volveremos a causarles problemas", se disculp¨®, agachando levemente la cabeza. Los otros dos no dijeron nada, ni una mueca cruz¨® por sus caras. "Yo soy Aya", su voz rompiendo el silencio inc¨®modo. Por mi parte, observaba en silencio, tratando de mantener la misma calma que Aya mostraba. Todo esto me resultaba familiar: la desconfianza, los roces iniciales, la resistencia al cambio. En el fondo, sab¨ªa que esas tensiones no desaparecer¨ªan f¨¢cilmente. Hab¨ªa algo m¨¢s que solo miedo en esta gente; era como si todo lo que yo representaba les molestara de una forma mucho m¨¢s profunda de lo que quer¨ªan admitir. "Mucho gusto, Aya", dijo Nura, pero sus palabras no terminaron ah¨ª. "Ya debemos irnos, debemos conseguir comida para esta noche". Y al final, ellos se terminaron yendo antes que nosotros. Y hasta me termin¨¦ quedando con la lanza, aunque ellos no parec¨ªan tener idea de qu¨¦ uso darle. Lo que esa mujer dijo antes... sobre los rumores y los cambios que hab¨ªan notado desde mi llegada. ?De qu¨¦ estaban hablando? Me mord¨ª el labio, frustrado por no tener toda la informaci¨®n. ''Rumores'' y ''maginica''... Bueno, magia. Palabras vagas que no aclaraban nada. ?Qu¨¦ estaban viendo que yo no? ?Qu¨¦ clase de cosas estaban ocurriendo fuera de mi vista? Tal vez solo estaban frustrados por no conseguir comida suficiente para su familia. Apret¨¦ el mango de la lanza con fuerza, casi sin darme cuenta. "Luciano", escuch¨¦ la voz de Aya, llamando mi atenci¨®n. "Deber¨ªamos irnos". "Ten¨¦s raz¨®n, Aya. Adem¨¢s, ya tengo hambre". Comenzamos a caminar en direcci¨®n a nuestra cueva mientras convers¨¢bamos. Tambi¨¦n quer¨ªa sacar algunas conclusiones. "Aya, ?te molestar¨ªa llevar esto?" Dije, estirando la lanza hacia ella. "Claro, d¨¢mela". La tom¨® agarrando el mango de madera con sus dos manos. "Sab¨¦s para qu¨¦ sirve, ?no?" "Es lo que usa tu padre para cazar. Solo que se ve diferente. Se lo diste cuando fue la lucha contra los hombres p¨¢jaros". Mmm... Buena memoria. "?Y el nombre que le di?" "Lanza". "?Te gustar¨ªa qued¨¢rtela? No... Mejor dicho, ?te servir¨ªa para algo si te la quedaras?" "No me servir¨ªa mucho para cazar los peces. Mis manos son m¨¢s r¨¢pidas y precisas", respondi¨® despu¨¦s de un momento, girando la lanza para mirarla desde distintos ¨¢ngulos. "Pero podr¨ªa ser ¨²til en otras situaciones... No s¨¦, quiz¨¢ para protegerte, si alg¨²n d¨ªa no llegara a estar lo suficientemente cerca o no pudiera usar magia". Mientras camin¨¢bamos, el viento mov¨ªa los mechones de cabello blanco de Aya. Sus orejas puntiagudas se manten¨ªan erguidas, como si tambi¨¦n estuviera atenta a cualquier amenaza, siempre alerta. "Mejor se la doy a alguien m¨¢s, ?no? Vos que vas siempre a cazar, ?qui¨¦n es al que m¨¢s le servir¨ªa la lanza?" "A Suminia, sin dudas. Ella es muy ¨¢gil a pesar de todav¨ªa ser una ni?a". Suminia... tampoco es como si tuviera ganas de hacerle un regalo, pero si esto beneficia al grupo, entonces yo ser¨¦ el que afloje. Ya deber¨ªamos estar en buenos t¨¦rminos despu¨¦s de tanto tiempo viviendo juntos. Desde lejos ya se ve¨ªa la cueva de Tariq. "?Y c¨®mo anda el tema de mi aroma? Pens¨¦ que ibas a venir mucho antes a buscarme". Not¨¦ c¨®mo sus orejas temblaron ligeramente, una se?al apenas perceptible de que mi pregunta la hab¨ªa puesto algo nerviosa. No era com¨²n verla descolocada. Por un segundo, evit¨® mirarme directamente, y sus colas hicieron un movimiento inquieto a su alrededor. Realmente se lo hab¨ªa preguntado a prop¨®sito, como para distendernos un rato. "Ya te hab¨ªa hablado sobre eso. Ya te hab¨ªa dicho que tu aroma era tan fuerte que podr¨ªa encontrarte en cualquier parte. Solo que poco a poco fue sinti¨¦ndose m¨¢s lejano y me preocup¨¦". "Ya veo..." Dije, mirando hacia el horizonte. El supuesto oc¨¦ano se ve¨ªa tan tranquilo como siempre. Fui viendo entre los ¨¢rboles al pasar por la cueva de Tariq, pero ya no parec¨ªa estar Tar¨²n. Creo que ya lo vino a buscar Anya. "Aya, ?mentir¨ªas por m¨ª?" Pregunt¨¦, cambiando de tema. "?Acaso quieres que diga que estabas port¨¢ndote bien?" "Si no es mucha molestia..." Respond¨ª, agarr¨¢ndole la mano. "Est¨¢ bien. Solo que vas a tener que prometerme que no volver¨¢s a hacer estas cosas". "No puedo prometerlo del todo. Te explico... Yo solo estaba buscando un buen lugar en donde podamos construir nuestra casa, y resulta que de repente vi el volc¨¢n". "El... ?volc¨¢n? ?Te refieres a las llamas eternas?" Si ya conoc¨ªa lo que es un volc¨¢n, ?por qu¨¦ se empecinaba en llamarle ''las llamas eternas''? "Claro, pero no ten¨ªa pensado ir. Solo me detuve a verlo". Durante el poco transcurso de caminata que nos quedaba, ella solo se qued¨® callada. Su semblante ya no era el mismo y eso me molestaba. "Aya, no te preocupes tanto por ese lugar. No voy a ir todav¨ªa". "Luciano... algo no est¨¢ bien". De un momento a otro, Aya se ech¨® a correr hacia nuestra cueva. "?Aya!" Grit¨¦, pero obviamente no se detuvo. Corr¨ª tras ella, mis pies golpeando el suelo con fuerza mientras algunas ramas golpeaban mi cara. Algo estaba mal. Muy mal. Lo supe cuando alcanc¨¦ la entrada de la cueva. Aya ya estaba dentro, su figura iluminada bajo una de las luces de Mirella. El ruido seco de la lanza cayendo de sus manos me hizo estremecer. Ella sigui¨® avanzando hasta llegar al fondo de la cueva mientras yo la segu¨ªa, hasta que de pronto... "Luciano... ?Qu¨¦ pas¨®... aqu¨ª?" Pregunt¨®, m¨¢s para s¨ª misma que para m¨ª. Al rodear su cuerpo, me di cuenta de que algo hab¨ªa cambiado dentro de nuestro hogar, no solo en el ambiente, sino que tambi¨¦n f¨ªsicamente. El fondo de la cueva, normalmente... cerrado, estaba ahora abierto por una grieta en la pared, pero lo m¨¢s extra?o era la luz que proven¨ªa de su interior. Peque?as bolas de luz, flotando en el aire. Mirella. Sin duda, era su magia. Pero, ?por qu¨¦? "?Y los dem¨¢s?" Mi coraz¨®n empez¨® a latir con fuerza. "?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s?" "No lo s¨¦..." Murmur¨®, con los ojos fijos en la grieta. "No los siento. Algo est¨¢ muy mal aqu¨ª". Cuando desvi¨¦ la mirada hacia el suelo, donde comenzaba a formarse la grieta, vi una escena que no se la desear¨ªa ver ni a mi peor enemigo. El suelo estaba manchado con sangre. "Aya... vos e-est¨¢s viendo... lo que hay..." Quise seguir hablando, pero al retroceder, ca¨ª de espaldas al suelo. Aya estaba all¨ª, inm¨®vil frente a lo que parec¨ªa ser un pasadizo. Su enorme cuerpo cubr¨ªa casi toda la entrada, pero su expresi¨®n al girarse hacia m¨ª... Su rostro p¨¢lido y sus ojos anaranjados estaban llenos de desconcierto. No pod¨ªa estar pasando esto... Era imposible que alguien rompiera tres barreras... ?O es que nos atacaron desde esa grieta? ?Y mi mam¨¢...? Fue mi culpa por irme sin avisar; otra vez me hicieron lo mismo, como lo hicieron los hombres p¨¢jaros. Otra vez comet¨ª el mismo error. Pero... yo solo estaba... "?Yo solo estaba intentando hacer las cosas bien! ?Fui a hablar con Mirella porque quer¨ªa verla feliz! ?Habl¨¦ con Tariq porque necesitaba saber m¨¢s de este lugar!" No pude contener las l¨¢grimas mientras me desquitaba gritando al aire. "?Luciano!" Aya se agach¨® y me abraz¨® con fuerza, sosteniendo mi peque?o cuerpo tembloroso. "Aya... yo solo quer¨ªa investigar la zona para construir... nuestra casa. ?Por qu¨¦ la gente no nos quiere? ?Por qu¨¦ siempre intentan hacernos da?o?" Aya me sigui¨® sosteniendo con fuerza, su abrazo intentando calmar el torbellino de emociones que se agitaba dentro de m¨ª. Mi pecho sub¨ªa y bajaba r¨¢pidamente. Aya era la m¨¢s fuerte del grupo, siempre serena, siempre protegi¨¦ndonos. Me sent¨ªa seguro bajo sus brazos. "Luciano, no... no es tu culpa. No sab¨ªas que esto iba a pasar", murmur¨®. "Pero no te preocupes tanto. S¨¦ que algo malo pas¨®, pero... no es tan malo". Me qued¨¦ en silencio unos segundos, pero las im¨¢genes del suelo manchado de sangre, la grieta, las luces de Mirella flotando como fantasmas, segu¨ªan frescas en mi mente. ?Por qu¨¦ Aya pensaba que no era algo tan malo? Mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Ten¨ªa que hacer algo, pero no sab¨ªa por d¨®nde empezar. "Aya... ?Qu¨¦ cre¨¦s que pas¨®? ?Qui¨¦n pudo hacer esto?" Pregunt¨¦, con la garganta apretada. No pod¨ªa sacarme la sensaci¨®n de que todo esto era por mi ineficiencia, aunque no tuviera las respuestas. S¨¦ que siempre me termino culpando, lo que pasa es que siento que ellos est¨¢n a mi cuidado. Yo soy el l¨ªder y nunca estaba en los momentos m¨¢s importantes. "Veamos mejor la escena", dijo ella, tom¨¢ndome de las manos y ayud¨¢ndome a levantarme. "Gracias". Me sequ¨¦ un poco las l¨¢grimas antes de avanzar junto a ella. "Mira aqu¨ª", se?al¨® la mancha roja en el suelo, la cual parec¨ªa seguir m¨¢s all¨¢ en forma de gotas. Ella pas¨® el dedo por el suelo y se lo acerc¨® a la nariz. "Huele a comida". "?Comida?" Pregunt¨¦, aunque al escuchar sus palabras el alma me volvi¨® al cuerpo. Sab¨ªa que su olfato era perfecto. Ella intentaba secarse la mancha roja de la punta de su dedo con la ayuda de su otra mano. "S¨ª, es algo que se come, algo de la naturaleza". "Menos mal... pens¨¦ que era sangre". "Es una grieta enorme", dijo Aya, retrocediendo un paso. "S¨ª..." "No puedo pasar, soy demasiado grande para entrar". "Entonces voy a agrandar el pasadizo. No podemos quedarnos sin saber qu¨¦ hay del otro lado". Aya asinti¨®, apart¨¢ndose ligeramente, d¨¢ndome espacio para concentrarme. Estir¨¦ las manos hacia adelante. Sent¨ª el poder fluir desde mi interior hacia la roca, empujando, desde dentro, las paredes hacia afuera, forz¨¢ndolas a ceder. El pasadizo comenz¨® a ensancharse lentamente, las dos paredes separ¨¢ndose hacia los costados. No sab¨ªa cu¨¢n profundo era, pero pod¨ªa sentir que se extend¨ªa mucho m¨¢s all¨¢ de lo que parec¨ªa a simple vista. Hab¨ªa algo artificial en esa grieta. No era natural. No era solo un derrumbe o algo as¨ª. Esto hab¨ªa sido causado por algo m¨¢s. Finalmente, el pasadizo era lo suficientemente grande para que Aya pudiera entrar. Respir¨¦ hondo y me gir¨¦ hacia ella. "Antes quiero preguntarte algo... ?Qui¨¦nes estaban ac¨¢ cuando te fuiste a buscarme?" "Todos". "?Y las tres barreras est¨¢n intactas?" "S¨ª, nadie las toc¨®". "?No te parece medio raro que el pasadizo sea tan peque?o? Digo, no entrar¨ªan todos aqu¨ª, al menos no los adultos". "Todo esto es muy raro. Todo estaba bien cuando me fui". Volv¨ª a mirar hacia delante, haciendo un gesto con la mano. "Bien, vamos. Ahora s¨ª vas a poder venir conmigo". Asinti¨®, y ambos entramos juntos en el que ahora parec¨ªa un t¨²nel angosto. Las bolas de luz de Mirella iluminaban el camino a medida que avanz¨¢bamos, pero el pasadizo se hac¨ªa cada vez m¨¢s estrecho y profundo. "Dame la mano". Sin mediar m¨¢s palabras, Aya tom¨® mi mano y las part¨ªculas m¨¢gicas comenzaron a fluir hacia m¨ª. As¨ª es como pude seguir agrandando el espacio con mi magia. Aya caminaba detr¨¢s de m¨ª, en silencio. Cada paso que d¨¢bamos hac¨ªa eco en el pasadizo vac¨ªo, lo que solo incrementaba la sensaci¨®n de claustrofobia. Seguimos caminando durante lo que pareci¨® una eternidad. No hab¨ªa se?ales de los dem¨¢s, ni siquiera una pista. S¨®lo ese t¨²nel poco iluminado y fr¨ªo que nos tragaba m¨¢s y m¨¢s. La ansiedad crec¨ªa dentro de m¨ª, cada vez m¨¢s fuerte. Los gnomos... Record¨¦ c¨®mo se hab¨ªan aparecido una vez antes, destrozando todo el santuario. ?Podr¨ªan ser ellos los responsables de esto? El pasadizo ten¨ªa algo de familiar... algo de su estilo. Ellos no ten¨ªan magia, pero en aquel momento se las hab¨ªan arreglado para excavar con simples piedras. Y esa grieta, tan inusual... Ten¨ªa sentido. "?Los gnomos!" Exclam¨¦, deteni¨¦ndome justo en lo que ya era una esquina que derivaba hacia nuestra derecha. "?Crees que...?" "S¨ª. Estoy seguro", respond¨ª, apretando los pu?os con rabia. "Tiene que ser obra de ellos. ?Pero qu¨¦ quer¨ªan? ?Por qu¨¦ destruir¨ªan la cueva? ?D¨®nde est¨¢ mi familia?" No ten¨ªa paz. ?No pod¨ªa pasar tiempo en paz sin que algo o alguien se interpusiera en mi vida? No pod¨ªa dejar de pensar en ellos: Rundia, Rin, Tar¨²n, Samira, Anya... Luc¨ªa. El miedo que hab¨ªa estado controlando hasta ahora se convirti¨® en una oleada de enojo. "Si les hicieron algo..." Murmur¨¦, apretando los pu?os hasta que las u?as se clavaron en mis palmas. "Si los tocaron..." Poco antes de que se acabaran nuestras part¨ªculas m¨¢gicas, llegamos hasta un lugar m¨¢s abierto que segu¨ªa iluminado por diferentes bolas de luz. Ah¨ª estaban los gnomos, formando una especie de c¨ªrculo en el centro del lugar, el cual sent¨ªa familiar. El suelo, el cual era de roca al igual que techo y paredes, ten¨ªa algunas de esas manchas rojas esparcidas por diferentes lugares. El que no hubiera nadie de mi familia hizo que me aliviara un poco. Nos acercamos junto a Aya mientras segu¨ªamos tomados de la mano. "?Hola?" No supe ni qu¨¦ decirles, porque realmente no entend¨ªa lo que estaba sucediendo aqu¨ª dentro. Uno de ellos se gir¨®. Los dem¨¢s siguieron mirando el centro del c¨ªrculo que hab¨ªan formado. "Gnomo rojo", Ah, claro... las costumbres no se van tan f¨¢cil. "Luciano, creo que hay alguien en medio", dijo Aya, viendo todo desde m¨¢s arriba que yo. Intent¨¦ acercarme m¨¢s, mirando por encima para ver qu¨¦ carajos es lo que estaban haciendo todos reunidos en un mismo punto. Cuando acerqu¨¦ mi mano para apartarlos, ellos autom¨¢ticamente se hicieron a un costado para dejarme ver mejor. La mayor¨ªa de ellos ten¨ªan las manos engrudadas con ese l¨ªquido rojo. "?Luciano, todav¨ªa no mires!" Grit¨® la figura que estaba en medio, de espaldas. Ni siquiera me hizo falta que se diera la vuelta para saber de qui¨¦n se trataba. Era Mirella. Sorprendentemente, ella estaba con el cabello te?ido de rojo. Tambi¨¦n ten¨ªa algunas salpicaduras sobre su vestido celeste. Dios m¨ªo... qu¨¦ chica tan descuidada. "?Te dije que no miraras!" Exclam¨®, d¨¢ndose la vuelta. Aya solt¨® una risa grave que intent¨® ocultar con su mano, pero claramente no pudo. Intent¨¦ poner una cara seria, como para intentar decirle que lo que estaba haciendo no me gustaba, pero tampoco pude evitar que se me formara una sonrisa al ver la ridiculez de la escena. "Ay, Mirella... Nos hiciste pegar un susto tremendo. ?Qu¨¦ se supone que est¨¢s haciendo?" Por un momento, ese rojo me hizo acordar un poco a Sariah. Ella rod¨® los ojos hacia varios lugares, hasta que de pronto deshabilit¨® algunas de las peque?as bolas de luz que flotaban sobre el lugar y gener¨® una nueva de un gran tama?o, poni¨¦ndola encima suyo, separada por menos de un metro. "?Solo eso vas a decirme? ?No crees que deber¨ªas decirme otra cosa? M¨ªrame bien", dijo, sujetando el extremo de su vestido y haciendo diferentes poses al ir girando sus pies. Me agach¨¦ y me arrodill¨¦ en frente suyo. Los gnomos, mientras tanto, asent¨ªan y hac¨ªan sonidos de aceptaci¨®n, como si de alguna manera fueran sus c¨®mplices en todo este asunto. Al verla ah¨ª, con ese cabello te?ido de rojo y su vestido lleno de manchas, no pude evitar sentirme aliviado, pero tambi¨¦n desconcertado. Mirella, tan caprichosa como siempre, hab¨ªa logrado una escena que rozaba lo c¨®mico. Era incre¨ªble c¨®mo pod¨ªa convertir cualquier situaci¨®n en una especie de show. ?Ahora, realmente deb¨ªa mentirle y decirle que le quedaba bien? Mir¨¦ a mi alrededor, el suelo estaba extra?amente liso. Es como si este lugar ya lo hubiera visto antes. De pronto, Aya me dio un golpecito con su pie. "Vamos, Luciano, d¨ªselo", susurr¨®, aunque seguro que todos la hab¨ªan escuchado. "Bueno, ese rojo es..." Me rasqu¨¦ la sien, dudando de mis propias palabras. "Me gusta m¨¢s tu pelo natural, de color amarillo". Se viene el estallido... "??Qu¨¦?!" Grit¨® Mirella con los ojos muy abiertos. Su rostro pas¨® r¨¢pidamente de la sorpresa al enojo. Sab¨ªa que hab¨ªa tocado un nervio sensible, pero lo hab¨ªa dicho de forma honesta. Supongo. Mientras el gran grito de la peque?a hada todav¨ªa rebotaba por las paredes, Aya tosi¨® intensamente, como para que escuchara bien. A pesar de la mirada fulminante de Mirella, su rostro comenz¨® a te?irse de un ligero rubor que combinaba con su nuevo look. Para mi sorpresa, en lugar de lanzar un extenso discurso de quejas, Mirella baj¨® ligeramente la cabeza, jugando con los mechones rojos que ahora colgaban frente a su rostro. Ahora que la veo mejor, su cabello creci¨® junto a su cuerpo, antes era un poco m¨¢s corto. "Bueno, si te gusta m¨¢s... amarillo... tal vez lo cambie de nuevo", murmur¨®. Me qued¨¦ mir¨¢ndola, a¨²n un poco desconcertado por esa reacci¨®n inesperada. Siempre cre¨ª que me saltar¨ªa encima por algo as¨ª, pero... ah¨ª estaba, con una t¨ªmida sonrisa escap¨¢ndosele. "?En serio?", le pregunt¨¦, un poco incr¨¦dulo, aunque aliviado de que no se hubiera enojado. "?Y por qu¨¦ decidiste te?irte de rojo?" No pod¨ªa evitar re¨ªr para mis adentros. Mirella siempre lograba sorprenderme, incluso cuando esperaba una explosi¨®n. Me inclin¨¦ un poco hacia ella, casi provocando con mi tono de voz. "Te ves bien de cualquier manera, ya lo sabes, ?no?" "Bueno, yo..." Empez¨®, golpeando sus dedos entre s¨ª. "De repente los gnomos aparecieron diciendo que si quer¨ªamos color rojo, que ellos estaban celebrando el nuevo nacimiento de un gnomo y le iban a pintar un sombrero color rojo. Entonces yo, que estaba esperando sola a que volvieras, acept¨¦ porque pens¨¦ que te gustar¨ªa". "Bueno, lo de los gnomos ya es bastante raro de por s¨ª..." Dije con una sonrisa burlona, pero antes de que pudiera seguir, ella sigui¨® hablando. "Quer¨ªa... parecerme un poco m¨¢s a ti". Los gnomos asintieron al un¨ªsono, pero... ?Qu¨¦ estaba insinuando Mirella? Ella volvi¨® a tomar la palabra. "?T¨² c¨®mo hiciste para dej¨¢rtelo as¨ª?" "?As¨ª c¨®mo?" Tragu¨¦ saliva, esperando su respuesta, aunque ya me empezaba a imaginar por d¨®nde iban los tiros. "Es que..." Mirella se encogi¨® de hombros, un gesto tan peque?o como ella. "Te queda tan bien y pens¨¦ que tal vez... si yo ten¨ªa algo parecido, te gustar¨ªa m¨¢s verme as¨ª. Antes ten¨ªas uno, pero hace poco te creci¨® otro". ?Qu¨¦ mierda acababa de decir? Esto era demasiado. ?Desde cu¨¢ndo hab¨ªa empezado a fijarse en esas cosas? Siempre pens¨¦ que Mirella era simplemente... Mirella y al final era la que m¨¢s se daba cuenta de mis cambios. ?Y ahora? No puedo fingir. Aya y los gnomos est¨¢n escuchando... Maldici¨®n. Cap铆tulo 28: Pasadizos subterrè°©neos. Todav¨ªa est¨¢bamos en ese lugar misterioso y todas las miradas ca¨ªan sobre m¨ª, esperando una respuesta ante las palabras de Mirella. Me cruc¨¦ de brazos y la mir¨¦, intentando ganar unos segundos para digerir la situaci¨®n. La cabeza me daba vueltas entre todas las posibilidades de respuesta, pero cada una parec¨ªa llevarme a un camino diferente, y todos esos caminos me llevaban de alg¨²n modo a Mirella, mir¨¢ndome y esperando, con una expectaci¨®n tan visible como la mueca nerviosa en su boca. A ver... tampoco es como que ella haya mencionado directamente los dos pelos rojos m¨ªos, sino que lo dijo de manera impl¨ªcita. Deb¨ªa darle alguna explicaci¨®n trivial que no requiriera profundizar demasiado, algo que sonara lo bastante vago como para saciar su curiosidad sin comprometerme. "Debe ser por la magia", empec¨¦, pero incluso para m¨ª sonaba torpe. "El color rojo debe significar magia, ?no crees?" "?Y entonces por qu¨¦ las part¨ªculas son amarillas?" Retruc¨®. Mir¨¦ a Aya, como buscando apoyo, pero ella sonre¨ªa en silencio, observando la escena como si fuera una espectadora m¨¢s. ?Acaso sabr¨¢ de lo que estamos hablando? ?Qu¨¦ tanto se notaban mis dos pelos rojos? Observ¨¦ nerviosamente mi alrededor. Este lugar... algo me resultaba inquietantemente familiar. Los muros mal formados, el suelo liso, la iluminaci¨®n que flotaba en el aire. No pude evitar preguntarme d¨®nde hab¨ªa visto antes algo similar. Espera... ?Hay m¨¢s entradas? "Gnomo rojo... liberar l¨ªder", interrumpieron los gnomos, espec¨ªficamente tres de ellos. "?Ah, s¨ª! Hay que liberar a su l¨ªder, vamos". Me levant¨¦ y autom¨¢ticamente todos ellos se pusieron en fila. Era un buen momento para abandonar la escena, as¨ª que comenc¨¦ a moverme por el lugar. Hab¨ªa varias entradas, o salidas, en forma de pasadizos, pr¨¢cticamente iguales al por donde vinimos. Eran seis en total. Este tiene que ser el santuario, as¨ª lo hab¨ªan dejado ellos cuando irrumpieron en el lugar, solo que se ve que lo arreglaron de alguna manera. "Aya, ?este no ser¨¢ el santuario?" Cuando me gir¨¦ a verla, ella ya estaba tocando las paredes mientras Mirella flotaba a su alrededor. "Creo que s¨ª. Pero mira ah¨ª", dijo se?alando donde comenzaba uno de los pasadizos oscuros. "No est¨¢ mi dibujo..." Me acerqu¨¦ al lugar donde se formaba la grieta en la pared, pero esta era mucho m¨¢s amplia que las dem¨¢s, como si ya estuviera preparada para que pasaran m¨¢s personas. "Harlan..." Murmur¨® el gnomo que estaba primero en la fila que me segu¨ªa. "?Y qui¨¦n es Harlan?" "Harlan, hombre fuerte". As¨ª que esto debe llevar a la cueva de otra persona. "Tal vez otro d¨ªa podr¨ªamos ir a visitar a ese se?or llamado Harlan, pero tengo algo que preguntarles primero: ?Este lugar es el santuario? Ese lugar en el que nos encontramos por primera vez". "S¨ª", volvi¨® a responder el mismo gnomo. As¨ª que ahora, m¨¢s que un santuario, era el centro de unos pasadizos subterr¨¢neos que conectaban vaya a saber cu¨¢ntos lugares de esta zona. Debo decir que la idea es genial. Sin embargo, no me gusta para nada que cualquiera pueda adentrarse en nuestro hogar sin permiso. Antes de que pudiera seguir mi conversaci¨®n con ellos, Mirella grit¨® desde el otro lado en el que yo estaba. "?Luciano! ?Voy a ir con Aya afuera! Ella dice que quiere ver si sigue todo bien y tambi¨¦n dice que me ayudar¨¢ a quitarme el rojo del cabello". "?Est¨¢ bien! Voy a esperarlas ac¨¢ as¨ª nos vamos todos juntos", respond¨ª, salud¨¢ndola con la mano. Al menos el tema de mis pelos rojos qued¨® a un lado por ahora. Mirella se subi¨® a la cabeza de Aya y cruzaron lo que antes era la grieta que conectaba con la gran cueva, solo que ahora estaba mejor hecha y m¨¢s abierta. Volv¨ª a mirar al gnomo que lideraba la fila. Tambi¨¦n not¨¦ que la fila iba de mayor a menor estatura... Creo que al final est¨¢ el gnomo que hab¨ªa nacido hace poco o algo as¨ª. "Y entonces... ?C¨®mo es eso de liberar a su l¨ªder?" "Piedra. Liberar l¨ªder. Gnomo rojo". As¨ª que la piedra... "?Esta piedra?" Pregunt¨¦, sac¨¢ndola de mi bolsita. ¨¦l solo estir¨® sus peque?as manos hacia m¨ª. Cuando se la di, no tard¨® mucho tiempo examin¨¢ndola hasta que asinti¨®, haciendo un sonido de aceptaci¨®n. "L¨ªder", dijo y me la devolvi¨®. Realmente es medio dif¨ªcil entablar una conversaci¨®n con ellos. Es como si no supieran utilizar conectores entre palabras. "?Entonces por eso est¨¢n excavando por todos lados, para encontrar m¨¢s piedras?" Esta vez todos asintieron al un¨ªsono, hasta el m¨¢s peque?o, como si realmente estuvieran orgullosos de su trabajo. "?Y ya encontraron algo?" Los gnomos volvieron a asentir, con sus peque?as cabezas movi¨¦ndose todas al mismo tiempo. Parec¨ªan m¨¢s formales de lo que esperaba para su tama?o y aparente simpleza. Me pregunt¨¦ cu¨¢nto sabr¨ªan realmente acerca de este supuesto ''l¨ªder'' y qu¨¦ rol tendr¨ªa en sus planes. Uno de ellos, el que estaba adelante, me mir¨® con una especie de expectativa, como si estuviera esperando que le diera una instrucci¨®n. Despu¨¦s de todo, yo ten¨ªa la piedra que identificaban como su l¨ªder... aunque no me quedaba claro si se trataba de instinto o si hab¨ªa algo m¨¢s m¨ªstico detr¨¢s de ello. "Est¨¢ bien, voy a ayudarles a liberar a su l¨ªder. Ma?ana vendr¨¦ por ac¨¢ y vamos a ir donde est¨¢n las piedras, ?entendido?" La escena se volvi¨® a repetir; al parecer todos estaban conformes con cada cosa que yo dec¨ªa. No hubo objeci¨®n alguna. "Por cierto, ?de d¨®nde sacaron el color rojo para pintar sus sombreros y el cabello de Mirella?" "Roclora". ?Qu¨¦ dijo? "?Qu¨¦ es roclora?" El gnomo ubicado en la primera posici¨®n de la fila se comenz¨® a mover r¨¢pidamente hacia una de las esquinas del lugar. Era un poco gracioso verlo corriendo; su cuerpo era demasiado extra?o como para que mi cerebro lo tomara como algo normal. Este mundo da para todo, y la culpa la tiene mi diosa. Al regresar, trajo consigo un trozo de piedra plano con una bola roja encima. "Roclora", repiti¨®, acerc¨¢ndome la bola roja con su mano. La tom¨¦ y la examin¨¦ detenidamente. Ten¨ªa pinta de ser una fruta o algo as¨ª, como si fuera una baya. "No es como si hubiera recorrido mucho esta zona, pero nunca hab¨ªa visto esto. ?Roclora se llama?" ¨¦l asinti¨®. Bayas de roclora... Vaya a saber si ese nombre se lo pusieron ellos, porque no me suena que en la Tierra haya habido una planta llamada as¨ª. La apret¨¦ un poco con los dedos, haciendo que saltara su jugo hacia fuera y, efectivamente, era el mismo con el que ellos estaban trabajando. Se ve que lo machacan sobre la piedra y luego la utilizan para pintar. Qu¨¦ pr¨¢ctico. "?Se puede comer esto?" Pregunt¨¦ mientras el jugo rojo choreaba por mi mano. La verdad es que estaba esperando impacientemente a que llegaran las chicas, as¨ª me iba a nuestra cueva a comer. "No", respondi¨®, su tono un poco m¨¢s serio que antes. "Roclora ser mala. Roclora no comer". El mensaje estaba claro: la roclora no se come. "Entonces te la devuelvo", dije mientras la volv¨ªa a poner sobre la tabla de piedra. "Qu¨¦ bueno que le hayan dado una utilidad a algo que parecer¨ªa no servir. Sigan as¨ª, d¨¢ndole utilidades a las distintas cosas que encuentran. Si necesitan alguna ayuda, no duden en visitarme". "Gnomos caminar pasadizo cueva gnomo rojo". "Ah, s¨ª, el pasadizo... Saben, no me convence del todo ese tema. No quiero que haya una entrada que conecte con diferentes lugares de gente que no conozco, eso no me parece seguro". Los gnomos se miraron unos a otros cuando di mi opini¨®n al respecto. Parec¨ªan confundidos, o quiz¨¢s simplemente les costaba entender por qu¨¦ alguien no querr¨ªa una v¨ªa secreta que llevaba directo a su territorio. Despu¨¦s de todo, sus mentes funcionaban de una manera un tanto¡­ diferente. Pero bueno, tampoco es como si nos hubieran preguntado si pod¨ªan hacer semejante excavaci¨®n hasta destruir una parte de nuestro hogar. Fueron bastante irrespetuosos en ese sentido. Luego de un momento, el que estaba adelante me observ¨® con sus ojos negros bien abiertos. Su boca parec¨ªa esforzarse en formar una palabra que, al final, solo sali¨® como un sonido bajo y confuso, casi un murmullo. Yo sab¨ªa que de alguna forma ese acceso les resultaba m¨¢s c¨®modo, pero no pensaba permitir que fuera tan f¨¢cil entrar y salir de mi cueva. Al menos no por ahora. "No quiero que nadie venga y pase a escondidas. Imag¨ªnense que alguien los atacara a ustedes o a m¨ª por usar ese camino. ?No ser¨ªa un problema?" Por un momento, pens¨¦ que seguir¨ªa insistiendo, pero finalmente, asinti¨® y, tras intercambiar miradas con los otros, suspir¨®, bajando los hombros como si yo acabara de ordenarles el trabajo de toda una vida. "Gnomos cerrar pasadizo", murmur¨®, como quien acepta la derrota. "No, no, no. No hace falta que la cierren ustedes, yo puedo usar mi magia". Justo cuando termin¨¦ de hablar, las dos chicas m¨¢gicas que formaban parte de mi grupo entraron por el mismo lugar por el que hab¨ªan salido. "?Lucianooooo!" Mirella invoc¨® un grito en medio de la zona silenciosa. Su entrada fue un espect¨¢culo digno de una epopeya. No hab¨ªa visto nada igual en mi vida; no en la Tierra, ni aqu¨ª en este mundo prehist¨®rico donde los dioses nos observan. De un momento a otro, ella lanz¨® su peque?o cuerpo en direcci¨®n a m¨ª, como si fuera una flecha imparable lanzada por la mism¨ªsima Sariah en medio de una guerra c¨®smica. Vi la escena en c¨¢mara lenta, o al menos as¨ª la percib¨ª en ese momento. Yo, claro, esper¨¦ con los ojos bien abiertos, apenas capaz de comprender la magnitud de lo que estaba a punto de ocurrir. Su velocidad era tal que hasta los gnomos, esos peque?os seres sin expresi¨®n clara, parecieron dar un paso atr¨¢s, abrumados por el poder¨ªo de su entrada. Y justo cuando pens¨¦ que sus diminutas alas dar¨ªan un giro hacia alg¨²n lado, un cambio de trayectoria, un ¨²ltimo esfuerzo para evitar el inminente impacto, me di cuenta de que no hab¨ªa nada que hacer: ven¨ªa directo hacia m¨ª. Entonces, sucedi¨®. Con un estruendo mudo, porque, s¨ª, aquello fue tan ¨¦pico que se oy¨® como un silencio estruendoso, una paradoja existencial, su cuerpo choc¨® contra mi cara. Fue un impacto digno de los m¨¢s feroces combates, la fuerza del impacto casi como si una tempestad hubiera desatado su furia sobre m¨ª. Sent¨ª su mejilla aplastarse contra la m¨ªa, y un olor a flores y algo inexplicablemente dulce llen¨® mi nariz. Era, sin duda, un momento glorioso, uno que seguramente quedar¨ªa en la historia de todos los que hab¨ªamos presenciado semejante despliegue de bravura. B¨¢sicamente, Mirella choc¨® contra mi cara. Lo extra?o es que no se activ¨® eso de la protecci¨®n por el pacto de no agresi¨®n. Me pregunto si solo se activar¨ªa cuando el impacto sea lo suficientemente fuerte para matarme o hacerme un da?o letal. Nos despedimos, recargu¨¦ mis part¨ªculas en la gran cueva, Mirella les dej¨® una bola de luz a los gnomos, cerr¨¦ el pasadizo y me puse a comer papaya como un glot¨®n mientras esper¨¢bamos sentados a todos los dem¨¢s. Durante el recorrido, me di cuenta de que el pasadizo iba en subida. Tiene su l¨®gica, pero al llegar con los gnomos no me hab¨ªa dado cuenta de que ¨ªbamos en bajada. "Mirella, ?d¨®nde se supone que se fueron todos? Me dijiste que estabas sola cuando vinieron los gnomos". "Ah, s¨ª. Todos se fueron a buscar un lugar donde construir esa cosa que les dijiste que se llama casa. Dicen que no quieren que hagas todo t¨² solo", respondi¨®, cruz¨¢ndose de brazos. "?Podr¨ªas decirme por qu¨¦ no me dijiste algo tan importante como eso?" Vaya, parece que mis acciones repercuten m¨¢s de lo que pensaba en los dem¨¢s. Todo porque me fui solo sin avisarles. "Bueno, es que no estabas en ese momento. Una casa es un nuevo hogar m¨¢s c¨®modo que el de ahora. Lo vamos a construir entre todos". "??Entonces yo tambi¨¦n puedo ayudar!?" "Est¨¢ bien, veamos... ?Qu¨¦ tal si empez¨¢s trayendo las hojas m¨¢s grandes que encuentres y las vas acumulando dentro de la cueva?"Reading on Amazon or a pirate site? This novel is from Royal Road. Support the author by reading it there. "?S¨ª!" De un momento a otro, Mirella ya no estaba. Pasaron unos minutos donde nos quedamos en un silencio inc¨®modo junto a Aya. Lo inc¨®modo no era que no estuvi¨¦ramos hablando, sino que ella no paraba de mover sus orejas, como si estuviera esperando algo. "No te preocupes, Aya. Vos vas a ser de las m¨¢s importantes en todo esto". Tampoco iba a confesar que la iba a utilizar como mula de carga. "Entiendo", respondi¨® serenamente. Una vez que termin¨¦ la ¨²ltima papaya, no pude evitar compartir mis pensamientos con Aya. "Eh... Aya". "S¨ª, dime". "Quer¨ªa decirte que vos y Mirella son muy importantes para m¨ª. Bueno, no solo para m¨ª, sino que para todo el grupo. Me siento muy seguro cuando estoy a tu lado, y bueno... Eso, te agradezco por haber decidido acompa?arnos y quedarte con nosotros". "Luciano¡­" Comenz¨®, su voz baja, apenas un murmullo que el viento podr¨ªa haber robado de no estar tan cerca. "Desde que te conoc¨ª, sent¨ª algo¡­ algo que me hac¨ªa querer protegerte, algo mucho m¨¢s all¨¢ de una simple sensaci¨®n. Supongo que tambi¨¦n te agradezco a ti por haberte cruzado en mi camino". Se llev¨® la mano al cuello, jugueteando con el anillo de piedra que le hab¨ªa dado, como si de repente no supiera bien qu¨¦ hacer con las manos. ¡°Supongo que es¡­ extra?o para m¨ª tambi¨¦n¡±, a?adi¨® con una sonrisa leve, la sombra de una risa en sus labios. "He estado tan sola..." Justo cuando iba a responder, escuch¨¦ un sonido que ven¨ªa de la entrada de la cueva. Mirella regresaba, cargando una monta?a de hojas enormes, tanto que apenas pod¨ªa ver sus ojos detr¨¢s del mont¨®n. Lleg¨® volando, casi con esfuerzo, y dej¨® caer las hojas justo frente a nosotros, soltando un suspiro de alivio y con una expresi¨®n de triunfo en su rostro. "?Lo consegu¨ª!" Anunci¨®, con una amplia sonrisa. "Ahora¡­ ?qu¨¦ sigue?" Mir¨¦ a Aya y luego a Mirella, y un sentimiento de gratitud me llen¨® por completo. No estaba solo en esta locura de construir algo nuevo en un mundo que apenas entend¨ªa. La pregunta de Mirella reson¨® en mi cabeza. ?Qu¨¦ segu¨ªa? Hab¨ªa tantas cosas por hacer y tantas ideas por organizar que, por un instante, me sent¨ª completo. "Quiero arreglar el tema de los gnomos primero y luego de eso vamos a empezar con la casa. Todav¨ªa necesitamos m¨¢s hojas, as¨ª que cuando tengas tiempo libre sigue trayendo m¨¢s. Gracias". "?S¨ª! Traer¨¦ muchas hojas". Y as¨ª, nos quedamos esperando a que los dem¨¢s volvieran para contarles sobre los gnomos. Ya hasta le hab¨ªamos cocinado unos pescados y todo. La paz del momento fue interrumpida por el sonido de pasos acerc¨¢ndose a la entrada de la cueva. Me enderec¨¦ y mir¨¦ hacia la entrada, notando a Samira y Suminia entrando juntas, seguidas de cerca por Rundia y Rin, quienes tra¨ªan a la peque?a Luc¨ªa en brazos, se ve que se hab¨ªa cansado de caminar tanto hoy. Tar¨²n y Anya ven¨ªan detr¨¢s, intercambiando risas. Luc¨ªa, por su parte, me hizo una sonrisa. "?Llegamos!" Grit¨® Rundia, con una expresi¨®n alegre que se desvaneci¨® r¨¢pidamente cuando sus ojos se fijaron en el mont¨®n de hojas. "?Estamos¡­ haciendo una fogata o algo as¨ª?" "En realidad, no. Mirella ha estado recolectando hojas para m¨ª", aclar¨¦, se?alando con la cabeza las hojas y sintiendo que hab¨ªa subestimado la cantidad de cosas que tendr¨ªamos que coordinar para que todo esto funcionara. "Y justo¡­ tambi¨¦n quer¨ªa hablar con todos sobre algo importante". "?Importante?" Repiti¨® Rin, arqueando una ceja mientras dejaba su lanza apoyada contra la pared. Sab¨ªa que Rin era alguien pr¨¢ctico, y que probablemente no le gustaba la idea de sumarse a m¨¢s riesgos. "?Otra idea tonta, Luciano?" Murmur¨® Suminia mientras pasaba a mi lado. Sin prestarle atenci¨®n a la tonta, segu¨ª explicando. "Es que los gnomos vinieron de repente y rompieron nuestra pared, pero ya lo arreglamos. Luego de eso, me dijeron que quer¨ªan liberar a su l¨ªder de esta piedra". Saqu¨¦ la piedra de mi bolsita, aunque realmente nadie notar¨ªa la diferencia entre una piedra normal y la m¨¢gica. "De una piedra como esta sali¨® Mirella. Creo que ya todos sab¨ªan eso... Bueno, la cuesti¨®n es que quer¨ªa hacerles saber que ma?ana voy a reunirme con ellos para liberar a su l¨ªder y, despu¨¦s de zanjar ese tema, vamos a empezar a recolectar los materiales para construir nuestra casa". Guard¨¦ la piedra, aun sin terminar de hablar. "S¨¦ que tal vez piensen que me meto en demasiadas cosas extra?as, pero son cosas importantes para m¨ª". Un silencio se instal¨® despu¨¦s de mis palabras, con todos mir¨¢ndome en una mezcla de sorpresa y... ?resignaci¨®n? Sab¨ªa que algunos en el grupo ya estaban acostumbrados a mis ''ideas extra?as'', pero lo de la piedra y los gnomos era una novedad. Mi mirada recorri¨® sus rostros, esperando alguna reacci¨®n que, al menos, no fuera de completo rechazo. Anya fue la primera en romper el silencio. Su expresi¨®n hab¨ªa pasado de la confusi¨®n a una media sonrisa. "Bueno, si todo esto nos acerca a tener esa casa¡­ entonces, hag¨¢moslo. Adem¨¢s, ?qui¨¦n soy yo para juzgar lo raro? Me gusta cuando las cosas son as¨ª". Rin, en cambio, no parec¨ªa tan convencido. "Luciano, ?est¨¢s seguro de que esos gnomos no intentar¨¢n nada raro? No quiero tener que pelear con un mont¨®n de seres que ni siquiera conocemos bien". Suspir¨¦, sabiendo que Rin ten¨ªa razones para preocuparse. ¨¦l siempre hab¨ªa sido cauteloso, sobre todo en lo que se refiere a proteger a su familia. "Entiendo, pap¨¢. La verdad, no puedo asegurarlo, pero pienso tener cuidado. Lo ¨²ltimo que quiero es ponerlos en peligro, y es por eso que les cont¨¦ de esto antes de actuar. Si ma?ana las cosas se ven feas, no voy a arriesgarme m¨¢s de lo necesario". Rin asinti¨®, aunque todav¨ªa parec¨ªa reacio. Finalmente, Rundia le puso una mano en el hombro. "Rin, conf¨ªa un poco. Luciano siempre encuentra la manera, ?no? Adem¨¢s, mientras ¨¦l hace de mediador con esos gnomos, nosotros podemos aprovechar para seguir buscando un lugar para construir esa casa". Cierto... hab¨ªan estado actuando por cuenta propia buscando el lugar que les pareciera m¨¢s c¨®modo. El problema era que deb¨ªa ser lo bastante grande por si necesit¨¢bamos ampliar la casa o construir cualquier otra cosa. Samira, por su parte, se adelant¨® para hablar. "Entonces, Luciano¡­ ?Esta piedra es como¡­ m¨¢gica? ?Es similar a la que dijiste que usaste para liberar a Mirella?" Le sonre¨ª con un poco de complicidad, sorprendido de que, pese a su timidez, ella siempre estaba abierta a entender lo desconocido. "S¨ª, Sami. No s¨¦ exactamente del todo c¨®mo funciona, pero Mirella sali¨® de una igual. Los gnomos me dijeron que su l¨ªder est¨¢ atrapado de la misma forma. No s¨¦ si ser¨¢ tan poderoso como ella, pero tengo la corazonada de que puede ser un buen aliado. Ellos parecen ser bastante inteligentes". Nuestra peque?a conversaci¨®n fue interrumpida cuando Suminia me toc¨® el hombro. "?De d¨®nde sacaste esto?" Pregunt¨®, sosteniendo la lanza que hab¨ªamos tra¨ªdo junto a Aya. "Ah, eso es para vos, un regalo que te hice". Suminia me mir¨®, primero sorprendida, luego con esa t¨ªpica expresi¨®n suya entre desconfiada y¡­ ?agradecida? "?Un regalo? No sab¨ªa que fueras tan generoso¡­ O tan torpe, para dejar que te vean blando", murmur¨®, aunque en su tono hab¨ªa un toque de genuina gratitud. ¡°No es tanto por ser generoso¡±, respond¨ª, levantando los hombros. ¡°Es porque conf¨ªo en vos para cuidar de todos en situaciones peligrosas y pens¨¦ que esto te ayudar¨ªa. Claro, si no te gusta, puedo d¨¢rselo a otro¡±. La provocaci¨®n mezclada con mentiras funcion¨®: ella me mir¨® con ojos entrecerrados, como si me evaluara de nuevo. "Como si alguien m¨¢s pudiera manejar esto tan bien como yo", contest¨®, y por primera vez, me lanz¨® una mirada de respeto. Se qued¨® examinando la lanza, gir¨¢ndola en las manos y probando su equilibrio con seriedad. Incluso se acerc¨® un paso, quedando a solo unos cent¨ªmetros de m¨ª. "?Por qu¨¦ es diferente a la de tu pap¨¢?" "Porque es una versi¨®n mejorada; ahora, como el mango es de madera, pesa menos". "Gracias... supongo", su voz apenas fue audible, y antes de que pudiera responder, se gir¨®, alej¨¢ndose r¨¢pidamente al fondo de la cueva, probablemente inc¨®moda con lo que acababa de decir. Su hermana la sigui¨®. "Eso es muy amable de tu parte, Luciano", dijo Rin, golpe¨¢ndome suavemente la cabeza. "Es incre¨ªble ver lo r¨¢pido que est¨¢s creciendo". La verdad es que poco a poco me iba cansando de seguir fingiendo ser un ni?o... "Gracias, pap¨¢". Entonces, una voz delicada pero claramente impaciente interrumpi¨® la conversaci¨®n. "?Ejem! ?Y yo no tengo ning¨²n regalo?" Pregunt¨® Mirella, cruzada de brazos y con una sonrisa fingida en los labios, como si estuviera ofendida. "Oye, ?y por qu¨¦ t¨² tienes la ropa manchada de rojo?" Dijo Rin, salv¨¢ndome. "Bueno... yo. Simplemente fue porque..." "Fue por la baya de roclora, ?la conoc¨¦s?" "Ah, s¨ª. No se te vaya a ocurrir comer una de esas, eh. Las rojas no se pueden comer". "S¨ª, los gnomos me lo dijeron. ?Hay de otro color tambi¨¦n? Porque ellos las usan para pintar las cosas". ¨¦l se rasc¨® la cabeza. "Bueno, Rundia siempre me dijo que las moradas tambi¨¦n son malas, as¨ª que nunca las recogemos". As¨ª que al menos hay otras que son moradas. Tal vez podr¨ªamos usarlas nosotros tambi¨¦n para identificar territorios o hasta para decorar la casa que construir¨ªamos. Al parecer, este mundo ten¨ªa a¨²n m¨¢s secretos escondidos en cada rinc¨®n de lo que hab¨ªa imaginado. "Por favor, si ven alguna de esas bayas, me gustar¨ªa que la traigan. Nosotros tambi¨¦n podr¨ªamos pintar cosas". "Bien, pero t¨² ya deber¨ªas poder venir con nosotros, ?no? Total, siempre nos desobedeces y te vas por ah¨ª solo". Claramente lo dijo de forma sarc¨¢stica. "Ten¨¦s raz¨®n, pap¨¢. Creo que ya estoy listo para ayudar m¨¢s con lo que necesiten, y no te preocupes, prometo no meterme en m¨¢s l¨ªos de los necesarios¡­ o al menos intentarlo. Pero quiero que sepas que yo tambi¨¦n estuve buscando un lugar donde construir la casa. ?Ustedes qu¨¦ conclusiones sacaron?". "?Tiene que ser en la playa!" Interrumpi¨® Tar¨²n, saltando a mi lado. "?La playa! ?La playa!" "A m¨ª me pareci¨® mejor el claro en el bosque, donde podemos encontrar comida f¨¢cil. Pero en la playa hay m¨¢s luz", opin¨® Rin. La playa... Era tentador y ya lo hab¨ªa pensado antes, pero tambi¨¦n es un terreno complejo, y quiero asegurarme de que cualquier lugar que elijamos sea seguro y f¨¢cil de trabajar. Anya se sum¨® a la discusi¨®n, agarrando la mano de su hijo. "La playa tambi¨¦n me parece un lugar bueno. Adem¨¢s, vamos a tener mucha agua cerca". "No, no, no. Hay que hacerla cerca del arroyo, as¨ª podemos curarnos cuando queramos y tambi¨¦n vamos a tener el agua cerca", dijo Rundia. Vaya, hab¨ªa varias posibilidades juntas, con diferentes motivos de por medio. No hab¨ªa pensado en el tema del agua m¨¢gica, pero claro, eso podr¨ªa solucionarse f¨¢cilmente si creo varios baldes o desv¨ªo de alguna forma el curso del agua. Mientras pensaba en alguna otra alternativa, Mirella me mir¨® desde mi hombro. ¡°Oye, entonces... ?yo no tengo un regalo?¡± Sus ojos se entrecerraron un poco, claramente jugando a hacerse la v¨ªctima, pero con un brillo malicioso en ellos. "A partir de ahora voy a dejarte tomar agua del arroyo, ?te parece bien eso?" Susurr¨¦, aprovechando que los otros estaban discutiendo sus puntos de vista. "?En serio? Entonces voy a seguir creciendo". "Bueno, veamos hasta d¨®nde pod¨¦s llegar... Pero no tomes tanta por d¨ªa, de a poquito". Ella apret¨® sus pu?itos hacia delante. "?S¨ª! Voy a hacerme m¨¢s grande y fuerte para traerle m¨¢s hojas a Luciano". A todo esto, la discusi¨®n de los adultos se estaba acalorando. "?Anya, no puede ser que no entiendas que tener cerca el agua del arroyo es mejor que tener cerca el agua de la playa!" "?Ay, Rundia! ?Acaso piensas que podemos ba?arnos todos los d¨ªas en ese arroyo tan peque?o? ?No! Te digo que necesitamos el agua de la playa porque es m¨¢s cantidad". Rin intervino, alzando la mano como quien intenta calmar a un grupo de cazadores hambrientos. ¡°Ambas ideas tienen sentido, pero no olvidemos que, si hacemos la casa en el bosque o cerca del arroyo, la sombra de los ¨¢rboles nos proteger¨¢ del calor y el viento fuerte¡±. Me asombra la forma que tienen de pensar; todos tienen sus puntos de vista y adem¨¢s tienen su propia justificaci¨®n. Lo que s¨ª pareciera ser es que priorizan la facilidad de supervivencia por encima de que se vea bonito... o algo as¨ª. Suminia, quien hab¨ªa vuelto con la lanza en la mano, parec¨ªa haber estado observ¨¢ndonos desde una distancia corta. Frunci¨® el ce?o y habl¨® en un tono serio. ¡°?Y si hacemos la casa en este mismo lugar? Digo... L-Luciano podr¨ªa usar su magia para hacer desaparecer esta cueva, ?no?" De pronto todos se quedaron callados. Era evidente que Suminia no hab¨ªa pensado en los detalles t¨¦cnicos de su sugerencia. "Suminia, si bien tu idea ser¨ªa la que menos cambiar¨ªa nuestro d¨ªa a d¨ªa, no es algo tan viable. Para desaparecer la cueva, tendr¨ªamos que buscar la piedra suficiente como para rellenar la cueva entera, ?sabes? Porque necesitar¨ªamos un suelo resistente y que no sea hueco. Por lo tanto, deber¨ªamos hacer el doble de trabajo y no obtendr¨ªamos ninguno de los beneficios de los que hablaron los dem¨¢s". Ella me lanz¨® una mirada de molestia, pero tambi¨¦n pareci¨® algo avergonzada; probablemente no estaba acostumbrada a que le se?alaran un error de ese modo, al menos no yo. Baj¨® la mirada, fingiendo concentrarse en la lanza mientras giraba la punta sobre el suelo de la cueva. "Tienes raz¨®n, Luciano, es importante tener un suelo firme. Pero, ?entonces d¨®nde vamos a construirla? ?Qu¨¦ lugar crees que es el mejor?" Dijo Rin, quien durante este d¨ªa hab¨ªa estado m¨¢s amigable de lo que yo hubiera pensado. Antes de responder, observ¨¦ a cada uno de los presentes. Las expectativas brillaban en sus miradas, cada uno defendiendo su idea como si fuera la soluci¨®n definitiva. Sab¨ªa que cualquier decisi¨®n que tomara iba a desilusionar a alguien, pero no pod¨ªa dejarme guiar solo por sus deseos. Esto deb¨ªa ser una elecci¨®n pr¨¢ctica, pensando en nuestro bienestar a largo plazo. "Les responder¨¦ ma?ana, luego de finalizar el tema de los gnomos. Nunca se sabe si alguna cosa podr¨ªa cambiar luego de eso", respond¨ª, evadiendo ¨¦picamente la situaci¨®n. *** ?D¨®nde estoy? De la nada aparec¨ª en un lugar extra?o. Hab¨ªa una niebla que me envolv¨ªa a m¨ª y a lo que estaba alrededor. El suelo era como un pantano espeso que me llegaba hasta los tobillos. Mir¨¦ alrededor; el cielo era de un blanco p¨¢lido y gris, sin un solo indicio de vida. Solo sombras de ¨¢rboles secos, que ten¨ªan sus ramas retorcidas. Por alguna raz¨®n, mis pies parec¨ªan pegados al suelo, y cada paso que intentaba dar era lento, casi como si algo invisible tirara de m¨ª hacia abajo. "??Hola?!" Grit¨¦, juntando mis manos alrededor de mi boca. Nada, ni una sola respuesta de alguien. El ¨²nico sonido era el de mis pies avanzando por el barro. Segu¨ª caminando, o al menos lo intent¨¦. Sent¨ªa la humedad del lugar, tan densa que casi no me dejaba respirar. Justo en ese momento, un sonido extra?o rompi¨® el silencio. Era un susurro, que no pod¨ªa ubicar en ninguna direcci¨®n, como si viniera de todas partes a la vez. "Luciano, debes despertar". Lo que era un susurro ahora se convert¨ªa en palabras audibles. Me gir¨¦ hacia la derecha; detr¨¢s de uno de los ¨¢rboles horribles hab¨ªa una figura de alguien peque?o, al menos de menor estatura que yo. "?Qui¨¦n eres? ?Por qu¨¦ sab¨¦s mi nombre?" Pasaron algunos segundos sin respuesta en donde lo observ¨¦ mejor. Tal vez ese era su objetivo. Claramente, ¨¦l era todo de colores blancos y grises, al igual que todo este lugar. Ten¨ªa un sombrero en punta, una barba prominente, una capa y un conjunto de ropa lisa con unas botas. Era un gnomo. "Luciano, hace rato que estoy esperando, pero ahora debes despertar. Hay alguien esper¨¢ndote". Su voz, aunque susurrante, sonaba extra?amente firme, como una orden inevitable que intentaba sacarme del trance en el que me encontraba. Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s, pero el pantano parec¨ªa volverse m¨¢s denso con cada paso, resisti¨¦ndose a dejarme avanzar. ?Estaba atrapado en un sue?o? S¨ª... lo ¨²ltimo que recuerdo es irme a dormir junto a Mirella. "?Oye! ?T¨² eres el l¨ªder de los gnomos?" No hubo respuesta, simplemente se dio la vuelta y comenz¨® a desaparecer entre la niebla. Su capa ondeaba detr¨¢s de ¨¦l, como si un viento inexistente lo atravesara. Comenc¨¦ a luchar, a intentar arrancar los pies de ese fango, pero mis movimientos solo parec¨ªan hacerme hundir m¨¢s. "?Maldici¨®n, quiero despertar de este horrible sue?o!" Grit¨¦ al aire, y de repente el pantano trag¨® todo mi cuerpo hacia abajo. Una sensaci¨®n de ahogo se apoder¨® de m¨ª hasta que abr¨ª los ojos y vi el techo de la cueva. Estaba agitado. "Psst. Psst. Luciano", el susurr¨® de una mujer llen¨® mi o¨ªdo. Primero pens¨¦ que era Mirella, pero ella estaba claramente dormida, as¨ª que gir¨¦ la cabeza hacia el otro lado y ah¨ª la vi. Estaba acostada sobre el suelo, mir¨¢ndome de cerca. "Feliz cumplea?os, mi Lucianito". Era Luc¨ªa, o, mejor dicho, mi mam¨¢. Intent¨¦ hablar lo m¨¢s despacio posible. Que los dem¨¢s se dieran cuenta de que ella estaba hablando ser¨ªa lo peor. "Mami... ?De qu¨¦ est¨¢s hablando? ?Qu¨¦ cumplea?os?" "Alguien dentro de ti... No, varias personitas estaban celebrando tus seis a?os. Eso me dijeron, pude escucharlo claramente". Es cierto, ella me hab¨ªa dicho que, de alguna manera, sin poder ver las part¨ªculas m¨¢gicas, pod¨ªa escuchar voces provenientes de ellas. "Mis seis a?os..." Repet¨ª en voz baja, asimilando el peso de aquellas palabras mientras la ve¨ªa sonre¨ªr. No pod¨ªa evitar que mi mente regresara a aquella ¨¦poca; s¨ª, hac¨ªa mucho, pero a¨²n pod¨ªa recordar vagamente esa edad. A los seis era tan solo un ni?o, sin idea de lo que la vida me pondr¨ªa por delante. Y ahora... hab¨ªa pasado por una muerte, un renacimiento, una misi¨®n asignada por una diosa en un mundo nuevo, m¨¢s muertes y muchas otras cosas buenas y malas. Mi mam¨¢ me toc¨® la mejilla y me sonri¨® con ese gesto familiar que me hac¨ªa sentir en casa, aun en un lugar tan desconocido como este. "Gracias, mami". Eso fue lo ¨²nico que pude decirle. No hac¨ªan falta m¨¢s palabras. Gracias a Sariah, ahora ten¨ªa la oportunidad de rehacer mi vida desde el principio, junto a ella. ----------- FIN DEL VOLUMEN 2 ----------- Cap铆tulo 29: Sombrero verde. Hab¨ªa llegado el d¨ªa de hablar con los gnomos. Justo en el d¨ªa de mi sexto cumplea?os, seg¨²n mi mam¨¢. "Mirella, una esfera de luz, por favor". No pas¨® ni un segundo que, de repente, mi sombra apareci¨® delante de m¨ª. Yo estaba liderando el camino mientras baj¨¢bamos por la gran cueva hacia el que era el santuario. "?Ah¨ª tienes, Luciano!" Grit¨® Mirella desde mi derecha. "Gracias, Mirella". A mi izquierda estaba Aya. "Luciano, ?c¨®mo funciona el tema de las piedras m¨¢gicas?" "Solo hay que chocarlas entre s¨ª. Despu¨¦s de eso, las part¨ªculas se transferir¨¢n a la piedra que m¨¢s tenga". "S¨ª, ?pero qu¨¦ va a pasar despu¨¦s?" "Bueno, cuando lleguemos a recolectar todas las part¨ªculas, vamos a terminar liberando a su l¨ªder". "Ah..." "No entendiste nada, ?no?" Era de suponer, pues ella ten¨ªa varias de esas piedras en su santuario y se ve que nunca hab¨ªa descubierto su prop¨®sito. De pronto, sus orejas comenzaron a moverse r¨¢pidamente de un lado a otro, generando un sonido parecido a un aleteo, el cual se mezclaba con el leve sonido de las alas de Mirella. "?Aya no sabe c¨®mo funciona, eso es muy raro! Aya siempre sabe todo". "?C¨¢llate, Mirella!" La hadita se ech¨® a re¨ªr. "?En cualquier momento Luciano te alcanzar¨¢, ya lo ver¨¢s!" "Ja, podr¨¢ hacerse m¨¢s inteligente, pero nunca alcanzarme en altura..." S¨ª, por suerte tengo claro que soy enano. Mirella se cruz¨® de brazos con una sonrisa desafiante. "?Ja! ?En altura? ?Que no te enga?en tus orejas, Aya! Luciano es m¨¢s inteligente de lo que crees, ?y no necesita crecer en altura para superar a una zorra cabezadura!" Aya se gir¨® hacia Mirella con los ojos entrecerrados, claramente irritada, y sus orejas se tensaron a¨²n m¨¢s, erizadas con una especie de orgullo herido. "?Zorra cabezadura? Cuida tus palabras, hadita. Solo porque vuelas no significa que sepas m¨¢s que yo". "?Ah, no? Entonces expl¨ªcame, Aya, ?c¨®mo es que no sab¨ªas lo de las piedras m¨¢gicas? Mira que vivir tanto y no haber aprendido a usarlas¡­ Suena como una falta de¡­ ?C¨®mo era? Ah, s¨ª, falta de creatividad y de curiosidad, cosa que Luciano s¨ª tiene de sobra". Creo que esta era la pelea m¨¢s absurda que hab¨ªa escuchado desde que comenc¨¦ mi vida en este mundo. Aunque bueno, si tienen ¨¢nimos como para pelear por eso, creo que es una buena se?al. Cuando not¨¦ que la esfera de luz solo me segu¨ªa a m¨ª, apur¨¦ el paso, dej¨¢ndolas discutiendo atr¨¢s. Pens¨¦ en la charla que tuvimos ayer sobre el agua m¨¢gica. Era curioso, hab¨ªamos vivido en carne propia sus propiedades para curar, pero nunca hubiera considerado qu¨¦ podr¨ªa hacer en seres m¨¢gicos como ella. Y si Aya tomara agua m¨¢gica constantemente, ?crecer¨ªa? No me imagino una Aya de dos metros. Ahora tenemos que ver hasta d¨®nde crece Mirella. Al parecer el vestido no ser¨ªa un impedimento... Lo que me preocupa es que su cambio f¨ªsico termine afectando a su movilidad o algo as¨ª. Tengo que controlarla constantemente para ver c¨®mo evoluciona. ?Qu¨¦ pasar¨ªa si termina creciendo del tama?o de un humano? Si ella fuera de mi tama?o... Tal vez la ver¨ªa con otros ojos. El eco de la discusi¨®n entre Aya y Mirella se fue apagando conforme avanzaba en la cueva. A medida que nos acerc¨¢bamos al antiguo santuario, una sensaci¨®n extra?a comenz¨® a instalarse en m¨ª. Hoy era el d¨ªa de enfrentarme a los gnomos, y la visi¨®n del sue?o me rondaba la cabeza. Ese gnomo raro, con sus palabras susurrantes y su extra?a orden de ''despertar'', segu¨ªa ah¨ª, en alg¨²n rinc¨®n de mi mente. Era como si el sue?o estuviera tratando de decirme algo m¨¢s. Algo que se me escapaba. Tambi¨¦n tengo que saber m¨¢s sobre lo que dijo mi mam¨¢ sobre que escuchaba voces dentro de m¨ª. Ella tiene una habilidad especial que podr¨ªamos aprovechar de diferentes maneras, aunque bueno, no s¨¦ qu¨¦ otras cosas le podr¨ªan decir esas voces... ?Al menos ya s¨¦ oficialmente mi edad! Pensar que Sariah me hab¨ªa dicho que necesitar¨ªa la ayuda de otra persona... Al final llegamos al lugar que ahora era el centro de los pasadizos subterr¨¢neos. Los gnomos ya se encontraban haciendo una fila en frente de uno que estaba hacia la derecha, un pasadizo que pr¨¢cticamente era paralelo a por donde ven¨ªamos. "?Hola! ?Qu¨¦ tal? ?Ya est¨¢n listos ustedes? Vinimos Aya, Mirella y yo". "Gnomo rojo", fue lo ¨²nico que se escuch¨® al un¨ªsono. Todav¨ªa no s¨¦ si a m¨ª me dicen as¨ª o es que gnomo rojo le dicen a su l¨ªder y de alguna forma me est¨¢n ordenando que lo libere. "Bueno, supongo que es mejor no perder el tiempo, ?no? Adem¨¢s, mi padre me dijo que no nos demor¨¢ramos tanto porque necesitaban a Aya para salir a conseguir comida". "As¨ª es", agreg¨® Aya. "Los seguimos entonces. Vamos, liberemos a su l¨ªder". Ellos asintieron y comenzaron a avanzar por el pasadizo. Nosotros los seguimos por detr¨¢s: Yo primero, Mirella segunda y Aya tercera. Al menos, el ancho era suficiente como para que las caderas y los hombros de Aya no se atoraran. "Mirella, ?podr¨ªas poner una esfera de luz que siga al primer gnomo?" Sin dudarlo, Mirella me adelant¨® por encima de mi cabeza y alz¨® una mano, conjurando una peque?a esfera de luz que, como una luci¨¦rnaga, fue a posarse justo por encima del primer gnomo de la fila. La cueva se ilumin¨® con ese brillo suave, revelando las paredes imperfectas. Me gustar¨ªa preguntarles a los gnomos c¨®mo carajos es que hacen para hacer estas cosas, porque el pasadizo es bastante alto, de unos dos metros dir¨ªa yo, y los gnomos son peque?os. Mientras camin¨¢bamos, no pod¨ªa evitar pensar en todo lo que hab¨ªa cambiado. Esa escena, caminar junto a un grupo de gnomos en fila, con un hada en crecimiento ilumin¨¢ndonos el camino y una zorra m¨¢gica con forma humana sigui¨¦ndonos... Si alguien me hubiera dicho que esta ser¨ªa mi vida, probablemente no le habr¨ªa cre¨ªdo. Pero aqu¨ª estaba, tratando de descifrar lo que estaba ocurriendo y de no meter la pata con esta liberaci¨®n. Mirella finalmente se recost¨® sobre mi cabeza, como si de una reposera se tratara. "?Est¨¢s c¨®moda? ?No quer¨¦s que te traiga una almohada tambi¨¦n?" Mirella solt¨® una risita. "?Qu¨¦? ?Acaso tu cabeza no es lo suficientemente c¨®moda para m¨ª?" Le di un golpecito leve en el pie, sin detener mi andar por el pasadizo. "?Eso doli¨®!" Fingi¨® protestar, pero no hizo el menor esfuerzo por levantarse. De hecho, parec¨ªa m¨¢s bien que se acomodaba a¨²n mejor. "Adem¨¢s, desde ac¨¢ arriba tengo una vista privilegiada del gran Luciano guiando a todo un ej¨¦rcito de gnomos". Me re¨ª por lo bajo. La situaci¨®n era absurda y extra?amente normal al mismo tiempo. "Lo cierto es que ellos nos lideran a nosotros en este momento". "?Bah! F¨¢cilmente podr¨ªamos ir nosotros tres solos". "Shhhh", se escuch¨® de atr¨¢s. "Debes tener un poco m¨¢s de respeto, Mirella". Por favor, otra discusi¨®n de nuevo no... No en este momento. "?Qu¨¦ pasa? ?Acaso hablar es falta de respeto ahora?" Murmur¨®, lo justo para que solo yo escuchara. Opt¨¦ por hacerme el desentendido y no alimentar la peque?a chispa que ahora parec¨ªa arder entre ellas. A¨²n as¨ª, era dif¨ªcil ignorar que, desde la llegada de Aya a nuestras vidas, Mirella estaba m¨¢s... ?Inquieta? No sabr¨ªa decir si era celos o una especie de orgullo competitivo, pero estaba claro que cada una quer¨ªa ganarse su lugar. Me pregunto si eso podr¨ªa ser un obst¨¢culo m¨¢s adelante. Despu¨¦s de una caminata en silencio, llegamos a un espacio m¨¢s abierto, donde Mirella puso una esfera de luz m¨¢s grande, reemplazando la que les hab¨ªa puesto a los gnomos. Este sitio era... muy parecido al santuario que conoc¨ªamos muy bien. De hecho, era pr¨¢cticamente igual. Una especie de cubo mal formado con una sola entrada, la cual seguro dar¨ªa a otra cueva. Lo primero que hice fue darme la vuelta y mirar a Aya. Ella me devolvi¨® la mirada; sus ojos anaranjados ten¨ªan cierta expectaci¨®n, como si en realidad estuviera esperando que yo tomara la iniciativa. Era raro verla tan seria en un ambiente como este, un lugar que de alguna manera replicaba el santuario que hab¨ªa sido ''remodelado''. "?Te recuerda algo?" Pregunt¨¦ en voz baja, acerc¨¢ndome un poco m¨¢s. Not¨¦ que Mirella gir¨® su cuerpo hacia el otro lado. Aya asinti¨® y sus orejas de zorro se agitaron levemente mientras observaba cada rinc¨®n del lugar. "S¨ª... Aunque no s¨¦ si realmente es un recuerdo o solo la sensaci¨®n de familiaridad". Volv¨ª a ver el lugar; hab¨ªa tres piedras con part¨ªculas m¨¢gicas incrustadas contra la roca: Una en el techo y dos en las paredes. "Gnomo rojo. Liberar l¨ªder", dijo uno de los gnomos, se?alando a la piedra m¨¢s cercana. "Que s¨ª, ya voy". Saqu¨¦ la piedra de mi bolsita y la sostuve en mis manos por un momento. Esta era una de esas veces en las que la certeza parec¨ªa desvanecerse en el aire. Iba a liberar a alguien, un ser encerrado hace qui¨¦n sabe cu¨¢nto tiempo, nada menos que por el supuesto Rey Demonio, y ?por qu¨¦? Porque los gnomos lo ped¨ªan, porque hab¨ªa tenido un sue?o y porque hasta ahora hab¨ªa tomado decisiones confiando en mi intuici¨®n e intentando ganarme los favores de Sariah. Pero, ?de verdad pod¨ªa confiar en esto? Empec¨¦ a apretar la piedra con m¨¢s fuerza, como si eso me ayudara a aclarar mi mente. Liberar al l¨ªder de los gnomos podr¨ªa significar desencadenar algo peligroso. Algo que ni Aya, ni Mirella ni yo podr¨ªamos prever, y que quiz¨¢ ni siquiera podr¨ªamos enfrentar. ?Y si sus intenciones no eran tan ''santas'' como los gnomos parec¨ªan tener? ?Qu¨¦ tal si el Rey Demonio lo hab¨ªa encerrado por alguna raz¨®n importante, una raz¨®n que nosotros desconoc¨ªamos? Aya siempre dijo que el Rey Demonio era malo. Tariq tambi¨¦n se ve¨ªa muy asustado al hablar de ¨¦l y de su territorio. Tambi¨¦n se supone que hay otra mujer de fuego... Este lugar guarda demasiados misterios de tantos seres m¨¢gicos que no logro comprender del todo qu¨¦ es lo que buscan o si yo termino siendo el centro de atenci¨®n de todos. Cerr¨¦ los ojos un segundo y record¨¦ el sue?o. Aquella figura peque?a y oscura en medio de la bruma, susurrando con voz enigm¨¢tica. Debi¨® de haber usado alg¨²n tipo de magia como para haber entrado en mis sue?os, o al menos ¨¦l estaba consciente del estado en el que se encontraba. Eso podr¨ªa ser beneficioso para saber m¨¢s sobre c¨®mo fue encerrado. Pero entonces, pens¨¦ en Mirella. La hab¨ªa liberado de esa prisi¨®n de piedra sin saber nada de ella, y result¨® ser una aliada m¨¢s leal y divertida de lo que jam¨¢s habr¨ªa imaginado. Quiz¨¢ esta vez ser¨ªa igual; tal vez el barbudo, como le llamaba Tariq, tambi¨¦n podr¨ªa ser un aliado, alguien capaz de traer algo positivo a nuestro grupo. Por m¨¢s absurdo que sonara, tambi¨¦n ve¨ªa en la mirada de esos gnomos una lealtad y una esperanza casi ciega, una especie de fe en m¨ª que, aunque me parec¨ªa raro, no pod¨ªa ignorar. Como si para ellos la libertad de esa figura encerrada lo significara todo. Solt¨¦ un suspiro, dej¨¦ de apretar la piedra y la observ¨¦ un momento. No era pesada, solo que me di cuenta de que, hasta cierto punto, era tambi¨¦n una carga emocional, una decisi¨®n que podr¨ªa cambiar algo en nuestra realidad. "Mirella, ?te gustar¨ªa ayudarme?" Dije finalmente, agarrando la piedra por encima de mi cabeza. "Hay una piedra all¨¢ arriba que nosotros no podemos alcanzar". "?Claro que s¨ª!" Grit¨®, enderez¨¢ndose de inmediato y agarrando la piedra entre sus brazos. Se elev¨® con ella hasta hacerla chocar con la otra. La piedra adquiri¨® las part¨ªculas m¨¢gicas y Mirella me la devolvi¨®. "?Puedo hacerlo con las otras?" Pregunt¨®, poniendo la cara m¨¢s adorable que se le ocurri¨® en ese momento. "?Por qu¨¦... mejor no dejamos que Aya pruebe tambi¨¦n? Justo hay tres, una para cada uno". Mirella infl¨® las mejillas, cruzando los brazos con evidente molestia. "Hmph... Bueno, si insistes. Supongo que Aya tambi¨¦n se lo merece", murmur¨®, lanz¨¢ndome una mirada de reproche antes de sacarme la piedra de las manos y entreg¨¢rsela a Aya con un gesto deliberadamente desganado.This tale has been unlawfully lifted from Royal Road. If you spot it on Amazon, please report it. "Aqu¨ª tienes la piedra. No vayas a romperla". Aya, serena como siempre, tom¨® la piedra sin prestar mucha atenci¨®n a la actitud de Mirella. La sostuvo entre sus manos y, antes de dirigirla a la segunda piedra en la pared, se volvi¨® hacia m¨ª. "Entonces, Luciano, ?esto es todo? ?Solo¡­ chocar las piedras y listo?" Pregunt¨®, aunque su tono dejaba claro que, a pesar de haber visto el procedimiento antes, no estaba convencida de que fuera tan simple. Asent¨ª, mirando la roca de reojo. Las part¨ªculas parec¨ªan vibrar al ritmo de mis pensamientos, como si tambi¨¦n ellas esperaran el momento. "Exacto, Aya. Como Mirella lo hizo. Todo indica que el l¨ªder de los gnomos deber¨ªa¡­ despertarse cuando se complete la ¨²ltima transferencia. As¨ª que primero necesito que choques la piedra que est¨¢ m¨¢s alta". "Espero que salga todo bien¡­" Aya se acerc¨® lo m¨¢s que pudo a la pared rocosa y se puso de puntas de pie para llegar. S¨ª, a pesar de su estatura que rondaba el metro ochenta, tuvo que estirarse lo m¨¢s que pudo para que las dos piedras chocaran entre s¨ª, haciendo que la nuestra absorbiera todas sus part¨ªculas. Luego de ver el peque?o espect¨¢culo, Aya se acerc¨® a m¨ª y me la devolvi¨®. "Toma, Luciano. T¨² debes ser quien finalice esto". "Gracias, Aya". Me acerqu¨¦ a la pared, mirando la ¨²ltima piedra m¨¢gica que se encontraba incrustada contra la pared, justo a la altura de mi frente. "Yo voy a decir una cosa antes... Si ustedes, los gnomos, junto a su l¨ªder, no tienen buenas intenciones con nosotros y solo nos buscaron por beneficio propio para hacer algo malo, yo quiero avisarles que no dudaremos en defendernos. Yo le propondr¨¦ a ¨¦l hacer un pacto de no agresi¨®n". Se me hizo un poco dif¨ªcil decir eso, pero quer¨ªa dejar en claro que nosotros no somos gente con la que se pueda joder. Tenemos que hacernos valer, aunque sea con palabras. "L¨ªder ser bueno", fue lo ¨²ltimo que se escuch¨® decir de los gnomos antes de que las dos piedras colisionaran y el lugar se impregnara de una luz amarilla cegadora. Cuando abr¨ª los ojos... Bueno, ¨¦l estaba ah¨ª, parado frente a m¨ª. Era el mismo que apareci¨® en mi sue?o, pero ahora estaba a color y ten¨ªa una ¨²nica part¨ªcula m¨¢gica revoloteando a la altura de la cintura. Eso era bueno, no hab¨ªa forma de que nos atacara, al menos no de manera inmediata. Lo llamativo, y lo que lo distingu¨ªa principalmente de los dem¨¢s, era que este gnomo ten¨ªa el sombrero de color verde, no como los dem¨¢s que lo ten¨ªan pintado de rojo. Su capa era de color rojo y su conjunto de color verde, terminando con unas botas redondas de color negro. "Mucho gusto, se?or l¨ªder. No hace falta ni que me presente, ?no? Creo que ya sab¨¦s bastante sobre m¨ª". ¨¦l se acomod¨® su voluptuosa barba blanca antes de hablar. "Mucho gusto, Luciano", comenz¨® diciendo. Sorprendentemente, hablaba muy fluido. "Yo soy Forn, y s¨ª, soy el l¨ªder de todos los gnomos". Su voz era profunda, aunque su tono manten¨ªa cierta gentileza, como si intentara demostrar no ser una amenaza. Mir¨¦ su rostro y me llam¨® la atenci¨®n la mirada astuta que se escond¨ªa bajo sus pobladas cejas blancas. No era la primera vez que lidiaba con criaturas m¨¢gicas en este mundo. Hab¨ªa que tener paciencia y no dejarse sobrepasar. Siempre con respeto, obviamente. "Bueno, Forn. Realmente es un gusto tenerte ac¨¢ y por fin poder terminar con el misterio de qui¨¦n estaba atrapado dentro de estas dispersas piedras. S¨¦ que tenemos demasiado de qu¨¦ hablar, pero primero me gustar¨ªa presentar formalmente a mis compa?eras. Ellas son dos criaturas m¨¢gicas al igual que t¨², as¨ª que espero que nos llevemos bien en un futuro". Mientras tanto, los otros gnomos se iban acumulando a su costado, pero no dec¨ªan nada, ni Forn tampoco les hablaba. Extend¨ª la mano izquierda, abriendo la palma por completo. Mirella entendi¨® la se?al a la perfecci¨®n y se pos¨® sobre mi mano; hasta dir¨ªa que esto ya lo hace por instinto. "?Hola! ?Yo soy Mirella, y soy la mejor amiga de Luciano!" Ella siempre se presentaba de la misma manera. Al parecer, ser mi mejor amiga era lo m¨¢s importante en su vida. "Mucho gusto, se?orita hada Mirella, aunque debo decirle que ya nos conoc¨ªamos desde antes". Las palabras de Forn hicieron que mi mente se detuviera de golpe. ?Mirella y Forn ya se conoc¨ªan? ?Desde antes? Si Mirella no ten¨ªa recuerdo alguno de antes de que la liberara de esa piedra... Esto confirma del todo que ella fue la tercera en luchar contra el Rey Demonio. Como dijo Tariq, eran tres. Mirella, en cambio, no pareci¨® darse por enterada, aunque la menci¨®n de su conocimiento previo tambi¨¦n la dej¨® moment¨¢neamente en silencio. Por un momento, me mir¨® de reojo, ladeando la cabeza, y luego volvi¨® a sonre¨ªr como si nada. ¡°?Nos conocemos, en serio?¡± Pregunt¨®, con su t¨ªpica voz juguetona y risue?a. "?Y ella es Aya!" Dije en un tono m¨¢s fuerte, intentando desviar el asunto mientras extend¨ªa mi mano hacia mi derecha. Ella inclin¨® un poco su cuerpo hacia delante. "Mucho gusto, se?or Forn. Espero que nos llevemos bien". "Es un placer. Es la primera vez que veo a alguien de tu especie". "Aya usar barreras m¨¢gicas", acot¨® uno de los gnomos que los rodeaban, mir¨¢ndolo con admiraci¨®n. "Ah, mis peque?os..." Respondi¨® Forn y le toc¨® la punta del sombrero al otro gnomo. "As¨ª que barreras m¨¢gicas, eh", dijo y comenz¨® a caminar hacia Aya. Al verlo pasar a mi lado, vi que ten¨ªa varios anillos en las manos. Unos cinco, m¨¢s o menos. "?Me permitir¨ªa tomar una de sus manos?" "?Yo? Bueno... est¨¢ bien". Aya extendi¨® la mano donde ten¨ªa puesto el anillo y Forn la agarr¨®, manteniendo una de sus manos por encima y otra por debajo. "?Y esto para qu¨¦ es?" Pregunt¨¦, viendo cerrar sus ojos. Sin embargo, ¨¦l no respondi¨® y Aya lo miraba con cara preocupada. Esa forma de sostenerla, con una concentraci¨®n plena, parec¨ªa una especie de ritual silencioso, y aunque ¨¦l no contest¨® a mi pregunta, el movimiento sutil de su cabeza y su semblante enfocado me dieron la impresi¨®n de que estaba haciendo algo m¨¢s que un simple saludo. Se le est¨¢n traspasando algunas part¨ªculas de Aya... Espero que no sea ese su objetivo. Finalmente, abri¨® los ojos y la mir¨® fijamente. "Lo siento si pareci¨® extra?o, pero cuando uno ha estado encerrado tanto tiempo como yo¡­ no puede evitar querer saber con qui¨¦n trato. Aya tiene una esencia m¨¢gica que rara vez he percibido. Muy interesante... Aunque hay algo que no me cuadra". Hizo una pausa y le solt¨® la mano. "?Est¨¢ usted segura de que solo usa ese tipo de magia?" Aya frunci¨® el ce?o de inmediato. "?Perd¨®n?" "Perd¨®n, perd¨®n, solo era una pregunta", dijo poniendo las manos en alza. La pregunta tambi¨¦n me dej¨® desconcertado. "?A qu¨¦ te refer¨ªs, Forn? Ella usa magia de barreras, y nunca la he visto usar otra cosa..." Forn sonri¨® con un aire enigm¨¢tico, deslizando la vista hacia Mirella y luego hacia m¨ª. "Es curioso lo que la energ¨ªa m¨¢gica revela¡­ Cada ser la porta de forma distinta, casi como si estuviera ligada a su alma. Aya tiene algo en su magia que es... especial. No sabr¨ªa c¨®mo explicarlo, pero parece incompleta, como si tuviera un potencial latente". ?Ser¨¢ eso bueno? Hasta ahora no he visto a alguien que use dos tipos de magia al mismo tiempo. Mirella, sin poder contener la curiosidad, flot¨® r¨¢pidamente frente a ¨¦l, mir¨¢ndolo de cerca. "?Entonces¡­! ?T¨² puedes saber la fuerza de la magia de alguien solo con tocarlo? ?Qu¨¦ habilidad tan ¨²til! ?Yo tambi¨¦n quiero saber la m¨ªa!" "Vaya, vaya. Pero la tuya ya la s¨¦". "?Ohhhh!" "T¨², querida, tienes una energ¨ªa inmensamente luminosa. La verdad es que me encantar¨ªa poder encontrarme con m¨¢s hadas". Finalmente, Forn se volvi¨® hacia m¨ª, mir¨¢ndome con una seriedad que no hab¨ªa mostrado hasta ahora. "Luciano, ?quieres saber lo que veo en ti?" La aparente peque?a propuesta de Forn me tom¨® desprevenido, y mi mente se llen¨® de dudas. ?Qu¨¦ es exactamente lo que ¨¦l ve en la gente? Porque si realmente puede percibir lo m¨¢s profundo de la energ¨ªa de alguien, tal vez podr¨ªa llegar a descubrir algo que, por ahora, prefiero que permanezca oculto. Nadie, salvo Luc¨ªa, sabe lo que significa tener esta conexi¨®n con Sariah, a pesar de que hayan descubierto peque?as se?ales como mis dos pelos rojos o mi falta de u?as en los pies. Y en este momento, lo ¨²ltimo que necesito es que alguien sepa que la diosa de este mundo est¨¢ vinculada a m¨ª, y mucho menos que comiencen a hacer preguntas al respecto. "No, gracias", murmur¨¦ casi sin darme cuenta. Mi respuesta sali¨® antes de que pudiera procesarla, como si estuviera rechazando a un vendedor ambulante en un mal d¨ªa. El lugar por un momento se qued¨® en silencio, cortado por algunos gnomos que murmuraban "Gnomo rojo". Mirella, por supuesto, no estaba satisfecha. Flot¨® a mi alrededor, como una peque?a molestia en forma de hada, con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados. "?Oh, vamos, Luciano! ?Esto es una oportunidad ¨²nica! ?Imag¨ªnate lo ¨²til que ser¨ªa conocer tu propia energ¨ªa m¨¢gica!" "No hace falta, Mirella. Ya s¨¦ mi tipo de magia y todo eso". Ella solt¨® un suspiro, claramente frustrada. ¡°Luciano, s¨¦ que debes tener tus secretos y que te guardas cosas¡­ ?Pero no puedes decirme que no tienes curiosidad de saber qu¨¦ tan fuerte eres! Solo un segundo, Forn va a decirte lo que ve, nada m¨¢s. ?Qu¨¦ puede salir mal?" No es que no sintiera curiosidad; claro que la sent¨ªa. Pero, al mismo tiempo, hab¨ªa algo que me dec¨ªa que seguir adelante con esto no ser¨ªa la mejor idea. Sin embargo, Mirella no iba a dejarme tranquilo hasta que aceptara. Mir¨¦ a Aya, intentando buscar un aliado en esta situaci¨®n, pero no parec¨ªa estar del todo de mi lado. De hecho, se la ve¨ªa medio enojada. "Mirella, de verdad no es necesario hacer esto. No tenemos mucho tiempo, record¨¢ lo que me dijo Rin". En lugar de tomarlo como una raz¨®n, ella me lanz¨® una mirada de reproche y baj¨® sus peque?as manos hasta mis clav¨ªculas, como si fuera capaz de obligarme f¨ªsicamente. "Luciano, si no aprovechas esto, no te lo voy a perdonar. Adem¨¢s¡­ conf¨ªo en ti. Conf¨ªo en que, sea lo que sea, sabr¨¢s manejarlo. Forn ya sabe algo de m¨ª, y a¨²n sigo aqu¨ª, ?no?" No, Mirella. No es ese tipo de miedo el m¨ªo... "Est¨¢ bien", respond¨ª de mala gana mientras estiraba mi mano derecha. De vuelta quedaba el anillo de piedra a la vista. "Disculpa las molestias, Luciano", dijo Forn mientras volv¨ªa a repetir lo mismo que con Aya. Su mano izquierda estaba sobre el dorso de la m¨ªa; ah¨ª pude ver que ten¨ªa dos anillos id¨¦nticos. Parec¨ªan ser de piedra, pero ten¨ªan una gema roja y circular en la parte de arriba. ?Rub¨ª? Apenas cerr¨® los ojos, pude ver que hac¨ªa diferentes muecas, mezcladas con algunos "uhmm", "ahh", "ya veo..." Sin abrir los ojos, finalmente habl¨®. "As¨ª que tienes dos pactos con un mismo individuo. Qu¨¦ interesante". "?S¨ª, es conmigo!" Grit¨® Mirella. "Tambi¨¦n siento algo m¨¢s. No es un poder fuerte ni se siente importante, pero est¨¢ grabado muy dentro de ti". ?Ser¨¢ lo de ver las edades en las sombras? Es bueno saber que no lo mencion¨® expl¨ªcitamente. Eso o lo est¨¢ ocultando. "Hay demasiada potencia dentro de tu cuerpo, muchacho. Cuidado con eso", agreg¨®. "S¨ª, voy a tener cuidado", dije haciendo una risa forzada. "?Algo m¨¢s?" Sin responder, abri¨® los ojos y mir¨® a Aya y luego a Mirella. "No les recomiendo llevarse mal con ¨¦l, ?saben? No quiero que lo tomen como una advertencia, pero... Tiene pinta de que en cualquier momento va a estallar de magia... Ya de por s¨ª, es extra?o que pueda usarla siendo un humano". Me solt¨® las manos de una manera extra?a, deslizando su dedo ¨ªndice hasta la u?a del m¨ªo. Luego me mir¨®. "A m¨ª tampoco me gustar¨ªa mantener una mala relaci¨®n contigo. Disculpa que te lo diga as¨ª, pero... Solo espero que nos llevemos bien". Literalmente... ?Qu¨¦ carajos acabo de escuchar? No era la primera vez que alguien me dec¨ªa que mi poder parec¨ªa ir m¨¢s all¨¢ de lo com¨²n. Claro, pensar eso es obvio al yo ser un humano que destaca por sobre los dem¨¢s, pero siempre hab¨ªa tratado de no pensar demasiado en ello para no sentirme un raro. Sin embargo, Forn acababa de ponerlo de una manera que me hac¨ªa sentir como si llevara una bomba de tiempo en el cuerpo. ?Acaso quer¨ªa decir que un d¨ªa, sin querer, podr¨ªa perder el control de la situaci¨®n? ?Me ver¨¢n como un monstruo, acaso? ?Un humano que por error o mala fortuna fue llenado con algo que no le pertenece? No s¨¦ c¨®mo manejar esa mirada que, de vez en cuando, algunos, como Forn ahora, me lanzan... esa mezcla de cautela y respeto forzado, como si estuvieran sosteniendo una espada de doble filo. Mirella vol¨® r¨¢pidamente hacia ¨¦l, interrumpiendo mis pensamientos. Su expresi¨®n normalmente alegre y despreocupada se hab¨ªa tornado seria. Cruz¨® los brazos, haciendo que sus peque?as manos apenas se movieran sobre el pecho. "?Qu¨¦ quer¨¦s decir con ¡®no llevarse mal con ¨¦l¡¯? Luciano jam¨¢s nos har¨ªa da?o. Forn, se ve que eres muy bueno con eso de ver la magia, pero no entiendes nada de qui¨¦n es Luciano realmente". Forn suspir¨® y volvi¨® a mirarme, como si quisiera suavizar la situaci¨®n. "Lamento si mis palabras han sonado... duras. La magia es algo que respeto, y cuando vi tanto poder en alguien as¨ª, me preocup¨®. Eso es todo". Justo despu¨¦s de que terminara de hablar, Aya se fue hacia el pasadizo por el que hab¨ªamos venido. "No sab¨¦s nada, Forn. ?Luciano controla su magia mejor que nadie! Y si ¨¦l tiene algo especial, seguro es porque lo merece. No por ser un ¡®peligro¡¯ como t¨² dices". "Est¨¢ bien, Mirella. Ya est¨¢... Deber¨ªamos irnos o se nos va a hacer tarde", dije, agarr¨¢ndole uno de sus bracitos. Mirella mir¨® mi mano sujetando su brazo y baj¨® la mirada, con una expresi¨®n de duda que rara vez mostraba. Parec¨ªa haberse calmado un poco, pero no completamente. Forn, por su parte, nos observ¨®, d¨¢ndome una mirada algo diferente esta vez. Era m¨¢s cercana, como si, de alguna forma, intentara comprenderme. "Pero Luciano, ¨¦l..." "No pasa nada, Mirella. Vamos, que se nos hace tarde". "Est¨¢ bien..." Sin mirar a nadie m¨¢s, sigui¨® los mismos pasos que Aya, llev¨¢ndose consigo la gran esfera de luz. "En cualquier momento volver¨¦ para seguir hablando contigo. ?Voy a seguir encontr¨¢ndolos ac¨¢?" "Yo dir¨ªa que s¨ª. Si vuelves, me gustar¨ªa que vinieras solo". "?Solo, por qu¨¦?" Pregunt¨¦, frunciendo el ce?o. La ocurrencia era media rara, m¨¢s sabiendo que yo todav¨ªa soy un ni?o. "Para que hablemos mejor. Me gusta m¨¢s hablar las cosas importantes a solas". "Eso ser¨ªa... complicado. Pero s¨ª lo que podr¨ªamos hacer es que los que me acompa?en me esperen afuera o algo as¨ª". "Me parece bien". Me gir¨¦, evitando que viera mi cara de sospecha. "Nos veremos pronto, entonces. Chau". "Adi¨®s, muchacho. Eres bienvenido para venir cuando desees". Qu¨¦ gente m¨¢s rara. Veremos qu¨¦ sucede en el futuro... El camino de vuelta a mi cueva fue agotador, principalmente porque el andar pisando la roca uniforme todo el tiempo me hizo empezar a doler la planta de los pies. Mirella me esper¨® a mitad del pasadizo, diciendo que estaba molesta porque no le contest¨¦ nada a Forn, pero claro, yo quer¨ªa evitar alargar el tema m¨¢s de lo necesario para que Forn no hablara de m¨¢s. Alcanzamos a ver a Aya a mitad del bosque; ella estaba cazando pescados en el arroyo. De hecho, ya ten¨ªa cuatro entre sus brazos. Le dije a Mirella que nos escondi¨¦ramos detr¨¢s de un ¨¢rbol para observarla. Esta era la primera vez que la ve¨ªa cazar comida. Aya estaba inclinada sobre el arroyo, con los pies firmemente plantados en las piedras resbaladizas mientras cazaba. Su yukata se ce?¨ªa a sus curvas mientras se mov¨ªa, pero, si bien eso era un atractivo visual, lo que m¨¢s me impresion¨® fue la velocidad y precisi¨®n de sus garras. En un momento estaba quieta, observando, y al siguiente, sus manos se mov¨ªan como un rayo, clavando las garras con una precisi¨®n tan exacta que cada pez quedaba inmovilizado al instante. Los atrapaba con una destreza casi animal, como un verdadero zorro, pero al mismo tiempo, sus movimientos manten¨ªan una elegancia sorprendente. Mientras la observaba, algo en mi pecho se tens¨®. No sab¨ªa si era sorpresa o admiraci¨®n. O al menos, eso fue lo que pens¨¦ al principio¡­ pero a medida que la miraba, me di cuenta de que una peque?a voz en mi mente comenzaba a formarse. Una voz que no parec¨ªa m¨ªa. ¡°Qu¨¦ cosa tan rid¨ªcula¡±, pens¨¦ de repente, sin entender de d¨®nde ven¨ªa el impulso. ¡°Mir¨¢ c¨®mo se esfuerza por llamar la atenci¨®n. Solo quiere mojarse la ropa para mostrar sus enormes caderas¡±. Mi propia mente se estremeci¨® ante esos pensamientos. ?Qu¨¦ demonios? Aya era¡­ no, Aya era sorprendente. Sin embargo, cuando intent¨¦ dec¨ªrmelo a m¨ª mismo, mi mente rechaz¨® la idea. Qu¨¦ incre¨ªblemente ineficaz y est¨²pida se ve¨ªa con esos pescados en las manos. ?Incre¨ªblemente ineficaz? ?En qu¨¦ estaba pensando? De pronto, mis palabras salieron sin querer. "Qu¨¦ p¨¦rdida de tiempo¡­ No s¨¦ para qu¨¦ se molesta en cazar as¨ª. Seguramente ni le salgan bien las cosas¡±. Mirella, sin embargo, no me prest¨® atenci¨®n; sus ojitos verdes se ve¨ªan horribles mientras observaba a Aya con admiraci¨®n. ¡°?Viste, Luciano? ?Aya es incre¨ªble! Caza como si fuera parte del arroyo, como si ya supiera cada movimiento que hacen los peces antes de atraparlos. ?No es asombrosa?¡± Abr¨ª la boca para asentir, pero en lugar de eso, un pensamiento brot¨® desde alg¨²n rinc¨®n oscuro de mi mente, r¨¢pido y venenoso, y lo dije sin poder contenerme. "No me parece para tanto¡­ Parece que solo est¨¢ jugando a impresionar. Cualquiera puede atrapar un pez si se concentra suficiente tiempo". "?Qu¨¦? ?En serio piensas eso, Luciano? ?En serio crees que est¨¢ fingiendo? Yo la veo tan r¨¢pida como siempre". Mi coraz¨®n empez¨® a palpitar. No hab¨ªa querido decir eso, o al menos, no de esa manera. Intent¨¦ justificarme, aclararme, pero mis pensamientos estaban enredados, y una ola de confusi¨®n me invadi¨®. Me sent¨ªa como si algo ajeno a m¨ª estuviera revolviendo mis ideas. Antes de que pudiera responder para retractarme, escuch¨¦ algo, una voz, algo tenue, pero n¨ªtido al mismo tiempo. Era de Forn, pero no parec¨ªa venir de fuera, sino de adentro, como si estuviera hablando directamente en mi mente. "Luciano, tu mente es d¨¦bil. M¨ªrate, no puedes controlar tus pensamientos ni la gente que se entromete en tus sue?os". Cap铆tulo 30: Aun as铆, avanza. Cerr¨¦ los ojos un segundo, intentando apartar la voz de Forn, pero cuando los abr¨ª, lo que ve¨ªa no hab¨ªa cambiado. Ah¨ª estaba Mirella, todav¨ªa con sus ojos escrutadores puestos sobre m¨ª, y Aya estaba acomodando los pescados entre sus brazos. Algo en su mirada me provoc¨® una incomodidad extra?a y una irritaci¨®n a¨²n mayor. ¡°?Qu¨¦ est¨¢s haciendo ah¨ª parada, Aya?¡± Solt¨¦, en un tono innecesariamente brusco para lo tranquila que era la situaci¨®n. ¡°Si ya terminaste, podr¨ªas haberte apurado. Nos queda un camino largo y no quiero perder m¨¢s tiempo por ac¨¢. Adem¨¢s, ?para qu¨¦ mierda te fuiste sola? Despu¨¦s ped¨ªs respeto y sos la primera en hacer lo que se te canta¡±. Aya me mir¨® con sorpresa, casi como si no pudiera creer lo que hab¨ªa dicho. No era normal en m¨ª hablarle as¨ª, pero no pod¨ªa detenerme, no s¨¦ por qu¨¦, pero algo me impulsaba a seguir siendo... desagradable. "?Perd¨®n?" "?Siempre vas a responder eso? S¨¦ que tu vocabulario es bastante limitado, pero..." La voz de Forn volvi¨® a resonar en mi mente, perforando mis pensamientos. "Quiero que sepas que no te estoy haciendo nada malo. Tu mente es demasiado d¨¦bil como para dejarse llevar por la ligera magia que tiene mi anillo". Apret¨¦ los pu?os, sintiendo un calor extra?o recorriendo mi cuerpo. Estaba lleno de rabia y confusi¨®n. ?Por qu¨¦ pensaba as¨ª de repente? Esto no sonaba a m¨ª, y, sin embargo, las palabras de Forn parec¨ªan filtrarse como veneno diciendo cosas extra?as. Mi mente no es... d¨¦bil. "Luciano, no deber¨ªas contestarme as¨ª, no te hice nada malo. Solo me fui porque estaba molesta con el gnomo", dijo, d¨¢ndose la vuelta. "Si te molest¨®, te pido unas disculpas". Mirella, que no hab¨ªa dejado de observarme, ahora me miraba con tristeza en su cara. ¡°Luciano, no entiendo¡­ ?Hicimos algo mal? ?Por qu¨¦ est¨¢s tan enojado?" ¡°No estoy enojado, Mirella. Solo estoy harto de que ustedes no puedan hacer algo decente sin mi supervisi¨®n¡±, respond¨ª, cruz¨¢ndome de brazos y alej¨¢ndome de ella unos pasos. ¡°Siempre tengo que estar pendiente de todos para que salga todo bien, como si ustedes no pudieran hacer nada por s¨ª mismos¡±. Aya se qued¨® quieta, todav¨ªa d¨¢ndome la espalda, con los hombros tensos. Pod¨ªa ver c¨®mo se le crispaban las manos, apretando los peces que hab¨ªa cazado. Mirella, a mi lado, frunci¨® el ce?o, mir¨¢ndome seriamente. Hab¨ªa decepci¨®n en sus ojos, y me di cuenta de que era yo quien se la hab¨ªa provocado. Sin embargo, en lugar de sentir arrepentimiento, lo ¨²nico que surgi¨® fue una molestia creciente, como si hubiera algo en ellos que me fastidiara. "?Qu¨¦ pasa, Aya? ?Por qu¨¦ no segu¨ªs cazando m¨¢s? ?O acaso quer¨¦s que te aplaudamos? Se ve que el estar sola por tanto tiempo te peg¨® fuerte". Aya gir¨® lentamente. Sin embargo, intent¨® mantenerse firme, aunque claramente estaba afectada por lo que le hab¨ªa dicho. Mirella, por su parte, dio un paso atr¨¢s, como si estuviera viendo a un desconocido en m¨ª. "Luciano, ?qu¨¦ te pasa?" Dijo Mirella con voz temblorosa. "No eres t¨²... No hablas as¨ª". "?Ah, no? ?Qu¨¦ sab¨¦s vos de m¨ª, Mirella? Solo sos una peque?a hada que ni siquiera sirve para nada m¨¢s que hacer lucecitas o matar a alguien. Sos tan in¨²til que hasta para moverte depend¨¦s de m¨ª. Siempre est¨¢s encima m¨ªo, como si fueras incapaz de hacer algo por tu cuenta". Sus ojos se empezaron a llenar de l¨¢grimas. "Luciano... No puede ser que de verdad pienses esas cosas. Tienes que... Tienes que calmarte. Yo s¨¦ que no eres as¨ª". "?Ay, qu¨¦ problema! ?La loquita se puso a llorar! ?Qu¨¦ vas a hacer, te vas a ma...?" De pronto, unas l¨ªneas rojas comenzaron a rodear mi cuerpo, cortando mis palabras. Por un momento, parec¨ªan apretar mi cuerpo, pero desaparecieron, dejando un ligero entumecimiento en mi cuerpo. "?Luciano!" Grit¨® Mirella, intentando ayudar en algo. "Este pacto de mierda que hicimos... No s¨¦ para qu¨¦ carajos acept¨¦ decir esa estupidez de ser mej..." "?Basta ya!" Grit¨® Aya, tirando los pescados al suelo y acerc¨¢ndose a m¨ª. "Si quieres desahogarte de esta forma, hazlo solo. No voy a permitir que nos humilles m¨¢s con tus sucias palabras". En un instante de tiempo, la voz de Forn se volvi¨® a entrometer en mi mente. "Presta atenci¨®n, Luciano. Es por esa mujer que he hecho esto". "?Qu¨¦ pasa, Aya? ?Te molesta lo que estoy diciendo? Si despu¨¦s vas a venir moviendo las orejitas y diciendo que te gusta oler mi aroma". En cuanto las palabras salieron de mi boca, algo en m¨ª se sinti¨® mal de repente. Era como si estuviera atrapado dentro de mi propia mente y terminaba pronunciando pensamientos oscuros y retorcidos que no reconoc¨ªa. Pero no pod¨ªa detenerme, ni tampoco lograr que los pensamientos buenos volvieran a tener el control. Los momentos l¨²cidos, como ahora, no pod¨ªa mantenerlos por m¨¢s de un segundo. ¡°?Luciano?¡± Aya dijo en voz baja, sus ojos clavados en los m¨ªos. "T¨² no eres as¨ª", agreg¨®, agarr¨¢ndome la cabeza por las mejillas. "Entonces, ?c¨®mo soy?" No s¨¦ si fue imaginaci¨®n m¨ªa porque estaba empezando a delirar o algo as¨ª, pero las pupilas de Aya se contrajeron de manera abrupta, haci¨¦ndose muy peque?as. En ese momento no pude evitar mirarla fijamente a los ojos. Me encanta el color... naranja. "Aya..." Murmur¨¦, volviendo a poder controlar mis palabras. "Yo... No quise decir esas cosas. No s¨¦ qu¨¦ me pas¨®". "?Luciano, nos dijiste cosas muy feas!" Grit¨® Mirella, todav¨ªa sin poder contener las l¨¢grimas. Yo... hab¨ªa hecho llorar a Mirella. A esa hada tan tierna y dulce que siempre me hab¨ªa acompa?ado incondicionalmente. Forn. Forn era el culpable de todo esto y no sab¨ªa por qu¨¦ lo hizo. ?Me las va a pagar! "?Lo siento mucho, de verdad!" Grit¨¦, uniendo las palmas de mis manos. "?Tengo que volver con los gnomos!" Solt¨¦ el agarre de Aya y volv¨ª a meterme a la gran cueva mientras la esfera de luz todav¨ªa me segu¨ªa. "?Luciano, vuelve aqu¨ª!" Grit¨® Aya, pero yo ya no escuchaba nada. No era tan desvergonzado como para verlas a los ojos despu¨¦s de todo lo que dije, no ahora. Yo... no soy as¨ª. Yo no digo esas cosas... ?Acaso Forn me forz¨® a hablar as¨ª solo para demostrarme que era f¨¢cil de manipular mentalmente? En ese momento ya no importaba el dolor en mis pies, ni el dolor de cabeza que me hab¨ªa dejado la situaci¨®n de hace unos minutos. Solo quer¨ªa encontrarme a Forn y aclarar la horrible situaci¨®n en la que me hab¨ªa metido. No pas¨® mucho tiempo hasta que Mirella me alcanz¨® volando. Claro, ella era la m¨¢s r¨¢pida del grupo. "?Luciano, debes explicarnos lo que te pasa! ??Por qu¨¦ te est¨¢s comportando as¨ª?! ?No lo entiendo!" Ella intent¨® tirarme del pelo, pero su fuerza no era suficiente. "Mirella, te juro que se los explicar¨¦ despu¨¦s. Ahora solo necesito un momento a solas. Por favor... Recuerda lo que te dije la otra vez, que a veces es necesario tener un momento a solas". "?No!" Neg¨® rotundamente. "?Primero vas a tener que explicarme por qu¨¦ me dijiste esas cosas feas!" "Mirella... no fui yo en ese momento. No s¨¦ explicarlo bien, pero todo est¨¢ bien, te lo juro". Ella se puso delante de mi rostro, volando en retroceso, como si conociera ese camino de memoria. "Otra vez... Siempre terminas diciendo eso cuando algo est¨¢ mal". "S¨ª, Mirella... Soy alguien que no puede parar de mentirles a aquellos a quienes m¨¢s quiero en la vida". L¨¢grimas volvieron a brotar de mis ojos. Lamentablemente, era algo que se hab¨ªa vuelto costumbre en los ¨²ltimos d¨ªas. "?Aunque siga siendo un mentiroso... seguir¨ªas estando a mi lado?" Pregunt¨¦ t¨ªmidamente, agarrando su peque?o cuerpo entre mis manos mientras corr¨ªa a menor velocidad. Mirella se qued¨® en silencio. Yo pod¨ªa ver c¨®mo intentaba armar las piezas de este rompecabezas que me hab¨ªa vuelto en los ¨²ltimos d¨ªas. El aire entre nosotros era pesado, sofocante. Sent¨ªa la culpa retorcerse en mi pecho, pero tambi¨¦n una desesperaci¨®n que me hac¨ªa querer romper algo, golpear algo, arrancar este peso de una vez. "Luciano¡­" Murmur¨® finalmente, en un susurro tan d¨¦bil que tuve que esforzarme para escucharla. "Siempre has sido alguien en quien confi¨¦, alguien en quien cre¨ª. Pero¡­ ahora siento que¡­ que me pierdo. No entiendo qui¨¦n eres, y me duele¡­ ?Sabes c¨®mo me duele? Ya s¨¦ que hab¨ªamos hablado sobre esto, pero vuelves a hacer cosas extra?as". "Mirella¡­ no puedo explicarlo ahora, pero ten¨¦s que creerme. Todo esto¡­ no soy yo. Algo me est¨¢ empujando a decir cosas que no siento. Ni siquiera las entiendo¡­ Solo¡­ Por favor¡­ necesito que conf¨ªes en m¨ª. Ahora te lo digo de verdad, va a estar todo bien". "?Pero entonces, por qu¨¦? ?Por qu¨¦ dijiste esas cosas? ?Por qu¨¦ me lastimaste as¨ª? ?C¨®mo puedo confiar en alguien que es capaz de eso, incluso si dice que no es su culpa?" La lucha en su mirada me desgarraba. Yo era el que la hab¨ªa metido en esta confusi¨®n, el que la hab¨ªa hecho sentir perdida, traicionada. Y ella era todo para m¨ª, y, aun as¨ª, aqu¨ª estaba yo, desgarr¨¢ndola sin quererlo, incapaz de controlarme a m¨ª mismo ni de protegerla de mis propias palabras. No puedo contarle lo de Forn, no quiero meterla en m¨¢s problemas. Ya no hab¨ªa m¨¢s palabras para seguir disculp¨¢ndome, y faltaba poco tiempo para llegar hasta la entrada al viejo santuario. Carajo... Si no fuera por ese pacto de mejores amigos, hubiera dicho lo m¨¢s bajo que se le puede decir a alguien. Me detuve un momento, todav¨ªa sosteni¨¦ndola entre mis manos. "Mirella..." Dije suavemente, acerc¨¢ndola hasta que nuestras frentes quedaron pegadas la una con la otra. Pude sentir claramente la humedad de sus l¨¢grimas contra mi piel. "Yo s¨¦ que nunca logro devolverte todo el cari?o que siempre me das. S¨¦ que a veces tenemos problemas, pero realmente yo no pienso todo eso que dije. Te juro que sos la chica m¨¢s dulce y encantadora que he conocido hasta ahora. Tal vez sea dif¨ªcil¡­ que me creas en este momento. Solo quiero que sepas que te quiero mucho y sos mi mejor amiga, como siempre lo hemos sido hasta ahora desde que nos conocimos". Hice una pausa, ahora separ¨¢ndome de ella para poder mirarle esos hermosos ojos verdes. "Ahora, si crees que sea posible que tu peque?o coraz¨®n lo acepte... ?Confiar¨ªas en m¨ª una vez m¨¢s? ?Aun as¨ª, seguir¨ªas avanzando a mi lado?" Ella me mir¨® por un momento, hab¨ªa tristeza y cari?o en su mirada, y finalmente asinti¨®, acerc¨¢ndose para abrazarme por el cuello. Su contacto era c¨¢lido y reconfortante, y en ese momento sent¨ª que quiz¨¢s, solo quiz¨¢s, todo podr¨ªa salir bien. "Luciano¡­ siempre voy a estar a tu lado, incluso cuando te conviertas en un completo idiota", dijo, y pude notar una peque?a sonrisa en su rostro. Era una sonrisa t¨ªmida, pero era suficiente para darme fuerzas, para recordarme que, despu¨¦s de todo, no me dejar¨ªa solo. No pude evitar re¨ªr tontamente ante el intento de Mirella de cambiar de ambiente. Ella era as¨ª, siempre alegre y radiante, y yo la hab¨ªa empujado sin querer hacia una profunda tristeza. "Entonces est¨¢ bien si sigo siendo tu idiota". "Bueno... ?Pero tampoco te pases!" Comenc¨¦ a secarme las l¨¢grimas, todav¨ªa manteniendo una sonrisa que no pod¨ªa controlar. "Mierda... ya no s¨¦ ni qu¨¦ estoy diciendo. Debo sonar pat¨¦tico", dije con una voz nasal. Mirella se rio suavemente, y ese sonido fue como una bocanada de aire fresco, una chispa que iluminaba la oscuridad que hab¨ªa ca¨ªdo entre nosotros. Me aferr¨¦ a ese momento como si fuera un salvavidas, tratando de encontrar algo de paz en medio de este mal momento. Comenc¨¦ a avanzar hacia delante con Mirella todav¨ªa sujeta a mi cuello. No quer¨ªa que Aya nos encontrara en esta situaci¨®n tan penosa. Una vez que llegamos a la entrada de lo que ahora era el centro de una serie de pasadizos, volv¨ª a tomar el cuerpo de Mirella entre mis manos. Taken from Royal Road, this narrative should be reported if found on Amazon."Mirella, debo dejarte ac¨¢". "Est¨¢ bien", respondi¨® sin pens¨¢rselo dos veces. Y entonces dej¨¦ su cuerpo apoyado suavemente sobre el suelo rocoso, pensando en que, tal vez, esta ser¨ªa la ¨²ltima vez que tengamos este tipo de discusiones tan feas. Realmente me hace mal. "Mirella, si Aya viene, decile que me espere ac¨¢. Ya vengo". "Est¨¢ bien, Luciano", fue lo ¨²ltimo que se escuch¨® de ella antes de que cerrara la abertura con magia. Todav¨ªa sosteniendo mis manos sobre lo que ahora era pared, apoy¨¦ la frente contra ella. "Estoy... cansado", murmur¨¦ soltando un suspiro. Luego de unos segundos de intentar recomponerme mientras mi mente estaba en blanco, comenc¨¦ a avanzar por el pasadizo que llevar¨ªa al lugar que deb¨ªa ser el nuevo ''santuario'', o al menos una copia barata de ¨¦l. Otra vez solo... Siempre lo recalco, pero es que me siento extra?o en los momentos en los que me quedo solo. No s¨¦ si es costumbre, o miedo, o una mezcla de ambas. S¨ª, creo que es una mezcla de ambas cosas, porque la incesante compa?¨ªa me hizo acostumbrarme a tener siempre a alguien a mi lado, y adem¨¢s de eso, me siento protegido al estar a su lado. Ojal¨¢ que nunca se separe de m¨ª. "Mi cara debe ser un desastre en estos momentos", dije al aire mientras acomodaba mi largo cabello hacia atr¨¢s. Mientras avanzaba, no pod¨ªa dejar de pensar en Mirella, en la forma en que me hab¨ªa mirado, y en ese instante de vulnerabilidad que hab¨ªamos compartido. Aunque sus palabras y su abrazo me hab¨ªan reconfortado... ?Realmente hab¨ªa podido perdonarme, o solo hab¨ªa llegado a un punto en el que estaba tratando de hacerme sentir mejor? Era tan f¨¢cil para ella ocultar su propio dolor, mantenerse fuerte por m¨ª y quiz¨¢s ahora, para protegerme, hab¨ªa terminado diciendo lo que yo quer¨ªa escuchar. Ese pensamiento me carcom¨ªa, y algo en m¨ª me dec¨ªa que no era suficiente con pedirle perd¨®n. La imagen del rostro de Mirella lleno de l¨¢grimas segu¨ªa invadiendo mi mente. Me estaba destrozando lentamente, y ese dolor de saber que la hab¨ªa lastimado sin querer me recordaba cu¨¢nto la necesitaba. Deber¨ªa darle alg¨²n regalito o algo as¨ª. S¨¦ que le tengo prometidas muchas cosas, solo que se me hace dif¨ªcil cumplirlas. Creo que esta es la primera vez que voy a un lugar a pedirle explicaciones a alguien, y no de buena manera. Si bien no estoy armado, tengo... magia y todav¨ªa mucha ira encima por culpa de este gnomo. Una vez que llegu¨¦ al final del pasadizo y la bola de luz comenz¨® a iluminar todo el lugar, me di cuenta de que hoy realmente iba a enloquecer. No hab¨ªa nadie. El vac¨ªo del lugar se burlaba de m¨ª. La enorme sala, casi en penumbra, y con sus paredes ¨¢speras y mal formadas, estaba completamente vac¨ªa. Mis pasos desnudos resonaban en el lugar, como si cada uno de ellos confirmara lo que ya sab¨ªa: Forn no estaba all¨ª. Nadie estaba all¨ª. No hab¨ªa ning¨²n gnomo. "?Forn! ?Forrrrn!" Grit¨¦, con la voz quebr¨¢ndose al final. El eco regres¨® como una burla cruel. Sent¨ª una especie de desesperaci¨®n fr¨ªa, como si un bloque de hielo se estuviera asentando en mi pecho. Hab¨ªa soportado demasiado: los insultos indirectos hacia mi persona, los errores, las palabras que me hicieron decir, el dolor de Mirella... Todo para que, al final, quedara aqu¨ª, solo. "?Maldito! ?Sal¨ª de una vez! ??Acaso esto es lo que quer¨ªas?! ??Es esto lo que quer¨ªas ver, Forn?! ?A un idiota en medio de una cueva? ??Era eso?!" No voy a llorar. No... voy a llorar. No le voy a dar el gusto de hacerme sentir mal. Me arrodill¨¦ en el suelo, mis manos apoy¨¢ndose en la roca fr¨ªa. Cerr¨¦ los ojos, tratando de calmar mi respiraci¨®n. Pero era imposible; el enojo me ahogaba, la desesperaci¨®n me carcom¨ªa, y cada parte de mi ser parec¨ªa estar al borde de romperse. Justo cuando fij¨¦ mi mirada hacia el suelo, vi algo fuera de lo com¨²n. Hab¨ªa algo azul sobre el suelo. "?Y esta mierda?" Lo agarr¨¦ entre mis dedos; era una especie de mineral... al menos por su forma deforme parec¨ªa ser eso. Era azul, muy azul. ?Zafiro? No lo sab¨ªa, pero lo guard¨¦ en mi bolsita antes de salir corriendo hacia el pasadizo por el que hab¨ªa venido. No s¨¦ si fue una buena o mala idea devolverse en vez de haber ido hacia la que podr¨ªa ser la salida del falso santuario. En realidad, ni siquiera s¨¦ si lo que hago es correcto o no... Solo debo seguir movi¨¦ndome y rezar que todo salga bien. Tiene que haber... alg¨²n lugar m¨¢s importante para los gnomos. Un lugar que consideren su hogar o algo as¨ª. Necesito encontrar al maldito Forn. ?Necesito encontrar al puto gnomo de mierda! Otra vez aqu¨ª, otra vez en el lugar que era el centro de los pasadizos. Ese lugar que supo ser nuestro refugio subterr¨¢neo por varios meses y luego fue destruido por la intensa batalla contra los hombres p¨¢jaros y la entrada de los gnomos por las paredes. Mirella me est¨¢ esperando del otro lado de la pared que yo mismo puse; no puedo decepcionarla. Tambi¨¦n se escuchaba la voz de Aya del otro lado. Debo conseguir una respuesta. Piensa, Luciano, piensa. De esta sala, el lugar m¨¢s importante deber¨ªa ser el pasadizo que atraviesa las que eran las pictograf¨ªas de Aya. No lo pens¨¦ ni un segundo m¨¢s y empec¨¦ a correr. Los pies ya hasta parec¨ªan que se me estaban acalambrando por hacer tanto recorrido en un lugar tan irregular como este. "?Forn! ?Forn! ?Aparec¨¦ de una vez!" Grit¨¦ cuando ya estaba lo suficientemente lejos para que las chicas no me escucharan. Con la esfera de luz de Mirella como ¨²nico acompa?ante en esta desesperante situaci¨®n, termin¨¦ llegando a un lugar m¨¢s abierto; creo que era una cueva. Me escond¨ª r¨¢pidamente cuando empec¨¦ a escuchar algunas voces que sonaban a varios metros de distancia. ?Era Forn o los gnomos? No lo s¨¦, pero lo que s¨ª s¨¦ es que la luz me terminar¨ªa delatando tarde o temprano. "Maldici¨®n, maldici¨®n. ?C¨®mo apago esto?" Murmur¨¦ mientras intentaba agarrar la bola de luz. Cuando finalmente la tom¨¦ entre mis manos, pude sentir la calidez proveniente de ella. De un momento a otro, se le empezaron a transmitir mis part¨ªculas m¨¢gicas y empez¨® a iluminar con m¨¢s intensidad. La solt¨¦ de inmediato, solo que en el momento en que volvi¨® a su lugar habitual, sobre mi cabeza, me di cuenta de que ya era tarde. La luz, ahora mucho m¨¢s brillante, ba?aba todo el lugar, que definitivamente era una cueva no muy grande. Mientras las dos voces de hombres se acercaban, pude empezar a divisar sus cuerpos. No eran gnomos. Uno era un hombre muy corpulento y alto, con barba bastante abultada y el pelo bastante largo y de color marr¨®n bien oscuro. El otro ten¨ªa el pelo negro y tambi¨¦n largo, era m¨¢s bajo en estatura y ten¨ªa unas cejas bastante robustas que se notaban claramente desde lejos. Los dos ten¨ªan esas ropas t¨ªpicas envueltas por las caderas hechas de pieles y pelajes de animales. Tambi¨¦n, ellos se ve¨ªan bastante adultos, al menos m¨¢s que mis padres. ?Y si me quedo y me presento? Tal vez pod¨ªan haberlos visto o decirme d¨®nde suelen estar frecuentemente los gnomos. Si es que estos hombres, o quien sea que vive ac¨¢, dejaron que ellos hicieran un pasadizo hacia esta cueva, supongo que tienen alguna especie de trato o, al menos, se llevan bien. Hasta que me descubrieran, me puse a hacer un machete con piedra y mi magia, no vaya a ser cosa que algo salga mal. "...No es un problema para m¨ª, tu mujer espera un ni?o y yo solo estoy ayud¨¢ndolos a conseguir algo m¨¢s de comida". "Realmente te lo agradecemos. Te juro que alg¨²n d¨ªa te vamos a devolver el favor". "No hace falta, Fausto. Con esas bayas que me ayudaste a conseguir me basta". "Oye, y con tu mujer... ?Ya no piensan en tener otro hijo?" "Espera... ?Por qu¨¦ hay luz al fondo de mi cueva?" "?Ser¨¢n esos peque?os de nuevo?" Se me acab¨® el tiempo. "?Hola! ?Qu¨¦ tal?" Dije con una mano en alto y una risa forzada. "Disculpen si estoy molestando, solo quer¨ªa preguntarles si no vieron a los gnomos por ac¨¢". Fui viendo la cueva; hab¨ªa varios animales peque?os muertos, frutas y muchas pieles. Los que viven ac¨¢ parecen no pasar hambre. "?Es un ni?o!" Grit¨® el hombre de cejas prominentes. El otro, el m¨¢s grandote, se acerc¨® a m¨ª, todav¨ªa sin decir una palabra. Not¨¦ que sus ojos eran negros. "S¨ª... Hola. ?Est¨¢s perdido? No, no creo. Hablas de los gnomos, ?son esos seres peque?os? S¨ª, mencionaron esa palabra, pero no hablan muy bien para que pudiera entenderles. ?A ti te pas¨® lo mismo? ?Por qu¨¦ est¨¢s aqu¨ª? ?Qu¨¦ es esa luz que tienes sobre la cabeza?" ?Este hombre est¨¢ demasiado acelerado o me parece a m¨ª? Me dijo quinientas cosas a la vez. "S¨ª, son gnomos. ?Usted los vio? Por cierto, yo soy Luciano". "?Luciano?" Interrumpi¨® el otro hombre, haciendo que el que ten¨ªa en frente m¨ªo se diera la vuelta. "?Lo conoces? Yo no", le respondi¨®. "Creo que mi hija mencion¨® ese nombre una vez. Algo sobre una maginica". Todo culpa de Tar¨²n que empez¨® a esparcir esa palabra por su otra familia. "?Una maginica?" "Algo as¨ª. No s¨¦, mi hija a veces me cuenta cosas raras. ¨²ltimamente ha venido a visitarnos m¨¢s desde que se enter¨® sobre lo del embarazo". "?En serio? Es cierto, creo que la he visto seguido por aqu¨ª". S¨ª, s¨ª, ustedes hablen tranquilos, como si yo no existiera. Mientras tanto, me puse a tantear el machete que hab¨ªa ocultado entre espalda y ropa. "L¨¢stima que est¨¢ con ese tipo..." "A m¨ª tampoco me gusta. Ya te lo dije un mont¨®n de veces: debes decirle que lo deje de una vez. Hombres que tienen dos mujeres no sirven, te lo voy a decir hasta que te mueras, Fausto". Espera... ?Este es el padre de Yume? "S¨ª, ya s¨¦... Es que ahora tienen un hijo, y yo... Bueno, ya est¨¢". "Este... disculpen", dije, interrumpiendo en su discusi¨®n matutina. "Creo que ya me voy, me est¨¢n esperando mis compa?eras". "??Qu¨¦ compa?eras?!" Grit¨® el barbudo, gir¨¢ndose hacia m¨ª con el semblante cambiado. "?C¨®mo te atreves a tener compa?eras siendo un ni?o?" Carajo, este hombre est¨¢ demasiado exaltado. Era como si yo le acabara de decir algo abominable, una ofensa que hab¨ªa cruzado alg¨²n l¨ªmite invisible. "No. No. No, Usted lo malinterpret¨®, ellas son solo mis amigas". Antes de que el grandote respondiera, Fausto habl¨® r¨¢pidamente. "?Creo que ¨¦l es el hijo de Rundia!" "?Run...dia?" Tard¨® una fracci¨®n de segundos procesando ese nombre, el de mi madre en este mundo. De pronto, los ojos se le encendieron como dos llamas. "?Rundia! ?Esto no puede ser, esa maldita!" Algo en su expresi¨®n cambi¨® al instante, como si ese nombre lo hubiera desenterrado de alg¨²n lugar oscuro en su memoria. Sus ojos se clavaron en m¨ª, llenos de odio. No me gusta en lo que esto se est¨¢ convirtiendo. Tengo que irme a la mierda de ac¨¢. Antes de que pudiera darme la vuelta, el hombre grande lanz¨® un pu?o. Me mov¨ª apenas; el golpe roz¨® mi rostro, pero el impacto de su brazo contra mi hombro me empuj¨® hacia atr¨¢s. Tropec¨¦, y apenas recuper¨¦ el equilibrio cuando ¨¦l avanz¨® hacia m¨ª. Su fuerza era m¨¢s de lo que esperaba; no parec¨ªa que fuera a detenerse hasta que me tuviera aplastado bajo ¨¦l. "?T¨² no deber¨ªas haber nacido!" Sent¨ª sus manos enormes atrap¨¢ndome el brazo, su agarre tan fuerte que me dol¨ªa hasta el hueso. ¡°?Basta! ?Soltame! ??Qu¨¦ te hizo Rundia para que te enojes as¨ª?!¡± Grit¨¦, intentando liberarme y hacer caso omiso a la barbaridad que me hab¨ªa dicho. No pod¨ªa dejar que me aplastara. El p¨¢nico y el instinto se dispararon en mi interior; cada segundo me convenc¨ªa m¨¢s de que ten¨ªa que hacer algo dr¨¢stico o me destrozar¨ªa el brazo. Entonces, mi mano se desliz¨® hacia mi machete improvisado, escondido entre mi ropa. "?Rundia! ?Esa maldita no me hizo caso cuando le dije que...!" En el calor del momento, sin pensar, lo saqu¨¦ en un movimiento desesperado por defenderme. Lo agit¨¦ en su direcci¨®n, buscando liberarme. Sent¨ª un golpe sordo, un instante de resistencia y luego¡­ "??Agghhhh!! ??Ahhhh!! ?Me duele!" Su brazo izquierdo cay¨®, separado de su cuerpo... Lo hab¨ªa cortado. La sangre brotaba mientras el hombre retroced¨ªa, sosteni¨¦ndose el mu?¨®n y lanzando alaridos que retumbaban por toda la cueva. No, no, no¡­ Esto no puede estar pasando. ??Qu¨¦ hice!? ¨¦l cay¨® de rodillas, y el otro hombre miraba la escena, horrorizado. "??Qu¨¦ has hecho?!" Grit¨® Fausto, dando un paso hacia m¨ª. Retroced¨ª; el mareo y el horror estaban apoder¨¢ndose de m¨ª. Mis manos temblaban y el machete cay¨® al suelo. Mi visi¨®n se distorsionaba, y ya me empezaba a costar respirar. "Yo... solo me defend¨ª, ?verdad? ¨¦l... me oblig¨® a hacerlo. Yo solo quer¨ªa... hablar t-tranquilamente". A pesar de todo, no pod¨ªa dejarlo as¨ª... No pod¨ªa permitir que quedara herido por algo que yo hab¨ªa hecho, fuera su culpa o no. Fausto se tom¨® la cabeza y empez¨® a correr hacia fuera. Me di cuenta de que no hab¨ªa casi ¨¢rboles por esta zona. "?Auxilio! ?Que alguien nos ayude! ??D¨®nde est¨¢s, Ayla?!" Me acerqu¨¦ al hombre, ignorando la n¨¢usea que me invad¨ªa. Tom¨¦ su brazo amputado, apenas consciente de los gritos de dolor e insultos que me lanzaba cuando trat¨¦ de volver a unirlo con una mano temblorosa. Era casi como si mi propia mente intentara dejar de funcionar. Solo una fracci¨®n de conciencia quedaba para impulsarme a seguir, para intentar corregir lo que hab¨ªa hecho. ¨¦l estaba apoyado contra una de las paredes rocosas, casi resignado a no mover su mu?¨®n mientras yo intentaba usar mi magia e intentando confiar en un milagro para que todo saliera bien. Primero un¨ª la piel para que el brazo dejara de sangrar; eso funcion¨® correctamente. ?Qu¨¦ ser¨ªa lo siguiente m¨¢s importante? ?Las venas? Mientras trataba de mantener la calma, los gritos y las maldiciones de aquel hombre no cesaban. Su voz era cada vez m¨¢s d¨¦bil, pero sus palabras llenas de odio a¨²n perforaban mis o¨ªdos. "?Rundia... esa mujer desgraciada! ?Ella no merece ser madre, y t¨² tampoco mereces vivir!" Ignor¨¦ sus palabras, o al menos trat¨¦ de hacerlo. Todo mi enfoque estaba en unir las partes desgarradas. La piel ya la hab¨ªa cerrado, pero el siguiente paso segu¨ªa siendo algo con lo que nunca hab¨ªa lidiado: las venas. Ten¨ªa que usar magia para conectarlas y que la sangre fluyera de nuevo, pero mi cabeza estaba hecha un l¨ªo. Las im¨¢genes de su brazo cortado y de la sangre cubriendo mis manos me hac¨ªan perder la concentraci¨®n. Cerr¨¦ los ojos, como en aquellas ¨¦pocas en las que estaba aprendiendo magia junto a Aya, y empec¨¦ a unir las venas una a una, pens¨¢ndolas como si fueran simples cilindros. Ahora, a unir el radio y el c¨²bito. Realmente no s¨¦ c¨®mo tuve tanta fuerza como para atravesar semejante brazo por completo. "?Rundia era una desgracia!" ?Este tipo tiene alg¨²n trauma con Rundia o algo as¨ª? No entiendo qu¨¦ le pasa y eso me hace poner nervioso. Los dos huesos finalmente se unieron, pero el miedo dentro de m¨ª era dif¨ªcil de contener al ver que faltaba mucho por hacer. Intent¨¦ recordar por qu¨¦ estaba aqu¨ª, por qu¨¦ estaba sanando a alguien que apenas me hab¨ªa conocido y ya me odiaba. Sent¨ª la magia fluir hacia las arterias, las un¨ª con precisi¨®n, tratando de hacer un trabajo minucioso a pesar de las n¨¢useas que segu¨ªan apret¨¢ndome el est¨®mago. No s¨¦ cu¨¢ntas part¨ªculas m¨¢gicas he consumido hasta ahora... Creo que todav¨ªa quedan algunas como para terminar este trabajo. Solo quedar¨¢ rezar para que todo salga bien... Realmente es lo ¨²nico que hice en este maldito d¨ªa; pedir por favor que todo salga bien, decir que hay que rezar, gritar, llorar... Estoy tan cansado. Volv¨ª a cerrar los ojos; ahora tocaba unir lo m¨¢s dif¨ªcil y lo que me va a dar la pauta de si todo esto est¨¢ sirviendo de algo: los nervios. ¨¦stos eran como filamentos fin¨ªsimos que se extend¨ªan entre las partes del brazo, y conectarlos requer¨ªa una precisi¨®n total. Empec¨¦ por el m¨¢s grueso y fui bajando hasta el m¨¢s peque?o. Sent¨ª al tipo suspirar y gemir levemente mientras trabajaba. Creo que est¨¢ funcionando. En realidad, no s¨¦ ni lo que estoy haciendo, solo pienso en unir los nervios y es como si las mismas part¨ªculas m¨¢gicas actuaran por su cuenta para ayudarme. "?Mi hija era solo una cr¨ªa, y se atrevi¨® a desobedecerme! ?A m¨ª! ?Sabes lo que eso significa? ?La ech¨¦ porque no ten¨ªa remedio! ?Fue desobediente, insolente...! ?Como t¨²!" ?Su... hija? ?Rundia? No puede ser. ?¨¦l es¡­? ?Este tipo es mi abuelo? Es cierto, su f¨ªsico encaja con lo que me cont¨® Tariq y Rin... Sent¨ª otra vez los nervios y el miedo apoder¨¢ndose de m¨ª. Mi abuelo, alguien a quien jam¨¢s hab¨ªa conocido, estaba aqu¨ª, frente a m¨ª, con el brazo desgarrado y la mirada de odio dirigida hacia mi madre¡­ y hacia m¨ª por casi matarlo. Esto no ten¨ªa sentido. Nunca imagin¨¦ que existiera alguien de mi familia aqu¨ª, y menos alguien como ¨¦l, con un rencor tan profundo hacia ella. No, no puedo creer que alguien pueda odiar a mi madre de esa forma. Rundia, la mujer que siempre me ha protegido y cuidado en este mundo, que ha hecho de todo por m¨ª¡­ y este hombre, que deber¨ªa haber sido su refugio, la ech¨® de su vida. ¡°?Sabes lo que significa desobedecerme?¡± Continuaba ¨¦l, apretando los dientes mientras luchaba por, quiz¨¢s, no desmayarse. ¡°Una mocosa que no tiene respeto¡­ Como t¨². No sabes lo que me cost¨® tomar esa decisi¨®n, pero no ten¨ªa remedio. ?Era solo una ni?a cuando sali¨® embarazada! ??Y crees que iba a aceptar algo as¨ª?!¡± En ese momento, el ojo izquierdo me empez¨® a tiritar. Cap铆tulo 31: D铆a amargo. Vamos... esto no puede estar pasando de verdad. Tiene que ser una broma. No puedo haberle cortado el brazo a mi propio abuelo. "?Crees que san¨¢ndome... o lo que sea que est¨¢s haciendo, puedes compensar lo que ella hizo?¡± Dijo el hombre, apretando su brazo con su otra mano cada vez que lo tocaba con magia. "Nada de esto cambiar¨¢ que t¨² no deber¨ªas haber nacido..." A pesar del miedo y de que me estaba tiritando el ojo izquierdo de los nervios, algo dentro de m¨ª me obligaba a continuar. Quiz¨¢s era ese sentido de responsabilidad que Sariah hab¨ªa encendido en m¨ª cuando me dio esta segunda vida, o tal vez era una necesidad de demostrar que yo, el hijo de Rundia, no iba a repetir su desprecio. Aun as¨ª, cada parte de mi ser odiaba lo que estaba haciendo y sucediendo. Cuando finalmente parec¨ªan estar todos los nervios del brazo unidos, ¨¦l movi¨® los dedos y yo finalmente me dign¨¦ a hablar, a responderle. "?C¨®mo puedes hablar as¨ª? ?C¨®mo puedes decir eso de tu propia hija?" Me mord¨ª el labio para no seguir soltando todo lo que pensaba. Me esforc¨¦ por respirar, aunque el aire me quemaba. Me sent¨ªa atrapado, como si estuviera enfrentando un monstruo y no a un ser humano. Mis manos segu¨ªan intentando sanar su brazo. "T¨² no tienes idea de lo que significa ser padre. No me sorprenden tus palabras, viniendo del hijo de ese hombre aprovechador... Siempre se excus¨® diciendo que se dej¨® llevar por mi hija. ?Maldito! ¨¦l la arruin¨®". Sus palabras eran despiadadas, tanto como el ataque que le hab¨ªa hecho con el arma primitiva. No hab¨ªa forma de entrar en raz¨®n con ¨¦l. Tariq me lo hab¨ªa avisado, y no ment¨ªa. Lo dej¨¦ hablando solo mientras segu¨ªa diciendo m¨¢s cosas horribles sobre Rin. Ten¨ªa que seguir hasta que ¨¦l recuperara todo el brazo. Mientras cerraba los ojos, sent¨ª como si realmente esto no estuviera bien. Quiero decir, si bien estoy intentando remediar mi error, no me da una buena sensaci¨®n el trabajar con un cuerpo humano. Maldici¨®n, que estoy casi experimentando con una persona, haciendo cosas que nunca hab¨ªa intentado y tampoco se me hab¨ªan pasado por la cabeza. Me concentr¨¦ un poco m¨¢s, intentando seguir con los ligamentos y los m¨²sculos. Sent¨ªa que estaba consumiendo casi toda mi magia, pero no me importaba. Finalmente, un¨ª lo ¨²ltimo de los tendones. ¨¦l movi¨® los dedos con un gesto de prueba, y vi su expresi¨®n cambiar a una mezcla de alivio y rabia. "Ya vengo", dije antes de salir corriendo de nuevo hacia el pasadizo. Lo recorr¨ª a toda velocidad hasta llegar al viejo santuario. De nuevo segu¨ªa vac¨ªo. Necesito agua m¨¢gica para asegurarme de que todo salga bien. El problema es que del otro lado est¨¢n Mirella y Aya... Tom¨¦ el pasadizo paralelo a la gran cueva, el que llegaba al ''segundo'' santuario. Ah¨ª solo hab¨ªa una salida, un solo pasadizo o lo que fuera que hubiera del otro lado de la grieta en la pared. "Si todo es igual... deber¨ªa de haber otra cueva enorme con m¨¢s agua m¨¢gica..." Murmur¨¦, arrastrando los pies. La idea en s¨ª era absurda, ?c¨®mo iba a haber dos lugares iguales? Eso es lo que pensaba hasta que, al cruzarla, la esfera de luz ilumin¨® todo. Era pr¨¢cticamente igual, una cueva enorme que tra¨ªa algo de agua con part¨ªculas m¨¢gicas por el suelo. Esa agua comenzaba a desaparecer por distintos agujeros en el suelo. Ni siquiera me detuve a pensar en por qu¨¦ suced¨ªa este fen¨®meno. En un instante, cre¨¦ un vaso de piedra y fui tomando el agua dentro de ¨¦l mientras recargaba mis part¨ªculas. Tambi¨¦n aprovech¨¦ para beber un poco para curar mis heridas en la planta de mis pies. Mi respiraci¨®n se volv¨ªa m¨¢s tranquila, aunque mi problema en el ojo segu¨ªa ah¨ª, tan intenso como el odio en los ojos de ese hombre. No lograba asimilar la idea de que este monstruo pudiera ser mi propio abuelo, alguien que, en teor¨ªa, deber¨ªa haber amado a mi madre, haberla protegido. Pero en lugar de eso, la hab¨ªa rechazado, humillado¡­ y ahora, yo era la encarnaci¨®n de su resentimiento. Bueno, aunque realmente no s¨¦ la historia completa. No debo juzgar del todo sus acciones. Despu¨¦s de llenar el vaso y asegurarme de tener lo suficiente como para que ¨¦l lo beba, regres¨¦ por el mismo pasadizo mientras tapaba el vaso con una mano para no derramar el agua. Cada paso se sent¨ªa m¨¢s pesado, como si estuviera cargando algo oscuro que crec¨ªa en mi interior. Pero no pod¨ªa detenerme. La magia en mis manos me impulsaba a seguir, incluso cuando parte de m¨ª deseaba escapar de aquella cueva, de este hombre y de su odio. Al llegar a la cueva donde estaba mi ''abuelo'', que en realidad deb¨ªa tener unos cuarenta a?os, lo vi en la misma posici¨®n; sentado sobre el suelo y apoyando la espalda contra la pared. ¨¦l intentaba flexionar su brazo, probando los movimientos de sus dedos. No hab¨ªa rastro de gratitud en su expresi¨®n; solo hab¨ªa una mezcla de asco y amargura. Quiz¨¢s se sent¨ªa humillado por haber perdido y sido sanado por el hijo de la mujer que despreciaba. O peor, tal vez realmente cre¨ªa que yo no deber¨ªa haber existido. Le acerqu¨¦ el vaso, como si ¨¦l realmente supiera qu¨¦ era y c¨®mo se usaba. "Tom¨¢, ten¨¦s que beber esta agua para terminar de curarte. Esto ayudar¨¢ a que el brazo sane por completo". ¨¦l acept¨® el vaso sin siquiera mirarme a los ojos, como si hacer contacto visual conmigo fuera una molestia. Lo mir¨® de arriba a abajo, derramando sin querer una parte del agua sobre el suelo. "?Qu¨¦ es esto?" "Un vaso. Ten¨¦s que acercar el borde a tu boca y tomar la maldita agua". Parte de m¨ª quer¨ªa decirle que, si no lo quer¨ªa, pod¨ªa irse al diablo y sanar por su cuenta. Pero me obligu¨¦ a no seguir tirando le?a al fuego. Cuanto menos hablara, mejor. Casi parec¨ªa que cada palabra que sal¨ªa de ¨¦l drenaba un poco m¨¢s de mi paciencia. "As¨ª que¡­ mi nieto. El hijo de una cr¨ªa que desobedeci¨® todo lo que le ense?¨¦. ?A m¨ª! Yo, que le di todo", murmur¨®, alzando el vaso hacia sus labios. Pero antes de beber, se detuvo. Sus ojos oscuros me perforaban. "?Qu¨¦ te hace pensar que puedes venir aqu¨ª y pretender arreglar lo que ella destroz¨®?" "Viejo, yo solo vine a preguntar sobre los gnomos. No sab¨ªa que iba a encontrarte ac¨¢". Todav¨ªa sin tomar el agua, contest¨®. "?Y por qu¨¦ hablas de esa manera? ?Qui¨¦n te ense?¨® a hablar as¨ª? ?Qui¨¦n te ense?¨® a hacer estas cosas raras de la nada?" Mierda, otra vez toman raro lo del voseo. Hab¨ªa intentado hablar respetuosamente en un principio. "No es nada de tu incumbencia. Y si quieres saberlo, deber¨ªas ser realmente parte de mi familia". "?Maldito ni?o...!" ¨¦l mismo se call¨® al beber el agua. El efecto del agua m¨¢gica no se not¨® en el exterior de su brazo, pero s¨ª parece que ¨¦l lo not¨® por dentro, porque inmediatamente se lo agarr¨® con la otra mano, tirando el vaso al suelo. "??Qu¨¦ carajos!?" "Viejo, si no dej¨¢s de retorcerte el brazo como loco, todo lo que hice va a romperse de nuevo", le dije, tratando de no mostrar el cansancio en mi voz. A decir verdad, me quedaban apenas algunas reservas de paciencia. "No puedo creerlo..." Murmur¨® mientras se levantaba. Ah¨ª volv¨ª a notar la diferencia de altura; ¨¦l era tan alto como Aya. "?De d¨®nde trajiste esto?" "Te dije que no era de tu incumbencia. Si la quer¨¦s, obtenela por ti mismo en vez de tirarla al suelo". "?Otra vez siendo insolente? ?Si fuiste t¨² quien caus¨® esto! ?Est¨²pido ni?o hijo de Rundia!" A pesar de sus insultos, esta vez no parec¨ªa querer agredirme f¨ªsicamente. ¡°No ten¨¦s idea de lo que significa ser familia, ?verdad? Ni de lo que significa el amor o la lealtad. Rundia es la persona m¨¢s fuerte y valiente que jam¨¢s he conocido, y nada de lo que vos digas va a cambiar eso. No importa cu¨¢nto odio tengas, no pod¨¦s borrar lo que somos. Podr¨¢s tener mucha fuerza bruta, pero si no tienes la inteligencia necesaria para intentar evolucionar y¡­¡± Mis palabras fueron interrumpidas cuando el otro hombre, Fausto, volv¨ªa corriendo y gritando junto a otra mujer. "?Ac¨¢ encontr¨¦ a Ayla! ?Ya estamos aqu¨ª, Harlan! ?Resiste!" ?Mi abuelo se llama Harlan? Ni siquiera se hab¨ªa presentado debidamente. Apenas apareci¨® Fausto junto a una mujer que supuestamente se llamaba Ayla. La atm¨®sfera cambi¨® de inmediato. Esta mujer era imponente, y no solo por su presencia. Ten¨ªa una expresi¨®n dura, similar a la de Harlan, pero hab¨ªa algo en su porte que reflejaba mucha m¨¢s serenidad¡­ y, francamente, era bastante atractiva. Ten¨ªa el cabello negro y una piel super bronceada. De alguna forma, su rostro parec¨ªa m¨¢s joven de lo que deber¨ªa ser si realmente era la esposa de mi abuelo, pero tampoco me atrev¨ª a subestimarla. Digamos que ten¨ªa unos treinta y siete a?os. No s¨¦ por qu¨¦ me preocupo tanto por acertar una edad, solo habr¨ªa que esperar a que se haga de noche y leer sus sombras. ¡°Ayla, amor, llegaste justo a tiempo¡­ Este ni?o malnacido intent¨® matarme¡±, solt¨® Harlan. ¡°?As¨ª que t¨² eres el hijo de Rundia?¡± Pregunt¨®, haciendo caso omiso a Harlan. Tal vez ya sab¨ªa mi nombre a causa de Fausto. Se cruz¨® de brazos, provocando que notara que¡­ bueno, sus pechos eran grandes y llamativos bajo su trozo de pelaje de animal que la rodeaba. Me aclar¨¦ la garganta r¨¢pidamente, evitando cualquier distracci¨®n, porque en esta situaci¨®n, lo ¨²ltimo que necesitaba ver era eso. A todo esto, Fausto parec¨ªa estar en un estado de trance al ver que no hab¨ªa ning¨²n brazo cortado a la mitad. ¡°S¨ª¡­ soy su hijo. Y no vine a buscar pelea. Solo quer¨ªa respuestas por otra cosa. Ni siquiera sab¨ªa que ustedes viv¨ªan ac¨¢¡±, respond¨ª, tratando de mantener mi voz calmada a pesar de las miradas de desd¨¦n de Harlan. Hab¨ªa en su presencia algo que me hac¨ªa sentir como un ni?o perdido ante una madre imponente y distante. Su sola presencia me hac¨ªa recordar un poco a Sariah, solo que nadie se acercar¨ªa ni a una fracci¨®n de lo que ella es y significa. Aun as¨ª, parec¨ªa como un general parado en frente de m¨ª. ¡°?Por qu¨¦ has venido, entonces?¡± Pregunt¨®. La forma en que se dirig¨ªa a m¨ª no era hostil, pero tampoco era particularmente acogedora. ¡°Escuch¨¦ sobre unos¡­ gnomos que hab¨ªan aparecido por aqu¨ª¡±, empec¨¦, haci¨¦ndome un poco el tonto, como si no supiera mucho del tema, ¡°y pens¨¦ que ustedes podr¨ªan saber algo al respecto. S¨¦ que no es lo m¨¢s com¨²n, pero¡­ necesito saberlo, o al menos entender qu¨¦ buscan al hacer pasadizos hacia las otras cuevas". Estaba claro que los pasadizos eran para buscar m¨¢s piedras m¨¢gicas, pero necesito saber si tienen alg¨²n trato con ellos o si los vieron por ac¨¢ hoy... La cara de Ayla se endureci¨® al o¨ªr mis palabras. Intercambi¨® una mirada r¨¢pida con Harlan y luego se volvi¨® a m¨ª. ¡°Los gnomos... ?Y t¨² qu¨¦ inter¨¦s tienes en esos par¨¢sitos?¡± A medida que hablaba, no pod¨ªa dejar de observar cada movimiento suyo, cada gesto. Hab¨ªa algo en ella que me atra¨ªa y me intimidaba al mismo tiempo. Su figura era tan¡­ definida, fuerte. Por un momento, parec¨ªa que el tic en mi ojo izquierdo se comenzaba a calmar. ?Qu¨¦ puedo decir? Ella era lo que uno definir¨ªa como una milf. Aunque claro, ella, por m¨¢s que no lo pareciera, era mi abuela. Adi¨®s, pensamientos impuros. "?Vas a responder?" Pregunt¨® ella, con una ceja levantada. "Los gnomos ahora tienen un nuevo l¨ªder. ?Sab¨ªan? Bueno, tambi¨¦n quer¨ªa saber si los han visto por ac¨¢". ¡°Si est¨¢s buscando respuestas, entonces d¨¦jame decirte que estos gnomos no son m¨¢s que molestias. Peque?os seres que ni siquiera pueden hablar normalmente. Ya demasiado tengo con que hayan roto mi cueva. Y no, no los hemos visto por ac¨¢". "Entiendo... Ya me voy, no quiero causarles m¨¢s molestias". Con esas ¨²ltimas palabras, me di la vuelta y camin¨¦ hasta llegar al machete. Deteni¨¦ndome justo frente a ¨¦l. Durante ese trayecto, el ¨²nico que me salud¨® fue Fausto. Me agach¨¦ y agarr¨¦ el arma primitiva hecha de piedra. Estaba manchada de sangre, qu¨¦ asco... ?Qu¨¦ hago con esto? Casi me convierto en un asesino por culpa de esta cosa. Me di la vuelta y los mir¨¦ de reojo. ?Esto tal vez les servir¨ªa a ellos? Parece que les va bien en la caza, no s¨¦ si lo aceptar¨ªan, m¨¢s sabiendo lo que esto signific¨® para Harlan. Por un momento, esto me record¨® al encuentro con los hermanos de Tariq y la lanza que luego le regal¨¦ a Suminia. Algo en mi interior me dec¨ªa que no pod¨ªa simplemente irme as¨ª. Tal vez era ese impulso incontrolable de querer cerrar los ciclos correctamente. O quiz¨¢s era porque, de alg¨²n modo, sent¨ªa que dejarles el machete era una manera de equilibrar esta absurda confrontaci¨®n.The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. Volv¨ª sobre mis pasos y me acerqu¨¦ a Harlan y Ayla. Sostuve el machete en alto, d¨¢ndoles una buena mirada a ambos. ¡°No s¨¦ si esto les sea ¨²til, pero es una herramienta que dise?¨¦ yo mismo¡­ a mano. No vine buscando pelea ni tampoco buscando romper cosas. As¨ª que tomen esto, si quieren, como una muestra de que¡­ bueno, de que yo tambi¨¦n s¨¦ de d¨®nde vengo y respeto las ra¨ªces que compartimos, aunque no las hayamos elegido. Entonces, esto se llama machete, y les puede servir en la caza o lo que sea que necesiten cortar¡±. "?Un regalo?" Pregunt¨® Ayla, tom¨¢ndolo con una mano. "?Eso es lo que ¨¦l utiliz¨® para intentar matarme!" Grit¨® su marido, se?alando la sangre sobre la hoja. "Fausto me dijo algo sobre un brazo cortado... Dejen de ser tan maricones, ac¨¢ no pas¨® nada". A su lado, Fausto levant¨® el dedo, intentando decir algo, pero parec¨ªa que se rindi¨® antes de hablar. De hecho, nunca habl¨® mientras ten¨ªa a Ayla a su lado. En cuanto a Harlan, parec¨ªa todav¨ªa m¨¢s tenso. ?Acaso ac¨¢ solo mandaba Ayla o c¨®mo era la cosa? Me hab¨ªan contado que Harlan era un gran hombre y no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s. Al final, la impresionante era la mujer. "?Dijiste que t¨² dise?aste esto?" Pregunt¨® ella, sosteniendo el machete a la altura de su rostro, observando cada detalle. La piel de sus manos era fuerte y curtida. "?¨¦l usa la maginica!" Le grit¨® Harlan. Por un momento, me pareci¨® que hab¨ªa una pizca de emoci¨®n en su voz. "C¨¢llate, maric¨®n. ?De qu¨¦ est¨¢s hablando? Hoy solo has estado holgazaneando". "Pero es verdad..." "S¨ª, yo la hice", respond¨ª a su anterior pregunta. Por favor, ?que no siga haciendo preguntas! Ella asinti¨® con seriedad, girando el machete en su mano. ¡°Es interesante. Aunque debo decir que no me queda claro c¨®mo un chico como t¨² lleg¨® a tener esas habilidades. ?O acaso alguien que no conozco te ense?¨® esto?¡± "En cierta parte s¨ª, pero no puedo decirlo ahora". ¡°Est¨¢ bien, gracias¡±, dijo ella finalmente, con un tono que, a diferencia de Harlan, ahora ten¨ªa cierto respeto. Hizo un gesto con la cabeza, y yo solo pude asentir, intentando ocultar el extra?o revoltijo de emociones que me causaba estar all¨ª. Apenas me gir¨¦ para marcharme apresuradamente, sent¨ª el toque de una mano en mi brazo. Ayla se hab¨ªa acercado sin hacer ruido, y ahora me miraba con un rostro sereno, aunque con algo que parec¨ªa ser una leve preocupaci¨®n en sus ojos. ¡°Espera¡±, susurr¨®, casi como si no quisiera que los dem¨¢s la escucharan. La observ¨¦ sin decir nada, manteniendo mi rostro lo m¨¢s impasible posible. ¡°Rundia... ?Est¨¢ bien? ?Est¨¢...? ?C¨®mo est¨¢ ella realmente?¡± Su voz hab¨ªa bajado tanto que apenas pod¨ªa escucharla. Por un momento, todas las palabras que podr¨ªan haber salido se me trabaron en la garganta. De pronto, esta mujer, que hab¨ªa parecido tan impenetrable, mostraba una faceta completamente diferente, un atisbo de fragilidad que no esperaba ver en ella. Me qued¨¦ mir¨¢ndola, tratando de descifrar si era realmente sincera o si hab¨ªa alguna segunda intenci¨®n en su pregunta. Pero, al final, algo en su mirada me convenci¨® de que s¨ª, realmente quer¨ªa saber sobre su hija. ¡°Ella... ella est¨¢ bien. Es fuerte. Muy fuerte, de hecho. No s¨¦ c¨®mo describirlo, pero¡­ no podr¨ªa haber tenido una mejor madre. No solo es mi madre, sino que es el coraz¨®n de nuestro grupo¡±. Me di cuenta de que mis palabras, un poco exageradas, la hab¨ªan impactado. Ayla asinti¨® lentamente; sus labios se curvaron en una especie de sonrisa tenue. "Eso es... bueno", murmur¨®, casi como si hablara consigo misma. Se alej¨®, pero la conversaci¨®n me dej¨® con muchas preguntas. ?Qu¨¦ significado ten¨ªa Rundia para ella? ?Habr¨¢ estado de acuerdo con abandonarla? Al final me fui de esa cueva, donde, por un momento, hab¨ªa pasado uno de los momentos m¨¢s amargos de mi vida. A paso cansado, termin¨¦ llegando a la pared que yo mismo hab¨ªa impuesto entre las chicas y yo. Me sent¨¦ y me apoy¨¦ de espaldas contra ella. Se pod¨ªan escuchar claramente sus voces del otro lado, pero no les prest¨¦ mucha atenci¨®n. Ya no s¨¦ ni cu¨¢nto tiempo las hice esperar. No solo las ataqu¨¦ verbalmente, sino que las dej¨¦ plantadas como a unas idiotas y sin ninguna explicaci¨®n clara. Todo culpa de ese gnomo... Mencion¨® algo del poder de su anillo. Es posible que me haya lanzado alg¨²n tipo de magia mientras me sosten¨ªa la mano. Alg¨²n d¨ªa me las va a pagar. Estoy tan cansado... Ahora tengo que intentar hacer algo para disculparme con ellas. Principalmente con Aya, la cual no pude hablar luego de que, de alguna forma, me sacara de ese estado en el que parec¨ªa pose¨ªdo. No s¨¦ si realmente fue gracias a ella o si justamente el hechizo se termin¨® en ese momento. Apoy¨¦ el dedo ¨ªndice de mi mano derecha contra la roca, usando magia para formar un peque?o hueco en ella. "?Hola? Ya... termin¨¦". La primera en responder fue Mirella. "?Luciano! ?Qu¨¦ pas¨® que te demoraste tanto? ?Y por qu¨¦ no usas tu magia para abrir este pasadizo?" "?Luciano! ?No creas que nos olvidamos de todo lo que dijiste!" Grit¨® Aya. "?Aya! ?Ya te dije que Luciano ya se disculp¨®!" "?A m¨ª no me dijo nada!" Puse el ojo sobre el hueco. "Chicas, tranquilas, por favor. Ya voy a abrir, solo es que estaba..." Una excusa, carajo. Necesito una excusa. Mir¨¦ hacia todos lados. ?Ya s¨¦! Antes encontr¨¦ un zafiro. "Estuve haciendo algo especial para ustedes", finalic¨¦ mientras sacaba la piedra azul de mi bolsita. Me qued¨¦ vi¨¦ndola atentamente, como si realmente esto fuera una oportunidad para redimirme. "?Algo especial? ?Un regalo? ?Quiero verlo!" El peque?o brazo de Mirella atraves¨® el hueco en la pared. "?Vamos, ya abre de una vez!" "Ya va. Solo un momento m¨¢s, por favor". Separ¨¦ ¨¢gilmente la piedra en tres partes, una m¨¢s peque?a y las otras dos m¨¢s grandes, y las molde¨¦ con magia, formando tres anillos azules. Eran m¨¢s que unas joyas; era un s¨ªmbolo de mi intenci¨®n de mantener la uni¨®n de nuestro grupo. Hacer esto no era nada en comparaci¨®n con lo que hice antes con el brazo de Harlan. Creo que voy mejorando mi precisi¨®n con la magia. Me levant¨¦ como pude y, otra vez usando magia, volv¨ª a la normalidad la entrada a la gran cueva. "Hola..." "?Y el regalo?" Pregunt¨® Mirella, par¨¢ndose sobre mi hombro. "Esto es para vos, Mirella", dije, sintiendo que el peso de la culpa comenzaba a aligerarse un poco mientras pon¨ªa el peque?o anillo frente a su cara. Ella despeg¨® r¨¢pidamente de mi hombro, poni¨¦ndose a volar. "?Un anillo nuevo? ?Incre¨ªble!" Ella estir¨® su mano derecha, donde ten¨ªa puesto su anillo de piedra en su dedo ¨ªndice. Su anillo no sal¨ªa, as¨ª que tuve que desarmarlo usando magia. Realmente no le pregunt¨¦ si quer¨ªa quit¨¢rselo y ponerse este como reemplazo. Bueno, ya est¨¢. "?Te gusta?" "?Claro que s¨ª!" Claro, ahora tocaba darle el regalo a Aya, que me miraba con cara muy enojada. "Y este es para vos, Aya", murmur¨¦, pidi¨¦ndole la mano. Ella no movi¨® un solo m¨²sculo, manteniendo su mano pegada al cuerpo y su expresi¨®n endurecida. Solo entonces, al ver su reacci¨®n, entend¨ª que necesitar¨ªa mucho m¨¢s que una joya o un regalo para aplacarla. Baj¨¦ la mirada, y un extra?o calor subi¨® por mi cuello. La hab¨ªa herido de verdad, eso estaba claro. Me arrodill¨¦ sobre el suelo, bajando la cabeza hasta la roca, como si eso pudiera ayudar a transmitir mi sinceridad. "Perd¨®nenme, las dos. No s¨¦ c¨®mo explicar lo mucho que lamento haberlas hecho sentir mal. Mi comportamiento fue horrible, y solo puedo prometer que intentar¨¦ mejorar, que intentar¨¦ ser un mejor amigo y l¨ªder. As¨ª que¡­ por favor, perd¨®nenme¡±. A pesar de disculparme, las palabras no me saciaron ni a m¨ª. "Lo siento... realmente lo siento", repet¨ª, en voz baja. ?Cu¨¢ntas veces deb¨ªa disculparme para que el peso de lo dicho se disolviera? "Por favor... no quiero que crean que lo que dije es lo que pienso. Eso no es verdad, no s¨¦ qu¨¦ me pas¨®". No pod¨ªa decirles sobre Forn, no quer¨ªa tener m¨¢s problemas y seguir involucr¨¢ndolas a ellas. Mirella apareci¨® bajo mi cabeza, mir¨¢ndome fijamente. "No te preocupes, somos mejores amigos". Esas palabras bastaron para llenar el vac¨ªo que sent¨ªa dentro de m¨ª. Aya me observ¨® detenidamente, como evaluando cada palabra, cada gesto, cada respiraci¨®n. Por un instante, cre¨ª que dir¨ªa algo, pero en cambio, lentamente levant¨® la mano derecha y me la tendi¨®. Sent¨ª c¨®mo un alivio me inundaba al quitar el anterior y colocarle el anillo de zafiro en su dedo, mi pulso acelerado como si el simple acto fuera suficiente para enmendar todo. Era un gesto m¨ªnimo, pero esperaba que significara algo m¨¢s para ella. "Esto no lo arregla, Luciano", dijo con voz firme, aunque el brillo en sus ojos parec¨ªa menos severo. "Pero aceptar¨¦ el regalo porque s¨¦ que est¨¢s intentando, al menos, corregir lo que hiciste". "Gracias..." Poni¨¦ndome yo tambi¨¦n el anillo, me levant¨¦ del suelo pensando en que, solo quiz¨¢s, podr¨ªa todo volver a la normalidad en alg¨²n momento. Me agradec¨ª a m¨ª mismo que, a pesar de todo el dolor que sent¨ªa, no llor¨¦ frente a ellas. No deb¨ªa hac¨¦rseme una costumbre el llorar cuando pasa algo malo. Sariah me dijo que me haga m¨¢s fuerte, y as¨ª voy a hacerlo. Todo termin¨® saliendo relativamente bien. Lo importante es que seguimos todos vivos. No volver¨¦ a meterme en problemas con m¨¢s seres m¨¢gicos por ahora. No importa si no obtengo favores de Sariah por ese lado. A partir de este momento, me centrar¨¦ en cuidar de mi familia y amigos, crear cosas para mejorar nuestra calidad de vida y conseguir los materiales para construir nuestra casa. Necesito una vida m¨¢s tranquila. *** Pas¨® un mes desde aquel d¨ªa, ahora me siento m¨¢s renovado. Lo cierto es que han pasado varias cosas buenas. Si soy sincero, ese mes fue un respiro necesario. Despu¨¦s de lo ocurrido con Aya y Mirella, decid¨ª darles el tiempo y el espacio que merec¨ªan para procesar mis errores, y me centr¨¦ en demostrar con acciones mi compromiso con el grupo. Aya, aunque me segu¨ªa observando con su habitual mirada calculadora, comenz¨® a soltar poco a poco ese aire tenso cuando est¨¢bamos cerca. Lo not¨¦ cuando, una ma?ana, se sent¨® junto a m¨ª mientras yo cambiaba el mango de la lanza de pap¨¢ y not¨¦ que olfateaba el ambiente, como si con ese simple acto de absorber mi aroma me diera a entender que iba por buen camino. Mirella, por su parte, hab¨ªa vuelto a su energ¨ªa chispeante de siempre; en ocasiones revoloteaba cerca de mi cara, como si estuviera asegur¨¢ndose de que no me estuviera tomando las cosas demasiado en serio. Ella volvi¨® a tomar el agua m¨¢gica de vez en cuando, como le hab¨ªa dicho. Es cierto que s¨ª creci¨® un poquito, debo seguirla controlando. A decir verdad, me sent¨ªa bien, como si hubiera encontrado una especie de equilibrio. Sin el peso de mi error constante sobre mis hombros, pude concentrarme m¨¢s en lo que realmente quer¨ªa para todos nosotros. A todo esto, mi mam¨¢ ya se hab¨ªa hartado al no poder tener tiempo conmigo y empez¨® a hablar. El problema es que Rundia est¨¢ todo el tiempo encima de ella y no pude convencerla para conseguir tiempo a solas con Luc¨ªa. Es una l¨¢stima no poder seguir hablando de nuestras dos vidas, todav¨ªa tengo algunas preguntas que hacerle. Empec¨¦ a construir grandes bolsones con hojas que Mirella me trajo pacientemente d¨ªa tras d¨ªa. La paciencia no era su mayor virtud, pero parec¨ªa realmente motivada a ayudarme. "?Luciano, mira estas! Son grandes, ?no crees?" Dec¨ªa casi todos los d¨ªas, mientras me entregaba un pu?ado de hojas gigantes que recolectaba en el bosque. Samira y Suminia fueron las otras que empezaron a ayudar a Mirella, y en tan solo unos d¨ªas, ya ten¨ªa una docena de bolsones hechos de hojas. Estos estaban anclados contra el suelo por unos palos que los rodeaban y se clavaban contra la tierra en medio del bosque. Una vez llegado el momento en el que empezamos a llenar los bolsones con ramas, me toc¨® decidir el lugar donde ¨ªbamos a construir la casa. Adem¨¢s, si no me decid¨ªa r¨¢pido, iba a ser dif¨ªcil el tener que cargar los bolsones hasta el lugar indicado. Es mejor llevar primero los bolsones vac¨ªos. Francamente, no pod¨ªa hablar sobre cuestiones t¨¦cnicas con nadie. No creo que nadie tenga el conocimiento suficiente como para saber cu¨¢l es el lugar ideal para construir una casa, m¨¢s all¨¢ de que cubran sus necesidades primitivas, como el estar cerca del agua o en un lugar en el que d¨¦ sombra o que estemos cerca del agua m¨¢gica y una larga lista de necesidades que, de cierto modo, son v¨¢lidas como algo individual. Una de las opciones sobre la mesa es hacer la casa en el claro en el bosque. Bueno, para decidir sobre eso, hab¨ªa que observar bien el lugar. Para ayudarme con eso, traje a alguien que dice ser... ''una especialista en lugares''. Bueno, ella era Anya. Qu¨¦ s¨¦ yo... al menos me gusta tener su compa?¨ªa mientras estamos nosotros solos. Y s¨ª, fue dif¨ªcil hacerle entender a Mirella que no viniera, pero finalmente acept¨®. Este claro era un espacio abierto en el bosque donde, en teor¨ªa, podr¨ªamos levantar nuestra casa. La verdad es que quer¨ªa analizarlo desde distintos puntos de vista, aunque tem¨ªa que Anya no entender¨ªa si me pon¨ªa a hablar en t¨¦rminos ''t¨¦cnicos'', por decirlo de alguna manera. Ser¨ªa mejor escuchar su opini¨®n y observar el lugar con detenimiento. Anya se arrodill¨® para tocar la tierra con ambas manos y examinar el suelo cubierto con algunas hojas. Sus dedos se mov¨ªan con lentitud, como si pudiera leer algo en la textura misma de la tierra. "Este lugar est¨¢... bien", murmur¨®, levantando la vista hacia m¨ª. "La tierra es firme, y eso es bueno, pero¡­ no me gusta tanto. Aqu¨ª hay muchos ¨¢rboles alrededor, Luciano. Tambi¨¦n podr¨ªan... caerse, ?no?" En realidad, nunca se hab¨ªa ca¨ªdo ning¨²n ¨¢rbol, ya que no suelen haber tormentas fuertes, pero... tal vez en su ni?ez vio algo como eso. Asent¨ª, manteni¨¦ndome en silencio. Por mi parte, pensaba en algo m¨¢s all¨¢ de la estabilidad del suelo o los ¨¢rboles a nuestro alrededor. Lo que yo realmente ten¨ªa en mente era la capacidad de expandirnos, de poder construir no solo una casa, sino una estructura que pudiera crecer con el tiempo. Imaginaba un lugar donde pudi¨¦ramos a?adir habitaciones, ¨¢reas para almacenar, tal vez incluso una especie de taller donde pudiera experimentar y construir cosas nuevas. Tambi¨¦n ten¨ªamos terreno y tierra para comenzar a hacer cultivos. Anya continu¨® hablando mientras recorr¨ªa el per¨ªmetro con la mirada. "Adem¨¢s, aqu¨ª, en el bosque, no hay agua. Si construimos la casa, tendr¨ªa que estar cerca del agua. Es lo primero en lo que pienso". Otra vez proponiendo la playa. Eso ya lo hab¨ªa dicho antes. "Ya veo... Es cierto, tener agua cerca es importante. El arroyo queda un poco lejos de ac¨¢". "Aqu¨ª estamos rodeados de ¨¢rboles", continu¨®, mirando las copas que realmente no nos cubr¨ªan mucho del sol. "Si construimos aqu¨ª, al menos no tendr¨ªamos que preocuparnos por el calor directo, eso es bueno. Adem¨¢s, los ¨¢rboles tambi¨¦n nos proteger¨ªan del viento". Eso me sorprendi¨®; al final s¨ª que era bastante especialista en el tema. Ahora que lo recuerdo, Rin me dijo que, cuando los echaron, Anya les recomend¨® la cueva en la que vivimos ahora. "Sos muy inteligente, Anya". Ella se acerc¨® y me mir¨® con esa intensidad suya que siempre me pon¨ªa un poco nervioso. Me di cuenta de que, aunque no comprend¨ªa todo lo que yo ve¨ªa en este sitio, confiaba en mi juicio. "Si decides hacerla aqu¨ª, estar¨¦ contigo para ayudar. De todos modos, yo prefiero la playa", dijo con una leve sonrisa. "Antes debo ver algo". Me mov¨ª hasta m¨¢s o menos el centro del lugar y puse las manos sobre el suelo. No veo ning¨²n indicio de piedra cerca. Va a hacer imposible hacer una base de piedra para que resista m¨¢s... Si la construimos ac¨¢, vamos a tener que juntar un mont¨®n de piedra, lo que demorar¨ªa el tiempo de construcci¨®n. Me acost¨¦ sobre el pasto, intentando poner todo lo dicho sobre una balanza imaginaria. Mir¨¦ hacia el cielo. El claro del bosque ten¨ªa su propia paz, una especie de refugio natural que me hac¨ªa pensar que este lugar pod¨ªa llegar a ser nuestro hogar. Escuchaba el crujido leve de las hojas bajo los pasos de Anya, que se acercaba, hasta que se acost¨® a mi lado, mirando tambi¨¦n hacia el cielo. Por un instante, el mundo parec¨ªa haberse reducido a ese peque?o espacio entre nosotros dos. Gir¨¦ la cabeza y la vi sonre¨ªr, con la expresi¨®n relajada mientras una brisa jugueteaba con su cabello negro, llev¨¢ndolo en ondas suaves. Al final, no pude evitar compartirle una parte de mis pensamientos. "?Sabes, Anya? Creo que no se trata solo de d¨®nde estamos ahora. Este podr¨ªa ser solo el comienzo de algo m¨¢s grande. No quiero una simple casa, sino un lugar que crezca con nosotros, que podamos expandir con el tiempo, agregarle cosas, construir nuestras ideas... Incluso podr¨ªamos crear un espacio donde otros tambi¨¦n puedan venir, si lo necesitan". Ella me mir¨®, aunque probablemente no entend¨ªa del todo la idea que yo ten¨ªa en mente. Su mundo era mucho m¨¢s simple, m¨¢s directo, y, aun as¨ª, ten¨ªa esa manera de captar lo esencial. "Luciano¡­ hablas como si esto fuera¡­ algo m¨¢s que solo un nuevo hogar". Su voz era suave, casi como si estuviera compartiendo un secreto. "Lo es, Anya. Quiero que sea nuestro refugio, el lugar al que siempre podamos volver y en el que siempre encontremos paz". Me acerqu¨¦ un poco, aprovechando que estaba ah¨ª a mi lado, tan cerca. "Y lo que m¨¢s quiero es compartirlo contigo, con todos ustedes". Al menos me di el gusto de tirarle una peque?a indirecta. Este era uno de esos momentos en los que maldec¨ªa tener el cuerpo de un ni?o. Cap铆tulo 32: El lugar perfecto. ?Segundo d¨ªa de inspecci¨®n de lugares para la construcci¨®n de la casa! Hoy eleg¨ª a las gemelas como mis acompa?antes. Nos tocaba ir al lugar m¨¢s complicado para construir: el arroyo. ?Por qu¨¦ eleg¨ª a las gemelas? Bueno, en realidad, ellas se ofrecieron porque dec¨ªan que estaban aburridas, ya que hoy no hac¨ªa falta ir en busca de comida. Suminia, como siempre que sal¨ªa en estos ¨²ltimos d¨ªas, se enlist¨® con la lanza que yo le hice y partimos rumbo al lugar m¨¢s importante de esta zona. Ambas parec¨ªan emocionadas, aunque por motivos diferentes. Samira daba peque?os saltos, como si no pudiera contener la energ¨ªa, mientras que Suminia manten¨ªa su mirada seria y vigilante. "No hace falta que le haga ning¨²n retoque, ?no?" Se?al¨¦ el arma entre sus manos. Era una herramienta primitiva, s¨ª, pero Suminia la hab¨ªa recibido con orgullo y dedicaci¨®n, como si fuera el mejor regalo del mundo. Tal vez fuese el primero. "?Ahora te va mejor la caza con la lanza?" Hoy pod¨ªa ser un buen d¨ªa para hacer las paces con ella y comenzar a llevarnos mejor. Intentar¨¦ ser yo el que afloje. "?Luciano, mi hermana es la mejor cazadora de todas!" Grit¨® Samira antes de que su hermana pudiera contestar. Suminia frunci¨® el ce?o, aunque no pude saber si era por las palabras de Samira o por la pregunta en s¨ª. De todos modos, hizo un gesto leve con la cabeza, como si aceptara con un dejo de satisfacci¨®n el cumplido de su hermana. No pude evitar sonre¨ªr. Aunque intentara esconderlo, se notaba que ten¨ªa mucho orgullo dentro suyo. Nos adentramos entre los ¨¢rboles y el ruido de las ramas se fue haciendo m¨¢s fuerte. Hoy hab¨ªa bastante viento. Mientras avanz¨¢bamos, vi que algo peque?o, peludo y marr¨®n se mov¨ªa entre la hierba alta a unos metros. Era un conejo, un animal r¨¢pido y ¨¢gil, que seguramente escapar¨ªa a la m¨ªnima provocaci¨®n. Pero antes de que pudiera hacer alg¨²n comentario sobre lo que hab¨ªa visto, Suminia se movi¨® con una precisi¨®n que no hab¨ªa esperado. ¡°Quietos, los dos¡±, susurr¨® y levant¨® una mano para que nos detuvi¨¦ramos. Me congel¨¦ en el acto, siguiendo su indicaci¨®n sin cuestionarla. Ella se desliz¨® hacia adelante, avanzando en cuclillas, como si fuera una extensi¨®n del bosque mismo. Me sorprendi¨® su destreza: sus movimientos eran r¨¢pidos, fluidos, sin ruido alguno. Era como si hubiese nacido para esto, como si cazar fuera su manera de interactuar con el mundo. Hasta ahora era la primera vez que la ve¨ªa as¨ª. Suminia observ¨® al conejo, sujet¨® su lanza y, en un movimiento r¨¢pido, la lanz¨® hacia ¨¦l. La lanza se desplaz¨® en el aire y, aunque no alcanz¨® al conejo, pas¨® a escasos cent¨ªmetros de su lomo. El animal, asustado, salt¨® y se perdi¨® entre las hierbas y ¨¢rboles. Suminia chasque¨® la lengua, pero no parec¨ªa molesta; en cambio, mostr¨® una expresi¨®n de concentraci¨®n profunda al recuperar su arma. ¡°Falt¨® poco¡±, acot¨¦, en un intento por aliviar su frustraci¨®n. ¡°Te mov¨¦s muy r¨¢pido, Sumi. Casi no escuch¨¦ nada cuando te acercaste.¡± Ella me mir¨® con desd¨¦n. Sus ojos se entrecerraron, como si analizara mis palabras, buscando alguna trampa oculta. ¡°Claro que me muevo r¨¢pido. No necesito que me lo digas¡±, contest¨®, pero not¨¦ un ligero rubor en sus mejillas. Parec¨ªa que mi elogio la hab¨ªa desconcertado, aunque intentaba mantener su expresi¨®n fr¨ªa y distante. "Y no me digas ''Sumi'', idiota", agreg¨®, como en un intento desesperado de volver a ser la gemela malvada de siempre. Durante los siguientes minutos, caminamos en silencio, y aunque ella se mostraba distante, not¨¦ que su actitud se hab¨ªa suavizado un poco. Tal vez hab¨ªa algo en mi intento de valorarla como cazadora que hab¨ªa llegado hasta ella. Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s y, aunque dudaba, decid¨ª intentar algo m¨¢s. ¡°Me gustar¨ªa aprender m¨¢s sobre la caza. No soy tan h¨¢bil como vos, pero¡­ tal vez podr¨ªas ense?arme algo¡±. Suminia me mir¨®, claramente sorprendida. No dijo nada, pero sus ojos parec¨ªan evaluar mis intenciones. Finalmente, asinti¨® de manera breve. ¡°Si quieres aprender, debes dejar de hacer ruido. Si no controlas tu respiraci¨®n, los animales siempre te escuchar¨¢n", susurr¨®. Intent¨¦ imitarla, avanzando con cuidado entre las ramas, evitando los pasos torpes que normalmente dar¨ªa. Me concentr¨¦ en mi respiraci¨®n, en los peque?os sonidos a mi alrededor. Aunque la observaba de reojo, intentando replicar su postura y su manera de desplazarse, me resultaba complicado. Suminia mov¨ªa su cuerpo como si perteneciera a este lugar, y yo, en cambio, me sent¨ªa torpe. "?Vos qu¨¦ opin¨¢s, Sami?" "Mi hermana tiene raz¨®n, debes hacerle caso cuando se trata de estas cosas". "Claro... necesito ir aprendiendo de los mayores". De repente, un segundo conejo, o tal vez el mismo, apareci¨® a lo lejos, husmeando entre las hojas. Suminia me hizo una se?a para que intentara acercarme. Tal vez esta era una oportunidad para demostrarle que estaba tomando en serio su ense?anza. La segu¨ª en silencio, o al menos intent¨¦ hacerlo, imitando sus movimientos. Cuando estuve a una distancia razonable, trat¨¦ de apuntar y lanzar la peque?a piedra que llevaba. No ten¨ªa lanza y tampoco tiempo para hacer una, pero era lo m¨¢s cercano que ten¨ªa a un arma en ese momento. La piedra sali¨® volando y... fall¨¦. El conejo, al escuchar el sonido, huy¨® a toda velocidad. No pude evitar soltar un suspiro frustrado y un poco exagerado. ¡°?Ves? Te dije que deb¨ªas controlar tu respiraci¨®n¡±, dijo Suminia, sin pizca de burla, solo un tono de correcci¨®n. Era extra?o, pero en ese momento, la peque?a lecci¨®n primitiva me hizo verla de otra manera. Ya no era solo la chica arisca que siempre se manten¨ªa a distancia, sino alguien que realmente ten¨ªa algo que ense?arme. ¡°S¨ª, ten¨¦s raz¨®n¡±, respond¨ª con una leve sonrisa. ¡°Prometo mejorar. Gracias, Sumi¡±. Ella gir¨® la cabeza hacia el otro lado y apur¨® el paso. Samira se acerc¨® a m¨ª y puso una mano en mi hombro. "Tranquilo, Luciano, realmente hoy no nos hac¨ªa falta cazar". "Ser¨¢ mejor que nos centremos en la casa por ahora". "S¨ª, vamos". Cuando alcanzamos a Suminia, ella ya estaba caminando por el borde del arroyo, tanteando el terreno al golpear el suelo con su lanza. "Debo decir que el arroyo es uno de mis lugares favoritos", tir¨¦ al aire, intentando buscar opiniones. "Este lugar no sirve para vivir. No s¨¦ a qui¨¦n se le ocurri¨® una idea tan est¨²pida". "Bueno... a Rundia se le ocurri¨®". Al escuchar que mencion¨¦ a mi madre, Suminia se detuvo. Sus mejillas se encendieron como si hubieran tocado el sol de lleno. Su mirada pas¨® r¨¢pidamente de la m¨ªa al suelo, y luego al arroyo, mientras parec¨ªa luchar por encontrar las palabras adecuadas para retractarse de su comentario. ¡°Bueno¡­ yo¡­ no es que¡­ o sea, tal vez no sea tan est¨²pido como pens¨¦, pero¡­¡± Balbuce¨®, y con cada palabra que soltaba, su incomodidad se hac¨ªa m¨¢s evidente. Me di cuenta de que, aunque sol¨ªa mostrarse dura, no le gustaba ni un poco la idea de que yo pudiera contarle esto a Rundia. Samira solt¨® una risa traviesa, claramente disfrutando del momento en que su hermana, normalmente tan impenetrable, se encontraba tan avergonzada. "No te preocup¨¦s, Sumi. Yo tambi¨¦n pienso que es imposible construir una casa ac¨¢. Hay demasiados ¨¢rboles que deber¨ªamos quitar para hacer el espacio suficiente. Adem¨¢s, habr¨ªa que tener mucho cuidado con el fuego". "?El fuego?" Pregunt¨® Samira. ¡°S¨ª, el fuego. Tiene una especie de hambre. Una vez que comienza, es dif¨ªcil de detener¡±, expliqu¨¦ y se?al¨¦ a nuestro alrededor. ¡°Miren estos ¨¢rboles, tan juntos unos de otros. Si uno de ellos se enciende, el fuego saltar¨¢ de rama en rama, y lo que empez¨® siendo¡­ una fogata, por ejemplo, puede acabar en un incendio incontrolable¡±. Suminia y Samira me miraron, claramente interesadas, aunque con algo de desconcierto. El concepto de que el fuego pudiera ¡®alimentarse¡¯ y esparcirse de esa manera quiz¨¢s era algo nuevo para ellas, y lo pod¨ªa ver en sus ojos. Despu¨¦s de todo, en este mundo prehist¨®rico, el fuego es una herramienta poderosa, pero tambi¨¦n peligrosa. ¡°?Vieron todas las fogatas que siempre hacemos para cocinar la comida?¡± Pregunt¨¦, tratando de hacer una comparaci¨®n m¨¢s visual. Ambas asintieron. ¡°Imaginemos que dejamos que esa fogata crezca sin control. Si sopla un viento fuerte, el fuego podr¨ªa tocar algo seco y empezar a esparcirse. Puede devorar ¨¢rboles, arbustos, y hasta animales. Todo a su paso¡±. Samira parec¨ªa preocupada. ¡°Entonces¡­ ?podr¨ªa quemarse todo esto?¡± Se?al¨® el arroyo, los ¨¢rboles altos, la vegetaci¨®n verde que nos rodeaba. Asent¨ª con la cabeza. ¡°S¨ª, eso es exactamente lo que podr¨ªa pasar. Y si nosotros vivimos aqu¨ª, nos pondr¨ªamos en un gran riesgo. Aunque el agua del arroyo podr¨ªa ayudarnos a apagar el fuego, aun as¨ª, ser¨ªa dif¨ªcil controlarlo en caso de que llegara a expandirse¡±. "?El agua del arroyo apagar¨ªa el fuego? No entiendo", pregunt¨® Suminia. ?No saben apagar el fuego? Claro, nunca tenemos agua a nuestra disposici¨®n dentro de la cueva. "Tirar agua al fuego es una manera de intentar apagarlo. No funciona siempre, pero suele ser efectivo". Tampoco iba a entrar en detalles sobre el ox¨ªgeno y dem¨¢s. No hab¨ªa forma de que lo entendieran. Aunque, hasta ahora, es una inc¨®gnita lo que saben y lo que no. "Est¨¢s mintiendo... Es imposible que sepas algo as¨ª, no tiene sentido". "Pod¨¦s probarlo vos misma si quer¨¦s". Suminia se qued¨® mir¨¢ndome con cara de sospecha. "No sabes ni cazar y tampoco prender una fogata. ?En serio crees que voy a creerte?" Al final termin¨® soltando una risa burlesca y volvi¨® a caminar por el borde del arroyo. Samira se me acerc¨® r¨¢pidamente. "No le hagas caso... Eso no es lo que ella piensa realmente". "?En serio? A veces sus palabras me hieren mucho". Bueno, nunca viene mal fingir ser un ni?o inocente y hacerme la v¨ªctima. "Ya voy a hablar con ella, no te preocupes". En un movimiento r¨¢pido, ella estir¨® su mano hacia m¨ª. De manera l¨®gica, pens¨¦ que iba a volver a apoyarla sobre mi hombro, pero... Ella la llev¨® hacia mi cabeza, hacia mi cabello. "?Ahhh!" El grito sali¨® de mi boca como si me hubieran pegado un tiro. El cuerpo se me comenz¨® a tensar y mis m¨²sculos se endurecieron al instante. ?Odio que me toquen el pelo rojo, maldici¨®n! "?Perd¨®n! ?Perd¨®n! ?Te toqu¨¦ muy fuerte? ?No fue mi intenci¨®n!" No pude responder, me qued¨¦ duro mirando a Suminia venir corriendo. "??Qu¨¦ pas¨®!? ??Le pas¨® algo a Luciano!?" "?Y-Yo solo le toqu¨¦ la cabeza... nada m¨¢s!" De manera instintiva, ella estir¨® su mano hacia la cima de mi cabeza, pero logr¨¦ agacharme en el ¨²ltimo momento. El efecto ya hab¨ªa pasado. "Perd¨®n, solo soy un poco... sensible en esa zona. No es tu culpa, Sami". De pronto, el semblante de Samira cambi¨® al mirar a su hermana. "??Ves!? ?Esto pas¨® porque tratas muy mal al peque?o Luciano!" Suminia alz¨® una ceja, como si Samira acabara de decir la cosa m¨¢s absurda del mundo. ¡°?Tratarlo mal? ?Yo no trato mal a nadie! Solo digo la verdad. No tengo la culpa de que ¨¦l sea tan..." Apret¨® los dientes. "Simplemente no necesito que me explique c¨®mo funciona el fuego o cualquier otra cosa. Es rid¨ªculo¡±. ¡°?No es eso! ?Es porque eres grosera, Suminia!¡± Samira alz¨® la voz, plant¨¢ndose frente a su hermana, sin dejarle espacio para ignorarla. ¡°Siempre lo est¨¢s mirando mal, o hablando como si todo lo que hace fuera una tonter¨ªa¡±. Su hermana gir¨® la cabeza, como si quisiera terminar la conversaci¨®n antes de que empezara, pero Samira no se detuvo. ¡°?Alguna vez has pensado en ser un poco amable? Luciano nos cuida y nos ense?a cosas. No tiene por qu¨¦ ser tan¡­" "?Tan qu¨¦?" Cort¨® Suminia. Su mirada era desafiante. This tale has been unlawfully obtained from Royal Road. If you discover it on Amazon, kindly report it."Tan mand¨®n y sabelotodo, ?eso quer¨ªas decir?" "?¨¦l no es as¨ª!" Samira parec¨ªa tan indignada que tuve que intervenir antes de que esto escalara m¨¢s de la cuenta. "Chicas, esperen, ?esperen!¡± Alc¨¦ las manos entre ambas, tratando de calmar la situaci¨®n. "Creo que las dos est¨¢n exagerando un poco, ?no creen? Samira, no pasa nada; a veces Suminia solo¡­ es directa, y eso no es tan malo. Y, Suminia, no tienes que decirlo todo con esa¡­ actitud. No soy perfecto, y s¨¦ que tengo mucho que aprender. Pero ustedes son mi familia ac¨¢, ?s¨ª?" Ambas me miraron con sorpresa, como si no se esperaran que interviniera de esa forma. Hubo un momento inc¨®modo de silencio hasta que Suminia buf¨® y apart¨® la vista. "?Familia, dices? Pues no act¨²as como uno. Y para que lo sepas, no necesito un hermano o algo as¨ª". Qui¨¦n iba a querer ser su hermano, ?no? "?Ah, s¨ª? Yo tambi¨¦n quiero que sepas que yo no mando a nadie. Y si lo hiciera, cr¨¦eme que habr¨ªa encontrado una forma de que conf¨ªes en m¨ª antes de que Samira tuviera que ponerte en tu lugar¡±. Eso arranc¨® una risita a Samira, quien me mir¨® con un brillo de complicidad. Suminia frunci¨® el ce?o y parec¨ªa buscar algo cortante que decir, pero en su lugar me lanz¨® al pecho una peque?a rama que estaba cerca. Por un momento pens¨¦ que iba a clavarme la lanza en el pecho. ¡°Idiota. Me haces perder el tiempo. Adem¨¢s, si somos familia como t¨² dices, entonces yo puedo decir lo que quiera. No te creas especial porque Samira te defienda siempre¡±. ¡°?Ah, s¨ª?¡± Sonre¨ª, decidido a seguirle el juego. ¡°Pues entonces puedo quejarme yo tambi¨¦n, porque vos nunca escuch¨¢s a nadie¡±. Suminia pareci¨® sorprendida por un momento, y luego solt¨® una risa corta y sarc¨¢stica. "?Como si fueras capaz de ense?arme algo!" "Ay, Sumi, a veces sos tan testaruda..." "?Que no me llames Sumi!" Samira solt¨® una risa alegre, contenta de que la situaci¨®n estuviera volvi¨¦ndose m¨¢s amistosa. ¡°Es cierto, Sumi, podr¨ªas escucharlo un poco m¨¢s. Es divertido y tiene cosas interesantes que contar¡±. Luego de hablar, me dio un peque?o empuj¨®n en el hombro. Suminia rod¨® los ojos y resopl¨®, pero su expresi¨®n se suaviz¨® un poco. Aunque intentaba mantener su fachada de dureza. "Bueno, no necesito y no me gusta que me digan qu¨¦ hacer", respondi¨®, mirando hacia el arroyo y pateando una peque?a piedra al agua. "Tal vez¡­ podr¨ªas ense?arme alguna otra cosa", a?adi¨® con un susurro. No pude evitar una sonrisa de satisfacci¨®n, aunque trat¨¦ de que no fuera demasiado evidente. Sab¨ªa que, para Suminia, admitir algo as¨ª era como bajar un muro que hab¨ªa construido a mi alrededor. "Cuando quieras, Sumi", le respond¨ª, d¨¢ndole unos golpecitos en el hombro. Y, sorprendentemente, ella no se apart¨®. "?Qu¨¦ quer¨¦s aprender?" "A usar tu magia", respondi¨®, poniendo las manos detr¨¢s suyo. La punta de su lanza apenas se ve¨ªa sobre su pelo negro. "Este... Bueno, eso ser¨ªa un poco... complicado, ?sabes?" Le sonre¨ª suavemente, con cuidado, pensando en cada palabra antes de decirla. Sab¨ªa que con Suminia, cualquier paso en falso pod¨ªa cerrar la peque?a apertura que me hab¨ªa concedido. "?Por qu¨¦?" "Bueno, Sumi", comenc¨¦, d¨¢ndole un tono casual a mi voz, como si no fuera gran cosa. "La magia es¡­ algo que no todos pueden usar directamente. No es solo cuesti¨®n de aprender; en realidad, uno debe nacer con una cierta¡­ afinidad, digamos". "?Afinidad? ?Y eso qu¨¦ significa? ?Es solo una excusa para no ense?arme?" Contest¨®, alzando una ceja, aunque sin sonar tan desafiante como de costumbre. "No, no es una excusa. Cada persona tiene algo especial dentro de s¨ª, y eso no se puede crear ni ense?ar. O la ten¨¦s, o no". Suminia frunci¨® el ce?o y pate¨® otra peque?a piedra, como si buscara en el suelo alguna respuesta que hiciera mi explicaci¨®n m¨¢s l¨®gica para ella. Samira escuchaba en silencio, mir¨¢ndome de reojo, como si estuviera pendiente de cualquier se?al de incomodidad en su hermana. "No es algo malo", me apresur¨¦ a decir, antes de que se terminara enojando. "De hecho, la mayor¨ªa de las personas en este mundo no pueden usar magia. Pero eso no significa que no sean fuertes. Vos misma ten¨¦s algo que yo no tengo: fuerza y agilidad natural. Y eso, Sumi¡­ te hace tan especial como a cualquiera que pueda usar magia". Suminia mantuvo su mirada fija en el arroyo, pensativa, como si estuviera evaluando mis palabras en silencio. Al cabo de un momento, murmur¨® en voz baja, casi como si hablara para ella misma. "Pero t¨² eres humano¡­ y puedes usar magia. Entonces¡­ ?Por qu¨¦ no podr¨ªa yo tambi¨¦n?" Antes de que pudiera contestar algo, ella volvi¨® a hablar, ahora m¨¢s fuerte. "Si no quer¨ªas ense?arme algo, me lo hubieras dicho antes". Con esas palabras, se fue caminando por el borde del arroyo. Mir¨¦ a Samira, aunque realmente ya no hab¨ªa mucho m¨¢s que decir. Caminamos unos minutos en silencio, escuchando el murmullo del arroyo y el crujido de las hojas bajo nuestros pies. Me pregunto si realmente se habr¨¢ disipado la tensi¨®n entre Suminia y yo. Estar¨ªa bueno que nos empez¨¢ramos a llevar mejor o que, al menos, nos demos una tregua. Mientras avanz¨¢bamos por el borde del arroyo, de vez en cuando Samira y yo compart¨ªamos una sonrisa o alguna mirada c¨®mplice. Me daba una sensaci¨®n extra?a, pero reconfortante, tener este tipo de momento con ellas dos. Aunque siempre discut¨ªamos, parec¨ªa que poco a poco empez¨¢bamos a entendernos mejor. De pronto, Samira se gir¨® hacia m¨ª, con una sonrisa en su rostro. ¡°Entonces, Luciano, ?qu¨¦ piensas realmente de vivir cerca del arroyo?¡± Por un momento hab¨ªamos perdido el verdadero objetivo por el cual vinimos ac¨¢. ¡°Bueno, aunque ser¨ªa bonito, creo que Rundia entender¨¢ si le explicamos las dificultades. Podr¨ªamos buscar alg¨²n lugar que est¨¦ cerca, pero con m¨¢s espacio y menos ¨¢rboles¡±. ¡°?Entonces no vas a hacerle caso solo porque ella lo dijo?¡± Pregunt¨® Suminia, con un tono casi desafiante. ¡°No, Sumi. Escuchar¨¦ sus ideas, igual que escucho las de ustedes. Al final, lo importante es que todos estemos a salvo y c¨®modos. Igualmente, me falta probar una ¨²ltima cosa en este lugar¡±. "?Qu¨¦ cosa?" "Ver si hay piedra", respond¨ª mientras me pon¨ªa de rodillas con las manos sobre el suelo. Desde que sucedi¨® el problema con el brazo de Harlan, me di cuenta de que no es tan dif¨ªcil detectar materiales para modificarlos sin verlos. Si bien en esa ocasi¨®n dir¨ªa que parec¨ªa que las part¨ªculas m¨¢gicas actuaban por cuenta propia, hab¨ªa estado practicando detectar piedra bajo la tierra. Yo dir¨ªa que es como si tuviera una esfera invisible, donde yo soy el centro de ella con un radio de tres metros. All¨ª es donde puedo actuar sobre un material y moldearlo a mi gusto. Y si tengo que unir dos o m¨¢s materiales, me resulta m¨¢s f¨¢cil hacerlo si los tengo cerca. M¨¢s all¨¢ de toda esa explicaci¨®n, lo ¨²nico que puedo detectar a la lejan¨ªa es la piedra. Creo que es porque es el material con el que estoy m¨¢s familiarizado. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo?" Pregunt¨® Samira, agach¨¢ndose junto a m¨ª. "Buscando piedra con mi magia. Y s¨ª, s¨ª la hay". "?C¨®mo... lo haces? No... ?Para qu¨¦ necesitas saber si hay piedra debajo nuestro?" "Porque el suelo de nuestra casa va a ser de piedra, y lo m¨¢s f¨¢cil ser¨ªa extraerla desde debajo, as¨ª tambi¨¦n tendr¨ªamos algo m¨¢s resistente", respond¨ª mientras me enderezaba y sacud¨ªa las rodillas. "Entonces... realmente puedes hacer lo que quieras con tu magia". "Podr¨ªa decir que s¨ª, solo que debo tener la capacidad para imaginarme cosas nuevas". De pronto, sent¨ª algo pinchudo en la espalda. Era la gemela malvada, golpe¨¢ndome suavemente con la punta de su lanza. Me tom¨¦ unos segundos para ver sus ojos oscuros. Pod¨ªa sentir que su actitud era diferente, aunque no sab¨ªa c¨®mo explicarlo. ¡°Parece que sabes lo que haces¡±, dijo Suminia, inclin¨¢ndose ligeramente hacia adelante, sin perder su expresi¨®n desafiante. "?Crees que podr¨ªas... hacerme un favor?" Suminia apart¨® la mirada, y por un momento, la vi vulnerable, casi como una ni?a que deseaba algo, pero no sab¨ªa qu¨¦. "Claro. ?En qu¨¦ puedo ayudarte?" Suminia baj¨® la lanza. Sus ojos se encontraron con los m¨ªos, como si tratara de decidir si realmente pod¨ªa confiar en m¨ª para lo que estaba a punto de pedir. Se llev¨® una mano al cabello, enredando un mech¨®n entre sus dedos, algo que nunca la hab¨ªa visto hacer antes. Era un gesto que traicionaba un nerviosismo inesperado. ¡°Quiero que hagas algo para m¨ª¡­ algo diferente¡±, dijo al fin, en un tono que intentaba sonar casual, pero que tra¨ªa consigo una carga de expectativa. Me inclin¨¦ un poco, interesado y algo confundido. Si aceptaba lo que fuera que me pidiera, era el ¨²ltimo paso para que finalmente dej¨¢ramos de estar en malos t¨¦rminos, aunque yo realmente no supiera por qu¨¦ le produc¨ªa rechazo. ¡°?Algo diferente? Claro, decime qu¨¦ necesit¨¢s¡±. Suminia tom¨® aire; sus p¨®mulos parec¨ªan enrojecer un poco bajo la luz del atardecer que se filtraba a trav¨¦s de las hojas. Mir¨® a Samira, que observaba la escena con curiosidad, y luego volvi¨® a fijar su mirada en m¨ª. "Quiero que construyas... algo para... ?Quiero algo que cubra mis pies, as¨ª no sigo lastim¨¢ndolos! Ya s¨¦ que si tomamos esta agua nos curamos, pero no quiero seguir dependiendo de eso, es tonto. Adem¨¢s... si tuviera algo que cubriera mis pies, me ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil correr y cazar a los animales". Entrecerr¨¦ los ojos y la observ¨¦ detenidamente, intentando procesar lo que acababa de escuchar. ?Zapatillas? Si bien era obvio que no sabr¨ªa su nombre, era sorprendente que alguien en este mundo, tan rudimentario y carente de ciertas comodidades, pensara en algo tan espec¨ªfico y avanzado. Sent¨ª una satisfacci¨®n al ver que ella ten¨ªa la capacidad como para pensar en algo as¨ª, o su instinto de cacer¨ªa iba m¨¢s all¨¢ de lo normal. Por otro lado, era un poco gracioso verla hablar de esa forma tan decidida y avergonzada al mismo tiempo. "Si acepto, ?me conseguir¨ªas los materiales?" Pregunt¨¦, intentando darme un poco de tiempo para visualizar un calzado primitivo. En su momento hab¨ªa pensado en hacer uno con hojas, pero ser¨ªa mejor tener algo m¨¢s duradero o de mejor calidad. "S¨ª, obvio", respondi¨® con confianza. "Entonces... necesito pieles y ramas. Puedes ir dejando todo dentro de alguno de los bolsones vac¨ªos que hay cerca de nuestra cueva". Con esas palabras, me di media vuelta. "Nos vamos". "?Est¨¢ bien, me esforzar¨¦!" Samira camin¨® r¨¢pidamente hasta mi lado, mir¨¢ndome con esa sonrisa c¨®mplice, como si todo lo ocurrido tuviera un matiz divertido para ella. Sab¨ªa que la situaci¨®n entre Suminia y yo a¨²n estaba lejos de resolverse por completo, pero me sent¨ªa optimista. Despu¨¦s de todo, no importaba cu¨¢n duro fuera su exterior, yo tambi¨¦n sab¨ªa que ella no era inmune a los cambios. Quiz¨¢s solo necesitaba tiempo o una oportunidad. "?Crees que puedes manejar eso que te pidi¨® mi hermana?" "Claro, ya imagin¨¦ c¨®mo lo voy a hacer. Solo faltan los materiales". Samira se qued¨® mir¨¢ndome, como si quisiera decir algo m¨¢s. "No te preocup¨¦s, a vos tambi¨¦n te voy a hacer lo mismo". "B-Bueno..." *** Tercer y ¨²ltimo d¨ªa de inspecci¨®n de lugares para la construcci¨®n de la casa... Fue un poco complicado comunicarle a Rundia que el arroyo era el lugar m¨¢s complicado para construir debido a la alta densidad de ¨¢rboles. En consecuencia, ella reclam¨® su imaginario derecho a ser la que me acompa?ar¨ªa el d¨ªa de hoy. Tambi¨¦n trajo a mi mam¨¢, quien en este mundo era mi hermana menor. Es un poco enredado nuestro nuevo v¨ªnculo familiar. Digamos que f¨ªsicamente mi madre es Rundia, pero espiritualmente mi madre es Luc¨ªa, o, mejor dicho, Carolina. No tardamos mucho en llegar hasta la parte de la playa que era m¨¢s cercana a nosotros. Las olas del mar, u oc¨¦ano, golpeaban suavemente la orilla; el sonido era relajante y casi hipn¨®tico. El viento que tra¨ªa el aroma salado y fresco se entrelazaba con los c¨¢lidos rayos del sol que acariciaban nuestra piel. Bueno, demasiado po¨¦tico todo, ?no? Mejor vamos a trabajar. Rundia, sosteniendo la mano de Luc¨ªa, caminaba cerca de m¨ª, con un paso decidido, aunque algo tenso por la peque?a tensi¨®n que hab¨ªa entre nosotros hoy d¨ªa. "Las chicas estaban bastante contentas cuando salieron hoy, ?no? Dijeron que iban a cazar mucho". Me lanz¨® una mirada seria, que pocas veces hab¨ªa visto. "?Pas¨® algo ayer?" No sab¨ªa que ella podr¨ªa llegar a ser tan orgullosa. Esta faceta es desconocida para m¨ª. "Les promet¨ª que iba a crear m¨¢s... ropa". "As¨ª que no solo te convencieron de que el arroyo era un mal lugar, sino que hasta ahora les haces favores... Ya veo". "Eso no es cierto. Yo decid¨ª que no era buen lugar", respond¨ª mientras miraba a Luc¨ªa form¨¢rsele una sonrisa suave. "Ya te dije, hay demasiados ¨¢rboles por esa zona. Si lo que ansiabas era el agua sanadora, ya tengo una soluci¨®n para eso". "?Una soluci¨®n?" "S¨ª, voy a crear algo que transporte el agua, como cuando la encontramos en la entrada de nuestra cueva. ?Te acord¨¢s de eso?" "Nunca lo olvidar¨ªa... Est¨¢ bien, voy a confiar en que elegir¨¢s un buen lugar para todos". "S¨ª... Pero no solo se trata de que yo elija, por eso es que estamos ac¨¢ los tres". M¨¢s que investigar la zona, est¨¢bamos caminando hasta casi llegar al agua. "Bueno, aunque Luc¨ªa no debe entender muy bien lo que estamos haciendo", dijo mientras le soltaba la mano. "?Yo s¨ª s¨¦!" Respondi¨® ella, fingiendo una voz de ni?a inocente. Rundia solt¨® una risa suave mientras miraba hacia los costados. "Entonces, ?qu¨¦ hay que ver del lugar?" "Vamos a caminar un poco m¨¢s. Quiero ver m¨¢s de cerca lo que tenemos ac¨¢". Decid¨ª que lo primero era encontrar el sitio m¨¢s adecuado para lo que quer¨ªamos hacer. Algo que, aunque sencillo, nos ofreciera el espacio, la calma y, sobre todo, la protecci¨®n que necesit¨¢bamos. ?Ser¨ªa este el lugar? No pod¨ªa quedarme con la duda, no sin explorar cada rinc¨®n, cada posibilidad. Como opini¨®n personal, y probablemente la que m¨¢s tenga peso en este nuevo futuro, creo que la playa es mi lugar favorito para construir una casa. A ver... Estamos lo m¨¢s alejados posible del volc¨¢n y tenemos el agua al lado nuestro, lo que nos facilitar¨ªa muchas cosas, como cazar peces, ba?arnos y varias cosas m¨¢s que necesito implementar. Una de esas cosas nuevas es hervir agua. Tambi¨¦n podr¨ªamos limpiar la comida, las frutas, las lanzas... Ese punto es demasiado fuerte como para dejarlo pasar. Pero, en contraparte, vivir en la playa implicar¨ªa tener mucho cuidado con las olas, porque si bien el agua es muy calmada en esta zona, nunca se sabe si puede llegar a haber un terremoto o una tormenta muy intensa como para elevar el agua y que nos eche a perder todo. No pod¨ªa negar que la playa ten¨ªa un atractivo visual poderoso. Pero, a su vez, ten¨ªa eso que me inquietaba. La naturaleza siempre ten¨ªa esa capacidad de sorprender y, en ocasiones, mostrarse de formas impredecibles. Vivir cerca del mar pod¨ªa ser hermoso, s¨ª, pero tambi¨¦n arriesgado. "?Qu¨¦ opinas, Rundia?" Pregunt¨¦, aunque ya sab¨ªa que la decisi¨®n final la terminar¨ªa tomando yo, por m¨¢s que intentara consultar a todos. Era una forma de involucrarla, de darle importancia a su perspectiva y poner todo en una balanza. Rundia se detuvo unos pasos detr¨¢s de m¨ª, observando el agua con una mirada pensativa. Luc¨ªa, con su energ¨ªa desbordante, correteaba cerca de la orilla, jugando con las olas que tocaban suavemente sus pies peque?os. "Es hermoso", respondi¨®, al fin rompiendo el silencio que se hab¨ªa instalado entre nosotros. "No s¨¦ c¨®mo es una casa, pero hay mucho espacio para hacerla". "?Te gusta que haya agua cerca? No ser¨¢ el agua curativa, pero yo creo que es bueno". Haci¨¦ndome el distra¨ªdo, agarr¨¦ la mano de Luc¨ªa. Tambi¨¦n necesitaba su opini¨®n. "Adem¨¢s, tenemos lleno de esas cosas que brillan y us¨¢s para tu lugar especial. Lo de Ad¨¢n". "Tienes raz¨®n", respondi¨® mientras se acercaba a la orilla. "Podr¨ªas aprovechar y recoger algunas". Sin responder, ella se agach¨® sobre la arena h¨²meda. Era el momento de hablar con mi mam¨¢. "Mami, hablemos r¨¢pido. ?Te convence este lugar? Las otras opciones son un claro en el bosque y el arroyo, pero ese casi que no cuenta", dije en un susurro. "El que vos quieras, hijo". "?Pero no quer¨¦s opinar nada?" Lo que de verdad quer¨ªa era que me detuviera a pensarlo, que me pidiera que eligiera con m¨¢s cuidado, que estuviera m¨¢s involucrada. Pero no, respondi¨® lo m¨¢s cortante posible. "Ah, no sab¨ªa que mi opini¨®n tambi¨¦n contaba". "Daaaale, no me vas a decir eso justo ahora. Si sab¨¦s que es complicado mantener..." "?Miren todo lo que recog¨ª!" Grit¨® Rundia, cortando la conversaci¨®n. Rundia hab¨ªa interrumpido mi intento de conversaci¨®n con Luc¨ªa, y aunque en ese momento me sent¨ª algo frustrado, no quer¨ªa perder tiempo. Las prioridades eran claras: encontrar el lugar adecuado para nuestra nueva vida, pero las preguntas segu¨ªan rondando en el aire. ?Qu¨¦ tan perfecto era este sitio, realmente? Y m¨¢s importante a¨²n, ?qu¨¦ tan seguro era? "Son muy lindas, mam¨¢", dije mientras ella mostraba sus dos manos abiertas con varias cosas que parec¨ªan piedras, pero con forma de estrellas. Nunca me hab¨ªa detenido a verlas tan de cerca. "Antes de irnos, tengo que verificar una cosa". R¨¢pidamente fui hasta la parte en que la arena comenzaba a convertirse en tierra y puse las manos sobre el suelo. Mientras canalizaba mi magia, pens¨¦ en lo f¨¢cil que ser¨ªa derrumbar estos ¨¢rboles cercanos y no tener que trasladar tanta madera con los bolsones. "?Hay piedra!" Grit¨¦, aunque ellas no tuvieran la m¨ªnima idea de lo que estaba haciendo. Fui moviendo las manos, confirmando que a los alrededores tambi¨¦n la hab¨ªa. "?Piedra?" Pregunt¨® Rundia mientras se acercaba r¨¢pidamente. "?Hay piedra para hacer la base de nuestra casa! Creo que... Creo que este es el lugar indicado para establecernos. Es un lugar hermoso". "?S¨ª!" Grit¨® Luc¨ªa, algo que contrastaba con su anterior tono de voz. ?Se estaba burlando de m¨ª? "?Vamos, tenemos que avisarles a los dem¨¢s!" Corr¨ª r¨¢pidamente entre los ¨¢rboles del bosque hasta que de pronto me top¨¦ con las gemelas paradas atr¨¢s de unos de los bolsones hechos de hojas. Samira ten¨ªa muchas ramas entre sus brazos y Suminia sosten¨ªa un conejo muerto en cada mano; uno era gris y el otro, marr¨®n, como el que encontramos ayer. "?Estamos listas!" Algo me dec¨ªa que hoy iba a ser un buen d¨ªa. Cap铆tulo 33: El primer paso para nuestra casa. "?Luciano es incre¨ªble!" "?Vamos, t¨² puedes!" Las palabras de aliento no paraban de llegar de parte de las dos gemelas. El problema era que yo estaba totalmente asqueado mientras usaba mi magia para separar la piel de los dos conejos que ellas hab¨ªan tra¨ªdo. S¨ª, yo mismo me ofrec¨ª a hacerlo para no desperdiciar el material y que saliera lo m¨¢s prolijo posible, y de paso quedar como alguien asombroso ante las atentas miradas de todos. "Entonces... ?Para qu¨¦ es eso?" Pregunt¨® Rin mientras se arrodillaba al lado m¨ªo. "Las chicas me pidieron que les creara algo de ropa para los pies, porque ya no quer¨ªan seguir lastim¨¢ndoselos y tener que tomar del agua m¨¢gica para sanarse". "?En serio? Nunca hab¨ªamos pensado en algo as¨ª, es asombroso. Cuando era ni?o siempre era una molestia el dolor en los pies, pero poco a poco, al crecer, se me fue pasando hasta que tom¨¦ de esa agua y me empezaron a doler de nuevo". "Claro..." Dije mientras me concentraba en terminar de sacar la piel del ¨²ltimo conejo, el de color blanco. "?Yo quiero ese!" Grit¨® Samira apenas sali¨® el ¨²ltimo trozo, tir¨¢ndose al suelo para verlo de cerca. Sus ojos parec¨ªan dos estrellas. No pas¨® un instante hasta que su hermana, que ten¨ªa una actitud completamente renovada, tambi¨¦n se abalanzara para no perder terreno. "Samira, yo voy primero porque fue mi idea, ?sabes?" "?Ay, Sumi! T¨² siempre quieres acaparar todo primero. Lo mismo me hiciste con la pulma". "Pluma se dice", correg¨ª de inmediato. "Bueno... eso". "Yo no tengo la culpa de ser siempre la primera". "Tranquilas, chicas", intervino Rundia, poniendo una mano en el hombro de cada una. "Luciano va a hacerle las cosas a las dos, no importa qui¨¦n va primero, ?s¨ª?" "Est¨¢ bien..." Respondieron al un¨ªsono. "Ya vengo, voy a lavar estas pieles r¨¢pidamente en el agua", murmur¨¦, levant¨¢ndome de la tarea que ya hab¨ªa estado realizando. No pod¨ªa perder tiempo y sab¨ªa que el lugar ideal para lavarlas era el agua salada de la playa. Corr¨ª hacia la orilla, dejando atr¨¢s las voces de la cueva y de las gemelas, que ya empezaban a pelear por qui¨¦n recibir¨ªa el primer par de ''zapatillas''. Estaba claro que lo que para m¨ª era una tarea sencilla, para ellas se convert¨ªa en todo un evento, un juego incluso. Al llegar a la orilla, met¨ª los pies en el agua. El agua fr¨ªa me dio una sensaci¨®n refrescante, aunque la idea de ensuciarla con las pieles no me convenc¨ªa del todo. Aun as¨ª, era lo m¨¢s pr¨¢ctico. Comenc¨¦ a frotar las pieles bajo el agua, asegur¨¢ndome de quitar cualquier resto de suciedad y sangre. El agua se mov¨ªa lentamente, pero las olas segu¨ªan tocando suavemente mis piernas, casi como si estuviera en una especie de trance mientras me concentraba en lo que hac¨ªa. No era la forma m¨¢s avanzada de trabajar con pieles, pero si ten¨ªa que usar lo que hab¨ªa en este mundo, aprender¨ªa de la manera m¨¢s pr¨¢ctica posible. Pensar que ac¨¢ ser¨¢ el lugar en donde ir¨¢ nuestra casa... Bueno, todav¨ªa tengo que hablar con los dem¨¢s. Al final termin¨¦ de limpiar las pieles, las dej¨¦ en la arena para que se secaran un poco y justo en ese momento, Mirella lleg¨® volando. "Luciano, ?yo tambi¨¦n puedo tener de esas cosas que van a ir en los pies de Samira y Suminia?" Hice un sonido de duda antes de contestar. "No s¨¦... Me parece que no te hace falta, porque vos siempre est¨¢s volando". Su cara demostraba que claramente mis palabras no la hab¨ªan convencido. Me tocaba decir la verdad: un calzado tan primitivo como el que iba a crear no combinar¨ªa para nada con su vestuario actual. "Es que as¨ª te ves linda. No te hace falta nada m¨¢s". "?En serio?" Pregunt¨® mientras se posaba al lado de las pieles. "?Entonces as¨ª estoy bien?" "S¨ª". Ella comenz¨® a tocar el pelaje, haciendo suaves risitas. "?Y qu¨¦ va a pasar con la casa? ?Hace falta que traiga m¨¢s hojas y ramas?" "Ahora vamos a hablar sobre la casa, as¨ª que despu¨¦s de eso vas a saber qu¨¦ hacer. Pero te adelantar¨¦ una cosa: la vamos a construir ac¨¢, en la playa". "?Eso es incre¨ªble! No s¨¦ c¨®mo es una casa, pero este lugar me gusta". De un momento a otro se puso a dar vueltas en el aire. "Vamos, ahora hago esto para las chicas y hablamos entre todos". "Est¨¢ bien", respondi¨® y desapareci¨® entre los ¨¢rboles, sin darme tiempo a alcanzarla. Me adentr¨¦ en el bosque r¨¢pidamente, con las pieles m¨¢s o menos secas en la mano. Mientras me acercaba a la cueva, pens¨¦ en c¨®mo iba a hacer que todo esto funcionara. Samira y Suminia ya estaban charlando entre ellas, y aunque la situaci¨®n parec¨ªa tranquila, pude notar en sus miradas lo competitivas que pod¨ªan ser. A veces era curioso c¨®mo algo tan simple como una prenda de vestir pod¨ªa desencadenar tantas emociones. Al fin y al cabo solo eran dos ni?as de casi trece a?os. ?Qu¨¦ tan distinto ser¨ªa su comportamiento si tuvi¨¦ramos una mejor forma de comunicarnos? O al menos que ellas alg¨²n d¨ªa supieran lo de mi vida pasada. No s¨¦ si alguna vez me llegar¨¦ a acostumbrar a este mundo, pero de alguna manera, estaba logrando avanzar de a poco. Luego de esto no pienso parar. Ahora s¨ª voy a ir a lo grande. "Bueno, chicas, ya que est¨¢n tan emocionadas, vamos a ponernos serios con esto", dije, sonriendo con algo de iron¨ªa en la voz. "Samira, esta piel blanca ser¨¢ para tu calzado, y Suminia, la marr¨®n ser¨¢ para vos". "?Calzado?" Se pregunt¨® Samira. "Ah, s¨ª. As¨ª llam¨¦ a la ropa que va en los pies". Ambas se miraron con una especie de desaf¨ªo y confusi¨®n en sus ojos. Sin embargo, antes de que pudieran empezar a pelearse por algo m¨¢s, me concentr¨¦ en la tarea. La idea era sencilla: crear algo funcional, pero que tambi¨¦n fuera c¨®modo. Usando mis habilidades con la magia, me sent¨ª ligeramente ansioso. A veces la magia no siempre sal¨ªa como uno esperaba y, en un pasado, hab¨ªa fallado en tareas que hoy ser¨ªan simples. Pero esta vez era distinto. Si bien la magia no siempre daba resultados perfectos, se me daba bastante bien crear soluciones primitivas. Estir¨¦ las manos hacia la piel blanca, extendiendo mi magia sobre ella, como un toque suave que se fund¨ªa con la textura de la carne. La magia comenz¨® a girar lentamente alrededor de la piel, deform¨¢ndola de manera que se transformara en algo funcional. El proceso fue r¨¢pido, al menos por ahora, y el resultado no tard¨® en ser evidente. Cuando ya ten¨ªa algo que se parec¨ªa a unos mocasines, me arrodill¨¦ frente a Samira y estir¨¦ una mano. "?Me permitir¨ªas tu pie, Sami?" Apenas alc¨¦ la mirada, vi la mirada asesina en Suminia, que se hab¨ªa puesto bien al lado de su hermana. Mierda, hab¨ªa olvidado lo que dijo antes... No pasa nada, ya va a ponerse contenta. "C-Claro", murmur¨® Samira, levantando su pie izquierdo hasta apoyarlo sobre mi mano. Introduje el calzado primitivo en su peque?o pie y qued¨® relativamente bien. Ahora solo faltaba terminar los detalles, como darle un buen ajuste para que no quedara flojo o inc¨®modo. Us¨¦ mi magia para que se adaptara perfectamente a la figura de su pie y lo solt¨¦. "Ahora dame el otro pie". Ella asinti¨® y el proceso se volvi¨® a repetir bajo la atenta mirada de todos. Porque s¨ª, hoy estaba hasta Tar¨²n. "Listo, ya est¨¢", dije, satisfecho con el resultado. "Ahora no te muevas hasta que yo lo diga, ?s¨ª?" "S¨ª, me quedar¨¦ quieta". Luego de esas palabras, sent¨ª sus dedos del pie movi¨¦ndose aceleradamente dentro del calzado. Me pregunto c¨®mo se sentir¨¢n por dentro. Yo tambi¨¦n me voy a hacer unos cuando consigamos m¨¢s pieles. Estaba claro que Samira estaba disfrutando del proceso, como si todo esto fuera parte de una peque?a aventura. Suminia, por otro lado, observaba desde el costado, con esa mirada cr¨ªtica que tan bien le conoc¨ªa. Pero, por alguna raz¨®n, no me sent¨ªa inc¨®modo. Al contrario, hab¨ªa algo reconfortante en este momento, como si estuviera creando algo tangible para cada uno de ellos, aunque fuera un par de simples... mocasines. Al fin y al cabo, las peque?as cosas tambi¨¦n contaban, ?no? Antes de que pidiera el pie de Suminia, Tar¨²n intervino, agach¨¢ndose a mi lado y se?alando los pies de Samira. "?C¨®mo se llaman esas cosas?" "Antes lo dije, es un calzado. Todav¨ªa no est¨¢n terminados y pueden seguir mejor¨¢ndose". "?Yo tambi¨¦n puedo tener un calzado?" "Si conseguimos las suficientes pieles y las chicas dicen que les parece c¨®modo, entonces puedo hacer para todos", respond¨ª, haciendo unas miradas r¨¢pidas hacia Suminia y Rin. Rin se acerc¨® r¨¢pidamente. "Claro que vamos a conseguir todo. Solo d¨¦janoslo a nosotros y t¨² enc¨¢rgate de hacernos esas cosas". ?Qu¨¦ entusiasmo, hombre! Qui¨¦n dir¨ªa que ahora se entregara tanto por la magia, porque tiempo atr¨¢s... "Gracias, pap¨¢. Conf¨ªo en todos ustedes para que entre todos podamos mejorar nuestra forma de vivir". Casi instant¨¢neamente, Rundia se abalanz¨® contra m¨ª, abraz¨¢ndose fuertemente y refregando su cara contra la m¨ªa. "Hijo m¨ªo... Est¨¢s creciendo tan r¨¢pido". Realmente, el de Rundia me tom¨® por sorpresa. Sent¨ª su c¨¢lido cuerpo presionando contra el m¨ªo, y por un momento, no supe si deber¨ªa intentar apartarla o quedarme ah¨ª. Su cari?o era genuino, como siempre, pero esta vez me hizo pensar un poco m¨¢s. Su rostro se hundi¨® en el m¨ªo, y pude notar que sus ojos brillaban con el orgullo que solo una madre puede sentir hacia su hijo. Sent¨ª c¨®mo las l¨¢grimas comenzaban a acumularse en sus ojos, y eso me golpe¨® de manera inesperada. "Te quiero tanto, hijo", murmur¨®, casi como si sus palabras estuvieran destinadas solo para que yo las escuchara. Su voz temblaba, y aunque trat¨® de esconderlo, el peque?o suspiro que solt¨® lo dec¨ªa todo. Estaba tan seguro de mi futuro, de nuestra vida juntos, que a veces olvidaba lo que realmente yo significaba para ella. Tragu¨¦ saliva, sin saber si deb¨ªa decir algo. El contacto f¨ªsico se alarg¨®, y me di cuenta de que ni siquiera me molestaba. La verdad es que sent¨ªa una calidez reconfortante al estar cerca de ella, como si algo dentro de m¨ª se calmara. La gente como Rundia, tan llena de amor, no se encontraba todos los d¨ªas. Y aunque no entend¨ªa del todo c¨®mo se hab¨ªa transformado nuestra relaci¨®n luego de lo de Luc¨ªa, no pod¨ªa evitar sentirme agradecido por tenerla cerca. "Soy afortunado de tenerlos a todos ustedes", murmur¨¦. Cuando me separ¨® un poco para mirarme, le sonre¨ª. Sus ojos se suavizaron y, a pesar de que a¨²n estaba emocionada, sus labios formaron una peque?a sonrisa. Hab¨ªa algo tan sencillo y puro en lo que est¨¢bamos construyendo aqu¨ª, y me sent¨ªa como si todo fuera parte de un proceso natural. "Gracias... por todo lo que haces", agreg¨® Rundia, antes de que sus l¨¢grimas se desbordaran un poco y tuviera que apartarse un poco, avergonzada. "Est¨¢ bien", respond¨ª, levantando una mano hacia su rostro para secar algunas de las l¨¢grimas que se deslizaban por su mejilla. "Lo hacemos entre todos, ?no?" Ella asinti¨® con la cabeza, sin soltarme. Si hab¨ªa algo que realmente me mov¨ªa en este mundo, era ver a las personas que me importaban a salvo y felices. Y aunque no todo era perfecto, de alguna manera, estaba haciendo que esto funcionara. Estaba construyendo un futuro, aunque todav¨ªa no sab¨ªa exactamente qu¨¦ forma tendr¨ªa. Tras unos segundos, Rundia se apart¨® de m¨ª, soltando una peque?a risa nerviosa y limpi¨¢ndose los ojos.If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation. Anya se acerc¨®, refreg¨¢ndole sus manos sobre el hombro. "A veces los ni?os crecen muy r¨¢pido, ?no?" Por un momento, sent¨ª que era una indirecta para que parara de realizar tantas cosas nuevas, pero ya no hab¨ªa forma de detenerme. De cierta manera, ya me cans¨¦ de seguir fingiendo; necesito mejorar nuestra calidad de vida. Adem¨¢s, no quiero arrepentirme si es que llegara a pasarle algo a alguno de nosotros. Volv¨ª a mirar a la gemela descalza. A pesar de haberla hecho esperar, no parec¨ªa haber molestia en su mirada. "Ahora s¨ª voy a hacerte tu calzado. Perd¨®n por la demora". "No... No pasa nada". R¨¢pidamente volv¨ª a hacer lo mismo que con la piel blanca. Una vez que ya ten¨ªa los dos calzados primitivos, le ped¨ª su pie. "?Me permitir¨ªas?" Pregunt¨¦, aunque sonaba m¨¢s como un muchacho pidi¨¦ndole un baile a una joven doncella. Sin contestar, ella puso su ¨¢spero pie sobre la palma de mi mano. "Muchas gracias, Sumi". No me gustaba rebajarme a ser sumiso, pero por ahora era la ¨²nica forma de seguir llevando esta buena relaci¨®n. Una vez que nos entendamos mejor, ya volver¨¦ a ser el mismo de siempre. Mientras trabajaba en ajustarlo al tama?o de sus pies, not¨¦ que la cueva estaba demasiado silenciosa. Solo se escuchaba un poco la nariz de Rundia intentando ocultar el t¨ªpico moco aguado que sale al llorar y el sonido de, tambi¨¦n, la nariz de Aya inhalando y exhalando r¨¢pidamente; seguro olfateaba mi aroma, como siempre. "Ya est¨¢ listo, pero todav¨ªa no se muevan, eh. Falta una ¨²ltima cosa". Tom¨¦ algunas ramas secas cercanas que hab¨ªa dejado Samira y las junt¨¦ usando magia. La madera servir¨ªa como una especie de estructura que dar¨ªa soporte adicional, pero, al tocarlas, supe que la elecci¨®n no hab¨ªa sido la m¨¢s adecuada. La madera no parec¨ªa tener la resistencia que necesitaba. ?Ser¨¢ que las ramas son m¨¢s viejas o secas a comparaci¨®n de la madera de un tronco? A pesar de eso, deb¨ªa asegurarme, as¨ª que termin¨¦ de formar la suela de la zapatilla. Ten¨ªa una forma que me hac¨ªa acordar a las sandalias japonesas, esas que son de madera y tienen como dos rect¨¢ngulos sobresalientes hacia abajo. Pero esta no era tan similar, porque las partes sobresalientes de la suela eran m¨¢s parecidas al interior de un cart¨®n corrugado. Con varias partes en forma de ''U''. Frunc¨ª el ce?o mientras evaluaba la textura y dureza de la madera; no ten¨ªa lo que quer¨ªa. Pod¨ªa sentir que no era suficiente, no de la forma que lo necesitaba. Necesit¨¢bamos algo m¨¢s resistente. No pod¨ªa dejar que esto fuera solo una soluci¨®n provisional. No quer¨ªa que las chicas tuvieran que estar reemplazando sus zapatos cada poco tiempo. Agarr¨¦ la supuesta suela y la golpe¨¦ contra el suelo, rompi¨¦ndose una punta. Al golpe siguiente se parti¨® en dos. Hubo algunos murmullos mientras lo hac¨ªa, hasta que Mirella se acerc¨® de inmediato. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo?" "Ah, disculpen. Es una prueba para ver si resist¨ªa, porque esto va a ser lo que va en la parte de abajo del calzado, lo que va a chocar contra el suelo". "Entonces no resisti¨®". "S¨ª, esto no va a funcionar", respond¨ª en voz baja. "Es mejor conseguir una madera en mejor estado. Voy a ver qu¨¦ tal la de los ¨¢rboles". Me gir¨¦ hacia un ¨¢rbol cercano que hab¨ªa en la entrada de la cueva, buscando la pieza de madera adecuada. Observ¨¦ la corteza gruesa y, por alguna raz¨®n, sonre¨ª. La toqu¨¦ con las manos y comenc¨¦ a sacar un trozo. Era m¨¢s dura, m¨¢s s¨®lida... De un momento a otro, ya ten¨ªa las cuatro suelas. Me acerqu¨¦ a las gemelas y volv¨ª a pedirles sus pies, uniendo la piel y pelaje de conejo con mis creaciones de madera. "?Listo!" Grit¨¦ al finalizar. "?Perfecto! ?Esto es genial!" Exclam¨® Samira, saltando de un lado a otro. "Aunque s¨ª debo decir que es un poco inc¨®modo el interior, se siente raro". Suminia tambi¨¦n se acomod¨® r¨¢pidamente, aunque con un enfoque m¨¢s preciso. Aparentemente, hab¨ªa aprendido a ser m¨¢s cuidadosa con las cosas que hac¨ªamos juntos, siempre con una actitud un poco m¨¢s seria. "Esto no est¨¢ tan mal", dijo, con una ligera sonrisa en su rostro. "Pens¨¦ que ser¨ªa algo m¨¢s inc¨®modo tener madera debajo, pero ahora siento que hasta podr¨ªa correr con esto". "Bien, bien, me alegra que les guste. Ya veremos si le hago algunos cambios para que sea m¨¢s c¨®modo por dentro". Mir¨¦ a las gemelas, ambas probando los nuevos zapatos en la roca de la cueva. Samira segu¨ªa brincando, riendo como si hubiera descubierto un juguete nuevo, mientras que Suminia se mov¨ªa con una precisi¨®n casi estudiada, midiendo cada paso con una concentraci¨®n que solo ella pod¨ªa tener. Creo que ella lo ve¨ªa m¨¢s como algo que le ayudar¨ªa a cazar mejor. De pronto, not¨¦ a Aya acerc¨¢ndose con ese andar sereno suyo. Sus ojos anaranjados, que me encantaban, se fijaron en m¨ª. ¡°Luciano, cada vez haces cosas m¨¢s impresionantes, ?te lo han dicho antes?¡± Coment¨® con una leve sonrisa curvando sus labios. Pod¨ªa ver un atisbo de travesura en sus ojos. ¡°Bueno, supongo que... algunas veces¡±, respond¨ª, encogi¨¦ndome de hombros. No me gustaba presumir, pero no pude evitar sentirme un poco inflado de orgullo al ver el resultado de mi trabajo. "Ya te voy a hacer unos a vos tambi¨¦n, no te preocupes". "Claro", respondi¨®, soltando una risita. Entonces, un pensamiento me cruz¨® la mente como un rayo. Este mundo, con todos sus desaf¨ªos y peligros, tambi¨¦n ten¨ªa momentos como este, donde solo exist¨ªa la sensaci¨®n de que est¨¢bamos avanzando. ?Cu¨¢ntos momentos como este hab¨ªa tenido en mi vida pasada? ?Hab¨ªa perdido la cuenta o simplemente nunca los hab¨ªa tenido de verdad? Es momento de hablar de la casa. "?Escuchen todos!" Grit¨¦, interrumpiendo con la tranquilidad que se acentuaba en nuestro hogar. "?Nuestro nuevo hogar ser¨¢ construido en la playa, sobre la arena!" Tar¨²n, que hasta ahora hab¨ªa estado escuchando con ojos curiosos, salt¨® y corri¨® hacia Anya, su madre, con una energ¨ªa desbordante. "?La playa, mam¨¢! ?Vamos a vivir en la playa!" Grit¨®, con los ojos negros abiertos de par en par y una sonrisa que no pod¨ªa contener. Anya, a su lado, se rio, contagiada por la felicidad de su hijo. Vi el destello de aprobaci¨®n en su cara. "Ser¨¢ un lugar hermoso para vivir, y... bueno, es lo que nosotros quer¨ªamos", coment¨®; su voz era m¨¢s maternal de lo com¨²n. De las gemelas, Samira fue la primera en reaccionar. Su sonrisa se ampli¨® mientras miraba a su hermana con emoci¨®n compartida. Su cabello negro se movi¨® en suaves ondas mientras saltaba hacia m¨ª y tomaba mis manos. "?De verdad vamos a vivir en la playa, Luciano? ?Eso es incre¨ªble! No puedo esperar a ver el agua todos los d¨ªas". Suminia, aunque m¨¢s reservada, no pudo evitar que sus labios se curvaran en una leve sonrisa. "Es una buena idea. La arena es suave y... bueno, es mejor que la roca". Su tono indicaba que ya hab¨ªa aceptado la idea de vivir donde yo decidiera. Era obvio que ellas iban a aceptar. Su lealtad hacia m¨ª, aunque no expl¨ªcita, se sent¨ªa en el aire. Sin embargo, Rin, de brazos cruzados y con el ce?o fruncido, tom¨® un paso adelante. "?No ser¨ªa mejor el claro en el bosque, Luciano? Es m¨¢s f¨¢cil defenderse en caso de ataque. Adem¨¢s, ?no iba a ser de madera? La tendr¨ªamos al lado", propuso, su voz grave y pr¨¢ctica. Siempre pensaba en la seguridad y en c¨®mo cuidar de todos, lo que a veces lo hac¨ªa parecer m¨¢s estricto de lo que era en realidad. "Con ese lugar hay un problema, y es que no hay piedra que pueda extraer del suelo". "?Extraer? No entiendo". "Necesito usar magia para traer la piedra debajo de la tierra para hacer la base de la casa, para que sea m¨¢s resistente. Acab¨¢s de ver lo que pas¨® reci¨¦n, ?no? Cuando se rompi¨® la madera". "Supongo que tendr¨¢ sentido para como t¨² te lo imaginas. Lamentablemente, nosotros no tenemos ni idea de c¨®mo es una casa... Confiar¨¦ en ti. Despu¨¦s de todo, es tu idea". "Gracias por confiar en m¨ª, pap¨¢. Les prometo que todo saldr¨¢ bien". Rundia, a¨²n con los ojos un poco enrojecidos por las l¨¢grimas, me observ¨® en silencio por un momento antes de acercarse. "Sab¨ªa que terminar¨ªas eligiendo la playa. Realmente te gusta m¨¢s que el arroyo, ?eh!" Brome¨®. Sus ojos marrones reflejaban la tranquilidad de alguien que confiaba en m¨ª sin dudar. No necesitaba m¨¢s palabras de ella para saber que al final me apoyar¨ªa en cualquier decisi¨®n. Mirella, por supuesto, no tard¨® en lanzarse hacia adelante, flotando como una diminuta bola de energ¨ªa. "?Vivir en la playa suena maravilloso! ?Imag¨ªnate las vistas, las aventuras y lo bien que se sentir¨¢ tener la luz del sol todo el tiempo!" Gir¨® en el aire, soltando una peque?a risa. Ella siempre encontraba la manera de ser la m¨¢s entusiasta del grupo, y hoy no era la excepci¨®n. Aya, observando todo desde un poco m¨¢s atr¨¢s, ten¨ªa esa expresi¨®n enigm¨¢tica que siempre me confund¨ªa un poco. No parec¨ªa ni emocionada ni preocupada, solo neutral. Finalmente, se acerc¨®. "Construiremos donde t¨² decidas, Luciano. Estoy segura de que ser¨¢ lo mejor para todos". Hizo una peque?a inclinaci¨®n de cabeza, mostrando su aceptaci¨®n sin cuestionamientos. Me gir¨¦ para ver a Luc¨ªa, que permanec¨ªa sentada en un rinc¨®n, con sus grandes ojos negros fijos en m¨ª. Fing¨ªa jugar con una peque?a piedrecita, pero sab¨ªa que estaba prestando atenci¨®n. No dijo nada, simplemente me mir¨® con una expresi¨®n inocente que parec¨ªa decir que estaba de acuerdo con cualquier cosa que yo dijera, siempre y cuando yo estuviera all¨ª. Pero detr¨¢s de esa mirada, sent¨ªa algo m¨¢s, algo que ni siquiera yo entend¨ªa. Hemos hablado tan poco... Espero que no se sienta excluida.
"Entonces, est¨¢ decidido", dije finalmente, respirando hondo y dejando que la determinaci¨®n se reflejara en mi voz. "Vamos a construir nuestro hogar en la costa". Luego de comer un poco, las gemelas se fueron junto a Mirella a cazar para tener m¨¢s pieles. Parece que Mirella ha cambiado la mentalidad con respecto a estar todo el d¨ªa a mi lado; eso es bueno y significa que realmente me escuch¨® cuando hablamos sobre eso. Desarm¨¦ los palos que anclaban los bolsos hechos de hojas contra el suelo y empezamos a transportarlos hasta la playa. Realmente no s¨¦ qu¨¦ utilidad les voy a dar. Creo que me pas¨¦ al hacer doce. Como apenas dos de ellos ten¨ªan algunas ramas, fue super f¨¢cil llevarlos hasta ponerlos en fila sobre la arena. La casa ser¨¢ construida en un camino recto desde la salida de la cueva hasta la playa, as¨ª que pr¨¢cticamente la tenemos al lado. Lo bueno es que el espacio es bastante amplio como para hacer algo lo suficientemente grande para los diez. Y como si eso fuera poco, el terreno casi que no va en bajada hacia el agua, as¨ª que ese es otro punto a favor. A todo esto, el sol ya estaba bajando y era el momento ideal para trabajar sin insolarse. Tengo que tener en cuenta eso para los siguientes d¨ªas de trabajo. "?Ahora voy a probar a tirar un ¨¢rbol abajo, as¨ª que quiero que todos se alejen lo m¨¢s posible de los ¨¢rboles!" Grit¨¦, juntando mis manos alrededor de mi boca para que me escucharan mejor. La mayor¨ªa estaba repartido por todo el lugar, as¨ª que solo miraron y asintieron, alej¨¢ndose hacia el agua. El ¨²nico que respondi¨® fue Tar¨²n, que segu¨ªa con una emoci¨®n incontrolable. "?S¨ª, ya estoy lejos!" "Aya, ven¨ª conmigo un momento. Necesito tu ayuda para asegurar que esto salga bien", la llam¨¦ con un gesto de la mano, tratando de mantener la voz fuerte. Ella se acerc¨® con su andar elegante, el yukata blanco ondeando con el viento. "?Qu¨¦ necesitas, Luciano?" "Voy a sacar un ¨¢rbol de ra¨ªz y necesito que me ayudes a empujarlo una vez que lo haya cortado. Quiero evitar que caiga en direcci¨®n al bosque y se quede trabado entre los otros ¨¢rboles, as¨ª que debemos estar atentos", expliqu¨¦, manteniendo la mirada fija en el ¨¢rbol m¨¢s cercano a la l¨ªnea de arena. No era tan alto como los dem¨¢s que uno ve¨ªa al adentrarse al bosque, pero era suficiente como para comenzar y probar t¨¦cnicas. Aya asinti¨®, sus orejas puntiagudas movi¨¦ndose sutilmente al captar cada palabra. "Entendido. Me asegurar¨¦ de intentar que el ¨¢rbol caiga donde lo planeas". Me agach¨¦ junto al tronco del ¨¢rbol y apoy¨¦ las manos sobre la tierra, usando magia para comenzar a mover las ra¨ªces hacia fuera. Me percat¨¦ de que si quitaba todas era posible que el ¨¢rbol cayera de inmediato, as¨ª que dej¨¦ algunas y me levant¨¦. "Creo que para la pr¨®xima cortar¨¦ primero el ¨¢rbol y luego sacar¨¦ las ra¨ªces". "Como te parezca mejor, solo dime qu¨¦ tengo que hacer". Me qued¨¦ unos segundos procesando la situaci¨®n; creo que me equivoqu¨¦ al hacerlo de esta forma. Ahora, sin las ra¨ªces, el ¨¢rbol no iba a volver a crecer. Mierda... no me di cuenta de eso, solo pens¨¦ en hacer desaparecer el ¨¢rbol para que no quedara feo. A pesar de haberme equivocado, nadie se dar¨ªa cuenta. Haci¨¦ndome el tonto, segu¨ª hablando. "Est¨¢ bien, voy a hacerle un corte al ¨¢rbol y luego vamos a empujar el tronco hacia all¨¢", dije, indicando hacia el bosque. "Apenas me levante, empujamos uno de cada lado". "Entendido". Por un momento, me sent¨ª como el capataz de una obra. Menos mal que tengo a Aya, que es grandota y tiene bastante fuerza f¨ªsica. Me volv¨ª a agachar y utilic¨¦ mi magia para hacer un corte r¨¢pido en la base del tronco. Para mi sorpresa, el ¨¢rbol no se movi¨®. Creo que el corte fue lo suficientemente r¨¢pido como para que quedara todo igual. "?Ahora!" Grit¨¦, movi¨¦ndome hacia la derecha del tronco y comenzando a empujar. Aya me sigui¨® de inmediato, empujando desde la izquierda. Con un ¨²ltimo empuj¨®n, el ¨¢rbol cedi¨® por completo y se desplom¨® en direcci¨®n a la arena, levantando una nube de polvo dorado que se extendi¨® como un velo moment¨¢neo. Hojas verdes se desparramaron por todas partes, cayendo como una lluvia suave sobre la arena. Aya se apart¨® un poco y me mir¨®, una sonrisa satisfecha asom¨¢ndose en sus labios. "?Lo hice bien?" "Lo hiciste perfecto. Gracias, voy a seguir necesitando tu ayuda". En ese momento, pude sentir c¨®mo el grupo se acercaba desde la distancia. "?Luciano! ?Est¨¢s bien?" La voz era de Rundia, y vi c¨®mo ella, seguida por Rin y Anya, corr¨ªan hacia nosotros desde la orilla. Viendo un poco m¨¢s all¨¢, estaba mi verdadera mam¨¢ apoyada contra unos de los bolsones. "S¨ª, s¨ª, todo bien. No sali¨® perfecto, pero ya s¨¦ c¨®mo hacerlo para la pr¨®xima". "Menos mal..." "Bueno, ya que estamos todos ac¨¢, necesito que me ayuden con esto", empec¨¦, y la atenci¨®n de todos se enfoc¨® en m¨ª. "Voy a separar las ramas del tronco usando magia. Quiero que, una vez que est¨¦n separadas, las guarden en los bolsones. Ah, y las hojas tambi¨¦n gu¨¢rdenlas en otro. Esto nos va a servir para hacer cualquier otra cosa en un futuro y tendremos cerca los materiales". Anya dio un paso al frente. "?Pero las ramas no eran...?" "S¨ª, son menos resistentes que la madera del tronco, pero tengo en mente cosas que no necesitan de tanta resistencia para usarlas". Una de las principales cosas que quer¨ªa hacer era un balde para traer el agua m¨¢gica, pero ahora no era el momento para decirlo. "Claro, tambi¨¦n podemos usarlas para cocinar", respondi¨® ella. Era un buen pensamiento si pensamos en que el pescado ser¨¢ una de nuestras comidas principales al vivir en la playa. "S¨ª, para cualquier cosa que necesitemos, los bolsones sirven para eso, para almacenar materiales". Luego de esas palabras, me mov¨ª hasta poner las manos sobre el tronco. Esta vez cerr¨¦ los ojos, ya que ten¨ªa que tener una mayor concentraci¨®n al ser tantos cortes los que ten¨ªa que hacer. Escuchaba algunas voces de fondo; sobre todo eran de mis padres, que estaban hablando sobre conseguir m¨¢s pieles para crear m¨¢s calzados. Al cabo de unos segundos y de gastar mis part¨ªculas m¨¢gicas hasta quedar solo una, logr¨¦ dejar el tronco solo, con todas las ramas y hojas desparramadas a su alrededor. "?Luciano, esto est¨¢ quedando muy bien!" Exclam¨® Rundia, admirando el trabajo de organizaci¨®n que se iba formando. Vi c¨®mo se agachaba y comenzaba a recoger hojas, siendo la primera en guardarlas en un bols¨®n, marcando d¨®nde ser¨ªan guardadas las dem¨¢s. Tar¨²n estaba saltando de un lado a otro, observando todo con los ojos muy abiertos, como si estuviera esperando que le dijera qu¨¦ hacer. "??Qu¨¦ hago, Luciano?! ??Ayudo a mover las ramas?!" "S¨ª, claro", respond¨ª sin mirarlo, concentrado en comenzar a agarrar varias ramas a la vez. "Agarr¨¢ esas hojas y ponelas donde las dej¨® mi mam¨¢". Con una sonrisa ansiosa, Tar¨²n comenz¨® a cargar las hojas con rapidez, demostrando que el entusiasmo pod¨ªa ser ¨²til. Los dem¨¢s hicieron lo mismo, con Rin y Rundia empezando a empujar las ramas hacia un lado. Mientras segu¨ªamos trabajando, el sonido del viento moviendo las hojas y las voces de todos colaborando llenaron el ambiente de una extra?a armon¨ªa. Era como si, por un momento, la sensaci¨®n de comunidad y prop¨®sito se hubiera asentado sobre nosotros. Sent¨ª que, a pesar de los errores y las dudas, est¨¢bamos avanzando, y no solo en la construcci¨®n, sino en la creaci¨®n de un lazo m¨¢s fuerte entre todos. En medio del bullicio, mir¨¦ alrededor y not¨¦ que todos estaban ocupados con su tarea. Era el momento perfecto para acercarme a Luc¨ªa sin levantar sospechas. Me agach¨¦ para quedar a su altura. Con cuidado, toqu¨¦ su mejilla suave y c¨¢lida. "?Te sent¨ªs bien, mami?" Susurr¨¦ lo m¨¢s bajo posible, cuidando que nadie m¨¢s lo escuchara. Ella se removi¨® un poco, estirando sus peque?as manitos para, al igual que yo, tocarme la cara. "?Por qu¨¦ no iba a estar bien?" "Es que..." Mir¨¦ a los costados, viendo que Aya ven¨ªa cargando unas ramas. Deb¨ªa bajar mucho m¨¢s la voz o sus potentes o¨ªdos me escuchar¨ªan. "Cuando crezcas un poco m¨¢s, vamos a poder hablar con normalidad. Te lo prometo". Ella no respondi¨®. "?Luciano, necesitamos ayuda para levantar este tronco!" Era la voz grave de Rin. Lo vi de pie al lado del tronco, intentando moverlo junto a Rundia. Solt¨¦ la mejilla de mi mam¨¢ y corr¨ª r¨¢pidamente hacia ellos. "?No, eso no se alza!" Todav¨ªa quedaba mucho por explicar. Cap铆tulo 34: Nuevas creaciones. Despu¨¦s de explicarles a mis padres que los troncos que consigui¨¦ramos los ¨ªbamos a ir dejando sobre la arena, terminamos de recoger las ramas y hojas del suelo, llenando dos bolsones y medio de ramas y uno de hojas. Esto ser¨ªa provisional, ya que dentro de poco voy a juntar las ramas y convertirlas en cubos peque?os. "?Ma?ana seguimos?" Pregunt¨® Anya mientras se limpiaba la suciedad de las manos contra su ropa. "Ah, s¨ª, de eso quer¨ªa hablarles. Intentaremos trabajar todos los d¨ªas, as¨ª que hay que organizarnos con el tema de la caza. O sea, va a haber d¨ªas en los que nos tengamos que dividir en dos grupos como hoy, donde unos vayan a cazar y los otros consigamos los recursos para la casa". R¨¢pidamente, Rin contest¨®. "Es cierto, hoy solo fueron tres a buscar comida, pero eso a veces no es suficiente. Es necesario tener a Aya tambi¨¦n". "Ese es el problema principal, que Aya es la m¨¢s necesaria para ayudarme a derribar los ¨¢rboles". Luego de hablar, pude ver unas part¨ªculas m¨¢gicas a lo lejos; era Mirella. "?Entonces c¨®mo hacemos? Tal vez deber¨ªa hacer las dos cosas, Luciano", dijo Aya. "Lo arreglamos ma?ana. Ahora mejor centr¨¦monos en ver qu¨¦ trajeron las chicas". Al entrar a la cueva, una c¨¢lida corriente de aire me golpe¨®, record¨¢ndome lo peque?o que era este refugio comparado con todo lo que ten¨ªamos que construir. Pero era nuestro, y eso era lo que importaba. "?Miren lo que trajimos!" Exclam¨® Samira al vernos; lleg¨® corriendo con Suminia pis¨¢ndole los talones. Las gemelas estaban cubiertas de un sudor brillante, pero una sonrisa de triunfo les iluminaba el rostro. Suminia dej¨® caer dos conejos sobre la piedra del suelo. Samira le sigui¨®, colocando una serpiente que todav¨ªa conservaba los ojos entreabiertos y algunas papayas. Me acerqu¨¦ para revisar el bot¨ªn; la serpiente me llam¨® la atenci¨®n de inmediato. Su piel era brillante, moteada de un marr¨®n oscuro que me hizo pensar en la utilidad que podr¨ªa tener. Por lo general, no suelen cazar serpientes. Tampoco me gusta mucho que lo hagan, ya que no tendr¨ªamos forma de tratar el veneno si es que muerde a alguien. "Buen trabajo, chicas", dije, aunque mi mente ya se hab¨ªa puesto a trabajar. Podr¨ªa usar esa piel para hacer algo. ?M¨¢s calzado? O tal vez... ?Una bolsa de carga? "A partir de ahora yo me encargar¨¦ de quitarles las pieles a los animales". "Tomando el mando, ?eh?" Brome¨® Rin d¨¢ndome unos golpecitos en la espalda a la pasada. A la pasada, acarici¨® las cabezas de las dos y las felicit¨®. "?Y a ustedes c¨®mo les fue?" Pregunt¨® Suminia, su mirada dirigida m¨¢s que todo a m¨ª. "Bien, solo que avanzamos poco a comparaci¨®n de todo lo que nos queda". "?Poco? Pero si tiramos abajo un ¨¢rbol entero", dijo Rundia. "S¨ª, tal vez parece bastante hacer eso, pero necesitamos tirar abajo muchos ¨¢rboles m¨¢s". De pronto, Mirella se acerc¨® r¨¢pidamente a m¨ª, poniendo cara de sorprendida. "??Tiraron un ¨¢rbol!? ?Me hubiera gustado estar ah¨ª!" "?Te hubiera gustado estar ah¨ª? ?Acaso abandonar¨ªas a las chicas en su recolecci¨®n de comida?" Mientras los dem¨¢s pasaban al fondo de la cueva, Mirella se qued¨® pensativa. Miraba a los costados, intentando buscar una soluci¨®n. "Bueno... No s¨¦". Tampoco pod¨ªa decirle que ser¨ªa poco ¨²til debido a su peque?o tama?o... "Ya veremos eso, todav¨ªa no tengo decidido c¨®mo vamos a dividir los grupos, porque quiero que trabajemos todos los d¨ªas en la construcci¨®n de la casa. Sin embargo, no podemos dejar a un lado la caza, ya que vamos a estar m¨¢s cansados y debemos reponer m¨¢s energ¨ªa comiendo". "Lo hablar¨¦ con Samira y Suminia", respondi¨® y se fue a ver lo que hab¨ªan tra¨ªdo. La idea de que Mirella pudiera participar m¨¢s activamente en la caza era algo que pasaba en mi mente en este momento. Esto a la vez era un poco gracioso, porque hasta ayer, la relaci¨®n de Mirella con Suminia no era de las mejores. O sea, no se llevaban mal, pero no hablaban seguido y a veces la llamaba ''la tonta''. Estaba claro que ahora, al verme llevarme mejor con ella, est¨¢ tambi¨¦n intentando cambiar su relaci¨®n para mejor. Organizar a todos de forma eficiente es clave. Aya es fundamental en el derribo de ¨¢rboles, pero tambi¨¦n es la m¨¢s h¨¢bil en la caza de pescados. Rin es fuerte y sabe manejar la lanza; puede ayudar a cargar ramas grandes o participar en la caza si es necesario. Anya tiene buen ojo y sabe manejarse bien por la zona, adem¨¢s de ser muy buena recolectando frutas; lo ha demostrado al vivir tanto tiempo sola junto a Tar¨²n, al cual solo cuento para la recolecci¨®n de hojas y ramas peque?as. Las gemelas demostraron ser eficientes cazadoras, m¨¢s que todo por Suminia, aunque todav¨ªa me preocupa que arriesguen tanto. Y luego estaba Mirella¡­ Siempre al borde de mi campo de visi¨®n, con esa energ¨ªa que parec¨ªa capaz de mover monta?as, aunque fueran m¨¢s grandes que ella. Ahora, si solo trabajamos cuando el sol comienza a bajar, podr¨ªamos cazar por la ma?ana y luego construir... Eso ser¨ªa duro para aquellos que lo hagan. Debo hablar con Aya, que es la que m¨¢s necesitamos y la que menos se ve beneficiada, porque ella no necesita comer. Mirella, como si leyera mis pensamientos, vol¨® hacia m¨ª. "Luciano, no todo se trata de sobrevivir, ?sab¨¦s? Tambi¨¦n podemos encontrar tiempo para divertirnos un poco". La mir¨¦, sorprendido por la sencillez de sus palabras. Hab¨ªa estado tan enfocado en los detalles y en planificar, que se me olvidaba que ella lo ve¨ªa desde ese otro lado. Vi c¨®mo las gemelas ahora jugaban a lanzar una piedra entre ellas mientras Tar¨²n las animaba con saltos y risas. "Ten¨¦s raz¨®n", admit¨ª, dejando que un poco de esa tensi¨®n se disipara. "Eso espero, porque si segu¨ªs as¨ª, te vas a convertir en un viejo antes de tiempo", dijo mientras re¨ªa, un sonido que parec¨ªa iluminar toda la cueva. Si supiera que yo cargo con veinte a?os de mi otra vida y que ella ahora solo tiene diecis¨¦is... "No te preocup¨¦s, voy a ser joven por siempre". Esas palabras me recordaron a una canci¨®n. Antes de comer, estuve un rato quitando las pieles de los animales. Ma?ana ver¨¦ qu¨¦ hacer. *** Me levant¨¦ temprano, m¨¢s temprano de lo usual, y me qued¨¦ admirando mi anillo hecho de zafiro. En mi vida anterior nunca me hab¨ªa puesto ni un solo anillo... Qu¨¦ s¨¦ yo, es divertido llevar uno si es que tiene un significado importante, al menos as¨ª lo veo ahora. Creo que esta noche se me traspasaron algunas part¨ªculas m¨¢gicas de Mirella a m¨ª... Me hab¨ªa olvidado de eso, porque ayer se me acabaron todas cuando quit¨¦ las pieles a los animales. Cosas buenas de dormir juntos. De pronto, un pensamiento asalt¨® mi cabeza: deb¨ªa hacer sentir bien y tranquila a Aya. La mayor¨ªa de la comida se agot¨® anoche y hay que cazar bastante. Me deslic¨¦ lentamente para no despertar a Mirella, cuidando de no hacer ruido, y avanc¨¦ hasta donde sab¨ªa que Aya sol¨ªa descansar. La encontr¨¦ envuelta en su yukata blanco, sentada contra una de las paredes, cerca de las gemelas. Dorm¨ªa profundamente; su pecho sub¨ªa y bajaba con un ritmo tranquilo. Por un momento, me qued¨¦ simplemente mir¨¢ndola. Hab¨ªa algo casi hipn¨®tico en la forma en la que la luz suave del amanecer empezaba a filtrarse por la entrada de la cueva, dibujando reflejos en su pelo blanco. Sus orejas puntiagudas se movieron un poco, como si notara mi presencia, pero no se despert¨®. Era una figura de fuerza y serenidad, y al mismo tiempo, hab¨ªa algo en ella que despertaba una parte m¨¢s... humana de m¨ª. Mis dedos se movieron casi por reflejo y, con delicadeza, los apoy¨¦ en su hombro. Aya abri¨® un ojo, parpadeando lentamente hasta que sus pupilas anaranjadas se enfocaron en m¨ª. Una sonrisa leve se form¨® en sus labios, y en lugar de apartarme, se movi¨® un poco para darme espacio. "?Qu¨¦ haces despierto tan temprano, Luciano?" "Nada... Me gustar¨ªa que te pusieras un poco de costado mientras hablamos un rato". "?As¨ª?" Pregunt¨®, girando un poco sobre s¨ª misma en el suelo. "S¨ª". Casi de manera autom¨¢tica, mis manos comenzaron a apartar su cabello y a echar un poco hacia atr¨¢s la tela que cubr¨ªa sus hombros. "La verdad es que pens¨¦ que un poco de atenci¨®n no te vendr¨ªa mal", agregu¨¦, comenzando a masajearle los hombros, sintiendo c¨®mo los m¨²sculos se relajaban bajo mis dedos. En realidad, no ten¨ªa ni la m¨¢s m¨ªnima idea de c¨®mo hacer un buen masaje; solo mis dedos se mov¨ªan y ya. Aya solt¨® un suspiro casi imperceptible y cerr¨® los ojos, dej¨¢ndose llevar por el momento. Su cuello se inclin¨® un poco hacia adelante, dejando al descubierto la curva de su nuca, y mis manos se deslizaron, tomando un poco m¨¢s de su piel. "?Y qu¨¦ se supone que es este tipo de atenci¨®n?" "Es para relajar tu cuerpo". "Luciano..." Murmur¨®, y no pude evitar notar c¨®mo su voz se suavizaba, casi vulnerable. "?Est¨¢s preocupado por algo?" ?C¨®mo explicarle que s¨ª, que siempre hab¨ªa algo que me preocupaba? De hecho, me preocupaba por dem¨¢s. La seguridad de todos, el futuro, la incertidumbre de lo que podr¨ªa pasar en un mundo tan primitivo... Pero ahora, en este momento, todo eso parec¨ªa esfumarse. "Siempre hay algo, Aya", respond¨ª, manteniendo el tono bajo para no romper el encanto de la madrugada. Me di cuenta de que mis manos segu¨ªan viajando por sus hombros y bajaban a sus brazos, abriendo un poco m¨¢s sus ropas. Su piel era c¨¢lida al tacto. De hecho, su temperatura corporal parec¨ªa ser m¨¢s alta que la de los humanos. Supongo que el vivir todo el tiempo con este tipo de ropa un poco m¨¢s abrigada que la nuestra la ha hecho as¨ª. "Deber¨ªamos... prepararnos para el d¨ªa", susurr¨®, rompiendo el silencio mientras una de sus colas se enroscaba suavemente alrededor de mi mu?eca. ?Qu¨¦ significaba ese movimiento? M¨¢s all¨¢ de eso, parece poder mover las colas a su antojo. Todos los d¨ªas se aprende algo nuevo. La toqu¨¦ con la punta de mis dedos, sintiendo la suavidad sedosa de su pelaje. "Todav¨ªa es temprano", sonre¨ª, con un dejo de travesura en la voz. Luego, mir¨¦ hacia un costado, notando que las gemelas segu¨ªan completamente dormidas. "Unos minutos m¨¢s no le hacen mal a nadie". "?Y si los dem¨¢s se despiertan?" Pregunt¨®, aunque no parec¨ªa particularmente preocupada. "Bueno, si los dem¨¢s se despiertan... que miren. Aunque dudo que les interese lo que hago por las ma?anas". La verdad es que no ten¨ªa mucho sentido lo que dije. Solo quer¨ªa terminar el masaje para contentarla un poco antes de decirle que estar¨ªa activa casi todo el d¨ªa. "Se siente bien..." Aya se acomod¨®, permitiendo que mis manos viajaran un poco m¨¢s hacia su espalda. Su yukata se movi¨® ligeramente, dejando al descubierto un poco m¨¢s de piel. Tengo que parar o esto se nos va a ir de las manos. Me acerqu¨¦ a su o¨ªdo por detr¨¢s mientras le acomodaba la ropa a su posici¨®n normal. "Estos d¨ªas vamos a necesitar que nos ayudes bastante. ?Podemos contar con vos?" En ese momento, su cola, que antes estaba agarrada con fuerza a mi mu?eca, se desenrosc¨®. "S¨ª, claro. Siempre estar¨¦ ayud¨¢ndoles en lo que necesiten", respondi¨®, girando la mirada hacia m¨ª. Su voz, normalmente tan firme y segura, son¨® m¨¢s baja cuando volvi¨® a hablar, como si se le escapara sin querer. "Luciano, hay cosas que me recuerdan... a un pasado muy lejano", dijo. Sus ojos se perdieron un segundo en alg¨²n punto del techo de la cueva, antes de volver a enfocarse en m¨ª. ?Qu¨¦ pasar¨ªa si realmente me hubiera dejado llevar? Si el mundo prehist¨®rico en el que est¨¢bamos no importara por unos momentos, si no fuera consciente de las diferencias, del hecho de que yo era mucho m¨¢s joven en cuerpo que ella. Aya siempre hab¨ªa sido una figura de madurez y fortaleza, pero ahora, en este momento, hab¨ªa algo de fragilidad en su expresi¨®n que me hac¨ªa cuestionarme todo.Stolen novel; please report. Carajo... Debo dejar de pensar en cosas raras. Ac¨¢ no hay nada de romance, no por ahora. Poco tiempo pas¨® hasta que todos finalmente se levantaron. Apenas quedaban algunas papayas y mandarinas para desayunar, as¨ª que era definitivo el hecho de que hab¨ªa que salir a cazar, y mucho. Ya casi terminando de comer, tuve que hablar. "Quiero que salgan a cazar todos, como si fuera un d¨ªa normal. Despu¨¦s veremos qui¨¦nes vamos a ir a seguir consiguiendo madera". Antes de que alguien pudiera responder, Mirella se puso a volar en medio de todos. "?Yo quiero ir a hacer la casa!" "?Hey, yo tambi¨¦n quiero!" Le sigui¨® Samira. Me levant¨¦ y les dirig¨ª una mirada a todos, intentando poner orden antes de que las cosas se descontrolaran. ¡°Escuchen bien, hoy necesitamos que todos salgan a cazar. Nos estamos quedando sin comida y no podemos permitirlo. Tar¨²n, Luc¨ªa y yo nos quedaremos aqu¨ª, ya que somos los menores y no queremos correr riesgos. Cuando baje el sol, todos juntos iremos a trabajar en la construcci¨®n de la casa¡±. El chiste estaba en aprovechar este momento para alejar a Rundia de mi mam¨¢ y as¨ª poder hablar con ella. Rundia levant¨® una ceja y me observ¨® por un segundo, como si evaluara mis palabras. Sab¨ªa que ella era protectora y que casi no sal¨ªa a recolectar comida. Tras un breve momento, asinti¨® y esboz¨® una peque?a sonrisa de confianza. No hizo falta que dijera nada m¨¢s; sus ojos hablaron por ella. El resto de los adultos y las gemelas se prepararon, tomando sus herramientas y asegur¨¢ndose de que todo estaba en orden antes de partir. Rundia se acerc¨® a mi mam¨¢, que estaba sentada al lado m¨ªo, y le dio un beso en la frente. "P¨®rtate bien y haz caso a tu hermano, ?s¨ª?" "S¨ª, mam¨¢". En poco tiempo, se oyeron los pasos de todos alej¨¢ndose. Aya se volvi¨® una ¨²ltima vez para mirarme y, con un gesto casi imperceptible, dej¨® que una de sus colas me rozara la mano, una especie de despedida silenciosa. Mirella, Samira y Suminia estaban a la cabeza del grupo, discutiendo qui¨¦n encontrar¨ªa m¨¢s presas primero. Y, finalmente, la cueva qued¨® en un silencio pac¨ªfico. Suspir¨¦, aliviado. Un calor familiar me recorri¨® el cuerpo al darme cuenta de lo que significaba esta situaci¨®n. Por fin, Rundia se hab¨ªa marchado confiando en que Luc¨ªa estar¨ªa bien conmigo. No era com¨²n que me dejara a solas con ella, siempre tan atenta y protectora. El hecho de que hubiera accedido significaba que estaba muy comprometida con todo esto. "Qu¨¦ obediente que sos, eh", susurr¨¦ antes de que Tar¨²n viniera correteando hacia nosotros. "?Jugamos?" Tra¨ªa una piedra bastante grande entre sus manos. "?Y qu¨¦ se supone que jugar¨ªamos con eso?" "Quiero que hagas lo que hiciste la otra vez con mi hermano Kiran, eso que rodaba y..." Tir¨® una patada al aire. "?Pum! Sal¨ªa disparada hacia delante". Este quiere jugar al f¨²tbol. "Ah... s¨ª. D¨¢mela y te hago esa cosa". Casi de manera autom¨¢tica, ¨¦l me alcanz¨® la piedra y se puso a saltar por todos lados. Bajo la atenta mirada de mi madre, me puse a moldear la piedra en una esfera hueca. Una vez ya lista, se la entregu¨¦. "Jug¨¢ un rato solo. En un ratito voy". "?S¨ª!" A los gritos, se puso a mover la esfera de piedra con las manos y con los pies. "?Por cierto, eso se llama pelota!" "?S¨ª! ?Pedota!" "No, pelota se dice. Pe-lo-ta". "?Pelota!" Grit¨® y volvi¨® a seguir jugando cerca de la salida de la cueva. A veces es muy tierno. ¡°Bueno, parece que tenemos un rato para nosotros dos, ?no?¡± Dije mientras me giraba hacia ella. Luc¨ªa me mir¨® y, por un instante, sent¨ª que esos ojos oscuros y profundos eran los mismos que yo ya conoc¨ªa muy bien de mi vida pasada. Luc¨ªa me observaba en silencio, sin responder. La luz del d¨ªa iluminaba su peque?o rostro y resaltaba la pesta?a roja en su p¨¢rpado derecho. ¡°?Sab¨ªas que tu padre segu¨ªa vivo cuando me fui?" Solt¨® de repente, rompiendo el momento de silencio. Sus palabras me golpearon como una ola de nostalgia, trayendo consigo una mezcla de emociones que no sab¨ªa c¨®mo manejar. Ese era un tema que hab¨ªa tratado de no tocar, pero se ve que ella estaba dispuesta a hablar. "?En serio?" Pregunt¨¦, tratando de disimular la sorpresa y la tensi¨®n en mi voz. Mis manos se cerraron y abrieron de manera inconsciente mientras me escuchaba. "Lo siento mucho, mami. Todo fue por mi culpa". Ella neg¨® con la cabeza mientras miraba hacia delante. "No, no es culpa de nadie. As¨ª fue el destino". "Entonces..." "Hasta el ¨²ltimo momento, Leo estaba ah¨ª, cuid¨¢ndonos como siempre lo hac¨ªa. Fuerte, aunque su mirada a veces se notaba m¨¢s apagada. Y tu hermana... Bueno, ella se aferr¨® a todo lo que pudo. Estaba devastada, pero no dej¨® que la tristeza la venciera... Eso creo", continu¨® Luc¨ªa, con su voz a¨²n infantil pero cargada de una templanza imposible para su edad. No pude evitar sonre¨ªr, aliviado por un instante al saber que, al menos, en la Tierra ellos segu¨ªan adelante. Pero esa chispa de felicidad pronto fue reemplazada por un pensamiento oscuro, insidioso y casi culpable... ?C¨®mo ser¨ªa si todos estuvi¨¦ramos aqu¨ª juntos? Si la vida tambi¨¦n hubiera reclamado a Leo y a Agustina... Me estremec¨ª, sintiendo una punzada de verg¨¹enza al darme cuenta de lo que estaba pensando. ?Qu¨¦ clase de hijo soy al siquiera pensar eso? Pero el deseo estaba ah¨ª, latente y sin pedir permiso. Parte de m¨ª quer¨ªa tenerlos cerca, aqu¨ª, en este mundo donde todo era tan desconocido y primitivo. Donde hab¨ªa aprendido a sobrevivir sin ellos, pero donde cada d¨ªa segu¨ªa ese hueco en el pecho que ning¨²n logro pod¨ªa llenar. "Luciano, ?est¨¢s bien?" La voz de mi mam¨¢ me devolvi¨® al presente. Me di cuenta de que hab¨ªa estado mirando al suelo, con los m¨²sculos de la mand¨ªbula tensos. "Perd¨®n, solo estaba... pensando". Tar¨²n pas¨® corriendo, la pelota de piedra rodando delante de ¨¦l y risas infantiles llenando la cueva. Parec¨ªa que en ¨¦l no hab¨ªa lugar para las tristezas ni los pensamientos oscuros. "Me pregunto si ellos tambi¨¦n sienten esta conexi¨®n. Si, de alguna manera, saben que estamos bien", murmur¨¦, m¨¢s para m¨ª que para ella. "Supongo que solo queda seguir viviendo". "Tal vez. Qui¨¦n sabe c¨®mo funcionan las cosas en este nuevo mundo. Lo que es seguro es que el amor no se va, Luciano. Ni en la Tierra, ni aqu¨ª". Sonre¨ª. "Es cierto", dije, levant¨¢ndome y sonriendo un poco m¨¢s sinceramente. "Vamos a jugar un rato con Tar¨²n. Hoy es un buen d¨ªa para recordar por qu¨¦ seguimos adelante". Mi mam¨¢ sonri¨® y asinti¨®, levant¨¢ndose con la torpeza de su peque?o cuerpo. Tom¨¦ su mano y caminamos hacia Tar¨²n, que segu¨ªa riendo y saltando, sin preocupaciones, como si el mundo entero estuviera en equilibrio solo por esa tarde. A pesar de todas las complicaciones, y a pesar de esa enorme herida en el pasado, puedo decir que sigo siendo feliz. Eso es lo que importa y por lo que sigo luchando. *** Pasaron varias horas hasta que todos volvieron con una gran carga de comida. Si pongo el foco en los animales cazados, tenemos dos conejos, una iguana y ocho pescados. Aya se luci¨®. "?Excelente trabajo, todos! Son incre¨ªbles, de verdad". "Solo hicimos lo de siempre", respondi¨® Aya con modestia, aunque la curvatura de sus labios delataba una ligera sonrisa de satisfacci¨®n. Mirella se pos¨® r¨¢pidamente sobre mi hombro. "?Yo soy una gran cazadora! ?S¨ª!" Exclam¨®, haciendo un sonido de aprobaci¨®n para s¨ª misma que me hac¨ªa acordar a los gnomos. Mientras todos pasaban hacia el interior de la cueva, nadie se dio cuenta de lo que llevaba puesto en mis pies. "Esperen, ?realmente nadie se dio cuenta?" Dije al aire. "?Qu¨¦ cosa?" Pregunt¨® Mirella. Golpe¨¦ un poco el piso, la madera bajo mis pies sonando fuertemente. "Miren mis pies. Me hice mi propio calzado, y todav¨ªa queda para hacer dos m¨¢s con lo que trajeron ahora". "?Wow! ?Con raz¨®n no las vi, son diferentes!" Grit¨® al bajar al suelo. Claro, este calzado no era como los anteriores que hice para las gemelas. Estas eran unas ojotas, de esas que hay que meter una tira entre el dedo gordo y el del lado. Pero no se quedaba solo ah¨ª, sino que para hacerlo m¨¢s c¨®modo para correr le puse dos tiras que se ataban detr¨¢s del tal¨®n. De paso, no se escuchar¨ªa ese ''clap, clap, clap'' que se genera al caminar. "?Luc¨ªa tambi¨¦n tiene calzado!" Grit¨¦. Casi que no hab¨ªa terminado de hablar cuando Samira, con sus ojos brillando de curiosidad y las manos en la cadera, solt¨® una queja en voz alta. ¡°?Oye, yo tambi¨¦n quiero unas de esas! Mis pies necesitan algo m¨¢s c¨®modo. Las que hiciste para nosotras est¨¢n bien, pero ahora not¨¦ que se mojan mis pies¡±, protest¨®, inflando las mejillas en una mueca infantil. No pas¨® un segundo antes de que Suminia se uniera al coro de quejas. ¡°?S¨ª, y a m¨ª se... se me meten piedritas dentro del pie! ?No es justo que Luc¨ªa y t¨² tengan algo mejor y nosotras no!¡± Uh... Me acabo de dar cuenta de que cuando vivamos en la playa, se nos va a meter la arena entre los pies a cada rato. Rundia, que acababa de terminar de acomodar las frutas, mir¨® mis pies de reojo y solt¨® una carcajada suave. ¡°Vaya, parece que tienes trabajo acumulado, Luciano. Te agradezco por hacerle la ropa a Luc¨ªa¡±. "S¨ª, no fue nada". De repente, todos comenzaron a hablar a la vez, creando un bullicio ca¨®tico en la cueva. Hasta Tar¨²n, que hab¨ªa estado durmiendo luego de haberse cansado de jugar tanto, se levant¨® y corri¨® hacia m¨ª. ¡°?Yo tambi¨¦n puedo tener esas... esas piedotas en mis pies?¡± Dijo, claramente confundido con el nombre, pero con los ojos llenos de emoci¨®n. "Es un calzado, Tar¨²n". Mirella, que hab¨ªa estado observando todo con un brillo competitivo en sus ojos, se cruz¨® de brazos y, desde el suelo, con su peque?a altura, elev¨® la voz. ¡°?Yo tambi¨¦n quiero unas! Quiero ir a perseguir animales y correr m¨¢s r¨¢pido sin preocuparme por lastimarme los pies¡±. "?Pero si vos vol¨¢s!" Mir¨¦ alrededor y me encontr¨¦ rodeado de caras expectantes. Todos quer¨ªan el mismo calzado. El murmullo de peticiones, comentarios y preguntas se intensificaba con cada segundo que pasaba. Levant¨¦ las manos para tratar de calmar la situaci¨®n. ¡°?Est¨¢ bien, est¨¢ bien! Haremos unas ojotas para todos, pero voy a necesitar tiempo y m¨¢s materiales. Quiero que se organicen para ma?ana conseguir m¨¢s piel de conejo y yo har¨¦ lo mejor que pueda¡±. "?Ojotas?" Pregunt¨® Anya. "No entiendo". "Ah... Ojotas, claro... Ese es el nombre de mi nuevo calzado". "Pero si ya se llama calzado, ?por qu¨¦ le pondr¨ªas otro nombre?" Me rasqu¨¦ la nuca, la verdad es que no sab¨ªa c¨®mo explicarle. "Bueno, como se ve¨ªa distinto, quise ponerle otro nombre. Al mismo tiempo es un calzado, pero se llaman ojotas". "Pero... no entiendo", respondi¨®, intentando buscar una mirada en Rundia, que tampoco parec¨ªa comprender lo que yo dec¨ªa. ¡°?No tiene sentido!¡± Elev¨® la voz, sacudiendo la cabeza. ¡°Si ya tenemos una palabra para eso, ?por qu¨¦ crear otra? ?No es solo m¨¢s confuso?¡± Era la primera vez que ve¨ªa a Anya as¨ª. Creo que se est¨¢ frustrando. "Es como cuando dije que la cueva y la casa son diferentes, aunque ambas sean lugares para vivir. Y si es un lugar para vivir y es nuestro, le llamar¨ªamos hogar, ?verdad? Lo mismo pasa con esto: hay tipos de calzado que se usan para diferentes cosas y tienen nombres diferentes. Estas ¡®ojotas¡¯ son un tipo especial de calzado que se usa para que tus pies respiren mejor y se sientan c¨®modos en climas calurosos". "?Ojotas!" Grit¨® Luc¨ªa con un tono infantil mientras agarraba mi mano. Parec¨ªa querer cortar un poco la tensi¨®n. Anya abri¨® la boca para replicar, pero se detuvo. Vi c¨®mo su ce?o se relajaba poco a poco mientras asimilaba lo que dec¨ªa. Se llev¨® una mano al ment¨®n y mir¨® hacia la entrada de la cueva, donde las sombras se alargaban con la inminente llegada de la noche. "Ma?ana organizaremos todo lo del calzado". Finalmente, quit¨¦ las pieles de los animales, comimos una buena comida, recargamos part¨ªculas en el arroyo y nos fuimos todos para la playa. Hab¨ªa llegado el momento de tomar una decisi¨®n importante. Mir¨¦ la l¨ªnea de ¨¢rboles que bordeaba la playa. ?Deb¨ªa seguir haciendo lo que, sin pensar, hice ayer y arrancarlos de ra¨ªz? ?O ser¨ªa mejor cortar una parte y permitir que, con el tiempo, esos troncos volvieran a crecer? Me llev¨¦ la mano al ment¨®n mientras meditaba sobre las consecuencias. Si los dejaba a medias, tal vez la regeneraci¨®n de los ¨¢rboles tomar¨ªa a?os, pero podr¨ªa mantener algo de la naturaleza intacta. Sin embargo, sab¨ªa que, si quer¨ªa un ¨¢rea amplia y segura para los cultivos, lo mejor ser¨ªa retirarlos completamente. La magia que controlaba me permitir¨ªa hacerlo sin un esfuerzo f¨ªsico agotador. Me acerqu¨¦ a Aya mientras intentaba decidirme. "Aya, hoy tenemos que conseguir bastante madera. ?Te sent¨ªs muy cansada? Por lo que vi... lo hiciste muy bien con los pescados". "?Te parece? La mayor¨ªa los cac¨¦ yo. Y no, no estoy cansada, as¨ª que voy a ayudarte". "Eso quer¨ªa escuchar, Aya. Ahora vayamos a conseguir la mayor cantidad de madera posible". Una vez estando sobre donde estaba el ¨¢rbol que tiramos abajo ayer, finalmente me decid¨ª por quitar al menos unos doce o veinte ¨¢rboles y crear una especie de cuadrado donde en un futuro podamos arar la tierra. La verdad es que no tengo ni idea de c¨®mo o qu¨¦ deber¨ªamos cultivar. Y si no hacemos eso, construir¨¦ un corral para criar animales. Algo vamos a terminar haciendo. Apoy¨¦ las manos sobre la tierra y, usando magia, extirp¨¦ las ¨²ltimas ra¨ªces que quedaban, junt¨¢ndolas y d¨¢ndoles una forma de cubo. "Tom¨¢, Aya. Llev¨¢ esto a uno de los bolsones vac¨ªos y volv¨¦". Ella tom¨® el cubo de madera entre sus manos y lo olfate¨® un poco antes de irse trotando hacia los bolsones que estaban cerca de la orilla. Ah¨ª estaban esperando los dem¨¢s para recoger todo lo que quedara cuando cayeran los ¨¢rboles. Aya volvi¨® y volv¨ª a usar mi magia para hacer un corte r¨¢pido en el tronco. "?Ahora!" Grit¨¦ y ambos empujamos de cada lado para que el ¨¢rbol caiga. Esta vez me asust¨¦ un poco, porque cuando cay¨®, el mismo tronco rod¨® sobre la base que le quedaba y choc¨® contra otro ¨¢rbol cerca de m¨ª antes de caer hacia la arena. El lugar se llen¨® de hojas y Aya se abraz¨® a m¨ª, por m¨¢s que ya hubiera pasado. "?Est¨¢s bien?" Pregunt¨® r¨¢pidamente mientras me quitaba una hoja de la cabeza. El coraz¨®n me lat¨ªa a mil por hora y solt¨¦ una carcajada nerviosa. Ver a Aya abrazada a m¨ª, mir¨¢ndome con preocupaci¨®n mientras intentaba despejarme de las hojas, me hizo tranquilizarme. "Tranquila, tranquila, est¨¢ todo bien, fue solo un peque?o... error de c¨¢lculo. Supongo". Antes de que pudiera decir algo m¨¢s, escuch¨¦ un par de pasos apurados acerc¨¢ndose. Era Rundia, que ven¨ªa corriendo con una expresi¨®n de alarma, y detr¨¢s de ella, Rin, que manten¨ªa el paso firme, pero miraba la situaci¨®n con el ce?o fruncido, claramente evaluando si hab¨ªa que preocuparse o si solo era una de mis locas ideas que hab¨ªa salido un poco mal. "??Qu¨¦ pas¨®?!" "Tranquila, mam¨¢. Solo fue un peque?o error de c¨¢lculo". "Me hiciste dar un susto..." Pas¨¦ al lado de Rin mientras miraba a Mirella volar cerca, pero sin decir nada. La magia fluy¨® desde mis palmas hasta el ¨¢rbol, envolviendo mis dedos en un resplandor tenue. Cerr¨¦ los ojos y me concentr¨¦ en separar las ramas peque?as del tronco principal, dej¨¢ndolas caer al suelo mientras me enfocaba en pulir la estructura principal. Sent¨ª la textura de la madera ceder bajo el flujo de part¨ªculas, desprendi¨¦ndose algunas ramas un poco m¨¢s grandes. Ni siquiera hizo falta decirles a los dem¨¢s que empezaran a recoger las ramas y hojas, ni siquiera a las gemelas o Mirella. Parec¨ªa que alguien ya les hab¨ªa hablado sobre nuestro anterior trabajo. Los dej¨¦ seguir trabajando mientras me acercaba de nuevo a donde yac¨ªa la base de tronco con sus ra¨ªces bajo tierra. "Tengo que buscar otra forma de corte. Tal vez... ?Un corte oblicuo? As¨ª caer¨ªa al instante", dije al aire mientras quitaba todo, dejando el suelo liso y cinco cubos de madera sobre el suelo. No puedo decir que todos ellos ocupen el mismo volumen, pero¡­ tienen aproximadamente veinticinco cent¨ªmetros cada lado. Cargu¨¦ tres de ellos mientras sacaba c¨¢lculos matem¨¢ticos que realmente no servir¨ªan de mucho. Dej¨¦ los cubos en un bols¨®n y me agach¨¦ un poco para ver el anterior cubo que dej¨® Aya. La manera en que los cubos estaban dispuestos en su interior me dio una idea de cu¨¢ntos m¨¢s podr¨ªa encajar en cada bolsa. Coloqu¨¦ un cubo junto a otro, marcando un patr¨®n imaginario de 3x3 en el fondo. Observ¨¦ la forma en que se podr¨ªan alinear, con los bordes toc¨¢ndose apenas. De pronto se me ocurri¨® una idea que podr¨ªa mejorar la percepci¨®n de lo que es una casa. Voy a hacer una maqueta de madera con estos cubos. Mir¨¦ un poco m¨¢s all¨¢ de la orilla. En el horizonte el sol ya se estaba poniendo; faltaban pocos minutos para que sea de noche. No importa, seguiremos trabajando. Mir¨¦ los otros bolsones detenidamente. Ten¨ªamos este bols¨®n con los cubos, tres y medio con ramas y uno entero de hojas. Todav¨ªa quedaban seis libres. Corr¨ª r¨¢pidamente hacia los ¨¢rboles. Aya estaba ah¨ª parada, mirando uno de los cubos que sosten¨ªa en su mano. Mierda, mis pies comienzan a sudar. No me imagino c¨®mo deben estar transpirando los de Samira y Suminia. Ese tipo de calzado no es adecuado para este clima. "?Seguimos?" Pregunt¨¦. "Claro. ?Cu¨¢ntos m¨¢s faltan?" "Al menos dos m¨¢s". "Est¨¢ bien, sigamos". Mir¨¦ mejor el siguiente ¨¢rbol; esta vez deb¨ªa probar el corte que hab¨ªa pensado. "Voy a intentar hacerlo de otro modo". "?Y qu¨¦ hago yo entonces?" "Decile a los dem¨¢s que se alejen, que va a caer otro ¨¢rbol". "?Oigan todos! ?Luciano va a dejar caer otro ¨¢rbol!" Vamos, ahora s¨ª deb¨ªa funcionar. Cap铆tulo 35: Un nuevo ayudante. Usando magia, cort¨¦ r¨¢pidamente la parte baja del tronco de manera oblicua. "?A un costado!" Grit¨¦, mi voz dirigida a Aya. R¨¢pidamente, Aya dio un salto hacia atr¨¢s, pero el ¨¢rbol no se mov¨ªa. ?Fue un corte demasiado perfecto? Me puse detr¨¢s del tronco y lo empuj¨¦ lo m¨¢s fuerte que pude; ah¨ª reci¨¦n comenz¨® a deslizarse hasta tocar el suelo y finalmente caer hacia delante. "?Funcion¨®! Ahora lo har¨¦ de esta forma". "No entend¨ª qu¨¦ pas¨®... ?C¨®mo hiciste?" Pregunt¨® Aya, que ya ten¨ªa a Mirella a su lado. "?Qu¨¦ incre¨ªble, otro ¨¢rbol abajo!" "Solo hice un corte especial para que cayera hacia delante", respond¨ª, se?alando el toc¨®n que hab¨ªa quedado. Los dem¨¢s comenzaron a acercarse al escuchar la ca¨ªda del ¨¢rbol. Rundia y Samira llegaron primero. "Estamos listos", dijo Rundia. "Ah¨ª voy". Volv¨ª a repetir el mismo proceso que antes: separ¨¦ las ramas del tronco principal y los dem¨¢s las fueron guardando. Aya, que parece que se hab¨ªa quedado a mi lado mirando, se puso en frente m¨ªo. "Luciano, hay algo en lo que he estado pensando. Si estamos construyendo un hogar, debemos protegerlo. Deber¨ªamos considerar una barrera, una protecci¨®n m¨¢gica". La mir¨¦ mejor; estaba cargando los dos cubos que hab¨ªan quedado sueltos. "Ah, s¨ª. Ya hab¨ªa pensado en eso. Quiero que vayas practicando a hacer barreras de diferentes formas, no solo que sean rectas". "?M¨¢s... formas?" "S¨ª, podr¨ªas ir practicando el deformar tus barreras. Puede ser dif¨ªcil, pero s¨ª vas a poder hacerlo". Ella apret¨® los cubos contra su cuerpo m¨¢s fuertemente mientras los sosten¨ªa entre sus brazos. "Nunca lo hab¨ªa pensado". "?C¨®mo que no? No puedo ver las tres barreras que protegen nuestra cueva, pero... ?Acaso no lo hiciste a medida con los bordes? Y no son rectos". Ella abri¨® muy grandes los ojos al escuchar mis palabras. "Yo..." Murmur¨® y, de un momento a otro, una sonrisa colm¨® su rostro. "?Me esforzar¨¦, te lo prometo!" Con esas ¨²ltimas palabras llenas de emoci¨®n, se fue corriendo a guardar su carga. "?D¨¦jalos bien acomodados!" Grit¨¦, pero justo en ese momento, un gru?ido a mis espaldas rompi¨® con la tranquilidad de la ahora noche. "?Hmph! Ya veo que tienes una nueva mejor amiga, ?no? Todo solo porque te est¨¢ ayudando". "Mirella, ya hab¨ªamos hablado sobre esto, que no deb¨ªas tener estos ataques de celos", respond¨ª a sus protestas, sent¨¢ndome sobre el tronco. "No hay ninguna mejor amiga, ni hay nada raro, ni tampoco deber¨ªas preocuparte tanto por c¨®mo yo trato a los dem¨¢s". "?Ah, s¨ª? ?Entonces solo tengo que dejar que la toques y ya? Porque se ve que te gusta mucho tocar su cuerpo". Ah, lo del masaje... Suspir¨¦ y observ¨¦ c¨®mo Mirella inflaba sus mejillas, los brazos cruzados frente a su pecho en un claro gesto de molestia. Las luces de sus part¨ªculas m¨¢gicas brillaban en su pelo lacio y rubio, resaltando sus ojos verdes que ahora me miraban con un brillo intenso, casi desafiante. "Solo la estaba ayudando a relajarse". Baj¨¦ la mirada al suelo, pensando en todas las veces que hab¨ªamos pasado juntos momentos similares, con Mirella celosa de algo o de alguien. Me pregunt¨¦ por qu¨¦ le afectaban tanto estas cosas. ?Era porque yo hab¨ªa sido quien la liber¨® de la piedra? ?O hab¨ªa algo m¨¢s...? "?Ja! Siempre tienes una excusa perfecta, ?no? Pero, ?qu¨¦ hay de m¨ª? ?Cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que me miraste de esa forma o me tocaste como...?" La tom¨¦ r¨¢pidamente entre mis manos, tap¨¢ndole la boca. Justo estaba pasando Rin frente a nosotros. Le hice una risita nerviosa a la pasada. ¨¦l tambi¨¦n sonri¨® y sigui¨® cargando unas ramas. Sent¨ª unos peque?os mordiscos antes de soltar su cuerpo. Ella sali¨® como una r¨¢faga de luz para mirarme desde arriba. "?Hey!" "Eso te pasa por hablar payasadas". "??Qu¨¦ son payasadas!?" A la pasada, Anya nos mir¨® raro. "Nada, nada. Tengo que seguir trabajando para construir nuestra casa, as¨ª que si me lo permites..." Dije, pasando a su lado y yendo hacia el cuarto ¨¢rbol en fila para sacar. Me acerqu¨¦ al siguiente ¨¢rbol, que estaba al lado del ¨²nico toc¨®n en pie, enfocando toda mi atenci¨®n en la base del tronco. Esta vez, el corte oblicuo ten¨ªa que hacer que cayera autom¨¢ticamente. Deslic¨¦ la palma lentamente por el costado del ¨¢rbol, proyectando el corte en mi mente antes de ejecutarlo. Un destello ilumin¨® un poco mis manos, y el tronco empez¨® a crujir con un sonido bajo y profundo. Di un paso al costado, atento a cualquier movimiento. "?Todos atr¨¢s, va a caer!" Grit¨¦, asegur¨¢ndome de que nadie estuviera en el rango de ca¨ªda, aunque ya parec¨ªan haber terminado. Le di un tiempo de espera y el ¨¢rbol comenz¨® a inclinarse, primero de forma lenta y luego con m¨¢s rapidez, como si entendiera que su destino ya estaba sellado. Cay¨® con un estr¨¦pito que hizo vibrar el suelo y levant¨® una nube de hojas y arena. Al final, tard¨® como unos veinte segundos en caer. Creo que a los siguientes los terminar¨¦ empujando un poco y ya. Total, teniendo ese tipo de corte, no creo que caiga encima m¨ªo, ?no? Con un movimiento de la mano sobre el tronco ca¨ªdo, canalic¨¦ m¨¢s magia para separar las ramas del tronco principal y las ramas terminaron cayendo en montones a los lados. Era como si el ¨¢rbol se desarmara por s¨ª solo ante mis ojos. Creo que este fue el m¨¢s grande que conseguimos hasta ahora. "?Perfecto!" Escuch¨¦ la voz de Samira a la distancia. Cuando mir¨¦ hacia ella, vi su expresi¨®n de alegr¨ªa. Tar¨²n y Suminia ya se acercaban con pasos r¨¢pidos para recoger todo. Me permit¨ª un momento de pausa, observando la escena. Me di cuenta de que mi mam¨¢ estaba acostada sobre la arena, mirando hacia el cielo. Lo que ella piensa sobre esta nueva vida todav¨ªa sigue siendo un enigma. Mirella, a pesar de su reciente ataque de celos, tambi¨¦n estaba ayudando, aunque de vez en cuando lanzaba miradas furiosas hacia donde me encontraba. Me pregunto por qu¨¦ habr¨¢ dicho esas cosas, de que la mirara y la... tocara. Es un poco raro, m¨¢s sabiendo que yo fui el que par¨® lo que est¨¢bamos haciendo con Aya. Ya lo hemos hablado tantas veces que va a llegar un punto en el que voy a pensar que tiene un problemita personal con eso. ?Ser¨¢ que el pacto de mejores amigos tendr¨¢ algo que ver? *** Saltemos unos d¨ªas. Hoy mi mam¨¢ cumpl¨ªa once meses. Qu¨¦ lindo, es una ternurita. Al final, paramos de tirar ¨¢rboles abajo. En realidad, no terminamos trabajando todos los d¨ªas, ya que se hac¨ªa un poco repetitivo y empez¨® a ser agotador cuando comenc¨¦ a cortar los ¨¢rboles de m¨¢s atr¨¢s y tuvimos que empujar entre todos, porque no me iba a poner a cortarlos todos en fila. Quedar¨ªa feo y, adem¨¢s, no iba a poder cumplir mi objetivo secundario, que consist¨ªa en armar un lugar cuadrado o rectangular para futuros cultivos o lo que sea. Como resumen del tema de la recolecci¨®n de materiales, terminamos con once ¨¢rboles menos y constru¨ª m¨¢s bolsones que se repart¨ªan entre doce con veintisiete cubos de madera cada uno y tres llenos de hojas. Adem¨¢s de eso, ya todos vestimos las ojotas que dise?¨¦ y les ense?¨¦ a hacer el nudo ese que se hace en los zapatos. Con eso aprendido, tenemos las dos tiras atadas en los talones. Al que m¨¢s le cost¨® fue a Tar¨²n, que intent¨® cientos de veces hasta que le termin¨® saliendo. Actualmente tenemos varias pieles sobrantes de conejo, dos de serpiente y cuatro de iguana. Esto es algo nunca visto, porque la mayor¨ªa de las pieles se destrozaban cuando los adultos las quitaban con las manos, as¨ª que ahora se aprovecha mucho m¨¢s y no tenemos que comer comida con pelos. "Entonces... ?A d¨®nde estamos yendo?" La voz era de Mirella, que me estaba acompa?ando mientras yo caminaba por la playa. Mir¨¦ hacia el cielo nublado. Por lo general, los d¨ªas suelen estar soleados. Al menos ahora tenemos un poco de sombra para as¨ª volver al trabajo. "Estamos yendo a la cueva donde vive Tariq. ¨¦l me dijo que quer¨ªa hablar conmigo para que le explique lo que estamos haciendo". "?Lo que estamos haciendo?" "S¨ª, lo de la casa". "?Ah! Entonces Tariq tambi¨¦n va a hacer una casa". "Eso... es complicado. Por ahora vamos solo a hablar, ya veremos qu¨¦ pasa en un futuro". "Est¨¢ bien, pero ?cu¨¢ndo vamos a seguir tirando ¨¢rboles al suelo?" "Creo que hoy". Observ¨¦ c¨®mo el oc¨¦ano, o mar, se estiraba hacia el horizonte, su ritmo constante y eterno. Hasta parec¨ªa ser una met¨¢fora de todo lo que a¨²n me faltaba por hacer, todo lo que intentaba ense?ar en este mundo que apenas comenzaba a conocer. Hab¨ªa logrado que todos us¨¢ramos ojotas, s¨ª, y hab¨ªa mostrado mi habilidad para quitar las pieles sin destrozarlas, pero cada avance depend¨ªa de mi magia. No dejaba de pensar en c¨®mo ese hecho marcaba la diferencia entre yo y los dem¨¢s. ?C¨®mo ense?arles de verdad? ?C¨®mo hacer que ellos se desarrollaran sin depender de mis habilidades? Hasta ahora, todo lo que lograba era por mi capacidad de manipular la magia y mi conocimiento de una vida anterior, de un mundo que ellos nunca hab¨ªan visto ni entender¨ªan completamente. Por ejemplo, ser¨ªa imposible ense?ar a hacer una casa; ni yo mismo podr¨ªa hacerlo ahora si no tuviera mi magia. Hab¨ªa que empezar a hacer hachas, clavos, martillos, etc. ?C¨®mo carajos se hac¨ªa eso? Si tuviera un material que sirviera como cuerda, al menos ser¨ªa menos complicado, pero incluso as¨ª... Pens¨¦ un poco m¨¢s en mi vida anterior. Hasta en los videojuegos de supervivencia lograban hacerlo de alguna manera... ?Quiz¨¢s las enredaderas? Es lo m¨¢s parecido que se me ocurre para utilizar como cuerda. Habr¨ªa que probar su resistencia. Al llegar a la cueva de Tariq, ¨¦l estaba esperando justo en la entrada, sin nadie m¨¢s a su alrededor. Me di cuenta de que le hab¨ªa crecido barba, algo que no se le notaba tanto antes. Ahora que lo pienso, a Rin le est¨¢ pasando lo mismo, pero es m¨¢s como ''pelusita'', por decirlo de alguna manera. "Hola, Tariq". Mirella tambi¨¦n lo salud¨®. Antes de que pudiera alcanzarlo, ¨¦l vino hacia m¨ª. "Hola, chicos. ?Podemos ir al lugar donde est¨¢ lleno de cosas raras?" "Ah, el lugar donde estamos por construir nuestra casa". "S¨ª, algo as¨ª me dijo Tar¨²n. Quiero saber m¨¢s sobre eso". "Claro. Solo quiero que sepas que no es nada peligroso, si es que lo dices por Tar¨²n. ¨¦l solo se encarga de mover ramas y hojas, nada m¨¢s". "Est¨¢ bien... Realmente no era por eso, solo necesito averiguar qu¨¦ est¨¢n haciendo". "Vamos entonces". A paso r¨¢pido, Tariq me adelant¨®. En ese momento, me di cuenta de que llevaba atadas unas pieles en los pies. ?Qu¨¦ carajos? Parece que est¨¢ queriendo copiar nuestros calzados. "?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s? Hablo de Yume y Kiran". "Ah, ellos est¨¢n buscando ramas para la fogata". "Me alegro de que est¨¦n todos bien". Ah¨ª qued¨® la conversaci¨®n. Tampoco es como si el recorrido fuera largo, pero no es como si supiera de qu¨¦ hablar con ¨¦l. Veremos qu¨¦ quiere. Adem¨¢s, Mirella estaba muy callada. El d¨ªa en s¨ª estaba bastante apagado, al menos as¨ª lo estaba sintiendo por ahora. Hay que subir un poco los ¨¢nimos.Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. "Entonces, ?qu¨¦ quieres saber?" Pregunt¨¦ al llegar cerca de los bolsones. "Todo. Quiero saber por qu¨¦ hay ¨¢rboles en el suelo, por qu¨¦ hay cosas dentro de esas cosas y tambi¨¦n por qu¨¦ no me dijeron nada". Ah, pero qu¨¦ descarado. "?Estamos por hacer una casa!" Interrumpi¨® Mirella. "S¨ª, ya lo s¨¦... Bueno, nunca vi una casa, pero s¨ª s¨¦ que est¨¢n por hacer eso de alguna forma". "No hac¨ªa falta decirte porque no era necesario. Sobre lo otro, estamos recolectando madera para hacer una casa, que es un lugar para vivir m¨¢s c¨®modo". "?Un lugar m¨¢s c¨®modo para vivir? ?Por qu¨¦ no nos dijeron a los dem¨¢s sobre esto?" Pregunt¨® con un tono que parec¨ªa m¨¢s serio de lo que hab¨ªa anticipado. "Ya lo dije; no hac¨ªa falta". "Pero yo tambi¨¦n quiero un lugar m¨¢s c¨®modo para vivir". "Lo entiendo. Eso podr¨ªamos hablarlo cuando terminemos nosotros, para saber si realmente funciona". "?Y me vas a avisar?" "S¨ª". "?Y puedo llevarme una de estas cosas?" Pregunt¨®, tomando uno de los cubos. "S¨ª, pero solo uno". "Gracias". Sin m¨¢s, se gir¨® y comenz¨® a alejarse con el cubo de madera bajo la mano derecha. Mirella y yo lo seguimos con la mirada mientras sus pasos se perd¨ªan entre la arena. Sin un adi¨®s, se fue tan r¨¢pido como lleg¨®, dejando solo una estela de preguntas en el aire. ?Qu¨¦ acababa de pasar? No lo s¨¦, pero lo bueno es que ya se fue. No soporto hablar mucho tiempo con ¨¦l. Es raro que no haya preguntado acerca de mis ojotas y directamente haya intentado hacerse unas propias. Desde que llegu¨¦ a este mundo, nunca pens¨¦ en la posibilidad de tener que lidiar con preocupaciones tan¡­ cotidianas, y ahora aqu¨ª estaba, con un vecino curioso que se llevaba un cubo de madera sin aviso. Suspir¨¦, cansado y algo frustrado. "Vaya, parece que no te gusta estar con ese se?or", dijo Mirella, rompiendo el inc¨®modo silencio. "No es un se?or, es un tonto", respond¨ª mientras estiraba los brazos sobre mi cabeza y dejaba escapar un bostezo tan largo que sent¨ª c¨®mo se me humedec¨ªan los ojos. "El d¨ªa est¨¢ aburrido, ?no te parece?" A?ad¨ª con una sonrisa ligera, tratando de disipar la incomodidad. Pero la sonrisa se desvaneci¨® tan r¨¢pido como hab¨ªa llegado; algo en mi interior segu¨ªa enrosc¨¢ndose en una sensaci¨®n de disgusto. Mirella me observ¨® y su expresi¨®n se suaviz¨®. "?Te sientes bien, Luciano?" "Ah, s¨ª. Solo que me molesta hablar con este tipo, me pone de mal humor". "?Entonces por qu¨¦ lo hiciste?" "Para que ya no molestara m¨¢s... Ya se me va a pasar, no te preocupes". "?Por qu¨¦ no descansamos un poco?" Sugiri¨® Mirella, dando un par de saltitos en el aire mientras su vestido celeste ondeaba levemente con la brisa. Su energ¨ªa era contagiosa, y por un momento, casi logr¨¦ dejar de lado el peso de mis pensamientos. No iba a decir que no; la idea de un descanso me parec¨ªa genial. Me dej¨¦ caer sobre la arena, sintiendo c¨®mo los granos c¨¢lidos se adaptaban a la forma de mi cuerpo. El cielo azul y nublado se extend¨ªa sobre m¨ª. "?Quer¨¦s acostarte?" Pregunt¨¦, dando golpecitos sobre la arena a mi lado. "Est¨¢ bien". Mirella se acomod¨® a mi lado, flotando por un momento antes de bajar y sentarse junto a mi cabeza. Sus peque?as manos se apoyaron sobre mis hombros, y se dej¨® caer suavemente, quedando tendida junto a m¨ª. "?Est¨¢s tomando agua m¨¢gica?" "S¨ª". "Ya me parec¨ªa, est¨¢s m¨¢s grande. Avisame cuando quieras que te agrande el vestido". "Por ahora no". "Como quieras". El murmullo del arroyo cercano y el golpe del viento contra los bolsones eran los ¨²nicos sonidos que romp¨ªan la calma. Sent¨ª mis p¨¢rpados pesados y, sin darme cuenta, empec¨¦ a cerrarlos. Mi respiraci¨®n se volvi¨® lenta y profunda, y la ¨²ltima imagen en mi mente fue la sonrisa de Mirella mientras ella tambi¨¦n se dejaba llevar por el sue?o, sus cabellos rubios cubri¨¦ndole parte del rostro. No s¨¦ cu¨¢nto tiempo pas¨®; podr¨ªa haber sido un par de minutos o una hora entera. Pero mi sue?o fue interrumpido abruptamente por una voz que reconoc¨ª de inmediato, grave y persistente. "?Luciano! ?Hey, despierten!" Abr¨ª los ojos de golpe y un rostro apareci¨® ante m¨ª. Tariq estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresi¨®n mezcla de impaciencia y curiosidad. A su lado, Yume sosten¨ªa una papaya. Bueno, al menos trajo a Yume. Siempre es bueno ver a una chica tan linda como ella. Intentar¨¦ no perder la paciencia. Mirella tambi¨¦n se despert¨®, emitiendo un peque?o jadeo mientras se incorporaba y alisaba el vestido celeste que, por fortuna, a¨²n le quedaba bien. Parpade¨® varias veces, tratando de procesar la situaci¨®n. "?Ahora qu¨¦ pas¨®?" Murmur¨¦, tratando de sonar lo m¨¢s tranquilo posible. "Vine a hacer unas preguntas, y esta vez trajimos cosas para compartir". A la mierda, esto es interesante. Me incorpor¨¦ de inmediato, qued¨¢ndome sentado sobre el suelo. "Ah, ya veo. ?Quieren que charlemos ac¨¢ sentados?" Mirella me mir¨®, y luego lo mir¨® a ¨¦l. Creo que estaba un poco perdida. "Est¨¢ bien, hablemos", respondi¨® y se sent¨® frente a m¨ª. Tariq y Yume terminaron sentados uno al lado del otro, la papaya entre sus manos como una especie de ofrenda. Mirella, ahora m¨¢s atenta, se acomod¨® a mi lado, observando con curiosidad. Yume, que hasta ahora se hab¨ªa mantenido en silencio, me mir¨® con una sonrisa que denotaba algo de timidez. "Pensamos que podr¨ªamos charlar un poco sobre... eso de la casa y... los detalles. Ya sabes, para ayudar a Tariq". "Entonces, Luciano, cu¨¦ntanos... eso de la casa... ?C¨®mo funciona exactamente? ?Es como una cueva?" Comenz¨® Tariq, rasc¨¢ndose la barba con expresi¨®n pensativa. Casi solt¨¦ una risa, pero la contuve. La simpleza de la pregunta me hizo pensar en lo dif¨ªcil que fue explic¨¢rselo a mi grupo en aquel momento. Me pas¨¦ la mano por el pelo, sintiendo la aspereza del viento y la fina arena pegada a mi cuello. "Bueno, no exactamente. Una casa es m¨¢s c¨®moda; pod¨¦s organizar cosas en diferentes habitaciones, hay un lugar especial para dormir, otro para cocinar... No es como una cueva, porque no es oscura ni h¨²meda", expliqu¨¦, tratando de usar t¨¦rminos que pudieran comprender. Yume lade¨® la cabeza, sus ojos oscuros mir¨¢ndome con inter¨¦s. "?Y esas habitaciones... qu¨¦ son?" "Digamos que son las diferentes partes de la casa". Ellos intercambiaron miradas, parec¨ªan no comprender lo que les dec¨ªa. "?Y c¨®mo se te ocurri¨®?" Pregunt¨® Tariq. "Se me ocurri¨® usando mi magia", ment¨ª, pero era la ¨²nica forma de zafar. "Miren, as¨ª lo har¨ªa". Me levant¨¦ y agarr¨¦ varios de los cubos de madera. Iba a hacerlo, iba a construir la maqueta de la casa. "Miren, as¨ª me la imagino". Poniendo de a un bloque, fui transformando la madera en suelo, paredes, mesas, puertas y dem¨¢s cosas. La casa en miniatura termin¨® con una entrada principal dando a una especie de cocina-comedor. Luego, una puerta en frente que conectaba con un pasillo horizontal y tres puertas a lo largo. En la del medio hab¨ªa un ba?o y a los costados dos habitaciones. En los extremos del pasillo hab¨ªa otras dos habitaciones m¨¢s. Un lugar donde cocinar y comer, un ba?o y cuatro habitaciones, as¨ª lo hab¨ªa pensado hasta ahora. Dej¨¦ la maqueta sobre la arena, frente a nosotros. Era una casa en miniatura que, aunque rudimentaria, lograba transmitir lo que ten¨ªa en mente. Los ojos de Tariq y Yume se agrandaron, la curiosidad plasmada en sus rostros. Mientras ellos inspeccionaban la maqueta, yo me permit¨ª un momento para reflexionar. Esto podr¨ªa ser una oportunidad enorme. Si lograba convencer a Tariq y a su familia de la utilidad de una casa de este estilo, podr¨ªan intercambiarme comida, ropa y otros suministros que nos vendr¨ªan bien. No es que estuvi¨¦ramos necesitados ahora, pero nunca se sabe cu¨¢ndo podr¨ªa surgir una emergencia. Y m¨¢s all¨¢ de eso, ser¨ªa un paso importante para hacer que este lugar evolucionara, para dejar mi huella en este mundo que, por m¨¢s salvaje que fuera, se estaba volviendo mi hogar. "?Esto es... incre¨ªble! ?Y todo esto es parte de una casa de verdad?" Pregunt¨®, extendiendo una mano para rozar con cautela una de las peque?as puertas de madera. "Pero es muy peque?a..." "S¨ª", respond¨ª, obviando su frase final. "Mir¨¢, esta parte de ac¨¢ es el comedor, donde se come y se pasa el tiempo con los dem¨¢s. Las habitaciones a los lados son para dormir, as¨ª cada uno tiene su espacio propio. Y ac¨¢, al fondo, est¨¢ el ba?o. Se usa para... bueno, para cuestiones de higiene", expliqu¨¦, observando c¨®mo sus expresiones se deformaban en un gesto confuso al o¨ªr esa ¨²ltima parte. Parec¨ªa que la idea de un espacio espec¨ªfico para esas necesidades era algo totalmente ajeno a ellos. Yume se llev¨® una mano a la boca, tapando una sonrisa nerviosa. "Y las cosas que hay dentro, ?qu¨¦ son?" "Otros inventos que se me ocurrieron. Lo importante es que cada objeto tiene una funci¨®n espec¨ªfica". De pronto, Mirella camin¨® por la arena hasta meterse dentro de la casa. Las paredes le llegaban a la cintura. "Me imagino lo c¨®modos que estar¨ªamos en una casa as¨ª, Luciano". "Podr¨ªamos hacer un trato", dije, quitando a Mirella de la casa. "Yo les prometo que en un futuro construir¨¦ una casa como esta, pero a cambio, necesitar¨ªa su ayuda. Podr¨ªamos hacer intercambios de comida, ayuda en la construcci¨®n y, qui¨¦n sabe, quiz¨¢s en el futuro podr¨ªamos hacer m¨¢s cosas juntos". Volvieron a intercambiar miradas por unos segundos. Era claro que la idea les atra¨ªa, aunque no entendieran del todo lo que implicaba. "Esto es interesante, Luciano", dijo finalmente Tariq. "No s¨¦ si podremos ayudarte con todo lo que pides, pero haremos lo posible. La idea de tener un lugar as¨ª... no lo s¨¦, parece incre¨ªble". "Podr¨ªamos empezar con esto", agreg¨® Yume, estirando las manos para entregarme la fruta. "Gracias. Estaremos hablando m¨¢s adelante sobre esto. ?Les parece?" "De nada, Luciano", respondi¨® Yume, sin perder la calidez en sus ojos. Era una mujer con una gracia que pocas veces se ve¨ªa. "Luciano, esto podr¨ªa cambiar muchas cosas. No s¨¦ c¨®mo lo pensaste tan bien, pero es... impresionante. Vendremos otro d¨ªa para ayudarles tambi¨¦n". "?Eso es genial!" Grit¨® Mirella. "?Por qu¨¦ no se quedan? Creo que hoy podr¨ªan ayudarnos. Claro, si es que est¨¢ bien que Kiran se quede solo". "Yo ir¨¦ con ¨¦l, que Tariq se quede", dijo Yume, levant¨¢ndose r¨¢pidamente. Asent¨ª con un gesto, agradecido. "Perfecto. Te ver¨¦ en otro momento, Yume. Mandale un saludo a Kiran de mi parte". "Eso har¨¦, adi¨®s". Me qued¨¦ un momento mirando c¨®mo ella se alejaba, sin poder dejar de preguntarme qu¨¦ tanto estaba ocultando, o, mejor dicho, qu¨¦ tanto hab¨ªa dejado de mostrar desde que la conoc¨ª. Realmente, a m¨ª me parec¨ªa una buena chica con el hombre equivocado. Despu¨¦s de un par de minutos, tom¨¦ la decisi¨®n de ir a buscar a los dem¨¢s en la cueva mientras Tariq esperaba en la playa. Todos se encontraban all¨ª, ya que hoy no salieron a recolectar nada. Pero claro, a Anya no le caus¨® mucha gracia el ver a Tariq junto a nosotros. "Anya..." Murmur¨® ¨¦l cuando ella pas¨® a su lado. Anya esboz¨® una sonrisa bastante falsa. ¡°Oh, lo siento, no te vi ah¨ª. Estaba ocupada haciendo cosas importantes¡±, enfatiz¨® la ¨²ltima parte, como si clavase un cuchillo invisible en el pecho de Tariq. De hecho, si pudiera clavarle un cuchillo o tirarlo en medio del oc¨¦ano, yo creo que lo har¨ªa. "Espero que realmente nos ayudes y no dejes las cosas a medio terminar, como a ti te gusta hacer". Con esas ¨²ltimas palabras, dej¨® a Tariq con una mano colgando en el aire y se fue exagerando sus movimientos de la cadera, como si de una modelo desfilando se tratase. Qu¨¦ mujer. Bueno, su modelaje ven¨ªa bien hasta que de repente se tropez¨® con la maqueta y cay¨® al suelo. "?Qui¨¦n dej¨®... esta cosa aqu¨ª? ?Qu¨¦ es esto?" "?Est¨¢s bien, Anya?" Pregunt¨® Rundia mientras la ayudaba a levantarse. Me apresur¨¦ a llegar lo m¨¢s r¨¢pido que pude. Al final parece que solo se rasp¨® las manos y las rodillas. "Mam¨¢, acompa?ala hasta el arroyo, as¨ª toma del agua sanadora". "?Ves, te dije que la necesit¨¢bamos al lado nuestro!" Solo atin¨¦ a agachar la cabeza. Todav¨ªa no hab¨ªa solucionado ese tema. "No es nada, Rundia. No culpes a Luciano por esto", dijo Anya, sacudiendo la arena clavada a su piel. "Yo dej¨¦ la casa de miniatura ac¨¢. Perd¨®n". "?La casa en miniatura?" Alc¨¦ la maqueta y la sostuve en mis manos. "Hice la forma que va a tener nuestra casa, pero m¨¢s chica. Obviamente, cuando la construyamos, va a ser m¨¢s grande". De pronto, todos los dem¨¢s se acercaron, curiosos. "?Una casa m¨¢s peque?a? ?Eso es una casa?" Pregunt¨® Rin, tocando con el dedo una de las camas. Samira tambi¨¦n meti¨® la mano, pas¨¢ndola por las sillas. "?Y eso para qu¨¦ sirve?" "Todas estas cosas ya las explicar¨¦ cuando creemos la casa". "?Entonces hag¨¢mosla ya!" Grit¨® Samira en conjunto con su hermana. Aya se acerc¨® al tumulto de gente. "Si quieren terminarla r¨¢pido, entonces tendremos que seguir trabajando". "Eso es cierto", respond¨ª, intentando recuperar la compostura y el control de la situaci¨®n. "Vamos a necesitar mucha madera". Lo cierto era que no lleg¨¢bamos ni a la mitad de madera de la que necesit¨¢bamos. Lo bueno fue que esa noche, gracias a la ayuda de un adulto como lo era Tariq, logramos conseguir la madera de cuatro ¨¢rboles. *** Saltemos un mes de recolecci¨®n. ?Feliz primer a?o para Luc¨ªa! Bueno, lo importante es que creo que ya tenemos la suficiente madera como para empezar a construir. Para ello, terminamos bajando treinta y seis ¨¢rboles, formando una especie de cuadrado en el que hab¨ªa un 6x6 de ¨¢rboles. Ahora falta extraer la piedra del suelo. No va a ser dif¨ªcil, porque en los d¨ªas libres ya estuve practicando el estirar un poco mi rango de trabajo. Soy un chico ocupado, ?saben? Ahora s¨ª me puse serio, as¨ª que espero que Sariah est¨¦ observando atentamente desde arriba. A todo esto, tambi¨¦n renovamos todas nuestras ropas de pieles y les hicimos... Bueno, hice las ojotas a Tariq, Yume y Kiran. Creo que nos estamos empezando a llevar un poco mejor. Hablando de ellos, Tariq estaba de nuevo junto a nosotros en la playa. "Luciano, te traje lo que me pediste". ¨¦l tra¨ªa en sus manos un mont¨®n de enredaderas. "?Ah, las enredaderas! Muchas gracias, trajiste un mont¨®n. ?Podr¨ªas ponerlas ah¨ª?" Dije, se?alando uno de los bolsones vac¨ªos que hab¨ªa preparado justo para eso. Lo cierto era que esta zona de la playa se hab¨ªa llenado de nuestro almacenamiento de madera y hojas. Tariq se acerc¨® al bols¨®n y dej¨® las enredaderas que hab¨ªa conseguido, empuj¨¢ndolas lo m¨¢s al fondo posible. "?Vas a necesitar m¨¢s?" "S¨ª... Si es posible, quiero que traigas m¨¢s hasta llenar el lugar en donde reci¨¦n los pusiste". "?Tanto hay que traer? ?Para qu¨¦ son?" "No te preocupes, recuerda que todo esto es una ayuda para que en un futuro construyamos tu casa". "?Ah, es cierto!" Contest¨®, levantando la voz con emoci¨®n. "?Quer¨¦s quedarte? Ahora voy a empezar con el primer paso para mi casa". "S¨ª, claro. Quiero aprender". Aprender... Esa era la motivaci¨®n que necesitaba que todos ellos tuvieran, pero se me est¨¢ dificultando el ense?arles de un modo en el que no se necesitara magia. Esto me estaba sucediendo justo ahora, ya que estoy a punto de levantar toda una base de piedra para construir una casa. ?C¨®mo carajos lo hac¨ªa sin magia? S¨¦ que necesito cemento y cal, pero no s¨¦... Siento que me faltan los materiales. "Entonces vamos con los dem¨¢s. Hoy va a ser un d¨ªa especial". Me acerqu¨¦ junto a Tariq a la zona de construcci¨®n que, si lo miro desde el agua hacia el bosque, est¨¢ a la derecha de donde cortamos todos los ¨¢rboles. Ah¨ª es donde todos estaban recostados sobre la arena, mirando cada detalle de la maqueta. "?Est¨¢n listos, chicos? Necesito que salgan del lugar as¨ª comienzo con el proceso". Rin fue el primero en levantarse junto a Luc¨ªa. "Ah, s¨ª. Te est¨¢bamos esperando". "As¨ª que hoy vamos a hacer esa casa, ?eh! ?Qu¨¦ emoci¨®n!" Dijo Mirella mientras arrastraba la maqueta por el suelo. Ahora est¨¢ un poquito m¨¢s grande; se nota el efecto del agua m¨¢gica. Una vez que todos se alejaron del lugar, me recost¨¦ boca abajo contra la arena, hundiendo lo m¨¢s que pude mis manos sobre ella. Empec¨¦ a tantear el fondo del terreno, hab¨ªa mucha tierra y mucha piedra. La idea que siempre tuve en mente consiste en llevar toda esta arena de la superficie hacia abajo, dejar la tierra como capa intermedia y extraer toda la piedra posible hacia arriba, dejando unos cent¨ªmetros por fuera de la superficie para equiparar la pendiente que tiene la playa. Estaba poniendo en riesgo mi propio cuerpo al hacer esta locura, pero conf¨ªo en mis habilidades y tambi¨¦n conf¨ªo en las part¨ªculas m¨¢gicas, que s¨¦ que de alguna manera me ayudan. Mi mam¨¢ me dijo que es posible que tengan vida propia, porque ella escucha voces provenientes de aquellos que las portamos alrededor de nuestro cuerpo. Aunque claro, ella dice no poder verlas. "?Mirella!" Grit¨¦, busc¨¢ndola con la mirada en la lejan¨ªa. De pronto, ella apareci¨® volando frente a m¨ª. "?Qu¨¦ pas¨®?" "Bueno, yo necesito que... Necesito que te quedes sentada arriba de m¨ª. No s¨¦ si mis part¨ªculas van a alcanzar para hacer todo esto, as¨ª que necesito que me compartas alguna de las tuyas durante el proceso".
Mirella parpade¨® un par de veces, y una sonrisa cruz¨® su rostro. "?Entendido!" Grit¨®, como si de una orden se tratara. Se acomod¨® en mi espalda y sent¨ª c¨®mo se sentaba delicadamente, su vestido celeste tocando apenas mi piel. "?Lista?" Pregunt¨¦, tratando de controlar mi respiraci¨®n. "Siempre lista para ti, Luciano". "Ah¨ª voy". De repente, mi percepci¨®n se ampli¨®, como si pudiera sentir cada grano de arena y cada roca oculta bajo la superficie. La magia vibraba en mi cuerpo, bailando al comp¨¢s de mis pensamientos. La primera parte del proceso era simple en teor¨ªa: desplazar la arena y hundirla hasta formar una capa estable, luego extraer la piedra de abajo. Uno se podr¨ªa preguntar por qu¨¦ no dejo la arena m¨¢s arriba que la tierra, pues lo que pasa es que la arena es buena para drenar el agua, as¨ª que, si tenemos una capa de arena lo m¨¢s cerca posible, podemos crear un sistema para hacer un ba?o con un pozo entubado que llegue hasta la capa de arena o m¨¢s all¨¢ incluso. Primero baj¨¦ la tierra m¨¢s cercana, desliz¨¢ndome por el suelo para acaparar toda esa esfera imaginaria que era mi campo de acci¨®n. Pasaron varios minutos hasta que, en la parte superior, y debajo de la arena, solo se encontraba piedra. El siguiente paso era hundir la arena hasta el fondo, debajo de la tierra, y al mismo tiempo subir las otras dos. Cap铆tulo 36: Obreros en un mundo prehistè´¸rico. ¡°Luciano, ?necesitas m¨¢s part¨ªculas m¨¢gicas?¡± La voz de Mirella sonaba m¨¢s seria que antes. ¡°No es como si te las tuviera que pedir, se transfieren autom¨¢ticamente¡±, respond¨ª con los dientes apretados. El suelo bajo mis manos empez¨® a temblar cuando comenc¨¦ el proceso. La magia requer¨ªa concentraci¨®n absoluta, y cualquier error podr¨ªa resultar en un accidente. El sudor ca¨ªa por mi frente y se mezclaba con la arena, creando peque?os regueros h¨²medos sobre la superficie. La arena comenz¨® a descender junto a mi cuerpo, hundi¨¦ndose poco a poco bajo la presi¨®n de mi magia. La sensaci¨®n era intensa, como si cada part¨ªcula estuviera conectada a mi mente, obedeciendo mis ¨®rdenes. Pod¨ªa sentir el roce c¨¢lido de las manos de Mirella y c¨®mo se traspasaban sus part¨ªculas. Parec¨ªa que ella entend¨ªa la gravedad del momento, pues no se mov¨ªa ni un mil¨ªmetro, manteni¨¦ndose en silencio mientras continuaba en contacto con mi cuerpo. El suelo comenz¨® a crujir, un sonido profundo que daba miedo, no solo porque yo estaba encima de toda la acci¨®n, sino porque estaba jugando con la mism¨ªsima naturaleza de este mundo. La arena que antes hab¨ªa dominado la superficie se hund¨ªa m¨¢s y m¨¢s, como si yo fuera un gigante invisible que estaba empuj¨¢ndola hacia las entra?as de la tierra. Por encima de eso, las piedras y la tierra se elevaban gradualmente para dejar paso a la arena, formando una capa compacta que iba tomando forma justo donde quer¨ªa. Cada cent¨ªmetro ganado me costaba mucho esfuerzo, porque por momentos ten¨ªa que fusionar los materiales con la arena para que esta la atravesase. ¡°Luciano, las piedras est¨¢n subiendo¡­ se ven desde aqu¨ª¡±, habl¨® en voz alta Aya desde un costado, su voz llena de asombro. Ella rara vez mostraba una emoci¨®n tan evidente. Mir¨¦ de reojo y vi c¨®mo sus orejas puntiagudas se mov¨ªan inquietas, como si intentaran captar cada sutil vibraci¨®n del entorno. Aya ten¨ªa raz¨®n, me di cuenta cuando una punta de piedra choc¨® contra mi pierna izquierda. Las rocas que le siguieron eran irregulares, como una textura mal cargada en un videojuego, algunas estaban cubiertas de un musgo seco que desprend¨ªa el olor h¨²medo de la tierra. La piedra era clave para la base de lo que ser¨ªa nuestra casa, un fundamento s¨®lido que soportar¨ªa todo lo que vendr¨ªa despu¨¦s. Y as¨ª segu¨ª por varios minutos hasta que se agotaron las part¨ªculas m¨¢gicas. Mirella fue a recargarlas r¨¢pidamente y volvi¨® para transfer¨ªrmelas. Fui arrastr¨¢ndome por la piedra puntiaguda para seguir extrayendo m¨¢s y m¨¢s, ocupando todo el terreno que necesitaba. Una vez con toda la piedra fuera, empec¨¦ a aplanarla, dejando una base recta que sobresal¨ªa de la arena que ten¨ªa a su alrededor. ¨ªbamos a tener que hacer una escalera del otro lado para tener una salida hacia la playa, porque la principal va a ser en la parte que da al bosque. "?Ya termin¨¦!" Grit¨¦, levantando los brazos y mirando hacia los dem¨¢s. Las miradas de todos se clavaron en el resultado. Me levant¨¦ con un peque?o dolor muscular recorriendo mi cuerpo. Un suspiro de alivio escap¨® de mis labios al ver la superficie completamente transformada. La base de piedra, lisa y compacta, era como un testimonio de los ¨²ltimos minutos de esfuerzo. Rin se acerc¨® primero. "Luciano... ?Esto es lo que ten¨ªas en mente? Porque en la casa de miniatura se ve diferente". Se?al¨® la superficie con una ceja levantada, como si tratara de descifrar un misterio oculto. Mirella estall¨® en una carcajada ligera. "?Es solo el suelo! ?En serio pensaste que ya hab¨ªamos terminado, Rin?" Me lanz¨® una mirada c¨®mplice, mientras balanceaba las piernas de forma despreocupada desde mi hombro. Lo cierto era que ella se pas¨® un mont¨®n de tiempo dentro de la maqueta de la casa, estudiando cada parte. "?Ah, es cierto!" Respondi¨® ri¨¦ndose y rasc¨¢ndose la cabeza. Los dem¨¢s llegaron a paso r¨¢pido. "?Es enorme!" Grit¨® Tar¨²n, y empez¨® a pisotear la piedra. "?Cu¨¢ndo podremos jugar en la casa?" Pregunt¨®, casi rebotando de la emoci¨®n. "Todav¨ªa falta un mont¨®n", contest¨¦. Aya, por su parte, se manten¨ªa un poco apartada. "Luciano tiene raz¨®n, no parece un espacio habitable todav¨ªa". "El pr¨®ximo paso es traer los troncos hacia ac¨¢, as¨ª que necesito la ayuda de todos los adultos... Anya, mam¨¢, pap¨¢, Tariq y Aya. S¨ªganme". Me mov¨ª r¨¢pidamente unos metros hacia donde estaban todos los troncos repartidos por la playa. "?S¨ª, vamos!" Grit¨® Anya. Lo bueno es que directamente ahora se ignoran con Tariq. Es como si ¨¦l no existiera para ella. Tariq, con su altura superior al promedio y su postura recta, fue el primero en dar un paso al frente cuando llegamos al mont¨®n de troncos. Era f¨¢cil olvidarse de lo flaco que era y de que sus m¨²sculos no eran tan imponentes al verlo trabajar usando tanta fuerza. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ¨¦l asinti¨®, un gesto simple pero cargado de confianza. Despu¨¦s estaba Aya, que ten¨ªa ese porte tan elegante que contrastaba con todo el trabajo que estaba haciendo. Sus cinco colas pomposas se meneaban tras ella y, de pronto, la vi acercarse a uno de los troncos m¨¢s finos. Se inclin¨®, rodeando el tronco con sus brazos y, sin esfuerzo aparente, comenz¨® a levantarlo, carg¨¢ndolo sobre su hombro. Me acerqu¨¦ r¨¢pidamente. "?Aya, se supon¨ªa que ten¨ªamos que hacerlos rodar!" Sab¨ªa que ten¨ªa una habilidad natural para la defensa m¨¢gica, pero verla transportar un tronco, por m¨¢s que fuera peque?o, como si fuera una simple rama me dej¨® anonadado. "Lo tengo todo controlado", contest¨® con una voz pausada, aunque pude notar un leve destello de orgullo en su mirada. "B-Bueno... pero no quiero que te sobreesfuerces". "Parece que Aya quiere impresionarte, ?no?" Murmur¨® Mirella desde mi hombro. Cuando volte¨¦ para verla, sent¨ª m¨¢s cerca el ruido de la madera movi¨¦ndose; era Tariq, que segu¨ªa haciendo rodar un tronco ¨¦l solo. Un poco m¨¢s atr¨¢s, estaban Anya y Rundia empujando otro. "Mam¨¢, no te esfuerces demasiado", le advert¨ª, aunque sab¨ªa que Rundia era m¨¢s obstinada de lo que a veces parec¨ªa. Su hermoso pelo casta?o se mov¨ªa al comp¨¢s del viento mientras me lanzaba una mirada que reconoc¨ªa bien: la de alguien que no se dejar¨ªa intimidar por un desaf¨ªo. "Ni lo sue?es, hijo. Esto es para nuestro nuevo hogar, y har¨¦ lo que haga falta", respondi¨® con una sonrisa que me trajo recuerdos de esas ¨¦pocas donde la vi levantarse una y otra vez ante las adversidades. "?No nos vas a convencer, Luciano!" Grit¨® Anya mientras se esforzaba por empujar. Fui caminando un poco m¨¢s atr¨¢s, dejando a las dos mujeres con sus cosas. Ah¨ª estaba Rin, empujando un tronco no muy grande ¨¦l solo. Le hice una sonrisa a la pasada, pero creo que no me prest¨® atenci¨®n. Los rayos de sol golpeaban fuerte, y la piel expuesta de todos empezaba a enrojecerse. Incluso as¨ª, no hab¨ªa quejas, solo el crujido de la madera siendo movida y el sonido de los pasos sobre la arena. Por un momento, me sent¨ªa como el capataz de una obra, dirigiendo y observando a todos. Al llegar al mont¨®n de troncos, vi a Luc¨ªa observ¨¢ndolos muy detenidamente. "?Todo bien?" Pregunt¨¦. "Ah. Hola, Luciano. Estaba viendo que hay algunos demasiado grandes, ?no te parece?" "Podr¨ªa dividirlos a la mitad". Lo cierto era que la mayor¨ªa de los troncos no eran muy grandes ni tan robustos. "?Voy a buscar m¨¢s part¨ªculas?" Pregunt¨® Mirella. "Eso ser¨ªa de gran utilidad, Mirella. Te espero ac¨¢". "?Ya vuelvo!" Tomando impulso contra mi hombro, hizo un gran salto y desapareci¨® volando entre los ¨¢rboles. "?Me va a tocar seguir durmiendo con esos dos?" "?Con Rin y Rundia? Y s¨ª, mami. ?Con qui¨¦n ir¨ªas a dormir, si no? Ten¨¦s que acostumbrarte a que son tus padres". Ella chasque¨® la lengua. "S¨ª, ya s¨¦... No digo que sean malos, pero no me acostumbro". Sab¨ªa lo dif¨ªcil que deb¨ªa ser para ella seguir adapt¨¢ndose a una realidad tan distinta, siendo la reencarnaci¨®n de mi madre de la Tierra. Aunque lo manten¨ªamos en secreto, sus actitudes a veces dejaban entrever esa dualidad que solo yo pod¨ªa percibir. "Es normal. Uno no se acostumbra de un d¨ªa para el otro. Me pas¨® lo mismo a m¨ª", respond¨ª, mirando su pesta?a roja. "S¨ª..." Ese d¨ªa trabajamos por varias horas. Hasta hicimos una hoguera en medio de la playa para poder comer. Una vez que ya era de noche, ten¨ªamos todos los troncos sobre la gran base de piedra. "?Les parece si seguimos ma?ana? Adem¨¢s, Tariq ya tiene que volver con su familia". Tariq asinti¨®, un tanto aliviado. "Claro, Luciano. Volver¨¦ ma?ana. Ser¨¢ mejor descansar un poco", dijo mientras saludaba con la mano. "Y gracias por la comida". "No es nada, nos ayudaste un mont¨®n". "Entonces... ?D¨®nde dormimos hoy?" Pregunt¨® Samira con un poco de timidez. "Vamos a dormir en la cueva hasta que tengamos finalizada la parte exterior de la casa", dije, agarrando la maqueta del suelo. "Ac¨¢ no se ve, pero va a haber un techo, que es lo que nos cubrir¨¢ del sol". "Ah... Supongo que est¨¢ bien as¨ª". Realmente no s¨¦ si entendi¨®, pero finalmente partimos rumbo a nuestra cueva, un hogar que dentro de poco iba a quedar en el pasado. Vaya a saber si alg¨²n d¨ªa lo ocupar¨¢ otra familia. Esa noche casi que no pude dormir pensando en tantas nuevas ideas que se me hab¨ªan ocurrido. Lo primero que deb¨ªa hacer era fabricar un balde para tener agua m¨¢gica cuando siga construyendo la casa. As¨ª Mirella no iba a tener que ir y venir para traerme part¨ªculas. Me levant¨¦ mientras todos segu¨ªan durmiendo, cansados, y agarr¨¦ una papaya que hab¨ªa por el piso antes de partir hacia la playa mientras la com¨ªa. Una vez ah¨ª, agarr¨¦ varios cubos de madera y los puse sobre la arena. Utilizando mi magia, hice el balde que necesitaba, solo que la manija estaba firme hacia arriba. Ahora no tengo muchas ganas de ponerme en los detalles para hacer un buen balde. Adem¨¢s, tengo la idea de ense?arles a hacer sus propios recipientes con arcilla... La cual todav¨ªa hay que buscar. Part¨ª rumbo al arroyo, pasando antes por la cueva y viendo que todos segu¨ªan durmiendo. Estas part¨ªculas que formaban parte del agua m¨¢gica eran visibles solo para aquellos que pod¨ªan utilizarlas. De cierta manera, era un regalo que Sariah me hab¨ªa conferido cuando me trajo a este mundo. Sab¨ªa que con cada tarea extenuante mis reservas de part¨ªculas m¨¢gicas en mi cuerpo se reduc¨ªan, y eso era algo malo en un lugar donde la magia era tan ¨²til, al menos para la que yo puedo hacer con ella. Fue entonces cuando Tariq apareci¨®. "Luciano, ?qu¨¦ m¨¢s necesitas que haga hoy?" La voz me sorprendi¨® mientras estaba cargando el balde con agua. "?C¨®mo sab¨ªas que estaba ac¨¢?" "Es que estaba buscando enredaderas y te encontr¨¦", respondi¨®, mostr¨¢ndome las que colgaban en una de sus manos. Me limpi¨¦ las manos en la tela de mi rudimentaria ropa antes de contestar. "Buen trabajo. Acordate que cuando ya no encuentres m¨¢s, las ten¨¦s que dejar donde pusiste las otras". "Est¨¢ bien". Este hombre es bastante trabajador... ?Y si utilizo a Tariq como mediador en mi plan de ense?arles a los dem¨¢s a hacer las cosas sin depender de la magia? "Tariq, me parece que necesito algunas peque?as ayudas m¨¢s... Vos ya sab¨¦s que yo te hice las ojotas y tambi¨¦n te voy a construir una casa en el futuro..." "?S¨ª...?" "Adem¨¢s de seguir consiguiendo enredaderas, necesito que busques algo m¨¢s espec¨ªfico hoy, o cuando puedas". "?Qu¨¦ cosa?"Stolen from Royal Road, this story should be reported if encountered on Amazon. "Arcilla". Tariq frunci¨® el ce?o, sus ojos negros apenas visibles bajo su expresi¨®n de confusi¨®n. "?Arcilla? ?Qu¨¦ es eso?" Me agach¨¦ y recog¨ª un poco de tierra h¨²meda entre mis dedos, mostr¨¢ndosela. "La arcilla es un tipo de tierra que, cuando se mezcla con agua, se vuelve maleable. Se puede usar para moldear objetos, y cuando se seca, se endurece. Si encontramos suficiente, podr¨ªamos hacer recipientes como este, pero sin usar magia". Levant¨¦ un poco el balde con mitad de agua. Tariq asinti¨® lentamente, asimilando la idea. "Eso suena... interesante. ?C¨®mo la reconocemos? ?Qu¨¦ es eso que hiciste?" "Primero que nada, esto es un balde. Lo uso para transportar agua". Se lo di para que lo agarrara de la manija. "Es algo bastante ¨²til". "Por lo general, la arcilla se encuentra cerca de r¨ªos o arroyos. Te ense?ar¨¦ a buscarla". Hice un gesto para que me siguiera y juntos caminamos hasta el borde del arroyo. Nunca hab¨ªa encontrado arcilla, aunque tampoco me hab¨ªa detenido a buscarla bien. S¨¦ que estuve un tiempo recolectando oro en el arroyo, pero nada m¨¢s que eso. "Si esto es madera, ?c¨®mo vamos a hacer algo como esto, pero de tierra?" "Como dije, luego se endurece. S¨¦ que no va a quedar igual, pero..." Me detuve un momento, pensando bien qu¨¦ iba a decir. "Tampoco quiero que todo lo haga yo con magia, ?sabes? Tambi¨¦n quiero ense?arles para que lo hagan ustedes mismos". "Realmente no s¨¦ c¨®mo se te ocurre todo esto o c¨®mo le das nombres a cosas raras. ?C¨®mo puedo hacer para que a m¨ª tambi¨¦n se me ocurran esas ideas?" "Eh... Me parece que puede ser un efecto de la magia", ment¨ª. "Pero si te tuviera que dar un consejo, deber¨ªas buscarle un segundo uso a las cosas". "Eso suena dif¨ªcil". "Entonces veamos si encontramos arcilla y luego hablamos sobre eso". "Est¨¢ bien". El suave sonido del agua corriendo a nuestro lado serv¨ªa de banda sonora para el d¨ªa que apenas comenzaba, y las primeras luces del amanecer ba?aban el paisaje, que ya de por s¨ª era hermoso. Tariq caminaba a mi lado, observando el entorno y sosteniendo el balde en su mano izquierda y las enredaderas en la derecha. No pude evitar recordar la primera vez que lo vi; en ese entonces, la sola menci¨®n de su nombre me produc¨ªa un nudo de desprecio en el est¨®mago. Hab¨ªa juzgado su abandono de Anya como un acto imperdonable. Pero en este momento, caminando juntos en busca de arcilla, me di cuenta de que mi percepci¨®n de su persona hab¨ªa cambiado sutilmente. Aun as¨ª, nunca lo perdonar¨¦. Al menos ahora, estaba dispuesto a colaborar y aprender, lo cual ya era un avance importante. Y si iba a seguir adelante con mi plan de ense?ar a los dem¨¢s a crear por s¨ª mismos, necesitaba un aliado que pudiera inspirar a otros humanos a seguir sus pasos. ¨¦l podr¨ªa ser esa chispa, o al menos un experimento para ver hasta qu¨¦ punto un humano com¨²n pod¨ªa innovar sin depender de la magia. "Oye, ?te ha pasado alguna vez que ves algo y te imaginas que podr¨ªa servir para otra cosa?" Pregunt¨¦, rompiendo el silencio. "S¨ª, el fuego sirve para cocinar la comida y tambi¨¦n para quemar cosas". "Bueno, eso ser¨ªa algo que ya descubriste". "Entonces..." Comenz¨®, mir¨¢ndose ambas manos. "Podr¨ªamos hacer ropa con estas enredaderas". Bueno... era un avance. "Ser¨ªa complicado, pero es cierto que con hojas grandes s¨ª se podr¨ªa hacer ropa". De repente, not¨¦ un cambio en el suelo, una textura m¨¢s densa y oscura que me llam¨® la atenci¨®n. Me agach¨¦ y hund¨ª los dedos en la tierra; ten¨ªa una consistencia m¨¢s pegajosa, como una masa de pan antes de hornearse. Era posible que hubi¨¦ramos encontrado lo que busc¨¢bamos. "Mir¨¢ esto", dije, llamando a Tariq. ¨¦l se agach¨® a mi lado, dejando las cosas a un lado y observando c¨®mo manipulaba la tierra entre mis dedos. "?Es eso... lo que vinimos a buscar?" Pregunt¨®, casi incr¨¦dulo. "Exacto", respond¨ª con una sonrisa de triunfo, aunque en realidad no sab¨ªa si estaba en lo cierto. El primer paso estaba dado. Sin esperar mucho, le expliqu¨¦ c¨®mo deb¨ªa juntar un poco y unirlo con otro poco. Mientras lo hac¨ªa, Tariq se mov¨ªa con torpeza, pero tambi¨¦n con determinaci¨®n. Era como si un nuevo inter¨¦s se hubiera encendido en ¨¦l. Eso era bueno. Si esto funcionaba, Tariq podr¨ªa ser mi aliado en el futuro, alguien que ayudara a extender el conocimiento sin que yo estuviera presente. Pero, si no... bueno, siempre tendr¨ªa a los dem¨¢s para intentarlo. "Tariq, quiero que hoy te quedes haciendo esto. Quiero que con la arcilla formes algo que sea parecido al balde que te di reci¨¦n, el que tiene agua dentro". Tariq levant¨® la vista, claramente confundido. "?Pero no ¨ªbamos a seguir construyendo todos juntos?" "S¨ª, pero esto tambi¨¦n es importante. S¨¦ que no ser¨¢ f¨¢cil al principio, pero aprender a moldear esta arcilla puede abrir un mont¨®n de posibilidades para nosotros. Y, adem¨¢s, es algo que no depende de la magia. Es algo que vos pod¨¦s hacer por tu cuenta, ?entend¨¦s?" Se qued¨® pensativo, uniendo y despegando dos trozos de arcilla. "No s¨¦ si podr¨¦ hacerlo. Se ve complicado". "Mir¨¢, no tiene que ser perfecto, ni siquiera parecido al que tengo yo. Solo quiero que experimentes. Si logr¨¢s moldear algo que pueda contener agua, habremos avanzado un mont¨®n. Y si no... bueno, al menos habr¨¢s aprendido algo en el intento". Con esas palabras, me levant¨¦ del suelo, sacudiendo mis manos entre s¨ª. "Podr¨ªas empezar haciendo algo peque?o". "Voy a intentarlo. Solo debe tener un hueco donde entre agua, ?no?" "S¨ª, como esto", dije mientras usaba magia para moldear un poco de arcilla, formando un vaso. "Tom¨¢, usalo como ejemplo". Tariq lo recibi¨® con sus manos sucias y lo observ¨® detenidamente; luego lo meti¨® al agua del arroyo. Claramente, el agua que tom¨® empez¨® a ponerse sucia. "La arcilla debe endurecerse antes de poder usarla de verdad. Una vez que termines de moldearla, hay que dejarla en un lugar que le d¨¦ el sol". "Ah, cierto. Ya me lo hab¨ªas dicho, perd¨®n". "No importa, as¨ª es como se aprende", hice una risa suave. "Me llevo el balde y las enredaderas. Vos quedate haciendo eso y despu¨¦s... Tambi¨¦n quiero que se lo expliques a Yume y a Kiran". "Claro, si me va bien se los voy a mostrar". "En realidad no es por el resultado en s¨ª, sino por el proceso de aprendizaje". "?Ah! ?Un ni?o me est¨¢ ense?ando muchas cosas!" "?Eh?" ¨¦l peg¨® un tercer trozo de arcilla a lo que ya ten¨ªa hecho. "Es que me acord¨¦ cuando te dije que un ni?o no pod¨ªa decirme qu¨¦ hacer". "Ah..." Hice una risa absurda mientras buscaba el balde y las enredaderas. "Supongo que soy un poco entrometido y me gusta hacer cosas nuevas". "Por la magia..." "Ya me tengo que ir, Tariq. Me voy a mi cueva. Chau". A paso r¨¢pido, me esfum¨¦ entre los ¨¢rboles. Luego de una breve explicaci¨®n sobre la utilidad del balde, ya est¨¢bamos en la playa, aunque sin las gemelas y Mirella, que fueron a cazar. A pesar de que expliqu¨¦ que el balde serv¨ªa para transportar agua, los dem¨¢s humanos normales siguen sin entender lo de las part¨ªculas m¨¢gicas. "Bien, esto tiene que funcionar", murmur¨¦ mientras me inclinaba hacia uno de los troncos que hab¨ªa puesto en el borde de la base de piedra. La textura rugosa de la madera me rasp¨® los dedos al tantear cu¨¢l ser¨ªa la primera pieza que usar¨ªa. A mi lado, Aya observaba con curiosidad el balde con agua y al mismo tiempo lo que yo hac¨ªa. Hab¨ªa desplegado sus cinco colas, que se mov¨ªan suavemente al ritmo del viento y de vez en cuando rozaban mi espalda. "?Crees que funcionar¨¢?" Pregunt¨®, sus ojos anaranjados fijos en la madera. "Obvio que va a funcionar". Ella no respondi¨®, solo dej¨® escapar un peque?o suspiro y me dio un leve empuj¨®n con una de sus colas. "Hazlo ya. Quiero ver si tu idea loca realmente funciona". Claro, para alguien que no ha visto nunca una planificaci¨®n tan grande, esto podr¨ªa resultarle una locura. "Ah¨ª voy". A todo esto, Aya ya tiene cuarenta a?os. Debo decir que se mantiene en una espl¨¦ndida forma f¨ªsica. Puse las palmas sobre un tronco y enfoqu¨¦ mi intenci¨®n. Quer¨ªa que se fusionara con la roca de una forma natural, como si ambos hubieran crecido juntos desde el principio. Al principio, la energ¨ªa titube¨®, pero porque yo titube¨¦. Todav¨ªa no hab¨ªa decidido el ancho de la pared... Hag¨¢moslo de cinco cent¨ªmetros; es lo m¨¢ximo que puedo estirarme con la cantidad de madera que tenemos. Lentamente, vi c¨®mo la base del tronco comenzaba a unirse con la piedra. Este era un proceso que conoc¨ªa muy bien y no me costaba nada de esfuerzo. Creo que hoy podr¨ªa terminar todas las paredes externas. "?Aya, necesito que traigas ese tronco!" Orden¨¦, se?alando el m¨¢s cercano. Sin ning¨²n tipo de reproche, Aya asinti¨® y se movi¨® con esa rapidez que la distingu¨ªa. Cuando mir¨¦ hacia atr¨¢s, vi a todos los dem¨¢s parados fuera del suelo de piedra. Rin se estaba acercando. "Luciano, ?quieres que ayude?" "Tal vez necesite la ayuda de todos, porque quiero que ubiquen algunos de los troncos sobre los bordes de la piedra". "?Claro que lo haremos!" Grit¨® Anya mientras ven¨ªa a ayudar. La energ¨ªa flu¨ªa con una facilidad incre¨ªble desde mis manos hasta la base de cada tronco. Cada uni¨®n entre madera y roca era perfecta, como si estuviera viendo el nacimiento de una estructura viva, algo que pertenec¨ªa a este mundo pero que hab¨ªa salido de mi mente. Era casi adictivo. Sent¨ªa cada part¨ªcula m¨¢gica moverse seg¨²n mi voluntad, siguiendo un patr¨®n que ya se hab¨ªa vuelto casi instintivo. "?M¨¢s troncos!" Grit¨¦, mi voz resonando por encima del sonido del c¨¢lido viento que ven¨ªa desde el mar. "?M¨¢s madera!" Aya apareci¨® casi de inmediato, arrastrando un tronco que parec¨ªa demasiado pesado. Lo dej¨® a mi lado con una expresi¨®n tranquila. A su lado, Rin, Anya y Rundia tra¨ªan m¨¢s madera. "?Perfecto! P¨®nganlos aqu¨ª", exclam¨¦ y se?al¨¦ el borde donde estaba levantando la pared. "R¨¢pido, r¨¢pido, que todav¨ªa tengo energ¨ªa para rato". Aya inclin¨® la cabeza, apoyando una mano en su cadera mientras su cola m¨¢s cercana se balanceaba perezosamente. "Pareces muy seguro de ti mismo, Luciano". "?Lo estoy! Esto es incre¨ªble, ?no lo ves? Est¨¢ quedando perfecto. Este lugar ser¨¢ indestructible cuando terminemos. Ser¨¢ el comienzo de algo grande, Aya". Con cada tronco que a?ad¨ªa, la pared sub¨ªa m¨¢s y m¨¢s. Pronto, la estructura comenz¨® a parecerse a algo real, algo funcional. Un espacio protegido, un refugio seguro. Algo que yo hab¨ªa imaginado y que ahora estaba tomando forma gracias a m¨ª. Necesit¨¦ cuatro troncos para terminar una pared... Que ser¨ªa la del lado izquierdo del comedor si lo veo desde la perspectiva de la entrada que estar¨¢ del lado del bosque. A este paso, solo voy a terminar haciendo tres salas. Est¨¢ bien, seguir¨¦ as¨ª y luego voy a tener que avisarles que falta mucha madera m¨¢s. Por lo pronto, achicar¨¦ el ancho en aproximadamente un cent¨ªmetro. El siguiente objetivo era la entrada principal. Este era el tipo de avance que me llenaba de energ¨ªa, no solo f¨ªsica, sino mental. Mir¨¦ hacia mi izquierda, donde iba la entrada principal, meditando en c¨®mo deb¨ªa dise?arla. Si esta ser¨ªa la primera estructura de verdad en este lugar, deb¨ªa tener una entrada que estuviera a la altura de las expectativas. "Ahora viene la parte interesante", murmur¨¦ mientras med¨ªa mentalmente la distancia entre los bordes del marco de la puerta. No pod¨ªa ser muy bajo, o ser¨ªa inc¨®modo para los m¨¢s altos del grupo. Aya... claro, Aya es la clave ac¨¢. "?Aya!" "?Qu¨¦ pasa ahora? ?Te quedaste sin ideas?" Pregunt¨® con un tono ligeramente burl¨®n. Creo que... ella me ha estado hablando de otra forma ¨²ltimamente. ?C¨®mo se dice cuando...? Ah, s¨ª. Entramos un poco m¨¢s en confianza y esta faceta suya me est¨¢ gustando. "Al contrario. Necesito que pases por ac¨¢". Se?al¨¦ el espacio donde ir¨ªa el marco de la puerta, a mitad del largo de la base de piedra de esta sala. Se acerc¨® despacio, con ese andar elegante que la caracterizaba. Se detuvo justo al borde, cruzando los brazos sobre su pecho. "?Y qu¨¦ se supone que haga?" "Solo pas¨¢. Quiero calcular la altura. Sos la m¨¢s alta de todos, y no quiero que tengas que agacharte cada vez que entres". "?Ah! Ac¨¢ va la puerta, ?no? ?Era as¨ª como dijiste que se llamaba?" Pregunt¨® mientras sus pies llegaban hasta la arena, que luego terminar¨ªa convirti¨¦ndose en tierra. Observ¨¦ cada detalle: sus orejas puntiagudas, la longitud de su cuerpo, incluso la amplitud de sus hombros. "S¨ª, ah¨ª va la entrada a la casa". Ella se gir¨® para volver a entrar al suelo de piedra. "?Ahora qu¨¦?" "Necesito que traigan madera, m¨¢s troncos", respond¨ª, tambi¨¦n mirando a los dem¨¢s. "?Ya lo escucharon!" Grit¨® Anya, y a los segundos se comenz¨® a sentir el crujido de la madera rodando. Gastando un total de la mitad de mis part¨ªculas m¨¢gicas iniciales, termin¨¦ con toda la pared y el marco. "Perfecto", dije, satisfecho. "Ahora, a trabajar en las paredes que siguen". Rundia se qued¨® un momento observando el marco de la futura puerta, acariciando uno de los bordes con una expresi¨®n pensativa. "Tienes una forma interesante de hacer las cosas, hijo. No es solo por esa magia... es como si estuvieras haciendo algo que nosotros no llegar¨ªamos a pensar nunca". Le sonre¨ª de reojo mientras comenzaba con la tercera pared, la paralela a la primera que hab¨ªa hecho. "Es que no se trata solo de hacer una casa, mam¨¢. Es sobre c¨®mo podemos crecer juntos, hacer algo distinto¡­ algo mejor. Si quer¨¦s empezar a ver las cosas de manera diferente, ten¨¦s que primero entender su significado y luego sus posibles utilidades". Ella asinti¨® lentamente, sin apartar la vista del trabajo. Sus dedos segu¨ªan acariciando la madera, como si intentara entender c¨®mo algo tan simple pod¨ªa volverse tan... especial. "?Y c¨®mo hago eso?" Era un buen momento para que los dem¨¢s tambi¨¦n escucharan. "Yo creo que el primer paso es ver m¨¢s detenidamente las cosas y buscarles una segunda utilidad". Me tom¨¦ un momento para observarla en silencio. Hab¨ªa algo en esa mirada que me impuls¨® a profundizar m¨¢s, a buscar no solo que entendiera el prop¨®sito de lo que hac¨ªa, sino que encontrara su propia manera de verlo. "Mam¨¢", comenc¨¦, mientras miraba que los dem¨¢s deten¨ªan su trabajo para tambi¨¦n prestar atenci¨®n. "?Alguna vez pensaste en c¨®mo algo tan com¨²n como un ¨¢rbol puede ser mucho m¨¢s que solo un ¨¢rbol?" Ella me mir¨®, con sus cejas ligeramente fruncidas. "?M¨¢s que un ¨¢rbol? ?Te refieres a que puede darnos sombra o madera?" "S¨ª, pero eso es solo lo b¨¢sico. Mir¨¢ esto, es un marco", dije se?al¨¢ndolo. "A simple vista, es solo madera bien puesta. Pero si lo pens¨¢s, es m¨¢s que eso. Terminar¨¢ siendo el soporte para la futura puerta. Una idea. Una conexi¨®n entre lo que est¨¢ adentro y lo que est¨¢ afuera. Algo que cambia c¨®mo nos movemos, c¨®mo nos relacionamos con el lugar". Fui girando la vista para ver a los otros tres. "Ustedes han vivido mucho m¨¢s tiempo que yo, ?no es as¨ª? ?Nunca tuvieron nuevas necesidades? Como, por ejemplo... Pap¨¢, s¨¦ que te gusta cortarte el cabello porque me viste hacerlo una vez, ?pero no crees que usar una piedra afilada servir¨ªa para cortar otras cosas?" ¨¦l se acerc¨®, pero no lo dej¨¦ hablar. "A partir de ahora, cada vez que vean algo, preg¨²ntense: ''?Qu¨¦ m¨¢s podr¨ªa ser esto?'' Y dejen que tu imaginaci¨®n haga el resto". Me apoy¨¦ en el marco de madera reci¨¦n ensamblado, dejando que mis dedos recorrieran su superficie rugosa mientras ellos reflexionaban sobre lo que acababa de decir. Hubo unos segundos de silencio donde ellos se miraron sin saber qu¨¦ decir. Hasta Aya se hab¨ªa quedado pensativa. "No hace falta que act¨²en de inmediato. Solo quiero que observen mejor lo que est¨¢ a su alrededor... Tariq tambi¨¦n est¨¢ en eso". "Ya veo..." Murmur¨® Anya. Necesitaba m¨¢s part¨ªculas m¨¢gicas para seguir trabajando. Mir¨¦ hacia el balde de agua. Estaba estrat¨¦gicamente colocado en un borde de la base de piedra. Me acerqu¨¦ con cuidado, manteniendo un aire despreocupado mientras Aya, Rin y Rundia segu¨ªan acomodando los troncos. "Un momento, necesito revisar algo", dije, d¨¢ndome la vuelta r¨¢pidamente hacia el balde. El problema era que ah¨ª estaban mi mam¨¢ y Tar¨²n. "?Hola, chicos!" Alc¨¦ la voz mientras ve¨ªa que Luc¨ªa miraba atentamente dentro del balde primitivo. "?Qu¨¦ hacen?" "?Jugando!" Grit¨® Tar¨²n mientras saltaba en el lugar. "Hola, Luciano", dijo ella haciendo un gui?o. Realmente no sab¨ªa qu¨¦ estaban haciendo, pero no ten¨ªa mucho tiempo. "A ver c¨®mo est¨¢ el agua..." Haci¨¦ndome el desentendido, me inclin¨¦ como si simplemente estuviera inspeccion¨¢ndolo. Mi mano toc¨® la superficie del agua, y las part¨ªculas comenzaron a traspasarse violentamente, fluyendo hacia m¨ª con una velocidad nunca antes vista. Hasta parec¨ªa que se peleaban por venir hacia m¨ª. En ese momento, Luc¨ªa acerc¨® su o¨ªdo hacia mi brazo. Ah, ya veo... Est¨¢ escuchando cosas. "?Qu¨¦ linda est¨¢ el agua!" Exclam¨¦, mirando a Tar¨²n. "Recuerden que es del arroyo, as¨ª que t¨®menla cuando necesiten, ?s¨ª? P¨®rtense bien". "?S¨ª, hermano!" Grit¨® mi mam¨¢, o, mejor dicho, mi hermana menor en este mundo. A veces fing¨ªa bastante bien. Me tom¨¦ un segundo para ver el bosque mientras mi mano se secaba. ?Les estar¨¢ yendo bien a las chicas con la cacer¨ªa? Mirella me dijo que ella se encarga de encontrar los animales y Suminia los caza. Mi atenci¨®n se desvi¨® involuntariamente hacia la playa. Al principio pens¨¦ que solo era mi imaginaci¨®n jugando con las formas del paisaje. La arena se extend¨ªa blanca y lisa, un lienzo perfecto bajo la luz del sol. Pero entonces lo vi. Una figura. Era gigantesca, casi desproporcionada. Caminaba lentamente en direcci¨®n al bosque. Desde la distancia, su silueta parec¨ªa una mezcla de humano y bestia, con cuernos que se retorc¨ªan en el aire. No... parec¨ªa tener uno quebrado o m¨¢s peque?o. La piel, o lo que pod¨ªa distinguir de ella, era de un color marr¨®n oscuro, casi negro. Tambi¨¦n parec¨ªa portar part¨ªculas m¨¢gicas en su cuerpo. ?Este es el Rey Demonio! Entonces not¨¦ el objeto que arrastraba en su mano. No. No era un objeto. Era un... cuerpo. ¨¦l sosten¨ªa el cad¨¢ver desde la cabeza, desde su cabellera oscura, como si fuera un mu?eco de trapo, mientras los restos desmembrados se balanceaban con cada movimiento. Parec¨ªa faltarle la mitad de una pierna y los dos brazos, pero no hab¨ªa rastros de sangre. Cap铆tulo 37: Nuestra primera casa. ?Qu¨¦ hac¨ªa ac¨¢ el Rey Demonio del que me hab¨ªa hablado Aya? ?Por qu¨¦ tan cerca de nosotros? Mi mente comenz¨® a correr en todas direcciones, buscando explicaciones, pero no encontraba ninguna que tuviera sentido. Mis piernas se sent¨ªan como de plomo. Quer¨ªa moverme, correr hacia los dem¨¢s, advertirles, pero no pod¨ªa. Era como si mi cuerpo se negara a responder. No... en realidad no quer¨ªa eso. Lo que realmente quer¨ªa era hacer como si no hubiera ocurrido nada. Necesitaba que ¨¦l se fuera para yo poder seguir construyendo. Aun as¨ª, esto era... peligroso. ¨¦l parec¨ªa haber matado a alguien y yo no sab¨ªa el motivo. El supuesto minotauro detuvo su paso, levantando la cabeza como si estuviera olfateando el aire. Mi coraz¨®n comenz¨® a latir con fuerza. ?Podr¨ªa olerme? ?Sentir mi presencia? Me mir¨® desde la lejan¨ªa y se fue por el lado del bosque por el que nosotros no sol¨ªamos caminar. Mir¨¦ hacia la sala que est¨¢bamos construyendo; pod¨ªa ver a Aya inclin¨¢ndose sobre un tronco mientras ayudaba a los dem¨¢s. Su figura siempre parec¨ªa irradiar calma. Pero, ?c¨®mo reaccionar¨ªa si supiera lo que acababa de ver? ?Y c¨®mo podr¨ªa asegurarme de que todos estuvieran a salvo si la presencia de ese monstruo era solo el comienzo de algo m¨¢s grande? Decid¨ª no decir nada. No todav¨ªa. Mientras todos salgan fuera conmigo, o con Aya, o con Mirella a su lado, todo estar¨¢ bien. El volc¨¢n estaba lo suficientemente lejano como para decir que hab¨ªa que caminar por tres o cuatro horas seguidas hasta llegar ac¨¢, o viceversa. No deb¨ªa ser algo com¨²n; algo lo atrajo hacia ac¨¢. ?Por qu¨¦ matar a alguien? ?No habr¨¢ sido magia de ilusi¨®n? Ese cuerpo no parec¨ªa ser de alguien que yo conociera, y que no chorreara sangre tampoco era normal. Camin¨¦ de regreso con los dem¨¢s, esforz¨¢ndome por mantener un semblante relajado. Hay que mantener la calma, todo estar¨¢ bien. Ya nos tendr¨ªa que haber atacado si hizo tanto recorrido para venir hasta ac¨¢. ¨¦l me vio... Me vio y no hizo nada. Al llegar, Aya levant¨® la mirada y me sonri¨®. "?Todo bien, Luciano?" "S¨ª, claro", respond¨ª, forzando una sonrisa. "Solo estaba revisando el balde. Todo en orden. Sigamos". Cuando la tercera pared ya estaba finalizada, llegaron las chicas. Pude verlas a trav¨¦s de donde en alg¨²n momento ir¨ªa la puerta de la entrada principal, las tres emergieron de entre los ¨¢rboles. Sin embargo, no cargaban nada de comida entre sus manos. Agradec¨ª mentalmente la distracci¨®n despu¨¦s de lo que acababa de presenciar en la playa. "?Hemos vuelto!" Anunci¨® Samira, animada, asom¨¢ndose por el marco. "Y ya guardamos toda la comida en la cueva antes de venir. Creo que hoy comeremos bien". Mirella dio un giro en el aire, observando a su alrededor antes de detenerse en el aire al ver la construcci¨®n. Sus ojos brillaron de emoci¨®n. "?Guau, Luciano! ?Esto se ve incre¨ªble! No sab¨ªa que eras tan bueno armando cosas grandes". Suminia se cruz¨® de brazos, echando un vistazo cr¨ªtico al trabajo mientras golpeaba la punta del mango de su lanza contra la piedra. "Bueno, est¨¢ decente. Aunque... ?Por qu¨¦ es as¨ª? Digo... no se ve igual que la casa peque?a". "Es porque esta es la casa a tama?o real", respond¨ª, intentando sonar despreocupado. "?No te acord¨¢s de la parte de la entrada? ?O es que te parece raro el suelo? Es que ahora es de piedra y en la maqueta yo la hice de..." "?Claro, era eso!" Dijo r¨¢pidamente, cortando mis palabras y haciendo una risa algo forzada. "?C¨®mo es que no lo not¨¦ antes? Este nuevo lugar es hermoso..." "?Hermana, vayamos a investigar!" Grit¨® Samira mientras la agarraba de la mano y se?alaba la otra punta del lugar, donde estaban los otros dos ni?os. "?Ah¨ª est¨¢ Tar¨²n!" "Bueno, pero..." Las palabras de la otra gemela se esfumaron al ser llevada a gran velocidad. "Son encantadoras, ?no?" Le dijo Rundia a Anya, d¨¢ndole unos golpecitos en el brazo. "S¨ª... Kuri las educ¨® muy bien". Mirella se subi¨® a mi cabeza, pero yo no pude evitar seguir escuchando su conversaci¨®n mientras me centraba en sacar medidas para que la puerta que dar¨ªa al pasillo quedara centrada. Esta iba a ser la ¨²ltima pared del d¨ªa. "Es una l¨¢stima lo que sucedi¨®... Bueno, ya sabes". "A todos nos terminar¨¢ pasando lo mismo, ?no es as¨ª?" "Yo... No voy a caer tan f¨¢cil. Quiero vivir por mucho tiempo". "Realmente eres una chica muy valiente, Rundia. Te hiciste cargo de dos ni?as sin padres y ahora tambi¨¦n tienes dos hijos incre¨ªbles". Sin padres... Entonces era cierto, se confirm¨® lo peor, lo que yo pensaba. "Solo hice lo que deb¨ªa hacer. No pod¨ªa dejarlas solas". Hubo un silencio por unos segundos. "?Y t¨² piensas tener m¨¢s hijos... con otra pareja?" "?Nueva pareja?" Pregunt¨® Anya con sorpresa. No pude evitar ver su reacci¨®n: lade¨® ligeramente la cabeza hacia Rundia, como si no estuviera segura de si lo dec¨ªa en serio o si solo intentaba provocarla. "S¨ª, nueva pareja. Has estado sola desde que Tariq se fue con Yume, ?no? No es que sea asunto m¨ªo, pero no creo que quieras pasar el resto de tus d¨ªas as¨ª". "Ay, Rundia... ?No se supone que eres mi amiga?" "?Qu¨¦ tiene que ver?" "?Para qu¨¦ crees que necesito a alguien m¨¢s? Estoy bien as¨ª. Adem¨¢s, no es como si hubiera muchos para elegir". "Puede que tengas raz¨®n". En ese momento, Mirella revolote¨® alrededor de mi cabeza, distray¨¦ndome de la conversaci¨®n. "?Qu¨¦ escuchas tanto, Luciano? ?Es tan interesante eso para ti?" Negu¨¦ con la cabeza, fingiendo estar absorto en mi trabajo. "Solo planeando c¨®mo terminar esta ¨²ltima pared. No te preocupes, todo est¨¢ bajo control". Lo cierto era que hasta ahora no hab¨ªa hecho nada, y Rin me estaba mirando desde una esquina, poni¨¦ndome nervioso. Anya, con un leve tono de iron¨ªa, desvi¨® la conversaci¨®n hacia un terreno inesperado. "Rundia, ?y qu¨¦ opinas de Aya? Es... ya sabes, interesante. Tiene presencia". Rundia levant¨® una ceja, claramente desconcertada por el cambio de tema. Aunque bueno, Aya estaba casi que a su lado. "?Aya?" Repiti¨® lentamente, dejando caer la palabra como si probara su peso. "Bueno, supongo que... S¨ª, es interesante. Aunque no s¨¦ si es el tipo de persona que busca compa?¨ªa de ese tipo". "?Y por qu¨¦ no? No sabemos casi nada de ella, pero es fuerte, hermosa... y est¨¢ sola. Quiz¨¢s no le ir¨ªa mal alguien que... bueno, le diera algo de compa?¨ªa". ?Pero si acababa de molestarse porque le dijeron lo mismo! Sent¨ª c¨®mo un nudo se formaba en mi est¨®mago. Aya estaba sentada en la misma sala, observando con aparente calma, pero sus orejas se movieron ligeramente, captando cada palabra. Ten¨ªa mucha curiosidad por escuchar algo del pasado de Aya. "?Est¨¢n hablando de m¨ª?" Anya levant¨® las manos, fingiendo inocencia, pero su sonrisa no ayudaba a suavizar la situaci¨®n. "No es nada malo, Aya. Solo est¨¢bamos diciendo que podr¨ªas considerar... ya sabes, no estar sola todo el tiempo". "Anya, no me conoces lo suficiente para hablar de eso". "No quise ofenderte, Aya. Solo pens¨¦..." Sin decir nada m¨¢s, se levant¨® y camin¨® hacia donde yo estaba trabajando. Me detuve un momento, intentando descifrar qu¨¦ decir o si realmente deb¨ªa decir algo. Aya se puso a mi lado, aparentemente concentrada en la pared que estaba por construir. "?C¨®mo puedo ayudar?" "S-S¨ª... Este... Creo que deber¨ªas ir juntando los troncos sobrantes del otro lado. No necesitamos m¨¢s madera ac¨¢". Mientras la observaba moverse, no pude evitar preguntarme qu¨¦ tantas cosas no sab¨ªa de ella. Siempre hab¨ªa sido una gran amiga, pero era evidente que hab¨ªa algo debajo de esa fachada tan elegante. Algo que prefer¨ªa no compartir. De todas formas, todos tenemos algo que no queremos contar a los dem¨¢s, ?no? Yo lo s¨¦ mejor que nadie. Si quer¨ªa hablar, lo har¨ªa a su tiempo. M¨¢s magia, m¨¢s madera, m¨¢s de mi esfuerzo y el de los dem¨¢s para terminar las paredes... Ya est¨¢, tenemos la primera sala lista. No en su totalidad, claro. Todav¨ªa falta el techo, las ventanas, puertas y dem¨¢s. *** Han pasado tres d¨ªas desde que construimos las paredes de la cocina-comedor. Desde ese momento no hemos parado de hacer cosas. Sin embargo, no estuvimos trabajando directamente sobre la casa, sino que estuvimos sacando ¨¢rboles para conseguir la madera faltante. Para ser exactos, sacamos trece ¨¢rboles en total y se llenaron nuevos bolsones con mis cubos de madera. No tuvimos mucho problema con las lluvias, pero una peque?a llovizna me advirti¨® que ser¨ªa mejor terminar lo m¨¢s r¨¢pido posible las paredes externas para as¨ª poder construir un techo que cubra el interior de la casa. En cuanto a Tariq, justo estoy junto a ¨¦l y Mirella a orillas del arroyo. Mirella estaba rodeando con los brazos lo que Tariq acababa de terminar de crear con la arcilla. "As¨ª que esto es un vaso..." "S¨ª, ya est¨¢ terminado", respondi¨® Tariq. "?Y para qu¨¦ sirve?" "Para meter agua dentro. Eso dice Luciano". "Pero primero se tiene que secar", a?ad¨ª a sus palabras. "?Y c¨®mo lo secamos? ?Con magia de luz?" No hab¨ªa pensado en esa opci¨®n... "Es una posibilidad, aunque primero quiero probar si podemos secarlo bajo el sol. La idea es crear algo sin magia, por eso le estoy ense?ando a ¨¦l". "?Entonces llev¨¦moslo a la playa! Ah¨ª hay mucho sol", contest¨®, intentando levantarlo entre sus brazos. "No, no, no". Se lo quit¨¦, d¨¢ndoselo a Tariq. "Es pesado para vos. Acordate que todav¨ªa segu¨ªs creciendo". "?Ohhh! ?Entonces qu¨¦ voy a hacer yo?" "Yo puedo ense?arte a hacer un vaso", interrumpi¨® Tariq. "Bueno... Reci¨¦n estoy aprendiendo, pero creo que me gusta". Y vaya si le gusta, si se la ha pasado ac¨¢ todo el tiempo. Eso es bueno, justo lo que estoy buscando. "?S¨ª!" "?En serio lo har¨ªas, Tariq? No queremos molestarte en esto, pero si le vas ense?ando a Mirella o a cualquiera que conozcas, yo podr¨ªa darte un regalo". "?Qu¨¦ regalo?" "Bueno... Has visto la lanza que tiene mi padre, ?no?" "?La lanza de tu padre? ??Eso con lo que ¨¦l sale a cazar!?" Respondi¨® Tariq, alzando la vista hacia m¨ª. Sus ojos brillaban como si le hubiera ofrecido el arma de un h¨¦roe legendario. Pude notar c¨®mo tragaba saliva, claramente emocionado. "?De verdad me dar¨ªas algo as¨ª? Es... incre¨ªble". Una sonrisa un tanto maliciosa se mostr¨® en mi rostro. Si bien el seguir creando cosas peque?as con magia no era lo que estaba buscando, era bueno para motivar a los dem¨¢s. "Claro que s¨ª. Pero tiene que ser un intercambio justo, ?no? Ense?a a Mirella y a los dem¨¢s todo lo que aprendas sobre moldear la arcilla, y en cuanto domines lo b¨¢sico, te dar¨¦ una lanza. Ser¨¢ algo especial, hecho por m¨ª. Una que te servir¨¢ en cualquier situaci¨®n". Agarr¨¦ unas enredaderas que ¨¦l hab¨ªa dejado a un lado. "Quiero que Yume y Kiran aprendan al mismo tiempo, si es posible". Tariq parec¨ªa que iba a explotar de felicidad. Sujet¨® el vaso de arcilla con ambas manos, como si ya sostuviera su preciada lanza. This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon."?Lo har¨¦! Prometo que lo har¨¦. ?Voy a aprender bien y a ense?ar a todos lo que pueda!" Sab¨ªa que este hombre hab¨ªa intentado copiarnos las ojotas en su momento; no es alguien que se quede atr¨¢s en las cosas. Es activo y se esfuerza por avanzar. ?Ser¨¢ por eso que las mujeres se interesan en ¨¦l? Lo cierto era que tampoco me convenc¨ªa mucho el darle un arma a alguien que reci¨¦n estaba comenzando a conocer. Pero bueno, tambi¨¦n les di un machete a mis abuelos, as¨ª que no creo que pase algo raro. ¨¦l nos ha ayudado mucho y debo devolv¨¦rselo de alguna manera. Tambi¨¦n quiero que piense que yo soy alguien confiable, alguien que deber¨ªa tener de su lado. Luego de unos pasos por el bosque, ya est¨¢bamos en la playa, a unos metros de la futura casa y de donde estaban algunos de los de mi grupo. Mirella volaba a nuestro alrededor mientras saludaba desde la lejan¨ªa a las gemelas. "?Ah¨ª voy! ?Esp¨¦renme!" Lanc¨¦ al suelo algunas piedras que hab¨ªa tra¨ªdo en el camino y constru¨ª una peque?a base sobre el suelo. "Tariq, ahora pon¨¦ el vaso de arcilla sobre esa piedra". Tariq se arrodill¨® y coloc¨® el vaso con sumo cuidado, como si estuviera depositando algo fr¨¢gil. Luego se sent¨® junto al vaso, observ¨¢ndolo como si esperara que el proceso sucediera de inmediato. "Ahora solo tenemos que esperar", dije, sent¨¢ndome a su lado. "El sol har¨¢ el resto". Mirella, incapaz de quedarse quieta, se pos¨® sobre la peque?a base de piedra. "?Y cu¨¢nto tiempo vamos a esperar?" "Creo que un d¨ªa o dos", respond¨ª, disfrutando de su expresi¨®n de horror. "??Tanto?! ?Y mientras qu¨¦ hacemos?" Tariq, a¨²n emocionado, levant¨® la mirada hacia m¨ª. "Podr¨ªamos hacer m¨¢s vasos con la arcilla. Ahora que entiendo c¨®mo moldearla, puedo intentarlo de nuevo". "Necesito que intentes hacerlos m¨¢s grandes, para terminar llegando a un tama?o parecido al balde que te mostr¨¦". "Entiendo. Intentar¨¦ hacer vasos m¨¢s grandes". "Escuchen", dije mientras observaba el peque?o vaso de arcilla sec¨¢ndose al sol. "Quiero que cada uno aproveche su tiempo al m¨¢ximo. Mirella, vos vas a aprender de Tariq durante las ma?anas. Quiero que te enfoques bien, no solo en c¨®mo moldear la arcilla, sino en entender por qu¨¦ lo hacemos de esta manera. Sin magia. Es importante". "?Claro! ?Voy a ser la mejor hacedora de vasos de todos los tiempos!" Exclam¨® con una sonrisa que le iluminaba el rostro. Luego se gir¨® hacia Tariq, y con dramatismo agreg¨®: "Espero que est¨¦s listo para ense?arme tus secretos m¨¢s profundos". Tariq rio por lo bajo. "Si me sigues el ritmo, seguro que aprendes r¨¢pido". "Pero por la tarde", continu¨¦, interrumpiendo su breve camarader¨ªa. "Quiero que te unas a las gemelas para salir de caza. No podemos olvidarnos de la comida". "Pero... ?Y t¨²?" Espero salir de esta. "Yo voy a construir la casa". "?Entonces vamos a estar todo el d¨ªa separados!" Grit¨®, moviendo los brazos desesperadamente. "Bueno, no es todo el d¨ªa", dije, tratando de calmarla mientras levantaba una mano en se?al de paz. "Por la tarde vas a estar con las gemelas, y eso tambi¨¦n es importante. Adem¨¢s, cuando regreses, vamos a seguir vi¨¦ndonos. ?No te parece bien?" "?No, no me parece bien!" Contest¨®, cruzando los brazos. "Yo quiero estar contigo todo el tiempo, Luciano. ?Es mucho pedir?" Suspir¨¦ profundamente. Mirella ten¨ªa un don para ponerme en aprietos con sus incesantes arranques emocionales. "Mirella, esto es por el bien de todos. Si aprend¨¦s bien de Tariq y ayud¨¢s con la caza, est¨¢s contribuyendo a que nuestra vida sea m¨¢s f¨¢cil. Pens¨¢ en la casa que estamos construyendo. Cada uno tiene un papel importante en todo esto, y el tuyo no es la excepci¨®n. Yo conf¨ªo en vos. ?Pod¨¦s confiar tambi¨¦n en m¨ª?" Despu¨¦s de unos segundos de silencio, finalmente asinti¨®, aunque con un leve puchero en su rostro. "Est¨¢ bien... pero m¨¢s te vale que me des un mont¨®n de atenci¨®n cuando termine todo esto", dijo con tono resignado. "Trato hecho". Cuando ella se estaba a punto de ir con las chicas, Tariq la fren¨® con su voz. "?Mirella, espera! Quiero hacerte una pregunta". "?S¨ª?" Respondi¨®, su mirada expectante. "Tengo una pregunta que me est¨¢ rondando desde hace un tiempo... ?T¨² estuviste en la lucha contra el Rey Demonio? Ya sab¨¦s, con la mujer de fuego y el barbudo". Uy... Yo hab¨ªa tratado de no preguntarle eso. Mirella parpade¨® varias veces, claramente desconcertada. Su energ¨ªa habitual desapareci¨® al instante, reemplazada por una expresi¨®n de genuina confusi¨®n. "?Qu¨¦? ?De qu¨¦ est¨¢s hablando?" Pregunt¨®, inclinando la cabeza hacia un lado. "Yo ni siquiera sab¨ªa que ¨¦l exist¨ªa hasta que Aya me lo cont¨®". "?En serio? Pero estoy seguro de que alguien m¨¢s estaba all¨ª... ?Entonces fue Aya? No, ella es demasiado grande como para no notarla". "?Tariq!" interrump¨ª con un tono m¨¢s fuerte de lo que planeaba, pero necesario para frenar lo que claramente era un camino complicado. "No es momento para esas preguntas. Tenemos cosas m¨¢s importantes en las que enfocarnos. Adem¨¢s, vos tambi¨¦n ya deber¨ªas ir a cazar un poco, ?no?" "Tienes raz¨®n. No puedo perder mucho tiempo; le promet¨ª a Yume que llevar¨ªa comida". "Dale. Acordate de que si hac¨¦s un buen trabajo con lo de la arcilla e ir ense?ando a los dem¨¢s, te voy a dar esa lanza". "?Me voy!" Despu¨¦s de saludar a Mirella y las gemelas, me dirig¨ª hacia la casa. Hoy solo estaban Aya, Anya, Rin y Rundia se hab¨ªa quedado en la cueva junto a Luc¨ªa y Tar¨²n. Por mi parte, aprovech¨¦ el tiempo para inspeccionar las maderas que hab¨ªamos acumulado durante estos d¨ªas. La cocina-comedor necesitaba m¨¢s ajustes, y el pensamiento de la lluvia me pon¨ªa nervioso. Si las paredes externas no estaban listas a tiempo para soportar el techo, se podr¨ªa formar humedad y terminar¨ªa da?ando parte de lo que hab¨ªamos construido hasta ahora. Si hay algo bueno en esto, es que el suelo es de piedra. Agarr¨¦ la maqueta de la casa que estaba al lado del balde con agua. "Vengan, quiero mostrarles qu¨¦ vamos a hacer hoy", dije en voz alta. "?Ah¨ª vamos!" Grit¨® Anya, d¨¢ndole un empujoncito a Aya por la espalda. S¨ª, ya hicieron las paces. Anya no es alguien que le guste llevarse mal con aquellos que aprecia. Una vez que ya estaban los tres al frente m¨ªo, comenc¨¦ con la explicaci¨®n. "Bueno, miren. Hoy vamos a construir esta parte de ac¨¢", dije, apuntando al pasillo que conectaba las habitaciones. "Este pasillo es clave porque va a dar acceso directo a las cuatro habitaciones principales y al ba?o central". "Ese pasillo... ?No ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil dejar un espacio abierto y listo? Nunca me convenci¨® eso del ''pasillo''". "Entiendo que parezca un poco in¨²til, pero nos ayuda a mantener varias habitaciones sin hacer la casa demasiado grande. Adem¨¢s de eso, va a ser f¨¢cil para todos llegar a ellas". "Eso es cierto. Supongo que debemos construirlo para ver si realmente es como t¨² dices, ?no es verdad?" "Supongo que s¨ª". "?Entonces qu¨¦ debemos hacer nosotros?" Pregunt¨® Anya. "No es mucho. Solo necesito que me alcancen los troncos cuando se los pida". Menos mal que ya hab¨ªamos acomodado troncos cubriendo todos los extremos de la base de piedra cuando los trajimos por primera vez. "Entonces solo esperaremos a que nos avises". "S¨ª. Voy a empezar por la izquierda del pasillo". Si tuviera la perspectiva a¨¦rea de lo que estamos construyendo actualmente, podr¨ªa decir que, si lo vemos desde el bosque hacia el agua, la base de piedra tiene una forma de ''T''. Donde el rect¨¢ngulo de abajo es la cocina-comedor, y el gran rect¨¢ngulo en horizontal es todo el c¨²mulo de habitaciones junto con el ba?o. Por lo tanto, ahora voy a empezar a alargar la pared que ya tenemos construida para as¨ª formar una parte del pasillo. Entonces, me arrodill¨¦ sobre el suelo, que estaba bastante caliente. Visualic¨¦ las part¨ªculas m¨¢gicas a mi alrededor. Una suave corriente pareci¨® recorrer mis dedos mientras concentraba mi energ¨ªa en la madera que estaba al borde del suelo de piedra. Mi intenci¨®n era clara: unir los troncos con la base de piedra y la otra pared como si fueran una sola pieza s¨®lida. Pas¨® tan solo un instante hasta que unos pocos cent¨ªmetros de madera se alzaron frente a m¨ª. "Tr¨¢iganme otro tronco, por favor". Mir¨¦ hacia atr¨¢s y la primera en reaccionar fue Anya, que parece que ya estaba lista para empujar uno de costado y en forma paralela a la pared. "Ah¨ª est¨¢ bien, gracias", dije cuando ya estaba frente a mis pies. La historia se volvi¨® a repetir una y otra vez mientras cada uno de los tres se turnaba para alcanzarme m¨¢s madera. As¨ª es como primero termin¨¦ la parte faltante del pasillo y luego segu¨ª por el per¨ªmetro restante del rect¨¢ngulo que abarcaba todas las habitaciones y el ba?o. En conclusi¨®n, las paredes que daban al exterior ya estaban listas. Ahora faltaba planificar el techo, al d¨ªa siguiente. La forma de ''T'' media deforme de la casa era un dise?o relativamente pr¨¢ctico, pero planteaba un problema evidente: si no lo hac¨ªa correctamente, la acumulaci¨®n de agua podr¨ªa convertirse en un desastre por el material con el que estamos construyendo. No pod¨ªa permitirme ese error, especialmente ahora que las paredes externas estaban completas. "Buenos d¨ªas", salud¨® Aya con voz calmada al notar que me sentaba. Se hab¨ªa despertado bastante temprano. "Te ves preocupado, Luciano. ?Es por la construcci¨®n? ?Necesitas que hoy descansemos? Trabajamos demasiado ayer". "S¨ª... Bueno, no s¨ª en el sentido de que quiero descansar, sino que estoy algo indeciso porque todav¨ªa no termin¨¦ de ver todos los detalles. Necesitamos hacer el techo, que es una parte que no est¨¢ en la casa en miniatura. Quiero un dise?o que desv¨ªe el agua de lluvia lejos de las paredes y de la intersecci¨®n de la casa. Si no lo resolvemos, va a ser un problema". Aya inclin¨® ligeramente la cabeza, como si procesara la informaci¨®n. "?La... inters... inters...?" Balbuce¨®. "Es una forma de decir que la forma de la cocina-comedor choca con la forma del pasillo". "?Entonces tu padre ten¨ªa raz¨®n?" "Realmente no, solamente necesito buscar una buena soluci¨®n. Si no lo manejo bien, el agua se acumular¨¢ all¨ª, encima nuestro, encima de la casa". Me levant¨¦, sacudiendo un poco de tierra detr¨¢s de mis piernas, y camin¨¦ hasta agarrar la maqueta que la hab¨ªa tra¨ªdo hasta la cueva para observarla mejor. El simple hecho de verla no me convenci¨®, as¨ª que extraje un poco de piedra de la pared y comenc¨¦ a jugar haciendo dise?os. Anya y Rin se levantaron poco despu¨¦s, seguidos por Mirella, que flotaba sobre mi hombro con una sonrisa alegre. Su humor contrastaba con mi tensi¨®n. "?Luciano! ?Buenos d¨ªas!" Exclam¨® Mirella, revoloteando frente a mi cara. "?Hoy siguen con la casa? Estoy lista para ayudar. ?Dame algo que hacer!" "Buenos d¨ªas, Mirella. S¨ª, seguimos con la casa. Hoy toca el techo", respond¨ª. "Pero vos ten¨¦s que ir con Tariq, acordate". "Ah..." Murmur¨®. Todav¨ªa no parec¨ªa del todo convencida con nuestro acuerdo, pero ella hab¨ªa aceptado hacer cosas con arcilla. "Tranquila, porque si volv¨¦s r¨¢pido, vas a poder ayudarnos". "?S¨ª!" Anya nos interrumpi¨® mientras todav¨ªa se despabilaba. "?C¨®mo lo haremos a eso del techo? Necesitamos algo que sea bueno, pero tambi¨¦n r¨¢pido. No tenemos mucho tiempo para esta parte; la lluvia podr¨ªa llegar cualquier d¨ªa... Como t¨² nos dijiste". Me qued¨¦ pensativo por un momento, y entonces una idea se form¨® en mi mente, basada en recuerdos de mi vida pasada y tambi¨¦n en la casa de Sariah. "Vamos a hacer un techo inclinado, pero a dos aguas. La parte superior tendr¨¢ una ligera inclinaci¨®n hacia los extremos. Tambi¨¦n existe la posibilidad de hacer una canaleta a los costados para llevar el agua a un determinado lugar. Usar¨¦ hojas para cambiar la textura del techo y que el agua se deslice m¨¢s r¨¢pido". Todos me miraron raro; estaba claro que no entendieron nada. La primera en formar una palabra fue Anya. "Ca-na-l... ?Qu¨¦?" Intent¨® buscar alguna mirada con los dem¨¢s. "Supongo que hay que confiar en que saldr¨¢ bien", dijo Rin. "Tranquilos, ya saben que les estoy explicando todo para que puedan visualizarlo mejor", respond¨ª mientras terminaba de moldear la piedra para hacer el techo para la maqueta. "Lo que voy a intentar explicar ahora es c¨®mo vamos a hacer el techo", comenc¨¦, mientras se?alaba la parte superior de la maqueta. "Primero, inclinamos cada lado del techo para que el agua de lluvia baje hacia los bordes. Esto es lo que llamo techo a dos aguas. Luego, en los extremos, vamos a poner algo parecido a un arroyo, si es que quieren verlo as¨ª. A eso le llamo canaleta, un lugar por donde el agua pasa sin caerse hacia los costados y sin quedarse estancada". Esta vez, la que contest¨® fue Aya. Claro, ella ten¨ªa experiencia al haber vivido todo el tiempo al lado del arroyo. "?No ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil si solo hacemos que el agua caiga hacia los costados? Porque si ese techo va hacia abajo, entonces el agua tambi¨¦n va a terminar cayendo sobre el suelo". Anya ten¨ªa un buen punto, y por un momento consider¨¦ su idea. ?De verdad era necesario complicarme tanto? Si simplemente dej¨¢bamos que el agua cayera a los lados, el proceso ser¨ªa mucho m¨¢s r¨¢pido, y podr¨ªamos dedicar nuestra energ¨ªa a otros detalles importantes. Pero algo me dec¨ªa que no era tan sencillo. Mir¨¦ hacia fuera de la cueva por un instante, imaginando la lluvia cayendo en torrentes sobre la casa reci¨¦n terminada. Visualic¨¦ el agua golpeando el techo inclinado, desliz¨¢ndose hacia los costados... y luego acumul¨¢ndose r¨¢pidamente alrededor de las paredes. Tierra y arena mojada por dem¨¢s. Barro en la entrada que viene desde el bosque. El agua buscando su camino hacia las bases de la casa, debilit¨¢ndolas. "No, no podemos hacer eso", dije finalmente, sacudiendo la cabeza. "La casa ocupa un espacio bastante considerable, y el agua que cae directamente al suelo cerca de la casa puede convertirse en un problema con el tiempo. Si empieza a acumularse mucho, podr¨ªa afectar la estabilidad de las paredes. Adem¨¢s, se formar¨ªa demasiado barro en la entrada que viene del bosque, y vamos a pisarlo cada vez que salgamos o entremos. Ser¨ªa inc¨®modo y sucio". Mirella se rio desde mi hombro. "Luciano, siempre piensas en un mont¨®n de cosas antes de decidir algo. Me gusta, pero... "?Seguro que no est¨¢s exagerando?" "No". A pesar del comentario ligero de Mirella, los dem¨¢s se miraron entre s¨ª de nuevo, intercambiando expresiones de desconcierto. Incluso Aya, normalmente la que era un poco m¨¢s inteligente, frunc¨ªa ligeramente el ce?o mientras observaba mi maqueta y trataba de entender la idea de las canaletas. Anya suspir¨®, evidentemente frustrada, y Rin cruz¨® los brazos, rasc¨¢ndose la barbilla como si tratara de encontrarle sentido a lo que dec¨ªa. Atr¨¢s estaban los ni?os y Rundia, que parec¨ªan no querer meterse en la conversaci¨®n y empezaron a armar una fogata. "Entonces... "?Esa cosa de las canaletas es como un arroyo... pero en el techo?" Pregunt¨® Rin, levantando una ceja. "S¨ª, m¨¢s o menos. Es como una especie de arroyo peque?o que dirige el agua hacia un lugar donde no haga da?o, ?entienden?" Intent¨¦ explicar de nuevo, gesticulando y se?alando la maqueta con las manos para reforzar mis palabras. "Si cae el doble de agua en el suelo, complicar¨ªa las cosas". Anya me mir¨®, con los brazos en jarra. "Pero... si ya cae al suelo, ?no es m¨¢s f¨¢cil que simplemente deje de preocuparnos? ?Por qu¨¦ tanto l¨ªo? Parece que solo estamos complicando las cosas". "?Exacto! Adem¨¢s, ?estamos hablando de agua!" A?adi¨® Mirella desde mi hombro, haciendo un puchero. "Es como... ?Agua! ?Qu¨¦ tan malo puede ser que caiga al suelo?" ?Tan dif¨ªcil era de entender el concepto que, hasta Mirella, que siempre sal¨ªa a favor m¨ªo, terminara dudando? "Miren, el problema no es que caiga agua alrededor de nuestra casa, el problema es que adem¨¢s de esa agua de lluvia, caiga tambi¨¦n la que deber¨ªa caer en el terreno donde estamos construyendo. Adem¨¢s, hacerlo bien desde el principio evita problemas a futuro. Imaginen esto: un techo inclinado as¨ª", form¨¦ la parte superior de un tri¨¢ngulo equil¨¢tero con una mano, "hace que el agua fluya hacia los costados. Ahora, si en lugar de que el agua caiga directo al suelo, creamos unas canaletas, podemos dirigir el agua hacia un lugar donde no haga da?o". Anya parpade¨®, frunciendo el ce?o. "Lo dices como si fuera... no s¨¦, magia de agua o algo raro. ?C¨®mo vamos a hacer que el agua te obedezca as¨ª?" "?No es magia, es f¨ªsica!" Grit¨¦, tap¨¢ndome la boca. Mierda, no debo largar esas cosas raras que no podr¨ªa explicar luego. "Perd¨®n, no quer¨ªa gritar. Lo que quiero decir es que solo necesitamos darle una salida, como un camino. Es... es simple, de verdad". De pronto, Rundia se puso en medio de nosotros. "Chicos, ?no les gustar¨ªa hablar de esas cosas mientras comemos?" "S¨ª..." Respond¨ª por todos, soltando un suspiro. Cost¨®, pero ese mismo d¨ªa todos terminaron entendiendo el concepto. *** Pasaron siete d¨ªas desde que terminamos las paredes externas. Trabajamos y sudamos mucho hasta que finalmente... Qued¨® terminada toda la estructura de la casa. Y cuando digo estructura, me refiero a que est¨¢n listos todas las paredes, los marcos, las ventanas, el techo y tambi¨¦n la canaleta que termina en un ca?o de madera que da a un enorme fuent¨®n, tambi¨¦n hecho de madera. Ah¨ª se iba a acumular el agua limpia de lluvia que utilizar¨ªamos para beber sin tener que soportar lo salado del mar. Con respecto a las paredes interiores, fueron hechas con la madera en forma de cubos que estaba dentro de los bolsones. As¨ª que solo tuvimos que arrastrar los bolsones y acomodar los cubos uno encima del otro. Fue super f¨¢cil y pr¨¢ctico. Estaba sentado en la entrada mirando hacia dentro, observando el fruto de nuestro trabajo. Lo cierto era que estaba vac¨ªa y poco iluminada, pero al menos era reconfortante el verla ah¨ª, aunque ni siquiera tuviera puertas. Aya se uni¨® a m¨ª. "Qued¨® hermosa, Luciano. Aunque todav¨ªa no entiendo del todo c¨®mo funcionan algunas cosas. Pero si t¨² dices que est¨¢ bien, conf¨ªo en ti". "Gracias, Aya. No fue f¨¢cil, pero vali¨® la pena. Creo que ac¨¢ podremos vivir una vida tranquila... o al menos eso espero". Mirella apareci¨® flotando a mi lado, con su t¨ªpico entusiasmo. "?Eres un genio, Luciano! Pero, oye, ?ya podemos vivir aqu¨ª? Porque ahora que veo la casa, estoy harta de dormir en esa cueva inc¨®moda. ?Quiero un lugar donde mi vestido no se llene de tierra cada vez que me siento!" "Primero tenemos que acondicionar el interior. Faltan hacer varios objetos, y adem¨¢s necesitamos trasladar todas nuestras cosas. Pero s¨ª, estamos cerca de mudarnos". "?Yupi!" Grit¨® Mirella, girando en el aire con alegr¨ªa. Me asom¨¦ levemente por el marco de la puerta para ver hacia fuera. Desde la lejan¨ªa se pod¨ªan ver a los dem¨¢s en la zona en donde se secaban las cosas de arcilla. Me devolv¨ª y mir¨¦ a Aya. Ten¨ªa que decirle la verdad. "Aya". "S¨ª, dime". Tragu¨¦ saliva. Hab¨ªa evitado hablar del tema hasta ahora porque no quer¨ªa preocupar a nadie, pero sab¨ªa que no pod¨ªa seguir guard¨¢ndomelo. A pesar de que oculto mi verdadera identidad, no me gusta ser tan mentiroso. "Aya, yo... Yo vi al Rey Demonio. Fue hace unos d¨ªas, cuando reci¨¦n est¨¢bamos haciendo las paredes del exterior". Cap铆tulo 38: Aya y la playa. Aya parpade¨® varias veces seguidas, procesando lo que acababa de escuchar. "?Qu¨¦ dijiste?" Sus orejas se alzaron por completo, y su cuerpo entero parec¨ªa tensarse como un arco a punto de disparar. "?El Rey Demonio?" Pregunt¨® Mirella mientras se posaba sobre el suelo, entre mis piernas. "Eso no es algo bueno, ?no?" "?Claro que no es bueno! ??D¨®nde lo viste!?" "Estaba en la playa, casi donde comienza el bosque. No hizo nada... raro, pero me observ¨® y despu¨¦s desapareci¨®". La expresi¨®n de Aya cambi¨® de inquietud a terror en cuesti¨®n de segundos. Sus colas comenzaron a agitarse descontroladamente detr¨¢s de ella, como si intentaran expresar lo que sus palabras a¨²n no pod¨ªan. De pronto, llev¨® las manos a la cabeza, entrelazando los dedos en su cabello blanco. "?No, no, no! ?Esto no puede estar pasando!" Mirella retrocedi¨® un poco, claramente sorprendida por la reacci¨®n de Aya. "Aya, calmate, por favor". Intent¨¦ acercarme, pero ella se levant¨® y dio un paso atr¨¢s, levantando una mano para detenerme. "No entiendes, Luciano. Si ¨¦l apareci¨®, significa que sabe d¨®nde estamos. ?Nos est¨¢ observando! ?Tenemos que hacer algo, ahora mismo!" Sus palabras sal¨ªan atropelladas una tras otra. "Aya... Hay que mantenernos tranquilos, por favor", dije en un segundo intento de intentar calmarla, pero ella ya estaba en otro mundo. Se gir¨® abruptamente hacia fuera de la casa, escaneando el espacio abierto como si buscara un lugar para empezar. "?Barreras m¨¢gicas! Necesitamos barreras m¨¢gicas alrededor de toda la casa. Y no cualquiera; deben ser fuertes, reforzadas... ?No s¨¦ si tengo suficiente energ¨ªa para cubrir tanto, pero lo intentar¨¦! Tambi¨¦n deber¨ªamos establecer puntos de vigilancia... ?Luciano, esto es un desastre!" Si bien admiraba su instinto de protecci¨®n, creo que esto se estaba yendo de las manos. Mirella, que sol¨ªa bromear incluso en los momentos m¨¢s tensos, se hab¨ªa mantenido callada hasta ahora. "Aya, rel¨¢jate un poco", dijo, flotando m¨¢s cerca. "Sabemos que Luciano puede manejar estas cosas. ¨¦l no nos pondr¨ªa en peligro, ?verdad?" Su intento de consuelo fue bien intencionado. Sin embargo, Aya apenas pareci¨® escucharla. "No entiendes, Mirella. ¨¦l es la amenaza m¨¢s grande que existe. No puedes simplemente... simplemente ignorarlo. ?No podemos ignorarlo! ?T¨² deber¨ªas saberlo mejor que nadie!" "?Yo...?" Hasta Aya se dio cuenta, ?no? No quiero que este tema termine perjudicando a Mirella y que se sienta mal o algo as¨ª por no acordarse de lo que le sucedi¨® antes de que la liberara de esas piedras. "No estoy ignor¨¢ndolo", dije firmemente, levantando la voz lo suficiente para que me escuchara. "Pero tampoco podemos perder la cabeza. Necesitamos pensar con claridad. S¨ª, el rey demonio est¨¢ ah¨ª afuera, siempre lo estuvo, pero no nos atac¨®. Si hubiera querido, ya lo habr¨ªa hecho. Por ahora, estamos a salvo". "?Luciano tiene raz¨®n!" Grit¨® Mirella. Aya me mir¨®, con sus orejas a¨²n tensas y sus colas agit¨¢ndose nerviosamente. A pesar de eso, su mirada parec¨ªa suavizarse un poco. "?C¨®mo puedes estar tan tranquilo, Luciano? Esto... esto no es algo que se pueda dejar pasar". "Porque si entro en p¨¢nico, todos entran en p¨¢nico. Y no podemos permitirnos eso. Vamos a establecer defensas, s¨ª. Pero vamos a hacerlo con calma y l¨®gica. No quiero que te desgastes levantando una barrera gigante que no podamos mantener. Esto ser¨¢ un esfuerzo conjunto, ?entendido?" Hubo un silencio tenso. El viento sopl¨® ligeramente, levantando un poco de arena. Finalmente, Aya dej¨® caer los hombros y cerr¨® los ojos, respirando profundamente. Antes de que pudiera decir algo, reforc¨¦ mis palabras. "Adem¨¢s, ?no te hab¨ªa dicho que practicaras poner barreras de diferentes formas? As¨ª vamos a proteger mejor nuestra casa". "Est¨¢ bien. Pero tienes que prometerme que no subestimar¨¢s esto, Luciano. No podemos correr riesgos innecesarios", respondi¨® en voz baja, aunque a¨²n se notaba un temblor en sus palabras. "Y s¨ª, he estado practicando un poco eso de las barreras de diferente forma... Necesito m¨¢s tiempo... Estuve demasiado ocupada ayud¨¢ndolos a todos a construir la casa, tambi¨¦n a cazar..." Me acerqu¨¦ a ella, intentando transmitir un poco de tranquilidad con mi mirada de ni?o. "Tranquila, Aya..." Tom¨¦ su mano derecha con mis dos manos. Pod¨ªa sentir su anillo de zafiro bajo mi palma. "Gracias por preocuparte tanto por nosotros. Te agradecemos por todo lo que hac¨¦s por nosotros. ?No es cierto, Mirella?" Dije, mir¨¢ndola y haci¨¦ndole un gui?o que no s¨¦ si entendi¨®. "?S¨ª! ?Aya es una gran amiga y es muy fuerte! La quiero mucho". La termin¨® abrazando la cara mientras estaba parada sobre su hombro. Tiempo atr¨¢s podr¨ªa haber dicho que la estaba abrazando por el cuello, pero desde hace un tiempo estaba claro que Mirella hab¨ªa comenzado una nueva etapa de crecimiento gracias al agua m¨¢gica. "Gracias, chicos. Yo tambi¨¦n los quiero mucho, as¨ª que seguir¨¦ protegi¨¦ndolos como me sea posible". Levant¨¦ la mano que tapaba el dorso de la suya; as¨ª pude ver esa hermosa joya que yo mismo hab¨ªa creado. No s¨¦ si realmente es zafiro, pero es algo que Forn hab¨ªa dejado con alg¨²n prop¨®sito y debo admitir que me molesta no saber cu¨¢l es. Solo espero no haber ca¨ªdo en alguna especie de trampa. "Entonces, Aya... Confiamos en vos para crear la mejor barrera que hayas hecho hasta ahora. Pod¨¦s pedirle ayuda a Mirella para ver si es resistente y seguir practicando en tus tiempos libres. Lo m¨¢s importante de la casa ya est¨¢ terminado, as¨ª que no te voy a pedir ayuda con eso". Ella asinti¨®, bajando la mirada hacia nuestras manos entrelazadas. "Est¨¢ bien. Trabajar¨¦ en las barreras, pero... Luciano, si detecto cualquier actividad inusual, te lo har¨¦ saber de inmediato. No quiero que ninguno de nosotros sea tomado por sorpresa". "?Yo ayudar¨¦ a Aya!" "Eso suena justo", respond¨ª con una sonrisa, soltando su mano lentamente. "Y no est¨¢s sola en esto. Todos colaboraremos para mantenernos a salvo. Ahora voy a ver qu¨¦ podemos hacer con el interior de la casa mientras vos planific¨¢s esas barreras de diferentes formas". Me di la vuelta y ech¨¦ otro vistazo al interior de nuestra nueva vivienda. Las sombras de la tarde se colaban entre las ventanas sin cristales, iluminando un poco la sala principal. A pesar de estar vac¨ªa y carente de decoraci¨®n, hab¨ªa algo acogedor en la simpleza de su estructura. Era un lugar que, con esfuerzo y dedicaci¨®n, se convertir¨ªa en un verdadero hogar. Eso s¨ª, hac¨ªa mucho calor. El siguiente paso a seguir era l¨®gico: construir algo de mobiliario b¨¢sico, tales como camas, una mesa para comer, sillas, cajas para almacenar herramientas y comida, estanter¨ªas y muchas cosas m¨¢s. Antes que todo eso, debo dise?ar una puerta o no vamos a poder mantener la privacidad en nuestras habitaciones. El problema es que no s¨¦ c¨®mo crear una cerradura. En mi vida anterior, estas cosas eran tan b¨¢sicas que ni siquiera pensaba en ellas o en c¨®mo se fabricaban. Ahora, todo depend¨ªa de mi magia, de mi memoria y de mi inteligencia para crear algo funcional. Me acerqu¨¦ un poco a la ventana; desde ah¨ª se pod¨ªa ver a los dem¨¢s ya volviendo por la playa. Hab¨ªan seguido trabajando duro, pero ahora en el tema de la arcilla. Ya casi estaban logrando llegar a hacer un recipiente del tama?o de un balde y eso me pon¨ªa contento. Los salud¨¦ con la mano. "Luciano", la voz de Mirella me sac¨® de mis pensamientos. Se hab¨ªa sentado en la peque?a parte que sobresal¨ªa del marco de la puerta, balanceando las piernas. Su forma diminuta todav¨ªa era lo suficientemente ¨¢gil para ese tipo de cosas. "?Qu¨¦ vamos a hacer ahora? ?Hay algo m¨¢s que quieras que haga aparte de ayudar a Aya? ?O sigo con la arcilla?" "A ver..." Tampoco quer¨ªa ser alguien visto como el que mandaba a todos. Aun as¨ª, me estaba empezando a endulzar el tema de que todos comenzaran a ayudar a crear cosas nuevas y aprender de ello. "S¨ª, segu¨ª con la arcilla. Quiero que me sorprendas, Mirella. Quiero que, a pesar de que no puedas cargarlo, hagas algo lo m¨¢s parecido al balde. Ese es el objetivo". "?Ohh!" "?Eh? ?Dije algo raro?" "No, es que me sorprendi¨® que lo dijeras tan seguro". Mientras tanto, Aya miraba desde afuera. "Bueno, lo que pasa es que conf¨ªo mucho en vos y pienso que en alg¨²n momento vas a terminar siendo la que les ense?e a los dem¨¢s". "??En serio!?" Grit¨®, tir¨¢ndose desde el marco hasta el suelo. "?Entonces voy a seguir esforz¨¢ndome!" Unas palabras dulces y llenas de motivaci¨®n no ven¨ªan mal antes de pedirle que me ayudara a crear un sistema de iluminaci¨®n para la casa. Que s¨ª, ser¨ªa f¨¢cil decir que deje de usar magia y comience a crear electricidad, pero en este momento no me daba la cabeza para comenzar algo as¨ª y tampoco ten¨ªa los recursos necesarios. Necesitar¨ªamos empezar a recolectar minerales. "Eh, Mirella... Ya que estamos hablando de esforzarse, ?no te gustar¨ªa ayudarme en una cosa? Es f¨¢cil". Justo antes de que ella pudiera contestar, Tar¨²n grit¨® por la ventana. "?Luciano, ya volvimos! ?Hey, estoy aqu¨ª! ??Me ves!?" Me gir¨¦ y lo salud¨¦ con la mano. "?Hola, Tar¨²n! ?Te divertiste con la arcilla?" "?S¨ª, mucho!" Luego, los dem¨¢s empezaron a ingresar por la entrada principal. Se los ve¨ªa bastante transpirados y encima la temperatura dentro de la casa no ayudaba mucho. ?Acaso tambi¨¦n ten¨ªa que fabricar un aparato que cumpla la funci¨®n de ventilador? Yo y la mayor¨ªa elegimos construir la casa en la playa, as¨ª que ahora hay que aguant¨¢rsela. "?Qu¨¦ calor!" Grit¨® Anya. "?Hoy est¨¢ insoportable!" Agreg¨® Rundia a sus palabras. Espera... ??Qui¨¦n querr¨ªa un ventilador viviendo en plena playa!? ??C¨®mo pude olvidarlo tan r¨¢pido!? "??D¨ªa de playa!!" El grito sali¨® de mi boca casi sin pensar. Fue algo autom¨¢tico, como si el calor me hubiera derretido no solo la paciencia, sino tambi¨¦n las neuronas. "?D¨ªa de qu¨¦?" Pregunt¨® Aya desde la entrada, ladeando la cabeza con curiosidad. Qu¨¦ afortunada es Aya de no sufrir tanto el calor como nosotros. Porque con esas ropas que lleva encima... "De playa. ?Ya saben, meterse al agua para refrescarse! Es algo que se hace... por diversi¨®n". El silencio que sigui¨® fue como una bofetada. Los dem¨¢s me miraban como si acabara de proponer una locura. Tar¨²n frunci¨® el ce?o, mientras Rin y Rundia se miraban entre ellos, confundidos. "?Meterse al agua... solo porque s¨ª?" Pregunt¨® Rundia, arrastrando las palabras con incredulidad. "Pensaba meterme al agua luego, pero ten¨ªa pensado ba?arme, no por diversi¨®n". "?Record¨¢s lo que dije de ver las cosas con diferentes significados, no? Bueno, este es un claro ejemplo: se puede disfrutar jugando con el agua y en compa?¨ªa de los dem¨¢s". Ella se qued¨® pensativa hasta que Mirella sorprendi¨® a todos con un grito alegre. "?Entonces vayamos a divertirnos ya!" Despu¨¦s de un rato de insistir y usar a Mirella como aliada, quien volaba emocionada alrededor de los dem¨¢s, apoyando mi propuesta con entusiasmo desmedido, logramos convencerlos. Al final, la curiosidad gan¨®. Eso s¨ª, Aya se mostraba un poco reacia a la idea. Siempre hab¨ªa sido as¨ª con respecto a su intimidad. Ella siempre se ba?¨® sola. Nos quitamos las ojotas primitivas y caminamos esos pocos metros por la arena hasta llegar a la orilla. Mientras tanto, Rundia y Anya ahora parec¨ªan tomarse el tema con m¨¢s naturalidad, como si estuvieran acostumbradas a la idea de adaptarse r¨¢pido. Para mi sorpresa, Rundia solt¨® la mano de Luc¨ªa y se quit¨® su parte superior de piel sin pensarlo dos veces, quedando desnuda de torso. "?Eh?" Balbuce¨¦, tratando de no parecer demasiado obvio al quedarme mir¨¢ndola. Anya, que siempre ten¨ªa una confianza desbordante, no se qued¨® atr¨¢s. Se despoj¨® de su ropa con total tranquilidad, como si fuera lo m¨¢s normal del mundo. Bueno, en este mundo primitivo s¨ª era algo normal.Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation. "?Qu¨¦ pasa, Luciano?" Pregunt¨® Anya al notar mi mirada fija. "?Acaso no tenemos que divertirnos como si fu¨¦semos a ba?arnos? Es mejor as¨ª". Tuve que apartar la mirada r¨¢pidamente, pero no antes de notar c¨®mo el sol resaltaba cada curva de sus cuerpos. No era la primera vez que ve¨ªa algo as¨ª en este mundo. De hecho, Rundia lo estaba haciendo a menudo para amamantar a Luc¨ªa, solo que no pens¨¦ que mi idea de divertirnos terminar¨ªa as¨ª. Nadie parec¨ªa inmutarse; para ellos era simplemente algo l¨®gico. Por suerte, nadie se quit¨® sus prendas bajas. Suspir¨¦ y me met¨ª al agua, esperando que me ayudara a enfriar un poco la cabeza. "?Vamos, chicos! No tengan miedo, el agua est¨¢ buen¨ªsima". Poco a poco, los dem¨¢s se animaron. Tar¨²n chapoteaba torpemente, intentando imitar mis movimientos mientras Aya se quedaba en la orilla, observando con atenci¨®n. Mirella volaba cerca del agua, salpic¨¢ndonos con peque?as gotas mientras re¨ªa a carcajadas. En un momento hasta se form¨® un c¨ªrculo en el que est¨¢bamos Tar¨²n, las gemelas, Mirella y yo tir¨¢ndonos agua como desaforados. Todo iba bien, hasta que al mirar atr¨¢s, vi a Aya todav¨ªa parada sobre la orilla sin hacer nada. Su figura destacaba en la orilla, con las olas acariciando la arena a sus pies. Su ropa se notaba algo mojada, tal vez por haber sido salpicada por alguna que otra gota tonta. Estaba tranquila, como siempre, pero hab¨ªa algo en su postura que me resultaba... distante. Las manos las manten¨ªa entrelazadas frente a su cuerpo, y aunque su expresi¨®n era neutra, sus orejas se mov¨ªan sutilmente. "Chicos, ya vengo", dije, desapareciendo r¨¢pidamente de la escena para acercarme a ella. "Aya, ?todo bien? ?No te gustar¨ªa acompa?arnos? Est¨¢ divertido, y el agua est¨¢ muy refrescante". Si bien ya sab¨ªa la respuesta, quer¨ªa entrar suavemente en un terreno delicado. "No estoy segura, Luciano..." Su voz sali¨® m¨¢s baja de lo normal. "Nunca he hecho algo como esto. No frente a todos". Sonre¨ª levemente. Sab¨ªa que Aya era reservada con este tipo de cosas, pero tambi¨¦n entend¨ªa que, en el fondo, quer¨ªa ser parte del grupo. "No te preocupes por eso", respond¨ª mientras me acercaba un poco m¨¢s, hasta quedar a su lado. La arena mojada se pegaba a mis pies y se sent¨ªa agradable. "Puedo ayudarte con eso. Pero lo m¨¢s importante es que te sientas c¨®moda, ?s¨ª? Si no quieres, no pasa nada, aunque ser¨ªa lindo verte disfrutar con nosotros". "?En serio... te gustar¨ªa?" "S¨ª, claro. No quiero que te quedes afuera de la diversi¨®n". La brisa marina despeinaba suavemente su cabello blanco y hac¨ªa ondear las mangas de su yukata. Aprovech¨¦ el momento para acercarme un poco m¨¢s y, con cuidado, apoy¨¦ mi mano en su brazo. "?Sabes?" Dije, intentando captar su atenci¨®n. "S¨¦ que puede parecer extra?o al principio. Pero a veces, hacer cosas nuevas puede ser divertido. Estoy ac¨¢ contigo, Aya, no ten¨¦s que preocuparte por nada". "Est¨¢ bien", respondi¨® finalmente, llev¨¢ndose un dedo a la boca. "Pero... ?C¨®mo resolveremos lo de... mi ropa? ?Me tengo que meter con la ropa puesta? No s¨¦ qu¨¦ hacer..." Solt¨¦ una leve carcajada al notar su nerviosismo. "Dej¨¢melo a m¨ª. No te olvid¨¦s que siempre encuentro una soluci¨®n. Tenemos magia". Realmente no sab¨ªa con certeza si esta prueba iba a funcionar. Extend¨ª las manos hacia su yukata y cerr¨¦ los ojos por un momento, concentr¨¢ndome en solo enfocarme en la ropa. Pod¨ªa sentir c¨®mo la tela respond¨ªa a mi toque, como sucedi¨® con la de Mirella, molde¨¢ndose con suavidad bajo mi control. "??Q-Qu¨¦ est¨¢s haciendo?!" Lentamente, y sin prestar atenci¨®n a Aya, el yukata comenz¨® a encogerse, ajust¨¢ndose a su figura. Transform¨¦ las mangas largas en tirantes finos y el obi rojo en una especie de lazo que sujetaba la parte superior del bikini. La parte inferior del yukata se convirti¨® en una falda con cortes circulares en los bordes. Era algo modesto, para asegurarme de que ella se sintiera c¨®moda. Me puse delante de Aya para ver mejor el resultado y, por un momento, me qued¨¦ completamente boquiabierto. Aya se ve¨ªa¡­ impresionante. No hab¨ªa otra forma de describirlo. Su figura, que normalmente quedaba oculta bajo la larga tela, ahora resaltaba de una manera que jam¨¢s hab¨ªa imaginado. La tela blanca y el lazo rojo contrastaban perfectamente con su piel clara y el cabello blanco. Sus cinco colas, siempre majestuosas, parec¨ªan ondear con m¨¢s gracia que nunca. Pero lo que realmente me dej¨® sin palabras fue lo enorme y voluptuosa que se ve¨ªa su figura ahora que estaba m¨¢s expuesta. Sab¨ªa que Aya era hermosa, pero esto era otro nivel. Aya, en cambio, se qued¨® congelada. Sus ojos anaranjados estaban abiertos de par en par mientras miraba hacia abajo, inspeccionando la transformaci¨®n de su ropa. De repente, su rostro se torn¨® de un rojo tan intenso que casi compet¨ªa con el color de la tela que hab¨ªa usado para sujetar la parte superior. "?L-Luciano!" Su voz sali¨® en un chillido agudo, muy poco caracter¨ªstico de ella. Inmediatamente trat¨® de cubrirse con las manos, aunque con su tama?o y proporciones, era una tarea completamente imposible. Us¨® los brazos para cubrir su pecho, pero eso solo hac¨ªa que se acentuara m¨¢s su silueta. Baj¨® una de sus colas para intentar ocultar su parte inferior, pero eso dej¨® otra parte al descubierto. "?Esto es... es... indecente!" Balbuce¨®, mirando hacia otro lado. "Pero solo es ropa m¨¢s c¨®moda, y te queda bien". Antes de que pudiera responder, se escuch¨® un grito desde el agua. "?Miren, Aya tiene ropa nueva!" La voz era de Samira. Ese grito fue como una campana que llam¨® la atenci¨®n de todos. En cuesti¨®n de segundos, el grupo entero comenz¨® a acercarse a la orilla, saliendo del agua como si estuvieran presenciando un espect¨¢culo ¨²nico. Tar¨²n lleg¨® primero, corriendo descalzo por la arena y dejando un rastro de huellas h¨²medas detr¨¢s de ¨¦l. "?Wow, Aya! ?Te ves diferente!" Exclam¨®, sin filtro alguno. "?Aya, est¨¢s preciosa!" Coment¨® Samira con una sonrisa inocente, mientras miraba la ropa con curiosidad. "Luciano, ?puedes hacer algo as¨ª para m¨ª tambi¨¦n?" "?A m¨ª me gustar¨ªa algo m¨¢s largo!" A?adi¨® Suminia. Intent¨¦ interponerme entre los dem¨¢s y Aya, pero la figura desnuda de Anya llegando en frente de m¨ª me hizo retroceder. Ella dej¨® escapar una risa juguetona mientras se acercaba con Rundia a su lado. Ambas parec¨ªan genuinamente impresionadas. "?Ves, Rundia? Te dije que esta mujer es hermosa". "Luciano, te esmeraste, ?eh?" Coment¨® Rundia, ladeando la cabeza con una sonrisa que parec¨ªa de madre orgullosa. Aya, que hasta ese momento hab¨ªa estado ocupada tratando de cubrirse sin mucho ¨¦xito, ahora parec¨ªa deseosa de desaparecer. Se hab¨ªa arrodillado sobre la arena y sus orejas blancas estaban completamente inclinadas hacia abajo, y sus ojos evitaban cualquier contacto visual. "Yo no ped¨ª esto..." Murmur¨®, pero su voz apenas era un susurro que se perdi¨® en el ruido de los dem¨¢s. Mirella, que hab¨ªa estado revoloteando cerca, intentando ver por entre los dem¨¢s, tard¨® unos segundos en procesar la escena. Su expresi¨®n pas¨® r¨¢pidamente de la sorpresa al desconcierto, y luego, como un rel¨¢mpago, se instal¨® en un enfado evidente. Vol¨® hacia m¨ª, plant¨¢ndose justo frente a mi cara, tan cerca que casi pod¨ªa sentir el aire de sus peque?as alas. "??Qu¨¦ es esto, Luciano?!" Chill¨®, con las mejillas hinchadas y los brazos cruzados. "?Por qu¨¦ Aya tiene esa ropa tan bonita y a m¨ª nunca me hiciste algo as¨ª? ?Esto no es justo!" La intensidad de su reacci¨®n me tom¨® por sorpresa, y retroced¨ª un paso, levantando las manos en se?al de rendici¨®n. "Mirella, no es lo que parece. Solo estaba ayudando a Aya para que se sintiera m¨¢s c¨®moda y pudiera jugar con nosotros. Tambi¨¦n era un experimento para ver hasta qu¨¦ punto pod¨ªa modificar sus ropas m¨¢gicas". "?M¨¢s c¨®moda? ?Y yo qu¨¦? ?Siempre estoy contigo, ayud¨¢ndote en todo, y ni siquiera me diste una ropa nueva!" ?C¨®mo hab¨ªa terminado en esta situaci¨®n? Solo quer¨ªa que Aya se sintiera incluida, y ahora ten¨ªa a un hada celosa exigiendo justicia fashionista frente a todo el grupo. Tom¨¦ aire y levant¨¦ la voz, ignorando el reclamo de Mirella. "?Escuchen todos! Solo intent¨¦ ayudar a Aya, pero si realmente quieren ropa nueva, podemos organizar algo. Pero no ahora, ?est¨¢ bien? Estamos aqu¨ª para relajarnos, no para estresarnos con qui¨¦n lleva qu¨¦ puesto". Cuando gir¨¦ la mirada para ver a Aya, Luc¨ªa le estaba susurrando algo en el o¨ªdo. No logr¨¦ captar exactamente qu¨¦ dec¨ªa, pero parec¨ªa tener un efecto inmediato. Aya asinti¨® levemente, aunque segu¨ªa sin atreverse a levantar la mirada. El contraste de su piel p¨¢lida con el tono rosado que hab¨ªa aparecido en sus mejillas la hac¨ªa ver a¨²n m¨¢s vulnerable. Rundia, que hab¨ªa estado observando la escena junto a Anya, finalmente dio un paso adelante y Luc¨ªa se apart¨® de inmediato. Extendi¨® una mano hacia Aya, sonriendo. "Ven, Aya. No te preocupes por esto. Vamos al agua antes de que se haga de noche". Aya levant¨® la mirada lentamente, sus ojos buscando los de Rundia como si evaluara si realmente pod¨ªa confiar en esa invitaci¨®n. Finalmente, tras unos segundos que parecieron eternos, tom¨® la mano de Rundia con delicadeza. La vi dudar mientras se pon¨ªa de pie, sus colas movi¨¦ndose de forma insegura detr¨¢s de ella, pero Rundia le dio un ligero apret¨®n, casi como dici¨¦ndole que estaba bien. "Gracias", murmur¨® Aya, tan bajo que apenas lo escuch¨¦, pero fue suficiente para notar que el gesto de Rundia hab¨ªa roto algo de la tensi¨®n que la ten¨ªa paralizada. As¨ª, las dos se fueron de la mano seguidas por los dem¨¢s. Mi mam¨¢, a la pasada, me mir¨® y me gui?¨® el ojo. Vaya a saber qu¨¦ carajos le habr¨¢ dicho. Solo espero que no sea algo que se pueda malentender. Claro, todav¨ªa ten¨ªa un ''peque?o'' problema pendiente. Aunque bueno, ojal¨¢ el problema fuera tan peque?o como lo era su cuerpo. Mirella segu¨ªa ah¨ª flotando, agitando sus diminutas manos frente a mi cara como para enfatizar cada palabra. "?Luciano, no me ignores! ?Estoy hablando en serio! No es justo que ella tenga toda tu atenci¨®n. ?Quiero algo especial tambi¨¦n, y lo quiero ya!" Di un suspiro mientras me acomodaba el cabello largo y mojado hacia atr¨¢s. Alg¨²n d¨ªa de estos me lo tengo que cortar. "Est¨¢ bien, Mirella. Te lo voy a hacer, pero vos ya sab¨¦s muy bien que esta no es la forma de pedirlo ni de actuar. Ya hemos hablado un mont¨®n de veces sobre estas actitudes tuyas". "Bueno, s¨ª... ?Pero igual no te voy a dejar que te salgas con la tuya tan f¨¢cil!" Esta vez su tono era m¨¢s orgulloso que enojado. No pude evitar re¨ªr mientras la agarraba y pon¨ªa sobre la arena. "A ver qu¨¦ te quedar¨ªa mejor..." En un movimiento r¨¢pido de part¨ªculas, logr¨¦ ajustar su vestido celeste m¨¢s a su piel, formando un traje de ba?o de una pieza con una abertura en rombo en la espalda para darle paso a sus alas. Cuando termin¨¦, Mirella hizo un giro en el aire, inspeccion¨¢ndose desde todos los ¨¢ngulos. "Bueno... est¨¢ aceptable. ?Por qu¨¦ no lo hiciste como el de Aya?" No pod¨ªa decirle que porque era planita... "Porque esto se adapta mejor a tu tama?o de cuerpo y te queda lindo. Ahora vamos a divertirnos al agua, que los dem¨¢s ya deben estar pregunt¨¢ndose qu¨¦ estamos haciendo ac¨¢". "?S¨ª, vamos a divertirnos!" Lo mejor del d¨ªa lleg¨® cuando vi que las colas de Aya, que sol¨ªan ser bien pomposas, estaban tan mojadas que apenas ten¨ªan el grosor de una rama. "?Oigan, ya les dije que paren!" Grit¨®, pero nadie se detuvo ante sus plegarias y le siguieron tirando agua, especialmente Anya. "?Vamos, Aya! ?As¨ª no vas a divertirte!" De un momento a otro, justo cuando me estaba por sumar para tirarle agua, Aya levant¨® una mano y cre¨® una barrera que nunca antes hab¨ªa visto; ten¨ªa la forma de una media esfera. Lo incre¨ªble no solo era la forma nueva de la barrera, sino que tambi¨¦n pod¨ªa verla en un verde trasl¨²cido. No era com¨²n poder ver las barreras m¨¢gicas que ella hac¨ªa. Pero si reci¨¦n hab¨ªa dicho que necesitaba tiempo y no s¨¦ qu¨¦ m¨¢s, ?no? O es muy buena o simplemente se quer¨ªa hacer la importante. "?Una barrera?" Se pregunt¨® Anya, dejando de tirar agua. Poco a poco, todos se fueron acercando. "?La maginica!" Grit¨® Tar¨²n. Aya se les qued¨® mirando. No parec¨ªa poder explicar por qu¨¦ hizo eso. Aunque tal vez tampoco sab¨ªa c¨®mo hab¨ªa creado algo as¨ª. "?Aya! ?Esto es incre¨ªble!" Grit¨¦, mientras me acercaba para inspeccionarla de cerca. La barrera brillaba levemente con la luz del atardecer, y las gotas de agua chorreaban hacia abajo. Aya me mir¨®, cambiando su expresi¨®n a una m¨¢s de sorpresa. Sus orejas se alzaron un poco, dejando claro que mis palabras le hab¨ªan llegado. "?Incre¨ªble? Bueno, yo... Lo siento, no deb¨ª hac..." "No. No. No", cort¨¦ sus palabras de inmediato mientras sacud¨ªa la cabeza. "?Esto es justo lo que te ped¨ª! ?Una barrera diferente!" "?Una barrera diferente? ?Esto te parece bien?" Pregunt¨® r¨¢pidamente Suminia, poni¨¦ndose al lado m¨ªo y tocando la barrera, que claramente era s¨®lida. Me llev¨¦ las manos a la cabeza. "??Que si me parece bien!? ?Esto es lo mejor que pod¨ªa haber pasado! Madre m¨ªa... Que alguien mejore su magia es beneficioso para todos". Me acomod¨¦ el pelo hacia atr¨¢s mientras ve¨ªa a Aya sacudir sus colas dentro de la especie de c¨²pula. "Yo le hab¨ªa pedido a Aya que empezara a practicar hacer barreras m¨¢gicas de distintas formas para as¨ª proteger nuestra casa de una manera m¨¢s eficiente. ?Y ahora ella lo hizo sin querer! ??Pueden creerlo!? Aunque claro, ustedes f¨¢cilmente podr¨ªan haber dicho: ''pero Luciano, solo hubi¨¦ramos puesto cuatro barreras alrededor de la casa y as¨ª formar un cuadrado''". Me detuve un momento, pensando en si realmente sab¨ªan qu¨¦ era un cuadrado. Bueno, no importa. "?Obviamente algo tan ineficiente no iba a servir! Aya me hab¨ªa dicho que le era dif¨ªcil mantener tantas barreras activas y ahora solo necesitar¨ªa una en vez de cuatro". "?No se dan cuenta de lo que significa?" Segu¨ª de inmediato, ignorando la mirada de ''por favor, c¨¢llate'' de Suminia. "Una barrera de esta forma implica que podemos protegernos en todas direcciones, desde abajo, desde arriba, ?desde los costados! Si llega una tormenta el¨¦ctrica, o alguien nos ataca, o, no s¨¦, un mont¨®n de gnomos deciden volverse malos de repente, ?Aya podr¨¢ mantenernos a salvo sin desperdiciar m¨¢s energ¨ªa de la necesaria!" Mi voz se alz¨® un poco, y al darme cuenta, me forc¨¦ a bajar el tono. No quer¨ªa parecer demasiado loco o exagerado... aunque puede que ya lo estuviera logrando. Volv¨ª a mirar a Aya y luego a Mirella; verlas con la ropa que yo mismo hab¨ªa creado me puso orgulloso y me hizo pensar en otra cosa buena. "?Y no solo eso!" Continu¨¦, ahora caminando en c¨ªrculos alrededor de la barrera como un profesor apasionado en medio de una clase. "Una barrera como esta no es solo funcional; es est¨¦tica. Miren el color; un verde transl¨²cido que combina perfectamente con el entorno. Si alguien nos ve desde lejos, ni siquiera sospechar¨¢ que estamos protegidos... Bueno, o tal vez s¨ª. Sin embargo, parece un camuflaje natural al estar al lado del verde intenso del bosque". En ese momento, Aya desactiv¨® la barrera. "Y ahora, a todos los dem¨¢s que est¨¢n ac¨¢, ?les digo algo!" Dije, gir¨¢ndome dram¨¢ticamente hacia ellos. Esto hizo que Samira se enderezara y me mirara con atenci¨®n. "No olviden lo que pas¨® hoy. No solo fue una tarde de diversi¨®n, no. Fue el d¨ªa en que Aya demostr¨® que, con dedicaci¨®n y pr¨¢ctica, cualquiera de nosotros puede superar cualquier obst¨¢culo. Si ella puede hacerlo, ?ustedes tambi¨¦n pueden! ?Y vamos a lograrlo juntos, como grupo, como familia! ?As¨ª que espero que hagan el balde de arcilla!" S¨ª, el cierre fue bastante absurdo. *** Luego de pasar una ¨²ltima noche en la cueva y de devolver las ropas de las chicas a la normalidad. A la ma?ana siguiente, las gemelas salieron a cazar junto a Rin y Mirella. Tar¨²n, Rundia, Luc¨ªa y Aya se fueron junto a Tariq para seguir trabajando con la arcilla. La ¨²nica que quedaba, que era Anya, vino conmigo para ayudarme en la mudanza. Justo ahora est¨¢bamos trayendo un bols¨®n vac¨ªo cada uno desde la playa hacia la cueva. "As¨ª que no te convenci¨® la idea de trabajar junto a Tariq". "Para nada. Ayer no pod¨ªa ni verlo. Lo odio... Bueno, eso ya lo saben todos ustedes". "Bueno, yo no tengo mucha idea sobre esas cosas", empec¨¦, intentando no sonar tanto como un adulto. "Pero a m¨ª no me gustar¨ªa para nada que mi padre me abandonara solo para irse con otra mujer. Me parece correcto c¨®mo piensas en este momento". "Ay... Eres tan dulce, Luciano", respondi¨®, refreg¨¢ndome su mano libre contra la parte superior de mi cabeza. Lo bueno era que ella ya hab¨ªa tocado mi pelo rojo. "No es nada. Solo dije lo que pensaba". Una vez en la cueva, Anya se puso a meter algunas frutas y un poco de carne que hab¨ªa por ah¨ª. Yo me encargu¨¦ de ir metiendo la gran cantidad de pieles que ten¨ªamos acumuladas, algunas ropas usadas y tambi¨¦n la almohada de Rin. Tampoco es que tuvi¨¦ramos muchas cosas de valor. Eso es algo que va a cambiar de un momento a otro, porque la casa va a estar llena de cosas nuevas. "?Sabes, Anya? Hoy vamos a tener que decidir qui¨¦nes van a dormir en cada habitaci¨®n". "?Y c¨®mo funciona eso?" Pregunt¨® mientras pon¨ªa una ¨²ltima mandarina dentro de su bols¨®n. "Tenemos cuatro lugares que se llaman habitaciones. En esas habitaciones vamos a dividirnos para dormir. Por ejemplo, vos tendr¨ªas tu habitaci¨®n junto a Tar¨²n". "Es cierto, ?pero y los dem¨¢s?" "Es por eso que vamos a decidirlo cuando estemos todos". "?Y qu¨¦ vamos a hacer mientras tanto? Por cierto, ya no hay m¨¢s comida por aqu¨ª". "Por ahora volvamos a la casa y despu¨¦s te digo qu¨¦ hay que hacer". "Est¨¢ bien". Ya que mi carga era m¨¢s pesada, intercambiamos los bolsones para la vuelta. "Estas cosas se dejan adentro, ?no?" Pregunt¨®, se?alando la entrada a la casa. Esa era una buena pregunta. Tal vez necesit¨¢bamos un lugar que funcionara de almac¨¦n. "Creo que por ahora solo vamos a dejar adentro la comida. Vos dej¨¢ ese bols¨®n ah¨ª fuera, al lado de la entrada". "Est¨¢ bien". Carg¨¢ndolo con los dos brazos, lo dej¨® donde le acababa de decir. Mientras tanto, yo entr¨¦ dentro de la casa arrastrando mi carga hasta una esquina de la sala principal. Me acerqu¨¦ al pasillo, que por ahora era el lugar m¨¢s oscuro de la casa, y observ¨¦ las habitaciones sin puertas. Creo que voy a exigir dormir con Aya y Mirella. Tengo algunas excusas en mente para que me den la raz¨®n. Cap铆tulo 39: Dame una razè´¸n. "Luciano, ?est¨¢s viendo algo?" La voz de Anya me sac¨® de mis pensamientos. Me di la vuelta, viendo c¨®mo su esbelta figura era iluminada por las ventanas a sus costados. "Ah, es que pensaba en cu¨¢l podr¨ªa ser la mejor habitaci¨®n para m¨ª. Te lo dije antes, ?no? Hoy tenemos que hacer la divisi¨®n de habitaciones". Ella puso las manos sobre su cintura. "S¨ª, me dijiste que yo iba a dormir junto a Tar¨²n. Y yo supongo que t¨² vas a estar junto a tus padres y tu hermana". Ah... Eso es lo que todos deben pensar como lo l¨®gico. "Anya, me sorprende que todav¨ªa no te hayas dado cuenta..." "?De qu¨¦ cosa?" Respondi¨®, frunciendo el ce?o. "Bueno, es que yo voy con Mirella y Aya. Creo que los motivos son claros". Lo cierto era que me hubiera gustado compartir habitaci¨®n con mi verdadera madre, pero sab¨ªa que hab¨ªa muchas cosas que lo impedir¨ªan, as¨ª que era tonto el solo hecho de intentarlo. Ella esboz¨® una sonrisa acompa?ada de una risa corta. "?Ah, s¨ª? No entiendo cu¨¢les ser¨ªan esos ''motivos'', pero no creo que a tus padres les parezca correcto, ?no?" "?C¨®mo que no? Podr¨ªa estar todo el d¨ªa d¨¢ndoles motivos. Yo no hago las cosas porque s¨ª, siempre lo hago con un objetivo claro. Eso ya lo debes saber". "Eso es cierto", dijo y hubo un silencio por un momento. "A ver... Dame una raz¨®n". "?Solo una? Pfff. ?Qu¨¦ poco!" Exclam¨¦ mientras me pon¨ªa a caminar al lado de las paredes de la futura cocina-comedor. "Yo tengo que dormir junto a ellas dos porque somos los ¨²nicos que podemos usar magia". "?Y eso es tan importante?" "Sin magia no hubi¨¦ramos podido construir la casa, ?no?" "Tienes raz¨®n". Lo cierto era que esa excusa estaba incompleta. Aun as¨ª, a ella le pareci¨® algo v¨¢lido. Saqu¨¦ una manzana de la bolsa que reci¨¦n hab¨ªa dejado dentro de la casa y se la ofrec¨ª. "Tom¨¢, deber¨ªas comer para recuperar fuerzas". Ella la tom¨® de inmediato. "?Gracias! ?Pero t¨² no vas a comer?" "Ya com¨ª cuando me despert¨¦ temprano", respond¨ª mientras sacaba unos cubos de madera de uno de los otros bolsones. "Por cierto, me gustar¨ªa que hoy salieras a favor m¨ªo si es que a mis padres no les gusta mi idea de que yo duerma junto a Aya y Mirella". Hubo unos segundos de silencio hasta que ella termin¨® de tragar. "Ah, s¨ª... No hay problema, no creo que tus padres se molesten si les dices el motivo. Eres un buen ni?o y t¨² has hecho la mayor¨ªa de este lugar". Me mov¨ª de un lado a otro mientras pon¨ªa los cubos apilados bajo el umbral de la entrada principal. "De cierta manera, es como si yo fuera el due?o de este lugar". "?Qu¨¦ significa ser un due?o?" "Es como si..." Detuve mis palabras, y lo que estaba haciendo, para terminar acerc¨¢ndome a ella. "Esta manzana", empec¨¦, se?alando la fruta que iba por la mitad, "te pertenece. Por lo tanto, t¨² eres la due?a". "Entonces, ser due?o de algo significa que eso es tuyo". "Exactamente", respond¨ª luego de voltearme para seguir buscando m¨¢s bloques de madera. Pasados unos minutos, sent¨ª el calor de unos brazos rode¨¢ndome por la espalda. La suavidad que se presionaba contra m¨ª era inconfundible. Mis movimientos se detuvieron, y mis pensamientos quedaron atrapados entre la sorpresa y algo m¨¢s que prefer¨ª ignorar. "Gracias, Luciano", susurr¨® Anya cerca de mi o¨ªdo, su voz suave pero cargada de emoci¨®n. Su aliento c¨¢lido roz¨® mi piel, y el peso de sus palabras me dej¨® sin reacci¨®n inmediata. Gir¨¦ un poco la cabeza hacia ella, tratando de verle el rostro sin moverme demasiado, pero su frente estaba apoyada contra mi hombro. "?Por qu¨¦ me das las gracias?" "Por darle una vida mejor a Tar¨²n... y a m¨ª", respondi¨®. Su tono era serio, sincero, lleno de algo que no supe identificar al instante. "Me alegro de haber aceptado unirme a ustedes". Sent¨ª que aflojaba el abrazo, pero antes de apartarse, me dio un beso en la mejilla. Fue r¨¢pido, pero lo suficientemente prolongado como para que el calor de sus labios quedara marcado ah¨ª. "Anya..." Me gir¨¦ del todo para mirarla, y ella me observaba con una peque?a sonrisa en los labios. "No tienes que decir nada, Luciano. Solo quer¨ªa que supieras cu¨¢nto te aprecio". Su sonrisa se ensanch¨® un poco y de pronto me se?al¨® con un dedo. "?Quiero que sepas que siempre estaremos a tu lado, mi hijo y yo!" ?Cu¨¢nta determinaci¨®n, mujer! "Gracias, Anya. Sos una persona que aprecio mucho". Pas¨¦ un tiempo ideando la puerta mientras Anya se hab¨ªa ido a poner bloques bajo las entradas de las dem¨¢s habitaciones. Siendo sincero, no era tan dif¨ªcil hacer una puerta con dos bisagras y un picaporte que la dejara trabada, sino que el problema era la cerradura; no ten¨ªa ni idea de c¨®mo hacerla... Para no hacer una puerta lisa, como lo eran todas las paredes, hund¨ª un poco la madera con magia para formar dos rect¨¢ngulos verticales y paralelos entre s¨ª que iban de punta a punta por el frente y dorso. Ya que iba a abrirse de adentro hacia afuera, la ensambl¨¦ del lado del frente de la casa, apoy¨¢ndola contra los bordes internos del marco. Una vez puesta y vi¨¦ndola que quedaba bien de la forma que estar¨ªa cuando se cerrara del todo, empec¨¦ a hacer las bisagras, que b¨¢sicamente eran dos tubos con extremos circulares y con un agujero en el centro para hacer pasar el trozo de madera que vendr¨ªa de la puerta para que as¨ª se pudiera deslizar y mantenerse en el lugar para abrirla y cerrarla. Ahora, el picaporte: todo el mecanismo fue sencillo, porque lo hice de manera horizontal y de una pieza completa, as¨ª que cuando se bajaba, el trozo de madera que funcionaba como pestillo se hund¨ªa hacia dentro. Lo prob¨¦ varias veces y parec¨ªa funcional, solo que con el tiempo iba a terminar desgast¨¢ndose la madera y el picaporte caer¨ªa solo. A pesar de todav¨ªa no tener una cerradura con una llave que impidiera abrir la puerta, al menos pod¨ªa abrirse y cerrarse de manera correcta. Algo es algo. Era la primera vez que hac¨ªa algo as¨ª desde cero, y aunque no era perfecta, me sent¨ª un poco orgulloso. "?Anya, ven¨ª a ver esto!" Grit¨¦ hacia dentro mientras cerraba la puerta primitiva detr¨¢s de m¨ª. "?Ya hiciste esa cosa, Luciano?" Pregunt¨® antes de aparecer desde el pasillo. Era evidente que ya hab¨ªa asumido que todo lo que yo intentara hacer ser¨ªa algo completamente fuera de lo com¨²n para ellos. Cuando la vi llegar, sonre¨ª y se?al¨¦ la puerta con un gesto teatral, como si estuviera mostrando una obra de arte. "Mir¨¢, nuestra primera puerta oficial. ?No solo cierra, sino que tambi¨¦n se abre!" "?Eso es lo que llamas puerta?" "S¨ª. Dej¨¢ que te muestre". Mov¨ª el picaporte hacia abajo, dejando que el pestillo se hundiera suavemente hacia dentro del interior de la puerta. La abr¨ª de par en par, haciendo un gesto exagerado como si estuviera presentando algo m¨¢gico. Luego la cerr¨¦ y levant¨¦ el picaporte para que quedara el pestillo hacia fuera. "?Ves? F¨¢cil y seguro". Anya dio un paso adelante, inclin¨¢ndose para observar de cerca el mecanismo del picaporte. Su rostro pas¨® de la duda al asombro en cuesti¨®n de segundos. Toc¨® la madera con las yemas de los dedos, como si necesitara confirmar que era real. "?T¨² hiciste esto solo?" "S¨ª, ?qui¨¦n m¨¢s iba a hacerlo?" Respond¨ª con una sonrisa de suficiencia. "Ah, es cierto". "Aunque no voy a mentir, fue un poco complicado". "No puedo creerlo", murmur¨® mientras segu¨ªa examinando la puerta. "Esto... esto es incre¨ªble, Luciano. Nunca hab¨ªa visto algo as¨ª, a pesar de que estaba en la casa de miniatura". Sus ojos brillaban como los de un ni?o viendo un juguete nuevo. "Ahora vos. Probalo". "?Yo? ?Y qu¨¦ se supone que tengo que hacer?" Pregunt¨®, retrocediendo un poco como si temiera romperlo. "Es f¨¢cil, Anya. Solo agarr¨¢s esta parte, la baj¨¢s y empuj¨¢s la puerta. Dale, conf¨ªo en vos". Ella dud¨® por un instante, pero finalmente extendi¨® la mano y tom¨® el picaporte con cuidado, como si estuviera manejando algo fr¨¢gil. Baj¨® el mecanismo, y cuando la puerta se abri¨® sin resistencia, solt¨® un peque?o jadeo de sorpresa. Sus ojos se encontraron con los m¨ªos, y pude ver la emoci¨®n en ellos. "?S¨ª funciona!" Grit¨® mientras se re¨ªa. Empez¨® a dar peque?os saltitos en su lugar, sus pies golpeando suavemente el suelo de madera. Sus manos iban y ven¨ªan del picaporte a su boca, cubriendo una sonrisa radiante como si no pudiera contenerla. "?No lo puedo creer, Luciano! ?De verdad funciona! ?Funciona de verdad!" Gritaba entre risas, mientras abr¨ªa y cerraba la puerta repetidamente sin levantar el picaporte para que saliera el pestillo. Yo no pod¨ªa evitar sonre¨ªr ante su reacci¨®n. Ver a alguien tan emocionado por algo tan simple como una puerta me recordaba lo distinto que era este mundo. Aqu¨ª, cada peque?o avance era un milagro. Despu¨¦s de su peque?a celebraci¨®n, me puse manos a la obra con las dem¨¢s puertas. Ahora que ya ten¨ªa claro el proceso, result¨® mucho m¨¢s f¨¢cil replicarlo. Anya, mientras tanto, se qued¨® cerca, anim¨¢ndome hasta que lleg¨® el momento de recargar part¨ªculas en el balde. Ah¨ª fue cuando la mand¨¦ a que cocinara un pescado para cada uno. Al final termin¨¦ las cuatro puertas de las habitaciones y la del ba?o. Todas se abr¨ªan hacia adentro para dejar el paso en el pasillo. En contraparte, la puerta que conectaba a la mitad del pasillo con la sala principal, que era la cocina-comedor, abr¨ªa hacia dentro de ella. Tampoco era muy necesario explicarle esto a alguien, pero tuve que tener en cuenta varias cosas para despu¨¦s no tener que hacer trabajo doble. Luego de que Anya hiciera una fogata por primera vez sobre la arena y cocinara un pescado para cada uno, nos pusimos a hablar un poco sobre las cosas que quedaban por hacer, de la arcilla, de por qu¨¦ se me ocurr¨ªan tantas cosas nuevas, de la magia y un mont¨®n de cosas m¨¢s. No s¨¦ cu¨¢ndo fue la ¨²ltima vez que me sentaba a charlar con un humano normal sobre tantas cosas. Ac¨¢ lo interesante es que ella me cont¨® un poco de su pasado... Resulta que ella no viv¨ªa tan cerca de los dem¨¢s y, cuando era muy joven, sus padres salieron a cazar junto a su hermana mayor, pero nunca volvieron. A partir de ah¨ª, ella comenz¨® a vivir sola e intentar valerse por s¨ª misma hasta que un d¨ªa conoci¨® a Tariq en una de sus tantas salidas. Ella no lo dijo directamente, pero yo entend¨ª que a ella le atrajo el sentirse protegida por ¨¦l. O sea, s¨ª, Tariq es un tipo que no se queda quieto. Encima, a eso se le suma que es alguien alto y tiene fortaleza f¨ªsica. Para ella debe haber sido como su ¨²nica salvaci¨®n en un momento de desesperaci¨®n. Pero bueno... Al final se mudaron a esa cueva que est¨¢ cerca de la playa y ¨¦l la abandon¨® el d¨ªa que Tar¨²n naci¨®... Vaya a saber qu¨¦ mierda le habr¨¢ pasado a Tariq para hacer semejante estupidez... Ya est¨¢, no hay forma de cambiar el pasado. Debo decir que su historia me hizo lagrimear un poco. Es una mujer que sufri¨® la realidad de un mundo muy cruel. Esa es otra raz¨®n para quererla mucho m¨¢s. Est¨¢bamos separando las pieles en distintos bolsones hasta que todos llegaron desde el bosque con una gran cantidad de comida. Se ve que en alg¨²n momento se hab¨ªan juntado para recolectar provisiones. Levant¨¦ la cabeza justo a tiempo para ver a Mirella volando hacia m¨ª, agitando sus diminutas manos que sosten¨ªan dos na?as. Parec¨ªa una peque?a bola de furia, con sus mejillas sonrojadas. "??Luciano!! ?Esto es una injusticia absoluta!" "?Qu¨¦ pas¨® ahora, Mirella?" Pregunt¨¦ mientras me incorporaba, conteniendo la risa al ver su estado. "?Luc¨ªa me arruin¨® todo! ?Era mi momento de brillar, Luciano! ??Mi momento!!" Luego de ese grito, tir¨® las frutas al suelo con mucha rabia. "?De qu¨¦ est¨¢s hablando?" Pregunt¨¦, aunque ya ten¨ªa una idea por d¨®nde iba todo esto al ver a mi verdadera madre pasar a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. De pronto, Rundia se acerc¨®. "?Hijo! ?Tu hermana fue...!" "?No, yo voy a explicarle!" Grit¨® Mirella, cortando sus palabras. "?Y estoy hablando del balde! ?De la arcilla! ?De todo! Me dijiste que yo ser¨ªa la primera en lograrlo, y tu hermana... ?Esa adorable traidora! ?Lo hizo antes que yo y a la primera!" Rundia volvi¨® a interrumpir, pero esta vez se puso en frente de m¨ª, empujando a la peque?a hada con la cabeza. "?Mis dos hijos son incre¨ªbles! ?Nunca pens¨¦ que...!" "?Ay, ya! ?A qui¨¦n le importa un tonto balde! ?Yo voy a hacer algo m¨¢s genial!" Se fue volando hacia la entrada de la casa, pero se choc¨® contra la puerta. "??Qui¨¦n puso esta tonter¨ªa aqu¨ª!?" No pude evitar llevarme las manos a la cara mientras Rundia me ve¨ªa con los ojos como dos estrellas. "Es una puerta", respond¨ª a su furiosa pregunta. Mirella, sob¨¢ndose la frente y todav¨ªa flotando en el aire, golpe¨® ligeramente la puerta con sus diminutos pu?os. "?Pues no me gusta esta cosa! ?Ni siquiera avisaste que la ibas a poner! ?Uno entra volando tranquilamente y se encuentra con... esto!" Es cierto, exist¨ªa la posibilidad de que Mirella no tuviera la fuerza suficiente como para abrir una puerta. "?La puerta!" Grit¨® Samira, que estaba con un mont¨®n de mandarinas entre sus brazos. Mir¨¦ a todos los dem¨¢s; parec¨ªan cansados y esperando a que ese trozo de madera se corriera del medio. Bueno, me tocar¨¢ ense?arlo de vuelta. (Unas horas despu¨¦s) Ya era de noche y dentro de la casa no se ve¨ªa una mierda hasta que Mirella, de mala gana, puso una bola de luz en el aire. Todos los dem¨¢s, menos Mirella, Aya y yo, estaban esperando afuera mientras cocinaban y com¨ªan. "Mirella, ya no est¨¦s enojada. Seguro que a Luciano se le va a ocurrir otra cosa para que hagas... ?Cierto, Luciano?" "Ah, s¨ª, claro..." "??En serio, Luciano!? ?Entonces d¨ªmelo ya, algo que solo sea para m¨ª!" Primero hab¨ªa que reeducarla. "A ver, Mirella. ?Cu¨¢ntas veces hemos hablado sobre este comportamiento? Es inapropiado que un hada como vos conteste de esa manera", dije, fingiendo una voz seria. "??Inapropiado!? ?Desde cu¨¢ndo tengo que seguir un modo de hablar? ?Yo soy as¨ª!" Exclam¨® con los brazos cruzados, inflando las mejillas como si fuera un pez globo. "No se trata de ser as¨ª o no. Se trata de respeto, especialmente cuando estamos en grupo. Si act¨²as de esta manera, ?c¨®mo esperas que te tomen en serio cuando realmente necesites que te escuchen?" Su expresi¨®n cambi¨®; segu¨ªa con los brazos cruzados, pero ahora me miraba de reojo, como si estuviera debati¨¦ndose entre continuar con su berrinche o aceptar lo que le estaba diciendo. "Adem¨¢s", continu¨¦, suavizando ligeramente mi tono. "Quiero que hagas algo que te haga sentir ¨²til, pero tambi¨¦n que ayude al grupo. Si solo est¨¢s buscando atenci¨®n con estas actitudes, no est¨¢s mostrando todo el potencial que ten¨¦s". "Bueno, s¨ª..." Respondi¨®, agachando la cabeza un poco. "Voy a intentar portarme mejor y no enojarme contigo". "S¨ª, pero siempre dec¨ªs lo mismo..." "?Esta vez es cierto!" Alz¨® la voz de un modo que parec¨ªa que estaba a punto de quebrarse. De inmediato puse mis dos manos unidas y abiertas en frente de m¨ª; ella reaccion¨® al instante, pos¨¢ndose sobre mis palmas. "Mirella, ya deber¨ªas conocerme bien para saber que no me interesa una promesa como esa del balde... No quiero que te sientas mal solo por no poder lograr algo", dije, acariciando su cabecita mientras ve¨ªa a Aya acercarse para verla de cerca. "Adem¨¢s, tengo una nueva cosa que podr¨ªas hacer, para la casa y tambi¨¦n con la arcilla". "??En serio!?" Aya solt¨® una risita suave mientras se inclinaba un poco m¨¢s hacia mis manos. "S¨ª, primero voy a decirte qu¨¦ ten¨¦s que crear con la arcilla". Con un empuj¨®n de mis manos hacia arriba, Mirella comenz¨® a volar en el aire. "Quiero que crees un plato. ?Te acord¨¢s c¨®mo era? Se los mostr¨¦ cuando est¨¢bamos en el santuario". Antes de que Mirella contestara, Aya alz¨® una mano. "?Yo s¨ª! Era una cosa que serv¨ªa para comer... o algo as¨ª. Ten¨ªa esta forma", dijo, juntando sus manos e intentando hacer un c¨ªrculo. "Yo no me acuerdo de eso". "Entonces te lo vuelvo a mostrar". Me acerqu¨¦ a uno de los pocos bolsones que quedaban dentro de casa y saqu¨¦ un cubo de madera. Con un movimiento r¨¢pido de magia, lo transform¨¦ en un plato simple y circular. "Es esto. Mir¨¢, es hondo en el centro para que la comida se quede dentro". Ella se acerc¨® volando y puso las manos por el borde. "Se ve bonito. Tambi¨¦n es m¨¢s peque?o que el balde". "Es por eso que lo vas a poder hacer m¨¢s r¨¢pido que todos, ya que solo vos y Aya saben de esto... Bueno, puede que Tariq tambi¨¦n reconozca la forma". Nunca supe qu¨¦ pas¨® con el plato y el tenedor que quedaron en nuestra cueva la vez que nos fuimos al santuario. Solo s¨¦ que Tariq ten¨ªa el cuchillo. "?Entonces s¨ª lo har¨¦!" "?Y cu¨¢l es la otra cosa, Luciano?" Pregunt¨® Aya. "Ah, es que tenemos que hacer un sistema de iluminaci¨®n para la casa. Algo que sea permanente". "Eso es cierto. Pero eso es algo que solo Mirella podr¨ªa hacer". "?Claro que lo har¨¦!" La luz de Mirella iluminaba el interior de la casa apenas lo suficiente como para que no tropez¨¢ramos, pero ese ambiente tenue no era algo que quisiera mantener para siempre. Me qued¨¦ pensativo por un momento, observando los n¨²meros en las sombras de las chicas. "La casa ahora tiene cuatro habitaciones, el ba?o, la cocina-comedor y un pasillo que conecta todo. No podemos depender de que Mirella reponga a cada rato sus esferas de luz. Tienen que quedar ah¨ª para siempre". Mir¨¦ a Mirella y ella me mir¨® a m¨ª. "Mirella, ?crees que sea posible hacer una esfera de luz que ilumine poco y no desaparezca?" "?Yo creo que s¨ª! Hubo muchas que duraron por un mont¨®n de tiempo, as¨ª que ahora me esforzar¨¦ todav¨ªa m¨¢s". Sonre¨ª. Sab¨ªa que Mirella no iba a decepcionarnos, al menos no en actitud. "Entonces... Primero, necesitamos soportes. Algo que mantenga las luces en su lugar y sea est¨¦tico". Me gir¨¦ de nuevo hacia los cubos de madera. "Voy a transformar esto en algo ¨²til". Las dos se acercaron mientras me ve¨ªan trabajar con magia; hice ocho palos de medio metro, los cuales en uno de sus extremos ten¨ªan una forma circular, que ser¨ªa donde ir¨ªa la bola de luz m¨¢gica. Los aline¨¦ cuidadosamente en el suelo frente a m¨ª, como si fueran una especie de columnas en miniatura. "Estos van a ser los soportes. Los colocar¨¦ en el centro de cada sala y dos en los extremos del pasillo. Pero para fijarlos al techo, necesitar¨¦ ayuda". Lo cierto era que tener un techo empinado era algo feo est¨¦ticamente y se hac¨ªa dif¨ªcil llegar a ¨¦l. Aya se acerc¨®, sus ojos anaranjados se ve¨ªan lindos bajo la poca luz de la sala. "?Quieres que yo te ayude? Puedo alzarte, si es lo que necesitas". "Pero deber¨ªa subirme encima de tus hombros. ?No te importa?" "Claro que no me importa, Luciano. Aunque, con lo pesado que te est¨¢s poniendo ¨²ltimamente... quiz¨¢s termine quej¨¢ndome despu¨¦s". Hizo una pausa, como si estuviera esperando que le siguiera el juego o algo as¨ª. "?Era una broma! Es que todav¨ªa eres tan peque?o..." Ah, s¨ª... Gracias por recordarme que soy enano. "Claro, porque todav¨ªa soy un ni?o". Suspir¨¦ y me quit¨¦ las ojotas. Mirella flotaba cerca, observ¨¢ndonos con las manos en la cintura, claramente disfrutando del espect¨¢culo. "Est¨¢ bien, Aya, voy a subirme. Pero ten¨¦ cuidado, ?s¨ª? Si me caigo, te culpo a vos". "Conf¨ªa en m¨ª", dijo mientras se agachaba para que pudiera subir. Sus manos firmes me sujetaron por los costados mientras yo intentaba encontrar equilibrio sobre sus hombros. Esta era la primera vez que hac¨ªa algo as¨ª. Pero luego de tantas locuras que hab¨ªa hecho en esta vida, esto era una tonter¨ªa. Aya se levant¨® lentamente, sus cinco colas balance¨¢ndose detr¨¢s de ella para mantener la estabilidad. Desde ah¨ª arriba, el techo se ve¨ªa m¨¢s cerca, aunque no lo suficiente como para que dejara de sentir v¨¦rtigo. "?Todo bien all¨¢ arriba, Luciano?" Pregunt¨® Mirella desde alg¨²n lado, con una risita. "S¨ª, s¨ª... Estoy bien", respond¨ª, intentando mantener el equilibrio y no mirar hacia abajo. "Alcanzame uno de los soportes, porfa". "?C¨®mo t¨² ordenes!" Respondi¨® y r¨¢pidamente lo trajo volando entre jadeos. "Gracias". No s¨¦ por qu¨¦ se me vino esto a la mente, pero creo que si Aya mirara hacia arriba, ver¨ªa mi... Bueno, tampoco hace falta aclararlo. Tom¨¦ el soporte de madera y lo posicion¨¦ en el techo. Usando magia, lo fij¨¦ en su lugar, asegur¨¢ndome de que quedara bien firme. Cuando termin¨¦, Mirella se acerc¨® volando con una peque?a esfera de luz entre las manos. "?D¨®nde la pongo?" "?Ah¨ª!" Se?al¨¦ el extremo del palo, donde estaba el c¨ªrculo en forma horizontal. Cuidadosamente y con una precisi¨®n perfecta, ella lo puso en el lugar correcto. "Listo. ?Y ahora?" Coloqu¨¦ mis manos sobre la esfera. "Voy a hacer una cosa que descubr¨ª hace un tiempo". Sent¨ª las part¨ªculas m¨¢gicas fluir desde mis manos hacia la luz, aliment¨¢ndola. A pesar de ser muy peque?a, la esfera comenz¨® a brillar con m¨¢s intensidad, llenando la sala con una luz c¨¢lida y constante. "?Perfecto! Ahora tenemos iluminaci¨®n... permanente, supongo". "?Wow! ?Qu¨¦ hiciste? ?Acaso ya puedes usar magia de luz?" Pregunt¨® Mirella, acerc¨¢ndose a su esfera de luz para verla de m¨¢s cerca. "No. Solo le traspas¨¦ part¨ªculas para que fuera m¨¢s potente sin que t¨² tuvieras que crearla potente desde un principio". Parec¨ªa que sab¨ªa lo que hac¨ªa, pero realmente las part¨ªculas actuaban por su propia cuenta. "Luciano, creo que falta algo", coment¨® Aya desde abajo, interrumpiendo la conversaci¨®n. "?Qu¨¦ cosa?" Pregunt¨¦ mientras me empezaba a agachar para bajar. De repente, Aya dio un peque?o salto, haciendo que mi equilibrio se tambaleara. "?Aya!" Grit¨¦, tratando de agarrarme del soporte para no caerme. Mirella tambi¨¦n se aferr¨® a mi mano, como si realmente pudiera ayudar en algo. Ella solt¨® una carcajada mientras me sosten¨ªa firme con sus manos. "Rel¨¢jate, Luciano. Solo estaba probando si eras ¨¢gil". "?No tiene gracia! ?Y si romp¨ªa algo?" Protest¨¦, colg¨¢ndome del soporte con una mano mientras intentaba estabilizarme con la otra. "Bueno, al menos ahora sabemos que los soportes son resistentes". "?Aya, eres una tonta! ?No puedes hacerle esas bromas a Luciano!" De pronto, la puerta principal se abri¨® r¨¢pidamente. Era Rundia. "?Hijo, escuch¨¦ un grito y...! ??Qu¨¦ est¨¢n haciendo!?" En ese momento, Aya se agach¨® r¨¢pidamente para dejarme bajar y se qued¨® con la cabeza gacha. "Eh¡­ ?Nada, nada!" Dije r¨¢pidamente, tratando de suavizar la situaci¨®n, aunque no s¨¦ si mi tono era tan convincente. "Es solo que Aya... eh... Est¨¢bamos instalando la luz para la casa". "?Ah, s¨ª? ?Entonces por qu¨¦ gritaste?" Aya, por fin, pareci¨® darse cuenta de la gravedad de lo sucedido y levant¨® la cabeza, mirando a Rundia con una leve sonrisita nerviosa. "Te debo una disculpa, Rundia. Hice una broma tonta y no pens¨¦ que Luciano fuera a... perder el equilibrio de esa manera". ?Encima me echa parte de la culpa a m¨ª! Rundia la mir¨® fijamente durante un segundo, luego solt¨® una ligera risa, como si la escena no fuera tan seria como todos pens¨¢bamos. "Ay, Aya... ?Por qu¨¦ hacer bromas? T¨² no eres as¨ª". Dio un suspiro. "Solo ten m¨¢s cuidado con Luciano, ?entendido? ¨¦l, a pesar de que hace este tipo de cosas raras, todav¨ªa es un ni?o, ?s¨ª? Es mi ni?o", enfatiz¨® la ¨²ltima parte por alguna raz¨®n. "?Lo prometo!" Aya respondi¨® r¨¢pidamente, inclinando la cabeza hacia adelante como si estuviera haciendo una reverencia. Rundia asinti¨® con una sonrisa tranquila. "Mejor. Ahora, Luciano, ?est¨¢s bien?" "S¨ª... s¨ª, estoy bien", respond¨ª, quit¨¢ndome un poco la tensi¨®n mientras me ergu¨ªa por fin. "Solo fue un peque?o susto". "?Seguro que est¨¢s bien, Luciano? Creo que te has vuelto un poco torpe", brome¨® Mirella, d¨¢ndome un peque?o empuj¨®n en el hombro para intentar desviar el tema. Sin hacer m¨¢s bromas, terminamos de poner todas las l¨¢mparas primitivas hechas con magia y se las mostramos a los dem¨¢s, que quedaron impresionados. Ahora bien, faltaba hablar sobre la distribuci¨®n de las habitaciones... Luc¨ªa fue la primera en hablar de eso, como si lo estuviera haciendo a prop¨®sito. Me pregunto qu¨¦ pensar¨¢ de mi idea. "?Luciano ya lo tiene todo listo!" Respondi¨® Anya mientras sonre¨ªa y me miraba de reojo. "Ah, s¨ª. Bueno, yo pens¨¦ que pod¨ªa tener una habitaci¨®n que compartir¨ªa con Aya y Mirella". Hice una pausa, levantando un dedo. "Creo que es bastante obvio que no pueden vivir m¨¢s de tres personas en una habitaci¨®n". "?Y eso por qu¨¦, hijo?" Pregunt¨® Rundia. "Yo, la verdad, es que no entiendo mucho de esto..." Acot¨® Rin. "S¨ªganme, les explico", dije, abriendo la puerta que daba al pasillo y girando hacia la izquierda, hasta la habitaci¨®n del fondo. "Todo se trata de estrategia", comenc¨¦, mintiendo de cierta manera, y entrando a la pieza vac¨ªa para luego girarme hacia mis padres. "Pi¨¦nsenlo bien, nosotros tres somos los ¨²nicos que podemos usar magia, que es la cosa m¨¢s ¨²til para defenderse en caso de que pase algo. Es por eso que debemos estar juntos". "Ah, entonces es porque quieres cuidarnos, ?no? Siempre eres tan atento..." Dijo Rundia, cayendo en la trampa. Lo cierto era que a ellos nunca les import¨® mucho d¨®nde yo dorm¨ªa. Cuando era un beb¨¦, siempre me dejaban durmiendo solo. "?Exactamente! Imag¨ªnense que, cuando Aya ponga la barrera, de pronto alguien la rompe. ?Ah¨ª ella deber¨ªa avisarme a m¨ª de inmediato y a Mirella! No podr¨ªamos permitir demoras en ese tipo de situaciones", dije, negando con el dedo ¨ªndice. "Y eso no es todo, ya que Mirella es muy ruidosa por la noche. ?Acaso alguno de ustedes estar¨ªa dispuesto a soportar no dormir por las noches? ?Claro que no!" Eso ¨²ltimo s¨ª que era una mentira. "?Eso no es cierto!" Grit¨® Mirella en respuesta. "?Aunque estoy feliz de poder seguir durmiendo contigo!" Not¨¦ que Rundia y Rin intercambiaron miradas c¨®mplices, intentando ocultar algunas risas. Aya, por su parte, se mantuvo sin decir nada. Su erguido porte elegante y su yukata blanco daban la impresi¨®n de que estaba completamente al margen de la conversaci¨®n, pero sus orejas blancas ligeramente tensas delataban que estaba atenta a cada palabra. No le consult¨¦, pero no creo que tuviera problema con la decisi¨®n. De pronto, Luc¨ªa se acerc¨® a m¨ª riendo y gritando. Me tom¨® de la mano y la tirone¨® hacia abajo, como si quisiera que me agachara. Cuando lo hice, me abraz¨®, rodeando mi cuello. Toda su supuesta ternura se termin¨® cuando empez¨® a susurrarme en el o¨ªdo. "?Qu¨¦ pasa, Lucianito? ?Est¨¢s invirtiendo a futuro? Antes no hac¨ªas estas cositas tan p¨ªcaras". "?Qu¨¦ hermanita m¨¢s linda que tengo!" Grit¨¦, refreg¨¢ndole la espalda en un gran abrazo. Je. Ella me solt¨® y se qued¨® a mi lado, sosteniendo mi mano. "?Y qu¨¦ hay del resto? ?D¨®nde dormir¨¢n los dem¨¢s?" Pregunt¨® Rin. "?Yo voy con mi hermana!" Grit¨® Samira. "Ay, Sami, eso es obvio. ?Con qu¨¦ otra persona ibas a dormir si no?" Coment¨® Suminia, como si estuviera tomando la decisi¨®n por s¨ª misma. "Entonces vayamos a ver las dem¨¢s habitaciones", dije mientras pasaba entre medio de todos. Al final, y vi¨¦ndolo de izquierda a derecha a partir de mi habitaci¨®n, la segunda pieza qued¨® para mis padres y Luc¨ªa. La siguiente, que es la que est¨¢ del otro lado del ba?o, termin¨® siendo para las gemelas. La ¨²ltima fue para Anya y Tar¨²n. Con todos los dem¨¢s ya ubicados en sus lugares, ahora estaba junto a mis dos compa?eras en una sala vac¨ªa que solo ten¨ªa iluminaci¨®n y nosotros la llam¨¢bamos habitaci¨®n. Bueno, al menos es m¨¢s est¨¦tico que el interior de una cueva. Ma?ana deb¨ªa empezar con las camas, mesas, muebles y dem¨¢s cosas. Lo bueno era que nadie se iba a quejar, pues nunca tuvieron la oportunidad de gozar de una buena vivienda. "?En d¨®nde tenemos que dormir?" Pregunt¨® Mirella mientras todav¨ªa volaba cerca de su esfera de luz. Se ve que qued¨® impactada con eso. "Yo no veo ninguna hoja. ?Hay que traerlas?" "?Se acuerdan de las camas?" "?Yo s¨ª! Hab¨ªas dicho que era un lugar para dormir", respondi¨® Aya. Se estaba acomodando sentada contra una de las esquinas, la que estaba m¨¢s cerca de la ¨²nica ventana de la pieza. "Buena memoria, Aya. Es exactamente lo que acab¨¢s de decir, las camas sirven para dormir, solo que no llegu¨¦ a hacerlas porque ya me sent¨ªa un poco cansado despu¨¦s de hacer las puertas". No era cansancio f¨ªsico, sino mental. De alguna forma, la magia responde a lo que yo imagino, y el estar trabajando en tantas cosas seguidas me hace doler un poco la cabeza. "?Sabes qu¨¦, Luciano? A m¨ª no me importa dormir en donde sea que me digas", dijo Mirella de repente, alzando la voz. "Solo me importa dormir contigo". "Claro, claro..." Respond¨ª, rasc¨¢ndome la nuca con algo de incomodidad. "Pero tampoco es para tanto. Haremos las camas ma?ana. Hoy nos toca improvisar un poco". "?Vayamos con Aya!" Grit¨® Mirella. "?Quer¨¦s que durmamos los tres juntos?" Pregunt¨¦ tranquilamente, aunque dentro de m¨ª se estaba formando una sonrisa al pensar en la situaci¨®n. "?S¨ª, todos juntos!" Aya, por su parte, manten¨ªa su serenidad habitual que hoy hab¨ªa perdido al momento de hacer bromas. Estaba sentada contra la esquina, con las piernas dobladas hacia un lado y su yukata perfectamente arreglado. Miraba hacia el lado de la ventana con esa tranquilidad que parec¨ªa ser parte de su esencia. Las cinco colas esponjosas se mov¨ªan apenas, como si estuvieran reflejando su estado relajado. "Bueno, creo que no es mala idea dormir juntos, Mirella. Total, es solo por hoy", dije, siguiendo mirando hacia Aya de reojo. "Al menos hasta que tengamos camas decentes". Veamos qu¨¦ pasa, ?no? Cap铆tulo 40: Entendiendo a una madre soltera. Todav¨ªa estaba junto a mis dos nuevas compa?eras de cuarto y est¨¢bamos a punto de irnos a dormir los tres juntitos. Aya dej¨® de mirar hacia la ventana y gir¨® la cabeza hacia m¨ª. "Si eso es lo que prefieren, no me molesta en absoluto. Aunque... ?Seguro que estar¨¢s c¨®modo en el suelo?" "Como dije antes, no tenemos camas, as¨ª que nos va a tocar seguir durmiendo en el suelo". Me acerqu¨¦ y me dej¨¦ caer en el suelo, cerca de donde estaba Aya, y lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Mirella se acomod¨® r¨¢pidamente sobre mi pecho, cruzando los brazos como si estuviera reclamando un espacio que era ¨²nicamente suyo. "?Y vos, Aya? ?No te molesta dormir as¨ª sentada?" Pregunt¨¦. "No... Es la costumbre; casi siempre he dormido as¨ª". Pasaron unos minutos en silencio, en donde Mirella todav¨ªa segu¨ªa despierta mir¨¢ndome y Aya ya estaba comenzando a entrecerrar los ojos. El ambiente se llen¨® con nuevos sonidos nocturnos del exterior, m¨¢s que todo del agua subiendo y bajando por la costa. Poco a poco, sent¨ª c¨®mo mi cuerpo se relajaba. Sin pensarlo mucho, me deslic¨¦ hacia un lado hasta que mi cabeza qued¨® justo al lado de las piernas de Aya. Ella abri¨® los ojos. "Aya, ?podr¨ªa usar tus piernas como almohada?" Pregunt¨¦ con cierto descaro. "Eso no es algo que suelo escuchar..." Murmur¨®, aunque no parec¨ªa molesta. De hecho, not¨¦ c¨®mo pon¨ªa sus piernas rectas hacia delante. "Pero si eso te ayuda a descansar, Luciano, no tengo inconveniente", respondi¨® en su tono usual, calmado, pero sus mejillas adquirieron un leve rubor que, bajo la luz tenue de nuestra improvisada l¨¢mpara, era apenas perceptible. "?Espera un momento!" Interrumpi¨® Mirella, levant¨¢ndose de golpe de mi pecho. Su voz, normalmente dulce, sonaba ahora m¨¢s aguda, como si intentara marcar territorio. "?Por qu¨¦ necesitas usar las piernas de Aya como almohada? ?Yo estoy justo aqu¨ª! ?Soy mucho m¨¢s c¨®moda!" La mir¨¦, aguant¨¢ndome una risa. "Porque las piernas de Aya son... eh... m¨¢s grandes", respond¨ª, sin pensar demasiado y finalmente puse la cabeza sobre su muslo. "??Qu¨¦ quisiste decir con eso!?" Mirella casi grit¨®, dando vueltas en el aire como si buscara una manera de atacarme verbalmente. Aya, por su parte, parec¨ªa entretenida por la situaci¨®n. "Tranquila, Mirella. Solo es una almohada, como la de Rin. No es nada raro", coment¨® suavemente, posando una mano sobre mi cabello, como si quisiera calmar tanto a Mirella como a m¨ª. Para mi sorpresa, su toque fue delicado, casi maternal. Sus dedos acariciaron mi cabello casta?o claro con una ternura inesperada. Me relaj¨¦ al instante, dejando escapar un suspiro que no supe si proven¨ªa del alivio f¨ªsico o de la c¨¢lida sensaci¨®n de ser cuidado como un ni?o peque?o. Espera, ?y si ella termina tocand...? "???Aggghhh!!!" Un grito desgarrador sali¨® de mi garganta justo en el momento en el que sent¨ª el chispazo. El origen estaba claro: su mano toc¨® uno de los dos pelos rojos que atraviesan mi cabello. Una descarga recorri¨® todo mi cuerpo, desde la base del cr¨¢neo hasta los dedos de los pies. Era como si un rayo me hubiera atravesado, sin permiso ni advertencia. Me levant¨¦ de golpe, tropezando con mis propios pies. Mirella dio un salto en el aire, gritando algo que no llegu¨¦ a entender en el momento. Aya, sorprendida, retir¨® r¨¢pidamente la mano y me mir¨® con preocupaci¨®n. "?Luciano! ??Qu¨¦ te pasa!?" Grit¨® Mirella, volando a mi alrededor mientras yo tambaleaba por la habitaci¨®n. El calor y la presi¨®n se acumularon en mi garganta como si estuviera a punto de explotar. Las luces de nuestra l¨¢mpara improvisada parec¨ªan parpadear, y los sonidos del exterior se distorsionaban. Todo a mi alrededor comenz¨® a moverse, ondulando como si la habitaci¨®n fuera un barco en una tormenta. ??Qu¨¦ me est¨¢ pasando!? ?Un mont¨®n de gente hab¨ªa tocado mi pelo rojo y solo hab¨ªa sentido la electricidad de siempre! Me llev¨¦ las manos a mi cuello en un intento in¨²til de aliviar la presi¨®n. Sent¨ªa un hormigueo el¨¦ctrico en cada rinc¨®n de mi cuerpo, y mi visi¨®n comenzaba a nublarse. En un intento por estabilizarme, me tambale¨¦ hacia la pared y Aya me agarr¨®, diciendo cosas que no pude entender. Me apart¨¦ de su agarre, buscando algo de aire en la ventana. Mi cabeza entraba entre medio de los dos barrotes de madera. Pero de pronto pude divisar que una figura conocida me observaba desde la costa... Sariah... Su cabello rojo parec¨ªa arder bajo la luz de la luna, movi¨¦ndose como llamas al viento. Estaba ah¨ª, de pie, con una sonrisa de oreja a oreja y esa mirada penetrante que nunca parec¨ªa dejarme del todo en paz. Su vestido rojo era largo y ondeaba suavemente, aunque no hab¨ªa viento visible. Levant¨® una mano, como si estuviera salud¨¢ndome, o tal vez llam¨¢ndome. Y entonces, el efecto se disip¨®, junto con su figura. "?Luciano! ??Qu¨¦ te pasa?! ?Dinos algo!" Grit¨® Mirella, desesperada. "Perd¨®n. Perd¨®n..." Respond¨ª, tomando algo de aire. "Solo me empez¨® a faltar el aire de la nada. No s¨¦ por qu¨¦, pero ya estoy bien", ment¨ª. Antes de que alguien pudiera decir algo, la puerta se abri¨® de repente. Rundia pas¨® corriendo junto a Luc¨ªa. "??Hijo!?" Grit¨® Rundia, busc¨¢ndome con la mirada hasta que me encontr¨® y se acerc¨® r¨¢pidamente. "Escuch¨¦ gritos... ?Est¨¢n todos bien?" Me levant¨® la cabeza con una mano bajo mi barbilla. La figura de Sariah a¨²n danzaba en mi mente. ?Por qu¨¦ estaba aqu¨ª? ?Me estaba observando o solo fue una alucinaci¨®n? Las preguntas se enredaron en mis pensamientos mientras trataba de volver al presente. "Luciano, m¨ªrame", dijo Rundia con firmeza, mientras sosten¨ªa mi barbilla. Sus ojos marrones me buscaban con una intensidad que solo una madre puede tener. En ese instante, pens¨¦ en lo ir¨®nico que era tener dos madres. Rundia, que hab¨ªa sido una figura protectora desde que reencarn¨¦, y Luc¨ªa, quien, en esta nueva vida, no era m¨¢s que una ni?a peque?a. Pero en el fondo... a¨²n pod¨ªa sentir la esencia de mi madre terrenal en ella. "Estoy bien, mam¨¢. Solo fue... un susto. No s¨¦ por qu¨¦, pero me falt¨® el aire de repente", dije, intentando sonar convincente. Ella frunci¨® el ce?o, no muy convencida, pero suspir¨® y retrocedi¨® un paso. Mientras tanto, Rin miraba desde la entrada de la habitaci¨®n. Parec¨ªa que ya hab¨ªa estado durmiendo. "Si necesitas algo, solo ll¨¢mame", respondi¨® antes de mirar a Aya y Mirella como si les estuviera delegando mi cuidado. Luego sali¨® de la habitaci¨®n tomando a mi verdadera madre de la mano, que inicialmente se resisti¨® un poco antes de ceder al agarre. Suspir¨¦ profundamente, dejando que el aire llenara mis pulmones, tratando de recuperar algo de tranquilidad. "Luciano", Aya me llam¨® con su tono serio. "Tal vez deber¨ªas descansar de verdad". "S¨ª, ?y lo mejor ser¨ªa que ahora te recuestes sobre m¨ª!" Interrumpi¨® Mirella, agitando los brazos en el aire como si fuera su manera de declararlo un hecho inamovible. Me re¨ª, pese al hormigueo que a¨²n sent¨ªa en mi cuerpo. "?No est¨¢bamos en eso ya?" Sin esperar una respuesta, volv¨ª a acercarme a Aya y esper¨¦ a que se posicionara en su lugar. Esta vez me tumb¨¦ con cuidado sobre sus piernas. "Permiiiiso". Su expresi¨®n no cambi¨® mucho, pero pod¨ªa sentir c¨®mo tensaba ligeramente sus m¨²sculos, probablemente a¨²n algo nerviosa por lo ocurrido. "?Realmente est¨¢s bien, Luciano? Me preocup¨¦ mucho", dijo Mirella mientras se acomodaba con los codos sobre mi pecho y sus palmas sobre sus cachetes. "Perd¨®n si las hice preocupar. No me hab¨ªa pasado algo as¨ª antes", respond¨ª mientras le acariciaba su peque?a frente con un dedo. "Debo haberme tragado sin querer un pelo de las colas de Aya", brome¨¦. "?Eso es cierto, Aya?" Pregunt¨® la peque?a hada. "Si es un pelo m¨ªo, entonces tal vez deber¨ªa ser m¨¢s cuidadosa con mis colas", respondi¨® con su tono calmado, pero pude notar un atisbo de sonrisa en sus labios. Sin previo aviso, movi¨® sus colas hacia nosotros, envolvi¨¦ndonos suavemente como si fuera una manta c¨¢lida y esponjosa. Cada una de las cinco colas blancas se acomod¨® alrededor, cubri¨¦ndonos por completo. El tacto de las colas era indescriptible. Sin embargo, mi mente traicionera no pudo evitar hacerme notar lo ¨ªntimo del gesto. "?Qu¨¦ haces, Aya? ?Esto me hace cosquillas!" Exclam¨® Mirella, retorci¨¦ndose en mi pecho. Su risa llen¨® la habitaci¨®n mientras sus peque?as manos intentaban apartar las colas, sin mucho ¨¦xito. Aya parec¨ªa disfrutar de su reacci¨®n, ya que las mov¨ªa con un ritmo pausado, casi burl¨®n. "Estoy cuid¨¢ndolos", respondi¨® Aya; su voz ten¨ªa un tinte de diversi¨®n apenas perceptible. "Pens¨¦ que esto podr¨ªa ayudarlos a relajarse". A pesar de que ten¨ªa calor, cerr¨¦ los ojos, dejando que el suave ritmo de la respiraci¨®n de Aya y la presencia juguetona de Mirella me arrullaran. Sin embargo, una parte de m¨ª no pod¨ªa evitar preguntarse si las dos estaban completamente conscientes del efecto que ten¨ªan sobre m¨ª. A la ma?ana siguiente, Aya nos despert¨® a m¨ª y a Mirella. Al pasar por el pasillo, era curioso ver la tranquilidad de tener privacidad entre todos. Digo, ahora no s¨¦ si del otro lado de la puerta las personas est¨¢n despiertas o no. Se siente como algo nuevo, algo fuera de lo que ac¨¢ era com¨²n. Lo que s¨ª fue fuera de lo com¨²n fue ver a Tariq mirar desde una de las ventanas de la sala principal, la que hoy ser¨ªa convertida en nuestra cocina-comedor. Me acerqu¨¦ a ¨¦l mientras Mirella estaba sentada sobre mi cabeza. "Hola, Tariq. ?Todo bien?" "Hola, Luciano. ?Ya est¨¢n viviendo en este lugar?" "Ah, s¨ª. No est¨¢ del todo terminado el interior, pero no pudimos aguantarnos y al final nos mudamos. ?Te gusta c¨®mo qued¨®?"
Tariq mir¨® un poco el espacio vac¨ªo que hab¨ªa dentro y luego volvi¨® su vista hacia m¨ª con su caracter¨ªstico aire despreocupado. Se pas¨® una mano por el cabello largo y despeinado antes de responder. "S¨ª, qued¨® bien. Muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Pero, oye... ?Cu¨¢ndo vamos a empezar con la m¨ªa?" Su tono era relajado, pero pod¨ªa sentir la expectativa detr¨¢s de sus palabras. Tariq era de esos que no se pod¨ªan quedar quietos y a veces presionaban, pero sab¨ªa que ¨¦l y su familia necesitaban un espacio propio, y despu¨¦s de ver el progreso de nuestra casa, seguramente le resultaba dif¨ªcil esperar. Sonre¨ª, tratando de calmarlo. "Tranquilo, Tariq. No nos hemos olvidado de ustedes. Dame un poco m¨¢s de tiempo para organizar las cosas. Quiero asegurarme de que todo salga bien ac¨¢ para luego hacer bien la tuya, ?s¨ª?" ¨¦l cruz¨® los brazos y apoy¨® un hombro contra el marco de la ventana, mirando al bosque que se extend¨ªa m¨¢s all¨¢. "Lo entiendo, pero me est¨¢ costando un poco. Ver c¨®mo t¨² ya tienes esto... no s¨¦. Adem¨¢s, yo tambi¨¦n fui parte de esto". Debo decir que Tariq es bastante descarado para decir algunas cosas. "S¨ª, entiendo, Tariq. Solo que no est¨¢ terminada, ya te lo dije", respond¨ª mientras notaba un poco de tensi¨®n en Mirella al tironearme algunos mechones. "?Qu¨¦ tal si tra¨¦s algunas piedras y te hago la lanza que te promet¨ª? Vi que trajiste muchas enredaderas y estuvieron trabajando mucho con la arcilla. Sigan as¨ª". "??En serio!? ?C¨®mo la que tiene Rin?" "S¨ª, eso es una lanza, algo que sirve para cazar a larga distancia". "?Perfecto!" Grit¨® y se fue corriendo hacia el bosque. Fui a abrir la puerta, y desde esa posici¨®n se pod¨ªa ver claramente c¨®mo iba buscando por el suelo. "?Mira, Luciano, ah¨ª viene Aya!" Grit¨® Mirella. Al darme la vuelta, la se?orita de cinco colas caminaba hacia nosotros tranquilamente. "?Vino Tariq? Algo as¨ª escuch¨¦ mientras fui a despertar a los dem¨¢s". "S¨ª, ahora lo mand¨¦ a buscar algunas piedras para hacerle una lanza". "?Hoy tienes muchas cosas para hacer? Lo de las camas y eso".If you stumble upon this narrative on Amazon, it''s taken without the author''s consent. Report it. "S¨ª, bastante", respond¨ª y cerr¨¦ la puerta. "Pero no me importa, porque disfruto haci¨¦ndolo y son cosas que necesitamos. Adem¨¢s, hoy parece ser un buen d¨ªa para trabajar". Luego de que el mujeriego se fuera feliz de la vida con su lanza y de que la mayor¨ªa se fuera de caza, salvo mis dos madres, me puse a construir las camas, ocho en total. El dise?o final fue bastante sencillo y poco pulido. A decir verdad, no me puse a hacerle tantos detalles o me cansar¨ªa r¨¢pido. B¨¢sicamente, ten¨ªan las cuatro patas, varios tablones en medio con poca separaci¨®n que formaban un rect¨¢ngulo y un poco de bordes en los extremos. Supongamos que tambi¨¦n ten¨ªan alrededor de un metro ochenta de largo y estaban hechas completamente de madera. Eso s¨ª, la cama para mis padres la hice un poco m¨¢s ancha. Ella la aprob¨® y le gust¨®. La distribuci¨®n fue sencilla: dos camas por habitaci¨®n. Luego, cada uno decidir¨ªa d¨®nde ubicarlas. Al terminar las camas, comimos los tres un par de frutas y despu¨¦s me puse a unir varias pieles para formar algo que se parec¨ªa a un saco de dormir, ya que ten¨ªa vac¨ªo el interior y una abertura en un extremo. Hice las mediciones con respecto a las camas y repet¨ª el procedimiento con las siete restantes. Eso hizo que me acabara todas las pieles que hab¨ªamos conseguido hasta ahora. Retoqu¨¦ un poco el largo de la cama de Aya y las dej¨¦ a las dos rellenando con hojas los colchones primitivos mientras fui a cargar el balde en el arroyo, ya que parece que entre varios se hab¨ªan tomado todo el agua o vaya a saber qu¨¦ pas¨®. Al volver, cerr¨¦ el invento que estaba llamando colch¨®n y distribu¨ª equitativamente con magia las hojas de dentro mientras pensaba en lo bueno que fue el guardar absolutamente todos los recursos cuando quitamos los ¨¢rboles. Una vez ya terminados, mand¨¦ a Rundia a que los pusiera en las camas mientras Luc¨ªa y yo nos sentamos en la arena a comer unas frutas. "?C¨®mo te va con el cambio de alimentaci¨®n? Menos mal que ya dejaste la teta", dije con una risita suave. Luc¨ªa se limpi¨® con la lengua un rastro de jugo de mandarina que le hab¨ªa quedado en los labios. Aunque su cuerpo era el de una ni?a de un a?o y un mes, su mirada cuando habl¨¢bamos cargaba una madurez que siempre me pon¨ªa en una posici¨®n extra?a. Era mi hermana en esta vida, pero tambi¨¦n segu¨ªa siendo mi madre. A veces me costaba separar esas dos realidades. "Es un alivio no tener que depender de... bueno, t¨² ya sabes. Comer frutas no est¨¢ tan mal, aunque extra?o mucho las comidas de siempre, las elaboradas", dijo, sonriendo levemente. "S¨ª, yo tambi¨¦n. ?Sab¨¦s lo que dar¨ªa por un buen t¨¦ con leche y con medialunas? Este lugar tiene de todo, pero a¨²n no consigo algo que lo reemplace. Lo peor es que cada vez que pienso en eso, m¨¢s me acuerdo de lo lejos que estoy de todo lo que conoc¨ªa". Escup¨ª una semilla sobre mi mano. "Es por eso que trato de no pensar mucho en eso; prefiero centrarme en el objetivo que me dio Sariah". "Yo creo que vas bien". "Vos sos buena con las manualidades, ?no? Quiero que de a poco le vayas ense?ando a los dem¨¢s a moldear arcilla. A Mirella la mand¨¦ a hacer un plato, pero no s¨¦ c¨®mo le va a ir". "No te voy a negar que esa diosa tambi¨¦n me dijo varias cosas sobre eso. Y no te preocup¨¦s, voy a hacer todo lo que est¨¦ a mi alcance". Ella se acerc¨® a m¨ª luego de terminar de comer, apoyando su cabeza contra mi brazo. "Ahora d¨¦jame escuchar las voces dentro de ti". Pas¨® varios segundos en el que ella ten¨ªa los ojos cerrados y hasta parec¨ªa haberse dormido. "Es una pena que no puedas ver las part¨ªculas m¨¢gicas", murmur¨¦. De pronto, ella abri¨® los ojos y alz¨® la mirada. "No las veo, pero me las puedo imaginar..." "?Y? ?Escuchaste algo? La verdad es que ten¨¦s unos poderes medio raros". "Pero es divertido, porque cada vez que escucho las voces tuyas, me da un cosquilleo en la cabeza y se me pone la piel de gallina". "?Y eso por qu¨¦? ?Es por lo que escuch¨¢s?" "Es que est¨¢n como... ?Excitadas? No s¨¦ c¨®mo describirlo, pero parecieran que tienen demasiadas emociones positivas al mismo tiempo". Me re¨ª por lo bajo. "Me cuesta creerte, la verdad". "?Por qu¨¦? Hay algo en tu magia que las hace... No s¨¦, es como un sentimiento c¨¢lido, protector. Es como si fueras el centro de todo para ellas". "?Pero realmente te dicen algo?" "Repiten mucho tu nombre, con diferentes tonos de voz. Tambi¨¦n repiten el de Sariah". ?Acaso las part¨ªculas m¨¢gicas pod¨ªan ser seres vivos que comprendieran lo que sucede a su alrededor? Nunca nadie hab¨ªa mencionado ese nombre por ac¨¢. A pesar de eso, me pone contento el llevarme bien con ellas. Mir¨¦ hacia la casa para ver si Rundia todav¨ªa no ve¨ªa. "Bueno... Ayer la vi". "A la noche, ?no?" "S¨ª. Sin embargo, fue raro, porque Aya toc¨® mi pelo rojo y tuve esa t¨ªpica electricidad que te da cuando pasa eso. El problema fue que esa fuerza pareci¨® atorarse en mi garganta y no pod¨ªa respirar. Cuando intent¨¦ agarrar algo de aire acerc¨¢ndome a la ventana, la vi a ella parada sobre la arena. No s¨¦ si fue una alucinaci¨®n por la falta de aire, pero lo sent¨ª demasiado real". "?Hijos, vengan a ver c¨®mo qued¨®!" El grito de Rundia nos sac¨® de la conversaci¨®n. Y s¨ª, hab¨ªa quedado todo perfecto y bien puesto. A pesar de no tener almohadas, se sent¨ªa muy c¨®modo. Era como tener algo de lujo. Al verlas y probarlas, a todos les encant¨® y se emocionaron mucho. En especial Rin, que le expliqu¨¦ que pod¨ªa usar su almohada normalmente junto con la cama. Por nuestra parte, ubiqu¨¦ la cama de Aya contra la esquina en la que hab¨ªamos dormido ayer, y del otro lado de la ventana puse la que era para Mirella y yo. El problema era que Aya segu¨ªa queriendo dormir sentada sobre la cama y apoyada contra la pared... Qu¨¦ le vamos a hacer. El sol comenzaba a filtrarse por la ventana cuando despert¨¦. La brisa fresca del amanecer entraba junto al olor de arena mojada y vegetaci¨®n del bosque. Estir¨¦ los brazos y me incorpor¨¦ lentamente, notando que la casa estaba m¨¢s silenciosa de lo habitual. Espera... ?Y las chicas? Me levant¨¦ r¨¢pidamente y me puse las ojotas. Al abrir la puerta, pude ver el pasillo completo frente a m¨ª junto con todas las puertas cerradas. ?Por qu¨¦ las chicas se ir¨ªan sin avisarme? Eso no ser¨ªa algo normal en ellas.
El silencio que inundaba la casa me empez¨® a poner nervioso. Me qued¨¦ unos segundos parado en el umbral de la puerta, mirando el pasillo vac¨ªo, como si esperara que alguien apareciera de repente o que Mirella apareciera volando hasta estamparse contra mi cara. Pero no pas¨® nada. Mi respiraci¨®n empez¨® a acelerarse y, sin pensarlo dos veces, camin¨¦ hacia la primera puerta, la de mis padres. Abr¨ª con cuidado, como si temiera encontrarme algo desagradable del otro lado. Pero no hab¨ªa nadie. Solo estaban las dos camas perfectamente acomodadas contra la pared, una al lado de la otra. La cerr¨¦. La siguiente puerta era la del ba?o. Al abrirla hacia dentro, obviamente no hab¨ªa nadie; solo estaba la luz de Mirella alumbrando el lugar vac¨ªo. Todav¨ªa tengo pendiente esta parte de la casa. La tercera pieza era la de las gemelas. Esta vez toqu¨¦ la puerta lo m¨¢s fuerte que pude. "?Sami? ?Sumi?" No hubo respuesta, as¨ª que la abr¨ª, pero efectivamente tampoco estaban all¨ª. ¡°Ok, seguro salieron todos juntos¡­¡± Murmur¨¦ para calmarme un poco. ?Y si estoy en un sue?o o en una alucinaci¨®n como la que tuve al ver a Sariah? Ni siquiera vi la habitaci¨®n siguiente. Sal¨ª de la casa casi corriendo y me dirig¨ª hacia la costa. Me inclin¨¦ hacia el agua y me lav¨¦ la cara con las manos temblorosas. El agua salada me recorri¨® como un latigazo, y por un segundo, sent¨ª que volv¨ªa a la realidad. Entonces escuch¨¦ un leve movimiento de arena detr¨¢s de m¨ª. Al girar la cabeza, vi a Anya de pie. Su cabello negro brillaba con los primeros rayos del sol. ¡°?Te asust¨¦?¡± Pregunt¨®, cruz¨¢ndose de brazos mientras me observaba con una ceja levantada. ¡°Anya¡­ ?D¨®nde est¨¢n todos?¡± Pregunt¨¦ con la voz algo temblorosa mientras me levantaba del suelo. ¡°Se fueron temprano con... Tariq¡±, respondi¨®, encogi¨¦ndose de hombros. ¡°A trabajar con la arcilla, como t¨² les pediste¡±. ¡°?Y vos por qu¨¦ no fuiste?¡± Pregunt¨¦ sin pensar. ¡°No quiero verlo ni de lejos¡±, dijo con frialdad. Su mirada era firme, como si ese tema no estuviera abierto a discusi¨®n. Suspir¨¦, sacudiendo el agua de mis manos. ¡°Bueno, entonces sos de nuevo la ¨²nica que me va a ayudar hoy. Necesito seguir d¨¢ndole forma al interior de la casa¡±. "Perfecto", respondi¨® sigui¨¦ndome de vuelta a la entrada, donde se detuvo al frente del bols¨®n donde solo quedaban pieles de camaleones y serpientes. "As¨ª que te acabaste todas las otras". "S¨ª, para los colchones". Ya dentro, com¨ª una na?a mientras miraba el espacio vac¨ªo de la sala principal. Hab¨ªa tanto por hacer, pero lo primero era lo esencial: una mesa, unas sillas y algunas estanter¨ªas. Cuando termin¨¦ la fruta, arrastr¨¦ uno de los bolsones que conten¨ªa los cubos de madera y empec¨¦ a apilarlos en cuatro lados. "Anya, ?sab¨¦s por qu¨¦ no me despertaron?" Cerr¨¦ los ojos y concentr¨¦ la magia en mis manos. Sent¨ª las part¨ªculas fluir desde mis brazos hasta mis dedos y fui formando las cuatro patas que tendr¨ªan m¨¢s o menos setenta y cinco cent¨ªmetros de altura, ya que hab¨ªa tres cubos por cada una. "Aya y Mirella dijeron que te ve¨ªas muy tierno". Visualic¨¦ la siguiente forma en mi mente: un rect¨¢ngulo simple, hecho de madera y magia, que deber¨ªa ser resistente y duradero. "?Ah, s¨ª? Realmente no me gusta que coman todos sin m¨ª". "Pero tu madre dijo que estuviste trabajando mucho por todos, es por eso que te dejamos descansar". La tabla termin¨® siendo tan larga que consumi¨® todos los cubos de madera que hab¨ªa tra¨ªdo. "?Sab¨¦s lo que es despertarse y sentir que te dejaron fuera de todo?" Dije con un tono exagerado, mientras la miraba y simulaba secarme una l¨¢grima imaginaria. "Ac¨¢ estoy, sacrific¨¢ndome, dando todo por ustedes, y ni siquiera me despiertan para el desayuno". "Ay, qu¨¦ exagerado... Si te hubi¨¦ramos despertado, quiz¨¢s estar¨ªas quej¨¢ndote de que no te dejaron dormir lo suficiente". Acomod¨¦ las patas, intentando que quedaran lo m¨¢s rectas posible. "Ay, qu¨¦ exagerada sos, Anya... Si sabes que estoy bromeando". Levant¨¦ un extremo de la tabla grande. "Me ayudar¨ªas a levantarla y ponerla sobre estas patas". "?Qu¨¦ patas?" Pregunt¨® mientras se agachaba. Levantamos juntos la parte superior de la mesa. "Son esos cuatro trozos de madera que soportan el peso de la parte de arriba, para que no se caiga y se mantenga estable". "Tiene sentido si son cuatro... Como los animales". Entonces s¨ª sab¨ªa lo que significaba la palabra... Alguna vez deber¨ªa hacerles un cuestionario para saber qu¨¦ es lo que saben y qu¨¦ es lo que no, porque hasta ahora estoy sorprendido por el vasto vocabulario que tienen a pesar de estar viviendo en una ¨¦poca casi de la prehistoria. Me concentr¨¦ en el siguiente paso: las sillas. "Anya, alcanzame el otro bols¨®n con madera, porfa". "Como usted ordene, Luciano". Me qued¨¦ mirando al suelo mientras visualizaba un dise?o sencillo, algo que se pudiera hacer r¨¢pido pero que tambi¨¦n fuera c¨®modo. "Diez sillas". murmur¨¦. "No, mejor hago once, porque seguro Aya va a querer una extra para sentarse en diagonal o algo raro". "Oye, Aya no va a hacer nada de eso..." Chasque¨¦ la lengua. "Ay, Anya, si era una broma". Ella me mir¨® sin decir nada y con los ojos entrecerrados, como si fuera un gato. Entonces me puse mano a la obra con las sillas de madera. Anya prob¨® la primera y le gust¨®, as¨ª que segu¨ª con las otras nueve. "Anya, ?no crees que Tar¨²n cambi¨® un poco desde que lleg¨® Tariq?" "Luciano, ya sabes que no me gusta hablar de ese hombre". Me detuve un momento para mirarla a la cara. "S¨ª, ya s¨¦, pero ?no te parece que ¨¦l ya no est¨¢ tan pegado a vos? Antes no pod¨ªa despegarse de tu lado". "?Y qu¨¦ opinas t¨² de eso?" "Me parece que es parte del crecimiento. Y no est¨¢ mal, porque as¨ª va aprendiendo a relacionarse m¨¢s con otra gente sin tener que depender de nadie". No hubo respuesta de su parte; se puso a quitar lentamente uno por uno los dem¨¢s bloques de madera hasta dejarlos sobre el suelo. Pasamos varios minutos en silencio hasta que, cuando termin¨¦ de acomodar las sillas, decid¨ª hablar. "Anya, perd¨®n si me entromet¨ª de m¨¢s. No quer¨ªa que te sintieras inc¨®moda", empec¨¦, apoyando el antebrazo izquierdo sobre el respaldar de una de las sillas. "Voy a intentar no hablar de Tariq contigo". Ella tom¨® un bloque sobrante entre sus manos. "No, Luciano, yo deber¨ªa disculparme contigo por ser tan testaruda. Todav¨ªa eres un ni?o y siempre cuidas de Tar¨²n... pero en alg¨²n momento entender¨¢s los verdaderos problemas de los adultos", respondi¨® y estir¨® sus manos para entregarle el bloque, inclin¨¢ndose para ponerse cara a cara conmigo. "Ojal¨¢ que cuando seas grande puedas encontrar a una mujer que te quiera mucho, y que t¨² tambi¨¦n la quieras. As¨ª no tendr¨¢n que sufrir por estas cosas". Sus palabras me golpearon con una calidez inesperada, como si una llama peque?a se encendiera en mi pecho. ''Una mujer que me quiera mucho, y que yo tambi¨¦n la quiera...'' Pens¨¦ en esa frase mientras observaba a Anya, inclinada frente a m¨ª, con su mirada dulce y un leve destello de tristeza en sus ojos oscuros. Hab¨ªa algo profundamente humano en todo esto, algo tan universal que me sorprend¨ªa encontrarlo incluso aqu¨ª, en este mundo prehist¨®rico donde las palabras ''amor'' y ''problemas de adultos'' parec¨ªan lujos modernos. ?Acaso el amor no es siempre un problema, sin importar la ¨¦poca o el mundo en el que vivas? Quiz¨¢s eso era parte del simple hecho de ser humano. Me qued¨¦ en silencio unos segundos, tomando el bloque de madera que me entreg¨®. Sus manos eran de esas mujeres trabajadoras, marcadas por el esfuerzo de criar a un hijo sola y sobrevivir en un entorno tan inh¨®spito. Era f¨¢cil imaginarla en otro lugar, en otra ¨¦poca, con otro destino. Si nos hubi¨¦ramos encontrado en mi vida anterior, quiz¨¢s... quiz¨¢s habr¨ªa sido diferente. Ella podr¨ªa haber sido la mujer indicada. No... Me sacud¨ª ese pensamiento absurdo antes de que tomara m¨¢s fuerza de la que hab¨ªa tomado a lo largo de todos estos a?os. Anya es... bueno, Anya es Anya. Madre de Tar¨²n, mujer con su propio pasado, con sus propios dolores. Yo soy solo un joven, un intruso en este mundo que intenta hacer que todo tenga sentido. Aunque hay una conexi¨®n especial entre nosotros, ser¨ªa un error confundirla con algo m¨¢s. Es un amor imposible, debo aceptarlo. "Gracias, Anya", murmur¨¦ al fin, bajando la mirada hacia el bloque en mis manos. Lo gir¨¦ lentamente, sintiendo la perfecci¨®n de la madera bajo mis dedos, esa que solo mi magia podr¨ªa crear. Al levantar la vista de nuevo, le sonre¨ª, pero esta vez con sinceridad. "Tus palabras me llegan m¨¢s de lo que crees. Pero no te preocup¨¦s, ?eh? No pienso crecer tan r¨¢pido como para dejar de entenderte". Ella solt¨® una peque?a risa, esa que aparece cuando alguien sabe que est¨¢s intentando aliviar la tensi¨®n. Se enderez¨®, cruz¨¢ndose de brazos, mientras observaba las sillas alineadas. Hab¨ªa tres contra tres y dos contra dos. "Pues m¨¢s te vale, ni?o sabelotodo", respondi¨®, sin perder el tono de broma. Luego se?al¨® una de las sillas con la barbilla. "Ahora que terminaste, ?te parece si probamos los dos juntos la mesa?" "Claro que s¨ª". Mientras me sentaba del lado en que hab¨ªa dos sillas, me dije a m¨ª mismo que, sin importar lo que sucediera, ten¨ªa que mantener el equilibrio en este peque?o grupo que hab¨ªamos formado. Aunque hubiera tensiones, diferencias o problemas, al final todos est¨¢bamos ac¨¢ por algo. Y aunque nunca lo admitir¨ªa en voz alta, sent¨ª que Anya ten¨ªa raz¨®n: un d¨ªa, quiz¨¢s encontrar¨ªa a alguien con quien compartir mi coraz¨®n. Alguien que pudiera llenar los espacios vac¨ªos que, por ahora, estaban destinados a ser solo m¨ªos. Solo el tiempo lo dir¨¢. *** (Mismo momento, en el espacio Inter dimensional de Sariah) La habitaci¨®n, que en la anterior llegada de Luciano ten¨ªa unas relucientes paredes blancas, hab¨ªan sido transformadas en un rojo oscuro. Tampoco hab¨ªa un techo, por lo que apenas ese lugar se pod¨ªa llamar hogar. La mujer de rojo no paraba de dar vueltas alrededor de su sof¨¢ blanco y de mirar la palma de su mano izquierda. Hab¨ªa un rastro de molestia en su rostro perfecto. "?Por qu¨¦ esos pensamientos, Luciano?" Pregunt¨® al aire, como si realmente el chico pudiera escucharla a trav¨¦s de esa pantalla que ella misma hab¨ªa hecho aparecer y que abarcaba toda la palma de su mano izquierda.
Sariah apret¨® sus labios pintados de rojo, intentando calmar la tormenta interna que le provocaban los pensamientos de ese ni?o. Observaba la pantalla en su mano, donde las im¨¢genes de ¨¦l y Anya avanzaban hasta ver aparecer a Mirella trayendo un plato hecho de arcilla todav¨ªa h¨²meda. "?Por qu¨¦ dejarse llevar tanto por esa mujer? Debes aceptar la promesa que me hiciste, Luciano. No intentar relacionarte amorosamente con mujeres mancilladas. Luciano, est¨¢s destinado a ser alguien perfecto. Eres un ser que moldear¨¢ el mundo con la pureza de tu l¨®gica y la fuerza de tu voluntad. Y, sin embargo, ah¨ª est¨¢s, dejando que una simple mortal plante semillas de debilidad en tu coraz¨®n". "?Acaso deber¨ªa arrancarte tu precioso coraz¨®n, Luciano? ?Me lo dar¨¢s como pago alguna vez?" Sus ojos rojos, siempre tan intensos, parec¨ªan encenderse a¨²n m¨¢s mientras se cruzaba de brazos. Se detuvo frente al sof¨¢ blanco y clav¨® su mirada en ¨¦l, como si pudiera proyectar su frustraci¨®n en ese objeto inerte. La pantalla en su mano se disip¨® como humo, pero la imagen de su preciado Luciano segu¨ªa grabada en su mente. "Estar¨¦ esperando a que vengas conmigo, Luciano. Vendr¨¢s y yo te ense?ar¨¦ c¨®mo es la mujer a la que debes aspirar". Sariah comenz¨® a caminar de nuevo, esta vez con movimientos m¨¢s lentos, calculados, como si cada paso estuviera medido para evitar que sus emociones se desbordaran. "Yo te ense?ar¨¦ lo que es sentir la verdadera lujuria, aquella a la que debe aspirar alguien como t¨² para as¨ª poder servir a una mujer que sea de mis creaciones". Se sent¨® en el sof¨¢, cruzando sus piernas; su vestido largo y rojo ten¨ªa una abertura que dejaba ver toda su perfecta pierna izquierda. "No puedes fallar, Luciano, porque si t¨² fallas, yo tambi¨¦n lo har¨¦. Y eso es inaceptable". Relatos absurdos: Luciano el avaro.
El d¨ªa comenz¨® como cualquier otro en este mundo extra?o que ahora llamaba mi mundo. El sol apenas se asomaba por el horizonte del oc¨¦ano, la brisa del mar acariciaba mi hermoso cabello, los p¨¢jaros cantaban... No, mentira, en este lugar no hab¨ªa p¨¢jaros. Lo importante era que este d¨ªa no era uno cualquiera para m¨ª. Este d¨ªa, mi avaricia despert¨®. Hab¨ªa estado pensando en lo que vi hace mucho tiempo, cuando un reflejo fugaz en el arroyo me ceg¨® mientras estaba lavando un plato de piedra que hab¨ªa creado. Era oro. Oro puro, brillando como el sol. Y s¨ª, hoy sent¨ª que era el momento en el que tocaba ir a por ellos. Tambi¨¦n tengo un trozo de oro en mi bolsillo, el cual todav¨ªa no s¨¦ en qu¨¦ usarl... ?No! ?Quiero todo el oro del lugar! ?Y si eran cientos de pepitas? No... ?Y si eran miles? Solo un tonto dejar¨ªa seguir pasando semejante oportunidad, ?no? As¨ª que tom¨¦ una decisi¨®n cuestionable: ir solo a recolectarlo, sin decirle nada a nadie. Ni a Luc¨ªa. Con un balde en mano y mi herramienta m¨¢s valiosa, la magia que Sariah me hab¨ªa regalado, me adentr¨¦ en el bosque, directo al arroyo. Mientras caminaba, la idea de ese oro llenaba mi mente. No era solo oro, era el inicio de algo m¨¢s grande. ?Qu¨¦ podr¨ªa hacer con ¨¦l? Comprar... No, espera. Nadie usaba oro como moneda aqu¨ª. Pero eso no importaba. Lo que importaba era que tendr¨ªa algo m¨ªo. Todo ese oro ser¨ªa para m¨ª y para mis creaciones. Al llegar al arroyo, me encontr¨¦ con una escena tan hermosa como tentadora. Las part¨ªculas doradas flotaban en el agua, destellando bajo la luz del sol. Era como si el arroyo me hablara, susurrando: "Luciano, este oro te pertenece. Hazlo tuyo". ?Seguro que eso era lo que Luc¨ªa hubiera escuchado! "Bueno, no voy a contradecir a un arroyo m¨¢gico", dije, ri¨¦ndome de mi propia broma mientras sumerg¨ªa el balde, que ten¨ªa unos huequitos en el fondo. Pasaron horas. Saqu¨¦ baldes y baldes de pepitas doradas, amonton¨¢ndolas en una pila que brillaba tanto que me hac¨ªa entrecerrar los ojos. Us¨¦ magia para consolidarlas en un lingote y luego lo mir¨¦ con una sonrisa un tanto man¨ªaca. Pero algo en m¨ª no estaba satisfecho. Quer¨ªa m¨¢s. M¨¢s oro, s¨ª, pero tambi¨¦n m¨¢s cosas. Algo dentro de m¨ª dec¨ªa: Esto no es suficiente. Podr¨ªas hacer tanto m¨¢s con esto. Entonces se me ocurri¨® una idea. "?Y si hago algo ¨²til? Algo del viejo mundo, como un... celular". Fue una idea absurda, lo admito. Pero ten¨ªa magia, oro y tiempo. ?Por qu¨¦ no? Primero molde¨¦ una carcasa brillante, completamente dorada. Le di forma a los botones, una pantalla plana y hasta un peque?o orificio para lo que ser¨ªa la c¨¢mara. Era perfecto. Bueno, visualmente perfecto. "?Hola, s¨ª! Luciano ac¨¢, report¨¢ndome desde otro mundo", dije, sosteniendo mi falso celular como si estuviera en una videollamada. "?C¨®mo est¨¢ todo por casa? ?Siguen los cortes de luz? ?Qu¨¦ est¨²pidos! Ac¨¢ con la magia de luz de mi hadita me la paso diez puntos". Me re¨ª solo de mi propia ocurrencia y continu¨¦. "?Qu¨¦ dijiste? ?Que por qu¨¦ todav¨ªa no invent¨¦ la electricidad? ?Me est¨¢s cargando, amigo? ?Sab¨¦s lo que es armar un circuito cuando la herramienta m¨¢s avanzada que posee este mundo es una piedra puntiaguda? Encima, ac¨¢ la gente no entiende el concepto de un interruptor. ?Para eso la uso a Mirella y listo!" Me levant¨¦ del suelo, caminando de un lado a otro con el celular ahora pegado a mi oreja. Esto ya era personal. "?Qu¨¦ me dec¨ªs? ?Que los gnomos ya hicieron todo un sistema de t¨²neles subterr¨¢neos y pretenden armar un sistema de energ¨ªa nuclear a trav¨¦s de la extracci¨®n indiscriminada de uranio, monopolizando as¨ª los recursos gracias a su desquiciado trabajo en equipo? Est¨¢s loco, amigo. Encima, el oro lo estoy sacando yo solito del arroyo. ?Del arroyo, pap¨¢! ?Sab¨¦s lo que me tard¨¦ en juntar estas pepitas? Vos porque all¨¢ lo ten¨¦s f¨¢cil, con tus monedas virtuales y no s¨¦ qu¨¦ otras mierdas m¨¢s". La risa empez¨® a ganarme, pero no pod¨ªa detener el show. Mir¨¦ el celular como si estuviera leyendo algo en una pantalla. "Ah, mir¨¢, ahora me mandaste un mensaje de texto. ''Luciano, sos un desastre, as¨ª nunca vas a avanzar. Al menos acostate con alguna de tus amigas, as¨ª dej¨¢s de ser un virg...''. Bueno, creo que no hace falta seguir leyendo esas palabras de aliento. Qu¨¦ bueno que del otro lado del universo tengo a un fan tan dedicado, ?no? ?Por qu¨¦ no me mand¨¢s un tutorial de YouTube mientras est¨¢s? Oh, cierto, no tengo internet porque no le cargu¨¦ cr¨¦dito, qu¨¦ l¨¢stima. Pero vos segu¨ª pidi¨¦ndome cosas imposibles, dale". Despu¨¦s del celular, mi ambici¨®n subi¨® de nivel. "Necesito un micr¨®fono", dije en voz alta, como si ahora realmente alguien me estuviera escuchando. Con el oro del celular y un poco de magia, arm¨¦ un micr¨®fono dorado con una base s¨®lida. Era un desastre no funcional: no amplificaba nada, pero reflejaba mi rostro con un brillo espectacular. "?Buenas noches, p¨²blico! Ac¨¢ Luciano, en vivo desde¡­ bueno, un lugar donde no tenemos ni pan ni mate, pero miren este micr¨®fono de lujo".Love this novel? Read it on Royal Road to ensure the author gets credit. Hice mi mejor imitaci¨®n de un locutor de radio, entrevistando a¡­ nada. Us¨¦ voces para inventar personajes argentinos: "¡®Luciano, contame, ?c¨®mo es eso de vivir en otro mundo?¡¯" "Bueno, Facu, te cuento que ac¨¢ la inflaci¨®n no existe, pero tampoco hay empanadas, as¨ª que estoy sufriendo. Aunque estoy desarrollando tecnolog¨ªa m¨¢gica, ?viste? Mir¨¢ este micr¨®fono". "?Luciano, me encanta tu micr¨®fono!" "?Cu¨¢l? ?El de oro o el de carne?" El p¨²blico rio ante semejante chiste. "??Qu¨¦ me dijiste, flaco?!" "Y si sos re goloso, Facu. Todo el barrio lo dice, hasta Marcelo". "?Qu¨¦ Marcelo?" "Agachate y conocelo". "?Te voy a romper la cara de una pi?a!" La decadencia ya hab¨ªa llegado r¨¢pidamente. "Esto no es suficiente", dije mirando el suelo despu¨¦s de que cancelaran en vivo el programa. Necesitaba m¨¢s cosas in¨²tiles. Constru¨ª una computadora port¨¢til de oro s¨®lido. No ten¨ªa teclas funcionales ni pantalla que mostrara nada, pero ten¨ªa un dise?o impecable. ?Quiero m¨¢s! Me acerqu¨¦ a un peque?o trozo de oro, pensando que, tal vez, si usaba la magia correctamente, podr¨ªa hacer que el televisor apareciera de la nada. Estaba tan metido en mi locura que no me di cuenta de lo mucho que hab¨ªa cambiado. Estaba perdiendo la noci¨®n del tiempo, de la realidad. Mi ¨²nico objetivo era seguir creando. "Facu, la puta madre... Nos cerraron el programa", dije mientras pon¨ªa una mano en mi frente. "Y si te fuiste a la mierda", replic¨® ¨¦l en mi cabeza. "Ya s¨¦, pero... Necesito algo para grabar un video de eso y enviarlo a la Tierra". "?Qu¨¦ video?" "El de tu... ?Hasta cu¨¢ndo te vas a regalar as¨ª?" "?Sos un est¨²pido, Luciano! No me vengas con eso, ya basta, ?me est¨¢s cansando! ?No te das cuenta de que te est¨¢s volviendo loco con todo esto? Es pat¨¦tico. Est¨¢s perdiendo el rumbo. ?D¨®nde est¨¢ el Luciano que conoc¨ªa? El que ten¨ªa las ideas claras, el que lideraba... ?Este es tu legado? ?Un mundo de oro y fantas¨ªas in¨²tiles?" Entonces le cort¨¦ el audio. Tom¨¦ la netbook entre mis manos, convirti¨¦ndola en dos lingotes de oro no tan grandes. Luego saqu¨¦ el pedazo de oro que ten¨ªa en mi bolsita y lo un¨ª a lo dem¨¢s, tambi¨¦n usando magia. Me mir¨¦ en el reflejo del tan preciado metal. ?De qu¨¦ me estaba riendo? ?Qu¨¦ hab¨ªa hecho con mi vida? Pero no pod¨ªa parar. Necesitaba m¨¢s. La necesidad de crear, de tener algo m¨¢s tangible que el oro... Era como una adicci¨®n. Entonces cre¨¦ a un mini Facu de oro. Sin embargo, ¨¦l se ve¨ªa... Se ve¨ªa... No lo reconoc¨ª, ¨¦l no era nadie en mi vida. Ni en esta ni en la anterior. Fue en ese momento que me di cuenta de que esto no estaba bien. Estaba delirando por algo que no ten¨ªa el valor que yo esperaba. Entonces lo volv¨ª a convertir en dos lingotes. El d¨ªa estaba terminando, y yo, el gran creador de cosas in¨²tiles, me encontraba sentado junto al arroyo. El sol comenzaba a hundirse en alguna parte de este universo, ti?endo el agua de un dorado que me recordaba al fruto de mi avaricia. A mi lado, los lingotes de oro reluc¨ªan, inmutables, como si se burlaran de m¨ª. Me pas¨¦ la mano por el cabello, despein¨¢ndolo m¨¢s de lo habitual. Mi reflejo en el agua me devolvi¨® una mirada cansada, casi desconocida. ?En qu¨¦ momento me hab¨ªa convertido en esto? "?Qu¨¦ estoy haciendo?" Dije en voz alta, esperando que el arroyo y su agua m¨¢gica respondieran con alguna revelaci¨®n, aunque sab¨ªa que no lo har¨ªan. "?Desde cu¨¢ndo soy tan... superficial?" Mir¨¦ los lingotes a mi lado, una y otra vez, hasta que ca¨ª en la realidad. Era rid¨ªculo. Hab¨ªa pasado horas de mi vida acumulando algo que aqu¨ª no ten¨ªa valor alguno, moldeando objetos que no ten¨ªan sentido, buscando recrear un mundo que ya no exist¨ªa para m¨ª. Peor a¨²n, un mundo que me hab¨ªa dejado atr¨¢s. Pens¨¦ en la Tierra. Mi Argentina querida, con su caos, su humor absurdo, su olor a comida. Extra?aba todo eso, s¨ª, pero¡­ ?Qu¨¦ estaba haciendo? Intentar replicarlo aqu¨ª era como tratar de atrapar humo con las manos. Este no era mi viejo mundo, y nunca lo ser¨ªa a pesar de que mi misi¨®n era hacerlo avanzar de alguna forma. El arroyo segu¨ªa murmurando suavemente, su corriente interminable llevando consigo hojas y peque?os fragmentos de ramas. Era un recordatorio de que la vida segu¨ªa avanzando, sin importar cu¨¢nto tratara de aferrarme al pasado. Apoy¨¦ los codos en las rodillas y me sostuve la cabeza con las manos. ?Por qu¨¦ en este momento me costaba tanto dejar ir lo que ya no estaba? Mi vieja vida estaba llena de momentos buenos y malos, pero al final, hab¨ªa terminado. Ac¨¢ ten¨ªa una segunda oportunidad, un nuevo comienzo, y, sin embargo, segu¨ªa arrastrando cadenas invisibles. Deb¨ªa parar. Deb¨ªa dejar de pensar en lo que no pod¨ªa recuperar y centrarme en lo que s¨ª ten¨ªa: un nuevo mundo lleno de posibilidades. Personas que confiaban en m¨ª, que me segu¨ªan. Un futuro que a¨²n pod¨ªa construir... No con un metal que en este momento era in¨²til, sino con acciones que realmente importaran. Entonces me levant¨¦ y los tom¨¦ entre mis manos, llev¨¢ndolos conmigo de vuelta a mi casa de madera. Saliendo del bosque, me encontr¨¦ con la puerta principal en frente de m¨ª. Estaba ah¨ª, tan sola, tan solitaria. En este momento era como yo. Entonces la abr¨ª; sab¨ªa que no hab¨ªa nadie. Hoy estaban todos fuera con el tema de la arcilla y la recolecci¨®n de comida. Segu¨ª caminando hasta llegar a mi habitaci¨®n, que en este momento ten¨ªa la puerta abierta para que no se atrapara tanto el calor dentro. El lugar estaba tan vac¨ªo como yo por dentro, pero eso no importaba ahora, as¨ª que me acerqu¨¦ a la cama en donde dorm¨ªamos Mirella y yo, que estaba a la izquierda de la de Aya, y me agach¨¦, poni¨¦ndolos debajo. ?Para qu¨¦ iban a servirme esos dos trozos de metal dorado en un momento como este? No ten¨ªa ni idea. Sin embargo, s¨ª ten¨ªa algo claro: deb¨ªa guardarlos y no tocarlos muy seguido para no volver a tener un episodio como el de hoy. Tal vez, y tan solo tal vez, en alguna parte de este loco mundo pueda haber un lugar donde el oro s¨ª tenga el valor que mi mente sigue pensando que tiene. Si alg¨²n d¨ªa llego a ese lugar, festejar¨¦ como nunca, y posiblemente terminar¨ªa siendo alguien muy rico, alguien que pueda darse muchos gustos a trav¨¦s del sistema capitalista. A veces es bueno so?ar, ?no? Alg¨²n d¨ªa de estos me pondr¨¦ a hacer otra mini estatua, como la que quise hacer hace unos minutos. Creo que podr¨ªa ayudarme a afinar mi magia y despejar mi mente. Cap铆tulo 41: Mejorando nuestra calidad de vida.
Pasaron unos diez d¨ªas desde que empezamos a comer en la nueva mesa, usando los platos que Mirella comenz¨® a hacer y los dem¨¢s la siguieron. Por mi parte, me dediqu¨¦ a fabricar los cuchillos y tenedores usando piedra y madera para los mangos. Aparte de eso, hice algunas estanter¨ªas para almacenar dichos platos junto a los cubiertos. Tambi¨¦n hice algunas para mi habitaci¨®n y la de los dem¨¢s. Con todas las salas casi finalizadas, la ¨²nica que quedaba era el ba?o... Justo en este momento me encuentro unos dos metros bajo tierra en la parte exterior de la casa para intentar crear una c¨¢mara s¨¦ptica de piedra, que se conectar¨¢ a un pozo entubado que llegar¨¢ hasta una capa de arena. Bajo mis pies ten¨ªa un mont¨®n de piedras que fuimos tirando al hueco que yo mismo hice, el cual tiene aproximadamente un metro de di¨¢metro. As¨ª que ahora tengo que moldear esta piedra y convertir esto en una especie de tanque que retenga los s¨®lidos y elimine lo l¨ªquido por un tubo. Me gusta trabajar de forma pr¨¢ctica, crear algo con mis manos, ver c¨®mo el mundo que tengo en mente toma forma poco a poco. Esta tarea en particular no era nada glamorosa, pero era necesaria. No pod¨ªa vivir con el riesgo de que la higiene de todos se convirtiera en un problema a largo plazo. Comenc¨¦ a moldear la piedra con movimientos precisos. Era fascinante ver c¨®mo los fragmentos se soldaban entre s¨ª, como si fueran piezas de arcilla h¨²meda bajo mis ¨®rdenes. Las paredes del tanque tomaban forma, una estructura cil¨ªndrica con una base recta y m¨¢s gruesa para resistir la presi¨®n. En cuesti¨®n de segundos, la mayor parte de la c¨¢mara estaba completa. Me detuve un momento, revisando cada cent¨ªmetro de mi creaci¨®n. La superficie interna era suave, sin imperfecciones. Sab¨ªa que, con el tiempo, tendr¨ªa que pensar en c¨®mo mantener este sistema, pero por ahora, hab¨ªa hecho un buen trabajo. El calor del trabajo en este espacio cerrado empezaba a pasarme factura, as¨ª que me apoy¨¦ en la pared de piedra para tomar un respiro. Al mirar hacia arriba, vi a mis padres observar desde el borde del hueco. "Hijo, ?est¨¢s bien?" Pregunt¨® Rundia cuando nuestras miradas se encontraron. "S¨ª, pero les hab¨ªa dicho que no se pusieran al borde, es peligroso". "Solo quer¨ªamos ver si estaba saliendo todo bien", agreg¨® Rin. Alivie? mi mirada al escuchar sus voces de preocupacio?n. "Bueno, ?entonces por qu¨¦ mejor no me traen la escalera para salir de ac¨¢?" "Es esa cosa que hiciste para subir al techo, ?no?" Respondi¨® Rin. "S¨ª, esa misma". Antes de ayer tuve la necesidad de limpiar un poco el polvo de la canaleta que hab¨ªa creado para el agua de lluvia, la cual llenaba un fuent¨®n cerrado que era lo suficientemente grande como para acumular casi mil litros. Esta estaba ubicada contra el lado exterior de la esquina que se formaba entre la sala principal y parte del pasillo. Mientras esperaba, me apoy¨¦ en lo que reci¨¦n hab¨ªa moldeado, observando a Rundia y el cielo azul enmarcado por los bordes del pozo. Las nubes se deslizaban con lentitud, como si el tiempo no tuviera prisa en este rinc¨®n del mundo. "?Aqu¨ª est¨¢!" Vi que de pronto ¨¦l deslizaba la escalera hacia abajo. Yo la tom¨¦ y empec¨¦ a subir. Una vez ya arriba, tom¨¦ varias piedras que hab¨ªa preparado, las un¨ª y comenc¨¦ a sellar la c¨¢mara s¨¦ptica. Cada pieza encajaba perfectamente, gracias a la magia, hasta que qued¨® completamente cerrada. S¨®lo una abertura sobresal¨ªa hacia arriba, pidiendo a gritos que le pusiera una tapa, pero todav¨ªa no le iba a dar el gusto. El siguiente paso era sencillo: unir un tubo al ''inodoro''. No era m¨¢s que un hueco en el suelo de una de las habitaciones que hab¨ªamos destinado como ba?o. Sin embargo, ya le hab¨ªa hecho una especie de tubo, que fue creado a partir de comprimir los materiales hacia los costados, que ten¨ªa una ligera inclinaci¨®n que aseguraba que todo fluyera correctamente hacia el tanque. Era primitivo, pero se supon¨ªa que tambi¨¦n funcional. Entonces comenc¨¦ a quitar con mis manos la arena que estaba por donde iba a ir la uni¨®n. "Ay¨²denme con esto", dije mientras echaba arena hacia los costados. "Necesito liberar el camino hacia el ba?o". De inmediato mis padres entendieron el pedido y se pusieron a excavar con sus propias manos. Mientras trabaj¨¢bamos, las gemelas aparecieron rodeando la casa; ten¨ªan entre sus brazos un mont¨®n de rocas de diferentes tama?os. "Trajimos lo que nos pediste, Luciano", dijo Suminia. "?Con esto te alcanza?" Pregunt¨® Samira y dej¨® caer las piedras sobre la arena. Me detuve un momento y vi que ya era momento de usar mi magia para despejar mejor el camino. "Esperen un momento que terminamos y les aviso". "Est¨¢ bien", respondi¨® Samira. Mis manos todav¨ªa estaban cubiertas de arena h¨²meda, pero eso no importaba; lo ¨²nico en lo que pensaba era en terminar esta parte del trabajo de una vez. Extend¨ª las palmas hacia el suelo, concentr¨¢ndome en las part¨ªculas m¨¢gicas que flotaban a mi alrededor. Sent¨ª c¨®mo obedec¨ªan mi voluntad, moviendo la arena y tierra con precisi¨®n. El suelo comenz¨® a moldearse, compact¨¢ndose hacia los costados y formando una especie de t¨²nel limpio y uniforme. Era un espect¨¢culo simple, pero hipnotizante, incluso para m¨ª. Apenas avanc¨¦ unos cent¨ªmetros con el t¨²nel cuando escuch¨¦ una risita contenida detr¨¢s de m¨ª. "?Eso es incre¨ªble! ?Alg¨²n d¨ªa nos vas a ense?ar c¨®mo haces para que todo se mueva as¨ª?" Pregunt¨® Suminia, acerc¨¢ndose m¨¢s de la cuenta, con los ojos abiertos de par en par. "S¨ª, ?queremos ver la magia!" A?adi¨® Samira, mir¨¢ndome de reojo. "Ya saben, es la magia que siempre uso", respond¨ª de forma vaga, sin girarme, esperando que entendieran que necesitaba espacio para seguir trabajando. "Pero casi nunca podemos verla... ?Siempre estamos afuera cazando!" Exclam¨® Suminia, casi con un tono de queja. "Si no quer¨ªas vernos, entonces no nos hubieras pedido un favor", agreg¨® y se dio media vuelta para irse. Le agarr¨¦ r¨¢pidamente la mano. "No, Sumi...No es que est¨¦ molesto con ustedes, sino que estoy un poco apurado porque quiero terminar esto hoy y no s¨¦ cu¨¢nto tiempo me va a llevar". Esboc¨¦ una sonrisa compradora. "Les agradezco mucho por ayudarme". Ella me mir¨® por un instante y se zaf¨® r¨¢pidamente de mi agarre. "Ay, ya... Solo iremos a buscar m¨¢s piedras". Con esas palabras, se fue de la mano con su hermana y me dejaron seguir trabajando. A pesar de eso, no pude evitar esbozar una sonrisa mientras terminaba de abrir el camino por debajo del suelo de la casa. Suminia siempre ten¨ªa esa mezcla de dureza y ternura que la hac¨ªa tan ¨²nica en su personalidad, mientras que Samira parec¨ªa el equilibrio perfecto entre curiosidad y dulzura. Ambas aportaban algo peculiar al grupo, incluso si a veces sus energ¨ªas eran dif¨ªciles de manejar. Por un momento me puse a pensar si en un futuro podr¨ªamos construir caminos hacia las dem¨¢s cuevas o casas, como los gnomos lo hacen por debajo de la tierra. Al salir de debajo del suelo de la casa, Rin se acerc¨®. "?Ya terminaste?" "S¨ª, falta que echemos las piedras dentro, as¨ª puedo formar el tubo". "As¨ª que... tuvo". "S¨ª, tubo". ¨¦l se mir¨® con su mujer. "?Qui¨¦n tuvo qu¨¦?" "No, no. Es lo que estoy por construir". "Entonces... ?tuvo qu¨¦?" "?Tubo qu¨¦?" Rin parec¨ªa estar perdiendo el hilo por completo. Se mir¨® la mano y luego a Rundia, como si buscara alguna validaci¨®n externa, pero no la encontr¨®. "Bueno, eso es lo que te estoy preguntando, Luciano. ?Qui¨¦n tuvo qu¨¦?" Ah, parece que hubo una confusi¨®n entre las dos palabras. "No, pap¨¢. Lo que estoy haciendo se llama tubo. S¨¦ que suena igual que cuando alguien tiene algo, pero es algo que se construye para que pase el l¨ªquido y... bueno, otras cosas". "Amor, creo que Luciano ya hab¨ªa dicho que para eso serv¨ªa el ba?o, para no hacer todo por cualquier lado". "?Exacto, mam¨¢! No somos animales como para ir haciendo nuestras necesidades por cualquier lado, as¨ª que ahora lo haremos todo en un solo lugar. Luego el tubo lo transportar¨¢ hasta esa cosa", se?al¨¦ la c¨¢mara s¨¦ptica, para no nombrar algo nuevo para ellos, "y se acumular¨¢ todo ah¨ª mismo". "Creo que ¨¦l sali¨® a ti, Rundia". "?Ah, s¨ª? Yo creo que a ninguno de los dos". Ay, mis padres... A todo esto, me pregunto c¨®mo le estar¨¢ yendo a Mirella con el tema del balde, porque me dijo que seguir¨ªa con eso y en este momento est¨¢ all¨¢. Lo que s¨ª no s¨¦ es si est¨¢ sola o acompa?ada de alguien. No me fij¨¦. Con la vuelta de las gemelas, us¨¦ magia para moldear todas esas piedras y el tubo termin¨® tomando forma, primero cayendo con pendiente desde el agujero en el ba?o hasta la parte superior de la c¨¢mara s¨¦ptica. Tapamos toda la parte que iba sobre el tubo y empec¨¦ a excavar del otro lado, donde ir¨ªa el tubo que conectar¨ªa con el pozo entubado, aquel que servir¨ªa para drenar los l¨ªquidos hasta una capa de arena. Empec¨¦ a doblar bastante hacia la izquierda, mir¨¢ndolo desde la perspectiva de la casa, porque me estaba acercando demasiado a la costa y no quer¨ªa tener problemas con la humedad o algo as¨ª. Me levant¨¦ y pas¨¦ al lado de los dem¨¢s, en direcci¨®n a la entrada de la casa. "Ya vengo... Necesito que busquen algunas piedras, si es posible". "Est¨¢ bien, hijo. Ya vamos", respondi¨® Rundia y los dem¨¢s asintieron. Me acerqu¨¦ al balde, que estaba a la izquierda de la puerta principal, y met¨ª las manos dentro del agua m¨¢gica. No pasaron ni tres segundos para que las part¨ªculas avanzaran a toda velocidad hacia m¨ª hasta que llegaron a ese l¨ªmite imaginario, como si estuvieran desesperadas por ser utilizadas. "?Ser¨¢ que me aman?" Murmur¨¦ mientras sacud¨ªa las manos y me daba la vuelta. De pronto vi algo volando a gran velocidad hacia m¨ª; era Mirella. "?Luciano! ?Luciano!" Antes de que impactara contra mi cabeza, logr¨¦ tomarla entre mis manos. "?Qu¨¦ pasa que est¨¢s gritando?" Cuando logr¨® acomodarse sobre las palmas de mis manos, pude ver sus ojos llorosos y sentir su respiraci¨®n agitada. "?L-Luciano! ?Hice algo horrible!" Mirella estaba temblando. Su peque?o cuerpo parec¨ªa vibrar en mis manos, y aunque intentaba hablar, sus palabras sal¨ªan atropelladas y mezcladas con sollozos. Sus ojos verdes brillaban como si las l¨¢grimas quisieran escaparse, pero no se decidieran del todo. No me dej¨® tiempo a responder que volvi¨® a hablar en voz alta. ¡°?No quer¨ªa hacerlo, pero... pero lo hice, Luciano!¡± Se llev¨® las manos diminutas al rostro. "Tranquila, Mirella. Respir¨¢. ?Qu¨¦ pas¨®?" Trat¨¦ de mantener la calma, pero verla en ese estado me pon¨ªa tenso. Not¨¦ c¨®mo sus hombros se sacud¨ªan con cada respiraci¨®n pesada y c¨®mo sus ojos evitaban los m¨ªos. Era raro verla tan alterada; normalmente ten¨ªa una actitud alegre e intr¨¦pida. Ella intent¨® hablar de nuevo, pero lo ¨²nico que sali¨® fue un gemido angustiado. Sus ojos se movieron r¨¢pidamente hacia varias direcciones, pero finalmente su mirada se fij¨® en un punto al azar. "?Hey, Mirella!" Dije alzando la voz y tocando su frente con un dedo. "Mirame, Mirella. Decime qu¨¦ es lo que te pas¨® para que te pusieras as¨ª". Sus ojos se encontraron con los m¨ªos. "Yo... fui m¨¢s all¨¢ del arroyo¡±, confes¨® en un hilo de voz. Las palabras salieron como si le quemaran la garganta. ¡°Dijimos que lo har¨ªamos juntos, Luciano, pero no pude esperar. ?No pude! Solo... quer¨ªa explorar un poco m¨¢s. Pero ahora siento que traicion¨¦ tu confianza. ?Lo siento mucho!¡± Su pedido de disculpas descontrolado no termin¨® ah¨ª. ¡°?Romp¨ª otra promesa de nuevo! ?Soy una mala compa?era, una mala amiga!¡± Se agarr¨® a uno de mis dedos con sus manitas, aferr¨¢ndose como si fuera a caerse al vac¨ªo. En ese momento, escuch¨¦ el sonido de pasos aproxim¨¢ndose desde la arena y, al girar la cabeza hacia un costado, vi a mi madre, Rundia, seguida por Rin y las gemelas. Tar¨²n y Anya vinieron desde la entrada de la casa, con expresiones de alarma. Parec¨ªa que los gritos de Mirella hab¨ªan reunido a todo el grupo.You might be reading a stolen copy. Visit Royal Road for the authentic version. ¡°?Qu¨¦ pasa?¡± Pregunt¨® Rundia con el ce?o fruncido, mirando primero a m¨ª y luego a Mirella. Rin cruz¨® los brazos, claramente preocupado, mientras Anya se acerc¨® a ver la situaci¨®n sin decir nada. ¡°?Est¨¢s bien, Mirella?¡± Pregunt¨® Tar¨²n con inocencia. ¡°S¨ª, s¨ª¡±, respond¨ª antes de que Mirella pudiera lanzar otro grito desesperado. ¡°Mirella est¨¢ algo... alterada, pero no es nada grave. Es solo que hizo algo que ¨ªbamos a hacer juntos, nada m¨¢s¡±. Hubo un momento de silencio inc¨®modo. Samira y Suminia intercambiaron miradas confusas, mientras que Anya parec¨ªa no saber si deb¨ªa intervenir o quedarse callado. "F¨ªjense si pueden conseguir las piedras para terminar los tubos", dije, mirando a los dem¨¢s. Tambi¨¦n a Anya. "?Necesitas ayuda?" Pregunt¨® ella. "S¨ª, estamos terminando el ba?o", respond¨ª mientras sent¨ª mi mano ser golpeada por las alas; parec¨ªa que Mirella quer¨ªa decirme algo. "Anya, ven con nosotros si quieres ayudar", dijo Rundia, llam¨¢ndola con un gesto con la mano. "Est¨¢ bien", respondi¨® y se inclin¨® hacia Tar¨²n, que todav¨ªa miraba preocupado a Mirella. "Hijo, ?quieres que ayudemos a Luciano?" "S¨ª, pero... Tambi¨¦n quiero que Mirella se ponga contenta". "?Viste lo que dijo Tar¨²n, Mirella?" Dije con una sonrisa mientras le hac¨ªa un poco de cosquillas en su pancita. "Todos queremos que est¨¦s bien. ?Por qu¨¦ no les dec¨ªs que ya pas¨® todo y seguimos adelante? Al fin y al cabo, no es para tanto". Ella me mir¨® con esos ojitos verdes tan llenos de culpa y poco a poco su expresi¨®n comenz¨® a suavizarse. Sus manitas soltaron mi dedo y, con un suspiro profundo, se acomod¨® mejor sobre mis palmas, dejando caer los hombros como si estuviera descargando un peso enorme. Nunca pens¨¦ que suceder¨ªa esto, pero sostener su peso por bastante tiempo me estaba haciendo tensionar los m¨²sculos del brazo. Ese es otro s¨ªntoma m¨¢s de que, efectivamente, Mirella sigue creciendo. "Est¨¢ bien", murmur¨® al principio, pero luego levant¨® la voz, volvi¨¦ndose hacia los dem¨¢s. "?Estoy bien! Perd¨®n si los asust¨¦. Es que... soy un poco dram¨¢tica, ?no?" Intent¨® forzar una risita, aunque todav¨ªa se notaba cierta tensi¨®n en su tono. "?S¨ª!" Tar¨²n se acerc¨® y le dio unos golpecitos en su cabeza. "?Entonces ya est¨¢s contenta?" Ella vol¨® hacia su hombro y le revolvi¨® el cabello con ambas manos, haci¨¦ndolo re¨ªr. "?Claro que s¨ª! No te preocupes por m¨ª, amigo". Me encanta que Mirella valore tanto sus amistades. Para ella, sus relaciones se basan en ser amigos o no. Al final, los siete se fueron con tres bolsones bajo la atenta mirada de mi mam¨¢ desde la ventana frontal de la casa. Entr¨¦ a ver qu¨¦ contaba y tambi¨¦n para buscar a Aya. "Che, mami, ?viste a Aya?" "Shhhh..." Susurr¨®, tirone¨¢ndome del brazo para que me pusiera a su altura. "Ella est¨¢ en medio del pasillo. Est¨¢ meditando... o algo as¨ª". "A ver..." Avanc¨¦ hasta la puerta y la abr¨ª, viendo a la se?orita de cinco colas sentada sobre el suelo con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. "Hola, Aya". No hubo respuesta. Aya estaba inm¨®vil como una estatua en el centro del pasillo. Parec¨ªa una figura sacada de una pintura antigua, intocable e inalcanzable. "Hola, Aya", repet¨ª, un poco m¨¢s fuerte esta vez, pero sin dejar de acercarme lentamente. Nada. Ni un parpadeo, ni un movimiento de orejas. Nada de nada. Me cruc¨¦ de brazos, inclinando la cabeza hacia un lado. ?En serio me est¨¢ ignorando? Pod¨ªa entender que estuviera concentrada, pero... bueno, esto ya parec¨ªa exagerado. ?Qu¨¦ estar¨¢ tramando ahora? ?Y por qu¨¦ tiene que parecer tan seria y misteriosa? No pude evitar que una sonrisa traviesa se me dibujara en el rostro. "Ayaaa..." Alargu¨¦ su nombre, poni¨¦ndome a su altura y chasqueando los dedos frente a su cara. "?Qu¨¦ pasa? ?Te quedaste dormida con los ojos cerrados? Si quer¨¦s, podemos empezar a hacer almohadas y traerte una para que est¨¦s m¨¢s c¨®moda". Luc¨ªa se acerc¨® y me mir¨® mientras le quitaba las ojotas a Aya. "?Cuchi, cuchi, cuchi!" Dijo con una voz tonta mientras le intentaba hacer cosquillas. El silencio era absoluto. "Ah, ya s¨¦", murmur¨¦ para m¨ª mismo mientras me rascaba la barbilla con dramatismo. "Debe estar practicando c¨®mo hacerse la interesante. Apuesto a que est¨¢ pensando algo como: ''Oh, miren todos qu¨¦ elegante soy, meditando como si estuviera en otro plano de existencia''. Bah, no me impresiona". De pronto vi que una de sus part¨ªculas m¨¢gicas desapareci¨®. Me arrodill¨¦ frente a ella, apoyando los codos en mis rodillas y mir¨¢ndola fijamente, esperando cualquier se?al de reacci¨®n. "Aya, si est¨¢s intentando activar una barrera m¨¢gica, por lo menos hac¨¦ que brille o algo, ?no? As¨ª los dem¨¢s pueden saber que est¨¢s haciendo algo. Porque ahora parece m¨¢s que est¨¢s intentando inventar una excusa para no ayudar con las piedras". Sus colas se mov¨ªan de un lado a otro, golpe¨¢ndome suavemente a la pasada. Entonces me qued¨¦ sentado apoyando la cabeza sobre su hombro. Luc¨ªa tambi¨¦n acompa?¨® el movimiento, solo que parec¨ªa estar m¨¢s apoyada sobre uno de sus pechos que otra cosa. "Seguro que est¨¢s escuchando algo, ?no es as¨ª?" Ella me respondi¨® poniendo su dedo ¨ªndice en frente de sus labios. Mmm... Me pregunto hasta d¨®nde puede llegar a escalar esa habilidad especial de mi mam¨¢. No vaya a ser cosa que las part¨ªculas m¨¢gicas puedan decirle m¨¢s de lo que uno querr¨ªa que supiera. Para eso ya tengo a Sariah escuchando todos mis pensamientos. De paso aprovecho para saludarla... No pas¨® mucho tiempo hasta que Aya despert¨®. "Lo siento, chicos, estaba creando esa nueva barrera que va alrededor de nuestra casa". "La verdad es que sos incre¨ªble, Aya. No s¨¦ qu¨¦ har¨ªamos sin vos". "?Ah, s¨ª?" Respondi¨® con una sonrisa que parec¨ªa algo rara. De pronto, sent¨ª cinco garras clavarse a un costado de mi torso. "Yo tambi¨¦n pienso que eres muy inteligente, Luciano", agreg¨® con los dientes apretados. ?Ah, perfecto! Ahora todo ten¨ªa sentido. El tono extra?amente dulce, la sonrisa r¨ªgida y esas garras que se clavaban con una mezcla impecable de precisi¨®n y maldad. Aya hab¨ªa escuchado todo. "?Ah! Pero si lo dije de coraz¨®n, ?eh?" Solt¨¦ con una risa nerviosa, levantando las manos en se?al de rendici¨®n. Mientras tanto, mi mente iba a mil. Esta mujer pod¨ªa estar en pleno trance meditativo, con cinco colas movi¨¦ndose como si fuera un ventilador y a¨²n as¨ª escucharme burl¨¢ndome de ella. Definitivamente peligrosa. A pesar de todo, no podr¨ªa imaginarme este lugar sin ella. Esper¨¦ afuera a los dem¨¢s, intentando divisar la famosa barrera m¨¢gica, pero parec¨ªa ser invisible. ?Claro! Si la pudi¨¦ramos ver, nadie podr¨ªa pasar, ?no? Hasta ahora siempre funcion¨® as¨ª. Entonces ahora tiene cuatro barreras activas... Tres en la cueva y una ac¨¢. Cuando llegaron todos cargando los tres bolsones llenos por la mitad, los puse sobre donde estaba trabajando y comenc¨¦ a usar magia para descender, compactando constantemente todo el suelo que ten¨ªa debajo de mis pies. Era como si estuviera bajando varios pisos por un ascensor. Todo el procedimiento era improvisado y loco, tanto como yo confi¨¢ndole mi propio cuerpo a la magia y las part¨ªculas m¨¢gicas. Me preocupa qu¨¦ tan lejos puedo llegar en el futuro para cumplir mis objetivos. No s¨¦ exactamente cu¨¢ntos metros baj¨¦, pero el aire se empezaba a sentir asfixiante una vez que llegu¨¦ a una capa de arena que estaba h¨²meda. Ac¨¢ es donde los l¨ªquidos drenar¨ªan mejor. Por suerte estaba Mirella aferrada a mi brazo para compartirme sus part¨ªculas m¨¢gicas. Su cuerpo estaba cubierto de un tenue brillo m¨¢gico que hac¨ªa que su piel pareciera de porcelana bajo la escasa luz. Sin embargo, su expresi¨®n comenzaba a cambiar: su sonrisa habitual desapareci¨®, reemplazada por una mueca de incomodidad. "Luciano..." Murmur¨®, pero no era su tono dulce de siempre. Esta vez sonaba casi irritada. "?Qu¨¦ pasa, Mirella?" Pregunt¨¦ mientras iba sacando las piedras. "?Hace un calor terrible aqu¨ª abajo! ?No pod¨¦s usar tu magia para refrescarnos un poco?" Me re¨ª por lo bajo, aunque el sudor que empezaba a formarse en mi frente suger¨ªa que no estaba tan lejos de la verdad. "Sab¨¦s que mi magia no hace eso. Adem¨¢s, ya falta menos". Ella me solt¨® e intent¨® apantallarse con las manos mientras murmuraba algunas otras quejas hacia el estrecho lugar en el que nos encontr¨¢bamos. Comenc¨¦ a mover las piedras m¨¢s grandes con magia, molde¨¢ndolas como si fueran plastilina. Las transform¨¦ en el cilindro, listas para construir el pozo entubado que hab¨ªa imaginado. Al mismo tiempo, us¨¦ la magia para subir lentamente, como si estuviera en una plataforma invisible. Cerr¨¦ los ojos porque se me estaba complicando el trabajar en dos lugares a la vez. "Mirella, te agradezco por siempre estar a mi lado; sos una gran amiga". Bueno... estaba necesitando que se acercara para que compartiera de sus part¨ªculas. "?En serio?" "S¨ª". "?Y yo te quiero mucho!" Pude sentir que se tir¨® contra mi brazo, qued¨¢ndose con todo su cuerpo pegado a ¨¦l. Mientras sub¨ªa, las paredes del pozo comenzaron a tomar forma, tanto en la forma 3D que ve¨ªa en mi mente como en la vida real. El suelo compactado se volv¨ªa m¨¢s s¨®lido y fui extrayendo roca del terreno circundante para no quedarme sin. Las part¨ªculas m¨¢gicas de Mirella segu¨ªan fluyendo hacia m¨ª, y agradec¨ª en silencio su paciencia. "?Listo!" Exclam¨¦ al llegar a la superficie todo transpirado. "?Viste que no era para tanto?" "Yo no dir¨ªa eso..." Respondi¨® pasando un dedo por mi frente. "Mira, mentiroso". Hice una risita mientras me levantaba del suelo. Al frente nuestro estaban los dem¨¢s, poniendo piedras dentro de la especie de canaleta que, con magia, terminar¨ªa siendo el ¨²ltimo tubo que unir¨ªa la c¨¢mara s¨¦ptica con lo que acab¨¢bamos de hacer. Y entonces me puse a trabajar; fui extendiendo las manos a lo largo del caminito de piedras mientras formaba el tubo de extremo a extremo. Luego hice una especie de canasta que ten¨ªa cortes verticales en la parte baja de sus paredes y mini huecos por debajo; eso servir¨ªa como filtro para asegurarnos al cien por ciento que no pasara nada s¨®lido que complicara el drenaje de la arena. Entonces le puse piedritas dentro e hice dos peque?os soportes, por debajo del nivel del tubo entrante, en el pozo entubado y termin¨¦ colocando la canasta, la cual ser¨ªa quitada con alg¨²n palo que servir¨ªa como gancho. Finalic¨¦ haciendo dos tapas: una para la c¨¢mara s¨¦ptica y la otra para el pozo. Tapamos con tierra y arena los huecos sobrantes y solo quedaron a la vista esas dos tapas, que apenas sobresal¨ªan dos o tres cent¨ªmetros por la arena de la playa. "?Vamos!" Festej¨¦ con un pu?o cerrado. Ahora faltaba probarlo... No voy a entrar en detalles por esa parte, pero la idea es usar un balde externo para tirar agua por el hueco que est¨¢ en el ba?o luego de hacer nuestras necesidades. *** Han pasado tres meses desde que estamos utilizando el nuevo ba?o y por ahora todo sigue perfecto. Yo, por las dudas, vigilo todos los meses el filtro primitivo que hice, pero todo indica que no va a pasar nada malo. Tambi¨¦n le pido a Mirella que alumbre un poco hacia el fondo del pozo entubado y siempre est¨¢ por la mitad o menos, as¨ª que podr¨ªamos decir que est¨¢ funcionando. Lo bueno es que all¨ª no va nada de pelos o suciedad del cuerpo, sino que solo van nuestras necesidades, nada m¨¢s. Es por eso que debe estar funcionando bien, porque si tuvi¨¦ramos un ba?o moderno donde uno se ba?a, lava las manos y dem¨¢s para diez personas, no creo que resistir¨ªa. Como curiosidad, los chicos descubrieron a Fufi, el animal raro que estaba con Anya hace un tiempo, en nuestra anterior cueva. ¨¦l ahora vive ah¨ª junto con otro animal de su misma especie. ?Ser¨¢ su parejita? Yo creo que s¨ª, porque Mirella me trajo un huevo morado que dice que estaba ah¨ª, junto a ellos. Era el mismo huevo que ella misma descubri¨® sobre un ¨¢rbol hace mucho tiempo. Yo pens¨¦ que eran mam¨ªferos... Tambi¨¦n debo decir que Mirella est¨¢ creciendo bastante. Dir¨ªa que ya mide unos treinta cent¨ªmetros. Sobre el mismo tema, estuvimos probando que Aya comenzara a tomar agua m¨¢gica, pero no parece tener ning¨²n efecto en cuanto a cambios en su f¨ªsico, y eso que lo hizo por m¨¢s de un mes. Ahora me encuentro justo en frente de la nueva casa de Tariq en la playa, la que estuve construyendo durante este tiempo. No fue para nada f¨¢cil hacerla a pesar de que es m¨¢s peque?a que la nuestra, ya que, primero que nada, Anya se neg¨® rotundamente a ayudar. Aparte de eso, solo pude aprovechar la ayuda de los dem¨¢s en los d¨ªas que no estaban ocupados saliendo a buscar comida, as¨ª que me las tuve que apa?ar mayoritariamente yo junto a ¨¦l y su mujer Yume. Los recursos los saqu¨¦ de la misma zona de la que quit¨¦ los ¨¢rboles para la m¨ªa. Es por eso que ahora tengo un gran espacio abierto en el comienzo del bosque al que todav¨ªa no le he encontrado utilidad. Hablando de recursos, cre¨¦ una caja al lado de la puerta de mi casa para que Tariq dejara su forma de pago: comida. Eso fue lo acordado. Nosotros le constru¨ªamos la casa y ¨¦l nos pagaba con comida, la cual principalmente eran frutas, para que no se echaran a perder, ya que yo pretend¨ªa dejar esa comida como reserva, por si suced¨ªa algo. ?Ser¨¢ esta la primera muestra de capitalismo en este mundo? "Se ve bonita, ?no?" Dije, acerc¨¢ndome a Tariq, que estaba frente a la puerta de su casa, tomado de la mano de Yume. A todo esto, Tariq est¨¢ re barbudo. Deber¨ªa preguntarle si no quiere que Rin le explique lo de cortarse con una piedra afilada. Tariq gir¨® la cabeza hacia m¨ª con una sonrisa de satisfacci¨®n. Su mano libre se pas¨® por el cabello todav¨ªa h¨²medo por el ba?o que se hab¨ªa dado hace unos minutos. "Bonita no, Luciano. Es perfecta. No s¨¦ c¨®mo agradecerte por esto". "Bueno, pod¨¦s empezar dejando frutas en la caja con m¨¢s regularidad", brome¨¦, golpeando suavemente la espalda de Tariq. "Es broma, ya no hace falta que sigas haciendo eso". "?Est¨¢s seguro?" "S¨ª... Adem¨¢s, ya estoy contento con que terminaron el balde de arcilla. Les qued¨® genial". "?Tenemos que seguir trabajando con arcilla? A m¨ª me gusta", dijo Yume. "S¨ª, a m¨ª tambi¨¦n me gusta. A veces siento como si tuviera su magia entre mis manos", acot¨® Tariq con una sonrisa que hace rato no le ve¨ªa hacer. "S¨ª, chicos. Hay que seguir trabajando con arcilla, pero... Para Tariq tengo un pr¨®ximo trabajo que incluye utilizar esa enorme cantidad de enredaderas que me trajo". "?Y de qu¨¦ trata?" "Vos por ahora disfrut¨¢ de tu nueva casa. Yo te voy a avisar cu¨¢ndo te tenga que ense?ar algunas cosas que tengo en mente". "Supongo que me merezco disfrutar un poco". Mientras observaba la casa de Tariq y a Kiran probar la puerta principal, no pod¨ªa evitar pensar en lo que esto representaba. No era solo un refugio; era un paso hacia algo m¨¢s grande. ?Civilizaci¨®n, tal vez? No, otra vez estaba olvidando que no todo pod¨ªa ser hecho con magia. Por cierto, su casa tiene dos dormitorios, un ba?o, un pasillo y la cocina-comedor. B¨¢sicamente, es la m¨ªa, pero sin las dos habitaciones de los extremos del pasillo. Tambi¨¦n Mirella me ayud¨® con la iluminaci¨®n. Justo hablando de ella, la estoy viendo venir desde la lejan¨ªa. Mirella ven¨ªa volando con una gracia que parec¨ªa innata en ella, aunque esta vez su movimiento ten¨ªa algo distinto. Tal vez era la forma en que la luz del sol jugaba con sus alas transl¨²cidas, o la manera en que su figura se ve¨ªa... m¨¢s definida. Cuando se pos¨® frente a m¨ª, alz¨® la cabeza. "?Hola!" "Hola, Mirella. ?Quer¨ªas decirme algo?" "?Obvio!" "A ver..." "Bueno... tengo una propuesta". "?Qu¨¦ propuesta?" Pregunt¨¦, con un leve presentimiento de que esto implicar¨ªa algo fuera de lo com¨²n. "?Vayamos a la otra parte del arroyo! Quiero ense?arte algo que encontr¨¦ la ¨²ltima vez que estuve all¨ª". "Ah... Cierto, hab¨ªamos quedado en que terminar¨ªamos yendo juntos luego de que me dijiste que fuiste vos sola". "Bueno, s¨ª..." Respondi¨®, bajando la mirada y haciendo un peque?o hueco en la arena moviendo su pie. "?Pero te va a encantar, lo prometo!" Suspir¨¦, pero no pude evitar sonre¨ªr ante su entusiasmo. Antes de que pudiera responder, Mirella ya estaba dirigi¨¦ndose hacia donde la familia de Tariq estaba. Nos despedimos y tomamos el camino hacia nuestra casa a trav¨¦s de la playa. Fue entonces cuando un peque?o destello cruz¨® por mi mente. "?Y si llevamos a alguien m¨¢s?" Suger¨ª, mirando hacia Mirella. "?Buena idea! Pero... ?A qui¨¦n?" "Podr¨ªamos llevar a Luc¨ªa", respond¨ª de repente. La idea me parec¨ªa perfecta. Por un lado, me intrigaba ver si notaba algo especial en toda esa inmensa cantidad de part¨ªculas m¨¢gicas, ya que ella solo me hablaba sobre las voces en nuestro cuerpo. Por otro lado, me hac¨ªa gracia la idea de arrastrarla con nosotros. "?Entonces la llevaremos con nosotros!" Mirella y yo nos acercamos sigilosamente, rodeando la casa. La ventana solo ten¨ªa dos barrotes en vertical y dos en horizontal, lo que facilitaba el plan. "?Lista?" Susurr¨¦ a Mirella. "M¨¢s que lista", respondi¨®, flotando hasta el marco de la ventana. Desde mi posici¨®n, ve¨ªa a Luc¨ªa mirar atentamente las estanter¨ªas de su habitaci¨®n, creo que antes me dijo algo sobre empezar a hacer decoraciones usando arcilla. Tambi¨¦n estaba Rundia acostada en su cama, pero parec¨ªa dormida. "?Psss! ?Psss!" Ella se gir¨® al escucharme y nos mir¨® mientras se acercaba a la ventana. "?Qu¨¦ pasa?" Pregunt¨® con mi mismo tono de voz. R¨¢pidamente la tom¨¦ por debajo de las axilas y me la llev¨¦ por la ventana. "?Esto es un secuestro!" Grit¨¦ y sal¨ª corriendo, carg¨¢ndola en mis brazos. "?Ay, qu¨¦ tonto es mi hermano mayor!" Mirella lanz¨® una risita un tanto contenida y empez¨® a dirigir el camino. Cuando llegamos a un par de metros dentro del bosque, la baj¨¦ y caminamos tomados de las manos. "?A d¨®nde vamos?" "?Vamos a seguir por el otro lado del arroyo!" Respondi¨® Mirella a los gritos. "P-Pero soy tan solo una ni?a..." Dijo, fingiendo que se secaba una l¨¢grima imaginaria. "?Nosotros te protegeremos!" ?En serio le crey¨®? "Che, Mirella. Te tengo que contar un secreto. ?Me promet¨¦s que no se lo vas a contar a nadie? Esta vez es en serio... No pod¨¦s romper esta promesa". Ella se detuvo justo en frente de mi cara, fren¨¢ndome el paso. "?Claro que voy a cumplir!" Apret¨® los pu?os. Su expresi¨®n era tan seria que casi parec¨ªa una ni?a peque?a tratando de imitar a un adulto. Baj¨¦ la voz, asegur¨¢ndome de que solo Mirella y Luc¨ªa pudieran o¨ªrme. "Luc¨ªa puede escuchar las part¨ªculas m¨¢gicas". Cap铆tulo 42: El arroyo mè°©gico. Mirella se qued¨® en silencio por un momento luego de que yo le contara sobre la habilidad que mi mam¨¢ pose¨ªa. Me mir¨® fijamente haciendo una expresi¨®n de confusi¨®n, juntando las cejas y con los ojos tan abiertos que casi parec¨ªan brillar m¨¢s de lo normal. No s¨¦ por qu¨¦ ni en qu¨¦ momento se me ocurri¨® revelarle algo tan importante y extra?o a la vez. Se lo dije de una forma tan cruda... Tan poco emp¨¢tica, que hasta parec¨ªa que estaba mintiendo. Ni siquiera le hab¨ªa consultado a mi mam¨¢ si le parec¨ªa bien, aunque seguro que poco le interesa lo que piensen de ella en este mundo. "?Qu¨¦ significa eso?" Pregunt¨® Mirella finalmente, inclin¨¢ndose hacia m¨ª con inter¨¦s. "No estoy del todo seguro, pero parece que puede percibir las part¨ªculas de alguna manera especial. No las ve como yo, pero escucha algo... como voces". "??Ahhh!? ??Voces?!" Mirella parec¨ªa emocionada, como si acabara de descubrir el mayor secreto del universo. Luego se gir¨® hacia Luc¨ªa. "?Es cierto eso?" "Es como un murmullo, muchas voces hablando al mismo tiempo. A veces dicen cosas que entiendo, pero la mayor¨ªa son solo... sonidos". Mirella comenz¨® a dar vueltas en el aire, claramente procesando lo que acababa de escuchar. Su expresi¨®n parec¨ªa ser de emoci¨®n. "?Esto es incre¨ªble! Luciano, ?te das cuenta de lo importante que es esto? ?Luc¨ªa podr¨ªa ser especial, como nosotros!" "No empieces con cosas raras", dije, aunque no pude evitar sonre¨ªr al ver su entusiasmo. Luc¨ªa, por su parte, se encogi¨® de hombros, siguiendo con el juego de timidez que hab¨ªa comenzado luego de la broma del secuestro. "No s¨¦ si soy especial. Solo s¨¦ que las escucho... y a veces me da un poco de miedo". Dios m¨ªo... ?Hasta pareciera que le est¨¢ divirtiendo fingir ser la ni?a fr¨¢gil y sensible! "?Ay, no!" Grit¨® Mirella y la abraz¨® la cabeza, parada desde su hombro. "?No te preocupes, ya te dije que nosotros te protegeremos!" "G-Gracias..."
Mirella se aferr¨® con tanta fuerza al cuello de Luc¨ªa que por un momento pens¨¦ que iba a hacer que ambas cayeran y terminaran rodando por el suelo. "Bueno, bueno, basta de dramatismos, ?no? Mirella, si seguimos as¨ª no llegamos m¨¢s", interrump¨ª, soltando una risita mientras apartaba suavemente a Mirella de Luc¨ªa. "?Es que es tan tierna! ?Me dan ganas de protegerla como si fuera mi hermanita!" Exclam¨® Mirella, ahora revoloteando alrededor de Luc¨ªa. "Hermano mayor... ?Por qu¨¦ siempre me met¨¦s en estos problemas?" Pregunt¨® Luc¨ªa, juntando sus antebrazos como si fuera una ni?a indefensa. "Porque sos mi hermana menor, y eso te convierte autom¨¢ticamente en la v¨ªctima perfecta para estas aventuras". "?Qu¨¦ malvado!" Sab¨ªa que, aparte de estudiar para ser profesora de m¨²sica, ella por un a?o estuvo practicando teatro para ser profesora suplente de esa materia en el colegio secundario. Pero esto... Lo cierto es que me gusta que sea as¨ª. Mirella segu¨ªa ah¨ª, mir¨¢ndonos como si esperara que le dij¨¦ramos algo m¨¢s. "No vayas a dec¨ªrselo a nadie, ?eh!" "?Te aseguro que no romper¨¦ esta promesa!" "Est¨¢ bien, vamos entonces". Mirella volvi¨® a liderar el camino mientras empezamos a ir por el borde del arroyo. Nunca supe bien del todo por qu¨¦ nunca exploramos esta parte de lo que ya terminaba siendo una selva. Aunque bueno, yo tampoco puedo afirmar tanto eso porque no salgo con ellos a cazar y recolectar frutas. "?Falta mucho?" Pregunt¨® Luc¨ªa en tono de broma, aunque su mirada curiosa delataba que estaba disfrutando de la aventura tanto como nosotros. "?Ya casi llegamos!" Respondi¨® Mirella desde adelante, gir¨¢ndose en el aire para mirarnos con una sonrisa que reflejaba su emoci¨®n. Sus alas brillaban d¨¦bilmente con la luz que se filtraba a trav¨¦s de los ¨¢rboles, como si absorbieran la misma esencia del bosque. El arroyo, que hasta ese momento hab¨ªa sido una compa?¨ªa constante y tranquila, comenz¨® a dividirse en dos corrientes. Una segu¨ªa su curso hacia adelante, mientras la otra se desviaba hacia la izquierda, adentr¨¢ndose en la penumbra de lo que parec¨ªa ser la entrada a una cueva inmensa. El aire cambi¨® de inmediato; una corriente fresca emanaba del interior, cargada de un leve aroma a humedad y piedra. "Es aqu¨ª hasta donde explor¨¦", anunci¨® Mirella, deteni¨¦ndose justo en la entrada de la cueva y gir¨¢ndose hacia nosotros con un gesto triunfal. "?Tampoco explor¨¦ tanto! ?No fui tan mala amiga!" "Tranquila, Mirella", respond¨ª con una sonrisa. "?Ac¨¢? ?Una cueva?" Pregunt¨® Luc¨ªa, arqueando una ceja mientras examinaba la abertura. Observ¨¦ un poco el interior luego de soltarle la mano a mi mam¨¢-hermana. "Parece que s¨ª". La entrada era lo suficientemente grande como para que un elefante pudiera pasar c¨®modamente, pero lo que llamaba la atenci¨®n era el resplandor tenue que emanaba desde el interior, por el suelo. Las part¨ªculas m¨¢gicas que sol¨ªan ser casi imperceptibles en el agua m¨¢gica ahora brillaban con intensidad bajo la oscuridad del lugar. "Es m¨¢s que una simple cueva, ya ver¨¢s", asegur¨® Mirella, mientras comenzaba a avanzar. "?No era que hasta ac¨¢ llegaste?" "Bueno, s¨ª... Hasta llegar al fondo". "Vamos, entonces", dije, volviendo a agarrar la mano de Luc¨ªa. Mirella puso una bola de luz en el aire que la segu¨ªa a ella, revelando los detalles del interior. Las paredes de la cueva estaban con un poco de musgo y hab¨ªa estalactitas muy grandes que colgaban desde el techo. Luc¨ªa me mir¨® con unos nervios fingidos antes de agarrarse de mi brazo. "?Est¨¢s seguro de que no hay nada peligroso aqu¨ª?" "?Qu¨¦ puede pasar con Mirella como gu¨ªa?" Respond¨ª, tratando de sonar despreocupado, aunque una peque?a parte de m¨ª no pod¨ªa ignorar la sensaci¨®n de inquietud que me provocaba este lugar. Era hermoso, s¨ª, pero tambi¨¦n ten¨ªa algo... familiar. Conforme avanz¨¢bamos, el sonido del agua se hac¨ªa m¨¢s profundo al haber m¨¢s eco y el zumbido de las alas de Mirella se escuchaba m¨¢s fuerte. Espera... ?Esta no ser¨¢ la cueva que llevar¨ªa a la parte subterr¨¢nea de los gnomos? Recuerdo haberla visto cuando me qued¨¦ solo al buscar a Forn. Esta cueva deber¨ªa llegar a aquel segundo lugar que se parece al anterior santuario de Aya. "Mirella, creo que esta cueva lleva a un lugar que se parece al anterior santuario de Aya. Pero no al que entramos y vos estabas pintando tu pelo de rojo, sino que este es otro igual". Mirella detuvo su vuelo al escucharme. Su figura peque?a se gir¨® lentamente hacia m¨ª, y su expresi¨®n dulce y radiante se transform¨® en algo que mezclaba decepci¨®n y enojo. Su ce?o fruncido dej¨® en claro que algo hab¨ªa herido su orgullo. "?C¨®mo que ''esta cueva lleva a un lugar que ya viste''?" Comenz¨®, remarcando cada palabra como si fueran cuchillos que me lanzaba. Su voz, normalmente ligera y juguetona, ahora ten¨ªa un filo que hac¨ªa rato no ve¨ªa. "?Eso significa que ya investigaste este lugar sin m¨ª? ?Sin tu mejor amiga, la ¨²nica que sabe de esto? ?Luciano, eso es imperdonable!" "Eh... No es lo que parece, Mirella", intent¨¦ aclarar, levantando las manos en un gesto conciliador. "Yo no vine por ac¨¢, vine por... otros pasadizos subterr¨¢neos. Ni siquiera sab¨ªa que este arroyo llevaba a la misma cueva". Lo ¨²ltimo era casi una mentira, porque yo ya sab¨ªa que llegaba agua m¨¢gica al final. "?Oh, claro! Pasadizos subterr¨¢neos. ?Qu¨¦ conveniente! ?Y cu¨¢ndo planeabas decirme que andabas explorando solo?" Respondi¨®, dando un par de vueltas r¨¢pidas en el aire, como si necesitara moverse para desahogar su frustraci¨®n. "Fue algo inesperado, te lo juro. No es como si lo hubiera planeado. Solo ocurri¨®, ?s¨ª?" "??Solo ocurri¨®?!" Repiti¨® ella, acerc¨¢ndose a mi rostro hasta que su diminuta nariz choc¨® contra la m¨ªa. "?Y qu¨¦ m¨¢s ''solo ocurre'', eh? ?Descubriste un lugar m¨¢gico? ?Te enfrentaste a alg¨²n peligro sin siquiera pensar en llamarme?" "Bueno, s¨ª... y no", respond¨ª, rasc¨¢ndome la nuca con incomodidad. Luc¨ªa me miraba con diversi¨®n, como si no supiera si deb¨ªa intervenir o dejar que esta discusi¨®n siguiera. "Mirella, fue cuando busqu¨¦ a Forn. Termin¨¦ en ese lugar sin querer. Adem¨¢s, no vine por el arroyo, ni siquiera sab¨ªa de su... existencia". "?Eso no cambia nada! ?Y si te hubieras metido en problemas? ?Qui¨¦n te habr¨ªa protegido? Porque, obviamente, necesitas alguien que te cuide, ya que claramente no sabes cuidarte solo", continu¨®, con su voz subiendo de volumen. Sus mejillas estaban ahora encendidas de un rojo intenso, un contraste que hac¨ªa que su indignaci¨®n se viera hasta... linda. Aunque no me atrev¨ªa a dec¨ªrselo en este momento. "Mirella, escucha... Yo s¨ª me s¨¦ cuidar solo", trat¨¦ de razonar, pero ella me interrumpi¨®, alzando una mano diminuta. "?No, no quiero escuchar tus excusas! Si no me necesitas para estas cosas, ?para qu¨¦ estoy aqu¨ª, eh?" Pregunt¨®, mir¨¢ndome con los brazos abiertos como si esperara una respuesta que no pod¨ªa darle. Suspir¨¦, tratando de mantener la calma. "Mirella, eso no es justo. Por supuesto que te necesito. Esto no fue algo que planeara hacer solo, simplemente pas¨®. Adem¨¢s, vos siempre has sido mi compa?era en todo. ?Qu¨¦ har¨ªa yo sin vos?" Su expresi¨®n se suaviz¨® un poco, aunque a¨²n ten¨ªa los labios fruncidos. "Pues m¨¢s te vale que lo recuerdes, porque si vuelves a meterte en algo sin m¨ª... no s¨¦ qu¨¦ har¨¦, pero no ser¨¢ agradable, ?entendido?" "?Eso es una amenaza?" Se escuch¨® un breve "uhhhh" proveniente de mi mam¨¢. "?Claro que lo es!" "?Ah, s¨ª? Te recuerdo que vos tambi¨¦n viniste sola, y lo hiciste siendo consciente de lo que hac¨ªas... Encima, despu¨¦s viniste llorando como un beb¨¦". Le saqu¨¦ la lengua y comenc¨¦ a avanzar al trote a pesar de que no ten¨ªa luz. "?Ah, bueno! As¨ª que yo ahora tengo la culpa de todo, ?no?" Ella me alcanz¨® r¨¢pidamente, volando a un costado de mi cara. "?Oye!" Luc¨ªa, que hab¨ªa estado observando todo el intercambio, finalmente se atrevi¨® a hablar, intentando contener una risa. "?Siempre son as¨ª ustedes dos? Porque es como ver una pareja discutiendo". "??Qu¨¦?! ?No somos una pareja!" Exclam¨® Mirella, gir¨¢ndose r¨¢pidamente hacia Luc¨ªa con las mejillas a¨²n m¨¢s rojas. "S-Solo somos mejores amigos..." "Eh... Claro, claro", respondi¨® ella, levantando las manos con inocencia fingida. "Lo que vos digas". "?Vamos, sigamos explorando antes de que Luciano me haga enojar a¨²n m¨¢s!" Orden¨® Mirella, agit¨¢ndose en el aire. Decid¨ª que era mejor no contestar nada. Hubo unos minutos de silencio hasta que Mirella habl¨®, titubeando y sin mirarnos. "?Y c-c¨®mo funciona lo de... escuchar part¨ªculas m¨¢gicas?" Luc¨ªa tom¨® la palabra. "No puedo verlas, pero Luciano dijo que est¨¢n en los lugares donde yo escucho voces". "C-Claro, voces..." Hizo una pausa, como si estuviera pensando si seguir. "?Y ahora est¨¢s escuchando... algo?" "No, porque debo ponerme m¨¢s cerca de ustedes o del agua". "Ah, ya entiendo". "Dale, Mirella, no hace falta que sigas haci¨¦ndote la enojada". Mirella solt¨® un suspiro dram¨¢tico. "Bueno, al menos estamos juntos ahora, ?verdad? Aunque algunos no valoren mi compa?¨ªa como deber¨ªan..." "As¨ª que ahora tir¨¢s indirectas, ?eh? Me quedo tranquilo entonces, porque yo siempre voy de frente". Mirella segu¨ªa lanz¨¢ndome miradas fugaces de indignaci¨®n mientras volaba a mi lado. Su energ¨ªa, normalmente chispeante y alegre, estaba te?ida por una nube de molestia, y aunque sab¨ªa que no era nada grave, tampoco pod¨ªa dejarlo pasar. Me detuve un momento. A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation."Mirella, ven¨ª ac¨¢", le dije, con un tono m¨¢s serio del que estaba utilizando. Se detuvo en el aire, sorprendida, y me mir¨® sin avanzar. "?Qu¨¦? ?Ahora qu¨¦ vas a decir? ?Otra excusa?" Luc¨ªa tambi¨¦n se detuvo, aunque su cara ahora era un poco m¨¢s seria. "No. Ven¨ª", repet¨ª, esta vez se?alando un punto justo frente a m¨ª. Dud¨® un momento, pero al final se cruz¨® de brazos y flot¨® hasta quedar a la altura de mi rostro. "?Qu¨¦ quieres ahora?" La mir¨¦ directo a los ojos. Sus brillantes ojos verdes trataban de mantener esa fachada de enojo, pero not¨¦ c¨®mo su mirada titubeaba. "Escuchame bien, Mirella. S¨¦ que te molesta que haya ido a ese lugar antes, y en cierta parte ten¨¦s raz¨®n. Quiz¨¢s deber¨ªa hab¨¦rtelo contado, pero no fue algo planeado. Ahora, quiero que entiendas una cosa: siempre te voy a necesitar. Sos mi compa?era, mi mejor amiga y, te guste o no, alguien en quien conf¨ªo m¨¢s que en m¨ª mismo a veces". Ella parpade¨®; su enojo parec¨ªa empezar a desmoronarse. "?Eh...?" "Y te voy a decir otra cosa: cuando est¨¦s enojada conmigo, no hace falta que me tir¨¦s indirectas, porque eso es una de las ¨²nicas cosas que me molestan. ?Estamos claros? Espero que s¨ª, porque ya hablamos tantas veces de estas actitudes tuyas que ya me estoy empezando a cansar". Por un momento, no dijo nada. Luego, su ce?o se suaviz¨® y dej¨® escapar un suspiro. "Bueno... quiz¨¢s... QUIZ¨¢S fui un poco exagerada. Es que... me preocupo, ?sabes? Y... no quiero que te pase nada". "S¨ª, ya s¨¦... El problema es que termin¨¢s exagerando las cosas por dem¨¢s". "?Bueno, s¨ª!" Empez¨® gritando mientras mov¨ªa sus pu?itos de arriba abajo. "?Es que me molesta no haber podido estar contigo!" "Entonces seguimos siendo buenos amigos, ?no?" "?Buenos no! ?Mejores amigos!" "Eso, eso. Somos los mejores amigos del mundo". "?Entonces ahora s¨ª! ?Vamos a ese tonto lugar y listo!" Su tono todav¨ªa era fuerte, pero ya no parec¨ªa ser de enojo hacia m¨ª. "S¨ª, vamos". Mir¨¦ a Mirella, que ahora volaba tranquila a mi lado, aunque sus mejillas estaban un poco rojas. Luc¨ªa caminaba unos pasos detr¨¢s de m¨ª; su expresi¨®n serena, como si se sintiera c¨®moda explorando este lugar desconocido con nosotros. La tensi¨®n de la discusi¨®n con Mirella se hab¨ªa disipado, y el aire volv¨ªa a sentirse menos pesado. "Perd¨®n por hacerte esperar, hermana menor", dije, volviendo a mirar hacia atr¨¢s. "No tengo ning¨²n problema con eso, hermano mayor". Al llegar a la zona amplia, el sentimiento de vac¨ªo que reflejaba me hizo preguntar qu¨¦ carajos est¨¢bamos haciendo ac¨¢, que para qu¨¦ terminamos bajando tantos metros para encontrarnos con un lugar en el que no necesit¨¢bamos estar. A pesar de eso, era bueno que Luc¨ªa lo supiera. "Mirella, creo que al final ya hab¨ªamos estado ac¨¢ los dos. En este lugar liberamos a Forn". "S¨ª..." Ya lo he dicho un mont¨®n de veces, pero nunca est¨¢ de m¨¢s recordar que el ''santuario'' de Aya, al igual que este lugar, es una especie de ortoedro con las paredes de roca con irregularidades. Siempre lo asoci¨¦ m¨¢s a un b¨²nker que a otra cosa. "Es como el santuario de Aya", coment¨® mi mam¨¢. "?Por qu¨¦ se ve igual?" "Debe ser por culpa de los gnomos", respond¨ª. "?Qu¨¦ preferir¨ªan hacer ahora? Tenemos dos opciones: podr¨ªamos intentar rastrear a los gnomos, ver si todav¨ªa est¨¢n en esta zona y qu¨¦ est¨¢n tramando... o podr¨ªamos seguir explorando por donde segu¨ªa el arroyo y ver hasta d¨®nde nos lleva". "?Claro que no quiero ir con Forn! ?Ya te olvidaste lo que ¨¦l dijo de ti?" "Ah, Forn..." Murmur¨¦. "Ahora que lo pienso mejor, deber¨ªamos seguir el arroyo, porque si nos demoramos mucho, Rundia se va a preocupar por Luc¨ªa". "?Obvio que s¨ª, si nos la llevamos a la fuerza!" "Mirella, ten¨¦s que tranquilizarte un poco", dijo Luc¨ªa, con un tono conciliador. De pronto abri¨® los brazos. "Ven, dame un abrazo". "B-Bueno". Volando lentamente, se dej¨® caer sobre su pecho y ah¨ª se quedaron abrazadas por unos segundos. "Tus voces dicen que debes portarte mejor". "?Las voces? ?En serio?" La ni?a asinti¨®. Mirella empez¨® a juguetear con sus manos. "Est¨¢ bien... Ser¨¦ una buena hada a partir de ahora". "Siempre dec¨ªs lo mismo", acot¨¦. Mirella se acerc¨® volando a m¨ª. Por un momento la bola de luz titil¨®. "Luciano... yo..." Baj¨® la mirada por un momento, sus manos diminutas jugueteando con el dobladillo de su vestido celeste. "S¨¦ que siempre digo que voy a portarme mejor y luego hago las mismas tonter¨ªas. Pero esta vez lo digo en serio. Fui demasiado lejos. Estaba tan... molesta, porque no quiero que nada te haga da?o". Me qued¨¦ mir¨¢ndola. Esta escena se hab¨ªa repetido tantas veces que ya no sab¨ªa de qu¨¦ otra manera responderle. "No hace falta que te preocupes tanto por m¨ª, Mirella. Yo soy fuerte". Luc¨ªa, que hab¨ªa estado observando, sonri¨® con ternura. "Eso fue muy valiente, Mirella. A veces, reconocer nuestros errores es m¨¢s dif¨ªcil que cualquier pelea". "S¨ª, supongo que s¨ª..." Respondi¨® Mirella, su voz recuperando algo de su tono habitual. Luego, flot¨® hasta mi hombro y se pos¨® all¨ª. "Gracias, Luciano. Prometo que voy a intentar, de verdad, ser mejor". Le di un suave golpecito con el dedo en la cabeza. "Lo s¨¦, Mirella. Pero tampoco te preocupes tanto por ser perfecta". Ella se acerc¨® tanto a mi o¨ªdo que pude sentir su respiraci¨®n haci¨¦ndome cosquillas. "S¨ª ser¨¦ perfecta... Solo para ti". Con una risita de por medio, dio un salto y se fue en direcci¨®n a la salida. La bola de luz que rodeaba a Mirella comenz¨® a disminuir su intensidad mientras se alejaba, flotando hacia la salida de aquel lugar. La vi avanzar con movimientos err¨¢ticos, como si la emoci¨®n que acababa de confesar la dejara un poco aturdida. Me qued¨¦ mirando en silencio. ?Por qu¨¦ Mirella a veces se comporta as¨ª conmigo? Esa era una pregunta que siempre rondaba mi cabeza, pero a la que nunca lograba darle una respuesta definitiva. Desde que la liber¨¦ de aquella piedra, su lealtad hacia m¨ª hab¨ªa sido absoluta, casi obsesiva. Pero hab¨ªa momentos en los que esa lealtad daba paso a algo m¨¢s... algo que me costaba entender. Mientras la luz se hac¨ªa m¨¢s distante, mis pensamientos se amontonaban uno sobre otro. ?Qu¨¦ esperaba ella de m¨ª? ?Un agradecimiento eterno por haberla salvado? ?Un tipo de v¨ªnculo que yo no entend¨ªa a¨²n? Mirella era m¨¢s que una simple hada compa?era; hab¨ªa estado conmigo en los momentos m¨¢s dif¨ªciles y, a su manera, siempre intentaba protegerme. Pero su forma de actuar¡­ esa manera de volcar toda su atenci¨®n en m¨ª, a veces me resultaba abrumadora. Luc¨ªa me sac¨® de mi ensimismamiento cuando se acerc¨® y tir¨® suavemente de mi mano. "Hermano mayor, ?est¨¢s bien?" Pregunt¨®, con sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue de la cueva. Hab¨ªa un toque de preocupaci¨®n en su voz, como si percibiera mis pensamientos. "S¨ª, estoy bien, solo¡­ pensando en Mirella". Mi respuesta sali¨® m¨¢s autom¨¢tica de lo que quer¨ªa, pero Luc¨ªa sonri¨®, como si entendiera m¨¢s de lo que yo hab¨ªa dicho. Ella baj¨® la mirada, pensativa. "Creo que Mirella te quiere mucho, y a veces no sabe c¨®mo mostrarlo. Por eso se esfuerza tanto¡­ pero creo que tambi¨¦n tiene miedo. Miedo de que te alejes de ella". "Mmm..." ?Alejarme de Mirella? Jam¨¢s hab¨ªa pasado por mi cabeza algo as¨ª. Ella siempre hab¨ªa estado a mi lado, como una especie de constante en este mundo ca¨®tico. Pero¡­ ?Podr¨ªa ser eso lo que alimentaba sus comportamientos? ?Un temor latente a perder ese v¨ªnculo que compart¨ªamos? Volv¨ª la vista a la salida del lugar, donde la luz de Mirella se hab¨ªa reducido a un peque?o punto, como una estrella a punto de extinguirse. "?Qu¨¦ hacemos ahora?" Pregunt¨® Luc¨ªa, interrumpiendo nuevamente mis reflexiones. Le di una sonrisa para tranquilizarla. "Seguimos. No podemos quedarnos aqu¨ª todo el d¨ªa. Mirella nos est¨¢ esperando afuera". Tom¨¦ su mano, y comenzamos a avanzar por el mismo camino por el que Mirella se hab¨ªa ido. Yo, por lo pronto, esperaba no tener que volver a ver a Mirella comportarse de esa forma. Al final salimos de la cueva y seguimos por el camino junto al arroyo, donde Mirella en un momento nos salv¨® matando una serpiente, la cual cargu¨¦ para la vuelta. Al menos ser¨ªa de utilidad para no quedar tan mal si nos preguntan por qu¨¦ nos demoramos tanto. Despu¨¦s de caminar como por veinte minutos, terminamos llegando a un lugar extra?o... Era un claro donde hab¨ªa un hueco con forma de c¨ªrculo casi perfecto y de m¨¢s o menos cinco metros de di¨¢metro. Dentro de ¨¦l estaba el agua a nivel que se conectaba con el arroyo y hab¨ªa muchas, pero muchas, part¨ªculas m¨¢gicas en el agua. Hab¨ªa algo inquietante pero fascinante en el lugar. Las part¨ªculas m¨¢gicas se mov¨ªan m¨¢s r¨¢pido de lo normal bajo y sobre el agua, formando patrones irregulares que parec¨ªan casi deliberados. No era algo que se viera todos los d¨ªas, incluso en este mundo. A todo esto, ?c¨®mo es que de ac¨¢ sale el agua m¨¢gica? No tiene sentido que un arroyo se forme en un lugar plano. "Qu¨¦ incre¨ªble..." Murmur¨® Mirella, qued¨¢ndose quieta en el aire. Luc¨ªa avanz¨® unos pasos, observando el agua con curiosidad. "Este lugar se ve raro", murmur¨®, mientras una brisa ligera acariciaba su cabello oscuro. "Luc¨ªa", dije, acerc¨¢ndome a ella mientras se?alaba el agua. "?Ves algo especial en el agua?" "Ya sab¨¦s que no puedo". "Cierto... ?Pero podr¨ªas escuchar las voces? En esta parte hay muchas part¨ªculas". "Est¨¢ bien". Camin¨® hasta el borde del hueco, arrodill¨¢ndose lentamente. Cerr¨® los ojos y puso el o¨ªdo sobre el agua, dejando que el silencio del claro la envolviera. Por un momento, todo qued¨® en calma. Mientras tanto, Mirella se qued¨® en silencio mientras se posaba lentamente al lado de ella. De vez en cuando intentaba poner la oreja, pero claramente no iba a escuchar nada. "Est¨¢n hablando", dijo mi mam¨¢ con voz baja, casi un susurro. "Sus voces son suaves, pero las entiendo. Est¨¢n diciendo¡­ ''Luciano''. Te est¨¢n llamando". "?Otra vez?" "S¨ª". "?Luciano, eso parece ser algo incre¨ªble!" "?Y qu¨¦ dicen sobre m¨ª?" "Te est¨¢n llamando, hermano mayor", comenz¨® diciendo, con un tono exageradamente misterioso. "Dicen que¡­ que eres su esperanza. Que necesitan que vengas aqu¨ª, al agua". "?Tienen un motivo?" "No". ?Qu¨¦ perd¨ªa al hacerles caso? Las part¨ªculas m¨¢gicas hab¨ªan hecho llevadera esta nueva vida en este extra?o mundo, as¨ª que intentar devolverles una peque?a parte de su ayuda no estar¨ªa mal. Tampoco creo que tengan malas intenciones... Bah, en realidad ni siquiera sabemos si son seres vivos. "Ah¨ª voy", respond¨ª finalmente mientras me arrodillaba en el borde, quedando Mirella en medio de los dos. "?Te dieron alguna instrucci¨®n?" "No". Supongo que solo debo meter una parte del cuerpo dentro... Como siempre. Cuando met¨ª la mano derecha dentro de la calmada agua, fue extremadamente fuera de lo com¨²n lo que pas¨®: todas las part¨ªculas que rondaban por el lugar, hasta las m¨¢s lejanas, se amontonaron contra mi mano. De pronto mi mam¨¢ se sobresalt¨® y se tap¨® los o¨ªdos con las palmas de las manos. "?Ahhh! ?Est¨¢n gritando muy fuerte!" En ese momento, quise quitar la mano para intentar ver si ella se encontraba bien, pero Mirella me detuvo; ella me sosten¨ªa con la mayor fuerza que pod¨ªa hacer con sus dos manos. "?Yo me encargo de ella, t¨² conc¨¦ntrate en las part¨ªculas!" Grit¨® y me solt¨®, corriendo hacia Luc¨ªa, que se notaba media aturdida mientras yac¨ªa arrodillada sobre el suelo. Solo me limit¨¦ a asentir mientras pensaba por qu¨¦ estas cosas amarillas estaban tan desesperadas por estar a mi lado a pesar de que ya no pod¨ªan unirse m¨¢s a m¨ª, ya estaba en ese l¨ªmite imaginario que estaba impuesto sobre cada cuerpo de los seres que podemos usar magia. Sent¨ª c¨®mo las part¨ªculas m¨¢gicas se acumulaban alrededor de mi mano como si fueran un enjambre vivo, vibrando con intensidad. Su luminosidad amarilla segu¨ªa brillando con fuerza, iluminando incluso el aire a mi alrededor. Mis dedos se entumecieron por la presi¨®n; era como si todo el arroyo quisiera converger en m¨ª. "?Q-Qu¨¦ hago? ?Sigo?" Pregunt¨¦ al aire, algo nervioso, pero ninguna de las dos parec¨ªa estar prestando atenci¨®n a lo que suced¨ªa en el agua. Jam¨¢s hab¨ªa experimentado algo tan sin sentido como esto... De un momento a otro, las part¨ªculas comenzaron a cambiar de color, pasando de amarillo a un suave rosa que irradiaba una calidez extra?a hacia mi cuerpo. ?Era amor? Mi mam¨¢ se levant¨® y se alej¨® un poco de la escena, apoy¨¢ndose contra un ¨¢rbol. "?Ahhh! ?Ya c¨¢llense! ?Ya dejen de hablar tanto de Luciano!" Antes de que Mirella volara junto a ella, la detuve con un grito. "?Mirella, mir¨¢! ?Las part¨ªculas cambiaron de color!" Ella ya estaba en el aire cuando se dio la vuelta. "??Qu¨¦?! ?Eso es bueno?" "No tengo la m¨¢s m¨ªnima idea..." Mi mano, aunque rodeada por aquella energ¨ªa, no sent¨ªa dolor, sino una extra?a mezcla de cosquilleo y presi¨®n, como si estuvieran tratando de fusionarse conmigo. De pronto, el rosa dio paso a un negro profundo... Se sent¨ªa como algo malo, como si, por tan solo un instante, ellas fueran el enemigo. Sent¨ª un escalofr¨ªo recorrer mi columna. "?Son negras!" El negro no dur¨® mucho; en cuesti¨®n de segundos, el color volvi¨® al amarillo inicial, pero no se dispersaron. En su lugar, se movieron con una fuerza todav¨ªa mayor, envolviendo mi brazo y comenzando a cubrir todo mi cuerpo. Las part¨ªculas claramente no eran s¨®lidas, pero sent¨ªa el peso de su poder. A pesar de todo, una parte de m¨ª no pod¨ªa evitar sentirse emocionada. "?Luciano! ?Ellas est¨¢n subiendo m¨¢s r¨¢pido! ?Dime si est¨¢s bien!" "?Estoy m¨¢s que bien!" Respond¨ª mientras una sonrisa se formaba en el rostro. Al final me dej¨¦ caer sobre el pasto, dejando que ellas envolvieran el aire a mi alrededor. Creo que apenas pasaron unos segundos hasta que hubo un estallido de energ¨ªa desde mi pecho, como si una onda invisible hubiera sido liberada desde el centro de mi ser. Las part¨ªculas, en sincron¨ªa, fueron repelidas con fuerza hacia arriba, esparci¨¦ndose por el aire como si una fuerza invisible las hubiera expulsado. Quedaron flotando por un momento, cayendo como copos de nieve, antes de regresar al arroyo, calmadas y dispersas como si todo lo ocurrido nunca hubiese pasado. Dej¨¦ caer mi vista hacia un costado y vi a Mirella avanzando hasta apoyarse sobre mi pecho. "?Est¨¢s... bien?" "Yo..." Las palabras se quedaron trabadas en mi boca. No s¨¦ en qu¨¦ momento sucedi¨®, pero me encontraba jadeando con la lengua afuera. "S¨ª, estoy bien", contest¨¦ finalmente, recomponi¨¦ndome sobre el suelo. Luc¨ªa se acerc¨® tambale¨¢ndose. Todav¨ªa parec¨ªa mareada. "Hermano... eso fue raro", murmur¨®. "Las voces¡­ Ya no las escucho, como deber¨ªa ser". "Menos mal... Solo espero que esto no haya sido nada malo". Al final cargu¨¦ la serpiente muerta en mi hombro y volvimos a casa. Debo decir que estuvimos un poco callados los tres. Creo que fue un momento de demasiada confusi¨®n, porque cada uno estaba metido en una cosa distinta. Para colmo, Mirella y yo no escuchamos las voces y mi mam¨¢ no ve las part¨ªculas, as¨ª que fue un l¨ªo. Al menos Rundia y Rin no se molestaron tanto como yo pensaba. Me parece que m¨¢s que todo fue porque Mirella y yo podemos usar magia, y eso tranquiliza un poco con respecto a la seguridad de quienes nos acompa?an. *** Pas¨® un mes desde que recorrimos el misterioso arroyo hasta el final. Todav¨ªa me da un poco de repel¨²s el pensar en lo extra?o que fue todo ese momento a pesar de que lo disfrut¨¦ mientras suced¨ªa... Tampoco tiene l¨®gica que el agua de un arroyo se genere en un terreno llano, ?no? No creo volver ah¨ª por un buen tiempo. Lo importante es que en este preciso instante estamos transportando bayas de roclora rojas y moradas en uno de los recipientes de arcilla para plantarlas. No sin antes arar la tierra en el lugarcito ese donde quit¨¦ los ¨¢rboles. Cuando hablo de ''estamos'', es porque estoy junto a Tariq, Rin y Aya, los cuales habl¨¦ personalmente para que, con sus potencias f¨ªsicas, me ayuden en esto. Ayer ya hab¨ªa hecho tres azadones y un rastrillo, as¨ª que vamos a ver qu¨¦ tal. Llegamos al lugar y la tierra estaba h¨²meda y blandita despu¨¦s de la ¨²ltima lluvia. Creo que fue hace un d¨ªa y medio, as¨ª que por eso estoy aprovechando de hacer esto ahora. ¡°Bueno, empecemos con lo b¨¢sico¡±, dije sin perder mucho tiempo, levantando uno de los azadones de madera y piedra que hab¨ªa hecho. El mango de madera era lo suficientemente grueso para un buen agarre, pero no tan pesado como para ser inc¨®modo. Lo balance¨¦ un poco, mostrando c¨®mo se usaba. ¡°Esto se llam... Lo llam¨¦ azad¨®n. Es para romper la tierra y prepararla, y cr¨¦anme, funciona mucho mejor que hacerlo con las manos¡±. Rin tom¨® uno y lo examin¨® con curiosidad, pasando los dedos por la madera pulida. ¡°?Y dices que con esto es m¨¢s r¨¢pido que cavar con ramas o nuestras manos?¡± Pregunt¨®, inclinando la cabeza con una ceja levantada. "No es que sea m¨¢s r¨¢pido para cavar, sino que sirve para romper la tierra, como dije antes". Antes de que surgiera alguna pregunta, segu¨ª hablando. "La tierra se rompe para quitar todo lo que haya crecido antes. En este caso ser¨ªa el pasto. Entonces as¨ª podremos hacer crecer cosas nuevas". "Ahhh..." Se escuch¨® al un¨ªsono. Entonces tom¨¦ el rastrillo. ¡°Esto, en cambio, lo llamo rastrillo. Es para nivelar la tierra despu¨¦s de usar el azad¨®n. As¨ª las semillas tendr¨¢n una base pareja y suave para crecer.¡± Aya dio un paso adelante, con las manos juntas sobre su obi rojo. ¡°Luciano, ?por qu¨¦ la tierra necesita estar nivelada? Si las plantas son fuertes, ?no deber¨ªan poder crecer en cualquier lugar como en el bosque? Y aparte, ?qu¨¦ son las sem... semi...?¡± Ahhh... Aya no sabe qu¨¦ es porque nunca come frutas, ?no? Supongo que los dem¨¢s s¨ª saben el nombre. Sonre¨ª. ¡°No es que no puedan, pero al nivelar la tierra les das la mejor oportunidad. Es como cuando construimos la casa: necesit¨¢s un suelo firme para que no se derrumbe. Pens¨¢ en esto como darles a las plantas su mejor oportunidad de vivir. Y las semillas son¡­¡± Una nueva pregunta cort¨® mis palabras. ¡°??Plantas vivas¡­!? Entonces, ?son como nosotros?¡± ¡°Exacto¡±. Me acerqu¨¦ al recipiente de arcilla donde llev¨¢bamos las bayas de roclora. Agarr¨¦ una roja, redonda y jugosa... Bueno, realmente no deber¨ªa pensar as¨ª de ellas, porque se supone que no se pueden comer. La sostuve en alto para que todos la vieran. ¡°Esto es un fruto que nos brinda la naturaleza, pero dentro tiene una semilla. Es como¡­ la forma en la que las plantas tienen hijos¡±. Hoy deb¨ªa tener paciencia para responder como mejor pudiera sus preguntas, porque este era, probablemente, el comienzo de uno de los mayores avances para que se formara una civilizaci¨®n. Cap铆tulo 43: A cultivar la tierra. La baya en mi mano era peque?a, del tama?o de una cereza, y su superficie rojiza brillaba con una capa de humedad que parec¨ªa un roc¨ªo perpetuo. Todos estaban atentos mientras me miraban sacar un muy peque?o cuchillo de piedra que llevaba guardado en mi bolsita de hojas que colgaba a un costado de mi ropa. Lo hab¨ªa hecho hace poco para aprovechar el espacio vac¨ªo. ¡°Ahora voy a mostrarles algo interesante. Presten atenci¨®n porque esta es la clave de todo lo que estamos haciendo ac¨¢¡±. Us¨¦ el cuchillo y, con cuidado, cort¨¦ la baya por la mitad. La pulpa era transl¨²cida, casi como un gel, y en el centro se ve¨ªa la semilla: dura, redonda y de un color marr¨®n oscuro. Todos se acercaron un poco m¨¢s, pero todav¨ªa sin decir nada. ¡°Esa cosita dura en el medio es la semilla¡±, dije, levant¨¢ndola con cuidado para que la vieran. ¡°Esto es, literalmente... Bueno, supongamos que es el hijo de la planta. Si la plantamos en la tierra, le damos agua, sol y tiempo, eventualmente crecer¨¢ y se convertir¨¢ en una planta nueva, igual a la que dio esta fruta¡±. Y entonces surgi¨® la primera duda. Tariq fue el que comenz¨® a hablar mientras me quitaba la semilla de mis dedos. "?Y qu¨¦ tan seguro est¨¢s de que esto funciona?" ¡°Buena pregunta, Tariq¡±, respond¨ª, manteniendo un tono tranquilo. "Te voy a demostrar c¨®mo funciona. Pero primero, necesitamos entender que las plantas no son como nosotros, no se mueven ni hablan, pero viven y necesitan cuidados para crecer¡±. Aya levant¨® un poco una de sus manos, sus largas u?as blancas reluciendo bajo la luz del sol. ¡°?C¨®mo las cuidamos, Luciano? Si no se mueven, ?c¨®mo sabemos qu¨¦ necesitan?¡± ¡°Bueno, las plantas necesitan cosas b¨¢sicas. Piensen en ellas como una familia. Primero, necesitan una casa, que es la tierra. Es por eso que rompemos y preparamos el suelo. Segundo, necesitan comida, que es el agua. Las ra¨ªces, que son como los pies de la semilla, la beben desde abajo, como si estuvieran tomando sorbos. Y tercero, necesitan luz, que viene del sol. Es como su energ¨ªa¡±. ¡°Entonces, ?la tierra, el agua y el sol son como una madre, un padre y un amigo para ellas?¡± Esa analog¨ªa era perfecta. ¡°Exacto, Aya. Lo explicaste mejor que yo. Cada parte de lo que hacemos aqu¨ª es para que las plantas tengan su familia lista para ayudarlas a crecer fuertes¡±. "Mirella se pondr¨ªa feliz al escuchar todo esto". "S¨ª..." Rin, que hasta ahora se hab¨ªa mantenido callado, se apoy¨® un poco m¨¢s sobre el mango del azad¨®n, claramente curioso. "?C¨®mo sabes todo eso, Luciano? Lo dices como si lo hubieras visto todo antes". Su pregunta no me agarr¨® desprevenido. De hecho, ¨²ltimamente tengo en cuenta que este tipo de preguntas pueden llegar a surgir, as¨ª que tengo una historia inventada para cada cosa nueva. "Bueno, no es que sea un experto ni nada", empec¨¦, tratando de sonar casual. "Pero hace tiempo, cuando estaba explorando con Mirella, pas¨® algo que me dej¨® pensando". La mirada de Rin era expectante, como si intentara analizar si mi historia era real. No s¨¦ por qu¨¦, pero me sent¨¦ con las piernas cruzadas sobre el suelo, como si ese gesto me ayudara a generar m¨¢s confianza. "Resulta que un d¨ªa estaba comiendo una fruta en el bosque... una mandarina que estaba especialmente jugosa". Me inclin¨¦ un poco hacia adelante, bajando la voz como si fuera a contar un secreto. "Mientras caminaba", hice el movimiento de avanzar con dos dedos de la mano, "se me cay¨® una de las semillas sin darme cuenta. No le prest¨¦ atenci¨®n y segu¨ª mi camino, obviamente". Me levant¨¦, intentando desviar un poco la atenci¨®n con mis movimientos. "Despu¨¦s de un tiempo, cuando pas¨¦ por ese mismo lugar mucho tiempo m¨¢s tarde, me encontr¨¦ con un ¨¢rbol peque?o. Pens¨¦ que era solo una coincidencia, pero cuando me acerqu¨¦, vi que ten¨ªa el mismo tipo de frutas. Ah¨ª fue cuando me di cuenta: la semilla que hab¨ªa dejado atr¨¢s hab¨ªa crecido y se hab¨ªa convertido en ese ¨¢rbol". Hice una pausa para darle dramatismo, observando sus reacciones. Tariq miraba hacia el bosque como si intentara imaginarse el proceso, mientras que Aya parec¨ªa completamente encantada con la historia. Rin, por su parte, a¨²n estaba apoyado con las manos sobre el azad¨®n, claramente analizando cada palabra. "As¨ª que, t¨¦cnicamente, no hay mucho m¨¢s que eso", a?ad¨ª, tratando de sonar humilde. "Pero vi que funcionaba. Y si un ¨¢rbol puede crecer de esa forma, estoy seguro de que podemos hacerlo con otras plantas tambi¨¦n, como la roclora". Rin finalmente asinti¨®, aunque parec¨ªa seguir un poco esc¨¦ptico. "Hmm. Supongo que tiene sentido. Aunque parece que se necesita mucha paciencia". "S¨ª. Cultivar cosas no es r¨¢pido, pero vale la pena. Imaginate tener comida a mano sin tener que ir a buscar lejos. Podr¨ªa cambiar muchas cosas". Aya se?al¨® el suelo bajo nuestros pies. "?Entonces vamos a poner la semilla?" De pronto, Tariq la tir¨® al suelo. "Listo". Sacud¨ª las manos de un lado a otro. "No, no, no. Recuerden que primero hay que preparar el suelo". "Ahhh..." "Para eso los traje ac¨¢. Ustedes son los que m¨¢s me pueden ayudar con su fuerza f¨ªsica". Tom¨¦ uno de los tres azadones. "Esto se hace... ?As¨ª!" Elev¨¦ mi tono de voz cuando clav¨¦ el filo contra la tierra, llev¨¢ndose un poco de pasto consigo. "Bueno, m¨¢s o menos es la idea... Hay que romper todo el suelo de esa forma". Tom¨¦ el azad¨®n m¨¢s firme esta vez y comenc¨¦ a romper la tierra con movimientos controlados y no muy fuertes. La herramienta funcionaba sorprendentemente bien; la tierra h¨²meda se deshac¨ªa con relativa facilidad, dejando un terreno m¨¢s uniforme. Los dem¨¢s me miraban con atenci¨®n, y despu¨¦s de un par de golpes, Rin tom¨® su propio azad¨®n y comenz¨® a imitar mis movimientos. Su t¨¦cnica era m¨¢s brusca, pero eficiente. "Eso es, pap¨¢. No te preocupes si no es perfecto. Lo importante es que el suelo quede suelto". Tariq tambi¨¦n se uni¨®. Cada vez que golpeaba el suelo, miraba alrededor como si esperara que algo interesante ocurriera de inmediato. Aya, en cambio, estaba m¨¢s interesada en el rastrillo. "?Puedo usar esto?" Pregunt¨®, ya sosteni¨¦ndolo con ambas manos. "Eso va al ¨²ltimo, primero us¨¢ esto". Le entregu¨¦ mi azad¨®n en intercambio por el rastrillo. Aya tom¨® el azad¨®n con firmeza, como si temiera que la herramienta se le escapara de las manos. Ella comenz¨® a trabajar con movimientos delicados, casi elegantes, aunque no tan efectivos como los de Rin o Tariq. Su yukata blanco se agitaba ligeramente mientras levantaba y bajaba el azad¨®n, y su expresi¨®n era de concentraci¨®n absoluta. ¡°?As¨ª est¨¢ bien?¡± Pregunt¨®, levantando la vista hacia m¨ª con un ligero movimiento de sus orejas blancas. "Est¨¢s mejorando, pero no tengas miedo de golpear m¨¢s fuerte. Esto no se trata de ser sutil, Aya. Necesitamos que la tierra se rompa bien". "Lo intentar¨¦, pero no s¨¦ si tengo la fuerza suficiente para esto..." ?Que no va a tener fuerza suficiente? Pfff... No se da cuenta de que es la m¨¢s fuerte del grupo. "Imaginate que en este momento los gnomos est¨¢n ah¨ª abajo y vos ten¨¦s la oportunidad de..." De pronto ella levant¨® la herramienta hacia arriba y la baj¨® con todo. El golpe fue tan fuerte que toda la tierra blanda salt¨® contra ella. "Creo que Aya se pas¨® un poquito", coment¨® Rin. Sus orejas blancas se hicieron hacia atr¨¢s, y sus labios se curvaron en una sonrisa. "Eso estuvo mejor, ?no?" Dijo mientras se limpiaba con el dorso de la mano un poco de barro que hab¨ªa salpicado en su mejilla. Su yukata blanco ya no estaba tan impecable; ten¨ªa manchas de tierra h¨²meda junto con pasto en las mangas y en el dobladillo. "Mejor que antes, eso seguro", respond¨ª, intentando contener una sonrisa. "Aunque creo que ahora la tierra est¨¢ m¨¢s en tu ropa que en el suelo". "?Eso no importa!" Aya levant¨® el ment¨®n, inflando ligeramente el pecho. "Si romper la tierra de esta manera es lo que se necesita, seguir¨¦ haci¨¦ndolo. ?Me acostumbrar¨¦!" ?Se emocion¨® o se enoj¨® por el ejemplo que puse? "Est¨¢ bien, sigan trabajando duro". Me qued¨¦ apoyado con el ment¨®n sobre el mango del rastrillo. El sol estaba alto en el cielo, y el calor empezaba a hacerse sentir. La luz se reflejaba en la piel blanca de Aya y en su cabello, haciendo que pareciera brillar. El sudor le perlaba la frente, y el yukata comenzaba a pegarse a su figura. Pero ella no se detuvo. "Luciano, ?qu¨¦ miras?" Su voz me sac¨® de mis pensamientos. Me di cuenta de que hab¨ªa estado observ¨¢ndola fijamente, quiz¨¢s por demasiado tiempo. "Solo me aseguro de que no te vayas a rendir. Aunque parece que vas a necesitar un ba?o despu¨¦s de esto". Ella se detuvo un momento, apoyando el azad¨®n en el suelo, y me mir¨® directamente. "No me voy a rendir. Puedo con esto, aunque me ensucie todo el cuerpo. ?O acaso dudas de m¨ª?" "No, no dudo. Pero tampoco me sorprender¨ªa que terminaras cubri¨¦ndote de tierra de pies a cabeza a este ritmo", brome¨¦. "Entonces, cuando termine de usar el azzz... azadad..." Se trab¨®. "Simplemente me lavar¨¦ en el arroyo. No ser¨¢ la primera vez que me ensucio tanto". Volvi¨® a levantar la herramienta primitiva con renovado entusiasmo. "Se dice azad¨®n". "S¨ª, eso..." Mientras tanto, me puse a sacar algunas semillas de las bayas. Al rato, Rin se tom¨® un descanso y se puso a mi lado. "Luciano, ?no crees que esta ser¨ªa una buena cosa para salir a recolectar comida?" ?Acaso ¨¦l estaba comenzando a verle una segunda utilidad a las cosas? "?Y exactamente c¨®mo te la imagin¨¢s us¨¢ndola?" "Bueno, eh... Me imagino que podr¨ªa llegar a romper cosas, como las ramas donde est¨¢n las mandarinas". Je. "Entonces hacelo". "?Entonces esta cosa es m¨ªa ahora?" "S¨ª". "?Y puedo probar eso ahora?" "No, porque no terminamos". "Lo har¨¦ despu¨¦s. Ir¨¦ con Rundia". "?Creo que ya casi terminamos esta parte!" Exclam¨® Tariq, enderez¨¢ndose con una mueca de satisfacci¨®n y sec¨¢ndose la frente con el brazo. "Muy bien, Tariq", contest¨® Rn mientras se acercaba a ver el terreno. "Parece que ya est¨¢". "Luciano", dijo Aya de repente, levantando la vista hacia m¨ª luego de haber clavado el filo del azad¨®n contra la tierra arrasada. "?Qu¨¦ sigue despu¨¦s de esto? ?Hay m¨¢s cosas m¨¢gicas que nos ense?es a usar?" "Primero, Aya, no son m¨¢gicas solo por haberlas creado con magia. Y segundo, despu¨¦s de romper la tierra, tenemos que quitar el pasto sobrante y nivelar el suelo. Para eso se usa esto". Levant¨¦ el rastrillo que estaba apoyado contra mi pierna y lo gir¨¦ para mostr¨¢rselo. "Rast... rasti..." Aya entrecerr¨® los ojos, luchando con la palabra. Por alguna raz¨®n, a ella le costaba pronunciar una palabra nueva por primera vez a pesar de tener una buena memoria. "Rastrillo", la correg¨ª, intentando mantenerme serio. "Eso mismo. ?C¨®mo funciona?" "F¨¢cil", respond¨ª mientras le hac¨ªa se?as para que se acercara. "Sostenelo de esta forma, con ambas manos, y lo arrastr¨¢s por el suelo hacia vos. La idea es que juntes lo que sobra, como el pasto o las piedras, y al mismo tiempo, nivel¨¢s la tierra para que quede m¨¢s lisa". Aya dej¨® el azad¨®n con cuidado y se coloc¨® frente a m¨ª. Tom¨® el rastrillo, imitando mis movimientos mientras yo le mostraba c¨®mo usarlo. Sus manos eran firmes, pero hab¨ªa algo torpe en sus gestos, como si la herramienta estuviera en conflicto con su elegancia natural. "?As¨ª est¨¢ bien?" Pregunt¨® despu¨¦s de un par de intentos, gir¨¢ndose para mirarme. "Vas bien, pero movelo con m¨¢s fluidez, no lo levantes tanto del suelo". Me coloqu¨¦ a su lado y agarr¨¦ el mango junto a sus manos para guiarla. "Mir¨¢, hacelo as¨ª..." Aya asinti¨® y sus orejas se movieron ligeramente hacia los costados. If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.Ella sigui¨® mis indicaciones, esta vez con m¨¢s precisi¨®n. Poco a poco, el suelo comenz¨® a lucir m¨¢s limpio y parejo. "Estas cosas son geniales", coment¨® Tariq mientras quitaba el azad¨®n que Aya hab¨ªa dejado clavado. "?Ya entiendo!" Exclam¨® la mujer zorro y me apart¨® con suavidad para seguir haci¨¦ndolo sola. "Esto es incluso m¨¢s f¨¢cil que el azad¨®n". Cuando finalmente terminamos, el ¨¢rea luc¨ªa mucho mejor. Hab¨ªamos removido las malas hierbas y el suelo estaba listo para plantar lo que fuera que decidiera crecer ah¨ª. Aya dej¨® el rastrillo tirado en el piso y se sacudi¨® las manos. Su yukata estaba completamente cubierto de tierra, y un pedazo de pasto hab¨ªa quedado atrapado en su cabello blanco. "Voy a lavarme al arroyo", anunci¨®, sacudi¨¦ndose un poco m¨¢s. "?Pero no vas a quedarte para poner las semillas?" "?Ah, cierto!" Recog¨ª las semillas que hab¨ªa estado separando: cinco de las rojas y cinco de las moradas. "Miren, s¨¦ que les debe parecer un poco absurdo el querer tener bayas que dicen no ser comestibles, pero, como siempre les digo, hay una segunda utilidad para todas las cosas". "?Quieres copiar a los... gnomos?" Pregunt¨® Aya con un tono no muy amigable. "S¨ª", respond¨ª y mir¨¦ a los otros dos. "Los gnomos nos mostraron que ellos usan el jugo de las bayas para darle color a las cosas. Por ejemplo, ellos le dieron color a parte de su ropa de color rojo. Eso se llama pintar... Me lo dijeron ellos". Antes de que pudiera responder, Aya se dio media vuelta. Sus colas blancas se mov¨ªan de manera err¨¢tica. "Creo que ser¨¢ mejor que me vaya al arroyo". "Pero Aya..." Su andar fue tan r¨¢pido que ya se hab¨ªa metido al bosque antes de que pudiera formar una frase. "?Hay alg¨²n problema con ella?" Pregunt¨® Rin. "Me equivoqu¨¦ al hablar sobre los gnomos. A ella no le cae bien". "Ah, los gnomos... Hace mucho tiempo que no los veo". "Ellos destruyeron la cueva de mi familia", acot¨® Tariq. "Eso me dijeron mis hermanos". "S¨ª... Los gnomos tuvieron un momento donde eran un poco molestos". Nos quedamos unos segundos en silencio en donde yo no sab¨ªa si ir a buscar a Aya o seguir. "Pero no se preocupen por eso ahora, vamos a ponernos con las semillas". Las sostuve en mis manos unos segundos antes de repartirlas entre Rin y Tariq. La tensi¨®n en el ambiente por la reacci¨®n de Aya todav¨ªa estaba presente, pero trat¨¦ de enfocarme en la tarea. "Vamos a hacer esto bien", dije, se?alando el terreno ya limpio. "Las semillas para las bayas rojas, que son las que ten¨¦s vos, pap¨¢, las plantamos en esta fila de ac¨¢, y las moradas en la siguiente, dejando algo de espacio entre cada semilla. No queremos que se estorben cuando crezcan". Tariq asinti¨®, inclin¨¢ndose hacia adelante con una sonrisa ansiosa. "?Cu¨¢nto espacio dejamos entre una y otra?" "Unos dos pasos entre cada una deber¨ªan ser suficientes. Despu¨¦s, las cubrimos con tierra". Rin examin¨® las semillas que le hab¨ªa entregado, rod¨¢ndolas entre sus dedos con cuidado. "?Y estas bayas¡­ cu¨¢nto tiempo tardar¨¢n en crecer?" "Perd¨®n, pero no tengo idea de eso". "Ah... No hay problema". Me agach¨¦ al costado de la tierra que hab¨ªamos preparado. "Hagan un huequito en el suelo con un dedo y pongan la semilla dentro", dije mientras segu¨ªa los pasos de mis palabras. Tariq empez¨® a imitarme, usando sus dedos para cavar en la fila asignada a las semillas de las bayas moradas. Luego dio dos pasos e hizo otro hueco en el suelo. Cuando terminamos de plantar las semillas, me enderec¨¦ y sacud¨ª las manos para quitarme la tierra. Tariq y Rin estaban agachados, terminando de tapar las semillas por encima. El terreno empezaba a tomar forma, y no pude evitar sentir una leve satisfacci¨®n al ver lo que hab¨ªamos hecho. Aunque esto no era m¨¢s que el inicio, y era muy peque?o, al menos era un paso hacia un futuro m¨¢s organizado para nosotros. "Bien, creo que eso es todo por hoy", dije mientras observaba el trabajo terminado. "Solo queda esperar a ver si estas cosas deciden crecer". Tariq se ve¨ªa algo dubitativo. "?No falta por hacer algo m¨¢s?" "S¨ª, el agua, pero la tierra ya est¨¢ bastante h¨²meda como para que la mojemos m¨¢s". "?Y eso ser¨ªa malo?" "S¨ª". "?Y no vamos a poner semillas de mandarina?" Pregunt¨® Rin. "Es una opci¨®n, pero como crecen en ¨¢rboles, ser¨ªa un poco complicado. Por el espacio digo". "Est¨¢ bien. Yo voy a buscar a Rundia, as¨ª pruebo eso que te dije". Tomando el azad¨®n entre sus manos, pas¨® por mi lado. "?T¨² qu¨¦ vas a hacer?" "Voy a ver que Aya no se haya enfadado conmigo". "Pero ella siempre nos dice que se lava sola". "Pero esto es algo importante. Solo vamos a hablar y aclarar las cosas". Lo bueno era que en este mundo a la gente no le importaba si la ve¨ªan desnuda o no. "Est¨¢ bien, pero no est¨¦s tanto tiempo solo, ?s¨ª?" "S¨ª, pap¨¢". Me desped¨ª de Tariq, acomod¨¦ un poco las tres herramientas que quedaron junto al recipiente de arcilla y tom¨¦ el mismo camino que Aya. Hab¨ªa sentido su reacci¨®n cuando habl¨¦ de los gnomos, c¨®mo su rostro hab¨ªa cambiado, tenso y distante. Algo en mi interior me dec¨ªa que no pod¨ªa dejar esto as¨ª. Ten¨ªa que asegurarme de que estuviera bien, aunque no tuviera idea de c¨®mo abordarla. Aya ten¨ªa un o¨ªdo fino y un olfato mucho m¨¢s desarrollado que cualquiera de nosotros. No hab¨ªa forma de que no supiera que me acercaba. Entonces la vi de espaldas a m¨ª, sentada con las piernas sobre el agua del arroyo. Su yukata, siempre impecable y ajustado, colgaba de una rama cercana, dejando su cuerpo completamente desnudo bajo la luz tenue que se filtraba entre las hojas. Era la primera vez que ve¨ªa toda su piel al descubierto, tan p¨¢lida y lisa, como si fuera de porcelana. Las cinco colas que normalmente adornaban su figura ni siquiera se mov¨ªan. "Luciano", dijo, sin siquiera voltear. Su voz era tranquila, casi como si hubiera estado esper¨¢ndome. "Perd¨®n por venir a molestarte. No quer¨ªa que est¨¦s enojada conmigo", respond¨ª mientras avanzaba hacia ella a trav¨¦s de la hierba alta. Aya se gir¨® ligeramente, lo suficiente para que pudiera ver el perfil de su rostro. Una sonrisa apenas perceptible curv¨® sus labios. "Con tu aroma, es imposible no saberlo... Y no estoy enojada contigo". Me arrodill¨¦ a unos metros detr¨¢s de ella, poniendo mis manos cerradas sobre mis muslos. "?Entonces est¨¢s enojada con los gnomos?" Las gotas de agua en su piel brillaban a la luz del sol, resbalando lentamente por su espalda. "Un poco s¨ª. Aunque bueno, esa es solo una parte de lo que me hizo estar molesta". Aya se gir¨® completamente hacia m¨ª, aunque sus colas hicieron un movimiento r¨¢pido, cubriendo estrat¨¦gicamente partes de su cuerpo. "Cada vez que recuerdo el santuario, me acuerdo de lo sola que estaba en ese tiempo". ?Entonces no tiene tan buenos recuerdos de ese lugar? "Lo entiendo", respond¨ª, mi voz m¨¢s baja de lo habitual. "Debi¨® ser muy dif¨ªcil para vos estar ah¨ª todo ese tiempo... sola". Aya suspir¨®, alzando una mano para apartar un mech¨®n de su cabello blanco que ca¨ªa sobre su rostro. "Ah¨ª vienen Mirella y las dem¨¢s..." Comenz¨® diciendo, se?alando a su derecha. "Por favor, no quiero que me vean as¨ª". "Est¨¢ bien", respond¨ª mientras me levantaba r¨¢pidamente. "Por cierto, no quiero que pienses que vine a espiarte". "Claro que no". "Nos vemos m¨¢s tarde". Me acerqu¨¦ a la direcci¨®n que Aya hab¨ªa se?alado, procurando hacer ruido para que Mirella y las gemelas notaran mi presencia antes de llegar al arroyo. Al verlas aproximarse, levant¨¦ una mano en se?al de saludo y me dirig¨ª hacia ellas con una sonrisa. "?Hola! ?C¨®mo est¨¢n? Justo ven¨ªa a buscarlas", improvis¨¦, intentando desviar su atenci¨®n. Mirella me mir¨® con curiosidad. "?Ah, s¨ª? ?Para qu¨¦?" "Quiero mostrarles c¨®mo plantamos las semillas". "?Eso que quer¨ªas hacer sin m¨ª?" "Vamos, Mirella..." "?Era una broma!" Se puso a re¨ªr forzadamente mientras las gemelas la miraban con cara extra?a. Lo bueno es que despu¨¦s de eso Aya volvi¨® a la normalidad. *** Los d¨ªas siguientes transcurrieron con una rutina que, aunque algo mon¨®tona, nos brindaba una sensaci¨®n de estabilidad. El primer mes, la peque?a huerta que hab¨ªamos iniciado comenz¨® a mostrar signos de vida. Las primeras semanas fueron de incertidumbre, pero pronto vimos brotes verdes asomando t¨ªmidamente a trav¨¦s de la tierra oscura. Cada ma?ana, despu¨¦s de desayunar algunas frutas con los dem¨¢s, me dirig¨ªa a la huerta para inspeccionar el progreso. Observaba c¨®mo las plantas crec¨ªan, algunas m¨¢s r¨¢pido que otras, y tomaba nota mental de sus avances. La satisfacci¨®n de verlas desarrollarse era indescriptible; en medio de la adversidad, hab¨ªamos logrado crear algo con nuestras propias manos. Mand¨¦ a Tariq, Rin, Rundia y Mirella a buscar m¨¢s cosas por los alrededores, especialmente semillas o frutos a los cuales no hayan prestado atenci¨®n antes. Hasta ahora no hab¨ªan tra¨ªdo nada diferente, pero el simple hecho de explorar de ese modo nos manten¨ªa activos. Poco despu¨¦s, el segundo grupo de investigaci¨®n fue formado por Anya y Aya, las cuales s¨ª tuvieron ¨¦xito. No me sorprendi¨®, ya que Anya era de las que m¨¢s conoc¨ªa c¨®mo moverse por esta zona. Lo que encontraron fueron tomates, pero no de esos que tienen forma aplastada como una mandarina, sino que estos eran los ovalados, los tomates perita. Despu¨¦s de examinarlos con cuidado y probar un peque?o mordisco, confirm¨¦ que eran comestibles, como en mi anterior mundo. ¡°Vamos a plantar estas semillas tambi¨¦n. Podr¨ªan ser nuestra primera gran adici¨®n¡±. C¨®mo me encantar¨ªa tener sal... Samira y Suminia los estaban tocando con un dedo. Ellas no participaban tanto de las plantaciones, ya que sol¨ªan estar cazando, pero les llamaba mucho la atenci¨®n el tener nuevas comidas. Todav¨ªa recuerdo que hace unos a?os ellas excavaban la tierra en busca de lombrices. "Yo una vez vi algo as¨ª, pero pens¨¦ que eran las bayas rojas", coment¨® Samira. Esta vez le toc¨® a Aya plantar las semillas de tomate. Decidimos que empezar con diez era mejor. *** El tiempo pas¨® r¨¢pido, y las plantas comenzaron a mostrar los primeros signos de vida al segundo mes. Los arbustos de bayas crec¨ªan robustos y erguidos, como si quisieran imitar a un pino. Era un espect¨¢culo esperanzador. Las bayas, parec¨ªan m¨¢s cercanas a convertirse en una realidad que a un simple experimento. Sin embargo, los tomates... bueno, ellos a¨²n se resist¨ªan. No hab¨ªa se?ales de brotes, y cada vez que revisaba la parcela, me encontraba con la misma tierra desnuda y aparentemente inm¨®vil. Suspir¨¦, mirando el lugar donde los hab¨ªa sembrado. ?Habr¨¦ hecho algo mal? Me pregunt¨¦ mientras revolv¨ªa la tierra ligeramente con un palo para airearla un poco. A pesar de mis conocimientos del viejo mundo, la pr¨¢ctica aqu¨ª era una historia diferente. Fue entonces cuando Rin se me acerc¨®, con el azad¨®n al hombro. "Luciano, creo que el azad¨®n no sirve para recolectar frutas. Ya intent¨¦ muchas veces, pero termino haciendo un desastre y algunas mandarinas se rompen". A pesar de que no pensaba que en este momento me dijera eso, me hizo acordar que todav¨ªa no hab¨ªa empezado a hacerles crear sus propias herramientas primitivas. "Pap¨¢, tal vez necesites una cosa diferente para eso. No te preocupes, ya voy a ver qu¨¦ hago". "Est¨¢ bien", respondi¨® mientras dejaba la herramienta en el suelo. "?Y c¨®mo van los tomates? Estaban ricos los que comimos". "Se ve que les falta un poco de tiempo". "Bueno, av¨ªsame si necesitas m¨¢s ayuda con eso... ¨²ltimamente tengo bastante tiempo libre". "S¨ª, yo te aviso cualquier cosa". Hoy deb¨ªa ense?ar a Tariq a fabricar armas primitivas. No pod¨ªa postergarlo m¨¢s. En un mundo como este, depender exclusivamente de herramientas hechas por m¨ª no era suficiente. Necesit¨¢bamos algo m¨¢s... primitivo, algo que saliera hecho de sus propias manos, como los recipientes hechos de arcilla. Por cierto, mi mam¨¢ se puso a crear floreros de arcilla que puso en su cuarto. Le dije que podr¨ªamos pintarlo con las bayas y ella me dijo que lo hagamos juntos, as¨ª que tengo eso pendiente. Esa misma tarde, junto a Mirella, fui a buscar a Tariq. Lo encontr¨¦ sentado en la costa, limpiando unas pieles. Su mirada era distante, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos. Me acerqu¨¦ con un saludo. "Tariq, ?ten¨¦s un momento?" ¨¦l levant¨® la vista, parpadeando un par de veces antes de asentir. "Claro, ?qu¨¦ necesitas, Luciano?" ¨¦l se qued¨® mirando las tres cosas que tra¨ªa en mi mano. Mientras Mirella se puso a flotar sobre el agua, me sent¨¦ junto a mi vecino. "Pens¨¦ que tal vez te gustar¨ªa empezar a crear cosas para cazar. Como las que yo hago con magia". "?Con arcilla?" "?Claro que no!" Grit¨® Mirella mientras se re¨ªa y nos tiraba algunas gotitas de agua con sus pies. "?Y entonces c¨®mo las voy a hacer?" ¨¦l dej¨® las pieles a un lado. "Con madera, piedra y enredaderas", respond¨ª. "Quiero que aprendamos todos a fabricar un hacha. Esto", le mostr¨¦ una piedra que hab¨ªa tra¨ªdo junto a m¨ª, "ser¨¢ el filo. Solo necesitamos un buen palo como este", le mostr¨¦ un palo grueso que tra¨ªa en mi otra mano, "y m¨¢s o menos estar¨ªa listo, terminando en algo parecido a esto". Un¨ª las dos cosas con magia, formando un hacha. "Un hacha sirve para cortar cosas... Como madera, principalmente". Sin pedir permiso, ¨¦l la tom¨® del mango. "?No era para cazar?" "Tambi¨¦n pod¨¦s cortar carne". "Pero no parece muy grande". "?Solo hazle caso!" Volvi¨® a gritar Mirella. "Bueno, supongo que ustedes tienen raz¨®n. Por lo general, las cosas que Luciano hace salen bien", respondi¨® mientras me la devolv¨ªa. Con una sonrisa de complicidad, desarm¨¦ el hacha que hab¨ªa formado con magia. La piedra cay¨® al suelo, mientras que el palo qued¨® desnudo en mis manos. Era importante que Tariq aprendiera desde cero, sin depender de mis habilidades m¨¢gicas. Luego, ¨¦l expandir¨ªa sus conocimientos hacia los dem¨¢s. ¡°Vamos a hacerlo como se debe¡±, dije, recogiendo la piedra. ¡°Lo primero que hay que hacer es elegir una piedra con punta, como esta. Tiene que ser resistente, no cualquier piedra sirve¡±, expliqu¨¦, sosteniendo la piedra frente a ¨¦l. ¡°Despu¨¦s, el palo debe ser grueso, pero lo suficientemente ligero para manejarlo sin problemas. Este que traje funciona bien". ¨¦l lo examin¨®, pas¨¢ndolo de una mano a otra, como si intentara sentir su peso y equilibrio. Asinti¨® lentamente. ¡°?Y luego qu¨¦?¡± Pregunt¨® y me lo devolvi¨®. "Tenemos que meter la parte con punta de la piedra contra el palo", contest¨¦ mientras se?alaba la parte puntiaguda de la piedra. Puse el palo en la arena y lo sostuve con mis dos pies, uno de cada lado. Luego de eso pens¨¦ en empotrarla con toda contra el palo, pero ser¨ªa un poco peligroso para que los dem¨¢s lo replicaran, as¨ª que con magia extraje un poco de piedra de debajo del suelo. "?Wow!" Exclam¨® Mirella. "?Cierto que Luciano es incre¨ªble, Tariq?" "Uhmmm..." "?Di que s¨ª!" "Bueno, es que todav¨ªa no lo vi cazar". Antes de que Mirella le respondiera, hice ruido golpeando varias veces una piedra contra la otra, para as¨ª clavarla contra el palo. "Listo... Deber¨ªa quedar algo as¨ª". "A ver..." Tariq quiso sacarme el hacha, pero la sostuve fuertemente. ¡°Esperate, todav¨ªa no est¨¢. Luego de esto viene la parte importante: asegurarse de que la piedra quede fija al palo. Usamos enredaderas para eso. Mir¨¢, hay que enrollarlas en forma de ¡®X¡¯ alrededor de la uni¨®n¡±. Tom¨¦ del suelo una de las enredaderas que hab¨ªa tra¨ªdo. ¡°Hay que tensarla bien, porque si queda floja, se va a desprender en el primer golpe¡±. "?Qu¨¦ es equis?" Mierda, no me hab¨ªa dado cuenta de eso. Al menos ahora s¨¦ que no saben las letras. "Eh... Es una forma de decir que tengo yo". "?Y c¨®mo se hace? Quiero que lo hagas t¨² primero para verlo". "As¨ª, mir¨¢". Comenc¨¦ a pasar la enredadera por las esquinas opuestas que se formaban entre piedra y madera. Luego de varias vueltas, la cort¨¦ con los dientes y volv¨ª a hacer lo mismo con el otro lado, quedando los dos tramos de enredaderas en perpendicular. "Listo. Ahora es tu turno de probarla". "?Y para qu¨¦ era que serv¨ªa?" "Para cortar cosas. Ahora podr¨ªamos probar con madera". "Est¨¢ bien". Tariq tom¨® el hacha con cierta curiosidad, gir¨¢ndola entre sus manos para examinarla. Se par¨®, dejando atr¨¢s las pieles que estaba limpiando antes de que lleg¨¢ramos, y se enfoc¨® en un ¨¢rbol cercano. Camin¨® hacia ¨¦l y eligi¨® una rama baja y seca como objetivo. "?Crees que esto aguante?" Pregunt¨®, colocando el filo de la piedra contra la madera. "?Y as¨ª est¨¢ bien?" "Deber¨ªa. Dale con confianza que as¨ª est¨¢ bien". "?Vamos!" Apoy¨® Mirella. ¨¦l respir¨® profundo y alz¨® el hacha sobre su hombro. Con un movimiento decidido, la hizo descender hacia la rama. El impacto produjo un ruido, y aunque no la cort¨® por completo en el primer golpe, la madera mostr¨® una hendidura clara. Tariq sonri¨® por primera vez en todo el rato. "?Funciona!" Exclam¨®, golpeando de nuevo. Esta vez, la rama cedi¨® y cay¨® al suelo. "?Viste? No necesit¨¢s magia para crear herramientas ¨²tiles". "?Luciano es el mejor!" Tariq asinti¨®, mirando el hacha con un brillo nuevo en los ojos. "Esto podr¨ªa cambiar mucho. Si hago m¨¢s, podr¨ªamos usarlas para otras cosas, como cazar... Como t¨² dijiste". "Exacto. Pero quiero que intentes hacer una por tu cuenta. Tomate el tiempo que necesites y prob¨¢ con distintas piedras y palos. Si necesit¨¢s ayuda, pedime". "Lo intentar¨¦". Antes de irme, no pude evitar soltar una peque?a broma. "Ah, y otra cosa. Esa barba te hace parecer m¨¢s viejo de lo que sos. Quiz¨¢s deber¨ªas hablar con mi padre para que te muestre c¨®mo cortarte los pelos". ¨¦l se se?al¨® el ment¨®n. "?Hablas de esto?" "Obvio que s¨ª. Te queda muy mal". "Ah..." Nos despedimos y, mientras ¨¦l se alejaba con la intenci¨®n de volver a la orilla, junto a Mirella partimos rumbo a casa. La tranquilidad del lugar me invad¨ªa, pero hab¨ªa algo... Fue entonces cuando lo sent¨ª. El tiempo pareci¨® detenerse. Cada sonido, cada movimiento, incluso el viento que soplaba levemente, qued¨® suspendido en el aire como si alguien hubiera pulsado un bot¨®n de pausa en el universo. Mis pies estaban fijos en el suelo... No, todav¨ªa ten¨ªa uno en el aire. De repente, todo comenz¨® a rebobinarse. Los movimientos que hab¨ªa hecho Tariq para cortar la madera, lo que hice al atar la enredadera... Todo retrocedi¨®, todo. Mis manos repitieron las acciones al rev¨¦s con una precisi¨®n inquietante. La conversaci¨®n con Tariq se deshizo como si nunca hubiera ocurrido. Cuando el tiempo volvi¨® a avanzar con normalidad, estaba sentado exactamente en el momento en que hab¨ªa comenzado a atar el hacha. Un nudo se form¨® en mi est¨®mago. Sab¨ªa lo que significaba. ?Qui¨¦n hab¨ªa muerto? ?D¨®nde? ?Por qu¨¦? ?C¨®mo? ?L-Luc¨ªa...? ?Mi mam¨¢! Cap铆tulo 44: Derrota. Mi respiraci¨®n se aceler¨®, mi coraz¨®n palpitaba con fuerza como si quisiera salirse del pecho. El sudor, tan fr¨ªo como la par¨¢lisis del tiempo, me recorri¨® la frente mientras dejaba caer todo lo que ten¨ªa en las manos. No importaba nada m¨¢s. Luc¨ªa... Mi mam¨¢. Corr¨ª por la playa como un loco, sin detenerme ni un segundo a pensar en otra posibilidad. Ten¨ªa que llegar a casa. Ten¨ªa que verla, saber que estaba bien, que no hab¨ªa sido ella la que hab¨ªa muerto. El suelo bajo mis pies parec¨ªa desmoronarse con cada paso, pero me obligu¨¦ a seguir. Mi mente estaba atrapada en un remolino de pensamientos oscuros: ?Y si esto era tan solo un juego de Sariah? No... ?Y si ella hizo reencarnar a m¨¢s gente como yo, con sus recuerdos? Detr¨¢s de m¨ª se escuchaban gritos. No s¨¦ si eran de Tariq, de Mirella, o del que mierda fuera que estaba intentando detenerme. La casa apareci¨® en mi campo de visi¨®n como un faro en medio de la tormenta. Sin frenar, llegu¨¦ hasta la puerta y la abr¨ª de golpe, casi arranc¨¢ndola de sus bisagras. "??D¨®nde est¨¢ Luc¨ªa?!" Grit¨¦, con la voz rasposa por el esfuerzo y la ansiedad. Mis ojos recorrieron el interior como si buscaran una respuesta inmediata. Aya y Anya estaban sentadas en la mesa, mir¨¢ndome con sorpresa. Aya alz¨® una ceja, dejando unas hojas a un lado, mientras que Anya dio un respingo. "?Luciano? ?Qu¨¦ pasa contigo?" Pregunt¨® Aya, con su tono sereno habitual. "No tengo tiempo para explicaciones. ??D¨®nde est¨¢ mi hermana?!" Insist¨ª, avanzando hacia ellas con pasos r¨¢pidos. Mi mirada se mov¨ªa fren¨¦tica entre sus rostros. Anya se levant¨®, levantando las manos como para calmarme. "Espera, espera, Luciano. Tus padres se la llevaron. Salieron hace un rato a buscar m¨¢s comida nueva para plantar". "?Buscar comida...?" Repet¨ª, intentando procesar la informaci¨®n mientras mi respiraci¨®n segu¨ªa agitada. Rin hab¨ªa dicho que ten¨ªa mucho tiempo libre... "S¨ª, dijeron que volver¨ªan antes de que se hiciera tarde", a?adi¨® Aya, mir¨¢ndome con algo m¨¢s de seriedad. Mi mente segu¨ªa en blanco. El rebobinado del tiempo no era algo com¨²n. De hecho, era la primera vez que lo sent¨ªa, pero sab¨ªa que significaba peligro. La calma con la que hablaban solo hac¨ªa que mi desesperaci¨®n creciera m¨¢s. "?Qu¨¦ tan lejos fueron? ?Cu¨¢nto tiempo llevan fuera?" Empec¨¦ a sentir peque?os golpecitos en mi espalda. Era Mirella, que estaba intentando hablarme y no me gir¨¦ a verla. "Calma", insisti¨® Aya, poni¨¦ndose de pie con la gracia que siempre la caracterizaba. Sus orejas de zorro se movieron ligeramente mientras hablaba. "Dijeron que no se alejar¨ªan mucho, que solo ser¨ªa un rato. ?Por qu¨¦ tanta urgencia? ?Qu¨¦ est¨¢ pasando?" "No importa. Voy a buscarlos", solt¨¦, ignorando la pregunta. "Luciano, est¨¢s actuando raro", dijo Anya, cruz¨¢ndose de brazos. "?Qu¨¦ te pasa? ?El tonto te hizo algo?" Agarr¨¦ m¨¢s fuerte el picaporte mientras retroced¨ªa. "?No se les ocurra salir de casa hasta que yo regrese! ??Me escucharon!?" Al ver sus caras de sorpresa ante mis gritos, me di cuenta de que estaba demasiado exaltado con ellas. "Perd¨®n... Lo que quise decir es que existe la posibilidad de que afuera sea peligroso, as¨ª que les pido que se queden dentro de la barrera. Por favor. No se preocupen por m¨ª, Mirella me estar¨¢ cuidando, como siempre". Con esas palabras, tranqu¨¦ la puerta m¨¢s fuerte de lo que ten¨ªa pensado y apoy¨¦ la espalda sobre ella, soltando un suspiro. Mirella flotaba justo en frente de m¨ª. Su expresi¨®n era de preocupaci¨®n. "Luc..." Levant¨¦ una mano abierta, cortando sus palabras. "S¨ª, ya s¨¦ que mi reacci¨®n de hace un rato fue extra?a. Pero sent¨ª que algo no estaba bien con Luc¨ªa, as¨ª que debemos ir a buscarla al bosque. Es urgente... ?Vendr¨¢s conmigo?" "Sabes que yo siempre estar¨¦ a tu lado, ?verdad? Solo tienes que darme las ¨®rdenes". "Si lo dec¨ªs de esa manera, suena extra?o". "Solo dime y ya". Me pas¨¦ las dos manos por la cara, de arriba abajo. Luego me acomod¨¦ mi molesto y largo pelo por detr¨¢s de la oreja. "Est¨¢ bien... Nos vamos a meter dentro del bosque. Vos vas a ir por una direcci¨®n y yo por la otra, as¨ª dividiremos la b¨²squeda. Simplemente hay que encontrarlos y ver que est¨¦n bien, nada m¨¢s que eso". "?Pero no iba a protegerte?" "Vos solo haceme caso, ?s¨ª? Yo tambi¨¦n tengo magia y puedo defenderme solo". Ella se qued¨® mir¨¢ndome por unos segundos. No sab¨ªa si esperarla o arrancar a correr ya mismo. "?Est¨¢ bien! ?Lo haremos por Luc¨ªa!" Sin dejarme responderle, se fue a toda velocidad hacia la izquierda, donde estaba Tariq parado en medio de la playa. Le dijo algo de cerca y se meti¨® de lleno en el bosque. ¨¦l se fue rumbo a su casa cargando lo que todav¨ªa era un hacha a medio terminar. Luego debo disculparme. El bosque estaba ah¨ª, en frente de m¨ª, y me envolvi¨® tan pronto como cruc¨¦ su umbral. Pude sentir la mirada de Aya y Anya mir¨¢ndome por la ventana, pero no volte¨¦ a verlas. No pod¨ªa detenerme, ni siquiera para pensar con claridad. Mis pasos eran r¨¢pidos y ruidosos, aplastando ramas secas y hojas ca¨ªdas con cada zancada. En este momento agradec¨ª el haberme hecho un calzado. Mientras avanzaba, me empec¨¦ a autoconvencer de que Luc¨ªa no podr¨ªa haber sido la que muriera. Ella era inteligente y estaba siendo cuidada por mis dos padres en este mundo, aquellos que han sobrevivido a?os enteros cazando por su cuenta. No caer¨ªan ahora, menos teniendo armas m¨¢s avanzadas que en aquella ¨¦poca. Cada ¨¢rbol, cada roca cubierta de musgo, cada sombra parec¨ªa igual a la anterior. Mi respiraci¨®n era un caos, profunda y err¨¢tica, como si mis pulmones no pudieran decidir si necesitaban m¨¢s aire o si quer¨ªan colapsar. ?Y si Sariah eligi¨® a alguien m¨¢s para lograr su objetivo? No... No, no puede ser. Pero... ?Y si ella piensa que yo estoy avanzando demasiado lento? ?Por qu¨¦ siento este sentimiento extra?o en este momento? La pregunta me golpe¨® tan fuerte como una rama que no vi venir, rasgu?¨¢ndome la frente. Me llev¨¦ la mano al corte, pero no me detuve. Algo en mi interior ard¨ªa, un sentimiento que no lograba comprender del todo. Era como si... como si tuviera miedo de ser reemplazado. ?Reemplazado? ?Por qu¨¦? No soy el ¨²nico que Sariah pudo haber elegido, eso ya lo sab¨ªa... pero... ?Por qu¨¦ me duele pensar en eso? La idea de que otra persona pudiera ocupar mi lugar, pudiera ser especial para ella o para los dem¨¢s como lo era yo, me carcom¨ªa. No ten¨ªa sentido. Era rid¨ªculo. ?Acaso eran celos? El pensamiento me hizo tropezar, literalmente. Una ra¨ªz sobresaliente atrap¨® mi pie, y antes de darme cuenta, estaba en el suelo. Mi cara choc¨® contra la tierra h¨²meda, y sent¨ª el sabor feo del barro en mi boca. Me qued¨¦ ah¨ª por un momento, con los brazos extendidos y la frente contra el suelo, mientras mi pecho sub¨ªa y bajaba con violencia. ?Celos...? ?De qu¨¦? ?De alguien que ni siquiera s¨¦ si existe? ?De alguien que podr¨ªa haber sido elegido por Sariah? Me empuj¨¦ para sentarme y quitarme el barro de la cara, apoyando la espalda contra un ¨¢rbol cercano. Mi coraz¨®n segu¨ªa martillando dentro de mi pecho, y no pod¨ªa decir si era por el esfuerzo f¨ªsico o por las emociones que me invad¨ªan. Luc¨ªa es especial tambi¨¦n, lo s¨¦. Pero... ?Y si no es ella? ?Y si alguien m¨¢s fue elegido y yo simplemente fui... una opci¨®n temporal? El nudo en mi est¨®mago se apret¨® a¨²n m¨¢s. No ten¨ªa sentido. Sariah me eligi¨® por una raz¨®n. Tengo un prop¨®sito aqu¨ª. Pero... ?Qu¨¦ pasa si alguien m¨¢s puede hacerlo mejor que yo? Alguien m¨¢s capacitado, alguien m¨¢s capaz, alguien con m¨¢s experiencia en la vida. No... "?Qu¨¦ carajos me pasa?" Murmur¨¦ para m¨ª mismo. "?Por qu¨¦ estoy pensando estas cosas? Yo soy Luciano, el que ha hecho m¨¢s de lo que cualquiera ac¨¢ hubiera imaginado. Mold¨¦ la materia con mis propias manos, salv¨¦ vidas, enfrent¨¦ a seres m¨¢gicos y tambi¨¦n me hice amigo de ellos. ?Yo constru¨ª esto!" Y entonces me levant¨¦. La diosa no me hizo cobarde; me dio poder, amor y dominio propio. Es por eso que seguir¨¦ luchando, por ella, por ellos... Por m¨ª. Justo cuando di el primer paso, un sonido pesado y r¨ªtmico reson¨® a mi lado, como si algo enorme estuviera aplastando la tierra. Mi instinto me grit¨® que deb¨ªa correr, pero mis piernas se congelaron en el lugar. "Hola". La voz era fuerte, ronca, ¨¢spera, horrible... Pero por sobre todas las cosas, era una voz tan fuera de lo com¨²n que me hac¨ªa estremecer. Apenas me di la vuelta, la bestia se abalanz¨® contra m¨ª y, con una fuerza abrumadora, cerr¨® sus enormes manos alrededor de mis mu?ecas y me levant¨® como si no pesara nada y me empotr¨® contra un ¨¢rbol. La presi¨®n era insoportable, sus dedos eran como grilletes de hierro caliente que me quemaban la piel. Intent¨¦ forcejear, pero no hab¨ªa escapatoria. Cuando le vi la cara y el cuerpo, pude confirmar lo que m¨¢s me tem¨ªa: la bestia era el minotauro, el Rey Demonio. Lo que me sosten¨ªa era una masa de m¨²sculos y furia con pelaje marr¨®n oscuro. Sus cuernos eran curvados hacia dentro y le faltaba la mitad del izquierdo. Sus ojos, tan negros como el carb¨®n, se fijaron en m¨ª con una intensidad que me atraves¨® el alma. "Dije hola. ?No me escuchaste?" "?Soltame!" Grit¨¦, luchando por liberar mis brazos, pero ¨¦l simplemente me observ¨® con esa cara que se parec¨ªa a la de un toro, pero era un poco m¨¢s aplastada de lo que uno imaginar¨ªa. Realmente daba miedo. Mucho miedo. "?As¨ª que este eres t¨²? Desde lejos parec¨ªas m¨¢s peligroso". "?Eh?" "?As¨ª que t¨² eres el que va a salvar este mundo? D¨¦bil. Arrogante. Insignificante. Y encima lleno de dudas. No eres m¨¢s que un juguete para los caprichos de la est¨²pida diosa de este mundo, ?no es as¨ª?" El aire pareci¨® congelarse a mi alrededor, al igual que mi cuerpo. Me qued¨¦ inm¨®vil, sin siquiera intentar liberarme de su agarre. ?C¨®mo sab¨ªa sobre Sariah? ?Qui¨¦n era este tipo? ?Ella lo envi¨®? ?Es posible que tambi¨¦n venga de... mi mundo? El minotauro me sosten¨ªa con facilidad, como si no fuera m¨¢s que un mu?eco de trapo en sus manos. La presi¨®n en mis mu?ecas era insoportable, y sent¨ªa c¨®mo la corteza del ¨¢rbol detr¨¢s de m¨ª cruj¨ªa bajo la fuerza con la que me empujaba. Pero nada de eso importaba en ese momento. "Vamos, hombrecito. Di algo, ?no? ?No estabas tan motivado antes?" ?Por qu¨¦ me daba tanto miedo? ?Era por su fuerza, por su voz, por su cara o por el hecho de que hab¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas a su alrededor? Estaba claro que este tipo... Esta bestia era una creaci¨®n de Sariah, pero por alguna raz¨®n, ¨¦l estaba en contra de ella. Y como si eso fuera poco, ¨¦l sab¨ªa de su existencia. ¨¦l no cre¨ªa en un Dios llamado Ad¨¢n, como lo hac¨ªan la gente de este lugar, sino que estaba consciente de qui¨¦n era la verdadera entidad que nos observaba desde arriba. ?Y si era ¨¦l el que acababa de morir hace unos minutos? No, era imposible. No creo que hubiera alguien que pudiera hacerle frente. "Yo... Yo no entiendo c¨®mo es que conoces a Sariah". "?Sorprendido, hombrecito?" Su sonrisa se torci¨®, mostrando una fila de dientes amarillentos y afilados. "Oh, claro que lo est¨¢s. Todos los que hablan con ella deben pensar que tienen un prop¨®sito. Que son especiales. Pero la realidad es que solo son piezas desechables de alguien muy arrogante. ?O acaso crees que eres el ¨²nico al que le ofrecieron esa gran oportunidad?" "?Qu¨¦... qu¨¦ est¨¢s diciendo?" Logr¨¦ balbucear, aunque mi voz son¨® rota. "?Yo la rechac¨¦! ?La rechac¨¦ porque su propuesta era demasiado arrogante! ?Odio la gente que tiene el ego tan grande! ?Odio a la gente que se cree perfecta!" No le respond¨ª. En ese momento sent¨ª que el miedo se empezaba a transformar en ira. Sent¨ª que le estaban faltando el respeto, a ella y a m¨ª.If you stumble upon this tale on Amazon, it''s taken without the author''s consent. Report it. "No eres el primero. Ni ser¨¢s el ¨²ltimo. Esa diosa que tanto veneras... ?De verdad crees que solo tiene ojos para ti? ?Se cree superior y ni siquiera sabe qu¨¦ recuerdos dejar! ??Puedes creer que decid¨ª olvidar todo y ella se olvid¨® de borrar la charla que tuvimos!? ??Puedes creerlo!? ?La odio! ?Me gustar¨ªa poderla agarrar y hacerle as¨ª! ?As¨ª!" ¨¦l empez¨® a hacerme hacia delante y hacia atr¨¢s, golpeando todo mi cuerpo contra el tronco del ¨¢rbol. "?As¨ª! ??Y AS¨ª!! ??Quiero matarla!! ?Quiero encerrar su alma como lo hice con todos los dem¨¢s!" "?Ya c¨¢llate! ?Ya basta! ?No ten¨¦s idea de lo que est¨¢s hablando! ?No insultes a Sariah! ?No me insultes a m¨ª!" Grit¨¦ entre jadeos mientras mi espalda estaba siendo destruida poco a poco. Entonces el minotauro fren¨®. Por su horrible rostro apareci¨® una mirada de enojo. "?Qu¨¦ est¨¢s diciendo? ?Acaso crees que me estoy volviendo arrogante por hacer todo esto? Pero est¨¢ bien... De cierto modo estoy siendo cobarde al hacerle esto a alguien que no puede defenderse". ¨¦l me solt¨®, y en ese momento quise usar magia para transformar algo y matarlo, pero no pude. Mis manos no respond¨ªan, no se mov¨ªan. Cuando levant¨¦ la vista, ¨¦l se estaba yendo. "Crece y ven a visitarme a las llamas eternas. Estar¨¦ esper¨¢ndote para encerrar tu alma y la de tus dos amigas". Gir¨® la cabeza y me mir¨® por encima del hombro. "Y no se te ocurra escapar, porque te buscar¨¦ y te aseguro que lamentar¨¢s haber involucrado a m¨¢s personas de las necesarias". Me qued¨¦ ah¨ª, arrodillado en el sucio piso. Todav¨ªa temblando, pero con mucha ira contenida dentro de m¨ª. La furia me estaba carcomiendo. "?No soy insignificante! ??Me escuchaste!? ?Yo no soy insignificante y nunca lo ser¨¦!" No se detuvo ni un paso. Ni siquiera mir¨® hacia atr¨¢s. "?No huyas, maldito idiota! ?Maldito idiota! ?S¨ª, sos un cobarde! ?Un cobarde que se va a morir solo, porque yo...! ?Yo...! ??Yo te matar¨¦!!" "??Me escuchaste!? ??Me escuchaste!? ?No voy a permitir que le faltes el respeto a Sariah!" "Y si yo no te venzo... Ella tomar¨¢ venganza... Ella..." "?Ahhggg!" Un sollozo escap¨® de mi garganta por un rato largo, uno que no pude detener, uno que me quebr¨®. Mis manos, que se sent¨ªan como mu?ones, cayeron al suelo mientras l¨¢grimas calientes rodaban por mis mejillas y se mezclaban con la suciedad en mi rostro. No quer¨ªa admitirlo en voz alta, pero en ese momento me sent¨ª derrotado, humillado. Hab¨ªa perdido m¨¢s que una pelea f¨ªsica. Me hab¨ªan arrebatado mi dignidad... Un maldito minotauro. A pesar de haber perdido contra ¨¦l, nunca me dejar¨ªa enga?ar por sus horribles palabras. ?Qu¨¦ m¨¢s da si se equivoc¨® al modificar sus recuerdos? ?Qu¨¦ m¨¢s da si se equivoc¨® al reclamar la totalidad de mi alma? Realmente eso no me importaba; no iba a cambiar la imagen que tengo de ella, porque me dio la oportunidad de seguir viviendo, una y otra vez. Y no solo eso, sino que me dio la posibilidad de poder seguir compartiendo la vida junto a mi madre, y eso lo es todo para m¨ª. Es por eso que me levantar¨¦ a pesar de haber sido humillado y seguir¨¦ creciendo para hacerme m¨¢s fuerte. Solo as¨ª podr¨¦ hacerle frente a este mundo tan cruel que a veces me termina llevando al l¨ªmite. Y as¨ª fue como le hice caso a mis propias palabras, levant¨¢ndome del suelo y empezando a caminar, porque todav¨ªa ten¨ªa piernas y la fuerza necesaria para hacerlo. Termin¨¦ llegando al arroyo, y como no pod¨ªa usar mis manos, me acost¨¦ y beb¨ª tranquilamente de ¨¦l, notando c¨®mo mis heridas sanaban al instante. "Gracias, part¨ªculas m¨¢gicas. Realmente, ustedes ya se convirtieron en el motor que hace funcionar la parte de mi vida en la que tengo que cumplir con el objetivo por el cual fui enviado con mis anteriores recuerdos. Les estar¨¦ agradecido eternamente". En ese momento, lleg¨® Aya. "?Luciano, aqu¨ª est¨¢s!" "Ah... Hola, Aya", respond¨ª mientras me incorporaba hasta pararme. "?Hay alguna novedad?" "?Est¨¢s... bien? Bueno, s¨ª tengo algo para decirte: Luc¨ªa y tus padres est¨¢n bien. Mirella ya los encontr¨® y volvieron a casa. Solo que Mirella dijo que no pod¨ªa encontrarte por ning¨²n lado. ?Por qu¨¦ te fuiste tan lejos?" Gracias a Sariah... Menos mal que ella est¨¢ bien. "?Por qu¨¦ no viniste con Mirella? Si ya sab¨ªas que yo estaba ac¨¢". "Bueno... Es que no quer¨ªa decirle eso... Ya sabes, lo del olor". "Ah..." "?No vas a responder lo que pregunt¨¦ antes?" Me tocar¨¢ contar la historia a medias. "Aya, acabo de encontrarme con el Rey Demonio y me advirti¨® que en alg¨²n momento tendr¨ªa que luchar contra ¨¦l". Aya empez¨® a mover sus orejas de izquierda a derecha. El movimiento era tan fuerte que, desde mi posici¨®n, a unos tres metros, pod¨ªa escuchar el sonido perfectamente. "P-Pero... ?El Rey Demonio? ?Otra vez...? ?Luchar¡­?" "S¨ª, otra vez. Ya no tengo escapatoria, Aya. O muere ¨¦l o muero yo". "Est¨¢s bromeando, ?verdad? ?Verdad...? S-Solo es una de esas bromas que hacen los... ni?os, ?no? Como Tar¨²n, cuando..." "No, Aya", dije, cortando sus palabras. "Esa es la verdad... ¨¦l nos odia, es por eso que no nos quiere vivos y termin¨® encerrando a Mirella, a Forn y a otra criatura m¨¢gica que todav¨ªa no conozco". "?Pero es peligroso! ?Nunca te permitir¨¦ ir!" Avanc¨¦ un poco hasta mantenerme de pie frente a ella, notando c¨®mo sus orejas segu¨ªan movi¨¦ndose con fuerza, un tic que parec¨ªa intensificarse cuanto m¨¢s pensaba en mis palabras. "La idea no es ir ahora. Debo crecer primero, hacerme m¨¢s fuerte y luego visitar las llamas eternas". "?C¨®mo puedes decir algo as¨ª con ese tono tan... tan despreocupado? ?Es el Rey Demonio! ?Sabes lo que eso significa? ?No estamos hablando de un oso o un animal! ?Es una amenaza que supera cualquier cosa que hayamos enfrentado antes!" "S¨ª, s¨ª, ya lo s¨¦, Aya". Me encog¨ª de hombros mientras trataba de suavizar mi voz, como si estuviera hablando de algo banal. "Pero, vamos, no es como si estuviera planeando ir ahora mismo con una lanza y un poco de coraje, ?verdad? Me voy a preparar. Tiempo hay de sobra". "??Tiempo?! ??De sobra?! ?De verdad te escuchas?" Aya dej¨® caer los brazos con fuerza, haciendo que su yukata ondeara ligeramente. Sus colas blancas se agitaban con una energ¨ªa inquieta, como si reflejaran las emociones del momento. "?Qu¨¦ pasa si no tienes tiempo, Luciano? ?Qu¨¦ pasa si ¨¦l decide venir antes de que est¨¦s listo? ?Y si t¨²...?" Su voz se quebr¨® en ese momento, y por un segundo, vi algo m¨¢s all¨¢ de su enfado: miedo. "Hey..." Me acerqu¨¦ un poco, intentando no intimidarla m¨¢s. "Aya, entiendo lo que dec¨ªs. Pero, por eso mismo, estoy ac¨¢. Me voy a preparar y luchar¨¦ por nuestra libertad. ?Acaso no lo he hecho antes?" Ella me mir¨® fijamente, buscando algo en mi rostro, tal vez una pizca de inseguridad que confirmara sus miedos. Pero no encontr¨® nada. Aunque, siendo sinceros, estaba m¨¢s tranquilo por fuera que por dentro. Yo tambi¨¦n ten¨ªa miedo. Sin embargo, no pod¨ªa demostrarlo en este momento. No pod¨ªa demostrarle que yo ya perd¨ª. Sus orejas dejaron de moverse un momento, pero sus colas segu¨ªan inquietas. "No me basta con eso, Luciano. ?Esto no es algo que puedas manejar solo! Si piensas enfrentarte a esa cosa, no lo har¨¢s sin m¨ª. ?Entendido?" "?Qu¨¦? ?Vos tambi¨¦n vas a luchar?" "?C-Claro...!" Titube¨®. En ese momento, un brillo nos interrumpi¨®, y de pronto, Mirella apareci¨® volando a toda velocidad, sus alas revoloteando con intensidad. "?Ah¨ª est¨¢s, Luciano! ?Te estuve buscando por todos lados!" Exclam¨® mientras aterrizaba suavemente sobre la cabeza de Aya, como si no se hubiera dado cuenta del remolino de emociones que ella estaba atravesando. "?Qu¨¦ estabas haciendo aqu¨ª con Aya? ?Hablando de m¨ª a mis espaldas?" Como era de esperarse, las dos orejas de Aya se alzaron como antenas. "?Puedes bajarte de mi cabeza, por favor? Este no es momento para tus bromas". "?Qu¨¦ tiene de malo mi compa?¨ªa? Adem¨¢s, est¨¢s tan tensa que siento como si estuviera parada sobre una piedra". Aya se qued¨® inm¨®vil un momento, con los ojos entrecerrados mientras su rostro se tensaba de manera casi c¨®mica. "?De verdad no te importa nada de lo que est¨¢ pasando, Mirella?" Aya habl¨® al fin, su voz temblorosa, claramente al borde del colapso. "?Eh? ?De qu¨¦ hablas? Si ya est¨¢ todo bien. Ya encontr¨¦ a Luc¨ªa y todo eso". "Mirella, por favor. Ahora pas¨® algo m¨¢s grave", dije, intentando que su discusi¨®n no escalara a algo peor. "?Qu¨¦ pas¨®?" "El Rey Demonio vino a decirme que tenemos que pelear a muerte". "??Ehhh!? ??Queeeee!?" "Como escuchaste, dentro de un tiempo ir¨¦... Bueno, tal vez podr¨ªamos ir los tres a intentar derrotarlo a las llamas eternas". "??C¨®mo se atreve a hacerte esto!? ?Yo misma ir¨¦ a derrotarlo!" Mirella empez¨® a volar de un lado a otro apretando los pu?os y moviendo los brazos bruscamente. "?Odio al Rey Demonio!" De pronto Aya le agarr¨® una pierna, deteni¨¦ndola en el aire. "Mirella, ?acaso no lo escuchaste? Vamos a ir los tres. No seas tonta". Ella no intent¨® zafarse del agarre, simplemente esper¨® a que ella la soltara para responder. "Entonces... hagamos una promesa de mejores amigos. Los tres. Pase lo que pase, iremos juntos, pero no antes de estar completamente preparados. ?Les parece?" "?Est¨¢n seguras de que quieren arriesgar su vida por m¨ª? ?Realmente lo har¨ªan... una vez m¨¢s?" "?Claro que s¨ª! ?Lo har¨ªamos siempre! ?O no, Aya?" "As¨ª es, Mirella... No dejaremos que el mal nos venza". Me qued¨¦ en silencio por un momento, procesando las palabras de ambas. Aya, con su seriedad temblorosa, y Mirella, con su energ¨ªa desbordante, acababan de reafirmar algo que, en el fondo, siempre hab¨ªa sabido: no estaba solo. Por m¨¢s oscuras que fueran las amenazas, ten¨ªa a dos seres incre¨ªbles dispuestos a arriesgar todo por m¨ª. Una sonrisa, primero peque?a, luego creciente, se dibuj¨® en mi rostro. Fue una sonrisa honesta, como hac¨ªa tiempo que no ten¨ªa. Una de esas que surgen desde el pecho, caldeadas por alivio y felicidad. Luego de conversar un poco m¨¢s, caminamos de vuelta a casa. Pero entonces, el peso de una pregunta empez¨® a formarse en mi mente como una nube oscura. ?Est¨¢ bien esto? Segu¨ª caminando, intentando no mostrar mi inquietud. Sin embargo, dentro de m¨ª, las dudas, como siempre, comenzaban a abrirse paso. Acab¨¢bamos de hacer una promesa de enfrentarnos al dichoso Rey Demonio. Pero, ?era realmente correcto tomar venganza por nuestra cuenta? ?Realmente ¨ªbamos a caer en su trampa? Record¨¦ el incidente con los hombres p¨¢jaro. Hab¨ªan atacado a mi gente, a mi familia, y yo... yo los extermin¨¦ junto a ellas dos. En ese momento, lo justifiqu¨¦ como una acci¨®n necesaria, como una acci¨®n de defensa propia. Hasta Sariah me dio permiso pidi¨¦ndome algo a cambio. Pero al pensarlo ahora, con la perspectiva que da el tiempo, algo se retorc¨ªa en mi interior. ?Y si esa era otra prueba de Sariah? ?Qu¨¦ pensar¨ªa ella de que eliminara a sus creaciones sin dudarlo? Porque, al fin y al cabo, todo lo que existe en este mundo surgi¨® de su voluntad. Incluso el minotauro. Mis pensamientos se volvieron m¨¢s oscuros. Por un instante, una idea espeluznante cruz¨® mi mente, una que me dej¨® helado. Si Sariah estaba en ese plano superior, observando y escuchando todo... tal vez la ¨²nica forma de obtener una respuesta definitiva ser¨ªa... ?Matarme? El pensamiento me hizo temblar. ?De verdad estaba considerando eso? No. Era absurdo. Yo hab¨ªa prometido vivir, luchar, proteger. No pod¨ªa renunciar a todo eso por una pregunta, por m¨¢s importante que fuera. Pero, al mismo tiempo, la incertidumbre era un peso que no pod¨ªa ignorar. Por lo pronto, dejar¨¦ que el tiempo nos siga llevando por el buen camino. *** Me encuentro en mi cama, con Mirella durmiendo sobre mi pecho. Por mi parte, no ten¨ªa mucho sue?o, pero ella me inst¨® a que viniera a acompa?arla en su sue?o, ya que se encontraba demasiado cansada. Han pasado diez meses desde que tuvimos... tuve el encuentro con la bestia malvada. Hemos intentado no mencionar mucho sobre el tema para no alarmar a los dem¨¢s. Sin embargo, seguimos siendo precavidos con respecto a ese tema, as¨ª que siempre el que salga al bosque o lejos por la playa, va acompa?ado de Mirella, Aya o yo. M¨¢s o menos como ven¨ªamos haciendo desde que lo vi por primera vez. Tambi¨¦n me di varios momentos para hablar con Luc¨ªa, as¨ª que le pregunt¨¦ sobre si sinti¨® que el tiempo se rebobin¨®, y ella respondi¨® que s¨ª, que lo sinti¨®, pero nuestros padres no, que los ve¨ªa normal, como si no hubiera pasado nada. Me pregunt¨® por qu¨¦ hab¨ªa pasado eso, pues claro, ella todav¨ªa no hab¨ªa sentido lo que era morir y que Sariah volviera atr¨¢s el tiempo hasta un momento en el que estuviera viva. Al responderle, entr¨¦ en detalles precisos de qu¨¦ sucedi¨® y qu¨¦ favores ped¨ª luego de mis dos muertes. Al final concluimos que hubo otro reencarnado que muri¨® y volvi¨® a la vida. Los dos lo pensamos, pero no quisimos hablar sobre... Bueno, que tal vez... Quiz¨¢s... Hab¨ªa una posibilidad de que aquella persona fuera alguien que conoci¨¦ramos en nuestra anterior vida. Sobre la peque?a huerta, ya no era tan peque?a, porque ahora seguimos expandiendo plantando m¨¢s bayas, tomates y a eso se le sum¨® la acelga. Al principio ellos no cre¨ªan que una hoja podr¨ªa ser un buen alimento. De hecho, se nos hizo complicado saber d¨®nde estaba la semilla, pero al final encontramos la forma de plantarla y luego la cosechamos. Para demostrarles que esas cosas que parec¨ªan simples hojas se pod¨ªan comer, tuve que iniciar un nuevo proceso: hervir agua. Primero, cre¨¦ una olla de piedra usando magia. Fue un proceso algo r¨¢pido donde ten¨ªa que moldear y alisar la piedra con mucho cuidado para que no se rompiera al entrar en contacto con el calor. Una vez que estuvo lista, constru¨ª un soporte simple sobre la playa. Us¨¦ palos gruesos que clav¨¦ firmemente en la arena y los un¨ª con magia al suelo para mantener la olla suspendida sobre la hoguera. A simple vista parec¨ªa un sistema rudimentario, pero era efectivo. El sabor de la sal¡­ No puedo describir cu¨¢nto lo extra?aba. En mi vida anterior, era algo tan b¨¢sico, tan cotidiano, que nunca me detuve a valorarlo. Pero aqu¨ª, en este mundo, el concepto de sazonar los alimentos no exist¨ªa y ni siquiera hab¨ªa sal. Cada bocado sab¨ªa plano, repetitivo, casi aburrido. As¨ª que, cuando se me ocurri¨® usar agua de mar para hervir las acelgas, pude volver a sentirlo. Aunque debo decir que no era del todo rico... S¨ª, sab¨ªa como si le hubi¨¦semos puesto sal, pero ten¨ªa otro sabor medio fe¨ªto que lo arruinaba un poco. Entonces se me ocurri¨® intentar algo m¨¢s: usar agua del arroyo m¨¢gico. Al principio no estaba seguro de si ser¨ªa seguro. Despu¨¦s de todo, sab¨ªa que el agua ten¨ªa propiedades curativas gracias a las part¨ªculas m¨¢gicas, y tem¨ªa que el calor las destruyera o, peor a¨²n, que algo extra?o ocurriera al consumirla. Al final Luc¨ªa me dio el permiso, as¨ª que lo probamos y funcion¨® mejor de lo esperado; las part¨ªculas m¨¢gicas segu¨ªan ah¨ª como si nada. Debo decir que no hab¨ªa punto medio... O no hab¨ªa casi sabor o el sabor era demasiado exagerado, as¨ª que puse en marcha la segunda parte: hacer hervir el agua salada hasta solo dejar la sal. S¨ª, tambi¨¦n era obvio que est¨¢bamos creando demasiado humo, pero era necesario para mejorar nuestra calidad de vida, as¨ª que hice m¨¢s ollas y expliqu¨¦ c¨®mo se obten¨ªa y para qu¨¦ serv¨ªa la sal. Ellos, como ven¨ªa siendo costumbre, aceptaron mis ense?anzas y les gust¨® mucho este nuevo agregado a nuestro d¨ªa a d¨ªa. Como claramente era de esperarse, puse a Tariq al mando de recolectar la sal, explic¨¢ndole los riesgos de la olla y el agua caliente. Creamos un punto intermedio, que era cerca de donde ponen las cosas de arcilla a secar, en el que estar¨ªamos hirviendo el agua. De esa manera el humo no nos molestar¨ªa. La sal qued¨® guardada en dos recipientes de arcilla. Uno para la familia de Tariq y otro para nuestro grupo. Volviendo al presente, vi a Mirella respirar suavemente; su pecho sub¨ªa y bajaba con cada inspiraci¨®n mientras permanec¨ªa profundamente dormida sobre m¨ª. Su cabello lacio, corto y rubio ca¨ªa como un r¨ªo dorado desordenado sobre mi pecho, y me resultaba dif¨ªcil no sonre¨ªr ante lo tranquila que parec¨ªa. Hab¨ªa crecido en estos meses, no solo emocionalmente, sino tambi¨¦n f¨ªsicamente. Era sorprendente. Cuando la liber¨¦, apenas med¨ªa unos... ?Dieciocho cent¨ªmetros? No s¨¦, pero estoy seguro de que no llegaba a los veinte. Ahora, gracias al agua m¨¢gica, rondaba los treinta y cinco cent¨ªmetros. A este ritmo, tendr¨ªa que preguntarle si pensaba seguir creciendo indefinidamente. No es que me molestara; verla florecer era reconfortante, pero comenzaba a preguntarme si el crecimiento constante no tendr¨ªa alg¨²n tipo de efecto colateral. Aunque, si lo tuviera, Mirella no lo mostrar¨ªa; esa hada es demasiado testaruda como para admitir algo que la haga parecer vulnerable frente a m¨ª. Deslic¨¦ mi mano suavemente por su cabello, sintiendo su textura sedosa mientras mis pensamientos vagaban hacia el futuro. Todo lo que hab¨ªa hecho desde que llegu¨¦ a este mundo hab¨ªa sido para construir un hogar seguro para mi familia y amigos. Sin embargo, en el horizonte, el Rey Demonio segu¨ªa siendo una amenaza inminente. No pod¨ªamos ignorarlo para siempre, no despu¨¦s de lo que presenci¨¦ en el bosque. Mir¨¦ el techo de la casa; creo que era la parte m¨¢s fea de la casa, ya que estaba empinado de la misma forma que se ve¨ªa por fuera... No tengo ganas de recolectar tanta madera como para hacer un techo interior plano. Adem¨¢s de eso, no s¨¦ qu¨¦ har¨ªamos con el hueco que quedar¨ªa en medio. Dejando de un lado lo est¨¦tico, ten¨ªa la sensaci¨®n de que este per¨ªodo de relativa calma era solo el preludio de algo m¨¢s grande. En este momento ni siquiera sab¨ªa cu¨¢l era el siguiente paso a seguir para hacernos m¨¢s fuertes. ?Tal vez deber¨ªamos seguir explorando el lugar? ?Ser¨ªa mejor ir con Forn y preguntarle c¨®mo fue su anterior pelea? ?Y si primero liberamos a la mujer de fuego? Al final de todo, era inevitable seguir relacion¨¢ndose con otros seres m¨¢gicos, que era lo que estaba intentando evitar para seguir extendiendo este periodo pac¨ªfico. Entrecerr¨¦ un poco los ojos y una ¨²ltima mirada se fij¨® en Mirella. Su expresi¨®n era pac¨ªfica, como si en sus sue?os todo estuviera en orden. La envidia fue un pensamiento fugaz, pero tambi¨¦n una fuente de fuerza. Si pod¨ªa mantener esa paz para ella, para los dem¨¢s, entonces todo val¨ªa la pena. Prevaleceremos.
----------- FIN DEL VOLUMEN 3 ----------- Cap铆tulo 45: Reuniè´¸n familiar. Hoy era un d¨ªa especial. No por lo que ten¨ªa planeado hacer, sino porque justamente hoy estoy cumpliendo ocho a?os. Bueno, el tema es que eso no es todo lo que tengo para contar, porque en este momento me encuentro justo en la puerta de mi casa, junto a Luc¨ªa, y en frente nuestro tenemos a un mont¨®n de personas que parecen un poco molestas por algunas cuestiones en particular que todav¨ªa no nos han dicho. Hay algunos que conozco y otros que no. Por ejemplo, est¨¢n mis dos abuelos, el padre de Yume, los dos hermanos y la hermana de Tariq, hay otro hombre m¨¢s, m¨¢s mujeres, m¨¢s hombres, tambi¨¦n ni?os... B¨¢sicamente, debe estar toda la poblaci¨®n de este lugar reunida justo en este lugar y en casa no hay nadie m¨¢s que Luc¨ªa y yo. Todos los dem¨¢s estaban fuera cazando animales y tratando de buscar m¨¢s cosas que plantar, ya que, desde que plantamos la acelga, no encontramos nada nuevo. "Yo hablar¨¦ primero", exclam¨® Harlan poni¨¦ndose en frente de m¨ª, como si quisiera empezar a liderar la discusi¨®n. Como era de esperarse, Ayla, mi abuela, le dio un empuj¨®n que lo hizo caer al suelo. "T¨² no podr¨ªas hablar normalmente ni con un conejo, est¨²pido". "Pero, amor, este ni?o..." Ella puso aceleradamente un dedo en su boca. "Sh. Sh. Sh. C¨¢llate, siempre me haces pasar verg¨¹enza". ?C¨®mo acab¨¦ metido en medio de una discusi¨®n de cuarentones? "Este..." Bajo la atenta mirada de toda la tropa detr¨¢s suya, me mir¨® fijamente. Esta mujer impon¨ªa bastante, y no solo por su f¨ªsico, ya que estaba portando en una mano el machete que yo les regal¨¦. "Luciano..." Murmur¨® para luego toser y mirar a un costado. "Sabes que eres nuestro querido nieto, as¨ª que hemos venido a..." "?Ya te dije que esa no es la manera de decirlo!" Grit¨® mi abuelo. Su barba era lo suficientemente espesa como para casi no verle el movimiento de boca. "?Que te calles o te vas!" La situaci¨®n se estaba poniendo inc¨®moda r¨¢pidamente. Mir¨¦ a Luc¨ªa, quien parec¨ªa tan tranquila como siempre, jugando con el borde de su falda como si todo esto no tuviera nada que ver con nosotros. Su actitud despreocupada parec¨ªa que intentaba cumplir con su papel de ni?a indefensa. Frente a nosotros, la multitud comenzaba a susurrar entre s¨ª, y pod¨ªa sentir el peso de sus miradas inquisitivas clavadas en m¨ª. De la nada, mientras mis abuelos se miraban con mala cara, mi mam¨¢ camin¨® hasta Ayla, tironeando un poco su ropa inferior de pieles hacia abajo. "?A-Abuela?" Alya se qued¨® sorprendida, con sus ojos marrones clavados en ella. "?No me digas que t¨²...?" "?Ya te lo hab¨ªa dicho, ella es la segunda hija de Rundia!" Grit¨® Fausto desde atr¨¢s. De pronto, Harlan empez¨® a correr hacia el bosque. "?Aghhh! ?Odio a toda la familia de Rundia! ?No la quiero ver nunca m¨¢s!" Fausto sali¨® corriendo detr¨¢s de ¨¦l. "?Espera, Harlan!" Hubo un silencio inc¨®modo hasta que Ayla volvi¨® a hablar, bajando la mirada hacia mi mam¨¢. "Ni?a... ?C¨®mo te llamas?" "Luc¨ªa". Ella se inclin¨® un poco hacia delante, toc¨¢ndole suavemente la cabeza. "Ese es un nombre muy lindo, ?eh? Pero ahora necesito hablar con tu hermano, ?est¨¢ bien?" "?Ch¨ª!" A pesar de su respuesta, se sigui¨® quedando a su lado. Carajo, su voz era tan exagerada que ya hasta me estaba poniendo nervioso. "Luciano", comenz¨®, poniendo una mano en su cadera, provocando que se note una gran cantidad de vello corporal bajo su axila. "Estamos al tanto de que has tra¨ªdo cosas nuevas ¨²ltimamente. Cosas que no entendemos. Tariq ha estado caminando entre nosotros, mostr¨¢ndonos cosas, hablando de ideas que no conocemos. Dice que t¨² eres quien lo ha ense?ado. Y todos aqu¨ª..." Se?al¨® a la multitud con un movimiento amplio de su mano libre. "Nos estamos preguntando qu¨¦ est¨¢ pasando. ?De d¨®nde sacas todo esto? ?Qu¨¦ planeas hacer?" ?De qu¨¦ se estaban quejando? ?Acaso no tienen otra cosa que hacer? Tragu¨¦ saliva y me esforc¨¦ por mantener la calma. "?A qu¨¦ te refieres con ''cosas nuevas''?" Pregunt¨¦, tratando de ganar tiempo a pesar de que la pregunta era clara. "Deja de hacerte el desentendido. Esto es algo serio. Has tra¨ªdo cosas raras. Esa cosa que tienes y Tariq llama ''casa'', ?c¨®mo la hiciste realmente? Nadie entiende c¨®mo lograste hacer algo tan... tan s¨®lido. Es por la magia, ?no?" "Y lo de la comida..." Agreg¨® otra mujer alta y de pelo negro desde la multitud. No la reconoc¨ª, pero su tono acusador era inconfundible. "Mi hijo dijo que tienes comida guardada y que tambi¨¦n le has hecho darte. Alimentos que podr¨ªan alimentar a todos, pero los tienes ah¨ª, acumulados. ?Por qu¨¦ no compartes con los dem¨¢s?" ??Ehhh!? ?Esta era la madre de Tariq? Bueno, eso no es lo raro en este momento, sino que... ?Acaso estos tipos eran comunistas? La idea me arranc¨® una sonrisa involuntaria, pero r¨¢pidamente la borr¨¦ antes de que alguien la notara. "?En serio est¨¢n ac¨¢ porque creen que estoy escondiendo comida? Ni siquiera tenemos tanta, y son solo frutas. Suena a que est¨¢n intentando sumar cosas para intentar culparme de algo". "?T¨² tienes el poder del Rey Demonio!" Grit¨® alguien desde atr¨¢s. Era alguien que no pude ver, pero con la voz de un hombre. El comentario me golpe¨® como un pu?etazo en el est¨®mago. ?El poder del Rey Demonio? Esa comparaci¨®n me prendi¨® fuego por dentro, encendiendo una furia que pocas veces hab¨ªa sentido. Apret¨¦ los pu?os mientras mis ojos recorr¨ªan a la multitud, buscando al imb¨¦cil que hab¨ªa soltado semejante barbaridad. "??Qui¨¦n dijo eso?!" Pregunt¨¦, dando un paso hacia adelante. La gente retrocedi¨® un poco, como si mi enojo fuera algo tangible que los empujaba. "?Dale! ?Repetilo si ten¨¦s huevos!" Mi mirada saltaba de un rostro a otro, buscando al culpable, pero nadie parec¨ªa dispuesto a enfrentarse a m¨ª. Justo cuando iba a avanzar m¨¢s entre la gente, Ayla extendi¨® una mano y me detuvo. "?Alto, Luciano!" Su machete en la otra mano hac¨ªa que nadie se atreviera a intervenir. "Esto no se soluciona gritando como un tonto. ?C¨¢lmate! Ya hablar¨¦ yo con ellos". "??C¨®mo quer¨¦s que me calme!? ?Est¨¢n compar¨¢ndome con la peor mierda que hay en este mundo!" Mi voz temblaba de indignaci¨®n mientras intentaba apartar su brazo, pero Ayla no cedi¨® ni un cent¨ªmetro. "?Luciano! ?No les des la raz¨®n mostr¨¢ndoles esa actitud!" Grit¨® mi mam¨¢ desde mi derecha mientras me tironeaba del brazo. De pronto, un hombre alto sali¨® de entre la multitud. Caminaba con pasos desafiantes. Su piel era oscura, su cabello era negro y desordenado, mezclado con canas, y sus ojos oscuros ten¨ªan un parecido inconfundible con alguien que ya conoc¨ªa. Este tipo era el padre de Tariq. "?Fui yo quien lo dijo! Y lo sostengo. Me contaron que tienes un poder que nadie entiende, cosas que no deber¨ªan existir en este lugar. ?Qu¨¦ diferencia hay entre t¨² y el maldito Rey Demonio, eh? ?Ambos traen caos!" Mis dientes rechinaron, y di un paso hacia ¨¦l. "??Caos!? ?Todo lo que hice hasta ahora es tratar de ayudar a toda la gente de este lugar, in¨²tiles desagradecidos!" El hombre me se?al¨® con un dedo acusador. "?No te atrevas a hablarme as¨ª, mocoso! ?Ni siquiera nos has ayudado en algo! ??En qu¨¦ me has ayudado t¨² a m¨ª!? Guardas secretos, te construyes esa ''casa'' y haces cosas que nadie entiende. ?Eso no es normal, ni seguro!" "?Y vos no entend¨¦s nada porque prefer¨ªs quedarte siendo un ignorante! ?Es f¨¢cil se?alar con el dedo cuando vos no hac¨¦s nada ¨²til, ?verdad?! ?Tu hijo es m¨¢s trabajador que vos, viejo de mierda!" Eso lo encendi¨®. Su rostro se puso rojo y, antes de que alguien pudiera detenerlo, dio un paso adelante y me empuj¨® con ambas manos. Tropec¨¦ un poco hacia atr¨¢s, pero me mantuve firme. Antes de que alguien pudiera hacer o decir algo, un grito agudo e hist¨¦rico reson¨® a mi lado. "??C¨®mo te atreves a tocarlo?!" Era Luc¨ªa, mi mam¨¢-hermana, que corr¨ªa hacia ¨¦l como un rayo, su rostro desencajado por la ira. Su peque?o cuerpo se mov¨ªa con una energ¨ªa desproporcionada, y antes de que pudiera detenerla, ya estaba frente al hombre, agitando los brazos fren¨¦ticamente. "?Ni siquiera sab¨¦s lo que ¨¦l hace por todos, bruto! ?Todos ustedes son unos muertos de hambre! ??V¨¢yanse de nuestra casa!!" El hombre retrocedi¨® medio paso, sorprendido por la peque?a figura de tres a?os que lo enfrentaba. Creo que ninguno de los presentes nos esper¨¢bamos tantos insultos degradantes, pero se lo merec¨ªan. Antes de que alguien pudiera decir algo, Ayla se gir¨®, mirando a los dem¨¢s y haciendo un gesto con las manos como si los empujara imaginariamente. "Ahora ya es hora de irse. D¨¦jennos solos". La gente murmur¨® en desacuerdo, pero la mirada autoritaria de la abuela malvada no dej¨® lugar a dudas. Uno por uno, empezaron a dispersarse, aunque algunos miraban por encima del hombro, claramente interesados en c¨®mo se resolver¨ªa esto. Luego de poner unas manos tranquilizadoras sobre los hombros de mi mam¨¢, fui el primero de los tres en hablar. "Oye... Jugaste bastante sucio, ?no? Y eso que apenas nos conocemos. No pens¨¦ que quer¨ªas llevarte as¨ª con nosotros". No recuerdo bien si fue as¨ª desde el primer momento que la vi, pero no sent¨ªa ni un ¨¢pice de conexi¨®n emocional con esta mujer, ni con Harlan. Menos ahora. ?Acaso deber¨ªa seguir fingiendo y aceptar este lazo familiar con esta mujer, que nunca se dign¨® a visitarnos en ocho a?os, y que justamente viene ahora a cuestionar mis acciones? "No era esa la idea. Todo esto se nos fue de las manos". "?Se nos fue...?" Me mord¨ª el labio inferior para no comenzar una nueva pelea verbal. "No necesitamos hablar contigo. Por favor, andate". "Luciano, solo estoy intentando entender todo esto que est¨¢s..." "As¨ª no es la manera", comenc¨¦ diciendo, cortando sus palabras. "Pero no te preocup¨¦s... Ya nos veremos de nuevo muy pronto, y esta vez ser¨¢ a mi manera". "?A tu manera?" Comenc¨¦ a suavizar un poco los hombros de mi mam¨¢ con mis manos, porque parec¨ªa empezarse a poner nerviosa al hundir la arena m¨¢s profundo con sus peque?os pies. "S¨ª, ustedes lo hicieron a su manera, as¨ª que ahora me toca a m¨ª. ?Acaso eso no es justo luego de haberme faltado el respeto? Igualmente, no se preocupen, porque no soy alguien tan rencoroso, y tampoco debo serlo. Pronto los visitar¨¦ y les ense?ar¨¦ las cosas que no saben, porque ese es mi deber. Adi¨®s". Ella habl¨® mientras me daba la vuelta. "Est¨¢ bien, Luciano... Estar¨¦ esperando a que nos des una buena explicaci¨®n". Tomados de la mano, entr¨¦ a casa junto a ella y vimos a nuestro grupo llegar desde la lejan¨ªa de la playa. Hoy parec¨ªa ser un buen d¨ªa para ellos, al menos en lo que a comida respecta. "Mami, creo que vamos a tener que posponer el buscar a Forn". "?Pero voy a poder conocerlo?" Apoy¨¦ la frente contra uno de los barrotes horizontales de la ventana. "No s¨¦... Hoy era un buen d¨ªa porque Mirella no estaba. Pronto recolectaremos algo de comida de la huerta y no estar¨¢n saliendo mucho afuera". "?Por qu¨¦ te preocupa tanto Mirella?" "Vos sab¨¦s bien que no le gusta que la deje fuera de mis cosas. Y s¨ª, ya s¨¦ que est¨¢ siendo un poco m¨¢s abierta en ese sentido que antes, pero tampoco quiero llevar tanto al l¨ªmite esa brecha". "Entonces llevala con vos ma?ana. Vayan a ver a esa gente est¨²pida y ens¨¦?enles todo lo que les ense?aste a los dem¨¢s". Llevar a Mirella conmigo... S¨ª, eso podr¨ªa funcionar. As¨ª se sentir¨¢ incluida, y qui¨¦n sabe, tal vez tambi¨¦n impresione a esos idiotas con sus habilidades. Adem¨¢s, no quer¨ªa que ella se sintiera que en este ¨²ltimo tiempo no ha hecho nada. Si algo hab¨ªa aprendido de Mirella, era que siempre buscaba demostrar su val¨ªa. "Est¨¢ bien", respond¨ª mientras comenc¨¦ a llevarla hacia su habitaci¨®n sin previo aviso. "?Hey! ?No los vamos a esperar en la puerta?" "No, porque estoy por cometer una locura". Al abrir la puerta, vi de frente, contra la pared, esa especie de altar de Rundia hecho para su Dios Ad¨¢n. Siempre que lo veo me da un poco de pena.The genuine version of this novel can be found on another site. Support the author by reading it there. "?Vas a decirles? ?En serio?" "S¨ª", respond¨ª mientras tra¨ªa una de las tres sillas de madera libres hacia el centro de la habitaci¨®n. "Est¨¢s conmigo, ?no?" Luc¨ªa pareci¨® entender la situaci¨®n al instante, porque su sonrisa se ampli¨® y asinti¨® con energ¨ªa. Sab¨ªa que ella siempre estaba de mi lado, sin importar cu¨¢n absurdas fueran mis ideas. Cuando finalmente escuch¨¦ los pasos de Rin y Rundia acerc¨¢ndose, mi coraz¨®n comenz¨® a latir con fuerza, pero no iba a retroceder. Ellos entraron, hablando entre ellos, pero se detuvieron al verme sentado all¨ª. "?Ah, ah¨ª est¨¢n, chicos!" Grit¨® Rundia mientras avanzaba hacia nosotros. Se detuvo de nuevo al verme con una expresi¨®n que no correspond¨ªa a un ni?o de mi edad. "?Est¨¢ todo bien, hijo?" "?Pasa algo? ?Luc¨ªa, te peleaste con tu hermano?" Pregunt¨® Rin desde atr¨¢s. Respir¨¦ hondo y me enderec¨¦ en la silla. Luc¨ªa segu¨ªa firme delante de m¨ª. "Necesitamos hablar". Rundia, que ya parec¨ªa estar agotada por el d¨ªa, suspir¨® y puso los brazos en jarra. "?De qu¨¦ se trata?" "Quiero que me den permiso para moverme por toda la zona, solo", mi voz sali¨® firme, sin titubeos. Ambos me miraron, primero confundidos, luego sorprendidos. Rin fue el primero en hablar. "Luciano, sabes que no podemos permitir eso. Es peligroso... T¨² mismo nos lo dijiste una vez, ?no?" Levant¨¦ una mano para detenerlo. "D¨¦jenme terminar. Hoy tuve un enfrentamiento con Ayla y Harlan. S¨ª, los padres de mam¨¢ y tambi¨¦n con la otra gente que vive en esas cuevas. Ellos me acusaron de cosas absurdas, me empujaron, me insultaron y, lo peor de todo, se atrevieron a cuestionar todo lo que hago". El rostro de Rundia cambi¨® dr¨¢sticamente al escuchar esto. Sus ojos, normalmente dulces, parec¨ªan llenarse de ira. "?Mis padres? ??Qu¨¦ hicieron!?" Me tom¨¦ un segundo para observar el rostro de Rundia. Esa mezcla de rabia y desilusi¨®n me hizo entender que estaba pisando un terreno delicado. Sus ojos comenzaron a llenarse de l¨¢grimas contenidas mientras Rin, detr¨¢s de ella, parec¨ªa meditar en silencio lo que acababa de escuchar. "?No puedo creer que hayan hecho eso! ?Esos dos no pueden...! ?Luciano, no quiero que te acerques a ellos nunca m¨¢s! ?Entendiste?" La voz de mi madre se alz¨® con una intensidad que rara vez usaba conmigo. El solo hecho de que me llamara por mi nombre significaba que se sent¨ªa muy mal. Respir¨¦ profundo, buscando la forma de calmarla sin que mi plan se viniera abajo. Sab¨ªa que ya no pod¨ªa responder con la misma intensidad; eso solo empeorar¨ªa las cosas. "Mam¨¢..." Susurr¨¦ mientras me levantaba de la silla y me acercaba lentamente, dejando a Luc¨ªa atr¨¢s. Puse una mano en su hombro y otra en su cintura. Mi altura apenas alcanzaba su pecho. "Entiendo por qu¨¦ te sent¨ªs as¨ª. S¨¦ lo que te hicieron... y lo que les hicieron sentir a los dos en su momento. Pero no puedo ignorarlos. No puedo ignorar a esa gente, porque, tarde o temprano, van a querer relacionarse con nosotros. Como empezaron haciendo hoy". Ella me mir¨® fijamente; sus ojos ya empezaban a derrochar l¨¢grimas. "?C¨®mo puedes siquiera pensar en perdonarlos? ?Despu¨¦s de todo lo que me hicieron? ?Despu¨¦s de c¨®mo dijiste que te trataron hoy!" De pronto se quiso ir de la habitaci¨®n, pero la sostuve fuertemente del brazo. "Mam¨¢, no se trata de perdonarlos, no todav¨ªa", le dije con calma. "Se trata de cambiar las cosas. De cambiar este lugar. Sab¨¦s que no me gusta limitarme a lo que est¨¢ cerca, a lo que me resulta f¨¢cil... Soy alguien que pretende seguir mejorando la situaci¨®n que nos rodea". Rundia neg¨® con la cabeza y apart¨® la mirada, pero no retrocedi¨®. Eso era una buena se?al. Sent¨ª la mirada de Rin a un costado, pero no lo mir¨¦ para enfrentarlo todav¨ªa. Este momento era de ella y m¨ªo. Aunque tampoco parec¨ªa querer entrometerse. "Ellos no van a cambiar, Luciano", dijo con un tono lleno de amargura. "No lo hicieron por m¨ª, no lo van a hacer por ti. La gente como ellos no aprende a ser mejor". "Eso mismo pueden haber pensado ustedes en alg¨²n momento", respond¨ª con una leve sonrisa. "Tal vez llegaron a pensar que no pod¨ªamos tener algo mejor que las cuevas, que vivir del d¨ªa a d¨ªa era suficiente. Y m¨ªranos ahora lo bien que estamos". La mir¨¦ directamente a los ojos, tratando de transmitirle toda la determinaci¨®n que sent¨ªa. "Mam¨¢, yo puedo hacerlo. Pero necesito que conf¨ªes en m¨ª, porque yo quiero convertirme de manera definitiva en un l¨ªder para ustedes y para cualquiera que quiera sumarse". Ella apret¨® los labios y baj¨® la mirada. Por un momento, el silencio llen¨® la habitaci¨®n, solo roto por los suaves pasos de Luc¨ªa, que se acerc¨® a tomarle la mano. "Yo conf¨ªo en Luciano, mam¨¢", dijo con su vocecita firme. "¨¦l siempre sabe qu¨¦ hacer, ?o no?" En ese momento sent¨ª que necesitaba abrazarla, pero no porque fuera parte de la persuasi¨®n, parte del plan, sino que fue un instinto impulsivo que tuve al tenerla tan cerca. Ella ten¨ªa un trato tan maternal que a veces me daba l¨¢stima que yo solo fuera un farsante ante ella. Alguien que no deb¨ªa estar en este momento, en este mundo. Y as¨ª me qued¨¦, aplastando mi cabeza contra su plano vientre. Los pelos del pelaje de su prenda que tapaba sus pechos me hac¨ªan cosquillas en la frente. ?Hace cu¨¢nto que no le demostraba un poco de afecto? Not¨¦ que Rin puso una mano sobre el hombro de Rundia mientras Luc¨ªa se sumaba al abrazo. "Rundia, ?crees que estar¨¢ bien dejarlo? ?No deber¨ªa ense?arle a cazar primero?" Rundia intent¨® responder a Rin, pero cuando abri¨® la boca, las palabras no salieron. Un sollozo silencioso brot¨® de su garganta, y cerr¨® los ojos con fuerza mientras las l¨¢grimas corr¨ªan por su rostro. Su cuerpo temblaba ligeramente bajo mi abrazo. Sent¨ª una punzada en el pecho; odiaba verla as¨ª. Rundia no lloraba tan f¨¢cilmente, y saber que estaba al borde del llanto por mi decisi¨®n o por su remolino de emociones me hac¨ªa cuestionar si la estaba presionando demasiado. Tampoco es como si fuera a decirles lo del Rey Demonio en este momento, pero creo que deb¨ªa ponerle pa?os fr¨ªos al asunto. "Est¨¢ bien, mam¨¢, est¨¢ bien", susurr¨¦ mientras le daba unas palmaditas suaves en la espalda, tratando de calmarla. "No se preocupen. No voy a andar solo por ah¨ª como si nada. Solo quer¨ªa saber si ten¨ªa su permiso o no, as¨ª que la mayor¨ªa de las veces que salga, voy a estar acompa?ado. Mirella nunca me deja solo. Aya siempre est¨¢ dispuesta a ayudarme... incluso Luc¨ªa puede acompa?arme si es necesario. Saben que ninguno de ellos me va a dejar meterme en problemas sin intervenir". Hice una pausa, sintiendo el peso de sus miradas sobre m¨ª. "Solo necesito su permiso para intentarlo. No quiero desobedecerlos, no quiero crear conflictos entre nosotros. Pero tampoco puedo quedarme quieto cuando hay tanto por hacer con otra gente. Ustedes siempre me ense?aron que las cosas importantes requieren esfuerzo... y a veces, riesgos". La ¨²ltima frase era un poco inventada. Sin embargo, serv¨ªa para la situaci¨®n. Luego de esas palabras, Rundia me abraz¨® mucho m¨¢s fuerte que antes contra ella. Al girar la cabeza, pude ver que por el otro lado de la puerta hab¨ªa varios escuch¨¢ndonos. Al menos pude ver la peque?a cabeza de Mirella, que al notar que la vi se escondi¨® de inmediato. ¡°Chicos, ya no hace falta esconderse. S¨¦ que est¨¢n ah¨ª, as¨ª que¡­ mejor entren de una vez, ?no?¡± Unos segundos de silencio inc¨®modo siguieron a mis palabras. Luego, uno por uno, comenzaron a asomar las cabezas. Primero Mirella, con su cabello amarillo brillando por sus part¨ªculas como si nada, seguida de Aya, que avanz¨® con paso tranquilo y una sonrisa apacible. Detr¨¢s de ellas vi a Tar¨²n, Anya... Estaban todos. ¡°Yo no estaba escuchando, ?solo pasaba por aqu¨ª!¡± Mirella alz¨® la barbilla, cruz¨¢ndose de brazos con una mueca que pretend¨ªa ser seria, pero no pudo sostenerla mucho tiempo. Sus ojos verdes chispearon de emoci¨®n al volar hacia m¨ª y posar una de sus manos diminutas sobre mi cabeza, como si quisiera marcar territorio. ¡°?Y por supuesto que no vas a salir solo, Luciano! ?Eso jam¨¢s pasar¨¢ mientras yo est¨¦ aqu¨ª!¡± Rundia, todav¨ªa con los ojos enrojecidos por las l¨¢grimas, dej¨® escapar una peque?a risa, al igual que Rin, que neg¨® con la cabeza ante la actitud de Mirella. ¡°?Por qu¨¦ no voy a salir solo?¡± Pregunt¨¦, sigui¨¦ndole el juego mientras alzaba una ceja. ¡°??En serio me lo preguntas!?¡± Exclam¨® Mirella, llev¨¢ndose una mano al pecho como si estuviera ofendida. ¡°?Soy tu compa?era, tu hada protectora! Si alguien quiere hacerte da?o, yo misma me encargar¨¦ de quitarlos de tu camino. ?No pienso dejarte ni un momento, aunque lo intentes! ?Ya me has dejado sola muchas veces en este ¨²ltimo tiempo!¡± Aya dej¨® escapar una leve risa detr¨¢s de su mano, pero su voz serena pronto se hizo escuchar. ¡°Creo que Luciano no tendr¨¢ oportunidad de estar solo, aunque lo desee¡±. ¡°?Exactamente!¡± Mirella se gir¨® hacia ella, asintiendo con vehemencia. "Si alguien lo acompa?a, ser¨¦ yo". ¡°Est¨¢ bien¡±, dijo Rundia finalmente, su voz todav¨ªa algo quebrada, pero con m¨¢s serenidad. ¡°Pero tengan cuidado. No quiero que ninguno de los dos salga lastimado, ?s¨ª?¡± "Bueno, supongo que ustedes ganan", murmur¨¦. El grupo se ech¨® a re¨ªr, incluso Suminia solt¨® una leve sonrisa, aunque parec¨ªa no interesarle mucho lo que est¨¢bamos discutiendo. *** Decid¨ª darme una semana de descanso sin hacer nada luego de recibir, a medias, el permiso de caminar libremente por la zona. Aprovech¨¦ para recargar algo de energ¨ªas, calmar un poco mi mente y, de paso, empezar a rezar y agradecerle a Sariah por dejarnos vivir esta nueva vida. Sobre eso ¨²ltimo, no s¨¦ por qu¨¦ se me ocurri¨®, pero me di cuenta de que hacerle llegar algunas palabras de agradecimiento a mi diosa me hac¨ªa sentir mejor conmigo mismo y tal vez a ella tambi¨¦n le servir¨ªa, pues esta gente solo cree en un dios llamado Ad¨¢n, al menos los humanos. No les he preguntado a Aya y Mirella. Se lo coment¨¦ a mi mam¨¢ y ella me dijo que un par de veces lo hab¨ªa hecho, aunque dijo no recordar exactamente si Sariah le mencion¨® que pod¨ªa escuchar sus pensamientos. De todas formas, ambos lo hacemos a la noche. Volviendo al presente, estoy en el lugar que anteriormente llam¨¢bamos santuario de Aya junto a Mirella, llevando un balde cargado con algo de agua m¨¢gica. Estamos yendo por los pasadizos subterr¨¢neos hacia la dem¨¢s gente, pero no sabemos qu¨¦ camino tomar. Bah, realmente el que no sabe soy yo. Era curioso c¨®mo ese lugar, que en alg¨²n momento hab¨ªa sido un refugio, ahora parec¨ªa tan ajeno y lleno de incertidumbre. "?Por qu¨¦ est¨¢s tan indeciso, Luciano?" "Porque el ¨²nico pasadizo que lleva hacia los dem¨¢s que conozco es el que da a la cueva de mis abuelos, y no creo que sea buena idea comenzar por ah¨ª". "?Y cu¨¢l es ese?" "Ese de ah¨ª", respond¨ª se?alando el pasadizo que ten¨ªamos en frente, el que estaba en el medio de la pared donde estaba la pictograf¨ªa. "Entonces tendr¨ªamos para ir por el que est¨¢ a la izquierda o el que est¨¢ a la derecha". "Bueno, yo ir¨¦ a donde t¨² decidas". "Mirella, no hace falta que siempre aceptes lo que yo diga. Eres perfectamente capaz de decidir o de opinar lo que te parece mejor. De hecho, prefiero que lo hagas. Me gusta escucharte, ?sabes?" Bajo la bola de luz que nos iluminaba, logr¨¦ divisar un ligero rubor en sus mejillas. "?Te gusta... escucharme?" "S¨ª, ten¨¦s una voz muy linda". Ella parpade¨® varias veces, sorprendida, mientras el brillo de su luz ahora fluctuaba un poco. "Entonces¡­ vamos por el de la derecha. Siento que es el m¨¢s seguro". Asent¨ª sin dudar. "Perfecto. Vamos por ah¨ª". Comenzamos a avanzar por el estrecho pasillo que Mirella hab¨ªa elegido. Las paredes de roca eran bastante irregulares, lo que me hizo volver a preguntar c¨®mo hac¨ªan los gnomos para realizar tales excavaciones. El aire era ligeramente h¨²medo, con un leve eco de mis pasos resonando en la distancia. Mirella parec¨ªa m¨¢s tranquila ahora, movi¨¦ndose con un peque?o vaiv¨¦n que resultaba hipn¨®tico. "Mirella", dije despu¨¦s de unos minutos de caminar, rompiendo el silencio. "Se me vino una cosa a la mente, algo que te quiero preguntar". "?Qu¨¦ cosa?" Gir¨® su cabeza hacia m¨ª, curiosa. Hab¨ªa una ligera sonrisa en su rostro que me tranquilizaba m¨¢s de lo que estaba. "Es sobre lo que me dijiste cuando nos conocimos. Dijiste que pod¨¦s detectar a los seres malvados. ?Eso es cierto o solo era algo que inventaste para impresionarme?" "Bueno¡­ quiz¨¢s s¨ª intentaba impresionarte un poco. Lo cierto es que todav¨ªa sigo pensando que puedo hacerlo, aunque todav¨ªa no haya sucedido". "Eso es bueno", respond¨ª mientras cambiaba a la mano izquierda el balde con agua m¨¢gica. Acerqu¨¦ un dedo hacia ella, que por un instante no supo qu¨¦ quer¨ªa hacer, pero al final dej¨® que le acariciara el cabello, por detr¨¢s de la oreja. "Hoy te ves bien". Ella solt¨® una suave risita. "Y t¨² hoy est¨¢s bastante amable, ?no?" Volv¨ª la mano a su posici¨®n natural. "Lo que pasa es que me mentalic¨¦ para estar calmado y no discutir con nadie. Para vos tambi¨¦n va esto: necesito que est¨¦s tranquila a pesar de que los dem¨¢s nos digan cosas que no nos gusten". "Pero sabes que no puedo controlarme cuando alguien te dice algo malo". "Quiero que esta vez te controles. Necesito que lo hagas por m¨ª". Ella se adelant¨® bastante en su vuelo, casi dej¨¢ndome sin luz, as¨ª que corr¨ª hasta atraparla con mi mano libre. Abr¨ª la mano y ella se qued¨® sentada ah¨ª, con sus piernas estiradas y los brazos cruzados. "Vamos, Mirella. No te enoj¨¦s, por favor". Cada vez que la sosten¨ªa con una mano, notaba que era m¨¢s pesada. Todav¨ªa no hablamos sobre eso. "?Aysh...! Se supone que nadie debe decirte cosas feas". "S¨ª, ya s¨¦ que no deber¨ªa ser as¨ª... Pero es solo por esta vez. Les mostraremos nuestro lado bueno para comenzar a entendernos mejor". "Est¨¢ bien. Solo lo har¨¦ por hoy", respondi¨® mientras se recostaba sobre mi mano, apoyando la cabeza sobre mi mu?eca. Segu¨ª avanzando lo poco que quedaba de trayecto hasta que llegamos a una cueva en la que no hab¨ªa nadie. Eso era extra?o, no creo que los gnomos hayan excavado hasta un lugar donde no vive nadie. "Deben haber ido a recolectar comida", murmur¨¦ al ver que no hab¨ªa comida por los suelos, pero s¨ª los restos de una fogata. Mirella dio un salto desde mi mano y se puso a volar hacia la salida; estaba claro que est¨¢bamos en medio de la selva, porque la luz que entraba era muy pobre y la cantidad de ¨¢rboles altos y hierba era inmensa. "Qu¨¦ l¨¢stima que Aya no quiso venir. Parece un lugar complicado", coment¨® Mirella al salir a la superficie. "Cierto, podr¨ªa habernos ayudado a escuchar si hay animales cerca... Tengamos cuidado con las serpientes". "T¨² s¨ªgueme a m¨ª. Yo te cuidar¨¦". "Est¨¢ bien". Mirella decidi¨® no eliminar la bola de luz que nos acompa?aba y comenz¨® a liderar el avance volando bajo mientras grit¨¢bamos para ver si encontr¨¢bamos a alguien. Menos mal que no traje uno de los recipientes de arcilla y me traje un balde liviano creado por m¨ª, sino ya estar¨ªa cansado de los brazos. Dir¨ªa que estuvimos avanzando entre los ¨¢rboles y enredaderas como media hora cuando, de repente, un olor nauseabundo comenz¨® a llenar el aire. Al principio, pens¨¦ que era simplemente la vegetaci¨®n en descomposici¨®n, pero pronto se volvi¨® insoportable. El hedor parec¨ªa pegarse a mi garganta, cada respiraci¨®n era un reto. Me detuve y cubr¨ª mi nariz con la mano libre. "Mirella, ?vos tambi¨¦n ol¨¦s eso?" "S¨ª... Es horrible". No necesitaba preguntar m¨¢s. Sab¨ªa lo que significaba ese olor, aunque no quer¨ªa aceptarlo. Un cuerpo. O, peor, varios. El est¨®mago se me revolvi¨® al pensar en lo que pod¨ªamos encontrar. Solo espero que sea de un animal. Pocos metros m¨¢s adelante, entre las ra¨ªces de un ¨¢rbol, vi lo que parec¨ªa un bulto oscuro. Al acercarme, confirm¨¦ mis peores temores. All¨ª estaban los restos de dos cuerpos. Uno m¨¢s grande, claramente una mujer adulta, y otro m¨¢s peque?o, probablemente una adolescente. Ambos estaban en avanzado estado de descomposici¨®n. Sus pieles estaban desgarradas y carcomidas, con marcas de lo que parec¨ªan ser mordidas de animales. Tambi¨¦n se le notaban los huesos, principalmente en la cara y manos. Lombrices se arrastraban por los restos, haciendo que mi est¨®mago diera un vuelco. Me llev¨¦ una mano a la boca, pero no fue suficiente. Vomit¨¦ de inmediato hacia un costado, dejando caer el balde mientras me inclinaba hacia un costado. El l¨ªquido ard¨ªa en mi garganta, pero lo peor era el peso en mi pecho. Ten¨ªa muchas n¨¢useas. "Luciano..." Mirella susurr¨® mi nombre; su voz temblaba. Hab¨ªa bajado su luz casi al m¨ªnimo y flotaba a mi lado, abraz¨¢ndose a s¨ª misma mientras trataba de no mirar los cuerpos. Me enderec¨¦ como pude, con las piernas tambale¨¢ndome. Limpi¨¦ mi boca con el dorso de la mano y volv¨ª a mirar. Hab¨ªa algo familiar en ellas, algo que no pod¨ªa ignorar. El cabello negro, aunque sucio y revuelto, me hizo recordar una conversaci¨®n que hab¨ªa tenido con Anya. "No puede ser..." Murmur¨¦, sintiendo un nudo en la garganta. "No puede ser..." Record¨¦ c¨®mo, meses atr¨¢s, Anya me hab¨ªa contado que su madre y su hermana hab¨ªan desaparecido cuando ella era apenas una chica jovencita. Nunca volvi¨® a saber nada de ellas, y la incertidumbre la hab¨ªa atormentado desde entonces. "?Te sientes bien?" Pregunt¨® Mirella con un tono de voz nasal. "Ellas son... Ellas eran la ¨²nica familia que le quedaba a Anya". Las piernas me fallaron y ca¨ª de rodillas frente a los cuerpos. L¨¢grimas comenzaron a brotar sin control mientras apretaba los pu?os contra el suelo. "Maldici¨®n... Ya sab¨ªa que esto hab¨ªa pasado, pero me hace mal verlo con mis propios ojos". Mirella se qued¨® en silencio. Abr¨ª mis palmas sobre el suelo y comenc¨¦ a canalizar mi magia, haciendo que el suelo comenzara a moverse hacia abajo. No quer¨ªa que sus restos quedaran expuestos de nuevo. Al final quedaron enterrados y el olor comenz¨® a disiparse lentamente. De pronto, Mirella me abraz¨® por detr¨¢s, del cuello. Sus brazos ahora eran tan largos que pod¨ªa rodearme por completo. No hizo falta que nos dij¨¦ramos ni una palabra; los dos pod¨ªamos entendernos mutuamente en ese momento. Mientras un peque?o rayo de luz del d¨ªa se filtraba entre los ¨¢rboles, nos quedamos all¨ª, sobre el suelo, frente a lo que ahora era una tumba compartida, dejando que el dolor siguiera su curso. Cap铆tulo 46: Hora de hablar. Luego del dif¨ªcil momento que acababa de pasar junto a Mirella, decidimos intentar volver a la cueva de la que hab¨ªamos venido, ya que no ten¨ªamos agua m¨¢gica luego de que se me cayera el balde al suelo. Por un momento pens¨¦ en volver a casa y contar lo que nos hab¨ªa sucedido... Al final, cre¨ª que lo mejor ser¨ªa seguir adelante y ayudar a todas estas personas para no tener que volver a ver una escena tan aterradora. Hay que ser fuertes y seguir. No quiero tener que arrepentirme por dejar para ma?ana las cosas que podr¨ªa haber hecho hoy. Por suerte, ella logr¨® encontrar relativamente r¨¢pido el camino, as¨ª que caminamos durante unos minutos y volvimos a atravesar el pasadizo subterr¨¢neo hasta la gran cueva, donde cargamos un poco de agua m¨¢gica y volvimos a la cueva vac¨ªa. Esta vez decidimos esperar ah¨ª hasta que llegara alguien. Antes Mirella hab¨ªa encontrado un ¨¢rbol de na?as, as¨ª que me qued¨¦ sentado sobre una piedra plana mientras com¨ªa. Ella estaba sentada sobre mi rodilla derecha, pero con el cuerpo mirando hacia m¨ª. Al terminar la primera de las dos frutas gelatinosas, decid¨ª romper el silencio que nos envolv¨ªa. "Mirella, ahora que estamos a solas quiero hablar de algo importante". "Dime". "Es sobre tu crecimiento. Quiero saber hasta cu¨¢nto ten¨¦s pensado crecer. No quiero que despu¨¦s te arrepientas". Ella se qued¨® pensativa un rato, moviendo sus pies por los costados de mi pierna. "Yo... No s¨¦ realmente. Creo que siempre quise ser de tu tama?o, eso es todo". "?Por qu¨¦ quer¨¦s ser de mi tama?o?" "Porque tengo miedo de que crezcas tan alto, y yo ser tan peque?a, que ya no puedas verme". Hizo una pausa, como si estuviera buscando un poco de aire para seguir hablando. "Quiero ser como t¨², alguien grande y fuerte que protege a todos. Quiero seguir si¨¦ndote ¨²til". Cuando Mirella dijo eso, no me sent¨ª muy bien. Su voz era temblorosa, cargada de inseguridad. ?Por qu¨¦ esta peque?a hada me ve¨ªa de esa forma? ?Como alguien a quien alcanzar? Su deseo de ser ¨²til, de estar a mi altura, me llenaba de una extra?a mezcla de orgullo y culpa. Orgullo porque ten¨ªa a alguien tan leal y valiente a mi lado, pero culpa porque parec¨ªa que hab¨ªa depositado demasiado de su identidad en m¨ª. Me qued¨¦ en silencio, observ¨¢ndola, pensando qu¨¦ decirle. Su peque?o rostro reflejaba la misma seriedad que el m¨ªo. Mov¨ªa los pies de un lado a otro, como si el balanceo la ayudara a calmar los nervios. Su vestido celeste se ajustaba a su ahora no tan diminuto cuerpo, que a pesar de su tama?o irradiaba una energ¨ªa ¨²nica. Me pregunt¨¦ cu¨¢ntas veces hab¨ªa puesto su bienestar en segundo plano por mi causa. "?Sabes? Siempre he pensado que ya sos incre¨ªblemente fuerte, Mirella. No importa tu tama?o. Sos valiente, decidida y m¨¢s que capaz de protegerme... y a los dem¨¢s tambi¨¦n". Le acarici¨¦ el cabello con delicadeza, sintiendo la suavidad de sus mechones rubios entre mis dedos. "No necesit¨¢s ser de mi tama?o para ser alguien grande, porque tu coraz¨®n ya lo es". Ella alz¨® la vista, y sus ojos verdes brillaron con una emoci¨®n que no pude descifrar del todo. "Pero quiero crecer", insisti¨®. "No solo por ti, sino porque siento que a¨²n no soy suficiente. Si soy m¨¢s grande, podr¨¦ hacer m¨¢s cosas, ?no? Podr¨¦ ayudarte mejor". Suspir¨¦, bajando la mirada a mis manos, ahora descansando sobre mis rodillas. "Mirella... no quiero que pienses que ten¨¦s que cambiar por m¨ª. Me duele que sientas que no sos suficiente. Pero si crecer es algo que realmente deseas, quiero asegurarme de que lo hagas por vos, no porque creas que es lo que yo quiero o lo que espero de vos". Ella se qued¨® callada un momento, con sus peque?as manos jugando con el dobladillo de su vestido. Su mirada baj¨® a mis piernas, pero pod¨ªa notar que estaba reflexionando sobre mis palabras. Finalmente, asinti¨® lentamente. "Lo har¨¦ por m¨ª tambi¨¦n", dijo con un tono m¨¢s decidido. "Quiero ser m¨¢s fuerte tambi¨¦n por m¨ª misma... Aun as¨ª, me gusta y me pone feliz pensar que tambi¨¦n ser¨¢ por ti, porque quiero estar a tu lado de todas las formas posibles". Hab¨ªa algo profundamente genuino en su confesi¨®n, algo que me hac¨ªa querer protegerla a¨²n m¨¢s, aunque claramente ella no necesitara que lo hiciera. "Entonces est¨¢ bien si esa es tu decisi¨®n. Eso s¨ª, me tengo que asegurar de que todo est¨¦ en orden con tu cuerpo. Tengo que revisarte". "?Qu¨¦ significa eso?" "Significa que, si vas a seguir creciendo, quiero estar seguro de que tu cuerpo est¨¢ bien proporcionado. No quiero que te pase algo por beber tanta agua m¨¢gica sin control. As¨ª que necesito que te desvistas, as¨ª veo tu cuerpo". "Est¨¢ bien", respondi¨® sin dudar. Entonces se dio la vuelta y empez¨® a levantarse el vestido, encogiendo las alas hacia dentro para que salieran por el hueco de la ropa. Cuando se sac¨® el vestido y lo dej¨® sobre mi otra rodilla, revelando su peque?o cuerpo, no pude evitar sentir un poco de responsabilidad. No hab¨ªa nada inapropiado en lo que estaba haciendo, al menos no desde mi perspectiva. Esto era por su bienestar. Pas¨¦ mis ojos sobre su figura, asegur¨¢ndome de que no hubiera algo que se me pasara a simple vista. Su peque?o pecho sub¨ªa y bajaba con una respiraci¨®n que parec¨ªa tranquila. Claro, para esta gente el verse desnudos no era algo anormal. Al verle la piel entre las alas, me di cuenta de que estaba un poco sucia, as¨ª que la tom¨¦ por las axilas y la apoy¨¦ sobre el borde del balde. "Tranquila, no te preocupes", le dije para hacerle entender que no hab¨ªa nada mal en ella. "Solo tengo que limpiarte un poco". Moj¨¦ un poco el dedo en el agua y se lo refregu¨¦ contra la piel. La mugre sali¨® f¨¢cilmente. Luego de eso, un¨ª sus dos alas y compar¨¦ el tama?o; todo estaba perfecto. Lo siguiente a revisar fueron los brazos, as¨ª que los estir¨¦ hacia arriba y parec¨ªan ser iguales. Despu¨¦s la levant¨¦ y la acost¨¦ sobre mi pierna. Ahora tocaba verle sus piernas, as¨ª que pas¨¦ mis dedos por la superficie, verificando cualquier posible irregularidad. La textura de su piel era tersa, con una leve calidez. Ambas piernas estaban perfectamente proporcionadas y sin se?ales de alg¨²n problema. Sus huesos tambi¨¦n parec¨ªan ser iguales. "Mirella, estir¨¢ los pies hacia adelante", le ped¨ª mientras me inclinaba un poco. Ella obedeci¨® sin dudar, moviendo los dedos con una agilidad que casi parec¨ªa un juego. Observ¨¦ la alineaci¨®n y el tama?o de sus pies y dedos, asegur¨¢ndome de que no hubiera signos de crecimiento desbalanceado. "Todo parece estar bien ac¨¢ tambi¨¦n", dije con voz calmada, mientras ella sonre¨ªa apenas. Me di cuenta de que este momento tambi¨¦n ten¨ªa un peso emocional para ella, aunque intentara ocultarlo bajo una actitud despreocupada. Luego la sent¨¦ para revisar su rostro. Me inclin¨¦ cerca, tomando suavemente su barbilla entre mis dedos. Sus ojos verdes me miraron fijamente, con un poco de curiosidad. Gir¨¦ su cabeza ligeramente hacia ambos lados, verificando la simetr¨ªa de su mand¨ªbula y p¨®mulos. "?Est¨¢s bien? No te duele nada, ?verdad? No quiero que me ocultes nada", dije mientras le agrandaba m¨ªnimamente su anillo. "No, nada de nada". Pas¨¦ mis dedos por debajo de su cabello, tocando sus orejas. Parec¨ªan estar bastante sucias en la parte trasera. "Mirella, no te olvides de lavarte bien las orejas cuando te ba?es". "?Uy! Siempre se me olvida", dijo soltando una risita. Aprovech¨¦ el momento para cortarle las u?as de las manos y de los pies. Hablando de u?as, quiero contar que todos en este mundo se las cortan con los dientes. S¨ª, hasta las u?as de los pies. Por suerte, yo tengo este tipo de magia y ya no me hace falta hacer eso. "Listo. Est¨¢s en perfectas condiciones, as¨ª que pod¨¦s seguir tomando agua m¨¢gica, pero de a poco". "Gracias por preocuparte por m¨ª", dijo en voz baja mientras se vest¨ªa. Me puse a comer otra na?a hasta que de repente empez¨® a o¨ªrse movimiento fuera. De a poco empezaron a aparecer varias personas; al primero que vi fue a Fausto, ese hombre que ten¨ªa unas cejas tan prominentes que era dif¨ªcil olvidarlo. Luego a su lado apareci¨® una mujer un poquito m¨¢s alta que ¨¦l; ella ten¨ªa el cabello muy negro, una piel un tanto quemada por el sol y vest¨ªa con ropa de pelajes grises con negro. A su lado caminaba de la mano un ni?o que parec¨ªa tener alrededor de un a?o y medio. Por ¨²ltimo, entr¨® una ni?a que era m¨¢s o menos de mi edad. Parec¨ªa un poco torpe, porque en tan solo un par de metros se le cay¨® dos veces la misma papaya. Supongo que los dos ni?os eran sus hijos, ya que compart¨ªan la misma gen¨¦tica que sus padres: ojos negros y cabello negro. Solamente faltar¨ªa Yume, que actualmente vive con Tariq. Se pusieron a acomodar la comida que trajeron contra una de las paredes de la cueva. Parec¨ªa que todav¨ªa no nos hab¨ªan visto, ya que Mirella hab¨ªa apagado la bola de luz. Algo curioso es que Fausto cargaba un recipiente no muy grande de arcilla. Se ve que Tariq logr¨® esparcir un poco esos nuevos conocimientos. Entonces decid¨ª acercarme a ellos. Fausto fue el primero en percatarse de mi presencia. Levant¨® la vista, y sus ojos negros, por un instante, mostraron un poco de sorpresa. A pesar de nuestro encuentro previo, no era un aliado, al menos no del todo. A pesar de eso, siempre se mostr¨® como una buena persona. "?Luciano...?" Se pregunt¨®. La mujer junto a ¨¦l, que estaba claro que era su pareja, se gir¨® con una expresi¨®n de desconfianza evidente. Su mirada recorri¨® mi figura, deteni¨¦ndose en mi cabello. La ni?a, en cambio, mostr¨® una expresi¨®n completamente diferente: curiosidad. Sus ojos parecieron iluminarse al verme, y not¨¦ que reprim¨ªa una sonrisa. "Eres el ni?o del que todos hablan, ?cierto? ?Yo te vi el otro d¨ªa!" Dijo la ni?a antes de que nadie m¨¢s pudiera decir algo. Su voz ten¨ªa un tono inocente, casi emocionado. La mujer chasque¨® la lengua y coloc¨® una de las papayas en un rinc¨®n de la cueva, claramente irritada por mi presencia. "Supongo que s¨ª. Todos ustedes ya fueron a verme, ?no? Supongo que ya saben que me llamo Luciano, as¨ª que creo que es mejor presentarles a..." Mirella de repente se sent¨® sobre mi cabeza, lo que me hizo morder un poco la lengua. "?Yo soy Mirella! ?Soy un hada y la mejor amiga de Luciano! ?Encantada de conocerlos!" La cueva se llen¨® de silencio por un momento hasta que la ni?a empez¨® a correr hacia nosotros, pero en su entusiasmo tropez¨® con una piedra y cay¨® de rodillas contra el suelo de la cueva. Su grito de sorpresa fue seguido por un llanto inmediato. "?Ay, no!" Exclam¨® Mirella, volando r¨¢pidamente hacia la ni?a. "Tranquila, tranquila. Nosotros te ayudaremos". La madre solt¨® la mano de su hijo y corri¨® r¨¢pidamente, d¨¢ndole la espalda a Mirella. "?Por qu¨¦ eres tan torpe, Vicenta?" Pregunt¨®, aunque no hab¨ªa rastro de maldad en sus palabras. La ni?a, o, mejor dicho, Vicenta, no paraba de llorar diciendo que le dol¨ªa, as¨ª que tom¨¦ el balde r¨¢pidamente y me arrodill¨¦ del otro lado del que estaba su madre, que intentaba levantarla. "No te preocupes, vinimos preparados para mostrarles algo que les va a ayudar mucho". "?Ayudarla?" Pregunt¨® la mujer con el ce?o fruncido. "Traje agua m¨¢gica. ?Saben para qu¨¦ sirve?" Lo m¨¢s seguro era que Yume ya les hubiera contado. "?Claro que s¨ª!" Grit¨®, intentando arrebatarme el balde a la fuerza. Justo en ese momento apareci¨® Fausto para intentar calmar a la mujer, tom¨¢ndola del brazo. "No deber¨ªas tratarlo as¨ª, amor. D¨¦jalo que haga lo que necesite hacer... ?Acaso no escuchaste todo lo que nos cont¨® nuestra hija? ¨¦l no es el que todos piensan que es". Ella apret¨® los dientes y finalmente cedi¨®, sin decir nada. No perd¨ª m¨¢s tiempo y cre¨¦ con magia un peque?o vaso con la piedra de la pared. Luego lo llen¨¦ y se lo ofrec¨ª. The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident."Bebe, por favor". Vicenta tom¨® el vaso con mucho cuidado, aunque realmente parec¨ªa no tener idea de c¨®mo funcionaba. Se puso todo el borde contra la boca, haciendo que el l¨ªquido cayera para cualquier lado, moj¨¢ndose ella y tambi¨¦n el suelo. A pesar de su movimiento brusco, pareci¨® lograr tomar algo mientras tos¨ªa por el ahogo. Su madre parec¨ªa lista para lanzarme una mirada m¨¢s acusatoria, pero Fausto la contuvo con un leve gesto de su mano. Mientras tanto, yo observaba atentamente a Vicenta, esperando que el agua surtiera efecto. Siempre me sorprend¨ªa lo r¨¢pido que actuaba. Vicenta dej¨® de quejarse de repente, mirando sus rodillas con asombro. El rasp¨®n que se hab¨ªa hecho al caer estaba desapareciendo, la piel regener¨¢ndose ante nuestros ojos. Y no solo eso, ya que varias heridas diversas se notaban que desaparec¨ªan, dejando una piel lisa y hasta dir¨ªa yo que m¨¢s blanca que antes. ¡°?Mam¨¢, mira!¡± Grit¨® con entusiasmo, moviendo la pierna para demostrar que ya no hab¨ªa dolor. ¡°?Es la maginica de verdad!¡± La madre frunci¨® el ce?o, como si quisiera mantenerse esc¨¦ptica, pero no pudo evitar agacharse para inspeccionar el cuerpo de su hija m¨¢s de cerca. Pas¨® la mano por la piel sana, y su expresi¨®n endurecida se suaviz¨® un poco, aunque no lo suficiente para borrar del todo su desconfianza. ¡°Es impresionante¡±, admiti¨® Fausto mientras alzaba a su hijo menor. "Yo la he bebido pocas veces... No es f¨¢cil conseguirla estando tan lejos. Me par¨¦ para poder hablar mejor con ¨¦l. "Fausto, ?por qu¨¦ no usan el recipiente de arcilla para traer agua m¨¢gica? Adem¨¢s, si van por los pasadizos subterr¨¢n..." "?No! ?Los vamos a hacer enfadar!" "?Eh...? ?Le tienen miedo a los gnomos?" "?Esos hombres destruyeron nuestra cueva! Si los hacemos enfadar de nuevo..." "No, no, no. No es que los hicieran enfadar. Ellos estaban buscando algo, es por eso que romp¨ªan todo a su paso. Pueden usar el camino para llegar a la gran cueva y de ah¨ª sacar el agua m¨¢gica. De paso podr¨ªan hablar con los hombres, que se llaman gnomos, y van a ver que ellos no est¨¢n enojados con ustedes". "?Est¨¢s seguro?" "S¨ª, a m¨ª tambi¨¦n me lo hicieron". De pronto, otra conversaci¨®n se desarrollaba detr¨¢s de m¨ª. ¡°Oye, ?t¨² tambi¨¦n puedes usar maginica?¡± Escuch¨¦ que le preguntaba Vicenta a Mirella. ¡°?Por supuesto! Yo soy un hada, ?qu¨¦ esperabas? Luciano apenas sabe lo b¨¢sico. D¨¦jame mostrarte algo¡±. ?Lo b¨¢sico? Antes de que pudiera decir algo para detenerla, Mirella extendi¨® las manos y comenz¨® a formar una esfera de luz. La cueva se llen¨® de un brillo c¨¢lido, como el de un amanecer. Vicenta grit¨® de emoci¨®n y se levant¨® del suelo mientras los dem¨¢s observaban en silencio. Incluso la madre de la ni?a, aunque claramente intentaba mantener su expresi¨®n neutral, no pudo evitar mirar con un poco de asombro. ¡°?Es incre¨ªble!¡± Exclam¨® la ni?a, saltando sobre sus pies. ¡°?Yo tambi¨¦n quiero aprender a hacer eso!¡± "Eso es imposible, los humanos no pueden usar magia", coment¨¦. "?No le mientas a mi hija!" Arremeti¨® la mujer, levantando un dedo acusador, "?Ya sabemos que t¨² s¨ª puedes usar la maginica! ??Acaso quieres guardarte el secreto para siempre?! ??Por qu¨¦ solo t¨²?!" Luego de esas palabras, todo comenz¨® a encajar en mi cabeza: su hostilidad, la mirada desconfiada de los adultos, las preguntas curiosas pero cargadas de intenci¨®n de la gente, las acusaciones... No era miedo lo que sent¨ªan hacia m¨ª; era frustraci¨®n. Frustraci¨®n por algo que no pod¨ªan comprender ni poseer. Para ellos, yo no era solo un extra?o; era un recordatorio constante de lo que ellos no pod¨ªan hacer. "Entiendo", dije con un tono calmado, dejando que las palabras salieran despacio para no encender m¨¢s las tensiones. "As¨ª que eso es lo que piensan... Que me estoy guardando algo, ?no?" La mujer no respondi¨® de inmediato, pero su mirada era suficiente. Fausto, que hasta ahora hab¨ªa tratado de ser un mediador, desvi¨® la vista, inc¨®modo. Incluso Vicenta, en su inocencia, parec¨ªa captar que algo m¨¢s serio se estaba discutiendo. "Escuchen, no es que no quiera compartir lo que s¨¦ o c¨®mo lo consegu¨ª. Es que... no funciona as¨ª", empec¨¦ diciendo, mintiendo un poco. "La magia, o la ¡®maginica¡¯, como le dicen ustedes, no es algo que cualquiera pueda usar. No se trata de un secreto que yo pueda ense?arles, ni de algo que est¨¦ guard¨¢ndome para m¨ª. Es como¡­ No s¨¦, como tener un color de ojos diferente. No es algo que uno elige, es algo con lo que uno nace". "Entonces, ?por qu¨¦ t¨² s¨ª? ?Qu¨¦ te hace especial? Porque nosotros tambi¨¦n tenemos manos, y tambi¨¦n tenemos deseos de proteger a nuestras familias..." De pronto, se quebr¨® y comenz¨® a llorar. "?Por qu¨¦ no puedo construir un mejor hogar para mis hijos? ?Por qu¨¦ no puedo crear armas para traer m¨¢s comida para ellos? ?D¨ªmelo! ??Por qu¨¦ t¨² s¨ª y yo no!?" Su impotencia era demasiado grande. Carajo... Yo tambi¨¦n estoy lagrimeando, no lo puedo evitar. Me acerqu¨¦ un poco a ella, refregando su brazo mientras ella se tapaba la cara, llorando desconsoladamente. "Tranquila... se?ora. Solo puedo decir que no ped¨ª ser diferente. Simplemente... pas¨®. No puedo cambiar eso, pero lo que s¨ª puedo hacer es usar lo que tengo para ayudarlos a ustedes. Eso es todo lo que intento hacer". En ese momento, el ni?o tambi¨¦n se larg¨® a llorar mientras Fausto lo sosten¨ªa entre sus brazos. Lo peor de todo era que estaba tergiversando la historia en sus caras para ocultar el hecho de que yo era un reencarnado al que la diosa de este mundo le implant¨® una porci¨®n de su poder. Era imposible explicar algo as¨ª, y ni siquiera pod¨ªa hacerlo a pesar de que esta mujer estaba llorando frente a m¨ª. Lo ¨²nico que puedo hacer es ayudar y que ellos aprendan de m¨ª. La ni?a se qued¨® abrazada a su madre, con la cara contra su panza. "Mam¨¢, ya no llores..." Mirella, que hab¨ªa estado en silencio todo este tiempo, decidi¨® intervenir con un estilo despreocupado. "?Claro que pueden confiar en Luciano! Si no fuera por ¨¦l, yo seguir¨ªa atrapada en esa roca horrible. Adem¨¢s, ¨¦l nunca hace nada malo... Bueno, casi nunca". Me lanz¨® una mirada juguetona, como si intentara aligerar el ambiente. La mujer dej¨® de llorar gradualmente, aunque su rostro segu¨ªa tenso y agotado. Era como si el peso de varios a?os de frustraciones se hubiera derramado en un instante. Su marido permanec¨ªa en silencio, acariciando suavemente la cabeza del ni?o, quien sollozaba contra su pecho. "Escuchen... no quiero que piensen que estoy ac¨¢ para imponerme o para presumir algo que ustedes no tienen. No vine para demostrar que soy diferente, ni para que ustedes se sientan menos. Vine porque creo que, juntos, podemos cambiar las cosas. Si yo tengo un poder especial, quiero usarlo para ustedes, pero necesito que conf¨ªen en m¨ª, aunque sea un poco. ?Podemos empezar por ah¨ª?" La mujer movi¨® la cabeza lentamente; sus ojos estaban enrojecidos. "?Y c¨®mo piensas hacer eso? ?Por qu¨¦... nosotros?" "Es que no hay ninguna raz¨®n en especial. Simplemente llegu¨¦ ac¨¢ desde los pasadizos subterr¨¢neos, intentando encontrar a alguien con el que hablar y aclarar que yo no soy alguien malo. Yo no soy alguien que tiene el poder del Rey Demonio, como dijo el padre de Tariq. Mi objetivo es que todos podamos empezar a mejorar nuestras vidas mediante nuevas cosas, como el agua m¨¢gica". Hice una pausa, tomando el vaso de piedra que hab¨ªa quedado en el suelo y lo cargu¨¦ de nuevo. En ese momento, Fausto se fue al lado de su mujer y le entreg¨® al ni?o. "Primero que nada, mi magia sirve para moldear los materiales a mi antojo. Puedo modificar la forma de cualquier cosa menos las que sean creadas por otra magia. Es por eso que pude crear esta cosa a la que llam¨¦ vaso". Lo levant¨¦ un poco hacia ellos y lo mov¨ª un poco para que el l¨ªquido se notara m¨¢s. "Es como los recipientes de arcilla, pero m¨¢s peque?o. Sirve para tomar agua". "Pero el agua se cae", acot¨® Vicenta. "Eso es porque lo tomaste mal. Hay que poner el borde contra la boca para que el agua vaya cayendo de a poco". Lo demostr¨¦ haciendo el gesto, bebiendo un poquito de agua. "Seguro que deben pensar que esta agua es igual que cualquiera que hayan visto... Por cierto, ?de d¨®nde sacan el agua para beber o ba?arse?" "Hay un arroyo muy cerca. Acabamos de venir de ah¨ª", contest¨® Fausto mientras se tocaba un poco su desordenada barba. "Ah, perfecto. Bueno, como dec¨ªa, todas las aguas lucen iguales, pero justamente la que est¨¢ en el otro arroyo tiene esta particularidad, que es el poder curar cualquier herida. Realmente no hay forma de diferenciarlas..." Dije, tosiendo un poco al tratar de evitar hablar sobre las part¨ªculas m¨¢gicas. "Mientras la saquen de ah¨ª, van a saber que esa es la buena". Los adultos se miraron entre s¨ª, tal vez no entendiendo muy bien a d¨®nde llevaba esta conversaci¨®n. "Yo les propongo una cosa: quiero que cambien de cueva y vayan a vivir cerca de nosotros, a la cueva que anteriormente era de Kuri. ?Conocen d¨®nde es?" "?Claro que no!" Neg¨® rotundamente la mujer. Nadie se atrevi¨® a decir nada m¨¢s; parec¨ªan estar de acuerdo con su decisi¨®n. "Bueno, yo pens¨¦ que ser¨ªa algo bueno. As¨ª me ser¨ªa m¨¢s f¨¢cil ense?arles c¨®mo vivimos y dem¨¢s... ?Qu¨¦ les parece si nos empiezan a visitar a menudo a nuestra casa?" "Pero Harlan se enojar¨ªa", respondi¨® Fausto, rasc¨¢ndose la cabeza de manera nerviosa. "?Y qu¨¦ tiene que ver Harlan? ?Qu¨¦ m¨¢s da si se enoja? La idea es que ustedes puedan mejorar su vida y la de sus hijos". "Es que ¨¦l a veces nos da comida... Carne". "Entonces cacen peces, ?no? Si me acaban de decir que tienen un arroyo cerca". Asom¨¦ un poco la cabeza intentando mirar el lugar donde hab¨ªan dejado lo que recolectaron. No parec¨ªa haber nada m¨¢s que frutas. "Ah, los peces... Ya hace tiempo que no hay". ?Acaso estaban sufriendo por haber cazado indiscriminadamente, por decirlo de alguna manera? "Ah, ya veo..." Ese comentario me dej¨® pensativo. Si ellos ya hab¨ªan agotado los peces del arroyo, ?qu¨¦ garant¨ªa ten¨ªa de que no har¨ªan lo mismo con otros recursos? Es m¨¢s, ?qu¨¦ pasar¨ªa si yo, con mi grupo, tambi¨¦n comenzara a consumir carne sin control? Si est¨¢bamos en una isla, no ser¨ªa un lugar enorme, y aunque el bosque y la selva ofrec¨ªan abundancia ahora, esa abundancia no ser¨ªa eterna. Tendr¨ªamos que idear una forma de sostenernos a largo plazo, algo como una granja... pero en este mundo prehist¨®rico, eso era m¨¢s f¨¢cil de imaginar que de implementar. Aunque claro, nosotros ya hab¨ªamos empezado por otro lado, cultivando la tierra. "Entiendo... Entonces, no hay peces porque los han cazado todos, ?verdad?" Pregunt¨¦ con calma, intentando no sonar acusador. "No lo s¨¦... Antes hab¨ªa, pero se fueron acabando poco a poco". "Eso significa que necesitan encontrar otra forma de conseguir comida. Una que no dependa de lo que la naturaleza les da de forma inmediata", dije, tratando de plantar la idea en sus mentes sin sonar demasiado cr¨ªtico. La mujer frunci¨® el ce?o, confundida. "?Qu¨¦ quieres decir? ?De d¨®nde m¨¢s podr¨ªamos sacar comida?" "Les estoy diciendo que podemos trabajar juntos para crear un lugar donde puedan cultivar plantas para comer. Es algo que donde vivimos lo hacemos. Pero claro, necesitar¨ªamos organizarnos y aprender c¨®mo hacer que sea para todos", respond¨ª, observando sus reacciones. "?Ahhh...! ?Es lo que nos cont¨® Yume, amor!" Exclam¨® el hombre, asintiendo con la cabeza y mirando a su mujer, la cual todav¨ªa no s¨¦ su nombre. "Nos dijo que hac¨ªan aparecer nuevas comidas de la tierra porque met¨ªan dentro algo que era... Ah, s¨ª, las semillas". "S¨ª, las semillas. Las semillas son una parte que tienen la mayor¨ªa de las frutas y dem¨¢s cosas comestibles que crecen de las plantas y ¨¢rboles. Si uno mete las semillas bajo tierra y les da agua y sol, al tiempo esa planta crecer¨¢ y dar¨¢ m¨¢s frutas. Pueden verlo si nos visitan, estamos consiguiendo bayas, tomates y una hoja llamada acelga de esa manera. Tambi¨¦n estamos hirviendo agua para cocinar la acelga, la carne y tambi¨¦n para conseguir sal". La expresi¨®n en sus rostros comenz¨® a cambiar lentamente, como si las palabras que les estaba diciendo fueran peque?as semillas de esperanza. La mujer, que hab¨ªa estado tan cerrada y un poco hostil antes, ahora parec¨ªa algo menos tensa. Fausto tambi¨¦n se ve¨ªa un poco m¨¢s relajado, como si algo en su interior estuviera comenzando a hacer clic, como si la idea de un futuro mejor comenzara a tomar forma. Me observaban como si estuvieran tratando de desentra?ar qu¨¦ tan real pod¨ªa ser lo que les propon¨ªa. Vicenta, la ni?a que segu¨ªa abrazada a su madre, levant¨® la cabeza al escuchar la conversaci¨®n. ¡°?Entonces¡­ todos tendr¨ªamos comida suficiente?¡± ¡°S¨ª, con tiempo y esfuerzo, todos podr¨ªan tener suficiente. No se trata de hacer magia, sino de trabajar juntos y compartir lo que sabemos. ?Se imaginan no tener que preocuparse por la comida todos los d¨ªas?¡± Les lanc¨¦ una mirada significativa, buscando que la idea se metiera en sus mentes. ¡°?Eso suena demasiado bueno para ser verdad!¡± Exclam¨® Fausto, como si le costara creer que algo as¨ª pudiera funcionar. ¡°Pero si nuestra hija nos dijo que funciona, y t¨² nos dices que podemos ver c¨®mo funciona¡­¡± "Exactamente. Mi grupo y yo hemos empezado a hacerlo ya. Por eso les dije que vengan a ver c¨®mo lo estamos haciendo. Puedo mostrarles c¨®mo preparar la tierra, plantar las semillas y cuidar las plantas. No es nada que tenga que ver con la magia, solo trabajo en equipo y paciencia". "?S¨ª! ?A m¨ª no me gusta comer, pero las plantaciones de Luciano son geniales y muy coloridas!" Grit¨® Mirella, que estaba quedando un poco relegada de la conversaci¨®n. "?Pero y si Harlan...?" Murmur¨® Fausto. Tir¨¦ el agua m¨¢gica del vaso en el balde de madera y deshice la piedra, junt¨¢ndola con la del suelo. "Yo solo se los dejo para que lo piensen. Despu¨¦s es decisi¨®n de ustedes si deciden venir o no", dije mientras tomaba el asa del balde. "Aun as¨ª, les recomiendo que no se dejen llevar tanto por lo que los otros les dicen. Si no, despu¨¦s pueden llegar a arrepentirse". Not¨¦ que ¨¦l se humedeci¨® un poco los labios, tal vez intentando pensar en alguna respuesta inmediata. Luego mir¨® a su mujer, que tampoco parec¨ªa saber qu¨¦ responder. "No se preocupen, pronto hablar¨¦ con mi abuelo sobre la situaci¨®n. Quiero involucrar a todas las personas". Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s a ellos, mirando a la mujer. "Por cierto, se?ora, todav¨ªa no s¨¦ su nombre ni el de su hijo. ?Ser¨ªa tan amable de dec¨ªrmelos?" "Yo soy Dana, y este peque?o aqu¨ª", dijo mientras pasaba una mano cari?osa por la cabeza del ni?o que no dejaba de observarme con un par de dedos en la boca. "Es mi hijo Felipe". "?Felipe! ?Felipe!" Empez¨® a gritar el ni?o mientras mov¨ªa las manos. Parec¨ªa darle gracia o algo as¨ª el simple hecho de decirlo, porque se re¨ªa mientras lo hac¨ªa. "Es un gusto conocerlos, Dana, Felipe. Ahora ya debo irme. Espero volver a verlos pronto; ya saben que los estar¨¦ esperando". "?Yo tambi¨¦n los estar¨¦ esperando!" Exclam¨® Mirella. La peque?a hada se subi¨® a mi hombro y me gir¨¦ para irme, pero entonces sent¨ª un tir¨®n en mi brazo izquierdo. Era Vicenta. Sus ojos grandes se clavaron en los m¨ªos con una intensidad que me desarm¨® por completo. ¡°?Yo s¨ª quiero volver a verte, Luciano!¡± Grit¨® de repente, con un tono firme y esperanzado que contrastaba con su cuerpo peque?o, que en realidad era del mismo tama?o que el m¨ªo. "Quiero aprender lo que t¨² haces... y tambi¨¦n ver esos colores que dijo Mirella". Sonre¨ª ampliamente. "Entonces espero verte pronto, Vicenta. Vos tambi¨¦n pod¨¦s aprender a cuidar las plantas, y quiz¨¢, alg¨²n d¨ªa, podr¨ªas ense?¨¢rselo a otras personas". Ella asinti¨® vigorosamente, pero de repente, para mi sorpresa, se lanz¨® hacia m¨ª y me abraz¨® con fuerza. Fue un gesto torpe y espont¨¢neo, pero lleno de sinceridad. Por un segundo me qued¨¦ congelado, sorprendido por lo inesperado, pero luego levant¨¦ la mano y le di un par de palmadas suaves en la espalda. "Eres una buena ni?a, como tu hermana, ?sabes? Yume tambi¨¦n es una chica muy buena, muy educada". "S¨ª, Yume es genial, pero ahora casi que no puedo verla... ?Ella est¨¢ bien?" "S¨ª. Ella est¨¢ viviendo bien; Tariq la cuida". "Qu¨¦ bueno". Cuando ella se alej¨® un poco, aprovech¨¦ para quitar el vaso con agua desde dentro del balde. "Tom¨¢, es mejor que se lo queden ustedes... Digamos que es como un regalo". "?En serio es para m¨ª?" Pregunt¨® mientras lo tomaba entre sus manos. "S¨ª. Ah¨ª hay agua m¨¢gica, as¨ª que asegurate de que no se te caiga y b¨¦banla cuando les haga falta. Recuerden que siempre pueden buscar m¨¢s avanzando desde los pasadizos subterr¨¢neos hasta alguna de las dos grandes cuevas". "?Gracias!" Ella levant¨® la cabeza y me sonri¨®, aunque ten¨ªa los ojos un poco h¨²medos. ¡°Entonces, te ver¨¦ pronto¡±, dijo, como si fuera una certeza absoluta, algo que ni siquiera sus padres pod¨ªan cuestionar. Luego de despedirnos, me di la vuelta y comenc¨¦ a caminar de regreso por los pasadizos subterr¨¢neos. En ese momento sent¨ª algo dentro de m¨ª cambiar. Era como si, por primera vez en mucho tiempo, hubiera tocado algo verdaderamente humano en esas personas. La desconfianza, el miedo, la desesperanza... todo eso que parec¨ªa tan arraigado en este mundo empezaba a mostrar peque?as grietas. "Vaya, Luciano. Eres realmente asombroso". "?Por qu¨¦ lo dec¨ªs?" "No lo s¨¦, pero yo digo que sigas haciendo lo que haces". "No te preocupes, no cambiar¨¦". Uh... Creo que me olvid¨¦ un trozo de na?a en esa cueva. Cap铆tulo 47: Un Rey Demonio sin encanto. Es la ma?ana siguiente al d¨ªa que visit¨¦ a la familia de Yume junto a Mirella. Justo en este momento me acabo de escapar de casa a escondidas usando magia para moldear la madera que funciona como barrotes para la ventana. Creo que ninguna de mis dos compa?eras de cuarto not¨® mis movimientos, as¨ª que espero no asustarlas para cuando despierten. Mir¨¦ hacia el horizonte y confirm¨¦ lo que hab¨ªa pensado desde dentro: el sol todav¨ªa no parece estar por salir; deben ser como las cuatro y media de la ma?ana, si tomo como referencia los horarios de la Tierra. ?Pero por qu¨¦ estoy saliendo tan temprano? Bueno, es que casi no pude dormir de los nervios por todo lo que me queda por hacer. Mi idea es ir con Forn y hablar cara a cara, sin nadie que pueda interrumpirnos. Es por eso que trat¨¦ de evitar que Mirella o cualquier otro viniera. Me saqu¨¦ las ojotas un momento y entr¨¦ de nuevo a la casa por la que, por ahora, sigue siendo la ¨²nica puerta de entrada. Saqu¨¦ la t¨ªpica papaya que me llevo al hacer estas salidas tan tempranas y me puse en marcha hacia la gran cueva. Con respecto a la iluminaci¨®n, convenc¨ª a Mirella de que pusiera una bola de luz adicional por esa noche, excus¨¢ndome de que ten¨ªa un poco de miedo, as¨ª que ahora me acompa?a su magia, aunque es un poco menos potente que las que suele hacer a menudo. Una vez abajo, en el que podr¨ªa decirse que es la sala principal de los pasadizos, no vi ning¨²n gnomo, as¨ª que tom¨¦ el camino que lleva al lugar donde liberamos a Forn. Al llegar al final del pasadizo, hab¨ªa un gnomo parado justo en la entrada, como si ya hubiera escuchado que yo estaba por llegar. "Gnomo rojo", dijo con esa voz ins¨ªpida que los caracteriza. Y entonces, comenz¨® a caminar de manera acelerada hacia el espacio abierto, desapareciendo de mi vista. Al intentar seguirlo, not¨¦ que todos los gnomos de sombrero rojo se estaban marchando en fila por el camino de la gran cueva que lleva al desv¨ªo del arroyo. Decid¨ª no llamarlos. La bola de luz ilumin¨® un poco m¨¢s all¨¢, mostrando al hombre que yo ven¨ªa a ver. ¨¦l se encontraba sentado sobre una pila de pepitas de oro, sosteniendo una de ellas entre sus dedos. "?Te gusta el oro?" Decid¨ª no saludar. Por ahora no se lo merec¨ªa. ¨¦l se acomod¨® un poco el sombrero verde. No parec¨ªa sorprendido de verme a pesar de que ya hab¨ªan pasado como dos a?os desde que lo liber¨¦. "A los gnomos nos gusta todo tipo de mineral". Me acerqu¨¦ al centro del lugar y puse una mano sobre el suelo rocoso, extrayendo algo de piedra para formar dos sillas, una al frente de la otra. "Te invito a sentarte para que hablemos. Solo vos y yo, sin nadie que nos interrumpa". "Me parece bien". Se incorpor¨® de un peque?o salto, dejando la pepita con las dem¨¢s. Luego sigui¨® mis movimientos y se subi¨® a la silla improvisada; sus pies no llegaban al suelo a pesar de tener unas grandes botas negras. Puse mis codos sobre mis rodillas y entrelac¨¦ mis dedos, poniendo mi barbilla sobre ellos. "Contame, querido Forn. ?Vos te quer¨¦s llevar mal conmigo?" "Cre¨ª ya haberte dicho que no, querido Luciano". "?Entonces por qu¨¦ me hiciste enojar? ?Por qu¨¦ me tendiste una trampa? Yo no me olvid¨¦ de lo que me hiciste pasar, por m¨¢s que vuelva ahora, mucho tiempo despu¨¦s". "Pero te hice aprender una cosa nueva". "?Qu¨¦ cosa? Solo me hiciste decir cosas horribles". ¨¦l se levant¨® un poco y tir¨® hacia atr¨¢s la capa roja que llevaba puesta. Al parecer se hab¨ªa sentado sobre ella y le molestaba. "A ver... No me gusta revelar los secretos de los dem¨¢s. Es por eso que te hice verlo por tu cuenta". "?Qu¨¦ secretos? ?De qui¨¦n?" "De tu amiga. Pero al parecer ni siquiera te diste cuenta, o no quieres darte cuenta". ?Este tipo estaba jugando conmigo o realmente dice la verdad? No termino de entender sus objetivos. Sin responderle, agarr¨¦ con una mano la bola de luz, que empez¨® a hacerse m¨¢s potente, y la lanc¨¦ de una forma que empezara a dar vueltas volviendo hacia m¨ª. As¨ª es como pude ver la sombra de Forn, que marcaba sesenta y cuatro a?os de edad con un mes. "?Ves? Por eso te dije que no quiero llevarme mal contigo. Alg¨²n d¨ªa podr¨ªas salirte de control". "?Por qu¨¦ pens¨¢s eso? ?Es porque me le¨ªste las manos?" Volv¨ª a ponerme en la misma posici¨®n que antes, mirando c¨®mo la bola terminaba de dar peque?os giros sobre s¨ª misma, como si su centro de gravedad estuviera sobre mi cabeza. "En realidad, le¨ª tu cuerpo". "?Qu¨¦ es leer?" "No lo s¨¦ con exactitud". Hubo unos segundos de silencio. Realmente no sab¨ªa qu¨¦ responderle. "?Me ten¨¦s miedo?" "No". "?Y entonces...?" "Solo protejo a mi familia". ?Desde cu¨¢ndo este tipo se convirti¨® en alguien de pocas palabras? ?Siempre fue as¨ª? Ciertamente, no lo conozco mucho. "Nuestro objetivo es relativamente similar, pero usamos m¨¦todos diferentes para cumplirlo". "?En serio?" "Me parece que s¨ª. Yo creo cosas, ?y vos?" "Yo encanto cosas". Forn dec¨ªa estas cosas como si no entendiera la magnitud de lo que implicaban. Encantar cosas¡­ ?De qu¨¦ estaba hablando exactamente? ?Podr¨ªa, por ejemplo, ponerle magia ofensiva a una simple roca? ?O magia de curaci¨®n a un arma? ?O magia de control mental a un... anillo? Si eso era verdad, su habilidad no solo era peligrosa, sino absurdamente desproporcionada. La posibilidad me dio escalofr¨ªos. Lo estuve observando detenidamente mientras hablaba. Sus movimientos eran pausados y algo cortantes, como si pesara cada palabra antes de dejarla salir. No parec¨ªa consciente de c¨®mo esa revelaci¨®n pod¨ªa ponerme en alerta. Aunque, siendo sinceros, Forn siempre hab¨ªa sido un enigma. "?Qu¨¦ significa encantar?" Pregunt¨¦ haci¨¦ndome el tonto. "Ponerle un poder a algo. A un mineral". "?Puedo saber m¨¢s?" "Simple. Tomo un mineral y lo conecto con las part¨ªculas m¨¢gicas que me rodean". Es por eso que tiene anillos con piedras preciosas. Son cuatro en total: dos con gemas rojas en su mano izquierda y dos con gemas azules en la derecha. No parec¨ªa haber part¨ªculas m¨¢gicas justamente en esos anillos. "?Y ese encantamiento dura para siempre? ?O tiene una especie de tiempo l¨ªmite?" "No lo s¨¦". "En tus anillos ten¨¦s encantamientos, ?no? ?Alguno hasta ahora se te cancel¨®?" Si este tipo tiene sesenta y cuatro a?os, como dice su sombra, supongo que debe tener, al menos, un encantamiento que tenga m¨¢s de treinta a?os. "No, nunca". Me da la sensaci¨®n de que este hombre no era as¨ª de serio cuando nos conocimos. ?Ser¨¢ que reci¨¦n se despierta? "Forn, ?te sent¨ªs mal?" "S¨ª". Su respuesta me tom¨® de imprevisto, porque hab¨ªa hecho la pregunta pensando en que responder¨ªa que no. "Entonces, contame qu¨¦ te pas¨®". ¨¦l se baj¨® del asiento y fue a buscar una pepita de oro. Luego volvi¨® r¨¢pidamente. Durante ese ¨ªnterin de tiempo, aprovech¨¦ para hacer una mesa de piedra redonda entre los dos. "Desde que me liberaste... ya no siento la misma conexi¨®n con los minerales que antes", confes¨® de repente, girando la pepita entre sus manos como si estuviera buscando algo en ella. "Antes, cada trozo de mineral ten¨ªa un significado, un prop¨®sito. Ahora... aunque obtenga m¨¢s y m¨¢s oro, eso ya no me hace feliz". "?En serio me est¨¢s diciendo eso? ?O est¨¢s queriendo jugar conmigo otra vez?" Mi tono fue m¨¢s duro de lo que pretend¨ªa. No quer¨ªa sonar agresivo, pero algo en su confesi¨®n no me terminaba de cerrar. Tal vez yo tengo esa figura de que las personas que son, y se ven, mayores tienen esa sabidur¨ªa que puede llegar a responder a las preguntas m¨¢s profundas. Forn no respondi¨® de inmediato. Solo dej¨® caer la pepita sobre la mesa y mir¨® sus propias manos, como si no las reconociera. "No tiene sentido que te mienta. Mi vida... ha cambiado desde que esa bestia me encerr¨®". "?Y qu¨¦ es lo que quer¨¦s ahora? ?Un prop¨®sito? ?Algo que te haga sentir esa conexi¨®n otra vez?" "Quiz¨¢s". Esa palabra qued¨® flotando en el aire, y yo me sent¨ª atrapado entre dos caminos. Pod¨ªa ignorarlo y seguir con mi peque?a desconfianza, o pod¨ªa intentar ofrecerle algo que lo mantuviera ocupado, que desviara cualquier intenci¨®n peligrosa hacia un objetivo m¨¢s productivo. ?Y si lograba convertirlo en un aliado, alguien que pudiera ense?arme sus t¨¦cnicas y su magia? Hab¨ªa algo genuino en su voz, una mezcla de melancol¨ªa y cansancio que no pod¨ªa ignorar del todo. Pero al mismo tiempo, no pod¨ªa dejar de preguntarme si sus palabras eran del todo verdaderas, si este gnomo, a pesar de su aparente honestidad, ten¨ªa alg¨²n plan oculto. Respir¨¦ hondo y observ¨¦ la pepita de oro que hab¨ªa dejado sobre la mesa. Era un objeto con brillo, pero sin vida. Solo un trozo de metal, tan vac¨ªo como Forn dec¨ªa sentirse. Yo una vez me sent¨ª igual que ¨¦l, intentando buscar algo de consuelo en lo material. Fue tan pat¨¦tico que me da verg¨¹enza recordarlo ahora. Bueno, si lo que el hombre de sombrero verde buscaba era un prop¨®sito, tal vez pod¨ªa darle uno. Claro, con precauci¨®n. "Escuchame, Forn". Me inclin¨¦ ligeramente hacia ¨¦l, cruzando los brazos sobre la mesa de piedra. "Si realmente quer¨¦s un cambio, hay algo que podemos hacer, porque tengo una propuesta para vos. Podr¨ªamos hacer un pacto de no agresi¨®n. Nada de trampas, nada de problemas". "?Estar¨ªas dispuesto a hacer otro pacto m¨¢s aparte de los dos que ya tienes con el hada?" "?Acaso hay algo malo en hacer varios?" "Que luego no puedes deshacerlo. El pacto s¨ª es para siempre". "Forn, si es correcto lo que pienso, vos adquiriste consciencia propia cuando estabas encerrado dentro de las piedras. Eso significa que ya deber¨ªas saber que estoy un poco loco, ?no?" "Puede ser... Aunque solo estaba despierto a veces, cuando sent¨ªa m¨¢s potencia m¨¢gica a tu lado". ?Acaso estaba refiri¨¦ndose a Luc¨ªa? Recuerdo que la vez que se meti¨® en mis sue?os me advirti¨® que mi mam¨¢ estaba intentando robarse la piedra m¨¢gica. "Entonces quiero confirm¨¢rtelo: estoy loco. Es as¨ª, muchas veces hago cosas que para los dem¨¢s no ser¨ªan algo normal. Digo cosas que algunos no entienden e invento cosas que a nadie se le hubiera ocurrido". Lo que s¨ª era loco era el tener que disfrazarme de loco para no decir que soy un reencarnado. Forn esboz¨® una peque?a sonrisa por primera vez en esta ma?ana tan peculiar. "?En serio? Parece interesante... ?Y por qu¨¦ har¨ªas eso? ?Por qu¨¦ arriesgarte tanto?" "Porque as¨ª protejo a mi familia".
Forn me mir¨® fijamente, como si acabara de decir algo que lo descoloc¨® por completo. Sus labios se entreabrieron y sus ojos se agrandaron hasta parecer los de un ni?o viendo algo que no entiende. Por un momento, pens¨¦ que lo hab¨ªa dejado sin palabras. Una reacci¨®n as¨ª de intensa no era lo que esperaba. "?Qu¨¦ pasa? ?Dije algo raro?" Pregunt¨¦, levantando una ceja. "Eso... Eso mismo fue lo que yo te dije hace un momento", murmur¨®, casi inaudible. "Pero cuando lo dije, no sonaba tan... fuerte, tan real. ?Acaso me perd¨ª a m¨ª mismo? ?Fue por ¨¦l, por ese monstruo malvado?" Parec¨ªa volver a estar hablando sobre el minotauro. Se ve que le dej¨® un trauma muy grande o algo grave pas¨® para que encerrara su alma. Todav¨ªa tengo que esperar un poquito m¨¢s para hablar sobre ese tema. "Forn, no hace falta que pienses tanto en el pasado. Ahora te estoy pidiendo que pienses en tu futuro, en comenzar una nueva vida en la que yo est¨¦ presente. ?Es por eso que voy a hacer un pacto de no agresi¨®n con vos! Me hice un peque?o corte con los dientes en el dedo ¨ªndice de mi mano derecha, me levant¨¦ de la silla y me inclin¨¦ contra la mesa. "?Yo, Luciano, prometo nunca hacerle da?o a Forn!"This book is hosted on another platform. Read the official version and support the author''s work. Forn me mir¨® con sorpresa ante mi grito. Sus manos temblaron un poco antes de cerrarse en pu?os. Parec¨ªa que mi determinaci¨®n hab¨ªa tocado algo profundo en su interior. Sin dudarlo m¨¢s, copi¨® mi movimiento, dejando que unas gotas de sangre m¨¢s oscura que la m¨ªa se derramaran por su dedo. "?Yo, el gnomo Forn, prometo nunca hacerle da?o a Luciano!" Y al juntar las manos, una luz blanca me envolvi¨®... No, esta vez no mor¨ª. Sin embargo, me di cuenta de que realmente estaba loco. ?Por qu¨¦ volver a hacer algo con lo que mor¨ª antes? Realmente soy un caso de estudio. Me dej¨¦ caer sobre la mesa, un poco agitado. "?Uf...! Realmente hicimos el pacto, ?huh?" Levant¨¦ la vista y lo vi intentando chuparse la sangre del dedo. "A partir de ahora seremos dos aliados, porque vos me vas a ayudar a derrotar al Rey Demonio". "??Eh?!" "S¨ª, como escuchaste. Vamos a vengar a todos... A Mirella, a vos y a la bendita mujer de fuego que todav¨ªa no conozco". En realidad, le estaba ocultando el verdadero motivo. "?El Rey Demonio? ?T¨² est¨¢s hablando en serio?" Su voz estaba cargada de incredulidad y un toque de alarma. "?Sabes lo que significa eso, no? No es como pelear contra un animal. El Rey Demonio no es tonto. ?Es el m¨¢s poderoso de todo este lugar! Si fallamos, nos aplastar¨¢ como si fu¨¦ramos un pedazo de oro". "Es por eso que necesito que me cuentes c¨®mo sucedi¨® todo. ?Por qu¨¦ esa bestia decidi¨® que deb¨ªa encerrarte?" ¨¦l se acomod¨® un poco en la silla, como si lo que fuera a contar fuera una explicaci¨®n extensa. "Bueno, realmente no pas¨® de la nada, as¨ª que para eso tengo que contarte una historia que, estando aqu¨ª vivo, no sucedi¨® hace tanto tiempo". (Hace muchos a?os, desde la perspectiva de Forn) "?Gnomo Forn! ?Gnomo Forn!" Grit¨® uno de mis queridos ni?os, despert¨¢ndome bien a la ma?ana. Al siempre vivir bajo tierra, los gnomos no tenemos noci¨®n del tiempo, as¨ª que cualquiera duerme cuando quiere... Eh... "?Qu¨¦ pas¨®, peque?o?" "?Rey Demonio estar esperando! ?Rey Demonio querer ser ayudado!" ¨¦l agitaba sus peque?os brazos y gritaba como un loco a pesar de que el lugar parec¨ªa tranquilo, como siempre. "Vaya, vaya... ?Hay alguien que nos est¨¢ pidiendo ayuda?" "?Rey Demonio ser grande! ?Rey Demonio dar miedo!" No hubo tiempo para m¨¢s preguntas. A¨²n confundido, me levant¨¦ y segu¨ª al peque?o hasta la caverna m¨¢s amplia que daba al arroyo m¨¢gico. All¨ª estaba ¨¦l: una figura imponente, cuya sola presencia parec¨ªa absorber toda la luz que entraba desde fuera. Su torso era descomunal, con m¨²sculos definidos que parec¨ªan hechos de roca, y dos cuernos curvados que sobresal¨ªan de su cabeza. Con respecto a su vestimenta, solo llevaba puesto un trozo de tela que le tapaba la entrepierna, pero no los costados de la cadera. "?T¨² eres Forn, el l¨ªder de estos gnomos?" Su voz era grave, profunda. "S¨ª, soy yo, se?or". respond¨ª, tratando de que mi voz no temblara, aunque la diferencia de tama?os me hac¨ªa sentir demasiado peque?o; mi sombrero apenas alcanzaba la altura de sus rodillas. "Necesito de tus habilidades. Tengo muy buenos o¨ªdos como para saber que ustedes suelen estar rompiendo la piedra bajo tierra, as¨ª que necesitar¨¦ que hagan eso para m¨ª". ?Qu¨¦ podr¨ªa querer un ser tan imponente de nosotros? Apenas ten¨ªamos contacto con el mundo exterior, y mucho menos con seres tan¡­ bueno, tan raros. Este hombre no ten¨ªa pinta de aceptar un no como respuesta, as¨ª que no tard¨¦ en rendirme. Pens¨¦ que, tal vez, pod¨ªa ayudarnos en un futuro, ya que parec¨ªa poder usar magia. "Por supuesto. Mis gnomos y yo podemos excavar lo que necesite". "Perfecto. V¨¢monos entonces". ¡°?Qu¨¦ necesita exactamente que excavemos?¡± Pregunt¨¦ antes de ir a buscar a mis ni?os. ¡°Una cueva. Un refugio dentro de las Llamas Eternas¡±. "Ah... El volc¨¢n, ?no? ?Quiere vivir all¨ª?" ¡°?Te parece extra?o?¡± Respondi¨® con un destello de arrogancia en sus ojos negros. ¡°?Acaso crees que soy incapaz de soportar el calor? ?O piensas que mis ideas son est¨²pidas?¡± Su tono me dej¨® sin respuesta inmediata; no esperaba que reaccionara as¨ª por una simple pregunta. ¡°No, no, se?or. Solo intentaba comprender lo que necesita¡±. "Entonces v¨¢monos ya". Se dio media vuelta, pero yo todav¨ªa no estaba listo. "Espere, se?or. Necesito buscar a mis acompa?antes". "??Acaso ya vas a hacerme perder el tiempo?! ?B¨²scalos ya!" Pegu¨¦ un brinco y me fui a paso acelerado, moj¨¢ndome el calzado con el agua m¨¢gica. A mitad de camino me encontr¨¦ con cuatro de mis gnomos. "Gnomo Forn, gnomos escuchar pedido. Gnomos ayudar", explic¨® mi primer hijo, Darn. No tardamos mucho en organizar el peque?o grupo, conformado por Darn, Bilk, Ulli y Jorl, el que me hab¨ªa despertado. Lo ¨²nico que nos falt¨® fueron los trozos de piedra, as¨ª que bajamos, las recogimos y volvimos a la salida. Al salir, nos formamos en fila detr¨¢s de la bestia que se hab¨ªa presentado ante Jorl como el Rey Demonio. Su andar era pesado, intentando pasar por los ¨¢rboles m¨¢s separados, aunque se le hac¨ªa dif¨ªcil sortearlos. "Es por eso que no me gusta vivir aqu¨ª..." Murmur¨®, usando un tono m¨¢s tranquilo. "El lugar de las llamas eternas es ampliamente superior a este, donde habitan los humanos". Nadie de mi grupo se atrevi¨® a hacer ning¨²n comentario. Era mejor no hablar. El paisaje cambi¨® luego de haber caminado por bastante tiempo. La vegetaci¨®n comenz¨® a desaparecer, sustituida por una tierra seca y resquebrajada. Hasta el cielo parec¨ªa haberse puesto m¨¢s nublado. ¡°Ah¨ª est¨¢¡±, dijo el hombre, se?alando con una de sus enormes manos. "Quiero que hagan un hueco para que yo pueda vivir ah¨ª". Frente a nosotros se alzaba el volc¨¢n. No era tan alto como recordaba haberlo visto, pero s¨ª se ve¨ªa como un lugar en el que nadie vivir¨ªa. Las laderas eran entre negras y grises, como la tierra. Lo raro de este lugar era que a los costados y al fondo no se ve¨ªa nada m¨¢s que agua. No me gusta para nada este lugar, porque todo lo que transmite es desolaci¨®n. "Vamos, trabajen r¨¢pido. Quiero esto listo antes de que anochezca", orden¨® mientras se?alaba una parte de la base del volc¨¢n. Mi mente daba vueltas con preguntas. ?Por qu¨¦ querr¨ªa vivir aqu¨ª? ?Qu¨¦ planeaba hacer? Pero sab¨ªa que no era momento de cuestionar. Los gnomos ¨¦ramos buenos para cavar, y eso es lo que har¨ªamos. "S¨ª, se?or", termin¨¦ respondiendo. "?Qu¨¦ parte cavar, Gnomo Forn?" Pregunt¨® Ulli, sosteniendo un trozo de roca afilada que hab¨ªa recogido de nuestro hogar. "Ah¨ª, donde indic¨®. Hag¨¢moslo bien y r¨¢pido. Recuerden, si escalamos unos sobre otros, podemos cubrir m¨¢s altura". Ellos asintieron al un¨ªsono, y pronto nos pusimos manos a la obra. Con movimientos r¨¢pidos, comenzamos a formar una estructura improvisada. Jorl se coloc¨® sobre los hombros de Ulli, y Darn y Bilk hicieron lo mismo en el otro lado. Era un sistema que hab¨ªamos perfeccionado con el tiempo, usando nuestra velocidad y precisi¨®n para romper la piedra con otras piedras. Al estar solo, no necesitaba concentrarme en mantener un ritmo constante, pero igualmente me apur¨¦ en excavar r¨¢pidamente, a veces gir¨¢ndome un poco para ver lo que ¨¦l hac¨ªa. Con cada golpe, el polvo sub¨ªa en peque?as nubes que se mezclaban con el aire caliente del lugar. La tierra aqu¨ª era distinta, m¨¢s dura, pero nuestros brazos, r¨¢pidos, la desgastaban con cada impacto. "?M¨¢s r¨¢pido! ?Ese agujero es demasiado peque?o!" Grit¨® la bestia de pelaje marr¨®n oscuro. Mis compa?eros trabajaban en silencio, pero pod¨ªa sentir su tensi¨®n. No est¨¢bamos acostumbrados a este tipo de presi¨®n, y menos a tener una figura tan intimidante vigil¨¢ndonos. Hab¨ªa algo en la postura de este ser, en la forma en que se mov¨ªa, que gritaba inseguridad disfrazada de arrogancia. Cada palabra que sal¨ªa de su boca parec¨ªa un reflejo de c¨®mo ¨¦l se ve¨ªa a s¨ª mismo. Mientras trabaj¨¢bamos, el Rey Demonio comenz¨® a pasearse por la zona. Lo segu¨ª con la mirada mientras inspeccionaba el terreno; sus grandes pezu?as levantaban peque?as nubes de polvo a cada paso. Pero, de pronto, ¨¦l vio que lo estaba mirando y se acerc¨® r¨¢pidamente al lugar, apoyando las manos sobre el borde de lo que era el techo bajo. "?Por qu¨¦ est¨¢n tan lentos? ?Acaso piensan que soy un tonto por pedirles esto?". "Nadie piensa eso, se?or", respond¨ª r¨¢pidamente. Era como si estuviera buscando conflictos donde no los hab¨ªa, como si estuviera aprovechando cada situaci¨®n para menospreciarnos, y eso que apenas lo est¨¢bamos comenzando a conocer. "No me mientas, peque?o. S¨¦ c¨®mo piensan los dem¨¢s de m¨ª. Creen que soy arrogante, ?no? Pero no lo soy. Yo soy mejor que ustedes, y por eso es que soy el m¨¢s fuerte. ?Acaso no ven que les estoy dando un prop¨®sito en la vida? Deber¨ªan agradecerme". "Solo lo estamos ayudando, se?or". Al ver que lo ignor¨¦ y segu¨ª rompiendo la piedra, se march¨®, esta vez un poco m¨¢s lejos que donde estaba antes. Nuestra t¨¦cnica como gnomos consist¨ªa en agarrar una piedra suficientemente grande con alguna parte en punta y empezar a chocarla contra la pared. Si a eso le agregamos nuestra gran velocidad en los brazos, obtenemos que las paredes se van rompiendo f¨¢cilmente, porque solo debemos agarrar cualquier otra piedra que se haya ca¨ªdo y seguir con la excavaci¨®n. Una vez que ya estaba terminada toda la base, nos toc¨® subirnos uno encima del otro. ¨¦ramos cinco, as¨ª que la altura era suficiente como para que este hombre malvado no se quejara de vuelta. Al ser solo tres los que romp¨ªamos la roca, los de abajo se encargaban de recoger nuevas rocas para seguir rompiendo. De vez en cuando rot¨¢bamos, pero yo siempre intentaba estar arriba o ser el de abajo del todo, ya que mis ni?os son un poco m¨¢s peque?os que yo. Ellos no solo se distinguen de m¨ª por su tama?o m¨¢s peque?o, sino que tambi¨¦n por sus ropas. Siempre he pensado en lo extra?o que es intentar crearles lo que yo mismo visto. Es extra?o porque nunca llegu¨¦ a lograrlo; por m¨¢s que lo intentara una y otra vez, pidi¨¦ndoles pieles a los humanos, nunca lo logr¨¦. Entonces, en su momento decid¨ª que ellos deb¨ªan vestir como los humanos, como esa mujer tan amable llamada Kuri y su pareja Joel. Ellos son dos personas muy amables, as¨ª que cuando salgo a la superficie, solo los visito a ellos. A veces me siento mal por no tener nada que darles o en qu¨¦ ayudarles, pero a ellos no les molesta. Bueno, la cuesti¨®n es que soy consciente de que mi existencia es algo extra?a, porque, de un momento a otro, aparec¨ª de la nada. Nunca supe c¨®mo fue eso posible, ya que mis ni?os nacieron de manera natural, del cuerpo de mi difunta pareja Uliana, la cual tambi¨¦n dijo aparecer de la nada y portaba mis mismas ropas. "?Gnomo Forn! ?Gnomo Forn! ?Gnomos terminar cueva!" Grit¨® Darn desde lo m¨¢s alto. Me hab¨ªa perdido en mis pensamientos mientras los cargaba desde abajo del todo. No me dio tiempo a responder que el Rey Demonio ya estaba dentro de la nueva cueva. "Mmm... Lo hicieron como yo lo pensaba. Me gusta". Mientras cumplamos sus expectativas, todo estar¨¢ bien. El Rey Demonio inspeccionaba la cueva con aprobaci¨®n y ese aire autoritario que parec¨ªa parte de su esencia. Aunque su presencia era sofocante, estaba claro que se sent¨ªa complacido con nuestro trabajo, al menos por ahora. El calor dentro de la cueva reci¨¦n cavada era molesto para mis ni?os, pero no ten¨ªa nada que ver con que estuvi¨¦ramos dentro del volc¨¢n, sino que era la tensi¨®n constante de estar bajo la mirada de alguien que pod¨ªa destruirnos en un instante si algo no sal¨ªa como ¨¦l quer¨ªa. Mis ni?os tambi¨¦n parec¨ªan notarlo; sus movimientos eran r¨¢pidos y cuidadosos mientras se bajaban y arrastraban las piedras sobrantes hacia fuera. Una vez que retiramos toda la roca restante, ¨¦l se sent¨® contra la pared del fondo de la nueva cueva. "Bueno, ya pueden irse. Adi¨®s". Hab¨ªamos pasado un buen tiempo en tensi¨®n desde que dejamos al Rey Demonio en su nueva cueva. La experiencia hab¨ªa dejado una marca en m¨ª y en los chicos. Seguimos con nuestras vidas, volviendo a nuestro hogar subterr¨¢neo que nosotros mismos hab¨ªamos construido, pero el miedo persist¨ªa en nuestras mentes. Cada sombra, cada ruido extra?o, me hac¨ªa pensar que ¨¦l volver¨ªa. Y, por supuesto, lo hizo. Estaba trabajando en pensar por qu¨¦ cada vez que encantaba algo me quedaba dormido por un tiempo que ni siquiera yo sab¨ªa, hasta que lleg¨® gritando uno de mis ni?os, Jorl, que desde aquella vez decidi¨® ser el que vigilaba la entrada. "?Gnomo Forn! ?Gnomo Forn!" "?Qu¨¦ pas¨®, peque?o?" "?Rey Demonio estar esperando! ?Rey Demonio querer ser ayudado!" "Est¨¢ bien... Ah¨ª voy, no se preocupen". Entonces camin¨¦ junto a Jorl por la cueva, intentando esquivar el agua. Mis peores temores se hicieron realidad cuando vi la enorme figura del Rey Demonio parado fuera de la gran cueva. Su mirada afilada me encontr¨® al instante. "Forn", dijo con su voz grave. No era una pregunta ni una orden, solo una afirmaci¨®n de que sab¨ªa que yo estaba ah¨ª. Avanc¨¦ lentamente, trag¨¢ndome el miedo. "Se?or... ?Qu¨¦ lo trae de vuelta a nuestro hogar?" Avanz¨® unos pasos, inclinando ligeramente su cabeza hacia nosotros. Su tama?o hac¨ªa que todo se sintiera m¨¢s peque?o y sofocante. "Quiero hablar contigo". Mi mente se llen¨® de posibilidades, la mayor¨ªa de ellas terribles. Pero asent¨ª, se?alando un lugar para que se sentara, aunque era evidente que no le importaba mucho la cortes¨ªa. Al menos, parec¨ªa no venir tan enojado como la ¨²ltima vez. "?Qu¨¦ desea, se?or?" Se qued¨® mir¨¢ndome con esa intensidad que parec¨ªa perforar cualquier piedra. "Tuve tiempo de pensar. Eres diferente de los dem¨¢s. No eres solo un excavador. Haces algo m¨¢s, ?verdad? ?Qu¨¦ tipo de magia usas?" La pregunta me tom¨® por sorpresa. No esperaba que ¨¦l mostrara inter¨¦s en algo como eso. Pero sab¨ªa que mentir no era una opci¨®n. "Se?or, mi magia... no debe ser tan poderosa como la suya. Trabajo con minerales, los encanto. Les doy propiedades especiales, dependiendo del tipo de energ¨ªa que haya conocido". El Rey Demonio entrecerr¨® los ojos, como si analizara cada palabra. "?Qu¨¦ es encantar?" "Eso, darle un poder especial". "Entonces quiero eso". "?Ahora?" "?Acaso tengo cara de que me guste esperar? ?Quieres burlarte de m¨ª?" "No, se?or. Lo har¨¦ de inmediato", respond¨ª, aunque sab¨ªa que no pod¨ªa encantar un anillo ahora debido a lo que pasar¨ªa despu¨¦s, as¨ª que decid¨ª sacarme uno de los dos anillos que ten¨ªa encantados. A pesar de que poseo cuatro anillos en mis manos, solo he decidido encantar dos hasta ahora. Adem¨¢s, que no he conocido otros tipos de magia como para hacer otro tipo de encantamientos. "Tome, este es un anillo encantado con protecci¨®n al calor y al fuego. Se pone en uno de los dedos de la mano", dije. "?Acaso te parezco alguien d¨¦bil, que necesite protegerse del fuego? ?Es as¨ª como me ves?" "No, para nada". "Bueno", contest¨® de mala gana. ¨¦l estir¨® su enorme mano para agarrar el anillo, y en ese momento me di cuenta de que no le cabr¨ªa en los dedos. Prob¨® y prob¨® en cada uno de sus dedos, hasta que se me qued¨® mirando fijamente por un instante de tiempo. Eso hizo que Jorl se ocultara detr¨¢s de m¨ª. A pesar de su mirada malvada, no nos hizo nada y finalmente dej¨® de mirarme, poni¨¦ndose el anillo en la punta de su cuerno izquierdo. "Listo, ?y ahora?" "Debe ir y probarlo a un lugar donde haga calor, como en su cueva". "Bueno. Chau". A paso lento, se fue esquivando los ¨¢rboles que rodeaban el arroyo m¨¢gico. "Gnomo Jorl estar asustado..." "Tranquilo, peque?o. Volvamos y ya no pensemos m¨¢s en ¨¦l". A pesar de mi intento de tranquilizar a los dem¨¢s, no pas¨® mucho tiempo antes de que el Rey Demonio volviera a aparecer. Y entonces todo se esfum¨® al instante cuando Jorl lleg¨® corriendo de nuevo, con los ojos desorbitados y las palabras atropelladas. "?Rey Demonio volver! ?Rey Demonio enojado!" Mi coraz¨®n dio un vuelco. Dej¨¦ lo que estaba haciendo y corr¨ª hacia la entrada de la cueva. Ah¨ª estaba ¨¦l, con su imponente figura bloqueando la luz del sol que apenas se colaba entre los ¨¢rboles. "?Forn!" Grit¨®. Tragu¨¦ saliva y avanc¨¦ con cautela. Jorl se escondi¨® tras una roca cercana, temblando. "?S-Se?or? ?Qu¨¦ lo trae por aqu¨ª otra vez?" El Rey Demonio alz¨® la mano, mostrando el anillo que le hab¨ªa dado anteriormente. Ahora parec¨ªa m¨¢s una burla que un anillo m¨¢gico, colgando de la punta de su cuerno izquierdo. "Esto no sirve para nada", exclam¨®, lanz¨¢ndolo al suelo frente a m¨ª. El anillo rod¨® un par de veces antes de detenerse junto a mis pies. "?C¨®mo que no sirve? Eso es imposible". Me agach¨¦ r¨¢pidamente para recogerlo, revis¨¢ndolo como si eso pudiera cambiar algo. "??Me est¨¢s llamando mentiroso?!" El sudor empez¨® a correr por mi frente. "L-Lo siento mucho, se?or. Quiz¨¢s... quiz¨¢s algo en su magia interfiri¨® con el encantamiento. D¨¦jeme intentar algo m¨¢s, pero necesito tiempo". "?Algo m¨¢s? ?Qu¨¦ me dar¨¢s esta vez, Forn? ?Otra cosa in¨²til?" Me forc¨¦ a sonre¨ªr, aunque por dentro sent¨ªa que me estaba desmoronando. "Tengo otro anillo encantado, se?or. Pero... es el ¨²ltimo que tengo y me cuesta encantar las cosas". "Entonces d¨¢melo", dijo. Su tono no admit¨ªa discusi¨®n, pero algo dentro de m¨ª se resist¨ªa por primera vez. "Se?or, antes de d¨¢rselo, necesito saber algo. ?Qu¨¦ tipo de magia usa usted?" El Rey Demonio entrecerr¨® los ojos, visiblemente irritado por mi pregunta. "?Por qu¨¦ quieres saberlo?" "Porque... porque creo que su magia podr¨ªa estar interfiriendo con los encantamientos que hago. Si entiendo c¨®mo funciona, podr¨¦ crear algo que realmente le sirva". Por un momento, tem¨ª que mi explicaci¨®n no lo convenciera. Sin embargo, finalmente respondi¨®. "Mi magia es la magia de las maldiciones. Puedo corromper lo que toco, desgarrar el alma de los enemigos y deshacer cualquier protecci¨®n m¨¢gica". Me dio mucho miedo el tan solo escuchar sus palabras, aunque ten¨ªa sentido mi pensamiento. Si pod¨ªa deshacer protecciones m¨¢gicas, entonces era l¨®gico que el encantamiento no hubiera funcionado. "Eso lo explica..." "?Qu¨¦ explica?" Pregunt¨®, con un tono que se volvi¨® m¨¢s peligroso, como si estuviera a punto de estallar. "Bueno, si su magia deshace protecciones m¨¢gicas, entonces probablemente est¨¢ anulando mis encantamientos al entrar en contacto con ellos". Su mirada se encendi¨® y dio un paso adelante, haciendo temblar el suelo. "?Est¨¢s diciendo que mi magia es un problema?" "?No, no, no! Solo digo que... tal vez sea demasiado poderosa. Mis encantamientos no est¨¢n dise?ados para soportar algo tan... grande como su magia". "?Te est¨¢s burlando de m¨ª, puedo verlo!" Grit¨®, acerc¨¢ndose m¨¢s a m¨ª y haci¨¦ndome retroceder. "Piensas que tu magia es mejor que la m¨ªa, ?verdad? ?No soporto a la gente arrogante!" Vi su enorme mano acercarse hacia m¨ª y... (En el presente, desde la perspectiva de Luciano) "Y te maldijo, encerrando tu alma, ?no? Carajo..." "S¨ª..." Esto iba a ser complicado, pero ya empezaba a entender mejor las cosas. Cap铆tulo 48: Ser茅 el gnomo rojo. Forn me hab¨ªa contado una historia tan extensa y tan frustrante, que hab¨ªa estado suficiente tiempo ac¨¢ como para que todos en mi casa se hayan dado cuenta de que me escap¨¦. No es que tenga miedo de que me reten o algo as¨ª, sino que existe la posibilidad de que Mirella se enoje porque no la despert¨¦ para acompa?arme. Aunque bueno, si estuviera enojada, seguro que ya habr¨ªa hecho desaparecer la bola m¨¢gica que me acompa?a... ?Por qu¨¦ me preocupa tanto que se enoje? Dejando a un lado posibles problemas a futuro, me preocupa todo lo que me cont¨® Forn. Lo bueno es que tengo mucha informaci¨®n nueva. Principalmente, me llam¨® la atenci¨®n lo que dijo de su pareja. Tal vez podr¨ªa haber pasado desapercibido, porque lo dijo as¨ª como a la pasada, pero eso confirma que Sariah tambi¨¦n crea al sexo opuesto de los seres m¨¢gicos. S¨ª, s¨¦ que era algo obvio, porque nunca podr¨ªan reproducirse si no hay dos seres del sexo opuesto. Sin embargo, mi duda se basaba en que nunca vi dos seres m¨¢gicos de la misma especie que puedan usar magia. Quiero decir... ?D¨®nde est¨¢ la pareja de Mirella? ?Y la de Aya? ?O la del hombre p¨¢jaro? Bueno, si es que realmente era un ''hombre'', ya que, al igual que los gnomos, es dif¨ªcil distinguir rasgos femeninos. ?Acaso todos se murieron, como pas¨® con la pareja de Forn? Ser¨ªa extra?o, ?no? Tampoco quiero preguntarle ahora, porque no quiero angustiarlo m¨¢s. No despu¨¦s de todo lo que me cont¨® que tuvo que pasar. ¨¦l tambi¨¦n habl¨® de cosas sobre la familia de las gemelas. Tal vez deber¨ªa preguntarles a ellas si no recuerdan a un hombre vestido con ropas raras. El siguiente tema importante es sobre la magia de Forn, los encantamientos. "Eh, Forn..." Murmur¨¦, luego de un rato de silencio. "No te quiero molestar mucho, pero, ?puedo saber un poco m¨¢s de tu magia? Eso de los encantamientos... Supongo que en este momento tienes uno que te hace controlar la mente de otro, o algo as¨ª". "No, eso no es cierto. En mis anillos tengo... Tengo este de zafiro que es para protegerse un poco de la magia de luz", dijo, se?alando uno de sus dos anillos con gemas azules. "Y uno de los rojos es para protecci¨®n contra el calor. No es el mismo que se llev¨® el Rey Demonio, porque ese dej¨® de funcionar... Aunque lo mismo lo llevo puesto". As¨ª que se protege de la magia de Mirella, ?eh? Me molesta todav¨ªa no saber c¨®mo carajos es que control¨® mi mente aqu¨¦l d¨ªa, y no quiero seguir preguntando o puede llegar a molestarse. "?Y el otro azul?" "Ese est¨¢ sin encantar". Me rasqu¨¦ un poco la mejilla. "Ah, ya veo... Dijiste algo de que te quedabas dormido luego de encantar algo, ?puede ser?" "Es justamente por eso que ya no encanto m¨¢s cosas". ?Acaso esa era la contra de su magia? Claro, porque si no estar¨ªa demasiado OP, por decirlo de alguna manera. "?No ser¨¢ que te consum¨ªs todas tus part¨ªculas m¨¢gicas?" "No te entiendo". "Tal vez no te diste cuenta antes, pero cuando un ser m¨¢gico se queda sin part¨ªculas, no se puede mover". "No, no creo". "?Y c¨®mo se te ocurre lo de encantar? Digo, creo que dijiste algo como que ten¨¦s que tener contacto con ese tipo de magia". "S¨ª, si toco al portador de la magia, puedo hacer un encantamiento que me proteja de eso". "Entonces podr¨ªas hacer un encantamiento contra las maldiciones". "No funcionar¨ªa, porque nuestras magias son totalmente opuestas. Es como si fu¨¦ramos enemigos". "Entiendo... entonces no pod¨¦s crear encantamientos contra maldiciones porque el tipo de magia del rey demonio es la ant¨ªtesis de la tuya", contest¨¦, frunciendo ligeramente el ce?o mientras mi mente se llenaba de ideas. "Pero, ?y si pudi¨¦ramos encontrar una forma de equilibrarlo? Digo, tal vez yo pueda ayudarte en algo". Forn me mir¨®, visiblemente confundido. "?Equilibrarlo? ?C¨®mo? Si ni siquiera entiendo del todo c¨®mo funciona tu magia. Adem¨¢s, soy demasiado d¨¦bil como para intentar algo tan arriesgado otra vez. No puedo permitirme quedarme dormido y vulnerable". Asent¨ª lentamente, procesando sus palabras. Forn ten¨ªa raz¨®n, claro, pero tambi¨¦n pod¨ªa notar el miedo en su voz. Se sent¨ªa mal por perder. ?Qui¨¦n no lo estar¨ªa despu¨¦s de pasar tanto tiempo en una prisi¨®n m¨¢gica? Sin embargo, yo no era de los que dejaban pasar una oportunidad as¨ª sin intentarlo al menos una vez. "Eh, Forn. ?No te parece raro que yo pueda usar magia siendo humano?" "S¨ª, aunque tampoco es que haya visto muchos humanos. Solo s¨¦ que pocos podemos usar magia. Por ejemplo, mis ni?os no pueden". "Escuchame, Forn. Entiendo que no quieras correr riesgos, pero tambi¨¦n creo que no est¨¢s solo en esto", dije, inclin¨¢ndome hacia ¨¦l, por encima de la mesa, para que pudiera ver la seriedad en mis ojos. "Ya no ten¨¦s que enfrentarte a todo por tu cuenta. ?Sab¨¦s por qu¨¦? Porque ahora estamos en esto juntos". Baj¨¦ la voz al final, como si se tratara de un secreto entre nosotros. Forn parpade¨®, sorprendido, y luego solt¨® una risa. "?En serio? ?T¨² y qui¨¦n m¨¢s? ?El hada impulsiva? ?La zorro m¨ªstico que ni siquiera me mir¨® a los ojos cuando me liberaron? Vamos, no te enga?es. Nadie conf¨ªa en m¨ª". "A las dos las conoc¨¦s de antes, ?no?" "Solo a Mirella. Sobre la otra se?orita, mis ni?os me contaron que se vino a apropiar del ¨²ltimo lugar que hab¨ªamos excavado mientras yo no estaba". "Ahh..." Eso me tom¨® desprevenido, aunque la historia cuadraba. "Forn, en serio, no te preocup¨¦s por ellas. S¨¦ que son un poco intensas, pero van a terminar entendiendo que hay que unir fuerzas para luchar contra ese tipo". Forn no respondi¨® de inmediato, as¨ª que continu¨¦ hablando. "Escuchame bien. Si lleg¨¢s a quedarte dormido por encantar algo, yo me voy a encargar de cuidarte. No voy a dejar que te pase nada, ni yo, ni los gnomos. Esto tambi¨¦n es como un pacto, ?entend¨¦s? Vos y yo ahora somos aliados". Por un momento, el gnomo de sombrero verde simplemente me mir¨®, sus ojos entrecerrados como si tratara de leer mi cuerpo por segunda vez. Finalmente, habl¨®, con un tono m¨¢s bajo de lo habitual. "?Por qu¨¦ har¨ªas eso? Ni siquiera me conoces bien. ?C¨®mo sabes que puedo ayudarlos?" "Porque creo que ya pasaste suficiente tiempo luchando solo", respond¨ª con honestidad. "Y porque soy un tipo que cumple su palabra. No importa si tenemos diferencias, Forn. Y te digo una cosa m¨¢s, no quiero que seamos solo aliados, quiero que seamos amigos". Forn dej¨® escapar un largo suspiro, sus hombros hundi¨¦ndose como si de repente el peso de su desconfianza sobre s¨ª mismo se hubiera aligerado un poco. "Es extra?o... No pens¨¦ que escuchar¨ªa algo as¨ª alguna vez. Nunca nadie me ha llamado amigo". "Yo creo que este puede ser un nuevo comienzo. No solo para vos, sino para todos. Yo estoy intentando que sea as¨ª, y lo voy a lograr". "Bueno... ?Y ahora qu¨¦ hay que hacer?" "Como ahora somos amigos, tengo que hacer una cosa", comenc¨¦ diciendo, levant¨¢ndome de la silla y caminando hacia detr¨¢s de ¨¦l. "Ahora este oro es m¨ªo". "???Eh?!!" No le di tiempo ni a bajarse de la silla que ya ten¨ªa hecha una cadena de oro lo suficientemente gruesa para que se notara bien. "?No era que no le ve¨ªas una utilidad al oro y coso? Mir¨¢, yo tengo un mont¨®n de ideas que nos pueden servir", respond¨ª a su grito, acerc¨¢ndome a ¨¦l, que ya estaba de pie, y haci¨¦ndolo girar desde sus hombros, para luego ponerle la cadena de oro en su cuello. "Esto es un collar, y me gustar¨ªa que probaras a ver si pod¨¦s encantarlo". "Luciano, esto no est¨¢ bien. Ese es mi oro y yo lo recog¨ª del agua". A todo esto, siempre me pareci¨® curioso que hubiera oro en un arroyo que no cae desde una altura considerable, sino que se genera autom¨¢ticamente desde un punto con una alta densidad m¨¢gica... Mir¨¦ de reojo hacia la salida que hab¨ªa a nuestra izquierda; ah¨ª estaban todos los otros gnomos, amontonados y mirando expectantes. "Vamos, Forn. Quiero saber por qu¨¦ te sucede eso al encantar un objeto", dije, masajeando un poco sus hombros. "Adem¨¢s, ?vas a vivir toda tu vida con miedo a usar tu magia? Para eso estoy yo y ellos ac¨¢, para cuidarte". Forn gir¨® un poco la mirada, mirando hacia los otros gnomos. "Ni?os, ac¨¦rquense". Los peque?os gnomos se miraron entre ellos, algo inseguros. Uno de ellos, m¨¢s valiente o quiz¨¢s simplemente m¨¢s curioso, dio el primer paso hacia nosotros. Forn suspir¨® profundamente y alz¨® una mano para detener cualquier duda que tuvieran. "Est¨¢ bien. Vengan. Esto es algo que todos debemos presenciar". "Gnomo Forn. Gnomos estar asustados". "Tranquilo, Jorl", comenz¨® diciendo el gnomo de sombrero verde en punta. "Escuchen, mis peque?os. Lo que hemos vivido juntos luego de conocer al Rey Demonio ha sido una batalla constante por vivir tranquilos, por un prop¨®sito m¨¢s grande que nosotros mismos. Hoy, ese prop¨®sito nos lleva por caminos distintos. Solo quiero que no teman". Su mirada recorri¨® a cada uno de los gnomos. "No estamos abandonando nuestra causa. Solo estamos confiando en que este chico", hizo un gesto hacia m¨ª con un dedo, "puede ayudarnos a alcanzar lo que no pudimos por nosotros mismos". Apret¨¦ los pu?os al escuchar las palabras de Forn. Hab¨ªa algo en su tono que me hizo pensar que esto no era solo un intercambio casual. Era una despedida por tiempo indefinido. Los gnomos murmuraron entre ellos, algunos asintiendo, otros todav¨ªa dudosos. Un peque?o, probablemente el m¨¢s joven, no pudo contenerse m¨¢s y se lanz¨® a abrazar a Forn. El viejo gnomo sonri¨® y le dio unas palmaditas en la punta del sombrero rojo. "Por favor, cu¨ªdense los unos a los otros, ?s¨ª? Como lo hicieron cuando yo no estaba". El joven gnomo asinti¨® fren¨¦ticamente, con l¨¢grimas en los ojos. "Gnomo Forn ser el mejor. Siempre recordar". Entonces Forn gir¨® la vista hacia m¨ª, mir¨¢ndome por encima del hombro. "?Con qu¨¦ lo encanto?" "Forn, ?vos conoces a la mujer de fuego?" "Claro que s¨ª, es por eso que puedo encantar con protecci¨®n al calor. Eso s¨ª, solo la vi una sola vez, porque esa mujer tiene el ego m¨¢s grande que cualquiera pudiera imaginar". "Ella es el ¨²ltimo ser m¨¢gico que queda por liberar, es por eso que ahora te pido que intentes encantar este collar con protecci¨®n contra el calor". "Est¨¢ bien", respondi¨®, pero todav¨ªa sin girarse. "Quiero que sepas que mis ni?os me dijeron que te esforzaste mucho por liberarme, as¨ª que es por eso que conf¨ªo en ti y acept¨¦ hacer mi primer pacto". "Te lo agradezco, amigo". Entonces ¨¦l finalmente agarr¨® el collar, que todav¨ªa ten¨ªa puesto, con sus dos manos peque?as y regordetas. Suspir¨® y vi que sus part¨ªculas m¨¢gicas se empezaban a gastar poco a poco mientras alguna m¨ªa se le traspasaba mediante el contacto f¨ªsico. De un momento a otro, el cuerpo de Forn se desplom¨® hacia delante. "?Forn!" grit¨¦, atrap¨¢ndolo antes de que su peque?o cuerpo golpeara el suelo. Lo recost¨¦ con cuidado boca arriba y coloqu¨¦ mi mano sobre su mu?eca; su coraz¨®n todav¨ªa estaba latiendo. Esto no es normal. Ning¨²n ser m¨¢gico deber¨ªa desmayarse sin acabarse todas sus part¨ªculas. Por lo menos, hasta ahora, siempre fue as¨ª. Esto tiene que ser obra de Sariah... Ella lo cre¨®, despu¨¦s de todo. Si fue su manera de asegurarse de que su magia no sea usada a la ligera, lo logr¨®. Cuando alc¨¦ la mirada, not¨¦ que los gnomos me observaban en silencio. Sab¨ªan que algo malo estaba sucediendo, pero tal vez no entend¨ªan del todo el motivo, pues ellos no pod¨ªan ver las part¨ªculas m¨¢gicas. Inspir¨¦ profundamente, tratando de dar una impresi¨®n de control. "A partir de ahora, yo estar¨¦ a cargo de Forn", declar¨¦... ?Lo dije demasiado brusco? Seguramente ellos no quer¨ªan escuchar algo as¨ª en este momento. "Voy a llevarme a Forn a mi casa. Necesita descansar y recuperarse. No s¨¦ cu¨¢nto tiempo le tomar¨¢, pero me asegurar¨¦ de que est¨¦ bien. ?Qu¨¦ opinan?" Largu¨¦ esa pregunta del final como para aligerar un poco. Ya estoy metido en el barro, y pienso seguir as¨ª por el bien de Forn, porque no puedo dejarlo ac¨¢, a la deriva.The narrative has been illicitly obtained; should you discover it on Amazon, report the violation. Un murmullo se extendi¨® entre los gnomos, hasta que uno de ellos, Jorl, el mismo que hab¨ªa hablado antes, me mir¨® de manera extra?a; sus ojos apenas visibles entre el sombrero y la barba blanca. "Gnomos tambi¨¦n querer ir. Gnomo Forn no estar solo. ?Nosotros protegerlo!" "Espera, espera", respond¨ª, levantando una mano. "No pueden simplemente venir conmigo. Tengo responsabilidades, y un grupo tan grande podr¨ªa ser... complicado". "Complicado o no, ?nosotros ir!" Insisti¨® otro, con una convicci¨®n que hasta parec¨ªa hacerle hablar normal. Antes de que pudiera argumentar m¨¢s, los peque?os se organizaron sorprendentemente r¨¢pido. Cuatro de ellos se apresuraron a levantar a Forn, carg¨¢ndolo con una coordinaci¨®n inesperada para su tama?o. Parec¨ªan soldados en plena misi¨®n, cada uno asumiendo su rol sin cuestionar. Esto no puede estar pasando... ?Realmente voy a acabar con una tropa de gnomos sigui¨¦ndome? Pero cuando vi la determinaci¨®n en sus ojos y el cuidado con el que sosten¨ªan a Forn, algo dentro de m¨ª cambi¨®. Si iba a asumir este rol, tendr¨ªa que hacerlo... bien, por decirlo de alguna manera. "Est¨¢ bien, ustedes ganan. Pero si van a seguirme, van a tener que aceptar algo: yo soy su l¨ªder ahora, y vamos a hacer las cosas a mi manera. ?Entendido?" "?Gnomos entender! ?Gnomo rojo nuevo l¨ªder!" Respondieron al un¨ªsono con un posterior sonido de asentimiento. Cuando empezamos a caminar hacia la salida, ca¨ª en lo que estaba haciendo con mi vida. ??Pero qu¨¦ carajos estoy haciendo?! ?C¨®mo termin¨¦ siendo el l¨ªder de una docena de gnomos rojos, cargando a uno de ellos desmayado como si fuera el maldito mes¨ªas de los peque?os sombrerudos? Esto es rid¨ªculo, completamente absurdo. Si alguien me hubiera dicho que, despu¨¦s de morir en la Tierra, iba a terminar comandando un grupo de duendecillos hist¨¦ricos por la repentina ca¨ªda de su l¨ªder, y encima a los ocho a?os, me hubiera muerto otra vez, pero de risa. Ahora que lo pienso, ?qu¨¦ hago con ellos? ?D¨®nde los meto? ?No puedo llevarlos a casa as¨ª sin m¨¢s! Aya va a perder la paciencia, seguro. No la culpo. Imaginate abrir la puerta de tu casa y que entren doce gnomos ruidosos diciendo que soy su l¨ªder. ''?Gnomo rojo nuevo l¨ªder!'' Ah, claro, porque mi cabello tiene un maldito filamento rojo. ?Qu¨¦ criterio tan avanzado para ponerme ese apodo! Y encima de todo, Forn est¨¢ inconsciente, con un collar de oro puesto y no tengo ni idea de cu¨¢nto tiempo va a tardar en recuperarse. Lo ¨²nico que falta es que mire a Aya a los ojos y me diga algo como: ''Luciano, ?puedo saber por qu¨¦ trajiste un ej¨¦rcito de gnomos a nuestra tranquila vida en la playa?'' Ya la imagino frunciendo el ce?o, poniendo los brazos en jarra, con esa postura taaaaan elegante y madura que no necesita esforzarse para que me haga sentir culpable de mis acciones. Y yo le terminar¨ªa respondiendo algo as¨ª como: ''Pero Aya, yo me autoproclam¨¦ l¨ªder luego de derrocar a Forn sin querer''. Ah, claro, porque eso va a sonar totalmente razonable. Y los dem¨¢s... Bueno, ya me estoy viendo a Suminia fulmin¨¢ndome con la mirada. A esa chica no hay manera de complacerla. Seguramente har¨¢ alg¨²n comentario pasivo-agresivo sobre c¨®mo siempre arrastro cosas extra?as a nuestra vida. Samira, en cambio, probablemente trate de ser amable como siempre, pero incluso ella tiene un l¨ªmite. ?Y Luc¨ªa! No puedo dejar a mi hermanita cerca de ellos. Esos gnomos parecen inofensivos, pero conociendo mi suerte, seguro terminan meti¨¦ndose en problemas, y no quiero que mi mamita salga lastimada. ?Por qu¨¦ no pens¨¦ esto mejor? ?Ah, cierto! Porque decid¨ª actuar de manera imprudente intentando investigar la magia y luego Forn literalmente se desplom¨® en mis brazos como si hubiera tomado veneno. Ya est¨¢bamos afuera, con una selva que parec¨ªa demasiado tranquila para lo que estaba ocurriendo dentro de mi mente. "?Cuidado, rama larga!" Grit¨® uno de los gnomos. Mir¨¦ hacia abajo justo a tiempo para evitar tropezar con una enorme rama sobresaliente de un ¨¢rbol. Perfecto, ahora tambi¨¦n me est¨¢n cuidando como si fuera un ni?o torpe. No puedo esperar para ver c¨®mo explico esto cuando lleguemos. ?D¨®nde voy a meter a doce gnomos? Mi casa no es un hotel, por el amor de Sariah. Hablando de ella... No me sorprender¨ªa que estuviera observ¨¢ndome ahora mismo, ri¨¦ndose de m¨ª desde su espacio celestial. Cuando finalmente salimos del bosque, llegamos a nuestro destino. Frente a la puerta de la casa, ah¨ª estaban Aya y Mirella. Aya con su yukata impecable, de pie como si fuera la due?a de mi casa, con las orejas blancas movi¨¦ndose apenas por el viento. Por otro lado, Mirella, con sus alas que la hac¨ªan mantenerse en el aire, ten¨ªa esa sonrisa que siempre lleva cuando est¨¢ a punto de lanzarse a decir algo demasiado condescendiente. ?Acaso no deber¨ªa estar enojada? Creo que todav¨ªa era v¨¢lido el salir corriendo y perderme en el infinito. ¡°?Qu¨¦ carajos...?¡± Empez¨® Aya, frunciendo el ce?o mientras sus ojos anaranjados nos miraban peligrosamente. "Eh... ?Hola?" Dije, tratando de sonar casual, pero mi voz sali¨® m¨¢s como un chillido. Forn segu¨ªa sobre los cuatro gnomos, completamente inconsciente, y los gnomos detr¨¢s de m¨ª hicieron un desastre al intentar formar una fila cuando yo me detuve de repente. Parec¨ªa un desfile rid¨ªculo de peque?ines con sombreros rojos m¨¢s grandes que sus cabezas. Algunos incluso me empujaban, como si no se hubieran dado cuenta de que estaban al borde de una emboscada verbal de nivel apocal¨ªptico. En la ventana izquierda pude ver a Samira y Suminia observando atentamente, y en la ventana derecha estaban los tres integrantes de mi familia. ?Acaso se van a quedar ah¨ª sin decir nada, sin ayudarme? "Luciano, expl¨ªcame ya por qu¨¦ trajiste a este hombre de esta manera y a todos los gnomos. ?Acaso te est¨¢s burlando de m¨ª?" Uff... Empezar con una victimizaci¨®n era un golpe bajo y dif¨ªcil de remontar. Veremos qu¨¦ puedo hacer. "Aya, soy tan solo un ni?o", dije, levantando un dedo en el aire. "Y los ni?os hacen travesuras. A veces buenas, a veces malas". Sab¨ªa que, de alguna manera, esto no iba a terminar con todos contentos, principalmente porque vi que la cara de Rundia se puso m¨¢s seria despu¨¦s de que Aya hablara. Mientras tanto, Luc¨ªa se estaba reventando de la risa. "Sabes que eso no es v¨¢lido en este momento, as¨ª que expl¨ªcate", respondi¨® ella. Antes de que se me ocurriera algo para decir, Mirella vino y se sent¨® sobre mi cabeza. "Vamos, Aya, no seas tan mala con Luciano. Adem¨¢s, ?no era que estabas preocupada porque se fue sin avisar?" "?Mirella! ?No se supon¨ªa que deb¨ªas decir eso!" Grit¨®, su voz flaqueando. "A-Adem¨¢s, ?acaso no eras t¨² la que se preocup¨® m¨¢s y dijiste que no le quitar¨ªas la bola de luz?" "S¨ª, claro. Porque somos mejores amigos y siempre me preocupo por ¨¦l". Aya se qued¨® tan con la boca abierta que parec¨ªa que el ment¨®n se le caer¨ªa al suelo. Mirella siempre ten¨ªa la habilidad de hacer que las cosas giraran a mi favor si ella lo quer¨ªa, incluso cuando yo mismo estaba al borde de rendirme. La mir¨¦ de reojo mientras ahora flotaba al lado de mi cabeza, con una expresi¨®n p¨ªcara. Entonces aprovech¨¦ el momento para tomar la palabra. "Bueno, lo que voy a decir no es solo para Aya, sino para todos: los gnomos a partir de ahora ser¨¢n nuestros amigos. Pero no se preocupen, ellos no van a vivir en nuestra casa, van a vivir en nuestra anterior cueva, con Fufi y su familia". Mientras hablaba, los dem¨¢s empezaron a salir de casa, poni¨¦ndose al lado de Aya. "Como ver¨¢n, hay un gnomo que es diferente a los dem¨¢s", expliqu¨¦, acerc¨¢ndome al cuerpo de Forn y poniendo una mano sobre su panza. "¨¦l se llama Forn y es como el padre de todos los gnomos, pero resulta que, al usar magia, se agota y se queda dormido por un tiempo, as¨ª que no puede hablar con ustedes ahora y tambi¨¦n es por eso que yo decid¨ª que los gnomos estar¨ªan m¨¢s cerca de nosotros". Aya suspir¨®, llev¨¢ndose una mano a la frente. "Esto es rid¨ªculo... Pero supongo que mientras no entren a la casa y no causen problemas, puedo tolerarlo". Las gemelas se percataron de la presencia de Forn y se acercaron de inmediato a ¨¦l. "Mira, Sumi. ¨¦l es el hombre peque?o del cual nos contaba nuestra abuela". "S¨ª, ahora parece que est¨¢ durmiendo". "Y miren este", dije, gir¨¢ndome y buscando al gnomo que tuviera menos cara de molesto, tom¨¢ndolo entre mis manos como si fuera un peluche. "Miren, este se llama... Jorl. ?No es adorable? ?C¨®mo creen que podr¨ªa abandonar a estos peque?os? No pod¨ªa dejarlos solos y que alguien se aprovechara de ellos". "Gnomo llamarse Liar", contest¨® el gnomo entre mis manos y empez¨® a patalear. Cuando el gnomo en mis manos empez¨® a moverse as¨ª, su sombrero se tambale¨® peligrosamente, y yo hice lo posible por no soltarlo en el momento, pero era imposible. "?Liar, Jorl, como sea! ?Tranquilo, hombre!" Lo dej¨¦ cuidadosamente en el suelo, donde se ajust¨® el sombrero con aire ofendido y se devolvi¨® a su posici¨®n. Mientras ve¨ªa a mis padres acercarse a ver los gnomos tomados de la mano de Luc¨ªa, fui a ver a Aya, que se qued¨® parada frente a la puerta. "Aya, s¨¦ que ten¨¦s un problema personal con los gnomos, pero me gustar¨ªa pedirte que ya intentes olvidarte de eso. Ya es parte del pasado, y ahora necesitamos llevarnos todos bien para lo que viene". Ella evit¨® mirarme. "Entiendo..." "Por cierto, ?todav¨ªa tenemos barreras activas en la otra cueva?" "Solo dos..." "?Tuviste que desactivar una?" "S¨ª..." "Vamos, Aya, no te desanimes", dije mientras le pasaba un poco mi mano sobre su brazo. "Para la noche te tengo preparada una sorpresa". Cuando mencion¨¦ eso, not¨¦ c¨®mo las orejas de Aya se movieron ligeramente hacia arriba, como si hubieran captado algo inesperado. Su mirada, que antes evitaba cruzarse con la m¨ªa, se levant¨® despacio. "?Sorpresa?" Murmur¨®. ¡°S¨ª, una sorpresa. Bueno, en realidad ser¨ªa como un regalo. Se me ocurri¨® cuando te vi enojada¡±, expliqu¨¦, sonriendo para intentar calmar el ambiente. "Bueno... Dependiendo de lo que sea, ver¨¦ si te perdono o no". Con esas palabras, se meti¨® a casa. A todo esto, Tar¨²n y Anya no estaban. Qu¨¦ l¨¢stima. Las gemelas y Mirella, que parec¨ªa un poco molesta luego de escuchar lo del regalo a Aya, me acompa?aron a llevar a los gnomos a la cueva donde vivimos por mucho tiempo y que ahora se la hab¨ªa adue?ado Fufi y su nueva familia. S¨ª, ahora el monstruito azul y rojo ten¨ªa una pareja hembra que se distingu¨ªa por tener cambiado el pelaje rojo por un naranja claro. Aparte de ellos dos, hab¨ªa otros dos peque?ines machitos. Le expliqu¨¦ a Fufi que los gnomos vivir¨ªan ac¨¢ por un tiempo hasta que su l¨ªder despertara, y que cuando eso sucediera, me buscara y me avisara. Supongo que comprendi¨®, ya que se qued¨® mir¨¢ndome todo el tiempo que yo le hablaba y luego se fue a recostar con su familia. Creo que ni le interesa si los gnomos viven ah¨ª o no. Con el asunto de los gnomos relativamente bajo control, aprovech¨¦ para quitarle el collar de oro encantado a Forn. Mientras sosten¨ªa el collar en mis manos, sent¨ª una leve vibraci¨®n m¨¢gica. Me hizo recordar que tendr¨ªa que inventar una excusa cre¨ªble para cuando Forn despertara y preguntara por qu¨¦ se lo hab¨ªa quitado. No es tanto cosa de que Aya haya estado enojada y dem¨¢s, sino que pienso que, al ella usar magia defensiva, llevar m¨¢s protecci¨®n defensiva encima podr¨ªa beneficiarla en algo. Por m¨¢s que esta fuera contra el calor... o fuego. Despu¨¦s de eso, la tarde avanz¨® sin demasiados contratiempos. Anya regres¨® m¨¢s tarde con Tar¨²n, y tuve que sentarlos a ambos para explicarles la situaci¨®n de los gnomos. Como era de esperar, entendieron la situaci¨®n a la perfecci¨®n. Cuando la comida de la noche termin¨®, junto a varias preguntas de por medio, y todos se retiraron a descansar, lleg¨® el momento que hab¨ªa estado esperando. En la habitaci¨®n que compart¨ªa con Mirella y Aya, el ambiente ahora era m¨¢s ¨ªntimo. La luz de una peque?a bola m¨¢gica iluminaba ampliamente la habitaci¨®n. Mirella ya estaba sentada en el borde de la cama, jugando distra¨ªdamente con una hebra de su cabello rubio mientras me miraba de reojo. Ay, Mirella... Su cara se hab¨ªa tornado algo fruncida cuando mencion¨¦ la sorpresa para Aya. La sab¨ªa celosa, y no pod¨ªa evitar pensar que ese tipo de cosas s¨®lo complicaban m¨¢s la relaci¨®n que ten¨ªa con ella. Respir¨¦ hondo y saqu¨¦ el collar de oro encantado del caj¨®n de la mesita de luz que estaba entre las dos camas. Este no era cualquier objeto; era un regalo que podr¨ªa ayudar a Aya m¨¢s adelante, ya que ella ser¨ªa la que podr¨ªa verse m¨¢s afectada por el fuego, m¨¢s que todo por su cuerpo grande, su pelaje y esa ropa que le cubre casi todo el cuerpo. Aya entr¨® casi al instante, vi¨¦ndome parado al lado de su cama, con una mano detr¨¢s de la espalda. "?Y bien?" Pregunt¨®, acerc¨¢ndose. "?Estaban esper¨¢ndome?" Mirella no respondi¨® nada, pero yo s¨ª. "S¨ª, estaba esper¨¢ndote para mostrarte algo que hoy hice junto a Forn". Puse la mano que ocultaba hacia delante, mostrando el collar de oro. "Esto se llama collar". En ese instante, pude ver que Mirella se dio la vuelta hacia m¨ª, todav¨ªa sin decir nada. "?Un co... co...?" "Un collar. Sirve como adorno para el cuerpo, pero este tiene una cosa m¨¢s, algo que realmente s¨ª lo hace ¨²til". "?Qu¨¦ cosa tiene?" "Est¨¢ encantado". "?Qu¨¦ significa eso? No entiendo la palabra". Le di un par de golpecitos por encima a su colch¨®n primitivo. "Ven¨ª, sentate". "Est¨¢ bien", respondi¨® y camin¨® hasta su cama, sent¨¢ndose en el medio del borde. En ese momento, Mirella gate¨® por nuestra cama y se sent¨® del otro lado; ahora estaba frente a Aya. No sab¨ªa si ten¨ªa curiosidad por el objeto nuevo o si estaba queriendo escuchar atentamente para luego usarlo en mi contra. "Bueno, lo primero que hay que saber es que Forn tiene la magia de encantar determinados tipos de cosas. En este caso, este collar est¨¢ hecho de oro, como el que yo consegu¨ª y puse en las estanter¨ªas. Encantar significa darle un poder a ese objeto. Y si ese objeto lo tienes puesto, entonces tendr¨¢s ese poder". "?Y qu¨¦ poder tiene este collar?" Antes de responderle, se lo puse. Ella reaccion¨® haciendo la cabeza un poco hacia atr¨¢s, pero ya estaba dentro. Su cabello blanco apenas llegaba m¨¢s all¨¢ de sus hombros, as¨ª que no fue dif¨ªcil pon¨¦rselo r¨¢pidamente. "Tiene el poder de proteger contra el calor. Es decir, si nos encontramos a alguien con magia de fuego, se supone que podr¨ªas resistir mejor si te ataca". "Gracias, Luciano. Se ve muy bonito". "Este es el regalo que te promet¨ª. Me pareci¨® que podr¨ªa ayudarte mucho en el futuro". Aya baj¨® la mirada al collar con curiosidad, toc¨¢ndolo con la punta de sus dedos. Sus orejas se movieron ligeramente hacia arriba, delatando que estaba intrigada. Sin embargo, antes de que pudiera comentar algo m¨¢s, Mirella, quien hasta ese momento hab¨ªa estado observando en silencio, solt¨® un comentario cargado de iron¨ªa. "Ah, claro, porque Aya necesita un regalo especial, ?no? Mientras tanto, yo aqu¨ª, esperando que te acuerdes de que existo". Me gir¨¦ para verla; su tono melodram¨¢tico estaba acompa?ado de un puchero exagerado y un leve cruce de brazos. A pesar de sus palabras, hab¨ªa una chispa de diversi¨®n en su mirada, como si estuviera disfrutando un poco de su propia escena. "Mirella, no seas as¨ª... Ya sab¨¦s que vos sos especial para m¨ª, pero el tama?o de este collar realmente no era para vos". Ella me lanz¨® una mirada esc¨¦ptica, pero despu¨¦s de unos segundos de silencio, suspir¨® con resignaci¨®n. "Est¨¢ bien, est¨¢ bien. Pero no te olvides de que yo tambi¨¦n tengo necesidades, ?eh?" "Por supuesto que no. De hecho, ya tengo algo en mente para vos", respond¨ª, aunque improvisando un poco. Entonces me acerqu¨¦ a la estanter¨ªa, mirando los dos lingotes de oro. ?Qu¨¦ podr¨ªa hacerle para mantenerla contenta? ?Un accesorio? No, seguro que se quejar¨ªa porque no est¨¢ encantado... Ya s¨¦, voy a crearle algo nuevo. Sin perder tiempo, tom¨¦ uno de los lingotes de oro de la estanter¨ªa. La magia se activ¨® en mis dedos mientras lo sosten¨ªa, molde¨¢ndolo como si fuera cera. Mi idea era clara: un peine de corte peque?o. Claro, no era el modelo que usualmente usar¨ªa una mujer para arreglar su cabello, pero Mirella no necesitaba saber eso. Adem¨¢s, nunca hab¨ªa hecho uno antes, as¨ª que iba a ser interesante. Molde¨¦ el oro en dientes finos, aline¨¢ndolos cuidadosamente. Hacer tantos y tan finos era complicado, pero me esforc¨¦ por hacer que el dise?o fuera pr¨¢ctico y algo bonito. Bueno, lo bonito se lo dar¨ªa el color dorado. Dejando el lingote, ahora un poco m¨¢s peque?o, en la estanter¨ªa, me dirig¨ª hacia Mirella con el peine en una mano y me sent¨¦ a su lado. "?Eso es para m¨ª?" Pregunt¨® Mirella, inclin¨¢ndose hacia m¨ª. "S¨ª, Mirella. Esto se llama peine. Sirve para arreglar el cabello, desenredarlo y darle un poco de forma". Se lo entregu¨¦ para que lo viera antes de mostrarle c¨®mo se usaba. Ella lo tom¨® con cuidado, gir¨¢ndolo para verlo desde diferentes ¨¢ngulos. "?Y c¨®mo funciona un peine?" "Es simple. Dejame mostrarte", respond¨ª y, suavemente, apart¨¦ un mech¨®n de su cabello rubio. "Solo ten¨¦s que pasarlo as¨ª, desde el comienzo hasta las puntas". Deslic¨¦ el peine por su cabello, que ca¨ªa como seda bajo los dientes dorados. La combinaci¨®n de colores era un deleite para la vista. "?Ves? Ayuda a mantenerlo ordenado y limpio". "?Auch!" Grit¨® cuando se atasc¨® un poquito y me lo sac¨® inmediatamente. "?Mira, me arrancaste un pelo!" "Pero eso es completamente normal. Los que se quedan son los pelos m¨¢s fuertes". Mirella dej¨® escapar un suspiro largo y dram¨¢tico. "Bueno, no es tan impresionante como un collar con poderes, pero supongo que estoy conforme". De pronto, Aya se levant¨® de su cama. Ahora era raro verla con semejante porte f¨ªsico y esa cadena de oro tan gruesa. "Oye, Luciano... ?Yo tambi¨¦n podr¨ªa llegar a... peinar mis colas?" Qu¨¦ nochecita me espera... Cap铆tulo 49: Cè´¸mo pasa el tiempo. Han pasado tres d¨ªas desde que Forn se desmay¨® luego de encantar la cadena de oro. Acabamos de desayunar unas frutas y en este momento estoy en mi cuarto, haciendo algo que nunca pens¨¦ que terminar¨ªa haciendo: peinar las colas de Aya. Esto sucedi¨® despu¨¦s de varios idas y vueltas con Mirella, con ella reclamando que, si nosotros tambi¨¦n us¨¢bamos peines, entonces no iba a ser un gran regalo especial. Lo bueno es que termin¨® entendiendo que era algo bueno para todos, as¨ª que... Bueno, en este momento me encuentro peinando las cinco colas de Aya. No es que yo me hubiera ofertado o algo as¨ª, sino que ella, cuando empez¨® a intentarlo, no llegaba a peinar desde el comienzo, as¨ª que me pidi¨® ese favor. Aya estaba sentada en la cama, d¨¢ndome la espalda mientras yo sosten¨ªa el segundo, y m¨¢s grande, peine dorado en una mano, y en la otra manten¨ªa una de sus colas quieta. Las colas de esta raza, que se llamaba zorro m¨ªstico, eran algo que todav¨ªa no entend¨ªa del todo. Su pelaje blanco y suave era hipnotizante, pero tambi¨¦n intimidante. Peinarlas requer¨ªa paciencia, pero sobre todo fuerza para atravesar los nudos. Mirella, como era de esperarse, no perdi¨® la oportunidad de observar todo desde la mesita de luz. Estaba sentada, con las piernas cruzadas, mir¨¢ndome sonriente. Hab¨ªa algo en su mirada que me dec¨ªa que estaba disfrutando de verme en esta posici¨®n y no se arrepent¨ªa de habernos dejado hacer otro peine m¨¢s. Aya inclin¨® un poco el torso hacia adelante, dejando que su espalda se arquease ''ligeramente''. Cuando los dientes del peine rozaron la piel en la base de sus colas, not¨¦ c¨®mo sus orejas se movieron ligeramente hacia los costados, un gesto que no pude evitar interpretar como una reacci¨®n instintiva. Sus otras tres colas se mov¨ªan de forma independiente, como si quisieran decidir cu¨¢l era la siguiente en ser atendida, lo que ralentizaba el proceso. El movimiento de su espalda empez¨® a llamarme m¨¢s la atenci¨®n. Era sutil, pero cada vez que el peine pasaba por alg¨²n punto supuestamente sensible, ella parec¨ªa tensarse levemente, arqueando m¨¢s la columna y empujando un poco su trasero hacia afuera. Esto me dej¨® pensativo, porque estaba empezando a deducir que el toque en esa zona le hac¨ªa excitar un poco. Era imposible no pensar en los gatos y c¨®mo reaccionaban cuando los acariciabas cerca de la base de la cola. Pero Aya no era un gato; era un zorro m¨ªstico, y hasta ahora no sab¨ªa mucho sobre c¨®mo funcionaban esos reflejos en su especie, o si los zorros comunes tambi¨¦n compart¨ªan con los gatos esa reacci¨®n. Ah... Todav¨ªa me acuerdo de Fif¨ª; ese gato persa era muy tierno y d¨®cil. Mientras tanto, Mirella solt¨® una risita discreta. "Vaya, Luciano. Pens¨¦ que tu magia era para crear cosas m¨¢s importantes, pero parece que a veces puedes llegar a inventar cosas interesantes". "Mirella, ?por qu¨¦ siento que te est¨¢s queriendo burlar de alguna manera?" "Yo creo que piensas mal, Luciano. Yo soy una hadita bien portada". Aya gir¨® ligeramente la cabeza hacia m¨ª, con una de sus largas orejas movi¨¦ndose hacia un lado. "?Est¨¢ todo bien, Luciano? Si esto es demasiado trabajo, puedo intentar hacerlo yo misma otra vez". "No, no te preocupes. Estoy bien". Aclar¨¦ mi garganta, sinti¨¦ndome un poco culpable por haberme distra¨ªdo por un comentario tonto de Mirella. Lleg¨® un momento en que las bolas de pelos que sacaba se iban acumulando en el piso en una m¨¢s grande. En este momento estaba haciendo un trabajo que no se hab¨ªa hecho en a?os. Mirella, desde su trono improvisado en la mesita de luz, no tard¨® mucho en hacer otro comentario sarc¨¢stico. "Oye, Aya, ?te est¨¢ gustando o te est¨¢s aguantando las ganas de decir que Luciano lo hace p¨¦simo?" Aya solt¨® una risita suave, pero no respondi¨® de inmediato. En cambio, gir¨® apenas un poco la cabeza para mirarme de reojo. "En realidad, est¨¢ haci¨¦ndolo bastante bien. Es... relajante". Su tono era sereno, pero not¨¦ un leve rubor en sus mejillas. Aunque tal vez solo era el efecto de la luz. Era curioso tener a Aya en este estado, aunque ten¨ªa claro que no deb¨ªa aprovecharme de eso para no terminar molest¨¢ndola. No vaya a ser cosa que sus instintos animales se activen y piense que la estoy invitando a procrear. Justo cuando parec¨ªa que ya estaba por acabar, se empez¨® a escuchar un ruido desde afuera de la casa, una especie de "gyaaaa" agudo y repetido varias veces, haci¨¦ndose cada vez m¨¢s cercano. Parec¨ªa ser de un animal... ?Fufi? Creo haberlo escuchado gritar as¨ª antes. Cuando me acerqu¨¦ a la ventana, dejando antes el peine en la mesita de luz, vi que estaba ah¨ª fuera, volviendo a gritarme de esa forma. "?Hey, despert¨® Forn!" Grit¨¦ y sal¨ª corriendo por la casa hasta llegar fuera, donde Fufi ya esperaba frente a la puerta. "?Vamos a la cueva!" Sal¨ª disparado hacia el bosque, siguiendo a Fufi mientras ¨¦l corr¨ªa como un loco en direcci¨®n a la cueva. "?Aya, Mirella! ?Vamos!" Grit¨¦, apenas sin detenerme. Detr¨¢s de m¨ª ya estaba Aya, con su yukata ondeando levemente, y Mirella, que hab¨ªa optado por volar a mi lado. Parec¨ªa que nadie m¨¢s en la casa hab¨ªa escuchado mis gritos o simplemente decidieron ignorarlos. Tal vez estaban en sus habitaciones, ocupados con sus propias cosas, o quiz¨¢s simplemente no quisieron ver a Forn, ya que hoy era d¨ªa de descanso. "?Crees que Forn estar¨¢ bien?" Pregunt¨® Mirella. "Eso espero", respond¨ª, esquivando una rama baja. "Si se despert¨®... significa que su magia lo hace dormir por tres noches, m¨¢s o menos". Al llegar, vi que los gnomos parec¨ªan estar festejando. Varios de ellos caminaban en c¨ªrculos, otros levantaban ramas peque?as y algunos simplemente daban saltos de alegr¨ªa. El ambiente era completamente opuesto al silencio pesado que hab¨ªa reinado en estos ¨²ltimos d¨ªas. Por contraparte, la pareja de Fufi estaba tranquila y recostada alimentando a sus cachorros, que ya no parec¨ªan ser tan cachorros, la verdad. Cuando Forn me vio, sonri¨® ampliamente y levant¨® una mano en se?al de saludo. ¨¦l estaba sentado, apoyando la espalda contra la pared rocosa. "?Luciano! ?Vienes a unirte a la celebraci¨®n?" Dijo con su voz ronca pero c¨¢lida. "?Forn!" Le respond¨ª, acerc¨¢ndome r¨¢pidamente. "Es bueno verte despierto. Est¨¢bamos todos preocupados por ti, hasta gente que todav¨ªa no conoces". Forn solt¨® una risa breve, aunque se notaba que a¨²n estaba un poco cansado. "Ah, los gnomos somos m¨¢s duros de lo que parecemos. Solo necesitaba... un peque?o descanso". Mirella se acerc¨® y se par¨® en el suelo, frente a ¨¦l. "Hola, Forn. ?Est¨¢s bien?" ¨¦l abri¨® muy grandes los ojos, aparentemente sorprendido por algo. "?Mirella, est¨¢s m¨¢s grande! ?Yo deber¨ªa preguntarte si est¨¢s bien!" "Luciano me revis¨® y dijo que estoy bien. Solamente tomo agua m¨¢gica para crecer". El sombrerudo no lo pod¨ªa creer; cruz¨® una mirada conmigo, tal vez pidiendo una explicaci¨®n m¨¢s detallada. "Es cierto lo que dice. Pero al parecer solo sucede ese efecto con ella". "Ya veo... Te felicito, Mirella". "?Gracias!" A todo esto, Aya se qued¨® en la entrada de la cueva. Lo mir¨¦ fijamente por un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas para lo que quer¨ªa decirle, lo importante. Finalmente, decid¨ª ir al grano. "Forn, perd¨®n por pedirte que respondas ahora, pero hay una pregunta que me est¨¢ carcomiendo... ?Est¨¢s dispuesto a seguir utilizando tu magia de encantamientos? S¨¦ que cada vez que lo hac¨¦s, termin¨¢s qued¨¢ndote inconsciente por d¨ªas, y no quiero pedirte algo que no est¨¦s dispuesto a hacer". Los gnomos que estaban alrededor detuvieron su celebraci¨®n por un momento y giraron la cabeza hacia Forn, esperando su respuesta. ¨¦l se tom¨® unos segundos para reflexionar, apoyando una mano en su abultada barba y mirando al techo de la cueva. "Luciano... Luego de hablar contigo, finalmente lo entend¨ª. La magia de encantamientos es parte de qui¨¦n soy. No es solo una habilidad, es mi forma de ser, lo que me conecta con mi gente y conmigo mismo. Si mi magia puede ayudar a construir algo m¨¢s grande, algo que beneficie a todos, entonces estoy dispuesto a soportar el costo. Aun as¨ª..." Hizo una pausa, su mirada volvi¨¦ndose un poco m¨¢s seria. "Necesito tu palabra de que usar¨¢s lo que encantemos para el prop¨®sito que me dijiste, el de derrotar al Rey Demonio". Sus palabras me golpearon con fuerza. La seriedad en sus ojos, la convicci¨®n en su voz, me recordaron la responsabilidad que ten¨ªa con ¨¦l y con los dem¨¢s. A esto se le sumaba que ¨¦l me ten¨ªa miedo, o respeto, por albergar demasiado poder en mi interior. Para ¨¦l debe ser raro ver a un humano ni?o con un poder que ni ¨¦l puede entender. Me puse en cuclillas, para as¨ª estar a la misma altura. "As¨ª ser¨¢, Forn. Utilizar¨¦ tu poder adecuadamente para as¨ª ser m¨¢s fuertes. Te agradezco mucho que hayas decidido colaborar con nosotros. Por ahora Aya es la due?a del collar; yo se lo regal¨¦. Espero que te parezca bien". "Aya, ya veo..." Murmur¨®, moviendo la vista hacia ella. "Me gustar¨ªa tener un momento a solas con ella, para hablar". "Me parece perfecto", respond¨ª, poniendo una mano en su peque?o hombro. "Entonces yo me ir¨¦ con Mirella... Por cierto, ahora sos libre de vivir en donde te parezca mejor. Por lo pronto, esta cueva est¨¢ protegida por dos barreras de Aya, as¨ª que es uno de los lugares m¨¢s seguros en donde pod¨¦s quedarte. Si no, pod¨¦s volver a donde estaban antes. Vos avisame". "Est¨¢ bien, Luciano. Estaremos en contacto. Luego me gustar¨ªa conocer a la gente que vive contigo". "Bueno. Pod¨¦s visitarnos cuando quieras. Estamos en la salida del bosque. Los otros gnomos saben d¨®nde es". Con esas palabras me levant¨¦. "Chau, Forn. Nos vemos pronto". "Adi¨®s, Luciano. Adi¨®s, Mirella". "?Chau, Forn!" Al pasar al lado de Aya, no me qued¨® otra que decirle algunas palabras. "Aya, te esperamos en casa. Voy a ir recogiendo los pelos que quedaron por ah¨ª". Su cara era demasiado seria en comparaci¨®n con c¨®mo la hab¨ªa visto minutos atr¨¢s. "Est¨¢ bien... Supongo que voy a tener que hablar adecuadamente con los gnomos". "Con calma, por favor", susurr¨¦ antes de pasar por la salida. Si bien Aya es una de las personas que suelen mantener la calma durante una conversaci¨®n, a veces reacciona medio raro cuando uno le pregunta sobre su pasado, as¨ª que espero que Forn no le pregunte por qu¨¦ se adue?¨® de una parte de su casa y la llam¨® santuario. A todo esto, lo que entend¨ª sobre el hogar subterr¨¢neo de Forn fue que ellos mismos excavaron una cueva normal y la transformaron en una enorme que tiene mucha profundidad y una sala espaciosa al final. Eso mismo lo hicieron dos veces, primero con la cueva que es el desv¨ªo del arroyo y luego con la cueva que es el final del arroyo. Una vez que ellos terminaron destruyendo el lugar que llam¨¢bamos santuario, se ve que crearon ese pasadizo que conecta las dos salas. Lo que no tengo idea es cu¨¢nto tiempo pas¨® desde que encerraron a Forn hasta que lo liberamos... Es una l¨¢stima que nadie de ac¨¢ sepa lo de meses y a?os. Aya... Ahora que lo pienso, algo en la conversaci¨®n con Forn me hab¨ªa dejado inquieto. Aunque confiaba en ¨¦l, hab¨ªa algo que todav¨ªa no cuadraba: ?por qu¨¦ y c¨®mo us¨® esa magia de control mental conmigo cuando lo liber¨¦? Bueno, yo le llamo control mental, pero realmente no s¨¦ por qu¨¦ yo dec¨ªa cosas que no quer¨ªa decir. Fue una decisi¨®n peligrosa por parte de ¨¦l, incluso insensata, considerando que no sab¨ªa exactamente c¨®mo iba a reaccionar. Mirella, al parecer, se dio cuenta de que estaba perdido en mis pensamientos, porque vol¨® m¨¢s cerca y me dio un golpecito en la cabeza con su diminuto dedo. "?Oye, Luciano! ?Por qu¨¦ est¨¢s tan callado? Normalmente no parar¨ªas de hablar despu¨¦s de hacer cosas tan importantes". "?Tan importantes como peinar las colas de Aya? Ja", respond¨ª distendidamente, intentando no meterla en mis propios pensamientos. "Que Aya tan tonta... Aprovech¨¢ndose de que eres un ni?o bueno". Me limit¨¦ a seguir caminando mientras ella volaba alegremente.A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation. De pronto, record¨¦ c¨®mo, en nuestra extensa charla, Forn mencion¨® que lo hizo para demostrarme algo. Algo relacionado con Aya o Mirella, aunque no quiso decirme exactamente qu¨¦. Era extra?o, casi irritante. Si ¨¦l sab¨ªa algo sobre una de ellas, ?por qu¨¦ no pod¨ªa dec¨ªrmelo directamente? ?Qu¨¦ era tan importante como para mantenerlo en secreto? No s¨¦ si me perd¨ª de alg¨²n detalle, o no escuch¨¦ bien sus palabras, pero realmente creo que ¨¦l hablaba de Aya. Han pasado m¨¢s o menos cuatro a?os desde que la conoc¨ª en aquella cueva. Desde el principio, Aya hab¨ªa sido una presencia tranquila y reconfortante, alguien que me hab¨ªa ayudado a comenzar con el tema de la magia. Hab¨ªa momentos en los que me olvidaba de lo poderosa que era, tanto por su magia como por su presencia. ?Y si hab¨ªa algo en su pasado que yo no sab¨ªa? Yo creo que, en todos estos a?os, Aya nunca hab¨ªa hecho nada que no fuera para ayudarme o protegerme. Siempre estuvo a mi lado, incluso cuando yo tomaba decisiones cuestionables. Ahora que lo pienso, si ella ya est¨¢ en sus cuarenta, ?d¨®nde carajos viv¨ªa antes de apropiarse de ese lugar? ?Por qu¨¦ nadie de los que conozco sab¨ªa de su existencia? Hab¨ªa algo en el tiempo en que se desarrollaban los hechos que me hac¨ªa confundir. Aunque... ?De verdad importaba si me estaba ocultando algo? Despu¨¦s de todo, yo tambi¨¦n tengo secretos. El mayor de todos era que no pertenec¨ªa a este mundo, que era un reencarnado con recuerdos de una vida completamente diferente y los utilizaba para fingir que soy inteligente. Nunca se lo hab¨ªa contado a nadie, ni siquiera a Mirella o a mis padres en esta vida. Si yo ten¨ªa derecho a mis secretos, ?por qu¨¦ no iba a tener ella los suyos, si no me hacen da?o? Sacud¨ª la cabeza, intentando despejarme. Tal vez estaba pensando demasiado en todo esto. Forn era un buen tipo, pero tambi¨¦n era cr¨ªptico a veces. Quiz¨¢s solo quer¨ªa darme una lecci¨®n sobre la confianza o algo por el estilo. De todas formas, no iba a presionar a Aya para que me contara algo si no estaba lista. *** Han pasado seis meses desde que Forn se recuper¨® y decidi¨® seguir viviendo con los gnomos en la cueva protegida con Aya, en la que nosotros viv¨ªamos antes. Durante este tiempo pasaron cosas interesantes. Primero que nada, me convert¨ª en el peluquero oficial de Aya. No es un gran logro, pero al menos suma para el curr¨ªculum... No, mentira. Simplemente, acced¨ª porque as¨ª pasaba un poco el tiempo con ella y de paso la ayudaba con algo que ahora parec¨ªa importarle mucho. Ahora pasemos a lo importante: Fausto y su familia finalmente aceptaron la invitaci¨®n y vinieron a ver c¨®mo viv¨ªamos. Fue a los pocos d¨ªas de que se lo dije, a la semana, m¨¢s o menos. Al principio se sorprend¨ªan bastante con la casa y su interior. No pod¨ªan creer que estuviera separada por secciones y que tuvi¨¦ramos camas y adornos. Poco a poco le fuimos ense?ando las cosas que le servir¨ªan para la supervivencia, como hacer hachas y lanzas, afilar las piedras, plantar, hervir agua y dem¨¢s. Nos visitaban m¨¢s o menos cada tres d¨ªas, hasta que un d¨ªa vinieron solo Dana y Fausto; quer¨ªan hablar seriamente. La cuesti¨®n es que parece que hab¨ªan hablado bastante con Yume y Tariq, concluyendo en que ellos tambi¨¦n quer¨ªan una casa, para as¨ª poder comenzar con las plantaciones. Literalmente, se dieron cuenta de que en las cuevas no iban por el buen camino. Solo les hizo falta ver lo bien que viv¨ªamos nosotros para romper con ese pensamiento primitivo de seguir viviendo en las cuevas. Pero claro, tambi¨¦n tuvieron que entender que esto de hacer una casa completa no era algo que surg¨ªa as¨ª de la nada, sino que requer¨ªa trabajo, tiempo y mucho esfuerzo en conjunto. Es por eso que tuve que poner varios puntos en los que ellos nos ''pagar¨ªan'' de alguna forma. El punto principal fue que ellos estaban obligados a expandir estos nuevos conocimientos a las dem¨¢s personas que vivieran en la selva. Si bien el encargado era Tariq, vi que no estaba funcionando mucho por el problema de la distancia que hab¨ªa entre nosotros. Ellos dec¨ªan tener un arroyo cercano, as¨ª que les ped¨ª que buscaran arcilla ah¨ª, y efectivamente la hab¨ªa, lo que provoc¨® que empezaran por ese punto. El segundo punto era que nos trajeran comida. Cualquiera, la que sea. Hasta se pusieron a cazar peces en el agua del oc¨¦ano con una lanza que ya hab¨ªan construido ellos mismos. Me decid¨ª por elegir un lugar f¨¢cil de construir y que no tuvi¨¦ramos que mover tanto los troncos: el claro en el bosque. S¨ª, s¨¦ que cuando busc¨¢bamos lugares para nuestra casa, dije que este iba a ser un lugar dif¨ªcil para construir porque no encontraba piedra bajo el suelo para hacer la base, pero ahora que poco a poco he estado mejorando mi rango de alcance con la magia, pude encontrar piedra m¨¢s abajo de lo que llegaba antes. La construcci¨®n fue relativamente f¨¢cil, ya que me dispuse a cortar todos los ¨¢rboles que formaban el per¨ªmetro del c¨ªrculo imaginario que formaba el claro, y as¨ª todos ca¨ªan hacia el centro. Cocina-comedor, ba?o, un pasillo y dos habitaciones, as¨ª termin¨® siendo la casita, igualita a la de Tariq. Tambi¨¦n les dej¨¦ construidas las camas, la mesa y las sillas. Lo dem¨¢s depender¨ªa de ellos o de c¨®mo avanzaran. Me dio un poco de pena al momento de mostrarles c¨®mo qued¨® todo, porque la mujer se larg¨® a llorar desconsoladamente y se tir¨® al suelo, aferr¨¢ndose a mis pies. Por un momento hasta pens¨¦ que iba a besarlos, pero por suerte eso no sucedi¨®. Les expliqu¨¦ que no deb¨ªan tenerme un aprecio tan grande como ese, porque la casa fue fruto de ambos esfuerzos, como si fuera un intercambio de favores, donde ambas partes pusieron lo que pod¨ªan y sab¨ªan para ayudar al otro. Y as¨ª fue como tuvimos nuevos vecinos... Por cierto, mis padres se hicieron muy amigos de ellos. Volviendo al tema de Forn, decidimos que ¨¦l encatar¨ªa una cosa por mes. Bueno, en realidad no se lo dije expl¨ªcitamente as¨ª, sino que le expliqu¨¦ que yo le avisar¨ªa cu¨¢ndo hacerlo. El primer encantamiento fue el anillo de zafiro de Mirella, con protecci¨®n contra el fuego. El segundo, mi anillo de zafiro, tambi¨¦n con protecci¨®n contra el fuego. El tercero fue una prueba de una pulsera de oro con protecci¨®n contra las maldiciones, la cual guardamos en la mesita de luz por si las dudas. Como se estaba volviendo un poco mon¨®tona la cosa, y no val¨ªa mucho la pena que Forn estuviera inconsciente solo para seguir acumulando encantamientos un tanto absurdos, al cuarto mes le ped¨ª que me leyera el cuerpo por completo. S¨¦ que era un poco arriesgado, ya que no sab¨ªa si ¨¦l, de alguna manera, podr¨ªa llegar a meterse en mi mente de nuevo y buscar entre mis recuerdos o algo as¨ª. Aun as¨ª, me arriesgu¨¦ y lo tuve sosteniendo mi mano por unos minutos. Cuando finalmente me solt¨®, dijo que hab¨ªa podido comprender un poco mejor mi magia, as¨ª que le ped¨ª que probara de encantar alg¨²n anillo con un potenciador de mi misma magia. ¨¦l dud¨® un poco, pero finalmente sac¨® un peque?o trozo de rub¨ª del bolsillo de su pantal¨®n y yo le cre¨¦ el anillo con mi magia lo m¨¢s fino posible para no acabarme todo el mineral. Luego lo encant¨® y se desmay¨®, como siempre. Coloqu¨¦ el anillo en el dedo anular de mi mano derecha, justo delante del anillo de zafiro. Al apoyar la mano en la piedra de la cueva, pude notar al instante que algo hab¨ªa cambiado, porque cualquier cosa que pensaba en crear se moldeaba al instante. Todo surg¨ªa al momento, no importaba si era algo complicado como un... Bueno, prob¨¦ de hacer un peine bastante largo. Lo importante es que, al seguir probando, era como si mi mente y la magia estuvieran completamente sincronizadas en tiempo real. Al quinto mes, encantamos el anillo de zafiro de Aya para potenciar su magia de defensa, haciendo que pueda poner m¨¢s barreras de las que antes pod¨ªa retener. Hace unos d¨ªas le toc¨® a Mirella, con un anillo hecho de rub¨ª igual que el m¨ªo. Al principio no nos dimos cuenta del todo qu¨¦ le estaba mejorando de su magia, pero al tiempo nos dimos cuenta de que sus rayos de luz duraban un poco m¨¢s en el aire, como si se esfumaran de a poco. Esto hizo que se le ocurriera una idea a Mirella, que empez¨® a ''dibujar'' en el aire con sus destellos. Lo de dibujar es relativo, ya que solo hac¨ªa l¨ªneas con su dedo y estas quedaban como por cinco segundos hasta que desaparec¨ªan gradualmente. No s¨¦ si nos sirve mucho esa nueva habilidad, pero es divertido verla hacer eso. Bueno, todo lo que acabo de contar anteriormente se queda chico en comparaci¨®n con lo que acaba de llegar a mis manos. Algo que Mirella, Suminia y Samira lograron encontrar luego de varios d¨ªas de exploraci¨®n en la selva... Es que esto es realmente incre¨ªble... "?Est¨¢s llorando, Luciano?" Pregunt¨® Mirella, inclin¨¢ndose hacia m¨ª con su t¨ªpica sonrisa burlona. Me pas¨¦ la mano por la cara, tratando de disimular. Pero no pod¨ªa. Era demasiado. Los ojos se me llenaban de l¨¢grimas. Esto no puede ser real. Esto es un sue?o. "?Es en serio? ?En serio est¨¢s llorando por esto?" A?adi¨® Suminia. "Se me caen las l¨¢grimas, hermana". "?Que yo no soy tu hermana!" Ah¨ª, sobre mis manos, descansaba... una pi?a. S¨ª, una pi?a. Perfecta, con su corona de hojas verdes y su c¨¢scara amarilla llena de texturas familiares. "?La pi?a es mi fruta favorita!" Samira y Suminia se miraron entre ellas, como si no entendieran por qu¨¦ me hab¨ªa vuelto loco, mientras Mirella se echaba a re¨ªr. "?Entonces ya la hab¨ªas comido antes?" Pregunt¨® Samira, pero inmediatamente hice esfumar esa pregunta al empezar a abrazarlas una por una. Primero a Mirella, quien solt¨® una risita y me devolvi¨® el abrazo con sus peque?os brazos. Despu¨¦s a Samira, quien se qued¨® quieta por un momento antes de re¨ªr y corresponderme. Finalmente, Suminia. Ella, por supuesto, intent¨® resistirse cuando me acerqu¨¦, pero no la solt¨¦ hasta que suspir¨® y me dio unas palmaditas en la espalda, inc¨®moda pero derrotada. "?Son las mejores!" Exclam¨¦, ahora bes¨¢ndolas a cada una en la mejilla. S¨ª, incluso a Suminia, quien inmediatamente se puso roja y me empuj¨® suavemente. "?Ya, basta!" Protest¨®, cubri¨¦ndose la cara con su cabello, como siempre hac¨ªa cuando estaba avergonzada. "?Es solo una comida!" "No puedo creerlo... Jam¨¢s pens¨¦ que encontrar¨ªan algo as¨ª en la selva. ?C¨®mo lo hicieron?" "Fue idea de Mirella", admiti¨® Samira, se?al¨¢ndola. "Yo solo les dije que ol¨ªa algo raro por esa parte del bosque", respondi¨® la hero¨ªna del d¨ªa. "?Esos sentidos m¨¢gicos nunca fallan!" "Bueno, casi nos muerde una serpiente intentando sacar todas esas cosas", murmur¨® Suminia. "Detalles, detalles..." Mirella agit¨® la mano como si no tuviera importancia. "Ahora podemos plantarla, hacer crecer m¨¢s pi?as, ?llenar la huerta con algo que no sea solo tomates, acelga y bayas que no se pueden comer! Espera... ?Por qu¨¦ carajos no empezamos a plantar papayas todav¨ªa? *** Saltemos otros seis meses, ahora con nueve a?os reci¨¦n cumplidos. Al d¨ªa de encontrar aquella pi?a milagrosa, decidimos que lo mejor ser¨ªa cultivarla. No quer¨ªa que ese fruto fuera el ¨²nico que tuviera la oportunidad de ver en este mundo. As¨ª que, despu¨¦s de discutirlo un poco entre todos, y convencer a Suminia de que la pi?a era la mejor fruta del mundo, plantamos veinte de ellas en la huerta. Ya puestos, tambi¨¦n a?adimos veinte papayas. Madre m¨ªa, c¨®mo disfrutamos esas pi?as... Ese juguito que tienen... Mirella se volvi¨® nuestra regadora oficial, ya que le cre¨¦ una regadera peque?a de madera, recubierta por dentro con hojas para evitar que el agua da?ara la madera. Con su capacidad de volar, se mov¨ªa entre las plantas con una facilidad envidiable, lanzando el agua desde las alturas. Era un espect¨¢culo verla trabajar, tan llena de energ¨ªa y entusiasmo. Pasaron estos seis meses, y las papayas comenzaron a mostrar peque?os frutos. A¨²n verdes y demasiado duros como para siquiera pensar en comerlos, pero ah¨ª estaban, promesas de comida futura. Las pi?as, sin embargo, no parec¨ªan avanzar mucho. Segu¨ªan siendo un mont¨®n de hojas verdes sobre la tierra. No ten¨ªa ni idea de cu¨¢nto tiempo llevaban para dar fruto, pero comenzaba a preocuparme que quiz¨¢s hubiera algo que est¨¢bamos haciendo mal. ?M¨¢s agua? ?Menos? ?Otra ubicaci¨®n? No sab¨ªa nada de agricultura profesional en mi vida anterior, y ahora ese desconocimiento me pesaba. Al menos, ahora ten¨ªa idea de qu¨¦ frutas crec¨ªan en un clima tropical como en el que nos encontramos. Mientras todo esto ocurr¨ªa, hab¨ªa algo m¨¢s que empezaba a rondar en mi cabeza. Cada noche yo ten¨ªa la oportunidad de leer las sombras de todos. La verdad es que la mayor¨ªa de las veces no hab¨ªa nada destacable, por eso no le daba mucha importancia, pero cuando le¨ª las sombras de Samira y Suminia, algo me hizo pensar. Est¨¢n a solo un mes de cumplir diecisiete a?os. En este mundo primitivo, diecisiete a?os ya era suficiente edad para que la gente comenzara a pensar en formar una familia. Anya y Rundia hab¨ªan tenido hijos a edades m¨¢s tempranas que esa. Hasta Dana, que actualmente tiene cuarenta, tiene de hija a Yume, de veintitr¨¦s a?os. La idea me inquietaba profundamente. Samira era amable y dulce, mientras que Suminia, a pesar de su car¨¢cter fuerte y a veces dif¨ªcil, ten¨ªa una sensibilidad oculta que solo mostraba en contadas ocasiones. Eran tan j¨®venes todav¨ªa, al menos desde mi perspectiva, pero este mundo no compart¨ªa mi forma de pensar. Lo peor de todo es que no conozco a ning¨²n chico de su edad. Los pocos humanos que viven relativamente cerca, como los dos hermanos de Tariq, son adultos ya mayores, todos por encima de los 20 a?os, y no me hac¨ªa ninguna gracia la idea de que alguien mucho mayor se interesara en ellas. Esto se sent¨ªa como un recordatorio de lo r¨¢pido que estaba avanzando el tiempo. Apenas hace unos a?os eran unas ni?as que corr¨ªan y jugaban junto a una peque?a Mirella, y ahora estaban tan grandes, casi de la altura de Rundia. Tal vez estoy exagerando un poco... Bueno, no s¨¦. El menor de la familia de Tariq, Abel, creo que ten¨ªa veinte. El otro d¨ªa estuvo por ac¨¢, porque ¨²ltimamente han estado visit¨¢ndonos para seguir aprendiendo sobre las cosas que nosotros hacemos. La madre de los chicos se llama Yara, y el padre, R¨®mulo, pero todav¨ªa no se ha presentado formalmente. Vaya a saber qu¨¦ es lo que pensar¨¢ de m¨ª y de mi familia. Los que todav¨ªa no han aparecido son mis abuelos. ?Tendr¨¦ que ir a buscarlos yo mismo? A todo esto, hemos dejado descansar a Forn y no le hemos pedido que encante nada m¨¢s, as¨ª que decidi¨® volver a sus pasadizos subterr¨¢neos junto a sus gnomos. Le promet¨ª que pronto ir¨ªa a visitarlo para que excav¨¢ramos juntos en b¨²squeda de minerales. Eso tambi¨¦n me ayudar¨ªa a mejorar mi detecci¨®n de materiales con magia. Eso s¨ª, no s¨¦ si cumplir¨¦ con mi palabra, porque se me hace un poco complicado respirar en esos espacios tan cerrados. Ya ver¨¦ qu¨¦ hago. Por ¨²ltimo, tengo un secreto que contar: estoy guardando en una bolsa hecha de hojas las bolas de pelo que quedan cuando peino las colas de Aya. Me parece que podr¨ªan llegar a servir para hacer ropa... Es una idea rara y loca, pero en un mundo tan primitivo como este, cualquier cosa puede tener una utilidad. *** Hoy es mi cumplea?os n¨²mero diez. Han sido diez a?os en los que he cambiado m¨¢s de lo que hubiera cre¨ªdo posible. Y este a?o, he decidido darme un autorregalo: una expedici¨®n completa para explorar este territorio que yo supongo que es una isla tropical. Tambi¨¦n quiero confirmar qu¨¦ sucede con ese volc¨¢n donde dicen que habita el Rey Demonio. Si voy a liderar y proteger a mi familia en este mundo, necesito saber con certeza qu¨¦ tenemos a nuestro alrededor. Pero claro, no puedo irme as¨ª como as¨ª. Necesito una excusa para que mis padres no crean que estoy por hacer algo peligroso. Por eso, reun¨ª a Rin y Rundia antes del desayuno. Bueno, m¨¢s que reunir, fui a su habitaci¨®n. Ellos estaban reci¨¦n despiertos, todav¨ªa sentados sobre su cama doble. Agarrarlos as¨ª medio dormidos era una buena estrategia de mi parte. Si hab¨ªa otra cosa buena, era que Luc¨ªa estaba durmiendo. "Voy a salir un par de d¨ªas a buscar nuevas frutas para plantar en la huerta". Rundia alz¨® sus dos cejas. "?En serio, hijo? No pens¨¦ que podr¨ªa llegar a haber tanta comida diferente". "Es por eso que hay que explorar un poco m¨¢s, porque, como ya hemos visto, puede haber diferentes tipos de comida por cualquier lado. Estar¨¦ bien porque Mirella vendr¨¢ conmigo, y saben que ella puede volar y ver desde arriba si hay algo raro". Rin parec¨ªa menos convencido, aunque no dijo nada de inmediato. De hecho, se quedaron mirando entre los dos, algo desconcertados. Aprovech¨¦ ese momento para irme. "Bueeeeeno, chaaaaau", dije, apresurando el paso. La situaci¨®n fue un tanto absurda. Hasta parec¨ªa que mis padres de a poco se estaban volviendo algo sumisos ante lo que yo dec¨ªa. De todos modos, si me hubieran detenido, hubiera puesto una excusa m¨¢s desarrollada. Durante los d¨ªas previos, hab¨ªa estado trabajando en algo que ahora me ser¨ªa indispensable: unas mochilas tipo saco hechas de piel de serpiente. As¨ª que agarr¨¦ una que ya la hab¨ªa cargado con algunas frutas. Aparte de eso, reemplac¨¦ mi bolsita que colgaba sobre mi ropa por una peque?a cantimplora hecha de piel de serpiente y que contiene agua m¨¢gica. Tom¨¦ una lanza que guard¨¦ debajo de mi cama y, junto a Mirella, nos dirigimos hacia la salida de casa, pero justo ah¨ª se encontraba el ¨²ltimo obst¨¢culo: Aya. "?Y por qu¨¦ no puedo ir yo tambi¨¦n?" Pregunt¨®, con un tono tan fr¨ªo que parec¨ªa que estuviera por ponernos una barrera m¨¢gica para que no salgamos. "Ustedes dos no estar¨¢n pensando en ir a luchar contra ya sabemos qui¨¦n, ?no?" ?Me parece a m¨ª o Aya est¨¢ tomando demasiada confianza conmigo en este ¨²ltimo tiempo? Cap铆tulo 50: Reconocimiento del terreno. Antes de partir hacia nuestra expedici¨®n, tom¨¦ una lanza que guard¨¦ debajo de mi cama y, junto a Mirella, nos dirigimos hacia la salida de casa, pero justo ah¨ª se encontraba el ¨²ltimo obst¨¢culo: Aya. "?Y por qu¨¦ no puedo ir yo tambi¨¦n?" Pregunt¨®, con un tono tan fr¨ªo que parec¨ªa que estuviera por ponernos una barrera m¨¢gica para que no sali¨¦ramos. "Ustedes dos no estar¨¢n pensando en ir a luchar contra ya sabemos qui¨¦n, ?no?" Esto se ve¨ªa venir. No s¨¦ si fue desde que comenc¨¦ a peinarle las colas y le regal¨¦ esa cadena, pero parec¨ªa que Aya se hab¨ªa tomado libertades que antes no ten¨ªa. Era m¨¢s... directa. M¨¢s posesiva. O tal vez solo se sent¨ªa m¨¢s c¨®moda conmigo. Hab¨ªa momentos, como ahora, en los que su actitud me recordaba a una madre rega?ona. No pod¨ªa decidir si me frustraba, me hac¨ªa gracia o me parec¨ªa bien. "Aya", empec¨¦, procurando mantener un tono amigable. "Vos sos la defensora de esta casa. Si algo pasara mientras yo no estoy, sos la ¨²nica que podr¨ªa protegerlos con tus barreras. No puedo pedirte que vengas conmigo y dejes este lugar sin protecci¨®n. Ya sab¨¦s que Tar¨²n, Samira, Suminia... son fuertes para su edad, pero no lo suficiente como para enfrentar una amenaza seria". Ella levant¨® una ceja, claramente no convencida. "No est¨¢n solos. Samira y Suminia son r¨¢pidas y pueden dar aviso si algo sucede. Adem¨¢s, ?acaso no soy tu aliada m¨¢s fuerte? No tiene sentido dejarme atr¨¢s si vas a explorar un lugar peligroso". "?Ay, pero qu¨¦ entrometida!" Exclam¨® Mirella desde mi hombro. "?Luciano y yo podemos manejarlo perfectamente! Solo estamos por explorar el terreno, no vamos a luchar contra nadie". "Eso no me tranquiliza. Si no van a luchar contra el Rey Demonio, ?por qu¨¦ siquiera acercarse a ese lugar? Es una p¨¦rdida de tiempo y un riesgo innecesario". "Por eso justamente necesito que conf¨ªes en m¨ª", le dije, intentando calmar las aguas antes de que esto se convirtiera en una discusi¨®n interminable. "No vamos a luchar contra nadie, te lo prometo. Solo quiero ver el terreno, entender mejor qu¨¦ hay all¨¢ afuera. Si el Rey Demonio realmente est¨¢ en ese lugar, saberlo con certeza puede ayudarnos a prepararnos para lo que venga. Pero si ven¨ªs conmigo y algo pasa ac¨¢, estar¨ªamos arriesgando a todos. ?Te parece l¨®gico eso?" Aya desvi¨® la mirada por un momento, como si estuviera evaluando mis palabras. Sus orejas se movieron ligeramente hacia atr¨¢s, lo que en su caso era un indicio de que estaba empezando a molestarse levemente. Pero incluso con eso, no pod¨ªa evitar notar el leve brillo de terquedad en sus ojos. "Si algo te pasa..." Murmur¨®, con un tono m¨¢s suave que casi parec¨ªa una advertencia. "No me lo perdonar¨¦". "Y si algo le pasa a esta casa porque no estabas ac¨¢, tampoco me lo perdonar¨¦ yo", respond¨ª con una sonrisa forzada. "As¨ª que, hagamos un trato: vos te quedas ac¨¢ y proteges a todos, y yo vuelvo dentro de poco, sano y salvo. Mirella estar¨¢ conmigo todo el tiempo, y sab¨¦s bien que ella nunca dejar¨ªa que me metiera en un problema sin motivo". "?Exacto!" intervino Mirella, haciendo un giro en el aire y se?alando a Aya con su manita peque?a. "As¨ª que no te preocupes tanto, se?ora entrometida. Deja de ser tan dram¨¢tica". Aya la mir¨® con algo de resignaci¨®n, pero no respondi¨®. En cambio, dio un paso al costado, dej¨¢ndonos pasar. "Chau, Aya. Volveremos pronto para contarte c¨®mo nos fue". "Chau, chicos... Cu¨ªdense", respondi¨®, saludando con una mano. "Aun as¨ª, recuerda lo que dije. Si algo te pasa..." "Ya lo s¨¦, Aya. Nada me va a pasar. Vos conf¨ª¨¢". "Est¨¢ bien... confiar¨¦". Y entonces, salimos a recorrer la playa, en direcci¨®n a la casa de Tariq. "?Chau, tonta Aya!" Antes, jam¨¢s me hubiera imaginado teniendo conversaciones como esta con un zorro m¨ªstico de cinco colas que se tomaba en serio su papel como mi... ?Aliada? ?Amiga? ?Guardi¨¢n personal? Vaya a saber qu¨¦ es lo que pasa por su cabeza. Pero bueno, ahora ya estamos afuera, as¨ª que eso es lo que importa en este momento. "?Voy a salir con Luciano! ?Voy a salir con Luciano! ?Vamos a divertirnos mucho!" "Ay, Mirella..." "?Qu¨¦ pas¨®?" "Nada, nada". "No, en serio. ?Hay algo raro en lo que dije?" "Bueno, es que realmente no vamos a divertirnos mucho en esta salida". "?Ey! ??Por qu¨¦?!" "Es que¡­ Mirella, no s¨¦ si entend¨¦s completamente a lo que vamos. Este no es un paseo. No estamos yendo a buscar frutas nom¨¢s, como le dije anteriormente. Todo el terreno cercano que vamos a explorar es donde vive el que llamamos ''Rey Demonio''. Esto no es algo que podemos tomar a la ligera". Mirella aterriz¨® sobre mi hombro, cruzando sus piernas diminutas como si fuera una reina. "?Y? ?Qu¨¦ tiene? Eres Luciano. ?Eres el m¨¢s fuerte de todos! ?Qu¨¦ podr¨ªa salir mal?" "Ehm..." "?Y, adem¨¢s, me tienes a tu lado!" "Primero, dejemos algo claro. No s¨¦ si soy el m¨¢s fuerte. Segundo¡­" Me detuve y mir¨¦ hacia lo que segu¨ªa siendo nuestro camino, que se doblaba un poco hacia la derecha. A lo lejos, la casa de Tariq comenzaba a aparecer. "Le tengo un poco de miedo al Rey Demonio". "??Ehhhhh?! ??Miedo?! Bueno... S¨¦ que todav¨ªa eres un ni?o y..." "El Rey Demonio¡­ Mirella, no le tengo miedo por su fuerza. Le tengo miedo porque es¡­ es feo", intervine, cortando sus palabras. "O sea, yo creo que podr¨ªa ganarle moldeando el terreno a mi favor. De hecho, ya he mejorado mi alcance. Pero su cara y su cuerpo me dan miedo, ?entend¨¦s? Y no s¨¦ si eso podr¨ªa llegar a influir en el combate". Mirella larg¨® una carcajada estruendosa, y yo ya sab¨ªa que eso lo hac¨ªa para aligerar el ambiente entre los dos. "?Luciano, eso es lo m¨¢s tonto que he escuchado en mi vida!" "?Hey! No te r¨ªas. Es en serio", dije, sigui¨¦ndole un poco el juego. "Mir¨¢... Sus cuernos, esos ojos negros que parecieran querer matarte, y esa mezcla entre humano y animal¡­ Me dio algo que nunca hab¨ªa sentido antes". "?Ay, pobrecito mi Luciano!" Mirella se burl¨®, d¨¢ndome unos golpecitos en la oreja. "El gran inteligente, el ni?o que enfrent¨® gnomos y sobrevivi¨® a los malvados hombres p¨¢jaros¡­ ?Le tiene miedo a un ser m¨¢gico porque es feo! ?Esto es raro!" "Bueno, al menos no voy a mentirte sobre mis debilidades. ?Y vos? ?Qu¨¦ har¨ªas si te enfrent¨¢s a algo que no pod¨¦s soportar mirar?" "?Bah! ?Yo no le tengo miedo a nada!" "Uhmmm..." "Bueno, bueno... Yo¡­ te proteger¨ªa, obvio. Aunque tenga que cerrar los ojos y lanzarle un golpe de luz al azar". "Ay... Pero qu¨¦ tierna que es esta hadita, ?eh!" "?Cierto que s¨ª?" "Por eso te traje conmigo. Porque s¨¦ que no importa lo que pase, vos no te ech¨¢s para atr¨¢s". "?Obvio que no! ?Qui¨¦n m¨¢s cuidar¨ªa de ti si no?" Ella se movi¨® en mi hombro, acerc¨¢ndose un poco m¨¢s a mi oreja, tocando el l¨®bulo con dos dedos. "Solo yo puedo cuidar de ti, ?sabes? No hace falta que intentes depender de Aya", susurr¨®, soltando una risita al alejarse y empezar a volar frente a m¨ª. ?Qu¨¦ fue eso? ?Era Mirella simplemente siendo Mirella, o hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de sus palabras? Seguimos avanzando por la playa, hablando de tonter¨ªas para distraernos del objetivo real. Mirella nunca dejaba de bromear sobre el tema del ''Rey Feo Demonio'', como ahora lo llamaba. Al pasar frente a la casa de Tariq, no parec¨ªa haber nadie. Las puertas estaban cerradas, y por las ventanas no hab¨ªa se?ales de actividad. "?No te parece raro que no est¨¦n?" Pregunt¨® Mirella. "?Por Yume lo dec¨ªs? Capaz salieron a cazar o est¨¢n durmiendo. Adem¨¢s, Kiran ya ha crecido bastante como para querer acompa?arlos fuera". Decid¨ª no detenerme demasiado en eso para as¨ª seguir avanzando. "Bien, entonces sigamos". A medida que rode¨¢bamos la playa, se comenzaba a ver el volc¨¢n a lo lejos. Recuerdo que por esta zona sufr¨ª un mini secuestro por parte de los hermanos de Tariq. Deben vivir relativamente cerca... Todav¨ªa no he ido a su cueva; solo ellos se han acercado a nosotros. "?Seguimos hasta all¨¢?" "S¨ª, me quedar¨ªa m¨¢s tranquilo si primero investigamos este lugar y luego seguimos por la selva y el bosque". "Pero se ve que est¨¢ bastante lejos". Mirella ten¨ªa raz¨®n; tardar¨ªamos al menos dos o tres horas caminando sin parar para llegar. Ser¨ªa cansarse demasiado pronto para todo lo que nos quedar¨ªa por explorar. Aun as¨ª... "Mirella, ?alguna vez te acercaste a este lugar?" "No, porque dijimos que ¨ªbamos a venir juntos, ?recuerdas?" "Ah, s¨ª... Por cierto, ?alguna vez probaste hasta qu¨¦ tan alto puedes volar?" Ella se puso un dedo en la barbilla, mirando al cielo. "Uhm... Esa parece ser una buena idea". ?Por qu¨¦ no lo pens¨¦ antes? Si uno de los objetivos principales de esta salida era descubrir si est¨¢bamos viviendo en una isla, simplemente deb¨ªa pedirle a Mirella que volara lo suficientemente alto para decirme si todo lo que rodea la tierra es agua. "?Y qu¨¦ pens¨¢s? ?Podr¨ªas llegar a hacerlo? Porque tengo en mente ver si todo a nuestro alrededor es agua". "?Ah, una isla!" "Ah... Realmente ya sab¨ªas el nombre". "Claro, ?por qu¨¦ no iba a saberlo? ?Acaso estabas pensando que soy una to...?" "No, no, no. No pienso nada de eso", intervine r¨¢pidamente mientras sacud¨ªa las manos de un lado a otro. "Solo quiero que vueles alto y me ayudes a ver eso que te dije... Quiero saber si vivimos en una isla". "?Quieres que vuele tan alto como pueda para mirar alrededor? ?Eso no es como... un poco aburrido?" Mirella cruz¨® los brazos, volando en c¨ªrculos frente a m¨ª, como si quisiera distraerme con esos movimientos. "No es aburrido, es importante", dije, sin dejar de mirarla por m¨¢s que se moviera de un lado a otro. "Quiero saber si estamos rodeados de agua. Si este lugar es... no s¨¦, una especie de isla, o si hay algo m¨¢s all¨¢ que podamos descubrir". Mirella se detuvo, con una sonrisa traviesa que siempre aparec¨ªa cuando ten¨ªa alguna idea loca. "?Y qu¨¦ pasa si descubro que no hay salida? ?Te vas a poner triste?" ?Dijo que... no hay salida? "Primero... No voy a ponerme triste por una tonter¨ªa as¨ª..." Comenc¨¦ respondiendo, intentando hacer una sonrisa. "Bueno... no mucho. Segundo, eso no va a pasar porque... No s¨¦, no creo que tengamos tanta mala suerte. As¨ª que, ?lo hac¨¦s o no?" Maldici¨®n, estaba empezando a titubear por una estupidez. Ella suspir¨® exageradamente, llev¨¢ndose una mano a la frente como si le estuviera pidiendo algo imposible. "Est¨¢ bien, pero me debes algo. Todav¨ªa no s¨¦ qu¨¦, pero me lo vas a pagar". "?En serio? ?Solo por volar?" "Bueno, bueno. Te lo dejo pasar por esta vez, ?s¨ª?" "Te espero ac¨¢". Mirella comenz¨® a ascender, batiendo sus peque?as alas con una rapidez impresionante. Su cuerpo se elev¨® en espiral, cada vez m¨¢s alto, mientras yo la segu¨ªa con la mirada. Fue en ese momento que me di cuenta de algo inc¨®modo cuando ella se detuvo al llegar a la altura de los ¨¢rboles a nuestra derecha: su vestido no estaba dise?ado para mantenerse a esa altura. Apart¨¦ la mirada hacia el suelo a pesar de que ya la hab¨ªa visto desnuda en reiteradas ocasiones. Mientras creo que Mirella segu¨ªa ascendiendo, yo me qued¨¦ pensando en las palabras que usa la gente de este mundo. Algunos t¨¦rminos como ''hogar'' o ''bosque'' los sab¨ªan, pero otros, como... No s¨¦, como el de todas las cosas nuevas que he creado hasta ahora, o tambi¨¦n lo de las part¨ªculas m¨¢gicas y la palabra ''magia''. Todas estas parec¨ªan palabras completamente ajenas a ellos. Era un l¨ªo tratar de descifrar qu¨¦ palabras eran comunes y cu¨¢les eran solo residuos de mi vida pasada. Si alguna vez volv¨ªa a morir, y esperando que no sea pronto, ten¨ªa claro que le iba a preguntar a Sariah sobre eso.If you come across this story on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. Pasaron unos segundos y Mirella todav¨ªa no volv¨ªa. De hecho, al levantar la vista, ya no la ve¨ªa. La idea de morir me llev¨® a un pensamiento oscuro que intent¨¦ evitar: ?y si el Rey Demonio realmente me mataba? ?Y si esta misi¨®n no era m¨¢s que un camino directo a mi... no s¨¦ cu¨¢ntas muertes? La imagen de su rostro grotesco apareci¨® en mi mente, y un escalofr¨ªo recorri¨® mi espalda. Esperemos que todo salga bien... ?Pero y si...? "?Luciano!" La voz de Mirella me sac¨® de un susto de mis pensamientos. Baj¨® como un rayo, deteni¨¦ndose justo frente a m¨ª, con una expresi¨®n seria que no ve¨ªa muy a menudo en ella. "?Y? ?Qu¨¦ viste?" Pregunt¨¦, intentando sonar tranquilo mientras el coraz¨®n a¨²n me lat¨ªa con fuerza por el susto que me hab¨ªa dado. "Es agua. Por todos lados", dijo, agitando sus brazos para enfatizar el punto. "No hay nada m¨¢s all¨¢ que agua. Todo lo que rodea este lugar es como algo interminable". La noticia era como un baldazo de agua fr¨ªa. Por un momento, todas las posibilidades de salir, de explorar, de encontrar algo m¨¢s, de conocer a m¨¢s personas, se desvanecieron. "Entonces¡­ estamos atrapados", murmur¨¦, asintiendo infinitamente con la cabeza. "Bueno, no digas eso. ?Qui¨¦n sabe? Tal vez haya algo m¨¢s all¨¢ de lo que mis ojos pueden ver desde aqu¨ª. Soy peque?a, ?sabes? No tengo una vista tan lejana", trat¨® de animarme, pero su tono no ten¨ªa la misma chispa de siempre. Segu¨ª asintiendo lentamente, aunque el peso en mi pecho no disminu¨ªa. En este mundo no exist¨ªan los barcos y ni siquiera sab¨ªa si ten¨ªa la capacidad mental como para construir algo tan complejo y que funcionara. Sin esas posibilidades, las opciones eran limitadas, y la sensaci¨®n de estar atrapado comenzaba a volverse opresiva. Mir¨¦ a mi alrededor; hab¨ªa un hada frente a m¨ª, hab¨ªa arena, hab¨ªa muchos ¨¢rboles, hab¨ªa mucha agua y ten¨ªamos un volc¨¢n en la lejan¨ªa. ?C¨®mo iba a alegrarme de vivir en un lugar como este? ?En una maldita isla! ?As¨ª no voy a poder cumplir el objetivo que quiere Sariah! "Mirella, voy a tomarme un peque?o descanso", dije, caminando hacia el ¨¢rbol m¨¢s cercano mientras me quitaba la mochila. "?Te sientes bien?" Pregunt¨® Mirella al verme sentarme con la espalda contra el tronco. "M¨¢s o menos. Solo necesito pensar un poco sobre lo que me acab¨¢s de decir". Ella se recost¨® a mi izquierda, en lo que era pasto con todav¨ªa algo de arena, y apoy¨® la cabeza sobre el muslo de mi pierna. "Yo esperar¨¦ tranquilita aqu¨ª, sin molestarte". "Bueno". Mi mirada se fij¨® en la l¨ªnea del horizonte, donde el cielo despejado y el agua parec¨ªan fundirse en un solo tono azul. Pero no pod¨ªa concentrarme en eso porque Mirella no quitaba su mirada de m¨ª. Sent¨ªa sus ojos verdes clavados en mi rostro, como si quisiera leer cada pensamiento que se agitaba en mi cabeza. Apret¨¦ un poco los dientes, intentando no devolverle la mirada. Sin embargo, era como si su presencia fuera un im¨¢n que jalaba mi atenci¨®n. Maldici¨®n. Me estaba poniendo m¨¢s nervioso de lo que ya estaba, y no necesitaba m¨¢s presi¨®n en este momento. Bueno, ser¨¢ mejor dejar de pensar en la se?orita que tengo a mi lado. Cerrar¨¦ un momento los ojos. Un barco. La idea m¨¢s obvia, pero tambi¨¦n la m¨¢s complicada. ?C¨®mo podr¨ªa construir algo as¨ª? Nunca en mi vida hab¨ªa hecho algo ni remotamente parecido. Incluso con magia, ser¨ªa necesario conocimiento y materiales que quiz¨¢s ni siquiera existieran en esta isla. Algo m¨¢s peque?o, como una canoa o un velero, no s¨¦ si servir¨ªa para cruzar un oc¨¦ano que ni siquiera sabemos cu¨¢ntos kil¨®metros tiene. Y si alguna vez me decidiera por crear algo y salir, no s¨¦ siquiera si alguien se animar¨ªa a semejante locura. Yo creo que la mayor¨ªa preferir¨ªa quedarse ac¨¢, en este lugar. Tal vez ni siquiera les importaba estar en una isla; su ¨²nica meta en sus mentes era sobrevivir y cuidar a sus familias. El viento soplaba suavemente, y ese sonido me hizo pensar en otra idea. ?Y si consigo magia de hielo? Si encontrara a alguien capaz de congelar el agua, podr¨ªamos cruzar caminando... R¨¢pidamente descart¨¦ esa idea. No solo era una locura, sino que no ten¨ªa sentido esperar que apareciera alguien as¨ª ac¨¢. Este lugar estaba aislado y no hab¨ªa indicios de m¨¢s seres m¨¢gicos que la mujer de fuego. Hab¨ªamos llegado a este rinc¨®n del mundo por alguna raz¨®n que todav¨ªa no entend¨ªa del todo. Bueno, realmente s¨ª la entend¨ªa. Sariah me puso a nacer en una isla por algo. Esa diosa ten¨ªa un objetivo claro cuando me envi¨® a reencarnar. No iba a rendirme solo porque todo parec¨ªa estar en mi contra. Si ella me dio una misi¨®n, eso significa que debo ser capaz de cumplirla, ?no? Tal vez este era otro desaf¨ªo para probarme. Hacer algo que nunca antes se hab¨ªa hecho en este mundo: cruzar el oc¨¦ano. Un barco, un puente m¨¢gico, lo que sea. Pod¨ªa lograrlo si ten¨ªa el tiempo y gente que me ayudara. S¨ª, iba a demostrarle a ella que no se equivoc¨® al darme esta oportunidad. Sariah no iba a tener la insatisfacci¨®n de decirme que hab¨ªa fallado. Me he convertido en alguien que no se rinde f¨¢cilmente, menos si tengo a una diosa de mi lado. Al abrir los ojos, vi que Mirella segu¨ªa ah¨ª, acostada, solo que ahora estaba tocando mi ombligo con un dedo. "?Ah, ya despertaste!" "S¨ª. Bueno, en realidad no estaba dormido". Abr¨ª un poco la mochila hecha con piel de serpiente que estaba al lado del tronco y saqu¨¦ una manzana. El sol ahora pegaba m¨¢s fuerte, y algo fresco me vendr¨ªa bien para aclarar la mente. Le di un mordisco mientras Mirella segu¨ªa jugando con mi ombligo, como si eso fuera lo m¨¢s interesante del mundo. Hoy quer¨ªa aclarar algo entre ella y yo. "Mirella", dije de repente, luego de tragar el primer mordisco. Ella levant¨® un poquito la cabeza de mi muslo y me mir¨® con esos ojos tan verdes que parec¨ªan brillar incluso bajo la sombra del ¨¢rbol. "?S¨ª, Luciano?" Contest¨® con una sonrisa, pero sus cejas se alzaron con curiosidad. Le di otro mordisco a la manzana, masticando lentamente mientras ordenaba mis pensamientos. No pod¨ªa andar con rodeos; era mejor ir directo al punto. Despu¨¦s de todo, no soy alguien que disfrute andar con vueltas innecesarias. "?Por qu¨¦ siempre prefer¨ªs estar tan cerca m¨ªo?" Pregunt¨¦ finalmente, se?al¨¢ndola con la manzana en la mano. "O sea, siempre que pod¨¦s intent¨¢s estar pegada a mi piel. Incluso cuando dormimos, no te separ¨¢s de m¨ª ni un poquito. ?Hay alguna raz¨®n para eso?" Mirella parpade¨®, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa. "?Te molesta?" Se inclin¨® hacia m¨ª, ahora con una sonrisa que claramente buscaba provocarme. "Porque si te molesta, puedo... bueno, buscar otro lugar para dormir. Tal vez las colas de Aya sean m¨¢s c¨®modas, ?no?" Su voz estaba cargada de dramatismo falso, pero sus alas se agitaron nerviosas, rozando un poco mi piel. "Contest¨¢ primero", insist¨ª, tratando de mantener la seriedad. Aunque, siendo sincero, no pod¨ªa evitar notar lo cerca que estaba ahora. Esa sonrisa suya ten¨ªa un encanto especial, uno que siempre lograba desarmarme un poco. "Bueno... No s¨¦ si hay una raz¨®n exacta. Simplemente me siento c¨®moda contigo. Es... c¨®mo decirlo... tu presencia me hace sentir segura, ?sabes? Adem¨¢s, eres c¨¢lido. Literalmente. Cuando estamos juntos, siento que no importa lo que pase, todo va a estar bien". "Entonces te sent¨ªs c¨®moda y segura". "S¨ª, eso". "Bueno, gracias por responder sinceramente". Mirella se me qued¨® mirando algo desconcertada mientras yo com¨ªa, como si esperara algunas palabras m¨¢s de mi parte. "Bueno... ?Nos vamos, entonces?" "Termino de comer y seguimos". "?A las llamas eternas?" Asent¨ª mientras mord¨ªa una vez m¨¢s la manzana. "Est¨¢ bien". Al terminar, tir¨¦ lo sobrante hacia el bosque y nos pusimos en marcha, ahora caminando al borde de los ¨¢rboles, por donde daba la sombra. Pasaron unas dos horas, m¨¢s o menos, hasta que la arena blanca y fina se empez¨® a tornar m¨¢s oscura, casi negra, mezclada con rocas y guijarros que se calentaban bajo el sol. Los ¨¢rboles y la vegetaci¨®n se volv¨ªan m¨¢s escasos, como si incluso la naturaleza evitara acercarse a esa monta?a imponente. El sol quemaba con m¨¢s fuerza en esta parte de la isla, y sent¨ªa las gotas de sudor recorriendo mi espalda, empapando la tela rudimentaria de mi ropa. Mirella, sin embargo, parec¨ªa completamente despreocupada, flotando a mi lado como si el calor no le afectara en absoluto. "?Falta mucho?" Pregunt¨® ella de repente, rompiendo el inc¨®modo silencio que hab¨ªamos mantenido desde hace un rato. "?No lo ves ah¨ª? Ya estamos cerca", respond¨ª, aunque no estaba del todo seguro. "?Ver qu¨¦?" "?Qu¨¦ otra cosa va a ser? Las llamas eternas". "Ah..." ?Me estaba perdiendo de algo? Pasaron unos minutos m¨¢s antes de que notara una abertura en la roca, justo en la base del volc¨¢n. Una cueva. Me detuve y se?al¨¦ hacia ella. "Ah¨ª est¨¢. Esa debe ser la entrada de la que me cont¨® Forn". Mirella mir¨® hacia donde apuntaba, y por un momento sus ojos se iluminaron con algo que podr¨ªa haber sido emoci¨®n. "?Las llamas eternas deben estar ah¨ª!" Exclam¨®, agit¨¢ndose en el aire con entusiasmo. "Bueno, no es tan as¨ª". "T¨² ya ver¨¢s..." "Uhmm..." La cueva se ve¨ªa vac¨ªa, as¨ª que avanzamos hacia ella para verla m¨¢s de cerca. El aire parec¨ªa ser un poco m¨¢s caluroso mientras m¨¢s nos acerc¨¢bamos al volc¨¢n y hab¨ªa un olor feo que me hac¨ªa picar la nariz. Mirella entr¨® primero, flotando con una sonrisa ansiosa, mientras yo la segu¨ªa m¨¢s despacio, con la cautela de alguien que no pod¨ªa permitirse otra sorpresa desagradable. Dentro de la cueva, que no era muy grande, hab¨ªa un leve resplandor de lo que parec¨ªan ser brasas apagadas esparcidas por el suelo. ?El minotauro tambi¨¦n necesitaba encender fogatas? Bueno, tal vez solo era para iluminar por dentro. Mirella se detuvo en el aire y se qued¨® en silencio. "?Esto es...?" Murmur¨®, gir¨¢ndose hacia m¨ª con una expresi¨®n de desconcierto. "No, no hay llamas en esta parte", dije, observando el lugar. "??Qu¨¦ es esto?! ?D¨®nde est¨¢n las llamas eternas? ?Esto es solo... rocas y suciedad! ?Acaso Aya nos minti¨® a todos nosotros? ?Ya lo sab¨ªa!" "Pero es obvio, Mirella. En esta parte no est¨¢ el fuego. Esta es solo la cueva donde se supone que vive el Rey Demonio". Mirella cruz¨® los brazos y frunci¨® el ce?o, su expresi¨®n un contraste total con la emoci¨®n que hab¨ªa mostrado antes. "Esto est¨¢ mal. Definitivamente mal. ?C¨®mo pueden llamar a esto ''llamas eternas''? Ni siquiera hay nada que sea divertido". No pude evitar soltar una carcajada. "?No me est¨¢s escuchando? Te dije un mont¨®n de veces que ac¨¢ no es, es arriba del volc¨¢n". "?Eh? ?Volc¨¢n? ?Qu¨¦ es eso?" "Ah, mir¨¢ vos", respond¨ª, arqueando una ceja. "Decime una cosa, Mirella. Sab¨¦s lo que es una isla, pero... ?No sab¨¦s qu¨¦ es lo que es un volc¨¢n?" "No". Suspir¨¦ y me llev¨¦ una mano a la frente. Esto ya no ten¨ªa sentido. "Un volc¨¢n es una monta?a como esta y que puede expulsar fuego, humo y roca caliente desde su interior. B¨¢sicamente, es lo que contiene las llamas eternas, que es lava". "Ah... eso suena aterrador", murmur¨®, bajando un poco la mirada. "Pero, bueno, ?por qu¨¦ no me lo explicaste antes?" "Pens¨¦ que ya lo sab¨ªas, porque Forn s¨ª lo sab¨ªa". "Bah... Eso es una tonter¨ªa". "Bueno, ahora no importa. Solo deber¨ªamos salir de este lugar y ya". "?Y no voy a ver las llamas eternas, entonces?" "No, porque es peligroso y no sabemos si puede volver el tipo este en cualquier momento". "?P-Pero las llamas eternas! Dijiste que estaban arriba, ?no? ?Quiero verlas! ?Quiero volar hasta all¨¢ y comprobarlo yo misma!" "No es no, Mirella. Es peligroso, te lo acabo de decir. No sabemos si el volc¨¢n est¨¢ activo o si hay algo m¨¢s escondido por ah¨ª. Adem¨¢s, no s¨¦ c¨®mo el calor afectar¨ªa tu cuerpo ah¨ª arriba". Mientras tanto, comenc¨¦ a salir de la cueva. "?Ay, por favor, Luciano! Soy un hada. ?Crees que no puedo manejar un poco de calor? Qu¨¦ tonter¨ªa", dijo, sigui¨¦ndome muy cerca de mi cabeza. "Adem¨¢s... ?C¨®mo puedes saber todo eso si t¨² tampoco lo viste? ?Eres un mentiroso!" "Es porque... Me lo cont¨® Forn", ment¨ª. Ella chasque¨® la lengua. "Qu¨¦ tonto ese Forn... Yo soy fuerte, as¨ª que no me va a pasar nada. Ya ver¨¢s. ?Vamos, d¨¦jame ir!" "No se trata de que seas fuerte, Mirella. No quiero que te pase algo por actuar sin pensar. Ahora sigamos nuestro camino". "?No, yo quiero ver las llamas eternas!" Al salir, la tom¨¦ suavemente entre mis manos, tratando de calmarla, pero ella esquiv¨® mi agarre con un r¨¢pido aleteo y un giro acrob¨¢tico. "No, no, no. Yo quiero verlas. Adem¨¢s, prometiste que ¨ªbamos a ver todos los lugares, ?no? ?Qu¨¦ clase de aventura es esta si no arriesgamos un poquito?" "?Mirella, basta! No es el momento de discutir eso". Mi voz sali¨® m¨¢s seria de lo que pretend¨ªa, pero no estaba dispuesto a ceder. Ella me mir¨® fijamente, con sus ojos verdes demostrando su desaf¨ªo, y antes de que pudiera decir algo m¨¢s, sali¨® disparada hacia arriba. "?Mirella!" Grit¨¦, poniendo una mano estirada en el aire. Comenc¨¦ a correr tras ella, pero sab¨ªa que no podr¨ªa alcanzarla. Desde la base del volc¨¢n la vi ascender r¨¢pidamente. Era como un punto brillante en contraste con la oscuridad de la roca. "?Maldici¨®n! Esta hada no tiene sentido com¨²n..." Murmur¨¦, viendo c¨®mo desaparec¨ªa en la distancia. Pasaron unos largos minutos antes de que la viera regresar. Flotaba con una expresi¨®n de satisfacci¨®n en su rostro, junto con sudor, y una energ¨ªa casi triunfal en su vuelo. "?Lo vi! ?Luciano, lo vi todo!" Grit¨®, aterrizando frente a m¨ª, que estaba sentado contra el borde de la cueva. "?Qu¨¦ parte de peligroso no entendiste, Mirella? ?Podr¨ªas haberte quemado o algo peor! ?Qu¨¦ te pasa?" Ella baj¨® la mirada, pero su sonrisa no desapareci¨® del todo. "Ya, ya... Pero no me pas¨® nada. Soy m¨¢s resistente de lo que piensas. Adem¨¢s..." Su expresi¨®n cambi¨®, y un destello de seriedad apareci¨® en su rostro. "Vi algo interesante, Luciano. Hab¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas flotando dentro del hueco. No muchas, pero definitivamente estaban ah¨ª". Eso detuvo mi serm¨®n. "?Part¨ªculas m¨¢gicas? ?Est¨¢s segura? ?Ah¨ª dentro, en el fuego?" "Algo as¨ª. Se mov¨ªan lento, y yo creo que son de las que vienen en las piedras, como las de Forn". Mi mente comenz¨® a trabajar al instante. Si hab¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas en el cr¨¢ter, eso pod¨ªa significar muchas cosas. Tal vez ah¨ª estaba encerrada la mujer de fuego. Si eso era cierto, esas part¨ªculas pod¨ªan ser la clave para liberarla... O algo as¨ª. "Mirella, ?las part¨ªculas estaban a los costados o d¨®nde?" "S¨ª, a los costados". "Claro... Si fuera en el fuego, obviamente no podr¨ªas haberlas visto". A pesar de mi preocupaci¨®n inicial, no pude evitar que una chispa de emoci¨®n se encendiera en mi pecho. Sin embargo, eso no quitaba lo irresponsable que hab¨ªa sido Mirella. "Bueno, est¨¢ bien, descubriste algo ¨²til, pero eso no justifica que te arriesgues de esa manera. Si algo te hubiera pasado, ?qu¨¦ habr¨ªa hecho yo? Ten¨¦s que pensar antes de actuar", dije, levant¨¢ndome del suelo. Ella flot¨® cerca de m¨ª, con las manos en la espalda y una expresi¨®n que mezclaba arrepentimiento con picard¨ªa. "Lo siento, Luciano. Pero si no me arriesgaba, no habr¨ªamos sabido nada. ?No crees que vali¨® la pena un poquito?" Suspir¨¦, rasc¨¢ndome la nuca. "Tal vez, pero eso no significa que est¨¦ bien. La pr¨®xima vez, no salgas disparada sin consultarme, ?entendido?" "?Pero t¨² no haces cosas raras a veces?" "Bueno yo soy yo y vos sos vos". Mirella asinti¨® lentamente, aunque segu¨ªa sonriendo. "Est¨¢ bien, entendido. ?Entonces qu¨¦ hacemos ahora? ?Subimos juntos a investigar m¨¢s?" "??Queeeeeee!? ?C¨®mo pens¨¢s que a m¨ª se me ocurrir¨ªa subir ah¨ª? ?Adem¨¢s, creo que ni siquiera podr¨ªa!" Comenc¨¦ a caminar r¨¢pido, buscando rodear los ¨¢rboles para salir por el otro lado de la isla. Mirella vol¨® hasta ponerse delante de m¨ª, con los brazos en jarra y bloque¨¢ndome el paso. Su peque?o rostro estaba fruncido, y sus mejillas, ligeramente sonrojadas por el esfuerzo y el calor, ahora parec¨ªan arder de indignaci¨®n. "?Claro, como siempre! Luciano sabe todo, Luciano decide todo, ?verdad? Y yo soy solo la tontita que vuela y te sigue como una tonta". Sus palabras me tomaron por sorpresa. Me qued¨¦ quieto, mir¨¢ndola. ?Por qu¨¦ se enojaba? "?Qu¨¦? ?De d¨®nde sacaste eso, Mirella? Nunca dije que fueras tonta". "?No necesitas decirlo! Lo das a entender con tu actitud. ''Mirella, no hagas esto. Mirella, no hagas aquello. Mirella, no pienses por tu cuenta porque es peligroso. Mirella, no seas tonta''. ?Uf!" Solt¨¦ un suspiro, sintiendo un ligero dolor de cabeza asomarse. "Escuchame, no es que piense que sos tonta. Es que me preocupo por vos. Lo que hiciste all¨¢ arriba pudo haber salido mal. No s¨¦ c¨®mo explic¨¢rtelo mejor, pero no quiero que te arriesgues tanto". "No s¨¦ si eso me convence..." Respondi¨®, mirando hacia otro lado. "Dale, vamos a seguir investigando... Hoy creo que vamos a dormir fuera de casa, porque quiero ver si hay m¨¢s gente viviendo en este lugar". "?Pero te parezco una tonta o no?" "?Que no!" "Bueno, bueno", dijo, moviendo los brazos de un lado al otro. "Ya entend¨ª, tranquilo. Solo estaba bromeando... Creo". "Bueno, dejemos ese tema ah¨ª. Los dos sabemos bien qu¨¦ pensamos del otro". "Que somos mejores amigos, ?no?" "Claro". Esa confirmaci¨®n parec¨ªa devolverle la sonrisa. "Est¨¢ bien, entonces voy a seguirte". Definitivamente, hoy Mirella estaba m¨¢s rara de lo normal. ?Ser¨¢n sus hormonas revolucion¨¢ndose? No... Ella ya tiene veinte a?os. Nos pusimos de vuelta a caminar, esta vez rodeando los pocos ¨¢rboles y saliendo por el otro lado de la playa. Apenas pasaron unos minutos hasta que mis piernas finalmente dijeron basta; tuve que pedirle a Mirella que se metiera al bosque y buscara un lugar que pareciera seguro para descansar un rato. Esper¨¢ndola, se me ocurri¨® una idea... Todos en la Tierra sab¨ªamos que, al exigir los m¨²sculos en ejercicios f¨ªsicos, se generaban microdesgarros en las fibras musculares. Si bien esa no es la causa inmediata de la fatiga muscular, es posible que el dolor disminuya si el agua m¨¢gica devuelve los m¨²sculos a la normalidad, y tal vez tambi¨¦n disuelva el ¨¢cido l¨¢ctico. Y entonces, tom¨¦ un poquito de agua de mi cantimplora primitiva. El ardor en las piernas segu¨ªa ah¨ª, como si cada paso fuese un recordatorio de que hab¨ªa ido m¨¢s all¨¢ de mis l¨ªmites. Sin embargo, ya no sent¨ªa esa fragilidad, como si mis m¨²sculos fueran a fallar en cualquier momento. Era extra?o, como si mis piernas fueran fuertes pero cargadas de un peso invisible. Por un momento, pens¨¦ que podr¨ªamos terminar volviendo a casa y seguir investigando ma?ana, pero definitivamente vamos a tener que dormir fuera. No voy a aguantar otra caminata tan larga. Cap铆tulo 51: Fin del periodo de paz. Mirella regres¨® al cabo de unos minutos, flotando frente a mi cara como si estuviera evaluando mi estado. Su sonrisa hab¨ªa vuelto a su rostro despu¨¦s de verme mal, y parec¨ªa animada. "?Encontr¨¦ algo! No es una cueva, pero creo que te va a gustar. Y, adem¨¢s, est¨¢ cerca, as¨ª que no vas a terminar arrastr¨¢ndote como un animal cansado". "Gracias por el cumplido", respond¨ª con sarcasmo mientras me incorporaba lentamente. "?Qu¨¦ encontraste?" "Es... raro. Es como un hueco en la roca, lo suficientemente grande para que te acuestes, pero no m¨¢s. Est¨¢ elevado, as¨ª que nadie puede alcanzarte f¨¢cilmente. Adem¨¢s, hay algunas ramas y arbustos cubriendo la entrada. ?Es perfecto para esconderse!" "Suena bien. De todas formas, puedo usar mi magia para moldear el lugar". Antes de que pudiera dar un paso, Mirella extendi¨® sus dos manos abiertas para frenarme. "Dame la mano. No quiero que te pierdas". No pude evitar re¨ªrme. "?En serio? Mirella, est¨¢s literalmente brillando con tus part¨ªculas m¨¢gicas. Podr¨ªa seguirte hasta con los ojos cerrados". "?Solo hazlo!" insisti¨®, inflando las mejillas como una ni?a que no aceptar¨ªa un no por respuesta. "?Es m¨¢s divertido as¨ª! Adem¨¢s, ?qu¨¦ tal si te tropiezas y me culpas luego?" "?Por qu¨¦ todo tiene que terminar siendo divertido?" Pregunt¨¦, todav¨ªa manteniendo una sonrisa en mi rostro. "Porque as¨ª es mejor". "Est¨¢ bien, pero yo no soy de tropezarme... Solo para que lo sepas". "Ya. Ya. Solo dame la mano". Extend¨ª mi mano hacia ella. Apenas nuestros dedos se tocaron, sent¨ª la diferencia inmediata. Su mano era peque?a, delicada, pero firme. Aunque me segu¨ªa sorprendiendo lo c¨¢lida que era. ?C¨®mo algo peque?o pod¨ªa tener una presencia tan contundente? "?Qu¨¦ pasa? ?Te sorprende que mi mano sea tan suave?" Pregunt¨® con un tono burl¨®n. "No es eso. Es... Nada, vamos", respond¨ª r¨¢pidamente, sintiendo un calor extra?o en el pecho. No era verg¨¹enza, pero tampoco sab¨ªa c¨®mo describirlo. Mirella tir¨® de m¨ª, aunque era evidente que no ten¨ªa la fuerza para moverme. Aun as¨ª, fing¨ª seguir su ''gu¨ªa'' mientras avanz¨¢bamos entre los ¨¢rboles. Cada tanto, sent¨ªa c¨®mo sus dedos se ajustaban ligeramente a los m¨ªos, y no pod¨ªa evitar notar lo fr¨¢gil que parec¨ªa comparada con mi mano m¨¢s grande que la suya. A pesar de eso, la diferencia no era tan grande como lo hubiera sido hace... dos a?os, por poner un n¨²mero. Ahora ella estaba creciendo y me llegaba hasta las rodillas. No era tan diminuta como antes. Lo curioso de esta zona donde est¨¢bamos caminando era que los ¨¢rboles eran un poco m¨¢s flacos y ten¨ªan una tonalidad m¨¢s gris¨¢cea. Con respecto al suelo, era un poco seco y predominaban los arbustos de pocas hojas. Algunos eran pr¨¢cticamente solo ramas. "Por aqu¨ª, ?cuidado con esa rama!" Me advirti¨®, y su tono, aunque autoritario, ten¨ªa un toque de cari?o. Parec¨ªa como si estuviera hablando con un ni?o al que deb¨ªa proteger. "Eu... Ya te dije que yo soy cuidadoso". "Ya. Ya. Solo te estoy cuidando". Finalmente llegamos al lugar luego de caminar un poco en subida. Era justo como lo hab¨ªa descrito: una hendidura horizontal en la roca, lo suficientemente alta como para que no fuera f¨¢cil acceder desde abajo. La entrada estaba parcialmente cubierta por ramas secas y arbustos espinosos que la naturaleza hab¨ªa dispuesto como si quisieran proteger el sitio. "?Qu¨¦ te dije? ?No es perfecto?" Mirella solt¨® mi mano para flotar frente a la entrada, apartando algunas ramas con delicadeza. Su brillo ilumin¨® apenas el interior, que era estrecho, pero parec¨ªa limpio y seco. "Es... bueno, no puedo decir que sea la mejor opci¨®n. Sin embargo, y como dije antes, puedo moldearlo a mi gusto". "Entonces ven y entra conmigo". Me acerqu¨¦ un poco m¨¢s, subiendo por el suelo seco y rocoso. Al estar frente al lugar, me arrodill¨¦. "La verdad es que tiene su encanto natural. Es como si estuviera hecho espec¨ªficamente para dormir seguro". "?Ves? Yo siempre encuentro buenas cosas". "Debo decir que fuiste bastante r¨¢pida". Suspir¨¦ del cansancio, dejando la mochila de piel de serpiente en el suelo mientras evaluaba el peque?o refugio. No era necesario alterar nada con magia; ya era lo suficientemente seguro para pasar este momento de cansancio y luego la noche. "Mirella, vamos a quedarnos as¨ª como est¨¢", le dije mientras sacaba las frutas que llevaba en la mochila. Las dej¨¦ contra uno de los extremos del lugar y volv¨ª a acomodarla, d¨¢ndole forma con mis manos para usarla como una almohada improvisada. Era dura, pero al menos levantaba un poco mi cabeza del suelo. "Bueno, est¨¢ bien", contest¨® mientras me miraba recostarme. "?Y qu¨¦ vas a hacer ahora?" "Descansar un rato". "?En serio? Eso suena aburrido". "De todas formas, vos est¨¢s ac¨¢, ?no? Conf¨ªo en que vas a vigilar el lugar por m¨ª". Mirella pareci¨® inflar el pecho con orgullo ante mi comentario, pero no sin antes a?adir su cl¨¢sico toque de sarcasmo. "Claro, yo, la grandiosa Mirella, la mejor amiga de Luciano. ?Nada me escapa, mi se?or!" Ech¨¦ una carcajada ante su comentario. "?Fua! Hace un mont¨®n que no te escuchaba decirme as¨ª". Ella se par¨® a mi derecha, del lado donde estaba la abertura. "Ya puedes dormir. Yo te cuidar¨¦". Rod¨¦ los ojos con una leve sonrisa. "Bueno, se?orita defensora de ni?os, avisame si pasa algo raro. Voy a dormitar un rato para ver si se me pasa el cansancio en las piernas". Cerr¨¦ los ojos mientras sent¨ªa el peso del cansancio arrastrarme r¨¢pidamente al sue?o. El lugar ten¨ªa una extra?a atm¨®sfera pac¨ªfica. Mirella se qued¨® rondando cerca, murmurando algo sobre c¨®mo ''siempre le tocaban los trabajos duros''. *** No s¨¦ cu¨¢nto tiempo pas¨®, pero mi tranquilidad se rompi¨® de golpe con un grito agudo. "?Te dije que este no es tu lugar, as¨ª que salgan ahora mismo!" Abr¨ª los ojos de golpe, desorientado. Mirella estaba flotando fuera del refugio, gritando a alguien. Me incorpor¨¦ r¨¢pidamente, intentando deslizarme fuera del hueco para ver qu¨¦ estaba ocurriendo. Delante de Mirella hab¨ªa un hombre petizo y de tez algo morena. Me llam¨® la atenci¨®n que fuera bastante delgado; se le notaban bien las costillas. A su lado hab¨ªa un ni?o que no deb¨ªa tener m¨¢s de diez a?os. Ambos ten¨ªan el cabello negro y desordenado y llevaban ropas inferiores de pieles, similares a las nuestras, pero m¨¢s gastadas. El hombre segu¨ªa gritando mientras el ni?o miraba con una mezcla de timidez y curiosidad. "?Este lugar es nuestro!" Grit¨® el hombre, apunt¨¢ndonos con un dedo. "?No tienen que estar aqu¨ª!" Mirella, con sus peque?os pu?os apretados, se plant¨® en el aire frente a ¨¦l como si su tama?o no importara. "?Ah, s¨ª? ?Y c¨®mo sabemos que era tuyo? ?De todos modos, Luciano solo est¨¢ descansando!" "Mirella", la llam¨¦ en voz baja, pero ella no me escuch¨®. O no quiso escucharme. "?Ni?a voladora, no me hables as¨ª!" El hombre levant¨® la voz, dando un paso hacia ella. Mirella retrocedi¨® un poco, pero no dej¨® de mirarlo desafiante. "Disculpen", interrump¨ª, levantando las manos en se?al de paz. "No sab¨ªamos que este lugar les pertenec¨ªa. Nos iremos de inmediato, no queremos problemas". El hombre me mir¨® con desd¨¦n, como si mis palabras no fueran suficientes para calmar su ira. "?Crees que con pedir perd¨®n basta? ?Este es nuestro hogar, lo hemos usado desde hace mucho tiempo! ?Ustedes no tienen respeto!" Antes de contestar, intent¨¦ mirarlo detenidamente para ver si no lo hab¨ªamos visto antes... Parece tener cejas bastante prominentes... "De verdad, no fue nuestra intenci¨®n", insist¨ª, bajando la mirada. "No quer¨ªamos invadir ni faltarle el respeto a nadie. Solo busc¨¢bamos un lugar seguro porque no me sent¨ªa bien". El ni?o, que hasta ese momento hab¨ªa estado en silencio, finalmente habl¨® con una voz suave. "Pap¨¢, ya pidieron perd¨®n. Tal vez podamos..." "?No, hijo!" interrumpi¨® el hombre. "No se trata solo de eso. Si dejamos que cualquiera use nuestro hogar, ?qu¨¦ ser¨¢ de nosotros? ?¨¦l se molestar¨ªa con nosotros!" ?A qui¨¦n se referir¨¢ con ''¨¦l''? Mirella se puso delante de m¨ª. "?Nadie les va a quitar nada! S¨®lo est¨¢bamos descansando, ?por qu¨¦ hacen tanto drama?" "?C¨¢llate, ni?a! ?Si sigues hablando, te voy a atrapar y ver¨¢s lo que es el drama!" Mirella palideci¨® por un instante, pero no se dej¨® intimidar. "?Me encantar¨ªa ver c¨®mo lo intentas, tontito!" Me interpuse entre ellos r¨¢pidamente, alzando una mano hacia Mirella en se?al de que se calmara. "Mirella, basta. Nosotros nos vamos, no vale la pena discutir m¨¢s". Luego, mir¨¦ al hombre. "De nuevo, lamento mucho haberles causado molestias. Recoger¨¦ mis cosas y nos iremos ahora mismo". Sin embargo, ¨¦l no pareci¨® satisfecho. De hecho, se acerc¨® r¨¢pidamente hacia m¨ª y me mir¨® de arriba abajo. "Oye... ?No ser¨¢ que t¨² eres Luciano?" "?Y t¨² no ser¨¢ que eres familia de Fausto?" "Bueno, eso no importa ahora, ni?o", comenz¨® diciendo en voz baja. Ahora ten¨ªa un tono de voz como esos estafadores que quieren negociar en secreto algo turbio. "Lo importante es otra cosa..." "?Otra cosa?" ¨¦l me mir¨® con los ojos entrecerrados. "Ya sabes... El Rey Demonio". Esas dos palabras hicieron dar la vuelta a la situaci¨®n. Lo tom¨¦ por los hombros y lo mir¨¦ mucho m¨¢s serio que antes. "??Vos tambi¨¦n lo conoc¨¦s!? ?Necesito que me dig¨¢s todo lo que sepas sobre ¨¦l! Y no-no te preocupes, nosotros nos estamos encargando de buscar una forma de derrotarlo". El hombre solt¨® una carcajada amarga, como si lo que acabara de decir fuera la broma m¨¢s rid¨ªcula que hubiera escuchado en a?os. Se llev¨® las manos a las caderas y me mir¨® de nuevo con un gesto despectivo. "?Derrotarlo? ?Por favor! ?T¨² no entiendes nada, ni?o! El Rey Demonio no es alguien a quien puedas derrotar. ¨¦l es quien nos salv¨® de morir de hambre. Gracias a ¨¦l, mi hijo y yo podemos vivir sin tener que preocuparnos nunca m¨¢s por conseguir comida. ?Eso es algo que t¨² nunca podr¨ªas entender!" Mi rostro se tens¨® al escucharlo. No pod¨ªa creer lo que estaba diciendo. El malvado minotauro nunca podr¨ªa haberle salvado la vida a nadie. Este hombre me estaba mintiendo o se estaba burlando de m¨ª. "?Te escuch¨¢s a vos mismo? ?Agradec¨¦s a un ser que probablemente te manipul¨® para su propio beneficio? ?Qu¨¦ clase de padre sos para meter a tu hijo en un trato con un ser tan maligno?" A todo esto, Mirella estaba a mi lado, como esperando el momento exacto para estallar en ira. Por lo pronto, me estaba dejando hablar a m¨ª. El hombre dio un paso m¨¢s hacia m¨ª, con los dientes apretados y yo retroced¨ª. Su rostro se contorsionaba en una mueca de rabia. "?C¨¢llate, idiota! T¨² no sabes nada de nuestras vidas ni de lo que hemos pasado. No puedes juzgarme. ?T¨² eres solo un ni?o que juega a ser un adulto!" ?Acaso le hab¨ªan lanzado una maldici¨®n? "?Eso te dec¨ªs para dormir tranquilo? ?Que sacrificaste tu... tu libertad y la de tu hijo para depender de un monstruo? No te voy a juzgar por querer sobrevivir, pero hacer un trato con alguien que solo causa sufrimiento a los dem¨¢s... ?Eso no tiene justificaci¨®n!" El hombre estall¨® en furia. Definitivamente, no era alguien normal. "?Basta!" Grit¨®. En un movimiento r¨¢pido, arranc¨® una rama corta de un ¨¢rbol y me apunt¨® con ella. "?Deber¨ªa entregarte al Rey Demonio! Quiz¨¢ entonces tenga a¨²n m¨¢s favores para m¨ª". "?No entend¨¦s nada! ?Ese tipo tiene un problema mental! ?Nunca aceptar¨ªa que vos hagas algo como eso!" "?T¨² eres el que no entiende nada!"Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. "??Qu¨¦!? ?El Rey Demonio es alguien que ni siquiera deber¨ªa existir en este mundo!" Esa frase pareci¨® ser la gota que colm¨® el vaso. A trav¨¦s de su barba desordenada pude ver c¨®mo frunci¨® el labio inferior hacia abajo, dejando ver c¨®mo apretaba los dientes con furia. Luego de eso, empez¨® a correr hacia m¨ª, con su rama delante. Antes de que pudiera reaccionar de nuevo, un rayo de luz cegador cruz¨® el aire delante de m¨ª a una velocidad vertiginosa. Mirella, que hab¨ªa permanecido flotando en alerta todo el tiempo, hab¨ªa extendido sus peque?as manos y disparado un haz de luz directa hacia el hombre. El impacto fue brutal. Su grito de dolor desgarr¨® su garganta mientras su mano izquierda explotaba en un amasijo de carne y sangre. Cay¨® al suelo de rodillas, sujet¨¢ndose el mu?¨®n con desesperaci¨®n. "??Aaahhh!! ??Mi mano!! ?Maldita ni?a, mira lo que me hiciste! ?Aghhhhhh!" Mirella, con los ojos entrecerrados y una expresi¨®n m¨¢s fr¨ªa de lo que jam¨¢s le hab¨ªa visto, baj¨® lentamente sus manos mientras flotaba hacia ¨¦l. "Te advert¨ª que no te metieras con nosotros, pero parece que no sabes escuchar. Nadie intenta lastimar a Luciano mientras yo est¨¦ a su lado". El ni?o grit¨® de p¨¢nico y corri¨® hacia su padre, abraz¨¢ndolo mientras l¨¢grimas corr¨ªan por sus mejillas. "?Pap¨¢! ?Pap¨¢, est¨¢s herido!" Yo, por mi parte, me qued¨¦ paralizado en el lugar. Aunque no porque fuera un cobarde, ni mucho menos, sino que sucedieron demasiadas cosas absurdas en muy poco tiempo. La escena frente a m¨ª parec¨ªa un cuadro salido de una pesadilla: el hombre retorci¨¦ndose en el suelo, gritando por su mano perdida, mientras el ni?o lloraba desesperado, abraz¨¢ndolo sin tener una m¨ªnima idea de qu¨¦ hacer para ayudarle. El aire parec¨ªa oler a naturaleza y sangre, y el sonido de los gritos perforaba mis o¨ªdos. Mi mirada se pos¨® en Mirella, flotando frente al se?or con una expresi¨®n demasiado seria, como si acabara de completar un deber que para ella era obligatorio. Algo dentro de m¨ª se sent¨ªa profundamente inc¨®modo, como si un hilo invisible me estrujara el pecho. Otra vez. Otra vez Mirella hab¨ªa usado la violencia para defenderme. S¨ª, el hombre hab¨ªa amenazado con entregarme al Rey Demonio... Ni siquiera ten¨ªa sentido todo eso que dijo... ?Por qu¨¦ me entregar¨ªa? Si el mismo minotauro me dijo que me esperar¨ªa para tener un combate. Es que nada ten¨ªa sentido, maldici¨®n... ?Qu¨¦ acababa de pasar? Yo solo quer¨ªa tener un feliz cumplea?os junto a Mirella y disfrutar de un d¨ªa c¨¢lido explorando el lugar que nos rodea. Mi mente se debat¨ªa en un torbellino de emociones contradictorias. Mirella me protegi¨®, eso no estaba en discusi¨®n. Lo hab¨ªa hecho con esa lealtad que hab¨ªa demostrado desde el primer d¨ªa, sin medir las consecuencias. Y eso era justo lo que me incomodaba en cierta parte. Hab¨ªa algo profundamente perturbador en esa mirada suya, tan seria, tan carente de compasi¨®n en ese instante. ?Era as¨ª como las cosas deb¨ªan ser? Definitivamente, no tengo la respuesta correcta para esa pregunta. Ni siquiera s¨¦ si la hay, pero lo que s¨ª tengo claro es que esto que sucedi¨® fue en defensa propia. Y es por eso que terminar¨¦ apoyando su decisi¨®n. "?Mi mano! ?Mi mano...! ?Aghhhh!" Mir¨¦ al hombre una vez m¨¢s. El dolor lo hac¨ªa llorar y maldecir, pero sus palabras ya no ten¨ªan la fuerza inicial. Su hijo, por otro lado, segu¨ªa completamente sumido en el p¨¢nico, ahora intentando detener la hemorragia con sus peque?as manos, in¨²tiles contra el flujo de sangre. Mi mirada pas¨® de ellos a la cantimplora en mi cintura. El agua m¨¢gica. Esa agua podr¨ªa salvarle la vida. Pero, ?quer¨ªa salvarlo? Este hombre estaba del lado del mal, del Rey Demonio. Hasta hab¨ªa intentado hacerme da?o. ?Por qu¨¦ deber¨ªa salvar a alguien as¨ª? ?Por qu¨¦ deber¨ªamos tener entre nosotros a alguien que pod¨ªa asesinarnos si ten¨ªamos pensamientos opuestos? Mi mand¨ªbula se tens¨® mientras mi mente segu¨ªa dando vueltas a pesar de que la situaci¨®n era cr¨ªtica. Porque esto no se trataba de ¨¦l. Se trataba de m¨ª. ?Qu¨¦ clase de persona quiero ser en este mundo? ?Qu¨¦ clase de mensaje quiero transmitirles a los dem¨¢s? Si combato el mal con m¨¢s mal, ?en qu¨¦ me convierto entonces? "Pero Luciano, aceptaste pelear a muerte con otro ser vivo. ?Acaso eso no es combatir el mal con m¨¢s mal?" Podr¨ªa pensar cualquiera si le cuento mi situaci¨®n actual... Eso es diferente, eso lo hago porque esa bestia tiene la capacidad de hacer el mal a otro tipo de escala. En cambio, este tipo, el que tengo frente a m¨ª, es algo insignificante en comparaci¨®n con el minotauro. No se le acerca en ning¨²n aspecto, y es por eso que no debo tomarlo al mismo nivel. Mirella segu¨ªa flotando, impasible, pero pod¨ªa sentir que me observaba de reojo, esperando alguna reacci¨®n de mi parte. Su rostro serio no encajaba con la Mirella que conoc¨ªa, siempre risue?a y juguetona. Sin embargo, no pod¨ªa culparla. Ella hab¨ªa hecho lo que cre¨ªa necesario para protegerme, y eso... eso me dol¨ªa m¨¢s de lo que deber¨ªa. Era hora de tomar una decisi¨®n. Me arrodill¨¦ frente al hombre, que parec¨ªa que en cualquier momento iba a desmayarse; ya estaba muy p¨¢lido. "?Qu¨¦... qu¨¦ vas a... hacer?" Pregunt¨® con la voz entrecortada, tratando de retroceder con sus pies desnudos mientras a¨²n se aferraba al mu?¨®n sangrante. "Salvarte, aunque piense que no te lo merezcas del todo", respond¨ª mientras despegaba la cantimplora de mi ropa usando magia. "Porque no soy como vos. No voy a dejar que tu hijo pierda a su padre, incluso si eso significa ayudar a alguien que intent¨® hacerme da?o por culpa de una discusi¨®n que yo trat¨¦ de evitar desde el comienzo". Sin esperar una respuesta, abr¨ª la cantimplora y dej¨¦ que un poco de agua m¨¢gica cayera sobre su boca. A pesar de que se atragant¨®, el efecto fue inmediato: el sangrado se detuvo y la carne comenz¨® a cerrarse, formando una cicatriz del color de la sangre. El hombre jade¨®, sorprendido, mientras su hijo miraba con los ojos abiertos de par en par. "Pap¨¢... est¨¢s... bien", susurr¨® el ni?o, abraz¨¢ndolo con fuerza. Me levant¨¦, alej¨¢ndome unos pasos mientras cerraba la cantimplora. No quer¨ªa escuchar agradecimientos, porque no los necesitaba ni los esperaba. Esto no lo hice por ¨¦l, sino por m¨ª. Porque si quer¨ªa vencer al mal, ten¨ªa que hacerlo haciendo el bien, siendo mejor que los dem¨¢s. Al menos cuando las circunstancias lo permitieran. El hombre me mir¨®, claramente confundido, como si no pudiera comprender por qu¨¦ lo hab¨ªa ayudado despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa dicho y hecho. "No lo olvides", dije, levantando mi dedo ¨ªndice en el aire. "El Rey Demonio no es tu salvador por hacerte un favor que ni siquiera debes entender. Alg¨²n d¨ªa lo enfrentar¨¦, y cuando lo haga, ser¨¢ para liberar a todos los que est¨¢n a mi alrededor, incluy¨¦ndote a vos y a tu hijo". Sin esperar una respuesta, me di la vuelta y camin¨¦ hacia donde hace un rato estaba durmiendo. Coloqu¨¦ las frutas en la mochila y me la puse mientras caminaba hacia el lado contrario a ellos. Not¨¦ que Mirella me sigui¨®, porque hab¨ªa un zumbido incesante al lado de mi cabeza. "Luciano, ?ad¨®nde vamos?" "Creo que a casa". "?Pero no estabas cansado?" "Ya... Ya se me pas¨®". Pasaron unos segundos, en los que yo caminaba sin rumbo, hasta que Mirella volvi¨® a hablar. "?Est¨¢s enojado?" "Con vos no". "Ya veo..." "Hice lo que sent¨ª que era correcto. Y creo que, al menos por ahora, eso es suficiente para aliviar mi mente". Mirella zumbaba cerca, evitando no romper de nuevo el silencio demasiado pronto. De vez en cuando pod¨ªa sentirla detenerse a mirar alguna flor que se cruzaba en nuestro camino. Era como si quisiera darle ligereza a mi humor, pero al mismo tiempo no deseaba invadir demasiado. Fue entonces cuando mis ojos captaron algo inusual entre los arbustos. Un peque?o racimo de lo que parec¨ªan ser bayas verdes colgaba bajo unas hojas amplias. Me detuve de golpe, inclin¨¢ndome para observarlas m¨¢s de cerca. Bayas verdes. Nunca hab¨ªa visto algo como eso en esta regi¨®n. ?Realmente eran bayas? Estir¨¦ la mano, algo curioso, y tom¨¦ una de las cosas verdes y redondas. Era m¨¢s dura de lo que esperaba. Al presionarla con los dedos, estall¨® con un sonido suave, dejando escapar un jugo denso que me manch¨® la palma. El l¨ªquido ten¨ªa el mismo color que en su exterior. Lo observ¨¦ detenidamente, girando la mano para ver c¨®mo brillaba a la luz que se filtraba entre los ¨¢rboles. "?Espera!" La voz de Mirella me sobresalt¨® y la vi volando r¨¢pidamente frente a m¨ª. "?Qu¨¦ es eso?" "No lo s¨¦". Me encog¨ª de hombros mientras limpiaba la palma de mi mano contra mi otra mano. "Parece una versi¨®n extra?a de las bayas normales de por ac¨¢. Nunca las hab¨ªa visto en verde y nadie me hab¨ªa contado de ellas". Mirella dio un par de vueltas alrededor del arbusto, como si tratara de analizarlo desde todos los ¨¢ngulos. "?Crees que ser¨¢n comestibles? Porque las otras..." "No tengo ni idea, y tampoco tengo ganas de probarlas". "?Quieres que las pruebe por ti?" "No, gracias". Con cuidado, me saqu¨¦ la mochila de la espalda y comenc¨¦ a recoger las bayas una a una, poni¨¦ndolas all¨ª. Eran sorprendentemente numerosas, escondidas entre las hojas m¨¢s bajas. Mirella me miraba con las manos en la cintura, claramente dudando de mi decisi¨®n, pero no dijo nada. Una vez que tom¨¦ unas veinte, comenc¨¦ a caminar de nuevo. "?Por qu¨¦ te est¨¢s llevando tantas?" "Porque puedo plantarlas y tambi¨¦n puedo pintar cosas con su jugo". "?Ah! Como lo hace Luc¨ªa". "S¨ª, m¨¢s o menos". Lo cierto era que se me hab¨ªa ocurrido comenzar a hacer ropa con el pelaje de Aya, y este verde me gustaba para intentar tintarlas. Mirella asinti¨® lentamente, aunque no parec¨ªa del todo convencida. Luego, se?al¨® hacia adelante de m¨ª con uno de sus brazos. "Muy bien, se?or recolector de bayas raras, d¨¦jame ayudarte a encontrar el camino a casa. Con tanto caminar sin rumbo, seguro ya te perdiste". "?Perderme? Claro que no. Solo estoy explorando..." Ella solt¨® una risita burlona, flotando m¨¢s alto y alzando la barbilla como si tuviera toda la autoridad del mundo. "Explorar, s¨ª, claro. Bueno, no quiero romperte la ilusi¨®n, pero estamos yendo hacia el lado equivocado". "Tendr¨¦ que seguirte, entonces". *** Tres d¨ªas despu¨¦s de mi fat¨ªdico d¨¦cimo cumplea?os en este mundo, decid¨ª que era hora de actuar antes de arrepentirnos por no haber atacado primero. Esta decisi¨®n viene tambi¨¦n de parte de algo que pens¨¦ anoche: debo terminar de hacerme el l¨ªder de las personas que me rodean. Ya no quiero volver a pasar por una situaci¨®n similar a la que tuve que vivir hace poco junto a Mirella. Ya no quiero que la gente sufra m¨¢s, y es por eso que las estoy guiando hacia el camino del bien. Por ese mismo motivo es que me estoy preparando para partir hacia la batalla. Ahora mismo es por la tarde, y me encuentro sentado en una silla en mi habitaci¨®n junto a Luc¨ªa. Todos los dem¨¢s han salido a recolectar la mayor cantidad posible de comida, ya que les avis¨¦ que ma?ana les hablar¨¦ sobre algo muy importante que deben saber. Mirella tambi¨¦n me ha estado ayudando a avisar a todas las personas que conocemos que vengan por la ma?ana a visitarnos. Ah¨ª es cuando les explicar¨¦ la situaci¨®n en detalle y del peligro que estamos por enfrentar. Bueno, la cuesti¨®n es que mi mam¨¢ estaba tallando por su propia cuenta una cruz peque?a de madera para regal¨¢rsela a Aya y que yo se la pusiera, como dije, en la cadena. La idea era buena, pero realmente no sab¨ªa si iba a quedar muy bien la combinaci¨®n de madera con oro. Por mi parte, acababa de terminar de crear algo que hab¨ªa estado pensando hace un tiempo: ropa nueva. Mir¨¦ la remera que acababa de crear. El tejido era suave, casi esponjoso al tacto, con un verde manzana que resaltaba bajo la luz que entraba por la ventana. Me sent¨ªa un poco orgulloso, no lo voy a negar. Despu¨¦s de tanto tiempo, hab¨ªa ideado crear algo que nos sirviera en el d¨ªa a d¨ªa. Ahora, solo faltaba ver si a alguien m¨¢s le parec¨ªa tan buena idea como a m¨ª. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo, Lucianito?" Me pregunt¨® ella, usando ese tono despreocupado que solo ella pod¨ªa emplear. "Pero si ya te lo dije, es ropa para m¨ª". Extend¨ª la remera frente a m¨ª. Tambi¨¦n levant¨¦ la bermuda que hab¨ªa hecho como complemento. "?Qued¨® bien? ?Qu¨¦ te parece?" Parec¨ªa haberse emocionado, dejando en el suelo la madera para examinar con detenimiento lo que ten¨ªa en las manos. Se inclin¨® hacia adelante, tocando el tejido con sus dedos peque?os. "S¨ª, qued¨® linda. Muy linda. Hace rato que tendr¨ªas que haber hecho algo as¨ª". "S¨ª, puede ser", respond¨ª, poniendo la ropa sobre mi regazo. "Pero pienso que es un buen momento para hacerlo, porque viene acompa?ado de un cambio para todos. Ya lo ver¨¢s". "Es sobre eso que nos dijiste a todos, ?no? Lo de que estamos viviendo en una isla... No creo que te vayas a quedar de brazos cruzados". "?Exactamente!" Me levant¨¦ y puse las dos prendas sobre mi cama. "Despu¨¦s de lo del Rey Demonio, voy a buscar la manera de irnos a la mierda de ac¨¢. No s¨¦ cu¨¢nta gente nos acompa?ar¨¢ en esa locura, pero definitivamente lo voy a lograr, sea como sea". "Obvio que yo voy a estar ah¨ª". "S¨ª, obvio". Me sent¨¦ en mi cama. "Bueno, mami, date vuelta ahora. Me voy a cambiar para probarme esta ropa". "Bueno. Mientras tanto, voy a ir terminando esto", contest¨® y obedeci¨®, d¨¢ndose la vuelta y mirando hacia la puerta. De vuelta se puso con su peque?o cuchillo a quitarle las imperfecciones a la cruz. Despu¨¦s se encargar¨¢ ella de limpiarme la pieza, supongo. Me quit¨¦ la prenda primitiva inferior con rapidez, dejando que cayera al suelo. Me puse la nueva bermuda, ajust¨¢ndola a mi cintura con algo de esfuerzo. Apenas me la sub¨ª, sent¨ª que estaba m¨¢s apretada de lo que hab¨ªa calculado. La tela no ced¨ªa demasiado y, para mi incomodidad, se notaba un poco el bulto. No hab¨ªa tenido en cuenta que, al no llevar ropa interior, esto pod¨ªa pasar. Esto no era como la falda. "Perfecto... qu¨¦ inc¨®modo", murmur¨¦ para m¨ª mismo. "?Dijiste algo?" "Nada. Nada", respond¨ª r¨¢pidamente. Extend¨ª la mano, concentr¨¢ndome, y us¨¦ un poco de magia para aflojar ligeramente la tela. La sensaci¨®n mejor¨® enseguida, y la bermuda se ve¨ªa un poco m¨¢s holgada, sin causarme molestias. Agarr¨¦ la remera y me la pas¨¦ por la cabeza. La tela era incre¨ªblemente suave contra mi piel, y el color verde combinaba bastante bien con la bermuda. Me mir¨¦ un poco el cuerpo y sonre¨ª. Era un cambio radical en comparaci¨®n con las pieles toscas que us¨¢bamos hasta ahora. Y, siendo sincero, no me hac¨ªan dar mucho calor. Hab¨ªa creado una buena tela perfecta para estos climas calurosos. "?Ya terminaste? Me estoy aburriendo". "?Pero no est¨¢s haciendo el dije?" "Las ni?as suelen aburrirse r¨¢pido, ?sabes?" Solt¨¦ un suspiro largo. A pesar de ya tener cinco a?os en este mundo, a ella le gustaba fingir en todo momento que era una simple ni?ita. "Bueno, ya pod¨¦s ver". Luc¨ªa se dio vuelta con rapidez y me mir¨® de arriba abajo. Sus ojos se iluminaron y una sonrisa amplia se dibuj¨® en su rostro. "?Ohhhhh! ?Pero qu¨¦ ni?o tan guaaaaapoooo!" "Tampoco es para que exageres". Luc¨ªa no tard¨® ni dos segundos en acercarse corriendo, como si no pudiera contener su entusiasmo. Se inclin¨® hacia m¨ª, acercando su peque?a nariz a una de las mangas de la remera. "?Eh, eh! ?Qu¨¦ hac¨¦s?" Pregunt¨¦, dando un paso atr¨¢s por reflejo, pero ella fue m¨¢s r¨¢pida y continu¨® olfateando como si estuviera inspeccionando algo importante. "Huele raro... ?Es...? ?S¨ª, huele a frutas!" Exclam¨® entre risitas, llev¨¢ndose una mano a la boca como si acabara de descubrir un gran secreto. "S¨ª, es verdad, tiene un poco de olor todav¨ªa", admit¨ª, rasc¨¢ndome la nuca. "Voy a lavarlas dentro de un rato, lo prometo. Es que no me di cuenta de que la tela se iba a quedar con ese aroma". "Ya veo..." "Bueno, ahora me la voy a sacar, porque adem¨¢s est¨¢ medio pegajosa". Luc¨ªa lade¨® la cabeza y me mir¨® con una expresi¨®n p¨ªcara que no presagiaba nada bueno. "No ser¨¢ que te gusta tener a Aya por todo el cuerpo, ?no?" "??Qu¨¦ dec¨ªs?! ?No tiene nada que ver con eso!" Respond¨ª, llev¨¢ndome las manos al pecho, como si as¨ª pudiera defenderme de su burla. "El pelaje de Aya, ?eh!" Luc¨ªa se cruz¨® de brazos y adopt¨® una pose pensativa, como si estuviera resolviendo un caso detectivesco. "?Sab¨¦s que no se puede usar a tus amigas como si fueran f¨¢bricas de tejidos, verdad? ?Es explotaci¨®n m¨¢gica, Luciano!" "Qu¨¦ tonter¨ªa..." Dije mientras me volv¨ªa a sentar en la silla de madera. "Ahora me voy a cortar el pelo, y vos me vas a ayudar". "?Eso es explotaci¨®n infantil!" "?Ja! Ya ni te salen las bromas. Lo ¨²nico que ten¨¦s que hacer es decirme si me estoy cortando bien y c¨®mo me va quedando". "Est¨¢ bien. Est¨¢ bien", cedi¨®, dejando la cruz en la cama. "El cabello es una parte importante para cualquier persona, as¨ª que hay que tomarlo con la seriedad que se merece". En mi anterior vida, recuerdo que cortarme el pelo era algo que no me gustaba; ten¨ªa que ir a la peluquer¨ªa, pagar dinero, rogar porque quedara bien y dem¨¢s. Pero ahora estaba ac¨¢, en otro mundo, a punto de usar magia para tocar un cabello que solo hab¨ªa sido m¨ªnimamente cortado en diez a?os. En mi mente lo visualizaba: algo con degrad¨¦ a los lados, con un poco de volumen arriba. Como esos cortes que usaban los actores facheros o la gente con pelo lacio. "?Y bien? ?Por d¨®nde vas a empezar?" "Voy a hacer un degradado. Algo que me haga ver m¨¢s... ?C¨®mo decirlo? M¨¢s moderno". "Debo decirte que el pelo largo no te quedaba nada mal". "A todo esto, ?podr¨ªas fijarte si mis dos pelos rojos est¨¢n en la parte superior y no a los costados?" "S¨ª, claro", respondi¨® y comenz¨® a revolver sus dedos entre mis mechones. "Est¨¢n bastante arriba, as¨ª que no vas a tener problema". "Perfecto". Cerr¨¦ los ojos para concentrarme mejor. Cuando deslic¨¦ la mano derecha por el costado derecho de mi cabeza, sent¨ª c¨®mo la magia eliminaba el exceso de pelo con precisi¨®n, dej¨¢ndolo m¨¢s corto. Luego segu¨ª por el otro. Termin¨¦ de perfeccionar los ¨²ltimos detalles en la nuca y, con un movimiento final, elimin¨¦ a medida todo el pelo sobrante de arriba. Me pas¨¦ la mano por la cabeza, echando el pelo hacia atr¨¢s. Todo se sent¨ªa diferente ahora. Era m¨¢s c¨®modo as¨ª. "?Y? ?C¨®mo qued¨®?" Pregunt¨¦. "Espectacular", respondi¨®, aplaudiendo. "Parec¨¦s salido de la portada de una revista". "Eso siempre dicen las madres". Mientras recog¨ªa los mechones ca¨ªdos y me pon¨ªa a ordenar, no pude evitar sonre¨ªr. Luc¨ªa ten¨ªa esa habilidad de hacer que incluso los momentos m¨¢s simples se sintieran especiales. De pronto, se comenzaron a escuchar murmullos fuera. Ya hab¨ªan llegado... Eso era un recordatorio de que dentro de unas horas iba a estar revel¨¢ndoles a todos mi plan de matar al Rey Demonio. Se acab¨® el periodo de paz. Ahora me toca poner la cara para defender a los nuestros. Cap铆tulo 52: Ahora vamos por todo. Era la ma?ana siguiente al cambio de look repentino. Algunos, como Mirella, casi que ni me reconocieron, pero les expliqu¨¦ que me sent¨ªa mejor as¨ª, y que pronto les har¨ªa unas ropas similares. Si alcanzaban los recursos. Por cierto, Aya no se molest¨® para nada con respecto a que usara el pelo sobrante de sus colas para hacer la tela. Me despert¨¦ antes que todos, incluso antes de que el sol se asomara por completo. Algo en mi interior me ped¨ªa que me levantara, como si la incertidumbre de lo que iba a suceder hoy no me dejara descansar. Me desperec¨¦ lentamente, intentando no despertar a Mirella, que dorm¨ªa a mi lado, y sal¨ª de la casa mientras el aire fresco de la ma?ana me daba la bienvenida. Hoy parec¨ªa ser un poquito m¨¢s fresco de lo normal. A pesar de apenas comenzar a amanecer, el cielo estaba nublado, con tonalidades grises que parec¨ªan aplastar el paisaje. No hab¨ªa ni un rayo de sol para calmar mi mente. No pude evitar pensar que este clima no era una buena se?al. Era como si la naturaleza misma estuviera anticipando todo lo que hoy iba a suceder. Di la vuelta a la entrada y vi la playa, que parec¨ªa ya estar lista para el evento. Las sillas, hechas de madera, estaban alineadas una al lado de la otra sobre la arena, esperando a los invitados. El improvisado escenario de madera se ve¨ªa modesto, pero su posici¨®n estrat¨¦gica daba la impresi¨®n de que lo que se dijera desde ah¨ª tendr¨ªa un peso especial. Mis pasos sobre la arena eran lentos, pero no porque tuviera sue?o, sino porque estaba atrapado en mis pensamientos. Mir¨¦ las filas de sillas vac¨ªas y por un instante me sent¨ª peque?o. ?Era yo realmente la persona adecuada para liderarlos en algo tan monumental? Seguramente s¨ª, pero deb¨ªa plasmarlo con hechos. Intent¨¦ sacudir esos pensamientos de m¨¢s de mi cabeza mientras me acercaba al escenario, que apenas sobresal¨ªa unos diez cent¨ªmetros de la arena y ten¨ªa una baranda de solo un trozo de madera que cruzaba en horizontal. Me detuve en uno de los extremos y apoy¨¦ la mano en una de las tablas, notando lo ¨¢spero de la madera bajo mis dedos. Por alguna raz¨®n, ese detalle me ancl¨®. Este no era un escenario majestuoso en un castillo ni un trono de oro. Era un s¨ªmbolo de nuestra lucha, de lo que realmente somos: un grupo de personas que se ha mantenido unida para intentar vivir mejor. Respir¨¦ profundo, dejando que ese aroma tan lindo de la playa llenara mis pulmones, brind¨¢ndome algo de calma. Una parte de m¨ª quer¨ªa quedarse ah¨ª, mirando el horizonte infinito, pero sab¨ªa que pronto llegar¨ªan los dem¨¢s. Aunque intent¨¦ pasar desapercibido cuando sal¨ª, Mirella probablemente ya hab¨ªa notado mi ausencia. Y si no ella, Aya seguramente lo har¨ªa. Su instinto siempre era infalible, y hoy no ser¨ªa la excepci¨®n. Me sent¨¦ en una de las sillas cercanas al escenario. Cerr¨¦ los ojos un momento, dejando que el murmullo de las olas llenara el silencio. Pens¨¦ en c¨®mo todo esto hab¨ªa empezado, en lo lejos que hab¨ªamos llegado desde ese primer d¨ªa en el que despert¨¦ en este mundo sin saber qu¨¦ hacer ni a d¨®nde ir. Record¨¦ a cada persona que hab¨ªa conocido, a los que segu¨ªan conmigo y a los que hab¨ªamos perdido en el camino. "Hoy vamos por todo", murmur¨¦, abriendo los ojos y recordando que deb¨ªa cambiarme r¨¢pido. Me dirig¨ª hacia el otro lado de la casa, donde ten¨ªamos un tendedero largo hecho con dos palos de madera anclados contra la arena y una enredadera que funcionaba como soga entre los dos palos. Saqu¨¦ mis dos nuevas prendas, que ya estaban secas y sin olor, y me cambi¨¦ ah¨ª nom¨¢s, sin que nadie me pudiera ver. Al devolverme hacia la entrada de la casa, pude ver venir por la playa a Tariq, Yume y Kiran. Por ahora no quer¨ªa verlos. En realidad, no quer¨ªa ver a nadie, as¨ª que me met¨ª r¨¢pido en casa y encar¨¦ hacia mi pieza. Una parte de m¨ª necesitaba ese ¨²ltimo momento de soledad antes de enfrentar el d¨ªa. Adem¨¢s, quer¨ªa aparecer de sorpresa para directamente transmitirles el mensaje a todos juntos. Al cruzar la puerta que daba al pasillo, me encontr¨¦ con Samira y Suminia saliendo de su habitaci¨®n. Ambas parec¨ªan haberse levantado hace poco. Samira, como siempre, me salud¨® con una sonrisa t¨ªmida, mientras que Suminia apenas me lanz¨® un r¨¢pido "hola". "Buen d¨ªa, chicas", salud¨¦ al verlas pasar a mi lado y segu¨ª mi rumbo. Abr¨ª la puerta m¨¢s bruscamente de lo que quer¨ªa y la cerr¨¦ con la misma velocidad al escuchar la de la pieza de al lado abrirse. Dentro, encontr¨¦ exactamente lo que esperaba: Mirella estaba sentada sobre la mesita de luz, mirando por la ventana, y Aya estaba sentada en su cama poni¨¦ndose su cadena de oro, la cual ya ten¨ªa la crucecita de madera, como dije. Le quedaba muy bien. Las dos me miraron en cuanto entr¨¦. Mirella dej¨® de mirar por la ventana y vol¨® de inmediato hacia m¨ª, ladeando la cabeza con una expresi¨®n divertida. "?Escapando de algo?" Aya, en cambio, no dijo nada, pero sus orejas blancas se movieron ligeramente hacia adelante, como si estuviera esperando mi respuesta. "S¨ª, algo as¨ª..." Respond¨ª, mientras me apoyaba en la puerta para asegurarme de que nadie m¨¢s entrara. Inspir¨¦ hondo y solt¨¦ un suspiro que intent¨¦ que no sonara demasiado resignado. "Escuchen, necesito que hagan algo por m¨ª". "?Qu¨¦ cosa?" "Por favor, salgan y reciban a los que vayan llegando. Si¨¦ntense con ellos en las sillas, hablen un poco si quieren, pero aseg¨²rense de que todos se sientan c¨®modos hasta que est¨¦n todos reunidos". "?Y t¨²? ?Te vas a esconder aqu¨ª todo el d¨ªa?" "No me voy a esconder... Bueno, solo por un rato", respond¨ª, intentando sonar seguro. "Necesito pensar un poco antes de salir ah¨ª, y no tengo ganas de hablar con ellos, porque seguro van a preguntarme para qu¨¦ los hice venir". Mirella abri¨® la boca para decir algo, pero Aya se levant¨®, alis¨¢ndose el yukata con movimientos tranquilos. Se acerc¨® a la puerta, donde yo estaba, y me puso una mano en el hombro. "Est¨¢ bien", dijo simplemente, mir¨¢ndome a los ojos con esa calma que siempre parec¨ªa envolverla como un escudo. "Si as¨ª lo quieres, nosotras nos encargaremos". Mirella rod¨® los ojos de manera exagerada, pero termin¨® haciendo una gran sonrisa. "?No hay nadie mejor que una linda hadita para hablar! ?Esto ser¨¢ f¨¢cil!" "Gracias, chicas", respond¨ª, refregando un poco la espalda de Aya con mi mano. Cuando cerr¨¦ la puerta detr¨¢s de ellas, me dej¨¦ caer sobre mi cama con un nuevo suspiro. La habitaci¨®n ahora estaba en silencio. Pens¨¦ en Rundia y Rin. Ellos siempre hab¨ªan estado ah¨ª para m¨ª, incluso en este mundo tan dif¨ªcil. Era complicado imaginarlos aceptando que su hijo decidiera enfrentarse a algo tan peligroso. Mi mam¨¢... Rundia... ?C¨®mo se lo iba a tomar? ?Y Rin? ¨¦l estaba mucho m¨¢s comprensivo conmigo desde hace un tiempo, pero si lo llevaba al l¨ªmite, podr¨ªa llegar a enojarse demasiado y terminar peg¨¢ndome o algo as¨ª. Un nudo se form¨® en mi est¨®mago. Si ellos me dec¨ªan que no fuera, ?qu¨¦ iba a hacer? ?C¨®mo pod¨ªa mirarlos a los ojos y decirles que no pensaba escucharlos y que iba a terminar haci¨¦ndolo de todas formas? Me levant¨¦ y camin¨¦ de un lado a otro en la habitaci¨®n, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero todo lo que me ven¨ªa a la mente en ese momento sonaba d¨¦bil o ego¨ªsta. "Voy a hacerlo por todos". "Es mi deber". "Si no lo hago yo, ?qui¨¦n lo har¨¢?" Frases vac¨ªas, sin demasiado peso. Ellos no las aceptar¨ªan. Rundia era fuerte, s¨ª, pero tambi¨¦n era mi madre, y no hab¨ªa duda de que iba a intentar detenerme a pesar de que siempre suele confiar en m¨ª. Y Rin... su mirada ser¨ªa m¨¢s dura. ¨¦l no se pondr¨ªa a llorar ni intentar¨ªa convencerme con s¨²plicas. Ser¨ªa directo, pr¨¢ctico. Me llev¨¦ una mano al rostro, presionando mis ojos con fuerza. En ese momento, alguien toc¨® la puerta. "Hijo, ?est¨¢s ah¨ª?" La voz era de Rundia. "Quer¨ªa saber si vas a comer algo". Me acerqu¨¦ lentamente a la puerta, como si tuviera que medir cada paso. No quer¨ªa que mi tono reflejara toda la tormenta interna que llevaba. Abr¨ª la puerta apenas lo suficiente para que ella me viera. "No, mam¨¢. Coman ustedes con los dem¨¢s. Los alcanzo afuera en un rato". Hubo un breve silencio al otro lado de la puerta, y por un segundo pens¨¦ que insistir¨ªa, pero luego escuch¨¦ su respuesta. "Est¨¢ bien, pero no tardes mucho. No es bueno rechazar la comida, sabes que a Ad¨¢n no le gusta eso". "S¨ª, s¨ª, no te preocupes, mam¨¢. Despu¨¦s voy a comer". "Est¨¢ bien". Sus pasos se alejaron lentamente, y volv¨ª a quedarme solo en la habitaci¨®n, aprovechando el momento para peinarme un poco hacia atr¨¢s el pelo. Pasaron varios minutos hasta que Mirella se col¨® volando por la ventana. "?Luciano!" "?S¨ª? ?Qu¨¦ pas¨®?" Contest¨¦, levant¨¢ndome de la cama r¨¢pidamente. "Es que ya vinieron todos... Bueno, vinieron todos los que conocemos menos los gnomos de sombreros rojos y el padre de Tariq". "Es mejor de lo que pens¨¦... Vos esperame all¨¢, ya voy". "No vayas a demorarte m¨¢s, ?eh!" "No, no. Ya salgo", respond¨ª, agitando las manos de izquierda a derecha. "Conf¨ªo en ti... Solo quer¨ªa record¨¢rtelo para que no lo olvides". Mirella me lanz¨® una sonrisa aliviadora y se fue por donde vino antes de que yo pudiera decir algo. "Gracias, Mirella..." No solo debo recordar que Mirella siempre estar¨¢ de mi lado, sino que tambi¨¦n tengo a una diosa de mi lado. Y es por ella que estoy ac¨¢, luchando por nuestra supervivencia. Finalmente, sal¨ª de la casa y me dirig¨ª hacia el espacio abierto en la playa donde todos se hab¨ªan reunido. Mirella me hab¨ªa dicho que estaban pr¨¢cticamente todos, y parec¨ªa estar en lo correcto. En primera fila estaban los de mi grupo. Luego atr¨¢s comenzaban a aparecer mis abuelos, Forn, toda la familia de Tariq, la de Yume y hasta estaba Fufi con varios de los de su especie recostados en la arena. Hab¨ªa murmullos, risas apagadas, susurros de preocupaci¨®n. Todo eso se acab¨® en el momento en el que me vieron subir al improvisado escenario de madera. Un silencio absoluto cay¨® sobre el lugar. Sent¨ª las decenas de miradas sobre m¨ª, y tambi¨¦n vi c¨®mo los gnomos de sombrero rojo aparec¨ªan caminando en fila desde el bosque hacia las sillas restantes. "Amigos, aliados, familia... Buen d¨ªa para todos. Les agradezco por haber aceptado mi invitaci¨®n de venir hasta ac¨¢ para escucharme". No pas¨¦ ni de la tercera frase cuando se empezaron a escuchar murmullos de la gente. "?Es Luciano? Parece... diferente". "?Qu¨¦ le pas¨® en el pelo? ?Por qu¨¦ lo tiene tan corto?" "Esas ropas... Nunca vi algo as¨ª, de ese color". Los comentarios, aunque breves, me dieron un inesperado golpe de confianza al ver que hab¨ªa causado un peque?o efecto en ellos con mi nueva apariencia. Respir¨¦ hondo y alc¨¦ un poco m¨¢s la voz. "Hoy no estoy ac¨¢ como el Luciano que conocen. No estoy habl¨¢ndoles como el hijo de Rundia y Rin, ni como el hermano mayor de Luc¨ªa o el chico que les estuvo ense?ando en estos tiempos de cambio. Estoy ac¨¢ como alguien que ha tomado una decisi¨®n. Una decisi¨®n que cambiar¨¢ nuestras vidas para siempre. Y es por eso que quiero convertirme en quien lidere este nuevo cambio". Hubo miradas intercambiadas, gestos nerviosos. Mi madre, Rundia, me miraba con los ojos muy abiertos. Rin cruz¨® los brazos; su rostro estaba serio como una roca. "Por mucho tiempo dud¨¦ y se lo ocult¨¦ a los dem¨¢s. Vacil¨¦ entre hacer lo que creo correcto y lo que considero seguro para todos. Pero hace poco me di cuenta de algo: ya no puedo seguir retrasando lo inevitable". Di una pausa, se?alando hacia el bosque. "Supongo que casi todos deben saberlo, pero quiero confirmarles que el Rey Demonio, como le llaman ustedes, existe y vive en una cueva en el volc¨¢n. Y mientras ¨¦l intente hacer el mal desde las sombras, ninguno de nosotros ser¨¢ libre, especialmente los seres m¨¢gicos, que han sufrido m¨¢s que todos nosotros. No importa cu¨¢n lejos corramos o qu¨¦ tan fuertes nos volvamos; estamos atrapados en un lugar sin salida, porque estamos viviendo en una isla".Reading on Amazon or a pirate site? This novel is from Royal Road. Support the author by reading it there. De pronto, alguien se levant¨® de su silla bruscamente. Ni siquiera me hizo falta enfocar la vista en ¨¦l; su pelo y barba larga de color negro lo delataban: era Harlan, mi abuelo en este mundo. "??Qu¨¦ carajos est¨¢s diciendo!? ??Por qu¨¦ estar¨ªamos atrapados!? ?No te entiendo nada!" Puse mis palmas abiertas en se?al de calma. "Tranquilos, tranquilos..." Dije y repos¨¦ mis manos sobre la ¨²nica baranda que cruzaba delante de m¨ª. Us¨¦ magia para crear un peque?o cilindro de madera para mantener ocupadas mis manos y estar calmado durante este discurso. "Necesito que escuchen lo que tengo que decir hasta el final y despu¨¦s me pregunten si tienen dudas de algo". Le vi sentarse y mover la boca, pero realmente no s¨¦ qu¨¦ dijo. De todos modos, no deb¨ªa darle mucha importancia a eso en este momento. "Escuchen bien. Esta tierra en la que vivimos se llama isla. ?Por qu¨¦? Bueno, tal vez alguno ya lo haya descubierto antes o alguien se lo haya contado. Vivir en una isla significa que todo el lugar est¨¢ rodeado de una inmensa cantidad de agua que nos hace no poder avanzar m¨¢s all¨¢. Aunque claro, yo estoy trabajando en eso para buscar una soluci¨®n, as¨ª que m¨¢s adelante hablaremos de eso en detalle. Ahora voy de nuevo a lo importante, y para lo que los he reunido en este lugar..." Mis ojos recorrieron el rostro de cada uno de los presentes. Todos esperaban algo, algo grande. Ten¨ªa que ser claro, contundente, dejarles saber que no hab¨ªa marcha atr¨¢s. "He tomado una decisi¨®n por todos nosotros", declar¨¦ con firmeza. "Vamos a eliminar al Rey Demonio de este mundo. No porque sea algo f¨¢cil o porque crea que puedo hacerlo solo, sino porque es lo correcto. Porque si nadie lo hace, estaremos condenados a vivir con alguien que nos quiere ver mal. Y yo... no puedo aceptar eso. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras las vidas de ustedes, mi familia, mis amigos, son amenazadas". Se?al¨¦ r¨¢pidamente a Fausto, que estaba sentado entre Dana y Vicenta. "Decime, Fausto, ?acaso no ten¨¦s un familiar que es hombre y tiene un hijo peque?o?" "S¨ª, tengo un hermano", respondi¨®, no muy fuerte. "Hace tiempo que no nos visita y nunca nos quiso decir d¨®nde vive... ?Por qu¨¦?" "?Qu¨¦ me dir¨ªas si te digo que tu hermano est¨¢ del lado del Rey Demonio?" "Imposible. Nadie aqu¨ª est¨¢ de su lado". "?Est¨¢s seguro? Porque yo lo conoc¨ª en persona, s¨¦ d¨®nde vive y discut¨ª con ¨¦l, porque cay¨® en su trampa y ahora est¨¢ del lado del mal". Dirig¨ª ahora mi mirada hacia todos. "Esta bestia tiene un poder m¨¢gico, el de maldecir a los dem¨¢s. Una maldici¨®n es introducirle algo malo en otra persona para hacerle da?o, aunque el otro tal vez no lo note de inmediato. Eso es lo que le pas¨® al hermano de Fausto junto a su hijo; fueron maldecidos por el Rey Demonio y ahora, por culpa de esa maldici¨®n, deben pasar su vida sin tener la necesidad de comer... ?Les parece normal eso?" "?Es cierto eso...? ??Mi hermano... est¨¢ del lado del mal!?" "Claro que es cierto, Fausto. De hecho, perdi¨® una mano por seguir intentando ir por el lado del mal". Fausto no supo qu¨¦ responder, y muchos estaban mir¨¢ndolo, as¨ª que decid¨ª continuar para no perder el hilo. "Miren, yo no les estoy pidiendo que luchen y arriesguen sus vidas por m¨ª. Solo les pido que conf¨ªen. Que me den su confianza, no porque yo lo diga, sino porque juntos hemos demostrado que podemos cambiar las cosas. Yo les ense?¨¦ a construir, a protegerse, a so?ar con algo m¨¢s que solo sobrevivir. Pero ahora es el momento de dar un paso m¨¢s all¨¢, y yo quiero saber si cuento con su apoyo en lo que necesite". Abr¨ª los brazos, como si quisiera abarcar a todos ellos. Sent¨ª una energ¨ªa recorriendo mi cuerpo, casi como si algo m¨¢s grande que yo me envolviera. Tal vez era Sariah observ¨¢ndome desde su morada, o tal vez era simplemente la fuerza de mi propia convicci¨®n. "Necesito que crean en Aya, en Mirella y en m¨ª, que somos los que iremos. Tambi¨¦n quiero que piensen en lo que seremos capaces de lograr juntos luego de esto. Yo ya he tomado mi decisi¨®n. Seguir¨¦ este camino, sin importar los riesgos, porque s¨¦ que es el ¨²nico camino hacia la libertad. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito que me respalden, que conf¨ªen en m¨ª como lo han hecho hasta ahora". El silencio que sigui¨® fue absoluto. Pod¨ªa escuchar el leve crujir de la madera bajo mis pies, el viento agitando las hojas de los ¨¢rboles a la derecha de la gente, incluso el latido de mi propio coraz¨®n. Luego, alguien empez¨® a aplaudir. Fue Mirella, sus peque?as manos golpeando con fuerza, una sonrisa amplia y l¨¢grimas cayendo por sus mejillas. Luego se levant¨® y agarr¨® la mano de Aya, incit¨¢ndola a subir a mi lado. No pude evitar que se me formara una sonrisa en el rostro al ver que ahora ten¨ªa a mis dos mejores amigas a mi lado apoy¨¢ndome en este momento tan complicado. Mirella se sec¨® las l¨¢grimas y se par¨® sobre la baranda de madera, con el pu?o izquierdo sobre su cadera y la otra mano apuntando a los dem¨¢s. "?Oigan todos! ?Yo soy Mirella, y soy la mejor amiga de Luciano!" Comenz¨® gritando, ahora apunt¨¢ndose a s¨ª misma. "?No crean que Luciano estar¨¢ solo en esta pelea, porque Aya y yo lo acompa?aremos!" Las palabras de Mirella fueron opacadas por la aparici¨®n de mis padres, que se levantaron de sus asientos. Sus expresiones eran serias y yo ya sab¨ªa lo que se ven¨ªa. "Luciano, sabemos que has estado haciendo las cosas bien y hemos confiado en ti", empez¨® Rin, clavando su mirada en m¨ª. "Como dijiste, nos ense?aste cosas que jam¨¢s habr¨ªamos imaginado, nos diste una nueva forma de vida, m¨¢s c¨®moda. Pero esto... esto es distinto. No puedo quedarme sentado y ver c¨®mo te arriesgas de esta manera. ?Matar al Rey Demonio? No te voy a dejar que hagas algo tan peligroso". Rundia asinti¨®; su rostro reflejaba m¨¢s angustia que enfado. "Tu padre tiene raz¨®n. hijo. Te queremos, y es por eso que no podemos permitir que pongas tu vida en peligro as¨ª. Esto no es algo que puedas manejar solo, y ni siquiera con Mirella y Aya. Por favor, reconsid¨¦ralo y sigamos viviendo tranquilamente como lo est¨¢bamos haciendo". Antes de que pudiera responder, Mirella dio un salto desde la baranda, aterrizando frente a ellos con sus peque?os pu?os en las caderas, como si estuviera lista para pelear. "?Ustedes no entienden nada! Luciano no est¨¢ haciendo esto porque quiere, lo hace porque est¨¢ obligado a hacerlo. ?Creen que ¨¦l no sabe lo peligroso que es? ?Claro que lo sabe! Pero alguien tiene que enfrentarlo, y Luciano y nosotras somos los ¨²nicos que podemos. ¨¦l es especial, ?no lo ven?" Especial... "?Eso no significa que tenga que arriesgarse as¨ª!" Respondi¨® Rundia, levantando la voz, casi quebrada. "?No lo vamos a permitir!" "?No es su decisi¨®n! ?¨¦l lo hace por todos nosotros, y ustedes deber¨ªan apoyarlo en lugar de intentar detenerlo!" Sent¨ª la tensi¨®n creciendo en el aire. Los murmullos de los dem¨¢s comenzaron a hacerse m¨¢s fuertes, como si el conflicto estuviera dividiendo al grupo. Mir¨¦ a Aya, que permanec¨ªa a mi lado; se la ve¨ªa serena a simple vista, aunque con las orejas tiradas hacia atr¨¢s. "?Derrotar Rey Demonio! ?Derrotar Rey Demonio!" Se escuchaba de los gnomos desde lejos. Respir¨¦ hondo. Ten¨ªa que intervenir antes de que esto se descontrolara. "?Basta, todos!" Grit¨¦, agarrando a Mirella y poni¨¦ndola de nuevo sobre la baranda, ahora sentada. "Disc¨²lpenme, pero no se trata de si puedo, de si me dan permiso, de si es peligroso. Nada de eso es discutible en esta situaci¨®n. Entiendo lo que sienten. Pap¨¢, mam¨¢, s¨¦ que lo hacen porque se preocupan por m¨ª, y eso significa m¨¢s de lo que puedo expresar con palabras. Sin embargo, esta vez, no puedo hacerles caso, y les pido perd¨®n por eso". Vi c¨®mo sus expresiones cambiaban, el desconcierto mezcl¨¢ndose con la incomodidad de escuchar esas palabras. Decid¨ª continuar. "Esto no es solo una decisi¨®n personal. Esto no es algo que pueda ignorar o dejar pasar... Tengo que contarles la historia completa; todo esto empez¨® porque el Rey Demonio me encontr¨®. Me amenaz¨®, no solo a m¨ª, sino indirectamente a todos ustedes. Me dijo que si yo no hac¨ªa nada, si intentaba huir o esconderme, ¨¦l tomar¨ªa represalias. Usar¨ªa su poder para lastimar a inocentes, a gente que ni siquiera tiene idea de lo que est¨¢ pasando. ?C¨®mo puedo ignorar algo as¨ª? ?C¨®mo puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que cada d¨ªa que pase sin actuar, ¨¦l estar¨¢ m¨¢s cerca de cumplir sus amenazas?" Algunos desviaron la mirada, otros bajaron la cabeza, mientras que mis dos padres miraban con la boca un poco abierta y parpadeando m¨¢s de lo normal. Rundia parec¨ªa que en cualquier momento iba a llorar. Mirella cruz¨® los brazos, mirando a Rin y Rundia con un aire de triunfo, pero yo no quer¨ªa que esto fuera una victoria sobre ellos. Quer¨ªa que entendieran. "No lo hago porque quiera ser un h¨¦roe o porque me crea invencible", continu¨¦, mi voz bajando un poco, volvi¨¦ndose m¨¢s ¨ªntima. "Lo hago porque no puedo huir, ?entienden? Porque este es mi deber. Ustedes me han acompa?ado en esta vida. Me han dado una relaci¨®n por lo que vale la pena luchar, y ahora me toca proteger eso. No puedo hacerlo sin su apoyo, pero incluso si no lo tuviera... a¨²n lo har¨ªa. Porque s¨¦ que es lo correcto". Los ojos de mi madre brillaban con l¨¢grimas contenidas, mientras mi padre apretaba los labios como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Sent¨ª un nudo en la garganta al verlos as¨ª, pero ya no hab¨ªa vuelta atr¨¢s. Aya camin¨® hasta ponerse a mi lado, rompiendo el inc¨®modo silencio que hab¨ªa seguido a mis palabras. "Luciano no est¨¢ solo. Yo estoy con ¨¦l, no porque me lo haya pedido, sino porque lo creo correcto. Porque lo que ¨¦l hace es algo que no es solo personal. Es por eso que conf¨ªo en ¨¦l, incluso si hay peligro. Su determinaci¨®n para cambiar las cosas me inspira". Mir¨¦ a Aya, y por un momento, nuestras miradas se cruzaron. Hab¨ªa algo en sus ojos, algo m¨¢s all¨¢ de la simple convicci¨®n. Algo que no pude identificar del todo, pero que me dio m¨¢s fuerzas para continuar. "Luciano..." Rundia finalmente dej¨® escapar un sollozo, y sus rodillas cedieron mientras se llevaba las manos a la cara. Las l¨¢grimas cayeron como un torrente y su llanto desconsolado estaba lleno de dolor y miedo. Rin se arrodill¨® a su lado casi de inmediato, sosteni¨¦ndola con fuerza mientras le susurraba palabras de consuelo que apenas se entend¨ªan. Gir¨¦ la cabeza de inmediato; sab¨ªa que, si la segu¨ªa mirando, yo tambi¨¦n iba a terminar lagrimeando. "No quiero perderte... Por favor", sigui¨® murmurando Rundia entre l¨¢grimas. Mientras intentaba procesar todo, un movimiento en mi periferia capt¨® mi atenci¨®n. Era Harlan, que caminaba en silencio. Lo segu¨ª con la mirada mientras desaparec¨ªa entre los ¨¢rboles. Ayla lo sigui¨® de cerca a los segundos. ?Qu¨¦ estar¨¢n pensando en este momento? ?Les habr¨¢ llegado mi mensaje? Las gemelas y Luc¨ªa tambi¨¦n se levantaron de sus asientos, acerc¨¢ndose para intentar consolar a Rundia. Anya les sigui¨® a ella y poco a poco hab¨ªa menos gente. ?Es esto lo que me espera en el futuro? ?M¨¢s l¨¢grimas? ?M¨¢s despedidas? ?Voy a empezar a ser tambi¨¦n el motivo de su dolor? El peso de mis elecciones, de mi misi¨®n, parec¨ªa m¨¢s opresivo que nunca. ?Qu¨¦ tan lejos estaba dispuesto a llegar? ?Cu¨¢ntas veces tendr¨ªa que ver a mi familia, a mis amigos, a las personas que amo, sufrir por las decisiones que tomo? Por un momento, me imagin¨¦ un futuro donde todos a mi alrededor hab¨ªan desaparecido. Un futuro donde, en mi af¨¢n por cumplir mi deber, hab¨ªa perdido todo lo que daba sentido a esa lucha. La idea me llen¨® de un miedo que no hab¨ªa sentido antes, un miedo que no proven¨ªa de los peligros externos, sino de lo que yo mismo podr¨ªa causar. Mi mirada se centr¨® en Forn, que segu¨ªa sentado pac¨ªficamente mientras todo se desarrollaba. Ese gnomo hab¨ªa dicho que me ten¨ªa miedo porque yo cargaba con un poder demasiado fuerte que podr¨ªa llegar a estallar en alg¨²n momento... Es mejor centrarse en el presente, porque no hay ma?ana sin un hoy que lo construya. Hoy es lo ¨²nico que puedo controlar, es lo ¨²nico que realmente tengo en mis manos ahora mismo. S¨¦ que tengo la capacidad de cambiar el futuro si estoy presente, si lucho por lo que quiero proteger. Me mov¨ª hacia el borde del improvisado escenario, alzando la cabeza para mirar a cada uno de los que quedaban. Cerr¨¦ los pu?os con fuerza y levant¨¦ la mano derecha en el aire, como si con ese gesto pudiera demostrar la fuerza misma que nos manten¨ªa unidos. "Vencer¨¦", dije con firmeza, para luego voltear la mirada hacia donde estaba Rundia, que me mir¨® con los ojos llorosos. "Y volver¨¦". Baj¨¦ del improvisado escenario con pasos lentos, como si cada movimiento estuviera cargado con el peso de todas las palabras fuertes que dije ah¨ª arriba. No mir¨¦ a nadie directamente; sab¨ªa que si lo hac¨ªa, vacilar¨ªa. No pod¨ªa darme el lujo de dudar. Cada mirada, cada l¨¢grima de ellos era como un cuchillo que atravesaba mi cuerpo. Mientras me alejaba, escuch¨¦ murmullos a mis espaldas. Pasos, susurros. Y luego, una voz familiar, rota, desgarradora. "?Luciano!" Rin me llam¨®, su voz cargada de desesperaci¨®n. "?Vuelve aqu¨ª! ?No puedes irte as¨ª!" No gir¨¦ la cabeza. Si lo hac¨ªa, si volv¨ªa a verlo... sab¨ªa que podr¨ªa ceder. Podr¨ªa derrumbarme. Y no pod¨ªa permit¨ªrmelo. "??Te dije que vuelvas!!" Grit¨® de nuevo. Hab¨ªa rabia ah¨ª, pero tambi¨¦n algo m¨¢s profundo. Era el grito de un padre que tem¨ªa perder a su hijo. Sent¨ªa que cada paso que daba era una traici¨®n hacia ellos, hacia todo lo que hab¨ªamos construido juntos. ?Pero qu¨¦ otra opci¨®n ten¨ªa? "Luciano", susurr¨® Aya detr¨¢s de m¨ª. Sus pasos eran r¨¢pidos para alcanzarme. Aun as¨ª, no dijo m¨¢s, simplemente camin¨® a mi lado, en silencio, como si entendiera que no estaba listo para hablar. Pude ver a Mirella, que estaba sentada sobre el hombro de Aya, como si estuviera reservando energ¨ªas para lo que se viene. "?Y ahora qu¨¦, eh?" Dijo. No respond¨ª, solo le hice una sonrisa falsa y volv¨ª a centrar mi mirada en el camino de arena. Al toparme con la casa de Tariq, cambi¨¦ la ruta y me adentr¨¦ al bosque. "Voy a buscar unas cosas que dej¨¦ escondidas en la cueva donde viv¨ªa Anya". "Est¨¢ bien", respondi¨® Aya, aunque realmente no s¨¦ si sab¨ªa d¨®nde era. Al llegar, Mirella puso una bola de luz para que yo pudiera ver mejor; en el suelo hab¨ªa una lanza de mango de madera y punta de oro. Al lado estaba la mochila saco, que dentro ten¨ªa dos manzanas, la pulsera encantada contra maldiciones y una nueva cantimplora hecha de piel de serpiente. Lo bueno de esta cantimplora era que minuciosamente le hab¨ªa construido la rosca y la tapa, las dos de madera. En comparaci¨®n, la que yo ten¨ªa colgando a un costado de mi nueva ropa se destapaba con magia para no perder tiempo. Se la entregu¨¦ a Aya. "Tom¨¢, esto es de lo que te habl¨¦ ayer". Aya tom¨® la cantimplora con una expresi¨®n neutra, pero not¨¦ c¨®mo sus orejas puntiagudas se inclinaban levemente hacia adelante, se?al de su curiosidad. La sujet¨® entre ambas manos, inspeccion¨¢ndola con cuidado. "Esto es importante, Aya", dije con seriedad, deteni¨¦ndome para asegurarme de que entendiera y luego no hubiera alg¨²n fallo. "Vas a tener que usar las manos con cuidado. Mir¨¢, esto es una tapa y tiene un sistema para abrir y cerrar. Si gir¨¢s en esta direcci¨®n..." Tom¨¦ la cantimplora de sus manos y mostr¨¦ el movimiento, desenroscando la tapa lentamente. "Se abre. Y si gir¨¢s al rev¨¦s..." Volv¨ª a colocar la tapa y la enrosqu¨¦ con firmeza. "Se cierra bien, ?ves? Nada de magia para esto". Aya asinti¨® lentamente, repitiendo los movimientos mientras sus ojos anaranjados segu¨ªan cada detalle. "Entendido... Aunque parece m¨¢s delicado de lo que pens¨¦", murmur¨®, como si estuviera evaluando cu¨¢nto podr¨ªa confiar en ese mecanismo. "Adentro hay agua m¨¢gica, as¨ª que solo usala si realmente lo necesit¨¢s, ?me escuch¨¢s? Si est¨¢s herida o necesit¨¢s recuperar part¨ªculas m¨¢gicas. No lo desperdicies. Esto no es algo que no vas a poder reponer en combate... Y dale tambi¨¦n a Mirella si te la pide". "Est¨¢ bien, entiendo", respondi¨®. "Obviamente no voy a necesitar agua m¨¢gica", a?adi¨® Mirella, todav¨ªa desde su hombro. No perd¨ª m¨¢s tiempo y me devolv¨ª hacia la mochila, poni¨¦ndomela en la espalda y recogiendo la lanza con una mano. Durante el camino, le ped¨ª a Aya que fuera delante de m¨ª, ya que ella ten¨ªa unos sentidos muy agudos y pod¨ªa llegar a detectar cualquier cosa que pudiera acercarse. De paso, aprovech¨¦ para ir comiendo una de las dos manzanas mientras pensaba qui¨¦n iba a usar la pulsera. Por tama?o, ser¨ªa para Aya o para m¨ª. Mirella se quedaba fuera de discusi¨®n, porque no quiero modificarle el tama?o o podr¨ªa da?ar algo del encantamiento. Bah, mejor me la pongo yo. Total, Aya va a defendernos desde lejos. Mientras me pon¨ªa esa pulsera de oro, Aya disminuy¨® la velocidad de sus pasos hasta caminar a mi lado. "?Pasa algo?" Pregunt¨¦. "Bueno... No", contest¨®, mirando a Mirella de reojo. "?Ay, Aya! ?Ya d¨ªselo!" "Bueno, bueno... Lo que pasa es que te notamos un poco apagado en comparaci¨®n con c¨®mo estabas antes, cuando le hablaste a todos". "Uhm... Es cierto, dicen que a veces el camino es m¨¢s divertido que el destino". "?Qu¨¦ significa eso?" "Nada, nada... Solo estoy un poco molesto por lo que pas¨® antes". Mirella dio un salto desde el hombro de Aya y se puso a volar de espaldas, mir¨¢ndome. "?No te preocupes! Cuando volvamos y les contemos que ya lo matamos, ellos se pondr¨¢n contentos. ?Te lo aseguro!" "S¨ª, Luciano. Solo terminemos con esto y listo. Somos tres, no creo que tengamos tanto problema". "Es cierto... Solo lo matamos y ya, ?no?" "?Claro! T¨² lo dijiste, ?verdad? Que venceremos y volveremos". "Va a ser as¨ª". Veremos qu¨¦ tan en lo cierto estamos... Por lo pronto, nos queda alrededor de una hora de viaje. Cap铆tulo 53: Lè°©grimas de fuego. El camino al volc¨¢n fue un trayecto pesado. No por el terreno en s¨ª, sino por la presi¨®n de lo que se avecinaba. El aire parec¨ªa m¨¢s espeso con cada paso que d¨¢bamos por culpa del clima extra?amente h¨²medo y tambi¨¦n por el cansancio f¨ªsico. Mirella segu¨ªa revoloteando cerca de nosotros, intentando distraernos con sus bromas, pero incluso ella parec¨ªa sentir la tensi¨®n que Aya y yo llev¨¢bamos sobre los hombros. Observ¨¦ la pulsera de oro que ahora llevaba en la mu?eca. Su superficie era lisa y perfecta. Luego observ¨¦ los dos anillos que ten¨ªa en el dedo anular de mi mano derecha. No pude evitar pensar en el contraste con las pieles y herramientas primitivas que solemos usar. Aunque bueno, ahora el que destaca en cuerpo completo soy yo. Pronto deber¨¦ trabajar para crearles nuevas ropas a los dem¨¢s. Aya caminaba a mi lado, sus colas blancas movi¨¦ndose con un ritmo hipn¨®tico. De vez en cuando, su mirada se desviaba hacia m¨ª, como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. "?Todo bien?" Le pregunt¨¦, ahora un poco m¨¢s tranquilo que cuando comenzamos a caminar. "Luciano, estoy empezando a sentir algo... S¨¦ que est¨¢ ah¨ª, esper¨¢ndonos". Sus orejas se mov¨ªan r¨¢pidamente de un lado a otro, casi como si aletearan. "Tranquila", respond¨ª, intentando transmitir seguridad con el tono de mi voz. "S¨¦ que vamos a ganar". Ella no contest¨®. Sin embargo, su movimiento de orejas se calm¨® un poco. Llegamos finalmente a la base del volc¨¢n. El terreno era oscuro, cubierto de esa tierra negra, y el aire ol¨ªa con ese olor feo que todav¨ªa no sab¨ªa de qu¨¦ era o de d¨®nde sal¨ªa, y cada respiraci¨®n parec¨ªa ara?ar mis pulmones. Sobre nosotros, el cr¨¢ter del volc¨¢n lanzaba ocasionales columnas de humo que serpenteaban hacia el cielo, como si estuvieran esperando el cl¨ªmax de un espect¨¢culo. Lo raro es que la otra vez no largaba humo. En el centro de la base del volc¨¢n estaba la cueva, y de ah¨ª apareci¨® el que en este mundo todos llamaban Rey Demonio. Su figura era imponente: una masa de m¨²sculos oscuros como la piedra, con una ropa estilo taparrabos que descansaba agarrada de sus caderas, y la mitad de su cuerno izquierdo estaba quebrado, recordatorio de alguna batalla contra alguien que todav¨ªa no conoc¨ªamos... ?La mujer de fuego? No le di tiempo para hablar ni para acercarse del todo. Mi mano ya hab¨ªa lanzado la lanza con la punta de oro. Ten¨ªa el peso perfecto para que se deslizara a gran velocidad por el aire, pero el minotauro la atrap¨® con una facilidad insultante entre sus dos manos, como si fuera una simple rama lanzada por un ni?o. "?En serio? ?Eso es todo?" Dijo desde lo lejos, mirando la lanza. Su boca se torci¨® en una sonrisa burlona y su cara ahora se ve¨ªa todav¨ªa m¨¢s fea de lo que era. "?Al menos me hubieras saludado antes de atacar!" Antes de que pudiera reaccionar, inclin¨® un poco su torso hacia atr¨¢s y me devolvi¨® la lanza con una velocidad aterradora. Apenas vi el destello de oro acerc¨¢ndose cuando Aya, con un movimiento desesperado, levant¨® una barrera m¨¢gica visible frente a m¨ª. La lanza choc¨® contra la barrera con un estruendo que reson¨® por toda la zona, pero no logr¨® atravesarla. "??Est¨¢s loco?!" Grit¨® Aya mientras quitaba la barrera. "?No puedes atacar as¨ª sin pensarlo! ??En qu¨¦ estabas pensando?!" Levant¨¦ una mano para calmarla y habl¨¦ en voz baja para que el otro no me escuchara. "Solo fue un ataque sorpresa. Quer¨ªa distraerlo para que..." Cort¨¦ mis palabras cuando un enorme haz de luz cruz¨® entre medio de nosotros, en direcci¨®n a nuestro enemigo. Entrecerr¨¦ un poco los ojos y me cubr¨ª con un brazo para no cegarme del todo y al mismo tiempo ver si le hab¨ªa impactado... ?Qu¨¦ carajos? El Rey Demonio estaba con las palmas abiertas y juntas delante de ¨¦l, como si estuviera agarrando una pelota de b¨¢squet entre sus manos. ?Qu¨¦ pas¨® con la magia? ?Por qu¨¦ no le hizo da?o? Mir¨¦ a Mirella, que estaba volando a gran altura; ten¨ªa las cejas muy fruncidas y la boca abierta con los dientes apretados. "??Qu¨¦ hiciste!? ??Qu¨¦ le hiciste a mi magia de luz!?" "Ay, hadita idiota... ?Realmente pensabas que ahora s¨ª podr¨ªas derrotarme? ?Acaso no recuerdas lo f¨¢cil que me fue la ¨²ltima vez? Tienes suerte de que este hombrecito te haya salvado de mi maldici¨®n". "??C¨¢llate ya!!" Una nueva r¨¢faga de luz volvi¨® a salir de sus manos, solo que esta vez parec¨ªa ondular en el aire, dejando un extenso haz detr¨¢s de ella. A pesar del gran ataque, otra vez el minotauro parec¨ªa solo agarrarlo entre sus manos y la magia desapareci¨® como si nada. ?¨¦l pod¨ªa anular la magia de los dem¨¢s? ?As¨ª tambi¨¦n funcionaban las maldiciones? Lo ¨²nico que sab¨ªa en este momento era que cada vez que lo atac¨¢bamos, al menos una part¨ªcula m¨¢gica se le desaparec¨ªa de su alrededor. El minotauro, mientras tanto, solt¨® una carcajada profunda. "?Qu¨¦ arrogantes todos ustedes! ?De verdad piensan que iba a caer en algo tan pat¨¦tico? ?Eso es lo que estuvieron preparando todo este tiempo?" Camin¨® hacia nosotros con pasos pesados, dejando peque?as grietas en el suelo con cada pisada y me se?al¨® a m¨ª. "?T¨², ni?o! ?Te crees muy astuto porque traes ropa nueva y un pelo diferente? ?Qu¨¦ agrandado! ?Te pusiste todo bonito solo para morir contra m¨ª? ?Qu¨¦ arrogante eres como para pensar as¨ª!" Mi mand¨ªbula se tens¨® al escuchar sus palabras, pero no respond¨ª. Sab¨ªa que no val¨ªa la pena discutir con alguien como ¨¦l. Sus palabras eran una proyecci¨®n de su propia arrogancia, de su propio complejo de grandeza. Pero eso no significaba que no lograran irritarme. "Hablas mucho para alguien que perdi¨® medio cuerno", solt¨¦ finalmente, con una sonrisa que sab¨ªa que lo provocar¨ªa. Su expresi¨®n cambi¨® al instante, su sonrisa desapareciendo para dar paso a un bufido bajo y amenazante. "?C¨¢llate! ?T¨² no puedes hablarme as¨ª!" "?Mirella, atac¨¢ de nuevo!" Sab¨ªa que ten¨ªamos que desgastarlo, jugar con su paciencia. ¨¦ramos tres contra uno, y eso ten¨ªa que contar a nuestro favor, ?no? La peque?a hada vol¨® un poco m¨¢s cerca de Aya antes de lanzar otro rayo de luz desde sus manos. Pero ¨¦l, con la misma arrogancia de siempre, simplemente levant¨® una mano para absorber el ataque como si fuera un mosquito molestando. Su cara acerc¨¢ndose me puso los pelos de punta. "?Eso es todo lo que tienes? ?Pat¨¦tico!" Grit¨®, dando un paso hacia nosotros. "?Aya, preparate!" "?Entendido!" Con un movimiento de manos hacia delante, levant¨® una barrera horizontal a unos metros frente a ¨¦l. Pero el minotauro, al ver nuestra t¨¢ctica, dej¨® de caminar lentamente. Su sonrisa se ensanch¨® todav¨ªa m¨¢s, y entonces comenz¨® a correr. Era como un maldito tren en marcha. Sus pisadas eran golpes fuertes que sacud¨ªan el suelo y hac¨ªan crujir la tierra, las piedras o lo de que mierda estuviera hecho este suelo bajo nuestros pies. Aya levant¨® otra barrera detr¨¢s de la anterior. Y otra. Y otra m¨¢s. Pero ¨¦l, con una mano al frente, las romp¨ªa una tras otra, como si fueran simples l¨¢minas de vidrio. "?Luciano, retrocede ahora mismo!" Grit¨® Aya mientras segu¨ªa conjurando m¨¢s barreras. "?Y vos recarg¨¢ tus part¨ªculas!" No pude ver si Aya me hizo caso, porque el Rey Demonio no se deten¨ªa. Su velocidad era impresionante para su tama?o, y el ruido de las barreras rompi¨¦ndose se escuchaba como si fueran peque?as explosiones. "?Mirella, una vez m¨¢s!" Orden¨¦. "?Voy, voy!" Respondi¨® desesperada desde mi derecha. Elev¨® sus manos y dispar¨® por encima de las barreras un haz de luz m¨¢s grande que los anteriores, uno que zumbaba al cortar el aire. Pero su disparo fall¨®. El rayo pas¨® de largo, impactando contra la base del volc¨¢n. "?No puede ser! ?No le pude dar!" Grit¨® Mirella, llev¨¢ndose las manos a la cabeza. "?Ni siquiera pueden apuntar bien! ?Son tres molestias que no sirven para nada!" Ahora estaba a menos de diez metros, y ning¨²n ataque iba a servir a no ser que se le terminaran las part¨ªculas antes de alcanzarme. Mir¨¦ a Aya, que hab¨ªa dejado de usar magia, y vi que estaba lidiando con la cantimplora, cay¨¦ndosele al abrir la tapa y derramando parte del l¨ªquido sobre el suelo. ?Aya, solo toc¨¢ la maldita agua y ya!" Sin pensarlo demasiado, tom¨¦ r¨¢pidamente la lanza con la punta de oro. Sab¨ªa que no podr¨ªa enfrentarme a ¨¦l cuerpo a cuerpo; que me ganar¨ªa f¨¢cilmente. Por eso es que ten¨ªa que al menos hacerle creer que iba a intentar defenderme, as¨ª que adopt¨¦ una postura defensiva, sujetando la lanza con ambas manos y apunt¨¢ndola directamente hacia ¨¦l. Mi coraz¨®n lat¨ªa como un tambor en mi pecho, y cada fibra de mi cuerpo me gritaba que corriera y que rogara que Aya pusiera m¨¢s barreras para agotarle sus part¨ªculas, pero me obligu¨¦ a mantenerme firme. "??De verdad crees que eso funcionar¨¢ contra m¨ª!?" Su voz estaba llena de desprecio al romper la ¨²nica barrera que nos separaba. A medida que se acercaba, pod¨ªa ver el brillo de sus ojos llenos de furia y ese maldito orgullo herido que siempre proyectaba en los dem¨¢s. "?Ven¨ª, entonces! ?Vamos a ver qui¨¦n es el d¨¦bil ahora!" Respond¨ª, elevando la voz para que me escuchara incluso sobre el estruendo de sus pasos. El tiempo pareci¨® ralentizarse cuando mi mente comenz¨® a desconectarse del miedo inmediato. No pod¨ªa perder. No pod¨ªa morir ac¨¢. Si lo hac¨ªa, no solo dejar¨ªa a Aya y Mirella a su suerte, por m¨¢s que luego volviera el tiempo atr¨¢s, sino que significar¨ªa que hab¨ªa fallado en todo. Hab¨ªa jurado a Sariah que har¨ªa de este mundo algo mejor. ?C¨®mo podr¨ªa mirarla a los ojos si no pod¨ªa ni siquiera proteger a las personas que me segu¨ªan? ?Qu¨¦ pensar¨¢ ella en este momento? ?Estar¨ªa satisfecha si mato a una de sus creaciones? Esa diosa que me hab¨ªa tra¨ªdo aqu¨ª, confiando en m¨ª, d¨¢ndome una segunda, tercera y cuarta oportunidad. No podr¨ªa soportar verla desviar la mirada, decepcionada de m¨ª. ?Qu¨¦ clase de l¨ªder soy si no puedo cumplir con esto? Y encima dejar que un idiota arrogante como este hable as¨ª de ella... El minotauro hab¨ªa dicho cosas horribles. Palabras cargadas de desprecio hacia Sariah, tach¨¢ndola de egoc¨¦ntrica, in¨²til y arrogante. Si ¨¦l ganaba, todo lo que representaba Sariah quedar¨ªa en entredicho. ?Qui¨¦n era yo, su elegido, si no pod¨ªa aplastar a este sujeto y demostrar que ella ten¨ªa raz¨®n al confiar en m¨ª? "No voy a fallar", murmur¨¦ entre dientes, con una convicci¨®n que me sorprendi¨® incluso a m¨ª mismo. Aya estaba perdida por su falta de eficacia. Mirella lo daba todo, pero su magia no era suficiente. Ellas confiaban en m¨ª, pero yo sab¨ªa la verdad: si no hac¨ªa algo ahora, todos ¨ªbamos a morir. El plan ya no era aguantarlo. El plan era terminarlo. Y solo yo pod¨ªa hacerlo. El minotauro hizo un rugido animal mientras su cuerpo musculoso cargaba hacia m¨ª, sus manos enormes listas para atravesarme. Estaba tan cerca que pod¨ªa oler su aliento y sudor. Me obligu¨¦ a quedarme quieto. Mis nudillos se pusieron blancos alrededor de la lanza, y mis piernas temblaban casi que por instinto, pero no me mov¨ª. Mi mente estaba en un lugar distinto ahora. No hab¨ªa espacio para el miedo. "Bendita sea nuestra diosa", fueron mis ¨²ltimas palabras antes de tener su horrible rostro frente a m¨ª. Inclin¨¦ sutilmente la lanza hacia la mano que ¨¦l ten¨ªa adelantada y, cuando surgi¨® el contacto, cerr¨¦ mis ojos de inmediato. Dentro de mi mente, pude imaginar a la perfecci¨®n mi recorrido. Comenc¨¦ a dejar que mi mente se sumergiera por completo en la magia fluyendo a trav¨¦s de los materiales, comenzando a imaginar la lanza, primero pasando por su mango de madera hasta la punta de oro. Luego avanc¨¦ hacia la mano del minotauro, introduci¨¦ndome dentro de su interior. Viaj¨¦ por sus vasos sangu¨ªneos, imaginando gl¨®bulos rojos pasando a mi lado hasta alcanzar su pecho. Era como nadar en un r¨ªo turbulento, pero no pod¨ªa perderme. No hab¨ªa lugar para dudas. Us¨¦ mi magia para rodear su coraz¨®n con fin¨ªsimos hilos de energ¨ªa m¨¢gica, como si estuviera tejiendo una trampa con mi mente. Lo visualic¨¦ con detalle: las fibras del m¨²sculo, las arterias principales, cada diminuto componente que lo manten¨ªa latiendo. Luego, con un movimiento mental decisivo, lo comprim¨ª, haci¨¦ndolo explotar. Abr¨ª los ojos y vi que su reacci¨®n fue instant¨¢nea. El minotauro solt¨® un rugido desgarrador, como si el mism¨ªsimo infierno se hubiera desatado en su pecho. Su cuerpo se sacudi¨® violentamente contra m¨ª, y por un momento pens¨¦ que iba a aplastarme con su peso al caer. Utilic¨¦ la lanza como apoyo para tirarlo hacia un lado, aunque roz¨® apenas mi brazo derecho al caer, llev¨¢ndose las manos al pecho mientras su rostro se contorsionaba de dolor. "?Qu¨¦... qu¨¦ me pas¨®?" Logr¨® murmurar, con la voz rota y entrecortada. Su mirada me atravesaba mientras su vida se desvanec¨ªa en segundos. "Te gan¨¦, eso fue lo que pas¨®". "No... No... Yo no... perd¨ª".Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions. El minotauro dej¨® escapar un ¨²ltimo suspiro, y su cuerpo qued¨® inerte sobre el suelo. Su piel, que antes brillaba con una energ¨ªa vibrante, ahora era opaca, casi ceniza, y sus pocas part¨ªculas desaparecieron en el aire. Me qued¨¦ ah¨ª, de pie, mirando c¨®mo ese monstruo que parec¨ªa invencible hab¨ªa ca¨ªdo. Lo hab¨ªa derrotado. ?Lo hab¨ªa derrotado! Pero no sent¨ª el alivio que esperaba. Me puse de rodillas junto a su cuerpo y mis manos agarraron los cuernos de su cabeza sin vida, oblig¨¢ndolo a mirarme incluso en la muerte. "?Habl¨¢, carajo! ??Escuchaste lo que te dije o no?! ?Te gan¨¦! ??Te gan¨¦!! ??Lo entendiste?! ???YO TE GAN¨¦!!!" ?Por qu¨¦ no me contestaba? Esa pregunta absurda martillaba mi mente. Le sacud¨ª la cabeza con furia, como si pudiera devolverle la vida solo para que reconociera su derrota. "?Decime que lo entendiste! ?Decime que me viste vencerte, que lo supiste antes de morir!" El rostro del minotauro segu¨ªa siendo el mismo, con la misma expresi¨®n de dolor congelada en el tiempo. Me inclin¨¦ m¨¢s cerca, hasta que nuestras caras casi se tocaron, y solt¨¦ una carcajada amarga que ni siquiera sab¨ªa que pod¨ªa hacer. "??Qui¨¦n es el d¨¦bil ahora!? ?Dec¨ªmelo! ?Te burlaste de m¨ª, te burlaste de ella y ahora lo pagaste con tu vida! ?Maldito infeliz! ?Infeliz!" Todo lo que hab¨ªa acumulado dentro de m¨ª, la rabia, el miedo, la impotencia... todo hab¨ªa explotado en ese momento. No quer¨ªa detenerme, quer¨ªa seguir grit¨¢ndole, quer¨ªa dejarle en claro que esto se lo merec¨ªa por faltarle el respeto a Sariah, aunque sab¨ªa que no iba a responder. De repente, sent¨ª unas manos suaves, firmes y c¨¢lidas en mis hombros. "Luciano... basta", dijo Aya con una voz calmada, aunque cargada de tristeza. Intent¨¦ apartarla, no quer¨ªa que me detuviera. Pero ella no se rindi¨®, y sus brazos rodearon mi torso desde atr¨¢s, tirando de m¨ª con suavidad. "Ya termin¨®", susurr¨® cerca de mi o¨ªdo. Su voz temblaba un poco, pero manten¨ªa la calma. "Lo lograste. ¨¦l no puede hacerte da?o nunca m¨¢s... nunca m¨¢s". Su abrazo era como un muro, deteni¨¦ndome, sosteni¨¦ndome. Por un momento, dej¨¦ de resistirme y me qued¨¦ all¨ª, dentro de sus brazos, mientras mi cuerpo temblaba sin control. Mis ojos se llenaron de l¨¢grimas, pero no quer¨ªa llorar. No, no ahora. No frente a ellas. "Aya... Lo logr¨¦... ?No es as¨ª? Ahora... ?Ahora...!" A pesar de que no quer¨ªa que sucediera, mi voz se quebr¨® al final, y el nudo en mi garganta finalmente explot¨® en un sollozo desgarrador. Me dej¨¦ caer hacia atr¨¢s, y Aya me sostuvo, abraz¨¢ndome m¨¢s fuerte que antes. "Shh... tranquilo", susurr¨®, gui¨¢ndome para que me arrodillara junto a ella en el suelo. Me sujet¨® con fuerza, pero con cuidado, como si tuviera miedo de que me rompiera en pedazos. Sus manos acariciaron mi cabeza, y sent¨ª c¨®mo sus dedos se deslizaban por mi cabello, un gesto tan ¨ªntimo y reconfortante que me desarm¨® por completo. "No est¨¢s solo", continu¨®, d¨¢ndome un beso en el cabello. "Estoy aqu¨ª, Luciano. Todo est¨¢ bien ahora. Todo est¨¢ bien..." Las l¨¢grimas salieron sin freno mientras apoyaba mi cabeza contra su pecho. Mis manos, antes aferradas con furia a los cuernos del minotauro, ahora se aferraban a las mangas de su blanco yukata. Todo el peso de lo que hab¨ªa pasado me aplast¨® en ese instante, y finalmente me permit¨ª llorar, soltar todo lo que hab¨ªa estado cargando. Aya no dijo nada m¨¢s. Solo me sostuvo, dej¨¢ndome desahogarme. Sus dedos segu¨ªan acariciando mi cabeza, un gesto constante que parec¨ªa mantenerme conectado a la realidad. A veces, la sent¨ªa temblar ligeramente, como si tambi¨¦n estuviera conteniendo sus propias emociones. Pero no se apart¨®, no dud¨®. Pude sentir que Mirella se subi¨® a mis piernas y se sum¨® al abrazo, abarcando todo lo que pudo con sus peque?os brazos. "Nosotras siempre estaremos aqu¨ª para ti, as¨ª que puedes llorar todo lo que necesites". Me qued¨¦ ah¨ª, abrazado por mis dos mejores amigas en este mundo, dejando que mi cuerpo y mente se calmaran. Ellas estuvieron ah¨ª conmigo, hasta que mis l¨¢grimas comenzaron a secarse. "Gracias, chicas... Gracias por estar a mi lado". "No es nada, Luciano", dijo Mirella. "No hicimos nada para ayudarte... Yo fui una completa in¨²til". Empec¨¦ a moverme, poniendo a Mirella en el suelo. "No digas eso. Nadie de ac¨¢ sab¨ªa que ¨¦l pod¨ªa anular sus tipos de magia". "?Y entonces c¨®mo t¨² lo venciste? Porque yo no vi que lo atacaras". Me limpi¨¦ las l¨¢grimas y mucosidad con la manga de mi remera y mir¨¦ hacia el cad¨¢ver del minotauro, que ahora parec¨ªa tan peque?o, tan insignificante comparado con el monstruo que hab¨ªa sido minutos antes. Sus palabras ya no importaban. Su burla, su desaf¨ªo... todo hab¨ªa terminado. "Es un secretito", respond¨ª finalmente. "?Oye!" "Tranquila, Mirella. Si Luciano cree que no es el momento de contarlo, no hace falta que lo obliguemos. Lo importante es que lo venci¨® y listo, ?no?" "Bueno, s¨ª..." Aya se levant¨® junto a m¨ª y yo me acerqu¨¦ a uno de los ¨¢rboles m¨¢s cercanos mientras ella se dirig¨ªa hacia donde hab¨ªa quedado la cantimplora tirada. Lo bueno era que no nos tuvimos que ir hasta cerca del volc¨¢n para pelear. El ¨¢rbol frente a m¨ª era una palmera bastante alta, con un tronco gordo en la base que se iba haciendo m¨¢s delgado al llegar a la punta, as¨ª que fue f¨¢cil derribarla y quitarle las hojas usando magia. "?Qu¨¦ est¨¢s haciendo?" Pregunt¨® Mirella, sent¨¢ndose sobre el tronco ca¨ªdo. "Voy a construir una cosa que nos va a servir para llevarnos el cuerpo del Rey Demonio". "?Y para qu¨¦ lo vamos a llevar?" "Para poder mostrarles a todos que finalmente pudimos hacerlo". "Ah... ?Y c¨®mo?" "Con una cosa que se llama carreta". "Ah..." Us¨¦ mis habilidades m¨¢gicas para moldear la palmera ca¨ªda y convertirla en una estructura resistente. Primero, cort¨¦ el tronco en varias secciones y las alis¨¦ hasta que adquirieron la forma que ten¨ªa en mente. Luego, gener¨¦ dos c¨ªrculos casi perfectos para formar las ruedas. Sab¨ªa que, si no las hac¨ªa bien, la carreta no se mover¨ªa como deb¨ªa. Al verme usar la madera, Mirella empez¨® a volar. "?Y no pod¨ªamos simplemente arrastrarlo?" "Es muy pesado". "Claro". De un momento a otro, ya ten¨ªa la base de la carreta junto con sus tres paredes y los dos mangos para arrastrarla. Luego hice dos c¨ªrculos m¨¢s peque?os y a cada uno lo un¨ª a su respectivo c¨ªrculo grande a trav¨¦s de cuatro trozos de madera que serv¨ªan como uniones. Fabriqu¨¦ un rect¨¢ngulo que pasaba por debajo de la base, le puse un cilindro peque?o en cada extremo, pas¨¦ las dos ruedas y les puse una tapa circular en la punta de cada cilindrito. "Listo", dije, limpi¨¢ndome las manos y admirando mi trabajo. "Ah... Qu¨¦ gran carreta". "Esperate que venga Aya y les explico mejor", dije, se?alando a la chica zorro que ven¨ªa a paso de tortuga. Cuando Aya lleg¨®, todav¨ªa a paso lento, le hice un gesto con la mano para que se acercara. Se ve¨ªa tranquila, pero not¨¦ c¨®mo sus orejas se mov¨ªan levemente, seguramente atenta a cada sonido a nuestro alrededor. Me parece que se hab¨ªa tomado un tiempo a solas para meditar todo lo que hab¨ªa sucedido reci¨¦n. No debe ser f¨¢cil para ella asimilar que el ser al que tanto le ten¨ªa miedo est¨¢ muerto. "Ya estoy aqu¨ª". "Bien, ahora les explico qu¨¦ es esto", empec¨¦ diciendo, se?alando la carreta con la palma abierta. "Esto se llama carreta. Sirve para transportar cosas pesadas sin necesidad de cargarlas en las manos o en una mochila como la que llevo puesta". Ellas asintieron al mismo tiempo. Por ahora parec¨ªan entender el concepto general. "Gracias a estas cosas redondas que se llaman ruedas", se?al¨¦ las dos estructuras a cada lado. "En lugar de arrastrar todo directamente sobre la arena, las ruedas giran y facilitan el movimiento". Aya se acerc¨® y toc¨® levemente uno de los dos mangos. "Entonces, al empujar, la c-ca... car..." "La carreta". "S¨ª... Entonces, al empujar, ?la carreta se mover¨¢?" "S¨ª, se mover¨¢ y podremos llevar lo que haya dentro". "?Y para qu¨¦ nos sirve? No entiendo qu¨¦ diferencia hay entre arrastrar o usar esta cosa". "El esfuerzo que hagamos, esa es la diferencia. Con una carreta, dejamos que las ruedas se lleven la mayor¨ªa del esfuerzo... Por as¨ª decirlo. Las ruedas nos facilitan el movimiento tambi¨¦n". "Bueno, supongo que si t¨² lo dices..." "Ahora miren". Tom¨¦ los mangos y di unos pasos, sintiendo c¨®mo la estructura avanzaba con facilidad sobre la mezcla de tierra com¨²n y negra. Claro, a¨²n pesaba un poco, pero era mucho m¨¢s eficiente que llevar el cuerpo a rastras. Mirella aplaudi¨®. "?Es magia de movimiento!" "Bueno, no es magia en s¨ª. Es simplemente aprovechar las formas y los movimientos", respond¨ª y par¨¦ de moverla. A todo esto... ?En qu¨¦ momento Mirella aprendi¨® a aplaudir? Tambi¨¦n lo not¨¦ durante mi discurso. No bien recuerdo si ella o alguien lo hab¨ªa hecho antes. "Escuch¨¦ que quer¨ªan... llevarlo", coment¨® Aya, se?alando el cuerpo que estaba a unos metros de nosotros. "Es la muestra de que vencimos". "?Y te parece bien eso?" "Realmente no lo s¨¦, pero yo creo que a los dem¨¢s s¨ª les parecer¨ªa bien. Adem¨¢s, no podemos dejarlo tirado ah¨ª; hay que enterrarlo o quemarlo... como hacen los dem¨¢s". "Supongo que tienes raz¨®n; no lo podemos dejar aqu¨ª". Segu¨ª avanzando hasta una palmera cercana y coloqu¨¦ la carreta contra ella, dej¨¢ndola inclinada, pero sin que pudiera avanzar sin querer. Mirella, que ya entend¨ªa mis intenciones, asinti¨® con los brazos cruzados. "?Hag¨¢moslo!" Me acerqu¨¦ al cuerpo junto a Aya. "Empezaremos a empujar a la cuenta de tres", dije, midiendo el peso. Aunque el tipo no era excesivamente grande como para decir que era imposible moverlo, la rigidez del cad¨¢ver lo hac¨ªa dif¨ªcil de manipular. Me quit¨¦ la mochila, Aya se acomod¨® en posici¨®n y Mirella tambi¨¦n parec¨ªa querer intentar. "?Uno, dos... tres!" Grit¨¦, empezando a empujar, pero sin lograr nada. Mir¨¦ a mis costados y ninguna de las dos estaba empujando. ?Acaso no entendieron? "Dije a la cuenta de tres". "?Qu¨¦ es eso?" Pregunt¨® Mirella. "Nada, nada... Cuando diga ''ya'', comiencen a empujar". Ellas asintieron. "?Ya!" Los tres empujamos con fuerza, llevando a duras penas el cad¨¢ver hacia la carreta. Al llegar, hicimos un peque?o par¨®n y luego seguimos. Me asegur¨¦ de que entrara de cabeza, mientras Aya, que hab¨ªa hecho casi todo el trabajo, lo acomodaba con un gesto casi reverencial. Se notaba que no le gustaba tratar con cuerpos de esta forma, pero no dijo nada. Mirella, mientras tanto, mir¨® la escena en silencio. "Bien, ya est¨¢ sobre la carreta", suspir¨¦, acomod¨¢ndome el cabello hacia atr¨¢s y tirando al suelo un pelo que se me hab¨ªa enganchado entre los dedos. "Ahora solo queda llevarlo de vuelta". Aya se adelant¨® y tom¨® los mangos de la carreta con ambas manos. "Puedo empujarla", exclam¨® con voz firme. "?Est¨¢s segura?" Ella asinti¨®. "Ser¨¢ m¨¢s r¨¢pido". No me opuse. Con su fuerza y resistencia, Aya pod¨ªa moverse con m¨¢s facilidad sobre la arena. "Entonces voy a empujarlo desde abajo para que no se caiga". Aya levant¨® los mangos del suelo con fuerza mientras yo sosten¨ªa las piernas del Rey Demonio para que no se cayera, ya que estaba inclinado. Una vez todo listo, la observ¨¦ mientras comenzaba a avanzar, los m¨²sculos de su cara tens¨¢ndose levemente con el esfuerzo. Era curioso el ver que est¨¢bamos usando una carreta como si fuera una simple carretilla, ya que la carrocer¨ªa iba delante nuestro, y no atr¨¢s, como la llevar¨ªa un caballo, por poner un ejemplo. Yo creo que as¨ª es m¨¢s sencillo, as¨ª que, por ahora, ver¨¦ si le resulta sencillo de la forma que le ense?¨¦ a usarla. Recog¨ª la lanza que hab¨ªa quedado tirada por ah¨ª y tambi¨¦n la mochila, poni¨¦ndonos en marcha para llegar a casa lo antes posible. El camino de regreso no era complicado, pero cada paso se sent¨ªa m¨¢s pesado por el significado de lo que llev¨¢bamos con nosotros. Hab¨ªa algo que no terminaba de encajar en mi interior. No era la muerte en s¨ª, ya que, al fin y al cabo, ya hab¨ªa matado antes, aunque no fuera tan as¨ª como lo fue ahora. El hombre p¨¢jaro que hab¨ªa asesinado en el pasado clav¨¢ndole una piedra en la cabeza fue mi primera experiencia con la muerte en este mundo, y en ese momento no me detuve a pensarlo demasiado. Era ¨¦l o nosotros. Pero esta vez... Mir¨¦ el cuerpo inm¨®vil del Rey Demonio, que se balanceaba con el movimiento de la carreta. Su expresi¨®n a¨²n mostraba la ferocidad de sus ¨²ltimos momentos, pero su piel estaba p¨¢lida y sin vida. Lo hab¨ªa asesinado. Yo. Lo peor de todo es que no sent¨ªa arrepentimiento. Lo que me inquietaba era otra cosa. El grito. Ese grito. Cuando lo venc¨ª, cuando me asegur¨¦ de que estaba muerto, le grit¨¦ muchas cosas sin control. Le grit¨¦ como un loco, como si al hacerlo pudiera borrar cualquier rastro de su existencia. Como si mis palabras pudieran enaltecer m¨¢s lo que hab¨ªa hecho. Fue irracional. Y sin embargo... se sinti¨® bien. Hab¨ªa algo profundamente satisfactorio en haber soltado toda esa rabia contenida, todo ese miedo disfrazado de furia. No pod¨ªa negarlo. Me sent¨ª bien, aunque solo fuera por un momento al verlo ah¨ª, tirado en el suelo, muerto, duro como un quebracho viejo e inservible. Pero ahora, en este silencio, con el peso del cuerpo muerto sobre la carreta y mis pensamientos enred¨¢ndose, no pod¨ªa evitar preguntarme si eso estaba bien. "Luciano, ?pasa algo?" Pregunt¨® Mirella, notando que estaba m¨¢s callado de lo normal. "No, nada... Solo estoy pensando". "?En qu¨¦?" En qu¨¦ tan pesado ser¨¢ cargar con este pecado por el resto de mi vida. Claro, en este mundo la moralidad no es la misma que en la Tierra. Ac¨¢ matar no conlleva una condena. Pero aun as¨ª... ?Cu¨¢ntas veces m¨¢s tendr¨¦ que hacerlo? ?Cu¨¢ntas veces m¨¢s tendr¨¦ que ver una vida apagarse por mis manos? ?Podr¨ªa acostumbrarme a esto? Mirella inclin¨® la cabeza, pero no insisti¨®. Supongo que entendi¨® que no ten¨ªa ganas de hablar en ese momento. *** Al llegar a nuestra zona, logramos ver que todas las sillas estaban vac¨ªas y faltaban m¨¢s o menos la mitad de ellas... ?Alguien se las habr¨¢ llevado? No importa, lo importante es que todos los de mi grupo estaban alrededor de una fogata y parec¨ªan estar cocinando algunos pescados. Me adelant¨¦ y rode¨¦ las pocas sillas y el escenario, haciendo que ellos voltearan hacia m¨ª al escuchar mis pasos. Empec¨¦ a levantar mi mano libre mientras les gritaba. "?Oigan! ?Oigan, lo logramos! ?Vencimos y volvimos, como les promet¨ª!" Luc¨ªa fue la primera en levantarse, tirando su comida al suelo y corriendo hasta abrazarme fuertemente. "?Lucianooooo! ?Estaba tan preocupada por vos!" La apret¨¦ contra m¨ª, pasando una mano por su cabello casta?o, sintiendo su angustia en la forma desesperada en que se aferraba a m¨ª. "Estoy bien, mami. Volvimos enteros", susurr¨¦. Me separ¨¦ un poco y mir¨¦ a los dem¨¢s. Tar¨²n y Samira se acercaron r¨¢pidamente, seguidos por Suminia, que mantuvo una expresi¨®n seria, aunque sus ojos me analizaban como si buscaran heridas. "??C¨®mo fue?! ??Qu¨¦ pas¨®?!" Pregunt¨® Samira, con sus ojos bien abiertos, mientras Tar¨²n y Anya miraban con fascinaci¨®n la carreta que ya se hab¨ªa estacionado a mi lado. Antes de responder, me di cuenta de que faltaban dos personas entre los que se acercaron a recibirme. Rin y Rundia estaban ah¨ª sentados, un poco apartados, comiendo y con miradas de evidente molestia. No ten¨ªan que decir nada. Lo entend¨ªa. Hab¨ªa desobedecido, me hab¨ªa arriesgado y hab¨ªa puesto en peligro no solo mi vida, sino tambi¨¦n el equilibrio que hab¨ªamos logrado construir en este lugar. Pero ese no era el momento para discutirlo. A partir de ahora tendr¨ªamos mucho tiempo para hablar tranquilos y a solas. Inspir¨¦ hondo y se?al¨¦ la carreta con la barbilla. "Ah¨ª tienen la prueba de que ganamos. El Rey Demonio est¨¢ muerto". Los ojos de todos se agrandaron. Incluso Suminia, que trataba de mantener la compostura, mostr¨® un leve gesto de asombro. Tar¨²n se acerc¨® m¨¢s, observando el cad¨¢ver con incredulidad. "As¨ª que este era el Rey Demonio... ?Lo mataste de en serio?" "S¨ª". Se hizo un breve silencio. Parec¨ªa que, a pesar de todo, a¨²n no terminaban de procesarlo. Tal vez ni siquiera sab¨ªan c¨®mo se ve¨ªa el Rey Demonio. Aya, que hab¨ªa mantenido las manos en los mangos de la carreta, solt¨® la carga de manera brusca. "Luciano, siento como si la tierra se estuviera moviendo". "?Moviendo? Deben ser los gnomos excavando otra vez", respond¨ª, mientras Luc¨ªa me tomaba la mano con fuerza. Aya no parec¨ªa convencida. En ese momento, un estruendo sacudi¨® el suelo bajo nuestros pies. No fue un simple temblor. Fue algo m¨¢s profundo, m¨¢s violento. Las hojas del bosque temblaron como si una r¨¢faga invisible las hubiera azotado. Y luego, como si el mismo infierno estuviera despertando de su letargo, algo en la distancia se activ¨® con un sonido como si fuera una explosi¨®n. Todos nos giramos al instante, nuestras miradas clav¨¢ndose en unas salpicaduras naranjas que se ve¨ªan por encima de toda la vegetaci¨®n. El volc¨¢n. En cuesti¨®n de segundos, una lluvia de piedras ardientes se dispar¨® hacia el cielo como una maldita explosi¨®n de fuegos artificiales, solo que, en vez de ser un espect¨¢culo hermoso, era la sentencia de muerte para cualquiera que estuviera cerca. "??Qu¨¦ es eso?!" Grit¨® Anya, retrocediendo, casi chocando contra m¨ª. "?Luciano!" Grit¨® Mirella, volando m¨¢s cerca de m¨ª, con sus alas batiendo fren¨¦ticamente. "?Creo que nos olvidamos de la mujer de fuego!" "?No, es el maldito volc¨¢n en erupci¨®n!" Las bolas de fuego ascendieron m¨¢s y, un instante despu¨¦s, not¨¦ que empezaban a caer r¨¢pidamente dispersadas por la isla. Tir¨¦ la lanza a la mierda y busqu¨¦ a Aya con la mirada. "??Aya, pon¨¦ la barrera m¨¢s grande que puedas sobre todo el cielo!! ??Desactiv¨¢ cualquier otra si es necesario, pero hacelo ya!!" "?Luciano, Luc¨ªa, cuidado!" Fue en ese momento que sent¨ª una fuerza arrolladora empujarme hacia un costado. No entend¨ª qu¨¦ pas¨®, porque mi cuerpo se estrell¨® contra el suelo, rodando sobre la arena y con Luc¨ªa cayendo sobre m¨ª. Un golpe reson¨® en donde hab¨ªa estado parado. Algo pesado. Algo letal. Cuando logr¨¦ enfocar la vista, mi sangre se hel¨®. Anya... ¡­ "???MAMAAAAAAAAAAA!!!" Cap铆tulo 54: La llama de la vida se extingue. El grito de Tar¨²n al ver a su madre ser aplastada por una roca encendida en llamas fue totalmente desgarrador. Dir¨ªa que hasta era inhumano. Sus piernas flaquearon y cay¨® de rodillas sobre la arena, gritando y llorando desconsoladamente. Logr¨¦ ver que ella movi¨® levemente una de sus manos, y en ese momento mi cerebro sali¨® de la perturbaci¨®n que me oprim¨ªa e intent¨¦ levantarme apresuradamente, usando las manos para apoyarme sobre el suelo, casi como si estuviera gateando por la arena. Sent¨ª como si mis piernas no quisieran reaccionar, pero me apoy¨¦ en una de las sillas que estaba tirada en el suelo y tom¨¦ impulso para por fin levantarme, pudiendo llegar hasta ella, arrodill¨¢ndome frente a su cabeza. "No. No. No. No... Esto no puede estar pasando... ?C¨®mo fue que pas¨®... todo esto? ??Por qu¨¦?! ??Por qu¨¦ por salvarme a m¨ª?!" Dios m¨ªo... Ni siquiera pod¨ªa llegar a describir la escena del todo. Intent¨¦ verla lo menos posible y centrarme en intentar sacar su cuerpo de ah¨ª. Fue as¨ª como la agarr¨¦ como pude de las axilas y empec¨¦ a tironear hacia m¨ª. "?Te voy a sacar, Anyaaaa! ?Ahhhhh, maldici¨®n!" Anya murmuraba cosas inentendibles mientras yo intentaba sacarla de ah¨ª, pero... ?No pod¨ªa! ?No pod¨ªa, maldita sea! Este cuerpo no era lo suficientemente fuerte como para hacerlo, y mis manos terminaron resbalando sobre su piel, cayendo de espaldas contra el suelo. Pude ver que el cielo estaba cubierto por una capa verde trasl¨²cida... Aya hab¨ªa llegado a poner una barrera, pero no a tiempo. "??MAM¨¢!! ??MAM¨¢!!" Los gritos de Tar¨²n detr¨¢s de m¨ª eran incesantes, y yo ya estaba desesperado intentando buscar con la mirada a alguien que me ayudara. Logr¨¦ ver a Suminia, tirada en el suelo e intentando retroceder con sus pies mientras miraba la escena aterrorizada. No iba a ayudarme. De pronto, sent¨ª unas manos detr¨¢s de m¨ª, unas fuertes que me ayudaron a levantarme. "?Luciano, hag¨¢moslo juntos!" La voz era de Rin, que empez¨® a tironear el brazo izquierdo de Anya. Me sum¨¦ a ¨¦l inmediatamente, tirando del otro brazo. Tambi¨¦n pude notar que se sum¨® Rundia, agarrando de donde pod¨ªa. Hasta Mirella comenz¨® a tirarme de mis ropas para ayudarme. "?Hyyyaaaa!" Un grito ahogado sali¨® de mi garganta, como si realmente pudiera ayudarme a darme m¨¢s fuerzas. El esfuerzo de nuestros cuerpos trabajando juntos comenz¨® a surtir efecto. La arena se desliz¨® bajo nuestros pies mientras tir¨¢bamos con todas nuestras fuerzas. Un sonido aterrador se escuch¨® cuando el torso de Anya empez¨® a separarse de la otra parte de su cuerpo, a¨²n atrapada bajo la roca incandescente. Anya ni siquiera hizo una mueca cuando su cuerpo se liber¨® por completo, haci¨¦ndonos caer hacia atr¨¢s con ella en brazos, y yo no pod¨ªa saber si segu¨ªa con vida. El torso de Anya qued¨® sobre mis piernas. Mi respiraci¨®n estaba agitada, y mis manos temblaban cuando las deslic¨¦ por su espalda desnuda, sintiendo el calor febril de su piel. Su vientre estaba destrozado; la herida era grotesca, abierta de un lado a otro. No sangraba tanto como deber¨ªa, lo que me pareci¨® a¨²n m¨¢s aterrador. "?Mierda, mierda, mierda!" Mi mente se nubl¨®. Ten¨ªa que hacer algo, pero ?qu¨¦? Sus ojos, entreabiertos, parec¨ªan perderse en el vac¨ªo. Su piel ahora era p¨¢lida y cubierta de ceniza. "?Luciano, haz algo! ?Salva a mi mam¨¢, por favor!" Grit¨® de nuevo Tar¨²n, pero apenas proces¨¦ sus palabras. Fue entonces cuando sent¨ª las peque?as manos de Mirella tironeando a mi lado. Al verla, not¨¦ que estaba intentando quitarme la cantimplora, claramente sin ¨¦xito. Me di cuenta al instante, y la despegu¨¦ r¨¢pidamente de mi ropa, usando magia de nuevo para abrir la punta y verter un poco sobre sus labios secos, sujetando su cabeza con una mano temblorosa. "Vamos, Anya, traga... por favor..." Unas gotas rodaron por la comisura de su boca y cayeron sobre su cuello, pero no reaccionaba. "No... No te vas a morir. No pod¨¦s morirte... ?Maldita sea, Anya, vos no!" Mis padres estaban frente a m¨ª, tirados en el suelo; Rundia estaba tap¨¢ndose la cara con las manos mientras lloraba y Rin se sujetaba la cabeza, sin poder creer lo que hab¨ªa pasado en tan solo unos minutos. La piel abierta comenz¨® a burbujear, la carne palpit¨® y se estremeci¨® en un proceso antinatural de regeneraci¨®n. Era como si el agua m¨¢gica forzara a su cuerpo a cerrarse sobre s¨ª mismo. Pero el da?o hab¨ªa sido demasiado grande. Pasaron unos segundos eternos hasta que ella solt¨® un d¨¦bil gemido. Su pecho se elev¨® con un jadeo repentino, sus dedos se crisparon y, finalmente, sus ojos se abrieron por completo mientras yo guardaba la cantimplora en su lugar. "Ahh..." Exhal¨® un susurro entrecortado. "?Anya!" Me inclin¨¦ m¨¢s sobre ella, mis manos a¨²n sosteni¨¦ndola. Sus pupilas vagaron por el espacio hasta que finalmente se encontraron con las m¨ªas. No entend¨ªa lo que pasaba. No todav¨ªa. "?Qu¨¦...?" Su voz sali¨® d¨¦bil y rasposa, apenas un murmullo. Yo quer¨ªa sonre¨ªr, decirle que todo estaba bien, que estaba a salvo... pero no pude. Porque no lo estaba. Rundia se recompuso al verla hablar, pap¨¢ tambi¨¦n... Aunque mi mirada se desliz¨® por su abdomen, por la enorme cicatriz entre roja y negra que ahora cubr¨ªa lo que antes era una herida fatal. "?Mam¨¢!" Mir¨¦ hacia Tar¨²n, que ven¨ªa casi que arrastr¨¢ndose hasta tirarse sobre lo que quedaba de su cuerpo, abraz¨¢ndola y sin decir una palabra m¨¢s. Parec¨ªa que solo eso le bastaba para calmar su desesperaci¨®n. Anya segu¨ªa viva, s¨ª... Pero, ?por cu¨¢nto tiempo? El agua m¨¢gica la hab¨ªa salvado. Aun as¨ª, ese pensamiento segu¨ªa siendo aterrador... ?Cu¨¢nto de su cuerpo segu¨ªa funcionando realmente? ?Cu¨¢ntos ¨®rganos hab¨ªa perdido o quedado da?ados irreparablemente? ?Se desvanecer¨ªa poco a poco hasta que un d¨ªa simplemente ya no pudiera m¨¢s? "Luciano..." La voz de Anya me sac¨® de mis pensamientos. Volv¨ª a verla. A pesar del dolor en su rostro, esboz¨® una sonrisa d¨¦bil. "Gracias..." "Anya, ?por qu¨¦? ?Por qu¨¦ arriesgaste tu vida para salvarnos...?" "Porque t¨² eres... nuestro l¨ªder". Algo en mi interior se estremeci¨® con esas palabras y empec¨¦ a negar de manera inconsciente con la cabeza. "No... Anya. No debiste..." Fue lo ¨²nico que pude llegar a murmurar. ?Por qu¨¦? ?Por qu¨¦ hab¨ªa llegado tan lejos por m¨ª? ?Por qu¨¦ arriesgarlo todo en un acto tan desesperado? ?Era por alguna obligaci¨®n? ?Por un sentido de lealtad? ?O simplemente porque... cre¨ªa en m¨ª? Yo desde hace un tiempo que quer¨ªa ser el l¨ªder de todos, pero nunca hab¨ªa querido que alguien sacrificara su vida por m¨ª. Pero ahora, con Anya en este estado, con su cuerpo destrozado y tal vez al borde de la muerte, no pod¨ªa darme el lujo de seguir cuestion¨¢ndome. Esto es el presente. Esta es la realidad. Apret¨¦ la mand¨ªbula y respir¨¦ hondo antes de alzar la vista. Mis padres segu¨ªan ah¨ª, sin realmente saber qu¨¦ m¨¢s hacer. Tar¨²n ten¨ªa el rostro enterrado en el pecho de su madre, llorando en silencio. No pod¨ªa dejarlos as¨ª. Ten¨ªamos que movernos. "Pap¨¢, mam¨¢", empec¨¦ diciendo, con un tono m¨¢s firme de lo que esperaba. "Ll¨¦vense a Anya. Ll¨¦venla a la cueva donde estaba el santuario de Aya. Vayan todos ah¨ª y ref¨²giense bajo tierra". Rundia me mir¨® con los ojos empapados, confundida. "?La cueva...? ?Por qu¨¦ ah¨ª?" "Porque el volc¨¢n entr¨® en erupci¨®n y est¨¢ largando un fuego que se llama lava... En el lugar que les digo est¨¢ Forn, y ¨¦l puede ayudarles a refugiarse". Ninguno de los dos parec¨ªa entender bien qu¨¦ es lo que estaba diciendo o planeando, y est¨¢bamos empezando a perder tiempo. "No podemos quedarnos ac¨¢. Las... llamas eternas van a seguir bajando y no sobrevivir¨¢ ninguno, as¨ª que por eso les pido que se oculten bajo tierra con Forn y los gnomos". Me levant¨¦, dejando la cabeza de Anya apoyada sobre el suelo. "Yo voy a intentar hacer algo para parar el fuego". "?Qu¨¦...?" Rundia parec¨ªa at¨®nita. "??Qu¨¦ significa eso?!" Antes de que pudiera responder, vi que Anya levantaba una mano hasta ponerla sobre la mejilla de Rundia. "Rundia, por favor... Deja que tu hijo lo intente y que haga lo que siente que debe hacer. Debes seguir confiando en ¨¦l, como siempre me dijiste que lo has hecho". La voz de Anya era d¨¦bil y fuerte a la vez. No solo por el contenido de sus palabras, sino por la forma en que las dijo: con una suavidad que no parec¨ªa de ella, con un hilo de voz que se apagaba como una vela al final de su mecha. Ten¨ªa un presentimiento. Un instinto. Un aviso silencioso dentro de mi cabeza. Todo me dec¨ªa que esas hab¨ªan sido sus ¨²ltimas palabras. Su pecho apenas sub¨ªa y bajaba, con movimientos irregulares, espaciados, d¨¦biles. "Est¨¢ bien... Anya. Por favor, resiste, ?s¨ª?" Respondi¨® Rundia, levant¨¢ndose y ahora mir¨¢ndome a m¨ª con los ojos empapados en l¨¢grimas. "Ve, hijo. Nosotros te esperaremos donde dijiste". Asent¨ª. Logr¨¦ ver c¨®mo Rin la tomaba entre sus brazos, con Tar¨²n sigui¨¦ndolo de cerca, mientras Rundia intentaba hablar con las gemelas. Not¨¦ un toque en mi pierna. Era Mirella, y no s¨¦ por qu¨¦ segu¨ªa parada en el suelo en vez de volar. "?Voy contigo?" "S¨ª, voy a necesitar varias part¨ªculas m¨¢gicas". contest¨¦ y comenc¨¦ a buscar a Aya. "En realidad, necesitar¨ªa que vayas ya a sobrevolar la selva y ver qu¨¦ tanto se est¨¢ incendiando". "?Qu¨¦ es eso?" "Que veas qu¨¦ tanto se est¨¢ quemando". "Est¨¢ bien, vuelvo enseguida". Mirella desapareci¨® en una fracci¨®n de segundo. Al fondo, una enorme nube de humo inundaba el paisaje, y por encima nuestro, la barrera de Aya con algunas rocas sobre ella que se iban deslizando hasta caer al oc¨¦ano, creando olas grandes que llegaban casi hasta nosotros. No tard¨¦ en encontrar a Aya. Estaba sentada en la arena, con las rodillas recogidas contra su pecho y el rostro oculto entre ellas. Sus orejas blancas estaban ca¨ªdas, y sus colas, que usualmente se mov¨ªan con elegancia, ahora parec¨ªan apagadas, sin vida. Me acerqu¨¦ y me detuve frente a ella. "Aya, nos tenemos que ir". No reaccion¨®. Me agach¨¦ un poco m¨¢s y coloqu¨¦ una mano en su hombro. "Aya, ?qu¨¦ te pasa? ?Nos tenemos que ir...!" Finalmente, levant¨® la cabeza. Sus ojos anaranjados estaban empa?ados. "Fue mi culpa..." Frunc¨ª el ce?o. "?Qu¨¦? Por favor, no podemos perder m¨¢s tiempo. El volc¨¢n entr¨® en erupci¨®n y la lava ahora va a avanzar hasta nosotros si no hacemos algo". "Si... si hubiera puesto la barrera antes... Anya no estar¨ªa as¨ª..." La mir¨¦, sorprendido. Nunca hab¨ªa visto a Aya de esta forma, ni siquiera cuando sucedi¨® el secuestro de mi familia. "Aya, no es momento de culparse. Es urgente esto". "Yo... soy la ¨²nica que puede hacer barreras grandes para protegerlos. Eso es lo ¨²nico en lo que soy buena. Pero... no lo hice a tiempo, como tampoco hice nada contra el Rey Demonio". Sus manos temblaban. Su voz se quebraba. "No pude protegerla..." Apret¨¦ mis u?as sobre su hombro. No ten¨ªa tiempo para esto, pero tampoco pod¨ªa dejar que Aya se hundiera en la culpa. Coloqu¨¦ ambas manos en sus hombros y la obligu¨¦ a mirarme. "No fue tu culpa, Aya". "?S¨ª lo fue!" "?No!" Grit¨¦, con m¨¢s fuerza de la que esperaba, y vi sus ojos abrirse con sorpresa. "?Si vas a culparte a vos misma, entonces tambi¨¦n tendr¨ªas que culparme a m¨ª! Porque yo tampoco hice nada... ?Anya se arriesg¨® por m¨ª!" Ella me mir¨® de manera extra?a y baj¨® la mirada, mordiendo su labio. "No reaccion¨¦ a tiempo, no fui lo suficientemente fuerte para sacarla de ah¨ª a la primera, no prev¨ª esto... Pero quedarnos llorando no nos va a ayudar en nada si al final vamos a terminar siendo quemados por la lava". The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement.Suspir¨¦ y suavic¨¦ mi tono. "Escuch¨¢, Aya. Necesito que vengas conmigo y sigas manteniendo a toda costa la barrera esa que pusiste. Es por esa barrera que todos los dem¨¢s seguimos vivos". Ella parpade¨® varias veces seguidas, confusa. "?Contigo...?" Asent¨ª. "Voy a ir a lo m¨¢s cerca del volc¨¢n. No s¨¦ qu¨¦ tanto puedo llegar a salvar de terreno, pero voy a intentar crear una pared para que la lava se desv¨ªe hacia el agua. No podemos dejar que este desastre contin¨²e. Y necesito tu ayuda para que me compartas tu poder y tus part¨ªculas m¨¢gicas junto a Mirella". Se qued¨® en silencio unos segundos. Luego, sus orejas se alzaron levemente. "?Mi ayuda...?" "No puedo hacerlo solo", dije con sinceridad. "Y s¨¦ que vos tampoco quer¨¦s quedarte ac¨¢ sin hacer nada". Aya respir¨® hondo. Se limpi¨® los ojos con la manga de su yukata y se puso de pie. "Est¨¢ bien... Tienes raz¨®n, debo intentar ser ¨²til al menos ayud¨¢ndote". "No es eso lo que quer¨ªa decir... No importa, vayamos r¨¢pido". Aya a¨²n ten¨ªa el rostro marcado por las l¨¢grimas, pero al menos ya no estaba con esa mirada perdida y vac¨ªa de hace unos momentos. Su determinaci¨®n parec¨ªa volver poco a poco. Sin perder m¨¢s tiempo, pasamos por al lado del cuerpo del Rey Demonio y echamos a correr por la playa. Al rato, y a lo lejos, la silueta de Mirella apareci¨® en el aire y vol¨® hacia nosotros a toda velocidad. "?Luciano!" Grit¨®, con el rostro serio, algo que rara vez mostraba. "Los ¨¢rboles ya se est¨¢n quemando en varios lados. No es un simple fuego, sino que la lava ya entr¨® entre los ¨¢rboles y sigue avanzando hacia nosotros". Maldita sea. "Gracias por avisarnos, Mirella. Denme un momento para ver qu¨¦ hacer". A pesar de que era una cosa obvia, ya era un problema que el fuego se propagara y que la lava estuviera avanzando por la selva. Esto significaba que la situaci¨®n pod¨ªa volverse completamente incontrolable en poco tiempo. Me detuve a pensar mejor, con la vista clavada en el camino que ya hab¨ªa recorrido varias veces y que llevaba al volc¨¢n. Al fondo, la negrura del humo cubr¨ªa demasiado el cielo, mezcl¨¢ndose con el rojo intenso del fuego que devoraba la vegetaci¨®n. De un lado de la selva, el humo ennegrec¨ªa el aire, y del otro, en la orilla del mar, una enorme nube de vapor se elevaba en el horizonte junto con un movimiento brusco del agua, empujando algunas olas grandes hacia la costa, donde est¨¢bamos nosotros. Si la lava llegaba a extenderse demasiado, la isla se volver¨ªa inhabitable, y por m¨¢s que nos ocult¨¢ramos bajo tierra, no ¨ªbamos a poder sobrevivir por mucho tiempo. Una de las posibilidades, y la m¨¢s r¨¢pida, era hacer un muro completamente recto para contener la lava, pero ser¨ªa una trampa mortal. La acumulaci¨®n har¨ªa que, tarde o temprano, la lava sobrepasara la barrera y se desbordara por otro lado. No solo eso, sino que podr¨ªa terminar derriti¨¦ndola si estaba mucho tiempo en contacto. Lo mejor era hacer una estructura en forma de "V" invertida. Si lograba canalizar la lava hacia el mar, pod¨ªa minimizar los da?os. El segundo problema que estaba viendo era el movimiento del agua. Realmente no s¨¦ si puede suceder, pero estoy viendo que en cualquier momento puede llegar a formarse un tsunami o algo as¨ª... Ser¨ªa lo ¨²ltimo que nos faltar¨ªa para complementarse con esta pesadilla que est¨¢bamos viviendo. "Vamos a hacer una pared para desviar la lava al agua", dije finalmente, sin entrar en muchos detalles. Mirella se pos¨® sobre el hombro de Aya. "?Entonces hag¨¢moslo ya...! ?C¨®mo lo hacemos?" "Con mi magia", respond¨ª, moldeando un poco de la madera de un ¨¢rbol cercano y creando un balde no muy grande y con un asa firme, sin movimiento. Luego, tir¨¦ toda el agua m¨¢gica de mi cantimplora al balde. "Mirella, vos te vas a meter ac¨¢ dentro, absorbiendo las part¨ªculas m¨¢gicas para traspas¨¢rselas a Aya". Sin dudarlo, salt¨® desde el hombro de Aya al balde; el agua le llegaba hasta los tobillos y su cabeza sobresal¨ªa por el costado del asa. "?Listo!" "Perfecto", contest¨¦, caminando ahora hacia Aya. "Dame la mano". Ella tampoco dud¨® ni un segundo, obedeciendo mis palabras. Entonces, le tom¨¦ de la mu?eca y transform¨¦ sus mangas largas del yukata en mangas cortas. "?Y eso?" Pregunt¨® de inmediato. "Necesitamos que Mirella toque tu piel para transferirte las part¨ªculas m¨¢gicas". Me inclin¨¦ un poco, agarrando el balde y atravesando el espacio entre el asa y el balde por su brazo. "Que no se te caiga..." Aya asinti¨® y dobl¨® el codo en cuanto yo la solt¨¦, para ahora agarrarle la otra mano. Vi hacia atr¨¢s nuestro: apenas hab¨ªamos pasado la casa de Tariq, lo que indicaba que no hab¨ªamos avanzado ni un kil¨®metro desde nuestra casa. "?Vamos a salvar lo que queda de isla!" Grit¨¦ y comenc¨¦ a arrastrar la mano por la arena, creando el principio de la muralla que pod¨ªa llegar a definir el destino de todos nosotros. La muralla comenz¨® a extenderse a tan solo unos cent¨ªmetros de mis dedos, agarrando cualquier material que se me cruzara por en medio. Arena, tierra, piedra, m¨¢s adelante hierba, madera, hojas. Todo serv¨ªa para unirlo en un solo objetivo: hacer una pared que intentara frenar el paso de la lava. Cada metro que avanzaba, mi mano se resent¨ªa m¨¢s. Al principio, solo eran ligeros raspones cuando mi piel rozaba las piedras o las ra¨ªces que sobresal¨ªan de la tierra, pero con cada segundo que pasaba, la fricci¨®n constante contra el suelo iba dejando su marca. La piel se me sent¨ªa en carne viva, y un ardor intenso sub¨ªa por mi antebrazo. Aun as¨ª, no pod¨ªa detenerme. La muralla se iba formando a mi paso, absorbiendo todo lo que encontraba, compact¨¢ndose en una barrera de apenas unos treinta cent¨ªmetros de espesor y alrededor de cuatro metros de altura. Aya manten¨ªa el ritmo, sin soltar el balde, y a su lado, Mirella se aferraba a su brazo, asegur¨¢ndose de que la transferencia de part¨ªculas m¨¢gicas no se detuviera. "?Ah, carajo!" Solt¨¦ entre dientes cuando un filo de piedra se me clav¨® en la palma, pero logr¨¦ moldearlo para sumarlo a la construcci¨®n. La sent¨ª abrirse en un corte... No ten¨ªa tiempo de revisarlo. Me limit¨¦ a cerrar el pu?o un instante y seguir adelante. "?Ay, esto me est¨¢ mojando mucho!" Grit¨® Mirella, seguramente porque el agua del balde saltaba para todos lados. "?No es mi culpa!" Se defendi¨® Aya, con un tono agitado. "?Es porque tenemos que correr!" La selva estaba cada vez m¨¢s cerca. Lo que significaba que lo peor estaba por venir. Hasta vi pasar un oso corriendo por enfrente de nosotros. No solo era un oso, sino que todos los animales corr¨ªan al lado opuesto que nosotros. Ten¨ªa que tener cuidado con las serpientes. Cuando alcanc¨¦ los primeros ¨¢rboles altos, la muralla comenz¨® a absorber m¨¢s ra¨ªces, ramas secas y piedras que antes por culpa del aumento de la cantidad de ¨¢rboles. De inmediato me di cuenta del problema de este lugar: por m¨¢s que la lava no pudiera traspasar la barrera, el fuego s¨ª. El fuego subir¨ªa por los troncos, las hojas empezar¨ªan a arder y las llamas se extender¨ªan por las copas de los ¨¢rboles, arrasando con todo desde arriba hacia el otro lado de la pared. "?Maldici¨®n¡­!" Murmur¨¦, frenando la velocidad con la que iba. "??Todo esto es una mierda!!" No hab¨ªa otra opci¨®n. Ten¨ªa que aumentar la altura de la muralla... El problema era que mi magia no llegaba a abarcar los diez metros o m¨¢s que med¨ªan los ¨¢rboles de la selva. A lo sumo yo llegaba a siete metros, o siete y medio. ?Deb¨ªa seguir? Apret¨¦ los dientes, sintiendo un nuevo ardor en la palma cuando volv¨ª a arrastrar la mano por el suelo. El muro segu¨ªa alz¨¢ndose a mi paso, pero una parte de m¨ª sab¨ªa que estaba haciendo un trabajo a medias. "?Mierda, mierda, mierda!" "Luciano, ?hay alg¨²n problema?" Pregunt¨® Aya. "?No puedo hacer una pared tan alta!" El sudor me corr¨ªa por la frente, mezcl¨¢ndose con la tierra y la sangre en mis manos. Mis m¨²sculos ard¨ªan. No pod¨ªa frenar, no pod¨ªa darme ese lujo, pero la frustraci¨®n se acumulaba en mi pecho con cada paso. ?Por qu¨¦ justo ahora? La pregunta surgi¨® de repente en mi mente, distray¨¦ndome y haciendo que mi mano se estampara contra el tronco de un ¨¢rbol. "?Maldito seas, infeliz!" Grit¨¦, cayendo al suelo y soltando la mano de Aya. "?Ni siquiera muerto me dej¨¢s en paz, hijo de puta!" La erupci¨®n del volc¨¢n no pod¨ªa ser una coincidencia. No pod¨ªa ser que apenas unas horas despu¨¦s de matar al Rey Demonio, el volc¨¢n de la isla estallara como si hubiera estado esperando el momento exacto para hacerlo. Aya me extendi¨® la mano y yo no tuve otra opci¨®n que agarrarla. "Luciano..." Mi respiraci¨®n era agitada, la magia segu¨ªa fluyendo de m¨ª, pero mi cabeza no paraba de girar en torno a la misma idea. ?Fue una maldici¨®n p¨®stuma? ?Un ¨²ltimo regalo del Rey Demonio antes de irse al infierno? ?O acaso su existencia manten¨ªa estable el volc¨¢n, y al morir, todo se fue a la mierda? No ten¨ªa respuestas, solo teor¨ªas que no me serv¨ªan de nada en este instante. "No puedo, Aya. No puedo asegurar que todos sobrevivamos", dije, absorbiendo la sangre que brotaba de mis manos. Al menos, no parec¨ªa haberme quebrado ning¨²n hueso como para tener que tomar de la poca agua m¨¢gica que ten¨ªamos. "Solo sigue intent¨¢ndolo. No importa si no lo logras, al menos de algo servir¨¢". Mir¨¦ los ¨¢rboles altos, las hojas gruesas que ser¨ªan el combustible perfecto. Aunque lograra detener la lava, el incendio pasar¨ªa por encima de mi barrera y reducir¨ªa la selva a cenizas. Ni siquiera Aya podr¨ªa reforzar lo que me faltaba de altura, porque las hojas estorbaban el paso y las barreras de Aya solo se pon¨ªan sobre lugares que estuvieran libres. "?Luciano, hay que seguir!" Grit¨® Mirella. No hab¨ªa tiempo para m¨¢s dudas. Hund¨ª la mano en la tierra con m¨¢s fuerza, sintiendo c¨®mo mi piel se desgarraba en algunos puntos. La barrera comenz¨® a crecer con m¨¢s velocidad, engullendo m¨¢s piedra, m¨¢s ra¨ªces, m¨¢s madera, m¨¢s tierra. Si no pod¨ªa evitar el incendio, al menos frenar¨ªa la lava. Segu¨ª adelante, forzando mi cuerpo al l¨ªmite. La barrera crec¨ªa a mi paso, compacta, gruesa, una mezcla ca¨®tica de materiales que solo ten¨ªa una funci¨®n: detener la maldita lava. El calor empezaba a ser m¨¢s evidente. No solo el del esfuerzo, sino un calor real, amenazante, que se filtraba entre los ¨¢rboles. No pod¨ªa verla todav¨ªa, pero sab¨ªa que la lava ven¨ªa. Entonces, la vi en la distancia. Bueno, en realidad yo no la vi; fue Aya la que grit¨® y me hizo voltear la vista hacia mi izquierda. Un brillo anaranjado, rojo y fulminante se filtraba entre los troncos y ra¨ªces de la selva. No era una simple amenaza lejana, era la confirmaci¨®n de que la destrucci¨®n avanzaba con paso firme, sin piedad. Fren¨¦ de inmediato y cambi¨¦ de direcci¨®n. Ni siquiera ten¨ªa idea de en qu¨¦ parte de la isla estaba, pero rogaba que, al menos, todo el arroyo de agua m¨¢gica se salvara junto con la mayor parte de las cuevas. Aya no dijo nada, simplemente gir¨® conmigo, manteniendo el ritmo. Mirella, que segu¨ªa aferrada a su brazo, se tambale¨® un poco por el cambio de direcci¨®n. Mis dedos de la mano izquierda segu¨ªan arrastr¨¢ndose por el suelo; ya no ten¨ªa mucha sensibilidad en ellos. No sab¨ªa si era por la cantidad de cortes, por el dolor o porque mi mente estaba demasiado ocupada con la construcci¨®n como para procesarlo. Imagina la muralla, imagina la muralla¡­ Ese era el ¨²nico pensamiento que ten¨ªa que mantener. Si me distra¨ªa, aunque fuera un segundo, la estructura perder¨ªa estabilidad y no pod¨ªa darme ese lujo. De la nada vi a Mirella volar a mi lado, pr¨¢cticamente delante de mi cabeza. "?Luciano, se acabaron las part¨ªculas del agua!" Grit¨®, aunque su cuerpo todav¨ªa llevaba algunas. El grito de Mirella apenas lleg¨® a m¨ª. No porque no la escuchara, sino porque mi cabeza ya estaba en otra cosa. Mi visi¨®n se nublaba por momentos, como si el mundo entero se sacudiera dentro de un l¨ªquido espeso. El dolor no hab¨ªa empezado de golpe, sino como una presi¨®n en el fondo de mi cr¨¢neo, justo en la nuca, que fue creciendo hasta apretar con fuerza mis sienes y mi frente. La barrera segu¨ªa alz¨¢ndose a mi costado, y a pesar de que no ve¨ªa la lava directamente, la sent¨ªa. Era como si la tierra estuviera sudando, como si el aire mismo se volviera espeso. Mi respiraci¨®n estaba descontrolada. Sab¨ªa que deb¨ªa responder a Mirella, pero¡­ no pod¨ªa. Las palabras no sal¨ªan. Ni siquiera pod¨ªa girar la cabeza para mirarla. "?Luciano, las part¨ªculas!" Cada paso era un desaf¨ªo. Mis piernas temblaban por el cansancio y por la postura inclinada de mi cuerpo para llegar a tocar el suelo, pero yo no me deten¨ªa. Mi brazo izquierdo, ese que segu¨ªa arrastrando por la tierra para solidificar la barrera, estaba completamente insensible. Y, aun as¨ª, lo forzaba a moverse, a seguir extendiendo la pared de piedra, barro, ra¨ªces y todo lo que pudiera juntar con la magia. Los bordes de mi visi¨®n se oscurecieron. Algo parec¨ªa casi que explotar dentro de mi cabeza, como si un martillo me golpeara desde dentro del cr¨¢neo. Todo era culpa de llevar mi mente al l¨ªmite por demasiado tiempo. No¡­ no puedo¡­ No puedo parar ahora. Segu¨ª. Por pura inercia. Por puro instinto. Por la absurda testarudez de no querer caer antes de cumplir el objetivo. De un momento a otro, el otro extremo de la isla apareci¨® ante m¨ª. El ¨²ltimo ¨¢rbol, el ¨²ltimo gramo de arena, el ¨²ltimo tramo de barrera que ten¨ªa que cerrar¡­ Lo hice. Y entonces, el dolor de cabeza me atraves¨® m¨¢s fuerte que nunca, junto con mis piernas cediendo de golpe, y ca¨ª con la cabeza contra la arena h¨²meda, sintiendo c¨®mo mi cabeza lat¨ªa, c¨®mo todo el mundo se volv¨ªa un torbellino. "??Ahhhh!! ??Aghhhh!! ??Mi cabeza!! ?Me duele! ?Me duele!" Me llev¨¦ ambas manos a la cabeza, apret¨¢ndome el cuero cabelludo, como si ese simple gesto pudiera aliviar el desastre que llevaba dentro. Creo que Aya se hab¨ªa puesto a mi lado. "?Mirella, ve a buscar agua m¨¢gica! ?R¨¢pido!" "?Est¨¢ bien!" "??Ahhhh!! ??Que alguien pare con este dolor!!" Segu¨ª gritando, apretando los dientes con tanta fuerza que sent¨ª que podr¨ªan romperse. Era un dolor insoportable, como si mi cabeza estuviera a punto de estallar. No ve¨ªa nada m¨¢s que un remolino de colores borrosos y oscuros; apenas pod¨ªa o¨ªr los gritos de Mirella alej¨¢ndose y el jadeo de Aya a mi lado. El mundo entero se sent¨ªa pesado. Mi cuerpo¡­ mi propio cuerpo era una carga insoportable. El tiempo se arrastr¨® como un maldito peso muerto sobre mi consciencia, pero, de pronto, sent¨ª un cambio. Unas manos firmes me agarraron la cabeza de golpe. "?Gh! ?Qu¨¦¡­?" Intent¨¦ moverme, pero mi cuello no respondi¨®. "Tranquilo, Luciano", la voz de Aya era suave, pero no ten¨ªa espacio para la duda. "Abre la boca". "?Qu¨¦? ?Aya, ?qu¨¦ est¨¢s...?!" No me dej¨® terminar. Con una fuerza sorprendente, me mantuvo la cabeza quieta y presion¨® con sus pulgares mi mand¨ªbula, oblig¨¢ndome a abrir la boca. "?Mirella, ahora!" "?S¨ª!" No tuve tiempo ni de procesar lo que pasaba cuando un chorro de agua fr¨ªa cay¨® directo en mi garganta, haciendo que me ahogue al intentar tragar. La sensaci¨®n fue inmediata. Mis m¨²sculos dejaron de arder. El peso sobre mis hombros desapareci¨®. Mi mente, nublada y al borde del colapso, recuper¨® claridad en un solo instante. "Hah¡­ Hah¡­" Respir¨¦ con fuerza, parpadeando varias veces. La visi¨®n borrosa se disip¨®, y lo primero que vi fue el rostro serio de Aya, a¨²n sosteni¨¦ndome. "?Mejor?" Pregunt¨®, sin soltarme a¨²n. "S¨ª¡­ s¨ª¡­" Respond¨ª, con mi propia voz sonando extra?a en mis o¨ªdos. ?C¨®mo el agua m¨¢gica hab¨ªa podido cesar mi intenso dolor de cabeza? Ella asinti¨®, satisfecha, y me solt¨® con suavidad, cesando la transferencia de part¨ªculas que se hab¨ªa formado al Mirella traer el agua. Mirella flotaba cerca, con las manos todav¨ªa h¨²medas de la poca agua m¨¢gica que quedaba. "?Luciano!" Vol¨® directo a mi cara, casi aplast¨¢ndome la nariz con su entusiasmo. "?Estabas a punto de morirte! ?Me asustaste, tonto!" Esboc¨¦ una sonrisa cansada, llevando una mano a su cabeza y despein¨¢ndola un poco. "No estaba por morirme..." "Est¨¢ bien..." "Gracias, Mirella. Y vos tambi¨¦n, Aya". "No me agradezcas". Aya suspir¨®. "Descansa un poco antes de volver a hacer locuras". Me forc¨¦ a empezar a levantarme, todav¨ªa sintiendo mi cuerpo pesado, pero mucho mejor que antes. Lo ¨²nico molesto era que el volc¨¢n segu¨ªa haciendo ruidos, como si siguiera expulsando lava. "?Qu¨¦? No tenemos tiempo para descansar, ahora tenemos que ir r¨¢pido a la huerta, recolectar la comida que se pueda, y despu¨¦s..." No bien logr¨¦ apoyar una rodilla en la arena y darme la vuelta para ver la muralla terminada, algo me hizo detener mis palabras. No hab¨ªa horizonte; hab¨ªa casi desaparecido. En su reemplazo, hab¨ªa una gran ola que avanzaba a gran velocidad hacia... "?Un tsunami!" Grit¨¦ e inmediatamente mir¨¦ hacia el cielo, buscando alg¨²n rastro de la barrera a¨¦rea que Aya hab¨ªa puesto. Al verla, pude notar que ya no quedaba ninguna roca de las que hab¨ªa expulsado el volc¨¢n sobre ella. Tal vez todas hab¨ªan rodado hasta el agua. "??Aya, pon¨¦ ya una barrera alta que cubra toda la costa!!" "?Qu¨¦¡­?" Aya tambi¨¦n mir¨®, y su cara se volvi¨® un poco atemorizada. "??Qu¨¦ es eso?!" "?Sac¨¢ la otra barrera y us¨¢ toda tu magia para poner una sobre la arena! ??Hacelo ya o nos morimos!!" Aya parpade¨®, procesando mis palabras, y luego extendi¨® las manos delante de ella, poniendo una barrera que comenzaba desde el borde de la muralla que acababa de construir hasta unos pocos metros por la costa. La maldita ola ven¨ªa desde la direcci¨®n del volc¨¢n, y el impacto iba a ser en menos de un minuto. "?Ayyyy!" Grit¨® Mirella, aferr¨¢ndose a mi cuerpo. "?Mirella, necesito que vayas urgente a comenzar a recolectar lo que puedas de comida de la huerta o de donde sea!" "??Justo ahora?!" "?S¨ª, y llevate el balde y dejalo cargado! Apenas termines, and¨¢ urgente con los dem¨¢s". "?Est¨¢ bien¡­!" Ni siquiera vi hacia d¨®nde iba Mirella; me dirig¨ª r¨¢pidamente hacia Aya. El tsunami avanzaba como una bestia descontrolada, alz¨¢ndose con una furia que jam¨¢s hab¨ªa visto en mi vida. No era solo agua, era una maldita pared de la muerte que se abalanzaba sobre nosotros. "?Luciano!" Grit¨® Aya con desesperaci¨®n. "?No s¨¦ si la barrera resistir¨¢ un golpe de tanta fuerza! ?Nunca antes detuve algo as¨ª!" Las palabras de Aya me cayeron como un baldazo de agua fr¨ªa, d¨¢ndome cuenta de la realidad en la que est¨¢bamos... Hab¨ªamos perdido la batalla contra la naturaleza. Cap铆tulo 55: Un millè´¸n de pasos hacia atrè°©s. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda... Por un instante, mi mente se qued¨® en blanco. Mi respiraci¨®n se aceler¨®. Todo mi esfuerzo, todo mi desgaste f¨ªsico y mental... ?Para qu¨¦? ?Para que el tsunami lo destruyera todo en cuesti¨®n de segundos? El muro que hab¨ªa construido para desviar la lava¡­ no iba a soportar esto. Tal vez la barrera de Aya podr¨ªa hacer ralentizar parte del agua, pero la fuerza del impacto ser¨ªa tan brutal que la presi¨®n har¨ªa que mi muralla se derrumbara al instante, sin poder oponer resistencia. No hab¨ªa forma de salvarlo todo. No hab¨ªa forma de detener un desastre de esta magnitud. Y si por un milagro pod¨ªamos detener el agua, seguramente del otro lado de la isla estar¨ªa pasando lo mismo, porque esto se gener¨® por tener un maldito volc¨¢n en la punta de una isla. "?Aya, pon¨¦ todas las barreras que puedas!" Grit¨¦ con toda la fuerza de mis pulmones. "?Pon¨¦ varias en l¨ªnea, unas detr¨¢s de otras! ?Vamos a perder la muralla s¨ª o s¨ª, as¨ª que solo necesitamos retrasar lo m¨¢s posible la ola!" Me acerqu¨¦ y le agarr¨¦ el brazo, comenzando la transferencia de part¨ªculas. Aya entendi¨®, y comenz¨® a poner las barreras m¨¢gicas tal como le indiqu¨¦, quedando los dos con tan solo una part¨ªcula cada uno. "??Nos vamos con Forn!!" No esper¨¦ a que respondiera. Me di la vuelta y empec¨¦ a correr como si la muerte me persiguiera. Porque, en realidad, lo estaba haciendo. "?Luciano!" Aya apenas pudo reaccionar, pero not¨¦ que empez¨® a seguirme. "?Vamos, carajo!" Murmur¨¦ entre dientes, sintiendo el ardor en mis piernas mientras avanzaba por la arena h¨²meda hasta entrar al bosque. Detr¨¢s de m¨ª, la ola se acercaba, la espuma comenzaba a brillar con reflejos de fuego bajo el cielo oscuro cubierto de cenizas. No bastaba con solo correr; ten¨ªa que hacer algo m¨¢s. Necesitaba moldear m¨¢s tierra... Necesitaba m¨¢s magia. "Aya, ?vamos bien por ac¨¢?" "?Doblemos un poco!" No s¨¦ c¨®mo hizo, pero pas¨® de correr detr¨¢s de m¨ª a agarrarme la mano y comenzar a liderar el camino con la otra mano levantando su yukata. De pronto, le vi mover las orejas violentamente de un lado a otro. "?Est¨¢n empezando a romperse!" "?No te asust¨¦s, Aya! ?Sobreviviremos, te lo prometo!" "?Luciano!" Su voz se quebr¨®, algo que no deber¨ªa pasar en este momento. "?Se est¨¢n rompiendo! ?Todas al mismo tiempo!" No tuve que preguntar a qu¨¦ se refer¨ªa. Lo supe en cuanto sent¨ª un estremecimiento en el aire. Sus barreras deber¨ªan estar cayendo una tras otra junto con mi muralla. "?Aya, no mir¨¦s atr¨¢s!" Grit¨¦, viendo hacia atr¨¢s para ver si se ve¨ªa algo, pero todav¨ªa el agua no nos alcanzaba. "?Corremos hasta la cueva o nos morimos!" "?No puedo...! ?No puedo detenerlo! ?El agua es demasiado fuerte!" Aya me apret¨® tan fuerte la mano que parec¨ªa que iba a terminar quebrando mis huesos. "?Vamos a sobrevivir! ?Te lo juro por mi vida, Aya! ?Vamos a llegar a la cueva, y vamos a salir de esta!" No hubo respuesta de su parte. A pesar de que los dos ten¨ªamos miedo, seguimos corriendo como locos entre los ¨¢rboles, esquivando ramas, saltando sobre arbustos, impuls¨¢ndonos hacia adelante para que el fin del mundo no nos devorara. Pero entonces, la salvaci¨®n apareci¨® ante nosotros: el arroyo m¨¢gico. El agua cristalina flu¨ªa con calma, como si la naturaleza en esa parte no estuviera consciente de que todo estaba colapsando a nuestro alrededor. Cruc¨¦ junto a Aya sin pensar, sintiendo la energ¨ªa recorrer mi cuerpo al instante. Las part¨ªculas m¨¢gicas volvieron a fluir a nuestro lado. No lo suficiente como para hacer algo grande, pero s¨ª lo justo para darme una ¨²ltima oportunidad. "Aya, segu¨ª corriendo. No pares". "??Qu¨¦ vas a hacer?!" "?Voy a darnos una oportunidad m¨¢s!" Solt¨¦ su mano, baj¨¦ el brazo y arrastr¨¦ la mano detr¨¢s de m¨ª. En respuesta, todos los materiales del lugar se comenzaron a levantar, formando una pared de tonalidad gris y marr¨®n con una curva pronunciada hacia adentro, como si quisiera absorber la fuerza del agua en lugar de solo resistirla. Esa era la clave. Si lograba que la pared no fuera un obst¨¢culo directo, sino una trampa que redirigiera el agua hacia los lados, tal vez podr¨ªamos minimizar los da?os. Ni siquiera pude ver nada de lo que pasaba del otro lado, ya que el muro gigantesco delante de m¨ª tapaba absolutamente todo, as¨ª que me dispuse a seguir corriendo junto a Aya por el costado del arroyo, aprovechando para meter de vez en cuando el pie dentro y reponer mis part¨ªculas al m¨¢ximo. Cada paso era una batalla contra el cansancio, contra el miedo, contra la desesperaci¨®n. ?Y qu¨¦ ser¨¢ de los dem¨¢s? Mi mente divag¨® por un segundo, el suficiente como para que un latigazo de angustia recorriera mi espalda. ?Habr¨ªan llegado a tiempo? ?Rin y Rundia lograron llevarse a Anya? ?Tar¨²n pudo mantener la compostura para no quedarse atr¨¢s? ?Ver¨¢n algo ah¨ª dentro? ?Qu¨¦ ser¨¢ de Tariq...? Mierda. No s¨¦ nada. Eso s¨ª, lo que s¨ª sab¨ªa, gracias al semejante ruido de detr¨¢s nuestro, era que el agua se acababa de llevar puesto el muro que hice hace un momento. No quer¨ªa mirar hacia atr¨¢s... "?Luciano, la entrada de la cueva est¨¢ cerca!" Grit¨® Aya desde delante, su voz cargada de agotamiento. Vi la abertura oscura en la distancia, como si fuera la luz al final del t¨²nel. Pero entonces, algo hizo que mi coraz¨®n se detuviera por un instante. M¨¢s agua. Por el lado izquierdo, entre los ¨¢rboles, el agua avanzaba en masa como un depredador hambriento. No era la ola principal que nos persegu¨ªa, sino el tsunami que tem¨ªa que se formara del otro lado, que hab¨ªa logrado colarse entre la vegetaci¨®n y ahora se nos ven¨ªa encima arrasando los ¨¢rboles. Si nos alcanzaba, nos arrastrar¨ªa y ser¨ªa nuestro fin. "??Mi puta madre!! ??Tenemos que llegar r¨¢pido!!" Fue entonces cuando vi una peque?a figura brillante flotando en la entrada de la cueva. "??Luciano!!" La voz era de Mirella. La peque?a hada estaba suspendida en el aire con su vestido celeste y su cabello pegado a la cara por el agua. A su lado, flotaba una esfera de luz. Pero su rostro no era el de alguien satisfecho por habernos visto a salvo. Su expresi¨®n era de puro terror. "??Ap¨²rense!! ??R¨¢pido!! ??Corran!!" Grit¨®, sacudiendo sus manitas en el aire. Aya y yo aceleramos lo que nos quedaba de energ¨ªa, pero la corriente del lado izquierdo era m¨¢s r¨¢pida de lo que pens¨¦. Claro, a esta ola no la hab¨ªa detenido ninguna barrera m¨¢gica. No ¨ªbamos a llegar. No si no lo segu¨ªamos intentando. De un momento a otro, vi que el p¨¢nico se apoder¨® de Aya, porque se detuvo y, con una mirada aterrorizada, se desplom¨® en el suelo, ech¨¢ndose hacia atr¨¢s y cubri¨¦ndose el rostro y el torso con sus brazos y con sus colas que se enroscaban instintivamente alrededor de ella. "?Aya, lev¨¢ntate!" Grit¨¦ desesperado, sintiendo c¨®mo mi coraz¨®n se aceleraba al ver su vulnerabilidad. No pod¨ªa permitir que el terror la paralizara. Menos cuando yo le dije que ¨ªbamos a sobrevivir. Al llegar hasta ella, me arrodill¨¦ a su lado y ech¨¦ una ¨²ltima mirada hacia el agua; estaba a tan solo unos diez metros de nosotros. "?Te dije que vamos a sobrevivir!" En un impulso de lucidez, invoqu¨¦ de nuevo mi magia, poniendo las dos manos sobre el suelo. Con un esfuerzo casi sobrehumano, concentr¨¦ mi mente en un ¨²nico prop¨®sito: crear una rampa que cruzara, aunque fuera por encima de nosotros, el tramo final hasta la entrada de la cueva. Visualic¨¦ cada detalle: la pendiente perfecta, la estructura fina, pero compacta. "?Aya, levantate ya!" Devolv¨ª las mangas largas de su yukata y tirone¨¦ de ella, mientras algo parec¨ªa iluminar el lugar que se hab¨ªa vuelto oscuro. Mirella hab¨ªa venido a nuestro lado. "?Vamos, Aya, tienes que moverte!" Aya pareci¨® entrar en raz¨®n cuando cruz¨® una mirada conmigo, aliviando el agarre a su cuerpo. "?Qu¨¦... qu¨¦ pas¨®? ?Y el agua?" Le tom¨¦ de la mano. "?Solo corramos!" La interminable escena se volvi¨® a repetir, solo que esta vez con Mirella a nuestro lado. Sentimos c¨®mo el agua comenzaba a avanzar por encima de la estructura encima nuestro, saliendo por el otro lado. Finalmente lo logramos, llegamos a la maldita cueva sanos y salvos. Mientras cerraba la entrada, escuchamos que la rampa finalmente ced¨ªa ante los ¨¢rboles y dem¨¢s que tra¨ªa el agua. Al menos nos hab¨ªa servido para llegar a destino. No s¨¦ ni cu¨¢ntos metros cerr¨¦ de la cueva, pero creo que era lo suficiente para que nada ni nadie la atravesara. Logr¨¦ esbozar una sonrisa, una sonrisa sincera y de alivio. Por primera vez en lo que parec¨ªa una eternidad, sent¨ª que hab¨ªa hecho algo funcional, que hab¨ªa logrado resistir, aunque fuera brevemente, a las embestidas del desastre. Mirella se apoy¨® en mi hombro mientras flotaba a mi lado, soltando un suspiro largo. "?No puedo creer todo lo que est¨¢ pasando!" "Yo tampoco, Mirella", respond¨ª, tomando un poco de aire, apoyando las manos sobre mis rodillas. "De todos modos, esto no termina ac¨¢. Tengo que ir abajo y cerrar todos los pasadizos subterr¨¢neos o todo esto ser¨¢ en vano si la lava entra a este lugar". "S¨ª... Puede ser, aunque yo fui y todav¨ªa no hab¨ªa nada". "?Y pudiste traer la comida?" "?S¨ª! Me cost¨® mucho, pero s¨ª la traje hasta abajo". "Gracias... Vamos abajo". "Espera", dijo de repente, poniendo las manos delante de ella. "Toma esto". Mirella puso una nueva bola de luz en el aire, ahora flotando sobre m¨ª. "Ah, gracias". "?Voy a avisarle r¨¢pido a tus padres que ya volviste!" "?Y c¨®mo est¨¢ Anya?" "Solo... est¨¢", respondi¨® y desapareci¨® en lo profundo de la enorme cueva. "Vamos, Aya". Cuando empec¨¦ a correr, Aya me sostuvo, agarr¨¢ndome de la mochila. "?Eh? ?Qu¨¦ est¨¢s haciendo? Necesito ir r¨¢pido abajo". Cuando me di la vuelta, vi que algo no estaba bien con su rostro. "Luciano, yo..." "?Aya, en serio, tengo que irme!" Intent¨¦ liberarme, pero ella me sostuvo fuertemente. Aya no me solt¨®. Su agarre, aunque no era solo fuerte f¨ªsicamente, ten¨ªa algo distinto¡­ algo que no me dejaba simplemente apartarla y seguir adelante. ¡°Aya, en serio, no me frenes ahora. ?Necesito ir a cerrar los pasadizos, no tenemos tiempo para nada m¨¢s!¡± Pero ella no respondi¨® de inmediato. Baj¨® la mirada, y su flequillo blanco cubri¨® parte de sus ojos. Su expresi¨®n era dif¨ªcil de leer, pero hab¨ªa algo en su postura, en su respiraci¨®n contenida, que me hizo dar un poco de miedo. ¡°Luciano¡­ yo¡­ vengo de ah¨ª¡±, murmur¨®, se?alando donde ahora estaba cerrada la cueva. Frunc¨ª el ce?o. ¡°?De d¨®nde...? S¨¦ que acabamos de venir de ah¨ª, pero... ?Por qu¨¦ lo dec¨ªs as¨ª?¡± Ella apret¨® un poco m¨¢s los dedos en la piel de serpiente. ¡°Vengo del agua¡±. Parpade¨¦ un par de veces, intentando procesar lo que acababa de decir. This story originates from Royal Road. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there.¡°?Qu¨¦?¡± Aya levant¨® la vista; sus ojos anaranjados reflejaban la luz de la esfera flotante. ¡°Del otro lado del agua¡±, repiti¨®, con una certeza escalofriante en la voz. ¡°Ahora lo recuerdo muy bien¡±. Solt¨¦ un suspiro frustrado. No pod¨ªa estar diciendo estas tonter¨ªas justo ahora. ¡°Aya, no es momento de esto¡±, respond¨ª, intentando soltar su mano de mi mochila. ¡°No me distraigas con cosas sin sentido. Todos se van a morir y va a ser tu culpa¡±. Pero ella no me dej¨® ir. Sus manos me aferraban con m¨¢s fuerza. ¡°No es sin sentido, Luciano¡±, insisti¨®. Respir¨¦ hondo, tratando de no perder la paciencia. ¡°Aya, vos siempre viviste en el santuario dentro de la cueva, ?s¨ª? Tal vez te cuestiones tu pasado, qui¨¦nes son tus padres y todo eso. Podemos charlarlo m¨¢s luego si me es posible. Ahora tengo que irme, lo siento¡±. Solt¨¦ la mochila de mi espalda. ¡°No¡­¡± Su interrupci¨®n fue apenas un murmullo. ¡°No, Luciano¡­ No es eso". Mi cuerpo se tens¨®. Algo en su tono me hizo quedarme quieto a pesar de que ya pod¨ªa irme corriendo, como si una parte de m¨ª supiera que lo que iba a decir a continuaci¨®n no me iba a gustar. Aya respir¨® hondo, como si estuviera reuniendo todo su coraje para hablar. ¡°Yo¡­ Llegu¨¦ a este lugar desde el otro lado del agua¡±. Me qued¨¦ mir¨¢ndola, tratando de entender qu¨¦ carajo quer¨ªa decir. ?El otro lado del agua? ?Acaso¡­ el oc¨¦ano? ¡°Aya, ?qu¨¦ est¨¢s diciendo?¡± Intent¨¦ mantener la calma, pero no ten¨ªa paciencia para esto. Ella tembl¨® levemente y baj¨® a¨²n m¨¢s la cabeza, como si quisiera ocultarse de la realidad que acababa de soltar en voz alta. ¡°Tengo miedo, Luciano¡­¡± Sus dedos se apretaron ahora en la tela de mi ropa. ¡°No quiero que el agua me alcance. No quiero volver a sentirme¡­ perdida¡±. Algo en su voz, en la manera en la que sus orejas estaban gachas y sus colas se mov¨ªan con inquietud, me revolvi¨® el est¨®mago. Era un miedo genuino. Pero, ?c¨®mo mierda iba a ser posible algo as¨ª? No ten¨ªa sentido. No pod¨ªa tenerlo. No hab¨ªa barcos, no hab¨ªa puentes, no hab¨ªa rastro de civilizaci¨®n avanzada; Sariah me lo hab¨ªa dicho. Todo este mundo era primitivo, y Aya hab¨ªa estado en el santuario desde que la conoc¨ª. ?C¨®mo podr¨ªa haber llegado desde el otro lado del agua? Tal vez se confundi¨®, tal vez era un recuerdo falso, tal vez simplemente estaba en shock por todo lo que hab¨ªa pasado con el tsunami. S¨ª. Eso ten¨ªa que ser. Suspir¨¦ y, en vez de apartarla de un tir¨®n como al principio, puse mis manos en sus hombros y la obligu¨¦ a mirarme. ¡°Aya¡­ Escuchame. Ahora no podemos pensar en eso. No importa de d¨®nde viniste ni qu¨¦ pas¨® antes de conocernos. Lo que importa es que est¨¢s ac¨¢, conmigo, con todos. Y te prometo que el agua no te va a hacer da?o, porque yo te voy a proteger, como lo hice hace un momento¡±. Ella levant¨® la mirada; sus ojos estaban un poco empapados de l¨¢grimas. ¡°No voy a dejar que te pase nada¡±, agregu¨¦, con toda la convicci¨®n que me quedaba. Vi c¨®mo sus pupilas temblaban, c¨®mo su respiraci¨®n temblorosa se iba calmando. Tal vez no le hab¨ªa dado todas las respuestas que necesitaba, pero al menos¡­ hab¨ªa logrado que dejara de bloquearse. Sin esperar m¨¢s, la solt¨¦ y gir¨¦ sobre mis talones. ¡°Voy a cerrar los pasadizos. ?Ser¨¢ mejor que me sigas!¡± "S-S¨ª..." Y entonces, me puse a correr, intentando sacar las extra?as palabras de Aya de mi mente. Cuando todo esto pase, voy a volver a tocar el tema. Llegu¨¦ al final y cerr¨¦ el suelo, por donde se escurr¨ªa el agua m¨¢gica, y puse una peque?a pared para que el agua se contuviera all¨ª y pudi¨¦ramos usarla m¨¢s tarde. Al entrar a la sala que funcionaba como el centro de los pasadizos subterr¨¢neos, o sea, el anterior santuario de Aya, pude observar que hab¨ªa mucha gente en el lugar. No solo estaban todos los de mi grupo, sino que tambi¨¦n estaban todos aquellos que asistieron al discurso que hice esta ma?ana, agregando al padre de Tariq. Eso s¨ª, los gnomos no parec¨ªan estar ac¨¢... ?Se habr¨¢n ido al otro lado? Al parecer, el lugar hab¨ªa estado siendo iluminado por una bola de luz est¨¢tica que flotaba en el medio del lugar. "?Esc¨²chenme todos!" Grit¨¦, levantando las manos en el aire. "Me alegro de que todos se encuentren en este lugar que hemos tomado como refugio ante las fatalidades que ocurrieron en nuestra isla. Ahora voy a cerrar todos los pasadizos que nos conectan con el exterior. Solo as¨ª podremos estar a salvo". Sin mediar m¨¢s, me dirig¨ª hacia el primer pasadizo, vi¨¦ndolo de izquierda a derecha, el que llevaba a la cueva de los padres de Tariq. Hubo demasiado murmullo mientras yo avanzaba... Demasiado. Sab¨ªa que si me encontraba con este panorama iba a haber muchos nervios, pero esto era abrumador. Deb¨ªan estar pensando muchas cosas, y seguro que m¨¢s de uno pensaba que todo esto era mi culpa. Pasando por al lado de los hermanos de Tariq, apoy¨¦ mis manos en los bordes de la grieta, cerrando el pasadizo alrededor de siete metros m¨¢s all¨¢ de mi posici¨®n. Pas¨¦ al siguiente: la cueva de mis abuelos, ese lugar que no me tra¨ªa ning¨²n buen recuerdo. Repet¨ª el proceso. Toqu¨¦ la roca, manipul¨¦ su forma y sell¨¦ la entrada con la misma precisi¨®n que el anterior. Otro camino bloqueado por el que no deber¨ªa entrar la lava. El murmullo en la multitud segu¨ªa, pero ahora hab¨ªa un peso diferente en el ambiente. Un miedo latente, una ansiedad compartida. No me atrev¨ªa a mirar a nadie, porque tem¨ªa encontrar reproche en sus rostros. Camin¨¦ hacia el tercer pasadizo, el ¨²ltimo que deb¨ªa cerrar obligadamente en este lugar. El que llevaba a la que era la cueva de la familia de Yume. Pero cuando llegu¨¦ frente a ¨¦l, algo me detuvo. En realidad, no fue algo, sino alguien. "?T¨² no deber¨ªas estar aqu¨ª, maldito! ?Vete fuera, ya que tanto te gusta hacer estupideces!" El que gritaba era Harlan, el cual estaba todo sucio con tierra y sudoroso. "Harlan, por favor... Primero d¨¦jenme ponerlos a todos a salvo y luego hablamos", respond¨ª, rode¨¢ndolo. ¨¦l me dej¨® pasar, pero me segu¨ªa apuntando con el dedo. Grit¨¢ndome al o¨ªdo mientras yo cerraba el pasadizo. "??Crees que te dejaremos pasar esto?! ??Crees que puedes causar un desastre y luego venir como si nada?!" Lo mir¨¦ con la mayor cara de desprecio que pude, mordi¨¦ndome la lengua para no responderle. Si perd¨ªa los estribos ahora, el desenlace podr¨ªa ser fatal. "?Maldito hijo de Rundia!" Me dirig¨ª hacia el pasadizo que daba a la copia de este lugar. All¨ª a un costado estaban sentados mis padres, las gemelas y Tar¨²n rodeando el cuerpo de Anya, que estaba tirada en el suelo. Mirella parec¨ªa haberse ido y Aya acababa de entrar al lugar. "Ah¨ª vengo", dije al aire, pasando por al lado de ellos. Una luz y unos gritos me detuvieron apenas cruc¨¦ el umbral de la entrada al pasadizo. "?Viene el agua!" Grit¨® Mirella, sobrevolando a los amontonados gnomos que estaban siendo liderados por Forn. Al fondo, se ve¨ªan dos personas m¨¢s corriendo... Espera, ?ese era el tipo que estaba del lado del Rey Demonio? "??Corran m¨¢s r¨¢pido, carajo!!" Grit¨¦, agitando una mano para apurarlos. Forn cruz¨® primero con su gente, jadeando, su sombrero verde cubierto de lodo y su rostro m¨¢s p¨¢lido de lo normal. Los gnomos pasaron de largo sin detenerse, refugi¨¢ndose en los rincones de la cueva como ratas buscando un escondite seguro. Mirella tambi¨¦n avanz¨®, pos¨¢ndose sobre el suelo a mi lado. Por un instante, pens¨¦ en dejar a ese tipo afuera. ¨¦l estaba con el Rey Demonio. Era un enemigo, alguien que pudo haberme matado a m¨ª o a mi gente si hubiera tenido la oportunidad. Pero luego vi su estado¡­ No ten¨ªa armas, no parec¨ªa tener intenci¨®n de pelear. Solo era un hombre derrotado, un pobre diablo que hab¨ªa apostado por el bando equivocado, arrastrando a su hijo consigo. Y entonces, me met¨ª dentro. El sonido del agua arrastr¨¢ndose por el pasadizo hac¨ªa un sonido como un eco distante, pero algo en su ritmo me result¨® extra?o. No se mov¨ªa con la misma fuerza que ten¨ªa la de arriba. Supongo que su fuerza habr¨¢ aflojado al recorrer tantos metros. Levant¨¦ las manos hacia mis costados y cerr¨¦ el pasadizo en un solo movimiento. El ¨²ltimo acceso al exterior estaba bloqueado. Ahora est¨¢bamos completamente encerrados. Respir¨¦ hondo, dejando caer mis brazos con pesadez. Al menos est¨¢bamos vivos. Me gir¨¦ hacia mi familia, intentando hacer como si todos los dem¨¢s que nos rodeaban no existieran en este momento. Hab¨ªa cansancio en sus rostros, angustia en sus ojos. Tar¨²n a¨²n estaba arrodillado al lado de Anya, sosteniendo su mano, mientras Rundia se aferraba al brazo de Rin y Luc¨ªa apoyaba la cabeza contra su espalda. Las gemelas ahora estaban paradas, apoyadas contra la pared y tomadas de la mano. Anya todav¨ªa resist¨ªa. "?C¨®mo est¨¢?" Pregunt¨¦, arrodill¨¢ndome junto a Tar¨²n. Rin fue el que respondi¨® primero, con su rostro endurecido por la preocupaci¨®n. "Sigue hablando¡­ pero dice que no se siente bien". Ella estaba p¨¢lida, con la respiraci¨®n entrecortada y su piel cubierta de sudor. Le pas¨¦ una mano por la frente, quit¨¢ndole algunos mechones de cabello pegados por la humedad. Su piel estaba caliente. "Anya..." Murmur¨¦. Sus labios se separaron levemente, y sus ojos se entreabrieron con dificultad. Me mir¨® con una expresi¨®n que me dej¨® un nudo en la garganta. No parec¨ªa tener miedo, no parec¨ªa tener dolor¡­ solo parec¨ªa tener resignaci¨®n. "Luciano¡­" Su voz era apenas un susurro, quebrada y d¨¦bil. Me inclin¨¦ m¨¢s cerca. "Estoy ac¨¢, Anya". Ella trag¨® saliva con esfuerzo. "?Todos¡­ est¨¢n a salvo? ?T¨² est¨¢s bien?" Mis labios se apretaron. Ella no pregunt¨® por s¨ª misma. No le importaba su estado. Lo ¨²nico que le importaba era si los dem¨¢s lo hab¨ªan logrado. No quer¨ªa que Anya me mirara de esa forma, como si estuviera despidi¨¦ndose, como si ya supiera que no hab¨ªa vuelta atr¨¢s. Le pas¨¦ una mano por la cabeza con suavidad, apartando su cabello sudado y enredado de su frente a pesar de que a ella siempre le gustaba usar flequillo. "S¨ª, Anya¡­ Todos est¨¢n a salvo", respond¨ª. "Yo¡­ hice lo que pude", continu¨¦, oblig¨¢ndome a sonre¨ªr. "Levant¨¦ paredes, desvi¨¦ la lava, intent¨¦ que nada llegara hasta ac¨¢¡­ y funcion¨®. Estamos a salvo porque no nos rendimos... Lo hicimos por vos". Anya suspir¨®, una exhalaci¨®n larga y temblorosa. Cerr¨® los ojos por un momento, como si estuviera procesando mis palabras, como si estuviera asegur¨¢ndose de que no le ment¨ªa. Luego, sus labios se curvaron en una peque?a sonrisa. "Siempre fuiste fuerte, Luciano¡­ Siempre". Fuerte... "Gracias¡­ por protegernos", susurr¨® Anya. Mi garganta se cerr¨® de golpe. No quer¨ªa o¨ªrla hablar as¨ª. No quer¨ªa que me agradeciera como si fuera su ¨²ltima conversaci¨®n conmigo. "No, Anya. No me digas esas cosas..." Mis ojos se desviaron un instante y entonces los vi: Tariq estaba sentado al costado de todos nosotros, apoyado contra la pared, con el rostro oculto entre sus manos. A su lado, Yume y Kiran lo abrazaban con fuerza, como si intentaran sostenerlo, pero ¨¦l no reaccionaba. No pod¨ªa evitar notar que el ambiente estaba cargado de emociones, y yo estaba metido en medio de todos ellos. Sent¨ªa el peso del cansancio en mis huesos, la presi¨®n de todo lo que hab¨ªa hecho y de todo lo que a¨²n ten¨ªa que hacer. Pero, sobre todo, sent¨ªa la impotencia de ver a Anya en ese estado. Su sonrisa era un hilo fr¨¢gil que intentaba sostener lo inevitable. Cuando me levant¨¦ y quise intentar acercarme a Tariq, fui interrumpido por un sonido fuerte de pasos descalzos apresurados y furiosos. "?T¨²!" Me gir¨¦ justo a tiempo para ver a un hombre mayor avanzar a toda velocidad hacia m¨ª. Era el padre de Tariq. Su rostro estaba rojo de ira, su respiraci¨®n agitada, y sus ojos negros, inyectados en sangre, me miraban con un odio puro. "?Todo esto es tu culpa, maldito!" Grit¨®, se?al¨¢ndome con un dedo acusador al igual que Harlan, que ahora miraba desde el lado opuesto a nosotros. No tuve tiempo de responder antes de que me empujara levemente. El golpe no me tir¨®, pero me hizo tambalear, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba en mi cara de nuevo. "?A ti se te ocurri¨® matar al Rey Demonio! ?A ti se te ocurri¨® desafiarlo sin pensar en lo que pasar¨ªa despu¨¦s! ??Y ahora qu¨¦?! ??Qu¨¦ vamos a hacer?! ?Nuestro lugar est¨¢ destruido, nuestras cuevas ya no son nuestro hogar y mi hijo¡­!" Su voz se quebr¨® al decirlo. Tariq ni siquiera reaccion¨®. Segu¨ªa ah¨ª, con la cara enterrada en sus manos, ignorando todo el caos que nos rodeaba. "Yo no caus¨¦ esto. Que les quede claro a todos". "?No mientas! ?T¨² causaste todo esto, ni?o!" Ahora me golpeaba en el pecho con ambas manos, empuj¨¢ndome con rabia. Apret¨¦ los dientes, intentando controlar mi propio temperamento. Yo sab¨ªa que estaba enojado, que necesitaba descargar su frustraci¨®n en alguien. Pero yo tambi¨¦n estaba al borde del colapso, y sus golpes estaban encendiendo una chispa en mi interior que no quer¨ªa soltar todav¨ªa. "?Si no hubieras hecho nada, seguir¨ªamos tranquilos! ?Si hubieras dejado las cosas como estaban, nada de esto habr¨ªa pasado!" Finalmente, me empuj¨® con tanta fuerza que casi caigo al suelo, pero justo Mirella lleg¨® a sostenerme un poco de la espalda y pude estabilizarme. En ese momento fue cuando Rin se interpuso, devolvi¨¦ndole sus empujones. "?No le gritar¨¢s as¨ª a mi hijo!" El padre de Tariq lo mir¨® como si quisiera matarlo. "??Acaso quieres pelear?!" Antes de que Rin pudiera contestarle, Fausto se acerc¨® r¨¢pidamente, sujetando el cuerpo del hombre mayor. "?R¨®mulo, no digas esas cosas! ??No ves c¨®mo est¨¢ Anya?!" Por suerte, tambi¨¦n Ayla pudo llegar a separar y Aya se acerc¨® a ver qu¨¦ pasaba. "Todos est¨¢n muy nerviosos", susurr¨® Mirella. "S¨ª..." Por un momento, mi mirada se desvi¨® hacia el tipo que hab¨ªa perdido la mano izquierda. ¨¦l estaba junto a su hijo, parados al lado de Dana y sus dos ni?os. Se notaba claramente que no lo miraban con buena cara. Despu¨¦s preguntar¨¦ por sus nombres e intentar¨¦ cruzar alguna palabra con ellos. Me gustar¨ªa saber si sus maldiciones se fueron junto con el Rey Demonio. Me acerqu¨¦ a Rin, que estaba hablando algo con Aya. "Gracias, pap¨¢. Voy a intentar no causarles m¨¢s problemas de los que ya tenemos". "Est¨¢ bien, Luciano¡­ Dej¨¦moslo as¨ª". Era lo m¨¢s cercano a una buena respuesta que iba a recibir en este momento, as¨ª que simplemente asent¨ª. Pero entonces, Mirella tirone¨® de mi pelo con insistencia. "Ups... Te arranqu¨¦ uno sin querer". En su mano extendida sosten¨ªa mi pelo casta?o, como si quisiera devolv¨¦rmelo. "No pasa nada. Decime qu¨¦ quer¨ªas". Ella lo tir¨® al suelo. "Estaba por preguntarte qu¨¦ vamos a hacer con eso", respondi¨®, se?alando hacia un costado. Gir¨¦ la cabeza hacia donde se?alaba y sent¨ª que era algo demasiado importante como para no haberlo visto antes. En el centro de la sala, justo en medio de toda la tensi¨®n, estaba el balde que Mirella hab¨ªa llenado con la comida que yo le mand¨¦ a rescatar. Y, por supuesto, no ¨ªbamos a tenerlo f¨¢cilmente, ya que estaba siendo custodiado por Harlan. Me llev¨¦ una mano a la cara y apret¨¦ los dientes. "Mierda¡­" Ese viejo decr¨¦pito siempre me odi¨®, y me sigue odiando. Ahora encima parec¨ªa querer tener el control sobre algo tan vital como la comida. Esto no iba a ser f¨¢cil. A todo esto, los gnomos se estaban reuniendo junto a Forn en lo que era la ¨²nica salida del lugar, por la que nosotros entramos. Ya se habr¨¢ enterado de que vencimos al minotauro, ?no? Mirella lade¨® la cabeza. "?Vas a hablar con ¨¦l o nos llevamos el balde y salimos corriendo?" Solt¨¦ un suspiro pesado. "?Y hacia d¨®nde saldr¨ªamos corriendo?" "No lo s¨¦". "Si pudi¨¦ramos simplemente sac¨¢rselo sin problemas, lo har¨ªa. Pero si no intento tener un buen trato ahora, va a ser peor despu¨¦s. Ya viste c¨®mo se puso antes". Harlan estaba sentado sobre el suelo, con una pierna cruzada sobre la otra, las manos sobre las rodillas y la mirada afilada como un halc¨®n. Al parecer, ya se hab¨ªa dado cuenta de que lo est¨¢bamos mirando, porque levant¨® la barbilla con arrogancia. "?Qu¨¦ pasa ahora?" Pregunt¨®. "?Te interesa lo que hay en esta cosa?" Sent¨ª c¨®mo Mirella se tensaba a mi lado. "Esa cosa se llama balde, y yo lo hice". "?Y qu¨¦ piensas hacer?" "?En serio vas a intentar negociar por algo que no es tuyo?" Empec¨¦ a acercarme a ¨¦l. "Tu hada no especific¨® para qui¨¦n era la comida cuando la trajo aqu¨ª. Simplemente la dej¨® y se fue a buscarte. As¨ª que ahora estamos hablando de comida compartida. Y con el estado en el que estamos todos¡­ creo que puedo decidir c¨®mo repartirla". Era incre¨ªble lo mucho que quer¨ªa romperle los dientes a ese viejo. Mirella buf¨®. "?Harlan tonto y... y...! ?Luciano, dile algo!" Respir¨¦ hondo, buscando paciencia. Pero antes de que pudiera hablar, Mirella volvi¨® a se?alar el balde. "Por cierto, Harlan y Ayla tambi¨¦n trajeron algunos conejos y una iguana muerta desde su cueva. As¨ª que al menos hay m¨¢s comida que antes". "Est¨¢ bien. Gracias por avisar". Al acercarme, mir¨¦ dentro del balde. Efectivamente, adem¨¢s de la comida que Mirella podr¨ªa haber cargado con su limitada fuerza, hab¨ªa algunas piezas de carne fresca. Bien. Al menos ten¨ªamos con qu¨¦ negociar. "Est¨¢ bien, hablemos. La comida se repartir¨¢ en partes iguales para todos. Adem¨¢s de eso, quiero que sepas que los seres m¨¢gicos no necesitan comer", dije en voz alta, para que los dem¨¢s tambi¨¦n escucharan. "?Entonces t¨² no comes?" "Yo s¨ª, pero Mirella, Aya, Forn y... Bueno, los otros gnomos no s¨¦ si comen". "S¨ª comen... Comen hojas", respondi¨® Forn de la nada. ?Herb¨ªvoros? Esto iba a ser un dolor de cabeza. "Bueno, ya intentaremos ver c¨®mo solucionar eso. Lo primero que debemos hacer es repartir la comida. Yo no pretendo qued¨¢rmela, ni nada de eso". "Ya veo..." Murmur¨® Harlan, poni¨¦ndose de pie. "Yo quiero la carne". "Primero veamos qu¨¦ tenemos", dije y tir¨¦ todo el contenido del balde al suelo. Como dijo Mirella, hab¨ªa tres conejos y una iguana como carnes rojas. Luego ten¨ªamos un pescado... No s¨¦ por qu¨¦, pero en ese momento record¨¦ a Fufi... No est¨¢ ac¨¢, pero espero que haya logrado refugiarse en alg¨²n lado. Hab¨ªa cuatro tomates, dos papayas, una pi?a y tres na?as. "Esas na?as las recog¨ª luego de venir aqu¨ª", acot¨® Mirella. "?Na?as?" Se pregunt¨® Harlan. "S¨ª, estas frutas verdes", respond¨ª, recogiendo una. "Nunca hab¨ªa visto una..." "Ah..." Si no hubiera sido por Mirella, creo que nadie las hubiese encontrado. Si a todo esto le sumamos la manzana que qued¨® en mi mochila, creo que apenas tenemos para sobrevivir este d¨ªa, agradeciendo que ya son alrededor de las seis de la tarde, y con una comida bastar¨ªa antes de irnos a dormir. Aunque claro, si descontamos a Anya, a los gnomos y los dos que estaban malditos, nos encontramos con que hay que alimentar veinti¨²n bocas... Espera... ?Por qu¨¦ estaba pensando en no darle de comer a Anya? Era absurdo. Era cruel. Y, sin embargo, la idea hab¨ªa surgido, retorci¨¦ndose en mi cabeza como una serpiente venenosa. Cap铆tulo 56: Quiero vivir mè°©s. Mi mirada se qued¨® clavada en la comida desparramada en el suelo, pero mi mente estaba en otra parte. Algo se hab¨ªa encendido en mi interior, una inquietud que no pod¨ªa ignorar. Anya¡­ Mi cuerpo se tens¨®, mis manos se cerraron en pu?os. ?Por qu¨¦ estaba pensando en no darle comida? Era absurdo. Era cruel. Y, sin embargo, la idea segu¨ªa ah¨ª, retorci¨¦ndose en mi cabeza como una serpiente venenosa. Porque, en el fondo, lo sab¨ªa. Anya no iba a necesitar la comida. Mi cerebro trataba de aferrarse a una esperanza, a una idea est¨²pida de que el agua m¨¢gica la hab¨ªa sanado, pero¡­ ?De qu¨¦ forma? No ten¨ªa nada del ombligo para abajo. Su sistema excretor y parte del digestivo deb¨ªan de estar arruinados, destruidos, casi inexistentes. Incluso si la alimentaba, ?qu¨¦ iba a pasar? ?A d¨®nde ir¨ªa la comida? Un mareo me golpe¨® de repente. Mi cabeza lat¨ªa, mi visi¨®n se desenfoc¨® por un instante. No pod¨ªa decir esto en voz alta. No ahora, no ac¨¢. Si les dec¨ªa esto, si les dec¨ªa que no ten¨ªa mucho sentido darle de comer a Anya, que su cuerpo no ten¨ªa c¨®mo procesar los alimentos, que solo est¨¢bamos prolongando lo inevitable¡­ ?C¨®mo reaccionar¨ªan? Mirella segu¨ªa flotando a mi lado, observ¨¢ndome con atenci¨®n. Aya, en silencio, estaba un poco m¨¢s atr¨¢s. Tar¨²n a¨²n no levantaba la cabeza de al lado de Anya, y mis padres¡­ Mierda, mi familia est¨¢ ac¨¢ atrapada conmigo. Debo... Debo mantenerme centrado y no caer en el lado inhumano, que es lo que este mundo quiere que haga en este momento. Le dar¨¦ la comida a Anya y punto. Aunque sea solo un trozo peque?o. Me qued¨¦ mirando la comida esparcida en el suelo de nuevo. La cantidad era rid¨ªcula. No pod¨ªa creerlo todav¨ªa. Veintid¨®s personas. Veintid¨®s bocas. Y esto es todo lo que tenemos. ?Cu¨¢nto tiempo vamos a estar encerrados ac¨¢? No pod¨ªa saberlo con exactitud ahora. Afuera, todo era un desastre. Lava, fuego, agua... La isla entera podr¨ªa estar en ruinas, y yo ni siquiera ten¨ªa la certeza de que podr¨ªamos salir ma?ana. Me pas¨¦ la lengua por los labios resecos. Todo esto era una locura. Mi mente no paraba de calcular, de hacer cuentas, de imaginar escenarios en los que todos sobreviv¨ªamos¡­ y en los que no. Respir¨¦ hondo y mir¨¦ el balde de madera que segu¨ªa en el suelo, vac¨ªo. "Voy a desarmarlo", exclam¨¦ en voz alta. Obviamente, no esperaba respuestas ni objeciones, as¨ª que simplemente coloqu¨¦ ambas manos sobre la superficie. Us¨¦ mi magia para deshacer la forma del balde, separando las tablas de madera y transform¨¢ndolas en una pila de palos delgados, casi todos del mismo tama?o. Harlan me mir¨® con desconfianza. Creo que nunca hab¨ªa visto tan de cerca el uso de mi magia. "Tom¨¢", le dije, empujando la madera hacia ¨¦l. Luego, coloqu¨¦ las manos en el suelo y gener¨¦ algunas piedras planas y gruesas. "Vas a encargarte de hacer una fogata". El viejo frunci¨® el ce?o. "Pero todav¨ªa no repartimos la comida... Yo quiero la carne". "Ya entend¨ª eso. Acab¨¢s de decirlo hace un momento". "?Pero vamos a repartirla o no?" "Obvio que s¨ª. Primero hac¨¦ la fogata y despu¨¦s repartimos". No le di oportunidad de discutir m¨¢s. Me levant¨¦ y me alej¨¦, ignorando su mirada penetrante y la llegada de Ayla. Ahora ten¨ªa otra cosa en mente. Algo que har¨ªa un poco menos sofocante este lugar. Camin¨¦ hasta la pared opuesta al pasadizo que llevaba a la cueva de la familia de Fausto. Me acerqu¨¦ y apoy¨¦ las palmas contra la roca fr¨ªa. La estructura de este refugio era un ortoedro, con paredes definidas, un suelo liso y un techo lo suficientemente alto como para no sentirnos asfixiados tan r¨¢pido, pero a¨²n no era suficiente. Visualic¨¦ los espacios en mi mente mientras avanzaba, moldeando la piedra hacia todas las direcciones opuestas. Cuatro habitaciones. Cuadradas. Sin puertas, pero con entradas amplias para que la gente pudiera moverse con facilidad. No sab¨ªa cu¨¢nto tiempo estar¨ªamos encerrados, pero necesit¨¢bamos un poco de privacidad. Un m¨ªnimo de orden. Poco a poco, la pared se expandi¨® hacia atr¨¢s, abri¨¦ndose como si la estuviera tallando desde dentro. Cuatro habitaciones surgieron, con bordes rectos y paredes lisas. No eran demasiado grandes, pero servir¨ªan para dividir a la gente y darle un poco de estructura a este encierro. Cuando termin¨¦, dej¨¦ escapar un suspiro cansado y me apoy¨¦ contra la ¨²ltima pared. Mirella segu¨ªa a mi lado, sin decir nada. Un murmullo recorri¨® la cueva desde lo lejos. Algunos me observaban con atenci¨®n, otros parec¨ªan m¨¢s preocupados por la comida y la mayor¨ªa simplemente exist¨ªa. "?Te sientes bien, Luciano?" Pregunt¨® Mirella con un matiz de preocupaci¨®n que no me gust¨® nada. Me separ¨¦ de la pared para mirarla mejor. Su expresi¨®n era seria, algo raro en ella. "M¨¢s o menos... ?Por qu¨¦?" Mirella dud¨® un momento, y luego, inclin¨® la cabeza hacia un lado, se?alando mi cabeza con la mirada. "?No notaste nada raro en tu cabello?" Mi coraz¨®n dio un vuelco mientras frunc¨ªa el ce?o. "?Mi pelo?" "S¨ª, tu pelo". "A ver..." Llev¨¦ una mano autom¨¢ticamente a la parte superior de mi cabeza y pas¨¦ los dedos entre mis mechones casta?os. En cuanto hice contacto, algo extra?o pas¨®. Sent¨ª que el cabello se desprend¨ªa con demasiada facilidad, como si no estuviera bien sujeto al cuero cabelludo. Apart¨¦ la mano r¨¢pidamente y mir¨¦ mi palma; hab¨ªa varios mechones de cabello enredados entre mis dedos. Unos veinte. ?Qu¨¦ carajos¡­? ?Esto me estaba pasando a m¨ª? ?En serio? Tragu¨¦ saliva, tir¨¦ los pelos al suelo y volv¨ª a pasar la mano, esta vez con m¨¢s fuerza. M¨¢s cabello se desprendi¨®, cayendo en mechones sobre mi hombro y mi espalda, encaj¨¢ndose en la ropa. Mis pulmones se apretaron del susto y mi mente entr¨® en p¨¢nico por un instante. "No. No. No". Esto no pod¨ªa ser normal... ?Acaso estoy enfermo? ?Tengo alguna enfermedad rara en este mundo? Ac¨¢ no ten¨ªa referencias m¨¦dicas. No hab¨ªa hospitales, ni an¨¢lisis de sangre, ni especialistas. Si me estaba pasando algo grave¡­ estaba muerto, porque ya sab¨ªa que el agua m¨¢gica no hac¨ªa crecer el pelo. Trat¨¦ de mantener la calma, pero mi respiraci¨®n se aceler¨® m¨¢s de lo pensado. Mirella se acerc¨® m¨¢s, mir¨¢ndome con ojos grandes y preocupados. "Luciano¡­" Murmur¨®, como si temiera mi reacci¨®n. "Esto¡­ esto no puede ser normal, ?no?" Ella neg¨® un poco con la cabeza, mordiendo su labio. "N-No lo s¨¦". Mi mente iba a mil por hora para intentar descubrir el motivo de lo absurdo de la situaci¨®n. ?Qu¨¦ pod¨ªa estar causando esto? No me sent¨ªa tan mal f¨ªsicamente, no ten¨ªa fiebre ni mareos, ni nada raro, pero la ca¨ªda de cabello era demasiado repentina, demasiado agresiva. Ni siquiera quer¨ªa tocar mi cuero cabelludo de vuelta para no quitar m¨¢s. Respir¨¦ hondo, tratando de ordenar mis pensamientos. No era momento de entrar en p¨¢nico y alertar a los dem¨¢s justo en este momento. Ten¨ªa que ser racional. A ver¡­ Pod¨ªa ser por estr¨¦s. Era una posibilidad real, aunque demasiado inmediata en tiempo como para considerarla... A pesar de eso, mi cuerpo estaba bajo una presi¨®n rid¨ªcula. El discurso, el asesinato del Rey Demonio, la erupci¨®n, Anya, el tsunami, el hambre, la tensi¨®n de estar atrapado en esta cueva con m¨¢s de veinte personas dependiendo de m¨ª¡­ todo eso y mucho m¨¢s pod¨ªa estar afect¨¢ndome de formas que no entend¨ªa. S¨ª. Eso deb¨ªa ser. Simplemente debo no tocarlo mucho y esperar unos d¨ªas cuando todo esto pase. "Luciano, ?crees que deber¨ªamos avisarle a Aya o a Forn?" "Esperemos unos d¨ªas y veamos c¨®mo sigue esto. No nos apresuremos todav¨ªa". "Ya... Solo creo que es algo muy raro". Mirella tambi¨¦n se empez¨® a tocar el cabello. Claramente no se le sal¨ªa ninguno. Para colmo, entre los tantos marcos de puertas, vi que Aya estaba viniendo hacia ac¨¢. Me pas¨¦ las dos manos por la cara, como para despejarme, intentando controlar mi respiraci¨®n. De un momento a otro, sent¨ª un leve cosquilleo en la nariz. Un picor molesto, como si algo diminuto se hubiera posado ah¨ª. Me rasqu¨¦ con el dorso de la mano sin pensarlo demasiado y baj¨¦ la mirada; hab¨ªa un par de pelitos peque?os en mi mano. Mi cuerpo entero se qued¨® quieto por unos segundos, el coraz¨®n lati¨¦ndome fuerte en los o¨ªdos. No. No, no, no. Esto no estaba bien. ?Esto no estaba malditamente bien! Abr¨ª la mano con cautela, viendo que all¨ª tambi¨¦n hab¨ªa m¨¢s. No eran cabellos largos como los de mi cabeza. Eran cortos, m¨¢s finos y negros. Con un impulso casi desesperado, me pas¨¦ la mano por la cara, recorriendo mis mejillas, mi frente, mi barbilla. Luego, volv¨ª a mirar mis manos. M¨¢s pelitos. Sent¨ª un escalofr¨ªo recorri¨¦ndome la espalda al darme cuenta de d¨®nde ven¨ªan. Volv¨ª a hacer el mismo gesto, esta vez m¨¢s r¨¢pido, m¨¢s ansioso. No pod¨ªa ser... Volv¨ª a mirar mis dedos. M¨¢s. Hab¨ªa m¨¢s. Me estaba quedando sin cejas. Mir¨¦ bruscamente a Mirella, quien todav¨ªa me observaba con el ce?o fruncido. "?Tengo cejas?" Pregunt¨¦, con una voz un poco m¨¢s tensa de lo que quer¨ªa aparentar. Mirella parpade¨®, confundida por la pregunta. "?Qu¨¦? ?C¨®mo que si tienes cejas?" "?Decime si sigo teniendo cejas!" Insist¨ª, inclin¨¢ndome hacia ella. Su expresi¨®n pas¨® de confusi¨®n a seriedad en un instante. Vol¨® m¨¢s cerca de mi rostro, sus ojos verdes recorri¨¦ndome con intensidad. Se qued¨® en silencio. Eso no era una buena se?al. Aya apur¨® el paso al ver que algo no estaba bien. "?Mirella...?" Llam¨¦, con un nudo form¨¢ndose en mi est¨®mago. Ella trag¨® saliva; pude notarlo. "Se est¨¢n¡­ achicando un poquito", murmur¨®, sin querer decirlo en voz alta. "Como¡­ como si estuvieran desapareciendo". "?Todo bien, chicos?" Me tap¨¦ de inmediato la frente con las dos manos. "N-No... No pasa nada, Aya. Solo est¨¢bamos hablando de que... ?Ah, s¨ª! Me acord¨¦ de que todav¨ªa ten¨ªa una manzana en mi mochila". Re¨ª nerviosamente mientras pasaba a su lado. "?Ya vuelvo! ?Mirella, vos ayud¨¢ a ir haciendo el fuego!" Empec¨¦ a correr por los intentos de habitaciones, tomando luego el camino hacia la gran cueva. Corr¨ª sin un plan claro en mente m¨¢s que alejarme de los dem¨¢s antes de que notaran lo que estaba pasando. Mi respiraci¨®n estaba agitada, no solo por el esfuerzo f¨ªsico, sino por la maldita sensaci¨®n de urgencia que me apretaba el pecho. Esto era rid¨ªculo. No ten¨ªa sentido. El estr¨¦s no te deja sin cejas en cuesti¨®n de minutos. En realidad, ni siquiera se me deber¨ªan caer las cejas, por m¨¢s que estuviera estresado. Algo estaba mal. Algo estaba muy, muy mal. Pero¡­ ?qu¨¦ carajo pod¨ªa ser? ?Acaso una maldici¨®n? ?Una enfermedad rara? ?Alg¨²n efecto secundario por usar tanta magia? No ten¨ªa ninguna explicaci¨®n l¨®gica, y eso era lo peor. Mi cuerpo estaba cambiando frente a mis ojos y ni siquiera entend¨ªa por qu¨¦.The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. La luz de Mirella a¨²n me segu¨ªa, proyectando frente a m¨ª mi sombra alargada. Y entonces, sin previo aviso, mi pierna derecha se dobl¨® bajo mi peso. La fatiga me golpe¨® de un momento a otro. Todo mi cuerpo sinti¨® el baj¨®n de energ¨ªa en un solo instante. Mis m¨²sculos parec¨ªan haberse vuelto de gelatina y, sin poder hacer nada para evitarlo, ca¨ª de frente. El impacto no fue tan fuerte como esperaba, porque logr¨¦ apoyar un poco las manos y termin¨¦ aterrizando sobre un charco de agua m¨¢gica. El fr¨ªo l¨ªquido me moj¨® la ropa y los brazos mientras mis manos chapotearon sobre la superficie. Jade¨¦, qued¨¢ndome quieto unos segundos, sintiendo la humedad empap¨¢ndome la ropa. El agua se movi¨® bajo m¨ª, creando ondas que distorsionaban la imagen reflejada en ella. Y entonces lo vi. Ah¨ª estaba mi reflejo. O lo que se supon¨ªa que era mi reflejo. Mi rostro estaba¡­ raro. Distinto. No era solo la falta de cejas ni los mechones de cabello que todav¨ªa ca¨ªan al agua como hojas muertas. Era mi expresi¨®n, mis rasgos¡­ Todo de pronto se ve¨ªa extra?o. Me enderec¨¦ un poco, apoyando las manos sobre mis rodillas, y me inclin¨¦ m¨¢s hacia el agua. Mi propio reflejo me devolv¨ªa la mirada con unos ojos que parec¨ªan los m¨ªos, pero no del todo. Como si fueran los de un desconocido. No me reconoc¨ªa. Hace m¨¢s de diez a?os que estaba en este mundo y casi nunca hab¨ªa visto mi cara en detalle. No hab¨ªa espejos, solo el agua quieta del arroyo y la del mar, y nunca me hab¨ªa fijado tanto. Pero ahora, vi¨¦ndome tan de cerca¡­ tan de frente¡­ ?Siempre hab¨ªa sido as¨ª? ?O era porque estaba en plena etapa de crecimiento? ?Qu¨¦ tan bien recordaba mi propio rostro? En mi vida pasada, me hab¨ªa mirado al espejo todos los d¨ªas. Me conoc¨ªa bien. Sab¨ªa c¨®mo era cada l¨ªnea de mi cara, cada marca, cada imperfecci¨®n. Pero en este mundo¡­ Nunca me detuve a memorizarme, y no s¨¦ por qu¨¦ me siento tan mal al pensar en ello ahora. Y ahora, con el cabello cay¨¦ndose y la piel p¨¢lida por el reflejo del agua m¨¢gica, la imagen que ten¨ªa frente a m¨ª parec¨ªa la de otra persona. Me arrastr¨¦ hasta apoyarme contra la pared rocosa de la cueva, quit¨¢ndome la remera mojada por un momento para poder estrujarla lo m¨¢s posible. Por un momento mir¨¦ la pulsera de oro que ya hasta hab¨ªa olvidado que llevaba puesta. Si esto fuera una maldici¨®n que me impuso el Rey Demonio justo cuando roz¨® mi piel antes de morir, significar¨ªa que esta pulsera no sirvi¨® para una mierda. Aun as¨ª, que esto fuera una maldici¨®n har¨ªa todav¨ªa m¨¢s absurda la situaci¨®n, porque no tendr¨ªa sentido que ¨¦l decidiera imponerme algo as¨ª. No s¨¦... Yo imaginaba que la maldici¨®n iba a ser sellar mi alma, como lo hab¨ªa hecho con los dem¨¢s. ?Y si me maldijo con una enfermedad degenerativa? Eso tendr¨ªa m¨¢s sentido, y es lo que m¨¢s me asusta, porque si me voy muriendo poco a poco, significar¨ªa que cuando llegue junto a Sariah, no podr¨ªa volver tanto el tiempo atr¨¢s, ?no? O al menos me costar¨ªa demasiado caro. Mierda... Todo esto es una locura, una absoluta mierda. ?Y qu¨¦ m¨¢s puedo hacer? No queda otra que seguir luchando... ?Hasta cu¨¢ndo? Aunque siempre est¨¢ esa opci¨®n, esa que la acompa?a una palabra demasiado horrible como para decirla en voz alta. El suicidio. No deb¨ªa ni quer¨ªa pensar en eso. De hecho, me parec¨ªa repugnante. Pero la opci¨®n siempre estaba ah¨ª, presente, como si me dijera: "vamos, solo ten¨¦s que apretar el bot¨®n de reset y volverlo a hacer mejor". ?Acaso deb¨ªa siquiera considerarlo como una posibilidad a seguir ahora o en un futuro? El morir y volver en el tiempo me hizo pasar por sentimientos horribles que nunca antes pod¨ªa haber imaginado, y realmente no quer¨ªa volver a pasar por eso. Pero me aterra el pensar que, en alg¨²n momento de desesperaci¨®n, termine haci¨¦ndolo, y tal vez ese momento no estaba muy lejos. De todos modos, volver en el tiempo no me asegura que las cosas saldr¨¢n bien o como yo quiero, porque si cambio la l¨ªnea temporal, por as¨ª decirlo, es posible que otros se vean afectados... ?Y qu¨¦ se deber¨ªa hacer en ese momento? ?Lamentarse y seguir o volver a intentarlo y seguir perdiendo partes del cuerpo...? Estruj¨¦ m¨¢s fuerte que nunca la remera al pensar en esa situaci¨®n tan terrible. Yo no era as¨ª, no era alguien que se rend¨ªa f¨¢cilmente. Yo soy alguien que quiere vivir m¨¢s, no quitarse la vida. Debo hacer que Forn lea mi cuerpo, una vez m¨¢s. Solo as¨ª podr¨¦ confirmar que estoy maldito, porque s¨¦ que ¨¦l de alguna manera va a saberlo, como supo que yo ten¨ªa dos contratos en su momento. Me vest¨ª y me levant¨¦ como pude, bebiendo un poco de agua m¨¢gica a la pasada, y me fui al final del camino, recogiendo mi mochila. Me pregunto por qu¨¦ no me la traje antes o por qu¨¦ Aya no me la alcanz¨®... Todo culpa de esas cosas raras que ella estaba diciendo, ?c¨®mo va a venir del otro lado del oc¨¦ano? No s¨¦ por qu¨¦ el imaginarme la situaci¨®n me caus¨® un poco de gracia... Espera, ?y si vino poniendo barreras en horizontal y caminando sobre ellas? Intent¨¦ imagin¨¢rmelo con m¨¢s precisi¨®n. Si ella era capaz de crear plataformas de energ¨ªa en el aire y mantener peso sobre ellas, en teor¨ªa podr¨ªa hacer lo mismo sobre el agua, ?no? Tal vez incluso crear una especie de pasarela de barreras mientras avanzaba. Como si construyera un puente sobre la marcha, haciendo desaparecer las barreras por las que ya pas¨® para poner unas nuevas. Si eso era posible¡­ ?Podr¨ªa usarlo para salir de la isla? Me rasqu¨¦ la cabeza, olvidando por un segundo que pod¨ªa estar qued¨¢ndome calvo. T¨¦cnicamente, las barreras de Aya eran s¨®lidas, pod¨ªan resistir golpes y mantenerse firmes en el aire¡­ Entonces, si extend¨ªa su uso de manera estrat¨¦gica, podr¨ªamos cruzar grandes distancias sin tocar el agua. Aun as¨ª, hab¨ªa algo que no coincid¨ªa con su forma de decirlo. Aya ahora parec¨ªa estar traumatizada con el mar o el agua. Si era tan f¨¢cil cruzarla, ?por qu¨¦ asustarse? Todav¨ªa no lo sab¨ªa. En teor¨ªa, podr¨ªa funcionar lo que pienso, pero en la pr¨¢ctica¡­ imposible. No pod¨ªa pedirle algo as¨ª. No despu¨¦s de lo que hab¨ªa pasado y me hab¨ªa dicho. Agotado, termin¨¦ llegando de nuevo a la sala principal. El olor a humo pod¨ªa olerse claramente hasta antes de entrar. Harlan y Mirella hab¨ªan trabajado en conjunto para encender la fogata. Aunque bueno, deber¨ªa ayudarles, porque si el viejo solo usa las manos para quitar la piel, vamos a terminar perdiendo parte del animal. Me arrodill¨¦ a su lado, dejando la manzana con las dem¨¢s y tomando una de las patas del conejo. "Harlan, ah¨ª lo hago yo a eso". ¨¦l empez¨® a forcejear. Pude notar que sus u?as estaban largas y sucias. "T¨² eres un ni?o, as¨ª que no te metas en los asuntos de los adultos. Ve a acomodar las frutas o qu¨¦date en tus tonter¨ªas de magia". En ese poco tiempo que estuvo hablando, ya hab¨ªa despegado la piel y hecho los cortes necesarios para quitarla f¨¢cilmente. "?Ah, s¨ª?" Respond¨ª, tironeando la piel desde la pata y quit¨¢ndola por completo, dejando la carne y los huesos del animal al descubierto. Mirella aplaudi¨® por un corto momento. "?Eh? ?Qu¨¦ pas¨®?" "Tonter¨ªas de magia". Harlan se me qued¨® mirando con la boca un poco abierta mientras yo extra¨ªa los huesos, enterr¨¢ndolos bajo el suelo. No s¨¦ por qu¨¦, pero despu¨¦s de eso, ¨¦l simplemente se levant¨® y se retir¨®, yendo hacia donde estaban R¨®mulo y Yara. "Mirella, ?podr¨ªas ir y poner una bola de luz en cada una de las habitaciones que cre¨¦?" Pregunt¨¦ mientras segu¨ªa con los dem¨¢s animales muertos. "Claro que s¨ª. Ya vuelvo". Ella vol¨® por encima de mi cabeza y se fue. Aunque no me qued¨¦ solo, porque al ver a Mirella irse, vi que Aya estaba parada detr¨¢s de m¨ª. "Ah, hola". "?Te sientes bien?" "S¨ª... ?Por qu¨¦?" Aya me mir¨® fijamente, como si estuviera tratando de leer algo en mi expresi¨®n. Sus orejas blancas se movieron levemente, como si estuviera detectando se?ales invisibles en el aire. "Tu olor cambi¨®", dijo en un tono bajo. "No es malo¡­ pero es diferente". Devolv¨ª la vista hacia lo que estaba haciendo. Ya quedaba poco. "Ah, es que me ca¨ª y me moj¨¦ la ropa". "No hablo de eso... Hablo de lo que t¨² ya sabes". "Ya..." Empec¨¦ a moldear la poca madera sobrante en palos para clavar en la carne. "Luciano. Si algo te preocupa, puedes dec¨ªrmelo". "Hay un mont¨®n de cosas que me preocupan, pero no puedo perder tiempo ahora", respond¨ª, dividiendo la carne en cubos. "S¨ª, te entiendo... Voy a ver a Anya". Mirella regres¨® poco despu¨¦s, flotando con una sonrisa satisfecha. "?Ya puse las luces en todas las habitaciones!" "Bien hecho", le respond¨ª, d¨¢ndole una peque?a caricia en la cabeza con el dorso de la mano, para no ensuciarla. Era curioso verla actuar tan contenta sabiendo el contexto en el que nos encontramos. Seguramente se est¨¦ forzando a hacerlo para intentar verme mejor. Ella se par¨® sobre el suelo y mir¨® atentamente la carne y los palos. "?Te ayudo?" "Me gustar¨ªa que me ayudaras hablando con los dem¨¢s, preguntarles c¨®mo se sienten y si tienen hambre para comer". "Claro que s¨ª. Ya vuelvo", volvi¨® a responder. Asent¨ª con la cabeza cuando Mirella se fue flotando, con esa energ¨ªa inagotable suya. Sus esferas de luz a¨²n brillaban tenuemente en las habitaciones que hab¨ªa preparado. La vi irse primero con Vicenta, que estaba observando el interior de las habitaciones desde fuera. Mientras yo cocinaba a dos manos, escuch¨¦ el sonido de la madera chocando contra el suelo; eran las ojotas de Luc¨ªa. Levant¨¦ m¨¢s la vista y la vi caminando hacia m¨ª, mir¨¢ndome con esos ojos marr¨®n oscuro que, en ciertas ocasiones, me hac¨ªan recordar demasiado a mi verdadera mam¨¢, no por el color, sino por la mirada. Su cabello negro y largo ca¨ªa en suaves ondas por detr¨¢s suyo y a los lados de su cara, con esa ¨²nica pesta?a roja destacando en su p¨¢rpado derecho. Deber¨ªa preguntarle si a ella tambi¨¦n le gustar¨ªa cambiar de peinado, a uno m¨¢s corto, como llevaba en su anterior vida. "Mami", empec¨¦ susurrando, acomod¨¢ndome mejor sobre el suelo. "Perd¨®n por dejarte sola todo este d¨ªa¡­ No quer¨ªa hacerlo, pero han pasado muchas cosas y..." "No estoy sola", me interrumpi¨® con voz tranquila. No hab¨ªa reproche en su tono, ni tristeza. Solo una certeza inamovible. "Estoy con la familia. Estoy con Anya". Eso me hizo quedarme callado por un momento. Desvi¨¦ la mirada al fuego, girando una de las carnes. No s¨¦ por qu¨¦, pero parte de m¨ª quer¨ªa que me reclamara, que me dijera que la hab¨ªa dejado de lado. Que se sintiera desplazada o abandonada en un momento tan nefasto como este¡­ Pero no. "S¨¦ que est¨¢s ocupado. Y s¨¦ que no me est¨¢s dejando de lado". Luego hizo una pausa y sonri¨® un poco, sent¨¢ndose del otro lado de donde estaba la carne. "Adem¨¢s¡­ tambi¨¦n siento que debo estar con Anya... Ya sab¨¦s que ella lo hizo por..." "Por nosotros..." Murmur¨¦, girando la vista hacia mi familia, que segu¨ªa ah¨ª, hablando con Anya hasta el final. "Todo esto es una mierda, y me molesta el saber que no pude hacer que todo saliera bien". Ella clav¨® dos trozos de carne en el mismo palo y se puso a cocinar conmigo. "No pienses tanto en eso. S¨¦ que hiciste todo lo posible para que todo saliera bien. De hecho, el panorama podr¨ªa haber sido mucho m¨¢s desalentador que lo que estamos viviendo ahora. Ya s¨¦ que est¨¢s triste por Anya, pero ella no quiere que est¨¦s triste por ella. Quiere que sigas adelante y puedas liderarnos a todos hacia una vida mejor". Con esas palabras, sent¨ª que no pod¨ªa responderle, porque si lo hac¨ªa, si dec¨ªa tan solo una palabra, iba a terminar quebr¨¢ndome. Decir que ''hice todo lo posible'' sonaba como un consuelo vac¨ªo. Si realmente hubiera hecho todo lo posible ahora y a lo largo de mi vida, si de verdad hubiese sido suficiente, entonces Anya no estar¨ªa as¨ª. Entonces no tendr¨ªa que haber matado al Rey Demonio. Entonces ni siquiera mi mam¨¢ hubiese muerto de un infarto. Entonces ni siquiera estar¨ªamos en esta puta isla, esperando a ver qu¨¦ m¨¢s nos depara el destino. Cada decisi¨®n que tomo cambia la vida de los dem¨¢s, para bien o para mal, para poco o para mucho. Y eso me pone inc¨®modo. Baj¨¦ la mirada a la carne mientras el fuego crepitaba delante de m¨ª. La piel de mis manos estaba caliente por la proximidad con las llamas, pero el verdadero calor lo sent¨ªa en el pecho, una opresi¨®n que no se disipaba. Volv¨ª a pensar en lo mismo: si sigo liderando a todos, ?cu¨¢nto m¨¢s va a costar? Anya ya pag¨® un precio alt¨ªsimo. ?Qui¨¦n ser¨¢ el pr¨®ximo? ?Acaso terminar¨ªa siendo Mirella? Mi respiraci¨®n se cort¨® por un instante al imaginarlo. Si en alg¨²n momento volviera a estar en peligro de muerte, ella ser¨ªa la primera en lanzarse a defenderme. Ni siquiera lo dudar¨ªa, m¨¢s pensando en que puede llegar a sentirse culpable por no haber hecho nada. Har¨ªa lo que fuera necesario para mantenerme a salvo¡­ y en el proceso, tal vez terminar¨ªa igual que Anya. Cerr¨¦ los ojos con fuerza, intentando contener el torbellino de pensamientos que me invad¨ªa. Me obligu¨¦ a concentrarme en lo inmediato, en lo tangible. Luc¨ªa pareci¨® notar mi tensi¨®n, porque habl¨® con una voz serena, pero con un matiz firme. "Dej¨¢ de pensar en cosas malas. Hac¨¦ dos bandejas con la piedra del suelo, una para la carne cruda y otra para la cocida". Abr¨ª los ojos y la mir¨¦. Creo que mis ojos estaban un poco llorosos, y el humo no ayudaba. Sus palabras me sacaron de mi propia cabeza, aunque no del todo. No necesitaba que me dijeran lo que ya sab¨ªa: seguir d¨¢ndole vueltas a lo que pas¨® no me iba a llevar a ninguna parte. Pero eso no hac¨ªa que la sensaci¨®n desapareciera. Aun as¨ª, hice lo que me pidi¨®. Ella inclin¨® un poco su cuerpo hacia m¨ª. "No habr¨¢s estado pensando en ''eso'', ?no?" Susurr¨®. No necesitaba que dijera m¨¢s; ya sab¨ªa a qu¨¦ se refer¨ªa. "No". "?Pero s¨ª lo pensaste en alg¨²n momento?" Asent¨ª levemente con la cabeza. "Nunca m¨¢s vuelvas a pensarlo, hijo". Su voz tembl¨® un poco al decirlo, pero no hab¨ªa duda en sus palabras. Su mano libre se aferr¨® a mi antebrazo, con una fuerza que no correspond¨ªa a su tama?o. "Si es tan necesario..." No quer¨ªa escuchar el final de esa frase. "Si es tan necesario, yo lo har¨¦ por vos". "?No!" Grit¨¦, haciendo que varias miradas se posaran en m¨ª por un momento. Tuve que bajar la voz. "?Por qu¨¦ har¨ªas algo as¨ª?" "Porque yo todav¨ªa puedo entregar mis u?as, y vos no". Justo en ese momento, Mirella lleg¨® volando hasta pararse entre nosotros. "?Est¨¢ todo bien?" Pregunt¨®, mir¨¢ndome a m¨ª primero y luego a mi mam¨¢. "S-S¨ª... Solo que mi hermanita se estaba a punto de quemar con la fogata, es por eso que grit¨¦. Perd¨®n". "?Ahhhhh! ?Luc¨ªa, no deber¨ªas hacer esto! ?Mejor d¨¦jamelo a m¨ª!" Me qued¨¦ en silencio un momento mientras pon¨ªa los primeros trozos de carne cocida en una de las bandejas rectangulares, dejando que sus anteriores palabras se asentaran en lo m¨¢s profundo de mi cabeza. Era un pensamiento macabro el que hab¨ªa compartido conmigo. El solo hecho de considerarlo me hac¨ªa sentir mal de nuevo. Lo peor de todo es que ella lo dec¨ªa con una calma que me asustaba, y era algo no com¨²n verla as¨ª, diciendo esas cosas. ?Qu¨¦ tan lejos puede llegar el ser humano cuando cae en la desesperaci¨®n? *** Luego de que Vicenta viniera a ayudarnos a terminar de cocinar, hice m¨¢s bandejas, cort¨¦ algunas frutas en trozos y las repartimos a los distintos grupos que se hab¨ªan armado. Ellos luego se encargar¨ªan de repartirla y de cu¨¢nto comer¨ªa cada uno. De esa forma, no tendr¨ªa que meterme en sus asuntos familiares, porque si no despu¨¦s hay malentendidos y termino consumiendo todos esos nervios y me hace mal. Lo que s¨ª pudimos saber fue que el tipo que era el hermano de Fausto se llama Salem y su hijo, Saled. Dejando de lado sus nombres extra?os, nos dijeron que todav¨ªa no sienten la necesidad de comer, as¨ª que confirmamos que siguen con la maldici¨®n. Lo bueno es que no dijeron nada sobre el Rey Demonio. Creo que ni siquiera saben sobre lo que le pas¨®. Justo ahora yo tambi¨¦n estoy por comer un poco mientras estoy sentado al lado de Anya, con la bandeja en mi regazo. Solo Luc¨ªa me dijo que iba a comer, y el hecho de que Anya se est¨¦ negando me est¨¢ poniendo nervioso. "Anya, ?en serio vos tampoco vas a comer? Lo prepar¨¦ para vos, mir¨¢". Le acerqu¨¦ un cubito de carne con mi mano. Sin embargo, ella neg¨® con la cabeza. "No... Gracias igual". Rundia estaba del otro lado, y le acariciaba la frente. Tar¨²n, mientras tanto, dorm¨ªa sobre su pecho, abraz¨¢ndola. "Por favor, Anya. Al menos dame con el gusto de hacerme sentir que hice algo para hacerte sentir mejor..." "Es que..." Cruz¨® miradas con Rundia por un momento. "Est¨¢ bien. No tengo mucha hambre, pero si dices que lo hiciste para m¨ª..." De pronto, us¨® sus manos para acomodar su cuerpo un poco m¨¢s hacia atr¨¢s, apoyando la cabeza contra la pared, haciendo que Tar¨²n balbuceara algo sin despertarse. "Est¨¢ bien, d¨¢melo", dijo, abriendo la palma de su mano derecha. Al recibir la carne, ella comenz¨® a comer de a poco. Mi mirada se desvi¨® a su vientre, ese que ahora marcaba el fin de su cuerpo. La impresi¨®n que me causaba ver eso era tremenda, y no pod¨ªa no detenerme a pensar qu¨¦ tanto m¨¢s podr¨ªa haber hecho en ese momento. Pas¨® todo tan r¨¢pido que solo pude decirle unas palabras apresuradas a Aya cuando de repente esa enorme roca expulsada por el volc¨¢n tuvo que caer justo donde Luc¨ªa y yo est¨¢bamos parados. Parec¨ªa que eso tambi¨¦n hab¨ªa sido una maldici¨®n, como si el mism¨ªsimo Rey Demonio hubiera maldecido todo este lugar para que nos pasaran cosas horribles una tras otra. ?Y si hubiera utilizado mi magia para, a trav¨¦s del cuerpo de Anya, moldear la roca? Nunca sabr¨¦ si eso iba a servir, porque no se me ocurri¨® en el momento. No s¨¦ ni para qu¨¦ pienso en eso, ya est¨¢. Fall¨¦ en proteger a todos y, por m¨¢s que mi mam¨¢ diga que pudo haber sido peor, yo me siento mal igual, porque yo amo a Anya, y la seguir¨¦ amando hasta el ¨²ltimo segundo de su vida. Y no me importa si era un amor imposible; yo al menos quer¨ªa seguir teni¨¦ndola a mi lado y disfrutar de su presencia. Ahora esto se sent¨ªa como su ¨²ltima cena. Esta noche rezar¨¦ a Sariah para, al menos, aliviar un poco mi mente. Mir¨¦ hacia la comida; hab¨ªa dos pelos al lado de uno de los trozos de pi?a. Yo tampoco pod¨ªa confirmar que esta no era mi ¨²ltima cena. Cap铆tulo 57: Adiè´¸s, amor imposible. No s¨¦ por qu¨¦, ni qu¨¦ estaba pasando, pero abr¨ª los ojos de repente. Estaba en la misma sala y sent¨ª que algo estaba mal. El aire ol¨ªa a muerte. El fuego de la fogata ahora solo era una brasa moribunda que al parecer nos hab¨ªamos olvidado de apagar. Los murmullos hab¨ªan desaparecido; en su lugar, solo reinaba un silencio total. No, no era un silencio total. Hab¨ªa algo m¨¢s que estaba detr¨¢s de todo esto. Era un sonido h¨²medo. Como carne siendo desgarrada. Ol¨ªa a muerte. Mi coraz¨®n se aceler¨®. Muerte. Me puse de pie y mi vista recorri¨® la sala. Los cuerpos estaban ah¨ª. Todos los que conoc¨ªa, tirados en el suelo en poses antinaturales, con los ojos abiertos, vac¨ªos. Un paso. Otro paso. Mis pies descalzos tocaron algo c¨¢lido y pegajoso. Mir¨¦ hacia abajo. Sangre. ?Por qu¨¦ estaba descalzo? Sent¨ª un escalofr¨ªo recorrerme la espalda. ?Era una presencia? Y entonces lo vi. El minotauro. El Rey Demonio. Estaba ah¨ª, de pie en el centro de la salida, su piel oscura cubierta de sangre. Sus fosas nasales se ensanchaban con cada respiraci¨®n, y esta vez portaba una enorme hacha que a¨²n goteaba con la sangre de mis seres queridos. Su vista estaba... Estaba literalmente vac¨ªa, no hab¨ªa ojos all¨ª, solo cuencas vac¨ªas que parec¨ªan desprender part¨ªculas negras. ?Por qu¨¦ estaba vivo de nuevo? ?Yo lo mat¨¦! "Lo hiciste, ?no? Te re¨ªste de mi cad¨¢ver, ?no?" Su voz era casi un gru?ido animal, pero lo peor era que sonaba¡­ burl¨®n. Mi garganta se sec¨®. "Vos¡­ est¨¢s muerto¡­" Murmur¨¦, pero ni siquiera yo me cre¨ª mis propias palabras al verlo ah¨ª. "?Muerto?" Solt¨® una carcajada profunda, bestial. Dio un paso hacia m¨ª, y sent¨ª c¨®mo la cueva entera temblaba con su peso. "Si yo estoy muerto, ?entonces por qu¨¦ est¨¢n todos ellos as¨ª?" No pod¨ªa responder. No pod¨ªa moverme. "Fuiste t¨² quien me mat¨®, Luciano. ?Y para qu¨¦?" Su sonrisa dej¨® ver unos colmillos enormes. "Para terminar peor que antes". Se apart¨® apenas un poco, y entonces la vi. Anya. Tirada en el suelo, con el vientre abierto como una flor marchita. Su piel, de un blanco fantasmal, reflejaba la poca luz de la cueva. Todo el lugar parec¨ªa estar como en blanco y negro, menos la sangre roja. "?Por qu¨¦¡­?" Susurr¨®. Sus ojos, apagados y sin vida, se clavaron en los m¨ªos. "?Por qu¨¦ no me salvaste, Luciano?" Mis piernas se aflojaron. "Yo¡­ yo¡­" "?Responde!" "?Yo...! ?Yo s¨ª lo intent¨¦!" "?No! ?Nos prometiste que nos proteger¨ªas y no lo hiciste!" El Rey Demonio solt¨® una carcajada horrible. "?Ves? No puedes salvar a nadie. Ni antes. Ni ahora. Ni nunca". Un zumbido se instal¨® en mi cabeza. Mi pecho se sent¨ªa pesado, como si estuviera hundi¨¦ndome en un pantano de desesperaci¨®n. De hecho, s¨ª me estaba hundiendo... En pelos casta?os que hab¨ªan tomado lo que antes era roca. No. No. NO. Abr¨ª la boca para gritar, pero una voz a¨²n m¨¢s fuerte se me adelant¨®. "Deber¨ªa matarte, as¨ª vas y le pides a esa puta a la que llamas diosa que te ayude". El hacha descendi¨® sobre m¨ª. Apareci¨® el chillido del metal cortando la carne. Muerte. "?NOOO!" Me despert¨¦ de golpe con el cuerpo empapado en sudor. El pecho se me agitaba. El coraz¨®n me lat¨ªa descontrolado. Mi vista tard¨® un segundo en enfocarse, pero en cuanto pude, gir¨¦ la cabeza con desesperaci¨®n al pensar en Anya. Mi mano temblorosa se estir¨® hasta ella. Aunque la baj¨¦ en el momento que vi que su pecho sub¨ªa y bajaba. Todav¨ªa estaba respirando, durmiendo junto a los dem¨¢s. ?Cu¨¢nto dorm¨ª? ?Por qu¨¦ tuve una pesadilla tan horrible y tan real? Todas esas preguntas se interrumpieron al sentir unos golpecitos insistentes en mi brazo. "?Luciano...?" "Ah, Mirella... No me siento bien". Sin escuchar su respuesta, me levant¨¦ y comenc¨¦ a caminar hacia la ¨²nica salida. Pude ver que en la sala principal solo est¨¢bamos los de mi grupo, Tariq, Yume y Kiran. Los dem¨¢s estaban repartidos por las habitaciones que hice. "Luciano, ?por qu¨¦ te sientes mal?" Sal¨ª de la sala tambale¨¢ndome, sintiendo que el aire era un poco m¨¢s fr¨ªo, tal vez porque las esferas de luz de Mirella calentaban un poco el lugar, aparte de la anterior fogata encendida. Pero eso no bastaba para enfriar mi mente. No pod¨ªa sacarme la sensaci¨®n de encima. La pesadilla¡­ No, esa cosa hab¨ªa sido demasiado real, como cuando Forn me habl¨® en un sue?o. El Rey Demonio, Anya, la sangre¡­ Camin¨¦ un par de metros y me sent¨¦ sobre una roca, apret¨¢ndome las sienes con los dedos. El dolor punzante en mi cabeza no ayudaba. Detr¨¢s de m¨ª, escuch¨¦ el leve sonido de sus alas batiendo. "Luciano..." Su voz son¨® m¨¢s preocupada que antes. Ahora solo hab¨ªa una bola de luz, y la segu¨ªa solo a ella. "Fue un error..." Las palabras salieron de mi boca antes de que siquiera pudiera pensarlas. Mirella se acerc¨® m¨¢s, flotando frente a m¨ª con el ce?o fruncido. "?Qu¨¦ fue un error?" "Matarlo..." Dije esas palabras y sent¨ª que algo en mi interior se resquebrajaba. Mirella lade¨® la cabeza, confundida. "?De qu¨¦ est¨¢s hablando? ?Era el Rey Demonio! ?Era peligroso! ?Era...!" "?Pero ahora estamos peor!" Mi propia voz me sorprendi¨®. ?Eso era lo que sent¨ªa? Mirella parpade¨® varias veces. Su expresi¨®n pas¨® de la confusi¨®n a la preocupaci¨®n real. "Luciano, eso no tiene sentido. ?Ahora estamos a salvo! ?Ese tipo ya no est¨¢ para hacernos da?o!" "?A salvo de qu¨¦, Mirella? ?De morir en sus manos? ??Y qu¨¦ pasa si hay algo peor ahora?! ??Qu¨¦ pasa si... si lo que viene es todav¨ªa m¨¢s aterrador?!" Mis pensamientos estaban revueltos. Mi respiraci¨®n se volvi¨® err¨¢tica. Mirella extendi¨® sus peque?as manos, tratando de tocarme, pero se detuvo a mitad de camino. No sab¨ªa qu¨¦ hacer. "?No digas eso, Luciano! T¨² eres fuerte. ?Has vencido todo lo que se te ha puesto en frente!" "?Qu¨¦ tal si lo arruin¨¦ todo? ?Y si al matarlo, cav¨¦ mi propia tumba? ?Y si esa cosa todav¨ªa est¨¢ ah¨ª, esperando? Mirella¡­ Yo lo sent¨ª. ?Lo sent¨ª en la pesadilla!" "?Luciano, basta!" Mirella me mir¨® con frustraci¨®n, sus peque?os pu?os apretados. "?No puedo ayudarte si sigues hablando as¨ª! ?Y-Yo...! ?Yo no s¨¦ qu¨¦ hacer si te pones as¨ª!" Sus ojos verdes temblaban. Eso me doli¨®. Me dej¨¦ caer de espaldas contra la pared rocosa, mirando a la nada. Mi pecho sub¨ªa y bajaba pesadamente. "Mirella... solo decime que todo est¨¢ bien. Solo decime que fue la decisi¨®n correcta. Decime que no conden¨¦ a nadie m¨¢s con esto..." Y entonces, me abraz¨®. "?T¨² siempre tienes raz¨®n! ?Siempre! ??Siempre!! ?T¨² nunca te equivocas!" Not¨¦ sus l¨¢grimas cayendo sobre mi hombro, mojando mi ropa. "Mirella..." "?T¨² siempre vas a hacer todo bien!" Le devolv¨ª el abrazo, apretando con fuerza sus alas. "Perd¨®n, Mirella. No deb¨ª decirte algo as¨ª". "Solo dime qu¨¦ hacer y yo lo har¨¦. ?No importa qu¨¦ sea!" "Perd¨®n". "No quiero verte as¨ª..." Ella comenz¨® a refregar su cara contra el costado de mi cuello, secando sus l¨¢grimas. "T¨² siempre me das seguridad, Luciano. Siempre sabes qu¨¦ hacer. Y ahora... ahora est¨¢s as¨ª, diciendo cosas raras". "Perd¨®n. Es que tuve una pesadilla y por un momento pens¨¦ que era real". La pesadilla todav¨ªa me quemaba en la cabeza. Pero ahora no era solo eso. Ahora tambi¨¦n me pesaba la culpa de haberla hecho sentir impotente. "Entonces dime c¨®mo te ayudo", susurr¨® en mi o¨ªdo, todav¨ªa con ese tono triste. La abrac¨¦ todav¨ªa m¨¢s fuerte. "Con que est¨¦s a mi lado es suficiente". La sostuve con fuerza contra mi pecho, sintiendo su diminuto cuerpo temblar en mis manos. Su respiraci¨®n agitada me hac¨ªa cosquillas en el cuello. Sus alas bat¨ªan d¨¦bilmente, chocando contra mis manos. "Prometeme algo, Mirella..." Ella se apart¨® un poco, alzando la vista con sus ojos verdes brillantes por haber llorado. "?Qu¨¦ cosa?" "Que nunca te vas a separar de mi lado". Ella parpade¨®, como si la petici¨®n la hubiera tomado por sorpresa. Luego, sin dudarlo, asinti¨® con tanta fuerza que su cabello lacio se sacudi¨®. "?Nunca!" Exclam¨®, con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. "Nunca me separar¨¦ de ti, Luciano". Mis manos se aflojaron un poco al o¨ªr eso. No importaba qu¨¦ pasara despu¨¦s; al menos ella estar¨ªa ah¨ª. Aun as¨ª, faltaba algo m¨¢s. "Y eso significa que no vas a hacer locuras que pongan en riesgo tu vida". "?Pero si yo...!" Puse un dedo contra sus labios, haci¨¦ndola callar por un momento. "No importa si es mentira, solo quiero escucharlo. Prometeme que nunca nos vamos a separar, no importa qu¨¦". No s¨¦ por qu¨¦, pero Mirella dej¨® caer su frente contra mi ment¨®n. "S¨ª... Voy a estar siempre contigo, porque t¨² lo dijiste, siempre vas a ser joven". ?Acaso ten¨ªa miedo de que yo muriese por vejez? "Joven para siempre... ?Y vos tambi¨¦n vas a serlo?" "S¨ª". Tom¨¦ aire y me puse de pie a pesar de que Mirella segu¨ªa envuelta en mi cuello, y estaba sintiendo el cansancio pes¨¢ndome en los hombros. No pod¨ªa seguir as¨ª. No pod¨ªa dejarme caer en ese abismo de dudas. "Vamos. Tenemos que avanzar". Mirella despeg¨® de m¨ª, se sec¨® el rostro con las dos manos y asinti¨®. "S¨ª. ?Vamos a la salida?" "Bueno, ahora est¨¢ tapada... Quiero ver una cosa". "Ah¨ª creo que est¨¢n los gnomos". ?Por qu¨¦ estar¨ªan ah¨ª los gnomos? ?No estar¨¢n pensando en romper todo? "?En serio? ?Y sab¨¦s por qu¨¦?" "Ni idea, solo los vi empezar a caminar y ya". "Vayamos r¨¢pido, entonces". La cueva segu¨ªa igual de oscura que siempre, con apenas la esfera de luz de Mirella guiando el camino. Las paredes rocosas estaban h¨²medas y el aire ahora ten¨ªa un olor rancio a tierra y humedad. Camin¨¦ en silencio, con el sonido de mis ojotas chocando contra el suelo rocoso, que ya no ten¨ªa agua, mientras el peso de mis pensamientos segu¨ªa ah¨ª, acech¨¢ndome.The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement. Si ah¨ª estaba Forn, era hora de hablar con ¨¦l y confirmar si estaba maldito. Finalmente, despu¨¦s de caminar por la cueva, llegamos hasta la salida que hab¨ªa bloqueado por el tsunami. La pared de piedra segu¨ªa all¨ª; por suerte no la hab¨ªan tocado todav¨ªa. Los peque?os gnomos fueron apareciendo de a poco, siendo iluminados por la luz de la magia de Mirella. Los peque?os cuerpos de los gnomos se mov¨ªan inquietos en la oscuridad, sus ojillos brillando como los de ratas atrapadas. Creo que es la segunda vez que les digo as¨ª, pero es que se los ve tan peque?os, tan extra?os y tan nerviosos que me da una sensaci¨®n rara al verlos. Es posible que ya tengan hambre. Forn dijo que com¨ªan hojas, pero si eran herb¨ªvoros, creo que tambi¨¦n deber¨ªan comer frutas. Me olvid¨¦ de preguntarles. "Hola a todos". Forn, con su caracter¨ªstico sombrero verde, estaba sentado mirando hacia el muro, con las manos entrelazadas sobre su panza. No me mir¨® de inmediato, porque parec¨ªa estar analizando el lugar. "Hola, Luciano. ?Qu¨¦ pas¨® que no dormiste casi nada?" "Porque tuve un mal sue?o. Pero eso no importa ahora", dije, acerc¨¢ndome y tocando la punta de uno de los sombreros rojos de los gnomos. "?Gnomo rojo vencedor! ?Gnomo rojo haber derrotado Rey Demonio!" Los gnomos ahora sub¨ªan y bajaban sus pu?os, cambiando sus semblantes. Se ve que ya se hab¨ªan enterado. "Quiero hablar sobre una cosa que pas¨® luego de la batalla". "Querido gnomo rojo, debo felicitarte por eso. Nos salvaste a todos, de verdad. Estamos agradecidos por todo lo que haces". ?Por qu¨¦ de repente me llamaba as¨ª? "Gracias, Forn. Lo que quer¨ªa decirte es que creo que el Rey Demonio me maldijo antes de morir". Justo cuando termin¨¦ de hablar, los gnomos de sombrero rojo empezaron a alborotarse, gritando y corriendo en c¨ªrculos. Algunos hasta revolearon su sombrero. "?Tranquilos, mis ni?os! ?Tranquilos!" Forn levant¨® las manos en un intento de calmar a su gente. Pero el p¨¢nico ya se hab¨ªa extendido entre ellos. Sus peque?os cuerpos temblaban; algunos incluso se arrojaron al suelo como si estuvieran en medio de un terremoto invisible. Mirella baj¨® al suelo, intentando ayudar de alg¨²n modo. "?Oigan, gnomos, solo esperen a que Forn lo confirme!" Los gnomos se detuvieron, pero segu¨ªan en sus posiciones absurdas. Forn me mir¨® fijamente, con su rostro arrugado apenas visible a trav¨¦s de su barba, mostrando una seriedad que no hab¨ªa visto muchas veces en ¨¦l. ¡°Maldici¨®n del Rey Demonio¡­ no es cualquier cosa, mi amigo Luciano. Eso¡­ eso es algo que debe ser malo¡±. "Entonces necesito que me ayudes". "?¨¦l te toc¨®?" "Creo que s¨ª... Fue justo antes de morir. ?Conociste al hombre sin una mano? ¨¦l y su hijo tambi¨¦n fueron maldecidos". "Esto es peor de lo que esperaba..." "?Y ahora qu¨¦ hay que hacer?" Pregunt¨® Mirella. "Yo quer¨ªa que Forn me leyera el cuerpo. El problema que tengo es que se me est¨¢ cayendo el pelo... No solo el de la cabeza, sino que tambi¨¦n el de todo el cuerpo". Forn me mir¨® en silencio por varios segundos. No necesitaba decirlo en voz alta para que supiera que lo que hab¨ªa escuchado lo preocupaba. Su peque?a mano de dedos arrugados se levant¨® lentamente y me hizo un gesto para que me acercara. "Si eso es lo que quieres, entonces d¨¦jame ver tus manos, Luciano". "?Y qu¨¦ significa ''leyera''?" "Es algo que hace Forn. Despu¨¦s te explico". Su aleteo aument¨® en velocidad por un momento. "Est¨¢ bien, Forn. Estoy listo". Extend¨ª mis manos hacia ¨¦l. Sus dedos, ¨¢speros y curtidos, se posaron sobre y por debajo de mi mano izquierda. Sent¨ª un leve hormigueo cuando empez¨® a recorrerla con sus manos peque?as, presionando aqu¨ª y all¨¢, como si estuviera leyendo un pergamino invisible impreso en mi piel. Es raro, porque las otras veces solo posaba las manos y nada m¨¢s. "A todo esto, nunca supe c¨®mo es que pod¨¦s hacer algo as¨ª". "Solo espera un momento. No puedo hablar de eso ahora". Los gnomos de sombrero rojo se hab¨ªan quedado en completo silencio; ahora todos estaban parados y observando con ojos expectantes. Incluso Mirella, que normalmente no se quedaba quieta, hab¨ªa volado un poco m¨¢s atr¨¢s para no interrumpir. Forn cerr¨® los ojos y tom¨® una respiraci¨®n profunda. Sus dedos se deslizaron hasta mi mu?eca y luego cambiaron a mi mano derecha, como si estuviera siguiendo un rastro que solo ¨¦l pod¨ªa ver. Su semblante se fue endureciendo m¨¢s y m¨¢s a medida que avanzaba. Finalmente, solt¨® mis manos y baj¨® la cabeza. "Luciano¡­ hay algo dentro de ti, y no hablo de los pactos, ni de tu gran cantidad de magia. No es normal. No es parte de tu magia ni de tu esencia como humano. Es... como algo malvado que se esconde entre tu interior". Mis labios se apretaron en una fina l¨ªnea. Aunque ya lo sospechaba, escucharlo de alguien m¨¢s hac¨ªa que se sintiera m¨¢s real. "?Pod¨¦s saber qu¨¦ es exactamente? Mejor dicho... ?Es una maldici¨®n?" Forn levant¨® los hombros. "No lo s¨¦ con exactitud, Luciano. Es como¡­ una cosa oscura metida dentro de ti. No lo entiendo bien, pero no es algo natural. Es una cosa ajena a tu ser". No me gustaba nada la manera en que lo dec¨ªa. No supe qu¨¦ decirle. "Deber¨ªa probar leyendo a las otras personas que dices que fueron maldecidas. Cuando despierten, hablar¨¦ con ellos". "Entonces solo me queda esperar". "Lo siento por ti, amigo Luciano. No te mereces esto". "Espera, ?y la pulsera?" Pregunt¨® Mirella de repente, acerc¨¢ndose con rapidez a mi mu?eca derecha. "Luciano lleva esa pulsera de oro encantada contra maldiciones. ?No deber¨ªa haberlo protegido?" "Eso pens¨¦ yo", dije, bajando mi brazo para mostrarle la pulsera a Forn, aunque creo que ya se hab¨ªa percatado de que la llevaba puesta. "Pero no hizo nada. Ni siquiera sent¨ª que reaccion¨® o algo as¨ª cuando el Rey Demonio muri¨® frente a m¨ª". Forn estir¨® su mano y toc¨® la pulsera con cautela, como si esperara que le respondiera de alguna manera. Despu¨¦s de un par de segundos, frunci¨® el ce?o m¨¢s fuerte y desliz¨® los dedos sobre el metal dorado. "Me parece que es como lo que pas¨® con el anillo. Lo que te hab¨ªa contado". Sin previo aviso, Forn me quit¨® la pulsera, manteni¨¦ndola entre sus dos manos. "Lamento decirlo, pero¡­ esta pulsera ya no tiene ning¨²n encantamiento m¨ªo. Desapareci¨®". "?Qu¨¦?" Forn asinti¨® lentamente. "El oro sigue siendo oro, pero su magia¡­ se ha desvanecido. Como si se la hubieran tragado". "?Eh? Si ese tipo ni siquiera lleg¨® a tocarme la pulsera. Solo me roz¨® el brazo". ¨¦l me la devolvi¨®. "La verdad es que no tengo idea de qu¨¦ fue lo que ocurri¨® en esa batalla. Solo te puedo dar las malas noticias. Lo siento". "No, no pasa nada, Forn". Mirella, que hasta ahora hab¨ªa estado en silencio procesando la situaci¨®n, vol¨® hasta quedar justo delante de Forn, sobre el suelo. Su peque?o rostro, normalmente dulce y alegre, estaba fruncido en un gesto de molestia contenida. "?A ver, a ver! Espera un momento, gnomo", dijo, moviendo las manos de un lado a otro. "T¨² fuiste el que encant¨® esa pulsera, ?no? ?T¨² nos aseguraste que iba a proteger a Luciano de cualquier maldici¨®n!" Forn se removi¨® inc¨®modo en su sitio. "Yo la encant¨¦, es cierto, pero les dije que podr¨ªa no llegar a funcionar". "??Y qu¨¦ pas¨® entonces que no funcion¨®?!" Exclam¨® ella, llev¨¢ndose las manos a la cintura y batiendo las alas con fuerza a pesar de estar anclada al suelo. "?Por qu¨¦ ahora Luciano est¨¢ as¨ª? ?Por qu¨¦ la pulsera no sirvi¨® para una maldici¨®n cuando justamente para eso la hiciste?" "Mirella, ya no discutamos m¨¢s, por favor. Forn hizo lo mejor que pudo para ayudarnos". Ella pareci¨® ignorarme a pesar de que yo me estaba poniendo a su lado para que me mirara. Los gnomos de sombrero rojo observaron la discusi¨®n en un silencio tenso. Hasta los que antes estaban m¨¢s inquietos parec¨ªan contener la respiraci¨®n. Yo creo que, llegados a este punto, ya estaban un poco perdidos. Forn, por su parte, suspir¨® y se pas¨® una mano por la barba blanca y voluptuosa. "No tengo una respuesta clara, hada Mirella y humano Luciano. Nunca hab¨ªa visto algo como esto, m¨¢s all¨¢ de lo que sucedi¨® con ese anillo. No es que la maldici¨®n haya sido demasiado fuerte para la pulsera, sino que parece que¡­ la anul¨®. A veces es dif¨ªcil comprender del todo la magia. Por ejemplo, t¨²". Se?al¨® a Mirella. "T¨² has estado creciendo y tampoco hay un motivo claro para ello". Luego me mir¨® a m¨ª. Me daba un poco de miedo lo que podr¨ªa llegar a decir. "Y t¨², entre tantas cosas, eres el ¨²nico humano de este lugar que puede usar magia. A veces la magia es extra?a y no podemos saber del todo c¨®mo funciona". Mirella apret¨® los pu?os, golpeando el suelo con uno de sus pies descalzos. "?Eso suena como una excusa tonta! ??C¨®mo vamos a confiar en que tus encantamientos sirven si el primero que necesit¨¢bamos fall¨® as¨ª?! ?Y ahora ¨¦l est¨¢ perdiendo el pelo! ?Eres un gran...! ?Un gran...!" Mirella ten¨ªa un poco de raz¨®n en enojarse; confi¨¢bamos, aunque haya sido solo un poco, en esa pulsera y termin¨® siendo completamente in¨²til. Pero claramente Forn tampoco estaba contento con lo que hab¨ªa pasado. "Mirella, necesito que te tranquilices. No vamos a solucionar nada si gritamos". Ella por fin me mir¨®, todav¨ªa con los pu?os apretados. "?Acaso no te molesta que haya fallado?" "No se trata de si me molesta o no. Solo quiero que no haya m¨¢s problemas de los que ya tenemos". Por un momento, pareci¨® que iba a seguir discutiendo, pero al final solo chasque¨® la lengua y le dio la espalda a Forn. Por mi parte, me acerqu¨¦ a la selladura de la cueva. "Forn, ?vos estabas por hacer algo ac¨¢?" "Estaba pensando en si romper eso ser¨ªa bueno o malo". "?Y por qu¨¦ querr¨ªas hacer eso?" "Porque mis ni?os tienen hambre". Puse la espalda contra la piedra. "Yo voy a ayudarte con eso. Pero... ?No comen frutas?" "No, solo hojas". "Est¨¢ bien, voy a intentar traer algo". Puse las palmas sobre la pared detr¨¢s de m¨ª y cerr¨¦ los ojos, enfoc¨¢ndome en la superficie. Sent¨ª la textura de la roca, cada grieta y cada imperfecci¨®n de la superficie. Haber ido mejorando mi habilidad para moldear la materia me permit¨ªa sentir todo con un nivel de detalle que de otra manera ser¨ªa imposible. A medida que expand¨ªa mi percepci¨®n, comenc¨¦ a notar la tierra m¨¢s all¨¢ de la cueva¡­ y algo m¨¢s. Hab¨ªa agua. Mucha. Pod¨ªa detectarlo por el barro de la superficie y que no pod¨ªa avanzar m¨¢s all¨¢, porque yo no ten¨ªa la posibilidad de moldear el agua. El suelo deb¨ªa de estar inundado en toda esta zona. Eso solo pod¨ªa significar que el tsunami segu¨ªa dejando sus huellas en la zona. Al menos, no hab¨ªa se?ales de lava. Eso era un alivio, pero al mismo tiempo, dejaba una pregunta en el aire. ?Qu¨¦ hab¨ªa pasado con la erupci¨®n? Si bien no pod¨ªa percibir el agua con la misma precisi¨®n con la que moldeaba la materia s¨®lida, su presencia era inconfundible. Pero lo que me preocupaba era que no sent¨ªa se?ales de vegetaci¨®n. Apret¨¦ m¨¢s los ojos. Esto iba a ser complicado. "?Pasa algo?" Pregunt¨® Forn al notar que no hac¨ªa nada todav¨ªa. "Afuera sigue habiendo agua", dije sin abrir los ojos. "No puedo sentir rastros de lava, lo que significa que la lava del volc¨¢n no lleg¨® hasta ac¨¢. Pero... no hay plantas cerca". "?Qu¨¦ quieres decir con que no hay plantas?" Pregunt¨® Mirella, su tono a¨²n molesto por la conversaci¨®n anterior. "Que no siento ra¨ªces adheridas al suelo, no hay hojas cerca... Bueno, en realidad s¨ª debe haber, pero el agua no me deja extraerlas". "?El agua fuerte las habr¨¢ arrancado?" La voz era de Forn. "Es posible", respond¨ª. De pronto, pude encontrar un tronco que estaba lo suficientemente cerca del suelo como para avanzar por ¨¦l. Creo que estaba sobre la cueva, en la parte que iba en subida. Claro, el agua ya debe estar cayendo desde las partes m¨¢s altas de la isla. "Creo que lo consegu¨ª". Llegu¨¦ hasta la punta y comenc¨¦ a atraer las hojas a trav¨¦s del tronco. Como era dif¨ªcil mantener la totalidad de la hoja sin mezclarla con el material a su alrededor, empec¨¦ trayendo de a tres. "Ac¨¢ est¨¢n", dije, con las hojas apareciendo en mi mano desde la pared. Forn las mir¨® con una mezcla de sorpresa y alivio. "Esto servir¨¢", dijo, aunque claramente no bastar¨ªa. "No pasa nada, Forn. Ya te traigo m¨¢s". Repet¨ª el proceso tres veces. As¨ª ya ten¨ªamos una para cada uno de los gnomos. "Gracias. Mis ni?os podr¨¢n comer hoy". "No es nada, en serio. Todos nos ayudamos para sobrevivir hasta que podamos salir". Lo cierto era que no sab¨ªa qu¨¦ carajos ¨ªbamos a hacer si no ten¨ªamos m¨¢s comida. "Deber¨ªas ir a descansar un poco m¨¢s". "Ten¨¦s raz¨®n. Vayamos abajo". Forn me mir¨® con una expresi¨®n que parec¨ªa de gratitud, pero no dijo nada m¨¢s. Mirella tambi¨¦n parec¨ªa m¨¢s tranquila al empezar a volar a mi lado, aunque a¨²n manten¨ªa sus mejillas infladas con molestia contenida. Bajamos haciendo el mismo recorrido que hab¨ªamos hecho antes. Aunque bueno, tampoco es como si hubiera otro camino por el que ir y venir. Deber¨ªa ver si comienzo a expandir la cueva hacia otros lados, as¨ª podr¨ªamos seguir verificando si en toda la zona hay un nivel tan alto de agua. A todo esto, Forn no pudo, o no quiso, contestarme c¨®mo es que tiene esa habilidad de leer los cuerpos, m¨¢s sabiendo que ni siquiera supo decirme qu¨¦ significa leer. No le vi que se le desaparecieran las part¨ªculas m¨¢gicas, es por eso que me llama la atenci¨®n. Es como si fuera un ''don'' que tiene. Lo bueno es que sabemos que no miente sobre eso, ya que pudo ver claramente que yo ten¨ªa dos pactos con Mirella en su momento. Como dijo ¨¦l, todo esto de la magia es un misterio. Cuando nos acercamos a la sala principal, algo no estaba bien. Al principio fue solo un murmullo que se escuchaba desde lejos. Luego, un sonido de desesperaci¨®n. No, varios. Eran gritos. Gritos que romp¨ªan con el silencio del lugar, llenos de p¨¢nico, llanto y un dolor indescriptible. Corr¨ª sin pensarlo. Mirella vol¨® m¨¢s r¨¢pido a mi lado, su peque?a figura acelerando. Creo que Forn tambi¨¦n empez¨® a correr. No le prest¨¦ mucha atenci¨®n por los nervios. Cuando llegu¨¦ a la sala, me encontr¨¦ con una multitud de gente amontonada, todos girados hacia el lugar de la habitaci¨®n donde yo estaba con mi grupo. El ambiente parec¨ªa que estaba cargado de angustia y miedo y los sollozos eran incontables. No entend¨ªa nada. Aun as¨ª, ya me estaba empezando a imaginar lo que suced¨ªa, porque el aire ol¨ªa a muerte. Mirella se adelant¨® volando, pero no dijo nada. No pod¨ªa ver su expresi¨®n, ya que estaba d¨¢ndome la espalda. "?D¨¦jenme pasar!" Grit¨¦, empujando con los brazos. La gente se resisti¨® al principio, pero al verme insistir, comenzaron a apartarse poco a poco. Entonces la vi. Anya. Su piel, hasta ayer blanca y vibrante, ten¨ªa un tono gris¨¢ceo. Su flequillo oscuro estaba pegado a su frente por el sudor, y sus labios, apenas entreabiertos, dejaban escapar el ¨²ltimo aliento de alguien que hab¨ªa luchado m¨¢s all¨¢ de lo humanamente posible. El agua m¨¢gica hab¨ªa hecho su trabajo¡­ hasta donde pudo. Al final, su resistencia se hab¨ªa agotado. Maldici¨®n. Me arrodill¨¦ junto a ella. Sus ojos estaban abiertos, mirando al vac¨ªo. Parece que hab¨ªa despertado antes de fallecer. Rundia estaba all¨ª, sosteni¨¦ndola. Abrazaba lo que quedaba del cuerpo de su amiga con ambas manos, con los ojos enrojecidos por el llanto, su expresi¨®n m¨¢s rota de lo que jam¨¢s la hab¨ªa visto. Tar¨²n estaba de rodillas al otro lado, con el rostro cubierto de l¨¢grimas y desesperaci¨®n. Tariq estaba a su lado, llev¨¢ndose las manos a la cara, sus hombros temblando con cada sollozo. Samira y Suminia se aferraban la una a la otra tiradas contra la pared, pero Suminia no lloraba. Se ve¨ªa¡­ aterrada. Como si estuviera viendo algo que no pod¨ªa comprender. Un dolor me golpe¨® el pecho. No era f¨ªsico, era algo m¨¢s profundo. Algo que me dec¨ªa que no importaba cu¨¢nto hiciera, cu¨¢ntas veces tratara de cambiar las cosas¡­ la muerte siempre iba a estar cerca. Intent¨¦ tragar saliva, pero mi garganta estaba completamente seca. "??MAM¨¢!! ??VUELVE A HABLAR, MAM¨¢!!" Tar¨²n comenz¨® a golpear el suelo con sus dos manos mientras gritaba. Esto no era justo. No ten¨ªa por qu¨¦ terminar as¨ª. Sin pensarlo, me inclin¨¦ sobre ella. Apoy¨¦ mi frente en su vientre, el mismo que hab¨ªa estado abierto, destrozado¡­ y ahora cerrado por el agua m¨¢gica. No ten¨ªa sentido. Empec¨¦ a llorar. Mis pu?os se cerraron con tanta fuerza que mis u?as se hundieron en mis palmas. Mi boca se abri¨® y, antes de poder detenerme, un grito sali¨® de mi garganta. "??Este mundo es una mierda!! ?Una completa mierda inmunda y cruel!" Todo mi cuerpo temblaba. Una sensaci¨®n de impotencia me carcom¨ªa demasiado por dentro. Se supon¨ªa que yo ya lo sab¨ªa. Sab¨ªa que Anya iba a terminar muriendo en alg¨²n momento... ?Pero ni siquiera pude despedirme de ella! Alguien se puso a mi lado para abrazarme de costado; no pude ver qui¨¦n era hasta que levant¨¦ un poco la cabeza: Rin estaba ah¨ª. Simplemente hizo un gesto con la cabeza, dej¨¢ndome que yo descargara toda mi frustraci¨®n en l¨¢grimas. Sent¨ª el peso de todo lo que hab¨ªa hecho, todo lo que hab¨ªa intentado, todo lo que no hab¨ªa podido evitar. Por favor, Sariah... Necesito que no dejes ir el alma de Anya... Quiero que ella siga viviendo de alguna forma. No importa si no mantiene sus recuerdos, porque la quiero ac¨¢, a mi lado... Tar¨²n segu¨ªa gritando¡­ ?Qu¨¦ iba a ser de ¨¦l ahora? ?C¨®mo se supone que iba a soportar esto? Su madre era lo ¨²nico que ten¨ªa desde que naci¨®. Lo ¨²nico que lo manten¨ªa siempre fuerte y alegre. Y ahora¡­ Ahora Anya no estaba entre nosotros. No pude evitar imaginarme lo que estar¨ªa pasando por su cabeza. El dolor, la confusi¨®n, el vac¨ªo. Un abismo negro que lo devoraba por dentro sin que pudiera hacer nada. Sent¨ª un ardor en el est¨®mago al pensar en su vida a partir de ahora. Me mord¨ª el labio con rabia. ¨¦l no merec¨ªa esto. Nadie lo merec¨ªa. Y luego, mir¨¦ a Tariq de nuevo. ¨¦l estaba con las manos en la cara, temblando, llorando¡­ pero no sent¨ª l¨¢stima por ¨¦l. No pod¨ªa. El enojo creci¨® dentro de m¨ª de repente. Porque, al final del d¨ªa, todo esto era tambi¨¦n culpa suya. Si no hubiera traicionado a Anya. Si no la hubiera abandonado cuando m¨¢s lo necesitaba. Si no la hubiera dejado sola para irse con Yume, dejando a Tar¨²n sin un padre mientras Anya sufr¨ªa en silencio... Me mord¨ª el labio con m¨¢s fuerza, y el tic nervioso de mi ojo izquierdo volvi¨® a aparecer despu¨¦s de mucho tiempo. ¨¦l no ten¨ªa derecho a llorar. No ten¨ªa derecho a actuar como si esto lo estuviera destruyendo, porque cuando Anya m¨¢s lo necesit¨® a su lado, ¨¦l no estuvo ah¨ª. Cuando Tar¨²n necesit¨® a su padre, ¨¦l no estuvo ah¨ª. Cuando Anya estaba al borde de la muerte, ¨¦l no estuvo ah¨ª. Cuando Anya muri¨®, ¨¦l ahora s¨ª estaba ah¨ª. Me dieron ganas de levantarme y reventarle la cara a pu?etazos. De escupirle y decirle todo lo que estaba pensando en este momento. De gritarle que no era m¨¢s que un cobarde ego¨ªsta que dej¨® que la mujer que lo am¨® muriera sin que nadie m¨¢s la amara, mientras ¨¦l lloriqueaba con sus falsas l¨¢grimas. Pero no lo hice. Este no era el momento para ¨¦l; este momento era de Anya y de Tar¨²n. Me limpi¨¦ las l¨¢grimas con el dorso de la mano, respirando hondo. Sent¨ª el agarre de Rin en mi hombro, un recordatorio silencioso de que no estaba solo en esto. Me forc¨¦ a ver a Tar¨²n; segu¨ªa de rodillas junto al cuerpo sin vida de su madre, con la mirada perdida en la nada. Parec¨ªa un mu?eco roto. Como si la luz en sus ojos se hubiera apagado.
No nos queda m¨¢s que seguir viviendo por ella. Relatos absurdos: Luciano el perezoso. El entierro de Anya fue silencioso. No hubo palabras, solo llantos ahogados y respiraciones pesadas. Rundia fue quien la envolvi¨® con una manta de piel de conejo que yo fabriqu¨¦; sus manos temblaban al hacerlo. Tar¨²n se mantuvo de rodillas, incapaz de moverse, incapaz de reaccionar. Tariq¡­ ¨¦l solo miraba el suelo. Ni siquiera se atrevi¨® a acercarse. Pero, ?por qu¨¦ la enterramos, si ellos a Kuri la quemaron? Bueno, la verdad es que tuve que contarles lo que pas¨® con la familia de Anya, que las encontr¨¦ a las dos muertas y las enterr¨¦ bajo el suelo. Les expliqu¨¦ tambi¨¦n que no ¨ªbamos a poder soportar el olor, y que no ten¨ªamos recursos suficientes para hacerlo. Simplemente aceptaron. Bah, en realidad, nadie ten¨ªa ganas de discutir algo en este momento. Cuando todo termin¨®, cuando la piedra cubri¨® el cuerpo de Anya y solo qued¨® su tumba en mitad de la sala como recordatorio de que alguna vez estuvo con nosotros, mi cuerpo se sinti¨® m¨¢s pesado que nunca. Mi mente volv¨ªa una y otra vez a los ¨²ltimos momentos, a su sonrisa que ahora era un recuerdo, a su voz que ya no volver¨ªa a escuchar, a su hermosa cara que ya no podr¨ªa volver a ver. Me dol¨ªa el pecho, como si me hubieran arrancado algo de adentro y dejado un hueco imposible de llenar. No ten¨ªa ganas de hablar con nadie. No ten¨ªa ganas de mirar a nadie. No ten¨ªa ganas de que mis piernas se siguieran moviendo. No ten¨ªa ganas de nada, porque la pereza me estaba consumiendo por dentro. As¨ª que me fui del amontonamiento de gente. Camin¨¦ sin rumbo por todas las habitaciones que hab¨ªa hecho hasta encontrar un rinc¨®n solitario, lejos de todos. Me dej¨¦ caer al suelo y me acurruqu¨¦ en posici¨®n fetal, hundiendo la cabeza entre los brazos. No pod¨ªa con esto. No esta vez. Pens¨¦ en Tar¨²n de nuevo... ¨¦l no hab¨ªa dicho nada despu¨¦s del entierro. Se qued¨® ah¨ª, de pie, mirando la tumba de su madre hasta que alguien lo llev¨® hacia otro lado. No s¨¦ si Rundia o Rin lo sacaron de ah¨ª. No s¨¦ si Tariq se atrevi¨® a hablarle. No s¨¦ nada. Pero incluso con el silencio que me rodeaba, hab¨ªa algo que no desaparec¨ªa. Mirella hab¨ªa estado dando vueltas cerca de m¨ª desde hace rato. Pod¨ªa sentir el leve batir de sus alas y escuchar su vocecita intentando llamar mi atenci¨®n. "Lucianooo..." No respond¨ª. "?Luci-Lucii! ?Sab¨ªas que si haces as¨ª con los dedos...?" ?POP! Un ruido un tanto extra?o me hizo abrir un ojo apenas. Mirella hab¨ªa hecho explotar algo cerca de mi cuerpo. ?Acaso lo hizo con magia de luz? No lo pude ver. "...Hmpf". Nada impresionante. Mirella frunci¨® el ce?o y cruz¨® los brazos. "?Oye! ?No puedes quedarte as¨ª para siempre! ?Qu¨¦ pasa si ma?ana te conviertes en una piedra sin emociones y empiezas a hablar como esos ancianos raros que solo est¨¢n amargados y no hacen nada divertido?" ?Se refer¨ªa a Harlan y R¨®mulo? ?Por qu¨¦ querr¨ªa yo pensar en esos tipos justo en este momento? No reaccion¨¦. Silencio otra vez. Hasta que¡­ "?TAN TATAAAN! ?MIRELLA HACE SU GRAN ENTRADA AL LUGAR!" Gir¨¦ apenas la cabeza y la vi. Mirella estaba sobre una bola de luz, haciendo poses exageradas y parec¨ªa balancear su cuerpo, tambi¨¦n de manera exagerada. "?He venido desde una isla muy muuy muuuy lejana para desafiarte, oh gran Luciano, al duelo definitivo!" Me se?al¨® con un dedo. No respond¨ª. Todo esto era una tonter¨ªa. "?Eh? ?No? ?Nada? ?Bah, qu¨¦ ni?o tan aburrido!" "Mirella, eso suena a lo que me dijo el Rey Demonio cuando me desafi¨® a una batalla a muerte. No da risa". "?En serio...? No sab¨ªa... Lo siento". Pasaron unos segundos y entonces sent¨ª algo en mi cabeza. Como si... como si alguien hubiera puesto algo encima. Abr¨ª un ojo y me encontr¨¦ con Mirella parada sobre m¨ª, con los brazos en jarra y la parte superior de la pi?a que hab¨ªamos comido sobre la cabeza. ¡°?Soy el Gran Hada Mirella! ?He venido a salvarte de la maldici¨®n de la Tristeza Tonta!¡± Cerr¨¦ el ojo. ?Por qu¨¦ me estaba molestando as¨ª? Solo quiero dormir en paz. Mirella chasque¨® la lengua. ¡°Bueno, veo que es una maldici¨®n bastante fuerte¡­ Pero nada que mi magia no pueda solucionar. Despu¨¦s de todo, yo soy la ¨²nica hada de este lugar¡±. Sent¨ª que se alejaba unos segundos y, de repente, algunas cosas me golpearon la cara. No con fuerza, pero lo suficiente como para que lo sintiera. Abr¨ª los ojos con fastidio y vi varias semillas sobre m¨ª y sobre el suelo. ¡°?Me acab¨¢s de tirar semillas?¡± Pregunt¨¦, quit¨¢ndolas de mi cara; parec¨ªan ser de manzana y tomate, justo las que yo hab¨ªa separado por si las dudas. Unlawfully taken from Royal Road, this story should be reported if seen on Amazon. Mirella flotaba con cara de culpable. ¡°Eh¡­ ?No? La Gran Hada Mirella nunca har¨ªa algo as¨ª¡±. La mir¨¦ fijamente. ¡°Bueno, s¨ª, pero era parte de la curaci¨®n de la Gran Hada para quitar maldiciones. Ahora necesito¡­ d¨¦jame ver¡­ ?Un poco de barro!¡± Volv¨ª a cerrar los ojos. ?Quiero dormir! Sent¨ª c¨®mo se iba, murmurando cosas para s¨ª misma, y luego algo h¨²medo aterriz¨® en mi brazo. ¡°??Me est¨¢s untando barro!? ??En serio, Mirella!?¡± Mirella solt¨® una risa nerviosa. ¡°Es que¡­ bueno, este¡­ ?Es magia, Luciano! ?Magia de hadas grandiosas! ?Desaparece la tristeza y deja la piel hermosa! ?Doble efecto!¡± No respond¨ª. Mirella suspir¨® y luego escuch¨¦ c¨®mo tomaba aire. ¡°?AHHHHHH, NOOOOO, LA MALDICI¨®N SE EST¨¢ EXTENDIENDO! ?TENGO QUE HACER ALGO DR¨¢STICO!¡± No me mov¨ª, pero me estaba comenzando a molestar demasiado que Mirella estuviera jodiendo con el tema de las maldiciones. Entonces, de repente, algo cay¨® sobre mi cabeza acompa?ado de un sonido de su boca. Algo ligero. Algo... mojado. ¡°?Me acab¨¢s de escupir? ?Sos idiota?¡± Mirella solt¨® otra risa nerviosa. ¡°?Fue la super saliva de hada! ?Es muy buena! ?Cura la tristeza, las maldiciones y las heridas!¡± Volv¨ª a cerrar los ojos, inhal¨¦ profundamente y exhal¨¦. "Mirella, dejame de molestar ya. No estoy de humor ahora". Mirella parec¨ªa frustrarse m¨¢s y m¨¢s con cada intento fallido. Se qued¨® callada un momento y luego¡­ ¡°Luciano, si no reaccionas a las tres¡­ ?Voy a caminar desnuda arriba de tu cabeza!¡± Ignor¨¦ la amenaza. Era obvio que nadie ser¨ªa tan tonto para hacer algo as¨ª. ¡°?Uno¡­!¡± No dije nada. Ojal¨¢ solo terminara de contar y se fuera a molestar a otra persona. ¡°?Dos¡­!¡± Segu¨ªa sin moverme. Esto era est¨²pido... ?Acaso hab¨ªa aprendido lo de ''a las tres'' de cuando cargamos al Rey Demonio? ¡°?Tres!¡± Silencio total de mi parte. Al ver que no suced¨ªa nada, abr¨ª un ojo con desconfianza y la vi flotando con los brazos cruzados, haciendo un puchero. ¡°No pensabas hacerlo, ?no?¡± Mirella desvi¨® la mirada. ¡°Eh¡­ bueno, no. Pero si quieres, lo hago¡­¡± "Definitivamente no". Suspir¨® y cambi¨® de t¨¢ctica. Esta vez s¨ª se subi¨® a mi cabeza. S¨ª. Literalmente, aterriz¨® sobre mi cabeza y se acost¨® ah¨ª, boca abajo y con las piernas sobre mi hombro. "Ahhh¡­ S¨ª, s¨ª¡­ Esto es c¨®modo¡­" No reaccion¨¦. "Luciaaaaaanoooooo voy a hacer que huelas mis pies sucios si no te levantas". "..." "Voy a lamer tu cara". "..." Me imagin¨¦ a Mirella inflando las mejillas con frustraci¨®n cuando empez¨® a sacudir un poco mi cabello. "?Reacciona! ?Aunque sea, dime que te molesto! ?No puedes estar as¨ª!" Nada. Silencio absoluto de mi parte. "?Ay, no! ?Volv¨ª a arrancarte cabello!" Ese era otro tema. "No pasa nada... And¨¢ a dormir... o mejor andate a molestar a Aya, o a quien mierda sea". "?No!" "Pfff..." Pasaron unos segundos antes de que escuchara un susurro en mi o¨ªdo. "Luciano es un bicho feo que se porta tan mal que... que..." Levant¨¦ apenas una ceja, pero esta vez no le respond¨ª. "Luciano huele raro, como huelen las... las..." Segu¨ª qued¨¢ndome callado. "Luciano tiene pies feos, se parecen a... a..." Eso fue bajo. ?Se estar¨¢ refiriendo a que no tengo las u?as? "A Luciano¡­" La escuch¨¦ tragar saliva. "A Luciano le gustan las colas y las orejas de Aya". Lentamente levant¨¦ la cabeza. "?Qu¨¦ dijiste?" Mirella cay¨® de espalda contra el piso y sonri¨® con nerviosismo, agitando las manos. "?Es broma, es broma! Una broma muy tonta..." Dej¨® caer sus brazos contra el suelo, como si estuviera derrotada. Al fin, solo deb¨ªa esperar que se fuera para dormir tranquilo y no pensar en nada. Solo espero que despu¨¦s no venga nadie m¨¢s a molestarme. Volv¨ª a acostar la cabeza contra el suelo de costado, expectante y sin cerrar los ojos. La vi suspirar y volar un poco lejos de m¨ª. Esta vez no dijo nada por un rato. Hasta que¡­ Un peque?o sollozo. Levant¨¦ la vista solo un poco y la vi; Mirella estaba temblando, sus ojitos verdes llenos de l¨¢grimas. Se las restreg¨® con el dorso de las manos, pero no pod¨ªa detenerlas. "?Tonto, tonto, tonto!" Su vocecita se rompi¨®. "?Siempre logras hacerme re¨ªr! ?Siempre logras hacer que todos se sientan mejor! ??Por qu¨¦ ahora no puedo hacer lo mismo contigo?!" Baj¨® la cabeza, y sus hombros temblaron m¨¢s fuerte. "?No quiero verte as¨ª! ?No quiero que te quedes as¨ª!" Mirella, quien siempre estaba llena de energ¨ªa, quien siempre sonre¨ªa sin importar qu¨¦¡­ ahora estaba llorando, por m¨ª. Mirella... Siempre es alguien risue?a, bromista. No importa la situaci¨®n, siempre encuentra la manera de hacer un chiste, de re¨ªrse o de fastidiar a alguien con su presencia. A veces lo hace para molestar, otras veces para aliviar tensiones, pero ahora estaba de nuevo as¨ª¡­ tan vulnerable. ?Pero por qu¨¦? ?Por qu¨¦ est¨¢ llorando ahora? Anya muri¨®. ?Por qu¨¦ no llor¨® por ella? ?Por qu¨¦ no se sinti¨® triste cuando vio todo lo que pas¨®? No, espera¡­ Tal vez s¨ª lo hizo, pero lo ocult¨®. Tal vez se forz¨® a seguir sonriendo, a seguir con su actitud de siempre solo para que yo no me derrumbara. Tal vez, todo este tiempo, estuvo sosteniendo su propia tristeza, reprimi¨¦ndola, porque pens¨® que yo la necesitaba fuerte, que no deb¨ªa mostrarme su dolor. ?Y ahora? Ahora est¨¢ llorando porque no puede hacerme re¨ªr. Porque no puede hacerme olvidar el peso que llevo en los hombros. Es gracioso, en cierto modo. Yo nunca pens¨¦ que Mirella fuera tan as¨ª. Que sintiera que ten¨ªa que hacerme re¨ªr, que deb¨ªa estar para m¨ª cuando yo no pod¨ªa estar para m¨ª mismo. Siempre la vi como un torbellino de energ¨ªa, una fuerza de la naturaleza que simplemente hac¨ªa lo que quer¨ªa, sin importarle las consecuencias. Pero no... No es as¨ª. Tal vez sea porque yo siempre estoy intentando verle las cosas positivas a las cosas, que siempre sigo adelante sin importar lo que nos suceda, que siempre ve que tengo una soluci¨®n para las cosas. Sin embargo, ahora fall¨¦ y Anya ya no est¨¢ a nuestro lado, y s¨¦ que eso es algo irreparable. Ella realmente se preocupa. Ella est¨¢ sufriendo por m¨ª. No me lo merec¨ªa en este momento. Pero ella estaba ah¨ª, con el rostro lleno de l¨¢grimas y la voz temblando por la frustraci¨®n de no poder ayudarme. Sin pensarlo demasiado, me arrastr¨¦ hasta ella, extend¨ª la mano y le di un leve golpecito en la cabeza. No con fuerza. Solo lo suficiente para que reaccionara. Ella parpade¨® varias veces y me mir¨® con la boca entreabierta. "?Eso fue... un coscorr¨®n?" ?As¨ª se le dec¨ªa a eso? "S¨ª". "?Por qu¨¦?" "Porque te pasaste todo este tiempo intentando sacarme de mi miseria... pero nunca te diste tiempo para estar triste vos". Sus labios se apretaron y su expresi¨®n se contrajo en una mueca a punto de explotar. Sus ojitos verdes brillaron con nuevas l¨¢grimas y, sin decir nada m¨¢s, se lanz¨® contra m¨ª, abrazando mi brazo con toda la fuerza que ten¨ªa. "?Tonto! ?Tonto, tonto, tontoooo!" Nos quedamos as¨ª, en silencio por un tiempo. "Perd¨®n por decirte idiota", dije. "Y yo te pido perd¨®n por decirte tonto y todas esas cosas raras. No eran verdad, solo estaba bromeando". "?Lo de Aya tambi¨¦n era broma?" "Bueno... No s¨¦, supongo que eso solo lo sabes t¨²". "Bueno, supongo que s¨ª me gustan un poco sus colas y el ruido que hace al mover las orejas". "?Tonto!" Un nuevo golpecito lleg¨® a mi pecho. Tal vez ma?ana sea un d¨ªa mejor. Tal vez ma?ana sea un mundo mejor. Tal vez. Cap铆tulo 58: ?Amigo o enemigo? Reci¨¦n acabo de despertarme luego de dormir junto a Mirella por no s¨¦ cu¨¢nto tiempo. Se ve que durante ese transcurso en el que estuve dormido, a nuestro lado se sumaron las gemelas, Luc¨ªa y Aya. Luc¨ªa era la que estaba m¨¢s cerca de m¨ª. De hecho, choqu¨¦ sin querer mi brazo contra ella al despabilarme. "?Te sientes un poco mejor?" "No s¨¦... ?D¨®nde est¨¢n los dem¨¢s? ?En la sala principal?" "S¨ª. Dijeron que iban a rezarle a Ad¨¢n o algo as¨ª. Est¨¢n junto a la l¨¢pida que hiciste". "Ah..." Vi hacia mi otro costado; Mirella segu¨ªa durmiendo, Aya tambi¨¦n y las gemelas estaban sentadas, mirando al infinito y con los ojos algo rojos. "?Ustedes no rezan?" Samira fue la ¨²nica que me mir¨®, porque Suminia apoy¨® la frente contra sus rodillas, ocultando su rostro. "No tenemos ganas de hacer nada". "Ya veo... Yo tampoco, pero tengo que seguir adelante para poder salir de este maldito lugar y que no muera nadie m¨¢s". Samira no respondi¨®, simplemente cerr¨® los ojos y dej¨® escapar una l¨¢grima. Toqu¨¦ suavemente con un dedo el cuerpo de Mirella. "Mirella, ?quer¨¦s acompa?arnos a ver c¨®mo est¨¢ todo afuera?" Ella apenas se gir¨® hacia m¨ª, pero no abri¨® los ojos. "Ah... S¨ª... S¨ª..." "?Quer¨¦s que te acompa?e yo?" Pregunt¨® mi mam¨¢ al ver que Mirella no abr¨ªa los ojos. "Puede ser... Aunque si no vamos con Mirella, no ver¨ªamos nada porque no vamos a tener luz". Antes de que pudiera volver a hablarle a Mirella, Samira me interrumpi¨®. Su ment¨®n estaba apoyado sobre sus rodillas. "Luciano, ?c¨®mo haces para ser tan fuerte?" "?A qu¨¦ te refer¨ªs?" "A que siempre est¨¢s intentando mejorar o hacer cosas nuevas, y que siempre est¨¢s luchando contra la gente mala. ?C¨®mo haces para siempre seguir a pesar de que salgan mal las cosas?" ?C¨®mo podr¨ªa responder a eso sin mentirle? ?Sin decirle que fui mandado ac¨¢ con un objetivo tan grande que me empuja a tener que seguir adelante? "Supongo que es porque tengo la magia, y eso me hace poder y querer protegerlos a todos ustedes". "?Y t¨² sabes qu¨¦ fue todo eso que pas¨® fuera? ?Por qu¨¦ le pas¨® eso al volc¨¢n?" "Yo tambi¨¦n estoy perdido con ese tema, porque no s¨¦ por qu¨¦ sucedi¨® justo ahora, justo despu¨¦s de vencer al Rey Demonio. Solo s¨¦ que lo que sucedi¨® se llama erupci¨®n, y que sale lava desde dentro del volc¨¢n hacia fuera". "?Y qu¨¦ vamos a hacer ahora?" "Estoy en eso, Sami". Est¨¢ bien". Ella ocult¨® su cara apoyando la frente contra sus rodillas, adoptando la misma postura en la que estaba su hermana. "Gracias por todo..." Escuch¨¦ que murmur¨®. Volv¨ª a tocar suavemente el hombro de Mirella. "Mirella, ?podr¨ªas ponerme una bola de luz que me acompa?e?" "Ah... S¨ª... S¨ª..." Dormida y sin todav¨ªa abrir los ojos, levant¨® una sola mano y una bola de luz no muy grande apareci¨® hasta llegar arriba de mi cabeza. "Gracias", respond¨ª, levant¨¢ndome del suelo. No respondi¨® nada, solo se dio la vuelta y sigui¨® durmiendo. Estir¨¦ las manos hacia Luc¨ªa para ayudarla a levantarse y luego me acerqu¨¦ a las gemelas, viendo c¨®mo a su lado Aya estaba durmiendo sentada contra la pared. Ellas no se mov¨ªan demasiado, solo estaban ah¨ª, atrapadas en su propio dolor. Me arrodill¨¦ frente a ellas y, sin decir nada, las envolv¨ª con mis brazos, atray¨¦ndolas a m¨ª. Samira se dej¨® caer contra mi hombro sin oponer resistencia, mientras que Suminia, aunque m¨¢s r¨ªgida, tampoco se apart¨®. Pude sentir c¨®mo las dos temblaban ligeramente, con sus respiraciones entrecortadas, cargadas de emociones contenidas. Por un momento, se sent¨ªa como estar abrazando a la misma persona por doble. Suspir¨¦, apoyando la barbilla sobre sus cabezas. "No voy a decirles que lo superen de inmediato, porque s¨¦ que eso es imposible ahora. Tampoco voy a decirles que dejen de pensar en ella, porque siempre estar¨¢ en nuestros corazones¡­ pero s¨ª quiero que sepan algo: vamos a seguir adelante cueste lo que cueste. Vamos a vivir, aunque duela. Porque eso es lo que Anya querr¨ªa, ?verdad?" Samira asinti¨® d¨¦bilmente contra mi pecho, sin levantar la cara. Suminia tard¨® m¨¢s, pero finalmente, dej¨® escapar un peque?o suspiro y movi¨® la cabeza apenas, refreg¨¢ndose un poco contra mi ropa. "Juro que no voy a dejar que esto nos derrumbe como familia. No importa lo que venga, lo que pase¡­ siempre vamos a encontrar la forma de seguir adelante". Samira hizo un ruido ahogado, como si estuviera conteniendo el llanto, y escondi¨® m¨¢s la cara contra m¨ª. "Gracias¡­" Murmur¨® de nuevo. "Siempre estaremos a tu lado y al lado de tu familia". "Gracias por decir eso". Me qued¨¦ un rato m¨¢s abraz¨¢ndolas, d¨¢ndoles ese poco de calor que pod¨ªa ofrecerles, hasta que sent¨ª que ya era momento de irme. Les di un suave apret¨®n a ambas antes de soltarlas y levantarme. Pero justo en ese momento, una de ellas me tom¨® de la mano con fuerza, fren¨¢ndome. Al darme la vuelta, pude ver que era Suminia. "No vas a..." Parec¨ªa estar dudando de si hablar o no. No hizo contacto visual conmigo. "No vas a hacer nada tonto, ?verdad?" Inclin¨¦ un poco el cuerpo hacia ella, haciendo que me vea de frente. "Solo voy a hacer lo necesario para que todos sigamos viviendo y no sufrir m¨¢s". Ella solt¨® mi mano de inmediato. "E-Est¨¢ bien..." Supe que no deb¨ªa decir nada m¨¢s, y tampoco ella querr¨ªa, as¨ª que me fui de la habitaci¨®n de piedra. Luc¨ªa se acerc¨® a m¨ª en silencio y juntos salimos de la habitaci¨®n, seguidos por la luz flotante que Mirella hab¨ªa creado para m¨ª. Cuando llegamos a la sala principal, la escena que vi me peg¨® bastante fuerte. Todos estaban ah¨ª, algunos cuantos reunidos alrededor de la l¨¢pida de Anya, con la cabeza baja. Algunos se ve que murmuraban oraciones en voz baja; otros solo miraban el suelo, supongo que atrapados en sus pensamientos. Pero mi mirada se detuvo en un rinc¨®n al fondo a la derecha. Tar¨²n estaba acurrucado en el suelo, con el rostro enterrado entre sus brazos, igualito a como yo estaba hace un rato. Sus hombros temblaban ligeramente, aunque no hac¨ªa ruido alguno. A su lado, Tariq ten¨ªa una mano sobre su espalda, intentando consolarlo, pero se notaba que no sab¨ªa qu¨¦ hacer. Rin y Rundia tambi¨¦n estaban all¨ª, con expresiones sombr¨ªas, pero parec¨ªan estar habl¨¢ndole. No me acerqu¨¦. No era el momento. No era el lugar. Tampoco quer¨ªa hacerlo. Aprovech¨¦ para ver que la mayor¨ªa de bandejas estaban vac¨ªas y segu¨ª caminando con Luc¨ªa, alej¨¢ndonos de todos. "Sigamos, mami". "S¨ª..." El comienzo de la cueva estaba en penumbra, apenas iluminado por la esfera de luz. La roca h¨²meda del suelo reflejaba el brillo tenue, d¨¢ndole un aire extra?o y melanc¨®lico al lugar. Lo cierto era que a cada paso que d¨¢bamos, el aire se sent¨ªa un poco m¨¢s h¨²medo. Debe ser que el agua est¨¢ siendo absorbida por la tierra. Por lo pronto, yo aprovech¨¦ para recargar mi cantimplora con la poca agua que hab¨ªa quedado estancada en el suelo. Luc¨ªa caminaba a mi lado en silencio. "Te ves m¨¢s serio que antes¡­" Murmur¨®, mir¨¢ndome de reojo mientras se acomodaba un poco su prenda superior. "Porque estoy pensando en algo que no te cont¨¦ todav¨ªa", respond¨ª, sin girar hacia ella. "?Algo que todav¨ªa no me contaste?" "?Viste que yo siempre te cuento todo a vos?" "S¨ª... ?Me estuviste ocultando algo? No deber¨ªas ocultarle cosas a mam¨¢". Me detuve, tom¨¦ aire y, sin decir nada, pas¨¦ una mano por mi cabello y tir¨¦ suavemente de un mech¨®n. Los cabellos se desprendieron con una facilidad absurda, cayendo en peque?os hilos sobre mi palma. Ella se qued¨® mirando en silencio; sus ojos oscuros y sorprendidos brillando a la luz de la esfera. "Estoy maldito", dije finalmente. Ella frunci¨® el ce?o. "No digas esas cosas, hijo. ?Por qu¨¦ estar¨ªas maldito? ?Acaso hay brujas en este mundo y yo no las vi?" Levant¨¦ la mano, dej¨¢ndole ver los cabellos ca¨ªdos. "Es en serio. Fue la magia del Rey Demonio que me maldijo antes de morir. Lo ¨²nico que no sabemos es por qu¨¦ eligi¨® esta maldici¨®n. Y no se me cae solo el de la cabeza, sino que cualquier tipo de pelo del cuerpo". Luc¨ªa tom¨® los cabellos con delicadeza, intercalando la mirada entre su palma y mi cabeza. "?Pero entonces us¨¢ tu magia para peg¨¢rtelos de nuevo!" Hasta ahora no hab¨ªa probado a hacer eso porque estaba realmente seguro de que no funcionar¨ªa, pero por probar no perdemos nada... "A ver, d¨¢melos". Ella obedeci¨® de inmediato, y yo me llev¨¦ esos pelos a un costado de la cabeza, justo donde me hab¨ªa hecho el degrad¨¦ y donde ahora ya no hab¨ªa nada de pelo. Un¨ª las puntas a mi cuero cabelludo, y claramente no funcion¨®. Hab¨ªa algo que parec¨ªa impedirles unirse a mi cuerpo, cay¨¦ndose a los segundos y sin que yo los tocara. "No hay soluci¨®n, solo queda esperar y ver qu¨¦ pasa". "?C¨®mo que ''esperar''?" Su tono cambi¨® por completo. Ahora ten¨ªa los labios tensos y los ojos bien abiertos, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. "?No podemos simplemente esperar! ?Se te est¨¢ cayendo el pelo, Luciano! ?Eso no es normal!" "Obvio que ya s¨¦ que no es normal". De repente, se acerc¨® y me toc¨® bruscamente una de mis cejas. Luego se mir¨® el dedo. "?Mir¨¢! ?Las cejas tambi¨¦n!" Me encog¨ª de hombros. "?Y qu¨¦ quer¨¦s que haga? No encontr¨¦ una forma de revertir la maldici¨®n con magia, y no tengo idea de c¨®mo funciona. Ni siquiera Forn, que uno pensar¨ªa que sabe bastante de esto, supo decirme una soluci¨®n". Luc¨ªa apret¨® los dientes y se agarr¨® la cabeza con ambas manos. "?No pod¨¦s estar tan tranquilo con esto! ?No pod¨¦s!" "No estoy tranquilo, de verdad. Solo que no puedo seguir poni¨¦ndome nervioso o frenar mis cosas por algo que s¨¦ que no le voy a encontrar la vuelta". "?Qu¨¦ estupidez todo esto!" No respond¨ª. Sab¨ªa que estaba asustada, pero yo tambi¨¦n lo estaba. No me gustaba admitirlo tanto, ya que el hecho de que mi magia no funcionara con esto me hac¨ªa sentir vulnerable. En otro momento me habr¨ªa re¨ªdo de la idea de quedarme calvo tan joven, pero ahora era diferente. No era un simple problema est¨¦tico, sino algo impuesto por el Rey Demonio antes de morir, y eso me daba mala espina. "Una pregunta: ?todav¨ªa tengo los dos pelos rojos?" "S¨ª..." "Bueno, gracias". Con Luc¨ªa resoplando de frustraci¨®n detr¨¢s de m¨ª, seguimos avanzando por la cueva. "Te har¨¦ un sombrero de hojas. No pienso dejar que te vean as¨ª", dijo de repente. "Gracias..." Respond¨ª, mirando mi falta de u?as en los pies. "Yo creo que una vez que se caiga todo va a volver a crecer. Esa es mi teor¨ªa". "?Como si se hubiera cumplido la maldici¨®n?" "Algo as¨ª". "Mientras no te agarre otra cosa aparte de eso..." "Esperemos que no". "No te olvides de rezarle a Sariah". "Lo hago todas las noches". Tras varios minutos de caminata, finalmente llegamos a la salida¡­ o lo que antes era la salida de la cueva. Todav¨ªa estaba esa enorme pared de piedra que sellaba el camino, s¨®lida y sin la m¨¢s m¨ªnima grieta por donde se pudiera asomar la luz del exterior. Stolen content warning: this tale belongs on Royal Road. Report any occurrences elsewhere. "As¨ª que casi los agarra el agua, ?eh!" "Zafamos con lo justo". "Qu¨¦ locura todo esto que est¨¢ pasando. Todas son malas noticias". "Ahora toca ver c¨®mo est¨¢ todo afuera, porque si nos quedamos ac¨¢, nos vamos a terminar asfixiando". Justo cuando iba a empezar a moldear la roca para abrir un camino, un grito agudo retumb¨® en la cueva. "?Luciaaaanooooo!" El chillido me hizo girar de golpe, justo a tiempo para ver una peque?a bola de luz acerc¨¢ndose a toda velocidad. Mirella se detuvo frente a m¨ª, flotando con el ce?o fruncido y los brazos en jarra. Estaba un poco despeinada. "??Por qu¨¦ no me avisaste que te ibas?! ??Qu¨¦ clase de amigo abandona a su adorable hada dormida y se larga sin decir nada?!" "?Holaaaa! Yo tambi¨¦n estoy ac¨¢, ?eh! Luciano no est¨¢ solo. Adem¨¢s, vos estabas re dormida", dijo Luc¨ªa. "Bueno... No s¨¦ si es verdad eso". Me pas¨¦ una mano por la cara y solt¨¦ un suspiro. "Mirella, estabas demasiado dormida. Te mov¨ª un poco dos veces y ni reaccionaste casi. Solo me diste una bola de luz y nada m¨¢s". Ella se llev¨® las manos a la cara, refreg¨¢ndosela de arriba abajo. "?Pues hubieras esperado a que despertara! ?O me hubieras llevado en tus brazos!" "No pod¨ªa esperarte". "?Ayyyshhh! ?Qu¨¦ tonter¨ªa todo esto!" "Bueno, ya est¨¢s ac¨¢", dije, volviendo mi atenci¨®n a la roca sellada. "Ahora dejame trabajar". Pero Mirella ya hab¨ªa cambiado su cara en un instante y estaba observando la situaci¨®n de cerca con inter¨¦s. "?Yo puedo ayudar!" Exclam¨®, se?alando la selladura. "Soy peque?a y puedo volar. Si haces un pasadizo peque?o, puedo pasar y ver qu¨¦ hay del otro lado". Lo pens¨¦ por un momento. No me gustaba la idea de enviarla sola, pero era cierto que su tama?o la hac¨ªa perfecta para la tarea. "Est¨¢ bien", acept¨¦. "Voy a hacer un t¨²nel justo del tama?o tuyo para que puedas pasar". Mirella ahora estaba sonriendo ampliamente, como si estuviera disfrutando la idea de una misi¨®n especial. Si le dec¨ªa que no, la iba a tener todo el d¨ªa reclam¨¢ndome por eso. Coloqu¨¦ las manos sobre la piedra y us¨¦ mi magia para moldearla, creando un t¨²nel lo suficientemente grande para que ella pudiera deslizarse a trav¨¦s. La roca cedi¨® lentamente bajo mi control, formando un pasaje oscuro que atravesaba la piedra por la parte superior, lo suficientemente alto para que no tenga ning¨²n problema si hay un nivel considerable de agua. La verdad es que ni me hac¨ªa falta fijarme si hab¨ªa agua, porque la idea era salir ya, sea como sea. Mirella se estir¨®, como si estuviera calentando antes de un vuelo importante, y luego se meti¨® en el t¨²nel con agilidad. Luc¨ªa y yo nos quedamos esperando en silencio mientras la vimos salir. "?Es de d¨ªa!" "?En serio? Perfecto entonces". "?Ya vuelvo! ?Esp¨¦renme ah¨ª!" "?S¨ª! ?Ten¨¦ cuidado y no hagas nada que te ponga en peligro!" "?Entendido!" Nos quedamos parados mirando la pared. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos. Nos sentamos en el suelo los dos. "Eu". "?S¨ª?" "Siempre me pregunt¨¦ por qu¨¦ Sariah hizo que yo pudiera escuchar las part¨ªculas m¨¢gicas y no que pudiera usar magia, como vos". "Pienso que ella lo hizo para complementar mi avance en este mundo". "?En serio?" "Si los dos tuvi¨¦ramos magia, ser¨ªa como extra?o y poco funcional para los dem¨¢s humanos", respond¨ª, agarrando un segundo la bola de luz para que iluminara m¨¢s el lugar. "En vez, ahora, vos teniendo una habilidad ¨²nica conectada con la magia nos ayudas a todos los que usamos magia a entender c¨®mo funcionan las cosas. Por ejemplo, descubrimos que las part¨ªculas son seres que tienen inteligencia y pueden expresarse. Sariah tambi¨¦n debe buscar que los que usamos magia sepamos eso, aunque solo Mirella lo sepa por ahora". "Cierto. A veces es un poco divertido escuchar cosas que los otros no pueden. Y si te ayuda, mejor entonces". "Ahora podr¨ªas acercarte y preguntarles c¨®mo quitar mi maldici¨®n". Ella chasque¨® los dedos. "?Es cierto!" Grit¨®, apoyando su oreja contra mi hombro. Yo esper¨¦ en silencio hasta que ella terminara de escuchar. "Solo dicen que est¨¢n asustadas... Y como siempre, repiten tu nombre y el de Sariah". "Qu¨¦ pena..." Ella sigui¨® apoyada en mi hombro. Estuvimos as¨ª como cinco minutos m¨¢s. "Las part¨ªculas sugieren que vayamos a buscarla". "?En serio dicen eso y nada sobre la maldici¨®n?" Ella se separ¨® y asinti¨®. "S¨ª, de verdad". Todo esto de las part¨ªculas no paraba de sorprenderme cada vez que mi mam¨¢ las escuchaba. La verdad es que este mundo est¨¢ lleno de misterios y, como dijo Forn, uno nunca termina de entender la magia. "Si lo dicen ellas, es porque debe ser importante. Vamos". Fabriqu¨¦ una lanza exclusivamente de piedra y con su punta fui tocando la pared para abrir el pasadizo que nos llevar¨ªa fuera. Me adelant¨¦ y le hice un gesto a Luc¨ªa para que me siguiera. Cuando quedaba tan solo un par de cent¨ªmetros de espesor, me di la vuelta. "?No ser¨ªa mejor que llam¨¢ramos a Aya? Por si las dudas". "La hubieras despertado antes..." "Ya... Todav¨ªa estamos a tiempo, ?no?" "Pero perder¨ªamos un mont¨®n de tiempo en bajar y subir, y no sabemos si Mirella est¨¢ en peligro". "Est¨¢ bien. Sigamos". Cuando emergimos, el mundo parec¨ªa otro. El aire denso del ''refugio'' dio paso a un viento h¨²medo y pegajoso que tra¨ªa consigo el aroma salado del mar mezclado con el hedor de la tierra revuelta. Tambi¨¦n hab¨ªa algo de llovizna que ca¨ªa sobre nosotros. La selva, antes frondosa y llena de vegetaci¨®n, estaba ahora arrasada por la furia del tsunami. ¨¢rboles gigantes hab¨ªan sido arrancados y estaban apilados unos sobre otros como si fueran algo insignificante. Charcos de agua brillaban bajo el sol, reflejando los destrozos. El suelo estaba cubierto de ramas, barro y piedras, todo revuelto por todos lados. Me mord¨ª el interior de la mejilla, conteniendo un suspiro. El paisaje que ten¨ªa a mi alrededor era bastante desalentador. Lo primero era encontrar a Mirella y luego ver mejor los da?os. "?Mirella!" Grit¨¦, avanzando con dificultad entre los primeros ¨¢rboles ca¨ªdos. Luc¨ªa hizo lo mismo. Al menos me sent¨ª aliviado al notar que el fuego y la lava no hab¨ªan llegado hasta ac¨¢. Eso era una buena noticia en medio de tanta destrucci¨®n. Ni siquiera hab¨ªa humo en el cielo. Esa nube negra que se hab¨ªa formado ya no estaba. Decid¨ª dirigirme a la playa. Tal vez Mirella podr¨ªa estar ah¨ª, cerca de nuestra casa... O lo que quede de ella. Cada vez se hac¨ªa m¨¢s dif¨ªcil avanzar, as¨ª que us¨¦ la lanza y mi magia para apartar troncos y despejar el camino. El uso constante de la magia me iba consumiendo part¨ªculas poco a poco, pero no pod¨ªa darme el lujo de detenerme ahora. "?Mirella! ??D¨®nde est¨¢s?!" Cuando la arena finalmente apareci¨® bajo mis pies, pude ver algo muy feo. Nuestra casa¡­ estaba destruida. Las partes de madera que hab¨ªa levantado con tanto esfuerzo estaban esparcidas por el suelo y estampadas contra los ¨¢rboles como si fueran basura. La estructura principal estaba hecha pedazos, las paredes colapsadas y el techo ni siquiera sab¨ªa d¨®nde estaba. Nuestras camas, nuestros muebles... Todo estaba roto. "Qu¨¦ pena..." Murmur¨® Luc¨ªa. "Bueno, era bastante obvio que iba a pasar esto". Una llamarada de ira creci¨® dentro de mi cuerpo. No solo por la casa en s¨ª, sino por lo que simbolizaba para todos. Hab¨ªa sido un hogar c¨¢lido, un lugar seguro en este mundo primitivo. Y ahora¡­ no quedaba nada. Ni siquiera estaba la piedra que aplast¨® el cuerpo de Anya. Anya... Hab¨ªamos perdido el hogar en el que ella vivi¨® junto a nosotros todo este tiempo. "Qu¨¦ erupci¨®n de mierda, loco. Se arruin¨® todo lo que hab¨ªamos venido haciendo hasta ahora. Seguro que la huerta tambi¨¦n se fue a la mierda". "S¨ª..." Mi atenci¨®n no se qued¨® en las ruinas por mucho tiempo porque mi mam¨¢ me toc¨® el hombro, se?al¨¢ndome hacia m¨¢s all¨¢ en la playa, muy cerca del agua. A varios metros de la casa derrumbada, Mirella flotaba en el aire, gritando y agit¨¢ndose con furia frente a una mujer que no reconoc¨ª qui¨¦n era. Ten¨ªa un cabello rojo y largo, combinando con una piel demasiado blanca. Me fui acercando mientras la ve¨ªa detenidamente. Ten¨ªa una forma demasiado similar a... Sariah. De hecho, las alturas eran similares... Aunque tal vez esta mujer sea un poco m¨¢s petiza. Iba descalza y vest¨ªa un short rojo de tela de jean con un cintur¨®n dorado. Arriba ten¨ªa puesto un top rojo de mangas largas. Lo que realmente me puso en alerta al verla de costado fueron sus cuernos extra?os: eran dos cosas moradas que empezaban desde sus sienes y se curvaban por su frente, apuntando directamente a sus ojos y deteni¨¦ndose la punta justo sobre sus cejas. O sea, en vez de ir hacia arriba, como los del minotauro, iban hacia abajo, y no eran largos. Era como una especie de demonio con forma humana. ¡°?No voy a seguir tus tontas ¨®rdenes!¡± Grit¨® Mirella, enojada. ¡°?No te conozco, as¨ª que no puedes darme ¨®rdenes como si fueras mi mejor amiga! ?Yo solo sigo a Luciano! ?Eres una tonta!¡± Luc¨ªa y yo intercambiamos miradas antes de acercarnos del todo. ¡°?Mirella?¡± Llam¨¦, pero ella apenas me mir¨®. La mujer extra?a gir¨® su vista hacia nosotros, revelando unos ojos demasiado rojos. Ten¨ªa una expresi¨®n altiva, como si se sintiera superior ante nosotros. Me mir¨® de arriba abajo y chasque¨® la lengua. ¡°Solo son humanos¡±, murmur¨®, como si eso le causara fastidio. Antes de que pudiera preguntar qui¨¦n era, ella alz¨® la barbilla con arrogancia y se?al¨® el suelo. ¡°Arrod¨ªllense¡±. Frunc¨ª el ce?o. ¡°?Qu¨¦?¡± ¡°?Que se arrodillen, dije! Seres inferiores como ustedes no deber¨ªan estar de pie ante m¨ª. No deber¨ªan siquiera dirigirme la palabra¡±. Luc¨ªa y yo nos quedamos en silencio por un segundo, procesando su actitud. En ese momento pude ver que ella ten¨ªa part¨ªculas m¨¢gicas movi¨¦ndose a su alrededor. Definitivamente no era Sariah la que hab¨ªa bajado del cielo, sino que deb¨ªa ser la mujer de fuego. ¡°Eh¡­ No, mujer de fuego. No podemos hacer eso¡±. Su expresi¨®n se tens¨®. ¡°??C¨®mo me llamaste?!" Grit¨®, apretando los pu?os. "??Y c¨®mo que no?! ?T¨² solo debes limitarte a callarte y obedecer!¡± Vaya que s¨ª tiene un ego grande... Forn ten¨ªa mucha raz¨®n. El problema ac¨¢ era que yo no ten¨ªa demasiada paciencia como para andar lidiando con esta situaci¨®n. A esta clase de gente hay que domarla a la fuerza si es necesario. Al final no respond¨ª, solo me qued¨¦ observ¨¢ndola. Debo decir que llevaba una ropa bastante provocativa, diferente a lo que he solido ver de las creaciones de nuestra diosa. Ella era la ¨²ltima de las entidades atrapadas en las piedras m¨¢gicas, y eso me puso a pensar. ?Acaso fue liberada autom¨¢ticamente al morir el Rey Demonio o es que la lava hizo chocar, con demasiada suerte, las piedras entre s¨ª y as¨ª se liber¨®? "?Responde de una vez!" Luego de ese grito, ella pareci¨® notar algo en m¨ª porque su actitud cambi¨® de inmediato. Entrecerr¨® los ojos y se acerc¨® con pasos lentos. Su mirada se clav¨® en mi pecho, en mi brazo, en mi alrededor. ¡°?Por qu¨¦¡­?¡± Pregunt¨® con extra?eza. Su tono no era el mismo que antes. Hab¨ªa dejado de sonar como alguien que se cre¨ªa superior para sonar¡­ confundida. ¡°?Por qu¨¦ tienes magia a tu alrededor?¡± Mirella cruz¨® los brazos y se interpuso entre nosotros. ¡°Eso no te importa, tontita¡±. Ella no le prest¨® atenci¨®n a Mirella, solo se qued¨® mir¨¢ndome. "?Te molesta que yo tambi¨¦n tenga part¨ªculas m¨¢gicas? ?Acaso est¨¢s interesada en ver si puedo usar m¨¢gica?" "No... ?No puede estar pasando esto!" "S¨ª, s¨ª puede". "?Te estoy diciendo que no!" Su cuerpo empez¨® a cambiar de forma brusca. Sus ojos, antes tan rojos, empezaron a arder en fuego, literalmente. Desde sus pies comenz¨® a burbujear un l¨ªquido incandescente: lava. Se derramaba como un charco que se formaba desde la planta de sus pies y luego m¨¢s lava comenz¨® a serpentear en el aire a su alrededor. Pero lo m¨¢s extra?o de todo fue su ropa. Su short y su top rojo parecieron derretirse y luego volverse a formar, pero ya no como tela, sino como pegatinas negras y rojas que apenas cubr¨ªan su piel. Empezaban desde sus pies, abarc¨¢ndolos por completo hasta sus rodillas, como si fueran unas botas. Sus muslos estaban expuestos, y desde su entrepierna surg¨ªa una especie de ''v'' que se disparaba como ra¨ªces hacia arriba y los costados, envolviendo su panza y llegando hasta formarse un color rojo intenso que cubr¨ªa sus pechos medianos. Desde ah¨ª, en dos tirantes, surg¨ªa una especie de cuello alto y negro. "?Esto no puede estar pasando! ?Un humano no puede usar magia!" Grit¨®, levantando una mano, que tambi¨¦n estaba cubierta con forma de guante de color negro por fuera y rojo en su palma. Yo ya me estaba preparando. En cuanto vi que con un movimiento de su mano enviaba la lava a su alrededor hacia m¨ª, tuve que actuar. Hund¨ª el extremo de la lanza en el suelo y canalic¨¦ mi magia a trav¨¦s de ella. La tierra, la arena y las piedras a nuestro alrededor respondieron de inmediato. Ni siquiera me hizo falta cerrar mis ojos, porque se alzaron como si fueran masas moldeables y en menos de un parpadeo se cerraron sobre la mujer de fuego, formando un domo grueso e impenetrable. El impacto de su ataque contra las paredes del domo hizo un ruido extra?o, como si fuera simplemente agua chocando contra algo. Desde el interior se o¨ªan sus alaridos de furia, golpes y m¨¢s explosiones de lava. No perd¨ª el tiempo y concentr¨¦ mi magia, haci¨¦ndole peque?os orificios dispersos por toda la estructura. "Mirella", llam¨¦ sin apartar la vista del domo. "Met¨¦ r¨¢pido una bola de luz dentro". Ella sonri¨® de inmediato, casi como si estuviera disfrutando de la situaci¨®n. "?Con gusto, mi gran MEJOR AMIGO Luciano!" S¨ª, hizo ¨¦nfasis en que yo era su mejor amigo. Alz¨® sus manos y form¨® una esfera brillante y peque?a que atraves¨® uno de los orificios. En segundos, el interior del domo se ilumin¨®, revelando en partes la silueta fren¨¦tica de la mujer de fuego, golpeando las paredes, tratando de salir. "No vayas a expulsar lava por los huecos, ?eh! No me hagas enojar m¨¢s de lo que ya estoy". "?Maldito! ?Deja de hablarme como si nada!" Yo comenc¨¦ a caminar alrededor de la prisi¨®n de piedra, despacio, con una calma absoluta. "?Sab¨¦s qu¨¦?" Dije en voz alta, lo suficiente para que ella me oyera a pesar de los ruidos en el interior del lugar. "Podr¨ªa matarte ahora mismo si quisiera. Podr¨ªa simplemente apretar este lugar con mi magia y hacer que se cierre por completo. Ni siquiera te dar¨ªa tiempo a gritar". "??Qu¨¦...?!" "O mejor, puedo simplemente usar mi magia, adentr¨¢ndome por el suelo hasta tu cuerpo, y hacer explotar tu coraz¨®n". Sus golpes se hicieron m¨¢s violentos. "?Maldito ni?o idiota! ?Ya deja de hablarme!" Sonre¨ª. "Pero no lo voy a hacer, obviamente. Porque vos, aunque no lo sepas, sos nuestra aliada y pr¨®ximamente nuestra amiga". "?Nunca ser¨ªa amiga de ti, idiota!" Mis pasos eran tranquilos, pausados. Hab¨ªa aprendido a base de golpes que no hab¨ªa que dejarse pisotear por los dem¨¢s, menos si tengo las capacidades m¨¢gicas para dar batalla y ganar. "Quiero entender qu¨¦ sos, qu¨¦ pretend¨¦s y, sobre todo... por qu¨¦ carajos te cre¨¦s tan superior como para llamarnos seres inferiores". Empec¨¦ a achicar el domo, como para darle menos tiempo de reacci¨®n. "Pero bueno, puedo perdonarte si ped¨ªs perd¨®n". "?Nunca va a pasar eso!" Pude sentir el calor aumentando dentro de mi estructura. Yo empec¨¦ a cerrar los huecos poco a poco, porque ella empez¨® a tirar lava fuera. Adem¨¢s, tuve que trazar un muro exterior entre el domo y Luc¨ªa y Mirella. "Tambi¨¦n quiero que entiendas algo... Nosotros no somos malos, pero si intentan atacarnos, vamos a defendernos. Lo hemos hecho siempre, y vamos a seguir haci¨¦ndolo, porque as¨ª somos". Esta vez no respondi¨®. Mirella abandon¨® su posici¨®n y empez¨® a volar por encima de la estructura, que ya se hab¨ªa reducido a la mitad de su tama?o, dejando escapar una risa burlona. "?Vaya, vaya! ?La gran mujer de fuego est¨¢ atrapada como una gran tonta!" "??C¨¢llate, est¨²pida!!" Pude ver c¨®mo la figura de la mujer se mov¨ªa fren¨¦ticamente dentro del domo, haciendo escapar m¨¢s lava por los pocos huecos que quedaban. "Uhhh, qu¨¦ miedo, qu¨¦ miedo... Si eres tan poderosa, ?por qu¨¦ no sales? Ah, claro, porque Luciano te tiene bien controladita con su fuerte magia". No voy a decir que me preocupaba un poco que Mirella estuviera tan cerca, pero me estaba gustando demasiado el escuchar decirle todas esas cosas que yo tambi¨¦n querr¨ªa decirle en este momento. Los gritos dentro de la prisi¨®n de piedra se intensificaron, y el calor aument¨® tanto que la superficie del lugar comenz¨® a resquebrajarse y fundirse en algunos puntos. Tuve que utilizar m¨¢s magia para reforzar la estructura y ya me estaba quedando sin part¨ªculas. "?No me puede hacer esto un humano! ?Soy Pyra, la guardiana de esta isla!" ?Pyra? Qu¨¦ lindo nombre tiene, combina con su magia. Sobre lo otro... "?Guardiana, eh?" Con un leve movimiento hacia adelante de la lanza, dej¨¦ de reducir el espacio del domo. "Muy bien, Pyra", dije en voz alta. "Es un gusto conocernos. Yo me llamo Luciano, y la ni?a que estaba a mi lado se llama Luc¨ªa y es mi hermana menor". "?Y yo soy un hada y me llamo Mirella!" "?Me importa una mierda sus nombres!" Re¨ª por lo bajo y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s. "Pero hay algo que s¨ª me importa¡­ Dijiste que sos la guardiana de esta isla. Explicame bien qu¨¦ significa eso, porque yo no te vi cuid¨¢ndonos cuando el Rey Demonio quer¨ªa matarnos, cuando el volc¨¢n erupcion¨® y cuando vino el tsunami". Hubo un breve silencio. "?Yo soy la portadora de la magia de fuego, y fui yo quien hizo retroceder la lava hacia el volc¨¢n!" Esta vez fui yo quien se qued¨® callado. ?Era en serio lo que dec¨ªa? Ten¨ªa bastante sentido al ver c¨®mo esta parte de la isla no se hab¨ªa quemado. Si lo que dec¨ªa era cierto, entonces esta mujer, que hace un momento intentaba atacarme sin pensar, hab¨ªa salvado esta isla de la destrucci¨®n total. Exhal¨¦ despacio y deshice el domo por completo. Desde dentro sali¨® un mont¨®n de lava. "No vayas a hacer nada raro". Pyra estaba de pie en el centro de toda esa lava, su cuerpo a¨²n envuelto en ese extra?o traje pegado a su piel y su mirada ardiendo de orgullo. Le sostuve la mirada sin vacilar. "Si eso es verdad, te lo agradezco. En serio lo digo. Yo fui el que construy¨® la pared enorme, pero no s¨¦ si funcion¨®". Ella parpade¨®, mostrando un breve atisbo de sorpresa antes de volver a fruncir el ce?o. "?T¨² fuiste ese...?" Mir¨® hacia un costado. "No necesito tu agradecimiento, ?idiota!" "Y, sin embargo, te lo di igual, porque no quiero ser tu enemigo". Veamos qu¨¦ pasa... Cap铆tulo 59: La familia primero. Pyra segu¨ªa frente a m¨ª, todav¨ªa con esas cosas que parec¨ªan pegatinas pegadas a lo largo de su cuerpo. "?Amigos? ?Perdonar? ?Agradecer? ?Qui¨¦n te crees que eres?" "Eso mismo podr¨ªa preguntarte yo". "Te est¨¢s burlando de m¨ª, ?no? Todo porque eres diferente a los dem¨¢s humanos". "No me estoy burlando ni nada parecido. De hecho, te estoy tratando con m¨¢s respeto que vos a m¨ª". "Encima hablas raro..." Se dio cuenta del voseo. "Es que soy raro. ?No ves que puedo usar magia siendo humano?" Su boca se torci¨® en una mueca de molestia, pero no respondi¨®. Me toc¨® volver a tomar la palabra. "A todo esto, ?vos qu¨¦ sos? Porque parec¨¦s humana, pero ten¨¦s dos cuernos en la cabeza". "Eso... Ni siquiera pienso dec¨ªrtelo". "A m¨ª me parece que ni siquiera sab¨¦s que sos", dijo Luc¨ªa de repente, soltando una risa corta. Pyra chasque¨® la lengua. "Qu¨¦ molestos son los humanos. Siempre entrometi¨¦ndose en todo". "Podemos llevarnos bien y ser amigos, Pyra. No hay necesidad de pelear m¨¢s. Ya te dije que no somos enemigos". Ella apret¨® los pu?os y desvi¨® la mirada; su ego deb¨ªa de estar luchando contra la situaci¨®n, porque hab¨ªa un leve color rojo en sus mejillas. Era evidente que no estaba acostumbrada a que alguien le hablara con tanta calma despu¨¦s de un enfrentamiento, menos un humano, a los que ella parec¨ªa considerar como seres inferiores. Para colmo, sali¨® perdiendo. Mirella, a¨²n flotando cerca, puso las manos en sus mejillas con fingido asombro. "?Miren eso! ?Se est¨¢ sonrojando? ?Qu¨¦ tierna la mujer de fuego!" "?C¨¢LLATE, EST¨²PIDA CRIATURA M¨¢GICA INSOPORTABLE!" De pronto, su ropa empez¨® a volver a la normalidad r¨¢pidamente. Se ve que todas las ropas que Sariah les da a sus creaciones son bastante extra?as y maleables para con la magia. "?Te dije que soy un hada!" Sonre¨ª ligeramente despu¨¦s de tanto tiempo mientras volvimos a cruzar miradas con Luc¨ªa. Conocer a esta mujer podr¨ªa ser un nuevo comienzo para todos. "Bueno, se?orita Pyra. ?Podr¨ªas decirnos qu¨¦ pas¨® que terminaste siendo encerrada?" "?Encerrada? ?Yo? Nunca pas¨® nada parecido a eso, porque yo soy la m¨¢s fuerte de este lugar". Empez¨® a hacer una risa demasiado forzada, pero se termin¨® atragantando y tosi¨®. "S-Solo ca¨ª en una sucia trampa, nada m¨¢s que eso". "B¨¢sicamente, perdiste contra el Rey Demonio y ¨¦l us¨® su magia de maldecir para encerrar tu alma". "Claro que eso no sucedi¨®", respondi¨®, cerrando los ojos y levantando sus palmas a la altura de sus hombros. "Adem¨¢s, no tengo por qu¨¦ contarte todos los detalles". Bueno, no hab¨ªa forma de ganarle. Mientras tanto, la mayor¨ªa de la lava que la rodeaba antes empez¨® a deslizarse poco a poco hacia el agua, solidific¨¢ndose en una superficie negra y rugosa. El lugar estaba hecho un desastre. Pyra se cruz¨® de brazos, mir¨¢ndome de nuevo con esa mirada altiva. "Y para que lo sepas, ese tipo al que llamaban ''Rey Demonio'' est¨¢ muerto". "?Ah, s¨ª?" "Al final no era tan fuerte, ?eh! Lo encontr¨¦ muerto mientras caminaba hasta aqu¨ª, as¨ª que no debes tener m¨¢s miedo de ¨¦l, humano entrometido". Mirella y yo nos miramos. Esto era inesperado. Aunque ahora ten¨ªa una oportunidad perfecta para hacerle entender algo. "Bueno, debe ser porque yo mismo mat¨¦ al maldito infeliz ese". "?Eh?" Pyra pareci¨® quedarse petrificada ante nosotros por un momento. "En serio". La cara de Pyra se transform¨® en un gesto de burla. "?Ja! No me hagas re¨ªr. Un humano como t¨² jam¨¢s podr¨ªa hacer algo as¨ª". "Te estoy diciendo que yo lo hice". "Mentira". "Te digo la verdad". "?Es imposible!" Mirella vol¨® a su lado con una sonrisita burlona. "?No ser¨¢ que no lo quieres creer porque te hace sentir menos poderosa? Despu¨¦s de todo, dices ser ''la m¨¢s fuerte'', pero resulta que alguien m¨¢s ya hizo el trabajo por ti, guardiana de esta isla". "?C¨¢LLATE, HADA FASTIDIOSA!" "Sabes que tengo raz¨®n, ?o no?" Pyra chasque¨® de nuevo la lengua y desvi¨® la mirada, visiblemente molesta. "Entonces... Si su cad¨¢ver estaba en el bosque y vos lo viste, decime, ?c¨®mo estaba?" "Se lo ve¨ªa... bien. No s¨¦ por qu¨¦, pero no le vi ninguna herida en el cuerpo, sin contar el cuerno quebrado". "S¨ª, bueno, en eso ten¨¦s raz¨®n. No fue una batalla normal, porque, como te dije antes, yo ahora ataco directo al coraz¨®n con mi magia de moldear los materiales". Ella entrecerr¨® los ojos. "?Y pretendes que te crea? Solo porque lo dices con tanta seguridad..." "?Por qu¨¦ no? Si encontraste su cad¨¢ver de esa forma, entonces sab¨¦s que es cierto lo que yo digo". Pyra apret¨® los dientes. Su orgullo la deb¨ªa de estar frenando. Pero la duda seguro que ya se hab¨ªa sembrado en su mente. "Bah. No me interesa. Muerto est¨¢, eso es lo que importa". "Aj¨¢. Aun as¨ª, al menos deber¨ªas reconocer que fui yo quien lo hizo". "?Reconocer que un humano de aspecto com¨²n mat¨® a un ser m¨¢gico que me venc...?" Casi termina la frase, pero la cort¨® justo al final y nos dio la espalda. "Ya no voy a hablar m¨¢s con ustedes, solo estoy perdiendo el tiempo". Aspecto com¨²n era lo que menos ten¨ªa yo. Mirella se llev¨® las manos a la boca, ocultando una risita. "Si lo reconoces, te har¨¢ m¨¢s fuerte. Aceptar la realidad es bueno para crecer, ?sab¨ªas?" "?Basta ya!" Pyra pisote¨® el suelo con frustraci¨®n. "Digan lo que quieran, pero yo no me voy a rebajar a aceptar algo as¨ª". Mmm... Ya que estaba tan orgullosa, pod¨ªa devolverle la jugada. "Vaya, qu¨¦ coincidencia, yo tampoco me quiero rebajar". Ella se dio la vuelta y parpade¨® varias veces seguidas. "?Eh? ?De qu¨¦ hablas?" "Si no me cre¨¦s, entonces hagamos esto de otra manera. Ya que me atacaste sin siquiera conocerme, deber¨ªas arrodillarte y pedirme perd¨®n. ?No crees que es lo justo?" El rostro de Pyra se endureci¨® en un instante. "??Arrodillarme?! ??Yo?!" "Exacto. Si realmente sos la m¨¢s fuerte, entonces deber¨ªas ser capaz de aceptar tus errores y disculparte cuando te equivoc¨¢s. Porque hasta ahora, no has hecho m¨¢s que insultarnos y tratarnos mal, y hoy yo no tengo mucha paciencia que digamos". "?Eso jam¨¢s pasar¨¢!" Mirella vol¨® hasta posarse sutilmente sobre mi cabeza. "Oh, pobrecita. ?Su orgullo es demasiado grande para admitir que se equivoc¨®?" "?No me equivoqu¨¦ en nada!" "Mirella, por favor, ya no la molestes m¨¢s", dije para suavizar la situaci¨®n, pero por dentro quer¨ªa que lo siguiera haciendo. "?Ohhhh! ?Pero, Luciano!" "Si segu¨ªs diciendo esas cosas, no puedo hablar normalmente con ella". No hubo respuesta de su parte. Aunque sigui¨® parada sobre mi cabeza. Volv¨ª mi mirada a la mujer de fuego. "Entonces... ?Est¨¢s diciendo que estuvo bien atacarme sin motivo? ?Y si me hubieras matado?" Por unos segundos, pareci¨® estar atrapada en un conflicto interno. Sus labios temblaban un poco, como si estuviera a punto de decir algo y no pudiera terminar de decidirse. Su orgullo seguro que se bat¨ªa en duelo contra algo m¨¢s fuerte. Y entonces ocurri¨®. Casi sin darse cuenta, sus rodillas comenzaron a flexionarse hasta que una toc¨® la arena. "Yo¡­ lo sien¡­" Se detuvo de golpe, como si algo en su interior sonara como una alarma. Sus ojos se abrieron grandes y sus mejillas ard¨ªan de verg¨¹enza, y no precisamente por su magia de fuego. Se enderez¨® y se par¨® de inmediato, retrocediendo un paso como si acabara de hacer algo malo. Luego se tap¨® la cara con ambas manos, aunque yo pude ver sus ojos rojos abiertos entre sus dedos. Mirella solt¨® una carcajada a pesar de que le dije que no se entrometiera. "?Uy, eso estuvo cerca! ?Por poco te arrodillas de verdad!" "??Q-Qu¨¦ me est¨¢n haciendo hacer, idiotas?!" Me fulmin¨® con la mirada, aunque ahora parec¨ªa m¨¢s avergonzada que furiosa. Se acerc¨® y se plant¨® a escasos cent¨ªmetros de m¨ª, elevando su rostro para sentirse m¨¢s superior. Pude notar que emanaba un poco de calor de su cuerpo a pesar de no estar usando magia. "Solo voy a disculparme si t¨² tambi¨¦n lo haces", exigi¨®. "?Me encerraste en esa cosa sin darme la oportunidad de pelear de verdad! ?Eso fue una humillaci¨®n total!" Empez¨® a se?alar desenfrenadamente hacia donde estaba la lava. As¨ª que se sinti¨® humillada... "Es que ese es mi tipo de magia. ?Te parece demasiado poderosa o algo as¨ª?" "?Disc¨²lpate ya!" "Est¨¢ bien. Me disculpo por haberte atrapado sin previo aviso y por haberte dicho que pod¨ªa matarte si quisiera". Sus labios se expandieron con satisfacci¨®n, pero antes de que pudiera interrumpirme, agregu¨¦ algo m¨¢s. "Pero no me arrepiento. En ese momento, no ten¨ªa otra opci¨®n. No pod¨ªa arriesgarme a que me lastimaras a m¨ª o a alguien m¨¢s". Su expresi¨®n ahora se torci¨® con un poco de molestia. Parec¨ªa que esperaba otra respuesta, tal vez algo m¨¢s sumiso o arrepentido. Pero lo ¨²nico que le di fue la verdad de mis pensamientos. "?Hmph! ?Qu¨¦ fastidio!" Apart¨® la mirada, cruz¨¢ndose de brazos y mirando a Luc¨ªa, que estaba a mi lado. "Est¨¢ bien... Me equivoqu¨¦ al atacarte sin conocerte". Me mir¨® de reojo y, aunque su tono sonaba orgulloso, lo que dijo a continuaci¨®n ten¨ªa un matiz de sinceridad. "Lo siento... ?Y se los digo a los tres!" No se arrodill¨®, claro, pero conociendo lo terca que era, el hecho de que hubiera dicho eso era m¨¢s que suficiente. Antes de que pudiera responderle, sent¨ª que mi mam¨¢ se movi¨®. Baj¨¦ la mirada y encontr¨¦ a Luc¨ªa abrazada a la pierna de Pyra con una expresi¨®n de adoraci¨®n fingida, sus ojos brillando con una ternura exagerada. "?Pyra es tan linda y tierna!" Exclam¨®, restregando su mejilla contra la pierna de la eg¨®latra. Pyra se qued¨® completamente r¨ªgida. Su rostro pas¨® de la confusi¨®n a la absoluta incredulidad, y luego al puro horror. "??Qu¨¦ est¨¢s haciendo?! ?Su¨¦ltame ahora mismo! ?Me est¨¢ tocando un humano!" "?Hasta ten¨¦s un short customizado y todo!" "?Que me sueltes!" "?No! ?Eres suavecita y calientita!" Supongo que Pyra terminar¨¢ siendo una muy buena amiga en un futuro. La har¨¦ cambiar y mostrarle que los humanos no somos seres inferiores. Seguro que a Sariah tambi¨¦n le gustar¨ªa que hiciera eso. *** Est¨¢bamos yendo de regreso a la cueva. Ahora Pyra ya no estaba a nuestro lado, porque se neg¨® rotundamente a seguir hablando con m¨¢s humanos. Dijo que se ir¨ªa a ver c¨®mo estaba toda la otra parte de la isla, y nosotros aprovechamos para pedirle que incinerara el cuerpo del Rey Demonio, lo cual ella acept¨®. Todav¨ªa sigue siendo un misterio c¨®mo se liber¨®, porque ahora que lo sigo pensando mejor, si ella hubiera sido liberada porque el Rey Demonio muri¨®, como pens¨¦ antes, entonces yo ya no tendr¨ªa esta maldici¨®n. Sin embargo, podr¨ªa llegar a haber sucedido que, al ser una maldici¨®n contra el alma y no contra el cuerpo f¨ªsico, Sariah haya tenido algo que ver ah¨ª, salvando su alma o algo as¨ª... Aunque bueno, sus cuerpos f¨ªsicos tambi¨¦n desaparecen, as¨ª que yo ya no entiendo nada. Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. Aprovech¨¦ esta caminata para limpiar todo lo que estorbaba el avance del agua del arroyo m¨¢gico y que no se desbordara. Pyra¡­ Esa mujer era todo un personaje. Exageradamente orgullosa, temperamental y con un ego que rozaba lo rid¨ªculo, pero al mismo tiempo, era imposible ignorar su presencia. Su fuego, su lava, su ropa, su actitud desafiante, esa arrogancia que me sacaba de quicio y que, por alg¨²n motivo, tambi¨¦n me hac¨ªa re¨ªr y querer seguir hablando con ella... A pesar de que casi me mataba hace un rato, no pod¨ªa decir que me ca¨ªa mal del todo. Era poderosa y ten¨ªa una magia que podr¨ªa servirnos mucho. De eso no hab¨ªa dudas. Y eso era lo que m¨¢s me interesaba. Me di cuenta de que, en cierta forma, me hab¨ªa alegrado al conocerla. No s¨¦ si fue porque su personalidad contrastaba tanto con la m¨ªa y con la de los dem¨¢s, o porque hab¨ªa algo fascinante en ver a un ser tan fuerte y orgulloso como ella. Pero lo cierto es que, a pesar de todo lo que hab¨ªa pasado, sent¨ªa algo de emoci¨®n. Y ah¨ª fue cuando me di cuenta de lo que estaba pensando. Anya hab¨ªa muerto hace unas pocas horas. Y, sin embargo, ah¨ª estaba yo, sinti¨¦ndome emocionado porque hab¨ªa conocido a una nueva criatura m¨¢gica. Tal vez era normal¡­ Tal vez era un mecanismo de defensa para no derrumbarme despu¨¦s de todo lo que pas¨®. Pero no pod¨ªa evitar sentirme un poco¡­ ?Insensible? ?Ego¨ªsta? Al llegar a la sala principal, pude notar que ya no hab¨ªa casi gente; parec¨ªan haberse dispersado por las otras habitaciones. Ac¨¢ solo estaban Tariq y Tar¨²n, en la misma esquina donde antes los acompa?aban mis padres. Deb¨ªa hablarle, y no solo quedarme contento por haber conocido a Pyra. Mir¨¦ a mis dos acompa?antes. "?Quieren ir con los dem¨¢s e irles avisando que ya es seguro salir fuera?" "Est¨¢ bien", respondi¨® Luc¨ªa, y Mirella la acompa?¨®. Me acerqu¨¦ a ellos, intentando no hacer contacto visual con Tariq. No ten¨ªa ninguna intenci¨®n de dirigirle la palabra, porque todav¨ªa me herv¨ªa la sangre el recordar todo lo que le hab¨ªa hecho a Anya. Pensar que yo en su momento cre¨ªa que lo hab¨ªa perdonado... Qu¨¦ tonto fui; al final siempre qued¨® ese rencor guardado dentro de m¨ª. Intent¨¦ centrarme en Tar¨²n; el chico estaba sentado con la espalda contra la pared, los brazos envolviendo sus rodillas y la mirada perdida en alg¨²n punto del suelo. Ni siquiera pesta?eaba. No reaccionaba a nada de lo que suced¨ªa a su alrededor, ni siquiera a mis movimientos. Me agach¨¦ frente a ¨¦l, tratando de captar su atenci¨®n. "Tar¨²n", susurr¨¦. No hubo respuesta. Suspir¨¦ y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s, apoyando una mano en el suelo para equilibrarme. "Escuchame, s¨¦ que esto es dif¨ªcil... Quiero que sepas que no est¨¢s solo en todo esto. No voy a dejarte solo, ?s¨ª? Nadie de nosotros va a hacerlo, porque vamos a seguir a tu lado. S¨¦ que nada de lo que diga ahora va a cambiar lo que pas¨®, pero ac¨¢ estoy. Estoy a tu lado, como siempre lo he estado desde que ustedes se mudaron con nosotros". No respondi¨® nada. Ni un solo parpadeo de su parte. No quer¨ªa presionarlo demasiado, aunque tampoco pod¨ªa dejarlo en este estado. "Todos ya pueden salir fuera, ?sab¨ªas?" Continu¨¦, viendo de reojo que Tariq apoyaba una mano sobre su pierna. "Decid¨ª que voy a reconstruir la casa cuando se seque la madera, porque con el desastre que hubo fuera se rompi¨® todo... ?Te gustar¨ªa ayudarme a hacerlo?" ¨¦l segu¨ªa duro, sin hacer ning¨²n movimiento. "Tambi¨¦n estaba pensando en que podr¨ªamos hacer ropas nuevas para todos, como las que tengo yo. Podr¨ªamos hacerlo junto a Mirella, ?quer¨¦s? Primero deber¨ªa conseguir un poco de pelaje de Aya... No creo que me lleve mucho tiempo si hablo con ella". Nada... "Vamos fuera, vayamos a buscar a Fufi para ver si ¨¦l y su familia est¨¢n bien". Estir¨¦ una mano hacia ¨¦l para ayudarlo a levantarse. Pero en lugar de tomarla, Tar¨²n reaccion¨® como si lo hubiera quemado. De repente, sus ojos se abrieron con un brillo rabioso, y su expresi¨®n se transform¨® en pura desesperaci¨®n. "?No quiero ir a ning¨²n lado!" ?Qu¨¦ carajos? "?No quiero tu ayuda! ?No quiero nada de ti!" Sus palabras me golpearon fuerte. Nunca pens¨¦ que me dir¨ªa algo tan hiriente. "Tar¨²n¡­ ?Qu¨¦ te pasa? Si nosotros somos amigos, ?no te acord¨¢s? S¨¦ que no te sent¨ªs bien, pero no me pod¨¦s decir esas cosas". "?Todo es tu culpa! ?Mi mam¨¢ muri¨® porque quiso salvarte y t¨² no pudiste hacer lo mismo por ella!" Sus ojos oscuros se llenaron de l¨¢grimas, pero no de tristeza. Era rabia. Rabia pura y desbordante. "Hijo, no debes gritarle as¨ª a Luciano". "?Pero yo se lo ped¨ª por favor! ?¨¦l siempre salva a todos y no pudo hacerlo con mi mam¨¢! ?Lo odio! ?Lo odio!" Tar¨²n me odiaba. No estaba molesto, no estaba triste¡­ Me odiaba. Y su odio era tan profundo que su voz temblaba y sus ojos estaban llenos de un resentimiento que nunca antes hab¨ªa visto en ¨¦l. Podr¨ªa seguir dici¨¦ndole que no ten¨ªa derecho a culparme, que no era justo. Pero no, esta vez me fren¨¦. Respir¨¦ hondo; ten¨ªa que ponerme en su lugar por un momento. ¨¦l hab¨ªa perdido a su madre hace solo unas horas. ?Era su madre!! Era la persona que lo hab¨ªa cuidado y protegido desde siempre. Y en su cabeza, yo era el responsable. No importaba lo que yo dijera, no importaba lo que realmente hab¨ªa pasado; en su coraz¨®n y mente, la culpa reca¨ªa sobre m¨ª, y tal vez un poco en Luc¨ªa. Quiz¨¢s, si la situaci¨®n fuera al rev¨¦s, yo tambi¨¦n buscar¨ªa a alguien a quien culpar. "Tar¨²n, yo intent¨¦ salvarla¡­" Mi voz sali¨® serena, porque no pod¨ªa permitir que su rabia me arrastrara con ¨¦l. "Intent¨¦ curarla con el agua m¨¢gica, pero¡­ esta vez no funcion¨®". ¨¦l segu¨ªa mir¨¢ndome con los ojos llenos de l¨¢grimas. "Si pudiera volver el tiempo atr¨¢s siempre que me equivoco y corregir todos los errores que he cometido a lo largo de mi vida, lo har¨ªa... Y me es duro decir que no puedo. Lo ¨²nico que me queda es seguir adelante y hacer lo mejor que pueda. Siempre intento dar lo mejor de m¨ª, Tar¨²n¡­ Creeme... Vos lo viste todo este tiempo que vivimos juntos". No s¨¦ si me escuch¨®. No s¨¦ si quer¨ªa escucharme. "Tar¨²n, en serio... Yo lo intent¨¦, y no quiero que me odies por eso". Apret¨® los dientes con fuerza y empez¨® a taparse los o¨ªdos con las manos. "?No quiero o¨ªrte! ?No quiero escucharte m¨¢s!" Su voz temblaba, su cuerpo temblaba. No era solo enojo, era dolor. Un dolor que no sab¨ªa c¨®mo manejar. Pero no pod¨ªa dejarlo as¨ª. No quer¨ªa que su odio hacia m¨ª se quedara grabado en su coraz¨®n para siempre. "Tar¨²n, escuchame..." "?No! ?C¨¢llate!" "Voy a reconstruir la casa donde viv¨ªamos todos, para que podamos..." "?No quiero tu casa! ?Ya no quiero nada de ti! ?No quiero verte nunca m¨¢s!" Me hice un poco para atr¨¢s, sorprendido. ¨¦l me mir¨® con los ojos rojos por las l¨¢grimas, pero con una furia que parec¨ªa consumirlo por dentro. "??No voy a estar m¨¢s a tu lado!! ??No voy a ser m¨¢s tu amigo!!" Me qued¨¦ helado. Tar¨²n no estaba teniendo ni un poco de piedad al hablar. "???YO ME QUEDO CON MI PAP¨¢!!!" Grit¨® demasiado fuerte, como cuando toda esta desgracia comenz¨®. Me tom¨® un segundo entender lo que acababa de decir. Me tom¨® otro segundo sentir c¨®mo esas palabras me atravesaban el pecho. ?Tar¨²n¡­ se iba? ?Tar¨²n iba a elegir a la persona que lo abandon¨®, la persona que su madre m¨¢s odiaba en su corta vida? ?De verdad hab¨ªa elegido a Tariq antes que a nosotros? No pod¨ªa creerlo. No quer¨ªa creerlo. Solt¨¦ una risa nerviosa. "Tar¨²n... No pod¨¦s decirme eso... No a nosotros, que te acompa?amos cuando estaban solos y desprotegidos". "?Entonces hubiera sido mejor nunca haberte conocido!" No... ¨¦l no pod¨ªa decir estas cosas. ¨¦l no pod¨ªa elegir a Tariq. No despu¨¦s de todo lo que hab¨ªamos pasado, despu¨¦s de todo lo que su madre siempre dijo. Apret¨¦ los pu?os, sintiendo una furia fr¨ªa recorrerme la espalda. "Tar¨²n¡­ ?Me est¨¢s diciendo en serio que vas a traicionar los deseos de tu madre?" No respondi¨® nada, solo se tap¨® m¨¢s los o¨ªdos, negando fren¨¦ticamente con la cabeza. No me import¨®. No me iba a quedar callado. "?Te olvidaste de todo lo que ella nos dijo? ?Anya siempre dijo que ustedes dos estar¨ªan con nosotros! ?Que todos ¨¦ramos una familia!" Al final, su rabia me termin¨® llevando consigo. "?C¨¢llate!" "No, no me voy a callar, Tar¨²n. No despu¨¦s de que hayas dicho algo as¨ª. ?Tariq se fue cuando naciste! ?No puedo creer que elijas a quien los abandon¨® y volvi¨® reci¨¦n cuando todo estaba bien! ??En serio ahora quer¨¦s quedarte con ¨¦l?!" "?Pap¨¢ ahora es bueno! ?No lo entiendes!" "?Claro que lo entiendo!" Volv¨ª a gritar, ahora se?al¨¢ndolo con el dedo. "?Entiendo que est¨¢s cegado por el dolor y no quer¨¦s pensar! ?Pero no me vengas con esto! ?No me hagas creer que realmente quer¨¦s irte con ese tipo!" ¨¦l sigui¨® con los o¨ªdos tapados y negando fren¨¦ticamente con la cabeza. "?Quiero que te mueras! ?Mu¨¦rete! ?Mu¨¦rete!" No... Tariq, hasta ese momento, hab¨ªa estado observando con los labios fruncidos, con esa expresi¨®n de maldita incomodidad que alguien pone cada vez que no quiere enfrentar las cosas. Pero en cuanto la conversaci¨®n empez¨® a escalar, levant¨® una mano con gesto de calma. "Luciano¡­ No es el momento de discutir esto. Est¨¢ dolido, se siente mal. Hay que cuidarlo¡­" Mov¨ª bruscamente mi mirada hacia ¨¦l. "?No me vengas con eso, Tariq! ?No me des lecciones de moral, porque no te queda para nada! ?No despu¨¦s de lo que hiciste!" ¨¦l trag¨® saliva. "Yo¡­" "?No te hagas el sorprendido!" Me acerqu¨¦ a ¨¦l, con los ojos clavados en los suyos. "Enga?aste a Anya con Yume cuando Tar¨²n acababa de nacer. ??Sab¨¦s lo que significa eso?! ?Sos una porquer¨ªa de persona!" Por primera vez en todo este tiempo se lo hab¨ªa dicho. Vi c¨®mo la mirada de Tariq se endurec¨ªa. "Eso ya pas¨®. Tar¨²n me perdon¨® por todos mis errores". "?Y eso lo hace menos repugnante?" Me burl¨¦ con una risa corta. "Hiciste mierda la confianza de la mujer que te dio tu primer hijo, la abandonaste cuando m¨¢s te necesitaba, y ahora ven¨ªs a hacerte el padre preocupado. ?Te cre¨¦s que porque trabaj¨¢s mucho y me ayudaste a hacer cosas te convertiste en una buena persona?" Tariq respir¨® hondo, pero sus pu?os tambi¨¦n estaban apretados. "Luciano, ya basta. Te dije que eso qued¨® en el pasado para todos". "??Para Anya eso no qued¨® en el pasado nunca!!" Ya estaba descontrolado. "?Y no voy a parar! Porque lo que m¨¢s importa en esta vida no es qu¨¦ tanto trabajes, ni cu¨¢ntas cosas crees con tus manos. ?Lo m¨¢s importante es tener principios, Tariq! ?Principios que vos nunca tuviste ni tendr¨¢s!" Escuch¨¦ que detr¨¢s de m¨ª hab¨ªa bastantes murmullos. Mientras tanto, Tar¨²n segu¨ªa cubri¨¦ndose los o¨ªdos y negando con la cabeza con violencia. "?C¨¢llate ya!" "?No!" "?C¨¢llate, c¨¢llate, c¨¢llate!" "?No te voy a dejar hacer esto! ?Tu madre nunca querr¨ªa esto, Tar¨²n! ?Nunca querr¨ªa que eligieras a este hombre en lugar de la familia que de verdad estuvo para ustedes!" "??C¨¢llate!!" "?No me voy a callar, porque vos no entend¨¦s que esto no es lo que Anya quer¨ªa para tu vida!" Entonces, sent¨ª que alguien me sujetaba por detr¨¢s. "?Luciano, ya debes parar!" Era Rin. Sus manos me atraparon los brazos con firmeza, y a su lado, Rundia hizo lo mismo. "?Su¨¦ltenme! ?Tengo que hacerle entender que se est¨¢ equivocando!" Rin y Rundia no aflojaron. Me arrastraron hacia atr¨¢s, apart¨¢ndome de Tar¨²n, de Tariq, de todo lo que estaba ocurriendo. Vi pasar hacia la cueva a los hermanos y padres de Yume junto a mis abuelos. No s¨¦ por qu¨¦, ya que no ten¨ªa sentido, pero en ese peque?o instante sent¨ª como si todos estuvieran abandonando el lugar con algo de rencor guardado hacia m¨ª. Tal vez solo era mi imaginaci¨®n. Tar¨²n no me mir¨®. No me dirigi¨® ni una sola palabra m¨¢s. Se aferraba con fuerza a su cabeza, tap¨¢ndose los o¨ªdos, como si mis palabras fueran veneno. Como si ya no quisiera saber nada de m¨ª. Pero yo no pod¨ªa permitirlo. "?Tar¨²n¡­! ?No importa cu¨¢nto digas que me odias ahora! ?No importa si quer¨¦s alejarte de m¨ª, porque alg¨²n d¨ªa vas a comprender lo que Anya quer¨ªa para vos!" ¨¦l se movi¨® apenas, pero no dijo nada. Yo tampoco baj¨¦ la voz. "?Yo no me voy a rendir, Tar¨²n! No importa cu¨¢nto intentes alejarme¡­ Yo seguir¨¦ cuid¨¢ndote como pueda. ?Porque eso es lo que una familia hace!" Rin me tirone¨® con m¨¢s fuerza, y Rundia tambi¨¦n. Pero antes de que me alejaran del todo para girar en una de las habitaciones, solt¨¦ una ¨²ltima frase. "?S¨¦ que nunca me odiaste ni me odiar¨¢s! ?Alg¨²n d¨ªa te vas a dar cuenta!" Rin y Rundia no aflojaron hasta que estuve bien lejos de Tar¨²n y Tariq. Me dejaron caer con cierta brusquedad contra una de las paredes de la habitaci¨®n improvisada, donde me qued¨¦ sentado, respirando con dificultad. La frustraci¨®n me carcom¨ªa por dentro, como si casi todas esas relaciones que hab¨ªa construido hasta ahora se estuvieran desmoronando frente a mis ojos y yo no pudiera hacer nada al respecto. Rundia se puso de cuclillas a mi lado. "Ya no hay forma de hacerlo entrar en raz¨®n, hijo", dijo con suavidad, aunque su tono dejaba en claro que era una verdad inquebrantable para ella. "Lo entendemos¡­ Entendemos por qu¨¦ est¨¢s enojado, pero Tar¨²n tambi¨¦n nos dijo lo mismo a nosotros. Quiere quedarse con su verdadera familia, con su padre, por m¨¢s que haya hecho cosas indebidas". Rin se manten¨ªa de pie mirando hacia la familia de Tariq, que se hab¨ªa empezado a movilizar, pasando por delante nuestro. "No podemos obligarlo", murmur¨®. "Y tampoco podemos hacer que vea las cosas como t¨² las ves. Es complicado". "Pero pap¨¢... No es como yo lo veo, sino como Anya lo ve¨ªa". "Hay que esperar a que se calme para poder hablar mejor con ¨¦l. Aunque no creo que cambie de opini¨®n". Cerr¨¦ los ojos por un momento, dejando que sus palabras se hundieran en mi cabeza. No quer¨ªa aceptarlo. No quer¨ªa creer que, despu¨¦s de todo lo que hab¨ªamos vivido, Tar¨²n realmente prefer¨ªa apartarse de m¨ª, de nosotros. ?De verdad pensaba que Tariq era su ''verdadera'' familia? ?Despu¨¦s de todo lo que le hizo? Apenas viv¨ªa con ¨¦l unos pocos d¨ªas al mes y ya lo hab¨ªa perdonado; eso no ten¨ªa sentido. Golpe¨¦ el suelo con el pu?o, sintiendo una impotencia horrible. Pero antes de que pudiera perderme en alg¨²n pensamiento oscuro, sent¨ª una presencia c¨¢lida acerc¨¢ndose r¨¢pidamente desde detr¨¢s de Rundia. Dos, en realidad. Cuando levant¨¦ la vista, Suminia y Samira ya estaban justo en frente m¨ªo y a un costado, tan cerca que apenas pod¨ªa apartar la mirada. Ambas se hab¨ªan arrodillado a mi lado, con sus expresiones cargadas de una firmeza que no hab¨ªa visto hace un momento, cuando simplemente estaban perdidas. "Nosotras no nos iremos de tu lado", dijo Samira en voz baja. "Nunca", a?adi¨® Suminia, mir¨¢ndome fijamente, como si quisiera asegurarse de que entendiera lo que hab¨ªa dicho, porque no lo volver¨ªa a repetir. "Chicas..." Fue en ese momento cuando realmente las observ¨¦. No solo por sus palabras, sino porque algo en ellas¡­ Algo en su presencia me impact¨®. Las conoc¨ª cuando apenas eran unas ni?as, siendo yo m¨¢s peque?o que ellas. Eran un par de ni?as de unos once o doce a?os que hab¨ªan vivido la mayor parte de su vida en una cueva con su abuela. Recuerdo c¨®mo Samira sol¨ªa esconderse detr¨¢s de Suminia cuando algo la asustaba, y c¨®mo Suminia siempre intentaba hacerse la fuerte, pero en realidad no sab¨ªa c¨®mo reaccionar ante muchas situaciones. Aun as¨ª, se las arreglaban para cazar y sobrevivir en este mundo tan primitivo. Y s¨ª, tambi¨¦n recuerdo c¨®mo Suminia me golpe¨® contra el suelo hasta que me desmayara... Supongo que eso qued¨® en el pasado, como a Tariq le gusta decir. Pero ahora¡­ Ahora ya no hab¨ªa rastro de esas peque?as ni?as. Ten¨ªan casi dieciocho a?os, y eso se notaba, no solo en la madurez de sus palabras y de su mirada, sino tambi¨¦n f¨ªsicamente. Hab¨ªan crecido y mucho. Samira, aunque segu¨ªa siendo delgada, ten¨ªa un porte m¨¢s prominente, con una figura estilizada pero bien definida. Su piel, siempre un poco bronceada, resaltaba a¨²n m¨¢s con su cabello negro cayendo sobre sus hombros. Suminia, por otro lado, era un poco m¨¢s robusta en musculatura que su hermana, con una presencia m¨¢s fuerte, casi desafiante. Sus ojos negros brillaban con una intensidad distinta, m¨¢s imponente. Fue un choque darme cuenta de lo r¨¢pido que hab¨ªa pasado el tiempo. De lo mucho que hab¨ªan cambiado. ?Por qu¨¦ lo not¨¦ ahora? No lo s¨¦. Tal vez porque eran pocas las situaciones en las que las dos me brindaban su cari?o al mismo tiempo. "T¨² nos cuidaste la mayor parte de este tiempo, a pesar de que eres alguien m¨¢s peque?o que nosotras", continu¨® Samira. "No solo t¨², sino que tus padres tambi¨¦n. Nos dieron un lugar donde vivir, donde sentirnos seguras¡­ y donde no crecer solas". Suminia se levant¨®, no sin antes decir algo m¨¢s. "As¨ª que, aunque Tar¨²n quiera irse con su padre, nosotras no somos como ¨¦l. No vamos a irnos, porque..." Intent¨® no hacer contacto visual. "Porque tampoco tenemos a nadie m¨¢s con el que irnos..." De un momento a otro, su respiraci¨®n se volvi¨® irregular, y cuando parpade¨®, vi el brillo h¨²medo en sus ojos oscuros. Se gir¨® bruscamente, como si ese movimiento pudiera evitar que not¨¢ramos lo que estaba sintiendo. Como si pudiera evitar que la vi¨¦ramos en su momento de vulnerabilidad. Pero ya era tarde para ocultarlo. "No nos queda nadie¡­" Murmur¨® en voz baja, apenas audible. Mi mirada se desvi¨® a su hermana, y pude ver que apret¨® los labios ante lo que estaba sucediendo, intentando mantenerse firme, pero en sus ojos tambi¨¦n hab¨ªa un destello de tristeza. Y entonces, escuch¨¦ a Suminia soltar un leve sollozo. No era un llanto fuerte, no era un desbordamiento de emociones. Era algo que no pod¨ªa detener. Rundia no dud¨® ni un segundo. Se acerc¨® sin pensarlo y envolvi¨® a Suminia en un abrazo fuerte, c¨¢lido, el tipo de abrazo que una madre dar¨ªa sin necesidad de palabras. La chica se qued¨® r¨ªgida al principio, como si no supiera c¨®mo reaccionar. Aun as¨ª, se dej¨® llevar. Su frente se apoy¨® en el hombro de Rundia, y sus manos se cerraron con fuerza sobre su propia ropa, temblando levemente. Ver a Suminia as¨ª¡­ Me dej¨® en silencio. Ella siempre se mostraba fuerte, arisca; incluso antes era hostil conmigo en muchas ocasiones. Sin embargo, en este momento, esa coraza que siempre llevaba puesta se estaba resquebrajando frente a mis ojos y los de todo mi grupo. Samira se levant¨® y dio un paso adelante, sum¨¢ndose al abrazo. No dijo nada. No hac¨ªa falta. Yo observaba la escena en silencio, sintiendo algo en mi pecho que no pod¨ªa describir con facilidad. Era una sensaci¨®n extra?a. Algo c¨¢lido, algo que me hac¨ªa pensar en cosas que quiz¨¢s antes no hab¨ªa querido aceptar del todo. Desde que llegaron aquel momento a la cueva, luego de perder a su abuela, Samira y Suminia siempre estuvieron a nuestro lado. A pesar de la frialdad de una y la amabilidad de la otra, en el fondo, las dos hab¨ªan encontrado un lugar en esta familia. En alg¨²n punto, Rin y Rundia pasaron a ser figuras importantes para ellas. No s¨¦ si las ve¨ªan como sus padres, pero era claro que las cuidaban de una manera que las hac¨ªa sentir bien. Y yo¡­ Era un poco extra?o pensarlo, pero si lo ve¨ªa bien, ellas eran mis hermanas, y esta vez no lo digo pens¨¢ndolo a la pasada o como una broma, como lo hice una vez, lo digo en serio. No exist¨ªa la adopci¨®n en este mundo, pero si existiera, no hab¨ªa duda de que lo ser¨ªan. Lo eran. Samira y Suminia eran mis hermanas adoptivas. Y, a diferencia de Tar¨²n, que ahora se ir¨ªa con su padre, ellas no se ir¨ªan a ninguna parte. Las iba a cuidar. Las iba a proteger. No importaba lo que pasara, no ¨ªbamos a separarnos. S¨ª, Tar¨²n... La familia es lo primero. Cap铆tulo 60: Luciano vs Rey Demonio, ronda 2. Acab¨¢bamos de salir a paso lento de la cueva que hab¨ªa actuado de mitad refugio, mitad prisi¨®n por unas cuantas horas. No nos fuimos sin dejar algunas flores, un poco da?adas por el agua, al lado de la l¨¢pida de Anya. Ellos no entendieron bien el significado, pero Luc¨ªa y yo nos sentimos bien haci¨¦ndolo. El lugar estaba demasiado oscuro como para tener una l¨¢pida en medio con la que alguien pudiera tropezarse, as¨ª que Mirella me prometi¨® que dejar¨ªa una bola de luz en esa sala por tiempo indeterminado. Adem¨¢s, as¨ª sent¨ªamos que el cuerpo de Anya no iba a ser olvidado. Tambi¨¦n aprovech¨¦ para rezarle un poco a Sariah junto a Luc¨ªa, alegando que le est¨¢bamos rezando a ese tal Ad¨¢n. Otra cosa que hice fue dejarles a los gnomos el lugar como estaba antes, abriendo los pasadizos que hab¨ªa cerrado y haciendo drenar un poco el agua que hab¨ªa quedado atrapada en la sala de al lado. Finalmente tom¨¦ mi anterior lanza y nos despedimos de ellos, partiendo rumbo hacia la playa. Ya pasada la llovizna, ahora el sol ca¨ªa sobre nuestras cabezas cuando finalmente emergimos del destruido bosque y pisamos la arena de la playa. El sonido de las olas rompiendo contra la sucia orilla llenaba el aire, pero algo en la escena se volvi¨® a sentir diferente. Luc¨ªa y Mirella, que ya sab¨ªan lo que nos esperaba en este lugar, se mantuvieron cerca de m¨ª, sin decir nada. Y entonces, al ver el lugar donde ten¨ªamos anteriormente nuestra casa, las expresiones de los dem¨¢s se congelaron. "No..." Murmur¨® Rundia, llevando una mano a su boca. Aya, que hab¨ªa vivido en carne propia el tsunami, se qued¨® con su mirada fija en los escombros de madera; sus colas agit¨¢ndose con inquietud. "Ya me parec¨ªa que pod¨ªa haber pasado esto. Qu¨¦ l¨¢stima... Era una casa tan linda y tan llena de cosas..." Rin, por otro lado, apret¨® los pu?os con fuerza. "Nos quedamos sin casa", dijo, sin mucha emoci¨®n en su voz, como si no quisiera aceptarlo. "Sin casa... ?Qu¨¦ haremos ahora?" Suminia y Samira no dijeron nada. Solo observaron, con algo de tristeza, mientras se tomaban de las manos. Creo que todos estaban demasiado cansados como para seguir lament¨¢ndose por m¨¢s malas noticias. No es que iban a ponerse a gritar, llorar o algo as¨ª. Yo suspir¨¦ y apoy¨¦ la punta de la lanza contra la arena h¨²meda. "Voy a ser directo con respecto a esto. Podemos reconstruirla, pero para eso hay que esperar a que la madera se seque. Y, sinceramente¡­ no s¨¦ si vale la pena hacerlo". Pude notar que la base de piedra de la casa s¨ª hab¨ªa sobrevivido por completo. Varios levantaron la mirada al escucharme decir eso. "?A qu¨¦ te refieres?" Pregunt¨® Rin. "Tengo pensado irme de esta isla, y ustedes me van a acompa?ar", respond¨ª sin dar muchas vueltas. Hubo un silencio pesado. Aun as¨ª, Rin volvi¨® a tomar la palabra. "?Y por qu¨¦? ?Y a d¨®nde ir¨ªamos?" "No sabr¨ªa decirles a d¨®nde terminar¨ªamos yendo. Lo que s¨ª s¨¦ es que nos debemos ir porque este lugar ya est¨¢ demasiado destruido, y es posible que, junto con la ca¨ªda masiva de ¨¢rboles que daban frutas, varios de los animales hayan muerto y nos quedemos sin comida dentro de poco". "?Entonces este lugar ya no sirve para vivir?" "No s¨¦ todav¨ªa los detalles, pero s¨ª es casi seguro que la mitad de la isla ya no sirva para nada, al menos no hasta un tiempo bastante lejano". "Si lo dices tan convencido, entonces supongo que debe ser verdad, Luciano. Aun as¨ª, no me gustar¨ªa tener m¨¢s problemas de los que ya tuvimos". Rin mir¨® a Rundia. "Nos gustar¨ªa que nos contaras todo lo que piensas hacer de ahora en adelante... No quiero que se vuelva a repetir tu mal comportamiento cuando te fuiste sin hacernos caso". Uh... "Entendido. Y me disculpo por eso. En el momento sent¨ª que era necesario para que no me frenaran... Ahora me arrepiento un poco". "Est¨¢ bien. Decidimos con tu madre que no te castigar¨ªamos, siempre y cuando todas estas cosas malas no hayan sucedido por culpa de eso". Negu¨¦ r¨¢pidamente con la cabeza. "No, no, no. Matar al Rey Demonio era algo que se ten¨ªa que hacer, pero eso no tuvo nada que ver con el volc¨¢n, la lava y el agua". Eso es lo que quer¨ªa creer... Rundia se acerc¨® hasta ponerse a mi lado, abraz¨¢ndome de costado. "Hijo, debes prometer que hablar¨¢s m¨¢s con mam¨¢ y pap¨¢ a partir de ahora". Yo le devolv¨ª el gesto poniendo una mano en su espalda. "S¨ª, mam¨¢. Perd¨®n por todo lo que te hice pasar antes. No quise hacerte llorar". Ella me dio un beso en la cabeza, y pude ver que luego se llev¨® la mano a la boca para sacarse un pelo. "Recuerda que debes portarte bien, o si no Ad¨¢n podr¨ªa castigarte, y yo no quiero eso". Y dale con el Ad¨¢n de mierda ese. "S¨ª, mam¨¢". El tema este de la maldici¨®n m¨ªa era como una cuenta regresiva de una bomba de la que todav¨ªa no sab¨ªamos si pod¨ªa estallar. Ellos todav¨ªa no lo saben. Aunque s¨¦ que se los deber¨ªa decir pronto, si no es que se le escapa a Mirella antes. "Luciano, ?quieres decir¡­ irnos de verdad?" Pregunt¨® Samira con cuidado cuando cruzamos miradas. "S¨ª, exactamente eso. Pero esperemos a la noche para que les explique bien el plan que tengo para cruzar la enorme cantidad de agua que tenemos alrededor nuestro". El silencio se prolong¨® unos segundos m¨¢s antes de que finalmente empezaran a asentir con diferentes niveles de comprensi¨®n. "?S¨ª, nos iremos volando de esta isla!" Grit¨® Mirella, y no s¨¦ si realmente lo dec¨ªa en serio o en broma. "Por ahora, hay cosas que hacer", continu¨¦, se?alando hacia el bosque. "No sabemos cu¨¢nta comida qued¨® a salvo en la huerta y sus alrededores, as¨ª que, pap¨¢, mam¨¢, Aya y Luc¨ªa, necesito que me hagan el favor de ir a revisarla. Si qued¨® algo que se pueda comer, re¨²nanlo y tr¨¢iganlo hasta ac¨¢". Espero no estar sonando como si estuviera dando ¨®rdenes. Los cuatro asintieron, pareciendo no estar en desacuerdo con mi pedido. Aunque bueno, hubo alguien que se me qued¨® mirando. "Yo tengo una pregunta", dijo Aya. "?S¨ª?" "?Ahora volvemos a nuestra vida normal?" "Eh..." No sab¨ªa qu¨¦ responderle. La pregunta era algo extra?a para este momento. "No s¨¦ si ''normal'' es la palabra correcta, pero entre todos intentaremos vivir lo mejor posible. Es por eso que hay que actuar r¨¢pido". "?Y d¨®nde vamos a dormir hoy?" "No tengo ni idea. Primero recolectemos comida y luego hablamos de eso". "Supongo que en la cueva de siempre", coment¨® Rundia, mirando a Aya. Se quedaron hablando entre ellas, as¨ª que aprovech¨¦ para mirar a las que hab¨ªan quedado libres. "Samira, Suminia, Mirella, necesito por favor que ustedes tres vayan a cazar algo, y de paso quiero que vean si Fufi est¨¢ bien. No sabemos c¨®mo le fue con todo este desastre, y me gustar¨ªa saber si sigue viviendo en nuestra cueva". Mirella infl¨® el pecho con determinaci¨®n. "?S¨ª! ?Yo puedo buscarlo!" Siempre me pareci¨® curioso que no quieran comerse a Fufi. Supongo que le tienen algo de aprecio. "Hmp, qu¨¦ conveniente..." Murmur¨® Suminia, cruz¨¢ndose de brazos, pero sin rechazar la tarea. "Bueno, supongo que somos las indicadas para hacer eso". Samira, por su parte, simplemente asinti¨® con una leve sonrisa. Me quit¨¦ la pulsera de oro, la que no hab¨ªa servido para nada, y revest¨ª la punta de mi lanza con el oro. Luego me acerqu¨¦ a Suminia. "Tom¨¢, Sumi. Esta es tu nueva lanza para cazar. Es un poco m¨¢s pesada que la otra, pero supongo que no ser¨¢ problema, porque vos sos fuerte". Not¨¦ su cara de desconcierto, todav¨ªa sin recibir el arma. "?Para m¨ª...?" "S¨ª, lo vas a necesitar". La lanza de punta dorada parec¨ªa brillar m¨¢s de lo normal con el reflejo del sol. Un silencio inc¨®modo se form¨® entre nosotros hasta que, finalmente, estir¨® la mano y la tom¨®, con cierto recelo. "Gracias... Ser¨¢ ¨²til, supongo", murmur¨®, mirando m¨¢s a la lanza que a m¨ª. No esperaba que saltara de felicidad ni nada, pero al menos la acept¨®. Mejor que nada. "No se apuren mucho al caminar; recuerden que est¨¢ todo hecho un desastre el lugar. Prefiero que mejor vayan en b¨²squeda de algunos animales medio muertos". "Ya. Ya. No hace falta que digas lo obvio". Suminia fue la primera en darse la vuelta e irse y las otras dos la siguieron de inmediato. "?Y t¨² qu¨¦ har¨¢s?" Pregunt¨® Rin de repente. No me hab¨ªa dado cuenta de que estaba al lado m¨ªo. "?Te acord¨¢s del cuerpo del Rey Demonio?" "S¨ª". "Antes de la erupci¨®n, o sea, la salida de la lava del volc¨¢n, su cuerpo muerto qued¨® a la deriva. Necesito saber si sigue por ah¨ª. Por si las dudas nom¨¢s, no quiero que suceda nada extra?o". Lo cierto era que me iba a ir a buscar a Pyra, aunque la excusa era buena. Rin frunci¨® el ce?o. "?Por qu¨¦ ir solo? Puedes ir con Aya o Mirella". "Porque yo lo mat¨¦, entonces yo debo encargarme de su cuerpo". Rin me mir¨® un poco; creo que estaba viendo si ten¨ªa mi cantimplora o algo con lo que protegerme. "Bueno, pero no vayas muy lejos". "No, pap¨¢". "Vas a hacerme caso, ?no?" "Siendo sincero, no hay mucho lugar al que ir. Ustedes tambi¨¦n deber¨ªan explorar un poco y ver c¨®mo qued¨® el lugar". "Est¨¢ bien. Lo hablar¨¦ con Rundia". Empec¨¦ a crear una lanza con la piedra de debajo del suelo, como para darle m¨¢s seriedad al asunto. "Ah, y decile a Aya que es posible que haya algunos pescados por el bosque. Dile que intente encontrar alguno". "?Y eso por qu¨¦?" "Vos no lo viste, pero la lava del volc¨¢n hizo mover muy fuerte el agua hacia ac¨¢, y es por eso que puede haber algunos peces que hayan muerto qued¨¢ndose sin agua en el bosque". Haci¨¦ndome el apurado, tom¨¦ el rumbo opuesto al que iban a ir ellos. O sea, el lado opuesto a la casa de Tariq. Aunque, bueno, la huerta estaba a muy pocos metros. No es que juegue a adivinar d¨®nde carajos est¨¢ Pyra, sino que ella se fue por este lado cuando nos despedimos. "?Te esperaremos aqu¨ª!" Puse en alto mi lanza, sin mirar atr¨¢s. "?S¨ª, ya vuelvo!" Un poco cansado, camin¨¦ hasta por fin llegar a un punto que llam¨® mi atenci¨®n: el final de la muralla enorme. Ah¨ª estaba, toda destruida, formando escombros en la costa del oc¨¦ano. No solo era eso lo destruido, sino que, del otro lado, varios metros m¨¢s all¨¢, se ve¨ªa todo lleno de cenizas. Parec¨ªa que Pyra se hab¨ªa llevado la lava mucho antes de que impactara con el muro destruido. Menos mal que ya le agradec¨ª, porque la verdad es que hizo un trabajo inmenso con tanta lava. Despu¨¦s supongo que la llovizna hizo lo suyo para frenar el fuego. Pyra... Esa chica es interesante. No debo perder la oportunidad de sumarla a mi grupo. Bueno, supongo que todav¨ªa me queda un poco de margen de tiempo para explorar un poco la parte de la isla quemada. Haci¨¦ndome camino con mi magia, segu¨ª por la playa. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. A medida que avanzaba, la sensaci¨®n de soledad y desolaci¨®n se volv¨ªa m¨¢s evidente. Hab¨ªa caminado casi un kil¨®metro desde la muralla, siguiendo el rastro de destrucci¨®n que hab¨ªa dejado la lava y el fuego. Lo que antes era un bosque y selva lleno de vida, ahora no era m¨¢s que cenizas y troncos calcinados. Algunos de los ¨¢rboles que quedaban en pie no eran m¨¢s que esqueletos ennegrecidos que se desmoronaban con el m¨¢s leve soplo de viento. El suelo, agrietado y endurecido por el calor extremo, desped¨ªa un olor amargo, una mezcla de piedra quemada y carne carbonizada. Incluso la costa no se hab¨ªa librado del desastre. El agua, que siempre fue cristalina y limpia, ahora parec¨ªa una masa negra, densa y muerta. No se escuchaban animales, ni el sonido del viento entre las hojas. No hab¨ªa vida. Solo el sonido de mis propias pisadas sobre la ceniza. Era horrible estar ac¨¢, m¨¢s que todo por el olor insoportable a ceniza que hab¨ªa. Ya ten¨ªa demasiado con estar oliendo el humo de las fogatas todos los d¨ªas. Fue entonces cuando lo escuch¨¦; hab¨ªa pasos cercanos, que parec¨ªan provenir de detr¨¢s m¨ªo. Pasos pesados, firmes. Como si algo grande estuviera caminando al acecho. Lo primero que se me ocurri¨® que podr¨ªa ser era alg¨²n oso que haya quedado atrapado entre esta zona muerta y la muralla, y ahora deambulaba perdido y asustado. Apret¨¦ con fuerza la lanza de piedra que hab¨ªa creado y me di la vuelta de golpe. Y entonces lo vi. Mi cuerpo se tens¨® por completo. Mi respiraci¨®n se detuvo por un momento. Frente a m¨ª, de pie y con el fondo de los ¨²nicos ¨¢rboles sanos y frondosos, se alzaba una figura muy grande. Un minotauro. Era ¨¦l. El Rey Demonio. El mismo que yo hab¨ªa matado. No pod¨ªa ser. Su cuerpo... su coraz¨®n... yo lo hab¨ªa destrozado con mi magia. Lo vi morir con mis propios ojos. Yo mismo me burl¨¦ de su muerte, en su cara, sobre su cad¨¢ver. Yo fui el que le grit¨® que ¨¦l hab¨ªa perdido y yo hab¨ªa ganado. Pero ah¨ª estaba, de pie, inm¨®vil. Con su enorme cuerpo intacto, como si nada hubiera pasado, como si no lo hubiera matado. No hablaba, no se mov¨ªa. Y aun as¨ª... estaba ah¨ª, mir¨¢ndome fijo con los ojos apagados. Algo dentro de m¨ª se rompi¨®. ¡°?No! ?Vos est¨¢s muerto! ?Muerto! ?And¨¢ a molestar a otro mundo, a otra parte!¡± A pesar de mis gritos, de mi rabia, ¨¦l no reaccion¨®. Algo en su aspecto me resultaba extra?o. Su rostro... era un horror sin vida. Sus ojos, antes llenos de furia y soberbia, ahora eran pozos vac¨ªos de absoluta nada. No hab¨ªa odio, no hab¨ªa furia, no hab¨ªa ese instinto asesino que lo caracterizaba. No hab¨ªa nada. Era como si estuviera ah¨ª, pero al mismo tiempo no. Algo estaba terriblemente mal. Esto se parec¨ªa demasiado a aquella pesadilla que tuve ayer, solo que esta situaci¨®n era aun m¨¢s aterradora, porque sab¨ªa que esto no pod¨ªa ser un sue?o, pero al mismo tiempo sab¨ªa que era imposible que sucediera algo as¨ª. "?Dec¨ª algo, maldito!" Nada, ni un movimiento de su parte... ?Por qu¨¦ justo detenerse ah¨ª? ?Estaba esperando algo de m¨ª? La mente me empez¨® a correr a mil por hora. ?Qu¨¦ posibilidades hab¨ªa? ?Qu¨¦ explicaciones pod¨ªa haber? ?Y si Sariah lo hab¨ªa revivido? Lo ¨²nico que puedo saber en este instante es que alguien lo revivi¨®. Pero no pod¨ªa ser una resurrecci¨®n completa. Su alma ya no deber¨ªa estar en ese cuerpo. Lo ve¨ªa en sus ojos. Lo sent¨ªa en la quietud de su cuerpo. Este no es el mismo ser que luch¨® conmigo. ?Alg¨²n hechizo de necromancia? ?Alguna magia oscura que pueda levantar un cuerpo sin vida y hacerlo caminar otra vez? No. Eso no deber¨ªa existir, al menos no en esta isla, que ya la conozco muy bien. Si hubiera alguien con ese poder en este lugar, ya lo habr¨ªa notado o alguien me lo hubiera contado. Y, adem¨¢s, no tiene sentido. ?Para qu¨¦ revivirlo sin su alma o con la de otro? Pyra hubiera actuado si fuera as¨ª, porque yo mismo la mand¨¦ a incinerar su cuerpo. Al menos hubiera venido a buscarme y decirme que ya no estaba donde ella lo vio. ?Y si se hizo el muerto? Tal vez solo se le acabaron sus part¨ªculas m¨¢gicas cuando... No, imposible, hab¨ªamos estado empuj¨¢ndolo luego de morir, as¨ª que se le hubieran transferido nuestras part¨ªculas hacia ¨¦l. O tal vez ¨¦l mismo se puso una maldici¨®n para que no se le pudieran transferir part¨ªculas m¨¢gicas. No s¨¦... Justamente ahora no se le ve ninguna. No tiene l¨®gica. No puede ser real lo que estoy viendo. No le encuentro la vuelta para explicar la situaci¨®n tan absurda que estoy viviendo. Apret¨¦ la mand¨ªbula con fuerza. Sea lo que sea, no voy a quedarme mirando como un est¨²pido. Voy a matarlo cien veces si es necesario. Di un paso adelante, con la lanza bien sujeta en mi mano, hasta acercarme y llegar a una distancia en la que pudiera actuar sobre su cuerpo. Esta vez no me iba a arriesgar a tocarlo con mi lanza. ¨¦l todav¨ªa no se mov¨ªa, y eso era preocupante. "Bien. Si no vas a moverte, yo me encargar¨¦ de hacerte desaparecer, porque estoy dispuesto a matarte las veces que sean necesarias para que no vuelvas a arruinar nuestras vidas". Respir¨¦ hondo y plant¨¦ fuertemente la lanza en el suelo. Cerr¨¦ los ojos un segundo, porque ten¨ªa que imaginar bien el trayecto por dentro de su cuerpo, y extend¨ª mi magia. Vamos¡­ solo necesito tocarlo con mi poder y se termin¨®. La tierra, a pesar de estar en malas condiciones, era mi aliada. Desde donde estaba, mi magia pod¨ªa viajar bajo el suelo como una sombra, avanzando sigilosamente hasta alcanzar su objetivo. No ten¨ªa que acercarme. No ten¨ªa que arriesgarme. Conect¨¦ mi poder a la lanza, enviando mi control a trav¨¦s del suelo. Ya casi¡­ Mi magia avanz¨® con facilidad hasta llegar a donde estaban sus pies. Y ah¨ª¡­ Ah¨ª algo estaba mal. Ah¨ª desapareci¨® todo. Fue como si en ese punto su cuerpo f¨ªsico no existiera. Como si las plantas de sus pies no estuvieran conectadas con el mundo real. Abr¨ª los ojos de golpe. ?Qu¨¦ carajo fue eso? No hab¨ªa resistencia. No hab¨ªa bloqueo. Simplemente¡­ no hab¨ªa nada. ?Ese monstruo no est¨¢ realmente ah¨ª? Fue en ese momento cuando el minotauro se movi¨® sin hacer ning¨²n gesto previo. Simplemente, en un instante estaba corriendo hacia m¨ª. ?Ese era su objetivo, que yo me acercara? Mis m¨²sculos se tensaron autom¨¢ticamente. Era enorme. Sus patas destrozaban el suelo con cada paso, levantando nubes de ceniza negra. Pero lo peor de todo¡­ Lo peor de todo era el sonido. No gru?¨ªa, no bufaba, no gritaba. No hac¨ªa ninguno de los sonidos que hab¨ªa hecho en nuestra anterior pelea. Solo estaba el sonido de sus pisadas, como martillazos contra la tierra, y ven¨ªa derecho hacia m¨ª. Hund¨ª m¨¢s la lanza en el suelo, intentando sortear toda la capa de ceniza, y comenc¨¦ a moldear la tierra y la piedra, formando en frente de m¨ª un muro grueso y curvado hacia ¨¦l en la parte superior. Entonces empec¨¦ a moverme con el objetivo de formar un c¨ªrculo con mis pasos. Ten¨ªa que usar a mi favor que ¨¦l solo supiera de mi ubicaci¨®n a trav¨¦s del sonido y no de su vista. Sent¨ª que empez¨® a romper a pu?etazos el muro. ?Acaso no le importaba su integridad f¨ªsica? As¨ª iba a terminar quebr¨¢ndose los huesos. Mientras comenzaba a usar la misma f¨®rmula que contra Pyra, formando un domo, tambi¨¦n molde¨¦ la zona en la que se supon¨ªa que estaba golpeando, creando pinchos que sal¨ªan de todas partes. Tal vez con eso podr¨ªa inmovilizarlo. ¨¦l rompi¨® la estructura en ese punto, justo en el momento en el que yo hab¨ªa cerrado el domo, as¨ª que me apur¨¦ a cerrar la abertura de inmediato y caminar hacia ese lado. "?No vas a poder escapar de mi magia, as¨ª que dej¨¢ de golpear y decime c¨®mo mierda reviviste!" Solo se limit¨® a responder a mis gritos con sus pu?os, volviendo a golpear con todas sus fuerzas el domo desde dentro. Claramente no le importaba si se destru¨ªa las manos. Maldici¨®n... Quer¨ªa intentar que hablara, que dijera por qu¨¦ carajos estaba ac¨¢ intentando matarme de nuevo, pero no hab¨ªa forma, este tipo no iba a responder. "Sos una porquer¨ªa tan grande que ni siquiera te tendr¨ªa que haber dado la oportunidad de hablar..." Luego de mis palabras, not¨¦ que los golpes cesaron y solo se escuchaban pasos. Aun as¨ª, volv¨ª a activar mi magia y comenc¨¦ a compactar el domo hacia el centro. Justo en ese momento, la parte que estaba frente a m¨ª cedi¨® de un ¨²nico golpe fuerte, y de dentro provino el minotauro, que corr¨ªa hacia m¨ª con su cabeza hacia delante. Not¨¦ que hab¨ªa perdido la mitad del ¨²nico cuerno que ten¨ªa sano. ?Acaso...? ?Acaso hab¨ªa utilizado su propia cabeza para romper la roca? Era imposible esquivarlo; estaba demasiado cerca. Clav¨¦ la lanza en el suelo r¨¢pidamente y constru¨ª frente a ¨¦l una pared peque?a que le llegaba hasta las rodillas. Se la llev¨® puesta y, a pesar de que la destruy¨® por completo, pude lograr que tropezara y cayera al suelo. Eso me dio tiempo para alejarme y pensar. ?Lo atrapo? ?Huyo y busco ayuda? ?Sigo intentando usar mi magia para llegar a su cuerpo? Irme y dejarlo escapar no tiene pinta de ser una buena opci¨®n, y mi magia nunca ha fallado hasta ahora, as¨ª que, por m¨¢s que siga intentando, no voy a poder hacer explotar su coraz¨®n. No quedaba otra opci¨®n que mejorar el escenario con mi magia y darle el golpe final con mis propias manos, por m¨¢s que no me guste hacerlo as¨ª. El tipo no era normal. No parec¨ªa sentir dolor. No reaccionaba con l¨®gica. Algo lo hab¨ªa tra¨ªdo de vuelta, pero no como un ser vivo, sino como una abominaci¨®n. Esto era una burla a la muerte. Y yo ten¨ªa que corregir eso. Mientras ¨¦l intentaba levantarse, aprovech¨¦ mi conexi¨®n con el suelo. Extend¨ª mi magia m¨¢s r¨¢pido esta vez, sin perder un segundo. La tierra vibr¨® bajo su cuerpo y, de repente, gruesas ra¨ªces de piedra emergieron desde la ceniza. Se enroscaron con fuerza alrededor de sus piernas, subiendo por sus muslos. Lo mismo pas¨® con sus brazos; donde el mismo formato de rocas lo sujet¨® con brutalidad, forz¨¢ndolo a mantener sus extremidades quietas. ¨¦l ni siquiera gru?¨® o hizo una mueca de frustraci¨®n al quedar inmovilizado. Solo forcejeaba en silencio, como si su voluntad no estuviera realmente ah¨ª, como si solo obedeciera una programaci¨®n sin sentido dentro de su cerebro. No me importaba. Segu¨ª aumentando la presi¨®n. M¨¢s y m¨¢s. "?No vas a ir a ning¨²n lado!" Desde el suelo, comenzaron a emerger m¨¢s estructuras, arque¨¢ndose sobre ¨¦l como si fueran una especie de costillas. Se encajaron con fuerza, presionando contra su espalda; lo atraparon completamente. No iba a darle la oportunidad de darle un ''segundo round'' en esta batalla. "?Morite, hijo de puta! ?Vos nos cagaste la vida! ?A m¨ª ya a todas las personas de este lugar!" Corr¨ª hacia ¨¦l con la lanza bien sujeta y con la punta hacia delante. Mi pulso retumbaba en mis o¨ªdos. Cada m¨²sculo de mi cuerpo estaba tenso, listo para terminarlo de una maldita vez. "??Hyaaaaa!!" La punta de mi arma se hundi¨® directo en su cr¨¢neo con un impacto contundente en medio de sus cuernos partidos. Me dio mucha repulsi¨®n el hacerlo, porque si soy sincero, no me gusta atacar f¨ªsicamente; es por eso que no salgo a cazar con los dem¨¢s. Pero... algo estaba mal. No hubo la sensaci¨®n de carne atravesada, ni hueso roto, ni siquiera hizo un espasmo reflejo que har¨ªa cualquier criatura viviente que est¨¢ siendo atacada. Solo fue un sonido vac¨ªo. Y luego¡­ nada. Nada de sangre. Nada de reacci¨®n. Nada de nada. Al quitar la lanza, pude ver el motivo; su cabeza estaba vac¨ªa. S¨ª, literalmente no hab¨ªa nada all¨ª. Era un cascar¨®n vac¨ªo con la forma exterior del Rey Demonio. "?Q-Qu¨¦ carajos es esto...?" ?Puede ser que esto ya lo vi antes? S¨ª... Recuerdo que el mism¨ªsimo Rey Demonio en su momento arrastraba el cuerpo de una persona desmembrada, pero que no chorreaba sangre desde sus heridas. Esto parece que no comenz¨® hoy; ya ven¨ªa arm¨¢ndose hace rato. Observ¨¦ de nuevo el agujero perfectamente limpio que hab¨ªa quedado en su cabeza. No sal¨ªa sangre, ni hab¨ªa un cerebro, ni huesos. Era como si su cuerpo fuera solo algo vac¨ªo por dentro, una burla grotesca de lo que una vez fue. Ya no s¨¦ ni de cu¨¢ntas formas llamarle. Esto es demasiado absurdo como para cre¨¦rselo. Y aun as¨ª¡­ se mov¨ªa. Su cuerpo se retorci¨® con brusquedad, como si mi ataque no hubiera significado absolutamente nada. Sus piernas, a¨²n atrapadas por la piedra, intentaron empujar con una fuerza ciega, sin coordinaci¨®n. Sus brazos forcejearon contra las rocas, lo que me hizo retroceder un paso. La adrenalina, que antes me impulsaba, ahora se mezclaba con un enojo puro y horrible. "?Basta ya!" Grit¨¦, sin saber bien a qui¨¦n le hablaba. "?Estoy cansado de toda esta mierda!" Tal vez le hablaba a ¨¦l, o al mundo, o a la propia realidad que parec¨ªa querer burlarse de m¨ª. Todo esto¡­ Todo esto parec¨ªa una broma de mal gusto. El mundo no me dejaba ganar. No me dejaba avanzar. Siempre hab¨ªa algo m¨¢s, algo que se interpon¨ªa en mi camino, que hac¨ªa que todo mi esfuerzo culminara en esto, en sentir dolor. No importaba cu¨¢nto planeara, cu¨¢nta ventaja individual y grupal tuviera. Siempre pasaba algo. Siempre. Supongo que este es el precio por vivir en un mundo fantasioso. No me queda otra opci¨®n que seguir luchando hasta que pueda encontrar un punto de paz total. No iba a poder quedarme de brazos cruzados y ver c¨®mo la maldad de este mundo ganaba. Dej¨¦ ir la lanza sin pensarlo dos veces y lo transform¨¦ en un machete grande, con un filo grueso y pesado. No hab¨ªa nada m¨¢s que hacer. Si el mundo quer¨ªa que yo actuara como un salvaje, entonces lo har¨ªa. "Solo espero que luego de esto, no vuelvas a aparecer ante m¨ª. Ya no s¨¦ ni c¨®mo decirlo, pero te odio con todo mi ser. Sos la porquer¨ªa m¨¢s grande que conoc¨ª en treinta a?os de vida". Con ambas manos, levant¨¦ el machete y lo baj¨¦ con toda mi fuerza. La hoja pas¨® limpiamente y demasiado f¨¢cil por su cuello, separando la cabeza del cuerpo en un solo tajo. Si yo pensaba que todo lo sucedido anteriormente era absurdo, lo que estaba pasando ahora era peor. El cascar¨®n vac¨ªo del Rey Demonio empez¨® a desintegrarse ante mis ojos, a deshacerse poco a poco hasta no quedar rastro de ¨¦l, dejando en el aire la piedra que lo estaba inmovilizando. ?Por qu¨¦ muri¨® ahora y no cuando le clav¨¦ la lanza? ?Acaso son como zombis? "?Ya gan¨¦? ?Ahora ya puedo ser libre?" Solt¨¦ el machete y me dej¨¦ caer sobre la ceniza con los brazos abiertos, sintiendo la textura ¨¢spera y molesta peg¨¢ndose a mi piel y mi ropa. "Estoy cansado de esta isla rara... Estoy cansado de los problemas, de las personas que me dan problemas..." Ni siquiera me hab¨ªa dado cuenta de que el cielo se hab¨ªa vuelto a poner nublado. Mi mente trataba de buscar una respuesta l¨®gica, pero no encontraba ninguna, porque el Rey Demonio estaba muerto, lo sab¨ªa, yo lo hab¨ªa matado. Y bueno, ahora lo hab¨ªa hecho por segunda vez, aunque ni siquiera parec¨ªa ser el mismo de antes. Esto ya no parec¨ªa ser una resurrecci¨®n. No era magia de curaci¨®n. Esto se parec¨ªa m¨¢s a una farsa. Alguien o algo hab¨ªa puesto esto delante de m¨ª. Alguien estaba tirando de los hilos detr¨¢s de todo esto. La ¨²nica que se me ocurre que podr¨ªa hacer algo as¨ª es Sariah, pero claro, ser¨ªa absurdo que ella estuviera intentando matarme as¨ª, de la nada... A no ser que sea una invitaci¨®n para que yo vaya con ella. ?Tendr¨¢ algo que contarme? La verdad es que tengo muchas ganas de verla y de hablar con ella. Cerr¨¦ los ojos un momento, tratando de calmar mi respiraci¨®n. Todo este enfrentamiento¡­ esta situaci¨®n absurda¡­ me hab¨ªa dejado agotado. No era solo cansancio f¨ªsico, que arrastraba de hace dos d¨ªas, sino que era mental y emocional. Si hay algo bueno en todo esto, es que siento que me estoy volviendo m¨¢s poderoso, m¨¢s inteligente al usar mi magia. Dentro de mi rango de unos siete metros, tengo la victoria casi asegurada contra cualquiera. Pas¨® un tiempito hasta que volv¨ª a abrir los ojos; el cielo nublado me recibi¨® con su inmensidad gris. "Por lo menos esto sigue siendo normal". Observar el cielo as¨ª, sin pensar en nada m¨¢s que en su inmensidad, me daba una sensaci¨®n de calma. Era como si, por un momento, el mundo no estuviera en mi contra, como si pudiera simplemente existir sin que todo se derrumbara alrededor m¨ªo. La tranquilidad de la naturaleza siempre era buena. Pero la paz nunca dura, al menos no para el chico reencarnado que se llama Luciano. La primera gota de lluvia cay¨® sobre mi mejilla. Luego otra. Y otra m¨¢s. No era una lluvia intensa, sino un goteo lento, disperso, como si el cielo estuviera tanteando el terreno antes de desatarse con todo. Cerr¨¦ los ojos de nuevo, intentando disfrutar la sensaci¨®n de las gotas desliz¨¢ndose por mi rostro. "Me va a tocar lavar esta ropa de nuevo..." Y entonces, escuch¨¦ algo en la lejan¨ªa: un grito de una mujer. Me incorpor¨¦ de golpe sobre el suelo, alertado. Ven¨ªa desde la parte donde la vegetaci¨®n volv¨ªa a ser verde y viva. Al principio, solo distingu¨ª una figura corriendo desde la playa, pero cuando el viento me despej¨® la vista, vi los detalles con claridad. Cabello rojo... ?Pyra? Corr¨ªa como si la persiguieran, pero no hab¨ªa nada detr¨¢s de ella. ?Se estar¨¢ ocultando bajo los ¨¢rboles por la lluvia? Me levant¨¦ del suelo, aprovechando para tomar un poco de agua m¨¢gica, y camin¨¦ hacia ella. Aunque bueno, estaba un poco lejos todav¨ªa. Al llegar, vi que Pyra se estaba como tapando la cabeza con sus brazos. "?Eh, Pyra! ?Todo bien?" Parec¨ªa sorprendida de verme ah¨ª, pero su expresi¨®n enseguida cambi¨® a una de molestia. Baj¨® un poco los brazos con un gesto r¨ªgido y desvi¨® la mirada. "Claro que estoy bien", respondi¨® r¨¢pido, como si hubiera ensayado esa frase, pero su postura, tensa y algo encorvada, dec¨ªa otra cosa. Frunc¨ª el ce?o y me acerqu¨¦ un poco m¨¢s. La lluvia hab¨ªa comenzado a intensificarse, aunque a¨²n no era fuerte. Desde cerca, not¨¦ algo extra?o en su piel: unas peque?as marquitas rojizas que resaltaban en sus manos y un poco en su cara y piernas. "?Y esas marcas de qu¨¦ son?" Pregunt¨¦, se?alando con la cabeza. ?Estar¨¢ enfermando? Cap铆tulo 61: Buscaremos un nuevo destino. Pyra ten¨ªa unas manchas rojas y peque?as en su piel. No s¨¦ si llegaban a ser granos, porque bajo los ¨¢rboles no hab¨ªa mucha iluminaci¨®n, pero era extra?o que tuviera algo as¨ª, ya que hasta hace unas horas ella estaba normal. "?Y esas marcas en tu piel de qu¨¦ son?" Pregunt¨¦, se?alando con la cabeza. ?Estar¨¢ enfermando de repente? ?Ser¨¢ alg¨²n tipo de alergia? "Tch... Es solo algo pasajero", murmur¨®, sin mirarme. "No es nada grave, humano entrometido". "?No es nada grave? ?En serio? ?Y por qu¨¦ te pas¨® eso?" Ella estaba a punto de responder cuando de repente hizo un salto hacia delante luego de mirar hacia arriba. "?Ayyy!" Parec¨ªa haber esquivado una gota de agua que hab¨ªa ca¨ªdo de una de las hojas. Ese simple gesto ya me dejaba claro que la lluvia, o espec¨ªficamente el agua, le hac¨ªa mal. Seguramente no iba a morir ni nada, pero claramente le molestaba m¨¢s de lo que quer¨ªa admitir. "Pyra". "?S-S¨ª...?" "El agua te hace mal, ?no?" Ella parpade¨® un par de veces. Su mirada se encontr¨® con la m¨ªa por un instante, antes de volver a desviar la vista con incomodidad. "Supongo que eso es un s¨ª". "?Claro que no!" "Pyra, no hace falta que te hagas la fuerte conmigo. No soy de esos que se burlan de las debilidades ajenas. En realidad, no suelo burlarme de nadie, a no ser que se burlen primero de m¨ª o que estemos en mucha confianza". "No es¡­ eso", dijo en voz baja. "Es solo que¡­ el agua es mala conmigo". ?C¨®mo carajos hac¨ªa para ba?arse entonces? "Debe ser por tu magia, o por tu cuerpo caliente, que no resiste el contacto con el agua". "?P-Pero eso no me hace m¨¢s d¨¦bil!" "?Acaso yo dije eso? Todos tenemos debilidades, Pyra. Yo tampoco soy invencible". Ella se qued¨® en silencio, tal vez un poco asustada, mirando hacia arriba y hacia los costados. La lluvia segu¨ªa cayendo, y yo no quer¨ªa que siguiera moj¨¢ndose, as¨ª que me puse a buscar materiales r¨¢pido. Primero arranqu¨¦ un trozo de madera del tronco de un ¨¢rbol, luego arranqu¨¦ un par de hojas grandes. "?Qu¨¦ haces?" "Fabricando una cosa que se llama paraguas", respond¨ª sin pausa, concentr¨¢ndome en moldear la madera con mi magia para que adoptara la forma de un mango y un soporte que rodeara toda la circunferencia superior con uniones hacia el medio. Despu¨¦s us¨¦ m¨¢s magia para fijar las hojas en la parte superior, entre la madera, para crear algo que al menos sirviera para cubrirnos de la lluvia. Levant¨¦ mi creaci¨®n con satisfacci¨®n y la puse arriba de mi cabeza, aunque la vegetaci¨®n me imped¨ªa un poco moverla con libertad. "Listo, algo improvisado que nos puede funcionar". Pyra observ¨® el paraguas con una expresi¨®n de sorpresa que trat¨® de disimular r¨¢pido con una pregunta en tono serio. "?Qu¨¦ es un paraguas?" "Es esto que acabo de hacer. Sirve para protegernos de la lluvia". Pyra se cruz¨® de brazos, todav¨ªa con sus ojos alertas. "Hmpf¡­ Supongo que no est¨¢ tan mal tu magia". "?Te gusta mi magia?" "No te pases de listo, humano entrometido. Solo me refer¨ªa a que es ¨²til en algunas cosas, nada m¨¢s". "Ya veo..." Empec¨¦ a caminar hacia la playa. "Vamos, tenemos que ir con los dem¨¢s". "?Con los dem¨¢s...?" Not¨¦ que empez¨® a correr detr¨¢s de m¨ª. "?O-Oye! ?Esp¨¦rame!" Al salir de nuevo al exterior, puse el paraguas arriba de nosotros, aunque no s¨¦ si ella estaba captando su utilidad, porque a los pocos minutos empez¨® a susurrar cosas y a fruncir el ce?o. "Deja de chocarme con tu brazo", dijo finalmente. "?Chocarte? Estoy caminando normal a tu lado". "No voy a permitir que un humano me toque", insisti¨®, alej¨¢ndose apenas unos cent¨ªmetros, lo justo para que al salir del ¨¢rea cubierta por el paraguas su top rojo se mojara en la parte del hombro. Obviamente, volvi¨® a su posici¨®n anterior al instante, actuando como si no hubiera pasado nada. "Si me alejo m¨¢s, te vas a mojar, como acaba de pasar ahora". "?Yo no me moj¨¦!" "?En serio?" "S-S¨ª..." "Entonces, si no te mojaste, pod¨¦s alejarte vos misma, as¨ª no te toco sin querer". "?Ah, pero qu¨¦ listo! ?Pues entonces no ser¨ªa mejor que movieras m¨¢s esta cosa de mi lado?" La mir¨¦ de reojo, incr¨¦dulo. "?Ah, s¨ª? ?Y yo qu¨¦? ?Me mojo yo ahora?" "?Eres t¨² quien hizo esta cosa!" "Te dije que se llama paraguas... ?Y te lo estoy compartiendo!" Ambos nos detuvimos un momento, mir¨¢ndonos con el ce?o fruncido. La lluvia segu¨ªa golpeando el suelo a nuestro alrededor, y en el fondo el sonido del mar acompa?aba nuestra discusi¨®n absurda. "Bah... Qu¨¦ tonter¨ªa todo esto". ?C¨®mo habr¨¢ hecho la loca esta con el agua del tsunami? Me la imagino saltando los charcos y todo. Por cierto, su cuerpo estaba emanando calor. No quiero preguntarle ahora eso, aunque es algo extra?o que suceda si no us¨® magia hace poco. Creo que era hora de hablar de lo importante. "Pyra, ?qu¨¦ pas¨® con el cuerpo del Rey Demonio?" Si me dice que no lo encontr¨®, me muero. Ella gir¨® su rostro hacia m¨ª, apenas levantando el ment¨®n con arrogancia contenida. "Lo quem¨¦", dijo con frialdad, como si fuera algo sin importancia. "?Lo incineraste por completo?" Repet¨ª, sorprendido. "?Que lo quem¨¦!" "?Pero si es lo mismo!" "?Ay, qu¨¦ raro hablas! ?Y para qu¨¦ preguntas algo que es obvio?" "Solo para... saber". "Obvio que lo quem¨¦. No iba a dejar que su presencia hiciera m¨¢s da?o a esta isla", agreg¨®, como si la sola menci¨®n del cad¨¢ver le diera asco. "Adem¨¢s, no quedaba nada que valiera la pena conservar". "B¨¢sicamente, lo hiciste porque yo te lo dije, porque la primera vez pasaste de largo". Ella chasque¨® la lengua. "Solo tuviste una buena idea, nada m¨¢s que eso". Al menos sigue reconociendo las cosas buenas que hacen los dem¨¢s. Eso es bueno. "Supongo que¡­ gracias por encargarte de eso", dije, sincero, mientras segu¨ªamos caminando. "De nada". Por dentro, mi mente estaba pensando en lo que sucedi¨® antes. ?Qu¨¦ carajos era esa cosa con la que pele¨¦? Me dio un peque?o mareo al recordar los ojos vac¨ªos, el aura antinatural y esa sensaci¨®n sofocante que me apretaba el pecho cada vez que se acercaba. Si el verdadero cuerpo del Rey Demonio hab¨ªa sido destruido por Pyra, entonces¡­ ?C¨®mo era posible que existiera un clon tan perfecto por fuera, pero vac¨ªo por dentro? Yo ya no entiendo nada. Lo ¨²nico que quiero es que ya no aparezca ning¨²n cad¨¢ver en vida, ni del minotauro, ni del hombre p¨¢jaro, ni de nadie que sea malvado. Solo quiero paz y seguir creando cosas que ayuden a avanzar este mundo. La voz de Pyra interrumpi¨® mis pensamientos. "Deja de chocarme con el brazo. ?Cu¨¢ntas veces tengo que repet¨ªrtelo?" Parpade¨¦, desconectado por un segundo de la conversaci¨®n. "?Eh?" "?Te dije que no me toques, humano entrometido!" Se alej¨® de nuevo, solo para que su cabeza rozara el borde del paraguas y se empapara al instante. Su expresi¨®n cambi¨® a una mezcla de molestia y frustraci¨®n mientras regresaba a su posici¨®n original bajo el refugio. "Si no te acerc¨¢s a m¨ª, te vas a mojar, Pyra", expliqu¨¦ con calma. "Adem¨¢s, no estoy toc¨¢ndote. Solo camino normal, el espacio es reducido, ?qu¨¦ esperabas? Ten¨¦s cada arranque m¨¢s raro vos". "??Podr¨ªas hablar normal por solo un momento?!" "No. Yo hablo as¨ª y punto. Es como si yo te dijera que ya no grites tanto. ?Lo vas a hacer solo porque yo te lo digo? Obviamente que no". Era un poco entretenido verla intentar mantener su dignidad mientras la lluvia le acechaba desde cada gota que se escapaba del borde del paraguas. "Si no fueras tan tonto, habr¨ªas creado dos paraguas y no hubiera tenido que gritar, ?sabes? Es tu culpa que yo grite". Empez¨® a caminar cruzada de brazos. El gesto le hizo parecer una ni?a malcriada, aunque seguramente ya ten¨ªa sus varios a?os viviendo. Y... es interesante que haya pensado en esa soluci¨®n. "Es cierto, pero as¨ª es m¨¢s divertido... Solo quer¨ªa... despejar la mente de algunas cosas". ?Acaso segu¨ªa refugi¨¢ndome en Pyra para cambiar el chip? ?Para hacer de cuenta que todo a mi alrededor no era un caos? Ella no contest¨®. El sonido de la lluvia golpeando las hojas era un murmullo constante, como un concierto musical de fondo que no ten¨ªa intenci¨®n de detenerse. Cada gota parec¨ªa arrastrar conmigo un poco del peso que se me hab¨ªa ido acumulando desde que todo esto comenz¨®. Pyra caminaba a mi lado, pero sus pasos ahora eran m¨¢s suaves, menos tensos. El silencio entre nosotros empez¨® a sentirse menos como una guerra y m¨¢s como una tregua. De repente, su tono cambi¨®, apenas un susurro que contrastaba con su usual agresividad. "?Por qu¨¦ viniste a este lado de la isla, Luciano?" ?Es esta la primera vez que me llama por mi nombre? No pude evitar suspirar. Iba a cont¨¢rselo. "Porque sal¨ª a buscarte y me termin¨¦ encontrando y peleando con alguien. Alguien que ya no deber¨ªa existir". Ella gir¨® levemente el rostro, sin detenerse, pero claramente interesada. "?Alguien como qui¨¦n?" Ya veo... No escuch¨® mis gritos. "Era como el Rey Demonio. Un reflejo perfecto, como si estuviera¡­ vivo otra vez". Las palabras me salieron cada una pesando m¨¢s de lo que deb¨ªa. "Pero no era ¨¦l. No pod¨ªa ser ¨¦l. No despu¨¦s de que yo lo matara y vos¡­ lo quemaras". Su expresi¨®n se endureci¨® por un instante, pero esta vez no por enojo. "?Est¨¢s seguro?" "S¨ª". "No entiendo muy bien lo que quieres decir... ?Acaso volviste a luchar contra el Rey Demonio? ?Y tambi¨¦n ganaste? No tiene sentido, si ya sabemos que lo matamos". "Eso es justamente lo que no entiendo, porque el que acabo de vencer estaba vac¨ªo por dentro, Pyra. Vac¨ªo. Y eso es lo que no puedo entender". "No s¨¦... No parece ser algo que pueda suceder". "Pod¨¦s ir vos misma al lugar y fijarte si no es cierto que estuve luchando contra alguien". Ella ahora me miraba de reojo. "Luciano, t¨² en serio no mientes, ?verdad? Quiero decir... ?No eres un humano mentiroso?" No s¨¦ por qu¨¦, pero me dio la sensaci¨®n de que hab¨ªa un segundo significado en su pregunta. "No. O sea, no me considero mentiroso, pero tampoco puedo negar que cada uno tiene sus secretos que no quiere contar, y eso no me parece mal, siempre y cuando no interfiera en la vida de otra persona". "?Entonces es verdad lo que dijiste del Rey Demonio?" "?No era que no me cre¨ªas?" "Solo responde y ya". "No miento, en serio. De alguna manera apareci¨® ante m¨ª para atacarme, pero cuando lo venc¨ª, not¨¦ que su cuerpo estaba vac¨ªo por dentro y luego desapareci¨®. As¨ª como te lo digo, desapareci¨® sin dejar rastro". Pyra me observ¨® con una expresi¨®n que no esperaba de ella: neutral, sin rastro de burla o irritaci¨®n. Solo una mirada directa. "Est¨¢ bien, te creer¨¦... por ahora", murmur¨®, como si sus palabras estuvieran ba?adas en cierta duda. "Vamos a tener que tener mucho cuidado si vuelve a suceder algo as¨ª". "S¨ª..." Seguimos caminando, con el sonido de las olas chocando contra la arena a nuestra izquierda. La lluvia no hab¨ªa cesado, pero bajo el paraguas improvisado que sosten¨ªa, solo algunas gotas se filtraban en los bordes, golpeando mi hombro ocasionalmente, porque ahora lo hab¨ªa movido un poco m¨¢s hacia Pyra. If you encounter this narrative on Amazon, note that it''s taken without the author''s consent. Report it. Baj¨¦ la mirada por un instante. La arena h¨²meda hab¨ªa quedado marcada por la suela de madera de mis ojotas en el camino de ida, y fue entonces cuando me di cuenta de una cosa: Pyra iba descalza, como siempre, pero el ver sus pies hundi¨¦ndose ligeramente en la arena mojada me hizo preguntarme algo absurdo: ?no le hac¨ªa da?o la humedad y las peque?as gotas del suelo? Despu¨¦s de todo, hab¨ªa dicho que el agua le hace mal¡­ Aunque ella no parec¨ªa ni un poco inc¨®moda al caminar. Mis ojos se quedaron fijos en sus pies por un rato m¨¢s de lo necesario. Realmente su cuerpo estaba tan bien delineado que me hac¨ªa acordar demasiado a Sariah. "?Qu¨¦ tanto miras mis pies, humano?" "?Te molesta que te mire?" Me dio un peque?o golpecito con su pie contra mi tobillo. "Solo responde y ya". As¨ª que tambi¨¦n agrede f¨ªsicamente, ?eh? Bueno, mientras no sea tan fuerte, no me molesta. "No es lo que pens¨¢s. Solo estaba pensando en si el agua del suelo no te har¨ªa mal. Est¨¢s descalza y la arena est¨¢ mojada. No s¨¦, por alg¨²n motivo me pareci¨® raro que no te duela o algo as¨ª". Ella se qued¨® en silencio por un momento, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa. "Siempre ha sido as¨ª. Nunca supe por qu¨¦, pero el agua nunca me hizo da?o en la parte de abajo de los pies". Me arriesgu¨¦ a mirarla de reojo. Parec¨ªa sincera, aunque con Pyra nunca se pod¨ªa estar completamente seguro. "De la parte de abajo de los pies te sale lava cuando us¨¢s magia. Al menos la otra vez pas¨® eso, y yo pienso que ese podr¨ªa ser el motivo por el que no sufr¨ªs dolor ah¨ª". "?Eso no va a volver a pasarme! Solo fue un error de mi magia, ?s¨ª? Yo no voy... volver a... lava". "?Eh?" "?Entrometido!" Definitivamente est¨¢ loquita esta mujer. Por ser una creaci¨®n de Sariah, seguro que le debe haber faltado un poco de afecto maternal. Pasaron unos segundos hasta que sus ojos se desviaron r¨¢pidamente hacia mis pies. Se ve que estaba buscando algo con qu¨¦ vengarse. "Ahora que lo pienso¡­ ?Y t¨²? ?Por qu¨¦ no tienes u?as en los pies?" Uy... Justo pregunta eso despu¨¦s de la conversaci¨®n de antes, donde dej¨¦ en claro que no era un mentiroso... Y ah¨ª estaba, a punto de hacerlo. "No es... gran cosa", murmur¨¦, forzando una sonrisa casual. "Las perd¨ª en la pelea contra los hombres p¨¢jaro. Fue un enfrentamiento complicado y, bueno, no sal¨ª del todo ileso". Ella se detuvo, lo que me hizo detenerme a m¨ª tambi¨¦n, con los ojos abiertos bien grandes. Sus ojos eran demasiado rojos como para no quedarse observ¨¢ndolos con detenimiento. "?T¨²¡­ los venciste? ?A todos? ?Y a ¨¦l tambi¨¦n?" "S¨ª", ment¨ª con el peso de la culpa apret¨¢ndome el pecho, pero la mentira sali¨® con sorprendente facilidad. "Fue dif¨ªcil, pero Mirella y Aya estaban ah¨ª, as¨ª que lo hicimos en equipo... Bueno, realmente Mirella se encarg¨® de matarlos a casi todos". Por un momento, su expresi¨®n se qued¨® congelada. Sus labios estaban entreabiertos, y ten¨ªa esa mirada que no estaba llena de desprecio ni arrogancia, sino de¡­ ?Respeto? Algo raro viniendo de ella, aunque hizo una expresi¨®n similar cuando le dije que hab¨ªa matado al Rey Demonio. "Vaya..." Baj¨® la mirada. "Supongo que no eres tan d¨¦bil como pens¨¦". Sinceramente, no supe c¨®mo sentirme al respecto. Aun as¨ª, no puedo decirle la verdad de todo esto, de Sariah y las reencarnaciones. "Mis compa?eras tampoco son d¨¦biles". Volvimos a caminar. "?Sabes¡­?" Comenc¨¦ diciendo, rompiendo el silencio que hab¨ªa quedado tras su supuesta muestra de respeto. "No sos tan insoportable como pens¨¦ al principio. De hecho, sos una persona bastante peculiar, que solo necesita entender mejor a los dem¨¢s y a s¨ª misma". "?Eso que dices se supone que es algo bueno, humano?" ?Y ahora me dice humano de nuevo! "Puede ser que as¨ª sea. Lo que intento decir es que podr¨ªamos ser amigos". "?Amigos?" Repiti¨® la palabra como si fuera un concepto ajeno, como si no pudiera creer que alguien pudiera sugerir algo as¨ª con sinceridad. "?Otra vez con eso?" "S¨ª, amigos. Digo, no me parece que seas mala persona¡­ Solo sos medio complicada". Me encog¨ª de hombros, tratando de mantener la naturalidad. "Y bueno, me ca¨¦s bien. A tu manera rara y violenta, claro". Por un momento, pens¨¦ que me iba a prender fuego con su magia, pero en vez de eso, solt¨® un peque?o resoplido. "Haz lo que quieras. No me interesan esas cosas". Una peque?a sonrisa se dibuj¨® en mi rostro. Puede que para cualquier otro esas palabras hubieran sonado despectivas, pero viniendo de Pyra, era casi lo m¨¢s cercano a un ''s¨ª'' sincero que iba a obtener. "Bueno, gracias por aceptar mi amistad". Ella chasque¨® la lengua... ?Cu¨¢ntas veces iba a hacerlo en una conversaci¨®n? "Entonces, como buenos amigos¡­" Me inclin¨¦ un poco hacia ella para que me prestara atenci¨®n, bajando la voz. "?Podr¨ªas mantener en secreto lo que te cont¨¦ reci¨¦n? Lo del Rey Demonio que me encontr¨¦". Al menos logr¨¦ que me mirara. "?Est¨¢s bromeando? Eso es peligroso. Los dem¨¢s deber¨ªan saberlo; podr¨ªan estar en riesgo". Sab¨ªa que dir¨ªa eso. Despu¨¦s de todo, ella se autoproclam¨® la guardiana de esta isla, y seguro que en el fondo le preocupa mucho que alguien salga lastimado. "Yo conf¨ªo en que no volver¨¢ a aparecer algo as¨ª. En todo caso, parece que solo me buscaba a m¨ª. Y siendo sinceros, no creo que haga falta alarmar a todos ahora. Bastante han pasado ¨²ltimamente como para que tengan que cargar con otro problema m¨¢s". ¡°?Y si s¨ª vuelve a pasar? ?Qu¨¦ har¨¢s entonces, confiar¨¢s en que m¨¢gicamente desaparecer¨¢ otra vez?¡± "No va a pasar". "?Y c¨®mo puedes estar tan seguro?" "Tengo una teor¨ªa", comenc¨¦ respondiendo, viendo que ya nos faltaba poco para llegar. "Si alguien mand¨® a esa cosa, seguro que decidi¨® que el Rey Demonio era la opci¨®n m¨¢s fuerte para matarme, y viendo que yo lo derrot¨¦ tan r¨¢pido. Seguro que pasar¨¢ bastante tiempo hasta que consiga a alguien mejor". Ella entrecerr¨® los ojos, claramente no convencida, pero antes de que pudiera abrir la boca, solt¨¦ mi carta maestra. ¡°Adem¨¢s¡­ si lleg¨¢s a decir algo¡­¡± Me inclin¨¦ un poco m¨¢s cerca, bajando la voz hasta convertirla en un susurro casi c¨®mplice. "Le dir¨¦ a todos que tuve que salvarte de la malvada agua de lluvia¡±. Su rostro se qued¨® congelado en una expresi¨®n de puro desconcierto. Pero en lugar de explotar en furia, solt¨® un gru?ido casi imperceptible. ¡°?Te atreves a amenazarme con eso?¡± ¡°?Amenazar? Yo prefiero verlo como un trato justo entre amigos¡±. Ella me fulmin¨® con la mirada, pero sus mejillas, para mi sorpresa, se ti?eron de un leve rojo m¨¢s intenso que sus ojos y gir¨® su cabeza hacia el otro lado. ¡°?Amigos? Para m¨ª m¨¢s bien eres... despreciable¡±. ¡°Y, sin embargo, segu¨ªs caminando a mi lado¡±. No hubo respuesta de su parte, solo levant¨® los hombros. El viento cambi¨® de direcci¨®n, trayendo consigo el aroma del mar. Por un momento, me pregunt¨¦ si este extra?o momento de paz entre nosotros dos durar¨ªa mucho m¨¢s. Con las cosas que hab¨ªan estado sucediendo ¨²ltimamente, era cuesti¨®n de tiempo antes de que la calma se rompiera otra vez. Al fondo ya se ve¨ªan mis padres y Aya; parec¨ªan estar recogiendo el desastre que hab¨ªa dejado el tsunami contra nuestra casa, llevando trozos de madera del bosque hacia un punto central. Trabajaban a pesar de estar moj¨¢ndose. Aunque bueno, la lluvia ya solo eran simples gotitas que ca¨ªan dispersas por el lugar. Solo le estaba haciendo el aguante a Pyra para que no se mojara. "Yo me voy aqu¨ª", dijo ella de repente, deteni¨¦ndose y acomod¨¢ndose hacia atr¨¢s un mech¨®n de pelo que se le hab¨ªa quedado encajado entre los cuernos. Yo tambi¨¦n me tuve que detener. "?Pero no vas a conocer a mi familia y amigos?" Pyra me dio la espalda. "Ser¨¢... en otra ocasi¨®n". Al menos no dijo que no lo har¨ªa. "Bueno, est¨¢ bien. Si cre¨¦s que todav¨ªa no es el momento para hacerlo, no voy a meterme en eso. Adem¨¢s... no todos est¨¢n de ¨¢nimos como para estar conversando con una nueva persona". "Solo cu¨ªdate, ?s¨ª?" Sin mirar atr¨¢s, camin¨® a paso r¨¢pido la poca distancia que nos separaba del bosque. "?Esper¨¢, Pyra!" Grit¨¦, acerc¨¢ndome hacia ella bajo los ¨¢rboles. Ella se gir¨® y yo aprovech¨¦ para extender el brazo, ofreci¨¦ndole el paraguas que todav¨ªa sosten¨ªa en mi mano derecha. La parte superior estaba empapada, pero a¨²n pod¨ªa protegerla de las gotas traicioneras que segu¨ªan cayendo desde las hojas. "Tom¨¢, mejor qued¨¢telo vos". "Era obvio que ibas a d¨¢rmelo", murmur¨®, casi como si me estuviera desafiando. Sus dedos delgados tomaron el mango del paraguas con delicadeza, como si no quisiera admitir que le agradaba el gesto. "?Y por qu¨¦ te preocupa tanto si me mojo o no?" ?En serio me preguntaba eso luego de estar como media hora cuid¨¢ndola con un paraguas? "Porque somos gente que se cuida entre s¨ª". A todo esto, ella ya no ten¨ªa las marcas rojas en la piel. "Bueno, supongo que eso es bueno, pero no necesito de tu ayuda todo el tiempo". "Espero que te sirva. Yo me voy tambi¨¦n; espero que nos veamos pronto". Si le dec¨ªa algo m¨¢s, iba a alargar la conversaci¨®n innecesariamente. Ahora solo quedaba comer un poco, separar las maderas para que m¨¢s tarde se secaran al sol y, a la noche, contarles mi plan de escape. *** Est¨¢bamos todos sentados sobre la piedra de la base de la casa, alrededor de la fogata que hab¨ªamos encendido hace unos minutos. A pesar de que ya hab¨ªamos comenzado a comer, casi ninguno de nosotros cruz¨® palabras, solo alguna que otra frase corta sobre si ya estaban cocinados los pescados o si alguien necesitaba ayuda en algo. Ante tal escenario, ni siquiera me dieron ganas de armar una mesa y sillas improvisadas; simplemente est¨¢bamos viviendo como lo hac¨ªamos en mis primeros a?os de vida en este mundo. Qu¨¦ feo... Todos lo sent¨ªamos. Sent¨ªamos esa soledad de no tener a nuestro lado a alguien en nuestras tareas diarias, y a todos nos dol¨ªa darnos cuenta de que ella ya no volver¨ªa, y tal vez Tar¨²n tampoco quisiera saber nada de nosotros. Y, sin embargo, nadie dijo nada al respecto, nos lo guardamos para nosotros mismos, con las cabezas gachas y las miradas perdidas. Si hab¨ªa una buena noticia en todo esto, era que la cantidad de comida que ten¨ªamos era bastante grande. Dir¨ªa que hay frutas y carne como para una semana entera o m¨¢s. Nos ayud¨® mucho que hayan encontrado un ¨¢rbol de na?as tirado sobre el suelo, uno que se ve que no hab¨ªamos encontrado antes. Y con respecto a Fufi, Mirella me dijo que toda su familia se hab¨ªa escondido en la cima de un ¨¢rbol gordo de la selva. Tiene sentido, porque recuerdo que uno de los huevos de esos animales lo encontr¨® Mirella hace mucho tiempo en la copa de un ¨¢rbol. A mi izquierda ten¨ªa justamente a Mirella, que me miraba atentamente mientras com¨ªa, y a mi derecha estaba Rundia, que no hab¨ªa comido ni un cuarto del pescado, y eso que era peque?o. ?Estaba bien si les dec¨ªa tambi¨¦n lo de la maldici¨®n? ?O era demasiado sumarles otro problema m¨¢s? Por lo pronto, nadie se dio cuenta. Debe ser porque me hice hace poco este nuevo corte de pelo. "Oigan..." Dije de repente, y creo que solo Aya y Luc¨ªa me miraron, aparte del hada. "Quer¨ªa saber si ten¨ªan ganas de que les explicara mejor lo que les dije, lo de salir de esta isla". El silencio que reinaba alrededor de la fogata se sinti¨® a¨²n m¨¢s pesado cuando todos levantaron la cabeza para mirarme. Fue Luc¨ªa quien rompi¨® el hielo primero; sab¨ªa que solo lo hac¨ªa para ayudarme a avanzar en la conversaci¨®n. "?En serio? ?De verdad podemos, hermano mayor?" Termin¨¦ de tragar el ¨²ltimo bocado de mi pescado antes de responder. "S¨ª, podemos". "A ver, cu¨¦ntanos". "?C¨®mo lo haremos, exactamente?" A?adi¨® Aya. "El agua debe ser demasiado grande como para cruzarla as¨ª como as¨ª". Mierda, record¨¦ que no habl¨¦ con Aya con respecto a su miedo al agua... Aunque no not¨¦ nada raro en ella desde que salimos de la cueva, y eso que estamos en la playa, al lado del vasto oc¨¦ano. Sumado a eso, acaba de hacer un comentario de lo m¨¢s normal, como si antes no hubiera pasado ni dicho nada. "Justamente vos vas a ser la que nos ayudar¨¢ a lograrlo, Aya", me arriesgu¨¦ a responder. "?En serio? ?Y c¨®mo puedo ayudarte yo en eso?" "Tu magia es de hacer barreras, ?no? Bueno, yo me di cuenta de que cada vez las hac¨¦s m¨¢s potentes y claramente pueden soportar varias cosas por encima de ellas si es que las pon¨¦s acostadas, por decirlo de alguna manera". "?Como cu¨¢ndo...?" No pudo terminar la pregunta y agach¨® la cabeza. "S¨ª... Aunque no quiero que..." "Perd¨®n, no quiero hablar de eso ahora", dijo de repente, cortando mis palabras y gir¨¢ndose hacia el lado opuesto a la fogata. "Uhm..." El crepitar de la fogata ahora parec¨ªa m¨¢s fuerte, llenando el vac¨ªo de las palabras no dichas, las heridas que segu¨ªan abiertas y que nos doler¨ªan por toda la eternidad. Entend¨ª que no deb¨ªa presionarla. No ahora. No despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa pasado. Aya me hab¨ªa preguntado si ahora ¨ªbamos a poder vivir una vida normal, aunque claramente se nota que nada va a ser como antes. Suspir¨¦, dejando que el aire escapara de mis pulmones con un dejo de frustraci¨®n que intent¨¦ disimular. "Bueno... podemos dejar esta charla para m¨¢s adelante. No tiene sentido planificar si no estamos listos". "Est¨¢ bien, Luciano", dijo Mirella. Nadie m¨¢s respondi¨®. Luego de darle varias vueltas a todo esto, decid¨ª que necesit¨¢bamos un lugar mejor para dormir, porque la idea de pasar una noche en nuestra anterior cueva me resultaba insoportable; era como un recordatorio constante de todo lo que hab¨ªamos perdido. Apagu¨¦ la fogata a los pisotones y apoy¨¦ mis manos en el suelo, comenzando a extraer piedra para formar paredes a nuestro alrededor. Antes de que pudiera terminar, Rundia se acerc¨® a m¨ª. "Hijo, ?no vamos a dormir en la cueva?" "No, mam¨¢. Esta es nuestra casa, y decid¨ª que no voy a renunciar a ella, no hasta que nos vayamos de la isla". "Est¨¢ bien, solo que no quiero que te presiones mucho con todo esto. No hace falta que intentes hacer todo por tu cuenta". "No te preocupes, mam¨¢, me siento bien". Sin mediar m¨¢s palabras, termin¨¦ de moldear la habitaci¨®n cuadrada con tres ventanas y un marco de puerta. Claramente no era un hogar, pero al menos nos proteger¨ªa del viento fresco de la noche y una nueva posible lluvia. Ni siquiera me hizo falta decirle a Mirella que pusiera una bola de luz, porque lo hizo al instante. "?Ya vuelvo, traer¨¦ hojas grandes para todos!" Grit¨® Mirella, saliendo volando por una de las ventanas, sin darnos tiempo a responder. Mi mirada se desvi¨® hacia Aya, que ya se hab¨ªa sentado en una de las esquinas, con la cabeza gacha y sus orejas blancas casi ca¨ªdas por completo hacia delante, como si llevaran el peso de toda la culpa del mundo. Me acerqu¨¦ despacio y me sent¨¦ a su lado. No dije nada al principio, solo dej¨¦ que el silencio se acomodara un poco entre nosotros. Finalmente, habl¨¦ en voz baja. "?Sab¨¦s qu¨¦ creo, Aya? Creo que est¨¢ bien lamentarse, pero no eras la ¨²nica que pudo haber hecho algo m¨¢s. Yo tambi¨¦n estuve ah¨ª, y tampoco llegu¨¦ a tiempo... Creo que ya te hab¨ªa dicho algo similar". Ella apret¨® las manos con fuerza sobre la tela baja de su yukata. "Yo... deb¨ª haberlo hecho mejor. Para eso tengo este poder, Luciano. Para protegerlos". "Y aun as¨ª, no pod¨¦s protegernos de todo, porque nadie es perfecto en esta vida. S¨¦ que es raro que te lo diga un ni?o, pero aprend¨ª que la vida es as¨ª, injusta y cruel a veces". Hice una pausa, acomod¨¢ndome un poquito m¨¢s cerca de ella, hasta chocar de costado nuestros brazos. "Ahora, si dej¨¢s que esto te detenga, si dej¨¢s que la memoria de Anya se convierta en una pesadilla en lugar de una raz¨®n para seguir adelante... entonces realmente habremos perdido m¨¢s de lo que creemos". "?Y eso qu¨¦ significa?" "Que nos levantaremos y seremos m¨¢s fuertes por ella, y tambi¨¦n por nosotros, porque no podemos permitir que algo as¨ª vuelva a suceder". No respondi¨®, solo se qued¨® mirando sus piernas estiradas. Lentamente, apoy¨¦ mi cabeza en su hombro. No hab¨ªa nada m¨¢s que decir. A veces, simplemente estar ah¨ª era suficiente. Pasados unos segundos en esa posici¨®n, el cansancio me golpe¨® con fuerza, haci¨¦ndome sentir como si mi cuerpo se hundiera en la tristeza y todos los sentimientos que hab¨ªa intentado contener durante todo el d¨ªa. Mis p¨¢rpados empezaron a ceder poco a poco. Justo cuando estaba a punto de quedarme dormido por completo, una voz aguda rompi¨® la paz. "?Ya te olvidaste de m¨ª tan r¨¢pido?" Parpade¨¦, aturdido, mientras Mirella flotaba delante de nosotros. "No es eso¡­" Murmur¨¦. Mirella baj¨® su vuelo lentamente hasta posarse justo frente a m¨ª. Al bajar la vista, pude ver que hab¨ªa varias hojas grandes esparcidas por el suelo. "Entonces, ?qu¨¦ es?" "Solo ten¨ªa sue?o, nada m¨¢s". "?Ah, s¨ª?" En un movimiento r¨¢pido y decidido, se acomod¨® entre nosotros dos, apoyando su cabeza entre medio de nuestros brazos. "Bueno, entonces no te voy a dejar solo. No esta noche". "?Y qu¨¦ noche me has dejado solo?" "No lo s¨¦..." "La verdad es que preferir¨ªa dormir sobre el suelo..." *** Abr¨ª los ojos con pesadez, y lo primero que not¨¦ fue el brillo de la luz m¨¢gica de Mirella flotando cerca del techo improvisado. La piedra que hab¨ªa moldeado anoche segu¨ªa all¨ª, intacta, como una promesa silenciosa de refugio. Pero lo que realmente me sorprendi¨® fue la calidez que me rodeaba. Las hojas grandes que Mirella hab¨ªa recogido estaban perfectamente distribuidas bajo nuestros cuerpos, formando una especie de nido. Y all¨ª, en ese peque?o refugio, todos se hab¨ªan acercado mientras dorm¨ªa. Luc¨ªa estaba abrazada a mi costado, con su carita tranquila apoyada en mi brazo. Incluso las gemelas y mis padres estaban cerca, compartiendo el mismo calor que el resto. Me qued¨¦ as¨ª, inm¨®vil, durante largos minutos, observ¨¢ndolos a todos. Cada respiraci¨®n, cada movimiento leve en medio del sue?o, me recordaba por qu¨¦ segu¨ªa adelante. Al mismo tiempo, no pod¨ªa ignorar la ausencia que se sent¨ªa como un agujero en medio de la habitaci¨®n; faltaban Anya y Tar¨²n. Ella¡­ hab¨ªa desaparecido para siempre, arrebatada por un destino que ninguno de nosotros pudo evitar. ¨¦l... bueno, su partida fue una decisi¨®n consciente, pero igual de dolorosa. El hecho de que Tar¨²n decidiera quedarse con su padre deb¨ªa de ser l¨®gico desde su punto de vista, pero no desde el m¨ªo. Era otro vac¨ªo, otra voz que ya no estar¨ªa junto a la fogata. Con cuidado, para no despertar a ninguno, me levant¨¦ y sal¨ª en silencio afuera. El sol reci¨¦n comenzaba a salir, aunque el clima parec¨ªa seguir nublado. "Mierda, al final me dorm¨ª sentado y ahora me duele la espalda y el cuello..." Me par¨¦ en la arena h¨²meda, dejando que el viento fresco de la ma?ana me despabilara. Tambi¨¦n me lav¨¦ la cara con el agua de la costa. La gran pregunta que me hac¨ªa ahora era si realmente podr¨ªamos dejar esta isla. ?Y si el mundo afuera era a¨²n m¨¢s cruel que este peque?o pedazo de tierra en medio del oc¨¦ano? ?Y si todo lo que ven¨ªa despu¨¦s solo tra¨ªa m¨¢s p¨¦rdidas? Me hab¨ªa prometido protegerlos, a todos. Pero la realidad era clara: hab¨ªa fallado. Y aunque todos los otros segu¨ªan a mi lado, el grupo ya no era el mismo. Anya hab¨ªa muerto; ese era mi gran fracaso. Sin poder evitarlo, una l¨¢grima solitaria rod¨® por mi mejilla. No fue una explosi¨®n de llanto, no hubo sollozos ni gritos ahogados, solo ese peque?o hilo de agua que marcaba la verdad de lo que sent¨ªa en lo m¨¢s profundo de mi ser. Y el futuro... No ten¨ªa idea de lo que nos esperaba del otro lado del agua. Quiz¨¢s habr¨ªa m¨¢s p¨¦rdidas. Tal vez los d¨ªas por venir ser¨ªan incluso m¨¢s duros que todo lo que hab¨ªamos enfrentado hasta ahora. O, con algo de suerte y esfuerzo, encontrar¨ªamos un nuevo hogar, nuevas personas, nuevos seres m¨¢gicos, un lugar donde las heridas pudieran empezar a sanar de verdad. Lo ¨²nico que sab¨ªa era que se ven¨ªan tiempos de cambios, y deb¨ªa estar preparado para ello. ----------- FIN DEL VOLUMEN 4 ----------- Cap铆tulo 62: Mi amiga la egè´¸latra. Han pasado siete d¨ªas desde que salimos a la superficie. Durante ese tiempo, me enfoqu¨¦ en reconstruir nuestra casa. La estructura principal ya est¨¢ terminada: las paredes, el techo y la entrada principal ya est¨¢n listas. Us¨¦ todo el material que hab¨ªamos separado para secar, aunque tuve que tumbar algunos ¨¢rboles m¨¢s para completar toda la estructura y que quedara exactamente igual que antes, con sus cuatro dormitorios, el ba?o y la sala principal. Por ahora, lo ¨²nico que hay en el interior es lo esencial. Logr¨¦ volver a hacer la mesa, tambi¨¦n ocho sillas y seis camas, en las cuales solo una tiene colch¨®n de hojas: la cama doble, la de mis padres. Lo que pas¨® es que ellos solo encontraron dos colchones de los que ten¨ªamos antes, y esos los un¨ª para formar uno grande y mantenerlos c¨®modos. La dem¨¢s piel de animales la utilizamos para que pudieran renovar sus ropas por ¨²ltima vez hasta que yo les hiciera la nueva ropa como la que llevo yo. Por mi parte, no he tenido contacto con nadie m¨¢s aparte de los de mi grupo. Ni siquiera con Tar¨²n. Desde el momento en que decidimos separarnos, supe que no deb¨ªa esperar ninguna se?al de ¨¦l, pero¡­ algo dentro de m¨ª segu¨ªa pendiente de cualquier sonido extra?o en el bosque, como si en cualquier momento fuera a aparecer de regreso. Pero no lo hizo. Espera... Ahora que lo pienso, s¨ª vi a alguien m¨¢s que no es de mi grupo. El otro d¨ªa pas¨¦ a renovar las flores de la tumba de Anya y cruc¨¦ unas palabras con Forn. Nada m¨¢s que eso. Desde que Anya muri¨®, la atm¨®sfera del grupo cambi¨®, aunque ya he empezado a notar que hay m¨¢s motivaci¨®n por parte de todos, incluso en Rundia, que fue una de las m¨¢s afectadas emocionalmente. Aya tambi¨¦n se empez¨® a sentir mejor, m¨¢s cuando ella misma encontr¨® uno de los peines de oro y yo comenc¨¦ a peinarle las colas. Luc¨ªa, por su parte, sigue siendo la m¨¢s peque?a del grupo, pero tambi¨¦n de las m¨¢s resilientes. No s¨¦ c¨®mo lo hace, pero su presencia hace que todo parezca un poco m¨¢s llevadero, tanto para m¨ª como para nuestros padres en este mundo. Por las noches, espero un poco hasta que Aya y Mirella se duerman y me alejo un poco de la casa para mirar las estrellas. No por costumbre, sino porque en estos d¨ªas me he sentido algo... inquieto. Como si algo malo estuviera por pasar. No s¨¦ si es paranoia por lo del clon del minotauro o simple instinto, pero la sensaci¨®n de que alguien me est¨¢ vigilando nunca me abandona del todo. Justamente, ahora estaba recostado mirando al cielo hasta que algo me sac¨® del trance. Vi un destello rojo a mi derecha, cerca de la pared de mi habitaci¨®n. Parpade¨¦ y enfoqu¨¦ la vista. Era Pyra, parada ah¨ª, con su pelo rojo largo cay¨¦ndole como fuego sobre la piel blanca y el top rojo de mangas largas que dejaba ver su piel blanca antes de que el short rojo tomara el relevo. Estaba tocando la pared con una mano, con los dedos desliz¨¢ndose por la piedra como si no entendiera c¨®mo mierda hab¨ªa surgido eso ah¨ª. Luego se acerc¨® a una de las ventanas, espiando adentro con la cabeza ladeada. Me qued¨¦ vi¨¦ndola en silencio por un momento. A pesar de que estaba casi durmi¨¦ndome, verla me hac¨ªa sentir... alegre. No pod¨ªa explicarlo del todo, pero cada vez que la ve¨ªa, mi ¨¢nimo se elevaba un poco. Quiz¨¢s era su actitud descarada, su manera de ver las cosas o simplemente el hecho de que, a pesar de todo lo que pasaba a nuestro alrededor, ella hab¨ªa aparecido all¨ª, ahora con esa curiosidad infantil que la hac¨ªa parecer ¨²nica. Tambi¨¦n podr¨ªa ser que no la ve¨ªa desde hace ya una semana. Me mord¨ª el labio, reprimiendo una sonrisa. Ten¨ªa un plan tonto form¨¢ndose en mi cabeza. Me quit¨¦ las ojotas despacio para no hacer ruido y camin¨¦ sigiloso, pisando con cuidado, y me acerqu¨¦ por detr¨¢s. Ella estaba tan concentrada que ni me sinti¨® venir. O sea, estaba tan perdida en la estructura que, al llegar ac¨¢, ni siquiera prest¨® atenci¨®n a que yo estaba a tan solo unos metros de ella. Cuando estuve a un paso, estir¨¦ las manos y le toqu¨¦ los costados de su espalda. "?Buh!" Lo que ocurri¨® despu¨¦s fue digno de una tragedia teatral. "???KYAAAAAAAH!!!" Pyra peg¨® ese grito tan agudo y fuerte que me dolieron los o¨ªdos. Dio un salto de casi medio metro en el aire y gir¨® sobre s¨ª misma, mir¨¢ndome con los ojos abiertos de par en par. "?L-L-Lu-Luciano!" Balbuce¨®, llev¨¢ndose ambas manos al pecho, como si su coraz¨®n estuviera a punto de explotar. El problema fue que su alarido despert¨® a todos los dem¨¢s, y yo lo vi desde un costado de la ventana. Mirella peg¨® un salto y empez¨® a mirar hacia los costados. "Luciano, ?d¨®nde est¨¢s?" Pregunt¨® al aire mientras me buscaba hasta debajo de la cama. Y Aya... Apenas se le ve¨ªan los ojos y las orejas por encima del marco de la ventana. Ella ya hab¨ªa encontrado de d¨®nde proven¨ªa el ruido. "?Qu¨¦ pasa¡­?" Murmur¨® con voz adormilada. Creo que desde esa posici¨®n no pod¨ªa ver del todo a Pyra. Pyra, en cambio, estaba en p¨¢nico total. "?No-no-no era mi intenci¨®n hacer ruido! ?Yo solo...!" "?Por qu¨¦ gritaste como si te estuvieran haciendo da?o?" Le pregunt¨¦ con una sonrisa burlona. "?Porque me asustaste, idiota!" Grit¨®, a¨²n con el rostro rojo. Rin, ya fuera de la casa, ten¨ªa una lanza en sus manos. Aunque al verme... simplemente suspir¨®, dejando la lanza apoyada contra la pared. "As¨ª que eres t¨², Luciano... ?Qui¨¦n es ella? ?Y por qu¨¦ grit¨® as¨ª?" Rundia, Luc¨ªa y las gemelas aparecieron por detr¨¢s de ¨¦l. "Ella es la mujer de fuego". "??La mujer de fuego?!" Pregunt¨® con sorpresa Aya, sacando la cabeza por la ventana. Luego la vi correr hacia fuera de la habitaci¨®n. Pyra se qued¨® r¨ªgida. Se gir¨® lentamente hacia el grupo, como si apenas ahora se diera cuenta de que todos la miraban. "Ehh¡­ ah¡­ yo¡­" Mirella, que ya hab¨ªa salido por la ventana, flot¨® a su lado con una sonrisa traviesa. "??Ehhh?! ?Por qu¨¦ Pyra est¨¢ con Luciano afuera y siendo de noche?" "?Pyra?" Pregunt¨® Rundia. Luc¨ªa tambi¨¦n la miraba. "?S¨ª, s¨ª! ?Deciles qui¨¦n sos!" Pyra trag¨® saliva. "Yo... bueno..." Se aclar¨® la garganta, acomod¨® los hombros y levant¨® la cabeza con dignidad. Parec¨ªa renovada en cuesti¨®n de segundos. "?Mi nombre es Pyra! ?Malditos humanos entrometidos! ?Soy la guardiana de esta isla y la que utiliza magia de fuego, as¨ª que deben obedecer lo que yo les ordene!" Uh... No se supon¨ªa que deb¨ªa decir eso. Obviamente, los cuatro que no la conoc¨ªan se quedaron desconcertados, mir¨¢ndose entre ellos. Rin fue el que habl¨®. "No entendemos muy bien lo que dices... ?Por qu¨¦ nos dar¨ªas ¨®rdenes?" "Bueno, pues porque los humanos son..." "?Nada, nada!" Grit¨¦, cortando sus palabras mientras agitaba los brazos, poni¨¦ndome delante de ella. "Ella solo se llama Pyra y usa magia de fuego. Es mi amiga, as¨ª que espero que puedan llevarse bien con ella". "?Tu amiga?" Aya apareci¨® de repente en la escena, pasando apresurada entre Rundia y Rin. Se acerc¨® a Pyra y la observ¨® con atenci¨®n, con su mirada aguda repasando cada detalle de su apariencia. Hasta jurar¨ªa que la estaba olfateando desde lejos. "?Hola, yo soy Aya! Hace mucho tiempo que estaba esperando conocerte. ?C¨®mo te liberaste? ?Acaso Luciano te ayud¨® en secreto? Desde lejos escuch¨¦ que te llamas Pyra". "?Liberarme? ?Luciano? ?Acaso no sabes que yo soy la m¨¢s fuerte de esta isla? Nunca nadie podr¨ªa atraparme, ni mucho menos encerrarme". "?Eh? Pero si se supone que el Rey Demonio te encerr¨® con una maldici¨®n". Aya entrecerr¨® los ojos, claramente esperando una respuesta seria, pero Pyra solo se cruz¨® de brazos y alz¨® m¨¢s la barbilla con orgullo. "?Tch! ?Eso es un malentendido! Yo jam¨¢s fui derrotada por nadie. Si el Rey Demonio hizo algo, seguramente fue porque..." Levant¨® sus palmas abiertas a la altura de sus hombros. "Porque claramente tem¨ªa de mi poder y porque no pod¨ªa vencerme en combate. ?Nadie es superior a m¨ª en magia!" Aya parpade¨® un par de veces, sorprendida. Luego inclin¨® la cabeza ligeramente. "?Entonces¡­ dices que nunca estuviste atrapada? ?Y entonces por qu¨¦ no nos conocimos antes?" "Eso es cierto", acot¨® Suminia. "Mi abuela una vez me cont¨® que hab¨ªa algunas personas que la hab¨ªan visto, que era alguien que ten¨ªa los ojos con fuego. Aunque otros le dijeron que era mentira, que solo era el Rey Demonio". "?No nos conocimos porque yo no quer¨ªa! ?Y a m¨ª nadie me hizo nada!" Aya se qued¨® en silencio, analiz¨¢ndola con cuidado. Al principio parec¨ªa emocionada por conocerla, pero ahora su mirada se iba apagando poco a poco. "Eso es raro... porque yo hab¨ªa escuchado que el Rey Demonio te ech¨® una maldici¨®n, como al gnomo Forn, por ejemplo". Pyra se qued¨® r¨ªgida un segundo, pero r¨¢pidamente solt¨® una risa forzada. "?Ja! ?Pues entonces o¨ªste mal! ?No te creas todo lo que dicen los humanos, ellos siempre exageran y se entrometen!" Aya baj¨® las orejas y suspir¨®. "?Ah, s¨ª? ?Que exageran y se entrometen? La verdad es que yo pensaba que ser¨ªas una persona diferente... M¨¢s amable, quiz¨¢s. Pero ahora que te conozco, solo pareces alguien para nada amable que se niega a admitir la verdad". Pyra chasque¨® la lengua y le lanz¨® una mirada molesta. "??Qu¨¦ dijiste?! ?No puedes decirme cosas as¨ª sin conocerme!" Aya no le respondi¨®. Simplemente gir¨® el rostro, como si ya no le interesara seguir la conversaci¨®n. De esta forma, Pyra no va a poder integrarse a mi grupo... Cada vez que habla, la caga m¨¢s. Espera, su sombra dice que¡­ Mierda, Luc¨ªa se est¨¢ acercando a ella con una sonrisa demasiado amplia. "Pyra, mejor comp¨®rtate", empez¨® diciendo, con las manos detr¨¢s de la espalda. "O tendr¨¦ que contarles a todos sobre... eso". Un poco precavidos, Rin y Rundia se pusieron detr¨¢s de Luc¨ªa, aunque no dijeron nada. "?Q-qu¨¦ cosa?" Luc¨ªa lade¨® la cabeza, con una dulzura fingida. "Ya sab¨¦s... lo que pas¨® cuando conociste a Luciano". Los ojos de Pyra se abrieron muy grandes. De inmediato, me mir¨® como si esperara que la defendiera, pero yo solo alc¨¦ las cejas. Esto era demasiado entretenido, aunque a la vez se estaban arruinando todos mis planes. "E-espera, espera", tartamude¨®, levantando las manos con nerviosismo. "No hay necesidad de andar contando cosas irrelevantes, ?verdad?" "Oh, yo creo que s¨ª", intervino Mirella. "Estar¨ªa bueno que le contaras a todos c¨®mo se conocieron". "Nosotros tambi¨¦n queremos saberlo", dijo Rin, mirando a Rundia por un momento. "Recuerdo que una vez Tariq me dijo que hab¨ªa alguien peligroso que ten¨ªa fuego a su alrededor, as¨ª que debes ser t¨²". Pyra mir¨® a todos, notando que ahora la atenci¨®n estaba completamente sobre ella. Su ego estaba en juego. Con su t¨ªpico movimiento, alz¨® la nariz con altaner¨ªa. "?Escuchen bien, insignificantes humanos! Es cierto que tuve un enfrentamiento con Luciano... ?Y decid¨ª no pelear en serio porque ¨¦l no lo merec¨ªa!" "??Enfrentamiento?!" Pregunt¨® Rundia en voz alta, acerc¨¢ndose a Luc¨ªa y tirone¨¢ndola un poco hacia ella desde los hombros. Rin tambi¨¦n puso una mano sobre el hombro de Luc¨ªa. "?Enfrentamiento? ?Quieres decir que atacaste a Luciano? ?A mi hijo?" Su tono era serio, y su postura se volvi¨® r¨ªgida, como si de repente estuviera evaluando si deb¨ªa considerarla una amenaza. "?Pffft! ?Nada de eso!" Pyra agit¨® una mano con desd¨¦n. "Yo solo... prob¨¦ su fuerza, eso es todo. No lo llamar¨ªa un ataque, fue m¨¢s bien un... desaf¨ªo". "Que lo atacaste, dices..." Rin apret¨® los labios. Su mirada se volvi¨® a¨²n m¨¢s severa. "Si mi hijo tuvo que enfrentarte en una pelea, no lo veo como algo bueno. Eso no me gusta nada". Pyra le devolvi¨® la mirada, con un destello desafiante en sus ojos carmes¨ª. Unauthorized duplication: this narrative has been taken without consent. Report sightings. "Bueno, ?y qu¨¦? ?No es mi culpa que se haya metido en mi camino!" Rin ahora mir¨® a su hija. "Luc¨ªa". "?S¨ª, pap¨¢?" "?Es verdad que esta mujer atac¨® a tu hermano? ?T¨² la viste?" "S¨ª, ella us¨® magia de fuego, pero claramente Luciano era m¨¢s fuerte". Je. La vena en la sien de Rin se marc¨® con fuerza. Respir¨® profundo, como si intentara contenerse. "Esc¨²chame bien, Pyra. Si eres del tipo de gente que va por ah¨ª atacando a los dem¨¢s solo porque s¨ª, no eres bienvenida aqu¨ª". Pyra parpade¨®, como si no creyera lo que acababa de escuchar. "?Ah? ?Me est¨¢s echando? ??T¨², un simple humano?!" "S¨ª, vete de aqu¨ª", respondi¨®, se?alando hacia m¨¢s all¨¢ en la playa. Hubo un silencio tenso. Se notaba claramente que los ojos de Pyra ard¨ªan con furia, pero tambi¨¦n con algo m¨¢s en su gesto... ?Sorpresa? ?Humillaci¨®n? Era dif¨ªcil de decir. Lo cierto es que mir¨® a Rin como si acabara de recibir una bofetada en el orgullo. "?Me est¨¢s echando¡­ a m¨ª?" Repiti¨®. "?Est¨¢s echando a la guardiana de esta isla?" "S¨ª, no quiero tener a alguien peligroso cerca de mi familia". Uh... Y entonces, con una sonrisita de lo m¨¢s c¨ªnica, ella ech¨® la cabeza hacia atr¨¢s y dej¨® escapar una carcajada. "?Pero qu¨¦ gracioso! ??Crees que me puedes echar solo porque quieres?! ?T¨², un humano? ?Pat¨¦tico! ?Esto es una burla hacia m¨ª!" Pyra ya se est¨¢ yendo a la mierda y no parece querer parar. Esto ya no me gusta nada. "Si tanto dices que no quieres estar con humanos, ?por qu¨¦ no te vas? Nadie te retiene". Pyra chasque¨® otra vez la lengua y desvi¨® la mirada, molesta. Su orgullo la hab¨ªa metido en una trampa que ella misma se hab¨ªa creado. Si se iba, ser¨ªa como aceptar que ¨¦l la ech¨®. Pero si se quedaba, estar¨ªa... "No me voy a ir", declar¨® de golpe, cruz¨¢ndose de brazos y girando la cabeza con indignaci¨®n. "Voy a quedarme aqu¨ª, solo para demostrarles lo equivocadas que est¨¢n sus rid¨ªculas ideas sobre m¨ª". Espera, ?psicolog¨ªa inversa? "?Eh?" Rundia parpade¨® confundida. "Pero dijiste que no quer¨ªas estar con humanos. Adem¨¢s, no me gusta c¨®mo nos hablaste. Yo tampoco quiero que te quedes, por m¨¢s que mi hijo diga que son amigos". "?Eso dije, pero cambi¨¦ de opini¨®n! Voy a demostrarles que soy superior en todo sentido, ?y que ustedes no pueden venir a decirme qu¨¦ hacer!" "?Te das cuenta de lo rid¨ªcula que suenas?" Suminia intervino con los brazos cruzados y una expresi¨®n de absoluto desagrado. Directamente estaba degrad¨¢ndola con la mirada. "Nos tratas como si fu¨¦ramos menos que t¨², pero igual te quieres quedar. Eso solo significa que seguro que no tienes un mejor lugar a donde ir". Pyra chasque¨® la lengua, otra vez, mir¨¢ndola de reojo con molestia. "No necesito un lugar a donde ir. Puedo vivir donde me d¨¦ la gana". "No aqu¨ª". Suminia le sostuvo la mirada sin titubear, y yo ya sab¨ªa que esto pod¨ªa terminar mal. "Si nos desprecias tanto, vete". Pyra dio un paso hacia adelante. "?Y t¨² qui¨¦n eres para darme ¨®rdenes, humana?" "Soy la que vive aqu¨ª, a diferencia de ti". Mirella iba y ven¨ªa con una sonrisita divertida, disfrutando del caos. Aya me miraba con desaprobaci¨®n, seguro que esperando a que yo hiciera algo, y Suminia se manten¨ªa firme, como si con solo su voluntad pudiera hacer que Pyra desapareciera. Antes de que las dos tsunderes se terminen agarrando de los pelos, decid¨ª intervenir. "Miren, no vamos a discutir esto toda la noche... Pyra, ven¨ª conmigo". "?Eh?" "Vamos a hablar. Ahora". Le tom¨¦ la mu?eca sin esperar su respuesta y tir¨¦ de ella en direcci¨®n hacia el bosque. Sent¨ª su resistencia inicial, pero al final me sigui¨®, aunque protestando. "?Oye! ?Qu¨¦ crees que est¨¢s haciendo?" No respond¨ª, me limit¨¦ a mirar hacia atr¨¢s. "Esperen ah¨ª un momento. Tengo que hablar esto con Pyra". Creo que Rin dijo que me esperar¨ªan. No pude entenderle bien porque la loca segu¨ªa gritando. "?Oye! ?Te hice una pregunta!" "Estoy d¨¢ndote lo que quer¨¦s". "?No quiero que me tomen y me lleven as¨ª!" "Entonces comportate como alguien razonable y no tendr¨¦ que hacerlo". Nos adentramos un poquito en el bosque, alej¨¢ndonos del grupo hasta una distancia considerable para que nadie nos escuchara. Solt¨¦ su mu?eca y me gir¨¦ para encararla. "Escuch¨¢ bien lo que te voy a decir, Pyra, porque no te lo voy a volver a repetir". Ella se cruz¨® de brazos, frunciendo el ce?o con altivez. "No necesito escucharte". "S¨ª, s¨ª lo necesit¨¢s. Porque ac¨¢ hay algo que ten¨¦s que entender de una vez: a mi familia no le falt¨¢s el respeto, ?entendiste?" Vi c¨®mo su ce?o se frunc¨ªa a¨²n m¨¢s, pero antes de que pudiera abrir la boca para soltar otra de sus respuestas arrogantes, continu¨¦. "Me importa un carajo lo que pienses de los humanos. Si est¨¢s ac¨¢, en mi territorio, vas a respetar a los m¨ªos. All¨¢ fuera podemos ser todo lo amigos o enemigos que queramos. Si quer¨¦s, pod¨¦s insultarme o lo que mierda se te ocurra, pero a mi familia y amigos no". "Pues a m¨ª no me gusta c¨®mo me est¨¢s hablando". Puse los brazos en jarra y la mir¨¦ fijamente. Debo decir que este peque?o juego de palabras me gustaba, porque estaba seguro de que iba a ganar. "?Ah, s¨ª? ?Y qu¨¦ vas a hacer al respecto?" Ella abri¨® la boca para responder, pero no le di oportunidad. "?Te olvidaste de lo que pas¨® la ¨²ltima vez que intentaste hacerte la fuerte conmigo?" Vi el tic en su mand¨ªbula, el enojo evidente en sus ojos. No necesitaba que respondiera para saber que recordaba perfectamente la humillaci¨®n de haber sido derrotada en tan solo unos segundos. Aunque tal vez le gustaba sentirse desafiada, y yo estaba tomando ese camino peligroso. "Si vos quer¨¦s quedarte con nosotros, y no quer¨¦s que eso se repita, vas a tener que comportarte bien. Y no me importa cu¨¢nto te cueste o cu¨¢nto tiempo te lleve lograrlo. Lo importante es que lo entiendas y lo intentes". Pyra desvi¨® la mirada, pero no dijo nada. "?Me escuchaste o no?" "?S¨ª te escuch¨¦!" Todav¨ªa no me miraba. "Entonces, ?te vas o te qued¨¢s?" "Me quedo, ?no te hab¨ªa quedado claro ya?" "Est¨¢ bien. Ahora que nos estamos entendiendo mejor, vamos a charlar un poco. Para empezar, ?por qu¨¦ viniste a espiarme justo ahora, a la noche?" Ahora s¨ª me miraba. "Porque... no volviste a buscarme luego de que nos vimos cuando llov¨ªa". Levant¨¦ las cejas, asintiendo lentamente al mismo tiempo. "?Eso te molest¨®?" "?No dije eso!" Se apresur¨® a responder, con las mejillas ligeramente enrojecidas. "Solo... me pregunt¨¦ si segu¨ªas vivo. Ya sabes... por lo del Rey Demonio". "No, estuve viviendo bastante... tranquilo". Lo cierto era que me sent¨ªa un poco inquieto inconscientemente. "Como te dije, no creo que vuelva a aparecer". "Ya..." Me re¨ª por lo bajo. "Bueno, ac¨¢ estoy, entero. Ahora, siguiente pregunta: ?c¨®mo vas a comportarte de ahora en adelante?" Suspir¨®, cerrando los ojos un momento antes de responder. "Yo voy a... Voy a disculparme..." "?Y qu¨¦ m¨¢s vas a hacer para que los otros se den cuenta de que est¨¢s hablando en serio?" "Voy a... ayudar en lo que necesiten". Mov¨ª la cabeza con desaprobaci¨®n. "Ahora decilo todo junto". Ella me fulmin¨® con la mirada, pero respir¨® hondo y repiti¨® con un tono m¨¢s claro. "Voy a disculparme. Y voy a... ?Voy a ayudar en lo que necesiten! ??Est¨¢s satisfecho ahora?!" Hab¨ªa terminado desbordando su ira, pero al menos entendi¨® las reglas m¨ªnimas de convivencia. "No se trata de si estoy satisfecho o no, porque tambi¨¦n ten¨ªas la opci¨®n de no decirlo y no vivir con nosotros. Entonces, si decidiste decirlo, es porque te diste cuenta de que actuaste mal, y eso es bueno". "?Siempre encuentras la forma de hacerme gritar! ?Te odio!" Esboc¨¦ una sonrisa. "Y, sin embargo, decidiste vivir conmigo". No hubo respuesta de su parte, solo me dio la espalda y pate¨® una piedrita del suelo, que se perdi¨® entre la hierba. Esta chica... Todav¨ªa no puedo entenderla del todo. S¨¦ que nos conocemos hace poco, pero est¨¢ comenzando a sacar cosas de m¨ª que no sab¨ªa que pod¨ªa sentir ni decir. Y tampoco s¨¦ si ella me hace esto a prop¨®sito para que yo me ponga as¨ª. Cuando me qued¨¦ en silencio y la observ¨¦ de espaldas, not¨¦ algo en su postura, aparte de que era una belleza de pies a cabeza. No era solo molestia, hab¨ªa algo m¨¢s. Un leve temblor en sus manos, una respiraci¨®n m¨¢s profunda de lo normal. Me qued¨¦ pensando. Pyra no era una persona f¨¢cil de entender, y no lo digo porque sea un ser m¨¢gico, lo digo porque parece vivir en un constante conflicto entre lo que dice y lo que realmente quiere. Grita independencia, superioridad, poder... Pero cada vez que la enfrento directamente, cada vez que la hago sentir que ella no es superior, su reacci¨®n no es tanto de desafiarme con la misma intensidad, sino ceder, aunque sea por un segundo o solo en un par de frases. Esos peque?os destellos de sumisi¨®n en ella eran extra?os, contradictorios. No encajaban con la imagen que quer¨ªa dar de s¨ª misma. ?Acaso le gustaba que yo tomara el control? No pod¨ªa asegurarlo, pero hab¨ªa momentos donde parec¨ªa perderse en el peso de mi presencia, como si... estuviera buscando algo que no pod¨ªa conseguir por s¨ª sola. Y ah¨ª estaba la otra parte del asunto. Pyra no pod¨ªa lograr en m¨ª lo que yo lograba en ella. No pod¨ªa hacerme someterme, porque no soy alguien sumiso. No puedo serlo, no con alguien como ella, que solo respeta la fuerza. Si me mostraba d¨¦bil, me devorar¨ªa. Pero al mismo tiempo, cuando la controlaba, cuando la dominaba en una conversaci¨®n o en una situaci¨®n... ella reaccionaba extra?o. No reaccionaba realmente como alguien humillado, sino como alguien que tal vez hab¨ªa encontrado lo que estaba buscando sin darse cuenta. Quiz¨¢s, dentro de todo su orgullo y arrogancia, lo que realmente busca es a alguien que la supere, alguien que pueda desafiarla, alguien que pueda hacerle sentir que no era ella quien tiene que estar siempre en lo m¨¢s alto de la cima. Pero tambi¨¦n yo quiero ser alguien que la cuide, que le ense?e lo que est¨¢ bien y lo que est¨¢ mal, porque, a pesar de todo lo que ella quiere representar, seguro que estuvo sola por mucho tiempo, y eso la debe de haber hecho construirse una imagen de s¨ª misma que, en el fondo, puede no ser completamente real. Y yo... no s¨¦ qu¨¦ va a pasar con ella en el futuro. Esto pod¨ªa terminar mal. Muy mal. Pyra pod¨ªa ser un problema constante, una bomba de tiempo que, cuando explotara, har¨ªa imposible que conviviera con nosotros, y eso me traer¨ªa muchos problemas de confianza para con mis amigos y familia. O... pod¨ªa terminar demasiado bien. Si encontrara su lugar en este grupo, si todos la aceptaban, podr¨ªa aprender, podr¨ªa cambiar su forma de ver a los dem¨¢s y finalmente ser alguien que te trate de igual a igual. Y si eso pasaba, si realmente yo lograba hacer que entendiera su lugar ac¨¢, entonces... tal vez ella misma terminar¨ªa eligiendo su destino de una forma que ni siquiera ella esperaba. Y, a pesar de todo esto que acabo de pensar sobre ella, a pesar de que digo que yo puedo ense?arle sobre la vida y la convivencia, hay un detalle que no se puede pasar de largo: Pyra tiene novecientos noventa y dos a?os y un mes. S¨ª, literalmente est¨¢ por cumplir un milenio dentro de ocho a?os. Qu¨¦ locura... Y pensar que, en alg¨²n momento de su vida, Sariah decidi¨® crear a un ser m¨¢gico que, si le quitamos los cuernos, es igualita a ella. ?En qu¨¦ habr¨¢ estado pensando al hacer eso? ?Habr¨¢ querido crear una imagen de ella sobre su propio mundo? ?Habr¨¢ m¨¢s Pyras en este lugar o ella ser¨¢ la ¨²nica? Esa es una buena pregunta, porque quiz¨¢s al pasar tanto tiempo, a Sariah se le ocurri¨® crear otra Pyra por alguna parte de su mundo. Aunque es extra?o que justo esta mujer est¨¦ ac¨¢, en esta isla. Y es todav¨ªa m¨¢s curioso que tambi¨¦n est¨¦n Forn, Mirella y Aya... Aunque ella diga que vino desde el otro lado del agua. Y antes estuvieron el minotauro y el hombre p¨¢jaro... ?Qu¨¦ planeaba Sariah al traer tantas de sus creaciones a esta isla? A todo esto... ?Entonces Pyra es inmortal? Siempre y cuando alguien no la asesine, obviamente... ?Y Aya, Mirella y Forn tambi¨¦n lo ser¨¢n? ?Acaso yo tambi¨¦n ser¨¦ inmortal? Tengo demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Lo ¨²nico que s¨¦ es que imaginarme un escenario rom¨¢ntico con ella en un futuro ser¨ªa medio morboso. Digo, por la diferencia de edad. Maldici¨®n... ?En qu¨¦ carajos estoy pensando? "Sabes... Para alguien que parece haber vivido tanto tiempo, me sorprende lo mucho que te cuesta admitir ciertas cosas que ya deber¨ªas haber aprendido". Sus manos, que antes estaban en pu?os, se abrieron ligeramente, pero no se gir¨® hacia m¨ª. La observ¨¦ en silencio. No hac¨ªa falta que dijera su edad, aunque seguramente ni entendiera de n¨²meros y de a?os, meses y dem¨¢s. "V¨¢monos", solt¨® con tono serio. "?Por qu¨¦?" La fui rodeando para intentar mirarle el rostro. "Es mejor volver con los dem¨¢s. No quiero hacerlos esperar m¨¢s", respondi¨®, con la mirada a¨²n fija en el suelo. "?Te hice sentir mal con eso que dije?" "No... No es eso. Solo volvamos y ya". Interesante. ?Por qu¨¦ no quer¨ªa hablar de eso? ?Qu¨¦ historia escond¨ªa su edad? ?Por qu¨¦ su reacci¨®n era tan distinta a lo usual? No insist¨ª m¨¢s. Si quer¨ªa que hablara, ten¨ªa que hacerlo en sus propios t¨¦rminos. As¨ª que simplemente asent¨ª. "Est¨¢ bien, volvamos". Todav¨ªa me quedan muchas cosas que hablar con Pyra. Cuando llegamos con los dem¨¢s, el ambiente estaba tenso. Todos nos miraban, pero nadie parec¨ªa demasiado contento de ver a Pyra de vuelta. Samira incluso tom¨® a Suminia del brazo, como si quisiera asegurarse de que se mantuviera alejada de los problemas. Aya estaba apoyada contra la pared de la casa, con su habitual postura elegante, pero con una clara expresi¨®n de desconfianza en sus ojos anaranjados. "Pyra tiene algo que decirles", anunci¨¦, d¨¢ndole un suave empujoncito desde la parte baja de su espalda. Ella me lanz¨® una mirada de pocos amigos, pero sab¨ªa que no pod¨ªa echarse atr¨¢s ahora. Se aclar¨® la garganta y mir¨® a todos con seriedad. "Escuchen todos... Tengo algo que decirles sobre c¨®mo me comport¨¦ antes". "?Qu¨¦ interesante!" Exclam¨® Mirella, ahora sentada en el borde de la ventana, moviendo sus piernas hacia delante y hacia atr¨¢s. "Me disculpo por c¨®mo me comport¨¦ antes", dijo, con una firmeza inesperada. "Y tambi¨¦n voy a ayudar en lo que necesiten, porque voy a vivir con ustedes". El silencio que sigui¨® fue denso. Nadie pareci¨® convencido. "Aj¨¢", murmur¨® Suminia, mirando hacia otro lado. "Qu¨¦ conveniente. ?Piensas que solo pidiendo perd¨®n todo pasar¨¢?" Aya entrecerr¨® los ojos y habl¨® con un tono neutro, mas no menos cortante. "?Por qu¨¦ deber¨ªamos creerte?" "Disculpen, pero a m¨ª no me convence lo que dice esta mujer", dijo Rin, y Rundia asinti¨® luego de sus palabras. Luc¨ªa se mantuvo al margen, todav¨ªa con esa sonrisa que manten¨ªa desde que comenz¨® todo este drama. Me quiero ir a dormir... Pyra apret¨® los labios, claramente conteni¨¦ndose de responder con su usual arrogancia. Aun as¨ª, relaj¨® su postura poniendo las manos en su cintura, con los pulgares por dentro de su short. "Esc¨²chenme..." "No, no te escucharemos", interrumpi¨® Suminia, ahora avanzando hacia ella. "T¨² vas a ser la que va a escucharm..." "Bueno..." Intervine antes de que todo se fuera al carajo otra vez. "Podemos empezar por las cosas ¨²tiles que Pyra puede hacer con su magia de fuego". No obtuve m¨¢s que miradas esc¨¦pticas, pero no me import¨®. Continu¨¦. "Ella puede prender fogatas al instante". Nada. De hecho, Mirella cambi¨® la cara a una menos amable. "?Y puede calentar cosas que necesitemos!" M¨¢s silencio. Me detuve un momento. ?Qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa decir? Ten¨ªa que pensar en algo realmente grande... Ya lo s¨¦. "Pero, sobre todo, ella fue la que se llev¨® toda la lava del volc¨¢n, toda esa lava de la que tuvimos que ocultarnos". Hice una peque?a pausa y vi c¨®mo sus expresiones cambiaban. "Si no fuera por ella, ninguno de nosotros podr¨ªa estar viviendo ac¨¢ afuera". Rundia fue la primera en hablar, con una voz mucho m¨¢s suave que la que ven¨ªan usando. "?Eso es cierto¡­?" Pude ver la duda en su rostro, la ligera inclinaci¨®n de su cuerpo hacia adelante, como si buscara confirmar que no estaba escuchando cualquier mentira. Asent¨ª. "S¨ª, mam¨¢, yo no te mentir¨ªa. Pod¨¦s ir a verlo vos misma del otro lado de la selva si quer¨¦s. La lava no desaparece as¨ª como as¨ª". Ella desvi¨® la mirada, pensativa. No tard¨® en mirar hacia Pyra, esta vez con una expresi¨®n menos hostil. "Si realmente no tienes malas intenciones, ?por qu¨¦ nos tratas as¨ª?" Pyra parec¨ªa indecisa. Sus ojos se movieron por un momento, como si buscara una respuesta en el aire. Pero no dijo nada, solo se limit¨® a mirarla, apretando fuertemente los dedos de sus pies contra la arena. Era una pregunta dif¨ªcil, ?no? Porque, en el fondo, dudo que ella misma supiera la respuesta. Eso me llev¨® a otra cuesti¨®n: ?realmente ten¨ªa un motivo para odiar a los humanos? S¨ª, nos menospreciaba, nos trataba como inferiores, como si fu¨¦ramos algo insignificante para ella. Pero... ?Por qu¨¦? ?Hab¨ªa pasado algo en su vida que la hizo llegar a este punto? ?O simplemente era as¨ª porque s¨ª? Si lo pienso bien, su actitud no es igual a la de alguien que simplemente siente odio. He conocido gente que odia a los dem¨¢s, como el maldito minotauro, y su desprecio es fr¨ªo, es abominable. Pyra, en cambio, era explosiva, confrontativa. No nos ignoraba, no nos despreciaba en silencio... Ella quer¨ªa que sinti¨¦ramos su rechazo. Eso ten¨ªa que tener alg¨²n significado oculto. Aunque bueno, este no era el momento para analizarlo demasiado. Cap铆tulo 63: Evoluciè´¸n. Mir¨¦ a los dem¨¢s. No parec¨ªan convencidos. Segu¨ªan con sus expresiones serias, sin bajar la guardia. Pyra pod¨ªa haber salvado la isla de la lava, pero si realmente no demostraba que quer¨ªa vivir ac¨¢, eso no significaba que confiaran en ella del todo. "Est¨¢ bien, miren... No estoy diciendo que la abracen y la acepten como si fuera una m¨¢s del grupo desde hoy mismo. Pero s¨ª creo que deber¨ªan darle una oportunidad. Aunque sea como un simple agradecimiento por habernos salvado de terminar muertos". "S¨ª, hijo. Seguro que esta mujer trabaj¨® mucho para hacer todo eso y que estuvi¨¦ramos a salvo. El problema es que todos sabemos que no nos puede tratar de esta forma". "S¨ª, mam¨¢, entiendo todo. Es por eso que yo ya habl¨¦ de ese tema con ella, y me dijo que va a cambiar para llevarse mejor con todos, porque quiere vivir a nuestro lado". Me acerqu¨¦ un poco, tom¨¢ndole una mano con mis dos manos. Como cuando Forn me lee el cuerpo. "?Acaso no pas¨® algo as¨ª conmigo hace mucho tiempo? ?Acaso no estaban enojados porque me fui sin avisar para aprender magia? S¨¦ que pasaron cosas feas mientras estaba fuera, pero el resultado final fue mucho mejor de lo esperado, porque la magia es algo que necesitamos para poder vivir mejor". Mis padres se quedaron en silencio. Not¨¦ c¨®mo se miraban entre ellos, como si simplemente eso bastara para comunicarse. Fue Rundia la primera en hablar. "S¨ª... Me acuerdo de eso... Aunque quisiera no recordar las peleas familiares". ¨¦l exhal¨® lentamente por la nariz, rasc¨¢ndose la nuca. "S¨ª, yo tambi¨¦n recuerdo que no me gustaba que tuvieras la magia y ni siquiera sab¨ªa muy bien qu¨¦ era. Tambi¨¦n recuerdo que Mirella la usaba primero que t¨², y s¨ª, siempre fue ¨²til, aunque no quisiera admitirlo desde un principio. Pero no creo que haya sido algo malo el castigarte, porque actuaste mal en ese momento". "S¨ª... No voy a negarlo, me port¨¦ mal". "Lo bueno es que al final nos demostraste que la magia s¨ª era buena". "Y eso no es todo", extend¨ª los brazos con una sonrisa confiada. "No solo aprend¨ª magia, sino que constru¨ª casas, armas, ropa, hicimos herramientas nuevas, cultivamos plantas y dem¨¢s... Todo eso, en parte, fue gracias a la magia". Rundia se mordi¨® el labio inferior, pero no pudo evitar asentir. "Es cierto. Ahora vivimos mejor que nunca, gracias a lo que est¨¢s haciendo. Aunque bueno, no solo t¨², sino que Mirella y Aya tambi¨¦n ayudan, y con ellas nos sentimos seguros". "Y ahora estamos usando las cosas creadas con magia todos los d¨ªas", agreg¨® Rin, bostezando luego. Era el reconocimiento que quer¨ªa escuchar. Si ellos pudieron cambiar su mentalidad a lo largo del tiempo y aceptar que la magia era algo bueno, entonces tambi¨¦n pod¨ªan darle una oportunidad a Pyra. Y justo en ese momento, Mirella aprovech¨® para saltar al ruedo. "?Pues yo s¨ª voy a darle una oportunidad!" Grit¨® con su habitual energ¨ªa, poniendo una mano arriba. "Siempre y cuando no moleste a Luciano, claro". Solt¨¦ una risa nasal. Si Mirella estaba de mi lado en esto, entonces el camino para que los dem¨¢s aceptaran a Pyra iba a ser un poco m¨¢s f¨¢cil. Porque, aunque ella era peque?a, llevaba mucho tiempo con nosotros y ten¨ªa una gran influencia sobre el grupo. "?Ven? Hasta Mirella lo dice", insist¨ª. Luc¨ªa levant¨® una mano desde atr¨¢s. "?Yo tambi¨¦n quiero que Pyra se quede! ?Por favor, mam¨¢!" ?Bien, eso era justo lo que necesitaba que dijera ahora! "Tal vez ella no sea tan mala, ?no? Ya se disculp¨®", dijo Samira, aunque su hermana la fulmin¨® con la mirada. "Aunque deber¨ªa trabajar bastante para demostrar que va a portarse bien". Mientras tanto, Aya se mantuvo al margen; solo miraba. Se hab¨ªa llevado una gran decepci¨®n, y en este momento yo no sab¨ªa si tambi¨¦n estaba decepcionada de m¨ª. Rundia y Rin intercambiaron miradas una vez m¨¢s. Finalmente, Rin suspir¨®. "Est¨¢ bien, aceptaremos que se quede. Pero no quiero problemas, Luciano. Si esta mujer sigue actuando como lo hizo hoy, no la vamos a volver a perdonar". "Eso es justo lo que le dije antes", respond¨ª. "Si quiere vivir ac¨¢, tiene que cambiar su actitud, y ya me dijo que s¨ª lo har¨¢". Todos miraron a Pyra. Ella chasque¨® la lengua. Aun as¨ª, asinti¨® con lentitud, sin mirar a nadie en particular. "Har¨¦ un esfuerzo", dijo, sin su tono arrogante de siempre. Supongo que comienza una nueva etapa en nuestras vidas. Ahora que ya tenemos a Pyra de nuestro lado, solo falta contarles mi plan de escape y ver cu¨¢ndo y con qui¨¦nes partimos de esta isla. *** Primer d¨ªa de convivencia con Pyra: durmi¨® en la habitaci¨®n que anteriormente era para Anya y Tar¨²n. A la ma?ana la mand¨¦ con un balde de madera a recoger las plantas rotas de la huerta y a quitar las hierbas. El ¨²nico inconveniente fue que Mirella dijo que ella deb¨ªa controlarla, y que tambi¨¦n la ayudar¨ªa a reconstruir toda esa zona, as¨ª que tom¨¦ la decisi¨®n de yo tambi¨¦n ir, porque s¨¦ muy bien que la probabilidad de que se peleen es muy alta. Hoy no era un d¨ªa nublado, as¨ª que el sol ya estaba en lo alto cuando sal¨ª de casa y llegu¨¦ a la huerta. La arena de la isla parec¨ªa estar algo h¨²meda por una leve llovizna de la noche, pero eso no hac¨ªa menos evidente el desastre que ten¨ªamos enfrente. Partes de la tierra estaban removidas, algunas plantas yac¨ªan marchitas, y entre las malas hierbas se pod¨ªan ver restos de los brotes que hab¨ªan intentado sobrevivir. No era un panorama alentador, pero nada que no pudi¨¦ramos arreglar con un poco de trabajo. Me apoy¨¦ en un tronco y mir¨¦ a Pyra, que estaba en cuclillas. Ten¨ªa a su lado el balde de madera sobre el suelo y en el rostro la expresi¨®n de alguien a quien le acaban de asignar una tarea que considera indignante. Sus labios se mov¨ªan a cada rato, murmurando frases incomprensibles mientras recog¨ªa las plantas rotas. A juzgar por su cara de fastidio, no era dif¨ªcil adivinar qu¨¦ tipo de cosas estaba diciendo. "No puedo creer que est¨¦ haciendo esto..." Logr¨¦ escuchar que susurr¨®, lanzando al balde un pu?ado de ra¨ªces arrancadas. "Yo, la guardiana de esta isla, recolectando estas porquer¨ªas de la tierra". "?Algo que decir?" Pregunt¨¦ con una sonrisa demasiado amplia. Pyra me lanz¨® una mirada afilada y chasque¨® la lengua, pero no dijo nada m¨¢s. Se movi¨® levemente para arrancar otra hierba sin siquiera mirarme. En parte era entretenido verla en ese estado, porque sab¨ªa que lo que dec¨ªa era m¨¢s por orgullo herido que por verdadera indignaci¨®n. Era obvio que le costaba adaptarse a la idea de que, si quer¨ªa quedarse, ten¨ªa que contribuir. Fue entonces cuando Mirella apareci¨® desde los ¨¢rboles, flotando con su energ¨ªa habitual y sosteniendo una regadera. "?Hola, Luciano! ?Traje el agua, como pidi¨® Pyra!" "Hola, Mirella. ?Acaso ya le contaste todo lo necesario para hacer que las plantas crezcan?" "?S¨ª!" "Vaya, qu¨¦ r¨¢pido". "?Siempre soy r¨¢pida!" Ella se acerc¨® a m¨ª y pude ver que desde la regadera sal¨ªan part¨ªculas m¨¢gicas. "Espera un momento", dije, frunciendo el ce?o y poni¨¦ndome en puntas de pie para ver mejor. "Mirella, ?trajiste agua m¨¢gica del arroyo?" "?Sip!" Respondi¨® con orgullo. "?Y por qu¨¦ no usaste el agua normal? No deber¨ªamos usar esta agua para estas cosas". "?Porque yo traje agua de la playa, pero Pyra me dijo que mejor trajera esta!" Me gir¨¦ a la aludida con las cejas levantadas. "?Vos le dijiste eso?" Pyra ni siquiera me mir¨® mientras arrojaba otro mont¨®n de hierbas al balde. "S¨ª, ?y qu¨¦?" De pronto, Mirella se puso en frente de mi cara, levantando un poco la regadera. "?Pyra me dijo que el agua de la playa es mala! ??Eso es verdad?!" Me qued¨¦ en silencio por un momento y luego solt¨¦ una carcajada. "?De qu¨¦ te r¨ªes?" Pregunt¨® Pyra, gir¨¢ndose con una mirada de fastidio. "De que le dijiste eso a Mirella, pero no le diste toda la explicaci¨®n completa". "Porque no es necesario decir eso". "??Y cu¨¢l es la explicaci¨®n completa?! ??Pyra es una mentirosa?!" "No, no... Dej¨¢ que te explico. El agua normal solo le hace mal a la piel de Pyra, dej¨¢ndole marcas rojas. No te preocupes, que a todos los dem¨¢s no nos pasa nada raro". "?En serio?" "S¨ª". "?No se supon¨ªa que deb¨ªas dec¨ªrselo!" Pyra empez¨® a apretar unas hierbas muy fuertemente. "Es que hay que contarlo, Pyra. Si no, vas a confundir a los dem¨¢s". Ella chasque¨® la lengua y volvi¨® a agacharse para remover la ¨²ltima de las malas hierbas, como si no quisiera seguir con la conversaci¨®n. Mirella, en cambio, hab¨ªa cambiado su cara y ahora se re¨ªa bajito mientras se elevaba en el aire. "A todo esto, Pyra... ?El agua m¨¢gica no te hace da?o a la piel?" "No, porque esa agua es buena". "Interesante..." Esto es algo a tener en cuenta para un futuro. Nos pusimos manos a la obra y yo ar¨¦ la tierra, ense?¨¢ndole a Pyra las distintas herramientas y c¨®mo se utilizaban. Tambi¨¦n plant¨¦ semillas de papaya para comenzar, ya que me pareci¨® que era tonto plantar las bayas, m¨¢s sabiendo que supuestamente no podemos comerlas y tambi¨¦n por la falta de comida que hay por la zona. Ya las plantaremos cuando nos asentemos en otro lugar. Y s¨ª, ya s¨¦ que probablemente no terminemos comiendo nada de lo que surja de estas plantas, pero la idea es dejar registro de c¨®mo y qu¨¦ plantar en una huerta. Luego seguir¨¢n la acelga, los tomates y las pi?as. Una vez que estaba todo listo, Mirella se alz¨® sobre la huerta y comenz¨® a regar con movimientos suaves, dejando caer el agua con destellos m¨¢gicos sobre la tierra reci¨¦n preparada. "No se ve nada mal", coment¨® Pyra, sacudi¨¦ndose entre s¨ª sus manos sucias. "S¨ª, la naturaleza es muy bella". "S¨ª..." "Por cierto, ?a vos te gusta comer?" Pregunt¨¦, apoy¨¢ndome en el azad¨®n un segundo. "Obvio que no. Nunca tengo ganas de comer algo". "Ah, entonces sos como los dem¨¢s seres m¨¢gicos". Al volver a mirar la huerta, no tard¨¦ en notar que algo extra?o estaba pasando. Las semillas de papaya que hab¨ªamos enterrado comenzaron a responder al agua de inmediato. La tierra pareci¨® estremecerse levemente antes de que peque?os brotes verdes emergieran con un vigor inusual. "?Eh?" Me acerqu¨¦ con la mirada fija en las pl¨¢ntulas. Era un crecimiento antinatural, imposible. Normalmente, un ¨¢rbol de papaya tardaba meses en desarrollarse, pero lo que estaba viendo era otra cosa. Las plantas crec¨ªan a una velocidad absurda, sus tallos engros¨¢ndose y sus hojas despleg¨¢ndose en cuesti¨®n de segundos. En menos de un minuto, ya eran diez ¨¢rboles j¨®venes, con una altura cercana a los dos metros cada uno. Mi mand¨ªbula casi se descolg¨®: "No puede ser... Esto no es normal". Pyra y Mirella tambi¨¦n miraban la escena con los ojos abiertos como platos. Mirella fue la primera en reaccionar, volando con emoci¨®n alrededor de los ¨¢rboles. "?Luciano! ?Luciano, mira lo que hice!" Exclam¨®, dejando la regadera en el suelo y viniendo hacia m¨ª. "?Soy la mejor, ?verdad?!" "Fue mi idea usar esa agua", intervino Pyra, poni¨¦ndose a su lado. "?Pero fui yo la que reg¨®! ?Luciano, dime qui¨¦n fue la que lo logr¨®!" Yo todav¨ªa estaba procesando lo que acababa de ver. Nunca, en todos los usos que le hab¨ªamos dado al agua m¨¢gica, hab¨ªamos notado que pudiera hacer algo as¨ª con las plantas. Era un descubrimiento importante... pero hab¨ªa un problema evidente. The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement. "No se emocionen tanto. Crecieron r¨¢pido, s¨ª... pero no hay frutos. No hay papayas". Ambas se giraron y miraron hacia los ¨¢rboles, d¨¢ndose cuenta de lo mismo que yo. Los ¨¢rboles hab¨ªan crecido de golpe, pero ni una sola papaya colgaba de sus ramas. Aunque tal vez le faltaba algo para que eso sucediera. "Oh..." Murmur¨® Mirella, con su entusiasmo disip¨¢ndose un poco. "?Habr¨¢ que ponerle m¨¢s agua m¨¢gica?" "Mmm..." Me qued¨¦ en silencio por un momento, pensativo. Si el agua m¨¢gica pod¨ªa hacer crecer las plantas, ?por qu¨¦ no hab¨ªa hecho que dieran frutos? ?Acaso hab¨ªa alg¨²n l¨ªmite en su efecto? ?O se deb¨ªa a que, aunque la planta hab¨ªa crecido r¨¢pido, a¨²n no hab¨ªa pasado el tiempo suficiente para la producci¨®n de frutos? Era algo que ten¨ªa que investigar, en conjunto con alguien m¨¢s. "Yo no entiendo nada de esto", coment¨® Pyra. "Se supone que las plantas crecen con una buena tierra, sol y agua, pero no a esta velocidad. Esto no es lo que ven¨ªamos haciendo hasta ahora, Pyra, as¨ª que ninguno de nosotros est¨¢ entendiendo qu¨¦ sucedi¨®". "?Entonces lo hicimos mal?" "Todav¨ªa no lo s¨¦". Mirella infl¨® las mejillas, poniendo los brazos en jarra con un gesto de fastidio en la cara. "?Pero fue incre¨ªble lo que hice!" "No digo que no lo haya sido. Solo que tenemos que entender bien c¨®mo funciona esto antes de emocionarnos demasiado". "?Entonces ech¨¦mosle m¨¢s agua para que sea m¨¢s incre¨ªble!" "No creo. Si regamos demasiado, podr¨ªamos afectar a la planta de alguna forma negativa. Es mejor esperar y ver si en unos d¨ªas aparecen los frutos de forma natural. Y si no llegan a aparecer, sabremos que no hay que regar m¨¢s este tipo de plantas con esa agua". "Est¨¢ bien..." "F¨ªjense si pueden plantar la acelga y las dos partes de la pi?a que ya les dej¨¦ separadas a un costado". "?S¨ª! ?Nos encargaremos de todo eso!" "Voy a hablar una cosa con Luc¨ªa. Nos vemos despu¨¦s". "?S¨ª, adi¨®s!" Pyra no respondi¨® nada. Eso s¨ª, logr¨¦ ver que pate¨® algo del suelo con fuerza, aunque no pude ver qu¨¦ era. Camin¨¦ por la playa con el sol peg¨¢ndome en la nuca, dejando atr¨¢s la huerta. Necesitaba encontrar a Luc¨ªa. Lo que acababa de pasar con las plantas era demasiado extra?o, y si alguien pod¨ªa darme una pista sobre las part¨ªculas m¨¢gicas, era ella, porque su conexi¨®n con este mundo era algo que ni siquiera yo entend¨ªa del todo. Al llegar a la casa de madera, abr¨ª la puerta principal y entr¨¦, ajustando mis ojos a la penumbra del interior. Las voces de Rin y Rundia me llegaron desde el otro lado del pasillo, mezcladas con las risitas agudas de Luc¨ªa. Me acerqu¨¦ intentando no hacer demasiado ruido, aunque las ojotas siempre terminaban haciendo ruido contra el suelo de piedra. Asom¨¦ la cabeza por la puerta entreabierta. Luc¨ªa estaba sentada en el suelo, jugando con unas piedras lisas que hab¨ªa apilado en forma de torre. Rin, con su barba desprolija y sus ojos negros fijos en ella, le pasaba m¨¢s piedras mientras Rundia los observaba sentada en la cama. Miren que yo no soy de espiar, pero... ?Por qu¨¦ a ella le gusta tanto fingir ser una ni?a? S¨¦ que le divierte un poco, pero lo hace demasiado bien para ser algo fingido. Aunque tal vez lo haga para levantarles el ¨¢nimo a ellos y, de paso, ayudarme para que no se fijen tanto en m¨ª. Los tres parec¨ªan inmersos en su peque?o mundo, y por un segundo dud¨¦ en interrumpirlos. Sin embargo, lo que hab¨ªa visto en la huerta no pod¨ªa esperar. "?Hola!" Dije, entrando con una sonrisa forzada que me sali¨® m¨¢s nerviosa de lo que esperaba. "Perd¨®n que me meta as¨ª, pero pas¨® algo incre¨ªble en la huerta. Tienen que verlo". Rin levant¨® la vista. "?Incre¨ªble c¨®mo? ?Esa mujer ya hizo algo que no deb¨ªa hacer?" "No... Bueno, algo as¨ª. Pyra le dijo a Mirella que regara las semillas de papaya con agua m¨¢gica, y al hacerlo, los ¨¢rboles crecieron en un instante. Aunque no tienen frutos, y eso es raro". Rundia se incorpor¨® de la cama, par¨¢ndose en el suelo. "?Crecieron de golpe? ?Por qu¨¦ pas¨® eso?" "Se ve que fue culpa del agua m¨¢gica. Necesito que vayan a echar un vistazo, a ver qu¨¦ opinan". Luc¨ªa, que desde que entr¨¦ hab¨ªa estado callada, gir¨® la cabeza hacia m¨ª, y esa pesta?a roja en su p¨¢rpado derecho pareci¨® destellar bajo la luz que se colaba por la ventana. "?¨¢rboles m¨¢gicos, hermano mayor?" "S¨ª, algo as¨ª", respond¨ª, gui?¨¢ndole un ojo. "Por eso necesito que pap¨¢ y mam¨¢ vayan a ver. Es muy importante". "No s¨¦ qu¨¦ tan raro pueda ser eso de las plantas", dijo Rin, rasc¨¢ndose levemente la barba. "Pero si crecieron as¨ª de r¨¢pido, seguro que algo anda mal con esa agua que usaron". "Por eso quiero que vayan a verlo", insist¨ª, apoy¨¢ndome en el marco de la puerta para parecer m¨¢s casual de lo que me sent¨ªa. "Pyra y Mirella todav¨ªa est¨¢n all¨¢, y entre todos podr¨ªan entender qu¨¦ pas¨®. Yo no tengo ni idea de c¨®mo manejar algo as¨ª... Necesito que lo vea un adulto". Rundia asinti¨® lentamente, y su mirada se suaviz¨® un poco. "Est¨¢ bien, hijo. Vamos a ver qu¨¦ est¨¢ pasando con la huerta. No vaya a ser que esa mujer de cabello rojo arruine todo". Rin le sacudi¨® el cabello a Luc¨ªa con una mano. "Ya volvemos, Luc¨ªa. Despu¨¦s seguimos jugando". "?S¨ª, pap¨¢!" Sonre¨ª, aunque por dentro estaba contando los segundos para que se movieran. "Gracias. Seguro entre los dos encuentran algo que a m¨ª se me pas¨®". "Vamos, Rundia". Rin se adelant¨®, saliendo primero de la habitaci¨®n, aunque se dio la vuelta poco despu¨¦s. "?T¨² no vienes?" "No puedo dejar que mi hermanita se quede jugando sola, ?no?" "Bueno, qu¨¦date con ella. Ya volvemos". "?Entonces nos vemos despu¨¦s!" Dije, levantando una mano mientras Rundia sal¨ªa por el pasillo rumbo a la puerta principal. Apenas escuch¨¦ sus pasos alejarse, me agach¨¦ r¨¢pido junto a Luc¨ªa. "Vamos al arroyo. Necesito de tu ayuda". Ella parpade¨®, y una sonrisa traviesa se le dibuj¨® en la cara. "?Ya sab¨ªa que ibas a decir algo as¨ª!" Respondi¨® en voz baja, dejando caer las piedras sobre el suelo. Se puso de pie de un salto, sacudi¨¦ndose la falda. "?Secuestro expr¨¦s!" Salimos por la ventana, aprovechando que la casa era tan grande que no podr¨ªan vernos desde ese lado. Al llegar al bosque, not¨¦ c¨®mo todo segu¨ªa siendo un desastre. El tsunami hab¨ªa sido brutal, y aunque la casa fue reconstruida con mi magia, toda la isla no corr¨ªa la misma suerte. Pensar en eso me hizo apurar el paso. Si el agua m¨¢gica estaba actuando raro, tal vez ten¨ªa que ver con todo lo que hab¨ªa pasado ¨²ltimamente. Luc¨ªa trotaba a mi lado, con su cabello casta?o oscuro saltando a cada paso. "?Era cierto eso de las papayas, Lucianito?" "S¨ª, pero te cuento cuando lleguemos", respond¨ª, manteniendo la vista al frente para no perderme. "Es algo que no entiendo, y creo que vos sos la ¨²nica que puede ayudarme con esto". Ella solt¨® una risita. "?Siempre soy la que salva el d¨ªa!" "No te agrand¨¦s tanto, mami, que todav¨ªa no llegamos". "?As¨ª le contest¨¢s a tu madre?" Solt¨¦ una risita corta. "S¨ª, soy un ni?o maleducado". "Ya sab¨ªa yo que Rundia no te hab¨ªa educado correctamente", respondi¨® con un tono burl¨®n. Cuando llegamos al arroyo, not¨¦ que estaba hecho un desastre. El agua, que normalmente brillaba con ese tono cristalino lleno de destellos m¨¢gicos, ahora estaba turbia, llena de hojas podridas, hierbas y ramas rotas que flotaban en la superficie. El tsunami hab¨ªa arrastrado toda la mierda de la isla hasta ac¨¢. Me qued¨¦ parado en la orilla, con las manos en las caderas. "Mir¨¢ este desastre, mami. No me extra?a que las cosas est¨¦n raras". Luc¨ªa se acerc¨® al borde, agach¨¢ndose para mirar el agua de cerca. "Huele feo", coment¨®, arrugando la nariz. "Aunque vos m¨¢s o menos ya sab¨ªas que esto estaba as¨ª, ?no?" "Dir¨ªa que s¨ª... Realmente no le hab¨ªa prestado mucha atenci¨®n, pero es l¨®gico que el arroyo est¨¦ todo sucio. Al menos, el agua no est¨¢ estancada en esta parte". "Habr¨ªa que limpiar un poco el agua". "Ya..." Entrecerr¨¦ los ojos, enfoc¨¢ndome en el agua. Ah¨ª estaban, esas part¨ªculas diminutas de luz que solo los que usamos magia podemos ver. Flotaban entre la mugre como si no pasara nada. "Bueno, por lo menos las part¨ªculas parecen estar ah¨ª, eso es bueno". Ella asinti¨®, seria por primera vez en todo el d¨ªa. "Eu, contame lo de las plantas. Todo". Respir¨¦ hondo y me arrodill¨¦ en el suelo, mirando el agua mientras hablaba. "Plantamos semillas de papaya en la huerta. Mirella us¨® agua m¨¢gica del arroyo porque Pyra le dijo que lo hiciera y, en segundos, los ¨¢rboles crecieron como locos. Dos metros de altura en un minuto o menos. Pero no tienen frutos. Nada. Solo el tronco y las hojas". Mi mam¨¢ se qued¨® callada, con la mirada perdida en el arroyo. "?Todo bien?" "Preguntale a las part¨ªculas qu¨¦ les pasa. En voz alta. Yo las voy a escuchar". "?Por qu¨¦ en voz alta?" "Porque s¨ª". "Qu¨¦ gran respuesta, che". "?Ahora, dale!" Insisti¨®, d¨¢ndome un empujoncito en el brazo. "Pregunt¨¢ ya, as¨ª te escuchan y me responden a m¨ª". Suspir¨¦ e inclin¨¦ la cabeza hacia el agua, sinti¨¦ndome un poco est¨²pido. "Part¨ªculas m¨¢gicas... ?Por qu¨¦ hicieron crecer las plantas de la huerta tan r¨¢pido? ?Qu¨¦ est¨¢ pasando con ustedes?" Hice una pausa. Tal vez no hab¨ªa sido tan claro al poner un ejemplo directo. "Quiero decir, ?por qu¨¦ si ustedes tocan una semilla las hacen crecer mucho m¨¢s r¨¢pido de lo normal?" El silencio que sigui¨® fue pesado, roto solo por el murmullo del agua. Luc¨ªa cerr¨® los ojos, inclinando la cabeza como si realmente estuviera escuchando algo, haciendo que las puntas de su cabello se mojen. Yo no o¨ªa nada, obviamente. De pronto, ella abri¨® los ojos. "Dicen que est¨¢n evolucionando", dijo, con la voz tembl¨¢ndole un poco de emoci¨®n. "?Evolucionando?" Repet¨ª, par¨¢ndome de golpe. "?Qu¨¦ carajo significa eso?" Luc¨ªa se puso de pie tambi¨¦n, mir¨¢ndome con esa intensidad que me recordaba demasiado a nuestra vieja vida, donde ella era una adulta. "Aparte de seguir diciendo ''Sariah'' y ''Luciano'' repetidamente, dicen que han estado cambiando. Que se est¨¢n mezclando con todo lo de la isla... Supongo que se refieren a la tierra, las plantas, los troncos, el agua normal... todo lo que el tsunami revolvi¨®. Por eso est¨¢n as¨ª, cambiando". Me qued¨¦ helado, procesando lo que acababa de decir. Las part¨ªculas evolucionando. Mezcl¨¢ndose con la naturaleza. Era una locura, pero ten¨ªa sentido. El tsunami hab¨ªa revuelto la isla entera, y si el arroyo estaba lleno de vegetaci¨®n, las part¨ªculas m¨¢gicas deb¨ªan haber estado absorbiendo todo eso. ?Y si por eso las plantas crecieron tan r¨¢pido? Porque las part¨ªculas estaban... ?Adapt¨¢ndose al terreno? Todo esto era una situaci¨®n tan loca que casi parec¨ªa un delirio, pero viniendo de Luc¨ªa, ten¨ªa que tomarlo en serio. Ella nunca mentir¨ªa con algo as¨ª. "?Evolucionando por un tsunami?" Murmur¨¦, m¨¢s para m¨ª que para ella. "Esper¨¢ un segundo... Mami, escuch¨¢ otra vez. Escuchalos para ver si tienen algo m¨¢s para decir". Ella me mir¨® con una ceja levantada, como si ya supiera que estaba pidi¨¦ndole demasiado, pero igual cerr¨® los ojos y lade¨® la cabeza hacia el agua. Sus dedos juguetearon con el borde de su falda mientras esperaba, y yo me qued¨¦ ah¨ª, conteniendo la respiraci¨®n como idiota, como si eso fuera a ayudar. Pasaron unos segundos eternos hasta que ella abri¨® los ojos otra vez y se encogi¨® de hombros. "Nada. No dicen m¨¢s. Solo repiten ''Sariah'' y ''Luciano'' como siempre, y eso de que est¨¢n evolucionando". "?Nada m¨¢s? ?Ni una pista de qu¨¦ significa eso de ''evolucionando''?" "No", respondi¨®, sacudiendo la cabeza. "Ya no dicen nada ¨²til. Creo que se cansaron de hablar o algo les limita el vocabulario". Solt¨¦ un suspiro largo y me pas¨¦ una mano por la cara, notando c¨®mo un pelo se me quedaba entre los dedos. Maldita maldici¨®n. "Bueno, est¨¢ bien. Vamos a tratar de sacarle el jugo a lo que tenemos entonces". Luc¨ªa se sent¨® en la orilla, sac¨¢ndose las ojotas y metiendo los pies descalzos en el agua sucia sin importarle la mugre. "?Qu¨¦ pens¨¢s vos de todo esto?" "Que, si las part¨ªculas est¨¢n cambiando por mezclarse con la naturaleza, como dec¨ªs vos, tal vez por eso hicieron crecer las plantas tan r¨¢pido", empec¨¦, caminando de un lado a otro al borde del arroyo mientras ordenaba mis ideas. "Capaz que al estar en contacto con la tierra y las semillas, se adaptaron a ellas. Como si aprendieran a hacerlas crecer, pero no saben c¨®mo hacer los frutos todav¨ªa". Ella asinti¨®, pateando el agua. "Pero entonces, ?por qu¨¦ curan heridas tambi¨¦n?" Me detuve r¨¢pidamente, mir¨¢ndola. Nunca hab¨ªa intentado darle muchas vueltas a eso, pero ahora que estaban cambiando... "Esa es buena pregunta. Siempre pensamos que el agua m¨¢gica curaba heridas porque simplemente era especial en ese sentido. Pero ac¨¢ tampoco es que todos lo supieran de entrada. Por lo que parece ser, todos los de este lado de la isla beb¨ªan del agua de la costa, o nunca notaban que se les curaba la piel al beber del agua m¨¢gica". "?Qu¨¦ quieres decir con todo eso?" "Que si imaginamos que ellas evolucionaron por estar en contacto con los humanos, ser¨ªa medio extra?o, ya que, como vimos ahora, la cosa que genera esa evoluci¨®n debe estar en constante contacto con el agua, como si las part¨ªculas necesitaran estudiar y absorber todo sobre esa cosa". "?Y si no es por los humanos?" Sugiri¨® ella, desviando la vista hacia m¨ª. "?Y si es por los animales o los seres m¨¢gicos? Como Aya o Mirella... Por ejemplo, Aya estuvo mucho tiempo en el santuario, ?no? Y Forn o los gnomos tambi¨¦n. Ah¨ª desemboca siempre el agua". Sent¨ª un clic en la cabeza, como si una pieza del rompecabezas encajara de golpe. "Ten¨¦s raz¨®n. Los animales de la isla deben haber estado bebiendo de este arroyo desde siempre. Y tambi¨¦n los seres m¨¢gicos como Aya o Pyra, que llevan qui¨¦n sabe cu¨¢nto tiempo en contacto con las part¨ªculas... Tal vez las part¨ªculas se adaptaron a ellos primero, y luego aprendieron a curar heridas porque vieron c¨®mo los cuerpos de los seres vivos se romp¨ªan y se arreglaban". "Hermano mayor, creo que nos estamos olvidando de algo obvio". "?Qu¨¦ cosa?" "?Los peces! ?Los peces est¨¢n todo el tiempo dentro del agua!" "Los peces..." Carajo, eso s¨ª que ten¨ªa sentido. "?Entonces las part¨ªculas estuvieron estudiando a los peces como seres vivos y luego se expandieron a los dem¨¢s?" Luc¨ªa sonri¨®, satisfecha. "?Debe de ser as¨ª!" "Incre¨ªble... Si las part¨ªculas pueden adaptarse al estar en contacto con algo, como la naturaleza o los animales, entonces son m¨¢s inteligentes de lo que pensaba. No son solo energ¨ªa flotando por ah¨ª. Tienen que estar... aprendiendo, como dijimos". Ella lade¨® la cabeza, pensativa. "?Y si son todas una sola cosa?" "?Qu¨¦ quer¨¦s decir?" "Que capaz no son muchas part¨ªculas separadas", explic¨®, juntando las manos como si quisiera mostrarme algo invisible. "Capaz son una sola mente, todas conectadas. Como si hablaran entre ellas y decidieran qu¨¦ hacer juntas". Me qued¨¦ helado otra vez, mir¨¢ndola con la boca entreabierta. Una conciencia colectiva... Era una idea tan loca que casi me daban ganas de re¨ªrme, pero al mismo tiempo, no pod¨ªa descartarla. Si las part¨ªculas tambi¨¦n se transfer¨ªan entre nosotros con contacto f¨ªsico y se equilibraban, ?por qu¨¦ no pod¨ªan estar comunic¨¢ndose entre ellas todo el tiempo? ?Como una red viva que abarcaba la isla entera? "Eso explicar¨ªa por qu¨¦ reaccionaron tan r¨¢pido con las semillas", dije lentamente, sent¨¢ndome a su lado en la orilla. "Si son una sola mente, pudieron decidir todas juntas que quer¨ªan hacer crecer las plantas. Pero como no saben c¨®mo hacer frutos, se quedaron a mitad de camino".
"?Y si no hacen frutos porque saben que no pueden darle los nutrientes necesarios, o lo que sea, y creen que eso nos har¨¢ mal al est¨®mago?" Sent¨ª un hormigueo en la panza, una mezcla rara entre nervios y una felicidad que no pod¨ªa controlar del todo. Era como si algo dentro de m¨ª estuviera dando saltos, imaginando todo lo que esto pod¨ªa significar. Mir¨¦ a Luc¨ªa, que segu¨ªa pateando el agua con esa expresi¨®n satisfecha, y por un segundo no supe qu¨¦ carajo decirle. "No s¨¦ qu¨¦ responderte a eso", admit¨ª, rasc¨¢ndome la nuca, donde ya no ten¨ªa pelo, mientras una sonrisa se me escapaba. "Pero creo que pod¨¦s tener mucha raz¨®n. Si las part¨ªculas est¨¢n aprendiendo y deciden juntas qu¨¦ hacer, capaz que no hacen frutos porque saben que algo les falta todav¨ªa. Como si fueran lo bastante listas para no darnos comida que nos haga mal, y eso significar¨ªa que est¨¢n demasiado de nuestro lado". Ella asinti¨®, moviendo los pies en el agua como si nada, pero yo ya estaba en otra. Si las part¨ªculas estaban evolucionando, si pod¨ªan adaptarse a la naturaleza y a nosotros, entonces esto no se quedaba solo en ¨¢rboles sin frutos. Esto era m¨¢s grande. Mucho m¨¢s grande. "De repente, en un futuro", segu¨ª, sintiendo c¨®mo la emoci¨®n me sub¨ªa por la garganta, "Podr¨ªan evolucionar m¨¢s. Aprender a hacer frutos, a controlar c¨®mo crecen las plantas, a... No s¨¦, a reconstruir cosas". Luc¨ªa gir¨® una vez m¨¢s la vista hacia m¨ª. "?Como la mitad de la isla que se quem¨® con el volc¨¢n?" Eso que acaba de decir... Record¨¦ el volc¨¢n, la erupci¨®n que se hab¨ªa llevado a Anya, que hab¨ªa dejado la mitad de la isla como un desierto de cenizas y roca negra. Pensar en eso siempre me hace mal, pero ahora... Ahora ve¨ªa una posibilidad. Si las part¨ªculas pod¨ªan hacer crecer plantas en segundos, ?qu¨¦ me imped¨ªa usarlas para devolverle vida a esa zona muerta? "?S¨ª!" Grit¨¦, apretando los dos pu?os en el aire. "Podr¨ªamos reconstruir toda esa parte. Imaginate, Luc¨ªa: ¨¢rboles nuevos, tierra f¨¦rtil otra vez, ?hasta un bosque entero si quisiera! Con el agua m¨¢gica, Mirella en el aire y un poco de trabajo, podr¨ªamos borrar lo que dej¨® el volc¨¢n". Ella sonri¨®, pero levant¨® un dedo como si quisiera frenarme. "Es posible, hermano mayor. Pero primero ten¨¦s que sacar las cenizas y renovar la tierra. Las part¨ªculas no van a poder hacer nada si todo sigue muerto ah¨ª". Ten¨ªa raz¨®n, claro. Siempre ten¨ªa raz¨®n, aunque a veces me costara admitirlo. Las cenizas eran un problema: cubr¨ªan todo como una capa gris y seca que ahogaba cualquier posibilidad de vida. Pero eso no me desanimaba. Al contrario, me encend¨ªa m¨¢s. Si limpi¨¢bamos toda esa zona y d¨¢bamos a las part¨ªculas una base para trabajar, podr¨ªan hacer milagros. "Ten¨¦s toda la raz¨®n. Voy a empezar con eso. Paso a paso. Primero el arroyo, despu¨¦s las cenizas y por ¨²ltimo la vegetaci¨®n nueva". Luc¨ªa sac¨® los pies del agua, sacudi¨¦ndose las manos para quitarse la mugre antes de soplarse los pies como si fueran una fogata que necesitaba apagarse. Era un gesto tan simple, tan de ella, que me sac¨® una risita mientras la miraba. "Ya que estamos con el arroyo, voy a hacer trabajar m¨¢s a Pyra. Que saque algunas ramas y hojas de ac¨¢ para que el agua no se estanque en alguna parte". "Ella va a odiarte por eso", respondi¨® Luc¨ªa con una risita traviesa, sec¨¢ndose los pies con las manos otra vez. "Ya me odia por hacerla arreglar la huerta". "Pero te encanta, ?no?" "?Eh? ?Qu¨¦ cosa?" Ella empez¨® a ponerse las ojotas. "Que te gusta verla... Principalmente abajo, con ese short cortito y ajustado". "Na, na, na. Ya est¨¢s empezando a hablar pavadas". Me gir¨¦ de inmediato y comenc¨¦ a caminar a ritmo acelerado. Ella no tard¨® en alcanzarme. "Se parece a Sariah... Yo ya le di el visto bueno. Para dentro de unos a?os, obvio". Pyra solo es una amiga... Cap铆tulo 64: La isla florece. El camino de vuelta a casa fue tranquilo, porque Luc¨ªa no sigui¨® insistiendo tanto con lo de Pyra y su short ajustado. Y, si bien hizo un comentario m¨¢s que no voy a mencionar ahora, no me sorprende, ya que siempre ha sido boca sucia al hablar. Aunque el que lo haga con esta forma de ni?a me descoloca un poco. Mientras avanz¨¢bamos por el bosque, no pod¨ªa sacarme de la cabeza la idea de las part¨ªculas como una mente colectiva. ?Qu¨¦ tan inteligentes pod¨ªan ser? ?Hasta d¨®nde pod¨ªan llegar si segu¨ªan evolucionando? Pensar en eso me pon¨ªa nervioso, pero tambi¨¦n me emocionaba. Si pod¨ªa entenderlas, tal vez podr¨ªa usarlas para algo m¨¢s grande. Algo que Sariah estar¨ªa mirando desde su espacio interdimensional, probablemente con una expresi¨®n indescifrable. "?Ya llegamos!" Exclam¨® ella de repente, se?alando la casa con un dedo. La puerta principal estaba entreabierta, y desde el pasillo se escuchaban las voces de Aya y Suminia discutiendo algo sobre unos peces. "Esper¨¢", le dije a Luc¨ªa, fren¨¢ndola con una mano en el hombro antes de que diera otro paso hacia la casa. "Mejor vayamos a la huerta primero. Quiero ver c¨®mo est¨¢n pap¨¢ y mam¨¢ con lo de las plantas". "?Y si ya no est¨¢n ah¨ª?" "Entonces voy a tener que inventar una excusa por habernos escapado". Ella me mir¨® con una ceja levantada, como si sospechara que estaba evitando algo, pero asinti¨®. "?Bueno! Igual quiero ver si Pyra sigue enojada". "Vos quer¨¦s ver el mundo arder, ?eh!" "?Yo? Si solo soy una ni?a inocente que no le hace mal a nadie..." Solt¨¦ una risita corta. "Claro, claro... Mejor vamos". Caminamos por la playa, rodeando la casa para no pasar por la puerta. No tuvimos que acercarnos mucho para saber que ellos s¨ª estaban ah¨ª, porque las voces de Rin y Rundia no sonaban precisamente felices. "?...y ahora qu¨¦ hacemos con esto?" Dec¨ªa Rin. "Esto no se supon¨ªa que era lo que ¨ªbamos a hacer". "Ya s¨¦, pero esas dos no paraban de pelear. Si no fuera por eso, esto no estar¨ªa as¨ª", respondi¨® Rundia, m¨¢s resignada que enojada. Frunc¨ª el ce?o mientras aceleraba el paso, con Luc¨ªa sigui¨¦ndome de cerca. Cuando llegamos a la huerta, la escena me dej¨® con la boca abierta por un segundo. Los ¨¢rboles de papaya segu¨ªan ah¨ª, altos y sin frutos, pero ahora hab¨ªa algo nuevo: una cantidad absurda de acelgas crecidas, con hojas verdes y brillantes que se extend¨ªan por la tierra como si alguien hubiera decidido convertir el lugar en una selva de verduras... Bueno, tampoco tanto, pero s¨ª era imposible que eso fuera natural. Otra vez el agua m¨¢gica, seguro. Rin estaba de pie con los brazos cruzados, mirando las acelgas como si fueran un enemigo personal. Rundia estaba agachada en cuclillas a su lado, arrancando una hoja con cara de no saber qu¨¦ hacer con ella. Ni Pyra ni Mirella estaban a la vista, lo que ya me daba mala espina. "?Qu¨¦ pas¨® ac¨¢?" Pregunt¨¦, acerc¨¢ndome con Luc¨ªa pis¨¢ndome los talones. Rin gir¨® la cabeza hacia m¨ª, y su expresi¨®n no era precisamente amigable. "?Que qu¨¦ pas¨®? Tus amigas armaron un l¨ªo, eso pas¨®". Rundia se puso de pie, sacudi¨¦ndose las manos. "Pyra y Mirella se pusieron a discutir de la nada. Parece que Pyra dijo que no hab¨ªa que hacerte caso, que regar con el agua m¨¢gica era mejor idea. Mirella insisti¨® en que s¨ª ten¨ªas raz¨®n y que hab¨ªa que parar de regar". Qu¨¦ incre¨ªble que Mirella haya dicho eso, porque hasta hace un rato quer¨ªa tirarle mucha agua m¨¢gica a las papayas. Me parece que se influencia mucho por mis palabras, aunque eso no ser¨ªa una novedad. O tal vez solo le llevaba la contraria a Pyra por querer llevarme la contraria a m¨ª. "?Y c¨®mo terminaron las acelgas as¨ª?" Pregunt¨¦, se?alando todo lo verde que ten¨ªamos enfrente. "Se pelearon por la cosa esa que se llama regadera", explic¨® Rin, frot¨¢ndose la frente como si le doliera la cabeza. "Se la empezaron a sacar una a la otra, y al final el agua se derram¨® sobre las semillas que hab¨ªan plantado. Esto es lo que sali¨®". Luc¨ªa solt¨® una risita detr¨¢s de m¨ª, tap¨¢ndose la boca con las manos. "?Son unas tontas!" "No te r¨ªas, que esto es serio", le dijo Rundia, aunque se le escap¨® una sonrisa chiquita. "Ahora tenemos un mont¨®n de acelgas que ni sabemos si se pueden comer". "A ver..." Me acerqu¨¦ a las plantas, agach¨¢ndome para mirarlas de cerca. Las hojas eran grandes, quiz¨¢s m¨¢s grandes de lo normal. Era como si el agua hubiera decidido que, ya que estaba derramada, iba a hacer crecer la planta todo lo que pudiera. Pens¨¦ en lo que Luc¨ªa y yo hab¨ªamos hablado en el arroyo: las part¨ªculas evolucionando, mezcl¨¢ndose con la naturaleza, aprendiendo. Esto era otra prueba de eso, aunque no estaba seguro de si me gustaba el resultado. Qu¨¦ s¨¦ yo... Si solo la acelga son hojas, entonces podr¨ªamos probar y ver si son comestibles, lo cual har¨ªa verdadera nuestra teor¨ªa de que las part¨ªculas se preocupan por nosotros. Me puse de pie y sacud¨ª mis manos. "No pasa nada. A la noche las hervimos y las probamos para ver si son comestibles". Rundia me mir¨® como si me hubiera vuelto loco. "?Probarlas? ?Y si te hacen mal?" "Na, no creo. El agua m¨¢gica es buena". "Pero, hijo..." "Mam¨¢, es raro que justo vos no te hayas dado cuenta". "?De qu¨¦ cosa?" Levant¨¦ un dedo, cerr¨¦ un ojo y me inclin¨¦ un poco hacia Rundia, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto importante. "?En serio no te diste cuenta, mam¨¢? Esto es una bendici¨®n que nos envi¨® Ad¨¢n para que podamos vivir tranquilos despu¨¦s de tantas desgracias". Ella parpade¨® varias veces seguidas, y ¨¦l frunci¨® el ce?o, pero no dijo nada todav¨ªa. Yo segu¨ª, manteniendo el tono conspirador. "Pi¨¦nsenlo. Despu¨¦s de todo lo que pas¨® con el tsunami, el volc¨¢n, la muerte de Anya... ?Y justo ahora las plantas comienzan a crecer de repente? Esto no es casualidad. Ad¨¢n quiere que vivamos tranquilos, que tengamos comida. Es un regalo de ¨¦l, como cuando lleg¨® de la nada el agua m¨¢gica a curarte de tu herida, mam¨¢". Por dentro, estaba conteniendo una carcajada. Sab¨ªa que era una excusa barata, un truco malvado para convencerlos usando algo en lo que ellos cre¨ªan ciegamente, especialmente Rundia. Ella era la que siempre hablaba de Ad¨¢n como si fuera el gran salvador de este mundo, la que se pon¨ªa como loca si alguien siquiera insinuaba algo en contra de ¨¦l. Yo no cre¨ªa en eso, claro. Para m¨ª, la ¨²nica que ten¨ªa poder real era Sariah, la que me trajo ac¨¢ y me dio esta segunda vida. Pero si mencionar a Ad¨¢n iba a hacer que dejaran de preocuparse por las acelgas, entonces lo iba a usar sin dudar. Rundia abri¨® los ojos de par en par, y su expresi¨®n cambi¨® de golpe. Era como si una luz se hubiera encendido detr¨¢s de sus ojos marrones. "?Una bendici¨®n de Ad¨¢n?" Murmur¨®, llev¨¢ndose una mano al pecho. "?De verdad piensas eso, hijo?" "Obvio. Miren c¨®mo crecieron. No es algo que pase todos los d¨ªas. Tiene que ser cosa de ¨¦l para ayudarnos". Rundia se qued¨® callada un segundo, mirando las acelgas como si las viera por primera vez. Luego, de repente, solt¨® un grito de alegr¨ªa que me hizo dar un paso atr¨¢s. "?Es verdad! ?Ad¨¢n nos est¨¢ bendiciendo otra vez! ?C¨®mo no lo vi antes! Esto es incre¨ªble, un regalo despu¨¦s de tanto sufrimiento... ?Tenemos que estar agradecidos!" Rin me mir¨® de reojo, todav¨ªa con el ce?o fruncido. Sab¨ªa que cuando Rundia se pon¨ªa as¨ª, no hab¨ªa forma de discutirle. Ella sigui¨®, dando un paso hacia las acelgas y tocando una hoja con una reverencia que casi me hace re¨ªr. "Y todo gracias a Pyra tambi¨¦n", agreg¨®, gir¨¢ndose hacia m¨ª con una sonrisa enorme. "Si no fuera por ella, esto no habr¨ªa pasado. Al final, su idea de usar el agua m¨¢gica fue lo que trajo este regalo. Ya no la voy a ver como alguien mala. ?Ella debe ser alguien muy buena, estoy segura!" Rundia ya estaba arrancando hojas con un entusiasmo que no le hab¨ªa visto en mucho tiempo, murmurando algo sobre c¨®mo iba a cocinarlas. Yo aprovech¨¦ para mirar a Luc¨ªa, y le hice un gesto con la cabeza para que me ayudara a juntar m¨¢s acelgas. Mientras carg¨¢bamos las hojas bajo el brazo, me qued¨¦ viendo a Rundia un rato. Estaba radiante, con una felicidad inmensa que le sal¨ªa de los poros. Sus manos temblaban un poco de emoci¨®n mientras arrancaba las acelgas, y su sonrisa era tan grande que casi no le cab¨ªa en la cara. Por un segundo, me sent¨ª bien de verla as¨ª, como si realmente hubiera hecho algo bueno por ella. Pero entonces, me invadi¨® un poco la culpa. Esto era una mentira. Una mentira piadosa, s¨ª, pero mentira al fin. Rundia estaba tan feliz porque cre¨ªa que Ad¨¢n nos estaba cuidando, pero yo sab¨ªa la verdad: esto no ten¨ªa nada que ver con su dios. Era cosa de las part¨ªculas, de Sariah, de este mundo m¨¢gico que ella no entend¨ªa. Y si alg¨²n d¨ªa se enteraba, si alg¨²n d¨ªa la verdad sobre Sariah sal¨ªa a la luz y Rundia descubr¨ªa que le hab¨ªa mentido... ?Qu¨¦ iba a hacer? ?C¨®mo iba a mirarla a la cara despu¨¦s de hacerle ilusiones falsas? Ella, que me hab¨ªa criado con tanto cari?o, que confiaba en m¨ª incluso cuando dudaba de todo lo dem¨¢s. Sent¨ª un nudo en el est¨®mago, y por un momento, mis manos se detuvieron sobre una hoja. "?Qu¨¦ pasa, hermano mayor? Est¨¢s raro". "Nada", ment¨ª, sacudiendo la cabeza y forzando una sonrisa. "Solo estoy pensando en c¨®mo vamos a hervir todo esto. Tal vez deber¨ªamos dejar algo para los d¨ªas siguientes". "Claro..." Ella no parec¨ªa muy convencida, pero no insisti¨®. Sigui¨® juntando hojas, tarareando algo bajito mientras yo intentaba sacarme esa sensaci¨®n de encima. No era el momento de ponerme a darle vueltas a eso. Hab¨ªa funcionado; Rundia estaba contenta, Rin no estaba protestando demasiado y ten¨ªamos mucha comida para probar. Adem¨¢s, ellos dos ni siquiera se dieron cuenta de que nos hab¨ªamos ido solos al arroyo. "Bueno... Vamos llevando estas hojas a casa. Despu¨¦s vemos si Pyra y Mirella vuelven". Rin me mir¨®. "Pyra se fue para el bosque; estaba diciendo que no necesitaba escuchar a nadie. Mirella sali¨® volando detr¨¢s de ella". "Ya las voy a encontrar despu¨¦s. Por ahora, a casa". Mientras volv¨ªamos por la playa, con el sol ya casi perdido en el horizonte, no pod¨ªa evitar mirar a Rundia de reojo. Si alg¨²n d¨ªa se enteraba de la verdad, no sab¨ªa c¨®mo iba a explicarle que todo esto hab¨ªa sido un enga?o para mantenerla tranquila. Por ahora, solo pod¨ªa seguir adelante y esperar que ese d¨ªa no llegara nunca. *** Han pasado cuatro d¨ªas desde el gran descubrimiento. Durante ese tiempo me estuve dedicando a quitar todo el muro que hab¨ªa construido para retener la lava, a enviar toda la ceniza hacia la cueva que era del Rey Demonio y a renovar absolutamente toda la tierra de la zona quemada, enviando toda la superficie inservible hacia lo m¨¢s profundo y trayendo hacia arriba la tierra que s¨ª estaba buena. Todo fue un proceso duro y lento, pero finalmente pude terminar todo. Gracias a la magia, obviamente. Mientras caminaba por la playa y cargaba un balde con semillas, no pude evitar pensar en c¨®mo hab¨ªan cambiado las cosas desde aquella noche en la huerta. Las acelgas, esas que Pyra y Mirella hab¨ªan regado por accidente con el agua m¨¢gica, resultaron ser un ¨¦xito, porque las hervimos esa misma noche y nadie tuvo ni un dolor de panza, ni un malestar, nada. Eran totalmente comestibles, con un sabor suave pero rico, como si las part¨ªculas hubieran sabido exactamente qu¨¦ hacer para que nos sirvieran. Desde entonces, hemos estado us¨¢ndolas en grandes cantidades para acompa?ar la comida. Hasta Suminia, que siempre est¨¢ buscando algo en contra de Pyra, dijo que le gustaban. Un punto para las part¨ªculas que ellos no conocen, supongo. La convivencia con Pyra tambi¨¦n dio un giro inesperado. El primer d¨ªa fue un desastre, con ella refunfu?ando por todo y terminando en una pelea con Mirella, pero ahora las cosas est¨¢n... diferentes. No es solo porque Rundia la trata como si fuera su mejor amiga de toda la vida, agradeci¨¦ndole cada dos por tres por ''traer el regalo de Ad¨¢n'', sino que ella tambi¨¦n est¨¢ queriendo cambiar. Ayer, por ejemplo, vino caminando hacia m¨ª mientras yo estaba revisando la tierra renovada, con los brazos cruzados y esa cara de ''no es que quisiera venir aqu¨ª por mi cuenta'' y me cont¨® que ya guard¨® el paraguas en su habitaci¨®n y que se sent¨ªa ''aburrida'' luego de quitar las ramas del arroyo, as¨ª que me pregunt¨® si quer¨ªa que ayudara en algo m¨¢s. This tale has been unlawfully lifted without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. B¨¢sicamente, todo este balde lleno de semillas de todo tipo que traigo en la mano lo llen¨® ella, aunque la mayor¨ªa de semillas ya las hab¨ªa separado yo y dejado en mi habitaci¨®n. Esa es Pyra, supongo. Todav¨ªa tiene ese ego del tama?o del volc¨¢n, pero al menos pregunta en vez de quedarse sin hacer nada. Por cierto, no la he hecho usar su magia de fuego todav¨ªa, y no es porque no se me ocurra c¨®mo aprovecharla, sino que Mirella me dej¨® clar¨ªsimo que ella es la encargada de las fogatas, que es lo primero que se me ocurri¨® al pensar en una utilidad sencilla para el fuego. Lo ¨²nico que me molesta es que Aya y Pyra se est¨¦n ignorando. Pr¨¢cticamente no las he visto conversar... Supongo que habr¨¢ que darles tiempo para que arreglen sus diferencias. Con un poco de ayuda m¨ªa, obviamente. Al llegar a la zona sin vegetaci¨®n, mir¨¦ alrededor, viendo c¨®mo lo que antes era un desierto de cenizas ahora empezaba a verse un poco m¨¢s vivo. Todav¨ªa no hab¨ªa plantas, claro, pero la tierra estaba lista. Con un poco de paciencia y agua m¨¢gica, esto pod¨ªa convertirse en algo grande. Un bosque, como le hab¨ªa dicho a Luc¨ªa. Algo que empezara a borrar las cicatrices que hab¨ªa dejado la erupci¨®n del volc¨¢n. Cualquiera podr¨ªa pensar que yo no ten¨ªa ninguna necesidad de hacer todo esto, que pod¨ªa tranquilamente haberme ido de esta isla hace d¨ªas. Hoy mismo, incluso. Pod¨ªa haber agarrado a mi grupo, Aya, Mirella, Pyra, Luc¨ªa, a todos los que quisieran venir, y haber dejado de una vez por todas este pedazo de tierra ubicado en el culo del mundo, dejando que Tariq, Fausto, Harlan y los dem¨¢s se las arreglaran solos para sobrevivir entre las cenizas y el desastre del tsunami. Nadie me obligaba a quedarme, a estar removiendo tierra, oler ceniza y traer semillas para empezar de nuevo. Podr¨ªa haberme largado y listo. Pero no era as¨ª. No era yo. Nunca me gust¨® dejar las cosas a medias, menos ahora que sab¨ªa cu¨¢l era mi objetivo en este mundo. Sariah me hab¨ªa tra¨ªdo ac¨¢ por una raz¨®n: hacer que este lugar avanzara, que dejara de ser un p¨¢ramo prehist¨®rico donde todos luchaban por no morirse de hambre o ser comidos por un animal salvaje. Si me iba, estar¨ªa d¨¢ndole la espalda a eso, a ella y a m¨ª mismo. No pod¨ªa hacerlo. Cada pedazo de tierra que renovaba, cada semilla que plantaba, era un paso hacia algo m¨¢s grande. Un futuro que valiera la pena. Y aunque a veces me agotaba, aunque el sudor me corriera por la espalda y mi mente se cansara de tanto usar magia, val¨ªa la pena. Porque si no lo hac¨ªa yo, ?qui¨¦n carajo lo iba a hacer? Hoy mismo deb¨ªa hablar con todos sobre el plan. Hab¨ªa estado d¨¢ndole vueltas a eso desde que Mirella me dijo que est¨¢bamos en una isla, y m¨¢s cuando Aya me dijo que hab¨ªa venido del otro lado del agua... Era el plan de escape, como lo llamaba en mi cabeza. Aunque no era exactamente huir, sino avanzar. "?Cu¨¢ndo empezamos a plantar?" Pregunt¨® Pyra. "A-Ah... Ahora". No solo estaba Pyra a mi lado, sino tambi¨¦n Rundia, Rin, Luc¨ªa y Mirella, que ya ten¨ªa lista su regadera con agua m¨¢gica. Aya y las gemelas se quedaron cazando algunos peces, aunque tambi¨¦n les dije que intenten investigar c¨®mo andan las dem¨¢s familias. Para ver si siguen bien y eso. Lo ¨²nico que puedo asegurar del estado de los dem¨¢s es que todos los que ten¨ªan casas se volvieron a las cuevas, ya que se deben haber destruido por completo, al igual que sucedi¨® con la nuestra. Agarr¨¦ un pu?ado de semillas del balde y las levant¨¦ para que todos las vieran, sintiendo c¨®mo se mezclaban entre mis dedos. "Escuchen bien", dije, mir¨¢ndolos uno por uno. "Ac¨¢ hay de todo: semillas de bayas moradas, rojas y verdes, tambi¨¦n de papaya, tomate, manzanas rojas, na?as y mandarinas. Planten donde sea, pero quiero que est¨¦n bastante separadas. No se metan en el lugar donde est¨¢ plantando otro. Solo t¨ªrenlas al suelo y ¨¦chenles un poco de tierra encima, nada m¨¢s. No se demoren mucho con cada una o no vamos a terminar nunca". "?Y por qu¨¦ tienen que estar plantadas tan separadas?" Pregunt¨® Rin. "Porque tenemos semillas de ¨¢rboles, y si plantan los ¨¢rboles tan cerca, se van a chocar entre s¨ª". "Ah, claro. Los ¨¢rboles son grandes". Lo cierto era que ese solo era el motivo que ellos pod¨ªan comprender f¨¢cilmente, ya que, si uno plantaba muy cerca entre s¨ª todas estas plantas que hac¨ªan crecer frutos, los nutrientes del suelo iban a acabarse con facilidad. Siempre suponiendo que el agua m¨¢gica no genere nutrientes de la nada, porque ese ya ser¨ªa otro tema. Hasta ahora desconocemos pr¨¢cticamente todo su funcionamiento interno. "Ahora voy a repartirles las semillas". Le pas¨¦ el primer pu?ado a Rundia, luego a Rin, Pyra y Luc¨ªa, guardando el balde conmigo para ir plantando mientras los miraba. Me qued¨¦ un paso atr¨¢s, con el balde en una mano y dos semillas en la otra, observando c¨®mo las movilizaban entre sus manos. "?Todos a plantar!" Todos asintieron, algunos con m¨¢s entusiasmo que otros, y se pusieron manos a la obra. Yo empec¨¦ a caminar en paralelo al ¨¢rea con vegetaci¨®n, buscando mi propia zona, mientras tiraba semillas al suelo y les echaba tierra con el pie. Despu¨¦s las pisaba un poquito, como para asegurar que se hundieran. Cada tanto levantaba la vista para ver c¨®mo iban, asegur¨¢ndome de que no se chocaran entre s¨ª. Rundia y Rin, como siempre, estaban demasiado cerca uno del otro. Ella esparc¨ªa las semillas con cuidado, manteniendo una sonrisa en su rostro. Rin, en cambio, las tiraba con fuerza, como si quisiera terminar r¨¢pido, y sus zonas se cruzaban todo el tiempo. Cada tanto se miraban, pero no dec¨ªan nada, solo segu¨ªan trabajando en su caos compartido. Lo bueno de esta zona era su planicie; al ser el lugar m¨¢s cercano al volc¨¢n, toda la superficie estaba casi al nivel del mar, y luego iba en aumento al ir hacia el centro de la isla y tambi¨¦n hacia el volc¨¢n, aunque este era bastante empinado. Luc¨ªa estaba en su mundo, corriendo de un lado a otro y tirando semillas como si fuera una granjera loca. Algunas ca¨ªan a metros de donde apuntaba, pero al menos no se met¨ªa en el espacio de nadie. "?Hey, hermana menor! ?Ten¨¦s que ponerle un poquito de tierra por encima!" Ella se detuvo para mirarme. "?Ya vas a ver que s¨ª sirve esta forma de plantar!" Parece que me lo estaba haciendo a prop¨®sito. Pero bueno, me sacaba una sonrisa verla as¨ª, tan despreocupada. Pyra, en cambio, era otra cosa. Me impresion¨® desde el primer segundo. Sus ojos rojos recorr¨ªan el terreno con una precisi¨®n que no le hab¨ªa visto antes, como si estuviera calculando cada paso. Miraba d¨®nde plantaban los dem¨¢s, analizaba los espacios libres y se mov¨ªa con una calma que contrastaba con su ego habitual. Tiraba de a una semilla con un gesto r¨¢pido, cubri¨¦ndola con tierra como si lo hubiera hecho toda la vida. No como Rundia y Rin, que estaban amontonando todo sin darse cuenta. Pyra parec¨ªa m¨¢s... inteligente. Buscaba su propia zona bien lejos, asegur¨¢ndose de no cruzarse con nadie, y cada movimiento suyo parec¨ªa planificado. Me qued¨¦ mir¨¢ndola un rato, admirando c¨®mo se las arreglaba tan bien sin que nadie le dijera nada. Pas¨® el tiempo y not¨¦ que Mirella no estaba regando como deber¨ªa. En vez de eso, flotaba a mi lado, sigui¨¦ndome como una sombra con esa regadera en las manos, y cada vez que cambiaba de direcci¨®n, ella ajustaba su posici¨®n para no perderme de vista. "?Por qu¨¦ me est¨¢s siguiendo as¨ª?" Pregunt¨¦, gir¨¢ndome hacia ella mientras dejaba caer una semilla m¨¢s y las cubr¨ªa con tierra. Ella parpade¨®, como si la hubiera agarrado desprevenida, y luego lade¨® la cabeza con una sonrisa traviesa. "?Por qu¨¦ observas tanto a Pyra?" Me qued¨¦ quieto un segundo. ?Tanto se notaba? No era que estuviera mir¨¢ndola por algo raro, solo estaba... sorprendido por lo bien que lo hac¨ªa. Pero claro, con Mirella, cualquier cosa que tuviera que ver con otra mujer y yo iba a terminar en uno de sus comentarios acosadores. "No la estoy observando tanto. Solo estoy viendo que todos hagan lo que les ped¨ª. Y vos deber¨ªas estar regando, no pegada a m¨ª como si fuera a escaparme". "A m¨ª me parece que le prestas m¨¢s atenci¨®n a ella que a m¨ª", murmur¨®. No pude evitar que se me escapara una sonrisa ante su tono celoso. "Mirella, vos ten¨¦s el agua m¨¢gica. Lo que hac¨¦s es clave para que esto funcione. Necesito que te concentres en regar las semillas, no en lo que estoy mirando yo". "?Pero es m¨¢s divertido estar contigo!" Protest¨® ella, flotando m¨¢s cerca y haciendo que la regadera se tambaleara un poco. "Mirella, en serio... Ten¨¦s que ir a regar todo el lugar o no vamos a terminar m¨¢s". Ella suspir¨® con un dramatismo que solo ella pod¨ªa alcanzar. "Est¨¢ bien, est¨¢ bien... Voy a regar la tierra". "Listo entonces". "Pero no te vayas lejos, ?eh? Quiero tenerte cerca por si pasa algo raro". "Tranquila, no me muevo de ac¨¢". Ella se fue volando hacia la zona donde hab¨ªamos comenzado a plantar, y yo la segu¨ª con la vista por un momento. Mirella pod¨ªa ser un torbellino de emociones a veces, pero sab¨ªa que en el fondo solo quer¨ªa sentirse parte de todo esto. Mir¨¦ a Pyra de reojo; ahora estaba agachada, colocando una semilla con concentraci¨®n. Su cabello rojo ca¨ªa sobre un hombro y m¨¢s all¨¢, y la luz del sol le pegaba en la cara, haciendo que sus cuernos morados brillaran un poco. S¨ª, lo estaba haciendo bien. Mejor que bien, en realidad. Volv¨ª a mi tarea, dejando caer m¨¢s semillas y cubri¨¦ndolas con tierra, pero al cabo de unos instantes, mir¨¦ hacia donde estaba Mirella. Ahora s¨ª estaba trabajando en serio, regando las semillas con cuidado. Casi de inmediato vi c¨®mo peque?os brotes verdes comenzaban a asomar. Las plantas emerg¨ªan de la tierra a una velocidad imposible, algo que en este momento solo la magia pod¨ªa lograr. No era solo una planta o dos; era todo el terreno que Mirella estaba regando. Bayas, papayas, tomates¡­ lo que sea que hubi¨¦ramos plantado, estaba brotando a una velocidad que me pon¨ªa la piel de gallina. "?Luciano, mir¨¢ eso!" Grit¨® Luc¨ªa desde abajo de un ¨¢rbol, saltando como loca mientras se?alaba el suelo bajo ella. Corr¨ª hacia donde estaba, esquivando a Rin y Rundia, que tambi¨¦n hab¨ªan parado para mirar. Cuando llegu¨¦, me qued¨¦ vi¨¦ndolo. Un ¨¢rbol de mandarinas perfectamente formado ya ten¨ªa como tres metros de altura y, aunque no hab¨ªa frutos todav¨ªa, la rapidez con la que hab¨ªa crecido era absurda. Mir¨¦ a mi alrededor: hab¨ªa arbustos bajos, ¨¢rboles y tomateras, siendo estas ¨²ltimas las menos resistentes al no tener un soporte. "Esto es una locura¡­" Las part¨ªculas m¨¢gicas estaban haciendo de las suyas otra vez, y aunque ya lo hab¨ªa visto con las papayas y las acelgas, esto era diferente. Era algo m¨¢s grande. Rundia se acerc¨® a nosotros. "?Es incre¨ªble! ?Ad¨¢n nos est¨¢ bendiciendo otra vez, hijo!" Sonre¨ª por reflejo, aunque el nudo de culpa en mi est¨®mago se apret¨® un poco m¨¢s. Ella segu¨ªa con lo de Ad¨¢n, y yo segu¨ªa sin corregirla. No era el momento de arruinarle la ilusi¨®n, no cuando estaba tan feliz. Pero igual me sent¨ªa mal por mentirle as¨ª. "S¨ª, mam¨¢¡­ Parece que s¨ª". Rin se acerc¨®, mirando una semilla entre sus dedos. "No s¨¦ si esto es tan bueno como parece. ?Y si crecen as¨ª de r¨¢pido, pero no sirven para nada? Como las de papayas esas sin frutos". Ten¨ªa un punto, y lo sab¨ªa. Rin estaba en lo cierto: eran ¨¢rboles y dem¨¢s sin frutos, y tal vez esto no nos serv¨ªa de mucho. Todav¨ªa no entend¨ªa por qu¨¦ las part¨ªculas no terminaban el trabajo. ?Era como dijo Luc¨ªa, que no quer¨ªan darnos comida que nos hiciera mal? ?O simplemente no sab¨ªan c¨®mo hacerlo todav¨ªa? "No te preocupes, pap¨¢. Si no dan frutos, igual la gente puede usar las hojas o la madera. Y si dentro de un tiempo terminan dando frutos, mejor todav¨ªa. Estaremos vigilando a ver qu¨¦ pasa". "Est¨¢ bien". ¨¦l se acerc¨® para ver mi balde, el cual apenas ten¨ªa m¨¢s o menos diez semillas. "Mirella se fue a buscar m¨¢s agua... ?Hay que plantar m¨¢s?" "Dejemos que Mirella termine de regar y esperemos un tiempo a ver c¨®mo evoluciona. Tampoco creo que sea muy conveniente plantar todo de una". Si imagin¨¢bamos al trozo de isla que est¨¢bamos resembrando como un tri¨¢ngulo equil¨¢tero, ese que tiene sus tres ¨¢ngulos iguales, apuntando hacia el volc¨¢n, dir¨ªa que hab¨ªamos puesto semillas solo en la mitad inferior. ¨¦l tir¨® la semilla dentro del balde. "Eso tambi¨¦n pensaba yo". "Adem¨¢s, me gustar¨ªa esperar a ver si crecen por su cuenta un poco de hierba o plantas que no den frutos". "Si vemos la parte de la selva, este lugar se ve extra?o", dijo, se?alando a unos metros de nosotros, donde estaban los ¨¢rboles altos que Pyra hab¨ªa logrado salvar. "No te preocupes. Ahora que ac¨¢ ya hay buena tierra, seguro que la selva se ir¨¢ expandiendo poco a poco, mezcl¨¢ndose con estos nuevos ¨¢rboles". ¨¦l puso una mano en mi hombro, y yo estaba rogando que no me tocara la cabeza. "Siempre ves todo, ?eh? Qu¨¦ hijo tan inteligente tengo". "S¨ª... Gracias, pap¨¢". Inteligente... La palabra ''farsante'' me quedar¨ªa mejor. Rundia ya estaba tocando las hojas de un arbusto de bayas como si fueran un tesoro sagrado. "?Miren qu¨¦ lindas son! Seguro que algo bueno sale de esto". Pyra, que se hab¨ªa alejado bastante de nosotros, se acerc¨® caminando despacio, aunque no nos miraba a nosotros, ya que sus ojos estaban fijos en los ¨¢rboles, y por un segundo me pareci¨® ver un destello de curiosidad en ellos. "?Mirella se fue a buscar m¨¢s agua?" "S¨ª". Ella no dijo nada m¨¢s. Se qued¨® mirando los brotes, y yo aprovech¨¦ para observarla un segundo. Luc¨ªa y yo ten¨ªamos raz¨®n en una cosa: se parec¨ªa a Sariah. No solo por el pelo, los ojos y su figura delineada, sino tambi¨¦n por esa actitud que la hac¨ªa ver especial, resaltando entre los dem¨¢s. "?Qu¨¦ opin¨¢s vos de toda esta idea que tuve?" Le pregunt¨¦. Pyra me lanz¨® una mirada de reojo, como si no quisiera admitir que le interesaba el tema. "No s¨¦... Se siente raro estar haciendo esto, porque mis llamas no hacen cosas as¨ª. Queman y listo. Esto¡­ esto es diferente". "Capaz que con el tiempo entendemos c¨®mo funciona y lo usamos para algo mucho m¨¢s grande". Ella no respondi¨®, pero vi c¨®mo apretaba los labios, como si estuviera pensando en algo que no quer¨ªa decir. Tal vez estaba comparando su magia de fuego con esto, midiendo si era mejor o peor. Conoci¨¦ndola, seguro que le jod¨ªa un poco no ser ella la ¨²nica que pudiera hacer algo as¨ª. Aunque claro, esto no era la magia de nadie, era ¨²nicamente obra de las part¨ªculas m¨¢gicas. Mirella vino volando desde la selva, con la regadera aparentemente llena y una sonrisa enorme en la cara. "?Ya volv¨ª! ?Voy a terminar de regar!" "?S¨ª, te esperamos ac¨¢!" Qu¨¦ chica tan alegre... Mientras yo analizaba el ¨¢rbol de mandarinas con mi magia, Mirella volvi¨®. "?Luciano, termin¨¦! ?Viste lo que hice? ?Soy la mejor, ?verdad?!" "S¨ª, sos incre¨ªble", respond¨ª, d¨¢ndole una palmadita en la cabeza que la hizo re¨ªrse y flotar m¨¢s alto. "Esto no habr¨ªa pasado sin vos". "?Claro que no! ?Soy la due?a de las plantas ahora!" Exclam¨®, girando en el aire como si estuviera celebrando, aunque la regadera se le cay¨®, lo que hizo escapar una risa corta de Luc¨ªa. "?Oigan, no se r¨ªan!" Pyra puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. Mirella, por supuesto, lo not¨® y se acerc¨® a ella, flotando a su altura. "?Qu¨¦ pasa, Pyra? ?Est¨¢s celosa porque mis plantas son geniales?" "No estoy celosa de nada", contest¨® Pyra, cruz¨¢ndose de brazos y girando la cara. "De todos modos, esto no es tan ¨²til si no da comida". "?Ya va a dar comida! ?Solo hay que esperar!" Insisti¨® Mirella, acerc¨¢ndose m¨¢s a ella. "Esperar no llena el hambre de los humanos", murmur¨® Pyra, y por primera vez desde que la conoc¨ªa, su tono no son¨® arrogante. Son¨®¡­ pr¨¢ctico, casi preocupado. Eso me hizo parar la oreja. Pyra no sol¨ªa hablar as¨ª. Siempre era todo ego y ''yo soy la mejor'', pero ahora parec¨ªa genuinamente interesada en que esto funcionara. Tal vez, en el fondo, s¨ª le importaba quedarse con nosotros y hacer que la isla fuera habitable... Eso es algo que ya hab¨ªa pensado antes, y ahora parece estar reflej¨¢ndose en la realidad. "Pyra tiene raz¨®n. Por ahora no hay frutos, y necesitamos comida..." Ellos no sab¨ªan que la idea m¨ªa era irnos de este lugar lo m¨¢s pronto posible. "Pero esto es un comienzo. Si el agua m¨¢gica pudo hacer esto, pronto vamos a tener algo que comer". Mirella infl¨® las mejillas, pero no le dijo nada m¨¢s a Pyra. Pyra me mir¨® un segundo, y aunque no sonri¨®, sus ojos se suavizaron un poco. Fue raro, pero por un momento sent¨ª que me estaba dando algo parecido a una aprobaci¨®n. Me acerqu¨¦ a Mirella, casi al lado de su oreja. "Mirella, necesito hablar con vos un momento". "?Qu¨¦ pasa, Luciano?" Sin responder, mir¨¦ a los dem¨¢s por encima de mi hombro. "Chicos, voy un momento hacia un ¨¢rbol que me quiere mostrar Mirella. Ya volvemos". "S¨ª, hijo. Te esperamos ac¨¢", respondi¨® Rundia, que ya estaba hablando de nuevo con Pyra. Mirella deb¨ªa saber el trasfondo de todo esto... Y tambi¨¦n deb¨ªa dejarle dicho un par de cosas para que estuviera a mi favor cuando les contara a los dem¨¢s sobre mi plan de escape. Cap铆tulo 65: Plan de escape. Hab¨ªa logrado alejarnos del grupo junto a Mirella. Tengo que decirle algunas cosas importantes. "?Cu¨¢nta agua m¨¢gica usaste para regar todo esto?" Pregunt¨¦, se?alando el terreno. "Hmm..." Puso un dedo en la barbilla, pensativa. "Como dos regaderas llenas. Fui al arroyo dos veces". "Dos regaderas¡­ ?Y notaste algo raro en el agua cuando la sacaste?" "No, estaba igual que siempre. ?Por eso funcion¨® tan bien!" "Claro..." "?Est¨¢s preocupado?" Pregunt¨® Mirella, flotando m¨¢s cerca y mir¨¢ndome con esos ojos verdes enormes. "Ahora mismo solo estoy pensando. Esto es raro... Pero bueno, solo tenemos que entenderlo mejor". "?Yo te ayudo a entenderlo!" De pronto, levant¨® la regadera vac¨ªa como si fuese una espada. "?Vamos a hacer que las plantas den frutos s¨ª o s¨ª!" Me apoy¨¦ un poco contra el tronco del ¨¢rbol que parec¨ªa ser de manzanas, mirando de reojo al grupo; solo Luc¨ªa miraba hacia ac¨¢. "Mirella, ?te acord¨¢s de ese secreto que nunca ten¨¦s que contarle a nadie?" "?S¨ª!" "?Y cu¨¢l es?" Ella se inclin¨® un poco hacia m¨ª, bajando la voz. "El de Luc¨ªa, que puede escuchar a las part¨ªculas m¨¢gicas". "Perfecto. Te quer¨ªa contar que hace poco Luc¨ªa pudo escuchar algo m¨¢s de ellas". "??En serio?!" Le tap¨¦ la boca de inmediato, aunque no pude detener ninguna de sus dos palabras. "Shhhh... No grites tanto o van a venir a ver qu¨¦ estamos haciendo". Cuando quit¨¦ mi mano, ella se movi¨® un poco, intentando que el poco grosor del tronco del ¨¢rbol tapara su peque?a figura. "Perd¨®n... Pero quiero saber qu¨¦ dijeron". "Dijeron que est¨¢n aprendiendo cosas de las plantas. Por eso es que ahora el agua m¨¢gica hace crecer los ¨¢rboles y eso, pero todav¨ªa no sabemos por qu¨¦ no hace crecer las frutas". "Eso suena incre¨ªble". "S¨ª, la verdad es que es algo incre¨ªble, pero necesito que sigas manteniendo este secreto, ?s¨ª?" "Por supuesto. No le dir¨¦ nada a nadie". Volv¨ª a mirar de reojo a los dem¨¢s; todav¨ªa estaban charlando entre ellos. "Necesito decirte una cosa m¨¢s". "?Qu¨¦ cosa?" "No s¨¦ si hoy a la noche o en estos d¨ªas les voy a intentar contar de nuevo a todos sobre la forma en la que vamos a salir de la isla y cruzar la enorme cantidad de agua". "Oh... Eso tambi¨¦n suena incre¨ªble". "Me vas a apoyar en eso, ?no? Tengo pensado usar las barreras m¨¢gicas de Aya para caminar sobre ellas". Ella asinti¨® dos veces seguidas. "?S¨ª, s¨ª! Siempre te apoyar¨¦ en todo". "?Eso significa que esta noche me vas a dejar a solas con Aya para que la convenza?" Mirella parpade¨® r¨¢pido, y su sonrisa se torci¨® un poco mientras ladeaba la cabeza. Sus manos apretaron la regadera vac¨ªa contra su pecho, como si de repente fuera lo ¨²nico que la manten¨ªa en el aire. "?Dejarlos solos? ?Qu¨¦ piensas hacerle a Aya?" Pregunt¨®, con un tono que empez¨® dulce, pero se fue cargando de sospecha. Me qued¨¦ mir¨¢ndola un segundo, con las cejas levantadas. ?Qu¨¦ carajo hab¨ªa interpretado de lo que dije? Por un momento pens¨¦ que quiz¨¢s mi frase hab¨ªa sonado mal, como si estuviera planeando algo raro con Aya. ?Tan mal me hab¨ªa explicado? "?Eh? No, no, par¨¢. No le voy a hacer nada raro a Aya. Solo quiero hablar con ella a solas, nada m¨¢s". Mirella entrecerr¨® los ojos, flotando un poco m¨¢s cerca hasta que su cara qued¨® a cent¨ªmetros de la m¨ªa. Sus mejillas estaban infladas, y ese brillo travieso en sus ojos verdes ahora ten¨ªa un toque de desconfianza. "?Hablar de qu¨¦? ?Por qu¨¦ tiene que ser a solas? ?Qu¨¦ es tan importante que no puedo estar yo?" Respir¨¦ hondo, intentando no re¨ªrme de lo exagerada que se estaba poniendo. Era t¨ªpico de ella, pero igual me pon¨ªa nervioso cuando se pon¨ªa as¨ª. No quer¨ªa que esto se convirtiera en una pelea justo ahora que necesitaba su apoyo. "Mirella, escuchame bien", dije, bajando la voz para que sonara tranquilo. "Es por lo del plan de escape. Aya me dijo una vez que ella vino del otro lado del agua. Me lo cont¨® hace poco tiempo, cuando nos hab¨ªamos salvado del agua y logramos entrar a la cueva. Ella me dijo que le ten¨ªa miedo al agua, pero ahora act¨²a como si nunca hubiera dicho eso. Necesito hablar con ella a solas para entender qu¨¦ pas¨®, para ver si realmente quiere ayudarnos". Ella se qued¨® callada un segundo, todav¨ªa mir¨¢ndome como si intentara encontrar una mentira en mis palabras. "?Y por qu¨¦ no me lo dijiste antes? ?Yo tambi¨¦n quiero saber esas cosas! Aya a veces es rara. ?Y si no te dice la verdad?" "No s¨¦ si me va a decir la verdad o no... Por eso quiero hablar con ella a solas. Si est¨¢s vos, capaz que se pone nerviosa o no suelta todo. Vos sab¨¦s c¨®mo es, Mirella. Aya es tranquila, pero a veces parece que guarda m¨¢s de lo que dice. Y si vino del otro lado del agua, tiene que saber algo ¨²til". Mirella infl¨® las mejillas otra vez, y por un segundo pens¨¦ que iba a protestar m¨¢s, pero luego solt¨® un suspiro largo y baj¨® la mirada. "Est¨¢ bien... Pero no me gusta que te quedes solo con ella. ?Y si te dice algo raro y yo no estoy para defenderte?" Solt¨¦ una risita corta, porque la idea de que Aya me hiciera algo raro era absurda. "No creo que Aya me haga nada, Mirella. Tal vez guarde alg¨²n que otro secreto, s¨ª, pero nunca he pensado que sea alguien mala. Solo quiero entenderla mejor. No te voy a dejar afuera de esto. Solo necesito este momento con ella". "Bueno... est¨¢ bien. Pero si veo que Aya se te acerca demasiado, voy a aparecer volando y le voy a tirar la regadera en la cabeza". "?Est¨¢s diciendo que nos vas a estar mirando desde alg¨²n lugar oculto?" "Mmm... No lo s¨¦". "Dale, decime que no". "?Entonces ir¨¦ a molestar a Pyra!" "Esa es la actitud", respond¨ª, ri¨¦ndome un poco. "Na, mentira. Mejor podr¨ªas charlar con ella para ver si se entienden mejor". "Puede ser..." "Ahora mejor volvamos". "S¨ª". Al acercarme a los dem¨¢s, levant¨¦ la voz para que todos me oyeran. "Bueno, nosotros ya estamos listos. Dejemos que las plantas sigan... creciendo solas un tiempo m¨¢s. Vamos a ver si dan frutos o no. Si no dan, ya pensaremos qu¨¦ hacer despu¨¦s". "Bueno, hijo. Vayamos a casa ahora". "S¨ª, mam¨¢". Cuando llegamos a la casa, Aya estaba en la puerta, esper¨¢ndonos con su yukata blanco impecable. Las gemelas estaban atr¨¢s, Suminia con un par de pescados en las manos y Samira hablando con ella. "?Qu¨¦ pas¨® all¨¢?" Pregunt¨® Aya, inclinando la cabeza mientras sus ojos anaranjados me segu¨ªan. "Hicimos crecer un mont¨®n de cosas con agua m¨¢gica". Entr¨¦ junto a los dem¨¢s, menos con Pyra, que se qued¨® fuera, y dej¨¦ el balde vac¨ªo en un rinc¨®n. "Crecieron rapid¨ªsimo, pero no hay frutos todav¨ªa". "Interesante... El agua m¨¢gica est¨¢ cambiando, ?verdad?" La mir¨¦ fijo, sorprendido. "?Vos tambi¨¦n lo notaste?" Ella asinti¨® despacio. "Mientras iba a ver a los dem¨¢s, como me pediste, pas¨¦ a investigarla y not¨¦ algo nuevo en su olor". Eso me dej¨® descolocado. Aya ten¨ªa esa naturaleza de zorro m¨ªstico que le daba una sensibilidad que los humanos no ten¨ªamos. Si ella sent¨ªa que el agua estaba cambiando, entonces no era solo una teor¨ªa loca m¨ªa y de Luc¨ªa. Algo estaba pasando de verdad. Antes de que pudiera responder, ella se acerc¨® a mi o¨ªdo. "Su olor se parece bastante al tuyo". De repente, escuch¨¦ un zumbido detr¨¢s de mi cabeza. "Aya, ?qu¨¦ le est¨¢s diciendo a Luciano?" "Nada importante, Mirella", contest¨®, y se dio media vuelta, yendo hacia las gemelas. Mirella me lanz¨® una mirada extra?a, aunque yo no le di mucha importancia en ese momento, porque lo que Aya hab¨ªa dicho era demasiado raro... ?El agua m¨¢gica teniendo mi mismo aroma? ?En serio? Ya hasta me da un poco de miedo todo esto... Esa noche, mientras todos com¨ªan los pescados que hab¨ªan cazado, yo me qued¨¦ mirando el fuego de la fogata, perdido en mis pensamientos. Las part¨ªculas, el agua, las plantas... Todo estaba conectado. Y si Aya ten¨ªa raz¨®n, si tambi¨¦n estaban cambiando su aroma a uno parecido al de mis pelos rojos, entonces no me sorprender¨ªa que en un futuro las part¨ªculas m¨¢gicas terminen vi¨¦ndome como la persona m¨¢s importante en este mundo, m¨¢s sabiendo que mencionan mi nombre constantemente. Tal vez ellas s¨ª sepan de mi conexi¨®n con Sariah... Sent¨ª un cosquilleo en los dedos, como si la magia dentro de m¨ª estuviera reaccionando a esa idea. Mir¨¦ a Pyra: estaba sentada al otro lado de la fogata, con las piernas cruzadas y el ment¨®n apoyado en una mano, tal vez aburrida porque ella no estaba comiendo nada. No hablaba mucho esta noche, pero cada tanto ella tambi¨¦n me miraba, y yo le devolv¨ªa la mirada sin saber bien por qu¨¦. "?Qu¨¦ miras tanto?" Pregunt¨® de repente, rompiendo el silencio que se hab¨ªa formado absurdamente entre nosotros. "Nada. Solo pienso". "Seguro que s¨ª", replic¨® ella, con un tono que dejaba claro que no me cre¨ªa. ?Por qu¨¦ estaba observando de nuevo a Pyra? Encima, me acabo de dar cuenta de que Luc¨ªa me est¨¢ mirando de reojo con una sonrisa demasiado amplia. Tengo que concentrarme en Aya... Voy a comer r¨¢pido y esperarla en la habitaci¨®n. *** Ahora mismo estoy sentadito al borde de la cama, con un poco de miedo porque no s¨¦ d¨®nde se meti¨® Mirella. Supongo que se fue a la pieza de Pyra, como hab¨ªamos quedado antes. Tengo el peine de oro en mis manos... Supongo que es una buena idea hablarle de todo eso mientras le peino las colas. Lo gir¨¦ para todos lados, observ¨¢ndolo detenidamente hasta que la puerta de madera se movi¨®. Levant¨¦ la vista justo cuando Aya entr¨®. Su yukata blanco parec¨ªa absorber la luz de la habitaci¨®n, y sus colas pomposas se mov¨ªan despacio detr¨¢s de ella, chocando contra el marco de la puerta. Me mir¨® con esos ojos anaranjados que siempre parec¨ªan ver m¨¢s de lo que yo quer¨ªa mostrar y luego cerr¨® la puerta. "?Ya te estabas por ir a dormir?" "No. En realidad, te estaba esperando". Ella parpade¨® r¨¢pido, sorprendida, pero no dijo nada de entrada. Camin¨® despacio hasta el borde de su cama y se sent¨® frente a m¨ª, poniendo las manos sobre sus rodillas con esa elegancia natural que siempre me dejaba medio hipnotizado. Sus ojos recorrieron la habitaci¨®n, observando a sus costados, y supe de inmediato qu¨¦ estaba pasando por su cabeza. "Mirella no est¨¢ ac¨¢ ahora", dije antes de que ella preguntara, manteniendo la voz firme para que no sonara como algo sospechoso. Aya asinti¨® levemente, y luego me mir¨® fijo. "?Qu¨¦ quer¨ªas hablar conmigo?" Sonre¨ª un poco, levantando apenas el peine en el aire y d¨¢ndole vueltas entre los dedos. "Antes que nada... ?Quer¨¦s que te peine las colas? Se te ven un poco enredadas despu¨¦s de todo el d¨ªa". Ella me mir¨® un segundo, como si intentara descifrar si hab¨ªa algo m¨¢s detr¨¢s de esa oferta tan tentadora, pero termin¨® sonriendo un poco. This story has been unlawfully obtained without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. "Est¨¢ bien. Eso siempre me tranquiliza". Se gir¨® con un movimiento fluido, poni¨¦ndose de rodillas sobre la cama y d¨¢ndome la espalda. Sus colas se alzaron un poco, cayendo justo frente a m¨ª, y el aroma dulce que siempre llevaba consigo me peg¨® de lleno. Era como flores mezcladas con algo que no pod¨ªa identificar, algo que me recordaba al bosque despu¨¦s de una lluvia. Tom¨¦ el peine y empec¨¦ a pasarlo por la primera cola que mi mente dijo que era la mejor. Lo hice espacio, dejando que los dientes dorados se deslizaran por el pelaje blanco. Era suave, como siempre, y mis dedos rozaron la superficie mientras trabajaba, sintiendo c¨®mo se relajaba bajo mi tacto. "As¨ª est¨¢ bien, ?no?" Pregunt¨¦, manteniendo el tono ligero mientras segu¨ªa peinando, dejando que mis manos jugaran un poco m¨¢s de lo necesario, rozando de vez en cuando la base de las colas con las yemas de los dedos. "S¨ª. Es agradable, como siempre", respondi¨® ella, y not¨¦ c¨®mo su voz se suavizaba, casi como si estuviera a punto de cerrar los ojos. Me puse de puntas de pie y me inclin¨¦ un poco m¨¢s cerca de ella, aunque sin querer me aspir¨¦ algunos pelos sueltos. "Sab¨¦s, Aya, estaba pensando en algo importante. En el plan para salir de la isla. Vamos a necesitar tu ayuda... Aunque ya lo sab¨ªas". Le corr¨ª un poco las colas, parando de peinar y concentr¨¢ndome en susurrarle al o¨ªdo. "Esas barreras m¨¢gicas tuyas¡­ podr¨ªan terminar siendo perfectas para cruzar el agua. Imaginate, todos caminando sobre ellas, dejando este lugar atr¨¢s y comenzando una nueva vida. Vos nos vas a ayudar con eso, ?no?" "Luciano, sobre eso..." Puse r¨¢pidamente una mano en su hombro. "No hace falta que lo imagines ni lo pienses ahora, porque ya s¨¦ que la ¨²ltima vez tuviste malos recuerdos. Solo quiero saber si puedo contar con vos para hacer esto dentro de poco". Ella se qued¨® quieta un momento, pero no gir¨® la cabeza. Sus colas temblaron levemente bajo mis manos, como si la idea la hubiera tocado m¨¢s de lo que esperaba. "S¨ª", dijo al fin, con voz baja. "En realidad, nunca dud¨¦ en ayudarlos, solo que necesitaba un poco de tiempo para intentar superar el dolor. Pero s¨ª, mis barreras deber¨ªan de poder sostenernos a todos". Sonre¨ª, dejando que el peine volviera a deslizarse por el pelaje, pein¨¢ndola con suavidad. "Sos incre¨ªble, Aya. Sab¨ªa que pod¨ªa contar con vos. Pero... una cosa. ?No ten¨¦s miedo del agua? Porque vamos a estar rodeados de ella, y no quiero que te sientas mal o algo por el estilo". Ella gir¨® la cabeza apenas, lo justo para mirarme de reojo. "?Miedo del agua? ?Por qu¨¦ tendr¨ªa miedo del agua?" Uh... ?En serio estaba diciendo eso? Recordaba clarito lo que me hab¨ªa contado en la cueva, despu¨¦s del tsunami. C¨®mo se hab¨ªa aferrado a m¨ª, temblando, diciendo que el agua la pon¨ªa mal, que ella ven¨ªa del otro lado. Y ahora actuaba as¨ª, como si nada. ?Me estaba tomando el pelo o realmente lo hab¨ªa olvidado? "Eh¡­ No s¨¦. Solo pens¨¦ en eso porque una vez me dijiste algo sobre el agua. No quiero que te sientas inc¨®moda cuando pasemos por encima del agua". "?Que te dije qu¨¦ cosa?" Dej¨¦ r¨¢pidamente una bola de pelo sobre el suelo. Esto ya me estaba poniendo nervioso. "?No te acord¨¢s? Cuando nos salvamos del agua al entrar en la cueva y despu¨¦s vos me dijiste de repente que ven¨ªas del otro lado del agua". Aya se gir¨® un poco m¨¢s, pero sin perder esa calma que siempre la envolv¨ªa como un manto. Sus colas dejaron de moverse bajo mis manos, qued¨¢ndose quietas. El peine se me qued¨® trabado en un nudo peque?o, y lo dej¨¦ ah¨ª, suspendido, mientras intentaba descifrar qu¨¦ estaba pasando. "?Del otro lado del agua?" Sus cejas blancas se alzaron apenas, y una leve arruga se form¨® en su frente, como si estuviera genuinamente confundida. "Luciano, no recuerdo haber dicho algo as¨ª. ?Est¨¢s seguro de que no lo escuchaste en un sue?o?" Esto parec¨ªa ya surreal. Saqu¨¦ el peine dorado de entre sus colas y lo dej¨¦ sobre la cama, que en realidad solo era madera sin colch¨®n, con un movimiento m¨¢s brusco de lo que pretend¨ªa. ?So?arlo? ?En serio estaba diciendo eso? Me cruc¨¦ de brazos, inclin¨¢ndome un poco hacia atr¨¢s para mirarla mejor. "?So?arlo? Aya, no estoy inventando nada. Fue en la cueva, despu¨¦s del tsunami. Estabas toda asustada, temblando como loca, y me dijiste clarito que ven¨ªas del otro lado del agua, que te daba miedo. ?C¨®mo me voy a inventar algo tan espec¨ªfico?" Ella lade¨® la cabeza, y esa leve sonrisa que hab¨ªa estado llevando desde que comenc¨¦ a peinarla se torci¨® un poco, como si estuviera conteniendo algo. Sus manos, que hasta ahora hab¨ªan estado quietas sobre sus rodillas, se apretaron ligeramente contra la tela de su yukata. "Luciano, con todo el respeto que te tengo, creo que est¨¢s confundiendo las cosas. S¨ª, estaba en la entrada de la cueva contigo en ese momento, pero no recuerdo haber dicho nada de eso. Tal vez estabas agotado por usar tanta magia o el miedo te hizo escuchar cosas que no eran. Yo s¨¦ exactamente que t¨² simplemente cerraste la entrada y te fuiste hasta abajo de la cueva, donde estaban los dem¨¢s". "?Que el miedo me hizo escuchar cosas? Aya, vos sos la que est¨¢ equivocada. Me acuerdo perfecto de c¨®mo me lo dijiste, agarr¨¢ndome la mochila, con esa cara de p¨¢nico que no te vi nunca antes. No me vengas con que me lo imagin¨¦, porque no soy tan idiota como para inventar cosas as¨ª". Ella entrecerr¨® los ojos, apenas un poco. Sin embargo, fue suficiente para que notara el cambio. Su postura segu¨ªa impecable, elegante como siempre, pero hab¨ªa una tensi¨®n en sus hombros que no estaba ah¨ª antes. "No estoy diciendo que seas idiota, Luciano. Solo digo que quiz¨¢s malinterpretaste lo que pas¨®. Estaba agotada, s¨ª, y la gran cantidad de agua que vino fue horrible para todos, pero no tengo memoria de haberte dicho algo tan¡­ fuera de lugar. Si insistes en que lo hice, entonces tal vez deber¨ªas preguntarte por qu¨¦ est¨¢s tan seguro de algo que yo no recuerdo". Mientras hablaba, su voz segu¨ªa siendo tranquila, aunque hab¨ªa un filo sutil, como una daga escondida bajo seda. "?Por qu¨¦ no le preguntas a alguien m¨¢s si eso que dices sucedi¨®?" Insisti¨®. "Porque solo est¨¢bamos nosotros dos..." No respondi¨®. Me qued¨¦ mir¨¢ndola, con la mand¨ªbula apretada. ?Por qu¨¦ estaba tan segura de que yo era el que ment¨ªa? Esto no era una idiotez que se me pod¨ªa haber mezclado en la cabeza. Yo sab¨ªa lo que hab¨ªa escuchado, y verla a ella actuando como si nada me estaba poniendo los nervios de punta. Inclin¨¦ mi cabeza hacia delante, se?al¨¢ndola con un dedo, aunque sin alzarlo demasiado. "Aya, voy a ser bien claro: no estoy confundiendo nada. Me lo dijiste, solo que ahora parece que quer¨¦s borrarlo como si nunca hubiera pasado. ?Qu¨¦ pasa? ?No quer¨¦s que sepa de d¨®nde ven¨ªs o qu¨¦?" Ella respir¨® hondo, y sus colas se alzaron un poco, como si estuvieran reaccionando a mi tono. Cuando volvi¨® a hablar, su voz segu¨ªa baja, pero hab¨ªa un dejo de fastidio que no pod¨ªa esconder del todo. "Luciano, no estoy borrando nada. Si no lo recuerdo, es porque no lo dije. Y si crees que te estoy ocultando algo, entonces est¨¢s viendo cosas donde no las hay. No aprecio que insin¨²es que miento, especialmente cuando siempre he sido sincera contigo". "?Sincera? Vos solo est¨¢s jugando conmigo, me parece". Aya gir¨® del todo hacia m¨ª, y sus ojos se clavaron en los m¨ªos. "No estoy jugando contigo, Luciano. No tengo motivos para ocultarte nada, y me ofende que pienses que te trato como a un tonto. Solo digo que, si alguien est¨¢ mintiendo aqu¨ª, no soy yo". "?Ah, bueno! ?Lo ¨²ltimo que me faltaba ahora, que me trataran de mentiroso!" De la nada, Mirella entr¨® volando como un torbellino por la ventana. Sus ojos verdes iban de m¨ª a Aya como si estuviera escaneando nuestras expresiones. "?Oigan, no peleen!" Exclam¨®, flotando entre nosotros con los brazos abiertos, como si quisiera separar una pelea de pu?os que no exist¨ªa. "?Los escuch¨¦ desde afuera! ?No se enojen, por favor!" Me qued¨¦ con el dedo todav¨ªa apuntando a Aya y la boca entreabierta. ?Ella estaba afuera? ?Entonces esta hadita s¨ª nos estaba espiando? Seguro que hab¨ªa estado escuchando todo mientras estaba escondida detr¨¢s de la ventana. ?Cu¨¢nto hab¨ªa o¨ªdo? ?Lo del agua? ?La discusi¨®n entera? Mi mente se la imagin¨® pegada al marco, con la oreja contra la madera... "?No quiero que se peleen! ?Somos amigos, ?no?!" Insisti¨®, girando la cabeza de un lado a otro para mirarnos a ambos. Aya relaj¨® los hombros, soltando un suspiro leve pero audible, y volvi¨® a sentarse derecha, alis¨¢ndose el yukata con las manos como si quisiera borrar el momento entero. "No estamos peleando, Mirella. Solo est¨¢bamos hablando". "S¨ª, claro... No pasa nada, Mirella. Solo fue un malentendido". Lo ¨²nico que sab¨ªa con certeza era que esto arruinaba mis planes... *** Tuvieron que pasar siete d¨ªas para que la tensi¨®n entre Aya y yo se disipara por completo, aunque todav¨ªa no s¨¦ muy bien qu¨¦ le pas¨® a ella como para que la situaci¨®n terminara as¨ª. Supongo que mientras ella nos ayude, deber¨¦ dejar de lado ese tema. Al menos hasta que a ella se le ocurra querer contarme algo, porque forzarla a hablar no va a funcionar, y con el plan de escape casi en marcha, necesito que est¨¦ de mi lado, no en mi contra. Tambi¨¦n logr¨¦ contarles a todos sobre el plan de escape. Y si bien aceptaron, mis padres me dijeron que todav¨ªa no quieren irse, no hasta saber qu¨¦ suceder¨¢ con los ¨¢rboles crecidos con agua m¨¢gica. Pero no todo es color de rosa; la maldici¨®n del Rey Demonio est¨¢ empeorando, y ya no puedo ignorarlo. Antes de ayer, Rundia me llam¨® a la sala principal con esa cara de preocupaci¨®n que pone cuando algo no le cierra. "Hijo, ?viste cu¨¢ntos pelos hay por la casa?" Me pregunt¨®, sosteniendo un mech¨®n casta?o entre los dedos como si fuera una prueba de un crimen. No supe qu¨¦ contestarle, as¨ª que me hice el tonto y le dije que capaz se me hab¨ªa enganchado en alguno de los ¨¢rboles que hab¨ªamos plantado y que el viento los estaba trayendo adentro. Pero no se lo crey¨®, lo vi en sus ojos. Despu¨¦s fue Rin, que mientras com¨ªamos pescado me mir¨® raro y me solt¨®: "?Qu¨¦ te pasa en la ceja, Luciano? Parece que te falta un pedazo". Intent¨¦ re¨ªrme y respond¨ª que me hab¨ªa rascado fuerte sin darme cuenta, pero ¨¦l no es de los que se tragan cualquier excusa. Y ayer, hasta Samira, la dulce y tierna Samira, me pregunt¨® por qu¨¦ hab¨ªa pelos m¨ªos sobre la mesa. "Los vi tirados ah¨ª, Luciano, ?est¨¢s bien?" Dijo con una vocecita temblorosa que me hizo sentir como un monstruo por mentirle. Luc¨ªa y Mirella no han dicho nada, claro. Ellas saben de la maldici¨®n. Les ped¨ª que no dijeran una palabra, y hasta ahora cumplieron. Luc¨ªa me mira con esa mezcla de l¨¢stima y complicidad que solo ella puede tener, como si quisiera decirme algo, pero no encuentra las palabras. Mirella, en cambio, hace como si nada, flotando a mi alrededor con su risa y sus bromas, aunque a veces la miro mir¨¢ndome el pelo con disimulo. Pero los dem¨¢s... los dem¨¢s no saben, y cada vez lo notan m¨¢s. Me observan como si me estuviera pasando algo malo, como si algo en m¨ª estuviera rompi¨¦ndose y ellos no pudieran entender qu¨¦ es. Por eso adopt¨¦ esta forma de dormir con la que estoy ahora, tan recta que parece que estoy muerto. No me muevo, no me doy vuelta, nada. Me acuesto mirando el techo, con los brazos pegados al cuerpo y las piernas estiradas, como si cualquier movimiento fuera a arrancarme lo poco que me queda de pelo. Pero no es solo el pelo lo que me est¨¢ matando: es el cuello. Cada ma?ana me despierto con un dolor que me sube desde los hombros hasta la nuca, como si alguien me hubiera estado apretando el pescuezo toda la noche. Al principio era soportable, pero ahora es un pinchazo constante que no se va del todo ni con el agua m¨¢gica del arroyo. Me paso el d¨ªa girando la cabeza despacio, como si tuviera miedo de que se me parta, y cada vez que alguien me habla, tengo que girar todo el cuerpo para mirarlo porque el cuello no me da para m¨¢s. No solo cambi¨¦ mi postura, sino que tampoco me puedo lavar el pelo ni toda la cara... No s¨¦ si puedo aguantar m¨¢s. No puedo seguir as¨ª, fingiendo que todo est¨¢ bien mientras voy perdiendo parte de mi cuerpo. La maldici¨®n me est¨¢ comiendo vivo, y aunque el plan de escape sigue en pie, aunque Aya ya dijo que nos va a ayudar con sus barreras, siento que no voy a llegar a ese momento de la misma manera en la que estoy ahora. Y lo peor es que no s¨¦ cu¨¢nto tiempo me queda antes de que los dem¨¢s empiecen a hacer preguntas que no puedo esquivar, y si Rundia o Rin se enteran, si se dan cuenta de que esto fue culpa del Rey Demonio y no por una tonter¨ªa que pueda inventarme, todo se puede llegar a venir abajo. Si soy sincero, estoy realmente harto. Harto de despertarme con el cuello hecho mierda, harto de ver pelos en el suelo y sobre la cama como si fueran migajas de lo que soy, harto de todav¨ªa tener la maldita presencia del hijo de mil puta del minotauro en mi cuerpo. Si el plan de escape se arruina por esto, si tengo que contarles todo y se arma un quilombo... ?Qu¨¦ hago? *** Han pasado unos d¨ªas y Luc¨ªa me dijo que me esperaba en el arroyo, que ten¨ªa algo que darme para ayudarme con el tema de la maldici¨®n. No s¨¦ qu¨¦ carajos tiene en mente, pero viendo que los frutos siguen sin crecer, cualquier cosa puede ayudarme en este momento. Me la encontr¨¦ escuchando las part¨ªculas, con la cabeza ladeada hacia el agua. "Hola, mami". "Ah, hola", respondi¨®, levant¨¢ndose del suelo y pas¨¢ndose las manos por las rodillas para limpiarse la tierra. "No te sigui¨® nadie, ?no?" "No, nadie". "Bien". "?Te dijeron algo las part¨ªculas?" "M¨¢s o menos..." Ella mir¨® hacia otro lado, y en ese momento me di cuenta de que su semblante no era el mismo de siempre. "?Ah, cierto! Te hab¨ªa llamado ac¨¢ para darte una cosa". Sin esperar mi respuesta, camin¨® hacia uno de los ¨¢rboles cercanos, uno de esos que hab¨ªan sobrevivido al tsunami. La segu¨ª con la mirada, curioso, mientras ella se pon¨ªa de puntas de pie frente a ¨¦l. De pronto, sac¨® algo desde el otro lado del tronco con las dos manos y me mir¨® con una expresi¨®n que intentaba ser alegre, pero no le sal¨ªa del todo. "Tom¨¢", dijo, acerc¨¢ndose y extendi¨¦ndome lo que ten¨ªa. Era un sombrero, pero no uno cualquiera. Estaba hecho de hojas trenzadas, como si hubiera pasado horas teji¨¦ndolas con cuidado para que tomaran la forma de un sombrero. Las hojas eran de un verde intenso y el trenzado era tan prolijo que casi no pod¨ªa creer que lo hubiera hecho ella sola. Lo agarr¨¦ con las dos manos, gir¨¢ndolo para verlo mejor. "Wow, mami... Esto es incre¨ªble". No estaba mintiendo, era una obra de arte, algo que en mi vida anterior habr¨ªa sido un accesorio de lujo para algunas vacaciones en una... isla tropical. "?Viste? Mam¨¢ sabe de estas cosas". Me lo puse despacio, ajust¨¢ndolo sobre la cabeza, y sent¨ª c¨®mo las hojas frescas rozaban mi frente. Por un segundo, olvid¨¦ el dolor del cuello y la ca¨ªda del pelo. "Gracias, de verdad. Te qued¨® genial". Ella sonri¨®, pero fue una sonrisa chiquita, casi inexistente. "Me alegra que te guste". Me acerqu¨¦ al arroyo y me mir¨¦ en el reflejo del agua, aunque mi cara se entrecortaba por la mugre y algunas hojas que pasaban flotando. El sombrero me quedaba bien, aunque tapaba toda la parte superior, donde s¨ª ten¨ªa pelo. "?No cre¨¦s que pareciera que estoy pelado as¨ª?" "No, te queda bien". Pero entonces el pinchazo en el cuello volvi¨®, record¨¢ndome por qu¨¦ estaba ac¨¢. Suspir¨¦ y me gir¨¦ hacia ella. "Est¨¢ buen¨ªsimo, mami, en serio, pero... esto no me va a ayudar con lo de dormir, que es lo que m¨¢s me est¨¢ jodiendo ahora. Me despierto con el cuello hecho mierda, como si estuviera todo duro". Luc¨ªa baj¨® la mirada un segundo, y cuando volvi¨® a levantarla, hab¨ªa algo serio en su expresi¨®n, algo que no le ve¨ªa seguido. "Aguant¨¢ un poco m¨¢s, hijo. Estoy intentando buscar una soluci¨®n, te lo prometo. Esto del sombrero es solo... algo para que no te sientas tan mal mientras tanto". Me dijo hijo y no hermano mayor... Asent¨ª despacio, aunque por dentro no estaba tan seguro de poder aguantar mucho m¨¢s. "?Una soluci¨®n? ?Qu¨¦ ten¨¦s en mente?" Pregunt¨¦, ajust¨¢ndome el sombrero con una mano mientras la miraba fijo. Ella no contest¨® de inmediato. En vez de eso, se agach¨® y agarr¨® una hoja suelta de entre la hierba, jugueteando con ella entre los dedos. "No s¨¦ todav¨ªa. Las part¨ªculas me est¨¢n diciendo cosas... Cosas raras. Solo necesito un poco m¨¢s de tiempo para entenderlas". Hizo una pausa y me mir¨® de reojo. "Por cierto, los dem¨¢s te van a preguntar si ellos pueden tener algo as¨ª, como tu sombrero. Est¨¢ lindo, ?no? Van a querer uno". Solt¨¦ una risita corta, aunque el cuello me castig¨® por el movimiento. "?En serio? ?Van a ponerse celosos por un sombrero de hojas?" "Seguro", dijo ella, y por un segundo su voz tuvo un dejo de la Luc¨ªa traviesa de siempre... ?O solo estaba actuando? "As¨ª que vas a tener que hacerles ropas nuevas para disimular tu cambio de look. Pod¨¦s usar los pelos de las colas de Aya, como hiciste con tu remera y tu bermuda. Mezclalo con las bayas que tenemos guardadas y listo". Mir¨¦ mi ropa actual: la remera verde y la bermuda del mismo color, hechas con el pelaje blanco que hab¨ªa salido de peinar tantas veces a Aya y te?idas con jugo de bayas verdes. Era primitivo, pero a m¨ª me gustaba, y ahora con el sombrero parec¨ªa un poco m¨¢s¡­ completo, supongo. M¨¢s que el ni?o de oro, ahora era el ni?o de verde. "Ten¨¦s raz¨®n, hasta combina con el color de mi ropa". Levant¨¦ la vista para mirarla otra vez y fue entonces cuando lo vi: sus ojos estaban brillando m¨¢s de lo normal, y no era por la poca luz del sol que se colaba entre los ¨¢rboles, sino por las l¨¢grimas que se le acumulaban en silencio. No dec¨ªa nada, no hac¨ªa ruido, pero ah¨ª estaban, corriendo despacio por sus mejillas mientras apretaba esa hoja como si fuera lo ¨²nico que la manten¨ªa en pie. Me acerqu¨¦ r¨¢pidamente a ella. "?Mami...? ?Por qu¨¦ est¨¢s llorando? ?Qu¨¦ pasa? ?Por qu¨¦ te sent¨ªs mal?" Ella parpade¨® r¨¢pido, como si quisiera esconder las l¨¢grimas, pero no pudo. Solt¨® la hoja al suelo y se empez¨® a intentar secar las l¨¢grimas torpemente con las palmas de sus manos. "No me gusta verte as¨ª, hijo. No me gusta que te est¨¦s¡­ desgastando en silencio, sin que nadie pueda ayudarte¡­ M¨¢s sabiendo que vos siempre ayud¨¢s a todos", respondi¨®, con su voz saliendo baja, temblorosa, casi rota. "?Por qu¨¦ no puedo ayudarte a mejorar?" Me qued¨¦ mir¨¢ndola, con la boca entreabierta, mientras intentaba procesar lo que acababa de decir. ?Desgast¨¢ndome en silencio? Claro que estaba cansado, claro que la maldici¨®n me estaba quitando una parte del cuerpo con el pasar del tiempo, pero siempre pens¨¦ que lo llevaba bien, que lo escond¨ªa m¨¢s o menos bien. Al menos lo suficiente como para que los dem¨¢s no se preocuparan a tal punto de llorar. Pero mi mam¨¢... ella lo ve¨ªa todo.