《Brujas de la Noche》 Capítulo 1 - El Libro La historia de c¨®mo conoc¨ª a las Brujas de la Noche es larga y turbulenta. Contarla de forma que todos entiendan implica explicar este mundo paralelo al nuestro, que la mayor parte de la gente no sabe que existe. Como tal, voy a empezar por lo que, para m¨ª, fue el inicio: el evento que me dio a conocer este mundo. Desde joven que tengo inter¨¦s por la exploraci¨®n urbana. A los trece a?os, me incorpor¨¦ al grupo de Braga y, durante los a?os que siguieron, explor¨¦ las ruinas de solares, f¨¢bricas, monasterios y muchos otros edificios interesantes. Sin embargo, s¨®lo cuando ya estaba cerca de mis treinta a?os, es que me atrev¨ª a hacer una exploraci¨®n s¨®lo. Fue a una casa en la parroquia de Palmeira, en las afueras de Braga. Yo la hab¨ªa descubierto durante una de las muchas visitas al Palacio de la Due?a Chica que el grupo organizaba. A pesar que la casa me llam¨® la atenci¨®n, m¨¢s nadie mostr¨® inter¨¦s en la explorar. Era una casa peque?a, s¨®lo con planta baja, y con nada que la distinga de las que la rodeaban. Pero algo en ella me llamaba. Tal vez porque me recordaba a la casa de mi bisabuela, o porque era antigua y sab¨ªa que pod¨ªa contener testimonios de la vida de anta?o, que no se encuentran en ninguna casa moderna. As¨ª, en una tarde de domingo lloviznosa, cuando mi mujer hab¨ªa ido a visitar a sus padres con nuestra hija, conduc¨ª hasta la vieja casa. Tomando cuidado para que los vecinos no me vieran, entr¨¦ por una ventana cuyos vidrios y persianas hab¨ªan sido vandalizados. Del otro lado, encontr¨¦ lo que era de esperar: una sala llena de vidrios rotos, jeringas y muebles destruidos. Todo lo que tuviera alg¨²n valor, ya hab¨ªa sido saqueado hace mucho. A¨²n as¨ª, no me rend¨ª. Con cuidado, temiendo encontrar a alguna persona no recomendable, comenc¨¦ a explorar la casa. Entr¨¦ en el pasillo, que daba acceso a dos divisiones m¨¢s. Pasando por encima de los restos rotos de puertas, entr¨¦ en la habitaci¨®n, donde el escenario no era mejor que en la sala. En la ventana, agitados por el viento, bailaban los trapos que hab¨ªan quedado de unas cortinas de ganchillo. Montones de ropa cubr¨ªan casi todo el suelo, de vestidos negros a sombreros de fieltro, claramente sacados del armario putrefacto y descartados por no tener ning¨²n valor. Curiosamente, y a pesar del inter¨¦s que los historiadores suelen tener en tales piezas, una cama de hierro, cuya pintura blanca ya hab¨ªa sido casi completamente reemplazada por roya, a¨²n se encontraba en la divisi¨®n, pero boca abajo y arrojada a un rinc¨®n. El colch¨®n hab¨ªa sido retirado y puesto en el suelo, apoyado en la pared. Estaba cubierto de manchas rojas, amarillas y blancas; sent¨ª un escalofr¨ªo al pensar en todo lo que pod¨ªa haber all¨ª sucedido. Me dirig¨ª, entonces, a la divisi¨®n que quedaba: la cocina. El suelo estaba cubierto de vajilla rota, y los armarios, abiertos y vac¨ªos. Todo lo dem¨¢s, se lo hab¨ªan llevado. Desanimado, me prepar¨¦ para volver a casa. All¨ª no hab¨ªa nada de inter¨¦s. Los otros del grupo de exploradores urbanos ten¨ªan raz¨®n. Iba a dejar la cocina, cuando un brillo met¨¢lico llam¨® mi atenci¨®n hacia la peque?a despensa. All¨ª, por entre los estantes partidos y restos nauseabundos de comida podrida, encontr¨¦ una puerta. El brillo pertenec¨ªa a una primitiva de cerradura de gatillo. La abr¨ª inmediatamente. Del otro lado, encontr¨¦ una escalera de piedra que descend¨ªa hacia la oscuridad. Como era mi costumbre cuando exploraba una estructura, me hab¨ªa llevado una linterna. La luz revel¨® un s¨®tano en el fondo de las escaleras que, al parecer, no hab¨ªa sido visitado por los v¨¢ndalos. Tal vez la falta de luz natural los mantuvo alejados. This story is posted elsewhere by the author. Help them out by reading the authentic version. Pelda?o a pelda?o, ya que no sab¨ªa lo que me esperaba y no ten¨ªa certezas en cuanto a la robustez de las escaleras, baj¨¦. En el fondo, me encontr¨¦ con una verdadera c¨¢psula del tiempo del Portugal de mediados del siglo pasado. En una esquina, vi a una antigua m¨¢quina de coser manual, a¨²n con el pedal y la correa que transmit¨ªa el movimiento hasta la aguja. En una mesa justo al lado, descansaba una plancha a carb¨®n. Casi pod¨ªa ver el humo saliendo de su peque?a chimenea. En el otro lado del s¨®tano, junto a un sof¨¢ de tela podrido, encontr¨¦ un armario que conten¨ªa un radio de v¨¢lvulas, su carcasa amarillenta testamento de su antig¨¹edad. Encima de todas las superficies, hab¨ªa testimonios de tiempos pasados: l¨¢mparas de petr¨®leo, losas de pizarra, frascos de tinta, etc. Sin embargo, mi mirada recay¨® principalmente en un cofre de madera agusanada, posado en el suelo al lado de las escaleras. Curioso, lo abr¨ª. No estaba cerrado. Dentro, encontr¨¦ ¨¢lbumes con fotograf¨ªas, algunas de m¨¢s de cien a?os. Era triste ver esas fotos de grupos animados, de parejas bailando, de fiestas y pensar que la mayor¨ªa de esas personas, si no todas, ya hab¨ªan partido. En medio de los ¨¢lbumes, sin embargo, encontr¨¦ un peque?o cuaderno. Lo abr¨ª y descubr¨ª que se trataba de un diario. Normalmente, nunca retiro nada de los lugares que exploro, ni creo que alg¨²n explorador urbano lo deber¨ªa hacer, pero tener en las manos el relato de una vida de los tiempos de anta?o era demasiado tentador, y mi curiosidad gan¨® la batalla, como siempre. Sal¨ª de la casa con el libro en el bolsillo. Quer¨ªa leerlo justo all¨ª en el coche, pero la hora de la cena se acercaba. Cuando llegu¨¦ a casa, dej¨¦ el libro y me fui a preparar la comida con el resto de mi familia. A pesar de sentirme curioso acerca de su contenido, cen¨¦ con calma y ayud¨¦ a mi hija con los trabajos de casa. Entonces, me sent¨¦ al escritorio y empec¨¦ a leer. Las historias en el diario eran, de hecho, interesantes, hasta fant¨¢sticas, pero de una manera que no hab¨ªa esperado. Mencionaban lugares ocultos en las ciudades, monta?as y hasta en el fondo del mar, y encuentros con hadas, vampiros, brujas, duendes y otros seres mitol¨®gicos e imaginarios. ?Ser¨ªa aquello una obra de ficci¨®n, o los desvar¨ªos de un loco? En ese momento, no pod¨ªa considerar otra opci¨®n. Sin embargo, tambi¨¦n no pod¨ªa dejar de leer, porque muchas de las historias se situaban en, o cerca, de sitios que conoc¨ªa. Cuando por fin me fui a la cama, ya eran casi las dos de la ma?ana, y s¨®lo me acost¨¦ porque ten¨ªa que trabajar al d¨ªa siguiente. A¨²n as¨ª, con mucho esfuerzo consegu¨ª alejar el libro de mi mente el tiempo suficiente para dormir. Capítulo 2 - El Bar de las Hadas El d¨ªa despu¨¦s de haber encontrado el diario, las historias que este conten¨ªa no me sal¨ªan de la cabeza. Despu¨¦s de salir del trabajo, mi curiosidad tom¨® el volante, como era habitual, y decid¨ª visitar un lugar llamado en el libro de Bar de las Hadas, que no quedaba muy lejos de mi oficina. Seg¨²n lo que hab¨ªa le¨ªdo, este se situaba junto al Arco de la Puerta Nueva, en Braga, debajo de una tienda que ya hab¨ªa albergado a varios negocios y que ahora era una pasteler¨ªa. A primera vista, era similar a todos los otros negocios de su tipo, con una peque?a terraza en la calle, una vitrina llena de pasteles y otros dulces y un balc¨®n con una m¨¢quina de caf¨¦ y otra parafernalia que se encontraba en cualquier snack bar. Entr¨¦, me sent¨¦ en una de las mesas, entre otros tres clientes, y ped¨ª un caf¨¦ y un pastel. Quer¨ªa ganar tiempo para estudiar el lugar m¨¢s detenidamente y ver si hab¨ªa un fondo de verdad en lo que ten¨ªa le¨ªdo en el diario. De hecho, la puerta que supuestamente daba acceso al Bar de las Hadas estaba en el sitio esperado, pero pod¨ªa haber sido s¨®lo una coincidencia o simplemente se inspiraron en ella. Durante el tiempo que estuve all¨ª sentado, no pas¨® nada de extraordinario. Me pareci¨®, en todo, una pasteler¨ªa normal. Por fin, impaciente, pagu¨¦ y me dirig¨ª al ba?o, que quedaba junto a la puerta misteriosa. Sin embargo, al pasar junto a esta, hice caso omiso a la se?al roja que dec¨ªa "Acceso Restringido" y la abr¨ª. Del otro lado, encontr¨¦ una escalera que descend¨ªa hasta perderse en la oscuridad. No entr¨¦ de inmediato. Estaba esperando a que alguien me llamara la atenci¨®n, que me dijera que no pod¨ªa estar all¨ª. Sin embargo, nadie lo hizo, y empec¨¦ a bajar. Unos diez escalones despu¨¦s, la puerta se cerr¨® detr¨¢s de m¨ª, dej¨¢ndome a oscuras. No hab¨ªa planeado aquello, por lo que no ten¨ªa conmigo mi fiel linterna. Tuve que recurrir a la del m¨®vil. Baj¨¦ durante lo que me parecieron largos minutos. Finalmente, llegu¨¦ al fondo, donde encontr¨¦ una segunda puerta. Esta en poco difer¨ªa de la primera. Hasta ten¨ªa una se?al roja que dec¨ªa "Acceso Restringido". Una vez m¨¢s, hice caso omiso y abr¨ª la puerta. Ese instante fue el m¨¢s importante de toda mi vida. En aquel momento no lo sab¨ªa, pero mi mundo, mi universo, nunca m¨¢s ser¨ªa el mismo, ya que fue entonces que me di cuenta que todo lo que estaba en el cuaderno que hab¨ªa encontrado era verdad. Del otro lado de la puerta, hab¨ªa un bar, como hab¨ªa le¨ªdo. La decoraci¨®n era moderna, con sillas y mesas de metal y vidrio y paredes blancas, lisas y limpias. Sin embargo, era all¨ª donde terminaban las similitudes con los bares de la superficie. Su clientela estaba formada por extra?os seres, algunos de los cuales ni en mis sue?os m¨¢s surreales me los hab¨ªa imaginado. Muchos eran humanoides, aunque los m¨¢s bajos ni me llegaban a las rodillas y los m¨¢s altos ten¨ªan el doble de mi estatura, con tonos de piel que variaban del blanco m¨¢s puro hasta el negro m¨¢s oscuro, pasando por el gris y el morado. Garras y cuernos tambi¨¦n eran comunes. Luego, hab¨ªa otros que eran casi imposibles de describir. Masas de tent¨¢culos con un peque?o cuerpo esf¨¦rico entre ellos; mezclas de diversos animales; cuerpos largos con m¨²ltiples patas. En grupos, los clientes hablaban y consum¨ªan el contenido de tazas en forma de l¨¢grima, que consist¨ªa exclusivamente en un l¨ªquido claro como el agua. El nombre Bar de las Hadas deb¨ªa haber sido creado por el autor del diario, ya que la mayor¨ªa de esas criaturas no se adaptaba a la imagen popular de las hadas (aunque hab¨ªa all¨ª algunos seres humanoides diminutos con alas de insecto). Por lo que hab¨ªa le¨ªdo, mi predecesor no se hab¨ªa quedado mucho tiempo en el bar ni hab¨ªa intentado hablar con los clientes. Mi curiosidad, sin embargo, era m¨¢s fuerte que la suya. Aprensivo, pas¨¦ a trav¨¦s del bar hasta el balc¨®n. Como el resto de los muebles, este estaba hecho de metal y vidrio, sin embargo, detr¨¢s de ¨¦l, no hab¨ªa estantes con filas de botellas, como estaba acostumbrado a ver. De hecho, toda la bebida parec¨ªa tener un solo origen: del techo, brotaba un hilo de agua que ca¨ªa en una conducta de piedra, sobre el balc¨®n, que la llevaba hasta cerca del empleado. Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on Royal Road. Me sent¨¦ en un taburete y mir¨¦ de nuevo alrededor. Nadie parec¨ªa haber reparado en m¨ª, o, por lo menos, no me dieron importancia. El empleado poso un vaso delante de m¨ª, lleno de la extra?a agua. No dijo nada, ni siquiera me pregunt¨® lo que quer¨ªa; tampoco hab¨ªa muchas opciones A pesar de que era una criatura intimidante, con peque?os cuernos coron¨¢ndole la cabeza e incisivos que no le cab¨ªan totalmente en la boca, intent¨¦ iniciar una conversaci¨®n: - ?Esto suele estar siempre tan lleno? No me respondi¨®. Simplemente me volvi¨® la espalda y se fue a servir a otro cliente. - Miguel no es muy hablador - dijo una voz femenina a mi lado. Mir¨¦ hacia all¨¢ y vi a una mujer muy p¨¢lida, con el pelo blanco y varios anillos de plata en las orejas y en la cara. Ten¨ªa un cuello largo, con el doble o el triple del tama?o del de un humano, decorado con un torque de oro. Sus ojos eran grandes y felinos, pero ten¨ªa una nariz peque?a y discreta. - ?Miguel? - pregunt¨¦. - ?As¨ª es como se llama? - ?Qu¨¦ esperabas? - respondi¨® ella. - ?Gorash o otro de esos nombres rid¨ªculos que dais a los de nuestras razas en vuestras historias? Confieso que no sab¨ªa qu¨¦ responder. Me sent¨ª hasta un poco de avergonzado. Afortunadamente, ella cambi¨® de tema. - No se ven muchos de tu raza por aqu¨ª. - No lo sab¨ªa. Es la primera vez que vengo ac¨¢. Ella pos¨® una mano en mi antebrazo. - Sabes, siempre sent¨ª curiosidad por tu raza. - Y yo tengo curiosidad en las vuestras. - Puedo responder a cualquier pregunta que tengas - ella me ronrone¨® al o¨ªdo. Sus intenciones eran claras, sin embargo, no pod¨ªa dejar escapar la oportunidad de empezar a entender aquel mundo que acabara de descubrir. - Me llamo Alice. Le dije mi nombre. - Es curioso que nadie haya extra?ado mi presencia, si no aparecen muchos de mi raza por aqu¨ª. Ella sonri¨®. - No aparecen muchos, pero aparecen algunos. Por lo menos, nosotros vemos m¨¢s de vosotros, que vosotros de nosotros. - ?Por qu¨¦? ?Cu¨¢l es la raz¨®n para que vosotros se oculten de nosotros? ?Porque no viven abiertamente con nosotros? - Para ser honesta, no tengo ni idea. Creo que es una cosa cultural. Siempre nos hemos mantenido alejados de los humanos. Y vuestra Organizaci¨®n tambi¨¦n no ayuda. - ?Organizaci¨®n? - S¨ª. Siempre que uno de nosotros aparece en vuestro mundo, por accidente o no, o siempre que un ser humano que nos conoce intenta revelar nuestra existencia, la Organizaci¨®n aparece para ocultar y encubrir todo. Juro que, a veces, parece que tienen m¨¢s miedo que los humanos descubran nuestra existencia que nosotros. Fue una revelaci¨®n interesante. Hab¨ªa una organizaci¨®n que se dedicaba a evitar que el p¨²blico en general tomara conocimiento de aquel mundo que yo acabara de descubrir. Sin embargo, su existencia revelaba que hab¨ªa muchas m¨¢s intersecciones entre los dos mundos y humanos que conoc¨ªan estas criaturas de las que yo pensaba . - ?No bebes? - me pregunt¨® ella, apuntando al vaso de la extra?a agua frente a m¨ª. Con la conversaci¨®n, me hab¨ªa olvidado por completo de mi bebida. Con cuidado, beb¨ª un sorbo. No me pareci¨® especialmente buena. Ten¨ªa el mismo gusto del agua. Temiendo que me estuviera escapando algo, beb¨ª el resto del vaso, pero el sabor segu¨ªa siendo el mismo, y no sent¨ª ning¨²n efecto adicional. Alice not¨® mi decepci¨®n. - Creo que tienes que ser uno de nosotros para sentir el efecto del agua. Viene de una fuente muy antigua, con propiedades especiales. Un s¨®lo trago nos pone m¨¢s tranquilos y desinhibidos. Es por eso que me puedes encontrar aqu¨ª todos los d¨ªas. Si lo que quisieras. Una vez m¨¢s, me toc¨® en el brazo. - ?Y si vamos a un sitio m¨¢s privado aclarar mis curiosidades sobre tu raza? No vivo muy lejos. Confieso que me sent¨ª tentado, pero no por las razones m¨¢s obvias. Quer¨ªa saber m¨¢s acerca de aquellos seres y de la sociedad en que viv¨ªan. Adem¨¢s, durante la conversaci¨®n, hab¨ªa reparado en varias otras puertas similares aquella por donde hab¨ªa entrado, y cada una parec¨ªa dar acceso a un t¨²nel. Deb¨ªa ser en ellos que aquellas criaturas viv¨ªan, y el explorador urbano en m¨ª quer¨ªa desesperadamente investigarlos. Sin embargo, ten¨ªa de pensar que era un hombre casado y con una hija. Era mejor no ponerme en el camino de la tentaci¨®n. Adem¨¢s, ya hab¨ªa descubierto tanto en aquel d¨ªa, que no sab¨ªa si pod¨ªa aguantar m¨¢s emociones. Dejar mis sentimientos en cuanto a aquel mundo reposar y despu¨¦s volver me pareci¨® mejor idea. Despu¨¦s de todo, el simple hecho de estar all¨ª rodeado de seres que no deber¨ªan existir era suficiente para hacerme cuestionar todo lo que cre¨ªa y sab¨ªa sobre el Mundo y la vida. Para sorpresa de Alice, me disculp¨¦ que se estaba haciendo tarde y que ten¨ªa a mi mujer esperando. Al principio, insisti¨® para que fuera con ella, pero acab¨® por dejarme ir. Volv¨ª a la pasteler¨ªa a la superficie y a las calles de Braga. No fui a casa inmediatamente. Estaba demasiado entusiasmado con lo que acababa de descubrir. Durante m¨¢s de una hora, vagu¨¦ por la ciudad pensando en aquel nuevo mundo, en todas las cuestiones que su existencia levantaba y en futuras exploraciones a otros sitios mencionados en el diario. Ahora, lamento no haberme controlado, no haber simplemente olvidado lo que hab¨ªa visto y seguido con mi vida normal. Capítulo 3 - La Procesión de las Almas Despu¨¦s de mi descubrimiento del Bar de las Hadas y tener confirmado que el relato en el diario que hab¨ªa encontrado no era s¨®lo ficci¨®n, no pod¨ªa dejar de pensar en ello. Mi mujer, mis amigos, mis compa?eros de trabajo, repararon que yo estaba m¨¢s distra¨ªdo. Sin embargo, yo hab¨ªa decidido no contar nada a nadie. En ese momento, no estaba seguro de c¨®mo ese conocimiento nos pod¨ªa afectar y, adem¨¢s, tem¨ªa que los pudiera poner en peligro. Como tal, tuve que esperar alg¨²n tiempo hasta que tuviese una oportunidad de ir en otra exploraci¨®n sin levantar sospechas. Esta surgi¨® cuando mi suegra enferm¨® y mi mujer, junto con nuestra hija, fue a cuidar de ella. Despu¨¦s del encuentro con Alice, quise dejar pasar alg¨²n tiempo antes de volver al Bar de las Hadas, por lo que decid¨ª explorar otro lugar. Despu¨¦s de releer una vez m¨¢s algunas de las entradas del diario, decid¨ª viajar hasta el Ger¨ºs para visitar una aldea abandonada en la sierra donde, supuestamente, durante la noche, los muertos se levantan del cementerio y salen en procesi¨®n por las laderas y valles. Sal¨ª de casa a¨²n de d¨ªa, sin embargo, cuando entr¨¦ en el camino que sub¨ªa la monta?a, el Sol ya se hab¨ªa puesto. Aunque en las laderas de Ger¨ºs no hab¨ªa muchos ¨¢rboles, en la oscuridad se hac¨ªa dif¨ªcil encontrar la aldea, incluso con la ayuda de un GPS. Finalmente, decid¨ª parar en un peque?o espacio en el borde de la carretera, junto al punto donde el pueblo supuestamente quedaba. Sal¨ª del coche y empec¨¦ a buscar a pie. Con la ayuda de la linterna m¨¢s potente que ten¨ªa, encontr¨¦ las ruinas que buscaba, situadas un poco por debajo de donde hab¨ªa aparcado. Los tejados ya se encontraban ra¨ªdos, as¨ª como muchas paredes y suelos de madera. Por todo el lado, vigas ca¨ªdas se ergu¨ªan hacia el cielo nocturno, como costillas de gigantescos animales. Con la ayuda de mi linterna, busqu¨¦ la mejor manera de bajar. No hab¨ªa propiamente un carril, pero, entre las rocas y los matorrales de silvas, me las arregl¨¦ para encontrar un pasaje. Despu¨¦s de varios tropezones y resbalones, evitando, por poco, algunas ca¨ªdas, llegu¨¦ a la aldea abandonada. Sus calles de tierra, ya de por s¨ª estrechas y cegadas con rocas, estaban cubiertas de escombros, maleza y hierba, haciendo el avance bastante dif¨ªcil. El silencio de la noche s¨®lo era interrumpido por el crol de los animales y el ulular de las lechuzas que se refugiaban en las ruinas. Finalmente, llegu¨¦ a lo que quedaba de la iglesia local. La parte superior de la torre del campanario ya hab¨ªa ca¨ªdo, as¨ª como el tejado. Sin embargo, la fachada parec¨ªa intacta, aunque un nicho vac¨ªo en la puerta me hizo sospechar que hubiera existido all¨ª la estatua de un santo, ahora desaparecida. Habr¨ªa sido, sin duda, robada por alguien para luego revenderla. Al lado de la iglesia, rodeado por una baja pared de piedras sueltas, encontr¨¦ el lugar que buscaba: el cementerio. Seg¨²n el diario, era de all¨ª que los esp¨ªritus de los muertos sal¨ªan en su procesi¨®n nocturna. L¨¢pidas de piedra partidas y gastadas ocupaban el lugar, junto con trozos de madera podrida que, en otros tiempos, habr¨ªan sido cruces. Me sent¨¦ del lado de fuera, recostado en el muro, y esper¨¦ a la media noche, la hora en la que mi predecesor registr¨® haber comenzado a ver los fantasmas. Est¨¢bamos en el fin del Oto?o, por lo que el fr¨ªo ya era intenso en las monta?as; en parte agradec¨ª al fr¨ªo, ya que sin ¨¦l, el sue?o me hubiera vencido. Cuando la hora, por fin, lleg¨®, no me encontr¨¦ decepcionado. En el preciso instante en que el reloj de mi tel¨¦fono marc¨® la medianoche, mir¨¦ hacia las campas. Sobre estas, se comenzaron a formar figuras. Al principio, eran pr¨¢cticamente invisibles, pero, poco a poco, comenzaron a tomar una forma blanca y transl¨²cida. Se trataban de personas engendrando versiones fantasmales de la ropa, sombreros y pa?uelos t¨ªpicos de aquella regi¨®n hasta muy recientemente. Conforme iban tomando sus formas finales, los esp¨ªritus sal¨ªan del cementerio y empezaban a descender la ladera, mientras que, sobre las tumbas, nuevas figuras se formaban. Dej¨¦ que todos se juntasen a la procesi¨®n, antes de empezar a seguirlos. Baj¨¦ la ladera por un sendero, pas¨¦ a trav¨¦s de un viejo puente de piedra y hasta recorr¨ª una estrada romana. Los fantasmas recorrieron kil¨®metros de terreno, durante casi dos horas. De s¨²bito, al norte, vi una fila blanca que descend¨ªa de otra ladera como una gigantesca serpiente albina. No tard¨¦ a darme cuenta de que se trataba de otra procesi¨®n de almas. A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation. Tres m¨¢s surgieron poco despu¨¦s, salidas de valles y monta?as, y, una a una, se unieron, sin dejar de avanzar hacia el este. M¨¢s que una procesi¨®n, ahora parec¨ªa a una columna militar. Entonces, para mi sorpresa, los muertos comenzaron a volver al suelo. Poco a poco, fueron desapareciendo debajo de la tierra, hasta que ninguno se encontraba a la superficie. Yo estaba de nuevo solo, en la oscuridad de las monta?as, con mi linterna. Me acerqu¨¦ del lugar donde los fantasmas hab¨ªan desaparecido y busqu¨¦, sin mucha esperanza, por alguna manera de seguirlos. Despu¨¦s de casi media hora, me encontr¨¦ con un agujero en el suelo, suficientemente grande para yo poder pasar. Apunt¨¦ la linterna hacia all¨¢. No era particularmente profundo, s¨®lo ten¨ªa unos cinco metros, y me pareci¨® ver una cueva que part¨ªa de ¨¦l en direcci¨®n al oeste. No ten¨ªa conmigo equipo de escalada, pero la pared del agujero ten¨ªa apoyos suficientes para conseguir bajar sin grandes dificultades. En pocos minutos, llegu¨¦ al fondo y confirm¨¦ que, realmente, hab¨ªa una cueva. Apunt¨¦ la linterna hacia su interior y vi que se prolongaba por un centenar de metros, hasta llegar a una curva y cambiar de direcci¨®n. Cuidadosamente, pues no sab¨ªa c¨®mo los muertos iban a reaccionar caso me encontrasen all¨ª, entr¨¦ en la cueva. Llegu¨¦ a la curva sin ning¨²n percance, sin embargo, una vez que la dobl¨¦, me top¨¦ con dos fantasmas. A pesar de mi cuidado, ellos me vieron inmediatamente. Despu¨¦s de todo, sin la luz de la linterna, no pod¨ªa ver nada, pero esta me delataba claramente. Mir¨¦ hacia atr¨¢s, pensando en huir, pero no pod¨ªa subir a la superficie antes de que me alcanzasen. Los fantasmas se acercaron lentamente y con cuidado, como si no quisieran asustarme. A pesar de que estaba desconfiado, esper¨¦ por ellos. No parec¨ªan agresivos. Uno de ellos sosten¨ªa una vela, que extendi¨® en mi direcci¨®n cuando lleg¨® junto a m¨ª. Temeroso, la tom¨¦. En el instante en que la agarr¨¦, se convirti¨® en una t¨ªbia humana. Sorprendido, la dej¨¦ caer y di algunos pasos atr¨¢s. Los dos fantasmas comenzaron a re¨ªr a carcajadas. - Su cara - dijo uno de los esp¨ªritus. Durante unos instantes, me qued¨¦ mir¨¢ndolos, at¨®nito. - Disculpa, amigo, pero no pude resistir - me dijo el fantasma que me hab¨ªa dado la vela. - ?Qui¨¦nes son ustedes? - pregunt¨¦. - Los esp¨ªritus de los muertos, por supuesto. No todos tenemos la suerte de descansar en paz. Parec¨ªan amistosos, por lo que decid¨ª continuar a hacer preguntas: - ?Por qu¨¦ vienen aqu¨ª? ?Porque no se quedan en vuestros cementerios? - Porque, en el fondo de este t¨²nel, se encuentra nuestra ciudad. Nosotros s¨®lo nos quedamos atr¨¢s porque te vimos a seguirnos y decidimos divertirnos un poco - dijo el fantasma de la vela, sonriendo. - ??Ciudad?! - dije admirado. - ?Los muertos tienen una ciudad? - Por supuesto - respondi¨® el otro fantasma. ¨C Nos vamos a quedar aqu¨ª para siempre. Necesitamos un sitio donde alejar el aburrimiento. Anda, te la mostramos, como compensaci¨®n por el susto. Los segu¨ª a trav¨¦s del t¨²nel durante unos quinientos metros, pasando por diversas curvas. Por fin, llegamos a una cueva enorme, m¨¢s grande que cualquier otra que yo hab¨ªa visto antes. Est¨¢bamos en uno saliente en una de las paredes, pero la cueva descend¨ªa varios cientos de metros. El fondo s¨®lo era visible gracias a la p¨¢lida luminosidad emitida por los fantasmas. Hab¨ªa muchos m¨¢s salientes en las paredes, adem¨¢s de aquel donde me encontraba. En las mayores, se erig¨ªan edificios de todos los per¨ªodos hist¨®ricos de Portugal. Asombrado, vi casas circulares castrenses, villas romanas, chabolas medievales, casas de campo, edificios pombalinos e, incluso, un gran condominio de varios pisos, entre otros. Nada un¨ªa las protuberancias unas a las otras, ya que los fantasmas flotaban entre ellas. Al contrario de lo que hab¨ªa sucedido en el Bar de las Hadas, mi presencia en la Ciudad de los Muertos no pas¨® desapercibida. Todos los fantasmas que pasaban miraban hacia m¨ª con una mezcla de curiosidad y sorpresa. - Ya hace mucho que no ven¨ªa por aqu¨ª alguien vivo - dijo la criatura que me hab¨ªa dado la vela. - Nunca he o¨ªdo hablar de que ya hubiera pasado antes - coment¨® el otro. De repente, desde el fondo de la cueva, surgi¨® otro esp¨ªritu, con aire enfadado. - ?Qu¨¦ es lo que vosotros, idiotas, hicieron? Traen un vivo aqu¨ª, ?a¨²n con todas estas desapariciones? - Lo siento, se?or Presidente - dijeron los dos fantasmas en un¨ªsono, mirando hacia el suelo, como dos ni?os amonestados. - ?Desapariciones? - pregunt¨¦, curioso. - S¨ª, en los ¨²ltimos meses han desaparecido algunos fantasmas - dijo el esp¨ªritu que me hab¨ªa dado la vela. - Nunca antes hab¨ªa ocurrido - coment¨® el otro. - Los muertos siempre aumentaron, nunca disminuyeron. - ?Vosotros no son capaces de estar callados! - grit¨® el presidente. Se volvi¨®, entonces, para m¨ª. - Y cuanto a ti, sal de aqu¨ª mientras puedes. Y ni pienses en volver. Vamos a cambiar la entrada de sitio. El tono del presidente no dejaba espacio a discusi¨®n, e hice lo que me dijo. En el camino de regreso al coche y, despu¨¦s, mientras conduc¨ªa a casa, una pregunta no me sal¨ªa de la cabeza: ?c¨®mo pod¨ªan los muertos desaparecer? Despu¨¦s de mi visita al Bar de las Hadas y de una lectura m¨¢s atenta del diario que encontr¨¦, la existencia de fantasmas, o, incluso, de su incre¨ªble ciudad, no me sorprendieron en particular, pero esa pregunta me pon¨ªa los pelos de punta. En ese momento, no ve¨ªa bien por qu¨¦, sin embargo, acabar¨ªa por descubrirlo. Capítulo 4 - El Rey de los Islotes Como era tradici¨®n por la Navidad, mi mujer, mi hija y yo nos fuimos a pasar una semana de vacaciones en casa de mis abuelos, en Viana do Castelo. Algunas de las entradas en el diario que hab¨ªa encontrado ocurrieron en o cerca de esa ciudad, por lo que aprovech¨¦ la oportunidad para investigar. Una noche, despu¨¦s de cenar, me excus¨¦ diciendo que iba a hablar con algunos viejos amigos y me dirig¨ª hasta la orilla del r¨ªo Lima. La excusa no era una absoluta mentira. Durante la tarde, hab¨ªa llamado a un amigo de infancia para que me prestara un bote, y charlamos durante una hora y media antes de empezar a remar. Estaba all¨ª para investigar unas sombras, siluetas peculiares y extra?os movimientos en los juncos que el autor del diario hab¨ªa visto en los islotes cercanos a la desembocadura del r¨ªo. Como de costumbre, mi predecesor no hab¨ªa investigado el tema a fondo, ni siquiera hab¨ªa salido de la orilla, pero yo estaba decidido a averiguar lo que hab¨ªa all¨ª. Como tal, reme hasta el mayor de los islotes, popularmente conocido como Camalh?o, que se encontraba a poco m¨¢s de un centenar de metros del embarcadero donde mi amigo ten¨ªa el barco. Apenas llegu¨¦ al islote, desembarqu¨¦, ancl¨¦ el bote junto a uno de los grandes terrones que hab¨ªa cerca y me adentr¨¦ por uno reguero. Como la marea estaba baja, sus m¨¢rgenes, m¨¢s los largos juncos, estaban por encima de mi cabeza, por lo que no pod¨ªa ver nada al alrededor. Sin embargo, despu¨¦s de haber pasado una parte de mi infancia en aquellos islotes, sab¨ªa que aquel reguero me llevar¨ªa al coraz¨®n del Camalh?o de forma m¨¢s r¨¢pida que a trav¨¦s de los juncos. Poco despu¨¦s de la primera curva, me encontr¨¦ con un mal presagio. De una poza en el casi seco reguero, la cabeza cortada de un hombre miraba hacia m¨ª. Estaba hinchada y mostraba signos de putrefacci¨®n y de ataques de animales. De hecho, la parte que a¨²n estaba sumergida en el agua, serv¨ªa de alimento para los camarones del r¨ªo. Tras el susto inicial, llegu¨¦ a la conclusi¨®n de que no deber¨ªa haber raz¨®n para preocuparme. No era inusual encontrar cuerpos y partes de cuerpos en el r¨ªo, v¨ªctimas de naufragios tra¨ªdos y depositados por la marea alta. Aquella cabeza no deber¨ªa tener ninguna relaci¨®n con las siluetas que yo hab¨ªa ido all¨ª a investigar. Segu¨ª avanzando, tomando una nota mental para m¨¢s tarde avisar a las autoridades en cuanto a la cabeza. Hab¨ªa recorrido unas pocas decenas de metros, cuando un diminuto bulto negro salt¨® sobre el reguero, justo a mi frente. De inmediato, me sub¨ª la orilla. Cuando llegu¨¦ a la cima, no lo vi, pero los movimientos de los juncos lo denunciaban, y pude seguirlo. Corr¨ª detr¨¢s de ¨¦l durante varios cientos de metros, las puntas de los juncos me atravesaron los pantalones y me lastimaron las piernas. Finalmente, llegamos a una zona m¨¢s limpia, cubierta s¨®lo por hierba baja, situada debajo de la llamada Puente Nueva. Fue s¨®lo entonces cuando vi lo que estaba persiguiendo: un peque?o ser humanoide, con poco m¨¢s de diez cent¨ªmetros de altura. Este desapareci¨® detr¨¢s de un enorme mont¨®n de ramas de ¨¢rbol y envases de pl¨¢stico, basura ciertamente tra¨ªda por la corriente y las mareas. Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. Continu¨¦ a seguirlo, sin embargo, cuando llegu¨¦ a los residuos, o¨ª una voz grave y pausada venida de un reguero pr¨®ximo. ¨C ?Qui¨¦n eres t¨²? ?Que haces en mi reino, y por qu¨¦ persigues a uno de mis s¨²bditos? Yo iba a responder, pero la criatura que hab¨ªa hablado se levant¨® y me dej¨® sin palabras. Se trataba de un enorme ser de casi el doble de mi tama?o. No pod¨ªa ser apodado de gordo, aunque no fuera propiamente delgado, y, bajo la luz de la luna, parec¨ªa tener una piel p¨¢lida como el marfil. Sobre la cabeza llevaba una corona hecha de juncos entrelazados, lo que, junto con el hecho de haber hablado de sus s¨²bditos, me llev¨® a la conclusi¨®n de que ¨¦l era el rey de las criaturas cuyas siluetas mi predecesor hab¨ªa visto. El enorme ser sali¨® del reguero y se acerc¨® al mont¨®n de detritos. Me apart¨¦ para darle paso, pero no me atrev¨ª a tentar huir. Para mi sorpresa, ¨¦l se sent¨® sobre la basura, y s¨®lo entonces me di cuenta de que se trataba de un tosco trono. - Dime lo que est¨¢s haciendo aqu¨ª ¨C insisti¨® la criatura. Le cont¨¦ sobre las siluetas y como hab¨ªas ido hasta all¨ª para averiguar lo que eran. ¨C Parece que algunos de mis s¨²bditos tienen que empezar a tener m¨¢s cuidado ¨C respondi¨® ¨¦l, en fin. - Sobre todo ahora. - Sobre todo ahora, ?por qu¨¦? ¨C Mis s¨²bditos comenzaron a desaparecer. No sabemos c¨®mo ni por qu¨¦. Lo que me lleva a desconfiar de ti. C¨®mo es que yo s¨¦ que no eres t¨² el raptor. Yo te vi a perseguir a uno de los nuestros. Intent¨¦ justificar mi curiosidad. Hasta le cont¨¦ sobre mis idas a la ciudad de los muertos y al bar de las hadas. Mientras yo hablaba, una extra?a criatura emergi¨® de los juncos. Caminaba en cuatro patas, a pesar de que su cuerpo era delgado y se contorsionaba como el de una serpiente, pero ten¨ªa un rostro vagamente humano. Se acerc¨® al rey, se levant¨® de las piernas de atr¨¢s y le susurr¨® algo al o¨ªdo. Despu¨¦s, desapareci¨® otra vez en los juncos. El rey me dej¨® terminar mi explicaci¨®n. - Yo creo en ti ¨C dijo, por fin. - Si fueras el responsable por las desapariciones, no hab¨ªas dejado a mis centinelas verte. Se?al¨® con la cabeza hacia el punto por donde la criatura serpentiforme hab¨ªa desaparecido. M¨¢s tranquilo, se me ocurri¨® que las desapariciones en los islotes tal vez estuvieran relacionados con los de los muertos y le cont¨¦ al rey lo que hab¨ªa descubierto en el Ger¨ºs. ¨C Curioso - respondi¨® ¨¦l. - Ahora necesito que te vayas. Voy a juntar mi pueblo aqu¨ª para hablar con ¨¦l. No esper¨¦ a que me dijera una segunda vez. Entr¨¦ en los juncos y me dirig¨ª al barco. Conforme pasaba el Camalh?o, vi varias peque?as sombras en medio del r¨ªo, en el espacio entre los islotes. Despu¨¦s de mirar m¨¢s de cerca, me di cuenta de que se trataban de troncos y hasta de peque?as hojas de ¨¢rbol cargando varias de las criaturas que yo ahora sab¨ªa que viv¨ªan all¨ª. Todav¨ªa vi las primeras desembarcando en el Camalh?o, pero luego retom¨¦ la caminata hasta el barco, temiendo que el Rey de los Islotes me echase. O peor. Reme de vuelta a la orilla y, despu¨¦s de devolver el barco, regres¨¦ a casa de mis abuelos. Mientras conduc¨ªa, no pod¨ªa dejar de pensar en las desapariciones. ?Habr¨ªa realmente una relaci¨®n entre los de los islotes y de los muertos? A¨²n no sab¨ªa lo suficiente acerca de aquel mundo paralelo para responder a estas preguntas, pero iba a seguir investigando. Mi curiosidad nunca me dejar¨ªa detenerme. Capítulo 5 - El Culto Aprovechando que iba a pasar las vacaciones de Navidad con mi mujer e hija en la casa de mis abuelos, en Viana do Castelo, decid¨ª explorar otra de las entradas del diario que hab¨ªa encontrado. Esta vez, mi curiosidad se fij¨® en un lugar importante de mi infancia. Desde peque?o hab¨ªa escuchado a mi padre y a mi abuelo contar historias sobre las ruinas del convento de San Francisco. Entre ellas, destacaba un ya antiguo rumor de que el lugar era utilizado para los extra?os rituales popularmente conocidos como macumba. Nunca hab¨ªa encontrado ningunas pruebas de ello, ni siquiera alguien que dijera haberlos visto, hasta que, al leer el diario, encontr¨¦ una entrada que hablaba de un culto que se reun¨ªa en el convento. Como imagin¨¦, la timidez de mi predecesor no le permiti¨® ver todo el ritual, y ¨¦l s¨®lo asisti¨® a una peque?a parte a trav¨¦s de las rejas de la puerta. Usando de nuevo la excusa de que iba a visitar a un viejo amigo, en la noche del primer lunes despu¨¦s de la Navidad, d¨ªa de la semana en que el diario dec¨ªa que el culto se reun¨ªa, me dirig¨ª hacia el convento. Cuando yo era ni?o, este se encontraba en el medio del monte y era preciso una larga caminata para llegar all¨ª, por lo que me qued¨¦ sorprendido al ver que ahora hab¨ªa urbanizaciones casi hasta la primera puerta. Me estacion¨¦ en la parte trasera de una de estas nuevas casas, encend¨ª mi linterna y me encamin¨¦ hacia el monte. Despu¨¦s de pasar una zona de tierra revirada, sin duda un resquicio de la construcci¨®n de la urbanizaci¨®n, llegu¨¦ a la puerta que, en tiempos, proteg¨ªa el camino que sub¨ªa hasta el convento. De ello s¨®lo quedaba parte del portal, ya que una de las columnas hab¨ªa ca¨ªdo o sido derribada. Pas¨¦ a trav¨¦s de ¨¦l, me vi rodeado de eucaliptos, acacias y el ocasional pino. El bosque, ahora, ten¨ªa all¨ª su inicio. Comenc¨¦, entonces, a subir el camino. La tosca calzada, formada por piedras grandes e irregulares, no era f¨¢cil de subir, incluso con la ayuda de la linterna. Tropec¨¦ varias veces. Afortunadamente, ya no llov¨ªa desde hace alg¨²n tiempo, o las lisas piedras estar¨ªan incre¨ªblemente resbaladizas. A la mitad de la subida, poco antes de una curva de casi noventa grados, me encontr¨¦ con un viejo crucero. Este mostraba se?ales de cenizas y humo. Si estos se deb¨ªan al culto que yo estaba all¨ª para investigar o a una causa m¨¢s mundana, no s¨¦ decir. Finalmente, despu¨¦s de la curva, llegu¨¦ al tramo final de la subida. Poco despu¨¦s, mi linterna ilumin¨® la puerta del convento propiamente dicho. Un arco apoyando a las estatuas de tres santos la albergaban, y una pared con m¨¢s de dos metros de altura part¨ªa de all¨ª. Para un visitante casual, parecer¨ªa no haber forma de entrar, ya que un candado cerraba la puerta, pero yo no era un visitante casual. Al lado de la puerta, hab¨ªa una subida muy empinada, casi vertical, donde alguien hab¨ªa amontonado piedras y excavado escalones. La sub¨ª sin gran dificultad y entr¨¦ en un estrecho sendero que penetraba la vegetaci¨®n cerrada. Avanc¨¦ durante algunas decenas de metros, con la pared del convento a mi derecha. Aqu¨ª y all¨¢, hab¨ªa peque?as fallas, pero ninguna lo suficientemente grande como para yo poder pasar. Finalmente, llegu¨¦ al lugar que buscaba: una segunda entrada que daba acceso a una escalera que descend¨ªa hasta la plaza del convento. En tiempos, all¨ª deb¨ªa haber existido una puerta, pero este ser¨ªa anterior a mis primeras visitas. Entr¨¦ y, por fin, baj¨¦ hasta el convento propiamente dicho. Con la linterna, barr¨ª los edificios de alrededor. Empotrados en la pared que separaba el patio del terreno elevado y del sendero, se encontraban dos peque?as capillas. No ten¨ªan puerta y estaban vac¨ªas, a no ser por las trepadoras y el mato, y sus techos de piedra estaban partidos y esburacados. En el lado opuesto, se exig¨ªan las ruinas de los edificios principales del convento: la iglesia y las ¨¢reas de vivienda y trabajo. Sin embargo, no fui hasta all¨¢ de inmediato. En primer lugar, me dirig¨ª a la base del crucero en el centro del patio. La cruz ya no se encontraba, pero la base vagamente piramidal formada por cuatro niveles de piedra s¨ª. Seg¨²n mi predecesor, era en ella que el culto realizaba sus rituales. De hecho, las marcas estaban all¨ª. Hab¨ªa manchas rojas oscuras por todo el lado. Aqu¨ª y all¨ª se ve¨ªan plumas, sin duda pertenecientes a gallinas utilizadas en los sacrificios. Con pruebas tan claras de que realmente pasaba algo all¨ª, entr¨¦ en las ruinas de los edificios en busca de un lugar para ocultarme y esperar por la aparici¨®n de los cultistas. Seg¨²n el diario, ellos s¨®lo aparec¨ªan despu¨¦s de la una de la ma?ana, por lo que todav¨ªa ten¨ªa bastante tiempo. Aprovech¨¦ para visitar el lugar y ver lo que hab¨ªa cambiado desde mi anterior visita, m¨¢s de veinte a?os antes. The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. Lo primero que me salt¨® a la vista fue que los restos del suelo de madera del piso superior hab¨ªan podrido completamente. De hecho, los ¨²nico signos de que alguna vez hubiera un piso superior eran las escaleras que no llevaban a parte alguna y las paredes parcialmente ru¨ªdas, pero anormalmente altas para un edificio de planta baja. Despu¨¦s de visitar la antigua cocina, con su enorme chimenea y fregadero decorado de piedra caliza, me encamin¨¦ hacia la iglesia. Esta ya hacia mucho que hab¨ªa perdido su techo, aunque el oxidado candelero, fijado a las paredes por cables met¨¢licos tambi¨¦n corro¨ªdos, a¨²n se manten¨ªa en su sitio. Del altar nada quedaba, as¨ª como de cualquier otro elemento decorativo. Tuve alguna dificultad en cruzar la iglesia hasta la entrada principal. Las losas tumulares que, cuando yo era ni?o, cubr¨ªan el suelo hab¨ªan sido arrancadas, dejando enormes huecos dif¨ªciles de superar. Cuando llegu¨¦ al peque?o adro de tierra batida, encontr¨¦ las losas amontonados en un rinc¨®n, algunas enteras, otras partidas, en las cuales a¨²n se pod¨ªan ver grabados los nombres y las fechas de muerte y nacimiento de los sepultados. Pas¨¦, entonces, para el claustro. Como los suelos de madera ya hab¨ªan desaparecido, este se encontraba totalmente al descubierto. En su centro, el peque?o espacio reservado para el jard¨ªn de los monjes estaba ahora lleno de silvedos. Algunas de las columnas que lo delimitaban y que antes sosten¨ªan el techo hab¨ªan ca¨ªdo, si por acci¨®n de los elementos o vandalismo, no s¨¦ decirlo. Fue entonces que vi el sitio perfecto para me ocultar: la vieja torre del campanario. Del interior, no hab¨ªa manera de le acceder, ya que la puerta estaba en el segundo piso, junto a un suelo que ya no se encontraba all¨ª. Sal¨ª a la parte trasera del convento, donde se encontraban los accesos al monte y a los campos, algunos peque?os edificios de apoyo y, por supuesto, la base de la torre. Despu¨¦s de la circundar, encontr¨¦ una peque?a entrada secundaria con menos de un metro de altura. Casi me tuve que arrastrar, pero logr¨¦ entrar. Como hab¨ªa pasado con los suelos de madera, las escaleras se hab¨ªan desintegrado. Afortunadamente, la torre era estrecha, por lo que, presionando la espalda, las piernas y los brazos contra las paredes, consegu¨ª, con mucho esfuerzo, llegar a la cima. Ahora ten¨ªa una visi¨®n privilegiada de todo el convento, principalmente de la plaza donde el culto supuestamente se reun¨ªa, y dudaba que alguien me encontrase all¨ª. Apag¨¦ la linterna. Todav¨ªa no era ni siquiera medianoche, pero tem¨ªa que los cultistas aparecieran m¨¢s temprano o que vieran mi luz a la distancia. Ya estaba esperando hacia casi dos horas, cuando comenc¨¦ a escuchar un c¨¢ntico viniendo del fondo del camino que me hab¨ªa llevado all¨ª. Poco despu¨¦s, detr¨¢s de la curva, apareci¨® una luz anaranjada. Me fij¨¦ en ella. Sab¨ªa que estaba a punto de ver lo que hab¨ªa ido all¨ª a buscar. De detr¨¢s de la curva, apareci¨® una fila de personas, todas ellas sosteniendo l¨¢mparas. Algunas tambi¨¦n tra¨ªan bolsas de tela, en el interior de las cuales algo se mov¨ªa. Confieso que qued¨¦ sorprendido y hasta algo desilusionado. Tal vez por influencia del cine y de la televisi¨®n, esperaba figuras encapuchadas con largas t¨²nicas negras. Sin embargo, se trataban de personas normales envergando ropa del d¨ªa a d¨ªa. Los cultistas subieron hasta la puerta y, entonces, tomaron el mismo camino que yo hab¨ªa usado para entrar. Pasado poco tiempo, estaban todos en la plaza, alrededor de la base del crucero. No se o¨ªa nada, a no ser lo c¨¢ntico y el cacarear de las gallinas en las bolsas. De repente, las voces guardaron silencio. Uno de los cultistas, un hombre de pelo largo y despeinado, subi¨® al altar improvisado y comenz¨® a entonar un c¨¢ntico nuevo, esta vez a plenos pulmones. Al cabo de algunos minutos, uno de los otros cultistas abri¨® su bolsa y pas¨® una gallina al sacerdote. Este, con un cuchillo que sac¨® de su cintur¨®n, le cort¨® la garganta al animal y dej¨® que la sangre se caer sobre las piedras. Esto se repiti¨® durante una media hora, hasta que todas las bolsas se encontraron vac¨ªas. Despu¨¦s, los cultistas emitieron un grito al un¨ªsono. El suelo empez¨® a temblar. Poco a poco, una falla se abri¨® en el suelo delante del altar improvisado. Un brillo de color rojo anaranjado sal¨ªa de ella. Era como si se tratase de un paso hacia el mismo Infierno. Los cultistas miraron hacia ella, como si hipnotizados, durante algunos momentos, hasta que un gigantesco pu?o rojo, m¨¢s grande que una persona, sali¨® de ella. Ante la mirada expectante del culto, la mano se abri¨®, liberando alrededor de una docena de extra?os seres humanoides. Estos eran peque?os, con cerca de medio metro de altura, y estaban cubiertos por un corto pelo negro. Dos peque?os cuernos les coronaban la cabeza, que tambi¨¦n presentaba hocicos y dientes afilados. Con gran entusiasmo, los cultistas corrieron detr¨¢s de estos diablillos, meti¨¦ndolos en las bolsas donde hab¨ªan tra¨ªdo a las gallinas. Al mismo tiempo, la mano desapareci¨®, volviendo al abismo, y, as¨ª que el ¨²ltimo diablillo fue capturado, la falla se cerr¨®. Satisfechos, los cultistas volvieron por el mismo camino por donde hab¨ªan venido, esta vez en total silencio. Ni los diablillos, en las bolsas, hac¨ªan ruido. Dej¨¦ la luz de las l¨¢mparas desaparecer detr¨¢s de la curva en el camino y esper¨¦ una media hora despu¨¦s de eso antes de bajar de mi escondite y volver a mi coche. A pesar de ser la primera entrada del diario que yo investigaba en el que participaban humanos, fue probablemente una de las que me dej¨® con m¨¢s preguntas. ?Qui¨¦nes eran esos cultistas? ?Qu¨¦ iban a hacer con los diablillos? ?A qui¨¦n pertenec¨ªa la mano que los hab¨ªa tra¨ªdo? Pens¨¦ en ello en el camino de vuelta a casa y hasta perd¨ª el sue?o de esa noche. Las posibilidades me pon¨ªan los pelos de punta. S¨®lo obtendr¨ªa las respuestas mucho despu¨¦s, pero estas superar¨ªan todo lo que pod¨ªa imaginar. Capítulo 6 - El Gato de Campanh? Como seguidor de la exploraci¨®n urbana, soy, tambi¨¦n, un conocedor del arte urbano. A lo largo de los a?os, tuve la oportunidad de conocer a varios artistas, con los que me mantuve en contacto. Un d¨ªa, durante una conversaci¨®n por chat con uno de ellos, descubr¨ª algo extra?o. Quien conoce la Estaci¨®n de Campanh?, en la ciudad del Porto, sabe que esta est¨¢ rodeada por una enorme infraestructura de cemento. Lo que la mayor¨ªa de la gente desconoce es que hay oculta una enorme red de t¨²neles de servicio, parte de la cual yo ya hab¨ªa tenido la oportunidad de explorar. Como era de esperar, los artistas urbanos consiguieron entrar en algunos de estos t¨²neles y aprovecharon las paredes para practicar su arte. Fue durante una de estas visitas que mi amigo y algunos de sus compa?eros se encontraron con algo muy extra?o. En uno de los t¨²neles encontraron un gato. Esto no tendr¨ªa nada de extraordinario, si no fuera por el hecho de que el animal no se movia desde hace meses y repet¨ªa constantemente los mismos movimientos. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto desde que hab¨ªa encontrado el diario, no pod¨ªa dejar de ir a investigar. Escog¨ª una hora con mi amigo y tom¨¦ el tren de Braga hasta Campanh?. Cuando llegu¨¦, ¨¦l me llev¨® directamente al t¨²nel. La puerta met¨¢lica se encontraba junto a la l¨ªnea, a unos trescientos metros de la estaci¨®n, y estaba abierta, dando f¨¢cil acceso al interior. Dentro, las paredes y el techo estaban cubiertos de grafittis de estilo variado. De simples "tags" hasta elaborados murales, se ve¨ªa all¨ª de todo. Recorrimos el t¨²nel durante varias decenas de metros hasta que llegamos a una parte donde este se abr¨ªa hacia la derecha. En esa direcci¨®n hab¨ªa un ancho pozo, cuyo prop¨®sito nadie parec¨ªa conocer. ¨C Ah¨ª es donde est¨¢ el gato - me dijo mi amigo. Apunt¨¦ la linterna hacia el fondo, unos ocho metros m¨¢s abajo, y pude ver al animal. Realmente parec¨ªa un gato com¨²n, gris y blanco. Me qued¨¦ mir¨¢ndolo durante unos minutos. Durante ese tiempo permaneci¨® casi inm¨®vil, sentado en el suelo, movi¨¦ndose s¨®lo de vez en cuando a intervalos que me parecieron regulares para lamer una de sus patas delanteras, siempre la misma. Detr¨¢s del animal encontr¨¦ una puerta de hierro, pero esta estaba oxidada y no parec¨ªa que se hubiera usado desde hace a?os. De hecho, dudaba de que fuera posible siquiera abrirla, al menos no sin destruirla. ¨C Desde que lo descubrimos, hace cuatro meses, est¨¢ ah¨ª siempre haciendo lo mismo ¨C dijo mi amigo. - Un gato normal ya habr¨ªa muerto de hambre. Tuve que estar de acuerdo. Aquel gato pod¨ªa no figurar en el diario que encontr¨¦, pero merec¨ªa figurar. - He tra¨ªdo una cuerda - le dije, se?alando la mochila en mi espalda. ¨C Podemos tratar de verlo mejor. - Me parece bien. Stolen novel; please report. En ese momento, otros dos artistas que pintaban junto a nosotros se acercaron y uno de ellos dijo: - ?Podemos ir con vosotros? Tambi¨¦n tenemos curiosidad sobre el gato. - Como quer¨¢is ¨C respondi¨® mi amigo. Saqu¨¦ entonces la cuerda de la mochila y la sujet¨¦ a una viga de cemento situada casi directamente por encima del pozo. Dej¨¦ que cada uno de mis compa?eros probara el nudo y, como quedaron satisfechos, empezamos a bajar. El artista que me hab¨ªa llamado all¨ª fue el primero en bajar, seguido por m¨ª y, por ¨²ltimo, los dos que nos abordaron. Durante todo esto, el gato se mantuvo tranquilo, lamiendo s¨®lo la pata un par de veces. No se mostraba s¨®lo indiferente a nuestra presencia, era como si no estuvi¨¦ramos all¨ª. Caminamos alrededor de ¨¦l, mir¨¢ndolo atentamente, pero, f¨ªsicamente, nada lo distingu¨ªa de un gato com¨²n. No fuera por su extra?o comportamiento y el hecho de estar en ese pozo nadie le habr¨ªa prestado atenci¨®n. Inspeccion¨¦, tambi¨¦n, la puerta oxidada y confirm¨¦ que estaba tan encajada que era imposible moverla. Finalmente, la curiosidad llev¨® a uno de los artistas que se junt¨® a nosotros a que intentara tocar el animal. Para nuestra sorpresa, su mano atraves¨® el gato como si no hubiera nada all¨ª, mientras ¨¦ste permanec¨ªa inm¨®vil, como si nada estuviera pasando. Retrocedimos. No sab¨ªamos lo que era aquella criatura o lo que pod¨ªa hacer. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto antes, yo era el menos sorprendido de los cuatro. Mis acompa?antes parec¨ªan aterrorizados. ¨C ?Es un fantasma! - dijo uno de los hombres que se hab¨ªan unido a nosotros. Como yo pod¨ªa dar fe, era una buena posibilidad. Sin embargo, no dije nada. Ellos ya hab¨ªan sufrido un gran susto, no hab¨ªa necesidad de agravar la situaci¨®n. - ?Que hacemos ahora? - pregunt¨® mi amigo. ¨C ?Se lo decimos a alguien? Antes que respondi¨¦semos, el hombre que hab¨ªa intentado tocar el gato comenz¨® a gritar desesperadamente. - ?Qu¨¦ te pasa? - pregunt¨® su compa?ero, pero ¨¦l sigui¨® gritando. Sus gritos eran tan intensos que me hac¨ªan doler los o¨ªdos. Comenz¨®, entonces, a correr en c¨ªrculos alrededor del pozo, como si estuviera tratando de escapar de algo, pero sin saber a d¨®nde ir. Finalmente, intent¨® subir por la cuerda, pero se cay¨® al final de un poco m¨¢s de un metro, quedando sentado en el suelo y apoyado en la pared. Nos arremolinamos en torno a ¨¦l para tratar de calmarlo y entender lo que pasaba, pero ¨¦l no paraba de gritar. ¨C ?Mirad! - dijo mi amigo de repente, se?alando a la mano del ca¨ªdo. Parte de esta ya no ten¨ªa piel, mostrando los m¨²sculos debajo. Ante nuestros ojos, estos desaparecieron, dejando s¨®lo los huesos. Por fin, hasta estos se desvanecieron. El hombre, finalmente, dej¨® de gritar. - ?Est¨¢s bien? - le pregunt¨® el amigo. Al no obtener respuesta, intent¨® tocarle, pero contrajo la mano cuando el cuerpo del ca¨ªdo se vaci¨® como un globo. Finalmente, desapareci¨® por completo. Lo que quiera que lo hubiera consumido, lo hizo tanto de fuera hacia dentro como de dentro hacia fuera. Presas del p¨¢nico, mis dos acompa?antes sobrevivientes treparon la cuerda de vuelta al t¨²nel y corrieron hacia el exterior. Con m¨¢s calma, los segu¨ª, echando un ¨²ltimo vistazo al gato, que continuaba como si nada pasase. Solo volv¨ª a hablar con mi amigo, d¨ªas despu¨¦s, por webchat. ¨¦l a¨²n no estaba totalmente recuperado de lo que hab¨ªa visto, por lo que s¨®lo le di un poco de consuelo y no le cont¨¦ sobre las cosas igualmente extra?as que hab¨ªa visto antes y las muchas descritas en el diario que yo hab¨ªa encontrado. Sin embargo, ¨¦l me cont¨® algo muy interesante. Despu¨¦s de nuestra visita, ¨¦l intent¨® visitar de nuevo el t¨²nel, pero descubri¨® que su entrada hab¨ªa sido sellada con cemento. ?Qui¨¦n lo hab¨ªa hecho? ?Habr¨ªa sido la organizaci¨®n de la que Alice me hab¨ªa hablado durante mi primera visita al Bar de las Hadas? ?Y c¨®mo hab¨ªan descubierto la existencia del gato? Como siempre, una de mis exploraciones hab¨ªa tra¨ªdo m¨¢s preguntas para atormentarme. Por desgracia, estas solo aumentaban a¨²n m¨¢s mi insaciable curiosidad, conduci¨¦ndome cada vez m¨¢s en direcci¨®n a conocimiento que ning¨²n ser humano deber¨ªa tener. Capítulo 7 - Los Cerqueira Un d¨ªa, despu¨¦s del trabajo, unos meses despu¨¦s de mi primera visita al Bar de las Hadas, decid¨ª volver all¨ª. Debido al trabajo y a compromisos familiares, ya hacia alg¨²n tiempo que no ten¨ªa la oportunidad de investigar una de las entradas del diario, pero mi curiosidad comenzaba a ser insoportable. El Bar de las Hadas estaba cerca de la oficina donde trabajaba, por lo que era el lugar ideal para una visita r¨¢pida. Qui¨¦n sabe, tal vez encontrase all¨ª a alguien que pudiera responder a algunas de mis preguntas, o hasta tuviera la oportunidad de visitar los t¨²neles ocultos debajo de Braga. Como antes, entr¨¦ en el bar a trav¨¦s de las escaleras situadas detr¨¢s de una puerta en el fondo de una pasteler¨ªa junto al Arco de la Puerta Nueva. Cuando llegu¨¦ all¨ª, me encontr¨¦ con una escena similar a la de mi primera visita. S¨®lo hab¨ªa una diferencia significativa. Sentado al balc¨®n, se encontraba un hombre. Alice hab¨ªa dicho que era raro que alguien de mi raza apareciese por all¨ª, por lo que me acerqu¨¦ despacio, observando atentamente para asegurarme de que no era s¨®lo una criatura similar a un humano. Cuando tuve la certeza de que no estaba equivocado, me sent¨¦ a su lado. ¨¦l parec¨ªa tan sorprendido como yo al ver all¨ª otro ser humano. Se llamaba Henrique Cerqueira y, aunque ten¨ªa conocimiento de ese otro mundo hac¨ªa m¨¢s tiempo que yo, no parec¨ªa saber mucho m¨¢s sobre ¨¦l. Aun as¨ª, intercambiamos conocimientos mientras beb¨ªamos un vaso de esa agua que era la ¨²nica bebida que exist¨ªa en aquel bar. ¨¦l no sol¨ªa salir de Braga, por lo que desconoc¨ªa todo lo que yo hab¨ªa encontrado fuera de la ciudad, pero me habl¨® de otro sitio parecido al Bar de las Hadas en el otro lado de la ciudad, aunque me advirti¨® de que no era tan bien frecuentado. No hab¨ªa menci¨®n de ese lugar en el cuaderno que yo hab¨ªa encontrado, por lo que tom¨¦ una nota mental para visitarlo despu¨¦s. Nuestra conversaci¨®n se vio interrumpida al cabo de poco m¨¢s de una hora por una llamada telef¨®nica de mi mujer. Tuve, entonces, que irme a casa, pero no antes que Henrique me diese su n¨²mero de tel¨¦fono m¨®vil y me invitara a ir un d¨ªa a almorzar a su casa. Tal vez por haber finalmente encontrado a alguien con quien pod¨ªa hablar de aquel mundo que la mayor¨ªa de la gente desconoce y en el que probablemente se negar¨ªa a creer, me qued¨¦ expectante en cuanto a esta visita. Por desgracia, s¨®lo pude aceptar la invitaci¨®n casi tres semanas despu¨¦s, cuando mi mujer tuvo que salir del pa¨ªs por trabajo y mi hija fue a pasar unos d¨ªas a casa de una amiga. Me dirig¨ª hasta la antigua parroquia de Dadim, donde se encontraba la casa de Henrique. Esta no fue dif¨ªcil de encontrar. Siguiendo por el camino que ¨¦l me hab¨ªa indicado, encontr¨¦ inmediatamente una casa aislada, un poco por encima de la base de una colina cubierta por un bosque. Al frente de ella, se extend¨ªa un valle que nunca hubiera imaginado que exist¨ªa, pues se encontraba en una depresi¨®n que no era visible desde la carretera. Una pared de granito lo delimitaba, junto con la casa, lo que indicaba que todo aquello pertenec¨ªa a los Cerqueira. Me dirig¨ª hasta la entrada y toqu¨¦ el timbre. Una voz pregunt¨® a trav¨¦s del intercomunicador qui¨¦n era y, cuando respond¨ª, la puerta se abri¨®. Incluso en coche, a¨²n me llev¨® unos cinco minutos recorrer el camino de tierra que serpenteaba entre bancales cubiertos de vi?edos. Despu¨¦s de una ¨²ltima curva, llegu¨¦ a la casa. De cerca, era verdaderamente impresionante. S¨®lo ten¨ªa un piso, a excepci¨®n de la torre en el lado derecho, que se alzaba un piso m¨¢s, aunque el ¨¢tico tambi¨¦n aparentaba ser amplio. Toda la parte delantera de la casa estaba ocupada por un enorme porche, cuyo techo se apoyaba en varias columnas de hierro fundido. Detr¨¢s de ¨¦l, ventanas, tambi¨¦n de hierro fundido y decoradas con diversas formas, ocupaban casi toda la pared. Detuve el coche frente a la escalera que sub¨ªa hasta la puerta principal, donde me esperaba Henrique y el resto de la familia Cerqueira. ¨C Bienvenido a la Vila Marta - dijo Henrique con una sonrisa, cuando sub¨ª las escaleras. Despu¨¦s, me present¨® a su familia. Entre ni?os y adultos, estaban all¨ª unas veinte personas. De la entrada pasamos al vest¨ªbulo, donde dej¨¦ el abrigo, y de all¨ª al comedor. En ¨¦l se encontraba una gran mesa, con diez sillas de cada lado. Como invitado, me dieron un lugar en el topo de la mesa, frente a Henrique. A nuestra derecha, en la cabeza de la mesa, se sent¨® la madre de Henrique, la matriarca de la familia, mientras que los otros se sentaron en los restantes lugares, a la izquierda. Pasado poco tiempo, una anciana sirvienta, m¨¢s vieja que cualquiera de los comensales, comenz¨® a traer bandejas de la cocina. La conversaci¨®n se inici¨® con las habituales trivialidades sobre empleo, familia y hasta el clima. Despu¨¦s se dirigi¨®, finalmente, hacia el mundo paralelo al nuestro, del que toda la familia ten¨ªa conocimiento. - ?C¨®mo encontr¨® el Bar de las Hadas y todos los otros sitios que Henrique me dijo que visit¨®? - acab¨® por preguntar a la matriarca. Le cont¨¦ la historia acerca de c¨®mo hab¨ªa encontrado el cuaderno que me hab¨ªa llevado a aquellos descubrimientos. ¨C En nuestro caso, es una herencia de familia - explic¨® Henrique. - Nadie sabe a ciencia cierta desde hace cu¨¢ntas generaciones tenemos ese conocimiento. La conversaci¨®n pas¨®, entonces, a ser sobre extra?as criaturas y lugares ocultos de la vista de la mayor¨ªa de los hombres. Todos aportaron algo y hasta pude conocer cosas que no figuraban en el diario. El almuerzo se extendi¨® casi hasta las cuatro de la tarde, hora en la que los comensales se comenzaron a levantar. Henrique me llev¨® hasta la sala de estar, donde nos sentamos a beber un whisky m¨¢s viejo que yo. A trav¨¦s de las amplias ventanas, se ve¨ªan los vi?edos en frente de la casa. Entre bebidas, Henrique me cont¨® como aquellas vi?as eran el origen de la riqueza de su familia desde tiempos inmemoriales. Fue entonces que me di cuenta de algo peculiar. ¨C ?D¨®nde est¨¢n los trabajadores? - le pregunt¨¦, echando la falta de movimiento en los campos. - De seguro que necesitan mucha mano de obra para mantener un vi?edo tan grande. - Aqu¨ª, el trabajo se hace de noche - explic¨® ¨¦l. - ?De noche? - pregunt¨¦, confundido. - Ven - me pidi¨®, levant¨¢ndose de su sill¨®n. Henrique me llev¨® hacia el pasillo y a trav¨¦s de ¨¦l, hasta la planta baja de la torre. All¨ª, apart¨® una estanter¨ªa llena de libros, revelando un estrecho t¨²nel que conten¨ªa una escalera que descend¨ªa, en curva, hasta desaparecer de mi vista. Conducido por mi anfitri¨®n, baj¨¦ hasta su fondo, donde nos encontramos con una puerta de madera e hierro que ya deb¨ªa tener d¨¦cadas, si no siglos. A pesar de su edad, Henrique la abri¨® sin ninguna dificultad, dando acceso a un enorme s¨®tano que deb¨ªa ocupar toda el ¨¢rea de la casa. Cruzamos los estrechos pasillos creados entre bolsas de fertilizante, pipas de vino, botellas vac¨ªas y llenas y utensilios agr¨ªcolas hasta llegar al lado del s¨®tano opuesto a aquel por donde entramos. All¨ª, encontramos una pared interrumpida por una gran puerta. Fue hasta ella que Henrique me llev¨®. Cuando me asom¨¦ entre las rejas, me qued¨¦ sin saber qu¨¦ decir. Al otro lado, se encontraba un peque?o cuarto de la cual emanaba un olor penetrante. En el medio del suelo, casi a oscuras, se amontonaban decenas de peque?as criaturas, que no tendr¨ªan m¨¢s de un metro de altura. Su piel era de color gris azulado, y pelo negro, largo y enmara?ado les descend¨ªa por la espalda. Garras terminaban sus manos y pies. Unlawfully taken from Royal Road, this story should be reported if seen on Amazon. - No se encuentra mano de obra m¨¢s barata en ning¨²n lado - dijo Henrique, claramente orgulloso. - Un cubo de carne cocida todas las noches y est¨¢n listos para trabajar. No sab¨ªa c¨®mo responder. Aquellas criaturas no eran humanas, bien lo s¨¦, ni conoc¨ªa su nivel de inteligencia, pero, de cualquier forma, todo aquello me parec¨ªa errado. Enrique se dio cuenta de mis pensamientos y me llev¨® de nuevo a la sala, para terminar nuestras bebidas. A¨²n me qued¨¦ all¨ª durante casi una hora. Poco hablamos. Por fin, me disculp¨¦ porque estaba haciendo tarde y deje la quinta. De camino a casa, no pod¨ªa ignorar mi decepci¨®n. Hab¨ªa encontrado a alguien con quien pod¨ªa hablar de aquel mundo oculto, pero ¨¦l usaba ese mundo en provecho propio. Esa noche dorm¨ª mal, pues no pod¨ªa expulsar la imagen de las criaturas atrapadas en aqu¨¦l s¨®tano de mi cabeza. Incluso en el d¨ªa siguiente, durante el trabajo, no consegu¨ªa olvidarme de ello. Como tal, y a pesar de estar sobrecargado de trabajo, despu¨¦s de la hora de expediente me fui al Bar de las Hadas. Ten¨ªa la esperanza de encontrar a Alice para contarle lo que hab¨ªa visto. Abr¨ª la puerta que daba acceso al bar con cuidado. No me quer¨ªa encontrar con Henrique Cerqueira. Afortunadamente, no hab¨ªa ni se?al de ¨¦l. Por otro lado, Alice estaba sentada en el balc¨®n casi en el mismo sitio donde la vi por primera vez. Me acerqu¨¦ a ella y me sent¨¦ en el banco a su lado. - Hola - le dije. - Hola - respondi¨® ella con sarcasmo. Claramente no se hab¨ªa olvidado de mi salida repentina de la ¨²ltima vez. Empec¨¦ a contarle lo que hab¨ªa visto en la casa de los Cerqueira. Aunque, al principio, ella no se mostr¨® muy interesada, pronto logr¨¦ captar su atenci¨®n. ¨C Por lo que me dices, ellos usan trasgos para trabajar en los campos. No son las criaturas m¨¢s inteligentes, ni las m¨¢s agradables, pero no merecen ser tratados as¨ª. Vuelve por la noche. Voy a ver si encuentro a alguien para que nos ayude. Asent¨ª con la cabeza. Despu¨¦s de la cena, le dije a mi mujer e hija que ten¨ªa que ir a la oficina a trabajar para poder salir sin levantar muchas sospechas. De hecho, no era propiamente una mentira. Yo deber¨ªa haber ido a trabajar esa noche, pero no pod¨ªa dejar que los Cerqueira siguieran abusando de esas pobres criaturas. Cuando volv¨ª al Bar de las Hadas, este estaba casi vac¨ªo. Adem¨¢s de uno u otro cliente solitario, solo all¨ª se encontraba un grupo de cinco criaturas, del cual Alice formaba parte. Ella me llam¨® y me pidi¨® que dijera a los otros lo que hab¨ªa visto. Mientras contaba, una vez m¨¢s, qu¨¦ hab¨ªa visto en la casa de los Cerqueira, observ¨¦ a mis nuevos compa?eros. Uno de ellos, un hombre, deb¨ªa de ser de la misma raza de Alice, ya que ten¨ªa el mismo pelo blanco, cuello largo y ojos felinos que ella. Otro era peque?o, apenas lleg¨¢ndome a la cintura, y ten¨ªa piel amarilla y naranja. En contraste, a su lado, se encontraba una mujer muy alta y esbelta, de piel azul y ojos grandes, con varios trazos negros en la cara que no logr¨¦ discernir si eran naturales o tatuajes. Por fin, en una mesa cercana, se sentaba en una diminuta criatura que se parec¨ªa mucho a la imagen popular de un hada. En la espalda, le crec¨ªan alas similares a las de una lib¨¦lula, y peque?as escamas multicolores le cubr¨ªan la parte de atr¨¢s del cuello y de los brazos. Cuando termin¨¦ mi historia, todos r¨¢pidamente se mostraron de acuerdo en ayudar a liberar a los trasgos. A continuaci¨®n, Alice nos llev¨® hacia una de las puertas que llevaban a los t¨²neles, donde los de sus razas habitaban. Desde que hab¨ªa descubierto el bar, los quer¨ªa visitar. S¨®lo me hubiera gustado que las circunstancias hubieran sido otras. La puerta, despu¨¦s de un corto paso, llevaba a un t¨²nel largo y alto con el suelo calcetado, paredes de granito y techo abovedado. Llamas azules, que parec¨ªan no emitir ning¨²n calor, ard¨ªan en nichos en las paredes e iluminaban tanto o m¨¢s que luces el¨¦ctricas. Una mir¨ªada de puertas despuntaba en ambas paredes. Durante nuestro recorrido, pasamos varias curvas y cruces. Cuanto m¨¢s avanzamos, mayores se tornaban los t¨²neles y m¨¢s grande era la multitud que andaba en ellos. En la superficie, s¨®lo durante el verano se ve¨ªa a tanta gente. Y nunca con aquella diversidad. Perd¨ª la cuenta al n¨²mero de razas diferentes con los que me cruc¨¦. Finalmente, bajamos por una escalera hasta una enorme c¨¢mara rectangular. Esta era atravesada en su centro por una zanja que se un¨ªa, en ambos extremos, a t¨²neles m¨¢s grandes que cualquiera por el que hab¨ªamos pasado. Junto con otras criaturas, esperamos en aquella plataforma. Unos diez minutos despu¨¦s, una luz apareci¨® en el fondo de uno de los t¨²neles. Poco despu¨¦s, de este sali¨® una gigantesca criatura, tan alta como la zanja, y larga lo suficiente para ocupar todo el largo de la c¨¢mara. Se parec¨ªa vagamente a una escolopendra, con un cuerpo de color rojo amarronado y una mir¨ªada de patas delgadas. Sin embargo, no ten¨ªa antenas, y su rostro pose¨ªa rasgos humanos. Sobre su espalda, transportaba seis vagones de madera. Usando una tabla, subimos a uno de esos vagones y nos instalamos en un de los bancos de madera e hierro. Poco despu¨¦s, nos pusimos en marcha, entrando en el otro t¨²nel alto que desembocaba en la c¨¢mara. Despu¨¦s de todo, Braga ten¨ªa un Metro. Los habitantes de la superficie, sin embargo, no lo conoc¨ªan. Desembarcamos unos quince minutos despu¨¦s en una c¨¢mara muy similar a aquella donde entramos. Subimos las escaleras y volvimos al sistema de t¨²neles. Este era mucho m¨¢s peque?o que aquel junto al Bar de las Hadas, con muchas menos puertas y bifurcaciones. Por fin, llegamos a una puerta de metal guardada por una criatura alta y musculosa, que nos dej¨® salir. Est¨¢bamos, ahora, en una estrecha cueva natural, la cual solo pude recorrer caminando de lado. Instantes despu¨¦s, m¨¢s adelante, surgi¨® una luz plateada. Despu¨¦s de pasar un bosquecillo, que disfrazaba la entrada, llegamos al exterior. Fue con sorpresa que, bajo la luz de la luna, me di cuenta de que est¨¢bamos en el valle de los Cerqueira, junto a la frontera entre este y el monte, no muy lejos de una de las paredes de la quinta. ?Ser¨ªa por all¨ª que Henrique acced¨ªa al mundo escondido debajo de Braga? Sin perder tiempo, la peque?a hada vol¨® sobre el muro. Regres¨® unos cinco minutos despu¨¦s. - Los trasgos ya est¨¢n trabajando - dijo. - Y no est¨¢n solos. Los Cerqueira tienen ogrons como capataces. - ?Cu¨¢ntos? - pregunt¨® Alice. - No estoy segura, pero no muchos. - Entonces, vamos. - Espera - le dije. - ?Cu¨¢l es el plan? - Entrar all¨ª y empatar los capataces mientras los trasgos huyen - respondi¨® Alice, sin parar. - Venid. El muro que circundaba la Vila Marta y sus campos era de granito y ten¨ªa m¨¢s de dos metros de altura. Si fu¨¦ramos todos humanos, habr¨ªamos tenido alguna dificultad en subir. Por suerte, uno de mis compa?eros ten¨ªa garras retr¨¢ctiles, por lo que lleg¨® a la cima con relativa facilidad. Despu¨¦s, nos ayud¨® a pasar hacia el otro lado. No hab¨ªa iluminaci¨®n en aquellos bancales, y era una de las ¨²ltimas noches de cuarto menguante, por lo que estaba muy oscuro. No pod¨ªa ver nada m¨¢s all¨¢ de siluetas difusas entre los vi?edos y los postes que los soportaban. - No veo nada - dije a mis compa?eros. - Nos vemos - dijeron el hada y la criatura que nos hab¨ªa ayudado a entrar casi al un¨ªsono. - Vamos - dijo Alice. Conmigo siguiendo a los otros ciegamente, subimos hasta el primer bancal. Entonces nos ocultamos detr¨¢s de un muro circular, que deb¨ªa pertenecer a un pozo, y nos quedamos a mirar atentamente hacia arriba. En el bancal siguiente, pudimos ver varias siluetas por entre los vi?edos, la mayor¨ªa peque?as, pero una de ellas excepcionalmente grande, probablemente el capataz. Alice pos¨® una mano en mi brazo. - T¨² no ves en la oscuridad, por eso vas a ayudarme con aquel capataz. Los otros se encargar¨¢n de los bancales m¨¢s arriba. Agazapados, subimos la rampa de tierra que llevaba al bancal siguiente. Entonces, Alice y yo nos separamos de los otros. Intentamos acercarnos sin ser vistos, utilizando los postes como escondites, sin embargo, la visi¨®n nocturna del capataz tambi¨¦n deb¨ªa ser mejor que la m¨ªa, pues de inmediato emiti¨® un temible rugido y avanz¨® hacia nosotros. Alice me agarr¨® por un brazo y, juntos, nos lanzamos contra ¨¦l. Al principio, el ser resisti¨® a nuestro ataque, pero acabamos por tirarlo al suelo. Mientras manten¨ªamos el capataz atrapado con nuestro peso, Alice grit¨®, en la direcci¨®n de los trasgos: - ?Huyan! ?L¨¢rguense de aqu¨ª! Las criaturas dudaron por un momento, pero pronto se dieron a la fuga, descendiendo la pared que soportaba el bancal como si fueran gatos. El ogron segu¨ªa luchando y gritando. Alice le dio un pu?etazo y, cuando esto no funcion¨®, otro y otro e incluso otro. La criatura segu¨ªa movi¨¦ndose, por lo que no hab¨ªa perdido la conciencia, pero ya no se resist¨ªa. - Creo que ya nos podemos ir - dijo Alice. Cuando llegamos a la rampa por donde hab¨ªamos subido, vimos las siluetas de nuestros compa?eros correr procedentes de los bancales arriba, acompa?ados por peque?as formas que s¨®lo pod¨ªan ser trasgos. Detr¨¢s de ellos, o¨ª la voz de Henrique y de pasos pesados. Hab¨ªamos sido descubiertos y estaban por llegar refuerzos. Corrimos de vuelta al muro. Los trasgos, en su ansia de libertad, nos sobrepasaban, y llegaron al exterior antes de que nosotros empez¨¢ramos siquiera a subir. Despu¨¦s de dejar el terreno de los Cerqueira, no vimos ni o¨ªmos ning¨²n otro signo de persecuci¨®n. Aun as¨ª, s¨®lo paramos de correr cuando entramos en los t¨²neles que llevaban al tren viviente. No sab¨ªamos hacia donde hab¨ªan huido los trasgos, ni si hab¨ªamos conseguido liberar a todos. Tampoco val¨ªa la pena pensar en ello. Despu¨¦s de aquella noche, los Cerqueira iban a estar de alerta. Nunca m¨¢s ¨ªbamos a salvar a nadie de su quinta. Capítulo 8 - La Organización Despu¨¦s de mi descubrimiento del diario, hab¨ªa pr¨¢cticamente abandonado la exploraci¨®n urbana. Sin embargo, una noticia en un peri¨®dico del Mi?o despert¨®, de nuevo, este mi inter¨¦s. Un buque con destino al puerto de Viana do Castelo se hab¨ªa hundido en la desembocadura del r¨ªo Lima. Curiosamente, ¨¦ste se hundi¨® de proa, quedando la popa y la mitad de atr¨¢s fuera del agua en posici¨®n casi vertical. La evidente oportunidad para la exploraci¨®n no me pas¨® desapercibida. Justo el fin de semana siguiente, fui hasta Viana. Para mi alivio, esta vez no tuve que mentir ni ocultarle la verdad a mi mujer. Ella estaba muy consciente de mi inter¨¦s por la exploraci¨®n urbana. No me gustaba enga?arla, y de seguro, ella ya comenzaba a sospechar de algo. Me encontr¨¦ con un viejo amigo que me prest¨® un barco (el mismo que yo hab¨ªa usado para explorar el Camalh?o y encontrar el Rey de los Islotes) y, cuando oscureci¨®, rem¨¦ hasta el barco naufragado. Se me ocurri¨® entonces, que pod¨ªa haber invitado al resto del grupo de exploraci¨®n urbana de Braga. Ya estaba tan acostumbrado a hacer las expediciones basadas en el diario solo que, esta vez, ni me acord¨¦ de ellos. Tanto mejor, con lo que estaba a punto de descubrir. Ya cerca del buque, con la ayuda de mi linterna, busqu¨¦ un sitio por donde entrar. No tard¨¦ en encontrar un ojo de buey situado justo por encima de la l¨ªnea de agua. Me acerqu¨¦ y, con el mango de la linterna, part¨ª el cristal. Tuve alguna dificultad en pasar por la exigua entrada, pero acab¨¦ logr¨¢ndolo. Mal puse los pies en el suelo met¨¢lico, apunt¨¦ la linterna a mi alrededor. Estaba en una cabina. Lo primero que me salt¨® a la vista fue que ¨¦sta no ten¨ªa muebles. Sin embargo, ese no era el elemento m¨¢s extra?o de aquella divisi¨®n. Para mi sorpresa, la puerta se encontraba en posici¨®n sim¨¦trica a m¨ª. Como el barco se hab¨ªa hundido de proa, yo deb¨ªa de estar sobre una de las paredes. Por lo tanto, era como si aquella cabina estuviera preparada para inclinarse noventa grados. Me acerqu¨¦ a la puerta y, con cautela, abr¨ª una rendija. Del otro lado solo encontr¨¦ oscuridad, por lo que abr¨ª la puerta un poco m¨¢s y apunt¨¦ la linterna hacia el exterior. Vi, entonces, un pasillo donde se alineaban varias otras puertas. Sal¨ª y empec¨¦ a abrirlas. Detr¨¢s de cada una, encontr¨¦ solamente cabinas vac¨ªas que poco difer¨ªan de aquella por donde yo hab¨ªa entrado. Finalmente, despu¨¦s de una curva en el pasillo, vi un brillo a la distancia. Me acerqu¨¦ y encontr¨¦ una puerta herm¨¦tica entreabierta. Detr¨¢s de ella, proven¨ªa la luz. La abr¨ª, esperando revelar otro corredor, pero lo que encontr¨¦ fue algo que nunca hab¨ªa imaginado. Frente a m¨ª, estaba ahora un enorme espacio abierto que deb¨ªa ocupar gran parte de la mitad sumergida del buque. Unas escaleras met¨¢licas llevaban hasta una red de plataformas y pasajes y, por fin, hacia el suelo. ¨¦ste estaba formado por tierra fangosa que, a esa profundidad, s¨®lo pod¨ªa ser el lecho del r¨ªo. Sobre ¨¦l y en las plataformas, los hombres, las gr¨²as y las palas mixtas, abr¨ªan un enorme agujero. Despu¨¦s de ver gigantescas bisagras y pistones hidr¨¢ulicos soldados al interior del casco, me di cuenta de que el barco estaba no s¨®lo preparado para girar noventa grados; tambi¨¦n se pod¨ªa abrir la proa para explorar el fondo. Inmediatamente, me pregunt¨¦ que estar¨ªan buscando, pero un golpe en la cabeza me hizo perder los sentidos y me impidi¨® ir luego en busca de la respuesta. Cuando recobr¨¦ los sentidos, me encontr¨¦ en una de las cabinas peque?as y vac¨ªas de los niveles superiores. ¨¦sta, sin embargo, no ten¨ªa ojos de buey, y la poca iluminaci¨®n proven¨ªa solamente de una luz que entraba por debajo de la puerta. Busqu¨¦ en mis bolsillos, pero todo lo que ten¨ªa en ellos (tel¨¦fono m¨®vil, linterna, navaja, cartera, llaves) hab¨ªa desaparecido. No s¨¦ cu¨¢nto tiempo estuve all¨ª hasta que escuch¨¦ la puerta siendo desbloqueada. ¨¦sta se abri¨® poco despu¨¦s, revelando cuatro hombres. Tres de ellos vest¨ªan uniformes grises oscuros, incluyendo botas y boinas, y llevaban rifles de asalto. Eran claramente militares, pero no ten¨ªan ninguna insignia que su pa¨ªs o servicio. El cuarto hombre, sin embargo, vest¨ªa traje y corbata negros y una camisa blanca. Ten¨ªa el pelo corto y bien peinado, con alg¨²n gel, y no ser¨ªa mucho m¨¢s viejo que yo, probablemente en el inicio de los cuarenta. De hecho, parec¨ªa uno de los hombres de negocios con los que me cruzo a diario en la empresa. Haciendo se?al a los soldados para que permaneciesen en el corredor, el hombre entr¨® en la cabina y se acerc¨® a m¨ª. - Mi nombre es Almeida y soy el encargado de esta investigaci¨®n - dijo, extendiendo la mano. Por mero h¨¢bito, le apret¨¦ la mano. ¨¦l puso entonces, las manos en los bolsillos de los pantalones. - Yo soy... - empec¨¦ a decir. - Yo s¨¦ qui¨¦n eres - me interrumpi¨® Almeida. - ?Sabes?, tu blog no nos pas¨® desapercibido. Esa afirmaci¨®n me cogi¨® de sorpresa. De hecho, yo ten¨ªa un blog donde escrib¨ªa sobre mis exploraciones, pero era poco le¨ªdo (pueden encontrarlo en www.terceirarealidade.wordpress.com; pero, como ver¨¢n a continuaci¨®n, no es una fuente muy fiable). Sin embargo, nunca nadie me hab¨ªa identificado como el autor. - No hay necesidad de estar tan sorprendido. Sus actividades son de gran inter¨¦s para nosotros. - ?Por qu¨¦? - fue la ¨²nica cosa que record¨¦ decir. - Los blogs pueden ser una buena herramienta para desacreditar los acontecimientos que son nuestra responsabilidad ocultar. Cuantos m¨¢s locos escriban sobre estos temas, menos el p¨²blico cree en ellos. No necesitaba escuchar nada m¨¢s para darme cuenta de quienes eran aquellos hombres. Se trataba, sin duda, de la organizaci¨®n de la que Alice me hab¨ªa comentado, que se encargaba de ocultar el mundo que existe paralelo al nuestro. - Por cierto, tengo una propuesta para usted - continu¨® Almeida. - Si estuvier de acuerdo en a?adir art¨ªculos y cambiar los escritos por usted seg¨²n nuestras instrucciones, estoy dispuesto a mostrarle lo que hemos encontrado aqu¨ª. Si no, recuerde que podemos hacer desaparecer su blog y dificultar mucho su vida y la de su familia. Viendo a los soldados detr¨¢s de ¨¦l y pensando en todos los recursos usados en la excavaci¨®n del lecho del r¨ªo, por no hablar del buque en s¨ª, no dudaba de que ¨¦l fuera capaz de cumplir su amenaza. Adem¨¢s, yo escrib¨ªa el blog m¨¢s para pasar el tiempo que para ser le¨ªdo, por lo que la veracidad de lo que all¨ª estaba escrito no era de gran importancia para m¨ª. Acept¨¦ la propuesta de Almeida sin mayor duda. The author''s content has been appropriated; report any instances of this story on Amazon. - ?Excelente! - respondi¨® ¨¦l. - Venga conmigo. Estamos cerca de encontrar lo que hemos venido a buscar aqu¨ª. ¨¦l me llev¨® de vuelta a los pasillos y, a trav¨¦s de ellos, hasta la enorme c¨¢mara donde transcurr¨ªa la excavaci¨®n. Desde una plataforma, observamos los trabajos. A nuestro lado, una pantalla mostraba lo que s¨®lo pod¨ªa ser una imagen del subsuelo obtenida por alg¨²n tipo de sensor. En ¨¦sta, se ve¨ªa claramente una gran mancha blanca que s¨®lo pod¨ªa ser lo que aquellos hombres buscaban. Almeida no me dijo de qu¨¦ se trataba, y yo no le pregunt¨¦. Despu¨¦s de todo, a juzgar por la imagen, lo iba a descubrir en breve. Minutos despu¨¦s, algo surgi¨®. Por entre el barro oscuro, se ve¨ªa, ahora, un punto blanco. Las m¨¢quinas se detuvieron, siendo la excavaci¨®n retomada por hombres con palas. Poco a poco, el misterioso objeto fue revelado. A cada segundo que pasaba, parec¨ªa ser de mayor tama?o. A la distancia a la que me encontraba era dif¨ªcil estar seguro, pero la materia blanca que lo formaba parec¨ªa tener una textura extra?a, semejante a la de la piel. De hecho, siempre que uno de los trabajadores le tocaba, ¨¦sta mostraba una cierta elasticidad. Cuando, al cabo de m¨¢s de una hora, el objeto qued¨® totalmente al descubierto, no sab¨ªa distinguir muy bien lo que estaba mirando. Por un lado, parec¨ªa un animal del tama?o de un cachalote, con la piel cubierta por una sustancia viscosa de origen claramente org¨¢nica. Por otro, ten¨ªa una forma triangular con los bordes redondeados, tan regular que no parec¨ªa de origen natural. Los hombres de Almeida pacientemente excavaron por debajo del objeto y pasaron correas, que supuse eran de kevlar, de un lado al otro. Despu¨¦s, sostuvieron los dos extremos al gancho de una gr¨²a. ¨¦sta, lenta y cuidadosamente, comenz¨® a levantar el objeto, teniendo como destino una plataforma no muy lejos de aquella donde nos encontr¨¢bamos. Cuando pas¨® junto a nosotros, su "piel" empez¨® a moverse, primero ligeramente, y despu¨¦s, violentamente. Parec¨ªa que algo estaba intentando salir del interior. Los soldados le apuntaron sus armas. - No disparen - orden¨® Almeida. Nuestra sospecha se confirm¨® segundos despu¨¦s, cuando una mano terminada por garras rompi¨® la superficie. Antes de que alguien lograra reaccionar, del interior del objeto sali¨® una criatura negra vagamente humanoide. Era m¨¢s grande que un hombre, de unos dos metros de altura, y ten¨ªa brazos tan largos que tocar¨ªan en el suelo si ella se levantase sobre ¨¦l. Nos mir¨® con ojos amarillos y despu¨¦s salt¨® en nuestra direcci¨®n. - ?Disparen! - grit¨® Almeida. Las balas zumbaron en direcci¨®n a la criatura, pasando desconcertantemente cerca de nosotros, pero ninguna parec¨ªa herirle. Impulsado por sus poderosas piernas, lleg¨® a nuestra plataforma, me empuj¨® y me tir¨® al suelo. Tengo de confesar que estar all¨ª a los pies de aquella criatura fue uno de los momentos m¨¢s terribles de mi vida, al menos, hasta entonces. Aquellas garras y colmillos pod¨ªan despedazarme en un instante. Afortunadamente, la criatura no se qued¨® y corri¨® escaleras arriba. - ?Detr¨¢s de ¨¦l! - orden¨® Almeida. - No lo dejen salir del buque. Los soldados as¨ª lo hicieron. Almeida sigui¨® inmediatamente detr¨¢s. Cuando logr¨¦ levantarme y recuperarme, ellos ya hab¨ªan desaparecido detr¨¢s de la puerta estanca que llevaba a los niveles superiores. Corr¨ª detr¨¢s de ellos. Siguiendo los ruidos de las botas en las pasarelas de hierro, recorr¨ª los pasillos y sub¨ª las escaleras hasta llegar al exterior. Los encontr¨¦ en lo que s¨®lo puedo llamar la cubierta que se encontraba en la parte de atr¨¢s del puente del buque. Estaban asomados sobre la borda, apuntando sus armas hacia el agua. Me un¨ª a ellos. - ¨¦l salt¨® al r¨ªo - me dijo Almeida. Junto con ellos, empec¨¦ a buscar a la criatura entre las aguas. Ella se apareci¨®, momentos despu¨¦s, en las escaleras altas de cemento que sosten¨ªan la orilla del r¨ªo. Con la biblioteca de Viana justo encima, los hombres de la Organizaci¨®n no se atrevieron a disparar, y la criatura desapareci¨® en el interior de una de las callejuelas de la ciudad. - Vamos a tener que perseguirlo por la ciudad - dijo Almeida, m¨¢s para s¨ª mismo que para los que lo rodeaban. - Pongan el barco en el agua. Despu¨¦s, se volvi¨® hacia m¨ª: - ?Conoce a Viana? - Crec¨ª aqu¨ª - respond¨ª. - Entonces, va a tener que venir con nosotros. Los soldados volvieron al interior del buque por la misma puerta por donde yo sal¨ª. Poco despu¨¦s, vi a la pared movi¨¦ndose. Una secci¨®n entera se desliz¨® hacia un lado, revelando una bodega con varios botes. Los soldados levantaron uno en peso y lo llevaron hasta la borda. Al presionar de un bot¨®n, ¨¦sta se inclin¨® y rod¨®, formando una rampa a trav¨¦s de la cual el barco fue llevado hasta el agua. Despu¨¦s de abordar, fue una cuesti¨®n de poco m¨¢s de un minuto llegar a la orilla. Desembarcamos aproximadamente en el mismo punto donde la criatura hab¨ªa subido a tierra y la seguimos hacia el interior de la callejuela. Como esperaba, ella ya no se encontraba all¨¢. Los soldados apuntaron las linternas para los otros tres callejones que terminaban all¨ª, pero no vieron ninguna se?al de nuestro objetivo. Ellos parec¨ªan bastante experimentados en situaciones como aquellas, pues, sin esperar por una orden de Almeida, comenzaron la b¨²squeda de pistas que indicasen para d¨®nde la criatura pod¨ªa haber ido. No tardar¨ªan en encontrar unas marcas en el estuco medio ca¨ªdo de una casa cercana. Se trataban de agujeros enormes, en espacios m¨¢s o menos regulares. - Subi¨® a los tejados - dijo Almeida. Miramos todos hacia arriba, pero es claro que la criatura ya no estaba all¨ª. Sin embargo, ahora sab¨ªamos qu¨¦ se?ales buscar. En una callejuela adyacente, encontramos fragmentos de tejas que parec¨ªan estar all¨ª hacia poco tiempo. En otra, paralela a la segunda, encontramos lo mismo. En una transversal a ¨¦sta, una pared mostraba marcas en su parte superior. Siguiendo estas pistas, acabamos por ver un bulto que se mov¨ªa entre los tejados de la ciudad. Cuando est¨¢bamos pasando delante de la Iglesia Matriz, ¨¦l salt¨® por encima de nosotros, aterrizando dentro de la torre del campanario. Sin embargo, no se qued¨® all¨ª mucho tiempo, pues r¨¢pidamente salt¨® hacia el techo de la iglesia y pas¨® para el edificio de atr¨¢s. Almeida y sus hombres comenzaron a bajar la calle, sin duda en busca de un pasaje a trav¨¦s del cual pudieran seguir en la misma direcci¨®n de la criatura, pero yo los llam¨¦: - Por aqu¨ª. Tomando una callejuela escondida al lado de la iglesia, logramos seguir paralelamente a la criatura. Cuando salimos en una calle mayor, est¨¢bamos al frente de ella. Finalmente, llegamos a la plaza situada al lado del antiguo mercado, en el centro de la cual se encontraba la Capilla de las Almas. En un intento por prepararnos para todos los posibles movimientos de la criatura, avanzamos hasta medio camino entre el final de la calle y la capilla. De all¨ª, pod¨ªamos seguirla r¨¢pidamente, fuera a donde fuera. Por suerte, ella salt¨® directamente hacia el tejado de la capilla. Con rapidez y precisi¨®n militar, los soldados de la Organizaci¨®n rodearon el edificio antes de que ella tuviese tiempo de pasar al siguiente. - M¨¢tenlo - orden¨® Almeida, cuando el ser comenz¨® a ganar balance para un nuevo salto. Las autom¨¢ticas abrieron fuego. A pesar de que me interesaban las armas, no ten¨ªa ni idea de qu¨¦ modelo eran aquelllas. No hac¨ªan casi ning¨²n ruido en el momento de disparar. De cualquier manera, tampoco es que viviese mucha gente en aquella parte de la ciudad para escucharlas. Al ser herida por las primeras balas, la criatura interrumpi¨® el salto e intent¨® encontrar refugio, pero los soldados cubr¨ªan todos los ¨¢ngulos de aquel tejado. Balas y m¨¢s balas se alojaron en su cuerpo, hasta que, finalmente, ella cay¨® del tejado. A¨²n as¨ª, aquello no hab¨ªa terminado. El ser se levant¨® y, con un gru?ido, avanz¨® en la direcci¨®n de uno de los soldados. Almeida sac¨® una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y se uni¨® a sus hombres, rodeando la criatura. Ante el fuego cruzado, ¨¦sta no resisti¨® y, por fin, se cay¨®, quedando inm¨®vil en el suelo. Con un movimiento casi mec¨¢nico, sin vacilar y ni siquiera pensar, uno de los soldados sac¨® un pl¨¢stico negro de su mochila, se aproxim¨® al cuerpo y lo cubri¨®. - Puede ir - me dijo Almeida, guardando la pistola y metiendo las manos en los bolsillos de los pantalones. - Nosotros ahora vamos a proceder a la limpieza. Nos pondremos en contacto con usted para decirle lo que queremos que cambie en su blog. Como es obvio, yo ten¨ªa muchas preguntas. ?Qu¨¦ era esa criatura? ?Qu¨¦ estaba haciendo en el fondo del r¨ªo? ?Qu¨¦ era aquella cosa dentro de la cual se encontraba? ?Por qui¨¦n fue creada la Organizaci¨®n? ?A qui¨¦n respond¨ªa? ?Qui¨¦n la financiaba? Sin embargo, no me parec¨ªa que Almeida fuese a responder a nada, por lo que sal¨ª del local y me fui a recuperar el barco de mi amigo. Una vez m¨¢s, en el camino de vuelta a casa, mi mente estaba perdida en las posibles explicaciones para lo que hab¨ªa visto. Llegu¨¦ a casa casi sin percatarme de ello, y s¨®lo cuando la puerta del garaje empez¨® a abrir fue que me di cuenta de que hab¨ªa estado fuera mucho m¨¢s tiempo de que lo esperado. ?Qu¨¦ excusa le iba a dar a mi mujer? Capítulo 9 - Trasgos Citadinos Una vez m¨¢s, una noticia en un peri¨®dico local despert¨® mi curiosidad. Esta reportaba una serie de extra?os accidentes de auto en la ciudad de Braga. Todos ellos hab¨ªan ocurrido cerca del lugar donde los coches estaban estacionados durante la noche y mostraban se?ales de sabotaje, generalmente frenos cortados. Ya hab¨ªa m¨¢s de una docena de muertes. Seg¨²n la noticia, la polic¨ªa cre¨ªa que los responsables eran uno o varios v¨¢ndalos, pero a¨²n no hab¨ªa encontrado ninguna pista, indicio o testigo que le ayudara a identificarlos. En otros tiempos, estar¨ªa inmediatamente de acuerdo pero, despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto en los meses anteriores, me pregunt¨¦ si la causa no ser¨ªa otra, algo asociado al otro mundo que yo hab¨ªa descubierto. Por lo tanto, una noche en que sal¨ª tarde del trabajo, decid¨ª hacer una ronda por la ciudad. Caminando, recorr¨ª todas las calles en las que los coches sol¨ªan permanecer estacionados durante la noche, atento a cualquier movimiento debajo de ellos. Durante la primera hora, no vi m¨¢s que uno que otro animal callejero. Sin embargo, cerca de la media noche, vi a un extra?o bulto negro debajo de un Ford Fiesta. Si no hubiera visto criaturas extra?as antes, pod¨ªa haber pensado que se trataba de un gato, pero hab¨ªa algo en la forma de aquella sombra que no parec¨ªa animal. Me acerqu¨¦. Lentamente, me agach¨¦ y, encendiendo r¨¢pidamente la linterna, me asom¨¦ debajo del coche. Lo que encontr¨¦, realmente no fue un gato, sino un trasgo, como los que hab¨ªa ayudado a liberar de la casa de los Cerqueira. Estaba, claramente, intentando romper parte de las tuber¨ªas y cableado en la parte de abajo del coche. Alarmado, intent¨® huir. Lo agarr¨¦ por un brazo. Si lograra capturarlo, tal vez podr¨ªa encontrar a alguien que supiera comunicarse con ¨¦l y descubrir por qu¨¦ estaba haciendo eso. Sin embargo, el trasgo me mordi¨® la mano, oblig¨¢ndome a soltarlo. A¨²n as¨ª, corr¨ª detr¨¢s de ¨¦l pero, usando sus cuatro extremidades, era mucho m¨¢s r¨¢pido que yo. Lo perd¨ª, por fin, cuando subi¨® la pared del terreno adyacente a una de las torres medievales de la ciudad. Adem¨¢s de ser demasiado alta para yo subir, se trataba de una propiedad privada habitada, que yo no me atrev¨ªa a invadir. El encuentro, sin embargo, no fue infructuoso. Cuando agarr¨¦ el brazo de la criatura, me di cuenta de que ¨¦ste ten¨ªa una marca en forma de c¨ªrculo con una C invertida grabada en la piel. Decid¨ª, entonces, ir al Bar de las Hadas a buscar a Alice con la esperanza de que ella supiera de qu¨¦ se trataba y eso me diera alguna pista sobre el origen y objetivos del trasgo. Como esperaba, y como en casi todas mis visitas al Bar de las Hadas, encontr¨¦ a Alice sentada en el balc¨®n. Me sent¨¦ a su lado. Despu¨¦s de nuestra aventura en la casa de los Cerqueira, ella ya no parec¨ªa tan resentida con nuestro primer encuentro, por lo que no tuve dificultad en iniciar la conversaci¨®n. Despu¨¦s de los saludos iniciales, le habl¨¦ de los accidentes, las muertes, de mi vigilia y de mi encuentro con el trasgo. - He o¨ªdo hablar de esos accidentes - dijo ella. - Casi todos los coches se estrellaron en sitios habitados por algunas de nuestras razas m¨¢s peque?as. El que derrib¨® la pared del Palacio de los Biscainhos destruy¨® toda una comunidad de hadas que hicieron su casa en el interior hueco. Marta, el hada que nos acompa?¨® a la quinta de los Cerqueira, perdi¨® a toda su familia. Que haya sido un trasgo la causa de los accidentes puede ser una revelaci¨®n importante. Me qued¨¦ en silencio durante un instante, intentando comprender lo que acababa de o¨ªr. Las muertes podr¨ªan haber sido solamente da?os colaterales de alguien tratando de disimular atentados contra las hadas como accidentes. Sin embargo, esto no redujo mi deseo de encontrar al responsable, sino al contrario. Luego le cont¨¦ a Alice sobre la marca que vi en el brazo del trasgo. Ella me mir¨® con una expresi¨®n grave. - Yo ya he visto esa marca antes - dijo ella. - En los trasgos que liberamos de la quinta de los Cerqueira. En ese momento, me qued¨¦ p¨¢lido. Una, tal vez m¨¢s, de las criaturas a cuya liberaci¨®n yo hab¨ªa ayudado, podr¨ªa ser responsable por m¨¢s de una decena de muertes. Era dif¨ªcil no sentir que su sangre estaba en mis manos. - ?Segura? - pregunt¨¦, buscando por d¨®nde escapar a la culpa. Ella s¨®lo asinti¨® con la cabeza, en silencio. If you spot this tale on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation. Me levant¨¦ de inmediato y volv¨ª a las calles de la ciudad, m¨¢s decidido que nunca a descubrir la raz¨®n de todas esas muertes. Me dirig¨ª a la calle donde encontr¨¦ el trasgo. Con suerte, le hab¨ªa interrumpido antes de ¨¦l terminar su sabotaje y volver¨ªa para terminar el trabajo. Esper¨¦, inm¨®vil, bajo la sombra de un ¨¢rbol, con la esperanza de que la oscuridad me escondiera. Estuve all¨ª casi una hora antes de que el trasgo volviera, salido de una callejuela cercana. Asum¨ª que era el mismo, ya que se dirigi¨® a lo mismo coche. Esta vez, no interrump¨ª su trabajo. Quer¨ªa que terminara para seguirlo y ver a d¨®nde ir¨ªa despu¨¦s. All¨ª hab¨ªa algo m¨¢s, ten¨ªa de haberlo, e iba a averiguar lo que era o la culpa ser¨ªa m¨ªa... M¨¢s tarde dejar¨ªa en el parabrisas un mensaje de advertencia al conductor del coche. La criatura no estuvo ni cinco minutos debajo del veh¨ªculo. Corri¨® hacia la callejuela de donde sali¨® y, esta vez, pude ir detr¨¢s de ¨¦l. Me asegur¨¦ de no perderlo como la ¨²ltima vez; afortunadamente, la persecuci¨®n no fue larga. Lo vi subir por la pared trasera de una casa abandonada en las Carvalheiras - una plaza situada en el otro extremo de la callejuela - y desaparecer en la oscuridad detr¨¢s de las rejas que delimitaban el jard¨ªn, construido sobre el garaje. Conoc¨ªa bien aquella casa: ya la hab¨ªa visitado con el grupo de exploraci¨®n urbana, y sab¨ªa c¨®mo entrar. No ten¨ªa la agilidad ni las garras del trasgo, sin embargo, subiendo a una caja de electricidad, logr¨¦ llegar a un espacio entre las rejas lo suficientemente ancho para poder pasar. Como es habitual en casas abandonadas hace mucho tiempo, ¨¦sta hab¨ªa sido v¨ªctima del vandalismo. La puerta trasera hab¨ªa sido derribada. Entr¨¦. Cog¨ª mi linterna, pero no me atrev¨ªa a encenderla. No quer¨ªa asustar a quien all¨ª estuviera, al menos no antes de darme cuenta de lo que pasaba. A¨²n as¨ª, la luz de la luna, de las estrellas y hasta de la iluminaci¨®n p¨²blica que entraba por las ventanas partidas iluminaba el interior lo suficiente como para ver lo que me circundaba. El suelo del vest¨ªbulo estaba lleno de hojas, probablemente tra¨ªdas por el viento a trav¨¦s de la puerta. Afortunadamente, tambi¨¦n estaba cubierto de polvo, en el que se ve¨ªan claramente varias peque?as huellas, que asum¨ª eran del trasgo. Las segu¨ª hasta la escalera que llevaba al piso superior, haciendo caso omiso de dos puertas abiertas que, por el poco y polvoriento mobiliario que a¨²n conten¨ªan, eran un cuarto de estar y un comedor. Las escaleras de madera chirriantes me llevaron hasta el pasillo del piso superior, donde se alineaban varias puertas abiertas o derribadas. La luz que sal¨ªa de estas era suficiente para ver lo que me rodeaba. Como en el piso de abajo, el pasillo estaba cubierto de polvo, y en ¨¦ste continuaban las huellas de trasgo. Las segu¨ª hasta una de las habitaciones. Apenas llegu¨¦ a la puerta, vi peque?os bultos, sin duda trasgos, correr y desaparecer por la puerta que llevaba al balc¨®n. ¨¦sta, sin embargo, encuadraba una forma mayor, tal vez incluso m¨¢s alta que yo. No parec¨ªa particularmente preocupada por mi presencia, pues no movi¨® un solo m¨²sculo cuando entr¨¦ en la habitaci¨®n. Una capucha y una capa le cubr¨ªan todo el cuerpo, y con la escasa iluminaci¨®n, me era imposible ver lo que se encontraba debajo. - ?Qui¨¦n es usted? - pregunt¨¦. - ?Qu¨¦ pretende? Aquel bulto solo pod¨ªa ser quien controlaba los trasgos, por lo que era momento de yo obtener algunas respuestas sobre los accidentes y las muertes. - Vete de aqu¨ª - dijo la criatura con una voz femenina y ronca. - Esto no tiene nada que ver contigo ni con los de tu raza. Olvida todo lo que has visto. - Pero... - empec¨¦ yo, pero ella me volvi¨® la espalda y avanz¨® hacia el balc¨®n. Corr¨ª detr¨¢s de ella, dispuesto a luchar si fuera preciso, para obtener respuestas. Sin embargo, apenas lleg¨® al exterior, ella comenz¨® a flotar. La sorpresa me hizo dudar un momento, el tiempo suficiente para la criatura se elevara en el cielo nocturno, muy por encima de la casa. La vi, entonces, a volar en direcci¨®n al oeste, desapareciendo poco despu¨¦s detr¨¢s de los edificios que ocultaban el horizonte. Frustrado, sal¨ª de la casa y volv¨ª al Bar de las Hadas. Tal vez Alice supiese qui¨¦n o qu¨¦ era aquel ser encapuchado. Ella segu¨ªa all¨ª, sentada al balc¨®n en el mismo taburete. Me sent¨¦ a su lado y, antes de ella tener tiempo de decir algo, le dije lo que acababa de descubrir. Cuando le habl¨¦ de la figura encapuchada y de c¨®mo ¨¦sta levant¨® vuelo, una expresi¨®n aterrorizada apareci¨® en su cara. - Las Brujas de la Noche - susurr¨®, como si tuviera miedo de decir el nombre en voz alta. - ?Qui¨¦nes son las Brujas de la Noche? - le pregunt¨¦, sorprendido con su reacci¨®n. - La leyenda de las Brujas de la Noche es muy antigua. Se dice que son criaturas misteriosas que atacan a algunas de nuestras razas. Como es normal en estas cosas, hay varias historias de avistamientos, si bien que ¨²ltimamente he o¨ªdo m¨¢s. Nunca les di mucha importancia. Pero, ahora, con lo que me dijiste... Seguimos conversando sobre las Brujas de la Noche durante un rato m¨¢s. Por desgracia, las historias que ella conoc¨ªa no eran muy ¨²tiles. A menudo, se contradec¨ªan unas a las otras. Pero esa es la naturaleza de las leyendas. Dej¨¦ el Bar de las Hadas decidido a encontrar y hacer lo que pudiera para detener a las Brujas de la Noche. Cuando llegu¨¦ a casa, mi mujer ya se hab¨ªa quedado dormida. La hab¨ªa llamado para decirle que iba a trabajar hasta tarde. Yo no me acost¨¦ de inmediato. Me sent¨¦ en mi escritorio con el diario que hab¨ªa encontrado, buscando por todas las referencias sobre brujas. Mis pr¨®ximas expediciones iban a centrarse en ellas. Capítulo 10 - Las Brujas de Montalegre Como era de esperarse, una de las primeras referencias sobre brujas en el diario que hab¨ªa encontrado estaba asociada a la localidad portuguesa m¨¢s conocida por ¨¦stas: Montalegre. De hecho, todos los viernes trece, el pueblo organiza un evento llamado "Noche de las Brujas" para celebrar esa misma tradici¨®n. En una tarde lluviosa de s¨¢bado, en que ni mi mujer ni mi hija quisieron salir de casa, fui hasta all¨¢. No hab¨ªa autopistas que llevasen hasta Montalegre, por lo que tuve que usar estradas locales. Durante gran parte del camino, la estrada era amplia y bien cuidada, pero algunas decenas de kil¨®metros antes de llegar a la villa, se torn¨® estrecha y llena de curvas. La recorr¨ª despacio y con mucha atenci¨®n, subiendo y bajando colinas cubiertas de pinos y eucaliptos. Finalmente, despu¨¦s de una ¨²ltima subida, me encontr¨¦ con Montalegre. Construida sobre una colina que se ergu¨ªa sobre una extensa meseta vac¨ªa y d¨¦bilmente arbolada, era una visi¨®n impresionante, especialmente en un d¨ªa gris como aquel. En su punto m¨¢s alto, entre una mezcla de edificios antiguos y nuevos, se ergu¨ªa el castillo medieval, su masiva torre de homenaje pareciendo capaz de resistir al propio Apocalipsis. Seg¨²n el diario, las brujas de la regi¨®n s¨®lo se encontraban despu¨¦s de anochecer. Est¨¢bamos casi en invierno, por lo que no ten¨ªa que esperar mucho, y decid¨ª hacerlo en un caf¨¦ local. Aprovech¨¦ la oportunidad para buscar m¨¢s informaci¨®n sobre el lugar donde el diario dec¨ªa que las brujas se reun¨ªan y direcciones m¨¢s precisas. El empleado me explic¨® c¨®mo llegar all¨ª y c¨®mo ser¨ªa el camino sin hacer preguntas o plantear cualquier dificultad. Sin embargo, un cliente sentado en una mesa cercana, un hombre ya de cierta edad con un sombrero y un bast¨®n colocados en la silla a su lado oy¨® la conversaci¨®n y dijo: - ?No vaya all¨ª! Es el lugar donde las brujas se re¨²nen de noche. Si saben que alguien estuvo en su lugar de encuentro, le lanzan un hechizo. Si est¨¢n de buen humor, s¨®lo le dan una cagalera, si no, le dan una enfermedad que lo debilita y lo mata. As¨ª fue como muri¨® un vecino m¨ªo. Le dio curiosidad y... La advertencia de aquel se?or no me disuadi¨® de ir en busca de las brujas. Por el contrario, s¨®lo me confirm¨® que estaba en el camino cierto. Pagu¨¦ y volv¨ª a mi coche. Me dirig¨ª, entonces, hacia el este de la villa, entrando en la carretera que atravesaba aquel lado de la meseta. All¨ª, en aquel d¨ªa gris, no era dif¨ªcil ver por qu¨¦ la regi¨®n hab¨ªa ganado su reputaci¨®n de sobrenatural. Una ci¨¦naga flanqueaba la carretera. Aqu¨ª y all¨¢, crec¨ªa un ¨¢rbol y, de vez en cuando se ve¨ªa una laguna, pero conten¨ªa sobre todo piedras y maleza, entre las cuales se ergu¨ªan peque?as elevaciones. Seg¨²n el diario, el punto de encuentro de las brujas se escond¨ªa detr¨¢s de una de ¨¦stas. Aparqu¨¦ junto al inicio de un sendero que, seg¨²n el empleado de la cafeter¨ªa, me llevar¨ªa hasta all¨ª, y empec¨¦ a seguirlo. Casi de inmediato, estuve feliz de haber llevado mis mejores botas de monta?a. El camino era irregular, lleno de piedras y barro. Con cualquier otro calzado habr¨ªa quedado con los pies empapados y doloridos. Me tom¨® poco m¨¢s de una hora llegar a la peque?a elevaci¨®n que buscaba. Detr¨¢s de ella, encontr¨¦ un peque?o arbolado, con media docena de ¨¢rboles y algunos matorrales. En el espacio vagamente circular entre ellas, encontr¨¦ las cenizas de una reciente hoguera. No hab¨ªa duda de que estaba en el sitio correcto. El sol ya se encontraba detr¨¢s del horizonte, por lo que no deb¨ªa faltar mucho para que las brujas llegasen para el encuentro de esa noche. Me escond¨ª detr¨¢s de un matorral espeso, situado en el lado del claro opuesto al del sendero, y esper¨¦. Pas¨® otra hora hasta que empec¨¦ a o¨ªr alguien llegando. La noche ya hab¨ªa ca¨ªdo en pleno, y el cielo estaba nublado, por lo que all¨ª, lejos de cualquier iluminaci¨®n p¨²blica, poco m¨¢s lograba ver que negro. O¨ª la persona entrar en el claro venida del sendero, y, poco despu¨¦s, el sonido de troncos de madera a ser arrojados al suelo. De repente, una peque?a llama se encendi¨® y, instantes despu¨¦s, una hoguera ard¨ªa vivamente. Junto a ¨¦sta, ahora pod¨ªa ver a una mujer ya de cierta edad. Estaba toda vestida de negro, incluyendo un pa?uelo que le cubr¨ªa la cabeza. Reading on Amazon or a pirate site? This novel is from Royal Road. Support the author by reading it there. Durante unos minutos, se qued¨® all¨ª de pie, esperando. A continuaci¨®n, una segunda mujer, m¨¢s joven, pero envergando ropa similar, surgi¨® venida del sendero. Apenas tuvieron tiempo de intercambiar saludos cuando una tercera y una cuarta se unieron a ellas. Los dos ¨²ltimos elementos del grupo tardaron un poco m¨¢s, pero cuando llegaron, las seis formaron un c¨ªrculo alrededor de la hoguera. Entonces, se quitaron la ropa, y pude verlas bien por primera vez. La m¨¢s joven tendr¨ªa poco m¨¢s de veinte a?os, mientras que la m¨¢s vieja hace mucho habr¨ªa pasado de los ochenta. Al contrario de lo que cuentan algunas leyendas, no vi ninguna marca fuera de lo normal en sus cuerpos. Desnudas, empezaron a danzar alrededor de la hoguera, cantando algo en una lengua que no reconoc¨ª. Su danza dur¨® una media hora, sus cuerpos retorci¨¦ndose de forma ca¨®tica, pero, al mismo tiempo, bella y casi hipnotizante. Hasta las brujas m¨¢s viejas mostraban una agilidad y flexibilidad extraordinarias, hasta sobrenaturales. Cuando terminaron, se postraron, orientadas hacia la hoguera. De repente, de entre las llamas, salt¨® una peque?a criatura de piel roja viva. Ten¨ªa orejas puntiagudas, entre las cuales crec¨ªan dos peque?os cuernos, y un hocico agudo, lleno de dientes como agujas. Peque?as alas, claramente incapaces de soportar su cuerpo en un vuelo constante, le sal¨ªan de la espalda. A ella le siguieron, en una r¨¢pida sucesi¨®n, otras cinco. Inmediatamente, todas ellas se unieron a las brujas y retomaron la danza. No pod¨ªa imaginarme cu¨¢l era el prop¨®sito de ese ritual. Hab¨ªa una evidente similitud entre aquellos seres y los evocados por el culto que yo encontrara en el convento de San Francisco, en Viana do Castelo. Sin embargo, en aquel momento no me di cuenta de eso. Estaba demasiado preocupado en averiguar si aquellas eran o no las Brujas de la Noche. Si me hubiese dado cuenta, tal vez algunas muertes que ocurrieron m¨¢s tarde podr¨ªan haber sido evitadas. De repente, una de las criaturas sali¨® del c¨ªrculo de danza y empez¨® a olfatear el aire. Pasados unos segundos, se volvi¨® hacia sus compa?eros y dijo: - No estamos solos. Un escalofr¨ªo subi¨® mi espina dorsal. Claramente estaba hablando de m¨ª. Las brujas y los restantes diablillos interrumpieron su danza y canto. Yo me prepar¨¦ para escapar, pero era demasiado tarde. - ?Sal de ah¨ª! - dijo el primer diablillo con una voz estridente, en la direcci¨®n del matorral detr¨¢s del cual me hab¨ªa escondido. - Y ni pienses en huir. Mis hermanos y yo vemos bien en la oscuridad y somos m¨¢s r¨¢pidos de lo que parecemos. Sin duda te alcanzaremos. Y no te va a gustar lo que vamos a hacer despu¨¦s. La criatura emiti¨® una risa cruel. Con una mezcla de miedo y curiosidad, sal¨ª de detr¨¢s del matorral, y me acerqu¨¦ a la hoguera. - Es peligroso andar por aqu¨ª despu¨¦s del anochecer - dijo una de las brujas, una de las m¨¢s j¨®venes, con una sonrisa socarrona. - Y m¨¢s a¨²n mirar nuestros rituales. - ?Ustedes son las Brujas de la Noche? - le pregunt¨¦, yendo directo al grano. Despu¨¦s de todo, qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa decir. Al escuchar el nombre, los diablillos roznaron y las brujas escupieron a la hoguera. - No nos confundas con esas zorras - dijo una de las brujas m¨¢s viejas. - Nosotras somos devotas del Cornudo, el Diablo, Belceb¨². Es el que nos da nuestros poderes - explic¨® una bruja de la mediana edad. - Las Brujas de la Noche salieron de repente de la nada y nadie sabe de d¨®nde viene su poder o a qui¨¦n sirven. Pero no son como nosotras. - ?Zorras! - grit¨® la bruja m¨¢s vieja. - Aparecen de la nada y se creen mejor que nosotras. No van a los Grandes Convent¨ªculos, no respetan a nuestro maestro, ni siquiera nos reconocen como hermanas. - ?Cu¨¢l es tu inter¨¦s en ellas? - pregunt¨® uno de los diablillos. A pesar de ya estar acostumbrado a hablar con criaturas extra?as, dud¨¦ durante un segundo. Hab¨ªa algo inquietante en aquellos seres. Sin embargo, al final les cont¨¦ la historia de las muertes, de los trasgos y del bulto negro en la casa abandonada. Durante algunos momentos, nadie dijo nada. Creo que no sab¨ªan bien c¨®mo reaccionar. Por fin, el diablillo que me interrog¨® dijo: - Vete de aqu¨ª. Y s¨®lo te dejamos ir porque quieres interferir en los planes de las Brujas de la Noche. Pero no vuelvas. Sin decir nada m¨¢s, as¨ª lo hice. Ya en el sendero de vuelta al coche, o¨ª a las brujas y los diablillos a retomar su canto. Durante gran parte del camino, al contrario de lo que era habitual, no pude pensar en lo que acababa de descubrir. Las carreteras estrechas y llenas de curvas requer¨ªan toda mi atenci¨®n en el oscuro. Sin embargo, cuando llegu¨¦ a carreteras mejores, mi mente comenz¨® a divagar. Aquellas no eran las Brujas de la Noche, eso estaba claro, pero el desprecio que mostraron por ellas, y el hecho de que las consideraban como una otra ceita fue un descubrimiento importante. Por desgracia, eso no respond¨ªa al misterio de qui¨¦n eran las Brujas de la Noche, lo que pretend¨ªan y d¨®nde encontrarlas. S¨®lo lo adensaba. Cuando llegu¨¦ a Braga ya era casi hora de la cena. Llam¨¦ a mi mujer y a mi hija a preguntar si quer¨ªan comidas de Burger King. Quer¨ªa compensarlas por mi ausencia. Capítulo 11 - Brujas Urbanas Cuando busqu¨¦ en el diario por entradas sobre brujas, una en particular me llam¨® la atenci¨®n. Cuando pensamos en brujas, por lo menos en Portugal, nos vienen a la cabeza im¨¢genes de mujeres alrededor de una hoguera en un campo abandonado o en un bosque distante, o curanderos y adivinos populares que atienden los clientes en sus casas. Esta entrada, sin embargo, hablaba de un grupo de brujas del Porto que se reun¨ªan en un sal¨®n de t¨¦ en el coraz¨®n de esta, la cual es la segunda mayor ciudad del pa¨ªs. No es, pues, extra?o que, despu¨¦s de la entrada m¨¢s obvia, la de Montalegre, yo haya decidido investigar esta. Un d¨ªa que estaba solo en aquella ciudad por motivos de trabajo, aprovech¨¦ un intervalo de tiempo grande entre mis reuniones de la ma?ana y de la tarde para visitar el mencionado sal¨®n de t¨¦. Con la ayuda del GPS de mi tel¨¦fono, encontr¨¦ su ubicaci¨®n. Surgi¨®, entonces, un problema. La entrada en el diario ten¨ªa varios a?os, y el sal¨®n de t¨¦ ya no exist¨ªa. En su lugar, hab¨ªa ahora un peque?o centro comercial. Aparqu¨¦ en un parque cercano y entr¨¦. Tal vez pudiera encontrar alguna pista que me indicara cu¨¢l era el nuevo punto de encuentro de las brujas. Apenas pas¨¦ la puerta, me di cuenta de que aquel no era un centro comercial com¨²n. En lugar de tiendas de ropa, bisuter¨ªa, tecnolog¨ªa y art¨ªculos deportivos, como en la mayor¨ªa de establecimientos del g¨¦nero, en este hab¨ªa tiendas de esoterismo, maquillaje natural, comida ecol¨®gica y art¨ªculos culturales. Recorr¨ª los pasillos y sub¨ª las escaleras hasta el segundo piso. Fue entonces que encontr¨¦ lo que buscaba: un sal¨®n de t¨¦ con el mismo nombre de aquel donde las brujas se reun¨ªan. Deben haber reabierto en el centro comercial despu¨¦s de este haber sustituido el sal¨®n original. Entr¨¦ y me sent¨¦ en una mesa. La decoraci¨®n era muy moderna: sillas blancas ovaladas, sof¨¢s de piel, mesas de un solo pie. Hasta los pedidos eran hechos a trav¨¦s de Tablet PCs embebidas en columnas o a trav¨¦s de cualquier Smartphone gracias a los c¨®digos QR impresos en las cajas de madera de las servilletas. Ped¨ª un t¨¦ y un s¨¢ndwich de queso fundido, que consum¨ª relajadamente, mientras observaba a los clientes que entraban y sal¨ªan. Sus edades parec¨ªan variar entre los veinte y los cincuenta y, a juzgar por la ropa, eran todas personas de alguna riqueza. En su mayor¨ªa eran mujeres, aunque no por mucho. Durante la media hora que estuve all¨ª sentado, me di cuenta de algo que, si no supiera lo que estaba buscando, no hubiera visto. Solas o en pares, siete mujeres en los treinta, todas ellas de tacones altos, bien vestidas y maquilladas y con el cabello meticulosamente cuidado, entraron, y sin dudar, se dirigieron inmediatamente hacia el piso de arriba. Afortunadamente, la se?al para el WC apuntaba hacia all¨ª, por lo que ten¨ªa la excusa perfecta para subir y confirmar mis sospechas. Sub¨ª las escaleras de hierro y madera. En la parte superior, me encontr¨¦ con una sala en todo similar a la de abajo. De las siete mujeres, sin embargo, no hab¨ªa ni se?al. Cuidadosamente, tratando de no llamar demasiado a la atenci¨®n, pues no sab¨ªa si estaba siendo filmado, intent¨¦ descubrir a d¨®nde pod¨ªan haber ido. En el pasillo que llevaba a las casas de ba?o, me encontr¨¦ con una tercera puerta con la com¨²n se?al diciendo ¡°Acceso Restringido¡±. Era el ¨²nico lugar donde las posibles brujas se pod¨ªan haber ocultado. Stolen content alert: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. En silencio, puse el o¨ªdo en la puerta, pero no o¨ª nada. Lentamente, abr¨ª la puerta un poco y me asom¨¦ hacia el interior. As¨ª que un poco de luz disip¨® la oscuridad, vi unas escaleras que llevaban hasta otra puerta, m¨¢s arriba. Cerr¨¦ la primera detr¨¢s de m¨ª y encend¨ª mi linterna. Teniendo cuidado para no hacer ruido, empec¨¦ a subir. Algunos escalones despu¨¦s, o¨ª un c¨¢ntico. Cuanto m¨¢s sub¨ªa, m¨¢s este se intensificaba. As¨ª que puse el o¨ªdo en la segunda puerta, me di cuenta de que ven¨ªa de detr¨¢s de ella. Era all¨ª que las brujas se reun¨ªan, no hab¨ªa duda. El c¨¢ntico dur¨® unos quince minutos m¨¢s. Despu¨¦s de unos momentos de silencio, una voz lejana y aguda pregunt¨®: - ?Qu¨¦ quieren de m¨ª? Deb¨ªa tratarse de alg¨²n esp¨ªritu o criatura invocada por el ritual. - T¨² ves m¨¢s que cualquiera de nosotras. Te llamamos para responder a nuestras preguntas ¨C dijo una voz femenina, sin duda perteneciente a una de las brujas. Una a una, las mujeres pusieron sus preguntas. Confieso que me sent¨ª desilusionado. Con todos los misterios sobre la historia y el universo que pod¨ªan tratar de deslindar, sus preguntas fueron de lo m¨¢s b¨¢sico posible. ?Con qui¨¦n es que fulana iba a enga?ar a su marido? ?D¨®nde el otro fue a buscar el dinero para comprar un Mercedes nuevo? ?C¨®mo fulano hab¨ªa logrado conquistar su actual mujer cuando era tan feo? ?Chismes! Personas como aquellas no pod¨ªan ser las Brujas de la Noche. Me estaba preparando para irme, cuando o¨ª la voz aguda y distante decir: - ?Quieren saber qui¨¦n est¨¢ detr¨¢s de la puerta? Di media vuelta para huir, pero solo hab¨ªa bajado tres escalones cuando la puerta se abri¨® detr¨¢s de m¨ª y algo me empuj¨®. Ca¨ª por las escaleras y me estrell¨¦ contra la puerta inferior. Aturdido y dolorido, varias manos me cogieron y arrastraron hacia arriba. Despu¨¦s de unos minutos de recuperaci¨®n, los mareos y la niebla delante de mis ojos se disiparon. Estaba, ahora, en un peque?o cuarto sin ventanas, iluminado por m¨¢s de una docena de velas. Hab¨ªa all¨ª una extra?a mezcla entre lo antiguo y lo moderno. Tablet PCs, en la pantalla de los cuales se pod¨ªan ver p¨¢ginas con textos escritos en caracteres extra?os, reposaban sobre una alfombra gasta y llena de marcas de quemado. En su centro, ard¨ªa un peque?o brasero, cuyas llamas se mov¨ªan con el soplo del aire acondicionado. Sillas modernas, iguales a las usadas en el sal¨®n de t¨¦, se mezclaban con muebles que parec¨ªan salidos de anticuarios y conten¨ªan una infinidad de instrumentos ancestrales. Sentadas en la alfombra, las siete mujeres me rodeaban. Todas ellas ahora llevaban al cuello amuletos enormes con un aire antiguo y gastado, contrastando marcadamente con sus vestidos modernos y tacones altos. - ?Qui¨¦n eres t¨²? ¨C me pregunt¨® una de las brujas. - ?Y porque nos estabas escuchando? - Estoy buscando las Brujas de la Noche. ?Las conocen? - Y ?qui¨¦nes son esas? ¨C pregunt¨® la bruja. - ?Algunas provincianas que andan por ah¨ª de noche montadas en escobas? Sus compa?eras se rieron. - No nos mezclamos con esa gente ¨C a?adi¨® una tercera bruja. ¨C S¨®lo si necesario. - Ahora, tenemos que decidir qu¨¦ hacer contigo. - Lo dejamos ir ¨C dijo la primera bruja que habl¨®. - ?Y si lo cuenta a alguien? ¨C pregunt¨® la mujer que planteara la cuesti¨®n. - Mira su ropa ¨C le respondi¨® su compa?era. - ?Crees que alguien va a poner la palabra de un nadie como ¨¦l por encima de la nuestra? Dar¨ªa m¨¢s problemas deshacernos de ¨¦l. - Tienes raz¨®n ¨C dijo otra bruja. ¨C Vete de aqu¨ª. ?Pero no vuelvas! As¨ª lo hice. Aquellas no eran claramente las Brujas de la Noche, por lo que no ten¨ªan ning¨²n inter¨¦s para m¨ª. Fui al ba?o de un caf¨¦ cerca del centro comercial para limpiar mi traje y mis heridas de la ca¨ªda y me dirig¨ª a mi reuni¨®n de la tarde. Al contrario de lo que hab¨ªa ocurrido en mis exploraciones anteriores, esta no suscit¨® ning¨²n pensamiento o pregunta. Aquellas brujas eran in¨²tiles para descifrar el misterio que yo persegu¨ªa. Capítulo 12 - La Taberna de los Encantados Mis primeros intentos de encontrar las Brujas de la Noche hab¨ªan sido infructuosos. A¨²n hab¨ªan otras anotaciones en el diario que todav¨ªa pod¨ªa explorar, pero, durante una hora de almuerzo, record¨¦ otro lugar donde podr¨ªa encontrar m¨¢s informaci¨®n. La primera vez que me encontr¨¦ con Henrique Cerqueira, ¨¦l me coment¨® acerca de otro lugar donde se reun¨ªan las extra?as criaturas que habitaban debajo de nuestros pies en Braga. Su ubicaci¨®n fue probablemente la ¨²nica cosa buena que obtuve de haber conocido a ese hombre. As¨ª, unos d¨ªas m¨¢s tarde despu¨¦s del trabajo, me dirig¨ª a la tienda china, una de las m¨¢s grandes de la ciudad, bajo la cual se encontraba el local. Aparqu¨¦ el coche en el estacionamiento subterr¨¢neo y, de inmediato, empec¨¦ a buscar la rejilla de drenaje que me llevar¨ªa a los t¨²neles de abajo. La encontr¨¦ escondida detr¨¢s de una columna, como Henrique me hab¨ªa indicado. De hecho, no hab¨ªa forma de equivocarse. Era la ¨²nica a trav¨¦s de la cual un hombre adulto pod¨ªa pasar, por lo menos si no fuera muy gordo. Yo hab¨ªa ido preparado con una pata de cabra y, con ella, retir¨¦ la pesada reja de hierro con relativa facilidad. Despu¨¦s, baj¨¦ hacia el interior del t¨²nel de drenaje. Arrastr¨¢ndome, empec¨¦ a bajar por el estrecho e inclinado paso. Al principio, estaba cubierto con cemento, pero este r¨¢pidamente dio lugar a tierra y barro. Afortunadamente, me puse ropa informal antes de salir del trabajo. El t¨²nel manten¨ªa la misma direcci¨®n en toda su extensi¨®n y no ten¨ªa ninguna bifurcaci¨®n, por lo que, con la ayuda de mi linterna, no fue dif¨ªcil llegar al otro extremo. Cuando sal¨ª del pasadizo, me encontr¨¦ en un nuevo t¨²nel, mucho m¨¢s grande que el anterior. Deb¨ªa tener unos dos metros y medio de altura y otros tantos de ancho, por lo que pod¨ªa caminar f¨¢cilmente a trav¨¦s de ¨¦l. A diferencia de los pasillos alrededor del Bar de las Hadas, el suelo, el techo y las paredes eran de tierra, barro y piedra, con vigas de madera aqu¨ª y all¨¢ para reforzar los puntos m¨¢s cr¨ªticos. Apunt¨¦ mi linterna hacia las dos direcciones que el t¨²nel segu¨ªa, pero no pude ver ninguno de los extremos. Siguiendo las indicaciones de Henrique Cerqueira, avanc¨¦ hacia el este. Durante casi diez minutos, no vi m¨¢s que paredes y oscuridad, hasta que, por fin, avist¨¦ la puerta que buscaba. Esta era tosca, hecha de troncos de ¨¢rboles unidos con clavos y cuerdas que la sujetaban a una viga haciendo el papel de bisagras. Cuidadosamente, la empuj¨¦ lo suficiente como para pasar. Lo que encontr¨¦ del otro lado no pod¨ªa ser m¨¢s diferente del Bar de las Hadas. Al igual que el t¨²nel detr¨¢s de m¨ª, ¨¦ste se trataba de un espacio abierto en el subsuelo con refuerzos aqu¨ª y all¨ª. El mobiliario era tan tosco como la puerta, y lo mismo se pod¨ªa decir de la clientela. Criaturas deformes, sucias y con expresiones poco inteligentes beb¨ªan de jarras de barro no muy limpias. La mayor parte era m¨¢s grande y musculosa que yo, aunque unas criaturas de piel verde apenas me llegaban a la cintura. Nunca hab¨ªa visto a ninguna de aquellas razas en el Bar de las Hadas. Henrique hab¨ªa llamado a aquel lugar Taberna de los Encantados, pero ahora era obvio que se trataba de un apodo jocoso, pues no hab¨ªa all¨ª ning¨²n encanto. Al contrario de lo que hab¨ªa sucedido en mis visitas al Bar de las Hadas, mi entrada no ha pas¨® desapercibida. Todos los ojos se posaron en m¨ª. ?Es que no estaban acostumbrados a humanos, o a extra?os en general? Tratando de mostrar confianza, avanc¨¦ hasta el balc¨®n - ?Qu¨¦ quieres? - pregunt¨® el tabernero, una enorme criatura de piel marr¨®n con la cara deformada. The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. - ?Qu¨¦ tiene? ¨¦l se?al¨® hacia estantes desvencijados en la pared detr¨¢s de ¨¦l, donde se encontraban varias botellas sucias con contenidos de color extra?o. Eleg¨ª el que me pareci¨® menos desagradable, y la criatura me lo sirvi¨® en un jarro. Despu¨¦s beber el asqueroso brebaje con un encogimiento de hombros pas¨¦ al asunto que me hab¨ªa llevado all¨ª: - ?Alguien aqu¨ª ha o¨ªdo hablar de las Brujas de la Noche??O sabe algo acerca de los trasgos que est¨¢n provocando accidentes de coche? Nunca he aprendido a ser sutil. Apenas termin¨¦ la frase, una de las peque?as criaturas verdes dej¨® la taberna por otra puerta distinta a aquella por donde yo ten¨ªa entrado. - T¨ªo - dijo un cliente sentado en una mesa detr¨¢s de m¨ª - si fuera t¨², me ir¨ªa de aqu¨ª. Me volv¨ª hacia ¨¦l. Todos los ojos segu¨ªan posados en m¨ª, pero ahora hab¨ªa odio en ellos. - ?No me escuchaste? - insisti¨® la criatura, levant¨¢ndose. Era enorme, con m¨¢s de dos metros de altura y el doble de mi ancho, y ten¨ªa cuatro musculosos brazos. Me levant¨® como si yo fuera nada y me tir¨® de vuelta al t¨²nel por donde yo hab¨ªa entrado. - ?Sal de aqu¨ª! - grit¨® ¨¦l. No tuve coraje de hacer nada m¨¢s. Empec¨¦ a alejarme. Poco despu¨¦s, o¨ª la otra puerta de la taberna abrirse. Mir¨¦ sobre mi hombro y vi a la criatura verde volviendo acompa?ada por otras mucho m¨¢s grandes y musculosas. Empec¨¦ a correr en caso de que intentaran perseguirme. S¨®lo me calm¨¦ cuando volv¨ª al estacionamiento. Dudaba de que me fueran a seguir hasta la superficie. A¨²n as¨ª, entr¨¦ en mi coche r¨¢pidamente y arranqu¨¦ en direcci¨®n a mi casa. Ya ten¨ªa avanzado un par de cientos de metros, y dejado mi temor atr¨¢s, cuando una figura enorme apareci¨® frente a m¨ª en el medio de la carretera. Se trataba de la criatura que me hab¨ªa expulsado de la taberna. Ten¨ªa una mano extendida delante de ¨¦l, pidiendo me que me detuviera. Confieso que mi primer instinto fue atropellarlo, pero no fui capaz de hacerlo. Fren¨¦ y me detuve a medio metro de ¨¦l. ¨¦l se acerc¨® y golpe¨® el vidrio del lado del conductor. Con cautela, lo abr¨ª. - T¨ªo - dijo la criatura - disculpa aquello en la taberna, pero si no te hubiera sacado de all¨ª no ibas a durar mucho. Mi sorpresa fue tal que qued¨¦ con la boca abierta. - Para el coche ah¨ª y vamos a hablar. Creo que te puedo ayudar con tus preguntas. Curioso, pero con cuidado, as¨ª lo hice. Fuimos al jard¨ªn de un edificio cercano y nos sentamos en un banco donde ¨¦l pod¨ªa quedarse escondido en la mitad oscura y yo en la iluminada, donde me sent¨ªa m¨¢s seguro. - Pues muy bien, ?por d¨®nde empiezo? Despu¨¦s de unos instantes de silencio, continu¨®: - Es as¨ª, los trasgos no est¨¢n matando tu gentea prop¨®sito. A las Brujas de la Noche, que son quien los est¨¢n dominando, no les importan los humanos para nada. Los accidentes son s¨®lo una manera de destruir sus objetivos sin levantar grandes sospechas. Despu¨¦s de mis conversaciones con Alice, yo ya hab¨ªa llegado a esa conclusi¨®n. - ?Qui¨¦nes son estas Brujas de la Noche??Que quieren? - T¨ªo, eso ya yo no lo s¨¦. Y mira que yo y el resto de la gente en la taberna trabajamos para ellas. S¨®lo las vi una vez, pero con las capuchas, y creo que son cinco. Ellas est¨¢n atacando hadas y a otros de esas razas, al mismo tiempo que reclutan un ej¨¦rcito. Yo soy parte de ¨¦l. Como lo van a usar y por qu¨¦, no tengo ni idea. Me sent¨ª alarmado al o¨ªr que las Brujas de la Noche estaban a reuniendo un ej¨¦rcito. ?Como pretender¨ªan usarlo? - ?Sabes donde las puedo encontrar? - le pregunt¨¦, sin gran esperanza en la respuesta. - T¨ªo, no lo s¨¦. Solo las vi una vez y fue en la Plaza. No le pregunt¨¦ donde se encontraba esa Plaza, ya que era obvio que formaba parte de los t¨²neles cerca de la Taberna de los Encantados. - Ahora me tengo que ir - dijo ¨¦l, levant¨¢ndose. - Ya te dije todo lo que s¨¦. - ?Espere! - le ped¨ª. - ?Porque me est¨¢ ayudando? - T¨ªo, no creo que sea justo que los tuyos sufran sin raz¨®n. Creo que, al menos, merec¨ªas una explicaci¨®n. Dicho esto, la criatura entr¨® en la oscuridad del atardecer invernal y, poco despu¨¦s, desapareci¨® detr¨¢s de un edificio. Volv¨ª al coche y regres¨¦ a casa. Durante el recorrido, la conversaci¨®n no me sali¨® de la cabeza. Las Brujas de la Noche estaban tratando de debilitar a sus enemigos y prepar¨¢ndose para una guerra. Me pregunt¨¦ si las desapariciones de los s¨²bditos del Rey de los Islotes y de la ciudad de los muertos en Ger¨ºs, no tendr¨ªan alguna relaci¨®n. Sin embargo, lo que m¨¢s me aterr¨® fue no conseguir descubrir su objetivo final. Ser¨ªa algo grande, eso era claro, pero era un misterio incluso para sus soldados. Las posibilidades no me dejaron dormir ni esa ni las noches siguientes. Pero lo que descubrir¨ªa al final superaba todo lo que hab¨ªa imaginado. Capítulo 13 - Las Brujas del Mar Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa descubierto gracias a mi visita a la Taberna de los Encantados, deseaba m¨¢s que nunca encontrar las Brujas de la Noche. As¨ª que, justo el fin de semana siguiente, decid¨ª revisar otra de las entradas del diario que parec¨ªa estar relacionada con brujas. En la tarde del s¨¢bado, en cuanto mi mujer y mi hija fueron a una librer¨ªa a la presentaci¨®n de un libro, me dirig¨ª a Barcelos. La entrada del diario describ¨ªa varias desapariciones en una localidad de los alrededores de aquella ciudad y de un ojo marino en el R¨ªo Neiva, junto a una roca conocida como el "Penedo de la Moira". Supuestamente, en ciertas noches, mujeres salidas de debajo de las aguas arrastraban a cualquier hombre que encontrasen hacia el ojo marino, y nunca m¨¢s era visto. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa presenciado, no ten¨ªa dificultades en creer en moiras, sin embargo, como estas no eran contempladas en ninguna otra parte del diario, asum¨ª que se trataban de brujas. Llegu¨¦ al lugar al principio de la tarde. Hab¨ªa varias lagunas peque?as, donde la gente sol¨ªa nadar durante el Verano, sin embargo, siendo un fr¨ªo d¨ªa de Invierno, no se encontraba nadie all¨ª. Busqu¨¦ inmediatamente por aquella que ten¨ªa el supuesto ojo marino. Investigue todos los roquedos de la zona, buscando el "Penedo de la Moira", que mostrar¨ªa la laguna correcta. Me llev¨® alg¨²n tiempo, pero acab¨¦ por encontrar uno en cuya parte superior hab¨ªa una cueva llena de agua, la supuesta "Huella de la Moira". Este se encontraba parcialmente dentro de una de las lagunas, lo que indicaba claramente que aquella era la que yo buscaba. A?os antes, durante unas vacaciones en Grecia, hab¨ªa tomado un curso de buceo para poder visitar unas ruinas submarinas. Hasta hab¨ªa comprado el equipo completo, esperando usarlo despu¨¦s para investigar otros locales similares (lo que, por desgracia, nunca sucedi¨®). Ese d¨ªa lo llev¨¦ conmigo y, junto al coche, me lo puse. Cuidadosamente, entr¨¦ en la laguna y, cuando el agua me lleg¨® a la cintura, me tir¨¦. El agua era cristalina, por lo que, incluso en las partes m¨¢s profundas, pod¨ªa ver el fondo claramente. Este estaba formado por guijarros y algo de arena. Por desgracia, despu¨¦s de una larga b¨²squeda, no encontr¨¦ ninguna se?al del ojo marino. Toda la laguna parec¨ªa tener un fondo bien definido. Sin embargo, una peque?a depresi¨®n en el punto m¨¢s profundo me llam¨® la atenci¨®n. No me parec¨ªa bien, pues no hab¨ªa una corriente fuerte el suficiente para causarla, y, a casi cuatro metros debajo de la superficie, era dudoso que pudiera haber sido creada por los ba?istas. Me acerqu¨¦. Apart¨¦ algunos guijarros y, agitando la mano sobre ella, limpi¨¦ la arena. Cuando se pos¨®, revel¨® una de las cosas m¨¢s extra?as que hab¨ªa visto. Debajo de la depresi¨®n, s¨®lo hab¨ªa oscuridad, una oscuridad que ni la luz de mi linterna de buceo lograba penetrar. S¨®lo pod¨ªa ser el ojo marino. Lentamente, penetr¨¦ esa oscuridad con mi mano. Para mi sorpresa, la dej¨¦ de ver, pero pod¨ªa moverla all¨ª abajo. Pasado unos momentos, me di cuenta de que se trataba de un t¨²nel. De repente, empec¨¦ a sentir el agua a mi alrededor moverse, al principio lentamente, pero acelerando r¨¢pidamente. Me di cuenta, entonces, de que se trataba de un torbellino centrado en el punto oscuro que acababa de descubrir. Instintivamente, trat¨¦ de luchar contra ¨¦l, sin embargo, al ver que este era m¨¢s fuerte que yo, me deje llevar. Despu¨¦s de todo, estaba all¨ª para averiguar lo que hab¨ªa del otro lado. Confieso que no fue una de mis decisiones m¨¢s inteligentes. Poco despu¨¦s de entrar en el t¨²nel, me golpe¨¦ la cabeza y perd¨ª el conocimiento. Cuando despert¨¦, estaba en un lugar oscuro, pero fuera del agua. Me dol¨ªa todo el cuerpo, y no necesitaba ver para saber que ten¨ªa varias heridas. Afortunadamente, no parec¨ªa tener nada roto. Barr¨ª el suelo con las manos en busca de mi linterna de buceo, sin embargo, cuando la encontr¨¦, me di cuenta de que esta estaba completamente destruida. Por suerte, la peque?a que anda siempre conmigo y que hab¨ªa guardado en el bolsillo de mis pantalones cortos, debajo del traje de buceo, todav¨ªa funcionaba. As¨ª que la encend¨ª, confirm¨¦ mis sospechas. Mi traje estaba rasgado en algunos puntos, y yo sangraba de varios cortes. Despu¨¦s, dirig¨ª la luz hacia la oscuridad a mi alrededor. Lo primero que descubr¨ª fue un peque?o charco circular a mi lado, sin duda la salida del ojo marino. Despu¨¦s, vi las paredes. Hechas de enormes bloques de granito, se levantaban detr¨¢s y enfrente de m¨ª, hasta desaparecer en la oscuridad. Eran tan altas, que mi peque?a linterna no pod¨ªa iluminar el techo. Sin m¨¢s nada que pudiera hacer, me puse de pie y comenc¨¦ a explorar el lugar. Hab¨ªa avanzado s¨®lo unos pocos pasos, cuando encontr¨¦ lo que m¨¢s tem¨ªa, pero ya esperaba: un esqueleto humano. Sin duda pertenec¨ªa a alguien como yo, que hab¨ªa llegado all¨ª a trav¨¦s del ojo marino, pero no hab¨ªa podido salir. Respir¨¦ profundo para intentar calmarme y me obligu¨¦ a seguir adelante. M¨¢s y m¨¢s esqueletos aparecieron, algunos envueltos en ropa y usando joyas tan antiguas que deb¨ªan estar all¨ª desde la edad media o la ¨¦poca castrense. Intent¨¦ animarme con la idea de que tal vez pudiera encontrar algo que mis antecesores no pudieron. Despu¨¦s de todo, entre los montones de huesos y andrajos no hab¨ªa una sola linterna. Aqu¨ª y all¨ª, me encontr¨¦ con estatuas y bajos relieves grabados en las paredes representando el que s¨®lo pod¨ªa describir como demonios. Ten¨ªan cuernos y hocicos afilados, dientes puntiagudos, aletas y algunos hasta alas. Sus representaciones variaban mucho en tama?o, pero si esta era su escala real o solamente libertad art¨ªstica, no ten¨ªa manera de saber. Por fin, vi una tenue luz a lo lejos. Me acerqu¨¦ con cuidado pues no sab¨ªa qu¨¦ esperar, pero unos metros m¨¢s adelante, me di cuenta de que se trataba del fin de la larga estructura donde me encontraba. Por momentos, me sent¨ª aliviado, pensando que hab¨ªa encontrado la salida. Sin embargo, pronto descubr¨ª que no era as¨ª. La estructura se encontraba de hecho abierta en esa direcci¨®n, pero en vez de una salida all¨ª se erig¨ªa el propio oc¨¦ano. Me acerqu¨¦ y descubr¨ª que una barrera invisible, sin duda de origen m¨¢gico, imped¨ªa las aguas del Atl¨¢ntico de entrar. Y a m¨ª de salir. No que hiciera diferencia. Mismo que yo consiguiera superar la barrera, dif¨ªcilmente llegar¨ªa a la superficie vivo. Desde all¨ª pod¨ªa verla, y se encontraba unos cien metros m¨¢s arriba. Adem¨¢s, la probabilidad de ser encontrado en el oc¨¦ano cuando nadie me estaba buscando era m¨ªnima. Desesperado, golpe¨¦ la barrera invisible con los pu?os y, despu¨¦s, me dej¨¦ deslizar hasta el suelo. Durante largos minutos, as¨ª qued¨¦, resignado a morir. Despu¨¦s, me acord¨¦ de mi familia y decid¨ª ir ver lo que hab¨ªa en el otro extremo del edificio. No ten¨ªa muchas esperanzas, pero pod¨ªa haber all¨ª una salida. Estaba a punto de levantarme, cuando o¨ª un golpe en la barrera invisible. Levant¨¦ la mirada y vi a una mujer joven, de unos veinte a?os. Esta no llevaba equipo de buceo, s¨®lo unos pantalones vaqueros y una blusa que no parec¨ªan afectar a su flotabilidad. Retroced¨ª dos pasos, sin saber qu¨¦ esperar. Luego, la mujer cruz¨® la barrera m¨¢gica y descendi¨® hacia el interior del edificio. Para mi sorpresa, sus ropas parec¨ªan completamente secas. - No tenga miedo - dijo ella. - He venido a sacarlo de aqu¨ª. - ?Qui¨¦n es usted? ?Es una de las Brujas de la Noche? Su rostro se retorci¨® en sufrimiento al escuchar aquel nombre. - No - ella respondi¨® por fin. If you find this story on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the infringement. - ?Pero las conoce? ?Sabe d¨®nde las puedo encontrar? - No s¨¦ d¨®nde encontrarlas, pero las conozco, s¨ª. Por desgracia. La tristeza en su voz me dej¨® con curiosidad, pero no tuve coraje de preguntarle nada. Ella, sin embargo, se dio cuenta y continu¨®: - Mi ma dre y las otras Brujas del Mar murieron por causa de ellas. Ellas vinieron a hablar con nosotras para les ayudar a destruir una comunidad de criaturas marinas, a lo largo de Castelo do Neiva, nos prometiendo objetos m¨¢gicos y otras recompensas. Pero, una vez que hicimos lo que nos pidieron, nos atacaron. Yo s¨®lo sobreviv¨ª porque mi madre insisti¨® en que me quedara atr¨¢s. Las otras est¨¢n todas muertas. Con mi curiosidad satisfecha, mis pensamientos se volvieron nuevamente hacia el lugar donde me encontraba, hacia como iba a salir de all¨ª y, principalmente, hacia las osamentas que hab¨ªa encontrado. Aquella mujer pod¨ªa no ser una Bruja de la Noche, pero todo indicaba que sus intenciones no eran ben¨¦volas. - ?Qu¨¦ sitio es este? - pregunt¨¦. - Un viejo templo construido por mis antepasadas, no se sabe bien cuando. Durante siglos, se ha usado un ojo marino e ilusiones para traer sacrificios humanos hasta aqu¨ª. Se cre¨ªa que estos ayudaban a llamar la atenci¨®n del Diablo y sus demonios y facilitaba el lanzamiento de hechizos y maldiciones. Mi abuela acabo con eso. Las desapariciones comenzaron a atraer demasiada atenci¨®n. Ahora, d¨ªgame, ?cu¨¢l es su inter¨¦s en las Brujas de la Noche? Le dije todo sobre mi b¨²squeda y los "accidentes" que le dieron origen. - Si las quiere parar, puede contar con mi ayuda. Venga, voy a sacarlo de aqu¨ª. Me acerqu¨¦ a ella. Ella me agarr¨® y me tir¨®, a trav¨¦s de la barrera invisible, hacia el oc¨¦ano. Despu¨¦s de un momento de p¨¢nico, me di cuenta de que pod¨ªa respirar bajo el agua. A trav¨¦s de un m¨¦todo de propulsi¨®n m¨¢s all¨¢ de mi entendimiento, probablemente de origen m¨¢gico, r¨¢pidamente llegamos a una playa. As¨ª que levant¨¦ la mirada, vi las torres de Ofir. Est¨¢bamos en Esposende. - Contin¨²e buscando las Brujas de la Noche. Si necesita ayuda, ll¨¢meme por tel¨¦fono. - La bruja me dijo su n¨²mero de tel¨¦fono m¨®vil, que repet¨ª en mi mente hasta memorizarlo. Despu¨¦s, ella se volvi¨® hacia el mar y luego desapareci¨® bajo las olas. Hab¨ªa encontrado otra bruja enemiga de las Brujas de la Noche. Sin embargo, en aquel momento, ten¨ªa cosas m¨¢s urgentes en que pensar. Estaba solo a m¨¢s de quince kil¨®metros de mi coche. ?C¨®mo iba a explicar la situaci¨®n a mi mujer sin revelar el peligroso y aterrador mundo paralelo al nuestro que yo hab¨ªa descubierto? ?Y mis heridas? En todo esto pensaba mientras dejaba atr¨¢s la playa y me acercaba a la ciudad. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa descubierto gracias a mi visita a la Taberna de los Encantados, deseaba m¨¢s que nunca encontrar las Brujas de la Noche. As¨ª que, justo el fin de semana siguiente, decid¨ª revisar otra de las entradas del diario que parec¨ªa estar relacionada con brujas. En la tarde del s¨¢bado, en cuanto mi mujer y mi hija fueron a una librer¨ªa a la presentaci¨®n de un libro, me dirig¨ª a Barcelos. La entrada del diario describ¨ªa varias desapariciones en una localidad de los alrededores de aquella ciudad y de un ojo marino en el R¨ªo Neiva, junto a una roca conocida como el "Penedo de la Moira". Supuestamente, en ciertas noches, mujeres salidas de debajo de las aguas arrastraban a cualquier hombre que encontrasen hacia el ojo marino, y nunca m¨¢s era visto. Despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa presenciado, no ten¨ªa dificultades en creer en moiras, sin embargo, como estas no eran contempladas en ninguna otra parte del diario, asum¨ª que se trataban de brujas. Llegu¨¦ al lugar al principio de la tarde. Hab¨ªa varias lagunas peque?as, donde la gente sol¨ªa nadar durante el Verano, sin embargo, siendo un fr¨ªo d¨ªa de Invierno, no se encontraba nadie all¨ª. Busqu¨¦ inmediatamente por aquella que ten¨ªa el supuesto ojo marino. Investigue todos los roquedos de la zona, buscando el "Penedo de la Moira", que mostrar¨ªa la laguna correcta. Me llev¨® alg¨²n tiempo, pero acab¨¦ por encontrar uno en cuya parte superior hab¨ªa una cueva llena de agua, la supuesta "Huella de la Moira". Este se encontraba parcialmente dentro de una de las lagunas, lo que indicaba claramente que aquella era la que yo buscaba. A?os antes, durante unas vacaciones en Grecia, hab¨ªa tomado un curso de buceo para poder visitar unas ruinas submarinas. Hasta hab¨ªa comprado el equipo completo, esperando usarlo despu¨¦s para investigar otros locales similares (lo que, por desgracia, nunca sucedi¨®). Ese d¨ªa lo llev¨¦ conmigo y, junto al coche, me lo puse. Cuidadosamente, entr¨¦ en la laguna y, cuando el agua me lleg¨® a la cintura, me tir¨¦. El agua era cristalina, por lo que, incluso en las partes m¨¢s profundas, pod¨ªa ver el fondo claramente. Este estaba formado por guijarros y algo de arena. Por desgracia, despu¨¦s de una larga b¨²squeda, no encontr¨¦ ninguna se?al del ojo marino. Toda la laguna parec¨ªa tener un fondo bien definido. Sin embargo, una peque?a depresi¨®n en el punto m¨¢s profundo me llam¨® la atenci¨®n. No me parec¨ªa bien, pues no hab¨ªa una corriente fuerte el suficiente para causarla, y, a casi cuatro metros debajo de la superficie, era dudoso que pudiera haber sido creada por los ba?istas. Me acerqu¨¦. Apart¨¦ algunos guijarros y, agitando la mano sobre ella, limpi¨¦ la arena. Cuando se pos¨®, revel¨® una de las cosas m¨¢s extra?as que hab¨ªa visto. Debajo de la depresi¨®n, s¨®lo hab¨ªa oscuridad, una oscuridad que ni la luz de mi linterna de buceo lograba penetrar. S¨®lo pod¨ªa ser el ojo marino. Lentamente, penetr¨¦ esa oscuridad con mi mano. Para mi sorpresa, la dej¨¦ de ver, pero pod¨ªa moverla all¨ª abajo. Pasado unos momentos, me di cuenta de que se trataba de un t¨²nel. De repente, empec¨¦ a sentir el agua a mi alrededor moverse, al principio lentamente, pero acelerando r¨¢pidamente. Me di cuenta, entonces, de que se trataba de un torbellino centrado en el punto oscuro que acababa de descubrir. Instintivamente, trat¨¦ de luchar contra ¨¦l, sin embargo, al ver que este era m¨¢s fuerte que yo, me deje llevar. Despu¨¦s de todo, estaba all¨ª para averiguar lo que hab¨ªa del otro lado. Confieso que no fue una de mis decisiones m¨¢s inteligentes. Poco despu¨¦s de entrar en el t¨²nel, me golpe¨¦ la cabeza y perd¨ª el conocimiento. Cuando despert¨¦, estaba en un lugar oscuro, pero fuera del agua. Me dol¨ªa todo el cuerpo, y no necesitaba ver para saber que ten¨ªa varias heridas. Afortunadamente, no parec¨ªa tener nada roto. Barr¨ª el suelo con las manos en busca de mi linterna de buceo, sin embargo, cuando la encontr¨¦, me di cuenta de que esta estaba completamente destruida. Por suerte, la peque?a que anda siempre conmigo y que hab¨ªa guardado en el bolsillo de mis pantalones cortos, debajo del traje de buceo, todav¨ªa funcionaba. As¨ª que la encend¨ª, confirm¨¦ mis sospechas. Mi traje estaba rasgado en algunos puntos, y yo sangraba de varios cortes. Despu¨¦s, dirig¨ª la luz hacia la oscuridad a mi alrededor. Lo primero que descubr¨ª fue un peque?o charco circular a mi lado, sin duda la salida del ojo marino. Despu¨¦s, vi las paredes. Hechas de enormes bloques de granito, se levantaban detr¨¢s y enfrente de m¨ª, hasta desaparecer en la oscuridad. Eran tan altas, que mi peque?a linterna no pod¨ªa iluminar el techo. Sin m¨¢s nada que pudiera hacer, me puse de pie y comenc¨¦ a explorar el lugar. Hab¨ªa avanzado s¨®lo unos pocos pasos, cuando encontr¨¦ lo que m¨¢s tem¨ªa, pero ya esperaba: un esqueleto humano. Sin duda pertenec¨ªa a alguien como yo, que hab¨ªa llegado all¨ª a trav¨¦s del ojo marino, pero no hab¨ªa podido salir. Respir¨¦ profundo para intentar calmarme y me obligu¨¦ a seguir adelante. M¨¢s y m¨¢s esqueletos aparecieron, algunos envueltos en ropa y usando joyas tan antiguas que deb¨ªan estar all¨ª desde la edad media o la ¨¦poca castrense. Intent¨¦ animarme con la idea de que tal vez pudiera encontrar algo que mis antecesores no pudieron. Despu¨¦s de todo, entre los montones de huesos y andrajos no hab¨ªa una sola linterna. Aqu¨ª y all¨ª, me encontr¨¦ con estatuas y bajos relieves grabados en las paredes representando el que s¨®lo pod¨ªa describir como demonios. Ten¨ªan cuernos y hocicos afilados, dientes puntiagudos, aletas y algunos hasta alas. Sus representaciones variaban mucho en tama?o, pero si esta era su escala real o solamente libertad art¨ªstica, no ten¨ªa manera de saber. Por fin, vi una tenue luz a lo lejos. Me acerqu¨¦ con cuidado pues no sab¨ªa qu¨¦ esperar, pero unos metros m¨¢s adelante, me di cuenta de que se trataba del fin de la larga estructura donde me encontraba. Por momentos, me sent¨ª aliviado, pensando que hab¨ªa encontrado la salida. Sin embargo, pronto descubr¨ª que no era as¨ª. La estructura se encontraba de hecho abierta en esa direcci¨®n, pero en vez de una salida all¨ª se erig¨ªa el propio oc¨¦ano. Me acerqu¨¦ y descubr¨ª que una barrera invisible, sin duda de origen m¨¢gico, imped¨ªa las aguas del Atl¨¢ntico de entrar. Y a m¨ª de salir. No que hiciera diferencia. Mismo que yo consiguiera superar la barrera, dif¨ªcilmente llegar¨ªa a la superficie vivo. Desde all¨ª pod¨ªa verla, y se encontraba unos cien metros m¨¢s arriba. Adem¨¢s, la probabilidad de ser encontrado en el oc¨¦ano cuando nadie me estaba buscando era m¨ªnima. Desesperado, golpe¨¦ la barrera invisible con los pu?os y, despu¨¦s, me dej¨¦ deslizar hasta el suelo. Durante largos minutos, as¨ª qued¨¦, resignado a morir. Despu¨¦s, me acord¨¦ de mi familia y decid¨ª ir ver lo que hab¨ªa en el otro extremo del edificio. No ten¨ªa muchas esperanzas, pero pod¨ªa haber all¨ª una salida. Estaba a punto de levantarme, cuando o¨ª un golpe en la barrera invisible. Levant¨¦ la mirada y vi a una mujer joven, de unos veinte a?os. Esta no llevaba equipo de buceo, s¨®lo unos pantalones vaqueros y una blusa que no parec¨ªan afectar a su flotabilidad. Retroced¨ª dos pasos, sin saber qu¨¦ esperar. Luego, la mujer cruz¨® la barrera m¨¢gica y descendi¨® hacia el interior del edificio. Para mi sorpresa, sus ropas parec¨ªan completamente secas. - No tenga miedo - dijo ella. - He venido a sacarlo de aqu¨ª. - ?Qui¨¦n es usted? ?Es una de las Brujas de la Noche? Su rostro se retorci¨® en sufrimiento al escuchar aquel nombre. - No - ella respondi¨® por fin. - ?Pero las conoce? ?Sabe d¨®nde las puedo encontrar? - No s¨¦ d¨®nde encontrarlas, pero las conozco, s¨ª. Por desgracia. La tristeza en su voz me dej¨® con curiosidad, pero no tuve coraje de preguntarle nada. Ella, sin embargo, se dio cuenta y continu¨®: - Mi ma dre y las otras Brujas del Mar murieron por causa de ellas. Ellas vinieron a hablar con nosotras para les ayudar a destruir una comunidad de criaturas marinas, a lo largo de Castelo do Neiva, nos prometiendo objetos m¨¢gicos y otras recompensas. Pero, una vez que hicimos lo que nos pidieron, nos atacaron. Yo s¨®lo sobreviv¨ª porque mi madre insisti¨® en que me quedara atr¨¢s. Las otras est¨¢n todas muertas. Con mi curiosidad satisfecha, mis pensamientos se volvieron nuevamente hacia el lugar donde me encontraba, hacia como iba a salir de all¨ª y, principalmente, hacia las osamentas que hab¨ªa encontrado. Aquella mujer pod¨ªa no ser una Bruja de la Noche, pero todo indicaba que sus intenciones no eran ben¨¦volas. - ?Qu¨¦ sitio es este? - pregunt¨¦. - Un viejo templo construido por mis antepasadas, no se sabe bien cuando. Durante siglos, se ha usado un ojo marino e ilusiones para traer sacrificios humanos hasta aqu¨ª. Se cre¨ªa que estos ayudaban a llamar la atenci¨®n del Diablo y sus demonios y facilitaba el lanzamiento de hechizos y maldiciones. Mi abuela acabo con eso. Las desapariciones comenzaron a atraer demasiada atenci¨®n. Ahora, d¨ªgame, ?cu¨¢l es su inter¨¦s en las Brujas de la Noche? Le dije todo sobre mi b¨²squeda y los "accidentes" que le dieron origen. - Si las quiere parar, puede contar con mi ayuda. Venga, voy a sacarlo de aqu¨ª. Me acerqu¨¦ a ella. Ella me agarr¨® y me tir¨®, a trav¨¦s de la barrera invisible, hacia el oc¨¦ano. Despu¨¦s de un momento de p¨¢nico, me di cuenta de que pod¨ªa respirar bajo el agua. A trav¨¦s de un m¨¦todo de propulsi¨®n m¨¢s all¨¢ de mi entendimiento, probablemente de origen m¨¢gico, r¨¢pidamente llegamos a una playa. As¨ª que levant¨¦ la mirada, vi las torres de Ofir. Est¨¢bamos en Esposende. - Contin¨²e buscando las Brujas de la Noche. Si necesita ayuda, ll¨¢meme por tel¨¦fono. - La bruja me dijo su n¨²mero de tel¨¦fono m¨®vil, que repet¨ª en mi mente hasta memorizarlo. Despu¨¦s, ella se volvi¨® hacia el mar y luego desapareci¨® bajo las olas. Hab¨ªa encontrado otra bruja enemiga de las Brujas de la Noche. Sin embargo, en aquel momento, ten¨ªa cosas m¨¢s urgentes en que pensar. Estaba solo a m¨¢s de quince kil¨®metros de mi coche. ?C¨®mo iba a explicar la situaci¨®n a mi mujer sin revelar el peligroso y aterrador mundo paralelo al nuestro que yo hab¨ªa descubierto? ?Y mis heridas? En todo esto pensaba mientras dejaba atr¨¢s la playa y me acercaba a la ciudad. Capítulo 14 – La Demonóloga La inspiraci¨®n para esta investigaci¨®n surgi¨® de forma bastante inesperada. En una noche de Halloween, mi hija me convenci¨® a m¨ª y a su madre a ir a un evento anual en el Palacio de los Duques, en Guimar?es. All¨ª, una compa?¨ªa hab¨ªa transformado el palacio en una casa embrujada, llena de monstruos, fantasmas y sustos. Fue el final del espect¨¢culo, sin embargo, lo que m¨¢s capt¨® mi atenci¨®n. Se trataba de la puesta en escena de un exorcismo supuestamente hecho a una duquesa que viv¨ªa all¨ª. Cuando llegu¨¦ a casa, investigu¨¦ un poco y comprob¨¦ que, no s¨®lo aquello se hab¨ªa basado en hechos hist¨®ricos, sino que tambi¨¦n se rumoraba que extra?os sucesos continuaron ocurriendo en el palacio, incluso despu¨¦s del exorcismo. Mis encuentros anteriores con brujas hab¨ªan revelado una clara relaci¨®n entre ellas y demonios, as¨ª que no pude dejar de investigar, con la esperanza de encontrar por fin a las Brujas de la Noche. En una noche de semana, en noviembre, le dije a mi mujer que iba a trabajar hasta tarde y me dirig¨ª a Guimar?es y al Palacio de los Duques. Evidentemente, el palacio estaba cerrado y no hab¨ªa nadie cerca. Aparqu¨¦ y empec¨¦ a buscar una manera de entrar. Como era de esperar, adem¨¢s de los guardias en su interior, el lugar se encontraba protegido por un sistema de alarma. Uno de mis compa?eros del grupo de exploraci¨®n de la ciudad de Braga, quien se llamaba a si mismo ¡°el m¨¢s grande de los exploradores urbanos¡±, ya que gustaba de visitar no s¨®lo edificios abandonados, pero tambi¨¦n algunos en uso y hasta habitados, me hab¨ªa ense?ado algunas maneras de evitar las alarmas. S¨®lo esperaba que mi parco conocimiento fuera suficiente para lograrlo. Sin embargo, acab¨¦ por no tener que usarlo. A la vuelta de la esquina a la parte trasera del palacio, protegidas de las miradas por ¨¢rboles y vegetaci¨®n, descubr¨ª que alguien se me hab¨ªa adelantado. Una mujer, que no deb¨ªa tener m¨¢s de treinta a?os, hab¨ªa desactivado la alarma y se estiraba, ahora, hasta una peque?a ventana casi dos metros por encima del suelo. Al darme cuenta de su dificultad, me acerqu¨¦ y le dije, con una sonrisa: ¨C ?Necesitas ayuda? Ella me mir¨® con una mezcla de sorpresa y miedo. Era relativamente baja, con poco m¨¢s de un metro y cincuenta, y magra. Llevaba gafas de metal negras, y ten¨ªa el pelo en una cola de caballo. Durante unos momentos, sus ojos miraron en todas las direcciones. Por fin, al darse cuenta de que yo no era un polic¨ªa ni un guardia, decidi¨® no huir y pregunt¨®: ¨C ?Qui¨¦n es usted? ¨C Eso le pregunto yo. ?Qui¨¦n es usted? ?Porque est¨¢ intentando entrar en un monumento nacional? Deme una raz¨®n para no llamar ya a la polic¨ªa. ¨C Yo le podr¨ªa dar una raz¨®n, pero despu¨¦s m¨¢s nunca va a poder dormir tranquilo. Hay m¨¢s aqu¨ª de lo que las personas normales pueden imaginar. ¨C ?C¨®mo demonios? Ella se qued¨® mir¨¢ndome, sorprendida, durante unos instantes. Eso me dijo que ella sab¨ªa de lo que yo estaba hablando y que, probablemente, se encontraba all¨ª por la misma raz¨®n que yo. Al cabo de unos instantes, ella pregunt¨®: ¨C D¨ªgame lo que sabe. Le dije todo sobre el diario, mis exploraciones anteriores, las Brujas de la Noche y lo que me hab¨ªa llevado all¨ª. ¨C Un d¨ªa, me gustar¨ªa ver ese diario ¨C respondi¨® ella, cuando termin¨¦. ¨C He o¨ªdo hablar de estas criaturas a la que llama ¡°Brujas de la Noche¡±, pero suelo centrarme en demonios, y ellas no los usan, como las otras brujas. Por lo que dice, tal vez me deber¨ªa empezar a interesar en ellas tambi¨¦n. Es mi responsabilidad. ¨C ?Su responsabilidad? ?Por qu¨¦? ¨C Formo parte de una tradici¨®n milenaria que protege a las personas de los demonios y sus agentes. Mi maestro y yo ¨¦ramos los responsables por el norte de Portugal. ¨C Ella mir¨® tristemente hacia el suelo. ¨C Pero ¨¦l muri¨® y ahora estoy sola. ¨C ?No tiene ayuda de la Organizaci¨®n? ¨C le pregunt¨¦, porque me pareci¨® que ten¨ªan objetivos en com¨²n. ¨C Esa Organizaci¨®n de la que habla, solamente apareci¨® en el siglo pasado. Adem¨¢s, est¨¢n m¨¢s interesados en ocultar la verdad que en ayudar a las personas. No tienen nada que ver con nosotros. ¨C Tras una breve pausa, continu¨®. ¨C Si estamos aqu¨ª por la misma raz¨®n, tal vez me pudiera ayudar. Ya abr¨ª la ventana y confirm¨¦ que he desarmado la alarma correctamente. Ahora tengo que empezar a llevar el equipo hacia adentro, y sola es m¨¢s complicado. Acept¨¦ de inmediato, y ella me llev¨® a la frente del monumento y en direcci¨®n a la calle cercana. A medio camino, despu¨¦s de unas breves presentaciones, me acord¨¦ de preguntar: ¨C ?C¨®mo supiste de este demonio? ?Tambi¨¦n viniste ac¨¢ en Halloween? ¨C No. Ni siquiera sab¨ªa del evento hasta que me habl¨® de ¨¦l. Tengo un peque?o cl¨²ster que utiliza t¨¦cnicas de miner¨ªa de datos para encontrar patrones en las noticias y en otras bases de datos a la que tengo acceso que puedan indicar la presencia de demonios. Descubr¨ª que muchos de los que visitaron este palacio estuvieron, despu¨¦s, involucrados en delitos. Es un claro signo de influencia demon¨ªaca. Seguimos caminando, hasta que ella se detuvo detr¨¢s de una Ford Transit blanca del final de los a?os 90. Ya hab¨ªa visto mejores d¨ªas, ya que, en varios puntos, la pintura hab¨ªa dado lugar a la herrumbre. La cerradura de la puerta trasera ya no exist¨ªa y hab¨ªa sido sustituida por un candado. La demon¨®loga corri¨® una de las puertas laterales, revelando un espacio de carga lleno con una extra?a mezcla de lo antiguo y de lo moderno. Varios estantes de madera que bordeaban las paredes, que conten¨ªan libros claramente ancestrales, art¨ªculos religiosos de las m¨¢s variadas religiones y objetos electr¨®nicos con los componentes expuestos, claramente construidos o mezclados de forma improvisada. En el suelo, estaban colocados algunos objetos m¨¢s grandes, como una alfombra con un m¨¢ndala, un enorme menor¨¢ y lo que parec¨ªa ser uno o varios ordenadores conectados a una bater¨ªa. La demon¨®loga me dio dos altos y delgados parlantes, mientras que ella tom¨® un monitor y una peque?a tableta que, si mis escasos conocimientos de electr¨®nica no me enga?an, hab¨ªa sido construido a partir de un raspberry pi. As¨ª que volvimos a la parte trasera del palacio, la ayud¨¦ a subir por la ventana y entrar. Despu¨¦s, le pas¨¦ el resto del equipo y, por fin, entr¨¦ en el palacio. Como ya esperaba dado el tama?o y la altura de la ventana, est¨¢bamos en el interior de una peque?a habitaci¨®n. De momento, se encontraba vac¨ªa, pero, en el pasado, debi¨® haber sido utilizada como una alacena, pues no hab¨ªa espacio para nada m¨¢s. This tale has been unlawfully lifted from Royal Road. If you spot it on Amazon, please report it. Con cautela, Susana, la demon¨®loga, puso el o¨ªdo en la puerta, asegur¨¢ndose de que no hab¨ªa guardias del otro lado. Una vez satisfecha, la abri¨®. La gran sala que encontramos detr¨¢s me era familiar. Fue all¨ª que, durante el espect¨¢culo de Halloween, se encontraba la condesa pose¨ªda en su cama, y donde un sacerdote hab¨ªa hecho el exorcismo. Una vez le cont¨¦ esto, la demon¨®loga comenz¨® a inspeccionar cada cent¨ªmetro de la divisi¨®n, usando la tableta y un instrumento que sac¨® de una de las bolsas que llevaba a la cintura. Fue un proceso largo, durante el cual me mantuve nerviosamente vigilante para no ser descubiertos. Al terminar, ella agito la cabeza y decidimos continuar. Gracias a mi ¨²ltima visita, yo sab¨ªa que la ¨²nica otra puerta daba a un patio central, donde ser¨ªamos f¨¢cilmente vistos por los guardias, por lo que decidimos subir al piso superior. A trav¨¦s de unas escaleras estrechas con dos tramos, llegamos a un pasillo con algunas puertas del lado derecho y una habitaci¨®n al fondo. Tras la primera puerta hab¨ªa una habitaci¨®n llena de armaduras montadas, mientras que los siguientes albergaban exposiciones de otros art¨ªculos mediavalescos, como libros, muebles y figuras. La demon¨®loga inspeccion¨® cada uno de ellos, pero, una vez m¨¢s, no encontr¨® nada. Lo mismo no ocurri¨®, sin embargo, en la habitaci¨®n al fondo del pasillo. Apenas entramos, los LED del instrumento electr¨®nico de mi compa?era se encendieron. ¨C As¨ª est¨¢ mejor ¨C dijo ella. Nos encontr¨¢bamos en un cuarto vac¨ªo, con una chimenea empotrada en una de las paredes. Ser¨ªa, posiblemente, la verdadera habitaci¨®n de la condesa. La demon¨®loga sigui¨® el rastro del demonio hasta una segunda puerta. Siempre siguiendo las indicaciones del instrumento improvisado, cruzamos habitaciones, corredores, pasillos y hasta un enorme comedor. Por fin, cuando llegamos a la capilla del palacio, Susana dijo, se?alando con la barbilla hacia los LED encendidos en la m¨¢quina en su mano y un gr¨¢fico en la pantalla de su tableta: ¨C Est¨¢ aqu¨ª. Vamos a instalar los parlantes. ¨C ?Los guardias no van a escucharlas cuando las conectemos? ¨C pregunt¨¦. ¨C Seguro que s¨ª, pero no tenemos elecci¨®n. Tenemos que expulsar a este demonio de aqu¨ª. Posicionamos los parlantes entre los bancos de la capilla, orientados hacia el altar. Debido a una adaptaci¨®n de la demon¨®loga, estas eran alimentadas por bater¨ªas, por lo que con un pulsar en su tableta una cacofon¨ªa de voces y lenguas empez¨® a sonar. ¨C Es una mezcla de varias oraciones cristianas, musulmanas, jud¨ªas e hind¨²es usadas para expulsar demonios ¨C explic¨® la demon¨®loga. Durante largos momentos all¨ª nos quedamos, esperando que el demonio fuera expulsado antes de que uno de los guardias nos escuchara. A pesar de mi nerviosismo, no pod¨ªa dejar de admirar la capilla. El espect¨¢culo de Halloween no la hab¨ªa incluido, por lo que nunca la hab¨ªa visitado. Vigas de madera barnizadas sosten¨ªan el techo, y enormes vidrieras cubr¨ªan casi la totalidad de la pared detr¨¢s del peque?o altar. Sin embargo, lo que m¨¢s me impresion¨® fueron los dos estrados laterales, ya que su aspecto marcadamente medieval me hac¨ªa viajar en el tiempo. De repente, estas comenzaron a temblar, as¨ª como el altar y los bancos a mi alrededor. Segundos despu¨¦s, del suelo, surgi¨® una criatura casi de mi tama?o, con la piel roja, dos cuernos y una nariz y ment¨®n afilados. Casi al mismo tiempo, la puerta detr¨¢s de nosotros se abri¨®, dando entrada a un guardia de seguridad con una linterna en la mano. La visi¨®n de la criatura, sin embargo, o la combinaci¨®n de ¨¦sta con la cacofon¨ªa emitida por los parlantes fueron demasiado para ¨¦l, y el hombre se desmay¨® encima de la ¨²ltima fila de bancos. A diferencia de m¨ª, Susana no prest¨® ninguna atenci¨®n al guardia y avanz¨® en direcci¨®n al demonio con la pantalla de la tableta hacia ¨¦l. De un vistazo, vi varias im¨¢genes pasando en ella: s¨ªmbolos religiosos variados, fragmentos de textos sagrados, im¨¢genes de santos y dioses. La criatura par¨® y comenz¨® a gritar. Poco a poco, la demon¨®loga se movi¨®, tratando de poner la tableta entre el demonio y la puerta, al mismo tiempo que sacaba algo de la mochila que llevaba a la espalda. Sin embargo, antes de que lo consiguiera, la criatura emiti¨® un temible rugido y se lanz¨® sobre los bancos casi hasta la puerta. Instintivamente, intent¨¦ impedirle el paso, pero ¨¦l me tir¨® al suelo como si yo fuera nada y sali¨®. ¨C ¨¦l es m¨¢s fuerte de lo que estaba esperando ¨C dijo la demon¨®loga, ayud¨¢ndome a levantar. ¨C Vamos. Corrimos hacia fuera de la capilla y bajamos las escaleras hasta el claustro del palacio y, de all¨ª, seguimos al demonio hasta el exterior. En el camino, pasamos a varios guardias, pero estos, at¨®nitos con la visi¨®n del demonio o por nuestra presencia all¨ª, ni siquiera reaccionaron. Perseguimos la criatura por la colina en cuya cima se alzaba el Castillo de Guimar?es. Sin embargo, a medio camino, junto a una peque?a capilla all¨ª construida, Susana me agarr¨® por un brazo. ¨C Espera. Este demonio es muy fuerte. Normalmente, no pueden escapar de esa manera. Voy a buscar unas cosas para hacer una emboscada y acorralarlo en esta capilla. Lleva mi tableta, va detr¨¢s de ¨¦l y trata de empujarlo hacia aqu¨ª. Antes de que pudiera responder, ella coloc¨® la tableta en mis manos y me volvi¨® las espaldas. En la pantalla, a¨²n pasaban todo tipo de im¨¢genes religiosas. Respirando profundamente, empec¨¦ a correr por el camino de tierra que llevaba a la cima de la colina y a las ruinas del castillo, donde el demonio hab¨ªa entrado. Al ser la fortaleza m¨¢s famosa de Portugal, yo ya la hab¨ªa visitado m¨¢s de una vez, por lo que la conoc¨ªa bien y pod¨ªa concentrarme en encontrar a la criatura. La torre del homenaje, la cual hab¨ªa sido restaurada, era el ¨²nico edificio que a¨²n se encontraba en pie, pero estaba cerrada, por lo que no hab¨ªa muchos sitios en los que el demonio se pod¨ªa ocultar. A menos, por supuesto, que tuviera alg¨²n truco que yo desconociera. Tratando de sostener mi linterna de bolsillo y la tableta delante de m¨ª al mismo tiempo, empec¨¦ a buscar en todos los rincones, desde detr¨¢s de los escombros hasta lo que restaba de las chimeneas. Despu¨¦s de unos momentos, vi una sombra pasar a mi lado. Cuando apunt¨¦ a luz hacia all¨ª, sin embargo, no encontr¨¦ nada. Pod¨ªa haber sido s¨®lo un gato, pero, por alguna raz¨®n, present¨ª que era algo m¨¢s, por lo que lo persegu¨ª. Finalmente, cuando llegu¨¦ a una esquina sin salida, vi al demonio y extend¨ª la tableta en su direcci¨®n. Como yo bloqueaba la ¨²nica ruta de escape, un estrecho pasaje entre la muralla y la torre del homenaje, la criatura, intent¨®, desesperada, usar las garras para trepar por la muralla. Sin embargo, al ver que no lo lograba, carg¨® contra m¨ª, gritando con una mezcla de dolor y odio. Una vez m¨¢s, fui incapaz de detenerlo, y ¨¦l pas¨® por m¨ª, tir¨¢ndome al suelo. Afortunadamente, me recuper¨¦ r¨¢pido y lo persegu¨ª. Corriendo lo m¨¢s r¨¢pido que pude, trat¨¦ de mantenerme cerca de ¨¦l y, con la tableta, conducirlo a donde Susana lo esperaba. A pesar de que ¨¦l se desvi¨® una o dos veces del camino m¨¢s directo, logr¨¦ llevarlo hasta la peque?a capilla. Junto a la puerta de esta, se encontraba la demon¨®loga, que sosten¨ªa otra tableta y, entretanto, hab¨ªa construido un paso delimitado con altavoces emitiendo la mezcla de cantos y oraciones y una pantalla enorme que conduc¨ªa hacia el interior. Al darme cuenta de su intenci¨®n, trat¨¦ de conducir el demonio hacia la trampa. Este intent¨® escapar, pero, con la ayuda de la demon¨®loga y de su segunda tableta, consegu¨ª llevarlo para el pasaje y para el interior de la capilla. Tan pronto la criatura pas¨® la puerta, Susana la sell¨® con el enorme monitor donde pasaban im¨¢genes similares a las de la tableta. Despu¨¦s, activ¨® las columnas que hab¨ªa en el interior del edificio sagrado. El demonio empez¨® a gritar. En primer lugar, se tir¨® contra las paredes, como si quisiera derribarlas, despu¨¦s, se carg¨® en direcci¨®n a la puerta. Detr¨¢s de la pantalla, la demon¨®loga sac¨® de la mochila un curioso objeto que parec¨ªa ser una pistola de agua, como las usadas por los ni?os, pero pintada con tinta plateada y cubierta con s¨ªmbolos sagrados. As¨ª que el ser se qued¨® a alcance, ella dispar¨® el arma. Varios chorros de l¨ªquidos volaron en la direcci¨®n del demonio. Cuando estos le acertaron, el demonio comenz¨® a gritar a¨²n m¨¢s violentamente. Susana, sin embargo, continu¨® disparando. Me di cuenta, entonces, que la criatura comenzaba a derretirse, como si hubiera sido ba?ada por un ¨¢cido. Poco a poco, desapareci¨®, hasta que todo lo que quedaba de ella era un charco rojizo en el suelo, la mayor parte del cual se infiltro en las grietas entre las losas funerarias que cubr¨ªan el suelo de la capilla. ¨C ?Qu¨¦ tienes en esa arma? ¨C pregunt¨¦ a Susana, sorprendido y curioso. ¨C Agua bendita, aceite ungido, agua de r¨ªos sagrados, agua del pozo de Zamzam, cosas de ese tipo ¨C explic¨® ella. ¨C Ahora es mejor salirnos de aqu¨ª antes de que los guardias del palacio recuperen y vengan detr¨¢s de nosotros. As¨ª lo hicimos. La ayud¨¦ a llevar el material a la furgoneta y volv¨ª a mi coche, pero no antes de que ella me diera su contacto. Aquella investigaci¨®n pod¨ªa no haberme dado nueva informaci¨®n sobre las Brujas de la Noche, pero me hab¨ªa tra¨ªdo un nuevo aliado en mi misi¨®n de encontrarlas y detenerlas. Capítulo 15 - El Brujo Despu¨¦s de varias investigaciones sin encontrar ninguna pista en cuanto al escondite y las intenciones de las Brujas de la Noche, decid¨ª releer todas las entradas sobre brujas en el diario que me hab¨ªa presentado este mundo paralelo al nuestro. Al final decid¨ª investigar una que ya hacia mucho me suscitaba curiosidad. ¨¦sta hablaba de un brujo curandero y adivino que atend¨ªa a sus clientes en un anexo cerca de su casa, en la parroquia de Perre, en Viana do Castelo. Era una historia que yo conoc¨ªa desde ni?o. Durante algunos a?os, incluso pas¨¦ todos los d¨ªas por su "gabinete" de camino a la escuela. En la altura, ni yo ni mi familia ten¨ªamos mucha fe en sus capacidades, pero, despu¨¦s de todo lo que hab¨ªa visto recientemente y de leer esa entrada, pens¨¦ que deb¨ªa reconsiderarlo. Un fin de semana, le dije a mi mujer que iba a Viana do Castelo visitar a mis abuelos. En realidad s¨ª pas¨¦ por su casa, pero me qued¨¦ all¨ª poco tiempo, y luego me dirig¨ª a Perre. Cuando llegu¨¦ a la casa del brujo, tuve una fuerte sensaci¨®n de d¨¦j¨¤ vu. El anexo, del otro lado de la carretera de su casa, estaba igual, as¨ª como el campo a su lado. Aparqu¨¦ detr¨¢s de los otros coches y me dirig¨ª al anexo. All¨ª hab¨ªa personas reunidas en grupos de familiares o amigos, esperando su turno. ¨¦stos parec¨ªan tener or¨ªgenes variados, ya que trajes de marca se mezclaban con overoles y ropa de campo. La fama del brujo hab¨ªa llegado a toda clase de gente. Me un¨ª a ellos y esper¨¦. Poco a poco, los grupos fueron entrando y saliendo. Todos, sin excepci¨®n, emergieron del anexo mucho m¨¢s felices cuando hab¨ªan entrado. Por fin, lleg¨® mi turno. De fuera, el edificio parec¨ªa un almac¨¦n de utensilios agr¨ªcolas, sin embargo, as¨ª que pas¨¦ la puerta, sent¨ª que hab¨ªa viajado en el tiempo al estudio de un m¨ªstico del renacimiento. Una de las paredes estaba tapada por una estanter¨ªa llena de libros, todos ellos con un aspecto bastante antiguo. En la pared opuesta, varios estantes conten¨ªan frascos con pociones de una gran diversidad de colores. Las restantes, por su lado, se encontraban casi totalmente cubiertas por tapices con s¨ªmbolos m¨ªsticos y extra?as representaciones del cuerpo humano. Alfombras esot¨¦ricas, un telescopio de lat¨®n y un planetario mec¨¢nico completaban la decoraci¨®n. De atr¨¢s de un escritorio con un mont¨®n de libros y extra?os instrumentos cuyo nombre desconoc¨ªa, se sentaba el brujo. Combinando con lo resto de la sala, llevaba ropas largas y una diadema met¨¢lica. - Ac¨¦rcate - dijo ¨¦l. As¨ª lo hice. Por su indicaci¨®n, me sent¨¦ en la silla enfrente al escritorio. - Digame, entonces, qu¨¦ o trae por aqu¨ª. Confieso que me hab¨ªa olvidado de crear una historia para probar el brujo. Felizmente, logo pens¨¦ en una historia que pod¨ªa usar. - He venido aqu¨ª para poner a prueba sus capacidades de adivino, para mi blog sobre lo paranormal. - No era propiamente mentira. - Si pagar, como todo el mundo, puede probar lo que quiera. ?Por d¨®nde quiere empezar? Empezamos por lo b¨¢sico. Sin demora, ¨¦l fue capaz de decirme el nombre y la edad de mi hija y de mi mujer. Despu¨¦s, hizo un peque?o resumen de mi vida profesional. Por fin, elabor¨® una previsi¨®n en cuanto al recorrido acad¨¦mico de mi hija, que yo s¨®lo podr¨ªa confirmar a?os despu¨¦s. - Ahora me gustar¨ªa ver sus dotes de curandero. - Con una peque?a navaja que ten¨ªa conmigo, me hice un peque?o corte en el brazo. - Ese ara?azo no es gran desaf¨ªo - dijo ¨¦l, saliendo de detr¨¢s del escritorio y acerc¨¢ndose. Pidiendo autorizaci¨®n, puso una mano sobre mi herida. Despu¨¦s, cerr¨® los ojos y permaneci¨® en silencio durante unos segundos. Cuando me solt¨®, la herida hab¨ªa desaparecido sin dejar rastro. Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. Era obvio que aquel hombre era el que dec¨ªa ser: un brujo. Tal vez supiera algo acerca de las Brujas de la Noche o, qui¨¦n sabe, tal vez fuese uno de ellos. - Espero que diga buenas cosas de m¨ª en su... blog. ¨¦l mir¨® hacia m¨ª con una expresi¨®n asustada durante un instante. Despu¨¦s, la furia reemplaz¨® al miedo en su rostro y grit¨®: - ?Vete de aqu¨ª! ?Ahora! Su tono no dejaba espacio a discusi¨®n y as¨ª lo hice, pregunt¨¢ndome qu¨¦ habr¨ªa sucedido. ?Ser¨¢ que sus poderes le hab¨ªan permitido ver la naturaleza del blog que yo escrib¨ªa en la altura? (Los m¨¢s curiosos pueden encontrarlo en terceirarealidade.wordpress.com (solamente en portugu¨¦s)) Por supuesto que dej¨¦ el anexo, pero no abandon¨¦ la investigaci¨®n. Estaba determinado a averiguar si ¨¦l me podr¨ªa dar alguna pista sobre las Brujas de la Noche. Ocult¨¦ el coche en una calle cercana y esper¨¦ el ocaso. Despu¨¦s, me escond¨ª en las sombras y esper¨¦ a que el brujo dejara su consultorio y volviera a casa. Con la cantidad de clientes que ten¨ªa en ese d¨ªa, esto solo ocurri¨® alrededor de las once de la noche. En cuanto ¨¦l entr¨® a su casa, yo corr¨ª hacia el anexo. Usando unas herramientas que llev¨¦ conmigo y algo que hab¨ªa aprendido con el grupo de exploraci¨®n urbana de la ciudad de Braga, abr¨ª la cerradura. Apenas entr¨¦, cerr¨¦ la puerta detr¨¢s de m¨ª, encend¨ª las luces y empec¨¦ a buscar indicios de una relaci¨®n entre aquel brujo y las Brujas de la Noche. Busqu¨¦ en las librer¨ªas, en los cajones del escritorio y detr¨¢s de los tapices. Hasta intent¨¦ encontrar compartimentos secretos. Sin embargo, pronto me d¨¦ cuenta de que no hab¨ªa nada all¨ª. Los libros eran meramente decorativos, sin ninguna relaci¨®n con lo que el brujo hac¨ªa all¨ª. Y no hab¨ªa nada oculto. Decidido a llegar al fondo de la cuesti¨®n, me dirig¨ª a la parte trasera de la casa del brujo y, comprobando que no hubiese nadie cerca, salt¨¦ el muro hacia el patio trasero. A primera vista, la ¨²nica luz proven¨ªa de una ventana en la planta superior. Me propuse a buscar una forma de subir y ver hacia al interior. Sin embargo, mientras buscaba, me di cuenta de una tenue luminosidad anaranjada que brillaba detr¨¢s de una de las ventanas del s¨®tano. Me acerqu¨¦ a ellas con cuidado y mir¨¦ hacia el interior. Me encontr¨¦ con una sala casi vac¨ªa, a excepci¨®n de un c¨ªrculo lleno de s¨ªmbolos m¨ªsticos similares a los encontrados en los libros de ocultismo y un tr¨ªpode de madera sobre el cual descansaba un libro claramente antiguo. Detr¨¢s de ¨¦ste, el brujo, ahora envergando ropa com¨²n en vez de las ropas con que atend¨ªa a los clientes, parec¨ªa recitar lo que le¨ªa, aunque desde el exterior no lo pod¨ªa escuchar. El s¨®tano deb¨ªa estar insonorizado. Estuve observando al hombre hojear y leer el libro por unos quince minutos. De repente, humo surgi¨® en el centro del c¨ªrculo dibujado en el piso. Poco a poco fue aumentando, tomando forma y ganando consistencia, hasta que una extra?a criatura surgi¨® ante mis ojos. Ten¨ªa una forma humanoide, con largos cabellos negros, aunque cuernos se ali?aban en el medio de su cabeza, y ten¨ªa orejas largas y puntiagudas, por no hablar de su piel roja viva. En una mano llevaba un cuervo y iba montado en un cocodrilo. ¨¦l y el brujo hablaron durante algunos minutos, pero, una vez m¨¢s, no logr¨¦ escuchar nada. Finalmente, la criatura comenz¨® a dibujar en el aire varios s¨ªmbolos m¨ªsticos, en la direcci¨®n del hombre. Cuando termin¨®, volvi¨® a disolverse en una nube de humo negro, que desapareci¨® tan repentinamente como hab¨ªa aparecido. Aqu¨¦l ritual deb¨ªa ser mediante el cual el brujo obten¨ªa sus poderes, o al menos parte de ellos. El brujo cerr¨® el libro y se prepar¨® para salir del s¨®tano. Sin embargo, yo quer¨ªa hablar con ¨¦l, por lo que decid¨ª llamar su atenci¨®n y mostrar que conoc¨ªa su secreto golpeando la ventana. ¨¦l me mir¨® con una mezcla de sorpresa y terror, pero pronto su expresi¨®n se torn¨® una de resignaci¨®n al darse cuenta de que no hab¨ªa nada que pudiera hacer. A trav¨¦s de gestos, indiqu¨¦ que quer¨ªa hablar con ¨¦l, y ¨¦l me pidi¨® que esperara. Menos de cinco minutos despu¨¦s, la puerta de la casa se abri¨® y el brujo camin¨® hacia m¨ª. - Muy bien, sabes mi secreto - dijo ¨¦l. - ?Qu¨¦ vas a hacer acerca de eso? - ?Usted es una Bruja de la Noche? ?O sabe algo sobre ellas? El hombre me mir¨® realmente confuso. - ?No ves que soy un hombre? - protest¨®, por fin. Decid¨ª, entonces, contarle todo lo que hab¨ªa descubierto sobre las Brujas de la Noche. - Yo no s¨¦ nada acerca de eso. Yo s¨®lo aprend¨ª a invocar a determinados demonios para darme los poderes que necesito, nada m¨¢s. No hago mal a nadie. S¨®lo hago bien. Y ni siquiera s¨¦ nada de esas hadas y criaturas extra?as de las que hablas. El miedo en su mirada mostraba que estaba diciendo la verdad. Adem¨¢s, a pesar de su relaci¨®n con demonios, parec¨ªa realmente estar a ayudar a las personas, a pesar de que estaba ganando dinero con eso. Le dije que lo dejar¨ªa en paz, pero que me mantendr¨ªa atento a cualquier cosa fuera de lo normal. ¨¦l me agradeci¨® y me dej¨® salir del patio por la puerta. Una vez m¨¢s, volv¨ª a casa sin descubrir nada sobre las Brujas de la Noche. Mi ¨²nico consuelo era haber descubierto que la fama de aquel brujo de que yo o¨ªa hablar desde ni?o era justificada. Capítulo 16 - Luces en el Cielo Como parte de la exploraci¨®n del mundo paralelo al nuestro que el diario que encontr¨¦ me revel¨®, suelo seguir los foros y blogs nacionales de paranormal y ufolog¨ªa, no vaya uno de ellos revelar algo que merezca mi atenci¨®n. Fue una de esas lecturas que dio inicio esta investigaci¨®n. En los foros de ufolog¨ªa, hab¨ªa una gran emoci¨®n acerca de unas extra?as luces que estaban apareciendo sobre el Monte del Pilar, en las afueras de la P¨®voa de Lanhoso. Es claro que, s¨®lo eso, no llegar¨ªa para despertar mi curiosidad, pues rumores de luces no identificadas en el cielo eran frecuentes. Lo que realmente hacia este caso especial eran las historias de hombres que cortaban la carretera de acceso a la cima del monte durante estas ocasiones. Pens¨¦ luego en la Organizaci¨®n, y, si la Organizaci¨®n estaba presente, era porque algo realmente pasaba. Dejando de lado la b¨²squeda por las Brujas de la Noche durante alg¨²n tiempo, un s¨¢bado por la noche, momento en el que los avistamientos sol¨ªan ocurrir, me dirig¨ª a la P¨®voa de Lanhoso. Esa noche, mi mujer estaba en la casa de su madre, que estaba nuevamente enferma, y mi hija se hab¨ªa ido a pasar el fin de semana con una amiga, por lo que no tuve que inventar una excusa. Dej¨¦ el coche junto a la iglesia construida en la base del Monte del Pilar, al lado de la carretera que llevaba hasta la cima, para investigar el presunto bloqueo. De hecho, apenas pas¨¦ la primera curva me encontr¨¦ con dos coches atravesados en el camino, bloqueando el paso. Detr¨¢s de ellos, cinco hombres vigilaban la carretera. Al contrario de lo que yo hab¨ªa asumido, estos no parec¨ªan ser miembros de la Organizaci¨®n. Estaban armados con bates de b¨¦isbol y, en vez de trajes o uniformes militares, llevaban ropa casual. Me acerqu¨¦ a ellos para intentar entender lo que pasaba. A¨²n estaba a unos dos metros de los coches, cuando uno de los hombres grit¨®: - No puede pasar! - ?Por qu¨¦? - pregunt¨¦, dando dos pasos adelante. - No necesitas saberlo. Regr¨¦sese. - ?Con qu¨¦ autoridad me niega el paso en una carretera p¨²blica? - le pregunt¨¦, intentando obligarlos a revelar qui¨¦nes eran. - ?Nos vas a dar problemas? - respondi¨® otro hombre, golpeando el bate de b¨¦isbol en una mano. Sus compa?eros, levantaron sus armas. - Vete antes de que salgas herido. As¨ª lo hice, pero no iba a dejar tan f¨¢cilmente aquella investigaci¨®n. Conoc¨ªa bien aquel monte, que ya hab¨ªa visitado varias veces, y sab¨ªa que exist¨ªa un viejo camino medieval que tambi¨¦n llevaba a la cima. Tan pronto como desaparec¨ª del ¨¢ngulo de visi¨®n de los hombres, por detr¨¢s de la curva, sub¨ª a trav¨¦s de la vegetaci¨®n hasta el antiguo camino. Como esperaba, este no parec¨ªa vigilado. La subida no era f¨¢cil. Las piedras de la calzada, expuestas a los elementos y sin mantenimiento durante siglos, eran irregulares, y la hierba crec¨ªa entre ellas. En algunos puntos, la calzada hasta desaparec¨ªa por completo. Sin embargo, el ¨²ltimo tramo era a¨²n peor. The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation. El Monte del Pilar estaba coronado por una enorme roca, uno de las m¨¢s grandes de Europa, sobre el que se alzaba el Castillo de Lanhoso y un peque?o santuario. La nueva carretera daba acceso a ella por la ladera oeste, menos empinada. El viejo camino medieval, sin embargo, conduc¨ªa a la entrada este. Creo que alguna vez una escalera la conectaba con la carretera medieval, sin embargo, ahora, s¨®lo algunos apoyos para las manos y los pies excavados en la roca desnuda ayudaban en la subida. A pesar de que la exploraci¨®n urbana me hab¨ªa ayudado a ganar algo de experiencia en escalada, fue con bastante dificultad que llegu¨¦ a la entrada este. Esta daba acceso a una peque?a terraza cubierta de ¨¢rboles y con mesas de piedra situada unos metros debajo de la zona principal del santuario. Afortunadamente, no se encontraba nadie all¨ª, por lo que pude parar un poco para recobrar energ¨ªas despu¨¦s de la subida. En cuanto me sent¨ª capaz sub¨ª, poco a poco, las escaleras que daban hacia el nivel superior y me asom¨¦. Sobre la roca, a medio camino entre la peque?a iglesia y el castillo, estaba un grupo de cerca de veinte personas. Estas se encontraban reunidas alrededor de lo que parec¨ªa ser un sacerdote sosteniendo una gran cruz de madera con las dos manos. El hombre recitaba, a plenos pulmones, un canto en lat¨ªn, ahogando todos los otros sonidos de la noche. Durante veinte minutos me qued¨¦ all¨ª, escuchando y observando, pero nada notable sucedi¨®. Empezaba a pensar que se trataba, simplemente, de una secta cualquiera, sin ninguna relaci¨®n con las luces en el cielo. S¨®lo el bloqueo en la carretera y la relaci¨®n establecida entre ¨¦ste y las luces en los foros de ufolog¨ªa me mantuvieron all¨ª. Un cuarto de hora despu¨¦s, me alegr¨¦ de no haberme ido. El grupo comenz¨® a emocionarse y a apuntar hacia el cielo. Segu¨ª sus miradas, y vi varios puntos de luz, arriba, muy por encima del monte. El sacerdote intensific¨® su canto, y las luces empezaron a acercarse. Poco despu¨¦s, parec¨ªan peque?os soles brillando sobre el santuario. Su intensidad era tal que, al principio, casi no pod¨ªa mirar directamente hacia ellas. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a perder fuerza, hasta que, finalmente, logr¨¦ ver lo que eran. Se trataba, tal vez, de las criaturas m¨¢s extra?as que hab¨ªa visto nunca. Algunas parec¨ªan tener forma humana, sin embargo, ten¨ªan seis alas blancas similares a las de las palomas, con las dos de arriba cubriendo sus caras, las de abajo cubriendo sus pies y piernas, y s¨®lo usando las del medio para volar. Otras eran vagamente humanoides, sin embargo, ten¨ªan cuatro cabezas, una de hombre, una de ¨¢guila, una de buey, y una de le¨®n, y cuatro alas cubiertas de ojos. No obstante lo extra?os que eran estos seres, el tercer tipo de criatura a¨²n lo era m¨¢s. Estaban formados por varias ruedas conc¨¦ntricas con los aros cubiertos de ojos. C¨®mo lograban volar, no s¨¦ decir. Cuando era adolescente, ten¨ªa un gran inter¨¦s en la mitolog¨ªa y, aunque angelolog¨ªa cristiana no era una de mis favoritas, me di cuenta de que aquellos seres eran ¨¢ngeles, en particular, de la primera esfera, los m¨¢s cercanos a Dios. Despacio, los seres dieron vueltas sobre los hombres, mientras estos gritaban s¨²plicas. Pasados unos minutos, los ¨¢ngeles empezaron a alejarse. Poco a poco, sus luces se fueron haciendo m¨¢s d¨¦biles y distantes, hasta que desaparecieron por completo. Con sonrisas en los labios, las personas comenzaron a dispersarse y a volver a sus coches. Lo que hab¨ªan logrado con aqu¨¦l ritual, no s¨¦ decir, pero pude saber que no eran solamente demonios lo que aqu¨¦l tipo de sectas invocaban. Me qued¨¦ donde estaba, y esper¨¦ a que dejaran el santuario. Despu¨¦s, esper¨¦ un poco m¨¢s para que desbloquearan la carretera y s¨®lo entonces empec¨¦ a bajar del monte, esta vez por la ruta principal. Como siempre, muchas preguntas me pasaron por la cabeza en el camino de regreso a casa. ?Cu¨¢l era el objetivo del ritual? ?Por qu¨¦ vendr¨ªan ¨¢ngeles de las m¨¢s altas ¨®rdenes a la Tierra? Si los ¨¢ngeles eran reales, ?ser¨¢ que Dios tambi¨¦n lo era? Por suerte, mi mente a¨²n estaba enfocada en encontrar las Brujas de la Noche y descubrir sus objetivos, de lo contrario, si hubiera tenido tiempo de pensar en las implicaciones de esa noche, mi mundo pod¨ªa haber colapsado. Capítulo 17 - Fuegos fatuos Al igual que la anterior, esta investigaci¨®n comenz¨® en un foro en l¨ªnea que hablaba del avistamiento de extra?as luces, esta vez en la Citania de Briteiros; sin embargo, tambi¨¦n estaba asociada con las brujas y el diario que hab¨ªa encontrado, ya que una de sus entradas reun¨ªa varias historias de segunda mano que contaban que brujas poderosas habitaban ocultas entre las ruinas. Mi predecesor, t¨ªmido como era, nunca intent¨® confirmar estas historias, pero su existencia y el aparecimiento de las luces parec¨ªan m¨¢s que una coincidencia y yo ten¨ªa que investigar. Una noche, despu¨¦s del trabajo, llam¨¦ a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde y, despu¨¦s, me dirig¨ª hacia la citania. No quedaba lejos de mi trabajo, pero parte de la carretera era muy exigua, con muchas curvas con poca visibilidad, por lo que requer¨ªa una conducci¨®n cuidadosa. Como tal, me llev¨® m¨¢s de media hora llegar all¨¢. Aparqu¨¦ en un peque?o espacio de tierra junto a la carretera, frente a la entrada de la citania. Aunque a¨²n no era de noche, ya hab¨ªa empezado a anochecer, y las ruinas se encontraban cerradas. Decid¨ª aprovechar el poco de luz que quedaba para buscar otra forma de entrar. Recorr¨ª casi todo el per¨ªmetro de las ruinas adyacente a la carretera. Finalmente, un centenar de metros abajo de donde dej¨¦ el coche, encontr¨¦ un espacio entre la red y el suelo lo suficientemente grande como para pasar. Arrastr¨¢ndome de espaldas en el suelo y empujando la red hacia arriba, logr¨¦ entrar. Estaba, ahora, junto a las ruinas de unos ba?os situados en el punto m¨¢s bajo de la citania. Incluso con la creciente oscuridad y mi desesperaci¨®n por descubrir los or¨ªgenes de las luces, no pude dejar de admirar la llamada Piedra Formosa de los ba?os, grabada con motivos celtas. Empec¨¦ a subir una ancestral calle, la misma que los habitantes de la edad del hierro usaban en su d¨ªa-a-d¨ªa, flanqueada por una conducta que llevaba agua a los ba?os. La subida no fue f¨¢cil, ya que la acera era irregular y bastante empinada, pero, por fin, llegu¨¦ a la zona donde se concentraba la mayor parte de las ruinas de casas. Despu¨¦s de descansar un poco, decid¨ª seguir subiendo hasta la cima de la acr¨®polis. Siendo el punto m¨¢s alto de la citania, era el lugar ideal para quedar de vig¨ªa y ver las luces que all¨ª fui a buscar. Sub¨ª por otro de los caminos originales. Este serpenteaba por entre las ruinas de los varios complejos familiares, en los cuales casas circulares construidas alrededor de un patio central se encontraban rodeadas por una pared m¨¢s alta que yo. Pas¨¦, tambi¨¦n, junto a la muralla interior y su puerta norte. A pesar de que, en la oscuridad, no las pod¨ªa ver, sab¨ªa, gracias a mi visita anterior, que hab¨ªa otras dos murallas adem¨¢s de aquella. Finalmente, llegu¨¦ a la cima de la acr¨®polis. Adem¨¢s de dos casas reconstruidas, all¨ª quedaban las ruinas de un gran edificio circular con bancos de piedra en la pared. Seg¨²n las lecturas que hice antes de mi visita anterior, los arque¨®logos pensaban que se trataba de la casa donde los gobernantes o los ancianos se reun¨ªan para discutir y resolver los problemas de la poblaci¨®n. Desde all¨ª, pod¨ªa ver toda la citania, pero no vi ninguna se?al de las luces que los rumores mencionaban. Sin embargo, a¨²n era temprano, por lo que me apoy¨¦ en una de las casas reconstruidas y esper¨¦. S¨®lo esperaba que aquella no fuera una de las pocas noches sin ocurrencias de ese mes. La primera se?al de que algo iba a suceder, sin embargo, no fue la aparici¨®n de luces, sino de formas que se mov¨ªan m¨¢s abajo, en la oscuridad. Estas surgieron de un punto casi opuesto a aquel por donde yo hab¨ªa entrado, por lo que me pregunt¨¦ c¨®mo hab¨ªan cruzado la red. Poco a poco, se acercaron a un peque?o patio situado entre los complejos familiares debajo. Fue entonces que, gracias a la luz de la luna y de las estrellas, me di cuenta de que se trataba de cinco mujeres vestidas de negro. La idea de que pod¨ªan ser las Brujas de la Noche me pas¨® por la cabeza, pero pronto la descart¨¦. Estas mujeres no ten¨ªan las caras cubiertas ni la envergadura de las criaturas que yo buscaba. Entonces, las luces que buscaba aparecieron. Surgieron, primero, como peque?as esferas de llamas verdes en un peque?o bosque junto al exterior del per¨ªmetro de la citania. Sin embargo, r¨¢pidamente se acercaron, al mismo tiempo que aumentaban de tama?o e intensidad. Al verlas, las cinco mujeres buscaron inmediatamente refugio entre las ruinas. Esperaron que los fuegos fatuos se acercasen un poco m¨¢s, y, entonces, comenzaron a recitar extra?os y elaborados cantos. Para mi sorpresa, instantes despu¨¦s, un torrente de granizo se abati¨® sobre las llamas vivientes, a pesar de que el cielo estuviera limpio. En pocos segundos, ellas y el terreno alrededor estaban cubiertos por un mont¨®n de hielo. Hasta el momento, no hab¨ªa visto tal demostraci¨®n de poder por parte de ninguna bruja, por lo que, por un momentos, me pregunt¨¦ si aquellas cinco mujeres realmente no eran las Brujas de la Noche. Las atacantes esperaron un poco para asegurarse que ten¨ªan neutralizando su objetivo. El monte de hielo no se movi¨® y, entonces, ellas salieron de sus escondites. - Lo logramos - dijo una de ellas. - Ahora somos las brujas m¨¢s poderosas del norte de Portugal. - Parece que s¨ª - respondi¨® otra, con una sonrisa en los labios. - ?Seguras? - pregunt¨® una tercera mirando, desconfiada y amedrentada, hacia la pila de granizo. - Ellas ya han sobrevivido cosas peores. If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been unlawfully taken from Royal Road. Please report it. - Estoy segura - dijo la primera. - Esta vez encontramos su debilidad. En ese instante, el monte de hielo empez¨® a temblar. Unos segundos despu¨¦s, con una explosi¨®n, los fuegos fatuos emergieron del granizo. Las invasoras corrieron de vuelta a sus refugios y comenzaron un nuevo c¨¢ntico. Sin embargo, esta vez, sus oponentes entraron en acci¨®n. Con una rapidez incre¨ªble, uno de ellos impact¨® contra una de las brujas, tir¨¢ndola varios metros hacia atr¨¢s. Otro dispar¨® un extra?o rel¨¢mpago verdoso que borde¨® la cobertura y alcanz¨® a la atacante que estaba detr¨¢s. Despu¨¦s, los tres se unieron y comenzaron a moverse r¨¢pidamente en un c¨ªrculo. Una lluvia de peque?as esferas de llamas verdes cay¨®, entonces, sobre las tres invasoras a¨²n en combate. Apenas tocaban sus ropas, las incendiaban. Extra?amente, las que fallaron y dieron en el suelo, se apagaron al instante sin siquiera quemar la vegetaci¨®n. Las atacantes se tiraron al suelo para apagar las llamas. Cuando se volvieron a levantar, decidieron aceptar la derrota y, despu¨¦s de coger a sus dos amigas inconscientes (o tal vez muertas), huyeron hasta desaparecer en la oscuridad de donde hab¨ªan surgido. Los fuegos fatuos permanecieron inm¨®viles durante unos minutos. Yo me qued¨¦ donde estaba, observ¨¢ndolos, esperando que, al irse, me llevasen a algo que indicara su origen. Despu¨¦s de todo, las mujeres que hab¨ªan enfrentado eran claramente brujas. ?Ser¨¢ que ellas tienen alguna relaci¨®n con las Brujas de la Noche? La verdad pronto se revel¨® y me cogi¨® completamente de sorpresa. Las llamas de los fuegos fatuos empezaron a crecer y a cambiar su forma. De repente, desaparecieron por completo, revelando tres personas: dos mujeres y un hombre. - Espero que este sea el ¨²ltimo de estos ataques - dijo el hombre. - Luchar con estas brujas de segunda categor¨ªa se est¨¢ tornando aburrido. - Es el precio de la fama - respondi¨® una de las mujeres. - ?Qu¨¦ pretenden ellas con esto? - pregunt¨® la otra mujer. - ?Ocupar nuestro lugar? ?Creen que si nos derrotan van a ganar nuestro poder? Claramente, aquellas personas eran brujas poderosas; sin embargo, no ten¨ªan el tama?o ni las vestimentas de las Brujas de la Noche, por lo que asum¨ª que no eran ellas; adem¨¢s, estas ¨²ltimas dif¨ªcilmente pod¨ªan ser llamadas famosas, pero tal vez estas tres sab¨ªan algo que me pudiera ayudar. Respir¨¦ profundo para reunir coraje antes de, una vez m¨¢s, hablar con un grupo de brujas. Me levant¨¦ y llam¨¦ por ellas. Sin una palabra, se convirtieron de nuevo en fuegos fatuos y volaron hasta la acr¨®polis, donde me cercaron. Despu¨¦s, volvieron a su forma humana. - ?Qui¨¦n eres t¨²? - pregunt¨® el hombre. - No me digas que eres alg¨²n brujo que tambi¨¦n nos quiere enfrentar. - No, no - respond¨ª de inmediato. Les cont¨¦, entonces, sobre mi b¨²squeda por las Brujas de la Noche y lo que me hab¨ªa llevado all¨ª. - Sabes, nosotros tambi¨¦n estamos muy interesados en las Brujas de la Noche. Nadie sabe qui¨¦nes son, qu¨¦ quieren o de d¨®nde vinieron. Esto las convierte en un peligro para nosotros. - ?Saben d¨®nde puedo encontrarlas? - Desgraciadamente, no - respondi¨® la otra mujer. - Si lo supi¨¦ramos, ya habr¨ªamos hablado con ellas. Siempre intentamos convencer a todas las brujas y usuarios de la magia del Norte de unirse a nuestro Gran Convent¨ªculo. - Ven con nosotros - dijo la primera mujer. - Vamos a mostrarte la informaci¨®n que tenemos sobre las Brujas de la Noche. Tal vez, si combinamos nuestros conocimientos, podamos descubrir algo. - ?Creen que deber¨ªamos mostrarle nuestro escondite? - pregunt¨® el hombre. - ¨¦l ya ha lidiado con brujas antes. Sabe que, si dice algo a alguien, podemos poner una maldici¨®n sobre ¨¦l y todos los que ama - dijo la primera mujer. - Adem¨¢s, todo el mundo sabe que estamos aqu¨ª en la citania y que nuestro escondite no debe quedar lejos. Ellas me llevaron, entonces, hasta una de las casas castrenses reconstruidas. El hombre sac¨® una llave del bolsillo, que utiliz¨® para abrir la puerta, y entramos. Dentro estaba oscuro, la ¨²nica luz era la p¨¢lida luminiscencia de la luna y de las estrellas que entraba por la puerta, sin embargo, era suficiente para darme cuenta de que el lugar se encontraba vac¨ªo. Mientras me preguntaba por qu¨¦ me hab¨ªan llevado all¨ª, una de las mujeres apart¨® un poco de la paja que cubr¨ªa el suelo y levant¨® una peque?a losa de piedra. Para mi sorpresa, debajo de esta, se encontraba un peque?o teclado retro iluminado. La bruja introdujo un c¨®digo num¨¦rico y el suelo empez¨® a temblar. - Retrocede un poco - dijo el hombre, tir¨¢ndome hacia atr¨¢s suavemente por el hombro. Una parte del suelo baj¨® y se desliz¨® hacia un lado, revelando unas escaleras met¨¢licas que bajaban verticalmente hasta un t¨²nel de concreto. La mujer que abri¨® la trampilla descendi¨® primero, seguida por el hombre. Yo entr¨¦ en tercero, mientras que la ¨²ltima bruja se qued¨® atr¨¢s para cerrar la trampilla. El t¨²nel estaba bien iluminado y era corto, desembocando menos de dos metros despu¨¦s en una sala mucho m¨¢s amplia que la casa reconstruida en la superficie. Era un lugar extra?o. Como el t¨²nel, ten¨ªa paredes de cemento, d¨¢ndole un aspecto de b¨²nker. Mesas de trabajo con ordenadores y tabletas se mezclaban con bancas de trabajo donde reposaban morteros, cuchillos, hoces, botellas y vasijas con varios l¨ªquidos de diferentes colores. Manojos de hierbas colgaban del techo, as¨ª como patas de gallinas y bolsas tejidas llenas de huesos. En las paredes, se ve¨ªan recortes de prensa y fotos de personas, algunas de las cuales reconoc¨ª como actores de la pol¨ªtica nacional e internacional. Exactamente lo que aquellas brujas hac¨ªan all¨ª, no s¨¦ decir, pero era obvio que eran m¨¢s poderosas que las de cualquier otro convent¨ªculo que hab¨ªa encontrado antes. Una de las mujeres me llam¨® a uno de los ordenadores y comenz¨® a mostrarme videos donde figuraban las Brujas de la Noche. Confieso que qued¨¦ sorprendido, asustado incluso, con todos los lugares donde aquellas brujas ten¨ªan ojos. Vi im¨¢genes de las Brujas de la Noche en las monta?as del Ger¨ºs, en las calles de Porto, sobrevolando el r¨ªo Lima, hasta en los t¨²neles ocultos debajo de Braga. Incluso, me mostraron un video de mi encuentro con una de las Brujas de la Noche, cuando persegu¨ª a uno de los trolls bajo su mando. Eran im¨¢genes tomadas desde el exterior de la casa abandonada donde encontr¨¦ la criatura, seguramente por un dron. Por desgracia, la m¨¢quina no fue suficientemente r¨¢pida para seguir la bruja encapuchada hasta su escondite. A pesar de que los v¨ªdeos mostraban varios sitios donde las Brujas de la Noche hab¨ªan estado, incluso sumados al conocimiento que hab¨ªa obtenido durante mi b¨²squeda, no ayudaban a descortinar sus motivos o paradero; de hecho, crearon a¨²n m¨¢s preguntas. Sin nada m¨¢s que hacer all¨ª, me desped¨ª de las brujas. Despu¨¦s de repetir sus amenazas de lo que me pasar¨ªa si revelara a alguien su escondite, me dejaron ir. En el regreso a casa, no pude dejar de pensar que estaba cada vez m¨¢s confundido. Cuanto m¨¢s sab¨ªa sobre las Brujas de la Noche, menos comprend¨ªa. ?Alguna vez iba a encontrarlas y hacerlas responder por las muertes que hab¨ªan causado? Capítulo 18 - La Cabra de Tib?es Algunos dicen que las cosas s¨®lo aparecen cuando no las estamos buscando. Aunque nunca cre¨ª mucho en ello, eso no significa que a veces no sea verdad. Todo comenz¨® cuando, en una tarde de invierno, le¨ª en un peri¨®dico local que una cabra estaba aterrorizando a los habitantes de la comarca de Tib?es. El caso era notablemente similar a las historias contadas sobre la cabra de Cabanelas, acontecida en los a?os treinta, mencionada frecuentemente en libros sobre leyendas del norte de Portugal. Narraba la noticia de que una cabra negra aparec¨ªa al anochecer sobre el cementerio de Tib?es y que, maullando como un gato, hac¨ªa vuelos rasantes sobre todos los visitantes hasta echarlos de all¨ª. Curioso con la reaparici¨®n de la leyenda, decid¨ª tomar otro descanso en mi b¨²squeda por las Brujas de la Noche y un d¨ªa, despu¨¦s del trabajo, me dirig¨ª al cementerio. Aunque los d¨ªas se estaban haciendo m¨¢s largos, a¨²n anochec¨ªa temprano, as¨ª que cuando llegu¨¦ all¨ª, el Sol estaba a punto de desaparecer detr¨¢s del horizonte. Cuando entr¨¦ en el cementerio, me di cuenta de que no era el ¨²nico que esperaba ver a la cabra. Aparte de dos personas que intentaban apresurarse a poner flores nuevas en una tumba, nadie prestaba atenci¨®n a los difuntos. De hecho, casi todas las miradas estaban fijas en el cielo, as¨ª como celulares y c¨¢maras. Me acerqu¨¦ a una de las paredes y esper¨¦. Poco a poco, empez¨® a oscurecer. Las dos personas que se ocupaban de la tumba dejaron el lugar casi corriendo. Atr¨¢s s¨®lo me qued¨¦ yo y una veintena de espectadores. Los minutos pasaron y sigui¨® oscureciendo, hasta que sobre nuestras cabezas, o¨ªmos un extra?o maullido. En la cima del muro opuesto se encontraba una cabra. Para mi sorpresa ten¨ªa un aspecto bastante com¨²n: pelaje marr¨®n y negro de diferentes tonos, dos peque?os cuernos en la parte superior de la cabeza y una chiva en la barbilla. Entonces, volvi¨® a maullar y con un salto, dej¨® la pared. Pero, en vez de aterrizar en el suelo, empez¨® a correr en el aire. Se dispararon flashes por todas partes con los curiosos tratando de documentar aquel extra?o fen¨®meno. Ese fue el momento en que la cabra realiz¨® su primer vuelo rasante. Hombres y mujeres se tiraron al suelo tratando de evitar a la criatura, que volaba por encima de las cruces y l¨¢pidas a una velocidad incre¨ªble. Aunque al principio los otros siguieron observando la cabra, ¨¦sta realiz¨® un vuelo rasante tras otro, hasta que todos comenzaron a arrastrarse hacia la salida. Yo, sin embargo, me escond¨ª bajo un banco de piedra adosado a la pared de la capilla funeraria y esper¨¦. Pocos minutos despu¨¦s, s¨®lo yo me encontraba en el cementerio. Mientras tanto, los otros curiosos sub¨ªan a sus autos y hu¨ªan. Entonces la cabra se retir¨®, desapareciendo detr¨¢s de la pared norte. En ese momento, sal¨ª de mi escondite y la segu¨ª. Subir la pared no fue f¨¢cil, pero apoy¨¢ndome en la l¨¢pida de una tumba cercana (en ese momento no pens¨¦ en ello, emocionado como estaba, pero confieso que ahora me parece algo irrespetuoso), logr¨¦ pasar al otro lado. El cementerio de Tib?es fue construido junto al monasterio medieval de Tib?es, uno de los monumentos m¨¢s conocidos de la Comarca de Braga, por lo que ahora me encontraba en sus extensos jardines. Cuando toqu¨¦ el suelo, vi a la cabra volando por encima de los cultivos, as¨ª que empec¨¦ inmediatamente a seguirla. La persecuci¨®n no fue f¨¢cil, ya que el camino era de tierra batida y mientras tanto la noche hab¨ªa llegado en pleno y no me atrev¨ªa a encender la linterna que siempre llevaba conmigo para no delatar mi presencia. Love this story? Find the genuine version on the author''s preferred platform and support their work! Poco despu¨¦s, la cabra me llev¨® al bosque que limitaba las tierras del monasterio al sur. Gracias a una de mis visitas anteriores, sab¨ªa exactamente a d¨®nde iba: hacia el lago artificial creado en un claro cercano. Aunque conoc¨ªa el sendero que llevaba all¨ª, algo me dijo que no lo usara, por lo que decid¨ª acercarme cubierto por la vegetaci¨®n. Tan pronto como vi el lago, mi cautela se revel¨® justificada. Para mi sorpresa, junto a la pared decorada de la que emerg¨ªa el agua que llenaba el lago, ard¨ªa una gran fogata, probablemente m¨¢s alta que yo. Alrededor de ¨¦sta, hab¨ªa cinco figuras encapuchadas, todas iguales a la bruja de la noche que hab¨ªa visto en esa casa abandonada. ?Por fin hab¨ªa encontrado a las Brujas de la Noche! Y mientras investigaba algo aparentemente sin ninguna relaci¨®n con ellas. Era obvio que la cabra era creaci¨®n suya, probablemente para alejar a la gente de la zona, pero me faltaba entender por qu¨¦. Respir¨¦ profundamente una y otra vez. Una vez m¨¢s, me preparaba para enfrentar a un grupo de brujas. Sin embargo, ¨¦stas no eran brujas comunes ni simples candidatas a ser Brujas de la Noche. ¨¦stas eran ellas. Ya hab¨ªan matado a humanos antes, aunque de manera indirecta. Por otro lado, la idea de que me hab¨ªan dejado ir ileso despu¨¦s de nuestro ¨²ltimo encuentro me reconfortaba. Iba a salir de mi escondite y bajar al lago cuando o¨ª un ruido detr¨¢s de m¨ª. Me refugi¨¦ inmediatamente entre un arbusto, el cual me ocultaba en todas las direcciones. Segundos despu¨¦s, pas¨® cerca de m¨ª una criatura enorme, con m¨¢s de tres metros de altura. A primera vista parec¨ªa humana, aunque en la oscuridad, no pod¨ªa ver su cara. Sus piernas eran como troncos de ¨¢rboles y su cuerpo extremadamente ancho, pero caminaba con la espalda doblada. Despu¨¦s de ese avistamiento, empec¨¦ a o¨ªr ruidos por todas partes. Bultos de todas las formas y tama?os empezaron a aparecer entre la vegetaci¨®n, algunos mucho m¨¢s grandes que el ogro original. No s¨¦ de d¨®nde salieron, pero todos se dirig¨ªan al lago artificial. Cuando la primera de las criaturas lleg¨® a la orilla, las brujas comenzaron a entonar un c¨¢ntico y a agitar r¨ªtmicamente los brazos por encima de la cabeza. Durante un minuto, no pas¨® nada. Entonces, el agua del lago empez¨® a agitarse. Poco despu¨¦s, subi¨® por encima de la orilla, pero no comenz¨® a correr hacia afuera. Era como si estuviera siendo contenida por una barrera invisible. Con cada instante que pasaba el agua se levantaba m¨¢s y m¨¢s, hasta que, para mi sorpresa, form¨® una enorme burbuja a diez metros sobre el lago. ¨¦ste estaba ahora vac¨ªo y con su lecho expuesto. Las criaturas comenzaron a descender por la superficie llena de barro hasta que desaparecieron bajo el borde. Durante la siguiente media hora, m¨¢s y m¨¢s criaturas emergieron de entre los ¨¢rboles y entraron en el lago vac¨ªo. Mientras tanto, las Brujas de la Noche continuaron su canto, probablemente para mantener el agua flotando en el aire. Finalmente, cuando la ¨²ltima de las criaturas desapareci¨®, las brujas se detuvieron. Con un estruendo, el agua cay¨®, llenando de nuevo el lago artificial. En ese momento, el fuego junto a las Brujas de la Noche se apag¨® y cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, ellas hab¨ªan desaparecido. Despu¨¦s de eso, me mantuve varios minutos en mi escondite, confuso, intentando entender lo que estaba pasando. Las Brujas de la Noche estaban reuniendo un ej¨¦rcito. Si todas las noches en que la cabra apareci¨® hubiera ocurrido lo mismo que en esa noche, ya tendr¨ªan un gran n¨²mero de soldados. ?Pero cu¨¢l ser¨ªa su prop¨®sito? ?Fueron los ataques a las casas de las hadas con falsos accidentes automovil¨ªsticos (que me llevaron a investigar a las Brujas de la Noche) s¨®lo un intento de debilitar al enemigo antes de la incursi¨®n definitiva? ?Tendr¨ªa todo aquello alguna relaci¨®n con las misteriosas desapariciones de fantasmas en la ciudad de los muertos y de los s¨²bditos del Rey de los Islotes? Finalmente, el fr¨ªo me llev¨® a dejar mi escondite y, cruzando otra vez la pared del cementerio, volv¨ª al exterior y a mi auto. No hab¨ªa nadie cerca. La cabra ten¨ªa cumplido su prop¨®sito y hab¨ªa alejado a todos del monasterio y de la zona circundante. Despu¨¦s de lo que hab¨ªa acabado de ver, volv¨ª a casa preocupado, incluso asustado. Las Brujas de la Noche ten¨ªan un ej¨¦rcito. Aunque hasta ese momento todas las muertes humanas que hab¨ªan provocado parec¨ªan haber sido da?os colaterales, eso ahora podr¨ªa cambiar. Incluso si no atacaran a humanos, su objetivo principal ser¨ªa sin duda alguna las criaturas que viv¨ªan en ese mundo oculto del nuestro; yo ya hab¨ªa caminado entre ellas y conocido las suficientes como para que eso me afectara emocionalmente. Esa noche no pude dormir pensando en lo que iba a hacer con todo aquello. Si hubiera algo que pudiera hacer. Capítulo 19 - El Primer Ataque Como pueden imaginar, despu¨¦s de mi encuentro con las Brujas de la Noche en los jardines del Monasterio de Tib?es y de ver el ej¨¦rcito que estaban reuniendo, qued¨¦ ansioso por discutirlo con alguien. Como no quer¨ªa que mi familia y amigos fueran expuestos a la existencia de ese mundo paralelo al nuestro y a los peligros que pudieran derivarse de ello, la primera persona que se me ocurri¨® fue Alice. Despu¨¦s de todo, los de su raza parec¨ªan ser uno de los blancos de las Brujas de la Noche. A pesar de que era una ¨¦poca de mucho trabajo, al d¨ªa siguiente sal¨ª apenas cumpl¨ª con mi horario y me dirig¨ª al Bar de las Hadas. Lo que hab¨ªa descubierto me parec¨ªa demasiado importante para esperar. Para mi sorpresa, cuando llegu¨¦ a la pasteler¨ªa que serv¨ªa de enlace entre el mundo en la superficie y el bar subterr¨¢neo, descubr¨ª que estaba cerrada. Mir¨¦ hacia adentro y no hab¨ªa se?ales de haber abierto ese d¨ªa, entre otras cosas porque el correo estaba amontonado detr¨¢s de la puerta. Intent¨¦ llamar a la puerta, pero nadie respondi¨®. La entrada principal al mundo que exist¨ªa bajo Braga estaba cerrada. Despu¨¦s de lo que hab¨ªa visto la noche anterior, empec¨¦ a preocuparme. Intent¨¦ calmarme dici¨¦ndome a m¨ª mismo que la pasteler¨ªa podr¨ªa estar cerrada por varias razones m¨¢s mundanas. Por suerte, yo conoc¨ªa otra entrada. As¨ª no ten¨ªa que torturarme imagin¨¢ndome lo que habr¨ªa pasado. Entr¨¦ en mi coche, estacionado junto a mi oficina; acto seguido me dirig¨ª al monte del Bom Jesus. Al acercarme a mi destino, empec¨¦ a sentirme un poco tembloroso. La otra entrada estaba cerca de la Villa Marta, la casa de los Cerqueira. No sab¨ªa hasta qu¨¦ punto Henrique Cerqueira sab¨ªa de mi participaci¨®n en la fuga de los trasgos que usaba como esclavos en el vi?edo de la familia, pero no quer¨ªa ser visto. Por suerte, llegu¨¦ al arbusto que ocultaba la segunda entrada sin encontrar a nadie. Me adentr¨¦ en la vegetaci¨®n y llegu¨¦ a la peque?a cueva que daba acceso al mundo oculto debajo de Braga. Despu¨¦s de unos pocos metros, donde el pasaje comenzaba a quedar m¨¢s ancho, esperaba encontrar un guardia como en mi ¨²ltima visita, pero no hab¨ªa nadie all¨ª. Confieso que me pareci¨® extra?o, incluso alarmante, pero segu¨ª adelante, aunque con m¨¢s cuidado. ?Habr¨ªan ya llegado las Brujas de la Noche y sus fuerzas? Me dirig¨ª a la estaci¨®n m¨¢s cercana del metro que conectaba las diferentes partes de aquella ciudad subterr¨¢nea. Cuando llegu¨¦, una vez m¨¢s, no vi a nadie. Esper¨¦. Durante m¨¢s de media hora, qued¨¦ all¨ª, en la plataforma, pero no vi ni rastro de otros pasajeros ni de la criatura que hac¨ªa de transporte. Empec¨¦ a pensar en caminar hasta el Bar de las Hadas, pero no conoc¨ªa el camino a trav¨¦s de los t¨²neles peatonales, as¨ª que segu¨ª esperando. Pasados veinte minutos sin ver movimiento, decid¨ª tomar el ¨²nico camino que conoc¨ªa, el t¨²nel del tren vivo. Con la ayuda de la peque?a linterna que siempre ten¨ªa conmigo, pues el gran paso no ten¨ªa ninguna fuente de luz, me dirig¨ª al noroeste. A medida que avanzaba, me mantuve atento a cualquier ruido, no fuera a pasar el tren y atropellarme. Durante m¨¢s de una hora, durante la cual pas¨¦ por muchas otras estaciones, no vi ni o¨ª nada importante. Mi temor de que las Brujas de la Noche y su ej¨¦rcito ya hab¨ªan llegado all¨ª aumentaba, pero no hab¨ªa se?ales de ello. Parec¨ªa que las criaturas que habitaban aquellos t¨²neles simplemente hab¨ªan desaparecido. The narrative has been taken without permission. Report any sightings. Finalmente, la linterna ilumin¨® algo que bloqueaba el t¨²nel. Me acerqu¨¦ con cuidado. Poco despu¨¦s, vi su color marr¨®n rojizo, luego me di cuenta de que no era un derrumbe; sin embargo, no fue hasta que llegu¨¦ al bloqueo que descubr¨ª de qu¨¦ se trataba: el corpo de la criatura que serv¨ªa de "tren". Sus cientos de delgadas piernas estaban dobladas junto al cuerpo, su enorme y casi humana cara se encontraba congelada en una expresi¨®n de terror y dolor. A su alrededor yac¨ªan pedazos de madera y vidrio rotos, restos de las cabinas que llevaba a la espalda en lugar de carruajes. Ahora estaba seguro de que algo hab¨ªa pasado, seguramente el ataque de las Brujas de la Noche que yo tem¨ªa. Hab¨ªa llegado demasiado tarde para avisar a los habitantes de aquellos t¨²neles. Pero tal vez a¨²n podr¨ªa ayudar. De todos modos, no iba a volver atr¨¢s. La criatura ocupaba toda la anchura del t¨²nel y m¨¢s de la mitad de la altura, as¨ª que tuve que subir por su cuerpo para llegar al otro lado. Cuando mis pies tocaron el suelo, ilumin¨¦ la nueva secci¨®n del t¨²nel. El escenario era completamente diferente de lo que hab¨ªa visto hasta entonces. Cuerpos de criaturas de diferentes tama?os y formas cubr¨ªan el suelo, la mayor¨ªa de las cuales pertenec¨ªan a razas que yo ya hab¨ªa visto en el Bar de las Hadas. Algunos ten¨ªan marcas de quemaduras, mostrando que hab¨ªan sido muertos por llamas o hechizos, pero la mayor¨ªa parec¨ªa haber sido abatida por armas contundentes. Ante ese panorama, consider¨¦ dejar los t¨²neles, pero pens¨¦ una vez m¨¢s que tal vez a¨²n podr¨ªa ayudar a alguien y segu¨ª adelante. La escena se repiti¨® a lo largo del t¨²nel hasta que llegu¨¦ a la estaci¨®n siguiente. Entonces aparecieron los primeros cuerpos de ogros, duendes, ogrons y otras criaturas que yo sab¨ªa que estaban al servicio de las Brujas de la Noche, aunque eran mucho menos que los de los habitantes. Parec¨ªa que estos ¨²ltimos hab¨ªan quedado atrapados en el t¨²nel debido al cuerpo del tren y fueron masacrados. Aquella era la estaci¨®n m¨¢s cercana al Bar de las Hadas, as¨ª que dej¨¦ la zanja donde el tren hab¨ªa circulado, sub¨ª a la plataforma y entr¨¦ en los t¨²neles peatonales. En los pasillos, no hab¨ªa muchos cuerpos, pero todas las casas, salas y t¨²neles sin salida ten¨ªan el suelo cubierto de habitantes locales muertos. Finalmente llegu¨¦ al Bar de las Hadas. La puerta estaba tirada en el suelo, as¨ª que lo que encontr¨¦ dentro no fue una sorpresa. Hab¨ªa cuerpos por todas partes, junto con mesas, sillas y vasos rotos. El balc¨®n hab¨ªa sido destrozado y con ¨¦l, el conducto que canalizaba el agua que los clientes sol¨ªan beber. Por lo tanto, ¨¦sta ahora goteaba del techo directamente al suelo, empap¨¢ndolo. El bar no estaba inundado s¨®lo porque el agua se drenaba por un agujero en la base de una de las paredes. Admirablemente, la puerta que daba acceso a la pasteler¨ªa arriba y, a trav¨¦s de ella, al mundo en la superficie, estaba cerrada. A pesar de estar atrapados y ante una muerte segura, los clientes del bar no revelaron su existencia al mundo exterior. Busqu¨¦ entre los cuerpos por alguien que yo conociera. Dos de las personas que me hab¨ªan ayudado a liberar a los trasgos del vi?edo de los Cerqueira estaban entre las v¨ªctimas, pero Alice, mi contacto principal y la persona de aqu¨¦l mundo que yo conoc¨ªa mejor, no. Ten¨ªa esperanza que ella se hubiera salvado, aunque lo m¨¢s probable es que estuviera muerta en alg¨²n lugar de aqu¨¦l subterr¨¢neo. Pens¨¦ en explorar un poco m¨¢s y buscar sobrevivientes o hasta las Brujas de la Noche y sus soldados, pero r¨¢pidamente abandon¨¦ esa idea. Nada de lo que vi indicaba que hubiera sobrevivientes en aquellos t¨²neles, y si los hubiera, estar¨ªan escondidos donde un simple visitante como yo nunca los encontrar¨ªa. Por otro lado, las muertes parec¨ªan haber ocurrido alg¨²n tiempo antes y no he visto ni o¨ªdo ninguna se?al de que los asesinos a¨²n estuvieran all¨ª. Recorr¨ª el camino de vuelta al exterior y a mi auto. S¨®lo esperaba que hubiera sobrevivientes para enterrar a los muertos. Cuando llegu¨¦ a casa, tuve una gran discusi¨®n con mi esposa. Se me hab¨ªa olvidado avisarle que iba a llegar tarde para cenar y como en los t¨²neles yo no ten¨ªa se?al en mi m¨®vil, ella no pudo contactarme. Tuve que inventar una excusa, ya que no quer¨ªa exponerla al extra?o mundo que estaba explorando. No qued¨® muy convencida, pero al menos se calm¨®. Despu¨¦s de cenar mi ya fr¨ªa cena y ayudar a mi hija con los deberes, me fui a la cama. No dorm¨ª mucho anoche. No pod¨ªa dejar de pensar en qu¨¦ otros lugares las Brujas de la Noche atacar¨ªan y lo que yo podr¨ªa hacer al respecto sin aumentar las sospechas de mi esposa. Capítulo 20 - La Batalla de los Islotes Despu¨¦s de pasar una noche en vela pregunt¨¢ndome qui¨¦n iba a avisar ahora sobre los ataques de las Brujas de la Noche y de su ej¨¦rcito, decid¨ª ir a hablar con el Rey de los Islotes. En nuestra ¨²ltima y ¨²nica conversaci¨®n, me dijo que sus s¨²bditos estaban desapareciendo, lo que, ahora sospecho, fue un intento de las Brujas de la Noche de debilitarlos antes del ataque final. Adem¨¢s, siempre pod¨ªa decirle a mi esposa que iba a visitar a mis abuelos en Viana do Castelo, sin aumentar a¨²n m¨¢s sus sospechas. Al d¨ªa siguiente de mi descubrimiento de la macabra escena en los t¨²neles debajo de Braga, le dije a mi esposa que iba a cenar a casa de mis abuelos y, despu¨¦s del trabajo, me dirig¨ª a Viana. En realidad, no ment¨ª, porque de hecho visit¨¦ a mis abuelos, y mi abuela me oblig¨® a quedarme a cenar. Poco despu¨¦s, sin embargo, dej¨¦ su casa y contact¨¦ a un viejo amigo para que me prestara su barco una vez m¨¢s. Nos encontramos junto al r¨ªo, en el lugar de siempre, y despu¨¦s de una breve conversaci¨®n sobre lo que hab¨ªa de nuevo en nuestras vidas (y yo inventar una respuesta a la pregunta ¡°?por qu¨¦ necesitas el barco tantas veces por la noche?¡±), sub¨ª al bote y empec¨¦ a remar hacia el Camalh?o, el m¨¢s grande de los islotes del r¨ªo Lima y el lugar donde se situaba el trono del Rey de los Islotes. Estaba a medio camino cuando, en la poco iluminada y deshabitada orilla norte del r¨ªo, vi un enorme bulto. Par¨¦. Mir¨¦ con m¨¢s atenci¨®n y me di cuenta que era una criatura humanoide, probablemente uno de los gigantes al servicio de las Brujas de la Noche. Gracias a su prodigioso tama?o, ¨¦l cruz¨® el r¨ªo a vado, el agua poco por encima de sus rodillas, y lleg¨® al Camalh?o en meros segundos. Volv¨ª a remar. Ten¨ªa que advertir a los habitantes de los islotes. Entonces vi m¨¢s bultos de diferentes tama?os en la orilla. Los m¨¢s grandes entraron al agua, tirando de cuerdas atadas en el otro extremo a lo que parec¨ªan ser balsas, donde segu¨ªan los m¨¢s peque?os. Al mismo tiempo, empec¨¦ a o¨ªr ruidos en el Camalh?o. Los habitantes estaban atentos y hab¨ªan detectado al enemigo en cuanto apareci¨®. El primer gigante fue el blanco de una verdadera lluvia de diminutos proyectiles, mientras los juncos alrededor de sus pies se mov¨ªan, probablemente agitados por peque?as criaturas de los islotes atacando cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el atacante no ca¨ªa, y sus compa?eros r¨¢pidamente llegaron al Camalh?o. La batalla hab¨ªa empezado. Ya no hab¨ªa nadie a quien avisar. Pens¨¦ en unirme a los habitantes de los islotes y luchar, pero ?qu¨¦ pod¨ªa hacer? No ten¨ªa armas, y aunque las tuviera, no sabr¨ªa c¨®mo luchar contra aquellos enemigos. Ech¨¦ el ancla y me qued¨¦ solamente mirando. This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience. Aunque no pod¨ªa ver las diminutas criaturas de los islotes, ve¨ªa sus proyectiles, los movimientos de los juncos y la reacci¨®n del enemigo. Parec¨ªan estar luchando bien. Vi a varios de los monstruos m¨¢s peque?os al servicio de las Brujas de la Noche caer, y al primer gigante en llegar al Camalh?o ser obligado a arrodillarse, aunque ¨¦l sigui¨® luchando. Sin embargo, a pesar de todo aquello esfuerzo, los invasores segu¨ªan avanzando. No pod¨ªa ver las bajas que provocaban, pero ten¨ªa que asumir que eran significativas. Aunque lenta, su victoria parec¨ªa segura, hasta que los juncos a su alrededor comenzaron a moverse. En cuesti¨®n de segundos, crecieron y se enrollaron formando cuerdas y redes que detuvieron a los invasores. Poco despu¨¦s, una forma con unos cuatro metros de altura apareci¨® en el Camalh?o, probablemente salida de uno de los muchos regueros que atravesaban el islote. Armado con una enorme clava, atac¨® al gigante arrodillado, aplast¨¢ndole la cabeza. Solo pod¨ªa tratarse del Rey de los Islotes. Con el enemigo paralizado y su monarca a su lado, los habitantes de los islotes redoblaron sus esfuerzos, y muchos de los invasores cayeron. Mas segu¨ªan llegando venidos de la orilla del r¨ªo, pero apenas pon¨ªan los pies en el Camalh?o, eran inmediatamente presos por los juncos. La victoria de los habitantes de los islotes empezaba a parecer no solo una posibilidad, sino casi una certeza. Entonces algo pas¨® volando sobre m¨ª. Mir¨¦ al cielo y vi cinco figuras encapuchadas abati¨¦ndose sobre el Camalh?o. El viento tra¨ªa sus voces hacia m¨ª, cantando los c¨¢nticos que invocaban sus hechizos. El primero hizo que los juncos en el ¨¢rea de la batalla y su alrededor se pudrieran y se deshicieran, liberando a los soldados de las Brujas de la Noche, mientras los siguientes hicieron caer un verdadero torrente de bolas de fuego sobre el Rey de los Islotes. Este us¨® sus propios hechizos para defenderse, erigiendo barreras invisibles para bloquear los ataques del enemigo. Sin embargo, atacado de varias direcciones, no pudo aguantar mucho tiempo. Algunos minutos m¨¢s tarde, lo vi caer. Despu¨¦s de eso, las criaturas atacantes r¨¢pidamente se extendieron por todo el Camalh?o. Peque?os barcos, cargando grupos de las diminutas criaturas que habitaban all¨ª, comenzaron a dejar el islote, tratando de escapar hacia uno de los otros. Sin embargo, no eran muchos, y dif¨ªcilmente podr¨ªan armar una resistencia si las Brujas de la Noche decidieran conquistar el resto de su reino. A todos los efectos, la batalla hab¨ªa terminado. Rem¨¦ de vuelta a la orilla. En algunos puntos de esta, as¨ª como en el puente que cruzaba el r¨ªo y pasaba sobre el Camalh?o, vi a algunas personas intentando entender lo que estaba pasando en la isla. Dudo que hubieran entendido exactamente lo que estaban viendo, y aunque lo hicieran, no eran suficientes para revelar ese mundo oculto del nuestro. A¨²n as¨ª, Almeida y el resto de la Organizaci¨®n no quedar¨ªan satisfechos. En el viaje a casa, no pod¨ªa evitar pensar que las Brujas de la Noche hab¨ªan logrado otra victoria. Cualquiera que fuera su objetivo, estaban m¨¢s cerca de alcanzarlo. Y yo, una vez m¨¢s, hab¨ªa llegado demasiado tarde para avisar a sus v¨ªctimas. Capítulo 21 - La Guerra de los Muertos Despu¨¦s de una noche en claro pensando en lo que iba a hacer ahora acerca de los ataques de las Brujas de la Noche, decid¨ª advertir a los esp¨ªritus de los muertos en el Ger¨ºs. De hecho, no sab¨ªa d¨®nde encontrar a ninguno de sus otros enemigos. Sab¨ªa que los muertos no se reun¨ªan en su ciudad hasta despu¨¦s de la medianoche, pero a¨²n as¨ª quer¨ªa llegar temprano. No quer¨ªa que mi advertencia llegara tarde una vez m¨¢s. Por eso, aunque ten¨ªa mucho trabajo, me tom¨¦ la tarde libre sin decirle a mi esposa y me dirig¨ª al Ger¨ºs. Dej¨¦ el coche en un espacio de tierra junto a la carretera, sobre la misma aldea en ruinas que en mi visita anterior. Baj¨¦ al pueblo y desde all¨ª me dirig¨ª a la ¨²nica entrada que conoc¨ªa de la ciudad de los muertos. Esta, a pesar de la promesa hecha por el fantasma llamado de El Presidente en mi ¨²ltima visita, todav¨ªa estaba en el mismo lugar. Pero antes de entrar, llam¨¦ a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde. No quer¨ªa tener otra discusi¨®n con ella. Finalmente, baj¨¦ por el agujero en el suelo hasta el t¨²nel que llevaba a la ciudad propiamente dicha. A¨²n faltaba mucho para la medianoche, as¨ª que, como esperaba, no hab¨ªa ning¨²n guardia. Con la ayuda de la peque?a linterna que siempre ten¨ªa conmigo, navegu¨¦ por los pasadizos hasta llegar al ancho y profundo pozo donde se encontraba la ciudad. Que a¨²n no estuviera ning¨²n esp¨ªritu all¨ª, no me sorprendi¨®, pero confieso que fue con un poco de asombro que me di cuenta de que los et¨¦reos edificios que hab¨ªa visto en mi ¨²ltima visita tampoco. Me sent¨¦ en una roca, junto a la pared, y esper¨¦. Mi reloj claramente estaba atrasado, porque unos tres minutos antes de la medianoche, los edificios empezaron a aparecer en los salientes a lo largo de la pared del pozo. Desde casas circulares castre?as hasta torres de apartamentos de varios pisos, hab¨ªa edificios de todo tipo y ¨¦poca. Lo tom¨¦ como una se?al de que los esp¨ªritus de los muertos estaban dejando sus tumbas y formando las procesiones que cada noche se dirig¨ªan hacia all¨ª, as¨ª que me levant¨¦. Los primeros fantasmas llegaron diez minutos despu¨¦s. Como la vez pasada, mi presencia no pas¨® desapercibida. Todos los que pasaban me miraban fijamente. Sin embargo, ninguno me dirigi¨® la palabra, solo siguieron adelante, flotando hacia sus casas et¨¦reas. Entonces apareci¨® uno que yo conoc¨ªa, aquel llamado El Presidente. En cuanto me vio, se acerc¨® y dijo: - ?No te dije que no volvieras? Le expliqu¨¦ por qu¨¦ estaba all¨ª y le cont¨¦ sobre los ataques previos de las Brujas de la Noche. No parec¨ªa muy sorprendido. - Su ataque ya est¨¢ aqu¨ª. Algunos de los nuestros vieron a su ej¨¦rcito viniendo hacia aqu¨ª. Solo vinimos por nuestras armas. Mir¨¦ de nuevo hacia el pozo y vi que varios fantasmas ya regresaban de sus casas con armas blancas et¨¦reas. Como los edificios, estas ven¨ªan de todas las ¨¦pocas hist¨®ricas de la humanidad. Vi espadas, martillos de guerra y mazas, clavas de madera y hachas con cabeza de piedra, facas de caza e incluso nudilleras. El Presidente me dej¨® y fue a buscar sus armas, mientras yo segu¨ª la columna de fantasmas ya armados hacia el exterior. Tuve problemas para subir por la entrada, pero al final llegu¨¦ al valle que estaba arriba. La noche ya hab¨ªa llegado, sin embargo, el cielo estaba limpio, y la luna y las estrellas radiaban suficiente luz para que yo pudiera ver lo que me rodeaba. Los fantasmas se alineaban no muy lejos de la entrada, formando bloques similares a los utilizados por los ej¨¦rcitos de la antig¨¹edad y de la Edad Media. Love what you''re reading? Discover and support the author on the platform they originally published on. Al principio, no vi a sus oponentes, pero una l¨ªnea oscura r¨¢pidamente apareci¨® en el horizonte. Poco a poco, se acerc¨®, hasta que pude ver algunos puntos oscuros volando sobre ella, probablemente las Brujas de la Noche. Tard¨¦ media hora en ver claramente a los soldados enemigos. Para mi sorpresa, todos eran de la misma raza de criaturas, una que yo nunca hab¨ªa visto antes. Se apoyaban en cuatro patas, pero hab¨ªa inteligencia en sus ojos. Ten¨ªan el cuerpo cubierto de pelo y una larga cola que se agitaba detr¨¢s y encima de ellos. Sin embargo, su hocico era la caracter¨ªstica que m¨¢s se destacaba. Largo y c¨®nico, se parec¨ªa al de un oso hormiguero, pero era m¨¢s largo y terminaba en una boca mucho m¨¢s ancha. El ej¨¦rcito sigui¨® avanzando, pero las Brujas de la Noche se quedaron atr¨¢s. Me preguntaba qu¨¦ podr¨ªan hacer esas criaturas a los fantasmas intangibles a mi lado, especialmente sin la ayuda de los hechizos de sus maestras. Al final, los dos ej¨¦rcitos se encontraron cara a cara. Los esp¨ªritus se alineaban en bloques bien formados. Sus enemigos, por su parte, se asemejaban menos a un ej¨¦rcito y m¨¢s a una manada dispuesta a caer sobre sus presas en cuanto sus maestras dieran la orden. - Busca un refugio ¨C me dijo El Presidente, acerc¨¢ndose. - Quiero ayudar ¨C protest¨¦. - Mira a tu alrededor. ?Crees que un solo hombre har¨¢ alguna diferencia? Esc¨®ndete. Si nos derrotan, al menos alguien tendr¨¢ memoria de lo que pas¨®. No discut¨ª con ¨¦l. De hecho, entre aquellos cientos de fantasmas, mi ayuda dif¨ªcilmente se har¨ªa sentir. Si me mantuviera alejado y sobreviviera, al menos podr¨ªa seguir luchando contra las Brujas de la Noche (aunque en aquel momento no estaba seguro de c¨®mo). Me alej¨¦ unos cientos de metros de los dos ej¨¦rcitos y me escond¨ª detr¨¢s de uno de los muchos pe?ones de la regi¨®n. Poco despu¨¦s, sin previo aviso, las criaturas cargaron contra los fantasmas. Estos, sin saber exactamente de lo que eran capaces sus enemigos, decidieron esperar. Solo unos pocos exploradores voluntarios avanzaron hacia las criaturas. Segundos despu¨¦s, las dos fuerzas se encontraron. Fue entonces cuando los nuevos soldados de las Brujas de la Noche revelaron su terrible habilidad. Alrededor de un metro antes de que los fantasmas los tuvieran al alcance de sus armas, ellos abrieron sus bocas. De inmediato, con una fuerza irresistible, los esp¨ªritus fueron succionados hacia el est¨®mago de sus oponentes. As¨ª se explicaban las desapariciones de las que los muertos me hab¨ªan hablado durante mi primera visita. La reacci¨®n que esa visi¨®n provoc¨® en el ej¨¦rcito de los muertos fue inmediatamente visible. Los fantasmas, seres que pensaban que nunca m¨¢s necesitar¨ªan temer a nada, entraron en p¨¢nico. Algunos intentaron escapar, mientras otros bajaron los brazos y simplemente esperaron. Incluso El Presidente parec¨ªa no saber qu¨¦ hacer. Despu¨¦s de solamente algunos segundos, los bloques organizados del ej¨¦rcito de los muertos ya no exist¨ªan. Cuando las criaturas de las Brujas de la Noche llegaron a la mayor concentraci¨®n de fantasmas, ya no parec¨ªan estar librando una batalla, sino cazando presas impotentes. Vi a esp¨ªritus ser succionados por docenas. Sus est¨®magos eran aparentemente imposibles de llenar. Los muertos intentaban huir desesperadamente, algunos de vuelta a sus tumbas, otros de vuelta a la ciudad subterr¨¢nea, pero ninguno lleg¨® a su objetivo. Las criaturas de las Brujas de la Noche eran demasiado r¨¢pidas. Poco a poco, los fantasmas desaparecieron del campo de batalla. Los pocos que quedaban intentaron desesperadamente enfrentar al enemigo, pero fueron succionados mucho antes de poder usar sus armas. Finalmente, las Brujas de la Noche se acercaron, sobrevolando su victorioso ej¨¦rcito. De los muertos ya no hab¨ªa ni rastro. Era como si nunca hubieran estado all¨ª. Me qued¨¦ en mi escondite. No sab¨ªa lo que las Brujas de la Noche podr¨ªan hacerme si me encontraran. Afortunadamente, no permanecieron all¨ª por mucho tiempo. Con una rapidez sorprendente, reorganizaron su ej¨¦rcito y desaparecieron en la misma direcci¨®n por la que hab¨ªan venido. El valle estaba ahora completamente vac¨ªo. No hab¨ªa cuerpos ni sangre. Hasta la hierba parec¨ªa casi intacta. Si ese fuera mi primer contacto con el mundo oculto paralelo al nuestro, podr¨ªa haber pensado que todo aquello se hab¨ªa tratado de un sue?o o de una alucinaci¨®n. Sin embargo, sab¨ªa muy bien que no era as¨ª. Y las Brujas de la Noche hab¨ªan ganado otra victoria. A¨²n no estaba m¨¢s cerca de descubrir su objetivo que cuando empec¨¦ a investigarlas, pero a juzgar por los m¨¦todos que usaban, solo pod¨ªa ser algo nefasto. Ya no hab¨ªa raz¨®n para estar all¨ª, as¨ª que volv¨ª al auto y me dirig¨ª hacia mi casa. Llegu¨¦ casi a las cuatro de la ma?ana. Mi esposa y mi hija ya estaban durmiendo. Me acost¨¦, pero no pude dormir. Esa victoria hab¨ªa eliminado a los ¨²ltimos enemigos de las Brujas de la Noche que conoc¨ªa, o al menos que sab¨ªa d¨®nde encontrar. ?Qu¨¦ iba a hacer ahora en mi intento de detenerlas y hacerlas responder por las muertes que ya hab¨ªan causado? Capítulo 22 - El Gran Conventículo En los d¨ªas despu¨¦s de la derrota de los fantasmas del Ger¨ºs por las Brujas de la Noche, todo el mundo me dec¨ªa que me encontraban distra¨ªdo y cansado. Yo estaba de acuerdo con ellos. Desde esa noche, casi no lograba dormir, y estaba constantemente pensando en lo que pod¨ªa hacer respecto a las Brujas de la Noche. Contact¨¦ a todas las personas que me pasaron por la mente con la esperanza que alguien pudiera decirme qu¨¦ hacer ahora, pero no tuve suerte. La Bruja del Mar - que hab¨ªa conocido en Esposende - me llam¨® por fin, unos d¨ªas despu¨¦s, para hablarme de un Gran Convent¨ªculo que iba a ocurrir en la noche del S¨¢bado siguiente, y que hab¨ªa sido convocado para discutir las Brujas de la Noche. Inmediatamente decid¨ª que estar¨ªa all¨ª porque lo que sab¨ªa y hab¨ªa visto podr¨ªa ser ¨²til. As¨ª que le dije a mi esposa que iba con el grupo de exploraci¨®n urbana a visitar una f¨¢brica en ruinas en Guimar?es. No era totalmente mentira, porque el Gran Convent¨ªculo iba a ser, de hecho, en Guimar?es, pero en lo alto del Monte de la Penha, cerca del santuario cat¨®lico all¨ª construido. Cuando lleg¨® el momento, me sub¨ª al auto y me dirig¨ª hacia Guimar?es. Por la autopista, tard¨¦ 20 minutos en llegar a la ciudad. Subir a la cima de la colina, sin embargo, tom¨® un poco m¨¢s de tiempo. Finalmente llegu¨¦ a la zona del santuario. Era invierno, as¨ª que a esa hora de la noche, las tiendas, los caf¨¦s e incluso el hotel estaban cerrados. Estacion¨¦ en el aparcamiento principal, que estaba completamente vac¨ªo, y sal¨ª del auto para buscar el lugar del convent¨ªculo. Entonces record¨¦ por qu¨¦ me encantaba aqu¨¦l lugar desde mi primera visita. Era como un parque de diversiones para adultos. Una muralla falsa separaba el aparcamiento de la ladera. A la derecha de ella, un peque?o descenso llevaba a unas tabernas t¨ªpicas construidas m¨¢s abajo, mientras a la izquierda se erig¨ªa un mont¨®n de rocas sobre el que hab¨ªa sido construida una peque?a capilla. Sin embargo, la verdadera atracci¨®n estaba debajo de ella. Pasadizos creados por la superposici¨®n de las rocas llevaban a cuevas y nichos subterr¨¢neos que hab¨ªan sido aprovechados para construir capillas y tabernas. Era un lugar que parec¨ªa salido de una historia de fantas¨ªa. El convent¨ªculo, sin embargo, no iba a ocurrir en esa direcci¨®n, sino en la opuesta. Cruc¨¦ la carretera, pas¨¦ por el relativamente reciente santuario y entr¨¦ en la red de senderos que se dirig¨ªan al sur. Parte de ellos pasaba por t¨²neles y peque?as cuevas entre y bajo rocas, hasta que finalmente emergieron en un espacioso claro. En el centro de ¨¦ste ard¨ªa una enorme hoguera, en torno a la cual se reun¨ªan varios grupos de personas, en su mayor¨ªa mujeres. Entre ellas, pude reconocer a algunas como las brujas que hab¨ªa encontrado en Montalegre y en Porto; adem¨¢s, para mi sorpresa, las que hab¨ªan atacado la Citania de Briteiros e incluso el brujo y curandero de mi tierra natal. Las l¨ªderes del Gran Convent¨ªculo, las brujas que conoc¨ª primero como fuegos fatuos, estaban - como era de esperar - en el centro, junto a la hoguera. Busqu¨¦ a la Bruja del Mar, mi aliada que me hab¨ªa llamado all¨ª, y la encontr¨¦ sola, junto al borde del claro. Cuando me acerqu¨¦, ella dijo: - ?Viniste! - Claro. Los enemigos de las Brujas de la Noche est¨¢n cayendo como moscas. Ten¨ªa que venir a averiguar si alguien puede combatirlas. - Las Brujas de Briteiros parecen tener alguna idea - dijo ella, apuntando hacia las l¨ªderes del convent¨ªculo. - S¨®lo tenemos que esperar hasta que estemos todas aqu¨ª. Sin nada m¨¢s que decir,, esperamos, en silencio. Pero ¨¦ste no dur¨® mucho. Una mano venida de atr¨¢s me agarr¨® el hombro. - ?T¨² tambi¨¦n est¨¢s aqu¨ª? - dijo una voz. Me di la vuelta y encontr¨¦ a Susana, la demon¨®loga del norte de Portugal. La joven sosten¨ªa una de sus tabletas caseras. Le present¨¦ a la Bruja del Mar y le expliqu¨¦ por qu¨¦ estaba all¨ª. - Y t¨², ?qu¨¦ haces aqu¨ª? - le pregunt¨¦. - Me gusta mantenerme informada sobre brujas. Ellas suelen invocar demonios. Adem¨¢s, este Gran Convent¨ªculo es sobre las Brujas de la Noche y por lo que he o¨ªdo, necesito empezar a vigilarlas. Algunos sospechan que son demonios disfrazados. Aunque la hip¨®tesis no me convenci¨®, la verdad es que en ese momento era tan v¨¢lida como cualquier otra. La naturaleza de las Brujas de la Noche segu¨ªa siendo un misterio. No tuvimos tiempo de decir nada m¨¢s, ya que las Brujas de Briteiros pidieron la atenci¨®n de todos. As¨ª que todos nos juntamos a su alrededor, una de las Brujas de Briteiros dijo: - Gracias por venir. Me gusta saber que las Brujas de la Noche no nos preocupan s¨®lo a nosotras. Otra de las Brujas de Briteiros, el hombre, continu¨®: - No s¨¦ si todas lo saben, pero las Brujas de la Noche han atacado a varias comunidades de criaturas m¨¢gicas. No sabemos qui¨¦n ser¨¢ el siguiente. Podr¨¢ ser cualquiera de nosotras. - Tenemos que juntarnos y hacer algo acerca de las Brujas de la Noche - dijo la Bruja de Briteiros que a¨²n no hab¨ªa hablado. - Son una amenaza para todas. A pesar de que hab¨ªa un mont¨®n de brujas all¨ª con razones para no gustar e incluso odiar a las Brujas de la Noche, tuve la sensaci¨®n de que aquel gran convent¨ªculo hab¨ªa sido convocado porque las Brujas de Briteiros se sent¨ªan amenazadas. Reading on Amazon or a pirate site? This novel is from Royal Road. Support the author by reading it there. - ?Qu¨¦ sugieres que hagamos? - pregunt¨® una bruja que yo no conoc¨ªa. - Primero, tenemos que reunir nuestras habilidades de adivinaci¨®n para encontrarlas - dijo la primera Bruja de Briteiros. Sab¨ªa d¨®nde pod¨ªan empezar a buscar, pero dud¨¦ en dec¨ªrselo. Me costaba confiar en aquellas brujas. Tal vez porque crec¨ª en un pa¨ªs cat¨®lico, ten¨ªa miedo de aquellos que lidiaban con magia y demonios. Por otro lado, las Brujas de la Noche y sus monstruos ya hab¨ªan matado personas. Ten¨ªan un ej¨¦rcito a su servicio. Adem¨¢s me hab¨ªan hecho parcialmente responsable de algunas de las muertes que causaron al usar los trasgos que yo hab¨ªa liberado del vi?edo de los Cerqueira para hacer su trabajo sucio. Teniendo todo en cuenta, no pod¨ªa dejar de pensar que las brujas de aquel convent¨ªculo eran un mal menor. Avanc¨¦ hacia la hoguera y me prepar¨¦ para anunciar lo que sab¨ªa. De repente, el suelo empez¨® a temblar. Poco despu¨¦s, o¨ª ¨¢rboles rompi¨¦ndose y el trueno de enormes pasos. Las brujas empezaron a mirar alrededor, pero yo no. Ya hab¨ªa pasado por aquello antes, en Tib?es. Sab¨ªa lo que se acercaba. De los ¨¢rboles alrededor del claro emergi¨® una gran variedad de criaturas: gigantes, ogros, trasgos, duendes, entre otras cuyo nombre no conoc¨ªa. En el momento siguiente, figuras encapuchadas y con largas vestiduras negras aparecieron en el cielo, por encima de nuestras cabezas. Las Brujas de la Noche hab¨ªan llegado. Completamente rodeadas, las brujas del gran convent¨ªculo se prepararon para luchar. Las Brujas de Briteiros tomaron su forma de fuegos fatuos y tomaron vuelo, mientras que las restantes iniciaron sus diferentes m¨¦todos de lanzar hechizos. Yo, la demon¨®loga y la Bruja del Mar est¨¢bamos muy cerca de la l¨ªnea de los ¨¢rboles, as¨ª que los monstruos estaban casi encima de nosotros. Nos dimos la vuelta para enfrentarlos. Susana se qued¨® mir¨¢ndolos, como si estuviera pregunt¨¢ndose si tendr¨ªa alg¨²n arma efectiva contra esas criaturas; mientras tanto, la Bruja del Mar imit¨® a sus compa?eras y empez¨® a lanzar un hechizo. Por mi parte, tom¨¦ un ramo ca¨ªdo y me prepar¨¦ para defenderme. Esta vez iba a enfrentar a los soldados de las Brujas de la Noche. Un ogro y varios trasgos se dirigieron hacia nosotros. Esper¨¦ hasta que el primero quedara al alcance de mi arma improvisada y le di un golpe. ¨¦ste, sin embargo, agarr¨® la otra punta de la rama y me la arranc¨® de la mano. Aterrorizado, me prepar¨¦ para ser aplastado por el enorme mazo que llevaba la criatura. ¨¦sta, sin embargo, me tir¨® al suelo con una mano y sigui¨® adelante. Luego le hizo lo mismo a la demon¨®loga. Los duendes, que ven¨ªan justo detr¨¢s, nos ignoraron y, junto con el ogro, se dirigieron hacia la Bruja del Mar. Pero antes de que la alcanzaran, ella termin¨® el hechizo. Agua cubri¨® el suelo bajo las criaturas y r¨¢pidamente se infiltr¨®, formando un charco de barro que enterr¨® el ogro casi hasta las rodillas y los duendes hasta el pecho, inmoviliz¨¢ndolos. Susana y yo nos levantamos y nos preparamos para volver junto a la Bruja del Mar. Fue entonces que nos dimos cuenta que una de las Brujas de la Noche se dirig¨ªa hacia ella. Afortunadamente, mi aliada a¨²n tuvo tiempo de lanzar un hechizo. De inmediato, un chorro de agua sali¨® disparado de sus manos contra la criatura atacante. Sin embargo, ¨¦sta sigui¨® adelante, cortando el agua casi sin desacelerar. Justo antes de llegar a la Bruja del Mar, enormes garras, de m¨¢s de 30 cent¨ªmetros de largo, crecieron de sus manos. Susana y yo a¨²n intentamos pasar alrededor del charco de lodo y de las criaturas atrapadas en ¨¦l, y ayudar a mi aliada, pero no llegamos a tiempo. Al acertar un golpe brutal, la Bruja de la Noche lastim¨® la cabeza de la Bruja del Mar, con sus garras cortando carne, hueso y, fatalmente, llegando al cerebro debajo. Aterrorizados con aquella sanguinolenta visi¨®n, Susana y yo paramos, convencidos de que ser¨ªamos las pr¨®ximas v¨ªctimas. Sin embargo, la criatura se alej¨® y vol¨® hacia otra bruja sin prestarnos atenci¨®n. Aprovech¨¦ esa pausa para mirar a mi alrededor y ver c¨®mo iba la lucha. El brujo de mi tierra natal estaba postrado en el suelo, muerto, as¨ª como algunas de las brujas de Montalegre, de Porto y muchas otras que yo no conoc¨ªa. Mientras tanto, otras hab¨ªan logrado invocar a algunos diablillos y, junto con ellos, luchaban con alguno que otro ¨¦xito contra los soldados enemigos. Sin embargo, cada vez que una Bruja de la Noche atacaba a los enemigos en el suelo, nada pod¨ªa detenerla y evitar muertes. Afortunadamente, tres de las Brujas de la Noche estaban ocupadas en el aire, enfrent¨¢ndose a los fuegos fatuos. ¨¦stos les lanzaban constantemente peque?as esferas de fuego que, aunque no les parec¨ªan causar heridas, claramente les molestaban e imped¨ªan de lanzar hechizos. Poco a poco, la lucha se extendi¨® m¨¢s all¨¢ del claro del Gran Convent¨ªculo. Despu¨¦s de un tiempo, diablillos se enfrentaban a trasgos y duendes en pasadizos construidos bajo rocas, y las brujas lanzaban hechizos desde lo alto de puentes de cemento que imitaban formas naturales. Sin embargo, aunque era la batalla contra las Brujas de la Noche m¨¢s equilibrada que hab¨ªa visto, sus fuerzas estaban progresivamente ganando terreno. Susana y yo matamos a las criaturas atrapadas en el barro de la Bruja del Mar con peque?os cuchillos, pero no hab¨ªamos ido all¨ª preparados para combatir, y poco m¨¢s nos atrev¨ªamos a hacer que atacar enemigos heridos y moribundos. Finalmente, las brujas del Gran Convent¨ªculo sufrieron un golpe fatal. Con la situaci¨®n en tierra controlada a su favor, las Brujas de la Noche se concentraron en las brujas de Briteiros. Superadas en n¨²mero, ¨¦stas no pudieron mantener a sus adversarias ocupadas. Hechizos empezaron a golpearlas desde todas las direcciones. Rel¨¢mpagos, esferas de energ¨ªa, bolas de hielo y muchos otros proyectiles m¨¢gicos les acertaban. Uno por uno, los fuegos fatuos volvieron a sus formas humanas y cayeron al suelo, muertos antes de alcanzarlo. Sin el torrente constante de hechizos de las brujas de Briteiros, las Brujas de la Noche pudieron dedicar toda su atenci¨®n a las brujas que luchaban contra sus soldados. Si ¨¦stas ¨²ltimas ya estaban perdiendo la batalla, su derrota entonces pas¨® a inevitable. Susana y yo seguimos ayudando como pod¨ªamos, pero de nada sirvi¨®. En pocos minutos, las pocas brujas sobrevivientes hu¨ªan lo m¨¢s r¨¢pido que pod¨ªan por donde les era posible, mientras sus diablillos yac¨ªan en el suelo, muertos. Para nuestra sorpresa (y alivio), las Brujas de la Noche no nos prestaron ninguna atenci¨®n; sus soldados s¨®lo interactuaban con nosotros cuando eran obligados, y s¨®lo para sacarnos del camino. Sin embargo, la raz¨®n para ello era un misterio que tendr¨ªa que quedar para m¨¢s tarde. No quer¨ªamos arriesgar demasiado, as¨ª que volvimos juntos al estacionamiento donde dej¨¦ el coche. Tan pronto los sonidos de lucha y persecuci¨®n quedaron atr¨¢s, coment¨¦: - Otra victoria para las Brujas de la Noche. - ?Cu¨¢l ser¨¢ su objetivo? - pregunt¨® ret¨®ricamente la demon¨®loga. No sab¨ªa qu¨¦ decirle, as¨ª que no dije nada. - Estar¨¦ atenta a sus actividades. Algo est¨¢ pasando, y no es nada de bueno - dijo, dirigi¨¦ndose a su vieja Ford Transit. Me sub¨ª a mi coche y me dirig¨ª hacia Braga. Durante todo el camino, me rega?¨¦ por mi incapacidad en ayudar a detener a las Brujas de la Noche o descubrir lo que quer¨ªan. Sin embargo, una cosa qued¨® clara esa noche: estaban tratando de evitar involucrarnos a Susana y a m¨ª en su lucha. ?Por qu¨¦? Era otro misterio que resolver. Aunque no sab¨ªa c¨®mo iba a lograrlo. No ten¨ªa m¨¢s pistas que seguir, especialmente ahora que hab¨ªa perdido otro aliado. Capítulo 23 - La Organización y las Brujas de la Noche En los d¨ªas despu¨¦s del Gran Convent¨ªculo no logr¨¦ dormir mucho pensando qu¨¦ m¨¢s pod¨ªa hacer en cuanto a las Brujas de la Noche. No sab¨ªa d¨®nde atacar¨ªan a continuaci¨®n, porque todos los enemigos de ellas que conoc¨ªa ya hab¨ªan sido derrotados. Buscaba constantemente en los peri¨®dicos se?ales de sus actividades, pero nunca encontr¨¦ nada. Alguien deb¨ªa estar limpiando muy bien los lugares de sus ataques. Entonces record¨¦: ?la Organizaci¨®n! Seguramente son ellos los que est¨¢n ocultando las actividades de las Brujas de la Noche. Y si lo est¨¢n, seguramente tambi¨¦n estar¨¢n frustrados por la naturaleza bastante visible de ¨¦stas. No ten¨ªa contacto directo con la Organizaci¨®n, pero sab¨ªa que monitoreaban mi blog de entonces (terceirarealidade.wordpress.com), pues ocasionalmente me enviaban art¨ªculos que quer¨ªan que publicara o enmiendas a otros escritos de mi autor¨ªa a trav¨¦s de mensajes sin remitente. Enseguida, escrib¨ª un art¨ªculo sobre las Brujas de la Noche, esperando que la frustraci¨®n de la Organizaci¨®n con ellas los llevara a contactarme directamente. En el d¨ªa siguiente, mi plan dio sus frutos. Al final del d¨ªa, cuando sal¨ª del trabajo, Almeida me estaba esperando junto a mi auto. - As¨ª que tambi¨¦n est¨¢ investigando a las Brujas de la Noche - dijo apenas me acerqu¨¦, yendo al grano. Iba a empezar a decirle lo que sab¨ªa, pero ¨¦l me interrumpi¨®: - Aqu¨ª no. Luego me llev¨® a un auto negro con ventanas ahumadas aparcado cerca. - Ahora podemos hablar. Durante m¨¢s de una hora, le cont¨¦ todo lo que hab¨ªa descubierto sobre las Brujas de la Noche. Entretanto, tuve que llamar a mi esposa para decirle que llegar¨ªa tarde a casa. Almeida se interes¨® en todo lo que yo dije, haciendo una u otra pregunta para aclarar algunos puntos. - Me pregunto qu¨¦ habr¨¢ en el fondo de ese lago en Tib?es - dijo cuando termin¨¦. - Los soldados de las Brujas de la Noche deben haber ido a alg¨²n lado. No sab¨ªa qu¨¦ responder, as¨ª que me encog¨ª de hombros. - Espero que no est¨¦ ocupado esta noche. Vamos a drenar el lago. El tono de Almeida mostraba que era m¨¢s una orden que una invitaci¨®n, as¨ª que mientras ¨¦l requisaba el equipo y la mano de obra para drenar el lago, llam¨¦ a mi esposa para decirle que iba a llegar a¨²n m¨¢s tarde de lo que pensaba. No se puso muy contenta porque yo ya estaba llegando tarde a casa muy a menudo, sin embargo, lo acept¨®. Tan pronto como Almeida termin¨® sus llamadas, orden¨® al conductor del coche que nos llevara al Monasterio de Tib?es. Como era de esperar, llegamos mucho antes del equipo de drenaje, y Almeida aprovech¨® ese tiempo para escuchar de nuevo lo que yo sab¨ªa sobre las Brujas de la Noche, en caso de que se le hubiera pasado algo la primera vez. No salimos del coche hasta que llegaron los dem¨¢s hombres de la Organizaci¨®n. The story has been taken without consent; if you see it on Amazon, report the incident. A diferencia de mi anterior visita, no tuvimos que saltar ning¨²n muro para entrar en los campos del monasterio. La Organizaci¨®n hab¨ªa contactado con alguien para abrirnos la puerta. Almeida y yo r¨¢pidamente recorrimos los caminos bajo los vi?edos y llegamos al lago. No estaba muy diferente de cuando lo vi la ¨²ltima vez. S¨®lo faltaban las figuras encapuchadas de las Brujas de la Noche junto a la piedra de donde sal¨ªa el agua que lo llenaba. Mientras sus compa?eros preparaban el equipo para drenar el lago, algunos de los hombres de la Organizaci¨®n revisaron el bosque buscando se?ales de las criaturas convocadas por las Brujas de la Noche. A pesar de haber transcurrido alg¨²n tiempo, a¨²n se ve¨ªan rastros de huellas y ramas rotas, confirmando mi historia. Poco a poco, el lecho del lago qued¨® expuesto. Al principio, no parec¨ªa haber ning¨²n lugar al que el ej¨¦rcito de las Brujas de la Noche pudiera haber ido, pero pronto vimos un t¨²nel abierto bajo la orilla este. Sin embargo, no pudimos investigarlo de inmediato, ya que la bomba a¨²n tard¨® una hora en drenar suficiente agua para abrir camino hasta ¨¦l. Despu¨¦s de ponernos unas botas altas, yo, Almeida y algunos hombres m¨¢s entramos en el barro del lago. El avance fue dif¨ªcil, ya que con cada paso qued¨¢bamos atascados hasta la mitad de las espinillas, pero al final llegamos a la boca del t¨²nel. Apuntamos las linternas hacia el interior. El suelo, el techo y las paredes eran de tierra. M¨¢s adelante, junto al borde del ¨¢rea iluminada por las linternas, el t¨²nel curvaba, por lo que entramos curiosos con lo que se encontrar¨ªa m¨¢s all¨¢. Los hombres de la organizaci¨®n armados con rifles autom¨¢ticos siguieron en el frente, con Almeida y yo justo detr¨¢s. Desde una conexi¨®n a los t¨²neles bajo la ciudad de Braga, a una caverna que el ej¨¦rcito de las Brujas de la Noche usar¨ªa como cuartel, muchas posibilidades me pasaron por la cabeza en cuanto a lo que se encontrar¨ªa despu¨¦s de aquella curva. Sin embargo, encontramos lo ¨²nico que yo no esperaba: nada. Tres docenas de metros despu¨¦s de la curva, el t¨²nel simplemente terminaba. Frustraci¨®n apareci¨® de inmediato en la cara de Almeida. Incr¨¦dulo, segu¨ª hasta el final del t¨²nel. Tal vez habr¨ªa se?ales de un derrumbe y de que ¨¦ste ocultaba el resto del pasaje. Pero antes de yo llegar a la pared de tierra, ¨¦sta desapareci¨®. Aturdido, apunt¨¦ la linterna hacia atr¨¢s y me di cuenta que Almeida y sus hombres tambi¨¦n ya no estaban all¨ª. S¨®lo cuando una brisa fr¨ªa me llev¨® a apuntar la linterna y a mirar m¨¢s lejos, me di cuenta de lo que hab¨ªa pasado. Nada ni nadie hab¨ªa desaparecido. Yo era el que ya no estaba en el t¨²nel, sino en un enorme claro rodeado de ¨¢rboles lejanos. Aqu¨ª y all¨¢, pod¨ªa ver la enorme y oscura forma de monta?as cubriendo las estrellas. Momentos despu¨¦s, Almeida surgi¨® detr¨¢s de m¨ª. Al principio parec¨ªa tan confundido como yo, pero pronto se dio cuenta de lo que hab¨ªa pasado. - Teletransportaci¨®n - dijo, sorprendido. Las Brujas de la Noche son a¨²n m¨¢s poderosas de lo que pensaba. De inmediato investigamos el lugar. Encontramos restos de fogatas y refugios improvisados. Ese era el campamento del ej¨¦rcito de las Brujas de la Noche, o al menos lo hab¨ªa sido. - ?C¨®mo regresamos? - pregunt¨¦. - Intentemos volver por el mismo camino. Pero primero d¨¦jame marcar las coordenadas de este lugar en mi tel¨¦fono. Cuando ¨¦l termin¨®, intentamos volver al mismo lugar donde aparecimos en aquel claro. Como Almeida predijo, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos de nuevo en el t¨²nel. Ya no ten¨ªamos nada que hacer all¨ª, y la investigaci¨®n detallada del campamento de las Brujas de la Noche tendr¨ªa que esperar por la luz del d¨ªa para realizarse correctamente, por lo que Almeida me llev¨® de vuelta a la ciudad y a mi auto. Cuando abr¨ª la puerta para salir, me dijo: - Quedaremos en contacto contigo. Tu experiencia y conocimiento sobre las Brujas de la Noche a¨²n podr¨¢n sernos ¨²tiles. En cuanto sub¨ª a mi auto, el de la Organizaci¨®n se fue. Por primera vez en alg¨²n tiempo, volv¨ª satisfecho a casa despu¨¦s de una investigaci¨®n. A¨²n no conoc¨ªa las intenciones de las Brujas de la Noche, as¨ª como tampoco su paradero ni el de sus soldados, pero hab¨ªamos encontrado un campamento suyo y eso sin duda llevar¨ªa a nuevos descubrimientos. S¨®lo esperaba que Almeida estuviera siendo sincero cuando dijo que se mantendr¨ªa en contacto. Capítulo 24 - La Primera Bruja Al d¨ªa siguiente, Almeida cumpli¨® su promesa de mantenerse en contacto. Cuando sal¨ª del trabajo para almorzar, ¨¦l estaba de nuevo esper¨¢ndome junto a mi auto. - Te necesitamos otra vez. Me condujo a un coche que nos esperaba. En cuanto entramos, empez¨® a explicar lo que hab¨ªa pasado: - Encontramos m¨¢s portales en el campamento de las Brujas de la Noche. Muchos m¨¢s. Y quiero que nos acompa?es cuando los exploremos. El coche nos llev¨® a las afueras de Braga, donde nos esperaba un helic¨®ptero que nos transport¨® al campamento que hab¨ªamos descubierto la noche anterior situado entre los bosques del Ger¨ºs. Este fue el primero de muchos viajes similares que hice en las semanas subsecuentes. Usando su influencia, la Organizaci¨®n encontr¨® una forma de darme una baja temporal del trabajo para poder explorar los nuevos portales con sus agentes. Muchos de ellos llevaban a lugares inconsecuentes donde no encontramos nada, as¨ª que aqu¨ª voy a describir s¨®lo las expediciones m¨¢s importantes. La primera de ellas ocurri¨® cinco d¨ªas despu¨¦s de nuestro descubrimiento del campamento. Como tantas veces antes, Almeida y yo entramos en un portal acompa?ados por una docena de hombres armados con rifles autom¨¢ticos. Una fracci¨®n de segundo despu¨¦s, nos encontr¨¢bamos en un pasillo. Yeso ca¨ªa del techo y de las paredes. Detr¨¢s de nosotros, se abr¨ªa una vieja puerta destrozada y, al frente, una ventana rota protegida desde el exterior por una rejilla met¨¢lica. Varias puertas se alineaban de ambos lados, todas en mal estado. De inmediato el lugar me pareci¨® familiar, y me acerqu¨¦ a la ventana para mirar hacia afuera. En el acto confirm¨¦ mis sospechas: est¨¢bamos en Vila do Conde, m¨¢s exactamente en el abandonado y vandalizado Convento de Santa Clara. A?os antes lo hab¨ªa visitado con el grupo de exploraci¨®n urbana de Braga. Mientras Almeida y yo esper¨¢bamos, los otros hombres de la Organizaci¨®n revisaron lo que hab¨ªa detr¨¢s de cada puerta de aqu¨¦l pasillo. No encontraron nada, por lo que ampliaron la b¨²squeda a los pasillos que sal¨ªan de ¨¦ste, pero el resultado fue el mismo: ni rastro de las Brujas de la Noche o de las criaturas bajo su mando. Eso cambi¨® cuando subimos al segundo piso. Al salir de la escalera, nos topamos con un grupo de cinco goblins m¨¢s adelante en el pasillo. Los hombres de Almeida les apuntaron sus armas, pero las criaturas huyeron desapareciendo por la esquina justo detr¨¢s de ellos. Con los soldados en el frente, los perseguimos. Cuando doblamos la esquina, sin embargo, ya no los vimos. En su lugar, nos encontramos a una criatura humanoide con m¨¢s de dos metros de altura, piel blanca cubierta s¨®lo por un taparrabo y totalmente calva. A diferencia de sus compa?eros, no huy¨® al vernos. De hecho, se lanz¨® hacia nosotros. Los hombres de Almeida empezaron a disparar. La criatura, sin embargo, ni siquiera desaceler¨®. En el ¨²ltimo momento, yo, Almeida y algunos de los soldados nos desviamos, saltando a la secci¨®n del pasillo antes de la esquina, pero los otros no tuvieron tanta suerte. La masa y el impulso de la criatura los empujaron a trav¨¦s de una pared. El ser se levant¨® de entre los escombros r¨¢pidamente, como si nada, y se fue contra nosotros. Los soldados de la Organizaci¨®n dispararon y se retiraron conmigo y Almeida, pero todos ¨¦ramos conscientes de que no pod¨ªamos escapar. This story has been taken without authorization. Report any sightings. Milagrosamente, o al menos eso me pareci¨®, el suelo podrido cedi¨® bajo el peso de la criatura, y ella cay¨® al piso inferior. Corrimos al hoyo para ver si hab¨ªa quedado fuera de combate, pero ya no la vimos. Seguramente se hab¨ªa levantado. Al menos nos librar¨ªamos de ella por un tiempo. De inmediato acudimos en ayuda de los soldados que hab¨ªan sufrido la embestida. Dos estaban muertos y los otros ten¨ªan m¨²ltiples fracturas. Almeida hizo una llamada para que alguien los recogiera, pero no interrumpi¨® la expedici¨®n. Una vez m¨¢s, los hombres armados revisaron todas las habitaciones de ese piso, mientras Almeida y yo esperamos. O¨ªmos algunos disparos, pero antes que pudi¨¦semos llegar a su origen, aparecieron dos soldados que nos dijeron que eran s¨®lo unos goblins. No se encontr¨® ninguna otra criatura en ese piso. Sin embargo, los soldados encontraron una peque?a puerta parcialmente escondida detr¨¢s de una estanter¨ªa rota. Detr¨¢s de ella, hab¨ªa unas estrechas escaleras que sub¨ªan hasta la oscuridad. Almeida sonri¨®. Ignorando la escalera que llevaba hasta el piso siguiente, decidi¨® subir por la escalera oculta. Una vez m¨¢s, los hombres armados siguieron adelante. Subimos durante varios minutos. Pronto se hizo evidente que aquellas escaleras evitaban los dos pisos superiores del convento y llevaban directamente al ¨¢tico. Finalmente llegamos a una puerta estrecha. Luz emerg¨ªa de la grieta debajo de ella, indicando que alguien o algo se encontraba detr¨¢s. Sin perder tiempo, los hombres de Almeida la derribaron, y luego entramos en el extenso ¨¢tico, que no ten¨ªa ninguna divisi¨®n. Bajo las tejas y las vigas de madera, se extend¨ªan innumerables cajas, arcas y muebles antiguos. Entre ¨¦stas, s¨®lo encontramos una criatura. Una de las figuras encapuchadas se sentaba detr¨¢s de un escritorio cubierto de libros, frascos de tinta, papel y plumas. Los soldados la rodearon, apuntando sus armas hacia ella, pero Almeida y yo nos quedamos inmovilizados. Era la primera vez que encontr¨¢bamos una de las Brujas de la Noche. Llevaba tanto tiempo busc¨¢ndolas que incluso dud¨¦ de mis ojos. - Ac¨¦rquese - dijo la criatura tranquilamente con una vez profunda y seca hacia Almeida, identificando correctamente el l¨ªder de nuestro grupo. - Necesito hablar con usted. Con cuidado Almeida se acerc¨® a ella, dejando su escritorio entre los dos. Yo lo segu¨ª. - ?Por qu¨¦ interfieren en nuestros asuntos? - dijo la criatura. - No tienen nada que ver con los de vuestra raza. - ?Y las muertes en Braga en los accidentes causados por vuestros trasgos?! - grit¨¦. - Da?os colaterales. Iba a responder, pero Almeida levant¨® una mano indic¨¢ndome que no dijera nada. - Hago parte de una Organizaci¨®n que tiene como misi¨®n ocultar vuestro mundo de los humanos comunes - le explic¨® a la Bruja de la Noche. - Algunas de vuestras acciones son muy visibles y nos han causado problemas. Me pregunto si... - Eso no nos interesa. Hacemos lo que tenemos que hacer para alcanzar nuestro objetivo. - Nosotros tambi¨¦n - respondi¨® Almeida. Sigui¨® un largo e inc¨®modo momento de silencio. - Piense en lo que le dije - dijo la Bruja de la Noche, por fin. - Si siguen interfiriendo en nuestros asuntos, habr¨¢ consecuencias. Antes que Almeida pudiera responder, la Bruja de la Noche hizo un gesto discreto con la mano y en el instante siguiente, est¨¢bamos de nuevo en el pasillo donde hab¨ªamos empezado nuestra exploraci¨®n, junto a la puerta hacia el exterior y al portal m¨¢gico. Almeida orden¨® inmediatamente a sus hombres que volvieran a revisar todo el convento, especialmente el ¨¢tico, pero ya no encontraron a la Bruja de la Noche ni a ninguna de sus criaturas. El lugar estaba, una vez m¨¢s, totalmente abandonado. Sin nada m¨¢s que hacer all¨ª, atravesamos el portal de vuelta al campamento. Desde all¨ª, un helic¨®ptero me llev¨® a Braga. De camino a casa, mis sentimientos estaban divididos entre satisfacci¨®n y miedo. ?Por fin hab¨ªamos encontrado a una de las Brujas de la Noche! Sin embargo, sus motivos y objetivos segu¨ªan siendo un misterio. De hecho, todo el secreto que la Bruja de la Noche mantuvo sobre el tema y su clara determinaci¨®n en lograr lo que quer¨ªan me asustaron a¨²n m¨¢s, aunque nos dio todas las garant¨ªas de que no ten¨ªa ninguna relaci¨®n con los humanos. A pesar de todo, fue un logro importante, y estaba convencido de que los misterios de las Brujas de la Noche eventualmente se revelar¨ªan. Despu¨¦s de todo, dudaba que las palabras de la Bruja de la Noche fueran suficientes para hacer que Almeida y la Organizaci¨®n se detuviesen. Desafortunadamente, ten¨ªa raz¨®n. Capítulo 25 - La Segunda Bruja Como esperaba, el intento de la Bruja de la Noche que encontramos en el Convento de Santa Clara de disuadir a la Organizaci¨®n de interferir en sus asuntos, no tuvo ning¨²n efecto. Al d¨ªa siguiente, Almeida me llam¨® para investigar otro portal. En el otro lado de los portales que atravesamos en los d¨ªas siguientes, no encontramos nada relevante. ?Por qu¨¦ las Brujas de la Noche hab¨ªan creado aquellas traves¨ªas? No ten¨ªamos forma de saberlo. Tal vez estaban relacionados con ataques abortados o s¨®lo eran para observaci¨®n y reconocimiento. S¨®lo uno se mostr¨® remotamente interesante, ya que llevaba hasta un punto cerca de la orilla del r¨ªo Lima, en las afueras de Viana do Castelo. Seguramente fuera de all¨ª que hab¨ªan lanzado el ataque al reino del Rey de los Islotes; pero, en aqu¨¦l momento, no nos ayudaba mucho. Finalmente, uno de los portales nos llev¨® a un lugar de oscuridad absoluta. Encendimos las linternas y luego nos dimos cuenta que nos encontr¨¢bamos en un t¨²nel. Las paredes, el techo y el suelo estaban formados por bloques y losas de granito. Est¨¢bamos demasiado profundo para que funcionaran los GPS y, sin una abertura por la que mirar, no ten¨ªamos forma de saber en qu¨¦ parte del pa¨ªs (o quiz¨¢s del mundo) nos encontr¨¢bamos. El t¨²nel se extend¨ªa en dos direcciones, por lo que Almeida eligi¨® una al azar y comenzamos nuestra exploraci¨®n. Sabiendo de nuestro encuentro con goblins y criaturas a¨²n peores, y de la muerte de sus compa?eros en Vila do Conde, los soldados de la Organizaci¨®n ataron sus linternas a sus armas y avanzaron con ¨¦stas en ristre. Hab¨ªamos caminado poco m¨¢s de cien de metros cuando nos encontramos con los primeros habitantes de aqu¨¦l t¨²nel. No se trataban de trasgos, goblins o cualquier otra criatura que hubi¨¦semos encontrado antes. Despu¨¦s de aquella misi¨®n, los llamamos trogloditas, porque eran vagamente parecidos a humanos, pero ten¨ªan cabezas chatas sin ojos y piel extremadamente p¨¢lida. Aparentemente, detectaron nuestra presencia antes de que los vi¨¦ramos, porque avanzaban con armas de madera y s¨ªlex en nuestra direcci¨®n. As¨ª que se acercaron, nos arrojaron lanzas y piedras afiladas, sin embargo, estas armas primitivas nada pod¨ªan hacer contra los cascos y el otro equipo de protecci¨®n que empezamos a usar despu¨¦s de la expedici¨®n a Vila do Conde. No obstante, las armas autom¨¢ticas de los soldados de la Organizaci¨®n, no ten¨ªan ning¨²n problema en matar a los trogloditas. Un par de r¨¢fagas los derrib¨® a todos. Pasamos por encima de sus cuerpos y continuamos nuestra exploraci¨®n. El t¨²nel cambi¨® de direcci¨®n poco despu¨¦s. Tambi¨¦n empez¨® a descender, aunque con una inclinaci¨®n muy sutil. Avanzamos durante m¨¢s de quince minutos, siempre en l¨ªnea recta, antes de ver el final del t¨²nel. ¨¦ste parec¨ªa desembocar en una caverna natural, pero no fue hasta que llegamos all¨ª que nos dimos cuenta de la verdadera dimensi¨®n de ¨¦sta. El techo se elevaba unos veinte metros sobre nuestras cabezas, muy por encima de lo del t¨²nel, y las paredes se encontraban centenas de metros hacia los lados y adelante de nosotros. Hab¨ªa estalactitas y estalagmitas en varios lugares, y entre ellas serpenteaban caminos de tierra comprimida por cientos de pies. Aunque, al principio, no vimos ninguno, era obvio que los trogloditas frecuentaban aqu¨¦l lugar en gran n¨²mero. Los soldados de la Organizaci¨®n formaron un per¨ªmetro alrededor de m¨ª y de Almeida, y, con cuidado, empezamos a explorar la caverna. No tardamos en encontrar a los primeros trogloditas. Un grupo de seis se reun¨ªa detr¨¢s de una estalagmita, hablando. Su lengua parec¨ªa extra?a y primitiva a nuestros o¨ªdos, pero por la forma como hablaban, parec¨ªan tener una conversaci¨®n trivial. De repente, se callaron. Al principio, no entendimos por qu¨¦, pero cuando empezaron a alejarse de nosotros, nos dimos cuenta que nos hab¨ªan detectado. Como no ten¨ªan ojos, era dif¨ªcil saber cu¨¢ndo se hab¨ªan dado cuenta de nuestra presencia. Los soldados de la Organizaci¨®n y yo miramos hacia Almeida esperando que nos dijera c¨®mo reaccionar. Sin embargo, la decisi¨®n no fue suya. Piedras afiladas comenzaron a caer sobre los soldados en la retaguardia. ¨¦stos respondieron con disparos de sus autom¨¢ticas, mientras sus compa?eros derribaron a los trogloditas que hab¨ªamos visto primero. S¨®lo entonces, con nuestros oponentes m¨¢s inmediatos derrotados, nos dimos cuenta realmente de la situaci¨®n en la que nos encontr¨¢bamos. A nuestro alrededor, se reun¨ªa una masa de trogloditas que se extend¨ªa hasta donde llegaba la luz de nuestras linternas. Y todos nos atacaron. Los soldados de la Organizaci¨®n empezaron a disparar, pero ni sus armas autom¨¢ticas pod¨ªan detener a todos los atacantes. Finalmente, las criaturas llegaron a los soldados y nos atacaron cuerpo a cuerpo. A pesar de la sustancial defensa del equipo protector de los hombres de Almeida, la enorme cantidad de ataques de los trogloditas hac¨ªa casi imposible que algunos no encontraran una junta o enmienda m¨¢s vulnerable. Est¨¢bamos a punto de ser aplastados, cuando un grito detuvo a las criaturas. Tan pronto se alejaron, empezamos a mirar alrededor en busca de nuestro salvador. En la pared de la caverna, a unos diez metros del suelo, encontramos una cueva m¨¢s peque?a. Destacada por la luz que emerg¨ªa del interior, vimos la forma encapuchada de una Bruja de la Noche. Ella hizo un gesto para que nos acerc¨¢ramos. La multitud de trogloditas nos abri¨® un paso, y nosotros, de forma lenta y mirando constantemente alrededor, lo atravesamos hasta llegar a la pared. - Suban - dijo La Bruja de la noche. - Quiero hablar con vosotros. Entonces, ella desapareci¨® hacia dentro de la cueva. Uno por uno, subimos usando los varios apoyos excavados en la pared. Como era de esperar, los soldados fueron delante y detr¨¢s de Almeida y yo. If you discover this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation. Cuando llegamos a la cima, la criatura nos esperaba sentada detr¨¢s de un escritorio cubierto de libros e instrumentos que no reconoc¨ª. Las paredes estaban cubiertas de estanter¨ªas, y hab¨ªa ba¨²les cerrados en varios puntos. Las similitudes con nuestro anterior encuentro con una Bruja de la Noche eran obvias. De hecho, no pod¨ªamos estar seguros de que esa no fuera la misma criatura. Como antes, los soldados rodearon y apuntaron sus armas a la Bruja de la Noche. S¨®lo entonces Almeida y yo nos acercamos. La criatura, que no se hab¨ªa movido o mostrado la m¨¢s m¨ªnima reacci¨®n desde nuestra llegada a la cueva, esper¨® hasta que nos encontr¨¢ramos junto al escritorio y luego dijo: - Ya les dijeron que no tenemos ning¨²n inter¨¦s en vuestra est¨²pida raza. ?Por qu¨¦ siguen interfiriendo en nuestros asuntos? - Ya les dijeron que vuestras acciones arriesgan revelar al p¨²blico un mundo que no est¨¢ preparado para conocer - respondi¨® Almeida. - No nos interesa que todos los hombres sepan de nuestra existencia, pero no podemos comprometer nuestros objetivos por eso. Son demasiado importantes. - Entonces seguiremos interfiriendo en vuestros asuntos y lucharemos si necesario - dijo Almeida. - No necesitamos m¨¢s enemigos, pero no crean que no vamos a responder. Hable con sus superiores, d¨ªgales lo que discutimos e intentemos evitar contratiempos y derramamiento de sangre innecesarios. - No creo que hablar con mis superiores vaya a hacer alguna diferencia. La Bruja de la Noche permaneci¨® en silencio durante unos minutos. Finalmente, dijo: - En ese caso, no vale la pena posponer vuestro fin. La criatura comenz¨® a mover sus manos para lanzar un hechizo. Los hombres de Almeida, entendiendo lo que ella estaba haciendo, no dudaron y abrieron fuego. Las balas, sin embargo, no parecieron tener ning¨²n efecto en la Bruja de la Noche m¨¢s que retrasar sus gestos. Despu¨¦s de lo que hab¨ªa visto en las batallas contra las Brujas de la Noche, su invulnerabilidad a las balas no me sorprendi¨®. Almeida, si qued¨® sorprendido, no lo demostr¨®, y r¨¢pidamente grit¨®: - ?Corran! Cuando llegamos a la salida de la cueva, dije: - Salten sobre los trogloditas. As¨ª lo hicimos. Afortunadamente, las criaturas ciegas no tuvieron tiempo de preparar sus armas, y sus cuerpos, junto con nuestras armaduras, fueron suficientes para aliviar nuestra sustancial ca¨ªda. Doloridos, nos levantamos y nos dirigimos al t¨²nel por el que hab¨ªamos entrado. Al principio, los trogloditas no intentaron detenernos ni perseguirnos, pero la Bruja de la Noche pronto apareci¨® en la entrada de su cueva y grit¨® algo en un idioma que yo no entend¨ªa. Tuvimos que abrir camino a la fuerza a trav¨¦s de los ¨²ltimos trogloditas de la multitud, y el resto nos persigui¨®, incluso hacia el interior del t¨²nel. Con los soldados de la Organizaci¨®n disparando constantemente hacia atr¨¢s, contra la horda que nos persegu¨ªa, corrimos hacia el portal que nos hab¨ªa transportado all¨ª. Afortunadamente, ¨¦ste no ten¨ªa ninguna bifurcaci¨®n, as¨ª que no hab¨ªa riesgo de perdernos durante la confusi¨®n de la fuga. Finalmente, llegamos a los cuerpos de los primeros trogloditas que hab¨ªamos encontrado, indicando que est¨¢bamos a punto de llegar al portal. La horda a¨²n nos persegu¨ªa, a pesar de las docenas de criaturas que los soldados hab¨ªan matado durante nuestra huida. A medida que nos acerc¨¢bamos al lugar de nuestra llegada, nos qued¨¢bamos m¨¢s y m¨¢s aliviados. Sin embargo, ese alivio se transform¨® gradualmente en desesperaci¨®n mientras recorr¨ªamos el t¨²nel sin que un portal nos llevara de nuevo al campamento. Finalmente, llegamos a una esquina, mostrando que hab¨ªamos recorrido todo el t¨²nel. De alguna manera, la Bruja de la Noche hab¨ªa cerrado el portal, encerr¨¢ndonos all¨ª. - ?Sigan corriendo! - grit¨® Almeida, con un toque de miedo en la voz. - Nos estamos quedando sin municiones - dijo uno de los soldados, insertando su ¨²ltimo cargador en el arma. Seguimos avanzando con la esperanza de encontrar una salida, pero despu¨¦s de la esquina, s¨®lo hab¨ªa otro t¨²nel oscuro; luego uno y otro m¨¢s... Los soldados empezaron a racionar las balas, disparando balas solitarias en lugar de r¨¢fagas, permitiendo que los trogloditas se acercaran cada vez m¨¢s. Y no hab¨ªa se?ales de que su persecuci¨®n se debilitara. La situaci¨®n estaba desesperada cuando vi lo que parec¨ªa ser un peque?o rayo de luz saliendo de la pared. Apunt¨¦ la linterna hacia all¨ª, revelando lo que parec¨ªa ser un arco sellado con piedras de granito y viejo cemento, muy diferente de los bloques de piedra que formaban el t¨²nel. La luz parec¨ªa salir de un peque?o orificio entre ellas. - Puede que sea una salida - dijo Almeida al darse cuenta de lo que yo hab¨ªa descubierto. - Derriben la pared bajo el arco - orden¨® enseguida a sus hombres. Sus soldados ejecutaron r¨¢pidamente su orden. Los que ten¨ªan menos municiones usaron la culata de sus rifles para derribar la pared, mientras los otros disparaban contra los trogloditas para mantenerlos a distancia. - ?R¨¢pido! - grit¨® Almeida. La primera piedra finalmente cay¨® hacia exterior, seguida r¨¢pidamente por las dem¨¢s. Una vez que se abri¨® un agujero lo suficientemente grande para pasar, emergemos, uno por uno, en un parque p¨²blico. Los transe¨²ntes se detuvieron a ver qu¨¦ pasaba. Seguro que nadie esperaba ver gente saliendo de un arco sellado Dios sabe cu¨¢ndo. - ?Salgan de aqu¨ª! ?Corran! - grit¨® Almeida a los civiles, mientras sus soldados se alineaban frente a la abertura y se preparaban para recibir a los trogloditas. La advertencia no funcion¨®. De hecho, los gritos de Almeida s¨®lo atrajeron m¨¢s curiosos. Afortunadamente, segundos pasaron y se convirtieron en minutos sin que hubiera se?ales de nuestros perseguidores. Al cabo de quince minutos, Almeida orden¨® a sus hombres que comprobaran lo que les hab¨ªa pasado a los trogloditas. Con cuidado, uno de los soldados meti¨® su linterna y arma, seguidas por su cabeza, en el agujero que hab¨ªamos usado para escapar del t¨²nel. Despu¨¦s de mirar en todas direcciones, se gir¨® hacia nosotros y dijo: - No veo a nadie. - ?Le temieron la luz del Sol? - coment¨® Almeida. - Parec¨ªan ciegos, pero tal vez el Sol les afecte de otra manera - respond¨ª yo. Despu¨¦s de determinar d¨®nde nos encontr¨¢bamos con la ayuda del GPS, Almeida pidi¨® refuerzos por tel¨¦fono. Yo no necesit¨¦ instrumentos electr¨®nicos para saber d¨®nde est¨¢bamos. El muro, los ca?ones, las calles estrechas y antiguas, el puente de acero sobre el r¨ªo, todos esos elementos no dejaban duda: est¨¢bamos en Valen?a, m¨¢s precisamente en la parte vieja de la ciudad. Una hora despu¨¦s, lleg¨® un helic¨®ptero, seguido a la brevedad por varios camiones llenos de soldados. Bajo las ¨®rdenes de Almeida, ellos aislaron la entrada al t¨²nel y comenzaron a explorarlo cazando a la Bruja de la Noche y sus trogloditas. El helic¨®ptero me llev¨® a Braga, as¨ª que no me qued¨¦ a ver qu¨¦ pas¨® despu¨¦s, pero Almeida m¨¢s tarde me dijo que sus hombres no encontraron ni a la Bruja de la Noche ni a ning¨²n troglodita. Incluso los cuerpos de las criaturas que hab¨ªamos matado hab¨ªan desaparecido. Sin embargo, los hombres de la Organizaci¨®n encontraron un complejo de t¨²neles que parec¨ªa entenderse por todo el norte de Portugal y Galicia y quiz¨¢s m¨¢s all¨¢. Seg¨²n Almeida, explorarlo llevar¨ªa a?os. Una vez m¨¢s, las Brujas de la Noche dijeron y mostraron que no quer¨ªan involucrarnos en sus asuntos. Despu¨¦s de echarnos de sus t¨²neles, la Bruja de la Noche desapareci¨® junto con las criaturas bajo su mando y cualquier se?al de su presencia all¨ª. Todo para ocultarnos sus objetivos. Por supuesto, ese esfuerzo s¨®lo aument¨® mi curiosidad y la determinaci¨®n de la Organizaci¨®n en descubrir lo que estaba pasando. Aunque a¨²n no ten¨ªamos grandes pistas, esperaba que todo se revelar¨ªa pronto. Si hubiera sabido lo que s¨¦ hoy, habr¨ªa aprovechado la oportunidad para dejarlo. Capítulo 26 - La Tercera Bruja A pesar de los intentos de las Brujas de la Noche de alejarnos de sus asuntos, la Organizaci¨®n y yo seguimos explorando los portales que part¨ªan del campamento abandonado en el Ger¨ºs. Despu¨¦s de algunas expediciones infructuosas, encontramos otro lugar de inter¨¦s. En cuanto cruzamos el portal, nos encontramos en un camino pavimentado. Inmediatamente me di cuenta de d¨®nde est¨¢bamos: en el mirador en la cima del Monte de Madalena, con su inconfundible panorama sobre el r¨ªo Lima y el pueblo de Ponte de Lima. De ni?o, hab¨ªa ido all¨ª muchas veces con mis padres a comer al restaurante. ¨¦ste, sin embargo, para mi disgusto, hab¨ªa sido abandonado y destrozado. Todas sus ventanas estaban rotas, y sus puertas derribadas. Bajo la arcada en su cara norte se amontonaban sillas y mesas de pl¨¢stico cubiertas de hojas y barro. Grafiti cubr¨ªa la mayor¨ªa de sus paredes, tanto exteriores como interiores. Decidimos empezar a explorar el restaurante por lo que parec¨ªa el lugar m¨¢s probable para una de las Brujas de la Noche esconderse. Entramos por la planta baja a trav¨¦s de una de las enormes ventanas rotas que formaban una de las paredes del antiguo bar del restaurante. Los espejos detr¨¢s del mostrador estaban rotos, y restos de botellas estaban echados por el suelo, junto con sillas y mesitas rotas. No hab¨ªa nada de inter¨¦s para nosotros all¨ª, as¨ª que atravesamos la puerta detr¨¢s del mostrador, que r¨¢pidamente descubrimos que llevaba a lo que parec¨ªa haber sido la cocina. Llegamos justo a tiempo de ver desaparecer una peque?a sombra en el hueco del ascensor de comida. De que se trataba exactamente, no logramos ver, y cuando los soldados de Almeida miraron por el hueco del ascensor, no vieron nada, pero una cosa estaba clara: era una de las criaturas de las Brujas de la Noche. Hab¨ªa platos rotos, ollas y sartenes esparcidos por el suelo. Despu¨¦s de una r¨¢pida b¨²squeda para ver si encontr¨¢bamos algo que nos interesara, subimos por las escaleras de servicio. En el piso de arriba, encontramos un peque?o cuarto, incluso m¨¢s peque?o que la cocina, donde los camareros deb¨ªan haber preparado los platos antes de llevarlos al comedor. Cuando llegamos, a¨²n vimos la puerta cerrarse, as¨ª que fuimos inmediatamente en persecuci¨®n. Pero apenas salimos de la habitaci¨®n, nos congelamos. Frente a nosotros, esparcidos por el comedor, entre sillas y mesas rotas, hab¨ªa m¨¢s de un centenar de criaturas, cada una comiendo carne cruda de animales aut¨®ctonos a aquellas colinas: liebres, ardillas, p¨¢jaros, zorros e incluso murci¨¦lagos. Entre los seres, hab¨ªa trasgos y goblins, as¨ª como dos similares a los que nos persiguieron en el Convento de Santa Clara. Sin embargo, la mayor¨ªa eran peque?as criaturas humanoides, de menos de un metro de altura, con el cuerpo cubierto de pelo negro. Ten¨ªan un hocico que mezclaba las caracter¨ªsticas de un perro con las de un gato, lo que llev¨® la Organizaci¨®n a bautizarlos (sin gran imaginaci¨®n, hay que admitirlo) de guerros. As¨ª que las criaturas se dieron cuenta de nuestra presencia, dejaron sus grotescas comidas y se volvieron hacia nosotros. Almeida me arrastr¨® hacia atr¨¢s, y sus hombres, no corriendo riesgos, abrieron fuego inmediatamente. Las autom¨¢ticas de los soldados derribaron a varios seres, pero ¨¦stos cargaron contra nosotros y eran demasiados para que las balas los detuvieran a todos. Regresamos al cuarto de servicio, esperando que la puerta creara un punto estrecho que permitiera a los soldados enfrentar menos criaturas a la vez. Al principio, el plan funcion¨®, con goblins, trasgos y guerros siendo abatidos apenas entraban en la habitaci¨®n. Sin embargo, cuando una de las criaturas m¨¢s grandes (que yo bautic¨¦ como ogrones, en honor de unos monstruos de la serie televisiva Doctor Who) entr¨®, la situaci¨®n cambi¨®. A pesar del torrente de balas que le acertaba, la criatura sigui¨® avanzando hacia nosotros, casi sin desacelerar. No cay¨® hasta que lleg¨® a menos de un metro de nosotros y uno de los soldados de Almeida solt¨® una r¨¢faga contra sus ojos. Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator. Aunque el ogron fue derrotado, el tiempo que se tard¨® en derribarlo fue suficiente para que muchas otras criaturas entraran en la habitaci¨®n. Estas eran demasiadas y estaban demasiado cerca para que pudi¨¦ramos derribarlas a todas antes de que llegaran a nosotros. Por lo tanto, Almeida orden¨® una retirada hacia la otra puerta, y con los soldados disparando constantemente para, al menos, ganar algo de tiempo;, as¨ª lo hicimos. Apenas hab¨ªamos dado algunos pasos cuando esta segunda puerta se abri¨®, dando paso a m¨¢s criaturas, encabezadas por otro ogron. Con la ruta de escape m¨¢s obvia cortada, Almeida orden¨® a sus hombres que formaran un semic¨ªrculo alrededor de la ventana m¨¢s cercana. Uno de ellos us¨® la culata de su arma para romper lo que quedaba del cristal y del armaz¨®n. Luego le pidi¨® a un camarada que sostuviera uno de los extremos de su rifle y lo us¨® para bajarse hasta un punto del que fuera seguro saltar al suelo. Mientras algunos de los soldados disparaban para retrasar a las criaturas que se acercaban, otros dos lograron salir y bajar. Sin embargo, era obvio que no ¨ªbamos a poder salir todos por all¨ª antes de que los esbirros de las Brujas de la Noche nos alcanzaran. - ?Sal de aqu¨ª! -me dijo Almeida. - ?R¨¢pido! Sin dudarlo, sal¨ª por la ventana y, agarr¨¢ndome de la barandilla para poder bajar lo m¨¢ximo posible, me dej¨¦ caer. Los soldados que descendieron antes de m¨ª me cogieron. En seguida, ellos corrieron hacia el otro lado del edificio para atacar por la retaguardia a las criaturas que amenazaban sus compa?eros. Yo estaba desarmado, as¨ª que me dirig¨ª al frente del restaurante, donde ten¨ªa una ruta directa de escape hacia el portal, y esper¨¦. Durante varios minutos, o¨ª disparos y gritos venidos del interior. Luego, volvi¨® el silencio. La lucha hab¨ªa terminado. Y yo s¨®lo pod¨ªa esperar a ver qui¨¦n hab¨ªa ganado. Pasado alg¨²n tiempo, vi algo moverse en las sombras m¨¢s all¨¢ de la puerta de la cocina. Cuando este bulto emergi¨®, suspir¨¦ de alivio. Era uno de los soldados de la Organizaci¨®n. Varios de sus compa?eros aparecieron justo detr¨¢s, junto con Almeida. - Ya limpiamos el interior - dijo ¨¦ste cuando se acerc¨®. - Pero parece que no hay ninguna Bruja de la Noche aqu¨ª. - A¨²n hay un lugar donde no buscamos. Llev¨¦ a Almeida y a sus hombres a la peque?a capilla construida justo debajo del restaurante. Del mirador no era muy visible, porque los ¨¢rboles cubr¨ªan su parte trasera. Yo s¨®lo sab¨ªa de su existencia porque ya hab¨ªa estado presente en dos matrimonios realizados en ella, cuando el restaurante estaba en su apogeo. El camino m¨¢s directo, que implicaba bajar unas escaleras y cruzar un sendero, estaba impasable debido al crecimiento de la vegetaci¨®n, as¨ª que tuvimos que usar el acceso principal. Volvimos casi al lugar donde el portal nos dejara y entramos en un camino pavimentado que pasaba directamente por debajo del mirador y nos llev¨® a la peque?a capilla. A diferencia del restaurante, ¨¦sta no estaba destrozada. De hecho, bastar¨ªa una pintura para dejarla como nueva. Subimos por la escalera hasta su peque?o adro e intentamos mirar hacia el interior a trav¨¦s de las dos peque?as ventanas delanteras, pero s¨®lo vimos oscuridad. Algo del otro lado bloqueaba la visi¨®n. - Derriben la puerta - orden¨® Almeida. Pateando, los hombres de Almeida no tardaron en abrir la puerta. Como el exterior, el interior parec¨ªa intacto. Bancos de madera a¨²n se alineaban a ambos lados de un estrecho pasillo que llevaba al altar. Detr¨¢s de ¨¦ste, una cruz con una imagen de cristo colgaba de la pared. El ¨²nico elemento extra?o era una mesa de madera colocada a la derecha del altar, a la que se sentaba la figura encapuchada de una Bruja de la Noche. - Veo que no hab¨¦is aprendido a escuchar lo que os dijimos - dijo la criatura con una voz profunda y seca. - Tal vez yo pueda ense?aros. Almeida a¨²n intent¨® responder, pero la Bruja de la Noche empez¨® a lanzar un hechizo y lo ignor¨®. - ?Atr¨¢s! ?Salgan de aqu¨ª! - grit¨® Almeida. Algunos de sus hombres se hab¨ªan adelantado y ya se encontraban medio camino hacia la puerta. A¨²n as¨ª, nadie logr¨® escapar. El hechizo de aquella Bruja de la Noche tard¨® mucho menos en lanzarse que el de su camarada que encontramos en los t¨²neles bajo Valen?a. Una r¨¢faga de viento sopl¨® del altar y cerr¨® la puerta. Los primeros soldados de la Organizaci¨®n que la alcanzaron intentaron abrirla, pero no pudieron. Iban a empezar a intentar destruirla con sus armas, cuando una segunda r¨¢faga, mucho m¨¢s poderosa que la primera, lleg¨® hasta nosotros y nos tir¨® contra la pared como si fu¨¦ramos harapos. Los bancos y parte de las decoraciones nos acertaron en seguida. De no haber sido por nuestro equipo de protecci¨®n, habr¨ªamos muerto o, al menos, quedado gravemente heridos. El viento sigui¨® soplando y aplast¨¢ndonos contra la pared. Era tan fuerte que nos imped¨ªa de caer. Yo cada vez ten¨ªa m¨¢s dificultad para respirar. Finalmente, cuando sent¨ª que estaba a punto de perder el conocimiento, el viento se detuvo y ca¨ªmos al suelo, entre todas las piezas de muebles que hab¨ªan sido lanzadas contra nosotros. Como era de esperar, la Bruja de la Noche ya hab¨ªa desaparecido. Almeida pidi¨® refuerzos y revis¨® cada cent¨ªmetro de la capilla, del restaurante y del monte circundante. Una vez m¨¢s, todas las se?ales de que la Bruja de la Noche y sus criaturas hab¨ªan estado all¨ª hab¨ªan desaparecido. Y a¨²n no ten¨ªamos pistas sobre sus objetivos. Capítulo 27 - La Cuarta Bruja A nuestra expedici¨®n a Ponte de Lima, se siguieron, como siempre, algunas otras donde pocas se?ales encontramos de las Brujas de la Noche. Sin embargo, eventualmente, un portal nos llev¨® a otra de las criaturas. A diferencia de los anteriores, que nos dejaron algo lejos de los lugares donde las Brujas de la Noche y sus esbirros se concentraban, ¨¦ste nos llev¨® directamente a un campamento. ¨¦ste se parec¨ªa a aquel de donde partimos, en el Ger¨ºs, con varios refugios improvisados construidos bajo una arboleda, pero era sustancialmente m¨¢s peque?o. Adem¨¢s, no estaba abandonado. Goblins, trasgos, ogrones, ogros e incluso gigantes estaban esparcidos por todas partes. Por un momento, apart¨¦ la mirada del campamento, tratando de averiguar d¨®nde nos encontr¨¢bamos. Entre los ¨¢rboles, r¨¢pidamente vi dos estructuras familiares: el Puente y la Iglesia de S?o Gon?alo. Est¨¢bamos en Amarante, m¨¢s exactamente en lo m¨¢s grande de los dos islotes en el centro del r¨ªo T¨¢mega. Como era de esperar, hab¨ªa algunas personas en la orilla y en el viejo Puente de S?o Gon?alo, y uno u otro coche pasaba por el puente nuevo, que cruzaba el r¨ªo por encima del islote, pero nadie parec¨ªa extra?ar la presencia de las criaturas de las Brujas de la Noche. Algo deb¨ªa ocultar los ocupantes del islote de los habitantes de la ciudad. Desafortunadamente, a nosotros nada nos ocultaba de los monstruos. Antes de que pudi¨¦ramos encontrar cobertura, un goblin nos vio y dio la alarma. La atenci¨®n de todas las criaturas se volvi¨® hacia nosotros, y algunas empezaron a acercarse con las armas preparadas. Los soldados de Almeida levantaron sus rifles autom¨¢ticos para defenderse. A pesar de que despu¨¦s de cada encuentro con las Brujas de la Noche, nuestro contingente de soldados siempre ha sido incrementado, dudaba de que fueran suficientes para derrotar a la horda delante de nosotros. Las criaturas comenzaban a ganar velocidad cuando un chillido detr¨¢s de ellas las detuvo. R¨¢pidamente, se dividieron y abrieron camino hasta una enorme tienda de campa?a, el ¨²nico refugio del campamento que no hab¨ªa sido improvisado con materiales locales. Ante ¨¦ste, se encontraba la figura encapuchada de una Bruja de la Noche. En silencio, con sus largas ropas negras arrastr¨¢ndose por el suelo, ella se acerc¨® flotando. Cuando cruz¨® las l¨ªneas de sus criaturas, se detuvo. Por un momento, se qued¨® all¨ª, inm¨®vil y silenciosa como una estatua. La mir¨¢bamos sin saber qu¨¦ hacer. Almeida abri¨® la boca varias veces. Si para dar ¨®rdenes o hablar con la Bruja de la Noche, no puedo decirlo, pero al final no dijo nada. Por fin, la Bruja de la Noche emiti¨® un chillido penetrante, y las criaturas detr¨¢s de ella cargaron contra nosotros. La indecisi¨®n de Almeida desapareci¨® de inmediato. - ?Retirada! - grit¨®. Corremos hacia el portal, situado a s¨®lo un par de metros detr¨¢s de nosotros. Sin embargo, cuando llegamos all¨ª, no fuimos transportados de vuelta al Ger¨ºs. Como su camarada (?o ser¨ªa la misma criatura?) en Valencia, la Bruja de la Noche hab¨ªa hecho desaparecer el portal. Al principio, nos quedamos at¨®nitos, sin saber bien qu¨¦ hacer, pero luego los soldados empezaron a disparar a los atacantes. Como yo hab¨ªa predicho, incluso con todos los rifles autom¨¢ticos y la pistola de Almeida disparando, la horda sigui¨® acerc¨¢ndose, entre otras cosas porque inclu¨ªa varios monstruos grandes que s¨®lo pod¨ªan ser abatidos por una gran cantidad de balas. Almeida mir¨® alrededor, buscando una forma de sacarnos de aquella situaci¨®n. A rega?adientes, finalmente eligi¨® la ¨²nica soluci¨®n posible. - Ret¨ªrense a la ciudad - grit¨®. Con los soldados disparando constantemente, retrocedimos hasta el agua. El caudal del r¨ªo estaba bajo, por lo que no ser¨ªa dif¨ªcil cruzar el vado hasta la orilla junto al mercado de la ciudad. Curiosamente (o quiz¨¢ no), as¨ª que salimos del islote, dejamos de ver y escuchar a nuestros perseguidores. Se trataba, sin duda, de los efectos del hechizo que ocultaba su presencia de los habitantes de Amarante. Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. Cuando llegamos a la ciudad, simplemente esperamos. Ten¨ªamos alguna esperanza de que las criaturas de la Bruja de la Noche no nos siguieran hacia fuera de su campamento, pero ellos entraron en el agua sin ni siquiera desacelerar. Los soldados de la Organizaci¨®n inmediatamente volvieron a abrir fuego. El ruido de los disparos empez¨® a atraer la atenci¨®n de los transe¨²ntes. Afortunadamente, era el medio de la tarde de un d¨ªa de semana, por lo que las calles estaban casi vac¨ªas. Sin embargo, como era de esperar, los pocos que vieron a los monstruos que nos persegu¨ªan, despu¨¦s de un momento de incredulidad, huyeron en p¨¢nico. Seguramente pronto llamar¨ªan a familiares y amigos o incluso a la prensa. La situaci¨®n podr¨ªa convertirse en la peor pesadilla de la Organizaci¨®n. Pero, en aquel momento, ten¨ªamos mayores preocupaciones. Incluso con el agua desacelerando el avance de nuestros atacantes, las balas no pod¨ªan derribar los suficientes como para evitar que se acercaran m¨¢s y m¨¢s. - Ret¨ªrense al centro hist¨®rico - orden¨® Almeida. As¨ª lo hicimos. Incluso para m¨ª, un lego en t¨¢cticas, el plan de Almeida era obvio. ¨¦l esperaba que las calles estrechas y las constantes subidas del centro de Amarante ayudaran a compensar la sustancial ventaja num¨¦rica de las criaturas. Con los soldados disparando constantemente, retrocedimos hacia el estrecho pasaje que separaba la Iglesia del Puente de S?o Gon?alo. Fue unos diez metros m¨¢s all¨¢ de ¨¦ste, en el medio de la plaza llamada Pra?a da Rep¨²blica, donde los hombres de Almeida formaron una l¨ªnea de tiro. Inmediatamente, empezaron a disparar a las criaturas que intentaban cruzar el pasaje, contando con ¨¦ste para dejar pasar s¨®lo algunos enemigos a la vez y as¨ª ayudar a compensar nuestra desventaja. Al principio, la t¨¢ctica funcion¨®. Goblins, trasgos e incluso ogrones atravesaban el pasaje y eran derribados inmediatamente por la lluvia de balas de los soldados, ni siquiera teniendo oportunidad de acercarse. Sin embargo, cuando llegaron los primeros gigantes y ogros, la situaci¨®n cambi¨®. Estas criaturas eran lo suficientemente grandes como para cruzar la cornisa del puente, que delimitaba uno de los lados del pasaje, y obligaron a los soldados a dividir sus disparos. Uno de los gigantes incluso arranc¨® una de las piedras del puente y la lanz¨® contra nosotros, matando a tres de los hombres de Almeida. ¨¦ste, despu¨¦s de estas bajas y al ver que el enemigo estaba cada vez m¨¢s cerca, orden¨® una nueva retirada. Esta vez, entramos en la estrecha calle que llevaba a la cima del centro hist¨®rico y, con los soldados disparando continuamente, subimos a la peque?a plaza frente a la Iglesia do Senhor dos Aflitos. Desde all¨ª, los hombres de Almeida pod¨ªan disparar a todas las criaturas que hab¨ªan invadido la Pra?a da Rep¨²blica, incluso los gigantes, desde una posici¨®n elevada. Las criaturas, por supuesto, nos siguieron, pero como el paso entre el convento y el puente, la calle estrecha limitaba el n¨²mero de enemigos que pod¨ªan llegar a la plaza al mismo tiempo. Y ahora no hab¨ªa un atajo obvio para los monstruos m¨¢s grandes. Durante los minutos siguientes, los soldados derribaron varias criaturas sin que ninguno de sus ataques se acercara a nosotros. Hasta uno de los gigantes cay¨®. Sin embargo, nuestro enemigo pronto se dio cuenta de que ten¨ªa que cambiar su enfoque, y las criaturas comenzaron a entrar en las otras calles adyacentes a la Pra?a da Rep¨²blica en busca de otra forma de llegar a nosotros. Yo conoc¨ªa aquella ciudad lo bastante como para saber que, aunque tardar¨ªan alg¨²n tiempo, eventualmente encontrar¨ªan el camino que llevaba a nuestra retaguardia. Estaba a punto de informar de eso a Almeida, cuando ¨¦ste grit¨®: - ?Retirada! Supongo que lleg¨® a la misma conclusi¨®n que yo. Subimos la calle que llevaba desde la plaza donde nos encontr¨¢bamos hasta el antiguo Monasterio de Santa Clara, con los soldados, una vez m¨¢s, disparando constantemente hacia atr¨¢s. Cuando llegamos al siguiente cruce, ya vimos a lo lejos la fuerza enviada para rodearnos. Parte de lo que una vez fue el monasterio, hab¨ªa sido transformado siglos despu¨¦s en una casa residencial, que ahora serv¨ªa como Biblioteca Municipal. La bibliotecaria, al vernos correr a trav¨¦s de los vidrios que formaban las paredes de la planta baja, se levant¨® de su escritorio, pero al ver a las criaturas que nos persegu¨ªan, se escondi¨® debajo del mismo. Afortunadamente, no parec¨ªa haber nadie m¨¢s en el edificio para ver lo que el p¨²blico no deb¨ªa saber que exist¨ªa. Pasamos por el estrecho pasillo entre la biblioteca y las ruinas de una capilla que, anta?o, hab¨ªa pertenecido al monasterio y subimos a la cima de unos muros revelados por una excavaci¨®n arqueol¨®gica reciente, buscando un punto elevado que nos trajera alguna ventaja t¨¢ctica. Los hombres de Almeida siguieron disparando a las criaturas, intentando evitar que subieran a nuestras posiciones. Los gigantes y los ogros m¨¢s grandes eran los ¨²nicos que pod¨ªan alcanzarnos sin tener que trepar, y causaron algunas bajas. Aun as¨ª, no eran muchos, y el fuego concentrado de los soldados, especialmente cuando era apuntado a sus cabezas, lograba derribarlos. Uno u otro proyectil lanzado por las criaturas m¨¢s peque?as logr¨® alcanzar un punto d¨¦bil del equipo protector que yo y los hombres de la Organizaci¨®n llev¨¢bamos, pero poca influencia tuvieron en el combate. Finalmente, por primera vez desde nuestra llegada a Amarante, la situaci¨®n parec¨ªa estar bajo control. Mi ¨²nico temor era que los soldados se quedaran sin municiones. Despu¨¦s de todo, hab¨ªan estado disparando casi continuamente durante m¨¢s de quince minutos. Afortunadamente, el ataque de los monstruos comenz¨® a debilitarse antes de que eso ocurriera. Nuevas criaturas dejaron de unirse al ataque, y el resto se retir¨®. Con cuidado, temiendo una posible emboscada, descendemos de vuelta al r¨ªo. Aparte de algunos cuerpos, muchos menos de los que los soldados hab¨ªan derribado, no vimos ninguna se?al del enemigo. As¨ª que cruzamos hasta el islote donde estaba el campamento. Las criaturas que, cuando llegamos, lo llenaban hab¨ªan desaparecido por completo. S¨®lo los refugios abandonados mostraban que todo aquello no hab¨ªa sido solamente una ilusi¨®n. Almeida quit¨® su tel¨¦fono del bolsillo y llam¨® a un helic¨®ptero para recogerme y refuerzos para ayudar a ocultar lo que hab¨ªa pasado en Amarante. Estoy seguro que, en condiciones normales, ¨¦sta ya no ser¨ªa una tarea envidiable, pero despu¨¦s de todas las personas que hab¨ªan visto a las criaturas ese d¨ªa, se convertir¨ªa en herc¨²lea. Sub¨ª al helic¨®ptero que me llevar¨ªa de vuelta a Braga y despegamos a tiempo para ver los camiones con refuerzos llegar al Puente de S?o Gon?alo. Desafortunadamente, no est¨¢bamos m¨¢s cerca de descubrir los objetivos de las Brujas de la Noche, y el campamento en el Ger¨ºs se estaba quedando sin portales para explorar. Capítulo 28 - La Quinta Bruja Durante nuestras expediciones a trav¨¦s de los portales en el campamento abandonado de Ger¨ºs, ya hab¨ªamos encontrado la guarida de cuatro de las Brujas de la Noche. No que eso nos hubiera ayudado a detenerlas o incluso a entender cu¨¢les eran sus objetivos. Lo ¨²nico que sab¨ªamos era que no quer¨ªan involucrarnos ni que nosotros nos involucr¨¢ramos. Sin embargo, nos faltaba encontrar a la quinta bruja, por lo que a¨²n hab¨ªa posibilidades de obtener respuestas, a pesar de que est¨¢bamos quedando sin portales en el campamento abandonado. Finalmente, tuvimos suerte, si uno puede usar esa palabra para describir lo que sucedi¨® a continuaci¨®n. Como hab¨ªamos hecho tantas veces antes, atravesamos uno de los portales y, en un instante, nos encontramos en un lugar completamente diferente. Est¨¢bamos entre las ruinas de lo que parec¨ªa haber sido un castillo, en lo alto de una peque?a meseta. Una muralla baja, que claramente se hab¨ªa reducido con el paso de los a?os, rodeaba el amplio espacio, que estaba lleno de lo que quedaba de los cimientos de edificios hace mucho tiempo desaparecidos. Reconoc¨ª de inmediato que aquel era el castillo de Castro Laboreiro, pues ya lo hab¨ªa visitado varias veces. Como siempre, inmediatamente comenzamos a investigar el lugar, buscando cualquier indicio de las Brujas de la Noche o sus siervos. Hab¨ªan pasado menos de cinco minutos cuando, de repente, o¨ªmos un estruendo distante, semejante a un trueno. Sin embargo, el cielo estaba despejado, por lo que de inmediato descartamos la posibilidad de que fuera una tormenta. El grito de uno de los soldados que nos acompa?aba nos alert¨® de un punto en el cielo que se acercaba. Este r¨¢pidamente se convirti¨® en cinco figuras de negro encapuchadas. A una orden de Almeida, los soldados les apuntaron los fusiles. No hizo ninguna diferencia. Antes de que estuvieran al alcance de las armas, cada Bruja de la Noche lanz¨® una bola de llamas a gran velocidad contra nosotros. Apenas tuvimos tiempo de agacharnos detr¨¢s de las murallas y muros en ruinas antes de que llegaran a la cima de la meseta. The narrative has been illicitly obtained; should you discover it on Amazon, report the violation. Explosiones estallaron a nuestro alrededor, esparciendo llamas y arrojando tierra y piedras en todas direcciones. Algunos soldados cayeron, consumidos por el fuego o golpeados por metralla. Y el bombardeo continu¨®, con las Brujas de la Noche lanzando un torrente abrumador de hechizos explosivos, sin dar a los soldados la oportunidad de responder. Solo hab¨ªa una cosa que Almeida pod¨ªa hacer: ¨D ?Retirada! ¨D grit¨®. Haciendo todo lo posible para evitar las explosiones a nuestro alrededor, Almeida, yo y los soldados sobrevivientes corrimos hacia el portal, esperando que este todav¨ªa estuviera all¨ª. Tal era la intensidad del bombardeo, que no tuvimos oportunidad de ayudar a los heridos, y quien lo intent¨® fue inmediatamente derribado. Con gran alivio, logr¨¦ llegar al portal ileso e instant¨¢neamente me encontr¨¦ en el campamento abandonado, lejos de lo que claramente hab¨ªa sido una trampa de las Brujas de la Noche. Almeida surgi¨® poco despu¨¦s, cojeando, probablemente golpeado por metralla. De los quince soldados que nos hab¨ªan acompa?ado, solo dos regresaron. Desafortunadamente, no cruzaron el portal solos. Tras ellos surgieron, una a una, las Brujas de la Noche. Estas se elevaron inmediatamente por encima de los hombres de la Organizaci¨®n que guardaban y estudiaban el campamento abandonado y empezaron a lanzar sus bolas de llamas. Los soldados respondieron con sus escopetas autom¨¢ticas, pero las criaturas volaban demasiado alto y r¨¢pido para que lograsen acertarles. Los hombres y el equipo fueron envueltos y destruidos por explosiones de llamas. Sin poder hacer nada, me refugi¨¦ detr¨¢s del ¨¢rbol con el tronco m¨¢s ancho que encontr¨¦ y esper¨¦ desesperadamente que no me acertaran. Aunque pareci¨® m¨¢s tiempo, mi reloj mostr¨® que el ataque no dur¨® ni diez minutos. Cuando termin¨®, toda la infraestructura ¨Dtiendas de campa?a, computadoras, veh¨ªculos, etc.¨D de la Organizaci¨®n hab¨ªa sido destruida, y m¨¢s de dos tercios de sus efectivos yac¨ªan muertos. Almeida hab¨ªa sobrevivido, aunque con un brazo severamente quemado. Solo yo y dos personas m¨¢s tuvimos la suerte de escapar ilesos. Las Brujas de la Noche hab¨ªan desaparecido por el portal, y nadie se hab¨ªa atrevido a perseguirlas. Era obvio que aquel ataque hab¨ªa sido una respuesta a nuestra intromisi¨®n en sus asuntos. Almeida, a pesar de sus heridas, comenz¨® de inmediato a restablecer el orden. Llam¨® a helic¨®pteros para evacuar a los heridos y luego a otro para llevarme de regreso a Braga. Pas¨¦ el viaje pensando en lo que aquel ataque significaba para la investigaci¨®n de la Organizaci¨®n sobre las Brujas de la Noche. Almeida no se pronunci¨® al respecto y, dada la situaci¨®n, no le pregunt¨¦. Tambi¨¦n dudo que tuviera una respuesta que darme en aquel momento. Solo el tiempo la traer¨ªa.