《La Historia del Reino de Clarice (Español)》 Eira 1 Eira se llev¨® la temblorosa taza de t¨¦ a sus labios, incapaz de reaccionar de otra forma ante las noticias que le acababan de llegar. Su semblante se mantuvo inexpresivo, neutro, como el de la reina digna que era. Bebi¨® un sorbo de su t¨¦ de jazm¨ªn antes de posar la delicada taza de porcelana de vuelta a su plato. Con elegancia, la coloc¨® sobre la mesa y recompuso su postura en su totalidad: cabeza alta, hombros atr¨¢s y una mirada indiferente en direcci¨®n a la doncella que temblaba ante ella. - ?Podr¨ªa hacer el favor de repetir lo que ha dicho? - la muchacha trag¨® saliva y cerr¨® los pu?os, con miedo a que su majestad la reprendiera. - Su majestad ha regresado de la caza en compa?¨ªa de la hija del conde L''Esplanade. Un silencio inc¨®modo se apoder¨® de la estancia. La doncella era incapaz de mirar a los ojos de su se?ora y dirig¨ªa su mirada al dobladillo de su vestido, sintiendo con cada cent¨ªmetro de su piel la mirada que la reina le estaba dirigiendo. Eira respir¨® profundamente, no dando cr¨¦dito a sus palabras. Guard¨® recelosa sus sentimientos sobre este asunto en el interior de su coraz¨®n y decidi¨® no romper en un estallido de furia. Aclar¨® su garganta y llev¨® su fino pa?o de seda a sus labios, secando los pr¨¢cticamente inexistentes restos de t¨¦ que all¨ª podr¨ªa haber. - ?Sabe algo m¨¢s? - No, su majestad - Eira capt¨® un peque?o titubeo en la doncella antes de que contestara. Decidi¨® guardar silencio, haciendo sentir inc¨®moda a la muchacha y as¨ª pudiera soltar algo m¨¢s de informaci¨®n sin ped¨ªrselo expl¨ªcitamente. Aquel juego mental no era nada nuevo para ella. - Bueno, en verdad... he o¨ªdo que... El rey y ella han... se han enamorado a primera vista. Una de las doncellas que estaba recogiendo el servicio de la reina dej¨® caer la bandeja con el juego de t¨¦ que ten¨ªa entre sus manos, sorprendida. Tras el ruido de la porcelana contra el suelo de m¨¢rmol, en aquella estancia solo se pod¨ªa escuchar el tik-tak del reloj. Eira se hab¨ªa preparado para este d¨ªa, pero no pensaba que fuera tan pronto. Su matrimonio no fue fruto del amor, pero a¨²n as¨ª era inevitable no sentir algo de nerviosismo. Se levant¨® con orgullo de su silla e hizo un gesto para que la ayudaran a prepararse para salir de aquella estancia y saludar al monarca que estaba por llegar. Desde las ventanas del palacio no se divisaba ning¨²n carruaje en el jard¨ªn, pero era cuesti¨®n de tiempo de que el rey hiciera su regreso. Eira decidi¨® vestirse con un vestido modesto y elegante: de ahora en adelante todos los ojos iban estar puestos en su persona, y no quer¨ªa que el futuro esc¨¢ndalo se hiciera m¨¢s grande de lo que realmente iba a ser. Mantendr¨ªa su compostura y seguir¨ªa cumpliendo su papel de monarca tranquila y sabia. This book''s true home is on another platform. Check it out there for the real experience. Sali¨® de su habitaci¨®n y los diferentes criados, caballeros y otros trabajadores del palacio dirig¨ªan miradas de compasi¨®n a su reina en su camino a la entrada principal. En su rostro no se atisbaba ni un solo ¨¢pice de ira o tristeza, solo su caracter¨ªstico rostro risue?o. M¨¢s de alguna criada la mir¨® con pena y m¨¢s de alg¨²n caballero suspir¨® por su futura desgracia. Eira quer¨ªa evitar ser el centro de atenci¨®n, pero era inevitable una vez que aquella noticia hubiera llegado a los o¨ªdos de todas las personas del lugar. Descendi¨® con lentitud por las escaleras de m¨¢rmol, capturando las miradas de todos. No se mostrar¨ªa d¨¦bil ante sus s¨²bditos, quienes la admiraban y respetaban. Una doncella subi¨® los escalones velozmente, elevando la falda de su vestido. Al llegar junto a su reina, respiraba fuertemente y sus mejillas eran color del color de las ciruelas: - Su majestad ha llegado. Trae a una invitada ... Eira decidi¨® no escuchar m¨¢s y antes de que aquella chica dijera m¨¢s hechos deprimentes, decidi¨® continuar su descenso, prepar¨¢ndose mentalmente a lo que estaba por ocurrir. Pero al abrir las puertas del palacio nunca se imagin¨® semejante escena: Eric y la otra mujer entraban por los grandes portones enganchados del brazo y amorosos, sin darse cuenta de su presencia. La pareja emanaba la misma energ¨ªa que unos adolescentes experimentando su primer amor: aquella muestra de afecto era nauseabundo para Eira. Observ¨® el intercambio de palabras y risitas de los dos hasta que la muchacha mir¨® a Eira con el rabillo del ojo, pero decidi¨® continuar su toqueteo ignorando la presencia de la reina. Eira levant¨® una ceja ante el comportamiento de la chica: "Debe de estar muy confiada en Eric para que tenga seguridad como para comportarse de esta forma". Una de las doncellas, descontenta con la mala educaci¨®n de la invitada exclam¨® llev¨¢ndose una mano para taparse la boca: - En la presencia de su majestad... Eric lanza una mirada a su alrededor hasta que se top¨® con los ojos escalofriantemente serenos de Eira. Tan pronto se dio cuenta de su presencia arregl¨® su postura y corrigi¨® su comportamiento, soltando el brazo de la chica y soltando una baja tos a modo de atenci¨®n a la chica que lo acompa?aba. - Bienvenido de vuelta, su majestad - dijo Eira a medida que se inclinaba para hacer una reverencia impecable. - Espero que haya disfrutado de su caza - par¨® un breve instante antes de proseguir - Y esta joven dama de aqu¨ª, ?tendr¨ªa el honor de saber qui¨¦n es? Lamar 1.1 Lo que para algunos era un lugar donde dormir, para Lamar era un sitio donde estaba sintiendo los nervios a flor de piel. Sus latidos palpitaban en sus o¨ªdos acompasados con el subir y bajar de su pecho. Su respiraci¨®n era r¨¢pida, nerviosa y silenciosa. En sus manos tambi¨¦n pod¨ªa sentir su propio latido, asustado de que igual lo escucharan y lo descubrieran. A su alrededor todo estaba en silencio, lo ¨²nico que pod¨ªa o¨ªr era el abrumador ruido de su coraz¨®n y los pasos y voces agitados del exterior. - ?Busquen por todas partes! No dejen ni una sola puerta por abrir ni una sola sombra por inspeccionar. La voz se alej¨® y consigo el resto de pasos que se alejaban progresivamente por el pasillo. El armario donde se hab¨ªa escondido era grande y amplio, pero estaba lleno de gabardinas y capas: tan pronto vinieran a recogerlas, ser¨ªa descubierto. Ten¨ªa que salir de su escondite tan pronto como pudiera y salir de aquel lugar. Arrim¨® su oreja a la puertecita y escuch¨® atentamente: ya no se o¨ªan ni pasos ni voces: ahora o nunca. Aferr¨® su mano alrededor de la empu?adura de su espada, preparado para atacar ante cualquier peligro inminente. No iba a mentir, aquella situaci¨®n le causaba una gran sensaci¨®n de molestia. Entreabri¨® la puerta y observ¨® detenidamente las salidas, asegur¨¢ndose de que aquel lugar estuviera desierto. Lentamente, desliz¨® un pie fuera del ropero y a continuaci¨®n el otro, con el m¨¢ximo cuidado de no hacer ruido. Cerr¨® la puerta tras de s¨ª y sali¨® corriendo de manera silenciosa en direcci¨®n derecha del pasillo donde se encontraba, recordando una de las muchas rutas de escape que hab¨ªa preparado con antelaci¨®n. Sus pasos se suced¨ªan sigilosamente, pisando la mullida alfombra roja que cubr¨ªa la mayor parte del suelo del edificio. Los pasillos y salas estaban decorados con cuadros y esculturas de alto valor, mostrando el gran poder adquisitivo y social que pose¨ªan las personas que se reun¨ªan en aquel lugar. Aquel edificio era un laberinto para aquellos que no lo conocieran a causa de la ausencia de ventanas en la mayor parte de estancias y corredores. No hab¨ªa podido descubrir qu¨¦ ocurr¨ªa ah¨ª, pero Lamar hab¨ªa tenido el tiempo suficiente para confirmar que los negocios llevados a cabo en aquel lugar no eran ordinarios. Sigui¨® avanzando por el laberinto de pasillos del edificio. Todas las luces estaban encendidas y se escuchaba el ir y venir de los guardias. De pronto, su nuca se crisp¨® ante un mal presentimiento. Hab¨ªa pasos detr¨¢s de s¨ª que se acercaban velozmente. Sin pensarlo, Lamar abri¨® la puerta que ten¨ªa m¨¢s cerca y se encerr¨® en aquella habitaci¨®n. Poco despu¨¦s escuch¨® los pasos de tres personas, de masa corporal media para un hombre adulto. - ?Klengel, qu¨¦ haces ah¨ª parado? - Lamar trag¨® saliva. Una gota de sudor baj¨® por su frente lentamente. En la penumbra, vio a una mujer que le hac¨ªa un gesto c¨®mplice para que se acercara. Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings. - Me pareci¨® ver esa puerta abrirse¡­ - el sonido de los pasos se acerc¨®, muy al mal pesar de la persona que se escond¨ªa dentro. - Oye, pero este pasillo ya fue inspeccionado. No podemos ¡­! - el compa?ero con el que estaba hablando abri¨® la puerta de un portazo y entr¨® en la estancia. Se trataba de una habitaci¨®n amueblada sencillamente y una cama con un dosel donde hab¨ªa una mujer recostada con un hombre con la cara en un lugar un poco ¨ªntimo. - Hay un intruso y venimos a inspec¡­- el segundo guardia iba continuar cuando escuch¨® el gemido de la mujer que hab¨ªa dentro. Ech¨® fuera al primer guardia y cerr¨® la puerta con la cara y las orejas encendidas. Los pasos se alejaron por el pasillo y Lamar y la mujer de aquella habitaci¨®n se separaron, bruscamente. ¨¦l se pas¨® una mano por el cabello y respir¨® dificultosamente, tratando recuperar el aliento despu¨¦s de tanta tensi¨®n. Desvi¨® la mirada hacia la mujer que hab¨ªa en la cama con los pechos descubiertos y su bata ca¨ªda sobre sus hombros. Ella trat¨® de ver su rostro, pero todo estaba oscuro para apreciar la cara de ¨¦l, envuelta en las sombras. Pas¨® una de sus manos por encima de sus clav¨ªculas detenidamente: - ?Solo se va a quedar en esto? - lanz¨® una mirada fogosa aunque ¨¦l la ignoraba. Avanz¨® por la cama a cuatro patas y en aquella penumbra le dirigi¨® una sonrisa. Susurrando, dijo: - Soy capaz de muchas cosas. Lamar levant¨® una ceja mientras soltaba una fr¨ªvola carcajada. - Siento decirle que no estoy interesado. - Pero es lo m¨ªnimo que puedes hacer para devolverme el favor¡­ Te he salvado la vida con mi actuaci¨®n. Pero te dir¨¦ algo¡­ sin actuar es mucho mejor - ella no lo vio, pero ¨¦l hizo un moh¨ªn al verla relamerse los labios. - No te ped¨ª ayuda, no hay favor que devolver - se acerc¨® al pomo de la puerta, pero ella lo detuvo. - Pero tampoco rechazaste la que te ofrec¨ª - se hab¨ªa levantado y lo hab¨ªa empezado a abrazar por detr¨¢s. Sinti¨® como trataba de camelarlo frotando sus pechos tras su espalda. Un escalofr¨ªo lo recorri¨®: aquello era horroroso y repulsivo. - Por lo menos d¨¦jame ver tu rostro antes de marcharte o dame un nombre - ella sigui¨® invadiendo el espacio personal de Lamar - Quiz¨¢s me puedas devolver el favor m¨¢s adelante - con sus dedos recorr¨ªa los fibrosos brazos de ¨¦l - Ya¡­ Lamar la empuj¨® hacia atr¨¢s y la dej¨® inconsciente antes de salir de aquella estancia y de aquel maldito edificio. Nada m¨¢s llegar de vuelta se dar¨ªa un maldito ba?o.