《Crónicas de Sunno: La puerta de la Serpiente [Español / Spanish]》 01 - La mala Fortuna. La tranquilidad de la noche se vio interrumpida por el fren¨¦tico galope del caballo. La montura atravesaba el bosque a toda velocidad, clavando los cascos en la tierra del camino y levantando piedras y polvo a su paso. Alaric le espoleaba y jaleaba, para que corriera lo m¨¢s r¨¢pido de lo que fuese capaz. Las ramas pasaban fugaces a su lado y el viento levantaba su capa como si fueran las alas de un cuervo que quisiera emprender el vuelo. Aunque la noche era clara, bajo la luz de Las Damas, todo a su alrededor no era m¨¢s que un borr¨®n difuso y oscuro. El viento g¨¦lido le forzaba a entrecerrar los ojos, y ya empezaba a cuestionarse si hab¨ªa tomado el desv¨ªo correcto. Ech¨® la vista atr¨¢s, para comprobar d¨®nde estaban sus compa?eros. A unas cincuenta varas, le segu¨ªa Verruga, montando su veloz yegua blanca. M¨¢s lejos a¨²n, como al doble, divis¨® la figura de Cangrejo. Su caballo era grande y fuerte, casi un destrero, pero m¨¢s lento tambi¨¦n, e iba perdiendo terreno. La persecuci¨®n se alargaba demasiado, aunque al fin, mientras zigzagueaba a trav¨¦s los ¨¢rboles, consigui¨® divisar los reflejos del r¨ªo, lanz¨¢ndose hacia la construcci¨®n de madera que se intu¨ªa entre el follaje. Salt¨® al interior de la barcaza, casi desmontando sobre la marcha. Para cuando el caballo de Verruga lleg¨®, ya estaba girando el cabrestante, intentando alejarse de la orilla. La montura de Cangrejo tuvo que hacer un salto m¨¢s largo para salvar la distancia, estando a un pelo de salirse por el impulso. ¡ª?Verruga, c¨²brenos! ¡ªgrit¨® Alaric al muchacho, mientras giraba el mecanismo lo m¨¢s r¨¢pido que le permit¨ªan sus agotados brazos. El joven sac¨® r¨¢pidamente un frasco del morral, y verti¨® su oleoso contenido al r¨ªo. Al momento, el agua empez¨® a burbujear, y una densa niebla comenz¨® a alzarse entre ellos y el dique. Alcanzaron a o¨ªr los caballos de sus perseguidores desliz¨¢ndose por el terrapl¨¦n, y a los soldados, descabalgar. De repente, un dardo pas¨® zumbando junto a la oreja de Alaric, clav¨¢ndose en la barandilla. ¡ª?Agachaos! ?Disparan a ciegas, pero disparan, los desgraciados! ¡ªgrit¨® a sus compa?eros, a la vez que una andanada de dardos surg¨ªa de entre la neblina, directo hacia ellos. ¡ªMierda, ?qu¨¦ ha salido mal? ¡ªgimi¨® Verruga, con su voz inmadura de adolescente, mientras algunos proyectiles se incrustaban en la cubierta con golpes sordos. ¡ªPues ni idea, muchacho ¡ªrespondi¨® Cangrejo con su vozarr¨®n ronco, que contrastaba con la del joven ¡ª. Se supon¨ªa que solo habr¨ªa tres o cuatro guardias en el castillo, ?no toda una jodida guarnici¨®n! Por los diablos que casi no lo contamos. Ese Conde tiene m¨¢s soldados que el Rey ¡ªcontinu¨®, relevando a Alaric del cabrestante. This book is hosted on another platform. Read the official version and support the author''s work. Alaric se sent¨®, con el coraz¨®n latiendo a¨²n con rapidez, como un tambor tocando a rebato. Se fij¨® en c¨®mo el fornido hombret¨®n giraba la manivela a toda velocidad. Era tan fuerte que se bastaba ¨²nicamente de su brazo derecho. Aunque tampoco ten¨ªa otra opci¨®n, pues la pinza de hierro que llevaba en vez de mano izquierda no le resultaba de mucha ayuda para la ocasi¨®n. Volvieron a escuchar el restallar de las ballestas, mientras los virotes desgarraban la niebla una vez m¨¢s. Pero todos golpearon el agua, sin precisi¨®n alguna. Sonri¨® confiado. Estaban ya demasiado lejos, y la bruma segu¨ªa extendi¨¦ndose por la orilla. El alquimista no hab¨ªa mentido. Una nube densa y duradera en un solo frasco. No sol¨ªa confiar en vendedores que promet¨ªan milagros al peso, pero esta vez tuvo que reconocer que fueron los tres reales de plata mejor invertidos, en mucho tiempo. Cangrejo segu¨ªa accionando la manivela, y con cada giro, la barcaza se alejaba algo m¨¢s, guiada por las gruesas maromas que cruzaban el r¨ªo de lado a lado. Alaric se permiti¨® relajarse un poco al fin, y reflexionar sobre todo lo sucedido en el castillo. Result¨® ser relativamente f¨¢cil acceder a los aposentos del Conde y abrir el relicario, donde se encontraba el medall¨®n, tal como le dijeron. Pero, inexplicablemente, los guardias empezaron a surgir por todas partes. Consiguieron escapar precipitadamente, sin ni siquiera haber podido aumentar un poco el bot¨ªn con alguna otra pieza de valor. ¡ªPalillo¡ Sus pensamientos fueron interrumpidos al escuchar el leve gemido tras ¨¦l. Se gir¨® para comprobar si Verruga estaba bien. El muchacho respiraba aceleradamente, sentado contra la barandilla. Se agarraba la pierna, con la cara contra¨ªda por el espanto. Del muslo asomaba un penacho de plumas, y unas gotas de sangre empezaban a salpicar la madera de la cubierta. Ya era mala suerte, el ¨²nico dardo que consigui¨® llegar, le hab¨ªa dado. Se puso a su lado de un salto, y se quit¨® el cintur¨®n para hacer un torniquete. ¡ªCalma, muchacho. No parece grave. D¨¦jame ver. Vaya, vaya¡ Qu¨¦ mala pata, ?eh¡? ¡ªle dijo con una sonrisa forzada, tratando de infundirle valor. Verruga no sonre¨ªa. ¡ª?Vamos, Verruguilla, eso no es nada! ?Al menos no te han dado en la tercera pierna! ¡ªdijo Cangrejo, intentando animarle, con su voz ronca de aserradero. Tampoco pareci¨® funcionar. En la orilla, oyeron a los guardias maldecir y montar de nuevo, march¨¢ndose al galope. ¡ª?Lo ves? Ya no tienen nada que hacer. El puente m¨¢s cercano debe estar al menos a una legua. Para cuando lleguen, nosotros estaremos muy lejos de aqu¨ª ¡ªle dijo Alaric tratando de reconfortar al joven, mientras apretaba el cintur¨®n en la pierna ¡ª. No te preocupes por esto, es menos de lo que parece. Ha entrado de refil¨®n y no ha tocado hueso, ahora en la orilla te arreglamos. ?Has tenido mucha suerte! ¡ª?Suerte? ¡ªconsigui¨® decir el muchacho, con media sonrisa ¡ª. Como esta sea la fortuna que me toca, apa?ado voy. Los tres rieron, y despu¨¦s, se quedaron en silencio el resto del trayecto, atentos a cualquier ruido. Pero los ¨²nicos sonidos que se escuchaban eran el suave discurrir del agua, la respiraci¨®n fuerte de los caballos y el repiqueteo met¨¢lico del trinquete. 02 - Hermanas. The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. 03 - Hechicera. Stolen from its rightful author, this tale is not meant to be on Amazon; report any sightings. 04 - El amuleto. You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author. 05 - El Conde. El joven estudiaba con detenimiento el movimiento de los soldados, desde la terraza del sal¨®n principal. Algunos descabalgaban en el patio del castillo. Otros hablaban entre ellos de forma jovial, de camino al comedor. Unos pocos se dirig¨ªan a los barracones a descansar. Los mozos se afanaban en recoger los caballos, para conducirlos a las caballerizas, y el armero iba contabilizando ballestas, cascos, espadas y escudos, seg¨²n se los iban dejando a su ayudante. El castellano corr¨ªa de un lado para otro, dando ¨®rdenes a todo el mundo, e intentando organizar el barullo que se hab¨ªa montado con el regreso de los guardias. All¨¢ arriba, corr¨ªa el viento fr¨ªo y h¨²medo de la noche, pero no parec¨ªa importarle. Vest¨ªa solo una camisa blanca, por fuera de las calzas oscuras, y su larga cabellera rubia se mec¨ªa con la brisa nocturna. Mientras observaba el animado ajetreo del patio, la puerta del sal¨®n se abri¨® pesadamente, y por ella entr¨® el capit¨¢n de la guardia, dando grandes zancadas. Este busc¨® r¨¢pidamente con la mirada, hasta que vio al joven asomado fuera. Se acerc¨® a la entrada de la terraza con paso r¨¢pido y firme, para detenerse y cuadrarse frente a ¨¦l de forma marcial. ¡ªMi Se?or, hemos procedido de acuerdo con vuestras ¨®rdenes. Los ladrones han escapado con la copia ¡ªanunci¨® el capit¨¢n, con voz potente y orgullosa. El muchacho regres¨® al sal¨®n, dejando la puerta de vidriera abierta. Iba descalzo, pero no parec¨ªa importarle el fr¨ªo suelo de piedra multicolor. El viento que entraba hac¨ªa ondear suavemente los tapices que cubr¨ªan las paredes. Tapices que contaban historias de antiguas haza?as y lejanas batallas, que ya nadie se molestaba en recordar. Sirvi¨® licor en dos finas copas de cristal y ofreci¨® una al capit¨¢n, invit¨¢ndolo a sentarse junto a la enorme chimenea que caldeaba la estancia. ¡ªGracias, mi Se?or ¡ªdijo el hombre, aceptando con una formal reverencia y esperando cort¨¦smente a que el joven tomara asiento primero ¡ª. Como ordenasteis, tambi¨¦n hemos mandado a los esp¨ªas. Nos informar¨¢n de cualquier movimiento que hagan esos rufianes. El joven continu¨® en silencio, observando al guardia. El capit¨¢n, algo inc¨®modo, se reclin¨® en la silla, fijando la mirada en la copa. ¡ªMe alegra o¨ªr que todo ha salido bien, Kracio ¡ªdijo al fin, con una voz dulce y condescendiente ¡ª. Espero que no hayan sufrido da?o alguno. No me inquieta mucho un par de ladronzuelos, ya acabar¨¢n colgados en cualquier otro sitio. Lo importante para m¨ª es saber qui¨¦n es el interesado en adquirir el amuleto. ¡ªDesde luego, mi Se?or. Mis hombres ten¨ªan instrucciones muy claras de no disparar a dar. ¡ªBien, bien¡ El joven volvi¨® a quedarse callado, contemplando el danzar de las llamas en la chimenea. Solo se escuchaba el crepitar de la le?a, acompa?ado por el ulular del fr¨ªo viento que entraba por la terraza, y los amortiguados sonidos procedentes del patio. El capit¨¢n, sin saber muy bien que hacer, desvi¨® la mirada hacia las toscas ¨¢guilas esculpidas que flanqueaban la chimenea, mientras se atusaba el poblado bigote. El artista que tall¨® la piedra parec¨ªa que no hab¨ªa visto muchas ¨¢guilas en su vida, pues la cabeza era desproporcionadamente grande, el pico demasiado peque?o, y los ojos se asemejaban m¨¢s a los de una persona que a los de un ave. Despu¨¦s, fij¨® la vista en la panoplia que adornaba la parte superior. Un escudo decorado con el emblema familiar, el ¨¢guila rampante de oro sobre campo de azur, y cruzando por detr¨¢s, dos espadas bastardas, que el joven Conde siempre insist¨ªa en que deb¨ªan estar bien aceitadas y afiladas. Y coronando el conjunto, un yelmo de torneo adornado con una cresta de plumas rojas. De repente, rompiendo el inc¨®modo silencio, el joven pareci¨® volver a darse cuenta de su presencia, como si ya se hubiera olvidado de que estaba all¨ª. ¡ªKracio, ?a qu¨¦ esperas? Puedes retirarte. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. ¡ªS¨ª, mi Se?or¡ Buenas noches ¡ªrespondi¨® el capit¨¢n, levant¨¢ndose con una reverencia y abandonando la estancia con rapidez, aliviado. Ni siquiera hab¨ªa probado el licor. Se qued¨® solo en la sala, absorto en sus pensamientos. Al rato, tir¨® de la cadenilla que pend¨ªa de su cuello, y sac¨® una joya dorada de dentro de la camisa. Un colgante con forma de serpiente que se mord¨ªa la cola a s¨ª misma, rodeando una gran piedra roja engarzada en el centro. Lo examino detenidamente, y sonri¨®. ¡ªMi querido Marcell, creo saber qui¨¦n anda detr¨¢s de esa baratija ¡ªsusurr¨® la figura que se sentaba en la penumbra del sal¨®n. El joven alz¨® la vista. Todav¨ªa no se explicaba muy bien por qu¨¦ nadie, salvo ¨¦l, parec¨ªa escuchar esa voz, o percatarse de la presencia. Una figura femenina, pelirroja, cubierta por una gruesa capa de pieles oscuras. No era un producto de su mente, era real. Tan real como el calor de las llamas de la chimenea, o como el fr¨ªo que notaba en los pies descalzos, o como el sabor fuerte y dulce del licor que estaba paladeando. La figura se acerc¨® a ¨¦l, contone¨¢ndose de forma sensual, para coger la copa que hab¨ªa dejado el capit¨¢n. Con una sonrisa traviesa, comenz¨® a lamer lentamente el borde del cristal. Le observaba con una mirada provocativa, a trav¨¦s de unos ojos viol¨¢ceos que parec¨ªan brillar con luz propia. Marcell sab¨ªa que aquella figura solo era una fachada. Pod¨ªa entrever lo que se ocultaba detr¨¢s de esa m¨¢scara de belleza lujuriosa e irreal. Aquello no ten¨ªa nada de hermoso, ni de humano. Era algo que no dudar¨ªa en devorarlo a la m¨¢s m¨ªnima ocasi¨®n, si la dejaba. ¡ªContadme, mi Se?ora. ?Me lo dir¨¦is, o ser¨¢ otro de vuestros juegos? Parece que os entretiene ver malgastar mi tiempo en averiguar cosas que vos ya conoc¨¦is. La mujer rio dulcemente, y vaci¨® la copa de un trago. Tras esto, se sent¨® a horcajadas sobre Marcell, dejando caer la pesada capa al suelo, revelando su voluptuosa desnudez. Le abraz¨® y comenz¨® a pasarle la lengua por el cuello. Una lengua inhumanamente larga, que raspaba como la de un gato. ¡ªDejadme disfrutar de algunos peque?os placeres, mi Se?or. Sab¨¦is que mi diversi¨®n favorita son estos juegos inocentes, ?verdad? ¡ªle susurr¨® al o¨ªdo, con una sonrisa maliciosa ¡ª. Adem¨¢s, si os lo dijera todo, ser¨ªa demasiado aburrido¡ ¡ªprosigui¨®, frot¨¢ndose contra ¨¦l y jadeando lascivamente. ¡ªPod¨¦is parar, ya sab¨¦is que no voy a caer en eso ¡ªrespondi¨® Marcell, apart¨¢ndola de un empuj¨®n. La mujer se levant¨®, riendo a carcajadas. ¡ªSois tan deliciosamente joven¡ Querido, creo que bien os merec¨¦is una pista ¡ªdijo burlonamente, mientras se volv¨ªa a cubrir con la pesada capa ¡ª. Hoy me hall¨¢is de buen ¨¢nimo, os cantar¨¦ algo. Prestad atenci¨®n: Del principio de los tiempos, Secreto el Santuario, profundos son sus cimientos, ancestral es su Sagrario. En la hora crepuscular, en el valle desnudado, Su voluntad a juzgar, a tres pruebas afrentado. Edel llevaba por nombre, hechicera el menester, guardiana le corresponde, custodiar es su deber. M¨¢s su empe?o es f¨²til, pues no pueden comprender, que el reloj corre sutil, no se puede detener. Y que al final de los tiempos, cuando ya todo termine, la muerte cruzar¨¢ los cielos, sobre el mundo en su declive. La puerta de la Serpiente, encierra el secreto oscuro. Oculta profundo en su mente, cierra el sello el conjuro. Y al ocaso de sus d¨ªas, a dos hermanas rob¨®. ¡°Las abrac¨¦ como m¨ªas¡±, como maestra ense?¨®. Ellas son ahora guardianas, buscan encontrar el sello, usando las artes arcanas, y la ayuda del plebeyo. M¨¢s su empe?o es f¨²til, pues no pueden comprender, que el reloj corre sutil, no se puede detener. Y que al final de los tiempos, cuando ya todo termine, la muerte cruzar¨¢ los cielos, sobre el mundo en su declive. Entonaba la canci¨®n con una voz m¨¢gica, maravillosa, irreal, como si procediera de otro mundo, de otra dimensi¨®n. Le parec¨ªa o¨ªr no una voz, sino todo un coro de voces infinitas. Las ¨²ltimas frases resonaron como un lejano eco, y mientras el sonido se perd¨ªa por los recovecos de la sala, la figura se desvaneci¨® entre las sombras, como la bruma al amanecer, abandonando al joven Conde, que se qued¨® solo y perdido en sus pensamientos. 06 - La piedra guÃa. A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. 07 - Una olla en el camino. The author''s tale has been misappropriated; report any instances of this story on Amazon. 08 - La SederÃa Antigua. If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation. 09 - El Palacio de las Virtudes. 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No ten¨ªan permitido el paso al interior del castillo, pero simplemente con estar a resguardo junto a la muralla, disfrutaban de mayor seguridad que si hubieran acampado en el bosque. Salvo por el peque?o detalle de que eran buscados, precisamente, por la guardia de ese lugar. La oscuridad les rodeaba, aunque todav¨ªa se pod¨ªan atisbar los ¨²ltimos jirones de la luz del d¨ªa, resplandeciendo sobre la l¨ªnea de monta?as del horizonte. Bajo el desnudo p¨¢ramo en el que se asentaba el castillo, las copas de los ¨¢rboles se extend¨ªan en todas direcciones, como un mar oscuro e irregular, meci¨¦ndose en olas con el viento nocturno entre el follaje. Las torres y las almenas se recortaban contra el cielo de la noche, que se hab¨ªa ido cubriendo de nubes en las ¨²ltimas horas de la tarde. ?Solo faltar¨ªa que nos lloviera?, pens¨® Lysandra. Se acurrucaba junto a su hermana peque?a, pues la noche refrescaba bastante. Nada que ver con el calor que estuvieron soportando durante todo el d¨ªa. Ten¨ªa a su lado a Palillo, que parec¨ªa estar fraguando alg¨²n plan, como de costumbre. Su idea anterior se torci¨® con el inesperado ofrecimiento del sargento de la patrulla, y ahora ella no ten¨ªa demasiado claro si la situaci¨®n hab¨ªa mejorado, o empeorado. No eran los ¨²nicos acampados junto a las murallas. Los acompa?aban otros dos carros, separados aproximadamente a veinte varas, con tres grupos de personas, que se proteg¨ªan del fr¨ªo nocturno de forma similar a como lo hac¨ªan ellos. Se les o¨ªa hablar, y soltar alguna risotada ocasional. Lysandra no llegaba a entender muy bien lo que dec¨ªan, parec¨ªan extranjeros. Seguramente comerciantes, como ellos. O m¨¢s exactamente, gente que se hac¨ªa pasar por comerciantes. Como ellos. ¡ªA lo mejor podr¨ªamos usar la baza de la costurera ¡ªpropuso Cangrejo, mientras terminaba de dar vueltas con el cuchar¨®n de madera a lo que estuviera guisando en la peque?a olla de hierro ¡ª. Si dejan pasar a Lysa, lo mismo nos puede facilitar alguna entrada. Lysandra se sorprendi¨® un poco con la confianza que se hab¨ªa tomado Cangrejo, tanto como para llamarla ¡°Lysa¡±. Pero no le molest¨® en absoluto. ¡ªNo lo veo claro. Si entra, la meter¨¢n a alg¨²n cuarto de la servidumbre a remendar uniformes, y no le quitar¨¢n la vista de encima. Le ser¨¢ bastante dif¨ªcil ausentarse ¡ªrespondi¨® Palillo. ¡ª?Y si seguimos con el plan inicial? ¡ªapunt¨® Verruga ¡ª. Total, ya estamos en la muralla. Nos vamos arrastrando pegados a la pared, hasta alcanzar el lado norte, y all¨ª escalamos, tal como ten¨ªamos pensado al principio. ¡ªEs lo que preferir¨ªa, pero los guardias de la puerta nos tienen un poco controlados. Tendr¨ªamos que distraerlos de alguna manera ¡ªdijo Palillo, mientras juntaba las manos por debajo de la barbilla, como para pensar m¨¢s intensamente. ¡ªLo mismo Zari puede crear una de sus ilusiones, al igual que hizo con mi mano ¡ªreplic¨® Cangrejo roncamente, levantando su pinza de hierro y sonriendo a la muchacha, que le devolvi¨® la sonrisa tambi¨¦n ¡ªLlegu¨¦ a creerme que la hab¨ªa recuperado de verdad. ¡°Zari¡±. Cangrejo ya parec¨ªa de la familia, pens¨® Lysandra. Quiz¨¢s tendr¨ªa que empezar a llamarle tambi¨¦n por su nombre, en vez de por su apodo. ¡ªBueno, es la segunda cosa que mejor se me da. Las ilusiones. Aunque soy m¨¢s h¨¢bil con la sanaci¨®n. Pero podr¨ªa intentar algo ¡ªsugiri¨® Zari. Ten¨ªa la voz un poco aterida por el fr¨ªo, y se junt¨® m¨¢s a ella, tap¨¢ndose con la manta hasta la barbilla. Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator. Lysa se hizo una apuesta consigo misma. ?Veamos cuanto tarda el joven Verruga¡?. ¡ª?Tienes fr¨ªo, Zari? ¡ªdijo el muchacho al momento, acerc¨¢ndole su manta. ¡ª?Seguro? Te resfriar¨¢s ¡ªrespondi¨® su hermana, que no hab¨ªa tardado en aceptarla, y mostraba escasa intenci¨®n de devolv¨¦rsela. Tres segundos. Lysandra asinti¨® con satisfacci¨®n, y no pudo evitar que se le formara una sonrisa en la cara. Lo mismo hab¨ªa desarrollado poderes de pitonisa, o de adivina. No, no era eso. Estaba claro que el muchacho perd¨ªa la cabeza por su hermana. ?Pobrecito. C¨®mo se nota que no la tiene que soportar todos los d¨ªas?, pens¨®. ¡ªOs veo muy risue?a. Se dio cuenta de que Palillo la observaba, con cierta curiosidad. ?Tan raro era verla sonre¨ªr? ¡ªY muy callada tambi¨¦n ¡ªcontinu¨® el hombre ¡ª. ?Ten¨¦is algo en mente, que nos pueda ayudar? ¡ªQuiz¨¢s. Creo que podr¨ªa dormir a los guardias de la entrada. Y pasar por all¨ª, sin tener que trepar por las murallas. Todos se quedaron mir¨¢ndola, serios y pensativos. ¡ªMi hermana es excelente dominando mentes ¡ªdijo Zari, apoy¨¢ndola. ¡ªNo digas ¡°dominar mentes¡±. Suena peor de lo que es. Yo prefiero llamarlo ¡°doblegar voluntades¡± ¡ª se excus¨®. ¡ªA m¨ª me parece lo mismo ¡ªse?al¨® Cangrejo, las inexistentes cejas. ¡ªY a m¨ª ¡ªtermin¨® de apuntar Verruga. Palillo segu¨ªa meditando en silencio, mir¨¢ndola. Empez¨® a incomodarse un poco. ?Por qu¨¦ la miraba as¨ª? ¡ªLo cierto es que me ha sorprendido que tengan el port¨®n abierto y el rastrillo subido. Y me he fijado que la guardia es un poco¡ escasa ¡ªdijo al fin ¡ª. Es muy sospechoso. Pero si pasamos por la puerta, nos ser¨¢ sencillo cruzar el patio, ocult¨¢ndonos entre las sombras, y colarnos por la cocina. La ¨²ltima vez accedimos por ese lado sin problema. Y desde all¨ª, es relativamente f¨¢cil alcanzar las escaleras que suben a los aposentos del Conde. ¡ªYa sab¨¦is que, si uso mi Poder, no podr¨¦is contar conmigo durante un rato. ¡ªEso me temo. Es un problema¡ ¡ªVayamos todos. Yo os puedo ayudar mientras mi hermana se recupera ¡ªdijo alegremente Zarinia. ¡ª?Qu¨¦? No, ni hablar. Ah¨ª dentro va a ser muy peligroso. Y alguien se tiene que quedar aqu¨ª fuera, guardando los caballos ¡ªreplic¨® Verruga, molesto. ¡ªLos caballos no van a ir a ninguna parte. Y esta gente no va a robarnos si piensan que tienen a los guardias vigil¨¢ndoles ¡ªrespondi¨® su hermana con vehemencia. ¡ªNo, ya os he dicho que va a ser peligroso. ¡ª?C¨®mo qu¨¦ no? ?Y qui¨¦n os cre¨¦is que sois para decirme lo que debo o no debo de hacer? ¡ªreplic¨® Zari, subiendo el tono, y con el ce?o fruncido. ¡ª?No se¨¢is cabezota! ¡ªreplic¨® Verruga, elevando la voz tambi¨¦n ¡ª. Si lo ¨²nico que pretendo es¡ ¡ª??Cabezota?! Palillo, Cangrejo, y ella, se quedaron mudos, contemplando la escenita de los dos j¨®venes. Hasta se hab¨ªan dejado de o¨ªr las voces procedentes de las carretas vecinas. ?Ay, qu¨¦ bonito. Su primera pelea?, pens¨® Lysandra. Zari y Verruga se dieron cuenta de que el resto los miraba, y se quedaron callados, enfurru?ados, con los brazos cruzados, y un poco avergonzados. ¡ªMaese Verruga ¡ªdijo al fin Lysandra, con tono conciliador ¡ª. Os agradezco la preocupaci¨®n que mostr¨¢is por el bienestar de mi hermana, pero deb¨¦is saber que podemos cuidarnos solas, no somos unas simples damas indefensas. Os acompa?aremos dentro, si eso ayuda a conseguir el medall¨®n. ¡ªPues no se hable m¨¢s. Yo ya estoy dispuesto ¡ªmascullo Cangrejo, mientras hac¨ªa adem¨¢n de ponerse en pie. ¡ªCalma, amigo m¨ªo. Esperemos a que avance un poco m¨¢s la noche, y que nuestros vecinos se duerman. El silencio nos ayudar¨¢ a escuchar si hay guardias cerca. Ahora descansemos un rato, nos va a hacer falta ¡ªconcluy¨® Palillo. Lysandra estaba totalmente de acuerdo. 15 - El desencuentro. Era una trampa, sin duda. Alaric se hab¨ªa convencido tras comprobar que en las murallas solo patrullaban un par de guardias. Lysandra realiz¨® su parte sin problemas, dejando a los soldados de la puerta totalmente dormidos. Pero no alcanz¨® a ver ning¨²n enemigo m¨¢s. Todo lo contrario a lo que esperaba encontrarse, tras haber asaltado el castillo hac¨ªa tan solo dos noches. As¨ª que era claramente una trampa. Les estaban dejando entrar. Pero ya no hab¨ªa vuelta atr¨¢s. Cruzaron el patio sin el menor percance, cuidando de aprovechar las sombras y procurando no hacer ruido. Al pasar junto a las caballerizas, de las que emanaba un fuerte olor a esti¨¦rcol y heno, solo se escuch¨® un breve relincho, y un bufido de un caballo intranquilo. Prosiguieron hasta el almac¨¦n, sin la m¨¢s m¨ªnima se?al de que alguien vigilara, y llegaron a la cocina. Por all¨ª entraron, y despu¨¦s cruzaron varios pasillos, decorados con tapices y alg¨²n fresco pintado que Alaric apenas pudo apreciar, en parte por las prisas, en parte por la oscuridad. Casi todas las l¨¢mparas estaban apagadas, o consumidas. Pasaron por delante de varias puertas de madera maciza, que se alineaban a ambos lados, hasta llegar a los aposentos del Conde, pero no le encontraron all¨ª. Finalmente, se dirigieron al sal¨®n principal. La entrada estaba abierta a medias, y desde el interior se colaba el brillo de la luz de los candelabros y de la chimenea. En otras ocasiones, Alaric se habr¨ªa escabullido con el m¨¢ximo sigilo posible, aunque esta vez, simplemente abri¨® la puerta y entr¨®. Accedieron al amplio sal¨®n, donde se encontraron al joven Conde, de pie junto a la chimenea, vestido con un jub¨®n de cuero rojo oscuro, sin abrochar, y sin camisa. El largo pelo rubio le ca¨ªa por los lados En las piernas, calzas a juego, aunque iba descalzo. Y en la mano, una copa a medio terminar. No hizo ni el menor movimiento en cuanto entraron. Parec¨ªa ensimismado en el crepitar del fuego. Pero aun con la chimenea encendida, la estancia era bastante fr¨ªa. Los ventanales estaban abiertos, y la brisa mec¨ªa las cortinas y los tapices de las paredes, haciendo bailar las llamas de las velas. ¡ªYa nos ten¨¦is aqu¨ª, tal y como os esperabais, imagino ¡ªdijo Alaric El Conde ni siquiera se gir¨® para mirarle. Se termin¨® su copa, y la arrojo al fuego. ¡ªSocorro. A m¨ª la guardia ¡ªrespondi¨®, levantando las cejas e impostando una voz infantil, con una sonrisa sard¨®nica ¡ª. Me alegro de que por fin hay¨¢is podido llegar hasta aqu¨ª sin complicaciones. Habr¨ªa sido una l¨¢stima que mis guardias os hubieran matado antes de poder conoceros. ¡ªPues bien, ya nos hab¨¦is visto. Imagino que sab¨¦is el porqu¨¦ de nuestra visita. Entregadnos el medall¨®n, y nadie resultar¨¢ herido ¡ªreplic¨® Palillo, con seriedad. El Conde se gir¨® para mirarlos, y empez¨® a andar lentamente con las manos en la espalda, como si estuviera pasando revista. ¡ªAh, pero no os puedo ver las caras, os cubr¨ªs la cabeza con las capuchas y os tap¨¢is los semblantes con pa?uelos, cual simples asaltantes de caminos. Por favor, mostr¨¢dmelas. A cambio, os ense?ar¨¦ donde guardo ese dichoso medall¨®n que tantos problemas os est¨¢ causando. Alaric dudo un momento, se gir¨® hacia sus compa?eros, y asinti¨® levemente. Retir¨® la capucha, y se baj¨® el pa?uelo. El resto, al verle, hizo lo mismo. ¡ªMucho mejor poder hablar cara a cara, como caballeros. Lo prometido es deuda, as¨ª que aqu¨ª ten¨¦is. El medall¨®n. El joven se apart¨® un lado del jub¨®n, para mostrar la joya que colgaba sobre su pecho desnudo. Era el amuleto de la Serpiente. Exactamente igual al que Alaric guardaba en su bolsillo. ¡ªY no os preocup¨¦is. Os aseguro que este es el aut¨¦ntico ¡ªprosigui¨® el Conde ¡ª. No hay m¨¢s copias. ¡ªMuy bien, basta ya de juegos ¡ªrugi¨® Cangrejo ¡ª. Entreg¨¢dnoslo y os prometo golpearos solo un poco. Alaric puso su mano sobre el brazo de su impulsivo amigo. Segu¨ªa estudiando la sala. Rutas de escape. Por d¨®nde entrar¨ªan los guardias. Quiz¨¢s alg¨²n asesino oculto entre las sombras. Premio. Le pareci¨® ver moverse algo al fondo de la sala, en la oscuridad ¡ªNo se¨¢is maleducado, buen hombre ¡ªprosigui¨® el Conde ¡ª. Adem¨¢s, ni siquiera nos hemos presentado como es debido. Mi nombre es Marcell. Marcell Deischamps, Conde de Brademond. Aunque eso ya lo sab¨¦is. ?Veis que f¨¢cil? Ahora, como mis invitados que sois, os agradecer¨ªa que me devolvieseis la cortes¨ªa y me proporcionarais vuestros nombres. ¡ª?Y qui¨¦n es la dama? ¡ªse?al¨® Alaric. El Conde se gir¨®, impresionado. Efectivamente, de entre las sombras del final de la sala, surgi¨® una mujer pelirroja, que se contoneaba mientras se acercaba lentamente. Se cubr¨ªa con una pesada capa oscura, pero claramente por debajo no llevaba nada. ¡ª?Pod¨¦is verla? ¡ªpregunt¨®, asombrado. ¡ªClaro que me ven, querido ¡ªdijo la mujer, mientras se pon¨ªa tras ¨¦l, y le abrazaba desde atr¨¢s ¡ª. Si es mi deseo, pueden hacerlo. Alaric se gir¨® hacia sus compa?eros, que tambi¨¦n intercambiaban miradas entre s¨ª, pensando sin duda que el joven Conde no estaba del todo en sus cabales. Aunque al fijarse en las hermanas, vio algo que no le gust¨® nada. Ambas permanec¨ªan p¨¢lidas, con los ojos muy abiertos. Zarinia se encontraba en tensi¨®n, con el ce?o fruncido y los pu?os cerrados. Lysandra estaba a¨²n peor. Temblaba, como si acabara de ver a un fantasma. Parec¨ªa aterrorizada. Pero, ?por qu¨¦? ?Por la mujer pelirroja? ¡ªAdelante, querido. Pres¨¦ntame. Aunque ellas creo que ya adivinan qui¨¦n soy, ?verdad? ¡ªcontinu¨®, mirando fijamente a Lysandra y sonriendo con picard¨ªa. ¡ªMuy bien, como dese¨¦is. Damas, caballeros, os presento a mi difunta hermana, Lenna ¡ªdijo el Conde, en tono melodram¨¢tico. Alaric pens¨® que, efectivamente, estaba loco de atar. El joven se debi¨® de dar cuenta, por la expresi¨®n en sus caras, y levant¨® las manos, como excus¨¢ndose. ¡ªS¨¦ que suena raro, pero qu¨¦ os puedo decir. Vivimos tiempos extra?os ¡ªa?adi¨® el joven, con un suspiro. Tras esto, se volvi¨® a dirigir a la chimenea, donde ten¨ªa la botella de licor. Por un instante, pareci¨® dudar. Quiz¨¢s no se acordaba de que hab¨ªa tirado la copa a las llamas un momento antes. Se encogi¨® de hombros, y empez¨® a beber directamente desde la botella. ¡ªEspero que me disculp¨¦is. Os invitar¨ªa, pero no me quedan copas ¡ªdijo, mientras se sentaba en la silla junto al fuego, de forma totalmente despreocupada ¡ª. Y ahora, os hablar¨¦ con franqueza. No tengo ning¨²n inter¨¦s en vos ni en vuestros compa?eros. Solo deseo charlar en persona con las damas. Necesito que me cuenten un par de cosas. As¨ª que, ellas se quedan, y vos sois libres de iros. No dar¨¦ la voz de alarma, os lo prometo. Y conservad la copia del medall¨®n, como pago por las molestias ¡ªhizo un leve gesto de despedida con la mano ¡ª. Marchaos, pues. Support the creativity of authors by visiting Royal Road for this novel and more. ¡ªNo lo har¨¢, mi querido Marcell ¡ªdijo la mujer, acerc¨¢ndose a ellos. Alaric agarr¨® la empu?adura de la espada, y dio un paso atr¨¢s, en guardia, mientras Cangrejo y Verruga se colocaban a ambos costados, dispuestos a actuar. Las hermanas se hicieron a un lado, por detr¨¢s ¡ª. No est¨¢ en su naturaleza abandonar a los suyos, ?verdad, Alaric? ¡ªcontinu¨® la mujer. Se qued¨® estupefacto. ?C¨®mo sab¨ªa su nombre? ?Qui¨¦n demonios era ella, tan terriblemente hermosa, que le miraba a trav¨¦s de unos ojos p¨²rpura que parec¨ªan atravesarle el alma? ¡ªAlaric, el ni?o repudiado por su propia madre. Quiz¨¢s habr¨ªa sido mejor que nadie os encontrase, y que vuestro cuerpo hubiera servido de de alimento a las ratas. Os cre¨¦is muy honorable, por vuestro est¨²pido c¨®digo moral, pero solo sois un junco meci¨¦ndose en la orilla del r¨ªo. No vais a cambiar la corriente del destino. No sois nada. Se gir¨® hacia Cangrejo, que hab¨ªa dado un paso adelante, de forma amenazante. ¡ªOh, s¨ª. Maese Brisur. El desfigurado y despreciable ¡°Cangrejo¡±. No erais buena persona cuando Alaric os salv¨®. Vuestra historia es oscura y terrible. ?Cre¨¦is que, por seguir al intachable ¡°Palillo¡± vais a equilibrar vuestra deuda pasada? Debisteis morir abrasado en el incendio, era lo que os merec¨ªais. Cada d¨ªa que permanec¨¦is respirando es un insulto a las v¨ªctimas de vuestra anterior vida. Cruz¨® al lado de Alaric, para acercarse a Verruga. Este dio un paso atr¨¢s, nervioso. ¡ªRendel. Un joven tan agradable y prometedor. Es una pena que hay¨¢is acabado con estos dos. Sois tan guapo. Y vuestro cuerpo goza de toda la fuerza de la juventud. Estoy segura de que podr¨ªa cabalgaros durante horas ¡ªsusurr¨® con voz sensual, mientras se abr¨ªa la capa, mostrando su desnudez, y le acercaba la mano para acariciarle la cara. ¡ªAp¨¢rtate de ¨¦l, zorra ¡ªdijo de repente Zari, que se hab¨ªa puesto a su lado. ¡ªVaya, la joven Zarinia la segunda heredera. Pobre ni?a, tan inexperta, tan inocente. Siempre a la sombra de su hermana, incapaz de hacer nada por s¨ª misma. No tendr¨¦is celos, ?verdad? Ya veo. Nunca hab¨¦is tenido a un hombre dentro, y est¨¢is ansiosa por abriros de piernas, y que vuestro querido Rendel os llene con su hombr¨ªa ¡ªdijo la mujer, riendo. ¡ªDeja a mi hermana en paz, maldito demonio¡ª exclam¨® de repente Lysandra ¡ª. Es a m¨ª a quien te tienes que enfrentar. ¡ª?A vos? No me hag¨¢is re¨ªr ¡ªreplic¨® la mujer, entre divertida y escandalizada ¡ª. Lysandra, la futura heredera. No ten¨¦is la fuerza de Edel, vuestra maestra. Vuestra ¡°madre¡±. Y nunca la tendr¨¦is. Ser¨¦is la ¨²ltima guardiana, una mera sombra de lo que fue vuestro linaje ¡ªdijo con tono despectivo, casi escupiendo, mientras se pon¨ªa frente a Lysandra ¡ª. Hablando de ella, ?c¨®mo se encuentra? La ¨²ltima vez que la sent¨ª cerca, no andaba muy bien de salud. Y ya que me intereso por la familia, ?qu¨¦ tal vuestro prometido? ¡ªsu voz adquiri¨® un tono burlesco ¡ª. Lorenz, se llama, verdad. Ah, no, disculpad. Se llamaba. Acabo de recordar que le obligasteis a cortarse el cuello como a un perro. Pero no sufr¨¢is, no fue culpa vuestra. El pobrecito perdi¨® la cabeza¡ por m¨ª. Que l¨¢stima. Era un ¡°gran¡± hombre, no s¨¦ si me entend¨¦is. Disfrut¨¦ muchas noches con ¨¦l. No os lo tom¨¦is a mal, pero creo que me prefer¨ªa a m¨ª, sinceramente. La tensi¨®n en la sala era palpable. El joven Conde permanec¨ªa imperturbable, como si estuviera disfrutando del macabro juego. La mujer sonre¨ªa sin ning¨²n pudor, deleit¨¢ndose en el dolor que sus palabras estaban causando. De repente, Lysandra frunci¨® el ce?o, apret¨® los labios, y dijo: ¡ªSe acab¨®, puta. El pu?etazo debi¨® de escucharse hasta en las caballerizas. Todos se quedaron sorprendidos, al ver a Lysandra, con el brazo estirado, el pu?o apretado, y a la pelirroja mujer saliendo despedida hacia atr¨¢s, para acabar cayendo de espaldas, rodando al centro de la sala. Durante unos instantes, nadie dijo nada, hasta que el Conde solt¨® una sonora carcajada. ¡ª?Ha! ?Pod¨¦is tocarla! ?Es maravilloso! Alaric desenfundo su espada, y apunt¨® con ella al joven. ¡ªComo ya os hemos dicho, ya est¨¢ bien de juegos. Entregadnos ahora el medall¨®n ¡ªamenaz¨®, con gesto serio, aunque mir¨® de soslayo a Lysandra, que a¨²n ten¨ªa los pu?os cerrados, en posici¨®n defensiva. Esboz¨® una mueca burlona ¡ª. O si no, tendr¨¦is que enfrentaros a ella. El joven se levant¨® de la silla, sonriente. ¡ªBueno, he intentado ser un anfitri¨®n amable, pero si lo vais a querer as¨ª, sea pues. Antes de que Alaric pudiera reaccionar, le lanz¨® la botella. No tuvo problema en esquivarla, pero el Conde aprovech¨® el momento de confusi¨®n para encaramarse ¨¢gilmente en una de las ¨¢guilas de piedra que custodiaban la chimenea, y alcanzar una de las espadas que decoraban la panoplia. Volvi¨® a saltar sobre el suelo de madera, e hizo un par de florituras de calentamiento, poni¨¦ndose en guardia. ¡ªCuando quer¨¢is ¡ªalarde¨®, desafiante. Alaric estudi¨® la pose del joven. Impecable. Seguramente, fuera mejor espadach¨ªn que ¨¦l. Habr¨ªa recibido una buena instrucci¨®n, y participado en multitud de combates. Pero era evidente que el joven estaba habituado a pelear en duelos limpios, uno contra uno, habilidad contra habilidad. Para nada se esperaba la silla que le arroj¨® Cangrejo, y que casi le golpe¨® en la cabeza, haci¨¦ndole perder el equilibrio. Ni la daga lanzada por Verruga que, acto seguido, se clav¨® a unos dedos de su oreja, cort¨¢ndole un mech¨®n de su sedoso pelo, y que le hizo terminar de caer. Para cuando se enter¨® de lo que ocurr¨ªa, Alaric ya estaba pisando su espada y apuntaba con su hoja a su cuello. ¡ª¨²ltima oportunidad. El medall¨®n. Ya. ¡ªQu¨¦ error m¨¢s tonto por mi parte, pensar que jugar¨ªais limpio ¡ªrespondi¨® el joven, no muy impresionado. ¡ªNo somos caballeros, somos simples rufianes. No deber¨ªa sorprenderos. El conde solt¨® un suspiro de resignaci¨®n, y llevo su mano a su cuello, para quitarse la joya. Alaric noto que temblaba levemente, como si le estuviera costando un gran esfuerzo. ?Ten¨¦is raz¨®n. Basta ya de juegos? Alaric lo escuch¨® desde dentro de su cabeza. Era una voz terrible. Era la voz de la mujer pelirroja, junto a la de otros miles, a la vez. Hab¨ªa dejado de prestarle atenci¨®n, pensando que las hermanas se estaban encargando de ella. Fue un error. Se gir¨®, y se qued¨® helado al ver que, no solo se hab¨ªa levantado, sino que se elevaba, flotando en el centro de la sala, irradiando una sombra de oscuridad creciente, que absorb¨ªa aquello que tocaba. Las hermanas recitaban una letan¨ªa, con los ojos en blanco, con las manos entrelazadas, luchando contra eso con todas sus fuerzas y todo su Poder. Pero parec¨ªa que no era suficiente. ¡ªVaya. Se dir¨ªa que la hab¨¦is enojado ¡ªdijo el Conde, sin mucha emoci¨®n. Aprovech¨® la sorpresa de Alaric para apartar la hoja de su cuello, e incorporarse de nuevo. Zarinia cay¨® de rodillas, extenuada, aunque segu¨ªa repitiendo el mantra. Lysandra aguantaba, pero empezaba a temblar, por el esfuerzo de intentar contener la oscuridad. En ese momento, Cangrejo se lanz¨® sobre la mujer, rugiendo y dando un salto que resultaba sorprendente para alguien de su envergadura. Pero no lleg¨® a tocarla. Sali¨® despedido hacia la pared, con tal fuerza, que el golpe le dejo inconsciente, partiendo incluso una mesa en su ca¨ªda. Verruga lanz¨® su otra daga, pero sali¨® despedida de la misma forma. Viendo que nada pod¨ªa hacer, fue corriendo hacia Cangrejo, para comprobar su estado. ??Este es todo vuestro Poder, disc¨ªpulas de Edel? Me decepcion¨¢is. No malgastar¨¦ m¨¢s el tiempo, es hora de acabar con esto. Guardianas. ?Ja! Pat¨¦tico? Vio al fin como Lysandra ca¨ªa al suelo, de rodillas, ya sin fuerzas. Zarinia permanec¨ªa tumbada de lado, derrotada y desmayada. Not¨® una hoja en su cuello. El Conde hab¨ªa aprovechado todo esto para descolgar la otra espada. Alaric solt¨® la suya. ¡ª?Kracio! ¡ªgrit¨® el joven, y al momento, los guardias entraron en tropel. El capit¨¢n se acerc¨® por detr¨¢s a Alaric, y le propino un fuerte golpe tras las rodillas, para hacerle caer. ¡ªMi se?or, ?os encontr¨¢is bien? ?Os han herido? ¡ªNo Kracio, estoy de maravilla. Gracias por aguardar a mi se?al, como os dije. Decidme, ?veis por casualidad a una mujer flotando en medio de la sala? Alaric puedo ver la expresi¨®n en la cara del capit¨¢n. La expresi¨®n de alguien que est¨¢ acostumbrado a escuchar todo tipo de locuras. ¡ªNo mi se?or. ?Qu¨¦ quer¨¦is que hagamos con esas ratas? ¡ªLlev¨¢oslos a las mazmorras. Encerrad a las mujeres en celdas separadas, y dejadme las llaves a m¨ª personalmente. Que nadie hable con ellas. ¡ª?Y con los hombres? ¡ªHoy me siento magn¨¢nimo. Encadenadlos juntos, que compartan sus ¨²ltimas horas como buenos compa?eros. Y colgadlos ma?ana al amanecer. Alaric tampoco ve¨ªa ya a la mujer. Se hab¨ªa desvanecido de la misma forma que el humo. Pero segu¨ªa all¨ª, de alguna manera. Lo notaba. Antes de marcharse, el Conde se agach¨® junto a Alaric, y le dijo en voz baja ¡ªComo bien hab¨¦is dicho, no sois caballeros, sino simples rufianes. Y como tales, morir¨¦is. 16 - La soga al amanecer. Stolen from Royal Road, this story should be reported if encountered on Amazon. 17 - Sendas separadas. Lysandra azuzaba a Panecillo, anim¨¢ndole a correr a toda velocidad. El pobre y manso animal hac¨ªa lo que pod¨ªa, pero no era habitual para ¨¦l las carreras tan largas, y empezaba a descolgarse del grupo, soltando espumarajos por la boca. Ella tampoco era la mejor amazona. Estaba acostumbrada al trote suave de los paseos tranquilos de la tarde, no a las huidas a vida o muerte a primera hora de la ma?ana. Adem¨¢s, en ayunas, lo que la pon¨ªa de mal humor. La adrenalina de la persecuci¨®n manten¨ªa su cuerpo demasiado tenso, haciendo que la carrera fuera m¨¢s inc¨®moda a¨²n si cabe. Su hermana Zari, en cambio, cabalgaba con mucha mayor facilidad, casi a la par de Palillo, que iba en cabeza. ??Es que a esta chica no le da miedo nada??, pens¨®. Lo achac¨® a la confianza ciega de la juventud. Un momento. Ella era joven tambi¨¦n, ?verdad? ?Por supuesto que s¨ª, a¨²n no he llegado ni a la treintena?. De repente, le vino a la mente la imagen de las pocas amigas que hab¨ªa podido hacer durante su ni?ez. Todas, casadas y con hijos, dos la que menos, viviendo una tranquila y sencilla vida familiar. Y all¨ª andaba ella, luchando contra las fuerzas de la oscuridad y huyendo a la carrera junto a una banda de ladrones. Apart¨® esos pensamientos de su cabeza, y espole¨® a Panecillo, para que no perdiera el ritmo. Volvi¨® la vista atr¨¢s, intentando atisbar a sus perseguidores. Todav¨ªa no los ve¨ªa. Estaban lejos, pero sab¨ªa que poco a poco recortaban la distancia. La tranquiliz¨®, en parte, ver el puente de madera tras el siguiente recodo del camino. El puente de la Quijada, tal como dijo Palillo. No sab¨ªa muy bien que habr¨ªa preparado, aunque seguro que ten¨ªa algo ya planificado. Fue la ¨²ltima en cruzarlo. El resto hab¨ªa descabalgado, y bajaban hacia el r¨ªo. Palillo la esperaba, junto a los caballos. ¡ªDesmontad y bajad con los dem¨¢s. Yo me ocupo de las monturas. ¡ªPero, vos ven¨ªs tambi¨¦n, ?verdad? ¡ªalcanzo a decir Lysandra, casi sin aliento. ¡ªAlguien tiene que continuar la carrera. Llevar¨¦ a los caballos atados hasta una cueva cercana, para ocultarlos. El plan es que los soldados me sigan, al menos durante un rato m¨¢s. Mientras tanto, os esconder¨¦is bajo el puente. Hay una peque?a barca ah¨ª, usadla para continuar por el r¨ªo y encontraros conmigo a la entrada de Verdemar esta noche. ¡ªNo lo entiendo, ?por qu¨¦ no os acompa?amos y nos ocultamos todos en la cueva? ¡ªpregunt¨® Lysa, mientras luchaba por apartarse los oscuros mechones de cabello de la cara y miraba nerviosa a su alrededor. ¡ªAs¨ª me aseguro de que escap¨¢is. Adem¨¢s, llegar hasta all¨ª es complicado, hay que salir del camino y hacerlo a pie. Lo conozco de sobra, ir¨¦ mucho m¨¢s r¨¢pido solo. ¡ªPero¡ ¡ªNo os preocup¨¦is por m¨ª. Cangrejo y Verruga cuidar¨¢n bien de vos, y de vuestra hermana. Ahora daos prisa, no deben ver a los caballos sin jinete. Lysa dio unos pasos hacia el r¨ªo. Pero algo la detuvo. No sab¨ªa muy bien por qu¨¦ lo hizo. Quiz¨¢s los nervios, quiz¨¢s el miedo. Quiz¨¢s, otra cosa. Se dio la vuelta y se acerc¨® a ¨¦l, cogi¨¦ndole las manos y mir¨¢ndole a los ojos: ¡ªNo os dej¨¦is atrapar. Os espero¡ Te espero en Verdemar, Alaric. Ve a la casa de mi madre, Edel. La reconocer¨¢s f¨¢cilmente, el ¨²nico edificio pintado de amarillo, en el barrio de los curtidores ¡ªLe dio uno de sus pendientes, una especie de pluma de plata colgando de un peque?o aro ¡ª. Dale esto, dile que es un regalo suyo, y ella sabr¨¢ que eres de fiar. ¡ªCuenta con ello, Lysa. Acto seguido, con un gui?o y una sonrisa audaz, subi¨® a su caballo, y parti¨®, dirigiendo la yeguada hasta perderse en la siguiente curva del camino. Ser¨ªa un gesto verdaderamente seductor, de no haber sido por el diente mellado, la nariz torcida y el ojo hinchado tumefacto. Aun as¨ª, Lysa no pudo evitar sonre¨ªr. Se qued¨® parada, observ¨¢ndole, con una sensaci¨®n muy extra?a en su interior, como un nudo en el est¨®mago. Oy¨® a su hermana, apremi¨¢ndola para que bajara, y corri¨® a ocultarse junto al resto, bajo el puente. Un par de minutos despu¨¦s, por encima de ellos, cruz¨® un gran n¨²mero monturas a toda velocidad, repiqueteando con los cascos sobre los tablones y causando un ruido ensordecedor. Cuando estuvieron seguros de que hab¨ªan pasado todos, deslizaron la peque?a barca de remos hasta el cauce, y comenzaron su viaje, ocultos entre los juncos espesos y altos que poblaban las orillas, ayudados por la suave corriente. This narrative has been purloined without the author''s approval. Report any appearances on Amazon. Segu¨ªan el curso del r¨ªo en silencio, atentos a cualquier sonido o se?al de haber sido descubiertos. Pero nada m¨¢s que alcanzaban a escuchar el agradable discurrir del agua, el roce de los juncos, el piar de los gorriones, y el ocasional graznido de las garzas. El bote era realmente peque?o. Cangrejo lo dirig¨ªa con lentitud desde atr¨¢s, con un bichero, y ella, su hermana, y el joven Verruga, se api?aban, hombro con hombro, en la parte delantera. No estaba segura de que Palillo hubiera entrado en el bote. Quiz¨¢s s¨ª, por su delgadez. ?Dioses, ten¨ªa que haber venido con nosotros?. ¡ªNo os preocup¨¦is por ¨¦l, seguro que les ha despistado ¡ªdijo Cangrejo, con su voz ¨¢spera. Parec¨ªa que se hab¨ªa dado cuenta de su inquietud ¡ª. Conoce de sobra el camino. Esta noche nos reuniremos en las puertas de la ciudad. Lysandra le mir¨® e intent¨® sonre¨ªr, pero enseguida baj¨® la mirada de nuevo, y su semblante volvi¨® a ser serio e intranquilo. Pensaba en Alaric. En unos pocos d¨ªas, hab¨ªa pasado de ser un completo desconocido a convertirse en alguien por quien se preocupaba. No era normal en ella sentir apego tan pronto por nadie. Aunque tambi¨¦n era cierto que no era habitual haber compartido experiencias de vida o muerte en tan escaso tiempo. Apenas cuatro d¨ªas, nada m¨¢s. Se percat¨® de que Verruga y Zari entrelazaban sus manos. Eso devolvi¨® a su cara una leve sonrisa melanc¨®lica. Quiz¨¢s era m¨¢s importante que su hermana fuera feliz con el joven rufi¨¢n, que intentar buscarle alguien ¡°mejor¡±. El chico era majo, estaba enamorado, y hab¨ªa demostrado que se preocupaba de su hermana, y que cuidar¨ªa de ella. Para Lysandra, era m¨¢s que suficiente. Comenz¨® a jugar con el anillo que llevaba en su mano izquierda. El anillo de compromiso que le dio Lorenz aquella fr¨ªa ma?ana de oto?o. Una joya sencilla, de alguien con pocos recursos. Pero que en su peque?a piedra guardaba todo el amor que el hombre hab¨ªa albergado en su coraz¨®n. Recordaba su mirada de felicidad cuando ella accedi¨®, los nervios, el beso apasionado, la fiesta con las amistades al d¨ªa siguiente¡ Y todos esos recuerdos felices se diluyeron con la imagen de la cara de su prometido, fuera de s¨ª, apretando el afilado cuchillo contra el cuello de su hermana, para obligarla a darle el maldito medall¨®n. Revivi¨® el momento en el que se lo entrego a aquellos siniestros hombres, de los que nunca olvidar¨ªa sus facciones, y esa terrible y demencial sonrisa de Lorenz. Y tampoco pod¨ªa borrar de su memoria ese brillo p¨²rpura del fondo de sus ojos, de aquello que la miraba desde tan cerca y tan lejos a la vez. Ni el hilo de sangre que empez¨® a brotar del cuello de Zarinia. Y ella, introduci¨¦ndose en la mente de ese desquiciado hombre, para obligarle a soltarla y a cortarse su propia garganta. Y al terminar, la mirada de s¨²plica e incomprensi¨®n en sus ¨²ltimos momentos, pues aquello que lo dominaba le abandon¨®, al final del todo. Hab¨ªa fallado. No lograron recuperar el medall¨®n. Estuvieron a punto de morir. Y fue incapaz de contener a esa cosa. No ten¨ªa la fuerza ni el poder suficiente. No merec¨ªa ser la guardiana. Sin darse cuenta, Lysa se encontr¨® llorando desconsoladamente. El resto la miraba con tristeza, y su hermana la abraz¨®, compungida y con los ojos cubiertos de l¨¢grimas tambi¨¦n. Al menos, la consolaba saber que el Conde ignoraba la ubicaci¨®n del templo. Si no, no las hubiera necesitado para nada. De repente, una idea fugaz atraves¨® su cabeza como una chispa incendiaria. Se llev¨® la mano a su faltriquera, y empez¨® a palpar. ¡ªNo, no, NO¡ ?d¨®nde est¨¢? Abri¨® el bolsito, rebusc¨® y rebusc¨®, le dio la vuelta y vac¨ªo su contenido con nerviosismo sobre el h¨²medo suelo del bote. ¡ª?Qu¨¦ ocurre, Lysa? ¡ªpregunt¨® Zari, preocupada. Lysandra miro a su hermana, p¨¢lida. ¡ªAlaric est¨¢ en peligro. Y madre tambi¨¦n. ¡ªYa os he dicho que no deb¨¦is temer por ¨¦l, seguro que consigue despistar a esos soldados ¨C dijo Cangrejo, tranquilizador. ¡ªNo, no lo entend¨¦is. Saben d¨®nde est¨¢. ¡ª?De qu¨¦ habl¨¢is? ¡ªpregunt¨® Verruga, extra?ado. ¡ªLa piedra gu¨ªa¡ ¡ªsusurr¨® Zari, comprendiendo de repente. ¡ªY si ¨¦l llega a la ciudad antes que nosotros, los conducir¨¢ hasta madre, sin saberlo. 18 - La hechicera de Verdemar. Unauthorized use of content: if you find this story on Amazon, report the violation. 19 - Viejos camaradas. Lysandra se despert¨® con el cuerpo completamente dolorido, y no consigui¨® evitar soltar un gru?ido al levantarse. Se incorpor¨® como pudo, entre su hermana y el mostrenco de Cangrejo. Se hab¨ªan visto obligados a hacer noche en un chamizo semiderruido que encontraron en el camino hacia Verdemar, sin mantas ni equipaje, y con la ropa h¨²meda. Tuvieron que abandonar apresuradamente la barca en el r¨ªo, que no tard¨® en hundirse en cuanto las viejas maderas podridas empezaron a romperse. Desde luego que el plan de escape de Palillo llevaba demasiado tiempo preparado, pues tener el bote oculto tantos meses, sin que nadie lo cuidara un poco, hab¨ªa tenido sus consecuencias. Solo aguant¨® medio trayecto. El resto de la jornada la pasaron buscando el camino de nuevo, y recorriendo lo dem¨¢s a pie. Por desgracia para cuando llegaron a la ciudad, las puertas ya estaban cerradas, y tuvieron que improvisar. Se hab¨ªan encontrado anteriormente con la choza, por lo que volvieron sobre sus pasos y all¨ª se quedaron a descansar. Esta vez, Lysandra no tard¨® en dormirse, pues se encontraba agotada, pero unas horas despu¨¦s, los ronquidos de Cangrejo la despertaron. Las astilladas paredes de madera y el desgastado techo de paja ten¨ªan demasiados agujeros y huecos, y el fr¨ªo nocturno se colaba por todas partes. Los cuatro se acurrucaban juntos, sobre el duro suelo de tierra, intentando darse calor los unos a los otros, pero tuvo que darle un par de codazos al gigant¨®n para que se diera la vuelta y dejara de roncar un rato. Tampoco ayudaban los ronquidos de su hermana. Y lo cierto es que ninguno de los cuatro ol¨ªa a rosas, precisamente. Necesitaba una cama y un ba?o. Y un buen desayuno. Le quedaba el consuelo de que a la ma?ana podr¨ªan entrar a la ciudad y llegar por fin a casa. Se encaminaron de nuevo hacia Verdemar con paso desganado, con la primera luz del amanecer, entre las brumas de la ma?ana y alg¨²n que otro canto de gallo que resonaba en la lejan¨ªa. Tras algo m¨¢s de media hora de camino, llegaron al fin a las puertas, ojerosos y molidos, pero al menos se llevaron una alegr¨ªa al comprobar que los caballos se encontraban en los establos. Palillo lo hab¨ªa conseguido. Cruzaron bajo los arcos de las murallas, encontr¨¢ndose con los viajeros que entraban, y los lugare?os que part¨ªan hacia los campos cercanos. Se metieron en la ciudad que despertaba. Las campanas del templo repicaban en la distancia, llamando a los fieles. Las chimeneas de las casas humeaban, y el aire se impregnaba de los aromas de las cocinas y de la le?a quemada. La gente comenzaba a salir a las calles, los tenderos colocaban las mesas y tenderetes frente a sus establecimientos, con algunas muestras del g¨¦nero que ofrec¨ªan en su interior, y hasta Sunno parec¨ªa empezar el d¨ªa con alegr¨ªa, brillando con fuerza en el cielo fresco y despejado del oeste. Pasaron por algunas callejuelas, rumbo al barrio de los curtidores. Lysandra apretaba el paso, pues ten¨ªa unas ganas terribles de llegar al fin, aunque se dio cuenta de que Cangrejo estaba inusualmente silencioso y serio. Se percat¨® del par de se?as que le hizo a Verruga con su mano sana, y de c¨®mo este asent¨ªa levemente. ¡ª?Ocurre algo, maese Cangrejo? Estamos ya bastante cerca de casa de mi madre ¡ªpregunto Lysandra. ¡ªDecidme, ?en la pr¨®xima calle tenemos que girar a derecha o izquierda? ¡ªdijo el hombret¨®n, en voz baja. ¡ªA la derecha, y despu¨¦s continuamos recto hasta la plaza de los leones, y ya casi habremos llegado ¡ªrespondi¨® Lysa, algo intrigada ¡ª. ?Por qu¨¦ lo pregunt¨¢is? ¡ªNos siguen dos hombres, como a unas cincuenta varas. No os gir¨¦is. Vamos a dar un rodeo. ¡ª?Soldados del Conde? ?Al final nos han encontrado? ¡ªsusurr¨® Lysa, preocupada. ¡ªNo parecen soldados. Pero pueden ser esp¨ªas, asesinos o ladrones que quieran cobrar una recompensa. Seguro que han puesto precio a nuestras cabezas ¡ªdijo Cangrejo con su voz ¨¢spera y ronca ¡ª. Me gustar¨ªa preguntarles personalmente, ?conoc¨¦is alg¨²n callej¨®n donde podamos emboscarles? ¡ªPor supuesto, he pasado media vida en estas calles. En el pr¨®ximo cruce, tomaremos el desv¨ªo a la izquierda. Adem¨¢s, creo que Zari nos podr¨¢ ayudar. ¡ª?Qu¨¦ ocurre, Lysa? ?Has dicho algo? ¡ªpregunt¨® la muchacha, gir¨¢ndose hacia su hermana al o¨ªr su nombre. ¡ªPrep¨¢rate, nos siguen dos hombres, y les vamos a emboscar. ?No mires! Necesitaremos tus ilusiones. ¡ª?Pero a qui¨¦nes? Si no les veo, no puedo crear las im¨¢genes en sus mentes. ¡ªNo te preocupes, los ver¨¢s sin problema. Vamos hacia el callej¨®n de la Lechuza. ¡ªAh, ya veo. All¨ª hay buenos sitios para esconderse. Estar¨¦ preparada. Los hombres que les acechaban procuraban mantener la distancia, y se mov¨ªan con rapidez, intentando no quedar demasiado al descubierto. Se cubr¨ªan con capas de color pardo, y ocultaban sus rostros con amplios gorros planos de paja, como campesinos. Observaron al grupo girar a la izquierda, y tras asomarse con cuidado, los vieron desviarse de nuevo hacia otra calle. No parec¨ªa que se hubieran dado cuenta de que les segu¨ªan. Cruzaron y tomaron el mismo camino que ellos. Se encontraron de repente en un callej¨®n estrecho. En un primer vistazo, creyeron haberlos perdido, pero en cuanto se adentraron un trecho, volvieron a ver a los cuatro, cruzando una puerta al fondo del todo. Nada m¨¢s cerrar, se apresuraron a acercarse sigilosamente hasta el final del callej¨®n. Y un momento despu¨¦s, cuando estaban a punto de abrir la portezuela, esta desapareci¨®. En su lugar, solo una pared de piedra. Se giraron sin comprender muy bien que acababa de pasar, y se toparon, sorprendidos, con los cuatro a los que hab¨ªan estado persiguiendo, cubriendo la salida hacia la calle. The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. ¡ª?Que me lleven los Demonios si mis ojos me enga?an! ?Pero si son mis viejos camaradas, Ricitos y Tejadillo! ¡ªrugi¨® Cangrejo con una risotada, llev¨¢ndose las manos a la cintura. ¡ª?Les conoc¨¦is, acaso? ¡ªpregunto Lysandra con incredulidad. Los dos hombres continuaban mir¨¢ndolos, embobados, con expresi¨®n de sorpresa. ¡ªPor desgracia, s¨ª. Son dos antiguos compa?eros, de cuando trabajaba para ¡°El Cuervo¡±. Pero decidme, ?qu¨¦ hac¨¦is en Verdemar? Hasta donde yo recuerdo, vuestro territorio estaba en Terranevada. ¡ªOh, vaya. Bocadulce, no te hab¨ªa reconocido. Qu¨¦ sorpresa¡ ¡ªbalbuce¨® el m¨¢s alto de los dos, el llamado ¡°Ricitos¡±. Se quit¨® el sombrero que le cubr¨ªa la cabeza, mostrando una cabeza casi calva, que intentaba disimular tap¨¢ndola con un par de largos y tristes mechones de pelo lacio, de color pajizo. ¡ªS¨ª que se os ve sorprendidos. Seguro que a¨²n os pregunt¨¢is c¨®mo pudimos salir por la puerta del callej¨®n, que ya no est¨¢. Pero me guardar¨¦ el secreto. Ahora, decidme, viejos amigos. ?Por qu¨¦ nos andabais siguiendo? ?Y qu¨¦ hac¨¦is tan lejos del nido del Cuervo? ¡ªprosigui¨® Cangrejo, con un tono amable, pero que denotaba cierto regusto a amenaza velada. En ese momento, la expresi¨®n de sorpresa bobalicona de los hombres torn¨® a una sonrisa maliciosa. Hicieron una se?a con la cabeza, para que miraran atr¨¢s. ¡ªDisculpad a vuestros antiguos compa?eros ¡ªgrazn¨® de repente una voz a sus espaldas. Se giraron, y vieron que cinco hombres se hab¨ªan colocado sigilosamente a la entrada de la calle, tras ellos. Les apuntaban con ballestas ligeras. El que hablaba estaba desarmado, era el m¨¢s bajito de todos, y vest¨ªa con ropas de bastante mayor calidad que el resto, como un burgu¨¦s ricach¨®n. Era un tipo de pelo moreno y grasiento, que llevaba recogido en una coleta, de nariz larga y ganchuda, y de facciones infantiles, que contrastaban con las cicatrices que le poblaban la cara. ¡ªMi viejo amigo, ¡°Cangrejo¡±, pues as¨ª te haces llamar ahora, si no me equivoco ¡ªcontinuo el peque?o hombre, abriendo los brazos, como si quisiera dar un abrazo al gigant¨®n, pero sin acercarse. ¡ªEl Cuervo¡ ¡ªalcanzo a decir Cangrejo, casi sin cre¨¦rselo. ¡ªAs¨ª es, en carne y hueso. Y como dec¨ªa, deb¨¦is disculparles, pues no sab¨ªan que se enfrentaban a dos hechiceras. A las que han puesto un buen precio. Y a las que no dudaremos en disparar, si se les ocurre abrir la boca, aunque sea para darnos los buenos d¨ªas. ¡ªAs¨ª que has trasladado tu nido, ?eh, Cuervo? Las cosas no te debieron ir muy bien en Terranevada, entonces. ¡ªOh, al contrario, al contrario. Me ha ido tan bien que ahora estoy expandiendo el negocio. Pero no hablemos del pasado, hablemos del presente. Por ti, mi viejo amigo, desgraciadamente, no pagan nada. Ni tampoco por tu joven¡ aprendiz, hijo, amante, lo que sea. Solo nos interesan ellas. Lysandra se dio cuenta de que Cangrejo apretaba los dientes, mirando al hombrecillo con furia, y que Verruga se llevaba lentamente la mano hacia donde escond¨ªa sus dagas. ¡ªPero os dejar¨¦ vivir, por los viejos tiempos, siempre y cuando no os entromet¨¢is. As¨ª que sed buenos y largaos de la ciudad, os doy hasta el anochecer. O ma?ana vuestros cuerpos aparecer¨¢n en el r¨ªo, flotando hacia el mar. Y aconsejad a las damas que no hagan nada extra?o. Pagan m¨¢s por ellas vivas, pero el precio si entregamos solo los cuerpos tampoco est¨¢ nada mal. Estaba claro que, de un momento a otro, Cangrejo saltar¨ªa hacia ese despreciable hombre. Lysandra puso su mano sobre su hombro, y le dijo, mir¨¢ndole a los ojos. ¡ªMaese Cangrejo, aceptad la oferta. Ahora estamos en desventaja. Nosotras acompa?aremos a los¡ se?ores, sin oponernos. Vosotros deb¨¦is continuar. Buscad a Edel, y todo se arreglar¨¢. ¡ªPero, no sab¨¦is lo que dec¨ªs, estos hombres¡ ¡ªNos tratar¨¢n con respeto, o sabr¨¢n lo que es enfrentarse a una hechicera enfurecida, ?verdad? ¡ªdijo Lysandra, gir¨¢ndose para mirar directamente al Cuervo. Este asinti¨®, con una leve reverencia. ¡ªNo lo dud¨¦is, se os tratar¨¢ con el debido respeto. Ahora venid en silencio con nosotros. Y a ti, mi querido ¡°Cangrejo¡± te dejo en compa?¨ªa de Ricitos y de Tejadillo, para asegurarme de que no nos segu¨ªs. Despu¨¦s, sois libres de iros. Zarinia se puso a su lado, en silencio, no sin antes mirar angustiada a Verruga, que fue a dar un paso hacia ella, aunque se lo impidi¨® la pinza met¨¢lica de Cangrejo, que interpuso en su camino. Al momento en que Lysandra se dispon¨ªa a acercarse a los bandidos, Cangrejo le susurr¨® al o¨ªdo: ¡ªEn cuanto os alej¨¦is, estos hombres intentaran matarnos. No os preocup¨¦is, no tienen nada que hacer contra nosotros. Despu¨¦s, encontraremos a vuestra madre, y a Palillo. Y os rescataremos, no lo dud¨¦is. ¡ªComprendo, Brisur. Pero recordad qu¨¦ es lo m¨¢s importante. No pong¨¢is en peligro la misi¨®n por nosotras. Si las cosas se ponen feas, lucharemos. Y nos llevaremos por delante a todos los que podamos. ¡ªEso espero, si se da el caso. Conf¨ªo en que no tengamos que llegar a eso¡ªrespondi¨® Cangrejo, con media sonrisa. Tras esto, se unieron al grupo de ladrones. Lysandra hecho la vista atr¨¢s, una ¨²ltima vez. Vio a Cangrejo y a Verruga, quietos, mir¨¢ndolas mientras se alejaban calle abajo. Y a los dos ladrones que les acompa?aban, sacando sus espadas y acerc¨¢ndose a ellos por la espalda. Fue lo ¨²ltimo que pudo ver, antes de que las cubrieran la cabeza con unos sacos malolientes y las metieran en un carromato cerrado que las esperaba al final de la calle. 20 - Malas nuevas. . La anciana estuvo sanando las heridas de su cara nada m¨¢s terminar el desayuno, con una destreza sorprendente, de forma similar a c¨®mo Zarinia cur¨® a Verruga, aquella noche en el molino. En verdad que no hac¨ªa tanto tiempo, pero le parec¨ªa que esa velada pertenec¨ªa a un pasado remoto. This story has been unlawfully obtained without the author''s consent. Report any appearances on Amazon. 21 - El nido del Cuervo. If you come across this story on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. 22 - El camino del Cuerno. Unauthorized duplication: this narrative has been taken without consent. Report sightings. 23 - El Perro Celado. If you come across this story on Amazon, it''s taken without permission from the author. Report it. 24 - Lenna la Pelirroja. If you come across this story on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it. 25 - El Paso de los Vientos. This content has been unlawfully taken from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. 26 - Un cangrejo enjaulado. Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author. 27 - La caba?a de la hechicera. El camino por el que transitaban, m¨¢s trocha que senda, atravesaba un extenso y umbr¨ªo bosque de pinos y acacias, que cubr¨ªa toda el ¨¢rea desde la costa oeste, a las monta?as del Cuerno, al este. A partir del momento en el que dejaron atr¨¢s el camino hacia Vallefr¨ªo, era casi lo ¨²nico lo que hab¨ªan podido encontrar a su alrededor. Una sucesi¨®n continua de ¨¢rboles y arbustos asalvajados, de todos los tama?os y formas, que parec¨ªa no tener fin. Aunque marcharon sin descanso durante la noche y la ma?ana, no se detuvieron hasta que Alaric pens¨® que estaban lo suficientemente apartados y ocultos de posibles perseguidores. Pararon finalmente en una peque?a depresi¨®n en el terreno, un claro natural rodeado por helechos y arbustos de hojas gruesas. Juntar¨ªan el desayuno con la comida, pues casi era mediod¨ªa. Y despu¨¦s descansar¨ªan un par de horas. Si Edel estaba en lo cierto, podr¨ªan alcanzar su caba?a al anochecer. En verdad, si al partir desde Verdemar hubieran tomado un camino recto hacia el oeste, habr¨ªan llegado en menos de una jornada. Pero tendr¨ªan que haber usado alas para pasar por encima de las monta?as. Y aunque exist¨ªan senderos que atravesaban entre los riscos y las cordilleras, eran recorridos peligrosos y traicioneros, que se perd¨ªan en los valles interiores. Este rodeo por el sur era el trayecto m¨¢s seguro y r¨¢pido, en resumidas cuentas. Alaric liber¨® a Regino de su silla, y le dej¨® que pastara a sus anchas entre los pu?ados de hierbas altas que surg¨ªan junto a las grandes piedras que salpicaban la zona. Los dem¨¢s hicieron lo propio con sus monturas, y se dispusieron en corro bajo la sombra de los ¨¢rboles, junto a una improvisada hoguera. Todo era silencio, salvo el crepitar de la le?a, el cantar de los mirlos y los pinzones, y alg¨²n graznido lejano de gaviotas, que les recordaba que cada vez se aproximaban m¨¢s a la costa. La comida la prepar¨® Edel. No fue abundante, pero s¨ª bastante sabrosa. Carne guisada con patatas y zanahoria. Acompa?ada de vino especiado. Y algo de queso para el postre. Tras esto. Alaric se permiti¨® relajarse un rato, apoyado contra el rugoso tronco de un ¨¢rbol. Cerr¨® los ojos, e intent¨® no pensar en nada. Dej¨® que los sonidos del bosque y los aromas a pino y madera quemada le acompa?aran en su viaje, al mundo de los sue?os. Tuvo pesadillas intranquilas, de esas que no se recuerdan al despertar, pero dejan una amarga sensaci¨®n. Adem¨¢s, debi¨® roncar bastante, porque sinti¨® unos codazos en el costado en un par de ocasiones. Aun as¨ª, sigui¨® durmiendo. Estaba destrozado. Todo el cansancio acumulado se le hab¨ªa venido encima en ese momento, y no dispon¨ªa ni de las fuerzas ni de las ganas para levantarse. Otra vez los codazos. Refunfu?¨® molesto, y se gir¨® en el suelo. Esta vez, quien le estuviese intentando despertar, le mene¨® con fuerza, levant¨¢ndolo incluso por las solapas de su jub¨®n. ¡ª?Palillo, despierta! Vamos, se nos hace tarde. Te hemos dejado dormir m¨¢s porque parec¨ªas necesitarlo, pero debemos continuar ¡ªle dijo una voz que tard¨® unos momentos en asociar a Verruga, tal era su neblina mental tras la larga siesta. ¡ªQue, ?qu¨¦ hora es? ?Por qu¨¦ est¨¢ todo tan oscuro? ¡ªmascull¨®, con la boca seca. Las sombras se hab¨ªan alargado demasiado, y el cielo luc¨ªa un tono anaranjado. ¡ªEs el atardecer. Ese par de horas que pensabas descansar se han convertido en casi seis. Queda muy poco para que anochezca ¡ªrespondi¨® el joven, sonriendo. ¡ª?En serio? ?Dioses! Tendr¨ªais que haberme despertado. Ahora nos tocar¨¢ viajar por este bosque salvaje de noche. Y ni siquiera hay sendero. Alaric se intent¨® levantar precipitadamente, pero el cuerpo a¨²n no le respond¨ªa bien. Edel se acerc¨® a ¨¦l, y le puso su mano sobre el hombro, para calmarle. ¡ªNo os preocup¨¦is por eso. Estamos m¨¢s cerca de lo que pensaba, y conozco el camino bien ¡ªdijo la anciana, con tono tranquilizador ¡ª. Antes de que llegue el d¨ªa de ma?ana podr¨¦is dormir en una cama de verdad. Alaric no estaba muy convencido. La caba?a de Edel. Hac¨ªa a?os que no la visitaba, en medio de este bosque ind¨®mito. Esperaba encontrarse un chamizo derruido. Sin nadie viviendo all¨ª, que la cuidara y arreglara, ser¨ªa presa de la naturaleza agreste de la zona. La idea de dormir entre ruinas no le atra¨ªa demasiado. Le extra?aba, en cambio, la confianza que expresaba la anciana. Se incorpor¨® y se dispuso a recoger sus cosas. Aunque pr¨¢cticamente, ya hab¨ªan hecho todo el trabajo por ¨¦l. Hasta ensillaron de nuevo a Regino. Se detuvo un momento para observar otra vez a sus compa?eros. Verruga y Zarinia charlaban de forma animada entre ellos, con la alegr¨ªa que proporciona la inocencia y la juventud. Sonri¨® con nostalgia. Era una imagen que le tra¨ªa recuerdos de tiempos m¨¢s felices. Cerca andaba trasteando Edel que, aunque parec¨ªa estar terminando de colocar las alforjas a su caballo, no le quitaba el ojo a la pareja. Vigilaba que sus gestos afectuosos no llegaran a ser demasiado entusiastas y efusivos. Era una chaperona tenaz. Y, por ¨²ltimo, se fij¨® en Lysandra, que se encontraba ensillando a su querido Panecillo. Parec¨ªa seria y agotada. Pero manten¨ªa su elegancia y altivez natural. De no ser por las ropas sucias del camino, el cabello despeinado y la expresi¨®n fatigada, podr¨ªa haber pasado por una rica cortesana. Por una Reina, incluso. No hab¨ªa dicho casi nada desde que les encontr¨® discutiendo, a ¨¦l y a su madre, la noche anterior. Probablemente, no lleg¨® a enterarse de lo que estaban hablando, aunque deb¨ªa sospechar que era algo de lo que preocuparse. De repente, ella se gir¨® hacia ¨¦l y le devolvi¨® la mirada, con sus profundos ojos verdes aceituna. Se mantuvieron as¨ª durante unos instantes. Despu¨¦s, apart¨® la vista, levemente ruborizada. ¨¦l not¨® algo en su interior, como una ebullici¨®n efusiva, pero apret¨® los dientes y no dijo nada. Subi¨® a su montura, y se dirigi¨® a Edel: ¡ªMuy bien. Pues entonces sois vos quien lider¨¢is ahora al grupo. De todas maneras, tened cuidado con las ramas y las ra¨ªces, sobre todo cuando Sunno termine por ocultarse tras el horizonte, y solo nos quede la luz de las Damas. Hay demasiados ¨¢rboles haciendo sombra, y apenas nos llegar¨¢ algo de luz. ¡ªConfiad en m¨ª, Alaric. Puede que sea una vieja arrugada, pero mi vista es a¨²n bastante aguda. ?Verdad, Zarinia? La muchacha se gir¨® r¨¢pido al o¨ªr su nombre, sorprendida. Su cabeza hab¨ªa estado demasiado cerca de la del jovenzuelo rubio. Hizo una leve reverencia y sonri¨® cort¨¦smente, para acto seguido subir a su caballo, mientras Verruga intentaba hacerse el despistado. Prosiguieron el camino bajo el cielo nocturno, que esa noche en particular luc¨ªa cierto tono viol¨¢ceo. Todo lo que les rodeaba eran formas oscuras, dif¨ªciles de identificar hasta que las ten¨ªan cerca. La vegetaci¨®n era cada vez m¨¢s densa, llegando al punto de que poco despu¨¦s de una hora tuvieron que desmontar y continuar a pie, para evitar golpearse y ara?arse con las ramas sobre sus cabezas. Edel zigzagueaba entre los ¨¢rboles y las enormes rocas de granito, que en cierta manera defin¨ªan el trayecto. Poco dijeron, salvo alguna que otra maldici¨®n al tropezar con las ra¨ªces, o rozarse la cara contra una rama baja. El entorno era cada vez m¨¢s sofocante. Incluso los caballos andaban inquietos y molestos por tener que cruzar por una zona tan inc¨®moda. Tras casi otras dos horas de trayecto, en las que avanzaron bien poco, la anciana les hizo cambiar el rumbo, pasando entre dos piedras alargadas, similares a un par de columnas. Cuando llegaron a su altura, Alaric observ¨® que no estaban puestas all¨ª por casualidad casualidad, y pese a la oscuridad, pudo ver que su superficie se encontraba tallada con alg¨²n tipo de s¨ªmbolos e inscripciones. Al poco, se toparon con un muro inmenso formado por grandes rocas que se apretaban las unas contra las otras, cubiertas por musgo y l¨ªquenes. A simple vista, no parec¨ªa haber manera de cruzarlo, pero Edel borde¨® el per¨ªmetro durante aproximadamente cien varas hacia el norte, hasta llegar a un paso oculto. Era muy dif¨ªcil de ver a simple vista, pues estaba escondido tras un mont¨®n de arbustos enrevesados, y adem¨¢s bastante estrecho, suficiente para un caballo, pero poco m¨¢s. Atravesaron en fila el angosto pasadizo, que se adentraba culebreando entre el grueso muro, para desembocar en una planicie circular. Un circo natural de unas trescientas varas de di¨¢metro, rodeado completamente por una muralla de enormes formaciones de granito. Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. Aun con la escasa claridad, Alaric se fij¨® en la poca vegetaci¨®n que crec¨ªa all¨ª dentro. Quiz¨¢s debido al gigantesco pino milenario que se alzaban en el centro de la extensi¨®n, cuya copa se recortaba contra el estrellado cielo, superando en altura a todo lo que le rodeaba. Se imagin¨® que, durante el d¨ªa, arrojar¨ªa tanta sombra sobre la extensi¨®n que no permitir¨ªa el crecimiento del resto de plantas. El suelo estaba tapizado por una gruesa capa de agujas secas, que cruj¨ªan levemente al pisar sobre ellas. Aunque resultaba agradable, tras el largo trayecto sufriendo piedras. El aroma a pino era especialmente intenso en esa planicie, ya que el viento era mucho m¨¢s suave que en el exterior, e incluso la temperatura era m¨¢s agradable. Esa especie de fortificaci¨®n natural parec¨ªa tener su propio clima. Pasaron junto al gigantesco ¨¢rbol, y Alaric se qued¨® estupefacto. Se encontraron con una fachada de piedra rectangular, de dos plantas, embutida entre dos de las tit¨¢nicas rocas que formaban el per¨ªmetro. Un trabajo fino de masoner¨ªa, con una gruesa puerta de madera reforzada en el centro, y ventanas protegidas por rejas de hierro forjado a cada lado. En la segunda planta, la disposici¨®n parec¨ªa ser la misma, salvo que, en vez de entrada, surg¨ªa un peque?o pero elegante balc¨®n, con la repisa construida tambi¨¦n con metal. ¡ªNo era lo que os esperabais, ?verdad? ¡ªle dijo Edel, al ver su expresi¨®n de asombro. ¡ªDesde luego que no. Cuando dijisteis que era una caba?a en el bosque, cre¨ª que ser¨ªa¡ ¡ªLa t¨ªpica caba?a de bruja que todo el mundo imagina. Un chamizo de ramas entre la espesura, cubierto por pieles de animales, y con un techo de paja y musgo. Me gusta que la gente piense eso, es otra medida de seguridad. Involuntaria, pero efectiva. ¡ªYa veo. Aunque es una cueva, en realidad. ¡ªY muy agradable. Y profunda. Desgraciadamente, creo que nos va a tocar limpiar bastante polvo, despu¨¦s de tantos a?os. Espero que las termitas hayan perdonado a mis pobres muebles. Edel saco una gruesa llave de hierro del bolsito de su cintura, y la introdujo en la cerradura. Sin embargo, no se abri¨®. Puso ambas manos sobre ella, gru?o por el esfuerzo, y empez¨® a murmurar de forma inteligible. ¡ª?Es una puerta m¨¢gica? ?Hay que decir la contrase?a, o algo as¨ª? ¡ªpregunt¨® inocentemente Verruga. ¡ªAceite ¡ªcontest¨® Zarinia. ¡ª?Aceite? Vaya contrase?a m¨¢s rara. ¡ªNo, que a los goznes le falta aceite ¡ªrespondi¨® la muchacha, con un suspiro ¡ª. Esa puerta lleva a?os sin abrirse. Ay¨²dala a empujarla, por favor. Al final fue necesaria la fuerza de Verruga y Alaric a la vez, pues la madera se hab¨ªa hinchado con la humedad. Les cost¨® una barbaridad abrirla. Tras varios empujones, chirridos, crujidos y maldiciones, pudieron dejarla entreabierta. Les alcanz¨® una leve bocanada de aire del interior, que ol¨ªa un poco a humedad, y a cerrado. Tras esto, cruzaron a la oscuridad, precedidos por Edel, que parec¨ªa saber perfectamente hacia d¨®nde se dirig¨ªa. Se acerc¨® a una peque?a abertura junto a la entrada. Pronunci¨® unas palabras, y una chispa comenz¨® a recorrer las paredes, siseando y encendiendo el aceite de todas las l¨¢mparas de la estancia. Pudieron ver, al fin, d¨®nde se encontraban. La sala era rectangular y amplia, con gruesas vigas de madera que soportaban la estructura de la planta superior. Se apreciaba que la mitad de la pared estaba construida con piedra tallada, pero el resto, hacia el fondo, hab¨ªa sido excavada con exquisita pericia directamente en la roca.. A un lado se encontraba una gran chimenea, coronada por una repisa donde descansaban viejos candelabros de cobre. Habr¨ªa que limpiarla y revisarla antes de encenderla, ya que el suelo en esa parte estaba cubierto por agujas de pino, que se hab¨ªan ido colando desde el exterior. Iban dejando huellas en las baldosas del piso sobre la fina capa del polvo acumulado tras tantos a?os de abandono. Los muebles estaban cubiertos por grandes telas de lino, para protegerlos, aunque debajo se adivinaban un par de mecedoras, un sill¨®n, una mesa con bancos, y varias estanter¨ªas que cubr¨ªan las paredes. Una escalera de madera junto a la entrada permit¨ªa acceder al piso superior, donde seguramente se encontrar¨ªan las habitaciones, y un arco de piedra r¨²stica daba paso a lo que deb¨ªa de ser la cocina. ?Una casa realmente agradable. Casi un palacete?, pens¨® Alaric. M¨¢s de un burgu¨¦s ricach¨®n de la ciudad hubiera pagado un dineral por poder tener algo como esto. Descubrieron los muebles, mientras Edel correteaba de un lado a otro con una escoba, y cubos de agua humeantes. Porque para su sorpresa, el lugar ten¨ªa un sistema de ca?er¨ªas de cobre verdoso, que proporcionaba agua caliente. La anciana coment¨® que proced¨ªa del subsuelo, a gran profundidad. No era muy buena para beber, demasiada cal. Pero era un lujo que pocos pod¨ªan disfrutar. Un c¨¢lido ba?o en cualquier momento. En la planta de arriba, prepararon unas camas con paja y agujas de pino secas, dejando uno de los aposentos para las mujeres, y otro para Verruga y ¨¦l. Mientras el resto adecentaba la casa, se permiti¨® darse un ba?o en la gran tina de bronce del cuarto anexo a la cocina, que daba al exterior por un peque?o ventanal de vidrio grueso. Cerro los ojos, y dej¨® que el calor aliviara la tensi¨®n de sus m¨²sculos cansados. Aunque el agua ten¨ªa su propio olor, algo sulfuroso, no tapaba el aroma de lo que estuviese preparando la anciana all¨ª al lado en ese momento. La mujer canturreaba alegremente, y se la o¨ªa trotar de un lado a otro de la cocina, removiendo cacharros y abriendo y cerrando cajones y armarios. Hasta pudo usar una fragante pastilla de jab¨®n que hab¨ªa tra¨ªdo la buena mujer en su equipaje. Ol¨ªa a flores silvestres. Estaba a punto de quedarse dormido, abrazado por el agradable calor, cuando escuch¨® el leve sonido de la puerta de la salita abrirse. El vapor del agua formaba una neblina densa en el peque?o cuarto, pero adivin¨® la tenue silueta de Lysandra a contraluz. ¡ªDisculpad, cre¨ª que ya hab¨ªais terminado ¡ªdijo ella, confundida. ¡ªOh, no os preocup¨¦is. Me he demorado demasiado aqu¨ª. Hac¨ªa tiempo que no disfrutaba tanto de un ba?o. Enseguida salgo. Lysandra comenz¨® a entornar la puerta, para salir, aunque no llego a abatirla del todo. Dud¨® un momento, y entr¨®, cerrando tras de s¨ª. ¡ªPerdonadme de nuevo, pero aqu¨ª no nos escuchar¨¢ nadie. Os ruego que me cont¨¦is aquello de lo que estabais hablando la noche pasada. Llevo todo el d¨ªa pensando sobre ello, y cuanto m¨¢s lo medito, peores cosas se me cruzan por la cabeza. ¡ªDio un paso hacia ¨¦l. Su tono mostraba verdadera preocupaci¨®n. ¡ªComo os dije, os lo debe contar vuestra madre. Es un asunto familiar. Aunque nos afecte a todos, es algo que ten¨¦is que arreglar entre vosotras. ¡ªDeseo conocer vuestra versi¨®n ¡ªinsisti¨® Lysandra, dando otro paso hacia ¨¦l. ¡ª?Mi versi¨®n? ¡ªrespondi¨®, con cierto enojo ¡ª. Lo ¨²nico que s¨¦ con certeza es que mi amigo ha sido apresado. Nos hemos jugado varias veces la vida por ese maldito medall¨®n. La guardiana nos oculta secretos que nos pone a todos en peligro. Y que no me queda m¨¢s opci¨®n que dirigirme de cabeza hacia una trampa. Sinceramente, hubiera preferido no haberme cruzado con vos ni con vuestros problemas, jam¨¢s. Lysandra, al escuchar esas palabras, se detuvo. Pod¨ªa adivinar su expresi¨®n entre el vaho, la mezcla de emociones que cruzaban por su semblante: dolor, tristeza y una sombra de enfado. Sus palabras parec¨ªan haberla golpeado m¨¢s de lo que ¨¦l hab¨ªa previsto. ¡ªLamento que vuestra vida haya ido a peor desde nuestro primer encuentro ¡ªmurmur¨® ella, con un nudo en la garganta ¡ª. Si pudiera volver atr¨¢s, y deshacer tantas cosas, tantos errores. Lo siento, Alaric. De verdad. Lysandra se aproxim¨® hasta el borde de la tina. A esa distancia, pudo apreciar que llevaba puesto un camis¨®n de lino fino, suelto, que debido a la humedad, dejaba adivinar las formas de todo aquello que cubr¨ªa. Ella se percat¨® de que su ropa era m¨¢s reveladora de lo que hab¨ªa pretendido, y que adem¨¢s, se hab¨ªa acercado demasiado. Al fin y al cabo, Alaric estaba desnudo, aunque la espuma pod¨ªa llegar a ocultar algo. Se apart¨® con pudor. ¨¦l tom¨® su mano. Ella se detuvo, dudando por un momento. Mir¨® de nuevo a Alaric. Una mirada majestuosa. De poder. De confianza. Afloj¨® el cord¨®n que apretaba la prenda al cuello, permitiendo que el camis¨®n se deslizara por su piel, para revelar su cuerpo al completo. Alaric observ¨® su esbelta figura, p¨¢lida, delgada y alta. La herida mortal debajo del pecho, de la que solo quedaba el recuerdo de una cicatriz blanquecina. Lysandra entr¨® a la tina, junto a ¨¦l. Se abrazaron. Se besaron. Ella se dio la vuelta, y apoy¨® su espalda contra su pecho. Su piel estaba fr¨ªa, ol¨ªa a sudor, y al polvo del camino. Pero a ¨¦l le daba igual. Apart¨® su pelo y la abraz¨® desde atr¨¢s, besando su cuello. Acarici¨® sus pechos, mientras notaba como la piel de Lysandra se erizaba. Baj¨® a la cicatriz, que roz¨® con cuidado. Despu¨¦s continu¨® hasta su entrepierna, deslizando su mano sobre el vello. Tent¨® su vulva con suavidad. Ella gimi¨® levemente. Notaba la excitaci¨®n, la dureza creciendo entre sus piernas. Pero no hicieron m¨¢s. Se quedaron abrazados y en silencio. Simplemente disfrutando del contacto de sus cuerpos. De compartir ese momento, esa moment¨¢nea isla de paz, rodeada por oscuras nubes de realidad en el horizonte. 28 - Una velada tranquila. This book is hosted on another platform. Read the official version and support the author''s work. 29 - La Hechicera, la Bruja y la Sacerdotisa. This content has been misappropriated from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. 30 - Descenso a la oscuridad. The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. 31 - El laberinto inferior. This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there. 32 - El Reino Hundido. This tale has been pilfered from Royal Road. If found on Amazon, kindly file a report. 33 - La prueba del Cuepo. Entre el derrumbe inesperado, Lysa extravi¨¢ndose en aquella bifurcaci¨®n traicionera, los gusanos malditos que acechaban desde la oscuridad y el inquietante bosque de setas gigantes, el paso por las cuevas hab¨ªa sido de todo, menos sencillo. Pero la anciana no hab¨ªa mentido. El ¨²ltimo tramo, la subida hasta la superficie, fue terrible. Una pesadilla. Y no porque el camino fuera especialmente enrevesado. Comparado con los laberintos de cuevas, corredores y cavernas de las profundidades, casi hasta parec¨ªa un paseo sencillo. El problema result¨® ser la pendiente. El desnivel era enorme, y el camino cuesta arriba, penoso y agotador. Incluso a ¨¦l, el m¨¢s joven y flexible, le hab¨ªa costado lo suyo. Tuvo que ayudar a la pobre Zari en m¨¢s de una ocasi¨®n, al igual que Palillo ech¨® una mano a Lysandra en otras tantas partes del camino. Las chicas estaban extenuadas, y tuvieron que detenerse a descansar m¨¢s veces de lo que hubieran deseado. La anciana, en cambio, continuaba sorprendi¨¦ndole. Su cuerpo era mucho m¨¢s ¨¢gil y fuerte de lo que aparentaba, y hab¨ªa afrontado el ascenso sin expresar ni una sola queja o se?al de cansancio. Parec¨ªa que la subida no ten¨ªa fin, pero un cambio en la cueva los anim¨® para hacer un ¨²ltimo esfuerzo. Pasaron de la rugosa piedra natural a un pasillo escalonado, de paredes, suelos y techo completamente lisos y labrados, decorados con columnas talladas en la roca. Hab¨ªan llegado, al fin, a la salida. ¡ªAh, por fin¡ El valle desnudo ¡ªdijo Edel, con tono esperanzador ¡ª. El templo queda ya muy cerca. Puedo sentirlo en los huesos. ¡ª?Lo sent¨ªs? ?Alg¨²n poder secreto de la Guardiana? ¡ªpregunt¨® Alaric tras ella. ¡ªNo, querido. La edad. Me duele todo ¡ªrespondi¨® la anciana, riendo. El aire fresco inund¨® sus pulmones, y prosiguieron hasta el arco excavado en la roca, desde el que se apreciaba el cielo azul del mediod¨ªa. Aunque la entrada no era muy amplia y no permit¨ªa el paso de demasiada luz, les pareci¨® un brillo cegador. El canto de los p¨¢jaros y el susurro de la brisa en la vegetaci¨®n fue para ellos como un agradable saludo de bienvenida. ¡ªAhora debemos andar con mil ojos ¡ªles dijo Palillo, antes de abandonar la cueva ¡ª. Aunque las tropas del Conde a¨²n no han tenido tiempo de llegar, es mejor no correr riesgos. Voy a salir con Verruga a explorar la zona, y si el camino est¨¢ despejado, volveremos para avisaros. ¡ªId con cuidado, y regresad r¨¢pido ¡ªrespondi¨® Lysandra, con una mirada de preocupaci¨®n. En su voz se notaba la falta de aliento. A Rendel no le quedaba duda de que entre los dos hab¨ªa algo. Y se alegraba. Lysa parec¨ªa una buena mujer, de noble coraz¨®n. Y Palillo siempre fue un solitario empedernido. Merec¨ªa compa?¨ªa, ya era hora de que asentara un poco la cabeza. Mir¨® a Zari, pero la muchacha estaba tan cansada que lo ¨²nico que pudo hacer fue sentarse contra un muro y cerrar los ojos. La pobre se encontraba roja como un tomate. Aun as¨ª, intent¨® esbozar una sonrisa a modo de despedida, cuando ¨¦l y Palillo salieron al exterior. Se vieron obligados a abrirse paso a trav¨¦s de una compacta mara?a de arbustos, que cubr¨ªa y ocultaba la entrada. El aire fresco, cargado de aromas a mar, a jara, tomillo y romero, les result¨® reconfortante, tras tanto tiempo respirando la viciada atm¨®sfera de las profundidades. No hab¨ªa una senda muy clara, pero la propia orograf¨ªa les obligaba a seguir la curva del valle, que ten¨ªa forma de medialuna. Caminaban a la mitad de altura del monte, ocultos entre rocas, matojos y peque?os ¨¢rboles. Bastante m¨¢s abajo, siguiendo la base de la vaguada, serpenteaba el camino que llevaba al templo. Sobre ellos, las agrestes cimas de los montes que conformaban el valle se recortaban contra el cielo. C¨ªrculos de gaviotas sobrevolaban a gran altura, y de vez en cuando se o¨ªan sus graznidos lejanos. Rendel estaba seguro de que, si trepaba hasta lo alto del todo, ser¨ªa capaz de atisbar la costa. No pas¨® mucho tiempo antes de que llegaran al extremo del valle, donde el camino se deten¨ªa, abri¨¦ndose en una terraza de roca lisa. All¨ª abajo, rodeado por las monta?as, se alzaba el templo de la Serpiente. Hab¨ªan llegado, al fin. Result¨® se una visi¨®n asombrosa. Una gran fachada de m¨¢rmol blanco, incrustada en la propia ladera de la monta?a, que resaltaba contra el gris apagado de las rocas. La vegetaci¨®n circundante, una mezcla de arbustos silvestres y enredaderas floridas, trepaba por las paredes del templo, fundi¨¦ndose con la estructura, y acaparando cualquier hueco y grieta donde se pudiera agarrar. Cuatro colosales columnas, talladas como gigantescas serpientes enroscadas, sosten¨ªan un elaborado dintel, del que brotaban sinuosas c¨²pulas esculpidas. Dispon¨ªan de unas peque?as aberturas, similares a ventanas, de las que surg¨ªan unos suaves silbidos cuando la brisa que se colaba a trav¨¦s de ellas. Pero ten¨ªan aspecto de ser meramente decorativas. Solo serv¨ªan para que las aves las usaran como refugio. Una gran escalera de unos veinte pelda?os separaba la terraza de roca de la entrada. Estaba cubierta de hojas, ramas y manchas de tierra. Nadie se hab¨ªa molestado en limpiar, desde hac¨ªa mucho. A ambos lados, se encontraban sendos cuencos de bronce del tama?o de un carromato, que probablemente sirvieran para encender grandes hogueras. Ahora estaban llenas de barro y de plantas resecas que colgaban desde su interior. La entrada la custodiaban dos enormes figuras, de la misma piedra blanca. Parec¨ªan representar a gigantescos guerreros, engalanados con elaboradas armaduras. Pero sus cabezas no eran humanas, sino de serpiente. Descansaban sus brazos sobre grandes espadas que apoyaban en el suelo, del tama?o de dos hombres. Ambos guardaban el largo y oscuro pasillo que se internaba en las profundidades de la ladera. ¡ªEs m¨¢s impresionante de lo que pensaba ¡ªdijo Rendel, contemplando con asombro la majestuosa construcci¨®n. ¡ªS¨ª. Parece incre¨ªble que algo tan grande haya pasado inadvertido tanto tiempo ¡ªrespondi¨® Alaric, igualmente maravillado. ?O quiz¨¢s nadie ha salido vivo de aqu¨ª para contarlo?, pens¨® Rendel. ¡ªNo parece que hayan llegado de momento. No hay marcas recientes ni de pisadas ni de caballos ¡ªle susurr¨® Alaric, mientras observaban desde lo alto, agazapados tras unas rocas. ¡ªS¨ª, pero ?ves eso en el horizonte? ¡ªse?al¨® ¨¦l. Al fondo, m¨¢s all¨¢ de los montes que bordeaban el valle, se alcanzaba a ver una columna de polvo blanquecino que se elevaba, disip¨¢ndose en el cielo. ¡ªImposible. No puede ser. O han venido volando sobre las monta?as, o no hemos calculado bien los tiempos. Est¨¢n muy cerca. A menos de una jornada, dir¨ªa yo. ¡ªEso creo. Me parece incluso escuchar los relinchos de los caballos. ¡ªDebemos volver r¨¢pido, y avisar a las mujeres. No s¨¦ qu¨¦ habr¨¢ pasado, pero tenemos que llegar a la entrada secundaria del templo lo antes posible. Regresaron corriendo hasta la salida de las cuevas. Tras contar lo sucedido, Edel no se explicaba qu¨¦ hab¨ªa pasado. ¡ªEs imposible que hayan tardado tan poco. Deber¨ªamos llevarles al menos una jornada de ventaja. ¡ªDesconozco lo que ha ocurrido, pero lo cierto es que en unas horas llegar¨¢n hasta aqu¨ª ¡ªafirm¨® Palillo, con impaciencia. ¡ªEsperad¡ ¡ªdijo Zari, pensativa ¡ª. Hay una idea que me anda rondando por la cabeza desde esta ma?ana. ?Cu¨¢nto tiempo estuvimos durmiendo anoche, en realidad? ¡ªPues¡ una noche. Supongo ¡ªrespondi¨® ¨¦l, inseguro. Tambi¨¦n albergaba sus dudas; le result¨® un sue?o demasiado pesado. ¡ªO quiz¨¢s m¨¢s ¡ªprosigui¨® Lysandra, con tono de realizaci¨®n ¡ª. Madre, los hongos¡ Yo me despert¨¦ con dolor de cabeza, y todos nos levantamos doloridos, como si hubi¨¦semos pasado demasiado rato tumbados. ¡ªPodr¨ªa ser una explicaci¨®n ¡ªadmiti¨® Edel, pensativa¡ª. El camino secundario nos ha robado m¨¢s horas de lo esperado, y si encima esas esporas ten¨ªan alg¨²n tipo de efecto narc¨®tico, y nos han hecho perder la noci¨®n del tiempo¡ ¡ªEso ya da igual ¡ªdijo Palillo, tajante¡ª. Apresur¨¦monos en llegar a nuestro destino, antes de que nos alcancen. El grupo parti¨® de inmediato, manteni¨¦ndose en silencio mientras tomaban una ruta elevada, siempre atentos a no ser vistos. Alaric tem¨ªa que ya hubieran enviado exploradores adelantados. Cuando alcanzaron el final del valle, volvieron a detenerse, frente a la portada del templo. No estaba seguro, pero pensaba que para Zari y Lysa, tambi¨¦n era la primera vez. Por desgracia, no ten¨ªan tiempo de disfrutar de las vistas. Llegaron hasta el final de la ca?ada, pero en vez de descender en direcci¨®n al templo, continuaron ascendiendo, hacia un sendero que los llevar¨ªa a la otra ladera de la monta?a. Edel segu¨ªa liderando la marcha, y Rendel decidi¨® apretar un poco el paso, para ponerse a su altura. La anciana se sorprendi¨® de verle a su lado, pero parec¨ªa m¨¢s intrigada que molesta. ¡ªVaya, es un lugar realmente impresionante ¡ªcoment¨®, intentando romper el hielo. Edel resopl¨® con un suspiro profundo. ¡ªCiertamente que lo es. Pero no hab¨¦is venido a hablarme del paisaje, ?verdad? ?Qu¨¦ es lo que quer¨¦is preguntarme en realidad? ¡ªOh, bueno¡ ¡ªrespondi¨®, algo inc¨®modo ¡ª. Creo que es la primera vez que Zari y Lysa ven el templo¡ ?Hab¨¦is usado muchas veces la entrada de atr¨¢s? ¡ªUna vez, de peque?a. Mi padre me ense?¨® c¨®mo pasar las pruebas. ¡ªEntonces, ?Lysa y Zari? Tampoco han estado ah¨ª, ?verdad? ¡ªConocen la teor¨ªa. Me temo que hoy, ser¨¢ el examen pr¨¢ctico para ellas. ¡ªSuena muy poco tranquilizador. ¡ªNo deseo tranquilizaros. Al contrario, os necesito en alerta. Necesito que cuid¨¦is de Zarinia. Y necesito que Alaric cuide de mi Lysa. Estas pruebas a las que nos vamos a enfrentar fueron dise?adas como medida de protecci¨®n extrema. Fracasar, supone la muerte. A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. ¡ªOs prometo que har¨¦ lo que est¨¦ en mi mano para cuidar de Zari. Edel se gir¨®, mir¨¢ndole directamente a los ojos, sonriendo. ¡ªSois un buen muchacho. Quien os pusiese el mote de ¡°Verruga¡±, no ten¨ªa ni idea. Yo os hubiera puesto ¡°Palad¨ªn¡±. Rendel sonri¨®. ¡°Palad¨ªn¡± sonaba mucho mejor que ¡°Verruga¡±. Sin duda. Se despidi¨® de la anciana con una reverencia cort¨¦s, y volvi¨® a su puesto, cerrando el grupo, no sin antes sonre¨ªr a Zari cuando pas¨® a su lado. Pobre muchacha, no levantaba la vista del suelo, y resoplaba con esfuerzo. No sab¨ªa muy bien de qu¨¦ manera podr¨ªa animarla, as¨ª que prefiri¨® no decir nada. Tras un rato caminando por la senda de la cima, se encontraron de nuevo con otro camino que descend¨ªa hacia un peque?o valle, rodeado de grandes formaciones rocosas. Hab¨ªa algo de vegetaci¨®n, pero lo que m¨¢s destacaba era un modesto lago de aguas cristalinas, bordeado por una playa de piedrecitas y cantos rodados. Edel les indic¨® que deb¨ªan continuar por all¨ª. Cuando llegaron a la altura del lago, vieron al fin la entrada. Horadada directamente en la roca, de forma similar a la portada principal, pero mucho m¨¢s humilde y sencilla. De hecho, un observador ocasional podr¨ªa haberla confundido perfectamente con cualquier otra grieta en la pared. Estaba precedida por una escalinata estrecha y corta, tallada directamente en la roca, en la que cabr¨ªan dos personas a lo sumo, y que dejaban la entrada elevada apenas un par de varas sobre la superficie del agua. Pero lo que m¨¢s llamaba la atenci¨®n, era la enorme estatua de m¨¢rmol blanco, colocada en medio del lago. Se trataba de la escultura idealizada de un hombre, de pie, en pose r¨ªgida, mirando al frente. Aunque estaba hundida hasta el pecho, Rendel calcul¨® que medir¨ªa al menos diez varas. Si era de cuerpo entero, claro. Edel les hizo parar, y se?al¨® hacia el lago. ¡ªEn cuanto lleguemos a la orilla, nos enfrentaremos al primer obst¨¢culo. ¡ªOh, vaya, pensaba que llegar hasta aqu¨ª era ya la primera prueba ¡ªbrome¨® Palillo. Edel le devolvi¨® una mirada seria. No parec¨ªa tener mucho humor para chanzas en ese momento. ¡ªComo dec¨ªa, esta es la primera prueba. Mis ancestros la conoc¨ªan como ¡°la del cuerpo¡±. Yo prefiero llamarla ¡°la de correr¡±. La anciana hizo una pausa en su explicaci¨®n. Parec¨ªa que pretend¨ªa tambi¨¦n hacer alg¨²n tipo de broma. Pero ninguno lo hab¨ªa entendido. ¡ªEn fin ¡ªcontinu¨®, al ver las caras de incomprensi¨®n ¡ª. Como veis, la entrada est¨¢ situada al otro lado del lago. Podemos bordear por el camino m¨¢s corto, o por el m¨¢s largo. ¡ªEn principio, yo elegir¨ªa la ruta breve. Aunque supongo que hay un ¡°pero¡±, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Palillo. ¡ªAs¨ª es, Alaric. El Vigilante intentar¨¢ impedir que pasemos. Bueno, pretender¨¢ matarnos, m¨¢s bien. ¡ªS¨ª, es una eficaz forma de evitar que entremos. ?Y qui¨¦n es ese ¡°Vigilante¡±? ¡ªLe pod¨¦is frente a vos, esperando en el lago. Todos miraron con curiosidad, pero no hab¨ªa ninguna se?al de que hubiera alguien rondando por la orilla. Tan solo, la estatua que asomaba sobre las aguas, r¨ªgida e inexpresiva. Alaric esboz¨® una mueca de incomprensi¨®n. ¡ªNos tom¨¢is el pelo ¡ªmascull¨® ¨¦l, casi riendo. La anciana permanec¨ªa con su semblante severo. ¡ªNo, en serio. Es una broma, ?no? Es decir, es una estatua. ?Qu¨¦ va a hacer? ¡ªcontinu¨® Palillo, viendo la expresi¨®n de Edel. ¡ªYa os lo he dicho. Intentar¨¢ matarnos ¡ªrespondi¨® ella, con solemnidad ¡ª. As¨ª que, para evitarlo, os contar¨¦ lo que haremos. Es muy importante que todos hag¨¢is lo que yo os diga. Nuestra vida depende de ello. Escucharon el plan de Edel. Rendel sinti¨® un nudo en el est¨®mago. La mujer daba pistas sobre lo que iba a pasar, y no le estaba gustando nada. Tras comprobar que todos hab¨ªan entendido lo que deb¨ªan hacer, la anciana les condujo colina abajo, con cuidado. Aunque la distancia hasta el lago no parec¨ªa excesiva desde la cima, el descenso fue lento y agotador. La pendiente era tan pronunciada como la de subida, y el camino, igual de impracticable. ?Espero que no tengamos huir de vuelta por aqu¨ª, o lo pasaremos realmente mal?, pens¨® Rendel para s¨ª. En cuanto llegaron junto a la orilla, se agazaparon tras unas grandes rocas, que serv¨ªan tambi¨¦n de morada a unos desagradables setos, retorcidos y cubiertos de espinas y bayas rojas. ¡ª?Todos preparados? ?Alguna pregunta? ¡ªsusurr¨® Edel, asom¨¢ndose tras las zarzas. Se miraron entre s¨ª, inseguros. Pero asintieron. ¡ªTu turno, Zari ¡ªdijo entonces, tomando su mano con fuerza. Zarinia asinti¨®, con gesto tenso. Notando su nerviosismo, Rendel tom¨® su otra mano. Ella le dedic¨® una breve sonrisa, agradecida, Y entonces, el plan dio comienzo. El grupo sali¨® de detr¨¢s de su escondite, y continu¨® con cuidado, tomando la ruta de la orilla corta. Anduvieron casi unas cien varas, sin mucho problema. Hasta que un crujido, proveniente del lago, les alert¨®. Las calmadas aguas comenzaron a formar ondas. Rendel, horrorizado, se percat¨® de que la estatua se mov¨ªa. Les estaba siguiendo con la mirada, girando la cabeza lentamente. Unos ojos sin vida y sin alma. Una imagen de pesadilla que le hizo temblar y que sus piernas flaquearan. La colosal figura comenz¨® a avanzar hacia ellos, levantando olas a su paso. Corrieron tan r¨¢pido como les permit¨ªan sus pies, aunque el suelo de grava y arenilla no ayudaban mucho. Para su desgracia, la mole de m¨¢rmol tom¨® una ruta oblicua, tratando de interceptarles y cortarles el camino. Se mov¨ªa lentamente, pero con cada paso cubr¨ªa una distancia de al menos cinco o seis varas, provocando corrientes turbulentas, y terribles vibraciones que se extend¨ªan por el suelo. Aceleraron, pero el gigante utiliz¨® su enorme brazo para barrer la superficie, creando una gran ola dirigida hacia el camino. El grupo tuvo que detenerse de golpe, pues el agua impact¨® contra la orilla con fuerza, bloqueando la ruta, y haciendo saltar piedras y rocas a su paso. Ya estaba, no ten¨ªan forma de llegar hasta la entrada antes que el tit¨¢n de m¨¢rmol les sobrepasara. Se dieron media vuelta, para huir sobre sus pasos. Pero el coloso ya hab¨ªa alcanzado la orilla, mostr¨¢ndose en toda su enorme magnificencia. Unas diez varas de m¨¢rmol pulido, brillando bajo el sol. Aunque de pecho hacia abajo, estaba cubierto de algas verdes, que chorreaban agua mientras avanzaba con pasos largos y pesados. Corr¨ªan desesperados. Zarinia y Edel se quedaron rezagadas, jadeando, sus pies tropezando con las piedras sueltas del camino. Cada zancada del gigante provocaba un estruendo atronador, haciendo que incluso algunas rocas de las paredes que rodeaban el lago empezaran a desprenderse y a caer colina abajo. Estaba a punto de alcanzarlas. Zari se dio cuenta, y empuj¨® a la desesperada a su madre, para que se hiciera a un lado. Despu¨¦s, se lanz¨® hacia el otro costado, cayendo de bruces contra el suelo. El coloso se detuvo, pero no dud¨®. Alz¨® su pie, y aplast¨® con fuerza el cuerpo de Zari. ¡ªMierda, me ha pillado ¡ªdijo la muchacha, al o¨ªdo de Rendel. La cargaba a su espalda, a la vez que se aproximaban corriendo hasta la entrada. Hab¨ªan tomado el camino largo, mientras ella manten¨ªa entretenido al Vigilante, con una de sus ilusiones. Desgraciadamente, no pod¨ªa moverse durante el rato que estuviera concentrada, por lo que tuvo que transportarla mientras tanto. ¨¦l asinti¨®, jadeando, y volvi¨® la cabeza, para observar al gigante. Y grit¨®. Porque si hab¨ªa algo m¨¢s espantoso que ser perseguido por una inexpresiva estatua viviente, era ver c¨®mo la impasible cara se contorsionaba en una mueca de furia antinatural: el ce?o se frunci¨®, las mejillas se tensaron y los labios se apretaron. Esa cosa se percat¨® del enga?o. Y los hab¨ªa visto. Hasta jurar¨ªa haberle o¨ªdo gritar de rabia, aunque su inerte boca parec¨ªa incapaz de abrirse. Y comenz¨® a correr. Otra imagen que se le iba a quedar grabada en la mente para alimentar sus pesadillas el resto de su vida. Contemplar su andar era espantoso. Pero verle correr hacia ellos, no ten¨ªa nombre, terror¨ªfico se quedaba corto. Su paso veloz provocaba un terremoto a su alrededor. El instinto de supervivencia de Rendel le hizo correr como nunca antes, incluso con Zari a su espalda. Adelant¨® al resto, de hecho. Subi¨® por la escalinata. O m¨¢s bien, vol¨® sobre ella, lanz¨¢ndose hacia el interior. Ni siquiera se detuvo cuando la oscuridad les envolvi¨®. Prefer¨ªa golpearse de frente contra una pared, antes que quedarse parado en la puerta. El resto hizo igual, entraron a la carrera, sin pensar. Si hab¨ªa alg¨²n obst¨¢culo en el camino, ya estaba ¨¦l para comprobarlo. Hicieron bien. Las vibraciones en el suelo y el polvo y las piedrecillas que ca¨ªan sobre sus cabezas les indicaban que el gigante se acercaba a gran velocidad. Al fin, Rendel se detuvo a una distancia prudencial, resoplando y con el coraz¨®n a punto de salirle por la boca. Dej¨® a Zari sentada, apoyada contra la pared y se gir¨® hacia la puerta. All¨ª tuvo otra visi¨®n que le traumatizar¨ªa para el resto de su existencia. La enorme cara de m¨¢rmol asomada a la entrada, y un brazo colosal que se colaba dentro, palpando y golpeando, con gran estruendo. Intentaba machacar cualquier cosa que estuviera a su alcance. Cuando qued¨® claro que no conseguir¨ªa atraparles, el Vigilante desisti¨®. El enorme brazo se retir¨® de nuevo hacia el exterior, arrastr¨¢ndose como una gran serpiente y dejando marcas profundas en el suelo. Y despu¨¦s, la calma. Rendel se dio cuenta al fin de que temblaba, y no pudo continuar de pie. M¨¢s que sentarse, se derrumb¨®, y not¨® la mano de Zari, aferrando la suya, que estaba intentando tranquilizarle. ¡ªBueno, primera prueba pasada ¡ªdijo Edel, en un hilillo de voz. Se dej¨® caer contra la pared, exhausta. ¡ªCreedme que, si llego a saberlo, antes hubiera preferido excavar la roca para colarme en el templo, que tener que enfrentarme a eso ¡ªreplic¨® Palillo, respirando con fuerza. ¡ª?C¨®mo te encuentras, Zari? ¡ªpregunt¨® Lysa a su hermana. Tambi¨¦n le faltaba el aire, y ten¨ªa la frente perlada por el sudor ¡ª. Ha sido una ilusi¨®n impresionante, me siento muy orgullosa. ¡ªGracias. Pero estoy agotada. He canalizado demasiado Poder. ¡ªYo bien, gracias por preguntar ¡ªbrome¨® Rendel, mientras se apoyaba junto a Zarinia. Ella se r¨ªo, y le dio un beso en la mejilla. Si Edel se enter¨®, no dijo nada. ¡ª?Pero qu¨¦ demonios era eso? ?Qu¨¦ clase de magia era esa? ¡ªpregunt¨® Alaric, recuperando el aliento ¡ª. He visto cosas raras en mi vida, y m¨¢s desde que os conozco. Pero nunca hubiera cre¨ªdo que algo as¨ª pudiera existir. Ni siquiera en los cuentos que me contaban de peque?o. ¡ªMagia ancestral ¡ªrespondi¨® Lysandra, tosiendo. La herida de su pecho parec¨ªa pasar factura ¡ª. Conoc¨ªa su existencia, pero nunca hab¨ªa visto una muestra real. ¡ªAs¨ª es ¡ªasinti¨® Edel ¡ª. Magia de la que ya queda muy poca en este mundo. Un vestigio de la habilidad de los antiguos magos. Es un nivel de Poder que ning¨²n hechicero actual conseguir¨ªa dominar. La anciana hizo una pausa, dej¨¢ndose caer, apoyada contra la pared, mientras terminaba de recuperar el aliento. ¡ªVer¨¦is ¡ªprosigui¨® ¡ª, nosotras podemos jugar con las leyes naturales, una vez que las comprendemos. Pero en la antig¨¹edad, consiguieron llegar a doblegar a la misma realidad. ?Hacer que la piedra se mueva como la carne? ?Que el hechizo perdure tanto tiempo? Algo impensable e incomprensible para nosotras. ¡ªY ese tipo de magia, esos conocimientos¡ ?no se han conservado? ¡ªpregunt¨® Rendel, con inocente curiosidad ¡ª. Es decir, en vuestra casa ten¨¦is un mont¨®n de libros, ?no se guard¨® tambi¨¦n esa sabidur¨ªa? ¡ªSois muy observador, maese Verruga. Gran parte se perdi¨® con la ca¨ªda del reino de Hulfgar. Pero es cierto que a¨²n existen viejos incunables que guardan los estudios antiguos. Muy pocos. Yo nunca he llegado a ver uno con mis propios ojos. Y no hace falta que diga que esos vol¨²menes son perseguidos y codiciados. Si por casualidad os encontr¨¢is alguno, podr¨¦is cambiarlo por un castillo, y todas las tierras de alrededor. Incluso por un Reino, si me apur¨¢is. Rendel se dio por satisfecho con la explicaci¨®n. Si ve¨ªa uno de esos libros, no dudar¨ªa en pillarlo. Aunque eso del ¡°saqueo y la profanaci¨®n¡± no le hiciera mucha gracia a Zari. Ya la regalar¨ªa un castillo, para que se le pasara el enfado. ¡ªBueno, ya hemos superado la prueba. Y ahora, ?qu¨¦? ¡ªpregunt¨® Alaric, mientras se incorporaba y se limpiaba el polvo de los pantalones. ¡ªLa respuesta es sencilla ¡ªcontest¨® Edel ¡ª. Enfrentarnos a las dos siguientes. ¡ª?Ser¨¢n m¨¢s dif¨ªciles que esta? ¡ªNi m¨¢s dif¨ªciles ni m¨¢s f¨¢ciles. Diferentes. Se crearon para poner a prueba todas las habilidades de cualquier hechicero que deseara entrar al templo, y as¨ª asegurarse de que fuera digno. Todos se quedaron observando a Edel, esperando alguna explicaci¨®n adicional. ¡ªEst¨¢ bien, est¨¢ bien. La pr¨®xima es la ¡°prueba de la mente¡±. Os lo contar¨¦ de camino. Pero os aviso: en el siguiente desaf¨ªo, correr no nos servir¨¢ de nada. O¨ªr eso no le gust¨® mucho. A ¨¦l se le daba muy bien eso de correr. En cambio, lo de la ¡°prueba de la mente¡± no le sonaba tan atractivo. Not¨® que Zari tironeaba de ¨¦l, para proseguir el camino. Y con esos pensamientos intranquilos, continuaron tras los dem¨¢s hacia el oscuro pasadizo que los llevaba a la siguiente prueba. Juntos de la mano, compartiendo su nerviosismo. 34 - La prueba de la Mente. Stolen story; please report. 35 - La prueba del EspÃritu. Unauthorized use of content: if you find this story on Amazon, report the violation. 36 - El templo de la Serpiente. Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on the original website. 37 - El Fin. Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. 38 - Sacrificio. If you spot this story on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation. 39 - EpÃlogo.