《The Coin Block (Español/Spanish)》 1. EL CUBITO DE HIELO Era incre¨ªble que en aquella ciudad, tan brillante cuando observabas su superficie, existieran lugares tan tenebrosos. Aunque apenas le quedaban fuerzas, la joven corr¨ªa por las oscuras calles. Iba con la capucha puesta, pero su chaleco de tela vaquera y cuero estaba empapado de sangre. En su espalda, con cada zancada, rebotaba una katana envainada. De la empu?adura pend¨ªa un gracioso colgante, un cubito de hielo con expresi¨®n adorable. Miraba constantemente atr¨¢s, en busca de aquello que la persegu¨ªa, aunque la ausencia de luz imped¨ªa que viera muy lejos. En otras circunstancias habr¨ªa dependido de su o¨ªdo, pero su propia respiraci¨®n la ensordec¨ªa. Sab¨ªa que, si no encontraba un refugio pronto, estaba acabada. La sangre que la cubr¨ªa no era suya, pero la hab¨ªan vapuleado lo suficiente como para que su velocidad de respuesta se viera afectada. Y un solo segundo de retraso en su capacidad de reacci¨®n pod¨ªa suponer la muerte. La cazadora se hab¨ªa convertido en la presa. Gir¨® una esquina y, sorprendida, tuvo que entrecerrar los ojos. No hab¨ªa esperado encontrar un edificio como aquel en medio de aquellos callejones en penumbra. Ten¨ªa cuatro o cinco plantas, siendo m¨¢s bajo que los que lo rodeaban, y estaba totalmente separado del resto. Toda la fachada resplandec¨ªa con luces de colores, dibujos peculiares y enormes mensajes en katakana. Instintivamente, la mercenaria se acerc¨® a la entrada del llamativo local, una puerta ancha con la altura de dos hombres. Solo se pod¨ªa cerrar mediante una gigantesca persiana met¨¢lica. Sobre aquella entrada hab¨ªa un mensaje en ingl¨¦s que la joven pod¨ªa distinguir con claridad, a pesar de estar medio cegada. THE COIN BLOCK El interior estaba repleto de m¨¢quinas expendedoras cargadas con toda clase de comidas y bebidas. Era una habitaci¨®n enorme, y no hab¨ªa ni un solo hueco libre en la pared. Algunas de las m¨¢quinas hac¨ªan ruiditos mec¨¢nicos, otras emit¨ªan suaves melod¨ªas. De una de ellas proven¨ªa el reconocible ta?ido de las monedas que se acumulaban en su interior, como si alg¨²n mecanismo estuviese haciendo recuento. En el centro de la habitaci¨®n hab¨ªa ocho bancos. Cuatro apuntaban a las m¨¢quinas expendedoras, y los otros cuatro estaban confrontados entre ellos. Sobre uno hab¨ªa un se?or sentado. Ten¨ªa el rostro ancho y una larga melena blanca, a pesar de que la descuidada barba de su rostro era principalmente negra. Iba vestido con una extra?a camiseta de color amarillo chill¨®n y unos pantalones de ch¨¢ndal. El desconocido evalu¨® a la joven con sus penetrantes ojos verdes. Ella retrocedi¨® y neg¨® con la cabeza. Aquel lugar no era un buen refugio: sin duda se trataba de un sitio demasiado llamativo, y adem¨¢s no quer¨ªa que ning¨²n civil acabase mezclado en su pelea. No se sent¨ªa capaz de protegerlo, si se daba el caso. Suspir¨® y se dio la vuelta. Ten¨ªa que largarse de all¨ª cuanto antes. ¡ªChica, ?a d¨®nde vas? ¡ªpregunt¨® la voz del se?or entrado en a?os¡ª. ?Te has perdido? La joven se dio la vuelta para responder, pero retrocedi¨® sobresaltada. ?C¨®mo se hab¨ªa acercado aquel tipo tan r¨¢pido a ella? No hab¨ªa escuchado ni uno solo de sus pasos. ¡ªN-no es que est¨¦ perdida ¡ªrespondi¨®¡ª. Estoy escapando. Me persiguen unos monstruos, ?sabes? Tengo que alejarme de aqu¨ª. T¨² tambi¨¦n est¨¢s en peligro. ¡ªAqu¨ª estamos a salvo. Qu¨¦date. ¡ªEl desconocido movi¨® una mano desde?osa hacia la oscuridad de la calle¡ª. Los monstruos no pueden encontrar este sitio. Ya les gustar¨ªa. ¡ª?Qu¨¦? Pero¡­ ¡ªLa joven neg¨® con la cabeza¡ª. Me est¨¢n persiguiendo ¡ªinsisti¨®¡ª. Tienen mi rastro. Voy a¡­ ¡ªSi te quedas m¨¢s tranquila, mira esto. ¡ªSu interlocutor se sac¨® del bolsillo un mando con un llamativo bot¨®n rojo en el centro¡ª. Si lo pulso, la persiana de seguridad se cierra. No podr¨ªas volver a abrirla ni con un buld¨®cer. Aunque te dir¨¦ que en muchos a?os solo te tenido que usar este mando dos o tres veces, y nunca por culpa de un monstruo. ¡ª?Hum? ¡ªLa joven mir¨® a su alrededor, qued¨¢ndose embobada con las luces de las m¨¢quinas expendedoras¡ª. No estamos en un barrio precisamente seguro. ?Qu¨¦ tiene de especial este sitio? ¡ª?Qui¨¦n sabe? ¡ªrio el se?or¡ª. Pero qu¨¦date un rato. Est¨¢s hecha polvo. ?Tienes monedas? Si yo fuera t¨², pillar¨ªa algo de comer. La joven mostr¨® el bolsillo interior de su chaqueta, y sac¨® una bolsa de tela llena de monedas. Extrajo un par, y comenz¨® a examinar el contenido de las m¨¢quinas expendedoras. Tacos, porciones de pizza, platos de cuchara, falaf¨¦les, curry, pasta, borsch, takoyaki, pokes¡­ Hab¨ªa de todo, y para todos los gustos. Para estar embutidos en recipientes de pl¨¢stico, ten¨ªan muy buena pinta. Sin darse cuenta, comenz¨® a recorrer las m¨¢quinas expendedoras. Acab¨® optando por un paquete que conten¨ªa dos trozos de pollo frito (rebozado, no empanado) y un refresco con sabor a mora que no hab¨ªa visto nunca. Se sent¨® en un banco, abri¨® los envases y, sinti¨¦ndose un poco extra?a, comenz¨® a comer. ¡ªMe llamo Niv, por cierto ¡ªse present¨® el desconocido. Como queriendo darle privacidad mientras com¨ªa, se hab¨ªa sentado en otro banco, d¨¢ndole la espalda. ¡ªYo soy¡­ ¡ªLa joven dej¨® de comer un momento para poder responder en condiciones¡ª. Me llamo Zenobia Drownhill. ¡ªEncantado, Zenobia. ¡ªLa voz de Niv son¨® complacida¡ª. Eres una aventurera, supongo. ¡ªMuy observador ¡ªreplic¨® la joven, sarc¨¢sticamente¡ª. ?Vienen muchos como yo por aqu¨ª? ¡ªViene gente de todo tipo. La mayor¨ªa solo tienen hambre o est¨¢n aburridos, y no se quedan mucho tiempo. Pero otros buscan refugio¡­ igual que t¨², supongo. ¡ªSupongo. ¡ªZenobia tir¨® un hueso de pollo a una papelera cercana y dio un trago a su refresco de mora. Nunca hab¨ªa probado nada similar, pero era excelente. Paseando la mirada por la curiosa habitaci¨®n, se fij¨® en que hab¨ªa un par de escaleras al fondo, delimitadas con barandas. Una sub¨ªa y otra bajaba, pero sobre la que descend¨ªa se le¨ªa un (relativamente) discreto cartel: COIN LAUNDRY¡ª. Eh, ?hay una lavander¨ªa en el s¨®tano? ¡ªLa hay, si tienes monedas para usarla ¡ªasinti¨® Niv¡ª. Puedes lavar la ropa, y tambi¨¦n secarla. ¡ªDeber¨ªa irme ya, pero me encantar¨ªa librarme primero de estas manchas de sangre ¡ªadmiti¨® Zenobia. ¡ªLava tu ropa pues, si es que llevas algo debajo. No tengo recambios, y menos de tu talla. ¡ªNo hay problema ¡ªsonri¨® Zenobia¡ª. ?Me ense?as la lavander¨ªa? Era una habitaci¨®n normal, iluminada por luz blanca, repleta de lavadoras y secadoras que funcionaban con monedas. Las paredes estaban llenas de carteles que explicaban el uso de los electrodom¨¦sticos en varios idiomas. Hab¨ªa sillas por todas partes, acolchadas, quiz¨¢ m¨¢s c¨®modas que los bancos de arriba. Niv se sent¨® en una, de espaldas a ella una vez m¨¢s. Zenobia se despoj¨® de su chaqueta llena de bolsillos, de la camiseta larga a cuadros rojos y negros que llevaba debajo, y de sus pantalones anchos cubiertos de tachuelas met¨¢licas. Tambi¨¦n se quit¨® los calcetines largos a rayas. Lo meti¨® todo en una lavadora, y se examin¨® las manos llenas de costras. ¡ªOye, Niv, ?tengo sangre en la cara? El hombre se volvi¨® para mirarla. ¡ªEso me temo ¡ªrespondi¨®¡ª. Gajes del oficio, ?eh? ¡ªMe gustar¨ªa lavarme¡­ ?Hay¡­? ¡ªTienes un ba?o al fondo. ¡ªNiv se?al¨® con una mano¡ª. Hay ba?os en cada planta, menos en la entrada. Todos funcionan con monedas, pero disponen de lavabos y deber¨ªa haber jab¨®n en cada uno. Si necesitas ducharte, me temo que tendr¨¢s que pagar una habitaci¨®n en el hotel por monedas de la tercera planta. Los ba?os de esas habitaciones tienen ba?eras, pero es bastante m¨¢s caro. ¡ªNo, no, con lavarme un poco bastar¨¢ ¡ªrespondi¨® Zenobia r¨¢pidamente¡ª. Solo quiero confundir el olfato de los monstruos. ?Me vigilas la ropa mientras estoy en el ba?o? ¡ªPor supuesto ¡ªrio Niv¡ª. No es que tenga nada mejor que hacer ahora mismo. Mientras se lavaba, Zenobia se pregunt¨® por qu¨¦ estaba confiando en Niv tan r¨¢pidamente. ?Es que un refugio luminoso y un poco de delicioso pollo frito bastaban para ablandarla? Normalmente, era mucho m¨¢s recelosa con los desconocidos. Aun as¨ª, estar limpia de nuevo era un placer, y cuando regres¨® a la lavander¨ªa comprob¨® que el se?or no se hab¨ªa marchado ni hab¨ªa hecho nada raro con su ropa. Se sent¨® junto a hombre de blancos cabellos, sin contemplaciones. ¡ªGracias por todo, Niv ¡ªdijo¡ª. La verdad es que no termino de creerme que los monstruos no puedan encontrar este sitio, pero no s¨¦¡­ me siento extra?amente a salvo. ¡ªMe alegra o¨ªrlo. Por cierto, ?de qu¨¦ era la sangre? Pareces buena guerrera, no creo que cualquier bichejo sea capaz de ponerte en un aprieto. ?A qu¨¦ te enfrentabas? ¡ªBestias de Capricornio ¡ªreplic¨® Zenobia¡ª. Me contrataron para matar a tres de ellas. Pude con una, creyendo que estaba sola, pero las otras dos la estaban usando como carnada. Me saltaron encima en cuanto me relaj¨¦. ¡ªAh, esas ¡ªNiv asinti¨®, pensativo¡ª. Tienen mala uva, ?eh? El truco es romper el cuerno que tienen en la frente. Da miedo, pero es m¨¢s fr¨¢gil de lo que parece. Se rompe con uno o dos espadazos, y despu¨¦s de eso las bestias quedan como atontadas. Creo que tambi¨¦n pierden la capacidad de comunicarse entre ellas. Zenobia parpade¨® y mir¨® a Niv con asombro. ¡ª?T¨² tambi¨¦n eres un aventurero? ¡ªAlgo as¨ª. ¡ªEl hombre rio, avergonzado¡ª. Pero de eso hace mucho. No s¨¦ si podr¨ªa con una bestia de Capricornio hoy en d¨ªa, la verdad. Y no me atrever¨ªa a hacer la prueba. ¡ªNo s¨¦ ni c¨®mo me atrevo yo¡­ ¡ªadmiti¨® Zenobia. Mir¨® de reojo a Niv¡ª. ?Hace mucho que lo dejaste? Quiz¨¢ deber¨ªa seguir tu ejemplo. ¡ª?Por qu¨¦ piensas eso? No parece que se te de mal. ¡ªEs que¡­ ¡ªLa joven fij¨® la vista en el suelo¡ª. Suena tonto plante¨¢rmelo a estas alturas, pero¡­ Creo que no lo pens¨¦ del todo bien antes de dedicar mi vida a esto. Pensaba que quer¨ªa ser aventurera: se me daba bien, y todos me alababan cuando peleaba contra monstruos. Lo ve¨ªa como mi vocaci¨®n: me parec¨ªa m¨¢s f¨¢cil que estudiar, o que trabajar en una tienda, o que¡­ cualquiera de esas cosas que mis padres llaman trabajos de verdad. Matar monstruos siempre me pareci¨® f¨¢cil y divertido, casi como un juego. Y adem¨¢s, haci¨¦ndolo, mantengo a salvo a la gente que no se puede proteger a s¨ª misma. Es un oficio indispensable. Y muy respetable. Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions. ¡ªHay un pero, ?verdad? ¡ªobserv¨® Niv, con suavidad. ¡ªEmpec¨¦ a darme cuenta hace poco. ¡ªZenobia parpade¨®¡ª. Creo que antes no me pasaba; pero ahora, cada vez que salgo de cacer¨ªa, me pregunto inconscientemente si volver¨¦ con vida. Me despido sin darme cuenta de mis amigos, de mis padres, hasta de mis cosas¡­ ¡ªClav¨® la mirada en la ropa que daba vueltas en la lavadora¡ª. Cada vez acepto encargos m¨¢s peligrosos, creo que para ganar m¨¢s dinero y poder estar m¨¢s tiempo sin tener que volver al trabajo. Pero eso tambi¨¦n hace que, cuando me planto cara a cara con un monstruo, piense que tal vez sea mi ¨²ltima batalla. ¡ªEntiendo esa sensaci¨®n ¡ªconfirm¨® Niv¡ª. Crees que te est¨¢s volviendo una cobarde, ?verdad? ¡ª?No una cobarde! ¡ªprotest¨® Zenobia, mirando a Niv con enfado¡ª. Bueno, quiz¨¢. Puede, pero no¡­ ¡ªNo lo eres. ¡ªNiv se cruz¨® de brazos¡ª. Cuando somos j¨®venes, nos creemos inmortales, y da igual cu¨¢ntas pruebas de lo contrario se nos presenten. Pero al envejecer un poco¡­ en fin, digamos que el sentido com¨²n empieza a ganar la batalla. No te est¨¢s acobardando, Zenobia Drownhill. Solo est¨¢s comenzando a racionalizar tu propio estilo de vida. ¡ª?Pero yo no quer¨ªa esto! ¡ªLa joven se levant¨®, con los pu?os apretados y la voz temblorosa¡ª. ?Siempre me fue muy bien siendo valiente y est¨²pida, muchas gracias! Si lo dejo ahora¡­ ?qu¨¦ me queda? No he aprendido ninguna otra forma de ganarme la vida¡­ Niv suspir¨®. No parec¨ªa tener respuesta para eso. Se qued¨® mirando la katana que colgaba de la espalda de Zenobia. ¡ªEse colgante me suena ¡ªobserv¨®, como queriendo cambiar de tema¡ª. Ese cubito de hielo con cara mona. Su boca parece una uve doble ¡ªrio¡ª. Es muy reconocible, s¨¦ que lo he visto antes. ¡ª?Conoces a Yay Suki¨²? ¡ªZenobia se puso roja y se dio la vuelta, escondiendo la katana tras ella¡ª. No es m¨¢s que un¡­ un regalo de alguien. Siempre me ha tra¨ªdo suerte. ¡ªA la lavadora le queda un rato. ¡ªNiv la mir¨®, sonriendo¡ª. Hay m¨¢quinas recreativas en la primera planta. ?Qu¨¦ te parece si vas a distraerte un rato? Aqu¨ª solo vas a deprimirte. Yo puedo secar la ropa cuando acabe de lavarse, si no te incomoda. Siempre que me dejes una moneda, claro. ¡ªMe da un poco de cosa¡­ ¡ªprotest¨® Zenobia¡ª. Adem¨¢s, ?tengo que subir as¨ª vestida? Se se?al¨® a s¨ª misma. Solo llevaba una camiseta blanca de tirantes y unos shorts de tela rosa y esponjosa. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s da? Hoy la noche est¨¢ tranquila. Solo te cruzar¨¢s con Hotaru. ¡ª?Qui¨¦n es¡­? ¡ªSube si quieres averiguarlo ¡ªla ret¨® Niv¡ª. Creo que te caer¨¢ bien. Una m¨²sica pegadiza proced¨ªa de la primera planta. De hecho, tambi¨¦n se o¨ªa en la entrada, pero Zenobia no la hab¨ªa distinguido al estar mezclada con el ruido de las m¨¢quinas expendedoras. Era mucho m¨¢s clara al subir la escalera: la melod¨ªa de un mont¨®n de m¨¢quinas recreativas encendidas que compet¨ªan por llamar la atenci¨®n de los jugadores. La escalera desembocaba en un pasillo de paredes negras, y de una entrada lateral brotaba un mosaico de luces de colores. Sobre ella, escrito en katakana, pod¨ªa leerse COIN ARCADE. Zenobia entr¨® en la sala a oscuras, sintiendo que abordaba las entra?as de un inmenso aparato electr¨®nico. Hab¨ªa racimos de cables colgando del techo, al que le faltaban muchos paneles, y la mitad de las m¨¢quinas recreativas estaban apagadas. Algunas estaban desmontadas casi por completo. En cuanto entr¨®, una cabeza asom¨® por detr¨¢s de una m¨¢quina de matamarcianos, cuya pantalla parpadeaba. Pertenec¨ªa a una chica joven, con el pelo cortado a taz¨®n y unas gafas redondas. Iba vestida con uno de aquellos anchos trajes sedosos que se ci?en con cuerdas a las articulaciones, pero llevaba unos gruesos guantes de trabajo. ¡ª?Hala, hala! ¡ªexclam¨®¡ª. ?Una clienta! ?A qu¨¦ te apetece jugar? ?Quieres matar zombis? ?Echar unas peleas? ?Unas carreritas? ¡ªLa joven desconocida avanz¨® hacia ella, evitando de alg¨²n modo tropezar con los manojos de cables que serpenteaban entre las recreativas. ¡ªEh¡­ No estoy segura. ¡ªZenobia retrocedi¨® un paso¡ª. ?Eres Hotaru? ¡ª?Ah, el viejo Niv se ha acordado de mencionarme! ¡ªHotaru apret¨® los pu?os y se tap¨® la boca con ellos, como si aquella revelaci¨®n la emocionara¡ª. ?S¨ª, soy la mism¨ªsima Hotaru Ishimaru! Normalmente la gente se sobresalta al verme, es bueno que est¨¦s sobre aviso. ¡ªEh¡­ No dir¨ªa que me ha hablado de ti ¡ªadmiti¨® la aventurera¡ª. En todo caso, yo soy Zenobia Drawn¡­ ¡ª?Una aventurera! ¡ªla interrumpi¨® Hotaru, reparando en su katana¡ª. Y eso es¡­ ?Vaya, vaya! ?Ven ac¨¢ pac¨¢! Tengo el juego perfecto para ti. La joven, una cabeza m¨¢s baja que Zenobia y mucho m¨¢s menuda, la agarr¨® del brazo y tir¨® de ella, arrastr¨¢ndola entre filas y filas de m¨¢quinas recreativas. Finalmente, se detuvo frente a una pantalla. ¡ªOye, yo no he dicho que¡­ ¡ªla aventurera se interrumpi¨® al ver lo que ten¨ªa delante. ¡ª?Yay Suki¨² 3! ¡ªexclam¨® Hotaru, poni¨¦ndose las manos en las caderas¡ª. ?La ech¨¦ a andar el otro d¨ªa! He tocado un par de cosillas para que se parezca m¨¢s a la versi¨®n de consola. ?Te sobra una monedita? ?Me encantar¨ªa que una aut¨¦ntica fan como t¨² la probara y me diera su opini¨®n! El cubito de hielo con rostro adorable la observaba desde el interior de la pantalla. Una familiar melod¨ªa despertaba en Zenobia la necesidad de echar al menos una partida. Cogi¨® su bolsa de monedas, escogi¨® una ante el extasiado aplauso de Hotaru, y se dej¨® llevar. Yay Suki¨² era una especie de rompecabezas. El protagonista, Suki¨², era un cubito de hielo que se mov¨ªa encima de una piscina. La piscina estaba dividida en casillas, y el personaje pod¨ªa congelar la que tuviera delante. Sobre la piscina iban apareciendo objetos en posiciones al azar, y el objetivo era recoger tantos como fuera posible antes de que acabara el tiempo. ?El problema? Congelar una casilla te hac¨ªa perder un segundo, y Suki¨² no pod¨ªa nadar, as¨ª que deb¨ªa formar caminos de hielo para llegar hasta los objetos. Pero aquellos caminos resbalaban, as¨ª que si se creaba un sendero recto, el pobre cubito de hielo acabar¨ªa desliz¨¢ndose sin poder evitarlo y pasando de largo los objetos. Recogerlos daba puntos, claro. Si se consegu¨ªa el puntaje suficiente antes de que acabara el tiempo, se pasaba al siguiente nivel. Desde peque?a, Zenobia hab¨ªa podido completar los cinco primeros niveles dejando la mente en blanco. Era a partir de ah¨ª cuando empezaban a aparecer los problemas. ¡ª?Eh, ?qu¨¦ es este objeto?! ¡ªprotest¨® la aventurera, resistiendo el involuntario gesto de sacar la lengua por la comisura de la boca para concentrarse¡ª. ?Ha congelado todas las casillas a mi alrededor al cogerlo! Esto no estaba en el original. ¡ªYa te lo dije, lo he retocado un poco. ¡ªHotaru restreg¨® su mejilla contra el borde de la m¨¢quina recreativa¡ª. Le he dado mucho mimo. Ese objeto es de Yay Suki¨² 4. Ya sabes, el que era en 3D y no gust¨® a nadie. Resulta que ten¨ªa algunas buenas ideas. ¡ªPero esto no es una buena idea, es una putada ¡ªgru?¨® Zenobia¡ª. ?C¨®mo voy a coger el siguiente item ahora? ?No puedo llegar sin resbalar! ¡ªMira, tienes el pico que cogiste antes. ?Por qu¨¦ no lo usas? Puedes romper tres bloques de hielo antes de que desaparezca. El pico es de Caveman Crit, por cierto ¡ªa?adi¨®, con un susurro sugerente, como si acabara de decir algo muy sexy. ¡ª?Has metido objetos de otros juegos? ¡ªZenobia la mir¨® un segundo, sorprendida. ¡ªLo m¨¢s complicado fue introducir el asset que necesitaba. ¡ªHotaru se encogi¨® de hombros¡ª. Programar objetos nuevos es muy sencillo en comparaci¨®n. ¡ª?Aaaah! ¡ªZenobia solt¨® el joystick y se dej¨® caer hacia atr¨¢s, olvidando por un momento que estaba sentada en un taburete. Hotaru estuvo r¨¢pida: la agarr¨® de los hombros y la ayud¨® a mantener el equilibrio¡ª. Perd¨®n. Es que me frustro. Nunca logro pasar del nivel diecis¨¦is, con o sin objetos nuevos. ¡ª?Juegas muy bien! ¡ªla felicit¨® Hotaru¡ª. ?Te echas otra? No has visto todos los objetos que he metido¡­ Zenobia la mir¨® fijamente. ¡ªPero espera un momento. En serio, ?qui¨¦n eres t¨²? ¡ªpregunt¨®¡ª. ?Te dedicas a restaurar estas m¨¢quinas y modificarlas? ?Por qu¨¦? ¡ªPor cada veinticuatro horas que pase encendida cada una de estas m¨¢quinas, me dan una moneda ¡ªsonri¨® Hotaru, y mir¨® a su alrededor¡ª. De momento solo consigo mantener en funcionamiento regular la mitad de ellas, porque cuando arreglo una se estropea otra, y a veces necesito sacar piezas de alguna para arreglar las que se rompen¡­ Es un jaleo. Pero si me lo monto bien, las tendr¨¦ todas funcionando en un par de a?os. ?Ya lo ver¨¢s! ¡ªEh¡­ ¡ªZenobia mir¨® a su alrededor¡ª. ?Una moneda por cada m¨¢quina encendida? ?Al d¨ªa? Eso es¡­ explotaci¨®n. ¡ª?Bah! ?Solo es explotaci¨®n si necesitas el dinero fuera de aqu¨ª! ¡ªHotaru rio tap¨¢ndose la boca¡ª. Me da de sobra para sacar comida de las m¨¢quinas expendedoras y para pagarme una habitaci¨®n arriba. ?Qu¨¦ m¨¢s necesito? ¡ªFrunci¨® el ce?o¡ª. Bueno, la ropa a menudo es un problema, pero por lo dem¨¢s¡­ ¡ª?Vives aqu¨ª? ¡ªZenobia se cruz¨® de brazos¡ª. ?Y no sales para nada? No parece muy¡­ ¡ªEh, eh. ¡ªHotaru trep¨® al taburete y se puso en pie sobre ¨¦l, para poder mirarla desde arriba¡ª. ?Acaso juzgo yo que te ganes las lentejas saltando a la boca de los monstruos para hacerlos cachitos? ?Cada una dedica su vida a lo que le gusta! ?D¨®nde m¨¢s iba a poder estar rodeada de todo esto, y encima pudiendo trabajar a mi bola y tuneando juegos? ¡ªHum¡­ Supongo que llevas algo de raz¨®n ¡ªcedi¨® Zenobia¡ª. Aunque sigue pareci¨¦ndome un poco rarito. Entonces, ?vives aqu¨ª con Niv? ¡ªS¨ª, ahora mismo solo vivimos tr¡­ ¡ªHotaru dobl¨® una rodilla y se rasc¨® la cabeza, pensativa. Aquello fue suficiente para hacer que el taburete se desestabilizara. Con un chillido, la chica experta en electr¨®nica se precipit¨® contra el suelo lleno de cables. Fueron los reflejos de Zenobia los que evitaron que se estampara. ¡ª?Hotaru! ¡ªexclam¨® la aventurera¡ª. ?Est¨¢s bien? ¡ª?Hala, hala! ¡ªgrit¨® Hotaru¡ª. ?Siempre he querido que un aventurero me atrape al vuelo y me cargue como a una princesita! Aunque no lo imaginaba as¨ª, exactamente. ¡ªVolvi¨® a rascarse la frente¡ª. De hecho, es un poco mejorable. ?Podr¨ªas¡­? ¡ªVoy a dejarte caer al suelo, por exquisita. ¡ª?Vale, vale! ¡ªHotaru se incorpor¨® y se alej¨® tres pasos de Zenobia¡ª. ?De qu¨¦ est¨¢bamos hablando? ?Ah, s¨ª! Ibas a echarte una partida. ¡ªNunca dije tal cosa. ¡ªAl ver la decepci¨®n en el rostro de Hotaru, Zenobia puntualiz¨®¡ª: Aunque me encantar¨ªa. Pero creo que tengo que irme. Mi ropa ya se habr¨¢ secado y, bueno, me quedan un par de monstruos a los que hacer cachitos. ?Muchas gracias por las partidas, Hotaru! ?Los objetos nuevos son una pasada! La aventurera salud¨® con exagerada formalidad y empez¨® a alejarse en direcci¨®n a la entrada, esquivando los cables. El sonido de tantas m¨¢quinas recreativas empezaba a agobiarla un poco. ¡ª?Est¨¢ bien, de todos modos tengo que volver al curro! ¡ªgrit¨® Hotaru¡ª. ?Pero vuelve otro d¨ªa, ?vale?! Zenobia solo pudo encogerse de hombros. La ropa estaba seca. Niv la hab¨ªa doblado y le esperaba con ella en un cesto. ¡ªMe temo que no tenemos con qu¨¦ plancharla ¡ªfue lo primero que dijo¡ª. Aunque, de todos modos, con la ropa que hacen hoy en d¨ªa no es muy necesario. ¡ªSupongo que no. ¡ªZenobia se sinti¨® m¨¢s c¨®moda en cuanto volvi¨® a estar ataviada con su conjunto completo. Se dirigi¨® a la salida y observ¨® la impenetrable oscuridad, sosteniendo la katana con ambas manos. Al ver el colgante de Yay Suki¨² colgando de la empu?adura, no pudo evitar sonre¨ªr como una ni?a. No sab¨ªa bien por qu¨¦, pero ten¨ªa menos miedo que cuando hab¨ªa salido de su casa hac¨ªa unas horas. ¡ªTe ser¨¦ sincero: creo que puedes liquidar a esas bestias de Capricornio sin problemas. ¡ªNiv la hab¨ªa seguido. Ten¨ªa los brazos cruzados sobre el pecho¡ª. Acaba con ellas, cobra la recompensa y luego dedica un tiempo a pensar. Eres m¨¢s joven de lo que crees, y todav¨ªa puedes hacer infinidad de cosas con tu futuro. Pero recuerda que ninguna de ellas te llenar¨¢ por completo, porque la vida siempre es como un puzle al que le faltan piezas. ¡ªNo s¨¦ si quieres animarme o desalentarme ¡ªprotest¨® Zenobia, d¨¢ndose la vuelta. ¡ªQuiero que entiendas que sentirte as¨ª no es incompatible con ser feliz. ¡ªNiv alarg¨® una mano y se la puso sobre la cabeza. Normalmente, la aventurera habr¨ªa chillado indignada ante un gesto tan disciplente, pero por alg¨²n motivo en aquel caso no le import¨®¡ª. Y, lo bueno de tener un hueco, es que siempre puedes meter m¨¢s cosas. ¡ªHubo un corto silencio¡ª. Hum. Eso sonaba mejor en mi cabeza. Sea como sea, si necesitas volver, sabr¨¢s d¨®nde encontrarnos. ¡ªNo. En realidad, no tengo ni idea de c¨®mo vine hasta aqu¨ª ¡ªle contradijo Zenobia¡ª. Llegu¨¦ corriendo por calles al azar. Y mi GPS no funciona. ¡ªAun as¨ª, podr¨¢s encontrarnos siempre que quieras, del mismo modo que los monstruos nunca podr¨¢n hacerlo. ¡ªNiv sonri¨®, ufano¡ª. Puede que no lo parezca, pero este es un lugar muy especial. Procura traer monedas, eso s¨ª ¡ªa?adi¨®, gui?ando un ojo. Espada en mano, Zenobia recorr¨ªa las calles llenas de carteles medio rotos y chisporroteantes. Sab¨ªa que los monstruos la observaban, y estaba lista para desatar un letal contraataque contra ellos. A pesar de lo peligroso de la situaci¨®n, una leve sonrisa iluminaba su rostro. Ten¨ªa las mejillas levemente sonrosadas, y no dejaba de repetir en su cabeza las palabras de Niv. 2. FIAMBRERA DE ARROZ Y VERDURAS Miyuki Sebu caminaba sin rumbo. Sab¨ªa que, si no se daba prisa, perder¨ªa el ¨²ltimo tren y no podr¨ªa regresar a casa. Tambi¨¦n entend¨ªa que a aquellas horas las calles pod¨ªan ser un poco peligrosas. Pero nada le importaba, no en aquel momento. Cargaba con un peso que le distra¨ªa de cualquier otro pensamiento, que desplazaba sus dem¨¢s preocupaciones. Una vocecilla impertinente le hab¨ªa susurrado durante toda la tarde que no era el fin del mundo, que a otros les ocurr¨ªan cosas peores, que viera su situaci¨®n como una nueva oportunidad. Pero por fin hab¨ªa acallado aquel murmullo impertinente que solo le hac¨ªa sentir peor. Ahora pod¨ªa darse el lujo de dejarse arrastrar por el torrente de su propia desesperaci¨®n. Aunque no hab¨ªa pensado conscientemente en un destino concreto, de repente se encontr¨® en un lugar familiar. Era una habitaci¨®n llena de m¨¢quinas expendedoras, con una gran cantidad de comida y varios bancos en los que sentarse. Recordaba haber comido algunas veces en aquel sitio con sus compa?eros de la oficina, pero curiosamente, nunca lo hab¨ªa encontrado cuando lo hab¨ªa buscado conscientemente. Era la primera vez que lo ve¨ªa de noche, y la sensaci¨®n era muy diferente a la que transmit¨ªa durante el d¨ªa. Pens¨® que, en otras circunstancias, tal vez le habr¨ªa gustado. No sab¨ªa muy bien qu¨¦ hacer, y su cuerpo tom¨® una decisi¨®n por ¨¦l. Se sent¨® en un banco y meti¨® las manos en los bolsillos. Cerr¨® los ojos. No hab¨ªa nadie a la vista, as¨ª que tal vez durmiera un rato all¨ª. ¡ªUna mala semana, ?eh? Miyuki se incorpor¨®, sobresaltado. ?Se hab¨ªa dormido de verdad? No estaba del todo seguro. En todo caso, encontr¨® a un hombre sentado en el banco de enfrente, con la vista clavada en ¨¦l. Ten¨ªa brillantes ojos verdes, una barba cana mal cortada y una larga melena blanca. Llevaba puesta una camiseta con el logotipo de una empresa de galletas que hab¨ªa cerrado hac¨ªa una d¨¦cada, y unos pantalones vaqueros cortos, que quiz¨¢ hab¨ªan sido largos originalmente. ¡ª?Perd¨®n! ¡ªMiyuki se levant¨® e hizo una reverencia¡ª. No pretend¨ªa quedarme dormido, es solo que¡­ ¡ªRelax, amigo. ¡ªEl desconocido solt¨® una carcajada¡ª. No estabas durmiendo, por cierto. Aunque te faltaba bien poco. ¡ªAh, supongo¡­ ¡ªMiyuki se volvi¨® a sentar, avergonzado¡ª. En cualquier caso, no quer¨ªa molestar¡­ ¡ªEl Coin Block es un lugar p¨²blico. ¡ªEl hombre lade¨® la cabeza¡ª. Pero en serio, tienes mala cara. ?Est¨¢s bien? Quiz¨¢ deber¨ªas comer un poco. Te sentir¨¢s mejor. ¡ªAh¡­ ¡ªMiyuki mir¨® a las m¨¢quinas expendedoras que hab¨ªa a su alrededor y rebusc¨® en sus bolsillos¡ª. Funcionan con monedas, ?verdad? Solo me queda esto. Mostr¨® un billete arrugado que, tras haber inspeccionado su traje, sac¨® con resignaci¨®n de su malet¨ªn. ¡ªOh, dinero en papel. ¡ªEl hombre de cabello blanco silb¨®¡ª. Eso es raro de ver, por estos lares. Deber¨ªas poder cambiarlo por monedas en el sal¨®n recreativo de la primera planta. Hay una m¨¢quina de cambio junto a la entrada¡­ Suelo asegurarme todos los meses de que sigue funcionando, por si acaso, as¨ª que deber¨ªa estar bien. ¡ªEsto¡­ Gracias. ¡ªSin sentirse con ¨¢nimos para llevar la contraria al desconocido, Miyuki se levant¨® del banco y se dirigi¨® a la escalera que le se?alaban. A medida que ascend¨ªa, reconoci¨® a lo lejos las melod¨ªas de las m¨¢quinas recreativas. Le gustaba mucho el sonido, aunque nunca le hab¨ªan interesado especialmente los videojuegos en s¨ª mismos. El pasillo de la primera planta estaba casi a oscuras, pero de una entrada brotaba un arco¨ªris de treinta y dos colores que indicaba claramente la presencia de las recreativas. Se sorprendi¨® al ver el estado de aquel lugar. Parec¨ªa medio desmantelado, con muchas m¨¢quinas desmontadas y montones de cables cruz¨¢ndose por todos lados. Pero le llam¨® m¨¢s la atenci¨®n la presencia de una chica que, a todas luces, no deber¨ªa estar all¨ª. Dorm¨ªa sentada sobre un taburete, con la cara pegada a la pantalla de un juego de indios apaches que peleaban con bumeranes. Las babas de aquella cr¨ªa corr¨ªan por la pantalla como un peque?o riachuelo, distorsionando los colores. A los pies del asiento hab¨ªa una manta arrugada. ¡ª?D¨®nde narices est¨¢n sus padres? ¡ªse pregunt¨® Miyuki, indignado. Se agach¨® a recoger la manta y se la puso encima de los hombros, con cuidado. No es que pareciera un lugar muy apropiado para dormir, pero quiz¨¢ la muchacha no tuviera otro sitio. ?Acaso lo ten¨ªa ¨¦l mismo? La m¨¢quina de cambio funcionaba perfectamente, as¨ª que regres¨® a la planta baja con un pu?ado de monedas tintineando en su bolsillo. El desconocido de pelo blanco le salud¨® con un gesto, sin mirarlo. Estaba leyendo una revista con la portada descolorida. Encogi¨¦ndose de hombros, Miyuki se dirigi¨® a una m¨¢quina expendedora que ya conoc¨ªa. Aunque hab¨ªa toda clase de comida, ¨¦l siempre compraba lo mismo: una fiambrera con arroz, huevo duro, verduras y un par de trozos de carne a la plancha. Tambi¨¦n sac¨® una lata de caf¨¦ caliente para acompa?arla: no le preocupaba el insomnio aquella noche. ¡ªUna elecci¨®n un poco aburrida, ?no? ¡ªcoment¨® el desconocido, sonriendo con los ojos por encima de su revista, cuando Miyuki cogi¨® los palillos. ¡ª?Qu¨¦ m¨¢s da? Al menos estoy comiendo, como quer¨ªas. ¡ªMiyuki mastic¨® con cuidado. ¡ªCierto. Perd¨®n. ?Te sientes mejor ahora? ¡ªNo mucho. Comer no resuelve mis problemas. Adem¨¢s, ?a ti qu¨¦ m¨¢s te da? ¡ªTen¨ªas mala cara, pero ahora no parece que est¨¦s tan mal. Aun as¨ª, no quiero frivolizar. ¡ªEl desconocido dobl¨® la revista sin ning¨²n cuidado y se inclin¨® hacia ¨¦l¡ª. Cu¨¦ntame, ?c¨®mo has acabado aqu¨ª? ?Qu¨¦ te ha pasado? ¡ªHum. ¡ªMiyuki mastic¨® un trozo de verdura, pensativo¡ª. Bueno, supongo que no importa¡­ En pocas palabras, me han despedido. O mejor dicho, estaba obligado a presentar mi dimisi¨®n. La he cagado. ¡ªSiento o¨ªr eso. ¡ªSeguro que est¨¢s pensando que no es nada del otro mundo ¡ªle acus¨® Miyuki, apunt¨¢ndole con los palillos¡ª. Busca otro trabajo y ya est¨¢, todav¨ªa eres joven. Pero no es tan sencillo. Llevaba quince a?os all¨ª. Me ocupaba de calcular las cantidades que figuran en los contratos de los acuerdos comerciales con nuestros socios, de asegurarme de que todo estaba bien redactado y era beneficioso para nosotros, pero sin llegar a ser injusto con las otras partes. Ten¨ªa que tener en la cabeza un centenar de detalles, no pasar por alto ninguna cl¨¢usula, contemplar los pormenores de todas las hojas de c¨¢lculo. Cada documento llevaba horas y horas. A menudo me ten¨ªa que quedar en la oficina hasta medianoche, e incluso m¨¢s all¨¢. A veces dorm¨ªa all¨ª. ¡ªEs duro. ¡ª?Lo es! ¡ªMiyuki se bebi¨® el caf¨¦ casi de un trago¡ª. Y s¨ª, ya habr¨¢s o¨ªdo historias como la m¨ªa. S¨¦ que no tiene nada de especial, pero¡­ Cre¨ªa que sab¨ªa qui¨¦n era. A qu¨¦ me dedicar¨ªa toda mi vida. Eso es lo que hac¨ªa que valiera la pena, no tener que pensar en qui¨¦n soy. Pero el exceso de trabajo me hizo meter la pata hasta el fondo. Envi¨¦ un contrato al socio equivocado y desvel¨¦ un secreto comercial por accidente. Romp¨ª las cl¨¢usulas que hab¨ªa firmado y produje p¨¦rdidas millonarias. ¡ªEl oficinista solt¨® una risa nerviosa¡ª. Es hasta gracioso. No he visto tanto dinero en mi vida, y aun as¨ª un error m¨ªo ha costado ese pastizal. Pero nunca habr¨ªa cometido un fallo as¨ª si me hubiesen dado m¨¢s tiempo, si no hubiese estado tan cansado¡­ ¡ªSuspir¨®¡ª. Y por supuesto, todas las empresas del sector saben qui¨¦n soy y c¨®mo la he cagado. Nadie me contratar¨¢ para hacer el mismo tipo de trabajo. Y es lo ¨²nico que s¨¦ hacer. ¡ªEs culpa tuya. ¡ªEl hombre de pelo blanco se acerc¨® a ¨¦l y le mir¨® fijamente. ¡ª?No es¡­! ¡ªMiyuki baj¨® los hombros. Se le empa?aron los ojos¡ª. Es culpa m¨ªa, s¨ª. Pero, ?a ti qu¨¦ te importa? No s¨¦ para qu¨¦ te lo he contado¡­ ¡ªEs culpa tuya. ¡ªRepiti¨® el hombre¡ª. Pero no por cometer un error, sino por no poner l¨ªmites a tus jefes. Antes de eso, estabas bien valorado, ?verdad? En ese momento, podr¨ªas haberte cambiado de empresa y te habr¨ªan aceptado sin problema. Para no perder tu favor, tus jefes quiz¨¢ habr¨ªan estado dispuestos a renegociar tus condiciones. Valoraste demasiado lo que te ofrec¨ªan, y demasiado poco lo que t¨² les estabas dando. Si te hubieses impuesto, en lugar de acceder a todo lo que te ped¨ªan, tanto t¨² como tus jefes habr¨ªais salido ganando. ¡ªQuiz¨¢. ¡ªMiyuki gru?¨®¡ª. Pero, ?de qu¨¦ sirve que me digas eso ahora? Es demasiado tarde. ¡ªSeguramente. Y sin embargo, no sirve de nada cometer errores si no aprendes de ellos las lecciones correctas. ¡ªEl desconocido se arrodill¨® frente a ¨¦l¡ª. Veamos, ?c¨®mo te llamas? ¡ªMiyuki Sebu. ¡ªYo soy Niv. Encantado de conocerte, se?or Miyuki. ?Qu¨¦ har¨¢s ahora? ?Necesitas un taxi para volver a casa? ¡ªNo¡­ No quiero volver¡­ ¡ªMiyuki empez¨® a llorar¡ª. Ya no me queda dinero, y no podr¨¦ pagar el alquiler. Ten¨ªa un compa?ero de piso, un tipo odioso que siempre presume de lo bien que le va. Podr¨ªa hacerme el favor de pagar mi parte un tiempo, pero¡­ ¡ªEl hombre sacudi¨® la cabeza¡ª. Es un desgraciado. No quiero ni imaginar su cara cuando se lo pida. Y no tengo ning¨²n otro sitio al que volver. ¡ª?La casa de tus padres, tal vez? ¡ªNiv pronunci¨® aquellas palabras con mucha suavidad. Unas llamas brillaron en los ojos de Miyuki, extinguiendo sus l¨¢grimas. Mir¨® al hombre de pelo blanco con determinaci¨®n. ¡ªPrefiero dormir en la calle antes que volver a ese lugar. ¡ªSe pronunci¨®¡ª. No pienso pisar por all¨ª nunca m¨¢s. ¡ªLa cosa es m¨¢s grave de lo que pensaba. ¡ªNiv susurraba para s¨ª mismo, aunque Miyuki pod¨ªa o¨ªrle sin problemas¡ª. ?Est¨¢ bien! Lo mejor ser¨¢ que alquiles una habitaci¨®n en el hotel de la tercera planta. Funciona con monedas. Te sentar¨¢ bien ducharte y dormir en una cama limpia, tanto tiempo como quieras. No te preocupes por nada ahora mismo: quiz¨¢ ma?ana por la ma?ana veas las cosas con otros ojos. ¡ªDe acuerdo. Lo siento. ¡ªMiyuki se limpi¨® las l¨¢grimas de la cara, avergonzado¡ª. No deber¨ªa ense?ar este lado de m¨ª a un desconocido. Seguro que te doy asco. ¡ªEst¨¢s siendo humano. ¡ªNiv le mir¨® con severidad¡ª. A m¨ª no me dan asco los seres humanos. No soy un villano de anime, aunque me parezca bastante a uno. Miyuki no contaba con poder re¨ªr aquella noche, pero se le escap¨® una carcajada. ¡ªEres un t¨ªo muy raro, Niv. Pero gracias. Est¨¢ bien, de momento ir¨¦ a dormir a ese hotel por monedas. Quiz¨¢ deber¨ªa ahorrar lo poco que me queda, pero supongo que no har¨¢ mucha diferencia ¡ªsuspir¨®. Se dirigi¨® a la escalera y comenz¨® a subir los pelda?os, pero entonces se dio la vuelta¡ª. Oye, ?por qu¨¦ est¨¢s haciendo esto por m¨ª? Sentado de nuevo en el banco, Niv enarc¨® una ceja. ¡ª?De qu¨¦ hablas? Todav¨ªa no he hecho nada por ti. Todo lo has hecho t¨² mismo. Hab¨ªa que subir bastantes escaleras para llegar a la tercera planta, pero al menos aquel pasillo estaba mejor iluminado que los de abajo. Hab¨ªa diecis¨¦is puertas, y todas ten¨ªan letreros brillantes. En tres de ellos se ve¨ªa una luz roja, y el cartel mostraba la palabra OCUPADO. El resto de las puertas ten¨ªan carteles iluminados en verde, y todos ellos rezaban la inscripci¨®n LIBRE. Miyuki se par¨® frente a la puerta m¨¢s cercana y la examin¨® a fondo. Hab¨ªa un mecanismo unido a la pared, con una peque?a etiqueta y una ranura en la parte superior. El hombre tuvo que introducir cinco monedas para activar el mecanismo. Una tarjeta de papel con una banda magn¨¦tica brot¨® de un lateral, y la inscripci¨®n de la puerta se volvi¨® roja. Cogi¨® la tarjeta y la mir¨® con curiosidad. COIN HOTEL era el mensaje que se le¨ªa en la parte delantera, junto con un n¨²mero de tel¨¦fono en el que varios d¨ªgitos hab¨ªan sido reemplazados por X. ?Era una broma? ?C¨®mo iba a llamar alguien a aquel n¨²mero? ?Ten¨ªa que despejar la inc¨®gnita? ¡ªBuenas noches ¡ªdijo una voz a su espalda. Miyuki se dio la vuelta, y vio pasar a una mujer encorvada que se abrazaba a un port¨¢til. Llevaba un vestido negro, bastante elegante, y la cabeza cubierta por una gorra del mismo color, pero con la visera trasl¨²cida. Recordaba al ala de una mariposa. Por culpa de aquella visera, no pudo verle bien la cara, solo repar¨® en que era bastante huesuda y se mov¨ªa con timidez. ¡ªEh¡­ Buenas noches. ¡ªMiyuki respondi¨® tan tarde que quiz¨¢ habr¨ªa sido menos inc¨®modo permanecer en silencio. Observ¨® como la mujer acercaba una tarjeta parecida la suya a la m¨¢quina que hab¨ªa junto a una de las habitaciones ocupadas. La entrada se abri¨®, y la desconocida desapareci¨® sin decir nada m¨¢s. Al menos, ahora Miyuki sab¨ªa c¨®mo utilizar la tarjeta. La habitaci¨®n era sencilla, y no demasiado grande. Ten¨ªa una cama unipersonal, y a la derecha se ve¨ªa un ba?o separado por una mampara trasl¨²cida. Al fondo hab¨ªa una ventana con las cortinas corridas. El hombre las ech¨® a un lado y mir¨® al exterior, pero se encontr¨® con la impasible pared gris del edificio de enfrente, una mole sin ventanas ni adornos de ning¨²n tipo. Hab¨ªa algo de color en ella, sin embargo, ya que reflejaba el brillo que emit¨ªan los carteles del Coin Block This content has been misappropriated from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere. Ahora que pensaba en ello, estaba en un lugar bastante extra?o. ?Qu¨¦ hac¨ªa all¨ª? Su intenci¨®n original era ducharse antes de dormir, pero de repente se dio cuenta de lo cansado que estaba. Se dej¨® caer sobre la cama, sin ni siquiera desvestirse, y sus ojos se cerraron. Se qued¨® dormido antes de darse cuenta. Cuando baj¨® a la ma?ana siguiente, encontr¨® a Niv rodeado de enormes cajas de cart¨®n. Una de las m¨¢quinas expendedoras estaba abierta, y el hombre de cabello blanco reemplazaba el contenido por nuevos envases de comida. ¡ªBuenos d¨ªas ¡ªsalud¨® Miyuki, con timidez. ¡ªAh. ¡ªNiv le observ¨® de reojo, pero no le devolvi¨® la cortes¨ªa y sigui¨® trabajando¡ª. Espero que hayas dormido bien. Veo que has podido cambiarte de ropa. Eso es bueno. ¡ªSiempre llevo una muda en el malet¨ªn, por si acaso. ¡ªMiyuki sonrio con tristeza¡ª. Por si tengo que quedarme toda la noche en la oficina, en realidad. ¡ªSi quieres lavar la ropa de ayer, encontrar¨¢s una lavander¨ªa en el s¨®tano. Necesitar¨¢s monedas. ¡ªNiv estaba concentrado en la tarea de reponer las existencias de la m¨¢quina expendedora y no le mir¨®. ¡ªAh¡­ De acuerdo. Miyuki no ve¨ªa sentido a gastar sus ¨²ltimas monedas en algo tan superfluo. Se sent¨® en un banco y se qued¨® observando a Niv, que vaciaba las cajas con gran rapidez e iba pasando de una m¨¢quina expendedora a otra. Quiz¨¢ esperaba que el amable hombre le hablase, pero al parecer no conversaba mientras estaba enfrascado en su trabajo. Cuando vaci¨® todas las cajas, las dobl¨® y se las llev¨® escaleras abajo. Al cabo de media hora volvi¨® a subir, cargando una enorme pila de cajas nuevas. Sigui¨® con su tarea, y el proceso se repiti¨® varias veces. Hab¨ªa much¨ªsimas m¨¢quinas expendedoras que reabastecer. Ante la ausencia de est¨ªmulos externos, Miyuki se dej¨® llevar por sus propios pensamientos. Trazaba planes mentalmente, en busca de la forma de recuperar su antigua vida. Seguramente no era posible, pero necesitaba al menos una alternativa que le permitiera sobrevivir. ?Ser¨ªa capaz de trabajar en uno de aquellos combinis? No lo ten¨ªa muy claro¡­ A media ma?ana, la sala se llen¨® de estudiantes de instituto. Iban con la mochila a cuestas, y re¨ªan bromeando entre ellos o se?al¨¢ndose unos a otros. Lo m¨¢s curioso era que hab¨ªa gran variedad de uniformes distintos, pero a Miyuki no le sonaba que hubiera ning¨²n instituto por aquella zona. A nadie m¨¢s parec¨ªa sorprenderle, as¨ª que supuso que sus conocimientos de la geograf¨ªa de la ciudad no eran tan s¨®lidos como pensaba. Nadie se fij¨® en ¨¦l, al menos al principio. Una de las m¨¢quinas expendedoras, que Niv hab¨ªa repuesto por completo, volv¨ªa a estar vac¨ªa para cuando la marabunta de estudiantes comenz¨® a disiparse. De repente, Miyuki not¨® que hab¨ªa alguien frente a ¨¦l. Primero se fij¨® en los calcetines a rayas, luego en los pantalones negros llenos de tachuelas y, por ¨²ltimo, en el chaleco de cuero y tela vaquera lleno de bolsillos. No pas¨® por alto tampoco los amplios ojos grises, como espejos, ni el flequillo rubio cuidadosamente recortado para que no le tapara los ojos. Por ¨²ltimo, se fij¨® en la katana que colgaba a la espalda de la desconocida, adornada con un cubito de hielo de rostro adorable. ¡ªPerdone, se?or. ¡ªLa joven habl¨® con cierta timidez, a pesar de su imponente aspecto¡ª. Busco a un hombre llamado Niv. ?Le ha visto? ¡ª?Eh? ?Niv? ¡ªMiyuki asinti¨® lentamente¡ª. Debe estar en el s¨®tano, cargando m¨¢s cajas. Est¨¢ trabajando, eso es. Si esperas un par de minutos, seguro que podr¨¢s verle. ¡ªAh, qu¨¦ pena, no puedo esperar. ¡ªLa desconocida agach¨® la cabeza¡ª. Tengo un poco de prisa, yo tambi¨¦n estoy trabajando. ?Pero en fin! Por favor, dile que Zenobia ha pasado a saludarle. Miyuki lo prometi¨®, y observ¨® como la chica se alejaba, con la katana botando a su espalda. No cab¨ªa duda de que era una de aquellas aventureras que se ganaban el pan cazando monstruos y buscando tesoros. El oficinista nunca hab¨ªa entendido que hubiera gente capaz de vivir as¨ª. No hab¨ªa datos oficiales, pero seguro que la esperanza media de vida de aquel gremio era baj¨ªsima. ?Es que no les daba miedo la muerte? Deb¨ªan estar locos de atar, quiz¨¢ por culpa de los videojuegos. Pero Miyuki era un hombre de palabra. Transmiti¨® los saludos, que Niv recibi¨® con un asentimiento satisfecho. Ya era mediod¨ªa cuando pudo hacerlo, y el lugar se hab¨ªa llenado de oficinistas que buscaban un aperitivo. Una situaci¨®n en la que el propio Miyuki se hab¨ªa encontrado ocasionalmente, pero no hoy. Ver a aquellos hombres y mujeres engullendo como pavos, revisando nerviosamente sus papeles y golpeando las pantallas de sus m¨®viles mientras maldec¨ªan amargamente la falta de cobertura le hizo sentir extra?o. Era como cuando se hab¨ªa saltado las clases ocasionalmente en el instituto y se hab¨ªa cruzado con sus compa?eros en el camino a casa. Ten¨ªa la impresi¨®n de estar haciendo pellas, pero no era as¨ª. ¨¦l hab¨ªa dimitido. Estaba en su derecho de perder el tiempo. ¡ª?No comes? ¡ªpregunt¨® Niv, sent¨¢ndose junto a ¨¦l. Al parecer se hab¨ªa duchado y se hab¨ªa vuelto a cambiar de ropa. Ten¨ªa una enorme hamburguesa entre las manos. Miyuki sac¨® las monedas que le quedaban en el bolsillo. ¡ªSi como, no podr¨¦ pagar mi habitaci¨®n otra noche. ¡ªTorci¨® la boca¡ª. No s¨¦ qu¨¦ deber¨ªa hacer, Niv. No me siento capaz de volver. Ni siquiera s¨¦ si tengo a d¨®nde volver. Dijiste que ver¨ªa las cosas de otra manera por la ma?ana, y tal vez fuera cierto. Ya no siento la misma desesperaci¨®n, pero¡­ Mi situaci¨®n sigue siendo igual de mala. ¡ªQu¨¦date en el Coin Block, entonces. ¡ªNiv frunci¨® el ce?o¡ª. Quiz¨¢ sea lo mejor para ti, por ahora. No te faltar¨¢ comida y techo. Tienes heridas m¨¢s profundas de lo que piensas, se?or Miyuki. M¨¢s de lo que yo mismo cre¨ªa. Pero este es un lugar de curaci¨®n. No tienes por qu¨¦ irte. ¡ªInsisto, no tengo monedas ¡ªprotest¨® Miyuki¡ª. No podr¨¦¡­ ¡ªPuedes trabajar aqu¨ª ¡ªle interrumpi¨® Niv¡ª. Me ayudar¨¢s a reponer. Tengo potestad para contratarte. Recibir¨¢s quince monedas diarias. S¨¦ que es una miseria, pero cubrir¨¢ el coste de una habitaci¨®n y un par de comidas, y quiz¨¢ un poco m¨¢s. Ya has visto que por las ma?anas no me falta trabajo. Miyuki le observ¨®, perplejo. ¡ª?En serio? ?As¨ª sin m¨¢s? ¡ªNo se lo ofrezco a cualquiera. ¡ªNiv dio un bocado a su hamburguesa¡ª. Consid¨¦ralo un par¨¦ntesis en tu vida. Te marchar¨¢s cuando est¨¦s preparado, ni antes ni despu¨¦s. Y mientras tanto, no me vendr¨¢ mal la ayuda. ¡ª?Much¨ªsimas gracias, se?or! ¡ªMiyuki se levant¨® de un salto e hizo una reverencia frente a Niv¡ª. ?Le prometo que trabajar¨¦ duro! ?Nunca he hecho algo as¨ª, pero me esforzar¨¦ al m¨¢ximo! ¡ªBah, eres un estirado, se?or Miyuki. ¡ªNiv se ech¨® a re¨ªr¡ª. ?Ahora me tratas con cortes¨ªa? Ve a comprarte algo de comer. ¡ªPero si lo hago, no podr¨¦ pagar¡­ ¡ªS¨ª, s¨ª, la habitaci¨®n. ¡ªNiv suspir¨®¡ª. Te dejar¨¦ un pu?ado de monedas, as¨ª que no te preocupes por eso. C¨®mprate algo rico y mental¨ªzate: ma?ana tendr¨¢s que madrugar bastante. Por supuesto, Miyuki se compr¨® la misma fiambrera que el d¨ªa anterior. No le cost¨® adaptarse a su nueva rutina. Cada ma?ana, bajaba con Niv a la lavander¨ªa y dejaba su ropa del d¨ªa anterior lav¨¢ndose. All¨ª hab¨ªa una puerta que conduc¨ªa a un aparcamiento subterr¨¢neo, en el que siempre les estaba esperando un cami¨®n lleno de cajas. Descargaban el veh¨ªculo con ayuda del conductor, y entonces comenzaban la pesada tarea de cargar las cajas hasta la planta baja. Niv era muy fuerte, pod¨ªa subir cuatro o cinco cajas a la vez sin aparente esfuerzo, pero por lo general Miyuki solo pod¨ªa cargar con una. Una vez arriba, retiraban la comida que no se hubiera vendido y la reemplazaban por otra nueva. ¡ªLos platos que nos traen son deliciosos, pero siempre est¨¢n a punto de caducar ¡ªle advirti¨® Niv la primera ma?ana, mir¨¢ndolo con severidad¡ª. Es muy importante no dejarlos m¨¢s de una noche. Y que no te de pena tirarlos: este lugar es su ¨²ltima oportunidad de ser comprados. Si nadie se los come, es que no estaban destinados a que se los comieran. ¡ªPero es un desperdicio ¡ªdijo Miyuki, pensativo, mirando la fiambrera que estaba a punto de meter en una bolsa de basura¡ª. Me podr¨ªa ahorrar algunas monedas si me los comiera yo en vez de tirarlos. ¡ªEnfermar¨¢s r¨¢pidamente, si piensas as¨ª ¡ªle rega?¨® Niv¡ª. Lo siento si no est¨¢s de acuerdo, pero hazlo tal como te digo. En esto consiste el trabajo. Lo cierto era que, con ayuda de Miyuki, Niv trabajaba mucho m¨¢s r¨¢pido. El ex oficinista no tendr¨ªa mucha fuerza, pero era m¨¢s r¨¢pido reponiendo, as¨ª que pronto comenzaron a repartirse las tareas seg¨²n sus especialidades. Para lo hablador que era Niv cuando ve¨ªa a su nuevo empleado melanc¨®lico o apagado, al ex oficinista le chocaba lo silencioso que se mostraba mientras trabajaba. Pero nunca perd¨ªa su amabilidad. Miyuki no tard¨® en notar que el hombre de blancos cabellos se iba a dormir en cuanto terminaban la tarea. El primer d¨ªa hab¨ªa sido una excepci¨®n, al parecer. Sin nada que hacer, el nuevo reponedor se sentaba en un banco y observaba c¨®mo la gente iba comprando la comida que ¨¦l cuidadosamente hab¨ªa envasado. No consegu¨ªa quedarse con la cara de nadie. Los uniformes escolares eran radicalmente distintos cada d¨ªa. Por las noches cenaba con Niv, antes de irse a dormir. Era evidente que su benefactor se quedaba all¨ª despierto hasta el alba. ?Quiz¨¢ a la espera de m¨¢s almas perdidas que acabasen por casualidad en aquel extra?o edificio? No le habr¨ªa sorprendido. Un d¨ªa, a la hora de comer, Miyuki reconoci¨® a sus antiguos compa?eros de oficina. Ten¨ªan ojeras, pero bromeaban sobre algo, y al verlos re¨ªr el joven se puso rojo. No sab¨ªa por qu¨¦, pero estaba seguro de que hablaban de su renuncia, de su metedura de pata, de que se re¨ªan de ¨¦l. Quiz¨¢ no ten¨ªa sentido, pero no pensaba acercarse a ellos para averiguarlo. Adem¨¢s, no quer¨ªa que le reconocieran por nada del mundo. Se sent¨® en un banco, de espaldas a ellos. ¡ª?Oh! ?Buenos d¨ªas, vecino de habitaci¨®n! ¡ªla mujer que ya ocupaba el banco le sonri¨® cordialmente¡ª. Qu¨¦ raro que no nos hayamos cruzado hasta ahora. Miyuki mir¨® a la persona que ten¨ªa al lado. Era aquella t¨ªmida mujer huesuda que hab¨ªa visto en el pasillo la primera noche. Llevaba otro vestido, pero estaba usando la misma gorra con ala de mariposa. Bajo ella brillaban unos curiosos ojos marrones, cohibidos pero tambi¨¦n divertidos. ¡ªBuenas tardes ¡ªsalud¨® Miyuki, bajando la voz¡ª. Lo siento, no quer¨ªa ocupar tu espacio, es que¡­ ¡ªHas visto caras conocidas, y era lo ¨²ltimo que quer¨ªas ver ¡ªsusurr¨® ella¡ª. S¨ª, s¨ª, entiendo la sensaci¨®n. No te preocupes, qu¨¦date a mi lado. No nos har¨¢n ni caso. Seguramente. No pareces uno de ellos. Tu traje ha visto d¨ªas mejores. ¡ªAh, s¨ª. ¡ªMiyuki se alis¨® las mangas con tristeza¡ª. No es la mejor prenda para dedicarse a cargar cajas, pero bueno, no es que me importe. ¡ª?C¨®mo te llamas? ¡ªpregunt¨® la mujer, clavando la vista en el port¨¢til que ten¨ªa en el regazo. Ten¨ªa abierto un documento de texto en ingl¨¦s a medio escribir. ¡ªSoy Miyuki Sebu. Encantado. ¡ªYo soy la famosa escritora de romance, Neigail Kristoph. ¡ªLa mujer se quit¨® la gorra e hizo una especie de floritura, pero el tonto gesto hizo que se pusiera roja y se apresur¨® a volver a taparse¡ª. ?H-has o¨ªdo hablar de m¨ª? ¡ªNo. ¡ªRespondi¨® Miyuki, con sinceridad. Se maldijo a s¨ª mismo¡ª. Ah, pero no es que¡­ A ver, yo no leo romance. He le¨ªdo un poco de manga sh¨­jo, pero ?libros¡­? Bueno¡­ Neigail rio. ¡ªEstaba de broma. Tengo algo de fama, pero no espero que la gente me reconozca por la calle. Aunque me har¨ªa ilusi¨®n si ocurriera alg¨²n d¨ªa ¡ªa?adi¨®. ¡ªLo siento. Leer¨¦ alg¨²n libro tuyo¡­ cuando salga de aqu¨ª ¡ªsuspir¨® Miyuki¡ª. No s¨¦ si ser¨¢ pronto. ¡ªNo tengas prisa por irte ¡ªcanturre¨® Neigail¡ª. Este no es el peor lugar en el que podr¨ªa acabar una persona, cr¨¦eme. Me empezaba a dar pena que hubiera tan pocas habitaciones ocupadas arriba, en el hotel. ¡ª?Suele haber m¨¢s? ¡ªpregunt¨® Miyuki, curioso. ¡ªVa por ¨¦pocas. ¡ªLa escritora se encogi¨® de hombros¡ª. En realidad no deber¨ªa desear que llegue m¨¢s gente. Quien alcanza este sitio y se queda suele estar pas¨¢ndolo muy mal. Yo no quiero que buenas personas como t¨² sufran. ¡ªSonri¨® y se escondi¨® bajo su gorra¡ª. Aunque no conozco tus circunstancias, claro est¨¢. ¡ªNi yo las tuyas ¡ªrepuso Miyuki¡ª. ?Qu¨¦ te trajo aqu¨ª a ti? Hablas como si llevaras mucho tiempo. ?Necesitabas un sitio para escribir? ¡ªS¨ª. Un sitio donde nadie me molestara. ¡ªNeigail puls¨® una combinaci¨®n de teclas para guardar lo que llevaba escrito¡ª. Ni mis obligaciones familiares, ni mis tareas en las redes sociales, ni la constante presi¨®n de¡­ Bueno, da igual. El caso es que me promet¨ª que no me marchar¨ªa hasta que acabase mi nueva novela. Quer¨ªa que fuese mi mejor trabajo. ¡ªPero la inspiraci¨®n no llega ¡ªdedujo Miyuki. ¡ª?Al contrario! ¡ªexclam¨® Neigil, irritada¡ª. ?Llega demasiada! ?Llevo dos mil p¨¢ginas, y todav¨ªa tengo un mont¨®n de tramas abiertas! ?Se me ocurren tantas formas de resolverlas que no me puedo decidir por una sola, as¨ª que voy creando nuevas situaciones para poder acomodar a los nuevos personajes y as¨ª ejecutarlas todas! ?No se acaba nunca! ¡ªAh¡­ ¡ªel ex oficinista parpade¨®. No era en absoluto lo que hab¨ªa esperado o¨ªr. ¡ªPor supuesto, si llega a ver la luz, habr¨¢ que publicar la historia en varias partes ¡ªa?adi¨® la escritora, pensativa¡ª. Y francamente, a estas alturas no s¨¦ si puede llegar a interesar a alguien. Es demasiado complicada para lo que busca mi t¨ªpico lector. Pero me da igual. Escribirla es lo m¨¢s divertido que he hecho en mi vida. Niv me da su opini¨®n de cada cap¨ªtulo, aunque se nota que no le interesa mucho el g¨¦nero, que ¨¦l es m¨¢s de fantas¨ªa. Aun as¨ª, le agradezco de coraz¨®n el gesto. Alg¨²n d¨ªa la acabar¨¦, y entonces quiz¨¢ me marche. ¡ª?Quiz¨¢? ¡ªMiyuki lade¨® la cabeza. ¡ªQuiz¨¢ ¡ªsonri¨® Neigail¡ª. Y luego quiz¨¢ vuelva. Ya sabes, a escribir otra. Mira, tus conocidos se han marchado. ¡ªEs verdad. ¡ªEl hombre se dio la vuelta¡ª. Menos mal. Lo cierto es que no quer¨ªa que me pillaran. Gracias, Neigail, por ayudarme a esconderme. Aunque haya sido un escondite a simple vista. ¡ªGracias a ti por escucharme. ¡ªNeigail asinti¨® con la cabeza¡ª. Y ahora disc¨²lpame. Quiero seguir concentr¨¢ndome en esto. Una ma?ana, Miyuki se levant¨® m¨¢s temprano de lo habitual y baj¨® a la lavander¨ªa. No esperaba ver a nadie all¨ª, pero descubri¨® que Niv ya hab¨ªa bajado. Estaba en el centro de la sala llena de lavadoras, sin camiseta, blandiendo una enorme espada de doble filo. Ten¨ªa los ojos cerrados, y realizaba cortes en el aire como si practicara una enrevesada firma. No ten¨ªa el t¨ªpico cuerpo musculado que se esperaba de los h¨¦roes de acci¨®n de las pel¨ªculas, pero desde luego era fornido. Sus movimientos con la espada eran tan precisos que, incluso ante los inexpertos ojos de Miyuki, estaba claro que no se trataba de ning¨²n espadach¨ªn aficionado. Y a juzgar por el rastro de luz blanca que dejaba la hoja, no cab¨ªa duda de que su espada era m¨¢gica. Al reparar en su presencia, Niv se detuvo. El arma se esfum¨® de sus manos con un centelleo. Volvi¨® a ponerse r¨¢pidamente la camiseta que hab¨ªa dejado sobre una lavadora cercana. ¡ªBuenos d¨ªas ¡ªsalud¨® Miyuki¡ª. Lo siento. No quer¨ªa molestar. ¡ªY no me has molestado. ¡ªNiv sonri¨®, despreocupado¡ª. Solo estiraba un poco. ¡ªPero¡­ eso era una espada. Una muy antigua, ?verdad? ¡ªpregunt¨® Miyuki¡ª. ?Eres¡­ eras un aventurero? ¡ªM¨¢s o menos, pero de eso hace mucho. ¡ªNiv suspir¨®¡ª. Hay costumbres que no se pierden. ?Qu¨¦ te parece si empezamos? Aquel d¨ªa, al terminar de trabajar, Miyuki se sac¨® una moneda del bolsillo y se dirigi¨® a la m¨¢quina expendedora de las fiambreras. Parpade¨®, neg¨® ligeramente con la cabeza y camin¨® hasta el otro extremo de la sala. Sac¨® un taco enorme y grasiento de un dispensador adornado con colores llamativos. ¡ª?Oh? ¡ªNiv se cruz¨® de brazos¡ª. ?Hay un cambio en el men¨², se?or Miyuki? Miyuki abri¨® el envoltorio y dio un buen bocado a su taco. ¡ªMe encanta este lugar, Niv. Pero no quiero quedarme aqu¨ª para siempre. Tendr¨¦ que irme tarde o temprano, y para eso necesito cambiar. Pero s¨¦ que no tengo una gran fuerza de voluntad, as¨ª que he de hacerlo poco a poco. Empezar¨¦ corrigiendo cosas peque?as, como esta tonter¨ªa de las fiambreras. Y as¨ª, alg¨²n d¨ªa, ser¨¦ un nuevo yo y estar¨¦ listo para volver enfrentarme a mi vida. ¡ªEl ex oficinista dio otro bocado y mastic¨® ¨¢vidamente¡ª. Pero no a mi antigua vida, sino a otra completamente diferente, otra mejor. No tengo mucha fe en mi mismo, pero s¨¦ que incluso yo puedo hacerlo si es de esta manera. Niv asinti¨®, solemne. ¡ªMe gusta la respuesta que has encontrado ¡ªadmiti¨®¡ª. Enhorabuena, Miyuki. 3. TECNOLOG铆A PREHISTè´¸RICA saludable falsa egolatr¨ªa quitar¨ªa hierro a las situaciones inc¨®modas¡ª. ?Creo que no nos han presentado! Seebu! ?Como en Save Point? ¡ªbrome¨® Hotaru. Miyuki parpade¨®. Claramente, no la segu¨ªa¡ª. Eeen fin. Miyuki, solo quer¨ªa avisarte de que esa recreativa no funciona. Le falta el desmagnetizador, y sin ¨¦l no se ve muy bonita precisamente, por eso est¨¢ apagada¡­ ?Pero puedes elegir cualquiera de las que est¨¢n encendidas! ?No te cortes! scroll lateral¡ª. Curioso. Gloria. Pero tambi¨¦n tienes una barra de Valor, que empieza llena pero se va vaciando cuando te metes en situaciones peligrosas o que den miedo, ?y no hay forma de rellenarla! Cuando se agota la barra de Valor, el prota huye y salta un final u otro en funci¨®n de cu¨¢nta Gloria hayas conseguido. ¡ªHotaru compuso una media sonrisa¡ª. Sacar el final bueno puede llevarte un par de horas en una partida, pero para eso tienes que conocerte muy bien el juego. ¡ªLa muchacha se puso las manos en las caderas, sacando pecho. No iba a decirlo directamente, pero quer¨ªa dejar impl¨ªcito que ella ya lo hab¨ªa conseguido. mobbing ni nada por el estilo. Nos llev¨¢bamos todos bien, en aquel entonces¡­ ¡ªSu voz se fue apagando, y volvi¨® a quedarse ensimismado. bug al modificar los objetos por defecto? por detr¨¢s. Hab¨ªa desmontado y vuelto a montar por primera vez una consola a los once a?os (aunque el primer paso lo hab¨ªa llevado a cabo varias veces antes), y hab¨ªa aprendido la programaci¨®n b¨¢sica que le permit¨ªa alterar los datos de sus partidas. hacker, pero la alababan como tal cuando ayudaba a otros usuarios a resolver sus problemas con algunos juegos. Un d¨ªa hab¨ªa entrado en un equipo de usuarios an¨®nimos, un lugar en el que se hab¨ªa sentido totalmente a salvo, aceptada y valorada. Y entonces las cosas hab¨ªan comenzado a ir a peor. En gran medida por culpa suya. modders. Pero para su sorpresa, de repente nadie quer¨ªa saber nada de ella. Los mismos zalameros que la hab¨ªan convencido de que averiguara toda la informaci¨®n posible para pasar a la historia del mundo del custom firmware ahora le daban largas, quiz¨¢ queriendo evitar que les relacionaran con ella. Stolen from its original source, this story is not meant to be on Amazon; report any sightings. defender el honor de un electrodom¨¦stico, pero sab¨ªa bien que aquella pesadilla no terminar¨ªa pronto. ninis sin escr¨²pulos. En su lugar, hab¨ªa topado casualmente con el Coin Block y hab¨ªa conocido a Niv. takoyaki en alguna de las m¨¢quinas expendedoras. Se visti¨® con lo primero que encontr¨®, se asegur¨® de llevar la tarjeta llave y sali¨® de la habitaci¨®n, bajando las escaleras. takoyaki, as¨ª que Hotaru se adelant¨® en busca de su cena, sutil como un b¨²ho nocturno cazando ratones. Meti¨® una moneda mientras miraba hacia atr¨¢s, y habr¨ªa jurado que el pelo de Niv se erizaba ligeramente al escuchar el tintineo. ?Te amo, Selena Tejima! ?Si decides hacerte aventurera como tu madre, yo te acompa?ar¨¦! ?Me enfrentar¨¦ a cualquier peligro con tal de que estemos juntos! ?Plas! Un paquete de takoyaki cay¨® al fondo de una m¨¢quina expendedora. El hombre de blancos cabellos y el chico lloroso se dieron la vuelta en el asiento. takoyaki? Esa es Hotaru. Estar¨¢ encantada de compartir la mitad del suyo contigo. Takoyaki? ?En serio? Takoyaki y unas partidas! Una forma ideal de olvidarse de los problemas, si me lo preguntas. Yo que t¨² aceptar¨ªa, Yoshio. Normalmente, nuestra amiga Hotaru no es tan generosa¡­ me enfrentar¨¦ a cualquier peligro por ti de forma no ir¨®nica? arcade, pero tengo un juego de lucha que creo que te gustar¨¢. Reconocer¨¢s a alg¨²n personaje. takoyaki no dur¨® demasiado. Pasaron un par de horas jugando a diferentes m¨¢quinas, a veces compitiendo y a veces turn¨¢ndose, a veces en silencio y a veces bromeando. ¨¦l pag¨® casi todas las partidas, pero cuando les entr¨® m¨¢s hambre, ella baj¨® en busca de comida. No vio a Niv por ninguna parte. Un buen rato despu¨¦s, parec¨ªa que Yoshio casi hab¨ªa olvidado su mal de amores. Y quiz¨¢ lo hab¨ªa olvidado demasiado. alternativa deseable. ?Y c¨®mo se sent¨ªa ella al respecto? Ten¨ªa que admitir que hab¨ªa algo de adorable en la fragilidad de aquel chico, en lo expuestos que parec¨ªan sus ojos desnudados por las l¨¢grimas y sus mejillas aun manchadas por surcos. Se dio cuenta de que pod¨ªa quitarse las gafas y besarle, y seguramente todo fluir¨ªa bastante bien. takoyaki ¡ªrezong¨® Hotaru¡ª. De verdad, lo siento. Pero te has pasado tres pueblos con el castigo. Casi hago algo de lo que me arrepiento. tradear con ella. tradear en mi presencia ¡ªla rega?¨® Niv¡ª. Pareces tonta. Y segundo¡­ recuerdas que puedes ir a una tienda de ropa siempre que quieras, ?no? No est¨¢s prisionera aqu¨ª, y estoy seguro de que ya deber¨ªas tener algo ahorrado. cu¨¢ntos estar¨ªan buscando sin ¨¦xito el resto de sus vidas. mucho. De todos modos, todav¨ªa no canto victoria. No s¨¦ muy bien c¨®mo voy a escucharlo. discman en mi cuarto. S¨ª, es tecnolog¨ªa prehist¨®rica, pero hace el apa?o. Te lo doy. Tendr¨¢s que buscar m¨¢s pilas por tu cuenta cuando se agoten, eso s¨ª. ?Espero que lo disfrutes! 4. HUEVO EN LA TAQUILLA Mahiru Killbreak compuso una sonrisa maltrecha. No estaba en los planes del h¨¦roe hacer un descanso aquella noche, pero si el Coin Block aparec¨ªa frente a sus ojos mientras buscaba un lugar en el que resguardarse de la lluvia, no era quien para darle la espalda. Se apoy¨® sobre su bayoneta ensangrentada y esper¨® a que Kaori y Johana, que ven¨ªan vigilando la retaguardia, le alcanzaran. ¡ªSe?oras, ya tenemos techo. ¡ªMahiru reprimi¨® un bostezo. ¡ªOh, gracias al cielo ¡ªsuspir¨® Kaori Mornstar¡ª. Esa cosa no podr¨¢ encontrarnos aqu¨ª. Iba ataviada con un colorido vestido de seda adornado con flores, que se cerraba mediante un lazo cruzado sobre el pecho. Llevaba una lanza apoyada en el hombro, y del extremo colgaba una imponente bola de pinchos. La ropa hab¨ªa visto d¨ªas mejores, eso s¨ª. Ten¨ªa bastantes manchas de sangre, y desgarros que dejaban heridas ya cicatrizadas al descubierto. ¡ªQue sepamos. ¡ªJohana Mayonakawa repleg¨® su navaja autom¨¢tica, anulando de paso el voltaje que recorr¨ªa la hoja, y se cruz¨® de brazos¡ª. Todav¨ªa no comprendemos del todo la naturaleza del Coin Block. Puede que Niv os haya seducido a vosotros dos, pero yo no conf¨ªo en ¨¦l. Iba vestida con un abrigo largo de cuero, y se hab¨ªa puesto la capucha para protegerse de la lluvia. Debajo, era posible ver una camiseta blanca con manchas y unos pantalones vaqueros desgarrados. ¡ªOh, yo tampoco conf¨ªo en ¨¦l. ¡ªMahiru se irgui¨®, luchando contra su cansancio¡ª. Pero conf¨ªo menos aun en los due?os de los hostales, love hotels, posadas, ba?os termales, cibercaf¨¦s y dem¨¢s tugurios en los que tenemos que dormir normalmente. Y preferir¨ªa luchar son¨¢mbulo contra una bestia renacida de Tauro antes que volver a meterme en un hotel c¨¢psula. ¡ªEstoy con Mahiru. ¡ªKaori lanz¨® una mirada de reproche a Johana¡ª. D¨¦janos tener esto, anda. Si Niv nos deseara alg¨²n mal, ya lo habr¨ªamos sufrido. Hemos estado a su merced muchas veces. ?T¨² haz acopio de monedas, que nos van a hacer falta! ¡ªTe pasas de inocente, Kaori ¡ªmurmur¨® Johana, pero no rechist¨® m¨¢s. Mahiru se encogi¨® de hombros. ¨¦l iba vestido con lo que parec¨ªa un uniforme militar antiguo, pr¨¢cticamente una casaca, pero lo hab¨ªa complementado con una bolsa de deporte que le colgaba del pecho y una especie de fina malla met¨¢lica que recubr¨ªa sus anchos pantalones de tela. Eran un grupo variopinto, sin duda. En cuanto entraron en el vest¨ªbulo del Coin Block, se dieron cuenta de que hab¨ªa dos aventureros j¨®venes com¨ªan ramen sentados en un banco. Deb¨ªa ser una de aquellas noches concurridas. ¡ªEh ¡ªsusurr¨® uno de ellos a su compa?ero, tap¨¢ndose la boca con su bol de ramen instant¨¢neo¡ª. ?Has visto las pintas que llevan esos? Menuda paliza han debido darles. El otro aventurero dio un disimulado codazo al que hab¨ªa hablado en primer lugar. ¡ª?Idiota! ¡ªsusurr¨®¡ª. ?Es el tr¨ªo legendario! ?Tienes idea de c¨®mo estar¨ªan las cosas de no ser por ellos? Mahiru les sonri¨®, como para hacerles saber que no eran tan discretos como ellos cre¨ªan, pero no les dedic¨® una segunda mirada. Se dirigi¨® directo a la m¨¢quina expendedora de hamburguesas, dispuesto a hincar el diente en una obscena masa de pan, carne, lechuga y queso, y not¨® que sus compa?eras se pon¨ªan a hacer cola tras ¨¦l. ¡ª?En serio? ¡ªMahiru puso los ojos en blanco¡ª. ?Como ochenta comidas diferentes a nuestro alcance, y los tres vamos a cenar lo mismo? ¡ªYo lo pens¨¦ primero. Simplemente te adelantaste. ¡ªJohana alz¨® la barbilla. ¡ªEs que una hamburguesa pega mucho ahora ¡ªsusurr¨® Kaori, movi¨¦ndose de un lado a otro como avergonzada, aunque Mahiru sab¨ªa bien que solo estaba sobreactuando. ¡ªVosotras ver¨¦is. ¡ªEl h¨¦roe consigui¨® su cena y fue a sentarse en un banco, tan lejos como pudo de los aventureros novatos. No esper¨® a sus compa?eras para empezar a devorar el manjar envasado. No se hab¨ªa comido ni la mitad de la hamburguesa cuando Niv apareci¨®. Iba vestido con un jersey navide?o y unos pantalones de pijama. El pelo blanco le ca¨ªa sobre los ojos, como si hubiera bajado corriendo. Aun as¨ª, parec¨ªa perfectamente calmado. ¡ªNo esperaba veros a vosotros tres ¡ªdijo, sin pre¨¢mbulos¡ª. ?Os vais a quedar mucho? ¡ª?Niv! ¡ªKaori le salud¨® con una especie de bailecito¡ª. ?C¨®mo has estado, cielo? ¡ªSolo nos quedaremos esta noche. ¡ªMahiru no dio pie a que la cortes¨ªa de Kaori recibiera respuesta¡ª. Algunos tenemos que trabajar. ¡ªYo trabajo. ¡ªNiv bostez¨®¡ª. Ponte t¨² a reponer esta cantidad de m¨¢quinas expendedoras en un d¨ªa. Varias veces. ¡ªBah. Eso puede hacerlo cualquiera. Ya sabes a qu¨¦ me refiero, tus talentos est¨¢n desperdiciados. ¡ªEl h¨¦roe baj¨® la voz¡ª. Las cosas van mal ah¨ª fuera. Al mundo le vendr¨ªa bien tu espada. ¡ªNo sabes de lo que hablas. Tienes una idea completamente err¨®nea de qui¨¦n soy, de lo que soy. ¡ªEl hombre de cabello blanco se permiti¨® una sonrisa burlona¡ª. Es casi halagador, pero te aseguro que mi espada no supondr¨ªa ninguna diferencia. Hemos tenido esta conversaci¨®n cada vez que has venido aqu¨ª. Por eso nunca te echo mucho de menos. ¡ªAunque es cierto que no sabemos qui¨¦n eres exactamente, estamos mejor informados de lo que crees. ¡ªJohana se termin¨® su hamburguesa y entorn¨® los ojos¡ª. Nos cost¨® encontrar a alguien que te conociera, pero¡­ Finalmente dimos con una viajera que sab¨ªa mucho de tu pasado. Nos cont¨® cosas la mar de interesantes. ¡ªJohana¡­ ¡ªMahiru us¨® un tono de advertencia. Su compa?era no hab¨ªa dicho ninguna mentira, pero ¨¦l habr¨ªa preferido que Niv no fuera consciente de este detalle. Revelar al enemigo que tienes una ventaja es renunciar a la mitad de esta. Niv parec¨ªa genuinamente descolocado. ¡ªOs han tomado el pelo. ¡ªLes mir¨® fijamente¡ª. No es que me haga mucha gracia que vay¨¢is dando mi nombre a todo el que os encontr¨¢is, pero¡­ Sea quien sea esa viajera, os ha timado. Siendo realistas, es imposible que deis con alguien que me recuerde. ¡ªPareces muy seguro. ¡ªMahiru le ret¨® con la mirada. Niv no se dign¨® a responderle. Mir¨® a la mujer del vestido de seda. ¡ªKaori, deber¨ªas ir a las recreativas cuando tengas un rato. Hotaru te echa de menos. ¡ª?Ah! ¡ªla hero¨ªna se levant¨® de un salto y recogi¨® su lanza¡ª. ?No me digas que necesita ropa! Ir¨¦ ahora mismo. Aunque¡­ ¡ªech¨® un vistazo a su mochila mientras empezaba a caminar hacia las escaleras. Niv subi¨® con ella¡ª. Esta vez solo llevo tres o cuatro conjuntos, aparte de lo puesto. ¡ªViajas con demasiada ropa para ser una aventurera ¡ªla acus¨® Johana. Ella y Mahiru les hab¨ªan seguido¡ª. ?Qu¨¦ sentido tiene? ¡ªMe pregunto cu¨¢l le gustar¨¢ m¨¢s. ¡ªKaori ignor¨® a su amiga y mir¨® maliciosamente a Niv¡ª. ?Me das permiso para hacer que se los pruebe todos? ¡ªCreo que eso queda fuera de mis atribuciones. ¡ªNiv suspir¨®¡ª. En realidad, le encanta toda tu ropa, no te va a costar convencerla. This novel is published on a different platform. Support the original author by finding the official source. ¡ª?Bien pues! ?Hasta luego, camaradas! ¡ªAl llegar a la primera planta, Kaori desapareci¨® en el interior del sal¨®n recreativo. Mahiru, Johana y Niv siguieron subiendo las escaleras, ahora en silencio. La segunda planta del Coin Block siempre hab¨ªa sido un lugar bastante oscuro, repleto de filas y filas de grandes taquillas met¨¢licas. Entre su silencioso y vac¨ªo orden y su deprimente iluminaci¨®n fluorescente, recordaba un poco a un aparcamiento. El cartel que colgaba del techo dejaba clara la utilidad de aquella sala. COIN LOCKER. El hombre de cabello blanco iba a seguir subiendo sin prestar atenci¨®n a aquella estancia, como sol¨ªa hacer, pero el h¨¦roe se detuvo. ¡ªPor cierto, Niv. Guard¨¦ algo la ¨²ltima vez que estuvimos aqu¨ª ¡ªanunci¨®¡ª. Me gustar¨ªa que lo vieras. Niv se detuvo, con el ce?o fruncido. Se dio la vuelta. ¡ªTe escucho. ¡ªYo me voy a dormir. ¡ªJohana se dirigi¨® hacia las escaleras sin pens¨¢rselo un segundo. No parec¨ªa tener mucho inter¨¦s en saber qu¨¦ hab¨ªa guardado su compa?ero. ¡ªVeamos, tengo la llave de la taquilla aqu¨ª. ¡ªAunque habl¨® con seguridad, Mahiru tard¨® un momento en encontrarla. Para cuando dio con ella, los ecos de los pasos de Johana se hab¨ªan desvanecido¡ª. Eso es. Taquilla ciento setenta y ocho. Las taquillas por monedas no eran la parte m¨¢s popular del Coin Block, pero la gente las utilizaba. Cosas que necesitaban esconder, cosas que no pod¨ªan permitirse perder, cosas que no quer¨ªan volver a ver¡­ Los motivos que llevaban a la gente a utilizar aquel espacio eran muy variados. Si alguien hubiese tenido una llave maestra, habr¨ªa encontrado toda clase de basura en el interior de aquellas taquillas, pero tambi¨¦n de tesoros. Ni siquiera Niv parec¨ªa saber todo lo que hab¨ªa guardado all¨ª realmente. Era muy curioso estar en un lugar que conten¨ªa tanta historia, tantos recuerdos, tantas emociones¡­ y que aun as¨ª fuese absolutamente opaco para el observador casual. Pero Mahiru hab¨ªa utilizado aquella taquilla con otros prop¨®sitos. Cuando hizo girar la llave, el mecanismo le devolvi¨® una moneda y una puerta met¨¢lica de forma rectangular se abri¨®. El h¨¦roe meti¨® las manos y extrajo de su interior un huevo de grandes dimensiones. Rivalizaba en tama?o con una sand¨ªa. Era de color azul claro, aunque ten¨ªa manchas blancas. Una escritura florida y arcaica formaba frases completamente incomprensibles en uno de los lados. Mahiru se lo tendi¨® a Niv, que retrocedi¨® con expresi¨®n de asco. ¡ª??Has tra¨ªdo un huevo de bestia de Cygnus!? ??Aqu¨ª!? ¡ªSus ojos verdes parecieron congelarse y volverse casi azules por un momento¡ª. ?Es que has perdido la cabeza, Mahiru? ¡ªS¨ª, lo he tra¨ªdo y he corroborado mi teor¨ªa. ¡ªMahiru sonri¨®, petulante¡ª. No se ha abierto. Sigue tal como lo dej¨¦. Cuando nos conocimos me dijiste que ning¨²n monstruo se pod¨ªa acercar al Coin Block. Tard¨¦ mucho en empezar a creerlo, pero al final me convenc¨ª¡­ y empec¨¦ a preguntarme por los l¨ªmites de tan sorprendente propiedad. Mi experimento ha sido un ¨¦xito. Por alguna raz¨®n, los monstruos ni siquiera pueden existir aqu¨ª. De lo contrario ya habr¨ªa eclosionado. Estos huevos sobreviven a casi cualquier cosa. ¡ª?Y qu¨¦ habr¨ªas hecho si tu experimento hubiera salido mal? ¡ªNiv levant¨® el brazo, como dispuesto a golpear la taquilla m¨¢s cercana, pero se lo pens¨® mejor¡ª. Lo dejaste hace meses. Podr¨ªa haberse escapado en alg¨²n momento, haberle hecho da?o a alguien. ¡ªDudo que hubiera podido salir de la taquilla. Y aunque as¨ª fuera, la habr¨ªas eliminado en un instante. ¡ªMahiru le acerc¨® el huevo a la cara¡ª. Te enteras de casi todo lo que sucede aqu¨ª, as¨ª que¡­ Niv perdi¨® la compostura. Arrebat¨® el huevo a Mahiru, lo arroj¨® contra el suelo y materializ¨® su brillante espada en su mano. Arrodill¨¢ndose, el hombre de blancos cabellos agarr¨® su arma con ambas manos y comenz¨® a aplastar el huevo con el pomo, lenta y met¨®dicamente. Jadeaba y ense?aba los dientes mientras acomet¨ªa tan macabra tarea. Ahora era el h¨¦roe quien hab¨ªa retrocedido. En parte, hab¨ªa hecho aquello para ver c¨®mo reaccionaba Niv a algo que escapaba tanto a sus situaciones cotidianas. Ahora se arrepent¨ªa; era cierto que recelaban el uno del otro y se ocultaban cosas, pero en realidad nunca hab¨ªa querido verle as¨ª. ¡ªIba a destruirlo luego ¡ªdijo Mahiru¡ª. No hac¨ªa falta que¡­ ¡ªNo me toques las narices, Killbreak. ¡ªNo era buena se?al que le llamara por su apellido¡ª. Dicen por ah¨ª que eres un h¨¦roe, el l¨ªder del tr¨ªo legendario, pero vas escondiendo huevos de monstruos en el hogar de la gente. No tienes ni idea de c¨®mo funciona esto. Ni las bestias, ni el Coin Block, ni siquiera las calles¡­ Solo vas por ah¨ª matando lo que te dicen que hay que matar. ?Crees que ese huevo lleg¨® a tus manos por casualidad? ?Lo encontraste en un nido y se te ocurri¨® la fant¨¢stica idea de traerlo? ?Necio! ?C¨®mo sabes que no pusieron esa idea en tu cabeza? Mahiru no sab¨ªa qu¨¦ decir. La ropa de Niv estaba cubierta de un l¨ªquido pegajoso y maloliente. Hab¨ªa fragmentos de huevo por todas partes, y una silueta oscura que el h¨¦roe no se atrev¨ªa a mirar humeaba bajo ellos. El hombre de blancos cabellos nunca perd¨ªa su amabilidad con nadie, y sin embargo¡­ ¡ª?S¨¦ lo que soy! ¡ªse justific¨® Mahiru¡ª. Soy un soldado que pelea en una guerra sin generales ni estrategias. Matamos a los monstruos que nos dicen que matemos, pero nunca nos preguntamos de d¨®nde vienen. A la gente le da igual, mientras los aventureros se ocupen de ellos. Nadie piensa en resolver el problema de ra¨ªz, o en buscar una soluci¨®n definitiva. ?Una soluci¨®n como la tuya! ?Te sorprende que quiera entender c¨®mo funciona este sitio? ?Si compartieras tus secretos, podr¨ªamos hacer del mundo entero un lugar libre de monstruos! ?O podr¨ªamos usar tu poder como arma para extinguirlos! Niv solt¨® un hondo suspiro. La espada desapareci¨® de entre sus manos con un centelleo. Se levant¨® y dio un peque?o rodeo, para evitar el charco que se hab¨ªa formado en el suelo. Puso ambas manos sobre la cabeza de Mahiru y junt¨® su frente con la de ¨¦l. Sus ojos estaban muy cerca. ¡ªEsc¨²chame, Mahiru ¡ªsusurr¨® Niv¡ª. No te voy a odiar por lo que has hecho. Tienes buena intenci¨®n, lo s¨¦, pero no ves las cosas importantes. Crees estar librando una guerra, pero es solo tu cabeza tratando de dar coherencia a algo que no la tiene. ?Lo entiendes? El mundo no tiene sentido, por muchas leyes y etiquetas que usemos para intentar definirlo. Pero las vidas s¨ª lo tienen. Tu trabajo es importante: luchas para protegerlas. Af¨¦rrate a eso, porque si intentas ganar una contienda que no existe, perder¨¢s. Mahiru permaneci¨® as¨ª un momento, sin moverse. Luego, se separ¨® del albino. ¡ªHe visto edificios ser destruidos por bestias sin escr¨²pulos, a las que ninguna persona normal se podr¨ªa enfrentar, que disfrutan con el sufrimiento y se r¨ªen de la voluntad humana ¡ªsusurr¨®¡ª. Yo mismo he acabado con ellas, muchas veces. Y he visto como a la semana siguiente esos edificios volv¨ªan a estar intactos y llenos de personas. Personas distintas, vidas distintas, como si las que hab¨ªa antes nunca hubieran significado nada. ?Y me dices que todas tienen sentido? ?C¨®mo esperas que acepte este mundo sin volverme loco, Niv? ¡ªNadie deber¨ªa tener que hacerlo ¡ªadmiti¨® el aludido¡ª. S¨¦ como te sientes, Mahiru Killbreak. Pero en el Coin Block no encontrar¨¢s el poder para salvar el mundo. En cierto modo, es el lugar que menos sentido tiene de todos. Lo ¨²nico que puedo ofrecerte es descanso y un poco de gu¨ªa. Y a cambio solo pido que no traigas el peligro a mis puertas. ¡ªSiento lo que he hecho. ¡ªMahiru hizo una honda reverencia¡ª. No se repetir¨¢. Pero no desisto, Niv. Encontrar¨¦ el modo de cambiar las cosas, de crear un mundo sin monstruos, y sospecho que luchar¨¢s a mi lado cuando esa meta est¨¦ a mi alcance. Lo s¨¦. Cuatro h¨¦roes suenan mejor que tres, ?no te parece? ¡ªTendr¨¢s que buscar a tu cuarto h¨¦roe en otra parte ¡ªrio Niv. Parec¨ªa m¨¢s calmado¡ª. Pero quiz¨¢ tengas raz¨®n en algunas cosas. Yo tampoco tengo todas las respuestas. ?Ah! Razonar contigo siempre es agotador, Mahiru. Me voy a dormir. En el s¨®tano encontrar¨¢s material de limpieza. Arregla este estropicio, anda. A la ma?ana siguiente, el h¨¦roe se reuni¨® con sus compa?eras en la entrada. Estaba todo lleno de estudiantes de instituto, y Mahiru les observ¨®, pensativo. Encontraban aquel lugar como si nada y se hartaban a comprar refrigerios sin darse cuenta de lo especial que era. Pese a que el tr¨ªo legendario ten¨ªa cierta fama, nadie les reconoci¨® ni les mir¨® dos veces. ?Qu¨¦ diferencia hab¨ªa con los aventureros de ayer, que hab¨ªan reaccionado a su presencia al instante? Hab¨ªa demasiadas cosas sobre el Coin Block que no entend¨ªa. Seg¨²n Niv, el esfuerzo de tratar de comprenderlas no se ver¨ªa recompensado con ning¨²n resultado tangible, pero¡­ ?podr¨ªa rendirse tan f¨¢cilmente? ¡ª?Qu¨¦ has averiguado? ¡ªpregunt¨® Johana. ¡ªQue a Hotaru le sienta de maravilla el vestido rosa de danza, aunque ella lo niegue ¡ªrespondi¨® Kaori¡ª. Aunque al final se ha quedado con el traje del nen¨²far y el roc¨ªo. Buen gusto no le falta. ¡ªSabes perfectamente que hablaba con Mahiru, ?no? ¡ªgru?¨® Johana. ¡ªYo no he averiguado mucho ¡ªsuspir¨® Mahiru, volviendo a la realidad¡ª. Consegu¨ª una reacci¨®n violenta al acercarle el huevo, lo que coincide con lo que sab¨ªamos, pero¡­ admito que me result¨® duro verlo as¨ª. Despu¨¦s, me asegur¨® que su poder no nos servir¨ªa de nada. En resumen fue as¨ª. ¡ªPero si lo que nos cont¨® la viajera era verdad, hay un modo ¡ªle record¨® Johana. ¡ª?Qui¨¦n sabe? Los dos hablan en acertijos ¡ªprotest¨® Mahiru¡ª. De todos modos, prefiero no discutir esto aqu¨ª. Niv no estaba lejos de all¨ª. En el otro extremo de la habitaci¨®n, repon¨ªa el contenido de las m¨¢quinas con ayuda de una especie de oficinista en horas bajas. ¡ªAhora te das cuenta, ?verdad? ¡ªsusurr¨® Kaori en el o¨ªdo de Mahiru, sobresalt¨¢ndose¡ª. Niv sirve de apoyo a muchas personas, pero en realidad es muy fr¨¢gil. Si ¨¦l cayera, ?cu¨¢ntos caer¨ªan detr¨¢s? Deber¨ªamos agradecer la ayuda que nos brinde, y no intentar utilizarle. ¡ªHum. ¡ªMahiru se recompuso. Normalmente, Kaori Mornstar actuaba con ligereza, como si solo pensara en sus tonter¨ªas. Pero a veces dejaba traslucir el alcance de su capacidad perceptiva, y entonces daba un poco de miedo¡ª. Quiz¨¢. Compremos algunos v¨ªveres y partamos, hay mucho trabajo que hacer. Se marcharon sin despedirse. A Niv no le importar¨ªa. Se alejaron por aquellas calles que tan anodinas parec¨ªan a la luz del d¨ªa y volvieron a perderse en aquel mundo patas arriba. 5. FIDEOS, POLLO Y HUEVO Neigail Kristoph sali¨® al pasillo del hotel, bostezando. Como sospechaba, hab¨ªa tres habitaciones cuyo cartel emit¨ªa una luz morada, y luc¨ªan un texto en el que se pod¨ªa leer EN MANTENIMIENTO. Los viajeros deb¨ªan haber introducido sus tarjetas en la m¨¢quina para dejar libres las estancias. Era la forma correcta de utilizar aquellas instalaciones, aunque no todos se dignaban a hacerlo, y a veces hab¨ªa que esperar veinticuatro horas para poder entrar en una habitaci¨®n que ya nadie estaba usando. La mujer comenz¨® a bajar las escaleras, muerta de sue?o. La noche anterior hab¨ªa estado escribiendo hasta tarde en la azotea, a pesar de la lluvia. Hab¨ªa un lugar resguardado que se manten¨ªa seco a menos que soplara mucho viento, y la escritora no pod¨ªa evitar dejarse llevar por los sentimientos que las gotas te?idas con la luz de los neones le transmit¨ªan. Antes de llegar siquiera a la segunda planta se cruz¨® con Niv, que iba cargado con un mont¨®n de material de limpieza, justo lo que Neigail iba a buscar. Se miraron a los ojos al cruzarse. ¡ªBuenos d¨ªas, Niv. ¡ªLa mujer esboz¨® una sonrisa amable¡ª. ?Ibas a limpiar las habitaciones que los hu¨¦spedes dejaron libres? ¡ªEl hombre asinti¨®¡ª. Pensaba ocuparme yo. ?Te importa cederme la tarea? ¡ªCon gusto ¡ªrespondi¨® Niv¡ª. Tener a Miyuki aqu¨ª es una bendici¨®n, pero sigue habiendo mucho trabajo por las ma?anas. La verdad es que prefiero descansar. Eso s¨ª, subir¨¦ todo esto a la planta del hotel, ya que he llegado hasta aqu¨ª. ¡ªTe lo agradezco. ¡ªNeigail se dio la vuelta y volvi¨® a subir el tramo de escaleras. Acept¨® de Niv los cubos, utensilios y productos que utilizaban para limpiar y se arremang¨® para enfrentarse a las habitaciones. Aquel tipo de limpieza era una de las tareas peor remuneradas en el Coin Block. Obtendr¨ªa tres monedas por cada habitaci¨®n que dejara en perfecto estado, lo que no era mucho, pero le evitar¨ªa depender tanto de sus propios ahorros. No se trataba de que Neigail realmente lo necesitara, pero siempre era mejor ser previsora. Por desgracia, eran tan pocos los visitantes ocasionales que ten¨ªa escaso trabajo en aquel sentido, y adem¨¢s el hombre de cabello blanco a veces se le adelantaba. Por supuesto, las habitaciones de Niv, Miyuki, Hotaru y la propia Neigail nunca quedaban libres, as¨ª que el Coin Block no recompensaba a sus ocupantes por dejarlas impolutas. Cambi¨® las s¨¢banas, barri¨® y freg¨® los suelos, recoloc¨® los muebles que se hab¨ªan movido y luego dio una limpieza exhaustiva a la ducha y al ba?o. Le llev¨® poco tiempo, pero cuando acab¨® estaba cansada, ya que no estaba muy acostumbrada al trabajo f¨ªsico. Tras aquello, Neigail se dio una ducha que sinti¨® que necesitaba y se puso su vestido azul y su gorra de mariposas. Por ¨²ltimo, meti¨® su port¨¢til en un enorme bolso y sali¨® de su habitaci¨®n. Se dirigi¨® a la de Hotaru y llam¨® a la puerta, pero como era de esperar, no hab¨ªa nadie all¨ª. Tuvo que ir al sal¨®n recreativo para encontrarla. ¡ª?C¨®mo est¨¢s, Hotaru? ¡ªpregunt¨® Neigail, al verla sentada sobre una moto mec¨¢nica que serv¨ªa para controlar un juego de conducci¨®n arcade¡ª. Sabes que no tiene mucho sentido gastar en las recreativas el mismo dinero que ganas arregl¨¢ndolas, ?no? ¡ªNo he pagado por esta carrera ¡ªreplic¨® Hotaru, sin mirarla¡ª. Es una sesi¨®n de testeo. Tengo que probar los juegos para asegurarme de que van bien, ?no? ¡ªClaro, est¨¢s testeando ¡ªrepiti¨® Neigail, con una risilla¡ª. Ver¨¢s, voy a salir a intentar encontrar alg¨²n punto al que llegue la cobertura de Internet ¡ªexplic¨® la escritora¡ª. Necesito buscar algunas referencias, y adem¨¢s va siendo hora de enviar un correo electr¨®nico a mi editora, que a estas alturas pensar¨¢ otra vez que he muerto. ?Necesitas que busque algo para ti? ?Alg¨²n tutorial, como la ¨²ltima vez? ¡ª?Hala, hala! ¡ªHotaru introdujo una combinaci¨®n de botones a toda velocidad, y la partida en la que estaba tan concentrada se detuvo. No sali¨® una pantalla de pausa, sino un mont¨®n de texto blanco sobre fondo negro, similar al que aparec¨ªa al encender un ordenador¡ª. Vale, tienes toda mi atenci¨®n. Necesitar¨ªa una gu¨ªa que hable de alternativas para borrar una EPROM cuando no tienes una l¨¢mpara ultravioleta a mano, y tambi¨¦n un esquema de los pines de un conector JAMMA. Me los sab¨ªa de memoria, pero¡­ ¡ªAlto ah¨ª, chiquilla. ¡ªNeigail detuvo la avalancha de peticiones¡ª. Hag¨¢moslo como la ¨²ltima vez, ?vale? T¨² escribes tus consultas en un documento en blanco y yo las paso por el buscador. Te traer¨¦ todos los resultados que pueda. ¡ªS¨ª, supongo que ser¨¢ lo mejor. ¡ªSin levantarse de la moto, Hotaru puso el port¨¢til apoyado contra el manillar y comenz¨® a escribir. Ech¨® un vistazo de reojo a Neigail¡ª. M¨¢s vale que seas capaz de volver al Coin Block. ¡ªSi no lo consigo, simplemente significar¨¢ que mi ¨¦poca aqu¨ª ten¨ªa que terminar ¡ªrepuso Neigail, tranquila¡ª. No me har¨ªa mucha gracia, porque todav¨ªa tengo demasiado que escribir, pero¡­ ¡ªSe encogi¨® de hombros¡ª. De todos modos, no me preocupa. Siempre he logrado volver. ¡ªPara m¨ª es diferente. ¡ªLa adolescente cerr¨® los ojos y dej¨® de teclear un momento¡ª. No tengo ni idea de c¨®mo llegu¨¦ hasta aqu¨ª, y es un golpe de suerte que temo que no se vuelva a repetir. Niv no comprende que no me atreva a alejarme de este sitio, pero¡­ es que no tengo ning¨²n otro al que¡­ A Neigail le dieron ganas de abrazar a la chiquilla para confortarla, pero intu¨ªa que no se lo tomar¨ªa bien. Se limit¨® a dar unas palmadas en el asiento de aquella especie de moto de juguete. ¡ªA veces, tengo la sensaci¨®n de que Niv saldr¨ªa a buscarte y te traer¨ªa de vuelta incluso si no encontraras el camino, Hotaru. Nadie m¨¢s podr¨ªa mantener esta planta en marcha. ¡ªHab¨ªa admiraci¨®n en la voz de Neigail. ¡ªPues ya podr¨ªas venir a jugar un poco, de vez en cuando ¡ªmurmur¨® Hotaru¡ª. En todo caso, estas son las b¨²squedas que se me ocurren ahora mismo ¡ªa?adi¨®, hablando m¨¢s alto, y devolvi¨¦ndole el port¨¢til¡ª. Hasta pronto, Neigail. ?No te pierdas! Ni siquiera hab¨ªa que alejarse demasiado del Coin Block para recuperar la conectividad a Internet. A la escritora le bast¨® con girar un par de esquinas para encontrarse en una calle llena de bicicletas aparcadas y cubos de basura, un lugar silencioso a pesar de poder o¨ªr el tr¨¢fico a lo lejos. All¨ª ten¨ªa varias barras de cobertura, as¨ª que se sent¨® sobre unas discretas escaleras negras semiocultas tras el muro de uno de los edificios. Se disculpar¨ªa si alguien trataba de entrar o salir en ¨¦l, pero a juzgar por la capa de polvo acumulada en los escalones, a aquel edificio no acced¨ªa demasiada gente. Adem¨¢s, dado que la segunda planta sobresal¨ªa por encima del muro que daba a la calle, estar¨ªa bajo techo si la lluvia regresaba. Neigail pas¨® casi cuatro horas all¨ª. Ten¨ªa mucho correo que leer y muchas noticias con las que ponerse al d¨ªa. Tras guardar una razonable cantidad de resultados relacionados con las extra?as b¨²squedas de Hotaru, devolvi¨® el port¨¢til al bolso. Cuando regres¨® a la calle llena de bicicletas, se dio cuenta de que no recordaba por d¨®nde hab¨ªa venido. No se sorprendi¨®, porque le ocurr¨ªa siempre lo mismo, como si le borraran la memoria. Era consciente tambi¨¦n de que, a pesar de lo poco que se hab¨ªa alejado, no encontrar¨ªa ning¨²n edificio similar al Coin Block en las inmediaciones si lo comprobaba en su GPS. Lo mejor que pod¨ªa hacer era pensar en las m¨¢quinas expendedoras llenas de comida deliciosa que la aguardaban y echar a caminar sin fijarse mucho en por d¨®nde iba. Anduvo casi tres horas. Hac¨ªa ya un buen rato que hab¨ªa anochecido, y Neigail comenzaba a preocuparse. ?Y si esta vez realmente no encontraba el camino de vuelta? A pesar de la confianza que hab¨ªa exhibido frente a Hotaru, no le apetec¨ªa en absoluto tener que regresar a su vida cotidiana. Caminar¨ªa toda la noche si hac¨ªa falta, y solo entonces se resignar¨ªa. No era una perspectiva apetecible, pero rendirse pronto no era algo que encajase en la personalidad de la mujer. Caminar sin rumbo ten¨ªa una ventaja. Pod¨ªa pensar en la situaci¨®n actual de cada uno de sus personajes, calcular c¨®mo se desarrollar¨ªan las situaciones que Neigail pronto escribir¨ªa. Su protagonista principal llevaba unos cuantos cap¨ªtulos sin aparecer, y quer¨ªa que su retorno tuviese el impacto que merec¨ªa. ?Qu¨¦ dir¨ªan los asistentes al baile cuando la vieran presentarse, bajando la escalera dram¨¢ticamente al apagarse las luces? Necesitaba dividir el cap¨ªtulo en varias escenas, mostrando diversas conversaciones en las que los personajes mostraran su reacci¨®n al evento. Pero tambi¨¦n necesitaba que fuera ¨¢gil, as¨ª que deb¨ªa pensar muy bien en el di¨¢logo de cada uno, para no sobrecargar el¡­ Neigail se detuvo. Llevaba un buen rato inmersa en la planificaci¨®n mental de su novela, pero algo la devolvi¨® a la realidad de golpe. Hab¨ªa una muchacha tirada en la calle, encima de un charco, con la espalda apoyada en un puesto cerrado de dulces de arroz. Llevaba una falda negra, larga hasta las rodillas, que no cubr¨ªa completamente sus medias rotas. La corbata que colgaba sobre su camisa blanca estaba medio desanudada, y se abrazaba a una chaqueta arrugada repleta de manchas de v¨®mito. ¡ª?Oye! ?Est¨¢s bien? ?Te has hecho da?o? ¡ªNeigail se arrodill¨® junto a ella sin pens¨¢rselo un segundo. ¡ª?Qu¨¦ passa¡­? ¡ªLa escritora solo necesit¨® esas palabras para detectar la ebriedad en la voz de la otra mujer¡ª. Perdona¡­ ?este puessto ess tuyo¡­? Pensaba irme antess de que abrierass¡­ Unauthorized duplication: this tale has been taken without consent. Report sightings. ¡ªNo es m¨ªo. ¡ªNeigail arrug¨® la nariz. Le costaba aguantar el olor que desprend¨ªa aquella mujer sin marearse ella misma¡ª. Escucha, ?alguien te ha hecho da?o? ?Te han atacado? ¡ªQu¨¦ va¡­ Ssolo me he perdido¡­ ¡ªLa desconocida solt¨® una risita¡ª. O puede que me hayan abandonado, ?essos PUTOSS GILIPOLLASS! Cuando levant¨® la voz de aquella manera, la escritora mir¨® a su alrededor, alarmada. Ella sab¨ªa moverse por aquellas calles con relativa seguridad, pero no cab¨ªa duda de que eran peligrosas, y de que no era conveniente llamar tanto la atenci¨®n. ¡ªEscucha, ?puedes levantarte? ¡ªpregunt¨® Neigail, con urgencia¡ª. No debemos quedarnos aqu¨ª. Podr¨ªan aparecer monstruos. ¡ªMonsstruoss¡­ ?de qu¨¦ hablass? ¡ªLa mujer ebria se ech¨® a re¨ªr¡ª. El ¨²nico monsstruo que he visto ess el portero de aquella disscoteca, ?te acuerdass de ¨¦l? Esse gorila ssob¨®n. Me dijo que yo sseguro que hab¨ªa¡­ ¡ªSe detuvo, y sus ojos vidriosos parecieron recuperar la lucidez por un momento¡ª. Era un guarro. Un guarro cabr¨®n. ?Te acuerdass? ?Eh? ¡ªMir¨® a Neigail, frunciendo el ce?o. ¡ªNo, yo no¡­ ¡ªempez¨® a decir Neigail, y luego suspir¨®¡ª. S¨ª, me acuerdo. Y a lo mejor ese guarro cabr¨®n vive por aqu¨ª, ?sabes? Es mejor que nos movamos. Insisto, ?puedes incorporarte? ¡ª?Puess claro, joder, si yo apenass he¡­! ¡ªSe le escap¨® un eructo¡ª. Perd¨®n. Apenass beb¨ª nada ¡ªafirm¨®, esbozando una sonrisa temblorosa y sec¨¢ndose el sudor con su chaqueta manchada de v¨®mito. Neigail la ayud¨® a levantarse. Se abraz¨® a su costado y ambas echaron a andar, tropezando constantemente, lastradas por la falta de coordinaci¨®n motriz de la desconocida. Afortunadamente, el Coin Block estaba oculto tras la esquina siguiente, as¨ª que no tuvo que cargar mucho tiempo con ella. Mientras la mujer la insultaba por obligarla a caminar tanto tiempo seguido, la escritora suspir¨® aliviada al entrar a la habitaci¨®n llena de m¨¢quinas expendedoras. ¡ªVale, ?tienes monedas? ¡ªpregunt¨® Neigail. ¡ªMonedass¡­ ¡ªLa mujer ebria lade¨® la cabeza, como si acabase de escuchar una palabra extranjera¡ª. Ah. Mi cartera est¨¢ en¡­ ¡ªParpade¨® y comenz¨® a sacudir su chaqueta. Luego, se dedic¨® a palparse toda la ropa tratando de averiguar d¨®nde la hab¨ªa guardado, incluyendo los lugares improbables. De forma inesperada, los ojos se le llenaron de l¨¢grimas¡ª. Creo que¡­ la perd¨ª¡­ Lo ssiento¡­ ¡ªVale, vale, ?no pienses en eso ahora! ¡ªNeigail la agarr¨® por los hombros, indecisa entre si tratar de calmarla o zarandearla¡ª. Venga, yo invito. Te comprar¨¦ una bebida isot¨®nica. ¡ª?Mejor una cerveza! ¡ª?Qu¨¦? ¡ªNeigail no dio cr¨¦dito a sus o¨ªdos¡ª. Pero¡­ ¡ªUna cervecita¡­ ¡ªRog¨® la mujer¡ª. Para que no me de vueltass la cabeza. Porfa¡­ ¡ªLo siento, ninguna de estas m¨¢quinas dispensa bebidas alcoh¨®licas ¡ªdijo Niv, sobresaltando a ambas mujeres¡ª. Ser¨ªa contraproducente. No le hab¨ªan visto ni o¨ªdo llegar, pero estaba de pie junto al banco, cruzado de brazos. ¡ª?Contraprudente para qu¨¦? ¡ªprotest¨® la desconocida¡ª. Solo quiero¡­ ¡ªLo que quieras es irrelevante. Neigail, compra la bebida isot¨®nica. Y tambi¨¦n un ramen de pollo y huevo ¡ªorden¨® Niv¡ª. Te devolver¨¦ las monedas que gastes. No te preocupes por eso. ¡ª?Ramen de pollo y huevo? ?En serio? ¡ªpregunt¨® Neigail, aunque ya hab¨ªa comenzado a seguir las instrucciones. ¡ªEs un viejo truco, popular por estos lares. ¡ªNiv frunci¨® el ce?o¡ª. Aunque no funciona con todo el mundo. ¡ª?No lo vomitar¨¢? ¡ªPor lo que veo, ya ha estado vomitando cuanto ten¨ªa dentro. ¡ªEl hombre de pelo blanco sonri¨® con cansancio¡ª. Creo que lo retendr¨¢. Y si no lo hace, simplemente tendremos algo m¨¢s que limpiar. ¡ªRamen¡­ ¡ªLa desconocida bizque¨® al tratar de mirar a ambos a la vez¡ª. Ss¨ª. Hace mucho que nadie me invita¡­ Niv se arrodill¨® frente a ella. ¡ªEscucha, ?c¨®mo te llamas? ¡ªMakino Kurogawa. ¡ªYa veo. ?Sueles salir de fiesta, Makino? ¡ªNo¡­ ¡ªLa mujer neg¨® con fuerza con la cabeza, y eso hizo que se tambaleara y empezase a caer hacia un lado en el banco. Niv lo evit¨® poniendo una mano en su hombro para sostenerla¡ª. No ssuelo beber. Loss gilipollass de miss compa?eros me¡­ inssisstieron¡­ desspu¨¦ss del trabajo. Acab¨¢bamoss de cerrar un proyecto, ass¨ª que fuimoss a cenar y luego¡­ a una disscoteca¡­ ¡ªY te separaste de ellos, ?verdad? ¡ª?SSE FUERON SSIN M¨ª! ¡ªMakino se levant¨® tan r¨¢pido que sobresalt¨® a Niv. Estuvo a punto de caer sobre ¨¦l¡ª. ?SSE FUERON A FOLLAR! ?LESS DIO IGUAL QUE YO NO TUVIERA C¨®MO VOLVER! ?ME DEJARON CON UN T¨ªO RARO Y¡­! ¡ªestall¨® en sollozos¡ª. Y me tuve que ir ¡ªgimi¨®, hablando muy bajito. ¡ª?Te hizo algo ese t¨ªo raro? ¡ªNeigail, que ya tra¨ªa la comida y la bebida, mir¨® a la mujer con aprensi¨®n. ¡ªN-no¡­ Pero me lo acababan de pressentar¡­ No quer¨ªa esstar ssola con ¨¦l¡­ ¡ªSe limpi¨® las l¨¢grimas con lo primero que encontr¨®, que result¨® ser la camiseta de Niv¡ª. Ssoy tonta, ?verdad? ¡ªNo eres tonta. ¡ªNiv se registr¨® los bolsillos, posiblemente en busca de un pa?uelo que no encontr¨®, as¨ª que pareci¨® resignarse a perder la camiseta¡ª. Si no estabas c¨®moda con ¨¦l, hiciste bien en no quedarte. Pero seguramente deber¨ªas haber llamado a un taxi. Ten, t¨®mate esto. Te sentir¨¢s mejor. Sorbo a sorbo, Makino se bebi¨® el refresco, y luego se tom¨® el ramen caliente con una lentitud y torpeza exasperantes. Aun as¨ª, aquello pareci¨® hacerle alg¨²n bien, ya que un color m¨¢s natural adorn¨® sus mejillas y comenz¨® a hablar con una claridad razonable. Ahora tambi¨¦n parec¨ªa mantener la mirada fija m¨¢s tiempo y sin aquel extra?o temblor en los p¨¢rpados. ¡ªMuchas gracias por la comida ¡ªdijo con educaci¨®n. El extra?o deje en su voz indicaba claramente que la ebriedad no se hab¨ªa desvanecido por completo¡ª. Y gracias por¡­ traerme ¡ªa?adi¨®, mirando a Neigail¡ª. Te confund¨ª con una compa?era del trabajo, creo. ?Qui¨¦nes sois? ¡ªYo me llamo Niv ¡ªse adelant¨® el hombre de pelo blanco¡ª. Y esta es mi buena amiga, Neigail Kristoph. ¡ªSois m¨¢s raros que el tipo que me presentaron ¡ªadmiti¨® Makino, con una sonrisa desigual¡ª. Pero de vosotros s¨ª me f¨ªo. No s¨¦ por qu¨¦. ¡ªMe alegra o¨ªr eso. ¡ªNiv se incorpor¨®¡ª. Hay un hotel en la tercera planta. Ya que perdiste tu cartera, alquilaremos una habitaci¨®n para ti. Lo mejor ahora mismo es que duermas. ¡ª?Tercera planta¡­? ¡ªLa mujer ebria baj¨® la vista, avergonzada¡ª. No, creo que dormir¨¦ aqu¨ª. No s¨¦ si estoy como para subir muchas escaleras. ¡ªTe ayudaremos ¡ªresopl¨® Neigail, que estaba perdiendo la paciencia¡ª. No hay tanto que subir. Ven, vamos. Ag¨¢rrate a nosotros. Entre los tres lograron culminar el lento ascenso al hotel, aunque la escritora temi¨® varias veces que la desdichada visitante volviera a vomitar. No fue as¨ª, y no tardaron tanto en conseguir una habitaci¨®n y sentarla en la cama. ¡ªPodr¨ªamos dejar que se durmiera directamente, pero en el estado en el que tiene la ropa¡­ ¡ªNiv desvi¨® la mirada¡ª. Es mejor que se desnude y que se limpie un poco, de lo contrario se le irritar¨¢ la piel, hasta podr¨ªan salirle heridas en zonas sensibles. ?Puedes ayudarla a ducharse? Siento pedirte algo as¨ª, y aseg¨²rate de que ella est¨¦ de acuerdo, pero¡­ ¡ªNo te preocupes por nada, Niv. ¡ªNeigail le palme¨® el hombro¡ª. Har¨¦ que se duche y luego me duchar¨¦ yo, que a m¨ª tambi¨¦n me ha puesto perdida. Nos quedaremos en la habitaci¨®n toda la noche, y te avisar¨¦ si pasa algo. ¡ªEst¨¢ bien, muchas gracias. Y tambi¨¦n por traerla. ¡ªNiv la estudi¨® un segundo¡ª. ?D¨®nde la encontraste? ¡ªSentada en el suelo de la calle, apoyada contra un puesto callejero. No hab¨ªa nadie m¨¢s a la vista. ¡ªNeigail parpade¨®¡ª. Tem¨ª que la atacaran los monstruos si me iba sin ayudarla. Eso, o malas personas. ¡ªS¨ª, podr¨ªa haberse dado el caso. ¡ªEl hombre canoso asinti¨®¡ª. Hay monstruos capaces de oler las emociones mejor que cualquier rastro f¨ªsico¡­ y las suyas no eran precisamente discretas. Pero incluso sin todo eso, al dormir en la calle as¨ª vestida, podr¨ªa haber muerto de hipotermia. Hiciste bien en ayudarla. Excelente trabajo, Neigail. Me alegro de tenerte en el Coin Block. La escritora casi se sonroj¨®. Casi. Sonri¨® con satisfacci¨®n y memoriz¨® aquella sensaci¨®n. Le vendr¨ªa de maravilla para cierta situaci¨®n entre dos personajes del siguiente cap¨ªtulo. Una bastante m¨¢s rom¨¢ntica que aquella, por descontado. A la ma?ana siguiente, a Makino le dol¨ªa la cabeza, pero hab¨ªa recuperado por completo el raciocinio y su equilibrio volv¨ªa a ser funcional. Neigail hab¨ªa lavado y secado su ropa, as¨ª que estaba presentable. Al ser m¨¢s consciente de la situaci¨®n, se empe?¨® en marcharse temprano. Se despidi¨® de Neigail y Niv en la entrada del edificio. ¡ªSiento que tuvierais que verme as¨ª anoche ¡ªse disculp¨®, claramente avergonzada¡ª. Por supuesto, volver¨¦ para pagar todo lo que debo. Con suerte, alguien habr¨¢ encontrado y entregado mi cartera en la discoteca. En cualquier caso, lamento profundamente haberos puesto en semejante apuro. ¡ªHizo una reverencia con la que baj¨® la cabeza por debajo de la cintura. Su pelo pr¨¢cticamente acarici¨® las baldosas del suelo¡ª. Much¨ªsimas gracias por cuidar de m¨ª. De verdad. ¡ªNo te preocupes por las monedas ¡ªreplic¨® Niv, relajado¡ª. No tienes que devolvernos nada. A cambio, prom¨¦teme una cosa: no volver¨¢s a beber en contra de tu voluntad. Nadie tiene derecho a presionarte para que tomes nada, y menos si se trata de algo que puede afectar a tus facultades. Si¨¦ntete libre de decir que no siempre que quieras, incluso aunque est¨¦s en un compromiso laboral o en otra situaci¨®n social por el estilo. ¡ªBueno¡­ ¡ªMakino se agarr¨® un brazo con el otro y mir¨® al suelo, inc¨®moda¡ª. Tampoco dir¨ªa que me presionaron¡­ ¡ªAnoche lo dijiste ¡ªla interrumpi¨® Niv, implacable¡ª. Y tambi¨¦n que no sueles hacer cosas as¨ª. Seguramente no quisiste estropear el ambiente siendo la ¨²nica que no beb¨ªa o alguna majader¨ªa por el estilo, ?verdad? ¡ªLa se?al¨® con un dedo acusador, y Makino simplemente apret¨® los labios¡ª. Insisto: la palabra no est¨¢ para usarla. Hazlo a conveniencia. De lo contrario, tu vida la escribir¨¢n otros¡­ y quiz¨¢ su final tambi¨¦n. ¡ªC-creo que est¨¢s exagerando. ¡ªMakino mir¨® al hombre de pelo blanco, intimidada. Entonces, tras un momento de silencio, apret¨® los pu?os¡ª. Pero¡­ entiendo un poco lo que intentas decir. Ser¨¦ m¨¢s resolutiva. ?Y me asegurar¨¦ de pagaros! ?Hasta pronto! Repiti¨® su reverencia y se march¨® a paso r¨¢pido, sin mirar atr¨¢s. ¡ª?Cuidate! ¡ªgrit¨® Neigail, agitando la mano y sonriendo con alivio. Sent¨ªa que hab¨ªan manejado bien la situaci¨®n. Se sent¨® en un banco con un suspiro y mir¨® a su alrededor¡ª. Por fin. Pensaba escribir cuando esto terminara, pero creo que todav¨ªa tengo trabajo por hacer. Debo prestar el port¨¢til a Hotaru y¡­ Oye, ?por qu¨¦ las m¨¢quinas est¨¢n casi vac¨ªas? ¡ªPorque Niv y yo todav¨ªa no hemos tenido tiempo de empezar a reponer. ¡ªMiyuki, que hab¨ªa estado sentado observando desde un banco cercano, intervino¡ª. Pero si buscas algo para desayunar, creo que todav¨ªa encontrar¨¢s cosas apetecibles. ¡ªS¨ª, dir¨ªa que me lo he ganado. ¡ªNeigail se levant¨® y comenz¨® a curiosear el contenido de las m¨¢quinas¡ª. Vale, ?esto servir¨¢! ¡ªexclam¨®, al dar con unos sandwiches de fresa y crema¡ª. A comenzar bien otro d¨ªa en el Coin Block. Ahora que lo pienso ¡ªmurmur¨®¡ª, me alegro de haber logrado volver. Como si la hubiera escuchado, Niv sonri¨®. 6. EDICIè´¸N LIMITADA muerto que le hab¨ªa transferido una oleada de miedo y sufrimiento al pecho. Era el equivalente emocional a ver a alguien golpearse el dedo me?ique del pie. No sent¨ªas el dolor, y aun as¨ª ten¨ªas una idea muy precisa y desagradable de lo que estaba sufriendo la otra persona. Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author. THE COIN GRAVEYARD SHIRRWIND 7. LIMONADA DE HIERBAS posts en p¨¢ginas extra?as que daban informaci¨®n contradictoria sobre c¨®mo llegar. original. explotar mejor las novedades y exprimir cada moneda! ¡ªAsinti¨®, pagada de si misma¡ª. Aunque he de se?alar que la versi¨®n para consolas no es la original, t¨¦cnicamente. Ya contiene ciertos cambios sobre la versi¨®n de recreativas, por ejemplo¡­ podcast sobre ¨¦l. Game Over como el cubito de hielo que era. nadie puede encontrar el Coin Block en condiciones normales. Es Niv el que nos invoca. The genuine version of this novel can be found on another site. Support the author by reading it there. Sabe cosas. kaijus¡ª. Pero las cifras no me cuadran. Se me ocurren otros dos monstruos gigantes que tambi¨¦n contar¨ªan entonces como bestias trascendidas¡­ Y ni de co?a hemos matado tres mil bestias despertadas. muy mala suerte y murieron las tres bestias despertadas que ven¨ªan con premio. por alg¨²n motivo resucitaron aqu¨ª cerca. Quiz¨¢ fue la voluntad de alguien. bestia iluminada, la que controla a todas las dem¨¢s ¡ªapunt¨® Johana¡ª. Siguiendo la progresi¨®n, ?cu¨¢ntas bestias trascendidas habr¨ªa que matar para que aparezca una de esas? ?Diez mil? Si nos hemos cargado tantos de esos mastodontes, creo que ya nos hemos ganado la jubilaci¨®n. especial ¡ªexplic¨® Kaori, sonriendo y cerrando los ojos¡ª. No procede de una bestias trascendidas, sino de bestias despertadas. Tienen el mismo poder, pero lo utilizan de forma distinta. En teor¨ªa, la bestia iluminada tiene el tama?o de un ser humano y puede hablar nuestro idioma si quiere. Los monstruos est¨¢n a sus ¨®rdenes, pero su aparici¨®n es infinitamente m¨¢s rara que la de una bestia trascendida. Piensa en ello como en un variocolor, porque¡­ un poco las cosas. Si me lo hubiese pensado¡­ completamente in¨²til. Quiero ponerla a prueba. Me enfrentar¨¦ a ella en el callej¨®n de detr¨¢s. pruebas bien podr¨ªa haberla mandado al otro barrio. Coje¨® como pudo hasta un banco y se dej¨® caer sobre ¨¦l. Se hizo da?o, pero no le import¨® mucho. Se introdujo la mano en el bolsillo para tocar la tarjeta que le hab¨ªa dado Mahiru. All¨ª estaba la direcci¨®n en la que deber¨ªa reunirse con ellos en una semana, para unirse formalmente al grupo. 8. AMOR VERDADERO todo fuera perfecto, solo de que el cap¨ªtulo lo fuese. Pens¨® un momento, indecisa sobre qu¨¦ frase ser¨ªa mejor para cerrarlo, y guard¨® el documento. ¡ªShin parec¨ªa sentirse un poco fuera de lugar¡ª. Es una l¨¢stima que no hayas podido traerte tus libros. ¡ªYumi hinch¨® las mejillas¡ª. Pero hab¨ªa que priorizar. Si fuese por ah¨ª cargando con media biblioteca, la bolsa de viaje pesar¨ªa el doble. ¡ªpregunt¨® Neigail, inocentemente¡ª. Parece que lo hab¨¦is pasado mal para llegar aqu¨ª. ¡ªShin suspir¨®. Parec¨ªa haber relajado su desconfianza inicial hacia Neigail¡ª. Intentamos enfrentarnos a ellos, ya que queremos ser aventureros¡­ Pero no sali¨® muy bien. ¨ªbamos desarmados. escaparais de una pieza ¡ªdijo la escritora, de coraz¨®n. ¡ªpregunt¨® Yumi¡ª. ?Qu¨¦ haces en un lugar como este? ¡ªNeigail se pregunt¨® si era pronto para mencionar el hotel¡ª. Es como una especie de¡­ retiro espiritual. ¡ªYumi se tap¨® la boca¡ª. Bueno, aunque no creo que quieras hablar de eso. Perd¨®n. ¡ªNeigail descart¨® la idea con una mano¡ª. Ni siquiera lo considero una pol¨¦mica. Simplemente, hab¨ªa mucha gente descontenta con lo que ocurr¨ªa con la protagonista al final de la ¨²ltima novela. Y decidi¨® hac¨¦rmelo saber. Todos los d¨ªas. Durante meses. ¡ªSuspir¨®¡ª. Por suerte se les ha ido olvidando. Aqu¨ª no llega Internet, as¨ª que mi desconexi¨®n de las redes es casi total. Pero esa historia no es muy interesante, en realidad. ?Me cont¨¢is qu¨¦ os ha ocurrido a vosotros? The narrative has been taken without permission. Report any sightings. ? ¡ªEl horror inund¨® los ojos de la joven novia¡ª. Shin. No. No. hemos hecho las paces. ¡ªShin sonri¨® sin motivo¡ª. ?No crees que hemos estado actuando como cr¨ªos? Nos matamos a trabajar, ?y para qu¨¦? Ya ten¨ªamos unas buenas vidas. tu hijo ¡ªrespondi¨®¡ª. T¨² lo llevas dentro, no yo. supuestamente tenga mi sangre. 9. LUZ Johana cargaba en peso a Mahiru, con ayuda de Zenobia y Kaori. El h¨¦roe sangraba profusamente y ten¨ªa el costado hundido: como poco, ten¨ªa que haberse roto varias costillas. Se mov¨ªan a toda velocidad acerc¨¢ndose al Coin Block que, misericordiosamente, hab¨ªa aparecido ante ellos al poco de emprender aquella retirada t¨¢ctica. Entraron sin pre¨¢mbulos en la sala de las m¨¢quinas expendedoras, y le colocaron cuidadosamente sobre un banco. ¡ª?Zenobia, c¨®rtale la ropa! ¡ªorden¨® Kaori¡ª. Con mucho cuidado. Necesito ver la herida. ¡ªVoy a preparar vendas ¡ªJohana rebusc¨® en su mochila y empez¨® a buscar tela¡ª. Las va a necesitar. ¡ª?As¨ª est¨¢ bien? ¡ªZenobia hab¨ªa dejado el pecho de Mahiru al descubierto. En el costado ten¨ªa una herida de aspecto espantoso. A la espadachina se le empa?aron los ojos¡ª. ?Puedes curarla? ¡ªDestruir algo con magia es muy sencillo, pero repararlo no tanto. ¡ªKaori Mornstar estaba muy concentrada¡ª. Como mucho puedo intentar que la herida no se agrave, pero¡­ ¡ªNecesita una ambulancia. ¡ªNiv estaba all¨ª, con un tel¨¦fono en la mano¡ª. Esta es una herida demasiado seria como para confiar en vuestros remedios. Tiene que verle un m¨¦dico. Sin decir palabra, marc¨® un n¨²mero y comenz¨® a hablar con alguien. Dio una direcci¨®n a la persona que atendi¨® su llamada y, por alg¨²n motivo, Johana fue incapaz de memorizarla. ¡ªPero¡­ ¡ªZenobia le observaba sin entender nada¡ª. Los tel¨¦fonos no sirven en el Coin Block. ¡ªLos n¨²meros de emergencias funcionan sin problemas ¡ªreplic¨® Niv. ¡ª?Podr¨¢ llegar la ambulancia? ¡ªKaori ten¨ªa las manos apretadas con fuerza a ambos lados de la herida, quiz¨¢ en un intento de reducir la cantidad de sangre que Mahiru perd¨ªa¡ª. ?Encontrar¨¢n el sitio? ¡ªPor supuesto. Bajaron a Mahiru al segundo s¨®tano, m¨¢s all¨¢ de la lavander¨ªa. All¨ª hab¨ªa una puerta que daba a unas escaleras, y estas se conectaban con lo que parec¨ªa ser una solitaria carretera subterr¨¢nea. Las luces del veh¨ªculo de emergencias no tardaron en aparecer a lo lejos, contrastando con las mortecinas farolas amarillas que colgaban de la pared a intervalos regulares. El equipo m¨¦dico se despleg¨® y mont¨® a Mahiru en una camilla. Comenzaron el tratamiento de la herida all¨ª mismo, mientras uno de ellos preguntaba a Kaori toda clase de detalles sobre las circunstancias de la lesi¨®n. Por fin, lo montaron en la ambulancia. Kaori, Zenobia y Johana se dispusieron a montarse en la parte de atr¨¢s, pero uno de los enfermeros levant¨® una mano. ¡ªUn momento. Solo puede venir un acompa?ante ¡ªadvirti¨®. Las tres mujeres se miraron. ¡ªVe t¨², Kaori ¡ªdecidi¨® Johana¡ª. Nosotras nos quedaremos en el Coin Block de momento. ¡ª?Est¨¢s segura? ¡ªKaori la mir¨® con seriedad¡ª. ?No prefieres ir t¨²? ¡ªEstar¨¦ bien aqu¨ª. ¡ªJohana compuso una media sonrisa¡ª. Estoy fuera de lugar en un hospital. ¡ªDe acuerdo¡­ Os intentar¨¦ contactar de alguna manera cuando tenga noticias. ¡ªKaori abraz¨® a Johana y despu¨¦s a Zenobia¡ª. ?Saldremos de esto! La ambulancia se march¨® tan r¨¢pido como hab¨ªa venido. Zenobia y Johana se quedaron all¨ª con Niv. ¡ªMahiru se recuperar¨¢ ¡ªdijo Niv, que hab¨ªa permanecido todo aquel rato apoyado contra una pared con los brazos cruzados¡ª. He visto a otros aventureros curarse tras recibir heridas peores. ¡ªOjal¨¢ tengas raz¨®n ¡ªgru?¨® Johana, con la vista clavada en el t¨²nel por el que la ambulancia hab¨ªa desaparecido. ¡ªCerrad la puerta cuando sub¨¢is, por favor ¡ªa?adi¨® el hombre canoso, y se march¨® escaleras arriba. Zenobia suspir¨®. ¡ªAhora ya no podemos hacer nada ¡ªmurmur¨®. Johana la mir¨®. ¡ªNo. Pero tengo que agradecerte lo que has hecho hoy. En serio. Notaste antes que nadie que Mahiru hab¨ªa perdido pie y te lanzaste a por el monstruo al que se estaba enfrentando, dando la espalda a tus propios enemigos. Le salvaste la vida sin pens¨¢rtelo. Zenobia se encogi¨® de hombros. ¡ªNo iba a dejar que un compa?ero muriera delante de mis narices sin hacer nada. T¨² habr¨ªas hecho lo mismo. ¡ªAs¨ª es ¡ªasinti¨® Johana, y se puso la capucha. Le costaba mirar a Zenobia a la cara mientras le dec¨ªa aquella clase de cosas, as¨ª que ver solo la mitad inferior de su rostro la ayudar¨ªa a ser sincera¡ª. Y saber que has hecho lo que yo misma har¨ªa me hace¡­ bueno, confiar en ti. Eso del tr¨ªo legendario siempre ha sido una tonter¨ªa de nombre. No s¨¦ lo que somos realmente, h¨¦roes o qu¨¦, pero tengo claro que ahora eres una de nosotros. S¨¦ que al principio fui muy dura contigo. Cre¨ªa que no estar¨ªas a la altura, que a la hora de verdad solo pensar¨ªas en salvar tu propio pellejo. Me equivocaba. Zenobia se hab¨ªa llevado las manos a la boca, as¨ª que ahora Johana solo ve¨ªa sus mejillas rojas. Ten¨ªa cierta gracia. La aventurera novata no tard¨® en hacer una reverencia. ¡ªMuch¨ªsimas gracias por esas palabras ¡ªdijo, con una voz nacida en su pecho¡ª. ?Much¨ªsimas gracias por dejarme formar parte de vuestro grupo! Johana suspir¨®. ¡ªSabes que no tienes que ser tan formal, ?verdad? ¡ªLa mercenaria tir¨® de su capucha hacia abajo¡ª. Vamos a descansar, anda. Mahiru se llev¨® lo peor, pero nosotras tambi¨¦n estamos para el arrastre. ¡ªS¨ª. ¡ªZenobia se incorpor¨® y ech¨® a caminar hacia las escaleras, con un suspiro¡ª. La cosa a la que nos tuvimos enfrentar al final, de la que huimos cargando a Mahiru¡­ Era una bestia trascendida, ?verdad? ¡ªEso creo. ¡ªJohana record¨® aquellos terror¨ªficos ojos enormes que la hab¨ªan espiado por encima de un tejado¡ª. Era m¨¢s peque?a que la de la bah¨ªa, eso est¨¢ claro, y se ocultaba en la niebla. Pero s¨ª, no era parecido a nada a lo que nos hubi¨¦ramos enfrentado antes. Creo que nos estaba esperando para emboscarnos m¨¢s adelante, y le descoloc¨® que nos retir¨¢ramos. ¡ªNo contaba con que perdi¨¦ramos, ?eh? ¡ªZenobia solt¨® una risa amarga¡ª. En cierto modo raro y retorcido, eso es alentador. Estuvieron tres d¨ªas sin noticias. Tres d¨ªas sin nada que hacer. A Johana nunca le hab¨ªa gustado mucho el Coin Block. No entend¨ªa c¨®mo hab¨ªa gente que parec¨ªa encantada de pasar all¨ª meses enteros, algunos incluso a?os. No hab¨ªa nada que hacer, salvo jugar a las recreativas, cosa a la que la propia mercenaria recurr¨ªa de vez en cuando por puro aburrimiento. Pero los videojuegos se le daban fatal, as¨ª que no lo pasaba muy bien. ?Se esperaba de ella que se pasara el d¨ªa sentada en un banco comiendo comida r¨¢pida? ?Que se encerrara en la habitaci¨®n del hotel para dormir a todas horas? Desde que hab¨ªan comenzado a buscar a la bestia iluminada de Sagitario, el tr¨ªo legendario hab¨ªa comenzado a ser acosado cada vez m¨¢s descaradamente por monstruos poderos¨ªsimos. Por culpa de eso, el Coin Block se hab¨ªa vuelto el ¨²nico lugar en el que ten¨ªan garantizado que no les atacar¨ªan mientras dorm¨ªan. Como refugio era excelente, eso Johana no lo dudaba, pero como hogar¡­ no ten¨ªa nada que hacer all¨ª. Zenobia intentaba pasar tiempo con Johana, quiz¨¢ percibiendo su aburrimiento. Pero se notaba que se divert¨ªa mucho m¨¢s estando con Hotaru, as¨ª que al final la mercenaria siempre se libraba de ella. No ten¨ªa ning¨²n sentido que las dos murieran de sopor. Al final, Johana acababa entrenando toda la noche en el cementerio del tejado y durmiendo casi todo el d¨ªa en su peque?a habitaci¨®n. Imaginaba que su vida no era muy diferente a la de un caballero templario que se refugiara en un monasterio medieval. El tercer d¨ªa, al subir a entrenar, se percat¨® de que la vela dorada de una de las tumbas se hab¨ªa apagado. Chasque¨® la lengua con reprobaci¨®n. Le tocaba volver a encenderla. Rebusc¨® en sus bolsillos hasta dar con una moneda, se coloc¨® frente a la l¨¢pida y realiz¨® la ofrenda. La luz se encendi¨®. LILY MAYONAKAWA Al mismo tiempo, se escuch¨® un chasquido cuando otra de las velas del cementerio se apag¨®. Johana no se molest¨® en revisar cual. Solo le importaba que aquella siguiera encendida. En realidad, la aventurera no entend¨ªa por qu¨¦ hab¨ªa una tumba dedicada a Lily en aquel lugar. Sab¨ªa con certeza que su mentora estaba enterrada en el jard¨ªn de la familia Mayonakawa. ?Quiz¨¢ era m¨¢s bien una especie de tributo? ?Hab¨ªa pasado Lily tiempo en el Coin Block en el pasado? Pero, ?cu¨¢ntos a?os pod¨ªa hacer de eso? ?Llevaba el Coin Block en funcionamiento tanto tiempo? La primera vez que hab¨ªa visto la tumba, se hab¨ªa sorprendido mucho. Casi se hab¨ªa asustado. Ahora no le parec¨ªa m¨¢s que otra de las rarezas del Coin Block, aunque no pod¨ªa evitar preguntarse el significado de aquello. Supon¨ªa que podr¨ªa hab¨¦rselo preguntado a Niv, pero no le gustaba hablar con ¨¦l. Johana no cre¨ªa en la existencia de gente desinteresada. Todo el mundo, incluso las buenas personas, ten¨ªa un motivo para hacer las cosas que hac¨ªan. Las razones de Niv eran un misterio, y hasta que no las conociera no podr¨ªa confiar en ¨¦l. Sab¨ªa que algunos habr¨ªan considerado hip¨®crita aquella forma de pensar, ya que aceptaba la ayuda de Niv casi diariamente, pero aquello era solo un capricho de las circunstancias. Adem¨¢s, ella hab¨ªa o¨ªdo cosas acerca del pasado de Niv que pocos podr¨ªan imaginar. Estar en aquel lugar no hab¨ªa sido elecci¨®n de Johana. No era su sitio, y no quer¨ªa estar all¨ª. Pero no ten¨ªa otro remedio, as¨ª que entrenaba. Bajo la luna, bajo la lluvia, cada noche la mercenaria se fortalec¨ªa en aquella azotea llena de tumbas de m¨¢rmol negro. A veces se cruzaba con la escritora, pero no se molestaban la una a la otra, y ni siquiera ten¨ªan que verse. Compart¨ªan aquel espacio en un acuerdo t¨¢cito. El cuarto d¨ªa, al amanecer, Kaori regres¨®. Casi ech¨® abajo la puerta de su habitaci¨®n a golpes para hac¨¦rselo saber. ¡ªPero, ?qu¨¦ haces t¨² aqu¨ª? ¡ªpregunt¨® Johana, adormilada, rasc¨¢ndose la despeinada cabeza. ¡ª?Mahiru est¨¢ bien! ¡ªKaori entr¨® en la habitaci¨®n sin pedir permiso, arrastrando a Zenobia¡ª. ?Se va a recuperar! Necesitar¨¢ mes y medio, seg¨²n los m¨¦dicos. Quiz¨¢ dos meses. ¡ªVale, eso son excelentes noticias. ¡ªJohana bostez¨®¡ª. Pero esa no era mi pregunta. ?Por qu¨¦ no te has quedado con ¨¦l? ¡ªEst¨¢ despierto. ¡ªKaori suspir¨®¡ª. Me ha obligado a volver aqu¨ª. Quer¨ªa que os informara, claro, pero tambi¨¦n sospecho que se acab¨® hartando de m¨ª. De todos modos, quiz¨¢ es m¨¢s seguro as¨ª. Tenemos que pensar seriamente qu¨¦ hacer mientras Mahiru se recupera. ¡ªJohana y yo ya hemos hablando de esto ¡ªintervino Zenobia¡ª. Lo mejor ser¨¢ que no volvamos a las calles, por el momento. Las cosas ah¨ª fuera son cada vez m¨¢s peligrosas, e ir de aventuras con uno menos no parece muy¡­ prudente. ¡ª¨¦ramos tres antes de que te unieras, Zenobia ¡ªrecord¨® Kaori, alzando las cejas. ¡ªS¨ª, pero yo no estoy a la altura del legendario Mahiru Killbreak ¡ªbuf¨® Zenobia¡ª. Ser¨ªamos dos h¨¦roes y cuarto, no tres. ¡ªEh, no te infravalores ¡ªla rega?¨® Johana¡ª. Ser¨ªamos al menos dos h¨¦roes y medio. ¡ªAh, mucho mejor ¡ªZenobia no pudo evitar re¨ªrse. ¡ªDe todos modos, antes no ¨¦ramos el enemigo p¨²blico n¨²mero uno de los monstruos ¡ªa?adi¨® Johana¡ª. Empieza a ser imposible moverse por la ciudad sin que una condenada bestia despertada de Nosecu¨¢ntos aparezca escupi¨¦ndonos fuego sin previo aviso. Quiz¨¢ lo que tendr¨ªamos que estar haciendo es reclutar m¨¢s gente. ¡ªQuiz¨¢. ¡ªKaori suspir¨®¡ª. Pero la mayor¨ªa de aventureros no est¨¢ a la altura, ambas lo sabemos. Muchos est¨¢n m¨¢s cerca del nivel de ese in¨²til de Shin que del nuestro. Pero que las cosas se hayan vuelto tan peligrosas es se?al de que estamos en el buen camino. En cuanto empezamos a aproximarnos a las bestias bajo el prisma de tomar en cuenta sus niveles de poder y formas de organizaci¨®n, su actitud cambi¨® completamente. La bestia iluminada de Sagitario se ha dado cuenta de que sabemos algo que no deber¨ªamos saber. Est¨¢ en alguna parte, aterrorizada, deseando eliminarnos. ¡ªVale¡­ ¡ªJohana extendi¨® los brazos¡ª. ?De verdad vamos a tener esta clase de conversaci¨®n trascendental mientras yo sigo en bragas? ¡ªNada te imped¨ªa vestirte mientras habl¨¢bamos ¡ªbuf¨® Kaori. This story has been stolen from Royal Road. If you read it on Amazon, please report it ¡ªEs que no quiero vestirme. Quiero volverme a la cama. Me acost¨¦ hace una hora. ¡ªAy, esta chica noct¨¢mbula¡­ ¡ªKaori carraspe¨® y sigui¨® hablando¡ª. Como dec¨ªa, en cuanto empezamos a hacer uso de la informaci¨®n que yo consegu¨ª, las cosas se volvieron m¨¢s peligrosas. Pero si esa bestia iluminada est¨¢ asustada de nosotras, es que tenemos una oportunidad, o eso cree ella. Que est¨¦ aterrorizada har¨¢ que cometa errores. ¡ªPero, ?c¨®mo se dieron cuenta tan r¨¢pido de que lo sab¨ªamos? ¡ªse pregunt¨® Zenobia¡ª. Quiero decir, s¨¦ que me un¨ª despu¨¦s de que conocierais todo esto, pero¡­ ?tanto cambiaron de un d¨ªa para otro vuestras estrategias y vuestra forma de encarar las misiones? ¡ªPues esa es una buena pregunta. ¡ªJohana se cruz¨® de brazos y se mordi¨® el labio¡ª. Es cierto que las t¨¢cticas cambiaron, pero no tanto como para ponernos en evidencia, creo. O bien los monstruos son m¨¢s inteligentes de lo que parecen, o¡­ ¡ªFrunci¨® el ce?o¡ª. O la bestia iluminada se ha enterado de que sab¨ªamos lo que sab¨ªamos por otra v¨ªa. Kaori lade¨® la cabeza. Parec¨ªa descolocada. ¡ª?A qu¨¦ te refieres? ¡ªPor ejemplo¡­ ¡ªJohana se estruj¨® el cerebro¡ª. Vale, toda esta informaci¨®n te la dio un viajero, ?no? Imagina que ese viajero es atrapado por la bestia iluminada e interrogado. Se supone que esa cosa puede hablar como una persona, ?no? Y as¨ª se entera de que Kaori Mornstar, y por ende el resto del tr¨ªo legendario, conoce su mayor secreto. Su objetivo prioritario pasa a ser nuestra erradicaci¨®n. ?Tiene sentido? Kaori se tambale¨®. Zenobia se llev¨® un dedo a los labios, pensativa. ¡ª?Crees que eso es lo que ha pasado? ¡ªpregunt¨® la chica de la katana. ¡ªNo lo s¨¦ ¡ªadmiti¨® Johana¡ª. Es solo un supuesto. Necesito pensar m¨¢s. Y sobretodo¡­ necesito dormir. Fuera de mi cuarto, chicas. No estoy interesada en una fiesta de pijamas. Largo. Entrenar, comer y dormir se convirti¨® en rutina. A Johana le sorprendi¨® lo f¨¢cilmente que se adapt¨® a aquello. Antes de que se diera cuenta, ya hab¨ªa pasado tres semanas pr¨¢cticamente a solas con sus pensamientos. Aquello no significaba que estuviera disfrutando de la experiencia, claro. A veces, por puro aburrimiento, hablaba con los viajeros (aventureros o no) y les preguntaba por sus vidas y lo que les hab¨ªa tra¨ªdo hasta all¨ª. Supo as¨ª que la presencia de los monstruos, cada vez m¨¢s alarmante, se hab¨ªa mitigado un poco tras la retirada t¨¢ctica del tr¨ªo legendario. Tambi¨¦n la reconfortaba no escuchar ning¨²n rumor acerca de Mahiru estando hospitalizado: si la gente no lo sab¨ªa, los monstruos tampoco lo descubrir¨ªan. Una de las cosas que preocupaba a Johana era que la bestia iluminada decidiera lanzar un ataque a gran escala contra el hospital mientras ellas estaban a salvo en el Coin Block y su compa?ero se encontraba indefenso. No era la forma de actuar de los monstruos, y adem¨¢s hac¨ªa a?os que todos los hospitales estaban protegidos por el ej¨¦rcito, precisamente para evitar aquel tipo de situaciones. Aun as¨ª no pod¨ªa dejar de sopesar la posibilidad de que ocurriera. Si una bestia trascendida aparec¨ªa de la nada y embest¨ªa frontalmente contra un hospital, causar¨ªa da?os enormes antes de que el ej¨¦rcito y los aventureros tuvieran ocasi¨®n de abatirla. Johana termin¨® por encontrar un juego de recreativa que le gustaba. Un d¨ªa, la generalmente silenciosa Hotaru apareci¨® junto a ella y le habl¨® como si se hubiera vuelto hiperactiva. Intrigada por su actitud, la mercenaria le hab¨ªa seguido la corriente y hab¨ªa probado un mont¨®n de juegos que le parecieron horribles, hasta que finalmente se subi¨® en una moto de juguete (sinti¨¦ndose rid¨ªcula) y tuvo que admitir que el juego de conducci¨®n era bastante divertido. Le recordaba moderadamente a cuando ella misma hab¨ªa tenido una motocicleta. Su flamante veh¨ªculo hab¨ªa quedado destruido muchos a?os atr¨¢s, en acto de servicio, quedando permanentemente incrustado en el cr¨¢neo de una enorme bestia de Virgo. La mercenaria supon¨ªa que aquel juego era un buen modo de honrar su recuerdo. A veces, Johana ten¨ªa la sensaci¨®n de que Kaori estaba casi tan aburrida como ella. Cuando no se encontraba ocupada contando sus interminables tonter¨ªas al esquivo Niv, la ve¨ªa vagando por plantas al azar del edificio. Examinaba los rincones con la mirada perdida, como buscando a alguien. La mercenaria se dio cuenta r¨¢pido de que ella era quien m¨¢s a?oraba a Mahiru, de que no tenerle cerca para poder contarle sus tonter¨ªas constantemente era como un duro castigo. La compadec¨ªa, pero no pensaba prestarse voluntaria para sustituirle. Una noche, cuando se dispon¨ªa a subir al tejado, Johana se dio cuenta de que no le quedaba ropa limpia. Meti¨® en una bolsa el enorme mont¨®n de ropa sucia que hab¨ªa ido ocultando bajo su cama y se dispuso a bajar a la lavander¨ªa. Vivir all¨ª ten¨ªa otro indeseable efecto secundario: se estaba volviendo una dejada. Al llegar a la lavander¨ªa por monedas vio a Kaori. Estaba arrodillada frente a una lavadora abierta, justo la ¨²nica que ten¨ªa un cartel de FUERA DE SERVICIO. Ten¨ªa la cabeza metida en el tubo, lo que hac¨ªa que su cuerpo sin cabeza sobresaliera del electrodom¨¦stico de forma c¨®mica. ¡ªPareces un gato ¡ªse mof¨® Johana. Se oy¨® un chillido en el interior del aparato, distorsionado por la ac¨²stica del tubo de metal. Kaori no tard¨® en sacar la cabeza, con la cara roja. ¡ªEh¡­ Hola, Jota ¡ªsalud¨® t¨ªmidamente¡ª. ?Cu¨¢nto rato llevas ah¨ª? ¡ªDos horas ¡ªbuf¨® Johana. Se arrodill¨® junto a la primera lavadora libre que vio y empez¨® a meter su ropa¡ª. Venga, ?qu¨¦ estabas haciendo? ¡ªEsto va a sonar raro, pero¡­ Intentar arreglarla. ¡ªKaori suspir¨®¡ª. Me siento in¨²til estando atrapada en este sitio. Adoro a Niv, a Hotaru, a Neigail, a Miyuki¡­ Incluso a Yumi, pero¡­ Supongo que no estoy hecha para quedarme de brazos cruzados. Pens¨¦ que Hotaru me matar¨ªa si intentaba tocar una de sus queridas recreativas, as¨ª que decid¨ª intentar arreglar algo m¨¢s sencillo. ¡ª?Y c¨®mo va? ¡ªpregunt¨® Johana, mirando a Kaori por encima del hombro. ¡ªMal. ¡ªKaori neg¨® con la cabeza¡ª. No es que esperaba que saliera bien, claro. Supongo que deber¨ªa pedir a Neigail que me busque un tutorial. ¨²ltimamente sale mucho a intentar conseguir conexi¨®n a Internet. ¡ªEs porque ha terminado la novela esa, ?no? ¡ªJohana se encogi¨® de hombros¡ª. Francamente, me sorprende que no se haya largado ya de aqu¨ª, ahora que el trabajo est¨¢ hecho. ¡ªYa, supongo¡­ ¡ªKaori suspir¨®, sonriente¡ª. Pero algo me dice que no le resultar¨¢ tan f¨¢cil irse. En fin, te dejo en paz. ¡ªLa chica gir¨® sobre si misma, haciendo flotar las tiras de seda de su vestido, y se encamin¨® hacia la escalera¡ª. Quiz¨¢ me dejen cambiar una bombilla o algo as¨ª. Johana solt¨® una carcajada de despedida y se qued¨® all¨ª un buen rato, ocupada con su colada. Hac¨ªa tiempo que no ve¨ªa aquel lado de Kaori. No sab¨ªa por qu¨¦, pero eso la preocupaba un poco. Cuando volvi¨® a subir, escuch¨® unas voces desagradables. Dejando su ropa con cuidado sobre un escal¨®n, se agach¨® y subi¨® lentamente, apoyando las manos en los pelda?os. Asom¨® la cabeza con cuidado. Hab¨ªa tres t¨ªos en la entrada. Dos de ellos llevaban martillos de obra, y el ¨²ltimo una espada china. Al principio pens¨® que eran aventureros, pero no tard¨® en darse cuenta de su error. El objetivo de aquel tr¨ªo no era precisamente matar monstruos. ¡ªNos ha tocado la loter¨ªa, hermanos ¡ªdijo uno, con una inmensa sonrisa¡ª. La puta loter¨ªa. ¡ªReventad todas las m¨¢quinas ¡ªdijo otro, alzando su martillo¡ª. Tenemos bolsas de sobra. Nos lo llevamos todo, joder. Buffet libre. La navaja autom¨¢tica de Johana pr¨¢cticamente salt¨® a su mano. No esperaba tener que luchar en el Coin Block, pero supuso que la mala gente era capaz de aparecer en cualquier parte. ¡ª?Hab¨ªais visto alguna vez este sitio? ¡ªpregunt¨® el tipo que empu?aba la espada¡ª. A m¨ª no me suena. ¡ªCreo que a veces ven¨ªa aqu¨ª a comprar la comida, antes de salirme del insti. ¡ªEl hombre que hab¨ªa alzado el martillo mir¨® hacia atr¨¢s¡ª. Es raro. Se me hab¨ªa olvidado por completo. ?Bah, qu¨¦ demonios! ?A reventar este puto sitio! Estampo la cabeza del martillo contra la vitrina de la m¨¢quina de los perritos calientes y el cristal estall¨® en pedazos. Johana se levant¨®, decidiendo que hab¨ªan llegado demasiado lejos, pero en ese momento vio a Niv. Caminaba tranquilamente hacia los asaltantes. ¡ª?Eh, vosotros, fuera de mi vista! ¡ªorden¨®¡ª. Voy a contar hasta cinco. Si no os larg¨¢is para entonces¡­ Los tres criminales le observaron. Al ver que era uno solo, y que estaba desarmado, sonrieron. ¡ª?Qui¨¦n co?o eres t¨², t¨ªo? ¡ªpregunt¨® el tipo que hab¨ªa roto la vitrina, acerc¨¢ndose hacia ¨¦l con aire intimidante¡ª. ?Quieres que te rompa las piernas, capullo? ¡ªVale, no voy a contar. Sois demasiado tontos como para saberos los n¨²meros, de todos modos. ¡ªNiv se sac¨® un mando a distancia del bolsillo y puls¨® un enorme bot¨®n rojo. Al instante, la persiana que hab¨ªa en la entrada del Coin Block se cerr¨® como una guillotina. Los visitantes indeseados se dieron la vuelta, sobresaltados¡ª. Mis condolencias. No saldr¨¦is de aqu¨ª con vida. ¡ª?Vuelve a abrir eso, cabr¨®n! ¡ªEl primer atacante levant¨® el martillo por encima de su cabeza. Y entonces ocurri¨® algo que Johana no esperaba. Niv comenz¨® a brillar. Fue como si su cuerpo quedara rodeado por aristas de luz cristalina, que acabaron materializando una brillante armadura de placas blancas con una plateada cota de malla debajo. Su pelo se hab¨ªa erizado, envuelto en destellos, y sus ojos destellaban como zafiros, lo cual era raro porque normalmente eran verdes. Una capa azul brot¨® tras sus hombros, saliendo de debajo de sus hombreras y dando la sensaci¨®n de tejerse a s¨ª misma en directo. Parec¨ªa ondear en el aire, arrastrada por un viento que sal¨ªa de ninguna parte. Por ¨²ltimo, en su mano se materializ¨® una brillante espada, con la que apunt¨® a los criminales de forma amenazante. ¡ª?Pero qu¨¦ co?o eres t¨²? ¡ªpregunt¨® el tipo del martillo, retrocediendo, sin atreverse a asestar el golpe. ¡ª?No os achant¨¦is! ¡ªgrit¨® el portador de la espada china, lanz¨¢ndose hacia adelante¡ª. ?Sigue estando solo! Niv detuvo la torpe estocada casi con indiferencia. Levant¨® un pie recubierto por una armadura de acero blanco y dio una potente patada en el pecho a su atacante. Lo estamp¨® contra un banco cercano, dej¨¢ndolo all¨ª tumbado. ¡ª?Hijo de¡­! ¡ªEl hombre del martillo trat¨® de aprovechar la apertura de Niv, quien le estaba esperando. Par¨® el martillazo con su espada y le empuj¨® hacia atr¨¢s. El otro asaltante se uni¨® a la refriega. Intentaban rodear a Niv, derribarle con la inercia de sus armas, procurando quedarse lejos del alcance de la espada brillante. El habitualmente tranquilo hombre de cabello blanco parec¨ªa estar divirti¨¦ndose, casi jugaba con ellos cuando paraba sus golpes. A Johana le parec¨ªa claro que, a pesar de sus palabras iniciales, estaba intentando evitar herirles de gravedad. Pero, ?era porque respetaba sus vidas o porque no quer¨ªa que la pelea acabara r¨¢pido? Entonces ocurri¨®. Uno de los atacantes se adelant¨® con un tropiezo, quedando en una posici¨®n que ni ¨¦l mismo ni Niv hab¨ªan previsto. Aprovechando la oportunidad, el criminal levant¨® el martillo con un movimiento ascendente y golpe¨® a su oponente antes de que pudiera apartarse. Niv chill¨®, llev¨¢ndose una mano a la cabeza. Ten¨ªa una gran mancha roja en su pelo blanco. Niv ense?¨® los dientes. Sus ojos azules parpadearon un segundo, oscurecidos, pero regresaron con un fulgor fantasmag¨®rico. Empu?¨® su espada con las dos manos, y esta empez¨® a brillar con una luz cegadora. El canoso hizo un solo movimiento, un tajo vertical que cort¨® en dos al hombre del martillo como un haz de l¨¢ser. Las dos mitades cayeron al suelo, calcinadas, por lo que no se derram¨® ni una sola gota de sangre. Pero no cab¨ªa duda. Uno de los asaltantes estaba muerto. El propio Niv pareci¨® desconcertado un momento. El fulgor de su espada se desvaneci¨®. Sus ojos volvieron a la normalidad. Una sombra pareci¨® envolver su rostro. Ech¨® a caminar hacia los criminales supervivientes, arrastrando la punta de su espada por el suelo. Pero Johana se dio cuenta de que, con la mano libre, sacaba el mando a distancia de debajo de la cota de malla y pulsaba un bot¨®n. La persiana met¨¢lica comenz¨® a abrirse. Chillando, los criminales abandonaron sus armas y huyeron hacia la puerta, con el terror dibujado en sus caras. Se estamparon contra la persiana, pero al darse cuenta de que estaba abri¨¦ndose, se tiraron al suelo y se arrastraron por debajo. Para cuando el mecanismo de apertura hubo terminado su trabajo, los visitantes ya hab¨ªan desaparecido. Niv se qued¨® de pie en la puerta, con su capa ondeando todav¨ªa. Cuando estuvo seguro de que ya no hab¨ªa nadie, espada y coraza se desvanecieron con un discreto centelleo. Ahora solo era un t¨ªo con una rid¨ªcula camiseta llena de gatitos rosas y un ba?ador reciclado para ser un pantal¨®n corto. Se llev¨® la mano a la cabeza. ¡ªJoder. Soy gilipollas ¡ªmusit¨®. Camin¨® tambale¨¢ndose hasta el banco m¨¢s cercano y se dej¨® caer sobre ¨¦l. Johana estaba temblando. Se sorprendi¨® al darse cuenta de que necesitaba reunir todo su valor para acercarse a Niv y ver c¨®mo estaba. ?En serio ten¨ªa que ir a asegurarse de que alguien asi estaba bien? Seguramente s¨ª¡­ ¡ªNiv. ¡ªJohana se detuvo frente al banco. El hombre parec¨ªa completamente derrotado¡ª. ?Qu¨¦ cojones acabo de ver? ¡ªAh, Johana. ¡ªNiv sonri¨® con cansancio¡ª. S¨ª, not¨¦ que hab¨ªa alguien en la escalera de la lavander¨ªa ¡ªafirm¨®, aunque ella estaba segura de que no hab¨ªa mirado en su direcci¨®n en ning¨²n momento durante la pelea¡ª. Siento que hayas tenido que ver esto. ?Me compras un helado? Te dar¨¦ la moneda. Necesito ponerme algo fr¨ªo en la cabeza¡­ ¡ªEst¨¢ bien. ¡ªJohana obedeci¨® la orden, respondiendo con voz rob¨®tica¡ª. ?No deber¨ªas ir al hospital, o algo? Las heridas en la cabeza son peligrosas. ¡ªNo, esto es menos de lo que parece; el cr¨¢neo sigue intacto, y debajo no hay gran cosa ¡ªbrome¨® Niv. Suspir¨® al ver que a Johana no le hac¨ªa gracia el chiste¡ª. Estar¨¦ bien, en serio. Soy bueno evaluando mis propias heridas. ¡ªEntonces¡­ ¡ªJohana pr¨¢cticamente le tir¨® el polo que hab¨ªa comprado¡ª. La viajera que conocimos ten¨ªa raz¨®n. T¨² no eras un aventurero. Eras un militar, un peligroso general que luch¨® en una guerra del pasado y mat¨® a miles. Tu poder no deber¨ªa existir. Deber¨ªas llevar siglos muerto. ¡ª?Eso dicen de m¨ª? ¡ªNiv hizo una especie de puchero¡ª. Mira, el pasado es el pasado. Solo soy un t¨ªo que se pasa las noches sentado en un banco comiendo guarradas. ¡ªY que puede partir en dos a sus enemigos como si su espada fuera una puta motosierra. ¡ªJohana se?al¨® al cad¨¢ver seccionado¡ª. ?Crees que es normal lo que has hecho? ?Est¨¢s mal de la cabeza? ¡ªBueno, t¨¦cnicamente, hacer eso es mi trabajo. ¡ªNiv parpade¨®¡ª. Supongo que no lo digo mucho, pero de hecho, soy el guardia de seguridad de este sitio. Es para lo que me contrataron. Lo de reponer es simplemente un complemento. Admito que se me fue un poco la mano, pero el t¨ªo intent¨® abrirme la sesera. Es raro que llegue gente como ellos al Coin Block¡­ ¡ªa?adi¨®, pensativo¡ª. Pero a veces pasa. La gente puede ser tan peligrosa como los monstruos. Alguien tiene que ocuparse. ¡ª?Se te fue un poco la mano? ¡ªJohana no daba cr¨¦dito a sus o¨ªdos¡ª. Joder, Niv. ¡ªEntregar¨¦ el cuerpo a la polic¨ªa, no te preocupes. ¡ªNiv cerr¨® los ojos¡ª. Siempre que ha pasado algo as¨ª, lo he hecho. Si quieren detenerme, no me opondr¨¦. Aunque ser¨ªa la primera vez. Johana no sab¨ªa qu¨¦ decir. Sobre el papel, en realidad, Niv no hab¨ªa hecho nada censurable. Hab¨ªa protegido el edificio y a la gente que viv¨ªa en ¨¦l. Aquella muerte hab¨ªa sido clara autodefensa. Ella misma habr¨ªa clavado su navaja electrificada en uno de aquellos tipos, si el guardia de seguridad no hubiera aparecido. Pero ?entonces¡­? Mientras sub¨ªa las escaleras para volver a su habitaci¨®n, Johana acab¨® comprendiendo lo que le pasaba. Mahiru, Kaori y ella eran el tr¨ªo legendario. Se supon¨ªa que eran los aventureros m¨¢s fuertes, los que utilizaban todo tipo de poderes y movimientos especiales que dejaban patidifusos a los dem¨¢s, los que se enfrentaban a lo que nadie m¨¢s se atrev¨ªa a enfrentar. Pero al lado de Niv, eran principiantes. Ella nunca hab¨ªa visto a nadie pelear as¨ª, ostentar semejante poder. Solo lo hab¨ªa manifestado un par de minutos, y parec¨ªa que aquello le hab¨ªa dejado agotado. Pero aun as¨ª¡­ ?Qu¨¦ explicaci¨®n ten¨ªa? ?De d¨®nde ven¨ªa semejante fuerza? Mahiru siempre hab¨ªa sospechado que Niv ten¨ªa un don especial, por eso hab¨ªa tratado de reclutarle, y sin embargo¡­ La mercenaria empez¨® a atar cabos. Niv hab¨ªa usado un poder extra?o, el poder de la propia luz. El mismo poder que, seguramente, evitaba que los monstruos se acercaran al Coin Block. ?Y qu¨¦ era la ¨²nica cosa que sab¨ªan que pod¨ªa controlar a los monstruos m¨¢s d¨¦biles? La bestia iluminada. ?Era una casualidad? Johana hab¨ªa pensado que el t¨ªtulo iluminado hac¨ªa referencia a algo m¨¢s filos¨®fico, pero¡­ ?y si era literal? ?Y si el enemigo al que llevaban meses buscando entre los monstruos en realidad siempre hab¨ªa residido entre los humanos? Eso explicar¨ªa que se hubiese enterado de que el tr¨ªo legendario estaba al tanto de los secretos de las bestias. Pr¨¢cticamente se lo hab¨ªan dicho ellos mismos. ?Era posible? Explicaba muchas cosas. Pero, ?c¨®mo encajaba aquello con las cosas que aquella viajera les hab¨ªa contado? Sab¨ªa que se le escapaba algo, pero Johana no era capaz de llegar m¨¢s all¨¢ en su razonamiento. Necesitaba hablar con sus compa?eros de aquello, y necesitaba hacerlo lejos del Coin Block. La paredes ten¨ªan o¨ªdos. Har¨ªan una visita a Mahiru en el hospital, le gustara o no al h¨¦roe. Y despu¨¦s¡­ ya ver¨ªan. Antes de dormir, Johana apoy¨® su cama contra la puerta. Sab¨ªa que no servir¨ªa de nada si Niv decid¨ªa matarla, pero necesitaba sentir que ten¨ªa alguna clase de protecci¨®n contra ¨¦l, aunque fuera simb¨®lica. Cuando al fin se qued¨® dormida, la aventurera segu¨ªa temblando. 10. MINIMUM DOWNGRADE tienes experiencia. senpai. ¡ªSe despidi¨® con una voz melosa y repelente. ?Oye, vuelve aqu¨ª ahora mismo! ¡ªHotaru se levant¨® y extendi¨® una mano hacia ¨¦l, pero el condenado ex oficinista era r¨¢pido. Subi¨® pr¨¢cticamente volando las escaleras y desapareci¨® de la vista. Aceptar en cada una de ellas sin detenerse a leer ni una sola. Se orient¨® hacia la entrada, separ¨® las piernas y aprovech¨® el breve segundo en el que logr¨® bloquear todos sus pensamientos. m¨ª ser¨ªa bastante raro. Pero aceptar¨¦ tu sugerencia y comer¨¦ algo. Esos gofres no tienen mala pinta. malgastando recursos en mi proyecto. Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences. joysticks de las que funcionaban. Finalmente, mir¨® a Hotaru¡ª. ?D¨®nde vives? ella quien hab¨ªa logrado que se quedara). Tambi¨¦n empez¨® a interesarse por el estado de Yumi en cuanto supo de su existencia y de su tr¨¢gica historia. Con Miyuki entabl¨® amistad casi de inmediato; aunque proced¨ªan de sectores muy diferentes, los dos sent¨ªan que hab¨ªan sido maltratados por el mismo tipo de empresa codiciosa. El hecho de que pudieran admitir ante el otro la parte de culpa con la que cargaban hac¨ªa que se identificaran mutuamente. streamers han decidido que soy el mayor y ¨²nico responsable de la cancelaci¨®n. T¨² no lo sabes porque hasta aqu¨ª no llega Internet, pero si metes mi nombre en un buscador, lo ¨²nico que encuentras es odio hacia mi persona. hackers que las hostigan. ?No has pensado nunca en eso? custom firmware ¡ªgru?¨® Hotaru¡ª. Que no me preocupara, que ser¨ªamos leyenda y que alg¨²n d¨ªa entrar¨ªamos en una de las empresas importantes por la puerta grande, no empezando como becarios. Pero esas cosas las dec¨ªan para engatusarme, para que no pensara en las consecuencias reales ¡ªsuspir¨®¡ª. No funciona as¨ª realmente, o al menos no para m¨ª. Nadie me considera una chica genio; me recuerdan como la tonta que rob¨® informaci¨®n a su t¨ªo e hizo que le despidieran. 11. EL ESPECTRO If you come across this story on Amazon, it''s taken without permission from the author. Report it. Round Robin. Aunque creo que has hecho que me llame antes de tiempo. cosplayer de Zelda obligarle a hacer? Boy Scout, poligonera, ni?a otaku¡­ ¡ªNerus hizo una torpe reverencia a Mahiru, Johana y Zenobia¡ª. Proteged con vuestras vidas a los enepec¨¦s. Sin ofender ¡ªa?adi¨®, dedicando un gesto de paz a una conmocionada Hotaru¡ª. ?Hasta luego! te lo dije. ¡ªMahiru se adelant¨® a Zenobia¡ª. Yo sab¨ªa que Niv nos ocultaba cosas. Es solo que¡­ ?c¨®mo iba a esperar esto? su contra. Pero¡­ no es el momento de pensar en eso. Yo soy totalmente in¨²til en esta situaci¨®n. Necesito que ayudes a Niv. emo ¡ªa?adi¨® Miyuki. Miau ¡ªopin¨® aquella cosa que no era un gato. ?Qu¨¦? otaku. ¡ªNerus sonri¨®¡ª. No puede o¨ªrte. Tendr¨¢s que dec¨ªrselo en persona, me temo. Y para eso, tienes que sobrevivir. Cuidadme bien el gato. 12. THE COIN BLOCK podr¨ªa funcionar. Creo que Kaori, o lo que sea que la ha pose¨ªdo, tambi¨¦n iba a plantar cara al monstruo ¡ªa?adi¨® Neigail, que hab¨ªa cogido a Yumi de la mano¡ª. Como la persiana estaba echada, dijo que saltar¨ªa desde el tejado. Me pareci¨® una locura, porque son cinco plantas, pero ten¨¦is poderes extra?os. Niv todo el rato. demasiados isekais? izakaya es completamente incompatible con el de Zenobia Drawnhill, que se gana la vida peleando contra monstruos, duerme en posadas y entrena sus facultades sobrehumanas. Y sin embargo, t¨² aceptas la existencia de espadas m¨¢gicas sin inmutarte, y ella tiene una videoconsola en su casa. isekai? ¡ªpregunt¨® Niv, poni¨¦ndole una mano en el hombro¡ª. ?Por qu¨¦ has entendido el concepto de viajar a un mundo de fantas¨ªa tan r¨¢pido, si realmente tu mundo siempre ha sido de fantas¨ªa? Has le¨ªdo la novela de Neigail. Dos mil quinientas p¨¢ginas narrando una realidad en la que los hechizos no existen y la criatura m¨¢s peligrosa que se describe es un tigre que escapa del zoo. Un mundo que deber¨ªa resultarte completamente ajeno, pero no te lo cuestionaste ni una sola vez. Ni la propia escritora lo hizo. ?Por qu¨¦? ?Qu¨¦ sustentaba tu suspensi¨®n de la incredulidad? ?Por que no pon¨ªas en tela de juicio un mundo tan distinto al tuyo? t¨²? ¡ªMiyuki se apresur¨® a seguirlo¡ª. ?Tu sentido com¨²n no se fractur¨® o¡­? casi posible llevar una vida normal. Imagino que el caos tiende a generar su propio orden. todos los fragmentos de tu universo. No s¨¦ c¨®mo ni por qu¨¦. Creo que no se une a ellos permanentemente, sino que va cambiando. Por eso a veces es tan dif¨ªcil encontrar el camino. Pero si hay un patr¨®n, no lo he descifrado. ¡ªEl guardia de seguridad volvi¨® a vigilar la pelea¡ª. En cuanto al poder de este lugar, porque es evidente que lo tiene, mi conclusi¨®n es que se alimenta de la confianza de quienes entran bajo su techo. El acto de ofrecer una moneda, ya sea de oro encontrada en una antigua tumba o acu?ada en un banco moderno, a un completo desconocido¡­ El poder contar tus problemas a un absoluto extra?o¡­ El compartir una comida o jugar a algo divertido junto a una persona de otro mundo¡­ Esos momentos son los que desatan la reacci¨®n metaf¨ªsica que nos protege y mantiene a raya a los monstruos. En eso consiste el Coin Block. Por eso quiero que sig¨¢is con mi trabajo, Miyuki. Para que este lugar no desaparezca. Para que unos pocos tengan un refugio cuando sus problemas les superen, cuando la ansiedad les haga ahogarse, cuando el miedo les aplaste¡­ ¡ªNiv se pas¨® la mano r¨¢pidamente por delante de los ojos, pero cuando Miyuki se le acerc¨®, no vio en ellos nada similar a las l¨¢grimas¡ª. Quiz¨¢ sea ego¨ªsta, quiz¨¢ muchos que necesitan este lugar jam¨¢s lo encuentren, pero creo que vuestro universo es mejor con el Coin Block en ¨¦l. No me gustar¨ªa que se perdiera. Y ahora ven, mira a tus h¨¦roes. La incursi¨®n casi ha terminado. jetpack rudimenario. Hizo un elegante giro en el aire, dispar¨® hacia el cielo y cay¨® a toda velocidad hacia el gigantesco caballo humanoide. Le clav¨® la punta en la frente y volvi¨® a disparar, seis veces seguidas. Por cada una, se escuch¨® un bramido de dolor. Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author. Ella les manipulaba desde el principio. A m¨ª me control¨® durante eones. No somos tan distintos. edgy que han quedado en una azotea para pegarse. Niveus! cruji¨®. Pareci¨® oscilar hacia la izquierda, pero tambi¨¦n hacia la derecha. Aunque solo una mujer se hab¨ªa enfrentado al espadach¨ªn, dos cayeron al suelo. Una era la jefa de Niveus, con su vestido hecho jirones y su b¨¢culo imponente. La otra era Kaori, con su ropa de seda colorida y la lanza unida a una bola de pinchos. Hab¨ªan sido divididas. ser Kaori. Y eso es lo m¨¢s importante para que esto funcione. Las dos eran personas de verdad, unidas por la mentira, y el poder de los nombres me ha permitido dividirlas. Kaori no recordar¨¢ que una vez fue la Se?ora de la Luz. Solo sabr¨¢ qui¨¦n es ella; y este mundo necesita gente as¨ª. hacker. Ahora escuchadme ¡ªa?adi¨®, pero miraba sobretodo a Miyuki¡ª. Yo no comprendo todos los secretos de este universo. Fui perezoso. Tuve cientos a?os para investigar, pero me lo tom¨¦ con calma. Cre¨ªa que dispondr¨ªa de tiempo infinito, y ahora ya veis. ?Por qu¨¦ en esta realidad, hecha de mil mundos, no existen las hadas, los elfos, los ¨¢ngeles, los trasgos¡­? ?Por qu¨¦ los ¨²nicos seres sensibles son los humanos, d¨®nde est¨¢n todos los dem¨¢s? ?Y qu¨¦ pasa con los monstruos? Deber¨ªa haber una diversidad casi infinita, pero solo he conocido unas criaturas nombradas en honor a constelaciones, que funcionan bajo unas reglas muy espec¨ªficas. ?Qui¨¦n cre¨® el Coin Block? ?Y para qu¨¦? ¡ªEl guardia de seguridad mir¨® a su alrededor, antes de abandonar su puesto para siempre¡ª. Para m¨ª ser¨¢ una inc¨®gnita, una que me acompa?ar¨¢ siempre, pero para vosotros¡­ Quiz¨¢ sea importante averiguarlo. Mantened este lugar vivo, amigos m¨ªos. Confiad los unos en los otros. ¡ªBaj¨® la mirada al suelo, avergonzado¡ª. Yo os querr¨¦ siempre. ) ha recomendado The Coin Block por activa y por pasiva. ?Gracias por tanto! ?Id a verla! Save Point. ¡ªLe gui?¨® un ojo¡ª. ?Qu¨¦ te trae por aqu¨ª, joven? ?C¨®mo te llamas? shorts vaqueros. Unas medias a rayas adornaban sus piernas, y de su espalda colgaba una katana. Un adorable cubito de hielo sonriente pend¨ªa de la empu?adura.