《El telar de los Relatos [Spanish]》 El susurro de las letras muertas La luna se escond¨ªa tras las nubes, pintando el Barrio de las Letras Muertas de colores punzantes como cenizas y ¨®xido. Las paredes llenas de graffitis cobraban vida bajo la luz p¨¢lida, y los grafitis gritaban silenciosamente en la oscuridad, los rostros pintados se distorsionaban en muecas espectrales. Frases como ¡°mentira¡± y ¡°olvida¡± se pegaban al aire fr¨ªo como aliento de un muerto. El olor a cable quemado y LCD rasgaba la garganta, un recuerdo punzante del paso de ¡°El Fest¨ªn de las Sombras¡±. Una figura avanzaba por las calles, su respiraci¨®n rasposa y entrecortada era el ¨²nico sonido claro. Sudor fr¨ªo le resbalaba por la espalda, cada gota un escalofr¨ªo diminuto. Los cazadores de la Cripteia no eran simples drones; sus alas met¨¢licas emit¨ªan un zumbido que vibraba en los huesos, como el llanto sordo de un ni?o perdido en la madrugada. Uno de los drones se pos¨® sobre un farol, tranquilo y amenazante, sus alas extendidas, l¨¢minas oscuras que Lucien jurar¨ªa reflejaban el rostro ausente de su madre. -Maha -llam¨® Lucien, y el Djinn emergi¨® de su sombra como un torbellino de ceniza caliente y dientes afilados. La sombra de Maha se alz¨® amenazante sobre los drones, proyectando a su alrededor siluetas espectrales de lobos hambrientos. -Tres perseguidores -rugi¨® Maha, su voz retumbando directamente en el cr¨¢neo de Lucien, una vibraci¨®n ¨®sea y ancestral-. Huelo miedo, huelo ambici¨®n, y huelo¡­. -Maha se materializ¨® por completo como un lobo gigantesco e inclin¨® la cabeza, olfateando el aire como un cazador hambriento-. Nostalgia. Alguien te recuerda, Tejedor. Lucien, con un movimiento preciso de sus manos, invoc¨® dos Chakrams de un metal negro brillante, los bordes de amatista palpitando con una luz morada y fr¨ªa. Los glifos inscritos recorr¨ªan la superficie como venas de obsidiana. Con un movimiento fluido, lanz¨® uno de los chakrams, no contra los drones, sino contra un grafiti de un rey medieval pintado en la pared como una burla sangrienta. La hoja cort¨® el mural, liberando un chorro de tinta negra que apestaba a olvido y tinta umbral, que se extendi¨® moment¨¢neamente como un portal viscoso y opaco. -Vamos -dijo con un tono serio, el sabor amargo del peligro en la lengua, antes de lanzarse al charco de tinta mientras este se cerraba tras ¨¦l. Al otro lado del portal, se encontr¨® en un mundo en negativo fotogr¨¢fico: calles blancas tiesas como hueso, cielos negros opresivos como un sudario, y los drones transformados en mariposas de papel carbonizado, que ard¨ªan al tacto con un crepitar fr¨¢gil. Pero el escape ten¨ªa un precio. La voz de Elara reson¨® en su o¨ªdo como un susurro helado y familiar, que le erizaba la nuca: -Huir no te salvar¨¢, hijo. S¨®lo pospondr¨¢ lo inevitable. -Ahhhh -Lucien respir¨®, el aire enrarecido llenando sus pulmones de holl¨ªn. Esos drones eran persistentes, pegajosos como sombras; llevaban persigui¨¦ndolo desde que entr¨® en Nueva Babel. Al fin se hab¨ªa librado de ellos, y ahora se acercaba a su objetivo. Mientras atravesaba las calles del mundo negativo, una punzada de fr¨ªo en el pecho lo llev¨® de vuelta al pasado. Diez a?os atr¨¢s, en el invernadero; un laboratorio solo en nombre, era m¨¢s una catedral de ciencia y locura. Frascos con criaturas h¨ªbridas, fetos de ni?os con alas de polilla flotando p¨¢lidos en formol, fetos de Djinn con caracter¨ªsticas humanas, se alineaban en estantes de hierro fr¨ªo, brillando bajo la luz espectral como trofeos macabros. Elara entonaba una canci¨®n suave y ominosa, como un conjuro, absorta en su trabajo. Una ni?a peque?a de doce a?os se acerc¨® a ella, curiosa, los ojos brillantes de una inquietud precoz, observando a su madre cubierta de sangre. -?Duele? -pregunt¨® la ni?a, su voz apenas un susurro infantil, cargado de una comprensi¨®n adulta del sufrimiento. -El dolor es un lenguaje, Lyra -respondi¨® Elara sin voltear a mirarla, su voz dulce pero hueca, desprovista de calidez humana-. Y Lucien est¨¢ aprendiendo a hablarlo. Mientras el recuerdo se desvanec¨ªa, Lucien se adentr¨® en las alcantarillas. El olor a humedad y podredumbre se intensificaban, llenando sus fosas nasales con un hedor antiguo. Finalmente lleg¨® a un pasillo en particular que lo hizo estremecerse hasta la m¨¦dula. Las paredes estaban cubiertas de ecuaciones extra?as, ecuaciones alqu¨ªmicas que brillaban en la oscuridad con una luz enfermiza. Al rozar una con el dedo, una descarga fr¨ªa le recorri¨® el brazo, y su mente se inund¨® con el recuerdo ajeno: un cient¨ªfico de la Cripteia enloqueciendo, ara?ando las paredes con sus u?as, intentando descifrar el trabajo de Elara, desentra?ar sus ecuaciones y sus investigaciones prohibidas. Al final del pasillo, Lucien observ¨® una puerta cerrada por m¨²ltiples cadenas hechas de glifos que brillaban con una energ¨ªa contenida. -Sabes qu¨¦ guardo ah¨ª -pregunt¨® Lucien al Djinn, la voz apenas un hilo en la oscuridad, mirando la puerta. -No -gru?¨® Maha, un sonido gutural y profundo que resonaba en el estrecho pasillo-. Ella era paranoica. Dej¨® trampas. Para ti, para otros, para cualquiera. Lucien sac¨® de su saco negro una calavera llena de glifos que irradiaban una luz pulsante, casi viva. Al apuntarla a la puerta, las cadenas chillonas y oxidadas cedieron y empezaron a caer, golpeando el suelo de piedra con un estrepitoso sonido hueco, permitiendo abrir la puerta. Tras ella, encontraron un vivero. No de plantas, sino de relatos: ¨¢rboles cuyas hojas eran p¨¢ginas de libros de pergamino amarillento y quebradizo, y sus frutos, ojos humanos petrificados con miradas vidriosas y ausentes. En el centro, sobre un atril de madera oscura, se encontraba un cuaderno. Lucien lo abri¨® con cuidado, el papel crujiendo bajo sus dedos, y all¨ª encontr¨® la letra de Elara: ¡°Lucien muestra afinidad por el fragmento, pero Lyra¡­ Lyra ser¨¢ la clave, ser¨¢ el puente¡±. Lucien arranc¨® la p¨¢gina, tensando su pu?o sobre ella. Procedi¨® a rasgarla, el papel rasg¨¢ndose con un crujido doloroso, pero la p¨¢gina en el cuaderno se regener¨® instant¨¢neamente. Esta vez, mostraba un mensaje escrito en lengua umbral: ¡°?Crees que la salvaste? T¨² la condenaste¡±. Las palabras vibraban con una energ¨ªa oscura y acusadora. -Bueno, supongo que ella siempre ser¨¢ ella, incluso desde el m¨¢s all¨¢ -murmur¨® Lucien, una sonrisa amarga curvando los labios, al leer las palabras que Elara le hab¨ªa enviado desde la tumba. Lucien continu¨® caminando por el vivero. Era m¨¢s que un vivero; era un laberinto de relatos ahogados. Estatuas de tinta solidificada que parec¨ªan personas olvidadas: un h¨¦roe que muri¨® por una mentira, una mu?eca que se convirti¨® en la guardiana de una peque?a. Lucien roz¨® una estatua por error, y ¨¦sta le susurr¨®, una voz espectral que parec¨ªa venir de la tinta misma: -¨¦l miente¡­ Pero t¨² tambi¨¦n. Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author''s consent. Report any sightings. Un recuerdo apareci¨® frente a ¨¦l, form¨¢ndose de tinta en el aire, como una aparici¨®n espectral. En la visi¨®n estaban un hombre y un joven Lucien, que no tendr¨ªa m¨¢s de trece a?os. -Tu madre no te quer¨ªa -dijo el hombre. Lucien a¨²n recordaba el olor de su aliento en ese momento, un aliento dulce y enga?oso que ol¨ªa a menta. -Para ella solo eras un contenedor, pero yo creo que puedes ser m¨¢s, mucho m¨¢s. Lucien retrocedi¨®, tropezando con sus propios pies, y golpe¨® una tuber¨ªa de metal oxidado. Agua negra empez¨® a brotar, con un gorgoteo nauseabundo. En el charco oscuro se form¨® un reflejo distorsionado: Lyra, atrapada tras un espejo l¨ªquido, golpeando desesperadamente la superficie. -Luc -grit¨®, su voz distorsionada y lejana, como si viniera de otro mundo-. No conf¨ªes en¡­ El agua se enturbi¨®, ahogando las palabras de Lyra en un remolino de tinta. -No te preocupes, Lyra -respondi¨® Lucien con una leve sonrisa en su rostro, una m¨¢scara de calma que apenas ocultaba la tormenta interior-. No es como que conf¨ªe en muchas personas. Continu¨® su camino hasta que, finalmente, se encontr¨® con una estatua de tinta que sosten¨ªa algo en su mano extendida: una fotograf¨ªa que parec¨ªa estar quemada, los bordes carbonizados y quebradizos. Para Lucien, era obvio que no era parte de la estatua, sino algo que alguien hab¨ªa colocado all¨ª recientemente. ¨¦l la tom¨®, el papel quemado crujiendo entre sus dedos, y al verla detenidamente, not¨® que era una fotograf¨ªa que no hab¨ªa visto en muchos a?os: un ni?o tomado de la mano de una joven mujer, y a un lado, una mujer madura con el ce?o fruncido, la mirada dura y fr¨ªa como el acero. -En definitiva, estuviste aqu¨ª tambi¨¦n -dijo, un largo suspiro escapando de sus labios, levantando la mirada hacia la penumbra del vivero. Despu¨¦s de permanecer as¨ª durante unos segundos, gir¨® la fotograf¨ªa y observ¨® el reverso. Una partitura musical, notas y pentagramas que danzaban en el papel quemado. Un c¨®digo, uno que le recordaba esas noches en las que lleno de vendajes se escond¨ªa con Lyra en alg¨²n rinc¨®n fr¨ªo del laboratorio de Elara para jugar y ser lo m¨¢s parecido posible a un ni?o, un c¨®digo que no le tom¨® mucho tiempo descifrar. Estaba acostumbrado a este tipo de cosas desde ni?o. -Supongo que ya sabemos a d¨®nde ir -murmur¨® Lucien al Djinn, la voz cansada pero decidida. -Huelo peligro -gru?¨® Maha, el aliento caliente y h¨²medo contra su oreja. -Lo s¨¦ -respondi¨® Lucien, una resignaci¨®n amarga en su tono-. Pero, ?qu¨¦ otra opci¨®n hay? Se dispuso a volver por donde hab¨ªa venido, pero en ese momento, un fuerte olor a jazm¨ªn denso y embriagador perme¨® el lugar. El olor era tan pesado que por poco cubr¨ªa el otro olor que llenaba cada rinc¨®n del vivero: podredumbre dulce y estancada. Las sombras del lugar empezaron a alargarse, como tent¨¢culos oscuros que se arrastraban por el suelo, y a formar manos. Manos que arrastraban a alguien desde lo profundo de las sombras. De repente, una m¨¢scara veneciana sali¨® de las sombras, blanca y reluciente en la oscuridad, la sonrisa pintada grotesca y burlona. Luego, el resto del cuerpo de la persona se manifest¨®, portando un impecable vestido rojo de tres piezas, la tela carmes¨ª absorbiendo la poca luz existente. Iliana de la Cruz se hizo presente en aquel lugar. -Encantador -dijo Iliana, la voz melodiosa y fr¨ªa como campanillas de hielo, mirando directamente al cr¨¢neo de Elara-. La gran cient¨ªfica reducida a un¡­ adorno. ?Sab¨ªas que ella y yo fuimos amantes? Bueno, al menos hasta que me cans¨¦ de su obsesi¨®n con jugar a ser dios. -Una risa cristalina, pero carente de humor, reson¨® en el vivero. La sombra de Iliana empez¨® a extenderse como una mancha de tinta que se derrama, y diferentes figuras emergieron de ella. Los mercenarios de tinta tomaron forma uno por uno. Cada uno portando rostros diferentes, rostros familiares y dolorosos para Lucien: los rostros espectrales de Lyra y Elara distorsionados en muecas amenazantes. Los rostros lo hicieron dudar, una punzada de confusi¨®n y dolor en el pecho, lo suficiente para que el mercenario con el rostro de Lyra transformara su brazo en un largo tent¨¢culo negro y viscoso y atrapara a Lucien. -?Son ilusiones, Tejedor! -rugi¨® Maha, el trueno de su voz sacudiendo el aire y destrozando la falsa Lyra en una explosi¨®n de tinta. Pero Lucien ya estaba sangrando, un corte profundo ard¨ªa en su costado, la sangre caliente empapando sus ropas. Lucien instintivamente sujet¨® el cr¨¢neo de Elara contra su pecho, protegi¨¦ndolo como un tesoro fr¨¢gil. -Ay, mi ni?o -la voz de Iliana se desliz¨® por el aire como una caricia venenosa-. El Fest¨ªn no necesita ni quiere el cr¨¢neo. Luc querido, queremos que lo uses, y luego te queremos a ti. Con un rugido salvaje, Maha se lanz¨® sobre otro de los mercenarios, mientras que Lucien se preparaba, la adrenalina inundando su sangre como fuego. Con un fluido movimiento de sus manos, un par de brazaletes que llevaba se transformaron en sus Chakrams. El primer mercenario se lanz¨® sobre ¨¦l, Lucien se movi¨® a un lado, ¨¢gil como una sombra, poniendo una de las estatuas de tinta entre ¨¦l y el mercenario de Iliana. Usando su pie derecho, gir¨® sobre s¨ª mismo para dar una patada fuerte al rostro del mercenario, un golpe seco y brutal que destroz¨® el rostro de Elara en una explosi¨®n de tinta. Honestamente, para ¨¦l, golpear la imagen de Elara era considerablemente m¨¢s f¨¢cil que hacerle algo al rostro de Lyra, incluso si entend¨ªa perfectamente que no eran reales, sino ilusiones creadas por Iliana. La frialdad le recorri¨® las venas, un escalofr¨ªo de determinaci¨®n. -Maha, ?puedes encargarte de los que tienen el rostro de Lyra? -murmur¨® Lucien al Djinn, la voz tensa y urgente. -Son mi presa -gru?¨® Maha asintiendo, los ojos brillando con una sed animal, antes de lanzarse a la batalla. -?Vespertilio! -exclam¨® Iliana, la sorpresa ti?endo su voz melodiosa. Hace a?os, mientras ella y Elara a¨²n eran amantes, recordaba haber visto los planos de aquellos objetos extra?os. En aquel entonces, los hab¨ªa considerado un proyecto casi imposible de construir. Elara tendr¨ªa que modificar reliquias Arcontes ya existentes, posiblemente modificar el relato contenido en la reliquia y agregar uno nuevo para que el arma cumpliera con todo lo que ella quer¨ªa que cumpliera. Entonces, una risa aguda y siniestra reson¨® por todo el cuarto, haciendo vibrar las estatuas de tinta como si temblaran de miedo. Detr¨¢s de Lucien, tinta negra con matices verdes empez¨® a derramarse del suelo, como un v¨®mito oscuro, y de esta, una criatura emergi¨®: lo que parec¨ªa un insecto et¨¦reo y repulsivo con seis alas elongadas de cristal. Cada ala parec¨ªa una hoja o un p¨¦talo, cada una puntiaguda, con el borde suavemente delineado con l¨ªneas de un metal negro, en el cual se pod¨ªan observar diferentes glifos pulsando con una luz verde venenosa. El cuerpo era delgado, hecho de cristal y dos largas antenas ca¨ªan hacia atr¨¢s, movi¨¦ndose lentamente como zarcillos sensitivos. -?Qu¨¦ es esa cosa? -pregunt¨® Iliana, el asco y la sorpresa luchando en su voz. La sonrisa en su m¨¢scara veneciana fluctu¨®, vacilante e insegura. Nunca antes hab¨ªa visto algo as¨ª. Claramente era un Djinn artificial, pero que ella recordase, no estaba en los planos originales que Elara le hab¨ªa mostrado. -Maha -llam¨® Lucien al Djinn, los ojos fijos en Iliana, pero la voz dirigida a la bestia a sus espaldas-. Introduce un poco de tu tinta en Nymeria, por favor. -Por supuesto -rugi¨® Maha, el suelo vibrando con la potencia contenida. De su cuerpo, tent¨¢culos de tinta salieron disparados y empezaron a adentrarse en el cuerpo del insecto que estaba tras Lucien, fusion¨¢ndose con ¨¦l como una simbiosis grotesca. Nymeria se transform¨®, su cuerpo se convirti¨® en un humo extra?o, casi s¨®lido y opaco, que se arremolinaba a su alrededor como un manto espectral. Sus ojos parec¨ªan dos fuegos brillantes de color esmeralda, abrasadores y fr¨ªos a la vez. Lucien se?al¨® a uno de los mercenarios, y Nymeria se lanz¨® contra ¨¦l, una exhalaci¨®n silenciosa de humo y poder. Lo rode¨® con esa bruma extra?a, y el mercenario pareci¨® deshacerse en ella, disolvi¨¦ndose como una figura de tinta en agua. -Vaya -murmur¨® Iliana, la voz ahora cargada de un miedo palpable, viendo la criatura que Lucien hab¨ªa invocado-. Esa mujer estaba completamente loca. Mira lo que ha creado. -En su voz se notaba el asco, el desprecio y el miedo que la atenazaba ante la creaci¨®n de Elara. Lucien tom¨® los Chakrams Vespertilio en sus manos. El metal fr¨ªo y familiar contra la piel, un ancla en el caos. Con un salto se lanz¨® hacia los mercenarios que ten¨ªan el rostro de Elara. Se encontr¨® frente al primer mercenario y vio los mismos ojos que de ni?o le aterraba, esos ojos violeta con tonos dorados tan caracter¨ªsticos, ojos que ahora, en la ilusi¨®n de tinta, parec¨ªan a¨²n m¨¢s fr¨ªos y crueles. Esos ojos que, mientras hac¨ªan toda clase de experimentos en ¨¦l, brillaban de una manera espec¨ªfica, un brillo inhumano que ahora entend¨ªa como pura obsesi¨®n cient¨ªfica. Una sonrisa cruz¨® su rostro. Diferentes emociones: rabia, dolor, resentimiento; pero tambi¨¦n, burla, satisfacci¨®n, una paz amarga y retorcida. Y con esa sonrisa en su rostro, de un r¨¢pido movimiento cort¨® al mercenario de tinta por la mitad. Tinta empez¨® a volar por todas partes, salpicando el suelo y las estatuas como sangre oscura. -Nymeria -comand¨® Lucien a la criatura, la voz firme y precisa, enfocada en la tarea. La criatura obedeci¨®, desplegando una velocidad y precisi¨®n quir¨²rgica. Se abalanz¨® sobre el siguiente mercenario y, con una precisi¨®n impecable, lo cubri¨® con el humo que la rodeaba. Esta vez, el humo form¨® lobos, mucho m¨¢s peque?os que Maha, que empezaron a devorar al mercenario, mordisqueando y royendo la tinta hasta que no qued¨® nada m¨¢s que un charco informe. -Gracias, Iliana -susurr¨® Lucien, la voz cargada de iron¨ªa y un deje de crueldad-. Nymeria estaba hambrienta¡­ de no ser por esto, habr¨ªa tenido un serio problema. La sangre caliente segu¨ªa fluyendo por su costado, pero la adrenalina era un analg¨¦sico potente. El Jard铆n Roto El aire vibraba con el zumbido de Nymeria, cuyas alas de cristal fracturado resonaban dentro del cr¨¢neo de Lucien como campanas rotas. Cada batir le ara?aba los o¨ªdos, pero era el olor lo que lo manten¨ªa alerta: jazm¨ªn mezclado con el tufo dulz¨®n de su propia sangre dorada, que empapaba el costado izquierdo de su torso. Maha no era una presencia, sino una serie de agujas clav¨¢ndose en sus m¨²sculos. El Djinn se mov¨ªa como un calambre en su espalda, y Lucien no necesitaba verlo para saber que sus ojos de humo verde segu¨ªan el cr¨¢neo de Elara que ¨¦l apretaba contra el pecho. -Tejer¨¢s tu tumba si sigues as¨ª -retumb¨® la voz del Djinn, no en sus o¨ªdos, sino en el hueco de sus costillas flotantes, donde Elara le hab¨ªa implantado el fragmento a los catorce a?os. Lucien esboz¨® una sonrisa amarga. Sab¨ªa que la "advertencia" de Maha era en realidad hambre: el Djinn ol¨ªa a h¨ªgado crudo cuando deseaba devorar. Iliana alz¨® la fotograf¨ªa quemada, y el olor a vainilla rancia le golpe¨® las fosas nasales. No es real, se repiti¨® Lucien, pero sus dedos ya temblaban. Ese aroma era el mismo de las vendas que Lyra le cambiaba cada noche en el laboratorio, cuando las heridas de los experimentos supuraba tinta umbral. -?Recuerdas lo que ella le hizo a tu preciosa Lyra? -Iliana canturre¨®, y la imagen en la foto se deform¨®: Lyra de doce a?os, convulsionando en una camilla mientras Elara dibujaba partituras en su piel. El chakram en la mano derecha de Lucien se calent¨® de repente. Al activar los glifos de amatista, un dolor agudo le recorri¨® el brazo como si alguien le arrancara las venas. El precio, record¨®. Los Vespertilio se alimentaban de memorias: esta vez, le rob¨® el recuerdo de su primera huida, dejando en su mente un vac¨ªo fr¨ªo donde antes hab¨ªa olores a alcantarilla y miedo adolescente. -?Nymeria, ahora! -gru?¨®, y la criatura de cristal se lanz¨®. Sus alas cortaron el aire dejando surcos de humo negro que ol¨ªan a¡­ ?mangos podridos? Lyra los recolectaba en el invernadero. Los ¨¢rboles-libro lloraban p¨¢ginas ensangrentadas. Al pisar una, Lucien sinti¨® el tacto de las vendas que Lyra pon¨ªa en su piel, ese algod¨®n ¨¢spero, siempre lavado con lej¨ªa. El vivero entero cruj¨ªa como huesos viejos, y al romperse, cada estatua de tinta liberaba susurros: -Mentiroso -acus¨® la del h¨¦roe ca¨ªdo, rozando su hombro con dedos de pergamino. -Cobarde -escupi¨® la mu?eca-guardiana, su voz id¨¦ntica a la de Elara cuando descubri¨® su primer intento de fuga. -?Crees que ella te quer¨ªa? -Iliana dej¨® caer la fotograf¨ªa, que se empapo de tinta al tocar el suelo. Lucien not¨® c¨®mo su mano izquierda buscaba la cicatriz bajo la camisa. dieciocho puntos de sutura, hilo de ara?a Arconte. Un tic que ella capt¨® al instante. -Solo le interesaba tu don -continu¨®, acerc¨¢ndose. Sus pasos cruj¨ªan como las agujas hipod¨¦rmicas de Elara contra pisos de acero. El m¨²sculo de su pantorrilla derecha se contrajo solo. -Y ahora el Fest¨ªn te quiere entero -susurr¨®, mientras su cuchillo de tinta dibujaba una partitura en el aire. La melod¨ªa le hizo sangrar por las enc¨ªas. La primera gota de veneno en su torrente sangu¨ªneo supo a menta y formol. Lucien cerr¨® los ojos, y el mundo se quebr¨®: Estaba en el quir¨®fano-espejo. Lyra, de nueve a?os, observaba tras el cristal mientras Elara le inyectaba el fragmento. "Ser¨¢s mi puente", cantaba su madre, y la aguja ol¨ªa a jazm¨ªn y traici¨®n. Lyra golpeaba el vidrio con manos ensangrentadas. El sonido de los golpes de Lyra lo regres¨® al presente lo recibi¨® con una daga en el est¨®mago. Nymeria destroz¨® a la Iliana ilusoria, pero el da?o estaba hecho: la sangre ahora brillaba con veneno dorado Maha rugi¨® desde su columna vertebral cuando las ecuaciones en las paredes cobraron vida. Iliana intent¨® huir, pero los glifos que Lucien dibuj¨® con su sangre la atraparon en una jaula de luz. -Dile al Fest¨ªn que venga por m¨ª -escupi¨® Lucien, mientras la m¨¢scara veneciana se resquebrajaba, revelando cicatrices que formaban notas musicales. Antes de desintegrarse, Iliana susurr¨®: -Lyra canta para ellos ahora. Tu hermana es¡­ interesante cuando suplica.. El vivero implosion¨®. Lucien cay¨® de rodillas, la fotograf¨ªa quemada ardiendo entre escombros. Entre visiones de Lyra tras el espejo l¨ªquido, una figura emergi¨® de las sombras: un ni?o con alas de polilla, id¨¦ntico a los fetos del laboratorio. -Madre ten¨ªa raz¨®n -dijo el ni?o, tocando la herida envenenada. -El dolor es el ¨²nico idioma que entiendes. Las tuber¨ªas se enroscaron alrededor de Lucien como serpientes de acero. Mientras la oscuridad lo arrastraba, el cr¨¢neo de Elara en su pecho susurr¨®: -Todo seg¨²n lo planeado, hijo m¨ªo. Y en el ¨²ltimo segundo, antes de desmayarse, Lucien sinti¨® m¨¢s que vio: Lyra, en alg¨²n lugar oscuro, trazando la misma partitura de la fotograf¨ªa en un muro cubierto de hielo. El crujido de zapatos de cuero sobre piedra h¨²meda lo despert¨®. Lucien abri¨® los ojos a medias, la visi¨®n empa?ada por el veneno verde que le nublaba las pupilas. Las tuber¨ªas que lo aprisionaban vibraban con un ritmo nuevo, como si el acero se estremeciera ante algo m¨¢s antiguo que la propia ciudad. Primero lleg¨® el olor: alcanfor y n¨¦ctar de orqu¨ªdea negra, un contraste que le quem¨® las fosas nasales. Luego, el sonido: un reloj de bolsillo marcando ritmo de vals en alg¨²n lugar de la oscuridad. Finalmente, la voz: Reading on this site? This novel is published elsewhere. Support the author by seeking out the original. -Qu¨¦ triste final para un Tejedor de relatos. -El hombre en traje oscuro se inclin¨® hasta quedar a su altura. Su sombrero de ala ancha ocultaba el rostro, pero Lucien vio el detalle que lo hel¨®: los botones del traje eran ojos humanos miniaturizados, las pupilas dilatadas siguiendo cada movimiento de Lucien. El ni?o de alas de polilla retrocedi¨®, sus zumbidos torn¨¢ndose agudos. -T¨²¡­ no deber¨ªas estar aqu¨ª -chill¨® el ni?o, ara?ando el aire con dedos afilados. El hombre ignor¨® la advertencia. Con un gesto, las tuber¨ªas se desenroscaron de Lucien, retorci¨¦ndose como animales apaleados. -Lucien, veo que encontraste una manera para que pudiera entrar al laboratorio de tu madre -Dijo el hombre extendiendo un guante blanco inmaculado. Lucien noto que el brillo violeta de sus chakrams se intensificaba. Algo que solo pasaba frente a mentiras e ilusiones, al menos seg¨²n Lyra. -Gerald, puedes volver a tu apariencia natural -Tosio Lucien escupiendo sangre con veneno dorado. -Te has vuelto casi tan dif¨ªcil de enga?ar como Elara -Gerald sac¨® un pa?uelo de seda y lo empapo con la sangre envenenada de Lucien. -Tenemos que encargarnos de esto lo m¨¢s pronto posible. El pa?uelo comenz¨® a vibrar con una melod¨ªa familiar: la misma partitura de la fotograf¨ªa quemada. Lucien sinti¨® un pinchazo en el pecho: la cicatriz del fragmento. Pens¨® y sab¨ªa el motivo, el comp¨¢s 32, de la melod¨ªa, donde Lyra siempre fallaba en el piano del laboratorio. -C¨®mo es que conoces esa melod¨ªa? -Pregunto intentando ponerse de pie. Gerald se rio. -La encontr¨¦ escrita en una pared, supongo que tu sabes que es -dijo entre carcajadas. -Perm¨ªteme aliviar ese veneno -el hombre presion¨® el pa?uelo musical contra la herida de Lucien. -A cambio, necesito un recuerdo. Cualquiera que involucre¡­ -inclin¨® la cabeza hacia el ni?o de alas de polilla, que ahora se retorc¨ªa en el suelo. -¨¦l. El alivio fue instant¨¢neo y brutal. El veneno retrocedi¨®, pero Lucien sinti¨® c¨®mo algo se arrancaba de su mente: El ni?o de alas de polilla, a?os atr¨¢s, flotando en un frasco junto a Lyra. Elara susurrando: "El octavo intento fallido. Pero qu¨¦ hermoso es¡­". -Me pregunto d¨®nde estar¨¢n los primeros siete -Susurro Gerald mientras guardaba el recuerdo en un reloj dorado que ten¨ªa en el bolsillo interior de su saco. Las paredes de la alcantarilla comenzaron a sangrar tinta umbral. El ni?o de alas de polilla lanz¨® un alarido que hizo temblar los cimientos, y de sus ojos brotaron larvas de papel. -Madre te castigar¨¢ -grit¨® el ni?o hacia Lucien, mientras su cuerpo se desintegraba en p¨¢ginas arrugadas. -Ella ya lo hace -respondi¨® Lucien, frotando la cicatriz bajo su camisa. Gerald se ajust¨® el sombrero. Por un instante, Lucien vio bajo el ala: una boca sin labios, dientes de n¨¢car negro, y un ojo cicatrizado que le record¨® demasiado a¡­ -?Lyra? -murmur¨®, pero Gerald ya lanzaba un objeto a sus pies: una tarjeta de visita de metal con coordenadas musicales grabadas. -Cuando el veneno regrese; y lo har¨¢, ve a esta direcci¨®n ¡ªdijo Gerald, caminando hacia las sombras. -Pide el Nocturno en Verde Mayor. Y Lucien¡­ -se detuvo, el olor a alcanfor saturando el aire. -Ten cuidado, no siempre puedo estar salv¨¢ndote. Lucien se apoy¨® contra la pared h¨²meda, las yemas de sus dedos adheridas a la tarjeta de metal. Las coordenadas grabadas en ella le quemaban la piel, como si alguien hubiera clavado agujas incandescentes bajo sus huellas dactilares. Nocturno en Verde Mayor. Las alcantarillas hab¨ªan cambiado. Las paredes ahora mostraban grafitis que no estaban antes: rostros deformes de Lyra y Elara entrelazados con ecuaciones alqu¨ªmicas. Lucien se detuvo frente a uno que mostraba a Lyra atrapada en un pentagrama musical. -Incluso ahora intentas ayudarme, ?verdad? -Murmur¨® Lucien golpeando la pared donde estaba el graffiti. El golpe agrieto la pared y el grafiti se deshizo en cenizas. -Te est¨¢s deshilachando, Tejedor -susurr¨® Maha desde alg¨²n lugar en su interior, su voz distorsionada, como si hablara bajo el agua. -?Cu¨¢ntos recuerdos m¨¢s est¨¢s dispuesto a perder? La tarjeta de metal vibr¨® en su mano. Al sostenerla contra la luz de un farol roto, las coordenadas musicales proyectaron una sombra en la pared: un bar clandestino, su fachada adornada con m¨¢scaras, pinturas y plantas. Lucien reconoci¨® el lugar. El Teatro de los Susurros, uno de los lugares favoritos de Lyra cuando ven¨ªan a Nueva Babel, un lugar para aquellos que usaban la m¨²sica como su lenguaje favorito para contar historias. -Ni siquiera despu¨¦s de muerta le perdonas que tuviera sus propios intereses, verdad, madre? -susurro, notando como el cr¨¢neo de Elara en su bolsillo emit¨ªa un calor anormal. Sus pies comenzaron a moverse solos, guiados por una memoria muscular de tiempos m¨¢s f¨¢ciles y felices: La ¨²nica vez que pudimos escapar de madre los dos. Cada zancada le quemaba los pies, como si caminara sobre las flamas de los recuerdos. Al pasar frente a un charco de agua negra, vio su reflejo distorsionado: no era su rostro, sino el de Lyra, adulta y demacrada, pero, sonriendo al otro lado del espejo l¨ªquido. Lucien sonri¨®, estaba exhausto, sent¨ªa el veneno corriendo por sus venas, y a¨²n as¨ª, la sonrisa de su hermana le daba confort y calma. Continuo caminando, sus pies ya no se mov¨ªan solos, ya no avanzaba por inercia, se mov¨ªa por la confianza en su hermana, la confianza que nac¨ªa de los recuerdos de sus manos c¨¢lidas vendando con cari?o las heridas que dejaban los experimentos de Elara en ¨¦l, esos recuerdos que ahora alimentaban la seguridad de que una vez m¨¢s Lyra de alguna manera extender¨ªa su mano para asegurarse de que ¨¦l estuviera bien. Fue as¨ª que finalmente cruz¨® el umbral de entrada del Teatro. El interior era una estructura de madera pulida y terciopelo vinotinto. En el escenario, una banda tocaba bajo la luz de la luna que se filtraba por un agujero en el techo. La m¨²sica era hipnotizante, el aire vibraba con los sonidos el¨¦ctricos de la guitarra, con la voz que parec¨ªa deslizarse entre notas, el golpe de la bater¨ªa era monotono, hipn¨®tico, inevitable. La m¨²sica parec¨ªa ser empujada desde las sombras por una fuerza ajena, una fuerza que arrastraba el sonido lentamente. Lucien se permiti¨® disfrutar la m¨²sica por unos segundos, de ni?o fue Lyra qui¨¦n le mostraba canciones y bandas escondidas de Elara. Se abri¨® paso entre las personas, el sudor de aquellos que danzaban al ritmo de la m¨²sica, el olor a alcohol de las bebidas, la energ¨ªa que exud¨ªan en medio del trance y j¨²bilo que les generaba el concierto lo llamaban, ¨¦l tambi¨¦n quer¨ªa permitirse perderse entre esas notas, sin embargo, sab¨ªa perfectamente que no era una opci¨®n. El dolor punzante del veneno increment¨®, un recuerdo constante de que el tiempo era lujo en ese momento. Un hombre joven observ¨® como alguien se acercaba a la barra, era una noche ocupada en el Teatro, una banda popular de la escena local de Nueva Babel se presentaba, y con entrada libre el lugar se llen¨® r¨¢pidamente, algunos eran los regulares del Teatro, j¨®venes impetuosos buscando diversi¨®n; m¨²sicos que ven¨ªan a compartir sus historias en forma de notas, acordes y percusiones; una que otra persona mayor buscando recordar sus ¨¦pocas de juventud. Pero un evento as¨ª atra¨ªa un buen n¨²mero de comensales nuevos, cada uno con sus propias historias e intenciones, pero hab¨ªa algo que todos ten¨ªan en com¨²n, un deseo inescapable de huir, de huir de sus realidades, de huir de sus responsabilidades y dejarse perder en los placeres de la noche. La persona finalmente lleg¨® a la barra. -Un Nocturno en Verde Mayor, por favor -pidi¨® la persona. El joven levanto su rostro, mirando fijamente a la persona frente a ¨¦l, un joven, cabello rubio y largo hasta la cintura, un rostro bien definido y atractivo enmarcado por mechones de cabello, pero, lo m¨¢s llamativo eran sus ojos, no porque se vieran cansados, agotados, no. Sino porque eran particulares, un iris esmeralda que rodeaba vetas violetas que parec¨ªan una flor que nac¨ªa de la pupila. Sin embargo, nada de esto fue lo que lo hizo levantar la mirada. -Un Nocturno en Verde Mayor-, un pedido espec¨ªfico, un pedido que nadie m¨¢s pudo haber hecho. -Bienvenido Jard¨ªn Roto, es un placer conocerte. El Jard铆n Roto II Iliana de la Cruz cojeaba por el pasillo, cada paso un latigazo de dolor que le recorr¨ªa la pierna izquierda como si huesos rotos le ara?aran el m¨²sculo. Las luces c¨¢lidas del corredor, que normalmente ignoraba, ahora le quemaban la piel. Not¨® que el sudor se mezclaba con la sangre seca en su cuello, y el olor a jazm¨ªn quemado, el mismo que impregnaba las habitaciones de Elara, le cerr¨® la garganta. El pasillo, antes un recordatorio del poder¨ªo y secretismo del Fest¨ªn, ahora se burlaba de ella. Los tapices de seda bordados con constelaciones artificiales formaban muecas burlonas, y las figuras astrales parec¨ªan llorar de la risa hilos dorados. Las paredes, pintadas con pigmentos que brillaban bajo la luz de las luces, reflejaban su silueta deforme: una joroba imaginaria que no era m¨¢s que su columna vertebral dobl¨¢ndose bajo el peso del fracaso. Hasta el m¨¢rmol pulido bajo sus pies, que antes le parec¨ªa perfecto ahora mostraba grietas que se ramifican como cicatrices. Al apoyarse en la pared para recuperar el aliento, empez¨® a toser. El Guante de las Sombras, la reliquia artificial que hab¨ªa creado le exig¨ªa su precio: cada uso le consum¨ªa un recuerdo. Ahora, al intentar invocar un hilillo de oscuridad para aliviar su pierna, solo obtuvo un vac¨ªo mental donde antes hab¨ªa pasado un verano en Venecia con Elara. En su lugar, una n¨¢usea feroz la oblig¨® a escupir bilis verde, que se evapor¨® al tocar el suelo con un siseo venenoso. -Maldita seas, Elara -murmur¨®, pero sus dedos temblorosos acariciaron la m¨¢scara veneciana rota en su rostro. No era solo una m¨¢scara, sino una reliquia importante del Fest¨ªn y un fragmento de la noche en que conoci¨® a Lucien. Los cortes en la porcelana blanca, uno sobre la mejilla izquierda y otro cruzando la frente le recordaron la sonrisa despiadada del joven Tejedor al casi destrozarla junto con ese monstruoso Djinn Maha. Al tocarla, un escalofr¨ªo le recorri¨® el brazo derecho, el mismo que Lucien hab¨ªa casi cercenado. -Vaya monstruo que creaste -murmur¨® apretando los dientes, Elara hab¨ªa dedicado gran parte de su vida a la investigaci¨®n sobre el mundo y como los relatos iban hilando y construyendo la realidad, en alg¨²n punto se hab¨ªa obsesionado con probar que el autor original segu¨ªa ah¨ª afuera, que no era ninguno de los dioses a los que la humanidad adoraba, y para eso hab¨ªa creado a Lucien, si tan solo hubiera sabido que Lucien la desafiar¨ªa como lo hizo, Iliana se preguntaba si Elara hubiera seguido el mismo camino. Un pinchazo dolor en el hombro la transport¨® a aquel instante: Lucien, cubierto de sangre dorada, lanzando un golpe de precisi¨®n monstruosa y potencia monstruosa. La m¨¢scara crujiendo bajo el impacto, el sabor a hierro en su boca, y despu¨¦s, el sonido de Maha desgarrando a sus mercenarios de tinta. Iliana apret¨® los dientes, regresando al presente cuando un hilo de sangre le resbal¨® por la mu?eca. Una voz que no proven¨ªa del aire, sino de las paredes mismas, como si los ladrillos hubieran absorbido cada s¨ªlaba durante d¨¦cadas de secretos. Iliana se detuvo, el fr¨ªo espectral trepando por su columna vertebral en forma de agujas de hielo que reconoc¨ªa demasiado bien: era el mismo escalofr¨ªo que preced¨ªa a las visitas de El Fest¨ªn de las Sombras. El olor lleg¨® primero: menta y sangre vieja, una combinaci¨®n que le hizo contraer el est¨®mago. Luego, las palabras se materializaron como ara?as de escarcha en su nuca: -Querida Iliana -susurr¨® la voz, y esta vez Iliana sinti¨® c¨®mo su pulso se sincronizaba con un tic-tac lejano-. Veo que el peque?o Tejedor result¨® ser mejor de lo que esper¨¢bamos. Las luces c¨¢lidas del pasillo parpadearon, torn¨¢ndose azules por un instante. Las sombras de los tapices se alargaron, adoptando formas que Iliana no quiso reconocer: siluetas de ni?os con alas de polilla, manos de tinta retorci¨¦ndose en el aire. Hasta el m¨¢rmol bajo sus pies pareci¨® ablandarse, atrapando sus botas en una sustancia gelatinosa que ol¨ªa a formol y l¨¢grimas secas. Iliana apret¨® la m¨¢scara veneciana rota contra su rostro, notando que sus dedos temblaban de una forma espec¨ªfica: tres espasmos r¨¢pidos, luego una pausa. Un tic que solo aparec¨ªa cuando ment¨ªa. -Es por¡­ lo que le dej¨® Elara -dijo, ajustando el cristal clavado en su muslo-. Si no fuera por eso ser¨ªa f¨¢cil aplastarlo. La voz ri¨®, y el sonido le perfor¨® los t¨ªmpanos, dejando un zumbido met¨¢lico. Iliana sab¨ªa qui¨¦n estaba hablando: El Director, el hombre que gobernaba el Fest¨ªn. Pero nunca lo hab¨ªa escuchado tan¡­ personal. Un objeto en su pecho ardi¨® de repente: el collar de ¨¦bano con un colmillo de Djinn que Elara le hab¨ªa regalado en su s¨¦ptimo aniversario. Al tocarlo, una visi¨®n la golpe¨®: Elara, joven y sin cicatrices, trazando ecuaciones en su piel desnuda mientras murmuraba: "Ser¨¢s mi obra maestra, Iliana. La que los destruir¨¢ a todos". -No eres la ¨²nica con deudas, querida -la voz se desliz¨® por su hombro izquierdo, donde una cicatriz en forma de clave de sol comenz¨® a supurar tinta azul-. El Pacto exige equilibrio. Iliana sinti¨® c¨®mo el Pacto de las Sombras se activaba sin su consentimiento. Venas de tinta umbral emergieron de su cicatriz facial, tejiendo una m¨¢scara temporal sobre su rostro da?ado. El precio fue inmediato: un recuerdo se desgarr¨® de su mente. El sabor del primer beso con Elara, en un laboratorio lleno de frascos brillantes. Ahora solo quedaba un vac¨ªo fr¨ªo en su pecho. Iliana contuvo un gemido cuando el fr¨ªo penetr¨® sus costillas. No era un fr¨ªo normal: ol¨ªa a alcohol quir¨²rgico y cenizas de libros prohibidos, el mismo aroma del laboratorio subterr¨¢neo donde El Directorio la hab¨ªa "mejorado" a?os atr¨¢s. -Entiendo, se?or -susurr¨®. Su voz no solo sonaba distorsionada: cada palabra le ara?aba la tr¨¢quea como si la m¨¢scara veneciana le hubiera crecido dentro de la garganta. El pasillo gimi¨®. Las sombras en las paredes se volvieron l¨ªquidas, chorreando hasta formar charcos de oscuridad que emit¨ªan susurros en lengua umbral. Iliana sinti¨® c¨®mo el fr¨ªo le convert¨ªa el sudor en escarcha sanguinolenta. The story has been taken without consent; if you see it on Amazon, report the incident. -Se?or¡­ -susurr¨® mientras sus manos temblaban, pero no era un temblor solo por miedo: su dedo anular izquierdo se retorc¨ªa involuntariamente, un tic postraum¨¢tico de cuando El Directorio le hab¨ªa extra¨ªdo el hueso metacarpiano para un ritual-. ?Por qu¨¦ no trajo consigo a Lucien cuando me rescat¨®? Las luces estallaron en una lluvia de vidrio ardiente. Iliana vio no con los ojos, sino con el fragmento de Djinn implantado en su m¨¦dula que hace mucho tiempo le hab¨ªa implantado El Director c¨®mo las paredes sangraban tinta azul fosforescente. -Querida -la voz del Director reson¨® ahora desde sus propias venas, hel¨¢ndole la sangre-. No estaban solos en ese lugar. -Una mano espectral hecha de p¨¢ginas arrancadas surgi¨® de la pared, acarici¨¢ndole la cicatriz en forma de clave de sol-. Y la otra persona que los observaba¡­ -la presi¨®n aument¨® hasta que Iliana sinti¨® crujir sus costillas-. Es alguien que preferir¨ªas no recordar. Iliana no se atrevi¨® a permitir que un solo gemido de dolor escapara de sus labios, el temblor en su dedo anular a¨²n persist¨ªa, sab¨ªa perfectamente que El Director estaba molesto, la tinta azul y las sombras chorreantes era una advertencia: No preguntes m¨¢s sobre el tema. -Vamos mi ni?a -la mano espectral se disolvi¨® nuevamente, el dedo Iliana finalmente dej¨® de temblar-. Tenemos cosas que hacer para prepararnos para cuando los Archivos aparezcan. ¡­.. El nombre "Jard¨ªn Roto" reson¨® en sus o¨ªdos como una aguja oxidada girando en el cerebro. Lucien sinti¨® las cicatrices bajo su camisa palpitar al un¨ªsono, un olor a hierro e isodine, el mismo desinfectante que Elara usaba antes de cortarlo, reemplazando por un segundo el almizcle a alcohol del Teatro. Entre la m¨²sica que sonaba en el Teatro, Lucien escucho un piano. De repente, estaba all¨ª: El laboratorio. Elara repasando ecuaciones mientras extra¨ªa un fragmento de su costilla izquierda. Lyra, de doce a?os, tocaba Claro de Luna en un piano desafinado, las l¨¢grimas cayendo sobre las teclas. "C¨¢ntale, Lyra", ordenaba Elara. "As¨ª no sentir¨¢ el dolor". El recuerdo se desvaneci¨® cuando un hilo de sangre combinada con veneno le resbal¨® por el costado. Por un momento El Teatro dej¨® de ser solo un lugar y se convirti¨® en una burla. Las luces de colores psicod¨¦licos lentamente se convert¨ªan en un recordatorio de las luces de los laboratorios de Elara. Hasta el sudor de los bailarines brillaba como el l¨ªquido de preservaci¨®n de los frascos donde flotaban los fetos fallidos. Las maderas del pasillo cruj¨ªan con el mismo ritmo de los gemidos de Lyra cuando intentaba curarle las heridas mientras reten¨ªa sus ganas de llorar. -Un gusto conocerte tambi¨¦n -minti¨® Lucien, no pod¨ªa estar seguro que tipo de relaci¨®n ten¨ªan con Lyra, o incluso, si realmente lo ayudar¨ªan o si ya hab¨ªan traicionado a Lyra y ella simplemente no lo sab¨ªa-. Pero tengo prisa. -Una tos le arranc¨® m¨¢s sangre que manch¨® su pu?o. El veneno hab¨ªa comenzado a cristalizar en sus articulaciones. El bartender sonri¨® con dientes demasiado blancos. Al girar para llamar a su reemplazo, Lucien vio algo bajo su cuello: tatuajes m¨®viles que formaban compases musicales. No eran simples dibujos: las notas se rearrumaban siguiendo el ritmo de la m¨²sica del Teatro. ¨¦l sab¨ªa que significaban esos tatuajes, la marca f¨ªsica de un Djinn. -S¨ªgueme -dijo, y al moverse, Lucien not¨® que sus pasos no emit¨ªan un solo sonido. Lucien lo sigui¨® por un pasillo apagado, no muy iluminado, con cada paso el pasillo sonaba con un tambor, con repercusiones que sonaban como una banda marcial. Eventualmente llegaron a unas escaleras de caracol por las que el bartender empez¨® a subir. Las escaleras de caracol no simplemente cruj¨ªan: gem¨ªan en distintas notas musicales, que le recordaban a las que Lyra tocaba para calmarlo. Cada pelda?o ten¨ªa talladas letras umbrales que se retorc¨ªan al contacto: ¡°Todo puente tiene un peaje", ley¨® Lucien al pasar. El veneno en su costado ardi¨® en respuesta. Al pisar el s¨¦ptimo escal¨®n, una astilla se clav¨® en su palma. En vez de sangre, brot¨® tinta negra que form¨® una partitura ef¨ªmera en el aire. Lucien reconoci¨® las notas: era la canci¨®n de cuna que Lyra invent¨® para ¨¦l. El precio por usar los Vespertilio: los recuerdos que m¨¢s le tra¨ªan dolor, eran mostrados frente a ¨¦l forzandolo a recordar las cosas que hab¨ªa perdido, el dolor que hab¨ªa sufrido, la soledad que hab¨ªa sentido, etc. -Cuidado con el ¨²ltimo escal¨®n -advirti¨® el bartender sin volverse. -Suele¡­ transformarse. Y as¨ª era: la madera se retorci¨® bajo sus pies, convirti¨¦ndose en espejo claro que reflejaba fragmentos de su pasado: Lyra siendo arrastrada por sombras, Elara cosiendo glifos en su propio coraz¨®n, el ni?o de alas de polilla devorando fotos quemadas. -As¨ª que tu eres el Jard¨ªn Roto del que Lyra no paraba de hablar -Una voz melodiosa justo como las canciones que Lyra sol¨ªa tocar para ¨¦l lo trajo de regreso al mundo real. Frente a ¨¦l una mujer de piel canela con ojos azules, cabello oscuro y largo usando un vestido de seda grande estaba extendiendo una mano que usaba un guante de seda largo, Lucien noto que las u?as estaban pintadas con tinta umbral de un color azul, algo que solo hab¨ªa visto en sus propias u?as y en las de Lyra. -Un placer conocerte -Su voz melodiosa voz agreg¨®. -Soy Eira Moss, una amiga personal de Lyra. Lucien estaba sentado observ¨¢ndola a Eira, observ¨® detenidamente cada aspecto del lugar, al terminar la escalera con forma de caracol se encontr¨® frente a esta mujer junto con el bartender del lugar. Las paredes de la habitaci¨®n estaban hechas de madera y de ¨¦stas colgaban plantas cuidadosamente arregladas y cuidadas, una alfombra de terciopelo rojo cubr¨ªa el suelo y guiaba a unos escalones sobre los cuales dos sillas de terciopelo estaban frente a un gran escritorio de pino. El ambiente ten¨ªa un extra?o olor dulce como a miel combinado con sal, al fondo a¨²n se escuchaba la m¨²sica que se tocaba abajo como un lejano zumbido. -Ven, si¨¦ntate -Eira le indico a Lucien para que tomara asiento en una de las sillas de terciopelo. Con cuidado le hizo caso, a?os de lidiar con Elara lo ten¨ªan prevenido en un ambiente extra?o, m¨¢s a¨²n cuando Maha no pod¨ªa darle apoyo y tampoco pod¨ªa usar a Vespertilio. Cuando alcanz¨® las sillas noto, tras el escritorio una gran ventana, pero ten¨ªa un dise?o extra?o, casi recordaba a un micr¨®fono antiguo del que sal¨ªan ra¨ªces. Lucien tom¨® asiento. -Un placer -minti¨® Lucien, mientras su pierna izquierda martilleaba el suelo. Un tic que hab¨ªa desarrollado tras las incontables horas atado a una mesa de operaciones. Eira mir¨® la pierna, y por un instante, sus ojos azules destellaban plateados. El roce del terciopelo en su nuca lo transport¨® a otro sill¨®n, en otro tiempo: Lyra, de catorce a?os, vend¨¢ndole los ojos con seda negra. "Juega a que esto es un palacio", susurraba, mientras Elara afilaba escalpelos en el mismo cuarto. "Y yo ser¨¦ tu guardi¨¢n". El recuerdo se quebr¨® cuando Eira coloc¨® la botella negra sobre el escritorio. El vidrio emit¨ªa un zumbido en La sostenido, la nota que hac¨ªa vibrar los frascos de formol en el laboratorio. Eria tom¨® asiento frente a ¨¦l y cuidadosamente sac¨® de uno de los cajones del escritorio una peque?a botella negra con una corcho haciendo tapa. -Sabes -le susurr¨®, su voz era melodiosa, casi como si estuviera cantando, y un olor a mar se introdujo en Lucien, no hab¨ªan sido muchas las veces que hab¨ªa ido al mar en su vida, y la mayor¨ªa eran recuerdos poco placenteros, siendo uno de los pocos recuerdos positivos con Lyra. -Ella dijo que seguramente ibas a estar a la defensiva, pero aqu¨ª eres m¨¢s que bienvenido Jard¨ªn Roto, los Cantosuelos fuimos formados en parte para ti tambi¨¦n. El bartender qui¨¦n segu¨ªa de pie en la parte de atr¨¢s abri¨® los ojos y su boca. -?Los Cantosuelos? -Pregunt¨® Lucien confundido, era la primera vez que escuchaba ese nombre. Los Cantosuelos Eira ajust¨® el guante de seda con un movimiento que hizo crujir las costuras, Sus ojos azules se perdieron en las ra¨ªces de la ventana-micr¨®fono antes de hablar, como si temieran encontrar los fantasmas que sus palabras invocar¨¢n. -Los Cantosuelos¡­ -empez¨®, y las plantas colgantes se enroscan sobre s¨ª mismas, ocultando sus flores-. Fueron el ¨²ltimo suspiro de los que ya no ten¨ªan voz. -Roz¨® un collar que ten¨ªa puesto, cuando lo hizo este que emiti¨® un zumbido en Mi bemol al contacto. -Lyra nos reuni¨® -continu¨® Eira, y la luz de la ventana tras ella palideci¨®, como si la memoria la desgasta-. Artistas, rechazados, almas que el Fest¨ªn y la Cripteia pisoteaban como notas discordantes. -Pero esto¡­ -alz¨® la botella negra; el l¨ªquido interior golpe¨® el vidrio como un latido ahogado-. ¡­se hizo en la oscuridad que solo los traicionados conocen. Lucien clav¨® la mirada en la ventana tras Eira. El dise?o del micr¨®fono no era est¨¢tico: sus ra¨ªces met¨¢licas lat¨ªan como venas bajo la luz tenue, dibujando sombras que se retorc¨ªan al ritmo de su pulso acelerado. Reconoci¨® el s¨ªmbolo no por la vista, sino por el olor a vainilla y cera derretida que s¨²bitamente inund¨® sus fosas nasales; el mismo de aquella noche en el laboratorio, cuando Lyra, temblando tras una sesi¨®n de experimentos, le hab¨ªa cantado con un micr¨®fono de juguete. -Ella los junt¨® para luchar contra ellos, ?no? -La sonrisa de Lucien fue un filo, pero su mano izquierda traicion¨® el gesto: los dedos se cerraron sobre el brazo de la silla hasta que el terciopelo cruji¨® como huesos rotos-. Usando t¨¢cticas cobardes. Echar culpas, esconderse¡­ ?As¨ª protegen su "alma"? Eira no respondi¨® de inmediato. Sus ojos azules se ti?eron de un verde musgo fugaz, el color de los frascos donde Elara guardaba los fetos fallidos, mientras sus u?as ara?aban el borde del escritorio, dejando surcos profundos marcados. -Lyra¡­ -empez¨®, pero un acorde distante reson¨® desde las profundidades del Teatro, transportando a Lucien a otro momento: Lyra, de catorce a?os, con el micr¨®fono de juguete temblando en sus manos. "?Ves, Lucien?", jadeaba, sangre seca en su barbilla. "As¨ª¡­ as¨ª no siento las agujas". El recuerdo se desvaneci¨® cuando el dolor del veneno en su costado se intensific¨®, advirti¨¦ndole que el tiempo se agotaba. -Fue quien plane¨® c¨®mo operar -confirm¨® Eira por fin, levantando la botella negra. El l¨ªquido en su interior brill¨® con la misma tonalidad verde de los ojos de Lyra-. Pero t¨²¡­ -su voz se quebr¨® como cristal- eres su esperanza. El Jard¨ªn que creci¨® entre sus grietas. La pierna de Lucien estaba martillando el suelo, los tent¨¢culos del micr¨®fono se alargaban continuamente casi estir¨¢ndose hac¨ªa ¨¦l. -Esperanza de qu¨¦? -Cuestiono mientras el ritmo de su pierna se incrementaba. El Bartender se movi¨® alrededor de la habitaci¨®n, su mirada clavada en Lucien, sus manos se tensaban observando al joven hombre. -Cuida tus palabras Jard¨ªn Roto¡­ -Susurro-. Estas fuera de tu elemento. -El terciopelo de la habitaci¨®n empez¨® a moverse como si se tratase de musgo rojo. Eira, qui¨¦n simplemente estaba observando la situaci¨®n estir¨® sus guantes de seda, un olor a agua marina invadi¨® el ambiente, deteniendo el movimiento del terciopelo y el Bartender. -Tomate la botella, creo que es mejor que terminemos esta charla cuando est¨¦s sano -Poni¨¦ndose de pie, organiz¨® su vestido y su cabello, el olor a mar se intensificaba-. Vamos -Su mirada se debi¨® al Bartender. -Entiendo -Los ojos del Bartender se entrecerraron, un brillo extra?o se reflej¨® en esos ojos, se acomodo las mangas de su camisa y se dispuso a seguir a su jefa. Lucien se qued¨® solo, el olor a agua marina se detuvo, los sonidos de la m¨²sica en el fondo a¨²n se pod¨ªa escuchar, ¨¦l tom¨® el frasco de l¨ªquido verdoso que reposaba sobre el escritorio. Al tenerlo en su mano, sent¨ªa el fr¨ªo de la botella invadiendo su piel, igual que el fr¨ªo de la mesa de operaciones de Elara hace a?os, un fr¨ªo que se abr¨ªa paso por sus nervios y m¨²sculos. Se detuvo a contemplar la ventana con el micr¨®fono de metal dibujado en el centro. Un fuerte calambre de dolor causado por el veneno le record¨® que el tiempo no era algo que tuviera de m¨¢s en el momento. Destapo la botella de vidrio, un buque de olores dulces le golpe¨® la nariz, con cuidado tambaleo el frasco, viendo el l¨ªquido hacer un peque?o remolino adentro. De un solo trago, engullo la botella completa, la sensaci¨®n del helado liquido bajando por su garganta, llegando a su est¨®mago y empezando a esparcirse por su cuerpo, eliminando el veneno paso a paso fue algo incomoda al inicio, luego, la helada sensaci¨®n cambio, una sensaci¨®n de ardor lo invadi¨®, sintio como el l¨ªquido quemaba sus venas, m¨²sculos y nervios. Un ardor familiar, un ardor que le recordaba aquellas largas sesiones de Elara probando los efectos de la tinta en ¨¦l, extirpando algunas de sus partes para luego colocarlas nuevamente o cambiarlas por otras cosas. Lucien cerr¨® los ojos y se contra la silla de terciopelo, sus manos se tensaron, la silla empez¨® a crujir bajo sus manos, grietas se extendieron desde sus manos, su respiraci¨®n se volvi¨® m¨¢s lenta y r¨ªtmica, controlada. Su mente viaj¨® al pasado, recordando una de las cosas que Elara le dijo en m¨²ltiples ocasiones: ¡°El Dolor es un lenguaje, y tienes dos opciones para hablarlo; la primera es gritando, dej¨¢ndole saber a todos lo mucho que est¨¢s sufriendo¡­¡±. Los recuerdos con su madre nunca han sido c¨¢lidos, como los recuerdos de muchos otros con sus familias, sus recuerdos con su madre estaban llenos de sangre, tinta, fr¨ªo y dolor. ¡°Si el dolor es un lenguaje, en definitiva era tu lenguaje favorito¡± susurro mientras sus manos se tensaron a¨²n m¨¢s. "... La segunda forma de hablar el lenguaje del dolor es conteniendo lo, que sea un lenguaje entre t¨² y tu alma¡±. If you encounter this narrative on Amazon, note that it''s taken without the author''s consent. Report it. Lucien se qued¨® callado, soportando el dolor de la quemadura que le causaba el l¨ªquido, hablando con su alma. ¡­. Eira y el Bartender caminaban por el pasillo, la madera craqueaba con cada uno de sus pasos, la luz c¨¢lida del pasillo los iluminaba. El Bartender extendi¨® su mano y de un movimiento movi¨® la manga de su camisa, descubriendo un reloj dorado an¨¢logo, miro la hora. -Es la 1:13 am se?ora -susurro-. Cu¨¢nto tiempo le daremos? Eira se organizaba el cabello, asegur¨¢ndose de que estuviera en las mejores condiciones posibles, la due?a del Teatro iba a hacer una aparici¨®n en p¨²blico, un evento que no se ve¨ªa seguido, su imagen deb¨ªa estar perfecta. -Hasta que termine la fiesta -respondi¨®, el olor a agua marina que desprend¨ªa ahora era m¨¢s sutil, la textura de la seda contra su piel era relajante, la suave brisa que generaba con sus movimientos era relajante. -Y que piensa se?ora luego de conocer al hermano de la fundadora? -El Bartender pregunt¨®, absorto en los movimientos agraciados de Eira. -Un poco decepcionante -Eira respondi¨® girando su rostro para mirar a los ojos al Bartender-. Con como ella lo pintaba esperaba un poco m¨¢s. -Los ojos de Eira brillaron, su pupila se contrajo-. Si no prueba sernos ¨²til nos desharemos de ¨¦l. El Bartender esbozo una sonrisa, se acomod¨® la ropa para asegurarse de estar bien presentado. -Le pido autorizaci¨®n para ser yo quien se encargue de ¨¦l llegado el momento. Eira sonri¨®, estir¨® su mano y la pos¨® sobre el hombro del Bartender. -Por qu¨¦ est¨¢s tan desesperado por deshacerte de ¨¦l? -La sonrisa en el rostro de Eira lo desarm¨® totalmente. -No soporto que la fundadora haga todo lo que haga por ¨¦l -El bartender respondi¨®, sus manos se relajaron y cayeron a sus costados. -Entiendo -Eira levant¨® su mano, con una sonrisa en su rostro se gir¨® y continu¨® caminando. En cuanto entraron a la pista de baile del Teatro, el Bartender se qued¨® tras la barra mientras que Eira entr¨® en la pista de baile, las personas que all¨ª se encontraban estaban en una especie de trance, la m¨²sica a¨²n sonaba fuerte, los ritmos melodiosos se abr¨ªan paso hasta el alma de aquellos presentes, convenciendo a todos de bailar, entregarse al momento y dejarse llevar por sus deseos. La gente bailaba, Eira observaba con una sonrisa como la gente segu¨ªa los ritmos de la banda, como las manos desaparec¨ªa entre las ropas de sus parejas, uno que otro gemido en voz baja escapa de los labios de las personas que estaban disfrutando el recital. As¨ª es el ambiente que Eira ama, el ambiente que ella quiere proteger m¨¢s que nada, nadar entre los gemidos de placer y el sudor de las personas, sentir c¨®mo las personas se sent¨ªan atra¨ªdas a ella, besarse con extra?os, compartir esos momentos de placer con ellos. Por eso se uni¨® a los Cantosuelos, para proteger las historias de todas est¨¢s personas, para proteger su narrativas de placer y locura. Pero esta noche no se trataba de eso, se trataba de ser part¨ªcipe, de dejarse llevar, disfrutar de esa energ¨ªa, de las sensaciones del sudor combinado con la seda de su vestido, de las manos recorriendo su cuerpo, de sus manos recorriendo otros cuerpos, y as¨ª, se permiti¨® perderse en el placer y locura de la noche. ¡­ Lucien abri¨® los ojos. El dolor en sus manos era un viejo conocido, pero esta vez ven¨ªa envuelto en un sabor met¨¢lico que le record¨® a las barandas de metal de la camilla en la que Elara hac¨ªa sus experimentos en ¨¦l. Un goteo r¨ªtmico ¡°plink, plink, plink¡± lo gui¨® hacia sus palmas: astillas de madera incrustadas como espinas, cada una brillando con residuos de tinta verde del veneno neutralizado. Maha gru?¨® desde su columna vertebral, una vibraci¨®n que le hizo rechinar los molares: -Alguien se acerca -advirti¨® el Djinn, y Lucien sinti¨® c¨®mo las sombras del cuarto se esperaban alrededor de Nymeria, lista para emerger-. Huele a mar muerto y secretos. Al incorporarse, el crujido de sus articulaciones pareci¨® formar una melod¨ªa como las que Lyra sol¨ªa tocar para Lucien a?os atr¨¢s. Su camisa, empapada en una mezcla de sudor ¨¢cido y sangre, se adher¨ªa a la herida de Iliana como una segunda piel. Al arrancarla, el tejido cicatrizal brill¨® bajo la luz tenue: glifos que no estaban ah¨ª antes. -Uno¡­ Dos¡­ Tres¡­ -Su respiraci¨®n sincronizada con el tic-tac del reloj colgado en una pared. Al exhalar, un vaho azul escap¨® de sus labios: el ¨²ltimo rastro del veneno, que se disip¨® recordandole las escenas de lo que pas¨® en el vivero de Elara: alas de polilla, pu?os ensangrentados, el susurro de Lyra. -Uno¡­ Dos¡­ Tres¡­ -Continu¨® respirando para calmar su mente. Los pasos en el pasillo no solo sonaban: marcaban compases. Con cada uno, las plantas trepadoras que Eira tanto cuidaba se retorc¨ªa hacia la puerta, sus hojas adoptando formas de peces abisales. La puerta se abri¨® con un gemido de ballena varada. Eira flotaba m¨¢s que caminaba, su vestido de seda ondeando en olas imposibles. En sus manos, una caja de coral blanco pulsaba al ritmo del coraz¨®n de Lucien. -Veamos c¨®mo le fue al Jard¨ªn Roto -canturre¨®, y las plantas del cuarto florecieron ojos de medusa que lo observaron. -?A que te refieres? -Lucien dej¨® una gota de sangre caer sobre la alfombra que ahora parec¨ªa m¨¢s un musgo rojizo que una alfombra de terciopelo rojo. Eira sonri¨®, mostrando unos dientes afilados de n¨¢car que no ten¨ªa antes: -El Tejedor definitivo. -Abri¨® la caja, liberando un zumbido que hizo temblar los glifos en su herida. -Ahora veremos si vales todo lo que Lyra dice. El zumbido se intensific¨®, resonando en los glifos de la herida de Lucien como un cuchillo caliente. Las plantas con ojos de medusa parpadearon al un¨ªsono, sus pupilas bioluminiscentes siguiendo cada movimiento de Eira mientras sosten¨ªa la caja de coral. Lucien desliz¨® los dedos por el borde de un chakram Vespertilio, sintiendo c¨®mo los glifos de amatista absorb¨ªan el sudor de su palma, convirti¨¦ndolo en vapor violeta. -?Qu¨¦ hay dentro? ?Otro regalo de mi madre? Eira no respondi¨®. En cambio, golpe¨® la caja con un nudillo. El coral se quebr¨® como az¨²car, liberando una melod¨ªa l¨ªquida que inund¨® la habitaci¨®n. El aire se satur¨® de olor a algas el¨¦ctricas y p¨®lvora mojada. De la caja emergi¨® un espiral de agua suspendida, dentro del cual bailaban fragmentos de recuerdos: Lyra, a los siete a?os, cosiendo una herida en su hombro. El laboratorio inundado, criaturas h¨ªbridas flotando en tanques de vidrio. Una carta escrita en sangre umbral: "Perd¨®name, Lucien. Es la ¨²nica forma". Maha rugi¨® dentro de su mente, pero el sonido se ahog¨® en el agua fantasmal que ahora les cubr¨ªa los tobillos. -La ¨²ltima prueba -anunci¨® Eira, y su vestido de seda se desintegr¨® en tent¨¢culos de n¨¦ctar brillante. -Veamos si lo vales para los Cantosuelos.